UNO HORIZONTAL, DOS
VERTICAL
(One Across, Two Down, 1971)
Ruth Rendell
A mi hijo
Sal al jardín, Maud,
la noche, el murciélago negro, ha volado,
sal al jardín, Maud,
estoy aquí en la verja, solo.
la noche, el murciélago negro, ha volado,
sal al jardín, Maud,
estoy aquí en la verja, solo.
Alfred, Lord Tennyson
Primera parte
Crucigrama
blanco
Vera Manning estaba muy cansada, tanto que no
se sentía con ánimos de replicar a su madre cuando ésta le dijo que se diera
prisa en preparar el té.
–No es necesario ese malhumor –añadió Maud.
–No es mal humor, madre. Estoy rendida.
–Claro que tienes que estarlo. Salta a la
vista. Cualquiera puede ver que tu trabajo te consume. Si Stanley hubiera
tenido algo de cerebro para crearse un porvenir y traer un sueldo decente a
casa, no te encontrarías en la necesidad de trabajar. Nunca había visto nada
por el estilo; una mujer de tu edad, cercana a la menopausia, todo el día de
pie en una tintorería... Lo he dicho muchas veces y no me cansaré de repetirlo:
si Stanley fuera un hombre como es debido...
–Ya está bien, madre –la interrumpió–. Déjalo
ya, ¿quieres?
Pero Maud, que casi nunca dejaba de hablar si
había alguien que pudiera oírla, y que incluso hablaba a solas, se levantó de
la silla, cogió su bastón y cojeando siguió a Vera hasta la cocina. Mientras se
encaramaba a un taburete con dificultad, ya que era una mujer de complexión
robusta, inspeccionó la habitación con una repugnancia sincera por una parte y
fingida por otra con el solo fin de que su hija la viera. Estaba limpia pero
era sórdida, no había sufrido ninguna modificación desde los tiempos en que la
gente no se sorprendía al ver un nudo de cañerías sobresaliendo de las paredes
y una mesa y vasares revestidos de yeso como único mobiliario. Cuando la mirada
desdeñosa finalizó el recorrido, Maud lanzó un profundo suspiro y comenzó de
nuevo.
–He ahorrado durante toda mi vida con el
propósito dé dejarte algo cuando yo muera. ¿Sabes qué me dijo Ethel Carpenter?
Maud, me dijo, ¿por qué no se lo das a Vera ahora que aún es joven para
disfrutarlo?
De espaldas a Maud, Vera estaba cortando
pastel de carne y se disponía a quitar la cáscara de unos huevos duros.
–Madre, es curioso cómo puedo ser vieja y al
cabo de un minuto joven, según te convenga –contestó.
–¿Por qué no se lo das a Vera ahora?, me dijo
–continuó Maud, ignorando el comentario–. Oh no, le dije, dárselo a ella sería
dárselo a ese gandul que tiene por marido. Si él metiera mano en mi dinero, no
volvería a mover un dedo en lo que le quedase de vida.
–Por favor, muévete un poco, madre. No
alcanzo la tetera.
Maud se apartó unos centímetros, al tiempo
que se retocaba los canosos rizos con su blanca mano de señora ociosa.
–No –dijo–, mientras tenga un aliento de vida
mis ahorros, se quedarán donde están, invertidos en acciones muy rentables. De
esta forma puede que Stanley aprenda a tener sentido común. Cuando tengas una
depresión nerviosa, que es lo que vas a conseguir si sigues así, hija mía, tal
vez haga un esfuerzo y busque un trabajo propio de un hombre y no de un
colegial. Es el único camino que yo veo y así se lo expliqué a Ethel en mi
última carta.
–¿Quieres venir al comedor, madre? La comida
ya está lista.
Vera ayudó a su madre a sentarse a la mesa y
colgó el bastón en el respaldo de la silla. Maud se colocó una servilleta en el
escote de su vestido de seda azul y se sirvió un plato lleno de pastel de
carne, huevos, ensalada y puré de patatas. Antes de empezar a comer, se tragó
un par de tabletas junto con una taza de té fuerte azucarado. Después levantó
el cuchillo y el tenedor con un suspiro de placer sensual. Maud disfrutaba
comiendo. Sólo permanecía callada en esos momentos o mientras dormía. Iba a
servirse una segunda ración de pastel cuando la puerta trasera se cerró de
golpe y entró su yerno.
Stanley Manning saludó con la cabeza a su
mujer y profirió una especie de gruñido. Su suegra, que había dejado de comer
para dedicarle una fría mirada de reprobación, era como si no existiera para
él. Lo primero que hizo tras dejar la chaqueta sobre el respaldo de una silla,
fue encender el televisor.
–¿Has tenido un buen día? –preguntó Vera.
–No he parado ni un momento desde las nueve
de la mañana.
Stanley se sentó frente al televisor y esperó
a que Vera le sirviera una taza de té.
–Estoy molido; te lo aseguro. No es ninguna
broma estar a la intemperie todo el día con este tiempo. Si quieres que te diga
la verdad, no sé cuánto podré resistirlo.
Maud lanzó un profundo suspiro.
–Ethel Carpenter no podía creerlo cuando le
dije cómo te ganabas la vida, si a esto se le puede llamar vida. ¡Dependiente
de una gasolinera! Me comentó que eso es lo que hace el hijo de su casera
durante las vacaciones de la universidad. Tiene dieciocho años y así consigue
un poco de dinero. Puede permitirse algún gasto extra de esa forma.
–Que Ethel Carpenter no meta las narices en
mis asuntos, la muy pendón.
–¡No uses ese lenguaje cuando te refieras a
mi amiga!
–Oh, por favor, ¿queréis terminar con vuestra
discusión? –exclamó Vera–. Pensaba que ibais a ver la película.
Si en algo estaban de acuerdo Stanley y Maud
era en su afición por las películas antiguas y, tras cruzarse miradas
venenosas, se acomodaron para contemplar a Jeanette Macdonald en La ciudad del oro. Vera, un poco reanimada después de un par de tazas de té caliente,
suspiró agradecida y se dispuso a despejar la mesa.
Sabía que volvería a estallar otro altercado
entre los dos a las ocho, cuando el programa de pasatiempos preferido por
Stanley coincidiera con la serie favorita de Maud. Temía las veladas de los
martes y los jueves. Era natural que Stanley, debido a su pasión por los
crucigramas, quisiera ver los concursos que emitían cada semana esas dos noches
y también era natural que Maud, al igual que otros cinco millones de mujeres de
mediana y avanzada edad, ansiaran conocer el desarrollo de las vidas
turbulentas de los residentes de Augusta Alley. Pero ¿por qué no podían llegar
a un acuerdo amistoso como personas razonables? Porque no eran personas
razonables, pensó mientras fregaba los platos. Por su parte, a ella no le
importaba la televisión y algunas veces deseaba que se fundiera alguna válvula
o que el tubo de rayos catódicos estallara. Tal y como iban las cosas no
podrían pagar la reparación.
Jeanette Macdonald estaba cantando el Ave María cuando Vera regresó a la sala de estar y Maud acompañaba a la cantante
con una voz sentimental de soprano decrépita. Vera rezó para que la canción
terminara antes de que Stanley hiciera algo violento como golpear la mesa con
el bastón de Maud, tal y como había hecho una semana antes. Esta vez se
contentó con murmurar en voz baja y Vera recostó la cabeza en un cojín y cerró
los ojos.
Hacía cuatro años que su madre estaba allí,
pensó, cuatro eternos años de infierno ininterrumpido. ¿Por qué había sido tan
estúpida e impulsiva para aceptarlo? Maud no estaba incapacitada, ni siquiera
enferma. Se había recuperado de forma magnífica del ataque. No tenía nada más
que un poco de debilidad en la pierna izquierda y una ligera desviación en la
boca. Podía cuidar de sí misma como cualquier otra mujer de setenta y cuatro
años. Pero no valía la pena lamentarse ahora. Ya estaba hecho. Maud había
vendido la casa, con todos los enseres, y ella y Stanley la tendrían allí hasta
el día en que muriera.
La protesta airada de Maud la despertó de su
adormecimiento y la hizo incorporarse sobresaltada.
–¿Por qué has cambiado de canal? Llevo todo
el día esperando mi Augusta
Alley. No me gustan esas tonterías infantiles, un
montón de colegiales contestando preguntas estúpidas.
–¿Quién paga los impuestos? Me gustaría
saberlo –dijo Stanley.
–Yo pago mi parte. Cada semana le entrego mi
pensión a Vera. Diez chelines es todo lo que me quedo para mis gastos.
Stanley no contestó. Acercó la silla al
aparato y preparó lápiz y papel.
–He estado todo el día esperando mi serie
–protestó Maud.
–No te preocupes, mamá –exclamó Vera, tratando
de infundir algo de vivacidad a su voz cansada–. ¿Por qué no miras La casa de la pradera por las tardes, cuando estamos nosotros en el trabajo? Es una serie
bonita, de campesinos.
–No puede ser porque a esa hora hago la
siesta y no pienso cambiar mis costumbres.
Maud cayó en un silencio encolerizado. Si no
podía ver su programa, no tenía la intención de permitir que su yerno
disfrutara del suyo. Al cabo de cinco minutos, durante los cuales Stanley no
había parado de garabatear entusiasmado en su bloc, comenzó a golpear el bastón
rítmicamente contra el guardafuego. Daba la impresión de que trataba de
encontrar la tonada de un himno. «Amado Señor y Padre de la Humanidad», pensó
Vera y Maud lo confirmó tarareando la melodía en voz baja.
–¿Quieres callarte? –preguntó Stanley después
de soportarlo durante treinta segundos.
–Tocaron ese himno en el funeral de tu
abuelo. Vera –comentó Maud emitiendo un suspiro lúgubre.
–Como si lo hubieran tocado en la boda de la
reina Victoria –le contestó Stanley–. No queremos oírlo ahora, así que, como te
he dicho, cállate. Ya me has hecho perder un punto.
–Te aseguro que lo siento mucho –dijo Maud
con evidente sarcasmo–. Ya sé que no quieres que viva con vosotros, Stanley, lo
has demostrado con claridad. Harías cualquier cosa por librarte de mí, ¿verdad?
¿Engrasar la escalera o darme una sobredosis?
–Tal vez lo haría llegado el caso. Siempre
hay algo de verdad en las palabras dichas en broma.
–¿Has oído esto? ¿Has escuchado lo que acaba
de decir, Vera?
–No lo dice en serio, madre.
–Sólo porque soy vieja y desvalida y a veces
recuerdo los viejos tiempos en que era feliz.
Stanley se incorporó y el lápiz cayó al
suelo.
–¿Quieres callarte de una vez o tendré que
hacerlo yo de otra forma?
–¡No me levantes la voz, Stanley Manning!
Maud, satisfecha de haber estropeado el
crucigrama de Stanley, se levantó y dirigiéndose a Vera con gran dignidad, dijo
con la voz de alguien herido de muerte:
–Será mejor que me acueste. Vera, y os deje a
ti y a tu marido en paz. ¿Sería pedir demasiado que hicieras mi té y me lo
subieras cuando esté en la cama?
–Por supuesto, mamá. Sabes que siempre lo
hago.
–No es necesario que digas «siempre» de esa
manera. Prefiero pasarme sin él antes de que lo hagas de mala gana.
Maud caminó por la sala, recogiendo su labor
de punto de una silla, sus gafas de otra y su libro del aparador. Podía haberlo
hecho todo pasando por detrás de Stanley, pero no lo hizo. Anduvo todo el rato
entre éste y el televisor.
–No debo olvidar mi vaso de agua –dijo y
después, como si se tratase de un principio digno de elogio y tan saludable
para el cuerpo que requiriera firmeza de carácter, añadió–: He dormido con un
vaso de agua en la mesilla de noche desde que era una niña. Nunca lo he
olvidado. No podría dormir sin él.
Se lo procuró ella misma, dejando un reguero
de gotas. Oyeron su bastón mientras subía las escaleras.
Stanley apagó el televisor y, sin decir ni
una palabra a su mujer, abrió el Segundo almanaque del crucigrama. Como un
animal al que se le hubiera pedido un esfuerzo excesivo, agotada por el tedioso
trabajo repetitivo, con la mente vacía de todo lo que no fuera el deseo de
dormir. Vera lo observó en silencio. Después entró en la cocina, preparó el té
y lo subió.
El número 61 de Lanchester Road, Croughton,
en los suburbios de la parte norte de Londres, era una casa de ladrillo rojo de
dos pisos, al final de un callejón, y se había construido en 1906. Tenía un
gran jardín en la parte posterior y entre la puerta principal y la verja de
entrada una franja de césped de unos dos metros por cinco.
El vestíbulo era un pasillo con suelo de
mosaico rojo y blanco que conducía a dos salitas de estar y una pequeña cocina.
Un retrete exterior y una carbonera completaban la planta baja. La escalera
subía hasta un descansillo con cuatro puertas, una de ellas pertenecía al
cuarto de baño y las otras tres a los dormitorios. La más pequeña de estas
habitaciones a duras penas contenía una cama individual, una mesa camilla y un
hueco cubierto por una cortina para guardar ropa. Vera la llamaba la habitación
de invitados.
Ella y Stanley compartían el dormitorio de
mayores dimensiones, en la parte frontal de la casa, y Maud dormía en la
posterior. Estaba sentada en la cama y con su mañanita de angora era la viva
imagen de la salud. De no haber sido por los casi treinta rulos en los que se
enrollaba el cabello, habría podido presentarse y ganar el premio a la abuela
más atractiva.
Tal vez los frascos y tubos de medicamentos
que reposaban en la mesilla de noche tuvieran algo que ver con la conservación;
mejor dicho, el rejuvenecimiento de su madre, pensó Vera, mientras le tendía la
taza de té. Los había de todas clases: anticoagulantes, diuréticos,
tranquilizantes, somníferos y concentrados vitamínicos.
–Gracias, querida. Mi manta eléctrica no
funciona. Habrá que llevarla a reparar.
Mientras apartaba la vista de su imagen
aburrida y cansada que se reflejaba en el espejo de tocador de Maud, Vera dijo
que se ocuparía de ello al día siguiente.
–Eso es, y de paso podrías decirles que echen
un vistazo a mi radio. Ah, también tendrías que traerme un par de madejas de
esta lana rosa. –Maud sorbió el té–. Siéntate, Vera. Tengo que hablar contigo
ahora que él no nos oye.
–¿No podrías esperar a mañana, madre?
–No. Mañana podría ser demasiado tarde. ¿Has
oído lo que ha dicho que me haría si pudiera?
–¡Oh, mamá! ¿Crees que lo ha dicho en serio?
–Stanley me odia, pero eso es mutuo –contestó
Maud con tranquilidad–. Ahora escucha lo que tengo que decirte.
Vera ya sabía lo que seguiría. Lo oía con
algunas variantes una o dos veces por semana.
–No voy a dejar a Stan. Te lo he dicho una y
otra vez. No pienso dejarle.
Maud había terminado la taza de té y habló en
tono de halago:
–Piensa en la vida que podríamos llevar tú y
yo juntas. Tengo dinero suficiente para las dos. Te lo digo con toda
sinceridad, soy una mujer rica. No tendrías que mover un dedo. Podríamos tener
una bonita casa nueva. He visto en el periódico que están construyendo unos
chalets estupendos en Chigwell. Podría comprar uno ahora mismo.
–Si quieres darme algún dinero, lo aceptaré
sin rechistar. Ya sabes todas las necesidades de esta casa.
–Stanley Manning no recibirá ni un penique de
mi dinero –replicó Maud. Se quitó la dentadura postiza y la depositó en un
vaso. Después dedicó a su hija una sonrisa mimosa–. Eres todo lo que tengo.
Vera. Lo mío es tuyo, ya lo sabes. No tienes por qué compartirlo con él. ¿Qué
ha hecho por ti? Es sólo un ladrón y un presidiario.
Vera hizo grandes esfuerzos para controlarse.
–Stanley ha estado en la cárcel sólo una vez,
mamá, como bien sabes, y eso fue cuando tenía dieciocho años. Me parece cruel
tratarle de presidiario.
–Ha estado sólo una vez; pero ¿cuántas habría
vuelto si la gente para la que trabaja no hubiera sido tan blanda como la
mantequilla? Sabes tan bien como yo que lo han despedido dos veces por
«aligerar» la caja registradora.
Vera se levantó.
–Estoy cansada, mamá. Quiero acostarme y no
voy a quedarme aquí si todo lo que piensas hacer es insultar a mi marido.
–Oh, Vera, no te enfades conmigo. Tenía todas
mis esperanzas puestas en ti y ahora mírate, una pobre esclava atada a un
hombre al que no le preocupa si estás viva o muerta. Es la verdad, sabes que lo
es. Vera. –Maud apretó con ternura la mano de su hija que reposaba en la suya–.
Podríamos tener una bonita casa con alfombras, calefacción y una mujer que la
limpiara a diario. Todavía eres joven. Aprenderías a conducir y te compraría un
coche. Podríamos hacer unas vacaciones. Incluso viajaríamos al extranjero si tú
quisieras.
–Me casé con Stanley –dijo Vera– y siempre me
enseñaste que el matrimonio es para toda la vida.
–Vera, nunca te he dicho lo que tengo. Si te
lo digo, no se lo dirás a Stanley, ¿verdad?
Vera no prometió nada y Maud, a pesar de su
edad y después de muchos años de matrimonio, no había aprendido que no había
que revelar un secreto a alguien casado, si se quería que siguiese siendo tal
secreto. No importaba ni la inestabilidad de la pareja ni las discusiones, una
esposa siempre confiaría los secretos de otras personas a su marido y éste
haría lo mismo con ella.
–Mi dinero se ha ido acumulando con los años.
Poseo veinte mil libras en el banco. Vera. ¿Qué te parece?
Vera notó que palidecía. Ni en sueños hubiera
supuesto que su madre pudiera tener la mitad de esa cantidad. Y estaba segura
de que Stanley tampoco.
–Es mucho dinero –dijo en voz baja.
–No se lo digas a él. Si supiera lo que valgo
empezaría a pensar en la forma de librarse de mí.
–Por favor, mamá, no vuelvas a empezar. Si
alguien te oyera, pensaría que estás perdiendo el juicio.
–Bueno, nadie puede oírme. Buenas noches,
querida. Ya hablaremos de todo esto mañana.
–Buenas noches, madre.
No le preocupaba lo que su madre le había
insinuado al querer apartarla de Stanley. Ya lo había escuchado antes. Tampoco
le inquietaba que Maud sospechara que Stanley tuviera inclinaciones asesinas.
Su madre era anciana y los viejos tenían extrañas manías. Era estúpido y
fantasioso, pero no valía la pena darle vueltas.
En cambio sí se preguntaba lo que diría
Stanley cuando le dijera el dinero que Maud tenía en el banco. ¡Veinte mil
libras! Era una fortuna. Mientras pensaba en ello y en cómo, incluso con sólo
la vigésima parte, mejoraría la casa y haría que ella misma se sintiera más
animada. Vera se quitó la ropa y se dejó caer rendida en la cama.
Maud era una anciana con hipertensión y una
trombosis cerebral a sus espaldas, pero eso no le había afectado la mente. La
idea de que su yerno pudiera matarla si se le presentaba la ocasión no era
fruto de manías seniles, sino un criterio sobre la conducta humana formado en
su juventud.
Había empezado a servir a los catorce años y
la mayoría de las conversaciones en la cocina o en la sala de servicio giraban
en torno a personas sin escrúpulos a las cuales los criados se creían capaces
de llegar a asesinar con tal de salir beneficiados. La cocinera insistía a
menudo en que el ayuda de cámara de la mansión de enfrente envenenaría a su
señor tan pronto encontrase el momento propicio, sólo para hacerse con las cien
libras que le habían sido prometidas en el testamento del anciano; por el
contrario, el mayordomo contrarrestaba tales afirmaciones con terribles
historias de ávidos herederos en las familias que lo habían empleado. Maud
había escuchado todo esto con el mismo oído receptivo y la misma credulidad con
que escuchaba los sermones del sacerdote los domingos.
Parecía que desde el mayordomo hasta el
pinche no hubiera ningún criado sin un conocido que hubiese considerado en
alguna ocasión verter arsénico en el té de una tía rica. Cuando alguna anciana
moría, la frase preferida en la sala de servicio era, refiriéndose a algún
criado de la difunta: «Creo que ese individuo se la ha cargado.»
Y Maud pensaba con toda sinceridad que su
yerno se la «cargaría» si tenía ocasión. Revelarle a Vera su fortuna había sido
una tentación que no había podido resistir; pero cuando se despertó a la mañana
siguiente se preguntó si no había sido imprudente el hacerlo. Era muy probable
que Vera se lo comentara a Stanley y no había nada que Maud pudiera hacer al
respecto.
No podía silenciar a Vera pero sí hacer
patente a Stanley que, aunque la asesinara, no sacaría provecho de su
iniquidad. Con esta idea en mente, Maud tomó el desayuno que Vera le había
servido en la cama y, cuando su hija y su yerno habían marchado a sus
respectivos trabajos, se levantó, se vistió y salió de la casa. Con ayuda de su
bastón caminó los pocos metros que la separaban de la parada de autobús y se
dirigió al centro de la ciudad para consultar con un notario del que había
sabido el nombre buscando en la guía telefónica. No le hubiera costado nada
comprar ella misma la lana y de paso llevar a reparar la manta eléctrica, y de
esta forma le habría ahorrado a su hija el hacerlo, pero no quiso ya que Vera
se mostraba tan obstinada.
A las doce, de nuevo en casa, Maud comió con
voracidad fiambre de jamón, ensalada, pan con mantequilla y pastel de manzana
que Vera le había dejado preparado para el almuerzo y, cuando terminó, se sentó
para escribir su carta semanal a su mejor amiga, Ethel Carpenter. Al igual que
la mayoría de las cartas que le había escrito desde que vivía en Lanchester
Road, trataba con amplitud de la holgazanería, mala educación, terrible
carácter e inutilidad en general de Stanley Manning.
«No hay nadie –pensó Maud– en quien pueda
confiar tanto como en Ethel.» Ni siquiera Vera, con su devota ceguera por aquel
desgraciado, era tan digna de confianza como Ethel, que no tenía marido, ni
hijos, ni ningún interés personal en el asunto. La pobre Ethel sólo contaba con
su casera, propietaria de la casa en Brixton donde tenía alquilada una
habitación, y con Maud.
Ah, uno valoraba a un amigo cuando se pasaba
por cosas como las que ella y Ethel habían pasado juntas, pensó Maud, mientras
dejaba la pluma en la mesa. ¿Cuánto tiempo hacía que se conocían? ¿Cincuenta y
cuatro años? ¿Cincuenta y cinco? No, eran justo cincuenta y cuatro años. Ella
tenía veinte y era la que se ocupaba de la casa y Ethel, la pequeña e inocente
Ethel, diecisiete y era la pinche de la mordaz cocinera que la tenía a su
entera disposición.
Maud salía con George Kinaway, el chófer, e
iban a casarse tan pronto la suerte los favoreciera. Ella había sido siempre
muy ahorradora y, les llegara la suerte o no, tendrían lo suficiente para
casarse cuando cumpliera los treinta años. Entretanto, había que conformarse
con aquellos deliciosos y tranquilos paseos del domingo por Clapham Common y el
anillo de compromiso, con un pequeño rubí, que llevaba colgado de una cinta
sobre el pecho, ya que no hubiera sido apropiado llevarlo en el dedo mientras
hacía la limpieza.
Ella contaba con George y algo con lo que
soñar, pero Ethel no tenía nada. Nadie sabía que Ethel tuviera un pretendiente
o, incluso, que hubiese hablado con algún hombre que no fuera George o el
mayordomo, hasta que le llegó la desgracia y madame la echó a la calle por la
deshonra. Su tía la acogió y todos la trataron como basura, excepto ella y
George. No dejaban de visitarla en casa de su tía las tardes que tenían libres
y, cuando nació el bebé, George convenció a la tía para que lo criara y
contribuyó con unos cuantos chelines cada semana a su manutención.
–Aunque no nos lo podemos permitir –había
dicho Maud–. Si dejara de comportarse como una tonta y me dijera quién es el
padre.
–Nunca lo hará –había contestado George–. Es
demasiado orgullosa.
–Bueno, dicen que el orgullo viene antes de
la caída, y Ethel ha tocado fondo. Nuestro deber es estar a su lado. No podemos
abandonarla nunca, cariño.
–Como tú quieras, amor –había sido la
respuesta de George y por fin consiguió que madame la volviera a aceptar, como
si se tratara de una buena chica sin tacha alguna.
«Aquéllos fueron tiempos difíciles», pensó
Maud, mientras reclinaba la cabeza y cerraba los ojos. Ganaba doce libras al
año hasta que llegó la Primera Guerra Mundial y la gente se vio obligada a
estimular la imaginación. Aún cuando el señor le subiera el sueldo, sería muy
difícil que pudieran comprar una casa. Pero, al final, los buenos modales y
apostura de George fueron los que cambiaron su suerte. No es que hubiera
existido nada equívoco entre él y madame, ¡ni pensarlo!; pero el caso es que,
cuando ella murió, George estaba incluido en su testamento. De esa forma, con
las doscientas cincuenta libras que heredó y lo que Maud había ahorrado
compraron un pequeño negocio en el centro de la ciudad.
Ethel siempre pasaba las vacaciones con ellos
y cuando nació Vera fue la madrina. Era lo menos que podían hacer por ella,
explicó Maud a George, dado que se había visto privada de su propia hija y no
era probable que encontrara marido, ya que los hombres la consideraban como de
«segunda mano».
Con la amabilidad de George y el trabajo duro
de Maud, la tienda prosperó y muy pronto vivieron con holgura. Vera fue enviada
a un colegio privado muy selecto y, cuando lo abandonó a la tardía edad de
dieciséis años, Maud no permitió que buscara un empleo ni que ayudara en la
tienda. Su hija sería una dama y, llegado el momento, se casaría con un
caballero, un empleado de banco o un empresario. Maud nunca decía a la gente
que su marido tenía una tienda, se limitaba a informar que se dedicaba al
comercio, y que tenía una casa de propiedad. Entretanto daba a Vera todo el
dinero que necesitaba para vestidos y, una vez al año, iban todos a
Brayminster-on-Sea, el querido Bray lo llamaban, y se alojaban en una elegante
casa de huéspedes con vistas al mar. Algunas veces Ethel iba con ellos y se
mostró tan complacida como el matrimonio cuando el sobrino de la propietaria
del hotel. James Horton, puso los ojos en su ahijada.
James tenía el empleo que Maud había pensado
como deseable para su yerno. Trabajaba en la sucursal de Brayminster del
Barclays Bank y, cuando en los meses invernales iba a Londres y llevaba a Vera
al teatro o a algún estreno o a pasear por el río, Maud lo miraba con muy
buenos ojos y empezó a comentar con George lo que podían hacer por la joven
pareja, una vez que fijaran la fecha de la boda. El desembolso inicial para
comprarles una casa y doscientas libras para amueblarla era el consejo de Ethel
Carpenter y a Maud le parecía razonable.
James, cuatro años mayor que Vera, había sido
suboficial de la armada durante la guerra. Poseía una sustanciosa suma en su
libreta de ahorros, era un hijo modélico y acudía a la iglesia con regularidad.
No se podía pedir más.
Maud era de ideas anticuadas y pensaba que
los jóvenes sólo podían trabar amistad si habían sido debidamente presentados o
si los padres eran amigos. Así que sintió un gran horror cuando se enteró de
que Vera había sido vista en compañía del joven camarero del Coach and Horses.
La mujer del pescadero de la esquina, Mrs. Campbell, se lo dijo y añadió que la
muchacha lo conoció en un baile.
Todo había sido por culpa de George, informó
Maud a Ethel. Si se hubieran hecho las cosas como ella quería. Vera nunca
habría ido a ese baile. Había hecho todo lo posible para imponer su voluntad
pero, por una vez, George se había impuesto y dijo que no había nada malo en
que Vera acudiera con una amiga y, además, ¿qué podía haber más respetable que
el baile anual de los Jóvenes Conservadores?
–No sé qué dirá James cuando se entere
–comentó Maud a Vera.
–No me importa lo que diga. Estoy harta de
James, es un aburrido. De lo único que habla es de acostarse y levantarse
temprano, ahorrar dinero y no relacionarse demasiado con los demás. Stanley
dice que sólo se es joven una vez y que hay que aprovecharlo y divertirse.
Suele decir que el dinero existe para gastarlo.
–Y estoy segura de que lo hace si es de
otros. ¡Un camarero! ¡Mi hija viéndose a escondidas con un camarero!
A pesar de que algunas veces permitía que
George se tomara una jarra el viernes por la noche en el Bunch of Grapes, Maud
nunca en toda su vida había puesto los pies en un bar.
–Bueno, esto se tiene que acabar, Vera.
Puedes decirle que tus padres no toleran que le sigas tratando.
–Tengo veintidós años –había contestado Vera,
que a pesar de ser el vivo retrato de su padre tanto en el físico como en el
temperamento, había heredado una chispa del carácter de su madre–. No puedes
evitarlo. Siempre estás repitiendo que tengo que casarme, pero ¿cómo voy a
conseguirlo si no conozco chicos? Es imposible tener amistades masculinas si no
se sale de casa.
–Conoces a James –fue la respuesta de Maud.
Después, no estaba segura de cuál había sido
el peor momento de su vida, si cuando Mrs. Campbell le contó que Stanley
Manning había estado en prisión cumpliendo dos años de condena por robo a mano
armada, o cuando Vera le habló de su amor por Stanley y de su deseo de unirse a
él.
–¡No te atrevas a hablarme de casarte con ese
criminal! ¡Tendrás que pasar por encima de mi cadáver! Me mataré, daré el gas y
meteré la cabeza en el horno. Pero antes haré lo necesario para que no toques
ni un solo penique de mi dinero.
El problema era que no podía evitar que Vera
siguiera saliendo con él. Durante un tiempo no se volvió a hablar de boda, ni
tan sólo de compromiso, pero la pareja continuó sus relaciones y Maud estuvo al
borde de una depresión nerviosa. Durante toda su vida nunca consiguió
comprender lo que Vera había visto en él.
Sólo había conocido a un hombre con el que
deseara compartir su lecho, y con ese criterio juzgaba a todos los demás.
George Kinaway medía un metro noventa de estatura y tenía el físico del clásico
anglosajón, mientras Stanley era bajito, más o menos de la misma altura que
Vera. Ya le clareaba el pelo y parecía que siempre lo llevara graso. Su tez era
oscura y Maud profetizó que se le llenaría pronto de arrugas, los ojos eran
negros y vivaces y nunca miraban de frente. Sabedor de quién llevaba los
pantalones en el hogar de los Kinaway, sonreía a Maud para congraciarse con
ella si alguna vez la encontraba por la calle, y la saludaba con un untuoso
«Buenos días, Mrs. Kinaway, hermoso día», pero nunca obtenía respuesta, sólo un
frío silencio.
No quería verlo por la tienda ni en el piso y
se consolaba pensando que Stanley trabajaba en el bar cada noche. La desventaja
de que Vera no tuviese un empleo era que disponía de plena libertad para
encontrarse con Stanley durante el día y como los camareros trabajan en horas
muy peculiares, él tenía libre la mayor parte de la mañana y media tarde. Pero Maud
creía que «cualquier cosa indebida», por la que daba a entender relaciones
sexuales, sólo podía ocurrir entre las diez y medianoche. Esta idea se basaba
en su propia experiencia, aunque en su caso la contemplaba como correcta. Pero
la cuestión es que, en aquellas dos horas, Stanley estaba más atareado que
durante el resto del día; por tanto, recibió con horror cercano a la
incredulidad la noticia, por parte de una Vera bañada en lágrimas, de que
estaba embarazada de dos meses.
–Pobre Ethel, se repite la historia –lloraba
Maud–. ¡Que esta desgracia le haya tenido que ocurrir a una hija mía!
Pero, aunque el comportamiento de Vera
hubiera sido alocado y malo, no podía ni debía permitir que sufriera como había
sufrido Ethel. Tenía que casarse, poseer una casa y dar un hogar decente a su
futuro hijo.
En lugar de la gran ceremonia que Maud había
soñado, Vera y Stanley contrajeron matrimonio casi en secreto, con sólo una
docena de familiares cercanos como invitados, y a continuación fueron a su
casita de Lanchester Road, en Croughton. No había gran cosa que Maud pudiera
hacer para humillar a Stanley, pero lo había tenido en cuenta cuando ella y
George proporcionaron el dinero para la casa. Las escrituras se hicieron a
nombre de Vera y se le hizo ver a Stanley que tendría que devolver hasta el
último penique.
Llevaban tres semanas casados cuando Vera
sufrió un aborto.
–¡Oh, Dios mío! –había exclamado Maud al lado
de la cama del hospital–. ¿Por qué nos precipitamos? Tu padre dijo que debíamos
esperar un poco y tenía razón.
–¿Qué insinúas?
–Si hubiéramos esperado tres semanas...
–He perdido a mi hijo –contestó Vera,
mientras se incorporaba en la cama– y ahora te gustaría alejarme de mi marido.
Cuando estuvo repuesta. Vera buscó un trabajo
por primera vez en su vida para poder devolver el dinero que debían a sus
padres. Maud se mostró inexorable. No le importaba darle un cheque de vez en
cuando para que se comprara un vestido o llevarla a comer a un buen
restaurante, pero Stanley Manning no se aprovecharía de su dinero. Tenía que
esforzarse, percibir un sueldo decente y entonces Maud volvería a pensarlo...
Tan pronto como se dio cuenta de que esto
podría suceder, se propuso apartarla de él con un plan que esta vez iba a ser
mucho más defendible, ya que vivía bajo el mismo techo que su hija. Ahora
atacaba por dos frentes: mostrándole lo muy difícil que era su vida y
poniéndosela peor al mantener una atmósfera de lucha con su yerno y haciéndole
ver los alicientes de una existencia alternativa, con una vida desahogada, tranquila
y plena.
Hasta entonces no había tenido éxito. Vera
siempre había sido testaruda. «Como su madre», pensó Maud con ternura. Los
pequeños sobornos y las imágenes tentadoras que le había pintado de una vida
sin Stanley no habían encontrado ni una fisura en la coraza de Vera. No
importaba. Había llegado el momento de apretar las clavijas. No le había pasado
por alto la palidez de su hija al mencionarle las veinte mil libras. Ahora
debía de estar pensando en ello, mientras se encontraba en aquel horrible lugar,
metiendo abrigos tratados a prueba de polillas en bolsas de plástico. Por la
noche Maud se sacaría el as de la manga para conseguir el triunfo.
Mientras pensaba en ello y en el efecto que
causaría, suspiró con satisfacción, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás
y la recostaba sobre los cojines; después encendió la estufa eléctrica con su
grueso pie. Vera se daría cuenta de que se trataba de un buen negocio y
Stanley..., bueno, Stanley comprendería que no tenía sentido la idea de ayudar
a su suegra a abandonar este mundo.
Era divertido en realidad. Stanley quería
librarse de ella y ella, a su vez, quería librarse de él. Pero ella lo
conseguiría antes. Lo tenía a su merced. Maud sonrió, cerró los ojos y se quedó
dormida de inmediato.
De los cincuenta conductores que habían
esperado turno para poner gasolina en la estación de Superjuce sólo cinco
fueron atendidos por Stanley. De los restantes cuarenta y cinco, sólo se habían
tomado la molestia de esperar seis, cuyos gritos y toques de bocina Stanley ni
siquiera oía. Se sentó, dándoles la espalda, en su cabina de cristal, soñando
despierto con las veinte mil libras que Maud tenía en el banco y de las que
Vera le había hablado durante el desayuno.
Cuando murió George Kinaway, Stanley había
esperado con gran expectación conocer el contenido del testamento. Apenas pudo
dar crédito a sus oídos cuando Vera le dijo que no había testamento, ya que
todo estaba a nombre de su madre. Como mucha gente de esa clase, se preparó
para otra larga y amarga espera y el carácter se le fue agriando.
Maud cerró el estanco y se retiró a una casa,
pequeña pero lujosa, en Eltham. Stanley nunca estuvo allí, jamás había sido
invitado, y no mostró ninguna lástima cuando Vera, en otro tiempo alimentada y
mimada por su padre, volvió cierto día de Eltham con toda clase de
explicaciones sobre la hipertensión de Maud. A lo largo de los años, ésta había
sido el único consuelo de Stanley y, como era un hombre de inteligencia
superior a la media que, de habérselo propuesto, hubiera podido destacar en
cualquiera de las muchas profesiones bien remuneradas, se dedicó a estudiar
todo el sistema de la tensión sanguínea y la arteriosclerosis. Por aquel
entonces trabajaba como vigilante nocturno de una fábrica. Nadie intentó entrar
en la fábrica, que estaba en la ruina y no almacenaba nada que valiera la pena
robar, así que dejó pasar las largas horas de la vigilancia leyendo libros de
medicina que obtenía de la biblioteca pública.
No le sorprendió en absoluto, por tanto, que
una mañana, al regresar a su casa. Vera lo recibiera con la noticia de que su
madre había sufrido una trombosis cerebral.
Mientras ponía cara de tristeza y se mostraba
extrañamente amable con su esposa, empezó a calcular lo que heredarían. Al
menos sacarían ocho mil libras por la venta de la casa de Maud y, además, había
una bonita suma de dinero en el banco. Lo primero que haría sería comprar un
buen coche para darles en las narices a los vecinos.
Después Maud fue mejorando.
Stanley, la esperanza es eterna, estuvo de
acuerdo en que debía ir a vivir con ellos a Lanchester Road. Después de todo,
el trabajo extra que diera su suegra recaería en Vera y, aunque las ocho mil
libras habían volado, algo caería. Nadie, según la forma de pensar de Stanley,
se queda en casa de un familiar sin pagar su parte y si Maud era diferente a
todos, ya le soltaría una amable pero inconfundible indirecta.
Dos días después de su llegada, Maud dio a
conocer sus intenciones. Con la única excepción de diez chelines a la semana,
entregaría toda su pensión a Vera, pero su capital se quedaría donde estaba,
debidamente invertido.
–Nunca había oído frescura semejante –dijo
Stanley.
–Con su pensión se paga la manutención, Stan.
–¿Y qué me dices del alojamiento? ¿Y del
trabajo que da?
–Es mi madre –dijo Vera.
Había llegado el momento de poner ese verbo
en pasado. Asesinato no, por supuesto. Desde que había golpeado a aquella
anciana para arrebatarle el bolso cuando tenía dieciocho años, nunca había
vuelto a poner las manos sobre nadie de forma violenta, y cuando leía algo en
los periódicos acerca de algún crimen, se mostraba compungido como Vera y tan
indignado como Maud para pedir a gritos la reinstauración de la pena de muerte.
Como en el caso de aquel policía, por ejemplo, el agente Chappel, a quien
habían disparado cuando trataba de impedir que unos desalmados asaltaran la
oficina de correos de Croughton el mes anterior. No, el asesinato era algo que
ni tan sólo había considerado. Un accidente era lo que tenía en mente. Algo
como un descuido con el gas, o una confusión de las píldoras y tabletas que
Maud tomaba.
Con la idea que iba tomando forma en su
cabeza de acabar con Maud, Stanley entró en la casa silbando alegremente. No
besó a Vera, pero le dijo hola y le dio una palmadita en el hombro. Después
encendió el televisor.
Al pensar en que la mujer tenía los días
contados, estaba dispuesto a mostrarse más amable con ella. Pero, tan pronto
como la vio sentada a la mesa, con la segunda ración de huevos y patatas fritas
ante ella, su rostro se encendió de ira y se preparó para la batalla.
–¿Has tenido un día ocupado, mamá?
–Supongo que más que el tuyo –contestó Maud–.
He charlado a través de la cerca con Mrs. Blackmore esta tarde y me ha
explicado que su marido fue a poner gasolina en la estación de servicio donde
tú estás, pero no consiguió que lo atendieran. Te vio y le pareció que dormías.
Stanley la miró.
–No quiero que vuelvas a cotillear por la
cerca nunca más, ¿está claro? Paseando por mi jardín y pisoteando las plantas.
–El jardín no es tuyo, es de Vera.
No pudo haber dicho nada más irritante para
Stanley. Criado en el campo, entre Essex y Suffolk, donde su padre tenía una
pequeña granja, siempre le había gustado cuidar el jardín y era la única
afición que le hacía olvidar los crucigramas y los libros de medicina. Pero
esta pasión no se ajustaba a su forma de ser. Por lo general, la jardinería se
asocia con la gente apacible, civilizada y observante de la ley, por lo que
Maud se negaba a tomarle en serio. Le gustaba pensar que Stanley se encontraba
entre los marginados, los perdidos, y la jardinería era un arte por el cual
siempre había sentido respeto. Así que lo miraba cavar y regar los gladiolos y
después, cuando entraba para lavarse las manos, le faltaba tiempo para
recordarle que el jardín era de Vera, y que ésta podía disponer de la propiedad
cuando le viniera en gana.
Complacida porque su réplica había provocado
la ira de Stanley, preguntó a Vera si había recordado el encargo de la madeja
de lana.
–Se me ha olvidado por completo, madre –dijo
Vera–. Lo siento.
–Eso pone punto final a mi tejido por esta
noche –contestó Maud contrariada–. Si lo hubiera sabido, la habría comprado yo
misma cuando he ido a la ciudad.
–¿Que has ido a la ciudad? ¿Para qué?
–Tenía que ver a mi notario.
–¿Desde cuándo tienes un notario? –preguntó
Stanley.
–Desde esta mañana, señor sabelotodo. Una
pobre viuda en mi situación necesita un notario que la proteja. Ha sido muy
amable conmigo, te lo aseguro, todo un caballero. Me ha proporcionado un gran
consuelo. Le he dicho que ahora dormiría tranquila.
–No sé adonde quieres ir a parar –dijo
Stanley, molesto, y añadió–: Por Dios, que alguien baje el volumen de la tele
–como si hubieran sido Vera o su madre y no él mismo quien la hubiera
encendido–. Eso está mejor. Ahora podemos oír lo que hablamos. Bueno, ¿de qué
se trata?
–De mi testamento. Lo he hecho esta mañana y
el notario lo ha redactado de la forma que yo quería. Si Vera y yo viviéramos
solas, hubiera sido distinto. Todo lo que poseo será para ella, no sé cuántas
veces te lo he dicho. Ahora atiende a lo que he dispuesto. Si mi muerte es de
forma natural, tendréis el dinero; pero si se produce por cualquier otra causa,
todo irá a parar a manos de Ethel Carpenter. Ya estáis enterados.
–No comprendo nada, madre. No entiendo qué
quieres insinuar –se asombró Vera, dejando caer el tenedor de golpe.
–Pues creo que está bastante claro –contestó
Maud–. Sólo tienes que pensarlo.
Les dirigió una sonrisa maléfica y, cojeando
con rapidez hacia el televisor, aumentó el volumen.
–Ése –dijo Stanley cuando se acostó aquella
noche– es el mayor insulto que me han dirigido nunca. ¡Insinuar que podía
matarla! Me parece que está chiflada.
–Suponiendo que sea cierto –contestó Vera.
–No importa si es verdad o no. Es posible que
haya ido o puede que no, quizá el notario lo haya escrito así y quizá no. Sea
como sea, nos tiene en sus manos.
–No, cariño, no es así. Ni tan sólo se nos
hubiera pasado por la cabeza hacerle daño. Claro que morirá de un ataque. Lo
que duele es que mamá haya podido pensar en una cosa semejante.
–Y si no muere de un ataque, entonces ¿qué?
–No creo que ningún notario pueda hacer
constar eso en un testamento. –Vera suspiró profundamente y se volvió–.
Necesito dormir. Estoy rendida.
Stanley pensó que Vera tenía razón y que
ningún notario hubiera aceptado las condiciones de Maud. Era probable que el
testamento no fuera legal. Pero si Maud había afirmado que lo era y ellos no
tenían suficientes conocimientos para discutirlo...
Vera trabajaba todo el día los sábados, y
Stanley y Maud se quedaban solos en casa. Cuando hacía buen tiempo, Stanley
pasaba muchas horas en el jardín, y si llovía iba al cine.
El mes de marzo había sido apacible y el
almendro estaba en flor. Los narcisos brotaban, pero las ericas de su parterre
de brezo acababan de florecer. Había que abonarlas con una paca de turba, ya
que la tierra de Croughton era arcilla de Londres. Stanley fue a buscar un saco
al cobertizo, esparció turba alrededor de las plantas y cavó una zanja. Ésta la
llenaría con turba para las nuevas plantas que tenía encargadas.
A pesar de haberse opuesto a los «cotillees»
de Maud con Mrs. Blackmore, del número 59, o con Mrs. Macdonald, del número 63,
Stanley no era contrario a abandonar unos momentos sus trabajos de jardinería
para entablar una charla ocasional. Cuando Mrs. Blackmore salió con el fin de
colgar un par de camisas en el tendedero, nada le hubiera gustado más que tener
catalogados, como era su costumbre, los últimos insultos y faltas de Maud, pero
eso no debía seguir así. Tenía que darse a conocer en el vecindario como un
yerno tolerante e incluso afectuoso.
–Está bien –contestó con amabilidad a la
pregunta de Mrs. Blackmore–. Tan bien como puede esperarse en sus condiciones.
–Siempre le digo a John que Mrs. Kinaway está
estupendamente, si se piensa en todo lo que ha pasado.
Mrs. Blackmore era una mujer bajita con
aspecto de pájaro, que solía llevar el pelo rubio teñido recogido en dos
coletas como una muchachita, aunque en otros aspectos parecía resignada a la
madurez. Sus ojos eran agudos y brillantes y tenía la desconcertante costumbre
de mirar fijamente la cara de quien estuviera hablando con ella. Stanley se
encontró con esa mirada e hizo lo que pudo para no parpadear.
–Uno no puede dejar de admirarla –dijo
Stanley con una sonrisa y asintiendo con la cabeza.
–Ya sabía que eso era lo que usted pensaba en
realidad. –Mrs. Blackmore, por algún motivo, se sintió cogida por sorpresa y
durante unos momentos apartó los ojos de su interlocutor–. ¿Ha visitado al
médico últimamente?
–El anciano doctor Blake se ha retirado y mi
suegra no quiere saber nada del nuevo. Dice que es demasiado joven.
–¿El doctor Moxley? Tiene treinta y cinco
años. Aun así, supongo que a ella debe de parecerle joven.
–Hay que respetar las rarezas de los ancianos
–dijo Stanley con devoción.
Los ojos de ambos se enzarzaron en una
especie de batalla que Stanley ganó. Mrs. Blackmore apartó la mirada y,
murmurando algo sobre preparar la comida, entró en la casa.
El almuerzo de Stanley tenía que ser frío por
necesidad. Él y Maud comieron en silencio y después, mientras Stanley se
sentaba con el crucigrama del Daily Telegraph, su suegra se preparó para la
fiesta.
Cuando estaba sola se limitaba a recostarse
en un sillón, pero los sábados, con Stanley en la sala, formaba un revuelo
considerable. Primero recogía todos los cojines disponibles, poniendo especial
interés en apoderarse del que Stanley tenía para reposar la cabeza, y los
colocaba con toda lentitud a ambos extremos del sofá. A continuación se
encaminaba escaleras arriba, golpeando los escalones con el bastón y
refunfuñando, para volver a bajar con algunas mantas. El peso de éstas la
hacían respirar fatigosamente y daba lugar a gruñidos sucesivos. Finalmente,
tras quitarse las gafas y los zapatos, se dejaba caer en el sofá, se cubría con
las mantas y permanecía tendida con aire de sofocación.
Su yerno no se daba por enterado de todo el
trajín. Rellenaba el crucigrama y, de vez en cuando, sonreía por la ingenuidad
de la persona que lo había inventado o murmuraba una definición. Maud, cuando
no podía soportar su indiferencia por más tiempo, decía con acritud:
–En mi juventud, un caballero se consideraba
honrado de poder ayudar a una anciana.
–Yo no soy un caballero –contestaba Stanley–;
hay que tener dinero para serlo.
–Oh, no. Eso no es cierto. El caballero nace,
no se hace, y tú no lo eres; seguirías siendo un grosero por mucho dinero que
tuvieras.
–Entonces deberías aplicarte el principio a
ti misma y ser un poco más educada –contestó Stanley y, complacido por haber
conseguido hacer callar a su suegra, completó el 28 horizontal, que finalizaba
el crucigrama.
Maud cerró los ojos y sus labios formaron una
mueca. Mientras garabateaba en el periódico, Stanley la contempló expectante
hasta que la boca se le relajó y la mano que sostenía la manta cayó lánguida;
se había dormido. Dobló el periódico y salió de puntillas del salón para
dirigirse al dormitorio de su suegra.
Era evidente que había pasado la mayor parte
de la mañana escribiendo a Ethel Carpenter y no le había dado tiempo a enviar
la carta, que se encontraba sobre la mesilla de noche. Stanley se acomodó en el
borde de la cama para leerla.
Siempre había sospechado que él y sus
costumbres eran el tema favorito de conversación de la anciana, pero no podía
suponer que Maud dedicara tres páginas y media de la carta a una degradación de
su persona. Se sintió ultrajado y herido. Después de todo, le estaba haciendo
un favor dejándola vivir en esa casa y la ingratitud, implícita en aquella
carta, le hizo hervir la sangre.
Indignado hasta lo más hondo, leyó lo que
Maud decía sobre su holgazanería y malos modos. Hasta tenía el descaro de
explicar a Ethel que él había pedido prestado un billete de cinco libras a
Vera, que Maud estaba segura de que lo iba a apostar a un caballo en la
Nacional (ése había sido el propósito de Stanley), pero que ahora decía que
quería el dinero para comprar más turba y plantas de brezo. ¡La muy lagarta!
¡Lengua viperina! ¿Qué mentiras y enredos seguiría contando?
«Por supuesto que la pobre Vera no volverá a
ver ese dinero –había escrito Maud–. Trabaja como una esclava, pero nunca tiene
nada que ponerse, excepto si yo le doy dinero para que se compre algo. Sin
embargo, ahora es cuestión de tiempo el que yo consiga apartarla de él. Es
demasiado leal a su marido para decir sí, madre, iré contigo, y, sin duda, sabe
que él le haría una escena y que podría llegar a golpearla incluso. Le creo muy
capaz de eso, querida. El otro día le dije a mi hija que le compraría cualquier
cosa que me pidiera con la condición de que dejara a Stanley, y se le llenaron
los ojos de lágrimas. Pero me digo a mí misma que debo ser cruel para llegar a
convencerla. Sé que cuando esté lejos de él y viva conmigo en la preciosa casa
que pienso regalarle, me lo agradecerá. Tengo los ojos puestos en una que vi anunciada
en el periódico del domingo, un lugar en Chigwell. Cuando Vera tenga una tarde
libre, mi intención es alquilar un coche que nos lleve allí para verla. Sin él, por supuesto...»
Stanley estuvo a punto de romper la carta de
tan furioso como estaba. Hasta aquel momento no había tenido ni idea de los
planes de Maud ya que Vera había temido hablarle de ello, aunque ya sospechaba
que estaba tramando algo. Si tuviera dinero, se dijo, demandaría a esa vieja
alimaña por..., ¿cómo se llama?..., incitación. Eso es lo que haría, llevarla a
juicio por tratar de inducir a una esposa fiel a abandonar a su marido.
Permaneció sentado contemplando la carta y,
de pronto, cayó en la cuenta del grave peligro que se le iba a presentar. Sin
Vera, no cabía ninguna esperanza de meter mano a aquellas veinte mil libras.
Tendría que vivir de ayudas sociales durante el resto de su vida, mientras Vera
nadaba en la abundancia. Pensó que incluso la casa, el techo que lo cobijaba,
le pertenecía a ella. Y las dos, entretanto, vaya gustazos que se darían,
coches de alquiler, puede que automóvil propio, una casa moderna en el elegante
barrio de Chigwell, vestidos, vacaciones, toda clase de caprichos. La idea le
parecía insoportable y le apremió la urgencia de lo que debía hacer, al tiempo
que recordó su intención primitiva al subir a la habitación de Maud.
Dejó la carta tal y como la había encontrado
y dirigió su atención hacia los tres frascos de píldoras que se encontraban
bajo la lámpara de la mesilla de noche. Las cápsulas azules eran somníferos y
no le interesaban. Seguían los compuestos vitamínicos de color amarillo que,
Stanley estaba seguro, eran los responsables de la vitalidad de Maud y del
mantenimiento de su inagotable verborrea. A pesar de eso, no perdería el tiempo
con ellos. Allí estaban las que quería, las diminutas tabletas anticoagulantes,
llamadas Mollanoid, de las que Maud tomaba seis diarias, y que Stanley suponía
evitaban la coagulación de la sangre al circular por aquellas gastadas
arterias. Sacó una del frasco y la envolvió en su pañuelo.
Cuando bajó de nuevo, ella seguía dormida y
él hubiera dejado que continuara descansando como cualquier otro sábado; pero
ahora, con la carta-libelo fija en la mente, puso la televisión a todo volumen
para ver el programa deportivo y sintió un cierto placer amargo al comprobar
que se despertaba sobresaltada.
Stanley no podía abandonar su cabina de
cristal entre las nueve y las cinco, aunque muy a menudo infringía esa norma y,
debido a sus ausencias, había sido amenazado con el despido varias veces. Pero
cuando él finalizara su jornada, el farmacéutico del otro lado de la calle ya
habría cerrado y no podía esperar hasta el sábado siguiente para comprar las
otras tabletas que necesitaba.
Aguardó hasta la una, la hora más inactiva
del día en la gasolinera, y se encaminó hacia la farmacia. Pero, en lugar de
una de las dependientas, detrás del mostrador se encontró con el farmacéutico
en persona que estaba de servicio y mostraba tal interés en asegurarse qué
clase de medicamentos despachaba, que Stanley pensó que sería más seguro
acercarse a la siguiente farmacia, aunque estuviera a unos trescientos metros.
Allí encontró los artículos expuestos en
estanterías para que se sirviera uno mismo y pudo estudiar diversas variedades
de pastillas blancas sin ser observado, aunque todas las tabletas de ese color,
aspirina, codeína y fenacetina, eran demasiado grandes y lo único que pudo
encontrar de un tamaño similar al anticoagulante de Maud era sacarina para
dietas adelgazantes.
Pensó que podrían servirle. Las pastillas
tenían idéntico aspecto a las que había sustraído. Saboreó uno de los
comprimidos con la punta de la lengua y notó que era muy dulce, pero Maud
siempre se tragaba las píldoras con una bebida azucarada y era más que probable
que el sabor quedara disimulado.
–¿Le importaría no consumir la mercancía
antes de haberla pagado? –exclamó una dependienta con impertinencia.
–Si me está acusando de robar, quiero ver al
jefe –dijo Stanley muy ofendido.
–Bueno, bueno, está bien. No hay necesidad de
gritar. Son cinco libras y sesenta chelines, por favor.
–Y un robo a todas luces –contestó él.
Sin embargo, compró un tubo de Shu-go-Sub y
volvió a toda prisa a la estación de servicio.
Tres coches esperaban aparcados al lado de
los surtidores mientras el jefe de Stanley, sujetando la manguera lo más lejos
posible de su traje impecable, trataba de hacer lo que podía para servir
gasolina al primero de ellos. Stanley entró en la cabina y lo observó a través
del cristal. Cuando los coches se hubieron marchado, el hombre entró
tambaleándose en la cabina, al tiempo que se limpiaba las manos llenas de
grasa.
–Ya he soportado bastante, Manning –dijo–.
Sólo Dios sabe la cantidad de clientes que hubiéramos perdido si un conductor
con iniciativa no me hubiera telefoneado para preguntar qué diablos pasaba. Te
advertí que no te daría otra oportunidad y no voy a hacerlo. Puedes comenzar a
preparar los papeles y recoger tus cosas porque el viernes será tu último día
de trabajo aquí.
–Será un placer –replicó Stanley–; de todas
maneras pensaba marcharme antes de que quebrara este basurero.
La pérdida de su empleo no le afectó de forma
especial. Estaba acostumbrado a esa situación y le gustaba la libertad que le
proporcionarían algunas semanas en el paro durante las cuales obtendría unos
ingresos bastante sustanciosos del subsidio de desempleo, sin deducción de
impuestos. Decírselo a Vera no iba a ser nada fácil y estaba decidido a
ocultárselo a Maud. Eso sí que sería bueno, algo como para animar a un hombre,
que sus desventuras se propagaran por el vecindario a través de las cercas de
los jardines, y que volaran escritas con frases virulentas y elegidas con sumo
cuidado hasta llegar a Ethel Carpenter, en Brixton.
Pero tal vez Maud no chismorreara o
escribiera cartas durante mucho más tiempo. Stanley tocó el tubo que llevaba en
el bolsillo y le agradó el contacto, le dio ánimos para continuar con su plan.
Maud solía decir que lo único que la mantenía con vida eran sus medicinas y
quizá sólo fuera cuestión de días que su organismo reaccionara con violencia a
la concentración de sacarina que recibiría en lugar de su tratamiento habitual
de anticoagulantes.
Stanley se encaminó hacia casa a paso lento y
se detuvo unos momentos ante el escaparate de una casa de venta de automóviles
para contemplar con admiración un deportivo color rubí, un Jaguar último
modelo.
–Estas tabletas –dijo Maud– tienen un sabor
extraño. Dulzón. ¿Estás segura de que te hicieron la receta, Vera?
–Es la de siempre, madre. La que hizo el
doctor Blake para ti antes de retirarse. La llevé a la farmacia, como cada vez.
–Vera miró el envase para asegurarse de que Maud no estuviera tomando vitaminas
o diuréticos por error. No, era la medicina correcta, Mollanoid, como siempre.
En la etiqueta estaba escrito: «Mrs. M. Kinaway tres tomas diarias» y había una
pequeña mancha del pulgar del farmacéutico, ya que no había esperado a que se
secara la tinta antes de entregárselo–. Si tienes alguna duda –dijo–, ¿por qué
no dejas que te pida hora con el doctor Moxley? Dicen que es muy amable.
–No quiero. Me niego a ser manoseada por un
joven. –Maud tomó un sorbo de su té matutino y engulló la segunda tableta–.
Quizá he azucarado demasiado el té, eso debe de ser. De todas formas, no me
hacen ningún daño, sean lo que sean. A decir verdad, me encuentro mucho mejor
que meses atrás, no me siento tan cansada. Ahí está el cartero. Ve corriendo a
ver si hay carta de tía Ethel.
La factura del teléfono y una carta con el
matasellos de Brixton. Vera decidió no abrir la factura hasta que volviera del
trabajo. Sí, sabía que eso era comportarse como un avestruz; pero ¿por qué no?
El avestruz esconde la cabeza en la tierra pero cuando le amenaza un peligro
corre a toda velocidad por Australia, o donde sea, y no se hace viejo antes de
tiempo. No le importaría ser un avestruz o cualquier otra cosa, pensó Vera, con
tal de no ser ella misma.
Cogió el abrigo del perchero del vestíbulo y
volvió a subir de mala gana la escalera, mientras se lo iba poniendo. Su madre
estaba sentada en la cama, limándose las uñas.
–Aún faltan diez minutos –dijo Maud–. Podrías
esperar a saber lo que dice tía Ethel. Nunca se sabe qué noticias tiene.
¿Qué noticias tenía siempre? Vera no quería
correr el riesgo de llegar tarde sólo para oír que el ciclamen de Ethel
Carpenter tenía cinco flores, o que la nieta menor de su casera había contraído
el sarampión. Pero aguardó, al tiempo que movía el pie con impaciencia.
«Cualquier cosa con tal de poder tener un poco de paz –pensó–, cualquier cosa
para que mamá esté de buen humor.»
–¿Qué te parece? –exclamó Maud–. Tía Ethel va
a trasladarse. Deja su habitación y alquila otra cerca de aquí. Escucha esto:
«Supe de una bonita habitación que quedaba libre en Green Lanes, a sólo medio
kilómetro de ti, querida, y fui a verla el sábado.» ¿Por qué no vendría a
visitarnos? Ah, aquí lo dice: «Hubiera ido a verte, pero no quería molestar.»
Ethel siempre ha sido muy considerada.
–Tengo que marcharme, madre.
–Aguarda un minuto... «No quería ir cuando
Vera estuviera fuera ya que me dijiste que trabaja los sábados.» Oh, escucha:
«Mi casera ha alquilado la habitación a una estudiante a partir del viernes 10
de abril. Como ha sido tan amable conmigo no quiero ocasionarle molestias, pero
el caso es que Mrs. Paterson, de Green Lanes, mi nueva casera, no puede alojarme
hasta el lunes y quería preguntaros si a Vera no le importaría que pasase allí
ese fin de semana. Sería tan maravilloso veros a las dos y hablar de los viejos
tiempos.» Le escribiré y le diré que sí, ¿verdad?
–No lo sé, madre. –Vera suspiró y se encogió
de hombros–. ¿Qué dirá Stanley? No quiero que tú y Ethel discutáis con él a
todas horas.
–Es tu casa –contestó Maud.
–A esa clase de discusiones es exactamente a
lo que me refiero. Tengo que pensarlo. Ahora debo irme.
–Tengo que contestarle enseguida. –Maud
levantó la voz cuando su hija hubo salido del dormitorio–. Tienes que
imponerte. Stanley tendrá que fastidiarse.
Estaba segura de que él la había oído,
tendido en la cama de la habitación contigua como sin duda debía de estar. La
perspectiva de una batalla a consecuencia de ello la excitó y sintió un
bienestar comparable al que solía experimentar, mucho tiempo atrás, los sábados
por la mañana, cuando se preparaba para su paseo semanal con George. Estaba
mal, claro, disfrutar peleando. George le hubiera dicho que había que mantener
la paz en el hogar a cualquier precio. Pero George nunca había vivido en la
misma casa con Stanley Manning y de haberlo hecho, hubiera aprobado sus
tácticas. Se habría dado cuenta de la importancia que tenía el rescatar a Vera
de las garras de «aquel hombre», de su marido.
Maud se dirigió al tocador y sacó de uno de
los cajones la fotografía enmarcada de George. La ligera tristeza que
experimentó al mirarla se mezcló con la exasperación que tan a menudo le había
producido su conducta cuando estaba vivo. Por supuesto que le echaba de menos y
lo hubiera recibido con los brazos abiertos si hubiese podido resucitar, pero
tenía que admitir que, en algunos sentidos, había sido un estorbo para ella,
demasiado débil, muy escrupuloso e inclinado en extremo a dejar que los
acontecimientos siguieran su curso. Ethel era una persona completamente
diferente. Ethel había tenido que luchar toda su vida, igual que ella.
Maud volvió a guardar la fotografía. Nada le
hubiera podido ocasionar más alegría que las noticias que acababa de recibir.
Con Ethel dos calles más abajo y, muy posiblemente, visitándolas a diario, el
conquistar la voluntad de Vera sería cuestión de pocas semanas. Ethel tenía tal
dominio de las cosas, tal fuerza de persuasión, que cuando hablara con Vera y
ésta se diera cuenta de que una persona ajena, un observador desinteresado,
compartía la opinión de su madre, se rendiría y aceptaría las circunstancias
con el mismo espíritu de resignación que tenía su padre.
Stanley se quedaría solo. Maud casi estalló
en una carcajada al pensar que tendría que depender de lo que ganara por sí
mismo, cocinar su comida y vivir en la miseria que ella pensaba era su ambiente
natural. No se le permitiría ocupar esta casa, tendría que buscarse un rincón
en cualquier otra parte. Pero todo eso sólo sería posible cuando Vera estuviera
lejos de su influencia. Entonces tal vez pudieran acomodar a Ethel en la
vivienda que ahora tenían. La vida la había tratado mal y sería una alegría
poder proporcionarle una casa propia y verla sonreír, incluso llorar de
gratitud. El corazón de Maud se hinchó, lleno de satisfacción y filantropía.
El subsidio de desempleo que percibiría
Stanley era bastante más elevado que la suma que había mencionado a Vera.
Necesitaba el resto del dinero para él, ya que tendría enormes gastos con el
Shu-go-Sub y con las entradas del cine, al que iría casi a diario para evitar a
Maud. Esperando ver un empeoramiento considerable en su salud, se sintió muy
contrariado al observar que en lugar de debilitarse, parecía más fuerte, con
más vida y más joven que antes de que empezara a vaciar tubos de Shu-go-Sub en
los envases de Mollanoid. Si se esforzara un poco más, diera largos paseos o
cargara pesos se encontraría peor, pero escribir no iba a producirle una subida
de tensión.
Al entrar en casa aquella tarde, después de
un programa doble de películas de terror, se dio cuenta de que algo se estaba
tramando. Madre e hija tenían un plan, tal vez el que más temía, la sumisión de
Vera. Habían dejado de hablar en el mismo momento en que él había entrado por
la puerta trasera y Vera daba la impresión de haber llorado.
–Llevo pateando las calles desde la una
buscando trabajo.
–No es fácil encontrarlo si no se tienen
estudios –señaló Maud–. ¿No podrían encontrarte algo en la Oficina de
Desempleo?
Stanley cogió la taza de té que Vera le
tendía y negó con la cabeza.
–Algo encontraré, querida.
–No es que te importe mucho, ¿verdad? –dijo
Maud–. Como ya tienes quien te mantiene... ¿Le has devuelto el dinero que le
debes?
Desde que había empezado a sustituir las
tabletas de Maud por sacarina, Stanley había moderado su actitud e incluso
toleraba que viera sus programas de televisión por muy cuesta arriba que se le
hiciera; pero esta vez perdió el control.
–¡Métete en tus asuntos, Maud Kinaway! ¡Éste
es un asunto privado que sólo nos concierne a mi mujer y a mí!
–Todo lo que le afecte a Vera me interesa.
Ése era su dinero, ella
lo ha ganado. ¿No has oído hablar del Patrimonio de la
Mujer Casada? Se aprobó en el Parlamento en el año mil ochocientos no sé
cuántos. Desde hace más de cien años una mujer tiene derecho a poseer su propio
dinero.
–Supongo que estarías sentada en la tribuna
de damas cuando eso se produjo –contestó Stanley.
La sangre coloreó el rostro de Maud.
–¿Vas a quedarte sentada y muda permitiendo
que me hable así, Vera?
Vera no estaba sentada, sino trajinando entre
la cocina y el comedor, llevando platos de salchichas y puré de patatas.
–Estoy tan acostumbrada a oíros discutir que
ya ni me doy cuenta. Venid a sentaros, por favor. Quiero tener la mesa recogida
antes de que empiece Augusta Alley.
Con caras poco afables y resentidas, Maud y
Stanley se sentaron. Ninguno de los dos había dado golpe en todo el día, y toda
la energía almacenada se reflejaba en sus miradas y en el entusiasmo con que
ambos llenaron su respectivo plato. Vera se sirvió una salchicha y una
cucharada de puré. No se encontraba bien, hacía días que no tenía apetito y
empezó a cuestionarse si no tendría razón Maud y se encaminaba hacia una
depresión nerviosa. Dormir no la descansaba, y cuando se levantaba se
encontraba igual de agotada que al acostarse. El tener a Ethel en casa durante
un fin de semana largo tampoco ayudaría, ya que Maud querría un gran
recibimiento para su mejor amiga, un mantel limpio en la mesa a diario,
pasteles caseros y, claro está, habría que preparar la habitación de los
invitados.
Maud debió de leerle el pensamiento, o no
había estado pensando en otra cosa durante todo el día, ya que al servirle un
segundo plato de puré de patata, preguntó:
–¿Ya se lo has comunicado a Stanley?
–¿Acaso he tenido oportunidad? He llegado
hace media hora.
–¿Comunicarme qué? –intervino Stanley.
Maud tomó dos píldoras y sonrió.
–Vamos a tener a Ethel Carpenter aquí.
–¿Qué?
Stanley se sintió en cierta forma aliviado al
saber que sólo se trataba de eso, ya que había esperado el anuncio de la
inminente marcha de Vera. Pero ahora que su mayor temor se había desvanecido,
al menos de forma temporal, las palabras de su suegra le parecieron un ultraje
y se levantó de golpe, dejando caer la silla mientras incorporaba su metro
setenta de estatura.
–Sólo serán dos o tres días –dijo Vera.
–Sólo. Sólo dos o tres días. Y aquí estoy yo,
hasta las narices de problemas, sin trabajo, sin paz en mi propio hogar y
encima me sueltas que vamos a tener a esa vieja vaca...
–¡No te atrevas! ¡No te atrevas a utilizar
ese vocabulario en mi presencia! –Maud también se había puesto de pie y se
apoyaba en el bastón–, Ethel va a venir y eso es todo. Vera y yo lo hemos decidido
así y no podrás impedirlo. Vera podría desahuciarte mañana mismo si siquiera,
te encontrarías en la calle, sólo con la ropa que llevas puesta.
–Y yo –dijo Stanley acercando su rostro al de
ella– podría meterte en un asilo de ancianos. No tengo por qué aguantarte aquí,
nadie puede obligarme.
–¡Criminal! –gritó Maud–. ¡Presidiario!
¡Cerdo!
–Se precisan dos para este juego, Maud
Kinaway. ¡Bruja! ¡Serpiente venenosa!
–¡Inútil! ¡Perdido!
Mientras los observaba desde el otro extremo
de la mesa. Vera pensó que en cualquier momento llegarían a las manos. Aun así
se sentía bastante tranquila. Tanto le daba si se pegaban o si se mataban. Tal
como se sentía en ese instante, debilitada, sin ánimos y vacía de cualquier
cosa que no fuera desesperanza, le hubiera dado igual. Con una dignidad que
ninguno de los dos había visto en ella jamás, se levantó y dijo con voz calmada
y sin emoción:
–Hacer el favor de callar y sentaos. –Ambos
callaron y la miraron asombrados–. Gracias. Veo que por una vez habéis hecho lo
que os he pedido. Ahora tengo algo que deciros. O aprendéis los dos a
comportaros como gente decente... –Maud golpeó con el bastón–. Estáte quieta,
madre, por favor. Como os iba diciendo, si no sois capaces de vivir en
concordia, me marcharé. –Vera observó un destello triunfal en los ojos de
Maud–. No, madre, no contigo, ni a cualquier otra parte con Stanley. Me
marcharé sola. Esta casa no significa nada para mí. Puedo ganarme la vida,
vengo haciéndolo desde hace mucho tiempo. Eso es todo. Una discusión más y haré
la maleta. Os juro que lo haré.
–¿Me abandonarías, Vera? –gimoteó Stanley.
–Oh, sí, claro que lo haría. Tú no me
quieres. Si no fuera por mi sueldo y... lo que recibiré de mi madre algún día,
ya habrías puesto los pies en polvorosa, estoy bien segura de eso. Y tú, madre,
tampoco me quieres. Deseas el poder, jugar a ser Dios y poseerlo todo, incluso
mi futuro. Toda tu vida has sido así, y no puedes ni por un momento soportar
que nadie te gane en tu terreno.
Vera hizo una pausa para respirar y observó
los dos rostros pasmados.
–Sí, os he dejado sin habla, ¿verdad? Muy
bien, no olvidéis lo que acabo de deciros. Una pelea más y me voy. Otra cosa,
acogeremos a Ethel aquí, no porque tú quieras, madre, sino porque quiero yo. Es
mi madrina y le tengo cariño y, como siempre estás puntualizando, porque ésta es mi casa. Ahora podéis poner la televisión. Podrás ver Augusta Alley en paz, madre, Stanley no te molestará. Él sabe muy bien que haré lo
que he dicho si las cosas no cambian en esta casa.
Acto seguido entró en la cocina, y a pesar de
que había ganado la batalla y los había hecho callar, a pesar de haberlos
dejado taciturnos sentados frente a la pantalla, apoyó la cabeza en la mesa y
empezó a sollozar. Su fortaleza no era la de Maud, constante, implacable,
insensible, sino intermitente y breve como había sido la de su padre. Hasta
dudaba de que, llegado el momento, fuese lo bastante decidida como para llevar
a cabo su amenaza.
Cuando dejó de llorar, fregó los platos y
subió a su habitación. Allí, sentada ante el tocador, contempló su imagen en el
espejo. El llanto no la había favorecido en nada. Por supuesto que su rostro no
tenía habitualmente aquellas erupciones y manchas rojas, pero las arrugas
estaban siempre ahí y las ojeras y las canas entre los cabellos castañorrojizos
que en otro tiempo habían sido cobrizos dorados.
Era comprensible que Stanley ya no la amara,
que sólo la besara cuando hacían el amor, y algunas veces ni tan siquiera
entonces. Le vinieron a la memoria aquellas tardes que habían pasado en el campo,
en ese campo de Londres tan verde y florido, antes de casarse, y donde fue
concebido el hijo que murió antes de nacer. Le parecía una vida extraña, ajena
a ella, y el hombre y la mujer que suspiraban el uno por el otro y se abrazaban
jadeando sobre la hierba, bajo los árboles, otras personas.
Era extraña la importancia que tenía la
pasión para los jóvenes. A su lado, las conveniencias sociales, la prudencia y
la seguridad no significaban nada. Cómo se habían reído ella y Stanley de James
Horton, de su cuenta bancaria, su asistencia a la iglesia y su modesta
ambición. Ya debía de ser director de banco, con una bonita casa de su
propiedad y casado con una hermosa mujer cercana a la cuarentena, mientras ella
y Stanley... ¡Había tirado su vida por la borda! Si James la viera ahora no la
reconocería. Con gran tristeza contempló el ajado e indeseable rostro reflejado
en el espejo.
En la planta baja, Maud y Stanley permanecían
atentos a Augusta
Alley, la anciana con la alegría del triunfo que ponía
en su cara una sonrisa perpetua y su yerno impasible, aguardando que llegara el
momento propicio.
Todo el mundo tiene sus momentos de evasión,
sus válvulas de escape: droga, alcohol, tabaco o algo más barato e inocente
como puede ser el hábito fijo y casi mecánico de leer novelas intrascendentes.
Stanley gustaba de una copa y un cigarrillo, cuando podía pagarlo, y siempre
había sido aficionado a la lectura; pero el único, verdadero y constante
consuelo de su vida le llegaba a través de los crucigramas.
La mayoría de libros de bolsillo de palabras
cruzadas, así como los gruesos almanaques, reposaban en la estantería de su
habitación junto a un manoseado diccionario. Pero las casillas en blanco de los
crucigramas de esos libros ya hacía tiempo que habían sido rellenadas y, de
todas formas, el solucionarlos le proporcionaba menos placer que el completar
un crucigrama nuevo cada día, uno que llegaba virgen en la última página del Daily Telegraph y que, en caso de no encontrar las palabras acertadas, sólo podía
finalizarlo esperando con ansia la solución en el periódico del día siguiente.
Hacía veinte años que tenía esa costumbre y
ahora ya no encontraba ninguna dificultad en acabarlos. Siempre los terminaba y
de la forma correcta. Años atrás le parecía necesario dejarlos a medias cuando
le fallaban algunas palabras y volver a leerlos al cabo de unas horas para
darse cuenta de que, después de un intervalo, resultaba fácil completarlos.
Pero incluso esa pequeña frustración había desaparecido. Se sentaba con el
periódico entre las manos, aunque nunca se molestaba en leer las noticias y,
por lo general, veinte minutos después el crucigrama quedaba resuelto. Entonces
le embargaba una inmensa satisfacción. El amor propio hacía desaparecer sus
problemas más acuciantes, cualquier preocupación era enterrada, sublimada en
aquellas palabras entrelazadas.
No lamentaba que ni su esposa ni su suegra
mostraran el más mínimo interés por su afición. De hecho, lo prefería así. Nada
puede ser más molesto e incómodo para un aficionado a los crucigramas que el
idiota bienintencionado que, ansioso por demostrar sus conocimientos
etimológicos, solicita desde el sillón saber cuántas letras hay en el quince
vertical, o qué le hace a uno pensar que el cuatro horizontal sea ladrido y no
gruñido.
Stanley nunca había olvidado los esfuerzos de
George Kinaway en ese sentido, su débil y cordial «¿no has terminado aún ese
crucigrama?» y su testarudez al dar respuestas directas a definiciones cuyo
mayor atractivo estaba precisamente en su sutileza. ¿Cómo explicar a un
majadero tal que «Uno que desea» (siete letras) es ansioso y no deseoso; o que
«Leído de derecha a izquierda, o viceversa, es la cumbre del mundo musulmán»
(tres letras) es Aga y no Bey?
No, las dos mujeres tenían sus limitaciones.
Pensaban que era un juego tonto, de niños, o así lo decían porque era lo mismo
que si les hubieran hablado en chino, pero al menos no interferían. Y ahora
Stanley necesitaba un pasatiempo más que nunca. Aquella media hora, tal vez
durante el almuerzo o quizá por la tarde, era el gran momento del día, cuando
se olvidaba de las preocupaciones y, con la sensación de que Vera y su madre
habían desaparecido del planeta, se encontraba inmerso en los entresijos de
palabras.
El resto de su tiempo ya tenía suficientes
problemas. Veía con toda claridad que la relación con su suegra había llegado a
un punto en que habría una batalla directa entre ellos dos. De su parte tenía
la juventud, una juventud relativa, pero no gran cosa más. Los dados puntuaban
a favor de Maud. Quería llevarse a Vera y era difícil ver, con el tiempo, cómo
podría evitarlo. Stanley no comprendía cómo no lo había conseguido ya. Si
hubiera estado en el lugar de Vera, si su madre lo hubiera sobornado con
regalos, ofertas de dinero y comodidades, habría salido como una bala de allí.
Casi se sintió enfermo al pensar en el destino que le aguardaba si Maud
conseguía ganar la partida. Lo más seguro era que ese par de serpientes no le
dejaran permanecer en aquella casa.
Y Maud tenía un aliado que ahora acudía en su
ayuda. Si la carta que había leído era un ejemplo típico de la clase de
epítetos que Maud le dedicaba cada semana al escribir a Ethel Carpenter, su
amiga llegaría predispuesta contra él. Sintió un escalofrío al imaginar a Ethel
susurrando al oído de Vera, haciendo que la opinión de Maud prevaleciese y
fuese más creíble al aparecer como un observador imparcial, sopesando los pros
y los contras, sin compromiso emocional. Ante eso, no habría nada que hacer.
Ethel llegaría, realizaría una campaña de tres días de persuasión intensiva y,
por si esto fuera poco, para redondear el asunto, estaría viviendo a un par de
manzanas, dejándose caer por casa de Vera dos o tres veces a la semana,
preparada con nuevos argumentos, venciendo la oposición de Vera hasta que,
derrotada, se entregara.
No había nada que pudiera hacer para
evitarlo, a excepción de librarse de Maud lo antes posible.
Pero el fracaso del Shu-go-Sub lo había
dejado muy abatido. Leyó y releyó todos sus libros de medicina y, después de
haber digerido cada palabra, llegó a la conclusión de que no existían normas
básicas sobre la incidencia de una embolia. Maud había tenido una; podía tener
otra mañana como no tenerla nunca más. Las preocupaciones podían llegar a
producirla pero, por otra parte, no era seguro. Además, ¿qué preocupaciones
podía tener Maud que pudiesen provocar una embolia? Los anticoagulantes podían
evitarla; la tranquilidad también contribuía a evitarla, pero nadie podía decir
con certeza plena que la ausencia de anticoagulantes y una vida llena de ansiedad
pudieran causarla. Stanley pensó contrariado que lo que desconocían los médicos
sobre trombosis llenaría más volúmenes que todos los conocimientos que
tuvieran. Ni tan sólo podían decir cuándo y cómo era posible provocarla.
Además, estaba el asunto del testamento.
Stanley estaba casi seguro de que Maud no había podido encontrar un notario que
aceptara aquella condición. Podía ir a parar accidentalmente bajo las ruedas de
un autobús. En tal caso, ¿no heredaría Vera? No, era imposible, una condición
demencial; pero ¿cómo podía averiguar con toda seguridad si esa cláusula
existía o no? Claro que no había nada que le impidiera entrar en el despacho de
cualquier notario y preguntárselo. Pero si después Maud moría por accidente, o
ayudada por él, por descontado que el notario iría a contárselo a la policía.
Qué inteligencia la de Maud decantando la balanza a su favor.
Si pudiera pensar en algo. Ya era abril y
dentro de una semana Ethel estaría allí. Una vez que llegara, podía despedirse
de todo lo que había estado esperando durante tanto tiempo y prever una vejez
miserable.
Entretanto, había continuado sustituyendo el
Mollanoid por la sacarina. Tiraba al inodoro los anticoagulantes tan pronto
como Vera los traía de la farmacia y entonces llenaba el frasco etiquetado como
Shu-go-Sub, mientras Maud dormía la siesta. Pero era una esperanza perdida. Sin
sus crucigramas, algunas veces pensaba que se desmoronaría.
–No podemos dejar que tía Ethel duerma en esa
habitación tal y como está –dijo Maud–. Tenemos que comprar una colcha nueva y
algunas sábanas y toallas.
–A mí no me mires, madre –contestó Vera–;
acabo de recibir la factura del teléfono.
–No era mi intención que lo pagaras tú,
querida –exclamó Maud de inmediato–. Vas a encargarlo y yo te haré un cheque.
–Sonrió zalamera a su hija y se dispuso a recoger la mesa. La última cosa que
quería en aquellos momentos era ponerse a malas con su hija. ¿Y si de verdad
cumplía su amenaza y la dejaba con Stanley? Tendría que cocinar para él y
servirle–. Sería buena idea que nos compráramos un par de vestidos nuevos.
Cuando tengas tu tarde libre, iremos a Lucette y elegiremos algo bien bonito.
–Cualquiera diría que va a venir la reina
–dijo Stanley.
Maud ignoró el comentario.
–Estoy muy nerviosa –continuó–. Creo que le
diré a esa chica que venga a hacerme la permanente y tú deberías ir a la
peluquería durante el tiempo que tienes libre para el almuerzo. Además,
necesitaremos algunas flores para la habitación de Ethel. Le encantan.
Se sentó muy contenta con su labor de punto,
mientras se repetía en silencio las palabras que había escrito a Ethel aquella
mañana... «...No debes tener en cuenta el aspecto de esta casa, querida. Es un
viejo y pobre lugar y clama al cielo que Vera haya tenido que vivir aquí
durante tanto tiempo, pero pronto habrá cambios. Cuando nos veamos, te enseñaré
unos folletos de casas nuevas que nos han enviado algunas inmobiliarias. Hay
una, a la que le tengo echado el ojo, que tiene una cocina de ensueño y un baño
con la bañera por debajo del nivel del suelo. Me he estado preguntando si te
gustaría trasladarte aquí. Por supuesto que la haríamos pintar y pondríamos un
fregadero nuevo. Podremos hablarlo cuando vengas. Sé que puedo confiar en que
me ayudarás a convencer a Vera de que mi punto de vista es el ideal para
ella...» Maud sonrió y vio que Stanley se había dado cuenta de ello. Frunció el
ceño. ¡Si él supiera!
–Es la hora de Augusta Alley –dijo, llena de
confianza.
Stanley no contestó. Dejó a un lado el
crucigrama terminado, abrió la puerta y salió al jardín.
–Tendremos una invitada –comentó Stanley a
Mr. Blackmore–. Una amiga de mi suegra. Si fuera de la nobleza no armarían
tanto revuelo.
–No es que Mrs. Kinaway vea a mucha gente.
Blackmore apoyó la escalera en una pared de
la casa y subió los peldaños llevando consigo una brocha y un bote de pintura.
–No le convienen las emociones. –Stanley
hundió la horca en la tierra–. Si sigue así, le dará otro de esos ataques.
–Con toda sinceridad, espero que no.
–Hummm –dijo Stanley y se dio la vuelta para
concentrarse en la zanja.
Tenía encargada una bala de turba que
llegaría dentro de uno o dos días. Lo primero que tenía que hacer era conseguir
algo de dinero de Vera para comprar una nueva variedad de brezo magenta. Si es
que le quedaba algo. A saber lo que ella y la vieja habían despilfarrado para
agasajar a Ethel Carpenter.
De todas formas, por una vez había trabajado
algo, trabajo ligero, claro, la clase de cosas que a las damas que la habían
empleado no les hubiera importado hacer. Stanley contuvo el aliento con un
silbido al ver los narcisos hechos una ruina, arrancados aquí y allí, sin ni
siquiera tener la preocupación de cortarlos, para hacer un hermoso ramo que
adornase el dormitorio de Ethel.
Hasta la habitación de los huéspedes no
parecía la misma. Angustiado por el derroche repentino de su herencia, había
contemplado con tristeza cómo Maud extendía cheques. Uno para Lucette, de donde
procedían los vestidos de ella y de Vera; otro para la comida especial que
habían traído y otro para la tienda de lencería que había enviado un par de
sábanas de nailon amarillo limón, dos fundas de almohada con volantes y un
juego amarillo y negro de toallas. Pero había sido Vera, claro, la que había
dado una mano de pintura a la habitación, vareado el colchón y almidonado los tapetitos
de ganchillo que Maud quería ver sobre el tocador de Ethel.
Los estragos en su macizo de narcisos lo
deprimieron tanto que a las once dejó la jardinería y se arrastró abatido hasta
el interior de la casa. No entró en el comedor porque Maud estaba allí,
mientras le hacía la permanente la joven y triste ama de casa que salía a
arreglar el pelo para, con lo poco que ganaba así, llegar a fin de mes.
La puerta estaba cerrada, pero eso no evitaba
que un desagradable olor de amoníaco y huevos podridos impregnara el resto de
la casa.
Había llegado el segundo correo, el de las
cartas locales. Quince días antes, Stanley había escrito al director de un
periódico para ofrecerle sus servicios como creador de crucigramas, un trabajo
en el que estaba convencido que encajaba y que podría dar salida a su talento
creativo. Pero no había obtenido respuesta y Stanley casi había perdido la
esperanza. Recogió las cartas del felpudo y las contempló con pesimismo. Nada
para él, como siempre. Sólo el recibo del gas y un sobre grande para Maud.
No era extraño. Stanley lo llevó a la cocina
y se preguntó quién podía escribir a máquina a su suegra. Lo más probable era
que se tratase del notario.
Desde el otro lado del tabique divisorio la
oyó decir:
–Si éste es el último bigudí, ¿por qué no vas
a la cocina y nos preparas una taza de café?
Cogió la carta y se la llevó arriba.
En la intimidad de su habitación, con los
almanaques de crucigramas a su alrededor, sacó del sobre una hoja de papel
doblado. No era de un notario. Al tiempo que le entraba un sudor frío, leyó:
«64, Rosebank Close, Chigwell, Essex. Esta preciosa casa, libre de cargas y con
vistas a la zona verde, tiene el precio moderado de 7.600 libras y consta de un
magnífico salón doble, con chimenea de piedra de York, dos dormitorios dobles;
una lujosa cocina, con aire acondicionado y triturador de basuras; cuarto de
baño espacioso y aseo separado. Los detalles son los siguientes...»
Stanley no se interesó por los detalles.
Había leído lo suficiente. Maud debía de estar muy segura de sí misma si había
llegado a establecer contacto con inmobiliarias. Al igual que un comandante de
la armada, había optado por la estrategia y marchaba al frente de su ejército,
arrasando cualquier cosa que se cruzara en su camino. En tanto que él..., él y
su pobre tropa perdían terreno a cada paso, con armas impotentes y patéticas
tácticas de movimiento ineficaces. Muy pronto se vería arrojado a cualquier
refugio que pudiera hallar. Y no iba a ser como Santa Elena precisamente, sino
una habitación amueblada o incluso, ¡horror de horrores!, un albergue para
trabajadores.
Al menos allá había una hermosa casa de la
que ella no tendría conocimiento. Stanley acercó la llama de una cerilla de
papel y lo quemó en la parrilla de la chimenea. Pero destruirlo no le
proporcionó mucho placer. Sentía la misma satisfacción que puede experimentar
un general al quemar el despacho que le anuncia su derrota en la batalla, que
sus fuerzas se han dispersado y que la rendición es inevitable. En este caso,
llegaría un nuevo despacho. La destrucción de las noticias no debilita el hecho
de la derrota.
Bajó a la sala de estar y se abandonó al
único consuelo que le quedaba. Pero el crucigrama quedó terminado en quince
minutos y Stanley notó que desde hacía días no conseguía la misma satisfacción
que antes cuando disfrutaba paladeando y valorando las palabras una vez las
había descubierto, mientras reía entre dientes ante esfuerzos tan inteligentes
como: «Interpretación de Chaikovski que descascara» –Cascanueces–, o «Muerde
con sabiduría» –muela del juicio–. A pesar de todo, las repitió lentamente y el
masticar las palabras lo alivió. Apoyó los codos en la mesa de la cocina y
susurró una y otra vez: «Puede ser una mujer y una prenda de vestir»
–americana–. «Es río y es monte» –Ural–, Era una lástima que no insertaran dos
cada día en lugar de uno, pensó. Podría escribirles y sugerírselo. No, no
merecía la pena hacerlo. Ni le contestarían. Nada le salía bien.
La peluquera se había marchado. Había oído
cómo se cerraba la puerta principal. Maud entró en la cocina con todo el
cabello gris lleno de rizos. Le recordó los estropajos de aluminio. Tenía el
mismo aspecto rígido, metálico y duradero. Pero no hizo ningún comentario, sólo
le dirigió una mirada sombría.
Desde la amenaza de Vera, suegra y yerno iban
con pies de plomo por las tardes, distantes más que educados, casi nunca
provocativos. Sin embargo durante el día la guerra se mantenía con más vitriolo
que nunca. Stanley esperaba que le apartara el periódico con algún insulto
como: «¿No puedes largarte con tu gandulería a otra parte?», pero Maud dijo:
–Me ha dejado muy bien el pelo, ¿verdad? No
me gustaría que Ethel pensara que no cuido mi aspecto.
Una media docena de réplicas oportunas y
groseras acudieron a los labios de Stanley. Estaba decidiendo cuál de ellas
sería más contundente para hacer acudir la sangre a las mejillas de Maud y que
estallara la discusión cuando, al contemplarla, se dio cuenta de que no valía
la pena. Ella no había hecho aquel inocente comentario sobre su cabello porque
estuviera flaqueando o suavizándose por la edad o porque fuese un hermoso día
soleado. No trataba de establecer una tregua. Había hablado de aquella forma
porque la guerra ya no era necesaria. ¿Por qué tomarse la molestia de aplastar
una mosca si se puede abrir la ventana y dejar que se marche? Ella había ganado
y lo sabía.
En silencio, Stanley observó a su suegra
mientras ésta abría la despensa y contemplaba, con una expresión ligeramente
divertida quizá, la empanada que Vera les había dejado para el almuerzo.
Cuando Stanley no trabajaba, lo más normal
era que ni él ni Maud bajaran antes de las nueve y media de la mañana. De
hecho, Maud se quedaba muy a menudo en su habitación hasta las once, se hacía
la manicura, ordenaba el tocador y el cajón de los medicamentos y escribía otro
capítulo de su carta semanal a Ethel Carpenter. Pero el viernes 19 de abril, la
mañana de la llegada de Ethel, el Día E, como lo llamaba Stanley con amargura,
los dos sorprendieron a Vera al aparecer para el desayuno.
Ambos se habían despertado temprano, Stanley
debido a que el pesimismo y el pavor provocados por la inminente llegada de
Ethel le impedían permanecer en la cama y Maud porque estaba demasiado excitada
para dormir.
Mientras se sentaba a la mesa y se llenaba el
bol de copos de maíz, Maud pensó de qué forma tan fantástica y repentina
aquellas dos personas habían comenzado a bailar al son que ella les tocaba.
Hacía más de quince días que Stanley no le había dirigido una sola palabra
insolente. La derrota estaba implícita en cada línea de su cuerpo, encorvado
como estaba, acodado sobre la mesa y con la mirada errando por el jardín. Y en
cuanto a su hija..., Maud había tenido que dominarse para no gritar
triunfalmente al ver la cara de Vera cuando llegaron las toallas y sábanas
nuevas, su ansiedad al sacar de uno de los paquetes el vestido de topos blancos
y azules que Maud le había comprado. Una palabra de tía Ethel y se rendiría sin
condiciones. Por supuesto que lo haría; no sería humana si obrara de otra
forma.
–¿Un huevo o dos, mamá? –preguntó Vera desde
la cocina.
Maud suspiró con satisfacción. Su oído no
captó en la voz de Vera aquel antiguo tono quejumbroso y de mártir que la
molestaba tanto. Ahora lo reservaba para Stanley.
–Dos, por favor, querida. –Maud tragó dos
tabletas con un sorbo de té. Estaba fuerte y dulce, tal como a ella le gustaba.
Azúcar era lo que necesitaba para mantenerse en forma y poder afrontar el día
que la esperaba, azúcar y muchas proteínas.
Vera entró con una fuente llena de huevos y
jamón ahumado y se detuvo para cortar una gruesa rebanada de pan para su madre.
Stanley sorbía el té con suma lentitud, como un inválido.
–¿Tratarás de volver pronto, Vera?
–Intentaré salir a las cinco. Dijiste que tía
Ethel no llegaría antes de las cinco, ¿verdad?
Maud asintió satisfecha.
Se puso manos a la obra tan pronto como Vera
hubo salido. Se proponía limpiar las alfombras con la vieja aspiradora, encerar
el suelo del recibidor y preparar la fiesta que iba a alegrar el corazón de
Ethel. Llevaba años sin hacer ningún tipo de trabajo y en otros tiempos hubiera
preferido ver la casa convertida en una pocilga antes que consentir que Stanley
la viera ni siquiera con un plumero en la mano. Pero ahora ya no le importaba
nada. Stanley iba de habitación en habitación, observándola sin decir palabra.
Maud no se daba por enterada de ese silencio, tarareaba sus himnos religiosos
al tiempo que trabajaba, tal y como solía hacer muchos años atrás en aquella
mansión antes de que el señor y la señora se despertaran.
Almorzaron a las doce.
–Recogeré y fregaré los platos –dijo una vez
que terminaron el flan de arroz–. No me gustaría que llegara Ethel y encontrara
la casa en desorden.
–No comprendo por qué Vera y tú no podéis
actuar de una forma más natural.
–La limpieza es natural para algunas personas
–contestó Maud, aprovechando la ausencia de Vera para dirigirle una indirecta.
Se movía como una centella, limpiándolo todo, y su cojera apenas era
perceptible–. Me pondré el vestido nuevo, me arreglaré y después descansaré un poco
en la cama.
–¿Pasa algo malo en ese sofá? –Stanley señaló
con el pulgar la salita.
–La sala ya está dispuesta y arreglada para
tomar el té y no puedo quedarme ahí, teniendo en cuenta que es el lugar en el
que recibiremos a Ethel.
–¡Cielo santo! –exclamó Stanley.
–Por favor, no blasfemes. –Aguardó la réplica
airada y al ver que no llegaba añadió con sequedad–: Y no tienes ninguna
necesidad de andar por aquí revolviéndolo todo. No queremos esos crucigramas
danzando por el salón.
Stanley contestó, pero sólo con una sombra de
su habitual brío.
–No te preocupes por mí. Me voy con mi
gandulería a otra parte. Tal vez te gustaría que me mantuviera alejado de aquí
todo el fin de semana.
Maud suspiró. Se lavó las manos, las secó y
se encaminó hacia la puerta.
–Espero que no te quedes dormida. Sabe Dios
lo que pasaría si Miss Carpenter tiene que aguardar en la puerta –comentó
Stanley intentando un débil ataque final.
–Tengo el sueño muy ligero. El menor ruido me
despierta.
La vida iba a convertirse en un verdadero infierno
los próximos días. Las dos mujeres le estarían gritando mañana, tarde y noche
que se limpiara los pies en la alfombra y se lavara las manos mientras ellas se
dedicaban en cuerpo y alma a Ethel hasta dejarle a él convertido en un pelele.
Ella se marcharía pronto, claro, el domingo o el lunes, pero sólo a la vuelta
de la esquina, a Green Lanes y, ¿cuántas veces por semana se la volvería a
encontrar aquí?
Eso solo, de por sí, ya era una perspectiva
lúgubre, pensó Stanley, acodado sobre la mesa, con la cabeza entre las manos.
En un caso de apuro podría solventarlo; pero sabía que un día, cuando volviese
del cine o del trabajo, porque tenía que encontrar un trabajo aunque sólo fuera
para salir de aquella casa, se encontraría con que ellas se habían marchado
dejando una nota sobre la mesa con un número de teléfono de Chigwell y una
escueta orden de que buscara alojamiento en otra parte.
Una vez que Ethel llegara, el desagradable
desenlace sería inevitable. Stanley consultó el viejo reloj de cocina. La una y
media. Dentro de tres horas y treinta minutos ella estaría aquí.
Entró en la sala de estar para buscar un
asiento más confortable, pero hacía fresco en aquella habitación, tan ventilada
en ese momento, y la limpieza excesiva le daba un aire fúnebre. La mesa
extensible estaba abierta del todo y tapada por un segundo mantel, blanco como
la nieve. En realidad, la habitación, tal como estaba preparada, rígida y con
aspecto glacial, parecía un paisaje montañoso blanqueado por la nieve. Stanley
se acercó a la mesa y levantó el mantel, quitándolo con violencia.
En el centro había una columna de salmón, que
mantenía la forma cilíndrica del tarro del que había salido, adornada con
rodajas de pepino y rábanos cortados en forma de flor. Este plato estaba
flanqueado por uno que contenía remolacha bañada en vinagre, otro con ensalada
de patatas y un tercero de col. Rebanadas de tres clases de pan diferentes
esperaban la atención de Maud, cuando llegase su amiga. La mantequilla, en dos
platitos de cristal, había sido cortada y decorada con un tenedor. Cerca del
lugar donde se encontraba Stanley había un pollo asado frío y lengua en
conserva a su lado; al otro extremo, tres largos pasteles, dos de ellos
escarchados y adornados con volantes de papel y el tercero de tipo escocés.
Sobre un pañito habían colocado galletas de chocolate y nueces de jengibre y en
media docena de platos de cristal había miel, pastas, cuajada de limón y tres
clases de mermelada.
Todo aquel alboroto por una anciana que no
era más que una criada. Salchichas o pescado rebozado hubieran sido suficientes
para él. De manera que, ¿era así como pensaban vivir una vez llevaran a cabo
sus furtivos y solapados planes? Colocó de nuevo el mantel y se preguntó qué
podría hacer el resto de la tarde. Sólo salir al jardín, ya que no tenía ni un
penique.
Entonces recordó que había visto a Vera
guardarse algunas monedas en el bolsillo de la gabardina la noche anterior. No
se había llevado esa prenda, ya que era un día soleado y primaveral. Stanley
subió las escaleras y abrió el armario de su mujer. Confiando en encontrar
cinco chelines que le permitieran refugiarse en el cine, buscó en todos los
bolsillos, pero estaban vacíos. Maldijo en silencio.
Había empezado a lloviznar. Vera se mojaría y
le estaría bien empleado. Las 2.05. Toda una tarde gris y vacía se abría ante
él con un té de mujeres viejas al final. «Más me valdría estar muerto», pensó,
mientras se dejaba caer sobre la cama.
Se quedó allí, con las manos en la nuca,
contemplando con tristeza el techo agrietado y manchado por la humedad,
observando cómo una mosca lo atravesaba con inseguridad, de la misma forma que
un astronauta al cruzar la desierta superficie de la Luna. El Telegraph estaba sobre la mesilla tal y como lo había dejado por la mañana, y lo
cogió. No tenía intención de hacer el crucigrama, lo reservaba para aliviar los
peores momentos de la tarde que se le presentaba, así que echó una ojeada a la
sección de necrológicas que se encontraba al lado del crucigrama.
Qué diferente podría ser su vida si entre las
notificaciones de fallecimiento de Keyes, Harold y Konrad, Franz Wilhelm,
apareciera Kinaway, Maud, amante esposa del difunto George Kinaway y querida
madre de Vera... Las leyó descorazonado. ¡De veinte personas, diez eran hombres
de edad muy avanzada! Era fácil encontrar un hombre o una mujer por encima de
los ochenta años y Stanley contó tres que tenían más de noventa. Maud podía
vivir otros veinte años. Él tendría sesenta y cinco entonces. ¡Cielos, no podía
soportar la idea de...!
Stanley se despertó de su tenebroso
ensimismamiento al oír el timbre de la puerta. «La chica que viene a leer el
contador del gas –pensó–. Dejemos que llame.» Maud dormía tan profundamente que
podían escucharse sus ronquidos a través del tabique. Tanto como presumía de
que tenía el sueño ligero y que oía cualquier ruido.
Se había agotado con todo aquel trabajo
inusual. Stanley recuperó una pizca de esperanza al pensar si todo ese esfuerzo
y tantas emociones no habrían sido demasiado para ella. Dar cera con tanto
entusiasmo, arrodillarse, levantarse...
Volvió a sonar el timbre.
Podía ser su nueva bala de turba. Stanley
saltó de la cama. Había dejado de llover. Asomó la cabeza por la ventana y, al
no ver la furgoneta del repartidor, se dispuso a cerrar de nuevo cuando una
figura de complexión fuerte retrocedió unos pasos bajo el porche y salió al
caminito de grava.
Stanley no había vuelto a ver a Ethel
Carpenter desde el día de la boda, pero estaba seguro de que era ella. El
cabello ensortijado que se escapaba por debajo del sombrero de fieltro color
escarlata era casi blanco, en vez de aquel marrón canoso que recordaba; pero en
todo lo demás, parecía no haber cambiado.
Le hizo una señal con el paraguas cuando lo
vio.
–Eres Stanley, ¿verdad? Por un instante he
pensado que no había nadie.
Stanley no contestó. Cerró la ventana,
maldiciendo. Su primera idea fue dirigirse a la habitación contigua y sacudir a
Maud hasta despertarla, pero eso la pondría furiosa y trataría de calmarse
ensañándose con él en presencia de esa mujer vieja, gorda y con sombrero rojo.
Sería mejor que la hiciera pasar él mismo. Dos o tres horas de charla con ella
eran la imagen del infierno en la tierra para Stanley; pero, por otra parte,
tal vez podría emplear el tiempo de forma provechosa haciendo un buen trabajo
de propaganda a su favor.
Al dirigirse a las escaleras echó una ojeada
a la habitación de Maud, pero ella seguía roncando con la boca abierta. Bajó
con paso cansino y abrió la puerta principal.
–Creía que no ibas a abrir nunca –dijo Ethel.
–Ha llegado antes de lo previsto, ¿verdad? No
la esperábamos hasta las cinco.
–El nuevo huésped de mi casera se ha
presentado antes de tiempo, así que pensé que podría adelantar mi llegada. Ya
sé que Maud está durmiendo, no la despiertes. Bien, ¿no vas a invitarme a entrar?
Stanley se encogió de hombros. Esta anciana
tenía un temperamento más gruñón y punzante que el de Maud y podía dar por
descontado que le esperaban días muy difíciles. Ethel Carpenter pasó por
delante de él a paso ligero hasta el vestíbulo dejando sus dos maletas en la
puerta para que las entrase él. «Me trata como a un portero –pensó Stanley, al
tiempo que se dispuso cogerlas–. ¡Santo cielo, pesan una tonelada! ¿Qué llevará
dentro? ¿Lingotes de oro?»
–Pesan, ¿verdad? Casi me rompo la espalda al
traerlas andando desde la estación. Se supone que no puedo llevar peso porque
tengo la tensión alta, pero como no tienes coche y no te has molestado en venir
a buscarme, no he tenido otra opción.
Stanley dejó caer las maletas sobre el
mosaico resplandeciente.
–Iba a ir a buscarla –mintió–, pero a las
cinco.
–Bueno, no vamos a discutir por eso. Por lo
que sé, te gusta buscar pelea. Vaya, ya vuelvo a marearme. La habitación
empieza a dar vueltas.
Ethel Carpenter se llevó una mano a la cabeza
y se dirigió con paso menos firme a una habitación que raras veces se usaba y
que Vera y Maud llamaban la salita.
–He tenido un par de avisos de mareo cuando
venía hacia aquí –dijo, y añadió con orgullo–: Mi tensión sanguínea estaba a
dieciocho la última vez que me vio el médico.
«Otra que tal –pensó Stanley–. Otra que se
lamenta de algo que nadie se va a poner a comprobar y que lo utiliza para
evitar echar una mano.» Por su parte empezaba a creer, a pesar de todo lo que
había leído, que no existía la tensión arterial.
–¿Desea ponerse cómoda? –preguntó pensando
llevarla arriba y esperar a que Maud despertara. Ya sabía que cualquier
propaganda anti-Maud que tuviera en mente caería en saco roto–. ¿Quiere ver su
dormitorio?
–Sí, claro. –Ethel apartó la mano de la
frente y se incorporó–. El vértigo ha pasado. Oh, qué alivio. Subiremos las
maletas al mismo tiempo.
Stanley subió con dificultad la escalera.
Cualquiera pensaría, por el peso del equipaje, que venía a quedarse cinco días.
Tal vez fuera... ¡Cielo santo!
Una vez en la habitación de invitados, Ethel
se despojó del sombrero y el abrigo y los depositó sobre la cama. Cuando se
quitó la bufanda, Stanley observó su figura envuelta en un vestido de punto
azul brillante. Era más o menos de la constitución física de Maud, pero más gruesa
y con las mejillas más rojas. Inspeccionó la habitación y olió los jacintos.
–Ya había estado antes en esta casa –dijo–.
¿A que no lo sabías? Vine con Maud y George cuando pensaban comprarla para
Vera. –Stanley apretó la mandíbula al oír la observación, intencionada por
supuesto, de quién era el verdadero propietario de la casa–. Pensaba que la
habríais mejorado.
–¿Qué tiene de malo como está? A mí me gusta.
–Quizá los gustos difieren. –Ethel se atusó
el cabello–. Voy a echar un vistazo a Maud y después bajaremos. No hay que
despertarla.
Resignándose a su destino con tristeza,
Stanley la siguió.
–No se preocupe. Haría falta una bomba para
despertarla. Duerme tres horas de un tirón.
Con una sonrisa sentimental en su rostro,
Ethel contempló a su amiga. Después, al tiempo que cerraba la puerta, su rostro
adoptó una expresión más severa.
–Ésa no es forma de hablar de la madre de
Vera. Todo lo que tienes se lo debes a ella. Sabía que te encontraría aquí
cuando yo llegara, ya que estás sin trabajo, y pensé que podríamos tener una
pequeña charla, tú y yo.
–¿Ah, sí? ¿Sobre qué?
–No quiero quedarme en el descansillo. Me
vuelve el vértigo. Bajemos.
–Me sorprende –dijo Stanley–. Sería mejor que
reposara si se siente indispuesta. De todas formas tengo que salir. Debo hacer
varias cosas.
Una vez en la salita, Ethel se dejó caer en
un sillón y permaneció en silencio, respirando con dificultad. Stanley la
observaba, convencido de que estaba representando una comedia. Pensaba que así
conseguiría que él le sirviera una taza de té.
De repente suspiró y abrió el enorme bolso
negro, sacó un pañuelo de encaje y se secó el rostro. Dio la impresión de que
había olvidado el plan de Stanley de salir ya que, cuando habló, lo hizo con
voz suave y temblorosa y su atención estaba centrada en la fotografía enmarcada
de Vera y Stanley, que se encontraba sobre la repisa de mármol de la chimenea.
Había sido tomada el día de la boda y Vera, que no gustaba de mirarla, la solía
tener guardada en un cajón. Pero Maud, decidida a alegrar un poco aquella
sombría habitación, la había colocado allí junto a un par de floreros de
cristal verde, un jarrón y la estatuilla de una muchacha desnuda. Todos eran
regalos de la boda.
–Tengo esa fotografía –dijo Ethel– sobre la
mesilla de noche. Mejor dicho, tenía, ya que ahora está dentro del baúl camino
de mi nuevo domicilio.
–¿En Green Lanes? –preguntó Stanley
esperanzado.
–Eso es, en el cincuenta y dos de Green
Lanes, en casa de Mrs. Paterson. –Se quedó mirando la fotografía–. No, me
parece que no es la misma. En la que yo tengo aparecen las damas de honor, si
mal no recuerdo. Voy a mirarla de cerca.
Tan pronto como se levantó, volvió a
marearse. A pesar de su desagrado, Stanley se levantó para ofrecerle su brazo.
Pero Ethel hizo un ligero movimiento de independencia, un gesto para apartarle.
Dio un paso hacia adelante y, en ese mismo instante, su cara se contrajo y
emitió un gemido sordo, casi animal, algo que Stanley nunca había oído antes en
un ser humano.
En ese momento se abalanzó con los brazos
extendidos hacia la anciana; pero Ethel, gimiendo todavía, se tambaleó y cayó
pesadamente al suelo antes de que él pudiera sujetarla.
–¡Por Cristo! –exclamó Stanley, al tiempo que
se arrodillaba.
Tomó la muñeca y le buscó el pulso. La mano
cayó inerte sobre la suya. Después escuchó el corazón. Tenía los ojos abiertos
y con la mirada fija. Stanley se levantó. No tenía ninguna duda de que estaba
muerta.
Faltaban veinticinco minutos para las tres.
El primer pensamiento de Stanley fue avisar a
Mrs. Blackmore. Golpeó la puerta principal del número 59, pero no había nadie.
No hacía falta llamar a la de Mrs. Macdonald. Bajo el número 63 había colgada
una nota: «He ido de compras. Volveré a las tres y media.» La calle estaba
desierta.
De nuevo en casa, una idea le acudió a la cabeza.
¿Quién, aparte de él, sabía que Ethel Carpenter había llegado? Y, de inmediato,
ese pensamiento fue seguido de otro, terrible, atrevido, maravilloso, pero
arriesgado.
Maud seguiría durmiendo hasta las cuatro por
lo menos. Miró el cadáver de Ethel Carpenter sin ninguna emoción, de forma
especulativa, calculadora, sin un asomo de piedad. Había muerto de un ataque,
de eso no había duda. Tenía la tensión muy alta, y al acarrear las maletas
desde la estación había hecho un esfuerzo que no había resistido su corazón.
Resultaba muy injusto el hecho de que nadie sacara provecho de su muerte, nadie
iba a ser una pizca más feliz, mientras que Maud, que tenía tanto que dejar
tras de sí...
Y de un ataque además, la muerte que Maud
debía tener si él quería disfrutar de las veinte mil libras. ¿Por qué no podía
ser su suegra la que estuviera tendida allí? Stanley apretó los puños. ¿Por qué
no? Disponía al menos de una hora y media.
Suponiendo que el asunto no saliera bien o
que lo descubrieran... No había gran cosa que pudieran hacerle si uno de ellos,
Maud, Vera o algún vecino fisgón llegara mientras se ocupaba de los
preparativos. Tal vez lo encerraran una temporada. Pero un par de meses en la
cárcel no era tan malo, siempre sería mejor que la vida que llevaba. Y, en el
caso de que saliera bien, si la hora y media era provechosa, ¡sería rico, libre
y feliz!
Durante el último curso en la escuela, cuando
tenía quince años, Stanley había tomado parte en una representación teatral.
Ninguno de los chicos había entendido de qué iba la obra y, por tanto, tampoco
el público. Stanley lo había olvidado por completo hasta entonces, en que
algunos fragmentos habían vuelto a su mente, no como algo pesado que había que
memorizar sin preocuparse por el significado, sino como un consejo
significativo que se refería a su propio dilema:
«Hay
un momento en el destino de los hombres
que si se aprovecha, conduce a la fortuna.
Si se deja pasar, el resto de sus vidas
se pierde en bajezas y miserias.
En tal mar solitario nos hallamos a flote
y debemos seguir la corriente mientras es útil
o abandonarnos a nuestro destino.»
que si se aprovecha, conduce a la fortuna.
Si se deja pasar, el resto de sus vidas
se pierde en bajezas y miserias.
En tal mar solitario nos hallamos a flote
y debemos seguir la corriente mientras es útil
o abandonarnos a nuestro destino.»
Si alguna vez un hombre se había encontrado a
flote en un mar solitario, ése era Stanley Manning. Esos versos, hasta entonces
sin sentido, habían acudido a su mente como una orden directa. De haber sido un
hombre religioso, hubiera creído que provenían de Dios.
El teléfono estaba en la salita donde yacía
Ethel Carpenter. Subió los escalones de dos en dos para asegurarse de que Maud
seguía durmiendo y después se encerró con el cadáver. Respiró a fondo y marcó
el número de teléfono de la consulta del doctor Moxley. Apostaba diez contra
uno a que el doctor no estaba, le dirían que pidiera una ambulancia y después
todo estaría resuelto.
Pero el doctor Moxley estaba, su último paciente
de la tarde acababa de marcharse. «¡Qué le vamos a hacer!», pensó Stanley,
temblando. La recepcionista le pasó la comunicación y el doctor contestó.
–Iré ahora mismo, antes de hacer las visitas
a domicilio. ¿Mr. Manning, ha dicho? ¿En el número sesenta y uno de Lanchester
Road? ¿Quién dice usted que ha muerto?
–Mi suegra –informó Stanley con seguridad–.
La madre de mi esposa, Mrs. Maud Kinaway.
Segunda parte
Cuando Stanley colgó el teléfono temblaba
como una hoja movida por el viento. Tenía que dar el paso siguiente antes de
que llegara el médico y el valor lo estaba abandonando. Había una botella de
coñac casi llena en el aparador y Stanley, mareado y con escalofríos, la sacó y
bebió un trago largo. Le traía sin cuidado que el doctor Moxley lo notara en su
aliento, ya que no tenía nada de extraño que un hombre tomara una copa cuando
su suegra acababa de caer muerta ante él.
Vera tendría que ver el cuerpo, un
cuerpo. Eso significaba que debía ser muy cuidadoso en cómo hacía las cosas.
¡Dios, no podría hacerlo! No tenía fuerzas, sus manos no se mantenían firmes ni
para aplastar una mosca... Pero si Maud bajaba mientras el médico estuviera
allí...
Stanley tomó otro trago de coñac y se secó
los labios. Salió al silencioso pasillo y se puso a escuchar. Los ronquidos de
Maud retumbaban en la casa con la regularidad de un gran corazón latiendo.
También el de Stanley parecía querer escapársele del pecho.
Sonó el timbre y le faltó poco para
desmayarse del sobresalto.
El doctor Moxley no podía haber llegado. Era
humanamente imposible. Cielos, ¿y si Vera había olvidado la llave? Se dirigió
horrorizado hacia la puerta. Si seguía así, también él tendría un ataque...
–Buenas tardes, señor. Le traigo una bala de
turba como había pedido.
Estaba en un saco de plástico verde. Stanley
lo miró, después dirigió los ojos hacia el hombre y los volvió a clavar en el
saco, sin decir una palabra.
–¿Está usted bien, amigo? Tiene mala cara.
–Estoy bien –balbuceó Stanley–, gracias.
–Bien, usted sabrá. ¿Quiere que lo ponga en
el cobertizo?
–Yo lo haré, muchas gracias.
Mientras entraba el saco y lo arrastraba por
la parte lateral del jardín, Stanley oyó a Mrs. Blackmore que pasaba por el
otro lado de la verja. Encogió el cuerpo y agachó la cabeza. Cuando la mujer
hubo cerrado la puerta, vació la turba en el suelo del cobertizo y la cubrió
con el saco vacío.
El ver a otras dos personas en circunstancias
muy parecidas a las suyas, el repartidor que vivía en un pequeño piso
municipal, y Mrs. Blackmore, una esclava agotada por su incapacidad crónica
para llevar a cabo las tareas domésticas, devolvió a Stanley a la realidad y a
la crueldad de los hechos. Tenía que hacerlo ahora, no podía vacilar por más
tiempo. Si supiera tanto acerca de Hamlet como sabía de Julio César, se hubiera
dicho a sí mismo que su duda anterior, su momento de escrúpulos, se debía a
pensamientos involuntarios que habían empalidecido su resolución.
Cerró la puerta principal a sus espaldas y
subió la escalera con las manos apretadas contra el pecho. Maud estaba
silenciosa. Cielos, ¿y si está levantada, vestida, lista para bajar...? Se
arrodilló frente a la puerta y miró por el ojo de la cerradura. Aún dormía.
A Stanley le parecía que nunca en toda su
vida había sido consciente de tal silencio. El tráfico de la calle se había
calmado y no se oía cantar a los pájaros; el corazón había dejado de latirle
hasta que la tarea no estuviera terminada. El inquietante y absoluto silencio
era como el que, según dicen, precede a un terremoto. Se asustó. Hubiera
querido gritar para romperlo u oír una voz humana, aunque fuera lejana. Daba la
impresión de que él y Maud estuvieran solos en una ciudad deshabitada.
Las bisagras habían sido engrasadas la semana
anterior, ya que Maud se quejaba de que chirriaban, y la puerta se abrió sin
hacer ruido. Se acercó a la cama y la contempló en su sueño. Parecía un bebé.
Sus pensamientos eran de tal violencia, habían cobrado tanta fuerza, que le
parecía que tenía que transmitirlos y despertarla. Suspiró profundamente. Ya
alargaba las manos para coger la almohada donde reposaba la cabeza de Maud
cuando...
El doctor Moxley no llamó al timbre. Utilizó
la aldaba y ésta hizo un ruido metálico que resonó por toda la casa. Maud se
dio la vuelta, respirando con fuerza, como si supiera que se había suspendido
su pena de muerte. Durante unos momentos, mientras la contemplaba, Stanley
creyó que todo había terminado para él. Su plan había fallado. Pero ella
continuó durmiendo y su mano siguió inmóvil sobre la cama. Stanley notó que el
corazón le latía con fuerza y le pareció que, de un momento a otro, iba a
estallarle dentro de la caja torácica. Bajó para recibir al médico.
Era un hombre de aspecto juvenil, con melena
oscura y un estetoscopio colgado del cuello.
–¿Dónde está?
–Aquí –contestó Stanley con voz ronca–. Pensé
que sería mejor que no la moviera.
–¿De verdad? No soy ningún policía, ¿sabe?
A Stanley no le gustó nada esa observación.
Empezaba a encontrarse mal. Entró en la habitación arrastrando los pies detrás
del médico, consciente de que tenía el rostro cubierto de sudor.
El doctor Moxley se arrodilló en el suelo.
Examinó el cadáver de Ethel Carpenter y puso la mano en la nuca de la difunta.
–Mi suegra –dijo Stanley– tuvo una trombosis
hace cuatro años y...
–Ya lo sé. He mirado la ficha del doctor Blake
antes de venir. Ayúdeme a colocarla en el sofá.
Entre los dos depositaron el cuerpo en el
diván y el médico le cerró los ojos.
–¿Tiene algo con que taparla? ¿Una sábana,
por ejemplo?
Stanley no podía soportar otro minuto de
incertidumbre.
–¿Ha sido un ataque, doctor?
–Sí. Una trombosis cerebral. Tenía setenta y
cuatro años, ¿no?
Stanley asintió. Ethel Carpenter, recordó,
era un poco más joven que Maud, dos o tres años menor. Pero los médicos no
pueden adivinar eso, ¿verdad? No pueden decirlo con tal precisión, es imposible
hacerlo.
El doctor había sacado un bloc del maletín y
una pluma del bolsillo de la chaqueta, y se disponía a escribir lo que Stanley
tanto deseaba.
–¿Qué hay de esa sábana?
–Voy a buscarla –balbuceó Stanley.
–Mientras usted se ocupa de eso, extenderé el
certificado de defunción.
Las sábanas estaban en el armario del cuarto
de baño. Stanley cogió una; pero, antes de bajar, de nuevo se sintió mareado,
al tiempo que un sudor frío le recorría el cuerpo. Vomitó en el lavabo.
Lo primero que vio al regresar a la salita
fue la mano izquierda, sin anillo, de Ethel que pendía del extremo del sofá.
Cielos, se suponía que era una mujer casada... El médico estaba de espaldas al
cadáver y escribía a toda prisa. Stanley extendió la sábana y la colocó sobre
el cuerpo, ocultando la mano entre los pliegues.
–Así está mejor –dijo el doctor Moxley, más
amable–. Sé que estará usted pasando un mal trago, Mr. Manning. ¿Dónde está su
esposa?
–En el trabajo.
«Dame el certificado –rogaba Stanley para
sí–. Por Dios santo, dame el certificado y lárgate de una vez.»
–Mejor. Deben ustedes pensar que ha tenido
una vida larga y que su muerte ha sido rápida y sin dolor.
–Nadie puede vivir eternamente, ¿verdad?
–contestó Stanley.
–Eso es muy cierto. Necesitará esto –le dijo
el doctor Moxley mientras le entregaba dos sobres sellados–. Uno es para Pompas
Fúnebres y el otro debe llevarlo cuando vaya a registrar el fallecimiento. ¿Me
ha entendido?
Stanley hubiera deseado contestarle: «No soy
ningún estúpido, aunque no hable en el mismo tono afectado que tú», pero se
limitó a asentir y a dejar los sobres encima de la repisa de la chimenea. El
doctor Moxley dio una última e inescrutable ojeada al cuerpo envuelto en la
sábana y salió, con el estetoscopio balanceándose sobre el pecho. Al llegar a
la puerta principal se volvió hacia Stanley.
–Oh, otra cosa...
Su voz era estridente, sonaba como si se
estuviera dirigiendo a un auditorio en lugar de al hombre que tenía a su lado.
Un escalofrío recorrió la espalda de Stanley al ver la expresión pensativa del
médico. Parecía haber olvidado algo de vital importancia.
–No le he preguntado si desean entierro o
incineración –dijo, mientras mantenía la puerta entreabierta.
¿Eso era todo? Stanley tampoco había pensado
en ello. Le hubiera gustado atreverse a pedirle que no hablara tan alto.
–Incineración. Éste era su deseo –contestó
con voz apenas perceptible. «Quemar a Ethel, destruirla por completo, y así
nunca habría problemas.»
–¿Por qué desea saberlo? –preguntó.
–En los casos de incineración –contestó el
doctor– se precisan dos médicos que certifiquen la defunción. Es la ley. Me
ocuparé de eso. Imagino que el servicio fúnebre lo hará Woods, así que le
pediré a mi colega...
–¿El doctor Blake? –exclamó Stanley de forma
instintiva, arrepintiéndose nada más haber hecho esa pregunta.
–El doctor Blake está jubilado –dijo Moxley
en tono glacial.
Miró a Stanley de forma penetrante, parecida
a la de Mrs. Blackmore, y abandonó la casa cerrando la puerta tras de sí.
Stanley pensó que bastaba para resucitar a un
muerto. Eran las cuatro menos cuarto. Ya tendría tiempo de ocuparse del
servicio de Pompas Fúnebres, una vez que hubiera escondido el cadáver de Ethel
y ajustado cuentas con Maud... El cadáver que había debajo de la sábana sería
examinado por un médico que jamás había visto a Maud, pero no podía engañar a
Vera. Vera tenía que ver a Maud y, como era lógico, tenía que verla muerta.
Apartó la sábana y la enrolló. Después agarró
a Ethel por los brazos y apoyó la mitad superior del cuerpo de la muerta en el
suelo. Era un hombre bajito y delgado y el peso de la mujer era excesivo para
él. Se quedó de pie, con la respiración entrecortada. Su mirada se iluminó al
ver el bolso negro, que estaba a un lado de la silla donde ella se había
sentado. Tendría que hacerlo desaparecer también.
Abrió el bolso y un aroma de algo dulzón y
pegajoso le cosquilleó en la nariz. Provenía de un paquete medio vacío de
caramelos de violeta. Stanley recordó vagamente haber visto este tipo de
caramelos utilizados como refrescantes del aliento, en botellas de cristal en
las pastelerías, antes de la guerra, cuando era un muchacho. Algunas veces su
madre los compraba en la tienda del pueblo o el día que iban a Bures. Había
creído que ya no existían, al igual que las bolitas de anís y el regaliz, y
ahora ese olor, que lo había asaltado de forma inesperada, lo transportó a su
antiguo hogar, al verde río Stour, donde tantas lochas había pescado, y a
Miller Thumbs, la aldea oculta entre montañas en un hermoso valle, una paz
olvidada.
Cogió uno de los caramelos de violeta y lo
sujetó entre los dedos. Un penetrante aroma de violeta y azúcar le llegó al
acercárselo a la nariz. Tenía diecisiete años cuando huyó de todo, padres,
hermanos, el río y la pesca. Se iba en busca de fortuna, les había dicho,
enfermo de envidia y resentimiento contra sus dos hermanos, uno a medio camino
de un buen aprendizaje; el otro en un colegio mayor. «Volveré –había dicho– y
valdré más que vosotros dos juntos.» Pero nunca había regresado y la última vez
que vio a su padre fue en el tribunal, cuando lo avisaron para que estuviera
presente en el juicio contra su hijo.
Ahora las cosas eran diferentes. Esa fortuna
le había costado casi treinta años, pero casi la había conseguido ya. Sólo un
paso más y... cuando tuviera el dinero, tal vez la próxima semana, subiría a
Bures en su coche y les daría una sorpresa a todos. «¿Qué tal si buscamos un
lugar para pescar?», le diría a su hermano, el propietario de la imprenta, y le
mostraría su flamante aparejo. «Guárdalo», le contestaría a su otro hermano, el
maestro de la escuela secundaria, al entregarle un fajo de billetes. Los
resentidos serían ellos cuando su madre le llevara a visitar a los vecinos,
orgullosa de su hijo más afortunado...
Stanley devolvió el caramelo a su envoltorio
y el espejismo se desvaneció. Lo único que había de interés en el bolso eran
varios billetes sujetos con una goma. Pensó que serían los ahorros de Ethel,
dinero para pagar el alquiler por adelantado a su nueva patrona.
No había necesidad de destruirlos junto con
el cadáver de su dueña.
Estaba contando los billetes cuando oyó un
débil ruido por encima de su cabeza, un escalón que crujía. Sus fantasías lo
habían calmado durante un rato; pero ahora, el sudor volvía a brillar en su
rostro. Dio un paso hacia atrás para quedarse temblando como un animalillo que
espera su muerte cuando se enfrenta a un depredador mayor.
La puerta se abrió y entró Maud, precedida de
su bastón.
Maud gritó.
No se entretuvo en discutir con Stanley o en
preguntarle nada. Lo que veía ante sus ojos le relataba con toda exactitud lo
que había ocurrido. Durante veinte años había estado esperando a que su yerno
repitiera el delito por el que había ido a la cárcel. Entonces, como ahora, se
había tratado de una anciana. Como la vez anterior, Stanley había atacado a una
pobre vieja para robarle el dinero; pero ahora había ido más lejos y la había
matado.
Levantó el bastón y avanzó hacia él. Stanley
dejó caer el fajo de billetes y retrocedió apoyándose en el piano. Sus manos,
al caer de golpe sobre el teclado, provocaron un acorde disonante. Maud dirigió
el bastón hacia su rostro, pero su yerno se agachó y el golpe lo recibió entre
la nuca y el hombro. Cayó de rodillas, pero casi de inmediato se levantó
tambaleándose y le lanzó uno de los floreros.
Se estrelló en la pared, tras la cabeza de
Maud, y una lluvia de cristales verdes se esparció por la habitación.
–¡Te mataré por lo que has hecho! –aulló
Maud–. ¡Te mataré con mis propias manos!
Acurrucado entre el diván y el piano, Stanley
buscó a su alrededor más armas arrojadizas pero, antes de que pudiera poner la
mano sobre el segundo florero, Maud volvió a atizarle, esta vez en la cabeza, y
lo alcanzó de llenó, mientras él se tambaleaba a causa de los violentos golpes
recibidos por todo el cuerpo. Durante unos instantes, la sala se oscureció y
vio formas que giraban en la penumbra, triángulos, cuadrados rojos y estrellas
fugaces.
Maud lo golpearía hasta matarlo. El horror y
la ira le habían proporcionado una fuerza insospechada. Mientras lloriqueaba,
encogido en una esquina de la habitación, ofreció el omóplato para que éste
recibiera el golpe siguiente y, en el momento en que el bastón caía sobre él,
agarró el extremo del mismo y dio un fuerte tirón, pero no consiguió
arrancárselo. Se retorcía en su mano como algo vivo. Stanley se fue
incorporando asido al objeto. Él era más fuerte que la anciana, era un hombre y
además, treinta años más joven, así que se quedó de pie, cara a cara con Maud.
No dijeron ni una palabra. Todas sobraban. Lo
habían dicho todo en aquellos cuatro años y ahora lo único que quedaba era la
cristalización del odio mutuo. Éste estaba latente en los gruñidos jadeantes de
Maud y en el siseo de Stanley. Una vez más, parecía que estuvieran solos en el
mundo, o fuera de él, en algún planeta deshabitado donde no reinaba otra clase
de emoción que el odio y ni siquiera existía el instinto, sino la propia
supervivencia.
Cada uno tenía un único deseo: la posesión
del bastón, y se concentraron a tal fin en una lucha salvaje de tira y afloja.
Stanley simuló retroceder ante una posición femenina ligeramente ventajosa,
pero dio un puntapié a la espinilla de Maud y ésta, con un grito de dolor, dejó
caer el bastón.
Stanley lo recogió y lo lanzó al extremo
opuesto del salón. Saltó para alcanzar su garganta y le agarró el cuello entre
ambas manos. Maud profirió un grito sofocado y mientras los dedos de Stanley le
apretaban la arteria carótida, ella lo alcanzó en la ingle con un rodillazo.
Ambos chillaron al unísono; Stanley, retorciéndose de sufrimiento, se apartó.
Giró sobre sus talones, dispuesto a saltar de
nuevo sobre ella, pero Maud estaba indefensa sin el bastón del que había
dependido durante años. Tratando de mantener el equilibrio, movía los brazos y
al no haber nada que detuviera su caída, se golpeó la cabeza contra el afilado
ángulo de la repisa de mármol de la chimenea.
Stanley se acercó a ella a cuatro patas y la
contempló. El corazón le latía con fuerza. Se habían consumado todos sus
deseos.
Vera no lloró ni dijo nada cuando la informó
de la noticia, pero se puso muy pálida. Asintió con la cabeza, aceptando su
versión de cómo Maud estaba en la salita, al lado de la repisa contemplando la
fotografía del matrimonio cuando, de repente, se sintió mal, se llevó la mano a
la frente y cayó al suelo.
–Tenía que pasar antes o después –finalizó.
–Subiré a verla –dijo Vera.
–Siempre y cuando eso no te angustie.
Esperaba esa reacción y lo tenía todo
previsto. La siguió escaleras arriba.
Vera lloró un poco al ver a Maud.
–Parece muy tranquila.
–Eso mismo he pensado yo –exclamó Stanley–.
Me ha parecido que ahora está en paz.
Hablaron en susurros como si Maud pudiera
oírlos.
–Habrías debido llamarme a la tienda.
–No quería asustarte. No había nada que
pudieras hacer ya.
–Hubiera preferido estar aquí. –Vera se
inclinó y besó la frente fría de Maud.
–Vamos –musitó Stanley–, Te haré una taza de
té.
Quería sacarla de allí lo antes posible. Las
cortinas estaban echadas y la habitación permanecía en penumbra, sólo una débil
luz se filtraba sobre los rasgos de Maud y la provisión de medicinas que tenía
en la mesilla de noche. Pero si Vera movía un centímetro la almohada, vería la
señal del golpe en la cabeza de Maud, bajo los rizos grises.
–Supongo que debo velarla toda la noche.
–¿Qué dices? –exclamó Stanley alarmado,
alzando la voz–. Nunca había oído semejante tontería.
–Es una costumbre. Pobre mamá. En el fondo me
quería, aunque a su manera. Hacía las cosas por mi bien. ¿Te ha dicho el médico
si ha sido otro ataque?
Stanley asintió.
–Vamos, Vera. No vas a solucionar nada
quedándote aquí.
Hizo té. Vera lo observaba, murmurando las
mismas frases una y otra vez, tal y como hacen las personas que acaban de
sufrir una pérdida dolorosa: que parecía increíble, pero que en realidad cabía
esperarlo; que todos tenemos que morir, pero que la muerte siempre llega
demasiado pronto y por sorpresa; que había que dar gracias de que su madre
hubiese tenido una muerte apacible...
–Vamos a la otra habitación. Aquí hace frío
–pidió Vera.
–De acuerdo –dijo Stanley.
Tan pronto como viera la mesa, se acordaría
de por qué estaba puesta con tanta comida y empezarían las preguntas, pero
estaba preparado. Cogió las dos tazas y la siguió.
–¡Cielos! –exclamó Vera al abrir la puerta
del comedor–. Tía Ethel. Me había olvidado por completo de ella. –Miró el reloj
y se dejó caer en una silla–. Son casi las seis. Se está retrasando. Tenía que
estar aquí a las cinco. No es propio de Ethel llegar tarde.
–No creo que venga ya.
–Claro que vendrá. Escribió confirmando su
llegada. Oh, Stan, tendré que decírselo. Será un gran golpe para ella, quería
mucho a mamá.
–Puede que no venga.
–¿Por qué insistes en decir eso? Llega con
retraso, eso es todo. No puedo comer nada, ¿y tú?
Stanley estaba hambriento. El aroma del
salmón mezclado con el del pollo hacía trabajar sus glándulas salivales y
estaba mareado de tanto apetito, pero negó con la cabeza, exhibiendo una
expresión sensiblera.
Al mismo tiempo que ávido de comida, estaba
agotado y no podría descansar hasta que el peligro hubiera pasado. Vera había
visto a su madre y no había sospechado nada, así que no tenía por qué ir a la
habitación de invitados, donde el cadáver de Ethel Carpenter reposaba bajo la
cama, oculto por la colcha. Hasta aquí, todo iba bien.
–No comprendo qué puede haberle ocurrido a
Ethel –dijo Vera, inquieta–. ¿No crees que debería llamar a su casera de
Brixton?
–No tiene teléfono.
–No, pero podría llamar al café de la esquina
y pedirles que le dieran un recado.
–Yo no me preocuparía –contestó Stanley–. Ya
tienes bastante con lo tuyo como para molestarte por Ethel también.
–Supongo que no habrá nada malo en esperar un
poco más. ¿A qué hora vendrán mañana los de la funeraria?
–A las diez y media.
–Tendré que telefonear a Doris y decirle que
no podré ir a trabajar. Sólo Dios sabe cómo se las arreglará, ya que la otra
chica está de vacaciones.
Stanley estuvo a punto de atragantarse con el
té.
–Yo puedo ocuparme de eso. Vera. No creo que
te guste estar aquí cuando ellos vengan.
–No... Pero ¡es mi madre, Stan!
–Si quieres ir, ve. Déjalo todo en mis manos.
El timbre de la puerta interrumpió la
conversación. Vera regresó con Mrs. Blackmore quien, a pesar de que Stanley no
había informado a nadie, ya estaba enterada de lo ocurrido. Tal vez había
espiado la conversación en el umbral de la puerta con el médico. Cualquiera que
hubiese sido la fuente de información, dijo a Vera que ya lo había comunicado a
Mrs. Macdonald y a otras amigas y conocidas del vecindario. Tan segura estaba
de su intuición en asuntos de este tipo que no había creído necesario esperar
una confirmación. Un abrigo negro echado sobre los hombros a toda prisa,
tapando su bata de flores, anunciaba que había venido a cumplimentar por última
vez a Mrs. Kinaway. En otras palabras, quería ver el cadáver.
–Apenas ayer estaba hablando con ella a
través de la verja –explicó–. En fin, todos somos arrancados como flores,
¿verdad?
Mirando de reojo y con desagrado el rostro
inquisitivo y de aspecto conejil de Mrs. Blackmore, Stanley pensó que la única
flor que ella podía hacerle recordar era la mortífera belladona. Bueno, sería
mejor que las dejara pasar a todas ellas ahora para mirar boquiabiertas a Maud,
que exponerse a que se pusieran a cotillear cuando vinieran los de la
funeraria. Un celoso guardián de la muerte, dispuesto a interceptar el movimiento
de cualquier mano tierna que pudiera intentar acariciar el cabello de Maud,
subió la escalera con las dos mujeres.
Cinco minutos después, Mrs. Blackmore,
declarando a voz en grito que «cualquier cosa que necesites, querida, no dudes
en pedírmelo», se había marchado. A continuación llegaron ambos Macdonald con
un ramito de violetas para Vera.
–Violetas para el duelo –dijo Mrs. Macdonald
en tono sentimental. El aroma de las flores hizo que Stanley recordara el bolso
de Ethel–. No queremos verla, Mrs. Manning. Deseamos recordarla como era en
vida.
Después, Vera y Stanley se quedaron solos. Le
acobardaba pensar que su mujer esperaba a Ethel, pero no podía hacer nada para
evitarlo. Sin decir una palabra, Vera había retirado el cubierto de su madre.
–Sería mejor que comieras algo –dijo Vera.
A las diez, y en vista de que Ethel no había
llegado, quitó la mesa y se fueron a la cama. Vera echó un último vistazo a
Maud desde la puerta, pero no volvió a entrar en la habitación. Apagaron la luz
y permanecieron tendidos uno al lado del otro, sin rozarse, desvelados ambos.
Vera se durmió primero. Cada nervio del
cuerpo de Stanley estaba en tensión. ¿Qué iba a hacer si Vera decidía no ir al
trabajo a la mañana siguiente? Tendría que conseguir que saliera. Tal vez
podría decirle que fuese a registrar la defunción... Pero se dio cuenta de que
eso no le daría el tiempo suficiente para todo lo que tenía que hacer.
Poco después de medianoche se durmió y casi
de inmediato, o así se lo pareció a él, empezó a soñar. Caminaba por la orilla
del río en dirección a su antiguo hogar y había hecho todo el camino a pie
desde Londres como un vagabundo, con sus pertenencias liadas en un hatillo a la
espalda. Le parecía que llevaba años andando, pero ahora ya estaba cerca. Muy
pronto llegaría al lugar donde el río describía un gran meandro y entonces el
pueblo aparecería ante sus ojos, primero el campanario de la iglesia y después
los árboles y las casas. Ya las veía y apretaba el paso. A pesar de su evidente
pobreza, el hatillo y los zapatos rotos, sabía que se alegrarían de su llegada
y lo recibirían en casa con lágrimas de felicidad.
Estaba saliendo el sol, ya que eran las
primeras horas de la mañana, y Stanley cruzaba el meandro con los pantalones
mojados de rocío hasta la rodilla. Nadie en el pueblo había despertado aún,
pero su madre estaría en pie. Siempre había sido muy madrugadora. La puerta de
la granja se abriría cuando la empujara y entraría llamándola.
Oyó cómo ella bajaba la escalera y se dirigió
al pie de la misma, mirando hacia arriba. Su madre iba descendiendo. Se había
convertido en una anciana y utilizaba bastón. Primero le vio las piernas y la
falda, ya que la escalera parecía más alta y empinada que la última vez que la
había visto. Despertó sobresaltado, gritando en voz alta. No era la cara de su
madre, sino la de Maud, cerúlea, sin dientes, con la sangre que manaba del
cuero cabelludo...
En su despertar agitado, los gritos sonaron
como un gemido ahogado. Le costó algunos minutos volver a orientarse, darse
cuenta de que había sido una pesadilla y que Maud estaba muerta. No pudo volver
a conciliar el sueño. Se levantó y vagó por la casa, mirando primero en la
habitación de Maud y después en la habitación de los invitados. Los jacintos
que Maud había cortado para Ethel mostraban su blancura a la pálida luz de la
luna.
Bajó a la planta baja y le pareció que estaba
más tranquilo con una luz encendida. La casa olía a comida, a pescado enlatado
y a platos fríos, lo cual no duraría mucho, ya que no tenía dónde conservarlos.
Ahora que había vuelto en sí y el sueño se había desvanecido, se sintió
embargado por una ansiedad repentina al intentar recordar algo que había dejado
de hacer. No conseguía saber de qué se trataba. Se sentó y escondió la cabeza
entre las manos.
Entonces lo recordó. Después de todo, no era
nada importante y se tranquilizó. Por primera vez en veinte años pasaba el día
sin hacer el crucigrama.
Buscó el Daily Telegraph y un bolígrafo.
La visión de las cuadrículas vírgenes le proporcionó un escalofrío de placer.
Era curioso cómo el solo hecho de ver el marco y el mosaico simétrico lo
tranquilizó e hizo aplacar el temblor de sus manos. «Debía de haber resuelto
miles –pensó–. Seis a la semana, multiplicados por cincuenta y dos semanas
durante veinte años... Cielos, ¡vaya un montón! Y sin contar todos los
cuadernillos y los almanaques.»
Stanley cogió el bolígrafo.
Uno horizontal: «El que lo es, distingue mal
los colores.» Stanley meditó apenas un segundo antes de escribir «daltónico».
Su cuerpo se relajó como si estuviera sumergido en un baño de agua templada y
sonrió.
El despertador sonó a las siete.
Vera saltó de la cama y ya estaba a medio
camino del baño cuando recordó. Volvió sobre sus pasos mientras se preguntaba
si debía despertar a Stanley, pero lo encontró con los ojos abiertos,
contemplando el techo.
–Me acabo de levantar –dijo Vera–. Creo que
voy a ir a trabajar.
–Yo lo haría. Te ayudará a no pensar.
Pero no estuvo seguro de que realmente lo
hiciera, ella vacilaba tanto, hasta que la vio salir por la puerta. Tan pronto
se alejó calle abajo, fue a buscar el saco de turba vacío y subió la escalera.
Sería mejor que quitara el anillo de boda del dedo de Maud y lo colocara en el
de Ethel. Era curiosa la aprensión con que lo hizo. Se alegró de no haber
comido los huevos con jamón que Vera le había ofrecido.
Ethel llevaba un anillo en el dedo meñique de
su mano derecha. Era muy peculiar, un aro de oro con dos manos enlazadas, dos
manos diminutas de oro en medio de las cuales debía de haber habido una gema.
Stanley lo sacó de un tirón y lo deslizó después en el dedo de Maud. Envolvió
el cuerpo en el saco.
No había nadie en el jardín de los Blackmore,
ya que los sábados se quedaban en la cama hasta muy tarde y las ventanas de su
dormitorio daban a la parte frontal de la casa. Respirando con dificultad por
el peso, Stanley arrastró el saco a lo largo de la estrecha faja de hormigón
del exterior de la puerta trasera y lo llevó al cobertizo. Ahora, las maletas
de Ethel. Eran de fuelle y no estaban del todo llenas, a pesar de resultar tan
pesadas. Abrió la más ligera y metió dentro el abrigo, el sombrero y el
paraguas de Ethel, que para su alivio vio que era plegable. Las acarreó
escaleras abajo y las dejó en el cobertizo al lado del saco. Nadie que no fuera
él iba nunca al cobertizo, pero para asegurarse bien cubrió el saco y las
maletas con la turba. Cualquiera que entrara y echara un vistazo pensaría que
Stanley Manning guardaba allí una tonelada de turba y no unos cien kilos.
Las cosas iban saliendo bien.
A las nueve y media ya tenía a Ethel en el
lugar que había ocupado Maud, en la cama de la habitación trasera, cubierta por
una sábana. «Sería todo un detalle –pensó– que tal vez produciría buena
impresión a los de la funeraria, ver flores junto al cadáver.» Así que fue a buscar
el florero de jacintos y lo depositó entre los medicamentos de Maud.
A las diez en punto llegaron los empleados de
la funeraria y, después de entregarle un impreso para rellenar solicitando el
permiso para la incineración, se llevaron el cadáver de Ethel Carpenter.
Después de haber registrado el fallecimiento
de Maud, aprovechando la hora del almuerzo, Vera telefoneó al café de Brixton
contiguo a la casa donde había estado viviendo Ethel.
–Lamento tener que molestarle. Mi padre tenía
un negocio igual y sé lo muy ocupados que deben de estar; pero ¿podría decirle
a Mrs. Huntley que haga el favor de telefonearme?
Pasaron diez minutos antes de que sonara el
teléfono y Vera aprovechó el tiempo colocando mantas limpias en bolsas de
plástico.
–Quería saber –le dijo a Mrs. Huntley– si
Miss Carpenter está aún en su casa. Ayer no se presentó en la mía.
–¿No llegó? Salió de aquí, déjeme pensar,
debía de ser sobre la una menos veinte, más o menos. Se llevó dos maletas y me
dejó un baúl para que se lo enviara a su nueva dirección de Green Lanes. El
transportista acaba de venir a recogerlo.
Vera tuvo que sentarse, ya que se le doblaban
las rodillas.
–¿Dijo si venía hacia mi casa?
–Lo último que me dijo fue: «No me esperan
tan temprano, Mrs. Huntley, pero iré de todas formas. Mr. Manning estará en
casa y podré tener una charla con él.» Me comentó que se lo tomaría con calma,
ya que las maletas eran muy pesadas.
–¿Ha dicho usted la una menos veinte?
–Tal vez menos cuarto –contestó Mrs. Huntley.
–¡Entonces debería haber llegado alrededor de
las dos!
–Quizá cambió de idea y fue directamente a
Green Lanes.
–Supongo que eso es lo que habrá hecho –dijo
Vera.
Pero no era propio de Ethel. Asegurar que
iría, confirmarlo por carta, comentarlo con todo el mundo y después no aparecer
sería una forma muy grosera de comportarse. Y Ethel, a pesar de que algunas
veces era mordaz, maliciosa y de difícil carácter, no era informal ni
maleducada. Pertenecía a la vieja escuela. Vera no podía entenderlo.
A las cinco, cuando el trabajo disminuía y
los comercios empezaban a cerrar. Vera dejó la tintorería a cargo de Doris, su
ayudanta, y tomó el autobús que bajaba a Green Lanes.
El número 52 era una casa mucho más bonita
que la suya. Aunque algo aislada, tenía doble fachada y un hermoso tejado a dos
aguas, jardín frontal con una cuidada rocalla y un garaje con entramado de
madera. Una mujer delgada de mediana edad acudió a la puerta con una niña y un
niño tras ella, que lo mismo podían ser hijos que nietos suyos.
–¿No quiere pasar? –exclamó cuando Vera se
hubo presentado.
–No puedo. Mi marido se preocuparía si me
retraso. –Stanley nunca se había preocupado si llegaba tarde, pero había sido
tan amable con ella desde la muerte de Maud, tan considerado, que tal
posibilidad no le parecía tan extraña como tiempo atrás–. Sólo quería saber si
Miss Carpenter está aquí.
–No la espero hasta el lunes –contestó Mrs.
Paterson con voz preocupada–. Me dijo el lunes. No podría atenderla ahora. –El
vestíbulo estaba lleno de juguetes por todas partes y del interior de la casa
llegaba un sonido que hacía pensar en una perra hambrienta con una carnada de
cachorros–. Mi hija ha tenido que ir al hospital y me ha dejado a los niños;
además, mi perra acaba de parir...; con franqueza, si hubiera sabido que iba a
tener tantos problemas, no se me habría ocurrido alquilar la habitación.
Vera la miró indecisa.
–Pensé que tenía que estar aquí –dijo–. Ha
desaparecido.
–Confío en que aparezca –contestó Mrs.
Paterson–. Bien, si no quiere pasar, le ruego que me disculpe, pero tengo que ir
a dar de comer a toda esta tropa.
Stanley la esperaba en el escalón de la
puerta; era la viva imagen del marido angustiado con la cual nunca hubiera
soñado, ni siquiera cuando hablaba con Mrs. Paterson.
–¿Dónde has estado? Me tenías intranquilo.
Vera se quitó el abrigo. El que se hubiera
preocupado por ella le proporcionó tal satisfacción que poco faltó para que se
echara en sus brazos.
–Han venido los de la funeraria –dijo–. He
fijado la incineración para el jueves. Tendremos que comunicárselo a toda la
familia. No comiences a preparar el té. Tengo un formulario que debes firmar.
Cumplimentarlo había sido interesante, pero
también algo aterrador. Stanley no se había inquietado demasiado por el
apartado en el que se pedía al firmante que pensara si existía alguna razón que
hiciera sospechar negligencia o circunstancias extrañas en la muerte. No le
había agradado telefonear al doctor Moxley para pedirle el nombre de otro
médico que debía certificar la defunción, aunque le había tranquilizado la
respuesta recibida cuando el doctor le comunicó que ya se habían llevado a cabo
las últimas diligencias y sin más dilación, le dio el nombre de otro médico, un
tal Diplock. El nombre de Blake no se había mencionado para nada.
–Firma aquí –dijo, al tiempo que colocaba el
bolígrafo en la mano de Vera.
Ella suspiró.
–Oh, Stan, te has portado tan
maravillosamente. No encuentro palabras para decirte lo mucho que me has
ayudado al evitarme los trámites más penosos.
–Bueno, bueno, está bien, no tiene ninguna
importancia.
–Ahora lo que de verdad me preocupa es saber
qué puede haber ocurrido con Ethel.
En pocas palabras. Vera le explicó la llamada
telefónica y su visita a Mrs. Paterson.
–¿Crees que debería acudir a la policía?
Cualquier rastro de color desapareció del
rostro de Stanley.
–¿Policía?
–Stan, tengo que hacerlo. Puede estar muerta
en cualquier parte.
Stanley no atinaba a hablar.
–La policía no demuestra el menor interés por
las mujeres que han desaparecido –carraspeó.
–Sólo cuando se trata de chicas jóvenes, que
pueden haberse fugado con algún hombre. Tía Ethel tiene setenta años.
–Sí, claro. –Stanley meditó el problema con
rapidez, deseando no haber tenido que pensar en ello. Y precisamente ahora,
cuando todo marchaba tan bien–. Mira, no hagas nada hasta el lunes. Espera a
ver si se presenta en casa de Mrs. Paterson. Si no da señales de vida, iremos a
la policía. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –contestó Vera, dubitativa.
Durante todo el día, John Blackmore no se
había movido de una escalera apoyada en la pared posterior, dedicado a pintar
la casa. En el momento que se había retirado para tomar el té. Vera había
vuelto a casa. Stanley echó una ojeada al cobertizo, que estaba tal y como lo
había dejado. Cerró la puerta y se guardó la llave en el bolsillo del pantalón.
Después contempló el parterre de brezo, en el que la trinchera seguía vacía. En
el crepúsculo de mayo, el brezo brillaba entre la turba color castaño. «Brezo
blanco –pensó–, brezo blanco que trae buena suerte.»
El día siguiente, domingo, fue radiante y
caluroso. Vera cogió el filete de carne de vaca que reposaba en la despensa y
lo olió. Otra vez estaba pasado. Siempre ocurría lo mismo. Cada fin de semana
caluroso llegaba el domingo y no podía cocinarlo, así que tenía que remojar la
carne en agua salada para intentar hacer desaparecer el olor dulzón y fétido
del inicio de la putrefacción.
–Ahora podrás comprar un frigorífico –comentó
Stanley. Observó que ella no sabía qué contestar, le dio una palmadita en el
hombro. Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Vera–. Me acercaré a la
esquina y compraré un periódico –añadió–. Siempre me pierdo el crucigrama del
domingo.
Hacía años que no se había sentido tan feliz
y alegre. Todo había salido a pedir de boca. ¿En qué se había equivocado? En
nada. Hubiera sido muy desagradable haberse visto obligado a... a estrangular a
Maud, pero no había sido necesario. Maud había muerto de forma accidental.
Ahora tenía que evitar cualquier revés inoportuno y visitar a Mrs. Paterson.
Subió al autobús que iba a Green Lanes.
Cuando se detuvo justo al lado de la casa, bajó de él de un salto y en cuestión
de minutos Stanley sonreía amablemente a Mrs. Paterson. Al observarla le
pareció una abuela cansada, una mujer con muchas ocupaciones que estaría
encantada de quitarse un problema de encima.
–Mi nombre es Smith –dijo. Un perro ladraba y
tuvo que levantar la voz–. Miss Ethel Carpenter me ha pedido que viniera.
–¿Ah, sí? –Mrs. Paterson vociferó–: Encierra
la perra en el jardín, Gary. No puedo oír nada. Ya estuvo aquí una señora –dijo
a Stanley– que preguntaba por ella.
–Bueno, el caso es que se va a quedar en mi
casa. Tengo una habitación para alquilar, y ella vino a verla la semana pasada
y no sabía qué hacer. No se decidía entre la de usted o la mía.
–¡Benditos ancianos! –exclamó Mrs. Paterson,
claramente aliviada.
–Sí. Es una suerte que usted lo tome así. Lo
cierto es que se presentó el viernes por la tarde y me dijo que prefería mi
casa. Al parecer no quería comunicárselo ella misma. –Con cierta desgana,
Stanley buscó en el bolsillo el fajo de billetes que había sacado del bolso de
Ethel–. No quiere que usted salga perdiendo dinero y cree que cinco libras la
compensarán por las molestias.
–No era necesario –contestó Mrs. Paterson, al
tiempo que se apresuraba a coger los billetes–. Debo decirle que no me importa
nada que las cosas hayan salido así. Ahora mi nieto podrá tener su dormitorio.
–Hay un baúl en camino –dijo Stanley–. Ha
sido enviado a esta dirección, así que pasaré a recogerlo.
¿Iba a pedirle sus señas? No lo hizo.
–Se lo guardaré. Ha sido muy amable al
molestarse en venir.
–Nada de eso, no tiene importancia –contestó
Stanley.
Compró un periódico, y cuando el autobús
llegó al final de Lanchester Road ya tenía la mitad de las soluciones en la
cabeza. «Sueco que clasificó las plantas.» Linneo, pensó Stanley, lamentando no
llevar un bolígrafo encima. Realmente fantástico. Los crucigramas eran un gran
estimulante del intelecto. Se encaminó hacia casa silbando.
John Blackmore estuvo encaramado a la
escalera todo el domingo pintando la pared lateral de la casa, y cada vez que
Stanley asomaba la cabeza por la puerta trasera, Blackmore lo saludaba con un
movimiento de la brocha o con un comentario sobre lo bien que vivían algunos. A
las ocho aún había luz y Blackmore seguía pintando.
–No te inquietes si mañana vengo tarde –dijo
Vera al acostarse–. Cuando salga de trabajar iré a casa de Mrs. Paterson a ver
si ha llegado tía Ethel.
–Algún día –comentó Stanley sin darle
importancia– tendremos que hacer una visita al notario de tu madre.
–Eso puede esperar hasta después del funeral.
–Oh, claro. Por supuesto –contestó Stanley.
Durmió bien aquella noche y cuando se
despertó Vera ya se había marchado. Todo estaba limpio y ordenado abajo y su
esposa le había dejado, como siempre, el desayuno en una bandeja; copos de
maíz, leche en la taza y agua en el cazo. El coche de Blackmore no estaba;
había ido a trabajar. Stanley se sintió más tranquilo. Empezaba a creer que su
vecino nunca iba a desaparecer de la escalera.
La colada de Mrs. Blackmore estaba tendida,
pero ella iba y venía con pinzas y ropa interior, alisaba la ropa y desenredaba
las sábanas que se habían enrollado en la cuerda debido al viento.
–¡Un día magnífico para secar la ropa!
–Hummm –exclamó Stanley.
–Las cosas van volviendo a la normalidad para
ustedes, supongo. ¿Está Mrs. Manning más animada?
Stanley asintió, mientras hacía esfuerzos
para no mirar hacia el cobertizo.
–Bueno, terminaré esto y después iré a casa
de mi hermana.
Algo más contento, Stanley paseaba por el
jardín. Arrancó algunas malas hierbas y un cardo del plantel de las rosas, pero
no estaba de humor para escardar y su atención se concentraba en el parterre de
brezo con la capa de turba y la fosa. La voz de Mrs. Blackmore le hizo dar un
respingo.
–¿Qué piensa poner en ese gran hoyo?
Gotas de sudor aparecieron en la frente de
Stanley Manning.
–Lo llenaré de turba. Pondré todo un saco.
–Eso pensaba –dijo Mrs. Blackmore–. John y yo
lo estábamos comentando y John dijo que... –Se ruborizó y se mordió el labio
inferior–. Bueno, no importa lo que dijo. Yo pensaba que quizá iba a enterrar
patatas metidas en latas. Dicen que, de hacerlo así, para Navidad están en su
punto.
–Es para turba –contestó Stanley con
tenacidad. Sabía de sobra lo que Blackmore había dicho. Podía verlos cuchicheando
y riendo y a Blackmore comentar: «Tal vez sea para Mrs. Kinaway, así se
ahorrará los gastos del funeral.»
Fue en dirección al jardín de los Macdonald.
Mrs. Macdonald, cuyo marido tenía un trabajo mejor pagado que Blackmore, tendía
la colada en un tendedero metálico forrado de plástico. También ella lo saludó
a la espera de un ratito de charla, pero Stanley se limitó a hacerle un gesto
con la cabeza.
Las dos mujeres empezaron a hablarse a gritos
a través de la verja que las separaba. Stanley entró en la casa e hizo el
crucigrama.
Al fin, por un golpe de suerte, ambas mujeres
se fueron al mismo tiempo. Desde su lugar estratégico, detrás del piano del
salón, Stanley contempló como Mrs. Macdonald salía de casa con el carrito de la
compra y esperaba frente a la verja de Mrs. Blackmore. La puerta de la casa de
ésta se cerró de golpe y Mrs. Blackmore, vestida con un abrigo de entretiempo
color rosa y un sombrero floreado, se reunió con su amiga y le susurró unas
palabras. Ambas miraron con fijeza hacia la casa de Stanley. «Ya deben estar
censurando mi carácter», pensó. Y observó cómo se encaminaban a la parada del
autobús.
Cuando desaparecieron de su vista, subió y,
desde el dormitorio que había sido de Maud, oteó los jardines del vecindario.
Por todas partes se veía ropa tendida ondeando al viento. La lencería era de un
blanco resplandeciente, mucho más blanca que las confusas nubes del cielo. Toda
aquella blancura causaba un efecto casi hipnótico en Stanley, que pensó que
podría permanecer allí para siempre, contemplando todo aquello hasta quedarse
dormido. Sus miembros parecían entumecidos por la repugnancia de la tarea que
le aguardaba. Hasta aquel momento todo lo había realizado en secreto y de forma
disimulada. Ahora tenía que hacer algo al aire libre, casi en público (aunque
no se veía ni un alma en todos aquellos jardines que pudiese observarlo), y tal
vez lo que iba a hacer fuera la primera cosa ilegal y punible. Pero no tenía
más remedio que seguir adelante, y de inmediato, antes de que Mrs. Macdonald volviera
de la compra.
Las casas de ambos vecinos estaban vacías,
Stanley lo sabía con seguridad. Los Blackmore no tenían hijos y los dos
adolescentes de los Macdonald estaban internos en un colegio. De todas formas,
le acobardaba tener que hacer el trabajo con la ventana del dormitorio de los
Macdonald acechándole. Quiénes se creían que eran esos Macdonald al edificar en
la parte posterior de la casa, justo en ángulo de observación a su jardín. Los
denunciaría, por infringir su derecho a disponer de luz, o de lo que fuera. Si
tuviera dinero para pagar a un abogado...
¡Maldita sea esa ventana ciega, cerrada, con
las cortinas echadas! «No hay nadie en la casa, nadie», decía para sí al abrir
el cobertizo y comenzar a apartar la turba con las manos. El viento la hacía
volar, ligera como una pluma, hasta que cubrió las ropas y las manos de Stanley
con un polvillo marrón. Primero sacó las maletas y, después de asomar la nariz
para asegurarse de que seguía sin ser observado, las arrastró hasta la zanja y
las echó dentro. Ocupaban más espacio del que hubiera sido de desear y dejaban
sólo unos cuarenta centímetros de profundidad para colocar el saco que contenía
el cadáver de Maud.
El cadáver de Maud... Hasta aquel momento
Stanley se había ido sintiendo algo hastiado, un poco como hipnotizado y
bastante aprensivo, pero no se había sentido mareado. Ahora las náuseas le
subieron a la garganta. Con los pies tiró turba sobre las maletas y respiró a
fondo; las náuseas disminuyeron.
Mientras cobraba ánimos para acabar con el «trabajo»,
volvió al cobertizo y agarró el saco. Los dedos, húmedos por el sudor, le
resbalaban por el plástico verde. Nadie que lo viera podría creer que el saco
contuviera algo tan ligero y amorfo como turba. Pero nadie
lo veía. Sólo era observado por un pájaro que estaba posado sobre uno de los
arbustos de yuca y por el ojo sin pupila de la ventana de los Macdonald.
Si por lo menos hubiera silencio... Cada vez
que la ropa tendida se llenaba de aire y el movimiento del viento la vaciaba,
se producían sonidos y crujidos extraños. Stanley estaba rodeado de un coro de
ruidos incorpóreos, pero él tenía otra sensación. Le parecía que era
contemplado por una multitud de estúpidos bromistas, espectadores sin rostro
que cacareaban y reían con disimulo a cada movimiento que él hacía.
Como si fuera un capullo dentro de su bolsa
verde, el cuerpo de Maud se deslizó sobre el hormigón. Stanley tuvo que
arrastrarlo, ya que pesaba demasiado y él solo no podía levantarlo. «Era un
peso muerto –pensó–, un peso muerto...» No debía desmayarse, bajo ningún
concepto podía perder el conocimiento en esos momentos.
Apretar el cuerpo para que entrara en la
zanja, encima de las maletas, fue lo peor de todo. Había pensado que podría
evitar el tocar el cadáver, pero no fue así. Al notar la carne helada y rígida
de Maud bajo los pliegues humedecidos del plástico, Stanley ahogó un sollozo de
horror. El saco había quedado vertical y la parte superior estaba al mismo
nivel que la tierra que lo rodeaba. Se puso en cuclillas sobre él, al mismo tiempo
que lo empujaba hacia abajo con las manos para tumbarlo. Pensó que no tendría
valor para incorporarse, pero al fin lo consiguió entre tambaleos. Con las
manos tan mojadas como si las hubiera sumergido en agua, cogió la pala y llenó
el hoyo, cubo tras cubo, con turba.
Una vez terminada la operación, la pequeña
elevación resultante parecía... lo que era, una tumba. Aplanó la superficie y
niveló la tierra colindante colocando follaje y flores sobre la protuberancia
color marrón hasta que el mareo lo derribó al suelo. Quedó tendido boca abajo y
vomitó.
–¿Qué le pasa, Mr. Manning? ¿Se encuentra
bien?
A Stanley le dio la impresión de que Mrs.
Macdonald estaba justo a sus espaldas. Se incorporó, medio revolcándose entre
el montón de turba. La mujer, a unos diez metros, lo observaba con enorme
curiosidad desde el otro lado de la verja y la colada colgada en su tendedero
ondeaba y se enrollaba en torno al hilo metálico. «Fantasmas en un tiovivo»,
pensó Stanley.
–Acabo de regresar de la compra y lo he visto
tendido en el suelo. ¿Qué le ocurre?
Stanley tartamudeó:
–Algo me ha sentado mal... –Y, con las manos
y la cara sucias de polvo de turba, entró con paso inseguro en su casa.
Cuando Vera salió de visitar a Mrs. Paterson,
se sentía como si se hubiera quitado un enorme peso de encima. Pero el alivio
se mezclaba con la irritación. ¿Cómo podía tía Ethel ser tan desconsiderada?
Escribir a Maud para confirmarle que pasaría el fin de semana, incluso fijar la
hora exacta de la llegada, para después no presentarse. Y, sobre todo, algo
mucho peor, apalabrar la habitación con Mrs. Paterson y luego dejarla plantada
por otro alojamiento. Había sido muy afortunada al encontrarse con alguien tan
tolerante y comprensiva como Mrs. Paterson. Muy pocas caseras habrían
reaccionado bien ante ese trato y se hubieran conformado con cinco libras como
recompensa. Aunque era una pena que no hubiera caído en la cuenta de preguntar
a Mr. Smith cuál era su dirección actual para poder ponerse en contacto con
Ethel.
Sin embargo, si tía Ethel iba a comportarse
de esa forma tan desconsiderada, más les valdría no volver a saber nada de
ella. Todo sería que apareciera en cualquier momento para protestar porque
nadie le había comunicado la muerte de Maud, o, al menos, para pedirle que
asistiera al funeral. ¿Cómo se suponía que podrían localizarla si se había
ocultado de esa forma tan estúpida y misteriosa?
En el momento en que Vera abría la verja
apareció Mrs. Macdonald.
–¿Se ha recuperado su marido del desmayo?
–¿Desmayo?
–Oh, ¿no le ha visto aún? No tenía intención
de preocuparla.
–Dígame qué ha ocurrido, Mrs. Macdonald.
–Bueno, nada serio. Cuando esta mañana he
regresado de la compra me he encontrado al pobre Mr. Manning tendido,
completamente tendido, en el suelo, entre esas plantas de brezo. Se había
desvanecido.
–Pero ¿por qué motivo?
–Dijo que algo le había sentado mal. Mi hijo
Michael vino de la escuela con dolor de garganta y me dijo que había estado
observando a Mr. Manning desde la ventana del dormitorio posterior trabajando
en el jardín, y lo había visto desplomarse.
Vera entró en casa a toda prisa. Esperaba
encontrar a su marido tendido en el sofá, pero estaba sentado en una silla,
enfrascado en un librito de crucigramas, y lucía el mismo color saludable,
aunque cetrino, de siempre. Sería mejor no decirle nada de lo que le habían
explicado. Stanley no soportaba ser espiado por los vecinos, aunque lo hicieran
con buena intención. Le habló de su visita a Mrs. Paterson.
–Ya te dije que no tenías que preocuparte por
ella –dijo Stanley.
–Lo sé, querido, tenías razón. He sido una
tonta. Lo mejor será que nos olvidemos de tía Ethel y sus razones. ¿Te apetece
un poco de carne?
–Hummm –contestó Stanley, sin volver a
prestarle atención.
Vera suspiró. Ya sabía que Stanley había
estado en tensión todo ese tiempo, no en vano su madre había muerto delante de
sus ojos; pero, si alguna vez, aunque sólo fuera una vez, le hablara con
cariño, o le diera las gracias por lo que hacía por él, o demostrara con una
mirada o una sonrisa que aún la quería. Tal vez era pedir demasiado después de
veinte años de matrimonio. Vera comió en silencio. Había muchas cosas de las
que hubiera deseado hablar con su marido, pero cómo se puede hablar con alguien
que tiene el rostro escondido tras un libro. Despejó la mesa. Stanley se apartó
para que pudiera retirarle el plato, pero no levantó la vista del crucigrama
que estaba haciendo. Después, Vera subió al dormitorio que había sido de Maud.
Se sentó frente al tocador; pero, antes de
abrir el cajón donde Maud guardaba los papeles, vio su rostro en el espejo y
suspiró de nuevo. Su abandono personal no era sólo por falta de dinero, sino
también de tiempo... Se preguntó con temor qué diría Stanley si le hablaba de
dejar el empleo. Después, desvió la mirada, abrió el cajón del centro y vació
su contenido sobre la cama.
Encima de todo había un fajo de cartas de
Ethel Carpenter. Debajo de éste, el talonario de cheques, el certificado de
nacimiento de Maud, el de matrimonio y el del bautismo de Vera. Qué doloroso
era todo esto, pero había que hacerlo y cuanto antes mejor. La luz decaía
temprano y la habitación se iba quedando en penumbra, pero aún podía leer con
la última claridad de la tarde, antes del crepúsculo.
Aquí había una carta de unos notarios, Finbow
and Craig, de High Stret, Croughton: «Estimada señora: Le hemos acordado una
entrevista con Mr. Finbow a fin de que pueda formalizar sus disposiciones
testamentarias...» Vera pensó que, después del funeral, también solicitaría una
entrevista con Mr. Finbow.
A continuación, mezclado entre los papeles,
encontró un joyero plano lleno de prendedores, cadenas y baratijas. No había
nada que le gustara, tal vez aquel camafeo que guardaba en su interior la
fotografía de mamá y papá. El resto lo entregaría a los parientes que vinieran
el jueves al funeral.
Vera llegó al álbum de cuero rojo. En la
primera página estaba la fotografía de boda de sus padres; George, alto e
incómodo en su chaqué alquilado; Maud, con un vestido blanco de gasa que le
cubría hasta la rodilla, asida con firmeza a su brazo. También había
fotografías de ella cuando era pequeña. Maud había puesto pie a todas: «Vera al
año», «Vera da sus primeros pasos»; después, algo mayor ya, a los cinco o seis
años: «Vera conoce a tía Ethel», «Vera en la playa de Braymister-on-Sea...»
¡Querido Bray! Ésa era la cabecera de la
doble página. Maud siempre había llamado así al lugar de veraneo. En una
fotografía, tomada por un fotógrafo ambulante de los que solían recorrer la
costa, aparecía Ethel con un sombrero de 1938 y un vestido de seda caminando
por la arena y llevando de la mano a una Vera de diez años. Maud, con gafas de
sol, y George, con un pañuelo anudado en los cuatro extremos sobre la cabeza
para cubrir su calvicie, era la siguiente instantánea.
Más y más fotos de Bray... En 1946 y acabada
la guerra ya. Vera más crecida, una bonita muchacha de dieciocho años con
largos rizos y los labios rojos de carmín, que parecían negros en la
fotografía. Dos años después, aparecía vestida a la última moda. Chaqueta de
algodón ceñida en la cadera y falda bastante larga y acampanada. ¿Era posible
que alguna vez hubiera llevado zapatos anudados al tobillo y tacones de ocho
centímetros? James Horton la cogía de la mano y le susurraba algo bajo el
radiante sol y con el mar detrás de ellos. James Horton... Si hubiera sido él
la persona que estaba abajo, su marido, el que se encontraba mal y ella lo
hubiera cuidado, ¿le habría sonreído, dado las gracias y levantado la cabeza
para besarla?
No había ninguna imagen de Stanley en el
álbum, ni siquiera la fotografía de la boda. Vera lo cerró ya que estaba
demasiado oscuro para proseguir. Inclinó la cabeza y lloró en silencio, las
lágrimas caían sobre la tapa roja de los viejos recuerdos, como si fuese una
cálida lluvia.
–¿Qué estás haciendo a oscuras?
Se dio la vuelta cuando Stanley entró en la
habitación y, creyendo notar en su voz un ligero matiz de ternura o interés,
alargó la mano para tomar la suya y apretarla contra su mejilla.
De pie, con la cabeza inclinada, entre el
hermano de George Kinaway, Walter, y la hermana de Maud, Luisa, Stanley
contempló el ataúd que desaparecía con lentitud detrás de la pantalla dorada
hacia el fuego que lo aguardaba. El sacerdote les exhortó a que rezaran y,
mientras Vera lloraba en silencio, Stanley se entretuvo mirándose los zapatos.
–Nada de Ethel Carpenter, por lo que veo
–dijo tía Luisa, al salir al patio y mirar las flores–. Debo reconocer que
esperaba verla aquí. Éstas son de tío Tom y mías, Stanley. Las coronas son muy
caras y al fin y al cabo se marchitan, ¿no? Así que hemos pensado que una vara
de lirios quedaría bien.
«Rastrojos», dijo Stanley con frialdad. Como
esos Macdonald, que habían enviado una enorme cruz de azucenas. Estaba seguro
de que lo habían hecho a propósito, para que las flores de los familiares de
Maud parecieran mezquinas, no cabía duda.
Subieron a los coches alquilados y regresaron
a Lanchester Road. Stanley hizo todo lo que pudo para reprimir su enojo al ver
a Mrs. Blackmore pegada al jerez y a los bocadillos de jamón. Ni siquiera
habían tenido la delicadeza de enviar algunas flores. Cariacontecido, rechazó
las tentativas de Mrs. Blackmore para saber cuánto dinero les había dejado
Maud; pero, tan pronto como se marcharon todos, telefoneó a Finbow and Craig.
–Me parece muy precipitado –contestó Vera
cuando le informó que tenían una entrevista con los notarios al día siguiente.
–Mañana o la próxima semana, ¿qué más da?
–Me hubiera gustado dejar pasar unos días. Ha
sido un funeral muy bonito.
–Precioso –contestó Stanley con sinceridad.
De hecho, no podía recordar otra ocasión en
que ver reunida a toda la familia de su mujer le hubiera complacido más. Si
estuviera solucionado el problema de la recogida del baúl...
–¿Sabes, cariño? –dijo Vera–. Hace años que
no nos tomamos unas vacaciones. Cuando lo tengamos todo arreglado, ¿por qué no
nos vamos una semana a Bray?
–Ve tú –replicó Stanley–. Yo tengo asuntos
que resolver.
–¿Quieres decir que tienes un empleo?
–Algo en perspectiva.
Stanley desvió la mirada. No quiso darse por
enterado de la expresión ansiosa de Vera. Un empleo, claro. Su mujer era
incapaz de creer en grandes proyectos. Apuró los restos del jerez y empezó a
pensar en Pilbeam.
Al decirle a Vera que tenía un trabajo en
perspectiva, no había sido del todo sincero. No estaba en perspectiva, era
seguro; aunque tampoco era nada de lo que sentirse orgulloso. Sólo lo había
aceptado porque le permitiría el uso, más o menos restringido, de una
furgoneta.
En una floristería del casco antiguo de
Croughton, necesitaban un chófer y repartidor y, el día antes del funeral,
Stanley había ido al centro histórico, llamado así por los vestigios de una
aldea que estaba allí antes de que Londres se extendiera a través de los
campos, solicitó el trabajo y le contestaron que empezara el lunes siguiente.
Encantado de cómo le estaban saliendo las
cosas, dio un paseo por el parque de la aldea y, sentándose en los escalones
del monumento a los caídos, encendió un cigarrillo.
Tal vez no hay ocupación más grata para un
hombre cuyos deseos se han cumplido que el especular acerca de lo que hará
cuando disponga del dinero por el que ha luchado. Su mente jugaba feliz con
imágenes de coches, trajes, alcohol en abundancia y artículos accesorios para
impresionar a los demás, pero Stanley no se hacía la ilusión de poder vivir el
resto de su vida con veinte mil libras. Ahora se sentía lo bastante mayor como
para no seguir trabajando para los demás, a no ser que fuera como redactor de
crucigramas, aunque eso podía venir después, como algo suplementario. Primero,
pensó, le gustaría tener un negocio propio y lo que vio en la acera de
enfrente, cuando cruzó la calle, le dio una idea que podía ser lucrativa y
adecuada a su nueva condición de hombre pudiente: montaría una tienda. Después
de todo, el aburrido George Kinaway había hecho de eso su medio de vida, un
excelente medio de vida sin duda, y si George Kinaway lo había conseguido, él
podría hacerlo con los ojos cerrados.
Frente a Stanley había una hilera de tiendas
estilo Tudor y, sobre éstas, árboles centenarios que conferían un aspecto
señorial al conjunto. Una elegante galería de arte exhibía pinturas abstractas
en su escaparate; había también una tienda de moda femenina, una joyería hindú
y, entre ésta y una librería de libros antiguos, una tienda vacía con un
anuncio en la ventana: «Magnífico local para alquilar.»
Con la nariz pegada contra el cristal, sucio
de huellas de dedos, había un hombre bajito y corpulento. Mientras silbaba,
Stanley se detuvo y miró el interior sombrío y polvoriento, lleno de cajas de
cartón. El hombre suspiró.
–Un hermoso día –dijo Stanley, alegre.
–¿Lo es?
El hombre se apartó del escaparate y Stanley
observó que tenía cara de niño, con la nariz chata y el cabello ralo y de un
color indefinido. Fumaba un cigarrillo que evidentemente se había liado él
mismo y, al levantar la mano a la altura de la boca, Stanley observó que le
faltaba la parte superior del dedo índice y que terminaba en un muñón calloso
en lugar de uña. Le recordó una salchicha.
–Bueno para algunos, diría yo. –Stanley hizo
una mueca–. ¿Qué tal, amigo? ¿Ha ganado en las apuestas?
–Casi –contestó Stanley con modestia.
El otro hombre permaneció en silencio durante
unos momentos.
–Soy carpintero de oficio, carpintero y
ebanista. Treinta años en la misma empresa y ha quebrado –dijo con tristeza.
–Mala suerte.
–Este local... –golpeó el cristal–. Este
local podría ser una mina de oro si estuviese en buenas manos.
–¿Qué clase de mina de oro? –preguntó Stanley
con precaución.
–Antigüedades –vocalizó, y un salivazo fue a
dar a la mejilla de Stanley–. Qué no sabré yo de antigüedades... Un negocio
fácil de llevar. –Se alejó un poco de Stanley y adoptó la expresión de un
orador–. El asunto es el siguiente: se compran un par de sillas, digamos
auténticas Chippendale, y se hace, yo las hago, otra docena incorporándoles los
detalles de las auténticas. ¿Me sigue? Entonces se venden todas como si fuesen
Chippendale. ¿Quién va a notarlo? Se precisaría un verdadero experto, se lo
aseguro. También puede hacerse con una mesa. Se compra el tablero de una mesa
de 1810, se le ponen las patas y a forrarse.
–¿De dónde se saca la mesa?
–Llamando a las puertas. Camino de Barnet y
por sus alrededores, gran parte de Hadham y los pueblos limítrofes. Algunas
viejas tienen tesoros olvidados en los desvanes.
–¿Y quién los compra?
–Debe de estar bromeando. Todavía no hay un
anticuario en Croughton, pero hay tipos aquí con tanta pasta que no saben cómo
gastarla. Se dedican a comprar antigüedades. ¿No lo sabía? Todo lo que
necesitamos es capital.
–Puede ser que dentro de poco tiempo yo
disponga de un pequeño capital –dijo Stanley con cautela. El chato hizo un
guiño.
–Vamos a echar un trago, amigo. Me llamo Pilbeam, Harry Pilbeam.
–Stanley Manning.
Pilbeam pagó la primera ronda y cambiaron
impresiones. Cuando le tocó el turno a Stanley, se excusó diciendo que tenía
que ver a un tipo, pero quedaron en encontrarse el miércoles siguiente, cuando
Stanley tuviera más idea de cómo tantear el terreno.
Todavía no quería malgastar su dinero con
Pilbeam y el whisky estaba a un precio demasiado astronómico como para andar
invitándole. Claro que aún tenía la mayor parte del dinero que había cogido del
bolso de Ethel, pero no le apetecía derrocharlo de esa forma.
A solas en la casa la mañana después del
funeral, sacó los billetes del bolsillo y los contempló. Olían a violeta. Eran
una gota en la inmensidad del océano comparados con lo que iba a obtener. El
aroma lo inquietaba y sabía que lo más inteligente habría sido quemarlos, pero
no podía permitirse el lujo de destruir dinero. No había nada malo en
conservarlos durante una semana hasta que perdieran ese olor peculiar. Subió al
piso superior y cogió de la estantería del dormitorio el almanaque de
crucigramas de 1954. Después distribuyó entre las hojas el dinero de Ethel
Carpenter y volvió a colocarlo en su lugar.
En esos momentos, pensó al mirar el viejo
despertador, Vera debía de estar en el despacho del notario. Casi estaba
decidido a convertirse en socio de Harry Pilbeam, pero sería mejor acudir al
Lockkeepers Arms el miércoles como un hombre rico, en lugar de como un posible
heredero.
–El testamento de su madre es bastante
sencillo, Mrs. Manning –dijo Mr. Finbow–. No entiendo qué condición menciona
usted.
Vera no sabía cómo explicarse. Parecía tan
extravagante...
Perdía el hilo.
–Mi madre..., bien, mi madre dijo que había
cambiado el testamento..., allá en marzo. Me explicó que sólo heredaría su
dinero si... Oh, cielos, suena tan horrible, si moría de un ataque y no de
cualquier otra cosa.
Las cejas de Mr. Finbow se enarcaron tal y
como Vera esperaba.
–No existe nada de eso en el testamento. Mrs.
Kinaway dictó el 14 de marzo su última voluntad y, que yo sepa, es la única que
existe.
–Comprendo. Debía... bromear. En realidad nos
hizo creer que... Fue bastante cruel por su parte decirnos algo así.
–Tal cláusula hubiera sido irregular, Mrs.
Manning, y casi imposible de cumplir legalmente.
«¿Qué opinión debe de tener de mí? –pensó
Vera–. ¿Esa tal Maud temía por su vida al vivir con su única hija?» Había sido
malvada al exponerla a tal vergüenza.
–Aquí tengo el documento –continuó Mr.
Finbow. Abrió un cajón del archivador y sacó un sobre–. Todos los bienes de la
fallecida Mrs. Kinaway pasan a sus manos como única heredera sin ninguna
condición adicional. De hecho, no había una necesidad real de que hiciera
testamento dadas las circunstancias, aunque eso evita problemas de evaluación y
papeleo. Si usted la hubiera precedido en la muerte, la herencia se hubiera
repartido a partes iguales entre Miss Luisa Bliss, hermana de su madre, y Miss
Ethel Carpenter. Los bienes ascienden a..., vamos a ver..., unas veintidós mil
libras, la mayoría invertidas en valores.
–¿Cuándo podré disponer de...?
–Pronto,
Mrs. Manning. Dentro de una o dos semanas. Si desea vender
el paquete de acciones, le entregaré un cheque. Si desea algo en efectivo ahora
mismo, cien o doscientas libras, puedo facilitárselas.
–No, gracias –contestó Vera.
–¿Una o dos semanas? –exclamó Stanley cuando
ella regresó a casa.
Tal como esperaba, todo iba viento en popa.
Sonrió para sí al pensar cómo les había tomado el pelo Maud al hablarles de tal
cláusula. En realidad, ya no importaba. Todo en conjunto había salido
estupendamente.
La furgoneta era verde, lisa en uno de sus
lados y con un ramo de rosas pintado en el otro. Stanley la aparcó junto al
bordillo de la acera, al lado mismo de la casa de Mrs. Paterson y, después de
colocar los ramos de flores en el suelo de la camioneta para que no pudieran
ser vistos desde la ventana, llamó a la puerta principal.
Tan pronto Mrs. Paterson abrió la puerta, vio
el baúl en el vestíbulo.
–Oh, Mr. Smith, pensaba que ya no vendría.
–No he podido hacerlo antes –contestó
Stanley.
–¿Quiere que mi yerno le eche una mano?
¿Y ver las flores que se suponía debía
entregar?
–Puedo arreglármelas solo, gracias –contestó
Stanley. ¡La cantidad de peso que había tenido que acarrear en esos días! A ese
paso, acabaría con una hernia.
–Mire, ¿por qué no lo coloca sobre el
cochecito de mi nieto?
Para tranquilidad de Stanley, la mujer no
intentó acompañarlo hasta la acera, mientras hacía rodar con dificultad el
cochecito, con el inestable baúl encima, hacia la furgoneta. Tampoco sintió
tanta curiosidad como para pedirle su dirección o para mantener la puerta
abierta después de que él hubo puesto en marcha la furgoneta.
Atravesó el callejón empedrado que comunicaba
el casco antiguo con la calle principal de Croughton y aparcó a medio camino
entre la calzada y el bordillo. Después, una vez se hubo asegurado de que nadie
lo observaba, pasó a la parte posterior de la furgoneta y contempló el baúl de
Ethel.
Era de madera y estaba pintado de negro.
Stanley pensó que debía de ser muy antiguo, quizá se trataba de «la maleta» que
Ethel había llevado consigo de casa en casa cuando era una criada. Por supuesto
debía de estar cerrado con llave. No quería deshacerse de él sin saber qué
contenía, así que cogió un martillo y una llave inglesa de la caja de
herramientas de la furgoneta y se dispuso a hacer saltar la cerradura.
Al cabo de unos diez minutos de forzar y
golpear, el cierre cedió. Había una caja de cartón que contenía papel de cartas
sobre la ropa de invierno. Algunas hojas estaban escritas. Con suma atención,
leyó las cartas que Maud había escrito a su mejor amiga. Tal y como sospechaba,
estaban llenas de alusiones despectivas hacia él. No tendría ninguna gracia que
fueran a parar a manos de cualquiera. Lo mejor sería quemarlas. Stanley las
dobló y se las guardó en el bolsillo.
No parecía haber nada más de interés en el
baúl, aparte de una fotografía de él y Vera y otra de George Kinaway. Alguien
había escrito en el dorso de ésta: «Esto y tu anillo es todo lo que tengo de
ti.» Stanley se la guardó en el bolsillo junto con las cartas y miró si alguna
de las prendas estaba marcada con el nombre de Ethel. No lo estaban. Rebuscando
entre lana que olía a naftalina, su mano tropezó con algo duro y frío.
El fondo del baúl contenía varios paquetes de
papel de seda. El objeto frío que había tocado era el ángulo de una figurita de
porcelana que había atravesado el papel. La desenvolvió y vio una pastora con
un cayado y una oveja negra. Continuó rompiendo papeles y fueron saliendo a la
luz diversos objetos: un reloj de carillón, una ensaladera de cristal tallado y
una salsera de plata. Mientras pensaba en el local por alquilar, fue
envolviendo las piezas en hojas del Daily Telegraph.
Las orillas del canal estaban rodeadas por
muros de ladrillo ocre, bajo los cuales corría mansa el agua amarillenta. Un
par de gabarras aguardaban en la esclusa y una mujer paseaba un perro por el
espigón. Dos niños jugaban en el jardín de la casa del encargado. Stanley vio
de inmediato que no podía deshacerse del baúl en ese momento.
Volvió a la floristería e inventó un pedido
de prímulas para entregar al otro extremo de Croughton a las diez de la noche.
La florista protestó, pero cambió de actitud cuando Stanley le dijo que él
mismo las llevaría. No quería que se enviara una factura a un cliente que no
existía y decidió, de mala gana, pagar el pedido de su subsidio de desempleo.
Mientras tomaba el té, dejó la furgoneta
aparcada frente a su casa con el baúl aún en el interior, pero se llevó consigo
los objetos que había envuelto en el periódico. Escondió los tesoros de Ethel
Carpenter en el fondo de su armario y quemó las cartas y la fotografía en la
chimenea del dormitorio.
Había estado lloviendo de manera intermitente
durante todo el día; pero ahora la lluvia caía a cántaros, golpeando las
ventanas con fuerza. Vera corrió las cortinas, encendió la luz y fue a buscar
papel de carta y sobres. Después se sentó y miró indecisa el papel. ¡Qué tonta
era! Había estado todo el día pensando en esas vacaciones sin ni tan sólo tener
en cuenta la manera de encontrar un hotel en Brayminster. ¿Cómo se encontraba
un hotel? Vera nunca había estado en uno.
Eso, meditó con honda tristeza, era algo que
todo el mundo sabía, todo el mundo menos ella. Su vida había sido dura, pero
también dictada por otros y ahora se daba cuenta de que, a los cuarenta y dos
años, no podía empezar a hacer cosas que otras personas parecían dar por
descontado. «Si tuviera que reservar mesa en un restaurante, comprar entradas
para el teatro, pedir un billete de avión o comprar un coche –pensó–, no sabría
cómo empezar. Soy como una niña.»
Algunas personas poseen guías turísticas y
folletos de vacaciones. Se escribe a una determinada dirección o se llama por
teléfono. Vera sabía que nunca tendría el valor de telefonear a un hotel. Oh,
era todo tan difícil, se sentía demasiado cansada y demasiado mayor para
aprender.
A no ser que..., ¡claro! ¿Cómo no había
pensado antes en ello? Conocía una casa de huéspedes en Bray, la de Mrs.
Horton, en Seaview Crescent.
Habían pasado veinte años desde la última vez
que había estado allí. Mrs. Horton le había parecido una persona bastante mayor
por aquel entonces, pero era probable que fuera más joven de lo que ella misma
era en ese momento. O sea, que debía de tener unos sesenta años. Seguro que
James ya no vivía con su tía, así que no debía temer encontrarse con él y ver
cómo se le ensombrecía la cara al advertir lo mucho que ella había cambiado.
James debía de vivir lejos de allí...
Más alegre de lo que había estado todo el
día, Vera empezó a escribir la carta.
La lluvia había ahuyentado los vehículos de
las calles, pero Stanley conducía con seguridad y las ruedas de la furgoneta se
abrían paso entre un torrente de agua. Mantuvo una velocidad muy moderada
porque el limpiaparabrisas era incapaz de apartar tal cantidad de agua y apenas
podía ver por dónde circulaba.
Un diluvio, pensó, eso era. Una bonita
palabra para un crucigrama. ¿Cómo podría ser la definición? «Una subida del río
produce esta inundación.» No, muy mal. «Castigo bíblico», dijo en voz alta,
como si lo estuviera explicando a un principiante. Ése sería un trabajo que le
encantaría, confeccionar crucigramas. Podría ser que con el negocio en marcha y
teniendo tiempo disponible, consiguiera dedicarse a ello, ya que el dinero daba
influencia y abría puertas. Con dinero se lograba todo.
Ése era el tiempo que habría pedido de haber
tenido alguna influencia en el asunto. No había nadie por las calles, como si
la gente se hubiera parapetado en sus casas, parecía que hubiera llegado el fin
del mundo. Se acercó lentamente a la calle cercana a la esclusa y vio que las
ventanas de la casa del guardián tenían las cortinas echadas. La lluvia, aunque
caía con furia, tenía la apariencia de una niebla espesa en la distancia.
No había mamarrachos paseando perros. Dos
gabarras estaban amarradas en el lado de la esclusa donde él se encontraba; los
cascos se llenaban de agua y el canal empezaba a crecer. Las furiosas aguas parecían
querer subir para encontrarse con la lluvia, que golpeaba la superficie como si
fuese una temblorosa lámina de oro.
Stanley nunca había visto el canal de aquella
forma. Por lo general, a cualquier hora del día estaba muy concurrido por
gabarras, niños que pescaban y la eterna procesión de paseadores de perros. Y,
a pesar de que serpenteaba entre campos llenos de mala hierba y moteados por
algunos árboles vertiginosos, era una ridícula parodia de lo que debiera ser
una vía fluvial en una ciudad. Desde allí, en lugar de bosques y campiña, todo
lo que se podía ver era la parte posterior de los barrios bajos de dos o tres
suburbios que convergían allí, fábricas a medio edificar y almacenes
mugrientos.
Pero la lluvia ocultaba todo esto esa noche.
Las siluetas de las casas eran apenas perceptibles, sólo se veían grupos de
luces separados unos de otros por la masa negra de los edificios industriales.
De pronto, a causa de la lluvia y las luces diseminadas, todo el lugar cobró un
aspecto casi rural que hizo recordar a Stanley su antiguo hogar donde, al
caminar de noche por la ribera del río, una espesa bruma surgía del agua y sólo
se distinguían las aldeas por las luces que brillaban entre las colinas.
Una débil nostalgia se apoderó de él, una
nostalgia que se mezclaba con irritación, ya que avanzaba muy despacio,
quejándose cada vez que los neumáticos se hundían en aquellos baches llenos de
agua fangosa.
Cuando se hubo alejado bastante de la casa
del guardián, apagó las luces laterales y condujo a oscuras unos cuantos
metros, muy consciente de que el canal, al que por un momento había llamado
río, gorgoteaba a su mismo nivel, a su izquierda. De haber sido su
río, en ese mismo lugar habría un recodo donde tendría que girar hacia la
izquierda. Después de algunos metros, las colinas se dividían y se veían
parpadear las luces del pueblo. Bien, aquél no era el río Stour sino el canal
de Croughton, y no había tiempo para fantasear. Tendría gracia que él y la
furgoneta fueran a parar al canal junto con el baúl de Ethel.
Dio marcha atrás al vehículo y, una vez que
lo hubo colocado de espaldas al mismo borde, abrió la doble puerta trasera de
la furgoneta. Maldiciendo la intensa lluvia, se encaramó sobre el asiento del
conductor y comenzó a empujar el baúl hacia la parte de atrás. Éste se fue
deslizando con lentitud por la esterilla de goma. Stanley cogió el ramo de
flores y de un movimiento brusco las depositó en el asiento del pasajero. Un
último esfuerzo... Empujó, apoyando los pies contra el tablero de mandos.
El baúl cedió de pronto, saltó por encima del
muro y del canal y cayó al agua con un tremendo chapoteo. Arrodillado entre las
puertas abiertas, Stanley retrocedió, pero no pudo evitar que el agua se
estrellase contra él como una enorme ola, y lo dejase chorreando de pies a
cabeza. Blasfemó con ira.
Grandes remolinos surcaron el canal.
Demasiado mojado para preocuparse por un impermeable, Stanley se acuclilló en
el parapeto del muro y miró el fondo. Después se arremangó y metió el brazo en
el agua. No pudo tocar la parte superior del baúl, aunque introdujo la mano lo
más profundo que le fue posible sin peligro de caer. Pensó que todo había
salido bien. «Perfecto –se dijo al tiempo que se incorporaba–, otro asunto
resuelto.»
Una vez hubo enviado la carta, Vera pensó que
había pecado de boba. Veinte años era demasiado tiempo y estaba casi segura de
que habría cambiado de domicilio. Pero, a mitad de semana, llegó una carta con
el matasellos de Brayminster. Vera, que esperaba una carta llena de recuerdos y
noticias, quedó un poco desilusionada cuando lo único que recibió fue una nota
cortés de Mrs. Horton, en la que expresaba su complacencia de ver de nuevo a la
señora Manning y que le reservaría una bonita habitación con vistas al mar.
El precio le pareció que entraba dentro de
sus posibilidades. Cobraría el dinero de las vacaciones y la pequeña paga que
los tintoreros entregaban a sus encargadas en verano. No había necesidad de
preocuparse por Stanley, que se había adaptado muy bien a su nuevo trabajo y
podría disponer, además, de su sueldo para vivir mientras ella estuviera fuera.
–No estarás aquí para recoger el cheque de
Finbow and Craig –gruñó cuando ella le anunció que ya tenía programadas sus
vacaciones.
–Mr. Finbow dijo una o dos semanas, querido,
y se cumplirán dos semanas poco antes de que vuelva.
Le sonrió con cariño al recordar el bonito e
inesperado ramo de flores que le había traído aquella noche lluviosa en que
tuvo que trabajar hasta tan tarde. Si pudiera acompañarla...
–Te llevaré a la estación, si quieres.
–Es muy amable de tu parte, cariño.
–Una semana después de que hayas regresado,
tendré mi propio coche.
–Lo que quieras, Stan; yo me compraré una
lavadora automática y un frigorífico.
–No hay necesidad de derrochar –contestó
Stanley con frialdad y escribió la palabra que le faltaba para completar el
crucigrama «ónice».
–Confío en que estarás bien tú solo.
–Me las arreglaré –contestó Stanley.
Una vez solo en la casa, Stanley dio un
repaso a su vida y se felicitó por el excelente dominio que tenía de sí mismo.
Nada había salido mal. Maud estaba enterrada y las plantas de brezo empezaban a
florecer sobre su tumba. Tal vez dentro de unos meses haría construir un garaje
justo en aquel mismo sitio. Necesitaría algún lugar para guardar el Jaguar que
pensaba comprarse. Ethel Carpenter era un puñado de cenizas, el contenido
polvoriento de una urna que reposaba en la repisa de la chimenea del salón
entre la fotografía de boda y la estatuilla del desnudo. Su baúl y sus ropas se
encontraban en el fondo del canal; los objetos de arte, que él había
rescatado, ocultos en su armario a la espera de ser vendidos a un buen precio
tan pronto como él y Pilbeam abrieran el negocio.
Se había entrevistado con Pilbeam, tal y como
habían acordado, y habían celebrado su nueva sociedad en el Lockkeepers Arms.
Pilbeam se había mostrado menos afable cuando Stanley hubo de confesarle que su
capital estaba inmovilizado por el momento, pero le pareció que había disipado
sus dudas. Al regreso de Vera, Finbow le entregaría el dinero y él podría
mostrar a Pilbeam pruebas concretas de su opulencia, era sólo cuestión de unos
diez días.
Sí, las cosas iban muy bien.
Stanley fue a comunicarle a la florista que
no le gustaba el empleo y, haciendo oídos sordos a los reproches e incluso
insultos que siguieron, cobró la paga de una semana de trabajo. Se dirigió al
parque y se fumó un cigarrillo sentado en los escalones del monumento a los
caídos mientras contemplaba la tienda que pronto sería suya. Su viva
imaginación la hacía aparecer no como era en realidad, sino como sería cuando
un cartel con letras góticas adornara el espacio en blanco sobre el cristal, la
puerta exhibiera un pomo de cobre labrado, el escaparate estuviera atiborrado
de piezas de coleccionista, auténticas en apariencia, y el interior lleno de
clientes deseosos de desprenderse de su dinero.
La vida era maravillosa.
Entró en la licorería y compró una botella
pequeña de whisky y seis latas de cerveza. Después, pertrechado con lo preciso
para un almuerzo líquido, volvió a casa y se acomodó en el sofá del comedor, un
lugar sacrosanto reservado a Maud durante cuatro años.
Se sirvió un vaso de whisky y lo elevó hacia
la fotografía enmarcada de Maud que Vera había colgado.
–¡Por los amigos ausentes! –brindó.
La cara se le iluminó con una sonrisa y
encendió el televisor para ver el programa A todo deporte, recordando que
había tenido que renunciar a él en el pasado, ya que el ruido impedía dormir la
siesta a su suegra.
Vera sólo llevaba una maleta y había pensado
que iría desde la estación hasta la casa de Mrs. Horton en autobús. Este era de
color verde y de un solo piso, no muy distinto de los que ella y James solían
tomar cuando iban a la playa. El Paseo Marítimo no había cambiado. Allí estaba
el viejo quiosco de música, el pequeño embarcadero, los acantilados y las
margaritas de color naranja, cuyo nombre latino nunca había conseguido
recordar.
No veía ningún lugar de diversión ni tampoco
freidurías, pero el puesto en el que vendían dulces y caramelos permanecía en
el mismo lugar y pudo contemplar a un niño que se dirigía hacia allí con un
cubo y una pala, un niño rubito que podía haber sido suyo todos aquellos años
atrás.
Vera se apeó al final de Seaview Crescent
sintiéndose como en un sueño. No era posible que el progreso y la manía actual
por derribar cosas antiguas y construir otras más modernas hubiera pasado de
largo por Brayminster. No era posible, pero así había sucedido. Era un sábado
por la tarde, verano en la costa sur y no se oía música de discoteca, ni motos
ruidosas, ni autocares turísticos, ni reatas de cansadas muías paseando niños
por la playa. Vera escuchó en silencio. En el haya, que continuaba en el jardín
de la casona, un pájaro cantaba. Estaba en un pueblecito de verano de la costa
sur de Inglaterra, en junio, y sólo se percibía el trino de un pájaro.
Subió la calle a paso lento y pulsó el timbre
de la Crescent Guest House, y cuando Mrs. Horton en persona abrió la puerta.
Vera se sintió demasiado emocionada para poder hablar. La casa parecía igual en
su interior. Vera contempló maravillada la pelota de playa y la pala que algún
niño había dejado al lado del paragüero, justo en el mismo lugar en que ella
solía dejar las suyas.
–Le trae recuerdos, ¿verdad? –preguntó Mrs.
Horton con amabilidad–. Tendrá tiempo de verlo todo. ¿Le gustaría ir a su
habitación y descansar?
–No estoy cansada –contestó Vera sonriendo–.
Estaba pensando en que no ha cambiado nada.
–No nos gustan los cambios en Bray.
–No, pero ¿cómo pueden evitarlos? Quiero
decir que todo lo demás en todas partes ha cambiado casi por completo desde la
guerra.
Mrs. Horton la precedió escaleras arriba.
–Bueno, verá usted, a nosotros nos gusta
mantenernos reservados. Nos parecemos un poco a los de Frinton, en Essex. En
otros lugares prefieren el dinero, pero nosotros no nos preocupamos mucho por
eso. No aceptamos autocares turísticos y nuestra sociedad para la conservación
de la ciudad se ocupa de que no se construya más de lo necesario. Además,
tenemos un buen Ayuntamiento. Confío en que todo siga de la misma forma.
–Yo también –contestó Vera.
Mrs. Horton la hizo pasar al dormitorio que
Maud y George solían compartir.
–A su madre le gustaba mucho esta habitación.
A propósito, ¿cómo está su madre, Mrs. Manning?
–Murió –contestó Vera.
–Oh, cielos, lamento oírlo. –Mrs. Horton
observó con atención a Vera y después, al disponerse a bajar la escalera,
añadió–: Debe de estar pasando una mala época, una pérdida tras otra.
Stanley se quedó tendido en el sofá todo el
sábado por la tarde. No estaba acostumbrado al whisky y le produjo cierto
sopor. El teléfono lo despertó, pero antes de que hablara ya habían colgado.
Diez minutos después sonó de nuevo. Pilbeam. ¿Querría Stanley encontrarse con
él para tomar una copa en el Lockkeepers Arms a las ocho y hablar de negocios?
Stanley le contestó que le parecía bien y le preguntó si había telefoneado
antes.
–Yo no, amigo. Tal vez haya sido tu agente de
Bolsa.
¿Y si hubiera sido así? Claro, debía de ser
el notario para comunicarles que ya tenía el dinero a su disposición. Sin
embargo no se trabajaba en sábado. Stanley pensó en llamar a Finbow and Craig,
pero después cambió de parecer. Habían pasado pocos días.
Abrió una lata de habas para la hora del té y
se hacía una tostada para acompañarlas cuando volvió a sonar el teléfono. Pensó
que sería Vera para decirle que había llegado bien, como si a él le importara
lo que le ocurriera, aun cuando el tren hubiera descarrilado.
Se puso al aparato y escuchó una voz
femenina.
–¿Mr.
Manning? ¿Mr. Stanley Manning?
Debía de ser la secretaria de Finbow.
–Dígame –contestó Stanley.
–Usted no me conoce, Mr. Manning. Me llamo
Caroline Snow. Su número me ha sido facilitado por una tal Mrs. Huntley.
¿Mrs.
Huntley? ¿Mrs. Huntley? ¿Dónde había oído ese nombre
antes? Con alguna conexión desagradable, de eso estaba seguro. Stanley se quedó
ligeramente intranquilo y aunque no llegó a sentir ningún escalofrío, un sexto
sentido le advirtió que algún acontecimiento sombrío se avecinaba. Se aclaró la
voz.
–¿Qué deseaba?
–Querría hablar con usted o con su esposa.
Estoy haciendo algunas averiguaciones sobre Miss Ethel Carpenter.
Stanley se incorporó poco a poco en el sillón
que Ethel Carpenter había ocupado unos minutos antes de su muerte. Tenía la
mente en blanco; durante unos instantes se sintió incapaz de hablar.
–¿Podría ir a verle? ¿Sería tan amable de
recibirme mañana por la noche? –continuó la voz femenina.
–No, pero... Mire, ¿qué es...? –contestó
Stanley con un débil sonido agudo que no podía creer que lo emitiera él.
–Entonces ¿puedo ir a las ocho? Eso es
estupendo. Estaré ahí a las ocho y se lo explicaré todo. Muchas gracias.
–Oiga, no cuelgue. ¿Podría darme alguna idea
de...?
Habían colgado y el auricular quedó mudo en
su mano.
Se dio cuenta de que estaba temblando, al
igual que días atrás cuando, sentado en aquella misma silla, permaneció inmóvil
con el auricular en la mano después de que el doctor Moxley le dijera que iría
enseguida. Aquél había sido el punto más alto, el cenit, de sus problemas, pero
pensaba que ya habían acabado. ¿O no era así? Notó que le sudaban las palmas de
las manos y se las secó en las rodilleras del pantalón.
Este era un golpe proveniente del rincón
menos esperado. Lo bueno de utilizar a Ethel Carpenter en su plan había sido su
condición solitaria, su falta de amigos en el mundo, si se exceptuaba a Maud,
unido a la extrema improbabilidad de que alguien pudiera interesarse por ella.
Eso era lo último que hubiera pensado. Volvió al comedor y terminó el whisky,
pero no tenía apetito para las habas y dejó caer la lata en el cubo de la
basura.
La bebida le reconfortó un poco, pero también
le cayó mal en el estómago. ¿Y si se trataba de la policía? Era poco probable.
Su voz sonaba joven, dinámica y ansiosa. ¿Quién diablos podría ser esa Caroline
Snow? La voz parecía pertenecer a una chica de unos veinticinco años. No era
amiga de Mrs. Huntley, ya que no hubiera dicho «una tal Mrs. Huntley». ¿Alguna
niña, ahora ya mayor, para cuya familia hubiera trabajado Ethel?
Eso debía de ser. En aquel momento deseó
haberse molestado en prestar atención cuando Maud explicaba todas aquellas
historias interminables sobre dónde había trabajado Ethel, para quién y los
nombres de los hijos. Pero no lo había hecho y ya era demasiado tarde. Aun así,
cuanto más lo pensaba, más probable le parecía que fuera alguna damita de la alta
sociedad que buscaba a su anciana niñera. Habría venido a Londres de
vacaciones, desde alguna provincia, sin duda, y quería visitar a la antigua
criada de la familia. Mrs. Huntley la había informado de que los Manning eran
amigos de Ethel y su casa el mejor lugar para encontrarla. En ese caso, ¿por
qué Mrs. Huntley no la había enviado a Green Lanes?
Tenía que haber una explicación sencilla.
Sintiéndose mucho mejor, Stanley decidió decirle que Ethel se hospedaba en casa
de alguien llamado Smith, pero que no sabía las señas. Una chica como ésa,
mimada y acostumbrada a encontrárselo todo hecho, pronto se hartaría. Eructó
ruidosamente, miró a su alrededor en busca del crucigrama y recordó que ya lo
había terminado.
Todavía un poco mareado, Stanley se dirigió al
Lockkeepers Arms a las ocho. Sólo llevó consigo un billete de una libra porque
no podía pedirle nada a Vera y la paga tenía que durarle una semana.
Pilbeam ya estaba allí y daba la impresión de
haber estado bebiendo a discreción durante horas. El whisky que llevaba
trasegado le había puesto malhumorado y quisquilloso.
–Me parece que ahora te toca pagar a ti –dijo
a Stanley.
Era evidente que tenía buena memoria. De mala
gana, Stanley pidió dos whiskies dobles.
–Bien, amigo, ¿cuándo puedo esperar la
primera entrega?
–¿La qué? –contestó Stanley, con el
pensamiento puesto en Caroline Snow.
–No me vengas con ésas –exclamó Pilbeam en
voz alta–. Ya me has oído. La primera entrega de ese capital del que tanto
hablas.
–Mi notario lo tiene retenido.
–Bueno, pues será mejor que le retuerzas un
brazo a tu notario, ¿no crees?
–No tardará. Una o dos semanas y podremos
empezar.
–De acuerdo. Pero ten en cuenta que soy un
hombre impaciente. Tengo que pagar el alquiler y la parienta me ha tenido que
prestar el dinero. Quiere recuperarlo y pronto, así que no te equivoques
conmigo.
–En absoluto –contestó Stanley débilmente y
después, con más firmeza–: Es tu ronda, creo.
–Beberemos por un futuro glorioso –exclamó
Pilbeam más cordial y ordenó otros dos whiskies.
–A propósito –dijo Stanley, al tiempo que
pensaba en que Caroline Snow podía ser una mujer policía y tener una orden de
búsqueda o algo parecido–. A propósito, tengo unas piezas que enseñarte que tal
vez podamos colocar.
–Así me gusta. ¿Qué clase de piezas?
–Un reloj de carillón y objetos de porcelana.
–¿Dónde están?
–En mi casa.
–Te diré lo que haremos –contestó Pilbeam–.
¿Por qué no vamos ahora y les echo un vistazo? ¿Está tu esposa allí?
–Mi mujer está fuera.
–¿No tienes chavales? Ve de un par de
zancadas a la licorería y compra una botella de Haig para redondear la velada.
Stanley tuvo que decirle que no llevaba
dinero y Pilbeam, de mal humor de nuevo, dijo que la pagaría él, pero que
Stanley tendría que soltar la pasta cuando llegaran a Lanchester Road.
Todavía de un humor de perros, Pilbeam apenas
habló hasta que llegaron a la casa y, una vez dentro, comentó que no estaba muy
impresionado por la decoración.
–No pareces ir muy boyante, ¿verdad? –Pilbeam
miró con desdén la alfombra raída y los marcos de las fotografías–. No me
extraña que tengas un capital. No te has gastado nada en este cubil.
–Voy a buscar la mercancía de la que te he
hablado. Está arriba.
–Muy bien, amigo. Mientras estás en eso, te
aligeraré de algún billete.
–Eso está arriba también –murmuró Stanley.
No podía evitarlo. Tendría que coger algo del
dinero de Ethel. Abrió el almanaque de crucigramas de 1954 y sacó un par de
billetes de entre las hojas. Después cogió los paquetes del fondo del armario y
se reunió con Pilbeam, que ya estaba bebiendo whisky en una de las copas de
jerez.
–Hay que ver cómo huelen –dijo al olfatear
los billetes. ¿Dónde los guardas? ¿En un bote de talco? Eres un tacaño, Stan.
Se guardó los billetes en el bolsillo, pero
no cambió de actitud.
–¿Vas a echar una ojeada a esto?
Pilbeam examinó la pastora, la ensaladera, la
salsera y el reloj, resopló y los calificó de vendibles pero de escaso valor.
Después apoyó los pies encima del sofá y, sin esperar a que se lo pidiera, le
contó a Stanley la historia de su vida.
Resultó un relato interesante, lleno de roces
con la ley, escapadas con mujeres y fortunas que había estado a punto de
obtener. Pero Stanley no podía quitarse de la cabeza a Caroline Snow ¿Quién
sería? ¿Qué le iba a preguntar? ¿Iría sola? Stanley bebió para animarse hasta
que la cabeza le dio vueltas y cuando Pilbeam hizo una pausa en su historia,
donde casi estuvo a punto de casarse con una vieja solterona rica, casi tan
vieja como su madre, empezó a cabecear con un estupor nervioso.
Lo último que recordaba de aquella noche era
que Pilbeam se había levantado.
–Te llamaré dentro de un par de días –le
dijo.
–No hay nada que hablar –había murmurado con
dificultad Stanley– hasta la próxima semana.
–Deja que haga las cosas a mi manera, chico.
Te retorceré el brazo para que sepas cómo retorcérselo a tu agente de Bolsa.
Eran pasadas las doce del día siguiente
cuando Stanley bajó después de haber pasado la noche echado sobre la cama,
completamente vestido. Pilbeam había dejado las posesiones de Ethel, pero se
había llevado la botella y los billetes de Stanley.
Poco acostumbrado a beber en exceso, Stanley
tenía un intenso dolor de cabeza. Sentía como si alguien estuviera dentro de su
cráneo, apretando con todas las fuerzas contra los muros de hueso de su prisión
en un desesperado intento por escapar.
La vista de la comida le produjo una violenta
arcada. Poco a poco sacó el papel con el filete de vaca que Vera le había
dejado y que él había olvidado remojar con agua salada la noche anterior.
Estaba pasado, no mucho, pero lo bastante como para no poder comerlo cuando uno
se encuentra con el estómago revuelto. Lo dejó caer en el cubo de la basura
para que hiciera compañía a las habas. La verdad era que no le apetecía comer
nada. Tomó dos aspirinas y paseó por el jardín.
De pronto, por primera vez desde que se había
despertado, se dio cuenta de que era un día muy caluroso, sofocante para esa
época del año, la clase de día que establece un récord de temperatura y da
lugar a titulares en los periódicos que hablan de gente desvaneciéndose en las calles
por el calor y del alquitrán que se funde hasta quedar reblandecido. El jardín
estaba casi sin sombra. Stanley nunca había sido un devoto del sol. Lanzó una
mirada malévola hacia el lugar donde los Macdonald tomaban el almuerzo bajo un
toldo listado. Pensó en las personas que no saben cómo malgastar el dinero
cuando observó su nuevo mobiliario de jardín con desdén y el bikini de Mrs.
Macdonald con asco. Tenía cuarenta y cinco años, como poco, y debería
avergonzarse, con un hijo de quince años, de usar esa prenda. El muchacho, que
sólo llevaba puesto un bañador, lo miró y Stanley entró de nuevo en su casa.
El comedor, cerrado desde la noche anterior,
con el sol dando en las ventanas desde las siete, era como un horno y apestaba
a los puros de Pilbeam. Stanley volvió a sentirse mareado y caminó
tambaleándose hasta la cocina que era un lugar más fresco. Hubiera podido sacar
una silla y sentarse a la sombra, al lado de la puerta trasera, pero no quería
ser observado por John Blackmore que todavía pintaba la casa encaramado en la
escalera.
Se hizo una taza de té y se la llevó arriba.
Se tendió sobre la cama revuelta, sudando copiosamente, pero no podía
relajarse. Siete horas más tarde tendría que enfrentarse con Caroline Snow.
Sus pensamientos sobre la entrevista que se
acercaba eran bastante menos optimistas de los de la tarde anterior. Era
difícil entender cómo unas pocas palabras por teléfono y el descubrimiento de
ciertos aspectos ocultos del carácter de Pilbeam podían haber hecho caer una
nube tan oscura sobre su felicidad. Sólo habían transcurrido unas horas desde
que se había sentado, sin una preocupación en el mundo, en la escalinata del
monumento a los caídos, y parecía que hacía años de eso.
Por fin cayó en un sueño intranquilo y soñó
que podía oír a Maud que roncaba al otro lado de la pared. Sin embargo no se
trataba de su suegra, sino del cortacésped de los Blackmore; lo descubrió al
despertar, pero saber que su subconsciente convertía los sonidos más comunes en
alucinaciones que tenían como protagonista a Maud, le preocupó. Éste era el
primer sueño que había tenido en el que aparecía ella desde la noche de su
muerte.
La luz del sol daba en la parte central de la
casa y, en ese momento, penetraba las gruesas cortinas, inundando el dormitorio
de una luz difusa y caliente. Stanley sentía toda la ropa pegada al cuerpo.
Cuando eran casi las seis se levantó y se puso una camisa limpia. Bajó,
envolvió de nuevo la ensaladera, la salsera, el reloj y la figura de porcelana
de Ethel y los escondió en el fondo del aparador.
No había probado bocado en todo el día, pero
la simple idea de comer le hizo sentirse mal de nuevo. Tal vez sería mejor que
saliera, que diera una vuelta en autobús o fuera a ver qué programas había en
las carteleras de los cines. De esa forma, Caroline Snow se encontraría la casa
vacía y le estaría bien empleado. Pero Stanley sabía que no iba a hacerlo.
Posponer un día, o incluso varios, la visita de Caroline Snow sin descubrir
quién era ni lo que quería, podía llegar a hacerse insoportable.
A las siete y media se dio cuenta de que
había empezado a pasear arriba y abajo de la habitación. Hacía un poco más de
fresco, aunque no mucho, y mantuvo las ventanas entornadas. Los Macdonald
seguían en el jardín, riendo y jugando con una pelota de playa, mientras
intercambiaban bromas con John Blackmore acerca de su escalera como si, porque
ellos no tuvieran ninguna preocupación, no existieran los problemas para los
demás. Stanley se obligó a sentarse. Un nervio en la comisura de la boca había
empezado a contraérsele y a brincar.
¿Y si venía con su marido? ¿O con Mrs. Huntley? ¿O, ¡Dios no lo permita!, con un policía? «Ahora ya debe de estar en la
parada del autobús a punto de tomarlo –pensó, al tiempo que miraba el reloj–.
Diez minutos y estará aquí.» Stanley subió al piso superior y se asomó a todas
las ventanas que daban a la calle. Estaba desierta, excepto por un pobre diablo
que lavaba su coche. Ése seré yo dentro de un par de semanas, dijo para sí; yo,
y mi Jaguar y mi furgoneta aparcados uno junto a la otra. Entonces, Caroline
Snow será cosa pasada, un mal sueño...
¿Qué podrían hacerle, de todas formas? ¿Quién
podría hacerle nada? Ethel Carpenter era un puñado de cenizas dentro de un
cofrecillo y aún no sabía de la existencia de algún mal nacido que pudiera
analizar cenizas y saber a quién pertenecían. En cualquier caso, no le había
tocado ni un pelo. ¿Era culpa suya el que hubiera caído muerta en su salita de
estar? Le había proporcionado un buen funeral, mucho mejor del que hubiese
tenido de ser esa tal Mrs. Huntley quien la hubiera encontrado muerta en su
habitación. En realidad, le había hecho un favor. La incineración había sido
muy solemne y del mejor gusto. Por la forma en que se preocupaba, cualquiera
pensaría que era un asesino o algo por el estilo.
Las 8.05. Stanley notó que los latidos de su
corazón se calmaban a medida que pasaba la hora crucial. Bajó y abrió las
puertas vidrieras. Los Macdonald estaban recogiendo los muebles del jardín y
sus estúpidos juguetes. Stanley se sentía lo bastante bien y relajado como para
ponerse a cortar el césped. Gruñó algo como respuesta al saludo de los
Blackmore y sacó la segadora mecánica del cobertizo. La pasó un par de veces
mientras los recortes del césped caían en la caja. Pensó que quizá fuese mejor
entrar y ver si aparecía aquella mujer.
Stanley subió la escalera, dejando tras de sí
un rastro de hierbas recién cortadas. Desde la ventana de su dormitorio pudo
ver que la calle estaba desierta. Hasta el hombre que lavaba el coche había
terminado y ya se había marchado. Era una noche hermosa y tranquila. Por lo
general, nunca prestaba excesiva atención a la paz y a la tranquilidad, pero
ahora presentía que nada malo podía ocurrir en una noche tan serena y apacible.
El cielo presentaba un color violeta pálido, sin una nube, y las sombras
aparecían silenciosas. Qué hermoso quedaría el jardín con los ángulos
recortados con las tijeras cuando tuviera el césped debidamente cortado.
Casi tranquilo volvió a la tarea.
La segadora se movía con lentitud en largas
pasadas y Stanley la hacía funcionar de forma metódica. Le gustaba que su
césped tuviera un aspecto cuidado, como si fuera una pieza de terciopelo o una
muestra de tela tejida por manos expertas. El brezo estaba en sombras, dormía
bajo la turba y los restos de la hierba cortada. Arriba y abajo, arriba y
abajo... Las 8.25. ¡Qué tonto había sido al ponerse tan nervioso!
Se dirigió hacia la casa empujando la
máquina. ¿Qué diablos quería Blackmore, haciéndole señas?
–Hay alguien en su puerta, vecino.
La boca de Stanley se secó.
–¿Qué?
–Una señorita está llamando al timbre de su
puerta.
–De acuerdo, de acuerdo –dijo Stanley.
Por las palmas de sus manos corría el sudor.
Las secó en los pantalones y entró en el comedor. Toda la casa parecía retumbar
con las vibraciones del timbre. Por un momento Stanley se puso las manos sobre
los oídos. ¿Por qué no subía y se quedaba así, con las manos sobre los oídos,
hasta que ella se hubiera marchado? Pero Blackmore la había visto, Blackmore le
diría que...
–¡Por Dios! –gruñó Stanley–. Ya está bien,
ahora voy.
El timbre dejó de sonar. Abrió la puerta.
–¿Mr. Manning? Buenas noches. Soy Caroline
Snow. Perdone mi retraso. Me ha costado encontrar la casa.
Stanley se quedó boquiabierto. Durante un
instante el miedo lo había abandonado. No era el terror lo que le había dejado
sin habla. Había visto criaturas como aquélla, claro, en la televisión, en el
concurso de Miss Mundo, en las portadas de las revistas que Vera compraba
algunas veces, incluso en alguna ocasión había visto copias parecidas que se
detenían a poner gasolina en la estación de servicio donde había estado
empleado. Pero ninguna como aquélla había llamado nunca al timbre del número 61
de Lanchester Road.
–¡Qué calor! ¿Puedo pasar? Muchas gracias.
Lamento molestarle.
–Nada de eso –tartamudeó Stanley.
La siguió hasta el comedor. Incluso por
detrás parecía tan espléndida como de frente. El cabello rubio le cubría los
hombros como un velo dorado. Stanley no creía haber visto nunca unas piernas
tan perfectas; eran tan largas, suaves y exquisitas que no parecían reales.
Cuando llegó a la habitación y se volvió
hacia él, Stanley se preguntó cómo había podido pensar que su parte posterior
fuera lo más hermoso. Tenía la piel bronceada y satinada, mucho más oscura que
el pelo. Parecía sueca o algo similar, pensó Stanley. Sus ojos se encontraron
con otros color verdemar, tranquilos como las aguas nórdicas, y una oleada de
perfume lo envolvió de tal forma que le pareció que iba a desmayarse.
–¿Puedo ofrecerle una taza de té?
–Sería estupendo.
Pasó a la cocina y puso el agua a hervir. No
era sólo aquel rostro tan bello lo que le había sorprendido. Había quedado
asombrado porque le daba la impresión de que no le era totalmente desconocido.
En alguna parte había visto aquella cara, o alguna muy parecida, aunque algo
ajada, no como ésta, tan tersa. ¿En una película? ¿En el periódico? No podía
recordarlo.
–Ante todo, lo mejor será que le explique
–dijo Caroline Snow cuando él se reunió de nuevo con ella– por qué he venido.
–Lo cierto es que estaba bastante intrigado.
–Lo entiendo, es natural. Pero no me parecía
oportuno hablar de una cosa tan... personal y delicada por teléfono. Me parece
que el agua ya está hirviendo, ¿no?
Stanley se levantó y fue a cerrar el gas.
Tenía la intención de mostrarse educado y discreto, pero cuando regresó se
descolgó de forma involuntaria:
–¿Quién es usted?
Ella sonrió.
–Sí, bien, ésa es la parte embarazosa de este
asunto. Se lo diré y ya habrá pasado todo. Soy la nieta de Ethel Carpenter.
–No puede ser –contestó Stanley–. Nunca
estuvo casada.
–Lo sé, pero tuvo una hija a los diecisiete
años.
Stanley, que se había quedado con la boca
abierta desde el momento de la revelación de Caroline Snow, la cerró para
tragar saliva.
–Ahora que usted lo menciona, ya lo sabía. Mi
mujer debió de decírmelo –dijo por fin.
–Creo que será mejor que le explique toda la
historia –contestó Caroline Snow.
–De acuerdo –replicó Stanley, resignado. Si
había llegado tan lejos, sería mejor saber lo peor–. Traeré el té.
«Su nieta –pensó con tristeza al echar el
agua en la tetera–. Casi tan malo como un policía.»
Ella le sonrió. Stanley pensó que parecía
menos bonita cuando lo hacía porque tenía los dientes muy desiguales. También
así se parecía más a Ethel Carpenter. Ahora Stanley ya sabía a quién le recordaba
aquella cara.
–Adelante, pues –le dijo.
–Mi familia vive en Gloucester –empezó
Caroline–, pero yo estoy haciendo prácticas en una escuela de Londres. Deseo
ser maestra y estoy en el segundo año. Bien, este trimestre tenemos una
asignatura optativa: mitología griega o genealogía, y yo he elegido genealogía.
Stanley la observó con suspicacia. Ya sabía
lo que era la genealogía porque su pasión por los crucigramas le había servido
para aprender mucho vocabulario y, de todas formas, le apasionaban las palabras.
Pero no veía la relación entre la genealogía y el enseñar a los niños a leer y
escribir y se preguntó si Caroline le estaría mintiendo.
–Con toda franqueza –continuó ella–, hubiera
escogido mitología de haber sabido dónde me metía. El profesor nos ha mandado
hacer un trabajo que consiste en confeccionar el árbol genealógico de la
familia, tanto por la rama materna como paterna. ¿Me comprende?
–Por supuesto –contestó Stanley, ofendido–.
No soy ningún ignorante.
–No quería decir eso, le ruego me disculpe.
Sólo que es un poco complicado. Bien, la rama de papá ha sido fácil, ya que
toda la familia proviene de un pueblecito de las afueras de Gloucester y he
podido obtener las partidas de bautismo y todos los demás documentos. Ya lo
tengo terminado. Al llegar a la de mamá, observé que se mostraba muy cerrada y
que no quería ayudarme, lo cual no es propio de ella. Es una mujer maravillosa.
A usted le encantaría.
–No lo dudo –contestó Stanley.
¿Cuándo iba a ir al grano? Le importaba un
pimiento lo muy encantadora que pudiera ser su madre, a la cual estaba seguro
de odiar sólo con verla.
Caroline Snow cruzó las piernas y encendió un
cigarrillo. Con ojos que taladraban, Stanley contempló cómo el paquete volvía
al bolso.
–Bueno, para abreviar, casi la volví loca de
tanto insistir y finalmente me lo dijo. Me contó que era hija ilegítima. Yo
tenía entendido que sus padres habían muerto y ella había crecido en un
orfanato, pero eso era lo que ella me había hecho creer. La verdad era que su
madre vivía aún y que nunca supo quién había sido su padre. Me lo confesó todo.
»Su madre era Ethel Carpenter, una criada que
la trajo al mundo a los diecisiete años. Mi madre fue educada hasta que tuvo
siete años por una tía de Ethel, de mi abuela; después, esa tía se casó y el marido
envió a mamá al orfanato, qué horrible, ¿no? Mamá nunca conoció a su madre y,
durante años, el único miembro de la familia que la visitaba era un familiar
lejano, un primo de Ethel que siempre se ha mostrado muy amable con mamá.
»Gracias a Dios, ella es muy inteligente y
pudo estudiar. Cuando ejercía de maestra en un colegio de Gloucester conoció a
papá, se casaron y siempre han sido muy felices. Qué historia tan fantástica,
¿verdad?
–Ya lo creo. –Stanley la observó mientras
apagaba el cigarrillo–. Pero no sé adonde quiere ir a parar.
–No puedo dejar de pensar en mi abuela
–contestó Caroline Snow–. Lo siento tanto por ella... Mamá nunca quiso
conocerla. Supongo que pensaba que sería demasiado desgarrador para las dos.
Pero, ya que lo sé todo, quiero encontrarla. Piense lo que puede significar
para ella, Mr. Manning, una pobre y solitaria anciana que de pronto se
encuentra con una familia.
Stanley comprendía muy bien los sentimientos
de «mamá», aunque toda su simpatía era para Mr. Snow. «Estaría bueno –pensó–
haber tenido la buena suerte de casarse con una huérfana y después encontrarse
con una suegra en las narices, en plena madurez y, con toda probabilidad, tener
que mantenerla también. Si estuviera en su lugar –dijo Stanley para sí–, daría
a esa chica unos buenos azotes en el trasero. ¡Por entrometida!»
–Si yo estuviera en su lugar, me quitaría esa
idea de la cabeza –dijo en voz alta–. Me parece que lo lógico es pensar que, si
hubiera querido una familia, los habría buscado mucho tiempo atrás. –Esa era, pensó,
una buena línea a seguir, compasivo con el infortunado Mr. Snow, y al mismo
tiempo abrir una vía de escape para él. Se entusiasmó–. ¿Quiere usted
mortificarla? ¿Hacerle recordar su deshonra? Oh, no, olvídelo. Me parece que su
padre le diría lo mismo. Siempre es un error remover el pasado. Deje las cosas
como están.
–Lo siento, pero no estoy de acuerdo con
usted –dijo Caroline con terquedad–. Usted debe de leer los periódicos. Tiene
que conocer el terrible problema que existe en este país con los ancianos, lo
solos que están muchos de ellos, y la mayor parte sin amigos. Nunca me lo
perdonaría si ahora abandonara mi idea. –Sonrió y le dedicó una mirada de
indulgencia–. De todas formas, sé que usted no actúa como dice. Mrs. Huntley me
dijo que tuvo a su suegra viviendo con ustedes durante años, y teniendo que
cuidarla además. No la abandonó, ¿verdad? Y ahora que está muerta no tiene nada
que reprocharse. Bien, pues yo tampoco quiero tener que hacerlo.
Aquella perorata dejó a Stanley sin habla.
Boquiabierto, se quedó pensativo. El celo y la inocencia de la muchacha
quedaban fuera de su entendimiento.
–¿Cómo encontró a Mrs. Huntley? –preguntó,
después de aclararse la voz.
De nuevo serena, Caroline Snow contestó:
–El primo que solía visitar a mamá en el
orfanato aún vive, aunque es muy anciano. Fui a verle y me dijo que había
perdido el contacto con mi abuela, pero sabía que su último alojamiento era la
casa de ciertas personas apellidadas Kilbride. Los encontré y me dijeron que
tenían alquilada una habitación a Mrs. Huntley.
–¿Ella la envió aquí?
–Bueno, no exactamente. Me informó de que
ustedes sabrían dónde estaría mi abuela, teniendo en cuenta que ella y Mrs.
Kinaway eran íntimas amigas. También me dijo que mi abuela tenía que haber
venido aquí, pero que cambió de idea y ahora se hospedaba en casa de cierta
Mrs. Paterson, pero había olvidado la dirección. Pensé que..., pensé que usted
podría darme sus señas, estoy ansiosa por verla y presentarme. ¡Oh, me siento
tan nerviosa y emocionada! Imagínese, Mr. Manning, cuando me vea y le diga que
no va a estar sola nunca más. Tenemos una casa muy grande en Gloucester y
quiero que papá convierta el ático en un piso para ella. Yo misma la llevaré
allí y le mostraré su nuevo hogar. Me encantará ver su cara.
«Y a mí la de tu padre –pensó Stanley–.
¡Pobre hombre! A esta pizpireta estúpida le es fácil planificar la vida de los
demás. Ella no estaría allí, teniendo que soportar a Ethel golpeando el suelo
con el bastón y pidiendo comida a cualquier hora del día, al tiempo que
monopolizaba la televisión. Ella viviría en Londres, interna en la escuela. Y
aquel pobre diablo...», pensó indignado. Era su deber, el deber de Stanley,
evitar que algo parecido pudiera ocurrir... Estaba tan furioso que, por un
momento, se había olvidado de la imposibilidad de que la casa de Snow fuera
invadida por una suegra. De pronto, recordó. Ethel estaba muerta, todo lo que
quedaba de ella se encontraba en una urna pequeña sobre la repisa de la
chimenea, a pocos pasos. No importaba adonde fuera o a quién preguntara
Caroline: Ethel había desaparecido de la faz de la tierra.
–La dirección de Mrs. Paterson es Green
Lanes, en el número cincuenta y dos –dijo–; pero no creo que esté allí. Mi
mujer me dijo que había encontrado otro alojamiento.
Caroline Snow anotó la dirección.
–Muchas gracias –dijo–. Estoy segura de que
ahora podré encontrarla. Pero ¿no le parece algo extraño que le dijera a Mrs.
Huntley que venía aquí y de repente cambiase de idea?
Stanley frunció el ceño.
–Cuando tenga usted tanta experiencia con los
ancianos como yo –dijo, aparentando gran sentimiento–, nada de ellos le
parecerá extraño ni la sorprenderá.
La muchacha se levantó y lo miró de forma un
tanto desolada, un poco enfriada su pasión. A continuación se observó en el
espejo.
–Me pregunto si me parezco un poco a ella.
Soy la viva imagen de mamá y se supone que mamá tiene un gran parecido con
ella.
–Sí, se parecen bastante –contestó Stanley.
Caroline Snow se dio la vuelta.
–Entonces, usted la conoce. ¿La ha visto?
Stanley quisiera haber podido morderse la
lengua antes de haber dicho esas comprometedoras palabras.
–Estuvo en mi boda –murmuró.
–Ah, ya. –Cogió el bolso y Stanley la
acompañó hasta la puerta–. Ya le informaré de cómo han ido las cosas –dijo.
Desde la ventana del dormitorio, Stanley la
vio alejarse con paso ligero en dirección a Green Lanes. Había leído una vez en
algún lugar que la mayoría de las cosas de las que uno se ha preocupado nunca
han sucedido. ¡Gran verdad! Cuando la chica hubo desaparecido de su vista,
terminó de cortar el césped a media luz, mientras silbaba una antigua tonada,
que después se dio cuenta de que era Maud del poeta Tennyson.
Vera disfrutaba de sus vacaciones. Había
conocido a unas personas muy agradables, un matrimonio de su misma edad y que
también se hospedaban en casa de Mrs. Horton. Insistían en llevarla con ellos a
todas partes en el coche, tanto si iban a las playas cercanas como si visitaban
lugares de interés en el interior de la comarca. Se reían y preguntaban a Vera
si pensaba que estaban de luna de miel cuando ella ponía objeciones a
acompañarlos e insinuaba que podía resultar una intrusa. También querían que
compartiera la mesa con ellos, pero Vera no había accedido. Comía sola, se
sentaba al lado de la ventana y observaba a los bañistas que salían del agua.
Disfrutaba de la comida, paladeando cada bocado, porque no tenía que cocinarla.
Sólo había una cosa que la molestaba y era el
hecho de que ni sus nuevos amigos, los Goodwin, ni Mrs. Horton le habían
preguntado ni una sola vez por Stanley, dónde estaba y por qué no había ido con
ella. Se sentía algo ofendida. No podía dejar de pensar que, en los primeros
años de su matrimonio, cuando Maud todavía frecuentaba Bray durante las
vacaciones, hubiera predispuesto a Mrs. Horton contra Stanley. «Si lo prefieren
así, no hablaré de él», dijo Vera para sí. No sentía la necesidad de
mencionarlo. Ahora que estaba lejos de su lado, descubrió que apenas pensaba en
él y eso la hacía sentirse culpable, por lo que le enviaba una postal cada día.
Al no saber qué hacer para distraerse una
tarde lluviosa, Mrs. Goodwin se llevó a Vera a su dormitorio; una vez allí, le
lavó y marcó el pelo, la maquilló y, mientras Vera esperaba a que se secara el
moldeado, le subió cinco centímetros el dobladillo del vestido.
–Tiene las piernas muy bonitas. ¿Por qué no
las enseña?
–¿A mi edad?
–La vida de las mujeres empieza a los
cuarenta, querida. De todas formas va a parecer diez años más joven cuando haya
terminado con usted.
Era cierto. Vera se contempló en el espejo.
El cabello vaporoso, los párpados azulados y los labios rosados hicieron que se
quedase maravillada del nuevo aspecto que Mrs. Goodwin le había dado. El
vestido apenas le cubría la rodilla. Sintiéndose medio desnuda, bajó a cenar y
se escondió en su rincón lejos de los otros comensales.
Estaba esperando a que la camarera de Mrs.
Horton le sirviera el segundo plato cuando un hombre entró en el comedor.
Paseaba de un lado a otro y era evidente que buscaba a alguien. Vera
contemplaba su reflejo en el cristal de la ventana. Estaba tan absorta en ello
que se sobresaltó cuando una mano le tocó el hombro. Volvió la cara y miró
hacia arriba, ligeramente ruborizada.
Era un extraño, un completo desconocido para
ella, un hombre de unos cincuenta años, rostro ojeroso, cabello entreverado de
canas, alto y delgado, con una mirada ansiosa y grave. Vera se removió en la
silla. Debía de haber hecho algo malo. Se habría olvidado de pagar la tumbona,
quizá...
–Perdone... –tartamudeó–. ¿Que he...?
El hombre le sonrió y eso le hizo parecer más
joven.
–Hola, Vera.
–No creo que... Me parece que no lo conozco.
–Me conociste en otro tiempo; ya sé que he
cambiado mucho. Tú, sin embargo, no, no mucho. Te hubiera reconocido en
cualquier parte. ¿Puedo sentarme?
–Oh, sí, por supuesto.
Se acercó una silla y le ofreció un
cigarrillo. Vera lo rechazó negando con la cabeza.
–Mi tía me dijo que estabas aquí. Me hubiera
gustaba venir ayer, pero, no sé..., supongo que me daba vergüenza. Ha pasado
tanto tiempo... ¿Cómo estás?
Una seguridad en sí misma y un aplomo que no
creía poseer acudieron a Vera.
–Estoy muy bien, gracias. James. Me alegro de
verte.
–Oh, Vera, no te puedes imaginar lo contento
que estoy.
Poco a poco, según avanzaba la semana, se
iban amortiguando los temores de Stanley. Durante las primeras tardes había
permanecido al lado del teléfono, con el crucigrama sobre las rodillas,
esperando una llamada de Caroline Snow. Pero no llegó. En realidad nada llegó
del mundo exterior, aparte de una postal diaria de Vera. Le escribía que lo
estaba pasando muy bien, que conocía gente con la que salía y que el tiempo era
espléndido. Stanley se sentía ofendido y lleno de rencor hacia ella.
Tan pronto como volviera ya podía ir a ver a
ese tal Finbow y reclamarle el dinero de Maud. Era tremendo, los abogados se
permitían el lujo de retener durante interminables semanas las herencias
legítimas de las personas.
–¿Cómo está tu cabeza, Stan? –dijo Pilbeam al
telefonear el jueves.
–No hay nada malo en mi cabeza –contestó
Stanley.
–Apuesto a que sí lo había el domingo por la
mañana. Si llegas a oler un poco más de whisky, te caes redondo al suelo.
–Ya te dije –contestó Stanley– que no valía
la pena que me llamaras esta semana. El martes tendré el dinero, tal como te
prometí.
–No lo hiciste, amigo. Pero da lo mismo. ¿El
martes dices?
–Te lo prometo.
–Te aseguro que me alegra oír eso. Hoy he
alquilado una furgoneta, y he estado llamado a puertas, y algunas de las cosas
que he encontrado te pondrán los pelos de punta. –Le pasaba algo curioso con
Pilbeam, pensó Stanley. Al oír su voz, acudía a su mente la imagen de una nariz
chata y un dedo como salchicha–. ¿Qué te parece si tomamos una copa en el
Lockkeepers mañana por la noche, de forma que puedas darme una idea más clara
del estado de tus finanzas?
Stanley tuvo que acceder. Pilbeam tendría una
idea clara de sus finanzas cuando llegara al bar con todo lo que le quedaba de
la paga del pasado viernes: diez chelines.
Toda la familia Macdonald y el matrimonio
Blackmore estaban frente a la casa de los Macdonald, admirando el nuevo coche
de Fred Macdonald, cuando Stanley salía de la casa para acudir a su cita.
Hubiera pasado de largo sin decir una palabra, pero el hijo de los Macdonald,
Michael, le salió al paso con los brazos extendidos.
–Mire lo que ha traído mi papá, Mr. Manning.
–Muy bonito –contestó Stanley, intentando
continuar su camino, pero no iba a librarse de ellos con facilidad.
Macdonald salió del coche e invitó a Stanley
a que ocupara su lugar y examinara el cambio de marchas automático. Incapaz de
inventar una excusa, Stanley se subió de mala gana al coche y contempló el
tablero de mandos.
–Ya no tendré que cansar el pie con el
embrague en un embotellamiento –dijo Macdonald con júbilo–. Es cómodo, ¿verdad?
Sólo tengo una queja. Cuando me siento ahí, podría quedarme dormido al volante.
Las mujeres parloteaban como cotorras,
mirando el coche desde todos los ángulos y destacando el brillo de la
carrocería que hacía que el coche pareciera un espejo, así como la gran
capacidad del maletero y la exquisitez del cromado. Mrs. Macdonald no cabía en
sí de orgullo. «Ya verán mi Jaguar –pensó Stanley–, esto parecerá una lata de
conservas a su lado. Les consumirá la envidia.»
–El retrovisor se ajusta con un roce del dedo
–explicó Macdonald, introduciendo la cabeza por la ventanilla.
Stanley hizo la prueba. Bajó una pizca el
espejo y miró. Se quedó con la vista clavada en él y le entró de pronto un
calor sofocante. Por el extremo de Lanchester Road, Caroline Snow caminaba por
la acera en dirección a su casa. Llevaba gafas de sol color malva y una falda
varios centímetros más corta que la que había llevado puesta el domingo.
Stanley bajó la cabeza al tiempo que movía palancas y apretaba botones. Uno de
éstos ponía en funcionamiento los limpiaparabrisas y un chorro de agua mojó el cristal.
–Cuidado, cuidado –exclamó Macdonald–. Mire
lo que ha hecho, tendré que pasar una gamuza.
La mujer lo miró ceñuda y dijo malévola,
mientras abría la portezuela del coche.
–Le vienen a visitar. Alguien se dirige a su
casa.
Stanley bajó muy lentamente, sin mirar hacia
atrás.
–Cuando el gato está fuera, el ratón juega,
¿eh, amigo? Muy buen gusto, debo reconocerlo –dijo Macdonald al tiempo que le
daba una palmada en el hombro.
–No sé de qué me está hablando –musitó
Stanley.
Seis rostros le estaban mirando: los de los
niños, curiosos; los de las mujeres, indignados y los de los hombres,
abiertamente lujuriosos. John Blackmore hizo una mueca procaz y después le
guiñó un ojo.
–Perdonen –dijo Stanley con acritud–. Tengo
que dejarles.
Fue hacia la acera donde le esperaba Caroline
Snow frente a la puerta de su casa. A sus espaldas oyó que Mrs. Blackmore
decía:
–Bueno, ¡lo que hay que ver! ¡Qué asco!
–Tenía que verle, Mr. Manning. ¿No le
molesta?
El aire de la casa estaba viciado. Stanley
abrió las ventanas. La muchacha entró tras él.
–¿No podríamos sentarnos en el jardín? Hace
tanto calor y su jardín es tan bonito...
–No tengo tiempo para sentarme –dijo Stanley
a toda prisa. Miró el reloj–. Tengo una cita a las seis y media.
–He venido a verle –prosiguió la muchacha
haciendo caso omiso de sus últimas palabras– porque usted fue muy amable
conmigo el domingo y es el único hombre respetable con el que puedo hablar
ahora. He confiado en mi padre toda mi vida, pero papá está lejos en estos
momentos.
«Haré de papaíto», pensó Stanley ansioso,
olvidando por el momento su cita con Pilbeam.
–¿Qué desea de mí, Miss Snow?
–Fui a visitar a Mrs. Paterson –contestó
Caroline con la mayor seriedad– y me dijo que Miss..., bueno, que mi abuela
tiene una habitación en casa de un tal Mr. Smith, pero que no sabe las señas.
El martes termina el curso en la escuela y tengo que volver a casa, así que...
He pensado... Supongo que mi abuela vendrá a visitarles a usted y a su esposa
en alguna ocasión, ¿verdad? Bien, yo había pensado que si fuera tan amable de
hablarle de mí y decirle que me escriba, yo podría ir a verla cuando regrese a
Londres.
–Sí, claro, lo haré –dijo Stanley con calma.
Claro que lo haría. Podía decirle que había
visto a Ethel pero que había vuelto a cambiar de casa o, incluso, que no quería
ponerse en contacto con sus familiares. De repente se sintió inspirado. Intentó
que su voz sonara tan segura como pudo y le dio un toque paternal.
–¿Por qué no se deja aconsejar por su padre?
¿Le ha contado algo de todo esto? –preguntó.
–Pues..., no. Todo lo que saben, él y mi
madre, es que quería el nombre de la abuela para el árbol genealógico.
Perfecto. Justo lo que esperaba. Podía
imaginar el pánico de Snow cuando oyera de labios de su hija la búsqueda que
había emprendido de su suegra y su alivio cuando supiera que no la había
encontrado.
–Su padre es un hombre con experiencia. Sabrá
qué es lo que debe hacerse.
«Lo sabrá –pensó Stanley– si está en sus
cabales.»
–Puede sentirse herido si ve que no le tiene
en cuenta. Al fin y al cabo, se trata de su madre política. Puede...
–Oh, pero papá es una persona maravillosa.
Tiene una gran conciencia social. No podría soportar que...
–¿Está usted segura, Miss Snow? –Stanley se
acercó a ella–. Su padre querrá saber también todo eso que me ha contado a mí;
pero ¿no le parece probable que quiera hacer otras averiguaciones por sí solo?
Además, él y la madre de usted pueden pensar que la abuela tiene derecho a la
soledad, si esto es lo que ella desea, y según parece, así es. No, creo que no
le gustaría que usted se dedicara a su búsqueda y captura.
–Tal vez tenga razón. –Caroline Snow parecía
casi convencida–. Me ha hecho ver las cosas de una manera distinta, Mr.
Manning. Además, acabo de recordar algo. Una vez, hace años, yo era casi una
niña, una gitana llamó a la puerta cuando mamá no estaba en casa y yo le di
algunos vestidos y una taza de té. Cuando papá lo supo se puso furioso. Dijo
que el Gobierno debería ocuparse de esas personas, que él ya tenía suficiente
con mantener a su familia.
¡El hombre con una gran conciencia social!
Stanley estuvo a punto de reírse a carcajadas.
–Claro que este caso es distinto, pero creo
que tiene usted razón y que debo hablar con papá antes de llegar más lejos. –Se
levantó–. Ha sido usted muy amable, Mr. Manning. Estoy segura que su consejo es
correcto. No haré nada hasta que haya hablado con papá. –Le tendió la mano–.
Lamento que por mi culpa llegue tarde a su cita.
–Más vale tarde que nunca –contestó Stanley
alegre–. Saldremos juntos.
Al salir de la casa, John Blackmore, que
estaba recortando el seto, hizo otro guiño a Stanley. Mientras caminaban, le
habló del tiempo y del nuevo coche que iba a comprar y también del negocio que
pensaba emprender, a fin de que la chica no pensara en Ethel Carpenter. Pero no
lo consiguió.
–Me pregunto por qué se me ha metido en la
cabeza que algo terrible puede haberle ocurrido a mi abuela. Supongo que será
porque Mrs. Huntley me comentó que llevaba consigo cincuenta libras.
–Debe de estar viviendo en cualquier parte y
sin ninguna preocupación –dijo Stanley en tono tranquilizador.
Caroline Snow le sonrió y aquella sonrisa le
recordó el gesto de Ethel cuando lo había saludado con el paraguas. La muchacha
le dio las señas de sus padres y se despidieron con toda cordialidad.
«Ésta –pensó Stanley– es la última vez que la
veo o que sé algo de ella.»
Fue andando hacia el Lockkeepers, ya que no
podía pagar el billete de autobús. El local seguía cerrado, pero el cartel de
la agencia inmobiliaria ya no estaba.
Pilbeam no se encontraba solo sino rodeado
por un círculo de amigos, todos ellos de complexión muy fuerte. No se los
presentó, sino que se apartó del grupo sin decir una palabra. Por algún motivo,
esto lo inquietó.
Sin preguntarle a Pilbeam sus preferencias,
pues ya las sabía, pidió dos jarras de cerveza y, enredándose en una serie de
evasivas y sofismas, se dispuso a explicarle a su socio el estado de sus
finanzas.
–La próxima semana, amigo. Eso será lo
primero que tendrás que hacer la próxima semana –se limitó a decir Pilbeam.
Algunas de las ideas de Vera sobre James
Horton eran acertadas y otras no. Era el director de la sucursal del Barclay’s
en Brayminster; disfrutaba de una posición acomodada, ya que había heredado de
su padre y de su tío; vivía en una hermosa casa. Pero no estaba casado con una
hermosa mujer que rondaba la cuarentena y no tenía hijos pequeños. Su mujer
había muerto de cáncer cinco años atrás y su único hijo estaba en la
universidad.
–Una vida muy solitaria, James –le dijo Vera
durante su última noche, mientras estaban sentados en la barra del Hotel
Metropole.
–Me parece solitaria algunas veces.
–¿Nunca has pensado en volver a casarte?
–No, hasta hace poco –contestó James–.
¿Sabes, Vera? No me has contado nada de ti. Hemos salido juntos cada noche;
bueno, la mayoría de ellas con los Goodwin, pero me parece que todo el tiempo
no he hecho más que hablar de mi vida y no te he dado ocasión de que pudieras
hacerlo tú. Lamento haber sido tan egocéntrico.
–Oh, no. Me ha interesado mucho.
–Supongo que es el vivir solo lo que hace que
uno hable tanto. Pero tu vida debe de haber sido tan solitaria como la mía.
–¿Por qué dices eso? –Vera lo miró asombrada.
–¿Acaso no estamos en la misma situación,
Vera? Soy viudo, igual que tú, tú sin hijos y yo...
–James –dijo ella en voz alta–, ¿qué te ha
hecho pensar que yo era viuda?
James se puso pálido.
–Pero mi tía me dijo que... que habías venido
sola y que nunca... –balbuceó.
–Lo siento, pero Mrs. Horton entendió mal. No
soy viuda. Mi marido no pudo dejar su trabajo. Oh, cielos, ahora empiezo a ver
con claridad ciertas cosas que no comprendía.
–¿Quieres decir que vives con tu marido? Que
tú y él...
–Pues claro. Vuelvo con él mañana. A casa.
–Comprendo –contestó James Horton–. He sido
un estúpido imprudente.
Todas las postales de Vera estaban sobre la
repisa de la chimenea, pero no colocadas, sino amontonadas de cualquier manera
detrás de un florero. Stanley no le había preguntado si había disfrutado de las
vacaciones y ella se sentía muy dolida.
–¿Cómo va el trabajo? –preguntó en voz baja.
–Lo he dejado, si te interesa saberlo. Tengo
la intención de poner un negocio de antigüedades. Se puede sacar mucho dinero
de eso y vamos a alquilar una tienda en el casco antiguo. Yo y mi socio.
–¿Tu socio? –exclamó Vera–. ¿Qué socio?
¿Quién es, Stan? ¿Dónde lo conociste?
Vera parecía tan horrorizada por sus
palabras, que hubiera empeorado las cosas decirle que había conocido a Pilbeam
prácticamente en la calle y que habían fundado la sociedad en un bar. Pero
Stanley era uno de esos hombres que nunca dicen a su esposa la verdad si pueden
contentarla con una mentira.
–Nos puso en contacto un amigo común –dijo
con vaguedad–. Un cliente mío de la gasolinera le dio mi nombre.
Sabía que Vera no se lo creería, pero no le
importaba. Apartó la vista de ella malhumorado. Dos horas antes de que ella
hubiera vuelto a casa, él había telefoneado a Finbow and Craig y una secretaria
le había comunicado que Mr. Finbow quería hablar con urgencia con Mrs. Manning
y que una carta llegaría a sus manos el lunes por la mañana.
Otro retraso. Sólo el cielo sabía lo que
diría Pilbeam si no tenía el dinero disponible para el martes por la noche.
–¿Tiene capital ese hombre? –preguntó Vera
con astucia.
–Debe de tener tu edad –contestó Stanley–.
Está forrado. ¿Me hubiera asociado con él si no lo tuviera?
–No sé lo que hubieras hecho, Stan. Pero me
parece que cuando se trata de negocios, eres como un niño. Sabes de eso tanto
como yo. Prométeme que no harás ninguna tontería.
Stanley no respondió. No podía quitarse de la
cabeza aquella carta y cuanto más pensaba en ella más se le contraían los
músculos de la cara. El domingo por la noche había dormido mal, había sido
visitado en sueños por Maud. Era una de aquellas pesadillas que tenía de vez en
cuando; en ella, ambos discutían de forma acalorada sobre el contenido de su
testamento y Maud le decía que todavía no había llegado lo peor, que esa carta
de Mr. Finbow le informaría de una cláusula en el testamento encaminada a echar
por tierra cualquier negocio que quisiera emprender.
Así que se indignó menos de lo que hubiera
cabido esperar cuando Vera le sirvió una taza de té y leyó en voz alta la
carta.
«Estimada Mrs. Manning:
»Con referencia al
legado de la fallecida Mrs. Maud Kinaway, me he puesto en contacto con la firma
de agentes de Bolsa que actuaban en nombre de la difunta. Debido a la bajada
experimentada en el mercado de valores, creo que es mi deber informarla que, en
estos momentos, considero poco aconsejable vender las acciones en las que está
invertido el dinero. De todas formas, he sido informado, por fuentes
fidedignas, de que el mercado volverá a subir; por ello, pienso que sería
conveniente retener dichas acciones durante unas semanas.
»No dudo de que
deseará tener un cambio de impresiones sobre este asunto lo antes posible;
deseo aclarar, sin embargo, que si desea usted que se venda de inmediato,
procedería a dar instrucciones al agente de Bolsa al respecto. Me permito
sugerirle que solicite una entrevista conmigo a mi secretaria para principios
de esta próxima semana.
»Atentamente,
Charles H. Finbow.»
–Confío en que sea honrado –contestó Stanley
con pesimismo– y no esté despilfarrando nuestro dinero. Ya puedes decirle que
venda esas acciones enseguida.
–No seas tonto, querido –exclamó Vera en tono
apacible–, Mr. Finbow obra en nuestro interés. Intenta decirnos que si vendemos
ahora sacaremos menos que si esperamos unas semanas.
Stanley se incorporó en su silla, a punto de
atragantarse con el té.
–¿Qué estás diciendo? Tienes que disponer de
ese dinero. Dios sabe que ya hemos esperado bastante. –Se sintió horrorizado.
Habría que ver la cara de Pilbeam si le comunicaba que tenía que esperar unas
semanas. Todo el negocio quedaría en agua de borrajas–. Vas a ir allí hoy mismo
–farfulló– durante la hora del almuerzo, y yo te acompañaré.
–No puedo, Stan. Doris está fuera y no podré
salir a comer.
–Si tú no vas. Vera, iré yo. –Stanley apartó
los cubiertos–. Iré yo solo y le arrancaré ese dinero, aunque tenga que
romperle los dientes.
–Ya veré lo que puedo hacer –suspiró Vera.
Solo en la casa, Stanley se paseaba de un
lado a otro, sudando. El viernes, en el bar, había prometido a Pilbeam dinero
para comprar una furgoneta, para decorar y amueblar el local y para llenar el
almacén. Finbow tendría que soltar la pasta. El ojo le parpadeaba a causa de su
excitación y para calmarse, tomó asiento y se dispuso a hacer el crucigrama.
Estaba llenando el 26 horizontal, cuando sonó
el timbre en tono perentorio.
Stanley jamás abría la puerta con naturalidad
e inocencia como suelen hacer otras personas. Siempre se debatía en la
conveniencia o no de responder. Así que se dirigió de puntillas a la habitación
central y miró a hurtadillas a través de la cortina. Pilbeam esperaba en el
umbral acompañado de un tipo enorme, que no aparentaba más de veintiocho años y
al que reconoció como a uno de los secuaces que se había apartado sigilosamente
de Pilbeam el viernes en el bar.
Stanley dejó caer la cortina con rapidez pero
ya lo habían visto. No tenía más remedio que abrir la puerta. Así lo hizo y
Pilbeam la sujetó con el pie como un vendedor agresivo.
No le presentó a su compañero. Tampoco
Stanley esperaba que lo hiciera. Todos sabían a qué habían ido y no había
necesidad de hipocresías formales.
–Te dije el martes –puntualizó Stanley.
–Lo sé, amigo, pero ¿qué importa un día más o
menos? Ya sabemos que el dinero grande llega mañana. Ahora quiero cincuenta a
cuenta.
Entraron. Stanley no pudo impedirlo.
–No tengo cincuenta libras –dijo, muy
consciente de la juventud y el tamaño del amigo.
–Entonces, treinta –contestó Pilbeam–. Es por
interés de ambos, Stan. Mi amigo y yo le tenemos echado el ojo a un par de
jarrones que son una maravilla, una de esas joyas de familia, y sería un crimen
dejarlos escapar.
–Comprendo –dijo Stanley acobardado. La
espalda de mamut del amigo le iba empujando sin tocarle–. Sentaos. Como si
estuvierais en casa. Tengo el dinero arriba.
Subió deprisa la escalera y fue a la
estantería. Mientras sacaba treinta billetes de entre las hojas del almanaque
de crucigramas, oyó unas pisadas a su espalda y después vio a Pilbeam en la
puerta, que observaba la operación con mucho interés y una cierta perplejidad.
–Así que ésa es tu caja de caudales, ¿eh?
¡Caramba, huele a violetas!
Sin decir una palabra, Stanley le entregó las
treinta libras. Ahora sólo quedaban trece billetes en el almanaque.
–Éste es mi marido –dijo Vera cuando los
hicieron pasar al despacho de Mr. Finbow.
Era una presentación que no tenía que hacer a
menudo. Ella y Stanley habían vivido en un mundo en el que las presentaciones
estaban de más. Pero, cuando tenía que pronunciar aquellas palabras, era
consciente de que una ligera sensación de vergüenza, más intensa en aquel
momento, la invadía. Miró a Stanley y advirtió la postura agresiva de la
barbilla y el brillo receloso y calculador de sus ojos–. Ha querido
acompañarme.
–¿Cómo está, Mr. Manning? –dijo Mr. Finbow–.
Hagan el favor de tomar asiento. Bien, me parece que en mi carta les explicaba
la situación; pero si quieren saber más detalles, se los daré con mucho gusto.
–Queremos. Por eso estamos aquí –contestó
Stanley.
Mr. Finbow enarcó ligeramente las cejas y
dirigió su atención a Vera.
–La situación es la siguiente, Mrs. Manning.
El dinero que le dejó su madre está invertido en dos paquetes de acciones,
Euro-American Tobacco y Universal Incorporated Tin. Inversiones ambas tan
seguras, si me permite expresarlo así, como edificios. De todas formas, la
supongo enterada de los efectos en el mercado de valores de la reciente crisis
árabe-israelí.
Hizo una pausa, tal vez para esperar una
respuesta por parte de Vera. Aunque recordaba vagamente que en la televisión
había habido una amplia información sobre los problemas en el Oriente Medio
durante abril y mayo, estuvo tan absorta en sus crisis personales por esas
fechas que no había prestado mucha atención, y lo único que hizo fue asentir
indecisa a las palabras del notario.
–Me han dicho –continuó Mr. Finbow– que
vender en esta coyuntura supondría una pérdida de varios cientos de libras,
debido a la considerable caída de precios.
Vera asintió de nuevo.
–Pero estas... acciones ¿volverán a recuperar
el valor que tenían?
–Me han asegurado que así será. Verá, Mrs.
Manning, las dos compañías que le he mencionado son multinacionales, que por lo
general mantienen sus valores estabilizados. Es impensable un empeoramiento de
su valor a largo plazo. El asunto es que, de momento, el precio actual es
insatisfactorio. En otras palabras, cualquier persona entendida le diría que no
es aconsejable vender ahora. Si esperamos, digamos, seis semanas veremos que...
–¡Seis semanas! –lo interrumpió Stanley con
furia–, ¿Y qué me dice de los intereses? ¿Qué pasa con eso?
–Como acabo de explicar –dijo el notario algo
menos paciente– el valor actual de esas acciones es menor. El precio de cada
acción es más bajo, pero los réditos se mantienen igual, no se bajan ya que no
ha habido pérdidas en la política de dividendos de las compañías.
–Muy bien, muy bien –dijo Stanley–. Eso es lo
que usted dice; pero ¿cómo sabemos nosotros que no habrá más crisis? No puede
tenernos a la expectativa de esta forma, un mes tras otro. Está usted jugando
con nuestro dinero.
–Perdone, ¿cómo dice?
–¿No es así? Mi esposa le dijo que vendiera.
Hace ya un par de semanas. Y ahora, debido a que lo ha estado reteniendo, ya no
hay tanto dinero como nos dijo al principio. Me parece bastante claro.
Mr. Finbow se levantó de la silla y, dando la
espalda de forma ostentosa a Stanley, habló a Vera en tono frío y cortés.
–Si no está usted satisfecha, Mrs. Manning,
tal vez será mejor que busque otra firma para que represente sus intereses.
Roja de vergüenza, demasiado asustada para
mirar a Stanley, Vera balbuceó:
–Oh, no. No piense eso. No creo que mi
marido...
–Lo he entendido muy bien –dijo Stanley, no
demasiado enojado–. Nada de todo eso me importa. Le dijimos que vendiera y
queremos que lo haga así. Puede vender esta misma tarde. Es nuestro dinero y es
lo que queremos. ¿Entendido?
Durante unos instantes, Mr. Finbow dio la
impresión de que iba a sufrir un infarto.
–No tengo un puesto de verduras en el
mercado. Soy un notario y socio fundador de una firma de impecable reputación.
Nunca me habían hablado así en mi propio despacho –dijo en tono glacial y cerró
los ojos durante unos momentos. Después se dirigió a Vera–: ¿Es usted tan
amable de darme sus instrucciones al respecto, Mrs. Manning?
Vera inclinó la cabeza. Las manos le
temblaban sobre el regazo.
–Perdone,
Mr. Finbow. De verdad que lo lamento. –Lo miró desolada–.
Le ruego que haga lo que le parezca más conveniente para nosotros. No
necesitamos el dinero ahora. Sólo que había un par de cosas...
Mr. Finbow contestó con rapidez y algo más de
simpatía.
–Hay varias pólizas de seguro que vencían a
la muerte de su madre. Si se tratara de una cuestión de, digamos, quinientas
libras, me complacería entregarle un cheque por esta cantidad ahora mismo.
–Quinientas libras estaría muy bien –contestó
Vera más alegre. Esperó, sin mirar a Stanley, a que Mr. Finbow firmara el
cheque–. Y, por favor, no haga ninguna gestión para vender esas acciones hasta
que usted y el agente de Bolsa lo crean conveniente.
–Muy bien –contestó Mr. Finbow, al tiempo que
le estrechaba la mano y se comportaba como si Stanley no estuviera–. Puedo
decirle que ha hecho usted lo más aconsejable, Mrs. Manning, buenas tardes.
–Oh, Stanley, ¿cómo has sido capaz de hablar
así? –dijo Vera mientras bajaban la escalera–. No sé lo que Mr. Finbow habrá
pensado de nosotros.
–Le estaba tomando el pelo. Ese ampuloso
bastardo puede pensar lo que quiera. Ahora, si escribes tu nombre y firmas al
dorso del cheque lo llevaré al Barclay’s y abriré una cuenta. Mira, aquí mismo.
Será mejor que vuelvas a la tintorería o llegarás tarde.
Vera se detuvo, pero no abrió el bolso.
–No tengo que volver al trabajo hasta las
dos. Pensaba saltarme el almuerzo e ir a mirar frigoríficos.
–Buena idea. Ya puedes ir. –Stanley alargó la
mano esperando el cheque.
–Cuando digo «ir a mirar» quiero decir comprar. Sabes que desde hace tiempo sueño con un frigorífico. No puedo
conseguirlo sin dinero y no lo tendré hasta que no me haga un talonario de
cheques. Primero iremos los dos al banco. ¿No te parece mejor tener una cuenta
conjunta?
Mejor no era la palabra exacta que tenía
Stanley en la mente. No obstante, pensó que era inevitable en tales
circunstancias y ambos entraron en la agencia de Croughton del Barclay’s.
El director, bajito y regordete, no se
parecía en lo más mínimo a James Horton, pero a Vera sí se lo recordó, tal vez
porque era director de otra sucursal del mismo banco de James. No había pensado
mucho en él desde que había regresado, pero ahora acudió a su mente, un hombre
amable, educado y serio y no pudo evitar comparar su conducta civilizada con la
actitud de Stanley en Finbow and Craig.
–Aquí tiene, Mrs. Manning –dijo el empleado,
al tiempo que se inclinaba sobre la mesa del director–, su talonario y el de
Mr. Manning. Y los documentos de ingreso. Como es natural, les enviaremos
talonarios con sus nombres impresos tan pronto obren en nuestro poder.
El director los acompañó hasta la puerta.
–Eso –dijo Stanley– es lo que yo llamo un
caballero.
Acababa de descifrar la última indicación del
crucigrama («Amigo del hombre, de 9 quilates» –Spaniel Dorado) cuando hizo su
entrada Vera, acalorada por la emoción.
–Lo he comprado, querido, un estupendo
frigorífico con cajón para verduras. Y, oh, ya sé que es un despilfarro, pero
también me he quedado una lavadora automática. Los traerán mañana.
–¿Qué ha costado todo eso? –contestó Stanley,
mientras ponía la capucha al bolígrafo.
–Alrededor de cien libras. Al disponer de
tanto dinero se me metió en la cabeza comprarlos. Pero he tomado una decisión:
no tocaré ni un penique más hasta que llegue el resto de Mr. Finbow.
–Es tu dinero –dijo Stanley afable–. Es a ti
a quien tu madre lo destinó.
–No debes decir eso, querido. Es de los dos.
Quiero que te compres un traje nuevo y cualquier chuchería que te guste. Ahora
tienes tu talonario.
Stanley se metió la mano en el bolsillo y al
rozarlo con los dedos, lo notó resbaladizo dentro de su funda de plástico. Era
muy generoso por parte de Vera que le diera carta blanca. Hubiera utilizado
aquel dinero de todas formas, pero era agradable tener permiso para ello.
La lavadora y el frigorífico llegaron a las
nueve y media de la mañana siguiente. Stanley todavía estaba en la cama y el
tener que levantarse para que los hombres procedieran a la instalación de los
electrodomésticos le puso de mal humor. Después cayó en la cuenta de que era
martes, un día que se presentaba inmejorable por dos motivos. Podría contentar
a Pilbeam y dejaría de preocuparse por Caroline Snow, que partía para
Gloucester. A la una puso la radio para escuchar las noticias, mientras pensaba
que un problema se le borraría para siempre de la mente si el tren que salía de
la estación de Paddington con dirección a Gloucester colisionaba. Era
sorprendente la cantidad de trenes que chocaban en los últimos tiempos. Los
viajes por vía férrea eran ya casi tan peligrosos como los aéreos. Pero todas
las noticias se referían a las negociaciones que tenían lugar para apaciguar la
conmoción en Oriente Medio y no mencionaron los trenes para nada.
Vera estaba demasiado ocupada entretenida con
sus nuevos juguetes para preocuparse por los motivos de que saliera a las ocho
menos cuarto. Le dijo que tenía una cita de negocios sin especificar que
tendría lugar en un bar, un lugar de reunión que hubiera restado méritos al
aspecto respetable que Stanley quería imbuir a su nueva empresa.
Pilbeam ya estaba allí. Siempre estaba ya
allí.
–Perdona por el contratiempo de ayer, Stan,
pero la necesidad apremia cuando el diablo tienta. Compré los jarrones y
algunas piezas de platería georgiana. Ya es hora de que vayas a la tienda y
veas la mercancía. En cuanto a esa furgoneta: un amigo mío me ha ofrecido una
ganga. Mañana puede ser nuestra si nos gusta, y sólo por doscientas cincuenta
libras.
–Dispongo de ese dinero –dijo Stanley.
–Bueno, eso esperaba, amigo. Después de tus
promesas, confiaba en eso. Ya sabes que tengo que devolverle el dinero a mi
mujer y si vamos a salir hacia Barnet en nuestra furgoneta mañana...
–Eso está hecho –contestó Stanley.
A la mañana siguiente compraron la furgoneta.
Stanley extendió un cheque para el amigo de Pilbeam y otro para cobrar en
efectivo. La furgoneta no coincidía exactamente con lo que entendía por una
ganga, ya que tenía maltrecho los parachoques y la carrocería desconchada, pero
se puso en marcha a la primera y los llevó hasta el casco antiguo de Croughton.
Pilbeam no habló mucho durante el trayecto y
Stanley pensó que estaba mohíno. Pero al aparcar frente a la tienda se dio
cuenta de que se había equivocado. Pilbeam no estaba de mal humor, sino que
había permanecido silencioso debido a la emoción contenida. Al apearse dijo con
orgullo:
–Bien, amigo, ¿qué te parece? Vaya una
sorpresa, ¿eh? Como puedes ver, no he perdido el tiempo.
Stanley apenas daba crédito a sus ojos. La
última vez que había visto el local, la parte exterior del escaparate estaba
agrietada y sucia y la puerta con tablones claveteados. Ahora, la luna del
escaparate era nueva y limpia, proporcionando una visión selecta de los objetos
expuestos. En la parte superior había un rótulo dorado en el que se leía El
rincón de la Villa. Sobre la puerta brillaban más letras doradas, un cristal y
un trabajo de forja con un tirador de bronce.
Pilbeam abrió y le hizo pasar.
Las paredes interiores estaban empapeladas
con papel listado y el suelo enmoquetado en color granate. Sobre una mesa
ovalada reposaban un par de candelabros y un centro de cristal tallado.
Maravillado, Stanley se paseó por el local contemplando grabados de cacerías y
láminas del Derby, así como curiosidades sin identificar. Lo que veía le alegró
sobremanera, ya que había empezado a perder la fe en Pilbeam. Su aparición el
día anterior, para sacarle dinero por la fuerza si hubiera sido necesario, lo
había asustado y la desvencijada furgoneta había sido la puntilla. En aquellos
momentos, al contemplar a su alrededor maderas pulidas y porcelanas brillantes,
sintió renacer su confianza.
–¿Quién la ha decorado?
–Un par de amigos míos. –Al parecer Pilbeam
tenía docenas de amigos–. Les pedí que lo hicieran lo más rápido posible como
favor especial. ¿Te gusta?
–Ha quedado precioso –contestó Stanley.
–Les dije que te enviaran la factura. ¿Te
parece bien?
–Sí, claro –contestó Stanley menos contento–.
¿Cuánto será más o menos?
–Unas cincuenta libras. No te arruinarás,
¿eh? La moqueta es aparte. Es de buena calidad como puedes comprobar. Pero la
factura no creo que la recibas antes del otoño. ¿Abrimos mañana?
–¿Por qué no?
Lo celebraron con unas copas en el
Lockkeepers Arms y después se dirigieron en la furgoneta hacia el norte, por
los pueblos de la parte de Hertfordshire. Pilbeam era quien hablaba en las
casas a las que llamaron. Parecía sentir predilección por las más antiguas y de
aspecto pobre así como por las ocupadas por solteronas solitarias o mujeres
mayores cuyos maridos estaban en el trabajo.
Su método consistía en preguntar al ama de
casa si tenía porcelana antigua u objetos de plata y la mayoría de veces
obtenía respuesta afirmativa. Mientras la mujer estaba en el desván buscando,
Pilbeam echaba una ojeada al mobiliario y cuando la señora bajaba, le compraba
todo lo que le mostraba, pagando bien hasta que quedaba aturdida por la
repentina entrada de dinero dado a cambio de cosas que ella había considerado
trastos viejos. Cuando ya se marchaban, Pilbeam les ofrecía diez o veinte
libras por la pieza en la que había puesto los ojos desde el principio que era
la que le interesaba en realidad, un sillón de orejas o un escritorio y,
codiciosas y encantadas por lo general, las mujeres aceptaban. Pilbeam
aparentaba que en realidad no quería tal pieza, pero que se la llevaba por
hacerles un favor.
–Le daré veinte libras, señora –decía–, pero
nos costará otro tanto restaurarlo y lo venderé por cuarenta y cinco. Ya ve que
soy honrado con usted. Estoy en esto para sacar un beneficio.
–Pero podría ocuparme yo misma de que la
restauraran y sacar el beneficio.
–Le he dicho que me costará a mí veinte
restaurarla. Ese no es el precio que le cobraría un ebanista. Lo más probable
es que le pidiera treinta o cuarenta.
–Bueno, usted debe de saberlo –contestaba la
mujer–. De todas formas, ya estaba harta de él. Me alegro de poder librarme de
este trasto. El último lote de enseres que tiré, tuve que pagar para que se lo
llevaran.
El dinero de tales operaciones salía del
bolsillo de Stanley.
–No es dinero malgastado, amigo –decía
Pilbeam–. Ahora, si me dieras veinticinco libras para mi mujer, sería un día
completo.
Stanley tuvo que extender un cheque para Mrs.
Pilbeam. Ya no le quedaba dinero en efectivo.
–Hazlo a nombre de H. Pilbeam –dijo su
socio–. Esa arpía se llama Hilda.
«Bueno, he gastado las cuatrocientas libras
que quedaban en el banco», pensó Stanley. Los decoradores tendrían que esperar.
Menos mal que no había que pagar nada más por un tiempo y Vera dijo que no
tocaría ni un penique. De todas formas, a finales de semana obtendría su primer
dinero del negocio.
Al día siguiente se llevó los objetos de
Ethel a la tienda y los dispuso con gusto sobre la mesa ovalada.
Stanley no servía para salir con la
furgoneta. Tal y como había dicho Pilbeam, no distinguiría una porcelana de
Limoges de un orinal, así que, mientras su socio invadía salas de estar,
Stanley atendía la tienda. El precio de cada objeto estaba marcado en la parte
inferior o en una de las patas, si se trataba de un mueble, y Pilbeam le había
insistido en que no rebajara nada, que no regateara. Si lo querían al precio
estipulado bien y si no, que lo dejaran.
Lo dejaban. Stanley sólo hizo una venta el
primer día, una cucharilla de plata que vendió a una supuesta madrina por
quince chelines. Volvió a casa alicaído y encontró a una Vera hermética, que le
contestó con monosílabos cuando le explicó su primer día de trabajo.
–¿Qué te pasa?
–Lo sabes muy bien.
–No, no lo sé. Esta mañana estabas normal.
–No podía haber averiguado lo del dinero. Tenía el talonario en el bolsillo–.
Si no me lo dices, yo no puedo leerte el pensamiento.
Vera se sentó, picoteó la comida y estalló en
lágrimas.
–¡Cielo santo! –exclamó Stanley–. ¿Qué es lo
que anda mal?
–Tú. Tú eres el que andas mal; tú, que
recibes chicas en casa aprovechando que yo estoy fuera. –Lo miró con los ojos
enrojecidos llenos de reproche–. ¿Cómo fuiste capaz, Stan?
–¿Chicas? ¿Qué diablos estás diciendo? Nunca
estuvo aquí ninguna chica. Debe de faltarte un tornillo.
–Una chica, si eso te parece más acertado.
Todo el vecindario habla de ello. Soy el hazmerreír. Se dice que la esposa es
la última en enterarse, ¿no?
¡Caroline Snow! Maldita chica, era un cenizo,
un duende diabólico, si era verdad que existían. No le ocasionaba más que
problemas.
–Supongo que te lo ha dicho Mrs. Macdonald
–dijo.
–Te equivocas, ha sido Mrs. Blackmore, pero
lo sabe todo el mundo. No hablan de otra cosa. Esa chica alta y rubia vino el
domingo, al día siguiente de que me quitaras de en medio, y volvió el viernes.
Estuvo aquí horas, según Mrs. Blackmore, y vio cómo os marchabais juntos calle
abajo.
–Puedo darte una explicación –contestó
Stanley en tono de erudición–. Es una chica que mi socio y yo pensamos
contratar para que nos lleve la contabilidad. Tenía que conocerla, ¿no?
–No lo sé. Si eso es cierto, ¿por qué has
dicho que no vino nadie mientras estuve fuera? Son palabras tuyas, yo no te he
preguntado nada. Me has asegurado que no vino nadie.
–Lo olvidé.
–Nunca viene nadie –respondió Vera con
amargura y hastío–. No tenemos amistades, ¿o no lo habías notado? Desde hace
años no ha venido nadie que no sean los vecinos, pero viene esa chica y te
olvidas de decírmelo. Te olvidas. ¿Cómo crees que tengo que sentirme? ¿Qué
supones que debo pensar?
–Tienes que creerme a mí, no a las vecinas
–replicó Stanley–, esa maldita pandilla de embusteras chismosas. Te estoy
diciendo la verdad. Vera.
–¿Sí? Tú no reconocerías la verdad si la
tuvieras enfrente, Stan. La mentira o la verdad son una misma cosa para ti.
¿Qué te parece si telefoneo a Pilbeam, ese socio tuyo, ahora y le pregunto si
pensáis contratar a una chica para llevar los números?
–No tiene teléfono –murmuró Stanley. Cielos,
tendría que prevenir a Pilbeam por si cumplía la amenaza–. Debes creerme. Vera.
–¿Por qué? ¿Me has dado algún motivo para
confiar en ti durante todos estos años que llevamos casados?
Vera durmió aquella noche en la cama que
había preparado para Ethel Carpenter.
Conforme iban pasando las semanas, el negocio
mejoraba. Como no tenían fondos, Pilbeam se ocupaba de la tienda los jueves y
viernes y su presencia incrementó las ventas. Stanley se dio cuenta de que era
un vendedor excelente e infatigable con una charla muy persuasiva. Vendió la
mesa ovalada y las cuatro sillas con unos detalles cada una de Chippendale como
genuinas a una mujer que tenía toda la casa amueblada en estilo nórdico y los
candelabros como un regalo para una adolescente. Pilbeam decía que era capaz de
vender instalaciones de calefacción a las tribus de África Ecuatorial y Stanley
lo creía. Pero cuando le pidió su parte de las ventas de la semana, Pilbeam
dijo que no debían tocar ni un penique durante un cierto tiempo. Todos los
ingresos tenían que volver a invertirlos en el negocio.
Stanley regresó a casa con las manos vacías.
Su relación con Vera había mejorado, pero no
había vuelto a la normalidad. Una noche que se encontraba relajado y contento,
le pasó un brazo por los hombros mientras ella cocinaba, pero lo apartó como si
quemara.
–¿No te parece que ya es hora de que
olvidemos lo pasado? –preguntó.
–¿Juras que esa chica no era un lío tuyo, que
se trataba sólo de alguien en busca de empleo? ¿Juras que no le pusiste ni un
dedo encima?
–Mirarla era superior a mí –contestó Stanley
con toda sinceridad.
Después de eso. Vera se comportó de forma más
amable, solía preguntarle por el negocio y planeaba lo que harían con el dinero
cuando lo tuvieran; pero algunas veces, cuando ella estaba mirando la
televisión o él hacía su crucigrama, Stanley al levantar la vista observaba que
ella lo miraba de una forma extraña. Entonces Vera apartaba sus ojos en
silencio.
Vera ya empezaba a desear la llegada del
dinero y, mientras Stanley se dedicaba a las palabras cruzadas del Telegraph, ella le pedía la página financiera y estudiaba la Bolsa, muy
satisfecha de que, día tras día, European American Tobacco e International Tin
reflejaran mejoras estables. Maud habría deseado que tuviera el dinero, pensó,
y que llegara a tener todas las cosas que el dinero puede comprar. Había hecho
ampliar una de las fotografías de su madre y la había colgado en una de las
paredes del comedor; cuando la miraba, solía reflexionar a menudo lo muy
inteligente y perceptiva que Maud había sido, dándose cuenta desde el principio
de lo que Stanley era. El dinero no iba a mejorar el matrimonio de su hija,
Maud siempre había sido consciente de ello, pero podría hacerle la vida más
fácil como individuo si no como esposa. Le serviría de consuelo.
Era una gran cosa sentarse a la mesa mientras
Stanley estaba enfrascado en su crucigrama y extender cheques para el recibo
del gas y de la electricidad en lugar de vaciar uno de los botes que guardaba
en el armario de la cocina y llevar el dinero, todo en monedas, a las
compañías. Era maravilloso escribir ocho libras y noventa y tres peniques,
firmar y no tener que preocuparse de intentar que la próxima vez fuera menos
dinero apagando la luz cada vez que se salía de una habitación.
Aquella semana Stanley llevó a casa diez
libras.
–Podría ser cinco veces más, querido amigo
–había dicho Pilbeam–, pero necesitamos todo el capital que tenemos para
comprar mercancía nueva. El hecho es que estamos atados de pies y manos hasta
que apoquines.
Y Stanley, que había dudado de su socio hasta
que la tienda se había puesto en marcha, ahora veía que todas las previsiones
de Pilbeam se habían cumplido. El hombre sabía lo que se llevaba entre manos;
era un experto en el campo de las antigüedades. Todo el negocio era la mina de
oro que había prometido, una cantera que sólo podría ser explotada y convertida
en moneda cuando pudiera invertirse en ella una suma importante. Lo terrible
era que aquel capital, su dinero legítimo, estaba invertido en otra parte, en
triviales estaño y tabaco, intocable hasta que Finbow diera el permiso.
Tenía los nervios destrozados. No le
temblaban las manos y tampoco sentía mareos como antes, pero algo más
preocupante le estaba ocurriendo. El parpadeo del ojo se había convertido en
algo permanente.
Había vuelto a aparecer cuando Vera le había
preguntado por las visitas de la chica. Entonces había sido en el ojo derecho.
El párpado brincaba arriba y abajo, sobre todo cuando estaba cansado. Había ido
a la biblioteca pública para consultar aquellos síntomas en el mismo
diccionario de medicina que utilizó cuando tenía malas intenciones respecto a
Maud. El diccionario decía que aquel parpadeo era conocido vulgarmente como tic
nervioso y era producido por el cansancio y las preocupaciones pero que, por lo
general, desaparecía al poco tiempo. De no ser así, podría tratarse de algo
serio, quizá un aviso de alguna enfermedad del sistema nervioso central.
Pero ¿qué era poco tiempo? ¿Horas, días,
semanas? No había indicios de que disminuyera y ya hacía quince días que había
empezado. Únicamente cesaba mientras resolvía un crucigrama. El problema de
utilizarlos como terapia era que ahora podía terminarlos en diez minutos. Tal
vez fuera una buena idea empezar por el final y confeccionar los crucigramas él
mismo.
Dos o tres años atrás lo había intentado,
pero no había tranquilidad con Maud allí metida toda la tarde y había tenido
que abandonar. Ahora era distinto. Sentado en la tienda, llenando el ocio entre
cliente y cliente, trazaba las cuadrículas de los crucigramas en el bloc que
utilizaban para las facturas. Algunas veces, Pilbeam estaba fuera buscando
piezas; otras, manipulando por el almacén, en la parte trasera de la tienda. El
ojo permanecía obediente y quieto mientras inventaba indicaciones y encajaba
palabras, ya que la tarea era un reto a su capacidad intelectual. Lo mantenía ocupado,
muy a menudo con exclusión de todo lo demás, y se encontró dedicando horas
enteras al problema de encontrar una palabra que se ajustara a blanco, R, O, G,
blanco, blanco, S, blanco, hasta dar con el pronóstico.
Se estaba convirtiendo en una obsesión, pero
Stanley sabía que, al igual que la contracción nerviosa del ojo, pasaría en
cuanto llegara el dinero. Después se entregaría a la tienda en cuerpo y alma,
al no tener que soportar a Pilbeam haciendo chanzas cada dos por tres sobre la
gente que no cumplía sus compromisos monetarios. Entretanto, los crucigramas
eran inofensivos y mantenían sus pensamientos alejados del dinero y su ojo
quieto.
Casi había pasado un mes desde que abrieron
la cuenta cuando llegó una carta del banco. Stanley ya había salido para el
trabajo, murmurando para sí: «E, blanco, G, H, blanco», incapaz de encontrar la
palabra que se ajustara a las cinco casillas. Llevaba tres días intentándolo.
Se cruzó con el cartero pero estaba demasiado absorto con su jeroglífico,
incluso para pensar que podía traer noticias de Finbow and Craig.
El sobre iba dirigido a Mr. y Mrs. Manning y
Vera dudó antes de abrirlo pero lo hizo y un escalofrío de incredulidad le
recorrió el cuerpo.
«Apreciados Mr. y Mrs. Manning:
»Lamento
comunicarles que en su cuenta corriente existe un saldo negativo de 35 libras.
Confío en que procederán a su normalización lo antes posible, y esperamos
recibir el ingreso de dicha cantidad durante los próximos días.
»Atentamente,
Arthur Frazer (Director).»
¡Pero si era imposible! Sólo había extendido
cheques para el frigorífico y la lavadora y para pagar las facturas de la luz y
del gas. La cuenta se había abierto con quinientas libras y al menos tenían que
quedar trescientas setenta. Había dicho a Stanley que se comprara un traje,
pero no lo había hecho. ¿Podía tratarse de un error? Oh, eso tenía que ser.
¿Cometían equivocaciones los bancos? Todo el mundo se equivocaba alguna vez,
así que los bancos también.
De nuevo Vera se daba cuenta de su ignorancia
en asuntos que la mayoría de personas solucionaban sin esfuerzo. Tal vez
hubiera escrito mal uno de los cheques, poniendo un cero de más. Pero ¿el
destinatario no hubiera sido honrado? ¿O habría optado por callarse, como una
vez había hecho Stanley cuando un tendero le había entregado cambio de cinco
libras, en lugar de una libra, que era lo que le había dado?
Y algo peor: ¿podía el banco denunciarla?
Recordaba que había oído en alguna parte que era un delito penado por la ley
pagar con un cheque sin fondos. Si tuviera alguien que pudiera orientarla,
alguien a quien preguntar.
Maud lo hubiera sabido. Vera miró con
desamparo la fotografía de su madre. Maud era una buena mujer de negocios, una
magnífica administradora, tan capaz como cualquier contable, pero estaba
muerta. Sólo tenía a Doris, la chica de la tintorería, a Mrs. Blackmore o a
Mrs. Macdonald. Vera no quería que ninguna de ellas supiera nada de sus asuntos
privados. Ya era suficiente que discutieran sobre su vida conyugal y los
engaños de Stanley entre ellos.
No conocía a nadie más, a no ser... ¿Por qué
no? James le había dicho que le considerara un buen amigo.
–No perdamos el contacto. Vera –había dicho.
Claro que había sido antes de que ella le
dijera que su marido vivía, y con ella. El contacto no se había mantenido. No sabían
ni una palabra el uno del otro desde que había vuelto de Bray.
Pero, si no se lo preguntaba a James, ¿qué
iba a hacer? ¿Perder 370 libras? Más que eso, ya que había un descubierto de 35
libras. Muy inquieta. Vera telefoneó a la tintorería y le dijo a Doris que no
iba a ir. No se encontraba bien, dijo con sinceridad. No tenía sentido seguir
en la incertidumbre, paseando arriba y abajo y releyendo la carta. Consultó la
agenda y marcó toda la serie de números que la pondrían en comunicación directa
con Brayminster.
El banco aún no había abierto las puertas y
James estaba a su disposición. Parecía muy complacido al oír su voz, no triste
y desilusionado como la noche de su último encuentro.
–No me molestas lo más mínimo. Vera. Te
ayudaré en todo lo que pueda.
Algo titubeante y deshaciéndose en disculpas
por molestarlo. Vera le explicó el problema.
–Comprendo. ¿Qué dice tu marido?
A Vera no se le había ocurrido hablar con
Stanley.
–Todavía no se lo he dicho.
Hubo un intervalo de silencio al otro extremo
de la línea. Después James preguntó:
–¿Dices que es una cuenta conjunta?
–Sí, pero Stanley no necesita dinero. Está
metido en negocios y le van bien.
¿Por qué James parecía de repente tan
comprensivo, tan amable?
–Me parece que deberías hablar con tu marido.
Vera. Pero te diré lo que vamos a hacer. He visto a Mr. Frazer un par de veces
y le llamaré ahora mismo para decirle que eres amiga mía y que deseas ir a
verle a las once. ¿Te parece bien? Así tendrás tiempo de hablar antes con tu
marido.
–Eres muy amable, James.
–Haría cualquier cosa por ti. Vera. Ya lo
sabes. ¿Quieres que te preste treinta y cinco libras para salir del apuro?
–Ni se me hubiera pasado por la cabeza
–contestó Vera con vehemencia–. No, por favor, no era esa mi intención al
querer hablar contigo.
–Si las necesitas no tienes más que
decírmelo. Vera, no te preocupes. El banco ha pagado esos cheques, así que no
existe la posibilidad de una devolución ni nada parecido. Mr. Frazer se
mostrará comprensivo. Pídele que te entregue un estado de cuentas y que te
muestre los cheques con cargo a tu cuenta. ¿Comprendes?
–Sí, por supuesto.
–Estupendo. Nadie va a sermonearte o a
amenazarte. Supongo que como director de banco no debería decírtelo, pero miles
de personas tienen saldos negativos cada final de mes y no se inmutan. Me
gustaría que lo hicieran. Llámame mañana, ¿quieres?
–No me parece –dijo Vera.
James contestó con calma:
–Entonces te llamaré yo. Ha sido un placer
hablar contigo. Vera. Concédeme ese favor mañana de nuevo.
Vera se sentía mucho mejor y muy complacida
por haber tenido el valor suficiente para hablar con James. Pero no podría
ponerse en contacto con Stanley antes de ir al banco. Le había dicho que
saldría con la furgoneta y que volvería por la tarde.
Se maquilló con esmero, tal y como le había
enseñado Mrs. Goodwin, y se puso el vestido blanco y azul. A las 10.55 estaba
en una sala de espera del banco y pocos minutos después el propio Mr. Frazer
asomó la cabeza por la puerta y la hizo pasar a su despacho. Su conducta era
agradable y cordial.
–He recibido una llamada de su amigo, Mr.
Horton –dijo–. Pero usted no tenía por qué temer venir a verme, Mrs. Manning.
Vera se sonrojó. ¡Ambos debían de pensar que
era una boba!
–Supongo que desea ver su estado de cuentas
–dijo Mr. Frazer.
Mientras esperaban a que lo trajeran, el
hombre hablaba del tiempo y de Brayminster, donde había pasado las vacaciones
una vez. Vera sólo pudo contestarle con monosílabos. Se sentía incómoda. En el
banco reinaba una atmósfera severa y, de repente, se preguntó si estaría a
punto de descubrir algo muy serio en un sentido personal.
Una chica entró con el estado de cuentas. Mr.
Frazer la despidió y después entregó el documento, con los cheques incluidos, a
Vera. Encendió un cigarrillo y ella rehusó con la cabeza cuando le ofreció uno.
Era la primera vez que veía un documento
bancario y no lo supo descifrar. Desconcertada, cogió uno de los cheques
esperando encontrarlo tan incomprensible como el estado de cuentas, pero
reconoció su letra. Era el que había enviado a la compañía de gas. Se suponía
que lo ingresaban en su banco, pensó, y el dinero estipulado era descontado por
el banco de Vera de la cuenta a su nombre. Bastante sencillo, en realidad.
Volvió a mirar el estado de cuentas. La
compañía del gas había cobrado, gracias a que el banco había pagado el cheque,
no porque ella tuviera el dinero. No había fondos cuando había extendido aquel
cheque. Volvió a ruborizarse.
Allí también estaban el del frigorífico y la
lavadora y otro de la compañía de la luz. Al llegar al siguiente tuvo que
contener el aliento. Vehículos Verity, leyó, doscientas cincuenta libras,
Stanley Manning. Había otro, para hacer efectivo, de ciento cincuenta libras. Firmado Stanley Manning.
–Mi marido –balbuceó–. Lo había olvidado...
Me dijo... Oh, perdone, lo siento.
–Bueno, nos gusta pensar que el banco no
comete errores, Mrs. Manning; al menos, no muchos.
–Yo soy la que he cometido el error –dijo
Vera, y aquellas palabras eran mucho más que una disculpa por el despilfarro–.
Intentaré devolver el dinero... la próxima semana. No sé cómo, pero lo
intentaré.
–Querida Mrs. Manning, no somos sanguijuelas.
No debe usted atribularse. Tal vez pueda solucionar el asunto a final de mes.
–Es usted muy amable –dijo Vera.
Todos eran muy amables, muy comprensivos, se
desvivían por ayudarla..., se apiadaban de ella. Y, por supuesto, sabían lo que
había ocurrido. James lo había adivinado desde el principio. Mr. Frazer se
había dado cuenta a pesar de sus torpes tácticas para disimularlo. Sabían que
estaba casada con un hombre del que no se podía fiar.
Al ver la cara de Vera, Stanley supo que
volvía a tener dificultades. Esta vez no iba a resignarse a ser ignorado, a que
no le hablara. Dejó caer la chaqueta sobre el respaldo de una silla, echó una
ojeada a la fotografía de Maud (le habría dado lo mismo que estuviera viva, ya
que su muerte aún no le había beneficiado en nada) y dijo:
–Supongo que esas cotillas te han dado más
detalles de mi supuesta amiga.
–Hoy no he visto ni a Mrs. Blackmore ni a
Mrs. Macdonald.
–Entonces, ¿qué te pasa?
Vera se sirvió una taza de té y lo bebió en
silencio. «Silencio –pensó Stanley, buena palabra para un crucigrama...»
Cielos, tenía que controlarse, dejar de ver cada palabra como parte de una
definición. Por primera vez en toda su vida de casados, Vera se había servido
una taza de té sin ofrecerle antes una a él.
–¿Qué te sucede? –preguntó con los nervios de
punta.
Vera se dio la vuelta. Parecía vieja y fea,
con profundas ojeras y arrugas desde la nariz a las comisuras de los labios.
–Esta mañana he estado en el banco. Recibí
una carta del director.
–¡Ah, es eso!
–Sí, eso. ¿Es todo lo que puedes decir?
–Mira, Vera, dijiste que podía disponer de
parte del dinero. Dijiste, cómprate lo que quieras.
–Dije un traje o cualquier chuchería que te
gustara. No te dije que sacaras cuatrocientas libras. Stan, no me importa que
hayas gastado el dinero; pero ¿no podías habérmelo comentado al menos? Lo
precisabas para la tienda, ¿verdad? ¿No podías decírmelo? ¿Era necesario que
tuviera que aparecer como una estúpida ante el director del banco y pasar una
vergüenza de muerte?
–Dijiste que no harías más cheques. ¿Cómo iba
a saber que empezarías a pagar facturas?
¿Por qué lo miraba de aquella forma? Tenía
los ojos tan clavados en su cara que tuvo que desviar la vista.
–¿Qué te ocurre en el ojo? –preguntó Vera con
sequedad.
–Nada. Los músculos que brincan, eso es todo.
Son nervios.
De nuevo el silencio. Después Vera dijo:
–No podemos seguir así, ¿no te parece? Dios
sabe que no quería que mi madre muriera, pero una vez fallecida, pensé...,
pensé que las cosas irían mejor. Creí que formaríamos una pareja como es
debido, al igual que tantas otras. Pero no ha sido así.
–No sé de qué me hablas –contestó Stanley,
mientras se encaminaba hacia el comedor.
Se sentó en el sofá y empezó a garabatear en
una hoja de papel. Vera lo siguió.
–Mira, lamento lo del dinero, pero no hay
para tanto. Puedo recuperarlo con facilidad con las ventas de la tienda y
reponerlo.
–¿De verdad? No es que hayamos visto grandes
beneficios del negocio, ¿no te parece? Y, ya que hablamos de eso, ni siquiera
sé que esa tienda exista. Ni me has llevado por allí, ni me has presentado a
ese tal Pilbeam, ni...
–Por favor –replicó Stanley ofendido. Su
párpado se movía sin cesar–. ¿No te basta con mi palabra?
Vera rió con sorna.
–¿Tu palabra, Stan? No lo dices en serio. No
puedo confiar en tu palabra para nada. Dices lo primero que te pasa por la
cabeza. Sea verdad o mentira, te da lo mismo. No creo que puedas distinguir la
diferencia. Y no lo soporto. No puedo soportar que me ocultes tus asuntos, que
me humilles y que me engañes sólo porque de esa forma es más fácil para ti.
Prefiero estar muerta o sin ti.
Stanley no había prestado mucha atención. La
observación de Vera sobre su ojo le había afectado más que el análisis de sus
defectos. Como se encontraba dibujando un nuevo crucigrama, no había oído nada
hasta la última frase. Se le encendió una luz roja de peligro.
Alarmado, preguntó:
–¿Qué quiere decir, sin mí?
–Cuando la gente llega al punto donde
nosotros nos encontramos, se separa, ¿no?
–Vera, no hables así. Eres mi esposa. Y...,
bueno, tanta culpa tienes tú como yo. Si no te explico mis asuntos es porque
siempre me regañas. Un hombre no puede tolerar que le critiquen constantemente.
–Tampoco puede soportar no poder controlar su propio rostro. Stanley se puso
una mano sobre el ojo y notó que el párpado brincaba bajo la palma–. Eres mi
mujer, como te he dicho, y lo has sido desde hace veinte años. Vendrán tiempos
mejores, Vera, te lo prometo. A finales de año nadaremos en la abundancia y...
Ella lo miró con más dureza.
–¿Tú me quieres?
¡Vaya una pregunta! Qué cosas se le ocurren
preguntar a un hombre que está cansado, preocupado y tal vez al borde de la
enfermedad de Parkinson.
–Por supuesto –murmuró Stanley.
El rostro de ella se suavizó y le tomó la
mano. Stanley dejó caer el lápiz de mala gana y posó la otra mano sobre el
hombre de Vera. Le dolía el ojo. Durante un rato. Vera no dijo nada. Apretó su
mano con más fuerza y, sin soltarla, se sentó a su lado. Stanley estaba
inquieto.
–Tendremos que empezar de nuevo –exclamó
Vera.
Stanley suspiró aliviado. Empezar de nuevo.
–¿Volver a partir de cero?
De forma disimulada empezó a rebuscar entre
los cojines. Buscaba el lápiz. Aquella E podía servir para el dos vertical...
–Sí, eso es –contestó Vera–. Tendremos que
hacer un esfuerzo, Stan, pero no será tan difícil con todo el dinero que nos
espera.
Stanley la sonrió, el ojo casi se había
recuperado.
–Venderemos esta casa y compraremos otra
nueva. Nos desharemos de este viejo mobiliario. A mamá le hubiera gustado
vernos en una casa moderna.
«Ese vernos –pensó Stanley– es sólo
una fórmula de cortesía. A Maud le hubiera gustado verme en un moderno campo de
concentración.»
–Y haremos vacaciones juntos y tendremos un
coche. Te prometo que nunca volveré a regañarte si tú me prometes ser sincero
conmigo. Pero tengo que estar segura de ti, Stan, ¿lo comprendes?
–Nunca volveré a mentirte, Vera, en todo lo
que me quede de vida.
Ella lo miró, deseando poder creerle,
esperando que, por fin, se mostrara abierto en el futuro. Stanley le devolvió
una mirada vidriosa. Había estado pensando en su palabra. E, blanco; G, M,
blanco. Enigma, claro, ésa era la palabra. Y todo el día había estado pensando
si podría cambiar el uno horizontal para poder ajustar la S del siete vertical.
De modo triunfal rellenó la casilla: «Carmesí.»
Llegó la factura de los decoradores y alguien
había escrito en la parte superior: «Agradeceremos el pago inmediato.» Tendrían
que ir a otra parte con su agradecimiento. Stanley no agradeció la petición de
175 libras, en lugar de las 50 que le había dicho Pilbeam. Vera y él iniciaban
su nueva vida, sentados uno al lado del otro en el sofá, estudiando las
cotizaciones de Bolsa. Euro-American Tobacco había caído un par de puntos desde
el día anterior. El ojo de Stanley pestañeó ligeramente y después empezó un
parpadeo rítmico.
–¿Quieres invertir más dinero en la tienda,
Stanley? Confío en que valdrá la pena.
–Dijiste que no me criticarías –contestó
Stanley.
Cogió la hoja de papel en la que estaba
confeccionando un crucigrama más grande y más ambicioso. «Criticar, eso podría
servir para ese horizontal de ocho letras –pensó–. Juzgar con arreglo a ciertas
normas podía ser la definición. Sí, muy bien.»
–No es una crítica. Pero ¿has formado una
compañía o una sociedad? ¿Está constituida legalmente?
–Confío en mi socio y él confía en mí –dijo
Stanley–. Es una pena que no pueda decir lo mismo de mi mujer.
Stanley continuó con sus palabras cruzadas.
Vera lo contemplaba y, aunque en ese momento tenía el ojo tranquilo, preguntó:
–¿No te parece que deberías ver al médico y
consultarle ese tic?
James era hombre de palabra. Telefoneó a
Vera, y como en casa no contestaban llamó a la tintorería.
–Bueno, Vera, ya te dije que no te comerían.
¿De qué se trataba? ¿Un error en algún pago?
–Mi marido se olvidó de decirme que había
extendido un cheque bastante importante –mintió Vera por lealtad–. Ya lo ha
repuesto con los beneficios del negocio.
–Me parece estupendo.
James no dio la impresión de que le pareciera
estupendo. Parecía no creerla, y esa sensación se confirmó cuando añadió:
–Vera, si alguna vez te preocupa algo, no
dudes en acudir a mí. ¿Lo harás?
–Tengo a Stanley –contestó.
–Sí, claro. No lo he olvidado. Pero, podría
darse el caso alguna vez que... Bien, es igual. Adiós, Vera. Cuídate mucho.
«Ya era hora de que lo hiciera –pensó Vera–,
ya era hora de que se empezara a cuidar. En realidad, era absurdo que una mujer
con su posición financiera o en perspectivas de tenerla, continuara trabajando
en una tintorería.» Entregó un par de pantalones acabados de planchar a un
cliente y luego se sentó para escribir su renuncia como encargada de la
tintorería de Croughton.
Jueves. Su tarde libre. Vera salió de
trabajar a la una y entró en la agencia inmobiliaria más próxima. El hombre le
dijo que estaría encantado de ocuparse de la venta de su casa. ¿Qué cantidad
tenía pensado pedir? Vera no lo había pensado; pero él, como agente de la
propiedad, sabía de qué tipo de casa se trataba y sugirió cuatro mil quinientas
libras. Se comprometió a ir a Lanchester Road por la tarde y ver la vivienda.
Vera se hizo unos huevos revueltos para el
almuerzo y se terminó el batido de chocolate, que ahora podían guardar de un
día para otro en el frigorífico. No era probable que el agente inmobiliario
acudiera antes de las tres y eso le concedería una hora para ordenar un poco la
habitación.
Antes de vender la casa tendría que hacer un
esfuerzo y vaciar el dormitorio de Maud, desprenderse de toda la ropa que tía
Luisa no quería, de todos los papeles y documentos y de los frascos, cuyo
contenido había mantenido con vida a Maud durante cuatro años.
Después del funeral, Vera los había guardado
en uno de los cajones del tocador. Lo abrió entonces y contempló los
medicamentos: anticoagulantes, diuréticos, sales minerales, vitaminas,
somníferos y tranquilizantes. ¿Aceptaría el farmacéutico su devolución? Le
parecía un derroche tirarlos.
Ahora, los vestidos. Los estaba introduciendo
en una vieja funda de almohada cuando sonó el timbre. Vera esperaba al agente
inmobiliario y le sorprendió encontrar a una muchacha en la puerta.
–Buenas tardes. Estoy haciendo una recolecta
para la fundación Capilla.
Vera iba a decir que ella era protestante,
cuando recordó que era el apellido del joven policía asesinado durante el
atraco a la oficina de correos. Abrió el monedero.
–Muchas gracias. Intentamos recaudar mil
libras para Mrs. Capilla y pensamos hacer una subasta la próxima semana. Si
tuviera usted...
–¿Le serían de utilidad algunos vestidos de segunda
mano? –preguntó Vera–. Mi madre murió hace poco y toda su ropa está en buen
estado. No conozco a nadie que la quiera y me haría un favor si se la llevara.
La joven pareció complacida, así que Vera
subió, cogió la funda de la almohada y se la entregó.
–¿Ha dicho usted que eran de su madre?
–Eso es. Ahora ya no los necesita.
–Muchas gracias. Nos será de gran ayuda.
Lo único que en realidad preocupaba a Stanley
era el dinero. Una vez estuviera en sus manos, la vida sería una balsa de
aceite. Era evidente que nunca volvería a saber nada de Caroline Snow.
Se relamía con la escena. Imaginaba que la
muchacha entraba en su casa de Gloucester y explicaba toda la historia a un
Snow cansado, el pobre diablo, después de un día de trabajo agotador para poder
pagar los caprichos de las mujeres de la familia. Era probable que Snow
estuviera viendo la televisión o incluso haciendo un crucigrama. Veía al hombre
cambiar la cara al oír primero que se iba a encontrar con su suegra, a la que
nunca antes había considerado como una amenaza seria, y después tenerla que
cobijar en su propio hogar.
«–Tenemos que dar con ella, ¿verdad, papá?
¡Eres tan estupendo cuando hay un conflicto! Estaba segura de que tú sabrías lo
que hay que hacer.»
Stanley se regodeaba con su obra de imitación
silenciosa. ¿Qué diría Snow?
«–Yo me ocuparé de eso, cariño –dijo con tono
sereno y cerebro calculador como una computadora–. Me gustaría hablar de esto
con tu madre a solas.»
Salto de escena con la maravillosa mamá,
luces acogedoras y Caroline fuera de la casa, paseando al perro o con una
amiga.
«–Es una chica tan impetuosa, querido.
»–Sí, lo sé. Pero no puedo destruir su
confianza.
»–Ella te adora. Por mi parte, puedo decirte
que no me seduce la idea de encontrarme con una madre a la que no he visto en
cuarenta años.
»–No se dará el caso. Nadie podrá obligarme a
entablar relaciones con esa anciana y menos a traerla aquí. ¡Cielo santo, no
soy masoquista!
»–¿Por qué no le dices que te has puesto en
contacto con la policía, querido? Que la están buscando. Caroline se olvidará
del asunto en cuanto haya pasado una semana en casa.
»–Claro. ¡Eres magnífica, querida!»
Stanley rió divertidísimo con su creación de
la escena en casa de los Snow. Casi podía verlos sentados entre su refinado
mobiliario de clase media. Era una pena que tuviera que mantenerlo en secreto y
no pudiera contárselo a nadie. Se secó las lágrimas, y en cuanto dejó de reír
el ojo empezó a parpadear con furia.
Estaba tratando de controlar el párpado, para
ver si lo conseguía con un esfuerzo de la voluntad, cuando Pilbeam entró en la
tienda con una bolsa de plástico llena de placas de caballo.
–Deberías ir a que te vieran ese ojo, amigo.
Tuve una tía con el mismo problema, el baile de San Vito.
–¿Qué le ocurrió?
Pilbeam dejó caer el saco en el suelo y se
sentó.
–Terminó meneándose toda ella igual que su
ojo. Daba angustia mirarla. –Se rascó la nariz con el dedo sin uña–. ¿Por qué
no vas a que te vea el matasanos? Yo ya me las apañaré aquí.
En la lista de médicos de la que disponía
había un ambulatorio para consultas tres veces a la semana. Su preocupación por
disponer del dinero de su herencia hacía tiempo que había disipado cualquier
aprensión por el papel que había desempeñado en la muerte de Maud; así que,
después de una espera de cuarenta minutos, caminó más o menos sereno hacia la
salita donde se encontraba el doctor Moxley.
–¿Cuál es el problema?
«El muy canalla podría tomarse la molestia de
mirarme», pensó Stanley con acritud. Le explicó el asunto del ojo, y mientras
hablaba el parpadeo proseguía.
–Dicen que es un tic nervioso.
–¿Ah, sí? ¿Y quién lo dice?
–El diccionario de medicina.
–Oh, vaya, me gustaría que ustedes, las
personas profanas en la materia, no fisgonearan tanto en los diccionarios de
medicina. Sólo consiguen asustarse. Supongo que usted piensa que tiene
distrofia muscular.
–Bien, ¿la tengo?
–Yo diría que no –contestó el doctor Moxley,
al tiempo que reía de manera jovial–. Usted está muy preocupado por algo,
¿verdad?
–Tengo muchas cosas en la cabeza, sí.
–Entonces no les dé más vueltas, y el tic
desaparecerá.
«Dicho y hecho –pensó Stanley indignado–.
Como si el decirle a alguien que no se preocupara fuera la solución. Malditos
médicos, todos son iguales.» Se guardó la receta para un sedante y cuando
estaba cerca de la puerta, el doctor le preguntó:
–¿Cómo está su esposa? ¿Se ha repuesto ya de
la pérdida de su madre?
¿Y a él qué le importaba? Stanley refunfuñó
algo sobre lo bien que estaba Vera. El doctor, un maestro consumado, pensó
Stanley, en cambiar los estados de ánimo de las personas, sonrió.
–El otro día me encontré con el doctor Blake.
Sintió un gran pesar al enterarse de la muerte de Mrs. Kinaway. Y también quedó
muy sorprendido. Me dijo que la había visto por la calle un par de días antes y
que parecía tener muy buen aspecto –dijo con afabilidad.
Stanley se había quedado sin habla. El
sobresalto de Caroline Snow, ya lejano, había sido suficiente. Lo último que
hubiera esperado era que le hicieran preguntas sobre Maud. Si ya habían pasado
semanas y semanas...
–No podía entender que Mrs. Kinaway sufriera
otro ataque si estaba tomando Mollanoid –continuó Moxley, dedicándole una
sonrisa inocente aunque algo siniestra–. Pero estas cosas ocurren. El doctor
Blake es muy consciente de ello. Le aconsejé que no pensara más en el asunto.
Stanley salió aturdido. ¿Quién hubiera podido
pensar que el viejo doctor de Maud anduviera aún por el vecindario? Era
probable que no significara nada. Ya tenía suficientes problemas como para
preocuparse por la opinión de un viejo también.
Para comprar el medicamento, Stanley entró en
la misma farmacia en la que había comprado Shu-go-Sub y, de pronto, recordó que
aún quedaban dos tubos y medio de sacarina en los envases de Mollanoid. Lo
primero que tenía que hacer al llegar a casa era quemarlas, no fuera que Moxley
y el concienzudo Blake planearan rastrear la casa para investigar.
–¿Qué ha pasado con las cosas de tu madre?
–preguntó a Vera.
–Lo he tirado todo. He estado haciendo
limpieza. El agente de la inmobiliaria opina que podríamos pedir un precio más
alto si mejoramos el aspecto de la casa, así que he pensado redecorarla un
poco.
Decorar era una palabra obscena para Stanley.
Con amargura contempló a Vera bajar la escalera, sacar la brocha y tapar el
bote de pintura al temple. Temple era una buena palabra para un crucigrama y no
podía recordar que hubiera sido utilizada en ninguno. Temple: «Afinación de
instrumentos musicales.» Muy bien.
–¿Lo has tirado todo? –preguntó como de
pasada, sin darle importancia.
–Todo menos sus vestidos. Se los di a alguien
del cuerpo de policía.
Stanley notó gotas de sudor sobre el labio
superior.
–¿Qué dices?
–¿Qué hay de malo en eso? Stan, ¿qué te
ocurre? Estás temblando.
Él apretó las manos, que también le
temblaban. No podía hablar.
–Bueno, en realidad no era la policía,
querido. –Vera lamentaba haberlo dicho de aquella forma. Stanley siempre había
temido a la policía–. Están recaudando fondos para la viuda de un policía y les
alegró que les regalara la ropa de mamá. Stan, te haré una taza de té. Estás
muy nervioso, ese ojo te tiene muy preocupado. Vamos, puedes hacer tu
crucigrama mientras te lo preparo.
–Ya lo he hecho.
–Pues inventa otro. Te gusta hacerlo.
Mientras continuaba temblando, Stanley trató
de dibujar un nuevo recuadro de crucigrama. Escribió «al temple» y después
«policía» de arriba a abajo desde la P. Quizá la mujer había ido allí en un
servicio inofensivo; tal vez Moxley no había insinuado nada. Pero ¿y si Moxley
había dado un par de pistas a la policía y habían enviado a aquella mujer
porque...? ¿Qué podían averiguar por las ropas de Maud? Tal vez hubiera alguna
sustancia en el sudor de una persona si se tiene la tensión alta, o si se toma
sacarina y se deja de tomar Mollanoid. Por lo que Stanley tenía entendido,
Moxley debía de ser un experto en medicina forense. Escribió «forense» (al
revés) a partir de la primera E de «temple».
Podían recorrer todas las farmacias y
averiguar que un hombre que correspondía a su descripción había comprado una
gran cantidad de sacarina... Entonces desenterrarían a Maud. La herida de la
cabeza habría desaparecido. Analizarían las vísceras y encontrarían Shu-go-Sub,
en gran cantidad. Pero ni rastro de Mollanoid. Maud no lo había tomado desde
mediados de marzo.
El ojo le parpadeaba demasiado y casi lo
cegaba, así que no podía ver las palabras que había colocado en las casillas.
Tercera parte
Ya era pleno verano, un espléndido y hermoso
verano. Los días calurosos se sucedían sin interrupción y esa monotonía se
reflejaba en la vida de los Manning. Nada había cambiado para mejorar o,
Stanley se consolaba, para empeorar. La policía no demostró el más mínimo
interés por él y no había vuelto a ver al doctor Moxley, a pesar de que su ojo
continuaba parpadeando. No podía dejar de preocuparse por el dinero.
Vera y Mr. Finbow habían intercambiado varias
cartas, pero no había ninguna alusión, en las que escribía el notario, respecto
a la venta de las acciones de tabaco y estaño. Vera se negaba categóricamente a
vender contra la opinión de Mr. Finbow o a pedirle otro adelanto, a pesar de
que Stanley la presionaba y le había mostrado el segundo aviso para el pago que
habían enviado los decoradores amigos de Pilbeam con las palabras «rogamos
proceda al pago de inmediato» en mayúsculas. Pilbeam le hacía la vida imposible
con sus quejas sobre la falta de más capital para la tienda.
Habían colocado un cartel de «Se Vende»
frente a la casa. Nadie se había interesado por ella. Según el agente, se
echaban en falta ciertas comodidades que en los tiempos que corrían eran
indispensables.
–Podríamos construir un garaje –dijo Vera–.
Pero eso significaría sacrificar tu parterre de brezo.
–No importa –dijo Stanley.
Un garaje ocultaría a Maud para siempre.
Pero, por otra parte, ¿hasta qué profundidad tendrían que cavar para hacer los
cimientos?
–Entonces me ocuparé de eso y seguiré
adelante con la decoración. Tenemos que recibir una oferta lo antes posible. El
agente dice que la demanda está en alza.
–Petición que un litigante sustenta en el
juicio...
–¿Qué dices, querido?
–Una definición para mi crucigrama. Demanda.
Petición que un litigante... Oh, no importa.
–Da la sensación de que en lo único que
piensas hoy por hoy es en los crucigramas –dijo Vera.
Era cierto, inventarlos y resolverlos se
había convertido en una obsesión. Incluso los hacía a escondidas en la tienda,
aprovechando que Pilbeam estaba fuera, de forma que, al volver su socio, tenía
la cabeza tan llena de palabras indecisas, anagramas y definiciones, que cuando
Pilbeam empezaba la cantinela de pedir dinero, tal y como hacía a diario, podía
escucharle haciendo oídos sordos.
«¿Te acuerdas de aquella vieja a la que
timamos con la mesa georgiana?», decía Pilbeam. «Quiere poner todo el piso con
muebles de la misma época. Si yo trabajara día y noche y tú pusieras el dinero
para comprar, podríamos sacar quinientas libras sólo con este asunto.» O a
veces era lastimoso en sus palabras: «Estamos con las manos atadas, Stan. Me
pondría a llorar al ver las oportunidades que vamos perdiendo.» Y siempre
terminaba diciendo: «Necesitamos ese dinero, Stan. No podemos esperar de brazos
cruzados.»
A Stanley le imponía mucho respeto Pilbeam,
por lo que no podía hacer nada más que aplacarlo con promesas. Guardaba su ira
para Vera, sobre todo cuando ésta le hablaba de los beneficios de la tienda.
–Ya te he dicho que necesito ese dinero para
mi negocio. Es nuestro, de acuerdo, pero no podemos tocarlo. Somos tan pobres
ahora como cuando vivía tu condenada madre. La tienda se irá al traste si no
dispongo de dinero. ¿No hay forma de meterte eso en la cabeza?
Vera se acordaba, sentía temor de su codicia
y del brillo salvaje que aparecía en sus ojos. Cuando estaba enfadado, el
rostro se le contraía de una forma espantosa. Pero aún se asustaba más cuando,
en lugar de contestar a sus preguntas debidamente, replicaba con algún acertijo
sin sentido.
Un día, hacia finales de julio. Vera empezó a
trabajar en el pequeño dormitorio de los invitados y, al proceder a su
limpieza, encontró las píldoras de Maud que ella misma había guardado allí
mientras pintaba la habitación de su madre. Le pareció un derroche tirarlas y,
además, uno de los envases de plástico estaba sin empezar y el otro a la mitad.
No había nada malo en preguntar al farmacéutico cuando fuera a hacer la compra,
si se las podía devolver.
Al salir de casa se encontró con los
albañiles que acarreaban sacos de cemento y aparcaban la hormigonera.
–No es necesario que nos espere, señora –dijo
el maestro de obras–. No empezaremos el garaje hasta la semana próxima, cuando
termine la huelga en la fábrica de ladrillos. No le importa que dejemos el
material, ¿verdad?
Vera contestó que no le molestaba. Se
encaminó a la farmacia y preguntó si sería posible devolver los envases sin
abrir.
–Lo siento mucho, señora, no podemos hacer
eso. Aconsejamos a nuestros clientes que destruyan todos los medicamentos que
no hayan sido utilizados. Por precaución, ¿sabe? –Quitó el tapón y miró el
contenido del frasco.
–Creo que se llama Mollanoid.
Los farmacéuticos, al igual que los médicos o
que cualquier especialista, preferirían que los profanos se mantuvieran al
margen de asuntos tan esotéricos. Aquel hombre no era una excepción. Frunció el
ceño. Después cogió una tableta y la examinó atentamente.
–¿Qué le hace pensar que sea Mollanoid?
–preguntó.
–Usted preparó la receta del médico y escribió
Mollanoid en la etiqueta. Mi madre siempre las tomaba para la tensión alta
–contestó ella en tono áspero.
–Es cierto que preparé la receta
personalmente y que yo mismo escribí la etiqueta, pero éstas no son las
tabletas que puse en el fracaso. Mollanoid es lo que llamamos un
anticoagulante. En otras palabras, ayuda a evitar la formación de grumos en la
corriente sanguínea. Esto no es Mollanoid.
–¿Qué es?
El farmacéutico olfateó la tableta y la
depositó sobre la lengua.
–Algún compuesto de sacarina.
–¿Sacarina?
–Un edulcorante que se utiliza en las dietas
adelgazantes para endulzar el té y el café –contestó el hombre en el mismo tono
que se emplea para hablar a un niño.
Vera se encogió de hombros. Terminó de hacer
la compra, confundida y asombrada. ¿Era posible que el mismo boticario se
hubiera equivocado de receta y el envase siempre hubiera contenido sacarina?
Era muy extraño pero mucho más probable que el que su madre hubiera estado
tomando sacarina a escondidas. De no haber sido así, ¿qué habría hecho con el
Mollanoid? Estaba plenamente segura de que no hubiera dejado de tomarlo.
Dependía de esas tabletas como de un salvavidas y solía decir que gracias a
ellas no había tenido un segundo ataque.
Mientras escogía un papel pintado bonito y la
combinación de colores, no dio más vueltas al asunto pero decidió comentárselo
a Stanley tan pronto como llegara. Éste lo hizo tarde y, al verlo. Vera se dio
cuenta de que no se encontraba en el momento ideal para interesarse por los
problemas médicos de otras personas.
–Este ojo me está matando –dijo.
Por primera vez desde que estaban casados no
tocó la cena. No probó las chuletas de cordero, ni las patatas fritas, ni los
guisantes. Vera, que tiempo atrás se hubiera mostrado ansiosa y solícita al ver
su falta de apetito, se había endurecido. Si le decía que fuera de nuevo a
visitar al médico, se pondría hecho una fiera. No podía hablar con él, ya no
existía ninguna comunicación entre ellos dos. Últimamente había pensado
bastante en que James Horton era simpático, amable y capaz de mantener una
conversación.
–¿Qué te pasa ahora? –preguntó por fin,
intentando evitar la impaciencia en el tono de su voz.
–Nada –dijo Stanley. Nada. Déjame tranquilo.
El ojo le parpadeaba y presionaba como si
unos dedos, desde el interior de la cabeza, lo estuvieran estrujando. Lo que le
torturaba parecía reírse de él y del éxito de sus travesuras que no podía
contrarrestar de ninguna forma. «¡Dios mío! –pensó–, si sigo así voy a volverme
loco.»
Vera lo acechaba como un halcón. Pero Stanley
no podía decirle que temblaba y le parpadeaba el ojo y que había pedido el
apetito porque estaba aterrorizado, porque había ocurrido algo durante el día
que lo había sumido en un estado peor aún que el del de la visita de la mujer
de la policía, incluso mucho peor que cuando vio a Maud en la fosa. Los dientes
le castañeteaban de pavor y apretó ambas mandíbulas como si tuviera un
calambre.
Aquella tarde, mientras estaba fuera con la
furgoneta, un policía había acudido al Rincón de la Villa.
Había ido a Hartfield a comprarle a una
anciana un bacín del siglo xviii y
le había pagado una quinta parte del valor real. De regreso, había intentado
calmar su ojo realizando un crucigrama mental. Stanley ya podía inventarlos y
completarlos con la imaginación, tal y como algunas personas pueden jugar al
ajedrez sin tablero. Llevó la furgoneta hasta el patio de la parte posterior de
la tienda, murmurando por lo bajo: «Timo: Venta fraudulenta y glándula del ser
humano», cuando vio a un policía uniformado que salía de la tienda y subía al
coche patrulla que lo esperaba. El ojo empezó a abrírsele y cerrársele con
furia.
–¿Qué hacía aquí ese guindilla? –preguntó a
Pilbeam con voz casi estrangulada.
–Ha venido a ver la mercancía almacenada,
amigo. –Pilbeam se hurgó en la nariz con el dedo sin uña. Ese gesto lo hacía
muy a menudo, pero en aquellos momentos, Stanley no podía soportarlo. Le
produjo náuseas–. Suelen hacerlo –añadió su socio con cara de inocencia– por si
acaso teníamos mercancía procedente de algún robo.
–Nunca lo habían hecho antes. ¿Han preguntado
por mí?
–¿Por ti, camarada? ¿Por qué tendrían que
querer hablar contigo? –Pilbeam sonrió con dulzura. Stanley estaba seguro de
que mentía. Siempre ocultaba algo cuando miraba de forma tan cándida–. Ha sido
un buen día, chico. Me parece que podremos irnos a casa con diez billetes cada
uno.
–Veo que la porcelana y la plata que traje se
han vendido.
–Una señora de Texas se lo ha llevado. Era
una fanática de cualquier cosa inglesa. Creo que me hubiera pagado cualquier
precio que le hubiera pedido. –Pilbeam apoyó su mano sobre la bocamanga de
Stanley, el dedo le rozaba la piel de la muñeca. Sus ojos ya no eran sinceros–.
Le prometí a la parienta que le devolvería el dinero la semana próxima. Dinero,
Stan, pasta, guita. Mi paciencia, como diría el Führer, se está agotando.
Stanley hubiera querido seguir indagando
sobre la visita del policía, pero no se atrevió. Ansiaba creer a Pilbeam.
Seguro que si hubiera querido hablar con él habría ido a Lanchester Road. Tal
vez se había presentado allí y no encontró a nadie.
Si estaba en lo cierto y de una u otra forma
habían analizado las ropas de Maud, si Moxley había ido con el cuento a la
policía, si Vera había alardeado ante los vecinos del garaje que iban a
construir... Suponiendo que, durante todas estas semanas, la policía y los
médicos hubieran estado preparando la apertura de un proceso contra él a partir
de pistas y rumores... Tenía miedo de volver a casa, pero no había ningún otro
lugar adonde poder ir. Durante toda la noche presintió que Vera tenía algo que
decirle, pero estaba demasiado resentida para dirigirle la palabra. Tal vez la
policía la había visitado.
No pudo dormir. Se notaba todos los músculos
contraídos y el remedio parecía peor que la enfermedad. Empezó a desear no
haber comenzado nunca a hacer un crucigrama, tan compulsiva era su necesidad de
seguir creando definiciones, escribir palabras horizontales y enlazarlas con
otras verticales. Toda aquella noche y la del sábado no tuvo otra cosa que
tableros de damas en su mente.
Pensó que se encontraba al borde de una
crisis nerviosa.
Vera no podía permanecer a su lado en la
misma cama cuando se agitaba de aquella forma. Pensó que Stanley había
conseguido dormir el domingo por la noche debido al agotamiento. A altas horas
de la madrugada, ella hizo té, pero no lo despertó. Se llevó la taza a la
habitación de los invitados.
Encendió la luz, se abrió paso entre los
botes de pintura y se metió en la cama. Tan pronto como vio las píldoras de
Maud todo su desconcierto anterior volvió a ella. Alcanzó el envase medio vacío
de Mollanoid, el que estaba tomando en el momento de su muerte, y lo abrió.
«Me pregunto –pensó– si mamá planeó dejar de
tomar azúcar porque el doctor Blake le hubiera recomendado perder peso. Tal vez
compró sacarina y la guardó en el frasco de Mollanoid.»
Empezaba a clarear. Vera oyó un tordo que
cantaba en el matorral de retama negra de los Blackmore. Su trino sin sentido y
carente de musicalidad la deprimió. Sintió frío y se cubrió con la colcha hasta
la barbilla.
Pero cuando se disponía a tratar de dormir un
par de horas, su mirada volvió a desviarse de nuevo hacia el frasco que había
destapado. Mollanoid. Claro que era Mollanoid. Eran exactamente iguales a las
pastillas que Maud había estado tomando tres veces al día, cada día, durante
cuatro años. Pero también eran exactamente iguales a las que había llevado al
farmacéutico la mañana anterior. Volvió a incorporarse.
Maud no había tocado ninguna de aquéllas, no
había tomado ni una sola. Éstas habían sido ingeridas hasta la mitad del frasco
y éste se encontraba al lado del plato de Maud en su último desayuno. Estaba
segura. Conforme aumentó la luz. Vera vio la mancha que el farmacéutico había
hecho en la etiqueta al entregarle el envase, antes de que la tinta se hubiera
secado. Y al volver a pensar en aquel último desayuno –¿cómo hubiera podido
olvidarlo u olvidar la alegría de Maud?–, recordó a su madre tomando dos de las
tabletas tras haber echado en el té azúcar en abundancia.
Su corazón empezó a latir con fuerza. Lentamente,
como si fuera un investigador experto a punto de probar una nueva fórmula,
cogió una de las tabletas y la depositó sobre su lengua.
Durante unos instantes, no apreció ningún
sabor. Su corazón se calmó. Después, presionó la punta de la lengua contra el
paladar. De inmediato un sabor dulzón y repugnante se extendió por su lengua y
se filtró entre las encías.
Escupió la tableta en el plato y se tendió
boca abajo, entumecida y helada.
Eran las diez cuando Stanley despertó. Miró
el reloj y estaba sentado en la cama cuando recordó. Era el día en que tenía
que ir al médico. Le había dicho a Pilbeam que no acudiría a la tienda hasta la
hora del almuerzo.
Sólo de pensar en la palabra médico, el ojo
le empezó a parpadear. Se puso el batín echando pestes y fue a la habitación de
Maud para ver desde la ventana si los albañiles habían empezado a trabajar. Era
necesario estar con un ojo encima de ellos, no se diera el caso de que se
entusiasmaran cavando en el parterre que tenían que tapar. Pero no había nadie
en el jardín y la hormigonera no estaba funcionando.
No era propio de Vera dejar de llevarle una
taza de té. Tal vez no había querido despertarlo. ¡Pobre Vera! Ya no era gran
cosa físicamente y siempre había sido de lo más aburrida, pero un hombre no
podía estar solo. Tampoco estaba preparada la bandeja con el desayuno. ¡Esto sí
que no, Vera! La casa apestaba a pintura y Stanley notó el comienzo de un dolor
de cabeza. Había perdido la hora de consulta de la mañana con el doctor Moxley,
pero pasaba otra de nuevo a las dos, iría entonces. Todo estaba limpio y
ordenado. Era evidente que Vera había hecho la casa y salido a comprar.
Con paso cansino entró en la cocina mientras
su ojo se abría y se cerraba de forma continua y dolorosa. Tampoco había dejado
fuera la caja de cereales. Abrió la despensa, la cogió y se sirvió un plato
lleno. Después buscó el Telegraph. Podía hacer el crucigrama. Ya no
hacía caso de si podría o no acabarlo, o de si podría hacerlo de una sentada.
La única diversión que le proporcionaba era ver si era capaz de batir su récord
de siete minutos.
El periódico estaba doblado sobre el
frigorífico. Stanley lo cogió y vio que debajo había una carta que asomaba del
sobre. Iba dirigido a Vera, pero eso nunca le había importado antes y tampoco
lo detendría ahora. La sacó con dedos temblorosos y la leyó.
El dinero estaba disponible.
Mr. Finbow esperaba a Vera cuando ella lo
creyera conveniente y entonces le entregaría un cheque.
Stanley se frotó los ojos. No porque le
dolieran, sino porque estaban llenos de lágrimas.
Años y años había estado esperando aquel
momento. Desde la primera vez que había visto a Maud y había oído hablar de la
buena posición de que disfrutaba, había soñado con aquel día. La hora dorada en
que todo el dinero fuera suyo. Veintidós mil libras.
El ojo no se había movido desde que había
leído aquella carta. También vio con claridad que atribuir motivos ocultos a
una mujer inofensiva que hacía una colecta y a un policía en servicio rutinario
había sido dejar volar demasiado la imaginación. El dinero curaba todas las
enfermedades, mentales y físicas. No necesitaba ningún médico. Tomaría el
autobús e iría a la tienda.
Encontró a Pilbeam allí, limpiando un
calentador de cama.
–Vienes temprano –comentó taciturno–. ¿Qué te
ha dicho el curandero?
Stanley se sentó sobre una mesa de
marquetería. Se sentía un magnate.
–Tengo mil billetes para ti –dijo lacónico–.
También puedo hacerte un cheque para los decoradores. Habrá mucho más la semana
próxima si lo necesitamos. Ahora nos comeremos el mundo, amigo. Ya no tenemos
de qué preocuparnos. Basta ya de apretarnos el cinturón.
–No lo lamentarás, Stan. Te prometo que no te
arrepentirás. ¡Cielos, ya sabíamos lo que hacíamos cuando emprendimos este
negocio! –Pilbeam le palmeó la espalda y se guardó los cheques en el bolsillo–.
Ahora te diré lo que vamos a hacer: iremos al Lockkeepers y vaciaremos una
botella de escocés y después te invitaré a una comilona.
No una botella, pero sí cuatro whiskies
dobles en un estómago vacío, seguidos de un menú consistente en solomillo,
patatas fritas, judías salteadas, zanahorias, champiñones, pastel de frambuesa
y nata, enviaron a Stanley tambaleándose a Lanchester Road a las dos y media.
Le hubiera gustado ponerse a cantar mientras andaba haciendo eses por las
respetables calles bordeadas de sosas casas de campo, pero ser arrestado en un
día tan glorioso, uno de los días más felices de su vida, sería catastrófico.
El cielo, que cuando se había levantado
estaba encapotado, se había ido despejando mientras lo celebraban en el Lockkeepers
y, en aquellos momentos, hacía mucho calor. «Uno de los días más calurosos del
año», pensó Stanley, inmensamente satisfecho de que el tiempo acompañara su
estado de ánimo. Pasó por los escaparates donde se exponían los Jaguar y se
preguntó si sería posible comprar un coche aquella misma tarde. Aquel Mark Ten,
color escarlata, por ejemplo. No existía ningún motivo que le impidiera
hacerlo. No era uno de esos vehículos hechos en cadena, como el cacharro de
Macdonald, que seres mortales, miserables asalariados, tenían que esperar
durante meses para la entrega. Tenía que estar sobrio. Tomaría una taza de té,
después compraría el coche y llevaría a Vera a dar una vuelta en él. Podrían ir
hasta Epping Forest y cenar en un restaurante campestre.
Con aquellos agradables pensamientos que se
deslizaban por su mente ebria, entró en la cocina y gritó:
–¡Vera! ¿Dónde estás?
No obtuvo respuesta. «De mal humor –pensó–
porque no la he estado persiguiendo para contarle lo que el médico me ha
diagnosticado.» ¡Médicos! Eso era lo último que necesitaba.
Podía oír sus movimientos arriba. Era
probable que estuviera atareada pintando el dormitorio. Bueno, tendría que
desechar esas ideas, ampliar sus horizontes. La gente que tiene esa cantidad de
dinero no se ocupa de hacer la decoración personalmente. Caminó con cuidado por
el vestíbulo. Sería mejor que ella no notara que había estado bebiendo.
Volvió a llamarla y esta vez oyó una puerta
que se cerraba y vio su rostro que asomaba por encima del pasamanos de la
escalera. Para ser una mujer que acababa de recibir veinte mil libras, no
parecía estar muy contenta.
–Pensaba que habrías vuelto al trabajo –dijo.
–El médico ha dicho que me tomara el día
libre. Baja. Quiero hablar contigo.
La oyó que decía algo así como que ella también
quería hablar con él y después la vio bajar despacio la escalera. Llevaba
puesto el vestido blanco y azul y no había ni rastro de pintura en sus manos.
Una repentina mirada glacial menguó la alegría de Stanley. ¡Qué mujer tan
variable y difícil! Muy propio de ella encontrar algo de qué quejarse en aquel
gran día. Sabía que iba a regañarlo, podía verlo por el rictus de su boca y la
frialdad de sus ojos.
–¿Has ido a buscar el dinero? –preguntó con
entusiasmo–. No puede evitar ver la carta de Finbow. ¡Por fin!, ¿eh?
Ella iba a decirle que no lo tenía. Que había
pedido a Finbow que lo retuviera, que lo volviera a invertir, algo diabólico.
¡Por Cristo, no podía hacer eso!
–¿Tienes el dinero?
–Oh, sí, lo tengo.
Nunca antes había oído aquel tono de voz,
aquella helada desesperación.
–¿Y lo has ingresado en el banco? ¿Qué te
pasa, amor? ¿No es lo que esperábamos, lo que habíamos planeado?
–No me llames amor –exclamó Vera–, No lo soy.
Quieres decir lo que tú habías planeado, ¿no? Pero no lo hiciste bien. Deberías
haberte librado de tus tabletas de sacarina después de haber matado a mi madre.
Stanley pensó por un momento que aquello no
podía estar ocurriéndole. Debía de tratarse de una de sus pesadillas. Había
bebido demasiado, había perdido el conocimiento y aquel maldito sueño empezaba
de nuevo. Pero cuando estamos despiertos siempre sabemos que no podemos estar
soñando, aunque cuando lo hacemos de verdad nos parezca que el sueño ocurre en
realidad, y Stanley, después de la primera impresión de una pesadilla irreal,
no tuvo que pellizcarse. Vera había dicho lo que había dicho. Se encontraban en
la cocina del número 61 de Lanchester Road y ambos estaban completamente
despiertos. Ella lo había dicho, pero le pidió que lo repitiera.
–¿Qué has dicho?
–Dijiste que la matarías por menos de nada y
ella estaba segura de que lo harías. Que el cielo me perdone por no haberlo
creído. Hasta que supe lo que había en aquellos frascos de medicamentos seguí
pensando que sólo eran palabras.
Existe una gran diferencia entre esperar lo
peor, temerlo o soñarlo, y vivirlo cuando llega. Stanley había visualizado que
ocurriría aquello, o algo parecido, una y otra vez; aunque, por lo general,
quien lo acusaba era, un médico o un policía. Se dio cuenta de que todos
aquellos preparativos y repeticiones no habían servido para mitigar la
conmoción de la realidad. Se sentía como si lo hubieran golpeado con algo
pesado, pero no lo suficiente como para dejarlo en una bendita inconsciencia.
Con voz débil dijo lo que había planeado
cuando «ellos» empezaran a preguntar:
–No la maté. Vera. Tomar sacarina no la mató.
–Murió de un ataque, ¿no es así? ¿No es eso
lo que tuvo mientras yo estuve fuera? Sabes que sí. El doctor Moxley vino y
dijo que había muerto de un ataque.
–Lo hubiera tenido de todas formas –murmuró
Stanley.
–¿Cómo lo sabes? ¿Tienes algún título en
medicina? Sabes muy bien que deseabas que muriera, así que sustituiste sus
tabletas por sacarina y murió. La asesinaste. Igual que si hubieras disparado
contra ella.
Vera salió y cerró la puerta de golpe tras de
sí. A solas en la cocina, Stanley temió que el corazón le estallara contra las
costillas. ¿Por qué no había tenido el sentido común de quemar aquellas
malditas tabletas de sacarina una vez muerta Maud?, y ¿cómo las había
descubierto Vera? Eso poco importaba ya. Metió la cabeza bajo el grifo del agua
fría y después subió las escaleras.
Vera estaba en su dormitorio, colocando ropas
dentro de un par de maletas. Meditó con cuidado, tratando de encontrar las
palabras adecuadas. Por fin dijo:
–No vas a ir a denunciarme a la policía,
¿verdad?
Ella no contestó. Sus manos seguían doblando
y colocando hojas de papel entre los vestidos, enrollando medias de forma
mecánica. La miraba en estado de estupor y, de repente, el significado de lo
que ella estaba haciendo entró en su mente.
–¿Vas a alguna parte?
Vera asintió con la cabeza. Tenía algunas
gotas de sudor sobre el labio superior. Era un día muy caluroso.
Stanley consiguió sacar una pizca de
envalentonamiento sarcástico.
–¿Puedo preguntar adonde?
–Pensaba decírtelo, lo preguntaras o no.
–Vera entró en el cuarto de baño y volvió con su neceser–. Te dejo, Stanley
–prosiguió–. Todo ha terminado entre nosotros. En realidad, ya hace años que
terminó. He podido tolerar que me trataras como a una criada, que trajeras aquí
a esa chica y que vivieras a mi costa, todo lo he permitido, pero no puedo
vivir con el hombre que asesinó a mi madre.
–Yo no la asesiné –gritó–. Nunca he asesinado
a nadie. Cualquiera diría que estabas encantada de que estuviera aquí. Por Dios,
querías librarte de ella tanto como yo.
–Era mi madre –contestó Vera–. Y la quería a
pesar de todos sus defectos. No podría vivir contigo aunque llegase a olvidar
todo lo que has hecho. Ya no. Después de lo que descubrí anoche me pone enferma
respirar el mismo aire que tú. Eres un verdadero malvado, un ser sin entrañas,
algo repugnante. No, por favor, no te acerques. –Se apartó cuando Stanley hizo
el ademán de adelantarse y él se dio cuenta de que Vera estaba temblando–. Mamá
siempre quiso que te dejara y ahora voy a hacerlo. Es curioso, ¿verdad? Era lo
que quería y ahora que está muerta lo ha conseguido.
La cabeza de Stanley estaba a punto de
estallar.
–No seas estúpida –dijo.
–Siempre has pensado que era estúpida,
¿verdad? Ya sé que no soy una lumbrera, pero sé leer y una vez leí que a la
gente no se le puede tolerar que se aproveche de sus crímenes. ^No puedo pensar
en nada peor que en dejarte sin el dinero de mi madre, ya que fuiste tú quien
la mató. Así que lo siento, no tenía intención de darte esperanzas y después
desengañarte. Hasta esta mañana tenía la idea de que ese dinero fuera tanto
tuyo como mío, más tuyo que mío si así lo querías. Pero ahora he cambiado de
opinión. –Vera cerró una de las maletas y lo miró–. Mamá me lo dejó a mí y voy
a quedármelo.
–¡No puedes! –gritó Stanley. Todavía le
quedaba una baza por jugar–. No puedes quedarte con el dinero. Esa cuenta del
banco es conjunta. Puedo retirarlo todo mañana si quiero y... ¡te juro que lo
haré!
Vera le contestó con mucha calma:
–No lo he ingresado en la cuenta conjunta.
Esa cuenta ya estaba más o menos cancelada, gracias a tu descubierto. He
abierto una nueva sólo a mi nombre.
Vera cogió las maletas y bajó la escalera.
Stanley se quedó sentado en la cama, el
ardiente sol le golpeaba la nuca a través de los cristales. De nuevo tuvo una
sensación de irrealidad, de pesadilla. Pesadilla. Repitió la palabra una y otra
vez. Pesadilla, pesadilla... «Un sueño nocturno...» ¡Cielos, ya volvemos a
empezar!
El ojo izquierdo había empezado a abrirse y cerrarse,
tic, tic, tic. Stanley soltó una palabrota y apretó las manos. Escuchó. Ella
caminaba por la planta baja. Aún no se había ido. Tenía que hablar con ella,
hacerla entrar en razón. Convencerla.
La encontró frente al espejo del comedor,
pintándose los labios.
Es muy difícil decir cosas amables a alguien
a quien odias. Stanley odiaba a Vera en aquellos momentos con mucha más
intensidad de lo que había detestado a Maud. Pero, todo hay que decirlo, la
mayoría de los hombres dirían cualquier cosa por veintidós mil libras.
–Has sido la única mujer en mi vida, Vera. Te
he dedicado veinte años. He aguantado lo indecible por ti, los insultos de tus
padres y el traslado de tu madre aquí. Ahora soy un hombre de mediana edad. Sin
ti, seré una ruina.
–No. Siempre has sido una ruina. El que yo
estuviera aquí nunca supuso que intentaras mejorar. Lo intenté, Dios lo sabe, y
ahora estoy harta.
Stanley empezó a suplicar. Se habría puesto
de rodillas si hubiera sido preciso, pero temía que ella pasara de largo y lo
dejara a cuatro patas como un animal.
–Vera –dijo, mientras le tiraba de la manga–.
Vera, sabes que estoy poniendo en marcha un negocio y precisaba algo de
capital. –Era lo peor que podía decir en ese momento. Lo supo al ver el
desprecio reflejado en su cara. Como un marido enamorado, loco de inquietud,
gimió–: Vera, eres todo lo que tengo en el mundo.
–Vamos a llamar al pan, pan y al vino, vino
–exclamó Vera–. Mi dinero es todo lo que tienes en el mundo. –Se puso un par de
guantes azul oscuro y se sentó en una silla como si esperara algo o a alguien–.
Ya he pensado en ello. Lo he meditado todo muy bien. –Suspiró–. Eres una
calamidad, Stan. Todo lo que tocas lo conviertes en un desastre, excepto los
crucigramas. Nunca has conservado un empleo y tampoco conseguirás sacar
adelante ese negocio. Pero no me gusta la idea de imaginarte sin dinero y sin
un techo que te cobije, así que te dejaré esta casa. Puedes quedártela o
venderla, haz lo que quieras. Si eres lo bastante estúpido como para venderla y
entregarle el dinero a ese tal Pilbeam..., bueno, es asunto tuyo.
–Vaya –contestó Stanley–, gracias por nada.
–¡Iba a darle la casa! Ella se llevaba todo el dinero y sólo le dejaba aquel
tugurio. Y de pronto, comprendió lo que ella iba a hacer. Vera, su mujer, la
única persona que estaba seguro de poder dominar, manipular y convencer de que
lo blanco era negro. Vera, iba a empujarle de cabeza al río. Dijo furioso–: No
creerás que voy a dejar que te vayas, ¿verdad? ¿Que te largues de esta forma?
–No puedes hacer otra cosa –contestó Vera con
calma. De repente se oyó un ruido seco en la puerta–, Debe de ser el chófer del
coche que he alquilado.
Se inclinó para recoger las maletas.
Estupefacto, Stanley hubiera deseado matarla. Cuando ella levantó la cara, le
pegó fuerte con la palma de la mano, primero en una mejilla, después en la
otra. Vera gimió y las lágrimas se deslizaron sobre las marcas que la mano
había dejado, pero no volvió a dirigirle la palabra.
Cuando el coche se hubo marchado, él también
lloró. Caminó por la habitación llorando y después se sentó y golpeó el sofá
con los puños. Hubiera querido gritar y romper cosas, pero temía que los
vecinos lo oyeran.
El llanto había exacerbado el movimiento del
ojo izquierdo. Seguía derramando lágrimas después de que hubiera dejado de
llorar. Intentó sujetarse el párpado con los dedos, pero seguía moviéndose como
si no formase parte de su cuerpo, como si fuera un insecto atrapado allí y que
tuviera vida propia.
Había perdido el dinero. Todo. Y su rostro,
distorsionado e incontrolable, daba pavor. Entre la confusión de sus
pensamientos se daba cuenta de que, durante la mayor parte de su vida de
adulto, conseguir la posesión de aquel dinero había sido su meta, el amanecer
de una era dorada. Al principio pensaba en mil o dos mil libras, después ocho o
nueve y, finalmente, se trataba de veinte mil más dos mil de interés. Pero
siempre había estado allí, una tinaja reluciente al final del arco iris. Para
tenerlo había permanecido junto a Vera, había soportado a Maud y nunca se había
molestado en labrarse un porvenir. Había malgastado su vida esperando algo que
ahora no tendría nunca.
Pensó en todo aquello, pero no con calma, y
el pánico volvió a rachas, obligándole a tomar aire en bocanadas desesperadas.
Al final reconoció el verdadero significado de su vida. Todo el pasado era
baldío y amargo y no existía un futuro para él. Peor que antes incluso, ya que
ahora que Vera sabía de su atentado a la vida de Maud y la policía de alguna
forma podía estar alertada; ahora que Pilbeam tendría que saber que todo su
cacareado capital se reducía al techo bajo el que vivía, ¿cómo podía pensar en
vivir otra hora, otro minuto?
Miró, sin ver, las manecillas del reloj. Eso
había sido su vida, una lenta, imperceptible desintegración hacia el actual
desplome total. Y cada momento, sin cambios aparentes, en realidad le llevaba
de forma inexorable hacia el fin, el cual, aunque pareciera inconcebible, podía
ser aún peor que el horror presente.
Una pequeña muerte podría hacerle olvidar
aquella realidad insoportable. Con mano temblorosa rebuscó en el bolsillo. Le
quedaban ocho libras de las diez que había llevado a casa el viernes. Los bares
no estarían aún abiertos, pero sí la licorería de High Street. Caminó
tambaleándose hasta la cocina y se mojó la cara bajo el chorro de agua.
En la calle hacía aún más calor que dentro de
las casas, pero el aire fresco le hizo estremecer. Caminaba con dificultad. Se
movía como un anciano o como alguien que ha permanecido mucho tiempo en cama a
causa de una enfermedad. Había pocas personas y ninguna le prestó atención y,
sin embargo, le parecía que las calles estaban llenas de ojos, de espías
ocultos que vigilaban sus movimientos. En la licorería tuvo que hacer un
esfuerzo para hablar. Dirigirse a otro ser humano, una persona corriente
razonablemente contenta, era grotesco. Su voz surgió débil y no podía apartar
las manos del rostro, como si al secarlo de forma continuada, acariciando los
músculos, pudiera contener los movimientos convulsivos.
El dependiente, no obstante, estaba acostumbrado
a tratar con alcohólicos. Adoptó una expresión tranquila, impasible, al recibir
de Stanley cinco libras para el pago de dos botellas de Teacher’s y otra para
cigarrillos.
De nuevo en casa, bebió un vaso lleno de
whisky, pero sin disfrutarlo. En lugar de hacerle sentirse eufórico, sólo
amortiguó su angustia. Cogió una de las botellas y un paquete de cigarrillos y
subió al dormitorio. Se tendió sobre la cama, deseando que hubiera sido
invierno y no pleno verano, ya que entonces la oscuridad habría llegado antes.
Stanley se dio cuenta de que no le gustaba la luz. Era demasiado reveladora.
Las palabras acudían a su mente sin haber
sido invitadas y, tendido boca arriba, las separaba y agrupaba. Observó que
decía las palabras y las definiciones en voz alta, mal pronunciadas y con voz
pastosa. Pero las contracciones nerviosas habían desaparecido. Continuó
hablando consigo mismo durante un rato, echando un trago de vez en cuando de la
botella, y después empezó a sentirse irritado, ya que la bebida le hacía olvidarse
de cómo se deletreaban las palabras y perdía el hilo entre las espirales
oscuras que aparecían ante sus ojos.
Toda una noche de sueño profundo y olvidarse
del entorno era lo que necesitaba. Pero, en cambio, se despertó a las nueve con
resaca y la impresión de que una mano de hierro le presionaba las sienes.
Todavía había luz.
El sueño que había tenido seguía vivo en él.
No podía decirse que hubiera sido un mal sueño, no en el sentido de que se
hubiera tratado de algo aterrador o doloroso y, sin embargo, pertenecía al tipo
de sueños calificados por un ser humano de terribles. Cuando somos infelices no
lo somos más por sufrir pesadillas en las que revivimos tal infelicidad;
nuestra tristeza se intensifica cuando soñamos en los buenos tiempos pasados y
en la gente, ahora odiosa u hostil, que se comporta con nosotros con su
anterior cordialidad.
Tal había sido la experiencia reciente de
Stanley. Había soñado que estaba en el Rincón de la Villa ofreciendo dinero con
generosidad a Pilbeam y había visto de nuevo la alegría de su socio. Ahora, ya
despierto, se dio cuenta de que cuatro horas antes, mientras pensaba que había
llegado a lo más hondo, había sobrevalorado su situación. No sólo había sido
despojado de sus esperanzas y se encontraba sin un chelín; además, había
entregado a su amigo un cheque por valor de mil libras y otro de 175 para los
decoradores. Ninguno de los dos cheques podría ser cobrado, ya que el dinero
había sido transferido a la cuenta privada de Vera.
No tenía ningún motivo para levantarse. Podía
quedarse en la cama hasta la hora del almuerzo. Le pareció oír rumor de agua,
pero la noche había estado tan llena de sueños, visiones y sonidos que era
difícil distinguir lo imaginario de lo real.
Había olvidado darle cuerda al reloj y señalaba
las 6.10. Tenía que ser mucho más tarde. Pilbeam se estaría preguntando por qué
no había acudido a la tienda, pero Stanley temía telefonearle.
La cabeza le daba vueltas y era incapaz de
pensar. Por el momento no parpadeaba, pero no se atrevía a imaginar lo que
haría en el caso de que volviera a las andadas.
Miraba el techo y consideraba si valía la
pena bajar a comprar el Telegraph, cuando un fuerte golpe en la puerta
principal le hizo incorporarse y blasfemar. De inmediato pensó en la policía y
después en Pilbeam. ¿Sería su socio que venía a recriminarle porque le había
dado unos cheques sin fondos?
Miró a través de las cortinas, pero desde
allí no se veía la entrada. Aunque no había aparcada ninguna furgoneta, se le
ocurrió que tal vez su visitante fuera uno de los albañiles. Quien fuera volvió
a llamar.
Tenía un repugnante sabor de boca. Se calzó y
bajó sin anudarse los cordones de los zapatos. Abrió la puerta con cautela. Era Mrs. Blackmore.
–No lo he sacado de la cama, ¿verdad? –Tal
deducción venía dada por el hecho de que aún llevaba puesta la ropa de calle,
aunque arrugada–. He venido para decirle que sale agua de la tubería de su
depósito.
–Muy bien, gracias. –No quería hablar con
ella y se dispuso a cerrar la puerta.
Mrs. Blackmore estaba por marcharse cuando se
volvió y dijo:
–Vi a Mrs. Manning ayer cuando se marchaba.
Stanley la miró con el ceño fruncido.
–Parecía muy disgustada. Estaba llorando.
¿Han tenido otra defunción en la familia?
–No.
–Pensé que sí. Le dije a John, ¿qué habrá
ocurrido para que Mrs. Manning se ponga así?
Stanley abrió la puerta de par en par.
–Si tanto le interesa saberlo, me ha dejado,
me ha abandonado. Le di un par de bofetadas bien dadas y era por eso que
parecía la central depuradora.
Que las esposas algunas veces abandonan a sus
maridos y que éstos las golpean no era ninguna novedad para Mrs. Blackmore. Las
especulaciones sobre tales hechos habían sido durante años el tema central de
sus charlas en el jardín, pero ningún protagonista de tales dramas domésticos
le había hablado de su papel tan directamente, con tanto cinismo y descaro. Se
quedó de piedra.
–Esto –dijo Stanley– le permitirá afilar los
colmillos para poder chismorrear con el mamarracho de Mrs. Macdonald.
–¿Cómo se atreve a hablar de esa forma?
–Me atrevo, ya lo ve que me atrevo.
–Paladeando cada palabra, Stanley le soltó una escogida retahíla de insultos,
finalizando con–: ¡Holgazana, lagarta de culo seboso!
–Ya verá lo que hará mi marido cuando se
entere de esto –contestó Mrs. Blackmore–. Es más joven que usted, animal
decrépito, y no se ha arruinado la salud empinando el codo. Uf, desde aquí
puedo notar su aliento pestilente.
–Claro que puede, con esa nariz tan larga
–replicó Stanley y dio un portazo tan fuerte que provocó la caída de un pedazo
de yeso del techo. La batalla le había sentado bien. No había tenido una
verdadera riña con nadie desde que Maud había muerto.
Maud... Era mejor que no pensara en ella o
volvería a la botella. No lo haría, nunca volvería a pensar en ella..., a menos
que la policía le obligara. El ojo volvía a guiñar, pero ya se iba
acostumbrando, se iba «adaptando», como diría algún matasanos de la misma
calaña que Moxley. La policía aún no había dado señales de vida. ¿Empezarían a
registrar la casa antes dedicarse al jardín? Stanley llegó a la conclusión de
que seguramente sí. No había nada en la casa que les pudiera interesar, ya que
Vera seguramente se había llevado el envase de Shu-go-Sub. No perdía nada si se
aseguraba de eso...
Entró en la habitación donde ella había
pasado la última noche en Lanchester Road. El envase con la mancha de tinta
seguía al lado de la cama. Stanley no podía dar crédito a sus ojos. ¡Qué
estúpida era Vera! Sin eso nadie podría probar nada. La policía no conseguiría
obtener ni tan sólo una orden de registro para el jardín.
Stanley quitó el tapón del envase y tiró las
tabletas al inodoro. Después abrió los grifos del lavabo y de la bañera. Por lo
general, aquella maniobra tan simple conseguía liberar el flotador y hacerlo
subir como si hubiera sido accionado por la conducción principal. Escuchó. La
cañería ya no rebosaba.
El timbre del teléfono lo sobresaltó, pero no
dudó en contestar. Dejarlo sonar y pensar durante horas quién podía ser hubiera
resultado peor. Descolgó el auricular. Era Pilbeam y Stanley tragó saliva, al
tiempo que volvía a sentir escalofríos.
Pero Pilbeam no parecía enfadado.
–¿Qué tal, aún sigues fastidiado? –preguntó.
–Me encuentro fatal –murmuró Stanley.
–Eres bastante hipocondríaco, amigo. No
tendrías que dar tanta importancia a esas cosas. Bueno, a mí me da lo mismo.
Tómate libre el resto de la semana, si quieres. Me dejaré caer por ahí en
cualquier momento, ¿te parece bien?
–Sí, de acuerdo –contestó Stanley. No quería
que Pilbeam fuera a visitarle, pero no podía hacer nada para evitarlo.
Aun así, la llamada le había infundido
ánimos, así como el descubrimiento y destrucción de las tabletas. Tal vez los
cheques no quedaran impagados. Ese hombre, Frazer, el director del banco, era
un buen tipo, un verdadero caballero. Quizá no le gustara la idea, pero seguro
que los pagaría. ¿Qué eran para él 1.175 libras? Era probable que ese asunto de
la cuenta particular fuera una simple fórmula aparente para mujeres estúpidas
como Vera. Todavía eran marido y mujer, después de todo. Frazer los había visto
juntos y les había entregado un talonario a cada uno. Cuando llegaran aquellos
cheques y Frazer los hubiera hecho efectivos, seguramente le escribiría a él
una carta para amonestarlo y aconsejarle prudencia a la hora de extender
cheques. En realidad, había sido absurdo el haberse deprimido de aquella forma
el día anterior. «Pánico y conmoción –pensó–. Lo más probable es que Vera
vuelva suplicándome perdón.»
Alguien estaba llamando a la puerta de nuevo.
Desde la ventana vio a John Blackmore, dispuesto a defender el honor de su
mujer. Ese imbécil debería darse cuenta de que tendría que agradecer que
alguien, con más agallas que él, le hubiera soltado cuatro verdades a su
esposa.
Stanley no tenía la menor intención de abrir
la puerta. Escuchó con calma el repiqueteo de la aldaba y después contempló a
Blackmore que volvía a su casa. Al bajar la escalera vio una nota sobre el
felpudo:
«Se ha ganado a
pulso lo que le va a ocurrir por utilizar ese tipo de lenguaje con mi esposa.
Usted proviene de un estercolero y está convirtiendo esta calle en eso. No
piense que podrá quedarse tan tranquilo, después de insultar a una mujer.
J. Blackmore.»
Aquella nota hizo reír a Stanley.
¡Estercolero! La granja de su padre distaba mucho de serlo. Pensó una vez más
en los verdes campos de East Anglia, pero ya no en volver allí como un héroe
conquistador. Regresar, sí, pero como el hijo pródigo, al hogar, a la paz y al
amor misericordioso...
Desde la ventana de la cocina pudo ver que
volvía a salir agua por la desembocadura de la tubería. Tendría que subir al
desván. Vera se había ocupado siempre de aquel tipo de cosas, pero Stanley
había adquirido, más que nada por explicaciones de ella, algunas nociones de
los rudimentos de fontanería. Fue a buscar la escalera de mano donde ella la había
dejado, se encaramó y abrió la trampilla. Allí arriba todo estaba lleno de
polvo y oscuro como boca de lobo. Volvió a bajar para ir en busca de una
linterna.
Era la primera vez que subía al desván y le
sorprendió que fuera tan grande, tan silencioso y tan oscuro. Vera había
comentado que había que pisar sobre las vigas y no entre ellas, ya que había el
peligro de atravesar el yeso con el pie. Así lo hizo Stanley. Camino del
depósito encontró el esqueleto de un pájaro rodeado con sus propias plumas. Debió
de entrar por el alero y después no pudo salir. Stanley se preguntó cuánto
tiempo llevaría allí y cuánto tiempo sería preciso para que la carne se
descompusiera por completo y dejara sólo los huesos.
Levantó la tapa del depósito y metió el brazo
en el agua. El flotador estaba a unos veinte centímetros de profundidad. Lo
subió y las espitas se cerraron con un ruido sordo.
Una vez se hubo lavado las manos bajo el
goteo del agua, ya que no quería que el flotador se atascara de nuevo, buscó el
periódico y se lo llevó consigo a la cama para hacer el crucigrama. Como si
fuera un inválido, durmió la mayor parte del día, y por la tarde, mientras
dormitaba, varias veces le pareció que alguien llamaba a la puerta. Pero no
bajó a abrir y, cuando por fin salió del dormitorio a las seis y media, no
había nadie por los alrededores y el equipo de los albañiles seguía en el mismo
sitio. Estaba un poco mareado de hambre y comió una rebanada de pan con jamón.
«Esta casa –pensó– parece la estación Victoria.» De nuevo alguien llamaba a la
puerta. Sería Blackmore. Había oído un coche que se paraba delante. Stanley
notó que la sangre se le cargaba de adrenalina. Si quería pelea, la tendría.
Pero antes quiso asegurarse de que se trataba de él.
Una vez más miró a través de las cortinas.
Había un coche aparcado, pero no era el cacharro de Blackmore. Stanley aguardó.
El hombre se retiró del porche. Era alto y moreno, de mediana edad. Stanley no
le conocía, pero lo había visto varias veces entrar y salir de la comisaría de
Croughton.
«Cielos –pensó–. Vera no ha perdido el
tiempo.»
Stanley rogó que el policía volviera al
coche, pero en lugar de eso emprendió el camino hacia la entrada lateral,
saliendo del campo de visión de su observador. Estremecido, Stanley entró en el
dormitorio de Maud. Desde allí vio al policía rodear el césped. Pasó al lado
del parterre del brezo, pero se detuvo frente a la hormigonera. Después la miró
desde todos los ángulos, como si fuera una escultura en un museo, con expresión
pensativa y confundida. A continuación dedicó su atención a los sacos de
cemento, dio un puntapié a uno de ellos y el papel se desgarró, dejando una
mancha de polvo gris en el suelo.
De nuevo en su dormitorio, Stanley se quedó
tan quieto como pudo, lo cual no era mucho, ya que todo el cuerpo le temblaba
de miedo. Era tarea ardua enfocar el jardín con los párpados descontrolados. Al
final consiguió obtener una imagen borrosa del policía que se dirigía hacia el
coche. Pero, en lugar de subir al vehículo, abrió la verja de los Blackmore y entró
en el jardín.
Stanley había llegado a un estado de pavor
tal que ningún estimulante podía ayudarlo. Si bebía whisky sabía que acabaría
vomitándolo. Sus pensamientos se agolpaban de forma incoherente. Los Blackmore
le explicarían todo lo que sabían acerca de su relación con Maud. Mrs.
Macdonald le diría que lo había encontrado tendido en el suelo, después de
haber cubierto la zanja que anteriormente había cavado. El que hubiera hecho
desaparecer las tabletas no le sería de gran ayuda, ya que había otro envase
que, sin duda, obraría en manos de la policía gracias a Vera. Esto bastaría
para que pudieran conseguir una orden judicial, cavaran y encontraran el
cadáver de Maud, sus huesos entre jirones de ropa, igual que el pájaro del
altillo.
¡El altillo! Podía esconderse en el desván.
Daría igual que derribaran las puertas para entrar. Estaría a salvo allí
arriba. La escalera de mano seguía donde la había dejado, debajo de la
trampilla. Con los cigarrillos en una mano y la botella en la otra subió los
escalones y se agarró a una viga. Al mirar hacia abajo se dio cuenta de que no
funcionaría. Aunque cerrara la trampilla, la escalera quedaba a la vista.
A no ser que una vez dentro subiera también
la escalera.
Stanley se tendió boca abajo, con los pies
contra el muro galvanizado del depósito. Cuando agarró la escalera pensó que
nunca lo conseguiría; pero, al recordar al policía, un miedo más fuerte que el
anterior le infundió fuerzas. No podía izarla y tendría que utilizar algo como
palanca. ¿Quién dijo «Dadme un punto de apoyo y una palanca lo suficientemente
larga y moveré el mundo»? Bueno, él sólo trataba de mover una escalera.
Utilizando el borde de la trampilla como punto de apoyo, elevaría la escalera
poco a poco y después la dejaría reposar sobre las vigas. Con cuidado... no
debía dejar ninguna marca en la pintura. Parecía que le iban a estallar los
pulmones y respiraba pesadamente. Pero lo había conseguido.
Una vez encerrado, mantuvo la linterna
encendida durante un rato, pero no necesitaba luz y descubrió que podía oír
mejor a oscuras. Al apagarse la luz, experimentó algo semejante a la calma. No
había ningún sonido, excepto el ligero goteo del depósito.
Sentado en la oscuridad, se dio cuenta de que
los guiños empezaban de nuevo, como si dedos fantasmales le pellizcaran los
párpados, las rodillas y, con delicadeza, casi como una caricia, la piel del
ombligo. Estaban llorando. Lo supo porque los dedos que sujetaban el cigarrillo
tropezaron con lágrimas.
Las secó con la manga y después, a pesar de
que no podía verlos, repasó mentalmente el nombre de cada objeto que había en
el desván: viga, travesaño, botella, cerillas, escalera de mano, depósito. Las
definiciones se iban formando solas, de forma experta. Depósito, ocho letras:
«Lugar que puede contener agua o cadáveres». Escalera: «Reunión de naipes.»
«Dios mío –pensó–, debo de estar volviéndome
loco, sentado a oscuras en un desván e inventando indicaciones para crucigramas
que nunca se resolverán.»
Apoyó la mejilla sobre el frío metal con
intensa desesperación.
Cuarta parte
Última palabra
22
Cuando Stanley bajó del desván, todo el
vecindario dormía y no se veía ni una luz encendida en ninguna ventana. Se echó
sobre la cama deshecha, seguro de que no se dormiría, pero lo hizo, y muy
profundamente, hasta pasadas las nueve de la mañana. Bajó la escalera con paso
inseguro, todavía vestido con la misma ropa sucia y sudada, y encontró una
carta sobre el felpudo.
Era de Vera y llevaba el membrete de aquella
casa de huéspedes de Brayminster.
«Stanley:
»Después de lo que hiciste,
es probable que pienses que he cambiado de opinión respecto a la casa. No te
preocupes, puedes quedártela. Te lo prometí y te lo pongo por escrito, ya que
no creo que te baste con mi palabra. Estaré aquí hasta que encuentre otro sitio
para vivir. No trates de buscarme. Según me han dicho, puedo pedir protección
policial si lo haces y demandarte judicialmente. No quiero volver a verte
jamás.
Vera.»
Al tiempo que maldecía, estrujó el papel
entre sus dedos. Venía a ser una prueba de que había hablado con la policía,
¡la muy zorra! ¿Quién más hubiera podido decirle lo de la demanda judicial?
Bien mirado, sería mejor que guardara la carta. La alisó con esmero. Cuando
hubiera salido de todo aquel embrollo vendería la casa. Conseguiría por ella
cinco mil libras que invertiría en el negocio. Quizá a largo plazo tuviera
tanto dinero como si hubiera heredado el de Maud y cuando eso ocurriera, ya se
ocuparía de que se enterara Vera.
Después de otra comida a base de pan y jamón,
se bañó y se puso ropa limpia. Y, como había previsto, la tubería empezó a
rebosar de nuevo. Pero era ya un experto en entradas y salidas rápidas del
desván y pudo arreglar el flotador sin ensuciarse demasiado. Stanley pasó un
día bastante sereno, tendido en el sofá, sorbiendo whisky y dibujando sobre el
empapelado de la pared un crucigrama de cuarenta centímetros de lado.
Pilbeam pasó por allí a las ocho. Después de
asegurarse de que no se trataba de otro representante de la ley, Stanley lo
hizo pasar. Juntos terminaron con el whisky.
–No tienes muy buen aspecto, amigo. –Pilbeam
le observaba con el mismo interés y curiosidad que un biólogo estudiaría un
hígado de lenguado a través del microscopio–. Has perdido peso. Este ojo debe
de estar fastidiándote.
–El médico –contestó Stanley– me ha dicho que
ya desaparecerá.
–O serás tú el que desaparecerá, ¿eh?
–Pilbeam rió muy divertido por su chiste–, pero no antes de que nos hayamos
hechos ricos, supongo.
Stanley pensó con rapidez.
–¿Te importaría que me tomara unos días de
vacaciones? Estoy pensando en irme fuera, tal vez a la costa sur, a reunirme
con mi mujer.
–¿Por qué no? –exclamó Pilbeam–. Yo también
descansaría. Podemos cerrar la tienda durante una o dos semanas. Es una manera
de estimular el apetito de nuestra clientela. Bueno, ahora debo marcharme. ¿Te
importa que me lleve un paquete de estos pitillos? No tengo un céntimo, pero
como somos casi un mismo cuerpo..., ¿verdad?
Pilbeam se rió a carcajadas hasta que se
despidió. Así que le habían cambiado el cheque. Se lo había entregado el lunes
y estaban a jueves; por tanto, debía de estar en regla. Y por la mañana se
marcharía. No para reunirse con Vera, sino con sus padres. «Volveré a casa»,
pensó Stanley. Aunque tuviera que ir en autostop y se presentara sin blanca.
Estaba contento con la idea de volver a casa. Sin embargo lloró hasta quedarse
dormido, gimiendo sobre la sucia almohada.
El viernes, por la mañana temprano, cuando
Vera supo que la requerían con urgencia en la comisaría de Croughton, se
dispuso a tomar el primer tren, pero Mrs. Horton había advertido a James y éste
la estaba esperando con el coche. Llegaron a Croughton a las diez y media.
Ya hacía dos horas que Pilbeam estaba en la
comisaría. Se cruzaron cuando Vera entró en el despacho del inspector, pero ni
uno ni otro se conocían. Había muchas personas que entraban y salían a las que
Vera no había visto nunca, pero que sospechaba estaban relacionadas con el caso
contra su marido. Evitó la mirada perspicaz de Mrs. Blackmore y la ojeada del
joven Michael Macdonald. El inspector la estuvo interrogando durante una hora,
antes de dejarla volver con James y llorar en su hombro.
Stanley se despertó con un terrible dolor de
cabeza. Otro día caluroso. Siempre sería mejor esperar en el arcén bajo un sol
abrasador que bajo una lluvia torrencial. El espejo le mostró un hombre de
mediana edad, ojeroso y con un pronunciado y evidente tic. Tal vez su aspecto
lastimoso despertara la compasión de aquellos bastardos automovilistas de los
que esperaba obtener un pasaje.
Dobló un par de pantalones de recambio y dos
camisas limpias y los metió dentro de una maleta. Eran cerca de las doce.
¡Cielos, cuánto dormía aquellos días! Estaba sentado en la cama, peinándose,
cuando oyó que un coche se detenía delante de su casa. Blackmore, que volvía
para el almuerzo. Sin levantarse, se dio la vuelta sobre la cama y miró por
entre las cortinas.
La sangre se le heló en las venas. Agarró con
tanta fuerza el peine entre las manos que algunas púas quedaron rotas sobre la
palma de su mano. Un coche de policía había aparcado frente a la casa. Junto
con el hombre que ya había estado antes en el jardín, otros tres bajaron del
vehículo. Uno de ellos abrió el portaequipajes y sacó un par de palas. Los
demás se encaminaron hacia la puerta principal.
Stanley subió los escalones abrazado a la
maleta. En el momento en que llegaba a la trampilla oyó la llamada de sus
visitantes en la puerta principal. Se estremeció. Tan pronto como cesó la
aldaba de golpear, empezó a sonar el timbre. Alguien mantenía el dedo sobre el
pulsador. Stanley trepó hasta el hueco de la trampilla, se tendió sobre las
vigas y subió la escalera a pulso. Más tarde no recordaría cómo había podido
hacerlo sin que rebotara contra la barandilla e incluso de dónde había sacado
el vigor suficiente para hacerlo, ya que le temblaba todo el cuerpo. Pero lo
había hecho y, casi de milagro, consiguió depositarla sin ruido a su lado. Se
secó las manos en las perneras del pantalón a fin de evitar dejar manchas en la
superficie exterior de la trampilla y la cerró.
Una vez terminada la operación se quedó
tendido boca arriba en la oscuridad, murmurando una y otra vez:
–Oh, Dios mío, Dios mío...
Stanley pegó el oído a una rendija de los
tablones de la trampilla y escuchó. Sí, ahora podía oír algo, el ruido de
alguien que forcejeaba en la puerta trasera. Oyó cómo la cerradura cedía y
pasos de personas en la cocina. ¿Cuáles de sus movimientos podrían oír ellos?
¿Les enviaría el más mínimo crujido de las vigas un eco ampliado al piso de
abajo? Ahora subían la escalera.
La madera crujía cerca de su oído y entonces
alguien habló.
–Me parece que se ha marchado, Ted. Pilbeam
nos dijo que pondría los pies en polvorosa y no nos engañaría. Tenemos
demasiado contra él.
«Judas –pensó Stanley–, maldito traidor,
tanto llamarme amigo, Stan por aquí y Stan por allá. Y ahora me hace esto.» Los
pasos avanzaban por el descansillo. «Hacia el baño», se dijo.
La voz de Ted informó:
–Han empezado a cavar, señor. Hay mucha gente
en el jardín de los Macdonald. ¿Pongo biombos?
–Tendrían que existir unos biombos que se
pudieran colgar del cielo, ¿verdad?
Dejaron de hablar; Stanley había oído la
palabra «señor». ¿Quién sería? ¿Un inspector? ¿Un comisario? ¿Un
superintendente? Quien fuera se encaminó hacia los dormitorios. Ted volvió
abajo.
Así que ya lo sabían. Stanley se mantuvo tan
inmóvil como pudo, apretando las manos. Lo sabían. Vera se lo había dicho,
Blake lo había corroborado y de una forma u otra, Moxley los habría apoyado. En
pocos minutos sacarían toda la turba y encontrarían el cadáver de Maud.
Nadie podría oírle si encendía una cerilla.
De todas maneras, no le buscaban a él, sino pruebas de cómo había matado a
Maud. Sin incorporarse, prendió una cerilla. La llama producía sombras
alargadas como dedos que se abrían y se cerraban sobre las vigas y el tejado.
Miró el reloj. Pensó que habrían pasado horas, pero eran las doce y media. ¿Se
marcharían cuando encontraran lo que buscaban, o dejarían un hombre de guardia?
Lo único que le quedaba por hacer era continuar tendido allí, emparedado en
madera, como si estuviera ya en su ataúd.
Stanley no tenía ni idea del tiempo que había
transcurrido cuando el «señor» y sus subordinados volvieron al descansillo. De
nuevo le habían parecido horas. Tenía los miembros entumecidos y cada pocos
segundos sentía unos pinchazos bastante fuertes en las rodillas, los hombros y
las articulaciones de los brazos. Hubiera deseado gritar y gritar para liberar
el miedo que le estaba ahogando, ya que era como un hombre poseído por el
demonio al que sólo se pudiera expulsar a través del grito. Se tapó la boca con
la mano para impedir que el diablo escapara y llegara abajo atravesando el
suelo.
Alguien cerró de golpe la puerta trasera.
Pies, varios pies, subían la escalera,
enviándole vibraciones a todo el cuerpo. Había unos tres metros, pensó, entre
el suelo del descansillo y el techo y él debía de estar unos treinta
centímetros sobre el nivel del techo. Eso significaba que la cabeza del «señor»
debía de encontrarse a un metro de la suya. Presionó la boca contra la madera
astillada para amortiguar su respiración fatigosa.
–Trece libras en billetes, señor –dijo
alguien–. Estaban entre las páginas de este almanaque.
Durante unos minutos, lo que acababa de
escuchar le parecieron palabras sin sentido. No eran las que había esperado.
¿Por qué no hablaban de Maud? Maud, Maud, murmuraba sobre la madera. Debía de
estar entre las ruinas de su jardín, huesos entre harapos.
La voz del «señor» disipó sus fantasías y
Stanley notó el cuerpo rígido.
–Huelen a violetas como el interior de ese
bolso.
–Y como los treinta billetes que Harry
Pilbeam nos entregó, señor.
–Sí. Nunca pensé que tendría que darle las
gracias a Harry Pilbeam. Pero ese tipo sabe dónde le aprieta el zapato.
Vendería a su mujer por una libra si no se hubiera divorciado de él diez años
atrás. Cuando le dije que sabíamos el juego en el que estaba metido, que
falsificaba antigüedades y las vendía como auténticas, perdió el culo por
desprenderse del reloj de carillón y de la porcelana.
Alguien rió.
–Debo admitir que me produjo cierta satisfacción
saber que timó a Manning. El imbécil entregó casi dos mil libras a Pilbeam...
¡A Pilbeam!, ¿te das cuenta? Dios sabe de dónde sacó ese dinero.
–¿Qué planes debía de tener Pilbeam?
–Chuparle toda la sangre que pudiera y
después desaparecer, supongo.
Cayó el silencio. Stanley permanecía quieto
como un muerto, dejando que las palabras flotaran. No entendía nada. ¿Qué
estaban haciendo allí? ¿A qué esperaban? Habían cavado, pero no habían
encontrado el cadáver de Maud. ¿Por qué no? Recuperó una pizca de esperanza.
¿Sería posible que no andarán buscando a Maud, sino objetos robados, algo que
Pilbeam les hubiera puesto sobre la pista?
A lo lejos se oía una voz sin identificar y
las palabras eran una confusión de sonidos. En ese momento estaban en la
habitación de Maud, después pasaban al descansillo. El rumor confuso dio paso a
las palabras.
–Ésta debía de ser la habitación de la
suegra, Ted.
–¿Qué pasó con ella? ¿Se marchó con la
esposa?
–No, no. La anciana murió. De un ataque, más
o menos cuando Manning...
Otra vez las voces se transformaron en
sonidos lejanos y los pasos se amortiguaron. Stanley había estado conteniendo
la respiración. El corazón le latía con extrema violencia. Era cierto, no
habían encontrado a Maud. No habían encontrado nada más que un puñado de
billetes de una libra. Se había escondido inútilmente. Sólo querían
interrogarle respecto a Pilbeam. Lo diría todo, lo que quisieran saber y más.
Ojo por ojo... Sería fantástico vengarse de Pilbeam. Contra él no tenían nada.
Por puro milagro no sabían nada, no habían encontrado nada y pensaban que Maud
había muerto de muerte natural.
Movió la mano derecha y la llevó en silencio
hasta el tirador de la parte interior de la trampilla. Los dedos se cerraron en
torno a la manilla y entonces Stanley vaciló. Si bajaba, pensarían que tenía
algo que ocultar y que por eso se había escondido. Sería mejor dejar que se
marcharan, después bajaría e iría a decirles todo lo que quisieran saber por
propia voluntad. El «señor» y sus hombres estaban en ese momento justo debajo
de él y alguien empezaba a descender por la escalera. Se marchaban. Stanley
contuvo una vez más el aliento.
Lo que más deseaba en aquellos momentos era
que uno de ellos pronunciara las palabras que le aseguraran que estaba libre,
limpio de toda sospecha, que había sido un loco al dejarse arrastrar por un
timador. Cualquier frase por corta que fuera serviría. «Necesitamos a Manning
como testigo», o «Supongo que Manning ya ha tenido suficiente por fiarse de
Pilbeam». Tenían que decirlo.
Las pisadas se alejaban escaleras abajo.
Ted dijo:
–Imagino que tendremos que citar a Mrs.
Huntley para la identificación, señor.
–No creo que haya ninguna duda de que ése es
el cadáver de Miss Ethel Carpenter –contestó el «señor» con mucha lentitud y
suavidad.
–Pobrecilla –exclamó Mrs. Huntley. En la sala
de espera de la comisaría, la mujer acercó su silla a la de Vera y le acarició
la mano–. Esto es peor para usted que para ninguno de nosotros.
–Al menos no he tenido que identificarla. Ha
debido de ser espantoso.
Mrs. Huntley se encogió de hombros.
–De no haber sido por aquel pequeño anillo,
no hubiera sabido que era ella. Ha estado en esa fosa durante... Oh, no soporto
hablar de eso.
–Él, mi propio marido, la mató por cincuenta
libras. Encontraron la herida en el lugar donde la golpeó. Al menos me sirve de
algún consuelo saber que mamá nunca se enteró. Le diré algo que nunca he dicho
a nadie... –Vera hizo una pausa, pensando que había otra persona a quien podría
decírselo, una persona a la cual, con el tiempo, podría contarle cualquier
cosa–. Pensé que había matado a mi madre por su dinero, pero ahora sé que
estaba equivocada. Si la hubiera asesinado, no habría necesitado esas cincuenta
libra. Gracias a Dios, mamá nunca lo supo –repitió.
–Hay muchas cosas que la desafortunada Mrs.
Kinaway nunca supo –contestó Mrs. Huntley pensativa–. Como quién era el padre
del bebé de Miss Carpenter. Ella me lo confesó un día que estaba muy deprimida.
Usted lo sabe ahora, ¿verdad?
–Lo intuí. Tan pronto como esa chica ha
aparecido ante mis ojos esta mañana. Debe de ser mi sobrina. Si mamá hubiera
visto a esa chica y lo hubiera sabido... –Vera se incorporó en su asiento
cuando Caroline Snow entró en la sala. A pesar de todo el horror que sentía,
sonrió, contemplando aquel rostro que hubiera podido ser el suyo veinte años
atrás.
–Le presentó a mi padre –dijo Caroline Snow–.
Él me ayudó. Acudió conmigo a la policía cuando yo no pude encontrarla. Es un
hombre estupendo. Me prometió que cuando diéramos con ella la llevaríamos a
vivir con nosotros, pero no lo logramos. Bueno, no hasta que...
Los ojos del hombre se encontraron con los de
Vera. Parecía una persona amable, paciente, capaz de gran resistencia. Era su
cuñado. Ahora tenía una familia completa.
–Lo lamento –fue cuanto pudo decir.
–No tuvo usted ninguna culpa. –Durante un
instante, los ojos azules de la muchacha la hicieron pensar en George Kinaway–.
Mrs. Manning, usted está sola. Venga a vivir con nosotros. Por favor, diga que
sí.
–Me gustaría hacerlo algún día –contestó
Vera–, cuando todo esto haya pasado. –«Y conocer a mi hermana», pensó–. Pero
tengo un lugar adonde ir, un lugar y una persona con la que estar.
La policía no la dejaba marchar. Preguntaban
una y otra vez dónde podía estar Stanley, pero Vera no podía ayudarles. Lo único
que podía hacer era negar impotente. Había tantas personas en la comisaría,
tantas caras: Mrs. Paterson; Mrs. Macdonald y su hijo; un testigo clave, Mrs.
Blackmore; el hombre que repartía la turba... Y todos le recordaban su vida
desdichada en Lanchester Road. Sólo quería ver a una persona y, finalmente, la
dejaron marchar y dirigirse al coche que la había estado esperando.
–Un día –dijo James, haciéndose eco de sus
palabras–, cuando esto haya pasado, obtendrás el divorcio y...
–James, sabes que lo haré. Es lo que más
deseo en este mundo.
Stanley se quedó en el desván hasta que el
reloj le anunció que eran las diez. Utilizó la última cerilla para saber la
hora, pero fue el dolor más que la falta de luz lo que le llevó abajo. Le dolía
el cuerpo de forma insoportable, hasta el último hueso. «Aunque hubiera bajado
de todas formas –se dijo–, incluso en el caso de que la casa hubiera estado
llena de policías.»
Veía con claridad la trampa que él mismo se
había tendido. No había matado a nadie, pero el cuerpo que había escondido
había muerto de forma violenta; al enterrar las maletas de Ethel y utilizar su
dinero él mismo se había marcado a fuego como ladrón y como asesino. También
dejaba constancia de que hubiera sido capaz de una acción semejante. No podía
pedir que examinaran el cadáver de Ethel. Por propia decisión, aquel cuerpo
había quedado reducido a cenizas, a un polvo suave, delicado y evanescente,
mucho más difícil de analizar que el que le cubría a él las ropas y la piel en
ese momento como una telaraña.
De pie en el descansillo, entre las sombras
de la noche veraniega, Stanley se sacudió el polvo de encima hasta quedar
envuelto en una nube de hollín. Hubiera querido limpiarse por completo, ya que
le parecía que era Ethel quien se adhería a él, quien lo envolvía en una nube
de ceniza. Durante meses, Maud le había perseguido, se le había aparecido en
sueños, pero ahora Maud había desaparecido para siempre. Le daba la impresión
de que Ethel estaba a su lado, como el día de su muerte, escuchando los ronquidos
de Maud, amonestándolo como lo estaba haciendo en aquellos momentos. Entre
escalofríos y gimiendo trataba de despegarse de Ethel, arrancarla de su rostro
con manos temblorosas.
Todo él olía a muerte de pies a cabeza.
Temeroso de utilizar agua, ya que la tubería podía volver a desbordarse, bajó
la escalera. Sus miembros iban perdiendo la rigidez y el dolor se calmaba. La
vida volvía a él y con ella el pavor. Tenía que huir.
La casa estaba llena de crujidos y susurros.
A oscuras, Stanley tropezó con muebles e hizo caer el auricular del teléfono,
que zumbó, haciéndole gimotear improperios. Ethel seguía allí, su esencia,
esperándolo en silencio sobre la repisa de la chimenea. La sala estaba sumida
en una tenue luz verdosa que provenía del farol de la calle. Sujetó la urna con
dedos temblorosos y la dejó caer al suelo, de forma que las cenizas de Ethel se
esparcieron sobre la alfombra. Ahora tenía que irse, huir, escapar, dejar la
casa y a Ethel en posesión de la misma.
Nadie lo seguía. Nadie le había estado esperando.
Corrió con el corazón a punto de estallarle, hasta que estuvo lejos de
Lanchester Road, de High Street, y se internó en caminos serpenteantes, donde
la gente se acostaba temprano y casi todas las luces estaban apagadas. Entonces
tuvo que detenerse y reposar, con el corazón palpitante, hasta que pudo volver
a respirar con normalidad.
El haber salido de aquella casa, verse libre
de ella y no ser perseguido, le infundió una pizca de esperanza. Si dispusiera
de algún dinero y medio de transporte... podría volver al hogar, a Bures y a su
río. Allí no lo buscarían, ya que Vera les diría que no se entendía con sus
padres, que se había escapado y nunca les había escrito. Se apoyó en una pared
e intentó que sus pensamientos siguieran un orden coherente, que el cerebro
trabajara de forma realista, con calma. «Voy a volver a casa», se dijo, y
después, con paso lento al principio y con rapidez a continuación, volvió sobre
sus pasos andando en dirección al casco antiguo de Croughton.
La tienda estaba a oscuras. Pero sensato y
prudente, ya que iba a hacer algo con un propósito fijo, Stanley rodeó el
edificio, se aseguró de que la furgoneta estuviera allí y abrió la puerta
trasera. «Gracias a Dios», pensó; siempre llevaba encima la llave de la tienda
y la de la furgoneta. Durante su ausencia, Pilbeam se había desprendido de casi
toda la mercancía y, a excepción de algunas piezas horribles y con toda
seguridad invendibles, el lugar estaba vacío. Una pálida luz procedente de un
antiguo farol de la calle iluminaba una enorme mesa de caoba y caía en círculos
sobre el suelo.
Un par de coches circulaban por la calle y
uno de ellos se detuvo, pero no era un coche patrulla. Stanley lo distinguió
vagamente entre las sombras y la luz amarillenta y después abrió la caja
registradora. Contenía veinte libras en billetes y otras cinco en monedas. Las
estaba trasladando a sus bolsillos cuando oyó pisadas en la parte trasera. No
había ningún lugar para ocultarse excepto un par de cortinas de terciopelo
marrón, que Pilbeam había colocado sobre una de las paredes. Durante unos
instantes, el cuerpo de Stanley se negó a obedecerle, tan aterrorizado y tan
cansado como estaba de tener miedo y ser perseguido..., pero, por fin, se
escondió detrás de las cortinas y se aplastó contra la pared.
La puerta posterior se abrió y escuchó la voz
de Pilbeam.
–Es curioso, amigo, hubiera jurado que cerré
con llave.
–¿Dejaste algo en la caja?
–Estás sonado, Dave. ¿A qué hemos venido?
Debe de haber unas treinta libras.
Stanley tembló. No podía verlos pero notaba
su presencia en la misma habitación. ¿Quién era Dave? ¿El mastodonte que había
ido con él a Lanchester Road? Oyó cómo el cajón se abría con un chirrido
parecido al de un violín desafinado.
–¡Por Dios, está vacío! –exclamó Pilbeam.
–Manning
–contestó Dave.
–No puede ser. Lo tienen entre rejas.
–¿Estás seguro? –exclamó Dave, y apartó a un
lado una de las cortinas. Como si fuera de plomo, Stanley levantó la cabeza y
los miró–. Vacía los bolsillos –ordenó Dave.
Stanley sacó fuerzas de flaqueza. Siempre
queda alguna reserva de valor antes del final.
–¿Por qué tendría que hacerlo? –dijo con voz
aflautada–. Tengo derecho a quedármelo, después de todo lo que me ha timado.
La sombra de Dave era negra y alargada, la
silueta de un gorila con las manos colgantes. No se movía.
Pilbeam
intervino:
–Oh, no,
Stan. No tienes derecho a nada. Nunca tuviste nada,
¿verdad? Es fácil regalar lo que no es de uno.
Stanley avanzó poco a poco hacia la mesa.
Nadie lo detuvo.
–¿Qué insinúas? –preguntó.
–Cheques sin fondos, Stan, y no lo insinúo,
lo afirmo. Me parece que no te he presentado a mi amigo Dave. Permíteme. Este
es Stan, mi socio, Dave. Stan, Dave es el..., ejem..., el gerente de la firma
que se ocupó de decoración.
Stanley tenía la boca seca. Se aclaró la
garganta, pero seguía sin voz.
–¿Qué esperas que haga? –exclamó Dave–. ¿Que
le dé la mano? ¿Quieres que estreche la mano de un asqueroso asesino?
–Podrás estrecharle la mano dentro de unos
minutos –dijo Pilbeam–. Te prometo que lo harás y yo también. Primero me
gustaría informar a mi amigo Stanley que ambos cheques, el mío y el de Dave,
fueron devueltos ayer con una nota que decía «Protestado por falta de fondos».
Bueno, yo podría perdonártelo, ya que somos viejos amigos, pero Dave... Dave es
diferente. No soporta trabajar como un negro y que después le tomen el pelo.
La voz de Stanley salió como un chirrido y
después cobró intensidad.
–Me has vendido –dijo–. Tú, maldito soplón.
Has estado jugando sucio a mis espaldas. No me has dicho más que mentiras. No
tienes esposa, hace diez años que no la tienes. Eres...
Le falló la voz. Pilbeam lo contemplaba casi
con amabilidad, su mirada era benigna y su boca mostraba una sonrisa. Incluso
su tono era indulgente cuando dijo:
–Le estrecharemos la mano, ¿eh, Dave?
Stanley se agachó e hizo volcar la mesa para
levantar una barricada entre él y los dos hombres. Dave dejó caer el pie sobre
el centro de la brillante superficie. La mesa se deslizó hasta que sus patas
toparon con la pared y Stanley quedó atrapado en una jaula de madera.
Iban a por él, uno por cada lado. Stanley
recordó cómo había peleado con Maud, hacía milenios, una eternidad. Buscó a sus
espaldas un jarrón o algún objeto metálico, pero las estanterías estaban
vacías. Se acurrucó con las manos sobre la cabeza. Dave lo levantó, agarrándole
por la chaqueta.
Cuando estuvo en el centro de la tienda, Dave
le sujetó los brazos, mientras él daba puntapiés y trataba de escabullirse.
Pilbeam le estampó un puñetazo en la barbilla. Stanley sollozó y dio una
patada. Eso le valió un golpe en la espinilla a cargo de Dave, una coz que le
hizo gritar y tambalearse.
Como en una danza macabra, los tres hombres
rodeaban poco a poco la mesa volteada. Stanley aguardaba una oportunidad para
aferrar las patas y lanzar la mole de madera sobre los pies de Dave. Pero
cojeaba y dardos de dolor se extendían por todo su cuerpo desde la espinilla.
Al encontrarse de nuevo contra la pared se agachó para hacerles creer que
estaba vencido y, cuando Pilbeam avanzó hacia él, Stanley se dio la vuelta y
agarró las cortinas de terciopelo. Se oyó un estruendo de madera ya que el riel
que las sostenía se vino abajo. Stanley las lanzó contra sus asaltantes y
durante unos momentos quedaron envueltos en terciopelo.
Al fondo de la tienda, a pocos pasos de la
puerta, Stanley buscaba un arma, una llave inglesa de veinte centímetros que
Pilbeam había dejado bajo la caja registradora. En el momento en que Dave
emergió, con esfuerzos y maldiciendo, de entre la cortina caída, Stanley hizo
volar la llave inglesa con todas sus fuerzas. No dio en la cabeza de Dave, pero
le golpeó en el pecho, debajo de la clavícula. Dave aulló de dolor y se echó
sobre Stanley en el momento en que éste llegaba a la puerta y alcanzaba el
pomo.
Durante unos quince segundos los dos hombres
forcejearon. Dave era mucho más fuerte que Stanley, aunque estaba disminuido
por el dolor del pecho y no hubiera podido escapar; pero además intervino
Pilbeam. Reptando, aferró las piernas de Stanley por detrás y le hizo caer al
suelo.
Dave lo recogió, lo sujetó mientras Pilbeam
le aporreaba la cara y después, sosteniéndolo por las axilas, le golpeó
repetidamente la cabeza contra la pared. Las rodillas de Stanley se doblaron y
cayó, entre gemidos, sobre el montón de terciopelo.
Cuando volvió en sí, pensó que estaba ciego.
Uno de los ojos se negaba a abrirse y con el otro sólo podía ver oscuridad. Se
pasó la mano por el rostro y la retiró mojada. ¿De sangre o de lágrimas? No lo
sabía porque no podía ver. El sabor de sus dedos era salado.
Algo cobró forma poco a poco ante sus ojos.
Era la mesa, de nuevo en su posición correcta. Stanley sollozó aliviado, no
estaba ciego. El lugar se hallaba tan oscuro debido a que el farol de la calle
estaba apagado.
El terciopelo sobre el que yacía era suave y
cálido, un nido tierno como el regazo de una mujer. Hubiera querido enterrarse
en él, arrollarlo a un cuerpo agotado que le dolía en cien lugares distintos.
Pero no podía hacerlo, tenía que volver a casa. El río verde, los campos de
remolacha lo aguardaban.
Se sentó en la oscuridad. El lugar en el que
parecía encontrarse daba la impresión de ser una tienda sin nada para vender.
¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué había ido allí y desde dónde? No podía
recordar. Sólo tenía conciencia de que había pasado por momentos de gran
terror, sufrimientos y violencia.
¿Siempre había temblado y saltado de aquella
forma, como si sufriera una enfermedad incurable? Ahora no era de mucha
importancia. La llamada del río era lo primordial. Tenía que ir allí y lavarse
las lágrimas y la sangre.
Vagamente, pensó que alguien lo perseguía,
pero no sabía quién podía ser. ¿Celadores de un hospital, quizá? Había escapado
de un hospital e ido a parar entre ladrones. Cuando se levantó lo hizo a
sacudidas y le resultaba difícil caminar. Pero perseveró, arrastrando los pies
y con los brazos extendidos para buscar a tientas su camino. Fuera, en alguna
parte, había un coche que debía de ser tuyo, ya que tenía una llave de contacto
en el bolsillo. Encontró el coche, de hecho se tropezó con él, y abrió la
portezuela.
Una vez sentado al volante encendió las luces
y se miró al espejo. Tenía el rostro morado y magullado y sangre seca en
algunos puntos. Sobre el ojo izquierdo había un corte y debajo de éste, el
párpado no dejaba de abrirse y cerrarse.
–Me llamo George Carpenter –dijo al extraño
del espejo– y vivo en...
No consiguió recordar dónde vivía. Después
trató de recordar algo, cualquier cosa del pasado, pero sólo veía caras de
mujeres, furiosas y amenazadoras, que surgían de las tinieblas. Todo lo demás
se había borrado. No, no todo... Su identidad, eso no estaba perdido. Su nombre
era George Carpenter y había sido creador de crucigramas, pero había caído
enfermo y se había visto obligado a dejarlo. La enfermedad estaba en su cabeza
o en los nervios, ése era el motivo de que se moviera tanto.
Una vida infeliz, una existencia de gran
frustración. Los detalles se habían perdido en los recovecos de su memoria. No
quería recordarlos. Cuando era un muchacho había sido feliz, pescaba lochas y
anguilas en el río. Las carpas tenían la cara de celacantos. Parecían peces de
otros tiempos, de cuando no existía el hombre sobre la Tierra. Stanley se dio
cuenta de que le gustaba pensar en épocas pasadas; aliviaban la presión de su
cabeza.
Anguila era una palabra curiosa. Muy útil
para introducir en un crucigrama. Empieza y termina en A. Anguila. «Si te comes
una consonante pasa de pez a ave.» Hizo girar la llave de contacto y puso la
furgoneta en marcha.
Stanley llevaba tanto tiempo conduciendo que
ya lo hacía de forma mecánica, como si la furgoneta fuera una extensión de su
persona. No necesitaba pensar en lo que estaba haciendo, como no tenía que
hacerlo al caminar por una habitación. Las calles por las que pasaba le
resultaban familiares, pero aún no las situaba. En el puente, al lado de la casa
del guardián de la esclusa, se detuvo y se asomó al canal. No podía estar lejos
de casa porque ése era el río Stour, límpido entre los sauces, con su verde
ribera, fría, profunda y rica en peces. Ahora no se veía verde, sino negra y
sin ondas, con un brillo metálico en la superficie lisa.
El alba llegaría muy pronto y entonces el río
recuperaría su color verde. Y la gente saldría de aquellas casas de luces
apagadas, cuya silueta se perfilaba en el horizonte, y se encaminaría hacia los
campos cuando se levantara la bruma y la hierba estuviera perlada de rocío.
Había un coche de la policía al otro lado del
puente, inmóvil, con las luces encendidas, pero no lo enfocaban a él. «Querrán
multar a alguien por exceso de velocidad», pensó, a pesar de que no hubiera
otro coche que el suyo. Debían de esperar a alguien, algún fugitivo al que
andarían buscando.
No tendrían oportunidad de multarle, puesto
que no iba a dejarse ver. Tomaría el camino de sirga y conduciría con cautela
hasta que llegara el alba y entonces, cuando el río fuera de un verde
resplandeciente, se acercaría a la orilla y se lavaría la cara.
La superficie del sendero era dura y llena de
baches, como si fuera una cadena rocosa. Cada vez que la furgoneta saltaba, un
espasmo de dolor aparecía en su rostro. Pronto podría detenerse y descansar. El
amanecer llegaba, el cielo negro daba paso a un color pálido. Bures y los
pueblos del condado aparecían ante sus ojos. Podía ver su silueta en el
horizonte almenado.
Stanley apagó las luces y, a alguna distancia,
vio un coche que lo seguía. Debían de venir para advertirle que allí no podía
pescar. Sería coto privado y había entrado ilegalmente. ¿Cuándo se había
preocupado él de los derechos de los demás?
Ahora que había apagado los faros no podrían
verle. Conocía el río mucho mejor que ellos. Cada recodo, cada sauce de la
orilla, le era tan familiar como un crucigrama resuelto.
Cuando estuviera de nuevo en casa y a salvo,
volvería a hacer crucigramas, más grandes y mejores, se convertiría en el
campeón del mundo. Incluso en aquellos momentos, débil y tembloroso como
estaba, podía hacerlos. Se dio cuenta de que había olvidado las palabras que
formaban su nombre, pero eso era lo de menos, no importaba si se tenían sus
conocimientos, su experiencia, su arte. «Es buscar pareja, pero sirve para
pescar»: aparejo. «Traspasar...», Stanley sintió un escalofrío. Por alguna
razón, aquella fea palabra no le sugería ninguna definición. Tenía cierta
relación con la muerte. Pisó a fondo el acelerador, la suspensión crujía pero estaba
tranquilo, casi feliz. Las palabras eran el significado de la existencia, la
panacea de cualquier agonía.
Panacea: «Remedio universal.» Agonía:
«Tormento aplicado por los no judíos.» Lo podía hacer tan bien como siempre.
Aquí había un recodo. Poco después, la ribera giraba hacia la izquierda,
siguiendo el meandro del río y, cuando divisara la aldea, una pequeña mancha
entre la campiña, tenía que reducir la velocidad. Meandro, una bonita palabra.
Le dolía el cuerpo y lo veía todo borroso.
Temía quedarse dormido al volante, por lo que se removió en el asiento y forzó
la vista. De repente, vio la aldea. Flotaba entre una neblina tranquila y
atrayente. Ahora el río serpenteaba delante. «Mi querido río», susurró.
Mientras gemía de dolor y anhelo, giró el volante para seguir el camino del
sendero.
La furgoneta resbaló y pandeó, fuera de
control; pero poco a poco y con suavidad, las manos de Stanley se deslizaron
por el volante. Ya estaba a salvo. En casa. No tenía que huir ni continuar
conduciendo. Estaba en casa, descendía la colina al final de la cual surgía la
aldea.
Había llegado el alba, radiante y coloreada
como el arco iris, derramando su luz cegadora por la ventanilla abierta de la
furgoneta. Stanley se preguntó por qué gritaba, luchando contra el amanecer si,
por fin, estaba en casa.
El coche de la policía chirrió al frenar en
la orilla del canal. Se apearon dos hombres corriendo pero, cuando llegaron a
la orilla, el agua volvía a estar en calma, sin nada que pudiera señalar dónde
había caído la furgoneta, a no ser unas ondas amarillentas que se esparcían en
círculos concéntricos. La creciente luz mostró una nube fangosa sobre los
almacenes y empezaron a caer las primeras gotas de lluvia.

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