LA CASA SECRETA DE LA
MUERTE
(The Secret House of Death, 1968)
Ruth Rendell
Para Dagmar Blass
Así pues, ¿es pecado irrumpir en la casa
secreta de la muerte antes de que la muerte ose venir a buscarnos?
Antonio y Cleopatra
1
Era un hombre corpulento y conducía un coche
grande, un Ford Zephyr verde. Aquélla era su tercera visita a la casa conocida
como Braeside, situada en Orchard Drive, Matchdown Park, y siempre aparcaba
sobre la franja de hierba de la acera. Aparentaba treinta y pocos años, era
moreno y bien parecido. Llevaba un maletín. Sus visitas no duraban mucho, pero
Louise North, que vivía en Braeside con su marido Bob, lo recibía siempre con
agrado y le hacía pasar con una sonrisa.
Estos eran los hechos que todo el vecindario
conocía ya. El terrier airedale que vivía en la casa de enfrente y que
pertenecía a una familia de apellido Winter les mantenía debidamente informados
sobre las visitas del hombre corpulento. El terrier airedale ejercía de
guardián durante todo el día apostado tras su verja, ladrando a los extraños y
guardando silencio ante los vecinos. Ladró con fiereza cuando el hombre enfiló
el sendero de entrada a la casa de los North, llamó a la puerta y, treinta
segundos después de intercambiar susurros con Louise, desapareció en el
interior. Con el deber cumplido, el perro olisqueó un hueso marrón cubierto de
tierra y empezó a roerlo. Una a una, las mujeres a las que había alertado con
sus ladridos se retiraron de sus ventanas respectivas para sopesar lo que
habían visto.
El terreno estaba abonado, la semilla
sembrada. Lo único que quedaba por hacer a aquellas entusiastas hortelanas era
recoger su cosecha de chismes y llevarla al mercado de las charlas de jardín o
ante una taza de té.
De todas ellas, sólo Susan Townsend, que
vivía en la casa contigua a Braeside, deseaba permanecer al margen de aquel
trueque de mercancías. Todas las tardes se sentaba junto a su ventana para
escribir a máquina y tampoco podía evitar alzar la mirada cuando el perro
emitía sus ladridos. Sentía curiosidad por las visitas de aquel hombre pero la
suya, al contrario de la de sus vecinas, no era malsana. Hacía justamente un
año que la había abandonado su marido, y las visitas del hombre corpulento a
Louise North tocaban en ella una fibra sensible que a su pesar no se había
atrofiado aún. El adulterio, que tanto intriga y excita a los inocentes, la
había llevado a ella, a sus veintiséis años, a un sombrío abismo de soledad.
Que sus vecinas se dedicaran a especular sobre la razón de aquellas visitas,
sobre lo que Louise quería, lo que Bob pensaba o adonde iría a parar todo
aquello; ella ya sabía las respuestas por propia experiencia y sólo deseaba
seguir trabajando, criar a su hijo y no verse mezclada en el asunto.
El hombre se fue cuarenta minutos después y
el terrier airedale volvió a ladrar. El perro calló de repente cuando su dueña
se acercó y, poniéndose en pie sobre las patas traseras –posición en la que se
contoneaba como una mujer bailando la danza del vientre–, retozó alrededor de
los dos niños que llegaban de la escuela.
Susan Townsend se fue a la cocina y puso agua
a hervir para el té. Se oyó el golpe de la verja del jardín.
–Siento que lleguemos tan tarde, querida
–dijo Doris Winter, quitándose los guantes y acercándose al radiador más
cercano–, pero Paul no encontraba su gorra y hemos tenido que registrar unas
cincuenta taquillas.
–Roger Gibbs la había tirado al patio de los
pequeños –explicó el hijo de Susan con tono inocente–. ¿Me dejas comer una
galleta?
–Mejor que no. Luego no querrás merendar.
–¿Puede quedarse Richard?
Era imposible negarse a semejante petición
teniendo al lado a la madre del supuesto invitado.
–Pues claro –respondió Susan–. Id a lavaros
las manos.
–Estoy helada –dijo Doris–. No puede negarse
que hago honor a mi apellido.[1]
–Estaban en marzo y hacía buen tiempo, pero Doris siempre tenía frío, siempre
iba cubierta por varias capas de suéters, chaquetas de punto y bufandas. Se
despojó gradualmente de las prendas exteriores, se quitó los zapatos y apoyó
los pies llenos de sabañones en el radiador–. No sabes cómo te envidio por la
calefacción central. Eso me recuerda lo que quería decirte. ¿Has visto lo que yo,
al amante de Louise haciéndole otra visita?
–No sabes sí es o no su amante, Doris.
–Ella sostiene que ha ido a venderle la
calefacción central. Se lo pregunté. Qué cara más dura tengo, ¿verdad? Y eso
fue lo que me contestó. Pero cuando se lo comenté a Bob se vio bien claro que
no tenía la menor idea de qué le hablaba: «No vamos a instalar calefacción
central. No puedo permitírmelo», me dijo. Bueno, ¿qué te parece?
–Es asunto suyo, y ellos tienen que
solucionarlo.
–Desde luego. Estoy totalmente de acuerdo. A
mí no me interesa para nada la sórdida vida de los demás. Lo que me gustaría
saber es qué ha visto Louise en ese hombre. No es precisamente un príncipe azul
y Bob, en cambio, es un cielo. Siempre he pensado que es el hombre más
atractivo de por aquí, con ese encanto tan puro y fresco que tiene.
–Hablas de él como si fuera un desodorante
–reprochó Susan, sonriendo a su pesar–. ¿Vamos a la sala?
Doris se separó del radiador a regañadientes
y, con los zapatos en la mano y abandonando nuevas prendas tras de sí, siguió a
Susan a la sala de estar.
–Supongo que en realidad el aspecto físico no
cuenta –prosiguió tenazmente–. La naturaleza humana es extraña. Lo comprobé
cuando trabajaba de enfermera...
Susan se sentó reprimiendo un suspiro. Cuando
Doris se lanzaba a recordar su época de enfermera y las múltiples facetas de la
idiosincrasia humana que podían observarse en un hospital, era muy capaz de
hablar durante horas. Susan atendió a medias el inevitable torrente de
anécdotas.
–Y eso sólo es un ejemplo. Es asombrosa la
cantidad de gente que está casada con personas increíblemente guapas y se
enamora de auténticos adefesios. Supongo que buscan un cambio.
–Supongo –ratificó Susan sin inflexión en la
voz.
–Pero imagínate lo que es confiar en alguien
con una fe ciega y descubrir luego que te ha engañado todo el tiempo haciendo
ver que no ocurría nada y dejándote en ridículo. ¡Oh, querida, perdóname! ¿Qué
he dicho? No me refería a ti, hablaba en general, yo...
–No te preocupes –la interrumpió Susan.
Estaba acostumbrada a la falta de tacto en los demás, y no era eso lo que le
importaba sino el hecho de que se dieran cuenta tarde y de repente de que
habían metido la pata. Luego insistían en enmendar la plana, ofreciendo mil
excusas y embarcándose en largas disquisiciones tendentes a demostrar que el
caso de Susan era excepcional. Eso fue lo que hizo también Doris con una risita
nerviosa, frotándose las manos aún frías.
–Claro que Julian te engañaba, encontrándose
con esa, ¿cómo se llama?, Elizabeth, cuando se suponía que estaba trabajando.
Además, eres tan confiada como el pobre Bob. Pero Julian no lo hizo nunca en
vuestra propia casa, ¿no? Nunca trajo a Elizabeth aquí. Lo sé. La hubiera visto
–añadió sin tapujos.
–Estoy convencida –dijo Susan.
Los dos niños bajaron del piso de arriba con
los brazos llenos de coches en miniatura. Susan los instaló en la mesa con la
esperanza de que Doris captara la indirecta y se marchara. Tal vez se mostrara
excesivamente protectora con Paul, pero al fin y al cabo era el hijo de un matrimonio
roto y sobre ella descansaba la responsabilidad de que no creciera con una
visión demasiado amargada del matrimonio. Susan miró a Doris y meneó levemente
la cabeza.
–¿Oyes a mi perro? –comentó Doris con
excesiva animación–. Es increíble que los vecinos no se quejen. –Corrió hacia
la ventana recogiendo las prendas esparcidas, y levantó el puño en dirección al
terrier airedale, gesto que consiguió ponerle frenético. El perro asomó su
enorme cabeza lanuda por encima de la entrada y empezó a aullar–. ¡Silencio, Pollux! –Susan se preguntaba a menudo por qué le habían puesto el nombre de uno
de los dioses gemelos. En Orchard Drive podían estar agradecidos de que los
Winter no tuvieran un Castor para hacerle compañía–. Es el nuevo repartidor de
la panadería el que lo ha puesto así –dijo Doris con tono sentencioso–. A
nosotros nunca nos ladra, ni a ti ni a los Gibbs o los North. Eso demuestra que
es por miedo y no por agresividad, por mucho que diga la gente. –Miró a su hijo
con enfado, como si en lugar de estar comiendo plácidamente pan con mantequilla
el niño hubiera insistido en que se quedara–. Bueno, no puedo quedarme aquí
toda la tarde, tengo que preparar la cena de papá.
Susan se sentó con los niños y tomó un
sándwich. Cuando no había «papá» al que preparar la cena, tampoco se preparaba
para una sola y se hacía necesario merendar. Paul se llenó la boca con una
última galleta de chocolate y empezó a jugar con un coche de bomberos rojo
haciéndolo rodar por el mantel y por encima de los platos.
–En la mesa no, cariño.
Paul miró a su madre con el entrecejo
fruncido y Richard, que sentía comezón en las manos por coger un camión
volquete, las ocultó bajo la mesa y dedicó a su amigo una mirada virtuosa.
–¿Puedo levantarme de la mesa, por favor,
señora Townsend?
–Supongo que sí. No tendrás las manos
pringosas, espero.
Antes de que acabara de hablar los dos niños
estaban ya en el suelo haciendo rodar su flota de vehículos y emitiendo sonidos
de motor, realistas aunque exagerados. Se dirigían reptando por la alfombra hacia
el escritorio de Susan.
Se trataba de un mueble de caoba Victoriano
lleno de compartimientos y cajoncitos. Susan comprendía perfectamente la
fascinación que ejercía sobre un niño de cinco años que era un maniático de los
vehículos en miniatura, e intentó hacer la vista gorda cuando Paul utilizó sus
estantes como garajes, las cajas de papel de cartas como rampas y los botes de
cintas como plataformas giratorias. Se sirvió una segunda taza de té y dio un
respingo, dejando caer la taza en el platillo, cuando una caja de clips cayó al
suelo y los sujetapapeles se esparcieron por todas partes. Mientras Richard, el
zalamero invitado, se apresuraba a recogerlos, Paul posó su mano pringosa de
mermelada en el manuscrito de la señorita Willingale y se dispuso a usarlo como
pista de carreras.
–Bueno, ya basta –dijo Susan con voz
crispada–. Al jardín los dos hasta la hora de acostarse.
Susan lavó los cacharros del té y subió al
piso de arriba. Los niños habían cruzado la calle y hostigaban a Pollux con sus juguetes, metiéndolos por entre los adornos de la verja de
hierro forjado. Susan abrió la ventana.
–¡No os mováis de este lado de la calle!
–gritó–. Dentro de nada empezarán a pasar todos los coches.
El terrier airedale meneó la cola y lanzó
mordiscos juguetones al capó de un camión que Paul le metía en el morro. Susan,
que no había pensado demasiado en Julian últimamente, recordó de repente que él
solía llamar «alegre abrigo de pieles viviente» a Pollux. Era la hora en que
Julian solía volver a casa, el primero de los maridos en regresar del trabajo
en la ciudad. Pollux seguía allí, inmutable; los niños llenaban el jardín de juguetes, como
de costumbre; los cerezos empezaban a florecer y en las casas se encendían las
primeras luces de la noche. Sólo una cosa había cambiado: Julian no volvería
jamás. Él había detestado siempre Matchdown Park, aquel odioso barrio
dormitorio, como lo llamaba, y ahora tenía un piso a diez minutos de su
despacho en New Bridge Street. En aquel momento volvería andando a casa para
verter sobre Elizabeth su inteligencia, su desdén, sus sempiternas quejas sobre
la comida y sus opiniones didácticas. Elizabeth disfrutaría de esa alegría y
excitación –y de la exasperación enfebrecida– hasta el día en que Julian
encontrara a otra. «Basta –se ordenó Susan severamente–, basta.»
Empezó a cepillarse los rubios y relucientes
cabellos, más ralos y menos lustrosos desde el divorcio. Algunas veces se
preguntaba para qué se molestaba en hacerlo. No la vería nadie salvo su hijo y
las posibilidades de que algún amigo se dejara caer por su casa eran
prácticamente nulas. Las parejas casadas preferían verse con otras parejas
casadas en lugar de con una divorciada que ni siquiera tenía la ventaja de ser
la parte culpable y, por lo tanto, la más interesante.
Apenas había vuelto a ver a todos los amigos
elegantes y sin hijos desde el divorcio. Minta Philpott había telefoneado una
vez para sufrir la decepción de saber que Susan no tenía otro hombre de
repuesto y que no pensaba volver a casarse. ¿Qué se había hecho de Lucius y
Mary, de la encantadora y distante Dian y de su marido Greg? Tal vez Julian
siguiera viéndolos, pero él era Julian Townsend, el editor de Certainty, siempre solicitado, siempre un personaje.
Los niños estaban a salvo y ocupados en el
jardín y el primer marido había llegado a su casa: Martín Gibbs, con un ramo de
flores para Betty, lo que, en cualquier caso, no despertaba recuerdos
dolorosos, puesto que Julian no había sido jamás lo que se llama un «marido
sensible» y Susan tenía suerte si le regalaba flores por su cumpleaños.
Y allí estaba, a su hora justa, Bob North.
Era alto, moreno y extraordinariamente
atractivo. Su ropa era anodina, pero la vestía con una gracia que parecía
inconsciente y su masculinidad le salvaba precisamente de parecer el prototipo
del macho. Su rostro era demasiado clásico para ajustarse a las modernas
exigencias cinemáticas y sin embargo no era el de un gigoló ni parecía
italiano. Era un rostro inglés, franco y de piel clara.
Susan vivía en la casa contigua a la de Bob y
su mujer desde que éstos se mudaron a Braeside dos años antes, pero Julian
siempre los había menospreciado por considerarlos burgueses, y de todo el
vecindario sólo Doris había sido lo bastante insistente e insensible para
imponer su amistad a los Townsend. Susan conocía a Bob lo imprescindible para
justificar el saludo intrascendente que le dirigió desde la ventana.
Él se lo devolvió con el mismo grado de
indiferencia amistosa, sacó la llave del contacto para apearse del coche y se
quedó un rato en la acera mirando fijamente las huellas que había dejado el
Zephyr verde en la hierba. Su rostro se ensombreció levemente, pero cuando dio
media vuelta y miró hacia arriba, Susan se retiró de la ventana para no
encararse con él. Por su condición de víctima de un engaño, sabía con qué
rapidez podía llegar a notar un sentimiento de solidaridad con Bob North, pero
no quería verse mezclada en los problemas de los North. Bajó las escaleras y
llamó a Paul.
Una vez acostado, Susan se sentó junto a su
hijo y le leyó su ración diaria de Beatrix Potter. El niño, que tenía los
rasgos marcados y el pelo rubio, era idéntico a su madre y en nada se parecía a
Julian.
–Ahora léemelo todo otra vez –dijo Paul
cuando su madre cerró el libro.
–¿Estás de guasa? Son las siete menos diez. Las
siete menos diez.
–Me gusta el libro, pero no creo que un perro
fuera a tomar el té con una gata ni que le llevara un ramo de flores. Es una
estupidez darle flores a la gente. Las flores se mueren. –Se revolvió en la
cama riéndose despreciativamente.
Tal vez no era tan diferente de Julian
después de todo, se dijo Susan mientras lo volvía a arropar.
–He ordenado todos tus papeles –dijo el niño,
abriendo un ojo–. Puedo poner mis coches en tu escritorio si lo ordeno,
¿verdad?
–Supongo que sí. Seguro que no has recogido
los juguetes del jardín.
Inmediatamente Paul fingió agotamiento
tapándose la cabeza con la manta.
–Una buena acción merece otra –dijo Susan, y
fue al jardín a recoger la dispersa flota de coches del césped y los parterres.
La calle estaba desierta y empezaba a caer la
noche. Las farolas se iluminaron una a una como joyas verdosas y traslúcidas, y
la verja de los Winter arrojó una sombra fantástica sobre la carretera, como la
de un encaje hecho por la mano de un gigante.
Susan buscaba juguetes a tientas sobre la
hierba húmeda cuando oyó una voz tras el seto.
–Creo que esto es de su hijo.
Sintiéndose un poco absurda (estaba a cuatro
patas), se levantó y cogió el camión de cinco centímetros de longitud de manos
de Bob North.
–Gracias –dijo–. Hubiera sido terrible que
perdiera éste.
–¿Y qué es, por cierto?
–Una barredora. Se lo regalaron por Navidad.
–Suerte que lo he visto.
–Sí, desde luego. –Susan se alejó de la
valla. Aquélla era la conversación más larga que había mantenido con Bob North
y tenía la impresión de que estaba planeada deliberadamente, de que él se había
acercado a propósito para hablar con ella. Bob volvió a mirar fijamente la
hierba pisoteada por las ruedas del coche. Ella metió la mano bajo el arbusto
de lilas para coger un camión.
–Señora Townsend... eh, ¿Susan?
Susan suspiró. No porque le importara que la
llamara por su nombre de pila, sino porque con ello implicaba que tal vez
pretendiera crear una especie de intimidad entre ellos. «Soy tan mala como
Julian», pensó Susan.
–Lo siento –dijo–. He sido una maleducada.
–No se preocupe. Quería preguntarle... –Tenía
los ojos de color azul oscuro, de un lapislázuli marmóreo, como ahumado. Los
apartó para no encontrarse con la mirada de Susan–. Escribe a máquina junto a
la ventana, ¿verdad? Escribe o algo así.
–Sí, mecanografío manuscritos, pero sólo los
de una novelista. –Él no le había preguntado sobre ese aspecto de su trabajo,
pero ella estaba dispuesta a usar cualquier cosa para cambiar de tema–. Yo no
diría...
–Quería preguntarle –le interrumpió él–
alguna vez... Bueno, si hoy... –Su voz se fue apagando–. No, déjelo.
–No miro mucho por la ventana –mintió Susan.
Se sentía sumamente violenta.
Durante un buen rato permanecieron uno junto
al otro a ambos lados del seto con los ojos bajos, sin hablar. Susan manoseaba
el pequeño vehículo que tenía en las manos.
–Es afortunada de tener un hijo –dijo Bob
North de repente–. Si nosotros, mi mujer y yo...
«Eso no sirve –estuvo a punto de gritar
Susan–. Los niños no mantienen unida a la pareja. ¿Es que no lee los
periódicos?»
–Debo entrar –balbuceó. Le sonrió brevemente,
con torpeza–. Buenas noches, Bob.
–Buenas noches, Susan.
Así que Doris tenía razón, se dijo Susan,
disgustada. Había algo y Bob empezaba a sospechar. Se hallaba en el umbral,
igual que Susan dieciocho meses atrás, cuando Julian, que siempre había
respetado estrictamente el horario de la oficina, empezó a llamar por teléfono
a las cinco poniendo excusas para volver tarde a casa.
«¿Elizabeth? –había dicho cuando Susan cogió
el teléfono el día de aquella indiscreta llamada–. Oh, esa Elizabeth. Es una
chica que no hace más que molestarme para que acepte sus aburridos artículos
sobre cocina.»
¿Qué diría Louise? «Oh, ése. Es un tipo que
no hace más que molestarme con una oferta de calefacción central.»
De vuelta a la señorita Willingale. Paul no
había exagerado al decir que había ordenado el escritorio. Estaba limpio como
una patena, con todos los papeles apilados y los dos bolígrafos a la izquierda
de la máquina de escribir. Incluso le había vaciado el cenicero.
Antes de sentarse, Susan guardó
cuidadosamente todos los vehículos en sus cajas. Trabajaba en el duodécimo
manuscrito de Jane Willingale en ocho años y, como en los otros, transformaba
un enorme y torpe patito feo de garabatos emborronados en un cisne perfecto,
inmaculado, limpio y claro. Cisnes habían sido, desde luego. De los doce,
cuatro se habían convertido en bestsellers y al resto poco les había faltado.
Susan trabajaba para la señorita Willingale cuando aún era la secretaria de
Julian, después de casarse con él y de que naciera Paul. No parecía haber
motivo para dejarla en la estacada por el mero hecho de haberse divorciado.
Además, aparte de la satisfacción del trabajo bien hecho, las novelas le
proporcionaban una buena dosis de diversión incrédula, o al menos así era hasta
que se había embarcado en el último manuscrito para encontrarse en la misma
situación que la protagonista...
Se llamaba Carne fétida (Foetid Flesh), que
era de por sí un título ridículo. Si se escribía fétida con la o, nadie sabía
pronunciarlo, y si se quitaba, nadie sabía su significado. También éste trataba
sobre el adulterio. La infidelidad había sido el tema de Enemistad mortal y de Cabellos
claros en el esqueleto, pero en su momento no había
tenido la necesidad de sentirse identificada.
Aquella noche se sentía particularmente
sensible y acabó pestañeando al volver a leer la última página mecanografiada.
Tres erratas en veinticinco líneas... Encendió un cigarrillo y se paseó hasta
el recibidor, donde se contempló en el largo espejo. Doris había tenido el poco
tacto de dar en el clavo al decir que no importaba lo atractivo que fuera un
marido o una mujer. Seguramente eran la variedad y la excitación lo que
buscaban los Julians y Louises de este mundo.
Susan había adelgazado, pero seguía teniendo
una buena figura y se sabía guapa. Los ojos castaños y el pelo rubio eran una
combinación poco habitual, y ella era rubia natural, con el mismo tono que
tenía a la edad de Paul. Julian solía decirle que le recordaba a la mujer de un
cuadro de Millais.
Todo eso no había servido de nada. Hacer todo
lo posible por ser una buena esposa tampoco. Seguramente Bob era un buen
marido, un hombre guapo con una personalidad agradable del que cualquier mujer
podía estar orgullosa. Susan dio la espalda al espejo, consciente de que
empezaba a asociar a su vecino consigo misma, lo que le causó cierta inquietud,
e intentó apartarlo de su mente.
2
Susan acababa de dejar a Paul y Richard en la
puerta del colegio cuando el coche de Bob North pasó por su lado. Era normal,
ocurría todos los días. Sin embargo, aquella mañana, en lugar de unirse a la
riada de coches de High Street que esperaba para entrar en la North Circular,
el coche se detuvo junto al bordillo una docena de metros más allá y Bob sacó
la cabeza por la ventanilla haciendo los gestos inconfundibles del conductor
que se ofrece a llevar a otra persona.
Susan se acercó al coche sintiendo una ligera
turbación ante aquella súbita muestra de amistad.
–Voy a Harrow a hacer unas compras –dijo,
convencida de que a él no le pillaría de camino, pero Bob sonrió.
–Bien –dijo–. Casualmente yo también tengo
que ir a Harrow. He de llevar el coche a reparar. Mañana tendré que coger el
tren. Espero que el tiempo mejore.
Por una vez Susan se alegró de recurrir a
aquel eterno e insípido tema de conversación. Subió al coche recordando un
artículo de fondo de Julian en el que señalaba que los ingleses, aun siendo
partícipes del clima más variable y quijotesco del mundo, no se acostumbran
jamás a sus caprichos, sino que los comentan escandalizados y resentidos, como
si hubieran pasado la vida bajo la predecible climatología monzónica. Y a pesar
de la desdeñosa censura de Julian, Susan siguió el ejemplo de Bob. El día
anterior había sido apacible, hoy era húmedo y soplaba un viento helado. Desde
luego la primavera se iba a retrasar. Él la escuchó, respondiendo con frases
parecidas, hasta que Susan se dio cuenta de que debía de sentirse tan violento
como ella. ¿Se arrepentía ya de haber dicho demasiado la noche anterior? Tal
vez se había ofrecido a llevarla a modo de compensación; tal vez deseaba volver
a su antigua posición de despreocupada indiferencia, pero intentando crear una
amistad entre vecinos más desenvuelta. Susan debía procurar que la conversación
se mantuviera en esos cauces. No debía mencionar a Louise.
Entraron en la North Circular, donde el
tráfico era denso, y Susan se estrujó la mente buscando algo que decir.
–Voy a comprarle un regalo a Paul, una de
esas autopistas que funcionan con electricidad –dijo por fin–. El jueves es su
cumpleaños.
–¿El jueves, eh? –comentó Bob, y ella se
preguntó por qué apartaba brevemente los ojos de la atestada carretera para
lanzarle una rápida mirada. Quizá había sido tan indiscreta mencionando a su
hijo como si hubiera hablado de Louise. La noche anterior Bob comentaba su
pesar por no tener hijos–. El jueves –repitió él, pero esta vez con tono de
afirmación. Apretó las manos sobre el volante y los nudillos le quedaron
blancos.
–Cumplirá seis años.
Susan sabía que había llegado el momento en
que él iba a hablar. Todo su cuerpo parecía haberse tensado y ella percibió esa
curiosa forma de contener la respiración y ese esfuerzo casi sobrehumano por
vencer la timidez que precede a una confesión o confidencia.
El autobús de Harrow se acercaba a su parada
y Susan estaba a punto de decirle que podía bajarse allí mismo y seguir en
autobús el resto del camino, cuando Bob se adelantó con una brusquedad que no
convenía a sus palabras:
–¿Se ha sentido muy sola?
Era la última pregunta que esperaba Susan.
–¿A qué se refiere? –preguntó.
–Le preguntaba si se ha sentido muy sola.
Desde el divorcio, quiero decir.
–Bueno, yo... –Susan bajó la vista con las
mejillas encendidas y miró los guantes de piel negros que yacían inertes sobre
su regazo, como manos huecas e inútiles. Tenía las suyas apretadas, pero las
relajó lentamente–. Ahora ya lo he superado –respondió sucintamente.
–Pero ¿qué ocurrió inmediatamente después?
–insistió él.
La primera noche había sido la peor. No la
primera noche que ella y Julian habían dormido separados, sino la noche
posterior al día en que él se fue para siempre. Susan había permanecido junto a
la ventana durante horas contemplando las idas y venidas de la gente. Le
parecía que sólo ella en todo su pequeño mundo estaba sola. Todos tenían un
aliado, una pareja, un amante. Las parejas casadas que veía nunca le habían
parecido más afectuosas ni más unidas. Recordaba ahora con toda claridad que
Bob y Louise habían vuelto tarde a casa de algún baile o fiesta, se reían en el
jardín y entraban luego en casa cogidos de la mano.
Pero no iba a contarle nada de eso a él.
–Lógicamente tuve que adaptarme a muchas
cosas –dijo–, pero montones de mujeres son abandonadas por sus maridos. No soy
la única.
Era evidente que Bob no tenía intención de
desperdiciar simpatías en su caso.
–Y montones de hombres son abandonados por
sus mujeres –dijo él.
«Ya estamos», pensó ella. No podían faltar
más de diez minutos para que llegaran a Harrow–. Estamos en el mismo barco,
Susan.
–¿Ah, sí? –No alzó las cejas y no le dio pie
para que continuara.
–Louise se ha enamorado de otro. –Las
palabras sonaron frías, pausadas, realistas, pero ante la falta de respuesta de
Susan, Bob estalló de repente con voz discordante–: Es usted muy discreta y
reservada, ¿no? Louise debería agradecérselo. O tal vez es que está de su
parte. Sí, supongo que es eso. Está en contra de los hombres por lo que le ha
ocurrido. Sería diferente si una chica viniera a verme a mí mientras Louise
estuviera fuera de casa, ¿no es verdad?
–Ha sido muy amable ofreciéndose a llevarme
–replicó Susan serenamente, aunque le temblaban las manos–. Lo que no sabía era
que tuviera que mostrarle mi gratitud contándole lo que hace su mujer mientras
usted está fuera.
Bob recobró el aliento.
–Tal vez sea eso lo que esperaba, sí.
–No quiero mezclarme en su vida privada.
Ahora quisiera bajarme, por favor.
La reacción de Bob fue peculiar. Susan no
había pensado siquiera en que se negara, pero en lugar de aminorar la marcha se
cambió al carril rápido sin previo aviso. El conductor del coche que iba detrás
de ellos frenó e hizo sonar el claxon. Bob se metió en la rotonda con un
chirrido de frenos y enfiló la recta con un chirriar de neumáticos. Pisó el
acelerador y Susan vio que su boca se torcía en una sonrisa de triunfo. En su
indignación, por un momento se sintió muy asustada. Había algo salvaje y
desenfrenado en su rostro que quizá algunas mujeres encontrarían atractivo,
pero a ella le parecía simplemente el de un niño imprudente.
La aguja del cuentakilómetros seguía
subiendo. Algunos hombres creían que conducir deprisa y peligrosamente era un
signo de virilidad. Tal vez era eso lo que Bob quería demostrar. Le habían
herido en su orgullo y Susan no debía ahondar en la herida, de modo que, en
lugar de protestar y a pesar de que tenía húmedas las palmas, se limitó a decir
secamente:
–Nadie diría que el coche necesita repararse.
Bob emitió una risa ronca e infeliz entre
dientes.
–Es usted una buena chica, Susan. ¿Por qué no
tuve el sentido común de casarme con alguien como usted? –Puso el intermitente,
redujo y tomó el desvío–. ¿La he asustado? Lo siento. –Se mordió el labio–. Soy
tan desgraciado... –Suspiró y se llevó la mano izquierda a la frente. Un rizo
moreno le cayó hacia adelante y Susan vio una vez más al muchacho
desconcertado–. Supongo que ahora mismo estará con ella después de aparcar el
coche fuera para que todo el mundo lo vea. Me parece estar viéndolo. Ese
horrible perro ladra y todos se acercan a la ventana. ¿No es verdad? ¿No es
verdad, Susan?
–Supongo que sí.
–Un día por poco vuelvo a la hora de comer y
los pillo juntos.
–Ésa es la tienda a la que voy, Bob, así que
si no te importa...
–Y ahí está el mecánico.
Bob detuvo el coche y bajó para abrirle la
puerta cortésmente. Julian nunca se había molestado en prodigar pequeñas
atenciones de esa clase. El rostro de Julian nunca había dejado traslucir lo
que sentía. Bob era más guapo que Julian, más sincero, más fácil de conocer,
pero... No había bondad en su rostro, se dijo Susan. Sensibilidad sí, pero del
tipo egocéntrico, la que se siente por sí misma, cerrada al dolor de los demás,
la que exige, comprende y sufre sólo cuando su poseedor se ve frustrado.
Susan se apeó y permaneció en la acera bajo
el viento frío, que dio color a las mejillas de Bob, haciéndole parecer
saludable y despreocupado. Dos chicas pasaron junto a ellos y una se volvió
para mirarle admirativamente, de un modo calculador, igual que los hombres
miran a las mujeres guapas. También Bob captó su mirada y Susan se sorprendió
al verle flirtear levemente, apoyándose en el coche con elegancia deliberada.
Susan cogió su cesto y dijo con viveza:
–Gracias. Nos vemos.
–Tenemos que hacer esto más a menudo –replicó
él con una pizca de sarcasmo.
El coche seguía aparcado junto a la acera y Bob
continuaba sentado al volante cuando Susan salió de la tienda de juguetes.
¡Cómo la había endurecido el último año! En otros tiempos hubiera sentido una
gran piedad por cualquier persona en la situación de Bob, que era la suya
propia doce meses antes, pero sin poderlo evitar tenía la impresión de que él
estaba actuando, poniendo todas sus fuerzas en presentarse como objeto de
compasión, Decía que era desdichado, pero no lo parecía. ¿Dónde estaban las
arrugas de tensión, la silenciosa y desolada reserva? Quería aparentar que se
sentía desdichado. Sus ojos se encontraron por un instante y Susan hubiera
jurado que Bob hacía una mueca de desánimo sólo para ella. Bob alzó la mano en
un breve saludo, puso el motor en marcha y se alejó por el sendero de cemento entre
los surtidores de gasolina.
En otro de los artículos de Certainty, Julian Townsend había afirmado que prácticamente los únicos espacios
verdes que quedaban en el noroeste de Londres eran cementerios. Uno de éstos,
el atestado cementerio de un distrito central, separaba los jardines traseros
de Orchard Drive de la North Circular Road. Desde lejos seguía pareciendo
bonito, con un aire casi rural, pues los olmos alzaban aún al cielo sus negros
brazos esqueléticos y los grajos anidaban todavía entre sus ramas. Sin embargo,
si uno atajaba por el cementerio para ir a casa, únicamente forzando la
imaginación y embotando los sentidos podía olvidar que se hallaba en una zona
residencial de las afueras de una ciudad. En lugar de hierba fragante y agujas
de pino se olía la pestilencia acre de la fábrica de productos químicos, y
siempre se veía el tráfico por entre los árboles, como si se tratara de una
cinta transportadora, eterna y absurda, para innumerables coches, camiones que
transportaban más coches, autobuses escarlata...
Susan bajó de uno de esos autobuses y tomó el
camino del cementerio para ir a casa. El día anterior se había celebrado un
funeral y una docena de coronas yacían aún sobre el reciente montículo, pero
una noche de escarcha y medio día de viento cortante habían retorcido y
ennegrecido los pétalos. Aún hacía frío. Las amorfas nubes eran de color
bayeta, con bordes irregulares allí donde el viento las había rasgado. Un día,
se le ocurrió a Susan, perfecto para deprimir al más alegre. Caminando contra
el viento por la parte más desolada del cementerio, Susan se dijo que, con el
cuello del abrigo subido y sujeto contra las mejillas, debía tener toda la
pinta de la madre de Oliver Twist en su último viaje a la inclusa. Luego sonrió
despectivamente. Al menos no estaba embarazada ni era pobre ni carecía de
hogar.
Al llegar a la pendiente del lado de
Matchdown Park vio la parte posterior de las casas de Orchard Drive. La suya y
la de los North eran idénticas, lo que le produjo una sensación de tristeza y
pérdida. Parecía también que sus moradores estaban destinados a seguir un
camino similar de desconfianza tras el amor, de amargura y separación.
Dos hombres caminaban por el sendero desde la
puerta posterior de Louise. En la mano llevaban tazas de té que despedían
débiles penachos de vapor en el aire frío. Susan supuso que eran trabajadores
de las obras que se estaban realizando en la carretera justo debajo de donde se
hallaba. Llevaban varias semanas levantando aquel trozo de asfalto para
instalar cables o tuberías –¿quién podía decir lo que hacía esa gente a cada
momento?–, pero a ella no se le había ocurrido ofrecerles té. Para ella sólo
significaban la molestia de que Paul entrara en casa con los zapatos llenos de
tierra y la del martilleo constante de sus taladradoras.
Susan traspasó la verja del cementerio y
cruzó la carretera. Dentro de la caseta de los obreros ardía un fuego rojo en
un brasero hecho con un cubo perforado. Cuando se acercó a la verja de su
jardín le alcanzó el calor del fuego como una brisa alegre, alentadora, cálida
y acre.
Los hombres de las tazas de té se acercaron y
se acuclillaron frente al fuego. Susan estaba a punto de desearles buenos días
cuando emergió un tercero de aquella zanja que nunca parecía más profunda ni
más superficial y emitió un largo silbido de admiración. A ninguna mujer le
molesta en realidad que le silben de esa manera. Pero ¿responde alguna? Susan
adoptó la expresión pétrea que reservaba para tales ocasiones y entró en su
jardín.
Con el rabillo del ojo vio al hombre que le
había silbado enfilar el sendero de Louise en busca de su taza de té. La valla
que separaba las dos puertas de atrás tenía una altura de un metro ochenta.
Susan no podía ver nada, pero oyó la risa de Louise y el intercambio de bromas
que siguió a esa risa.
Susan atravesó su casa y salió a la puerta
delantera para recoger la leche. Contrariamente a lo predicho por Bob, El
Zephyr verde no se hallaba aparcado sobre la hierba, pero en el extremo más
alejado del jardín vio su réplica en miniatura. Sin darse cuenta se había
dejado uno de los coches de Paul fuera toda la noche.
Fue a recogerlo y estaba sacudiéndole la
tierra de las ruedas cuando vio a Doris salir de la casa de Betty Gibbs seguida
por ésta para prolongar la conversación y los últimos adioses hasta la verja.
–Menudo trasiego continuo por el sendero –oyó
decir a Betty–. ¿Por qué no se hacen el té ellos mismos? Tienen un fuego. Oh,
hola. –Habían divisado a Susan, que se acercó a ellas deseando sentirse menos
reacia–. Doris y yo hemos estado observando el modo en que nuestra vecina
dirige su cantina.
–Hoy no la ha visitado su amante –dijo
Doris–. Ahí está la cuestión.
–Louise ha estado ofreciéndoles té a esos
hombres durante semanas –protestó Susan, y al hacerlo sintió una fuerte
repulsión hacia sí misma. ¿A santo de qué tenía que adoptar siempre el papel de
defensora de Louise? Esa mujer no significaba nada para ella, menos que nada.
¡Qué pagada de sí misma debía parecerles a aquellas vecinas vulgares y
perfectamente honestas! Pagada de sí misma, y encima crítica y reprobadora.
Tenía tierra en las manos y se las limpió quisquillosamente como si fueran una
mancha más profunda–. Vamos –dijo, consiguiendo esbozar una sonrisa incrédula–,
no creeréis que Louise está interesada en alguno de esos obreros.
–Sé que tú no lo estás. Eres demasiado
discreta hasta para vivir.
–Lo siento, Doris, no pretendo ser mojigata.
–Susan respiró hondo–. Sólo espero que todo se arregle para los North, eso es
todo, y que no sean demasiado desgraciados.
Por un momento las otras dos mujeres
parecieron estupefactas, como si jamás se les hubiera ocurrido que el resultado
de las dificultades de los North pudiera ser la infelicidad. Pensaban en cierta
excitación quizá, o en un gran escándalo, o en más alimento sensacionalista
para sus especulaciones, pero nada tan real como la pena. Doris echó la cabeza
hacia atrás y Susan aguardó su respuesta mordaz, pero Doris se limitó a
contestar con tono afable y demasiado alto:
–Volveré con Paul a la hora de costumbre.
Era un sonido característico de Louise North
lo que la había alertado y dado pie a aquel cambio de tema súbito y artificial.
A sus espaldas, sobre el sendero de Braeside se oía el ruido metálico y nítido
de los tacones altos que Louise siempre llevaba. Atrapada en la conspiración de
chismorrees, Susan no se dio la vuelta. Estaba de espaldas a Louise, pero las
otras mujeres la tenían de cara y resultó cómico y desagradable a la vez ver el
modo en que se erguían antes de que Betty, la más débil de las dos, consiguiera
sonreír levemente y hacer un gesto con la cabeza.
Susan se habría sentido menos enojada y harta
de ellas si le hubieran dispensado el mismo trato a Julian un año antes, pero
tan pronto como los problemas entre ella y su marido se hicieron patentes
aquellas mujeres adularon a Julian descaradamente. En Matchdown Park, sin duda
el último bastión del victorianismo, el adúltero seguía siendo fascinante y la
adúltera una mujer caída. Susan cruzó lentamente la calle de vuelta a su jardín
dedicándole una amplia sonrisa a Louise y un saludo más cordial de lo
acostumbrado:
–¡Hola, qué tal!
Su vecina había salido al jardín con la misma
misión que ella y sostenía en las manos dos botellas de medio litro cuyos
tapones de finas laminillas de metal habían sido destrozadas a picotazos por
unos pájaros azules.
–Hola –respondió Louise con su fina voz de
adolescente que siempre tenía un matiz quejicoso.
–Bob me ha llevado hasta Harrow esta mañana.
–¿Ah, sí? –Por su voz Louise parecía poco
interesada, pero aun así se acercó a la valla caminando sobre la hierba húmeda.
Sus tacones se hundieron en ella igual que los neumáticos del coche de su
amante se habían hundido en la franja de hierba.
Louise llevaba siempre tacones muy altos. Sin
ellos medía menos de metro cincuenta, más o menos la estatura de una niña de
doce años, pero, al igual que la mayoría de mujeres menudas, se elevaba sobre
tacones como zancos y se peinaba recogiendo los cabellos en la coronilla. El
rostro pequeño y blanco que había debajo parecía marchito y encogido. Claro está
que la mañana era particularmente fría y como de costumbre Doris había empezado
a comentar las bajas temperaturas a voz en cuello, reiterando su deseo
imperioso de volver a su chimenea al tiempo que cruzaba lentamente la calle
hacia su casa.
–¡Estoy congelada! No recuerdo un tiempo como
éste. ¡Dios sabe por qué no hacemos las maletas y nos vamos a Australia!
–No hay para tanto –susurró Louise,
apoyándose en la valla, que sólo le llegaba a la cintura a una persona de
estatura media pero que a ella le permitía apoyar los codos, postura desde la
que miró a Susan pensativamente–. Hay cosas peores que un poco de frío –añadió.
–¡Debo de estar loca quedándome aquí fuera
tanto tiempo –gritó Doris, todavía en la acera y mirando abiertamente a
Louise–, con los sabañones que tengo!
–Bueno, tengo que entrar –dijo Susan con
firmeza y cerró la puerta delantera tras ella.
Por un momento había tenido la inquietante
impresión de que también Louise quería hacerle confidencias, pero era
imposible. Apenas la conocía y la idea de que entre ella y los North pudiera
darse cierta intimidad la asustaba, y mucho. El día anterior eran meros
conocidos y ahora... Casi daba la impresión de que Julian estaba en lo cierto
cuando afirmaba que los amigos los escogía uno mismo, pero los vecinos te caían
en suerte y el único medio para protegerse de ellos era mantener las
distancias. Sin duda ella se había mostrado demasiado abierta. Era posible
incluso que su fama de discreta, apuntada por Doris, hubiera llegado a oídos de
los North y éstos hubieran decidido por separado usarla como depositaría de sus
secretos.
Susan se encogió de hombros, endurecido el
corazón, y se instaló ante su escritorio. Era una pesadez, pero no había nada
que temer. Pero, ¿por qué de repente sentía aquella curiosa dicotomía, el deseo
de hallarse a muchos kilómetros y al mismo tiempo salir de nuevo a la calle y
echar un vistazo a Braeside, a aquella casa extraña y misteriosa donde las
ventanas rara vez estaban abiertas y donde no había niños que jugaran en el
jardín? Era como si quisiera tranquilizarse, resolver una duda o alejar un
temor.
Finalmente extendió las manos sobre las
teclas y dejó la mente en blanco.
A las tres y media fue a la cocina. En su
subconsciente se había formado una resolución mientras trabajaba y ahora la
sacaba a la luz. En el futuro tendría el menor trato posible con los North. No
aceptaría que la llevaran en coche ni más charlas de jardín. Tal vez debiera
adoptar incluso la precaución de estar al tanto de sus idas y venidas para
esquivarlos.
Las taladradoras martilleaban al otro lado de
la valla en la parte de atrás. Susan puso agua a hervir para el té mientras
contemplaba los grandes olmos que se balanceaban bajo el viento con la
flexibilidad de las briznas de hierba. Desde allí podía ver el resplandor
carmesí del fuego de los obreros en el cubo perforado y sus morenos rostros,
pálidos en contraste con las llamas rosadas cuando traspasaban el umbral de su
caseta. La visión de un fuego que otros compartían y disfrutaban le producía
siempre una sensación de soledad, de haber sido excluida. El brasero,
incandescente y nítido, cuyas llamas ardían con un azul traslúcido en torno al
núcleo rojo, le trajo a la mente las improvisadas estufas de los vendedores de
castañas y le hizo recordar que ella y Julian se habían detenido algunas veces,
de camino al teatro, para comprar y calentarse las manos.
El cielo tenía un azul como el hielo ártico y
las nubes que viajaban por él parecían témpanos algodonosos. La tapa de la
tetera golpeteaba, las taladradoras chillaban y entonces, clara y brevemente a
través de los sonidos más fuertes, se oyeron unos suaves golpes en la puerta
delantera.
Pollux no ladraba. Debía tratarse de algún vecino o de un visitante familiar
en aquella calle. Era demasiado pronto para que Doris volviera del colegio con
Paul. Además, Doris siempre entraba por la puerta de atrás gritando y dando un
portazo. Las taladradoras callaron con un quejido. Susan cruzó el recibidor y
los suaves golpes se repitieron. Abrió la puerta y cuando vio quién era se le
cayó al alma a los pies.
¿De qué servía decidirse a esquivar a la
gente cuando esa misma gente imponía su presencia? Louise North llevaba su
abrigo de talla infantil alrededor de los delgados hombros. Entró temblorosa
antes de que Susan pudiera impedírselo y sus tacones resonaron como martillos
sobre el suelo de madera. Además de temblar, apenas se sostenía en pie.
–¿Tienes cinco minutos, Susan? ¿Cinco minutos
para charlar? –Alzó los ojos echando la cabeza hacia atrás para mirarla a la
cara. Sus ojos, del claro e insípido color azul de las cuentas de vidrio,
lloraban de frío. «Pero si viene de la casa de al lado», pensó Susan. «A menos
que esté llorando. Está llorando»–. No te importa que te llame Susan, ¿verdad?
Llámame Louise.
«Has llegado al límite», estuvo a punto de
decir Susan, pero dos lágrimas resbalaron por el delgado rostro de Louise. Se
las enjugó y se escabulló hacia la sala de estar.
–Conozco el camino –musitó–. Mi casa es
igual. –Sus tacones dejaron un rastro gemelo de pequeñas hendiduras permanentes
e irreparables en el parquet.
Susan la siguió con impotencia. El rostro de
Louise estaba oscurecido por el maquillaje aplicado sobre un maquillaje
anterior y los churretones de las lágrimas. Al llegar a la cálida y tranquila
sala de estar ocultó la cara entre las manos y las lágrimas se le escurrieron
por entre los dedos hasta la piel de gallina de las muñecas.
3
Susan permaneció de pie junto a la ventana
esperando a que Louise dejara de llorar. No deseaba en absoluto juzgarla de
antemano, pero sentía cierta impaciencia. Louise no tenía pañuelo. Con aire
débil y azorado hurgaba en los bolsillos de su abrigo y miraba vagamente en
torno buscando el bolso que no llevaba.
En la cocina la tetera golpeteaba en el
fuego. Susan sabía que se debía a la esponja que había depositado en su
interior muchos años atrás para que absorbiera el poso de cal que creaba el
agua. La esponja se había petrificado con el tiempo y hacía ruido al chocar
contra el interior de la tetera. Susan fue a la cocina, apagó el fuego y llevó
un pañuelo limpio a Louise.
–Lo siento muchísimo –dijo Louise, tragando
saliva. Su rostro infantil se había hinchado y enrojecido a causa del llanto.
Se llevó una mano al pelo para recuperar los rizos sueltos y meterlos de nuevo
en el peinado rociado de laca que le daba cinco centímetros más–. Pensarás que
soy una loca, entrando en tu casa y desmoronándome así cuando apenas nos
conocemos. –Se mordió el labio y prosiguió con tono desdichado–. Pero todos mis
amigos son católicos, ¿comprendes?, y no me gusta hablar de esto con ellos. Me
refiero al padre O’Hara, a Eileen y a gente así. Ya sé lo que me dirían.
Susan había olvidado que Louise era católica.
Recordó entonces que la había visto salir algunas veces con Eileen O’Donnell en
dirección a la iglesia con mantillas de encaje en las manos para echárselas
sobre la cabeza durante la misa.
–Desde luego no puedo divorciarme –dijo
Louise–, pero pensaba... Oh, Dios mío, no sé cómo expresarlo. Te he hecho
perder el tiempo montándote una escena y ahora no me atrevo a decirlo. –Miró a
Susan de reojo–. Soy como tú, ¿comprendes?, soy bastante introvertida.
A Susan no le gustó la comparación. Las
personas introvertidas no se metían en la casa de un vecino para llorar y pedir
pañuelos prestados.
–Bueno, ¿qué te parece si te quedas sentada
un rato y te tranquilizas mientras yo preparo el té?
–Eres muy buena, Susan.
Las taladradoras reanudaron su estruendo
ensordecedor mientras Susan cortaba pan y mantequilla. Pensaba en qué le diría
a Louise cuando volviera a la sala de estar, pero temía que cualquiera de sus
consejos diferiría muy poco de los que pudieran ofrecerle Eileen o el
sacerdote. En cuanto a lo que iba a decirle Louise, no le costó nada
adivinarlo. Sería un recital desafiante sobre el amor y el derecho que éste
otorga a hacer lo que uno quiera, la afirmación de que era preferible arruinar
una vida ahora que dos para siempre y de que se debía aprovechar la vida cuando
aún se era joven. Todo eso ya se lo había dicho Julian de un modo bastante más
coherente del que Louise sería capaz. Si ella vacilaba o se interrumpía, pensó
Susan con amargura, siempre podría hallar excusas del repertorio lógico y
absolutamente despiadado de Julian. Volvió a la sala de estar con el mantel y
los platos. Encontró a Louise de pie, contemplando los olmos temblorosos y el
cielo frío e impetuoso, con el rostro estragado por la pena.
–¿Te sientes mejor? –le preguntó, y añadió
con tono cortante–: Paul llegará en cualquier momento. –Esperaba que su rostro
indicara a su visita con toda claridad que no deseaba que su hijo, fruto de un
matrimonio roto que ya había sido testigo de las desdichas de los adultos,
tuviera que oír de nuevo los problemas maritales de un adulto y ver sus
lágrimas.
Sin embargo Louise, al igual que su marido,
reservaba escaso interés o preocupación por las inquietudes de los demás.
–Oh, Dios mío –exclamó patéticamente–, y
Doris Winter con él, supongo. Susan, he pasado toda la tarde haciendo acopio de
valor para venir a verte. He tardado horas en atreverme. Pero has sido tan
buena y amigable en el jardín que yo... Mira, Bob llegará tarde esta noche y yo
estaré sola. ¿Querrías venir a mi casa? Sólo por una hora.
Se oyó el chasquido de la puerta lateral de
la valla y luego el portazo. Las miradas de las dos mujeres se encontraron por
un segundo. Susan pensó en cuan inocente parecía Louise, como si no pudiera
hacerle daño ni a una mosca. ¿Para qué molestarse con las moscas cuando se
podía atormentar a la gente?
–¡Hola! –saludó Doris desde la puerta
posterior–. Vuelvo a llegar tarde. Me muero por una taza de té.
–¿Quieres quedarte a tomar una?
Louise meneó la cabeza y recogió su abrigo de
la silla. Seguía teniendo el rostro enrojecido y manchado por las lágrimas.
Alzó la vista cuando entró Doris y una leve y patética sonrisa tembló en sus
labios.
–Oh, no sabía que tenías visita –dijo Doris–,
de lo contrario no hubiera irrumpido de esta manera. Abrió los ojos con
excitación ante la idea de que por casualidad se hubiera topado con una
aventura en el momento y el lugar menos probables. Despojó sus dedos rojos y
rígidos de los guantes de lana y enarcó una ceja interrogativamente volviéndose
hacia Susan.
Ésta no respondió a su gesto y le divirtió
ver que la ávida curiosidad de Doris daba gradual paso al pesar hasta que, como
una batería que necesitara recargarse, se instaló junto al radiador y dijo
malhumoradamente:
–Qué suerte tienen algunos. Yo he estado
helada todo el día.
Entonces Louise lo dijo. Más tarde Susan
pensaría a menudo que si su vecina hubiera guardado silencio o se hubiera limitado
a dar una réplica inofensiva, la tragedia que sobrevino habría seguido un rumbo
diferente o incluso se habría evitado. A pesar de su decisión de no
involucrarse, habría aceptado la invitación de Louise por debilidad y
compasión. La habría escuchado y comprendido desde una posición que defender.
Pero Louise, que toqueteaba el abrigo
vacilando entre guardarse el pañuelo de Susan en el bolsillo o dejarlo sobre el
brazo de la silla, volvió sus ojos acuosos hacia Doris y dijo:
–El invierno que viene tendré la calefacción
central. Pronto vendrán a instalármela. –Una diminuta chispa de entusiasmo dio
color a sus mejillas–. Supongo que ya habréis visto al vendedor por aquí.
Las cejas siempre activas de Doris sufrieron
una especie de tic nervioso y casi desaparecieron bajo el flequillo.
–Te acompaño a la puerta –dijo Susan con
frialdad. La rabia le arrancó de los labios el nombre de pila que iba a usar y
que hubiera suavizado la despedida. Le llenaba de indignación que Louise se
hubiera presentado allí para llorar por su lío amoroso y luego se empecinara en
emplear la treta que usaba para engañar a todo el mundo. La mentira y la
hipocresía eran más de lo que Susan podía soportar.
Louise dio un traspié en el recibidor y Susan
no le tendió la mano para sujetarla. El tacón metálico dejó una hendidura y una
larga marca en el parquet que Susan y su asistenta, la señora Dring, tanto
empeño ponían en pulir. No tenía lógica, pero aquel daño involuntario le
enfureció más que el disimulo de Louise y su falta de dominio. Louise se detuvo
ante la puerta y susurró:
–¿Vendrás esta noche?
–Me temo que no puedo dejar solo a Paul.
–Ven mañana entonces a tomar café –suplicó
Louise–. Ven apenas hayas llevado a Paul al colegio.
Susan suspiró. Tenía ganas de decirle que no
iría nunca, que los North y sus problemas no le importaban en absoluto. Bob
llegaría tarde por una vez, así que Louise quería llorar en el hombro de Susan
como una niña. ¿No se le había ocurrido que Susan estaba siempre sola, que
Julian se había ido para siempre? Todo era culpa de Julian. Sí él siguiera allí
no le hubiera permitido convertirse en mediadora y consejera de los North, pero
tampoco se habrían dado las confidencias. Los North la consideraban la
consejera idónea a causa sólo del abandono y posterior divorcio de su marido.
Su experiencia la capacitaba, se suponía que comprendía los motivos tanto de la
esposa como del marido, su conocimiento de primera mano le daba ventaja sobre
el sacerdote y las amigas devotas e ingenuas.
–Louise... –dijo con tono de impotencia,
abriendo la puerta y dejando que el aire frío y húmedo recorriera su rostro
ardiente.
–Por favor, Susan. Sé que es horrible y
embarazoso, pero no puedo evitarlo. Por favor, dime que vendrás.
–Iré a las once –respondió Susan, sin poder
resistirse más a aquella expresión de súplica agónica. Exasperada aún, pero
casi resignada, salió con Louise para llamar a los chicos a tomar el té.
Louise se alejó taconeando hacia la entrada
lateral. Llevaba zapatos de finas punteras, arrugadas porque los dedos no llegaban
hasta el final. Con el abrigo largo y amplio y aquellos absurdos zapatos
demasiado largos, a Susan le recordaba a una niña vestida con la ropa de su
madre.
Susan paseó brevemente la mirada por la
fachada de Braeside. De todas las casas de la calle era la única cuyos
ocupantes nunca se habían molestado en mejorar su aspecto. Susan no era una
entusiasta de llenar los jardines de enanos, farolas de carruajes o pilas para
pájaros sobre pedestales dóricos, pero reconocía un deseo de individualidad en
el arrayán en maceta de los Gibbs, o una melancólica necesidad de belleza en
los bojes de las ventanas de los O’Donnell.
Braeside estaba tan desprovisto de adornos
como debió estarlo cuando lo construyeron diez años atrás. No se había pintado
desde entonces y daba la impresión de que sus ventanas eternamente cerradas no
se abrirían jamás. La casa pertenecía a los North y, sin embargo, tenía aspecto
de propiedad alquilada por poco tiempo, como si sus propietarios la
consideraran un lugar donde alojarse temporalmente. En el jardín delantero no
había árboles. Casi todas las demás casas tenían un kanzan, cipreses o un prunus. El jardín de Braeside era sólo un gran cuadrado de tierra cubierta
enteramente de narcisos y con unos cuantos centímetros de hierba alrededor. Los
narcisos causaban la sensación de haber sido plantados por un jardinero para
venderlos por la estricta disposición de sus hileras, pero Louise ni siquiera
los cortaba. Susan recordaba primaveras pasadas en las que a veces había visto
a su vecina paseando con cuidado por entre las hileras para tocar las céreas
hojas verdes o inclinarse para oler el aroma fresco y levemente acre de las
flores. Ahora no había más que capullos, apretadas cabezas amarillas tan
selladas como la casa misma y, al igual que ésta, parecían contener algún
secreto.
Susan llamó a los niños y les dio prisa para
que entraran por la puerta lateral. Las ventanas de Braeside se veían negras y
opacas, eficaces postigos tras los que una mujer podía ocultarse y llorar a
gusto.
Susan quedó exhausta y enfadada después de
tener que soportar y contener la curiosidad de Doris, y responder de forma
adecuada pero necesariamente falsa a Paul cuando éste quiso saber por qué
lloraba la señora North. Estaba muy necesitada de alguien con quien comentar aquella
crisis en la vida de los North y pensó con melancolía en Doris, que sin duda
entretenía a John con su última etapa. Un hombre vería todo aquel asunto de una
manera más directa –y menos sutil– que ella; un hombre le explicaría cómo
evitar involucrarse con amabilidad y tacto.
Cuando sonó el teléfono a las siete y media
supo que era Julian y por un momento pensó seriamente en trasladarle sus
problemas. ¡Si Julian hubiera sido más humano y menos el actor que representa
un irascible papel en una eterna comedia de salón! Y desde su segundo
matrimonio se había vuelto más melifluo e ingenioso que nunca, hasta llegar a
un punto de irrealidad. Despreciativo siempre lo había sido, misántropo y
exclusivista, además de tener la extraña convicción de que los habitantes de un
barrio residencial eran completamente ajenos a él, criaturas infrahumanas que
llevaban una vida vegetal o de trogloditas. Sus actividades le resultaban
indiferentes, a pesar de que los chismes en su propio círculo despertaban en él
una curiosidad casi femenina. Tan pronto como Susan oyó su voz, sus esperanzas
se desvanecieron. Consultar a Julian hubiera sido como invitarle a una negativa
mordaz.
–Me dijiste que ésta era la mejor hora –dijo
la voz cansina y pedante–; así pues, dado que estoy dispuesto a complacerte, he
hecho un esfuerzo para levantarme en medio de mi cóctel de langostinos.
–Hola, Julian.
La costumbre de Julian de lanzarse al meollo
sin saludar y sin preámbulos siempre la irritaba. Claro está que una ex esposa
podía reconocer la voz de su ex marido, concedido, pero Susan sabía que era
igual con todo el mundo, incluso con los conocidos más superficiales. Era tal
su autoestima que consideraba imposible que pudieran confundir su voz por
teléfono, ni que su interlocutor fuera un sordo o una persona tímida.
–¿Qué tal estás?
–Estoy bien. –Aquella respuesta estrictamente
correcta pero poco natural era otro julianismo. El no decía «bien» a secas, o
al menos «muy bien»–. ¿Qué tal van las cosas por Matchdown Park?
–Como siempre –contestó Susan, preparándose
para encajar la inevitable burla.
–Eso me temía. Oye, querida, creo que el
domingo me será imposible tener a Paul. La madre de Elizabeth nos quiere todo
el fin de semana y naturalmente no podría escaparme aunque quisiera.
–Podrías llevarlo a él también.
–A lady Maskell no le entusiasma precisamente
la idea de tener niños en su casa.
A Susan siempre le había parecido extraño que
Julian, el editor de una revista de izquierdas, se hubiera casado con la hija
de un baronet y que valorara tanto la clase de los terratenientes a la que
pertenecían sus parientes políticos.
–Ésta es la segunda vez desde Navidad que lo
dejas de lado –dijo–. Me parece absurdo que el juez decretara que podías
tenerlo cada cuatro domingos si luego vas a estar siempre ocupado. A él le
hacía mucha ilusión.
–Oh, puedes llevarlo a alguna parte.
Llévatelo al zoo.
–Pasado mañana es su cumpleaños. He pensado
que haría bien en recordártelo.
–No te pongas nerviosa, querida. Elizabeth lo
tiene apuntado en su lista de compras para asegurarse de que no se nos olvida.
–Y con eso está todo arreglado, ¿no? –A Susan
le temblaba la voz de indignación. Había sido un día horrible lleno de gente
imposible–. Será mejor que vuelvas a tu bistec –añadió con el tono regañón que
él provocaba y detestaba a la vez–, o lo que siga en el menú.
¡Elizabeth lo tenía apuntado en su lista de
compras! Susan imaginó la lista: langostinos en lata, pimientos, palitos para
cóctel, regalo de cumpleaños para «el niño», filetes, bombones para mamá...
¡Qué exasperante resultaba Julian! Era extraño que las frases que recordaba de
él la entristecieran pero no así aquellas conversaciones telefónicas semanales.
Seguramente enviaría algo completamente
ridículo a su hijo, una guitarra eléctrica o un traje de buceo, cosas que entraban
perfectamente dentro de lo que Julian o Elizabeth considerarían apropiado para
un niño de clase media el día de su sexto cumpleaños. Susan recorrió la casa
echando el cerrojo a las puertas para la noche. Normalmente cuando realizaba
esta tarea nocturna no se molestaba en alzar la vista hacia el lado de
Braeside, pero esa noche lo hizo, y le inquietó ver la casa sumida en la
oscuridad.
¿Se habría acostado ya Louise? Apenas eran
las ocho. Una simple curiosidad, tan irresistible como la de Doris, la poseyó,
arrastrándola hacia el jardín para contemplar la casa contigua, un borrón
oscuro en medio de sus vecinas brillantemente iluminadas. Tal vez Louise había
salido. Era muy probable que tuviera una cita con su amante y se hallara en
aquellos momentos sentada con él en algún anodino pub de la North Circular
Road, o cogidos de la mano en un café semivacío. Pero Susan no creía que fuera
así y le deprimió imaginarse a Louise acostada en aquella casa, con los ojos
abiertos en la oscuridad.
Escuchó sin saber muy bien qué escuchaba. No
se oía nada y luego, un poco desanimada, escuchó el silencio. Julian decía que
Matchdown Park era un dormitorio y de noche ciertamente lo era, con sus
habitantes encerrados como abejas en cálidas celdas. Sin embargo, resultaba increíble
que tanta gente pudiera vivir y respirar alrededor de ella en completo
silencio.
Pero aquel silencio no era nada comparado con
la profunda y muda carencia de sonido del jardín posterior. Susan comprobó el
cerrojo de la puerta trasera y notó que el viento había cesado. Los negros
árboles no se movían y, aparte de la corriente de luces del tráfico en la
distancia, no había más iluminación que los tres puntos rojos de los faroles
que los obreros habían dejado sobre su pirámide de tierra.
4
David Chadwick no veía a Bernard Heller desde
hacía meses y se lo encontró por casualidad un martes por la tarde en Berkeley
Square. Fue en la puerta de Stewart and Arden’s y Heller iba cargado de cajas
de cartón. David dedujo que se trataría de piezas de calefacción que debía
entregar en las oficinas de Hay Hill, donde se hallaba la central de Equatair.
Heller no pareció excesivamente complacido de
verle, aunque intentó esbozar una sonrisa. David, por el contrario, se alegró
de verlo. En un arranque de generosidad el verano anterior había prestado a
Heller su proyector de diapositivas y le pareció que ya era hora de
recuperarlo.
–¿Qué tal va todo?
–Bueno, ya lo ves. –Heller llevaba las cajas
apiladas bajo el mentón y quizá por ello su expresión parecía forzada.
–¿Sales del trabajo ahora? Vayamos a tomar
una copa.
–Aún me queda más por descargar.
–Te echaré una mano –dijo David con firmeza.
No quería desaprovechar la ocasión.
–Vamos al coche, entonces.
Seguía teniendo el mismo Zephyr Six, se dijo
David al tiempo que cogía las tres cajas restantes del maletero. El cartón de
la caja superior estaba roto y dejaba ver parte de un quemador de gas.
–Gracias –dijo Heller y, en un esfuerzo por
ser amable, añadió–: Muchas gracias, David.
Las puertas giratorias de Equatair permanecían
abiertas. En la escalera se cruzaron con un par de mecanógrafas que vestían
botas blancas y pieles de fantasía. Heller dejó las cajas en el suelo de un
pequeño vestíbulo y David hizo lo propio. Fotografías de radiadores y
calentadores decoraban las paredes, junto a otra de una lujosa sala de estar. A
David le recordaron sus propios diseños para platos de telefilmes. Así había
conocido a Heller, por el trabajo. Equatair hacía también chimeneas y habían
prestado una a David para el plato de una serie llamada Make Mine Crime.
–¿Qué me dices de esa copa?
–De acuerdo. No tengo prisa por llegar a
casa. –Heller no miró a David mientras hablaba y murmuró algo más girando la
cabeza hacia otra parte. Pudo ser «Bien lo sabe Dios», pero David no estaba
seguro.
Aquel ingeniero en calefacción era un hombre
corpulento. Tenía la cabeza redonda y espesos y cortos rizos. Solía demostrar
una alegría de lo más irritante, con propensión a palmear a la gente en la
espalda y contar chistes aburridos que, aún así, tenían el tono inocente de las
payasadas. Esa tarde su expresión era avergonzada y a David le pareció que
había perdido peso. Tenía las mejillas hundidas y de un color grisáceo, tal vez
no sólo porque Heller, que habitualmente cuidaba mucho su aspecto, necesitaba
un afeitado.
–Hay un sitio muy agradable en la calle
Berwick al que voy a veces –dijo David.
No llevaba el coche, de modo que cogieron el
de Heller. Para ser ingeniero y vendedor, Heller era un pésimo conductor, en
opinión de David, que en un par de ocasiones temió que chocaran contra un taxi.
Era la primera vez que subía al coche de Heller, pues hasta entonces sus
encuentros se habían limitado a un aperitivo antes de comer o a un sándwich.
Heller había sido la amabilidad personificada en el asunto de la chimenea, tan
generoso que resultaba casi violento. Dios y ayuda necesitó David para impedir
que pagara todas las copas que tomaban. Después, en julio, Heller mencionó que
su hermano gemelo había pasado una temporada en Suiza en casa de unos parientes
–eran suizos o medio suizos, o algo así–, pero no podía mostrar las
diapositivas que había tomado porque no tenía proyector. David había querido
demostrarle su gratitud, pero no era fácil, puesto que Heller insistía en
pagarlo todo. El préstamo del proyector resolvió la cuestión.
Pagar las deudas era una cosa. Lo que no
esperaba era que el tipo se quedara con el proyector durante ocho meses sin
rechistar.
–¿Crees que podrías devolverme el proyector
un día de éstos? –preguntó mientras cruzaban la calle Regent–. Se acerca el
verano y las vacaciones...
–Claro, claro –dijo Heller sin entusiasmo–.
Te lo llevaré a los estudios.
–Gracias. –David pensó que no le hubiera
hecho ningún mal darle las gracias por el proyector; pero era evidente que
Heller tenía algo en mente–. Aquí es. El Hombre de la Máscara de Hierro. Si
eres– rápido podrás pasar entre esa furgoneta y el Mercedes.
Heller no era rápido y desaprovechó dos
ocasiones para realizar la maniobra de cambio de sentido. El pub se hallaba
encerrado entre un restaurante indonesio y un club de striptease. Heller lanzó
una mirada morbosa hacia las fotografías de desnudos sobre pieles de leopardo.
Sobre la entrada del Hombre de la Máscara de
Hierro había un letrero que representaba al susodicho personaje apócrifo con la
cabeza metida en una jaula. David entró primero. El interior era cómodo y
estaba excesivamente caldeado. Su suelo de baldosas blancas y negras y sus
paredes revestidas de madera oscura sugerían un interior holandés, pero los
grabados de caza sólo podían ser ingleses; además, en ningún otro lugar salvo
Inglaterra se encontrarían los eslóganes jocosos y las caricaturas que
decoraban la pared.
Una luz roja bañaba la zona tras la barra
dándole el aspecto de la entrada a un horno, y esa misma luz tintaba los
rostros del hombre y de la chica que estaban allí sentados. Las uñas de la
chica eran malva cuando sus manos abandonaron el resplandor rojizo para
acariciar los hombros de su novio. Una persona perspicaz hubiera reconocido un
uniforme confederado en la chaqueta gris del chico.
–¿Qué vas a tomar? –preguntó David, previendo
lo de costumbre–. No, déjame a mí.
–Lima con cerveza Lager –respondió Heller.
–Pues sí que vas fuerte. ¿Qué celebramos?
–Es que tengo que conducir.
David se acercó a la barra. Intentaba
recordar dónde vivía Heller; en algún lugar del sur de Londres. Si tenía que
darle conversación a un hombre sólo semiconsciente, él necesitaría algo fuerte.
–Un escocés doble y lima con cerveza Lager,
por favor –pidió al camarero.
–Querrá decir Lager con lima.
–No creo que importe.
Heller se frotaba la ancha frente como si le
doliera.
–¿Vienes aquí a menudo?
–De vez en cuando. Es tranquilo y se ven
algunos personajes interesantes. –Mientras hablaba, el confederado besó a la
chica en la boca color de nácar. La puerta se abrió con una brusca sacudida
para dar paso a dos hombres barbudos.
Los dos se dirigieron a la barra y la
golpearon con fuerza porque en ese preciso instante nadie la atendía. El más
alto de los dos pidió con el entrecejo fruncido y siguió contando una anécdota.
El resplandor de detrás de la barra daba un tinte rojizo a su barba.
–Así que le dije al tipo ese, el director del
banco, «Está muy bien eso de quejarse de mí descubierto», le dije. «¿Pero dónde
estarían los bancos si no fuera por los descubiertos? Eso es lo que me gustaría
saber. Eso es lo que hace que sigan funcionando. De lo contrario no tendría
trabajo, jefe», le dije.
–Exacto –replicó el otro hombre.
Heller ni siquiera sonrió. Su piel colorada
se arrugaba en torno a los ojos y las comisuras de la boca esbozaban un rictus
de amargura.
–¿Qué tal va el trabajo? –preguntó David a la
desesperada.
–Igual que siempre.
–¿Sigues operando en la zona de
Wembley-Matchdown Park?
Heller asintió y musitó para su vaso:
–No por mucho tiempo.
David enarcó una ceja.
–Me voy al extranjero. A Suiza.
–Entonces sí tenemos algo que celebrar. Creo
recordar que una vez me dijiste que era eso lo que querías. ¿No tienen los de
Equatair una base allí?
–En Zurich.
–¿Cuándo te vas?
–En mayo.
Los modales de Heller no distaban mucho de
ser groseros. Si ésa era su manera de comportarse era un milagro que
consiguiera venderle a alguien un termostato de repuesto, por no hablar de todo
un sistema central de calefacción. David reparó de repente en que sólo faltaban
dos meses para mayo. Si quería recuperar su proyector tendría que emplearse a
fondo.
–Hablas alemán con fluidez, ¿verdad? Eres
bilingüe, ¿no?
–Fui al colegio en Suiza.
–Seguro que volver te emociona. –Lo que
acababa de decir era una estupidez, como preguntarle a un hombre que está
temblando si tiene calor.
–Oh, no sé –dijo Heller–. Tal vez en otro
tiempo. –Apuró su copa y en sus ojos oscuros brilló una chispa de algún
sentimiento intenso–. La gente cambia, se hace mayor. –Se levantó–. Ya no hay
nada que parezca tener demasiado sentido, ¿no crees? –Sin invitar a David a
otra copa, añadió–: ¿Quieres que te deje en alguna parte? Tú coges la Northern
Line, ¿no?
David vivía solo en un piso de soltero. No
pensaba ir a ningún sitio esa noche y tenía la intención de cenar fuera.
–Mira, no quiero resultar pesado –dijo con
apuro–, pero si vas derecho a casa, ¿te importaría que fuera contigo y
recogiera mi proyector?
–¿Ahora, quieres decir?
–Bueno, sí. Te vas en mayo y supongo que
tienes muchas cosas en la cabeza.
–Muy bien –dijo Heller con sequedad. Subieron
al coche y el ánimo de David mejoró ligeramente cuando el otro esbozó un
recuerdo de su antigua sonrisa y dijo:
–Ten paciencia conmigo, viejo amigo.
Últimamente no soy muy buena compañía. Fue un detalle de tu parte prestarnos el
proyector. No pretendía quedármelo.
–Lo sé –dijo David, sintiéndose mejor.
Subieron por uno de los puentes y pasaron por
el Elephant and Castle. Heller había tomado una ruta sinuosa por calles
secundarias y, aunque parecía conocer bien el camino, hacía caso omiso de las
señales de tráfico y atravesó un paso cebra cuando había peatones cruzando.
Entre ellos se había instaurado el silencio,
que Heller rompió sólo para decir.
–Ya casi hemos llegado.
La calle estaba llena de autobuses cuyo
destino David sólo conocía por el nombre: Kennington, Brixton, Stockwell. A
mano izquierda un gran muro uniforme con ventanucos se extendía a lo largo de
unos doscientos metros. Podía ser un cuartel o una prisión. No había un solo
árbol o franja de hierba a la vista. Heller giró a la derecha al llegar a un
odeón grande y muy iluminado y David vio que se hallaba en la típica
intersección de calles del sur de Londres, dominada por una iglesia con
columnata de estilo Wren, aunque Wren llevaba ciento cincuenta años muerto
cuando la edificaron. Frente a ella había una estación de metro, David no sabía
cuál. Todo lo que veía era el letrero con forma de Saturno de los transportes
públicos londinenses con su resplandor rojo y azul. La gente salía en tropel al
cruce y sus rostros tenían un color verde enfermizo a la luz del vapor de
mercurio de las farolas.
Algunos atajaban por un parque desprovisto de
árboles, con un pabellón de críquet y unos lavabos públicos. Heller se
introdujo a trompicones por entre la hilera central del río de gente. La calle
no era comercial ni residencial. La mayoría de las viejas casonas estaban a
punto de ser derribadas. Las tiendas eran todas de un mismo estilo, apiñadas
con aspecto lastimoso en un orden en apariencia infinito y rítmico: tienda de
licores, café, comida para animales, apuestas hípicas, tienda de licores,
café... De hallarse en la piel de Heller, David no hubiera sido capaz de
aguardar hasta mayo, la perspectiva de irse a Zurich sería como el paraíso. ¿En
qué clase de tugurio vivía aquel hombre?
No se trataba de un tugurio en absoluto. Era
un bloque de pisos muy decente, de unos diez años de antigüedad, dispuesto en
cuatro plantas alrededor de un jardín de hierba y cemento. Hengist House.
Heller metió el coche en una crujía señalada
con líneas blancas.
–Estamos en la planta baja –dijo–. Número
tres.
El vestíbulo de entrada tenía un aspecto algo
ajado. Alguien había escrito «Volved a Kingston» en una pared entre dos puertas
verdes. David no creyó que se refirieran a Kingston, condado de Surrey. Heller
metió su llave en la cerradura de la puerta número tres. Habían llegado.
Un estrecho pasillo atravesaba todo el piso y
acababa en la puerta de un cuarto de baño. Heller no anunció su llegada y
cuando apareció su mujer no le dio un beso.
David se sobresaltó al verla. Heller no tenía
más de treinta y cinco años, pero empezaba a parecer un hombre de mediana edad.
La chica parecía muy joven. David no había pensado en ella, de modo que no
tenía idea preconcebida alguna sobre su aspecto. No obstante, se sorprendió y, al
encontrarse con sus ojos, supo que ella esperaba esa sorpresa y que le
complacía.
La mujer llevaba téjanos y uno de esos
suéteres tan ceñidos que no conviene llevar cuando no se es muy delgado. Tenía
una figura del tipo cuya fotografía aparece con profusión en posturas sensuales
en los semanarios de tres al cuarto. Largos cabellos negros en los que un toque
de cepillo provocaría chispas le caían sobre los hombros.
–Creo que no os conocéis –masculló Heller, y
eso fue todo lo que David obtuvo a modo de presentación. La señora Heller se
separó de la pared y su mirada era ya indiferente–. Estás en tu casa. Ahora te
traigo el proyector. –Miró a su mujer–. El proyector de diapositivas, ¿dónde lo
pusiste cuando nos lo devolvió Carl?
–En el armario del dormitorio, supongo.
Heller acompañó a David a la sala de estar,
si abrir una puerta y murmurar algo podía considerarse acompañar. Luego se fue.
La habitación tenía tres paredes blancas y una roja con una especie de
mandolina colgada sobre un radiador Equatair. Una pequeña estera se aferraba al
suelo en el centro de la pieza. La señora Heller entró y dispuso cubiertos para
dos personas con cierta ostentación. David pensó jocosamente en el ámbito
doméstico de los auténticos vendedores ejecutivos. En las series y obras de
teatro para las que decoraba platos, tenían apartamentos estilo loft
neoyorquino completamente enmoquetados, con desniveles, tabiques adornados con
hiedra y mobiliario de piel. Se sentó en un sillón que era un cono de plástico
entrelazado con estructura metálica. Fuera, los autobuses transitaban con un
resplandor amarillo y blanco.
–Siento haberme presentado así, de improviso
–dijo. La mujer puso dos vasos de agua sobre la mesa. En las películas de
David, tomaban botellas de Romani Conti servidas en cestos de mimbre–. Me he
encontrado con Bernard por casualidad y me he acordado del proyector.
Ella giró en redondo ladeando el mentón.
–¿Se lo ha encontrado, dice? –Su voz tenía un
vestigio de acento rústico que David no consiguió identificar–. ¿Le importaría decirme
dónde?
–En Berkeley Square –contestó él,
sorprendido.
–¿Está seguro de que no ha sido en Matchdown
Park?
–Completamente. –¿Qué significaba todo
aquello? ¿Acaso Heller tenía que realizar un trabajo en Matchdown Park? David
contempló a la mujer mientras ésta terminaba de poner la mesa. Tenía un rostro
orquidáceo, se dijo. Era una palabra horrible, pero describía exactamente la
exuberante piel aterciopelada, la nariz pequeña y los labios rosados y
carnosos. Sus ojos eran verdes con reflejos dorados.
–Tengo entendido que se van a Suiza –dijo–.
¿Le agrada la idea?
Ella se encogió de hombros.
–Aún no hay nada decidido.
–Pero Bernard me ha dicho...
–No hay que hacer caso de todo lo que dice.
David siguió a la mujer a la cocina porque no
podía quedarse por más tiempo junto a los vasos de agua y la mandolina o lo que
fuese. Los téjanos marcaron las caderas de la señora Heller provocativamente
cuando se agachó para encender un cigarrillo en un fogón. David se preguntó qué
edad tenía. No más de veinticinco. En la habitación contigua oía los ruidos que
hacía Heller, al parecer sacando cosas de un estante alto.
En la cocina había un cazo de agua
calentándose. Dos chuletas pequeñas y demasiado hechas yacían con aspecto
desalentador en una bandeja. Cuando el agua del cazo empezó a hervir, la mujer
la sacó del fuego y vertió en ella el contenido de un paquete cuya etiqueta
rezaba «Cena campesina. Delicioso puré de patatas en treinta segundos». David
no lamentó que no le invitaran a compartirlo.
–¡Magdalene!
La voz de Heller sonó a cansancio y hastío,
igual que el nombre, Magdalene. Ella alzó la vista con agresividad cuando su
marido entró moviéndose pesadamente.
–No recuerdo dónde lo hemos metido –dijo
Heller, preocupado y mirándose las manos polvorientas.
–Déjalo –dijo David–, os estoy estropeando la
cena.
–Quizá esté ahí arriba –dijo la chica,
indicando el armario cerrado de la parte superior del aparador.
David se sorprendió un poco, pues hasta
entonces ella no había mostrado ningún interés en encontrar el objeto de su
propiedad y parecía indiferente al hecho de que él se quedara o se fuera.
Heller arrastró un taburete hasta el aparador
sobre el que había una pila de ropa sin planchar. Su mujer lo miró mientras
abría el armario y revolvía en el interior.
–Te han llamado por teléfono –dijo
inopinadamente, frunciendo sus labios carnosos–. Esa tal North. –Heller
masculló alguna cosa–. Menuda cara tiene llamando aquí. –Esta vez su marido
guardó silencio–. ¡Una cara muy dura! –exclamó, como si intentara encender una
chispa de ira en él.
–Espero que hayas contestado con educación.
David pestañeó. Puede que Magdalene fuera
vulgar, descortés, celosa incluso, pero no merecía que la reprendieran con
semejante brusquedad paternal delante de un extraño. Era evidente que la chica
estaba tomando aliento para dar una réplica adecuada, pero David no supo jamás
cuál iba a ser. Heller, con los brazos y los hombros dentro del armario,
retrocedió y algo pesado y metálico cayó sobre la ropa.
Era una pistola.
David no sabía nada sobre armas de fuego.
Para él una Beretta o una Mauser eran lo mismo. Sólo sabía que era una especie
de automática. La pistola relució sobre los calzoncillos de Heller y una funda
de almohada rosa.
Ninguno de los cónyuges dijo nada.
–¿Tu arsenal secreto? –dijo David con tono
jocoso para romper aquel desagradable silencio.
Heller contestó atropelladamente.
–Sé que no debería tenerla, es ilegal. En
realidad la traje de contrabando de Estados Unidos. Fui en viaje de negocios.
En la aduana no miran siempre, ¿comprendes? Magdalene tenía miedo cuando se
quedaba sola. Por aquí ronda gente muy rara, hay peleas en el callejón,
reyertas, ese tipo de cosas. La semana pasada, un individuo le gritaba a una
mujer que le diera su dinero. Un chulo, creo. Le pegaba y le gritaba en griego –añadió,
como si eso empeorara las cosas.
–No es asunto mío –dijo David.
–Es que he creído que a lo mejor te
resultaría raro.
Magdalene dio un taconazo repentino en el
suelo.
–Date prisa, por el amor de Dios. La película
empieza a las siete y media y ya son y diez. Y primero hay que fregar los
platos.
–Ya lo haré yo.
–¿No quieres verla?
–No, gracias.
Magdalene apagó el fuego, cogió los platos y
los llevó a la sala de estar. David creyó que volvería, pero no lo hizo. La
puerta se cerró y desde dentro se oyó débilmente la música de una película de
espías.
–Aquí está por fin –dijo Heller–. Justo al
fondo, detrás del secador de pelo.
–Te he causado muchas molestias. Lo siento.
Heller le pasó el proyector.
–Una cosa menos de la que tendré que
preocuparme –dijo–. No cerró las puertas del armario y dejó la pistola donde
había caído.
Tal vez fuera la presencia del arma,
vagamente amenazadora en aquella casa lúgubre lo que hizo decir a David
impulsivamente:
–Oye, Bernard, si puedo hacer algo...
–Nadie puede hacer nada –replicó Heller
fríamente–. No eres un mago, ¿verdad? No puedes dar marcha atrás al reloj.
–Las cosas mejorarán en Zurich.
–Si es que voy.
Esta visita dejó a David muy conturbado. Una
vez fuera, buscó un pub más grande, caro y frío que El Hombre de la Máscara de
Hierro. Se tomó otro whisky y luego caminó hasta la estación de metro, donde
descubrió que se hallaba en East Mulvihill. Mientras descendía bajo la bóveda
pétrea de la entrada al metro vio a Magdalene Heller al otro lado de la calle
caminando a paso vivo, corriendo casi, hacia la sala de cine por delante de la
que Heller y él habían pasado antes. La chica miró convulsivamente a derecha e
izquierda antes de entrar. David la vio abrir la cremallera de su bolso,
comprar una entrada y subir sola las escaleras hacia el anfiteatro.
Ya no había duda alguna sobre la causa de la
tristeza de Heller. Su matrimonio se había ido a pique. Una de esas dos
personas mal emparejadas y obviamente incompatibles había pecado y, por lo que
Magdalene había insinuado sobre la llamada telefónica, David dedujo que el
pecador era Heller. Por las apariencias se había liado con otra mujer. ¿Se
había quedado reducido a aquella sombra taciturna del alegre bufón de otro
tiempo porque no era a esa otra sino a Magdalene a la que debía llevarse
consigo a Suiza?
5
De camino al colegio se cruzaron con el
cartero y Paul dijo:
–Mañana no tengo que ir al colegio hasta que
llegue el cartero, ¿verdad?
–Ya veremos –dijo Susan.
–Bueno, pues no iré –dijo el niño con tono
rebelde para impresionar a Richard, que corría por delante, saltando a
intervalos para tocar las ramas de los cerezos–. Además, vendrá temprano
–añadió, más conciliador, cogiendo la mano de su madre–. Papá va a mandarme un
reloj. Lo prometió.
–¡Un reloj! Oh, Paul... –¡El regalo más
frágil y proclive a provocar llanto (cuando Paul se cayera en el patio del
colegio, como hacía dos o tres veces por semana) para un niño de seis años!–.
Tendrás que guardarlo para cuando seas mayor.
Llegaron a las puertas del colegio y los dos
niños fueron absorbidos por el tropel de colegiales. Esa mañana Susan los miró
con ojos diferentes, como adultos y causantes de desgracias potenciales. Un
frío sentimiento de melancolía la embargó. Se recobró con resolución, dijo
adiós a Paul con la mano y emprendió la vuelta hacia Orchard Drive.
Eran las nueve menos diez, hora en que solía
ver a Bob North, cuando pasaba con su coche regularmente por delante de la
puerta del colegio. Susan no quería verlo. Recordaba su último encuentro con
desagrado. Hoy no le ofrecería llevarla en coche pues estaba claro que volvía a
casa directamente, pero Susan estaba convencida de que al verla se detendría.
Probablemente se había enterado de la visita de Louise y de su cita para esa
misma mañana y estaría impaciente por explicarle su propia historia antes de
que Louise pudiera hablarle mal de él. La gente que se hallaba en la situación
de Louise siempre achacaba la culpa al otro cónyuge. Julian había dedicado
largo tiempo a señalarle los defectos que tenía como esposa (que siempre se
estaba quejando, que no le gustaban sus amigos y que tenía una moral anticuada)
antes de iniciar el relato de su propia infidelidad.
Susan se sintió muy expuesta mientras
caminaba bajo los cerezos, nerviosa al pensar que en cualquier momento el morro
o la parte posterior del coche de Bob aparecería por el sendero de Braeside.
Pensó en agacharse para simular atarse los cordones de los zapatos o, si este
truco fallaba, en meterse en la casa de algún conocido. El problema residía en
que apenas conocía a nadie lo suficientemente como para hacer algo así.
Era un día apacible, sin demasiada lluvia
pero uniformemente gris. El aire frío y húmedo presagiaba lluvia. Susan aligeró
el paso al acercarse a Braeside y entonces lo recordó: Bob tenía el coche en el
taller; iría a trabajar en tren y seguramente habría salido mucho más temprano.
Desde luego ahora ya se habría marchado. Era absurdo, pero se le levantó el
ánimo. Realmente era una estupidez ponerse nerviosa de esa manera porque una de
sus vecinas pensaba hacerle confidencias íntimas dos horas más tarde. A eso se
reducía todo.
Braeside tenía un aire sombrío. Las cortinas
de las ventanas superiores estaban echadas, como si los North no estuvieran en
casa. Tal vez Louise seguía en la cama, una de las cosas habituales que se
hacen cuando uno se siente desdichado. Jane Willingale lo hubiera atribuido al
deseo de volver al útero materno, pero Susan creía que sencillamente uno sentía
que no había nada por lo que levantarse.
Como de costumbre, todas las ventanas estaban
cerradas a cal y canto. Dentro el ambiente debía de ser frío y cargado y el
aire estar viciado por los alientos furiosamente exhalados, las lágrimas y las
peleas.
La señora Dring llegaría en cualquier
momento. Susan entró en su cálida casa y se ocupó en engrasar moldes y preparar
la pasta para los pasteles de la fiesta de Paul. El reloj del recibidor dio las
nueve. El sonido de las taladradoras neumáticas dio comienzo cuando se apagaba
la última campanada.
Los ladridos huecos del terrier airedale
traspasaron el ruido vibrante. El perro se había acostumbrado ya a la señora
Dring y no ladraría cuando ésta llegara. No era la primera vez que Susan se
preguntaba por qué era imposible resistirse a aquella llamada canina. A Orchard
Drive no solía acudir nadie interesante y sin embargo Pollux jamás ladraba en vano. Susan era tan vulnerable a la llamada de alerta
como cualquier mujer, pero, al contrario de ellas, le era indiferente que
apareciese un nuevo repartidor o lector de los contadores; no quería especular
sobre el motivo de que una furgoneta de Fortnum acudiera a la casa de los Gibbs
o de que un par de monjas visitaran la de los O’Donnell. Algunas veces corría
hacia la ventana cuando Pollux ladraba porque, a pesar de que la
experiencia lo desmentía, siempre esperaba que aquellos ladridos anunciaran la
llegada de alguien nuevo a su vida, alguien que la cambiara y le aportara
esperanza y alegría.
¡Qué patético e infantil!, pensó cuando, a
pesar de todo, se dirigió apresuradamente a la sala de estar y descorrió la cortina.
La verja de los Winter hizo un ruido metálico entre sus dos pilares de cemento
y Pollux, que se había subido a medias sobre ella en su ataque de rabia, se dejó
caer de nuevo en el sendero con un golpe sordo.
Susan miró fijamente. En la franja de hierba
de la acera, con los neumáticos hundidos en los surcos que habían dejado el
lunes, se hallaba aparcado el Ford Zephyr verde.
Una vez más, Louise North recibía a su
amante.
–Buenos días, querida. ¿Creía que no iba a
venir?
La señora Dring siempre soltaba la pregunta a
voz en cuello con una nota triunfante cuando llegaba más de un minuto tarde.
Era una pelirroja alta y escuálida de cuarenta y cinco años que tenía una
elevadísima opinión sobre sí misma y su trabajo, segura de que, en caso de que
no apareciera, quienes la empleaban se verían reducidos a un pánico impotente y
desesperado como niños abandonados.
–Empiezo aquí abajo, ¿no? –dijo, asomando la
cabeza por la puerta–. Lo dejaré limpio para la fiesta del niño. –A Susan le
parecía absurdo limpiar una habitación antes de una fiesta infantil, pero era
inútil discutir con la señora Dring–. ¿Quiere que venga mañana a echarle una
mano? No hay nada que no sepa sobre fiestas de niños. Tengo fama como
organizadora.
La señora Dring no explicó cómo había llegado
a saber tanto sobre fiestas infantiles, ella, que no tenía hijos. Lo cierto era
que siempre hacía comentarios de esa índole, como dando a entender que todos
sus conocidos eran conscientes de su versatilidad omnipotente y que la
aprovechaban con asiduidad. No tenía un comentario amable para nadie excepto
para su marido, hombre cuya habilidad en los campos más inverosímiles
rivalizaba con la suya propia y poseedor de un coeficiente de inteligencia
sobrehumano que igualaba sus dotes manuales y administrativas. «No hay cosa que
él no sepa», solía decir su esposa.
La señora Dring entró en la sala de estar y
fue directamente a la ventana, donde se cubrió el pelo, casi escarlata esa
mañana, con un pañuelo.
–Hace tiempo que quería preguntarle –dijo con
la vista puesta en el coche verde– qué está pasando en la casa de los vecinos.
–¿Pasando?
–Ya sabe a qué me refiero. Lo sé por mi
amiga, que ayuda a la señora Gibbs. La verdad es que mi amiga es una auténtica
embustera y reconozco que cualquiera que crea una sola palabra de lo que dice
la señora Gibbs debería ir al psicólogo. –La señora Dring tomó aliento y pasó
voluntariamente a integrar las filas de tales lunáticos–. Dice que la señora
North tiene una aventura con el tipo de la calefacción.
–¿Usted lo conoce? –preguntó Susan sin poder
contenerse.
–Lo he visto por ahí. Mi marido podría darle
el nombre. Ya sabe que tiene una memoria fabulosa. Precisamente estábamos
pensando en hacernos instalar la calefacción central y yo dije: «Tienes que
hablar con ese tipo, Heffer o Heller o algo así, que va siempre en un coche
verde.» Pero al final mi marido instaló los conductos él mismo. No hay nada que
no pueda hacer cuando se lo propone.
–¿Por qué no habría de visitar a la señora
North por cuestiones estrictamente de trabajo?
–Ya, menudo trabajo. Bueno, es evidente que
ha escogido el empleo adecuado, si es eso lo que le gusta. Es ella la que me
repugna. –Al ver que Susan no reaccionaba, la señora Dring dejó caer la cortina
y liberó dos rizos, de un rojo fluorescente, de debajo del pañuelo–. ¿Qué le
parece mi pelo? Este tono se llama flamenco. Lo hizo mi marido anoche. Siempre
le digo que debería haberse dedicado al negocio. Ahora estaría en el West End.
Susan empezó a escribir a máquina con escasa
convicción. La señora Dring nunca permanecía callada por mucho tiempo y las
mañanas que acudía a su casa la ponía nerviosa, distrayéndola con comentarios
fútiles. Muy pronto la asistenta, contratada en un principio para «ocuparse de
lo más gordo», había dejado claro que prefería pulir y limpiar plata antes que
el trabajo pesado, y sus tareas favoritas siempre la mantenían en una posición
ventajosa cerca de alguna ventana.
Aquel día, tras haber observado todo lo que
había por ver en Orchard Drive, se instaló junto a las puertaventanas con el
líquido limpiametales y una bandeja llena de adornos de plata. Eran las nueve y
media. A pesar de que había empezado a llover, las taladradoras no se habían
acallado en la última media hora. Susan no creía que hubiera nada interesante
para ver desde aquellas ventanas, pero la señora Dring no dejaba de estirar el
cuello y de aplastar el rostro contra el cristal por el que corrían las gotas
de lluvia, hasta que por fin dijo:
–Esta mañana no tendrán té.
–¿Perdón? –Susan alzó la vista de la máquina
de escribir.
–Esos hombres. Mire, ahora vuelve uno por el
sendero.
La sugerencia no podía ser rechazada sin
mostrarse grosera. Susan se acercó a la ventana. Un obrero alto con abrigo de
capucha cruzaba el jardín de los North volviendo por el sendero desde la puerta
posterior hacia la verja del extremo más alejado.
–Le he oído aporrear la puerta. Quiere té, me
he dicho. La cantina está cerrada esta mañana, amigo. La señora tiene otras
cosas en que pensar. No obstante, es raro que el perro de los Winter no haya
ladrado. ¿Es que lo han encerrado para variar?
–No; está suelto.
Llovía con fuerza. El obrero abrió la verja.
Sus compañeros estaban sumergidos en su zanja, donde uno de ellos seguía
hincando la taladradora. El hombre solitario se calentó las manos en el fuego del
cubo durante un rato. Luego se dio la vuelta, encorvado, y se alejó por la
carretera que bordeaba el cementerio.
La señora Dring lo contempló desaparecer
asintiendo con expresión sombría.
–Ha ido a buscarse el café –dijo, y
preguntó–: ¿Sigue ahí el coche?
–Sí, sigue ahí –contestó Susan.
La lluvia descendía por los cristales de las
ventanillas cerradas y el resto del coche de color verde pálido. Alguien lo
miraba también: Eileen O’Donnell, que abría el paraguas tras salir corriendo
del jardín de Louise.
–La señora O’Donnell viene hacia la puerta de
atrás, señora Dring –informó Susan–. Por favor, vaya a ver qué quiere.
Susan estaba convencida de que la llamarían
para unirse a la conversación que iba a producirse, pero tras un breve
intercambio en la puerta trasera, la señora Dring volvió sola.
–La señora North le pidió que le llevara
filetes de pescado empanados por sí su marido volvía a casa a comer. Dice que
ha estado llamando a la puerta principal, pero que no la oyen. Dice que las
cortinas del piso de arriba están todas corridas, pero que eso es porque la
señora North no quiere que el sol desluzca las alfombras. Desde luego hay gente
que no se entera de nada, parecen tontos. ¿Sol?, le he dicho yo, ¿qué sol?
Hasta un niño de cinco años le podría decir por qué tiene echadas las cortinas.
Susan cogió el paquete y advirtió con
regocijo que estaba envuelto en el número de Certainty de la semana anterior.
¡Qué disgusto para Julian! Su utilización como material aislante para comida
congelada se hallaba a un paso de acabar envolviendo patatas y pescaditos
fritos.
–¿Y qué se supone que he de hacer con esto?
–La señora O’Donnell dice que usted irá a
tomar café a casa de la señora North y que podría llevárselo por si acaso ese
pobre desgraciado al que engaña vuelve a casa para comer.
Susan empezaba a dudar de que la cita para el
café siguiera en pie. Cuando la señora Dring hubo acabado con la sala de estar
y pasó a lo que antes era el estudio de Julian, eran las diez y media y el
coche seguía frente a la casa. Daba la impresión de que Louise se había
olvidado de ella. Solía decirse que el amor triunfaba sobre todo lo demás, y
aunque tal vez el adagio no se refiriera a eso, desde luego según su
experiencia desterraba de la mente del amante las promesas firmes y los compromisos
anteriores. Aun así, era curioso que Louise hubiera insistido tanto.
El tiempo entre las diez y media y las once
transcurrió lentamente. No había necesidad de mirar por la ventana. El terrier
airedale, resguardado ahora bajo el porche de los Winter, le avisaría cuando el
hombre se fuera. Dieron las once y con la última campanada la opresión que
sentía Susan se desvaneció. La lluvia llenaba los surcos de amarilla agua
arcillosa, formando charcos alrededor de las ruedas del coche verde. Su
conductor se hallaba todavía en el interior de Braeside y Susan suspiró
aliviada. No tendría que ir. No había necesidad de tacto, amabilidad ni firmes
consejos, puesto que Louise había cancelado la cita con sus propios actos.
La señora Dring se envolvió en un impermeable
de polietileno azul y salió presurosamente bajo la lluvia, deteniéndose a echar
un vistazo al coche y las ventanas veladas por las cortinas. Susan trató de
recordar cuántas veces y por cuánto tiempo había estado allí el coche. Desde
luego no habían sido más de tres y aquel hombre nunca se había quedado tanto
tiempo. ¿No tenía que ir a trabajar? ¿Cómo podía permitirse el lujo de pasar
tanto tiempo –toda la mañana– con Louise?
Susan abrió la nevera con la intención de
prepararse unos sándwiches. Dentro estaba el paquete de filetes de pescado
empanados ligeramente torcido sobre la rejilla metálica. ¿Volvía Bob a comer a
casa alguna vez? Eileen O’Donnell parecía creer que tal vez sí y, pensándolo
bien, Susan recordó que el propio Bob le había dicho que quizá un día volvería
a la hora de comer. Bueno, pues que volviera. Que los encontrara juntos. Quizá
la confrontación cara a cara fuera la mejor solución para todos.
Susan sacó el paquete de la nevera y se
dirigió a la parte delantera de la casa, desde donde podía verse Braeside. No
había nadie sentado en la sala de estar ni en la salita del otro lado de la
puerta principal. Debían de estar aún en el dormitorio, tras aquellas cortinas
echadas. Susan consultó su reloj: pasaba de las doce y media. ¿Cómo se habría
sentido ella de haber entrado en aquel hotel, o dondequiera que se encontraran,
y haber descubierto a Julian en la cama con Elizabeth? Se hubiera muerto del
disgusto. Julian había sido más discreto que Louise –era más inteligente–; no
obstante, el proceso del descubrimiento había sido terriblemente doloroso para
su mujer. Si Bob North se presentaba ahora sería aún más penoso.
Eso fue lo que la hizo decidirse. Estaba muy
bien relacionarse con los North lo menos posible, pero las circunstancias
alteraban cada caso y éste era uno difícil, cuyas circunstancias diferían tanto
de la vida cotidiana como la existencia actual de Susan difería con respecto a
la que llevaba el año anterior. Cogió el impermeable, salió y llamó con fuerza
a la puerta de los North, pero nadie contestó. Debían de estar dormidos.
Susan rodeó la casa con precaución. Lo que
estaba a punto de hacer salvaría a Louise, al menos por un tiempo, de la
ignominia y posiblemente la violencia, pero Louise no se lo agradecería. ¿Qué
mujer sería capaz de volver a mirar a una vecina que la encontrase en lo que
los abogados llamaban in fraganti?
Mejor no pensar en ello, entrar, despertarlos
y marcharse. A Susan le importaba muy poco lo que Louise opinara de ella. En el
futuro pensaba evitar a los North.
La puerta de atrás estaba abierta. Si Louise
pensaba seguir adelante con ese tipo de cosas, se dijo, le quedaba mucho por
aprender. Julian habría sido un buen consejero. En la cocina hacía mucho frío.
Louise había apilado los cacharros del desayuno en el fregadero pero no los
había lavado. Se percibía un ligero olor a grasa fría que procedía de una
sartén. Sobre la mesa de la cocina se hallaba el maletín que Susan había visto
llevar una o dos veces al amante de Louise, y sobre el respaldo de una silla
estaba su impermeable.
Susan dejó el paquete que llevaba y se
dirigió al recibidor llamando a Louise quedamente. No hubo respuesta ni sonido
alguno en el piso de arriba. Un grifo goteaba en el lavabo. Se acercó al pie de
la escalera y contempló el pequeño nicho de la pared en el que había una figura
de yeso de la Virgen con el Niño. Era grotesco.
Esa mañana no se había encendido el fuego en
la casa y la chimenea de la sala de estar estaba llena de las cenizas grises
del día anterior. La lluvia corría por todas las ventanas de modo que era
imposible ver el exterior. Una lluvia tan densa como aquélla enclaustraba a las
personas como a criaturas en hibernación, enroscadas sobre sí mismas y rodeadas
de cortinas de agua. Así debía de ser para Louise y su amante, besándose,
susurrando y haciendo planes mientras fuera la lluvia borraba las horas.
Susan subió por la escalera. La puerta del
cuarto de baño estaba abierta y en el suelo embaldosado yacía torcida la
alfombra de baño, una cosa púrpura con un dibujo amarillo de volutas en el
centro. Daba la impresión de que no se había hecho la limpieza matinal de cada
día. Todas las puertas de los dormitorios estaban abiertas, menos una. Susan se
paró frente a ésta y escuchó.
Su reticencia a sorprenderlos juntos había
ido creciendo y ahora sentía una fuerte repugnancia. A lo mejor estaban
desnudos. Susan se llevó la mano a la frente, perlada levemente de sudor. Debía
de ser la una menos diez como mínimo y Bob podía estar enfilando Orchard Drive
en ese mismo instante.
Asió el picaporte y abrió la puerta poco a
poco.
Los dos yacían en la cama. El hombre estaba
completamente vestido. De Louise sólo se veían los pies enfundados en las
medias, pues su amante estaba encima de ella con los brazos y las piernas
abiertos como si lo hubieran clavado a una cruz de San Andrés. Tenía el rostro
ligeramente vuelto, como si se hubiera quedado dormido con los labios contra la
mejilla de Louise. Ambos permanecían absolutamente inmóviles.
Nadie dormía así.
Susan pasó por entre la cama y el tocador y
tropezó con algo duro y metálico. Lo miró con la respiración entrecortada y en
un principio pensó que era un juguete, pero los North no tenían niños que
corrieran escaleras arriba y abajo gritando «¡Bang, bang, estás muerto!».
Se cubrió la cara con las manos un momento.
Luego se acercó a la cama y se inclinó sobre la pareja. Uno de los hombros de
Louise estaba al descubierto. Al tocarlo, la cabeza del hombre se ladeó. Donde
debía estar la oreja había un nítido orificio redondo del que había manado algo
viscoso que se había secado. El movimiento reveló una capa de sangre apelmazada
que pegaba los rostros y cubría la parte superior del camisón y la bata de
Louise.
Susan se oyó gritar. Se tapó la boca con la
mano y retrocedió tambaleándose, mientras el suelo oscilaba bajo sus pies y los
muebles se balanceaban.
6
La policía le pidió que permaneciera allí
hasta que ellos llegaran. La voz le había temblado tanto mientras hablaba por
teléfono que a Susan le asombraba haberse hecho entender. La conmoción la había
dejado casi paralizada y mucho después de que la amable voz del policía le
hubiera dicho que no hiciera ni tocara nada, seguía sentada mirando al vacío
con el auricular colgando de su mano.
Un fuerte chapoteo en la parte delantera de
la casa anunció la llegada del coche. Susan se sorprendió de poder levantarse.
Caminó hacia la puerta principal aferrándose a los muebles y tanteando el
camino como un ciego.
El terrier airedale no había ladrado, pero en
el estado en que se hallaba el silencio tampoco sirvió para alertarla.
Entonces, horrorizada, contempló el pestillo que giraba por acción de la llave
insertada desde fuera.
Bob llegaba a casa para comer.
Había corrido bajo la lluvia desde su coche
recién reparado y había entrado sacudiéndose las gotas del cabello antes de
darse cuenta de quién lo esperaba en el frío recibidor en penumbra.
–¿Susan? –Ella no pudo hablar. Sus labios se
separaron y respiró hondo. Él la miró, luego vio las cenizas en la chimenea y
el maletín sobre la mesa de la cocina–. ¿Dónde está Louise?
–Bob, yo... –empezó ella con un ronco
susurro–. Está arriba. He... he llamado a la policía.
–¿Qué ha ocurrido?
–Está muerta... Los dos están muertos.
–Ha venido usted a tomar café –dijo él
tontamente y luego se precipitó hacía la escalera.
–¡No debe subir! –gritó Susan y lo cogió por
los hombros, que estaban rígidos, no temblaban.
Él la aferró por las muñecas como si quisiera
soltarse y en ese momento el perro Pollux rompió a ladrar, lentamente al
principio y luego con furia, cuando el coche de la policía llegó salpicando el
agua de los charcos de la calle. Bob se dejó caer fláccidamente y se sentó en
los escalones con la cabeza entre las manos.
Los policías eran tres, un inspector menudo
de rostro moreno llamado Ulph, un sargento y un agente. Pasaron largo rato en
el piso de arriba e interrogando a Bob en la cocina antes de acercarse a Susan.
El sargento cruzó el umbral de la sala de estar con un fajo de papeles que
parecían cartas. Susan oyó a Bob decir:
–No sé quién es. Ni siquiera sé su nombre.
Pregúnteselo a los vecinos. Ellos les dirán quién era el amante de mi mujer.
Susan se estremeció. No recordaba haber
sentido un frío igual. Los policías registraron el maletín. Susan los veía a
través de la ventanilla para servir y también a Bob, que estaba sentado, pálido
y tieso, junto a la mesa.
–No, no sabía que estaba casado –dijo Bob–.
¿Cómo iba a saberlo? ¿Dice que se llamaba Bernard Heller? Pues claro que nunca
he pedido que me instalaran la calefacción. –Su voz subió de tono y
enronqueció–. ¿Es que no lo entienden? Eso no era más que una tapadera.
–¿Qué hay de sus movimientos durante la
mañana, señor North?
–Tenía el coche en el taller. He ido a pie al
trabajo a las ocho y media. Mi mujer estaba bien en ese momento. Cuando me
marché estaba en bata, haciendo la cama. Soy aparejador y he estado en Barnet
revisando un edificio en construcción. Luego recogí el coche del taller en
Harrow y volví a casa. Creía... creía que mi mujer me esperaba para comer.
Susan volvió la cabeza. El sargento cerró la
puerta y la ventanilla de servir. El abrigo que llevaba Louise el día anterior
colgaba sobre el respaldo de una silla. Había algo muy casual en aquel abrigo,
como si en cualquier momento Louise fuera a entrar y envolver su cuerpo juvenil
en su reconfortante calor. Los ojos de Susan se llenaron de lágrimas y emitió
un leve sollozo.
Arriba se oían las fuertes pisadas de la
policía por todas partes. Luego alguien descendió por la escalera y el pequeño
inspector de rostro moreno entró en la sala de estar.
–Intente serenarse, señora Townsend –dijo
amablemente–. Sé que ha sufrido una fuerte conmoción.
–Estoy perfectamente, pero aquí hace mucho
frío.
Tal vez el inspector pensara que le
lagrimeaban los ojos a causa del frío, pero Susan no lo creía probable. Tenía
mirada compasiva, no era la clase de policía, pensó Susan, que se mostraría
rudamente sincero ante la muerte ni de ésos que harían chistes al respecto con
sus compañeros.
–¿Sabía que la señora North mantenía una
relación íntima con ese hombre? –preguntó el inspector Ulph.
–Yo... Bueno, era de dominio público –empezó
Susan–. Sabía que era muy desgraciada por esa causa. Era católica y no podía
divorciarse. –Le tembló la voz–. Estaba trastornada cuando vino a verme ayer.
–¿Trastornada hasta el punto de quitarse la
vida o de acordar un pacto de suicidio?
–No lo sé. –Aquella súbita pregunta atemorizó
a Susan. Tenía las manos heladas y le temblaban–. Una católica no se
suicidaría, creo yo. Pero la vi muy mal. Recuerdo que pensé que había llegado
al límite.
El inspector la interrogó sobre los
acontecimientos de la mañana y, tratando de hablar con voz firme, Susan le
contó que había visto el coche de Heller poco después de las nueve, que había
estado esperando a que Heller se marchara, que la señora O’Donnell había
llamado y que, finalmente, había acudido a Braeside para alertar a Louise y a
Heller creyéndolos dormidos.
–¿No ha venido nadie más a esta casa durante
la mañana? –Susan negó con la cabeza–. ¿Ha visto marcharse a alguien?
–Sólo a la señora O’Donnell.
–Bien, eso es todo por ahora, señora
Townsend. Me temo que tendrá que prestar testimonio en la audiencia probatoria.
Yo de usted llamaría por teléfono a su marido para preguntarle si puede volver
pronto a casa. No debería quedarse sola.
–No estoy casada –dijo Susan torpemente–. Es
decir, estoy divorciada.
El inspector Ulph no respondió, pero acompañó
a Susan hasta la puerta sosteniéndola ligeramente por el codo.
Cuando salió al jardín, parpadeó y se dirigió
a su casa. La multitud que había en la acera la deslumbró igual que la brillante
luz del sol deslumbra a quien abandona una habitación a oscuras. Doris, Betty y
Eileen se hallaban junto a la verja de la primera envueltas en sus abrigos y
acompañadas por la anciana que vivía sola en la casa contigua a la de Betty, la
recién casada de Shangri-La y la pareja de ancianos de la casa de la esquina.
Todos los obreros se habían congregado allí, y todos guardaban silencio.
Aquel alboroto sin precedente había
conseguido silenciar incluso a Pollux, que yacía exhausto junto a los pies de
su dueña con la cabeza entre las patas.
La lluvia había cesado, dejando la carretera
convertida en un espejo reluciente de charcos y asfalto mojado. Los brotes de
los cerezos dejaban caer gotas de lluvia regularmente sobre paraguas y cuellos
de abrigos. Doris parecía más helada y triste de lo que Susan la había visto
nunca, pero por una vez no dijo nada sobre el frío. Avanzó hacia Susan y le
rodeó los hombros.
–¿Sería tan amable una de ustedes de ocuparse
de la señora Townsend? –dijo el inspector Ulph.
Susan se dejó conducir por Doris, pasando
junto al Zephyr verde, el coche de la policía y la negra furgoneta del forense
para entrar en su propia casa. Todo ese tiempo esperaba oír la cháchara de los
vecinos estallar a sus espaldas, pero sólo hubo silencio, roto únicamente por
el gotear de los árboles.
–Yo me quedaré contigo, Susan –dijo Doris–.
Me quedaré toda la noche. No te dejaré sola. –No mencionó que su experiencia
como enfermera la capacitaba para ese menester ni se pegó a los radiadores.
Tenía la cara pálida y los ojos muy abiertos–. Oh, Susan, Susan... Ese hombre,
¿la mató a ella y luego se suicidó?
–No lo sé. Creo que sí.
Las dos mujeres, amigas tan sólo por
proximidad y una mutua necesidad práctica, se abrazaron durante un rato con las
cabezas inclinadas sobre los hombros.
Era curioso, pensó Susan, el modo en que las
tragedias parecían sacar lo mejor de todo el mundo: el tacto, la bondad, la
compasión. Más adelante, la única acción carente de tacto que iba a recordar
sería la llegada de Roger Gibbs a la fiesta de Paul con un revólver de juguete
como regalo.
–Desde luego hay mujeres rematadamente tontas
–dijo la señora Dring–. ¡Figúrese, un arma! Pensaba que la señora Gibbs tendría
más sentido común. Y ha enviado a su hijo con un catarro endemoniado. ¿Qué
juegos les propongo? ¿El de las sillas? ¿El de Antón?
Descubrir al asesino era el juego favorito en
las fiestas infantiles de Orchard Drive. Al ver que nadie lo sugería, Susan
comprendió que las madres debían de haberles advertido. ¿Les habrían dicho también
lo que ella había contado a Paul, que la señora North había sufrido un
accidente y se la habían llevado? ¿Qué se le dice a un niño lo bastante mayor
para sentir curiosidad y asustarse, pero demasiado pequeño para comprender?
–Ruego a Dios –dijo la señora Dring– que el
pequeño Paul no tenga un accidente con ese reloj que le ha enviado su padre.
–Curiosamente, la señora Dring parecía aplacada aquella tarde. Hablaba más bajo
y con mayor amabilidad a pesar de la deslumbrante agresividad de sus cabellos
rojos y del traje lila que, según sus palabras, había tejido su propio marido–.
¿No le ha llamado aún el señor Townsend?
El reloj había llegado en el correo de
primera hora y con él una postal con la reproducción del cuadro de Van Gogh Molinos de Dordrecht, un lúgubre paisaje que evidentemente Julian había preferido al típico
osito con la frase «Felicidades al cumplir los seis», mucho más apropiado.
Julian opinaba que la cultura se debía imbuir a la fuerza en casa durante los
años de formación del niño. Sin embargo, no contenía nota alguna para Susan, y
tampoco había telefoneado.
–Tiene que haberlo leído –dijo Doris con
indignación, pasando por su lado con una bandeja de empanadillas de salchicha.
–Quizá escriba algo en su propio periódico
–sugirió la señora Dring, frunciendo el entrecejo.
–No es de ese tipo de publicaciones –dijo
Susan.
Susan había seguido adelante con la fiesta
sólo porque quería desviar el interés de Paul por la tragedia ocurrida en la
casa de al lado, pero ahora, mientras los niños gritaban y retozaban al son de
la música del tocadiscos, se preguntó si todo aquel ruido llegaría hasta Bob.
Desde el hallazgo de Louise y Heller sólo había abandonado Braeside para ir dos
veces a la comisaría. Todas las cortinas de la casa, no sólo las de arriba, permanecían
echadas. Los rumores habían llegado hasta los obreros de la carretera del
cementerio y ese día ninguno de ellos se había acercado a la puerta de atrás
para pedir su té. A Susan no le gustaba que Bob estuviera allí viviendo,
moviéndose, durmiendo en la casa en la que habían disparado a su mujer. Si oía
a los niños, ¿tomaría su alegría como signo externo de la indiferencia de Susan
hacia su pena?
Esperaba que no. Esperaba que lo
comprendiera, y que comprendiera también que no le había visitado aún porque
creía que de momento estaba mejor solo. Por eso no se había unido al tropel de
amas de casa que llamaban continuamente a la puerta de Braeside, algunas con
flores y otras con cestas cubiertas, como si Bob estuviera enfermo en lugar de
tener el corazón destrozado.
Doris se encontró con Susan después de la
audiencia probatoria y la llevó de vuelta para comer en la caldeada habitación
que los Winter llamaban «salón de paso». Un enorme fuego ardía en la chimenea.
Susan percibió que el estado de ánimo amable y compasivo de Doris había pasado.
Su curiosidad, su avidez por los cotilleos habían regresado y, preguntándose si
estaba siendo justa, Susan reconoció en el gran fuego, la bandeja
cuidadosamente dispuesta y el brillo de la habitación un cebo para mantenerla
allí toda la tarde, un agasajo a cambio del cual habría de suministrar a su
anfitriona todos los jugosos detalles aportados por la audiencia probatoria.
–Cuéntame lo de la pistola –dijo Doris,
sirviendo a Susan un plato de ensalada de frutas.
–Al parecer ese Heller la trajo de
Norteamérica. Su hermano gemelo, que estaba en la sala, identificó el arma y
dijo que Heller intentó suicidarse en septiembre, pero no con la pistola. Su
hermano lo encontró cuando pretendía asfixiarse con gas. –Doris emitió ansiosos
ruiditos para animarla a continuar–. Disparó a la pobre Louise dos veces, las
dos al corazón, y luego se disparó a sí mismo. El forense considera que es
bastante raro que dejara caer la pistola, pero conoce otros casos en los que
ocurrió lo mismo. A mí me preguntaron si había oído los disparos y les dije que
no.
–No se oye nada con esas taladradoras.
–Supongo que fue por eso. La calificación fue
asesinato y suicidio de Heller, por cierto. Al parecer no era la primera vez
que amenazaba con suicidarse, según dijeron su hermano y su mujer.
Doris se sirvió más ensalada, eligiendo los
trozos de pina.
–¿Cómo es su mujer?
–A mí me pareció bastante guapa. Sólo tiene
veinticinco años.
Susan recordó que tanto Carl Heller como
Magdalene Heller habían intentado hablar con Bob mientras esperaban a que se
iniciara la audiencia, y que Bob les había dado la espalda, desdeñando con
brusquedad sus intentos de aproximación. Pensó que no olvidaría jamás el modo
en que aquel hombre corpulento se había acercado a Bob para intentar hablarle
con su fuerte acento extranjero, ni la respuesta de Bob, un gruñido casi y un
amargo desprecio hacia la mujer cuyo difunto marido había matado a Louise. A
Doris no iba a contárselo, ni tampoco el estallido histérico de Bob en el
tribunal cuando Magdalene Heller le había acusado de arrojar a su esposa en los
brazos de otro hombre por su propia dejadez, o el horror glacial y asombrado de
la chica que había prorrumpido en vituperios contra Bob.
–Sabía lo de Louise –explicó Susan–. Heller
le había prometido dejarla para intentar salvar su matrimonio, pero no cumplió
su promesa. Se sentía muy desgraciado y quería suicidarse. Hacía meses que
estaba así.
–¿Ella y Bob se habían visto antes?
–Bob ni siquiera sabía que Heller estaba
casado. Nadie sabe cómo se conocieron Louise y Heller. Él trabajaba para una
empresa llamada Equatair y el gerente estaba también en la sala. Dijo que
Heller se iba a Zurich en mayo por cuestiones de trabajo. Al parecer siempre
había querido volver a Suiza. Nació y creció allí, pero no mostró interés
cuando le ofrecieron el puesto. Supongo que pensaba que lo alejaría de Louise.
El gerente explicó que consiguen clientes enviando propaganda por correo con
tarjetas de respuesta, pero a Louise no le habían enviado nada y todos parecen
creer que Heller debió de darle una para que la rellenara y así él tuviera una
excusa para visitarla. De ese modo las visitas no levantarían rumores.
Doris asimiló todo esto con satisfacción.
Atizó el fuego hasta que las llamas crecieron y chisporrotearon.
–Me pregunto por qué no se irían juntos y ya
está.
–Por las cartas que le escribió, creo que
Heller lo quería, pero Louise no. Al parecer ella ni siquiera se lo había
contado a Bob, al menos explícitamente.
–¿Cartas? –preguntó Doris con excitación,
desechando el resto de la nueva información–. ¿Qué cartas?
La policía las había encontrado en un cajón
del tocador de Louise, dos cartas de amor de Heller a Louise fechadas en
noviembre y diciembre del año anterior. Carl Heller había identificado la letra
de su hermano que, en todo caso, había sido contrastada con las notas de
trabajo de éste. Cuando las leyeron ante el tribunal, Bob palideció y la viuda
de Heller se cubrió el rostro con las manos y hundió la cabeza en el voluminoso
hombro de su cuñado.
–Eran cartas de amor –dijo Susan, harta de
aquel interrogatorio–. Sólo han leído fragmentos. –Era extraño y horrible que
hubieran elegido precisamente los trozos en que más cruelmente se ensañaba con
Bob–. No los recuerdo –mintió.
Su expresión debía de mostrar su escasa
disposición a hablar más del tema, pues Doris no se atrevió a ir más lejos y
desvió la conversación.
–Espero que salga todo en los periódicos
–dijo, y de repente se mostró solícita por el bienestar de Susan–. Soy
descortés, ¿verdad?, molestándote así, con lo que acabas de pasar. Tienes mala
cara, como si estuvieras incubando algo.
–Me encuentro bien. –En realidad Susan
empezaba a sentirse mareada y enferma. Seguramente eran sólo los nervios y la
excesiva temperatura de aquella habitación. En casa se recuperaría.
–Espero que tengas la casa bien caldeada
–dijo Doris cuando la acompañó hasta el frío recibidor–. Ya sé que suele
estarlo. Lo mejor para el susto y todo este revuelo es mantener una temperatura
constante. –Encogió los hombros y se rodeó el cuerpo con los brazos–. Una
temperatura constante, eso es lo que siempre me aconsejaba mi enfermera jefe.
Para los vecinos de Susan la audiencia
probatoria había sido una especie de línea de demarcación. Una vez concluida
desaparecía la mayor parte de la excitación, el horror y el escándalo. Los que
testificaban y los meros espectadores habían llegado a un punto en el que
debían reanudar de nuevo sus respectivas vidas. Susan había descubierto dos
cadáveres, pero no podía esperar convertirse en el centro de atención, simpatía
y compasión para siempre.
A pesar de todo, la sorprendió darse cuenta
de que Doris no iba a acompañarla a casa. La señora Dring se había quedado a
pasar la noche con ella el día anterior, pero no había dicho nada de volver. Se
despidió de Doris con toda la tranquilidad y animación de que fue capaz y le
dio las gracias por la comida. Luego cruzó la calle manteniendo la vista
apartada de Braeside.
Por lo general se recomienda el trabajo como
remedio para la mayoría de enfermedades, y Susan se dirigió directamente a la
máquina de escribir y el manuscrito de la señorita Willingale. Le temblaban las
manos y, aunque las estuvo flexionando cerca del radiador, no pudo escribir.
¿Podría volver a escribir en aquella casa algún día? Era tan terriblemente
parecida a Braeside. Deseó no haberse metido donde nadie le llamaba el
miércoles anterior, aunque eso significara que los hubiera encontrado Bob en
lugar de ella.
Su impresión de la casa, la primera vez que
vio su interior, le había dejado la imagen de una casa mortal y ahora la suya,
su facsímil, parecía contaminada. Por primera vez se preguntó por qué seguía
viviendo allí después del divorcio. Al igual que Braeside, era una casa donde
había vivido una pareja feliz y donde esa felicidad se había extinguido dando
paso a la aflicción. Ya nada quedaba de esa felicidad y nada la reemplazaba, y
las paredes reflejaban el dolor del que habían sido testigos.
Susan oyó llegar el coche de Bob, pero no
pudo alzar la vista. Ahora que todo había terminado tal vez habría podido
consolarle. Necesitaba consejos para la soledad y ahí estaba ella, sola. Susan
sabía que no tenía la fortaleza ni la voluntad para ir y llamar a su puerta.
Qué lugar tan frío y desagradable aquel rincón de un barrio residencial en el
que un hombre y una mujer jóvenes podían vivir en casas contiguas e idénticas,
separados sólo por dos paredes y, sin embargo, tan atados por las reticencias y
las convenciones que no podían acudir el uno al otro ni siquiera por motivos de
mera humanidad.
Muchas veces había maldecido la visita diaria
de Doris a la hora del té, pero cuando Paul llegó sólo la echó de menos
amargamente. Un ansia de compañía tan fuerte como no había sentido en muchos
meses le hizo desear tumbarse y echarse a llorar. Un niño de seis años, por
querido que fuera, no es compañía para una mujer que se siente tan afligida e
insegura como una niña, y Susan se preguntaba si Paul veía en los ojos de su
madre la misma perplejidad disimulada por el esfuerzo de valentía que ella veía
en los de su hijo.
–Roger Gibbs dice que un hombre le disparó a
la señora North. –Paul lo dijo con toda la inocencia del mundo, distendiendo su
rostro en una amplia sonrisa–. Y que tenía sangre por todo el cuerpo –añadió–,
y que han hecho un juicio como los de la tele.
Susan le devolvió la sonrisa, tan realista y
valerosamente tranquilizadora como la de Paul. Luego se embarcó en una
explicación relativa con tono despreocupado y firme.
–Dicen que ese hombre quería casarse con ella
y no podía, así que la mató. ¿Por qué? Si estaba muerta ya no podía casarse con
ella. Papá no mató a Elizabeth y quería casarse con ella.
–No es lo mismo. Lo entenderás cuando seas
mayor.
–Eso dices siempre. –La sonrisa había
desaparecido. Con una mirada fugaz a su madre, Paul se inclinó sobre su cajón
de juguetes. El revólver que le había regalado Roger Gibbs yacía sobre los
coches en miniatura. Lo cogió, lo contempló unos instantes y lo dejó caer con
apatía–. ¿Puedo ponerme el reloj? –preguntó.
–Sí, cariño, supongo que sí.
–¿Puedo ponérmelo ahora hasta que me vaya a
la cama?
Susan oyó el coche de Bob salir a la
carretera marcha atrás. Esta vez fue a la ventana y miró. Luego permaneció allí
largo rato, mirando la calle vacía y recordando que le había hablado de su
soledad la noche en que Julian se fue.
7
Un artículo a cuatro columnas en una página
interior del Evening
Standard informó sobre la audiencia probatoria. David
Chadwick compró un ejemplar en un quiosco del West End y, leyéndolo mientras
caminaba por entre la aglomeración de la tarde, se dirigió a donde había
aparcado su coche, a diez minutos de allí. El periódico de la tarde del
miércoles incluía fotografías de Magdalene Heller, de Robert North y de la
joven, una vecina, que había encontrado los cadáveres, pero ese día sólo había
una foto de la señora Heller abandonando el tribunal del brazo de un hombre. El
pie decía que era el hermano gemelo de Bernard y por lo que David veía de él
–ocultaba su rostro y el de la viuda con una revista–, el parecido era
realmente asombroso.
A él debió de prestarle Bernard el proyector
de diapositivas. David lo había desenvuelto el martes por la noche, divertido
en cierto modo por el cuidado con que lo había envuelto Heller, con papel de
periódico primero y luego con papel marrón de embalar. Después ya no le
divirtió porque, conmovido y triste, vio que uno de los periódicos, un
semanario del sur de Londres, amarillento y arrugado, contenía un pequeño
párrafo dando cuenta de la boda entre Heller y una tal señorita Magdalene
Chant. David lo descubrió porque un círculo de tinta rodeaba el párrafo y
porque Heller había escrito la fecha justo al lado del círculo: 7/6/62.
Heller había guardado el trozo de periódico
como recuerdo, pensó David, como hacía la gente sencilla. Lo había guardado
hasta que su matrimonio había naufragado, hasta que había conocido a la señora
North y los recuerdos de la boda significaban sólo un estorbo. Así pues, lo
había cogido, quizá de un montón de otros periódicos significativos, y lo había
usado para envolver un objeto de otra persona.
A la luz de esta idea y cuando se enteró de
la muerte de Heller, David volvió mirar las hojas de periódico que cubrían su
proyector y descubrió, como sospechaba, otras menciones: la del éxito de Heller
en una competición de natación de una zona residencial y su inclusión entre los
invitados a la cena anual de un club de dardos. Era evidente que para Heller
aquellas minúsculas distinciones, aquellas crónicas impresas habían sido motivo
del mismo orgullo que la noticia de la concesión de la Orden del Mérito en el Times
hubiera supuesto para un hombre más importante. Significaban mucho y luego, de
repente, a causa del vuelco que había dado su vida, que había perdido todo
sentido, ya no significaban nada en absoluto.
David pensó en todo esto mientras caminaba por
Oxford Street, y pensó también en lo extraño que era que él, apenas un
conocido, hubiera estado con Heller la víspera de su muerte, que en realidad
hubiera pasado más tiempo con él en aquella ocasión que en los dos o tres años
transcurridos desde que se habían conocido. Tal vez debería haber asistido a la
audiencia probatoria, pero él no tenía nada nuevo que aportar. Como cualquier
otro hombre en las mismas circunstancias, se preguntó si había fallado a Heller
en sus últimas horas, si podría haberle demostrado más simpatía y, peor aún, si
debería haber pronunciado alguna palabra de esperanza o ánimo que le hubiera
desviado de su propósito.
¿Quién podía saberlo? ¿Quién podía adivinar
las intenciones de Heller? No obstante, David se sentía culpable, fracasado e
inepto. A menudo se tildaba a sí mismo de inseguro. Ciertos hombres, insolentes
y demasiado directos pero aun así la sal de la tierra, habrían percibido la
profundidad del dolor de Heller y, haciendo caso omiso de su negativa inicial a
abrir su corazón, se habrían quedado con él hasta arrancarle el dolor a la
fuerza. Otros, los más sensibles de los bienintencionados, habrían relacionado
el arma con el confesado weltschmerz de Heller. Pero él no había hecho
nada, peor que nada, pues había huido con alivio de aquel piso.
Y al día siguiente Heller se había suicidado.
David se sentía triste y deprimido. Tenía que conducir, pero necesitaba una
copa, y todos los alcoholímetros del mundo podían irse al infierno por lo que a
él se refería. Dobló el periódico, se lo metió en el bolsillo y se encaminó al
Soho, al pub El Hombre de la Máscara de Hierro.
Era temprano y el local estaba casi vacío.
David no había estado nunca en viernes, día en que volvía pronto a casa. Era un
día en el que solía tener una cita y para él, además, el fin de semana empezaba
a las cinco de la tarde del viernes.
No quería estar solo todavía y miró en
derredor por si veía a algún conocido con quien charlar. Pero aunque todos los
rostros le eran familiares, no había ningún conocido. Un hombre y una mujer en
la cincuentena paseaban por el local mirando en silencio las nuevas caricaturas
que el dueño había clavado al revestimiento de madera; un hombre mayor que
parecía un actor secundario bebía pernod en la barra; dos hombres barbudos se
sentaron a una mesa cerca de la puerta. Cuando pasaron junto a él, David oyó
decir a uno de ellos:
–Pero eso es forzar la venta de las acciones,
le dije con toda inocencia. Llámalo como quieras, me dijo él, pero tenía
expresión de intranquilidad.
–Desde luego –dijo el otro.
–Algunas personas harían cualquier cosa por
dinero, le dije, pero el dinero no lo es todo.
–Eso es cuestión de opiniones, Charles...
La pareja que había estado contemplando las
caricaturas se sentó y David vio que detrás de ellos, en el rincón menos
iluminado, había una chica sola. Le daba la espalda y delante sólo tenía una
pared desnuda. David pidió una cerveza light.
–Comprando con un margen como ése –dijo el hombre llamado Charles–.
Aparte de la cuestión ética, me gusta dormir tranquilamente en mi cama. ¿Nos
vamos?
–De acuerdo.
Ambos se marcharon y mientras David esperaba
el cambio miró con interés a la chica solitaria. Sólo le veía la espalda,
enfundada en una cazadora de vinilo, la cabeza de lustrosos cabellos negros y
unas largas piernas embutidas en pantalones de terciopelo. Permanecía
completamente inmóvil, contemplando el revestimiento de madera con el embeleso
de quien mira un excitante programa de televisión.
A David le sorprendía ver allí a una chica
sola. Los propietarios de bares del West End solían respetar una especie de ley
tácita de no servir a mujeres solas. Seguramente aún estaba en vigor. No
obstante, no parecía que aquella chica estuviera bebiendo.
Había algo familiar en la postura de sus
hombros y David se preguntó si la conocía, cuando de pronto la puerta se abrió
y entraron cuatro o cinco hombres jóvenes. La súbita corriente de aire frío
hizo que la chica volviera la cabeza con nerviosismo. David la reconoció al
instante con incredulidad.
–Buenas tardes, señora Heller.
La expresión de la mujer era fácil de
analizar. ¿Miedo? ¿Cautela? ¿Consternación? Sus ojos verdes y curiosos
pestañearon como las alas de una mosca. David se preguntó qué demonios estaba
haciendo sola en un pub del West End el mismo día de la audiencia probatoria en
el juicio sobre la muerte de su marido.
–¿Es éste su local o algo así? –preguntó ella
con frialdad.
–Vengo aquí a veces. ¿Le apetece tomar algo?
–No. –La negativa surgió con tanta fuerza que
varias personas se volvieron para mirarla–. Quiero decir, no, gracias. No se
moleste. Ya me iba.
David había pensado en escribirle la típica
esquela de pésame, pero no parecía adecuado ofrecer sus condolencias a una
mujer a quien la muerte había librado de un matrimonio desgraciado. Sin
embargo, en ese momento se sintió obligado a decir algo, aunque sólo fuera para
demostrar que conocía la tragedia, e inició un pequeño discurso afectado de
pesar, pero tras murmurar «Sí, sí» con impaciencia y asentir con la cabeza, la
señora Heller le interrumpió con una incongruencia.
–Había quedado con una amiga, pero no ha
venido.
¿Amiga? David pensó en los posibles lugares
de encuentro de dos mujeres en Londres y por la tarde. ¿La oficina en que
trabajaba la otra chica? ¿Una de las tiendas que cerraba tarde? ¿Un café? ¿Una
estación de metro? Cualquier cosa, pero jamás un pub del Soho. Magdalene Heller
se levantó y se abotonó la chaqueta.
–¿Quiere que la lleve a algún sitio? Tengo el
coche aquí cerca.
–Gracias, pero no se moleste.
David apuró su cerveza.
–No es molestia –insistió–. Siento que su
amiga no haya venido.
La cortesía no era el fuerte de la señora
Heller, pero en todas partes, menos entre los salvajes, la convención prohíbe
salir huyendo de un conocido y cerrarle la puerta en las narices. Eso, pensó
David, era lo que a ella le hubiera gustado hacer.
Se dirigieron a la puerta y ella hurgó en el
interior de su bolso con dedos que a David no le parecieron demasiado firmes.
Por fin encontró un cigarrillo. David sacó su ^encendedor y lo sostuvo
encendido frente a ella.
Detrás de la señora Heller la puerta se
entreabrió unos treinta centímetros y se quedó así. Magdalene Heller dio una
calada, volviendo la cabeza. David no sabía por qué mantenía el encendedor
dejando salir aún la llama. El hombre que había abierto la puerta seguía en el
umbral mirando hacia adentro.
Magdalene Heller volvió de nuevo el rostro y
dijo con efusividad inesperada:
–Muchas gracias, David. Me alegro de que nos
hayamos encontrado.
David se sorprendió tanto de este súbito
cambio que miró fijamente el hermoso rostro súbitamente enrojecido. El
cigarrillo se le había apagado. David se lo volvió a encender. El hombre de la
puerta se marchó bruscamente por donde había venido.
Momentos antes estaban a punto de irse, pero
Magdalene Heller volvió a abrir su bolso y revolvió su contenido.
–¿Conoce a ese tipo? –preguntó David y luego,
pareciéndole que había sido grosero, añadió–: Estoy seguro de que lo conozco de
algo. Puede que de la televisión, claro. Su rostro me ha parecido sumamente
familiar.
–No me he fijado.
–O a lo mejor he visto su foto en los
periódicos. Eso es... en relación con algún caso policial.
–Es más probable que haya sido en la
televisión –dijo ella como restándole importancia.
–Parecía conocerla a usted. –¿O acaso la
chica era tan guapa que incluso en el West End, donde las bellezas son
habituales, la miraran los hombres?
Magdalene le puso una mano en el brazo.
–David, por favor...
Era encantadora; el rostro, cercano al suyo
cuando salieron a la calle, poseía una piel de orquídea inmaculada y ojos de
motas doradas. ¿Por qué entonces el roce de su mano le afectaba de manera tan
extraña, casi como si una serpiente se hubiera restregado contra su manga?
–David, si no le importa, ¿podría... podría
llevarme a casa?
Durante todo el trayecto en coche charló por
los codos sin soltar el brazo de David. Su acento, notó él, no era de Londres
ni del norte. No consiguió identificarlo por más que se esforzó mientras fingía
escuchar lo que ella decía sobre si sería capaz de mantener el piso, sobre su
futuro y su falta de preparación para cualquier tipo de trabajo.
No parecía una viuda reciente. La ropa que
llevaba no era la que David había visto en la foto del periódico tras la
audiencia probatoria aunque aquélla ya era bastante indecorosa. Ahora iba
vestida con cierto desaliño, descuidada y –reparó en ello cuando ella subió al
coche– provocativa. A David no le gustaban los pantalones de mujer con la
cremallera delante, y aquéllos eran demasiado ceñidos. Magdalene se quitó
chaqueta y la arrojó sobre el asiento. Sus senos, aunque indudablemente
naturales, parecían de goma hinchable y los llevaba tan levantados que sugerían
incomodidad, como si eso valiera la pena por mor de la atracción erótica. Todo
aquello, el maquillaje generoso y seductor, los largos cabellos y el énfasis
puesto en una figura marcada, era muy normal en una chica de veinticinco años,
pero ella no era sólo eso. Era una viuda que esa misma mañana había asistido a
la audiencia probatoria sobre la muerte de su marido y que, supuestamente,
tendría que estar, si no destrozada por el dolor, sí al menos aturdida por la
conmoción y abatida por el pesar.
Llevaban un cuarto de hora en el coche cuando
ella apoyó una mano en la rodilla de David. Él no tuvo el coraje de apartarla y
empezó a sudar cuando los dedos le acariciaron y frotaron. Magdalene fumaba sin
parar, abriendo la ventanilla cada par de minutos para echar la ceniza a la
calle.
–¿Sigo recto –preguntó él–, o por ahí a la
izquierda?
–Puede atajar por las calles secundarias.
–Bajó la ventanilla y arrojó la colilla a la acera, donde estuvo a punto de
darle a un niño chino–. Coja la siguiente salida. Yo le guiaré.
David obedeció, girando a izquierda, derecha
e izquierda de nuevo, y adentrándose en un entramado de calles humildes. Aún
era de día. Llegaron a un puente con enormes pilares de cemento a cada extremo,
columnas talladas en un estilo vagamente egipcio y que podrían haber procedido
del Valle de los Reyes. Debajo había una especie de apartadero de trenes
rodeado de fábricas y grandes bloques.
–Por ahí –indicó Magdalene Heller. Era una
calle estrecha de pequeñas casas suburbiales. Más adelante David vio una
chimenea alta, un gasómetro–. ¿A qué viene tanta prisa?
–No es que sea un lugar muy bonito
precisamente, ¿no cree? No es un sitio para pasearse.
La señora Heller suspiró, luego tocó la mano
de David ligeramente con un dedo.
–¿Podría detenerse un momento, David? Tengo
que comprar cigarrillos.
¿Por qué no los había comprado en Londres?
Además, los tres o cuatro que se había fumado salían de un paquete casi lleno.
David vio una tienda en la esquina pero estaba cerrada.
Detuvo el coche junto al bordillo a
regañadientes. Estaban completamente solos y nadie los observaba.
–Me siento tan sola, David... –ronroneó
ella–. Sé amable conmigo. –Su rostro se acercó y David distinguió cada poro que
aquella suave piel de champiñón, de goma, como imaginaba que sería aquel cuerpo
neumático y demasiado perfecto. Sus labios brillaban–. Oh, David –susurró.
Era como un sueño, como una pesadilla. No
podía estar ocurriendo. Y como en una pesadilla, por un momento David se quedó
rígido e impotente. Ella le acarició la mejilla y luego enlazó las manos en
torno a su cuello. David se dijo que se había equivocado con respecto a ella,
que se sentía desesperadamente sola, anonadada, que anhelaba consuelo, de modo
que la rodeó con los brazos y apretó su mejilla contra la de ella.
Permaneció así durante medio minuto, pero
cuando la boca de Magdalene succionó su cuello como una anémona marina, David
se apartó.
–Vamos –dijo–. Pueden vernos. –No había nadie
que pudiera verlos–. Será mejor que te lleve a casa. –Tuvo que apartarla a la
fuerza, una experiencia nueva y represora.
Ella respiraba entrecortadamente con la
mirada triste. Sus labios esbozaron una mueca patética.
–Ven a cenar conmigo –dijo con un quejido de
desaliento–. Por favor. Yo cocinaré. Soy buena cocinera, en serio. No me
juzgues por lo que le di a Bernard aquella noche. A él le daba igual una cosa
que otra.
–No puedo, Magdalene. –Se sentía demasiado
violento para mirarla.
–Pero si ya has venido hasta aquí... Quisiera
hablar contigo. –Increíble pero cierto, su mano volvió a posarse sobre la
rodilla de David–. No me dejes sola.
David no sabía qué hacer. Por un lado era una
viuda joven y pobre, cuyo marido había muerto unos días antes, a la que ningún
hombre decente abandonaría. Ya la había abandonado su marido, y se había
suicidado. Pero, por el otro, estaba su escandaloso comportamiento, su torpe
intento de seducción. No era cinismo deducir que su oferta de cena era sólo una
excusa. Aun así, ¿estaba justificado dejarla sola? Él era un hombre adulto,
razonablemente experimentado, que podía protegerse a sí mismo y, dadas las
peculiares circunstancias, hacerlo con tacto. Se preguntó de qué necesitaría
protegerse. ¿Ella era una ninfómana, o la conmoción la había desquiciado hasta
el borde de un colapso nervioso? David no era tan vanidoso como para creer,
contrariamente a lo que le decía su experiencia, que las mujeres se sentían
espontánea y violentamente atraídas hacia él. La loca idea de que pudiera haber
desarrollado de repente un irresistible atractivo cruzó por su mente para ser
desechada de inmediato.
–No lo sé, Magdalene –vaciló.
Pasaron por delante del muro de la prisión o
cuartel y por el cine iluminado. Había una larga cola en la parada del autobús
junto al parque. De pronto David emitió un leve sonido, un jadeo, una
exclamación ahogada, y sus manos se empaparon de sudor y resbalaron sobre el
volante. Al final de la cola se hallaba Bernard Heller leyendo el periódico de
la tarde.
Por supuesto no era Bernard. Aquel hombre era
aún más alto y corpulento y su rostro era más bovino y menos inteligente que el
de Bernard. De no ser porque estaba nervioso y desconcertado, David hubiera
comprendido que se trataba del hermano gemelo. Carl, el que había utilizado su
proyector de diapositivas. No obstante, el parecido era asombroso e hizo que
David se sintiera un poco desconcertado. Carl vio a Magdalene e hizo señas de
que se detuvieran.
Detuvo el coche junto a la cola y Carl subió
pesadamente al asiento trasero. Magdalene palideció levemente. Los presentó con
brusquedad y su acento se hizo más marcado.
–David va a cenar conmigo. Carl –dijo–. Te
dejaremos a ti primero –añadió como si tuviera una participación en el coche y
más de una en David.
–No puedo quedarme a cenar, Magdalene –rehusó
David con firmeza. La presencia del hermano gemelo de Bernard le desconcertaba
y le daba fuerza a un tiempo. Ahí tenía unas manos en las que podía dejar sana
y salva a la chica–. Me temo que no sé dónde vives.
Ella dijo algo que sonaba a Copenhagen Street
e inició un torrente de indicaciones cuando David notó una mano pesada, una
sensación grotesca, como si la mano de la ley de una escena de comedia cayera
sobre su hombro.
–Esta noche no sería buena compañía, señor
Chadwick. –La voz era más gutural que la de Bernard. En su frase había algo más
que un modo cortés de decirle a alguien que su presencia no era grata. David
percibió en ella un sentimiento de propiedad otorgada por sí mismo, orgullo,
pena y, sí, quizá celos–. Yo cuidaré de ella –añadió Carl–. Eso es lo que
hubiera querido mi pobre hermano. Ha tenido un mal día, pero aquí estoy yo.
A David le pareció que jamás había oído
hablar a nadie con tanta ponderación y lentitud. Su inglés era correcto, pero
sonaba a una lengua extranjera difícil de hablar. Cualquiera acabaría por
aburrirse, por exasperarse incluso, si tuviera que escuchar a aquel hombre
durante largo rato.
Magdalene cedió. No dijo nada más hasta que
llegaron a Hengist House. Fuera cual fuese su plan, se había rendido.
–Gracias por traerme.
–Me alegro de haberla encontrado –mintió
David. El rostro de Carl era el de Bernard, insoportablemente patético y
embotado por el dolor–. Mire, si puedo hacer algo... –se oyó decir David como
un eco inútil de ofrecimiento al difunto.
–Nadie puede hacer nada. –La misma respuesta,
el mismo tono. Luego Carl añadió–: El tiempo lo arreglará todo.
Magdalene no acababa de irse.
–Buenas noches, pues –dijo David.
Vio a Carl coger a Magdalene por el brazo,
impulsándola, y a ella tirar un poco y mirar hacia atrás, como una niña cuyo
padre ha ido a buscarla para llevarla de vuelta a casa y librarla de un juego
peligroso con el vecino de al lado.
8
Julian y Susan habían intentado comportarse
civilizadamente. Tenían que verse para que Julian viera a su hijo. La prudencia
sugería que mantuvieran una amistad carente de emociones, aunque Susan era
consciente de la dificultad. No había previsto, sin embargo, cuan difícil podía
llegar a ser, prácticamente imposible. Cuando la vida transcurría
apaciblemente, prefería no recordar la existencia de Julian y sus llamadas
telefónicas –paradójicamente más frecuentes en esos momentos– eran un
desagradable trastorno de la paz. Pero cuando se sentía desgraciada o nerviosa,
esperaba que él lo supiera y hasta cierto punto que fuera de nuevo un marido
para ella, como si de hecho sólo se hubieran separado por motivos de trabajo y
él tuviera que vivir lejos.
Susan sabía que era una esperanza utópica e
irracional. Por nada del mundo le hubiera revelado ese sentimiento a otro ser
humano. Julian tenía una vida propia. Sin embargo, ¿tan irracional era esperar
que en aquellos momentos demostrara cierta preocupación por ella? La muerte de
Louise había sido noticia en todos los periódicos. Los dos de la tarde informaban
sobre la audiencia probatoria. Julian era un ávido lector de periódicos y el
hecho de que los dos de la tarde hubieran llegado a casa de Susan y estuvieran
desplegados en la mesa ante ella era herencia de su matrimonio con Julian, que
esperaba de su esposa que estuviera bien informada.
Que todavía no le hubiera telefoneado
demostraba una indiferencia que trastocó su soledad, haciéndola pasar de una
depresión creciente al terror de que a nadie en el mundo le importara si vivía
o estaba muerta. De repente pasar la noche sola en aquella casa le pareció una
prueba más dura que cualquiera de las otras con que había tenido que
enfrentarse desde su divorcio. Por primera vez le molestó su hijo. De no ser
por él, podría haber salido, ir al cine o a buscar a alguna amiga del pasado.
En casa no tenía otra cosa en que pensar más que en Louise, y la única
conversación posible era consigo misma. Las frases, las preguntas sin
respuesta, casi se podían oír. ¿Podría haberla ayudado? ¿Podría haber cambiado
el curso de los acontecimientos? ¿Cómo iba a soportar días, semanas, meses, en
aquella casa? Y ¿cómo iba a arreglárselas con Paul?
Por la tarde el niño había parloteado sin
cesar sobre Louise y su amante. Alguien le había contado que Louise amaba a ese
hombre y él hallaba curiosos paralelismos infantiles entre ese caso y el de sus
padres. Susan también los había encontrado y no tenía respuestas para su hijo.
Se reprochó su incapacidad, pero se alegró cuando por fin Paul se quedó callado
y sacó sus amados coches para jugar completamente ensimismado hasta la hora de
acostarse.
De modo que fue imperdonable sentir una ira
creciente cuando, al acercarse a su escritorio, Susan vio cómo lo había dejado
el niño, convertido en un aparcamiento de coches de varios pisos en el que
asomaban capós y parachoques minúsculos en cada compartimiento. Sobre las tres
hojas superiores del texto escrito a máquina había negras marcas de neumáticos.
Sintió un repentino enojo que quizá no supo controlar. Pero las palabras
salieron antes de que acabara de subir la escalera, antes de que pudiera
reprimirlas y contar hasta diez entre dientes.
–¿Cuántas veces te he dicho que no toques mis
cosas? ¡No vuelvas a hacerlo nunca, nunca! Si lo haces, no te dejaré llevar el
reloj durante una semana.
Paul soltó un gemido desgarrador. Agarró el
reloj, sacándolo de su estuche forrado de terciopelo, y lo acunó contra su
cara. Desesperada, a punto de llorar ella también, Susan cayó de rodillas junto
a él y lo abrazó.
–Deja de llorar –susurró–. No llores.
–No volveré a hacerlo, pero no te lleves mi
reloj.
¡Con qué rapidez se evaporaban las lágrimas
infantiles! No dejaban huellas, ni el rostro hinchado y enrojecido. El llanto
de Louise, en cambio, le había dejado el rostro arrugado, viejo, desencajado.
Paul la miró con la aguda perspicacia de un
niño.
–No puedo dormir, mami –dijo–. Esta casa ya
no me gusta. –Su voz sonaba tenue y amortiguada contra el hombro de Susan–.
¿Cogerán a ese hombre y lo meterán en la cárcel?
–Él también ha muerto, cariño.
–¿Estás segura? La madre de Roger dice que se
ha ido, pero también dijo que la señora North se había ido. ¿Y si no está
muerto y vuelve aquí?
Susan dejó encendida la luz del dormitorio de
Paul y la del pasillo. Cuando bajó de nuevo encendió el vigésimo cigarrillo del
día, pero se atragantó con el humo y tuvo un largo acceso de tos que la dejó
temblando. Apagó el cigarrillo, subió la calefacción y, acercándose al
teléfono, marcó el número de Julian.
Esa noche precisamente en que nada salía bien
y todas las cosas parecían antagonistas, tenía que ser Elizabeth quien
respondiera al teléfono.
–Hola, Elizabeth. Soy Susan.
–Susan... –El nombre quedó suspendido en el
aire. Como siempre, la brusca voz de colegiala de Elizabeth tenía un deje de
vacilación. La impresión que daba era que conocía a diez Susan que podían
telefonearle y anunciarse sin necesidad de dar el apellido u otra indicación.
–Susan Townsend. –Aquello era grotesco, casi
insufrible–. ¿Puedo hablar un momento con Julian?
–Claro, si quieres. Se está terminando el mousse. –¡Cómo se deleitaban aquellos dos con la comida! Tenían muchas cosas en
común; algún día sin duda compartirían la obesidad–. Suerte que has llamado
ahora. Estamos a punto de irnos a pasar el fin de semana con mamá.
–Que lo paséis bien.
–Siempre lo pasamos estupendamente con mamá.
Realmente todos esos asesinatos de Matchdown Park han sido lo último, y tú
metida hasta el cuello. Pero supongo que mantendrías la serenidad. Tú siempre
te mantienes serena, ¿verdad? Voy a buscar a Julian.
Por su voz, parecía que Julian hablara con la
boca llena.
–¿Cómo estás, Julian?
–Estoy bien.
Susan se preguntó si se habría oído su
suspiro de exasperación al otro lado de la línea.
–Julian, supongo que te habrás enterado de
todo lo que ha estado pasando aquí. Quería saber si te importaría que
vendiéramos la casa. Quiero mudarme lo antes posible. No recuerdo cómo funciona
lo de nuestra propiedad ganancial, pero sé que es complejo y que hemos de estar
de acuerdo los dos.
–Haz lo que te plazca, querida. –¿Se había
llevado el mousse al teléfono? Sonaba como si comiera mientras hablaba–. Eres totalmente
libre. No me entrometeré en lo más mínimo. Pero no se te ocurra aceptar menos
de diez mil libras y cuando elijas una nueva casa, que esté cerca de un centro
preescolar decente para mi hijo y de un buen colegio para cuando llegue el
momento. –Julian tragó y añadió–: Ponlo en manos de un agente inmobiliario y
deja que él haga su trabajo. Si me encuentro con alguien ansioso por vegetar en
el saludable Matchdown Park te lo enviaré. Dime una cosa, ¿alguna vez tuvimos
relación con esos North aparte de saludarles con la cabeza?
–Tú no tuviste relación con nadie más allá de
saludar con la cabeza. Decir que los despreciabas sería más exacto.
Por un momento Susan creyó haberle ofendido,
pero le oyó decir:
–Sabes, Susan, te has vuelto más mordaz desde
que nos separamos. Te favorece, casi me hace sentir... bueno, no, no voy a
decirlo. Un tipo bastante sexy ese North, si no recuerdo mal, y con un trabajo
seudoprofesional, ¿no?
–Es aparejador.
–Lo que sea. Imagino que tú y él os habréis
hecho uña y carne ahora, entrando y saliendo como Pedro por su casa. No me
extraña que quieras mudarte.
–No creo que vuelva a hablar con él nunca más
–replicó Susan.
Julian masculló algo sobre acabar la cena,
hacer las maletas y salir en dirección a la casa de lady Maskell. Susan se
despidió rápidamente porque sabía que iba a llorar. Las lágrimas rodaron por
sus mejillas y ella no se molestó en enjugárselas. Cada vez que hablaba con
Julian esperaba recibir amabilidad y consideración, olvidando que así era como
él había hablado siempre con los demás, mordaz y frívolamente. Ahora ella era
uno de los demás y toda la ternura era para Elizabeth.
Pero ya no le amaba. Era la costumbre de ser
una esposa, de contar la primera en los planes de un hombre lo que echaba de
menos. Cuando se está casado nunca se está solo del todo. Se puede estar solo
físicamente, que es otra cosa. Y por mucho que rogara que fuera alguien a
visitarla, para cualquiera representaría una molestia, un incordio que lo
separaría de la persona con quien preferiría estar.
Aun así pensó en llamar a Doris o incluso a
la señora Dring. Su orgullo se lo impidió cuando sus dedos pugnaban por coger
el auricular.
Paul se había dormido. Susan lo tapó, se lavó
la cara y volvió a maquillarse. No tenía sentido, pero presentía que si se
acostaba entonces, a las siete y media, podría sentar un precedente. Uno se
acuesta temprano porque no tiene nada que hacer. Uno se queda en la cama hasta
tarde porque levantarse supone enfrentarse con la vida.
Iba a mudarse. «Piensa en eso –se dijo–.
Piensa en eso.» No volver a ver los cerezos en flor como papel crespón, los
olmos balanceándose sobre el cementerio, los tres puntos rojos brillando
tenuemente junto a la zanja de las obras. No volver a correr hacia una ventana
porque un perro ladra ni contemplar los faros del coche de Bob North cruzando
el techo para ir a morir en un temblor de sombras contra la pared.
Los faros iluminaron entonces la habitación.
Susan corrió las cortinas. Abrió un nuevo paquete de cigarrillos y esta vez el
humo no le hizo toser. Notaba la garganta seca y áspera. Debía de ser por el
calor. ¿Por qué no dejaba de sentir calor y frío alternativamente? Iba a salir
una vez más para ajustar la calefacción, pero se detuvo con un absurdo
sobresalto cuando sonó el timbre de la puerta.
¿Quién podía llamar a esa hora? ¿Serían los
amigos de la época de su matrimonio, Dian, Greg, Minta, alertada su conciencia
por los periódicos de la tarde? El perro no había ladrado. Debían de ser Betty
o Doris.
El hombre del otro lado de la puerta
carraspeó cuando Susan puso la mano en el pestillo. El sonido, nervioso, ronco
y tímido, le dijo quién era antes de abrir. Sintió un desagradable escalofrío
de inquietud que se convirtió rápidamente en puro alivio de que alguien al
menos hubiera ido a verla. Luego, tosiendo de nuevo, tan nerviosa como él,
abrió la puerta a Bob North.
Aquélla no era una visita de cumplido y
Susan, que le había dicho a Julian que seguramente no tendría jamás una
relación más que remota con su vecino, se sintió extrañamente contenta cuando
él entró sin más preámbulos en la sala de estar como si fuera un amigo y
visitante regular. Entonces se reprochó a sí misma que Bob tenía más motivo que
ella para sentirse solo y desgraciado.
El rostro de Bob no mostraba rastro alguno
del dolor y la amargura a los que había dado rienda suelta en el tribunal y,
aunque volvió a disculparse por las molestias sufridas por Susan, nada dijo
sobre el motivo de su visita. Susan expresó su simpatía y sus condolencias con
palabras torpes y ya no supo qué más decir. Estaba claro que la visita de Bob
tenía un propósito definido por el nerviosismo que él demostraba y la mirada
calculadora que le lanzó cuando se encararon en la habitación cálida y desordenada.
–¿Estaba ocupada? ¿La he interrumpido?
–No, no se preocupe. –La pérdida sufrida por
Bob lo hacía diferente a otros hombres, lo convertía en un paria, en alguien a
quien se había de tratar con prudencia, pero aparentando que no había ocurrido
nada y, al mismo tiempo, como si fuera merecedor de toda clase de miramientos.
Tuvo la extraña idea de que era imposible sentir demasiada compasión por
alguien tan atractivo como Bob. Su aspecto provocaba la envidia de los hombres
y una admiración especialmente humillante de las mujeres. Si la tragedia no se
hubiera producido y él la hubiera visitado, Susan se habría sentido incómoda a
solas con él.
–¿No quiere sentarse? –dijo Susan con tono
distante–. ¿Le apetece tomar algo?
–Es muy amable. –Cogió la botella y los vasos
de manos de Susan–. Permítame. –Susan le contempló mientras servía ginebra en
un vaso y lo completaba con limón–. ¿Qué le pongo? No, no menee la cabeza...
–Bob torció la boca ligeramente; era la primera sonrisa que Susan le veía desde
la muerte de Louise–. La sesión será larga, Susan, si es que tiene paciencia
conmigo.
–Desde luego –musitó ella.
Aquél era, pues, el propósito de su visita,
hablar con alguien lo bastante conocido como para escuchar y lo bastante
extraño como para olvidarlo cuando se hubiera liberado de su ansiedad. Louise
había probado de hacer lo mismo, y había muerto la primera. En todo aquello
había una curiosa ironía. Los ojos azul oscuro de Bob estaban fijos en ella,
fríos pero vacilantes, como si todavía no hubiera hecho su elección y se
preguntara si estaba eligiendo sabiamente.
Susan se sentó y de pronto el sofá le pareció
especialmente mullido y acogedor. Minutos antes estaba contenta de ver a Bob,
ahora sólo se sentía terriblemente cansada. Bob fue hasta el extremo de la
habitación, giró bruscamente y, sacando un rollo de papel de su bolsillo, lo
dejó caer sobre la mesita del café. Tenía la gracia de un actor, su mismo modo
de moverse, porque había estudiado y aprendido esos movimientos. Susan lo pensó
con una ligera sorpresa y luego se preguntó si los gestos de Bob parecían
calculados porque tenía que ejercer un doloroso control sobre los mismos.
Susan cogió los papeles, mirando a Bob con
las cejas enarcadas. Él asintió vivamente. ¿Tendrían aquellas cuartillas
relación con algún asunto legal? ¿Podían ser incluso el testamento de Louise?
Susan desdobló la primera hoja sin mucha
curiosidad, pero luego la dejó caer con una fuerte exclamación, como si fuera
un objeto al rojo vivo o algo viscoso y repugnante.
–¡No, imposible! ¡No quiero leer estas
cartas!
–¿Las reconoce, entonces?
–Algunos fragmentos fueron leídos en el
tribunal. –Susan tenía el rostro ardiendo–. ¿Por qué...? –Se aclaró la
garganta, que empezaba a dolerle–. ¿Por qué quiere que las lea?
–No sea duro conmigo, Susan. –Frunció el ceño
como un niño. Susan pensó de repente en Paul–. La policía me ha dado estas
cartas. Pertenecían a Louise, ¿comprende?, y yo... bueno, las he heredado.
Heller se las envió el año pasado. ¡El año pasado, Susan! Desde que las leí no
puedo pensar en otra cosa. Me tienen obsesionado.
–Quémelas.
–No puedo. No hago más que releerlas. Han
envenenado todos los recuerdos felices que conservo de ella. –Escondió el
rostro entre las manos–. Quería deshacerse de mí, yo sólo era un estorbo. ¿Tan
repugnante soy?
Susan evitó una respuesta directa a una
pregunta tan absurda. Era como si un millonario le pidiese su opinión sobre el
estado de sus finanzas.
–Está sobreexcitado, Bob. Es comprensible.
Cuando la gente tiene una aventura amorosa dice cosas que no piensa y que
además no son ciertas. Seguro que la mujer de Julian dijo un montón de cosas
exageradamente desagradables sobre mí. –Jamás lo había pensado antes y le costó
esfuerzo decirlo.
Bob asintió ávidamente.
–Por eso he venido a verla. Sabía que lo
comprendería. –Se levantó. Las cartas estaban escritas en papel grueso de
tamaño cuartilla y se habían vuelto a enrollar. Bob las aplanó con la mano y se
las tendió bruscamente a pocos centímetros de la cara.
Ella había mencionado la posibilidad de que
Elizabeth la hubiera difamado. De haber sido así y haber llegado una carta
semejante a su poder, por nada del mundo se la hubiera enseñado a un extraño.
Sin embargo, la mayoría de extraños habría aprovechado la oportunidad con
gusto. Debía ser excepcionalmente escrupulosa, se dijo, o quizá sólo cobarde,
como las avestruces. ¡Con qué avidez se habría abalanzado Doris, por ejemplo, a
devorar las frases de Heller si Bob desnudara su alma en la casa del otro lado
de la calle!
Susan rebuscó un cigarrillo. Le vino la idea
de que no había leído jamás una carta de amor. Durante su noviazgo Julian y
ella casi no se habían separado y, dado el caso, se telefoneaban. Desde luego
no había leído nunca cartas de amor de otra persona. Bob, que tanto la valoraba
como experta, se hubiera quedado atónito ante su inocencia.
Quizá fuera esa inocencia lo que seguía
reteniéndola. La aventura amorosa de Louise, un desagradable asunto entre un
ama de casa y un vendedor, le parecía simplemente sórdida, como si no hubiera
una pasión auténtica que la compensara. Las cartas podían ser obscenas. Alzó la
vista hacia Bob y de repente pensó que él no le daría a leer algo repugnante.
Con un leve suspiro fijó la vista en la letra de Heller curvada sobre el rollo
de papeles y leyó la dirección (3, Hengist House, East Mulvihill, S.E. 29) y la
fecha (6 de noviembre de 1967) y luego prosiguió:
Amor mío:
Pienso en ti noche y día. En realidad no sé dónde terminan los sueños y
empieza el despertar, porque llenas mi mente y camino como en una nube. Soy un
tipo lento y estúpido, cariño. Te imagino sonriendo al leer esto y quizá (eso
espero) negándolo, pero es cierto y ahora además estoy medio ciego y sordo. Mí
amor por ti me ha vuelto ciego, pero no tan ciego como para no ver el futuro.
Me asusta pensar que a lo mejor tendremos que seguir así durante años,
viéndonos de vez en cuando unas pocas horas y con prisas.
¿Por qué no te decides a decírselo de una vez? No sirve de nada decir
que quizá ocurra algo que lo arregle todo. ¿Qué va a ocurrir? Aún es joven y
puede que viva muchos años. Dices que no le deseas la muerte, pero no te creo.
La expresión de tu cara me demuestra que no es más que una carga para ti. El
resto es afectación y en el fondo tú lo sabes. No tiene derechos sobre ti ni
vínculos que se reconozcan hoy en día.
En resumidas cuentas, lo que dices es que tenemos que seguir esperando
hasta que él muera. No, no intento convencerte de que le eches algo en el té.
Te estoy diciendo por centésima vez que le hagas comprender que tienes derecho
a vivir tu vida, a quitársela a él y dársela a tu amante pero desgraciado
Bernard
No, no era una carta repugnante, a menos que
uno conociera al hombre al que Heller se refería como pesado estorbo. Y, no
conociéndolo, la segunda carta podía resultar incluso conmovedora. Si no se conocía
a ese hombre y no se vivía al lado de la mujer de cuya traición trataban las
insinuaciones de Heller.
La dirección era la misma, la fecha de casi
un mes más tarde (2 de diciembre de 1967), Susan leyó:
Amor de mi vida:
No puedo seguir viviendo sin ti. No puedo seguir existiendo y
trabajando a kilómetros y kilómetros de ti, pensando que estás con él
desperdiciando tu vida en ser su esclava. Tienes que hablarle de mí, contarle
que has encontrado a alguien a quien amas de verdad y que te dará por fin un
hogar feliz. Casi me prometiste que lo harías cuando nos vimos la semana
pasada, pero sé lo débil que puedes sentirte cuando estás con él.
¿Realmente necesita tantos cuidados y atenciones y no podría un ama de
llaves hacer todo lo que haces tú ahora? Siempre ha sido un hombre duro e
ingrato, y tú dices que a veces también es violento. Díselo esta noche, amor
mío, mientras estás con él en lo que yo sólo puedo llamar tu prisión.
El tiempo pasa deprisa (ahora me parece lento, pero sé que en realidad
vuela); ¿cómo serás dentro de unos años, cuando te hagas mayor y sigas atada a
él? Nunca llegará a apreciarte y amarte. Él sólo quiere una criada. Te
convertirás en una amargada, ¿crees realmente que nuestro amor podrá durar en
esas condiciones? En cuanto a mí, algunas veces pienso que sin ti lo mejor
sería acabar con todo. No me imagino viviendo de esta manera mucho tiempo más.
Escríbeme o, mejor aún, ven a verme. Aún no me has visto feliz, no tan
feliz como lo seré cuando sepa que por fin le has dejado.
Bernard
Susan dobló las cartas. Se miraron en
silencio. Para romperlo, Susan evitó comentar el contenido emocional de las
cartas y, aferrándose a lo intrascendente dijo:
–¿Sólo había éstas? ¿No le escribió más?
–¿Es que no son suficientes?
–No quería decir eso. Sólo pensaba que habría
más, toda una serie...
–Si había más, ella no las conservó.
–Quizá se avergonzara de ellas –sugirió Susan
amargamente–. No es que estén redactadas en prosa inmortal ni que sean joyas
literarias precisamente...
–No me había dado cuenta. Eso me da igual. Su
significado está muy claro: Louise me odiaba tanto que estaba dispuesta a
contar todo tipo de mentiras sobre mí. –Cogió las cartas que sostenía Susan y
retuvo su mano sin segundas intenciones, desesperadamente, como si fuera la
cuerda que podía salvarle–. Susan... usted no lo cree, ¿verdad?, yo no soy
violento ni duro, ni la trataba como a una esclava.
–Claro que no. Por eso no creo que sirva de
nada guardar estas desafortunadas cartas. No hará más que releerlas y
torturarse a sí mismo.
Susan tuvo la terrible sensación de que Bob
iba a echarse a llorar. Vio su rostro torcerse en una mueca y volverse casi
desagradable.
–No me animo a destruirlas –dijo–. Susan, ¿lo
haría usted, lo haría... si las dejo aquí?
Lentamente, Susan cogió las cartas del regazo
de Bob, esperando que éste volviera a cogerle la muñeca. Se sentía casi como
cada noche, cuando subrepticiamente arrancaba el reloj de las manos de Paul
mientras dormía. Tenía la misma cautela, el mismo aliento contenido, el mismo
miedo a oír un grito de protesta. Pero Paul amaba su reloj. ¿No habría un
curioso componente de amor en el odio que Bob le tenía a esas cartas?
Bob dejó que las cogiera.
–Se lo prometo, Bob –dijo Susan, y la embargó
un cansancio que la hizo temblar–. Se lo prometo, lo haré en cuanto se vaya.
Susan creyó que entonces se iría. Aún era
temprano, pero ya había olvidado sus pensamientos de antes sobre resistir la
depresión y el agotamiento. Ahora sólo quería dormir.
–No debería incomodarla con todo esto –dijo
él con el tono de quien tiene toda la intención de hacer lo que niega. Al
parecer a Susan no se le notaba la fatiga–. Tengo que hablar con alguien. No
puedo seguir guardándomelo todo.
–Lo comprendo, Bob.
Así pues, Susan lo escuchó hablar de su
matrimonio, del amor que en otro tiempo sentía por Louise y de su decepción por
no tener hijos. Bob especuló sobre el lugar en que podían haberse conocido
Louise y Heller, lo que compartían y su extrañeza ante la pérdida de fe de
Louise. Hablaba con vehemencia, con pasión, con incredulidad, y en una ocasión
se levantó para pasearse por la habitación. Pero en lugar de agotarlo como
agotaban a Susan, sus arrebatos parecían darle nuevos bríos. Purificado y
renovado, habló durante media hora mientras Susan permanecía recostada en el sofá
asintiendo de vez en cuando y reafirmando su simpatía hacia él. Las colillas se
apilaron en el cenicero junto a Susan hasta tener el aspecto de un letrero de
advertencia en el consultorio de un médico. La garganta se le quedó rasposa,
como papel de lija.
–Dios mío, lo siento, Susan –dijo por fin–.
La estoy agobiando. Me voy. –Susan no estaba ya para cortesías disuasorias. Bob
le cogió las manos impulsivamente y cuando se inclinó sobre ella, su vivido
rostro moreno se volvió borroso–. Prométame que no volveré a ver esas horribles
cartas –pidió, y Susan asintió–. Ya me voy. Nunca olvidaré lo que ha hecho por
mí.
La puerta principal se cerró y el sonido
reverberó en la cabeza de Susan hasta instalarse como un palpito regular.
Largos escalofríos le recorrían el cuerpo y le dolía la espalda. Cerró los ojos
y vio el rostro de Bob suspendido ante ellos. Le bailaban en la cabeza los
garabatos de Heller y el latido de un rincón de su cerebro se convirtió en el
agudo taconeo de Louise.
Cuando despertó era medianoche. El aire
apestaba a tabaco. La calefacción se había apagado y el frío la había
despertado, metiéndosele en los huesos. En algún momento antes de dormirse
debía de haber llevado los vasos a la cocina y vaciado el cenicero. No
recordaba nada, pero cuando se puso en pie tambaleándose comprendió que su
inercia y el agudo dolor de la garganta tenían poco que ver con las vicisitudes
emocionales del día. Síntomas como aquéllos tenían una razón física: había
pillado la gripe.
9
Desde la marcha de Julian, Susan dormía en
uno de los dormitorios posteriores. Era una habitación pequeña que daba al
norte y tenía poca luz, pero en ese momento se alegró de haberla elegido.
Encontrarse enferma en un dormitorio idéntico al de Louise, yacer en una cama
situada en el mismo lugar en que estaba la suya, era la peor medicina que podía
recetarse.
Pasó una noche horrible en la que conciliaba
el sueño a ráfagas. A la mañana siguiente tenía en la cama todas las mantas
sobrantes de la casa, aunque apenas recordaba haberlas ido a buscar. Se puso el
termómetro y comprobó que tenía treinta y nueve y medio.
–Vete a casa de la señora Winter, cariño
–dijo cuando Paul asomó por la puerta a las ocho–. Pídele que te dé de
desayunar.
–¿Qué te pasa?
–Es sólo un fuerte catarro.
–Creo que te lo pegó Roger Gibbs en la fiesta
–dijo Paul, añadiendo, como si alabara a un amigo por su extraordinario
altruismo–: Le pega sus catarros a todo el mundo.
El médico llegó al mismo tiempo que Doris,
que permaneció al pie de la cama confirmando el diagnóstico del facultativo e
interrumpiéndole a cada momento con sus propias sugerencias.
–No quiero contagiarte, Doris –dijo Susan
débilmente cuando el médico se fue.
–Oh, no te preocupes. Yo nunca me contagio de
nada. –Era cierto. A pesar de su vulnerabilidad a las bajas temperaturas y las
chaquetas de punto en que siempre iba envuelta, Doris no se resfriaba jamás–.
Me inmunicé contra todo trabajando de enfermera –explicó, ahuecando almohadas a
puñetazos como un boxeador–. ¿Oyes a mi perro? Está armando jaleo por todos los
coches del funeral de al lado. –Ladeando la cabeza, escuchó los ladridos
distantes y lo que podían ser los pasos atenuados de un enterrador–. Tengo una
excusa para no ir, pues sería un suicidio que tú te levantaras de la cama.
–Doris se cubrió la boca–. Dios mío, esa es una palabra prohibida por aquí,
¿verdad? He oído decir que los católicos no aceptan a Louise en su cementerio.
Es una vergüenza, en serio, al fin y al cabo fue Heller quien lo hizo. –El
perro lanzó sus ladridos y se oyó un portazo–. He visto a Bob y me ha dicho que
te mejores. Imagínate, con todos los problemas que tiene y quería saber si
podía hacer algo por ti. Le he dicho a John: «Bob North admira a Susan, a su
manera», y John está de acuerdo conmigo. He subido la calefacción al máximo,
querida. Espero que no te importe, ya sabes lo friolera que soy. Me gustaría
saber si volverá a casarse.
–¿Quién?
–Bob, por supuesto. Bueno, el matrimonio es
un hábito, ¿no?, y creo que cuesta adaptarse a la vida de soltero. ¡Oh, Dios
mío, otra vez he metido la pata! –Doris se ruborizó y se rodeó el cuerpo con
los brazos, aunque llevaba una gruesa chaqueta de lana–. ¿Te apetece un trozo
de asado? No, mejor que no. Por cierto, lo he ordenado todo y limpiado el
polvo. No es que hiciera falta, todo estaba limpio como una patena.
–Eres muy amable.
–Más bien mandona, querida. –El súbito e
inesperado autoanálisis de Doris le granjeó el afecto de Susan más que sus
expertos cuidados. De habérselo permitido la garganta dolorida y su fatiga le
habría gustado expresar su gratitud. Farfulló algo sobre Paul y Doris
contestó–: Se ha ido con Richard. Puedes dejarlo con nosotros el fin de semana.
¿Qué vas a hacer tú? Si quieres podríamos subirte la tele aquí arriba.
–No, Doris, de verdad. Quizá lea un poco más
tarde.
–Bueno, si te aburres siempre puedes
contemplar a los obreros trabajar como negros. –Tirando bruscamente de la
cortina, Doris soltó una carcajada–. Son tan frioleros como yo. Necesitan su
fuego y su té.
Contemplar cómo los obreros llenaban una
zanja y cavaban otra dos metros más allá no era precisamente la idea que Susan
tenía del entretenimiento cuando estaba sana. A menudo había pensado, como la
mayoría de la gente, que si alguna vez se veía confinada al lecho, levemente
enferma, pasaría el tiempo leyendo uno de esos clásicos que exigían
concentración ininterrumpida. Así pues, cuando Doris regresó a la hora de comer
le pidió que le llevara En busca del tiempo perdido de la colección de
libros que Julian había dejado.
Sin embargo, Proust la venció. Nada la interrumpía,
pero su poder de concentración se hallaba tan debilitado que en su mente sólo
cabía un vago recuerdo sobre preocupaciones, miedos inconexos y pensamientos
sobre su marcha de Matchdown Park. Dejó el libro tras diez minutos de mirar
cómo bailaba la letra impresa y, molesta por ceder a la tonta sugerencia de
Doris, volvió sus ojos hacia la ventana.
El cielo tenía un pálido y nuboso tono azul
sobre el que las ramas del olmo extendían su diseño de encaje negro. Veía
también el sol, un charco amarillo en las nubes. Todo daba la impresión de un
frío terrible que hacía más comprensible la necesidad de los obreros de hacer
un fuego. Los tres se hallaban de pie en torno a él en ese momento, removiendo
el té en unos tazones toscos y agrietados. Louise les daba tazas y platillos de
porcelana.
Susan se subió las almohadas por detrás para
ver mejor. Había algo singularmente distraído en contemplar a tres desconocidos
moverse y hablar entre ellos. El hecho de que no pudiera oír las palabras no
hacía más que aumentar su curiosidad. Eran un adulto viejo, un joven y un
chico. Los dos mayores parecían tomarle el pelo al chico, pero éste aceptaba
sus empujones y risas con sentido del humor. Se encargó él de recoger los tres
tazones y de llevarlos al abrigo de la caseta. Susan lo vio echar los posos en
la acera cubierta de tierra y secar el interior de los tazones con papel de
periódico.
Después se metieron de nuevo en su zanja y el
hombre mayor inclinó su cuerpo sobre el amplio mango de la taladradora. El
chico cogió una maraña de cables fangosos y empezó a dar brincos con ellos, a
lo que su compañero respondió iniciando una pelea en broma. Por encima del
borde de la zanja sólo eran visibles sus cabezas y sus manotazos, pero la risa
del chico era tan aguda que, a pesar de la distancia, Susan la oyó por encima
del estrépito de la taladradora.
Por la esquina de la verja de O’Donnell
apareció una chica con un corto abrigo rojo e inmediatamente los dos jóvenes
dejaron de pelear para silbarle. La chica tenía que pasar necesariamente junto
a las obras y lo hizo con el mentón en alto. El más joven se la comió con los
ojos y le gritó algo.
Susan se recostó contra las almohadas. Se
había olvidado de Louise y de Bob, de los terrores de Paul, de la frívola
despreocupación de Julian. Una mujer mayor cruzó la calle, pero también ella
obtuvo un silbido alentador. Susan sonrió un poco avergonzada de divertirse con
algo tan pueril. ¿Qué edad había de alcanzar una mujer para librarse de
aquellos piropos sin duda soeces, treinta y cinco, cuarenta, cincuenta? Desde
luego había una gran generosidad en aquella falta de discriminación. Tal vez
nunca se era demasiado vieja o quizá el obrero de mayor edad, silencioso y
sombrío mientras los otros dos se metían con toda fémina que pasara por
delante, reservaba sus silbidos para sus coetáneas.
A las tres de la tarde el más joven fue a
buscar una tetera negra a la caseta y la puso al fuego con agua. ¿Sabían que
Louise había muerto? ¿Les habían llevado la noticia los vientos del cotilleo?
¿O se había acercado uno de ellos inocentemente a la puerta de atrás el jueves
para encontrarse con la mirada amarga y la brusca réplica de Bob?
Hecho el té, volvieron a llenar los tazones.
Dada la cantidad de té que bebían era obvio que preferían hacérselo ellos
mismos que ir a buscarlo al café, doscientos metros más allá. Sin duda debieron
de recibir un duro golpe cuando su emisario fue a llamar a la puerta de Louise
el miércoles y no obtuvo respuesta. En esa ocasión no enviaron al chico,
recordó Susan, sino al hombre de veintitantos que se estaba poniendo un jersey
azul por la cabeza y se agachaba junto al brasero.
La zanja llegaba ya hasta la mitad de la
carretera. Tras recoger los tazones, el chico se instaló sobre un montículo de
tierra con una bandera en la mano para dirigir el escaso tráfico. Se pavoneaba
imaginando ser un guardia en un cruce, pero al fin, después de que únicamente
pasaran dos coches, el hombre del jersey azul le indicó con ademanes enérgicos
que volviera al agujero. Susan se sentía como si viese una película muda que en
cualquier momento iba a convertirse en una farsa de golpes y caídas, o tal vez
una epopeya moderna, italiana o sueca, preñada de simbolismo, en la que el
movimiento y la expresión facial tuvieran un hondo significado y la voz humana no
fuera más que una vulgar intrusión.
Así fue como la encontró Doris cuando llevó a
Paul a su casa para acostarlo a las seis. Los obreros se habían marchado y
Susan estaba tumbada mirando adormecida las tenues luces de color carmesí que
habían dejado encendidas. Sentía una absurda decepción porque el día siguiente
era domingo, enojada como un ávido espectador que sabe que habrá de esperar dos
días para el siguiente capítulo de la serie.
–Te he traído una visita –anunció Doris el
domingo por la tarde–. Adivina quién es.
No podía ser Julian, porque estaba en el
campo con lady Maskell, a buen seguro formando parte de una alegre reunión que
incluiría a Minta Philpott, Greg y Dian, y Dios sabía a quién más. Además,
Julian evitaba las habitaciones de enfermos.
–Es Bob. –Doris miró con nerviosismo por
encima del hombro. Oyó los pasos de Bob en la escalera–. Ha insistido en venir.
Le he dicho que en su estado es vulnerable a todos los gérmenes habidos y por
haber, pero quería venir a toda costa.
Bob apareció con un ramo de narcisos. Segura
de que eran los que crecían en el jardín de Braeside, Susan imaginó el gran
macizo cuadrado cubierto por una maraña de tallos tronchados. Louise adoraba
sus bulbos y la acción de Bob al tronchar aquellas flores recordó a Susan lo que
había oído en una ocasión a los jardineros de lady Jane Grey: que se habían
podado las copas de todos los robles de su finca cuando la asesinaron. De esto
no dijo nada a Bob. Al principio le resultó violento verlo allí y se preguntó
si estaría arrepentido por su falta de circunspección del viernes por la noche.
Sin embargo, él no mostró embarazo alguno, aunque su actitud hasta que Doris
los dejó solos fue reservada.
–Pensaba que se había ido –dijo Susan–. No de
vacaciones exactamente sino para cambiar de aires.
–No se me ocurre adonde podría ir. Fui con
ella a todos los lugares a los que he querido ir. –Cogió un jarrón y arregló
los narcisos, pero torpemente para un hombre tan elegante, apiñando los tallos
y partiendo los que eran demasiado largos–. Estoy mejor aquí –dijo, y cuando
Doris asomó la cabeza por la puerta con una radiante sonrisa, agregó–: Tengo
muchas cosas que hacer.
–No tiene usted suerte con las vacaciones, de
todos modos –dijo Doris–. Recuerdo que el año pasado Louise estaba enferma y
usted iba en aquel barco que se hundió. –Bob no dijo nada, pero su rostro se
ensombreció–. La pobre Louise tenía lo que tú ahora, Susan, y Bob tuvo que
divertirse solo lo mejor que pudo. La pobre Louise dijo que las vacaciones se
le arruinaron completamente. Oh, Dios mío, ¿prefieres que no hable de ella,
Bob?
–Pues sí, por favor –respondió Bob con los
dientes apretados.
Se sentó en la cama de Susan ocultando a
duras penas su impaciencia mientras Doris seguía parloteando sobre la negativa
de Paul a lavarse los dientes y su insistencia en guardar el reloj nuevo bajo
la almohada.
–Gracias a Dios que se ha ido –dijo Bob
cuando por fin se cerró la puerta–. ¿No la vuelve loca?
–Es una buena amiga, Bob, sumamente amable.
–No se pierde nada de lo que pasa en esta
calle. Ese perro suyo casi me volvió loco cuando vinieron los coches del
funeral. –Soltó un triste suspiro y de repente Susan sintió por él lo que Bob
parecía haber deseado todo el tiempo: solidaridad.
La compasión se adueñó de ella de tal modo
que, de haberse encontrado bien, hubiera deseado tomarlo entre sus brazos y
estrecharlo como podía abrazar a Paul. Esta idea la sorprendió. ¿Se le había
ocurrido porque Bob parecía muy joven y vulnerable? Él era cuatro o cinco años
mayor que ella. Por un momento Susan se sintió azorada.
Bob se acercó a la puerta, abrió una rendija
y luego la cerró suavemente. Susan pensó que se movía como un gato. No, como
algo menos doméstico, como una pantera.
–Se deshizo de esas cartas, ¿verdad? –Su voz
tenía el tono deliberadamente despreocupado de quien pregunta una cosa de gran
importancia, aunque secreta–. Esa basura de cartas de Heller –añadió–. Me dijo
que las quemaría.
–Por supuesto que lo hice –contestó Susan,
pero sufrió un sobresalto que volvió a provocar el zumbido en su cabeza, como
si la fiebre le hubiese subido bruscamente. Había olvidado las cartas por
completo. Le resultaban repugnantes, pensó, y tal vez en su mente se había
producido lo que Julian llamaba un bloqueo psicológico. En ese momento, a pesar
de lo que había dicho, sencillamente no recordaba si las había quemado o no.
¿Las habría echado a la chimenea en desuso y les habría prendido fuego con el
encendedor antes, después o incluso durante las dos horas en que había estado
dormida, en coma casi, soñando constantemente? ¿O aún estaban sobre la mesa
expuestas a que Doris o la señora Dring las leyeran?
–Sabía que podía confiar en usted, Susan
–dijo Bob–. Siento haberme puesto pesado la otra noche. –Cogió el libro que
ella había dejado boca abajo–. ¡Vaya, estás hecha una intelectual! Cuando estoy
enfermo lo único que me apetece es quedarme tumbado mirando por la ventana.
–Eso hice ayer. Estuve todo el día mirando a
los obreros de ahí abajo.
–Un pasatiempo fascinante –replicó él con
frialdad–. Vaya vida solitaria que llevas, Susan. Todos estos meses debes de
haberte sentido muy sola y a mí no se me ocurrió pensarlo.
–¿Y por qué habrías de haberlo hecho?
–Vivo en la casa de al lado. Debí darme
cuenta. Louise podría haberlo comprendido... –Hizo una pausa y agregó con voz
cargada de ira sorda–: Pero estaba demasiado ocupada en sus asuntos. ¿O debería
decir asunto a secas? ¿Cuántos años tienes, Susan?
–Veintiséis.
–¡Veintiséis! Y cuando estás enferma tienes
que quedarte en un dormitorio de un barrio residencial sin nadie que te cuide y
nada mejor que hacer que contemplar a unos obreros que cavan zanjas en la
carretera.
Habría sido inútil explicarle que durante
unas horas aquel dormitorio había sido un palco y los obreros, actores en un
distante escenario de comedia. Bob era una persona muy real, prosaica, presa
fácil de fuertes emociones, pero difícilmente el tipo de hombre que podía
complacerse en la tranquila observación del comportamiento humano. Seguramente,
dado su atractivo y su carácter extrovertido, rara vez había adoptado una
actitud contemplativa. La miraba en ese momento con tal preocupación que Susan
se preguntó por qué había llegado a pensar que era egoísta. Intentó reír, pero
le dolía demasiado la garganta.
–No estoy sola todo el tiempo –dijo, y su voz
se convirtió rápidamente en una especie de ronco gruñido–. Y Doris me cuida
maravillosamente bien.
–Sí, ya me has dicho que es una buena amiga.
Desearía que dijeras lo mismo de mí. Desearía que las cosas hubieran sido
diferentes para que pudieras haberlo dicho de mí.
No hubo respuesta. Bob se marchó de repente y
volvió acompañado de Paul, que llevaba aún su reloj bajo el borde de la manga
del pijama.
–No puedo besarte, cariño. Estoy llena de
microbios.
–Aquí no tienes reloj –dijo Paul–. ¿Te
gustaría quedarte mi reloj? Sólo para esta noche.
–Es un ofrecimiento muy bonito, pero no me
atrevería a privarte de él.
La expresión de alivio en el rostro del niño
fue inconfundible.
–Gracias. Buenas noches entonces.
–Veamos si puedo levantarte. –Bob rodeó la
cintura del niño con sus manos–. Has crecido mucho. Apuesto a que pesas una
tonelada.
Susan se sorprendió levemente, con tristeza,
al ver aquel rostro duro y amargo volverse tierno de repente. Bob no tenía
hijos, pero ahora... Sin duda volvería a casarse. Quizá porque era demasiado
pronto para tener tales esperanzas para él, la idea resultó vagamente
desagradable.
Paul dejó que Bob lo levantara, pero cuando
intentó balancearlo en alto como si fuera un bebé, se debatió y lloriqueó:
–¡Bájame! ¡Bájame!
–Vamos, no seas antipático. –Susan estaba
cansada. Deseaba que se fueran todos y la dejaran sola. Paul tardaría mucho en
dormirse esa noche. Que Bob pensara que su hijo protestaba porque no le gustaba
que le trataran como a un bebé; ella sabía que había otra razón más recóndita.
–Buenas noches, Susan. –El rechazo no lo
había turbado lo más mínimo. Le dedicó aquella sonrisa suya adolescente que a
ella le hacía olvidar la hosquedad que podía mostrar su rostro al
ensombrecerse. Era una sonrisa franca, tranquila, casi zalamera. Susan pensó que
le había hecho aquellas gracias a su hijo para complacerla a ella más que por
apego real a los niños.
–Buenas noches, Bob. Gracias por las flores.
–Volveré pronto –dijo él–. No creas que no
volverás a verme. –Estaban solos. Bob se dirigió a la puerta y vaciló–: Has
sido mi tabla de salvación, Susan. Una luz en la oscuridad.
Apenas una semana antes Susan estaba
dispuesta a cualquier cosa por evitarlo; ahora le pareció una conducta cobarde
e impensablemente cerril. Lejos del egoísmo que le atribuía, Bob era amable,
atento, impulsivo, todo lo que Julian no había sido. Pero no veía por qué había
de compararlo con Julian –eran completamente diferentes en aspecto, en
temperamento, en la manera de comportarse con ella–, a menos que fuera porque
su ex marido era el único hombre al que conocía de verdad.
Cuando la repetitiva cantinela –el «tic-toc,
tic-toc» que sonaba suavemente en el dormitorio de Paul– cesó, Susan se puso la
bata, comprobó que su hijo se había dormido y bajó la escalera. Tenía las
piernas flojas y cada paso provocaba un dolor punzante que le recorría el
cuerpo hasta la cabeza.
La sala de estar estaba más limpia de lo que
la señora Dring solía dejarla. Los ojos de Susan se dirigieron inmediatamente a
la mesita del café donde recordaba haber visto las cartas de Heller por última
vez, pero sólo había un cenicero limpio sobre la pulida superficie circular. Se
movió lentamente por la habitación, deteniéndose para hojear una pila de
revistas, abriendo cajones. Así debía de sentirse un buceador, pensó Susan,
llevándose una mano a la frente, luchando por abrirse paso a través de una
neblina entorpecedora y nada familiar. El aire de la sala parecía más pesado,
le impedía mover los miembros.
A Doris le hubiera encantado leer aquellas
cartas.
Era imperdonable tener semejante idea de una
amiga tan amable. Además, Doris no las hubiera sacado jamás de aquella casa.
Susan apartó la pantalla de la chimenea y miró la parrilla. No había cenizas de
papel sobre las barras limpias.
A pesar de todo, debía de haberlas quemado.
Al retrotraerse hacia aquellas horas febriles y delirantes, casi se convenció
de que recordaba haber sostenido las cartas en la chimenea y haber contemplado
cómo la llama de su encendedor devoraba las hojas y con ellas las palabras de
Heller. Lo veía con tanta claridad como podía imaginar a Doris limpiando la
parrilla, recogedor y cepillo en mano.
Su alivio alcanzó una paz de espíritu casi
completa y si volvía a temblar convulsivamente era sólo porque seguía enferma y
había desobedecido las órdenes del médico de quedarse en cama.
10
La voz suave e insinuante al otro lado de la
línea era particularmente pertinaz.
–Bernard tenía tan buena opinión de ti,
David. Hablaba de ti a menudo. Sería una pena que perdiéramos el contacto y sé
que Carl quiere volver a verte. A los dos nos desilusionó que no pudieras
quedarte a cenar el viernes, así que he pensado que podrías venir otro día.
¿Mañana te parece bien?
–Me temo que no podrá ser.
–¿El martes entonces?
–Esta semana no puedo ningún día. Te llamaré,
¿de acuerdo? –David dijo adiós con firmeza y colgó para volver a la habitación
desordenada y atestada –pero interesante– que llamaba estudio, para pensar en
ello.
Magdalene tenía el rostro como el de la Maja desnuda de Goya, con los labios carnosos y sensuales. No le atraía. David
siempre andaba a vueltas con el parecido entre sus contemporáneos y personas a
las que habían retratado largo tiempo atrás. Las paredes de su estudio estaban
cubiertas de retratos: reproducciones de Ganimedes, postales de galerías de
arte, recortes de suplementos dominicales a color. La María Antonieta de Vigée-Lebrun estaba allí, pegada con celofán junto a El Papa de El Greco; El hombre de los guantes de Tiziano estaba
enmarcado, lo que era mucho más de lo que había otorgado a sus campesinos de
Van Gogh o a la propia Maja desnuda.
Una mujer especialmente incoherente, se dijo,
y no estaba pensando en la de Goya. La noche anterior a la muerte de su marido
se había mostrado hosca con él y francamente consternada al verlo en El Hombre
de la Máscara de Hierro. De pronto, después de cinco minutos de envarada
amabilidad por su parte y réplicas distraídas por la de ella, Magdalene había
cambiado de personalidad completamente, volviéndose dulce, seductora y efusiva.
¿Por qué?
Se dice que no hay hombre que se resista a
una mujer bonita que se arroje en sus brazos. La naturaleza masculina es tal
que el hombre sucumbe, incrédulo ante su buena suerte. Y si no ha sido él quien
se ha insinuado, se felicita –al tiempo que desprecia a la mujer– por su
irresistible encanto. Pero esto no ocurre casi nunca, se dijo. A él no le había
ocurrido. No había tenido la menor dificultad en resistirse. Desde un principio
se había sentido desconcertado.
A pesar de todo, nada hubiera hecho al
respecto. Habría desterrado el incidente a un rincón de su cerebro junto con
otros misterios de la vida aparentemente irresolubles. Las personas eran
peculiares y la naturaleza humana un rompecabezas eterno. Era preciso aceptarlo
así.
Pero ella le había telefoneado, le había
hablado como una vieja amiga que tenía la esperanza y motivos más que
suficientes para que esa esperanza se convirtiese en algo más. La perplejidad
de David, que había empezado como una difusa inquietud, creció hasta apartar
todo lo demás de su mente. Por más vueltas que le daba una y otra vez,
repasando los acontecimientos del viernes por la noche, la única justificación
que hallaba a la conducta de Magdalene era suponer que estaba loca, pero sabía
que esa conclusión era el resorte perezoso y cobarde al que recurría una imaginación
pobre. Tal vez estuviera loca, pero tenía que haber una lógica en su locura.
Las viudas jóvenes no se metían en un pub del West End el día en que se
celebraba el juicio por la muerte de su marido; no se ponían pantalones y
suéteres ceñidos y, sobre todo, no se insinuaban de forma inexplicable a
conocidos casuales sin mediar provocación.
Magdalene le había dicho que estaba citada
con alguien y él no creía que ese alguien fuera una mujer. Luego recordó al
hombre que había entrado, que la había mirado fijamente, vacilando, antes de
marcharse apresuradamente. La actitud de Magdalene hacia David había cambiado
en ese preciso momento.
De repente, David supo con toda certeza que
Magdalene estaba citada con aquel hombre. Tenían que verse en aquel pub, pero
su cita debía guardarse en secreto. ¿Por qué, si no, había pasado por alto las
necesarias presentaciones, negándose a reconocer aquel rostro que, ahora lo
recordaba David, en un primer momento tenía una expresión de satisfacción, de
grata expectación? Magdalene lo conocía. Adivinando que había despertado la
curiosidad de David, había montado la escena del coche para cegarlo, para
seducirlo y, en última instancia, para hacerle olvidar lo que había visto.
Debía de ser muy importante para ella, se
dijo David, y recordó su parloteo nervioso y la premura de las caricias de su
mano. ¿Le había retenido Magdalene en el pub después de que el hombre saliera
porque, habiendo él especulado sobre su identidad, podría haberlo buscado con
la vista en la calle y, viéndole el rostro a la luz del día, haberlo
reconocido? Pero, que él supiera, no tenía amigos comunes con los Heller. ¿Cómo
habría podido reconocer a un amigo de Magdalene? Y suponiendo que lo
reconociera, ¿por qué le importaba tanto a ella?
De repente hacía demasiado calor para
encender el fuego, incluso en el exterior. Los obreros habían llevado un
infiernillo a la obra y el chico ponía el agua a hervir para el té dentro de la
caseta. Por primera vez el hombre del jersey azul trabajaba en la superficie,
como atraído por el buen tiempo, y también por primera vez Susan lo vio
erguido.
Le sorprendió comprobar que era bastante
bajo, o más bien corto de piernas. Tal vez fuera la longitud de su torso lo que
la había engañado. Susan tuvo la fuerte impresión de que asociaba a aquel
hombre con una elevada estatura, pero no sabía por qué.
Después se le ocurrió que en una ocasión
anterior lo había visto caminando por el jardín de Louise el día de su muerte y
ahora, al recordarlo, la impresión de un hombre mucho más alto se reforzó y se
hizo más vivida. Desde luego aquel hombre medía su metro ochenta y era menos
corpulento que el obrero de jersey azul que mostraba una cintura gruesa y una
espalda fornida cuando manejaba el pico.
La explicación debía de radicar en que en
aquel momento había más de tres obreros trabajando en la carretera. Al
presentarse con los narcisos, Bob había hablado de cuatro o cinco hombres, y
sin duda él estaba mejor informado sobre el asunto que ella, que apenas los
había mirado hasta que la enfermedad los había puesto por fuerza en primer
plano.
La enfermedad empezaba a remitir y a mediados
de la semana siguiente Susan había perdido el interés por los obreros. Sus
acciones carecían ya de novedad, o la exigencia de ella en cuanto a
entretenimiento, reducida antes por la fiebre, había aumentado. Leyó a Proust
sin distracciones, ni siquiera por culpa del estrépito de la taladradora.
–El señor North ha pasado por aquí y le ha
dejado unos cuantos libros. –La señora Dring depositó un montón de revistas
nuevas sobre la cama–. Creo que esta enfermedad suya ha sido lo mejor que podía
pasarle al señor North. Le ha sacado de su ensimismamiento, le ha impedido
darle vueltas siempre a lo mismo. Volverá esta noche, ¿verdad? Tenga cuidado
con las vecinas, no se pongan a hablar. Esa señora Gibbs tiene la lengua más
larga que el brazo.
–Tonterías –replicó Susan con malhumor–.
Usted misma ha dicho que sólo viene para tener algo en que ocuparse.
–Y es de la clase de hombre que sólo piensa
en las mujeres. No ponga esa cara. No hay nada malo en eso. Los hombres son
así. Mi marido es diferente, pero no hay más que uno como él entre un millón,
siempre lo he dicho. Y hablando de hombres, si va a empezar a sentarse, será
mejor que tenga cuidado de que esos de la carretera no la vean en camisón.
Las maneras de la señora Dring eran más las
de una vieja niñera que las de una asistenta. Susan dejó que corriera las
cortinas hasta la mitad y aceptó, encogiéndose de hombros dócilmente, la
mañanita que la señora Dring arrojó sobre la almohada.
–¿Cuántos obreros hay, señora Dring?
–Esos tres.
–Creí que había cuatro o cinco la semana
pasada.
–Nunca ha habido más de tres –afirmó la
señora Dring–. Era la fiebre que le hacía ver doble. Siempre ha habido tres.
Magdalene Heller volvió a telefonear a David
el miércoles por la noche. Se sentía muy sola, dijo, y apenas conocía a nadie
más que a Carl.
–¿Y la persona que estaba esperando en el
pub?
–Apenas la conozco.
–Más que a mí, sin duda. –¿Se daba cuenta
Magdalene de lo que había dicho? David murmuró una rápida despedida.
La voz de ella después de pronunciar la frase
fatídica parecía estupefacta. No había en ella el miedo a que se descubriera
una aventura clandestina; no era el miedo a un escándalo. David percibía que
estaba aterrorizada. Había supuesto correctamente la fuente de su miedo, de su
súbito cambio de humor y sus insinuaciones, y se sintió encantado; no volvería
a molestarle.
Por supuesto, en el tribunal se había
presentado como el paradigma de la mujer engañada. Sería gracioso que también
ella tuviera un amante. David recordó que había pensado en que iba a
encontrarse con un hombre al verla entrar en el cine. Se le ocurrió que sería
una buena idea leer el artículo sobre la audiencia probatoria para enterarse de
lo que había dicho ella.
Desempolvó el viejo periódico –siempre
guardaba los periódicos varias semanas hasta que los ataba en un paquete y los
ponía sobre su diminuto cubo de la basura–, pero el artículo era breve y apenas
se citaban las palabras de Magdalene. Encogiéndose de hombros, dobló de nuevo
el periódico y entonces una fotografía de la primera página del Evening News del miércoles anterior atrajo su mirada. El pie decía: «El señor
Robert North y su esposa Louise, a la que hallaron muerta con Bernard Heller,
un vendedor de treinta y tres años de edad. La fotografía se tomó durante las
vacaciones de los North en Devon el año pasado. (Sigue en pág. 5.)»
David entornó los ojos para examinar el
rostro de la fotografía. Luego buscó rápidamente la página 5. «Ni siquiera
había oído el nombre de Heller –le había dicho North al juez instructor– hasta
que una persona de la calle en que vivo me dijo que el representante de
Equatair había visitado mi casa repetidas veces. Jamás le vi hasta su muerte y
desde luego no sabía que era un hombre casado.»
Pero seis horas más tarde había entrado en un
pub del Soho donde se había citado con la viuda de ese hombre.
Una de las columnas semanales de Certainty era una especie de diario escrito enteramente por Julian Townsend bajo el
título de «Acontecimientos». En realidad, como a Julian le acontecían muy pocas
cosas y era perezoso por naturaleza, el diario consistía más bien en un
batiburillo de sus opiniones más que en la descripción de unos acontecimientos
a los que él hubiera asistido. Solía haber siempre alguna guerra local sobre la
que Julian pudiera condenar o aconsejar negociación o arbitrio; alguna ley que
se debatiera en el Parlamento y que le enfureciese; algún político cuyo estilo
de vida le molestara y le ofreciera la ocasión de sembrar discordia. Cuando,
como sucedía a veces, se producía algún tonto y extravagante evento cultural,
Julian lanzaba a los cuatro vientos sus vituperios contra tradiciones y viejas
instituciones, escupiendo veneno sobre la familia real, la Iglesia de
Inglaterra, las carreras de caballos, las comedias musicales y las leyes sobre
licencias para vender bebidas alcohólicas.
Aquella semana la columna de
«Acontecimientos» aparecía como de costumbre encabezada por el nombre de Julian
en grandes letras y, debajo, el rostro ceñudo del editor. La frente alta y
llena de arrugas, perlada por el sudor del intelecto, las gafas redondas de
montura metálica y la boca desdeñosa eran familiares a David como lector asiduo
de Certainty, y no se fijó en él. Una amiga suya, una actriz de televisión llamada
Pamela Pearce, afirmaba conocer al editor de Certainty y de vez en cuando
amenazaba a David con presentárselo, pero hasta entonces había evitado el
encuentro, prefiriendo conservar sus ilusiones. Era imposible que Townsend
fuera tan pomposo, terco y pedante como sus artículos daban a entender. David
tenía la sensación de que perdería su interés por «Acontecimientos» si el
escritor resultaba un hombre modesto.
Había siempre referencias a la comida y ese
día Julian dedicaba toda la primera columna a dar recetas de platos de carne y
puddings afrodisíacos, con referencias eruditas a Norman Douglas, y la mitad de
la segunda a criticar violentamente la comida que le habían servido en un hotel
rural mientras pasaba el fin de semana con sus aristocráticos suegros.
David siguió adelante con una sonrisa. Al
parecer el tipo pensaba llenar el resto de su artículo con una diatriba contra
los barrios residenciales de Londres. «Acontecimientos» no era el nombre
apropiado para aquella fuente de vitriolo. «La Inglaterra rural castrada por la
herramienta para hacer zanjas, la taladradora neumática», leyó David con
regocijo. Desde el campo asolado, Julian se dirigió a toda velocidad hacia la
metrópolis: «Matchdown Park, donde no pasa un mes en que no se derribe una joya
más de la arquitectura georgiana...»
Qué extraño. Años sin que se mencionase
Matchdown Park y de pronto aparecía continuamente en los periódicos. A David le
sorprendió que Townsend viviera allí, pero era evidente. «El conocimiento de
quien esto suscribe –concluía el párrafo– se basa en una estancia de cinco años
en el lugar.»
David cogió la guía azul de la S a la Z y
allí estaba: Julian M. Townsend, 16 Orchard Drive, Matchdown Park. Vaciló,
mientras reflexionaba, pero cuando empezó a marcar no fue el número de la guía.
–¿Julian Townsend? –dijo Pamela Pearce–. Pues
has tenido suerte, cielo. Mañana por la noche voy a una fiesta a la que también
asistirá él. ¿Por qué no me acompañas?
–¿Irá con su mujer?
–¿Su mujer? Supongo. Nunca va a ninguna parte
sin ella.
Una tal señora Susan Townsend había
encontrado el cadáver de Heller, y vivía en la casa contigua a la de los North
en Orchard Drive; lo decía el periódico. Tenía que ser la misma mujer. David no
sabía qué le diría cuando se conocieran, pero sería fácil derivar la
conversación hacia la tragedia de los North. Para ella debía de ser aún un tema
de interés. Había sido amiga de la señora North. ¿No decía el periódico que
precisamente aquella mañana había ido a verla? Ella sabría si North y Magdalene
Heller se conocían antes de la audiencia probatoria y, dado que también se
hallaba en el tribunal, podría decirle si se habían malinterpretado las
afirmaciones de North («Ni siquiera sabía que era un hombre casado», y todo lo
demás), o si, cuando se oían en su contexto, podían interpretarse de forma
distinta, inocente. Si se mostraba comunicativa, la señora Townsend podía
sosegar su espíritu.
Porque en aquel momento estaba más que
inquieto y agitado. North se había citado con Magdalene en El Hombre de la
Máscara de Hierro seis horas después de la audiencia, lo que podía explicarse
sin que eso significara que le había mentido al juez. Pero si era cierto lo que
David sospechaba, North había mentido descaradamente y no tenía justificación.
Se habían citado allí, eso seguro. ¿Era la
primera vez?
11
–Es una verdadera lástima cómo se estropean
los suelos –decía la señora Dring, que estaba a cuatro patas–. En este parquet
hay unos agujeros en los que cabría el dedo.
Los tacones de Louise, pensó Susan con una
punzada de angustia. Seguramente no se arreglaría nunca, pero al menos el nuevo
propietario no sabría cómo se habían hecho. Sobre ese comprador en perspectiva
Susan tenía grandes esperanzas, pues, una vez reestablecida, su primer
pensamiento había sido para llamar al agente inmobiliario. Contemplaba con
interés cómo limpiaba la señora Dring pequeñas huellas de pisadas cuando ésta
dijo:
–Esperemos que no tengamos que ver ya más
lodo. ¿Sabía que han acabado la carretera por fin? Anoche esos tres rellenaron
el agujero que tenían ahí. ¡Menudo alivio!
Así pues, Susan había visto el último acto de
su obra. Se sentó frente a la máquina de escribir, preguntándose por qué habían
cavado aquella serie de zanjas y si la vida en Matchdown Park se estancaría sin
el ritmo monótono de las taladradoras y el cambio de aquellos cables
vislumbrados. Su capacidad para concentrarse y razonar normalmente,
redescubierta en los dos últimos días, le proporcionaba un extraordinario
placer. Le parecía que su enfermedad marcaba el fin de un período negro de su
vida; enfermedad durante la cual había cobrado nuevos bríos, decidido marcharse
de Matchdown Park y encontrado un amigo en Bob North.
Pero mientras trabajaba, felicitándose por su
recuperación, un leve asomo de duda se introdujo en su mente. Por alguna razón
desconocida le preocupaban los recuerdos de los obreros, y aunque debería
compartir el alivio de la señora Dring por su marcha, sentía en cambio un
extraño desaliento.
Siempre habían sido tres hombres, insistía la
señora Dring, y sin embargo ella había visto a un cuarto en el jardín de Louise
cuando ésta yacía muerta junto a Heller. Ese cuarto hombre había llamado a la
puerta trasera de Louise –la señora Dring le había oído– y luego se había
marchado, no para unirse a los otros sino solo, alejándose por la carretera. Al
revivir la escena, levantando la mirada de lo que escribía, que se había vuelto
borroso, Susan recordó claramente que los otros tres, el mayor, el del jersey
azul y el chico, estaban en la zanja mientras él se paraba un momento,
encapuchado y anónimo, para calentarse las manos junto al fuego.
–Señora Dring. –Susan se levantó sintiendo un
leve mareo, secuela de la gripe–. Acabo de recordar algo inquietante. Supongo
que estaba cogiendo la gripe cuando fui a la audiencia probatoria, pero... pero
me preguntaron si había visto a alguien llamar a la puerta de al lado esa
mañana y yo dije que no. Dije... –Se detuvo, horrorizada por la curiosidad que
parecía casi hambre en el rostro inmóvil de la señora Dring.
–Bueno, y no vio a nadie, ¿no?
–Lo había olvidado. Ahora ya no importa. Ya
se sabía cuál iba a ser el veredicto, pero... –Se mordió el labio, no por lo
que había dicho sino porque se lo había dicho a aquella mujer, aquella
transmisora de malicia, aquella perturbadora taimada que no tenía una palabra
amable para nadie que no fuera su marido. Luego consiguió esbozar una sonrisa
de circunstancias y, convenciéndose de que cambiaba de tema, dijo–: Tendrá
ocasión de dejar bien los suelos ahora que Paul no traerá más lodo en los
zapatos.
Ginebra y ese «algo gaseoso» que siempre le
gustaba añadir, tazas de café en una bandeja, los narcisos que quedaban
dispuestos en un jarrón... Susan sólo había realizado estos preparativos en una
ocasión anterior, pero ya se estaban convirtiendo en un ritual. Bob llegaría
tarde –tenía llamadas de trabajo que hacer y no podría reunirse con ella hasta
las diez–, pero ella ya había dejado de acostarse temprano. Tenía algo por lo
que quedarse levantada.
–Aquí hace siempre un calor tan agradable,
Susan –dijo Bob cuando entró en la sala de estar–. La calefacción es una
maravilla. No sé por qué no la he hecho instalar hace años.
Susan volvió el rostro para ocultar el
sonrojo, pero, aunque era consciente de la incorrección cometida por Bob,
sintió una gran alegría. Con aquellas palabras acababa de demostrarle que la
muerte de Louise seguía fresca en su mente, pero que las circunstancias que le
habían conducido hasta ella iban desvaneciéndose. ¿Sería correcto molestarle
ahora con la pregunta que había estado pensando hacerle? En sus conversaciones
apenas habían hablado de otra cosa más que de Heller y Louise; no obstante,
Susan dudaba, esperando a que él empezara como siempre, obsesivamente, a
repasar cada detalle de su amor y su muerte.
Sintió gran alivio cuando en cambio él le
preguntó con tono ligero si conocía a alguien que pudiera hacerle la limpieza
de la casa.
–Tal vez la señora Dring, mi asistenta. Se lo
preguntaré.
–Con todo lo que has hecho por mí, y aquí me
tienes, pidiéndote más favores.
–Éste es muy pequeño. Tal vez ella no pueda.
–No sé por qué, creo que podrá si se lo pides
tú. Eres una de esas personas que hace que las cosas salgan bien. Sabes,
durante esta semana he estado pensando que si nos hubiéramos molestado en
conocerte, si tú y Louise hubierais sido amigas, nada de todo esto habría
sucedido.
Ya estaban de nuevo con el tema de siempre.
–Si realmente tengo tanto poder –dijo Susan,
con voz cada vez más apremiante–, si es verdad que puedo hacer que las cosas
salgan bien, me gustaría empezar por decirte que lo dejes, Bob. Intenta
olvidarlo, dejarlo atrás.
Bob le cogió ambas manos entre las suyas
fuertes y cálidas. Para ser ella la que consolaba, el seguro refugio, se sentía
de pronto extrañamente débil y decaída.
Pamela Pearce era una rubia menuda y atractiva
con afición al brillo. La mayoría de sus prendas eran de materiales
entrelazados con hilos metálicos; le gustaban las lentejuelas, cuentas y
remaches, cualquier cosa que lanzara destellos. Esa noche vestía de lame y
brillaba como un pez dorado en aguas turbulentas en contraste con el empedrado
y los grises muros de piedra de South Kensington.
–¿No sería mejor que me dijeras quiénes son
mis anfitriones? –sugirió David mientras cerraba el coche–. No quiero sentirme
como un intruso.
–Greg es uno de esos fotógrafos de sociedad.
Seguro que has visto esas preciosidades que hizo de la princesa Alexandra. Su
mujer se llama Dian y es absolutamente encantadora. Te enamorarás perdidamente
de ella. Créeme, verla es adorarla.
El problema fue que David no pudo asegurar
que la hubiera visto. Difícilmente podía enamorarse de ella, puesto que nadie
se molestó en presentarle a nadie y, cuando se llevaron a Pamela por la
estrecha escalera, se encontró solo en una isla de moqueta, rodeado por
espaldas indiferentes. Pronto se abrió paso entre espaldas cubiertas por
chaquetas de seda y espaldas medio desnudas, moviendo los brazos como un
nadador haciendo braza, para acabar en una silla con respaldo de lira. A su
espalda había un biombo peligrosamente lleno de velas encendidas que dejaban
caer su cera sobre una improvisada barra de bar.
Durante varios minutos nadie se fijó en él y
Pamela no reapareció. Entonces oyó una voz a su espalda que le decía
incomprensiblemente:
–¿Cree que podría tomarse una copa?
David miró por encima del hombro, primero al
joven de cabellos amarillos que se había dirigido a él y luego la barra donde
había un cuenco lleno de un pálido líquido dorado en el que flotaban cerezas y
trozos de pepino. Antes de que pudiera contestar que no lo haría por nada del
mundo, el joven había sumergido el cucharón y llenado un vaso.
Sabía a zumo de frutas preparado en un frasco
de jarabe para la tos. David dejó el vaso detrás de una fuente de canapés de
anguila ahumada, observando que al parecer todo el mundo había rehuido la copa.
La habitación era demasiado pequeña para
acomodar a tanta gente; sin embargo, los invitados habían conseguido apiñarse
en grupos aislados. El mayor de ellos tenía como núcleo a un hombre alto con
una frente enorme. Estaba debajo de la lámpara central, que le hacía destacar
eficazmente. David no tuvo dificultad en reconocer a Julian Townsend.
La boca remilgada del editor se abría y se
cerraba sin parar mientras gesticulaba ampulosamente con una mano que sostenía
una empanadilla de salchicha. Lo rodeaban cinco mujeres absortas en sus
palabras.
Una de ellas debía de ser su esposa, se dijo
David, la vecina inocente de la amante de Heller, la que había encontrado a la
pareja muerta. Había una morena escultural que fumaba un cigarro, dos rubias
casi idénticas, una adolescente vestida de marrón y una dama de edad que sin
duda tenía la intención de pasar el resto del fin de semana en el campo, porque
llevaba un traje de mezclilla, leotardos y botas altas. A Pamela no se la veía
por ninguna parte, a pesar de que oía sus risitas agudas de vez en cuando en el
piso de arriba. David sintió cierto fastidio. A menos que se presentara a sí
mismo como lector y seguidor suyo, no se le ocurría el modo de hablar con
Townsend sin la ayuda de Pamela.
Al cabo, la adolescente se separó del círculo
de aduladoras y se dirigió a la barra improvisada. Sus movimientos tenían la
decisión rápida y enteramente egoísta de la extrema juventud y, para evitarla,
David retrocedió hacia el biombo de bambú.
–¡Por Dios, un poco más y se quema el pelo!
–El camarero de cabellos amarillos le había cogido por el brazo y David se
apartó de las velas.
–Gracias –dijo con el rostro a unos
centímetros del de la chica.
–Necesita a alguien que cuide de usted,
¿verdad? –dijo el camarero–. Me pone nervioso verlo perdido y solo. Recógelo
bajo tu ala, Elizabeth, por favor.
Tras rehusar el ponche y servirse coñac, la
chica dijo audazmente:
–Soy Elizabeth Townsend. ¿Cómo se llama
usted?
–David Chadwick. –Se había quedado
estupefacto y tal vez se le notara.
Con un vestido muy corto sin forma, del color
y la textura del pan integral, y los cabellos castaños largos y despeinados, la
señora Townsend parecía una chica de diecisiete años. Acostumbrada sin duda a
la compañía de hombres a los que no faltaban jamás las palabras, lo miró con
incredulidad.
–Tengo entendido que vive usted en Matchdown
Park –se oyó decir David con el mismo asombro anhelante que podía experimentar
cualquiera para preguntar a un conocido si tenía un apartamento en Hampton
Court.[2]
–Dios mío, no. ¿De dónde ha sacado esa idea?
–Lo he leído en Certainty –replicó David–. ¿Es
usted la señora de Julian Townsend?
–Desde luego que sí. –Parecía ofendida, pero
después su ceño, debido a la impaciencia y a algún desaire imaginario, se
despejó–. Ah, ya comprendo. Se le ha escapado un detalle. –El desconcierto de
David era evidente–. Es de su ex de quien está hablando, de mi... bueno, ¿cómo
la llamaríamos? Esposa política podría servir, ¿no cree? –Se rió alegremente de
su propio chiste–. Ni arrastrándome con caballos salvajes me llevarían a
Matchdown Park. –Lanzó esta frase con violento desafío, pero casi antes de que
pronunciara las palabras, su expresión sufrió un cambio brusco y adoptó una
ligera concupiscencia–. ¿Por qué lo pregunta, por cierto? ¿Ha pensado en vivir
allí?
–Tal vez –musitó David, dudando del rumbo que
tomaría la conversación. Jamás había conocido a una mujer tan brutalmente
directa ni menos tímida. Se preguntó en qué se basaría semejante confianza en
una persona tan regordeta, vulgar y carente de atractivos.
–Mi esposa política... –Elizabeth sonrió con
agrado ante la expresión recién inventada–. Mi esposa política quiere mudarse,
así que Julian tiene que ocuparse de la casa de Matchdown Park. Es una casa muy
buena. –Parecía haber olvidado que dos minutos antes había repudiado la zona
con un escalofrío–. Julian quedaría absolutamente encantado si le encuentro un
comprador.
La casa contigua a la de los North, habitada
por la mujer que los conocía, que había hallado el cadáver de Heller. Las velas
llameaban tras la cabeza de David y sus reflejos, elevados, humeantes, de un
tono amarillo pálido, danzaban en el vaso de Elizabeth Townsend.
–¿Cómo es de grande? –preguntó
cautelosamente.
–Venga y le presentaré a Julian. Él se lo
dirá todo. –Le cogió por el brazo y sus dedos, apremiantes y casi afectuosos,
se hundieron en el codo de David–. ¡Julian, cierra la boca un momento!
¡Escucha, he encontrado a un tipo que quiere vivir en Matchdown Park!
Susan no había advertido a Paul de que Bob
iba a visitarla esa noche. No quería que el niño se despertara y oyera la voz
de un hombre abajo, con todos los miedos y fantasías que poblaban su cabeza. En
su mundo, en aquel momento los hombres que visitaban a las mujeres solitarias
llevaban armas...
Murmurando una excusa, Susan subió al
dormitorio de Paul, lo arropó de nuevo, devolvió su reloj a un lugar más seguro
sobre la mesita y bajó dejando su luz encendida. Se hallaba a mitad de la
escalera cuando sonó el teléfono.
–¿Verdad que aún no has vendido la casa? –La
voz de Julian tenía un entusiasmo nada natural con un fondo de música y risas.
–No es fácil –replicó Susan ásperamente.
–Eso pensaba. Pero no te preocupes. Ahora
dime, ¿tienes algo que hacer el lunes por la noche?
Susan ya no lo amaba, pero era horrible que le
hiciera esa pregunta el hombre que antes había sido su marido.
–¿Por qué?
–Le he dicho a un tipo que puede ir a ver la
casa. Un tal Chadwell, Challis, algo así. En realidad está aquí conmigo. Bueno,
no exactamente conmigo, pero estamos todos en casa de Dian y Elizabeth se lo ha
encontrado.
–Ya imaginaba que estarías ahí. Apenas te
oigo con todo ese jaleo. ¿Cómo está Dian?
–Tan encantadora como siempre.
–¿A qué hora quiere venir ese hombre?
–preguntó Susan después de tragar saliva.
–Hacia las ocho. Por cierto... –Julian bajó
la voz hasta un murmullo apenas audible–. Yo no mencionaría ese peculiar asunto
de los vecinos. Podría disuadirlo.
–Julian, eres más ingenuo de lo que pensaba
si crees que alguien podría comprar esta casa con todo lo que eso conlleva sin
enterarse del suicidio de Louise. –Susan se interrumpió horrorizada. Todas las
puertas estaban abiertas y Bob debía estar oyéndola. Demasiado tarde–. ¡Oh,
Julian! –dijo exasperada.
–A lo mejor no lo descubre –replicó Julian–
hasta que tenga el contrato firmado. No me digas que la perspectiva de cinco
mil libras te deja indiferente. Ahora tengo que volver a la fiesta. Supongo que
tú estarás sola.
–A decir verdad no. Estoy con un amigo, así
que, si me disculpas, Julian, será mejor que vaya a reunirme con él.
Bob permanecía sentado en el mismo sitio con
la expresión de perplejidad de quien no ha podido evitar oír una conversación
privada, pero debe fingir por cortesía una sordera temporal.
–Lo siento –dijo Susan–. Supongo que me has
oído.
–No he podido evitarlo. ¿Es que piensas
mudarte, Susan?
–Este ambiente no es bueno para Paul y
además... No estoy bien, el fin de semana pasado estaba casi histérica. Quería
irme de aquí tan pronto como fuera posible, pero eso era antes de... –¿Antes de
qué? ¿Qué había estado a punto de decir? Confusa, Susan volvió la cara.
Esperaba que Bob terminara la frase por ella, pero su mirada era fría,
analítica, calculadora.
–¿Cuándo crees que te irás?
–En cuanto sea posible –respondió ella sin
inflexión en la voz, y luego se obligó a sonreír, reprimiendo su absurda
decepción. ¿Cómo había llegado a suponer que aquel viudo, aquel alma casi
perdida la visitaba porque empezaba a sentir algo por ella? Lo único que quería
era un hombro sobre el que llorar y el suyo estaba disponible.
–Comprendo que quieras sacudirte el polvo de
este lugar –dijo Bob–, dejar toda esta tristeza atrás. Pronto te olvidarás de
Louise y de mí, ¿verdad? –Entonces, obsesivamente, olvidando que quizá lo había
dicho ya una docena de veces, empezó a repasar paso a paso cada palabra, acción
y recelo que le habían llevado a sospechar de la aventura de Louise y volvió a
hurgar en las circunstancias de su muerte.
–Bob –dijo Susan con aspereza–, tienes que
olvidarlo de una vez. Acabarás volviéndote un neurótico. ¿Qué esperas conseguir
con eso? Los dos están muertos. Todo ha terminado. –Bob la miró sorprendido y
Susan, de pronto, se preguntó por qué estaba tan obsesionado con la muerte de
su mujer, cuando otro hombre se hubiera hecho el valiente ante los demás. Un
escalofrío de nerviosismo le recorrió la espina dorsal–. No será porque..., no
será porque dudas de que fuera un suicidio, ¿verdad?
Bob no replicó. Sus ojos azul oscuro estaban
velados y su rostro se volvió tan inexpresivo que la luz de la lámpara pareció
reflejarse en una máscara de bronce.
A Susan le habían asustado sus propias
palabras y pensó que hubiera sido mejor callarlas. No tenía en qué basarse para
decirlas, tan sólo una vaga inquietud que durante ese día y el anterior le
había hecho detenerse a veces como en un sueño o subir al piso de arriba para
mirar sin motivo por la ventana.
–Es sólo que mientras estaba enferma...
–Susan se ruborizó. ¿Era así como se sentía Doris cuando metía la pata?–. Había
una o dos cosas –prosiguió–, una o dos cosas extrañas que me hicieron pensar.
–Delirabas.
–Vamos, no estaba tan enferma.
–No quisiera creer en eso que sugieres... No
podría soportarlo... Susan, fue con el arma de él, hallaron huellas de pólvora
en su mano. ¿Cómo podría haber...?
–Si tú no lo crees –dijo Susan–, desde luego
no puede haber ninguna duda. –Susan se sintió enferma porque Bob se había
puesto de pie. Ella le había consolado, pero ahora debía de considerarla igual
que todos los demás por despertar en él más inquietudes y usarlo como objeto de
especulación. Bob salió al recibidor sin decir palabra y se plantó en el lugar
donde los tacones de Louise habían estropeado el parquet.
–Bob –dijo Susan, avanzando hacia él.
–¿Qué?
–Deliraba; no hagas caso de lo que he dicho.
Bob le apoyó la mano en el hombro, se inclinó
y le rozó la mejilla con los labios. Parecía haber pasado una eternidad desde
que la besara alguien que no fuera Paul, y al notar el leve tacto de su boca,
imaginó oír las risas y la música de la fiesta de Julian, como si estuviera
todavía al teléfono. Una soledad abismal y el deseo de poner fin a esa soledad
a toda costa le hicieron coger a Bob de la mano y apretársela con fuerza.
–¿Me perdonas?
Él asintió, demasiado turbado aún para
hablar. Susan le oyó alejarse rápidamente hacia Braeside, pero aunque, tras un
horrible intervalo de vacío, también ella salió al jardín, no vio luces en la
casa de al lado, donde las ventanas estaban siempre cerradas.
12
Los árboles que crecían en los rectángulos
del pavimento eran los que a David menos le gustaban, cerezos y ciruelos
ornamentales que no daban fruto. En aquel momento estaban en flor y David
supuso que había elegido para su visita el único día del año en que Orchard
Drive justificaba su nombre. Todos los capullos estaban abiertos, aún no había
caído ningún pétalo y las flores le recordaban el papel crespón. Tras las masas
de color rosa con aspecto de nubes, las farolas de la calle brillaban con
frialdad.
David pasaba lentamente con el coche
siguiendo la ruta que llevaba a Heller hasta su amante. Las casas parecerían
grandes sólo a quienes tuvieran horizontes pequeños. No eran todas iguales
–contó cuatro clases diferentes–, pero sí todas independientes, con garaje y
jardín con césped o flores en la parte frontal. Pasó por delante de puertas
pintadas de lila y otras pintadas de verde lima; observó aquí el pretencioso
laurel y allá la pareja de fanales de carruaje fabricados en serie. No se oían
gritos, ni los sones contenidos de la música; no había partido de fútbol que
perturbara el silencio. Empezaba a comprender por qué ni siquiera unos caballos
salvajes hubieran conseguido arrastrar a Elizabeth Townsend a vivir allí.
Como si fuera un caballo salvaje ella misma,
o quizá un peludo poni Shetland, Elizabeth Townsend le había arrastrado hacia
el grupo en que peroraba el editor de Certainty. Con el grito de
«¡Hazme un favor, Minta!» y «¡Cuidado con las espaldas!» le había puesto sin
ceremonias frente a las narices de su marido.
Julian Townsend enarcó las cejas y una mano
desaprobatoria en dirección a su mujer.
–...Y esas gotas esenciales de cointreau
–concluyó–. Son las que marcan la diferencia entre el vulgar potaje y la haute cuisine. Bien, ¿qué era lo que querías decir, querida?
Las aduladoras se alejaron poco a poco.
Violento, David miró el rostro que cada semana provocaba un millar de cartas
airadas. Un leve sudor brillaba en la frente bulbosa de Townsend, que se arrugó
y se alisó nuevamente mientras su menuda esposa le presentaba a David
incorrectamente.
–Una transacción privada sería estupenda,
desde luego –dijo el gran hombre por fin–. Eso no quiere decir que piense
venderla por menos de diez mil.
–No es un precio exorbitante hoy en día. Esta
respuesta desenfadada dejó a Townsend fuera de juego momentáneamente. Era
evidente que pensaba deprisa, consternado quizá por haber mencionado una suma
tan mezquina. Pero tras unos segundos de movimientos en el rostro altanero,
pareció abandonar esa línea al decir casi afablemente:
–Es una zona maravillosa, rus in urbe, ya sabe. La casa está en perfectas condiciones. ¿Conoce bien el
distrito?
David, que lo había atravesado alguna que
otra vez en el metro y que lo había oído mencionar a Bernard Heller en dos
ocasiones, contestó que sí. Townsend le dedicó una sonrisa radiante.
–Creo que esto merece una copa. –No hizo
ademán de ir a buscar las copas él mismo, pero una especie de telepatía entre
él y la mujer llamada Minta hizo que ésta se alejara al trote y volviera con
una bandeja de vasos de whisky. Townsend alzó su vaso y exclamó algo que sonó
como Terveydekesenne!
–Un brindis finlandés –explicó Minta con reverencia.
Después Townsend fue a buscar a Dian para
decirle que necesitaba usar su teléfono.
–Espero que la compre –había dicho su esposa,
enlazando su brazo en el de David–. Nos iría bien nuestra mitad de los diez
mil. Déle recuerdos a la pobre Susan.
Bueno, ahora estaba a punto de conocer a la
pobre Susan. Allí estaba la casa contigua a Braeside, la inocente Braeside de
aspecto respetable en la que Heller había encontrado algo que su Magdalene de
ojos verdes no podía darle y donde había introducido la muerte.
¿O había sido la muerte la que acudió a él?
Para eso, se dijo David, se suponía que había
ido allí, para averiguarlo. Para perturbar aquel silencio que lo envolvía todo
como un manto. Las flores pálidas y secas como papel le rozaron el rostro
cuando bajó del coche. Cerró la portezuela y a su espalda, surgiendo de la
silenciosa oscuridad, se oyó un rugido frenético y aterrador. David dio un
respingo y giró en redondo, pero sólo era un perro, un animal rojizo y negro de
pelaje rizado y una sombra de película de terror que daba saltos fieramente en
el jardín de la otra acera. David percibió que los separaba una robusta verja
de hierro. Ya no tenía remedio. Los ladridos pusieron fin a todo pensamiento de
dejarlo correr y volver por donde había llegado. El perro debía de haber
alertado ya a la pobre Susan, que seguramente le observaba tras las cortinas
corridas.
David enfiló el sendero de entrada con un
súbito temor ante el encuentro. ¿Sería un facsímil de Elizabeth, estridente e indiscreta,
o un ama de casa mojigata de cuyos eufemismos Townsend había huido con buen
tino? La furia del perro le persiguió embarazosamente. Llamó a la puerta. El
hecho de que sonara un timbre en lugar de imitar el carillón de Westminster le
dio una pequeña alegría. Se encendió la luz del recibidor, la puerta se abrió y
se encontró cara a cara con la mujer que había encontrado el cadáver de Heller.
No era lo que esperaba. Al apreciar los
cabellos rubios, la frente despejada y la fina nariz, supo de inmediato dónde
había visto ese rostro antes. En la National Gallery, pero no en una mujer
viva. «Effie Ruskin
–pensó–, Millais, The Order of Release». La mujer
esbozó una sonrisa educada.
–Siento lo del perro –dijo–. Molesto,
¿verdad? Sólo ladra así a los extraños.
–¿Sólo a los extraños?
–Sí. No tiene que preocuparse de que le ladre
si viene a vivir aquí. ¿Quiere entrar? Me temo que es demasiado tarde para que
vea el jardín.
Un súbito desaliento se apoderó de David.
Tomarle el pelo a Julian Townsend y a su segunda mujer estaba muy bien;
superficiales, sin escrúpulos, falsos, los dos parecían merecerlo. Pero aquella
mujer que lo recibía de buena fe le causó la impresión de una honradez
absoluta. Percibía en ella una integridad de las que ya no se veían, que le hizo
sentirse como un espía. En los días anteriores había estado viviendo en el
mundo de una historia de espías plagada de tópicos. Ella le hizo estrellarse
contra la dura realidad con una sacudida.
Al seguirla al interior de la casa y apreciar
su imagen, alta y de elegantes formas, en el largo espejo de pared, David pensó
en su suplantadora y su opinión sobre Julian Townsend empeoró aún más.
Seguramente dejaría de comprar Certainty.
–Esta es la sala de estar –dijo ella–, con una zona para comedor, ¿ve? Y
esa puerta conduce a la habitación que mi... que Julian usaba como despacho. Se
la enseño enseguida.
Había algo que parecía un manuscrito –tal vez
escribía– sobre un escritorio, un cenicero lleno junto a él –fumaba demasiado–,
y un ejemplar de A
la sombra de las muchachas en flor, también sabía
pensar. Para ser un futuro comprador, David no miraba lo que debía mirar; no
era ella la que estaba en venta.
–Estoy segura de que no le importará que le
pida que guarde silencio cuando vayamos arriba. Mi hijo está durmiendo.
–No sabía que tenía un hijo.
–¿Y por qué habría de saberlo? –Su fría voz
helaba. Empezó a explicar a David el manejo de los mandos de la calefacción y
él pensó en Heller. Sobre el aparador, David vio una bandeja con una botella de
ginebra, una lata de agua mineral con gas y dos vasos. La dueña de la casa
esperaba a alguien, a un hombre seguramente. Dos mujeres beberían café, té, o
tal vez jerez.
Susan le condujo al piso de arriba. El niño
dormía en una habitación iluminada y a David le gustó el modo en que ella se
acercaba a la cama cariñosa y silenciosamente para arreglarle las mantas, pero
le alegró menos su ceño y por primera vez notó que tenía el rostro demacrado.
Ya nadie dormía en el dormitorio principal.
Aun siendo soltero, David sabía distinguir una cama sin usar y detectó que no
había nada entre el colchón y el somier. Ella debía de haberse cambiado de
habitación cuando Townsend la dejó. ¡Maldito Townsend! David sintió placer al
imaginar la decepción de aquel tipo cuando supiera que no iba a recibir las
esperadas «cinco mil». David pensaba mantener en vilo a Townsend y darle
largas. Podía tardar semanas en decidirse, meses. Pero estaba la mujer que
tenía delante. Mientras ella hablaba y señalaba las comodidades de la casa,
David empezó a sentirse mal. Estaba practicando con ella una monstruosa
superchería, tanto más reprobable por cuanto seguramente necesitaba vender la
casa.
La mujer cerró la puerta del dormitorio y
musitó:
–Creo que hay algo que debería saber antes de
continuar. No sé si le gusta la casa, pero no podría permitirle que hiciera una
oferta sin contarle que en la casa de al lado hubo un doble suicidio. Hace tres
semanas. Salió en los periódicos, pero quizá usted no lo haya relacionado.
Esta sinceridad en contraste con su propia
falsedad, hizo que David enrojeciera.
–Desde luego que lo había relacionado...
–No sería justo ocultárselo. Hay personas
supersticiosas con estas cosas. La señora North y un hombre, un tal Heller, se
dispararon en el dormitorio. Igual a éste. Las casas son gemelas por dentro.
–Se encogió de hombros–. Bueno, ahora ya lo sabe.
David se apartó de ella y apoyó las manos en
la barandilla de la escalera.
–Lo sabía –dijo, y añadió precipitadamente–. Conocía a Bernard Heller. Lo conocía muy bien.
Se produjo entre ellos un silencio denso y
casi aterrador. Luego David le oyó decir:
–No lo entiendo. Lo sabía y sin embargo
quería...
David inició el descenso por la escalera. Su
natural timidez le había privado del habla. Ella le siguió despacio. Sin mirar
hacia atrás, David percibió una pena desproporcionada por la destrucción de la
incipiente armonía que se había establecido entre ellos.
Al pie de la escalera, ella se mantuvo un
poco apartada.
–¿Quiere comprar una casa al lado de la que
murió su amigo? Realmente no le comprendo.
–También conozco a la señora Heller e
intentaré explicarle...
Ella miró hacia la puerta principal, luego a
él.
–Eso no es asunto mío, pero sí lo es saber si
quiere comprar esta casa. Si es usted periodista o detective privado, debería
estar en la otra casa, no en ésta.
–Señora Townsend...
Susan abrió los ojos –castaños e
insoportablemente claros–, y la boca de Effie Ruskin se torció como lo hacía en
el cuadro.
–¿Qué creía usted? ¿Qué iba a ponerme en
chismorrear, a hacerle revelaciones? No sé nada sobre la señora Heller, sólo la
he visto una vez, pero ¿no ha tenido ya bastante el señor North?
Echó una mirada hacia arriba y luego,
procurando moverse con soltura, pasó junto a David. Estaba asustada. A David no
se le había ocurrido que pudiera asustarse, puesto que jamás se había puesto en
la piel de una mujer sola que se encuentra encerrada con un extraño, un
impostor. Notó que palidecía de vergüenza al ver que ella miraba el teléfono,
esa tabla de salvación, ese hilo que la comunicaba con la protección, y se
apartó con el corazón latiendo aceleradamente.
A los ojos de la señora Townsend, él era el
vendedor que mete el pie para que no le cierren la puerta, el mecánico de voz
zalamera que resulta ser un violador, el agente de seguros pervertido y sádico
latente.
–El señor North es amigo mío –dijo ella
audazmente, extendiendo poco a poco la mano hacia el teléfono–. No comprendo
qué pretende usted, pero le aseguro que no conseguirá hacerle más daño.
Dígaselo a la señora Heller.
David abrió la puerta principal. Las flores
de color rosa como papel crespón cubrían la farola a modo de pantalla. Salió al
porche y una vez más el perro rompió a ladrar. Ahora ella se sentiría segura.
–Tal vez la señora Heller ya se lo ha dicho a
él –insinuó David, haciéndose oír sobre los ladridos.
–Jamás ha hablado con él. –La señora Townsend
se apartó del teléfono y dijo con la cabeza muy alta–. Y ahora, ¿quiere hacer
el favor de marcharse?
–Por Dios –balbuceó él, maldiciendo al
perro–. No voy a hacerle daño. Me voy y puede llamar a la policía si quiere.
Supongo que he cometido algún delito, el de fraude seguramente. –No se atrevía
a mirarla a los ojos, pero tenía que decirlo–. Señora Townsend, ellos se
conocen. El mismo día en que se celebró la audiencia probatoria, se habían
citado en un pub de Londres. Yo los vi.
La puerta se cerró en sus narices, tan cerca
que tuvo que dar un rápido saltito atrás. El perro estaba tan frenético que sus
cabriolas sacudían y hacían sonar la verja. David subió a su coche; las manos
le temblaban.
Cuando se marchaba, otro coche pasó junto a
él y giró suavemente hacia el sendero de entrada de Braeside. Sólo alguien que
practicara esa maniobra cada día podía ejecutarla con tanta facilidad. David
ralentizó la marcha. El hombre del coche se apeó y David vio su cabeza por el
espejo retrovisor, una cabeza morena pulcra, perfecta, un alivio reluciente,
casi metálico al resplandor de las farolas. Robert North. Sólo había visto su
cara en persona en una ocasión.
David frenó y permaneció inmóvil. Siguió
observando a North por el retrovisor sin volver la cabeza. North levantó la
puerta de su garaje, se acercó a su coche pero cambió de idea. David se
preguntó por qué el silencio parecía algo fuera de lugar y entonces se dio
cuenta de que el perro había dejado de ladrar. No lo habían metido en casa. Su
gran sombra, magnificada hasta convertirse en el sabueso de los Baskerville,
serpenteó dócilmente entre los barrotes de la verja cuando North se acercó y le
palmeó la cabeza. Las grandes siluetas negras se estremecieron. North se alejó
y aun así el perro siguió en silencio. Susan Townsend había dicho que sólo
ladraba a los extraños.
La sombra de North atravesó la carretera. Era
más grande y siniestra que el hombre que la arrojaba. David lo vio dirigirse a
la puerta principal de la señora Townsend y llamar al timbre.
Esos dos eran íntimos, pensó mientras se
alejaba. La ginebra y la lata de agua con gas eran para él. ¡No era de extrañar
que la chica hubiera reaccionado de aquella manera! No era sólo una vecina
discreta, sino que mantenía una relación con él. ¿Por qué no usar términos más
tradicionales y realistas? Estaba enamorada de él. ¡Y David había pensado en
sondear su opinión sobre el comportamiento y la actitud de North!
Debía de estar loco para creer que podría
conspirar con una extraña, aun no estando ella enamorada, que podría
introducirla en un plan para provocar la caída de North. No estaba en una de
esas series para las que diseñaba los decorados, sino en el mundo real, carente
de romanticismo. ¿Había llegado a suponer que con una sola palabra suya ella
rompería las barreras de la convención social y la lealtad y comentaría con él
las acciones y motivos de su amigo? Al parecer sí. Había creído sinceramente en
la posibilidad de establecer con la señora Townsend una especie de oficina de
detectives aficionados y, sin contacto previo, aliarse con ella para desbaratar
dos vidas.
Bob le rodeó los hombros amablemente con el
brazo y la condujo hasta una silla.
–¿Qué ha ocurrido, Susan? Pareces
trastornada.
–Ha venido alguien –explicó ella respirando
entrecortadamente–. Un hombre... Ha dicho, insinuado si lo prefieres, que te
citaste en secreto con la señora Heller el día del juicio.
–Y es cierto –repuso él fríamente–. Nos
citamos en un pub de Londres, pero no tenía nada de secreto.
–No es necesario que me lo cuentes. –Susan se
movió un poco para soltarse del brazo que la rodeaba–. No es asunto mío, sólo
que pensaba que no la conocías. Tenía la impresión de que no os habíais visto
hasta el día del juicio.
–Y así era, pero luego hablé con ella. Fue
ella la que se disculpó por su conducta en el tribunal. Me dio lástima. Se ha
quedado prácticamente en la miseria, ¿comprendes? Ese cerdo de Heller no le
dejó ni un penique. Me sentí obligado a ayudarla y por eso nos citamos. Sin
embargo, cuando llegué allí la encontré con un hombre.
–¿Ese Chadwick que ha venido aquí?
–Sí, Susan, lo último que deseaba en aquel
momento era hablar con extraños. Me temo que me fui sin decir nada y vine a
verte. Claro que luego he visto a la señora Heller en su casa; precisamente
vengo de allí ahora.
–Qué cruel es la gente –dijo Susan,
asombrada.
–Algunas personas. Pero luego uno encuentra a
alguien que es dulce y bueno y encantador como tú, Susan.
Susan lo miró con incredulidad.
–Lo digo en serio –prosiguió él en voz baja–.
Ven, Susan. Hemos sido vecinos durante años y nunca te había visto. Y ahora,
supongo que es demasiado tarde... Quisiera saber si... ¿querrías besarme,
Susan?
Bob iba a tocarle la frente, a rozarle la
mejilla, como había hecho el otro día junto a la puerta. Susan alzó el rostro
pasivamente y de repente no fue como el otro día en absoluto. Se hallaba entre
sus brazos, aferrándose a él, besándolo en la boca y con los ojos cerrados a la
soledad y el rechazo compartido.
13
El detective inspector James Ulph, de
cuarenta y ocho años y divorciado sin hijos, sabía que Robert North había
matado a su mujer y al amante de su mujer. No lo sabía con absoluta certeza,
pero sí como debía saberlo cualquier jurado, más allá de una duda razonable.
Nada podía hacer al respecto. Su
superintendente se rió de él cuando le habló del motivo y la oportunidad de
North. Motivo y oportunidad no servían para nada, a menos que se demostrara que
el hombre estaba allí con el arma en la mano.
–¿Ha oído hablar de un pequeño detalle –le
dijo el superintendente con tono cáustico–, el de rastrear el arma del crimen
desde su origen hasta el asesino?
Sí, aquello era lo que tenía perplejo al
inspector. Mientras interrogaba a North había confrontado los ojos de aquel
hombre y había leído en ellos, bajo una pena simulada, un desafío que parecía
decir: «Yo lo sé y usted lo sabe: nunca podrá probarse.» Y al igual que en una
competición llega un momento en que uno de los contendientes sabe que el otro
va a ganar –que ganará en cualquier caso esa mano o esa partida–, Ulph sabía
que North tenía las cartas buenas, que había hecho trampas de antemano.
El arma era de Heller. Tanto la viuda de
Heller como el hermano juraban que estaba en su poder la noche antes del
asesinato. Salvo mediante una proeza inimaginable, entrando a robar en un piso
cuya existencia North ciertamente ignoraba, no podía haberse apoderado del
arma. Después de los asesinatos, Ulph había hecho examinar la mano de Heller en
busca de quemaduras de pólvora y luego, como si fuera una embarazosa
formalidad, también la mano de North. Heller había disparado, North no. A
Heller lo habían visto entrar en Braeside a las nueve y diez de la mañana una
tal señora Gibbs y una tal señora Winter, y durante el resto de la mañana nadie
había abandonado la casa. North, que se quedaba sin coche una vez cada cuatro
semanas, se encontraba en Barnet.
Sin embargo, Ulph sabía que North había
matado a su mujer. La imagen de cómo lo había hecho se le ocurrió por primera
vez, como en una secuencia filmada especialmente vivida, durante la audiencia
probatoria y desde entonces regresaba a menudo con la insistencia de un sueño
periódico.
Nadie había visto a North salir de su casa
aquella mañana, pero eso, ese aspecto negativo de no ser visto ni notado era
patético, ridículo, cuando se trataba de pruebas y evidencias circunstanciales.
«No lo vi salir –había dicho la señora Gibbs–, pero ocurre a menudo. En
realidad no sirve de mucho no ver a alguien, ¿verdad? Vi llegar a Heller.»
Porque el perro había ladrado... North sabía,
claro está, que nadie en Orchard Drive veía nada a menos que el perro ladrara.
La imagen del sueño de Ulph se desarrollaba a partir de ese momento, o en el
instante previo a ese momento. North había matado a su mujer mientras ésta
hacía la cama y luego, cuando ladró el perro, había bajado para recibir al
amante.
Ulph sólo había visto el cadáver del hombre,
pero una y otra vez imaginaba la expresión de aquel rostro grueso y serio
cuando le abrió la puerta el marido en lugar de la amante. North debía de
haberse escondido tras la puerta para que sus vigilantes vecinos sólo vieran
que la hoja de la puerta se deslizaba hacia dentro. ¿Y a quién hubiera
sorprendido aquel modo sigiloso y subrepticio de recibir a Heller, tan típico
de una mujer que tenía una aventura clandestina?
Después, tras la conmoción inicial, con el
aumento de adrenalina, Heller se habría recobrado rápidamente para ofrecer una
coartada, un subterfugio... Pero North se le habría anticipado, diciéndole
amablemente que empezaba a interesarse por la idea de instalar la calefacción y
que se había quedado en casa para discutirlo. Y Heller, disimulando su
consternación, le habría seguido al piso de arriba, esforzándose por entrar en
una interesante conversación sobre radiadores no deseada.
Ulph imaginaba a la mujer muerta sobre la
cama y oía el grito de alarma de North: su mujer debía de haberse desmayado.
¿Qué más natural que Heller se acercara también a la cama –con auténtica
preocupación– y se inclinara sobre el cuerpo de Louise North?
North le había disparado a la cabeza en ese
momento. ¿Llevaba guantes? ¿Había abierto la puerta con los guantes puestos y
un paño en la mano? Ulph imaginaba esas manos enguantadas cerrando la mano
desnuda del muerto alrededor de la pistola, apuntando con ella al corazón de su
mujer y apretando el gatillo por tercera vez.
La imagen se detenía ahí, como si el
proyector se hubiera estropeado de repente.
North tenía que haber salido de la casa, pero
era inconcebible que lo hubiera hecho sin que nadie le viera. Todos los ojos
estaban puestos en Braeside, independientemente del perro, esperando a que
saliera Heller. Pero North no había salido. Sin embargo, había llegado a la una
y cuarto en su coche recién reparado.
¿Y la pistola? Algunas veces Ulph jugaba con
la idea de que North podía habérsela quitado a Heller del maletín mientras
estaba sobre la mesa de la cocina, pero Heller no sacaba jamás el arma de su
piso. Sólo la habría llevado consigo para suicidarse...
El Ulph policía quería llevar a North ante la
justicia; el Ulph hombre corriente sentía hacia él un secreto sentimiento de
compañerismo. La mujer de Ulph lo había abandonado por otro hombre y él se
había divorciado, pero en ciertos momentos una fantasía había ocupado su mente,
una fantasía no muy diferente de la que tenía a North como protagonista
principal. El inspector sabía lo que era desear matar a alguien.
El hecho de que las acciones de North
demostraran una larga y cuidadosa premeditación no impedían, en opinión de
Ulph, que el crimen fuera pasional. La frialdad de North, pensaba, era la
delgada capa que recubría la humillación, la rabia abrasadora, los celos
insufribles. Y la pena que Ulph creyó fingida en un primer momento, podía ser
real, el horror de un Otelo que, al contrario de Otelo, tenía motivos para su
crimen.
Así pues, Ulph no sentía deseos de actuar
como ángel vengador de la sociedad contra North. Su interés era académico,
distante. Sencillamente quería saber cómo lo había hecho y, en menor medida,
por qué, cuando en un caso así el divorcio era la solución más fácil y obvia.
Pero el caso estaba cerrado. Entre el juez y
el superintendente lo habían cerrado.
David deseó no haberle telefoneado para
disculparse. La voz de la señora Townsend resonaba aún duramente en sus oídos.
–El señor North le ha prestado algún dinero.
Es una lástima que algunos de los que ya eran amigos de la señora Heller no
pensaran en ello.
La señora Townsend lo había abrumado con
frases frías e incisivas, calculadas para herir, pero mientras él la escuchaba
dócilmente, sólo podía pensar en la primera impresión que le había causado, la
de una total sinceridad. No le guardaba rencor. Incapaz de olvidar su rostro,
se fue a la Tate Gallery después del trabajo, buscó The Order of Release y compró
una reproducción en postal. No se había equivocado al compararla con Effie
Ruskin, pero luego, cuando salió al Embankment[3]
y paró un taxi, descubrió que la postal no le proporcionaba el menor placer, ni
satisfacción la exactitud de su memoria. Tenía la sensación de que clavarla en
la pared con las demás podría, curiosamente, deprimirlo.
Cuando llegó a El Hombre de la Máscara de
Hierro, los dos hombres barbudos eran los únicos clientes, sentados a su mesa
habitual.
–Pactar está muy bien, Sid –oyó decir a
Charles–, para el otro tipo, el que sale beneficiado, pero es una jugarreta
para ti.
–Desde luego –dijo Sid.
–¿Qué sacas tú? Nada de nada, a menos que lo
que te guste sea tomarle el pelo a Hacienda.
El camarero miró a David con curiosidad
mientras éste fingía escudriñar el pub vacío frunciendo el entrecejo con
impaciencia.
–¿Ha perdido algo?
–A alguien –corrigió David–. Una señorita.
–El tratamiento chirriaba bastante–. Esperaba encontrarla aquí.
–Le ha dejado plantado, ¿eh?
–No exactamente. –Sid y Charles no iban a
picar. ¿Por qué habrían de hacerlo? No obstante, David se acercó tímidamente a
su mesa–. Perdonen. –Charles le lanzó una mirada indignada. David pensó que
tenía cara de mal genio–. Perdonen, ¿han estado ustedes aquí desde que se ha
abierto el pub?
–Sí. –Charles pareció a punto de añadir «¿Y
qué?», o «¿Le importa?»
–Querría saber si han visto entrar una chica
morena, muy llamativa. Seguramente ustedes me han visto con ella hace un par de
semanas.
–Me suena. –La expresión hosca de Charles se
suavizó y empezó a parecerse menos a Rasputín–. Un momento. ¿Es una tía buena
con pantalones ceñidos?
–Eh, Charles –dijo Sid.
–No pretendía ofenderle, amigo. Era un
cumplido.
–No se preocupe –David consiguió reír con
soltura–. Antes era mi secretaria y ahora la que tengo me va a dejar, así que
había pensado... El caso es que creo que viene por aquí a menudo, y como no sé
donde vive... –David se maravilló de su habilidad para mentir–. Ya saben cómo
son estas cosas.
–Esta noche no ha venido –dijo Charles–.
Siento no poder ayudarle. Ojalá hubiera tenido el sentido común –dijo a Sid– de
comprar un centenar de Amalgamated Asphalts la semana pasada. Han cotizado a
treinta y ocho con seis esta mañana.
–Desde luego.
–¿Me permiten que les invite a una copa?
–propuso David a la desesperada.
–Podrías haberme tumbado de un soplo. Seis
meses se han pasado estancadas a veinticinco chelines y... ¿Alguien ha
pronunciado la palabra mágica copa? Se lo agradezco, amigo.
–Brandy –dijo Sid, al parecer por ambos.
David pidió dos brandys y una cerveza para
sí. El camarero apretó los labios. Su expresión era significativa, pero David
no supo interpretar ese significado.
–También me serviría su novio –dijo,
depositando los vasos sobre la mesa–. Todo lo que quiero es la dirección de esa
chica.
–Salud y pesetas[4] –dijo
Charles–. Y no es que ahora mismo diera mucho por la peseta. ¿Sigue preocupado
por esa chica, amigo?
–¿La han visto alguna vez por aquí con un
hombre? –preguntó David, abandonando toda prudencia.
Charles dedicó un guiño lúgubre a Sid.
–Muchas veces. Un tipo alto, moreno y bien
parecido. Siempre bebía ginebra con alguna bebida gaseosa, ¿verdad, Sid?
–Desde luego –confirmó Sid.
La excitación hizo temblar a David. El hecho
de que Sid y Charles le tomaran por el amante despechado de Magdalene Heller,
como obviamente hacían, no le molestaba en absoluto.
–¿Siempre? –dijo–. ¿Quieren decir que venían
aquí a menudo?
–Más o menos una vez por semana en los
últimos seis meses. No, miento, más bien ocho. Tú lo sabes mejor que yo, Sid.
¿Cuándo dejamos La Rosa y empezamos a venir aquí?
–En agosto.
–En agosto, ya. Recuerdo que fue en agosto
porque el primer día que volví de Mallorca, Sid y yo fuimos a La Rosa como de
costumbre y maldita sea si no me dieron de menos en el cambio. Ya estoy harto,
le dije a Sid, así que vinimos aquí. Su chica y el tipo moreno solían dejarse
ver por las tardes.
–Comprendo. ¿Y han estado viniendo
regularmente desde entonces?
–Ahora hace dos semanas que no vienen.
–Charles miró hacia el camarero y luego se inclinó hacia David con aire
confidencial.
–Yo creo que se cansaron de este sitio. Hay
mucho engaño por aquí. Justo antes de que entrara usted, ese tipo ha intentado
hacerme una mala pasada. Decía que le había dado una libra cuando era un
billete de cinco. ¡Menudo pájaro! –Frunció el entrecejo airadamente y se frotó
la barba.
–Me parece que al final tendré que poner un
anuncio para encontrar secretaria.
Sid lo miró burlonamente y, poniéndose en pie
de repente, soltó la frase más larga que David le había oído hasta entonces.
–No me venga con esa historia de la
secretaria, si no le importa. Todos somos adultos y personalmente no me gusta
que me traten como un niño. No quieres tomar nada más, ¿verdad, Charles? –Se
dirigió a la puerta y la abrió de golpe–. ¡Secretaria! –bufó.
–Lo siento –dijo Charles, y se marchó con su
amigo.
David se volvió hacia la barra y se encogió
de hombros.
–Un par de comediantes, eso es lo que son
–dijo el camarero enérgicamente–. Si le gusta el humor negro.
Emocionado y regocijado por su
descubrimiento, David no podía soportar aquel pub ni un minuto más. Rebosaba de
una energía apremiante y le impacientaba perderla en chácharas inútiles con el
camarero. Tampoco quería beber nada más, porque el alcohol podía embotar sus
pensamientos. Salió a la calle y echó a andar sin rumbo fijo.
Su excitación duró unos diez minutos y le
hizo sentir como en otros momentos culminantes de su vida, por ejemplo, cuando
obtuvo su diploma o cuando consiguió su trabajo actual. En su mente sólo había
sitio para la autocomplacencia. Heller quedó olvidado temporalmente a causa de
un orgullo y una alegría que nada tenían que ver con la moralidad, la justicia
o la indignación. Él lo había descubierto, había conseguido lo que se proponía
y ahora sólo le quedaba maravillarse de su hazaña.
Sin embargo, no era engreído por naturaleza y
cuando llegó a Soho Square por un camino sinuoso, su paso altanero era menos
confiado. Tal vez alguien que pasara por su lado se la recordara, una chica de
cabello rubio y ojos castaños. Su imagen penetró en su mente con asombrosa
claridad y le hizo volver a la tierra de sopetón. Se sentó en un banco bajo los
árboles y cuando su mano tocó el frío brazo de metal, un escalofrío le recorrió
el cuerpo.
Alguien tenía que decírselo a ella. No podía
quedarse sola sin protección, presa fácil para North. Le parecía absurdo
equipararla a la clásica víctima de las historias de detectives a la que había
que silenciar porque sabía demasiado, pero ¿no era eso en realidad en lo que se
había convertido? De momento ya había alertado a North al informarle sobre las
primeras sospechas de David. No podía saberse qué otras cosas habría visto, qué
insignificantes discrepancias habría observado en el comportamiento de North,
siendo como era su vecina. David no creía que North buscara su compañía por
afecto sincero. Ella corría peligro.
David sabía que no podía advertirla del
peligro. Era el último hombre en el mundo al que ella escucharía. A pesar de
todo, se levantó y se dirigió lentamente hacia una cabina de teléfono. Estaba
ocupada y David aguardó con impaciencia, paseándose de un lado a otro. Por fin
pudo llamar. Encontró el número y había empezado a marcarlo, cuando se
arrepintió. Podía hacer algo mejor, algo más responsable, más adulto. En cuanto
le vino a las mientes se preguntó por qué no lo había hecho días antes. Respiró
hondo y, tamborileando con dedos nerviosos sobre la caja metálica, aguardó a
que la Brigada de Investigación Criminal de Matchdown Park le respondiera.
El inspector Ulph era un hombre delgado y
bajo con una prominente nariz aguileña y piel cetrina. David buscaba siempre la
réplica artística de los seres humanos. Había comparado a Susan Townsend con el
retrato de Effie Ruskin realizado por Millais, Magdalene Heller tenía algo de
Lely, o incluso de un Goya, y el policía le recordó a algunos retratos que
había visto de Mozart. Allí estaba la misma boca sensible, la expresión de
sufrimiento atenuada por la fuerza interior, los ojos que podían acoger y reír
de bromas esotéricas. No llevaba el pelo tan largo como Mozart, pero sí más de
lo normal en un policía, y de joven sin duda había tenido el sedoso color
castaño claro del rizo que David había visto conservado en Salzburgo.
Por su parte, Ulph vio a un hombre joven,
alto y esbelto, que parecía inteligente, no especialmente atractivo, y cuyos
ojos vehementes por un momento le quitaron diez años. El joven le soltó una
impulsiva historia y Ulph la escuchó, sin manifestar la excitación que el
nombre de North había provocado en un principio. ¿Qué había esperado oír? No
era aquello. La decepción siguió a su alegría momentánea, y el inspector
contemporizó mientras juzgaba a su visitante. Tan sólo conservó una diminuta
chispa de su excitación original y dejó que su luz tenue brillara para decir
animadamente:
–¿Me está diciendo que sabe a ciencia cierta
que el señor North y la señora Heller se han estado viendo en un pub de Londres
llamado El Hombre de la Máscara de Hierro? ¿Que se encontraban allí a
intervalos regulares antes de que su marido y su esposa murieran?
David asintió con firmeza. Esperaba una
reacción más entusiasta a su teoría.
–Sí. Puede que parezca traído por los pelos,
pero creo que se citaban allí y planeaban, conspiraban si lo prefiere, para
matar a los otros y hacer que sus muertes parecieran suicidio.
–¿De verdad? –Ulph enarcó las cejas. Nadie
que lo viera en ese momento supondría que era un hombre obsesionado con una
pistola y una sutil coartada. Por su aspecto diríase que las sospechas de
David, la mera idea de que North no fuera inocente, no se le había ocurrido
jamás.
–Estoy seguro de que él lo hizo –dijo David
impulsivamente–, y si él lo hizo, también ella debía de estar metida. Sólo ella
pudo decirle a qué hora llegaría Heller a Braeside y sólo ella pudo darle el
arma. Yo estuve en el piso de Heller la noche previa a su muerte y vi la pistola.
Más tarde vi a la señora Heller entrar en un cine. Creo que North estaba ya en
el interior, esperando a que ella le entregara el arma en la oscuridad.
El arma. Aquél era el único modo, pensó Ulph,
por el que North pudo obtener la pistola. No fue un robo ni la inimaginable
destreza necesaria para hurtársela al propio Heller, sino una conspiración con
la señora Heller... Ulph le encontró goteras rápidamente y dijo:
–¿Dice usted que North y la señora Heller se
citaron en ese pub en agosto?
–Sí, creo que fue así: Bernard Heller conoció
a la señora North, se enamoró de ella, inició una aventura, y North lo
descubrió, así que se puso en contacto con Magdalene Heller. –David hizo una
pausa para respirar. Empezaba a sentirse orgulloso de sí mismo. Su teoría iba
formándose a medida que hablaba, y sonaba bien–. Se citaron para hablar de...
bueno, del engaño de que ambos eran objeto. Durante un tiempo no hicieron nada.
Bernard intentó suicidarse en septiembre (lo leí en el periódico) y eso debió
de desconcertarlos, pero cuando Heller volvió con Louise, siguieron citándose y
decidieron matarlos.
Era una teoría tan llena de lagunas, tan
alejada de la vida tal como Ulph la conocía, que estuvo a punto de echarse a
reír. Pero luego recordó que aquel fárrago de tonterías, por absurdas que
fueran, le daban la única pista sobre el modo en que North se había procurado
el arma. Se limitó a suspirar. El estudio más natural del hombre era la propia
humanidad, pensó, y se preguntó cómo una persona tan inteligente, coherente y espabilada
como el hombre que tenía ante sí podía haber vivido casi treinta años en esta
tierra y seguir siendo tan ciego a la cautela del prójimo y al freno que las
convenciones ejercen sobre su conducta.
–Escúcheme, señor Chadwick –dijo
amablemente–. Un aparejador corriente de clase media descubre que su mujer le
es infiel. Puede optar por varias soluciones: discutirlo con ella, discutirlo
con el amante, p divorciarse. –El inspector cerró los puños bajo su mesa y, al
notarlo, relajó las manos. ¿Acaso no había hecho esas cosas él mismo?–. También
puede cometer un acto violento contra uno de ellos o ambos, matarla a ella o
matarlos a los dos. O ponerse en contacto con la mujer del amante de su mujer y
darle a conocer su descubrimiento.
»Esto último es una posibilidad –continuó
Ulph–. Usted o yo tal vez no lo haríamos, pero ellos lo hacen. La pareja
inocente se enfrenta con la pareja culpable. Se produce más violencia y
discusiones. Pero lo que no hace la pareja inocente es citarse en un pub para
planear un asesinato. ¿Siendo extraños el uno para el otro? ¿Sin saber nada de
las emociones, inclinaciones y personalidad del otro? ¿Se lo imagina?
Ulph afectó un tono completamente distinto al
de su voz natural, impulsivamente, como un adolescente. ¿Era ésa la manera de
hablar de North? David no tenía la menor idea. Jamás había oído su voz.
–«Los dos les odiamos, señora Heller, y
queremos deshacernos de ellos. ¿Y si planeamos el asesinato perfecto? ¿Y si lo
planeamos juntos?»
Pero la voz de Magdalene sí la conocía y David
pestañeó, por lo extraño de la imitación que hacía Ulph de sus largas vocales y
sus sibilantes consonantes.
–«¡Qué idea tan encantadora, señor North!
¿Quiere que le ayude a planearlo todo?»
David no tuvo más remedio que sonreír.
–No fue con esas palabras, naturalmente, pero
más o menos.
–¿No habría salido corriendo la señora
Heller? ¿No habría llamado a la policía? ¿Me está diciendo que dos personas que
se conocían sólo porque sus cónyuges respectivos eran amantes hallaron un
impulso homicida común? Eso dice mucho en favor de su virtud. Es evidente que
usted jamás ha intentado implicar a un extraño en una conspiración.
Lo cierto era que sí. Hacía dos días apenas
que había intentado eso mismo con Susan Townsend. Se había presentado ante una
desconocida con la absurda esperanza de que le ayudara a desenmascarar a North.
¿Por qué no había aprendido la lección? La experiencia reciente debía haberle
enseñado que la gente no se comporta así.
–Suponga que vuelvo al pub –dijo
tímidamente–. Suponga que consigo los nombres de esos dos tipos.
–Siempre que no se meta en problemas, señor
Chadwick.
David abandonó lentamente la comisaría. Se
sentía humillado. La pericia de Ulph le había bajado los humos. Sin embargo,
Ulph sólo le había demostrado que su razonamiento era erróneo, pero nada había
hecho para alterar la convicción de David de que North era culpable, ni para
disminuir su certeza de que North quería seducir a Susan Townsend para
descubrir cuánto sabía.
14
Tuvo mala suerte, y esa noche ni Sid ni
Charles aparecieron por el pub. Tal vez no iban los jueves. David no recordaba
si él mismo había estado algún jueves allí, pero tampoco recordaba ocasión
alguna en que él estuviera y ellos no. Esperó hasta las ocho y luego volvió a
casa.
A la noche siguiente todos los habituales
estaban allí: la pareja de mediana edad, el viejo actor, la chica de las uñas
malva y su novio, que esa vez llevaba una especie de tricornio; todos, menos
Sid y Charles. David aguardó, consultando el reloj, mirando la puerta, hasta
que al fin preguntó al camarero.
–¿Se refiere a esos dos personajes con barba?
–repuso éste.
–Eso es –dijo David–. Usted los llamó
comediantes. Necesito hablar con ellos.
–Dudo que vuelva a verlos por aquí. –El
camarero le lanzó una mirada significativa y dejó el vaso que estaba secando–.
No lo comente por ahí, pero tuve una disputa con ellos ayer a la hora de comer.
Siempre estaban a vueltas con el dinero. La primera vez que vinieron al pub se
quejaron de que les había dado de menos en el cambio, que les cobraba de más, y
cuentos así. –Bajó la voz–. No imagina lo que llegaron a insinuar. Bueno, ayer
dije hasta aquí hemos llegado. Llamen a la policía si no están conformes, les
dije. No tengo nada que ocultar. Estoy en mi derecho a negarme a servirles, les
dije, y si vuelven mañana no pienso hacerlo.
–Lo mismo les ocurrió en agosto pasado en La
Rosa –comentó David a la desesperada.
–No me sorprende. No me equivoco al creer que
no son amigos suyos, ¿verdad?
–Ni siquiera sé sus apellidos.
–Un recorrido por los pubs –dijo Pamela
Pearce–. Bueno, no sé, cariño. Podría ser un poco aburrido.
–Necesito encontrar a dos tipos. Tengo que
encontrarlos.
–Supongo que te deben dinero.
–No, no es eso –repuso David con malhumor–.
Es algo más serio, pero prefiero no hablar de ello. Anímate, podría ser
divertido tomarse una copa en todos los pubs del Soho.
–Embriagador. Bueno, no me importa si es en
el Soho. Pero, cariño, ¡está lloviendo a mares!
–¿Y qué? Puedes ponerte tu chubasquero nuevo.
–Es una idea –dijo Pamela.
Cuando David fue a recogerla, brillaba bajo
una piel plateada de cocodrilo.
En la parada de metro de Tottenham Court
Road, David dijo:
–Los dos llevan barba y su conversación se
limita a cuestiones de dinero.
–¿Eso es todo lo que sabes de ellos?
David asintió, eludiendo mirarla a los ojos.
Se le había ocurrido que Sid y Charles, cuando por fin aparecieran, sin duda
harían chistes sobre su preocupación por encontrar a una chica morena de
aspecto llamativo, su ex secretaria. Pamela sabía muy bien que él nunca había
tenido secretaria. Era curioso que eso no le preocupara en absoluto.
Primero irían a El Hombre de la Máscara de
Hierro. Cabía la posibilidad de que alguno de los otros parroquianos habituales
recordaran a North y a Magdalene, aunque David lo dudaba. También él era
habitual, pero no recordaba haber visto a la pareja–¿de conspiradores?, ¿de
amantes?–hasta el día de la audiencia. ¿Los recordaban Sid y Charles sólo
porque habían sido vulnerables a la belleza de Magdalene, como la mayoría de
los hombres?
Tenía que encontrarlos.
Pamela caminaba en silencio junto a él bajo
la lluvia que caía suave y regular a través de una bruma gris.
Era domingo y Julian Townsend se llevaba a su
hijo a pasar el día con él. Cogidos de la mano, recorrieron el sendero hasta el
coche aparcado en la calle. Susan los contemplaba, regocijada porque el terrier
airedale, que sólo ladraba a los intrusos, de repente se había puesto a
ladrarle a Julian. Él también era ahora un extraño.
Susan se encogió de hombros y entró en la
casa. La imagen del espejo del zaguán avanzó hacia ella y Susan se detuvo para
admirar los cabellos rubios que habían recuperado su brillo, los ojos castaños
iluminados por la expectación, el traje nuevo que había dejado coja su cuenta
corriente. Los honorarios que le pagaría la señorita Willingale servirían para
equilibrarla, pues sólo le quedaban cuatro capítulos por mecanografiar.
Los pasos de Bob sonaron en el camino
lateral. Ya no le hacía falta llamar a la puerta principal. Susan miró a la
chica del espejo y vio en su rostro placer y una nueva intimidad, el inicio de
las cosas que se daban por supuestas.
Se dirigió a su encuentro con cierta timidez.
Él entró y la tomó entre sus brazos sin pronunciar palabra. Su beso fue largo,
lento, experto y le causó un efecto perturbador, pero sólo eran amigos, se dijo
Susan, amigos en la necesidad y el consuelo mutuo. Susan se apartó de él,
azorada, incapaz de mirarle a los ojos.
–Bob, yo... Espera un momento. Tengo que ir
por los guantes y el bolso.
Los guantes y el bolso estaban ya preparados
en el piso de arriba, encima del tocador, donde ella los había dejado. Susan se
sentó pesadamente sobre la cama y contempló el intenso cielo azul de esa mañana
y los olmos que se balanceaban perezosamente, pero no vio nada. Le temblaban
las manos y las dobló intentando dominarse. Hasta entonces el año transcurrido
sin un hombre, sin un amante, le resultaba casi insoportable por la falta de
compañía y el dolor del repudio. Ahora sabía que también echaba de menos la
pasión sexual.
Bob la esperaba al pie de la escalera. Susan
recordó a la chica que se había vuelto para mirarlo en Harrow, los comentarios
de Doris sobre su físico y su encanto, y súbitamente esas opiniones, los puntos
de vista expresados y no expresados por otras mujeres, parecieron hacerlo más
atractivo a sus ojos. Todas, menos su propia esposa, caían rendidas ante su
presencia física, esa quintaesencia de todo lo que había de ser y parecer un
hombre. Pensó en la mujer de Bob fugazmente al bajar la escalera hacia él. ¿Por
qué había sido insensible, indiferente a sus encantos?
Bob le sonrió, cogiéndola de las manos. Había
algo vergonzoso en desear a un hombre por su atractivo y porque –pensamiento
sucio, vergonzoso– se necesitaba a un hombre. Susan se acercó más a él y esta
vez fue ella la que lo rodeó con los brazos y alzó el rostro para que la
besara.
–Comeremos en un pequeño pub de pueblo que
conozco. Siempre me han gustado los pubs pequeños.
Susan le cogió la mano, sonriendo.
–¿En serio, Bob?
–¿Por qué me lo preguntas así? –repuso él con
nerviosismo–. ¿Ya qué viene esa cara?
–No lo sé. No era mi intención. –Tampoco
sabía por qué Heller y la viuda de Heller habían acudido de pronto a su
cabeza–. Hagamos un pacto –propuso rápidamente–. No hablaremos de Heller ni de
Louise mientras estemos fuera hoy.
–Bien –dijo él, y Susan notó que suspiraba
cuando la estrechó brevemente contra él–. No quiero hablar de ellos.
Acarició los cabellos de Susan y ella tembló
un poco cuando sintió sus dedos moviéndose con ligereza sobre su piel. Susan
debería haberse sentido tan aliviada como él, pero en su caso sólo había una
vaga consternación. ¿Tenían algo más de que hablar, algo en común? Había algo
dolorosamente humillante en el pensamiento que se había introducido en su
mente: que en lugar de salir con él hubiera preferido seguir así, abrazados,
mejilla contra mejilla, en un eterno momento de calor y deseo. Tenía la
impresión de que fuera de aquella casa no existirían como pareja ni como
amigos.
El aire fresco la espabiló como si saliera de
un sueño. Susan caminó delante de él hacia su coche, espantada de sí misma,
como alguien que hubiera cometido una indiscreción en una fiesta y luego, a la
luz del día, temiera enfrentarse a sus vecinos y a su compañero a causa de esa
caída.
Doris miró por la ventana y saludó con la
mano. Betty, que estaba trabajando en el jardín, alzó la vista y les sonrió.
Era como si fueran a emprender una luna de miel, pensó Susan, y los pétalos
rosas de los cerezos cayeron sobre sus cabellos y sus hombros como confeti para
la novia. Al subir al coche junto a Bob, Susan recordó la rudeza con que la
había tratado el día que la acompañó a Harrow, mostrándose casi violento cuando
condujo deliberadamente a velocidad excesiva para asustarla. Era el mismo
hombre. Bob le sonrió, cogió su mano y le besó los dedos, pero ella no le
conocía, no sabía nada de él.
Cualquier cosa que ella dijera acabaría
remitiendo a Heller. Siempre pasaba igual, pero Susan había prometido no
mencionarlo ni a él ni a Louise, y entonces comprendió que, aunque el propio
Bob lo hacía y obtenía un extraño consuelo de la tragedia, se ponía nervioso si
era ella la que tomaba la iniciativa. Era como si el doble suicidio fuera una
posesión privada que nadie, ni siquiera ella, podía destapar para echarle un
vistazo sin permiso de Bob.
La idea le resultó muy desagradable. Bob
estaba pensando en eso. Lo veía en su rostro. Por primera vez Susan puso en
palabras, sin pronunciarlas, lo que había sabido desde aquel otro trayecto en
coche con él. Bob pensaba en eso todo el tiempo, día y noche, sin descanso.
Tenía que decirle algo.
–¿Qué tal te va con la señora Dring?
–preguntó como último recurso.
–Muy bien. Has sido muy amable al
convencerla, Susan, muy amable.
–¿Sólo puede ir los sábados?
–Sí, cuando estoy yo. –Apartó una mano del
volante y le tocó el brazo. No por deseo, se dijo ella, ni afecto. Quizá sólo
para asegurarse de que estaba allí. Luego dijo en voz muy baja, como si no
estuvieran solos en el coche, sino caminando por una calle llena de gente en la
que cualquiera pudiera oírle a menos que susurrara–: Me habla de ello. Intento
zafarme, pero en cuanto puede, me habla de ello.
–Es bastante desconsiderada –dijo Susan
afablemente.
Bob apretó los labios, pero no con un gesto
de desafío, sino para controlar el temblor.
–Suele abrir las ventanas –dijo.
¿Permitiendo así que entrara aire y sonidos
frescos en el secreto que guardaba en su casa? De pronto Susan sintió frío en
el coche, donde la calefacción de aire caliente mantenía una atmósfera
sofocante. En voz baja, con tono monótono pero rápidamente, Bob le refirió las
preguntas que le había hecho la señora Dring, así como su compasión sensiblera
carente del menor tacto.
–Hablaré con ella –dijo Susan.
Pero él parecía no escucharla. Una vez más
había vuelto a aquella mañana, a su llegada a Braeside para encontrar a la
pareja en la cama. Compadecida, y sin querer revelar que también tenía un poco
de miedo, Susan puso una mano sobre su brazo y no la movió de allí.
–No he podido encontrarlos –dijo David.
La expresión de Ulph era la de un padre
indulgente escuchando las inverosímiles historias de un niño. Tal vez nunca
había creído en la existencia de Sid y Charles. Hizo que David se sintiera como
un chiflado, una de esas personas que se presenta en comisaría haciendo
acusaciones extravagantes porque quieren causar daño o atraer la atención. Por
eso no le dijo nada más de su búsqueda con Pamela Pearce, de sus visitas a
dieciocho pubs, de las preguntas repetidas infinidad de veces, todas en vano.
Ni tampoco, naturalmente, mencionó la pelea subsiguiente, cuando la frustración
y la lluvia incesante les pusieron de mal humor.
–Yo diría que trabajan en la City –añadió
sintiéndose estúpido–. Podríamos probar en la Bolsa o en Lloyds, o en algo así.
–Desde luego usted podría intentarlo, señor
Chadwick.
–¿Quiere decir que usted no lo hará? ¿No va a
asignárselo a uno de sus hombres?
–¿Con qué fin? ¿Algún otro cliente habitual
de ese pub recuerda haber visto al señor North y a la señora Heller por allí?
–David negó con la cabeza–. Por lo que usted me ha contado de su conducta, esos
dos barbudos no se destacan por su probidad. Señor Chadwick, ¿está seguro de
que no... bueno, de que no le tomaron el pelo?
David asintió con testarudez. Ulph se encogió
de hombros, tamborileando con los dedos sobre su mesa. También él tenía muchas
cosas en la cabeza que su discreción profesional le impedía revelar. No había
razón para contarle a aquel hombre obstinado que, desde su última visita,
habían interrogado de nuevo a North y a la señora Heller por separado y que
ambos habían negado rotundamente conocerse antes de los suicidios. Ulph les
creía. El cuñado de la señora Heller y sus vecinos conocían ya a Robert North.
Lo conocían como el noble benefactor que se había dejado ver por primera vez en
East Mulvihill cinco días después de la tragedia.
Por esa razón Ulph había perdido fe en la
teoría de David con respecto al arma. Seguía creyendo que North era culpable,
seguía viendo ante sí la película de las acciones de North aquel miércoles por
la mañana, pero se había procurado el arma de otra manera. Ulph no sabía cómo,
ni tampoco cómo había salido North de la casa. No eran hipótesis sin fundamento
sobre una conspiración lo que le ayudaría a reabrir el caso, sino las
respuestas a esas preguntas.
–Mire, señor Chadwick –dijo el inspector
pacientemente–, no sólo no tiene pruebas fidedignas de que existiera una
conspiración, sino que tampoco tiene una hipótesis que me convenza de que esa
conspiración era necesaria. La señora Heller le propuso el divorcio a su marido
cuando descubrió que le era infiel. Heller no podría haber impedido que su
mujer se divorciara ya que era la parte culpable. Ni siquiera intentó ocultarle
la verdad. Amaba a la señora North, estaba cometiendo adulterio con ella y así
se lo dijo a su mujer. En cuanto a North, podría haber cometido un crimen
pasional por celos o por orgullo herido. Eso es muy diferente a conspirar
durante meses con una extraña. Su ira se hubiera enfriado durante ese tiempo.
¿Por qué correr el enorme riesgo que conlleva un asesinato premeditado cuando,
con todas las pruebas que tenía, también él podía pedir el divorcio?
No dijo más. «Demuéstreme –pensó– cómo ese
hombre poseído por unos celos y una rabia que comprendo muy bien, obtuvo una
pistola que no podía obtener y salió de una casa de la que era imposible salir
sin ser visto.»
Le había invitado más de una vez y sin
embargo, pensó, se espantaría al verlo. North ya debía de haberle hablado de su
visita a Matchdown Park. Permaneció en el umbral unos segundos, vacilando,
antes de llamar al timbre. El resplandor rojo y amarillo de los letreros de
neón y los autobuses que pasaban se reflejaban ondulantes sobre la pared
descascarillada y los graffiti.
Abrió la puerta el cuñado. En la penumbra
hubiera podido tomarlo por Bernard Heller. El rostro de Carl se iluminó con una
sonrisa; parecía Bernard quien se apartaba para dejarle entrar.
El piso olía a verduras y salsa. Los platos
de la comida aún estaban sobre la mesa. Magdalene Heller se encontraba apoyada
contra la pared bajo la mandolina con un cigarrillo sin encender entre los
dedos.
–He pensado que ya era hora de que viniera a
verla –dijo David y, con una sensación de justicia, de castigo, casi de
destino, se acercó a ella encendedor en mano. La llama arrojó sombras violáceas
sobre el rostro de Magdalene, que abrió mucho los ojos. No dijo nada durante un
rato, pero David creyó percibir que también ella recordaba la escena precursora
y paralela a aquélla, y que, lo mismo que él, tenía la sensación de haberla
vivido ya. David casi esperó verla mirar furtivamente por encima del hombro,
buscando el rostro de North. Magdalene se sentó y cruzó sus hermosas piernas.
–¿Qué tal te va?
–Muy bien. –Su brusquedad, su descortesía
casi, le recordaron un poco a Elizabeth Townsend, pero mientras que en la
señora Townsend provenía de su origen, su educación y sus relaciones, en
Magdalene era la actitud de una mujer segura de su belleza, de la azucena que
no necesitaba adornos.
Fue Carl quien dijo:
–La gente ha sido muy amable, el señor North
sobre todo. –A David le pareció que la chica se ponía un poco tensa al oír el
nombre–. Le ha prestado dinero a Magdalene para sacarla del apuro. –Carl sonrió
con aire bovino, como diciendo «Bueno, ¿qué le parece?»–. Como si fuera un
viejo amigo –dijo, y cuando David enarcó las cejas ligeramente, añadió–: La
policía ha venido incluso a preguntar a Magdalene si lo conocía de antes.
A David le pareció que el corazón se le
aceleraba. Así que Ulph estaba interesado...
–Desde luego que no –dijo inocentemente.
Magdalene aplastó el cigarrillo.
–¿Por qué no calientas el café, Carl?
Mientras el gemelo de Bernard se alejaba
pesadamente para hacerlo, Magdalene fijó en David sus ojos verdes en los que
las motas doradas, partículas de polvo metálico, se movían perezosamente.
–Dime una cosa –esa noche su acento era más
fuerte–, ¿te contó Bernard cómo conoció a esa mujer?
–No me contó nada –respondió David–. ¿Cómo se
conocieron?
–Fue en agosto pasado en Matchdown Park. Ella
estaba en casa de una amiga y él acudió con un recambio para la calefacción.
Ella había estado enferma y no se encontraba bien, así que él se ofreció a
llevarla a casa. Así fue como empezó todo.
«¿Para qué me estás contando esto?», se
preguntó David. La explicación había sido breve y concisa.
–Él me lo contó todo –dijo–. Bob North no
sabía nada. Tuve que decírselo yo. No es de extrañar, ¿no crees?, que nos
encontráramos después del juicio. Teníamos muchas cosas que contarnos.
–¿Pero por alguna razón la policía cree que
tú y North os conocíais de antes?
A los ojos de Magdalene asomó el odio más
puro. Ella sabía por qué la había interrogado la policía y quién les había
alertado, pero no se atrevió a decirlo.
–Nunca había visto a Bob hasta hace tres
semanas –dijo ásperamente, echando la cabeza hacia atrás–. No estoy preocupada.
¿Por qué habría de estarlo?
–Yo no quiero café –dijo David cuando entró
Carl con la bandeja. Sentía repugnancia ante la idea de comer o beber algo en
aquel piso; se levantó–. Supongo que Equatair le habrá dado algo –insinuó
osadamente, pues ya no cabían problemas de tacto o de impertinencia entre él y
ella. El recuerdo de su boca carnosa apretándose contra su piel le producía
asco.
–Muy poco –respondió ella.
–No creo que les haya sido fácil encontrar a
alguien para mandarlo a Suiza en lugar de Bernard. –David se volvió hacia
Carl–. A usted no le interesaría, supongo.
–Hablo el idioma, señor Chadwick, pero no, no
soy tan inteligente como Bernard. Iré a Suiza de vacaciones, como siempre. Nací
allí y allí están mis parientes.
Magdalene se sirvió café lentamente, como si
temiera que le temblaran las manos y la delataran. De repente David adquirió la
convicción de que debía mantener el contacto con el cuñado. Ya le había
ocurrido una vez no haber conseguido una dirección. Inclinó la cabeza hacia la
viuda, manteniendo las manos a la espalda, y miró sus ojos resentidos antes de
seguir a Carl al pasillo.
–Tal vez yo también vaya a Suiza –dijo cuando
ella ya no podía oírlos y caminaban, casi tocándose, por el estrecho pasillo–.
Si necesitase consejo... bueno, ¿podría darme su dirección?
El rostro triste de Carl se iluminó. Parecía
un hombre al que raras veces pidieran consejo. David le dio un bolígrafo y un
viejo sobre en el que Carl escribió su dirección y el teléfono de su patrona
con letra alta e inclinada.
–Cuando quiera, señor Chadwick. –Abrió la
puerta y asomó la cabeza fuera–. Pensaba que tal vez esta noche tendríamos el
placer de recibir al señor North –dijo–. En una o dos ocasiones me encontraba
aquí cuando ha venido a visitar a Magdalene, pero es un hombre ocupado y sus
vecinos le roban mucho tiempo...
Sus vecinos. Una vecina, pensó David. Cruzó
la calle y cuando se metió el sobre en el bolsillo su mano tocó la postal que
había comprado en la Tate Gallery. Se detuvo bajo una farola para mirarla.
¿Estaba North con ella en aquel mismo momento? ¿Intentaba seducirla, igual que
Magdalene Heller había intentado seducirlo a él, y por la misma razón?
Era encantadora la chica que Millais había
pintado y arrebatado a Ruskin para casarse finalmente con ella. Susan Townsend
era igual que ella, tan idéntica como Carl y Bernard. Podría ser su fotografía
la que, doblada y un poco manchada ya, llevara David en el bolsillo. Se
preguntó cómo se sentiría si en lugar de comprarla se la hubiera regalado ella.
En la estación de East Mulvihill compró el
billete y luego, rápidamente, antes de tener tiempo para pensar dos veces lo
que iba a hacer, se dirigió a un teléfono público.
15
–Señora
Townsend, soy David Chadwick. Por favor, no cuelgue. –¿Le
sonaba a ella su voz con la misma vehemencia que a él?–. Necesito hablar con
usted. No puedo dejar las cosas tal como están.
–¿Y bien? –Podía ser una expresión cálida y
que animara a proseguir, pero ella la había convertido en la más fría del
mundo. En sus labios era onomatopéyica, un pozo ciertamente,[5]
un lugar de aguas profundas, oscuras y heladas.
–No la llamo para hablar de... de lo que le
mencioné la semana pasada. No tengo intención de hablar del señor North.
–Me alegro, porque yo no quiero hablar de él
con usted. –Su tono no era cáustico ni desafiante. ¿Férreo, implacable, remoto?
–Mi comportamiento la semana pasada fue
horrible y le pido disculpas. Pero quiero verla y explicarle que no soy un
patán ni un bromista. Señora Townsend, ¿querría cenar conmigo?
Incapaz de verla, David no podía definir el
significado de su silencio.
–Por supuesto que no –dijo ella al fin, pero
no desdeñosamente, y se echó a reír. David no detectó ni burla ni agravio. Ni
siquiera le divertía. Era una risa de incredulidad.
–A comer entonces –insistió él–. En algún
restaurante atestado donde se sienta a salvo.
–Su visita me asustó.
En ese momento David se enamoró de ella.
Hasta entonces había sido un sueño estúpido. ¿Por qué había sido tan idiota
como para llamar y dar pie a una honda tristeza en cinco minutos?
–Me asusté –explicó ella– porque estaba sola
y era de noche. –De nuevo se hizo el silencio y sonaron los pitidos de
advertencia, indiferentes a lo que estaban a punto de interrumpir. David tenía
la moneda preparada y preguntó sin aliento:
–¿Sigue ahí?
–Esta conversación es ridícula, ¿no le
parece? –Su voz sonaba enérgica ahora–. Creo que obró de buena fe, aunque eso
ya no importa, pero no nos conocemos y lo único de lo que podríamos hablar...
bueno, no quiero hablar de eso.
–No es lo único –replicó él con ardor–. Se me
ocurren un centenar de cosas.
–Adiós, señor Chadwick.
David bajó por las escaleras mecánicas y
cuando estaba solo en el pasaje que conducía al andén, dejó caer la postal para
que la pisoteara el tropel matutino de usuarios.
Estaba casi segura de que Bob no había oído
la conversación, pero cuando volvió a la sala de estar él levantó los ojos con
una mirada atormentada. ¿Debía mentirle, decirle que había llamado un posible
comprador para la casa que le enviaba el agente?
–Lo he oído –dijo él–. Era ese tipo,
Chadwick.
–Sólo quería pedirme que cenara con él –dijo
ella con tono apaciguador–. No iré, desde luego.
–¿Qué quiere, Susan? ¿Qué pretende?
–Nada... Bob, me haces daño. –Las manos de
Bob, tan suaves cuando le acariciaban la mejilla, parecieron estrujarle las
muñecas–. Siéntate. ¿Qué te estaba diciendo antes de que llamara...? –Los
fuertes dedos se relajaron–. Te hablaba de Louise –recordó–. Te estaba contando
cómo se conocieron ella y Heller. Magdalene Heller me explicó toda la historia.
Después de aquello solían citarse cuando yo tenía que trabajar hasta tarde. –Su
voz sonaba febril, desesperada–. En cafés, pubs. A él le afectó tanto que quiso
suicidarse. Ojalá lo hubiera conseguido. Luego empezó a escribirle aquellas
cartas horribles... Susan, quemaste aquellas cartas, ¿verdad?
A Susan no le importaba ya si le decía la
verdad o no. ¿Cuál era, al fin y al cabo, la verdad?
–Las quemé, Bob.
–¿Por qué no puedo olvidarlo todo, superarlo
de una vez? Tú crees que me estoy volviendo loco. Sí, lo crees, Susan, lo veo
en tu cara.
Susan apoyó la cabeza en las manos y se pasó
los dedos por los cabellos.
–Mantente alejado de la señora Heller, si
ella te trastorna –dijo al fin–. Ya has hecho bastante por ella.
–¿Qué quieres decir?
–Le has dado dinero, ¿no?
Él suspiró y habló con un cansancio infinito.
–Me gustaría marcharme muy lejos. ¡Oh, Susan,
si pudiera evitar volver a esa casa esta noche! O ver a Magdalene Heller. –Hizo
una pausa y añadió como si manifestara algo profundo, pero al mismo tiempo
novedoso y terrible–: No quiero volver a ver a Magdalene Heller en mi vida.
–¿Ni a mí, Bob? –preguntó Susan suavemente.
–¿A ti? Sería mejor que no te hubiera
conocido, que no te hubiera visto jamás... –Se levantó con el rostro tan pálido
y tenso como si estuviera enfermo o realmente loco–. Te quiero, Susan. –La
rodeó con los brazos y, con los labios casi tocando los de ella, dijo–: Un día,
cuando esté... cuando esté mejor y todo esto haya pasado, ¿te casarás conmigo?
–No lo sé –respondió ella con sinceridad,
pero le besó tras un largo suspiro y le pareció que ningún otro beso había sido
nunca tan placentero ni tan dulce–. Aún es pronto –dijo cuando sus bocas se
separaron y ella miró su rostro tenso y atormentado.
–Está el niño, lo sé –dijo él con vehemencia,
leyéndole los pensamientos–. Me tiene miedo pero se le pasará. Podríamos irnos
los tres de aquí, ¿no crees? Lejos de la señora Dring y de ese Chadwick... y de
la señora Heller.
La obra para la que David había diseñado los
decorados concluyó y aparecieron los títulos de crédito. Pensó entonces en ver
las noticias. La primera era el resultado de unas elecciones parciales en West
Country que no le interesaba en absoluto. Se había levantado para apagar el
televisor cuando se detuvo, intrigado por la voz de un locutor que había
reemplazado súbitamente al presentador. Aquel deje en la entonación, aquellas
erres acentuadas le resultaban familiares. Las había oído antes en los labios
de Magdalene Heller. El acento de ésta, mucho menos acusado que el del
comentarista, siempre lo había desconcertado, y ahora sabía por fin de dónde
provenía: Devon.
Inmediatamente recordó la fotografía de
Robert y Louise North aparecida en el periódico. Se la habían tomado en Devon
mientras pasaban allí sus vacaciones del año anterior. ¿Eso significaba algo?
Poniendo cuidado, repitió mentalmente la
conversación que había tenido con Magdalene dos horas antes y le pareció
extraño que le hubiera contado cómo se habían conocido su marido y Louise
North. ¿Porque las circunstancias de ese encuentro le producían auténtica
congoja, o porque en realidad no se habían conocido así? Desde luego era
posible que Bernard hubiera llevado a la señora North a casa porque ésta no se
encontraba bien, prometiendo quizá llamarla para preguntar por ella, y que a
partir de entonces hubiera surgido el romance. Pero ¿no era más probable que se
hubieran conocido todos durante unas vacaciones?
Una vez más David notó que aumentaba su
excitación. ¿Y si las dos parejas se habían conocido en un hotel o una playa?
Luego, cuando Louise y Bernard regresaron a Matchdown Park y East Mulvihill
respectivamente, con la intención de seguir alimentando su mutua atracción, lo
último que hubieran hecho sería hablar con amigos o vecinos sobre aquella
amistad de vacaciones aparentemente fugaz, pero North y Magdalene se habían conocido,
compartirían un recuerdo que, aun siendo fortuito, haría más natural que se
vieran después.
En ese caso North podría haberse puesto en
contacto con Magdalene para revelarle la conducta de su mujer, o viceversa,
Magdalene le habría informado a él de la conducta de Bernard. Ni siquiera Ulph,
pensó David, encontraría descabellada esa suposición.
David vaciló unos instantes y luego marcó el
número de Carl Heller. Contestó la patrona. El señor Heller acababa de llegar
de casa de su cuñada y se estaba quitando el abrigo en ese preciso instante. El
teléfono distorsionó ligeramente la voz de Carl, haciéndola más gutural.
–¿Ocurre algo, señor Chadwick? Espero que no.
–No, no –dijo David–. Es que había pensado en
pasar unos días en Suiza para Pascua y se me ha ocurrido que usted podría
recomendarme un buen alojamiento.
Carl empezó a devanar una lista de nombres y
lugares. Parecía casi animado, ansioso por ayudar, igual que Bernard cuando se
le pedía un favor. David recordó entonces que, al ser tanteado sobre el posible
préstamo de una chimenea, el hermano muerto le había ofrecido no uno, sino una
docena de los últimos modelos. Asimismo, en lugar de nombrar un par de
pensiones. Carl seleccionó de su memoria hoteles y centros turísticos en cada
cantón suizo, interrumpiéndose sólo para que David tomara, o fingiera tomar,
abundantes notas.
–Con esto bastará –dijo David aprovechando
que Carl se detenía para tomar aliento–. Su hermano y su cuñada irían a menudo
a ese sitio, ¿no? –Y mencionó el nombre de un modesto hotel en Meiringen.
–Mi hermano nunca volvió a Suiza después de
casarse. Me dijo que pretendía convertirse en un inglés auténtico y que había
abandonado todos sus hábitos continentales. Él y Magdalene pasaban las
vacaciones en Inglaterra, en Devon, de donde es Magdalene.
–¿En serio?
–Por eso me alegró tanto que lo enviaran a
Zurich. Espera a ver auténticas montañas, le dije a Magdalene. Pero luego mi
hermano hizo aquello tan espantoso y... –El fuerte suspiro de Carl vibró a
través del auricular–. Es curioso, señor Chadwick, a usted le divertirá, aunque
es triste en cierto sentido. En Devon, en Bathcombe Ferrers, siempre se
alojaban en el mismo lugar, una pequeña pensión llamada El Chalet Suizo, ¿se lo
imagina? Mi hermano y yo solíamos bromear al respecto. Pero usted es un gran
viajero, lo sé, y no se contentaría con un lugar semejante. No, usted tiene que
ir a Brunnen, o quizá a Lucerna. Monte Pilato... ¿lo ha apuntado en la lista
como le he dicho? Tiene el nombre...
En la mano David sólo tenía el sobre sucio
sobre el que Carl había escrito su dirección y, sintiéndose un poco avergonzado
por el engaño, escribió al lado cinco palabras únicamente.
16
Un letrero rústico con el nombre grabado al
fuego le informó que había llegado. No vio otro indicio de por qué al lugar lo
habían llamado «El Chalet Suizo». Era una casa de estilo eduardiano, de tres
pisos y tejado apenas visible. Una superabundancia de cañerías formando una
maraña semejante a la de una enredadera cubría toda la fachada.
Se entraba por un invernadero lleno de
macetas de Busy Lizzie. David abrió la puerta de cristal interior y se encontró
en un vestíbulo en el que color y decoración podrían haber constituido el tema
perfecto para una fotografía en tono sepia del siglo xix. Se acercó a un pequeño cubículo en la pared que le
recordó la ventanilla para comprar billetes de una estación de trenes
prácticamente en desuso. Sobre el mostrador había una campanilla de latón con
pinturas de edelweiss y el nombre de Lucerna. Se había salvaguardado el honor.
En El Chalet Suizo había al menos un objeto genuinamente suizo.
El tintineo agudo de la campanilla hizo salir
a una mujer pequeña y rolliza por una puerta en la que se leía «Privado». David
metió la cabeza por el hueco, preguntándose si era así como se sentía uno en el
cepo. La mujer avanzó agresivamente hacia él como si fuera a lanzarle un huevo
o un tomate.
–Chadwick –se apresuró a decir él–. De
Londres. Tengo habitación reservada.
La mirada amenazadora se desvaneció, pero la
mujer no se dignó sonreír. David calculó que debía de tener poco más de sesenta
años. Llevaba el pelo teñido del color de una estera de coco, a la que también
se parecía por la textura, y vestía un conjunto malva de lana, un milagro de
trenzas, lazos y otras clases de puntos.
–Encantada de conocerle –dijo–. Soy la señora
Spiller, con quien habló por teléfono. –No era nativa del lugar. Tal vez se
había retirado allí con la esperanza de hacer fortuna. David echó un vistazo a
la carpintería de pino que necesitaba una nueva mano de barniz, a la lámpara
con su pantalla de baquelita y al libro de registro que la patrona empujó hacia
él y cuyas hojas vacías hablaban de fracaso–. Habitación número ocho. –David
extendió la mano para recibir la llave. La ofensa se instaló en una arruga de
la frente purpúrea de la mujer–. Aquí no usamos llaves –dijo–. Puede cerrar la
puerta con pestillo si es usted quisquilloso. El desayuno se sirve a las ocho
en punto, la comida a la una y se cena a las seis. –David recogió su maleta–.
Son dos tramos de escalera. –La mujer salió del cubículo agachándose por debajo
de la parte abatible–. La primera puerta a la izquierda. El lavabo está en el
cuarto de baño, así que no se entretenga lavándose. Tenga un poco de
consideración.
¿Consideración hacia quién?, se preguntó él.
La temporada no había hecho más que empezar y el lugar parecía muerto. Eran las
once y diez, pero la señora Spiller parecía haber olvidado su última
exhortación, pues cuando David subía ya por la escalera le gritó:
–No me ha dicho quién le ha recomendado este
sitio.
–Una amiga –contestó David–. La señora
Heller.
–¿No será la pequeña Mag?
–La señora Magdalene Heller, eso es.
–Bueno, ¿por qué no me lo ha dicho antes?
Porque había creído que debía llegar a ese
punto sutilmente, con astucia y poco a poco.
–Y se lo quería callar. Seguro que si no se
lo pregunto no me lo dice. Leí todo lo de su tragedia en los periódicos. Me
dejó de piedra, se lo aseguro. He puesto agua a hervir para el té. ¿Le apetece
una taza antes de acostarse? Muy bien. Deje el equipaje aquí y le diré a mi
chico que se lo suba.
Las cosas se presentaban mejor de lo que
David esperaba. Necesitaba hacerle una pregunta a la señora Spiller. De su
respuesta dependía que él se quedara todo el fin de semana o que se marchara a
la mañana siguiente.
–Naturalmente, ella estuvo aquí el año
pasado.
–Efectivamente, en julio. A finales de julio.
Ahora vaya al salón y póngase cómodo.
El salón era pequeño y desvencijado. Olía a
hojas de geranio y a insecticida. La señora Spiller cerró la puerta tras él y
se fue a preparar el té. David se sentó, preguntándose cuántas veces se habría
sentado Magdalene en la misma silla. ¿Y si los North se habían alojado allí
también y el primer encuentro entre Bernard y Louise se había producido en
aquella misma habitación? Observó la decoración con ojo crítico de diseñador,
las macetas, el grupo de boda sobre un piano vertical, la tormenta de nieve en
una cúpula de cristal. Frente a él había dos cuadros, una acuarela de Plymouth
Hoe y una penosa litografía de alguna ciudad centroeuropea. Había otro cuadro
en el rincón, medio oculto por un pie de caoba para plantas. Se levantó para
mirarlo más de cerca y le dio un vuelco el corazón. ¿Qué más apropiado para
aquella habitación victoriana que The Order of Release de Millais? Susan
Townsend le traspasó con la mirada, la boca torcida, los ojos fríos, distantes
e indiferentes.
Antes de coger el coche y presentarse allí,
David había hecho una cosa extraña, tal vez estúpida. Había enviado una docena
de rosas blancas a la señora Townsend. ¿Sería así cuando las recibiera,
cambiando su expresión de fría amabilidad a repugnancia en cuanto cerrara la
puerta?
–¿Azúcar? –preguntó la señora Spiller junto a
su oído derecho.
David dio un respingo y estuvo a punto de
tirar la taza que le tendían.
–Está un poco nervioso. Un par de días por
aquí le calmarán. Un lugar muy adecuado para recuperar fuerzas, Bathcombe.
–A Magdalene siempre le hace mucho bien
–comentó David.
–Mejor que mejor. Se necesita buena salud
para enfrentarse con lo que ella ha tenido que apechugar. Qué terrible lo de su
marido, ¿no cree? Suicidarse de esa manera. A menudo me he preguntado qué había
detrás de todo eso. –No tanto como él, se dijo David, sorbiendo el té dulce y
caliente–. Siendo amigo suyo, sin duda usted sabe qué fue lo que provocó todo.
No sufra por contármelo. No exagero si le digo que más o menos era una de la
familia. Año tras año el señor Chant traía aquí a la pequeña Mag para pasar las
vacaciones, y Mag siempre me llamaba tía Vi.
–Aún lo hace –dijo David con decisión–. Suele
hablar a menudo de su tía Vi. –Pero ¿quién era el señor Chant? Su padre, claro.
En el periódico que envolvía el proyector de diapositivas se anunciaba la boda
de Bernard Heller con la señorita Magdalene Chant.
–Sí –dijo la señora Spiller, recordando el
pasado–, venía aquí con su padre desde que era así de alta y conoce a todos los
vecinos. Pregúntele a cualquiera en el pueblo si recuerda a la pequeña Mag
Chant empujando la silla de ruedas de su padre. Bueno, no era suya. Solían
pedírsela prestada al viejo señor Lilybeer y bajaban hasta la playa. Ella y
Bernard vinieron aquí a pasar la luna de miel y la mayoría de veranos desde
entonces.
–¿Se alojó la señora North aquí alguna vez?
–¿North? –La señora Spiller reflexionó y se
puso como la grana–. ¿Se refiere a la querida de Bernard? –David asintió–. Desde
luego que no. ¿De dónde ha sacado esa idea?
–De ningún sitio –contestó David.
–Ya me extrañaba a mí. Debió perder la
chaveta para perseguir a una mujer como ésa cuando la suya era tan encantadora.
Todos los chicos de aquí pretendían a Mag cuando era una chiquilla, o la
hubieran pretendido si su padre les hubiera dado la oportunidad.
–Lo imagino –dijo David con tono apaciguador,
pero consciente de que, al menos de momento, había estropeado la esperanzadora
armonía entre la señora Spiller y él. Ella era una aliada inquebrantable de
Magdalene, como si realmente fuera su tía, y se había tomado la introducción
del nombre de Louise North como una crítica hacia su sobrina adoptada, hacia su
belleza y su atractivo–. Creo que Magdalene es excepcionalmente guapa.
Pero la señora Spiller no iba a aplacarse tan
fácilmente.
–Me voy. Estoy al final de la cuesta, por el
bosque –anunció, y le miró con expresión de agravio con el entrecejo fruncido–.
Puede encender la tele si quiere.
–Hace un poco de frío para eso. –No había
calefacción y en la chimenea había un jarrón con flores de cera.
–Nunca enciendo las chimeneas después del uno
de abril –le informó la señora Spiller ásperamente.
Una cosa había descubierto. Los North no sólo
no habían estado en El Chalet Suizo al mismo tiempo que Bernard y Magdalene,
sino que jamás lo habían pisado. Sin embargo, tenían más dinero que los Heller
y tal vez se alojaban en uno de los hoteles del pueblo.
David desayunó a solas, cornflakes, huevos
con beicon y gruesas tostadas doradas. Había terminado y salía del comedor
cuando aparecieron los únicos huéspedes aparte de él, un hombre de expresión
severa y una mujer de mediana edad con pantalones ceñidos. La mujer miró a
David en silencio mientras se servía de las cuatro botellas de salsas
diferentes que había sobre el aparador.
La mañana era fría y nublada, sin sol ni
viento. Encontró un camino entre los pinos que le llevó a la cima de un
acantilado en diez minutos. El mar estaba en calma, gris y con una pátina de
plata. Entre dos promontorios vio una isla puntiaguda cubierta de brezo que
surgía del mar y que por el cuadro de Turner identificó como Mewstone, la Roca
de las Gaviotas. Esta asociación entre arte y naturaleza evocó de nuevo el
rostro de Susan Townsend, y David emprendió el camino hacia el pueblo
sintiéndose deprimido.
En el Gran Hotel Occidental pidió café y le
condujeron a un salón gélido. El lugar no estaba preparado aún para los
turistas. A través de una amplia ventana salediza en semicírculo vio un
transbordador, dirigido manualmente por un solo hombre, que hacía la ruta entre
la orilla de Bathcombe y una diminuta playa de la orilla opuesta.
–Un amigo mío, el señor North –le dijo a la
camarera que le llevó la cuenta–, estuvo aquí a finales de julio del pasado
año, y al enterarse de que iba a venir yo me ha pedido que preguntara por un
libro que se dejó en la habitación.
–Pues lo ha dejado mucho tiempo –replicó la
chica con cierta impertinencia.
–No se hubiera molestado en recuperarlo de no
ser porque yo iba a venir.
–¿Y cómo se titulaba ese libro?
–Sésamo y lirios –dijo David, porque no dejaba
de pensar en Susan Townsend, que era la esposa de Ruskin en su imaginación. Con
una sonrisa, dejó todo el cambio de un billete de diez chelines sobre el plato.
–Lo preguntaré –dijo la chica con más
amabilidad.
David contempló al barquero que llegaba a la
orilla de Bathcombe con el transbordador. El hombre descargó un cajón de
botellas de zumo. Seguramente la única cosa que había en la otra orilla era una
casa de huéspedes. Pensándolo bien, los North podían haber alquilado una
casita, o un apartamento, o haber ido a casa de unos amigos. Tal vez no habían
estado allí en julio, tal vez nunca habían estado en aquella parte de Devon.
La camarera volvió con cara de pocos amigos.
–Su amigo no se dejó aquí el libro ese de
jardinería –anunció–. Ni siquiera estuvo aquí. Lo he comprobado en el registro.
Será mejor que pruebe en el Palace o el Rock.
David comprobó que los North no se habían
alojado en esos hoteles, y cruzó la ensenada en el transbordador para descubrir
que la casa solitaria era un hostal juvenil.
En El Chalet Suizo se sirvió pastel de carne
y patatas y pudding para comer.
–Bueno, ¿ha encontrado a alguien que conozca
a Mag? –le preguntó la señora Spiller cuando se acercó a servirle café
instantáneo y lonchas de queso.
–Apenas he visto un alma.
Los rizos de estera de coco se agitaron y
todas las borlas del jersey lila se estremecieron.
–Si es animación lo que quiere, no sé por qué
no se ha contentado con Plymouth. La gente viene a Bathcombe para conseguir un
poco de paz.
¿Y si los North se «habían contentado» con
Plymouth? Tal vez habían ido a Bathcombe un solo día de excursión. Pero ¿podía
surgir un apasionado romance de un encuentro aislado en una playa? David no se
imaginaba al lento e impasible Bernard colocando su tumbona junto a la de
Louise para intercambiar direcciones subrepticiamente.
–No me estaba quejando –mintió–. Este lugar
es precioso.
La señora Spiller se sentó y apoyó sus gordos
codos malva sobre la mesa.
–Eso solía decir el señor Chant. «Este lugar
es precioso, señora Spiller. Aquí sí hay paz y tranquilidad», me decía, y eso
que venía de Exeter, que no es lo que uno consideraría un lugar bullicioso, ¿no
cree? Por cierto, quería preguntarle qué tal está la tía Agnes.
–¿Tía Agnes?
–He pensado que Mag la habría mencionado. No
es que culpe a Mag, una joven como ella, pero siempre he pensado que tenía
mucho que agradecerle a la tía Agnes. De no ser por ella jamás habría ido a
Londres ni se habría casado.
Con la mente perdida en otros pensamientos,
David comentó que tal vez no hubiera sido tan malo.
–En eso sí tiene razón. –La señora Spiller le
pasó un paquete de galletas María–. Pero entonces ella no sabía lo que iba a
pasar, claro. Recuerdo que en aquella época, en 1960, yo pensaba que la pobre
niña nunca tendría una vida propia atada a un viejo de esa forma.
–¿Se refiere al señor Chant? –preguntó David
distraídamente.
–Bueno, quizá no debería llamarle viejo. Creo
que no debía tener más de cincuenta y cinco, pero ya sabe lo que pasa con los
inválidos; uno siempre piensa que son viejos, sobre todo cuando están
paralíticos como el señor Chant.
–Artritis o algo así, ¿no?
–No, ahí no está bien informado. Esclerosis
múltiple, eso es lo que me dijo la tía Agnes. Vino con ellos en 1960, y él
estaba ya muy mal, demasiado para que Mag se manejara sola.
–Supongo que sí. –David quería seguir con sus
pesquisas. No le interesaban las enfermedades del sistema nervioso central y
aguardaba una oportunidad para escapar de la señora Spiller.
–Esas enfermedades se desarrollan muy
lentamente –decía ella–. Se puede tener esclerosis durante veinte o treinta
años. No crea, tenía sus días buenos. Algunas veces estaba tan bien como usted
y yo, pero otras... Me dolía el corazón, se lo aseguro, viendo a aquella
encantadora muchacha empujando la silla de ruedas cuando aún no era más que una
adolescente.
–Su madre había muerto, supongo –dijo David,
aburrido.
–Eso solía decir a la gente. –La señora
Spiller acercó más el rostro y bajó la voz. La pareja de mediana edad estaba
sentada a unos cinco metros de ellos, mirando por la ventana, pero la extrema
cautela de la señora Spiller implicaba que eran espías cuya única misión al
alojarse en aquella casa de huéspedes consistía en desvelar ciertos enigmas sin
resolver en la historia familiar de los Chant–. A mí me lo contó todo la tía
Agnes –susurró–. La señora Chant se fue de casa con un tipo cuando Mag era una
niña. Nunca supieron cómo acabó. Yo creo que vio lo que se le avecinaba y se marchó
cuando aún podía.
–Como Magdalene.
–Una esposa es una cosa –dijo la señora
Spiller, picada–, y una hija otra muy distinta. Cuando la tía Agnes escribió y
dijo que Mag se iba a Londres para buscar trabajo, yo pensé que era lo mejor
que podía ocurrir. Que disfrute un poco mientras aún es joven, pensé.
Naturalmente la tía Agnes no era joven, en realidad era la tía del señor Chant,
y no es ninguna broma cuidar de un inválido cuando se tienen más de setenta
años.
–Sin duda salió adelante.
–No creo que supiera lo que le esperaba
cuando se hizo cargo de él. No sabía que Mag conocería a Bernard y escribiría a
su casa para decir que se habían prometido. Ojo, yo no supe nada de todo esto
hasta que Mag y Bernard vinieron de luna de miel. Eso fue dos años más tarde y
el señor Chant ya había muerto. Por eso le he preguntado si sabía qué había
sido de la tía Agnes. Habrá muerto ya, supongo. Nos ocurre a todos a su debido
tiempo, ¿verdad?
–Depende de lo que entienda por su debido
tiempo –repuso David, y pensó en Bernard con una bala en la cabeza por un amor
imprudente.
Susan había empezado el último capítulo de Carne fétida cuando Bob abrió la puerta de atrás y entró silenciosamente. Susan
dejó de teclear inmediatamente, consternada por la expresión de Paul. El niño hacía
rodar sus camiones por entre las patas de la silla donde ella estaba sentada,
pero en cuanto vio a Bob se quedó en cuclillas, inmóvil y rígido y con un
rostro que hubiese parecido inexpresivo a cualquiera menos a su madre, que
sabía interpretarlo.
–¿De dónde han salido esas flores, Susan?
Fue Paul quien contestó:
–De un hombre llamado David Chadwick. Las
rosas son las flores más caras que se pueden enviar en abril.
–Entiendo. –Bob les dio la espalda y miró por
la ventana los olmos, en los que no había un solo brote ni un vestigio de
verdor–. Chadwick... Y los narcisos son las más baratas, ¿no es eso?
–Los narcisos los cogiste del jardín.
–Muy bien. Paul, ya es suficiente –dijo
Susan–. No hace tanto que dijiste que era una tontería mandar flores a la gente.
–Sonrió a la espalda de Bob–. Y tenías mucha razón –añadió–. Veo a Richard en
el jardín. Supongo que se preguntará dónde estás. Paul.
–¿Entonces por qué no me llama? –replicó el
niño, pero de todos modos salió, eludiendo la mano que Bob le tendía súbita y
patéticamente.
Susan la tomó en su lugar y, de pie junto a
él, sintió una vez más la atracción física que ejercía sobre ella, una
atracción que obnubilaba su mente y la dejaba exhausta.
–¿Has pensado en lo que te pregunté?
Por un momento la única respuesta de Susan
fue apretarle más la mano. Y en ese momento tuvo la inopinada y desagradable
revelación de que ésa era la respuesta. El contacto físico y luego un contacto
físico más intenso y prolongado era el único modo en que podía llegar a él. La
intimidad que les aguardaba si se casaban sería como esa presión de las manos
pero a escala más completa, el desesperado emparejamiento sin alma de dos
criaturas en un desierto. Susan alzó los ojos hacia él.
–Es demasiado pronto, Bob. –El rostro de él
estaba pálido y agotado, y ni siquiera parecía atractivo; fue más la ternura
que el deseo lo que hizo a Susan desear besarle. Pero se alejó, pues de pronto
la respuesta demorada volvió imposible el beso–. Ven y siéntate. No te importa
lo de las rosas, ¿verdad? No sé por qué me las ha enviado.
–Porque quiere conocerte mejor, Susan. El
mundo está lleno de hombres que querrían conocerte mejor. Por eso tengo que...
tienes que... Susan, si hubiera sentido lo que siento ahora cuando Louise aún
vivía, ¿habrías...?
–¿Cuándo Louise estaba viva?
–Si me hubiera enamorado de ti entonces, ¿te
habrías venido conmigo?
Susan experimentó un miedo súbito e
inmotivado.
–Por supuesto que no, Bob. Aunque hubieras
querido casarte conmigo, Louise no podía divorciarse de ti. Era católica.
–¡Dios mío –gritó él–, eso ya lo sé!
–Entonces no te atormentes más. –Susan vaciló
y luego dijo–: Supongo que tú podrías haberte divorciado de ella. –¿Y habría
sido diferente, habría habido una auténtica amistad entre ellos sin el espectro
de la muerte de Louise y Heller interponiéndose como único y fastidioso tema de
conversación?–. Sí, podrías haberte divorciado –repitió cansinamente.
–Te equivocas –dijo él, y sus ojos se habían
oscurecido, pasando del azul a un negro impenetrable–. Fue por eso... Oh, Susan,
¿de qué sirve ahora? Es el pasado, se ha ido para siempre. Heller amaba a mi
mujer y la mató y yo debería ser libre... ¡Susan, jamás seré libre! –Más
tranquilo, Bob se estremeció y poco a poco su rostro compuso la expresión que
solía adoptar cuando exploraba su obsesión–. Todo el mundo me persigue –se
quejó–. La policía ha estado otra vez aquí. ¿No has oído al perro? Toda la
calle debe de haberlo oído.
–Pero ¿por qué, Bob?
–Supongo que tu amigo Chadwick les ha hablado
de mí. –En su boca finamente delineada había una sonrisa burlona cuando miró
las rosas blancas–. Querían saber si conocí a Magdalene Heller el mes de agosto
pasado. –Se volvió hacia Susan con aquellos ojos sombríos y ella, al mirarlo a
su vez, sintió miedo de él por primera vez–. También ella me persigue –dijo con
tono apagado.
–No te entiendo –dijo Susan, impotente.
–Dios sabe que espero que nunca lo entiendas.
Luego está nuestra señora Dring. –Respiró hondo–. La he puesto de patitas en la
calle esta mañana. Ya era bastante duro tener que escuchar su cháchara sobre
Louise, pero podría haberlo soportado.
–¿Qué ha ocurrido, Bob?
–La he encontrado hurgando en el tocador de
Louise. Creo que buscaba las cartas. Debió de enterarse de que existían por los
periódicos y ha pensado que tendría la oportunidad de echarles un vistazo. Ha
habido una escena, he dicho cosas que no debería haber dicho y ella también. Lo
siento, Susan. Al parecer nada me sale bien.
Bob alargó la mano hacía ella lentamente,
como si quisiera atraerla hacia sí, y ella se puso en pie, perpleja e incómoda,
para aferrar esa mano, cuando el teléfono rompió con apremio su silencio. Bob
hundió la cabeza entre las manos con un gemido de desesperación.
Susan cogió el auricular y se sentó
pesadamente al oír la voz quebradiza de palique de Julian.
–He encontrado un comprador para la casa,
querida. Nuestro viejo amigo Greg.
Conociéndolo bien, Susan notó que su ex
marido hacía una pausa para que ella la llenara con elogios y felicitaciones.
Como alguien que se aventura en un idioma extranjero medio aprendido, sintió la
necesidad de decir cualquier cosa para demostrar que podía.
–¿Por qué quiere vivir aquí?
–Buena pregunta –dijo Julian–, sobre todo
teniendo como tiene esa preciosa cuadra.[6]
Lo cierto es que Dian ha estado jugando y él cree que hay demasiadas
tentaciones en Londres. Así que te lo enviaré, ¿te parece?
–Espero que aún seré capaz de reconocerlo.
Susan fue consciente de que Julian le daba
una réplica sarcástica, pero sus palabras no eran más que palabras, sin
significado, sin poder. Al advertir un movimiento en la sala de estar, alzó los
ojos y vio a Bob en el umbral de la puerta. Su rostro y su cuerpo estaban en
penumbra, era una silueta oscura y, allí apostada, sugería un hombre al borde
del abismo. Susan cubrió el auricular con la mano.
–Bob...
Él hizo un breve y extraño gesto con una mano
como apartando algo. Luego desapareció de su vista y Susan oyó cerrarse la
puerta del jardín.
–¿Sigues ahí, Susan?
–Sí, yo... –¡Qué diferente hubiera sido
aquella conversación con Julian si hubiera podido decirle que iba a casarse!
Pero en ese momento supo con toda certeza que jamás podría casarse con Bob–.
Greg puede venir cuando quiera –dijo, y añadió con la cortesía de un conocido
accidental por negocios–: Has sido muy amable al llamar. Adiós.
Se sentó junto al teléfono y pensó en que
sólo la separaban de Bob dos delgadas paredes y tres metros de aire, pero esas
barreras eran tan impenetrables para ella como los cercos de la mente de Bob.
Sintió escalofríos porque cuando se besaban o estaban sentados en silencio,
ella era casi feliz, pero esa felicidad se apagaba inmediatamente al vislumbrar
los entresijos de aquella mente cerrada.
17
Utilizando la historia del libro perdido,
David pasó la tarde del sábado visitando todos los hoteles de la costa del sur
de Devon entre Plymouth y Salcombe, sin el menor resultado. Plymouth acabó
derrotándole. Contó doce hoteles y casas de huéspedes sólo en la guía de la
Asociación del Automóvil, y después de haber probado en cuatro de ellos
abandonó. Los North debían de haber alquilado una casa o quizá se habían
quedado tierra adentro.
Lo más probable era que pasaran esas
vacaciones en el norte de Devon, que fueran en mayo o en junio. Y tal vez
Magdalene había dicho la verdad. No era en una playa o en un restaurante de un
paseo marítimo donde Bernard había conocido a Louise, sino en una cocina de un
barrio residencial, bebiendo té.
–¿Ha tenido un buen día? –le preguntó la
señora Spiller, poniendo un plato de pastel de cerdo y lechuga frente a él–. Es
una pena que aún no se pueda hacer el viaje en barco hasta Plymouth, pero no
funciona hasta mayo. Mag siempre iba en barco. De todas formas creo que a usted
no le gustaría, con lo nervioso que es.
David nunca había pensado que fuera un
neurótico. Tal vez la premura y al mismo tiempo la falta de resultados de su
búsqueda empezaba a hacer mella en él.
–¿Es un trayecto peligroso? –preguntó con
ironía.
–Tan seguro como quedarse en casa, pero está
lo del Ocean Maid, al fin y al cabo.
A David le sonaba el nombre. Recordaba
vagamente unos titulares desagradables y que había leído algo en los periódicos
sobre una catástrofe similar a la del Darlwyne, pero con un final más
feliz. Un vistazo a la señora Spiller le dijo que ésta se moría de ganas por
conversar y él no tenía a nadie más con quien hablar ni nada que hacer.
–Era un barco de recreo –dijo–. ¿No encalló
frente a estas costas?
La señora Spiller cogió una taza de una
mesita y se sirvió de la tetera de David.
–Iba recogiendo gente para venir aquí y a
Newton desde Torquay y Plymouth. Tenía que volver a las seis. Lo siguiente que
supimos por radio era que había desaparecido. –Unas cuantas gotas de té cayeron
en el pecho lila en relieve. Cogió una servilleta de papel de un vaso y se
frotó la mancha–. ¡Caramba con el té! ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, bueno. Mag
estaba un poco aburrida y sola, no sabía qué hacer, así que le dije: ¿Por qué
no te vas en el barco?, y lo hizo. Le preparé una buena comida en un paquete y
la acompañé hasta el barco yo misma, sin pensar ni por lo más remoto que se les
acabaría el combustible y se quedarían encallados toda la noche.
»Y ella sólo llevaba unos pantalones y una de
esas camisetas finas. Tienes una bonita figura, le decía yo, así que, ¿por qué
no enseñarla? Pues no debió de pasar poco frío en aquel barco. Bueno, llegaron
las seis y las siete y ella no había vuelto, cuando lo oímos en las noticias.
Me puse tan nerviosa que estuve a punto de mandarle un telegrama a Bernard. Uno
no sabe qué hacer en un caso así, ¿verdad? No sabes si te preocupas innecesariamente.
Sobre todo porque fui yo quien la animó a ir y le compré el billete y todo. Me
culpaba a mí misma.
–¿Él no iba en el barco? –David dejó el
tenedor y el cuchillo sobre la mesa y alzó la vista, súbitamente excitado.
–¿En el barco? ¿Cómo iba a ir en el barco si
estaba en Londres?
–Pero yo creía que usted había dicho...
–Está en la luna esta noche, señor Chadwick.
Eso ocurrió el año pasado, en julio. Mag vino sola. Lo ha confundido con los
otros años en que Bernard venía con ella. En cualquier caso, como le decía, no
le mandé telegrama y todo fue bien y a la pobre Mag no le ocurrió nada a pesar
de lo que tuvo que pasar. No por eso dejó de salir durante el resto del tiempo
que estuvo aquí. Se había hecho amiga de una gente del barco, me dijo, y salía
con ellos cada día. Me alegré de no haber hecho venir a Bernard hasta aquí por
nada, se lo aseguro... Oh, señor Chadwick, ha palidecido. Espero que no se
sienta indispuesto.
Magdalene no había mentido. Bernard había
conocido a Louise tal y como ella le había contado. Tal vez fuera también
cierto que no había visto a North hasta el día de la audiencia probatoria, que
jamás había planeado con él un asesinato, ni le había entregado un arma, ni se
había sentado junto a él en El Hombre de la Máscara de Hierro. ¿No era posible
también que Sid y Charles nunca les hubieran visto juntos, sino que se hubieran
inventado una historia divertida para pasar el rato mientras se tomaban las
copas a que él les había invitado?
El domingo por la mañana hizo la maleta y
abandonó El Chalet Suizo. Ocho kilómetros hacia el interior, se detuvo a poner
gasolina en un pueblo llamado Jillerton.
–¿Le limpio el parabrisas, señor?
–Sí, gracias. ¿Podría mirarme también la
presión de las ruedas?
–¿Puede esperar cinco minutos mientras
atiendo a este señor?
David asintió y cruzó la calle. Un día,
pensó, recordaría aquel fin de semana y se reiría de sí mismo. Le había costado
trescientos kilómetros de conducción y más de trescientas preguntas, además de
dos días perdidos, descubrir que Bernard Heller no había estado allí.
Sólo había una tienda en la calle y, aunque
era domingo, la puerta estaba abierta. David entró sin un propósito definido,
mirando las vistosas pegatinas para coches, las figuras de duendecillos y los
ciervos tallados en madera, réplicas de los que había visto a la venta en
Viena, Lacock, Edimburgo y en la calle junto al metro de Oxford Circus. En un
estante, tras aquel montón de baratijas fabricadas en serie, había tazones y
jarras de cerámica de Devon, pintadas a mano en tonos crema y marrón, que no
estaban mal. No se le ocurría nadie más que Susan Townsend a quien quisiera
hacerle un regalo, pero si le compraba un recuerdo a ella seguramente se lo
devolvería. A lo mejor las rosas blancas se estaban marchitando en su propia
puerta en ese mismo momento.
Algunas de las piezas llevaban escritos
olvidados proverbios, y ésas las desechó, pero los tazones, sencillos y de
bonitas formas, llevaban nombres de pila: Peter, Jeremy, Anne, Susan... Tenía
que haber una Susan, claro. ¿Qué le ocurría, qué locura sentimental se había
apoderado de él que por doquier tenía que ver su nombre o su rostro?
Al final del estante había un tazón sin
nombre que podía comprar a su madre para su chocolate caliente de cada noche.
Lo cogió, le dio la vuelta y comprobó que, al igual que el resto de tazones,
tenía un nombre escrito con elegante caligrafía de color marrón.
Magdalene.
¿Era posible que Bernard lo hubiera encargado
para Magdalene en una de sus visitas previas y que luego hubiera olvidado
recogerlo? Iba a devolverlo a su sitio pensativamente cuando una voz dijo a su
espalda:
–Un nombre muy poco común, ¿verdad, señor?
–David se volvió en dirección a la voz que pronunciaba las erres guturales de
Devon y vio a un dependiente que podía tener su misma edad–. A menudo le he
dicho a mi esposa que jamás lo venderemos con un nombre así. –Y, alzando la
voz, gritó a alguien que había en la trastienda–: Le estoy diciendo a este
señor que jamás venderemos ese tazón que encargó el señor North.
–¿El señor North?
–Lo recuerdo porque las circunstancias fueron
un poco... bueno, extrañas –explicó el dependiente–. Fue el pasado mes de
agosto, justo en el apogeo de la temporada alta. Pero no creo que quiera que le
aburra con esta historia, señor. Ese caballero no vendrá a buscarlo, así que si
usted está interesado... Pero no, con un nombre como Magdalene no es posible.
–Me lo quedaré –dijo David.
–Es un detalle por su parte, señor. Sesenta
peniques, por favor.
–Ha hablado de circunstancias extrañas.
El joven se detuvo con el papel de envolver
en la mano.
–Reconozco que si lo compra tiene derecho a
saberlo. El caballero en cuestión se alojaba en King’s Arms. Es el pub del otro
lado del prado y lo lleva mi tío. El señor North había encargado el tazón para
su esposa, dijo, pero al ver que no volvía a recogerlo hablé con mi tío. Es la
señora Louise North, me dijo, no Magdalene. Qué extraño, pensamos. Da la
impresión de que es para una amiga y que el caballero no ha sido del todo
sincero.
–Así que no quisieron ponerle en evidencia
llevando el tazón al hotel.
–Y menuda evidencia, señor, teniendo en
cuenta que la señora, es decir su esposa, cayó enferma a causa de uno de esos
virus el mismo día en que llegaron. Habría empeorado de haber sabido lo que su
marido se llevaba entre manos.
–¿El King’s Arms es ese pub de aspecto
elegante que hay en el prado, dice?
–Eso es, señor.
North tenía debilidad por los pubs bonitos y
pequeños...
–Una lástima que la señora North se pusiera
enferma –dijo David con tono casual, y recordó las palabras de Magdalene
Heller. Louise estaba enferma cuando Bernard la conoció... ¿Así que fue después
de aquellas vacaciones, pues, cuando se conocieron?–. Debió de arruinar sus
vacaciones.
–El señor North no permitió que eso le
detuviera, señor. –El dependiente se encogió de hombros, quizá ante la vileza
de la humanidad en general o de la gente de Londres en particular–. Se fue en
aquel barco sin su mujer. El Ocean Maid, ya lo habrá leído usted en los
periódicos de Londres. Me contó la historia cuando vino a encargar el tazón.
Estuvieron a la deriva durante horas, sin saber lo cerca que se encontraban las
rocas. Una cosa así nos quitaría las ganas de continuar con las vacaciones a
usted o a mí, ¿no es cierto, señor? Pero ese señor North ni siquiera se inmutó.
Yo le dije a mi mujer que se necesitaría un terremoto muy potente para
desanimar a ése.
Susan casi lamentaba acercarse al final de Carne fétida. En cierto modo le había servido para alejar la mente de la tragedia de
la casa contigua y de Bob. Ahora, sus problemas, sólo presentes en el
subconsciente mientras mecanografiaba, volverían a llenar las horas que el
manuscrito terminado dejaría vacías.
Página cuatrocientas dos. El manuscrito
alcanzaría unas cuatrocientas diez páginas. La letra de Jane Willingale había
empezado a empeorar en las últimas cincuenta hojas y algunas palabras eran
prácticamente indescifrables incluso para Susan, que estaba acostumbrada a
ella. Estaba intentando interpretar algo que parecía un enigmático signo
taquigráfico cuando Doris aporreó la puerta de atrás y entró acompañada de
Richard.
–No te importará que te lo deje un rato,
¿verdad, querida? El tiempo justo de ir a tomar unas copas con los O’Donnell.
Invitaron a Bob, pero últimamente no quiere ir a ninguna parte. En mi opinión,
padece de manía persecutoria. Sin embargo, tú sabes lo que pasa por su mente
mejor que nadie, sin duda. Esta semana la policía ha estado aquí durante horas.
¿Los viste?
–Bob me lo ha dicho.
–Y le oí gritar a tu señora Dring cuando
pasaba ayer por delante de su casa. Está muy nervioso. He visto a muchos así en
los pabellones psiquiátricos. Supongo que sabrás lo que haces, pero a mí no me
gustaría quedarme a solas con él. Rosas blancas. Pronto se marchitarán con esta
temperatura. Al contrario que yo. Me quedaría aquí todo el día, pero ya veo que
quieres seguir con lo tuyo. Es una lástima que haga siempre un frío de perros
en casa de los O’Donnell.
El signo taquigráfico era «asesinato». Susan
lo tecleó con una débil e inexplicable sensación de angustia. Oyó a Richard
subir la escalera y el ruido de los pequeños vehículos que rodaban hacia el
descansillo. Le quedaban siete páginas. Susan necesitaba de toda su
concentración para descifrar la última acometida, casi histérica, de la novela
de la señorita Willingale.
Los niños habían movido los juguetes hacia la
escalera. Tenía que ser tolerante y contener la reprimenda hasta que se
pusieran realmente insoportables. Bump, bump, crash, whirr... Era el nuevo
tanque cayendo en picado para hacer una nueva hendidura en el parquet del
zaguán.
–¡Estáis haciendo un ruido espantoso!
–gritó–. ¿Por qué no salís un rato al jardín?
–Está lloviendo –dijo Paul con tono majadero.
–De todas formas sabes que no debéis jugar en
la escalera.
Susan volvió la página y abordó con
dificultad una larga frase. La letra había mejorado repentinamente. «Amor mío:
Pienso en ti día y noche. En realidad no sé dónde terminan los sueños y...» No
tenía sentido. Pero si ni siquiera era la letra de Jane Willingale; era más
inclinada, las mayúsculas eran más grandes y la tinta diferente.
Susan frunció el entrecejo y dio una profunda
calada al cigarrillo. Luego levantó las hojas a la luz y contempló las cartas
de amor de Bernard Heller.
18
–¿Podemos sacar fuera la pista? –preguntó
Paul, y añadió modosamente–: Ha dejado de llover, pero la hierba está mojada y
he pensado que tenía que preguntártelo.
Susan apenas le oyó.
–¿Qué dices, cariño?
–¿Podemos sacar fuera la pista?
–Fuera no hay electricidad y hace demasiado
frío para dejar la puerta abierta.
Paul hizo pucheros.
–No es justo. No podemos jugar en la escalera
y no podemos entrar aquí porque estás trabajando. Tienes todos los papeles
revueltos otra vez y los has llenado de ceniza. Pero si los desordeno yo te
enfadas conmigo.
Así que no había quemado las cartas. Tal vez
en el fondo siempre lo había sabido, pero desde luego sabía que no las había
metido entre el cuerpo principal del manuscrito de la señora Willingale y la
penúltima página. ¿Qué razón tenía Doris para hacer algo así? Doris, o la
señora Dring.
–Paul, no habrás estado jugando otra vez con
mis papeles, ¿verdad?
–¡No!
–¿Estás seguro?
–¡No los he tocado! –replicó el niño–. Te lo
juro. No me he acercado a tu escritorio desde el día antes de ponerte enferma,
el día que tuviste que ir al juicio de la señora North. –Una justa indignación
enrojeció su rostro y amenazó con anegar de lágrimas sus ojos–. Me dijiste que
si volvía a tocarlos no me dejarías ponerme el reloj, y no los he tocado.
–No hace falta que te pongas así. Te creo.
–Sólo una vez –dijo el niño con tono
desafiante–, el primer día que estabas enferma. Quería ayudarte. Tenías los
papeles revueltos. Te dejaste unos encima de la mesita, así que los puse con
los otros, bien ordenados. ¡Pensé que te gustaría!
David estaba exultante de alegría. Había
tenido razón desde el principio. No había perdido el tiempo. Sabía más allá de
la duda que Robert North y Magdalene Heller se conocían desde el verano
anterior.
Exultaba alegría, pero seguía sin comprender
muchas cosas. Hasta entonces había supuesto que el encuentro entre North y
Magdalene y el enamoramiento quizá habían surgido de la aventura entre sus
respectivos cónyuges. Ahora parecía que los viudos se habían conocido primero.
North se había embarcado solo en una excursión en barco y cuando se quedaron
encallados en el mar toda la noche, se sintió atraído hacia Magdalene, que
seguramente era, además de él, el único pasajero solitario en aquella
excursión. David se la imaginaba perfectamente, un poco asustada quizá, pero
haciendo alarde de su figura con los pantalones y la camiseta fina, y también
imaginaba a North, tranquilizándola y prestándole su chaqueta.
Pero Bernard estaba en Londres y Louise yacía
enferma en cama.
¿Era creíble que al regresar a casa North y
Magdalene hubieran presentado a los otros? Para David no. North había encargado
el tazón de cerámica para Magdalene y sin duda se habían visto todos los días
durante el resto de sus vacaciones. La señora Spiller decía que Magdalene se
había «hecho amiga» de alguien del barco. David estaba seguro de que, al final
de las vacaciones, se habían enamorado. North jamás hubiera presentado a
Magdalene a su esposa, ni ella a North a su marido.
¿Cómo, entonces, se las habían ingeniado para
que los otros se conocieran?
David pasó la mañana del lunes en tiendas de
anticuarios de Knightsbridge en busca de mobiliario Chippendale para el
decorado de Mansfield
Park. Su búsqueda fue fructuosa y a las doce y media
cruzaba la calle para entrar en el metro de la esquina de Hans Crescent.
Una chica cuyo rostro le resultó familiar
salía de Harrod’s en ese momento y se dirigió hacia él. La reconoció con cierta
repugnancia. Resultaba irónico que tuviera que encontrarse con la segunda
señora Townsend cuando lo que más deseaba en el mundo era ver a la primera.
Esta absurda coincidencia le hizo sonreír, y ella se tomó esa sonrisa como un
saludo entusiasta.
La señora Townsend dejó caer una enorme bolsa
de papel estampado con un violento resoplido.
–¿Así que al final no compró la casa? –dijo
con la estentórea franqueza que a él tanto le repelía–. ¿Sabía que Greg andaba
tras ella? Sólo que no quería soltar más de ocho mil y Dios sabe que estamos en
las últimas. Cada mes tenemos que pagar un buen fajo a esa mujer de Matchdown
Park y lo que queda se va en aperitivos. –Aspiró ruidosamente–. No se imagina
lo que acabo de pagar por una langosta.
David la observó. Parecía más joven que
nunca, y especialmente vulgar. El atuendo de una pieza que llevaba –¿un
vestido?, ¿un abrigo?– estaba hecho de un material grueso del color de la
harina de avena con rayas grises aquí y allá y orlado de flecos en muñecas y
dobladillo. Le hacía parecer una india, la delincuente juvenil de la tribu.
–Mi marido es un apasionado de la comida
–dijo ella–. Oiga, ¿podría llevarme esto? Pesa una tonelada.
De hecho, debía de pesar cerca de medio
quintal. Cuando David levantó la bolsa, un bulto de papel de envolver que
sobresalía se deslizó y una gran pinza roja saltó hacia fuera. Elizabeth
Townsend echó a andar hacia el bordillo.
–¿Quiere que le busque un taxi?
–¿Está loco? Voy en autobús. –Miró a David
airadamente–. ¿Sabe qué voy a comer? Un yogur. A eso he tenido que llegar. Y me
encanta comer, sencillamente me encanta. –Suspiró y refunfuñó–: Oh, venga,
antes de que cambie el semáforo.
David la siguió cargando con la bolsa.
–Había pensado en ir a comer con Dian –dijo
ella con irritación. David estuvo a punto de preguntarle quién era Dian, pero
recordó la casa con el biombo de bambú lleno de velas.
–¿Y por qué no lo hace? Está muy cerca.
–Bueno, no me apetece nada. A mí esas cosas
no me hacen gracia. Julian dice que aparezco siempre en el momento más
inoportuno y todo eso. No, la cuestión es que Dian tiene un amante. No es muy
propio de Dian, ¿no cree?
David dijo que ciertamente no lo era.
–Yo hubiera dicho que Dian era una mojigata.
Frígida incluso. Pero me llama Minta esta mañana, y cuando le digo que me
dejaré caer por casa de Dian va y me dice que no porque su amante está otra vez
allí. –David metió la pinza en la bolsa y dijo que entendía lo que quería
decir–. No quiero pillarlos in fraganti, ¿comprende? Por el amor de Dios,
no diga una palabra de esto a Dian. Sé que es amiga suya. Al fin y al cabo,
vive y deja vivir. Dian no se lo ha contado a Minta. Es normal, ¿no?
–Eso creo.
–Pero teniendo en cuenta que Minta vive
enfrente, no podía esperar que no se diera cuenta. Minta me ha contado que el
coche de ese tipo ha estado aparcado allí media docena de veces en la última
quincena y que lo ha visto a él entrar furtivamente en la casa cuando Greg se
iba al estudio. Lógicamente Minta le insinuó algo a Greg y por eso ahora él
quiere llevársela lejos del peligro.
Cada paso que daban alejaba más a David de la
estación de metro. Mientras Elizabeth Townsend continuaba andando sin detenerse
en ninguna parada de autobús, David había estado buscando una excusa para dejar
la bolsa de la compra y despedirse, pero ahora la dejó y no porque quisiera
escapar.
–¿Es eso todo lo que tiene Minta? –preguntó,
esforzándose por que no se le notara que estaba sin resuello–. ¿Que ha visto el
coche de un hombre frente a la casa de Dian?
–Le ha visto entrar –contestó Elizabeth
Townsend con tono incisivo.
–Pero señora Townsend...
–Oh, llámeme Elizabeth. Me hace sentir como
si tuviera más de noventa años.
–Pero Elizabeth... –Era un alivio; el otro
nombre evocaba un rostro y una voz muy diferentes–. Podría ser un vendedor, un
inspector, un decorador de interiores, cualquier cosa.
–¿Ah, sí? Le digo que es un tipo sexy de
treinta años y que Dian es un bombón. Sabe de sobra que Dian y Greg no lo hacen
desde hace dos años y que Dian siempre sale por ahí sola. Puede estar seguro,
está liada con ese tipo. Es usted un crédulo, David, ése es su problema, pero
Minta y yo no lo somos, y cuando nos enteramos de que un tipo se mete
furtivamente en casa de una mujer aprovechando que el marido no estorba,
sabemos muy bien qué pensar.
–¿La fiel Dian? ¿La frígida Dian?
–Usted está de su parte, ¿verdad? Pues no es
fiel ni frígida. Su asunto con Greg lo demuestra.
En ese momento la bolsa se desfondó. David se
quedó mirando las berenjenas, los limones y las latas de foie-gras que rodaron
hacia la carretera y dijo alegremente:
–Elizabeth, me alegra que nos hayamos
encontrado. Dígame, si pudiera elegir, ¿qué restaurante sería más de su agrado
para comer, al que más le apetecería ir?
–El Écu de France –contestó ella rápidamente,
metiéndose dos limones en el bolsillo de su atuendo de piel roja y mirando a
David con una sonrisa.
–No soporto la idea de que tenga que comer
yogur –dijo David–. Nunca me ha gustado. –Paró un taxi, abrió la puerta y
arrojó verduras, frutas y latas al asiento–. Jermyn Street –le dijo al
taxista–. Al Écu de France.
Oyó el ruido de una silla dentro del despacho
cuando se acercó a la puerta, y cuando entró, la mujer que lo esperaba se
hallaba sentada a dos metros de la mesa con expresión solemnemente virtuosa.
Ulph estaba seguro de que ella había examinado los documentos que yacían sobre
el papel secante. Se trataba de un borrador para el programa de la competición
deportiva de la policía, y Ulph sonrió para sus adentros.
–Buenos días –dijo–. ¿Quería usted verme?
–Me da igual a quien haya de ver –contestó
ella–, mientras sea alguien importante, alguien que esté al tanto de todo. –Se
ahuecó los cabellos rojos y rizados con una mano enguantada y miró a Ulph con
evidente decepción, como si hubiera esperado a alguien más corpulento, más
agresivo y autoritario–. Usted servirá –dijo–. Creo que están interesados en un
hombre llamado North.
–¿Me dice su nombre, señora?
–Si me promete discreción, soy la señora
Dring, señora de Leonard Dring. Mi nombre de pila es Iris. –Se quitó los
guantes y los dejó sobre la mesa junto a su bolso–. Trabajo para ese North,
limpiándole la casa, o lo hacía hasta que me despidió el sábado. Lo que quería
decirle es que también trabajo en la casa de al lado y estaba allí la mañana en
que mataron a la señora North.
Ulph asintió con expresión reservada. No era
la primera vez que se encontraba con el rencor de un sirviente despedido.
–Continúe, por favor.
–Había tres hombres cavando en la carretera
en la parte trasera de los jardines. La señora North solía darles el té cada
día. Bueno, a eso de las nueve y media estaba yo en la cocina de la señora
Townsend y oí que llamaban a la puerta de atrás de la otra casa. Bueno, no
pensé más en ello y estaba limpiando las ventanas, en la sala de estar, cuando
vi a ese tipo bajar por el sendero del jardín, un tipo alto con un abrigo con
capucha. La señora Townsend y yo pensamos que era uno de los obreros. Salió por
la verja y se alejó por la carretera.
–¿Tal vez para tomar el té en una cafetería?
–Eso pensamos entonces. Creo que eso quería
él que pensáramos. La cuestión está en que nunca hubo más de tres hombres
trabajando en la carretera. Le diré cómo lo sé. Yo le pregunté a mi marido:
«¿Cuántos obreros había trabajando en la carretera del cementerio?», y él me
contestó: «Tres, nunca más de tres.» Y mi marido nunca se equivoca, no hay nada
que él no sepa. Yo le dije: «Tú eres amigo de ese tipo mayor, el capataz,
pregúntaselo a él.» Y eso es lo que hizo. Siempre fueron tres, el mayor, el
joven y el chico. Y lo que es más, cuando oí aporrear la puerta, el perro no
ladró. Estaba en la parte de delante, al acecho, y veía perfectamente la puerta
lateral. Como mi marido dice siempre, los animales tienen más sentido que
nosotros. No se dejan engañar por trencas y hombres que se hacen pasar por
obreros.
–Ha tardado mucho tiempo en venir a
contármelo, señora Dring –dijo Ulph–. ¿No será que viene ahora porque está
resentida con el señor North?
–Si no me cree, pregúnteselo a la señora
Townsend. Ella lo sabe. Fue ella la que me metió la idea en la cabeza.
Seguramente aquella mujer suponía que su
partida sería la señal para que Ulph pusiera los engranajes de la ley
inmediatamente en movimiento. Ulph permaneció inmóvil, reflexionando. Su propia
reconstrucción del asesinato, prácticamente visual, había cambiado. North lo
había hecho de una manera muy simple, al fin y al cabo. Ulph comprendió que no
había existido premeditación, que tras actuar por un impulso North se había
limitado a borrar las pistas.
Aquella mañana North se había quedado en
casa, no para idear un falso suicidio sino para encararse con Heller. Se lo
habría dicho a Louise, dejando que ésta avisara a su amante si lo deseaba. Ulph
se tocó la frente y notó el tic que palpitaba sobre su ojo cuando se ponía
nervioso. ¿Acaso no había hecho él lo mismo, enfrentarse con su mujer y el
hombre al que ella amaba? ¿No había intentado él también discutir con ellos
razonablemente y con calma? La mujer de Ulph se había encerrado en el
dormitorio para arrojarse sobre la cama hecha un mar de lágrimas.
Seguramente lo mismo había hecho Louise
North, y los dos hombres habían subido a verla juntos, pero primero Heller
tenía que dejar su chubasquero y su pesado maletín sobre la mesa de la cocina,
guardándose la pistola en el bolsillo de la chaqueta. Ulph sabía muy bien que
cualquier hombre que posea un arma, por apacible y dócil que sea, es capaz de
usarla bajo una gran presión. Louise le había dado a Heller la idea, tal vez
errónea, de que su marido era violento y tiránico. Consciente de la escena que
le aguardaba, Heller habría llevado el arma. Sólo como amenaza, claro, como
instrumento de persuasión.
¿Y North? Tal vez Heller había llegado más
tarde de lo previsto y su marido, cansado de esperar, estaba a punto de irse a
trabajar con el abrigo y los guantes puestos. Así, habían entrado juntos en el
dormitorio. ¿Se les había disparado el arma mientras peleaban? Eso creía Ulph.
Durante la lucha Heller habría disparado a Louise sin querer y cuando,
horrorizado, se inclinó sobre ella, North había cogido el arma para matarlo. Su
mano estaría ya protegida, quizá sin intención asesina, por un grueso guante de
conducir. Más tarde llegarían las acciones dictadas por el instinto de
supervivencia: cerrar la mano de Heller alrededor del arma por segunda vez –por
si el guante había borrado las huellas anteriores– y, aún más repugnante,
disparar el tercer tiro. Había estado lloviendo. Un abrigo con capucha,
detenerse un momento para llamar a la puerta de atrás como solían hacer los
obreros, y luego marcharse caminando despacio, con el corazón palpitando, hasta
la verja, la calle y el ancho y confiado mundo exterior.
Tal vez no le cayera una condena demasiado
larga con un buen abogado, pensó Ulph. La provocación había sido intolerable.
La mujer había convertido su propio hogar en una casa de citas y había escrito
cosas horribles acerca de él a su amante. De repente, Ulph recordó un
comentario de North sobre la amabilidad de su vecina, como si fuera algo más
que una benefactora. Recordó también que era divorciada. ¿Cabía alguna
posibilidad de que esperara a North?
Ulph se levantó y se imprecó a sí mismo por
ser un estúpido sentimental. A él no le esperaba ninguna mujer cuando por fin
se convirtió en un hombre libre. Consultó su reloj. North aún estaría
trabajando. Volvería a casa al cabo de unas tres horas. Mientras preparaba lo
que tendría que decir y hacer, pensó con cierto regocijo en David Chadwick y
sus teorías surgidas de una fértil imaginación. ¿Qué otra cosa podía esperarse
de un escenógrafo? Con todo, durante un día o dos también Ulph había creído en
la posibilidad de una connivencia, de una conspiración. Se sintió un poco
avergonzado de sí mismo.
19
Volvió a mirar la fotografía de los North
durante sus vacaciones, y esta vez el fondo sobre el que destacaban sus rostros
sonrientes era familiar. La imagen de la posada era demasiado borrosa para leer
el nombre, pero reconoció los gabletes con entramado de madera del King’s Arms
y la valla blanca que rodeaba el prado de Jillerton.
David había guardado la foto con otros
recuerdos, deprimentes y un poco macabros, de Bernard Heller. Allí estaba el
registro de sus breves y humildes intrusiones en la vida pública, y allí estaba
también el anuncio de su matrimonio con la chica que empujaba la silla de
ruedas de su padre enfermo por la playa de Bathcombe. La letra impresa estaba
descolorida, pero la caligrafía de Bernard seguía teniendo la misma intensidad,
la fecha de su matrimonio seguía siendo clara y azul con la rayita horizontal
distintiva y muy continental del siete.
Contempló los recuerdos durante un rato y
luego se dirigió al teléfono. El inspector Ulph había salido y nadie supo
decirle cuándo volvería. David vaciló, dejó a un lado inhibiciones y el miedo
al rechazo, y volvió a marcar. Le respondió el niño.
–¿Puedo hablar con tu madre?
Le pareció un niño sensato y agradable, más
mayor de lo que hubiera dicho por la impresión que le produjo la cabeza rubia
vislumbrada una vez sobre la almohada.
–¿De parte de quién?
–De David Chadwick.
–Tenemos sus flores en un jarrón. –El niño no
podía saber cuánto placer provocó con esa sencilla frase–. Espere un momento,
voy a buscarla.
David hubiera esperado toda la noche.
–Gracias por las flores –dijo ella–. Pensaba
escribirle, pero las cosas... bueno, no han sido fáciles.
David quería ser amable, demostrar mucho
tacto, abordarla con habilidad. Pero la voz de Susan le aturdió de tal modo que
dijo bruscamente:
–Tengo que verla esta noche. ¿Puedo ir ahora?
–Pero ¿por qué?
–Tengo que verla. Oh, ya sé que no me soporta
y, para serle sincero, es de North de quien quiero hablarle. No cuelgue. Iré de
todas maneras.
–Es usted un hombre extraordinario. –No había
burla en su voz–. Esta vez no me asustaría –dijo, y añadió–: Tal vez despeje el
ambiente.
Paul se durmió rápidamente esa noche y Susan
se preguntó si sería porque la casa estaba prácticamente vendida. Aún había luz
del día en la apacible tarde y no necesitó abrigo para ir a la casa de al lado.
Todas las ventanas de Braeside estaban
herméticamente cerradas. Una casa secreta y cerrada, pensó. ¿No había comparado
alguien la muerte con una casa secreta? Susan se esforzó en no mirar las
ventanas superiores mientras caminaba hacia la puerta de atrás.
Bob se había arrogado el derecho de entrar en
su casa sin llamar y, aunque hasta entonces ella no se lo había planteado,
pensó que le correspondía un privilegio recíproco. Era la primera vez que
entraba en Braeside desde aquel miércoles por la mañana. La puerta se abrió y
la cocina se mostró desnuda ante ella. ¿Le parecía desnuda porque faltaban el
abrigo y el maletín de Heller sobre la mesa?
–¿Bob? –llamó quedamente.
A su mujer muerta también la había llamado
así y, no obteniendo respuesta, había subido la escalera. ¿Y si la historia se
repetía? El nicho donde antes viera una virgen estaba vacío, como una boca
abierta en la pared.
–¿Bob?
El ambiente en la sala de estar era
sofocante, pero estaba limpia y ordenada como si nadie hubiera vivido allí
durante largo tiempo. Tardó unos instantes en verlo, pues estaba sentado
completamente inmóvil en la silla donde también ella había estado sentada con
ocasión de su conversación con el inspector. Un vacilante rayo de sol le
cruzaba el cuerpo en forma de franja dorada, pasando por los ojos, pero él
miraba a su través sin deslumbrarse, como un ciego.
Susan se acercó, se arrodilló a sus pies y le
cogió las manos. El tacto de su piel le resultó tan poco excitante como el de
Paul, y sólo sintió por él lo que a veces sentía por su hijo: lástima, ternura
y, por encima de todo, incapacidad para comprender. Pero a Paul lo quería.
¿Había tenido alguna vez la suficiente intimidad con Bob como para amarle?
–Susan, he llegado al final –dijo él–. La
policía ha ido a verme hoy al trabajo, pero eso no importa. Ahora ya no
importa. Me volví loco, supongo que estaba enajenado. No quiero culpar a nadie
más. Si me indujeron a hacerlo... bueno, soy un hombre adulto y no quiero
culpar a nadie más. –Apretó con fuerza las manos de Susan–. Me alegro de que no
puedan coger a nadie más por esto. No lo descubrirán. No sabes de qué estoy
hablando, ¿verdad?
Susan negó con la cabeza.
–Mejor. No quiero que lo sepas. Dime, ¿has
pensado alguna vez que yo podría... bueno, hacerte daño?
Susan lo miró, incapaz de hablar.
–Alguien lo sugirió –dijo él con voz ronca–,
y yo... durante un tiempo yo... Fueron sólo uno o dos días, Susan. No sabía qué
sabías tú ni qué habías visto. Te amo de verdad. Te amo, Susan.
–Lo sé –dijo ella.
–Y Louise amaba a Heller, ¿verdad? Tú lo
sabes. Todo el mundo lo sabe. –Emitió un gemido ahogado, e inclinándose de
forma que el rayo de luz pasó a iluminar su hombro, dijo con vehemencia–: Lo
que hice, lo hice por celos. No podía soportar... Me provocaron, ¿lo entiendes,
Susan? Quizá no tenga que pasar mucho tiempo fuera, volveré a ti. –Tomó el
rostro de ella entre sus manos–. ¿Comprendes lo que intento decirte?
–Creo que sí –contestó ella con un titubeo, y
se quedó de rodillas, porque le pareció que si se levantaba podría caer.
Había ido allí para decirle que aún tenía las
cartas de su mujer, que no las había quemado. Las manos de Bob palparon su
cuerpo. Había pensado en él como en un ciego, pero en ese momento era como un
sordo que sólo puede distinguir los sonidos palpando los sutiles movimientos de
los labios del que habla.
Quizá se había vuelto realmente sordo, pues
no dio muestras de oír al perro, que rompió en ladridos leves al principio y
furiosos después, cuando la portezuela del coche se cerró con un golpe.
–Ha estado llorando –comentó David.
–Sí; pensé que no se notaría.
Las huellas de las lágrimas no la
desfiguraban, eran sólo la prueba de una vulnerabilidad insufrible. La
hinchazón de los ojos servía, como un tratamiento en un instituto de belleza,
para hacerla parecer más joven.
–He sido muy brusco por teléfono –dijo
David–. Siempre soy brusco con usted.
–No importa –replicó ella–. En este momento
no creo que importe nada. Ha venido a hablarme de... de alguien a quien ambos
conocemos. Creo que llega demasiado tarde. No... no creo que él vuelva por
aquí.
–¿Quiere decir que lo han arrestado?
–Eso es lo que usted quería, ¿no? –repuso
ella con rudeza. David no pudo discernir si su mirada traslucía odio personal o
desesperación por el mundo en que vivía. Susan volvió el rostro y se sentó como
si las piernas no quisieran ya sostenerla–. Oh, no lo perdono. Aún no lo he
asimilado. –Se apartó los cabellos que le habían caído sobre la frente–. Pero
¿sabe usted lo que son los celos? ¿Los ha experimentado alguna vez?
David no respondió a esa pregunta.
–¿Es eso lo que le ha dicho él? –preguntó–.
¿Que lo hizo por celos?
–Por supuesto. –Su voz sonó áspera y
enérgica–. Enloqueció. Fue un impulso, no estaba en su sano juicio.
–Está usted equivocada, Susan. –Ella dejó
pasar el nombre de pila. Por indiferencia, pensó David amargamente–. Quiero
explicarle algo. Tal vez le sirva de consuelo. No digo que vaya a cambiar sus
sentimientos hacia North, pero... –Emitió un breve suspiro–. Pero tal vez le
haga pensar mejor sobre mí. ¿Me lo permite?
–Adelante. No tengo nada mejor que hacer.
Servirá para pasar el rato.
David anhelaba contar su historia, y se la
hubiera contado al inspector Ulph si éste no hubiera estado ocupado. Era una
historia terrible y, a medida que la verdad se le había revelado
progresivamente durante el día, había acabado sintiendo una especie de horror
hacia sí mismo. En cierto sentido era como si él la hubiera inventado, como un
escritor de imaginación macabra, y luego la enfermiza fecundidad de su mente le
hubiera trastornado. Pero David sabía que su historia era cierta y por tanto
inevitable. Tenía que contarse porque era cierta y porque cambiaba
completamente la visión sobre la conducta de North y sus motivos. Sin embargo,
aquella chica era el público equivocado, aunque para él fuera buena en todo lo
demás. Sentía ya por ella la ternura que quiere salvar a su objeto de la cruel
desilusión, pero también se le había ocurrido que quizá ella estuviera pensando
en esperar a North, y que durante esa larga espera llegara a lo que ahora
negaba, a perdonar un acto que para ella era el resultado de unos celos
incontrolables.
–North conoció a Magdalene Heller durante
unas vacaciones en Devon el pasado mes de julio –empezó–. Se enamoraron. Quizá
sea mejor decir que fue una esclavitud física por parte de North. –Susan no le
miraba y su rostro permanecía impasible–. Cuando volvieron a casa empezaron a
citarse, algunas veces en un pub de Londres y sin duda en otros sitios.
Magdalene lo quería porque era guapo y de buena posición para alguien como
ella. Ya le he dicho por qué la quería él. Tal vez ansiaba tener hijos, no lo
sé. –Susan hizo un débil gesto con la mano–. Creo que fue Magdalene quien tuvo
la idea, la que se convirtió, por decirlo melodramáticamente, en el genio malo
de North. Magdalene tenía un arma, ¿comprende?, y en septiembre su marido había
intentado suicidarse abriendo el gas porque sabía que ella ya no le amaba. Un
hombre que intenta suicidarse puede intentarlo de nuevo y tener éxito.
»No sé cuándo empezaron a planearlo. Tal vez
no fue hasta después de Navidad. Debió de ser en enero o febrero cuando
Magdalene le dio a North una de las tarjetas de respuesta comercial del negocio
de Heller. North se la entregaría a Louise y le propondría instalar la
calefacción. No, no fue una coincidencia que Heller trabajara en la zona de
Matchdown Park. Fue por ese motivo que Magdalene lo planeó todo de esa forma.
–¿Qué forma? –preguntó ella en voz apenas
audible.
–Tan pronto como Louise rellenó la tarjeta
solicitando información y la firmó –prosiguió David–, empezó a hablarles a sus
vecinos del proyecto de instalación. Heller se presentó en su coche para tratar
el tema con ella, y cada vez que llegaba el perro se echaba a ladrar, así que
todo el mundo se enteró de sus visitas. Hacía tiempo que Louise North parecía
muy desdichada, porque también ella sabía que su marido le era infiel. No se lo
contó a nadie, pero no pudo evitar que la pena se le notara. Sólo una cosa le
servía de distracción, el plan para instalar la calefacción en su casa, y por
supuesto se lo contó a todo el mundo. Pero cuando los vecinos le preguntaban a
North su opinión, él se limitaba a negarlo, pues era el medio más seguro para
garantizar que las visitas de Heller se consideraran ilícitas.
En ese momento, por fin, Susan volvió la
mirada hacia él.
–Pero eso es completamente absurdo. –La indignación
había reemplazado el efecto amortiguador de la sorpresa–. Pues claro que la
gente preguntó a Bob por la calefacción y claro que él lo negó. A una amiga mía
le dijo que no podía permitirse ese gasto. Esa idea suya... no sé adonde quiere
ir a parar. Su idea es ridícula. Si Bob mentía, ¿qué habría ocurrido si la
gente les hubiera preguntado a los dos cuando estuvieran juntos? Es probable
que lo hicieran.
–¿Y qué? –repuso David–. ¿No se convencerían
con mayor certeza aún de la culpabilidad de Louise al oírla insistir mientras
que su marido volvía el rostro y fingía sentirse violento? ¿No le compadecerían
como a un marido engañado que hacía todo lo posible por ocultar la traición de
su mujer?
–Louise North estaba enamorada de Heller
–dijo ella tercamente–. Él vino tres o cuatro veces y Bob sabía muy bien para
qué. Mire, sé que está obsesionado con su teoría, pero usted no vive aquí. No
conoce a los implicados. El día antes de morir, Louise vino aquí llorando para
contármelo todo, para rogarme que fuera a verla al día siguiente y la
escuchara.
Por un momento David se quedó cortado. ¿Y si
su teoría era errónea, producto de una imaginación calenturienta? Susan
Townsend no volvería a hablarle jamás.
–¿Le dijo que estaba enamorada de Heller?
–preguntó ansiosamente.
Una duda fugaz arrugó el entrecejo de Susan.
–No, pero... Pues claro que vino para decirme
eso. ¿Para qué si no iba a venir?
–Tal vez para contarle que su marido le era
infiel y pedirle consejo.
Susan posó en él una mirada vacía y luego
enrojeció como un tomate.
–¿Quiere decir que yo hubiera sido una buena
consejera porque mi marido también me engañó?
Era horrible que él precisamente tuviera que
herirla de aquel modo. David tenía la garganta seca y por un momento no pudo
responder.
–Por eso mismo –dijo al fin– no podía esperar
que usted sintiera mucha simpatía por la parte culpable de un matrimonio, ¿no
cree? Sin embargo, usted creía que ella lo era.
–Y lo sigo creyendo –espetó Susan con súbito
apasionamiento–. Creo en la infelicidad de Bob.
–Sí, imagino que era desgraciado. No puede
haber mucha felicidad en ser inducido a cometer actos execrables por una mujer
como Magdalene Heller. En la audiencia probatoria se lanzaron improperios
mutuamente, ¿verdad? Todo fingido, o quizá fruto de la rabia de una lady
Macbeth.
–¿Qué intenta decirme?
–Que Bernard Heller y Louise North no eran
amantes. Que no fueron nunca nada más que un vendedor y un ama de casa el uno
para el otro.
20
Susan cogió un cigarrillo y lo encendió antes
de que él pudiera ofrecerle fuego. Tenía el pulso firme y la hinchazón bajo los
ojos había desaparecido casi por completo, dejando unas sombras azules. David
observó la delgadez de sus manos, tan delgadas que la alianza se deslizaba
hasta la primera articulación cuando movía los dedos.
–Se lo ha tomado con mucha calma –dijo–. Me
alegro.
–Sólo porque sé que no es cierto.
David suspiró. ¿Cómo podía esperar que ella
comprendiera la inconstancia, la deslealtad?
–Sé que cuesta de aceptar al principio
–musitó.
–Oh, no es eso. –Su rostro estaba casi
sereno–. Cuando empezó a hablar temí que todo fuera cierto, pero ahora que sé
que no lo es me siento... bueno, aliviada. No le guardo rencor –dijo con
expresión seria–. Sé que obra así porque lo cree correcto. Eso me gusta. –Le
dedicó una sonrisa rígida pero animada–. Es usted una persona buena y
considerada, de verdad. Es cierto que... –Bajó los ojos–. Es cierto que le
había tomado afecto a Bob North. Necesitábamos consolarnos mutuamente porque...
–su voz sonaba monótona, sólo describía los hechos– porque habíamos llegado a
un punto muerto en nuestras vidas. Ahora me estoy recuperando de la conmoción.
Estoy acostumbrada a ello –afirmó–. Bob hizo una cosa horrible y no volveremos
a vernos nunca más. En realidad no teníamos muchas cosas en común. Voy a mudarme
de casa muy pronto y tengo que pensar en mi hijo. Nunca olvidaré a Bob, lo
asustado y atormentado que estaba. –Hizo una pausa y carraspeó–. Pero usted
querrá saber por qué estoy tan segura de que su idea es errónea.
–Sí –respondió él con voz cansina–, por
favor.
–Bien. Heller y Louise se amaban, lo sé.
Verá, en noviembre Heller ya le escribía cartas de amor a Louise. Las tengo yo,
Bob me las dio y puedo enseñárselas si usted quiere.
–Falsificadas –dijo David, dándoles vueltas
en las manos, aunque sabía que no era posible. Las recordó entonces como las
cartas que habían sido identificadas en el tribunal por Magdalene, el director
de Equatair y el propio hermano de Bernard–. No; sé que no pueden ser
falsificaciones. –Las leyó mientras ella, tras encender un segundo cigarrillo
con el primero, lo contemplaba con amable tristeza.
–¿Ve? Ambas están fechadas en 1967, el año
pasado.
David las releyó lenta y cuidadosamente, y
volvió a mirar las fechas, 6 de noviembre de 1967 y 2 de diciembre de 1967. No
cabía duda de cuándo habían sido escritas, pero de todas formas había algo raro
en ellas. «Aún es joven y puede que viva muchos años. No tiene derechos sobre
ti ni vínculos que se reconozcan hoy en día.»
–¿Qué edad tiene North? –preguntó.
–No lo sé –dijo ella, y se detuvo a pensar
con una mueca de congoja–. Treinta o treinta y pico.
–Es muy extraño que Heller le describiera de
esa forma –dijo David.
–Pero es cierto, no es viejo.
–No; es tan joven que resulta absurdo que
cualquiera que supiera su edad escribiera eso sobre él. Eso se dice de un
hombre de mediana edad, de alguien de unos cincuenta años. Es como si Heller
quisiera razonar con alguien muy joven, aportando el punto de vista más maduro
y práctico. ¿Y qué me dice de esto?: «Tenemos que seguir esperando hasta que
muera.» ¿Por qué había de morirse North? Es fuerte y sano, ¿no?, además de
joven. Y eso sobre los derechos, que él no tiene derechos que se reconozcan hoy
en día. Yo diría que el noventa por ciento de la población no negaría que los
maridos y mujeres tienen derechos legales y morales recíprocos, y que el
vínculo es muy fuerte.
–Se requiere una buena dosis de maquinaria
legal para romperlo –repuso ella secamente–. Pero olvida que Heller se hallaba
en un estado emocional inestable, que escribía dominado por la histeria.
–Sin embargo estas cartas no parecen escritas
por una persona fuera de sí. Algunos pasajes son serenos y rezuman ternura.
¿Puedo preguntarle por qué North se las entregó a usted?
–Quería que las quemara. No tenía fuerza de
voluntad para hacerlo él mismo.
David estuvo a punto de echarse a reír. El
tipo quería que las quemasen porque, aunque con un examen superficial parecían
auténticas, un examen pericial podría haber revelado alguna rareza que
desvelara que Louise no podía ser la destinataria de ellas. ¿Por qué se las
había enseñado a Susan Townsend? Porque quería granjearse su simpatía, su
compasión, su certeza de que él era la parte agraviada. Lo había conseguido,
pensó David con amargura.
–¿Sabe lo que pienso? –No lo sabía ni parecía
querer saberlo. Lo escuchaba por pura cortesía. Pero él siguió hablando–. Creo
que el hombre al que se refieren estas cartas no era un marido. La mujer que
las recibió estaba atada a alguien, desde luego, pero sólo por el deber. –David
alzó los ojos y observó que Susan parecía muy cansada–. Perdóneme –dijo–.
¿Podría llevarme las cartas?
–Sí, por qué no. Nadie más las quiere.
Le estrechó la mano y salió al zaguán. Era
como si David la hubiera visitado por algún asunto de negocios, como si le
hubiera comprado la casa.
–No debería quedarse sola –dijo, siguiendo un
impulso–. Yo no me iría, pero seguro que le aburro.
–Por supuesto que no, pero estoy acostumbrada
a estar sola. Me encontraba fatal después del juicio, pero entonces estaba
enferma. –Abrió la puerta y tan pronto como la silueta de David se recortó en
el umbral, el perro comenzó a ladrar. No era de extrañar que North le hubiera
acariciado la cabeza la noche en que David estuvo allí, ya que había sido un
cómplice inocente–. Desearía que nos hubiéramos conocido en mejores
circunstancias –dijo ella.
–Pero nos hemos conocido. –David no aguardó
respuesta, pues podría haber apagado su esperanza.
Hasta el día de su matrimonio Magdalene
Heller vivía con su padre, enfermo de esclerosis múltiple y de unos cincuenta y
cinco años de edad. Había sido su esforzada enfermera hasta que marchó a
Londres y conoció a Bernard, pero no podía casarse y dejar a su padre; tenía
que esperar a que éste muriera. El señor Chant requería grandes cuidados y
atenciones que sólo podía proporcionarle una hija. El inválido crónico era
desabrido e ingrato, malhumorado con la hija que lo cuidaba y algunas veces
violento con ella. Pero era su deber de hija quedarse con él y ver a su
prometido sólo de vez en cuando, cuando él podía ir a visitarla a Exeter o ella
conseguía pasar el día en Londres.
David reunió estos datos y cuando llegó a
East Mulvihill tenía formada una teoría subsidiaria de la primera, como un
diminuto retoño en el cuerpo de una hidra. Carl Heller abrió la puerta del
piso. ¿Lo retenía Magdalene como portero a sus órdenes? Aquella noche el rostro
embotado de Carl era abyecto; sus pesadas mandíbulas colgaban como las de un
sabueso.
–¿Ha visto los periódicos de la mañana?
–preguntó–. Han arrestado al señor North por matar a mi hermano. –Hasta
entonces David jamás había visto a alguien retorcerse las manos literalmente–.
Oh, mi hermano y sus malos actos... –Aferró el brazo de David con un movimiento
torpe y repentino–. No puedo creerlo. Magdalene está enferma en cama. Ayer, al
ver que él no venía ni llamaba creí que se volvía loca. –Carl meneó la cabeza–.
Ahora está mejor, más tranquila. Y todas estas desgracias han caído sobre
nosotros por culpa de los malos actos de mi hermano.
–No creo que él hiciera nada malo, señor
Heller. Escribió unas cartas a la señora North, ¿verdad?
–Cartas malvadas. Jamás olvidaré el día del
juicio, cuando tuve que decir que esas cartas se las había escrito mi hermano a
esa mujer.
–Pero ¿realmente se las escribió? –David
siguió a Carl a la sala de estar. La mesa estaba vacía y la habitación
ordenada, pero había una capa de polvo de dos días sobre los muebles.
Carl se sentó, pero volvió a ponerse en pie
al poco y empezó a pasearse pesadamente de un lado a otro, como un caballo de
tiro en el establo de un poni.
–No quiero decir que él no las escribiera
–dijo–, sino que me sentí avergonzado por tener que confirmarlo. ¡Que mi
hermano escribiera que el pobre señor North no servía para nada y estaba mejor
muerto!
–Señor Heller... –David sabía que sería
inútil explicarle algo a aquel hombre, en quien la angustia acentuaba aún más
su natural estupidez–. Tal vez para usted no tenga sentido, pero dígame, ¿cómo
trazaba Bernard los sietes?
El asombro, la ira incluso, por la aparente
incongruencia de la pregunta, arrugaron el entrecejo de Carl, cuyo rostro
adquirió un tinte de rojo ladrillo. ¿Creía que David se mofaba de su justa
congoja? En todo caso dejó de pasearse, cogió el lápiz que le tendía David,
lamió la punta y dibujó un siete con rayita.
–Eso pensaba. Se educó en el continente, en
Suiza. Ahora hágame un uno como los de Bernard.
Por un momento Carl no pareció dispuesto a
acceder a su petición. Miró fijamente a David, aún más ceñudo, pero finalmente
se encogió de hombros y trazó un uno muy parecido al siete inglés. David cogió
el papel de la manaza de Carl y lo miró con aire pensativo. Magdalene se había
casado con Bernard en 1962 y lo había conocido en 1961. Todo concordaba,
pero... ¿por qué la policía, que tenía acceso a los blocs de notas de Bernard,
no lo había visto, ni el director de Equatair, que conocía la letra de Bernard
y su modo de hacer los números? ¿Por qué no se había dado cuenta Carl?
–En cierta ocasión usted me dijo que para
triunfar en su trabajo, Bernard quería parecer lo más inglés posible. ¿Cambió
el trato estos unos y sietes continentales?
–Puede ser. –Carl asintió sin comprender, sin
querer comprender–. Hace cinco años me dijo que se volvería tan inglés que
nadie notaría la diferencia.
–Hace cinco años, pues –dijo David bajando la
voz–, empezó a escribir los sietes sin la rayita y los unos como un solo
palo... –Lo dijo en voz baja porque había oído abrirse una puerta a sus
espaldas y ruido de pasos en el estrecho pasillo.
Llevaba bata. Un negligée no le hubiera sentado
bien. La bata era larga, rígida y acampanada, hecha de una tela acolchada negra
con visos purpúreos, y reflejaba la luz como una armadura. Tenía el rostro
lívido y tenso, envejecido. Era una reina de los naipes, la reina de picas.
–¿Otra vez por aquí? –dijo. Pretendía
mostrarse desafiante, pero estaba demasiado asustada para conseguirlo–. Quiero
un vaso de agua –dijo a Carl, que fue a buscarlo asintiendo humildemente.
Las uñas de Magdalene rascaron el cristal del
vaso, y un hilo de agua le cayó por el mentón hasta la bata negra. Volvía a
tener voz, pero era una pobre parodia, como si realmente hubiera envejecido.
–Así que Bob North los mató –dijo–. Menos mal
que no teníamos nada más que ver con él. Debe de ser bastante estúpido para
dejarse coger así.
–A los asesinos hay que cogerlos –dijo Carl
tontamente.
–Deberían ser más duros –dijo ella–, y evitar
que los cojan.
–Me pregunto si usted sería lo bastante dura
–dijo David, y añadió locuazmente, al tiempo que se levantaba–: Sería
interesante comprobarlo. –«Será interesante, esta noche o mañana», pensó.
Magdalene posó sus ojos verdes, iridiscentes
y superficiales sobre él durante un momento, y luego volvió a su dormitorio con
el vaso en la mano, dejando oír el susurro del borde de la bata al rozar el
suelo.
David escuchó al pasar junto a su puerta,
pero tras ella sólo había un silencio tan profundo que resultaba más intenso y
aterrador que cualquier sonido.
–Quería saber si se encontraba bien –dijo
David cuando ella contestó al teléfono.
–Pero ya me llamó anoche para preguntar lo
mismo –protestó ella–, y esta mañana. –Al menos, pensó él, no había dicho
«¿Otra vez?»–. Estoy perfectamente, de verdad. Pero tengo a la policía aquí a
cada momento...
–Yo he de ir a comisaría, pero después,
¿podría ir a verla a usted?
–Si quiere –contestó ella–. Está bien, David.
–Le había llamado por su nombre y el corazón le dio un pequeño vuelco–. Pero no
más historias ni teorías. No podría soportar nada más.
–Se lo prometo –dijo él.
Susan tendría que asistir al juicio y para
entonces le conocería lo bastante para permitir que la acompañara. Allí lo
oiría todo y le necesitaría a su lado cuando se presentaran las pruebas contra
los dos acusados.
Así pues, David colgó y fue a contarle a Ulph
lo que habían hecho Magdalene Heller y Robert North: que se habían inventado una
aventura amorosa entre dos personas buenas y afables que jamás les habían
causado daño excepto por el mero hecho de existir; que habían vertido tal
cantidad de inmundicia sobre sus caracteres respectivos, que los amigos y
vecinos de ella y el hermano gemelo de él los habían vilipendiado; y que lo
habían hecho sencillamente porque Louise North no podía divorciarse de su
marido y porque Heller iba a llevarse a su mujer a Suiza.
Pero antes de bajar por la escalera del
metro, David se detuvo un momento y se apoyó en la barandilla del parque sin
árboles. Había pasado con el coche por aquel lugar acompañado de Bernard
Heller. Sin embargo no fue el Bernard de aquel día al que David recordó de
repente, ni al que yació luego muerto en brazos de la mujer muerta a la que en
realidad no conocía. Recordó en su lugar al payaso grueso y jovial de los
chistes aburridos, indefectiblemente amable y generoso.
Tal vez le contara a Ulph su último
descubrimiento en primer lugar. No era un hombre vengativo, pero quería ver la
expresión de Ulph cuando se enterara de que Magdalene Heller había guardado sus
propias cartas de amor, las cartas que Bernard le había enviado en 1961, y que
las había usado como prueba documental de un adulterio inexistente. Quería ver
la expresión de Ulph y, finalmente, las del juez y el jurado.
[1] Winter en inglés: invierno.
[2] La frase original «grace and favour apartment at Hampton
Court» hace referencia a las casas o pisos propiedad de los soberanos de
Inglaterra que éstos ceden libres de renta a quienes desean mostrar gratitud.
Entre tales residencias se encuentran el castillo de Windsor, el palacio de
Kensington y el palacio de Hampton Court. (N. de la T.)
[3] Abreviación corriente de the Victoria Embankment, calle de
Londres que discurre paralela a la orilla norte del Támesis. (N. de la T.)
[4] En español en el original.
[5] La frase alude al hecho de que la palabra inglesa well
significa bien, pero también pozo. (N. de la. T.)
[6] Mews house en el original. Se refiere a pequeñas calles detrás de
calles residenciales, donde se hallaban las cuadras particulares, actualmente
convertidas en su mayoría en casas y apartamentos. (N. de la T.)

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