(1968) La casa secreta de la muerte - Ruth Rendell





LA CASA SECRETA DE LA MUERTE
(The Secret House of Death, 1968)

Ruth Rendell



Para Dagmar Blass
Así pues, ¿es pecado irrumpir en la casa secreta de la muerte antes de que la muerte ose venir a buscarnos?
Antonio y Cleopatra

1

Era un hombre corpulento y conducía un coche grande, un Ford Zephyr verde. Aquélla era su tercera visita a la casa conocida como Braeside, situada en Orchard Drive, Matchdown Park, y siempre aparcaba sobre la franja de hierba de la acera. Aparentaba treinta y pocos años, era moreno y bien parecido. Llevaba un maletín. Sus visitas no duraban mucho, pero Louise North, que vivía en Braeside con su marido Bob, lo recibía siempre con agrado y le hacía pasar con una sonrisa.
Estos eran los hechos que todo el vecindario conocía ya. El terrier airedale que vivía en la casa de enfrente y que pertenecía a una familia de apellido Winter les mantenía debidamente informados sobre las visitas del hombre corpulento. El terrier airedale ejercía de guardián durante todo el día apostado tras su verja, ladrando a los extraños y guardando silencio ante los vecinos. Ladró con fiereza cuando el hombre enfiló el sendero de entrada a la casa de los North, llamó a la puerta y, treinta segundos después de intercambiar susurros con Louise, desapareció en el interior. Con el deber cumplido, el perro olisqueó un hueso marrón cubierto de tierra y empezó a roerlo. Una a una, las mujeres a las que había alertado con sus ladridos se retiraron de sus ventanas respectivas para sopesar lo que habían visto.
El terreno estaba abonado, la semilla sembrada. Lo único que quedaba por hacer a aquellas entusiastas hortelanas era recoger su cosecha de chismes y llevarla al mercado de las charlas de jardín o ante una taza de té.
De todas ellas, sólo Susan Townsend, que vivía en la casa contigua a Braeside, deseaba permanecer al margen de aquel trueque de mercancías. Todas las tardes se sentaba junto a su ventana para escribir a máquina y tampoco podía evitar alzar la mirada cuando el perro emitía sus ladridos. Sentía curiosidad por las visitas de aquel hombre pero la suya, al contrario de la de sus vecinas, no era malsana. Hacía justamente un año que la había abandonado su marido, y las visitas del hombre corpulento a Louise North tocaban en ella una fibra sensible que a su pesar no se había atrofiado aún. El adulterio, que tanto intriga y excita a los inocentes, la había llevado a ella, a sus veintiséis años, a un sombrío abismo de soledad. Que sus vecinas se dedicaran a especular sobre la razón de aquellas visitas, sobre lo que Louise quería, lo que Bob pensaba o adonde iría a parar todo aquello; ella ya sabía las respuestas por propia experiencia y sólo deseaba seguir trabajando, criar a su hijo y no verse mezclada en el asunto.

El hombre se fue cuarenta minutos después y el terrier airedale volvió a ladrar. El perro calló de repente cuando su dueña se acercó y, poniéndose en pie sobre las patas traseras –posición en la que se contoneaba como una mujer bailando la danza del vientre–, retozó alrededor de los dos niños que llegaban de la escuela.
Susan Townsend se fue a la cocina y puso agua a hervir para el té. Se oyó el golpe de la verja del jardín.
–Siento que lleguemos tan tarde, querida –dijo Doris Winter, quitándose los guantes y acercándose al radiador más cercano–, pero Paul no encontraba su gorra y hemos tenido que registrar unas cincuenta taquillas.
–Roger Gibbs la había tirado al patio de los pequeños –explicó el hijo de Susan con tono inocente–. ¿Me dejas comer una galleta?
–Mejor que no. Luego no querrás merendar.
–¿Puede quedarse Richard?
Era imposible negarse a semejante petición teniendo al lado a la madre del supuesto invitado.
–Pues claro –respondió Susan–. Id a lavaros las manos.
–Estoy helada –dijo Doris–. No puede negarse que hago honor a mi apellido.[1] –Estaban en marzo y hacía buen tiempo, pero Doris siempre tenía frío, siempre iba cubierta por varias capas de suéters, chaquetas de punto y bufandas. Se despojó gradualmente de las prendas exteriores, se quitó los zapatos y apoyó los pies llenos de sabañones en el radiador–. No sabes cómo te envidio por la calefacción central. Eso me recuerda lo que quería decirte. ¿Has visto lo que yo, al amante de Louise haciéndole otra visita?
–No sabes sí es o no su amante, Doris.
–Ella sostiene que ha ido a venderle la calefacción central. Se lo pregunté. Qué cara más dura tengo, ¿verdad? Y eso fue lo que me contestó. Pero cuando se lo comenté a Bob se vio bien claro que no tenía la menor idea de qué le hablaba: «No vamos a instalar calefacción central. No puedo permitírmelo», me dijo. Bueno, ¿qué te parece?
–Es asunto suyo, y ellos tienen que solucionarlo.
–Desde luego. Estoy totalmente de acuerdo. A mí no me interesa para nada la sórdida vida de los demás. Lo que me gustaría saber es qué ha visto Louise en ese hombre. No es precisamente un príncipe azul y Bob, en cambio, es un cielo. Siempre he pensado que es el hombre más atractivo de por aquí, con ese encanto tan puro y fresco que tiene.
–Hablas de él como si fuera un desodorante –reprochó Susan, sonriendo a su pesar–. ¿Vamos a la sala?
Doris se separó del radiador a regañadientes y, con los zapatos en la mano y abandonando nuevas prendas tras de sí, siguió a Susan a la sala de estar.
–Supongo que en realidad el aspecto físico no cuenta –prosiguió tenazmente–. La naturaleza humana es extraña. Lo comprobé cuando trabajaba de enfermera...
Susan se sentó reprimiendo un suspiro. Cuando Doris se lanzaba a recordar su época de enfermera y las múltiples facetas de la idiosincrasia humana que podían observarse en un hospital, era muy capaz de hablar durante horas. Susan atendió a medias el inevitable torrente de anécdotas.
–Y eso sólo es un ejemplo. Es asombrosa la cantidad de gente que está casada con personas increíblemente guapas y se enamora de auténticos adefesios. Supongo que buscan un cambio.
–Supongo –ratificó Susan sin inflexión en la voz.
–Pero imagínate lo que es confiar en alguien con una fe ciega y descubrir luego que te ha engañado todo el tiempo haciendo ver que no ocurría nada y dejándote en ridículo. ¡Oh, querida, perdóname! ¿Qué he dicho? No me refería a ti, hablaba en general, yo...
–No te preocupes –la interrumpió Susan. Estaba acostumbrada a la falta de tacto en los demás, y no era eso lo que le importaba sino el hecho de que se dieran cuenta tarde y de repente de que habían metido la pata. Luego insistían en enmendar la plana, ofreciendo mil excusas y embarcándose en largas disquisiciones tendentes a demostrar que el caso de Susan era excepcional. Eso fue lo que hizo también Doris con una risita nerviosa, frotándose las manos aún frías.
–Claro que Julian te engañaba, encontrándose con esa, ¿cómo se llama?, Elizabeth, cuando se suponía que estaba trabajando. Además, eres tan confiada como el pobre Bob. Pero Julian no lo hizo nunca en vuestra propia casa, ¿no? Nunca trajo a Elizabeth aquí. Lo sé. La hubiera visto –añadió sin tapujos.
–Estoy convencida –dijo Susan.
Los dos niños bajaron del piso de arriba con los brazos llenos de coches en miniatura. Susan los instaló en la mesa con la esperanza de que Doris captara la indirecta y se marchara. Tal vez se mostrara excesivamente protectora con Paul, pero al fin y al cabo era el hijo de un matrimonio roto y sobre ella descansaba la responsabilidad de que no creciera con una visión demasiado amargada del matrimonio. Susan miró a Doris y meneó levemente la cabeza.
–¿Oyes a mi perro? –comentó Doris con excesiva animación–. Es increíble que los vecinos no se quejen. –Corrió hacia la ventana recogiendo las prendas esparcidas, y levantó el puño en dirección al terrier airedale, gesto que consiguió ponerle frenético. El perro asomó su enorme cabeza lanuda por encima de la entrada y empezó a aullar–. ¡Silencio, Pollux!Susan se preguntaba a menudo por qué le habían puesto el nombre de uno de los dioses gemelos. En Orchard Drive podían estar agradecidos de que los Winter no tuvieran un Castor para hacerle compañía–. Es el nuevo repartidor de la panadería el que lo ha puesto así –dijo Doris con tono sentencioso–. A nosotros nunca nos ladra, ni a ti ni a los Gibbs o los North. Eso demuestra que es por miedo y no por agresividad, por mucho que diga la gente. –Miró a su hijo con enfado, como si en lugar de estar comiendo plácidamente pan con mantequilla el niño hubiera insistido en que se quedara–. Bueno, no puedo quedarme aquí toda la tarde, tengo que preparar la cena de papá.
Susan se sentó con los niños y tomó un sándwich. Cuando no había «papá» al que preparar la cena, tampoco se preparaba para una sola y se hacía necesario merendar. Paul se llenó la boca con una última galleta de chocolate y empezó a jugar con un coche de bomberos rojo haciéndolo rodar por el mantel y por encima de los platos.
–En la mesa no, cariño.
Paul miró a su madre con el entrecejo fruncido y Richard, que sentía comezón en las manos por coger un camión volquete, las ocultó bajo la mesa y dedicó a su amigo una mirada virtuosa.
–¿Puedo levantarme de la mesa, por favor, señora Townsend?
–Supongo que sí. No tendrás las manos pringosas, espero.
Antes de que acabara de hablar los dos niños estaban ya en el suelo haciendo rodar su flota de vehículos y emitiendo sonidos de motor, realistas aunque exagerados. Se dirigían reptando por la alfombra hacia el escritorio de Susan.
Se trataba de un mueble de caoba Victoriano lleno de compartimientos y cajoncitos. Susan comprendía perfectamente la fascinación que ejercía sobre un niño de cinco años que era un maniático de los vehículos en miniatura, e intentó hacer la vista gorda cuando Paul utilizó sus estantes como garajes, las cajas de papel de cartas como rampas y los botes de cintas como plataformas giratorias. Se sirvió una segunda taza de té y dio un respingo, dejando caer la taza en el platillo, cuando una caja de clips cayó al suelo y los sujetapapeles se esparcieron por todas partes. Mientras Richard, el zalamero invitado, se apresuraba a recogerlos, Paul posó su mano pringosa de mermelada en el manuscrito de la señorita Willingale y se dispuso a usarlo como pista de carreras.
–Bueno, ya basta –dijo Susan con voz crispada–. Al jardín los dos hasta la hora de acostarse.
Susan lavó los cacharros del té y subió al piso de arriba. Los niños habían cruzado la calle y hostigaban a Pollux con sus juguetes, metiéndolos por entre los adornos de la verja de hierro forjado. Susan abrió la ventana.
–¡No os mováis de este lado de la calle! –gritó–. Dentro de nada empezarán a pasar todos los coches.
El terrier airedale meneó la cola y lanzó mordiscos juguetones al capó de un camión que Paul le metía en el morro. Susan, que no había pensado demasiado en Julian últimamente, recordó de repente que él solía llamar «alegre abrigo de pieles viviente» a Pollux. Era la hora en que Julian solía volver a casa, el primero de los maridos en regresar del trabajo en la ciudad. Pollux seguía allí, inmutable; los niños llenaban el jardín de juguetes, como de costumbre; los cerezos empezaban a florecer y en las casas se encendían las primeras luces de la noche. Sólo una cosa había cambiado: Julian no volvería jamás. Él había detestado siempre Matchdown Park, aquel odioso barrio dormitorio, como lo llamaba, y ahora tenía un piso a diez minutos de su despacho en New Bridge Street. En aquel momento volvería andando a casa para verter sobre Elizabeth su inteligencia, su desdén, sus sempiternas quejas sobre la comida y sus opiniones didácticas. Elizabeth disfrutaría de esa alegría y excitación –y de la exasperación enfebrecida– hasta el día en que Julian encontrara a otra. «Basta –se ordenó Susan severamente–, basta.»
Empezó a cepillarse los rubios y relucientes cabellos, más ralos y menos lustrosos desde el divorcio. Algunas veces se preguntaba para qué se molestaba en hacerlo. No la vería nadie salvo su hijo y las posibilidades de que algún amigo se dejara caer por su casa eran prácticamente nulas. Las parejas casadas preferían verse con otras parejas casadas en lugar de con una divorciada que ni siquiera tenía la ventaja de ser la parte culpable y, por lo tanto, la más interesante.
Apenas había vuelto a ver a todos los amigos elegantes y sin hijos desde el divorcio. Minta Philpott había telefoneado una vez para sufrir la decepción de saber que Susan no tenía otro hombre de repuesto y que no pensaba volver a casarse. ¿Qué se había hecho de Lucius y Mary, de la encantadora y distante Dian y de su marido Greg? Tal vez Julian siguiera viéndolos, pero él era Julian Townsend, el editor de Certainty, siempre solicitado, siempre un personaje.
Los niños estaban a salvo y ocupados en el jardín y el primer marido había llegado a su casa: Martín Gibbs, con un ramo de flores para Betty, lo que, en cualquier caso, no despertaba recuerdos dolorosos, puesto que Julian no había sido jamás lo que se llama un «marido sensible» y Susan tenía suerte si le regalaba flores por su cumpleaños.
Y allí estaba, a su hora justa, Bob North.

Era alto, moreno y extraordinariamente atractivo. Su ropa era anodina, pero la vestía con una gracia que parecía inconsciente y su masculinidad le salvaba precisamente de parecer el prototipo del macho. Su rostro era demasiado clásico para ajustarse a las modernas exigencias cinemáticas y sin embargo no era el de un gigoló ni parecía italiano. Era un rostro inglés, franco y de piel clara.
Susan vivía en la casa contigua a la de Bob y su mujer desde que éstos se mudaron a Braeside dos años antes, pero Julian siempre los había menospreciado por considerarlos burgueses, y de todo el vecindario sólo Doris había sido lo bastante insistente e insensible para imponer su amistad a los Townsend. Susan conocía a Bob lo imprescindible para justificar el saludo intrascendente que le dirigió desde la ventana.
Él se lo devolvió con el mismo grado de indiferencia amistosa, sacó la llave del contacto para apearse del coche y se quedó un rato en la acera mirando fijamente las huellas que había dejado el Zephyr verde en la hierba. Su rostro se ensombreció levemente, pero cuando dio media vuelta y miró hacia arriba, Susan se retiró de la ventana para no encararse con él. Por su condición de víctima de un engaño, sabía con qué rapidez podía llegar a notar un sentimiento de solidaridad con Bob North, pero no quería verse mezclada en los problemas de los North. Bajó las escaleras y llamó a Paul.
Una vez acostado, Susan se sentó junto a su hijo y le leyó su ración diaria de Beatrix Potter. El niño, que tenía los rasgos marcados y el pelo rubio, era idéntico a su madre y en nada se parecía a Julian.
–Ahora léemelo todo otra vez –dijo Paul cuando su madre cerró el libro.
–¿Estás de guasa? Son las siete menos diez. Las siete menos diez.
–Me gusta el libro, pero no creo que un perro fuera a tomar el té con una gata ni que le llevara un ramo de flores. Es una estupidez darle flores a la gente. Las flores se mueren. –Se revolvió en la cama riéndose despreciativamente.
Tal vez no era tan diferente de Julian después de todo, se dijo Susan mientras lo volvía a arropar.
–He ordenado todos tus papeles –dijo el niño, abriendo un ojo–. Puedo poner mis coches en tu escritorio si lo ordeno, ¿verdad?
–Supongo que sí. Seguro que no has recogido los juguetes del jardín.
Inmediatamente Paul fingió agotamiento tapándose la cabeza con la manta.
–Una buena acción merece otra –dijo Susan, y fue al jardín a recoger la dispersa flota de coches del césped y los parterres.
La calle estaba desierta y empezaba a caer la noche. Las farolas se iluminaron una a una como joyas verdosas y traslúcidas, y la verja de los Winter arrojó una sombra fantástica sobre la carretera, como la de un encaje hecho por la mano de un gigante.
Susan buscaba juguetes a tientas sobre la hierba húmeda cuando oyó una voz tras el seto.
–Creo que esto es de su hijo.
Sintiéndose un poco absurda (estaba a cuatro patas), se levantó y cogió el camión de cinco centímetros de longitud de manos de Bob North.
–Gracias –dijo–. Hubiera sido terrible que perdiera éste.
–¿Y qué es, por cierto?
–Una barredora. Se lo regalaron por Navidad.
–Suerte que lo he visto.
–Sí, desde luego. –Susan se alejó de la valla. Aquélla era la conversación más larga que había mantenido con Bob North y tenía la impresión de que estaba planeada deliberadamente, de que él se había acercado a propósito para hablar con ella. Bob volvió a mirar fijamente la hierba pisoteada por las ruedas del coche. Ella metió la mano bajo el arbusto de lilas para coger un camión.
–Señora Townsend... eh, ¿Susan?
Susan suspiró. No porque le importara que la llamara por su nombre de pila, sino porque con ello implicaba que tal vez pretendiera crear una especie de intimidad entre ellos. «Soy tan mala como Julian», pensó Susan.
–Lo siento –dijo–. He sido una maleducada.
–No se preocupe. Quería preguntarle... –Tenía los ojos de color azul oscuro, de un lapislázuli marmóreo, como ahumado. Los apartó para no encontrarse con la mirada de Susan–. Escribe a máquina junto a la ventana, ¿verdad? Escribe o algo así.
–Sí, mecanografío manuscritos, pero sólo los de una novelista. –Él no le había preguntado sobre ese aspecto de su trabajo, pero ella estaba dispuesta a usar cualquier cosa para cambiar de tema–. Yo no diría...
–Quería preguntarle –le interrumpió él– alguna vez... Bueno, si hoy... –Su voz se fue apagando–. No, déjelo.
–No miro mucho por la ventana –mintió Susan. Se sentía sumamente violenta.
Durante un buen rato permanecieron uno junto al otro a ambos lados del seto con los ojos bajos, sin hablar. Susan manoseaba el pequeño vehículo que tenía en las manos.
–Es afortunada de tener un hijo –dijo Bob North de repente–. Si nosotros, mi mujer y yo...
«Eso no sirve –estuvo a punto de gritar Susan–. Los niños no mantienen unida a la pareja. ¿Es que no lee los periódicos?»
–Debo entrar –balbuceó. Le sonrió brevemente, con torpeza–. Buenas noches, Bob.
–Buenas noches, Susan.
Así que Doris tenía razón, se dijo Susan, disgustada. Había algo y Bob empezaba a sospechar. Se hallaba en el umbral, igual que Susan dieciocho meses atrás, cuando Julian, que siempre había respetado estrictamente el horario de la oficina, empezó a llamar por teléfono a las cinco poniendo excusas para volver tarde a casa.
«¿Elizabeth? –había dicho cuando Susan cogió el teléfono el día de aquella indiscreta llamada–. Oh, esa Elizabeth. Es una chica que no hace más que molestarme para que acepte sus aburridos artículos sobre cocina.»
¿Qué diría Louise? «Oh, ése. Es un tipo que no hace más que molestarme con una oferta de calefacción central.»
De vuelta a la señorita Willingale. Paul no había exagerado al decir que había ordenado el escritorio. Estaba limpio como una patena, con todos los papeles apilados y los dos bolígrafos a la izquierda de la máquina de escribir. Incluso le había vaciado el cenicero.
Antes de sentarse, Susan guardó cuidadosamente todos los vehículos en sus cajas. Trabajaba en el duodécimo manuscrito de Jane Willingale en ocho años y, como en los otros, transformaba un enorme y torpe patito feo de garabatos emborronados en un cisne perfecto, inmaculado, limpio y claro. Cisnes habían sido, desde luego. De los doce, cuatro se habían convertido en bestsellers y al resto poco les había faltado. Susan trabajaba para la señorita Willingale cuando aún era la secretaria de Julian, después de casarse con él y de que naciera Paul. No parecía haber motivo para dejarla en la estacada por el mero hecho de haberse divorciado. Además, aparte de la satisfacción del trabajo bien hecho, las novelas le proporcionaban una buena dosis de diversión incrédula, o al menos así era hasta que se había embarcado en el último manuscrito para encontrarse en la misma situación que la protagonista...
Se llamaba Carne fétida (Foetid Flesh), que era de por sí un título ridículo. Si se escribía fétida con la o, nadie sabía pronunciarlo, y si se quitaba, nadie sabía su significado. También éste trataba sobre el adulterio. La infidelidad había sido el tema de Enemistad mortal y de Cabellos claros en el esqueleto, pero en su momento no había tenido la necesidad de sentirse identificada.
Aquella noche se sentía particularmente sensible y acabó pestañeando al volver a leer la última página mecanografiada. Tres erratas en veinticinco líneas... Encendió un cigarrillo y se paseó hasta el recibidor, donde se contempló en el largo espejo. Doris había tenido el poco tacto de dar en el clavo al decir que no importaba lo atractivo que fuera un marido o una mujer. Seguramente eran la variedad y la excitación lo que buscaban los Julians y Louises de este mundo.
Susan había adelgazado, pero seguía teniendo una buena figura y se sabía guapa. Los ojos castaños y el pelo rubio eran una combinación poco habitual, y ella era rubia natural, con el mismo tono que tenía a la edad de Paul. Julian solía decirle que le recordaba a la mujer de un cuadro de Millais.
Todo eso no había servido de nada. Hacer todo lo posible por ser una buena esposa tampoco. Seguramente Bob era un buen marido, un hombre guapo con una personalidad agradable del que cualquier mujer podía estar orgullosa. Susan dio la espalda al espejo, consciente de que empezaba a asociar a su vecino consigo misma, lo que le causó cierta inquietud, e intentó apartarlo de su mente.


2

Susan acababa de dejar a Paul y Richard en la puerta del colegio cuando el coche de Bob North pasó por su lado. Era normal, ocurría todos los días. Sin embargo, aquella mañana, en lugar de unirse a la riada de coches de High Street que esperaba para entrar en la North Circular, el coche se detuvo junto al bordillo una docena de metros más allá y Bob sacó la cabeza por la ventanilla haciendo los gestos inconfundibles del conductor que se ofrece a llevar a otra persona.
Susan se acercó al coche sintiendo una ligera turbación ante aquella súbita muestra de amistad.
–Voy a Harrow a hacer unas compras –dijo, convencida de que a él no le pillaría de camino, pero Bob sonrió.
–Bien –dijo–. Casualmente yo también tengo que ir a Harrow. He de llevar el coche a reparar. Mañana tendré que coger el tren. Espero que el tiempo mejore.
Por una vez Susan se alegró de recurrir a aquel eterno e insípido tema de conversación. Subió al coche recordando un artículo de fondo de Julian en el que señalaba que los ingleses, aun siendo partícipes del clima más variable y quijotesco del mundo, no se acostumbran jamás a sus caprichos, sino que los comentan escandalizados y resentidos, como si hubieran pasado la vida bajo la predecible climatología monzónica. Y a pesar de la desdeñosa censura de Julian, Susan siguió el ejemplo de Bob. El día anterior había sido apacible, hoy era húmedo y soplaba un viento helado. Desde luego la primavera se iba a retrasar. Él la escuchó, respondiendo con frases parecidas, hasta que Susan se dio cuenta de que debía de sentirse tan violento como ella. ¿Se arrepentía ya de haber dicho demasiado la noche anterior? Tal vez se había ofrecido a llevarla a modo de compensación; tal vez deseaba volver a su antigua posición de despreocupada indiferencia, pero intentando crear una amistad entre vecinos más desenvuelta. Susan debía procurar que la conversación se mantuviera en esos cauces. No debía mencionar a Louise.
Entraron en la North Circular, donde el tráfico era denso, y Susan se estrujó la mente buscando algo que decir.
–Voy a comprarle un regalo a Paul, una de esas autopistas que funcionan con electricidad –dijo por fin–. El jueves es su cumpleaños.
–¿El jueves, eh? –comentó Bob, y ella se preguntó por qué apartaba brevemente los ojos de la atestada carretera para lanzarle una rápida mirada. Quizá había sido tan indiscreta mencionando a su hijo como si hubiera hablado de Louise. La noche anterior Bob comentaba su pesar por no tener hijos–. El jueves –repitió él, pero esta vez con tono de afirmación. Apretó las manos sobre el volante y los nudillos le quedaron blancos.
–Cumplirá seis años.
Susan sabía que había llegado el momento en que él iba a hablar. Todo su cuerpo parecía haberse tensado y ella percibió esa curiosa forma de contener la respiración y ese esfuerzo casi sobrehumano por vencer la timidez que precede a una confesión o confidencia.
El autobús de Harrow se acercaba a su parada y Susan estaba a punto de decirle que podía bajarse allí mismo y seguir en autobús el resto del camino, cuando Bob se adelantó con una brusquedad que no convenía a sus palabras:
–¿Se ha sentido muy sola?
Era la última pregunta que esperaba Susan.
–¿A qué se refiere? –preguntó.
–Le preguntaba si se ha sentido muy sola. Desde el divorcio, quiero decir.
–Bueno, yo... –Susan bajó la vista con las mejillas encendidas y miró los guantes de piel negros que yacían inertes sobre su regazo, como manos huecas e inútiles. Tenía las suyas apretadas, pero las relajó lentamente–. Ahora ya lo he superado –respondió sucintamente.
–Pero ¿qué ocurrió inmediatamente después? –insistió él.
La primera noche había sido la peor. No la primera noche que ella y Julian habían dormido separados, sino la noche posterior al día en que él se fue para siempre. Susan había permanecido junto a la ventana durante horas contemplando las idas y venidas de la gente. Le parecía que sólo ella en todo su pequeño mundo estaba sola. Todos tenían un aliado, una pareja, un amante. Las parejas casadas que veía nunca le habían parecido más afectuosas ni más unidas. Recordaba ahora con toda claridad que Bob y Louise habían vuelto tarde a casa de algún baile o fiesta, se reían en el jardín y entraban luego en casa cogidos de la mano.
Pero no iba a contarle nada de eso a él.
–Lógicamente tuve que adaptarme a muchas cosas –dijo–, pero montones de mujeres son abandonadas por sus maridos. No soy la única.
Era evidente que Bob no tenía intención de desperdiciar simpatías en su caso.
–Y montones de hombres son abandonados por sus mujeres –dijo él.
«Ya estamos», pensó ella. No podían faltar más de diez minutos para que llegaran a Harrow–. Estamos en el mismo barco, Susan.
–¿Ah, sí? –No alzó las cejas y no le dio pie para que continuara.
–Louise se ha enamorado de otro. –Las palabras sonaron frías, pausadas, realistas, pero ante la falta de respuesta de Susan, Bob estalló de repente con voz discordante–: Es usted muy discreta y reservada, ¿no? Louise debería agradecérselo. O tal vez es que está de su parte. Sí, supongo que es eso. Está en contra de los hombres por lo que le ha ocurrido. Sería diferente si una chica viniera a verme a mí mientras Louise estuviera fuera de casa, ¿no es verdad?
–Ha sido muy amable ofreciéndose a llevarme –replicó Susan serenamente, aunque le temblaban las manos–. Lo que no sabía era que tuviera que mostrarle mi gratitud contándole lo que hace su mujer mientras usted está fuera.
Bob recobró el aliento.
–Tal vez sea eso lo que esperaba, sí.
–No quiero mezclarme en su vida privada. Ahora quisiera bajarme, por favor.
La reacción de Bob fue peculiar. Susan no había pensado siquiera en que se negara, pero en lugar de aminorar la marcha se cambió al carril rápido sin previo aviso. El conductor del coche que iba detrás de ellos frenó e hizo sonar el claxon. Bob se metió en la rotonda con un chirrido de frenos y enfiló la recta con un chirriar de neumáticos. Pisó el acelerador y Susan vio que su boca se torcía en una sonrisa de triunfo. En su indignación, por un momento se sintió muy asustada. Había algo salvaje y desenfrenado en su rostro que quizá algunas mujeres encontrarían atractivo, pero a ella le parecía simplemente el de un niño imprudente.
La aguja del cuentakilómetros seguía subiendo. Algunos hombres creían que conducir deprisa y peligrosamente era un signo de virilidad. Tal vez era eso lo que Bob quería demostrar. Le habían herido en su orgullo y Susan no debía ahondar en la herida, de modo que, en lugar de protestar y a pesar de que tenía húmedas las palmas, se limitó a decir secamente:
–Nadie diría que el coche necesita repararse.
Bob emitió una risa ronca e infeliz entre dientes.
–Es usted una buena chica, Susan. ¿Por qué no tuve el sentido común de casarme con alguien como usted? –Puso el intermitente, redujo y tomó el desvío–. ¿La he asustado? Lo siento. –Se mordió el labio–. Soy tan desgraciado... –Suspiró y se llevó la mano izquierda a la frente. Un rizo moreno le cayó hacia adelante y Susan vio una vez más al muchacho desconcertado–. Supongo que ahora mismo estará con ella después de aparcar el coche fuera para que todo el mundo lo vea. Me parece estar viéndolo. Ese horrible perro ladra y todos se acercan a la ventana. ¿No es verdad? ¿No es verdad, Susan?
–Supongo que sí.
–Un día por poco vuelvo a la hora de comer y los pillo juntos.
–Ésa es la tienda a la que voy, Bob, así que si no te importa...
–Y ahí está el mecánico.
Bob detuvo el coche y bajó para abrirle la puerta cortésmente. Julian nunca se había molestado en prodigar pequeñas atenciones de esa clase. El rostro de Julian nunca había dejado traslucir lo que sentía. Bob era más guapo que Julian, más sincero, más fácil de conocer, pero... No había bondad en su rostro, se dijo Susan. Sensibilidad sí, pero del tipo egocéntrico, la que se siente por sí misma, cerrada al dolor de los demás, la que exige, comprende y sufre sólo cuando su poseedor se ve frustrado.
Susan se apeó y permaneció en la acera bajo el viento frío, que dio color a las mejillas de Bob, haciéndole parecer saludable y despreocupado. Dos chicas pasaron junto a ellos y una se volvió para mirarle admirativamente, de un modo calculador, igual que los hombres miran a las mujeres guapas. También Bob captó su mirada y Susan se sorprendió al verle flirtear levemente, apoyándose en el coche con elegancia deliberada. Susan cogió su cesto y dijo con viveza:
–Gracias. Nos vemos.
–Tenemos que hacer esto más a menudo –replicó él con una pizca de sarcasmo.
El coche seguía aparcado junto a la acera y Bob continuaba sentado al volante cuando Susan salió de la tienda de juguetes. ¡Cómo la había endurecido el último año! En otros tiempos hubiera sentido una gran piedad por cualquier persona en la situación de Bob, que era la suya propia doce meses antes, pero sin poderlo evitar tenía la impresión de que él estaba actuando, poniendo todas sus fuerzas en presentarse como objeto de compasión, Decía que era desdichado, pero no lo parecía. ¿Dónde estaban las arrugas de tensión, la silenciosa y desolada reserva? Quería aparentar que se sentía desdichado. Sus ojos se encontraron por un instante y Susan hubiera jurado que Bob hacía una mueca de desánimo sólo para ella. Bob alzó la mano en un breve saludo, puso el motor en marcha y se alejó por el sendero de cemento entre los surtidores de gasolina.

En otro de los artículos de Certainty, Julian Townsend había afirmado que prácticamente los únicos espacios verdes que quedaban en el noroeste de Londres eran cementerios. Uno de éstos, el atestado cementerio de un distrito central, separaba los jardines traseros de Orchard Drive de la North Circular Road. Desde lejos seguía pareciendo bonito, con un aire casi rural, pues los olmos alzaban aún al cielo sus negros brazos esqueléticos y los grajos anidaban todavía entre sus ramas. Sin embargo, si uno atajaba por el cementerio para ir a casa, únicamente forzando la imaginación y embotando los sentidos podía olvidar que se hallaba en una zona residencial de las afueras de una ciudad. En lugar de hierba fragante y agujas de pino se olía la pestilencia acre de la fábrica de productos químicos, y siempre se veía el tráfico por entre los árboles, como si se tratara de una cinta transportadora, eterna y absurda, para innumerables coches, camiones que transportaban más coches, autobuses escarlata...
Susan bajó de uno de esos autobuses y tomó el camino del cementerio para ir a casa. El día anterior se había celebrado un funeral y una docena de coronas yacían aún sobre el reciente montículo, pero una noche de escarcha y medio día de viento cortante habían retorcido y ennegrecido los pétalos. Aún hacía frío. Las amorfas nubes eran de color bayeta, con bordes irregulares allí donde el viento las había rasgado. Un día, se le ocurrió a Susan, perfecto para deprimir al más alegre. Caminando contra el viento por la parte más desolada del cementerio, Susan se dijo que, con el cuello del abrigo subido y sujeto contra las mejillas, debía tener toda la pinta de la madre de Oliver Twist en su último viaje a la inclusa. Luego sonrió despectivamente. Al menos no estaba embarazada ni era pobre ni carecía de hogar.
Al llegar a la pendiente del lado de Matchdown Park vio la parte posterior de las casas de Orchard Drive. La suya y la de los North eran idénticas, lo que le produjo una sensación de tristeza y pérdida. Parecía también que sus moradores estaban destinados a seguir un camino similar de desconfianza tras el amor, de amargura y separación.
Dos hombres caminaban por el sendero desde la puerta posterior de Louise. En la mano llevaban tazas de té que despedían débiles penachos de vapor en el aire frío. Susan supuso que eran trabajadores de las obras que se estaban realizando en la carretera justo debajo de donde se hallaba. Llevaban varias semanas levantando aquel trozo de asfalto para instalar cables o tuberías –¿quién podía decir lo que hacía esa gente a cada momento?–, pero a ella no se le había ocurrido ofrecerles té. Para ella sólo significaban la molestia de que Paul entrara en casa con los zapatos llenos de tierra y la del martilleo constante de sus taladradoras.
Susan traspasó la verja del cementerio y cruzó la carretera. Dentro de la caseta de los obreros ardía un fuego rojo en un brasero hecho con un cubo perforado. Cuando se acercó a la verja de su jardín le alcanzó el calor del fuego como una brisa alegre, alentadora, cálida y acre.
Los hombres de las tazas de té se acercaron y se acuclillaron frente al fuego. Susan estaba a punto de desearles buenos días cuando emergió un tercero de aquella zanja que nunca parecía más profunda ni más superficial y emitió un largo silbido de admiración. A ninguna mujer le molesta en realidad que le silben de esa manera. Pero ¿responde alguna? Susan adoptó la expresión pétrea que reservaba para tales ocasiones y entró en su jardín.
Con el rabillo del ojo vio al hombre que le había silbado enfilar el sendero de Louise en busca de su taza de té. La valla que separaba las dos puertas de atrás tenía una altura de un metro ochenta. Susan no podía ver nada, pero oyó la risa de Louise y el intercambio de bromas que siguió a esa risa.
Susan atravesó su casa y salió a la puerta delantera para recoger la leche. Contrariamente a lo predicho por Bob, El Zephyr verde no se hallaba aparcado sobre la hierba, pero en el extremo más alejado del jardín vio su réplica en miniatura. Sin darse cuenta se había dejado uno de los coches de Paul fuera toda la noche.
Fue a recogerlo y estaba sacudiéndole la tierra de las ruedas cuando vio a Doris salir de la casa de Betty Gibbs seguida por ésta para prolongar la conversación y los últimos adioses hasta la verja.
–Menudo trasiego continuo por el sendero –oyó decir a Betty–. ¿Por qué no se hacen el té ellos mismos? Tienen un fuego. Oh, hola. –Habían divisado a Susan, que se acercó a ellas deseando sentirse menos reacia–. Doris y yo hemos estado observando el modo en que nuestra vecina dirige su cantina.
–Hoy no la ha visitado su amante –dijo Doris–. Ahí está la cuestión.
–Louise ha estado ofreciéndoles té a esos hombres durante semanas –protestó Susan, y al hacerlo sintió una fuerte repulsión hacia sí misma. ¿A santo de qué tenía que adoptar siempre el papel de defensora de Louise? Esa mujer no significaba nada para ella, menos que nada. ¡Qué pagada de sí misma debía parecerles a aquellas vecinas vulgares y perfectamente honestas! Pagada de sí misma, y encima crítica y reprobadora. Tenía tierra en las manos y se las limpió quisquillosamente como si fueran una mancha más profunda–. Vamos –dijo, consiguiendo esbozar una sonrisa incrédula–, no creeréis que Louise está interesada en alguno de esos obreros.
–Sé que tú no lo estás. Eres demasiado discreta hasta para vivir.
–Lo siento, Doris, no pretendo ser mojigata. –Susan respiró hondo–. Sólo espero que todo se arregle para los North, eso es todo, y que no sean demasiado desgraciados.
Por un momento las otras dos mujeres parecieron estupefactas, como si jamás se les hubiera ocurrido que el resultado de las dificultades de los North pudiera ser la infelicidad. Pensaban en cierta excitación quizá, o en un gran escándalo, o en más alimento sensacionalista para sus especulaciones, pero nada tan real como la pena. Doris echó la cabeza hacia atrás y Susan aguardó su respuesta mordaz, pero Doris se limitó a contestar con tono afable y demasiado alto:
–Volveré con Paul a la hora de costumbre.
Era un sonido característico de Louise North lo que la había alertado y dado pie a aquel cambio de tema súbito y artificial. A sus espaldas, sobre el sendero de Braeside se oía el ruido metálico y nítido de los tacones altos que Louise siempre llevaba. Atrapada en la conspiración de chismorrees, Susan no se dio la vuelta. Estaba de espaldas a Louise, pero las otras mujeres la tenían de cara y resultó cómico y desagradable a la vez ver el modo en que se erguían antes de que Betty, la más débil de las dos, consiguiera sonreír levemente y hacer un gesto con la cabeza.
Susan se habría sentido menos enojada y harta de ellas si le hubieran dispensado el mismo trato a Julian un año antes, pero tan pronto como los problemas entre ella y su marido se hicieron patentes aquellas mujeres adularon a Julian descaradamente. En Matchdown Park, sin duda el último bastión del victorianismo, el adúltero seguía siendo fascinante y la adúltera una mujer caída. Susan cruzó lentamente la calle de vuelta a su jardín dedicándole una amplia sonrisa a Louise y un saludo más cordial de lo acostumbrado:
–¡Hola, qué tal!
Su vecina había salido al jardín con la misma misión que ella y sostenía en las manos dos botellas de medio litro cuyos tapones de finas laminillas de metal habían sido destrozadas a picotazos por unos pájaros azules.
–Hola –respondió Louise con su fina voz de adolescente que siempre tenía un matiz quejicoso.
–Bob me ha llevado hasta Harrow esta mañana.
–¿Ah, sí? –Por su voz Louise parecía poco interesada, pero aun así se acercó a la valla caminando sobre la hierba húmeda. Sus tacones se hundieron en ella igual que los neumáticos del coche de su amante se habían hundido en la franja de hierba.
Louise llevaba siempre tacones muy altos. Sin ellos medía menos de metro cincuenta, más o menos la estatura de una niña de doce años, pero, al igual que la mayoría de mujeres menudas, se elevaba sobre tacones como zancos y se peinaba recogiendo los cabellos en la coronilla. El rostro pequeño y blanco que había debajo parecía marchito y encogido. Claro está que la mañana era particularmente fría y como de costumbre Doris había empezado a comentar las bajas temperaturas a voz en cuello, reiterando su deseo imperioso de volver a su chimenea al tiempo que cruzaba lentamente la calle hacia su casa.
–¡Estoy congelada! No recuerdo un tiempo como éste. ¡Dios sabe por qué no hacemos las maletas y nos vamos a Australia!
–No hay para tanto –susurró Louise, apoyándose en la valla, que sólo le llegaba a la cintura a una persona de estatura media pero que a ella le permitía apoyar los codos, postura desde la que miró a Susan pensativamente–. Hay cosas peores que un poco de frío –añadió.
–¡Debo de estar loca quedándome aquí fuera tanto tiempo –gritó Doris, todavía en la acera y mirando abiertamente a Louise–, con los sabañones que tengo!
–Bueno, tengo que entrar –dijo Susan con firmeza y cerró la puerta delantera tras ella.
Por un momento había tenido la inquietante impresión de que también Louise quería hacerle confidencias, pero era imposible. Apenas la conocía y la idea de que entre ella y los North pudiera darse cierta intimidad la asustaba, y mucho. El día anterior eran meros conocidos y ahora... Casi daba la impresión de que Julian estaba en lo cierto cuando afirmaba que los amigos los escogía uno mismo, pero los vecinos te caían en suerte y el único medio para protegerse de ellos era mantener las distancias. Sin duda ella se había mostrado demasiado abierta. Era posible incluso que su fama de discreta, apuntada por Doris, hubiera llegado a oídos de los North y éstos hubieran decidido por separado usarla como depositaría de sus secretos.
Susan se encogió de hombros, endurecido el corazón, y se instaló ante su escritorio. Era una pesadez, pero no había nada que temer. Pero, ¿por qué de repente sentía aquella curiosa dicotomía, el deseo de hallarse a muchos kilómetros y al mismo tiempo salir de nuevo a la calle y echar un vistazo a Braeside, a aquella casa extraña y misteriosa donde las ventanas rara vez estaban abiertas y donde no había niños que jugaran en el jardín? Era como si quisiera tranquilizarse, resolver una duda o alejar un temor.
Finalmente extendió las manos sobre las teclas y dejó la mente en blanco.

A las tres y media fue a la cocina. En su subconsciente se había formado una resolución mientras trabajaba y ahora la sacaba a la luz. En el futuro tendría el menor trato posible con los North. No aceptaría que la llevaran en coche ni más charlas de jardín. Tal vez debiera adoptar incluso la precaución de estar al tanto de sus idas y venidas para esquivarlos.
Las taladradoras martilleaban al otro lado de la valla en la parte de atrás. Susan puso agua a hervir para el té mientras contemplaba los grandes olmos que se balanceaban bajo el viento con la flexibilidad de las briznas de hierba. Desde allí podía ver el resplandor carmesí del fuego de los obreros en el cubo perforado y sus morenos rostros, pálidos en contraste con las llamas rosadas cuando traspasaban el umbral de su caseta. La visión de un fuego que otros compartían y disfrutaban le producía siempre una sensación de soledad, de haber sido excluida. El brasero, incandescente y nítido, cuyas llamas ardían con un azul traslúcido en torno al núcleo rojo, le trajo a la mente las improvisadas estufas de los vendedores de castañas y le hizo recordar que ella y Julian se habían detenido algunas veces, de camino al teatro, para comprar y calentarse las manos.
El cielo tenía un azul como el hielo ártico y las nubes que viajaban por él parecían témpanos algodonosos. La tapa de la tetera golpeteaba, las taladradoras chillaban y entonces, clara y brevemente a través de los sonidos más fuertes, se oyeron unos suaves golpes en la puerta delantera.
Pollux no ladraba. Debía tratarse de algún vecino o de un visitante familiar en aquella calle. Era demasiado pronto para que Doris volviera del colegio con Paul. Además, Doris siempre entraba por la puerta de atrás gritando y dando un portazo. Las taladradoras callaron con un quejido. Susan cruzó el recibidor y los suaves golpes se repitieron. Abrió la puerta y cuando vio quién era se le cayó al alma a los pies.
¿De qué servía decidirse a esquivar a la gente cuando esa misma gente imponía su presencia? Louise North llevaba su abrigo de talla infantil alrededor de los delgados hombros. Entró temblorosa antes de que Susan pudiera impedírselo y sus tacones resonaron como martillos sobre el suelo de madera. Además de temblar, apenas se sostenía en pie.
–¿Tienes cinco minutos, Susan? ¿Cinco minutos para charlar? –Alzó los ojos echando la cabeza hacia atrás para mirarla a la cara. Sus ojos, del claro e insípido color azul de las cuentas de vidrio, lloraban de frío. «Pero si viene de la casa de al lado», pensó Susan. «A menos que esté llorando. Está llorando»–. No te importa que te llame Susan, ¿verdad? Llámame Louise.
«Has llegado al límite», estuvo a punto de decir Susan, pero dos lágrimas resbalaron por el delgado rostro de Louise. Se las enjugó y se escabulló hacia la sala de estar.
–Conozco el camino –musitó–. Mi casa es igual. –Sus tacones dejaron un rastro gemelo de pequeñas hendiduras permanentes e irreparables en el parquet.
Susan la siguió con impotencia. El rostro de Louise estaba oscurecido por el maquillaje aplicado sobre un maquillaje anterior y los churretones de las lágrimas. Al llegar a la cálida y tranquila sala de estar ocultó la cara entre las manos y las lágrimas se le escurrieron por entre los dedos hasta la piel de gallina de las muñecas.


3

Susan permaneció de pie junto a la ventana esperando a que Louise dejara de llorar. No deseaba en absoluto juzgarla de antemano, pero sentía cierta impaciencia. Louise no tenía pañuelo. Con aire débil y azorado hurgaba en los bolsillos de su abrigo y miraba vagamente en torno buscando el bolso que no llevaba.
En la cocina la tetera golpeteaba en el fuego. Susan sabía que se debía a la esponja que había depositado en su interior muchos años atrás para que absorbiera el poso de cal que creaba el agua. La esponja se había petrificado con el tiempo y hacía ruido al chocar contra el interior de la tetera. Susan fue a la cocina, apagó el fuego y llevó un pañuelo limpio a Louise.
–Lo siento muchísimo –dijo Louise, tragando saliva. Su rostro infantil se había hinchado y enrojecido a causa del llanto. Se llevó una mano al pelo para recuperar los rizos sueltos y meterlos de nuevo en el peinado rociado de laca que le daba cinco centímetros más–. Pensarás que soy una loca, entrando en tu casa y desmoronándome así cuando apenas nos conocemos. –Se mordió el labio y prosiguió con tono desdichado–. Pero todos mis amigos son católicos, ¿comprendes?, y no me gusta hablar de esto con ellos. Me refiero al padre O’Hara, a Eileen y a gente así. Ya sé lo que me dirían.
Susan había olvidado que Louise era católica. Recordó entonces que la había visto salir algunas veces con Eileen O’Donnell en dirección a la iglesia con mantillas de encaje en las manos para echárselas sobre la cabeza durante la misa.
–Desde luego no puedo divorciarme –dijo Louise–, pero pensaba... Oh, Dios mío, no sé cómo expresarlo. Te he hecho perder el tiempo montándote una escena y ahora no me atrevo a decirlo. –Miró a Susan de reojo–. Soy como tú, ¿comprendes?, soy bastante introvertida.
A Susan no le gustó la comparación. Las personas introvertidas no se metían en la casa de un vecino para llorar y pedir pañuelos prestados.
–Bueno, ¿qué te parece si te quedas sentada un rato y te tranquilizas mientras yo preparo el té?
–Eres muy buena, Susan.
Las taladradoras reanudaron su estruendo ensordecedor mientras Susan cortaba pan y mantequilla. Pensaba en qué le diría a Louise cuando volviera a la sala de estar, pero temía que cualquiera de sus consejos diferiría muy poco de los que pudieran ofrecerle Eileen o el sacerdote. En cuanto a lo que iba a decirle Louise, no le costó nada adivinarlo. Sería un recital desafiante sobre el amor y el derecho que éste otorga a hacer lo que uno quiera, la afirmación de que era preferible arruinar una vida ahora que dos para siempre y de que se debía aprovechar la vida cuando aún se era joven. Todo eso ya se lo había dicho Julian de un modo bastante más coherente del que Louise sería capaz. Si ella vacilaba o se interrumpía, pensó Susan con amargura, siempre podría hallar excusas del repertorio lógico y absolutamente despiadado de Julian. Volvió a la sala de estar con el mantel y los platos. Encontró a Louise de pie, contemplando los olmos temblorosos y el cielo frío e impetuoso, con el rostro estragado por la pena.
–¿Te sientes mejor? –le preguntó, y añadió con tono cortante–: Paul llegará en cualquier momento. –Esperaba que su rostro indicara a su visita con toda claridad que no deseaba que su hijo, fruto de un matrimonio roto que ya había sido testigo de las desdichas de los adultos, tuviera que oír de nuevo los problemas maritales de un adulto y ver sus lágrimas.
Sin embargo Louise, al igual que su marido, reservaba escaso interés o preocupación por las inquietudes de los demás.
–Oh, Dios mío –exclamó patéticamente–, y Doris Winter con él, supongo. Susan, he pasado toda la tarde haciendo acopio de valor para venir a verte. He tardado horas en atreverme. Pero has sido tan buena y amigable en el jardín que yo... Mira, Bob llegará tarde esta noche y yo estaré sola. ¿Querrías venir a mi casa? Sólo por una hora.
Se oyó el chasquido de la puerta lateral de la valla y luego el portazo. Las miradas de las dos mujeres se encontraron por un segundo. Susan pensó en cuan inocente parecía Louise, como si no pudiera hacerle daño ni a una mosca. ¿Para qué molestarse con las moscas cuando se podía atormentar a la gente?
–¡Hola! –saludó Doris desde la puerta posterior–. Vuelvo a llegar tarde. Me muero por una taza de té.
–¿Quieres quedarte a tomar una?
Louise meneó la cabeza y recogió su abrigo de la silla. Seguía teniendo el rostro enrojecido y manchado por las lágrimas. Alzó la vista cuando entró Doris y una leve y patética sonrisa tembló en sus labios.
–Oh, no sabía que tenías visita –dijo Doris–, de lo contrario no hubiera irrumpido de esta manera. Abrió los ojos con excitación ante la idea de que por casualidad se hubiera topado con una aventura en el momento y el lugar menos probables. Despojó sus dedos rojos y rígidos de los guantes de lana y enarcó una ceja interrogativamente volviéndose hacia Susan.
Ésta no respondió a su gesto y le divirtió ver que la ávida curiosidad de Doris daba gradual paso al pesar hasta que, como una batería que necesitara recargarse, se instaló junto al radiador y dijo malhumoradamente:
–Qué suerte tienen algunos. Yo he estado helada todo el día.
Entonces Louise lo dijo. Más tarde Susan pensaría a menudo que si su vecina hubiera guardado silencio o se hubiera limitado a dar una réplica inofensiva, la tragedia que sobrevino habría seguido un rumbo diferente o incluso se habría evitado. A pesar de su decisión de no involucrarse, habría aceptado la invitación de Louise por debilidad y compasión. La habría escuchado y comprendido desde una posición que defender.
Pero Louise, que toqueteaba el abrigo vacilando entre guardarse el pañuelo de Susan en el bolsillo o dejarlo sobre el brazo de la silla, volvió sus ojos acuosos hacia Doris y dijo:
–El invierno que viene tendré la calefacción central. Pronto vendrán a instalármela. –Una diminuta chispa de entusiasmo dio color a sus mejillas–. Supongo que ya habréis visto al vendedor por aquí.
Las cejas siempre activas de Doris sufrieron una especie de tic nervioso y casi desaparecieron bajo el flequillo.
–Te acompaño a la puerta –dijo Susan con frialdad. La rabia le arrancó de los labios el nombre de pila que iba a usar y que hubiera suavizado la despedida. Le llenaba de indignación que Louise se hubiera presentado allí para llorar por su lío amoroso y luego se empecinara en emplear la treta que usaba para engañar a todo el mundo. La mentira y la hipocresía eran más de lo que Susan podía soportar.
Louise dio un traspié en el recibidor y Susan no le tendió la mano para sujetarla. El tacón metálico dejó una hendidura y una larga marca en el parquet que Susan y su asistenta, la señora Dring, tanto empeño ponían en pulir. No tenía lógica, pero aquel daño involuntario le enfureció más que el disimulo de Louise y su falta de dominio. Louise se detuvo ante la puerta y susurró:
–¿Vendrás esta noche?
–Me temo que no puedo dejar solo a Paul.
–Ven mañana entonces a tomar café –suplicó Louise–. Ven apenas hayas llevado a Paul al colegio.
Susan suspiró. Tenía ganas de decirle que no iría nunca, que los North y sus problemas no le importaban en absoluto. Bob llegaría tarde por una vez, así que Louise quería llorar en el hombro de Susan como una niña. ¿No se le había ocurrido que Susan estaba siempre sola, que Julian se había ido para siempre? Todo era culpa de Julian. Sí él siguiera allí no le hubiera permitido convertirse en mediadora y consejera de los North, pero tampoco se habrían dado las confidencias. Los North la consideraban la consejera idónea a causa sólo del abandono y posterior divorcio de su marido. Su experiencia la capacitaba, se suponía que comprendía los motivos tanto de la esposa como del marido, su conocimiento de primera mano le daba ventaja sobre el sacerdote y las amigas devotas e ingenuas.
–Louise... –dijo con tono de impotencia, abriendo la puerta y dejando que el aire frío y húmedo recorriera su rostro ardiente.
–Por favor, Susan. Sé que es horrible y embarazoso, pero no puedo evitarlo. Por favor, dime que vendrás.
–Iré a las once –respondió Susan, sin poder resistirse más a aquella expresión de súplica agónica. Exasperada aún, pero casi resignada, salió con Louise para llamar a los chicos a tomar el té.
Louise se alejó taconeando hacia la entrada lateral. Llevaba zapatos de finas punteras, arrugadas porque los dedos no llegaban hasta el final. Con el abrigo largo y amplio y aquellos absurdos zapatos demasiado largos, a Susan le recordaba a una niña vestida con la ropa de su madre.
Susan paseó brevemente la mirada por la fachada de Braeside. De todas las casas de la calle era la única cuyos ocupantes nunca se habían molestado en mejorar su aspecto. Susan no era una entusiasta de llenar los jardines de enanos, farolas de carruajes o pilas para pájaros sobre pedestales dóricos, pero reconocía un deseo de individualidad en el arrayán en maceta de los Gibbs, o una melancólica necesidad de belleza en los bojes de las ventanas de los O’Donnell.
Braeside estaba tan desprovisto de adornos como debió estarlo cuando lo construyeron diez años atrás. No se había pintado desde entonces y daba la impresión de que sus ventanas eternamente cerradas no se abrirían jamás. La casa pertenecía a los North y, sin embargo, tenía aspecto de propiedad alquilada por poco tiempo, como si sus propietarios la consideraran un lugar donde alojarse temporalmente. En el jardín delantero no había árboles. Casi todas las demás casas tenían un kanzan, cipreses o un prunus. El jardín de Braeside era sólo un gran cuadrado de tierra cubierta enteramente de narcisos y con unos cuantos centímetros de hierba alrededor. Los narcisos causaban la sensación de haber sido plantados por un jardinero para venderlos por la estricta disposición de sus hileras, pero Louise ni siquiera los cortaba. Susan recordaba primaveras pasadas en las que a veces había visto a su vecina paseando con cuidado por entre las hileras para tocar las céreas hojas verdes o inclinarse para oler el aroma fresco y levemente acre de las flores. Ahora no había más que capullos, apretadas cabezas amarillas tan selladas como la casa misma y, al igual que ésta, parecían contener algún secreto.
Susan llamó a los niños y les dio prisa para que entraran por la puerta lateral. Las ventanas de Braeside se veían negras y opacas, eficaces postigos tras los que una mujer podía ocultarse y llorar a gusto.

Susan quedó exhausta y enfadada después de tener que soportar y contener la curiosidad de Doris, y responder de forma adecuada pero necesariamente falsa a Paul cuando éste quiso saber por qué lloraba la señora North. Estaba muy necesitada de alguien con quien comentar aquella crisis en la vida de los North y pensó con melancolía en Doris, que sin duda entretenía a John con su última etapa. Un hombre vería todo aquel asunto de una manera más directa –y menos sutil– que ella; un hombre le explicaría cómo evitar involucrarse con amabilidad y tacto.
Cuando sonó el teléfono a las siete y media supo que era Julian y por un momento pensó seriamente en trasladarle sus problemas. ¡Si Julian hubiera sido más humano y menos el actor que representa un irascible papel en una eterna comedia de salón! Y desde su segundo matrimonio se había vuelto más melifluo e ingenioso que nunca, hasta llegar a un punto de irrealidad. Despreciativo siempre lo había sido, misántropo y exclusivista, además de tener la extraña convicción de que los habitantes de un barrio residencial eran completamente ajenos a él, criaturas infrahumanas que llevaban una vida vegetal o de trogloditas. Sus actividades le resultaban indiferentes, a pesar de que los chismes en su propio círculo despertaban en él una curiosidad casi femenina. Tan pronto como Susan oyó su voz, sus esperanzas se desvanecieron. Consultar a Julian hubiera sido como invitarle a una negativa mordaz.
–Me dijiste que ésta era la mejor hora –dijo la voz cansina y pedante–; así pues, dado que estoy dispuesto a complacerte, he hecho un esfuerzo para levantarme en medio de mi cóctel de langostinos.
–Hola, Julian.
La costumbre de Julian de lanzarse al meollo sin saludar y sin preámbulos siempre la irritaba. Claro está que una ex esposa podía reconocer la voz de su ex marido, concedido, pero Susan sabía que era igual con todo el mundo, incluso con los conocidos más superficiales. Era tal su autoestima que consideraba imposible que pudieran confundir su voz por teléfono, ni que su interlocutor fuera un sordo o una persona tímida.
–¿Qué tal estás?
–Estoy bien. –Aquella respuesta estrictamente correcta pero poco natural era otro julianismo. El no decía «bien» a secas, o al menos «muy bien»–. ¿Qué tal van las cosas por Matchdown Park?
–Como siempre –contestó Susan, preparándose para encajar la inevitable burla.
–Eso me temía. Oye, querida, creo que el domingo me será imposible tener a Paul. La madre de Elizabeth nos quiere todo el fin de semana y naturalmente no podría escaparme aunque quisiera.
–Podrías llevarlo a él también.
–A lady Maskell no le entusiasma precisamente la idea de tener niños en su casa.
A Susan siempre le había parecido extraño que Julian, el editor de una revista de izquierdas, se hubiera casado con la hija de un baronet y que valorara tanto la clase de los terratenientes a la que pertenecían sus parientes políticos.
–Ésta es la segunda vez desde Navidad que lo dejas de lado –dijo–. Me parece absurdo que el juez decretara que podías tenerlo cada cuatro domingos si luego vas a estar siempre ocupado. A él le hacía mucha ilusión.
–Oh, puedes llevarlo a alguna parte. Llévatelo al zoo.
–Pasado mañana es su cumpleaños. He pensado que haría bien en recordártelo.
–No te pongas nerviosa, querida. Elizabeth lo tiene apuntado en su lista de compras para asegurarse de que no se nos olvida.
–Y con eso está todo arreglado, ¿no? –A Susan le temblaba la voz de indignación. Había sido un día horrible lleno de gente imposible–. Será mejor que vuelvas a tu bistec –añadió con el tono regañón que él provocaba y detestaba a la vez–, o lo que siga en el menú.
¡Elizabeth lo tenía apuntado en su lista de compras! Susan imaginó la lista: langostinos en lata, pimientos, palitos para cóctel, regalo de cumpleaños para «el niño», filetes, bombones para mamá... ¡Qué exasperante resultaba Julian! Era extraño que las frases que recordaba de él la entristecieran pero no así aquellas conversaciones telefónicas semanales.
Seguramente enviaría algo completamente ridículo a su hijo, una guitarra eléctrica o un traje de buceo, cosas que entraban perfectamente dentro de lo que Julian o Elizabeth considerarían apropiado para un niño de clase media el día de su sexto cumpleaños. Susan recorrió la casa echando el cerrojo a las puertas para la noche. Normalmente cuando realizaba esta tarea nocturna no se molestaba en alzar la vista hacia el lado de Braeside, pero esa noche lo hizo, y le inquietó ver la casa sumida en la oscuridad.
¿Se habría acostado ya Louise? Apenas eran las ocho. Una simple curiosidad, tan irresistible como la de Doris, la poseyó, arrastrándola hacia el jardín para contemplar la casa contigua, un borrón oscuro en medio de sus vecinas brillantemente iluminadas. Tal vez Louise había salido. Era muy probable que tuviera una cita con su amante y se hallara en aquellos momentos sentada con él en algún anodino pub de la North Circular Road, o cogidos de la mano en un café semivacío. Pero Susan no creía que fuera así y le deprimió imaginarse a Louise acostada en aquella casa, con los ojos abiertos en la oscuridad.
Escuchó sin saber muy bien qué escuchaba. No se oía nada y luego, un poco desanimada, escuchó el silencio. Julian decía que Matchdown Park era un dormitorio y de noche ciertamente lo era, con sus habitantes encerrados como abejas en cálidas celdas. Sin embargo, resultaba increíble que tanta gente pudiera vivir y respirar alrededor de ella en completo silencio.
Pero aquel silencio no era nada comparado con la profunda y muda carencia de sonido del jardín posterior. Susan comprobó el cerrojo de la puerta trasera y notó que el viento había cesado. Los negros árboles no se movían y, aparte de la corriente de luces del tráfico en la distancia, no había más iluminación que los tres puntos rojos de los faroles que los obreros habían dejado sobre su pirámide de tierra.


4

David Chadwick no veía a Bernard Heller desde hacía meses y se lo encontró por casualidad un martes por la tarde en Berkeley Square. Fue en la puerta de Stewart and Arden’s y Heller iba cargado de cajas de cartón. David dedujo que se trataría de piezas de calefacción que debía entregar en las oficinas de Hay Hill, donde se hallaba la central de Equatair.
Heller no pareció excesivamente complacido de verle, aunque intentó esbozar una sonrisa. David, por el contrario, se alegró de verlo. En un arranque de generosidad el verano anterior había prestado a Heller su proyector de diapositivas y le pareció que ya era hora de recuperarlo.
–¿Qué tal va todo?
 –Bueno, ya lo ves. –Heller llevaba las cajas apiladas bajo el mentón y quizá por ello su expresión parecía forzada.
–¿Sales del trabajo ahora? Vayamos a tomar una copa.
–Aún me queda más por descargar.
–Te echaré una mano –dijo David con firmeza. No quería desaprovechar la ocasión.
–Vamos al coche, entonces.
Seguía teniendo el mismo Zephyr Six, se dijo David al tiempo que cogía las tres cajas restantes del maletero. El cartón de la caja superior estaba roto y dejaba ver parte de un quemador de gas.
–Gracias –dijo Heller y, en un esfuerzo por ser amable, añadió–: Muchas gracias, David.
Las puertas giratorias de Equatair permanecían abiertas. En la escalera se cruzaron con un par de mecanógrafas que vestían botas blancas y pieles de fantasía. Heller dejó las cajas en el suelo de un pequeño vestíbulo y David hizo lo propio. Fotografías de radiadores y calentadores decoraban las paredes, junto a otra de una lujosa sala de estar. A David le recordaron sus propios diseños para platos de telefilmes. Así había conocido a Heller, por el trabajo. Equatair hacía también chimeneas y habían prestado una a David para el plato de una serie llamada Make Mine Crime.
¿Qué me dices de esa copa?
–De acuerdo. No tengo prisa por llegar a casa. –Heller no miró a David mientras hablaba y murmuró algo más girando la cabeza hacia otra parte. Pudo ser «Bien lo sabe Dios», pero David no estaba seguro.
Aquel ingeniero en calefacción era un hombre corpulento. Tenía la cabeza redonda y espesos y cortos rizos. Solía demostrar una alegría de lo más irritante, con propensión a palmear a la gente en la espalda y contar chistes aburridos que, aún así, tenían el tono inocente de las payasadas. Esa tarde su expresión era avergonzada y a David le pareció que había perdido peso. Tenía las mejillas hundidas y de un color grisáceo, tal vez no sólo porque Heller, que habitualmente cuidaba mucho su aspecto, necesitaba un afeitado.
–Hay un sitio muy agradable en la calle Berwick al que voy a veces –dijo David.
No llevaba el coche, de modo que cogieron el de Heller. Para ser ingeniero y vendedor, Heller era un pésimo conductor, en opinión de David, que en un par de ocasiones temió que chocaran contra un taxi. Era la primera vez que subía al coche de Heller, pues hasta entonces sus encuentros se habían limitado a un aperitivo antes de comer o a un sándwich. Heller había sido la amabilidad personificada en el asunto de la chimenea, tan generoso que resultaba casi violento. Dios y ayuda necesitó David para impedir que pagara todas las copas que tomaban. Después, en julio, Heller mencionó que su hermano gemelo había pasado una temporada en Suiza en casa de unos parientes –eran suizos o medio suizos, o algo así–, pero no podía mostrar las diapositivas que había tomado porque no tenía proyector. David había querido demostrarle su gratitud, pero no era fácil, puesto que Heller insistía en pagarlo todo. El préstamo del proyector resolvió la cuestión.
Pagar las deudas era una cosa. Lo que no esperaba era que el tipo se quedara con el proyector durante ocho meses sin rechistar.
–¿Crees que podrías devolverme el proyector un día de éstos? –preguntó mientras cruzaban la calle Regent–. Se acerca el verano y las vacaciones...
–Claro, claro –dijo Heller sin entusiasmo–. Te lo llevaré a los estudios.
–Gracias. –David pensó que no le hubiera hecho ningún mal darle las gracias por el proyector; pero era evidente que Heller tenía algo en mente–. Aquí es. El Hombre de la Máscara de Hierro. Si eres– rápido podrás pasar entre esa furgoneta y el Mercedes.
Heller no era rápido y desaprovechó dos ocasiones para realizar la maniobra de cambio de sentido. El pub se hallaba encerrado entre un restaurante indonesio y un club de striptease. Heller lanzó una mirada morbosa hacia las fotografías de desnudos sobre pieles de leopardo.
Sobre la entrada del Hombre de la Máscara de Hierro había un letrero que representaba al susodicho personaje apócrifo con la cabeza metida en una jaula. David entró primero. El interior era cómodo y estaba excesivamente caldeado. Su suelo de baldosas blancas y negras y sus paredes revestidas de madera oscura sugerían un interior holandés, pero los grabados de caza sólo podían ser ingleses; además, en ningún otro lugar salvo Inglaterra se encontrarían los eslóganes jocosos y las caricaturas que decoraban la pared.
Una luz roja bañaba la zona tras la barra dándole el aspecto de la entrada a un horno, y esa misma luz tintaba los rostros del hombre y de la chica que estaban allí sentados. Las uñas de la chica eran malva cuando sus manos abandonaron el resplandor rojizo para acariciar los hombros de su novio. Una persona perspicaz hubiera reconocido un uniforme confederado en la chaqueta gris del chico.
–¿Qué vas a tomar? –preguntó David, previendo lo de costumbre–. No, déjame a mí.
–Lima con cerveza Lager –respondió Heller.
–Pues sí que vas fuerte. ¿Qué celebramos?
–Es que tengo que conducir.
David se acercó a la barra. Intentaba recordar dónde vivía Heller; en algún lugar del sur de Londres. Si tenía que darle conversación a un hombre sólo semiconsciente, él necesitaría algo fuerte.
–Un escocés doble y lima con cerveza Lager, por favor –pidió al camarero.
–Querrá decir Lager con lima.
–No creo que importe.
Heller se frotaba la ancha frente como si le doliera.
–¿Vienes aquí a menudo?
–De vez en cuando. Es tranquilo y se ven algunos personajes interesantes. –Mientras hablaba, el confederado besó a la chica en la boca color de nácar. La puerta se abrió con una brusca sacudida para dar paso a dos hombres barbudos.
Los dos se dirigieron a la barra y la golpearon con fuerza porque en ese preciso instante nadie la atendía. El más alto de los dos pidió con el entrecejo fruncido y siguió contando una anécdota. El resplandor de detrás de la barra daba un tinte rojizo a su barba.
–Así que le dije al tipo ese, el director del banco, «Está muy bien eso de quejarse de mí descubierto», le dije. «¿Pero dónde estarían los bancos si no fuera por los descubiertos? Eso es lo que me gustaría saber. Eso es lo que hace que sigan funcionando. De lo contrario no tendría trabajo, jefe», le dije.
–Exacto –replicó el otro hombre.
Heller ni siquiera sonrió. Su piel colorada se arrugaba en torno a los ojos y las comisuras de la boca esbozaban un rictus de amargura.
–¿Qué tal va el trabajo? –preguntó David a la desesperada.
–Igual que siempre.
–¿Sigues operando en la zona de Wembley-Matchdown Park?
Heller asintió y musitó para su vaso:
–No por mucho tiempo.
David enarcó una ceja.
–Me voy al extranjero. A Suiza.
–Entonces sí tenemos algo que celebrar. Creo recordar que una vez me dijiste que era eso lo que querías. ¿No tienen los de Equatair una base allí?
–En Zurich.
–¿Cuándo te vas?
–En mayo.
Los modales de Heller no distaban mucho de ser groseros. Si ésa era su manera de comportarse era un milagro que consiguiera venderle a alguien un termostato de repuesto, por no hablar de todo un sistema central de calefacción. David reparó de repente en que sólo faltaban dos meses para mayo. Si quería recuperar su proyector tendría que emplearse a fondo.
–Hablas alemán con fluidez, ¿verdad? Eres bilingüe, ¿no?
–Fui al colegio en Suiza.
–Seguro que volver te emociona. –Lo que acababa de decir era una estupidez, como preguntarle a un hombre que está temblando si tiene calor.
–Oh, no sé –dijo Heller–. Tal vez en otro tiempo. –Apuró su copa y en sus ojos oscuros brilló una chispa de algún sentimiento intenso–. La gente cambia, se hace mayor. –Se levantó–. Ya no hay nada que parezca tener demasiado sentido, ¿no crees? –Sin invitar a David a otra copa, añadió–: ¿Quieres que te deje en alguna parte? Tú coges la Northern Line, ¿no?
David vivía solo en un piso de soltero. No pensaba ir a ningún sitio esa noche y tenía la intención de cenar fuera.
–Mira, no quiero resultar pesado –dijo con apuro–, pero si vas derecho a casa, ¿te importaría que fuera contigo y recogiera mi proyector?
–¿Ahora, quieres decir?
–Bueno, sí. Te vas en mayo y supongo que tienes muchas cosas en la cabeza.
–Muy bien –dijo Heller con sequedad. Subieron al coche y el ánimo de David mejoró ligeramente cuando el otro esbozó un recuerdo de su antigua sonrisa y dijo:
–Ten paciencia conmigo, viejo amigo. Últimamente no soy muy buena compañía. Fue un detalle de tu parte prestarnos el proyector. No pretendía quedármelo.
–Lo sé –dijo David, sintiéndose mejor.
Subieron por uno de los puentes y pasaron por el Elephant and Castle. Heller había tomado una ruta sinuosa por calles secundarias y, aunque parecía conocer bien el camino, hacía caso omiso de las señales de tráfico y atravesó un paso cebra cuando había peatones cruzando.
Entre ellos se había instaurado el silencio, que Heller rompió sólo para decir.
–Ya casi hemos llegado.
La calle estaba llena de autobuses cuyo destino David sólo conocía por el nombre: Kennington, Brixton, Stockwell. A mano izquierda un gran muro uniforme con ventanucos se extendía a lo largo de unos doscientos metros. Podía ser un cuartel o una prisión. No había un solo árbol o franja de hierba a la vista. Heller giró a la derecha al llegar a un odeón grande y muy iluminado y David vio que se hallaba en la típica intersección de calles del sur de Londres, dominada por una iglesia con columnata de estilo Wren, aunque Wren llevaba ciento cincuenta años muerto cuando la edificaron. Frente a ella había una estación de metro, David no sabía cuál. Todo lo que veía era el letrero con forma de Saturno de los transportes públicos londinenses con su resplandor rojo y azul. La gente salía en tropel al cruce y sus rostros tenían un color verde enfermizo a la luz del vapor de mercurio de las farolas.
Algunos atajaban por un parque desprovisto de árboles, con un pabellón de críquet y unos lavabos públicos. Heller se introdujo a trompicones por entre la hilera central del río de gente. La calle no era comercial ni residencial. La mayoría de las viejas casonas estaban a punto de ser derribadas. Las tiendas eran todas de un mismo estilo, apiñadas con aspecto lastimoso en un orden en apariencia infinito y rítmico: tienda de licores, café, comida para animales, apuestas hípicas, tienda de licores, café... De hallarse en la piel de Heller, David no hubiera sido capaz de aguardar hasta mayo, la perspectiva de irse a Zurich sería como el paraíso. ¿En qué clase de tugurio vivía aquel hombre?
No se trataba de un tugurio en absoluto. Era un bloque de pisos muy decente, de unos diez años de antigüedad, dispuesto en cuatro plantas alrededor de un jardín de hierba y cemento. Hengist House.
Heller metió el coche en una crujía señalada con líneas blancas.
–Estamos en la planta baja –dijo–. Número tres.
El vestíbulo de entrada tenía un aspecto algo ajado. Alguien había escrito «Volved a Kingston» en una pared entre dos puertas verdes. David no creyó que se refirieran a Kingston, condado de Surrey. Heller metió su llave en la cerradura de la puerta número tres. Habían llegado.
Un estrecho pasillo atravesaba todo el piso y acababa en la puerta de un cuarto de baño. Heller no anunció su llegada y cuando apareció su mujer no le dio un beso.
David se sobresaltó al verla. Heller no tenía más de treinta y cinco años, pero empezaba a parecer un hombre de mediana edad. La chica parecía muy joven. David no había pensado en ella, de modo que no tenía idea preconcebida alguna sobre su aspecto. No obstante, se sorprendió y, al encontrarse con sus ojos, supo que ella esperaba esa sorpresa y que le complacía.
La mujer llevaba téjanos y uno de esos suéteres tan ceñidos que no conviene llevar cuando no se es muy delgado. Tenía una figura del tipo cuya fotografía aparece con profusión en posturas sensuales en los semanarios de tres al cuarto. Largos cabellos negros en los que un toque de cepillo provocaría chispas le caían sobre los hombros.
–Creo que no os conocéis –masculló Heller, y eso fue todo lo que David obtuvo a modo de presentación. La señora Heller se separó de la pared y su mirada era ya indiferente–. Estás en tu casa. Ahora te traigo el proyector. –Miró a su mujer–. El proyector de diapositivas, ¿dónde lo pusiste cuando nos lo devolvió Carl?
–En el armario del dormitorio, supongo.
Heller acompañó a David a la sala de estar, si abrir una puerta y murmurar algo podía considerarse acompañar. Luego se fue. La habitación tenía tres paredes blancas y una roja con una especie de mandolina colgada sobre un radiador Equatair. Una pequeña estera se aferraba al suelo en el centro de la pieza. La señora Heller entró y dispuso cubiertos para dos personas con cierta ostentación. David pensó jocosamente en el ámbito doméstico de los auténticos vendedores ejecutivos. En las series y obras de teatro para las que decoraba platos, tenían apartamentos estilo loft neoyorquino completamente enmoquetados, con desniveles, tabiques adornados con hiedra y mobiliario de piel. Se sentó en un sillón que era un cono de plástico entrelazado con estructura metálica. Fuera, los autobuses transitaban con un resplandor amarillo y blanco.
–Siento haberme presentado así, de improviso –dijo. La mujer puso dos vasos de agua sobre la mesa. En las películas de David, tomaban botellas de Romani Conti servidas en cestos de mimbre–. Me he encontrado con Bernard por casualidad y me he acordado del proyector.
Ella giró en redondo ladeando el mentón.
–¿Se lo ha encontrado, dice? –Su voz tenía un vestigio de acento rústico que David no consiguió identificar–. ¿Le importaría decirme dónde?
–En Berkeley Square –contestó él, sorprendido.
–¿Está seguro de que no ha sido en Matchdown Park?
–Completamente. –¿Qué significaba todo aquello? ¿Acaso Heller tenía que realizar un trabajo en Matchdown Park? David contempló a la mujer mientras ésta terminaba de poner la mesa. Tenía un rostro orquidáceo, se dijo. Era una palabra horrible, pero describía exactamente la exuberante piel aterciopelada, la nariz pequeña y los labios rosados y carnosos. Sus ojos eran verdes con reflejos dorados.
–Tengo entendido que se van a Suiza –dijo–. ¿Le agrada la idea?
Ella se encogió de hombros.
–Aún no hay nada decidido.
–Pero Bernard me ha dicho...
–No hay que hacer caso de todo lo que dice.
David siguió a la mujer a la cocina porque no podía quedarse por más tiempo junto a los vasos de agua y la mandolina o lo que fuese. Los téjanos marcaron las caderas de la señora Heller provocativamente cuando se agachó para encender un cigarrillo en un fogón. David se preguntó qué edad tenía. No más de veinticinco. En la habitación contigua oía los ruidos que hacía Heller, al parecer sacando cosas de un estante alto.
En la cocina había un cazo de agua calentándose. Dos chuletas pequeñas y demasiado hechas yacían con aspecto desalentador en una bandeja. Cuando el agua del cazo empezó a hervir, la mujer la sacó del fuego y vertió en ella el contenido de un paquete cuya etiqueta rezaba «Cena campesina. Delicioso puré de patatas en treinta segundos». David no lamentó que no le invitaran a compartirlo.
–¡Magdalene!
La voz de Heller sonó a cansancio y hastío, igual que el nombre, Magdalene. Ella alzó la vista con agresividad cuando su marido entró moviéndose pesadamente.
–No recuerdo dónde lo hemos metido –dijo Heller, preocupado y mirándose las manos polvorientas.
–Déjalo –dijo David–, os estoy estropeando la cena.
–Quizá esté ahí arriba –dijo la chica, indicando el armario cerrado de la parte superior del aparador.
David se sorprendió un poco, pues hasta entonces ella no había mostrado ningún interés en encontrar el objeto de su propiedad y parecía indiferente al hecho de que él se quedara o se fuera.
Heller arrastró un taburete hasta el aparador sobre el que había una pila de ropa sin planchar. Su mujer lo miró mientras abría el armario y revolvía en el interior.
–Te han llamado por teléfono –dijo inopinadamente, frunciendo sus labios carnosos–. Esa tal North. –Heller masculló alguna cosa–. Menuda cara tiene llamando aquí. –Esta vez su marido guardó silencio–. ¡Una cara muy dura! –exclamó, como si intentara encender una chispa de ira en él.
–Espero que hayas contestado con educación.
David pestañeó. Puede que Magdalene fuera vulgar, descortés, celosa incluso, pero no merecía que la reprendieran con semejante brusquedad paternal delante de un extraño. Era evidente que la chica estaba tomando aliento para dar una réplica adecuada, pero David no supo jamás cuál iba a ser. Heller, con los brazos y los hombros dentro del armario, retrocedió y algo pesado y metálico cayó sobre la ropa.
Era una pistola.
David no sabía nada sobre armas de fuego. Para él una Beretta o una Mauser eran lo mismo. Sólo sabía que era una especie de automática. La pistola relució sobre los calzoncillos de Heller y una funda de almohada rosa.
Ninguno de los cónyuges dijo nada.
–¿Tu arsenal secreto? –dijo David con tono jocoso para romper aquel desagradable silencio.
Heller contestó atropelladamente.
–Sé que no debería tenerla, es ilegal. En realidad la traje de contrabando de Estados Unidos. Fui en viaje de negocios. En la aduana no miran siempre, ¿comprendes? Magdalene tenía miedo cuando se quedaba sola. Por aquí ronda gente muy rara, hay peleas en el callejón, reyertas, ese tipo de cosas. La semana pasada, un individuo le gritaba a una mujer que le diera su dinero. Un chulo, creo. Le pegaba y le gritaba en griego –añadió, como si eso empeorara las cosas.
–No es asunto mío –dijo David.
–Es que he creído que a lo mejor te resultaría raro.
Magdalene dio un taconazo repentino en el suelo.
–Date prisa, por el amor de Dios. La película empieza a las siete y media y ya son y diez. Y primero hay que fregar los platos.
–Ya lo haré yo.
–¿No quieres verla?
–No, gracias.
Magdalene apagó el fuego, cogió los platos y los llevó a la sala de estar. David creyó que volvería, pero no lo hizo. La puerta se cerró y desde dentro se oyó débilmente la música de una película de espías.
–Aquí está por fin –dijo Heller–. Justo al fondo, detrás del secador de pelo.
–Te he causado muchas molestias. Lo siento.
Heller le pasó el proyector.
–Una cosa menos de la que tendré que preocuparme –dijo–. No cerró las puertas del armario y dejó la pistola donde había caído.
Tal vez fuera la presencia del arma, vagamente amenazadora en aquella casa lúgubre lo que hizo decir a David impulsivamente:
–Oye, Bernard, si puedo hacer algo...
–Nadie puede hacer nada –replicó Heller fríamente–. No eres un mago, ¿verdad? No puedes dar marcha atrás al reloj.
–Las cosas mejorarán en Zurich.
–Si es que voy.
Esta visita dejó a David muy conturbado. Una vez fuera, buscó un pub más grande, caro y frío que El Hombre de la Máscara de Hierro. Se tomó otro whisky y luego caminó hasta la estación de metro, donde descubrió que se hallaba en East Mulvihill. Mientras descendía bajo la bóveda pétrea de la entrada al metro vio a Magdalene Heller al otro lado de la calle caminando a paso vivo, corriendo casi, hacia la sala de cine por delante de la que Heller y él habían pasado antes. La chica miró convulsivamente a derecha e izquierda antes de entrar. David la vio abrir la cremallera de su bolso, comprar una entrada y subir sola las escaleras hacia el anfiteatro.
Ya no había duda alguna sobre la causa de la tristeza de Heller. Su matrimonio se había ido a pique. Una de esas dos personas mal emparejadas y obviamente incompatibles había pecado y, por lo que Magdalene había insinuado sobre la llamada telefónica, David dedujo que el pecador era Heller. Por las apariencias se había liado con otra mujer. ¿Se había quedado reducido a aquella sombra taciturna del alegre bufón de otro tiempo porque no era a esa otra sino a Magdalene a la que debía llevarse consigo a Suiza?


5

De camino al colegio se cruzaron con el cartero y Paul dijo:
–Mañana no tengo que ir al colegio hasta que llegue el cartero, ¿verdad?
–Ya veremos –dijo Susan.
–Bueno, pues no iré –dijo el niño con tono rebelde para impresionar a Richard, que corría por delante, saltando a intervalos para tocar las ramas de los cerezos–. Además, vendrá temprano –añadió, más conciliador, cogiendo la mano de su madre–. Papá va a mandarme un reloj. Lo prometió.
–¡Un reloj! Oh, Paul... –¡El regalo más frágil y proclive a provocar llanto (cuando Paul se cayera en el patio del colegio, como hacía dos o tres veces por semana) para un niño de seis años!–. Tendrás que guardarlo para cuando seas mayor.
Llegaron a las puertas del colegio y los dos niños fueron absorbidos por el tropel de colegiales. Esa mañana Susan los miró con ojos diferentes, como adultos y causantes de desgracias potenciales. Un frío sentimiento de melancolía la embargó. Se recobró con resolución, dijo adiós a Paul con la mano y emprendió la vuelta hacia Orchard Drive.
Eran las nueve menos diez, hora en que solía ver a Bob North, cuando pasaba con su coche regularmente por delante de la puerta del colegio. Susan no quería verlo. Recordaba su último encuentro con desagrado. Hoy no le ofrecería llevarla en coche pues estaba claro que volvía a casa directamente, pero Susan estaba convencida de que al verla se detendría. Probablemente se había enterado de la visita de Louise y de su cita para esa misma mañana y estaría impaciente por explicarle su propia historia antes de que Louise pudiera hablarle mal de él. La gente que se hallaba en la situación de Louise siempre achacaba la culpa al otro cónyuge. Julian había dedicado largo tiempo a señalarle los defectos que tenía como esposa (que siempre se estaba quejando, que no le gustaban sus amigos y que tenía una moral anticuada) antes de iniciar el relato de su propia infidelidad.
Susan se sintió muy expuesta mientras caminaba bajo los cerezos, nerviosa al pensar que en cualquier momento el morro o la parte posterior del coche de Bob aparecería por el sendero de Braeside. Pensó en agacharse para simular atarse los cordones de los zapatos o, si este truco fallaba, en meterse en la casa de algún conocido. El problema residía en que apenas conocía a nadie lo suficientemente como para hacer algo así.
Era un día apacible, sin demasiada lluvia pero uniformemente gris. El aire frío y húmedo presagiaba lluvia. Susan aligeró el paso al acercarse a Braeside y entonces lo recordó: Bob tenía el coche en el taller; iría a trabajar en tren y seguramente habría salido mucho más temprano. Desde luego ahora ya se habría marchado. Era absurdo, pero se le levantó el ánimo. Realmente era una estupidez ponerse nerviosa de esa manera porque una de sus vecinas pensaba hacerle confidencias íntimas dos horas más tarde. A eso se reducía todo.
Braeside tenía un aire sombrío. Las cortinas de las ventanas superiores estaban echadas, como si los North no estuvieran en casa. Tal vez Louise seguía en la cama, una de las cosas habituales que se hacen cuando uno se siente desdichado. Jane Willingale lo hubiera atribuido al deseo de volver al útero materno, pero Susan creía que sencillamente uno sentía que no había nada por lo que levantarse.
Como de costumbre, todas las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Dentro el ambiente debía de ser frío y cargado y el aire estar viciado por los alientos furiosamente exhalados, las lágrimas y las peleas.
La señora Dring llegaría en cualquier momento. Susan entró en su cálida casa y se ocupó en engrasar moldes y preparar la pasta para los pasteles de la fiesta de Paul. El reloj del recibidor dio las nueve. El sonido de las taladradoras neumáticas dio comienzo cuando se apagaba la última campanada.
Los ladridos huecos del terrier airedale traspasaron el ruido vibrante. El perro se había acostumbrado ya a la señora Dring y no ladraría cuando ésta llegara. No era la primera vez que Susan se preguntaba por qué era imposible resistirse a aquella llamada canina. A Orchard Drive no solía acudir nadie interesante y sin embargo Pollux jamás ladraba en vano. Susan era tan vulnerable a la llamada de alerta como cualquier mujer, pero, al contrario de ellas, le era indiferente que apareciese un nuevo repartidor o lector de los contadores; no quería especular sobre el motivo de que una furgoneta de Fortnum acudiera a la casa de los Gibbs o de que un par de monjas visitaran la de los O’Donnell. Algunas veces corría hacia la ventana cuando Pollux ladraba porque, a pesar de que la experiencia lo desmentía, siempre esperaba que aquellos ladridos anunciaran la llegada de alguien nuevo a su vida, alguien que la cambiara y le aportara esperanza y alegría.
¡Qué patético e infantil!, pensó cuando, a pesar de todo, se dirigió apresuradamente a la sala de estar y descorrió la cortina. La verja de los Winter hizo un ruido metálico entre sus dos pilares de cemento y Pollux, que se había subido a medias sobre ella en su ataque de rabia, se dejó caer de nuevo en el sendero con un golpe sordo.
Susan miró fijamente. En la franja de hierba de la acera, con los neumáticos hundidos en los surcos que habían dejado el lunes, se hallaba aparcado el Ford Zephyr verde.
Una vez más, Louise North recibía a su amante.

–Buenos días, querida. ¿Creía que no iba a venir?
La señora Dring siempre soltaba la pregunta a voz en cuello con una nota triunfante cuando llegaba más de un minuto tarde. Era una pelirroja alta y escuálida de cuarenta y cinco años que tenía una elevadísima opinión sobre sí misma y su trabajo, segura de que, en caso de que no apareciera, quienes la empleaban se verían reducidos a un pánico impotente y desesperado como niños abandonados.
–Empiezo aquí abajo, ¿no? –dijo, asomando la cabeza por la puerta–. Lo dejaré limpio para la fiesta del niño. –A Susan le parecía absurdo limpiar una habitación antes de una fiesta infantil, pero era inútil discutir con la señora Dring–. ¿Quiere que venga mañana a echarle una mano? No hay nada que no sepa sobre fiestas de niños. Tengo fama como organizadora.
La señora Dring no explicó cómo había llegado a saber tanto sobre fiestas infantiles, ella, que no tenía hijos. Lo cierto era que siempre hacía comentarios de esa índole, como dando a entender que todos sus conocidos eran conscientes de su versatilidad omnipotente y que la aprovechaban con asiduidad. No tenía un comentario amable para nadie excepto para su marido, hombre cuya habilidad en los campos más inverosímiles rivalizaba con la suya propia y poseedor de un coeficiente de inteligencia sobrehumano que igualaba sus dotes manuales y administrativas. «No hay cosa que él no sepa», solía decir su esposa.
La señora Dring entró en la sala de estar y fue directamente a la ventana, donde se cubrió el pelo, casi escarlata esa mañana, con un pañuelo.
–Hace tiempo que quería preguntarle –dijo con la vista puesta en el coche verde– qué está pasando en la casa de los vecinos.
–¿Pasando?
–Ya sabe a qué me refiero. Lo sé por mi amiga, que ayuda a la señora Gibbs. La verdad es que mi amiga es una auténtica embustera y reconozco que cualquiera que crea una sola palabra de lo que dice la señora Gibbs debería ir al psicólogo. –La señora Dring tomó aliento y pasó voluntariamente a integrar las filas de tales lunáticos–. Dice que la señora North tiene una aventura con el tipo de la calefacción.
–¿Usted lo conoce? –preguntó Susan sin poder contenerse.
–Lo he visto por ahí. Mi marido podría darle el nombre. Ya sabe que tiene una memoria fabulosa. Precisamente estábamos pensando en hacernos instalar la calefacción central y yo dije: «Tienes que hablar con ese tipo, Heffer o Heller o algo así, que va siempre en un coche verde.» Pero al final mi marido instaló los conductos él mismo. No hay nada que no pueda hacer cuando se lo propone.
–¿Por qué no habría de visitar a la señora North por cuestiones estrictamente de trabajo?
–Ya, menudo trabajo. Bueno, es evidente que ha escogido el empleo adecuado, si es eso lo que le gusta. Es ella la que me repugna. –Al ver que Susan no reaccionaba, la señora Dring dejó caer la cortina y liberó dos rizos, de un rojo fluorescente, de debajo del pañuelo–. ¿Qué le parece mi pelo? Este tono se llama flamenco. Lo hizo mi marido anoche. Siempre le digo que debería haberse dedicado al negocio. Ahora estaría en el West End.
Susan empezó a escribir a máquina con escasa convicción. La señora Dring nunca permanecía callada por mucho tiempo y las mañanas que acudía a su casa la ponía nerviosa, distrayéndola con comentarios fútiles. Muy pronto la asistenta, contratada en un principio para «ocuparse de lo más gordo», había dejado claro que prefería pulir y limpiar plata antes que el trabajo pesado, y sus tareas favoritas siempre la mantenían en una posición ventajosa cerca de alguna ventana.
Aquel día, tras haber observado todo lo que había por ver en Orchard Drive, se instaló junto a las puertaventanas con el líquido limpiametales y una bandeja llena de adornos de plata. Eran las nueve y media. A pesar de que había empezado a llover, las taladradoras no se habían acallado en la última media hora. Susan no creía que hubiera nada interesante para ver desde aquellas ventanas, pero la señora Dring no dejaba de estirar el cuello y de aplastar el rostro contra el cristal por el que corrían las gotas de lluvia, hasta que por fin dijo:
–Esta mañana no tendrán té.
–¿Perdón? –Susan alzó la vista de la máquina de escribir.
–Esos hombres. Mire, ahora vuelve uno por el sendero.
La sugerencia no podía ser rechazada sin mostrarse grosera. Susan se acercó a la ventana. Un obrero alto con abrigo de capucha cruzaba el jardín de los North volviendo por el sendero desde la puerta posterior hacia la verja del extremo más alejado.
–Le he oído aporrear la puerta. Quiere té, me he dicho. La cantina está cerrada esta mañana, amigo. La señora tiene otras cosas en que pensar. No obstante, es raro que el perro de los Winter no haya ladrado. ¿Es que lo han encerrado para variar?
–No; está suelto.
Llovía con fuerza. El obrero abrió la verja. Sus compañeros estaban sumergidos en su zanja, donde uno de ellos seguía hincando la taladradora. El hombre solitario se calentó las manos en el fuego del cubo durante un rato. Luego se dio la vuelta, encorvado, y se alejó por la carretera que bordeaba el cementerio.
La señora Dring lo contempló desaparecer asintiendo con expresión sombría.
–Ha ido a buscarse el café –dijo, y preguntó–: ¿Sigue ahí el coche?
–Sí, sigue ahí –contestó Susan.
La lluvia descendía por los cristales de las ventanillas cerradas y el resto del coche de color verde pálido. Alguien lo miraba también: Eileen O’Donnell, que abría el paraguas tras salir corriendo del jardín de Louise.
–La señora O’Donnell viene hacia la puerta de atrás, señora Dring –informó Susan–. Por favor, vaya a ver qué quiere.
Susan estaba convencida de que la llamarían para unirse a la conversación que iba a producirse, pero tras un breve intercambio en la puerta trasera, la señora Dring volvió sola.
–La señora North le pidió que le llevara filetes de pescado empanados por sí su marido volvía a casa a comer. Dice que ha estado llamando a la puerta principal, pero que no la oyen. Dice que las cortinas del piso de arriba están todas corridas, pero que eso es porque la señora North no quiere que el sol desluzca las alfombras. Desde luego hay gente que no se entera de nada, parecen tontos. ¿Sol?, le he dicho yo, ¿qué sol? Hasta un niño de cinco años le podría decir por qué tiene echadas las cortinas.
Susan cogió el paquete y advirtió con regocijo que estaba envuelto en el número de Certainty de la semana anterior. ¡Qué disgusto para Julian! Su utilización como material aislante para comida congelada se hallaba a un paso de acabar envolviendo patatas y pescaditos fritos.
–¿Y qué se supone que he de hacer con esto?
–La señora O’Donnell dice que usted irá a tomar café a casa de la señora North y que podría llevárselo por si acaso ese pobre desgraciado al que engaña vuelve a casa para comer.
Susan empezaba a dudar de que la cita para el café siguiera en pie. Cuando la señora Dring hubo acabado con la sala de estar y pasó a lo que antes era el estudio de Julian, eran las diez y media y el coche seguía frente a la casa. Daba la impresión de que Louise se había olvidado de ella. Solía decirse que el amor triunfaba sobre todo lo demás, y aunque tal vez el adagio no se refiriera a eso, desde luego según su experiencia desterraba de la mente del amante las promesas firmes y los compromisos anteriores. Aun así, era curioso que Louise hubiera insistido tanto.
El tiempo entre las diez y media y las once transcurrió lentamente. No había necesidad de mirar por la ventana. El terrier airedale, resguardado ahora bajo el porche de los Winter, le avisaría cuando el hombre se fuera. Dieron las once y con la última campanada la opresión que sentía Susan se desvaneció. La lluvia llenaba los surcos de amarilla agua arcillosa, formando charcos alrededor de las ruedas del coche verde. Su conductor se hallaba todavía en el interior de Braeside y Susan suspiró aliviada. No tendría que ir. No había necesidad de tacto, amabilidad ni firmes consejos, puesto que Louise había cancelado la cita con sus propios actos.
La señora Dring se envolvió en un impermeable de polietileno azul y salió presurosamente bajo la lluvia, deteniéndose a echar un vistazo al coche y las ventanas veladas por las cortinas. Susan trató de recordar cuántas veces y por cuánto tiempo había estado allí el coche. Desde luego no habían sido más de tres y aquel hombre nunca se había quedado tanto tiempo. ¿No tenía que ir a trabajar? ¿Cómo podía permitirse el lujo de pasar tanto tiempo –toda la mañana– con Louise?
Susan abrió la nevera con la intención de prepararse unos sándwiches. Dentro estaba el paquete de filetes de pescado empanados ligeramente torcido sobre la rejilla metálica. ¿Volvía Bob a comer a casa alguna vez? Eileen O’Donnell parecía creer que tal vez sí y, pensándolo bien, Susan recordó que el propio Bob le había dicho que quizá un día volvería a la hora de comer. Bueno, pues que volviera. Que los encontrara juntos. Quizá la confrontación cara a cara fuera la mejor solución para todos.
Susan sacó el paquete de la nevera y se dirigió a la parte delantera de la casa, desde donde podía verse Braeside. No había nadie sentado en la sala de estar ni en la salita del otro lado de la puerta principal. Debían de estar aún en el dormitorio, tras aquellas cortinas echadas. Susan consultó su reloj: pasaba de las doce y media. ¿Cómo se habría sentido ella de haber entrado en aquel hotel, o dondequiera que se encontraran, y haber descubierto a Julian en la cama con Elizabeth? Se hubiera muerto del disgusto. Julian había sido más discreto que Louise –era más inteligente–; no obstante, el proceso del descubrimiento había sido terriblemente doloroso para su mujer. Si Bob North se presentaba ahora sería aún más penoso.
Eso fue lo que la hizo decidirse. Estaba muy bien relacionarse con los North lo menos posible, pero las circunstancias alteraban cada caso y éste era uno difícil, cuyas circunstancias diferían tanto de la vida cotidiana como la existencia actual de Susan difería con respecto a la que llevaba el año anterior. Cogió el impermeable, salió y llamó con fuerza a la puerta de los North, pero nadie contestó. Debían de estar dormidos.
Susan rodeó la casa con precaución. Lo que estaba a punto de hacer salvaría a Louise, al menos por un tiempo, de la ignominia y posiblemente la violencia, pero Louise no se lo agradecería. ¿Qué mujer sería capaz de volver a mirar a una vecina que la encontrase en lo que los abogados llamaban in fraganti?
Mejor no pensar en ello, entrar, despertarlos y marcharse. A Susan le importaba muy poco lo que Louise opinara de ella. En el futuro pensaba evitar a los North.
La puerta de atrás estaba abierta. Si Louise pensaba seguir adelante con ese tipo de cosas, se dijo, le quedaba mucho por aprender. Julian habría sido un buen consejero. En la cocina hacía mucho frío. Louise había apilado los cacharros del desayuno en el fregadero pero no los había lavado. Se percibía un ligero olor a grasa fría que procedía de una sartén. Sobre la mesa de la cocina se hallaba el maletín que Susan había visto llevar una o dos veces al amante de Louise, y sobre el respaldo de una silla estaba su impermeable.
Susan dejó el paquete que llevaba y se dirigió al recibidor llamando a Louise quedamente. No hubo respuesta ni sonido alguno en el piso de arriba. Un grifo goteaba en el lavabo. Se acercó al pie de la escalera y contempló el pequeño nicho de la pared en el que había una figura de yeso de la Virgen con el Niño. Era grotesco.
Esa mañana no se había encendido el fuego en la casa y la chimenea de la sala de estar estaba llena de las cenizas grises del día anterior. La lluvia corría por todas las ventanas de modo que era imposible ver el exterior. Una lluvia tan densa como aquélla enclaustraba a las personas como a criaturas en hibernación, enroscadas sobre sí mismas y rodeadas de cortinas de agua. Así debía de ser para Louise y su amante, besándose, susurrando y haciendo planes mientras fuera la lluvia borraba las horas.
Susan subió por la escalera. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y en el suelo embaldosado yacía torcida la alfombra de baño, una cosa púrpura con un dibujo amarillo de volutas en el centro. Daba la impresión de que no se había hecho la limpieza matinal de cada día. Todas las puertas de los dormitorios estaban abiertas, menos una. Susan se paró frente a ésta y escuchó.
Su reticencia a sorprenderlos juntos había ido creciendo y ahora sentía una fuerte repugnancia. A lo mejor estaban desnudos. Susan se llevó la mano a la frente, perlada levemente de sudor. Debía de ser la una menos diez como mínimo y Bob podía estar enfilando Orchard Drive en ese mismo instante.
Asió el picaporte y abrió la puerta poco a poco.
Los dos yacían en la cama. El hombre estaba completamente vestido. De Louise sólo se veían los pies enfundados en las medias, pues su amante estaba encima de ella con los brazos y las piernas abiertos como si lo hubieran clavado a una cruz de San Andrés. Tenía el rostro ligeramente vuelto, como si se hubiera quedado dormido con los labios contra la mejilla de Louise. Ambos permanecían absolutamente inmóviles.
Nadie dormía así.
Susan pasó por entre la cama y el tocador y tropezó con algo duro y metálico. Lo miró con la respiración entrecortada y en un principio pensó que era un juguete, pero los North no tenían niños que corrieran escaleras arriba y abajo gritando «¡Bang, bang, estás muerto!».
Se cubrió la cara con las manos un momento. Luego se acercó a la cama y se inclinó sobre la pareja. Uno de los hombros de Louise estaba al descubierto. Al tocarlo, la cabeza del hombre se ladeó. Donde debía estar la oreja había un nítido orificio redondo del que había manado algo viscoso que se había secado. El movimiento reveló una capa de sangre apelmazada que pegaba los rostros y cubría la parte superior del camisón y la bata de Louise.
Susan se oyó gritar. Se tapó la boca con la mano y retrocedió tambaleándose, mientras el suelo oscilaba bajo sus pies y los muebles se balanceaban.


6

La policía le pidió que permaneciera allí hasta que ellos llegaran. La voz le había temblado tanto mientras hablaba por teléfono que a Susan le asombraba haberse hecho entender. La conmoción la había dejado casi paralizada y mucho después de que la amable voz del policía le hubiera dicho que no hiciera ni tocara nada, seguía sentada mirando al vacío con el auricular colgando de su mano.
Un fuerte chapoteo en la parte delantera de la casa anunció la llegada del coche. Susan se sorprendió de poder levantarse. Caminó hacia la puerta principal aferrándose a los muebles y tanteando el camino como un ciego.
El terrier airedale no había ladrado, pero en el estado en que se hallaba el silencio tampoco sirvió para alertarla. Entonces, horrorizada, contempló el pestillo que giraba por acción de la llave insertada desde fuera.
Bob llegaba a casa para comer.
Había corrido bajo la lluvia desde su coche recién reparado y había entrado sacudiéndose las gotas del cabello antes de darse cuenta de quién lo esperaba en el frío recibidor en penumbra.
–¿Susan? –Ella no pudo hablar. Sus labios se separaron y respiró hondo. Él la miró, luego vio las cenizas en la chimenea y el maletín sobre la mesa de la cocina–. ¿Dónde está Louise?
–Bob, yo... –empezó ella con un ronco susurro–. Está arriba. He... he llamado a la policía.
–¿Qué ha ocurrido?
–Está muerta... Los dos están muertos.
–Ha venido usted a tomar café –dijo él tontamente y luego se precipitó hacía la escalera.
–¡No debe subir! –gritó Susan y lo cogió por los hombros, que estaban rígidos, no temblaban.
Él la aferró por las muñecas como si quisiera soltarse y en ese momento el perro Pollux rompió a ladrar, lentamente al principio y luego con furia, cuando el coche de la policía llegó salpicando el agua de los charcos de la calle. Bob se dejó caer fláccidamente y se sentó en los escalones con la cabeza entre las manos.

Los policías eran tres, un inspector menudo de rostro moreno llamado Ulph, un sargento y un agente. Pasaron largo rato en el piso de arriba e interrogando a Bob en la cocina antes de acercarse a Susan. El sargento cruzó el umbral de la sala de estar con un fajo de papeles que parecían cartas. Susan oyó a Bob decir:
–No sé quién es. Ni siquiera sé su nombre. Pregúnteselo a los vecinos. Ellos les dirán quién era el amante de mi mujer.
Susan se estremeció. No recordaba haber sentido un frío igual. Los policías registraron el maletín. Susan los veía a través de la ventanilla para servir y también a Bob, que estaba sentado, pálido y tieso, junto a la mesa.
–No, no sabía que estaba casado –dijo Bob–. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Dice que se llamaba Bernard Heller? Pues claro que nunca he pedido que me instalaran la calefacción. –Su voz subió de tono y enronqueció–. ¿Es que no lo entienden? Eso no era más que una tapadera.
–¿Qué hay de sus movimientos durante la mañana, señor North?
–Tenía el coche en el taller. He ido a pie al trabajo a las ocho y media. Mi mujer estaba bien en ese momento. Cuando me marché estaba en bata, haciendo la cama. Soy aparejador y he estado en Barnet revisando un edificio en construcción. Luego recogí el coche del taller en Harrow y volví a casa. Creía... creía que mi mujer me esperaba para comer.
Susan volvió la cabeza. El sargento cerró la puerta y la ventanilla de servir. El abrigo que llevaba Louise el día anterior colgaba sobre el respaldo de una silla. Había algo muy casual en aquel abrigo, como si en cualquier momento Louise fuera a entrar y envolver su cuerpo juvenil en su reconfortante calor. Los ojos de Susan se llenaron de lágrimas y emitió un leve sollozo.
Arriba se oían las fuertes pisadas de la policía por todas partes. Luego alguien descendió por la escalera y el pequeño inspector de rostro moreno entró en la sala de estar.
–Intente serenarse, señora Townsend –dijo amablemente–. Sé que ha sufrido una fuerte conmoción.
–Estoy perfectamente, pero aquí hace mucho frío.
Tal vez el inspector pensara que le lagrimeaban los ojos a causa del frío, pero Susan no lo creía probable. Tenía mirada compasiva, no era la clase de policía, pensó Susan, que se mostraría rudamente sincero ante la muerte ni de ésos que harían chistes al respecto con sus compañeros.
–¿Sabía que la señora North mantenía una relación íntima con ese hombre? –preguntó el inspector Ulph.
–Yo... Bueno, era de dominio público –empezó Susan–. Sabía que era muy desgraciada por esa causa. Era católica y no podía divorciarse. –Le tembló la voz–. Estaba trastornada cuando vino a verme ayer.
–¿Trastornada hasta el punto de quitarse la vida o de acordar un pacto de suicidio?
–No lo sé. –Aquella súbita pregunta atemorizó a Susan. Tenía las manos heladas y le temblaban–. Una católica no se suicidaría, creo yo. Pero la vi muy mal. Recuerdo que pensé que había llegado al límite.
El inspector la interrogó sobre los acontecimientos de la mañana y, tratando de hablar con voz firme, Susan le contó que había visto el coche de Heller poco después de las nueve, que había estado esperando a que Heller se marchara, que la señora O’Donnell había llamado y que, finalmente, había acudido a Braeside para alertar a Louise y a Heller creyéndolos dormidos.
–¿No ha venido nadie más a esta casa durante la mañana? –Susan negó con la cabeza–. ¿Ha visto marcharse a alguien?
–Sólo a la señora O’Donnell.
–Bien, eso es todo por ahora, señora Townsend. Me temo que tendrá que prestar testimonio en la audiencia probatoria. Yo de usted llamaría por teléfono a su marido para preguntarle si puede volver pronto a casa. No debería quedarse sola.
–No estoy casada –dijo Susan torpemente–. Es decir, estoy divorciada.
El inspector Ulph no respondió, pero acompañó a Susan hasta la puerta sosteniéndola ligeramente por el codo.
Cuando salió al jardín, parpadeó y se dirigió a su casa. La multitud que había en la acera la deslumbró igual que la brillante luz del sol deslumbra a quien abandona una habitación a oscuras. Doris, Betty y Eileen se hallaban junto a la verja de la primera envueltas en sus abrigos y acompañadas por la anciana que vivía sola en la casa contigua a la de Betty, la recién casada de Shangri-La y la pareja de ancianos de la casa de la esquina. Todos los obreros se habían congregado allí, y todos guardaban silencio.
Aquel alboroto sin precedente había conseguido silenciar incluso a Pollux, que yacía exhausto junto a los pies de su dueña con la cabeza entre las patas.
La lluvia había cesado, dejando la carretera convertida en un espejo reluciente de charcos y asfalto mojado. Los brotes de los cerezos dejaban caer gotas de lluvia regularmente sobre paraguas y cuellos de abrigos. Doris parecía más helada y triste de lo que Susan la había visto nunca, pero por una vez no dijo nada sobre el frío. Avanzó hacia Susan y le rodeó los hombros.
–¿Sería tan amable una de ustedes de ocuparse de la señora Townsend? –dijo el inspector Ulph.
Susan se dejó conducir por Doris, pasando junto al Zephyr verde, el coche de la policía y la negra furgoneta del forense para entrar en su propia casa. Todo ese tiempo esperaba oír la cháchara de los vecinos estallar a sus espaldas, pero sólo hubo silencio, roto únicamente por el gotear de los árboles.
–Yo me quedaré contigo, Susan –dijo Doris–. Me quedaré toda la noche. No te dejaré sola. –No mencionó que su experiencia como enfermera la capacitaba para ese menester ni se pegó a los radiadores. Tenía la cara pálida y los ojos muy abiertos–. Oh, Susan, Susan... Ese hombre, ¿la mató a ella y luego se suicidó?
–No lo sé. Creo que sí.
Las dos mujeres, amigas tan sólo por proximidad y una mutua necesidad práctica, se abrazaron durante un rato con las cabezas inclinadas sobre los hombros.

Era curioso, pensó Susan, el modo en que las tragedias parecían sacar lo mejor de todo el mundo: el tacto, la bondad, la compasión. Más adelante, la única acción carente de tacto que iba a recordar sería la llegada de Roger Gibbs a la fiesta de Paul con un revólver de juguete como regalo.
–Desde luego hay mujeres rematadamente tontas –dijo la señora Dring–. ¡Figúrese, un arma! Pensaba que la señora Gibbs tendría más sentido común. Y ha enviado a su hijo con un catarro endemoniado. ¿Qué juegos les propongo? ¿El de las sillas? ¿El de Antón?
Descubrir al asesino era el juego favorito en las fiestas infantiles de Orchard Drive. Al ver que nadie lo sugería, Susan comprendió que las madres debían de haberles advertido. ¿Les habrían dicho también lo que ella había contado a Paul, que la señora North había sufrido un accidente y se la habían llevado? ¿Qué se le dice a un niño lo bastante mayor para sentir curiosidad y asustarse, pero demasiado pequeño para comprender?
–Ruego a Dios –dijo la señora Dring– que el pequeño Paul no tenga un accidente con ese reloj que le ha enviado su padre. –Curiosamente, la señora Dring parecía aplacada aquella tarde. Hablaba más bajo y con mayor amabilidad a pesar de la deslumbrante agresividad de sus cabellos rojos y del traje lila que, según sus palabras, había tejido su propio marido–. ¿No le ha llamado aún el señor Townsend?
El reloj había llegado en el correo de primera hora y con él una postal con la reproducción del cuadro de Van Gogh Molinos de Dordrecht, un lúgubre paisaje que evidentemente Julian había preferido al típico osito con la frase «Felicidades al cumplir los seis», mucho más apropiado. Julian opinaba que la cultura se debía imbuir a la fuerza en casa durante los años de formación del niño. Sin embargo, no contenía nota alguna para Susan, y tampoco había telefoneado.
–Tiene que haberlo leído –dijo Doris con indignación, pasando por su lado con una bandeja de empanadillas de salchicha.
–Quizá escriba algo en su propio periódico –sugirió la señora Dring, frunciendo el entrecejo.
–No es de ese tipo de publicaciones –dijo Susan.
Susan había seguido adelante con la fiesta sólo porque quería desviar el interés de Paul por la tragedia ocurrida en la casa de al lado, pero ahora, mientras los niños gritaban y retozaban al son de la música del tocadiscos, se preguntó si todo aquel ruido llegaría hasta Bob. Desde el hallazgo de Louise y Heller sólo había abandonado Braeside para ir dos veces a la comisaría. Todas las cortinas de la casa, no sólo las de arriba, permanecían echadas. Los rumores habían llegado hasta los obreros de la carretera del cementerio y ese día ninguno de ellos se había acercado a la puerta de atrás para pedir su té. A Susan no le gustaba que Bob estuviera allí viviendo, moviéndose, durmiendo en la casa en la que habían disparado a su mujer. Si oía a los niños, ¿tomaría su alegría como signo externo de la indiferencia de Susan hacia su pena?
Esperaba que no. Esperaba que lo comprendiera, y que comprendiera también que no le había visitado aún porque creía que de momento estaba mejor solo. Por eso no se había unido al tropel de amas de casa que llamaban continuamente a la puerta de Braeside, algunas con flores y otras con cestas cubiertas, como si Bob estuviera enfermo en lugar de tener el corazón destrozado.

Doris se encontró con Susan después de la audiencia probatoria y la llevó de vuelta para comer en la caldeada habitación que los Winter llamaban «salón de paso». Un enorme fuego ardía en la chimenea. Susan percibió que el estado de ánimo amable y compasivo de Doris había pasado. Su curiosidad, su avidez por los cotilleos habían regresado y, preguntándose si estaba siendo justa, Susan reconoció en el gran fuego, la bandeja cuidadosamente dispuesta y el brillo de la habitación un cebo para mantenerla allí toda la tarde, un agasajo a cambio del cual habría de suministrar a su anfitriona todos los jugosos detalles aportados por la audiencia probatoria.
–Cuéntame lo de la pistola –dijo Doris, sirviendo a Susan un plato de ensalada de frutas.
–Al parecer ese Heller la trajo de Norteamérica. Su hermano gemelo, que estaba en la sala, identificó el arma y dijo que Heller intentó suicidarse en septiembre, pero no con la pistola. Su hermano lo encontró cuando pretendía asfixiarse con gas. –Doris emitió ansiosos ruiditos para animarla a continuar–. Disparó a la pobre Louise dos veces, las dos al corazón, y luego se disparó a sí mismo. El forense considera que es bastante raro que dejara caer la pistola, pero conoce otros casos en los que ocurrió lo mismo. A mí me preguntaron si había oído los disparos y les dije que no.
–No se oye nada con esas taladradoras.
–Supongo que fue por eso. La calificación fue asesinato y suicidio de Heller, por cierto. Al parecer no era la primera vez que amenazaba con suicidarse, según dijeron su hermano y su mujer.
Doris se sirvió más ensalada, eligiendo los trozos de pina.
–¿Cómo es su mujer?
–A mí me pareció bastante guapa. Sólo tiene veinticinco años.
Susan recordó que tanto Carl Heller como Magdalene Heller habían intentado hablar con Bob mientras esperaban a que se iniciara la audiencia, y que Bob les había dado la espalda, desdeñando con brusquedad sus intentos de aproximación. Pensó que no olvidaría jamás el modo en que aquel hombre corpulento se había acercado a Bob para intentar hablarle con su fuerte acento extranjero, ni la respuesta de Bob, un gruñido casi y un amargo desprecio hacia la mujer cuyo difunto marido había matado a Louise. A Doris no iba a contárselo, ni tampoco el estallido histérico de Bob en el tribunal cuando Magdalene Heller le había acusado de arrojar a su esposa en los brazos de otro hombre por su propia dejadez, o el horror glacial y asombrado de la chica que había prorrumpido en vituperios contra Bob.
–Sabía lo de Louise –explicó Susan–. Heller le había prometido dejarla para intentar salvar su matrimonio, pero no cumplió su promesa. Se sentía muy desgraciado y quería suicidarse. Hacía meses que estaba así.
–¿Ella y Bob se habían visto antes?
–Bob ni siquiera sabía que Heller estaba casado. Nadie sabe cómo se conocieron Louise y Heller. Él trabajaba para una empresa llamada Equatair y el gerente estaba también en la sala. Dijo que Heller se iba a Zurich en mayo por cuestiones de trabajo. Al parecer siempre había querido volver a Suiza. Nació y creció allí, pero no mostró interés cuando le ofrecieron el puesto. Supongo que pensaba que lo alejaría de Louise. El gerente explicó que consiguen clientes enviando propaganda por correo con tarjetas de respuesta, pero a Louise no le habían enviado nada y todos parecen creer que Heller debió de darle una para que la rellenara y así él tuviera una excusa para visitarla. De ese modo las visitas no levantarían rumores.
Doris asimiló todo esto con satisfacción. Atizó el fuego hasta que las llamas crecieron y chisporrotearon.
–Me pregunto por qué no se irían juntos y ya está.
–Por las cartas que le escribió, creo que Heller lo quería, pero Louise no. Al parecer ella ni siquiera se lo había contado a Bob, al menos explícitamente.
–¿Cartas? –preguntó Doris con excitación, desechando el resto de la nueva información–. ¿Qué cartas?
La policía las había encontrado en un cajón del tocador de Louise, dos cartas de amor de Heller a Louise fechadas en noviembre y diciembre del año anterior. Carl Heller había identificado la letra de su hermano que, en todo caso, había sido contrastada con las notas de trabajo de éste. Cuando las leyeron ante el tribunal, Bob palideció y la viuda de Heller se cubrió el rostro con las manos y hundió la cabeza en el voluminoso hombro de su cuñado.
–Eran cartas de amor –dijo Susan, harta de aquel interrogatorio–. Sólo han leído fragmentos. –Era extraño y horrible que hubieran elegido precisamente los trozos en que más cruelmente se ensañaba con Bob–. No los recuerdo –mintió.
Su expresión debía de mostrar su escasa disposición a hablar más del tema, pues Doris no se atrevió a ir más lejos y desvió la conversación.
–Espero que salga todo en los periódicos –dijo, y de repente se mostró solícita por el bienestar de Susan–. Soy descortés, ¿verdad?, molestándote así, con lo que acabas de pasar. Tienes mala cara, como si estuvieras incubando algo.
–Me encuentro bien. –En realidad Susan empezaba a sentirse mareada y enferma. Seguramente eran sólo los nervios y la excesiva temperatura de aquella habitación. En casa se recuperaría.
–Espero que tengas la casa bien caldeada –dijo Doris cuando la acompañó hasta el frío recibidor–. Ya sé que suele estarlo. Lo mejor para el susto y todo este revuelo es mantener una temperatura constante. –Encogió los hombros y se rodeó el cuerpo con los brazos–. Una temperatura constante, eso es lo que siempre me aconsejaba mi enfermera jefe.
Para los vecinos de Susan la audiencia probatoria había sido una especie de línea de demarcación. Una vez concluida desaparecía la mayor parte de la excitación, el horror y el escándalo. Los que testificaban y los meros espectadores habían llegado a un punto en el que debían reanudar de nuevo sus respectivas vidas. Susan había descubierto dos cadáveres, pero no podía esperar convertirse en el centro de atención, simpatía y compasión para siempre.
A pesar de todo, la sorprendió darse cuenta de que Doris no iba a acompañarla a casa. La señora Dring se había quedado a pasar la noche con ella el día anterior, pero no había dicho nada de volver. Se despidió de Doris con toda la tranquilidad y animación de que fue capaz y le dio las gracias por la comida. Luego cruzó la calle manteniendo la vista apartada de Braeside.
Por lo general se recomienda el trabajo como remedio para la mayoría de enfermedades, y Susan se dirigió directamente a la máquina de escribir y el manuscrito de la señorita Willingale. Le temblaban las manos y, aunque las estuvo flexionando cerca del radiador, no pudo escribir. ¿Podría volver a escribir en aquella casa algún día? Era tan terriblemente parecida a Braeside. Deseó no haberse metido donde nadie le llamaba el miércoles anterior, aunque eso significara que los hubiera encontrado Bob en lugar de ella.
Su impresión de la casa, la primera vez que vio su interior, le había dejado la imagen de una casa mortal y ahora la suya, su facsímil, parecía contaminada. Por primera vez se preguntó por qué seguía viviendo allí después del divorcio. Al igual que Braeside, era una casa donde había vivido una pareja feliz y donde esa felicidad se había extinguido dando paso a la aflicción. Ya nada quedaba de esa felicidad y nada la reemplazaba, y las paredes reflejaban el dolor del que habían sido testigos.
Susan oyó llegar el coche de Bob, pero no pudo alzar la vista. Ahora que todo había terminado tal vez habría podido consolarle. Necesitaba consejos para la soledad y ahí estaba ella, sola. Susan sabía que no tenía la fortaleza ni la voluntad para ir y llamar a su puerta. Qué lugar tan frío y desagradable aquel rincón de un barrio residencial en el que un hombre y una mujer jóvenes podían vivir en casas contiguas e idénticas, separados sólo por dos paredes y, sin embargo, tan atados por las reticencias y las convenciones que no podían acudir el uno al otro ni siquiera por motivos de mera humanidad.
Muchas veces había maldecido la visita diaria de Doris a la hora del té, pero cuando Paul llegó sólo la echó de menos amargamente. Un ansia de compañía tan fuerte como no había sentido en muchos meses le hizo desear tumbarse y echarse a llorar. Un niño de seis años, por querido que fuera, no es compañía para una mujer que se siente tan afligida e insegura como una niña, y Susan se preguntaba si Paul veía en los ojos de su madre la misma perplejidad disimulada por el esfuerzo de valentía que ella veía en los de su hijo.
–Roger Gibbs dice que un hombre le disparó a la señora North. –Paul lo dijo con toda la inocencia del mundo, distendiendo su rostro en una amplia sonrisa–. Y que tenía sangre por todo el cuerpo –añadió–, y que han hecho un juicio como los de la tele.
Susan le devolvió la sonrisa, tan realista y valerosamente tranquilizadora como la de Paul. Luego se embarcó en una explicación relativa con tono despreocupado y firme.
–Dicen que ese hombre quería casarse con ella y no podía, así que la mató. ¿Por qué? Si estaba muerta ya no podía casarse con ella. Papá no mató a Elizabeth y quería casarse con ella.
–No es lo mismo. Lo entenderás cuando seas mayor.
–Eso dices siempre. –La sonrisa había desaparecido. Con una mirada fugaz a su madre, Paul se inclinó sobre su cajón de juguetes. El revólver que le había regalado Roger Gibbs yacía sobre los coches en miniatura. Lo cogió, lo contempló unos instantes y lo dejó caer con apatía–. ¿Puedo ponerme el reloj? –preguntó.
–Sí, cariño, supongo que sí.
–¿Puedo ponérmelo ahora hasta que me vaya a la cama?
Susan oyó el coche de Bob salir a la carretera marcha atrás. Esta vez fue a la ventana y miró. Luego permaneció allí largo rato, mirando la calle vacía y recordando que le había hablado de su soledad la noche en que Julian se fue.


7

Un artículo a cuatro columnas en una página interior del Evening Standard informó sobre la audiencia probatoria. David Chadwick compró un ejemplar en un quiosco del West End y, leyéndolo mientras caminaba por entre la aglomeración de la tarde, se dirigió a donde había aparcado su coche, a diez minutos de allí. El periódico de la tarde del miércoles incluía fotografías de Magdalene Heller, de Robert North y de la joven, una vecina, que había encontrado los cadáveres, pero ese día sólo había una foto de la señora Heller abandonando el tribunal del brazo de un hombre. El pie decía que era el hermano gemelo de Bernard y por lo que David veía de él –ocultaba su rostro y el de la viuda con una revista–, el parecido era realmente asombroso.
A él debió de prestarle Bernard el proyector de diapositivas. David lo había desenvuelto el martes por la noche, divertido en cierto modo por el cuidado con que lo había envuelto Heller, con papel de periódico primero y luego con papel marrón de embalar. Después ya no le divirtió porque, conmovido y triste, vio que uno de los periódicos, un semanario del sur de Londres, amarillento y arrugado, contenía un pequeño párrafo dando cuenta de la boda entre Heller y una tal señorita Magdalene Chant. David lo descubrió porque un círculo de tinta rodeaba el párrafo y porque Heller había escrito la fecha justo al lado del círculo: 7/6/62.
Heller había guardado el trozo de periódico como recuerdo, pensó David, como hacía la gente sencilla. Lo había guardado hasta que su matrimonio había naufragado, hasta que había conocido a la señora North y los recuerdos de la boda significaban sólo un estorbo. Así pues, lo había cogido, quizá de un montón de otros periódicos significativos, y lo había usado para envolver un objeto de otra persona.
A la luz de esta idea y cuando se enteró de la muerte de Heller, David volvió mirar las hojas de periódico que cubrían su proyector y descubrió, como sospechaba, otras menciones: la del éxito de Heller en una competición de natación de una zona residencial y su inclusión entre los invitados a la cena anual de un club de dardos. Era evidente que para Heller aquellas minúsculas distinciones, aquellas crónicas impresas habían sido motivo del mismo orgullo que la noticia de la concesión de la Orden del Mérito en el Times hubiera supuesto para un hombre más importante. Significaban mucho y luego, de repente, a causa del vuelco que había dado su vida, que había perdido todo sentido, ya no significaban nada en absoluto.
David pensó en todo esto mientras caminaba por Oxford Street, y pensó también en lo extraño que era que él, apenas un conocido, hubiera estado con Heller la víspera de su muerte, que en realidad hubiera pasado más tiempo con él en aquella ocasión que en los dos o tres años transcurridos desde que se habían conocido. Tal vez debería haber asistido a la audiencia probatoria, pero él no tenía nada nuevo que aportar. Como cualquier otro hombre en las mismas circunstancias, se preguntó si había fallado a Heller en sus últimas horas, si podría haberle demostrado más simpatía y, peor aún, si debería haber pronunciado alguna palabra de esperanza o ánimo que le hubiera desviado de su propósito.
¿Quién podía saberlo? ¿Quién podía adivinar las intenciones de Heller? No obstante, David se sentía culpable, fracasado e inepto. A menudo se tildaba a sí mismo de inseguro. Ciertos hombres, insolentes y demasiado directos pero aun así la sal de la tierra, habrían percibido la profundidad del dolor de Heller y, haciendo caso omiso de su negativa inicial a abrir su corazón, se habrían quedado con él hasta arrancarle el dolor a la fuerza. Otros, los más sensibles de los bienintencionados, habrían relacionado el arma con el confesado weltschmerz de Heller. Pero él no había hecho nada, peor que nada, pues había huido con alivio de aquel piso.
Y al día siguiente Heller se había suicidado. David se sentía triste y deprimido. Tenía que conducir, pero necesitaba una copa, y todos los alcoholímetros del mundo podían irse al infierno por lo que a él se refería. Dobló el periódico, se lo metió en el bolsillo y se encaminó al Soho, al pub El Hombre de la Máscara de Hierro.

Era temprano y el local estaba casi vacío. David no había estado nunca en viernes, día en que volvía pronto a casa. Era un día en el que solía tener una cita y para él, además, el fin de semana empezaba a las cinco de la tarde del viernes.
No quería estar solo todavía y miró en derredor por si veía a algún conocido con quien charlar. Pero aunque todos los rostros le eran familiares, no había ningún conocido. Un hombre y una mujer en la cincuentena paseaban por el local mirando en silencio las nuevas caricaturas que el dueño había clavado al revestimiento de madera; un hombre mayor que parecía un actor secundario bebía pernod en la barra; dos hombres barbudos se sentaron a una mesa cerca de la puerta. Cuando pasaron junto a él, David oyó decir a uno de ellos:
–Pero eso es forzar la venta de las acciones, le dije con toda inocencia. Llámalo como quieras, me dijo él, pero tenía expresión de intranquilidad.
–Desde luego –dijo el otro.
–Algunas personas harían cualquier cosa por dinero, le dije, pero el dinero no lo es todo.
–Eso es cuestión de opiniones, Charles...
La pareja que había estado contemplando las caricaturas se sentó y David vio que detrás de ellos, en el rincón menos iluminado, había una chica sola. Le daba la espalda y delante sólo tenía una pared desnuda. David pidió una cerveza light.
Comprando con un margen como ése –dijo el hombre llamado Charles–. Aparte de la cuestión ética, me gusta dormir tranquilamente en mi cama. ¿Nos vamos?
–De acuerdo.
Ambos se marcharon y mientras David esperaba el cambio miró con interés a la chica solitaria. Sólo le veía la espalda, enfundada en una cazadora de vinilo, la cabeza de lustrosos cabellos negros y unas largas piernas embutidas en pantalones de terciopelo. Permanecía completamente inmóvil, contemplando el revestimiento de madera con el embeleso de quien mira un excitante programa de televisión.
A David le sorprendía ver allí a una chica sola. Los propietarios de bares del West End solían respetar una especie de ley tácita de no servir a mujeres solas. Seguramente aún estaba en vigor. No obstante, no parecía que aquella chica estuviera bebiendo.
Había algo familiar en la postura de sus hombros y David se preguntó si la conocía, cuando de pronto la puerta se abrió y entraron cuatro o cinco hombres jóvenes. La súbita corriente de aire frío hizo que la chica volviera la cabeza con nerviosismo. David la reconoció al instante con incredulidad.
–Buenas tardes, señora Heller.
La expresión de la mujer era fácil de analizar. ¿Miedo? ¿Cautela? ¿Consternación? Sus ojos verdes y curiosos pestañearon como las alas de una mosca. David se preguntó qué demonios estaba haciendo sola en un pub del West End el mismo día de la audiencia probatoria en el juicio sobre la muerte de su marido.
–¿Es éste su local o algo así? –preguntó ella con frialdad.
–Vengo aquí a veces. ¿Le apetece tomar algo?
–No. –La negativa surgió con tanta fuerza que varias personas se volvieron para mirarla–. Quiero decir, no, gracias. No se moleste. Ya me iba.
David había pensado en escribirle la típica esquela de pésame, pero no parecía adecuado ofrecer sus condolencias a una mujer a quien la muerte había librado de un matrimonio desgraciado. Sin embargo, en ese momento se sintió obligado a decir algo, aunque sólo fuera para demostrar que conocía la tragedia, e inició un pequeño discurso afectado de pesar, pero tras murmurar «Sí, sí» con impaciencia y asentir con la cabeza, la señora Heller le interrumpió con una incongruencia.
–Había quedado con una amiga, pero no ha venido.
¿Amiga? David pensó en los posibles lugares de encuentro de dos mujeres en Londres y por la tarde. ¿La oficina en que trabajaba la otra chica? ¿Una de las tiendas que cerraba tarde? ¿Un café? ¿Una estación de metro? Cualquier cosa, pero jamás un pub del Soho. Magdalene Heller se levantó y se abotonó la chaqueta.
–¿Quiere que la lleve a algún sitio? Tengo el coche aquí cerca.
–Gracias, pero no se moleste.
David apuró su cerveza.
–No es molestia –insistió–. Siento que su amiga no haya venido.
La cortesía no era el fuerte de la señora Heller, pero en todas partes, menos entre los salvajes, la convención prohíbe salir huyendo de un conocido y cerrarle la puerta en las narices. Eso, pensó David, era lo que a ella le hubiera gustado hacer.
Se dirigieron a la puerta y ella hurgó en el interior de su bolso con dedos que a David no le parecieron demasiado firmes. Por fin encontró un cigarrillo. David sacó su ^encendedor y lo sostuvo encendido frente a ella.
Detrás de la señora Heller la puerta se entreabrió unos treinta centímetros y se quedó así. Magdalene Heller dio una calada, volviendo la cabeza. David no sabía por qué mantenía el encendedor dejando salir aún la llama. El hombre que había abierto la puerta seguía en el umbral mirando hacia adentro.
Magdalene Heller volvió de nuevo el rostro y dijo con efusividad inesperada:
–Muchas gracias, David. Me alegro de que nos hayamos encontrado.
David se sorprendió tanto de este súbito cambio que miró fijamente el hermoso rostro súbitamente enrojecido. El cigarrillo se le había apagado. David se lo volvió a encender. El hombre de la puerta se marchó bruscamente por donde había venido.
Momentos antes estaban a punto de irse, pero Magdalene Heller volvió a abrir su bolso y revolvió su contenido.
–¿Conoce a ese tipo? –preguntó David y luego, pareciéndole que había sido grosero, añadió–: Estoy seguro de que lo conozco de algo. Puede que de la televisión, claro. Su rostro me ha parecido sumamente familiar.
–No me he fijado.
–O a lo mejor he visto su foto en los periódicos. Eso es... en relación con algún caso policial.
–Es más probable que haya sido en la televisión –dijo ella como restándole importancia.
–Parecía conocerla a usted. –¿O acaso la chica era tan guapa que incluso en el West End, donde las bellezas son habituales, la miraran los hombres?
Magdalene le puso una mano en el brazo.
–David, por favor...
Era encantadora; el rostro, cercano al suyo cuando salieron a la calle, poseía una piel de orquídea inmaculada y ojos de motas doradas. ¿Por qué entonces el roce de su mano le afectaba de manera tan extraña, casi como si una serpiente se hubiera restregado contra su manga?
–David, si no le importa, ¿podría... podría llevarme a casa?

Durante todo el trayecto en coche charló por los codos sin soltar el brazo de David. Su acento, notó él, no era de Londres ni del norte. No consiguió identificarlo por más que se esforzó mientras fingía escuchar lo que ella decía sobre si sería capaz de mantener el piso, sobre su futuro y su falta de preparación para cualquier tipo de trabajo.
No parecía una viuda reciente. La ropa que llevaba no era la que David había visto en la foto del periódico tras la audiencia probatoria aunque aquélla ya era bastante indecorosa. Ahora iba vestida con cierto desaliño, descuidada y –reparó en ello cuando ella subió al coche– provocativa. A David no le gustaban los pantalones de mujer con la cremallera delante, y aquéllos eran demasiado ceñidos. Magdalene se quitó chaqueta y la arrojó sobre el asiento. Sus senos, aunque indudablemente naturales, parecían de goma hinchable y los llevaba tan levantados que sugerían incomodidad, como si eso valiera la pena por mor de la atracción erótica. Todo aquello, el maquillaje generoso y seductor, los largos cabellos y el énfasis puesto en una figura marcada, era muy normal en una chica de veinticinco años, pero ella no era sólo eso. Era una viuda que esa misma mañana había asistido a la audiencia probatoria sobre la muerte de su marido y que, supuestamente, tendría que estar, si no destrozada por el dolor, sí al menos aturdida por la conmoción y abatida por el pesar.
Llevaban un cuarto de hora en el coche cuando ella apoyó una mano en la rodilla de David. Él no tuvo el coraje de apartarla y empezó a sudar cuando los dedos le acariciaron y frotaron. Magdalene fumaba sin parar, abriendo la ventanilla cada par de minutos para echar la ceniza a la calle.
–¿Sigo recto –preguntó él–, o por ahí a la izquierda?
–Puede atajar por las calles secundarias. –Bajó la ventanilla y arrojó la colilla a la acera, donde estuvo a punto de darle a un niño chino–. Coja la siguiente salida. Yo le guiaré.
David obedeció, girando a izquierda, derecha e izquierda de nuevo, y adentrándose en un entramado de calles humildes. Aún era de día. Llegaron a un puente con enormes pilares de cemento a cada extremo, columnas talladas en un estilo vagamente egipcio y que podrían haber procedido del Valle de los Reyes. Debajo había una especie de apartadero de trenes rodeado de fábricas y grandes bloques.
–Por ahí –indicó Magdalene Heller. Era una calle estrecha de pequeñas casas suburbiales. Más adelante David vio una chimenea alta, un gasómetro–. ¿A qué viene tanta prisa?
–No es que sea un lugar muy bonito precisamente, ¿no cree? No es un sitio para pasearse.
La señora Heller suspiró, luego tocó la mano de David ligeramente con un dedo.
–¿Podría detenerse un momento, David? Tengo que comprar cigarrillos.
¿Por qué no los había comprado en Londres? Además, los tres o cuatro que se había fumado salían de un paquete casi lleno. David vio una tienda en la esquina pero estaba cerrada.
Detuvo el coche junto al bordillo a regañadientes. Estaban completamente solos y nadie los observaba.
–Me siento tan sola, David... –ronroneó ella–. Sé amable conmigo. –Su rostro se acercó y David distinguió cada poro que aquella suave piel de champiñón, de goma, como imaginaba que sería aquel cuerpo neumático y demasiado perfecto. Sus labios brillaban–. Oh, David –susurró.
Era como un sueño, como una pesadilla. No podía estar ocurriendo. Y como en una pesadilla, por un momento David se quedó rígido e impotente. Ella le acarició la mejilla y luego enlazó las manos en torno a su cuello. David se dijo que se había equivocado con respecto a ella, que se sentía desesperadamente sola, anonadada, que anhelaba consuelo, de modo que la rodeó con los brazos y apretó su mejilla contra la de ella.
Permaneció así durante medio minuto, pero cuando la boca de Magdalene succionó su cuello como una anémona marina, David se apartó.
–Vamos –dijo–. Pueden vernos. –No había nadie que pudiera verlos–. Será mejor que te lleve a casa. –Tuvo que apartarla a la fuerza, una experiencia nueva y represora.
Ella respiraba entrecortadamente con la mirada triste. Sus labios esbozaron una mueca patética.
–Ven a cenar conmigo –dijo con un quejido de desaliento–. Por favor. Yo cocinaré. Soy buena cocinera, en serio. No me juzgues por lo que le di a Bernard aquella noche. A él le daba igual una cosa que otra.
–No puedo, Magdalene. –Se sentía demasiado violento para mirarla.
–Pero si ya has venido hasta aquí... Quisiera hablar contigo. –Increíble pero cierto, su mano volvió a posarse sobre la rodilla de David–. No me dejes sola.
David no sabía qué hacer. Por un lado era una viuda joven y pobre, cuyo marido había muerto unos días antes, a la que ningún hombre decente abandonaría. Ya la había abandonado su marido, y se había suicidado. Pero, por el otro, estaba su escandaloso comportamiento, su torpe intento de seducción. No era cinismo deducir que su oferta de cena era sólo una excusa. Aun así, ¿estaba justificado dejarla sola? Él era un hombre adulto, razonablemente experimentado, que podía protegerse a sí mismo y, dadas las peculiares circunstancias, hacerlo con tacto. Se preguntó de qué necesitaría protegerse. ¿Ella era una ninfómana, o la conmoción la había desquiciado hasta el borde de un colapso nervioso? David no era tan vanidoso como para creer, contrariamente a lo que le decía su experiencia, que las mujeres se sentían espontánea y violentamente atraídas hacia él. La loca idea de que pudiera haber desarrollado de repente un irresistible atractivo cruzó por su mente para ser desechada de inmediato.
–No lo sé, Magdalene –vaciló.
Pasaron por delante del muro de la prisión o cuartel y por el cine iluminado. Había una larga cola en la parada del autobús junto al parque. De pronto David emitió un leve sonido, un jadeo, una exclamación ahogada, y sus manos se empaparon de sudor y resbalaron sobre el volante. Al final de la cola se hallaba Bernard Heller leyendo el periódico de la tarde.
Por supuesto no era Bernard. Aquel hombre era aún más alto y corpulento y su rostro era más bovino y menos inteligente que el de Bernard. De no ser porque estaba nervioso y desconcertado, David hubiera comprendido que se trataba del hermano gemelo. Carl, el que había utilizado su proyector de diapositivas. No obstante, el parecido era asombroso e hizo que David se sintiera un poco desconcertado. Carl vio a Magdalene e hizo señas de que se detuvieran.
Detuvo el coche junto a la cola y Carl subió pesadamente al asiento trasero. Magdalene palideció levemente. Los presentó con brusquedad y su acento se hizo más marcado.
–David va a cenar conmigo. Carl –dijo–. Te dejaremos a ti primero –añadió como si tuviera una participación en el coche y más de una en David.
–No puedo quedarme a cenar, Magdalene –rehusó David con firmeza. La presencia del hermano gemelo de Bernard le desconcertaba y le daba fuerza a un tiempo. Ahí tenía unas manos en las que podía dejar sana y salva a la chica–. Me temo que no sé dónde vives.
Ella dijo algo que sonaba a Copenhagen Street e inició un torrente de indicaciones cuando David notó una mano pesada, una sensación grotesca, como si la mano de la ley de una escena de comedia cayera sobre su hombro.
–Esta noche no sería buena compañía, señor Chadwick. –La voz era más gutural que la de Bernard. En su frase había algo más que un modo cortés de decirle a alguien que su presencia no era grata. David percibió en ella un sentimiento de propiedad otorgada por sí mismo, orgullo, pena y, sí, quizá celos–. Yo cuidaré de ella –añadió Carl–. Eso es lo que hubiera querido mi pobre hermano. Ha tenido un mal día, pero aquí estoy yo.
A David le pareció que jamás había oído hablar a nadie con tanta ponderación y lentitud. Su inglés era correcto, pero sonaba a una lengua extranjera difícil de hablar. Cualquiera acabaría por aburrirse, por exasperarse incluso, si tuviera que escuchar a aquel hombre durante largo rato.
Magdalene cedió. No dijo nada más hasta que llegaron a Hengist House. Fuera cual fuese su plan, se había rendido.
–Gracias por traerme.
–Me alegro de haberla encontrado –mintió David. El rostro de Carl era el de Bernard, insoportablemente patético y embotado por el dolor–. Mire, si puedo hacer algo... –se oyó decir David como un eco inútil de ofrecimiento al difunto.
–Nadie puede hacer nada. –La misma respuesta, el mismo tono. Luego Carl añadió–: El tiempo lo arreglará todo.
Magdalene no acababa de irse.
–Buenas noches, pues –dijo David.
Vio a Carl coger a Magdalene por el brazo, impulsándola, y a ella tirar un poco y mirar hacia atrás, como una niña cuyo padre ha ido a buscarla para llevarla de vuelta a casa y librarla de un juego peligroso con el vecino de al lado.


8

Julian y Susan habían intentado comportarse civilizadamente. Tenían que verse para que Julian viera a su hijo. La prudencia sugería que mantuvieran una amistad carente de emociones, aunque Susan era consciente de la dificultad. No había previsto, sin embargo, cuan difícil podía llegar a ser, prácticamente imposible. Cuando la vida transcurría apaciblemente, prefería no recordar la existencia de Julian y sus llamadas telefónicas –paradójicamente más frecuentes en esos momentos– eran un desagradable trastorno de la paz. Pero cuando se sentía desgraciada o nerviosa, esperaba que él lo supiera y hasta cierto punto que fuera de nuevo un marido para ella, como si de hecho sólo se hubieran separado por motivos de trabajo y él tuviera que vivir lejos.
Susan sabía que era una esperanza utópica e irracional. Por nada del mundo le hubiera revelado ese sentimiento a otro ser humano. Julian tenía una vida propia. Sin embargo, ¿tan irracional era esperar que en aquellos momentos demostrara cierta preocupación por ella? La muerte de Louise había sido noticia en todos los periódicos. Los dos de la tarde informaban sobre la audiencia probatoria. Julian era un ávido lector de periódicos y el hecho de que los dos de la tarde hubieran llegado a casa de Susan y estuvieran desplegados en la mesa ante ella era herencia de su matrimonio con Julian, que esperaba de su esposa que estuviera bien informada.
Que todavía no le hubiera telefoneado demostraba una indiferencia que trastocó su soledad, haciéndola pasar de una depresión creciente al terror de que a nadie en el mundo le importara si vivía o estaba muerta. De repente pasar la noche sola en aquella casa le pareció una prueba más dura que cualquiera de las otras con que había tenido que enfrentarse desde su divorcio. Por primera vez le molestó su hijo. De no ser por él, podría haber salido, ir al cine o a buscar a alguna amiga del pasado. En casa no tenía otra cosa en que pensar más que en Louise, y la única conversación posible era consigo misma. Las frases, las preguntas sin respuesta, casi se podían oír. ¿Podría haberla ayudado? ¿Podría haber cambiado el curso de los acontecimientos? ¿Cómo iba a soportar días, semanas, meses, en aquella casa? Y ¿cómo iba a arreglárselas con Paul?
Por la tarde el niño había parloteado sin cesar sobre Louise y su amante. Alguien le había contado que Louise amaba a ese hombre y él hallaba curiosos paralelismos infantiles entre ese caso y el de sus padres. Susan también los había encontrado y no tenía respuestas para su hijo. Se reprochó su incapacidad, pero se alegró cuando por fin Paul se quedó callado y sacó sus amados coches para jugar completamente ensimismado hasta la hora de acostarse.
De modo que fue imperdonable sentir una ira creciente cuando, al acercarse a su escritorio, Susan vio cómo lo había dejado el niño, convertido en un aparcamiento de coches de varios pisos en el que asomaban capós y parachoques minúsculos en cada compartimiento. Sobre las tres hojas superiores del texto escrito a máquina había negras marcas de neumáticos. Sintió un repentino enojo que quizá no supo controlar. Pero las palabras salieron antes de que acabara de subir la escalera, antes de que pudiera reprimirlas y contar hasta diez entre dientes.
–¿Cuántas veces te he dicho que no toques mis cosas? ¡No vuelvas a hacerlo nunca, nunca! Si lo haces, no te dejaré llevar el reloj durante una semana.
Paul soltó un gemido desgarrador. Agarró el reloj, sacándolo de su estuche forrado de terciopelo, y lo acunó contra su cara. Desesperada, a punto de llorar ella también, Susan cayó de rodillas junto a él y lo abrazó.
–Deja de llorar –susurró–. No llores.
–No volveré a hacerlo, pero no te lleves mi reloj.
¡Con qué rapidez se evaporaban las lágrimas infantiles! No dejaban huellas, ni el rostro hinchado y enrojecido. El llanto de Louise, en cambio, le había dejado el rostro arrugado, viejo, desencajado.
Paul la miró con la aguda perspicacia de un niño.
–No puedo dormir, mami –dijo–. Esta casa ya no me gusta. –Su voz sonaba tenue y amortiguada contra el hombro de Susan–. ¿Cogerán a ese hombre y lo meterán en la cárcel?
–Él también ha muerto, cariño.
–¿Estás segura? La madre de Roger dice que se ha ido, pero también dijo que la señora North se había ido. ¿Y si no está muerto y vuelve aquí?
Susan dejó encendida la luz del dormitorio de Paul y la del pasillo. Cuando bajó de nuevo encendió el vigésimo cigarrillo del día, pero se atragantó con el humo y tuvo un largo acceso de tos que la dejó temblando. Apagó el cigarrillo, subió la calefacción y, acercándose al teléfono, marcó el número de Julian.
Esa noche precisamente en que nada salía bien y todas las cosas parecían antagonistas, tenía que ser Elizabeth quien respondiera al teléfono.
–Hola, Elizabeth. Soy Susan.
–Susan... –El nombre quedó suspendido en el aire. Como siempre, la brusca voz de colegiala de Elizabeth tenía un deje de vacilación. La impresión que daba era que conocía a diez Susan que podían telefonearle y anunciarse sin necesidad de dar el apellido u otra indicación.
–Susan Townsend. –Aquello era grotesco, casi insufrible–. ¿Puedo hablar un momento con Julian?
–Claro, si quieres. Se está terminando el mousse. –¡Cómo se deleitaban aquellos dos con la comida! Tenían muchas cosas en común; algún día sin duda compartirían la obesidad–. Suerte que has llamado ahora. Estamos a punto de irnos a pasar el fin de semana con mamá.
–Que lo paséis bien.
–Siempre lo pasamos estupendamente con mamá. Realmente todos esos asesinatos de Matchdown Park han sido lo último, y tú metida hasta el cuello. Pero supongo que mantendrías la serenidad. Tú siempre te mantienes serena, ¿verdad? Voy a buscar a Julian.
Por su voz, parecía que Julian hablara con la boca llena.
–¿Cómo estás, Julian?
–Estoy bien.
Susan se preguntó si se habría oído su suspiro de exasperación al otro lado de la línea.
–Julian, supongo que te habrás enterado de todo lo que ha estado pasando aquí. Quería saber si te importaría que vendiéramos la casa. Quiero mudarme lo antes posible. No recuerdo cómo funciona lo de nuestra propiedad ganancial, pero sé que es complejo y que hemos de estar de acuerdo los dos.
–Haz lo que te plazca, querida. –¿Se había llevado el mousse al teléfono? Sonaba como si comiera mientras hablaba–. Eres totalmente libre. No me entrometeré en lo más mínimo. Pero no se te ocurra aceptar menos de diez mil libras y cuando elijas una nueva casa, que esté cerca de un centro preescolar decente para mi hijo y de un buen colegio para cuando llegue el momento. –Julian tragó y añadió–: Ponlo en manos de un agente inmobiliario y deja que él haga su trabajo. Si me encuentro con alguien ansioso por vegetar en el saludable Matchdown Park te lo enviaré. Dime una cosa, ¿alguna vez tuvimos relación con esos North aparte de saludarles con la cabeza?
–Tú no tuviste relación con nadie más allá de saludar con la cabeza. Decir que los despreciabas sería más exacto.
Por un momento Susan creyó haberle ofendido, pero le oyó decir:
–Sabes, Susan, te has vuelto más mordaz desde que nos separamos. Te favorece, casi me hace sentir... bueno, no, no voy a decirlo. Un tipo bastante sexy ese North, si no recuerdo mal, y con un trabajo seudoprofesional, ¿no?
–Es aparejador.
–Lo que sea. Imagino que tú y él os habréis hecho uña y carne ahora, entrando y saliendo como Pedro por su casa. No me extraña que quieras mudarte.
–No creo que vuelva a hablar con él nunca más –replicó Susan.
Julian masculló algo sobre acabar la cena, hacer las maletas y salir en dirección a la casa de lady Maskell. Susan se despidió rápidamente porque sabía que iba a llorar. Las lágrimas rodaron por sus mejillas y ella no se molestó en enjugárselas. Cada vez que hablaba con Julian esperaba recibir amabilidad y consideración, olvidando que así era como él había hablado siempre con los demás, mordaz y frívolamente. Ahora ella era uno de los demás y toda la ternura era para Elizabeth.
Pero ya no le amaba. Era la costumbre de ser una esposa, de contar la primera en los planes de un hombre lo que echaba de menos. Cuando se está casado nunca se está solo del todo. Se puede estar solo físicamente, que es otra cosa. Y por mucho que rogara que fuera alguien a visitarla, para cualquiera representaría una molestia, un incordio que lo separaría de la persona con quien preferiría estar.
Aun así pensó en llamar a Doris o incluso a la señora Dring. Su orgullo se lo impidió cuando sus dedos pugnaban por coger el auricular.
Paul se había dormido. Susan lo tapó, se lavó la cara y volvió a maquillarse. No tenía sentido, pero presentía que si se acostaba entonces, a las siete y media, podría sentar un precedente. Uno se acuesta temprano porque no tiene nada que hacer. Uno se queda en la cama hasta tarde porque levantarse supone enfrentarse con la vida.
Iba a mudarse. «Piensa en eso –se dijo–. Piensa en eso.» No volver a ver los cerezos en flor como papel crespón, los olmos balanceándose sobre el cementerio, los tres puntos rojos brillando tenuemente junto a la zanja de las obras. No volver a correr hacia una ventana porque un perro ladra ni contemplar los faros del coche de Bob North cruzando el techo para ir a morir en un temblor de sombras contra la pared.
Los faros iluminaron entonces la habitación. Susan corrió las cortinas. Abrió un nuevo paquete de cigarrillos y esta vez el humo no le hizo toser. Notaba la garganta seca y áspera. Debía de ser por el calor. ¿Por qué no dejaba de sentir calor y frío alternativamente? Iba a salir una vez más para ajustar la calefacción, pero se detuvo con un absurdo sobresalto cuando sonó el timbre de la puerta.
¿Quién podía llamar a esa hora? ¿Serían los amigos de la época de su matrimonio, Dian, Greg, Minta, alertada su conciencia por los periódicos de la tarde? El perro no había ladrado. Debían de ser Betty o Doris.
El hombre del otro lado de la puerta carraspeó cuando Susan puso la mano en el pestillo. El sonido, nervioso, ronco y tímido, le dijo quién era antes de abrir. Sintió un desagradable escalofrío de inquietud que se convirtió rápidamente en puro alivio de que alguien al menos hubiera ido a verla. Luego, tosiendo de nuevo, tan nerviosa como él, abrió la puerta a Bob North.

Aquélla no era una visita de cumplido y Susan, que le había dicho a Julian que seguramente no tendría jamás una relación más que remota con su vecino, se sintió extrañamente contenta cuando él entró sin más preámbulos en la sala de estar como si fuera un amigo y visitante regular. Entonces se reprochó a sí misma que Bob tenía más motivo que ella para sentirse solo y desgraciado.
El rostro de Bob no mostraba rastro alguno del dolor y la amargura a los que había dado rienda suelta en el tribunal y, aunque volvió a disculparse por las molestias sufridas por Susan, nada dijo sobre el motivo de su visita. Susan expresó su simpatía y sus condolencias con palabras torpes y ya no supo qué más decir. Estaba claro que la visita de Bob tenía un propósito definido por el nerviosismo que él demostraba y la mirada calculadora que le lanzó cuando se encararon en la habitación cálida y desordenada.
–¿Estaba ocupada? ¿La he interrumpido?
–No, no se preocupe. –La pérdida sufrida por Bob lo hacía diferente a otros hombres, lo convertía en un paria, en alguien a quien se había de tratar con prudencia, pero aparentando que no había ocurrido nada y, al mismo tiempo, como si fuera merecedor de toda clase de miramientos. Tuvo la extraña idea de que era imposible sentir demasiada compasión por alguien tan atractivo como Bob. Su aspecto provocaba la envidia de los hombres y una admiración especialmente humillante de las mujeres. Si la tragedia no se hubiera producido y él la hubiera visitado, Susan se habría sentido incómoda a solas con él.
–¿No quiere sentarse? –dijo Susan con tono distante–. ¿Le apetece tomar algo?
–Es muy amable. –Cogió la botella y los vasos de manos de Susan–. Permítame. –Susan le contempló mientras servía ginebra en un vaso y lo completaba con limón–. ¿Qué le pongo? No, no menee la cabeza... –Bob torció la boca ligeramente; era la primera sonrisa que Susan le veía desde la muerte de Louise–. La sesión será larga, Susan, si es que tiene paciencia conmigo.
–Desde luego –musitó ella.
Aquél era, pues, el propósito de su visita, hablar con alguien lo bastante conocido como para escuchar y lo bastante extraño como para olvidarlo cuando se hubiera liberado de su ansiedad. Louise había probado de hacer lo mismo, y había muerto la primera. En todo aquello había una curiosa ironía. Los ojos azul oscuro de Bob estaban fijos en ella, fríos pero vacilantes, como si todavía no hubiera hecho su elección y se preguntara si estaba eligiendo sabiamente.
Susan se sentó y de pronto el sofá le pareció especialmente mullido y acogedor. Minutos antes estaba contenta de ver a Bob, ahora sólo se sentía terriblemente cansada. Bob fue hasta el extremo de la habitación, giró bruscamente y, sacando un rollo de papel de su bolsillo, lo dejó caer sobre la mesita del café. Tenía la gracia de un actor, su mismo modo de moverse, porque había estudiado y aprendido esos movimientos. Susan lo pensó con una ligera sorpresa y luego se preguntó si los gestos de Bob parecían calculados porque tenía que ejercer un doloroso control sobre los mismos.
Susan cogió los papeles, mirando a Bob con las cejas enarcadas. Él asintió vivamente. ¿Tendrían aquellas cuartillas relación con algún asunto legal? ¿Podían ser incluso el testamento de Louise?
Susan desdobló la primera hoja sin mucha curiosidad, pero luego la dejó caer con una fuerte exclamación, como si fuera un objeto al rojo vivo o algo viscoso y repugnante.
–¡No, imposible! ¡No quiero leer estas cartas!
–¿Las reconoce, entonces?
–Algunos fragmentos fueron leídos en el tribunal. –Susan tenía el rostro ardiendo–. ¿Por qué...? –Se aclaró la garganta, que empezaba a dolerle–. ¿Por qué quiere que las lea?
–No sea duro conmigo, Susan. –Frunció el ceño como un niño. Susan pensó de repente en Paul–. La policía me ha dado estas cartas. Pertenecían a Louise, ¿comprende?, y yo... bueno, las he heredado. Heller se las envió el año pasado. ¡El año pasado, Susan! Desde que las leí no puedo pensar en otra cosa. Me tienen obsesionado.
–Quémelas.
–No puedo. No hago más que releerlas. Han envenenado todos los recuerdos felices que conservo de ella. –Escondió el rostro entre las manos–. Quería deshacerse de mí, yo sólo era un estorbo. ¿Tan repugnante soy?
Susan evitó una respuesta directa a una pregunta tan absurda. Era como si un millonario le pidiese su opinión sobre el estado de sus finanzas.
–Está sobreexcitado, Bob. Es comprensible. Cuando la gente tiene una aventura amorosa dice cosas que no piensa y que además no son ciertas. Seguro que la mujer de Julian dijo un montón de cosas exageradamente desagradables sobre mí. –Jamás lo había pensado antes y le costó esfuerzo decirlo.
Bob asintió ávidamente.
–Por eso he venido a verla. Sabía que lo comprendería. –Se levantó. Las cartas estaban escritas en papel grueso de tamaño cuartilla y se habían vuelto a enrollar. Bob las aplanó con la mano y se las tendió bruscamente a pocos centímetros de la cara.
Ella había mencionado la posibilidad de que Elizabeth la hubiera difamado. De haber sido así y haber llegado una carta semejante a su poder, por nada del mundo se la hubiera enseñado a un extraño. Sin embargo, la mayoría de extraños habría aprovechado la oportunidad con gusto. Debía ser excepcionalmente escrupulosa, se dijo, o quizá sólo cobarde, como las avestruces. ¡Con qué avidez se habría abalanzado Doris, por ejemplo, a devorar las frases de Heller si Bob desnudara su alma en la casa del otro lado de la calle!
Susan rebuscó un cigarrillo. Le vino la idea de que no había leído jamás una carta de amor. Durante su noviazgo Julian y ella casi no se habían separado y, dado el caso, se telefoneaban. Desde luego no había leído nunca cartas de amor de otra persona. Bob, que tanto la valoraba como experta, se hubiera quedado atónito ante su inocencia.
Quizá fuera esa inocencia lo que seguía reteniéndola. La aventura amorosa de Louise, un desagradable asunto entre un ama de casa y un vendedor, le parecía simplemente sórdida, como si no hubiera una pasión auténtica que la compensara. Las cartas podían ser obscenas. Alzó la vista hacia Bob y de repente pensó que él no le daría a leer algo repugnante. Con un leve suspiro fijó la vista en la letra de Heller curvada sobre el rollo de papeles y leyó la dirección (3, Hengist House, East Mulvihill, S.E. 29) y la fecha (6 de noviembre de 1967) y luego prosiguió:

Amor mío:
Pienso en ti noche y día. En realidad no sé dónde terminan los sueños y empieza el despertar, porque llenas mi mente y camino como en una nube. Soy un tipo lento y estúpido, cariño. Te imagino sonriendo al leer esto y quizá (eso espero) negándolo, pero es cierto y ahora además estoy medio ciego y sordo. Mí amor por ti me ha vuelto ciego, pero no tan ciego como para no ver el futuro. Me asusta pensar que a lo mejor tendremos que seguir así durante años, viéndonos de vez en cuando unas pocas horas y con prisas.
¿Por qué no te decides a decírselo de una vez? No sirve de nada decir que quizá ocurra algo que lo arregle todo. ¿Qué va a ocurrir? Aún es joven y puede que viva muchos años. Dices que no le deseas la muerte, pero no te creo. La expresión de tu cara me demuestra que no es más que una carga para ti. El resto es afectación y en el fondo tú lo sabes. No tiene derechos sobre ti ni vínculos que se reconozcan hoy en día.
En resumidas cuentas, lo que dices es que tenemos que seguir esperando hasta que él muera. No, no intento convencerte de que le eches algo en el té. Te estoy diciendo por centésima vez que le hagas comprender que tienes derecho a vivir tu vida, a quitársela a él y dársela a tu amante pero desgraciado
Bernard

No, no era una carta repugnante, a menos que uno conociera al hombre al que Heller se refería como pesado estorbo. Y, no conociéndolo, la segunda carta podía resultar incluso conmovedora. Si no se conocía a ese hombre y no se vivía al lado de la mujer de cuya traición trataban las insinuaciones de Heller.
La dirección era la misma, la fecha de casi un mes más tarde (2 de diciembre de 1967), Susan leyó:

Amor de mi vida:
No puedo seguir viviendo sin ti. No puedo seguir existiendo y trabajando a kilómetros y kilómetros de ti, pensando que estás con él desperdiciando tu vida en ser su esclava. Tienes que hablarle de mí, contarle que has encontrado a alguien a quien amas de verdad y que te dará por fin un hogar feliz. Casi me prometiste que lo harías cuando nos vimos la semana pasada, pero sé lo débil que puedes sentirte cuando estás con él.
¿Realmente necesita tantos cuidados y atenciones y no podría un ama de llaves hacer todo lo que haces tú ahora? Siempre ha sido un hombre duro e ingrato, y tú dices que a veces también es violento. Díselo esta noche, amor mío, mientras estás con él en lo que yo sólo puedo llamar tu prisión.
El tiempo pasa deprisa (ahora me parece lento, pero sé que en realidad vuela); ¿cómo serás dentro de unos años, cuando te hagas mayor y sigas atada a él? Nunca llegará a apreciarte y amarte. Él sólo quiere una criada. Te convertirás en una amargada, ¿crees realmente que nuestro amor podrá durar en esas condiciones? En cuanto a mí, algunas veces pienso que sin ti lo mejor sería acabar con todo. No me imagino viviendo de esta manera mucho tiempo más.
Escríbeme o, mejor aún, ven a verme. Aún no me has visto feliz, no tan feliz como lo seré cuando sepa que por fin le has dejado.
Bernard

Susan dobló las cartas. Se miraron en silencio. Para romperlo, Susan evitó comentar el contenido emocional de las cartas y, aferrándose a lo intrascendente dijo:
–¿Sólo había éstas? ¿No le escribió más?
–¿Es que no son suficientes?
–No quería decir eso. Sólo pensaba que habría más, toda una serie...
–Si había más, ella no las conservó.
–Quizá se avergonzara de ellas –sugirió Susan amargamente–. No es que estén redactadas en prosa inmortal ni que sean joyas literarias precisamente...
–No me había dado cuenta. Eso me da igual. Su significado está muy claro: Louise me odiaba tanto que estaba dispuesta a contar todo tipo de mentiras sobre mí. –Cogió las cartas que sostenía Susan y retuvo su mano sin segundas intenciones, desesperadamente, como si fuera la cuerda que podía salvarle–. Susan... usted no lo cree, ¿verdad?, yo no soy violento ni duro, ni la trataba como a una esclava.
–Claro que no. Por eso no creo que sirva de nada guardar estas desafortunadas cartas. No hará más que releerlas y torturarse a sí mismo.
Susan tuvo la terrible sensación de que Bob iba a echarse a llorar. Vio su rostro torcerse en una mueca y volverse casi desagradable.
–No me animo a destruirlas –dijo–. Susan, ¿lo haría usted, lo haría... si las dejo aquí?
Lentamente, Susan cogió las cartas del regazo de Bob, esperando que éste volviera a cogerle la muñeca. Se sentía casi como cada noche, cuando subrepticiamente arrancaba el reloj de las manos de Paul mientras dormía. Tenía la misma cautela, el mismo aliento contenido, el mismo miedo a oír un grito de protesta. Pero Paul amaba su reloj. ¿No habría un curioso componente de amor en el odio que Bob le tenía a esas cartas?
Bob dejó que las cogiera.
–Se lo prometo, Bob –dijo Susan, y la embargó un cansancio que la hizo temblar–. Se lo prometo, lo haré en cuanto se vaya.
Susan creyó que entonces se iría. Aún era temprano, pero ya había olvidado sus pensamientos de antes sobre resistir la depresión y el agotamiento. Ahora sólo quería dormir.
–No debería incomodarla con todo esto –dijo él con el tono de quien tiene toda la intención de hacer lo que niega. Al parecer a Susan no se le notaba la fatiga–. Tengo que hablar con alguien. No puedo seguir guardándomelo todo.
–Lo comprendo, Bob.
Así pues, Susan lo escuchó hablar de su matrimonio, del amor que en otro tiempo sentía por Louise y de su decepción por no tener hijos. Bob especuló sobre el lugar en que podían haberse conocido Louise y Heller, lo que compartían y su extrañeza ante la pérdida de fe de Louise. Hablaba con vehemencia, con pasión, con incredulidad, y en una ocasión se levantó para pasearse por la habitación. Pero en lugar de agotarlo como agotaban a Susan, sus arrebatos parecían darle nuevos bríos. Purificado y renovado, habló durante media hora mientras Susan permanecía recostada en el sofá asintiendo de vez en cuando y reafirmando su simpatía hacia él. Las colillas se apilaron en el cenicero junto a Susan hasta tener el aspecto de un letrero de advertencia en el consultorio de un médico. La garganta se le quedó rasposa, como papel de lija.
–Dios mío, lo siento, Susan –dijo por fin–. La estoy agobiando. Me voy. –Susan no estaba ya para cortesías disuasorias. Bob le cogió las manos impulsivamente y cuando se inclinó sobre ella, su vivido rostro moreno se volvió borroso–. Prométame que no volveré a ver esas horribles cartas –pidió, y Susan asintió–. Ya me voy. Nunca olvidaré lo que ha hecho por mí.
La puerta principal se cerró y el sonido reverberó en la cabeza de Susan hasta instalarse como un palpito regular. Largos escalofríos le recorrían el cuerpo y le dolía la espalda. Cerró los ojos y vio el rostro de Bob suspendido ante ellos. Le bailaban en la cabeza los garabatos de Heller y el latido de un rincón de su cerebro se convirtió en el agudo taconeo de Louise.
Cuando despertó era medianoche. El aire apestaba a tabaco. La calefacción se había apagado y el frío la había despertado, metiéndosele en los huesos. En algún momento antes de dormirse debía de haber llevado los vasos a la cocina y vaciado el cenicero. No recordaba nada, pero cuando se puso en pie tambaleándose comprendió que su inercia y el agudo dolor de la garganta tenían poco que ver con las vicisitudes emocionales del día. Síntomas como aquéllos tenían una razón física: había pillado la gripe.


9

Desde la marcha de Julian, Susan dormía en uno de los dormitorios posteriores. Era una habitación pequeña que daba al norte y tenía poca luz, pero en ese momento se alegró de haberla elegido. Encontrarse enferma en un dormitorio idéntico al de Louise, yacer en una cama situada en el mismo lugar en que estaba la suya, era la peor medicina que podía recetarse.
Pasó una noche horrible en la que conciliaba el sueño a ráfagas. A la mañana siguiente tenía en la cama todas las mantas sobrantes de la casa, aunque apenas recordaba haberlas ido a buscar. Se puso el termómetro y comprobó que tenía treinta y nueve y medio.
–Vete a casa de la señora Winter, cariño –dijo cuando Paul asomó por la puerta a las ocho–. Pídele que te dé de desayunar.
–¿Qué te pasa?
–Es sólo un fuerte catarro.
–Creo que te lo pegó Roger Gibbs en la fiesta –dijo Paul, añadiendo, como si alabara a un amigo por su extraordinario altruismo–: Le pega sus catarros a todo el mundo.
El médico llegó al mismo tiempo que Doris, que permaneció al pie de la cama confirmando el diagnóstico del facultativo e interrumpiéndole a cada momento con sus propias sugerencias.
–No quiero contagiarte, Doris –dijo Susan débilmente cuando el médico se fue.
–Oh, no te preocupes. Yo nunca me contagio de nada. –Era cierto. A pesar de su vulnerabilidad a las bajas temperaturas y las chaquetas de punto en que siempre iba envuelta, Doris no se resfriaba jamás–. Me inmunicé contra todo trabajando de enfermera –explicó, ahuecando almohadas a puñetazos como un boxeador–. ¿Oyes a mi perro? Está armando jaleo por todos los coches del funeral de al lado. –Ladeando la cabeza, escuchó los ladridos distantes y lo que podían ser los pasos atenuados de un enterrador–. Tengo una excusa para no ir, pues sería un suicidio que tú te levantaras de la cama. –Doris se cubrió la boca–. Dios mío, esa es una palabra prohibida por aquí, ¿verdad? He oído decir que los católicos no aceptan a Louise en su cementerio. Es una vergüenza, en serio, al fin y al cabo fue Heller quien lo hizo. –El perro lanzó sus ladridos y se oyó un portazo–. He visto a Bob y me ha dicho que te mejores. Imagínate, con todos los problemas que tiene y quería saber si podía hacer algo por ti. Le he dicho a John: «Bob North admira a Susan, a su manera», y John está de acuerdo conmigo. He subido la calefacción al máximo, querida. Espero que no te importe, ya sabes lo friolera que soy. Me gustaría saber si volverá a casarse.
–¿Quién?
–Bob, por supuesto. Bueno, el matrimonio es un hábito, ¿no?, y creo que cuesta adaptarse a la vida de soltero. ¡Oh, Dios mío, otra vez he metido la pata! –Doris se ruborizó y se rodeó el cuerpo con los brazos, aunque llevaba una gruesa chaqueta de lana–. ¿Te apetece un trozo de asado? No, mejor que no. Por cierto, lo he ordenado todo y limpiado el polvo. No es que hiciera falta, todo estaba limpio como una patena.
–Eres muy amable.
–Más bien mandona, querida. –El súbito e inesperado autoanálisis de Doris le granjeó el afecto de Susan más que sus expertos cuidados. De habérselo permitido la garganta dolorida y su fatiga le habría gustado expresar su gratitud. Farfulló algo sobre Paul y Doris contestó–: Se ha ido con Richard. Puedes dejarlo con nosotros el fin de semana. ¿Qué vas a hacer tú? Si quieres podríamos subirte la tele aquí arriba.
–No, Doris, de verdad. Quizá lea un poco más tarde.
–Bueno, si te aburres siempre puedes contemplar a los obreros trabajar como negros. –Tirando bruscamente de la cortina, Doris soltó una carcajada–. Son tan frioleros como yo. Necesitan su fuego y su té.

Contemplar cómo los obreros llenaban una zanja y cavaban otra dos metros más allá no era precisamente la idea que Susan tenía del entretenimiento cuando estaba sana. A menudo había pensado, como la mayoría de la gente, que si alguna vez se veía confinada al lecho, levemente enferma, pasaría el tiempo leyendo uno de esos clásicos que exigían concentración ininterrumpida. Así pues, cuando Doris regresó a la hora de comer le pidió que le llevara En busca del tiempo perdido de la colección de libros que Julian había dejado.
Sin embargo, Proust la venció. Nada la interrumpía, pero su poder de concentración se hallaba tan debilitado que en su mente sólo cabía un vago recuerdo sobre preocupaciones, miedos inconexos y pensamientos sobre su marcha de Matchdown Park. Dejó el libro tras diez minutos de mirar cómo bailaba la letra impresa y, molesta por ceder a la tonta sugerencia de Doris, volvió sus ojos hacia la ventana.
El cielo tenía un pálido y nuboso tono azul sobre el que las ramas del olmo extendían su diseño de encaje negro. Veía también el sol, un charco amarillo en las nubes. Todo daba la impresión de un frío terrible que hacía más comprensible la necesidad de los obreros de hacer un fuego. Los tres se hallaban de pie en torno a él en ese momento, removiendo el té en unos tazones toscos y agrietados. Louise les daba tazas y platillos de porcelana.
Susan se subió las almohadas por detrás para ver mejor. Había algo singularmente distraído en contemplar a tres desconocidos moverse y hablar entre ellos. El hecho de que no pudiera oír las palabras no hacía más que aumentar su curiosidad. Eran un adulto viejo, un joven y un chico. Los dos mayores parecían tomarle el pelo al chico, pero éste aceptaba sus empujones y risas con sentido del humor. Se encargó él de recoger los tres tazones y de llevarlos al abrigo de la caseta. Susan lo vio echar los posos en la acera cubierta de tierra y secar el interior de los tazones con papel de periódico.
Después se metieron de nuevo en su zanja y el hombre mayor inclinó su cuerpo sobre el amplio mango de la taladradora. El chico cogió una maraña de cables fangosos y empezó a dar brincos con ellos, a lo que su compañero respondió iniciando una pelea en broma. Por encima del borde de la zanja sólo eran visibles sus cabezas y sus manotazos, pero la risa del chico era tan aguda que, a pesar de la distancia, Susan la oyó por encima del estrépito de la taladradora.
Por la esquina de la verja de O’Donnell apareció una chica con un corto abrigo rojo e inmediatamente los dos jóvenes dejaron de pelear para silbarle. La chica tenía que pasar necesariamente junto a las obras y lo hizo con el mentón en alto. El más joven se la comió con los ojos y le gritó algo.
Susan se recostó contra las almohadas. Se había olvidado de Louise y de Bob, de los terrores de Paul, de la frívola despreocupación de Julian. Una mujer mayor cruzó la calle, pero también ella obtuvo un silbido alentador. Susan sonrió un poco avergonzada de divertirse con algo tan pueril. ¿Qué edad había de alcanzar una mujer para librarse de aquellos piropos sin duda soeces, treinta y cinco, cuarenta, cincuenta? Desde luego había una gran generosidad en aquella falta de discriminación. Tal vez nunca se era demasiado vieja o quizá el obrero de mayor edad, silencioso y sombrío mientras los otros dos se metían con toda fémina que pasara por delante, reservaba sus silbidos para sus coetáneas.
A las tres de la tarde el más joven fue a buscar una tetera negra a la caseta y la puso al fuego con agua. ¿Sabían que Louise había muerto? ¿Les habían llevado la noticia los vientos del cotilleo? ¿O se había acercado uno de ellos inocentemente a la puerta de atrás el jueves para encontrarse con la mirada amarga y la brusca réplica de Bob?
Hecho el té, volvieron a llenar los tazones. Dada la cantidad de té que bebían era obvio que preferían hacérselo ellos mismos que ir a buscarlo al café, doscientos metros más allá. Sin duda debieron de recibir un duro golpe cuando su emisario fue a llamar a la puerta de Louise el miércoles y no obtuvo respuesta. En esa ocasión no enviaron al chico, recordó Susan, sino al hombre de veintitantos que se estaba poniendo un jersey azul por la cabeza y se agachaba junto al brasero.
La zanja llegaba ya hasta la mitad de la carretera. Tras recoger los tazones, el chico se instaló sobre un montículo de tierra con una bandera en la mano para dirigir el escaso tráfico. Se pavoneaba imaginando ser un guardia en un cruce, pero al fin, después de que únicamente pasaran dos coches, el hombre del jersey azul le indicó con ademanes enérgicos que volviera al agujero. Susan se sentía como si viese una película muda que en cualquier momento iba a convertirse en una farsa de golpes y caídas, o tal vez una epopeya moderna, italiana o sueca, preñada de simbolismo, en la que el movimiento y la expresión facial tuvieran un hondo significado y la voz humana no fuera más que una vulgar intrusión.
Así fue como la encontró Doris cuando llevó a Paul a su casa para acostarlo a las seis. Los obreros se habían marchado y Susan estaba tumbada mirando adormecida las tenues luces de color carmesí que habían dejado encendidas. Sentía una absurda decepción porque el día siguiente era domingo, enojada como un ávido espectador que sabe que habrá de esperar dos días para el siguiente capítulo de la serie.

–Te he traído una visita –anunció Doris el domingo por la tarde–. Adivina quién es.
No podía ser Julian, porque estaba en el campo con lady Maskell, a buen seguro formando parte de una alegre reunión que incluiría a Minta Philpott, Greg y Dian, y Dios sabía a quién más. Además, Julian evitaba las habitaciones de enfermos.
–Es Bob. –Doris miró con nerviosismo por encima del hombro. Oyó los pasos de Bob en la escalera–. Ha insistido en venir. Le he dicho que en su estado es vulnerable a todos los gérmenes habidos y por haber, pero quería venir a toda costa.
Bob apareció con un ramo de narcisos. Segura de que eran los que crecían en el jardín de Braeside, Susan imaginó el gran macizo cuadrado cubierto por una maraña de tallos tronchados. Louise adoraba sus bulbos y la acción de Bob al tronchar aquellas flores recordó a Susan lo que había oído en una ocasión a los jardineros de lady Jane Grey: que se habían podado las copas de todos los robles de su finca cuando la asesinaron. De esto no dijo nada a Bob. Al principio le resultó violento verlo allí y se preguntó si estaría arrepentido por su falta de circunspección del viernes por la noche. Sin embargo, él no mostró embarazo alguno, aunque su actitud hasta que Doris los dejó solos fue reservada.
–Pensaba que se había ido –dijo Susan–. No de vacaciones exactamente sino para cambiar de aires.
–No se me ocurre adonde podría ir. Fui con ella a todos los lugares a los que he querido ir. –Cogió un jarrón y arregló los narcisos, pero torpemente para un hombre tan elegante, apiñando los tallos y partiendo los que eran demasiado largos–. Estoy mejor aquí –dijo, y cuando Doris asomó la cabeza por la puerta con una radiante sonrisa, agregó–: Tengo muchas cosas que hacer.
–No tiene usted suerte con las vacaciones, de todos modos –dijo Doris–. Recuerdo que el año pasado Louise estaba enferma y usted iba en aquel barco que se hundió. –Bob no dijo nada, pero su rostro se ensombreció–. La pobre Louise tenía lo que tú ahora, Susan, y Bob tuvo que divertirse solo lo mejor que pudo. La pobre Louise dijo que las vacaciones se le arruinaron completamente. Oh, Dios mío, ¿prefieres que no hable de ella, Bob?
–Pues sí, por favor –respondió Bob con los dientes apretados.
Se sentó en la cama de Susan ocultando a duras penas su impaciencia mientras Doris seguía parloteando sobre la negativa de Paul a lavarse los dientes y su insistencia en guardar el reloj nuevo bajo la almohada.
–Gracias a Dios que se ha ido –dijo Bob cuando por fin se cerró la puerta–. ¿No la vuelve loca?
–Es una buena amiga, Bob, sumamente amable.
–No se pierde nada de lo que pasa en esta calle. Ese perro suyo casi me volvió loco cuando vinieron los coches del funeral. –Soltó un triste suspiro y de repente Susan sintió por él lo que Bob parecía haber deseado todo el tiempo: solidaridad.
La compasión se adueñó de ella de tal modo que, de haberse encontrado bien, hubiera deseado tomarlo entre sus brazos y estrecharlo como podía abrazar a Paul. Esta idea la sorprendió. ¿Se le había ocurrido porque Bob parecía muy joven y vulnerable? Él era cuatro o cinco años mayor que ella. Por un momento Susan se sintió azorada.
Bob se acercó a la puerta, abrió una rendija y luego la cerró suavemente. Susan pensó que se movía como un gato. No, como algo menos doméstico, como una pantera.
–Se deshizo de esas cartas, ¿verdad? –Su voz tenía el tono deliberadamente despreocupado de quien pregunta una cosa de gran importancia, aunque secreta–. Esa basura de cartas de Heller –añadió–. Me dijo que las quemaría.
–Por supuesto que lo hice –contestó Susan, pero sufrió un sobresalto que volvió a provocar el zumbido en su cabeza, como si la fiebre le hubiese subido bruscamente. Había olvidado las cartas por completo. Le resultaban repugnantes, pensó, y tal vez en su mente se había producido lo que Julian llamaba un bloqueo psicológico. En ese momento, a pesar de lo que había dicho, sencillamente no recordaba si las había quemado o no. ¿Las habría echado a la chimenea en desuso y les habría prendido fuego con el encendedor antes, después o incluso durante las dos horas en que había estado dormida, en coma casi, soñando constantemente? ¿O aún estaban sobre la mesa expuestas a que Doris o la señora Dring las leyeran?
–Sabía que podía confiar en usted, Susan –dijo Bob–. Siento haberme puesto pesado la otra noche. –Cogió el libro que ella había dejado boca abajo–. ¡Vaya, estás hecha una intelectual! Cuando estoy enfermo lo único que me apetece es quedarme tumbado mirando por la ventana.
–Eso hice ayer. Estuve todo el día mirando a los obreros de ahí abajo.
–Un pasatiempo fascinante –replicó él con frialdad–. Vaya vida solitaria que llevas, Susan. Todos estos meses debes de haberte sentido muy sola y a mí no se me ocurrió pensarlo.
–¿Y por qué habrías de haberlo hecho?
–Vivo en la casa de al lado. Debí darme cuenta. Louise podría haberlo comprendido... –Hizo una pausa y agregó con voz cargada de ira sorda–: Pero estaba demasiado ocupada en sus asuntos. ¿O debería decir asunto a secas? ¿Cuántos años tienes, Susan?
–Veintiséis.
–¡Veintiséis! Y cuando estás enferma tienes que quedarte en un dormitorio de un barrio residencial sin nadie que te cuide y nada mejor que hacer que contemplar a unos obreros que cavan zanjas en la carretera.
Habría sido inútil explicarle que durante unas horas aquel dormitorio había sido un palco y los obreros, actores en un distante escenario de comedia. Bob era una persona muy real, prosaica, presa fácil de fuertes emociones, pero difícilmente el tipo de hombre que podía complacerse en la tranquila observación del comportamiento humano. Seguramente, dado su atractivo y su carácter extrovertido, rara vez había adoptado una actitud contemplativa. La miraba en ese momento con tal preocupación que Susan se preguntó por qué había llegado a pensar que era egoísta. Intentó reír, pero le dolía demasiado la garganta.
–No estoy sola todo el tiempo –dijo, y su voz se convirtió rápidamente en una especie de ronco gruñido–. Y Doris me cuida maravillosamente bien.
–Sí, ya me has dicho que es una buena amiga. Desearía que dijeras lo mismo de mí. Desearía que las cosas hubieran sido diferentes para que pudieras haberlo dicho de mí.
No hubo respuesta. Bob se marchó de repente y volvió acompañado de Paul, que llevaba aún su reloj bajo el borde de la manga del pijama.
–No puedo besarte, cariño. Estoy llena de microbios.
–Aquí no tienes reloj –dijo Paul–. ¿Te gustaría quedarte mi reloj? Sólo para esta noche.
–Es un ofrecimiento muy bonito, pero no me atrevería a privarte de él.
La expresión de alivio en el rostro del niño fue inconfundible.
–Gracias. Buenas noches entonces.
–Veamos si puedo levantarte. –Bob rodeó la cintura del niño con sus manos–. Has crecido mucho. Apuesto a que pesas una tonelada.
Susan se sorprendió levemente, con tristeza, al ver aquel rostro duro y amargo volverse tierno de repente. Bob no tenía hijos, pero ahora... Sin duda volvería a casarse. Quizá porque era demasiado pronto para tener tales esperanzas para él, la idea resultó vagamente desagradable.
Paul dejó que Bob lo levantara, pero cuando intentó balancearlo en alto como si fuera un bebé, se debatió y lloriqueó:
–¡Bájame! ¡Bájame!
–Vamos, no seas antipático. –Susan estaba cansada. Deseaba que se fueran todos y la dejaran sola. Paul tardaría mucho en dormirse esa noche. Que Bob pensara que su hijo protestaba porque no le gustaba que le trataran como a un bebé; ella sabía que había otra razón más recóndita.
–Buenas noches, Susan. –El rechazo no lo había turbado lo más mínimo. Le dedicó aquella sonrisa suya adolescente que a ella le hacía olvidar la hosquedad que podía mostrar su rostro al ensombrecerse. Era una sonrisa franca, tranquila, casi zalamera. Susan pensó que le había hecho aquellas gracias a su hijo para complacerla a ella más que por apego real a los niños.
–Buenas noches, Bob. Gracias por las flores.
–Volveré pronto –dijo él–. No creas que no volverás a verme. –Estaban solos. Bob se dirigió a la puerta y vaciló–: Has sido mi tabla de salvación, Susan. Una luz en la oscuridad.
Apenas una semana antes Susan estaba dispuesta a cualquier cosa por evitarlo; ahora le pareció una conducta cobarde e impensablemente cerril. Lejos del egoísmo que le atribuía, Bob era amable, atento, impulsivo, todo lo que Julian no había sido. Pero no veía por qué había de compararlo con Julian –eran completamente diferentes en aspecto, en temperamento, en la manera de comportarse con ella–, a menos que fuera porque su ex marido era el único hombre al que conocía de verdad.
Cuando la repetitiva cantinela –el «tic-toc, tic-toc» que sonaba suavemente en el dormitorio de Paul– cesó, Susan se puso la bata, comprobó que su hijo se había dormido y bajó la escalera. Tenía las piernas flojas y cada paso provocaba un dolor punzante que le recorría el cuerpo hasta la cabeza.
La sala de estar estaba más limpia de lo que la señora Dring solía dejarla. Los ojos de Susan se dirigieron inmediatamente a la mesita del café donde recordaba haber visto las cartas de Heller por última vez, pero sólo había un cenicero limpio sobre la pulida superficie circular. Se movió lentamente por la habitación, deteniéndose para hojear una pila de revistas, abriendo cajones. Así debía de sentirse un buceador, pensó Susan, llevándose una mano a la frente, luchando por abrirse paso a través de una neblina entorpecedora y nada familiar. El aire de la sala parecía más pesado, le impedía mover los miembros.
A Doris le hubiera encantado leer aquellas cartas.
Era imperdonable tener semejante idea de una amiga tan amable. Además, Doris no las hubiera sacado jamás de aquella casa. Susan apartó la pantalla de la chimenea y miró la parrilla. No había cenizas de papel sobre las barras limpias.
A pesar de todo, debía de haberlas quemado. Al retrotraerse hacia aquellas horas febriles y delirantes, casi se convenció de que recordaba haber sostenido las cartas en la chimenea y haber contemplado cómo la llama de su encendedor devoraba las hojas y con ellas las palabras de Heller. Lo veía con tanta claridad como podía imaginar a Doris limpiando la parrilla, recogedor y cepillo en mano.
Su alivio alcanzó una paz de espíritu casi completa y si volvía a temblar convulsivamente era sólo porque seguía enferma y había desobedecido las órdenes del médico de quedarse en cama.


10

La voz suave e insinuante al otro lado de la línea era particularmente pertinaz.
–Bernard tenía tan buena opinión de ti, David. Hablaba de ti a menudo. Sería una pena que perdiéramos el contacto y sé que Carl quiere volver a verte. A los dos nos desilusionó que no pudieras quedarte a cenar el viernes, así que he pensado que podrías venir otro día. ¿Mañana te parece bien?
–Me temo que no podrá ser.
–¿El martes entonces?
–Esta semana no puedo ningún día. Te llamaré, ¿de acuerdo? –David dijo adiós con firmeza y colgó para volver a la habitación desordenada y atestada –pero interesante– que llamaba estudio, para pensar en ello.
Magdalene tenía el rostro como el de la Maja desnuda de Goya, con los labios carnosos y sensuales. No le atraía. David siempre andaba a vueltas con el parecido entre sus contemporáneos y personas a las que habían retratado largo tiempo atrás. Las paredes de su estudio estaban cubiertas de retratos: reproducciones de Ganimedes, postales de galerías de arte, recortes de suplementos dominicales a color. La María Antonieta de Vigée-Lebrun estaba allí, pegada con celofán junto a El Papa de El Greco; El hombre de los guantes de Tiziano estaba enmarcado, lo que era mucho más de lo que había otorgado a sus campesinos de Van Gogh o a la propia Maja desnuda.
Una mujer especialmente incoherente, se dijo, y no estaba pensando en la de Goya. La noche anterior a la muerte de su marido se había mostrado hosca con él y francamente consternada al verlo en El Hombre de la Máscara de Hierro. De pronto, después de cinco minutos de envarada amabilidad por su parte y réplicas distraídas por la de ella, Magdalene había cambiado de personalidad completamente, volviéndose dulce, seductora y efusiva. ¿Por qué?
Se dice que no hay hombre que se resista a una mujer bonita que se arroje en sus brazos. La naturaleza masculina es tal que el hombre sucumbe, incrédulo ante su buena suerte. Y si no ha sido él quien se ha insinuado, se felicita –al tiempo que desprecia a la mujer– por su irresistible encanto. Pero esto no ocurre casi nunca, se dijo. A él no le había ocurrido. No había tenido la menor dificultad en resistirse. Desde un principio se había sentido desconcertado.
A pesar de todo, nada hubiera hecho al respecto. Habría desterrado el incidente a un rincón de su cerebro junto con otros misterios de la vida aparentemente irresolubles. Las personas eran peculiares y la naturaleza humana un rompecabezas eterno. Era preciso aceptarlo así.
Pero ella le había telefoneado, le había hablado como una vieja amiga que tenía la esperanza y motivos más que suficientes para que esa esperanza se convirtiese en algo más. La perplejidad de David, que había empezado como una difusa inquietud, creció hasta apartar todo lo demás de su mente. Por más vueltas que le daba una y otra vez, repasando los acontecimientos del viernes por la noche, la única justificación que hallaba a la conducta de Magdalene era suponer que estaba loca, pero sabía que esa conclusión era el resorte perezoso y cobarde al que recurría una imaginación pobre. Tal vez estuviera loca, pero tenía que haber una lógica en su locura. Las viudas jóvenes no se metían en un pub del West End el día en que se celebraba el juicio por la muerte de su marido; no se ponían pantalones y suéteres ceñidos y, sobre todo, no se insinuaban de forma inexplicable a conocidos casuales sin mediar provocación.
Magdalene le había dicho que estaba citada con alguien y él no creía que ese alguien fuera una mujer. Luego recordó al hombre que había entrado, que la había mirado fijamente, vacilando, antes de marcharse apresuradamente. La actitud de Magdalene hacia David había cambiado en ese preciso momento.
De repente, David supo con toda certeza que Magdalene estaba citada con aquel hombre. Tenían que verse en aquel pub, pero su cita debía guardarse en secreto. ¿Por qué, si no, había pasado por alto las necesarias presentaciones, negándose a reconocer aquel rostro que, ahora lo recordaba David, en un primer momento tenía una expresión de satisfacción, de grata expectación? Magdalene lo conocía. Adivinando que había despertado la curiosidad de David, había montado la escena del coche para cegarlo, para seducirlo y, en última instancia, para hacerle olvidar lo que había visto.
Debía de ser muy importante para ella, se dijo David, y recordó su parloteo nervioso y la premura de las caricias de su mano. ¿Le había retenido Magdalene en el pub después de que el hombre saliera porque, habiendo él especulado sobre su identidad, podría haberlo buscado con la vista en la calle y, viéndole el rostro a la luz del día, haberlo reconocido? Pero, que él supiera, no tenía amigos comunes con los Heller. ¿Cómo habría podido reconocer a un amigo de Magdalene? Y suponiendo que lo reconociera, ¿por qué le importaba tanto a ella?

De repente hacía demasiado calor para encender el fuego, incluso en el exterior. Los obreros habían llevado un infiernillo a la obra y el chico ponía el agua a hervir para el té dentro de la caseta. Por primera vez el hombre del jersey azul trabajaba en la superficie, como atraído por el buen tiempo, y también por primera vez Susan lo vio erguido.
Le sorprendió comprobar que era bastante bajo, o más bien corto de piernas. Tal vez fuera la longitud de su torso lo que la había engañado. Susan tuvo la fuerte impresión de que asociaba a aquel hombre con una elevada estatura, pero no sabía por qué.
Después se le ocurrió que en una ocasión anterior lo había visto caminando por el jardín de Louise el día de su muerte y ahora, al recordarlo, la impresión de un hombre mucho más alto se reforzó y se hizo más vivida. Desde luego aquel hombre medía su metro ochenta y era menos corpulento que el obrero de jersey azul que mostraba una cintura gruesa y una espalda fornida cuando manejaba el pico.
La explicación debía de radicar en que en aquel momento había más de tres obreros trabajando en la carretera. Al presentarse con los narcisos, Bob había hablado de cuatro o cinco hombres, y sin duda él estaba mejor informado sobre el asunto que ella, que apenas los había mirado hasta que la enfermedad los había puesto por fuerza en primer plano.
La enfermedad empezaba a remitir y a mediados de la semana siguiente Susan había perdido el interés por los obreros. Sus acciones carecían ya de novedad, o la exigencia de ella en cuanto a entretenimiento, reducida antes por la fiebre, había aumentado. Leyó a Proust sin distracciones, ni siquiera por culpa del estrépito de la taladradora.
–El señor North ha pasado por aquí y le ha dejado unos cuantos libros. –La señora Dring depositó un montón de revistas nuevas sobre la cama–. Creo que esta enfermedad suya ha sido lo mejor que podía pasarle al señor North. Le ha sacado de su ensimismamiento, le ha impedido darle vueltas siempre a lo mismo. Volverá esta noche, ¿verdad? Tenga cuidado con las vecinas, no se pongan a hablar. Esa señora Gibbs tiene la lengua más larga que el brazo.
–Tonterías –replicó Susan con malhumor–. Usted misma ha dicho que sólo viene para tener algo en que ocuparse.
–Y es de la clase de hombre que sólo piensa en las mujeres. No ponga esa cara. No hay nada malo en eso. Los hombres son así. Mi marido es diferente, pero no hay más que uno como él entre un millón, siempre lo he dicho. Y hablando de hombres, si va a empezar a sentarse, será mejor que tenga cuidado de que esos de la carretera no la vean en camisón.
Las maneras de la señora Dring eran más las de una vieja niñera que las de una asistenta. Susan dejó que corriera las cortinas hasta la mitad y aceptó, encogiéndose de hombros dócilmente, la mañanita que la señora Dring arrojó sobre la almohada.
–¿Cuántos obreros hay, señora Dring?
–Esos tres.
–Creí que había cuatro o cinco la semana pasada.
–Nunca ha habido más de tres –afirmó la señora Dring–. Era la fiebre que le hacía ver doble. Siempre ha habido tres.

Magdalene Heller volvió a telefonear a David el miércoles por la noche. Se sentía muy sola, dijo, y apenas conocía a nadie más que a Carl.
–¿Y la persona que estaba esperando en el pub?
–Apenas la conozco.
–Más que a mí, sin duda. –¿Se daba cuenta Magdalene de lo que había dicho? David murmuró una rápida despedida.
La voz de ella después de pronunciar la frase fatídica parecía estupefacta. No había en ella el miedo a que se descubriera una aventura clandestina; no era el miedo a un escándalo. David percibía que estaba aterrorizada. Había supuesto correctamente la fuente de su miedo, de su súbito cambio de humor y sus insinuaciones, y se sintió encantado; no volvería a molestarle.
Por supuesto, en el tribunal se había presentado como el paradigma de la mujer engañada. Sería gracioso que también ella tuviera un amante. David recordó que había pensado en que iba a encontrarse con un hombre al verla entrar en el cine. Se le ocurrió que sería una buena idea leer el artículo sobre la audiencia probatoria para enterarse de lo que había dicho ella.
Desempolvó el viejo periódico –siempre guardaba los periódicos varias semanas hasta que los ataba en un paquete y los ponía sobre su diminuto cubo de la basura–, pero el artículo era breve y apenas se citaban las palabras de Magdalene. Encogiéndose de hombros, dobló de nuevo el periódico y entonces una fotografía de la primera página del Evening News del miércoles anterior atrajo su mirada. El pie decía: «El señor Robert North y su esposa Louise, a la que hallaron muerta con Bernard Heller, un vendedor de treinta y tres años de edad. La fotografía se tomó durante las vacaciones de los North en Devon el año pasado. (Sigue en pág. 5.)»
David entornó los ojos para examinar el rostro de la fotografía. Luego buscó rápidamente la página 5. «Ni siquiera había oído el nombre de Heller –le había dicho North al juez instructor– hasta que una persona de la calle en que vivo me dijo que el representante de Equatair había visitado mi casa repetidas veces. Jamás le vi hasta su muerte y desde luego no sabía que era un hombre casado.»
Pero seis horas más tarde había entrado en un pub del Soho donde se había citado con la viuda de ese hombre.

Una de las columnas semanales de Certainty era una especie de diario escrito enteramente por Julian Townsend bajo el título de «Acontecimientos». En realidad, como a Julian le acontecían muy pocas cosas y era perezoso por naturaleza, el diario consistía más bien en un batiburillo de sus opiniones más que en la descripción de unos acontecimientos a los que él hubiera asistido. Solía haber siempre alguna guerra local sobre la que Julian pudiera condenar o aconsejar negociación o arbitrio; alguna ley que se debatiera en el Parlamento y que le enfureciese; algún político cuyo estilo de vida le molestara y le ofreciera la ocasión de sembrar discordia. Cuando, como sucedía a veces, se producía algún tonto y extravagante evento cultural, Julian lanzaba a los cuatro vientos sus vituperios contra tradiciones y viejas instituciones, escupiendo veneno sobre la familia real, la Iglesia de Inglaterra, las carreras de caballos, las comedias musicales y las leyes sobre licencias para vender bebidas alcohólicas.
Aquella semana la columna de «Acontecimientos» aparecía como de costumbre encabezada por el nombre de Julian en grandes letras y, debajo, el rostro ceñudo del editor. La frente alta y llena de arrugas, perlada por el sudor del intelecto, las gafas redondas de montura metálica y la boca desdeñosa eran familiares a David como lector asiduo de Certainty, y no se fijó en él. Una amiga suya, una actriz de televisión llamada Pamela Pearce, afirmaba conocer al editor de Certainty y de vez en cuando amenazaba a David con presentárselo, pero hasta entonces había evitado el encuentro, prefiriendo conservar sus ilusiones. Era imposible que Townsend fuera tan pomposo, terco y pedante como sus artículos daban a entender. David tenía la sensación de que perdería su interés por «Acontecimientos» si el escritor resultaba un hombre modesto.
Había siempre referencias a la comida y ese día Julian dedicaba toda la primera columna a dar recetas de platos de carne y puddings afrodisíacos, con referencias eruditas a Norman Douglas, y la mitad de la segunda a criticar violentamente la comida que le habían servido en un hotel rural mientras pasaba el fin de semana con sus aristocráticos suegros.
David siguió adelante con una sonrisa. Al parecer el tipo pensaba llenar el resto de su artículo con una diatriba contra los barrios residenciales de Londres. «Acontecimientos» no era el nombre apropiado para aquella fuente de vitriolo. «La Inglaterra rural castrada por la herramienta para hacer zanjas, la taladradora neumática», leyó David con regocijo. Desde el campo asolado, Julian se dirigió a toda velocidad hacia la metrópolis: «Matchdown Park, donde no pasa un mes en que no se derribe una joya más de la arquitectura georgiana...»
Qué extraño. Años sin que se mencionase Matchdown Park y de pronto aparecía continuamente en los periódicos. A David le sorprendió que Townsend viviera allí, pero era evidente. «El conocimiento de quien esto suscribe –concluía el párrafo– se basa en una estancia de cinco años en el lugar.»
David cogió la guía azul de la S a la Z y allí estaba: Julian M. Townsend, 16 Orchard Drive, Matchdown Park. Vaciló, mientras reflexionaba, pero cuando empezó a marcar no fue el número de la guía.
–¿Julian Townsend? –dijo Pamela Pearce–. Pues has tenido suerte, cielo. Mañana por la noche voy a una fiesta a la que también asistirá él. ¿Por qué no me acompañas?
–¿Irá con su mujer?
–¿Su mujer? Supongo. Nunca va a ninguna parte sin ella.
Una tal señora Susan Townsend había encontrado el cadáver de Heller, y vivía en la casa contigua a la de los North en Orchard Drive; lo decía el periódico. Tenía que ser la misma mujer. David no sabía qué le diría cuando se conocieran, pero sería fácil derivar la conversación hacia la tragedia de los North. Para ella debía de ser aún un tema de interés. Había sido amiga de la señora North. ¿No decía el periódico que precisamente aquella mañana había ido a verla? Ella sabría si North y Magdalene Heller se conocían antes de la audiencia probatoria y, dado que también se hallaba en el tribunal, podría decirle si se habían malinterpretado las afirmaciones de North («Ni siquiera sabía que era un hombre casado», y todo lo demás), o si, cuando se oían en su contexto, podían interpretarse de forma distinta, inocente. Si se mostraba comunicativa, la señora Townsend podía sosegar su espíritu.
Porque en aquel momento estaba más que inquieto y agitado. North se había citado con Magdalene en El Hombre de la Máscara de Hierro seis horas después de la audiencia, lo que podía explicarse sin que eso significara que le había mentido al juez. Pero si era cierto lo que David sospechaba, North había mentido descaradamente y no tenía justificación.
Se habían citado allí, eso seguro. ¿Era la primera vez?


11

–Es una verdadera lástima cómo se estropean los suelos –decía la señora Dring, que estaba a cuatro patas–. En este parquet hay unos agujeros en los que cabría el dedo.
Los tacones de Louise, pensó Susan con una punzada de angustia. Seguramente no se arreglaría nunca, pero al menos el nuevo propietario no sabría cómo se habían hecho. Sobre ese comprador en perspectiva Susan tenía grandes esperanzas, pues, una vez reestablecida, su primer pensamiento había sido para llamar al agente inmobiliario. Contemplaba con interés cómo limpiaba la señora Dring pequeñas huellas de pisadas cuando ésta dijo:
–Esperemos que no tengamos que ver ya más lodo. ¿Sabía que han acabado la carretera por fin? Anoche esos tres rellenaron el agujero que tenían ahí. ¡Menudo alivio!
Así pues, Susan había visto el último acto de su obra. Se sentó frente a la máquina de escribir, preguntándose por qué habían cavado aquella serie de zanjas y si la vida en Matchdown Park se estancaría sin el ritmo monótono de las taladradoras y el cambio de aquellos cables vislumbrados. Su capacidad para concentrarse y razonar normalmente, redescubierta en los dos últimos días, le proporcionaba un extraordinario placer. Le parecía que su enfermedad marcaba el fin de un período negro de su vida; enfermedad durante la cual había cobrado nuevos bríos, decidido marcharse de Matchdown Park y encontrado un amigo en Bob North.
Pero mientras trabajaba, felicitándose por su recuperación, un leve asomo de duda se introdujo en su mente. Por alguna razón desconocida le preocupaban los recuerdos de los obreros, y aunque debería compartir el alivio de la señora Dring por su marcha, sentía en cambio un extraño desaliento.
Siempre habían sido tres hombres, insistía la señora Dring, y sin embargo ella había visto a un cuarto en el jardín de Louise cuando ésta yacía muerta junto a Heller. Ese cuarto hombre había llamado a la puerta trasera de Louise –la señora Dring le había oído– y luego se había marchado, no para unirse a los otros sino solo, alejándose por la carretera. Al revivir la escena, levantando la mirada de lo que escribía, que se había vuelto borroso, Susan recordó claramente que los otros tres, el mayor, el del jersey azul y el chico, estaban en la zanja mientras él se paraba un momento, encapuchado y anónimo, para calentarse las manos junto al fuego.
–Señora Dring. –Susan se levantó sintiendo un leve mareo, secuela de la gripe–. Acabo de recordar algo inquietante. Supongo que estaba cogiendo la gripe cuando fui a la audiencia probatoria, pero... pero me preguntaron si había visto a alguien llamar a la puerta de al lado esa mañana y yo dije que no. Dije... –Se detuvo, horrorizada por la curiosidad que parecía casi hambre en el rostro inmóvil de la señora Dring.
–Bueno, y no vio a nadie, ¿no?
–Lo había olvidado. Ahora ya no importa. Ya se sabía cuál iba a ser el veredicto, pero... –Se mordió el labio, no por lo que había dicho sino porque se lo había dicho a aquella mujer, aquella transmisora de malicia, aquella perturbadora taimada que no tenía una palabra amable para nadie que no fuera su marido. Luego consiguió esbozar una sonrisa de circunstancias y, convenciéndose de que cambiaba de tema, dijo–: Tendrá ocasión de dejar bien los suelos ahora que Paul no traerá más lodo en los zapatos.

Ginebra y ese «algo gaseoso» que siempre le gustaba añadir, tazas de café en una bandeja, los narcisos que quedaban dispuestos en un jarrón... Susan sólo había realizado estos preparativos en una ocasión anterior, pero ya se estaban convirtiendo en un ritual. Bob llegaría tarde –tenía llamadas de trabajo que hacer y no podría reunirse con ella hasta las diez–, pero ella ya había dejado de acostarse temprano. Tenía algo por lo que quedarse levantada.
–Aquí hace siempre un calor tan agradable, Susan –dijo Bob cuando entró en la sala de estar–. La calefacción es una maravilla. No sé por qué no la he hecho instalar hace años.
Susan volvió el rostro para ocultar el sonrojo, pero, aunque era consciente de la incorrección cometida por Bob, sintió una gran alegría. Con aquellas palabras acababa de demostrarle que la muerte de Louise seguía fresca en su mente, pero que las circunstancias que le habían conducido hasta ella iban desvaneciéndose. ¿Sería correcto molestarle ahora con la pregunta que había estado pensando hacerle? En sus conversaciones apenas habían hablado de otra cosa más que de Heller y Louise; no obstante, Susan dudaba, esperando a que él empezara como siempre, obsesivamente, a repasar cada detalle de su amor y su muerte.
Sintió gran alivio cuando en cambio él le preguntó con tono ligero si conocía a alguien que pudiera hacerle la limpieza de la casa.
–Tal vez la señora Dring, mi asistenta. Se lo preguntaré.
–Con todo lo que has hecho por mí, y aquí me tienes, pidiéndote más favores.
–Éste es muy pequeño. Tal vez ella no pueda.
–No sé por qué, creo que podrá si se lo pides tú. Eres una de esas personas que hace que las cosas salgan bien. Sabes, durante esta semana he estado pensando que si nos hubiéramos molestado en conocerte, si tú y Louise hubierais sido amigas, nada de todo esto habría sucedido.
Ya estaban de nuevo con el tema de siempre.
–Si realmente tengo tanto poder –dijo Susan, con voz cada vez más apremiante–, si es verdad que puedo hacer que las cosas salgan bien, me gustaría empezar por decirte que lo dejes, Bob. Intenta olvidarlo, dejarlo atrás.
Bob le cogió ambas manos entre las suyas fuertes y cálidas. Para ser ella la que consolaba, el seguro refugio, se sentía de pronto extrañamente débil y decaída.

Pamela Pearce era una rubia menuda y atractiva con afición al brillo. La mayoría de sus prendas eran de materiales entrelazados con hilos metálicos; le gustaban las lentejuelas, cuentas y remaches, cualquier cosa que lanzara destellos. Esa noche vestía de lame y brillaba como un pez dorado en aguas turbulentas en contraste con el empedrado y los grises muros de piedra de South Kensington.
–¿No sería mejor que me dijeras quiénes son mis anfitriones? –sugirió David mientras cerraba el coche–. No quiero sentirme como un intruso.
–Greg es uno de esos fotógrafos de sociedad. Seguro que has visto esas preciosidades que hizo de la princesa Alexandra. Su mujer se llama Dian y es absolutamente encantadora. Te enamorarás perdidamente de ella. Créeme, verla es adorarla.
El problema fue que David no pudo asegurar que la hubiera visto. Difícilmente podía enamorarse de ella, puesto que nadie se molestó en presentarle a nadie y, cuando se llevaron a Pamela por la estrecha escalera, se encontró solo en una isla de moqueta, rodeado por espaldas indiferentes. Pronto se abrió paso entre espaldas cubiertas por chaquetas de seda y espaldas medio desnudas, moviendo los brazos como un nadador haciendo braza, para acabar en una silla con respaldo de lira. A su espalda había un biombo peligrosamente lleno de velas encendidas que dejaban caer su cera sobre una improvisada barra de bar.
Durante varios minutos nadie se fijó en él y Pamela no reapareció. Entonces oyó una voz a su espalda que le decía incomprensiblemente:
–¿Cree que podría tomarse una copa?
David miró por encima del hombro, primero al joven de cabellos amarillos que se había dirigido a él y luego la barra donde había un cuenco lleno de un pálido líquido dorado en el que flotaban cerezas y trozos de pepino. Antes de que pudiera contestar que no lo haría por nada del mundo, el joven había sumergido el cucharón y llenado un vaso.
Sabía a zumo de frutas preparado en un frasco de jarabe para la tos. David dejó el vaso detrás de una fuente de canapés de anguila ahumada, observando que al parecer todo el mundo había rehuido la copa.
La habitación era demasiado pequeña para acomodar a tanta gente; sin embargo, los invitados habían conseguido apiñarse en grupos aislados. El mayor de ellos tenía como núcleo a un hombre alto con una frente enorme. Estaba debajo de la lámpara central, que le hacía destacar eficazmente. David no tuvo dificultad en reconocer a Julian Townsend.
La boca remilgada del editor se abría y se cerraba sin parar mientras gesticulaba ampulosamente con una mano que sostenía una empanadilla de salchicha. Lo rodeaban cinco mujeres absortas en sus palabras.
Una de ellas debía de ser su esposa, se dijo David, la vecina inocente de la amante de Heller, la que había encontrado a la pareja muerta. Había una morena escultural que fumaba un cigarro, dos rubias casi idénticas, una adolescente vestida de marrón y una dama de edad que sin duda tenía la intención de pasar el resto del fin de semana en el campo, porque llevaba un traje de mezclilla, leotardos y botas altas. A Pamela no se la veía por ninguna parte, a pesar de que oía sus risitas agudas de vez en cuando en el piso de arriba. David sintió cierto fastidio. A menos que se presentara a sí mismo como lector y seguidor suyo, no se le ocurría el modo de hablar con Townsend sin la ayuda de Pamela.
Al cabo, la adolescente se separó del círculo de aduladoras y se dirigió a la barra improvisada. Sus movimientos tenían la decisión rápida y enteramente egoísta de la extrema juventud y, para evitarla, David retrocedió hacia el biombo de bambú.
–¡Por Dios, un poco más y se quema el pelo! –El camarero de cabellos amarillos le había cogido por el brazo y David se apartó de las velas.
–Gracias –dijo con el rostro a unos centímetros del de la chica.
–Necesita a alguien que cuide de usted, ¿verdad? –dijo el camarero–. Me pone nervioso verlo perdido y solo. Recógelo bajo tu ala, Elizabeth, por favor.
Tras rehusar el ponche y servirse coñac, la chica dijo audazmente:
–Soy Elizabeth Townsend. ¿Cómo se llama usted?
–David Chadwick. –Se había quedado estupefacto y tal vez se le notara.
Con un vestido muy corto sin forma, del color y la textura del pan integral, y los cabellos castaños largos y despeinados, la señora Townsend parecía una chica de diecisiete años. Acostumbrada sin duda a la compañía de hombres a los que no faltaban jamás las palabras, lo miró con incredulidad.
–Tengo entendido que vive usted en Matchdown Park –se oyó decir David con el mismo asombro anhelante que podía experimentar cualquiera para preguntar a un conocido si tenía un apartamento en Hampton Court.[2]
–Dios mío, no. ¿De dónde ha sacado esa idea?
–Lo he leído en Certainty –replicó David–. ¿Es usted la señora de Julian Townsend?
–Desde luego que sí. –Parecía ofendida, pero después su ceño, debido a la impaciencia y a algún desaire imaginario, se despejó–. Ah, ya comprendo. Se le ha escapado un detalle. –El desconcierto de David era evidente–. Es de su ex de quien está hablando, de mi... bueno, ¿cómo la llamaríamos? Esposa política podría servir, ¿no cree? –Se rió alegremente de su propio chiste–. Ni arrastrándome con caballos salvajes me llevarían a Matchdown Park. –Lanzó esta frase con violento desafío, pero casi antes de que pronunciara las palabras, su expresión sufrió un cambio brusco y adoptó una ligera concupiscencia–. ¿Por qué lo pregunta, por cierto? ¿Ha pensado en vivir allí?
–Tal vez –musitó David, dudando del rumbo que tomaría la conversación. Jamás había conocido a una mujer tan brutalmente directa ni menos tímida. Se preguntó en qué se basaría semejante confianza en una persona tan regordeta, vulgar y carente de atractivos.
–Mi esposa política... –Elizabeth sonrió con agrado ante la expresión recién inventada–. Mi esposa política quiere mudarse, así que Julian tiene que ocuparse de la casa de Matchdown Park. Es una casa muy buena. –Parecía haber olvidado que dos minutos antes había repudiado la zona con un escalofrío–. Julian quedaría absolutamente encantado si le encuentro un comprador.
La casa contigua a la de los North, habitada por la mujer que los conocía, que había hallado el cadáver de Heller. Las velas llameaban tras la cabeza de David y sus reflejos, elevados, humeantes, de un tono amarillo pálido, danzaban en el vaso de Elizabeth Townsend.
–¿Cómo es de grande? –preguntó cautelosamente.
–Venga y le presentaré a Julian. Él se lo dirá todo. –Le cogió por el brazo y sus dedos, apremiantes y casi afectuosos, se hundieron en el codo de David–. ¡Julian, cierra la boca un momento! ¡Escucha, he encontrado a un tipo que quiere vivir en Matchdown Park!

Susan no había advertido a Paul de que Bob iba a visitarla esa noche. No quería que el niño se despertara y oyera la voz de un hombre abajo, con todos los miedos y fantasías que poblaban su cabeza. En su mundo, en aquel momento los hombres que visitaban a las mujeres solitarias llevaban armas...
Murmurando una excusa, Susan subió al dormitorio de Paul, lo arropó de nuevo, devolvió su reloj a un lugar más seguro sobre la mesita y bajó dejando su luz encendida. Se hallaba a mitad de la escalera cuando sonó el teléfono.
–¿Verdad que aún no has vendido la casa? –La voz de Julian tenía un entusiasmo nada natural con un fondo de música y risas.
–No es fácil –replicó Susan ásperamente.
–Eso pensaba. Pero no te preocupes. Ahora dime, ¿tienes algo que hacer el lunes por la noche?
Susan ya no lo amaba, pero era horrible que le hiciera esa pregunta el hombre que antes había sido su marido.
–¿Por qué?
–Le he dicho a un tipo que puede ir a ver la casa. Un tal Chadwell, Challis, algo así. En realidad está aquí conmigo. Bueno, no exactamente conmigo, pero estamos todos en casa de Dian y Elizabeth se lo ha encontrado.
–Ya imaginaba que estarías ahí. Apenas te oigo con todo ese jaleo. ¿Cómo está Dian?
–Tan encantadora como siempre.
–¿A qué hora quiere venir ese hombre? –preguntó Susan después de tragar saliva.
–Hacia las ocho. Por cierto... –Julian bajó la voz hasta un murmullo apenas audible–. Yo no mencionaría ese peculiar asunto de los vecinos. Podría disuadirlo.
–Julian, eres más ingenuo de lo que pensaba si crees que alguien podría comprar esta casa con todo lo que eso conlleva sin enterarse del suicidio de Louise. –Susan se interrumpió horrorizada. Todas las puertas estaban abiertas y Bob debía estar oyéndola. Demasiado tarde–. ¡Oh, Julian! –dijo exasperada.
–A lo mejor no lo descubre –replicó Julian– hasta que tenga el contrato firmado. No me digas que la perspectiva de cinco mil libras te deja indiferente. Ahora tengo que volver a la fiesta. Supongo que tú estarás sola.
–A decir verdad no. Estoy con un amigo, así que, si me disculpas, Julian, será mejor que vaya a reunirme con él.
Bob permanecía sentado en el mismo sitio con la expresión de perplejidad de quien no ha podido evitar oír una conversación privada, pero debe fingir por cortesía una sordera temporal.
–Lo siento –dijo Susan–. Supongo que me has oído.
–No he podido evitarlo. ¿Es que piensas mudarte, Susan?
–Este ambiente no es bueno para Paul y además... No estoy bien, el fin de semana pasado estaba casi histérica. Quería irme de aquí tan pronto como fuera posible, pero eso era antes de... –¿Antes de qué? ¿Qué había estado a punto de decir? Confusa, Susan volvió la cara. Esperaba que Bob terminara la frase por ella, pero su mirada era fría, analítica, calculadora.
–¿Cuándo crees que te irás?
–En cuanto sea posible –respondió ella sin inflexión en la voz, y luego se obligó a sonreír, reprimiendo su absurda decepción. ¿Cómo había llegado a suponer que aquel viudo, aquel alma casi perdida la visitaba porque empezaba a sentir algo por ella? Lo único que quería era un hombro sobre el que llorar y el suyo estaba disponible.
–Comprendo que quieras sacudirte el polvo de este lugar –dijo Bob–, dejar toda esta tristeza atrás. Pronto te olvidarás de Louise y de mí, ¿verdad? –Entonces, obsesivamente, olvidando que quizá lo había dicho ya una docena de veces, empezó a repasar paso a paso cada palabra, acción y recelo que le habían llevado a sospechar de la aventura de Louise y volvió a hurgar en las circunstancias de su muerte.
–Bob –dijo Susan con aspereza–, tienes que olvidarlo de una vez. Acabarás volviéndote un neurótico. ¿Qué esperas conseguir con eso? Los dos están muertos. Todo ha terminado. –Bob la miró sorprendido y Susan, de pronto, se preguntó por qué estaba tan obsesionado con la muerte de su mujer, cuando otro hombre se hubiera hecho el valiente ante los demás. Un escalofrío de nerviosismo le recorrió la espina dorsal–. No será porque..., no será porque dudas de que fuera un suicidio, ¿verdad?
Bob no replicó. Sus ojos azul oscuro estaban velados y su rostro se volvió tan inexpresivo que la luz de la lámpara pareció reflejarse en una máscara de bronce.
A Susan le habían asustado sus propias palabras y pensó que hubiera sido mejor callarlas. No tenía en qué basarse para decirlas, tan sólo una vaga inquietud que durante ese día y el anterior le había hecho detenerse a veces como en un sueño o subir al piso de arriba para mirar sin motivo por la ventana.
–Es sólo que mientras estaba enferma... –Susan se ruborizó. ¿Era así como se sentía Doris cuando metía la pata?–. Había una o dos cosas –prosiguió–, una o dos cosas extrañas que me hicieron pensar.
–Delirabas.
–Vamos, no estaba tan enferma.
–No quisiera creer en eso que sugieres... No podría soportarlo... Susan, fue con el arma de él, hallaron huellas de pólvora en su mano. ¿Cómo podría haber...?
–Si tú no lo crees –dijo Susan–, desde luego no puede haber ninguna duda. –Susan se sintió enferma porque Bob se había puesto de pie. Ella le había consolado, pero ahora debía de considerarla igual que todos los demás por despertar en él más inquietudes y usarlo como objeto de especulación. Bob salió al recibidor sin decir palabra y se plantó en el lugar donde los tacones de Louise habían estropeado el parquet.
–Bob –dijo Susan, avanzando hacia él.
–¿Qué?
–Deliraba; no hagas caso de lo que he dicho.
Bob le apoyó la mano en el hombro, se inclinó y le rozó la mejilla con los labios. Parecía haber pasado una eternidad desde que la besara alguien que no fuera Paul, y al notar el leve tacto de su boca, imaginó oír las risas y la música de la fiesta de Julian, como si estuviera todavía al teléfono. Una soledad abismal y el deseo de poner fin a esa soledad a toda costa le hicieron coger a Bob de la mano y apretársela con fuerza.
–¿Me perdonas?
Él asintió, demasiado turbado aún para hablar. Susan le oyó alejarse rápidamente hacia Braeside, pero aunque, tras un horrible intervalo de vacío, también ella salió al jardín, no vio luces en la casa de al lado, donde las ventanas estaban siempre cerradas.


12

Los árboles que crecían en los rectángulos del pavimento eran los que a David menos le gustaban, cerezos y ciruelos ornamentales que no daban fruto. En aquel momento estaban en flor y David supuso que había elegido para su visita el único día del año en que Orchard Drive justificaba su nombre. Todos los capullos estaban abiertos, aún no había caído ningún pétalo y las flores le recordaban el papel crespón. Tras las masas de color rosa con aspecto de nubes, las farolas de la calle brillaban con frialdad.
David pasaba lentamente con el coche siguiendo la ruta que llevaba a Heller hasta su amante. Las casas parecerían grandes sólo a quienes tuvieran horizontes pequeños. No eran todas iguales –contó cuatro clases diferentes–, pero sí todas independientes, con garaje y jardín con césped o flores en la parte frontal. Pasó por delante de puertas pintadas de lila y otras pintadas de verde lima; observó aquí el pretencioso laurel y allá la pareja de fanales de carruaje fabricados en serie. No se oían gritos, ni los sones contenidos de la música; no había partido de fútbol que perturbara el silencio. Empezaba a comprender por qué ni siquiera unos caballos salvajes hubieran conseguido arrastrar a Elizabeth Townsend a vivir allí.
Como si fuera un caballo salvaje ella misma, o quizá un peludo poni Shetland, Elizabeth Townsend le había arrastrado hacia el grupo en que peroraba el editor de Certainty. Con el grito de «¡Hazme un favor, Minta!» y «¡Cuidado con las espaldas!» le había puesto sin ceremonias frente a las narices de su marido.
Julian Townsend enarcó las cejas y una mano desaprobatoria en dirección a su mujer.
–...Y esas gotas esenciales de cointreau –concluyó–. Son las que marcan la diferencia entre el vulgar potaje y la haute cuisine. Bien, ¿qué era lo que querías decir, querida?
Las aduladoras se alejaron poco a poco. Violento, David miró el rostro que cada semana provocaba un millar de cartas airadas. Un leve sudor brillaba en la frente bulbosa de Townsend, que se arrugó y se alisó nuevamente mientras su menuda esposa le presentaba a David incorrectamente.
–Una transacción privada sería estupenda, desde luego –dijo el gran hombre por fin–. Eso no quiere decir que piense venderla por menos de diez mil.
–No es un precio exorbitante hoy en día. Esta respuesta desenfadada dejó a Townsend fuera de juego momentáneamente. Era evidente que pensaba deprisa, consternado quizá por haber mencionado una suma tan mezquina. Pero tras unos segundos de movimientos en el rostro altanero, pareció abandonar esa línea al decir casi afablemente:
–Es una zona maravillosa, rus in urbe, ya sabe. La casa está en perfectas condiciones. ¿Conoce bien el distrito?
David, que lo había atravesado alguna que otra vez en el metro y que lo había oído mencionar a Bernard Heller en dos ocasiones, contestó que sí. Townsend le dedicó una sonrisa radiante.
–Creo que esto merece una copa. –No hizo ademán de ir a buscar las copas él mismo, pero una especie de telepatía entre él y la mujer llamada Minta hizo que ésta se alejara al trote y volviera con una bandeja de vasos de whisky. Townsend alzó su vaso y exclamó algo que sonó como Terveydekesenne!
Un brindis finlandés –explicó Minta con reverencia.
Después Townsend fue a buscar a Dian para decirle que necesitaba usar su teléfono.
–Espero que la compre –había dicho su esposa, enlazando su brazo en el de David–. Nos iría bien nuestra mitad de los diez mil. Déle recuerdos a la pobre Susan.
Bueno, ahora estaba a punto de conocer a la pobre Susan. Allí estaba la casa contigua a Braeside, la inocente Braeside de aspecto respetable en la que Heller había encontrado algo que su Magdalene de ojos verdes no podía darle y donde había introducido la muerte.
¿O había sido la muerte la que acudió a él?
Para eso, se dijo David, se suponía que había ido allí, para averiguarlo. Para perturbar aquel silencio que lo envolvía todo como un manto. Las flores pálidas y secas como papel le rozaron el rostro cuando bajó del coche. Cerró la portezuela y a su espalda, surgiendo de la silenciosa oscuridad, se oyó un rugido frenético y aterrador. David dio un respingo y giró en redondo, pero sólo era un perro, un animal rojizo y negro de pelaje rizado y una sombra de película de terror que daba saltos fieramente en el jardín de la otra acera. David percibió que los separaba una robusta verja de hierro. Ya no tenía remedio. Los ladridos pusieron fin a todo pensamiento de dejarlo correr y volver por donde había llegado. El perro debía de haber alertado ya a la pobre Susan, que seguramente le observaba tras las cortinas corridas.
David enfiló el sendero de entrada con un súbito temor ante el encuentro. ¿Sería un facsímil de Elizabeth, estridente e indiscreta, o un ama de casa mojigata de cuyos eufemismos Townsend había huido con buen tino? La furia del perro le persiguió embarazosamente. Llamó a la puerta. El hecho de que sonara un timbre en lugar de imitar el carillón de Westminster le dio una pequeña alegría. Se encendió la luz del recibidor, la puerta se abrió y se encontró cara a cara con la mujer que había encontrado el cadáver de Heller.
No era lo que esperaba. Al apreciar los cabellos rubios, la frente despejada y la fina nariz, supo de inmediato dónde había visto ese rostro antes. En la National Gallery, pero no en una mujer viva. «Effie Ruskin –pensó–, Millais, The Order of Release». La mujer esbozó una sonrisa educada.
–Siento lo del perro –dijo–. Molesto, ¿verdad? Sólo ladra así a los extraños.
–¿Sólo a los extraños?
–Sí. No tiene que preocuparse de que le ladre si viene a vivir aquí. ¿Quiere entrar? Me temo que es demasiado tarde para que vea el jardín.
Un súbito desaliento se apoderó de David. Tomarle el pelo a Julian Townsend y a su segunda mujer estaba muy bien; superficiales, sin escrúpulos, falsos, los dos parecían merecerlo. Pero aquella mujer que lo recibía de buena fe le causó la impresión de una honradez absoluta. Percibía en ella una integridad de las que ya no se veían, que le hizo sentirse como un espía. En los días anteriores había estado viviendo en el mundo de una historia de espías plagada de tópicos. Ella le hizo estrellarse contra la dura realidad con una sacudida.
Al seguirla al interior de la casa y apreciar su imagen, alta y de elegantes formas, en el largo espejo de pared, David pensó en su suplantadora y su opinión sobre Julian Townsend empeoró aún más. Seguramente dejaría de comprar Certainty.
Esta es la sala de estar –dijo ella–, con una zona para comedor, ¿ve? Y esa puerta conduce a la habitación que mi... que Julian usaba como despacho. Se la enseño enseguida.
Había algo que parecía un manuscrito –tal vez escribía– sobre un escritorio, un cenicero lleno junto a él –fumaba demasiado–, y un ejemplar de A la sombra de las muchachas en flor, también sabía pensar. Para ser un futuro comprador, David no miraba lo que debía mirar; no era ella la que estaba en venta.
–Estoy segura de que no le importará que le pida que guarde silencio cuando vayamos arriba. Mi hijo está durmiendo.
–No sabía que tenía un hijo.
–¿Y por qué habría de saberlo? –Su fría voz helaba. Empezó a explicar a David el manejo de los mandos de la calefacción y él pensó en Heller. Sobre el aparador, David vio una bandeja con una botella de ginebra, una lata de agua mineral con gas y dos vasos. La dueña de la casa esperaba a alguien, a un hombre seguramente. Dos mujeres beberían café, té, o tal vez jerez.
Susan le condujo al piso de arriba. El niño dormía en una habitación iluminada y a David le gustó el modo en que ella se acercaba a la cama cariñosa y silenciosamente para arreglarle las mantas, pero le alegró menos su ceño y por primera vez notó que tenía el rostro demacrado.
Ya nadie dormía en el dormitorio principal. Aun siendo soltero, David sabía distinguir una cama sin usar y detectó que no había nada entre el colchón y el somier. Ella debía de haberse cambiado de habitación cuando Townsend la dejó. ¡Maldito Townsend! David sintió placer al imaginar la decepción de aquel tipo cuando supiera que no iba a recibir las esperadas «cinco mil». David pensaba mantener en vilo a Townsend y darle largas. Podía tardar semanas en decidirse, meses. Pero estaba la mujer que tenía delante. Mientras ella hablaba y señalaba las comodidades de la casa, David empezó a sentirse mal. Estaba practicando con ella una monstruosa superchería, tanto más reprobable por cuanto seguramente necesitaba vender la casa.
La mujer cerró la puerta del dormitorio y musitó:
–Creo que hay algo que debería saber antes de continuar. No sé si le gusta la casa, pero no podría permitirle que hiciera una oferta sin contarle que en la casa de al lado hubo un doble suicidio. Hace tres semanas. Salió en los periódicos, pero quizá usted no lo haya relacionado.
Esta sinceridad en contraste con su propia falsedad, hizo que David enrojeciera.
–Desde luego que lo había relacionado...
–No sería justo ocultárselo. Hay personas supersticiosas con estas cosas. La señora North y un hombre, un tal Heller, se dispararon en el dormitorio. Igual a éste. Las casas son gemelas por dentro. –Se encogió de hombros–. Bueno, ahora ya lo sabe.
David se apartó de ella y apoyó las manos en la barandilla de la escalera.
–Lo sabía –dijo, y añadió precipitadamente–. Conocía a Bernard Heller. Lo conocía muy bien.
Se produjo entre ellos un silencio denso y casi aterrador. Luego David le oyó decir:
–No lo entiendo. Lo sabía y sin embargo quería...
David inició el descenso por la escalera. Su natural timidez le había privado del habla. Ella le siguió despacio. Sin mirar hacia atrás, David percibió una pena desproporcionada por la destrucción de la incipiente armonía que se había establecido entre ellos.
Al pie de la escalera, ella se mantuvo un poco apartada.
–¿Quiere comprar una casa al lado de la que murió su amigo? Realmente no le comprendo.
–También conozco a la señora Heller e intentaré explicarle...
Ella miró hacia la puerta principal, luego a él.
–Eso no es asunto mío, pero sí lo es saber si quiere comprar esta casa. Si es usted periodista o detective privado, debería estar en la otra casa, no en ésta.
–Señora Townsend...
Susan abrió los ojos –castaños e insoportablemente claros–, y la boca de Effie Ruskin se torció como lo hacía en el cuadro.
–¿Qué creía usted? ¿Qué iba a ponerme en chismorrear, a hacerle revelaciones? No sé nada sobre la señora Heller, sólo la he visto una vez, pero ¿no ha tenido ya bastante el señor North?
Echó una mirada hacia arriba y luego, procurando moverse con soltura, pasó junto a David. Estaba asustada. A David no se le había ocurrido que pudiera asustarse, puesto que jamás se había puesto en la piel de una mujer sola que se encuentra encerrada con un extraño, un impostor. Notó que palidecía de vergüenza al ver que ella miraba el teléfono, esa tabla de salvación, ese hilo que la comunicaba con la protección, y se apartó con el corazón latiendo aceleradamente.
A los ojos de la señora Townsend, él era el vendedor que mete el pie para que no le cierren la puerta, el mecánico de voz zalamera que resulta ser un violador, el agente de seguros pervertido y sádico latente.
–El señor North es amigo mío –dijo ella audazmente, extendiendo poco a poco la mano hacia el teléfono–. No comprendo qué pretende usted, pero le aseguro que no conseguirá hacerle más daño. Dígaselo a la señora Heller.
David abrió la puerta principal. Las flores de color rosa como papel crespón cubrían la farola a modo de pantalla. Salió al porche y una vez más el perro rompió a ladrar. Ahora ella se sentiría segura.
–Tal vez la señora Heller ya se lo ha dicho a él –insinuó David, haciéndose oír sobre los ladridos.
–Jamás ha hablado con él. –La señora Townsend se apartó del teléfono y dijo con la cabeza muy alta–. Y ahora, ¿quiere hacer el favor de marcharse?
–Por Dios –balbuceó él, maldiciendo al perro–. No voy a hacerle daño. Me voy y puede llamar a la policía si quiere. Supongo que he cometido algún delito, el de fraude seguramente. –No se atrevía a mirarla a los ojos, pero tenía que decirlo–. Señora Townsend, ellos se conocen. El mismo día en que se celebró la audiencia probatoria, se habían citado en un pub de Londres. Yo los vi.
La puerta se cerró en sus narices, tan cerca que tuvo que dar un rápido saltito atrás. El perro estaba tan frenético que sus cabriolas sacudían y hacían sonar la verja. David subió a su coche; las manos le temblaban.
Cuando se marchaba, otro coche pasó junto a él y giró suavemente hacia el sendero de entrada de Braeside. Sólo alguien que practicara esa maniobra cada día podía ejecutarla con tanta facilidad. David ralentizó la marcha. El hombre del coche se apeó y David vio su cabeza por el espejo retrovisor, una cabeza morena pulcra, perfecta, un alivio reluciente, casi metálico al resplandor de las farolas. Robert North. Sólo había visto su cara en persona en una ocasión.
David frenó y permaneció inmóvil. Siguió observando a North por el retrovisor sin volver la cabeza. North levantó la puerta de su garaje, se acercó a su coche pero cambió de idea. David se preguntó por qué el silencio parecía algo fuera de lugar y entonces se dio cuenta de que el perro había dejado de ladrar. No lo habían metido en casa. Su gran sombra, magnificada hasta convertirse en el sabueso de los Baskerville, serpenteó dócilmente entre los barrotes de la verja cuando North se acercó y le palmeó la cabeza. Las grandes siluetas negras se estremecieron. North se alejó y aun así el perro siguió en silencio. Susan Townsend había dicho que sólo ladraba a los extraños.
La sombra de North atravesó la carretera. Era más grande y siniestra que el hombre que la arrojaba. David lo vio dirigirse a la puerta principal de la señora Townsend y llamar al timbre.
Esos dos eran íntimos, pensó mientras se alejaba. La ginebra y la lata de agua con gas eran para él. ¡No era de extrañar que la chica hubiera reaccionado de aquella manera! No era sólo una vecina discreta, sino que mantenía una relación con él. ¿Por qué no usar términos más tradicionales y realistas? Estaba enamorada de él. ¡Y David había pensado en sondear su opinión sobre el comportamiento y la actitud de North!
Debía de estar loco para creer que podría conspirar con una extraña, aun no estando ella enamorada, que podría introducirla en un plan para provocar la caída de North. No estaba en una de esas series para las que diseñaba los decorados, sino en el mundo real, carente de romanticismo. ¿Había llegado a suponer que con una sola palabra suya ella rompería las barreras de la convención social y la lealtad y comentaría con él las acciones y motivos de su amigo? Al parecer sí. Había creído sinceramente en la posibilidad de establecer con la señora Townsend una especie de oficina de detectives aficionados y, sin contacto previo, aliarse con ella para desbaratar dos vidas.

Bob le rodeó los hombros amablemente con el brazo y la condujo hasta una silla.
–¿Qué ha ocurrido, Susan? Pareces trastornada.
–Ha venido alguien –explicó ella respirando entrecortadamente–. Un hombre... Ha dicho, insinuado si lo prefieres, que te citaste en secreto con la señora Heller el día del juicio.
–Y es cierto –repuso él fríamente–. Nos citamos en un pub de Londres, pero no tenía nada de secreto.
–No es necesario que me lo cuentes. –Susan se movió un poco para soltarse del brazo que la rodeaba–. No es asunto mío, sólo que pensaba que no la conocías. Tenía la impresión de que no os habíais visto hasta el día del juicio.
–Y así era, pero luego hablé con ella. Fue ella la que se disculpó por su conducta en el tribunal. Me dio lástima. Se ha quedado prácticamente en la miseria, ¿comprendes? Ese cerdo de Heller no le dejó ni un penique. Me sentí obligado a ayudarla y por eso nos citamos. Sin embargo, cuando llegué allí la encontré con un hombre.
–¿Ese Chadwick que ha venido aquí?
–Sí, Susan, lo último que deseaba en aquel momento era hablar con extraños. Me temo que me fui sin decir nada y vine a verte. Claro que luego he visto a la señora Heller en su casa; precisamente vengo de allí ahora.
–Qué cruel es la gente –dijo Susan, asombrada.
–Algunas personas. Pero luego uno encuentra a alguien que es dulce y bueno y encantador como tú, Susan.
Susan lo miró con incredulidad.
–Lo digo en serio –prosiguió él en voz baja–. Ven, Susan. Hemos sido vecinos durante años y nunca te había visto. Y ahora, supongo que es demasiado tarde... Quisiera saber si... ¿querrías besarme, Susan?
Bob iba a tocarle la frente, a rozarle la mejilla, como había hecho el otro día junto a la puerta. Susan alzó el rostro pasivamente y de repente no fue como el otro día en absoluto. Se hallaba entre sus brazos, aferrándose a él, besándolo en la boca y con los ojos cerrados a la soledad y el rechazo compartido.


13

El detective inspector James Ulph, de cuarenta y ocho años y divorciado sin hijos, sabía que Robert North había matado a su mujer y al amante de su mujer. No lo sabía con absoluta certeza, pero sí como debía saberlo cualquier jurado, más allá de una duda razonable.
Nada podía hacer al respecto. Su superintendente se rió de él cuando le habló del motivo y la oportunidad de North. Motivo y oportunidad no servían para nada, a menos que se demostrara que el hombre estaba allí con el arma en la mano.
–¿Ha oído hablar de un pequeño detalle –le dijo el superintendente con tono cáustico–, el de rastrear el arma del crimen desde su origen hasta el asesino?
Sí, aquello era lo que tenía perplejo al inspector. Mientras interrogaba a North había confrontado los ojos de aquel hombre y había leído en ellos, bajo una pena simulada, un desafío que parecía decir: «Yo lo sé y usted lo sabe: nunca podrá probarse.» Y al igual que en una competición llega un momento en que uno de los contendientes sabe que el otro va a ganar –que ganará en cualquier caso esa mano o esa partida–, Ulph sabía que North tenía las cartas buenas, que había hecho trampas de antemano.
El arma era de Heller. Tanto la viuda de Heller como el hermano juraban que estaba en su poder la noche antes del asesinato. Salvo mediante una proeza inimaginable, entrando a robar en un piso cuya existencia North ciertamente ignoraba, no podía haberse apoderado del arma. Después de los asesinatos, Ulph había hecho examinar la mano de Heller en busca de quemaduras de pólvora y luego, como si fuera una embarazosa formalidad, también la mano de North. Heller había disparado, North no. A Heller lo habían visto entrar en Braeside a las nueve y diez de la mañana una tal señora Gibbs y una tal señora Winter, y durante el resto de la mañana nadie había abandonado la casa. North, que se quedaba sin coche una vez cada cuatro semanas, se encontraba en Barnet.
Sin embargo, Ulph sabía que North había matado a su mujer. La imagen de cómo lo había hecho se le ocurrió por primera vez, como en una secuencia filmada especialmente vivida, durante la audiencia probatoria y desde entonces regresaba a menudo con la insistencia de un sueño periódico.
Nadie había visto a North salir de su casa aquella mañana, pero eso, ese aspecto negativo de no ser visto ni notado era patético, ridículo, cuando se trataba de pruebas y evidencias circunstanciales. «No lo vi salir –había dicho la señora Gibbs–, pero ocurre a menudo. En realidad no sirve de mucho no ver a alguien, ¿verdad? Vi llegar a Heller.»
Porque el perro había ladrado... North sabía, claro está, que nadie en Orchard Drive veía nada a menos que el perro ladrara. La imagen del sueño de Ulph se desarrollaba a partir de ese momento, o en el instante previo a ese momento. North había matado a su mujer mientras ésta hacía la cama y luego, cuando ladró el perro, había bajado para recibir al amante.
Ulph sólo había visto el cadáver del hombre, pero una y otra vez imaginaba la expresión de aquel rostro grueso y serio cuando le abrió la puerta el marido en lugar de la amante. North debía de haberse escondido tras la puerta para que sus vigilantes vecinos sólo vieran que la hoja de la puerta se deslizaba hacia dentro. ¿Y a quién hubiera sorprendido aquel modo sigiloso y subrepticio de recibir a Heller, tan típico de una mujer que tenía una aventura clandestina?
Después, tras la conmoción inicial, con el aumento de adrenalina, Heller se habría recobrado rápidamente para ofrecer una coartada, un subterfugio... Pero North se le habría anticipado, diciéndole amablemente que empezaba a interesarse por la idea de instalar la calefacción y que se había quedado en casa para discutirlo. Y Heller, disimulando su consternación, le habría seguido al piso de arriba, esforzándose por entrar en una interesante conversación sobre radiadores no deseada.
Ulph imaginaba a la mujer muerta sobre la cama y oía el grito de alarma de North: su mujer debía de haberse desmayado. ¿Qué más natural que Heller se acercara también a la cama –con auténtica preocupación– y se inclinara sobre el cuerpo de Louise North?
North le había disparado a la cabeza en ese momento. ¿Llevaba guantes? ¿Había abierto la puerta con los guantes puestos y un paño en la mano? Ulph imaginaba esas manos enguantadas cerrando la mano desnuda del muerto alrededor de la pistola, apuntando con ella al corazón de su mujer y apretando el gatillo por tercera vez.
La imagen se detenía ahí, como si el proyector se hubiera estropeado de repente.
North tenía que haber salido de la casa, pero era inconcebible que lo hubiera hecho sin que nadie le viera. Todos los ojos estaban puestos en Braeside, independientemente del perro, esperando a que saliera Heller. Pero North no había salido. Sin embargo, había llegado a la una y cuarto en su coche recién reparado.
¿Y la pistola? Algunas veces Ulph jugaba con la idea de que North podía habérsela quitado a Heller del maletín mientras estaba sobre la mesa de la cocina, pero Heller no sacaba jamás el arma de su piso. Sólo la habría llevado consigo para suicidarse...
El Ulph policía quería llevar a North ante la justicia; el Ulph hombre corriente sentía hacia él un secreto sentimiento de compañerismo. La mujer de Ulph lo había abandonado por otro hombre y él se había divorciado, pero en ciertos momentos una fantasía había ocupado su mente, una fantasía no muy diferente de la que tenía a North como protagonista principal. El inspector sabía lo que era desear matar a alguien.
El hecho de que las acciones de North demostraran una larga y cuidadosa premeditación no impedían, en opinión de Ulph, que el crimen fuera pasional. La frialdad de North, pensaba, era la delgada capa que recubría la humillación, la rabia abrasadora, los celos insufribles. Y la pena que Ulph creyó fingida en un primer momento, podía ser real, el horror de un Otelo que, al contrario de Otelo, tenía motivos para su crimen.
Así pues, Ulph no sentía deseos de actuar como ángel vengador de la sociedad contra North. Su interés era académico, distante. Sencillamente quería saber cómo lo había hecho y, en menor medida, por qué, cuando en un caso así el divorcio era la solución más fácil y obvia.
Pero el caso estaba cerrado. Entre el juez y el superintendente lo habían cerrado.

David deseó no haberle telefoneado para disculparse. La voz de la señora Townsend resonaba aún duramente en sus oídos.
–El señor North le ha prestado algún dinero. Es una lástima que algunos de los que ya eran amigos de la señora Heller no pensaran en ello.
La señora Townsend lo había abrumado con frases frías e incisivas, calculadas para herir, pero mientras él la escuchaba dócilmente, sólo podía pensar en la primera impresión que le había causado, la de una total sinceridad. No le guardaba rencor. Incapaz de olvidar su rostro, se fue a la Tate Gallery después del trabajo, buscó The Order of Release y compró una reproducción en postal. No se había equivocado al compararla con Effie Ruskin, pero luego, cuando salió al Embankment[3] y paró un taxi, descubrió que la postal no le proporcionaba el menor placer, ni satisfacción la exactitud de su memoria. Tenía la sensación de que clavarla en la pared con las demás podría, curiosamente, deprimirlo.
Cuando llegó a El Hombre de la Máscara de Hierro, los dos hombres barbudos eran los únicos clientes, sentados a su mesa habitual.
–Pactar está muy bien, Sid –oyó decir a Charles–, para el otro tipo, el que sale beneficiado, pero es una jugarreta para ti.
–Desde luego –dijo Sid.
–¿Qué sacas tú? Nada de nada, a menos que lo que te guste sea tomarle el pelo a Hacienda.
El camarero miró a David con curiosidad mientras éste fingía escudriñar el pub vacío frunciendo el entrecejo con impaciencia.
–¿Ha perdido algo?
–A alguien –corrigió David–. Una señorita. –El tratamiento chirriaba bastante–. Esperaba encontrarla aquí.
–Le ha dejado plantado, ¿eh?
–No exactamente. –Sid y Charles no iban a picar. ¿Por qué habrían de hacerlo? No obstante, David se acercó tímidamente a su mesa–. Perdonen. –Charles le lanzó una mirada indignada. David pensó que tenía cara de mal genio–. Perdonen, ¿han estado ustedes aquí desde que se ha abierto el pub?
–Sí. –Charles pareció a punto de añadir «¿Y qué?», o «¿Le importa?»
–Querría saber si han visto entrar una chica morena, muy llamativa. Seguramente ustedes me han visto con ella hace un par de semanas.
–Me suena. –La expresión hosca de Charles se suavizó y empezó a parecerse menos a Rasputín–. Un momento. ¿Es una tía buena con pantalones ceñidos?
–Eh, Charles –dijo Sid.
–No pretendía ofenderle, amigo. Era un cumplido.
–No se preocupe –David consiguió reír con soltura–. Antes era mi secretaria y ahora la que tengo me va a dejar, así que había pensado... El caso es que creo que viene por aquí a menudo, y como no sé donde vive... –David se maravilló de su habilidad para mentir–. Ya saben cómo son estas cosas.
–Esta noche no ha venido –dijo Charles–. Siento no poder ayudarle. Ojalá hubiera tenido el sentido común –dijo a Sid– de comprar un centenar de Amalgamated Asphalts la semana pasada. Han cotizado a treinta y ocho con seis esta mañana.
–Desde luego.
–¿Me permiten que les invite a una copa? –propuso David a la desesperada.
–Podrías haberme tumbado de un soplo. Seis meses se han pasado estancadas a veinticinco chelines y... ¿Alguien ha pronunciado la palabra mágica copa? Se lo agradezco, amigo.
–Brandy –dijo Sid, al parecer por ambos.
David pidió dos brandys y una cerveza para sí. El camarero apretó los labios. Su expresión era significativa, pero David no supo interpretar ese significado.
–También me serviría su novio –dijo, depositando los vasos sobre la mesa–. Todo lo que quiero es la dirección de esa chica.
Salud y pesetas[4]dijo Charles–. Y no es que ahora mismo diera mucho por la peseta. ¿Sigue preocupado por esa chica, amigo?
–¿La han visto alguna vez por aquí con un hombre? –preguntó David, abandonando toda prudencia.
Charles dedicó un guiño lúgubre a Sid.
–Muchas veces. Un tipo alto, moreno y bien parecido. Siempre bebía ginebra con alguna bebida gaseosa, ¿verdad, Sid?
–Desde luego –confirmó Sid.
La excitación hizo temblar a David. El hecho de que Sid y Charles le tomaran por el amante despechado de Magdalene Heller, como obviamente hacían, no le molestaba en absoluto.
–¿Siempre? –dijo–. ¿Quieren decir que venían aquí a menudo?
–Más o menos una vez por semana en los últimos seis meses. No, miento, más bien ocho. Tú lo sabes mejor que yo, Sid. ¿Cuándo dejamos La Rosa y empezamos a venir aquí?
–En agosto.
–En agosto, ya. Recuerdo que fue en agosto porque el primer día que volví de Mallorca, Sid y yo fuimos a La Rosa como de costumbre y maldita sea si no me dieron de menos en el cambio. Ya estoy harto, le dije a Sid, así que vinimos aquí. Su chica y el tipo moreno solían dejarse ver por las tardes.
–Comprendo. ¿Y han estado viniendo regularmente desde entonces?
–Ahora hace dos semanas que no vienen. –Charles miró hacia el camarero y luego se inclinó hacia David con aire confidencial.
–Yo creo que se cansaron de este sitio. Hay mucho engaño por aquí. Justo antes de que entrara usted, ese tipo ha intentado hacerme una mala pasada. Decía que le había dado una libra cuando era un billete de cinco. ¡Menudo pájaro! –Frunció el entrecejo airadamente y se frotó la barba.
–Me parece que al final tendré que poner un anuncio para encontrar secretaria.
Sid lo miró burlonamente y, poniéndose en pie de repente, soltó la frase más larga que David le había oído hasta entonces.
–No me venga con esa historia de la secretaria, si no le importa. Todos somos adultos y personalmente no me gusta que me traten como un niño. No quieres tomar nada más, ¿verdad, Charles? –Se dirigió a la puerta y la abrió de golpe–. ¡Secretaria! –bufó.
–Lo siento –dijo Charles, y se marchó con su amigo.
David se volvió hacia la barra y se encogió de hombros.
–Un par de comediantes, eso es lo que son –dijo el camarero enérgicamente–. Si le gusta el humor negro.
Emocionado y regocijado por su descubrimiento, David no podía soportar aquel pub ni un minuto más. Rebosaba de una energía apremiante y le impacientaba perderla en chácharas inútiles con el camarero. Tampoco quería beber nada más, porque el alcohol podía embotar sus pensamientos. Salió a la calle y echó a andar sin rumbo fijo.
Su excitación duró unos diez minutos y le hizo sentir como en otros momentos culminantes de su vida, por ejemplo, cuando obtuvo su diploma o cuando consiguió su trabajo actual. En su mente sólo había sitio para la autocomplacencia. Heller quedó olvidado temporalmente a causa de un orgullo y una alegría que nada tenían que ver con la moralidad, la justicia o la indignación. Él lo había descubierto, había conseguido lo que se proponía y ahora sólo le quedaba maravillarse de su hazaña.
Sin embargo, no era engreído por naturaleza y cuando llegó a Soho Square por un camino sinuoso, su paso altanero era menos confiado. Tal vez alguien que pasara por su lado se la recordara, una chica de cabello rubio y ojos castaños. Su imagen penetró en su mente con asombrosa claridad y le hizo volver a la tierra de sopetón. Se sentó en un banco bajo los árboles y cuando su mano tocó el frío brazo de metal, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Alguien tenía que decírselo a ella. No podía quedarse sola sin protección, presa fácil para North. Le parecía absurdo equipararla a la clásica víctima de las historias de detectives a la que había que silenciar porque sabía demasiado, pero ¿no era eso en realidad en lo que se había convertido? De momento ya había alertado a North al informarle sobre las primeras sospechas de David. No podía saberse qué otras cosas habría visto, qué insignificantes discrepancias habría observado en el comportamiento de North, siendo como era su vecina. David no creía que North buscara su compañía por afecto sincero. Ella corría peligro.
David sabía que no podía advertirla del peligro. Era el último hombre en el mundo al que ella escucharía. A pesar de todo, se levantó y se dirigió lentamente hacia una cabina de teléfono. Estaba ocupada y David aguardó con impaciencia, paseándose de un lado a otro. Por fin pudo llamar. Encontró el número y había empezado a marcarlo, cuando se arrepintió. Podía hacer algo mejor, algo más responsable, más adulto. En cuanto le vino a las mientes se preguntó por qué no lo había hecho días antes. Respiró hondo y, tamborileando con dedos nerviosos sobre la caja metálica, aguardó a que la Brigada de Investigación Criminal de Matchdown Park le respondiera.

El inspector Ulph era un hombre delgado y bajo con una prominente nariz aguileña y piel cetrina. David buscaba siempre la réplica artística de los seres humanos. Había comparado a Susan Townsend con el retrato de Effie Ruskin realizado por Millais, Magdalene Heller tenía algo de Lely, o incluso de un Goya, y el policía le recordó a algunos retratos que había visto de Mozart. Allí estaba la misma boca sensible, la expresión de sufrimiento atenuada por la fuerza interior, los ojos que podían acoger y reír de bromas esotéricas. No llevaba el pelo tan largo como Mozart, pero sí más de lo normal en un policía, y de joven sin duda había tenido el sedoso color castaño claro del rizo que David había visto conservado en Salzburgo.
Por su parte, Ulph vio a un hombre joven, alto y esbelto, que parecía inteligente, no especialmente atractivo, y cuyos ojos vehementes por un momento le quitaron diez años. El joven le soltó una impulsiva historia y Ulph la escuchó, sin manifestar la excitación que el nombre de North había provocado en un principio. ¿Qué había esperado oír? No era aquello. La decepción siguió a su alegría momentánea, y el inspector contemporizó mientras juzgaba a su visitante. Tan sólo conservó una diminuta chispa de su excitación original y dejó que su luz tenue brillara para decir animadamente:
–¿Me está diciendo que sabe a ciencia cierta que el señor North y la señora Heller se han estado viendo en un pub de Londres llamado El Hombre de la Máscara de Hierro? ¿Que se encontraban allí a intervalos regulares antes de que su marido y su esposa murieran?
David asintió con firmeza. Esperaba una reacción más entusiasta a su teoría.
–Sí. Puede que parezca traído por los pelos, pero creo que se citaban allí y planeaban, conspiraban si lo prefiere, para matar a los otros y hacer que sus muertes parecieran suicidio.
–¿De verdad? –Ulph enarcó las cejas. Nadie que lo viera en ese momento supondría que era un hombre obsesionado con una pistola y una sutil coartada. Por su aspecto diríase que las sospechas de David, la mera idea de que North no fuera inocente, no se le había ocurrido jamás.
–Estoy seguro de que él lo hizo –dijo David impulsivamente–, y si él lo hizo, también ella debía de estar metida. Sólo ella pudo decirle a qué hora llegaría Heller a Braeside y sólo ella pudo darle el arma. Yo estuve en el piso de Heller la noche previa a su muerte y vi la pistola. Más tarde vi a la señora Heller entrar en un cine. Creo que North estaba ya en el interior, esperando a que ella le entregara el arma en la oscuridad.
El arma. Aquél era el único modo, pensó Ulph, por el que North pudo obtener la pistola. No fue un robo ni la inimaginable destreza necesaria para hurtársela al propio Heller, sino una conspiración con la señora Heller... Ulph le encontró goteras rápidamente y dijo:
–¿Dice usted que North y la señora Heller se citaron en ese pub en agosto?
–Sí, creo que fue así: Bernard Heller conoció a la señora North, se enamoró de ella, inició una aventura, y North lo descubrió, así que se puso en contacto con Magdalene Heller. –David hizo una pausa para respirar. Empezaba a sentirse orgulloso de sí mismo. Su teoría iba formándose a medida que hablaba, y sonaba bien–. Se citaron para hablar de... bueno, del engaño de que ambos eran objeto. Durante un tiempo no hicieron nada. Bernard intentó suicidarse en septiembre (lo leí en el periódico) y eso debió de desconcertarlos, pero cuando Heller volvió con Louise, siguieron citándose y decidieron matarlos.
Era una teoría tan llena de lagunas, tan alejada de la vida tal como Ulph la conocía, que estuvo a punto de echarse a reír. Pero luego recordó que aquel fárrago de tonterías, por absurdas que fueran, le daban la única pista sobre el modo en que North se había procurado el arma. Se limitó a suspirar. El estudio más natural del hombre era la propia humanidad, pensó, y se preguntó cómo una persona tan inteligente, coherente y espabilada como el hombre que tenía ante sí podía haber vivido casi treinta años en esta tierra y seguir siendo tan ciego a la cautela del prójimo y al freno que las convenciones ejercen sobre su conducta.
–Escúcheme, señor Chadwick –dijo amablemente–. Un aparejador corriente de clase media descubre que su mujer le es infiel. Puede optar por varias soluciones: discutirlo con ella, discutirlo con el amante, p divorciarse. –El inspector cerró los puños bajo su mesa y, al notarlo, relajó las manos. ¿Acaso no había hecho esas cosas él mismo?–. También puede cometer un acto violento contra uno de ellos o ambos, matarla a ella o matarlos a los dos. O ponerse en contacto con la mujer del amante de su mujer y darle a conocer su descubrimiento.
»Esto último es una posibilidad –continuó Ulph–. Usted o yo tal vez no lo haríamos, pero ellos lo hacen. La pareja inocente se enfrenta con la pareja culpable. Se produce más violencia y discusiones. Pero lo que no hace la pareja inocente es citarse en un pub para planear un asesinato. ¿Siendo extraños el uno para el otro? ¿Sin saber nada de las emociones, inclinaciones y personalidad del otro? ¿Se lo imagina?
Ulph afectó un tono completamente distinto al de su voz natural, impulsivamente, como un adolescente. ¿Era ésa la manera de hablar de North? David no tenía la menor idea. Jamás había oído su voz.
–«Los dos les odiamos, señora Heller, y queremos deshacernos de ellos. ¿Y si planeamos el asesinato perfecto? ¿Y si lo planeamos juntos?»
Pero la voz de Magdalene sí la conocía y David pestañeó, por lo extraño de la imitación que hacía Ulph de sus largas vocales y sus sibilantes consonantes.
–«¡Qué idea tan encantadora, señor North! ¿Quiere que le ayude a planearlo todo?»
David no tuvo más remedio que sonreír.
–No fue con esas palabras, naturalmente, pero más o menos.
–¿No habría salido corriendo la señora Heller? ¿No habría llamado a la policía? ¿Me está diciendo que dos personas que se conocían sólo porque sus cónyuges respectivos eran amantes hallaron un impulso homicida común? Eso dice mucho en favor de su virtud. Es evidente que usted jamás ha intentado implicar a un extraño en una conspiración.
Lo cierto era que sí. Hacía dos días apenas que había intentado eso mismo con Susan Townsend. Se había presentado ante una desconocida con la absurda esperanza de que le ayudara a desenmascarar a North. ¿Por qué no había aprendido la lección? La experiencia reciente debía haberle enseñado que la gente no se comporta así.
–Suponga que vuelvo al pub –dijo tímidamente–. Suponga que consigo los nombres de esos dos tipos.
–Siempre que no se meta en problemas, señor Chadwick.
David abandonó lentamente la comisaría. Se sentía humillado. La pericia de Ulph le había bajado los humos. Sin embargo, Ulph sólo le había demostrado que su razonamiento era erróneo, pero nada había hecho para alterar la convicción de David de que North era culpable, ni para disminuir su certeza de que North quería seducir a Susan Townsend para descubrir cuánto sabía.


14

Tuvo mala suerte, y esa noche ni Sid ni Charles aparecieron por el pub. Tal vez no iban los jueves. David no recordaba si él mismo había estado algún jueves allí, pero tampoco recordaba ocasión alguna en que él estuviera y ellos no. Esperó hasta las ocho y luego volvió a casa.
A la noche siguiente todos los habituales estaban allí: la pareja de mediana edad, el viejo actor, la chica de las uñas malva y su novio, que esa vez llevaba una especie de tricornio; todos, menos Sid y Charles. David aguardó, consultando el reloj, mirando la puerta, hasta que al fin preguntó al camarero.
–¿Se refiere a esos dos personajes con barba? –repuso éste.
–Eso es –dijo David–. Usted los llamó comediantes. Necesito hablar con ellos.
–Dudo que vuelva a verlos por aquí. –El camarero le lanzó una mirada significativa y dejó el vaso que estaba secando–. No lo comente por ahí, pero tuve una disputa con ellos ayer a la hora de comer. Siempre estaban a vueltas con el dinero. La primera vez que vinieron al pub se quejaron de que les había dado de menos en el cambio, que les cobraba de más, y cuentos así. –Bajó la voz–. No imagina lo que llegaron a insinuar. Bueno, ayer dije hasta aquí hemos llegado. Llamen a la policía si no están conformes, les dije. No tengo nada que ocultar. Estoy en mi derecho a negarme a servirles, les dije, y si vuelven mañana no pienso hacerlo.
–Lo mismo les ocurrió en agosto pasado en La Rosa –comentó David a la desesperada.
–No me sorprende. No me equivoco al creer que no son amigos suyos, ¿verdad?
–Ni siquiera sé sus apellidos.

–Un recorrido por los pubs –dijo Pamela Pearce–. Bueno, no sé, cariño. Podría ser un poco aburrido.
–Necesito encontrar a dos tipos. Tengo que encontrarlos.
–Supongo que te deben dinero.
–No, no es eso –repuso David con malhumor–. Es algo más serio, pero prefiero no hablar de ello. Anímate, podría ser divertido tomarse una copa en todos los pubs del Soho.
–Embriagador. Bueno, no me importa si es en el Soho. Pero, cariño, ¡está lloviendo a mares!
–¿Y qué? Puedes ponerte tu chubasquero nuevo.
–Es una idea –dijo Pamela.
Cuando David fue a recogerla, brillaba bajo una piel plateada de cocodrilo.
En la parada de metro de Tottenham Court Road, David dijo:
–Los dos llevan barba y su conversación se limita a cuestiones de dinero.
–¿Eso es todo lo que sabes de ellos?
David asintió, eludiendo mirarla a los ojos. Se le había ocurrido que Sid y Charles, cuando por fin aparecieran, sin duda harían chistes sobre su preocupación por encontrar a una chica morena de aspecto llamativo, su ex secretaria. Pamela sabía muy bien que él nunca había tenido secretaria. Era curioso que eso no le preocupara en absoluto.
Primero irían a El Hombre de la Máscara de Hierro. Cabía la posibilidad de que alguno de los otros parroquianos habituales recordaran a North y a Magdalene, aunque David lo dudaba. También él era habitual, pero no recordaba haber visto a la pareja–¿de conspiradores?, ¿de amantes?–hasta el día de la audiencia. ¿Los recordaban Sid y Charles sólo porque habían sido vulnerables a la belleza de Magdalene, como la mayoría de los hombres?
Tenía que encontrarlos.
Pamela caminaba en silencio junto a él bajo la lluvia que caía suave y regular a través de una bruma gris.

Era domingo y Julian Townsend se llevaba a su hijo a pasar el día con él. Cogidos de la mano, recorrieron el sendero hasta el coche aparcado en la calle. Susan los contemplaba, regocijada porque el terrier airedale, que sólo ladraba a los intrusos, de repente se había puesto a ladrarle a Julian. Él también era ahora un extraño.
Susan se encogió de hombros y entró en la casa. La imagen del espejo del zaguán avanzó hacia ella y Susan se detuvo para admirar los cabellos rubios que habían recuperado su brillo, los ojos castaños iluminados por la expectación, el traje nuevo que había dejado coja su cuenta corriente. Los honorarios que le pagaría la señorita Willingale servirían para equilibrarla, pues sólo le quedaban cuatro capítulos por mecanografiar.
Los pasos de Bob sonaron en el camino lateral. Ya no le hacía falta llamar a la puerta principal. Susan miró a la chica del espejo y vio en su rostro placer y una nueva intimidad, el inicio de las cosas que se daban por supuestas.
Se dirigió a su encuentro con cierta timidez. Él entró y la tomó entre sus brazos sin pronunciar palabra. Su beso fue largo, lento, experto y le causó un efecto perturbador, pero sólo eran amigos, se dijo Susan, amigos en la necesidad y el consuelo mutuo. Susan se apartó de él, azorada, incapaz de mirarle a los ojos.
–Bob, yo... Espera un momento. Tengo que ir por los guantes y el bolso.
Los guantes y el bolso estaban ya preparados en el piso de arriba, encima del tocador, donde ella los había dejado. Susan se sentó pesadamente sobre la cama y contempló el intenso cielo azul de esa mañana y los olmos que se balanceaban perezosamente, pero no vio nada. Le temblaban las manos y las dobló intentando dominarse. Hasta entonces el año transcurrido sin un hombre, sin un amante, le resultaba casi insoportable por la falta de compañía y el dolor del repudio. Ahora sabía que también echaba de menos la pasión sexual.
Bob la esperaba al pie de la escalera. Susan recordó a la chica que se había vuelto para mirarlo en Harrow, los comentarios de Doris sobre su físico y su encanto, y súbitamente esas opiniones, los puntos de vista expresados y no expresados por otras mujeres, parecieron hacerlo más atractivo a sus ojos. Todas, menos su propia esposa, caían rendidas ante su presencia física, esa quintaesencia de todo lo que había de ser y parecer un hombre. Pensó en la mujer de Bob fugazmente al bajar la escalera hacia él. ¿Por qué había sido insensible, indiferente a sus encantos?
Bob le sonrió, cogiéndola de las manos. Había algo vergonzoso en desear a un hombre por su atractivo y porque –pensamiento sucio, vergonzoso– se necesitaba a un hombre. Susan se acercó más a él y esta vez fue ella la que lo rodeó con los brazos y alzó el rostro para que la besara.

–Comeremos en un pequeño pub de pueblo que conozco. Siempre me han gustado los pubs pequeños.
Susan le cogió la mano, sonriendo.
–¿En serio, Bob?
–¿Por qué me lo preguntas así? –repuso él con nerviosismo–. ¿Ya qué viene esa cara?
–No lo sé. No era mi intención. –Tampoco sabía por qué Heller y la viuda de Heller habían acudido de pronto a su cabeza–. Hagamos un pacto –propuso rápidamente–. No hablaremos de Heller ni de Louise mientras estemos fuera hoy.
–Bien –dijo él, y Susan notó que suspiraba cuando la estrechó brevemente contra él–. No quiero hablar de ellos.
Acarició los cabellos de Susan y ella tembló un poco cuando sintió sus dedos moviéndose con ligereza sobre su piel. Susan debería haberse sentido tan aliviada como él, pero en su caso sólo había una vaga consternación. ¿Tenían algo más de que hablar, algo en común? Había algo dolorosamente humillante en el pensamiento que se había introducido en su mente: que en lugar de salir con él hubiera preferido seguir así, abrazados, mejilla contra mejilla, en un eterno momento de calor y deseo. Tenía la impresión de que fuera de aquella casa no existirían como pareja ni como amigos.
El aire fresco la espabiló como si saliera de un sueño. Susan caminó delante de él hacia su coche, espantada de sí misma, como alguien que hubiera cometido una indiscreción en una fiesta y luego, a la luz del día, temiera enfrentarse a sus vecinos y a su compañero a causa de esa caída.
Doris miró por la ventana y saludó con la mano. Betty, que estaba trabajando en el jardín, alzó la vista y les sonrió. Era como si fueran a emprender una luna de miel, pensó Susan, y los pétalos rosas de los cerezos cayeron sobre sus cabellos y sus hombros como confeti para la novia. Al subir al coche junto a Bob, Susan recordó la rudeza con que la había tratado el día que la acompañó a Harrow, mostrándose casi violento cuando condujo deliberadamente a velocidad excesiva para asustarla. Era el mismo hombre. Bob le sonrió, cogió su mano y le besó los dedos, pero ella no le conocía, no sabía nada de él.
Cualquier cosa que ella dijera acabaría remitiendo a Heller. Siempre pasaba igual, pero Susan había prometido no mencionarlo ni a él ni a Louise, y entonces comprendió que, aunque el propio Bob lo hacía y obtenía un extraño consuelo de la tragedia, se ponía nervioso si era ella la que tomaba la iniciativa. Era como si el doble suicidio fuera una posesión privada que nadie, ni siquiera ella, podía destapar para echarle un vistazo sin permiso de Bob.
La idea le resultó muy desagradable. Bob estaba pensando en eso. Lo veía en su rostro. Por primera vez Susan puso en palabras, sin pronunciarlas, lo que había sabido desde aquel otro trayecto en coche con él. Bob pensaba en eso todo el tiempo, día y noche, sin descanso.
Tenía que decirle algo.
–¿Qué tal te va con la señora Dring? –preguntó como último recurso.
–Muy bien. Has sido muy amable al convencerla, Susan, muy amable.
–¿Sólo puede ir los sábados?
–Sí, cuando estoy yo. –Apartó una mano del volante y le tocó el brazo. No por deseo, se dijo ella, ni afecto. Quizá sólo para asegurarse de que estaba allí. Luego dijo en voz muy baja, como si no estuvieran solos en el coche, sino caminando por una calle llena de gente en la que cualquiera pudiera oírle a menos que susurrara–: Me habla de ello. Intento zafarme, pero en cuanto puede, me habla de ello.
–Es bastante desconsiderada –dijo Susan afablemente.
Bob apretó los labios, pero no con un gesto de desafío, sino para controlar el temblor.
–Suele abrir las ventanas –dijo.
¿Permitiendo así que entrara aire y sonidos frescos en el secreto que guardaba en su casa? De pronto Susan sintió frío en el coche, donde la calefacción de aire caliente mantenía una atmósfera sofocante. En voz baja, con tono monótono pero rápidamente, Bob le refirió las preguntas que le había hecho la señora Dring, así como su compasión sensiblera carente del menor tacto.
–Hablaré con ella –dijo Susan.
Pero él parecía no escucharla. Una vez más había vuelto a aquella mañana, a su llegada a Braeside para encontrar a la pareja en la cama. Compadecida, y sin querer revelar que también tenía un poco de miedo, Susan puso una mano sobre su brazo y no la movió de allí.

–No he podido encontrarlos –dijo David.
La expresión de Ulph era la de un padre indulgente escuchando las inverosímiles historias de un niño. Tal vez nunca había creído en la existencia de Sid y Charles. Hizo que David se sintiera como un chiflado, una de esas personas que se presenta en comisaría haciendo acusaciones extravagantes porque quieren causar daño o atraer la atención. Por eso no le dijo nada más de su búsqueda con Pamela Pearce, de sus visitas a dieciocho pubs, de las preguntas repetidas infinidad de veces, todas en vano. Ni tampoco, naturalmente, mencionó la pelea subsiguiente, cuando la frustración y la lluvia incesante les pusieron de mal humor.
–Yo diría que trabajan en la City –añadió sintiéndose estúpido–. Podríamos probar en la Bolsa o en Lloyds, o en algo así.
–Desde luego usted podría intentarlo, señor Chadwick.
–¿Quiere decir que usted no lo hará? ¿No va a asignárselo a uno de sus hombres?
–¿Con qué fin? ¿Algún otro cliente habitual de ese pub recuerda haber visto al señor North y a la señora Heller por allí? –David negó con la cabeza–. Por lo que usted me ha contado de su conducta, esos dos barbudos no se destacan por su probidad. Señor Chadwick, ¿está seguro de que no... bueno, de que no le tomaron el pelo?
David asintió con testarudez. Ulph se encogió de hombros, tamborileando con los dedos sobre su mesa. También él tenía muchas cosas en la cabeza que su discreción profesional le impedía revelar. No había razón para contarle a aquel hombre obstinado que, desde su última visita, habían interrogado de nuevo a North y a la señora Heller por separado y que ambos habían negado rotundamente conocerse antes de los suicidios. Ulph les creía. El cuñado de la señora Heller y sus vecinos conocían ya a Robert North. Lo conocían como el noble benefactor que se había dejado ver por primera vez en East Mulvihill cinco días después de la tragedia.
Por esa razón Ulph había perdido fe en la teoría de David con respecto al arma. Seguía creyendo que North era culpable, seguía viendo ante sí la película de las acciones de North aquel miércoles por la mañana, pero se había procurado el arma de otra manera. Ulph no sabía cómo, ni tampoco cómo había salido North de la casa. No eran hipótesis sin fundamento sobre una conspiración lo que le ayudaría a reabrir el caso, sino las respuestas a esas preguntas.
–Mire, señor Chadwick –dijo el inspector pacientemente–, no sólo no tiene pruebas fidedignas de que existiera una conspiración, sino que tampoco tiene una hipótesis que me convenza de que esa conspiración era necesaria. La señora Heller le propuso el divorcio a su marido cuando descubrió que le era infiel. Heller no podría haber impedido que su mujer se divorciara ya que era la parte culpable. Ni siquiera intentó ocultarle la verdad. Amaba a la señora North, estaba cometiendo adulterio con ella y así se lo dijo a su mujer. En cuanto a North, podría haber cometido un crimen pasional por celos o por orgullo herido. Eso es muy diferente a conspirar durante meses con una extraña. Su ira se hubiera enfriado durante ese tiempo. ¿Por qué correr el enorme riesgo que conlleva un asesinato premeditado cuando, con todas las pruebas que tenía, también él podía pedir el divorcio?
No dijo más. «Demuéstreme –pensó– cómo ese hombre poseído por unos celos y una rabia que comprendo muy bien, obtuvo una pistola que no podía obtener y salió de una casa de la que era imposible salir sin ser visto.»

Le había invitado más de una vez y sin embargo, pensó, se espantaría al verlo. North ya debía de haberle hablado de su visita a Matchdown Park. Permaneció en el umbral unos segundos, vacilando, antes de llamar al timbre. El resplandor rojo y amarillo de los letreros de neón y los autobuses que pasaban se reflejaban ondulantes sobre la pared descascarillada y los graffiti.
Abrió la puerta el cuñado. En la penumbra hubiera podido tomarlo por Bernard Heller. El rostro de Carl se iluminó con una sonrisa; parecía Bernard quien se apartaba para dejarle entrar.
El piso olía a verduras y salsa. Los platos de la comida aún estaban sobre la mesa. Magdalene Heller se encontraba apoyada contra la pared bajo la mandolina con un cigarrillo sin encender entre los dedos.
–He pensado que ya era hora de que viniera a verla –dijo David y, con una sensación de justicia, de castigo, casi de destino, se acercó a ella encendedor en mano. La llama arrojó sombras violáceas sobre el rostro de Magdalene, que abrió mucho los ojos. No dijo nada durante un rato, pero David creyó percibir que también ella recordaba la escena precursora y paralela a aquélla, y que, lo mismo que él, tenía la sensación de haberla vivido ya. David casi esperó verla mirar furtivamente por encima del hombro, buscando el rostro de North. Magdalene se sentó y cruzó sus hermosas piernas.
–¿Qué tal te va?
–Muy bien. –Su brusquedad, su descortesía casi, le recordaron un poco a Elizabeth Townsend, pero mientras que en la señora Townsend provenía de su origen, su educación y sus relaciones, en Magdalene era la actitud de una mujer segura de su belleza, de la azucena que no necesitaba adornos.
Fue Carl quien dijo:
–La gente ha sido muy amable, el señor North sobre todo. –A David le pareció que la chica se ponía un poco tensa al oír el nombre–. Le ha prestado dinero a Magdalene para sacarla del apuro. –Carl sonrió con aire bovino, como diciendo «Bueno, ¿qué le parece?»–. Como si fuera un viejo amigo –dijo, y cuando David enarcó las cejas ligeramente, añadió–: La policía ha venido incluso a preguntar a Magdalene si lo conocía de antes.
A David le pareció que el corazón se le aceleraba. Así que Ulph estaba interesado...
–Desde luego que no –dijo inocentemente.
Magdalene aplastó el cigarrillo.
–¿Por qué no calientas el café, Carl?
Mientras el gemelo de Bernard se alejaba pesadamente para hacerlo, Magdalene fijó en David sus ojos verdes en los que las motas doradas, partículas de polvo metálico, se movían perezosamente.
–Dime una cosa –esa noche su acento era más fuerte–, ¿te contó Bernard cómo conoció a esa mujer?
–No me contó nada –respondió David–. ¿Cómo se conocieron?
–Fue en agosto pasado en Matchdown Park. Ella estaba en casa de una amiga y él acudió con un recambio para la calefacción. Ella había estado enferma y no se encontraba bien, así que él se ofreció a llevarla a casa. Así fue como empezó todo.
«¿Para qué me estás contando esto?», se preguntó David. La explicación había sido breve y concisa.
–Él me lo contó todo –dijo–. Bob North no sabía nada. Tuve que decírselo yo. No es de extrañar, ¿no crees?, que nos encontráramos después del juicio. Teníamos muchas cosas que contarnos.
–¿Pero por alguna razón la policía cree que tú y North os conocíais de antes?
A los ojos de Magdalene asomó el odio más puro. Ella sabía por qué la había interrogado la policía y quién les había alertado, pero no se atrevió a decirlo.
–Nunca había visto a Bob hasta hace tres semanas –dijo ásperamente, echando la cabeza hacia atrás–. No estoy preocupada. ¿Por qué habría de estarlo?
–Yo no quiero café –dijo David cuando entró Carl con la bandeja. Sentía repugnancia ante la idea de comer o beber algo en aquel piso; se levantó–. Supongo que Equatair le habrá dado algo –insinuó osadamente, pues ya no cabían problemas de tacto o de impertinencia entre él y ella. El recuerdo de su boca carnosa apretándose contra su piel le producía asco.
–Muy poco –respondió ella.
–No creo que les haya sido fácil encontrar a alguien para mandarlo a Suiza en lugar de Bernard. –David se volvió hacia Carl–. A usted no le interesaría, supongo.
–Hablo el idioma, señor Chadwick, pero no, no soy tan inteligente como Bernard. Iré a Suiza de vacaciones, como siempre. Nací allí y allí están mis parientes.
Magdalene se sirvió café lentamente, como si temiera que le temblaran las manos y la delataran. De repente David adquirió la convicción de que debía mantener el contacto con el cuñado. Ya le había ocurrido una vez no haber conseguido una dirección. Inclinó la cabeza hacia la viuda, manteniendo las manos a la espalda, y miró sus ojos resentidos antes de seguir a Carl al pasillo.
–Tal vez yo también vaya a Suiza –dijo cuando ella ya no podía oírlos y caminaban, casi tocándose, por el estrecho pasillo–. Si necesitase consejo... bueno, ¿podría darme su dirección?
El rostro triste de Carl se iluminó. Parecía un hombre al que raras veces pidieran consejo. David le dio un bolígrafo y un viejo sobre en el que Carl escribió su dirección y el teléfono de su patrona con letra alta e inclinada.
–Cuando quiera, señor Chadwick. –Abrió la puerta y asomó la cabeza fuera–. Pensaba que tal vez esta noche tendríamos el placer de recibir al señor North –dijo–. En una o dos ocasiones me encontraba aquí cuando ha venido a visitar a Magdalene, pero es un hombre ocupado y sus vecinos le roban mucho tiempo...
Sus vecinos. Una vecina, pensó David. Cruzó la calle y cuando se metió el sobre en el bolsillo su mano tocó la postal que había comprado en la Tate Gallery. Se detuvo bajo una farola para mirarla. ¿Estaba North con ella en aquel mismo momento? ¿Intentaba seducirla, igual que Magdalene Heller había intentado seducirlo a él, y por la misma razón?
Era encantadora la chica que Millais había pintado y arrebatado a Ruskin para casarse finalmente con ella. Susan Townsend era igual que ella, tan idéntica como Carl y Bernard. Podría ser su fotografía la que, doblada y un poco manchada ya, llevara David en el bolsillo. Se preguntó cómo se sentiría si en lugar de comprarla se la hubiera regalado ella.
En la estación de East Mulvihill compró el billete y luego, rápidamente, antes de tener tiempo para pensar dos veces lo que iba a hacer, se dirigió a un teléfono público.


15

–Señora Townsend, soy David Chadwick. Por favor, no cuelgue. –¿Le sonaba a ella su voz con la misma vehemencia que a él?–. Necesito hablar con usted. No puedo dejar las cosas tal como están.
–¿Y bien? –Podía ser una expresión cálida y que animara a proseguir, pero ella la había convertido en la más fría del mundo. En sus labios era onomatopéyica, un pozo ciertamente,[5] un lugar de aguas profundas, oscuras y heladas.
–No la llamo para hablar de... de lo que le mencioné la semana pasada. No tengo intención de hablar del señor North.
–Me alegro, porque yo no quiero hablar de él con usted. –Su tono no era cáustico ni desafiante. ¿Férreo, implacable, remoto?
–Mi comportamiento la semana pasada fue horrible y le pido disculpas. Pero quiero verla y explicarle que no soy un patán ni un bromista. Señora Townsend, ¿querría cenar conmigo?
Incapaz de verla, David no podía definir el significado de su silencio.
–Por supuesto que no –dijo ella al fin, pero no desdeñosamente, y se echó a reír. David no detectó ni burla ni agravio. Ni siquiera le divertía. Era una risa de incredulidad.
–A comer entonces –insistió él–. En algún restaurante atestado donde se sienta a salvo.
–Su visita me asustó.
En ese momento David se enamoró de ella. Hasta entonces había sido un sueño estúpido. ¿Por qué había sido tan idiota como para llamar y dar pie a una honda tristeza en cinco minutos?
–Me asusté –explicó ella– porque estaba sola y era de noche. –De nuevo se hizo el silencio y sonaron los pitidos de advertencia, indiferentes a lo que estaban a punto de interrumpir. David tenía la moneda preparada y preguntó sin aliento:
–¿Sigue ahí?
–Esta conversación es ridícula, ¿no le parece? –Su voz sonaba enérgica ahora–. Creo que obró de buena fe, aunque eso ya no importa, pero no nos conocemos y lo único de lo que podríamos hablar... bueno, no quiero hablar de eso.
–No es lo único –replicó él con ardor–. Se me ocurren un centenar de cosas.
–Adiós, señor Chadwick.
David bajó por las escaleras mecánicas y cuando estaba solo en el pasaje que conducía al andén, dejó caer la postal para que la pisoteara el tropel matutino de usuarios.

Estaba casi segura de que Bob no había oído la conversación, pero cuando volvió a la sala de estar él levantó los ojos con una mirada atormentada. ¿Debía mentirle, decirle que había llamado un posible comprador para la casa que le enviaba el agente?
–Lo he oído –dijo él–. Era ese tipo, Chadwick.
–Sólo quería pedirme que cenara con él –dijo ella con tono apaciguador–. No iré, desde luego.
–¿Qué quiere, Susan? ¿Qué pretende?
–Nada... Bob, me haces daño. –Las manos de Bob, tan suaves cuando le acariciaban la mejilla, parecieron estrujarle las muñecas–. Siéntate. ¿Qué te estaba diciendo antes de que llamara...? –Los fuertes dedos se relajaron–. Te hablaba de Louise –recordó–. Te estaba contando cómo se conocieron ella y Heller. Magdalene Heller me explicó toda la historia. Después de aquello solían citarse cuando yo tenía que trabajar hasta tarde. –Su voz sonaba febril, desesperada–. En cafés, pubs. A él le afectó tanto que quiso suicidarse. Ojalá lo hubiera conseguido. Luego empezó a escribirle aquellas cartas horribles... Susan, quemaste aquellas cartas, ¿verdad?
A Susan no le importaba ya si le decía la verdad o no. ¿Cuál era, al fin y al cabo, la verdad?
–Las quemé, Bob.
–¿Por qué no puedo olvidarlo todo, superarlo de una vez? Tú crees que me estoy volviendo loco. Sí, lo crees, Susan, lo veo en tu cara.
Susan apoyó la cabeza en las manos y se pasó los dedos por los cabellos.
–Mantente alejado de la señora Heller, si ella te trastorna –dijo al fin–. Ya has hecho bastante por ella.
–¿Qué quieres decir?
–Le has dado dinero, ¿no?
Él suspiró y habló con un cansancio infinito.
–Me gustaría marcharme muy lejos. ¡Oh, Susan, si pudiera evitar volver a esa casa esta noche! O ver a Magdalene Heller. –Hizo una pausa y añadió como si manifestara algo profundo, pero al mismo tiempo novedoso y terrible–: No quiero volver a ver a Magdalene Heller en mi vida.
–¿Ni a mí, Bob? –preguntó Susan suavemente.
–¿A ti? Sería mejor que no te hubiera conocido, que no te hubiera visto jamás... –Se levantó con el rostro tan pálido y tenso como si estuviera enfermo o realmente loco–. Te quiero, Susan. –La rodeó con los brazos y, con los labios casi tocando los de ella, dijo–: Un día, cuando esté... cuando esté mejor y todo esto haya pasado, ¿te casarás conmigo?
–No lo sé –respondió ella con sinceridad, pero le besó tras un largo suspiro y le pareció que ningún otro beso había sido nunca tan placentero ni tan dulce–. Aún es pronto –dijo cuando sus bocas se separaron y ella miró su rostro tenso y atormentado.
–Está el niño, lo sé –dijo él con vehemencia, leyéndole los pensamientos–. Me tiene miedo pero se le pasará. Podríamos irnos los tres de aquí, ¿no crees? Lejos de la señora Dring y de ese Chadwick... y de la señora Heller.

La obra para la que David había diseñado los decorados concluyó y aparecieron los títulos de crédito. Pensó entonces en ver las noticias. La primera era el resultado de unas elecciones parciales en West Country que no le interesaba en absoluto. Se había levantado para apagar el televisor cuando se detuvo, intrigado por la voz de un locutor que había reemplazado súbitamente al presentador. Aquel deje en la entonación, aquellas erres acentuadas le resultaban familiares. Las había oído antes en los labios de Magdalene Heller. El acento de ésta, mucho menos acusado que el del comentarista, siempre lo había desconcertado, y ahora sabía por fin de dónde provenía: Devon.
Inmediatamente recordó la fotografía de Robert y Louise North aparecida en el periódico. Se la habían tomado en Devon mientras pasaban allí sus vacaciones del año anterior. ¿Eso significaba algo?
Poniendo cuidado, repitió mentalmente la conversación que había tenido con Magdalene dos horas antes y le pareció extraño que le hubiera contado cómo se habían conocido su marido y Louise North. ¿Porque las circunstancias de ese encuentro le producían auténtica congoja, o porque en realidad no se habían conocido así? Desde luego era posible que Bernard hubiera llevado a la señora North a casa porque ésta no se encontraba bien, prometiendo quizá llamarla para preguntar por ella, y que a partir de entonces hubiera surgido el romance. Pero ¿no era más probable que se hubieran conocido todos durante unas vacaciones?
Una vez más David notó que aumentaba su excitación. ¿Y si las dos parejas se habían conocido en un hotel o una playa? Luego, cuando Louise y Bernard regresaron a Matchdown Park y East Mulvihill respectivamente, con la intención de seguir alimentando su mutua atracción, lo último que hubieran hecho sería hablar con amigos o vecinos sobre aquella amistad de vacaciones aparentemente fugaz, pero North y Magdalene se habían conocido, compartirían un recuerdo que, aun siendo fortuito, haría más natural que se vieran después.
En ese caso North podría haberse puesto en contacto con Magdalene para revelarle la conducta de su mujer, o viceversa, Magdalene le habría informado a él de la conducta de Bernard. Ni siquiera Ulph, pensó David, encontraría descabellada esa suposición.
David vaciló unos instantes y luego marcó el número de Carl Heller. Contestó la patrona. El señor Heller acababa de llegar de casa de su cuñada y se estaba quitando el abrigo en ese preciso instante. El teléfono distorsionó ligeramente la voz de Carl, haciéndola más gutural.
–¿Ocurre algo, señor Chadwick? Espero que no.
–No, no –dijo David–. Es que había pensado en pasar unos días en Suiza para Pascua y se me ha ocurrido que usted podría recomendarme un buen alojamiento.
Carl empezó a devanar una lista de nombres y lugares. Parecía casi animado, ansioso por ayudar, igual que Bernard cuando se le pedía un favor. David recordó entonces que, al ser tanteado sobre el posible préstamo de una chimenea, el hermano muerto le había ofrecido no uno, sino una docena de los últimos modelos. Asimismo, en lugar de nombrar un par de pensiones. Carl seleccionó de su memoria hoteles y centros turísticos en cada cantón suizo, interrumpiéndose sólo para que David tomara, o fingiera tomar, abundantes notas.
–Con esto bastará –dijo David aprovechando que Carl se detenía para tomar aliento–. Su hermano y su cuñada irían a menudo a ese sitio, ¿no? –Y mencionó el nombre de un modesto hotel en Meiringen.
–Mi hermano nunca volvió a Suiza después de casarse. Me dijo que pretendía convertirse en un inglés auténtico y que había abandonado todos sus hábitos continentales. Él y Magdalene pasaban las vacaciones en Inglaterra, en Devon, de donde es Magdalene.
–¿En serio?
–Por eso me alegró tanto que lo enviaran a Zurich. Espera a ver auténticas montañas, le dije a Magdalene. Pero luego mi hermano hizo aquello tan espantoso y... –El fuerte suspiro de Carl vibró a través del auricular–. Es curioso, señor Chadwick, a usted le divertirá, aunque es triste en cierto sentido. En Devon, en Bathcombe Ferrers, siempre se alojaban en el mismo lugar, una pequeña pensión llamada El Chalet Suizo, ¿se lo imagina? Mi hermano y yo solíamos bromear al respecto. Pero usted es un gran viajero, lo sé, y no se contentaría con un lugar semejante. No, usted tiene que ir a Brunnen, o quizá a Lucerna. Monte Pilato... ¿lo ha apuntado en la lista como le he dicho? Tiene el nombre...
En la mano David sólo tenía el sobre sucio sobre el que Carl había escrito su dirección y, sintiéndose un poco avergonzado por el engaño, escribió al lado cinco palabras únicamente.


16

Un letrero rústico con el nombre grabado al fuego le informó que había llegado. No vio otro indicio de por qué al lugar lo habían llamado «El Chalet Suizo». Era una casa de estilo eduardiano, de tres pisos y tejado apenas visible. Una superabundancia de cañerías formando una maraña semejante a la de una enredadera cubría toda la fachada.
Se entraba por un invernadero lleno de macetas de Busy Lizzie. David abrió la puerta de cristal interior y se encontró en un vestíbulo en el que color y decoración podrían haber constituido el tema perfecto para una fotografía en tono sepia del siglo xix. Se acercó a un pequeño cubículo en la pared que le recordó la ventanilla para comprar billetes de una estación de trenes prácticamente en desuso. Sobre el mostrador había una campanilla de latón con pinturas de edelweiss y el nombre de Lucerna. Se había salvaguardado el honor. En El Chalet Suizo había al menos un objeto genuinamente suizo.
El tintineo agudo de la campanilla hizo salir a una mujer pequeña y rolliza por una puerta en la que se leía «Privado». David metió la cabeza por el hueco, preguntándose si era así como se sentía uno en el cepo. La mujer avanzó agresivamente hacia él como si fuera a lanzarle un huevo o un tomate.
–Chadwick –se apresuró a decir él–. De Londres. Tengo habitación reservada.
La mirada amenazadora se desvaneció, pero la mujer no se dignó sonreír. David calculó que debía de tener poco más de sesenta años. Llevaba el pelo teñido del color de una estera de coco, a la que también se parecía por la textura, y vestía un conjunto malva de lana, un milagro de trenzas, lazos y otras clases de puntos.
–Encantada de conocerle –dijo–. Soy la señora Spiller, con quien habló por teléfono. –No era nativa del lugar. Tal vez se había retirado allí con la esperanza de hacer fortuna. David echó un vistazo a la carpintería de pino que necesitaba una nueva mano de barniz, a la lámpara con su pantalla de baquelita y al libro de registro que la patrona empujó hacia él y cuyas hojas vacías hablaban de fracaso–. Habitación número ocho. –David extendió la mano para recibir la llave. La ofensa se instaló en una arruga de la frente purpúrea de la mujer–. Aquí no usamos llaves –dijo–. Puede cerrar la puerta con pestillo si es usted quisquilloso. El desayuno se sirve a las ocho en punto, la comida a la una y se cena a las seis. –David recogió su maleta–. Son dos tramos de escalera. –La mujer salió del cubículo agachándose por debajo de la parte abatible–. La primera puerta a la izquierda. El lavabo está en el cuarto de baño, así que no se entretenga lavándose. Tenga un poco de consideración.
¿Consideración hacia quién?, se preguntó él. La temporada no había hecho más que empezar y el lugar parecía muerto. Eran las once y diez, pero la señora Spiller parecía haber olvidado su última exhortación, pues cuando David subía ya por la escalera le gritó:
–No me ha dicho quién le ha recomendado este sitio.
–Una amiga –contestó David–. La señora Heller.
–¿No será la pequeña Mag?
–La señora Magdalene Heller, eso es.
–Bueno, ¿por qué no me lo ha dicho antes?
Porque había creído que debía llegar a ese punto sutilmente, con astucia y poco a poco.
–Y se lo quería callar. Seguro que si no se lo pregunto no me lo dice. Leí todo lo de su tragedia en los periódicos. Me dejó de piedra, se lo aseguro. He puesto agua a hervir para el té. ¿Le apetece una taza antes de acostarse? Muy bien. Deje el equipaje aquí y le diré a mi chico que se lo suba.
Las cosas se presentaban mejor de lo que David esperaba. Necesitaba hacerle una pregunta a la señora Spiller. De su respuesta dependía que él se quedara todo el fin de semana o que se marchara a la mañana siguiente.
–Naturalmente, ella estuvo aquí el año pasado.
–Efectivamente, en julio. A finales de julio. Ahora vaya al salón y póngase cómodo.
El salón era pequeño y desvencijado. Olía a hojas de geranio y a insecticida. La señora Spiller cerró la puerta tras él y se fue a preparar el té. David se sentó, preguntándose cuántas veces se habría sentado Magdalene en la misma silla. ¿Y si los North se habían alojado allí también y el primer encuentro entre Bernard y Louise se había producido en aquella misma habitación? Observó la decoración con ojo crítico de diseñador, las macetas, el grupo de boda sobre un piano vertical, la tormenta de nieve en una cúpula de cristal. Frente a él había dos cuadros, una acuarela de Plymouth Hoe y una penosa litografía de alguna ciudad centroeuropea. Había otro cuadro en el rincón, medio oculto por un pie de caoba para plantas. Se levantó para mirarlo más de cerca y le dio un vuelco el corazón. ¿Qué más apropiado para aquella habitación victoriana que The Order of Release de Millais? Susan Townsend le traspasó con la mirada, la boca torcida, los ojos fríos, distantes e indiferentes.
Antes de coger el coche y presentarse allí, David había hecho una cosa extraña, tal vez estúpida. Había enviado una docena de rosas blancas a la señora Townsend. ¿Sería así cuando las recibiera, cambiando su expresión de fría amabilidad a repugnancia en cuanto cerrara la puerta?
–¿Azúcar? –preguntó la señora Spiller junto a su oído derecho.
David dio un respingo y estuvo a punto de tirar la taza que le tendían.
–Está un poco nervioso. Un par de días por aquí le calmarán. Un lugar muy adecuado para recuperar fuerzas, Bathcombe.
–A Magdalene siempre le hace mucho bien –comentó David.
–Mejor que mejor. Se necesita buena salud para enfrentarse con lo que ella ha tenido que apechugar. Qué terrible lo de su marido, ¿no cree? Suicidarse de esa manera. A menudo me he preguntado qué había detrás de todo eso. –No tanto como él, se dijo David, sorbiendo el té dulce y caliente–. Siendo amigo suyo, sin duda usted sabe qué fue lo que provocó todo. No sufra por contármelo. No exagero si le digo que más o menos era una de la familia. Año tras año el señor Chant traía aquí a la pequeña Mag para pasar las vacaciones, y Mag siempre me llamaba tía Vi.
–Aún lo hace –dijo David con decisión–. Suele hablar a menudo de su tía Vi. –Pero ¿quién era el señor Chant? Su padre, claro. En el periódico que envolvía el proyector de diapositivas se anunciaba la boda de Bernard Heller con la señorita Magdalene Chant.
–Sí –dijo la señora Spiller, recordando el pasado–, venía aquí con su padre desde que era así de alta y conoce a todos los vecinos. Pregúntele a cualquiera en el pueblo si recuerda a la pequeña Mag Chant empujando la silla de ruedas de su padre. Bueno, no era suya. Solían pedírsela prestada al viejo señor Lilybeer y bajaban hasta la playa. Ella y Bernard vinieron aquí a pasar la luna de miel y la mayoría de veranos desde entonces.
–¿Se alojó la señora North aquí alguna vez?
–¿North? –La señora Spiller reflexionó y se puso como la grana–. ¿Se refiere a la querida de Bernard? –David asintió–. Desde luego que no. ¿De dónde ha sacado esa idea?
–De ningún sitio –contestó David.
–Ya me extrañaba a mí. Debió perder la chaveta para perseguir a una mujer como ésa cuando la suya era tan encantadora. Todos los chicos de aquí pretendían a Mag cuando era una chiquilla, o la hubieran pretendido si su padre les hubiera dado la oportunidad.
–Lo imagino –dijo David con tono apaciguador, pero consciente de que, al menos de momento, había estropeado la esperanzadora armonía entre la señora Spiller y él. Ella era una aliada inquebrantable de Magdalene, como si realmente fuera su tía, y se había tomado la introducción del nombre de Louise North como una crítica hacia su sobrina adoptada, hacia su belleza y su atractivo–. Creo que Magdalene es excepcionalmente guapa.
Pero la señora Spiller no iba a aplacarse tan fácilmente.
–Me voy. Estoy al final de la cuesta, por el bosque –anunció, y le miró con expresión de agravio con el entrecejo fruncido–. Puede encender la tele si quiere.
–Hace un poco de frío para eso. –No había calefacción y en la chimenea había un jarrón con flores de cera.
–Nunca enciendo las chimeneas después del uno de abril –le informó la señora Spiller ásperamente.

Una cosa había descubierto. Los North no sólo no habían estado en El Chalet Suizo al mismo tiempo que Bernard y Magdalene, sino que jamás lo habían pisado. Sin embargo, tenían más dinero que los Heller y tal vez se alojaban en uno de los hoteles del pueblo.
David desayunó a solas, cornflakes, huevos con beicon y gruesas tostadas doradas. Había terminado y salía del comedor cuando aparecieron los únicos huéspedes aparte de él, un hombre de expresión severa y una mujer de mediana edad con pantalones ceñidos. La mujer miró a David en silencio mientras se servía de las cuatro botellas de salsas diferentes que había sobre el aparador.
La mañana era fría y nublada, sin sol ni viento. Encontró un camino entre los pinos que le llevó a la cima de un acantilado en diez minutos. El mar estaba en calma, gris y con una pátina de plata. Entre dos promontorios vio una isla puntiaguda cubierta de brezo que surgía del mar y que por el cuadro de Turner identificó como Mewstone, la Roca de las Gaviotas. Esta asociación entre arte y naturaleza evocó de nuevo el rostro de Susan Townsend, y David emprendió el camino hacia el pueblo sintiéndose deprimido.
En el Gran Hotel Occidental pidió café y le condujeron a un salón gélido. El lugar no estaba preparado aún para los turistas. A través de una amplia ventana salediza en semicírculo vio un transbordador, dirigido manualmente por un solo hombre, que hacía la ruta entre la orilla de Bathcombe y una diminuta playa de la orilla opuesta.
–Un amigo mío, el señor North –le dijo a la camarera que le llevó la cuenta–, estuvo aquí a finales de julio del pasado año, y al enterarse de que iba a venir yo me ha pedido que preguntara por un libro que se dejó en la habitación.
–Pues lo ha dejado mucho tiempo –replicó la chica con cierta impertinencia.
–No se hubiera molestado en recuperarlo de no ser porque yo iba a venir.
–¿Y cómo se titulaba ese libro?
Sésamo y lirios –dijo David, porque no dejaba de pensar en Susan Townsend, que era la esposa de Ruskin en su imaginación. Con una sonrisa, dejó todo el cambio de un billete de diez chelines sobre el plato.
–Lo preguntaré –dijo la chica con más amabilidad.
David contempló al barquero que llegaba a la orilla de Bathcombe con el transbordador. El hombre descargó un cajón de botellas de zumo. Seguramente la única cosa que había en la otra orilla era una casa de huéspedes. Pensándolo bien, los North podían haber alquilado una casita, o un apartamento, o haber ido a casa de unos amigos. Tal vez no habían estado allí en julio, tal vez nunca habían estado en aquella parte de Devon.
La camarera volvió con cara de pocos amigos.
–Su amigo no se dejó aquí el libro ese de jardinería –anunció–. Ni siquiera estuvo aquí. Lo he comprobado en el registro. Será mejor que pruebe en el Palace o el Rock.
David comprobó que los North no se habían alojado en esos hoteles, y cruzó la ensenada en el transbordador para descubrir que la casa solitaria era un hostal juvenil.
En El Chalet Suizo se sirvió pastel de carne y patatas y pudding para comer.
–Bueno, ¿ha encontrado a alguien que conozca a Mag? –le preguntó la señora Spiller cuando se acercó a servirle café instantáneo y lonchas de queso.
–Apenas he visto un alma.
Los rizos de estera de coco se agitaron y todas las borlas del jersey lila se estremecieron.
–Si es animación lo que quiere, no sé por qué no se ha contentado con Plymouth. La gente viene a Bathcombe para conseguir un poco de paz.
¿Y si los North se «habían contentado» con Plymouth? Tal vez habían ido a Bathcombe un solo día de excursión. Pero ¿podía surgir un apasionado romance de un encuentro aislado en una playa? David no se imaginaba al lento e impasible Bernard colocando su tumbona junto a la de Louise para intercambiar direcciones subrepticiamente.
–No me estaba quejando –mintió–. Este lugar es precioso.
La señora Spiller se sentó y apoyó sus gordos codos malva sobre la mesa.
–Eso solía decir el señor Chant. «Este lugar es precioso, señora Spiller. Aquí sí hay paz y tranquilidad», me decía, y eso que venía de Exeter, que no es lo que uno consideraría un lugar bullicioso, ¿no cree? Por cierto, quería preguntarle qué tal está la tía Agnes.
–¿Tía Agnes?
–He pensado que Mag la habría mencionado. No es que culpe a Mag, una joven como ella, pero siempre he pensado que tenía mucho que agradecerle a la tía Agnes. De no ser por ella jamás habría ido a Londres ni se habría casado.
Con la mente perdida en otros pensamientos, David comentó que tal vez no hubiera sido tan malo.
–En eso sí tiene razón. –La señora Spiller le pasó un paquete de galletas María–. Pero entonces ella no sabía lo que iba a pasar, claro. Recuerdo que en aquella época, en 1960, yo pensaba que la pobre niña nunca tendría una vida propia atada a un viejo de esa forma.
–¿Se refiere al señor Chant? –preguntó David distraídamente.
–Bueno, quizá no debería llamarle viejo. Creo que no debía tener más de cincuenta y cinco, pero ya sabe lo que pasa con los inválidos; uno siempre piensa que son viejos, sobre todo cuando están paralíticos como el señor Chant.
–Artritis o algo así, ¿no?
–No, ahí no está bien informado. Esclerosis múltiple, eso es lo que me dijo la tía Agnes. Vino con ellos en 1960, y él estaba ya muy mal, demasiado para que Mag se manejara sola.
–Supongo que sí. –David quería seguir con sus pesquisas. No le interesaban las enfermedades del sistema nervioso central y aguardaba una oportunidad para escapar de la señora Spiller.
–Esas enfermedades se desarrollan muy lentamente –decía ella–. Se puede tener esclerosis durante veinte o treinta años. No crea, tenía sus días buenos. Algunas veces estaba tan bien como usted y yo, pero otras... Me dolía el corazón, se lo aseguro, viendo a aquella encantadora muchacha empujando la silla de ruedas cuando aún no era más que una adolescente.
–Su madre había muerto, supongo –dijo David, aburrido.
–Eso solía decir a la gente. –La señora Spiller acercó más el rostro y bajó la voz. La pareja de mediana edad estaba sentada a unos cinco metros de ellos, mirando por la ventana, pero la extrema cautela de la señora Spiller implicaba que eran espías cuya única misión al alojarse en aquella casa de huéspedes consistía en desvelar ciertos enigmas sin resolver en la historia familiar de los Chant–. A mí me lo contó todo la tía Agnes –susurró–. La señora Chant se fue de casa con un tipo cuando Mag era una niña. Nunca supieron cómo acabó. Yo creo que vio lo que se le avecinaba y se marchó cuando aún podía.
–Como Magdalene.
–Una esposa es una cosa –dijo la señora Spiller, picada–, y una hija otra muy distinta. Cuando la tía Agnes escribió y dijo que Mag se iba a Londres para buscar trabajo, yo pensé que era lo mejor que podía ocurrir. Que disfrute un poco mientras aún es joven, pensé. Naturalmente la tía Agnes no era joven, en realidad era la tía del señor Chant, y no es ninguna broma cuidar de un inválido cuando se tienen más de setenta años.
–Sin duda salió adelante.
–No creo que supiera lo que le esperaba cuando se hizo cargo de él. No sabía que Mag conocería a Bernard y escribiría a su casa para decir que se habían prometido. Ojo, yo no supe nada de todo esto hasta que Mag y Bernard vinieron de luna de miel. Eso fue dos años más tarde y el señor Chant ya había muerto. Por eso le he preguntado si sabía qué había sido de la tía Agnes. Habrá muerto ya, supongo. Nos ocurre a todos a su debido tiempo, ¿verdad?
–Depende de lo que entienda por su debido tiempo –repuso David, y pensó en Bernard con una bala en la cabeza por un amor imprudente.

Susan había empezado el último capítulo de Carne fétida cuando Bob abrió la puerta de atrás y entró silenciosamente. Susan dejó de teclear inmediatamente, consternada por la expresión de Paul. El niño hacía rodar sus camiones por entre las patas de la silla donde ella estaba sentada, pero en cuanto vio a Bob se quedó en cuclillas, inmóvil y rígido y con un rostro que hubiese parecido inexpresivo a cualquiera menos a su madre, que sabía interpretarlo.
–¿De dónde han salido esas flores, Susan?
Fue Paul quien contestó:
–De un hombre llamado David Chadwick. Las rosas son las flores más caras que se pueden enviar en abril.
–Entiendo. –Bob les dio la espalda y miró por la ventana los olmos, en los que no había un solo brote ni un vestigio de verdor–. Chadwick... Y los narcisos son las más baratas, ¿no es eso?
–Los narcisos los cogiste del jardín.
–Muy bien. Paul, ya es suficiente –dijo Susan–. No hace tanto que dijiste que era una tontería mandar flores a la gente. –Sonrió a la espalda de Bob–. Y tenías mucha razón –añadió–. Veo a Richard en el jardín. Supongo que se preguntará dónde estás. Paul.
–¿Entonces por qué no me llama? –replicó el niño, pero de todos modos salió, eludiendo la mano que Bob le tendía súbita y patéticamente.
Susan la tomó en su lugar y, de pie junto a él, sintió una vez más la atracción física que ejercía sobre ella, una atracción que obnubilaba su mente y la dejaba exhausta.
–¿Has pensado en lo que te pregunté?
Por un momento la única respuesta de Susan fue apretarle más la mano. Y en ese momento tuvo la inopinada y desagradable revelación de que ésa era la respuesta. El contacto físico y luego un contacto físico más intenso y prolongado era el único modo en que podía llegar a él. La intimidad que les aguardaba si se casaban sería como esa presión de las manos pero a escala más completa, el desesperado emparejamiento sin alma de dos criaturas en un desierto. Susan alzó los ojos hacia él.
–Es demasiado pronto, Bob. –El rostro de él estaba pálido y agotado, y ni siquiera parecía atractivo; fue más la ternura que el deseo lo que hizo a Susan desear besarle. Pero se alejó, pues de pronto la respuesta demorada volvió imposible el beso–. Ven y siéntate. No te importa lo de las rosas, ¿verdad? No sé por qué me las ha enviado.
–Porque quiere conocerte mejor, Susan. El mundo está lleno de hombres que querrían conocerte mejor. Por eso tengo que... tienes que... Susan, si hubiera sentido lo que siento ahora cuando Louise aún vivía, ¿habrías...?
–¿Cuándo Louise estaba viva?
–Si me hubiera enamorado de ti entonces, ¿te habrías venido conmigo?
Susan experimentó un miedo súbito e inmotivado.
–Por supuesto que no, Bob. Aunque hubieras querido casarte conmigo, Louise no podía divorciarse de ti. Era católica.
–¡Dios mío –gritó él–, eso ya lo sé!
–Entonces no te atormentes más. –Susan vaciló y luego dijo–: Supongo que tú podrías haberte divorciado de ella. –¿Y habría sido diferente, habría habido una auténtica amistad entre ellos sin el espectro de la muerte de Louise y Heller interponiéndose como único y fastidioso tema de conversación?–. Sí, podrías haberte divorciado –repitió cansinamente.
–Te equivocas –dijo él, y sus ojos se habían oscurecido, pasando del azul a un negro impenetrable–. Fue por eso... Oh, Susan, ¿de qué sirve ahora? Es el pasado, se ha ido para siempre. Heller amaba a mi mujer y la mató y yo debería ser libre... ¡Susan, jamás seré libre! –Más tranquilo, Bob se estremeció y poco a poco su rostro compuso la expresión que solía adoptar cuando exploraba su obsesión–. Todo el mundo me persigue –se quejó–. La policía ha estado otra vez aquí. ¿No has oído al perro? Toda la calle debe de haberlo oído.
–Pero ¿por qué, Bob?
–Supongo que tu amigo Chadwick les ha hablado de mí. –En su boca finamente delineada había una sonrisa burlona cuando miró las rosas blancas–. Querían saber si conocí a Magdalene Heller el mes de agosto pasado. –Se volvió hacia Susan con aquellos ojos sombríos y ella, al mirarlo a su vez, sintió miedo de él por primera vez–. También ella me persigue –dijo con tono apagado.
–No te entiendo –dijo Susan, impotente.
–Dios sabe que espero que nunca lo entiendas. Luego está nuestra señora Dring. –Respiró hondo–. La he puesto de patitas en la calle esta mañana. Ya era bastante duro tener que escuchar su cháchara sobre Louise, pero podría haberlo soportado.
–¿Qué ha ocurrido, Bob?
–La he encontrado hurgando en el tocador de Louise. Creo que buscaba las cartas. Debió de enterarse de que existían por los periódicos y ha pensado que tendría la oportunidad de echarles un vistazo. Ha habido una escena, he dicho cosas que no debería haber dicho y ella también. Lo siento, Susan. Al parecer nada me sale bien.
Bob alargó la mano hacía ella lentamente, como si quisiera atraerla hacia sí, y ella se puso en pie, perpleja e incómoda, para aferrar esa mano, cuando el teléfono rompió con apremio su silencio. Bob hundió la cabeza entre las manos con un gemido de desesperación.
Susan cogió el auricular y se sentó pesadamente al oír la voz quebradiza de palique de Julian.
–He encontrado un comprador para la casa, querida. Nuestro viejo amigo Greg.
Conociéndolo bien, Susan notó que su ex marido hacía una pausa para que ella la llenara con elogios y felicitaciones. Como alguien que se aventura en un idioma extranjero medio aprendido, sintió la necesidad de decir cualquier cosa para demostrar que podía.
–¿Por qué quiere vivir aquí?
–Buena pregunta –dijo Julian–, sobre todo teniendo como tiene esa preciosa cuadra.[6] Lo cierto es que Dian ha estado jugando y él cree que hay demasiadas tentaciones en Londres. Así que te lo enviaré, ¿te parece?
–Espero que aún seré capaz de reconocerlo.
Susan fue consciente de que Julian le daba una réplica sarcástica, pero sus palabras no eran más que palabras, sin significado, sin poder. Al advertir un movimiento en la sala de estar, alzó los ojos y vio a Bob en el umbral de la puerta. Su rostro y su cuerpo estaban en penumbra, era una silueta oscura y, allí apostada, sugería un hombre al borde del abismo. Susan cubrió el auricular con la mano.
–Bob...
Él hizo un breve y extraño gesto con una mano como apartando algo. Luego desapareció de su vista y Susan oyó cerrarse la puerta del jardín.
–¿Sigues ahí, Susan?
–Sí, yo... –¡Qué diferente hubiera sido aquella conversación con Julian si hubiera podido decirle que iba a casarse! Pero en ese momento supo con toda certeza que jamás podría casarse con Bob–. Greg puede venir cuando quiera –dijo, y añadió con la cortesía de un conocido accidental por negocios–: Has sido muy amable al llamar. Adiós.
Se sentó junto al teléfono y pensó en que sólo la separaban de Bob dos delgadas paredes y tres metros de aire, pero esas barreras eran tan impenetrables para ella como los cercos de la mente de Bob. Sintió escalofríos porque cuando se besaban o estaban sentados en silencio, ella era casi feliz, pero esa felicidad se apagaba inmediatamente al vislumbrar los entresijos de aquella mente cerrada.


17

Utilizando la historia del libro perdido, David pasó la tarde del sábado visitando todos los hoteles de la costa del sur de Devon entre Plymouth y Salcombe, sin el menor resultado. Plymouth acabó derrotándole. Contó doce hoteles y casas de huéspedes sólo en la guía de la Asociación del Automóvil, y después de haber probado en cuatro de ellos abandonó. Los North debían de haber alquilado una casa o quizá se habían quedado tierra adentro.
Lo más probable era que pasaran esas vacaciones en el norte de Devon, que fueran en mayo o en junio. Y tal vez Magdalene había dicho la verdad. No era en una playa o en un restaurante de un paseo marítimo donde Bernard había conocido a Louise, sino en una cocina de un barrio residencial, bebiendo té.
–¿Ha tenido un buen día? –le preguntó la señora Spiller, poniendo un plato de pastel de cerdo y lechuga frente a él–. Es una pena que aún no se pueda hacer el viaje en barco hasta Plymouth, pero no funciona hasta mayo. Mag siempre iba en barco. De todas formas creo que a usted no le gustaría, con lo nervioso que es.
David nunca había pensado que fuera un neurótico. Tal vez la premura y al mismo tiempo la falta de resultados de su búsqueda empezaba a hacer mella en él.
–¿Es un trayecto peligroso? –preguntó con ironía.
–Tan seguro como quedarse en casa, pero está lo del Ocean Maid, al fin y al cabo.
A David le sonaba el nombre. Recordaba vagamente unos titulares desagradables y que había leído algo en los periódicos sobre una catástrofe similar a la del Darlwyne, pero con un final más feliz. Un vistazo a la señora Spiller le dijo que ésta se moría de ganas por conversar y él no tenía a nadie más con quien hablar ni nada que hacer.
–Era un barco de recreo –dijo–. ¿No encalló frente a estas costas?
La señora Spiller cogió una taza de una mesita y se sirvió de la tetera de David.
–Iba recogiendo gente para venir aquí y a Newton desde Torquay y Plymouth. Tenía que volver a las seis. Lo siguiente que supimos por radio era que había desaparecido. –Unas cuantas gotas de té cayeron en el pecho lila en relieve. Cogió una servilleta de papel de un vaso y se frotó la mancha–. ¡Caramba con el té! ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, bueno. Mag estaba un poco aburrida y sola, no sabía qué hacer, así que le dije: ¿Por qué no te vas en el barco?, y lo hizo. Le preparé una buena comida en un paquete y la acompañé hasta el barco yo misma, sin pensar ni por lo más remoto que se les acabaría el combustible y se quedarían encallados toda la noche.
»Y ella sólo llevaba unos pantalones y una de esas camisetas finas. Tienes una bonita figura, le decía yo, así que, ¿por qué no enseñarla? Pues no debió de pasar poco frío en aquel barco. Bueno, llegaron las seis y las siete y ella no había vuelto, cuando lo oímos en las noticias. Me puse tan nerviosa que estuve a punto de mandarle un telegrama a Bernard. Uno no sabe qué hacer en un caso así, ¿verdad? No sabes si te preocupas innecesariamente. Sobre todo porque fui yo quien la animó a ir y le compré el billete y todo. Me culpaba a mí misma.
–¿Él no iba en el barco? –David dejó el tenedor y el cuchillo sobre la mesa y alzó la vista, súbitamente excitado.
–¿En el barco? ¿Cómo iba a ir en el barco si estaba en Londres?
–Pero yo creía que usted había dicho...
–Está en la luna esta noche, señor Chadwick. Eso ocurrió el año pasado, en julio. Mag vino sola. Lo ha confundido con los otros años en que Bernard venía con ella. En cualquier caso, como le decía, no le mandé telegrama y todo fue bien y a la pobre Mag no le ocurrió nada a pesar de lo que tuvo que pasar. No por eso dejó de salir durante el resto del tiempo que estuvo aquí. Se había hecho amiga de una gente del barco, me dijo, y salía con ellos cada día. Me alegré de no haber hecho venir a Bernard hasta aquí por nada, se lo aseguro... Oh, señor Chadwick, ha palidecido. Espero que no se sienta indispuesto.

Magdalene no había mentido. Bernard había conocido a Louise tal y como ella le había contado. Tal vez fuera también cierto que no había visto a North hasta el día de la audiencia probatoria, que jamás había planeado con él un asesinato, ni le había entregado un arma, ni se había sentado junto a él en El Hombre de la Máscara de Hierro. ¿No era posible también que Sid y Charles nunca les hubieran visto juntos, sino que se hubieran inventado una historia divertida para pasar el rato mientras se tomaban las copas a que él les había invitado?
El domingo por la mañana hizo la maleta y abandonó El Chalet Suizo. Ocho kilómetros hacia el interior, se detuvo a poner gasolina en un pueblo llamado Jillerton.
–¿Le limpio el parabrisas, señor?
–Sí, gracias. ¿Podría mirarme también la presión de las ruedas?
–¿Puede esperar cinco minutos mientras atiendo a este señor?
David asintió y cruzó la calle. Un día, pensó, recordaría aquel fin de semana y se reiría de sí mismo. Le había costado trescientos kilómetros de conducción y más de trescientas preguntas, además de dos días perdidos, descubrir que Bernard Heller no había estado allí.
Sólo había una tienda en la calle y, aunque era domingo, la puerta estaba abierta. David entró sin un propósito definido, mirando las vistosas pegatinas para coches, las figuras de duendecillos y los ciervos tallados en madera, réplicas de los que había visto a la venta en Viena, Lacock, Edimburgo y en la calle junto al metro de Oxford Circus. En un estante, tras aquel montón de baratijas fabricadas en serie, había tazones y jarras de cerámica de Devon, pintadas a mano en tonos crema y marrón, que no estaban mal. No se le ocurría nadie más que Susan Townsend a quien quisiera hacerle un regalo, pero si le compraba un recuerdo a ella seguramente se lo devolvería. A lo mejor las rosas blancas se estaban marchitando en su propia puerta en ese mismo momento.
Algunas de las piezas llevaban escritos olvidados proverbios, y ésas las desechó, pero los tazones, sencillos y de bonitas formas, llevaban nombres de pila: Peter, Jeremy, Anne, Susan... Tenía que haber una Susan, claro. ¿Qué le ocurría, qué locura sentimental se había apoderado de él que por doquier tenía que ver su nombre o su rostro?
Al final del estante había un tazón sin nombre que podía comprar a su madre para su chocolate caliente de cada noche. Lo cogió, le dio la vuelta y comprobó que, al igual que el resto de tazones, tenía un nombre escrito con elegante caligrafía de color marrón.
Magdalene.
¿Era posible que Bernard lo hubiera encargado para Magdalene en una de sus visitas previas y que luego hubiera olvidado recogerlo? Iba a devolverlo a su sitio pensativamente cuando una voz dijo a su espalda:
–Un nombre muy poco común, ¿verdad, señor? –David se volvió en dirección a la voz que pronunciaba las erres guturales de Devon y vio a un dependiente que podía tener su misma edad–. A menudo le he dicho a mi esposa que jamás lo venderemos con un nombre así. –Y, alzando la voz, gritó a alguien que había en la trastienda–: Le estoy diciendo a este señor que jamás venderemos ese tazón que encargó el señor North.

–¿El señor North?
–Lo recuerdo porque las circunstancias fueron un poco... bueno, extrañas –explicó el dependiente–. Fue el pasado mes de agosto, justo en el apogeo de la temporada alta. Pero no creo que quiera que le aburra con esta historia, señor. Ese caballero no vendrá a buscarlo, así que si usted está interesado... Pero no, con un nombre como Magdalene no es posible.
–Me lo quedaré –dijo David.
–Es un detalle por su parte, señor. Sesenta peniques, por favor.
–Ha hablado de circunstancias extrañas.
El joven se detuvo con el papel de envolver en la mano.
–Reconozco que si lo compra tiene derecho a saberlo. El caballero en cuestión se alojaba en King’s Arms. Es el pub del otro lado del prado y lo lleva mi tío. El señor North había encargado el tazón para su esposa, dijo, pero al ver que no volvía a recogerlo hablé con mi tío. Es la señora Louise North, me dijo, no Magdalene. Qué extraño, pensamos. Da la impresión de que es para una amiga y que el caballero no ha sido del todo sincero.
–Así que no quisieron ponerle en evidencia llevando el tazón al hotel.
–Y menuda evidencia, señor, teniendo en cuenta que la señora, es decir su esposa, cayó enferma a causa de uno de esos virus el mismo día en que llegaron. Habría empeorado de haber sabido lo que su marido se llevaba entre manos.
–¿El King’s Arms es ese pub de aspecto elegante que hay en el prado, dice?
–Eso es, señor.
North tenía debilidad por los pubs bonitos y pequeños...
–Una lástima que la señora North se pusiera enferma –dijo David con tono casual, y recordó las palabras de Magdalene Heller. Louise estaba enferma cuando Bernard la conoció... ¿Así que fue después de aquellas vacaciones, pues, cuando se conocieron?–. Debió de arruinar sus vacaciones.
–El señor North no permitió que eso le detuviera, señor. –El dependiente se encogió de hombros, quizá ante la vileza de la humanidad en general o de la gente de Londres en particular–. Se fue en aquel barco sin su mujer. El Ocean Maid, ya lo habrá leído usted en los periódicos de Londres. Me contó la historia cuando vino a encargar el tazón. Estuvieron a la deriva durante horas, sin saber lo cerca que se encontraban las rocas. Una cosa así nos quitaría las ganas de continuar con las vacaciones a usted o a mí, ¿no es cierto, señor? Pero ese señor North ni siquiera se inmutó. Yo le dije a mi mujer que se necesitaría un terremoto muy potente para desanimar a ése.

Susan casi lamentaba acercarse al final de Carne fétida. En cierto modo le había servido para alejar la mente de la tragedia de la casa contigua y de Bob. Ahora, sus problemas, sólo presentes en el subconsciente mientras mecanografiaba, volverían a llenar las horas que el manuscrito terminado dejaría vacías.
Página cuatrocientas dos. El manuscrito alcanzaría unas cuatrocientas diez páginas. La letra de Jane Willingale había empezado a empeorar en las últimas cincuenta hojas y algunas palabras eran prácticamente indescifrables incluso para Susan, que estaba acostumbrada a ella. Estaba intentando interpretar algo que parecía un enigmático signo taquigráfico cuando Doris aporreó la puerta de atrás y entró acompañada de Richard.
–No te importará que te lo deje un rato, ¿verdad, querida? El tiempo justo de ir a tomar unas copas con los O’Donnell. Invitaron a Bob, pero últimamente no quiere ir a ninguna parte. En mi opinión, padece de manía persecutoria. Sin embargo, tú sabes lo que pasa por su mente mejor que nadie, sin duda. Esta semana la policía ha estado aquí durante horas. ¿Los viste?
–Bob me lo ha dicho.
–Y le oí gritar a tu señora Dring cuando pasaba ayer por delante de su casa. Está muy nervioso. He visto a muchos así en los pabellones psiquiátricos. Supongo que sabrás lo que haces, pero a mí no me gustaría quedarme a solas con él. Rosas blancas. Pronto se marchitarán con esta temperatura. Al contrario que yo. Me quedaría aquí todo el día, pero ya veo que quieres seguir con lo tuyo. Es una lástima que haga siempre un frío de perros en casa de los O’Donnell.
El signo taquigráfico era «asesinato». Susan lo tecleó con una débil e inexplicable sensación de angustia. Oyó a Richard subir la escalera y el ruido de los pequeños vehículos que rodaban hacia el descansillo. Le quedaban siete páginas. Susan necesitaba de toda su concentración para descifrar la última acometida, casi histérica, de la novela de la señorita Willingale.
Los niños habían movido los juguetes hacia la escalera. Tenía que ser tolerante y contener la reprimenda hasta que se pusieran realmente insoportables. Bump, bump, crash, whirr... Era el nuevo tanque cayendo en picado para hacer una nueva hendidura en el parquet del zaguán.
–¡Estáis haciendo un ruido espantoso! –gritó–. ¿Por qué no salís un rato al jardín?
–Está lloviendo –dijo Paul con tono majadero.
–De todas formas sabes que no debéis jugar en la escalera.
Susan volvió la página y abordó con dificultad una larga frase. La letra había mejorado repentinamente. «Amor mío: Pienso en ti día y noche. En realidad no sé dónde terminan los sueños y...» No tenía sentido. Pero si ni siquiera era la letra de Jane Willingale; era más inclinada, las mayúsculas eran más grandes y la tinta diferente.
Susan frunció el entrecejo y dio una profunda calada al cigarrillo. Luego levantó las hojas a la luz y contempló las cartas de amor de Bernard Heller.


18

–¿Podemos sacar fuera la pista? –preguntó Paul, y añadió modosamente–: Ha dejado de llover, pero la hierba está mojada y he pensado que tenía que preguntártelo.
Susan apenas le oyó.
–¿Qué dices, cariño?
–¿Podemos sacar fuera la pista?
–Fuera no hay electricidad y hace demasiado frío para dejar la puerta abierta.
Paul hizo pucheros.
–No es justo. No podemos jugar en la escalera y no podemos entrar aquí porque estás trabajando. Tienes todos los papeles revueltos otra vez y los has llenado de ceniza. Pero si los desordeno yo te enfadas conmigo.
Así que no había quemado las cartas. Tal vez en el fondo siempre lo había sabido, pero desde luego sabía que no las había metido entre el cuerpo principal del manuscrito de la señora Willingale y la penúltima página. ¿Qué razón tenía Doris para hacer algo así? Doris, o la señora Dring.
–Paul, no habrás estado jugando otra vez con mis papeles, ¿verdad?
–¡No!
–¿Estás seguro?
–¡No los he tocado! –replicó el niño–. Te lo juro. No me he acercado a tu escritorio desde el día antes de ponerte enferma, el día que tuviste que ir al juicio de la señora North. –Una justa indignación enrojeció su rostro y amenazó con anegar de lágrimas sus ojos–. Me dijiste que si volvía a tocarlos no me dejarías ponerme el reloj, y no los he tocado.
–No hace falta que te pongas así. Te creo.
–Sólo una vez –dijo el niño con tono desafiante–, el primer día que estabas enferma. Quería ayudarte. Tenías los papeles revueltos. Te dejaste unos encima de la mesita, así que los puse con los otros, bien ordenados. ¡Pensé que te gustaría!

David estaba exultante de alegría. Había tenido razón desde el principio. No había perdido el tiempo. Sabía más allá de la duda que Robert North y Magdalene Heller se conocían desde el verano anterior.
Exultaba alegría, pero seguía sin comprender muchas cosas. Hasta entonces había supuesto que el encuentro entre North y Magdalene y el enamoramiento quizá habían surgido de la aventura entre sus respectivos cónyuges. Ahora parecía que los viudos se habían conocido primero. North se había embarcado solo en una excursión en barco y cuando se quedaron encallados en el mar toda la noche, se sintió atraído hacia Magdalene, que seguramente era, además de él, el único pasajero solitario en aquella excursión. David se la imaginaba perfectamente, un poco asustada quizá, pero haciendo alarde de su figura con los pantalones y la camiseta fina, y también imaginaba a North, tranquilizándola y prestándole su chaqueta.
Pero Bernard estaba en Londres y Louise yacía enferma en cama.
¿Era creíble que al regresar a casa North y Magdalene hubieran presentado a los otros? Para David no. North había encargado el tazón de cerámica para Magdalene y sin duda se habían visto todos los días durante el resto de sus vacaciones. La señora Spiller decía que Magdalene se había «hecho amiga» de alguien del barco. David estaba seguro de que, al final de las vacaciones, se habían enamorado. North jamás hubiera presentado a Magdalene a su esposa, ni ella a North a su marido.
¿Cómo, entonces, se las habían ingeniado para que los otros se conocieran?
David pasó la mañana del lunes en tiendas de anticuarios de Knightsbridge en busca de mobiliario Chippendale para el decorado de Mansfield Park. Su búsqueda fue fructuosa y a las doce y media cruzaba la calle para entrar en el metro de la esquina de Hans Crescent.
Una chica cuyo rostro le resultó familiar salía de Harrod’s en ese momento y se dirigió hacia él. La reconoció con cierta repugnancia. Resultaba irónico que tuviera que encontrarse con la segunda señora Townsend cuando lo que más deseaba en el mundo era ver a la primera. Esta absurda coincidencia le hizo sonreír, y ella se tomó esa sonrisa como un saludo entusiasta.
La señora Townsend dejó caer una enorme bolsa de papel estampado con un violento resoplido.
–¿Así que al final no compró la casa? –dijo con la estentórea franqueza que a él tanto le repelía–. ¿Sabía que Greg andaba tras ella? Sólo que no quería soltar más de ocho mil y Dios sabe que estamos en las últimas. Cada mes tenemos que pagar un buen fajo a esa mujer de Matchdown Park y lo que queda se va en aperitivos. –Aspiró ruidosamente–. No se imagina lo que acabo de pagar por una langosta.
David la observó. Parecía más joven que nunca, y especialmente vulgar. El atuendo de una pieza que llevaba –¿un vestido?, ¿un abrigo?– estaba hecho de un material grueso del color de la harina de avena con rayas grises aquí y allá y orlado de flecos en muñecas y dobladillo. Le hacía parecer una india, la delincuente juvenil de la tribu.
–Mi marido es un apasionado de la comida –dijo ella–. Oiga, ¿podría llevarme esto? Pesa una tonelada.
De hecho, debía de pesar cerca de medio quintal. Cuando David levantó la bolsa, un bulto de papel de envolver que sobresalía se deslizó y una gran pinza roja saltó hacia fuera. Elizabeth Townsend echó a andar hacia el bordillo.
–¿Quiere que le busque un taxi?
–¿Está loco? Voy en autobús. –Miró a David airadamente–. ¿Sabe qué voy a comer? Un yogur. A eso he tenido que llegar. Y me encanta comer, sencillamente me encanta. –Suspiró y refunfuñó–: Oh, venga, antes de que cambie el semáforo.
David la siguió cargando con la bolsa.
–Había pensado en ir a comer con Dian –dijo ella con irritación. David estuvo a punto de preguntarle quién era Dian, pero recordó la casa con el biombo de bambú lleno de velas.
–¿Y por qué no lo hace? Está muy cerca.
–Bueno, no me apetece nada. A mí esas cosas no me hacen gracia. Julian dice que aparezco siempre en el momento más inoportuno y todo eso. No, la cuestión es que Dian tiene un amante. No es muy propio de Dian, ¿no cree?
David dijo que ciertamente no lo era.
–Yo hubiera dicho que Dian era una mojigata. Frígida incluso. Pero me llama Minta esta mañana, y cuando le digo que me dejaré caer por casa de Dian va y me dice que no porque su amante está otra vez allí. –David metió la pinza en la bolsa y dijo que entendía lo que quería decir–. No quiero pillarlos in fraganti, ¿comprende? Por el amor de Dios, no diga una palabra de esto a Dian. Sé que es amiga suya. Al fin y al cabo, vive y deja vivir. Dian no se lo ha contado a Minta. Es normal, ¿no?
–Eso creo.
–Pero teniendo en cuenta que Minta vive enfrente, no podía esperar que no se diera cuenta. Minta me ha contado que el coche de ese tipo ha estado aparcado allí media docena de veces en la última quincena y que lo ha visto a él entrar furtivamente en la casa cuando Greg se iba al estudio. Lógicamente Minta le insinuó algo a Greg y por eso ahora él quiere llevársela lejos del peligro.
Cada paso que daban alejaba más a David de la estación de metro. Mientras Elizabeth Townsend continuaba andando sin detenerse en ninguna parada de autobús, David había estado buscando una excusa para dejar la bolsa de la compra y despedirse, pero ahora la dejó y no porque quisiera escapar.
–¿Es eso todo lo que tiene Minta? –preguntó, esforzándose por que no se le notara que estaba sin resuello–. ¿Que ha visto el coche de un hombre frente a la casa de Dian?
–Le ha visto entrar –contestó Elizabeth Townsend con tono incisivo.
–Pero señora Townsend...
–Oh, llámeme Elizabeth. Me hace sentir como si tuviera más de noventa años.
–Pero Elizabeth... –Era un alivio; el otro nombre evocaba un rostro y una voz muy diferentes–. Podría ser un vendedor, un inspector, un decorador de interiores, cualquier cosa.
–¿Ah, sí? Le digo que es un tipo sexy de treinta años y que Dian es un bombón. Sabe de sobra que Dian y Greg no lo hacen desde hace dos años y que Dian siempre sale por ahí sola. Puede estar seguro, está liada con ese tipo. Es usted un crédulo, David, ése es su problema, pero Minta y yo no lo somos, y cuando nos enteramos de que un tipo se mete furtivamente en casa de una mujer aprovechando que el marido no estorba, sabemos muy bien qué pensar.
–¿La fiel Dian? ¿La frígida Dian?
–Usted está de su parte, ¿verdad? Pues no es fiel ni frígida. Su asunto con Greg lo demuestra.
En ese momento la bolsa se desfondó. David se quedó mirando las berenjenas, los limones y las latas de foie-gras que rodaron hacia la carretera y dijo alegremente:
–Elizabeth, me alegra que nos hayamos encontrado. Dígame, si pudiera elegir, ¿qué restaurante sería más de su agrado para comer, al que más le apetecería ir?
–El Écu de France –contestó ella rápidamente, metiéndose dos limones en el bolsillo de su atuendo de piel roja y mirando a David con una sonrisa.
–No soporto la idea de que tenga que comer yogur –dijo David–. Nunca me ha gustado. –Paró un taxi, abrió la puerta y arrojó verduras, frutas y latas al asiento–. Jermyn Street –le dijo al taxista–. Al Écu de France.

Oyó el ruido de una silla dentro del despacho cuando se acercó a la puerta, y cuando entró, la mujer que lo esperaba se hallaba sentada a dos metros de la mesa con expresión solemnemente virtuosa. Ulph estaba seguro de que ella había examinado los documentos que yacían sobre el papel secante. Se trataba de un borrador para el programa de la competición deportiva de la policía, y Ulph sonrió para sus adentros.
–Buenos días –dijo–. ¿Quería usted verme?
–Me da igual a quien haya de ver –contestó ella–, mientras sea alguien importante, alguien que esté al tanto de todo. –Se ahuecó los cabellos rojos y rizados con una mano enguantada y miró a Ulph con evidente decepción, como si hubiera esperado a alguien más corpulento, más agresivo y autoritario–. Usted servirá –dijo–. Creo que están interesados en un hombre llamado North.
–¿Me dice su nombre, señora?
–Si me promete discreción, soy la señora Dring, señora de Leonard Dring. Mi nombre de pila es Iris. –Se quitó los guantes y los dejó sobre la mesa junto a su bolso–. Trabajo para ese North, limpiándole la casa, o lo hacía hasta que me despidió el sábado. Lo que quería decirle es que también trabajo en la casa de al lado y estaba allí la mañana en que mataron a la señora North.
Ulph asintió con expresión reservada. No era la primera vez que se encontraba con el rencor de un sirviente despedido.
–Continúe, por favor.
–Había tres hombres cavando en la carretera en la parte trasera de los jardines. La señora North solía darles el té cada día. Bueno, a eso de las nueve y media estaba yo en la cocina de la señora Townsend y oí que llamaban a la puerta de atrás de la otra casa. Bueno, no pensé más en ello y estaba limpiando las ventanas, en la sala de estar, cuando vi a ese tipo bajar por el sendero del jardín, un tipo alto con un abrigo con capucha. La señora Townsend y yo pensamos que era uno de los obreros. Salió por la verja y se alejó por la carretera.
–¿Tal vez para tomar el té en una cafetería?
–Eso pensamos entonces. Creo que eso quería él que pensáramos. La cuestión está en que nunca hubo más de tres hombres trabajando en la carretera. Le diré cómo lo sé. Yo le pregunté a mi marido: «¿Cuántos obreros había trabajando en la carretera del cementerio?», y él me contestó: «Tres, nunca más de tres.» Y mi marido nunca se equivoca, no hay nada que él no sepa. Yo le dije: «Tú eres amigo de ese tipo mayor, el capataz, pregúntaselo a él.» Y eso es lo que hizo. Siempre fueron tres, el mayor, el joven y el chico. Y lo que es más, cuando oí aporrear la puerta, el perro no ladró. Estaba en la parte de delante, al acecho, y veía perfectamente la puerta lateral. Como mi marido dice siempre, los animales tienen más sentido que nosotros. No se dejan engañar por trencas y hombres que se hacen pasar por obreros.
–Ha tardado mucho tiempo en venir a contármelo, señora Dring –dijo Ulph–. ¿No será que viene ahora porque está resentida con el señor North?
–Si no me cree, pregúnteselo a la señora Townsend. Ella lo sabe. Fue ella la que me metió la idea en la cabeza.

Seguramente aquella mujer suponía que su partida sería la señal para que Ulph pusiera los engranajes de la ley inmediatamente en movimiento. Ulph permaneció inmóvil, reflexionando. Su propia reconstrucción del asesinato, prácticamente visual, había cambiado. North lo había hecho de una manera muy simple, al fin y al cabo. Ulph comprendió que no había existido premeditación, que tras actuar por un impulso North se había limitado a borrar las pistas.
Aquella mañana North se había quedado en casa, no para idear un falso suicidio sino para encararse con Heller. Se lo habría dicho a Louise, dejando que ésta avisara a su amante si lo deseaba. Ulph se tocó la frente y notó el tic que palpitaba sobre su ojo cuando se ponía nervioso. ¿Acaso no había hecho él lo mismo, enfrentarse con su mujer y el hombre al que ella amaba? ¿No había intentado él también discutir con ellos razonablemente y con calma? La mujer de Ulph se había encerrado en el dormitorio para arrojarse sobre la cama hecha un mar de lágrimas.
Seguramente lo mismo había hecho Louise North, y los dos hombres habían subido a verla juntos, pero primero Heller tenía que dejar su chubasquero y su pesado maletín sobre la mesa de la cocina, guardándose la pistola en el bolsillo de la chaqueta. Ulph sabía muy bien que cualquier hombre que posea un arma, por apacible y dócil que sea, es capaz de usarla bajo una gran presión. Louise le había dado a Heller la idea, tal vez errónea, de que su marido era violento y tiránico. Consciente de la escena que le aguardaba, Heller habría llevado el arma. Sólo como amenaza, claro, como instrumento de persuasión.
¿Y North? Tal vez Heller había llegado más tarde de lo previsto y su marido, cansado de esperar, estaba a punto de irse a trabajar con el abrigo y los guantes puestos. Así, habían entrado juntos en el dormitorio. ¿Se les había disparado el arma mientras peleaban? Eso creía Ulph. Durante la lucha Heller habría disparado a Louise sin querer y cuando, horrorizado, se inclinó sobre ella, North había cogido el arma para matarlo. Su mano estaría ya protegida, quizá sin intención asesina, por un grueso guante de conducir. Más tarde llegarían las acciones dictadas por el instinto de supervivencia: cerrar la mano de Heller alrededor del arma por segunda vez –por si el guante había borrado las huellas anteriores– y, aún más repugnante, disparar el tercer tiro. Había estado lloviendo. Un abrigo con capucha, detenerse un momento para llamar a la puerta de atrás como solían hacer los obreros, y luego marcharse caminando despacio, con el corazón palpitando, hasta la verja, la calle y el ancho y confiado mundo exterior.
Tal vez no le cayera una condena demasiado larga con un buen abogado, pensó Ulph. La provocación había sido intolerable. La mujer había convertido su propio hogar en una casa de citas y había escrito cosas horribles acerca de él a su amante. De repente, Ulph recordó un comentario de North sobre la amabilidad de su vecina, como si fuera algo más que una benefactora. Recordó también que era divorciada. ¿Cabía alguna posibilidad de que esperara a North?
Ulph se levantó y se imprecó a sí mismo por ser un estúpido sentimental. A él no le esperaba ninguna mujer cuando por fin se convirtió en un hombre libre. Consultó su reloj. North aún estaría trabajando. Volvería a casa al cabo de unas tres horas. Mientras preparaba lo que tendría que decir y hacer, pensó con cierto regocijo en David Chadwick y sus teorías surgidas de una fértil imaginación. ¿Qué otra cosa podía esperarse de un escenógrafo? Con todo, durante un día o dos también Ulph había creído en la posibilidad de una connivencia, de una conspiración. Se sintió un poco avergonzado de sí mismo.


19

Volvió a mirar la fotografía de los North durante sus vacaciones, y esta vez el fondo sobre el que destacaban sus rostros sonrientes era familiar. La imagen de la posada era demasiado borrosa para leer el nombre, pero reconoció los gabletes con entramado de madera del King’s Arms y la valla blanca que rodeaba el prado de Jillerton.
David había guardado la foto con otros recuerdos, deprimentes y un poco macabros, de Bernard Heller. Allí estaba el registro de sus breves y humildes intrusiones en la vida pública, y allí estaba también el anuncio de su matrimonio con la chica que empujaba la silla de ruedas de su padre enfermo por la playa de Bathcombe. La letra impresa estaba descolorida, pero la caligrafía de Bernard seguía teniendo la misma intensidad, la fecha de su matrimonio seguía siendo clara y azul con la rayita horizontal distintiva y muy continental del siete.
Contempló los recuerdos durante un rato y luego se dirigió al teléfono. El inspector Ulph había salido y nadie supo decirle cuándo volvería. David vaciló, dejó a un lado inhibiciones y el miedo al rechazo, y volvió a marcar. Le respondió el niño.
–¿Puedo hablar con tu madre?
Le pareció un niño sensato y agradable, más mayor de lo que hubiera dicho por la impresión que le produjo la cabeza rubia vislumbrada una vez sobre la almohada.
–¿De parte de quién?
–De David Chadwick.
–Tenemos sus flores en un jarrón. –El niño no podía saber cuánto placer provocó con esa sencilla frase–. Espere un momento, voy a buscarla.
David hubiera esperado toda la noche.
–Gracias por las flores –dijo ella–. Pensaba escribirle, pero las cosas... bueno, no han sido fáciles.
David quería ser amable, demostrar mucho tacto, abordarla con habilidad. Pero la voz de Susan le aturdió de tal modo que dijo bruscamente:
–Tengo que verla esta noche. ¿Puedo ir ahora?
–Pero ¿por qué?
–Tengo que verla. Oh, ya sé que no me soporta y, para serle sincero, es de North de quien quiero hablarle. No cuelgue. Iré de todas maneras.
–Es usted un hombre extraordinario. –No había burla en su voz–. Esta vez no me asustaría –dijo, y añadió–: Tal vez despeje el ambiente.

Paul se durmió rápidamente esa noche y Susan se preguntó si sería porque la casa estaba prácticamente vendida. Aún había luz del día en la apacible tarde y no necesitó abrigo para ir a la casa de al lado.
Todas las ventanas de Braeside estaban herméticamente cerradas. Una casa secreta y cerrada, pensó. ¿No había comparado alguien la muerte con una casa secreta? Susan se esforzó en no mirar las ventanas superiores mientras caminaba hacia la puerta de atrás.
Bob se había arrogado el derecho de entrar en su casa sin llamar y, aunque hasta entonces ella no se lo había planteado, pensó que le correspondía un privilegio recíproco. Era la primera vez que entraba en Braeside desde aquel miércoles por la mañana. La puerta se abrió y la cocina se mostró desnuda ante ella. ¿Le parecía desnuda porque faltaban el abrigo y el maletín de Heller sobre la mesa?
–¿Bob? –llamó quedamente.
A su mujer muerta también la había llamado así y, no obteniendo respuesta, había subido la escalera. ¿Y si la historia se repetía? El nicho donde antes viera una virgen estaba vacío, como una boca abierta en la pared.
–¿Bob?
El ambiente en la sala de estar era sofocante, pero estaba limpia y ordenada como si nadie hubiera vivido allí durante largo tiempo. Tardó unos instantes en verlo, pues estaba sentado completamente inmóvil en la silla donde también ella había estado sentada con ocasión de su conversación con el inspector. Un vacilante rayo de sol le cruzaba el cuerpo en forma de franja dorada, pasando por los ojos, pero él miraba a su través sin deslumbrarse, como un ciego.
Susan se acercó, se arrodilló a sus pies y le cogió las manos. El tacto de su piel le resultó tan poco excitante como el de Paul, y sólo sintió por él lo que a veces sentía por su hijo: lástima, ternura y, por encima de todo, incapacidad para comprender. Pero a Paul lo quería. ¿Había tenido alguna vez la suficiente intimidad con Bob como para amarle?
–Susan, he llegado al final –dijo él–. La policía ha ido a verme hoy al trabajo, pero eso no importa. Ahora ya no importa. Me volví loco, supongo que estaba enajenado. No quiero culpar a nadie más. Si me indujeron a hacerlo... bueno, soy un hombre adulto y no quiero culpar a nadie más. –Apretó con fuerza las manos de Susan–. Me alegro de que no puedan coger a nadie más por esto. No lo descubrirán. No sabes de qué estoy hablando, ¿verdad?
Susan negó con la cabeza.
–Mejor. No quiero que lo sepas. Dime, ¿has pensado alguna vez que yo podría... bueno, hacerte daño?
Susan lo miró, incapaz de hablar.
–Alguien lo sugirió –dijo él con voz ronca–, y yo... durante un tiempo yo... Fueron sólo uno o dos días, Susan. No sabía qué sabías tú ni qué habías visto. Te amo de verdad. Te amo, Susan.
–Lo sé –dijo ella.
–Y Louise amaba a Heller, ¿verdad? Tú lo sabes. Todo el mundo lo sabe. –Emitió un gemido ahogado, e inclinándose de forma que el rayo de luz pasó a iluminar su hombro, dijo con vehemencia–: Lo que hice, lo hice por celos. No podía soportar... Me provocaron, ¿lo entiendes, Susan? Quizá no tenga que pasar mucho tiempo fuera, volveré a ti. –Tomó el rostro de ella entre sus manos–. ¿Comprendes lo que intento decirte?
–Creo que sí –contestó ella con un titubeo, y se quedó de rodillas, porque le pareció que si se levantaba podría caer.
Había ido allí para decirle que aún tenía las cartas de su mujer, que no las había quemado. Las manos de Bob palparon su cuerpo. Había pensado en él como en un ciego, pero en ese momento era como un sordo que sólo puede distinguir los sonidos palpando los sutiles movimientos de los labios del que habla.
Quizá se había vuelto realmente sordo, pues no dio muestras de oír al perro, que rompió en ladridos leves al principio y furiosos después, cuando la portezuela del coche se cerró con un golpe.

–Ha estado llorando –comentó David.
–Sí; pensé que no se notaría.
Las huellas de las lágrimas no la desfiguraban, eran sólo la prueba de una vulnerabilidad insufrible. La hinchazón de los ojos servía, como un tratamiento en un instituto de belleza, para hacerla parecer más joven.
–He sido muy brusco por teléfono –dijo David–. Siempre soy brusco con usted.
–No importa –replicó ella–. En este momento no creo que importe nada. Ha venido a hablarme de... de alguien a quien ambos conocemos. Creo que llega demasiado tarde. No... no creo que él vuelva por aquí.
–¿Quiere decir que lo han arrestado?
–Eso es lo que usted quería, ¿no? –repuso ella con rudeza. David no pudo discernir si su mirada traslucía odio personal o desesperación por el mundo en que vivía. Susan volvió el rostro y se sentó como si las piernas no quisieran ya sostenerla–. Oh, no lo perdono. Aún no lo he asimilado. –Se apartó los cabellos que le habían caído sobre la frente–. Pero ¿sabe usted lo que son los celos? ¿Los ha experimentado alguna vez?
David no respondió a esa pregunta.
–¿Es eso lo que le ha dicho él? –preguntó–. ¿Que lo hizo por celos?
–Por supuesto. –Su voz sonó áspera y enérgica–. Enloqueció. Fue un impulso, no estaba en su sano juicio.
–Está usted equivocada, Susan. –Ella dejó pasar el nombre de pila. Por indiferencia, pensó David amargamente–. Quiero explicarle algo. Tal vez le sirva de consuelo. No digo que vaya a cambiar sus sentimientos hacia North, pero... –Emitió un breve suspiro–. Pero tal vez le haga pensar mejor sobre mí. ¿Me lo permite?
–Adelante. No tengo nada mejor que hacer. Servirá para pasar el rato.
David anhelaba contar su historia, y se la hubiera contado al inspector Ulph si éste no hubiera estado ocupado. Era una historia terrible y, a medida que la verdad se le había revelado progresivamente durante el día, había acabado sintiendo una especie de horror hacia sí mismo. En cierto sentido era como si él la hubiera inventado, como un escritor de imaginación macabra, y luego la enfermiza fecundidad de su mente le hubiera trastornado. Pero David sabía que su historia era cierta y por tanto inevitable. Tenía que contarse porque era cierta y porque cambiaba completamente la visión sobre la conducta de North y sus motivos. Sin embargo, aquella chica era el público equivocado, aunque para él fuera buena en todo lo demás. Sentía ya por ella la ternura que quiere salvar a su objeto de la cruel desilusión, pero también se le había ocurrido que quizá ella estuviera pensando en esperar a North, y que durante esa larga espera llegara a lo que ahora negaba, a perdonar un acto que para ella era el resultado de unos celos incontrolables.
–North conoció a Magdalene Heller durante unas vacaciones en Devon el pasado mes de julio –empezó–. Se enamoraron. Quizá sea mejor decir que fue una esclavitud física por parte de North. –Susan no le miraba y su rostro permanecía impasible–. Cuando volvieron a casa empezaron a citarse, algunas veces en un pub de Londres y sin duda en otros sitios. Magdalene lo quería porque era guapo y de buena posición para alguien como ella. Ya le he dicho por qué la quería él. Tal vez ansiaba tener hijos, no lo sé. –Susan hizo un débil gesto con la mano–. Creo que fue Magdalene quien tuvo la idea, la que se convirtió, por decirlo melodramáticamente, en el genio malo de North. Magdalene tenía un arma, ¿comprende?, y en septiembre su marido había intentado suicidarse abriendo el gas porque sabía que ella ya no le amaba. Un hombre que intenta suicidarse puede intentarlo de nuevo y tener éxito.
»No sé cuándo empezaron a planearlo. Tal vez no fue hasta después de Navidad. Debió de ser en enero o febrero cuando Magdalene le dio a North una de las tarjetas de respuesta comercial del negocio de Heller. North se la entregaría a Louise y le propondría instalar la calefacción. No, no fue una coincidencia que Heller trabajara en la zona de Matchdown Park. Fue por ese motivo que Magdalene lo planeó todo de esa forma.
–¿Qué forma? –preguntó ella en voz apenas audible.
–Tan pronto como Louise rellenó la tarjeta solicitando información y la firmó –prosiguió David–, empezó a hablarles a sus vecinos del proyecto de instalación. Heller se presentó en su coche para tratar el tema con ella, y cada vez que llegaba el perro se echaba a ladrar, así que todo el mundo se enteró de sus visitas. Hacía tiempo que Louise North parecía muy desdichada, porque también ella sabía que su marido le era infiel. No se lo contó a nadie, pero no pudo evitar que la pena se le notara. Sólo una cosa le servía de distracción, el plan para instalar la calefacción en su casa, y por supuesto se lo contó a todo el mundo. Pero cuando los vecinos le preguntaban a North su opinión, él se limitaba a negarlo, pues era el medio más seguro para garantizar que las visitas de Heller se consideraran ilícitas.
En ese momento, por fin, Susan volvió la mirada hacia él.
–Pero eso es completamente absurdo. –La indignación había reemplazado el efecto amortiguador de la sorpresa–. Pues claro que la gente preguntó a Bob por la calefacción y claro que él lo negó. A una amiga mía le dijo que no podía permitirse ese gasto. Esa idea suya... no sé adonde quiere ir a parar. Su idea es ridícula. Si Bob mentía, ¿qué habría ocurrido si la gente les hubiera preguntado a los dos cuando estuvieran juntos? Es probable que lo hicieran.
–¿Y qué? –repuso David–. ¿No se convencerían con mayor certeza aún de la culpabilidad de Louise al oírla insistir mientras que su marido volvía el rostro y fingía sentirse violento? ¿No le compadecerían como a un marido engañado que hacía todo lo posible por ocultar la traición de su mujer?
–Louise North estaba enamorada de Heller –dijo ella tercamente–. Él vino tres o cuatro veces y Bob sabía muy bien para qué. Mire, sé que está obsesionado con su teoría, pero usted no vive aquí. No conoce a los implicados. El día antes de morir, Louise vino aquí llorando para contármelo todo, para rogarme que fuera a verla al día siguiente y la escuchara.
Por un momento David se quedó cortado. ¿Y si su teoría era errónea, producto de una imaginación calenturienta? Susan Townsend no volvería a hablarle jamás.
–¿Le dijo que estaba enamorada de Heller? –preguntó ansiosamente.
Una duda fugaz arrugó el entrecejo de Susan.
–No, pero... Pues claro que vino para decirme eso. ¿Para qué si no iba a venir?
–Tal vez para contarle que su marido le era infiel y pedirle consejo.
Susan posó en él una mirada vacía y luego enrojeció como un tomate.
–¿Quiere decir que yo hubiera sido una buena consejera porque mi marido también me engañó?
Era horrible que él precisamente tuviera que herirla de aquel modo. David tenía la garganta seca y por un momento no pudo responder.
–Por eso mismo –dijo al fin– no podía esperar que usted sintiera mucha simpatía por la parte culpable de un matrimonio, ¿no cree? Sin embargo, usted creía que ella lo era.
–Y lo sigo creyendo –espetó Susan con súbito apasionamiento–. Creo en la infelicidad de Bob.
–Sí, imagino que era desgraciado. No puede haber mucha felicidad en ser inducido a cometer actos execrables por una mujer como Magdalene Heller. En la audiencia probatoria se lanzaron improperios mutuamente, ¿verdad? Todo fingido, o quizá fruto de la rabia de una lady Macbeth.
–¿Qué intenta decirme?
–Que Bernard Heller y Louise North no eran amantes. Que no fueron nunca nada más que un vendedor y un ama de casa el uno para el otro.


20

Susan cogió un cigarrillo y lo encendió antes de que él pudiera ofrecerle fuego. Tenía el pulso firme y la hinchazón bajo los ojos había desaparecido casi por completo, dejando unas sombras azules. David observó la delgadez de sus manos, tan delgadas que la alianza se deslizaba hasta la primera articulación cuando movía los dedos.
–Se lo ha tomado con mucha calma –dijo–. Me alegro.
–Sólo porque sé que no es cierto.
David suspiró. ¿Cómo podía esperar que ella comprendiera la inconstancia, la deslealtad?
–Sé que cuesta de aceptar al principio –musitó.
–Oh, no es eso. –Su rostro estaba casi sereno–. Cuando empezó a hablar temí que todo fuera cierto, pero ahora que sé que no lo es me siento... bueno, aliviada. No le guardo rencor –dijo con expresión seria–. Sé que obra así porque lo cree correcto. Eso me gusta. –Le dedicó una sonrisa rígida pero animada–. Es usted una persona buena y considerada, de verdad. Es cierto que... –Bajó los ojos–. Es cierto que le había tomado afecto a Bob North. Necesitábamos consolarnos mutuamente porque... –su voz sonaba monótona, sólo describía los hechos– porque habíamos llegado a un punto muerto en nuestras vidas. Ahora me estoy recuperando de la conmoción. Estoy acostumbrada a ello –afirmó–. Bob hizo una cosa horrible y no volveremos a vernos nunca más. En realidad no teníamos muchas cosas en común. Voy a mudarme de casa muy pronto y tengo que pensar en mi hijo. Nunca olvidaré a Bob, lo asustado y atormentado que estaba. –Hizo una pausa y carraspeó–. Pero usted querrá saber por qué estoy tan segura de que su idea es errónea.
–Sí –respondió él con voz cansina–, por favor.
–Bien. Heller y Louise se amaban, lo sé. Verá, en noviembre Heller ya le escribía cartas de amor a Louise. Las tengo yo, Bob me las dio y puedo enseñárselas si usted quiere.

–Falsificadas –dijo David, dándoles vueltas en las manos, aunque sabía que no era posible. Las recordó entonces como las cartas que habían sido identificadas en el tribunal por Magdalene, el director de Equatair y el propio hermano de Bernard–. No; sé que no pueden ser falsificaciones. –Las leyó mientras ella, tras encender un segundo cigarrillo con el primero, lo contemplaba con amable tristeza.
–¿Ve? Ambas están fechadas en 1967, el año pasado.
David las releyó lenta y cuidadosamente, y volvió a mirar las fechas, 6 de noviembre de 1967 y 2 de diciembre de 1967. No cabía duda de cuándo habían sido escritas, pero de todas formas había algo raro en ellas. «Aún es joven y puede que viva muchos años. No tiene derechos sobre ti ni vínculos que se reconozcan hoy en día.»
–¿Qué edad tiene North? –preguntó.
–No lo sé –dijo ella, y se detuvo a pensar con una mueca de congoja–. Treinta o treinta y pico.
–Es muy extraño que Heller le describiera de esa forma –dijo David.
–Pero es cierto, no es viejo.
–No; es tan joven que resulta absurdo que cualquiera que supiera su edad escribiera eso sobre él. Eso se dice de un hombre de mediana edad, de alguien de unos cincuenta años. Es como si Heller quisiera razonar con alguien muy joven, aportando el punto de vista más maduro y práctico. ¿Y qué me dice de esto?: «Tenemos que seguir esperando hasta que muera.» ¿Por qué había de morirse North? Es fuerte y sano, ¿no?, además de joven. Y eso sobre los derechos, que él no tiene derechos que se reconozcan hoy en día. Yo diría que el noventa por ciento de la población no negaría que los maridos y mujeres tienen derechos legales y morales recíprocos, y que el vínculo es muy fuerte.
–Se requiere una buena dosis de maquinaria legal para romperlo –repuso ella secamente–. Pero olvida que Heller se hallaba en un estado emocional inestable, que escribía dominado por la histeria.
–Sin embargo estas cartas no parecen escritas por una persona fuera de sí. Algunos pasajes son serenos y rezuman ternura. ¿Puedo preguntarle por qué North se las entregó a usted?
–Quería que las quemara. No tenía fuerza de voluntad para hacerlo él mismo.
David estuvo a punto de echarse a reír. El tipo quería que las quemasen porque, aunque con un examen superficial parecían auténticas, un examen pericial podría haber revelado alguna rareza que desvelara que Louise no podía ser la destinataria de ellas. ¿Por qué se las había enseñado a Susan Townsend? Porque quería granjearse su simpatía, su compasión, su certeza de que él era la parte agraviada. Lo había conseguido, pensó David con amargura.
–¿Sabe lo que pienso? –No lo sabía ni parecía querer saberlo. Lo escuchaba por pura cortesía. Pero él siguió hablando–. Creo que el hombre al que se refieren estas cartas no era un marido. La mujer que las recibió estaba atada a alguien, desde luego, pero sólo por el deber. –David alzó los ojos y observó que Susan parecía muy cansada–. Perdóneme –dijo–. ¿Podría llevarme las cartas?
–Sí, por qué no. Nadie más las quiere.
Le estrechó la mano y salió al zaguán. Era como si David la hubiera visitado por algún asunto de negocios, como si le hubiera comprado la casa.
–No debería quedarse sola –dijo, siguiendo un impulso–. Yo no me iría, pero seguro que le aburro.
–Por supuesto que no, pero estoy acostumbrada a estar sola. Me encontraba fatal después del juicio, pero entonces estaba enferma. –Abrió la puerta y tan pronto como la silueta de David se recortó en el umbral, el perro comenzó a ladrar. No era de extrañar que North le hubiera acariciado la cabeza la noche en que David estuvo allí, ya que había sido un cómplice inocente–. Desearía que nos hubiéramos conocido en mejores circunstancias –dijo ella.
–Pero nos hemos conocido. –David no aguardó respuesta, pues podría haber apagado su esperanza.

Hasta el día de su matrimonio Magdalene Heller vivía con su padre, enfermo de esclerosis múltiple y de unos cincuenta y cinco años de edad. Había sido su esforzada enfermera hasta que marchó a Londres y conoció a Bernard, pero no podía casarse y dejar a su padre; tenía que esperar a que éste muriera. El señor Chant requería grandes cuidados y atenciones que sólo podía proporcionarle una hija. El inválido crónico era desabrido e ingrato, malhumorado con la hija que lo cuidaba y algunas veces violento con ella. Pero era su deber de hija quedarse con él y ver a su prometido sólo de vez en cuando, cuando él podía ir a visitarla a Exeter o ella conseguía pasar el día en Londres.
David reunió estos datos y cuando llegó a East Mulvihill tenía formada una teoría subsidiaria de la primera, como un diminuto retoño en el cuerpo de una hidra. Carl Heller abrió la puerta del piso. ¿Lo retenía Magdalene como portero a sus órdenes? Aquella noche el rostro embotado de Carl era abyecto; sus pesadas mandíbulas colgaban como las de un sabueso.
–¿Ha visto los periódicos de la mañana? –preguntó–. Han arrestado al señor North por matar a mi hermano. –Hasta entonces David jamás había visto a alguien retorcerse las manos literalmente–. Oh, mi hermano y sus malos actos... –Aferró el brazo de David con un movimiento torpe y repentino–. No puedo creerlo. Magdalene está enferma en cama. Ayer, al ver que él no venía ni llamaba creí que se volvía loca. –Carl meneó la cabeza–. Ahora está mejor, más tranquila. Y todas estas desgracias han caído sobre nosotros por culpa de los malos actos de mi hermano.
–No creo que él hiciera nada malo, señor Heller. Escribió unas cartas a la señora North, ¿verdad?
–Cartas malvadas. Jamás olvidaré el día del juicio, cuando tuve que decir que esas cartas se las había escrito mi hermano a esa mujer.
–Pero ¿realmente se las escribió? –David siguió a Carl a la sala de estar. La mesa estaba vacía y la habitación ordenada, pero había una capa de polvo de dos días sobre los muebles.
Carl se sentó, pero volvió a ponerse en pie al poco y empezó a pasearse pesadamente de un lado a otro, como un caballo de tiro en el establo de un poni.
–No quiero decir que él no las escribiera –dijo–, sino que me sentí avergonzado por tener que confirmarlo. ¡Que mi hermano escribiera que el pobre señor North no servía para nada y estaba mejor muerto!
–Señor Heller... –David sabía que sería inútil explicarle algo a aquel hombre, en quien la angustia acentuaba aún más su natural estupidez–. Tal vez para usted no tenga sentido, pero dígame, ¿cómo trazaba Bernard los sietes?
El asombro, la ira incluso, por la aparente incongruencia de la pregunta, arrugaron el entrecejo de Carl, cuyo rostro adquirió un tinte de rojo ladrillo. ¿Creía que David se mofaba de su justa congoja? En todo caso dejó de pasearse, cogió el lápiz que le tendía David, lamió la punta y dibujó un siete con rayita.
–Eso pensaba. Se educó en el continente, en Suiza. Ahora hágame un uno como los de Bernard.
Por un momento Carl no pareció dispuesto a acceder a su petición. Miró fijamente a David, aún más ceñudo, pero finalmente se encogió de hombros y trazó un uno muy parecido al siete inglés. David cogió el papel de la manaza de Carl y lo miró con aire pensativo. Magdalene se había casado con Bernard en 1962 y lo había conocido en 1961. Todo concordaba, pero... ¿por qué la policía, que tenía acceso a los blocs de notas de Bernard, no lo había visto, ni el director de Equatair, que conocía la letra de Bernard y su modo de hacer los números? ¿Por qué no se había dado cuenta Carl?
–En cierta ocasión usted me dijo que para triunfar en su trabajo, Bernard quería parecer lo más inglés posible. ¿Cambió el trato estos unos y sietes continentales?
–Puede ser. –Carl asintió sin comprender, sin querer comprender–. Hace cinco años me dijo que se volvería tan inglés que nadie notaría la diferencia.
–Hace cinco años, pues –dijo David bajando la voz–, empezó a escribir los sietes sin la rayita y los unos como un solo palo... –Lo dijo en voz baja porque había oído abrirse una puerta a sus espaldas y ruido de pasos en el estrecho pasillo.
Llevaba bata. Un negligée no le hubiera sentado bien. La bata era larga, rígida y acampanada, hecha de una tela acolchada negra con visos purpúreos, y reflejaba la luz como una armadura. Tenía el rostro lívido y tenso, envejecido. Era una reina de los naipes, la reina de picas.
–¿Otra vez por aquí? –dijo. Pretendía mostrarse desafiante, pero estaba demasiado asustada para conseguirlo–. Quiero un vaso de agua –dijo a Carl, que fue a buscarlo asintiendo humildemente.
Las uñas de Magdalene rascaron el cristal del vaso, y un hilo de agua le cayó por el mentón hasta la bata negra. Volvía a tener voz, pero era una pobre parodia, como si realmente hubiera envejecido.
–Así que Bob North los mató –dijo–. Menos mal que no teníamos nada más que ver con él. Debe de ser bastante estúpido para dejarse coger así.
–A los asesinos hay que cogerlos –dijo Carl tontamente.
–Deberían ser más duros –dijo ella–, y evitar que los cojan.
–Me pregunto si usted sería lo bastante dura –dijo David, y añadió locuazmente, al tiempo que se levantaba–: Sería interesante comprobarlo. –«Será interesante, esta noche o mañana», pensó.
Magdalene posó sus ojos verdes, iridiscentes y superficiales sobre él durante un momento, y luego volvió a su dormitorio con el vaso en la mano, dejando oír el susurro del borde de la bata al rozar el suelo.
David escuchó al pasar junto a su puerta, pero tras ella sólo había un silencio tan profundo que resultaba más intenso y aterrador que cualquier sonido.

–Quería saber si se encontraba bien –dijo David cuando ella contestó al teléfono.
–Pero ya me llamó anoche para preguntar lo mismo –protestó ella–, y esta mañana. –Al menos, pensó él, no había dicho «¿Otra vez?»–. Estoy perfectamente, de verdad. Pero tengo a la policía aquí a cada momento...
–Yo he de ir a comisaría, pero después, ¿podría ir a verla a usted?
–Si quiere –contestó ella–. Está bien, David. –Le había llamado por su nombre y el corazón le dio un pequeño vuelco–. Pero no más historias ni teorías. No podría soportar nada más.
–Se lo prometo –dijo él.
Susan tendría que asistir al juicio y para entonces le conocería lo bastante para permitir que la acompañara. Allí lo oiría todo y le necesitaría a su lado cuando se presentaran las pruebas contra los dos acusados.
Así pues, David colgó y fue a contarle a Ulph lo que habían hecho Magdalene Heller y Robert North: que se habían inventado una aventura amorosa entre dos personas buenas y afables que jamás les habían causado daño excepto por el mero hecho de existir; que habían vertido tal cantidad de inmundicia sobre sus caracteres respectivos, que los amigos y vecinos de ella y el hermano gemelo de él los habían vilipendiado; y que lo habían hecho sencillamente porque Louise North no podía divorciarse de su marido y porque Heller iba a llevarse a su mujer a Suiza.
Pero antes de bajar por la escalera del metro, David se detuvo un momento y se apoyó en la barandilla del parque sin árboles. Había pasado con el coche por aquel lugar acompañado de Bernard Heller. Sin embargo no fue el Bernard de aquel día al que David recordó de repente, ni al que yació luego muerto en brazos de la mujer muerta a la que en realidad no conocía. Recordó en su lugar al payaso grueso y jovial de los chistes aburridos, indefectiblemente amable y generoso.
Tal vez le contara a Ulph su último descubrimiento en primer lugar. No era un hombre vengativo, pero quería ver la expresión de Ulph cuando se enterara de que Magdalene Heller había guardado sus propias cartas de amor, las cartas que Bernard le había enviado en 1961, y que las había usado como prueba documental de un adulterio inexistente. Quería ver la expresión de Ulph y, finalmente, las del juez y el jurado.



[1] Winter en inglés: invierno.
[2] La frase original «grace and favour apartment at Hampton Court» hace referencia a las casas o pisos propiedad de los soberanos de Inglaterra que éstos ceden libres de renta a quienes desean mostrar gratitud. Entre tales residencias se encuentran el castillo de Windsor, el palacio de Kensington y el palacio de Hampton Court. (N. de la T.)
[3] Abreviación corriente de the Victoria Embankment, calle de Londres que discurre paralela a la orilla norte del Támesis. (N. de la T.)
[4] En español en el original.
[5] La frase alude al hecho de que la palabra inglesa well significa bien, pero también pozo. (N. de la. T.)
[6] Mews house en el original. Se refiere a pequeñas calles detrás de calles residenciales, donde se hallaban las cuadras particulares, actualmente convertidas en su mayoría en casas y apartamentos. (N. de la T.)
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About Jhon D. Ticona Ruelas

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