UN SIMPLE FALLO (Going Wrong, 1990) Ruth Rendell







A Fredrik y Lilian

1

Siempre almorzaba con él los sábados. Esto ocurría siempre, era algo obligado, a menos que uno de los dos se hallase ausente. Era algo tan cierto como que el sol saldría por la mañana, que las chispas volarían hacia el cielo y que las aguas volverían a su nivel. Esto le consolaba y le daba seguridad cuando las cosas iban mal. Por muchas dudas que tuviera, por muy acobardado que se sintiera, podía contar con que ella almorzaría con él el sábado.
Cuando iba a reunirse con ella a la una del mediodía del sábado, solía sentirse optimista. Esta vez quizá consiguiera convencerla para que cenara con él una noche de entre semana o le permitiera llevarla al teatro. Tal vez aceptara verse con él antes del próximo sábado. Esto ocurriría algún día, tenía que ocurrir, sólo era cuestión de tiempo. Ella le amaba. Nunca había habido otra persona para ninguno de los dos.
Al tiempo que se repetía estas palabras a sí mismo mientras se dirigía a su encuentro, sentía una ligera aprensión. El corazón le hacía dudar. Recordaba lo que había visto. Se dijo entonces, por centésima vez, que no pasaba nada y que se estaba preocupando sin razón. Alzó la cabeza y cobró ánimos.
Iba camino de una bodeguilla situada muy cerca de donde se habían conocido. Ella había optado por ese lugar, temiendo que él escogiera un sitio caro. Si llegaba en taxi ella le preguntaría por su salud, así que había decidido ir a pie después de dejar el taxi en lo alto de Kensington Church Street. Él tenía una posición acomodada, si se exceptúa a los verdaderamente ricos, y parecía un millonario a los ojos de la mayoría de gente que ella conocía. «Benefactores» de izquierdas, «verdes», que creían que era un valor moral en sí el no tener un refrigerador o un microondas, el ir de camping y el montar en bicicleta. Él podía darle cualquier cosa que deseara. Con él podría tener una vida cómoda.
Ella llegaría al lugar de encuentro paseando por Portobello Road. La atraían su aire pintoresco, los puestos del sábado, el bullicio y la gente. Y esto era lo que a él le desagradaba; le recordaba demasiado los malos tiempos de su infancia y de su adolescencia, las cosas que había dejado atrás. Tomó la larga y austera Kensington Park Road, la ancha e impersonal avenida que discurría hacia el norte. Era pleno verano y los árboles lucían oscuros, verdes y polvorientos. Hacía calor, el sol emblanquecía las aceras y hacía que el aire se retorciera y danzara en ondas vidriosas por encima del asfalto. A ella no le gustaban sus gafas de sol, decía que le daban aspecto de mafioso, así que se las quitaría en cuanto entrara en la oscuridad del restaurante. Esperaba encontrarse con ella a este lado del restaurante, ya que ella venía desde el oeste, desde el otro lado de Ladbroke Grove, donde vivía. Entonces vería que no había venido en taxi.
Miró a los mews[1] de la izquierda. No pudo evitarlo, aunque su sola visión le dolía y le causaba una agridulce nostalgia. Ella había vivido con sus padres en una de aquellas casas de muñecas pintadas de rosa y con macetas en las ventanas, la casa cuyo balcón parecía un enrejado de chimenea y cuya puerta de entrada era blanca como la crema batida. Diríase que había escogido este lugar para almorzar hoy con el fin de atormentarle. Pero no era de la clase de personas que hacen este tipo de cosas. Lo que pasaba era que no tenía ni idea de que esto fuera a representar un tormento para él, no comprendía ya sus sentimientos y era tarea de él hacer que comprendiera. Tenía que conseguir que sintiera con respecto a él lo que sentía cuando pasaba por delante de la manzana de pisos del ayuntamiento donde él se había criado, a pocas calles de allí, en Westbourne Park. Por un momento se preguntó qué tal sería saber que ella suspiraba por él tanto como él por ella, y que la sola visión de un lugar donde él había vivido la llenaba de recuerdos y ternura y de anhelo por el dulce pasado. Pensó resueltamente: conseguiré que vuelva a sentir eso por mí.
Habían corrido por estas calles cuando él tenía catorce años y ella once. Ellos eran una pandilla. No eran en absoluto niños inocentes, sino un grupo de chicos blancos y negros, endurecidos, bastante crecidos para su edad la mayoría de ellos, ladronzuelos brillantes e inveterados fumadores de marihuana. Él empezaba ya a traficar y bien que le había ido, había conseguido una pequeña fortuna llevando a los escolares por el mal camino. Algunos de aquellos críos eran ricos, sus padres vivían en el «lado bueno» de Holland Park Avenue. Su madre nunca sabía ni le importaba dónde estaba mientras no la importunara, y ¿por qué iba a hacerlo? Medía uno setenta y seis, ya se afeitaba, y de vez en cuando salía con una chica de dieciocho años, todavía faltaba poco a la escuela pero tenía dinero suficiente en el bolsillo como para que esas cosas no le importaran. Iba en taxi cuando no conducía el coche de su novia.
Pero ella... la quiso desde el primer instante, desde el instante en que bajó por Talbot Road y se plantó allí en la esquina observándolos, cuatro chicos sentados en el muro y fumando el primer porro de la noche. Era bajita y muy joven, con un rostro grave y ansioso de experiencias. Los otros no mostraron el menor interés pero él, en cambio, se quedó mirándola y ella mirándole a él; fue para los dos un amor a primera vista y, cuando el porro llegó a él, lo clavó en un alfiler y se lo ofreció diciéndole:
–Toma... no seas tímida.
Estas fueron las primeras palabras que él le dijo: «Toma... no seas tímida». Las había pronunciado con tanta cortesía que Linus le dirigió aquella larga mirada de Mohamed Alí y escupió en el arroyo. Ella cogió el porro y se lo llevó a los labios; naturalmente, lo mojó, siempre les pasaba eso la primera vez. Pero no se mareó ni hizo ninguna idiotez y se limitó a dirigirle aquella desgarradora sonrisa tan suya que terminaba en una risita.
Un mes más tarde los padres de ella pusieron fin a todo esto. Pusieron fin a lo que llamaban «jugar en la calle». Era peligroso y a la niña podía ocurrirle cualquier cosa. Naturalmente, él y ella siguieron viéndose en el camino de ida y de vuelta de la escuela. No habían dejado de relacionarse desde entonces ni un solo momento, naturalmente con intervalos de tres a cuatro meses cuando ella estaba en la universidad, pero nunca había habido una verdadera separación. No era posible separarla de él, se dijo a sí mismo mientras entraba en la bodeguilla y bajaba la escalera de caracol.
Se detuvo para quitarse las gafas de sol. El lugar tenía una onda de los años treinta y la música que había puesta era una selección de películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. Por todas las paredes había fotografías de viejas estrellas del cine, como Clark Gable y Loretta Young, gente largo tiempo olvidada que no significaban nada para él. Ella había llegado ya, estaba sentada en la barra con un zumo de naranja y hablando con el muchacho francés que hacía de barman. No se sintió celoso. Le gustaba mirarla cuando ella no se daba cuenta de que era observada.
Era una chica muy morena, al modo en que pueden serlo los celtas, que no tiene nada que ver con el moreno de los indios o de la gente de Oriente Medio o ni siquiera de los españoles. Su piel era morena invierno y verano, pero ahora, con este calor, tenía un tinte muy oscuro. A excepción de los ojos azul oscuro, sus rasgos no eran hermosos, pero el conjunto era hermoso, algo enteramente agradable, grato. Te hacían pensar: este es el aspecto que debe tener una mujer de veintiséis años, guapa, buena, inteligente e interesante. El perfil de su rostro era el que veía ahora: la nariz pequeña y recta, la barbilla ligeramente demasiado pronunciada, los labios que parecían la viva imagen de un pétalo de rosa roja y las cejas que se alejaban hasta el inicio del cabello. Su cabello era el de un paje de una pintura de Rossetti. Esto lo había dicho una vez su madre. Era todo lo oscuro que podía ser sin llegar a ser negro y le llegaba hasta justo por debajo de las orejas, como una campana de metal, con un flequillo hasta mitad de la frente. Iba ahora de blanco, shorts blancos hasta las rodillas, camisa blanca con amplias mangas arremangadas y un cinturón rojo, blanco y azul completando el conjunto en torno a su estrecha cintura. Sus piernas morenas eran largas, lo bastante largas y bien formadas como para resultar hermosas a pesar de llevar aquellos gruesos calcetines blancos y las zapatillas. ¡Qué pendientes tan absurdos! Jarrones negros con asas dobles, como algo surgido de la tumba de mamá. Estos pendientes le producían una ternura insoportable.
El barman debió de susurrarle algo. Leonora se volvió. Él habría dado cualquier cosa por ver la alegría dibujada en su rostro, por ver su rostro como sería el de él cuando la viera. Si al menos hubiera podido engañarse a sí mismo y decir que no era una expresión de horror. Expresión que desapareció al instante por el sentido del deber, la cortesía y la decente bondad que formaban parte de su carácter, pero que estaba allí. Horror. Decepción ante el hecho de que él hubiera acudido, de que no llegara tarde o enviara a última hora un mensaje diciendo que no podía venir. Era como un largo y delgado alfiler atravesándole el corazón. Y entonces se engañó a sí mismo. Lo estaba imaginando. Ella estaba contenta de verle. ¿Por qué si no estas citas fijas de los sábados? ¡Mira qué sonrisa! Ahí estaba el rostro de Leonora, de repente radiante.
–Hola, Guy –dijo ella.
En el primer momento, incluso después de que ella le hubiera hablado, no pudo decir palabra. Fue sólo un instante. Cogió la mano que ella le tendía y la besó primero en la mejilla izquierda y luego en la derecha. Como podría besar a cualquier amiga. Y sintió cómo los labios de ella se movían de la manera aceptada, tocándole la mejilla izquierda y luego la derecha.
–¿Cómo estás?
Lo había conseguido. Se había roto el hielo que mantenía paralizada su lengua.
–Muy bien.
–¿Vas a tomar algo de verdad hoy?
Ella hizo que no con la cabeza. Vino bebía a veces; licores nunca. Solía limitarse a zumos de frutas y agua con gas. Había pasado mucho tiempo desde aquellos días en que se sentaban al salir de la escuela en una losa del cementerio de Kensal Green a beber el coñac que, según Linus, había caído de la caja de un camión. A los dieciocho y quince años se puede beber mucho coñac. La cabeza es fuerte y el estómago de hierro.
Guy pidió al barman otro zumo de naranja y un vodka con tónica. En algún lugar del mundo debía de haber naranjas perfectas, maduradas al sol y sin pepitas. Naranjas grandes como pomelos y dulces como la miel de brezo. Estas son las que deberían tener aquí y exprimir para ella en un vaso alto de cristal completamente helado, recién salido del refrigerador, un vaso de Waterford, precioso y adornado con hojas y flores, que ella rompería cuando hubiera bebido el contenido. Esta idea le hizo sonreír. Ella le preguntó qué era lo que le hacía tanta gracia y frunció ligeramente el ceño mientras él le daba la explicación.
–Guy, quiero que dejes de verme así, que dejes de pensar en mí en esos términos.
–¿Qué términos son esos?
–Tus fantasías románticas. No tienen nada que ver con el mundo en que vivimos. Es como un cuento de hadas.
–No te veo sólo así –la miraba con intensidad y hablaba de un modo lento, medido y justo–. Creo que te veo de todas las maneras en que un hombre puede ver a una mujer a la que quiere. Te veo como la chica más simpática y guapa que conozco. Te veo como una mujer única, inteligente y dotada, todo lo que debe ser una chica. Te veo como a mi esposa y madre de mis hijos, compartiendo todo lo que tengo y envejeciendo conmigo, y a mí mismo tan enamorado de ti dentro de cincuenta años como ahora. Así es como te veo, Leonora, y si se te ocurre de qué otro modo se puede ver a la estrella más reluciente del cielo, te veré así también. ¿Te parece bien?
–¡Que si me parece bien! No se trata de si me parece bien.
Sabía que ella había oído antes de sus labios este discurso, o algo muy parecido. Lo había preparado hacía mucho tiempo y se lo sabía de memoria. Pero el caso es que era cierto. ¿Podía decir otra cosa que la verdad?
–¿Te complace, entonces? Porque quiero complacerte. Pero no volveré a decirlo, lo sabes.
–Lo que sé es que no voy a ser tu esposa ni tampoco la madre de tus hijos –ella levantó la mirada cuando llegó el zumo de naranja y dirigió al barman la sonrisa que debía haber sido para él–. Te lo he dicho ya muchas veces, Guy. He intentado decírtelo buenamente. He intentado ser honrada y comportarme como creo que debo. ¿Por qué no me crees?
Guy no contestó. Alzó los ojos y la miró sombrío. Tal vez ella tomara su mirada oscura por un reproche, y cuando habló lo hizo con impaciencia.
–¿Qué pasa ahora?
Le costaba trabajo, pero debía preguntárselo. Si no se lo preguntaba ahora lo haría más tarde. Si no hoy, se lo preguntaría mañana por teléfono. Era mejor preguntárselo ahora y saber. Tenía que saber contra qué debía luchar, tenía que saber si había un adversario. Se le había secado un poco la garganta. Deseaba con toda su alma no hablar con voz ronca.
–¿Quién es él?
Hablaba con voz ronca. Hablaba como si algo o alguien le atenazara la garganta. Ella se mostró sorprendida. La había cogido desprevenida.
–¿Qué?
–Te vi con él. Paseando por Kent High Street, el martes o el miércoles pasado.
Pretendía mostrar, a pesar de la voz sin aliento, una despreocupación que no sentía. No sólo sabía el día sino que sabía también, de manera indeleble, la hora, la hora exacta al minuto y el lugar exacto. Habría podido encontrarlo si iba allí ahora mismo, como si las huellas de ellos dos estuvieran grabadas en la acera. Se creía capaz de encontrar el lugar con los ojos vendados o en sueños. Y podía verlos a los dos, imágenes petrificadas en su memoria, podía ver sus rostros felices –no, eso no, eso se lo inventaba– delante de Kensington Market.
–Un poco enano el tío –dijo, ahora con voz furiosa–. Y con el pelo de paja. ¿Quién es?
Ella no había querido que lo supiera y esto le consolaba un poco.
–Se llama William Newton –dijo ella con las mejillas enrojecidas.
–Y ¿qué significa para ti?
–No tienes ningún derecho a preguntarme eso, Guy.
–Sí tengo derecho. Soy la única persona en el mundo que tiene derecho.
Creía que ella iba a iniciar una pelea, pero Leonora se limitó a decir, malhumorada:
–Bueno, pero no debes darle tanta importancia. Recuerda que me has preguntado, así que tienes que aceptar la respuesta.– ¿Se daba cuenta de que esto le hacía que le diese un vuelco el corazón? La miró conteniendo la respiración–. En realidad hace unos dos años que nos conocemos. Y hace un año que salimos juntos. Me gusta mucho.
–¿Qué quiere decir eso?
–Lo que digo, que me gusta mucho.
–¿Eso es todo?
–Guy, me resulta muy difícil hablar de esto si me miras de ese modo. William ha llegado a ser muy importante para mí y yo lo soy para él. Así que ya lo sabes.
–¿Es mamante?
–¿Importa eso? Sí. Sí, claro que lo es.
–¡No te creo!
Ella intentó decir esto de manera ligera:
–¿Por qué no? ¿No soy lo bastante atractiva como para tener un amante? Sólo tengo veintiséis años y no soy fea.
–Eres hermosa, pero no me refiero a eso. Me refiero a él. Míralo: un metro setenta, el pelo de paja y la cara como una cebra sin rayas... y ¿qué es una cebra sin rayas? ¿Qué hace? ¿Tiene dinero? No, no me contestes. Se ve que no. Un enano descolorido y muerto de hambre. No te creo. ¿Qué ves en él? Por el amor de Dios, ¿qué ves en él?
Mirando el menú y sin siquiera levantar la cabeza, ella dijo con voz pausada:
–¿De veras lo quieres saber?
–Claro que quiero saberlo. Te lo pregunto.
–Conversación –alzó los ojos y a él le pareció que suspiraba un poco–. No me aburriría aunque me estuviera hablando todo el día y no oyera a otra persona en mi vida. Es el hombre más interesante que he conocido. Bueno, Guy, me has preguntado.
–¿Y yo soy aburrido?
–Yo no he dicho eso. Lo que he dicho es que no me resultas tan interesante como William. No sólo tú, nadie. Me has preguntado por qué salgo con él y te lo he dicho. Me he enamorado de William por cómo habla y... por su inteligencia, así de sencillo.
–¿Te has enamorado? –¡Oh, qué horror pronunciar estas palabras! No le habría extrañado morir antes de decirlas, o que el decirlas le matara. Se sentía débil y las manos se le descontrolaban–. ¿Estás enamorada de ése?
–Lo estoy –dijo ella, y calló.
–Oh, Leonora, ¿cómo puedes decirme eso a mí?
–¿Qué quieres que haga si me preguntas? ¿Que te cuente una mentira?
Oh, sí, una mentira, cualquier mentira antes que esta terrible verdad.
–¿Y te acuestas con él por cómo habla?
–Pretendes que parezca ridículo, lo sé, pero el caso es que en cierto modo es así.
Leonora pidió melón con prosciutto sin el prosciutto, y a continuación espaguetis. Él pidió gambas y tournedós Rossini. Se esforzó por hablar, por decir cualquier cosa, pero sus palabras parecían la riña de una niñera.
–Me gustaría que comieras bien por una vez, que pidieras algo más caro.
Podía ver que para ella era un alivio este cambio de tema, o lo que a ella le parecía un cambio de tema. Lo cierto era que a Guy le resultaba insoportable seguir hablando de aquello. Aquellas palabras le hacían daño. Las palabras de Leonora seguían presionando y zumbando en sus oídos: «Me he enamorado de él».
–Lo que pasa es que no me gusta que pagues tú –dijo ella–. No vengo de un mundo en que los hombres paguen la comida a las mujeres porque sí.
–No seas absurda. No es porque yo sea hombre, de lo que se trata es de que gano cincuenta veces más que tú.
No habría debido decirlo, se dio cuenta al instante. Tenía este fallo y lo reconocía, era incapaz de no expresar orgullo por su éxito como hombre que se había hecho a sí mismo. Ella volvió a fruncir el ceño y aquellas cejas aladas se unieron. Empezaba a sentirse furioso y desgraciado al mismo tiempo. Este era el problema. En estas ocasiones únicas en que estaban juntos, siempre a la luz del mediodía y siempre en público, le era imposible controlar su genio.
–Ya sé que aborreces el modo en que me gano la vida –dijo mirando fijamente las cejas fruncidas y los firmes ojos azules–. Pero es porque no entiendes. No sabes en qué mundo vivimos. Eres una intelectual y crees que todo el mundo tiene tu gusto y sabe lo que es bueno y lo que no lo es. Esto es algo que no entiendes, que la gente corriente sólo quiera tener cosas bonitas y corrientes en sus casas, cosas que puedan mirar y con las que puedan identificarse, cosas... que no sean ni pretenciosas ni falsas.
–«Su posición con respecto a la religión que defendía era la de un avicultor con respecto a la carroña con que alimenta a sus aves: la carroña es asquerosa pero a las aves les gusta y la comen, por lo que es correcto alimentar a las aves con carroña.»– citó Leonora.
Guy enrojeció hasta la raíz del pelo.
–No me digas que eso es tuyo.
–Es de Tolstoi.
–Te felicito por tu memoria. ¿Lo has aprendido a propósito para soltarlo hoy? ¿O es una de esas cosas que dice él en sus maravillosas conversaciones?
–Es una obra que me gusta –dijo ella–. Viene al pelo a muchas de las terribles cosas que alguna gente hace a otra gente hoy en día. No me gusta nada de lo que haces para ganarte la vida, Guy, pero eso no es todo.
–¿Vas a contarme el resto?
Llegaron el melón y las gambas. Él pidió una botella de Mâcon-Lugny. No era ni mucho menos un alcohólico, pero había empezado a beber todos los días, a beber mucho, un aperitivo y vino con el almuerzo, dos o tres ginebras por la tarde y una botella de vino con la cena. Y, si la persona con quien estaba deseaba compartir otra botella o dos por la noche, tampoco decía que no. Ni siquiera por Leonora iba a hacer ver que no deseaba beber o abstenerse del cigarrillo que fumaría después del bistec.
–En realidad nunca me lo has dicho. Has dicho por qué te gusta el enano pelo-de-paja pero no has dicho nada de por qué no te gusto yo. O por qué no te gusto ya, porque antes sí te gustaba.
–Tenía quince años, Guy. Hace once años de eso.
–Aun así. Yo fui el primero y una mujer siempre quiere más al primero.
–Eso es porquería retrógrada y sexista. Y otra cosa, si vuelves a llamar a William enano pelo-de-paja me levanto y me voy.
–No voy a estar aquí sentado aguantando tus insultos –soltó él con voz de verdulero.
–Como quieras. Y me alegro de que lo hayas dicho, así me ahorras la molestia.
Estaba callado, demasiado exasperado para hablar. Como ocurría a menudo en estos encuentros, llegaba un punto en que estaba demasiado enfadado o furioso para comer, a pesar del hambre que había sentido un momento antes. Se ponía en cambio a beber y terminaba largándose del lugar, con la cara colorada como un tomate. Pero todavía no estaba colorado. Podía verse a sí mismo reflejado en el panel de cristal negro de enfrente, al lado de la imagen de Cary Grant en Encadenados, un hombre muy atractivo de rasgos clásicos y fuertes, la frente noble, hermosos ojos oscuros y un mechón de cabello cayéndole descuidadamente sobre la frente curtida. Hizo a Cary Grant a un lado. Paradójicamente, su pinta lo ponía aún más furioso. Era como si lo tuviera todo ya, pinta, dinero, éxito, encanto, juventud: ¿qué otra cosa le quedaba por conseguir, qué podía encontrar que la hiciese cambiar de opinión cuando todo parecía inadecuado?
–No quiero postre –dijo ella–. Sólo café.
–Tomaré café solo también. ¿Te importa que fume?
–Siempre fumas –dijo ella.
–No lo haría si te pareciera mal.
–No me importa, Guy. No tienes por qué preguntarme. ¿No te parece que te conozco ya a estas alturas?
–Tomaré un coñac.
–Adelante, Guy, no peleemos. Somos amigos, ¿no? Me gustaría que fuéramos siempre amigos, si es posible.
Habían pasado ya por esto antes. «Me he enamorado de él.» Las palabras zumbaban en sus oídos. Dijo:
–¿Cómo está Maeve? ¿Cómo están Maeve y Rachel y Robin y mamá y papá?
Sabía que habría debido decir «tu madre y tu padre», y lamentaba que le proporcionara placer el ver aquel ligero respingo cuando se refería a sus padres de este modo. Pero siguió adelante, y soltó sin poder evitarlo:
–Y sus apéndices –dijo–, la madrastra y el padrastro, ¿cómo están? ¿Siguen enamorados? ¿Siguen casándose por segunda vez como es debido ahora que ya tienen edad para saber lo que se hacen?
Leonora se levantó. Él le cogió la muñeca.
–No te vayas. No te vayas, Leonora, por favor. Lo siento. Lo siento muchísimo, perdóname por favor. Me vuelvo loco, ¿sabes? Cuando te sientes tan infeliz como me siento yo te vuelves loco y no te das cuenta de lo que dices, dices cualquier cosa.
Ella apartó con gran suavidad los dedos de Guy de su muñeca.
–¿Por qué eres tan tonto, Guy Curran?
–Siéntate y tómate tu café. Te quiero.
–Eso ya lo sé –dijo ella–. Créeme, no tengo la menor duda. Nunca me oirás decir que no lo creo. Sé que me quieres. Y ojalá no me quisieras. ¡Santo cielo, ojalá no me quisieras! Si supieras qué peso es para mí, cómo me destroza la vida que sigas y sigas y que nunca me dejes en paz... ¿por qué... bueno, por qué no abandonas, Guy?
–Nunca abandonaré.
–Tendrás que hacerlo algún día.
–No lo haré. Porque sé que todo eso no es verdad. Dices que te has enamorado de ese cómo-se-llame pero eso es sólo un capricho, algo pasajero. Sé que a quien quieres es a mí. Te disgustaría mucho que te dejara. Me quieres.
–Te diré que sí, en cierto modo. Lo que pasa es que...
–Come conmigo el sábado que viene –dijo él.
–Siempre como contigo los sábados.
–Y te telefonearé mañana.
–Lo sé –dijo ella–. Sé que llamarás. Sé que llamarás todos los días y que comerás conmigo todos los sábados. Es algo tan seguro como que vendrá la Navidad.
–Del todo seguro –dijo él brindándole la copa de coñac, echando un sorbo y bebiendo a continuación como si fuera vino–. Soy tan de fiar como la Navidad y además igual de... ¿cómo se dice?... inexorable. Y algo más, no vendrías si en realidad no me quisieras. El ena... ese William, no estás enamorada de él, es sólo un capricho. Es a mí a quien quieres.
–Te aprecio.
–Entonces, ¿por qué sigues viéndome?
–Guy, sé sensato, sólo lo hago porque... Bueno, no hay por qué entrar en eso.
–Sí, hay por qué. ¿Qué quiere decir «sólo lo hago porque»?
–Muy bien, tú lo has preguntado. Porque sé lo que sientes o intento saber lo que sientes. Quiero ser amable, y no mezquina. Te prometí qué sé yo qué cuando éramos niños. Nadie en su sano juicio diría que aquellas promesas tienen algún valor, pero es igual. Por Dios, Guy, te llevo en mi conciencia, ¿no te das cuenta? Por eso como contigo los sábados, por eso escucho todo ese rollo y dejo que insultes a mi padre y a mi madre y a mis amigos y... y a William. Y hay otra razón. Es porque espero... bueno, esperaba... conseguir que fueras sensato, esperaba poder convencerte de que era inútil (y perdóname por tanta esperanza) y que llegaras a darte cuenta de que tú y yo no tenemos ningún futuro juntos. Creía poder convencerte de que fuéramos amigos, y así es cómo debería ser... mi amigo... bueno, nuestro amigo, mío y de William. ¿Queda explicado?
–Todo un discurso –dijo él.
–No me ha sido posible abreviarlo y decir todo lo que tenía que decir.
–Leonora –dijo él–, ¿quién te ha vuelto contra mí? –Era una nueva idea, que le había llegado como una revelación, como una iluminación concedida a un fiel creyente. El rostro de ella, culpable, cauto y en guardia, le decía que no se equivocaba–. Está muy claro. Es uno de ellos, ¿no? Uno de ellos te ha vuelto contra mí. No valgo para ellos, no estoy a la altura de lo que según ellos te conviene. Es eso, ¿no?
–Soy adulta, Guy. Tomo mis propias decisiones.
–No vas a negar que sois una familia muy unida, ¿verdad? No vas a negar que tienen mucha influencia sobre ti.– Ella no podía negarlo, no decía nada.– Apuesto a que se les cae la baba por ese William, apuesto a que es el favorito de todos ellos.
–Sí, les cae bien –dijo ella con cuidado. Se levantó y le tocó la mano dirigiéndole una mirada que él no pudo comprender–. Te veré el sábado que viene.
–Hablaremos antes. Te llamaré mañana.
En un tono alegre y neutro, ella dijo:
–Sí, ¿seguro que llamarás?
Él se fue por un lado y ella por el otro. Cuando la hubo perdido de vista llamó a un taxi. Pensó en pedir al taxista que se dirigiera a la casa de Portland Road donde ella tenía el piso, en ir allí y arreglar el asunto con ella y tal vez también con William. Estaba seguro de que William estaría allí esperándola, dispuesto a escuchar compasivamente sus quejas acerca del almuerzo y de él y del rollo que era todo aquello y luego a ofrecerle el bálsamo de su brillante conversación.
Pero ella no diría nada de eso, no se quejaría de él ni diría que estar con él era un rollo. Se atrevió a conjeturar que ella ni siquiera mencionaría a nadie que le había visto. Porque el hecho era que le quería de verdad. ¿Acaso acudiría a la cita con él si no fuera así? ¿Quién podía creerse aquellas tonterías acerca de la conciencia y de intentar convencerle de que podían ser amigos? Si una mujer hablaba con un hombre por teléfono todos los días y se encontraba con él una vez a la semana era porque le amaba.
Guy despidió al taxi en la entrada de Scarsdale Mews. Había comprado la casa hacía diez años, cuando tenía diecinueve, algo inusitado. Pero tenía el dinero necesario. Fue justo antes del boom de la propiedad, que había triplicado el precio de la casa en estos años. La segunda zona de Londres, según él la llamaba. Había comprado la casa porque era un chalet en un mews como la casa en que en esa época vivían todavía los padres de ella, sólo que la suya era mayor y estaba en un barrio mucho más prestigioso. Entre sus vecinos había un par, un famoso novelista y un personaje de espectáculos televisivos. La primera vez que le había pedido que se casara con él, él tenía veinte años y ella diecisiete, la había traído a esta casa y le había mostrado el jardín entre muros con los naranjos en jarrones romanos, el estudio con antiguos mosaicos de Lisboa en las paredes y una alfombra Gendje. La casa poseía el primer jacuzzi que se había instalado en Londres. Tenía una cama con dosel del siglo xviii y una estera joshagan en el suelo del dormitorio. Los padres de ella no tenían nada así. La llevó a cenar al Ecu de France, donde los camareros se deslizaban hasta la mesa mostrando la comida en grandes bandejas de plata, y luego la llevó a casa donde les esperaba el Piper Heidsieck en hielo y fresas salvajes.
El Gran Gatsby –había dicho ella.
Era el título de un libro. Siempre estaba hablando de libros. Le había comprado un anillo con un enorme zafiro del tamaño del iris de uno de sus ojos. En ella y por ella había gastado la fortuna amasada en su adolescencia.
–No, no puedo, sólo tengo dieciocho años –dijo ella cuando le pidió que fuera su esposa.
–Bueno, más adelante –dijo él–. Esperaré.
Todavía conservaba el anillo. Estaba arriba, en la caja fuerte, junto con otros artículos menos costosos. No había perdido la esperanza de colocárselo en el dedo algún día. Debía de amarle. Si no le amase, se negaría a volver a verle. Esto es lo que hacía la gente, esto es lo que hacía él con las chicas que le perseguían. Se metió en su casa, se dirigió directamente a la estancia que según ella no debía llamar salón, aunque él lo llamaba así, cómo iba a llamarlo si no, y se sirvió un coñac. Éste le recordó, como le recordaba siempre el buen coñac, el de Linus Pinedo que habían bebido en Kensal Green. Aturdidos por el amor y el licor habían yacido uno en los brazos del otro sobre la larga hierba de entre las tumbas mientras las mariposas volaban sobre ellos en el cálido aire estival.
–Te querré toda la vida –dijo ella–. No podrá haber nadie más para ninguno de los dos, Guy. ¿Piensas tú eso también?
–Sabes que sí.
Le amaba, siempre le había amado. Alguien la había vuelto contra él. Uno de ellos. Uno o varios de ellos habían influido en ella y la habían puesto contra él: William, o Maeve, o Rachel, o Robin, o sus padres. Anthony, su padre, y Tessa, su madre. Y se habían vuelto a casar los dos, por lo que ninguno de ellos podía ya permitirse poseer pequeñas casas en un mews de la segunda zona de Londres (o en su caso de la tercera o la cuarta). Guy sonrió. Ahora eran Anthony y Susannah, Tessa y Magnus.
La habían vuelto contra él a posta. Formaba parte de una política deliberada destinada a hacer entrar a Leonora en su molde y apartarla de elementos indeseables. Anthony el arquitecto, su padre, y Tessa con sus uñas de metal y su voz altiva de sabelotodo, su madre. La linda y gentil Susannah, la psicoterapeuta aficionada, su madrastra, y Magnus el abogado, su padrastro, con su cara cadavérica y su talante de juez verdugo.
Y los otros allegados: Robin, Rachel y Maeve. Habían formado una alianza contra él, los ocho contra Guy Curran.


2

Cuando Leonora cambió de escuela fue para ir a la comprensiva de Holland Park, su escuela. A la madre de Leonora no le gustaba que volviera a casa sola las tardes de invierno en que empezaba a oscurecer a las cuatro, y para que su madre no viniera a buscarla en el coche, Leonora decía que la acompañarían unas «amigas mayores». Las amigas mayores eran él, Linus y Danilo, que empezaban a ser conocidos en los bajos fondos locales como el Tráfico de Sueño.
De haberlo sabido sus padres no sólo habrían alucinado, sino que probablemente habrían emigrado. Sin embargo, con el paso del tiempo fue él el único acompañante. Linus había conseguido buenas notas y había pasado a un colegio de sexto grado, mientras Danilo se buscaba problemas por robar pisos. El Tráfico de Sueño se había convertido en un espectáculo individual aunque sus números eran cada vez más fuertes. Una tarde de otoño, él y ella estaban sentados en los peldaños de un portal de Prince’s Square, sin fumar ni nada por el estilo, sólo compartiendo una lata de coca-cola y una bolsa de patatas fritas, cuando pasó el padre de Leonora en su coche. Se dirigía a casa por Hereford Road. Guy pensó que iba a parar, pero se limitó a saludar con la mano a Leonora y siguió su camino.
–Cruza los dedos por mí cuando llegue a casa –dijo Leonora.
–¿Por qué? ¿Qué va a pasar?
–No sé exactamente. Es posible que haya una gran escena. Es posible que me lleven y me vengan a buscar a la escuela durante unas semanas. ¡Cielo Santo, espero que no, vaya rollo!
–¿Tú crees? Apuesto a que tu madre hace lo que dice en la revista de mi vieja.– Habló en un acentuado falsetto–: «No prohíbas a tus hijos que vean a sus amigos. Es mucho más positivo alentarlos a invitar a sus amigos a su casa. Así podrás conocerlos. Recuerda que la mayoría de la gente responde bien a un ambiente hogareño feliz».
Esto la hizo reír. Él recordaba cada una de las palabras de la conversación, cada detalle de lugar y de tiempo y, naturalmente, de ella. Leonora vestía pantalones téjanos, una blusa blanca y una camiseta azul oscuro con un osito delante, una bonita y confortable chaqueta tejana forrada de piel de borreguito, botas de piel marrones y un largo pañuelo a rayas rosadas, azules y amarillas. En esta época llevaba el cabello largo, muy largo, casi hasta la cintura. No llevaba gorra, no hacía el suficiente frío como para ello en octubre. Tenía trece años.
Fue por ese entonces cuando se hizo agujerear las orejas. Guy fue con ella a que se lo hicieran. Era esto lo que le gustaba, el contraste, las cosas que hacían las chicas y que eran tan diferentes de lo que hacían los hombres. Ya entonces imaginaba un futuro en el que le compraría pendientes de diamantes. Su madre se puso furiosa, dijo que era «vulgar» hacerse una cosa así a esa edad. Y Leonora había empezado a llevar aquellos fantásticos pendientes que todavía le gustaban. El par que llevaba cuando estaban sentados en los peldaños eran unos teléfonos con los receptores colgando de cables.
Recordaba todo esto con todo detalle porque fue la primera vez que ella le dijo que le quería. Nadie le había dicho esto antes, ni siquiera la chica de dieciocho años (ahora de veinte) cuyo sofá cama en el pequeño cuarto a veces compartía y cuyo coche conducía. ¿Por qué iban a hacerlo? ¿Y quién? Desde luego, su madre no. Y tampoco su abuela, quien había convencido a su madre para que le llamase Guy porque Guy Fawkes fue el primer católico que se había atrevido a poner una bomba al gobierno británico.[2]
Pero cuando, con voz chillona, Guy le habló de ser invitado a su casa y del ambiente feliz, Leonora se echó a reír, dejó caer la cabeza sobre las rodillas, sacudió la larga cabellera castaña y los pendientes con los teléfonos, alzó los ojos y dijo:
–Oh, Guy, te quiero. Te quiero mucho –y le echó los brazos al cuello y le apretó contra sí.
A Leonora le gustaba que dijera cosas graciosas o inteligentes, y él se esforzaba por decirlas con tanta frecuencia como le era posible. No le resultaba fácil, pero lo intentaba. Todavía lo intentaba. Y ella seguía riendo aunque había en su risa algo que le turbaba, y era su sorpresa.
Lo interesante fue que la madre de Leonora hizo exactamente lo que él había predicho y le dijo a Leonora que le invitara a casa. Fue su primer encuentro con ellos, con todos los que la rodeaban. Robin, su hermano, no estaba. Estaba en la escuela, una pretenciosa escuela particular a la que asistía.
En esa época su madre debía de tener unos treinta y ocho años. Parecía exactamente una versión mayor y más dura de Leonora: la misma piel de aceituna y el mismo rostro de paje, el cabello oscuro aunque con una especie de moño detrás, y los mismos ojos azul oscuro, pero calculadores y vigilantes. Guy observó sus uñas. Estaban pintadas de color de plata. Eran muy largas y curvadas, como garras, pero limadas en punta, y parecían de metal, como piezas de cubertería. Cada vez que la vio después de esto sus uñas eran de un tipo diferente de metal, oro, bronce, latón o el mismo de color de plata. Leonora no le presentó a su madre. ¿Por qué iba a hacerlo? Ambos sabían quién era el otro, no podía ser nadie más. De todos modos, sí hubo la observación incontestable:
–¿Así que tú eres Guy?
Llovía. La pequeña casa en el mews era más bien oscura, con unas pocas lámparas encendidas que creaban estanques de luz dorada en los rincones. Llegaba un intenso calor de los grandes radiadores dorados. Se sentía un olor a pulimento, un olor a limones químicos y espliego. La casa de Guy era un basurero, sin apenas muebles. El mobiliario consistía en arcones que servían de mesita y colchones en el suelo, un enorme aparato de televisión, un equipo estéreo y colchas indias cubriendo las ventanas. Pero sabía lo que era bueno, sabía lo que tendría algún día. Echó un vistazo alrededor, a las piezas de estilo Victoriano tardío, la chaise-longue rosa, los sillones Parker-Knorr y la mesa de comedor georgiana de imitación. La madre de Leonora dijo:
–¿Dónde vives, Guy? Cerca, supongo.
Se lo dijo sin ambages, sabedor de su inmediata comprensión. Se daría cuenta en seguida de que Attlee House no podía ser el nombre de un bloque de mansiones privadas. Podía ver cómo su cerebro se ponía en marcha, las ruedas giraban y ponían las cosas en su sitio, haciendo planes para eventualidades. Leonora permanecía tranquila, aburrida con todo aquello.
–Vamos, Guy, vamos a mi habitación.
Una mano alcanzó el brazo de Leonora y se posó en él, una mano larga, morena y pálida con lo que a él le parecieron unos dedos inexplicablemente largos y delgados, con uñas que relucían como instrumentos, como cosas destinadas a recoger trocitos estropeados o dañados de comida.
–No, Leonora, no me parece bien.
–¿Por qué no?
–Vamos a comer en cuanto llegue papá.
Vieron la televisión, sentados uno al lado del otro en la chaise-longue rosa. Ella iba a cogerle la mano, se dio cuenta de que iba a hacerlo, pero Guy negó ligeramente con la cabeza y se apartó unos centímetros de ella. Entró papá. Tenía un aspecto de osito de peluche, guapo y humano como Guy jamás había visto, rubio, de rasgos redondeados, y robusto sin llegar a ser gordo. Llamó a la madre de Leonora Tessa, así que Guy hizo lo mismo cuando tuvo que dirigirse a ella. No llamaba a nadie señor ni señora, nunca lo había hecho y no iba a empezar ahora; esto le había provocado infinidad de problemas en la escuela.
–Tessa –dijo, y ella le miró como si la hubiera llamado puta o algo por el estilo. Aquellas cejas, que eran las mismas cejas de Leonora sólo que con la piel de alrededor más envejecida, oscura y manchada, subieron hasta el cabello.
–Me halagas, Guy –dijo, muy sarcástica–. No me había dado cuenta de que hubiésemos intimado tanto en nuestra relación.
–Oh, calla, mamá, por favor –dijo Leonora.
Hizo como si nada. Guy habría jurado que el viejo –que rondaba los cuarenta– le hacía un imperceptible guiño. Tessa dijo:
–Entiendo que debes de tener un temperamento muy afectuoso y campechano, pero si no te importa demasiado preferiría que me llamaras señora Chisholm por un tiempo.
Guy estuvo a punto de decir que en ese caso ella debía llamarle señor Curran, pero, naturalmente, no lo hizo. No dijo nada ni la llamó por nombre alguno, no quería que apartaran a Leonora de él. Se pasaron toda la comida hablando de drogas, es decir, los padres hablaron de drogas. Todo aquello parecía haber sido ensayado. No podían saber mucho de él pero habían hecho sus conjeturas, eran inteligentes. Según el padre, traficar con drogas era un crimen más despreciable que el asesinato o la corrupción de menores, y la madre dijo que, aunque aborrecía la idea de matar, en su opinión debía introducirse la pena capital para los traficantes.
No le pidieron que volviera pero tampoco prohibieron a Leonora que se viese con él. Sin duda sabían que esto era algo que no podrían conseguir a menos que se mudasen a otro lugar. A veces veía a Tessa de compras y una vez la vio al salir del cine Gate. Era una mujer muy elegante, debía admitirlo, y tenía una figura espléndida. Al lado de sus tobillos, largos y delgados, las piernas de las otras mujeres parecían las de caballos de carga. Pero se estaban formando rápidamente grandes arrugas en su rostro, cada vez que la veía había una nueva y más profunda. Cuando empezó a salir con Leonora de manera más o menos fija, como su novio oficial, se presentaba a veces en la casa sin haber sido invitado. Entonces, Tessa lo trataba con la mayor de las frialdades o clavaba sus pequeñas ironías en los puntos más débiles de Guy. Era como si clavara en sus ojos aquellas dagas de plata, o de cobre, o de peltre, que tenía en los extremos de los dedos. Él tenía que cerrar los ojos y aguantar.
¿Así es que no se estaba preparando para nada? ¿Cómo estaba su madre? ¿Dónde estaba su padre? ¿Le parecía que su madre tendría algún día un momento para venir a ver a los Chisholm? ¿Se daba cuenta, verdad, de que cuando Leonora fuera a la universidad quizá no podría verla en tres años?
Pero poco después se separaron ella y Anthony Chisholm, la pequeña casa fue vendida y Leonora estuvo un tiempo estupefacta, destrozada por un divorcio que nunca había previsto. Su padre había encontrado a otra mujer y su madre a otro hombre. Leonora le confió que los odiaba a todos ellos, que no quería volver a ver nunca a sus padres, y él se alegró secretamente. Ya entonces, a pesar de ser muy joven, Guy se daba cuenta de la influencia que tenían sobre ella. Sabía que, ahora que Leonora no hablaba con ellos, sino que anhelaba alejarse y encontrar un lugar propio, sacudirse de los pies el polvo de sus alfombras, vendría a él. Él tendría una casa adonde llevarla y se casarían. En él encontraría a una madre y a un padre además de un esposo y amante.
La situación cambió. La desavenencia duró tan sólo unas semanas y de repente allí estaban todos, tan pronto, de nuevo amigos, las dos parejas codeándose y saliendo en cuarteto. Leonora volvía a hablar de lo que decía mamá y hacía papá, y ahora también, increíble, de lo que pensaba Sussanah y de lo que aconsejaba Magnus. Llamaba a esto conducta civilizada.
Guy no tuvo más remedio que aceptarlo. Tenía además otras cosas en qué pensar y se dijo a sí mismo que, a pesar de todo, estaba seguro de Leonora. Una mañana se dio cuenta de que era un hombre rico. A los dieciocho años tenía mucho más dinero del que tendrían jamás los Chisholm.

Durante años la había telefoneado todos los días. Este tipo de observación nunca es del todo cierta. ¿Cómo se podía decir? Había intentado telefonearla todos los días, y la mayor parte de las veces conseguía hablar con ella. Era para él una especie de desafío o de búsqueda, un trabajo de amor.
Cuando fue a la universidad, Leonora decía que no le gustaba que la llamase todos los días, que la hacía sentirse mal. Él nunca se tomó esto muy en serio. En las vacaciones la llamaba a casa de Tessa o de Anthony, según donde Leonora pasara esa temporada. Luego fue al colegio preparatorio para maestras y él intentaba llamarla todos los días al salón de estudiantes. A menudo no la encontraba, pero persistía. La llamaba cuando se fue a vivir con Anthony y Sussanah y cuando se mudó a aquella habitación con Rachel Lingard y cuando cogió el piso con Rachel y Maeve Kirkland.
Normalmente era otra persona la que contestaba al teléfono. Él no sabía por qué esto era así. Cuando Leonora estaba en casa de su padre eran Anthony o Sussanah quienes contestaban, y ahora, en el piso, solían contestar Rachel o Maeve. Hacía muchos años que Leonora no vivía con su madre y él no había oído la voz de Tessa desde la fiesta de inauguración de la casa de Portland Road. Pero la reconoció en cuanto la oyó. Fue Tessa quien contestó cuando llamó al piso de Leonora el día después del almuerzo en la bodeguilla.
Se oyó un lánguido «¿hola?». El talante de Tessa era o lánguido o seco.
–Leonora, por favor –dijo él concisamente.
–¿Quién es? –Como si no lo supiera.
–Soy Guy Curran, Tessa.– Respiró profundamente.– ¿Cómo estás después de tanto tiempo?
Era como si aquella mujer tuviera dos grifos en la cabeza. De uno manaba un goteo lento y perezoso, del otro un veloz y salpicante chorro. Tessa abrió el segundo grifo.
–Me alegro de tener la oportunidad de hablar contigo. Leonora es demasiado dulce y amable para decir lo que hay que decir. Otra chica habría lanzado a la policía detrás de ti, como mínimo. ¿Te das cuenta de que podría perfectamente acudir a un juez y conseguir una orden judicial prohibiéndote que la persigas?
Guy no dijo nada. Y, mientras mantenía el auricular a la distancia del brazo, buscó un cigarrillo. Podía oírse por el aparato la voz de Tessa parloteando airada. Se lo colocó en el hueco entre la barbilla y el hombro y encendió el cigarrillo.
–Sé que sigues ahí –la oyó decir–. Te oigo respirar. Eres igual que uno de esos obsesos, e igual de siniestro. Eso es lo espantoso, que eres siniestro, que eres una especie de gángster. Es sorprendente que mi hija se relacione con alguien como tú... esas espantosas llamadas telefónicas día tras día, el almuerzo del sábado, parece una prueba de resistencia. No lo entiendo, se me escapa... a menos que la hayas hipnotizado de algún modo.
El único curso lógico tal vez fuera colgar el teléfono y probar más tarde. En esto estaba pensando cuando oyó la voz de Leonora:
–Vamos, madre, pásamelo –al menos había dejado de llamarla «mamá»–. Lo siento, Guy –dijo–. Mi madre está en la cocina con Maeve. No quiero que pienses que he estado hablando mal de ti. Son cosas de ella. Me temo que tiene una actitud muy negativa con respecto a ti, siempre la ha tenido.
–Mientras no le hagas caso, cariño –dijo él.
No le dijo que no la llamara así.
–Es difícil no hacer caso a una madre, especialmente cuando somos tan amigas.
Guy volvió a sentir un escalofrío en la nuca. Así que aquella mujer ejercía realmente influencia sobre ella. Leonora la escuchaba. ¿Por qué quería ser tan amiga de una persona así? ¿Porque era su madre? Él no había visto a su madre desde hacía siete años, ni habían sido nunca amigos. Esta unidad familiar era algo que no podía entender, aunque sí entendía sus resultados.
Escuchaba la voz de Leonora, tan agradable como encantadora en cuanto al contenido de lo que decía. Estuvieron hablando un buen rato. Iba a comer fuera, junto al río, con su madre, su padrastro y su hermano, y, por alguna razón, también Maeve, y luego tenía una cita con el enano pelo-de-paja. Al día siguiente empezaba la última semana de la escuela primaria donde ella daba clase, y a continuación las largas vacaciones de verano.
–Te llamaré mañana –dijo él.
Leonora había hablado todo el rato en un tono dulce y cariñoso. Si desaparecía la mala influencia o influencias que la volvían contra él, volvería el amor que en otro tiempo había sentido por él. Se corrigió: «que había sentido por él», y no «que en otro tiempo había sentido por él». Este amor no podía morir nunca, sólo se lo podía someter. Alguien le había dicho a Leonora, seguramente se lo decía constantemente, que el enano pelo-de-paja era un partido más seguro que él, un compañero seguro para la vida, más conveniente. Esta misma persona le estaba llenando la cabeza contra él personalmente, calificándole de indeseable.
Era interesante especular, o habría sido interesante de no ser tan vital para su felicidad, sobre cómo cambiarían las cosas sólo con que Tessa Chisholm –o cómo se llamara ahora, ¿Mandeville?– desapareciera de la escena. Se sirvió un Campari con zumo de naranja y mucho hielo y salió al jardín entre los muros. Estaban teniendo un verano maravilloso, cálido y soleado todos los días. Sus naranjos, en los jarrones chinos de color azul y blanco, tenían fruto, todavía verde pero que estaba adquiriendo un colorcillo de limón en las mejillas.
El mobiliario del jardín procedía de Florencia, hierro forjado de color de bronce, y en un islita en medio del pequeño estanque redondo tenía un delfín de bronce. Las clemátides trepaban por los muros, Nelly Moser y Ville de Lyon de color rosado claro y oscuro contra el oscuro y reluciente manto de hiedra. Hacía siglos que Leonora no visitaba esta casa. Iba a venir, ahora lo recordaba, el verano anterior y luego había llamado para decir que no podía porque su madre estaba enferma. Otra vez Tessa. No creyó por un momento que realmente Tessa estuviera enferma. Aquella mujer era fuerte como un caballo. Y comía también como un caballo, aunque su delgadez pareciera indicar lo contrario. Se la imaginaba ahora en el jardín de un hotel de Richmond, comiendo a una mesa bajo una sombrilla de rayas, zampándose aguacates y pato a la brasa y Dios sabe qué, con las puntas doradas de sus largos dedos ocupadas con el cuchillo y el tenedor.
Era más que posible que hubiera presentado a Leonora a ese William Newton. Era el tipo de mujer capaz de buscar un futuro esposo para su hija y hacer que se conociesen. Pero él era incapaz de pensar eso. Su pensamiento ni siquiera podía articular la idea de que Leonora se casara con otro que no fuera él. El de Tessa sí. El de Tessa lo haría en todo instante.
Había perdido hacía tiempo el contacto con Linus, pero a Danilo todavía le veía. Danilo no vacilaría. Sólo harían falta unos cuantos de los grandes y Tessa Mandeville desaparecería pacíficamente de esta vida sin que Guy supiera nada de ello, las manos limpias, sin conocer ni el momento ni el lugar de su muerte. Naturalmente, él, Guy, no se tomaba esto en serio. Pero, ¿por qué no tomárselo en serio? ¿Por qué tomárselo todo a la ligera, por qué pisar tan livianamente, con pasitos de baile, la superficie de las cosas? ¿Por qué no hacer frente a la situación de manera ecuánime y franca, por qué no hacer frente al hecho indiscutible de que Tessa Mandeville se interponía entre él y su felicidad, entre él y su amor?
Vaso en mano y contemplando la bebida más maravillosa del mundo, del atractivo color de una rosa a medio camino entre el rosa y el naranja, Guy se recostó en su silla de bronce y se puso a recordar. Hacía mucho tiempo, nueve años, al principio de estar aquí. Ella había estado aquí en su jardín y había dicho, mirándolo a los ojos:
–Yo soy tú, Guy. No sólo soy Leonora, soy Guy.
Lo que quería decir era que estaban muy cerca el uno del otro, y por eso ella era él y él era ella. Y entonces, en seguida, demasiado en seguida, Tessa Mandeville se había interpuesto entre los dos. Matar a Tessa sería poco.

Se había casado con un tal Magnus Mandeville. Un nombre absurdo pero imposible de olvidar. Era abogado, era de hecho el abogado matrimonialista al que Tessa había acudido cuando ella y Anthony Chisholm querían divorciarse. No era de extrañar que supiera tanto de jueces y de órdenes judiciales.
Los Mandeville se habían ido a vivir a un suburbio de los aledaños del sur de Londres, o tal vez Magnus viviera ya allí antes. Tessa nunca había trabajado, al menos no desde el nacimiento de Robin, que tenía dos años más que Leonora, y Guy recordaba haber oído decir a Leonora que se había casado nada más abandonar la universidad, cuando tenía sólo veintiún años. Había ido a la escuela de arte y era una enterada en la materia. Esto había tenido su importancia en su relación con Leonora, o en la alteración de su relación con Leonora.
Mirando atrás podía ver que en un punto preciso y concreto Leonora había cambiado con respecto a él. O, más bien, que Leonora había dejado de mostrarle un amor devoto y sin críticas. Alguien la había apartado de él, de eso estaba seguro. Fue cuando él tenía veintidós años y ella diecinueve. Entonces, cuando ella vino de la universidad para pasar las largas vacaciones de verano, pareció que no quisiera ya ni tocarlo. En agosto, el mes que él había estado esperando con tanta ansiedad todo el verano, no hacía más que hallar excusas para no estar a solas con él, intentaba con delicadeza arrancarse de sus brazos.
Lo más posible era que Tessa se hubiese enterado de que él había sido amante de Leonora y manifestado violentamente su desaprobación. Nunca se le había ocurrido esto antes. Aquella confrontación con Tessa por teléfono le había aclarado las ideas de manera maravillosa. Cuanto más pensaba en ello más evidente le parecía que había sido Tessa la principal instigadora contra él.
Llamó a Leonora en cuanto le pareció que debía de haber vuelto de la escuela. Esta vez fue Rachel quien contestó. Leonora había conocido a Rachel en la universidad, y desde entonces eran amigas. A Guy no le gustaban el tipo de chicas excesivamente gordas e intelectuales, que llevaban gafas con montura de acero y no se preocupaban por su aspecto y cuya mayor ambición era terminar como jefazas de Amigos de la Tierra.
–De permiso por enfermedad, ¿verdad? –dijo él–. Si sigues así nunca llegarás a la cumbre.
–Tengo a un cliente aquí conmigo –dijo ella–. Resultaba más adecuado.
Sabía lo que quería decir con «un cliente».
–Algún corruptor de menores, claro.
–¿Cómo lo has adivinado? Leonora todavía no ha venido. No estaré aquí cuando vuelva, pero ya le diré que has llamado. La sorpresa será el día en que no llames.
Leonora llegó antes de que hubiera colgado el teléfono.
–¿Qué tiene ésa contra mí? –dijo él–. ¿Qué demonios le he hecho a esa zorra resentida?
–Quizá tú tampoco seas muy amable con ella, Guy.
–¿Has tenido un buen día? –dijo él–. ¿Estás muy cansada? ¿Vas a cenar conmigo?
–Naturalmente que no. Nunca ceno contigo. Comemos juntos los sábados.
–Leo –dijo él. A veces la llamaba Leo, en el mismo tono en que a veces la llamaba «cariño». –Leo, tu madre no va a trabajar, ¿verdad?
Comprendió que Leonora estaba tan sorprendida al recibir de él una pregunta corriente en lugar de una súplica para que le amara que contestaba sin pensar, contestaba agradecida.
–No, nunca ha trabajado, creía que ya lo sabías. Trabaja como voluntaria en un hospital allá abajo... no sé si en el Mayday Hospital. Los martes y los jueves, creo. Ah, y a veces en la OAC los miércoles por la mañana.
–¿La qué?
–Oficina de Asesoramiento al Ciudadano. Creo que eso lo consiguió a través de Magnus. Y los dos trabajan para los Verdes–. Al menos se daba cuenta de que era una pregunta extraña viniendo de él: –¿Por qué demonios quieres saberlo?
–Una de las personas que trabajan para mí mencionó que la conocía de la escuela de arte. Me preguntó si trabajaba y yo le dije que me enteraría.
Esta mentira total fue aceptada. Leonora tendía a creer lo que le decían, como suele ocurrirles a las personas sinceras. Se vio instado a seguir adelante.
–Viven en el quince de Sanderstead Way, ¿verdad?
–En el diecisiete, Sanderstead Lane.
–¿Adónde vamos a comer el sábado? Deja que te lleve al Clarke’s.
–Me conformo con un bar-restaurante, Guy. O con el MacDonalds, para el caso. No disfruto comiendo cuando sé que con lo que gastas se podría dar de comer a toda una familia de Bangladesh durante un mes.
–¿Te gustaría que enviara el coste del almuerzo de Clarke’s a Bangladesh?
–Sí, mucho, pero de todos modos no quiero ir a ese sitio.
–Te llamaré mañana –dijo él.
Cuando ella tenía quince años y él dieciocho habían hecho el amor por primera vez en el cementerio de Kensal Green. Si contabas a la gente una cosa así –no es que él lo hiciera– decían: ¡Qué asco!, o ¡qué macabro!, pero no era ni repulsivo ni macabro. Los que hablaban así no conocían aquel cementerio, que era en realidad como un enorme jardín descuidado que, además, tenía piedras grises estropeadas por el tiempo entre la alta hierba y maravillosos panteones que parecían casitas. Había en él grandes árboles oscuros y flores salvajes y, en pleno verano, coronas marchitándose sobre las nuevas tumbas. Abundaban las mariposas, unas pequeñas y azules y otras grandes, de color castaño y naranja, ya que no había allí veneno ni contaminación que pudiese matarlas.
El lugar donde estaban era como un paraíso perdido, tranquilo, hermoso y salvaje, con larga hierba con semillas en la punta meciéndose al viento y dedaleras de color cremoso entre la hierba, altas flores rosadas cuyo nombre desconocía y musgo sobre una losa hundida, y, en medio del musgo, diminutas florecillas amarillas. Había matorrales con hojas de plata en punta y pequeños abetos que parecían árboles de Navidad; en lo alto, un gran árbol cubierto de conos verdes hacía de dosel. El olor de Londres no llegaba hasta allí. Olía como cuando se esnifaban los potes de hierbas de la herboristería.
Leonora llevaba un vestido muy delgado y suave de color azul humo y malva bastante escotado y con mangas afaroladas, sin cinturón. Era uno de los pocos días calurosos de un verano frío. Llevaba el vestido y unas bragas, unas alpargatas azules y nada más. Cuando se tumbó de espaldas sus senos eran blandos y amplios como pequeños cojines de seda. Guy se echó sobre ella en un nido de hierba y esparció pétalos de saúco. Le levantó el vestido hasta el cuello. Allí estaba el vestido, en torno a su cuello como un pañuelo. Leonora no tenía miedo, estaba muy excitada y, cuando la penetró, no le hizo daño. Más tarde Guy le dijo que esto era porque le amaba y le deseaba.
Lo que dijo Tessa al ver el vestido arrugado y cubierto de manchas verdes no lo supo nunca. Tal vez Leonora hizo lo posible para que su madre no lo viera. Pero, finalmente, Tessa se enteró y las cosas empezaron a ir mal. Si una chica quería a alguien así a los quince años, si lo quería tanto que a pesar de ser virgen no sentía ningún daño al hacer el amor y no sangraba, ese amor era inmutable. No desaparecía, formaba parte de ella como el amor por sus padres o por su hermano, como el amor por sí misma.
–Yo soy tú. Yo soy Guy y tú eres yo.
Desaparecida Tessa, ese amor volvería. Sin barreras, sería una vez más lo que había sido. Sin nadie que pudiera contar historias malintencionadas acerca de él, decir que era de clase baja y un criminal y burlarse de su inteligencia, Leonora sería él y él ella. Y, sin embargo, la idea de hacer daño a Tessa resultaba grotesca. En toda su carrera no había hecho en realidad daño a nadie. Cuando Danilo había vuelto después de su estancia en un correccional habían montado una red de protección muy lucrativa en Kensal y una vez habían tenido que darle un toque a un tabernero para demostrarle que hablaban en serio, pero al tío aquello sólo le había costado unos golpes y un ojo morado. Claro que hubo el arreglo de cuentas de Tráfico de Sueño y la muerte de Mulvanney. Pero esto no había sido culpa de nadie, al menos no suya, había sido lo que se podría llamar un gaje del oficio.
Se negaba a pensar ahora en el asunto de Con. A este respecto, sólo se permitía pensar a veces que había marcado el fin de su comercio. Había tenido una buena racha y había hecho una fortuna, había escapado de Attlee House y de todo cuanto estuviera vinculado con ella. Tenía las manos limpias, al igual que la ficha.
No había ningún problema en pedir a Danilo que cenara con él y sondearlo sobre el tema de los hombres a sueldo, de lo que había que hacer y del coste. Aunque el coste no le importaba mucho.


3

A veces, cuando había una venta de sus cuadros en un pub rural o en algún otro lugar adecuado, Guy se pasaba por allí para ver cómo iba. En estas ocasiones no acostumbraba a dejar que se supiera quién era. Le gustaba ver las reacciones de los clientes y rara vez le daba por pedir la opinión de sus representantes o la cifra de ventas. Era mejor ver por sí mismo si el favorito del momento era «El mejor amigo del hombre», por ejemplo, o «Adelante, garitos» o «Dama de Tailandia».
Esta semana, una de las ventas tenía lugar en un pub de Coulsden próximo a un club campestre. Hacía muy buen día y el tráfico en agosto nunca era exagerado. Todo el mundo se había ido. Guy fue en el Jaguar. Éste era de color champaña, aunque le había puesto el nombre de «Beige Satín», con tapizado de piel de color crema y un sistema de aire acondicionado tan bueno que, en los días verdaderamente sofocantes de Londres, Guy sentía a veces la tentación de ir al garaje y sentarse en el Jaguar con el motor en marcha para envolverse en su fresca brisa.
–Te matarás haciendo eso –dijo Celeste cuando se lo contó, y no andaba errada del todo.
El pub se llamaba The Horseless Carriage, un nombre artificial como nunca había oído. En los maceteros de sus ventanas había más flores que en el Chelsea Show. Dos grandes carteles amarillos anunciaban en el exterior la venta de «óleos originales, entre 7 y 70 libras, todos los precios, todos piezas únicas». No dio un respingo por sí mismo, sino al pensar en la reacción de Tessa Mandeville. Seguía pensando en ella. No podía sacarse a aquella maldita mujer de la cabeza.
La exposición tenía lugar en una estancia grande del fondo, con puertas dobles que daban a una terraza y a un jardín un tanto destartalado, cuyo césped se había convertido en un nido de polvo y cuyas rosas nadie se había ocupado de podar. Había ya allí mucha gente, en la sala de exposiciones y en la hierba rala. Se ofrecía un vaso de vino tinto o blanco a todos los visitantes. Las siguientes bebidas había que pagarlas. Había dos chicas tomando nota de los encargos. No las conocía y nunca las había visto, pero pudo comprobar por las listas en aumento de sus tablillas que los clientes compraban en cantidad.
Y ¿por qué no? Eran cuadros originales, cada uno de ellos pintado por un artista en el taller de Guy, y el resultado era mucho más agradable que el noventa y nueve por ciento de lo que se veía en Bayswater Road el domingo por la mañana. Eran pinturas inofensivas y bonitas, con temas inocentes, niños y animales pequeños, chicas jóvenes, casitas de campo o vistas del mar. Pensó en algunos de los cuadros que había visto y que se suponía eran tan buenos, en aquellas guerras y matanzas de hombres y caballos, por ejemplo, que había visto una vez en una visita con Leonora al Blenheim Palace, en aquellos jarrones torcidos y aquellas manzanas deformadas, y en las pinturas de mujeres desnudas con plumas de pájaro y pieles de aquel sitio de Venecia, el Guggenheim. Él era muy amplio de miras, desde luego, pero el caso es que le habían desagradado profundamente. Tessa Mandeville era una idiota al llamar a sus pinturas «basura», y ¿qué más había dicho?: «obscenas». Las otras sí que eran obscenas.
Paseó en torno a la sala, estudiando cada uno de los cuadros. A pesar del tiempo que llevaba en el negocio, todavía le gustaba asegurarse de que había pequeñísimas diferencias entre cada una de las copias de la misma pintura, ligeras variaciones en los rizos de la cabeza del niño que lloraba, por ejemplo. Las lágrimas relucían en las mejillas redondas y sonrosadas, pero en algunas versiones había tres lágrimas en la mejilla izquierda y en otras cuatro. «Dama de Tailandia» era de nuevo la que más se vendía. Sus representantes tenían la costumbre de pegar etiquetas rojas a las pinturas que habían sido vendidas –«Como en una auténtica exposición privada», había sido el comentario de Tessa Mandeville–. No había especificado qué tenían de no auténtico sus ventas de cuadros.
Se habían vendido las cuatro copias de «Dama de Tailandia», que entraban en el precio de 70 libras. Preguntó a una de las chicas si tenía encargos de ese cuadro en especial y le contestó que sí, que tenía ya doce, era el favorito. Guy entendía muy bien por qué. La chica del cuadro era muy joven, dieciséis o diecisiete años, y tenía un aspecto muy inocente, pero al mismo tiempo era atractiva, con labios llenos y relucientes y ojos grandes y brillantes de gacela, y el corpiño bordado en oro que llevaba se abría mostrando, entre su trencilla y los collares de oro y joyas, el inicio de sus senos jóvenes y suaves. Parecía contestar a la mirada del visitante con una mirada a la vez sugestiva y suplicante, provocativa y tímida.
En algún lugar debía de hallarse el modelo de esta muchacha, ya que todas las pinturas estaban basadas en fotografías. Basadas literal y realmente en fotografías que, impresionadas en una versión pálida sobreexpuesta sobre cartón-yeso, eran importadas por Guy de Taiwán en gran cantidad. En la fábrica de Isleworth, sus obreros las pintaban luego según un método preestablecido. Cuando Guy, al explicar en qué consistía su nuevo negocio a los miembros de la familia de Leonora, había dicho que muchos de sus empleados se iban a graduar en la escuela de arte, Tessa Mandeville se había estremecido visiblemente y había dicho que esto todavía empeoraba más la cosa.
–Pues están satisfechos de su trabajo, te lo aseguro –dijo él.
–Harían mejor estando en la calle –dijo Tessa–. Que les dieran una exclusiva en King’s Cross Station.
¿Qué sabía ella? Siempre había tenido quien la mantuviera y le diera una casa donde vivir y dinero para salvar a las ballenas y detener la lluvia ácida y un estudio donde poder tontear con sus pinturas. No tenía ni idea de lo que significaba necesitar un trabajo. Le habría gustado decírselo, pero no podía porque tenía que seguir haciendo el papel delante de aquella gente, tenía que aparecer como alguien digno de hacer la corte a Leonora. Lo gracioso –si estas cosas podían ser graciosas– era que había ido allí, al hotel donde celebraban el aniversario de Leonora y el término de su preparación como maestra, con la intención de ponerse a buenas con todos ellos, dándoles a entender que había abandonado la vida de delincuente marginal y que había iniciado nueva carrera como respetable hombre de negocios.
Mientras miraba los cuadros, la muchacha tailandesa y el chico lloroso, «La corriente del viejo molino» y los dos gatitos persas, reflexionó en que aquella noche concreta había marcado una nueva vertiente en el declive de su relación con Leonora. Cierto que por aquel entonces ella no se acostaba ya con él, pero, aunque naturalmente esto le molestaba, no era su mayor preocupación. Una vez ella le había dicho que no le parecía prudente que una chica tomase la pastilla durante más de, digamos, cuatro años seguidos. Tendría miedo de quedarse embarazada mientras estaba estudiando para conseguir el título. Naturalmente, él se habría casado con ella sin vacilar cuando ella lo hubiera deseado, cómo habría aprovechado la ocasión, pero comprendía sin embargo que ella quisiera terminar sus estudios. Luego ella había estado lejos mucho tiempo y, aunque él la había llamado todos los días, no se habían visto durante meses. En estas circunstancias no eran de extrañar las dificultades, los inconvenientes, las actitudes distantes.
Pero todavía le amaba entonces. Todavía le amaba, de manera abierta y pública. ¿Acaso no se había ocupado aquella velada de julio hacía cuatro años de que estuviera sentado al lado de ella, él a un lado y su padre al otro? Robin estaba en la otra punta de la mesa, le había tocado la fea de Rachel. Luego, Leonora había bailado con él. Le había dicho que no hiciese caso de lo que decía Tessa. Pero ella, Leonora, sí les había hecho caso al día siguiente o al otro. «Filisteo», era una de las palabras favoritas de Tessa, pero «filisteo» era el apelativo más suave que le aplicaba. Bandido, malhechor, degenerado... podía imaginárselo. Leonora escuchaba a Tessa, era «amiga» de Tessa.
Guy tomó de la bandeja el vaso de vino que le estaba permitido. Era un rioja, tinto y seco. Sintió súbitamente el deseo de ver a Tessa, como se desea a veces ver a un enemigo, tal vez de ver sin ser visto. Es el deseo de ver al enemigo en desgracia, vencido. ¿Habría cambiado? ¿Habría encanecido? Rondaba ya los cincuenta, estaba casada con un abogado y vivía en un suburbio, y al parecer se dedicaba a hacer buenas obras. Vivía, Guy era consciente de esto, en un suburbio muy cerca de donde él se hallaba ahora.
Se encaminó a la sala del bar. Una muchacha de unos veinticinco años, sentada sola en un taburete del bar, le miró. Guy estaba acostumbrado a que las mujeres le mirasen, y le resultaba bastante agradable aunque rara vez respondía. Pidió un martini seco y se preguntó qué le traerían, igual un vaso de vermouth francés caliente. Le sirvieron un martini pasable, al menos tenía ginebra y un trozo de hielo. Por un instante se permitió imaginar que la chica era Leonora y que estaba con él. Dentro de un momento iban a almorzar y en la sobremesa permanecerían sentados largo rato, bebiendo y hablando del pasado y del futuro y de su amor. Luego, tal vez fueran hasta la costa y se pasearan por una playa en el fresco anochecer. Pasarían la noche en el mejor hotel, en la suite nupcial. Por extraño que pudiera parecer, lo más importante para Guy no era la idea de hacer el amor con ella. La deseaba, naturalmente, ardía en deseos por ella, pero esto no era lo más importante sino sólo parte del todo. ¿Qué era lo más importante? Estar con ella, ser ella y que ella fuera él. Oírla decir una vez más: «Soy Guy...».
Tomó otro martini seco y un bocadillo de salmón ahumado seco y luego subió al Jaguar y se dirigió a Sanderstead Lane. El número diecisiete no era en absoluto como lo había imaginado, sino una de un par de viejas casas pegadas, de construcción irregular, de tres pisos de altura, con unas imponentes ventanas con marco de piedra y porches con pilares, que evidentemente llevaban allí al menos cien años, desde mucho antes de que construyeran las demás. El jardín de la entrada era tan largo como los jardines posteriores de otras casas. Bajo un amplio cedro se agrupaban los muebles de jardín pintados de blanco.
Guy había dejado atrás los tiempos en que esperaba impresionar a Tessa Mandeville con su riqueza y su éxito –ella nunca se había mostrado impresionada, o al menos no lo demostraba–, por lo que deseaba no ser detectado como conductor del Jaguar dorado. Pero no había nadie que pudiera detectarlo, no estaba Tessa complacientemente asomada a la ventana para enseñarle el color gris de su cabello y su más reciente arruga, ni tampoco Magnus Mandeville que se había tomado el día libre en su bufete para trastear por el jardín, todo piel y huesos el pobre.
Como un abogado de un serial televisivo de Dickens. Esto le había parecido Magnus a Guy cuando se lo habían presentado en aquella fiesta. Se había preguntado cómo podía atraer a una mujer un hombre flacucho y encorvado con un poquitín de pelo gris encima de una cara apergaminada. Tal vez fuera su dinero. Conociendo a Tessa, debía de ser eso. El cuello de Magnus era como la molleja de un pollo congelado envuelta en plástico. Su voz era aguda y gélida y tenía el tono extravagante, afectado y pedante del viejo Eton. Se lo podía imaginar haciendo de juez, con una peluca blanca y enviando a un pobre diablo a que le colgaran por el cuello hasta morir.
Guy recorrió la mitad de Sanderstead Lane y volvió. Se metió en una calle lateral y vio un callejón entre altos setos que discurría por detrás de las casas. Los jardines tenían verjas de entrada que daban a él. Regresó a la calle principal. El número quince, contiguo al de Tessa, parecía vacío. No había cortinas en las ventanas y en el descuidado jardín de la entrada habían plantado un anuncio de en venta de un administrador de fincas.
En los viejos tiempos, si esta hubiera sido su zona de Kensal y si Tessa Mandeville hubiese tenido un negocio y hubiese dejado de pagarle sus honorarios por mantener el lugar intacto y que no se lo destrozaran, habría entrado allí (él u otra persona que trabajase para él), le habría dado un buen vapuleo o le habría dejado los trastos como recién salidos de una exposición del Hogar Ideal. La mejor hora habría sido a mediodía, cuando no hubiera muchos vecinos en sus casas, pero no un martes, ni un miércoles ni un jueves. Entrada por el callejón de detrás, posiblemente la verja de entrada nunca estaba cerrada con llave, suponiendo que pudiera cerrarse, y luego a la puerta trasera. Si ésta no se abría, se llamaba, y cuando ella acudiera, nada de perder el tiempo, nada de hacerse pasar por vendedor ni por encuestador ni nada por el estilo, sino taparle rápidamente la boca con la mano, las dos manos bien cogiditas detrás de la espalda, empujarla hasta el centro de la casa y calladita mientras se hacía lo que había que hacer.
Fantasías... ¿o no lo eran? Se puso en marcha. Esta noche cenaba con Danilo. De repente, en aquella parte de su mente donde se daban películas y se pasaban vídeos, apareció una visión de Magnus Mandeville observándole en aquella fiesta de aniversario. Le miraba por encima de los cristales rectos de sus gafas de media luna como podría mirar un juez la escoria del muelle, intrigado, inquisitivo, astuto, atónito e inflexible. Magnus seguramente tenía influencia sobre Leonora. ¡Cielo Santo, si era abogado! Si tuviera alguna idea sobre sus actividades, las actividades de Guy, que en aquel entonces todavía eran semiilegales o ilegales del todo, ¿habría advertido a Leonora?
Guy se hizo a un lado de la calle y aparcó el coche. Estos pequeños camafeos se ampliaban hasta crear un cuadro, un panorama o fotografía de grupo, de aquella mesa la noche del veinticinco de julio. No podía concentrarse en la conducción. Tenía que hacer un alto. Y aquella cena, ¿dónde había sido? No era un lugar muy distinguido, no era un gran restaurante ni un hotel famoso, no era la clase de lugar donde a él le habría gustado celebrar un acontecimiento importante de la vida de su hija. A Guy le era insoportable pensar en un posible hijo o hija suyos. Le causaba un gran dolor. Estos pensamientos, que había tenido antes, parecían abrir una herida en su interior, le hacían sangrar. Si hubiera podido saber, saber de verdad, que en algún momento él y Leonora iban a tener hijos juntos, habría muerto de felicidad.
El panorama se abrió en su mente. Había en aquella mesa once personas: Leonora a la cabecera con Anthony Chisholm sentado a su izquierda, y él, Guy, a su derecha. Leonora llevaba un vestido azul oscuro, liso, de una especie de seda y demasiado austero para su edad. Naturalmente estaba guapa, no hay ni que decir. Llevaba el collar que le había regalado su padre, un lapislázuli engastado en plata de George Jensen, bonito pero poco costoso de acuerdo con el nivel de Guy. Anthony era un hombre apuesto con cara de niño que tenía siempre un aire de juventud. Al lado de Anthony estaba sentada la madre de éste, la abuela de Leonora, una vieja bruja ahora muerta.
A la derecha de Guy estaba una prima de Leonora llamada Janice que luego se había casado y había ido a Australia, y al lado de ella Robin Chisholm con Rachel Lingard a su derecha. Maeve no aparecía en el cuadro en ningún sentido en esa época, Leonora todavía no la conocía. La vieja señora Chisholm estaba sentada al lado de Magnus Mandeville y al lado de éste estaba Sussanah, la esposa de Anthony. Sussanah era una mujer de aspecto agradable, de no más de treinta y tres o treinta y cuatro años en esa época, muy delgada y con el cabello oscuro y alisado, que según Leonora nunca llevaba faldas o vestidos y que, en esa precisa noche, vestía un traje pantalón de seda negra. El novio de Janice, cuyo nombre Guy había olvidado, estaba sentado entre Sussanah y Tessa.
Dejó que los ojos de su mente recorrieran la mesa de un invitado al otro. Los trajes de los hombres eran aburridos, de vagos colores grises, pero le parecía recordar que Robin llevaba una corbata rosa. Robin se parecía a su padre. Era mucho más rubio que Leonora y, al tener el aspecto aniñado de Anthony, parecía absurdamente joven para su edad, veinticuatro años. Era un cambista, o lo sería más tarde. Canjeaba sumas de dinero entre prestatarios potenciales, poniendo a rápida disposición de clientes de Alemania, por ejemplo, dólares, y de clientes de Brasil, marcos. Guy sospechaba que, de una manera semirrespetable, era tan deshonesto y trepador como lo había sido él.
–Yo debería caerle bien –había dicho una vez a Leonora–. No entiendo por qué no es así. Somos de la misma calaña.
–Es un snob.
–¿Qué significa eso, que no le gusta mi acento?
–Es de esperar que eso se le pase. Todavía está en la fase de hacer bromas de mal gusto sobre la gente que no ha ido a escuelas privadas. Lo siento, Guy. Quiero a Rob y siempre le querré, pero es el único miembro reaccionario de mi familia. Es un verdadero conservador retrógrado.
–Lo creo –había dicho él, aunque la política no le interesaba. En todo caso, él también era un conservador retrógrado.
Tessa le odiaba porque era un filisteo, como le llamaba su marido porque era o había podido ser un delincuente, y Robin... ¿Habría Robin vuelto a Leonora contra él por el medio de donde venía y por el acento con que hablaba? Guy cerró los ojos y siguió pasando revista a aquellas diez personas, nueve sin contar a Leonora. Tessa con un vestido dorado verdoso de una especie de seda plisada, una delgada cadena de oro en torno al cuello, el anillo de boda bien pulido y las uñas haciendo juego, Sussanah con los pantalones negros y la chaqueta sastre, la blusa de seda blanca y cuello abierto y el gordo azabache y las cuentas de ámbar, la anciana señora Chisholm con su encaje marrón y sus perlas, Rachel, la fea cuatroojos, con una falda de algodón de flores con el dobladillo inclinado y una blusa de color rosa procedentes probablemente de los Almacenes Domésticos Británicos. Los hombres. Janice, regordeta como Rachel, con sus caderas redondeadas y sus gafas de montura de fantasía, de plástico rosa. Él y Leonora.
Comieron aguacates rellenos de gambas. Sorpresa, sorpresa. Algo del otro mundo. El siguiente plato era pollo hecho de una manera poco interesante. Guy había leído en alguna parte que el pollo, si no la más querida, es la proteína que más se come en el mundo. Cuando llegaron a los postres, Anthony le dijo por encima de Leonora:
–¿Cómo van tus negocios últimamente, Guy?
Sabían que tenía dinero. Nadie más llevaba un traje de Armani ni gemelos de jade imperial en oro de veintidós kilates. Y tenía menos de la mitad de años que Anthony Chisholm. Contestó a la pregunta y les habló de los cuadros, sin mencionar naturalmente sus otras actividades colaterales. De todos modos, éstas pronto iban a desaparecer. Con la muerte de Con Mulvanney, inminente, y que aguardaba de hecho en el futuro desconocido e impredecible, los restos de Tráfico de Sueño iban a disolverse. Casi habían terminado aquellos negocios a los que Tessa y Anthony habían apuntado con tanto oprobio y violencia en su primer encuentro.
Tessa se había comportado en aquella cena como un buitre, contemplando cómo los otros se ensañaban con él para luego lanzarse en picado y recoger sus restos. Primero su observación de que sus obreros harían mejor saliendo a la calle para que les dieran una exclusiva en King’s Cross, y luego un salvaje colofón, una charla a la audiencia congregada acerca de la muerte del arte y de la cultura en Occidente, significara lo que significara esta palabra; y Leonora había escuchado, y más tarde sin duda había escuchado más y más...
Puso en marcha el coche y se dirigió a su casa.

Durante las vacaciones, Leonora había dejado a su madre y se había mudado a casa de su padre y de su madrastra. Era por estar en el centro de Londres. Y por estar cerca de Rachel Lingard. Si era honrado consigo mismo tenía que reconocerlo. La madre de Rachel tenía un piso en Cromer Street y Rachel vivía allí porque su madre se estaba muriendo de cáncer. Guy había visto desde el principio a Rachel como una amenaza, como la clase de persona con la que no quería que se relacionase su novia. Las chicas debían ser frívolas, debían ser un poco tontas a veces, volverse locas por las compras, por la ropa y por los perfumes, mirarse a cada momento en los espejos y desear que las mirasen y les silbasen. Debían ser vanas y petulantes y con tendencia a mostrarse mezquinas con otras mujeres. Rachel era feminista. Nunca usaba maquillaje, comía lo que le apetecía y engordaba. En ella era un principio preferir la compañía de mujeres a la de hombres. Tenía una conversación inteligente y a menudo incomprensible para él. La mitad de las veces, Guy no sabía literalmente de qué estaba hablando.
Ahora se preguntaba si sería a través de ella como Leonora había conocido a aquel William Newton. Era del tipo de personas con quienes ella se relacionaba... Y tenía además aquella cualidad que tanto parecía apreciar Leonora, el don del cotorreo. Guy nunca había visto el porqué de todo aquello, de tantas charlas y discusiones, de tanta agudeza e ingenio. ¿Para qué tanta molestia? Tal vez fuera necesario en otro tiempo, cuando no había nada más que hacer, cuando no había revistas, ni periódicos, ni vídeos, ni música, ni televisión, ni lugares adonde ir, ni luz eléctrica. En la actualidad, el arte de la conversación era tan superfluo como el arte de escribir cartas. Así es como él lo veía.
La desavenencia empezó en realidad cuando Leonora cambió de idea acerca de ir con él de vacaciones. Guy nunca supo por qué. No sabía por qué se mostró casi ofendida cuando él le sugirió que fuera a vivir con él. Su actitud era la que habría tenido Tessa, y no la de una chica de veintidós años. Al fin y al cabo, llevaban años saliendo juntos formalmente. Él la quería y ella a él, y ambos sabían que algún día se casarían.
–¿Hablas en serio, Guy?
–¿No es eso lo que hacen las personas como nosotros? Tengo una casa a punto para ti. Está en un lugar que te gusta. Me parece que yo te gusto... bueno, que me quieres. Y yo te quiero a ti.
–¿Quiénes son esas personas como nosotros? Era una de aquellas observaciones «inteligentes» cada vez más habituales en ella. Se metía con los viejos dichos que Guy utilizaba, con expresiones que todo el mundo decía pero que ella llamaba clichés. Nunca hacía eso antes. Se lo había pegado Rachel. Y ahora iba a compartir un cuarto con Rachel.
–Hemos pensado en Fulham, como yo enseño allí... un cuarto grande con cocina mientras buscamos un piso.
La madre de Rachel estaba ahora en el hospital de manera permanente y ya no saldría de él. Leonora mostró a Guy el cuarto, que era tan horrible como Attlee House y mucho más pequeño. La gorda de Rachel, con sus ojos redondos aumentados de tamaño por las gafas, vio su expresión, susurró algo a Leonora y dijo como si estuviera actuando sobre el escenario:
–Mozo, ¿por qué tan pálido? Si poner buena cara no la conmueve, ¿la conmoverá ponerla mala?
Las dos chicas soltaron una carcajada, reían como a él le gustaba que rieran las chicas, pero no cuando él era el blanco de sus risas. Había comprendido la observación, trozo de poesía o cita o lo que fuera, aunque Rachel seguramente creía que no la había comprendido. Significaba que a ella no le gustaban los hombres con aspecto miserable y desgraciado, así que intentó no parecer ofendido y tomárselo a broma. La madre de Rachel murió poco después, lo que le quitó a la chica la sonrisa del rostro durante un tiempo. Aunque seguro que se alegraba de tener propiedades que vender, porque a pesar de los aires que se daba era tan codiciosa como cualquiera. Ella y Leonora se pusieron a buscar piso.
En cuanto se enteró de que habían pedido una hipoteca –y grande–, Guy se ofreció para prestarle el dinero a Leonora. Naturalmente, no sería en realidad un préstamo. Sería un regalo en toda ley.
Secretamente, en su corazón, Guy lo planeaba así desde el principio, pero naturalmente dejaría que ella creyese que se trataba de un préstamo sin intereses.
¿Por qué tenía que meter a su familia y a sus amigos en todo? Tenía casi veintitrés años, ¡por Dios! ¿Por qué no rompía con esa familia? Porque ellos no se lo permitían. Se aferraban a ella y el uno al otro como lapas. Sus padres, que ni siquiera estaban ya casados sino que habían formado otras parejas, seguían sin embargo viéndose a cada momento; se veían tanto, le parecía a él, como cuando compartían un hogar.
La noche en que le hizo su oferta ella se quedaba a dormir en casa de Anthony y Sussanah, en Lamb’s Conduit Street. A dormir en su casa, ¡por favor!, aunque tenía una casa propia a no más de cinco millas de allí. Rachel había ido al norte de la ciudad, a una reunión de personas que ella llamaba «alumnae», algo que a él le sonaba como a bacterias, la clase de cosa que se cogía comiendo paté del supermercado. Naturalmente, no había hecho su oferta en presencia de otras personas. Estaban él y Leonora solos, tomando tranquilamente una copa después de ir al cine.
–Es muy generoso por tu parte, Guy –había dicho ella, y él pudo ver que estaba emocionada. Creyó que iba a llorar.
–Ni siquiera lo notaré –dijo él, y no habría debido decirlo, se dio cuenta en seguida.
–Si fuera posible –dijo ella, y le cogió la mano.
Se dirigieron a casa de su padre.
Anthony y Sussanah estaban los dos allí y también el tío de Leonora, el hermano de Anthony, Michael, que tenía un buen puesto en televisión, presidente de una compañía, y estaba también su hermano Robin, el de la cara de bebé y los ricitos rubios. Y el corazón negro, pensó Guy.
Se sintió turbado cuando ella lo soltó. Y también orgulloso. Al fin y al cabo, él había empezado con nada, con menos que nada, mientras que ellos habían ido todos a la universidad, procedían de familias felices y conocían a gente influyente.
–Supongo que habrás dicho a Guy que de eso ni hablar –dijo Anthony.
¡Qué sentido de la superioridad! Superioridad y, ¿cuál era la palabra que utilizaba siempre Rachel? Paternalismo.
Anthony parecía un osito de peluche bueno. Su cara era aniñada y sus ojos hacían guiños. Guy no le había visto nunca así. Afrentado, ofendido en realidad. Parecía como si Guy le hubiera insultado en lugar de ofrecerse a prestar a su hija cuarenta mil libras.
El tío, que era una versión más grande y más vieja y algo más peluda de Anthony, frunció los labios y soltó un ligero silbidito. Robin dijo:
–Cómo poner a una dama bajo tu poder en una sola lección. Cabrón.
Guy siempre le había odiado.
–Yo sólo quería que lo supierais –dijo Leonora– porque ha sido muy amable por parte de Guy–. ¿«Ha sido»? ¿Qué quería decir «Ha sido»? Hasta este momento había estado casi seguro de que ella lo aceptaría a pesar de todos. Pero la influencia de aquella gente era demasiado para ella–. Ha sido una magnífica oferta –dijo ella–, pero naturalmente yo ni soñaba con aceptarlo.
Y estaba tan triste que él sintió deseos de rodearla con sus brazos y consolarla.
Guy no había abandonado. En las semanas siguientes había insistido para que aceptase el dinero. Aproximadamente al mismo tiempo ella había empezado a poner excusas para no salir con él, cada vez salían menos juntos. Durante años había hablado con ella todos los días, aunque no era fácil llamar al cuarto de Fulham cuando el teléfono estaba abajo y era compartido por ocho personas.
Una especie de pánico hizo presa en él cuando vio que Leonora se estaba alejando más aún que cuando iba a la universidad. La vida no sería posible sin ella. Había momentos en que se abría ante él una gélida visión de vacío, un desierto gris del que ella había desaparecido y donde él se había quedado solo.
–¿Qué nos ha ocurrido? –le dijo un día, cuando se había hecho ya a la idea. Le daba mucho miedo su respuesta. ¿Y si decía: «Ya no te quiero»?
No lo hizo.
–No ha ocurrido nada. Seguimos siendo amigos.
–Leonora, éramos más que amigos. Te quiero. Tú me quieres. Eres mi vida.
–Creo que deberíamos vernos menos. Deberíamos ver a otra gente. Esta especie de situación monógama que vivimos no es muy sana cuando se es joven.
La expresión de Rachel. Podía oír su voz.
–Tengo que verte.
Era sábado. Estaban almorzando juntos en un restaurante francés de Charlotte Street. En esa época no habían empezado todavía aquellas tonterías vegetarianas. Podía recordar lo que llevaba, un vestido de algodón a rayas azul oscuro y verde oscuro con cinturón y escarpines de color claro. En aquellos días, hacía tres años, todavía vestía muy bien.–Te diré una cosa –había dicho ella–. Siempre comeré contigo los sábados.


4

Era una broma. Así es como se lo tomó al principio. Leonora no podía hablar en serio. Apenas podía recordar un momento en que él no fuera el hombre con quien ella salía y ella la mujer con quien salía él. La chica del cuarto amueblado y el coche, con quien él salía antes de conocerla eran un oscuro recuerdo, un fantasma. Leonora no podía hablar en serio cuando decía que no iban a verse más que como personas que almorzaban juntas regularmente, como en una relación comercial.
Era muy difícil telefonear; a veces no obtenía respuesta y otras contestaba otro ocupante de la casa, que prometía pasar el mensaje pero se olvidaba. Pasaron dos días sin que hablara con ella y aquella manifestación suya, aquella declaración de intenciones, se hizo menos real. Se dio cuenta de que ella sólo había querido fastidiarle. ¿Cómo podía ser tan tonto como para sentirse ofendido?
Finalmente, consiguió hablar con ella y le pidió que fuera al cine con él la noche siguiente.
–¿No te acuerdas de en qué quedamos? –dijo ella.
Él sintió frío y dijo:
–¿En qué quedamos?
–Te dije que comería contigo los sábados.
–No lo dices en serio, Leonora.
Lo decía en serio. Le vería el sábado.
Esto ocurría mucho antes de que Guy empezara a preguntarse cuál podía ser la razón. Ni siquiera había contemplado que pudiera tener algo que ver con la oferta del préstamo o con su modo de ganarse la vida, y mucho menos con Con Mulvanney. El asunto de Con Mulvanney había tenido lugar hacía ya seis, siete u ocho meses. Se dijo a sí mismo que debía de estar inquieta por el traslado, por los problemas que habían tenido ella y Rachel con la firma, el intercambio de los contratos y la fecha de la mudanza. Dentro de uno o dos meses, cuando se hubieran mudado al piso de Portland Road, las cosas serían muy diferentes. Volvería a él.
Habría dicho que Leonora nunca se había alejado de él. Empezó a decirse a sí mismo que era así. La veía con regularidad, no había otra persona para ella y tampoco para él, o al menos nadie a quien debiera tenerse en cuenta. La telefoneaba todos los días, lo cual era mucho más fácil ahora que ella tenía casa y teléfono propios. Almorzaban juntos los sábados. Oía su voz todos los días y la veía una vez por semana. Conocía a parejas que no se veían tan a menudo. Cualquiera a quien dijeras que veías a tu novia una vez a la semana y la llamabas todos los días diría que eso era una relación formal. De esta manera, Guy se reafirmaba y consolaba.
Pero no se puede esperar que un hombre viva en celibato, había otras chicas. Claro que las había. No las habría habido de no ser por la actitud de ella. Que le dieran una oportunidad y sería el amante más constante y el más fiel de los esposos. El nunca le hablaba de las chicas ya que ella no preguntaba, y Guy tampoco le preguntaba si había otros hombres. Pero daba por sentado que, aunque él tenía que tener una novia, él era un hombre, y que ella no tenía por qué tener un novio, ella podía vivir sin sexo.
–Un buen ejemplo de la desigualdad de los sexos –había dicho Rachel hablando de otra pareja conocida.
No era exactamente así. Él había llegado a este compromiso porque no podía hacer frente a una realidad más cruda, se había convencido de que no había una realidad más cruda. La realidad era esta, que ella no necesitaba mucho el sexo ya que prefería la compañía de mujeres. Pero le amaba, ¿por qué si no iba a hablar con él todos los días y almorzar con él todos los sábados?
Algún día las cosas cambiarían, pensaba Guy. Le gusta tener su libertad, mantenerse a sí misma, tener un trabajo e intentar llevar una casa con poco dinero, poner en práctica esos absurdos principios suyos. Pero algún día la novedad dejará de tener atractivo. Querrá casarse, porque todas las mujeres quieren casarse. Y se casaría con él. En cierto modo era como si estuvieran prometidos, prometidos en matrimonio desde la infancia, como hace esa gente de Asia. Hoy en día las chicas querían ponerse a prueba, demostrar que podían ser tan autosuficientes como los hombres. Incluso se lo dijo un sábado cuando, después de almorzar, fue al nuevo piso con Leonora.
Había que subir una escalera increíble. No habría imaginado que hubiera en Londres tantos pisos sin ascensor. Rachel estaba allí ataviada con uno de sus típicos conjuntos, compuesto de una falda antigua procedente de una venta Monsoon (probablemente de la primera venta Monsoon) y un blusón Oxfam gris. Guy observó las plantas interiores y los pósters, la loza de la Tienda de Saldos y el sofá que habían comprado en una acera de Shepherds Bush Road, y luego hizo aquel comentario acerca de que las mujeres siempre querían demostrar algo.
–Eres un Victoriano, Guy, ¿sabes? –dijo Rachel–. El último. Deberías estar en un museo. El Museo de Historia Natural. ¿No crees, Leonora? ¿O más bien en el Victoria y Alberto?
–No, os equivocáis conmigo –dijo él intentando mantenerse tranquilo y viendo en un espejo manchado por las moscas su rostro joven y bien parecido y su figura delgada y atlética. (¡Un victoriano!) –Lo habéis entendido mal. Yo creo en la igualdad entre hombres y mujeres. Sé que las mujeres han de tener una carrera y han de tener su dinero y un trabajo al que puedan volver después de casarse. Sé lo que quieren las mujeres.
Soltaron una estruendosa carcajada al tiempo que se abrazaban. Rachel dijo algo acerca de Freud. Él seguía sin saber qué había dicho que tuviera tanta gracia. Un tiempo después dejó de importarle, porque la observación había venido de Rachel y no de Leonora. Y se rió en el almuerzo del sábado cuando Leonora le reprobó por decir que lo que le pasaba a Rachel era que era una amargada.
Estaba atravesando una larga fase de sabiduría: sabía que Leonora acabaría casándose con él. La posibilidad de que conociera a otro ni siquiera se le pasaba por la cabeza. O, más bien, cuando esta posibilidad se le ocurría, con un escalofrío como el de la primera helada en el aire de otoño, iba corriendo a llamarla para tranquilizarse. No para explicarle sus sentimientos, ya que se trataba sólo de sentimientos y nunca en realidad de sospechas, sino para escuchar su voz e intentar detectar si se había producido algún cambio en ella. Y los sábados la observaba y escuchaba las inflexiones de su voz, en busca de algún sutil cambio. Era siempre la misma, ¿o no?
Leonora hablaba como siempre de los viejos tiempos, de cuando eran chicos, y luego de su familia y de sus amigas, de lo que hacían y decían. Nada de ello interesaba a Guy, pero le gustaba oírla hablar. Tenía gracia lo que había dicho acerca de la conversación de ese William Newton, cuando ella era en realidad poco habladora. Nunca decía una palabra acerca de televisión, de música, del último éxito del West End, de moda o de deportes. Guy intentó imaginar el contenido de aquellas fabulosas conversaciones que tendría con Newton, pero no lo consiguió.
Había pasado ya una semana desde que la había visto con Newton. Él se hallaba al otro lado de Kensington High Street, atestada de gente y de tráfico, y caminaba en dirección a Church Street, mientras que a ellos los había visto al otro lado, cogidos de la mano. Su Leonora y un tío flaco de pelo pajizo no mucho más alto que ella.
Cogidos de la mano. Había sentido cómo la sangre se le subía a la cabeza, se había puesto rojo como de turbación, como si estuviera avergonzado. Había deseado con todas sus fuerzas que no le vieran, y no le habían visto. Más tarde, en casa y con un vaso en la mano, estuvo pensando que éste era uno de los mayores golpes de su vida, comparable tan sólo al que había recibido el día en que aquella mujer vino a su casa y le contó lo de Con Mulvanney.

–No tienes muy buen aspecto –dijo Danilo.
–Estoy perfectamente.
Por un instante, Guy se sintió ofendido. Se sentía satisfecho de su aspecto, con su nueva chaqueta Ungaro y el delgado jersey Perry Ellis. No tenía por costumbre pasar mucho tiempo delante del espejo, una rápida ojeada le bastaba para obtener la impresión deseada: piel bronceada, una ligera sombra sepia en la dura mandíbula, dientes blancos y el cabello negro bien peinado. Y el cuerpo duro y musculoso, pero delgado. Pero esa mirada, que había echado al salir de su casa hacía diez minutos, le había mostrado otra cosa, tal vez cierto cansancio y desgaste, un aspecto como demacrado.
–Estoy teniendo un poco de estrés –dijo–. He vuelto a tener dolor de cabeza.
–Tienes que tomar fiebrefeb.
¿Qué diantre es fiebrefeb?
Cualquiera sabe. Lo he leído en una de esas revistas de Tanya. Está metida en ese rollo alternativo. Pero en serio, no tienes muy buen aspecto.
Se hallaban en un restaurante en esa zona cara de detrás de Sloane Square. Danilo era un hombre delgado y de poca estatura y de cara leonina, con una cabeza grande y ojos de color pardo amarillento como los de un animal, un fiero y pequeño carnívoro. Aunque no medía más de un metro sesenta y cinco, un poco menos que William Newton, y su cabello largo era del color de la arena y difícil, Guy nunca le hubiera llamado enano pelo-de-paja. Danilo llevaba un traje muy informal pero caro, de lino casi negro, con las mangas arremangadas para que se viera el forro de seda azul. Y también una camisa azul con unas finas rayas de color verde oscuro, pero no llevaba corbata. Lucía dos anillos de oro blanco, uno con un lapislázuli redondo y el otro con una piedra cuadrada de jade. Hacía unos años, cuando ello era todavía posible, Danilo se había dedicado a un muy lucrativo negocio de importación de jade imperial chino. De ahí procedían los gemelos de Guy. Danilo no era de origen español ni latinoamericano; su nombre de pila era en realidad Daniel, pero había al menos cinco Danieles en su clase de la escuela primaria y se había rebautizado. Además de importador de diversas sustancias ilegales, Danilo era todo un asesino. Al menos, eso creía Guy.
El único terreno en que Danilo no era muy varonil era la bebida. Tomó un agua mineral en un vaso alto. Guy bebía más de lo que comía. Se comportaba así habitualmente, aunque también comía, un buen trozo grueso de filete escocés, que habían traído entero, quemado por fuera y azul por dentro, y que les habían partido en dos con un diestro golpe de cuchillo.
Danilo habló del chalet de Granada que había vendido y de la casa que había comprado en el Wye Valley, un castillo galés con 122 hectáreas de terreno y que pensaba amueblar con el contenido de una mansión barroca sueca. Había una orden que prohibía llevarse aquellas mesas, sillas y cuadros de Suecia, pero Danilo estaba arreglando las cosas para saltársela. No era un hombre muy egocéntrico y, aunque algo insensible, sabía apreciar a los amigos. Esta invitación no se le había ofrecido para que hablara de sí mismo.
–Y ¿qué tal está Celeste? ¿Todavía seguís? –Guy se encogió de hombros. Cualquier mención de Celeste siempre le incomodaba.
–Y esas obras de arte, ¿te ayudan a mantener el estilo de vida al que estás acostumbrado?
–No tengo problemas económicos, Dan –dijo Guy–. Ningún problema por ese lado. Eso nunca será un problema para ninguno de los dos, ¿no es cierto?
Se habían dicho, hacía años, que un hombre sólo era medio hombre si no era capaz de hacerse rico.
–Entonces tiene que ser la señorita Leo.
Guy no habría permitido a ninguna otra persona llamar a Leonora «señorita Leo», pero viniendo de Danilo le importaba menos que si lo decía otro. Danilo la quería también, aunque más como un hermano, y, si bien hacía años que no la veía, conservaba todavía hacia ella esa tierna consideración que es producto de una nostalgia por los viejos tiempos de desenfreno. Leonora había mostrado más habilidad que ninguno de sus compañeros varones para birlar cosas de los mostradores de Boots. Una vez, y de una sola tanda, se había metido en el bolsillo un cepillo de dientes eléctrico, un secador de pelo y un juego de rulos caloríficos. Al pensar en esto, Guy se acordó de otro viejo amigo y pudo así posponer el momento.
–¿Sabes algo de Linus?
–A ése sí que le ha ido mal –dijo Danilo riendo–. Bueno, creo, no lo sé seguro. Alguien me dijo que había ido a Malaysia y le habían colgado por llevar un poco de hierba encima.
–¿Tú te crees eso?
–No, yo no me creo casi nada de lo que me dicen. ¿Qué pasa con Leonora? Vamos, me lo vas a decir, ¿por qué no lo sueltas ya? ¿Qué pasa, se casa?
Desagradablemente cerca de la llaga. Con firmeza, Guy dijo:
–No va a hacer eso. Bueno, si no es conmigo. Quiero preguntarte una cosa. Dan, el caso es... si yo quisiera... –Guy miró a su alrededor y, aunque no había nadie que pudiese oírlo, bajó la voz–... quitar a alguien de en medio, ¿tú podrías... arreglarlo?
Los iris de los ojos amarillos no cambiaron, pero sí las pupilas. Parecieron alargarse y convertirse en rayitas negras en lugar de puntos. La lengua colorada de Danilo tocó el labio inferior.
–¿Su amigo? –dijo.
Guy estaba estupefacto.
–¿Cómo sabes que hay un amigo?
–Siempre hay un amigo. ¿Quieres que lo liquiden?
De nuevo aquel gesto de impaciencia en los hombros de Guy.
–Creo que no. No sé.– Vio de nuevo aquella mesa del hotel, colocó a Maeve en el lugar de la vieja señora Chisholm y a William Newton en el lugar de Janice y su novio.– Alguien le está comiendo el coco contra mí. Dan, pero no sé quién es. No sé cuál de ellos. Creía que lo sabía... si lo supiera, yo... es que no sé.
–Puede hacerse –dijo Danilo con calma–. Para un amigo podría conseguir un buen trabajito por tres de los grandes.
–¿Y diez trabajitos por treinta de los grandes? ¿Quieres que haga una matanza? No voy a borrarlos a todos de la faz de la tierra. Dan, yo sé que es sólo uno de ellos el que la está volviendo contra mí, uno o dos a lo sumo, uno o dos a quienes ella quiere complacer y con quienes quiere estar a buenas. Le han contado todas las mentiras posibles acerca de mí.
–Será el novio.
–No lo creo. No sé. ¡Cielo Santo, si lo supiera! Soy el peor de los tontos. Dan, te he traído aquí para nada, demonios. No sé qué nombre darte. Te he traído aquí para nada.
–Un gran bistec –dijo Danilo–. Voy a romper mi norma y tomarme un pequeño Chivas Regal.
–Dan –dijo Guy–, ¿por qué has dicho eso? ¿por qué has dicho eso de ese Newton?
–¿Qué he dicho?
–Has dicho «el novio».
–Lo habrás dicho tú.
–Yo no lo he dicho. He dicho que ella no... que no va a casarse. Ese Newton existe, claro que existe, pero es sólo un tío que sale con ella, no significa para ella más que Celeste para mí.
Danilo le dirigió una mirada dura y penetrante, pero amable.
–Sí, ya recuerdo. Me lo dijo Tanya, lo vio en un periódico. Ayer o anteayer. Dijo: «Mira esto», y, sí señor, la mismísima Leonora Chisholm. Decía lo de siempre: se anuncia el compromiso, el matrimonio tendrá lugar en breve. Leonora Chisholm y William Newton. De ahí sé el nombre del tío, ha de ser de ahí, si tú no lo has dicho. Por eso he pensado que era él a quien querías eliminar.


5

La cama de Guy era un lecho imperial de cuatro postes, lacado, con un dosel de estilo chino y fabricado por la firma William Linnell en 1753. Unos dragones voladores dorados parecían acabados de aterrizar sobre los cuernos curvados de color escarlata del techo de pagoda. El cortinaje era de seda amarilla. Había una muy parecida en el Victoria and Albert Museum. Las paredes del dormitorio estaban recubiertas por un papel de seda shiki. No había alfombra en el suelo de bloques de madera, pero sí esteras chinas con motivos de dragones, máscaras de animales y nubes.
A las ocho y media de la mañana del sábado Guy estaba en su lecho imperial con Celeste Seton. Ella seguía durmiendo pero él estaba despierto y haciéndose a la idea de preparar el café, comer alguna tontería que todavía no había decidido y luego ir una hora o dos a su club de gimnasia. Guy observó el exquisito rostro de Celeste en la almohada, como un precioso y delicado bronce, y pensó en lo guapa que estaba pero nada más. En cuanto pensaba en ella le abrumaba la culpa. Aborrecía y le llenaba de vergüenza el hecho de estar amando a una mujer y utilizar a otra con fines sexuales.
No era exactamente así, naturalmente, no era así. Siempre había sido honrado con Celeste. Ella sabía que estaba enamorado de Leonora, o al menos él así se lo había dicho, había sido muy franco con ella. No era culpa suya que persistiera en tomárselo de aquel modo.
–No me importa, Guy, cielo, ¿por qué me iba a importar? Ya sé que no soy la primera en la lista, sería tonta si lo creyera. Ya sé que no eres mío.
Guy no iba a dejar pasar esto.
–Estoy enamorado de Leonora, la amo. La vida sin ella no tendría sentido. Me casaría con ella mañana mismo si pudiera.
Ella le había sonreído.
–Sí, claro. Comes con ella todos los sábados, y pasas con ella una hora y media. Supongo que eso puedo aguantarlo. Puedo aguantar esa competencia.
Su padre era de Trinidad, donde los habitantes tienen sangre india, y su madre gibraltareña. Tenía un rostro caucásico perfecto, del color de la teca y un cuerpo como el de una muchacha egipcia en la pintura de un jarrón. Era modelo. Su cabello era de un castaño rojizo oscuro, muy espeso, y crecía de forma natural en largas y profundas ondas, como el de Dorothy Lamour en una película de los Mares del Sur de los años treinta.
Cuando salían juntos, los hombres se volvían a mirarla. Una vez en que él bajaba detrás de ella la escalera de Blake’s, había oído a un hombre gruñir al verla, podría jurarlo. En cambio, cuando salía con Leonora –o había salido, porque esto ocurría ahora muy raramente– nadie se quedaba mirándola. Ciertamente, era verdad que desde los andamies y las obras de la calle los hombres le silbaban, era joven y atractiva y tenía unas piernas muy bonitas. Pero los coches no se detenían por ella, nadie se paraba y se ponía a mirarla. Lo extraño era que esto no cambiaba las cosas. La ferviente, casi palpitante admiración que despertaba Celeste y la indiferencia con que se acogía la aparición de Leonora no tenían el menor efecto en él. A veces pensaba que sería un alivio que Celeste le dejara, había sido bonito pero había conocido a otro.
Se reprochaba a sí mismo por esto, era horrible e injusto. Pero, ¿qué podía hacer? Él no había pedido a Celeste que fuera detrás suyo, ni la invitaba a estar esperándole cuando llegaba a casa. Ni siquiera le había dado la llave. Ella le birló la de repuesto y se hizo hacer otra. Estaba enamorada de él tanto como él de Leonora, y esto, como se decía a sí mismo, le tenía jodido. Pero él se lo pasaba peor que ella. Y al menos no la rechazaba, no le enseñaba la puerta ni hacía cambiar la cerradura ni le decía que se fuera al infierno. No limitaba sus encuentros a un almuerzo los sábados. Era bueno con ella. Se acostaba con ella, aunque a menudo pensara con cierta tristeza que podía pasar sin sexo de ser necesario y se dijera a sí mismo que habría debido ignorar su propio cuerpo, obedecer a su mente y a su corazón y, como un caballero a la espera de su dama, permanecer casto.
Celeste no tomaba café. Guy preparó el té y, poniendo la taza sobre la mesita de noche, la tocó ligeramente en el hombro y dijo:
–La taza de té, amor.
Sus ojos se entreabrieron y dijo lo que le decía siempre al despertar.
–Hola, Guy, mi cielo, te quiero.
Era lenta en despertar, en especial si era sábado, si se había pasado por allí el viernes por la noche y se hallaba en la casa el sábado por la mañana. Guy se preguntaba a veces, sintiendo su propia herida, si ella pospondría el despertar de estas mañanas porque el sábado era el día de su almuerzo con Leonora, si necesitaría retrasar lo más posible la consciencia y el saber lo que el día le deparaba. Pero quizá no fuera así, quizá sólo estuviera proyectando sus propios sentimientos sobre ella y juzgándola según estos sentimientos. Es una gran bajeza que un hombre intente calibrar las emociones de una mujer enamorada según él mismo cuando no está ni mucho menos enamorado de ella, y Guy lo sabía.
El gimnasio para hombres al que pertenecía se llamaba Gladiators y estaba en Gloucester Road. Tres cuartos de hora con las pesas, luego la sauna, la ducha fría y treinta largos en la piscina. Decidió no desayunar, aunque habría podido tomar un saludable desayuno en el bar a base de zumos y cereales. La báscula le indicó que su peso había aumentado en un kilo. Con razón Danilo había comentado su estado de salud.
No eran más que las once. Si lo hubiera pensado antes, habría podido ir al salón de tiro de King’s Road y practicar durante una hora, pero no lo había pensado y no le gustaba disparar más que con uno de sus rifles. De pronto se le hacía muy cuesta arriba volver a Scarsdale Mews. Celeste estaría allí. Celeste probablemente estaría todavía en la cama y le tendería los brazos. Podía soportar casi todo lo que representaba su situación con Celeste y Leonora, aun a regañadientes, pero no pasar directamente de la una a la otra, aunque Celeste lo supiera y a Leonora no le importara.
Pero, ¿seguro que no le importaría? Se le ocurrió que nunca había dicho claramente a Leonora que Celeste fuera su amante, no le había dicho que a menudo dormía con él la noche antes de la cita para el almuerzo, que le amaba y juraba que le amaría siempre. Quizá debiera intentar decírselo. La idea de que Leonora pudiese mostrar celos le hizo sentirse mareado y tuvo que sentarse en un banco del parque.
Hoy la cita para el almuerzo era en el Cranks, el Cranks original del Soho. Sólo el amor podía hacer a Guy ir allí. Nunca había estado en el Cranks, naturalmente, pero era consciente de que se trataba de un restaurante vegetariano y, al parecer, no alcohólico. Decidió no pasar por su casa sino dejar que Celeste (no era en absoluto la primera vez) se levantase sola y tal vez le llamara más tarde, y empezó a caminar morosamente en dirección a Hyde Park Corner. Tal vez tomara un taxi en Park Lane, o bien recorrería todo el camino a pie.
El cielo era de un azul suave y delicado, cubierto por una fina red de nubecillas que en nada obstaculizaban el paso de los rayos de sol. El sol era cálido y delicioso, no quemaba. No había brisa y el aire no picaba. Los céspedes a su izquierda en torno al Serpentine eran esta mañana morada de aves acuáticas, patos con la cabeza de color bermejo y otros de color blanco y negro con el cuello largo, berniclas y gansos de patas rosadas, patos almizclados de barba colorada y patos salvajes con coronas de satén verde. Un poco más adelante, donde Rotten Row se acerca a la orilla, una chica y un hombre estaban dando de comer a los patos de una bolsa de trocitos de pan, o, más bien, les estaba dando de comer la chica mientras el hombre permanecía a un lado observándola y limpiándose las gafas de sol con un pañuelo de papel. Guy aflojó el paso. La chica hizo una bola con la bolsa de papel y se la metió en el bolsillo después de buscar en vano a su alrededor una papelera. Ella y su compañero empezaron a alejarse. Estaban en el mismo Rotten Row, a unos veinte o treinta metros de él y, evidentemente, andando en la misma dirección. Guy los había reconocido: Maeve Kirkland y Robin Chisholm.
Al principio sólo le sorprendió que pudieran conocerse. Pero, naturalmente, no tenía nada de extraño. Robin era el hermano de Leonora, un hermano muy «íntimo», y Maeve una de las compañeras de piso de Leonora de los últimos tres años. No iban cogidos de la mano ni caminaban especialmente juntos, no caminaban como Leonora y el enano del pelo de paja. Nada indicaba que fueran amantes, ni siquiera amigos íntimos.
Guy no quería que le vieran. Dejó que se alejaran cada vez más. Si uno de ellos volvía la cabeza atravesaría la hierba y se metería en el South Carriage Drive. Se preguntaba adonde irían y de qué estarían hablando. Ambos llevaban ropa tejana y camisetas, de un «rompedor» rosa púrpura la de Maeve, blanca la de Robin. A pesar de llamarse así, Maeve no era irlandesa. Era una rubia alta y escultural, como una valkiria, dos o tres centímetros más alta que Robin que tampoco era bajo. Hacía diez años a las mujeres todavía les desagradaba ir con un hombre más bajo al lado (o les desagradaba a ellos) y, si hubieran podido transportarse atrás en el tiempo, Maeve habría llevado zapatos planos e incluso se habría redondeado las espaldas. Llevaba ahora unos tacones altos que daban una impresión de incomodidad al lado de su falda corta tejana, aunque tal vez no fueran incómodos. Con ellos sacaba a Robin casi un palmo.
Maeve no era una de las amigas de infancia, de escuela o de universidad de Leonora. Leonora y Rachel la habían conocido cuando habían puesto un anuncio buscando a una chica para compartir el piso, el cual había resultado finalmente mucho más caro de lo que pensaban. Estaban pasmadas al ver en qué se convertían los pagos mensuales de la hipoteca, pero, en lugar de aceptar la nueva oferta de ayuda de Guy, abandonaron la idea de tener dos dormitorios y una sala de estar, convirtieron el piso en lo que prácticamente eran tres cuartos y pusieron un anuncio. Maeve contestó al anuncio y se quedó en el piso. Misteriosamente para Guy, a las dos les caía bien Maeve, que se había convertido en su amiga y con frecuencia era invitada a aquellas fiestas en el piso, aquellos almuerzos familiares y otras salidas en grupo a las que tan aficionada parecía ser Leonora.
Guy la encontraba mandona y ruidosa y demasiado alta. Al igual que Raquel, aunque de manera diferente, Maeve se empeñaba en imponerle cuál debía ser su relación con Leonora. Lo cual significaba, para ella, la inexistencia de tal relación. Era menos sutil al respecto que Raquel, y más clara. Pero también era más grosera. Había una expresión que utilizaba su abuela y que a Guy le parecía adecuada a Maeve: verdulera.
Era posible que Robin y Maeve llevasen años saliendo juntos. Leonora no le había dicho nada, pero él temía que hubiese muchas cosas de su vida de las que no le hablaba. Los observó caminar delante de él, ahora más despacio y en dirección a Hyde Park Corner, y entonces, de repente... Robin levantó el brazo derecho y rodeó a Maeve con él. Casi al mismo tiempo, como si temiera que alguien pudiera verla desde detrás y mostrar su desaprobación, o como si presintiera su presencia, Maeve volvió la cabeza y miró hacia donde él estaba.
Guy sabía que saludaría con la mano. Quizá no le cayera bien, estaba seguro de que no le caía bien, pero se conocían, habían estado más de una vez en la misma mesa y hablaban con frecuencia por teléfono cuando llamaba a Leonora y se ponía Maeve. Inició un movimiento con el brazo para hacer el gesto obligatorio en respuesta al saludo de ella. Maeve miró con dureza y se volvió sin saludar. Guy se sintió exageradamente ofendido y furioso. Se sentía ultrajado. Maeve y Robin tenían ahora las cabezas muy juntas y hablaban al parecer en susurros, aunque era un misterio el porqué tenían que hablar en susurros allí al aire libre y sin nadie a menos de cincuenta metros. Estaban hablando de él. Era evidente. Era lógico preguntarse no sólo qué estarían diciendo sino qué se habrían dicho ya y qué le habrían dicho a Leonora.
Las dos cabezas estaban ahora tan juntas que sus cabellos, abundantes en ambos casos, aunque el de Maeve era más largo y más rubio, parecían combinarse y formar una masa de oro oscuro reluciente y bañada por el sol, como una gran flor de seda. Y ahora, necesitada de una mayor cercanía debido sin duda al acuerdo de Robin con las maliciosas calumnias que salían de su boca, Maeve le rodeó la cintura con el brazo. Estaban entrelazados, se habían convertido en gemelos siameses unidos por la cadera. Guy imaginó sus calumnias, sus falsedades acerca de cómo se ganaba la vida, aquellas invenciones acerca de su vida privada. Era muy posible que Robin, quien probablemente frecuentaba los mismos lugares nocturnos que él, le hubiese visto con Celeste. Se lo contarían todo a Leonora. Y era mucho más probable que Leonora escuchara y se dejara llevar por las palabras de gente de su edad que por las de gente treinta años mayor que ella.
Debía de ser él. Imaginó el efecto que tendrían sobre él los consejos o avisos de Danilo y del padre de éste, un astuto anciano que llevaba un quiosco de apuestas. Estaba dispuesto a hacer mucho más caso a Danilo. Y haría mucho más caso al consejo de Celeste que, por ejemplo, al de su madre si la volviera a ver.
La pareja dejó Rotten Row y tomó el sendero que llevaba a Serpentino Road y a la estatua de Aquiles. Maeve no volvió a mirar atrás. Guy pensó que podían haber quedado con Leonora para tomar un aperitivo en alguna parte, irían a llenarla de advertencias y, cuando se encontrara con ella a la una, Leonora estaría armada contra él y en guardia. Ciertamente se había equivocado al echar a Tessa toda la culpa del cambio de ánimo de Leonora (o de su cambio aparente). Había otros culpables, más culpables aún: Maeve y Robin eran unos enemigos aún más poderosos.
Todavía era temprano. Guy volvió sobre sus pasos un trecho, entró en Knightsbridge por la Albert Gate y se quedó mirando el escaparate de Lucienne Phillips, toda aquella ropa que tan bien le habría sentado a Celeste y también un vestido de satén azul oscuro de falda corta que parecía haber sido diseñado para Leonora.

–Supongo que has puesto esa porquería en el periódico para complacer a tu familia –dijo Guy.
Estaban en el Cranks, que se hallaba muy concurrido. Ni siquiera habían podido coger una mesa para ellos solos. De hecho, estaban encajonados contra la pared mientras cuatro chicas muy jóvenes dominaban la mesa, reían ruidosamente, probaban de los otros platos y hablaban de rivalidades de oficina. Guy había ya reprochado a Leonora su sugerencia de venir aquí. Hacía mucho tiempo que no estaba en un self-service. Había tenido que hacer un poco de cola para coger su comida, quiche y ensalada, los platos menos flagrantemente vegetarianos de la casa. En todo caso había conseguido un vaso –tres, en realidad– de vino.
Se veían forzados a hablar muy bajo, aunque lo cierto era que sus compañeras de mesa no les prestaban la menor atención. Leonora llevaba también el uniforme de los sábados de verano consistente en téjanos, camiseta y zapatillas blancas. Los téjanos eran azules y la camiseta a rayas azules, blancas y malva. Llevaba también una cinta, entre el flequillo y el resto del pelo. Guy pensó que estaba muy guapa a pesar de la ropa, aunque le habría entusiasmado verla llevar un vestido cuando salía a comer con él. Con gran alivio por su parte no vio la primera cosa que había buscado. La ausencia de un anillo de compromiso en su dedo contribuyó a que le hiciera aquella observación.
En un tono agradable pero neutro, Leonora dijo:
–Si hubiera dependido sólo de William y de mí, pues no, no creo que nos hubiéramos molestado en anunciarlo. Es más, no creo que nos hubiéramos «prometido». Eran mis padres quienes lo querían, y también los suyos. Costaba muy poco contentarlos, ¿no te parece?
–Ya –dijo Guy con una risita–. Siempre haces lo que quieren tus padres.
No lo negó.
–¿Por qué has dicho «esa porquería», Guy? Te dije que estaba enamorada de William.
–Eso también es una porquería, me parece a mí.– Terminó el primero de sus vasos de vino. Leonora bebía zumo de manzana y lo miraba por encima del vaso de una manera que a él le pareció malhumorada. Cambió de tema. –No me habías dicho que Maeve saliera con tu hermano.
–Porque no creí que te interesara.
–Todo lo relacionado contigo me interesa, Leo, por remoto que sea, deberías saberlo. Los he visto en el parque. Caminaban delante de mí. ¿Has estado con ellos antes de venir aquí?
–¿Cómo, ahora, quieres decir? Claro que no, Guy. ¿Para qué? No van a pasar los sábados conmigo.
–¿Dónde vive él ahora?
–Ahora vive en Chelsea, acaba de mudarse. Creo que quiere que Maeve vaya a vivir con él, y quizá lo haga cuando yo me vaya.
Dejó pasar esto. Las chicas se iban. La mesa estaba sembrada de sus sobras, pero al menos y de momento era sólo para él y Leonora. Se inclinó ligeramente hacia ella.
–En realidad sigues sintiendo lo mismo por mí, ¿no es cierto? Sientes lo mismo que has sentido siempre pero crees, o te han hecho creer, que vivir conmigo no sería prudente, que te perjudicaría. Es eso, ¿verdad?
Ella habló cuidadosamente, midiendo las palabras.
–Sí que te quiero, Guy. Siempre te he querido y creo que siempre te querré. Por lo que fue nuestra relación cuando éramos jóvenes.
El corazón pareció dar un saltito de alegría y ponerse a bailar dentro de su pecho. Sintió cómo la sangre acudía a su rostro. Extendió la mano y tocó la de ella, que descansaba sobre la mesa.
–Pero ya no tenemos nada en común, Guy, ni nos gustan las mismas cosas. Y aborrezco el modo como te ganas la vida. Si miro atrás, aborrezco lo que has hecho.
Esto le hizo reír:
–¡Oh, vamos! ¿Y tú? El otro día me estaba acordando de lo bien que te las apañabas robando cosas. ¿Te acuerdas de cómo nos desembarazábamos de todo aquello en Portobello?
Leonora hablaba en voz muy baja:
–No sabes cómo me avergüenzo de lo que hice. Siento asco de mí misma cuando pienso en aquello. Pero tú sigues pensando que estaba bien, piensas que todo vale con tal de sacar dinero.
Su mano estaba debajo de la de Guy, plana y fláccida. Guy retiró la mano y se quedó mirándola como si algo la hubiera picado y estuviera esperando a que se hinchara.
–Ya no hago nada ilegal –dijo–. Nada.
Al menos no desde la muerte de Con Mulvanney, pensó, pero no lo dijo en voz alta, ella no sabía nada de aquello y, si de él dependía, nunca lo sabría.
–No son sólo las cosas ilegales, sino también las cosas poco éticas. Oh, Guy, seguro que no sabes de qué hablo. En parte ese es el problema, que no hablamos el mismo idioma. Tu único objetivo en la vida es ganar mucho dinero, vivir lujosamente, tener poder y... ganar cada vez más dinero. Y además, no puedes borrar el pasado con sólo decir que ya no lo haces. Alguien me ha dicho que incluso habías tenido una red ilegal de protección. ¡Oh, Guy!
–¿Quién te lo ha dicho? –dijo él muy fríamente.
–¿Importa eso?
–Sí, me gustaría saberlo.
–Pues bien, me lo ha dicho Magnus.
¡Lo sabía! ¿Acaso no lo había adivinado?
–¿Y...?
–Magnus trabajaba para un cliente, le estaba buscando un jurisconsulto, ya sabes cómo va eso, y el hombre, que era un criminal o algo así, mencionó tu nombre en relación con una red ilegal de protección en Kensal.
–¿Y Magnus te lo ha dicho?
–Él decía que no podía ser el mismo Guy Curran, pero mamá dijo que sí y claro que eras tú, yo lo sabía.
–¿Escuchas todo lo que dice esa gente de mí, Leonora? ¿Los escuchas a todos?
Ella dijo suavemente:
–Es igual lo que diga la gente. No nos parecemos en nada, en nada.
Él no contestó a esta observación. Despacio y arrastrando las palabras de manera deliberada y calculada, dijo:
–Tengo una amiga muy guapa. Se llama Celeste. Tiene veintitrés años, es modelo y es encantadora. Ha pasado esta noche conmigo. Seguramente está todavía en Scarsdale Mews esperando a que yo vuelva.
Por un pequeño y horrible instante creyó que Leonora iba a sonreír y a decirle lo mucho que se alegraba, cómo la complacía la noticia. Pero su rostro se había ensombrecido. Tenía la expresión fija, los ojos azul oscuro firmes y los labios apretados. ¡Estaba celosa! Lo veía, no podía equivocarse.
–¿Te lo estás inventando?
–Cariño, si no fueses tú quien me lo pregunta me enfadaría de veras.– Se dio cuenta de que estaba repitiendo lo que ella había dicho cuando él se mostró incrédulo con respecto a Newton. ¡Qué cerca estaban el uno del otro! ¡Se leían el pensamiento! –Yo soy atractivo para las mujeres –dijo, sonriéndole–, Llámala, ve y pregúntaselo. Ve y llama a mi casa.
Alguien, una mujer, le había dicho una vez que siempre sentimos celos por los amores de nuestros antiguos amantes. Aunque ya no nos importen, aunque tengamos otros amantes, un verdadero amor que vaya a durar eternamente, nos sentimos celosos. Es inevitable tener una sensación de rechazo, porque nos sentimos inseguros, aterrorizados por el abandono y ansiosos por ser el primero y único o, si no el primero, el último. Pero Guy lo había olvidado o no cayó en ello. Ella estaba celosa, su Leonora estaba celosa porque tenía otra mujer.
–Me alegro mucho por ti, Guy –dijo–. Espero que os vaya bien de verdad. Me alegro mucho.– Algo la preocupaba. –Guy, ¿no le importará que nos veamos así? ¿Lo sabe? ¿No te parece que deberíamos dejarlo?, puede que no le parezca bien.
–Por qué va a importarle –dijo Guy con impaciencia, y a continuación–: Si has terminado, vamos a otro lado, aunque sólo sea a sentarnos en la hierba en Soho Square.
Sabía que diría que no, pero no fue así.
–Bueno, pero sólo media hora.
Se preguntó qué ocurriría si intentaba cogerle la mano. Mejor era no arriesgarse. Caminaron uno al lado del otro. Las nubes habían desaparecido y el cielo era ahora de un azul duro y ardiente. De repente, se puso a pensar en unas vacaciones que habían planeado hacer juntos en esta época cuatro años antes. Iban a ir a una de las islas griegas menos frecuentadas y él, naturalmente sin hablarlo con ella, veía este viaje como la ocasión para reanudar sus relaciones sexuales. Allá abajo llamaban al mar Oscuro-de-Vino y las noches eran cálidas. Iban a alojarse en un maravilloso hotel cuyas habitaciones eran todas cabañas con el tejado de hierba y tenían su propio sendero privado hasta la playa de plata. Allí ella volvería a él, volvería físicamente a sus brazos, y poco después de su regreso se casarían y el empleo que ella iba a coger y el cuarto que iba a compartir con Rachel quedarían olvidados.
Leonora se había echado atrás con menos de dos semanas de antelación. Porque pagaba él, dijo. No podía ser, ella no podía pagar su parte, no podía pagarla ni podía permitirle a él que pagara, así que tenían que anular el viaje. Aun ahora, el recuerdo le dolía profundamente. De acuerdo con su filosofía una mujer reconocía el amor de un hombre y su amor por él dejándole que pagara. El trato que existía entre ellos consistía en una especie de venta por amor, aunque no sonara agradable dicho así.
Miró su perfil egipcio, la boca y la barbilla firmes, la nariz un tanto severa y la oscura cortina de cabello que le tapaba la parte superior de las mejillas. Leonora tenía la cabeza inclinada, como pensando profundamente.
–Este año no vas de vacaciones, ¿verdad? –dijo él, pensando en que se podría quedar sin sus sábados, o quizá sin dos o tres de sus sábados.
–No exactamente de vacaciones –dijo ella–. Quiero decir que nos iremos más tarde.
El corazón era de plomo, se hundía.
–¿Quiénes?
–No pensaba decírtelo todavía, Guy. Pero la cosa ha cambiado ahora que me has hablado de Celeste. Me caso el dieciséis de septiembre y después nos vamos de luna de miel.


6

Faltaban cinco semanas.
La boda se celebraría en la oficina del Registro de Kensington, una ceremonia habitual y rutinaria con Maeve y Robin como testigos. No eran creyentes. La víspera del día de la boda, el padre de Leonora y su esposa daban una fiesta en su honor. Anthony y Susannah Chisholm vivían en Londres, pero no en los mews de Notting Hill, sino en un piso de dos plantas de una casa de comienzos del siglo xix de Lamb’s Conduit Street que había pertenecido a Susannah y a su primer esposo. El padre y la madre de William Newton residían en Hong Kong y no vendrían para la boda pero sí estarían en Inglaterra para Navidad, y su hermana y su cuñado estarían allí.
Leonora se lo contó todo.
–Pero no es por él, ¿verdad? ¿Verdad que no vendrías conmigo si él muriera, por ejemplo? Es por otra cosa.
–No va a morir, Guy. ¿Por qué iba a morir? Es un hombre sano de treinta años.
–Si creyera que es por él desearía matarle. Desearía pelear con él, desafiarle a un duelo y matarle.
–No seas ridículo.
–¿Sabe manejar un arma? No, no me lo digas. No quiero saber nada de él. Él no es más que una excusa. Cualquier hombre menos yo. Y me gustaría saber por qué, Leonora. Me gustaría saber qué ha ocurrido para que te vuelvas contra mí.
Esta conversación tenía lugar no en Soho Square sino el sábado siguiente en un restaurante que, por una vez, ella le había permitido escoger. Estaba en la zona de Notting Hill llamada Hillgate Village, en el lado meridional de Bayswater Road. Leonora lucía un vestido. Era un día caluroso y el vestido era corto y de un tejido diáfano que se pegaba al cuerpo, blanco con brumosas flores de color rosa y malva y con un sencillo cinturón o banda malva. Llevaba medias blancas de malla y zapatos planos de color rosa. Había dejado en el perchero de la entrada del restaurante su sombrero de fina paja blanca con cintas de color lila. Después del almuerzo iba a la boda de un amigo de William Newton, cuya mención había dado pie a hablar de la suya.
A Guy le habría gustado que vistiera siempre así. Se moría de deseo por ella. Oía su propia voz interrogándola y se odiaba por el tono bravucón y las preguntas reiteradas, pero tenía que saber. Ella le dirigía una mirada dolida, hosca. No quería tomar postre, queso ni café por si llegaba tarde. Presionada, dijo que no había ocurrido nada para que se volviera contra él. No, la «causa» no era su oferta de comprarle un piso, no había ninguna «causa», se trataba de un proceso gradual que había empezado antes de ella cumplir los veinte años. Había dejado atrás la etapa de salir con él y ojalá que a él le ocurriera lo mismo.
–Te pusiste celosa cuando te hablé de Celeste –dijo él–. Lo pude ver en tus ojos. Eso significa que todavía me quieres.
–Eso es una tontería, Guy.
–Si te casas con él queriéndome a mí cometerás un crimen contra ti misma y contra mí.
Se rió de él. A Guy le pareció esto muy cruel, pero comprendió que era una defensa. Si no se hubiese reído se habría echado a llorar. Era un sonido duro y poco femenino, una risa en la que había más dolor que alegría.
Después de esto se fue a la boda del amigo de William Newton y le dejó sentado en la mesa tomando coñac.
Maeve y Robin, Anthony y Susannah, Tessa y Magnus, Rachel Lingard, uno de ellos o varios de ellos juntos eran los culpables. Pero, ¿culpables de qué? La habían convencido de que él era totalmente inadecuado, de tal modo que, obedeciendo a su coerción, Leonora se había arrojado a los brazos del primer hombre con el que había tropezado. Probablemente ellos mismos le habían escogido, le habían encontrado, le habían dado el visto bueno y se lo habían presentado a Leonora.
La llamó por teléfono como de costumbre el domingo, el lunes y el martes. Se negaba a admitir la posibilidad de que ella se casara realmente el dieciséis de septiembre, pero si algo tan imposible e inicuo ocurría, si ocurría, pensaba seguir llamándola todos los días. A veces se imaginaba a sí mismo llamándola todavía cuando fueran viejos, ella una abuela de cabello gris y él un anciano millonario, soltero pero con muchas amantes hermosas a las que no amaría. Pero esto no ocurriría, porque algún día, si no este año al año siguiente, o el otro o el otro, ella se casaría con él. Él se desembarazaría de quienes se interpusieran entre ellos dos. Rachel contestó al teléfono el domingo y Maeve el lunes y el martes.
–Voy a buscarla –dijo Rachel, y soltó un fuerte suspiro teatral y una observación que hizo a Guy rechinar de dientes–: Ha adivinado quién era. Ha tenido el tipo de premonición que tiene la gente psíquica justo antes de un accidente de carretera.
Cuando pidió hablar con Leonora, Maeve dijo:
–¿Es necesario?
–¿Qué coño quiere decir si «es necesario»?
–¿A ti que te importa? –estaba furioso.
–No me hables así, por favor. No vas a conseguir hablar con Leonora recurriendo a palabras obscenas.
–Ah, ¿no? Voy a llamar a ese coño de número hasta que lo consiga.
–Y a propósito, muchísimas gracias por hacer como que no me viste en el parque la semana pasada. Tú y tu amigo tenéis unos modales encantadores.
–No te vi en el parque, ni la semana pasada ni en ningún otro momento.
Se alejó y Leonora se puso al teléfono. Al día siguiente, Rachel contestó de nuevo al teléfono y dijo que si sabía que era posible hacer que Telecom cambiara el número. Él no contestó.
–Alexander Graham Bell es responsable de muchas de las cosas que pasan– dijo Rachel.
Le odiaba de veras, había veneno en su voz. Era extraordinario cómo estas mujeres, Tessa, Rachel, Maeve, creían ser leales a Leonora poniéndola contra él cuando, en realidad, lo mejor que podían hacer por Leonora era alentarla a que se casara con él y se asegurara así, además del aspecto amoroso y romántico, un futuro libre de preocupaciones económicas y una vida de felicidad y de lujo. Guy nunca se quedaba en casa por la noche. ¿Qué iba a hacer allí? No había hecho una fortuna para quedarse sentado en su casa comiendo comida preparada y viendo vídeos. Susannah Chisholm, que siempre se había mostrado más amable con él que el resto de aquel grupito, había hablado una vez de que alguien a quien había conocido en Nueva York decía que desde que se había trasladado a Manhattan no había cenado ni una sola vez en casa. Los demás habían reído y se habían quedado pasmados, pero Guy, aunque no dijera nada, se preguntaba a qué venía todo aquel follón cuando él, desde que se había trasladado a Scarsdale Mews, tampoco había cenado nunca en casa. Salir por la noche significaba beber fuera y comer fuera y luego ir a un club a seguir bebiendo.
Rara vez iba al teatro, pero sí de vez en cuando al cine para complacer a Celeste. Después de rechazar rotundamente ir a ver Mujeres al borde de un ataque de nervios en el Lumière, había consentido en ver París de noche en el Curzon West End.
Habían ido a la sesión de las seis cincuenta y cinco porque ambos preferían comer después, y sólo eran las nueve cuando salieron. Guy había reservado una mesa en un restaurante de Stratton Street que le gustaba especialmente y adonde Leonora nunca le habría permitido llevarla a almorzar. Después de otro día de calor, hacía una noche cálida y sofocante. Celeste llevaba un vestido de bordado inglés de algodón blanco, corto y ceñido pero no demasiado, porque era muy delgada. Llevaba unas sandalias de tiras de piel blanca y dorada alternadas y brazaletes de color blanco y verde, y cada trencilla separada de su pelo, de las que había al menos cincuenta, terminaba en punta de oro. Guy llevaba un traje de lino beige grisáceo muy claro con un polo de color chocolate amargo, un cinturón de piel gris trenzada y zapatos deportivos blancos con un reborde de piel gris. Había pensado, unas horas antes, que hacían muy buena pareja, pero esto era simplemente una opinión y no le producía ningún placer en especial.
Al salir del cine vio a Leonora y William Newton que salían delante de ellos. Aunque había hablado con Leonora aquella misma tarde sintió al verla aquellas extraordinarias y características sensaciones cuya fuerza era aún mayor en las raras ocasiones en que se la encontraba por casualidad. El corazón se le paró y luego se puso a latir no más rápido sino como más ruidosamente. Aquella gente que los rodeaba, una multitud considerable en su mayoría compuesta de personas jóvenes o más bien jóvenes que, hasta que la había visto a ella, le habían parecido atractivas y llenas de colorido, algunas de ellas dignas de ser miradas, se desvanecieron y pasaron a ser sombras sin rostro, como muertos o extras en una vieja película monocromo. Sólo él y ella existían en el mundo.
Esta sensación duró unos instantes. Cuando aquella gente hubo recuperado de nuevo el rostro, él y Celeste, y ella y Newton, estaban ya en la acera. Leonora volvió la cabeza y le miró a la cara. Se alegraba de verle, se daba cuenta. Sonreía con su encantadora sonrisa, cuidadosamente medida, y, cogiendo a Newton de la manga y tirando de él hacia donde estaban Guy y Celeste, se acercó y dijo:
–No me has dicho que ibas al cine.
–Tú tampoco. Esta es Celeste. Celeste, Leonora.– No iba a pronunciar el nombre de Newton.
–Este es William.
La quería mucho pero debía admitir que estaba espantosa. Parecían los dos un par de hippies de la época de los sesenta, Newton con unos pantalones de color caqui de Dirty Dick’s y una camiseta que debía de haber sido de color azul pálido antes de que la hubieran lavado un montón de veces en frío junto con ropa azul marino y roja. El vestido de ella era una de las líneas menos logradas de Laura Ashley, adquirido sin duda en una venta de ocasiones hacía tres o cuatro años, un estampado de viscosilla azul marino y blanco ya descolorido o gastado y con cintura elástica, mangas cortas demasiado largas y un dobladillo que llegaba a la mitad de sus espantosas botas de piel roja cuarteada. Guy estaba contento. Una mujer que vestía así para salir con un hombre no podía quererle mucho.
Les habló del restaurante de Stratton Street y sugirió que fueran allí con él y Celeste. Newton dijo que no, gracias. Las cejas de Guy se alzaron. Bueno, ¿habían comido o no? Tenían que comer.
Guy no entendió por qué una ligera sonrisa aparecía en el rostro de Newton al oír esta observación. Newton era un poco más alto de lo que creía recordar, en modo alguno un hombre especialmente bajo, aunque la cara de caballo y el pelo de paja sí eran como los recordaba. Y usaba gafas. Guy pensó que cualquier persona joven con un atisbo de autoestima que tuviera problemas en los ojos habría optado por usar lentes de contacto.
–Comemos en casa, Guy –dijo Leonora–. Hemos comido algo antes.
–Seguro que hace horas.
–Iremos con vosotros y comeremos algo barato. Espaguetis, sólo un plato.
¡Quería estar con él! ¡Ahora que se habían encontrado no podía soportar la idea de ir directamente a su casa! Le veía y le comparaba con Newton. Le veía con Celeste. Sintió de pronto por Celeste un gran cariño y afecto y le cogió la mano. Leonora se dio cuenta del gesto y miró sus manos juntas, pero no cogió la mano de Newton. Cuando llegaron al restaurante, las dos mujeres se dirigieron directamente al lavabo de señoras. Se quedó solo con Newton y se preparó para una pelea o para el silencio.
Pero Newton, que según había dicho Leonora el sábado era algo en la BBC, productor de documentales sobre cuestiones sociales o algo igual de aburrido, se puso a hablar de la película que acababan de ver. Preguntó a Guy si le había gustado y por qué. A Guy no le había gustado mucho pero no sabía decir por qué, así que cambió de tema y preguntó a Newton si le gustaba París, si había estado allí recientemente y si le habría gustado ir para el doscientos aniversario de la Revolución. Encendió un cigarrillo, le ayudaba a concentrarse.
Newton no apartó el humo con la mano ni nada parecido, pero movió un poco la silla. Con gran sorpresa por parte de Guy bebía gin-tonic, lo mismo que él, en lugar de la cerveza sin alcohol que era de esperar. Dijo que había estado en París en la primavera para ver la exposición de Gauguin, y se puso a describirla y alabarla. Guy se preguntó si haría esto para atacarle, un ataque artero contra su empresa de óleos originales hechos a mano. Newton pareció darse cuenta de que se aburría, dejó de hablar sobre Gauguin y dijo que París estaría demasiado llena de gente y que, de todos modos, solía ir a Escocia un par de semanas en agosto, aunque no iría este año.
Guy sabía por qué no iba a ir este año. Por qué creía que no iba a ir. ¿Dónde estaban las mujeres? Hacía ya diez minutos que habían desaparecido. Tal vez estuvieran sacándose los ojos discutiendo por él. Escocia en agosto sólo significaba una cosa, que él supiera. Tenía que encontrar algo de qué hablar con este hombre.
–¿Practicas el tiro?
–Sólo en defensa propia –dijo Newton–, y ningún matón me ha atacado hasta ahora.
Quien hubiera dicho que el sarcasmo era la forma más baja de ingenio tenía razón, pensó Guy.
–Te sorprendería saber lo fácil que es convertirse en un buen tirador. Resulta muy gratificante cuando derribas el primer pájaro.
–Sí, supongo que sí, si se mira de ese modo. Debe de serlo teniendo en cuenta la pandilla de idiotas rematados que lo hacen de manera excelente. No me entusiasma matar pájaros o animales. Y el hecho de que hayan sido criados para que les disparen empeora aún más la cuestión.
–Y ¿a quién te gustaría disparar? ¿A personas? –Guy soltó una carcajada ante su propio chiste.
–He conseguido vivir treinta años relativamente satisfecho sin disparar contra nada ni nadie, Guy, y espero poder seguir otros treinta del mismo modo. No me entusiasma la idea de andar por ahí jugando con la muerte.
–Un hombre ha de saber manejar un arma –dijo Guy–. Yo pertenezco a un club de tiro con rifle. Disparamos contra blancos, naturalmente.
Newton inclinó ligeramente la cabeza como hace una persona que se aburre y que no quiere mostrarse grosera pero a quien no le importa mucho lo que dice el otro.
–Hace rato que se han ido las chicas –dijo Guy. Otra inclinación de cabeza por parte de Newton. Guy no sabía cómo se le había ocurrido, pero al pensar en ello se sintió inexplicablemente excitado. –¿Has practicado alguna vez la esgrima? –dijo.
Esta vez Newton se volvió y le miró directamente a la cara. Miró a Guy a los ojos. Había de nuevo una ligerísima sonrisa, algo que estaba en los ojos y dentro de la cabeza más que en el movimiento de los labios. Guy pudo ver que sus ojos, que habría recordado como de color grisáceo o de ciervo de no estar Newton allí, eran de hecho de un color gris azulado oscuro, una tonalidad que no tiene nada de animal.
Newton tardó unos instantes en contestar.
–En la escuela.
–¿En la escuela? –Y luego un poco más tarde.– ¿Tú perteneces a un club de esgrima?
–¿Yo? No, ¿por qué?
Guy sabía que Newton se estaba metiendo con él, algo que él no iba a tolerar, e iba a repetir su pregunta cuando aparecieron Leonora y Celeste. Parecían las dos satisfechas de sí mismas, pensó Guy. Leonora preguntó de qué habían estado hablando y Newton, con una mueca, dijo que de artes marciales.
Hicieron sus pedidos y Leonora y Newton fueron fieles a su decisión de comer pasta, aunque Guy hizo lo posible por hacer que Leonora cambiara de idea. No le importaba lo que comiera Newton. Esto no era del todo cierto, ya que lo que le habría gustado en realidad era verle comer algo venenoso, algo envuelto en cianuro, por ejemplo, o infectado con uno de aquellos gérmenes de moda, listeria o salmonella, y verle rodar por el suelo delante de las mujeres retorciéndose y lanzando espuma por la boca. Odiaba a Newton, odiaba su sonrisa y sus fríos ojos inteligentes. Éste seguía hablando de esgrima o más bien de los primeros combates de competición, en los siglos xvi y xvii, antes de los tiempos de la lucha a puñetazo limpio, cuando los hombres se atacaban en escenarios públicos con hojas romas y a veces afiladas. A Guy le pareció un tema poco adecuado en la mesa y en presencia de mujeres.
Esto era, pues, un ejemplo de la tan cacareada «conversación» de Newton. Al parecer poseía un par de sables que, cruzados, adornaban una pared de su piso de Camden Town. Estaba pensando en venderlos, Leonora no los quería en su nueva casa. A Guy le habría gustado saber dónde pensaban instalarse pero no iba a preguntárselo. Se lo preguntó Celeste.
–Yo voy a vender mi piso. Y Leonora va a vender su parte del piso a su amiga, que ya es propietaria de la mitad.
–La abuela de Rachel ha muerto y le ha dejado algo de dinero, así que comprará mi mitad –dijo Leonora–. Pero no tenemos prisa. Entretanto viviré en casa de William.
¿Por qué no le contaba nadie estas cosas? ¿Por qué le dejaban siempre in albis? Lo extraño era que Rachel se tomara la molestia de trabajar, con todos aquellos parientes ricos muñéndose y dejándole su buen dinerito. Llegó su bistec, un enorme trozo de carne saignant, y le pareció que Newton le miraba burlonamente, aunque cuando alzó los ojos pudo ver que el otro se había vuelto hacía Celeste y hablaba con ella. Guy estaba bebiendo mucho. Nadie quería más de la segunda botella de vino así que se la acabó y empezó a beber cortos, martinis secos sin hielo, a pesar del calor.
Antes de que llegara la cuenta Newton se inclinó hacia él y dijo que pagarían a medias.
–En absoluto –dijo Guy–. Yo os he invitado.
–Por favor, Guy –dijo Leonora–, es mejor pagar a medias.
–Ni soñarlo, de ninguna de las maneras.
–Bien, gracias por tus maneras entonces –dijo Newton, e inmediatamente se levantó y se dirigió a los lavabos.
¿Le había lanzado Newton una puya por utilizar aquella frase, que a un cabrón listillo como él podía parecerle incorrecta o desfasada o tonta o lo que fuera que pensara la gente como él? Al instante estuvo convencido de que Newton estaba poniéndole la zancadilla y pensaba colarse hasta el camarero y pagar su parte antes de que llegara la cuenta. Le sorprendió muchísimo que esto no ocurriera y que la cuenta fuera para los cuatro. ¿De qué iba este hombre? ¿A qué jugaba?
Ahora había que conseguir un taxi. Leonora parecía cansada, como si no se lo hubiera pasado bien, como si la velada hubiese representado una tensión y estuviera agotada. Naturalmente, era la primera vez que veía a Newton y a él juntos. ¿Acaso, después de lo que había visto, estaba pensándose –¡gloriosa idea!– lo de Newton? ¿Si los había comparado, como debía ser, no habría quedado Newton como un tonto?
–Si vas en dirección norte –dijo a Newton–, ¿por qué no coges el primer taxi? Leonora puede venir con nosotros y la dejamos de camino.
–No es posible, Guy, me quedo en casa de William hasta el viernes. Y no vamos en taxi, vamos en metro.
–Green Park hacia Warren Street y luego por la línea del norte –dijo Newton, relamido y frío–. Nada más fácil. Buenas noches. Buenas noches, Celeste, encantado de conocerte.
En el taxi, Guy dijo:
–Habría debido preguntarle el número de teléfono. Si está en casa de ese tío no voy a poder hablar con ella mañana.
–Busca en el listín –dijo Celeste.
–Sí, vendrá en el listín. ¿Qué te ha dicho Leonora en todo ese rato que habéis pasado en los lavabos?
–Un poco de todo. Ha hablado de nosotros y de William.
–Vaya caca de tío –dijo él.
–Me cae bien, me resulta simpático.
–Pero no entiendes que una mujer pueda enamorarse de él, ¿verdad? La sola idea es grotesca.
–Te diré lo que me ha dicho si quieres. Ha dicho que se alegraba mucho de verte tan a gusto conmigo. Ha dicho que soy muy guapa y que tienes suerte de estar conmigo y que está segura de que tú te das cuenta, y que espera que seamos muy felices. ¿Quieres saber qué más ha dicho?
–En realidad, no –dijo Cuy–. No parece muy inspirado. Supongo que no quieres volver a casa conmigo, ¿me equivoco? Tienes que levantarte temprano para ese trabajo de L’Oréal. Le diré al taxista que vaya por Old Brompton Road, ¿de acuerdo? Celeste, ¡no estarás llorando! Por el amor de Dios, ¿por qué lloras?
Guy se durmió rápidamente y soñó que estaba luchando con William Newton con el sable. Se hallaban en los jardines de Kensington, en el césped junto al Albert Memorial, debajo del Flower Walk. Era por la mañana muy temprano, todavía no había amanecido y no había nadie allí aparte de ellos dos y los testigos. El testigo de Guy era Linus Pinedo y el de Newton un hombre cuyo rostro no podía ver Guy porque estaba cubierto por un antifaz de espadachín. Guy había practicado bastante la esgrima hacía cuatro o cinco años, había tomado lecciones y se había hecho socio de un club, pero, finalmente, lo había dejado por el squash, que era más rápido y mucho mejor como ejercicio. Sin embargo, en el sueño era muy bueno, parecía una estrella cinematográfica de los treinta en El prisionero de Zenda.
Su objetivo era sólo herir a Newton, aunque quizá de gravedad, pero el hombre estaba evidentemente aterrorizado y apenas era capaz de defenderse. Guy intentaba acertarle en el brazo izquierdo –Newton, al menos en el sueño, era zurdo– y, dando un salto adelante, ejecutó el movimiento llamado balestra seguido de una flèche muy veloz que atravesó de una sola estocada el corazón de Newton.
Newton no profirió ningún sonido y se desplomó de rodillas, el florete caído y las manos aferradas a la parte ancha de la hoja del sable de Guy. Cayó de costado sobre la hierba verde y ahora salpicada de sangre. De sus labios salió un estertor mortal y a continuación dio su alma en brazos del hombre enmascarado. Guy retiró su espada, que salió limpia y reluciente.
Linus miró a Guy a los ojos y dijo:
–Esto te dará espacio para poder respirar, chico. Te dará tiempo.
Guy sintió alegría y un enorme alivio. Newton estaba muerto y Leonora podía casarse con él. Ahora podría descubrir a placer al calumniador que le había envenenado la mente a Leonora. Cuando se inclinó sobre el muerto se sentía agradecido, casi lamentaba su suerte. El hombre enmascarado se quitó con un gesto rápido el antifaz y reveló su identidad a Guy, ahora tembloroso y horrorizado. Era Con Mulvanney.

Por la mañana, todavía muy conmocionado por el sueño, Guy buscó el número de Newton en el listín y encontró su dirección en Georgiana Street, y a continuación buscó en el ABC London Street Atlas. Lo que Linus había dicho en el sueño, que el desembarazarse de Newton le daría tiempo, volvió ahora a él. Como hombre, Newton podía no representar una amenaza seria, pero estaba ahí y Leonora se casaría con él el dieciséis de septiembre, sin duda para lamentar en seguida el paso dado, aunque para ese entonces sería ya demasiado tarde. Le tranquilizaba el hecho de que el divorcio fuera relativamente fácil.
¿Por qué se le había aparecido Con Mulvanney en el sueño? Si bien Guy había heredado poco de aquella madre desesperanzada e incapaz, y menos aún había aprendido, sí había en cambio arrastrado consigo a través de los años y las vicisitudes algunas de sus supersticiones. Aún hoy seguía sin pasar por debajo de las escaleras. Su destartalado cochecito se había visto obligado a tomar desvíos y evitar peligros, a menudo con el peligro muy real de los coches para el niño ocupante de cara sucia. Tocaba madera en los momentos de ansiedad y arrojaba sal por encima del hombro izquierdo cuando ésta se derramaba. Creía o confiaba en los presagios aunque dijera no creer en ellos. Veía premoniciones en súbitas y vagas aprensiones. La aparición totalmente inesperada de Con Mulvanney en el sueño, algo que nunca le había ocurrido antes, ya que jamás había soñado con Mulvanney, era un claro presagio. ¿Qué otra cosa podía ser?
Empezó a preguntarse si alguien habría podido hablar a Leonora de Con Mulvanney. Visto a simple vista, parecía poco probable. Muy pocas personas sabían nada al respecto. Cierto que centenares y hasta miles de personas sabían quién era Con Mulvanney y qué le había sucedido, aunque a estas alturas lo habrían ya olvidado, pero también era cierto que sólo él mismo y aquella mujer conocían su relación con la muerte de Mulvanney.
La policía estaba enterada. Corrección: a la policía se lo habían dicho. No era lo mismo. No habían hallado nada y probablemente habían terminado por no creerla, o sabían que nunca podrían demostrarlo.
Aquella mujer tenía un nombre que nadie olvidaría, un nombre imposible de olvidar, se llamaba Poppy Vasari. Había amenazado con contárselo a todo el mundo. Pero, ¿de qué iba a servir decir que él era el proveedor de LSD a Mulvanney cuando su nombre no significaba nada? En el caso de la policía, la historia cambiaba.
Pero, ¿y si había llevado a cabo su amenaza y se lo había contado a amigos y conocidos dando una descripción de él? «Un hombre moreno y guapo, muy joven.» En aquel entonces sólo tenía veinticinco años. O bien: «Muy rico, como suele ser esa gente, y vive en una de esas casas tan bonitas en un mews de South Ken». Semejantes detalles bastarían para levantar las sospechas de cualquiera que le conociera, aunque sólo fuera ligeramente. Robin Chisholm, por ejemplo, o Rachel Lingard. ¿Y si le preguntaban el nombre? Poppy Vasari se lo diría, seguro. No tenía nada que perder.
Y ellos se lo habían dicho a Leonora.
No se habría podido hallar un modo más seguro para apartarla de él. Y hacía cuatro años. Aproximadamente por ese entonces ella había empezado a cambiar radicalmente con respecto a él, a cambiar de idea respecto a aquellas vacaciones, a rechazar sus invitaciones, a alejarse gradualmente de él, y había rechazado su oferta de dinero para comprar el piso. Y, una vez en el piso, había dejado por completo de salir con él por la noche, había dejado de besarle (excepto al modo en que besaba a Maeve, en las dos mejillas), otros habían empezado a contestar al teléfono cuando él llamaba, y todo hasta llegar a la situación actual de llamadas diarias y almuerzos los sábados.
A las diez marcó el número de Newton. Se puso Leonora. Hubo una pausa y un silencio cuando ésta supo quién llamaba y a continuación habló alegremente, como si estuviera realmente contenta, le preguntó cómo estaba y dijo que se lo habían pasado muy bien la noche anterior y que había sido un placer conocer a Celeste.
–¿Dónde quieres comer el sábado? –dijo él.
–Donde tú quieras, Guy. En el Clarke’s, si lo prefieres. Al fin y al cabo, sólo serán cuatro veces más.


7

Algunas de las personas que trabajaban allí lo llamaban fábrica, según le habían dicho a Guy, pero para él era y sería siempre el estudio. Estaba en Northolt, en Yeading Lane. Guy solía ir allí cada dos o tres semanas para ver cómo iban las cosas. Sus otras empresas, la agencia de viajes y el club de Noel Street, funcionaban perfectamente sin su presencia, y si a veces iba al club era porque se lo pasaba bien.
Tessa, la graduada en Bellas Artes, había llamado al estudio «sauna», aunque, por supuesto, nunca lo había visto. Esto era en todo caso una mentira manifiesta, ya que la gente a la que Guy llamaba su fuerza laboral pintaba en un entorno limpio, bien iluminado y aireado y con mucho espacio, no trabajaban más horas que muchos y estaban razonablemente bien pagados. Habría podido pagarles más, ya que los cuadros se estaban vendiendo mejor de lo que nunca había imaginado, pero ganaban de todos modos más de lo que habrían ganado enseñando, más por ejemplo que Leonora. Lo que sí estaba en cambio pensando seriamente era poner en marcha un segundo estudio para hacer frente a la demanda.
A nadie parecía importarle que mirara por encima de sus hombros mientras trabajaban. Sin duda porque, como él con toda franqueza les había dicho, no sabía nada de arte, pero admiraba lo que hacían. Se detuvo y observó a una joven muchacha india muy dotada, exalumna de la Escuela de Arte Saint Martin, que estaba pintando las lágrimas en las mejillas del niño lloroso. Era una maravilla ver con qué habilidad trabajaba. ¡Las lágrimas parecían de verdad! Como auténticas gotas de agua, como si alguien hubiera salpicado ligeramente la cara pintada. Y, desde luego, conseguía dar al niño un aire más dulce de lo habitual, y más triste. Guy se identificaba casi con él, recordando lejanos días de privación en Attlee House.
Era para él un misterio perpetuo a qué se refería Tessa, y en cierto modo también Leonora, al decir que lo que se hacía allí estaba mal desde un punto de vista moral y –había otra palabra, sí, «estético»–. Era cierto que sus artistas seguían un esquema o una guía básicos, que había cierta afinidad, aunque remota, con la pintura con números. Pero, ¿había alguna diferencia entre esto y lo que se hacía en los estudios de los viejos maestros? Guy recordaba su sensación de triunfo cuando, estando de vacaciones en Florencia, un guía le había contado que la gente como Miguel Ángel tenía talleres como el suyo en los que los jóvenes pintores aprendían su oficio copiando los cuadros del maestro, rellenando fondos y trabajando con un horario regular y por encargo. Leonora se echó a reír cuando él se lo contó y dijo que no era lo mismo, aunque no explicó dónde estaba la diferencia.
Y no era que el trabajo original de esta gente valiese mucho. La chica a la que observaba y que estaba poniendo los toques finales a «Rey y Reina de las Bestias» le había mostrado una vez uno de sus propios cuadros. Él había dicho «Muy bonito», pero era espantoso, sólo unas manchas de pintura como sucia y algo que parecían unos ojos mirando. En su casa de Scarsdale Mews tenía un Kandinsky que era lo más cercano a este cuadro que había visto, pero, al menos, el Kandinsky estaba pintado en colores brillantes y era muy grande y complejo, lo que sin duda justificaba el muy elevado precio que había tenido que pagar por él.
Tomó café con los artistas y uno de ellos le preguntó si tenía algún cuadro del estudio en las paredes de su casa. Guy dijo que sí, aunque esto no era cierto y le hizo preguntarse vagamente por qué no lo tenía. Este día había otra venta en el sur de Londres, en Clapham esta vez, y estaba pensando en pasarse por allí y comprar un cuadro como un visitante más. Se dirigió en el coche hacia el sur y cruzó el río por Kew Bridge. Era un error, ya que no conocía muy bien esta parte de Londres, y se perdió. Había abandonado ya toda idea de comprar un cuadro –era mucho más fácil hacer que se lo enviaran a su casa– y se estaba preguntando incluso si llegaría a Clapham Common antes de que terminara la venta. Sin saber cómo, se las había apañado para llegar con su Jaguar hasta el sur de Wimbledon Park y debía dirigirse ahora hacia el norte.
Si se lo hubieran preguntado, habría dicho que nunca había estado en este barrio antes. Los commons del sur de Londres eran un lío, había un montón de ellos, pero desde luego esto no era Clapham Common, tal vez fuera Tooting o Tooting Bec. Un letrero indicaba: «Clapham, Battersea y centro de Londres», y se halló en una gran avenida que le resultaba vagamente familiar. Era Balham, estaba en Balham, esto era Bedford Hill y allí estaba el pub, aquel gran pub que parecía una mansión victoriana, en el que aquella noche fatídica le había abordado Con Mulvanney.
–¿Tienes mierda?
La pregunta, fea, ridícula y sin sentido pero con un sentido especial para los que estaban en el ajo, seguía en su recuerdo, y las palabras reverberaban como cuerdas pulsadas mientras el resto de lo ocurrido aquella noche se había desvanecido. Naturalmente no había contestado, había fingido ignorancia, incluso asco, y le había dado la espalda, pero el hombre había insistido y había vuelto al ataque, cambiando algo la pregunta y diciendo esta vez simplemente:
–¿Tienes algo?
Guy siguió conduciendo hacia Clapham Common, donde tenía lugar la venta en el Broxash Hotel. Quedaba un último espacio vacío en el aparcamiento del hotel. Se paseó mirando los cuadros con un vaso de rioja en la mano. A veces se había preguntado qué habría debido hacer aquella noche para escapar a Con Mulvanney, para darle esquinazo, pero no sabía entonces que darle esquinazo fuera tan importante. Había comprendido que Mulvanney no sabía su nombre, y esto era lo único que importaba. Por cierto que, aunque pensara en él en el contexto de aquel momento como Con Mulvanney, él no sabía tampoco su nombre entonces, no lo supo hasta que Con estuvo muerto, o más bien, cosa curiosa, hasta algún tiempo después.
La mujer que presidía la venta, una mujer morena y desaseada vestida de negro, le recordaba vagamente a Poppy Vasari. En realidad no se parecía a Poppy Vasari, que era más delgada y más sucia y de aspecto aún más desaliñado. Guy no estaba ya acostumbrado a la gente sucia, a aquella gente que rara vez se lavaba la ropa y casi nunca se bañaba, y le daban cierto asco. Quizá ello tuviera algo que ver con el hecho de que hubiera visto a tanta gente así en su niñez. La mujer que vendía sus cuadros y tomaba nota de los pedidos probablemente era muy limpia, la suciedad incrustada en sus dedos debida a que trabajaba en el jardín y la caspa en el cuello de paño negro se debían a la mala suerte. Observó una diferencia con respecto a la venta de Coulsden, la pintura del noble león sobre la roca con la hembra agachada a su lado era aquí la que más se vendía. A continuación se fue.
Este debía de ser el camino que había tomado el taxi aquella noche para llevarlo a su casa desde el pub de Bedford Hill, por Battersea Bridge y luego Gunter Grove y Finborough Road, o quizá por Beaufort Street y luego los Boltons. ¿Se podría ir por ahí? ¿Lo permitiría el sistema de tráfico? Era muy tarde y la noche muy oscura. Demasiado oscura para ver o, en todo caso, para fijarse en el pequeño 2CV de color rojo oscuro que venía siguiendo al taxi.

Guy nunca iba a pubs. Fue a éste sólo porque se trataba de una fiesta, y en todo caso no sabía que era un pub hasta que llegó allí. Robert Joseph, el hombre con quien había establecido la sociedad de la agencia de viajes, celebraba su cuarenta aniversario. Había descrito el lugar a Guy como un hotel.
Inteligentemente, había venido tarde. El pub tenía permiso para cerrar a las doce y media y cuando Guy llegó eran casi las once. Un travesti muy viejo y repulsivo, con lentejuelas negras y plumas amarillas, se contorsionaba sobre un escenario cantando una canción tan increíblemente obscena que Guy apenas podía creer estar oyendo aquellas palabras en aquel orden. Un hombre más bien joven que estaba de pie junto a la barra se aventuró a protestar tímidamente e inmediatamente, casi antes de que hubiera terminado su frase, fue arrastrado por dos pesos pesados hasta una de las puertas y arrojado a la calle. Cerraron las puertas con pestillo. Guy decidió beber mucho para que las cosas le fuesen soportables.
A estas alturas, Bob Joseph estaba borracho, pero no tanto como para no darse cuenta de la llegada de Guy, echarle un brazo a la espalda y decir que era su mejor amigo. Un conjunto subió al escenario y se puso a cantar viejas canciones de los Beatles. Guy tomaba un martini con vodka tras otro. Fue entonces cuando Con Mulvanney, cuyo nombre Guy desconocía, se acercó a él y le hizo aquella pregunta.
–¿Tienes mierda?
Se refería al hashish. Guy nunca había traficado con hashish. En un tiempo había estado metido en un negocio de suministro de barritas tailandesas, pero después de aquello sólo se había interesado por la cocaína y por marihuana de la mejor, generalmente Santa Marta Gold. En todo caso, desde que era niño no había pasado la droga personalmente, comerciado con ella. Era demasiado soberbio para eso. Cuando Con Mulvanney se dirigió a él con su pregunta traficaba casi exclusivamente con cocaína, aunque estaba pensando en la posibilidad de empezar con aquella cosa nueva, llamada crack, que se fumaba.
Esta vez, en respuesta a la pregunta «¿Tienes algo?», dijo:
–No sé a qué te refieres. Vete, por favor.
–Sé que tienes. Me han hablado de ti y me han dicho que estarías aquí esta noche. Me han dado tu descripción.
Esto hizo a Guy sentirse muy extraño y vulnerable. Después se preguntaría por qué no había indagado quién le había dicho a aquel hombre que estaría allí, quién le había dado su descripción. Pero no preguntó nada y dijo:
–Me confundes con otro.
El hombre. Con Mulvanney, no insistió. Al menos, no en ese momento. Era un hombre delgado y poca cosa, ni bajo ni alto, estrecho de espaldas y ligeramente encorvado, que tenía mala cara y daba la impresión de poca salud. Su rostro era alargado y pálido con unos labios y una barbilla como de mujer, como si no fuera a crecer en él nunca el pelo. Su cabello era largo y escaso, de ningún color si no era el del polvo. Sus ojos eran de color castaño grisáceo claro y los apartaba cuando Guy intentaba mirarlo.
Guy se alejó de él y se puso a charlar con Bob Joseph, y luego, cuando Joseph se hubo desplazado a otro grupo, con unos vecinos suyos, un hombre y una mujer que vivían cerca de su casa en Chingford o Chigwell o como se llamara. El encuentro con Con Mulvanney, cuyo nombre por aquel entonces desconocía, le hizo partir en busca de otro trago. Después de tomar otros dos martinis con vodka se sintió harto de bebida, de aquella gente y de aquel lugar tan horrible, y además era la medianoche pasada. No pidió un taxi, pero al salir a la calle uno se le acercó obedientemente. Cuando el taxi se puso en marcha, un 2CV de color rojo oscuro arrancó detrás de él.
Guy no volvió a ver el 2CV en todo el camino. No miró por la ventanilla posterior del taxi. Cuando llegaron a Scarsdale Mews y estaba pagando al taxista vio como un pequeño coche se alejaba por el final de la calle. Es decir, luego creería recordar haber visto un coche pequeño en ese punto. Lo recordó la noche siguiente cuando, en el momento en que salía para ir a cenar. Con Mulvanney apareció en la puerta.
Sonó el timbre y Guy creyó que sería el taxi que había pedido. Al verlo. Con Mulvanney dijo jocosamente:
–El señor X, supongo.
–Sí, supones –dijo Guy–. No tengo nada para ti. ¿Quieres hacer el favor de largarte?
–Oye, ¿me dejas que te explique lo que quiero?
–Ya me lo has explicado. Ahora vete.
–No, no te lo he explicado –dijo Con Mulvanney, y a continuación añadió: –Puedes llamarme señor Y.
–No seas ridículo –dijo Guy–. Haz el favor de irte. No tengo nada para ti. Y yo iba a salir.– La puerta y el suelo del vestíbulo estaban al mismo nivel, sin más peldaños, y Con Mulvanney, o el «Señor Y», aquel nombre absurdo pero el único por el que Guy lo conocía en aquel momento, se había colocado sobre el felpudo con un pie en la alfombra del vestíbulo.– No te he invitado a entrar. No te quiero en mi casa. Si me obligas, te echaré.
–Quiero un alucinógeno –dijo el señor Y, bajando la voz–. Del tipo que sea. No sé nada de esas cosas. Tú sí sabes. Pagaré el precio de mercado, el precio de la calle, como se llame. Estoy dispuesto a pagar lo que sea.
–No tengo nada de eso –dijo Guy.
Estaba empezando a creer que el señor Y era un policía. No tenía aspecto de policía, o al menos a Guy no se lo parecía, pero no iban a enviar a un hombre con aspecto de policía sino a alguien con la pinta del señor Y. La puerta de la calle seguía abierta y llegó el taxi de Guy. El taxista bajó y Guy le dijo que esperara un momento. Cerró la puerta. Dijo al señor Y que le vería más tarde, a las diez... pero ¿dónde? Ningún lugar era seguro. Sólo había algunos lugares más seguros que otros. El señor Y dijo que cuando no tenía el coche utilizaba la línea del norte, ¿qué le parecía la estación del Embankment? Guy dijo: «En medio del puente de Hungerford a las diez».
No fue, evidentemente. No tenía la menor intención de ir. Pero estuvo pensando en aquella cita durante toda la cena y más tarde. Se veía a sí mismo de pie en medio de Hungerford Bridge, aquella pasarela oscura, desolada y fría, donde según le habían dicho tenían lugar numerosos asesinatos, se encontraba con el señor Y y luego, cuando regresaba hacia el Embankment, dos hombres salían de las sombras y venían hacia él. No le habría sorprendido encontrar al señor Y esperándolo cuando regresó a casa, aproximadamente una hora después de la cita para el encuentro, pero no había nadie. Sólo al día siguiente volvió el señor Y, esta vez en el 2CV rojo oscuro. Guy hizo como que no le veía. Dejó el Jaguar en el garaje y entró en la casa por la puerta interior. Sonó el timbre. Guy dejó que sonara. Tenía una pequeña cantidad de marihuana en la casa, algunas cápsulas de Durophet y un poco de LSD. Podía abrir la puerta al señor Y, darle la hierba, cerrar la puerta y olvidarlo. Tal vez fuera lo mejor. El timbre de la puerta sonó de nuevo, insistentemente y de manera prolongada. Guy subió al piso de arriba y miró por las ventanas de su dormitorio. No había coches en este extremo de la calle excepto el 2CV, nadie que pudiera concebiblemente estar vigilando la casa a menos que estuviera instalado en las casas de enfrente, lo cual le parecía muy poco probable. Abrió la caja fuerte: en ella estaba el anillo de compromiso de Leonora con el zafiro en su cajita junto a las diversas drogas. Sacó la marihuana, cerró la caja fuerte y bajó a la puerta de entrada cuando el timbre sonaba de nuevo.
–No quiero eso que tienes ahí –dijo el señor Y–. Lo que quiero es un alucinógeno.
–¿Que quieres qué?
–Mescalina, tal vez, o psilosibina. Esa cosa mágica de los hongos. En realidad, yo no quería aceite de cannabis. Lo dije porque me habían dicho que si te lo pedía y lo llamaba mierda sabrías que iba en serio.
Un policía que fuera tan ingenuo, que se comportara y hablara así, tendría que ser un genio. Valdría para la Brigada Antidrogas su peso en oro, mucho más que su peso en el mejor oro colombiano. Tenía que ser auténtico. Guy dijo:
–Muy bien. Será mejor que entres. No quiero saber cómo te llamas.
–Ni yo cómo te llamas tú.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había invitado al señor Y a entrar? Porque, aunque el señor Y no supiera su nombre, le conocía como traficante y sabía dónde vivía, y podía vengarse de él por negarse informando a la Brigada Antidrogas. Naturalmente, llegado el caso, Guy se ocuparía de que la casa de Scarsdale Mews estuviera totalmente limpia, pero no se trataba de eso. No quería ver a la policía en su casa. Sabía que, si la policía venía aunque sólo fuera una vez, tendría que dejar de traficar, viviría constantemente bajo la espada de Damocles.
Hasta ahora se había mantenido inmaculado, era un ciudadano tan irreprochable y respetable como cualquiera de sus vecinos, y debía seguir limpio. Una sola mancha y todo se habría acabado.
Se acordó de algo que siempre tenía ante sí, que estaba siempre allí, debajo de la delgada epidermis de su conciencia: el máximo castigo bajo la Ley de Uso Indebido de Drogas por tenencia de drogas clase A con intención de suministro es de catorce años de cárcel.
El señor Y entró en la casa pero no mostró ningún deseo de ir más allá del vestíbulo. Se sentó en una de los sillones Georges Jacob.
–No viniste anoche –dijo–. Esperé un buen rato. Al final me fui porque tenía miedo de perderme el último tren.
–¿Qué es exactamente lo que quieres?
Hasta este momento, Guy no había considerado al señor Y como a un loco. Tal vez le pareciera raro, ingenuo, excéntrico, peculiar y como que iba de algo, pero no loco. Lo que el hombre dijo a continuación le hizo cambiar radicalmente de opinión.
–Debo decirte que soy una reencarnación de san Francisco de Asís.
Guy lo miró fijamente y no dijo nada.
–¿Sabes a quién me refiero? ¿Has oído hablar de san Francisco?
Guy hizo un gesto de impaciencia y dijo:
–Te he preguntado qué era lo que querías.
–La prueba está en mis manos.– El señor Y tendió las manos con las palmas hacia arriba. No estaban muy limpias. –Todavía se ven los estigmas perfectamente.
–¿Los qué?
–San Francisco, y por lo tanto yo, fue el primer hombre que exhibió en su propio cuerpo las heridas infligidas a Cristo en su crucifixión. Es un hecho indiscutible. La información que habla de san Pablo el Apóstol y san Angelo del Paz no tiene ninguna justificación. En el caso de san Francisco, y por lo tanto en el mío, están presentes todas las señales, los clavos en las manos y los pies, la herida de la lanza en el costado y también las señales de la corona de espinas.
Hablaba ahora en un tono pedante, pedagógico y un tanto crispado. Guy no veía en sus manos más señales que las de la suciedad, y, cuando el señor Y se llevó las manos a la frente y se echó hacia atrás los mechones del flequillo del color del polvo, tampoco vio nada.
–Muy bien, pero ¿qué tiene todo eso que ver conmigo?
El señor Y se puso a divagar y a explicar que toda naturaleza era el espejo de Dios y habló también de la nueva Regla Franciscana de Vida que él iba a formular. Era algo así como que la única esperanza para la humanidad estaba en un retorno a la comunión con Dios a través de una nueva adoración de la naturaleza.
–Pero no puedo hacerlo a menos que consiga entrar en mi propio espacio interior.
Esto era algo que Guy entendía. Hacia años, en su primera adolescencia, había oído decir a alguien que había utilizado una droga psicodélica que se había «perdido en su propio espacio interior», una frase que en aquel entonces le había resultado inquietante.
–No tengo mescalina –dijo–. No tengo peyote ni nada por el estilo.
Pero arriba, en la caja fuerte, tenía ácido lisérgico dietilamida, LSD-25, del que le habría gustado mucho librarse. Le habría gustado sacarlo de su casa y de su vida. Estaba en forma de tabletas.

En aquellos días veía mucho a Leonora. Ella estaba llegando al final de su curso de preparación como maestra en un colegio universitario del sur de Londres. No tenía otro novio, él estaba seguro, pero no hacían ya el amor desde hacía años. Él le decía que la deseaba, que ansiaba que volvieran a ser amantes. Ella no decía exactamente que fueran a serlo otra vez pero tampoco decía que no. Una vez, incluso, creía recordar que había sonreído y había dicho: «Algún día». Naturalmente, esto quería decir «Alguna noche». Sin contar sus primeras experiencias, aquellos idilios en el cementerio, a ella no le gustaba ir a la cama por la tarde ni, en realidad, a otra hora que no fuera por la noche. Esta era su excusa. Estaba en el colegio universitario, no tenía una habitación privada, habría dificultades, no le era posible pasar la noche en casa de él.
Era en esta época que decía que ya no tenía un verdadero hogar. Aunque en la casa de Tessa en Sanderstead Lane y en el piso de Anthony en Lamb’s Conduit Street se guardaban religiosamente sendas habitaciones para ella, no era «lo mismo». En todo caso no era posible llevar a Guy allí. No para pasar la noche. Habría problemas, resultaría embarazoso. Pero sí salían juntos. Iban al cine, a comer y a pasear, y hablaban a menudo por teléfono. Aunque no hicieran el amor, él era su novio y ella era su novia. Habían quedado en ir de vacaciones juntos, y entonces, se decía Guy a sí mismo, terminaría el largo periodo de castidad impuesto por Leonora.
Mientras Leonora asistía a la universidad había habido largas separaciones. A veces no la había visto en todo un trimestre. Ella no le preguntaba cómo se ganaba la vida, pero Guy sabía que lo haría algún día y debía estar preparado. En gran medida debido a la presencia de Leonora en su vida había adquirido una participación en el club y luego se había convertido en su único propietario, se había embarcado en el negocio de la agencia de viajes y había puesto en marcha la empresa de los cuadros. No podía decirle a Leonora que vivía de la droga. Tenía que contarle mentiras y convertirlas en verdades. Llegado el momento, cuando volvieran a ser amantes y fueran a casarse, debería dejar totalmente de vender.
Hacía cuatro años, todo aquello había ocurrido hacía exactamente cuatro años. El señor Y, Con Mulvanney, estaba sentado en el vestíbulo en el sillón Georges Jacob –era uno de los últimos días de julio, tal vez el último, en todo caso era después de aquella fiesta– hablando de san Francisco de Asís y de cómo entrar en el espacio interior propio. Y, a fin de hacerle callar y librarse de él, Guy le había dado el ácido que tenía en la caja fuerte. Se lo había dado, no vendido, aunque no recordaba ya por qué se había mostrado tan inusitadamente generoso. Probablemente el pánico, un acuciante deseo de echar al señor Y de su casa.
Guy nunca había utilizado LSD. Nunca había utilizado más que marihuana muy de vez en cuando, y dos veces cocaína. Porque tenía miedo de las serpientes, la más común de las fobias, nunca se había atrevido a experimentar con LSD por si tenía un «mal viaje» y «veía» serpientes. Además, el ácido, tan popular durante los últimos años sesenta y comienzos de los setenta, durante el fenómeno hippy, había pasado de moda en sus años de adolescencia y sólo hacía poco había empezado a tomarse de nuevo. Pero sabía lo suficiente al respecto como para hacer al señor Y una advertencia rutinaria.
–¿Lo has utilizado alguna vez?
El señor Y dijo que no.
–Sé que se corre el riesgo de enfrentarse a demasiada realidad con demasiada rapidez.
–No te preocupes por eso. Lo que hace falta es que haya alguien allí cuando lo tomes. No estés solo. Tienes que regresar de ese espacio interior, no quedarte allí.
No hubo dinero de por medio. Guy se dijo a sí mismo que esto estaba bien, aunque sabía que en realidad no cambiaba nada. Cuando el señor Y se fue en el 2CV rojo oscuro experimentó un inmenso alivio, se sintió inmensamente ligero. Volvió a subir al piso de arriba para dejar de nuevo la marihuana en la caja fuerte junto con las anfetaminas y luego cerrarla. Por alguna razón, que tal vez fuera simple precaución o una de aquellas sensaciones supersticiosas, una de aquellas premoniciones, no lo hizo. No era un gesto muy inteligente y podría lamentarlo, pero de todos modos llevó las drogas al cuarto de baño de los invitados, las echó al wáter e hizo correr el agua. Teniendo en cuenta lo que ocurrió, hizo bien.
Dos noches después iba a salir con Leonora. Ella estaba en casa de su padre y su madrastra en Bloomsbury.
Anthony Chisholm se portaba mejor con él que ninguna de las otras personas que rodeaban a Leonora. Anthony y Susannah. Ella también se portaba bien con él. Claro que sólo tenía ocho años más que él y no existía aquella sensación de segunda madre. Como un pretendiente a la vieja usanza, Guy fue a buscar a Leonora a Lamb’s Conduit Street y luego la llevó de vuelta a casa.
Llegó temprano. Siempre llegaba temprano cuando iba a buscar a Leonora. Leonora estaba en el baño. Anthony, que era arquitecto y socio de una firma de la City llamada Purdey Chisholm Hall, todavía no había vuelto del trabajo. Susannah se dedicaba a relaciones públicas para una empresa de cosméticos y unos fabricantes de juguetes y se ocupaba de sus cuentas en casa. Susannah le ofreció un trago y dijo que tenían invitados y que estaba preparando algo complicado, ¿la perdonaría? El periódico de la noche que Leonora había traído consigo reposaba sobre el brazo del sofá.
Guy cogió su vaso y leyó la primera página. Había una estrambótica historia acerca de un hombre del sur de Londres que había muerto por picaduras de abejas.
Se llamaba Cornelius «Con» Mulvanney. El nombre no le decía nada a Guy, quien leyó la historia y luego otra acerca del divorcio de un jugador de tenis y había empezado otra que hablaba de un incendio en Fulham cuando entró Anthony.


8

El día después del almuerzo en Clarke’s Guy llamó al piso de Leonora. Se puso Rachel Lingard.
–Me temo que Leonora no está.
–Y ¿dónde está?
–Yo no soy la niñera de mi hermanita.
–¿Qué?
–Es posible que no sepamos lo que Dios dijo a Caín cuando éste hizo la declaración que acabo de parafrasear, pero el caso es que yo me desentiendo de todas todas de una relación semejante.
Hablaba así. A menudo. Guy había dejado hacía tiempo de preguntar qué le ocurría.
–Seguro que está en casa del enano. Bueno, no hace falta que contestes. Tengo el número.
No contestaba nadie en Georgiana Street. Probó de nuevo una hora más tarde y luego otra hora más tarde y luego cada media hora. Llevó a Celeste a cenar y luego a un club de copas de Green Street llamado el Greens. Desde allí, a las once, volvió a marcar el número de William Newton y de nuevo no hubo respuesta. No era muy tarde para él, pero sabía que sí lo era para la mayoría de la gente. O bien no estaban o Newton tenía un teléfono trucado que daba la señal de llamada aunque estuviera desconectado. Newton había desconectado el teléfono para que Leonora no pudiera hablar con él. Y seguro que Leonora no estaba enterada, seguro.
Al día siguiente intentó llamarla a su casa. No hubo contestación. El teléfono no contestó en toda la noche, y tampoco el de Georgiana Street. Poco antes de las diez preguntó a Información el número de un tal M. Mandeville de Sanderstead Lane, South Croydon, se lo dieron y llamó a Tessa.
Cuando oyó quién era, lo primero que dijo Tessa era que no tenía ni idea de dónde podía estar Leonora. Leonora –la llamaba «mi hija»– tenía veintiséis años y «ya no era una niña». Luego dijo:
–Sabes que tengo razón si te digo que, en mi opinión, eres una persona gravemente perturbada. Deberías ir a que te hicieran una terapia. Aunque quizá sea ya demasiado tarde para que eso sirva de nada. Hace mucho tiempo que estás dañado permanentemente.
–¿Qué significa eso?
–Yo solía pensar que eras un indeseable, pero lo que siento ahora por ti es lástima. Te compadezco, de veras. Todas esas porquerías que te has metido en el cuerpo en el curso de los años están dando su fruto. Estás cosechando tempestades.
Guy colgó el teléfono, muy consternado. Era la primera confirmación que tenía de que Tessa, o cualquiera relacionado con Leonora, sabía cómo se había ganado la vida en otro tiempo. ¿Había algo de él que los Mandeville no supieran? La misma Leonora había dicho que Magnus estaba enterado de lo de su red de protección en Kensal. Tessa, sin embargo, se equivocaba. Él nunca había sido un drogadicto. ¿Le habría dicho Leonora que lo era? La idea de que Leonora pudiera hablar mal de él a su madre le resultaba muy dolorosa.
Pero podía saberlo, o creer que lo sabía, por otro conducto. Tessa vivía en el sur de Londres y también Poppy Vasari, y allí había vivido también Con Mulvanney. Naturalmente, debían de ser unos cinco millones las personas que vivían en la vasta zona metropolitana situada al sur del río, pero Poppy Vasari era una especie de asistenta social. Y también, a su modo, lo era Tessa Mandeville. ¿No le había hablado Leonora de que su madre trabajaba como voluntaria en un hospital y tenía no sé qué empleo en la Oficina de Asesoramiento al Ciudadano? ¿Qué tendría de especial que ella y Poppy hubiesen coincidido?
Supongamos que Tessa y Poppy se hubieran encontrado regularmente en la OAC, o cuando iban a acompañar a ancianos por ahí. Las ideas de Guy a este respecto eran vagas, pero podría ser algo así. Cabía la posibilidad de que Poppy hubiera hablado de la muerte de Con Mulvanney y también de que lo hubiera descrito a él, a Guy, a Tessa, y de que le hubiera contado indignada lo que Guy había hecho. Sabía cómo se llamaba, lo había averiguado. Habría podido mencionar su nombre a Tessa.
El nombre de Poppy no aparecía para nada en el periódico, en aquel informe sobre la muerte de Con Mulvanney que había leído en el piso de Anthony Chisholm. Pero Poppy no era la amante de Con, no vivía con él y quizá ni siquiera fuese tan amiga suya. A veces estos benefactores podían ponerse muy pesados con lo que llamaban «injusticia social» o con las violaciones «atroces» de esto o de lo otro. En cuanto a él, lo había leído, le había interesado y había quedado ligeramente consternado ante el destino de Con Mulvanney, un destino horrible se mirara como se mirara. Quienquiera que fuera aquel Mulvanney, el caso era que al parecer había levantado el tejado o la tapa de una colmena y las abejas le habían atacado y le habían picado por toda la cabeza, la cara y el cuello. ¿Se podía morir de eso? Al parecer, sí. Habría una investigación. Se describía a Con Mulvanney como a un hombre de treinta y seis años que estaba en el paro y vivía en el «piso jardín» o planta baja de una casa de Upper Tooting.
Llegó Anthony Chisholm. Desde que se había casado por segunda vez tenía más que nunca aquel aire de osito de peluche guapo, la sonrisa más aniñada y los ojos menos cansados. No era de extrañar. Cualquier hombre se sentiría en un séptimo cielo de felicidad después de haber escapado de las garras de aquella zorra de Tessa. Para Cuy era un misterio que hubiese aguantado tanto tiempo con ella. Por aquel entonces, aquel verano hacía cuatro años, Anthony era muy amable con Cuy, muy simpático.
–¿Ya tienes algo de beber, Guy? Ah, bueno, Susannah ya se ha encargado de ti. ¿Dónde está mi niña? No, no me lo digas, me lo imagino. Yo creía que dos cuartos de baño eran excesivos para un simple dúplex, así es cómo los llaman los americanos, sabes, dúplex, pero ahora me doy cuenta de que hacen falta tres.
¿Le importaba que fumara?, preguntó Guy. No se lo habría preguntado a Tessa, habría sacado un cigarrillo y lo habría encendido.
–Qué va, voy a fumar uno yo también. Oficialmente, digamos que matrimonialmente, lo he dejado, pero si fumo uno de los tuyos no es lo mismo.
¿Podía haber algo más agradable? Como compinches. El padre campechano, cultivado, cortés y cariñoso, con su futuro yerno. Su futuro yerno rico y triunfador, de la jet-set. Guy estaba seguro de que así era cómo le veía Anthony. Así era entonces. Anthony no era más mundano ni ambicioso que el resto de ellos, pero sí era un hombre realista y sensato, y se daba cuenta de que él era un buen partido. Leonora, con sus ideas feministas, podía pensar lo que quisiera de la actitud de Guy, pero Anthony consideraba que un esposo rico y triunfador era lo mejor que se podía desear para su hija. Guy tenía un Porsche por aquel entonces. Seguro que Anthony había visto el Porsche en la calle (sobre una doble línea amarilla, todavía no habían empezado con lo del cepo... ¿y qué si le ponían una multa?), había oído hablar a Leonora de la casa de Guy, sabía de los negocios de Guy después de aquella desafortunada fiesta de aniversario. En el fondo de su alma tal vez hubiera preferido a un intelectual para Leonora, pero los intelectuales no suelen tener dinero y más vale pájaro en mano que cien volando.
Así razonaba Guy por aquel entonces, por lo que se mostró simpático con Anthony, aceptó otro trago, le dio otro cigarrillo y habló de aquel espantoso caso que venía en el periódico de la tarde. ¿Quién iba a pensar que un hombre pudiera morir por picaduras de abeja?
Guy recordaba todo cuanto había ocurrido aquellos días y se acordaba también de que a la mañana siguiente había ido al club de tiro por primera vez. Estaba tomando lecciones, era su primera lección. El instructor le dijo que tenía buena puntería y que su control era bueno. Luego fue en taxi al West End a fin de recoger los billetes de avión para las vacaciones en Samos. La agencia de viajes que estaba montando con Bob Joseph se hallaba todavía en la etapa de planificación. Guy había reservado la «cabaña de luna de miel» del hotel, que se hallaba en realidad en la playa privada. Viajarían en primera clase, y se preguntaba si habría algún modo de engañar a Leonora para que creyera que este modo de viajar tan lujoso era en realidad de clase económica. Ella insistía en pagar su billete con los ingresos obtenidos en un trabajo de verano que había encontrado. Quizá pudiera convencerla de que la compañía había «revalorizado» sus billetes porque había asientos libres en primera clase.
Preveía que habría problemas con Leonora con lo del pago. Se daría cuenta de que el precio del hotel era astronómico, mucho más allá de sus posibilidades. Era posible que el precio de la «cabaña de luna de miel» figurara en algún cartelito, dentro del armario de la ropa o detrás de la puerta. Sin embargo, cuando esto llegase sería demasiado tarde para que ella pudiera hacer nada al respecto, tendría que poner buena cara y dejarle pagar, que era lo que él quería y ansiaba hacer.
Guy estaba citado para almorzar con Bob Joseph y un abogado encargado de contratar el alquiler del nuevo local de Milner Street del modo más ventajoso posible. Pensaba ir al Gladiators a entrenarse más tarde, así que le pareció justificado pasarse bebiendo. Cuando llegó a casa eran casi las cuatro.
Fuera había una mujer en un coche discutiendo con un guardia de tráfico. Scarsdale Mews tenía aparcamiento para los vecinos casi a todo lo largo de la fachada, y cinco contadores en el extremo que daba a Marloes Road. Guy indicó a la mujer que alguien acababa de abandonar uno de los contadores. De haber sabido que era Poppy Vasari y a qué venía no le habría prestado la menor ayuda, habría dejado que se le llevaran el coche. Ella no dijo quién era ni que venía a verle a él. Guy entró en la casa.
Al cabo de dos o tres minutos sonó el timbre de la puerta. Allí estaba. Dijo cómo se llamaba y que era amiga de Con Mulvanney. Guy, que había olvidado el nombre del hombre de las abejas pero no la historia, dijo que no conocía a nadie llamado Con Mulvanney.
–Oh, sí, sí que lo conoce, señor X –dijo ella.
–¿Se puede saber de qué me está hablando? –Pero Guy sí sabía, tenía una vaga sospecha.
–Le dio usted una droga alucinógena.
Lo dijo en voz alta, su voz normal o más alta aún. Guy se sintió desfallecer, sintió que iba a caer al suelo.
–Por el amor de Dios –dijo. Cualquier cosa era mejor que aquella mujer siguiera gritando allí fuera, así que añadió–: Será mejor que entre.
Era una mujer corpulenta y agitanada, con grandes aros dorados en las orejas y cadenas doradas y sartas de cuentas de colores alrededor del cuello. Tenía un rostro asimétrico y arrebolado, con líneas muy marcadas pero vivaz, nariz ganchuda y ardientes ojos negros. Era morena, con una larga y descuidada cabellera negra. Vestía con colgajos llevados quizá para esconder su volumen o sólo porque eran sueltos, amplios y cómodos, blusa roja, falda negra muy amplia, una larga chaqueta suelta de algodón gris y un chal rojo y azul. Las piernas desnudas y los pies calzados sólo con sandalias. Guy debió de captar todo esto más tarde, desde luego no en este instante. En estos primeros momentos ella era Némesis, que había venido para volverle loco y luego destruirle. Incluso su aspecto salvaje y su ropa resultaban adecuados. Y sintió su olor cuando ella pasó por su lado. En lugar del perfume, el agua de colonia o el aceite o el gel de baño, que era el olor que tenían las mujeres que él conocía, emanaba de ella un fuerte olor a sudor. Olía igual que una hamburguesería barata. Desde entonces asoció el olor de la hamburguesa cocinada con ella.
–Se habrá enterado usted por los periódicos –dijo ella cuando estuvieron en el salón–. Debe de estar usted enterado, al menos de lo que dicen los periódicos.
–No sabía que fuese él –dijo Guy.
Ella le miró y se echó a reír. Era la risa más desagradable que Guy había oído jamás.
–¿Así que esto es una sorpresa?
–Se puede decir así, sí.
–Bien. Resulta agradable pensar que su castigo ha empezado ya.
Guy no le daba ningún miedo. Tenía unos buenos quince años más que él y era pobre, se hallaba en una casa extraña con alguien a quien sin duda creía un criminal, a su merced, pero no estaba asustada. Mantenía la cabeza alta y le miraba a los ojos con fiereza. Y tenía razón al no estar asustada. Toda la fuerza de Guy se había evaporado, y también el efecto del alcohol. Ya no estaba allí la magia etílica para darle un coraje falso.
–Me rogó que le diera algo. Me fastidiaba, no me dejaba en paz.– Guy se daba cuenta de que estaba siendo cuando menos indiscreto, pero no había testigos. –No acepté ningún dinero –dijo, a modo de defensa. –Le advertí de que lo tomara bajo control.
–Y así lo hizo. Bajo mi control.
–¿Su control?
–Yo estaba allí. Había trabajado en un centro de rehabilitación de drogadictos, habría debido darme cuenta de lo que pasaba.
–Sí, habría debido usted.– Guy se aferró a este comentario.– Vaya supervisora está hecha usted.
–Cállese –dijo ella–. Cállese. No se atreva a hablarme así. ¿Quiere saber lo que ocurrió? Se lo voy a decir de todos modos. Saldrá todo en la investigación. ¿Quiere saberlo?
–Claro que quiero saberlo.
–Pues bien. Él no sabía cómo se llamaba usted, sólo dónde vivía. Yo sí lo sé, he preguntado a los vecinos de al lado antes de que llegara. Me dijo que iba a tomarse las tabletas que usted le había dado para poder entrar en su conciencia interior. Alguna bobada así. Yo le dije que no lo hiciera. Le dije que no sabía lo suficiente, que no sabía por ejemplo cuánto tiempo hacía que lo tenía usted ni de dónde procedía. Le dije que debía utilizarse bajo control adecuado. Dijo unas cuantas bobadas más. Que si yo no me quedaba con él lo tomaría solo, eso es lo que dijo. ¡Qué bobo era el pobre, cuántas tonterías sobre la reencarnación! Yo fui enfermera en una sala de psiquiatría y puedo decirle que cuando alguien empieza a decir que está reencarnado es que está desarrollando una psicosis.
»Era la persona menos adecuada para tener cerca una sustancia así. Pero no se le puede decir a la gente lo que debe hacer, eso sería emplear la coerción. Esa maldita porquería de ácido... ¡Cielo santo, y yo que creía que se había acabado cuando desapareció en los setenta! Pues bien, el caso es que lo tomó y... iba a decir que tuvo un mal viaje, pero no fue así, tuvo un buen viaje. No hacía más que decir que veía cosas estupendas, colores fantásticos. La casa donde vivía tiene un jardín. Las flores del jardín no son nada del otro mundo, no, nada especial, pero el caso es que se puso a describir las margaritas, como ésas que hay en los céspedes, y decía que eran girasoles grandes como platos, y que olían a rosas. Los gorriones eran martines pescadores y periquitos y Dios sabe qué más. Se puso a hablar con las mariposas. Eran mariposas blancas de la col, pero él decía que tenían las alas de color azul, púrpura, escarlata.
–¿Qué pasó con las abejas? –dijo Guy con la boca seca.
Ella tenía una mirada siniestra, su boca se estiró hasta dibujarse una desagradable sonrisa.
–Sí, las abejas. Las abejas estaban en una colmena en el jardín, al fondo del jardín. Algunos vecinos se habían quejado al Ayuntamiento (yo trabajo para el Ayuntamiento), pero a otros les gustaba que hubiera abejas porque son buenas para las flores y fertilizan los árboles frutales. Ahora eso se ha acabado, seguro.– Los ojos de la mujer volvieron a encontrarse con los de Guy–. Saltó la valla.
–¿Para qué?
–Para hablar con las malditas abejas. Él era san Francisco, ¿no se acuerda? El Hermano Abeja y la Hermana Mariposa. No hacía más que hablar así, y entonces fue y saltó la valla. No era muy alta y había una caja de madera, y él se quedó de pie sobre la caja, ladeado. Yo no podía impedírselo... no podía. Él hacía lo que quería, lo que debe hacer todo el mundo. En aquella casa vive una pareja que cuida de las abejas, pero se habían ido a trabajar. Todos estaban trabajando o habían salido.
»Fue hasta la colmena, sin parar de hablar con las abejas. Le gustaban las abejas, aunque no creo que hablara con ellas cuando estaba... normal, digamos. La colmena es de madera con una tapa que se levanta. Se acercó mucho a ella y me dijo que no pasaba nada, que las abejas le reconocerían y sabrían que era su amigo. Yo le cogí y me apartó de un empujón. Dijo que no molestara a las abejas... y quizá eso es lo que hice, quizá las molesté. El caso es que levantó la tapa de la colmena.
»Salieron las abejas. Cientos, miles de abejas.. Un gran enjambre, todas muy furiosas. Yo me di cuenta de que le estaban picando porque él gritaba y daba manotazos. Echó a correr, tropezó y cayó, y las abejas se lanzaron sobre él. Las abejas no son como las avispas, te persiguen. Te pican y dejan el aguijón dentro y con él la mitad del cuerpo. Por eso mueren. ¡Cielo Santo, es sorprendente que la gente crea en un Dios capaz de hacer una criatura cuyo modo de defenderse es su propia muerte!
Las lágrimas rodaban por sus mejillas. No intentó limpiárselas. Cuy se dio cuenta de que la estaba mirando boquiabierto y volvió la cara.

–Pero usted no murió –dijo él tontamente.
–Yo no soy alérgica.
–¿Y él era alérgico? Eso habría debido bastarle para no hacerlo. ¿Por qué se acercó tanto a las abejas si era alérgico?
–No sabía que era alérgico –dijo ella–. No podía saberlo. Si sólo te han picado una vez en la vida no se sabe. La primera vez no ocurre gran cosa, hace falta sensibilizarse. Produce una fuerte reacción adversa a contactos posteriores con no sé qué sustancia. Picaduras de abeja, marisco, hiedra venenosa, es lo mismo para el caso.
–¿Y eso es lo que él tenía?
–Yo no lo sabía –dijo ella–. Pero intenté retenerle. Aquellas malditas abejas... Me puse a gritar, en Londres puedes gritar hasta desgañitarte sin que nadie se entere. Al final vino un hombre. Le dije que buscara ayuda, un médico, una ambulancia, la policía, lo que fuera. Las abejas revoloteaban por todas partes como locas. Era un infierno.
–La policía –dijo él–. ¿Fue la policía?
–¿Es eso lo que le preocupa? –dijo ella en tono de burla–. ¿Es lo único que le preocupa? No, no vinieron. Nunca están cuando los necesitas. Y además no hay manera de convencer a la gente en una situación así, no te creen, no creen lo que les dices, no creen que alguien pueda morir de picaduras de abeja. Yo me daba cuenta de que lo que tenía era una reacción alérgica, se lo habría dicho y ellos lo habrían podido decir en el hospital si hubiera llegado a tiempo. Pero cuando llegó había muerto ya, murió en menos de una hora. Se asfixió, se hinchó y se asfixió.
Guy no decía nada. Estaba allí sentado mirando a la distancia. Miraba por las ventanas a su propio bonito jardín urbano con el estanque redondo y la isla en medio, todavía sin el delfín de bronce y sin los muebles florentinos, con los pequeños naranjos en los jarrones chinos contra los enebros azul y verdeoscuro de la pared que más tarde había que arrancar para hacer sitio a las clemátides. Caía una lluvia fina, las gotas de lluvia puntuaban la superficie del estanque. Sólo un nenúfar rosado estaba en flor. Lo recordaba todo.
–No pudo hablar –dijo ella con una voz fría y neutra.
¿Significaba esto que aquel hombre no había hablado a nadie del LSD?
–Sé lo que está usted pensando. No se lo dijo a nadie.
–Se lo había dicho a usted.
Ella rió.
–Ah, sí. Aquella porquería que usted le dio sale en la autopsia, yo habría debido saber eso, pero no lo sabía. De todos modos, no importa.
Paseó la mirada despacio por la estancia. Guy sabía, como si ella lo hubiera dicho en voz alta, lo que pasaba por su cabeza. Tienes todo esto, toda esta riqueza conseguida de una manera ruin, pero no por mucho tiempo, no, no por mucho tiempo. Todo esto desaparecerá, lo perderás todo. Catorce años, pensó Guy.
–Se lo dije a la policía –dijo ella–. Les dije todo lo que sabía. Me imagino que vendrán por aquí. Dijeron que no debía intentar verle a usted, pero era necesario. Tenía que enfrentarme a usted. Ahora me voy.
–¿Cómo iba yo a saber que era alérgico a las abejas? –dijo Guy.
Le habría gustado matarla, pero, naturalmente, no la tocó. Lloraba cuando se fue. El llanto parecía hacer que su cuerpo oliera aún peor. A Guy no le entusiasmaba la idea de que sus vecinos vieran a una mujer llorando, con la ropa desastrada y los pies desnudos y sucios, salir de su casa, pero no podía hacer nada para evitarlo.
Pasada menos de una hora llegaba la Brigada Antidrogas.


9

¿Qué es lo que hace que ames a alguien? ¿Por qué no se puede escoger del mismo modo que se escoge casi todo lo demás en la vida? Si se es rico, claro. Se puede escoger el modo de ganarse la vida, dónde vivir, qué tipo de casa, coche, ropa y diversión tener. ¿Por qué no es también una cuestión de elección la persona a quien se ama?
Guy se hacía a menudo estas preguntas acerca de sí mismo y de Leonora. ¿Por qué estaba enamorado de Leonora cuando no deseaba estarlo, cuando la suya era una relación tan inconveniente y destructiva y a la vez una pérdida de tiempo? Leonora le parecía hermosa pero él sabía que no era en realidad tan guapa, no vestía bien, no le gustaba ninguna de las cosas que le gustaban a él y a él le desagradaba casi todo lo que a ella le gustaba. No tenían nada en común. No mostraba interés por la comida ni por la bebida ni por la ropa cara, no le gustaba trasnochar, los lugares exóticos, los coches rápidos, las playas soleadas ni ir a las carreras. El deporte no le decía nada. Nunca había ido a esquiar ni había estado en un yate. Los diamantes serían lo mejor que podía desear una chica, pero ésta no, ésta hacía campaña contra el comercio de las pieles.
A Leonora le gustaban los libros y las películas serias, a ser posible japonesas o chilenas y con subtítulos. Le gustaba ir de camping o de vacaciones a un hostal con su mochila, sus alimentos dietéticos, su zumo natural, Badoit y Ramlosa, ir en bicicleta, el teatro marginal, la música clásica y los documentales «verdes» de la BBC2. A él podría llegar a gustarle todo esto si volvieran a estar juntos, pero por el momento lo odiaba. Aborrecía la ropa que Leonora vestía y el hecho de que casi nunca usara maquillaje, ahora menos aún que antes desde que había empezado a salir con el enano pelo-de-paja, y nunca se ponía barniz en las uñas. El paso siguiente sería lucir las piernas peludas, pensaba él a veces.
Pero cuando la vio acercarse a él, entrar en su restaurante del sábado, se le movió el corazón. Su corazón se ladeó un poco y se puso a latir con fuerza como en un shock. Siempre le ocurría esto. Algo en el interior de su cabeza, tal vez el cráneo, se expandía como bajo una ola de calor, y dolía ligeramente. El cuerpo, en cambio, se le enfriaba y, aunque no llegara a estremecerse, sentía el impacto del frío, que bajaba por sus brazos y costados y le llegaba al corazón. Siempre.
Y ¿por qué le ocurría esto? Tenía que ver con ella, Guy no sabía más. Quizá fuera siempre así en el amor. Algo de alguien, una mirada, una sonrisa, un modo de abrir los ojos de par en par, un gorgoteo al reír, un movimiento de los hombros, pequeñas cosas. Naturalmente, esto no explicaba por qué una cosa tan insignificante podía tener un efecto tan grande. En su caso, se trataba de la sonrisa de Leonora, del modo en que sonreía, apretando de un modo extraño los labios que nunca llegaban a distenderse tanto como él esperaba, una sonrisa controlada. Tenía unos dientes perfectos, pequeños, blancos y parejos, por supuesto. Sólo una vez había visto una sonrisa como la de Leonora, la sonrisa de Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó.
Era posible que si aquella sonrisa significaba tanto para él, si le enloquecía y le llenaba de dolor y de placer, si le hacía anhelar algo imposible de definir, ello se debiera no a que era controlada sino a que él era consciente de que podía traspasar los límites de ese control y llegar a ser completa, a la plenitud, pero que eso nunca sería para él.
Habían pasado tres días sin que hablara con ella. Al tercer día, en Georgiana Street, contestó al teléfono. Dijo que aquellos días habían salido mucho, que habían estado poco en casa. William había estado trabajando en una película que trataba de unos hombres que tenían que cuidar de sus esposas inválidas en casa. ¡Qué tema tan emocionante! ¡Seguro que las cifras de audiencia ya serían otra cosa! Como si a él le importara dónde había estado el maldito William. Le habría gustado matar a William, matarle y volverle a matar.
¿A qué restaurante vamos?, dijo él, y ella dijo que qué tal si volvían a aquel lugar de Kensington Park Road. Y aquí estaba él, esta vez el primero en llegar, sentado en la barra mientras el muchacho francés que hacía de barman le servía un martini con vodka. Se había quitado las gafas de sol, no quería que le acusaran de parecer un mafioso.
El pasar por delante de los mews donde ella había vivido le había hecho pensar en el amor y en la sonrisa de Leonora. Era el diecinueve de agosto, faltaban exactamente cuatro semanas para el día de la boda... bueno, para la fecha que ella llamaba el día de la boda. Él no cedía con tanta facilidad. No cedía y basta. Había estado esforzándose por no mirar hacia la escalera de caracol y estaba precisamente pensando en que tendría que volverse y mirar cuando ella puso la mano sobre su hombro.
–Estás soñando, Guy.
Le recorrió el escalofrío y sufrió también aquella alteración cardiaca. La miró. Ella le sonrió y él le contó lo que había estado pensando acerca de su sonrisa.
–Por eso te quiero. Es como la esencia del porqué.
–Y si me hiciera la cirugía plástica y me cambiara la forma de la boca, ¿dejarías de quererme?
–No sé. Quizá. Siempre tengo la sensación de que no me sonríes como debieras, de que no me sonríes tanto como podrías. Gobiernas tu sonrisa cuando lo haces.
–No seas ridículo, Guy –dijo ella.
–¿Qué piensa Newton de esto de que comas conmigo los sábados? ¿Le parece un desastre?
–Lo comprende –dijo ella.
Estaban sentados en la mesa, Leonora tomando un zumo de naranja y él un Campari con soda. Ella pidió un cóctel de pomelo y aguacate y calabacines rellenos y él caracoles y luego hígado de ternero en un coulis de frambuesa. Guy pensaba en la «comprensión» de Newton. Ya era mucho que «comprendiese», aquel cabrón paternalista.
–Alguien empezó a ponerte en contra mía cuando tenías diecinueve años –dijo.
–Tonterías. Eso son tonterías.
–¿No te gustaba mi casa?
–Me encantaba, es una casa preciosa.
–¿No es mejor que la casa de tus padres?
–Mucho mejor, pero no veo adonde quieres ir a parar.
–Quiero que me digas una cosa. Quiero que me digas si hubo alguien más entre yo y Newton.– Un poco de humildad no vendría mal, pensó. –Supongo que no tengo derecho a preguntarte esto, pero confío en que me lo digas.
–No hubo nadie muy en serio –dijo ella. Esto a él no le importaba, no era lo que deseaba saber.
–Pero, ¿hubo otros hombres entre yo y Newton?
–Claro que los hubo.
–¿Quiénes fueron?
Los ojos de Leonora lanzaban chispas. Guy no sabía si estaba contenta o furiosa. En un tono crispado, ella dijo:
–Bueno, si insistes, estuvo aquel amigo de Robin que era socio y dos hombres de la universidad, y, sí, ahora que lo pienso, hubo también alguien que conocí en el veinticinco aniversario de Robin. ¿Es esto lo que querías saber?
–¿Te acostaste con ellos?
–Eso a ti no te importa en absoluto, Guy, no es asunto tuyo. Has dicho que no tenías derecho a preguntar y no lo tienes.
–Así que lo hiciste.– Un ataque al corazón debía de parecerse a esto, debía de ser el mismo tipo de dolor, un dolor que le aferraba el pecho y le producía una especie de parálisis. –Me pregunto qué diría tu padre –espetó.
–¿Qué?
–Digo que me pregunto qué diría tu padre de todo eso. Estaría horrorizado. Le pasaría a cualquier hombre tratándose de su hija. A tu padre le habría gustado mucho que te casaras conmigo. Le habría gustado que yo fuera el único, sé que le habría gustado, se moriría si se enterara de que has sido promiscua.
–Yo no he sido promiscua, no seas bobo.
–Un hombre después del otro, ¿qué es eso si no? Y ¿por qué? ¿Qué tenía yo de malo? ¿Eran más guapos, más ricos? ¿Qué tenían ellos que no tenga yo? Yo era la persona a quien a tu padre le habría gustado entregar a su hija.
Ella se echó a reír y movió negativamente la cabeza.
–¿Qué es lo que te da tanta risa?
–Tú. Eres un anticuado. Te consideras una especie de yuppy, bueno, yuppy sí eres enterado, joven y moderno, pero en realidad eres un anticuado y un sexista. «Me pregunto qué diría tu padre.» De verdad, Guy, pareces un viejo de sesenta años. Ni mi padre diría una cosa así. Y además, los hombres ya no entregan a sus hijas en matrimonio, ¿no te habías enterado?
–No me negarás que tu padre tiene mucha influencia sobre ti, Leonora.
–Eso no tiene nada que ver. No lo niego. Lo que digo es que hemos progresado mucho desde que los hombres elegían esposo para sus hijas.
Guy odiaba aquella expresión de su rostro, aquella sonrisa, y dijo, malhumorado:
–Tu padre cambió con respecto a mí.
A partir de aquella noche, pensó. Aquella noche en que fue a recoger a Leonora y leyó en el periódico la historia acerca de Con Mulvanney, aquella noche fue la última vez que Anthony Chisholm insistió para que tomara otra copa, fumó de sus cigarrillos y le trató como a un viejo amigo. Pasaron unas semanas antes de que volviera a verle otra vez, y el cambio era notable. Primero había pensado que Anthony estaría preocupado por el negocio o por algo, y después de aquello pasaron meses sin que volvieran a verse. Cuando volvieron a encontrarse, él, Guy, había hecho a Leonora la oferta de «prestarle» el dinero para el piso, y Anthony, que se había visto en cierto modo metido en la conversación, se mostró rígido y poco amigo de hacer concesiones. El préstamo estaba fuera de lugar y entendía que Leonora lo había ya rechazado. Se trataba de que Guy comprendiera que su oferta se le agradecía, pero que no había ni que hablar de aceptarla.
Guy pidió otro Campari y encendió un cigarrillo mientras esperaban a que llegara la comida.
–Nunca me has dicho cómo conociste a Newton –dijo.
–¿Por qué iba a hacerlo? Nunca me lo has preguntado.
–Bueno, ¿cómo fue? ¿Dónde fue?
Ella le dirigió una extraña mirada de reojo, lo cual era lógico teniendo en cuenta lo que venía a continuación.
–En Lamb’s Conduit Street.
–¿En casa de tu padre? Vamos, di la verdad, Leonora.
–Eres tú quien no entiende, Guy. ¿A quién más conozco en Lamb’s Conduit Street? En realidad, fue mi padre quien nos presentó.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Ves cómo tengo razón? No soy todo eso que has dicho, anticuado y sexista y no sé qué más. Tu padre te presentó al hombre con quien quiere que te cases.
–Soy yo quien quiere casarse con él, Guy. Yo voy a casarme con él. Y además, no fue así.
–¿Cómo fue entonces?
–William estaba trabajando en un programa sobre arquitectura. Un programa que habían iniciado a partir de unas declaraciones del príncipe Carlos. Vino a casa para hacer a papá una entrevista preliminar y yo estaba allí.
–¿Cuándo fue eso?
–No me interrogues, Guy, por favor. Fue hace unos dos años. Fue en julio, para ser más exactos.
–Por ese entonces no vivías con ellos. Llevabas más de un año en el piso.
–Yo no he dicho que viviera con ellos. He dicho que conocí a William en su casa. Era el aniversario de papá. Me presenté con el regalo de aniversario de papá y William estaba allí.
–Eso no explica cómo empezaste a salir con él. ¿O lo arregló todo tu padre? ¿A que le dijo a Newton que tenías un novio indeseable y que preferiría a alguien más adecuado? ¿A que hasta le dio tu número de teléfono?
–Yo le di mi número de teléfono –dijo ella–. Me lo pidió.
¿Cómo se podía estar tan enfadado con una mujer y seguir queriéndola? ¿Cómo era posible que a un hombre no le gustara en absoluto el modo en que vestía y se comportaba su novia y la siguiera queriendo a pesar de todo?
Y la quisiera más que a nada en el mundo. Más que a sí mismo.
–Si eres tan... creo que se dice avanzada. Si eres tan avanzada, ¿por qué quieres casarte con él? ¿Por qué no te vas a vivir con él?
–Estoy viviendo ya con él, más o menos.
Llegó la comida. Leonora pidió agua y él una botella de Graves tinto.
–¿Por qué casarse? –dijo él cuando se hubo ido la camarera.
–La razón habitual es porque así se hace un compromiso público, ¿o no? Sí, supongo que eso es lo que queremos hacer. Comprometernos el uno con el otro para toda la vida.
–Para toda la vida. ¿De verdad piensas que eso va a durar toda la vida?
–¿Por qué no? Antes la gente daba por sentado que el matrimonio iba a durar toda la vida. Yo espero que el nuestro sea así. Ni lo sé ni puedo saberlo, ¿cómo se puede saber eso? Sólo se puede probar.
Leonora había cogido un panecillo de la panera pero no comía. Su mano izquierda reposaba sobre la mesa. Él le cogió la muñeca, la sostuvo flojamente como si estuviera palpando en busca del pulso y luego cerró los dedos.
–Haz algo por mí.
Le pareció que Leonora suspiraba.
–¿De qué se trata, Guy?
–No te cases. Espera. Espera un año. Tú eres joven y él también... ¿qué es un año? Vive con él. Eso no me importa... bueno, sí que me importa pero puedo soportarlo. Vive con él a ver qué pasa.
Ella le miró al tiempo que movía la cabeza muy suavemente de un lado para otro.
–Suéltame. Me estás haciendo daño –dijo, y se soltó no sin esfuerzo.
–Hazlo por mí. No es tanto lo que te pido.
–¡Que no es tanto! Retrasar mi boda sólo porque un amigo, un ex-novio, me lo dice.
–Yo soy más que eso. Leo. Soy el amor de tu vida y lo sabes. Si me rechazas lo impediré. Impediré que te cases. Tengo derecho a prohibírtelo y lo haré.
–Guy –dijo ella–, a veces dices cosas que me hacen cuestionarme seriamente tu estado mental. Lo digo en serio. Y cada día estás peor. Creo sinceramente que deberías hacer algo al respecto.
–Tú escuchas a tu madre.
–¿Por qué no? Sí, es posible. A veces escucho a mi madre. Creo que es una mujer muy sensata. Pero no he hablado con ella acerca de tu salud mental, nunca he hablado de eso con ella. Creo que te estás volviendo loco, Guy, y todo porque se te ha metido en la cabeza la absurda idea de que tú y yo íbamos a ser felices juntos. No lo seríamos. Celeste te conviene mucho más, sí lo miras de manera racional. De todos modos, todo irá mejor cuando yo me case y desaparezca de tu vida, cuando no me veas. Entonces lo superarás.
Ninguno de los dos era capaz de comer. Él bebía vino, sin embargo, beber sí podía siempre. Ella bebía agua y convertía el panecillo en un montón de migajas. Leonora dijo que estos encuentros de los sábados la hacían desgraciada y a él también, pero prometió almorzar con él de nuevo el sábado siguiente.
Leonora le había dado mucho en qué pensar. ¿Cuándo le había hecho la oferta de pagarle el piso? Debía de haber sido en diciembre o enero, hacía tres años y medio. Entre ese momento y el mes de agosto pasado alguien había hablado a Anthony Chisholm acerca del asunto de Con Mulvanney. Quizá Leonora. Pero, ¿quién se lo había dicho a ella? Quienquiera que hubiera sido había dicho:
–¿Sabes con qué clase de persona estás saliendo?
Pero esto había ocurrido mucho antes de que él le ofreciera el «préstamo», lo que pasaba era que no había visto a Anthony en seis meses. Sin duda Anthony lo había evitado a propósito. Debía de haberse enterado unos días después de que Poppy Vasari le echara a la policía encima. Seguramente Poppy había empezado inmediatamente a contárselo a todo el mundo, como había amenazado, y una de las personas a quienes se lo había dicho era–¿cómo no se le había ocurrido antes?– Rachel Lingard.
Las posibilidades de que Poppy se encontrara con Tessa no eran muy grandes. Tessa sólo trabajaba como voluntaria en un hospital y en la OAC. Pero Rachel trabajaba como asistenta social para algún municipio de Londres, no recordaba cuál si es que se lo habían dicho. Si Rachel trabajaba para los Servicios Sociales de algún municipio del sur de Londres y Poppy trabajaba con drogadictos, ¿qué tenía de extraño que se conocieran? Puede que incluso fueran amigas.
–Se llama Guy Curran, y tiene una lujosa casa en un mews, en lo mejorcito de Kensington.
–¿Guy Curran? –¡No me digas que le conoces!
–Sí, claro que le conozco. Mi mejor amiga piensa casarse con él.
Porque en un tiempo pensaba de verdad casarse con él. La primera vez que la había llevado a ver su casa, mientras iban en el coche –en aquellos tiempos tenía un Mercedes–, él había dicho «Será también tu casa» y ella le había dirigido aquella sonrisa, sólo que, según la recordaba, la sonrisa era entonces más libre y más abierta, menos contenida. «Cuando nos casemos», había dicho ella.
¿Había dicho realmente esto? ¿No se lo imaginaba? Claro que no. No se estaba volviendo loco. Ella estaba entonces totalmente entregada a él, pero las separaciones impuestas por la universidad y el colegio preparatorio habían hecho que se distanciasen. Era natural, le habría ocurrido a cualquiera. Pero de nuevo ella volvía a estar cada vez más cerca de él, había aceptado ir de vacaciones con él y salían juntos dos o tres veces por semana. Y entonces murió Con Mulvanney.
No habían pasado ni diez minutos después de la marcha de Poppy Vasari cuando llegó la Brigada Antidrogas. Registraron la casa y no encontraron nada. No había nada que encontrar. Menos mal que había echado la hierba y las anfetaminas al wáter tres días antes. Se sabía que a veces destrozaban los desagües. Aunque no lo hicieron en Scarsdale Mews. Pudo darse cuenta de que estaban impresionados por la casa, no podían evitarlo, por fuerza tenía que impresionarles su elegancia, su tranquilidad y tantas cosas hermosas.
Lo habían interrogado en la casa y en la comisaría de policía. El interrogatorio se prolongó durante varias horas. Lo negó todo. Por ese entonces el club funcionaba bien, la agencia de viajes había pasado ya de la etapa de planificación y el negocio de óleos originales había empezado a dar dinero. Podían ver perfectamente de dónde salía el dinero.
Aparecieron los dos rifles nuevos en sus cajas. Guy tenía su licencia de armas como miembro de un acreditado club de tiro. Dijo que nunca había oído hablar de Cornelius Mulvanney, que ese hombre nunca había estado en su casa. Una cosa que quería contarles, dijo, era que, cuando estaba en una fiesta en un pub de Balham el fin de semana, alguien se le había acercado y le había preguntado si tenía aceite de cannabis. ¿En esas palabras? Bueno, no, no en esas palabras, no quería repetir sus palabras, pero, si insistían, lo que había preguntado era: «¿Tienes mierda?». ¿Cómo sabía qué quería decir eso? Él había sentido curiosidad y se lo había preguntado a un hombre en el pub, y éste se lo había dicho.
Describa a ese hombre. ¿Qué hombre? El que le pidió el aceite de cannabis. Guy dijo que no podía, que no le recordaba. Finalmente hizo un vago esbozo de un hombre delgado y pálido con el cabello más bien rubio y largo. ¿El nombre del pub? ¿La hora? ¿Quién daba la fiesta? ¿A qué hora se fue? Y así sucesivamente. A la medianoche le dejaron irse a su casa. No había vuelto a tener noticias de ellos.
Sin embargo, Poppy Vasari sí volvió unos días más tarde. Dijo que no quería pasar, gracias. (No se lo había preguntado.) Se quedaba en la puerta porque él podía hacerle daño si se quedaba a solas con él allí dentro. Esto le hizo reír. ¡Cómo iba a tocar siquiera a alguien tan repulsivo! Seguía oliendo mal, el olor estaba probablemente impregnado en su ropa. Allí estaba él, aguantando la puerta y riéndose de aquella mujer. Resultaba todo muy ridículo.
–Usted mató a Con –dijo ella–, ¿por qué no iba a matarme a mí? Para usted sería lo mismo. Es malo.
Guy tenía que hacer un esfuerzo para seguir riendo, la risa no le salía con naturalidad. Si cerraba la puerta ella se quedaría allí aporreándola hasta que volviera a abrir.
–Está a salvo de la ley –dijo ella–, pero no está a salvo de sus pares.
–¿Pares, qué quiere decir? –dijo él, imaginando algo así como la Cámara de los Lores.
–Hablo de usted a todos mis conocidos. Y también a todos los conocidos de Con. Les digo la verdad, que si Con murió por las picaduras de las abejas fue sólo debido a la droga que usted le dio. Le mató al darle una droga letal y estoy decidida a que todo el mundo lo sepa. He empezado por mi barrio. Y ahora voy a empezar aquí. Voy a encontrar a sus amigos y a contárselo. Voy a llamar a todas las puertas de esta calle y a decirles lo que hizo.
El problema que presentaba esto, al menos en Gran Bretaña, era que quienes oyen una declaración de este tipo, y dicha de este modo, creen que el mensajero está loco. Él o ella no es más que un «pobre diablo» al que hay que encerrar y no dejar salir más, una persona que necesita cuidados y a quien es mejor no hacer caso y olvidar, y en cuanto a la información así confiada, nadie le da crédito. Los vecinos de Scarsdale Mews tomaron sin duda a Poppy Vasari por loca si ésta realizó su amenaza –Guy no intentó averiguarlo–, y tal vez estuviera un poco loca temporalmente. Quiero decir (pensó Guy), imagínate, el tío del programa de televisión abre la puerta y oye lo siguiente:
–Creo que debería usted saber que el hombre que vive en el número siete mató a mi amigo con drogas.
Ni siquiera estaba muy preocupado. Si Poppy Vasari creía que aquella gente eran amigos suyos, de Guy, se equivocaba por completo. Nunca había intimado mucho con los vecinos. Había rechazado la invitación de un grupo de ellos para que se pasase a tomar una copa en Navidad. Después de aquello se mostró un poco cauto con ellos los primeros días, pero todos se comportaban como se habían comportado siempre, decían «Buenos días», «Hola» o no decían nada. Como él esperaba, no habían hecho caso. Pero de esto a que Poppy Vasari le contara aquella historia a alguien a quien conocía personalmente, a alguien con quien trabajaba, sobre todo cuando se hubiera calmado un poco, había una gran distancia. No era lo mismo contárselo a cualquiera que a alguien que le conocía a él, que sabía su nombre.
Rachel Lingard.
Quince días después de la investigación acerca de la muerte de Con Mulvanney él y Leonora se iban de vacaciones juntos. No salió nada importante en la investigación. Gracias a Dios, no se mencionaba para nada su nombre. El juez amonestó a Poppy Vasari por haberse quedado allí sentada sin hacer nada mientras Con Mulvanney tomaba una sustancia prohibida, un alucinógeno peligroso. Ella era especialmente culpable teniendo en cuenta su preparación y el trabajo que había venido realizando, al cual, el investigador se alegraba de informar al tribunal, había renunciado. El veredicto fue de muerte accidental. Pero Rachel debió de trabajar lo suyo porque, a mediados de la semana siguiente, cuando él y Leonora se encontraron en Cambridge Circus –la llevaba al teatro a ver Los Miserables–, ella le dijo que no iba a Grecia con él.
Leonora no estaba avergonzada, no se mostraba incómoda. Nada de manifestar que aborrecía tener que decirle aquello, que se sentía muy mal. Lo soltó como si nada.
–No puedo ir, lo siento.
Él estaba consternado, y protestó. ¿Era el coste lo que la preocupaba? ¿Era porque él tendría que pagar por los dos?
La sorpresa hizo que se descuidara y pronunciara la frase que ella más odiaba y que él se había prometido no utilizar más:
–Una suma así ni siquiera la voy a notar.
Leonora daba siempre un respingo al oír esto.
–Es por eso y por otras cosas. No puedo. No me pidas explicaciones, sería demasiado penoso. Olvidémoslo, si es posible.
En algún momento Guy había creído que era por el dinero y tal vez –desagradable idea– porque Leonora se podía sentir obligada a acostarse con él si era él quien pagaba y creía que era mejor no ir. Ahora opinaba de otro modo. Rachel había hablado a Leonora de Con Mulvanney.
Ella vivía con Rachel y Rachel estaba siempre allí, llenándole la cabeza e influyendo en contra de él. Pensó que le gustaría matar a Rachel.


10

La barbacoa en casa de Danilo era atendida por cocineros con delantales a rayas y altos sombreros blancos y la comida servida por camareras ataviadas como lecheras del siglo xviii. Los hombres y mujeres que atendían el bar iban vestidos de bailarines hawaianos. Afortunadamente, era una noche cálida. El jardín de la casa neogeorgiana de Danilo en Weybridge era enorme, con palmeras importadas casi en sazón plantadas aquí y allá a las que le iba muy bien este verano, pero que quizá no estuvieran tan contentas la próxima primavera. La última novedad era la fuente, instalada en un estanque ornamental en el césped debajo de la terraza. Esta noche la fuente estaba iluminada, unos rosales de color rosa en pilares también rosados se alzaban alrededor de la broca de mármol y habían echado tinte rosa en el agua. Danilo explicaba a los invitados que admiraban el efecto que las rocas de aspecto natural eran de cuarzo rosa auténtico.
Había unos quinientos invitados. A algunos los conocía Guy ligeramente. Estaban allí Bob Joseph con su novia y la ex-esposa de Bob con su nuevo marido, el anciano y malicioso padre de Danilo con su tercera esposa y el hermano de Danilo que se había hecho cargo del negocio del contable de apuestas hípicas y tenía ahora una cadena de quioscos de apuestas. Había muchos amigos de Tanya, de la industria de la moda, y un montón de chicas que parecían modelos, aunque seguramente no lo eran. Danilo y Tanya estaban hablando siempre de casarse «algún día», pero todavía no lo habían hecho aunque tenían ya cuatro hijos.
En lugar de estar acostados o vigilados desde algún punto razonablemente lejano por las dos niñeras, estos cuatro niños, dos niños y dos niñas en realidad, intolerablemente mimados en opinión de Guy, no paraban de corretear por entre los invitados, esparciendo comida y salpicando a todo el que se pusiera a tiro de ellos con agua rosa de la fuente. Iban vestidos al máximo, los dos niños con pantalones a rayas, chaquetillas y corbatas de lazo, y las niñas de organza blanca con varias capas de enaguas, como si sus padres fueran campesinos italianos venidos a más y no unos parvenus londinenses. El niño de más edad. Charles, a quien llamaban siempre Carlo, se había agenciado un Bellini, el cual, por tratarse de la fiesta de Tanya, contenía coñac y también champaña y zumo de melocotón, y, rodeado de ruidosas chicas vestidas con minifalda corta hasta la cadera, se lo estaba arreando al tiempo que chasqueaba los labios.
Habían colgado unas luces de cuento de hadas entre las palmeras junto con aros ultravioleta para repeler a los mosquitos. Sonaba una cinta del tipo de Debajo-de-Río-Grande, lo cual fomentaba la ilusión que les gustaba crear a Danilo y Tanya de que eran en realidad de origen latino. A pesar de las velas con aroma de pachulí, el jardín olía a aceite caliente y carne quemada. Guy se daba cuenta de que jamás habría podido traer a Leonora aquí. Ella llamaría a esto vulgar, o aún peor, se reiría. Para ella una fiesta consistía en una reunión de quince personas en un piso de Camden Town bebiendo vino blanco y Perrier y hablando del medio ambiente. Pero renunciar a Danilo y Tanya por Leonora sería un sacrificio soportable.
El cielo era esta noche de color púrpura y sin estrellas, con una media luna de color limón que debía de ser real pero que habría podido ser puesta allí por Danilo, igual que había teñido la fuente. Una ligera brisa movía las hojas de las palmeras. Guy había tomado un Bellini por cortesía y luego se había pasado al vodka. Podía ver a Celeste que se lo pasaba en grande bailando con el vecino de Danilo, un millonario y ex-miembro de un grupo de rock de mucho éxito en los años sesenta. Celeste llevaba una falda de color rojo brillante larga hasta el tobillo y una pieza superior negra y oro que dejaba al descubierto unos centímetros de piel a la altura del ombligo. Su cabello, con las abundantes trenzas de punta dorada, parecía la cresta de un glorioso pájaro tropical. La más pequeña de las hijas de Danilo, una niñita con un vistoso tutú blanco, fue corriendo hasta ella y Celeste la introdujo en el baile, los tres cogidos de la mano. Celeste adoraba a los niños, Guy ya lo había observado.
Se dirigía hacia el bar en busca de otro vodka cuando se oyó un ruido de agua más fuerte de lo normal y un grito procedentes de la fuente, que le hicieron mirar hacia la izquierda. Allí, en medio de un grupo de gente que se sacudía el agua de la ropa –era Carlo que incordiaba al lado de la fuente–, estaba Robin Chisholm.
Guy cogió su vaso y se desplazó a un punto umbrío y ventajoso hasta donde sólo llegaba la luz de las velas perfumadas. Robin estaba hablando con Tanya, un hombre a quien no conocía y dos mujeres delgadas como alambres, extravagantemente vestidas y con el cabello como enormes cúmulos de algodón de caramelo, limón y fresa respectivamente. El cabello de Tanya no era tan diferente, sólo que no hay algodón de caramelo con sabor a tinta. Tanya llevaba una especie de camisola de lame dorado, pantalones plisados a rayas negras y doradas y unos zapatos verdes de tacón alto que probablemente se había puesto por error y luego había olvidado quitarse. Ni rastro de Maeve.
Robin parecía surgido directamente de un grupo musical de los tiempos de Eduardo. Sólo le faltaba el sombrerito de paja. Le había dado por llevar el cabello ondulado y rubio peinado con una raya en medio y esto le daba un aspecto muy extraño. Su rostro era tan juvenil como siempre, no ya juvenil como lo pueda ser el de un hombre de veintisiete años sino como el de un chico diez años más joven. Tenía las mejillas sonrosadas y los labios colorados como los de una chica. Vestía pantalones de franela blancos y una chaqueta cruzada a rayas, y mostraba un aspecto próspero e inmensamente satisfecho de sí mismo.
–No sabía que le conocieras –dijo Guy a Danilo.
–Le conocía igual que le conocías tú. Quizá no tanto, hasta hace poco. Me cambió unas pesetas. Vendí mi villa y había que sacar los fondos. Habría debido preguntar a Miss Leo, ¿verdad? ¿Es eso lo que estás pensando? ¿A Miss Leo y a su novio?
–En absoluto –dijo Guy con rigidez–. ¿Cómo volviste a encontrártelo?
–No sé por qué me lo preguntas, pero mi vida es un libro abierto para los amigos. Nos encontramos por casualidad. La hermana de Tanya tenía un piso en el mismo bloque que él, en Clapham Common. Es la que está hablando con él, la del cabello color de fresa.
–¿En Clapham? Pero si vive en Chelsea.
–Eso fue hace tres o cuatro años –dijo Danilo–. ¿Por qué te interesa tanto eso de repente? Ah, ya entiendo. Espero que no vayas a contratarle. Es de gran valor para mí. ¿Dónde podría encontrar a otro cambista con cara de niño y sin escrúpulos? Míralo, parece un bebé.
Cuy fue a por otro vaso. Pero le habría gustado acercarse a Robin Chisholm y arrojarle la bebida a la cara, a ver qué ocurría. Nunca había arrojado la bebida a nadie a la cara pero la idea de hacerlo le pareció de repente terriblemente atractiva. Como algo que tuviese que hacer antes de morir. La noche había refrescado un poco. Por primera vez en su vida, Guy pensó que las noches ya no eran nunca cálidas en este país... bueno, tal vez hubiera una noche cálida al año. Luego se encaminó hacia Robin, que seguía con la rubia de fresa cuñada de Danilo y, ahora, también con un hombre mayor que según había dicho alguien era diseñador de moda.
–Hola, ¿cómo estás?
Lo dijo de esa manera de allende el mar que pone todo el énfasis en el final de la frase y une las palabras de un modo sin sentido. Era algo deliberado, sin el acompañamiento de una sonrisa.
Robin optó por contestar a esta pregunta retórica de manera literal, lo que hizo reír a la rubia de fresa.
–Oh, maravillosamente, nunca he estado mejor –e hizo a Guy una mueca exprofesamente vacía que hizo que pareciera uno de los «chicos grandes» de Just William.
¿Maeve no está?
Esto provocó una insultante pantomima en la que Robin hizo como que buscaba, miró a ambos lados, estiró el cuello y miró por detrás del diseñador de moda, luego levantó las cejas y, acto seguido, se volvió miope y, desconcertado, miró al suelo y frunció los labios en un silbido callado.
–Parece que no está –dijo finalmente–. No, yo diría que no.– Había asumido, tal vez sólo para esta noche, y tal vez sólo para Guy, unos modales ingenuos y cariñosos–. Oye, ¿esa chica tan terriblemente guapa va contigo?
Era un error preguntar qué chica pero Guy lo preguntó.
–La chica de color con el pelo de cafre.
Guy le arrojó la bebida a la cara.
La cuñada de Danilo chilló y el diseñador de moda gritó también:
–¡Por el amor de Dios!
Robin se sacudió, escupió, se echó atrás el cabello y dio un salto hacia Guy con los brazos extendidos como un gato de pelea. Todos los invitados estaban callados, mirando fijamente, suspendido el movimiento y en alza la adrenalina. Guy lanzó el puño y dio a Robin no donde era su intención, en la mandíbula, sino en la clavícula derecha. Casi inmediatamente las manos trémulas de Robin entraron en contacto con la cara de Guy, las largas uñas extendidas como las de un tigre. Guy volvió a golpear cuando la gente empezaba ya a intervenir. Alguien le cogió por detrás mientras otro cogía a Robin por los hombros, pero antes había golpeado con el puño el ojo izquierdo de Robin.
Ambos jadeaban, resoplaban más bien.
–Parad ya, dejadlo –decía alguien.
–¿Os habéis vuelto locos?
–Esta es mi fiesta. –¿Qué demonios pasa aquí? –No daba crédito a mis ojos.
–Sí, le ha echado la bebida a la cara, directamente a la cara.
–Ese tío es una mierda –dijo Guy–. No hay mierda más grande en todo Londres.
–Y tú eres un psicópata delincuente y un asesino –dijo Robin tapándose el ojo con la mano–. ¿Por qué no te largas a las barracas de donde has salido?
Celeste condujo el coche hasta casa. Guy estaba sentado a su lado, tocándose la cara ensangrentada. Tenía arañazos en la mejilla derecha, el lado derecho del labio superior, el lado izquierdo de la barbilla y el cuello.
–Probablemente se me va a envenenar la sangre. Sabe Dios qué porquería de bacterias debe llevar una mierda así, listeria, hepatitis B, cualquier cosa.
–Tonto de Guy –dijo Celeste–. Qué tonto eres. Mañana vas al médico. No va a creer que te lo ha hecho un tío... le dices que he sido yo, ¿de acuerdo?
No la amaba pero sí amaba su modo de hablar, aquel acento. Cafre, había dicho aquel mierda. Mañana era «maña-naa» y médico, «médi-coo».
–Quiero decirte una cosa. Celeste.
Estaba oscuro dentro del Jaguar, y era de agradecer. Encendió un cigarrillo. Antes se habría muerto que hablar a Leonora de Con Mulvanney, pero se lo iba a contar a Celeste y sin grandes dudas, sin apenas inhibición. ¿Era porque en realidad no le importaba lo que Celeste pensara de él mientras que lo que pensara Leonora sí tenía una importancia capital? ¿Era porque si, como consecuencia de lo que él le contara, ella decía que no quería saber nada más de él, le iba a dar igual? O era algo totalmente distinto: que Celeste le conocía y le quería por lo que era, el hombre de verdad que no necesitaba fingir con ella. Leonora, en cambio, a pesar de su larga e íntima relación, no le conocía en realidad ni él quería que le conociera, quería que siguiera manteniendo ilusiones con respecto a él.
–Adelante, venga ya –dijo Celeste.
Se lo contó, no escondió nada. Salió todo, su incertidumbre, su ansiedad, su cobardía y luego la seguridad de que alguien se lo había hecho saber a Leonora. Había creído que se trataba de Rachel Lingard, pero en la fiesta se dio cuenta de que no era ella. Era Robin Chisholm. En aquella época Robin vivía en Clapham, a poco más de medio kilómetro de Poppy Vasari.
–¿Y por eso le has echado la bebida a la cara?
La verdadera razón había sido la observación racista de Robin dirigida a Celeste, pero no iba a decírselo. Podía hacerle daño, y además, le dejaría a él en una ridícula posición de caballero andante.
–Sí, más o menos.
–Guy, cielo, estás un poco loco, ¿lo sabes? Estás un poco obsesionado con eso de Leonora. ¿Sabes acaso si alguien se lo ha dicho? ¿Se lo has preguntado a ella? No, porque eso sería decirle la verdad si es que no está enterada. Son todo imaginaciones tuyas, y piensas cosas muy extrañas últimamente, Guy, permíteme que te lo diga.
–Cambió con respecto a mí. A las dos semanas de pasarle aquello a Con Mulvanney, cambió. No quiso ir de vacaciones conmigo.
–No quería que pagases tú. Era por lo que eso representaba, ¿o no? Ese fue el único cambio. Pues bien, yo no soy así. Si un hombre quiere pagar, que lo haga, yo se lo agradezco y me alegro. Pero si quiere que haga cosas que él quiere y yo no y se pone tonto, entonces le tiro por la ventana. No he estado yendo a clases de tai-chi durante cinco años para nada, te lo aseguro.
Guy no pudo evitar soltar una carcajada. Echó un vistazo por la ventanilla del coche, pero sabía dónde estaban sin necesidad de mirar. Esto era Balham Hill y allí a la izquierda estaba Clapham Common. La tierra de Con Mulvanney. Le daba la sensación de estar cruzada por un millón de hilos invisibles, una red de transmisión cada uno de cuyos hilos susurraba hablando de sus crímenes y de su culpabilidad. Volvió a oír la voz de Robin Chisholm: «Psicópata delincuente y asesino». ¿Cómo podía el hermano de Leonora saber qué palabras emplear a menos que le hubieran contado lo ocurrido?
El coche, conducido por Celeste, atravesaba el río por el puente de Battersea.
–Guy, cielo –dijo–, no quiero hacerte daño.– Cuy sonrió para sí mismo. Ya eran dos, ninguno quería hacer daño al otro.– Pero, Guy, ¿no es lo más probable que cambiara porque se daba cuenta de que ya no teníais nada que compartir? No sois de la misma clase. Hasta yo me doy cuenta y sólo la he visto una vez. Muy bien, no lo veo con imparcialidad, estoy celosa, es verdad, lo estoy. Pero eso no quiere decir que lo que digo no sea cierto. Leonora despertó y comprendió.
–¿En aquel preciso momento? Eso sí que sería una coincidencia.
–Bueno, sí lo sería si hubierais seguido siendo amantes hasta ese momento, si hubierais estado viviendo juntos o algo así, como nosotros por ejemplo, si os hubierais hecho promesas y fuerais a tener una relación permanente. Entonces sí que sería extraño. Si se tratara de mí sería realmente extraño. Pero, ¿era así, Guy?
Él no dijo nada y se encogió de hombros. Era ella la que no entendía. Las calles estaban oscuras pero relucían bajo la luz amarilla, la luz de latón de las lámparas, era una fría noche de verano, las primeras horas frías de una mañana de verano. Los arañazos de la cara le escocían. Le dijo que dejara el coche en la calle, que no lo metiera. Un gato agazapado sobre el muro de delante dirigió a Guy una larga e inescrutable mirada con sus ojos amarillos llenos de luz y casi sin pupilas. Tal vez supiera de arañazos. Si alguien le preguntaba diría que habían sido las uñas del gato del vecino.
Esta era una noche en que habría preferido que Celeste no estuviera con él. Enviarla a su casa era impensable. Pobre chica, pensó, pobre alma doliente. Y luego le invadió la ira, ira contra Rachel Lingard y contra aquellos Chisholm, todos los Chisholm. Apretó los puños. Celeste subió la escalera delante de él pero sin brío, sin el aire de formar parte de la casa, más bien como si esperara que él la llamara y la hiciera bajar o incluso que la hiciera marcharse.
Estaba sentada en la cama Linnell, quitándose las puntas doradas de las trenzas.
–Guy –dijo–, cielo, ¿traficabas sólo con marihuana, y a veces un poco de ácido?
¡Cómo se habría aferrado a este salvavidas si la pregunta hubiera venido de Leonora! Pero era absurdo ser deshonesto con Celeste. No necesitaba impresionarla. No habría sido cierto decir que no le importaba lo que Celeste pensara de él, lo que ocurría era más bien que creía en su capacidad de perdón.
–También con droga dura –dijo–. Con todo.
–¿Opio?
–Heroína, sí. La heroína es opio, ¿no?
Era absurdo que, después de todos estos años y de la fortuna que había amasado, todavía no lo supiera muy bien. Quizá no había querido saberlo. Ella hizo que sí con la cabeza y se quedó mirándole.
–La gente no se hace daño sólo por tomar droga –dijo él–. Son las cosas que la acompañan, las agujas sucias, las infecciones, y el abuso. Y no es peor que la adicción a la bebida, sólo que el alcohol está aceptado socialmente. En cuanto a los traficantes, igual se podría condenar a un tabernero.
–El abuelo de una amiga mía era kurdo –dijo ella–. Era un aga–. Debió de percibir el inicio de una sonrisa incrédula–. No, no es cualquier cosa, es una especie de señor feudal de algunas zonas de Turquía. Allí todos cultivan amapolas, hacen morfina base. Se dedican a eso, en esa parte de Asia. Tiene gracia lo que me has contado sobre ese hombre y las abejas, porque allí antes hacían eso, cuidaban abejas, pero ahora los contrabandistas llenan las colmenas de droga.
»Su madre tiene una familia muy numerosa. Tienen cuatro laboratorios que se dedican a procesar morfina en los pueblos cerca de Van. Su abuelo envió a los jóvenes al extranjero para aprender la química y a dos de sus tíos los cogieron en Irán y los ejecutaron. En Irán ejecutan constantemente a contrabandistas y químicos.
–¿Por qué se dedican a eso entonces? –dijo él huecamente.
–Pobreza.
La palabra cayó con un sonido hueco. La pobreza era una condición que en otro tiempo él había conocido bien, muy bien, pero ésa era una palabra que rara vez se oía en esta casa.
–Pues no está tan mal entonces, si crea empleo.
Ella prosiguió como si él no hubiera dicho nada.
–Ellos no la utilizan. Para nada. Y no hay más trabajo que ése, ni siquiera en el campo. No tienen otra posibilidad que hacer lo que hacen. Se pueden ganar seis mil libras por llevar un kilo de heroína hasta Estambul, y un químico gana aún mucho más.
Nunca la había oído hablar así, este tono serio, estas maneras articuladas y casi autoritarias en lugar de su sencilla habla perezosa habitual. Se parecía más al modo en que hablaban Leonora y sus amigas.
–Me parece que en Sudamérica pasa más o menos lo mismo –dijo ella–. No siempre mueren por utilizarla, aunque desde luego mueren a miles, pero lo que es seguro es que mueren por hacerla llegar a los usuarios–. Y, con una voz que Guy nunca le había oído antes, dura, clara y apuntada directamente a su culpabilidad, a su más fina sensibilidad, dijo:
–¡Qué vergüenza, Guy, qué vergüenza!
No estaba enfadado, pero sí bastante mareado. Cobró conciencia de que había bebido mucho, pero sólo ahora surgían los efectos. Incapaz de ver con claridad, aquejado de una ligera duplicación de la visión, miró los cortes de su cara en el espejo del baño, el profundo arañazo que cruzaba su labio superior y que probablemente se convertiría en una cicatriz y el rastro de la garganta. ¿Qué clase de hombre era el que era capaz de arañar a otro hombre? Ahora que lo pensaba, recordaba que Robin llevaba siempre las uñas muy largas, otro hábito desagradable.
Celeste se había acostado y yacía boca abajo sobre la almohada, los brazos sobre la cabeza. El se echó a su lado, estiró el brazo y apagó la luz. La súbita oscuridad removió su memoria. La última vez que él y Leonora habían almorzado juntos, el sábado pasado, ella le había confesado que había salido con un amigo de Robin. Un socio de Robin era uno de los hombres que había habido entre él, Guy, y William Newton. Y también otro hombre al que había conocido en una fiesta de Robin. No era demasiado aventurado pensar que Robin le odiaba tanto que había lanzado a un hombre tras otro en brazos de su hermana. Le había hecho de macarra, prácticamente. Guy se oyó a sí mismo proferir un sonido, una especie de gruñido.
Celeste también lo oyó. Le rodeó con sus brazos y le atrajo hacia sí.


11

Algo en lo que Guy no había pensado aquella noche era que Leonora pudiera enfadarse con él porque le había puesto un ojo morado a su hermano. Desde luego, lo había hecho. Robin Chisholm tendría más explicaciones que dar que él. El médico de Guy había mirado los arañazos y no había creído la historia del gato. Apenas había creído la verdadera historia, una pelea con otro hombre, pero le puso a Guy una inyección antitetánica.
Leonora estaba en Georgiana Street. La encontró allí por la tarde. Sí, sabía lo de la pelea, Robin se lo había dicho a Maeve por teléfono por la mañana y Maeve se lo había dicho a ella, y luego se lo había dicho el mismo Robin. Guy no estaba sorprendido. Esto no hacía más que confirmar lo que ya sabía acerca de la estrecha relación existente entre los miembros de aquella familia y de la influencia que cada uno de ellos ejercía sobre los demás. Robin estaba contando a todo el mundo que Guy había saltado sobre él «como un loco» sin ninguna razón aparente, aunque en el fondo sabía que la razón era su absurda obsesión con su hermana.
–En absoluto –dijo Guy fríamente–. Insultó a Celeste.
Esto la interesó.
–¿Sí? ¿Qué le dijo?
Guy se lo contó sin dar la menor importancia al hecho de que ella sabía que podía ser heroico y caballeroso.
–¿Estás enfadada conmigo?
–No más de lo normal. Supongo que sois tal para cual.
–¿Te ha contado Robin cosas terribles acerca de mí?
Hubo una vacilación.
–¿Cuándo? ¿Recientemente, quieres decir?
No podía haberle pedido una confirmación más clara.
–Es igual –dijo él–. ¿Dónde vamos a comer el sábado?
¿Y si no quería comer con él porque le había puesto un ojo morado a su hermano? El silencio duró unos quince segundos, pero para él fue una siglo.
–Decide tú –dijo ella–. Siempre estoy decidiendo yo y ya es hora de que lo hagas tú; además nos quedan ya pocas salidas.
Guy tuvo un sobresalto.
–Todavía nos quedan tres –dijo.
Centenares, se dijo a sí mismo resueltamente. Esa boda es un sueño, no se va a casar nunca. Con voz ligera y quisquillosa, dijo:
–Venga ya, cariño, sabes que no te vas a casar.
Hubo otro silencio. Esta vez sí duró casi un minuto. Por un terrible instante, un clic en la línea le hizo pensar que Leonora había colgado.
–Leo, ¿sigues ahí?
–No sé qué decir –dijo ella con voz distante–. No sé qué decir cuando hablas de ese modo. Supongo que si deseas vivir en un mundo de ilusiones tengo que dejar que lo hagas.
Él pasó esto por alto y hasta rió, una risa del que sabe y comprende.
–¿Dónde vamos a comer?
–Ven a comer a casa, a Portland Road.
–No estaremos solos.
–Tampoco estamos solos en los restaurantes; además, Rachel casi nunca está los sábados y Maeve va a salir con Robin. Siempre hacen eso.
–Me encantaría –dijo él.

Después de aquel registro que había efectuado la Brigada Antidrogas en su casa abandonó la venta de drogas. Bueno, lo había ido dejando. Y no había sido fácil en absoluto. Había estado realmente en peligro. Uno de sus proveedores le había amenazado, si no con la muerte, con atacarle de algún modo, con estropearle «su cara bonita». Era una tontería aquello de que sólo las mujeres se preocupaban por su aspecto, él no tenía más ganas de quedar marcado que una chica. Durante unas semanas había andado por allí asustado, llevando un arma. En realidad no había ocurrido nada, y a los seis meses había dejado por completo de traficar. No volvió a tener noticias de la policía ni de Poppy Vasari. Ni Poppy ni nadie le proporcionaron pruebas directas de que ella hubiera llevado a cabo su amenaza y hablado a todo el mundo de su participación en la muerte de Con Mulvanney.
Pero en los meses siguientes los Chisholm cambiaron en relación con él. Leonora cambió. Los demás no le importaban, pero Leonora era su vida. Primero no quiso ir con él a Samos y luego empezaron los otros rechazos. Cada vez estaba menos dispuesta a salir con él por la noche. Anthony se volvió frío y distante. Mirando atrás, recordaba que Anthony había repudiado de manera casi violenta el dinero que él quería «prestar» a Leonora para el piso.
–Te darás cuenta de que es absurdo.
–Sería un préstamo –había dicho él–. Alguien tiene que prestárselo. ¿Por qué no yo?
–¿Hablas en serio?
–Sí, claro que hablo en serio. ¿Por qué no iba a ofrecerle un préstamo sin intereses?
–Porque tú eres un hombre y ella una mujer –había dicho Anthony con brusquedad–. ¡Santo Cielo, hombre, tú no eres un pariente, no eres su hermano, ni siquiera su primo! ¿Te das cuenta de que eso la obligaría a ella?
¿Y Robin, en aquella época, en aquellos meses? Lo malo era que no podía recordar al Robin de todo aquel otoño e invierno, aparte de aquella observación sobre cómo poner a una dama bajo tu poder en una sola lección. Pero le costaba poco trabajo imaginar las conversaciones que habrían tenido lugar entre él y Poppy Vasari, que era su vecina en el bloque de pisos de Clapham Common.
–¿Tu hermana piensa casarse con él?
Robin ladeando la cabeza, los ricitos rubios bamboleándose y la cara caprichosa como la de un niño de diez años.
–¿No es una buena idea?
–No me harás esa pregunta cuando te haya contado cómo se gana la vida. Primero me gustaría contarte lo que le hizo a mi amigo.
Pero, si entregaba a Danilo tres mil libras por cargarse a Robin Chisholm –y le costaba poco imaginar esto, no creía que este precio por «eliminarlo» fuese a resultarle caro–, ello no desharía el pasado. En todo caso, no desharía lo que Robin le había dicho a Leonora en aquel fatídico agosto hacía cuatro años. Tal vez no, pero impediría que Robin le llenara la cabeza de ideas contra él ahora, porque estaba seguro de que seguía haciéndolo en la actualidad, en todo momento. ¿Cuántas viles calumnias más se habrían pronunciado, por ejemplo, en el curso de aquella conversación telefónica sobre el ojo morado de Robin? Y había otro aspecto de la cuestión. Si todo lo demás fallaba, no era de esperar que Leonora siguiera adelante con su boda el dieciséis de septiembre si mataban a su hermano dos semanas antes de esta fecha.
Era desagradable darse cuenta de que ya no hablaba con Leonora todos los días. Ya no era posible localizarla todos los días. Vivía tres o cuatro días a la semana en Georgiana Street y nunca contestaba al teléfono durante el día. Cuando él le preguntaba por qué no contestaba, ella le decía que el teléfono no había sonado o que había salido. Podía oír a Robin decir: «No contestes, eso es lo que tienes que hacer. No te ocurrirá nada por no contestar al teléfono, puedes estar tranquila. Eso no está penalizado. Ningún inquisidor va a cogerte y llevarte delante de los tribunales para que digas por qué no contestabas al teléfono. Te voy a dar tres palabritas con un imán para que las pegues a la nevera: DEJA QUE SUENE».
Y a Leonora le costaba poco hacerlo. No había llamadas importantes para Newton durante el día. Sabían que trabajaba. Poca gente sabía que ella estaba allí. Si el teléfono sonaba era Guy, y, por muchas ganas que ella tuviera de hablar con él, podía llegar a convencerse de que era más prudente no hacerlo. La familia la tenía cogida en un puño, en cinco puños, seis contando a Rachel Lingard, lo cual era casi inevitable porque ella y Leonora eran muy amigas, casi como hermanas.
Era viernes cuando llamó a Danilo.
–No hay nada que perdonar –dijo Danilo–. Esas cosas suceden en las mejores familias.
Guy no había pensado pedir disculpas. Sabía muy bien que la pelea había animado bastante una fiesta que ya decaía y había dado a los invitados un tema de conversación que daría para meses.
–Tanya sí se enfadó, pero te perdonará. –Danilo rió con tal fuerza que el ruido del teléfono hirió el oído de Guy. –¿Qué hay entonces?
–Dan –dijo Guy–, es él, es ése.
No tenía ganas de pronunciar su nombre. Este le daba síntomas físicos, una constricción de la garganta y un asomo de náusea. Danilo estaba callado pero se oía un débil respirar, el débil boquear que precede a un estornudo. No hubo estornudo pero sí una especie de risita disimulada, como un soplido suave.
–¿Y mis transacciones financieras?
–Hay otros cambistas.
Danilo parecía no estar escuchando.
–Fue una buena fiesta –dijo–, ¿verdad? Tuvimos suerte con el tiempo.
–A la mierda el tiempo. ¿Quieres el dinero ahora?
–Naturalmente. Confío en ti, pero hay límites.

Sólo había estado dos veces en Portland Road. La primera vez fue poco después de que ellas se trasladaran, cuando le invitaron y Rachel le llamó Victoriano. La otra vez fue con ocasión de una fiesta de inauguración de la casa que daban Leonora, Rachel y Maeve. Llevaban dos o tres meses en el piso. Por aquel entonces él había perdido ya su lugar especial en la vida de Leonora. Nadie, y menos ella, habría hablado de él como de su novio. Nadie habría hablado de él a los Chisholm como del hombre con quien «tu hermana» o «tu hija» iba a casarse. Leonora salía todavía a veces con él. Le había dicho que deberían verse menos, que deberían «ver qué pasaba».
Transcurriría un año y pico antes de la entrada en escena de William Newton. Quizá por eso, aunque le odiaba, no culpaba a Newton del abandono de Leonora. Ya mucho antes ésta había permitido que su familia la convenciera de que él y ella no eran adecuados el uno para el otro. No había en la fiesta otro hombre con ella aparte de él, aunque Maeve estaba con alguien, el predecesor de Robin Chisholm, y hasta Rachel tenía a un tío de gafas con cara de lechuza. Intentó recordar si, en aquella ocasión. Robin, o bien Rachel, se habían mostrado especialmente belicosos con él, pero sólo podía recordar la falsa dulzura malintencionada de Tessa quien, al encontrárselo por primera vez después de aquellas discusiones sobre el préstamo y la hipoteca, comentó lo sorprendida que estaba de que todavía no se hubiera casado.
–Estaba segura de que te presentarías con alguna muchacha encantadora detrás. Se lo he dicho a Magnus, ¿verdad, Magnus? A que Guy Curran se presenta con una de esas bellezas de la televisión, le he dicho.

La calle seguía igual, el Prince of Wales con la misma pinta de pub agradable al que llevar a la chica a tomar algo antes de cenar. Podría vivir aquí... ¡que le dieran sólo una pequeña oportunidad! Odiaba las fantasías que se le presentaban sin haber sido invitadas, pero rara vez era capaz de controlarlas. Se imaginó ahora, aun sin querer, comprando una de aquellas casas, naturalmente la casa entera, porque había ocurrido un milagro, porque Leonora decía que nunca había dejado de amarle. A Leonora le gustaba la zona, y no se negaría a vivir con él. Cena en Leith’s, pensó, primero unas copas en el Prince of Wales, sólo ellos dos. Cenarían fuera la primera semana después del regreso de su luna de miel. La habría llevado a la India: Cachemira, Jaipur, Agra y luego una semana en las Maldivas. A la luz de la luna y cogidos de la mano, se acercarían con reverencia a aquel reluciente palacio que era el Taj Mahal, se mirarían y se besarían bajo sus centelleantes muros.
Encima del timbre de arriba, en una tarjeta, estaban los tres nombres. La voz de Leonora salió por el portero automático, cortés y acogedora, mostrando placer por que hubiera llegado tan temprano. La alfombra de la escalera estaba gastada y las paredes desconchadas. Era una escalera larga, cuarenta y dos escalones. Los contó. Sólo de pensar lo que él podía darle... No tendría que volver a subir escaleras en su vida.
Iba vestida con un chándal. Un atavío para pasar el día en casa, sin duda. Era de color azul oscuro y probablemente no había estado mal hasta pasar por primera vez por la lavadora. Después de esto lo habían lavado al menos quinientas veces. Se recordó a sí mismo que Leonora no se vestía para Newton. Era una buena señal, este chándal azul oscuro y los pies calzados con unas sandalias Dr. Scholl. Con él, con Guy, podía mostrarse relajada, no tenía por qué tomarse excesivas molestias.
–Unos pendientes fantásticos –dijo él.
Ella sonrió, la sonrisa más amplia que le había dirigido jamás. Los pendientes eran baratos, de tipo indio, lo pudo ver en seguida, pero eran bonitos: margaritas de esmalte blanco con el centro amarillo. Junto a los lóbulos de color melocotón y el cuello de color moreno dorado, parecían auténticas flores engarzadas en sus orejas.
No sabía qué era lo que esperaba encontrar de nuevo en el piso, tal vez que hubieran hecho grandes cosas en él. Pero ¿qué se podía hacer con tres cuartos pequeños, una cocina y un diminuto cuarto de baño? Pósters y plantas de interior, cosas de la Tienda de Saldos y cosas de la tienda india. Observó con fastidio que ni siquiera estaba muy limpio, no como su casa, que Fatima se encargaba de limpiar cuatro días a la semana. Guy estaba de pie en la cocina mientras ella abría paquetes de Marks and Spencers y cortaba una hogaza de su Cranks favorito. Al cabo de un momento, Guy encendió un cigarrillo.
–¿Te importa, Guy? En este piso no se fuma.
–No te creo –dijo él.
–Ninguna de las tres fumamos y no nos gusta el olor, así que decidimos que era lógico prohibir totalmente el tabaco.
–¿Puedo tomar algo?
–Oh, cielos, lo siento. Me había olvidado. Habrías debido pedírmelo antes. Hay jerez ahí en el estante y vino blanco en la nevera. Está en una de esa especie de paquetes, hay que abrir el grifo.
Habitaban en mundos distintos. Y no era que ella prefiriera este mundo, pensó Guy, nadie lo preferiría. Lo que pasaba era que no podía permitirse más que esto y estaba orgullosa. La «especie de paquete» estaba cubierta enteramente por un dibujo de hojas de parra y uvas. Abrió el grifo de plástico y salió un chorrito de vino de color amarillo pálido. Aborrecía el jerez, pero no le quedaba dónde elegir.
–Si quieres fumar un cigarrillo puedes salir al balcón mientras yo me ocupo de esto.
Se salía al balcón desde su dormitorio. La cama estaba hecha, pero al modo en que hace las camas la gente que sólo utiliza un edredón y dos cojines. No pudo evitar el preguntarse cuántas veces la habría compartido William Newton con ella, tal vez la misma noche anterior. La habitación parecía haber sido aseada precipitadamente. Un cajón de la cómoda estaba demasiado repleto para cerrarse como era debido. Colgaba de él una de un par de medias verdes. Había libros en el suelo a un lado de la cama, uno de ellos abierto y boca abajo. Las cristaleras que daban al balcón estaban abiertas. Salió, se apoyó en la baranda de hierro y encendió otro cigarrillo.
Debajo de él estaban los tejados y torrecillas de Notting Hill, los semicírculos cerrados y la gran curva de Ladbroke Grove. Los polvorientos árboles creaban nidos de verde oscuro entre las terrazas victorianas del color de las natillas, los nuevos bloques de color rojo, el gris claro del estuco y el gris oscuro de la piedra. Sí, podrían muy bien vivir aquí, en el lugar donde habían nacido, donde se habían conocido, donde sus vidas se habían entrelazado.
Sentía una acuciante nostalgia, como si no pudiera soportar la idea de estar lejos de aquí un instante más. Volver a South Kensington sería como ir al exilio. ¿Por qué no se había venido a vivir a su puerta, había vendido su casa y se había comprado otra aquí para poder verla todos los días y ella a él?
Encontraría una casa bonita. Había muchas en venta, los escaparates de los administradores de fincas estaban llenos de anuncios. Con el descenso en los precios, se podía comprar por un millón un pequeño sueño en la «mejor zona» del Grove. Tal vez en Lansdowne Crescent, o en alguna otra calle de entre aquellos círculos concéntricos de elegancia un tanto gastada. Se imaginaba a Leonora decorándola. Él iría a comer a casa y la encontraría sentada en el suelo, entre muestras de alfombras y catálogos de tela y de papel pintado, mientras un nervioso diseñador de interiores sonreía y decía que sí y sugería esto y aquello y ella se concentraba con aquel ceño grave en el rostro...
–La comida está lista, Guy –la oyó decir detrás de él.
Salió a la superficie. Era como surgir de un baño cálido y perfumado, en el que casi se había dormido. El despertar de estos sueños le causaba una aguda infelicidad, pero no podía evitarlos ni tampoco controlarlos. La siguió por la habitación con el vaso vacío y la colilla apagada en la mano. Leonora había puesto la mesita de la cocina. Guy se sentó, encajonado entre la mesita y el costado de la nevera. El vino de tetrabrik estaba sobre la mesa, al lado de un cartón de zumo de naranja, entre dos platos; pastrami y ensalada para él, queso y ensalada para ella. Anhelaba un cigarrillo y, aunque estaba aquí con ella a solas después de haber logrado, si bien temporalmente, lo que constituía la suma de todos sus deseos, sintió que se iba encolerizando. Luchaba contra el orgullo de Leonora, pensó, contra aquella arrogancia que le hacía soportar resueltamente esta cocina pequeña y sucia, renunciar a la comida decente y negarse a vestir bien.
–¿Recuerdas que dijiste que compartirías mi casa conmigo cuando nos casáramos? –dijo él.
–No, no lo recuerdo.
–Fue hace mucho tiempo. Nueve años. La primera vez que viniste a mi casa.
–Sí, ya me acuerdo, pero no creo que dijera eso.
–Bueno. ¿Recuerdas que dijiste «Yo soy Guy y tú eres Leonora»?
–Ah, Guy, es posible. Era una niña. Nos pusieron Cumbres borrascosas en la escuela.
–¿Qué tiene que ver eso?
Ella comía pan y queso, hacía ver que prefería esto a la comida delicada que él le ofrecía.
–Es un libro –dijo con amabilidad–. Hay una chica que habla así... dice, por ejemplo, «Yo soy Heathcliff».
Guy movió la cabeza con impaciencia.
–No entiendo por qué a la gente siempre le da por decir cosas de los libros. Desde luego, la vida es más importante.
–A veces las cosas que salen en los libros se pueden aplicar a la vida.
Guy no comprendía; la risa de Leonora le irritaba y le ponía más furioso. Cambiando bruscamente de tema, dijo:
–¿Te parece que el modo de ganarse la vida de tu hermano es exactamente lo que tú llamarías puro y ético?
–¿Qué?
–Cambia sumas de dinero. Seguro que está constantemente violando las regulaciones en cuanto a moneda extranjera.
Ella se levantó para llevarse los platos y sacó de la nevera yogur griego y un plato de frutos secos cocidos.
–Yo no soy responsable del modo como se gana la vida Robin, ni ninguna otra persona, en realidad. Eso no tiene nada que ver conmigo. Yo sólo soy responsable de lo que yo hago... ah, y un poco también de lo que hace William.
Con gran atrevimiento, Guy dijo:
–¿Vale también eso para mí?
–Guy, yo no soy responsable de ti ni de lo que tú haces. Ya te lo he dicho, sé cómo te ganas la vida y no me importa, pero no es cosa mía, excepto que... –Guy vio cómo cambiaba su expresión. Leonora dejó la cuchara–. Creo que no debería permitir que me pagaras la comida teniendo en cuenta que no apruebo la fuente de tus ingresos.
–¡Oh, por el amor de Dios! –dijo Guy apartando el yogur–. No puedo comer esta porquería, Leonora. Es como si estuviera en ese condenado Festival de la Mente, el Cuerpo y el Espíritu. No puedo comer leche de oveja fermentada–. Sacó un cigarrillo sin pensar, vio cómo ella clavaba sus ojos en el cigarrillo y lo aplastó con la mano cada vez más furioso– ¿Quién se cree que es ese jodido Robin para contar historias acerca de mí? Como si él tuviera las manos limpias. Tiene suerte de no estar en la cárcel.
–Guy –dijo ella–, de veras que no sé de que estás hablando ni creo que lo sepas tú–. Estaba llenando la tetera, para hacer un asqueroso café instantáneo, pensó él–. ¿Sabes lo que es una depresión nerviosa? –dijo.
–¿Qué?
–Las depresiones nerviosas... mentales... A veces se tienen, ¿sabes? Es cuando una persona está abrumada, pierde el control de la realidad y no puede soportarla... algo así. Lo que quiero decir, Guy, es que creo que a ti te está ocurriendo eso. Bueno, creo que te va a ocurrir si no andas con cuidado.
Era la segunda vez que una mujer le decía esta semana que se estaba volviendo loco. Guy confiaba en que la mirada que dirigía a Leonora, paciente, controlada y aburrida, a pesar de que por debajo estuviera en efervescencia, la haría callar y tal vez incluso decir que lo lamentaba.
Casi no pudo creerlo cuando la oyó decir:
–Guy, William tiene un amigo de la universidad que hace terapia jungiana, es muy bueno. –Afortunadamente, se vio interrumpida cuando estaba diciendo–: Si decidieras ir y...
Se abrió la puerta de la cocina y entró una rubia alta y delgada, casi irreconocible. Tenía el rostro blanco y los ojos vidriosos. Se detuvo en el umbral de la puerta, agarrada al pomo y balanceándose un poco, y miró al vacío. Guy pensó que estaría borracha y maldijo en silencio la inesperada interrupción.
Leonora dio un salto, consternada.
–Maeve, ¿qué pasa?
–Robin... es Robin, ha tenido un accidente.


12

Robin Chisholm no había muerto, ni siquiera estaba malherido. Guy estaba furioso con Maeve por haber causado a Leonora una preocupación innecesaria; aquella mujer hacía un drama de casi cualquier cosa. Sin duda el haber tenido que ir en la ambulancia hasta el hospital con él y ver cómo se lo llevaban para hacerle un escáner del cerebro la habían puesto histérica. Pero, por lo visto. Robin sólo tenía una ligera conmoción y unos cuantos cortes y magulladuras. Que lo añada al ojo morado, pensó.
Maeve había contado lo sucedido después de que Leonora le administrara una aspirina y un vaso de aquella cosa a la que él no se dignaría dar el nombre de vino y que salía del paquete de cartón.
–Salíamos del parque, ya sabes, en ese punto donde las calles se encuentran y van a dar a Bayswater Road y hay semáforos y todo eso, donde está el Royal Lancaster. No sé cómo se llama.
–Victoria Gate –dijo Guy.
No le hizo caso. No le había hecho caso en ningún momento desde que había entrado. Como si él no estuviera, lo cual no era lógico, no era lógico que evitara en todo momento mirar al lado derecho de la estancia cuando estaba hablando. Mantenía la cabeza vuelta hacia un lado como si hubiera vómito en el suelo.
–Bueno, veníamos de los jardines de Kensington, íbamos a tomar algo en el Swan. Ya sabes que es un lío cruzar la calle en ese punto, porque el tráfico da la vuelta al... ¿cómo se llama, el Ring? Así que íbamos con mucho cuidado pero, naturalmente, mirando a la derecha, ya me entiendes, no pensábamos que pudiera venir nada por la izquierda porque el semáforo estaba en rojo y además no había nadie allí. Y de repente... el coche. El coche ha salido a toda marcha de esa calle, como se llame, al lado de los jardines de Hyde Park...
–Brook Street –dijo Guy, que no esperaba acuse de recibo de sus palabras y no lo tuvo.
–Robin cruzó antes que yo. Se me había desatado el cordón del zapato y me incliné para atármelo, pero él no se dio cuenta y siguió. El coche salió a toda marcha de la nada... Bueno, de... –finalmente le miró–... Brook Street, supongo, cruzó con el semáforo en rojo, como si no hubiera semáforo, como un loco. Afortunadamente, Robin corre mucho y yo vi lo que pasaba y grité, grité: «¡Robin! ¡Cuidado!» El coche le dio pero sólo un golpe ligero. No le dio en la cabeza, se golpeó la cabeza contra el farol.
»La policía nunca está cuando la necesitas, ¿o no es verdad? Lo que sí había es mucha gente, como siempre. En aquel momento yo no estaba impresionada, eso ha sido media hora más tarde... Es normal, ¿no? La mayoría de la gente sólo estaba allí en plan mirón y pasándoselo bomba; lo de siempre, pero un hombre un poco más sensato llamó a una ambulancia. El enfermero me ha preguntado si había cogido la matrícula del coche, pero yo no la había cogido, es normal que en un momento así se piense en otras cosas.
Guy sintió cierto alivio, aunque el hombre a sueldo había sin duda utilizado una matrícula falsa. Un fracaso, pero un bravo intento. La próxima vez habría más suerte. En todo caso Maeve no sospechaba en absoluto que él supiera que el incidente del parque había sido algo más que el resultado de una conducción irresponsable. A Guy le habría gustado decir que a Robin le estaba bien empleado por tener la mala educación de cruzar una calle tan peligrosa él solo, dejando a su novia en la acera mientras intentaba atarse el cordón del zapato, pero se lo pensó mejor. Leonora parecía al mismo tiempo consternada y aliviada y Maeve, bastante restablecida después de haber contado su historia y aligerado su ánimo.
–¿Hay algo de comer? –dijo–. Como puedes suponer, al final no hemos comido.
Si Leonora hubiese escogido este momento para ir al cuarto de baño o algo así, él habría podido decir lo que tenía en la punta de la lengua, algo así como: «Oh, de veras, qué sorpresa, yo pensaba que os habrían servido caviar y blinis en la ambulancia», o «No me digas que al final no habéis ido al viejo Swan», pero Leonora se quedó allí dispensando una desmedida compasión y un bocadillo de pastrami.
Reconfortada, Maeve suspiró profundamente y se sirvió más del paquete con el dibujo de hojas de parra. Tenía el rostro muy sonrosado, era en verdad una chica muy guapa si se podía decir eso de alguien tan enorme, con aquellos relampagueantes ojos azules y la gran melena de león. Guy estaba pensando que sus piernas tenían la misma longitud que la estatura de otras chicas, cuando ella se volvió hacia él y dijo, con veneno en la voz:
–Y todo gracias a ti. Si no le hubieras apaleado se habría dado más cuenta de lo que hacía. Andaba medio ciego, ¿sabes? Ha tenido unos dolores de cabeza insoportables. Si le sale algo en el escáner del cerebro seguro que es culpa tuya.
Guy contestó alargando el cuello y volviendo la cara de un lado para otro para que pudiera ver las profundas señales de los arañazos, los cuales, aunque estaban sanando, tenían mucho peor aspecto que en el momento en que Robin se los había hecho.
Con una ligera risa insultante, Maeve dijo:
–Cómo no, seguro que tuvo que defenderse.
–Sí, como un gatito de mierda –dijo Guy sin poder contenerse–. Siempre los están atropellando en Bayswater Road.
Las dos chicas se le echaron encima. ¿Cómo podía decir eso? ¿Cómo podía ser tan insensible? El pobre Robin estaba tumbado en la cama de un hospital y podía estar herido de gravedad. ¿Acaso no tenía sentimientos como cualquier ser humano?
–¿No sientes nada por los demás? –dijo Maeve incomprensiblemente.
Guy pidió disculpas a Leonora, quien dijo que no pasaba nada pero que lo mejor era que se fuera. Tenía que llamar a sus padres. Quizá fuera al hospital a ver a Robin, iría con su madre. Guy se alegraba de que en todo este asunto no se hubiera mencionado para nada al enano pelo-de-paja. Al parecer, se le olvidaba con facilidad. Estaba seguro de que, si Maeve se hubiera largado después de informar del accidente, Leonora se habría echado en seguida en sus brazos en busca de consuelo. De hecho, en un punto del relato de Maeve había puesto la mano sobre su hombro, como si fuera el lugar más natural donde buscar apoyo. Lo ideal sería que intentara estar con ella cuando por fin llegara la noticia de la muerte de Robin, lo cual ocurriría dentro de un día o dos.
Al día siguiente, como de costumbre, la llamó. Estaba en casa. Esto en sí estaba bien, era tranquilizador. Habría sido de esperar que fuera corriendo al hombre con el que hablaba de casarse, pero no lo había hecho, se había quedado en casa. No le importaba congraciarse con ella.
–¿Cómo está Robin?
–¿Te importa?
–Claro que me importa, Leo. Sólo porque tuvimos una pequeña discusión cuando los dos estábamos borrachos... ¡por el amor de Dios! Los hombres nos peleamos, somos así y tienes que aceptarlo.– ¿Lo hacían? Quizá no en su mundo.– No voy a tenérselo en cuenta, ¿o sí?
–Supongo que no lo entiendo. No sólo yo como mujer. William tampoco lo entendería.– El corazón de Guy se hundió. Era una pequeña piedra fría desplomándose dentro de él.– Robin está bien –dijo ella–. Se lo quedan allí hasta mañana. No sólo por el accidente. Están mirándole ese problema que tuvo hace cuatro años... Ya sabes, cuando estuvo varias semanas en el hospital.
Esto había tenido lugar aproximadamente cuando ella había cambiado de idea acerca del viaje a Samos con él. Habían pasado las semanas y ella se había mostrado fría con él y él furioso con ella. Pero le parecía recordar que Robin Chisholm había tenido algún problema: dolores de cabeza, mareos, presunta epilepsia. Naturalmente, al final resultó que no le pasaba nada.
–Pues eso fue exactamente hace cuatro años –dijo Leonora–. Bueno, creo que ingresó en el hospital la primera semana de agosto y estuvo allí hasta casi finales de septiembre. Yo no entiendo cómo podría afectarle eso ahora, ¿y tú, Guy?
Guy dijo que él tampoco. Que no lo creía, especialmente (dijo esto intentando que no hubiera sarcasmo en su voz) ya que todas las pruebas que le habían realizado aquella vez habían resultado negativas. ¿Maeve estaba mejor?
–Tiene realmente los nervios destrozados, Guy.– Le encantaba que siguiera llamándole por su nombre de pila de un modo tan confidencial–. Ha debido de ser un golpe terrible. Creo que está muy enamorada de Robin.
Lástima, pensó Guy. Tendrá que aguantarse cuando su amor quede en nada. Yo estoy muy enamorado, y ¿a quién le importa un carajo? Algo le inquietaba, algo acerca de Robin Chisholm, aunque no sabía qué era. A menudo en los últimos días había experimentado esta ofuscación, como si algo se parase. La palabra confusión resultaba demasiado fuerte. No era tan grave como todo eso.
–¿Vas a cenar conmigo esta noche? –dijo.
–No, Guy, querido, nunca ceno contigo, ya lo sabes.
–No tiene por qué enterarse nadie, Leo. Seré muy discreto. Ellos no tienen por qué saberlo.
–¿Quiénes son ellos?
Se expresó con mucho cuidado.
–Tu familia. La gente que te rodea.
Estaba callada y cuando habló parecía pesarosa. ¿Cómo es posible amar a alguien y sin embargo alegrarse de que esté pesarosa?
–Oh, Guy, ojalá... Es inútil. Llámame mañana.
El corazón de Guy, que parecía haberse encogido hasta el tamaño de un guisante, adquirió de repente proporciones enormes, se hinchó, suave y palpitante. Leonora parecía a punto de llorar. Y todo por él. Él le había hecho derramar lágrimas.
–Leonora, cariño, cena conmigo mañana, cualquier día, el día que tú quieras. Aunque también puedo ir. ¿Voy ahora?
–No, Guy, claro que no.
–Entonces, mañana.
–Comeremos juntos el sábado –dijo ella–. Adiós –y colgó el teléfono antes de que Guy pudiera protestar.
Cuando a la mañana siguiente marcó su número, todavía no había conseguido averiguar qué era lo que le acosaba, qué era aquella inquietud que planeaba justo bajo la superficie de su conciencia. Había tenido un sueño extraño. Era un observador que asistía sin ser visto a una reunión de la asociación de vecinos de un bloque de pisos de Battersea Park. Este bloque de mansiones se hallaba en realidad donde no podía haber construcciones, en el centro de los jardines de Pleasure, sobre el embarcadero. Entre los vecinos se encontraban Rachel Lingard, Robin Chisholm y Poppy Vasari. Estaban discutiendo las solicitudes de gente que quería vivir en los pisos. Una de las solicitudes la había enviado él. Rachel leyó su carta y también su nombre.
–Guy Patrick Curran, 8 Scarsdale Mews, W8.
Los sueños eran extraños, ésta no era su dirección correcta. Su dirección era el siete de Scarsdale Mews. Robin no dijo nada y escupió. Escupió como lo había hecho después de que Guy le golpeara en la fiesta de Danilo. Poppy Vasari, más sucia y despeinada aún que en la realidad, dijo:
–No lo queremos. Es un asesino. Asesinó a mi amante con una sustancia clasificada como Clase A bajo la ley de Uso Indebido de Drogas, 1971.
Al oír esto, Guy quiso marcharse. A pesar de que no podían verle, deseaba escapar. Sabiendo que estaba soñando, que se trataba de la sustancia y del tiempo de los sueños, deseaba despertar. Antes de que despertara, un hombre a quien no conocía y al que nunca había visto antes se puso en pie y empezó a cantar una canción que hablaba del opio. La letra de la canción decía que las amapolas del opio empezaron a crecer en el lugar donde cayeron los párpados de Buda cuando éste se los cortó para no dormirse. Guy despertó gritando y gimiendo.
Intentó llamar a Leonora a las diez de la mañana. No hubo respuesta. Lo intentó por segunda vez poco antes de las once y se puso Rachel Lingard.
–Os dan muchas vacaciones en los Servicios Sociales.
El acento de Rachel era como el de la directora de un colegio para mujeres de Oxford en una aparición por televisión.
–No estoy de vacaciones. Estoy en casa acostada con un chinche. Tú me has despertado.
Guy se contuvo para no decirle que no podía estar acostada con otra cosa. Además, no sería cierto. Hoy en día incluso las mujeres más feas y repulsivas conseguían hombres. No sabía cómo pero era así. Rachel nunca había estado sin hombre desde que la conocía, siempre andaba con algún intelectual barbudo o pecoso.
–¿Dónde está Leonora?
–No sé. Me ha dicho que te dijera si llamabas que Robin está mejor y sale hoy.
–Que se joda Robin. Y cuándo te «ha dicho» eso, ¿dónde te «ha dicho» que estaría?
–Haz el favor de no adoptar ese tono fanfarrón conmigo. Y guárdate lo de «joder», es ofensivo. Bastantes palabras de ésas tengo que oír de los barriobajeros que me encuentro en el trabajo. A lo mejor necesitas que te lo aclare: no sé dónde está Leonora ya que, sabiendo que lo preguntarías, me he cuidado de no preguntárselo yo. No te miento, yo no cuento mentiras. Me vuelves loca.
–Tú estás loca de nacimiento –dijo Guy, sabiendo que lo lamentaría.
Marcó el número de William Newton. Estaba ocupado. Debía de ser Rachel que llamaba a Leonora para repetirle lo que él había dicho. La ira empezó a subir dentro de él de aquella manera incontrolable. Le ocurría siempre últimamente. Empezaba como empieza la náusea, con una sensación sofocante que se abría paso hasta su garganta donde se posaba, y entonces necesitaba gritarla para no vomitarla. Sólo que todavía no la había gritado. Atravesó la habitación hasta las cristaleras. De nuevo hacía sol, era como estar en España o en Italia. Las flores de los nenúfares del estanque estaban abiertas al sol. Dio la vuelta, cogió el jarrón chino que estaba sobre el armarito lacado en rojo al lado de la cristalera y lo estrelló contra las losetas de piedra.
La rotura del jarrón tuvo un efecto sobre él, aunque no exactamente el que esperaba. Su ira se había apaciguado por el momento, eso sí. Pero al mismo tiempo aquello le espantaba, le daba como miedo de sí mismo. ¿Por qué lo había hecho, así sin pensar? Lo había hecho y nada más, obedeciendo a un impulso.
El lunes era la fiesta bancaria de agosto, ese día no venía Fatima. Con el pie empujó los fragmentos e hizo un montón. Era un jarrón famille noire, flor de cerezo y jilgueros sobre un vidriado negro, que valía unas quinientas libras. Se estremeció al pensarlo. Levantó el auricular, marcó el número de William Newton y no hubo respuesta. Si permanecía aquí era posible que destrozara la casa, de este modo se sentía, así que cogió un taxi hasta el club y practicó el tiro al blanco. Después al Gladiators, las pesas y un poco de acrobacia en las paralelas. Se pesó y vio que había perdido aquel kilo y un kilo y medio más... En la sauna, un noruego gay le miró lascivamente. ¿Qué no daría por que Leonora lo mirara así?
Volvió a intentar hablar con ella por la tarde. Tampoco esta vez contestó nadie. ¿Y si no la localizaba en toda la semana? Todavía no habían decidido qué restaurante sería mejor para el sábado. Y si no podía localizarla, ¿qué ocurriría con el almuerzo del sábado? Seguramente había ido a casa de Robin. Ella y Maeve habían ido a casa de Robin para estar allí cuando él volviera del hospital. Guy se puso a buscar el número de Robin en el listín.
No estaba. No figuraba ningún Robin Chisholm en Battersea. Cayó entonces en la cuenta de que Robin no vivía ya en Battersea, sino en Chelsea. De manera súbita se dio cuenta de unas cuantas cosas más, era sorprendente. ¿Por qué estaba tan confuso últimamente? ¿Por qué se decía a sí mismo desde hacía días que Poppy Vasari vivía en el mismo bloque de pisos que Robin cuando no era ella, sino la cuñada de Danilo la que vivía allí? Y ¿no se le había pasado por alto otra cosa que ahora tenía delante mismo de los ojos?
Robin no podía haberse enterado de lo de Con Mulvanney por Poppy ni por ninguna otra persona hacía en agosto cuatro años, porque por ese entonces estaba en el hospital sometido a las pruebas médicas. No se lo podían haber dicho ni tampoco podía haber pasado esa información a Leonora. No estaba allí. Leonora debía de haberse enterado de lo de Con Mulvanney dos semanas antes del viaje planeado a Samo porque fue en ese momento cuando cambió con respecto a él, pero no era Robin quien se lo había dicho. Robin estaba encerrado en Barts o en Saint Thomas o donde fuese, sin duda interesado sólo por la suerte que pudiera correr su cabeza.
Guy tuvo una rápida visión de un cirujano vestido con una bata blanca e inclinado sobre la cama de Robin aplicando un escalpelo a su garganta en lugar de un estetoscopio, luego un camión blindado acosando al taxi que lo llevaba a su casa en Chelsea y dos hombres encapuchados armados con metralletas que saltaban por la puerta trasera. Se recordó a sí mismo que aquello no era un thriller televisivo y volvió al listín telefónico. Chelsea. Aquí estaba: St Leonard’s Terrace, una dirección muy bonita. Debía de irle bien. Guy marcó el número. No le habría sorprendido que no contestase nadie, pero se puso Maeve.
–¿Sí? ¿Quiénes?
¡Vaya modo de contestar al teléfono! Observó por primera vez su voz más bien «vulgar», más cerca de la suya que del acento aristocrático de Robin.
–Soy Guy, Maeve. Sólo quería preguntar cómo está Robin.
La sorpresa la hizo enmudecer, no era extraño. A continuación, en un tono en el que el recelo parecía luchar con el deseo de vivir y dejar vivir, dijo:
–Está muy bien, gracias.– Se detuvo, evidentemente pensando a toda velocidad. –Gracias, Guy, de verdad, muchas gracias.
–Me alegro de saber que está bien.
Por un momento creyó que Maeve iba a preguntar si estaba bromeando. No lo hizo.
–Estamos satisfechos de cómo le va. La conmoción no va a dejar efectos secundarios ni nada por el estilo.
–Dile que se cuide.– Este era el verdadero motivo de su llamada–. Yo no le dejaría volver a salir hoy. Que se esté en casa quietecito.– Estuvo a punto de decir: no abras la puerta. Le habría tomado por loco.– Salúdale de mi parte, ¿quieres?
–Claro, Guy, claro que lo haré, gracias.
Él vaciló y dijo:
–¿Está Leonora?
–No, no está.– El tono primero, sorprendido, agradecido y emocionado, había dado paso de nuevo a la voz agresiva de Maeve.– ¿Por qué iba a estar aquí? Claro que no está. ¿Es ese el verdadero motivo de tu llamada?
Guy le dijo adiós. Intentó llamar a Danilo. Esto nunca era fácil, ya que Danilo podía estar siempre en cualquiera de diez sitios diferentes, clubs, dos oficinas del Soho, la casa de su anciano padre, uno de los establecimientos de su hermano, el contable de carreras de caballos, o en una carrera. Después de cinco intentos fallidos, consiguió localizar a Tanya en su boutique de Richmond. Danilo estaba en Bruselas, no dijo a qué había ido, volvería al día siguiente por la noche, muy tarde.
Guy estaba a estas alturas casi seguro de que era Rachel Lingard y no Robin quien había hablado a Leonora de Con Mulvanney. Es decir, estaba seguro de que no había sido Robin y no tan seguro acerca de Rachel –casi seguro, pero no del todo–. En todo caso, apartar a Rachel del círculo inmediato de Leonora sería buena cosa. Le habría gustado poder, mediante una palabra o apretando un interruptor, desviar a los secuaces de Danilo de Robin a Rachel. En realidad no deseaba ya la muerte de Robin, ésta sería inconveniente, sería innecesaria.
Se sirvió la primera bebida del día, un Campari con naranja muy fuerte, tres cuartas partes de Campari y aproximadamente una cucharada de zumo de naranja. Estaba marcando el número de teléfono de Newton cuando sonó el timbre de la puerta.
El timbre de la puerta de Guy apenas sonaba nunca, a menos que esperara a alguien. Celeste estaba posando en Totteridge, no podía ser ella. Además, tenía la llave. Escuchaba cómo seguía llamando el teléfono, en un lugar vacío y sin que nadie contestase, y pensó: es Leonora. Colgó el teléfono. Era Leonora, naturalmente: ¿quién si no? Al hablar por teléfono con ella el día anterior había sentido cómo se producía en ella un cambio, había sentido cómo volvía a él, cómo sus mejores instintos hacían a un lado aquella maldita terquedad de los últimos años y ésta se desvanecía y desaparecía.
«Oh, Guy, ojalá...», había dicho. ¿Ojalá qué? Ojalá fuera capaz de tragarse su orgullo, naturalmente, de volver a él para reencontrarse de nuevo.
El timbre volvió a sonar. Dejó el vaso. Se lo pensó mejor y lo empujó detrás de un jarrón. Debía intentar no morir de felicidad cuando ella se echara en sus brazos: se esforzó por no ir corriendo hasta la puerta. Se dirigió a ella a grandes pasos y la abrió bruscamente, sonriendo ya, complacido y acogedor.
En la puerta estaba Tessa Mandeville.


13

Estaba terriblemente decepcionado, incluso más, pensó, que aquel día hacía cuatro años en que Leonora había dicho que no iba a Samos con él. Era incapaz de pronunciar palabra. Estaba completamente obnubilado, la miraba fijamente como un tonto y sólo la veía a través de una bruma. Incapaz siquiera de contestar, se quedó allí plantado mientras ella entraba en el vestíbulo pasando por delante de él.
En cualquier otro momento, se habría regocijado y enorgullecido de mostrar su casa a uno de los miembros de la familia de Leonora. Ninguno de ellos la había visitado nunca. Muy consciente de la casa victoriana suburbial en que vivía Tessa, le habría complacido enormemente verla contemplar las pruebas de su riqueza, las alfombras, las antigüedades, el Kandinsky. Ella sí que sabría muy bien que se trataba de un Kandinsky de verdad. Y, sin embargo, nada de esto le importaba. La siguió calladamente hasta el salón.
Tessa vestía muy elegantemente, como de costumbre, llevaba un vestido de lino color tabaco que, aunque sin cinturón y completamente recto, sólo podía sentarle bien a una mujer muy delgada. Hacía pocas concesiones a la temperatura calurosa, con unos zapatos de color de bellota pulida y medias con un dibujo de ramitas y hojas. Desde la última vez que la había visto se habían formado más arrugas en su rostro. Tenía el cuerpo, las piernas y el cabello de una mujer joven y un rostro acartonado en el que las arrugas parecían cicatrices. Las uñas de sus manos estaban pintadas del color de un caldero de cobre de una tienda de antigüedades.
–Es muy valiente por mi parte venir aquí sola, ¿no te parece? –dijo.
Guy recuperó la voz, que salió como un suspiro.
–¿Valiente?
–Aunque te advierto que al menos cinco o seis personas saben dónde estoy. En caso de que intentes hacer algo, no te saldrás con la tuya.
–No seas ridícula –dijo él.
–Persigues a mi hija, le das una paliza a mi hijo, intentas atropellarle con un coche...
Lo injusto de estas palabras le indignaba.
–Cuando ocurrió eso yo estaba comiendo con Leonora, Tessa, estaba en su piso.– Entonces se dio cuenta de que no había en realidad nada injusto en aquella acusación.– Tessa, fui a casa de Leonora en taxi. Y además, no estuve para nada cerca de Lancaster Gate. No irás a creer que...
–¿Que no? Resulta extraño que estuvieras tan enterado de todo.
–Según dice Maeve la corregiste, dijiste exactamente dónde había ocurrido todo. Mencionaste «Brook Street y «Victoria Gate», como si hubieras estado allí. Creo que estás loco. Estás deseando borrar del mapa a la gente que rodea a mi hija, matarnos a todos o dejarnos inválidos. Nunca habría debido permitir que mi hija se relacionara contigo, yo tengo la culpa. Habría tenido que imponerme todos estos años. Y tienes intención de hacerle algo a William. Sé lo que pretendes, lo sé todo, te vi delante de mi casa aquella vez, en ese fachendoso coche que tienes.
Había en sus palabras una misteriosa precisión. Estaba muy cerca de la verdad. Se apartó de ella y abrió las cristaleras. Tenía tan pocas ganas de estar aquí encerrado con ella como ella con él. Entró el calor y con él el aroma de su rosa trepadora. Vio la porcelana hecha trozos, que seguía en el suelo, y ella la vio también.
–Le has dado un buen vapuleo a la casa, ¿eh?
–¿A qué has venido, Tessa?
No le había dicho que se sentase, pero Tessa se sentó. Probablemente el aire tranquilo e indiferente de Guy la habían tranquilizado y se daba cuenta de que no tenía intención de hacerle ningún daño. Le miraba fijamente sin decir nada. Guy cogió su vaso y, consciente de que era una pregunta absurda, le dijo si quería tomar algo.
–¡Naturalmente que no quiero tomar nada! –Tessa casi escupió las palabras.
–¿Qué es lo que quieres entonces?
–Decirte esto: en primer lugar, mi esposo va a conseguir una orden judicial para que dejes de perseguir a Leonora si no la dejas en paz ahora mismo. ¿Está eso claro? En segundo lugar, Leonora se casa el dieciséis de septiembre. A las doce del mediodía en la oficina del Registro de Kensington. He venido para advertirte seriamente, muy seriamente, de que no se te ocurra hacer nada en esa ocasión. ¿Está claro?
–¿Qué crees que voy a hacer?
Aquella mujer le divertía mucho. Era un personaje divertido, que le miraba de aquel modo, furiosa, con los huesudos dedos de uñas de color de cobre aferrados a sus rodillas pulidas y desprotegidas. La intensidad con que fruncía el ceño hacía que su rostro se contorsionara grotescamente.
–Cualquier cosa, no sé, un... ¡un escándalo! Eres muy capaz de presentarte allí y empezar a lanzar gritos y... poner amonestaciones o algo así.
–Eso ya no existe –dijo, aunque no estaba seguro de que algo así no existiera.
–Eres capaz de atacar a William o agarrar a mi hija... ¡eres capaz de cualquier cosa! ¡Eres capaz de gritar que tienes algún derecho anterior sobre ella, cualquier locura!
–Y lo tengo.
–¡No lo tienes, Guy Curran! ¿Cómo te atreves a decir eso? Leonora quiere a William y él la quiere a ella, y van a ser enormemente felices. ¡No voy a consentir que un zoquete como tú, una porquería salida de una barraca del ayuntamiento, de la peor parte de Londres, se inmiscuya en la vida de mi hija!
Guy empezaba a montar en cólera. Los humos de aquella mujer habían llegado a donde nunca habrían podido llegar sus amenazas. Le habría gustado decirle que esta era su casa, que se fuera, que no le hablara así en su casa, pero pensó en Leonora y en el retorno de Leonora. Ya era bastante el modo en que había insultado a Rachel, o así lo creería ella. Debía permanecer tranquilo. Con extrema y controlada tranquilidad, dijo:
–No va a casarse con él. Nunca se casará con él.
Tessa Mandeville se puso completamente blanca.
–Sucio traficante de drogas –dijo–. Ah, sí, ya puedes mirar. Te lo aseguro, lo sé todo acerca de ti. Una muy buena amiga de Leonora me estuvo contando que vendes drogas, que arruinas la vida de muchachos y haces de la vida de sus padres un suplicio.
–¿Qué amiga es ésa? –preguntó él.
–Ah, sí, como que te lo voy a decir. Para que vayas y le pongas un ojo morado, cómo no. Una buena amiga, no te digo nada más. Alguien que se ha portado mejor con Leonora de lo que tú serías capaz de portarte nunca.
–No quiero echarte de mi casa, Tessa –dijo él–. Eres la madre de Leonora, y eso no puedo olvidarlo. Voy arriba y mientras tanto tú podrías irte.
En realidad era para poder estar solo, y no solamente para alejarse de ella. Así que no se había equivocado con respecto a Rachel. Era Rachel la causante de todo aquel daño, Rachel, que probablemente estaba en este instante con Leonora llenándole la cabeza de historias. Ese día Leonora se había mostrado más amable con él, más afectuosa que en ningún momento que recordase desde que se había trasladado al piso. Cierto, había sido por teléfono. Pero el sábado no había sido por teléfono. «Oh, Guy, ojalá...» ¿Qué era lo que iba a decir? ¿Ojalá pudiéramos estar como antes? ¿Ojalá no hubiera conocido nunca a William?
Ahora, sin embargo, ella estaría otra vez con Rachel, la enfermiza Rachel. Podía verla sentada en la esquina de la cama de Rachel y a Rachel repitiendo lo que él había dicho y añadiendo: «¿Qué puedes esperar de un barriobajero como ése?».
Los pasos de Tessa, que podía oír desde el piso de arriba, se detuvieron. Había hecho una pausa, naturalmente, se había detenido delante del Kandinsky, estaba contemplándolo, valorándolo. Los pasos empezaron de nuevo, la puerta de entrada se cerró con fuerza aunque no exactamente con un portazo. Guy fue a su dormitorio y miró por la ventana. Tessa iba en dirección a Marloes Road, buscando un taxi. Ojalá no lo encontrara, probablemente no lo encontraría a esta hora.
Así que era Rachel. Debía de tratarse de la primera conexión en que había pensado, debía de tratarse de una conexión a través de la labor social que ella y Poppy Vasari tenían en común. Bajó la escalera y estaba empezando a marcar uno de los varios números donde localizar a Danilo cuando recordó lo que le había dicho Tanya, que Danilo estaba en Bruselas. Le preocupaba ligeramente no poder hacer dar marcha atrás a los perros que amenazaban a Robin Chisholm, pero no parecía haber solución posible.
Algo le intrigaba y siguió intrigándole a lo largo de toda la noche. Cenó con Celeste en la Pomme d’Amour y se encontró con Bob Joseph para tomar una copa en el club de Noel Street. Todo este tiempo, su mente volvía una y otra vez a Tessa Mandeville y a lo que ésta había dicho. ¿A qué había venido en realidad?
Era una tontería aquello de que iban a conseguir una orden judicial para impedirle «perseguir» a Leonora. ¿Cómo se podía perseguir a alguien que deseaba estar contigo? La misma Leonora, hacía tres años y medio, había establecido el acuerdo de almorzar con él los sábados. Cuando Rachel y el resto del grupo la habían convencido, sin duda, para que no saliera más con él de verdad, para que dejase de ser su novia, ella había propuesto los encuentros fijos del sábado. Leonora deseaba estas citas de los sábados tanto como él, de eso no cabía duda. Deseaba que la llamara por teléfono. ¿Acaso no había dicho, cuando él se fue el sábado, «Llámame mañana»?
O sea que Tessa no hablaba en absoluto en serio. Sus palabras encubrían otra cosa. Había venido aparentemente para que él no hiciese ninguna escena en la boda de Leonora, pero, en realidad, a lo que había venido era a decirle dónde sería la boda de Leonora, jurisdicción que él conocía muy bien. Recelaba de todos ellos y ahora recelaba aún más de Tessa. ¿Qué pretendía? ¿Por qué había venido desde tan lejos hasta su casa, donde nunca antes había estado, sólo para decirle eso?
Entonces comprendió. Casi soltó una carcajada delante de Celeste. Aquella mujer le había dicho que sería en la oficina del Registro de Kensington porque no era ese en absoluto el lugar. La boda tendría lugar en la oficina del Registro de Camden, que estaba en King’s Cross, en el municipio de Newton. Uno podía casarse en su propio municipio o en el de la persona con quien se casaba, podía elegir. Le había hablado de Kensington por si él decidía ir. Aquella mujer era tan transparente que daba realmente risa.
Pero no importaba. Leonora no se casaría. No querría casarse. Oyó de nuevo su voz, en un tono infinitamente suave y anhelante, cuando expresó su deseo por lo que habría podido ser. «Guy, querido», le había dicho cuando explicó que no podía cenar con él. Probablemente la amenazaban de todas las maneras posibles cuando les decía que estaba pensando envolver con él. Rachel, por ejemplo, que iba a comprarle su parte del piso, probablemente le había dicho que no habría trato si persistía en seguir relacionándose con él. Anthony Chisholm era capaz de no incluirla en el testamento o, al menos, de dejar de pasarle el dinero que quizá le estaba pasando.
–Guy, cariño –dijo Celeste–. Dime lo que piensas.
Guy le habló de la visita de Tessa. A Celeste se le nubló el rostro, y no dijo nada.
–Tengo dolor de cabeza –dijo él–. Me ocurre mucho últimamente. ¿Crees que será porque estoy siempre furioso?
Fue con él a su casa.
–Tienes que aceptarlo –dijo suavemente–. Antes o después tienes que aceptar el hecho de que se va a casar con William.
–Eso te gustaría, ¿eh?
Celeste se arrodilló en el pavimento y se puso a recoger los trozos del jarrón roto. Guy se arrepintió de lo que había dicho, pero ella no contestó. Danilo volvería mañana por la noche, así que iba a estar llamándole por teléfono a partir de esa hora. Para compensar los problemas que estaba causando, probablemente tendría que ofrecer a Danilo otras mil quinientas, pero ¿qué más daba?
–¿Por qué no le compras un regalo de boda bonito de verdad?
Celeste nunca era maliciosa, pero ¿y ahora? ¡No era posible que hablara en serio! Guy se sirvió una última bebida, esta vez vodka con hielo, dándose cuenta de que llevaba bebiendo sin parar desde aquel Campari con naranja que estaba tomando cuando llegó Tessa a las cinco.
Por la mañana. Celeste seguía durmiendo y él llamó al piso de Portland Road. Se puso Maeve, que estaba a punto de salir para el trabajo. Guy no preguntó por Leonora, al menos no de momento.
–¿Cómo está Robin?
Estaba realmente interesado. Había pasado toda la noche despierto preocupado por si el hombre a sueldo de Danilo atacaba a Robin.
–Muy bien –dijo ella.
Pero, ¿cómo lo sabía? ¿Quería esto decir que estaba bien cuando lo había dejado la noche anterior?
–¿Has hablado con él esta mañana?
–Hace un momento, Guy.– ¡Qué alivio! No era que le importara la suerte de Robin Chisholm, pero, después del ojo morado y de lo que había dicho Tessa, se daba cuenta de que Leonora podría fácilmente echarle a él la culpa de cualquier cosa que le pasara a su hermano. –Me ha llamado. Ha dormido muy bien y se siente muy descansado, parece comerse el mundo. ¿Verdad que es estupendo?
Guy dijo que sí. ¿Podía hablar con Leonora?
–No está, Guy. Está en casa de William.
Llamó al número de Georgiana Street. Era temprano, por supuesto, ni siquiera las nueve, pero le sorprendió enormemente oír la voz de Newton... No, más que eso, quedó aturdido, desconcertado. Estuvo a punto de colgar, pero dijo:
–Soy Guy Curran.
–Ah, hola.
El tono no era muy cordial, pero Guy habría despreciado a aquel hombre aún más de lo que lo despreciaba ya si hubiera hablado en un tono amistoso o congraciante.
–¿Cómo estás? –dijo con su mejor estilo de allende los mares pero con frialdad. –Yo estoy estupendamente y espero que tú también. Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
–Me gustaría hablar con Leonora.
La mayoría de la gente, antes de dar una información desagradable, dicen «Me temo...». «Me temo que tengo que decirte algo desagradable...». Newton no hizo esto, y Guy lo captó.
–No está.
–Oh, vamos –dijo Guy, la dispuesta ira subiendo–. Me acaban de decir hace menos de cinco minutos que estaba en tu casa.
El hombre parecía aburrido pero seguía conservando la paciencia.
–Hace menos de cinco minutos estaba aquí. Hace dos minutos se ha ido. ¿Quieres que te diga a dónde?
–Naturalmente. ¿Dónde está?
–En casa de su padre. La madre de Susannah ha muerto y Leonora ha ido con ella a ocuparse de las cosas, a registrar la defunción y ver a los de la funeraria. Te he dicho ya todo lo que sé, así que me disculparás si cuelgo, se me hace tarde. Adiós.
No tenía ni idea de dónde vivía la madre de Susannah, apenas si sabía que Susannah tuviera una madre. Inútil intentar encontrarlas, inútil acariciar aquella cordial imagen de sí mismo sentado en una sala de espera con Leonora, hablándole suavemente y luego llevando a las dos a comer a algún maravilloso restaurante. Habría sido un consuelo para Susannah, que nunca le había caído mal, poder dejar de pensar en su madre a la que probablemente quería mucho. Tendría que pillar a Leonora más tarde en Lamb’s Conduit Street.
Llevó una taza de té a Celeste.
–Gracias, Guy, cielo –dijo ella. Abrió los ojos y le tendió los brazos. Hacía semanas que no hacía el amor con ella. Lo ocurrido, el miedo y la ira, parecían haberlo vaciado de todo deseo sexual. Pero se inclinó y dejó que le abrazara. Era dulce y cálida, y su tacto como de seda. Se echó a su lado y la abrazó, y no se dio cuenta de con qué fuerza debía de estar abrazándola hasta que ella luchó por liberar nariz y boca de la presión de su rostro y dijo, boqueando:
–¡Me haces daño, Guy!
Mientras Celeste estaba en el baño llamó al número de Anthony Chisholm. Comunicaba. Cinco minutos más tarde seguía comunicando. Consultó a la telefonista, quien le dijo que estaban realmente hablando por aquel número, y decidió dejarlo para la tarde. Cuando se iba llegó Fatima. Cuando vio los fragmentos de porcelana blancos y rosados, Fatima profirió un ruido parecido al que haría una gallina afligida por la pérdida de un polluelo: «¡Eiii!». Guy sacó el coche. Iba a Mortholt, al estudio, y luego a echar un vistazo a una venta de cuadros que tenía lugar en un hotel situado al comienzo de la autopista M-1. Mientras hacía marcha atrás con el coche a través del mews empedrado, dirigiéndose lentamente hacia Earl’s Court Road, se preguntaba si su casa no sería ya poco para su posición. Había dejado atrás la etapa de la pequeña casa en el mews. Al fin y al cabo, iba a cumplir treinta años en enero. Una casa en Lansdowne Crescent o tal vez incluso algo cerca de Campden Hill, Duchess of Bedford Walk... ¿Le importaría a Leonora que fuera por ese lado, el lado bueno de Holland Park Avenue?
«Adelante, gatitos» se vendía mejor en Barnet que incluso «Dama de Tailandia». La mujer que se encargaba de la venta y con la que almorzó asquerosamente en el comedor del motel (platos ovales con un montón de carne ennegrecida y cartilaginosa, guisantes de lata, tomates partidos por la mitad, patatas fritas, setas resbaladizas como babosas y tronchos de brécol parecidos a arbolitos de juguete) le dijo que podía vender dos o tres veces más. Guy se comprometió a proporcionarle esta cifra. Llamó desde el motel a Lamb’s Conduit Street y no contestó nadie, pero sí consiguió encontrar a Tanya en su boutique. Danilo llegaría a última hora, a las once como muy tarde. Guy tuvo una visión terriblemente desagradable en la que Robin Chisholm apretaba el botón de su portero automático para abrirle la puerta vestido con su bata de baño al hombre que venía a arreglar algo o a leer el contador de la luz. A continuación la pistola con silenciador o la cachiporra, o bien, si los «ayudantes» que tenía ahora Danilo eran muy sádicos, el puñal delgado y veloz.
Se dirigió a la agencia de viajes. También aquí el negocio era boyante. Desde el despacho del fondo llamó al piso de St. Leonard’s Terrace. Parecía que no iban a contestar, el timbre sonaba y sonaba, diez, quince veces. Dejó el auricular y volvió a marcar. Esta vez la voz de Robin contestó a los cuatro timbrazos. Seguramente había marcado mal antes. Era un gran alivio oír a Robin decir: «¿Diga? ¿Diga?», cada vez más irritado.
Los considerables y variados éxitos del día le animaban sobremanera. Hacía mucho tiempo que las cosas no le iban tan bien. Lo normal habría sido que, para volver a casa o incluso para dirigirse al West End, tomara una ruta al norte de Regent’s Park, pero se encontró aproximándose a Euston Road. A través de Tavistock Place, y Guildford Street; Lamb’s Conduit estaba allí mismo... Él no debía encontrarse con ella más que los sábados, más que para el almuerzo del sábado, pero... ¡qué demonios! Ella quería verle. ¿Acaso no había dicho que ojalá volvieran a estar juntos?
Hacía calor, el calor amarillo y quieto de Londres bajo el sol. Cualquier lugar en el que hubiera estado con ella y hubiera sido feliz le causaba dolor. Era como si tuviera dos niveles de sentimiento con respecto a ella: en el nivel superior se sentía optimista, alegre y confiado y en el inferior reinaban el miedo y la duda. Los lugares en que habían estado juntos evocaban imágenes en este mundo inferior. Recordaba rechazos, recordaba, con algo que se parecía más al pánico que al dolor, que habían pasado ya seis años desde la última vez que habían hecho el amor.
Las casas de esta parte de Londres son viejas, de comienzos más que de finales del siglo diecinueve. El ladrillo es de un marrón grisáceo oscuro, las puertas y las ventanas largas y estrechas y los tejados invisibles. Había poco verde que ver, aparte de las copas de los árboles que asomaban como si fueran vegetación desde detrás de los muros de un jardín. Susannah tenía macetas en las ventanas que, en lugar de los geranios habituales, contenían hiedras de hoja pequeña y plantas con un follaje peludo de color gris amarillento. Guy hizo sonar el timbre y se preparó, como tenía que hacer siempre, para el primer impacto de la visión de Leonora.
Abrió la puerta una mujer a la que reconoció pero que no pudo ubicar en el momento. Ella parecía tener las mismas dificultades para identificarle a él.
–Guy Curran –dijo él.
–Ah, sí. Yo soy Janice. Nos conocimos en la fiesta de cumpleaños de Nora.
Guy odiaba el diminutivo, que le estaba permitido a la familia de Leonora pero no a él. Ahora recordaba a la mujer que acababa de usarlo como la prima que había ido a Australia para casarse. Era más bien gordita, con cara de luna pálida, ojos prominentes y una abundante cabellera larga de color de ratón con una trenza a la francesa. A Guy no le gustaban nada los vestidos de algodón indio (baratos, mal cortados y sin forma) y, naturalmente, ella llevaba uno de esos, de color de piel morena y con jeroglíficos negros y manchitas blancas. Tenía las caderas redondas y, en opinión de Guy, causaba el efecto de alguien que fuese a una fiesta de disfraces vestida de bizcocho.
–Creía que era la funeraria –dijo ella ahora–. Susannah está esperando al hombre de la funeraria. ¿Sabe que se ha muerto su madre?
–Sí, sí. Alguien me lo ha dicho. ¿Puedo pasar?
Janice le dejó entrar de mala gana. Guy sintió que ella le miraba de arriba a abajo como si estuviera cometiendo algún terrible faux pas social.
–Acaba de morir su madre. Verá, generalmente la gente escribe o llama por teléfono.
–Es a Leonora a quien quiero ver.
En este momento, la misma Susannah asomó la cabeza por encima de la barandilla. La sala de estar estaba en el piso superior del apartamento y los dormitorios en el de abajo. Susannah no reaccionó hacia él como hacían las otras mujeres que rodeaban a Leonora –incluida esta indignante australiana–, de una manera agresiva o con prejuicios. Le llamó y dijo cuánto la alegraba que hubiera venido. Evidentemente no había oído lo que él le había dicho a Janice. Cuando Guy llegó a lo alto de la escalera Susannah se le acercó y, echándole los brazos al cuello, le besó de una manera casi maternal a pesar de que no tenía ni mucho menos edad para ser su madre.
Era toda una sorpresa el que una mujer le besara con simpatía, aunque, naturalmente. Celeste lo hacía siempre. Pero esto era distinto. Susannah creía evidentemente que el propósito de su visita era el de darle el pésame. Bueno, a él le venía bien. Sentía simpatía por ella y la aprobaba. Susannah podría estar triste y de luto, pero no se le notaba. Iba cuidadosa y abundantemente maquillada, lo que a Guy le parecía adecuado en una mujer, el cabello oscuro espeso y acerado peinado en un estilo de erizo de mar a la moda. Llevaba pantalones de seda negra con una chaqueta a rayas chocolate y negras y un montón de joyas de plata bastante elegantes del tipo cota de mallas, además de un relampagueante cinturón blanco. ¡Qué lástima que Leonora no pudiera o no quisiera aprender de su ejemplo!
Mientras la seguía hasta la sala de estar, que él no había pisado desde hacía casi cuatro años, pensó en la época en que Leonora había vivido aquí después de dejar el colegio de preparación para maestras, de cuando venía a buscarla y Anthony Chisholm le atendía y le servía de beber. Bueno, no hacía tanto tiempo... Lo primero que vio, antes incluso de ver a Leonora, fue una tarjeta blanca con el borde plateado sobre la repisa de la chimenea. Tenía que ser una invitación para la boda, pero a esa distancia no podía leer la letra.
Leonora se levantó al entrar él. El corazón le había dado ya aquel vuelco y había enviado un latido a su cabeza. Estaba espantosa, pero ¿qué le importaba a él?
Leonora le besó. No hubo abrazos ni mucha efusividad, pero tampoco era Leonora quien había perdido a su madre. (Eso sí que es una lástima, pensó Guy.) Janice estaba detrás de él contando una larga historia acerca de si le había reconocido o no; luego había pensado que era el hombre de la funeraria o de la floristería. Leonora llevaba pendientes de plástico en blanco y negro. Ni pizca de maquillaje, por supuesto, y el cabello grasiento. Vestía pantalones de chándal y una camiseta negra, enmohecida por el tiempo y el mal lavado. Desde que conocía a Newton, pensó Guy, cualquier sentido del vestir que en otro tiempo pudiera tener se había ido al garete. Aquel bobo probablemente le decía que la quería por sí misma y no por su aspecto.
En todo caso, ella no le preguntó qué hacía aquí. Guy se acordó a tiempo de decir algo apropiado respecto a la madre de Susannah.
–Es muy amable por tu parte haber venido, Guy –dijo Leonora, resplandeciente. Él pensó que su sonrisa era desde luego más plena y liberada de lo que le había visto en meses–. Qué día hemos tenido. En esos sitios hay personas muy insensibles. ¿Sabes qué le ha dicho la encargada del registro a la pobre Susannah? Era una mujer, parece que casi todas son mujeres. Los hombres no cogen esos trabajos, están muy mal pagados, lo de siempre. Ha dicho: «¿Es la primera defunción que registra usted?», y cuando Susannah ha contestado que sí, la mujer ha dicho: «Supongo que no será la última. Buenos días». ¿Te lo imaginas?
Janice había ido a preparar una taza de té después de comunicarse en susurros con Susannah. Leonora se puso a explicar que su prima pasaría un tiempo en casa de Anthony y Susannah, que el esposo de su prima llegaría a la semana siguiente y que qué lastima para la pobre Janice, que quería tanto a la madre de Susannah y llegaba demasiado tarde para encontrarla con vida. Guy no se había tropezado nunca con una familia que estuviera tan estrechamente unida como estos Chisholm. Incluso aquellos que no entraban en la categoría familiar, personas que ni siquiera eran parientes, se querían con locura. Daba la impresión, a juzgar por las palabras de Leonora, de que Janice había viajado quince mil kilómetros para estar junto al lecho de muerte de una anciana, la madre de su tía por matrimonio, a la que probablemente sólo había visto una o dos veces en su vida. ¡Qué razón tenía él al no subestimar las influencias que regían sobre Leonora!
Desde donde estaba sentado intentaba ver la repisa de la chimenea y la tarjeta, pero Susannah se empeñaba en seguir de pie, delante de la chimenea georgiana cuidadosamente conservada, apoyada en la repisa. No tenía excesivas ganas de que le vieran haciendo gestos con la cabeza de un lado para otro para poder ver. Susannah se había puesto a hablar del funeral.
–Tenemos un dilema, Guy. De verdad que no sabemos que hacer. ¿Le pedimos consejo, Leonora? No vendrán mal las ideas nuevas, ¿no te parece?
Leonora dirigió a Guy otra adorable sonrisa. A ver qué dice.
–El caso es que mi pobre madre no ha dejado instrucciones sobre... bueno, no tengo por qué no decirlo claramente... sobre si quería que la enterrasen o que la incinerasen. Desde luego, a casi todos los incineran hoy en día, pero la incineración parece tan... iba a decir «tan definitiva», como si la misma muerte no fuese definitiva, supongo que entendéis lo que quiero decir.
–Sí, sí, yo entiendo lo que quieres decir –dijo Guy, alargando el cuello.
–Y luego está la cuestión del sitio. Todos los cementerios bonitos de Londres están llenos y esto significa que hay que ir donde te toque. Mi madre vivía en Earlsfield, pero naturalmente en el camposanto de allí no hay ni que pensar, creo que no lo utilizan desde hace un siglo.
Janice entró con el té, que colocó encima de la mesa de tal modo que Guy se vio obligado a dar la vuelta a su silla y quedar de espaldas a la chimenea. Estaba demasiado cerca la hora de beber de verdad para él como para que tuviese ganas de tomar té, pero lo bebió, rechazando un trozo de aquel pastel de melocotón y crema con el cual la gorda de Janice haría mejor en no meterse. Se estaba formando en su mente un plan para conseguir llevar a Leonora en coche a casa; se trataba de meterla en el Jaguar, ponerse en camino hacia su casa y luego convencerla para que cenase con él en lugar de volver en seguida.
Janice estaba contando una complicada historia –de pésimo gusto, pensó Guy– acerca de las aventuras de alguien que había esparcido las cenizas de un ser querido desde el Cobb de Lyme Regis. Susannah dijo que era una coincidencia porque ella y Anthony iban a ir a pasar unas cortas vacaciones en Lyme dentro de un par de semanas. El timbre de la puerta impidió a Janice seguir contando anécdotas. Aunque las otras le habían dicho y repetido que se sentara y no hiciera nada, parecía haberse nombrado a sí misma como au pair temporal. Con gran alegría por parte de Guy, él y Leonora se quedaron solos por unos instantes, Había llegado el hombre de la funeraria y Susannah tuvo que bajar a hablar con él.
–Espero que se haya decidido ya –dijo Leonora–. Va a tener que decirle una cosa u otra.
–Cena conmigo, Leo.
–Oh, no puedo, Guy, lo siento mucho pero no puedo.– No dijo «Nunca ceno contigo» ni «Ya como contigo los sábados», no dijo nada de eso. –Yo me quedo aquí, William va a venir. Iremos todos a cenar fuera para que la pobre Susannah no tenga que cocinar.
Y el plan de llevarla a casa en coche... Pero:
–Lo siento mucho –dijo ella–. Habría estado bien. Maeve me ha dicho que la has llamado esta mañana para preguntar por Robin. Ha sido muy amable por tu parte, te lo agradezco mucho.
Guy se atrevió a estirar el brazo por encima del sofá y cogerle la mano. Sabía que ella apartaría la mano bruscamente, pero no lo hizo. Incluso dejó que sus dedos se acurrucaran suavemente en la mano de Guy y le dirigió una mirada tan dulce, tan llena de compasión, que, si no hubiese vuelto Janice en ese instante, Guy habría perdido el control de sí mismo, habría dado un salto y la habría cogido en sus brazos. Sí dio un salto, pero sólo para irse. No era ningún placer estar aquí con esta gorda de ojos de lechuza mirándole reprobadoramente.
–¿Comemos el sábado? –dijo.
–Sí, Guy, querido, claro. ¿Adónde vamos?
–Al Savoy –dijo él–. Iremos al Salón del Río del Savoy.
Ella no protestó. Estaba cambiando con respecto a él, cada vez era más como antes. Guy le dio un beso de despedida, se levantó, se volvió para mirar hacia la chimenea y vio que la tarjeta de boda había desaparecido. Estaba allí hacía media hora cuando él había llegado y ahora ya no estaba.
Alguien la había quitado de allí sigilosamente para que él no la viera.


14

Hacía ya mucho tiempo que salía con Leonora cuando conoció a su hermano. Un día de invierno, poco antes o poco después de Navidad, entró con Leonora en la sala de estar de sus padres y había allí un muchacho de pie al lado de la ventana leyendo un papel que tenía en la mano. Debió de oírlos entrar pero no se volvió inmediatamente y siguió leyendo hasta terminar la página. Había algo autoritario, incluso policial, en su comportamiento, algo despectivo y deliberado, a pesar de que el muchacho parecía en realidad casi un niño. Era bastante alto, mucho más alto que su hermana, pero, cuando finalmente se volvió, su rostro resultó ser el de un niño de cinco años, mofletudo, inocente, con piel de bebé y la boca como un capullo de rosa. Tanto más sorprendente resultó, pues, la voz que surgió de aquellos labios infantiles. No era aguda ni ceceante sino rica y profunda, melosa, con un acento que sólo podía conseguirse (Guy lo supo más tarde por Leonora) asistiendo a una de aquellas escuelas de la Conferencia de Profesores.
–¿Este es tu fiancé, Nora?
Guy había oído antes esta palabra, pero sólo en televisión. Tanto entonces como ahora habría dado mucho por tener una voz así. Leonora los presentó.
–Robin, este es Guy. Guy, este es mi hermano.
Ya a la edad de quince años Robin Chisholm practicaba aquella irritante guasa que constituía un importante rasgo de su desagradable carácter. No era una burla inteligente o divertida, sino sólo grosera.
–Guy –dijo. Lo dijo despacio, y no sin asombro. Lo repitió pensativamente, como si fuera el nombre de alguien a quien había conocido hacía mucho tiempo y no podía acabar de ubicar. –Guy. Sí... ¿No te resulta difícil tener ese nombre? Bueno, si Nora no lo hubiese mencionado, yo habría dicho que te llamabas Kevin, por ejemplo, o Barry. Sí, Barry no te sentaría mal.
Parecía un niño inocente, sonriente, con los ojos muy abiertos y las mejillas regordetas y sonrosadas, desafiando a que el objeto de sus insultos se diera por aludido. Porque eran insultos, a Guy no le cabía la menor duda al respecto. Lo que el hermano de Leonora quería decir era que un nombre como aquél, propio de la clase alta, no le sentaba bien a él.
Ella salió en su defensa.
–Oh, calla. No tienes derecho a burlarte de los nombres que tiene la gente. Robin tal vez te esté bien ahora, mientras pareces un bebé, pero no te hará tanta gracia cuando seas mayor.
Ya entonces, y de manera muy poco lógica, Robin Chisholm estaba orgulloso de aparentar menos edad de la que tenía. Esto les ocurre a la mayoría de la gente a los treinta años, pero, por el amor de Dios, no a los quince. Guy, que le veía de vez en cuando, no muy a menudo pero sí demasiado para su gusto, creía que Robin cultivaba a propósito este aspecto de niño. No le habría sorprendido ver a Robin con el dedo gordo en la boca. Sí, le habría sorprendido, habría salido corriendo y gritando de la estancia.
Los Chisholm habían enviado a su hija a una escuela estatal y a una universidad de prestigio. El hijo había asistido a una escuela privada muy cara, pero había dejado la politécnica, en la que había conseguido entrar no sin esfuerzo, y había optado en cambio por «la Ciudad». Tenía veintitrés años cuando empezó a tener aquellos lapsus. Primero creyeron que se trataba de un tumor cerebral, y luego de epilepsia. Al final resultó que no le pasaba nada. Guy, por su parte, creía que Robin lo había planeado y representado cuidadosamente todo a fin de escabullirse de la firma para la que estaba trabajando, una compañía de inversiones que originó un escándalo financiero de proporciones descomunales aproximadamente una o dos semanas después de que ingresara en el hospital.
Era el tipo de persona de la que el mundo podía perfectamente prescindir. Pero que se ocupara de su destrucción otra persona, y no Guy. No era él quien había hablado a Leonora de Con Mulvanney. Es más, Guy, que después de no conseguir encontrar a Danilo esta noche había estado pensando en el asunto largas horas, decidió que el hermano de Leonora era quien menos influía en ella de todos cuantos la rodeaban. Estaba claro que ella le quería, eso no había ni que decirlo –Leonora lo decía en todo caso con demasiada frecuencia, y lo decía en relación con demasiada gente, pensó Guy–, pero Robin la irritaba, ella no le aprobaba del todo.
Todo esto le hizo soñar con Robin. Robin estaba muerto y lo bajaban por aquella larga escalera de Portland Road, después de que su cuerpo ensangrentado fuera descubierto por Maeve. No era en absoluto un sueño fantástico o irracional, por lo que a Guy le alarmaba de manera especial. No podía llamar a St. Leonard’s Terrace antes de las ocho y media ni a Danilo antes de las nueve como mínimo. Mientras preparaba el café, se desplazaba por la cocina tocando madera. Era un viejo hábito supersticioso del que creía haberse librado hacía tiempo.
Tocando madera se ponía un obstáculo al desastre. La madera guardaba de... ¿de qué? ¿De los malos espíritus? Su abuela, de quien había aprendido a tocar madera, a no servir la sal a los demás, a no pasar un cuchillo a un amigo y a no pisar las divisiones entre las baldosas del suelo, no había especificado cuál era la función precisa de estos actos. Simplemente te mantenían a salvo. Era curioso que se acordara de ella ahora cuando no se había acordado desde hacía años. Afortunadamente, la cocina, profusamente surtida de roble encalado, era un paraíso donde no escaseaba la madera.
Un soñoliento Danilo contestó al teléfono de Weybridge a las nueve y diez. Guy estaba casi fuera de sí porque no había habido respuesta en St. Leonard’s Terrace, a pesar de que había intentado llamar diez veces desde las ocho y media. Estaba seguro de que Robin estaba muerto y, con su muerte, Leonora perdida para siempre, pero de todos modos hizo dar marcha atrás al secuaz de Danilo. Danilo tomó con evidentes muestras de enfado su cambio de idea pero quedó en encontrarse con él para beber algo a las seis, en un club llamado The Black Spot. Seguro ya de que era demasiado tarde, de que el cadáver de Robin estaba en este mismo momento siendo identificado por Maeve en el depósito, Guy probó sin embargo otra vez el número de Chelsea.
Ocurrió una cosa bastante curiosa. Cogieron el teléfono, pero, antes de que nadie hablara por el aparato, Guy oyó la voz de Robin que aullaba desde cierta distancia.
–Contesta ese maldito teléfono, ¿quieres? Estoy en el baño.
Luego un acento como el de su abuela, debía de ser la mujer de la limpieza irlandesa, y que dijo:
–Diga, ¿quién es? El señor Chisholm está ocupado.
Guy suspiró aliviado. Estuvo a punto de decir: «Dígale que vuelva a la cama y se quede allí», pero se lo pensó mejor.
The Black Spot era todo barra y pista. No había mesas, ningún lugar donde sentarse sino en taburete; junto al largo mostrador blanco y plateado. Estaba muy oscuro, al estilo americano. La primera persona que vio Guy era Carlo, que estaba sentado en un taburete al lado de su padre bebiendo una cosa oscura y burbujeante de una copa de coñac. Probablemente era coca-cola, pero la copa en la que la estaba bebiendo le daba un aspecto sofisticado, incluso siniestro. Guy estaba un tanto sorprendido. Luego pensó que a él le habría gustado mucho ir a bares como éste cuando tenía diez años, sólo que nunca había tenido ocasión.
Carlo llevaba pantalones téjanos de diseño para cadete y una camiseta negra que tenía impreso en rosa luminiscente Breadhead’s Kid. Dijo «Hola» a Guy y siguió comiendo fritos de camarón de una bandeja. Danilo vestía cheviot de seda espina de pescado de color caramelo, un traje con una enorme chaqueta ancha de hombros y, debajo, un polo de color carmesí.
–No tienes muy buen aspecto –dijo Danilo.
Guy se encogió de hombros con impaciencia. Era lo que le decía Danilo cada vez que se encontraban.
–Es la luz que hay aquí, si se puede llamar a esto luz.– Pidió al barman un martini con vodka grande.– No podemos hablar –dijo a Danilo, señalando con el pulgar en dirección a Carlo.
–No puedo hacer nada, chico. ¿Qué querías que hiciese? Una de las niñeras tiene la gripe y la otra ha salido. La hermana de Tanya se ha quedado con los otros niños, pero no se quiere quedar con éste. La última vez que estuvo allí puso el vídeo de Apocalipsis Now en el microondas. Dijo que para ver qué pasaba.
–Mervyn –dijo al barman–, llévatelo ahí detrás y que vea Mork and Mindy. Sólo serán cinco minutos.
–No la dan, papá. Sólo hay Buck Rogers in The Twenty-fifth Century.
Pues ve ahí detrás y mira eso.– Danilo tuvo que pedir otro vaso de su vino tinto favorito.–No vuelvas a hacerme eso –dijo dramáticamente a Guy–. Nunca.
–¿Que no vuelva a hacer el qué?
–Joderme con esa mierda de «cambié de idea».– Bajó mucho la voz.– ¿Te das cuenta de que habrías podido convertir al pobre amigo Chuck en un asesino?
El pobre amigo Chuck, quienquiera que fuese, era ya a buen seguro un asesino y por partida múltiple. Además, ¿dónde estaba la diferencia, no era lo mismo una víctima que otra? Guy sabía que era totalmente inútil discutir con Danilo. Dijo que lo lamentaba, que se daba cuenta de que había sido un poco irreflexivo.
–Inmaduro –dijo Danilo–. Eso es lo que has sido. A cada cosa su nombre. Ahora escúchame, Guy. Casi hemos tenido un accidente muy desagradable en esa zona en concreto. Quiero que lo pienses cuidadosamente. ¿Quieres o no quieres que siga adelante con este asunto? El grupo que en un principio querías eliminar queda fuera de tiro, lo entiendo muy bien y personalmente no lo lamento, pero por lo que me has dicho esta mañana por teléfono me da la impresión de que tienes a otra persona en mente. No, no contestes ahora. Nada de nombres. Ya te he dicho que quiero que lo pienses cuidadosamente.
–Lo he pensado–. Estaban solos en el bar exceptuando a un hombre y una mujer que estaban en el otro extremo de la barra besándose. Eso es exactamente lo que haría la pasma, pensó Guy, es cosa sabida, un número y una numera dándose el morro pero en realidad pendientes de todo. De todos modos, muy quedo, dijo: «Rachel Lingard», y dio la dirección de Portland Road. Pensando que Chuck tal vez sólo necesitara reconocerla y no saber cómo se llamaba, sacó una de las tarjetas de su bolsillo y escribió: «bajita, cara redonda, gorda, gafas, cabello oscuro peinado hacia atrás, unos veintisiete años»; una descripción cruel pero precisa de Rachel para que no la pudiera confundir con Maeve o –¡no, por Dios!– con Leonora.

Después de esto le pareció muy raro que no hubiera respuesta alguna del piso de las chicas cuando llamó a las nueve, a las doce, a las cuatro y a las diez. Entretanto llamo también a Georgiana Street. Tampoco aquí contestó nadie, hasta las diez y media de la noche en que Newton respondió por fin a su cuarta llamada.
–Leonora está acostada. Estaba cansada y se ha acostado temprano.
–Hablará conmigo.
–No, no hablará contigo. Ya te he dicho que está acostada.
–Tendréis un supletorio al lado de la cama.
Con voz tenebrosa, Newton dijo:
–Soy un hombre pobre. Su Majestad –y colgó.
Fue casi lo mismo al día siguiente. Guy tenía que ver a su contable, así que llamó al piso de Portland Road desde el restaurante donde estaban almorzando. Probó con Georgiana Street, y luego con St. Leonard’s Terrace. Se puso Maeve.
–Estoy viviendo aquí. Iba a vivir con Robin de todos modos después de la boda de Leonora, así que pensamos que por qué no ahora.
–¿Sabes por casualidad dónde está Leonora?
–Me da la impresión de que dices eso hasta en sueños, ¿verdad? Lo grabarán en tu tumba: Guy Curran, 1960 a cuando sea, RIP. «¿Dónde está Leonora?» No, no sé dónde está. Eres un coñazo, ¿lo sabes?
Tuvo que volver con el contable. Entretanto habían traído los cafés. Guy tomó un coñac largo con el suyo. Volvió en taxi a Scarsdale Mews y a su propio teléfono. La estancia y el verde jardín, vistos a través de las cristaleras, parecían volverse rojos, teñidos por su ira. Para poder apaciguar esta ira tenía que oír la voz de Leonora. La voz de Leonora era como un tranquilizante. Necesitaba una dosis de su voz.
No estaba en Portland Road, no estaba en Georgiana Street. ¿Adónde va, pensó, dónde se esconde? Seguramente Rachel la esconde, se la lleva al trabajo con ella, cualquier cosa con tal de que no hable conmigo. Más tarde llamó a Lamb’s Conduit Street. Janice cogió el teléfono.
Sólo había pasado allá abajo cuatro o cinco años pero, ya tenía acento australiano. Por alguna razón, el oír la voz de Guy le hizo soltar una risita. Era como si ella y Susannah acabaran de estar hablando de él; no, más bien como si recordara alguna mala pasada que le habían hecho a él.
–Perdona –dijo–. Estaba riendo por algo cuando has llamado, y no podía parar. Voy a llamar a Susannah.
Una buena mujer, Susannah. A menudo era difícil comprender por qué alguien se había casado con alguien, imposible por lo general, pero en este caso Guy veía muy bien qué era lo que había atraído a Anthony Chisholm de Susannah.
–Hola, Guy –dijo Susannah con auténtica cordialidad, poniendo un emocionante énfasis en su nombre como si se alegrara realmente de oírlo, como si él fuera alguien a quien tenía cariño y de quien no sabía nada hacía meses–. Me alegré mucho de verte ayer. Hacía siglos que no nos veíamos.
La intención primera de Guy era mostrarse frío y ligero, hablar de cualquier cosa. Pero las palabras de Susannah le conmovieron. De todos modos hoy estaba casi al borde, había casi perdido el control de los nervios.
–Demasiado tiempo –dijo, y luego–: Tú siempre te has portado bien conmigo, Susannah. Eres la única de todos ellos. Incluso el padre de Leonora se ha vuelto contra mí.
–Caramba, Guy, estoy segura de que eso no es así. A Anthony y a mí tú siempre nos has caído bien. Lo que pasa es... Perdóname un momento. –La oyó dejar el teléfono y luego cerrar la puerta. Era para que la boba de Janice no se enterara de la conversación. –Guy, Leonora es una mujer adulta, tiene su propia vida. Ya comprendo lo amargo que debe de ser para ti ver que prefiere a William, pero, si le prefiere a él, ¿qué se le va a hacer? En realidad, quiero que sepas que opino que tu... bueno, que tu constancia con respecto a Leonora es algo muy hermoso. Has sido como uno de esos caballeros de la antigüedad, entregados años y años a sus damas. De verdad. Pero Guy, querido, ahora eso tiene que terminar... lo entiendes, ¿verdad?
–Nunca terminará –dijo él, hablando en voz muy baja.
–¿Qué has dicho?
–Que nunca terminará, Susannah. ¿Sabes?, yo creo, sé, que Leonora volverá a mí. Sé que estaremos juntos el resto de nuestras vidas y que con el tiempo veremos todo esto como una locura pasajera.
–Si prefieres ver las cosas así, no puedo impedírtelo. Sólo que me gustaría evitar que sigas prolongando tu infelicidad, eso es todo.
¿Por qué no soltarlo, así?
–Había una invitación para la boda en tu repisa ayer. Estaba allí cuando llegué, pero antes de que me fuera alguien se la había llevado.
Susannah contestó inmediatamente, sin vacilar.
–No, no, Guy. Debes de estar equivocado. Además, ¿íbamos a tener nosotros una invitación? La fiesta la damos nosotros.
Esto era incontestable. ¿Era posible que lo hubiera imaginado? Pensó: Susannah no me iba a engañar, no Susannah. Le preguntó si sabía dónde estaba Leonora. No, pero esperaba verla mañana. Leonora iba a asistir al funeral de su madre.
Probablemente iría todo el grupo, pensó Guy después de haber colgado. Tessa y Magnus Mandeville. Robin y Maeve, William Newton e incluso algunos de los parientes de Newton. Todos atrapados en la gran telaraña de los Chisholm. Guy tuvo en una pequeña fantasía el atisbo de un futuro en el que, Leonora y él casados, los Chisholm atraían a su seno a su familia o lo que quedara de ella, lo que pudiera encontrarse. Eran capaces de ir en búsqueda de su madre, y hasta de su abuela, si la vieja seguía todavía con vida. Se los imaginaba a todos en torno a una enorme mesa en una cena en celebración de algo. ¿La boda de Robin? ¿Su boda con Leonora? ¿Por qué no?
Volvió a intentar varias veces comunicar con Georgiana Street y con Portland Road. No hubo respuesta en ninguno de los dos sitios. Newton, o bien Rachel Lingard, impedía a Leonora contestar al teléfono. Lo más probable era que se tratara de Rachel, ya que Leonora habría tenido que volver a casa a buscar ropa adecuada para el funeral. En todo caso, mañana sería el final no sólo de la madre de Susannah sino también de Rachel.
Indudablemente, Chuck o el hombre de Chuck no habían tenido hasta el momento ocasión de hacer su trabajo. Guy ya se enteraría. Aunque no esperaba que Danilo le llamase para decirle que la faena estaba hecha. Lo haría Leonora. Leonora acudiría a él angustiada. El pensar en lo desdichada que iba a sentirse Leonora le daba cierto remordimiento. Ella quería bastante a aquella Rachel, fea, gorda y egocéntrica, con sus aires de superioridad y aquella manera despiadada de manipular las vidas de la gente. Al enterarse de que Rachel había muerto en un accidente de coche (o había sido asaltada y muerta o había caído al río desde un puente), se disgustaría tanto que sin duda no seguiría adelante con aquella absurda boda. Acudiría a él en busca de consuelo.
Por la mañana, llamó al piso de Portland Road tan temprano como le fue razonablemente posible, poco después de las ocho. Estaba en su dormitorio tocando madera, esta vez la cabecera de la cama Linnell. Alguien descolgó el auricular pero no dijo nada. Sabía quién era.
–Sé que eres tú, Rachel –dijo–. Es inútil que hagas esos numeritos conmigo.– Habría querido decirle que los niños de donde él venía decían, cuando pedían limosna a una mujer y ésta no les daba nada: «Muere, zorra, muere», pero el caso es que ella iba a morir y alguien podía oírlo.– Me gustaría hablar con Leonora, por favor.
Ella colgó el teléfono.
Marcó el número de nuevo y dejó que sonara. Cuando fue evidente que Rachel no iba a contestar y que también impedía a Leonora contestarle, dejó el receptor sobre la mesita para que siguiera sonando y sonando y la atormentara. Guy pensó en ir al funeral de la madre de Susannah, pero no sabía dónde era. Hacía ya tres días que no hablaba con Leonora. ¿Había pasado alguna vez tanto tiempo, aparte de las vacaciones o de cuando ella estaba en la universidad? Ni siquiera cuando Leonora tenía aquel cuarto y el teléfono estaba en el piso de abajo había durado la espera tres días. Era presa del pánico cuando se ponía a pensar así; hizo un esfuerzo por librarse de estas ideas. Devuelto el receptor a su sitio, se dirigió en el Jaguar a una venta de cuadros que tenía lugar en Wallington, Surrey.
En el camino de vuelta llegó hasta las puertas del crematorio de Croydon. Debía de ser aquí, pensó. Aparcó el coche con la mitad sobre la acera y esperó. Se le ocurrió lo maravilloso que sería el simple hecho de verla. Si la veía dejaría el coche y entraría, seguiría a los asistentes y se sentaría discretamente al fondo de la capilla del crematorio. Imaginaba cómo vestiría Leonora para asistir, por ejemplo, al funeral de su propia madre, un acontecimiento muy de desear para, digamos, cuatro o cinco años después de que ellos se casaran. Un sencillo vestido negro de Jean Muir con un solo volante a quince centímetros del dobladillo, un sombrero negro de ala ancha, escarpines de ante negro y flamantes medias negras con costura. Le gustaba la idea de verla con un velo, el rostro misteriosamente oculto y revelado sólo a él. Entrarían uno al lado del otro, él sosteniéndola y ella aferrada a su brazo. La imaginaba en el primer banco de la capilla, arrodillada rezando un poco antes de que empezara el servicio. Aparecía el largo y delgado ataúd que contenía el largo y delgado cuerpo de Tessa, portado por media docena de personas, Magnus, Anthony, Michael Chisholm, Robin... ¿no estaría también él, Guy, entre ellos?
Estaba intentando resolver el dilema que representaba estar al lado de Leonora y al mismo tiempo ser un miembro indiscutible del círculo familiar, cuando levantó la mirada y vio una lenta y triste procesión de coches que salían por las puertas.
Salió del Jaguar de un salto. El primer coche iba ocupado por personas muy viejas, cabezas blancas parecidas a ramilletes de diente de león. Los observó, los escrutó. El segundo coche iba también lleno de personas muy viejas. Había dos hombres de pelo canoso ligeramente más jóvenes en el tercer coche. Oyó una voz detrás de él:
–Perdone, no puede aparcar aquí.
Era un guardia de tráfico. Puso en marcha el coche y se dirigió a su casa. Fatima seguía allí, limpiando. Guy subió al piso de arriba e intentó llamar a Leonora por el supletorio de su cama. Se acordó de lo que había dicho Newton, al llamarlo burlonamente: «Su Majestad». No contestó nadie, ni en Portland Road ni en Georgiana Street.
No se iría a olvidar del almuerzo con él, ¿verdad? No habían quedado en la hora. Pero tal vez esto no fuera necesario, siempre se encontraban a la una. En el Savoy, pensó, a la una. Se oyó la puerta de entrada al cerrarse; era Fatima que se iba. Bajó y se sirvió un vodka largo con hielo y unas gotas de angostura. No hacía más que pensar en aquella invitación de boda. Por primera vez se le ocurrió que, si estaban enviando invitaciones para aquella ridícula boda, era muy raro que no le hubieran enviado una a él. Es decir, raro desde el punto de vista de ellos. No desde el suyo. Para él sería grotesco que le invitaran a la boda de Leonora, se casara con quien se casara. Pero ellos no lo verían así. Ellos considerarían a Guy como un viejo amigo con el mismo derecho a ser invitado que aquella zorra de Rachel, con más derecho aún, porque hacía más tiempo que conocía a Leonora. ¿Por qué entonces no le habían invitado?
¿Porque no enviaban invitaciones? Porque aquella tarjeta con los bordes plateados nunca había existido. La había imaginado. Había tenido una alucinación y la había imaginado. El jardín volvía a estar verde, las aguas del estanque tranquilas y relucientes con densos haces de nenúfares, las hojas verdes por arriba, bordeadas de color carmesí, y las flores de un color rosado o marfil veteado. Observó que las rosas estaban marchitas y dio un paseo para arrancar las cabezuelas muertas. Reinaba aquí una gran tranquilidad, en este rincón oculto en los mews con el latido del tráfico a lo lejos. Había aquí paz, y un aire de salud. Era imposible perder la cabeza, era imposible que a nadie le pasaran por la cabeza y por la imaginación cosas extrañas e inexplicables, si se quedaba en este lugar sentado apaciblemente.
Pasada más o menos una hora sonó el teléfono. Su intuición le dijo que sería Leonora, sabía que sería Leonora. Hacía años que Leonora no le llamaba, pero sabía que era ella. Entró con tanta prisa que volcó la mesa lacada en rojo que estaba al lado de la puerta y sobre la que antes había estado el jarrón chino. Cogió el teléfono, el corazón le latía con fuerza. Era Celeste. ¿Había olvidado Guy que tenía que llevarla a la fiesta de su amigo? Habría baile en una terraza, sobre el río en Richmond. Pero él había dicho que la llamaría y no la había llamado.
Guy se había olvidado. Se daba cuenta de que habría debido ir, era el tipo de cosas que le gustaban y había aceptado la invitación del amigo y prometido llevar a Celeste, pero de todos modos dijo que no le apetecía. Tenía algún muermo, pensó, algún virus o una jaqueca incipiente. Ella se lo tomó con resignación y no intentó convencerle. Cuando Celeste hubo colgado, el teléfono todavía en la mano y terriblemente decepcionado, Guy pensó que podía aprovechar la ocasión y llamar a Georgiana Street.
No hubo contestación. Se sirvió otra bebida y marcó el número de Portland Road. Tocó la madera lacada en rojo: ¿era madera? No contestaban. Rachel podía estar muerta a estas horas. Chuck probablemente lo haría en Brixton, donde trabajaba Rachel. Mucha gente decía que era arriesgado para una mujer, en especial para una mujer blanca, pasearse sola por aquellas calles poco transitadas de Brixton. Guy nunca había creído eso del todo, pero pensó que era hora de empezar a creerlo.
Una escena tomó forma en su cabeza. La policía querría que alguien identificara el cuerpo de Rachel. Irían a ver a Leonora o a Maeve; probablemente a Leonora, ya que seguía viviendo en la misma casa que Rachel mientras que Maeve ya no estaba allí. Naturalmente pediría a William Newton que la acompañara, estaría desquiciada por la pena y el horror, pero Newton no iría porque era un melindroso, la clase de persona que no podía soportar la idea de ver un cadáver, en especial un cadáver en el estado en que se hallaría el de Rachel. Así que, desesperada, Leonora acudiría a la única persona en quien podía confiar, su único y verdadero amor, y juntos irían a Brixton. Él la llevaría en el Jaguar y, una vez allí, Guy se haría cargo del asunto. «Conozco a la difunta tan bien como mi novia, sargento. Déjeme a mí este asunto de la identificación.» Luego, en el coche, ella se aferraría a él. «Siempre te he querido a ti, Guy. Debía de estar loca...»
Después de otros dos vodkas cargados seguía totalmente sobrio, pero su habla era un poco confusa. Practicó hablar consigo mismo en el espejo y se confesó con toda franqueza que no quería de ningún modo que Leonora le oyese hablar así. Cuando volviera del restaurante podría probar por última vez.
Se puso a andar. Necesitaba aire. Era poco habitual en él comer solo o en un lugar donde no hubiera reservado mesa previamente. Un poco más arriba, en Old Brompton Road, había un restaurante italiano donde una vez había comido unos buenos espaguetis con la predecesora de Celeste, una muchacha medio china que era azafata en un Boeing 747. Habían pasado cuatro días desde que había hablado con Leonora. Era mejor, y más seguro, concentrarse en Rachel, que podía fácilmente estar tumbada muerta en algún lugar en este momento, a buen seguro era así. Eran casi las ocho, más de cuarenta y ocho horas desde que había dado el aviso a Danilo.
En algún punto en medio de esta fila de tiendas estaba el restaurante. Había un hombre, un mendigo, un vago o como se le quisiera llamar, tumbado cuan largo era en uno de los portales, el portal de una tienda de productos de dietética cerrada desde hacía tiempo. Era un hombre negro, más bien joven y al parecer alto, más que delgado demacrado, vestido con harapos ennegrecidos. Había una gorra en la acera a su lado, y la única moneda de cinco peniques que contenía indicaba bien a las claras que no se trataba de una prenda tirada por un instante al suelo.
Estaba tumbado de espaldas, con las manos detrás de la cabeza y mirando hacia arriba. Tenía los labios abiertos, y entre los blanquísimos dientes relucía una pieza de oro. No miró a Guy y éste lo miró sólo de pasada, pero estuvo seguro de que era Linus. Un Linus terriblemente cambiado, muy venido a menos, con barba de varios días en las mejillas en otro tiempo tan lozanas y una fea y desigual cicatriz en el pómulo en otro tiempo tan hermoso, pero era el mismo hombre. Guy siguió andando, ahora totalmente sobrio pero tembloroso. Le temblaban las manos y sentía que las piernas apenas podían sostenerle, pero sin embargo siguió andando. Olvidó buscar el restaurante italiano y caminó de manera insegura por los Boltons, a lo largo de Fulham Road. Lo único que le importaba era poner la mayor distancia posible entre él y el pobre náufrago del portal, que podía ser, que era, Linus.
Pero, una vez en el restaurante que encontró en Cale Street, cuando se hubo dirigido al bar y pedido un martini con vodka largo antes de pedir una mesa, se preguntó casi con un quejido por qué había huido. ¿Por qué no se había detenido para ver el modo de ayudar a su amigo?
Esto era muy simplista, por supuesto. Pero habría podido empezar por preguntar a aquel hombre si era realmente Linus. Un hombre blanco no es capaz de discernir con facilidad la identidad exacta de un negro, del mismo modo que a un negro le cuesta discernir la de un blanco. No existe ese reconocimiento instantáneo e indiscutible. En la mente de Guy quedaba una ligera duda. La última vez que había visto a Linus éste era un joven gángster esbelto, atlético, bien parecido y próspero. Siempre bien vestido, con ropa llamativa. Tenía un diente de oro, recordaba Guy, algo inusitado en un joven pero no tanto si éste era de origen caribeño.
Guy se sentó en su mesa y pidió un plato a base de pollo y otro martini con vodka mientras esperaba la comida. El mendigo del portal tenía un diente de oro. Volvió con el pensamiento a lo ocurrido media hora antes y vio de nuevo los labios abiertos, llenos y relucientes, con un tinte azulado, y entre las muelas blancas el relumbrar del oro. Era Linus. ¿Qué le habría ocurrido para verse así?
Hacía quince años... Entre las pandillas de chicos de las calles no había ningún racismo. Esto era algo de lo que enorgullecerse ahora, algo de lo que alegrarse, pero en aquellos días ninguno de ellos lo veía desde este punto de vista y se extrañaban cuando la policía y los asistentes sociales hablaban de problemas raciales entre los jóvenes de Notting Hill. Guy casi habría podido decir –casi pero no del todo, si era honrado– que no se fijaba en el color de otra persona. Se daba cuenta de que, a los ojos de algunas gentes, ser irlandés, como lo era él, era una desventaja. Linus había sido un joven diablo. Una vez, en la línea central del metro, ente las estaciones de Notting Hill y Queensway, había robado quinientas libras a tres turistas americanos sin que éstos se enteraran.
Llegó la comida pero sólo pudo probarla. Bebió una garrafa del vino de la casa. ¿Por qué se había quedado a comer? Habría debido volver inmediatamente a aquel sitio de Old Brompton Road donde había visto a Linus. Había huido. Se levantó, pagó la cuenta y se dijo a sí mismo que debía volver. Debía volver, encontrar al joven negro del portal y asegurarse de que era Linus.
Caminó por la calle buscando un taxi, buscando ese deslumbrante cubo de oro que al acercarse constituye la más querida de las luces de tráfico. Aproximándose hacia él por King’s Road, cogidos del brazo como una pareja casada hacía mucho tiempo, venían Robin Chisholm y Maeve Kirkland.
Desde luego, era menos sorprendente verlos allí a ellos que verle a él. Vivían a sólo una calle. King’s Road era su calle mayor. Guy esperaba, bien que hicieran como que no le veían como aquel día en el parque o que iniciaran una pelea en medio de la calle. Mientras se acercaban, se preparó para lo peor y se quedó mirándolos. Les había dado otra vez por vestir aquella ropa unisex; tal vez ello formara parte de su relación. Esta vez llevaban camisetas de color rosa idénticas. Los téjanos eran diferentes, los de ella frotados y del color del hollín, los de él azules y lavados a la piedra. Robin no aparentaba en absoluto haber escapado por los pelos de un accidente grave y ya no tenía el ojo amoratado. Guy estuvo a punto de llevarse la mano a la mejilla, donde se veía todavía la débil señal de un arañazo.
Lucían los dos amplias sonrisas.
–¿Lo pasado pasado, viejo? –dijo Robin.
Guy nunca había oído a nadie de menos de sesenta años llamar a otro «viejo».
–¿Cómo estás? –dijo, y luego, por cortesía–:
Me alegro de verte vivito y coleando otra vez.
–Oh, me defiendo.– Este modo de elegir las palabras parecía un tanto desafortunado. Conociendo a Robin, Guy estaba seguro de que las había elegido.– ¿Qué te trae –dijo Robin en su tono meloso– a este rincón del bosque?
Sin esperar respuesta, preguntó a Guy si quería pasarse por St. Leonard’s Terrace a tomar algo.
Tanta cordialidad le sorprendía. ¿Qué pretendía Robin?
–Lo siento, me gustaría pero tengo un poco de prisa.
–No has preguntado dónde está Leonora –dijo Maeve con cierto desdén.
Era cierto. Guy se dio cuenta de que no había pensado en Leonora durante la última hora. Debía de ser un récord.
–No –dijo–. No. Está en Portland Road, supongo. Vamos a comer juntos mañana.
–Se ha trasladado a casa de William debido a que Rachel ya no está. Era absurdo quedarse en el piso sola.
Guy sintió una vena de excitación.
–¿Cómo dices? ¿Rachel no está?
–Se ha ido de vacaciones, ¿no lo sabías?
–¿De vacaciones? –dijo él.
–Esta mañana. Ha ido a España con Dominic. ¿Por qué miras así, Guy? Estoy hablando de Rachel, no de Leonora.
Llegó un taxi. Guy lo paró, le dijo al taxista que lo dejara en Bolton Gardens, dijo adiós a la pareja y subió al coche. Cuando el taxi arrancaba pudo ver el rostro de Maeve por la ventanilla posterior, tenía la boca un poco abierta y movía la cabeza. Así que Rachel se le había escapado, o, más bien, se le había escapado a Chuck. Rachel se había ido de vacaciones con uno de aquellos cara-de-huevo. Lo importante, naturalmente, no era que debiese estar muerta sino que no estaría allí. Pues bien, no estaría.
El anochecer era ventoso y había refrescado. Se acercaba el otoño. El cemento de un portal era frío y duro, y atravesaba las ropas delgadas y tiznadas con un dolor. Bajó del taxi en Bolton Gardens y caminó los pocos metros que le separaban de Old Brompton Road.
No había nadie en el portal. Linus, si es que se trataba de Linus, había desaparecido. La única prueba de que había estado allí era una diminuta colilla de cigarrillo, un trocito pequeño, mucho más pequeño que el que dejan la mayoría de fumadores. Guy lo cogió y olió el aroma dulzón, ligeramente mareante, de la marihuana.


15

Leonora llegaba tarde. Él estaba sentado en su gran mesa redonda del rincón, en la grata estancia, decidido a no volver a mirar el reloj. Había pedido de beber y resuelto no mirar el reloj hasta que la bebida llegara. No había sido capaz de resistirse a encender un cigarrillo que atraía miradas de censura por parte de una mujer ataviada con un sombrero de color rosa. Guy tuvo que hacer un esfuerzo para mirar por la ventana.
Llegó el coñac que había pedido. Era lo más fuerte que se le ocurría, a falta de algo totalmente explosivo como sería la absenta o el zubrovka. Esto probablemente ni siquiera lo tenían en el Savoy. Miró el reloj. Era la una y doce minutos. Hacía días que no hablaba con ella por teléfono. Esta cita en el Savoy ni siquiera había sido confirmada. No va a venir, pensó. Me han vencido, la han obligado a trasladarse al piso de Newton y nunca dejarán que vuelva a hablar conmigo. Esperaré hasta la una y veinte. Si no ha venido a la una y veinte... ¿qué haré entonces? ¿Qué voy a hacer?
Iré a Georgiana Street, pensó. A buscarla. No había vuelto a hablar con ella desde el martes, cuando la había visto en Lamb’s Conduit Street. Habían pasado cuatro días. Habría debido insistir, habría debido localizarla antes. Podía estar en cualquier parte, era posible que hubiera ido con Rachel a España. Sus ojos se encontraron con los del camarero y pidió otro coñac. No iba a venir, naturalmente, sabía ya que no iba a venir. Miró el reloj. Era la una y veintidós minutos.
El segundo coñac había casi desaparecido cuando el camarero la acompañó hasta la mesa. Guy se puso en pie de un salto. Olvidó la tortura de la larga espera. Estaba hermosa. Por una vez se había vestido para él y para lo especial del lugar.
Tal vez no fuera por una vez. Tal vez fuera para siempre. Formaba parte del proceso de cambio, del cambio que la estaba haciendo volver a él. Olvidó las llamadas sin respuesta y los días de silencio. Leonora llevaba un traje de lino. La falda corta era de un azul oscuro intenso pero no azul marino, y la chaqueta larga, abotonada hasta arriba y de cintura ajustada, a anchas rayas verticales de color azul oscuro y fucsia. Las mangas estaban vueltas mostrando el forro de puntos rosados y azules. Llevaba medias de color malva y zapatos de gamuza azul y, como pendientes, rosas de cristal rojo oscuro.
Su cabello relucía. Parecía acabado de salir de la peluquería, y por una vez estaba bien cortado. Lucía un fulgor en el rostro que le hizo pensar por un momento que iba maquillada. Le besó, primero en una mejilla y luego en la otra, nada inusitado en este sentido.
–Siento llegar tan tarde, Guy. Ha habido problemas en el metro.
¿Qué importaba el metro? Su excéntrico modo de viajar le daba risa.
–Leonora, cariño –dijo–. Estás muy guapa. Quiero que estés siempre así de guapa.
–Ha sido mi madre. Ha dicho: «No puedes ir al Savoy en pantalones téjanos». Y me acababa de comprar este traje así que he pensado: bueno, ¿por qué no?
–¿Tu madre quería que te vistieras así para comer conmigo?
Leonora sonrió como siempre, apretando los labios y conteniendo las comisuras de la boca.
–Mi madre querría que me vistiera así para comer con quien fuera.
De esto era mejor no hacer caso.
–Pide algo decente de beber por una vez –dijo él–. No estropees las cosas tomando zumo de naranja.
–De acuerdo. Tomaré un jerez. No, no un jerez seco, un Bristol Cream oscuro y pegajoso, es estupendo.
–Así que te has mudado a Georgiana Street –dijo él.
Ella se puso a explicarle por qué. Él le habló de su encuentro con Maeve y Robin. La aparente tregua o detente entre él y Robin pareció dar una gran alegría a Leonora. Alargó el brazo y apretó la mano de Guy. No, dijo, no iba a comer carne, ni siquiera por complacerle. Comería pescado. ¿Langosta?, sugirió Guy. Esto hizo a Leonora estremecerse, pero pediría filete de lenguado, primero camarones a la criolla y luego lenguado y patatas fritas –¿por qué no?–, y verdura en lugar de ensalada. «Una comida como es debido», dijo Guy, muy satisfecho. Aunque en ningún momento había pensado en decírselo, le habló de Linus. ¿Se acordaba de Linus?
–Claro que me acuerdo. Yo no le gustaba. Nunca olvidaré cuando nos conocimos, allí en la calle, en Talbot Road me parece que era, recuerdo que tú estuviste muy simpático y me pasaste un porro (aunque sabe Dios que no habrías debido hacerlo, Guy) y Linus, Linus escupió al lado del bordillo.
Leonora se acordaba de todo esto. Se acordaba de lo que él había hecho cuando se conocieron. Su corazón rebosaba.
–Había dejado una colilla de porro en el portal –dijo.
–Yo nunca le gusté –dijo ella de nuevo–. Y sin ninguna razón. Linus era uno de esos gays a los que no les gustan las mujeres.
–Linus no era gay.– A veces quedaba atónito ante las cosas que se le ocurrían a Leonora, sus entresijos, las cosas que pasaban por aquella linda cabecita. –¿Qué te hace pensar eso? Tenía su novia, Sophette, que podría haber sido su madre pero era su novia.
–Exacto –dijo ella con una risita–. ¿Estás seguro de que era él el hombre del portal?
–Casi lo juraría.
–Mejor será que te asegures de que es él antes de hacer nada.
Leonora se comió los camarones con deleite, y se comió también todo el pescado y casi todas las patatas. No quiso tomar un segundo jerez pero sí beber Frascati con él. Guy tuvo que pedir otra botella.
–Guy –dijo ella, muy seria–, está muy bien por tu parte, es muy generoso, que desees ayudar a Linus si de verdad es él y está en esa situación, pero creo que hay algo que deberías recordar. Linus era un traficante, traficaba con drogas peligrosas. Así es cómo se ganaba la vida. Si ha llegado a esa situación probablemente es debido a su propia adicción. ¿Has pensado en eso?
Tuvo que esforzarse por dejar de mirarla boquiabierto. ¿No lo sabía? ¿No sabía que lo que podía aplicarse a Linus podía aplicársele a él también?
–Sería un poco fuerte –prosiguió ella– decir que tiene sólo lo que se merece, pero sí podemos decir que se lo ha ganado.
–¿Y por eso hay que dejarlo en el arroyo? ¿Quién te hace pensar esas cosas? ¿Newton?
–Te estás identificando con Linus, por eso te afecta tanto verle así. Te ves a ti mismo en él, hecho polvo por uno u otro motivo. No, no me refiero a la pobreza o el crimen, me refiero a otra cosa. En otro tiempo llevabais la misma vida, ¿no?, sois más o menos de la misma edad, o venís del mismo ambiente, y os ganabais la vida del mismo modo.
–Ese modo de hablar te lo ha pegado Rachel.– Leonora no contestó.–¿Qué sabes tú de mi modo de ganarme la vida, Leonora? –dijo él decididamente.
Ella respondió, toda inocencia:
–¿Verdad que tu vendías marihuana? Siempre lo he sabido.
Pasó el instante y también el terror. Leonora bebió un segundo vaso de vino pero no quiso más, aunque sí la excitaba la idea de comer un maravilloso dulce, una especie de escultura de chocolate con volutas y pétalos delgados como hojas, blanco, leche y marrón. El tomar la decisión con respecto al dulce, y la llegada de éste, les hicieron cambiar de tema. Él se puso a pensar en las dos semanas que quedaban, en la boda que según decían todos, tendría lugar el dieciséis de septiembre, dentro de dos semanas. Naturalmente no habría boda, pero...
–En toda esta semana no he podido localizarte por teléfono –dijo.
–Ya lo sé. Lo siento, Guy. Pero ahora estaré todo el tiempo en Georgiana Street.– Le sonrió, la cabeza un tanto ladeada. –Es que a veces tengo que salir, ¿sabes?
–¿Has dejado el piso de Portland Road para siempre?
–Eso parece. Maeve se ha ido y Rachel tampoco está, no tenía mucho sentido volver allí. En realidad se lo prestamos a Janice y Gerry para que pasen unos días mientras estén en Inglaterra. Les resultará más agradable tener un lugar propio que vivir con papá y Susannah. Luego, cuando vuelva Rachel, cambiaremos el contrato y se lo quedará ella.
Cuando hubieron terminado fueron andando hasta el Embankment. Él le cogió la mano y ella no la retiró. Las palabras pugnaban por salir de la cabeza de Guy, pero le daba miedo. Ahora las tenía ya en la boca, esperando ser pronunciadas. Ella hablaba del río, de las embarcaciones que había en él. La semana anterior un barco de recreo había sufrido un accidente, el mayor desastre fluvial desde hacía más de cien años, se habían ahogado cincuenta personas. Ella, con un estremecimiento, hablaba de lo mal que se debía de pasar atrapado bajo el agua. Porque tenía que hacerlo, porque las palabras que se amontonaban en su boca estaban asfixiándolo, Guy dijo como en una explosión:
–Con Mulvanney... ¿qué te dice ese nombre?
Ojos inocentes, una mirada suave y extrañada:
–Nada. No sé. ¿De qué se trata, Guy?
–Es un hombre que tomó LSD y murió por picaduras de abeja.
–Ah, sí.– Guy vio cómo se hacía la luz y su corazón se hundió.– Sí, algo me contaron. Hace mucho tiempo. Nunca supe si era verdad.
–Era verdad.
–Y ¿qué quieres que te diga? ¿Quieres contarme cómo fue?
–Me rogó que le diera la droga. Yo no quería dársela. Fue un golpe para mí. Leo, querida, estaba avergonzado. Y no quería que tú te enterases nunca, sabía lo que significaría para los dos. Lo que pensarías de mí.
–Sabía que lo habrías hecho por alguna razón –dijo ella–. Eso no cambiaba nada.
–¿No cambiaba nada?
–No cambiaba lo que yo pensaba de ti.
Él la tomó en sus brazos. Estaba apoyada contra un pilar de piedra redondo y liso y él la abrazó y la besó. Hacía años, cinco años, seis, que no se besaban de este modo. Fue un beso largo y dulce, un beso con los labios abiertos y las lenguas encontrándose, la clase de beso que antecede al sexo, no un beso para un rincón al lado del río con gente pasando y un barco en el agua haciendo sonar un largo pitido con su sirena.
–Te quiero, Leonora –dijo él–. Siempre te he querido. Te querré hasta la muerte. Vuelve a mí. Sé que volverás a mí algún día. Vuelve a mí ahora.
Con infinita tristeza, ella dijo:
–Es demasiado tarde, Guy.
–¿Por qué es demasiado tarde? Nunca es demasiado tarde. Yo te quiero y tú me quieres, y sabes que esa absurda boda, esa ridícula boda, nunca tendrá lugar. ¿No te das cuenta de que sería un crimen para los dos casarte con ese hombre? Sé que no lo harás. Sé que me quieres. Me lo has demostrado. Sé que me quieres ahora.
–Vamos a andar, Guy –dijo ella.
Fueron andando por el camino de los jardines del Victoria Embankment. Hacía una temperatura fresca y viento, y en el río había pequeñas olas grises.
–Prométeme –dijo ella –que no me vas a presionar. Bastante trabajo me cuesta todo esto. Las cosas son ya difíciles de por sí.
–Cariño mío, no haré nada que tú no quieras. Haré cualquier cosa que me pidas. Me has hecho muy feliz.
–Eres un fastidio, Guy, ¿sabes? Sigues y sigues. Pero no seguirás haciéndolo, ¿verdad? No querrás acogotarme.
–Soy tan feliz ahora que sé que me quieres que no voy a decir nada más.
–Ven a celebrar un ágape con nosotros el miércoles –dijo ella–. ¿Lo harás? Llámame mañana y el lunes y el martes y ven a cenar con nosotros el miércoles a eso de las siete y media.
¿Un ágape?, habría podido decir él si se tratara de otra persona. Por la noche se cena. Y el té era lo que él había tomado en los viejos tiempos con su madre, si había algo que comer.
–¿Quiénes sois «vosotros»? –dijo.
–Estará William, naturalmente. Es casa de William, Guy. Sé razonable. Pórtate bien.
–Me portaré bien. Iré. Te veré dos veces en una semana. ¿Dónde vamos a comer el sábado que viene?
Ella se echó a reír.
–Podemos hablar de eso el miércoles. Cuando Leonora se hubo despedido de él Guy no cogió un taxi, prefirió andar. Ella le había vuelto a besar cuando se habían dicho adiós, un beso cálido, dulce y cariñoso. Y ahora estaba solo de nuevo. Ella le había dicho que le quería, que nada podía cambiar este hecho, había renovado su amor por él. Claro que también había dicho que era demasiado tarde para volver a él, pero no hablaba en serio. Probablemente creía que él no la iba a querer después de haber sido ella tan inconstante, pero en esto se equivocaba, estaba muy equivocada.
Mientras caminaba a lo largo del Embankment se le ocurrió que cuando las personas que se encuentran en estas circunstancias vuelven a unirse después de una separación, cuando vuelven a empezar, lo normal es que vuelvan a casa juntos. Lo natural habría sido que Leonora fuese con él a su casa ahora. Pero Guy comprendía por qué esto le era imposible. ¿Acaso no había dicho que las cosas eran difíciles? «Las cosas ya son bastante difíciles de por sí», había dicho. Nada podía demostrar más claramente la presión a que la tenía sometida su familia para que siguiera con William Newton. Habían encontrado a Newton para ella, habían hecho que se entendieran y ahora estaban todos unidos en el esfuerzo por atarla a él.
Lo único que querían, esto estaba muy claro, era que pasara el dieciséis de septiembre y, con él, la boda. Eran como aquellas familias reales de la historia o de los cuentos de hadas que encerraban a la princesa en una torre hasta que ésta consentía en casarse con... el enano pelo-de-paja. Cuando hubo llegado a esta conclusión sonrió para sus adentros. Pero en seguida volvió a sentirse furioso, por ella, a la que ellos habían hecho desgraciada, su dulce y bello amor para quien «las cosas ya eran bastante difíciles» porque se veía obligada a casarse con un hombre al que no amaba.
Empezó a llover y llamó a un taxi. De vuelta en Scarsdale Mews decidió mirar en seguida su libreta de compromisos para ver qué tenía que hacer el miércoles y anularlo. Nada... el miércoles. Por un instante no pudo creer lo que leía, luego no le quedó ninguna duda. Lo recordaba.
El lunes era el aniversario de Celeste y tenía que llevarla a Stratford-on-Avon, al Shakespeare Memorial Theatre, y luego pasarían la noche en el Lygon Arms de Broadway. ¿Era imprescindible? Tenía los billetes, había hecho la reserva. Celeste se lo había tomado muy bien cuando él le dio plantón el pasado viernes. No podía hacerle otra. Estuvo haciendo una comprobación de los siguientes días y planeando sus llamadas telefónicas a Leonora. El lunes tenía que encontrar a Leonora antes de salir y el martes podía llamarla desde el hotel...

Celeste pasó la noche del domingo con él. Llegó a última hora de la tarde, justo cuando él colgaba el auricular después de hablar con Leonora.
Toda aquella fútil conversación que habían sostenido había sido forzosamente un rollo debido a que Tessa y Magnus estaban allí con ella. Leonora se hallaba hoy en Portland Road, había ido para empaquetar algunas cosas personales, dijo, que su madre y su padrastro se llevarían a casa en el coche y almacenarían en el garaje. Esto hizo pensar a Guy, con gran satisfacción, que si realmente tuviera la intención de casarse con Newton querría que sus cosas las llevasen al piso de éste.
–Cariño –dijo él–, yo habría podido traérmelo todo aquí. ¿Por qué no me lo has dicho?
Se daba cuenta de que Leonora tenía que hablar con indiferencia, de cualquier tontería, estando Tessa allí. Tessa andaba sin duda por allí fisgoneando, fijándose en cada una de sus palabras para luego reprenderla. Podía ver a Tessa, aquel insecto pegajoso, correteando por el piso de un lado para otro, cogiendo lo que le parecía y sacando cosas de los estantes a espaldas de Leonora mientras ésta hablaba por teléfono. Podía ver sus manos morenas y huesudas, unas manos de esqueleto con un poco de piel reseca por encima y las uñas pintadas como cuchillos de plata, y la cabecita con el pelo peinado hacia atrás en lo alto de un cuello como el de una tortuga asomando por su concha.
–Tengo que hacer un pequeño viaje de negocios, Leo. Sólo mañana y el martes.– No era verdad, pero no era éste el momento de confesar que iba a pasar la noche con otra mujer. La mentira sólo podría estar mal, pensó Guy oscuramente, si él deseara ir de viaje con Celeste.– Pero te llamaré, ya me encargaré de encontrar un teléfono.
Sólo a la mañana siguiente muy temprano, al despertar en la cama china al lado de Celeste, empezó a rememorar lo que le había dicho Leonora acerca de Con Mulvanney. El beso, la demostración de que ella seguía amándole, y sus reveladoras declaraciones acerca de las presiones a que estaba sometida... todo esto le había hecho olvidar sus sencillos comentarios. Ni siquiera se había acordado de ello cuando habló con ella por teléfono el día anterior por la tarde. Pero ahora volvían a él, en estas primeras horas de oscuridad y locura. Podía ver las manecillas luminosas de su pequeño reloj transportable: las cuatro y media.
–Algo me contaron –había dicho ella–. Hace mucho tiempo. Nunca supe si era verdad.
Se lo habían contado. Él nunca había tenido la menor duda ni había necesitado pruebas, pero ahora su creencia se veía confirmada. ¿Por qué no le había preguntado quién se lo había contado? Porque estaba tan lleno de alegría por lo que ella le dijo a continuación que nada importaba. Sin embargo, Guy sabía que era Rachel quien se lo había contado, Rachel, que se había ido de vacaciones a España con un tal Dominic. ¡Y cómo había cambiado todo! Apenas salida Rachel de la esfera de influencia que había creado, Leonora había vuelto a sus brazos.
Era, sin embargo, dolorosamente consciente de que ella no estaba en sus brazos en este momento. Había que ser tonto para no preguntarle por qué no dejaba de una vez a Newton, cogía un taxi y se venía con él. Pero ella no lo haría y Guy sabía por qué. Las presiones y amenazas de su familia seguían siendo demasiado para ella, tenía que ser liberada de aquello, y tenía que liberarla él. Si había alguna posibilidad de que Leonora llegara. Celeste no estaría, no estarían su cabello de azabache tendido sobre la almohada ni sus hombros morenos surgiendo del tul blanco y revuelto de su camisón. No había habido ocasión para que se quitara esta linda prenda anoche, ni en ninguna noche desde hacía unas cuantas ya. Se le ocurrió la extraña idea de que Celeste no se lo volvería a quitar para él nunca.
Cuando creía que no iba a dormir más hasta la noche siguiente en alguna cama Cotswold, le vino el sueño y le retuvo hasta pasadas las ocho. Celeste estaba de pie delante de él, lo que dificultaba en teoría e imposibilitaba en la práctica llamar a Leonora. A las diez habían salido. En el lugar donde almorzaron no podía decirle a Celeste que tenía que hacer una llamada de negocios. Celeste sabía demasiado, no iba a creerle. Era su aniversario y se lo estaba pasando en grande. Él la acababa de invitar a un magnífico almuerzo y le había prometido un regalo, lo que le gustara de la mejor tienda de ropa de Stratford. Estaba preciosa con el hermoso cabello trenzado y enroscado en lo alto de la cabeza, un traje pantalón de seda de color crema y una blusa de color caramelo. Los hombres volvían la cabeza, la miraban a ella y luego a él. No podía escabullirse para llamar por teléfono a Leonora ahora y contarle a Celeste una mentira, ni mucho menos aún contarle la verdad.
Vieron Romeo y Julieta. Raras veces, tal vez nunca, había visto Guy una obra de Shakespeare en escena. Quizás alguna vez por televisión, por accidente, pero no en teatro.
–Creías que iba a ser aburrida, ¿verdad? –dijo Celeste cuando subían al Jaguar–. Pero ya he visto cómo disfrutabas. Eres como un niño que sólo sabe de Shakespeare lo que le daban en la escuela y cuando lo ve en teatro de verdad no puede creer que sea lo mismo.
–No recuerdo que nos diesen Shakespeare en la escuela –dijo Guy.
–Guy, cielo, lo daban mientras tú andabas haciendo granujadas por Notting Dale.
–Es posible –dijo él–. ¿Sabes qué me ha recordado esa obra?
Ella no contestó. Guy podía palpar su silencio, cálido y pesaroso. Entonces, Celeste dijo, de manera definitiva:
–Sí.
Era su historia, la historia de él y de Leonora, los amantes con mala estrella y la familia autocrática y represiva. Por supuesto él no había matado a nadie, pero sí a los ojos de ellos: A los ojos de ellos había matado a Con Mulvanney. Con Mulvanney era su –¿cómo se llamaba?–... su Tybalt. Mientras conducía el coche hacia el sur, la obra seguía en su mente, reproduciendo escenas soberbias. Aquel trozo del huerto y el balcón... le era fácil sustituir a Romeo por él y a Julieta por Leonora. Ojalá hubiera podido recordar lo que se decían, ojalá hubiera podido hablar de ello con Celeste. Pero algo en su modo de estar sentada, los hombros rígidos y el perfil de bronce duro y mirando al frente en la oscuridad, le decían que esto no era posible.
Era ya medianoche cuando llegaron a la habitación del hotel. Había transcurrido el día sin que llamara a Leonora. Había estado anhelando llamar, había estado pensado en llamarla incluso durante los entreactos de la obra, escapar de Celeste y encontrar un teléfono, pero había sido imposible. No era la primera vez que transcurría un día sin que hablaran por teléfono. Ni mucho menos. La semana anterior, aunque la había visto en casa de Susannah, sólo había hablado con ella una vez. Pero era la primera vez que no hablaban porque él no llamaba.
Celeste había roto su silencio. Hablaba de nuevo, hablaba de la habitación y de la vista que tendrían por la mañana. Pero aquella complicidad que antes existía entre ellos, el modo maravilloso en que él, aunque no la amara, podía contarle a Celeste cualquier cosa, todo, en que podían compartir uno el pensamiento del otro, aquello había desaparecido. Se había perdido, él lo había matado y nunca volvería.
¿Qué más daba? Tumbado en su cama, a un metro de distancia de la cama de Celeste, pensó que de todos modos iba a perderla cuando Leonora y él volvieran a estar juntos.


16

–No me llamaste ayer.
–Cariño, lo siento. ¿Estabas preocupada? No te habré disgustado, ¿verdad? –el que a ella le importara que no la llamara lo ponía tan contento que no pudo evitar aquel tono de excitación y alegría en su voz–. Me fue del todo imposible encontrar un teléfono. ¿Me perdonas?
–Oh, no importa, no es eso. Lo que quiero decir es que me extrañaba, me extrañaba que no llamases.
Debió de quedarse en casa esperando a que la llamase. Su corazón cantaba. Su cabeza era una vorágine, como si dentro de ella alguien estuviera bailando una frenética danza.
–¿Te quedaste en casa esperando a que sonara el teléfono? Oh, Leo.
–Estaba en casa, no tenía nada que hacer fuera.
Ah, sí. Como que se lo iba a creer. Guy casi soltó una carcajada.
–Leo, dime una cosa. Es acerca de lo que hablamos el sábado. No sé por qué no te lo pregunté entonces. Dijiste que estabas enterada de lo... de lo de Con Mulvanney. ¿Te acuerdas?
–¿Quién?
–El hombre que murió por picaduras de abeja. Dijiste que estabas enterada, que te lo habían contado hacía mucho tiempo. Fue exactamente hace cuatro años, de hecho.
–Sí –dijo ella–, debió de ser por esas fechas. Yo vivía todavía con papá y Susannah. Fue antes de que me trasladara a aquel cuarto de Fulham con Rachel.
–¿Quién te lo contó? Te lo dijo Rachel, ¿no?
–¿Rachel?
Para Guy estaba tan claro que se puso a contarle la historia según él la veía.
–Con Mulvanney vivía en el sur de Londres, en Balham, y allí vivía también aquella mujer que estaba con él cuando murió. Era una especie de asistenta social y Rachel trabaja como asistenta social en el sur de Londres, así que está claro cómo llegó a enterarse. Aquella mujer dijo que se lo contaría a todo el mundo...
–Guy –lo interrumpió ella–, ¿de qué estás hablando? ¿Sabes acaso de qué estas hablando? Porque yo no. Fue Susannah quien me lo contó, Susannah.
El nombre explotó en los oídos de Guy. Susannah, a la que él creía amiga suya, la persona que le había mostrado más simpatía de entre todos los familiares y amigos de Leonora... Era ella quien le había traicionado y le había alejado de su amor. Habría debido pensarlo antes. ¿Como había sido tan tonto?
–Naturalmente –se oyó a sí mismo tartamudear–. La madre de Susannah vivía en Earlsfield y eso está al este de Wandsworth, y eso está al lado de Balham, ella estaba allí en el hospital.
–Guy, de veras no sé de qué estás hablando. No fue así, la madre de Susannah no tuvo nada que ver. Supongo que será mejor que te lo cuente, aunque me prometí a mí misma que no lo haría nunca.
–¿Contarme qué? –Guy tocó el marco de madera de las puertas cristaleras y se aferró a él.
–Una mujer escribió a Susannah... Bueno, en realidad escribió a Susannah y a mi padre, al señor y la señora Anthony Chisholm. Yo estaba allí cuando llegó la carta. Supongo que la mujer creía que eran mis padres, que Susannah era mi madre, quiero decir. Escribió para advertirles con respecto a ti, decía que lo hacía por mí. Oye, Guy, ¿qué es todo esto? ¿qué importa? Ya te dije que no cambió nada. Tengo que irme ya, llevamos media hora al teléfono.
–No te vayas. Leo, por favor. No cuelgues. Esto es muy importante para mí, tengo que saber. ¿Quién escribió a tus padres?
–A papá y a Susannah –dijo ella, y Guy pudo observar una creciente impaciencia en su voz–. Bueno, te lo digo en cuatro palabras y me voy. Ya te dije que aquello no había cambiado nada en cuanto a mis sentimientos con respecto a ti y debes creerme. Esa mujer se llamaba Vasari, me acordaré siempre del nombre porque así se llamaba aquel hombre que escribía acerca de la vida de los artistas.– Guy no sabía de qué estaba hablando, estaba perdido.– Vasari –dijo ella–. Polly o algo así. Les escribió para decirles que no me dejaran casarme contigo. ¡Cielo santo, yo tenía veintidós años! Que no me casara contigo porque eras un peligro social y habías proporcionado drogas a su novio. Algo así. Susannah abrió la carta porque iba dirigida a los dos y papá estaba en el trabajo.
–¿Y te lo dijo así, tan tranquila?
–Yo estaba allí cuando abrió la carta. Me la enseñó, naturalmente. Oye, llámame más tarde si quieres, pero ahora tengo que irme, ahora mismo.
Guy le dijo que la llamaría a las siete. Leonora se despidió a toda prisa y colgó el teléfono. Guy suspiró. Aclarando los misterios del pasado y del presente sólo se llegaba a más complicaciones. Desde luego, estaba claro cómo Poppy Vasari se había enterado de su relación con Leonora y también de quién era Leonora. En aquellos días se veían a menudo, él estaba cada dos por tres en Lamb’s Conduit Street. Debió de seguirle y leer el nombre colocado junto al timbre de la puerta. ¡Cómo debió de disfrutar aquella vengativa mujer al escribir la carta que iba a arruinar su vida!
Y Susannah, aquella mujer traicionera, aquella serpiente sibilina... Por supuesto, cualquier buena persona con el mínimo sentido de la lealtad habría tirado la carta asqueada después de leer la primera línea. Él consideraba a Susannah como la clase de persona que no podría creer una palabra de algo así, que ni mucho menos habría enseñado la carta, y además inmediatamente, a la muchacha a cuya protección estaba dirigida. Tanta hipocresía le indignaba. No le habría extrañado de tratarse de Tessa, quien nunca había fingido apreciarlo, quien nunca había disimulado su odio. Se acordó de aquellos consejos tan amables de Susannah, de aquellos besos de Judas.
Volvió a llamar a Leonora a las siete. Esperaba oír a Newton y se preparó para hacer frente a su voz exasperada, de superioridad –al fin y al cabo iba a tener que pasar la velada de mañana con él–, pero fue Leonora quien se puso al teléfono.
–¿Puede oírte él? –le preguntó Guy.
–Si te refieres a William, no está. Ha estado en Manchester todo el día y todavía no ha vuelto.
–¿Estará mañana por la noche?
–Sí, claro. Vuelve esta noche, en cualquier momento.
–Leonora, háblame de esa carta que Poppy Vasari escribió a Susannah.
–Oh, Dios, ojalá te olvidaras de eso. Ojalá nunca te lo hubiera dicho. Estás dándole una importancia que no tiene. Poppy –¿se llamaba así?– Vasari escribió a papá y Susannah y les dijo que te ganabas la vida vendiendo drogas peligrosas. Creo que las llamaba drogas Clase A. Dijo que le habías dado una pastilla alucinógena, lo decía con estas palabras, a ese tal Mulvanney y que el hombre se había vuelto loco y había metido la cabeza en una colmena. Bueno, esto vino en los periódicos. Junto con la carta venía una fotocopia de un informe de la investigación realizada por un periódico. Susannah me la enseñó... la leí por encima de su hombro. Dijo que seguramente ni se lo diría a papá. Estaba muy enfadada.
–Y tú, ¿qué le dijiste?
–Pues le dije que me parecía una difamación poner cosas así en una carta.
–¿Se lo dijo a tu padre?
–No sé. No se lo pregunté y él nunca me dijo nada. Susannah se lo dijo a Magnus.
–¿Que hizo qué?
–No te pongas así, Guy, por favor. Se lo dijo a Magnus porque Magnus es abogado. Le llamó a su oficina y le preguntó qué había que hacer en un caso así. Por si había que llamar a la policía, supongo.
–Oh, santo cielo –dijo Guy–. Santo cielo.
–De todos modos no tienes por qué preocuparte, Magnus dijo que lo mejor era quemar la carta. Supongo que a su modo de ver era como una carta anónima, aunque en realidad viniese firmada.
–Seguro que el viejo esqueleto se lo contó a tu madre.
–Es posible, sí. Sí, supongo que lo hizo. Nunca he hablado de eso con mi madre. Y no llames así a Magnus. Susannah y yo hablamos bastante del tema. Es una mujer muy comprensiva, ¿sabes? Le dije que todos fumábamos hierba en aquellos tiempos y ella dijo que también la había fumado, y yo le dije que me parecía que habías vendido droga cuando eras más joven. La culpa era del medio de dónde procedías y la gente con quienes te relacionabas... No te importa que dijera eso, ¿verdad, Guy?
–Cualquier cosa que tú digas está bien.
–Lo único que dijo Susannah es que aquello habría importado si yo estuviera pensando seriamente en casarme contigo, pero que no era así.
–¿Que dijo qué?
–Es absurdo darle vueltas y más vueltas. Aquello no cambió nada. Guy, tú ya sabes lo que siento, te lo he dicho muchas veces. Oye, creo que ha llegado William. Te veremos mañana por la noche, ¿de acuerdo?
–Lo primero que haré por la mañana será llamarte.
–No, no lo hagas. No estaré aquí. Te veré mañana a eso de las siete y media.
Iba a cenar con Bob Joseph y un hombre que era presidente de una cadena española de hoteles. Habían quedado en un restaurante de Chelsea, no lejos del restaurante donde él había cenado aquella noche en que vio en la calle a Linus, o a aquel hombre que le pareció Linus. Guy fue hasta Old Brompton Road. ¿Qué había querido decir Leonora con que «no estaría por la mañana»? Estaba allí ahora. ¿Adónde tendría que ir? Entonces se dio cuenta de que mañana sería el seis de septiembre y probablemente el primer día del curso escolar. Los niños empezaban la escuela mañana. Leonora tenía que trabajar.
Pero, un momento. Era un poco extraño que volviera a la escuela como maestra cuando pensaba casarse dentro de menos de dos semanas y tomarse una quincena libre. Los maestros nunca hacían eso. Lo lógico era que los maestros se casaran y fueran de luna de miel durante las largas vacaciones escolares. Estaba claro que esto sólo podía significar una cosa, que no se casaba y que nunca había tenido la intención de casarse. Era todo una fantasía. ¿Destinada tal vez a ponerlo celoso? En tal caso, lo había conseguido. Sonrió para sí mismo. Así son las mujeres, pensó.
Volvió la esquina de Earl’s Court Road y se puso a buscar a Linus. En un portal que no era el de la tienda de productos dietéticos había un hombre dormido, acurrucado en posición fetal, la cara y la cabeza cubiertas por un periódico. A Guy le pareció que se trataba de la misma persona, pero no estaba seguro ni pudo decidirse a despertarlo. El haber cobrado consciencia de que la boda de Leonora era una falsedad o un sueño, le hacía sentirse tan feliz y jubiloso que su interés por Linus se vio de momento disminuido. Además, no podía hacer nada por él. Habría sido un acto insultante, una impertinencia insensible, levantar el periódico y mirar el rostro de aquel hombre. Evidentemente, se trataba del doble de Linus. Lo volvería a encontrar.
Pasó un taxi y lo cogió. Pensaba en Susannah con odio, se la imaginaba en aquel piso con su elegante conjunto negro, inclinada sobre la barandilla, sonriente. Su acogedora presencia le llevaba a entrar en la sala de estar. La tarjeta blanca con el borde plateado estaba sobre la repisa de la chimenea. Probablemente era una invitación para otra boda. Si, debía de ser eso. Era una invitación para la boda de otra pareja, la ceremonia había tenido ya lugar y, como la tarjeta era inútil, Janice la había cogido y tirado a la basura cuando se dirigía a preparar el té. Esta explicación le satisfizo plenamente.

¿Flores, bombones, vino... o un regalo de verdad? Nunca la había visto comer bombones. Comía aquellas porquerías dietéticas. Las flores habría que ponerlas en agua, lo que quería decir que ella saldría y le dejaría a solas con Newton. Un regalo de verdad para ella no podía consistir más que en joyas, por ejemplo unos pendientes, y le parecía que esto estaría un tanto fuera de lugar, que sería exagerado y ostentoso. Al fin y al cabo, por poco importante que fuera William Newton, un simple muñeco o segundón colocado allí por Anthony y Susannah, se trataba de su casa, y William sin duda consideraba todavía a Leonora como su prometida e incluso creía que iban a casarse dentro de una semana, el sábado. No le parecía bien entregar a Leonora un par de pendientes por valor de, digamos, trescientas libras, en presencia de Newton.
Se decidió por el champán. Una sola botella de Piper Heidsieck. ¿Debería llevar traje? No cabía en su cabeza que Newton tuviera siquiera un traje. Lo más adecuado tal vez fueran unos téjanos de diseño y un jersey. No haría calor. Guy era consciente de que estaba tan nervioso e inquieto por la cercanía de la velada como si nunca en su vida hubiera cenado fuera de casa. ¿Habría otra gente? Si al menos pudiera llamarla... Su pensamiento jugaba con la idea de que esta noche, por fin, iba a robársela a Newton, se la iba a llevar delante de sus narices y se la iba a traer a su casa para siempre, víctima de un feliz secuestro.
El haber dormido había calmado su ira. Ya no creía odiar a Susannah. La culpaba y no quería volver a verla, y si la hubiera encontrado por la calle habría pasado de largo mirando hacia el otro lado, pero su odio había desaparecido. Al fin y al cabo, Susannah había fracasado. A pesar de sus deseos de venganza, no había conseguido volver a Leonora contra él. La misma Leonora decía que aquello no había cambiado nada. Susannah se había inmiscuido de manera imperdonable en la vida de ambos, pero este hecho ya no importaba y nunca había importado, era algo a olvidar.
Sin embargo, su descubrimiento alteraba la situación. Era evidente que Rachel, que había sido designada como víctima de Chuck, no era culpable. Rachel nunca había hablado con Poppy Vasari ni oído hablar de ella, Rachel no sabía nada de sus actividades como traficante, y Rachel no merecía morir. Pero Guy, que no era cobarde generalmente, vacilaba ante la idea de decírselo a Danilo. Después de haber cambiado de idea con respecto a Robin Chisholm y haber recibido una bronca de Danilo, vacilaba en llamarle y decirle que se había equivocado también con respecto a Rachel.
Y ni siquiera podía decir: olvídate de Rachel Lingard, la culpable es Susannah Chisholm. No era Susannah, no quería que mataran a Susannah, aunque no deseaba volver a dirigirle la palabra. Mientras se vestía para la cena después de haberse decidido –había salido el sol– por unos pantalones de lino blancos, o una camisa de seda negra y también un jersey de seda blanco y crema con el cuello en V, Guy llegó a la conclusión de que no había necesidad, al menos de momento, de decirle nada a Danilo. Al fin y al cabo, Rachel estaba fuera del país, a salvo en algún lugar de España. Chuck probablemente estaba enterado, o sabía al menos que se había ido, y no haría nada hasta que regresara el quince de septiembre.
Justo antes de salir se sirvió un coñac cargado y luego otro. Lo necesitaba, y quizá no hubiera mucha oferta en Georgiana Street. El taxi esperó mientras Guy entraba en la tienda de licores y compraba el champán. Llegaría antes de la hora. Dijo al taxista que le dejara en Mornington Crescent y recorrió el resto del camino a pie, acunando la pesada botella envuelta en papel de seda de color malva. No eran más que las siete y veinte cuando llegó allí. Los jardines delanteros de las casas de esta zona estaban un tanto descuidados con pequeños trozos de hierba parduzca y arbustos polvorientos. Había peldaños hasta la puerta de entrada y un hondo sótano. En el jardín delantero de la casa donde vivía Newton habían plantado un poste con el rótulo de un administrador de fincas en el que estaba escrito: lujoso piso de un solo dormitorio y vendido, pendiente de contrato.
Había cinco pisos, uno en cada planta. Incluso antes de llamar al timbre de Newton, Guy se hacía una idea bastante aproximada de lo que iba a ser aquel «lujoso piso» anunciado por el administrador de fincas. Un cuarto de baño, con azulejos en las paredes, eso sí, y algún tipo de calefacción central. No le hacía mucha gracia pensar que Leonora vivía en este lugar, una calle desangelada que no daba la impresión de ser muy segura por la noche y una casa de ladrillo gris necesitada de una mano de pintura.
Por la rejilla salió la voz de Newton que, en lugar de preguntar quien era, dijo: «Sube», y la puerta se abrió al empujar.
Había que subir una escalera empinada, dos largos tramos. Otra vez estos espantosos ascensos. Newton estaba en el rellano, delante de la puerta abierta, esperándole. Dijo «Hola», y le tendió la mano. Después de vacilar un instante, Guy se la estrechó. Se alegraba de no haberse puesto traje. Newton llevaba téjanos y un pullover gris con el codo agujereado. El cabello de color de paja estaba levantado como el de un punk, sólo que el efecto no había sido conseguido mediante gomina sino que crecía así.
Leonora se hallaba en la sala de estar, y a Guy le pareció que se sentía incómoda, tal vez turbada. No era de extrañar, en este desván con un techo sorprendentemente bajo y dos ventanucos de guillotina que daban a la fachada gris de enfrente. Guy había superado sus vuelcos de corazón por la escalera y avanzó hacia ella con tanta soltura como si se tratara de Celeste. Leonora le dio un ligerísimo beso. Natural, con Newton mirando. Guy entregó el champán a Newton, quien dijo:
–Fantástico. ¿Qué celebramos?
Esto hizo sonreír a Guy. Este hombrecillo rubicundo era en realidad muy poco sofisticado. Guy se sentía poderoso, amo de la situación. Dijo amablemente:
–Mucha gente bebe champán como aperitivo hoy en día, ¿sabes? No es necesario que haya nada que celebrar.
–Ah, ya. ¿Es entonces adecuado beberlo ahora?
–No seas absurdo, William –dijo Leonora, a quien todo esto parecía incomodar, aunque Guyno veía qué tenían de absurdo las palabras de William.
Echó un buen vistazo a la estancia. Componían el mobiliario unas cuantas piezas de las que desechan los triunfadores de mediana edad y posibles y pasan a los parientes jóvenes y pobres. Supuso que la alfombra procedía de una de aquellas ventas que se hacían después de un incendio en un establecimiento. Incluso era posible ver una quemadura en una esquina. En la pared, encima de una chimenea victoriana de hierro colado y azulejos florales, y que si estaba allí no era porque Newton la hubiese encontrado en una tienda de antigüedades sino porque había sido colocada en 1895 junto con el resto de la destartalada instalación, estaban los sables.
El punto en que se cruzaban se llamaba el forte, esto Guy lo recordaba. Uno estaba desnudo y el otro en una vaina recamada bastante vieja ya y gastada. Guy no pudo evitar acordarse de aquel sueño que había tenido en que luchaba con Con Mulvanney con sable en los jardines de Kensington y le atravesaba el corazón. Recordaba que Newton había dicho que quería vender los sables. Había sido aquel día a la salida del cine, y había dicho también que quería vender el piso.
–¿Este piso es el que se ha vendido? –estaba preguntando cuando volvió Leonora con tres vasos (en realidad una copa de champán, un vaso con asa y algo que parecía destinado a contener medio pomelo) en una bandeja. Guy estuvo a punto de ofrecerse para abrir el champán, pero se contuvo porque deseaba ver cómo Newton hacía un desastre en presencia de Leonora.
Leonora parecía preocupada, ni mucho menos en su mejor momento. Se había evaporado la elegante y coqueta mujer vestida con el traje de lino azul oscuro y rosa, las bonitas medias y los zapatos. Estar con Newton no le sentaba bien. Era una conclusión inevitable, cualquiera se habría dado cuenta. Aquellos pantalones blancos sólo podían sentarle bien a alguien si se llevaban a la lavandería cada vez que se usaban y en cuanto a la camiseta descolorida... Tenía el cabello recogido en un moño con uno de aquellos espantosos clips de grapa. Las rosas de cristal rojo que colgaban de sus orejas resultaban ridículas al lado del resto de su atavío.
Newton abrió el champán sin problemas. Debía de ser una de esas botellas fáciles, pensó Guy, a veces te las dan fáciles. Se pusieron a hablar de la venta del piso de Newton y Guy le preguntó a éste adonde pensaba mudarse. Le preguntó adonde se mudaba él, pero Newton dijo:
–Creo que vamos a comprar una casa.
Guy no hizo caso del «vamos».
–No lo dejes para más tarde. Recuerda que la propiedad es la mejor inversión. Incluso en caso de recesión en el mercado de la propiedad es un gran error vender la casa e invertir lo obtenido en otra cosa.
–Me acordaré de eso, Guy –dijo Newton.
Guy estaba muy al corriente acerca del mercado de la propiedad y dijo unas cuantas cosas más al respecto. Habló de sus planes para mudarse de casa, quizá comprar una casa en la «mejor zona» de Ladbroke Grove. ¿Qué le parecía a Leonora Stanley Crescent, donde residían, según había oído, personalidades de la televisión y un cantante famoso en todo el mundo, una villa italiana de un millón de libras en el elegante Stanley Crescent? William contestó que, a su modo de ver, lo que opinara Leonora tenía poco que ver con si Guy la compraba o no. Lo dijo con frialdad, y Guy se preguntó si los dos habrían estado peleando antes de su llegada. Leonora se fue para ocuparse de los últimos preparativos para la cena y Guy cambió de tema. Procuraba andar con tacto, comportarse bien mientras le fuera posible.
–Una velada muy otoñal –dijo, mirando hacia la ventana.
–Las noches se van haciendo cortas –dijo Newton.
Guy le miró escrutadoramente para ver si le pasaba algo. Pero estaba bien. La expresión de Newton era a la vez seria y agradable. Se puso a hablar del verano pasado, el más soleado del siglo.
La cena no era gran cosa. Si la gente no sabía o no quería cocinar como era debido, pensó Guy, era preferible comprar salmón ahumado y pollo asado frío para ofrecer a los invitados a meterse a cocinar extraños pasteles a base de carne. Se mostró aún más dubitativo cuando Leonora le dijo que el pastel no contenía carne sino sólo soja y hierbas. Lo único que valía la pena era el vino, un clarete sorprendentemente bueno del que Newton sacó en realidad dos botellas. Guy le felicitó por el vino. Como de costumbre, el vino le hacía sentirse mucho mejor. Pero, en todo caso, sabía que no le sería posible pasar aquí una velada pasiva y luego volver a casa solo. El coñac, el vino, le habían aclarado las ideas de manera maravillosa. Se daba cuenta de que esta era la hora cero, de que había llegado el momento. Pero no fue esta decisión la que desató el cambio que se iba a producir en el ambiente, el alboroto que se iba a armar dentro de pocos instantes. Fue la pregunta que le hizo a Leonora, todo inocencia, acerca de su primer día de escuela.

–Es una lástima que hayas tenido que cocinar, habríamos podido comer en un restaurante.
Esta observación fue provocada en parte por el postre que sirvió Leonora, un sorbete casero del color y la textura de la nieve de tres días pero con grandes cristales de hielo que parecían astillas de vidrio. Y el sorbete estaba tan insípido como la nieve, aunque Guy supuso que debía de ser de limón.
–¿Por qué es una lástima, Guy? ¿Porque la comida es espantosa? Lo siento, no soy muy buena cocinera. Pero William es aún peor salvo con el curry. Hace un curry estupendo, pero no sabíamos si te gustaba.
El que se pudiera esperar de un hombre que cocinara para los invitados le chocó bastante. Pero no dijo nada. Se apresuró a asegurar a su Leonora –¡pedirle disculpas, ella!– que lo que quería decir era que debía de haber tenido un duro día de trabajo en la escuela, porque hoy era el primer día del nuevo curso.
Leonora enrojeció. Hacía años que Guy no la veía ponerse así de colorada. Newton no pareció darse cuenta. Estaba ocupado con el queso para ratones que era todo lo que había en oferta. Pero levantó la mirada y dijo, con la boca llena:
–No ha empezado la escuela hoy. Se ha despedido, ¿no te acuerdas?
¿Acordarse? ¿De qué estaba hablando?
–Leo, ¿has dejado tu empleo? No me habías dicho nada.
–Me despedí –dijo ella–, en cuanto supe... Bueno, me despedí en junio.
–¿Qué ibas a decir? –dijo él–. ¿En cuanto supiste el qué?
Newton levantó la botella de vino. Miró a Leonora, que movió negativamente la cabeza, y llenó el vaso de Guy y luego el suyo. Bebió despacio un trago largo y dijo:
–En cuanto supo que yo iba a trabajar para la BBC Noroeste.
Guy miró a Leonora.
–No entiendo.
–No hay ninguna razón en especial por la que tengas que entender.
Newton podía ser muy sencillo y hablar de manera inocente y, de repente, volverse crispado, y la crispación estaba empezando a convertirse en hielo.
–Yo tengo un nuevo empleo. En Manchester. Los estudios de la BBC Noroeste están en Manchester. Así que, teniendo en cuenta la situación y como no me entusiasma la idea de pasarme la vida yendo de arriba para abajo, voy a vivir allí. ¿Está contestada la pregunta?
–Sí, tú. –dijo Guy–. Pero no veo por qué tiene que dejar su trabajo Leonora sólo porque tú te vayas a vivir a Manchester.
–¿No lo ves? Eres muy lento a veces. Ya me había dado cuenta. Déjame que te lo explique en palabras llanas. Leonora ha dejado su trabajo en el oeste de Londres porque piensa conseguir otro en Manchester. Va a vivir en Manchester conmigo. A partir de final de mes. Leonora va a vivir conmigo porque estará casada conmigo.
–¿Por qué no me dijiste nada de eso, Leonora?
–Porque tiene miedo de tu reacción, tiene miedo de lo que tú puedas hacer. Y sus razones tiene, ¿o no? Y ahora hablemos de otra cosa. Podemos hablar de cualquiera de esas cosas que tanto te fascinan, como la compra de casas o el tiempo otoñal, lo que sea, pero por el amor de Dios no nos salgamos de nuestras casillas.
No podía haber dicho nada menos adecuado para aplacar el genio de Guy. Este dio un salto. Antes de que pudiera hablar, Leonora dijo:
–Haced el favor de no pelear más, los dos. Haced el favor, ya. Debería habértelo dicho, Guy, pero William tiene razón, eres muy violento.
–¿Esperas que me lo tome como si nada? Él está dispuesto a llevársete, a llevarte al norte de Inglaterra.
–¿Por qué no? Ella será mi mujer y yo su esposo. Si ella hubiera tenido un trabajo en Manchester yo me habría trasladado allí. Por supuesto, la idea de estar casados implica compartir la vida del otro.
–Quiero saber qué opina Leonora de todo esto, no lo que opinas tú. Que hable por sí misma. Te aseguro que es perfectamente capaz de hacerlo. Ahora dime, Leonora. ¿No ibas a dejarme, verdad? No estarías pensando seriamente en ir a Manchester.
–¿Qué quieres decir con «dejarme»? –dijo Newton, con gran frialdad ahora–. No se puede dejar a alguien con quien no se está. Leonora te dejó hace siete años.
–¡Mentira! –gritó Guy–. Me quiere, me lo ha dicho centenares de veces. No va a casarse contigo. ¿Qué te hace pensar que va a casarse contigo? Su familia ha decidido que tú eres el que le conviene a Leonora y la ha hecho caer en tus redes, pero no pueden controlar su pensamiento ni cambiar su corazón. Es mía y siempre lo será.
–Guy... –Leonora dio la vuelta a la mesa hasta donde estaba él. Newton seguía sentado, mirando fijamente, tranquilo y frío como el hielo–. Guy –dijo Leonora–, tienes que acabar ya, acaba.
–Haz que ése deje de mentirme y entonces acabaré.
–No miente. Voy a casarme con él y me voy a Manchester con él.
–No lo creo. No quiero creerlo. Antes te veré muerta que dejar que te vayas con él.
–¿Y te extraña que no te dijera nada cuando te pones así? Si no te lo dije fue para evitar que te pusieras así.
Guy la miró y sintió cómo una ola de desdicha se acumulaba y alzaba en su interior. Nunca había tenido más ganas de llorar en sus brazos. Deseaba cogerla en sus brazos y rogarle que no se fuera.
–No te irás, Leo, ¿verdad?
Leonora no contestó, pero tenía la cara contorsionada como por el dolor.
–Por eso vendes tu piso –dijo él. Por eso él vende el suyo.
–Por favor, Guy, no sigas. Deja ya de gritar, por favor.
Lo veía cada vez más claro.
–Por eso se quiere desembarazar de... –hizo un gesto con el brazo– ...de toda esta mierda. De toda esta porquería, de estos sables. Dijo que quería vender sus sables.
Guy temblaba. Dio dos pasos en dirección a la chimenea y arrancó los sables de la pared. Newton estaba allí sentado, incrédulo. Guy arrojó el sable desnudo sobre la mesa y sacó el otro de su vaina. Leonora le cogió el brazo. Él se soltó y dio un salto hacia atrás, blandiendo el reluciente sable.
–¡Lucharé por ella! Lucharemos en un duelo. –Ya no temblaba. La adrenalina le invadía y ahogaba la desdicha.– ¡Lucharé contigo hasta la muerte!


17

William Newton cogió el sable de la mesa y se quedó de pie mirándolo como si fuera un extraño instrumento del que había oído hablar pero que nunca antes había visto. Lo volvió a dejar y dijo a Guy:
–¿Por qué no dejas eso y te vas a tu casa?
–Tiene miedo de luchar conmigo, Leonora –dijo Guy.
–Podría no ser prudente.– Una sonrisita, probablemente nerviosa, había aparecido en la cara de caballo de Newton.– Son viejos sables de combate, no de adorno.
–Eres un cobarde –dijo Guy–. ¿Dónde está tu honor? Confiésalo, eres un gallina. Este es el hombre al que han elegido tus padres para ti, Leonora. ¿No es patético?
Levantó el sable. Habían pasado años desde sus lecciones de esgrima, pero Guy estaba fuerte y en forma. Mantuvo el sable en ángulo, con la punta al nivel de los ojos de Newton.
Con voz sin aliento, Leonora dijo:
–Voy a llamar a la policía.
–¿Por qué? –dijo Guy–. A mí no me va a pasar nada.
–Si no dejas ese sable ahora mismo llamo a la policía.
–No, querida, ni hablar.
El teléfono estaba en una pequeña mesita junto a la pared y tenía un cordón muy largo. No era de los que se enchufan. Guy hizo descender el sable en un largo movimiento de tajo sobre el cordón, a unos quince centímetros de la caja de la pared. El aparato saltó de la mesa pero el cordón permaneció intacto. Guy lo agarró, tiró del cordón y lo arrancó de la pared.
–Santo cielo, ¿estás loco?
–No me digas eso, Leo. No has debido decir que ibas a llamar a la policía. Apártate, por favor. Ve a la otra habitación.– Y añadió con desprecio: –Si es que hay otra habitación.– Se volvió de nuevo hacia Newton, que no decía nada ni había contestado a ninguno de los insultos de Guy y se limitaba a estar allí plantado con la sonrisa tirándole de los labios.– Enano pelo-de-paja, miserable insecto. Chulo de mierda.
Newton cogió el sable sin darle mayor importancia. La hoja tenía la punta roma pero parecía afilada. A pesar del aspecto desvencijado que tenían en la pared, los sables se hallaban en buen estado. Los dos hombres estaban uno frente al otro, ambos armados pero sin cruzar los sables ni realizar ningún ritual preliminar. Se miraban el uno al otro mientras Leonora los observaba con la mano delante de la boca abierta.
Guy fue el primero en ponerse en movimiento. Asestó briosos golpes primero a un lado y luego al otro, a derecha e izquierda, y a continuación dirigió una feroz estocada a Newton, pero éste lo esquivó dando rápidamente la vuelta a la mesa y evitando el sable. Guy lanzó otra estocada por encima de la mesa y volcó la botella de vino. Newton se agachó y a continuación se puso en pie de un salto en el lado de la mesa donde antes estaba sentado. Ambos sables chocaron con un fuerte ruido metálico. Guy atacó de nuevo y los sables se cruzaron una y otra vez. Newton jugó unos instantes como un tenista en una bolea antes de iniciar un partido, y de repente barrió con el sable e hizo a un lado el arma de Guy.
–Macarrón –gritó Guy–, enano, tiralevitas, mamón, cara de huevo.
Newton se echó a reír.
–Debes saber –dijo– que yo he jugado bastante a esto, así que si quieres que lo dejemos ya por mí vale.
–Lo que te está diciendo es que es bueno con el sable –gritó Leonora–. Hacía esgrima en la universidad.
–Yo también –dijo Guy–, ¡en la universidad de la vida! Te voy a quitar esa sonrisa de la cara –le gritó a Newton, y se lanzó sobre él.
Leonora se llevó las manos a la cabeza. Ahora los sables sólo chocaban, Guy golpeaba con el suyo a un lado y al otro en violentos movimientos sin tino ni control. Dio un salto atrás y dirigió su arma a Newton en un movimiento de cuchara, como en un servicio por debajo del brazo. Esta vez Newton no lo esquivó sino que desvió la hoja del sable con un solo movimiento. Guy podía sentir a Leonora detrás de él. Esta le agarró el hombro con una mano pero Guy se soltó de un tirón y retrocedió, poniéndose a la defensiva. Leonora gritó:
–Parad, Guy, por favor. Voy a buscar a los vecinos, juro que voy a hacerlo. Voy a bajar a la calle a llamar a la policía. Tenéis que parar.
–¡Por el amor de Dios, no te metas en esto! –Guy nunca le había hablado así antes. Leonora sollozaba–. Te quiero –gritó él–. Siempre te querré. ¡Te ganaré!
Newton estaba allí de pie con las piernas separadas. Ya no sonreía. Se sacudió el pelo pajizo hacia atrás. Por un instante se miraron a la cara, totalmente quietos. Guy tenía la sensación de que a Newton le habría apetecido parar, de que deseaba una tregua. Esto le hizo saltar hacia adelante y hacer con el sable un movimiento de remolino que, de haber tenido éxito y haber estado el arma bien afilada, le habría cortado a Newton la cabeza. Leonora lanzó un grito. Pero el golpe no tuvo éxito, Newton lo bloqueó. Lo hizo con tanta facilidad y finura que Guy se puso furioso, con tanta suavidad y gracia que el ruido de las hojas al chocar resultó aún más estridente.
Newton lanzó una rápida respuesta, una finta en realidad. Estaba excitando a Guy, bailaba con el sable y hacía veloces movimientos de cobertura mientras Guy arremetía alocadamente. Leonora estaba luchando por levantar el cristal de una de las ventanas. Guy había olvidado todo lo que sabía de esgrima. No era más que un hombre blandiendo un arma cortante. Hacía lo que hace un hombre poco diestro con el sable, lanzándolo adelante y atrás y a derecha e izquierda y maldiciendo en cada ataque. Podía oírse a sí mismo rugir.
Leonora no podía levantar la ventana y se derrumbó contra ella por un instante, la cabeza en las manos. Guy golpeaba el aire y el sable de Newton cuando entraba en contacto con él, golpeó incluso la pantalla de la lámpara de centro y la hizo balancearse con fuerza. Al alejarse Leonora de la ventana y quedarse allí mirándolos como hipnotizada, cobró nuevos bríos. Pero para el callado Newton no era ya una amenaza nada de lo que Guy hiciera. Controlaba totalmente la situación. A veces su arma rozaba la de Guy y a veces la golpeaba ligeramente. La ira de Guy, en punto de ebullición, subió un poco más y se derramó. Dio un salto para ponerse fuera del alcance del sable de Newton e hizo un salvaje intento de atravesarlo por el lado.
El sable pasó de largo, no porque Newton lo bloqueara con el suyo sino porque contrajo los músculos en el instante preciso. La punta del sable atravesó su pullover por la cintura y rasgó la lana desde la cintura hasta el cuello.
Newton gruñía como un oso. Su pullover aleteaba como una camisa de fuerza desabrochada. Extendió los brazos hacia adelante y se plantó luciendo su sucia camiseta blanca, respirando con fuerza y lleno de furia. Guy reía su victoria. Se quitó también el jersey y lo lanzó al otro lado de la estancia. Su éxito le había hecho ganar en habilidad, o al menos en energía. Empezó a golpear y atizar mientras lanzaba gritos y aullaba al estilo del Salvaje Oeste. Leonora observaba todo esto con los ojos desorbitados, como una espectadora que presenciara por primera vez una corrida de toros, horrorizada y al mismo tiempo fascinada.
Guy empezó a dirigir su sable en una línea baja, apuntando a las partes de Newton. Hacía girar la punta del sable y reía. Bailaba, saltaba y daba gritos mientras el sable se balanceaba en semicírculo a la altura de los muslos de Newton. Todo ello estaba destinado a hacer que el amante de Leonora se descuidara, y, si el golpe por sorpresa que Guy le lanzó ahora hubiese dado en su objetivo, Newton habría caído al suelo convertido en un eunuco. Pero este era el último golpe que iba a intentar Guy. Todo terminó de manera terriblemente súbita. Newton bloqueó el golpe con un limpio giro de muñeca, en un movimiento de defensa lateral, respondió al instante y acertó a Guy en el brazo izquierdo. La punta del sable le hizo a Guy un corte en línea recta desde la muñeca hasta el codo.
El sable de Guy cayó al suelo. La sangre manaba como una fuente de su herida mientras él daba un traspiés; se agarró a lo primero que le vino a mano para no caer, que fue el borde del mantel. Con él fueron a parar al suelo platos y copas, la botella de vino, los cuchillos y los tenedores. Guy se desplomó en el suelo en medio de una capa de loza y cristal pegajosos. Oía gritar a Leonora, un sonido animal, maníaco. Leonora dejó caer el cristal de la ventana y fue corriendo hasta él. Guy cerró los ojos, volvió a abrirlos y se enderezó. Tenía el brazo completamente cubierto de sangre.
–Dios mío –sollozaba Leonora–. Dios mío, Dios mío.
–No es nada –musitó él–. No es nada.
Se cogía la herida, pero su mano no era lo bastante grande como para cubrirla. Leonora rompió el mantel a tiras. El primer vendaje que aplicó a la herida quedó inmediatamente empapado en sangre. Leonora sollozaba y boqueaba.
–No te preocupes, cariño –dijo Guy–, sólo es una herida de la carne.
Por algún motivo, esto provocó una carcajada por parte de Newton, quien, con ridícula frialdad, limpiaba la hoja del sable y volvía a colocarla sin lavar en su vaina. Colgó de nuevo ambos sables en la pared.
–¿Todavía te interesan? –dijo.
–Oh, William, no. ¿No te parece suficiente?
–Lo siento –dijo Newton–. No he debido pelear con él.
–No, no has debido. Ha sido terrible. Mira lo que has hecho.
–Pide una ambulancia ahora mismo, por favor.
–¿Cómo quieres que pida una ambulancia? Mira cómo ha dejado el teléfono.
Leonora quitó el vendaje improvisado y aplicó otro. Guy seguía sentado en el suelo. Se puso en pie. Su brazo izquierdo estaba bastante entumecido, pero no le dolía. No había sentido ningún dolor, sólo en el primer momento como una picadura de insecto cuando la punta del sable de Newton le había rajado la piel. Newton suspiró y dijo:
–Te llevaré al hospital. Siento todo esto, Guy. ¡Vaya follón! Lo único que podemos hacer ahora es buscar un ambulatorio.
–Gracias, prefiero morir a que tú me lleves a ningún sitio.
–Muy bien, como quieras, pero tienen que hacerte algo en ese brazo.
–Yo le llevaré –dijo Leonora–. Yo te llevo, Guy.
Oírla decir esto hacía que todo lo ocurrido mereciera la pena. Leonora aplicó otra tanda de tira del mantel a la herida, esta vez apretando con más fuerza. Uno de sus pañuelos sirvió de cabestrillo para el brazo.
–Pon el jersey encima –lo cogió del suelo–. ¿Quieres una chaqueta? Supongo que habrá alguna chaqueta.
–Una suya, no –dijo Guy.
Newton hizo una mueca.
–Prefiere morir de frío.
Esto provocó la ira de Guy, que se abalanzó sobre él con los puños en alto a pesar de la herida del brazo. Leonora le agarró y le hizo dar media vuelta, y ahora sí que la herida empezó a doler, con un profundo latido. Guy gimió. Leonora tenía el rostro empapado en lágrimas. Se lo limpió con otro trozo de mantel. Newton tocó a Leonora en el brazo y ésta le miró, pero era una mirada que Guy no podía comprender. Le habría gustado cogerse a Leonora mientras bajaban la escalera, pero el orgullo se lo impidió.
Al llegar al pie de la escalera se abrió una puerta y asomó la cabeza de un hombre, un lustroso yuppy con bigotito.
–¿Pasa algo?
–Sólo un duelo –dijo Leonora, con un punto de histeria en la voz.
El hombre no pareció captar sus palabras.
–Creía haber oído algo. Mi mujer decía que eran las obras.
En un gran hospital situado a medio camino de una cuesta encontraron un ambulatorio abierto. Guy no sabía cómo se llamaba el hospital. En realidad, no conocía el norte de Londres. Tenía la sensación de haber perdido litros de sangre. Su camisa estaba empapada en sangre. Le había costado casi doscientas libras, una prenda engañosamente sencilla y normal. La sangre nunca desaparecería. Parte de ella había ido a parar a la pieza de arriba del chándal de Leonora, y había también manchas en sus pantalones blancos. Ambos parecían regresar de un campo de batalla.
Estaba contento. Naturalmente, se daba cuenta de que lo que había hecho era terrible. Llevaría una cicatriz de por vida. Pero ella le amaba. La había ganado. ¿Acaso no había Leonora censurado a aquel maldito Newton? ¿No había venido corriendo y sacrificado un magnífico mantel para vendarle la herida?
–Pagaré la reparación del teléfono –susurró.
Leonora se echó a reír. Pero era una risa histérica y sin humor, puntuada por sollozos.
–Vamos –dijo él–. No ha pasado nada. Ya verás. Le compraré un jersey nuevo.
Después de esto le llamaron. Un médico de guardia fatigado le limpió la herida y, naturalmente, quiso saber qué había ocurrido. Un accidente con un cuchillo de trinchar, dijo Guy; el doctor no creyó su explicación pero no dijo nada más por el momento. Administró a Guy una inyección antitetánica y le aplicó una docena de puntos en la herida. En realidad no era más que un rasguño profundo.
–¿Sabe usted lo que yo opino? Sólo por interés. Me parece como si alguien muy habilidoso con el sable hubiera querido, y perdone el chiste, señalarle algo. Demostrarle que iba en serio y que por esta vez era suficiente, ¿me entiende?
–No sé qué quiere usted decir –dijo Guy.
–Yo también hago algo de esgrima, la hacía, cuando la vida era más normal y tenía eso que llaman ocio. Ahora todo son prisas. Puede volver el miércoles que viene a que le quiten los puntos.
En el coche, Guy dijo:
–¿Estás enfadada conmigo?
–No sé. Lo que estoy es cansada, harta, todo este asunto me tiene enferma.
–Cariño mío, lo entiendo. Entiendo lo que sientes.
–No, no lo entiendes, Guy. Eso es lo malo. No entiendes lo que siento, nunca lo has entendido y nunca lo entenderás. Ahora te voy a llevar a casa. ¿Estarás bien solo?
–Confiaba en que te quedarías conmigo.
–No puedo quedarme. ¿De qué serviría? ¿Quieres que llame a Celeste?
Guy negó con la cabeza. Estaban parados en un semáforo y alargó el brazo para coger la mano de Leonora.
–Quédate conmigo.
–Guy, iré contigo para ver que todo esté en orden y te haré algo caliente. Te llamaré por la mañana.
Se daba cuenta de que Leonora no podía dejar a Newton así. Newton, que era un loco, un psicópata, era capaz de venir a buscarla, probablemente armado. Además, ella quizá quisiera estar a solas con Newton para decirle en términos claros lo que opinaba de su conducta violenta.
Guy lo dijo de nuevo, y esta vez ella no discutió.
–Salgamos a comer juntos el sábado.
–Siempre como contigo los sábados.
Sin embargo, que entrara con él en su casa como había prometido le sorprendió.
–Una casa encantadora –dijo ella–. Es la casa más bonita que jamás he visto.
–¿De veras? Será tuya algún día.
Esperó la negativa de ella, pero ésta no llegó.
–No recuerdo dónde está la cocina.
–No necesitas para nada la cocina. No quiero tomar nada, al menos nada de eso. Tú te sientas, cariño, y yo te pongo algo de beber. Algo fuerte, lo necesitas después de todo ese jaleo.
–¿No te acuerdas de que tengo que conducir? –dijo ella.
–Vamos, vamos. Que no van a hacerte la prueba del globo.
Leonora cogió el vaso que él le tendía y se echó agua de soda. Él estaba impedido por el brazo izquierdo herido. Algo de lo dicho esta última noche volvió a él. Quizá fuera al ver el aparato de televisión en el rincón, que casi nunca encendía. Se sirvió una medida generosa de coñac.
–¿No tienes un tío en televisión? ¿Que tiene algo que ver con la BBC? ¿No lo conozco yo?
Leonora asintió con la cabeza.
–El hermano de mi padre, el tío Michael. Es el presidente de la TVEA. ¿Por qué?
–Newton ha conseguido ese trabajo a través de él, ¿no?
–Qué va, Guy. No tiene nada que ver con eso. William va a trabajar para la BBC Noroeste. Te lo dijo.
–Para el caso es lo mismo, ¿o no? Tirar de la chaqueta. ¿Cómo se dice? empieza con n.
–Nepotismo. Pero no lo es. Guy, ¿estarás bien si te quedas solo? Tengo que irme.
–¿Dónde vamos a comer el sábado?
–Donde tú quieras.
–¿Sabes? Mientras veníamos en el coche pensaba que igual no querrías comer conmigo, que estarías demasiado enfadada.
Ella sonrió y se puso en pie.
–Bueno, pues ya lo sabes. No lo estoy, no estoy demasiado enfadada.
–¿Otra vez en el Clarke’s? –dijo él.
–¿No puede ser... algo más céntrico? ¿No fuimos un día a un restaurante de pescado muy bonito de Haymarket?
–El Café Fish, en Panton Street.
–Exacto. ¿A la una? ¿Guy...? –Leonora le cogió la mano y salieron al vestíbulo juntos. Él estaba al lado de la puerta de entrada y la miraba, el brazo izquierdo todavía sostenido por el pañuelo de seda rojo y negro–. Guy... no sé cómo decírtelo–. Estaba temblando. En el vestíbulo había una luz difusa, pero Guy podía ver que había palidecido y que le brillaban los ojos.– Me gustaría... ¿podríamos pasar el día juntos el sábado? Quiero decir que podríamos comer y luego pasar juntos el resto del día. Podríamos ir al teatro o al cine, cenar... no sé, es que me gustaría... ¡pobre brazo! A lo mejor no te apetece...
–¡Cariño! –La rodeó con el brazo bueno. Leonora se acurrucó contra él–. No me habría importado quedarme sin brazo si el resultado es éste. ¿No sabes de sobras que no tienes por qué preguntarme si podemos pasar el día juntos? ¿No sabes que es lo que más deseo?
–Entonces, de acuerdo– dijo ella levantando la cara.
La besó como no la había besado desde hacía años, ni siquiera aquella vez en los jardines del Embankment. Los labios de Leonora, cálidos y receptivos, se abrieron bajo los suyos. Sintió cómo sus senos se apretaban contra él. El corazón aporreaba y hacía que le palpitase el brazo herido. Lo extraño del caso es que fue él el primero en apartarse, en retirarse. Tuvo que hacerlo debido al dolor que le producía el cuerpo de Leonora apretado contra su herida. Ella no sonreía, le contemplaba con una concentración llena de curiosidad, como hipnotizada.
–Tengo que irme –dijo finalmente.
–Has dicho que me llamarías por la mañana.
–Claro que te llamaré.
Guy se quedó de pie en la puerta viendo girar las ruedas del coche sobre el empedrado. Era una noche fría y muy clara. Por una vez, esto ocurría raramente, podían verse las estrellas allí en el radiante púrpura, como puntos de luz flotantes. Leonora lo saludó con la mano desde la ventanilla abierta del coche, levantó el cristal y desapareció en un instante. Era casi la medianoche. Guy entró en su casa y estuvo bebiendo coñac hasta que empezó a sentirse mareado y el brazo ya no le dolió.


18

Durmió hasta muy tarde. Soñó que iba a casarse. Se iba a casar con Leonora y en la iglesia, o al menos esto le pareció, no estaba completamente seguro. Llegó a St. Mary Abbots en taxi y entró a toda prisa en la iglesia, solo. Llegaba tarde y los invitados, que acudían por centenares, estaban ya allí. Sin aliento, llegó a los peldaños del altar y se dio cuenta de pronto de que había olvidado el anillo. Estaba allí de pie, preguntándose qué debía hacer, mientras una ola de risitas surgía de los asistentes situados detrás de él. Las risitas fueron aumentando de volumen y se convirtieron en auténticas carcajadas, largas y sostenidas. Guy se miró y vio que iba vestido con traje de espadachín, chaqueta ajustada, guantes, calzones y medias negras. No se había dado cuenta hasta ahora de que llevaba un antifaz.
El sonido del teléfono le arrancó de su sueño antes de que hubiera lugar a humillaciones peores. Alargó el brazo para coger el auricular y, al volverse, sintió un dolor en el brazo herido. Cuando levantaba el aparato regresó el recuerdo de la noche anterior, y con él vino también el pánico. ¿Qué había hecho? Con voz cauta, dijo:
–¿Diga?
–¿Cómo estás esta mañana, Guy?
Le costaba trabajo creer que fuera la voz de Leonora la que le hablaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que ella le había llamado? Años. Pero, naturalmente, las cosas habían cambiado. Recordaba más cosas de la noche anterior. Casi con incredulidad, empezaba a recordar las palabras de Leonora.
–¿Guy? ¿Estás bien?
–Muy bien, cariño. Estoy perfectamente.
–¿Has podido dormir?
–Como un tronco. Como un muerto. En realidad, me ha despertado el teléfono.
–Oh, lo siento, he esperado hasta las nueve.
Estaba preocupada por ti.
Guy cerró los ojos ante tanta bendición. Quedamente, dijo:
–Es maravilloso oír tu voz.
–¿No crees que deberías ir al médico hoy?
–¿Para qué? Se ha hecho todo lo que se podía hacer. Sólo duele un poco.– Oyó desde abajo a Fatima que entraba y la puerta de la calle al cerrarse.– Ya son las nueve. Oye, Leo, ¿lo he soñado o dijiste que pasarías todo el sábado conmigo?
–No lo has soñado.
–Menos mal. He tenido unos sueños tan extraños que no sé lo que es real y lo que no lo es. Puedo conseguir entradas para un espectáculo, ¿qué te gustaría ver? –Recordó, demasiado tarde, que a ella no le gustaba la palabra «espectáculo», sino que prefería decir «obra», y esperó a que lo corrigiera. Pero Leonora dijo tan sólo:
–Me da igual. Escoge tú.
–Ya sé que no te gustan las revistas musicales. Descartamos la revista. ¿Leo?
–¿Sí, Guy?
–Y después, por la noche, ¿vendrás aquí conmigo?
Sabía que ella diría que no. Siempre decía que no. Su vacilación no quería decir nada más que estaba buscando el modo más amable de decírselo. Algún día diría que sí, pero no había que ser tan optimista. Sabía que iba para largo. Esperó estoicamente. Fue una pausa muy larga. La oyó suspirar.
–Sí, claro –dijo ella–. Claro que iré. Lo que tú quieras.
–Leo, ¿de veras has dicho eso? ¿De veras has dicho que vendrás aquí conmigo? ¿Que te quedarás conmigo?
–Sí, eso he dicho.
–Leo, qué feliz soy. Qué feliz soy, cariño. Ya lo he dicho, ya sé. Pero es lo que siento. Qué feliz soy. Leo. ¿Lloras?
–Guy –dijo ella–, perdóname.
Esto le hizo reír.
–No hay nada que perdonar. Di que me quieres. Di que no quieres a nadie más que a mí.
–No quiero a nadie más que a ti. Te quiero. ¿Así, pues, a la una el sábado?
–A la una el sábado, cariño. Adiós hasta entonces. Cuídate, hazlo por mí.
Había ocurrido. Leonora había vuelto a él. No se trataba de una promesa para el año siguiente, para dentro de unos años, sino para ahora mismo, pasado mañana. Debía confesarse a sí mismo que había dudado, que a veces había perdido las esperanzas, pero la constancia y la lucha no habían sido en vano. La había ganado. Había luchado por ella y había ganado. La cicatriz de batalla que lucía en el brazo era su orgullo. Habría valido la pena perder el brazo.

Cuando se hubo bañado –había que evitar las duchas por el momento con el brazo así–, se preguntó si sería prudente dejarse el cabestrillo. La sangre no había atravesado el vendaje. El brazo le dolía un poco, pero nada más. Tímidamente, vio lo que escondían sus dudas acerca del cabestrillo. Lo que pasaba, en realidad, era que deseaba seguir llevando el pañuelo de Leonora. ¿No era esto lo que hacían los caballeros de antaño –en las películas, al menos–, llevar las prendas de sus amadas? Susannah lo había llamado el caballero de Leonora, había dicho que su constancia era algo hermoso.
El pañuelo que le había dado Leonora era de punto de seda, rojo y negro. Se vistió cuidadosamente con pantalones téjanos, una camisa rosa y un jersey que casi nunca llevaba pero que, casualmente, se parecía mucho al pañuelo, con una muestra acanalada a franjas verticales de color gris oscuro y rojo veneciano. Guy se miró al espejo mucho más rato que de costumbre. Daba risa ver hasta qué punto era mucho más guapo que William Newton, hasta qué punto tenía mucho mejor planta.
Lo que le habría gustado era pasar la mañana en el club de tiro, pero esto no haría más que empeorar el estado de su brazo. Se puso a llamar por teléfono a las taquillas de los teatros. Lo que más le habría gustado era Aspects of Love, de Andrew Lloyd Webber. El precio de los billetes de reventa sería astronómico, pero esto nunca representaba un problema para él. A Leonora no le gustaban las revistas musicales, así que había que descartarlas. Celeste le había dicho de qué iba Madame Butterfly y Cuy pensó que le habría encantado verla con ella, pero no era el tipo de espectáculo adecuado para llevar a la mujer con quien te ibas a casar. Finalmente se decidió por Henceforward de Ayckbourn, y reservó dos butacas en la tercera fila de butacas con su tarjeta oro de la American Express.
Al día siguiente le llamó Celeste para recordarle que iban a cenar con Danilo, Tanya y unos amigos americanos que estaban en Londres. Guy contempló la posibilidad de negarse a ir basándose en el brazo dañado, pero se lo pensó mejor. Le ayudaría a pasar el tiempo hasta mañana. La cena era en el Connaught. Lo más lógico habría sido ir a buscar a Celeste en taxi, pero optó por el Jaguar. Le atraía la idea de conducir con un sólo brazo. Iba a contar a todo el mundo la verdad, que le habían herido en un duelo.
–Bromeas –dijo Danilo.
A Guy aquellos americanos le parecían unos gángsters. Eran ambos bajos y morenos, con pinta de italianos y vestidos chabacanamente. Uno de ellos lucía en la mejilla una cicatriz redonda que podría haber sido producida por la base rota de una botella de vino. Tanya seguía con su costumbre de olvidar cambiarse de calzado y llevaba sandalias blancas con el elegante minivestido negro y las medias negras. Hizo un guiño a uno de los americanos.
–Alguien se puso tonto con Celeste, ¿eh?
–No tuvo nada que ver con Celeste.– Guy vio cómo ésta daba un respingo, aunque se lo había explicado todo por el camino en el Jaguar.– Una cuestión privada.
–Sé honrado –dijo Danilo el abstemio–. Te lo hiciste tú mismo borracho.
No era una fiesta muy lograda. Tanya hablaba de sus niños. Los americanos contestaban como si los niños fueran una especie de mamíferos raros por los que más valía no mostrar el menor interés. Esto no impidió que Tanya se pusiera a contar anécdotas como la de cuando Carlo puso tinte rojo en la piscina y le dijo que el jardinero se había cortado la garganta y luego había caído dentro. Guy bebía mucho. Se había pasado al coñac. Había prometido a Celeste que se irían a las diez y media lo más tarde. Ella tenía que estar en una sesión fotográfica en Kensington Gardens antes de las ocho de la mañana. Cuando se hicieron las once menos cuarto, Celeste dijo que tenía que marcharse.
–Media hora más y te acompaño.
–No, Guy. Es igual, cogeré un taxi.
–No voy a permitirlo.– Guy se puso en pie con esfuerzo y reprimió un grito provocado por el dolor.– Te llevaré como te he dicho.
–No estás en condiciones de conducir, y yo tengo que irme. Ya me han pedido un taxi.
Guy sólo era consciente de una cosa. De este modo, ella no estaría en su casa ni pasaría la noche con él. La mano de Celeste descansaba ligeramente sobre su hombro.
–Te veré mañana por la noche –dijo ella.
Habrían tenido que ponerse de acuerdo. La llamaría mañana por la mañana y se lo diría, no podía decírselo allí delante de todo el mundo. Sintiéndose culpable y vagamente avergonzado, Guy tocó la mano posada ligeramente sobre su hombro. Celeste dijo adiós y se fue.
–Qué bombón –dijo embelesado uno de los americanos.
Guy pensó en lo embarazoso que sería llevar a Leonora a casa y encontrar allí a Celeste. O que la pobre Celeste llegara cuando él y Leonora estaban allí juntos. Debía pensar seriamente en dar a Celeste alguna explicación sobre el giro producido en los acontecimientos.
–Nosotros te llevamos a casa –dijo Tanya–. Llevamos tu coche, quiero decir. Hemos venido en taxi, así que podemos llevarte a casa y luego coger otro taxi.
Danilo no decía nada. Su cara de rana estaba marcada con una expresión hosca. Guy no recordaba dónde había aparcado el coche y estuvieron buscándolo por las calles oscuras y vacías de Mayfair.
–Te hago un hijo si te han puesto el cepo –dijo Tanya.
No lo habían puesto. Guy subió detrás. El fresco aire de otoño le había espabilado. Era casi media noche, casi el día que iba a señalar el inicio de su vida con Leonora. ¿Qué podrían decir Danilo y Tanya a todo esto?
Habría podido conducir él. Se encontraba perfectamente, con excepción del dolor en el brazo. Atravesaban Knightsbridge cuando se acordó de Rachel Lingard. Tanya estaba totalmente al tanto de las actividades de Danilo, al menos que supiera Guy.
–¿Puedes parar lo de Chuck, Dan?
–¿Que si puedo qué?
–¿Puedes parar ese asunto?
Danilo estaba callado. Guy se daba cuenta de que le había irritado. Se equivocó de camino y los metió en Fulham Road. Encogiéndose ligeramente de hombros, Tanya dijo:
–No os preocupéis por mí, he aprendido a cerrar los ojos.
–Tuerce a la derecha cuando puedas –dijo Guy–. Oye, lo siento. No quiero que me devuelvas los tres de los grandes.
–Mierda, sólo faltaría –dijo Danilo.
–Pero, ¿puedes hacerlo?
–Mierda, Guy, ¡qué necesidad tengo yo de todo esto!
–Pero, ¿puedes arreglarlo?
–No lo sé, francamente. No sé a quién habrá escogido Chuck para el trabajo, y Chuck se ha ido a Irlanda. A estas horas quizá esté todavía en Irlanda. Y ni siquiera sé si se encarga del asunto el socio de Chuck o el socio del socio de Chuck.
Danilo giró a la izquierda y cogió Old Brompton Road.
–Tienes toda una semana. Bueno, una semana a partir de mañana. La chica va a estar fuera otra semana.
Se dio cuenta de repente de dónde estaban y de lo que podían encontrarse. Malhumorado, Danilo dijo:
–Bien, bien, muy bien. Hace falta tiempo pero quizá no tanto. Pero no se te ocurra hacerme una faena así otra vez, ¿de acuerdo? Demonios, ¿qué ocurre ahora?
Guy le daba golpecitos en el hombro.
–Para, ¿quieres? Sólo un momento. Aparca ahí. Es sólo un momento, te lo prometo.
–¿Qué es todo esto, Guy? –Tanya estaba ya impacientándose con él–. Tengo que estar en la tienda por la mañana.
–Aparca ahí, Danilo, por favor.
Tuvieron que desandar unos metros. Aquel hombre alto y delgado yacía tendido en el portal de la tienda de dietética. Llevaba los mismos harapos mugrientos pero, esta vez, yacía de espaldas y la gorra, que antes había servido de receptáculo para limosnas, le tapaba la cara.
–Es Linus –dijo Guy.
–¿Bromeas?
–No, estoy seguro. Es la tercera vez que le veo. Estoy seguro de que es Linus. Estaba preocupado por él, me torturaba verle así. No podemos dejarlo así. Dan. Tenemos que hacer algo por él.
Danilo cruzó la acera, cogió la gorra y descubrió el rostro del hombre. Este despertó. Se enderezó y empezó a gritarles, con el rostro desencajado y enseñando los dientes blancos, relucientes y perfectos. Un río de obscenidades sin sentido salían de su boca.
–Oh, santo cielo –dijo Danilo, levantando dos dedos y mostrándoselos al hombre enfurecido.
Guy se había dado ya cuenta de que no era Linus, se parecía tanto a Linus como él a Danilo.
–Démosle algo, al menos.
–Dale algo tú –dijo Danilo, dirigiéndose de vuelta al coche seguido por Tanya.
Guy se sentía profundamente conmocionado. ¿Qué estaba pasando en su cabeza para que hubiera confundido a este despojo con su viejo amigo? Dio al hombre un billete de diez, que consiguió hacerle callar pero no dar las gracias. El hombre cogió el billete, se lo metió en el bolsillo del pantalón y volvió a tumbarse en el portal, tapándose de nuevo el rostro.
–Linus está muerto –dijo Danilo mientras aparcaba el Jaguar en el garaje de Guy–. Se lo cargaron en Kuala Lumpur. ¿Has pensado alguna vez en entrar en AA?
–Hace años que soy miembro.
–Danny no se refiere a la Asociación Automovilística –dijo Tanya, que reía ahora desaforadamente. Salieron juntos a buscar un taxi.

Bebería menos cuando estuviera todo el tiempo con Leonora. Si ella quería que dejara de fumar, lo intentaría también. Dentro de un mes iba a cumplir treinta años, y no podría aguantar la bebida como ahora durante muchos años más. Cuando estuviera constantemente contento y llevara una vida satisfactoria, no necesitaría la bebida para protegerse de los golpes, no necesitaría cambiar su consciencia de la desdicha al limbo.
No estaba excesivamente preocupado por los excesos de la noche anterior y el brazo iba mucho mejor. El cabestrillo ya no sería necesario, pero quería llevarlo porque era de ella. En un impulso sentimental, se le ocurrió llevar el pañuelo hoy por última vez y luego, cuando Leonora estuviera de nuevo aquí con él, devolvérselo ceremoniosamente. Ella sonreiría con su sonrisa de Vivien Leigh, que por fin sería plena y sin contención.
Lo que debía vestir esta mañana suponía un problema. Aunque sabía que a Leonora nunca le había entusiasmado Newton, que le habían buscado para ella y la habían convencido para que le aceptara, no era sólo la conversación lo que la atraía de aquel hombre. Y Newton vestía siempre ropas que eran una combinación de la tienda de candad del Consorcio para Suministros y Dirty Dick’s. Había que aceptar el hecho de que la buena ropa no le interesaba, ni para sí misma ni para su hombre. Quizá debiera empezar también él a ocuparse menos de la ropa. Con este objetivo en mente escogió los téjanos que había llevado el día anterior, una camisa azul lisa de algodón sea island y una chaqueta de vichy a rayas azules y grises. Esto resultaba todavía demasiado exagerado, o lo sería para ella. Fue un verdadero sacrificio cambiar la chaqueta por el jersey del día anterior, pero lo hizo. Volvió a atar cuidadosamente los extremos del pañuelo y se lo colocó en torno al cuello como soporte para el brazo.
Iba ya a salir cuando se acordó del anillo. Todavía conservaba el anillo de compromiso que había comprado para Leonora hacía ya tantos años. Estaba en la caja fuerte. No había utilizado ni había abierto la caja fuerte desde hacía cuatro años, no había habido ninguna necesidad. La última vez que lo hizo fue después de la visita de Con Mulvanney. Volvió a subir al piso de arriba, abrió la caja fuerte y sacó el anillo. Este se hallaba en una cajita de piel azul y el anillo en sí, un gran zafiro cuadrado bordeado de diamantes, reposaba en un cojincillo de terciopelo azul noche. Se metió el anillo con su cajita en el bolsillo.
Cuando abandonó la casa eran las doce, demasiado temprano para una cita en el West End a la una. Pero no tenía nada que hacer. Había dado ya un buen repaso a la casa, comprobado que todo estuviera como era debido para recibirla. Había vuelto a llenar las cubiteras de las neveras de la cocina y del bar del salón, había dispuesto sobre la mesita de café el Guardian, The London Review of Books y el Cosmopolitan, que, oh maravilla, el kioskero se había acordado de entregarle, y había colocado en el baño, que sería su baño, los diversos productos de belleza Paloma Picasso que ayer mismo había hecho comprar a Fatima. No quedaba nada más que hacer, y quedarse allí sentado leyendo el periódico le parecía insoportable. Había intentado varias veces llamar a Celeste para que no viniera cuando se acordó de que había ido a que le sacasen unas fotos. A las doce salió dispuesto a recorrer parte del camino a pie, se detuvo para echar un vistazo en el escaparate de un administrador de fincas y entró obedeciendo a un impulso.
Tenían en el fichero una bonita casa en Lansdowne Crescent, Nothing Hill. El precio, dijeron, alcanzaba las siete cifras. Cuando vieron que no hacía ninguna mueca le dijeron el precio exacto. Aparecieron fotografías de interiores, una majestuosa escalera en forma de cuello de cisne, un magnífico salón de doce metros de largo y cuartos de baño octogonales en cada una de las torrecillas. Guy quedó en ir a verla el lunes por la tarde. Era ya la una menos veinte, buena hora para llegar puntualmente en taxi.
El tráfico era menos denso que de costumbre y el taxi le dejó delante del Café Fish. Faltaban dos minutos para la una. Quizá ella estuviera ya allí, no sería de extrañar, y se repetían aquellas conocidas sensaciones, el saltito del corazón, la tirantez en las entrañas y la presión en la cabeza. Se detuvo un instante en la acera, cobró ánimos y entró en el restaurante.
Estaba lleno pero ella todavía no había llegado, según le dijo la muchacha que se acercó para llevarlo hasta la mesa. ¿Fumadores o no fumadores? Algún día optaría por una mesa de no fumadores para complacerla, pero esa hora todavía no había llegado. Encendió un cigarrillo al tiempo que se sentaba.
Había sido evidentemente un error escoger este restaurante. La comida era buena y los platos muy variados, pero, por desgracia, cien personas más conocían el lugar. Las mesas estaban por fuerza pegadas unas a las otras. No podrían hablar en intimidad. Guy chasqueó los dedos al camarero y, cuando éste se acercó, le pidió un gin-tonic largo. Le habría apetecido más un coñac, pero se daba cuenta de que el coñac tal vez no fuera una buena idea a estas alturas.
Se había ocupado de elegir las entradas para la función de la tarde. La obra empezaba a las cinco y media, lo que quería decir que podrían cenar a eso de las ocho. Habría tiempo de sobra para todo, sería todo esparcimiento y belleza. Si después de comer quedaba tiempo antes de ir al teatro, ella seguramente le permitiría llevarla de compras. Ya tenía el anillo de compromiso, pero... ¿un brazalete? ¿Cartier? ¿Asprey? O tal vez unos pendientes. Imaginaba los diamantes junto al rostro encandilado de Leonora. Cuando no eran más que unos críos y ella se había hecho agujerear las orejas, Guy soñó con el día en que podría comprarle pendientes de diamantes.
Agradeció enormemente la llegada del gin-tonic, tenía sed. El primer sorbo del día era siempre maravilloso. Esparcía paz por su cuerpo en largos tentáculos divergentes. Se repantigó en su asiento mirando el dibujo del pañuelo y luego el menú, que estaba escrito en la carta y también en unas pizarras en yeso. ¿Qué comería ella? Guy se alegraba de ver que últimamente comía más pescado. Pero no comía suficientes proteínas. Al ajustarse el cabestrillo miró por casualidad el reloj. Era casi la una y cuarto.
Esto era lo que ocurría por confiar en la línea del norte en lugar de coger un taxi. Iba a repetirse la misma experiencia del Savoy, pero en un entorno menos lujoso. Terminó el gin-tonic y pidió otro. Recordaba que, el día del Savoy, Leonora había llegado más de veinte minutos tarde. Era capaz de venir andando desde la estación más próxima de la línea del norte, probablemente Leicester Square.
Los ocupantes de la mesa de al lado, cuatro, reían sin moderación. No era una risa grosera ni especialmente estridente, pero le irritaba. El segundo gin-tonic desapareció a toda velocidad. Si fuera posible pedir una botella en un sitio así y servirse uno mismo como en casa... No tenía ganas de pedir una botella. Los comentarios de Danilo y Tanya la noche anterior acerca de Alcohólicos Anónimos se le repetían de manera desagradable. Era la una y veinticinco. Se acercó un camarero y le preguntó si quería pedir algo. Guy dijo «No» con bastante brusquedad. Ruidosas carcajadas sacudían la mesa de al lado. Estaban bebiendo champaña, era evidente que celebraban algún aniversario. En el taxi, al pasar por Hyde Park Corner, había empezado a sentir hambre, pero ésta ahora había desaparecido. Tenía la boca seca a pesar de la ginebra. Pidió un vaso grande de vino blanco.
A las dos menos veinte empezó a sentirse mareado. Un retraso de cuarenta minutos. No recordaba que Leonora hubiera llegado nunca más de veintidós minutos tarde. No iba a venir. No podía seguir engañándose, no iba a venir. O le había ocurrido algo terrible y había tenido un accidente, o le habían impedido venir. Algún miembro de aquella espantosa familia suya se había enterado de sus planes, de que pensaba pasar el día y luego el resto de su vida con él, y había intervenido para evitarlo. Permaneció otros diez minutos sentado, mirando fijamente a la puerta de la calle, y luego se levantó.
Le dijo al imperturbable camarero de rostro sombrío que había decidido no comer, observación a la que éste respondió con un encogimiento de hombros gálico. Pagó los dos gin-tonics y el vino. Por suerte, llevaba por una vez el bolsillo lleno de calderilla. En la primera cabina telefónica que encontró vacía marcó el número de Georgiana Street. Hacía años que Guy no utilizaba una cabina telefónica; en este tiempo habían cambiado y tuvo que leer las instrucciones atentamente antes de llamar. El teléfono sonó pero no hubo respuesta. Marcó otra vez para asegurarse. Tampoco hubo respuesta. Cerró los ojos y se imaginó que al abrirlos la vería viniendo por la calle hacia el restaurante, corriendo más bien, porque tenía pánico de llegar tarde.
Leonora no estaba allí, naturalmente. Recogió el dinero que le devolvía la máquina y marcó el número de Lamb’s Conduit Street. Todos estos números estaban grabados en su memoria, los sabía mejor que su propio número de teléfono y que el número de su cuenta bancaria. El teléfono sonó una y otra vez, pero tampoco aquí contestó nadie. No hubo contestación cuando marcó el número de St. Leonard’s Terrace y tampoco en Portland Road, aunque era probable que se hallase allí a menos que alguno de ellos hubiera de algún modo maquinado encerrar a Leonora en su antigua casa. Finalmente probó con la casa de los Mandeville en Sanderstead Lane, también en vano.
No era posible que todos hubieran salido. Estaba claro lo que ocurría. Se habían confabulado para hacer un sólido frente contra él. Se negaban todos a contestar al teléfono. Ella les había contado lo ocurrido el jueves por la noche, se lo había contado con toda inocencia creyendo aún que podía elegir por su propia cuenta en cuanto a su futuro. De un modo u otro la tenían prisionera. Sin duda el principal causante de esto era su padre, quien, después que Tessa le hubo llenado suficientemente a Leonora la cabeza contra su amante, le había buscado a Leonora un marido, un lacayo adulador más feo que Picio, y luego, para asegurarse, para que no quedaran cabos sueltos y con la ayuda de su hermano, le había buscado un empleo en el norte para que su esposa se fuera con él.
Pero las cosas no iban a desarrollarse así, pensó Guy. ¿Dónde podían tenerla encerrada? ¿En Portland Road, en Georgiana Street? Volvió a Scarsdale Mews en taxi. Aunque había bebido bastante y no había comido nada, tenía la cabeza despejada y estaba muy tranquilo.
Al llegar a casa intentó de nuevo telefonear. Uno a uno, probó con todos los números: Lamb’s Conduit Street, Sanderstead Lane, St. Leonard’s Terrace, Georgiana Street, Portland Road. Tampoco esta vez hubo respuesta en ninguno de los números. Imaginaba todos los teléfonos desenchufados o a toda aquella gente, Anthony y Susannah, Tessa y Magnus, Robin y Maeve y el mismo Newton, sentados allí escuchando implacablemente el continuo sonar del teléfono. Eran las dos y cuarenta y cinco.
Probó de nuevo con todos los números, para ponerles nerviosos, para inquietarlos. A continuación subió al piso de arriba y sacó el rifle 22 de su caja.


19

Mientras se dirigía a Portland Road intentaba hallar una explicación. Finalmente, creyó comprender. La culpa de todo esto la tenía su duelo con Newton. El colmo, le llamaría la familia de Leonora. No creía posible que Leonora se lo hubiera contado, pero Newton sí lo habría hecho. Mientras ella le acompañaba al hospital, Newton debía de estar al teléfono contándole a su padre y luego a su madre lo ocurrido. Podía oír la voz de Tessa:
–Está loco, desde luego. Es un loco violento y peligroso. No se detendrá ante nada con tal de conseguir a Leonora. Lo único que se puede hacer es apartarla de él hasta el dieciséis y luego te la llevas al norte y que no la vuelva a ver.
Y a Anthony Chisholm:
–¿Te ha atacado con un sable?. Eso es ya demasiado, ¿no? No, estoy de acuerdo, no me parece que Leonora deba volver a verle.
Y a Magnus Mandeville:
–Leonora habría debido ir a la policía. Tú no ibas a dejarla sola con él, ya me doy cuenta. Pero habrías debido hacer que fuera ella a la policía. Eso es un asalto, ¿sabes?, incluso se lo podría calificar de intento de asesinato.
Y a Susannah:
–Pobre Guy, es tan emotivo, tan violento. Pero tiene muchas cosas buenas. Es muy negativo para Leonora, la última persona con quien ella debería relacionarse. Si no hay otra solución... es muy lamentable, pero habrá que alejarla de él a la fuerza.
Aparcó el coche en doble fila, esperando que esto no importara porque era sábado por la tarde. El rifle estaba en el portamaletas, en una bolsa de golf de piel negra. Empezaba a pensar que era un arma poco adecuada para llevar en una misión de este tipo. Lo dejó donde estaba, subió la escalera y llamó al timbre, junto al que figuraban todavía los tres nombres: Lingard, Kirkland, Chisholm. No fue ninguna sorpresa que no contestara nadie.
El brazo no le molestaba si no lo movía mucho, lo cual no era necesario con el cambio de marchas automático. Lo apoyó ligeramente en el volante. El tráfico se había vuelto más denso desde la mañana y tardó un buen rato en llegar a Camden Town. Esta vez cogió la bolsa de golf con el rifle. Después de llamar al timbre, mientras esperaba, tuvo la sensación de que alguien estaba mirándolo desde arriba. La sensación de que estaba siendo observado era muy fuerte. Dio un paso atrás, bajó un peldaño o dos y miró hacia arriba. No había nadie y todas las ventanas estaban cerradas aunque la temperatura era agradable.
El siguiente sitio era Lamb’s Conduit Street. No estaba tan lejos. Había un aparcamiento libre delante mismo de la casa. Las macetas de Susannah acababan de ser regadas. El agua goteaba y caía sobre las losetas de piedra. Esto le dijo que debía de estar en casa, debía de haber alguien. No contestó nadie por el portero automático. Volvió a apretar el timbre y oyó pasos en la escalera. Una mujer a la que Guy no había visto nunca abrió la puerta. No la conocía, pero incluso antes de que hablara le pareció que estaba esperándolo.
–Laura Stow –dijo–. Soy la hermana de Susannah.
El parecido era evidente. Era un poco mayor que Susannah y vestía téjanos y una blusa, y una toalla envuelta a modo de turbante alrededor de la cabeza.
Se había lavado el cabello. Guy no sabía que Susannah tuviera una hermana pero no estaba sorprendido. ¿Tenían amigos, toda esta gente? ¿Conocían a alguien que no fuera un pariente? Todas las personas a quienes te encontrabas en sus casas, todas las personas a quienes te presentaban, eran parientes.
Dijo con aspereza:
–Guy Curran. Ella hizo que sí con la cabeza y miró la bolsa de golf que Guy llevaba en la mano. Cualquiera con un mínimo de inteligencia podía ver que allí dentro había un rifle, o una escopeta.
–Estoy buscando a Leonora –y luego–: ¿Sabe a quién me refiero?
–Sí, claro que lo sé. No está aquí. Sólo estoy yo en casa. Me he quedado a cuidar la casa mientras ellos están fuera.
–¿Fuera? –dijo él.
–De vacaciones. Se han ido hoy mismo de vacaciones.– Se mostraba paciente con él, pero sus ojos se dirigían a cada momento a la bolsa de golf.– Lo siento, me temo que no puedo hacer nada por usted.
Esto estaba ensayado. Alguien la había preparado para su visita, le había enseñado a decir todo esto.
–¿Está segura de que no está? ¿Está completamente segura de que no está arriba?
Por un momento creyó que la había asustado. La mujer se había retirado un poco. Guy habló ahora con voz más suave, intentando sonreír.
–¿Le parece que podría entrar y... echar un vistazo? Soy un viejo amigo de la familia.
–¿A ver si está Leonora? Ya le he dicho que no está. Claro que no le dejo entrar.
–Voy a casarme con Leonora –dijo él pacientemente.
La mujer miraba fijamente, con una nerviosa sonrisa temblándole en la boca.
En dirección a la escalera, Guy gritó:
–¡Leonora! ¡Leo! ¿Estás ahí? ¡Leonora!
La mujer profirió un sonido incoherente y le cerró la puerta en las narices. Él no podía verla, pero presentía que estaba apoyada contra la puerta, jadeante.
En realidad, no creía que Leonora estuviera en casa. No habría permanecido arriba mientras él estaba allí. Y tampoco podía creer que estuviera realmente encarcelada, atada, encerrada en una habitación. No le harían eso... ¿o sí? Imaginó a Laura Stow llamando en seguida por teléfono al hotel donde Anthony y Susannah estaban pasando sus vacaciones. Probablemente los llamaría a todos para informarles de su visita. Probablemente la primera llamada fuera para Robin y Maeve, su piso parecía ser el lugar donde con toda probabilidad se hallaba ahora Leonora.
Fue hasta su casa, dejó el coche en el mews y subió al piso de arriba para volver a colocar el rifle en su caja. Había elegido mal, era un arma demasiado aparatosa. Eran las cinco y media.
Volvía a tener hambre. Nunca había mucha comida en la casa, no solía haber más que los productos básicos para el desayuno: pan, diversos cereales, huevos, queso holandés, mermelada, zumo de naranja. Después de haberse servido un vodka y acabado de llenar el vaso con zumo de naranja se preguntó si sabría hacer un huevo pero decidió dejarlo. Tenía pan y Gouda, terminó de beber su vaso y marcó el número de St. Leonard’s Terrace. Seguían sin contestar.
Seguían dejando que sonase el teléfono. Guy cortó otro trozo de pan y se sirvió más vodka. Marcó en vano los números de Sanderstead Lane, Georgiana Street y –por fastidiar, como se dijo a sí mismo– Lamb’s Conduit Street. Contestó Laura Stow. Parecía nerviosa. Guy rió de un modo siniestro y ella colgó el teléfono con un golpe. Guy se sentía ahora muchísimo mejor. Habría sido una exageración decir que se sentía en forma para el combate a pesar del brazo. Se le había lanzado un desafío. Era como si hubiesen arrojado un guante delante de él y le hubieran desafiado a pelear con todos ellos.
De repente se vio envuelto en un agitado cuento de hadas o aventura de capa y espada. La hermosa princesa había sido encerrada en una torre por sus crueles padre y madrastra. ¡O te casas con el enano pelo-de-paja o te quedas ahí para siempre! Pero llegaba su salvador, con su armadura y sus armas, si no en un caballo blanco, sí en un coche dorado.
Subió de nuevo al dormitorio y sacó del armario la nueva y bonita chaqueta de piel de becerro color gris acorazado que había comprado en Beltrami, en Florencia, el pasado mayo. Se cambió los zapatos por unas botas de media caña de piel gris. Se quitó de mala gana el cabestrillo, pero en realidad ya no lo necesitaba. No había ninguna razón para que no llevase el pañuelo envuelto en torno al cuello.
Entró en el tercer dormitorio, uno de los dos de detrás que daban a la parte posterior de las casas de Abingdon Villas, y se dirigió al secreter que estaba arrimado a la pared posterior entre las ventanas. Sacó del cajón superior el pesado Colt 45 que estaba en su poder desde que tenía diecisiete años pero que nunca había utilizado.

Danilo le había conseguido el arma. Fue cuando protegía a los tenderos de Kensal. Guy había hecho saber discretamente que le gustaría poseer un arma de verdad en lugar de la convincente imitación con la que andaba por allí. Danilo entró una noche en el pub de Artesian Road con ella, se la enseñó en el lavabo y, cuando Danilo tiraba de la cadena, Guy había ya pagado en efectivo por ella y por la munición correspondiente. Leonora la había visto y había dicho que era un arma atroz. Guy entendía lo que había querido decir.
El Colt no tenía funda. Esto le había parecido innecesario. Lo colocó sobre el asiento del acompañante del Jaguar con la chaqueta de piel encima.
Era una tarde cada vez más fría, anocheciendo ya. Por primera vez desde hacía meses, puso la calefacción. Encendió un cigarrillo. No tardó más de diez minutos en llegar a St. Leonard’s Terrace. Guy no recordaba si había realmente estado en esta calle antes, pero ahora que estaba aquí se sentía impresionado. A Robin le iba evidentemente mucho mejor que al resto de la familia con sus destartalados dúplex de Bloomsbury y sus villas suburbiales. El piso se hallaba en una casa elegante pero sólida, de arquitectura clásica, con una noble puerta delantera de color azul oscuro situada bajo un pórtico cuyo tejado en cúpula sostenían unas columnas corintias. A Guy no le habría importado vivir aquí.
La tarjeta enmarcada que había encima del timbre estaba impresa: Sres. M. Kirkland, R. H. Chisholm. Muy formal. El piso que suponía era el de ellos tenía una gran galería con arcos. Se había puesto la chaqueta y había metido el revólver en el bolsillo de la derecha que, afortunadamente, era grande. No contestó nadie por el portero automático cuando llamó al timbre. Guy probó de nuevo y luego otra vez. Bajaba la breve escalera cuando vio a Robin y Maeve que se acercaban por el final de la calle.
Iban cogidos del brazo y más juntos que nunca, como entrelazados, la cabeza de ella vuelta hacia el hombro de Robin, y se los veía muy alegres, reían y se daban achuchones. Pero lo que a Guy le pareció más chocante era el modo en que iban vestidos. Habían desaparecido los téjanos y las camisetas unisex, los calcetines y las zapatillas. Maeve llevaba un vestido de seda de color rosa pálido muy abierto, con un profundo escote en forma de V, las mangas abombadas desde unas abundantes hombreras y la falda bastante ancha y muy corta. El vestido dejaba al descubierto sus largas piernas con medias blancas de encaje desde la mitad de los muslos. Calzaba zapatos rosa de tacón alto y en la mano izquierda llevaba un sombrero blanco de tul cubierto de rosas de color rosado.
Robin llevaba un traje de color beige claro, probablemente de seda natural. Era evidente que se acabada de quitar la corbata, cuya punta, de seda con un dibujo en colores bronce y crema, sobresalía del bolsillo de la chaqueta. Cuando vieron a Guy se detuvieron, se miraron y se echaron a reír. Esto era también ensayado, pensó Guy. Se pusieron a caminar hacía él, luciendo amplias sonrisas.
–¿Dónde está Leonora? –dijo Guy.
Esto hizo que Maeve casi se desternillara. Lanzaba carcajadas y se aferraba a Robin boqueando. Se habían pasado los dos con la bebida. Robin reía como un bobo.
–Decidme dónde está, por favor.
Guy podía palpar el arma en su bolsillo, pesada y fría y haciendo que la chaqueta se descompensara por el lado derecho. Dejó reposar su mano sobre ella, por encima de la piel.
–Sé que la tenéis escondida. No tenéis derecho a hacer eso. Este es un país libre. No se puede tener a la gente prisionera contra su voluntad.
Subieron los peldaños hasta la puerta de entrada. Robin sacó la llave. Seguían riendo. Maeve tenía, de hecho, lágrimas en los ojos. Guy podía ver cómo Robin sonreía a Maeve con indulgencia, divertido aun sin querer por su regocijo e intentando en vano poner cara seria. Por último soltó una aguda carcajada al parecer irreprimible, como el relincho de un caballo juguetón, introdujo la llave en la cerradura y dijo a Maeve:
–Entra, entra, por el amor de Dios. Me pones peor. Cada vez que te miro no puedo aguantarme.
Guy tenía mucho frío. La aventura en la que había estado inmerso durante la última media hora empezaba a disolverse, a derretirse y alejarse. Eran gente de verdad en una calle de verdad y esto era la realidad. Le habría gustado sacar el revólver y dispararles a los dos allí en la escalera. Le habría encantado hacerlo. Si lo hacía, pensó, nunca volvería a ver a Leonora. Esto le detuvo.
–¿Dónde está? –dijo de nuevo.
Robin, que había parado de reír ahora que Maeve estaba dentro de la casa, dijo, como un niño pequeño:
–Tendrás que preguntárselo a mamá.
–¿Qué tendré qué?
De repente adulto, Robin dijo, arrastrando las palabras:
–Eso es lo que hemos acordado. Hemos decidido que, si te presentabas, tendrías que ir a ver a mi madre. ¿De acuerdo?
Entró en la casa y cerró la puerta.

Era ya de noche cuando Guy cruzó el río. Fumaba sin parar mientras conducía. Lo que le habría encantado ahora era beber algo, pero la bebida debía esperar. Llevaba puesta la chaqueta de piel con el Colt 45 en el bolsillo y el pañuelo de Leonora en torno al cuello. Éste despedía un suave aroma a ella.
En el extremo norte de Sanderstead Lane paró el coche, lo aparcó y cargó el arma. Los faroles estaban encendidos, globos amarillos y humosos semienterrados algunos de ellos en el espeso follaje oscuro de los árboles que bordeaban la larga calle. La superficie de la calzada relucía. No había coches aparcados en la calle. Todas las casas tenían garaje. No había nadie a la vista, nadie paseando al perro ni chicas andando con prisa y temor camino de una cita nocturna.
Pasó un coche y luego otro. Era un lugar silencioso y tranquilo, y más frío que el interior de Londres.
Siguió conduciendo hasta la casa de los Mandeville. Allí estaba, al fondo del largo jardín delantero, inundada de luz. Había luces en los dormitorios y también en la planta baja, pero Guy no tenía la sensación de que la casa estuviera llena de gente, de que, por ejemplo, hubiese una fiesta. La casa destacaba aún más porque el edificio de al lado, la casa vacía anexa, estaba totalmente a oscuras. No se veía ningún otro coche. Detrás de las cortinas corridas, pero transparentes, no se veía ninguna sombra moviéndose a contraluz. Y, sin embargo, Guy tenía la sensación de que le esperaban, de que estaban esperándole a él.
Sin duda. Robin había llamado a su madre y ella estaba preparada. Ella y Magnus estaban preparados. Quizá se hubiera agenciado también un guardaespaldas. Palpó el arma que llevaba en el bolsillo, dándole unos golpecitos como un policía en una película. En aquella quietud, la verja de hierro al cerrarse produjo un claro y fuerte sonido metálico. Se puso a andar por el sendero. La casa iluminada parecía estar mirándole.
No iba a tener la oportunidad de llegar hasta allí, de llamar al timbre o de utilizar la aldaba con la cabeza de león. Cuando estaba a medio camino y acababa de cruzar el punto sin retorno, Tessa Mandeville abrió la puerta delantera. Se quedó mirándole callada, sonriente y al parecer sin miedo.
–¿Dónde está Leonora?
Maeve había dicho que pondrían esto en su tumba. Tal vez. Quizá fuera la última cosa que dijera, sus últimas palabras antes de morir. No le importaba. No quería decir otra cosa. Lo repitió.
–¿Dónde está Leonora?
–Puedes pasar –dijo Tessa en un tono muy distante. Rara vez utilizaba su nombre de pila, casi nunca lo había hecho–. Pasa, por favor. Cuanto antes terminemos mejor.
Magnus estaba detrás de ella. Tessa iba vestida con tanta sofisticación como Maeve, llevaba un vestido ajustado de color de cobre con una ornamentación en el cuello y en el bajo en cuentas de bronce y oro. El cuello arrugado con los prominentes tendones estaba oculto bajo sartas de cuentas de ámbar. Magnus, en cambio, lucía un par de viejos pantalones de sarga y un jersey gris como si se hubiera cambiado para la acción. Tenía, sin embargo, el aspecto transparente y frágil de un saltamontes.
Entraron en una sala de estar excesivamente amueblada y con la atmósfera enrarecida. El calor era intenso. En dos enormes jarrones había ramos de flores que la elevada temperatura estaba marchitando.
–Será mejor que te sientes.
–Prefiero estar de pie –dijo Guy.
–Como gustes. Has preguntado dónde estaba Leonora.– Tessa miró su reloj de un modo sobreactuado y ponderoso. Levantó los ojos, que se encontraron con los de Guy.– Supongo que en este momento están a ocho mil metros sobre el norte de Francia. Leonora se ha casado hoy a la una.


20

Las flores de los dos jarrones parecían estar marchitándose a ojos vistas. Eran pálidas y exóticas, con ricos pétalos. Guy pudo ver que se trataba de flores de casamiento, antes que ramos o decoraciones de mesa. Su cabeza flotaba. Aunque había dicho que no quería sentarse, se sentó. El aroma de las flores era dulzón y rancio, había en él algo obsceno. Era como el perfume en un cuerpo sin lavar.
–¡Llevas el pañuelo de mi hija! –dijo Tessa.
–Me lo dio. –Guy se daba cuenta de que su voz sonaba débil, apenas controlada. Se aclaró la garganta y dijo de nuevo–: Me lo dio.
–Supongo que has venido a buscar una explicación.
El sofá en que Tessa se había aposentado, delante de él, tenía una funda de chintz con un dibujo de flores curiosamente parecidas a las de los jarrones, rosa pálido, blanquecino, lila pálido y rebosantes rosas de color de melocotón. Tessa era una figura insignificante y recortada, sentada muy estirada y con las manos aferradas a las rodillas. El marrón luminoso de su vestido así como la brillantez del material, su cabello oscuro y reluciente y la piel de color de castaño, hacían que pareciera fundida en metal o esculpida en madera. Tenía los ojos muy encendidos, resplandecientes de satisfacción y de triunfo. Guy había recibido un golpe muy duro, se había visto de tal modo apaleado que no podía hacerle frente y pelear. Su energía había desaparecido y sentía una presión dentro de la cabeza. A pesar del calor reinante en la estancia, un escalofrío le puso la piel de gallina. Magnus, que presenciaba la escena nervioso y con aire de mirón, debió de darse cuenta de su estado y dijo apresuradamente:
–¿Quieres tomar algo?
Guy hizo que no con la cabeza. Más tarde se preguntaría si ésta había sido la primera vez en su vida que había rechazado una bebida. De algún modo, consiguió hablar con una voz que se aproximaba a su voz normal.
–¿Ahí era donde estabais todos? ¿En la boda?
–Exacto –dijo Tessa–. Por primera vez, no te equivocas. Se ha casado a la una y luego ha venido el banquete–. Guy se daba cuenta de que, aunque lo intentaba, Tessa no podía evitar sonreír. Sus labios se contraían cuando se enderezó hasta ponerse casi vertical.– Luego ha sido todo una fiesta. Ha sido una boda magnífica, todo el mundo lo ha dicho. Los hemos despedido cuando se iban a Heathrow, ¡y Robin ha atado un zapato a la parte trasera del coche! Qué travieso es, no tiene remedio. Estoy segura de que querrás saber adonde han ido Leonora y William. A las islas griegas... a Samos, en realidad.
No la creía. Era a Samos adonde él y Leonora tenían que haber ido. Los ojos de Tessa titubeaban al decirle esta mentira. Guy entendía que no se atrevía a decirle adonde habían ido en realidad. Con desespero, aunque aborrecía la idea de demostrarles el daño que le habían hecho, su herida casi de muerte, dijo:
–Leonora dijo que iba a casarse el dieciséis. Me dijo una y otra vez que era el dieciséis, y tú también.
Mientras hablaba se dio cuenta de lo que había ocurrido en realidad con la invitación de boda colocada en la repisa de la chimenea de Lamb’s Conduit Street. Sí era para la boda de Leonora, sin duda Janice y su esposo eran los invitados. En la tarjeta debía de poner la verdadera fecha de la boda, el nueve, una semana antes de lo que le habían hecho creer. Se habían apresurado a quitarla de allí. Si él la hubiera visto se les habría estropeado todo el plan.
–¿Por qué me dijo el dieciséis?
Tessa sonreía con los labios arqueados y levantaba las cejas. Guy nunca le había visto esta expresión antes.
–¿Por qué dijo que nos encontraríamos para comer hoy como de costumbre?
Pronunciar el resto de las promesas que ella le había hecho le habría resultado insoportable. El rostro de Tessa se había relajado un poco. No sin cierta vergüenza, Guy sentía que su voz débil la había conmovido, que ella, a pesar de su actitud insultantemente triunfante, había empezado a compadecerle.
–Tienes que ponerte por una vez en nuestro lugar. Intenta pensar en los demás por una vez. Mi hija estaba muy seriamente preocupada porque creía que si sabías la fecha de su boda irías y armarías alguna. Porque te conoce. Todos te conocemos. Sabemos de lo que eres capaz. Mira lo que pasó la semana pasada cuando te emborrachaste y te pusiste a pelear con William. Con sables. Es increíble, por Dios. Pelear con alguien con sable en nuestros días. Eres capaz de ir a una boda y destrozarlo todo. Habrías sido capaz de entrar por la fuerza y gritarle al juez que detuviera la boda. Cualquier cosa. Habrías podido hacer cualquier cosa. Mi hija te tiene miedo desde hace literalmente años. Ha tenido que vivir una terrible pesadilla por tu culpa.
Por un sutil reacondicionamiento de esperanza e inhibición, Leonora se había convertido en «mi hija». Guy presintió que Tessa nunca volvería a llamarla por su nombre cuando hablara con él. En su tono seco y suave, Magnus dijo:
–Por eso, si se hubiera seguido mi consejo, habríamos buscado los medios legales para impedir que molestaras a mi hijastra. Desde luego habría sido una medida desagradable al principio, pero a la larga habría ahorrado grandes problemas y trastornos.
Guy levantó los ojos, que sentía pesados como si estuvieran repletos de lágrimas que no podía verter. Sentía los ojos hinchados. Miró a Magnus. En el bolsillo de fina y suave piel de su chaqueta podía palpar la forma inexorable del arma. Pero estaba distanciado de él, era como si le faltara la fuerza no sólo para utilizarla, sino incluso para sacarla de su escondite. No le era desconocido el entumecimiento que produce el shock, pero hacía mucho tiempo que esto no le ocurría. «Perdóname», había dicho ella por teléfono ayer por la mañana. Ahora comprendía por qué lo había dicho. «Perdóname», había dicho con voz turbia e insegura, como los ojos de Guy ahora, llenos de lágrimas. «Perdóname por las mentiras que me han obligado a decirte, por engañarte, por esta última y terrible mentira de que voy a encontrarme contigo mañana y quedarme contigo para siempre.»
Tessa estaba hablando. Palabras, frases, párrafos enteros salían de su boca sin que él las oyera. De vez en cuando captaba una palabra o dos: «Seda crema», «rosas amarillas», «oro blanco». Se volvió hacia ella. De nuevo tuvo una sensación desconocida, una sensación de inmenso dolor ante el hecho de que la gente pudiera ser capaz de una crueldad tan refinada y calculada.
–No quiero oír nada de eso –dijo, con voz más fuerte. Se había producido un cambio extraño, era una nueva voz, dura y recortada, cargada de desprecio. He muerto, pensó, y he vuelto a nacer otro, con una nueva voz y una nueva serie de valores–. No quiero oír nada de eso–. Empezaba a volver a él la ira, y la ira sí era la misma ira de siempre.– No me vengas a mí con esa porquería, con lo que llevaba puesto y las jodidas flores, no me vengas a mí con eso.
–¡Y tú no hables así a mi esposa!
–¿Me lo vas a impedir? –Volvió a palpar el arma. Magnus hizo un sonido displicente, un sonido así como «¡pshah!», y Guy se dio cuenta de que tenía miedo. Se habría echado a reír si la risa no le hubiera estado en este momento vedada. Pero tenía la cabeza pesada, los párpados pesados.– ¿De quién fue la idea?
–¿Perdón? –Tessa parecía muy sarcástica, toda ella superioridad y pose emperifollada, desvanecida aquella breve compasión.
–Pregunto de quién fue la idea de hacerme creer que Leonora se casaba una semana más tarde de la fecha auténtica. No fue idea suya, ¿verdad? Ella no lo planeó.
–¿Qué importa de quién fuera la idea? No recuerdo de quién fue la idea. No fue mía. Ojalá lo hubiera sido, ojalá se me hubiera ocurrido algo tan... tan sencillo y eficaz. Permíteme que te diga que, aunque la idea no se le ocurriera a mi hija, ella estaba enormemente contenta de verse así liberada. Acogió la idea con los brazos abiertos.
–Está corrompida –dijo él–. Todos, todos vosotros la habéis corrompido.
–Si alejar a alguien de una persona que la tiene atemorizada es corromperla, viva la corrupción.
–Yo no tenía atemorizada a Leonora. Ella me quería. Me pidió que la perdonara.– Guy se volvió hacia Magnus y dijo–: Voy a tomar ese trago, después de todo.
Tessa se echó a reír.
–Eres incorregible, hombre. Eres de la piel del diablo. –Imitando el tono de Guy–: Voy a tomar ese trago, después de todo. Tú no eres amigo nuestro, ¿sabes? No eres amigo de esta familia. Sabe Dios cómo te abriste paso hasta ella hace muchos años, pero el caso es que desde siempre hemos estado intentando librarnos de ti. Parece que no hayas comprendido nunca que no tienes lugar entre nosotros, no nos gustas como persona. Porque para ser franca te diré que, por mucho dinero que hayas ganado, no perteneces a nuestra clase. Básicamente sigues siendo un burdo irlandés, un bruto de la calle. Sería un insulto para la clase obrera decir que tú perteneces a ella, no es verdad, eres un sinvergüenza barriobajero y siempre lo has sido.
Guy sintió un golpecito en el hombro y, al levantar los ojos, vio ante sí la cara de la muerte de Magnus, un vaso de algo en la mano de papel ligeramente trémula. No le había preguntado qué quería tomar. Magnus le había traído algo que le parecía adecuado (o algo de lo que le sobraba o que a él mismo no le gustaba). Medicina. Un remedio para el shock. De hecho, era whisky ligeramente diluido en agua. Su sabor provocó en Guy la débil nausea que siempre le provocaba el whisky, y a continuación el inicio de una ola de energía.
–Lo absurdo –decía Tessa– es que en algún momento hayas podido suponer que mi hija iba a casarse contigo, que se le iba a permitir casarse contigo.
–Leonora ya es mayor, Tessa –dijo Magnus, legal como siempre–. Sin duda era capaz de elegir a ese respecto. Ya había elegido, de hecho.
–No, no había elegido –dijo Guy–. Ni de hecho ni nada. Otros eligieron por ella, eso es lo que pasa. Tu esposa tiene razón cuando dice que no se le iba a permitir. Todos vosotros, los Chisholm o lo que seáis ahora, no le habéis permitido obrar según su voluntad.
–¡Vaya tontería! Ojalá, y lo digo honradamente, hubiera grabado en cinta las palabras de mi hija. De verdad. Cuántas veces le pregunté por qué se tomaba tantas molestias por ti y dijo que no había otra solución que verte. Siguió jugando a ese juego para poder tener paz, para poder estar libre para hacer lo que quería el resto de la semana, para que lo sepas.
–Si se hubiera dado cuenta de que era factible y una medida perfectamente razonable solicitar un mandato...
–Bueno, Magnus, pero no lo hizo. No quería, y cito, «herir sus sentimientos». Siempre ha sido demasiado blanda de corazón en perjuicio de su interés. A diferencia de nuestro invitado, primero estaban los demás. Habría hecho cualquier cosa con tal de no hacerle daño. Pero ya no importa, todo eso ya pasó. Está casada. Y cuando ella y William vuelvan de... Samos, han ido a Samos, se irán directamente al norte. No pasarán por Londres. Y si imaginas que voy a darte la nueva dirección de mi hija es que estás aún más loco, perturbado, o como quieras llamarlo, de lo que yo creía.
Guy buscó sus cigarrillos. Estaban en el bolsillo en el que no se hallaba el arma. Se llevó uno a la boca y lo encendió, sin dejar de observarla. Ella reaccionó como era de predecir.
–No permito que se fume en esta casa.
–Lástima –dijo él–. Si quieres que lo apague vas a tener que emplear la fuerza. ¿Quieres probar? ¿Alguno de los dos quiere probar?
–Es ultrajante –dijo ella.
–No deberías establecer normas de ese tipo si no eres capaz de ponerlas en práctica.
–Magnus –dijo ella–, hazle apagar ese cigarrillo.
Magnus respondió trayendo un cenicero que colocó junto al codo de Guy. Guy dijo:
–Tu ex-esposo le ha encontrado a Newton ese trabajo a través de su hermano. Leonora me lo dijo prácticamente así. Él le presentó a Newton a Leonora y luego tiró de todos los hilos habidos y por haber para conseguirle un trabajo en el norte.
Tessa inició una pantomima de tos. Se tapó la boca con la mano y se estremeció un poco.
–Es posible. No sé nada de eso. Hace años que no veo a Michael Chisholm.– Tendió una mano hacia su esposo–. Creo que yo también voy a beber algo, cariño. Ya veo que no me lo has preguntado. Ginebra y ginger ale, y ¿por qué no tomas tú eso también? Ya que –añadió–, según se ve, estamos condenados a una prolongada discusión acerca de su... ¿Cómo lo llamarías? ¿Paranoia?
–Francamente, Curran –dijo Magnus–, ¿no te parece que deberías marcharte ya? Mi esposa te ha dicho mucho más de lo que podrías haber esperado teniendo en cuenta las circunstancias.
–Todavía no me voy. Quiero saber de quién fue la idea de tomarme el pelo.
Tessa dijo, con voz aburrida:
–Me parece que no te entiendo. ¿De qué modo te hemos «tomado el pelo»?
–Engañado, entonces. Me habéis hecho creer que la boda era el sábado que viene– Guy vaciló y cambió la frase–. No, me habéis hecho creer que no habría boda.– Te quiero, vendré a ti, cualquier cosa. Recordó el beso de la noche en que tenía el brazo herido y se tocó el brazo, tocó la seda del pañuelo. Si sollozo cuando me ponga a hablar, pensó, los mato a los dos. –¿Quién –dijo, con voz firme –la convenció para que hiciera eso? ¿Quién la obligó a decirme que la boda era el dieciséis y luego hacerme creer que no habría boda? ¿Quién fue?
–Ya te he dicho que no lo sé.– Tessa cogió el vaso que le tendía su esposo. Lo mantuvo en alto como en un brindis, e iba a decir algo pero se lo pensó mejor y bebió un trago.– No importa quién fuese, todos estábamos de acuerdo.
–No habría debido decirle mentiras –dijo Magnus inesperadamente–. Lo que quiero decir es que tiene razón si ella le dijo eso, no habría debido decirle que no iba a casarse con William.
–¿Qué? ¿De qué lado estás tú, dime? Permíteme que te diga que ella estaba plenamente justificada para decirle cualquier cosa. Cualquier cosa. Y si dices otra palabra acerca del mandato gritaré.
Magnus no le hizo caso. Las arrugas de su rostro se dulcificaron un poco, como el papel aplastado y luego alisado cuidadosamente con los dedos. Sonreía. Dijo:
–Recuerdo perfectamente de quién fue la idea. Quedé completamente pasmado. Parecía... bueno, tan audaz.
Su esposa hizo un gesto impaciente con la mano.
–El hecho de que la idea se le ocurriera a uno o a otro no tiene la menor importancia. La cosa es que ha funcionado y toda esa historia tan deprimente del pasado es sólo el pasado.– Tessa clavó la mirada con dureza en Guy, clavó la mirada en sus ojos, en ambos ojos. Guy se daba cuenta de que Tessa no le tenía ningún miedo en absoluto, y le extrañaba. Ella le observaba muy fríamente, clínicamente incluso, como un torturador de estado midiendo las reacciones de una víctima. Por un momento, Guy pensó que iba a preguntarle rápidamente si tenía algo que decir antes de empezar a apretar las tuercas, pero no lo hizo. –Y eso es lo que hay –dijo–, todo ha salido a relucir. Y ahora creo que deberías marcharte.
–Sí, ya me voy. No quiero permanecer aquí. ¿Para qué? –Guy aplastó el cigarrillo pero dejó que siguiera humeando un poco–. Muy bien, pero ¿de quién fue la idea?
–¿La idea? ¿Quieres decir a quién se le ocurrió lo de la fecha de la boda? Debería de haber un nombre para ese parentesco. Debería poder decir algo así como mi «esposa adoptiva», pero no quedaría muy bien, ¿verdad? No tengo más remedio que llamarla por su nombre. Se trata de la señora Chisholm, Susannah Chisholm.
A este hombre le daba un gran placer hablar así, pensó Guy asqueado. Disfrutaba escupiendo tanta pedantería. Entonces se dio cuenta de lo que el hombre decía.
–¿Susannah? ¿Que fue idea de Susannah?
–Estábamos en una reunión familiar, muy civilizado todo. Eso no habría sido posible cuando yo era joven, ex-esposos y ex-esposas todos juntos y la mar de amigos. Pero es muy agradable, no me quejo. Y la señora Chisholm, es decir, Susannah, lo propuso. A mi esposa le pareció muy bien, ¿verdad, cariño?
–Sí, desde luego. Desde luego que me pareció bien. Estaba encantada.– Tessa, que había dicho que no se acordaba, parecía de repente haber recobrado por completo la memoria.– Se lo agradecí enormemente a Susannah. Cómo me alegraba poder colaborar en la preparación de los detalles. Desempeñé mi papel, ¿no te acuerdas? Seguro que te acuerdas de que fui a esa casa que tienes y me empeñé en decirte que la boda era el dieciséis. De haber sido por mí habrías recibido incluso una invitación oficial para el dieciséis.
Su esposo asentía con la cabeza. Su cabeza se bamboleaba arriba y abajo como esos perritos que llevan los conductores en la ventanilla posterior del coche.
–Pero a Leonora no le gustaba la idea. Al principio no le pareció bien. Decía que no estaba bien, pero yo le dije que no tiene nada de ilegal contar una mentirijilla.
–Yo no me acuerdo de eso, Magnus. Creo que lo has soñado.– Tessa volvió a toser, alargó el brazo y, con un estremecimiento, hizo migas la colilla que había dejado Guy.– Para Leonora fue algo maravilloso, le quitó todas las preocupaciones.
–A grandes males grandes remedios –dijo Magnus, con los ojos relucientes y dejando pocas dudas acerca de a quién se refería con los «males».
Guy se levantó y se dio unos golpecitos en el bolsillo donde llevaba el arma. Tessa siguió su mano con la mirada. El teléfono estaba a su lado, en una mesita baja y al alcance de la mano. Él no tenía ningún sable con el que cortar el cable. Con el brazo herido, carecía de la fuerza necesaria para arrancarlo de la pared. Guy no lo habría hecho de todos modos, pero se metió la mano en el bolsillo y palpó el metal frío y liso.
–¿Adónde han ido?
–¿Quiénes? –Tessa se había puesto también en pie.
–Anthony y Susannah. Se han ido de vacaciones.– O ¿sería esto también una mentira que le había contado la hermana? –Me han dicho que están fuera.
–Sólo unos días. Ni en sueños te diría a dónde han ido. Ya ha sido bastante mal trago tener que aguantar todo este interrogatorio, pero dije que de esto me encargaba yo. Me ofrecí voluntaria. Dije que te hicieran venir aquí y que sería yo quien te haría frente. Para evitar problemas a. los demás. Me parecía que era lo menos que podía hacer, y puedes estar seguro de que no voy a ocasionar problemas a Anthony y Susannah a estas alturas. Además, no pueden decirte más de lo que ya te he dicho yo.
Guy palpaba el arma y pensaba de nuevo en matarlos. Si lo hacía tendría pocas posibilidades de encontrar a Anthony y Susannah. Sacó la mano del bolsillo. Destrozar la casa, incluso romper los jarrones de flores a patadas, impediría que pudiese encontrar a Anthony y Susannah. Magnus Mandeville era la clase de persona que no vacilaría en acudir a la policía. Probablemente acudía a ellos por una u otra cosa cada dos días. Guy miró al uno y luego al otro y a continuación apartó los ojos, asqueado.
Leonora se ha casado, pensó. Se ha casado mientras yo estaba esperándola en aquel restaurante, en el momento preciso en que habíamos quedado en encontrarnos. He intentado llamarlos a todos por teléfono, he ido de casa en casa, considerándome su salvador. Y mientras yo hacía todo esto ella estaba en una fiesta, en su fiesta de boda. Bebía champán, reía y recibía felicitaciones. Las flores que ahora estaban en esta estancia habían estado en la otra, probablemente las había olido y tocado e incluso se había llevado algunas en un ramo.
Salió de la estancia y cruzó el vestíbulo, abrió la puerta delantera, la cerró con un portazo y fue andando por el largo sendero hasta la verja.
Sabía que le estaban observando, pero no miró atrás. Habían vencido, todos ellos habían vencido. Tessa y Magnus, Rachel, Maeve y Robin, el hermano de Anthony y la hermana de Susannah, y Anthony y Susannah. Habían llegado al punto al que se habían propuesto llegar hacía cuatro años. Habían hecho falta cuatro años para lograrlo pero lo habían logrado, y los instigadores, los que habían maquinado la trama, eran Anthony y Susannah.
Se sentó en el Jaguar. Puso en marcha el motor y vio cómo se encendían los dígitos del reloj: 8.50. Habían ocurrido muchas cosas, su vida había cambiado y él también, y eran sólo las nueve menos diez. Le parecía increíble y volvió a mirar el reloj. Las nueve menos diez. Condujo un corto trecho y aparcó de nuevo el coche. Aparcó simplemente porque había un espacio junto al bordillo, sin línea amarilla. El cigarrillo que encendió resultaba tan confortante que casi le hizo llorar. ¿Cómo se le había ocurrido la idea de dejar de fumar? Nunca dejaría de fumar.
Cuando se le despejara la cabeza y pudiera pensar de nuevo recordaría a dónde habían ido Anthony y Susannah. Susannah le había dicho a dónde iban. Se lo había dicho el día en que él pasó por Lamb’s Conduit Street. Lo había olvidado pero ya se acordaría. Por otro lado, podía llamar a la hermana. ¿Cómo se llamaba? Laura Stow. Podía llamar a Laura Stow. Sólo eran las nueve menos diez... Bueno, las nueve y cinco ya. Podía estar en casa a las diez menos cuarto. No era demasiado tarde para llamar a alguien. No sería él cuando hablara por teléfono, ya se le ocurriría algún cuento: un mensaje urgente para Anthony, un paquete express que había que entregar...
Todos ellos eran culpables, Magnus y Tessa, Rachel, Robin y Maeve, Laura Stow y Michael Chisholm, pero, más que nadie, Anthony y Susannah. Todo había empezado cuando Susannah abrió aquella carta de Poppy Vasari. Este había sido el comienzo de la venganza de todos ellos contra él. En ese mismo instante Anthony había puesto manos a la obra, había prohibido a Leonora ir de vacaciones con él e impedido que aceptara el dinero para el piso en Portland Road. Movimientos negativos todos ellos, pero el siguiente era positivo. El siguiente era encontrarle un esposo, presentarla a William Newton. Era algo tan horrible como cuando los indios arreglan los matrimonios, pensó.
Una vez conseguido el esposo, sólo quedaba conseguirle a éste un empleo en el norte de Inglaterra, lejos del hombre al que ella amaba de verdad. Y el paso final había sido el plan de Susannah para que Leonora se casara en secreto, una semana antes de lo que a él le habían hecho creer. Anthony y Susannah habían sido los abanderados de este asunto, habían trazado el plan y llevado a cabo la operación y lo habían llevado a su culminación con éxito triunfal. Los otros eran simples servidores, dispuestos y obedientes, a la espera de instrucciones. Y Newton era sólo el peón, un don nadie inocente. ¿Cuánto le habrían pagado para que participara en sus planes?
Guy se puso en marcha hacia su casa. Al llegar al puente de Battersea paró el coche, bajó y se quedó mirando las aguas sucias, marrones y relucientes del río. Se sacó la cajita de piel azul que contenía el anillo de compromiso con el zafiro del bolsillo y, después de un instante de vacilación, la arrojó al agua. Su pensamiento volvió inmediatamente a Anthony y Susannah Chisholm. El mundo no era lo bastante grande para que en él cupieran él y ellos. No descansaría mientras Anthony y Susannah siguieran con vida.


21

Era normal que las luces estuvieran encendidas. Había un dispositivo de reloj que las encendía al oscurecer. Dejó el coche en el mews, entró en la casa y se dirigió directamente al teléfono de la sala de estar. El listín que tenía en el cerebro y que contenía una lista de los números de los Chisholm le dio inmediatamente el de Lamb’s Conduit Street.
Contestó un hombre. Laura Stow seguramente estaba casada. Guy dijo que llamaba de parte de Wing Express Carriers, de South Audley Street, y que tenía un paquete urgente para el señor Chisholm. ¿Dónde podía encontrarlo? Si hubiera contestado la misma Laura Stow habría disimulado la voz, pero tratándose del esposo no era necesario. El hombre no recelaba. Le dio a Guy el nombre de un hotel de Lyme Regis.
Guy se echó un trago, un coñac muy largo, triple. En la mesita, donde los había dejado, estaban The London Review of Books y The Guardian. Le parecía haber dejado también allí la revista Cosmopolitan, pero no debía de ser así porque ahora no estaba. Vinieron otras cosas a su mente, el perfume y la esencia de baño Paloma Picasso que había dejado en el baño y la casa que tenía que ver el lunes. Una furia, producto de la desdicha tanto como de la ira, se apoderó de él y cogió los dos periódicos, rompió las hojas y los hizo trizas. Maldecía al tiempo que hacía esto, con la cabeza alta y gritando al techo... o a Dios. Podía oír su propia voz delirante como si se tratara de otra persona. Dio una patada a la mesa y golpeó con los puños en la pared.
–Guy –dijo alguien–. Guy, ¿qué pasa?
Se volvió. Celeste estaba de pie en la puerta.
–Guy, cielo, ¿qué ha ocurrido?
–Oh, Dios. Oh, cielos.– Había olvidado su cita, o más bien había olvidado que no había conseguido anularla. Habían quedado en que ella vendría aquí y había venido. ¿Cuánto rato hacía que estaba aquí? Eran casi las diez.– Celeste. –Se limitó a decir su nombre con voz rota y ronca de tanto gritar.– Celeste.
–Creía que te había pasado algo. Creía que habías tenido un accidente.
Como si no fuera él mismo sino otro el que la veía, como si la viera a través de los ojos de ese otro, pensó en lo guapa que estaba. Llevaba el largo cabello castaño oscuro suelto pero todavía con la ondulación que habían dejado las trenzas. Una cinta dorada de dos dedos de ancho impedía que el cabello le cayera sobre la cara. Llevaba un jersey de seda negra y una falda negra densamente bordada, en colores turquesa, azul y rojo. Todo era perfecto, desde los diminutos botones de oro, conchas de caracol, que llevaba en las orejas, hasta los brazaletes de hilo de oro y los escarpines de seda azul y negra bordada en oro. Guy cerró los ojos y vio a Leonora vestida de algodón azul y blanco descolorido y con zapatillas sucias. El dolor le hizo dar un respingo.
–¿Te has hecho daño? –dijo ella–. ¿En el brazo?
–Celeste, perdona que no estuviese aquí. Me había olvidado de que venías. Lo siento.– Si utilizaba aquellas mismas palabras y le pedía que le perdonase («Perdóname»), se echaría a llorar. Con cuidado, con mucho tacto, dijo–: Han pasado cosas terribles.
–¿Qué cosas, Guy?
Guy encendió un cigarrillo y le dio otro a ella. Probó el coñac.
Estaba bueno pero le hizo estremecerse.
–Tengo que salir otra vez. Sólo he venido para hacer esa llamada.
Tengo que irme en seguida. Tengo que conducir toda la noche.
–¿Puedo ir contigo?
–No. Tengo que ir solo. Tú quédate aquí y duerme. ¿De acuerdo?
–Me gustaría ir contigo. Podría conducir yo.
Celeste no dijo que dentro de un momento él no sería capaz de conducir, pero a eso era a lo que se refería. Sin dejar de mirarle, se arrodilló y se puso a recoger los trozos de periódico roto.
–Oh, deja eso –dijo Guy, llevándose la mano a la cabeza–. Celeste, no ha venido. Se ha casado. Se ha casado mientras yo estaba esperándola en el restaurante.
–¿Qué?
Se lo repitió. La segunda vez fue más fácil. Ella estaba sentada a su lado mientras él le relataba la conspiración de los Chisholm. Celeste escuchaba en silencio. Cuando Guy hubo terminado ella permaneció callada, y entonces dijo:
–¡Qué horror!
Guy asintió. Siempre le había gustado su modo de hablar, con ese ligerísimo acento caribeño que pone el énfasis en la última sílaba de las palabras. «Ho-rroor», había dicho en realidad. La miró con cariño. Se le ocurrió que Celeste había entendido, que ella siempre había entendido.
–Se han confabulado contra mí –dijo–. Se han empeñado en volverla contra mí y lo han conseguido.
–Lo espantoso es lo que ella ha hecho. Lo que ella ha hecho. Ha sido una ignominia, Guy. Una buena persona no haría nunca nada semejante.
Él se puso en pie de un salto y se plantó a pocos pasos de ella.
Los cálidos sentimientos que lo embargaban hacía unos minutos habían desaparecido. Celeste seguía mirándolo.
–Tiene veintiséis años –dijo ella–. Vive su vida. Hace lo que le parece. Tienes que aceptar el hecho de que lo quería así. Nadie podía obligarla, no es ni una niña ni un animal, es inteligente, y tiene mucha más cabeza que yo, que soy más joven, y yo no haría nunca lo que me dijeran otros, nunca, nunca. Y ella lo ha hecho. Ha hecho lo que le ha parecido. Y ha disfrutado, creo de veras que ha disfrutado. Dices que se quedó allí plantada viendo como tú y William peleabais. Le gustaba verte pelear por ella y convertirla en una diosa sin pedir nada a cambio.
El cuerpo de Guy temblaba. Le habría gustado matarla. El brazo derecho ansiaba levantarse y la mano asestar un golpe mortal. Algo lo detuvo, el viejo lema galante de que no se pega a una mujer. Se la puede matar pero no se la golpea. Se aguantó una mano con la otra y el pañuelo la rozó, el pañuelo de seda que le había dado Leonora. Nunca tendría de ella más que esto, pensó.
–Estás celosa –dijo–. Siempre lo has estado.
Ella sacudió la cabeza. Guy no supo sin con ello quería decir que sí o que no.
–Leonora está enamorada de William, Guy. No es su padre quien le ha encontrado un esposo, ella lo ha encontrado, le quiere.
–¿Cómo lo sabes tú?
–Me lo dijo. Me lo dijo aquel día en el restaurante. Dijo: «Me gustaría pensar que Guy va a querer a alguien como yo quiero a William y que ella le va a corresponder».
–Qué extraño que nunca lo hayas mencionado antes.
–He intentado decírtelo muchas veces pero tú no escuchabas.
Guy fue y se sirvió otra bebida. La noche se había aquietado, aunque era sábado y temprano todavía. La oyó decir:
–¿Adónde vas?
–Bastante lejos. A Dorset–. El coñac le producía nauseas. Nunca le había causado este efecto.– Quiero ver a Anthony y Susannah.
Algo en sus ojos debió de decirle a Celeste lo que pasaba.
–He escondido las balas de tu arma. Al ver que no venías he tenido una sensación extraña, una premonición.– El arma era el 22. Celeste no sabía nada del Colt. –Nunca te diré dónde están. Primero tendrías que matarme.
–Podrías dejar de meterte en mis asuntos, Celeste. No eres mi mujer, ni siquiera eres mi novia. Eres sólo una amiga. ¿No es hora de que lo entiendas de una vez?
Guy quería hacerle daño. A veces, en el pasado, la había visto sobresaltarse y quería verla otra vez. Pero el rostro de Celeste estaba tranquilo. Ella estaba tranquila.
–¿Has pensado en algún momento –dijo ella– que si no hubieras andado detrás de ese sueño tenías lo que más te convenía aquí en casa? Tú y yo lo tenemos todo en común, Guy. Nos gustan las mismas cosas. Queremos hacer las mismas cosas. Tenemos los mismos gustos. Tú no me quieres, pero llegarías a quererme si permitieras que nuestra relación fuera a más. Yo te quiero, no es necesario que te lo diga. ¿Acaso no hemos sido buenos amantes? Nos ha ido bien en eso, ¿no? Yo nunca he tenido un amante mejor... ¿y tú? Dime, Guy, sé honrado. ¿Has tenido una amante mejor o más cariñosa que yo?
–Te dije desde el principio que estaba enamorado de Leonora –dijo él.
–Ya sé lo que dijiste. Pero lo que tú digas y la realidad no son la misma cosa. ¿Te das cuenta de que tu vida es cien por cien ilusión?
–Hablas de cosas que no comprendes. Leonora es el gran amor de mi vida.– Recordó aquella declaración que Leonora había negado atribuyéndola a un personaje de algún libro. –Yo soy Leonora –dijo–. Los dos éramos la misma persona.– El coñac le volvía más arisco y su habla más ininteligible. –Sin ella estoy muerto. Sin ella la vida no tiene sentido.
Por un instante, creyó que Celeste se iba a reír de él. No lo hizo. Dijo quedamente:
–¿Cuántas veces has hecho en realidad el amor con ella?
Esto le pareció a Guy una monstruosa impertinencia.
–Eso no tiene nada que ver –dijo con rigidez.
–Desde aquella vez de la que me hablaste, en una tumba o algo así, hace un siglo... ¿cuántas veces, Guy?
Era como uno de aquellos chistes anticatólicos, el sacerdote en el confesionario y la niña irlandesa arrodillada. «¿Cuántas veces, mi niña?» Sin embargo, la expresión de Celeste era de una gran seriedad. No bromeaba. El pensamiento de Guy voló a aquellos primeros años pero sólo recordaba Kensal Green, la larga hierba estival y las mariposas.
–¿Importa eso?
–Me parece que a ti sí te importa.
–Cinco o seis veces –musitó él.
–Oh, Guy –dijo ella–. Guy, mi cielo.
Él se encogió de hombros y apartó la mirada. De repente cobró conciencia de un cansancio pesado y oscuro que lo cubría como una manta. Alargó el brazo para coger el coñac y bebió lo que quedaba. El cigarrillo que encendió le supo a cenizas desde la primera calada.
–Le gustaba –dijo ella–. Tenías razón al decir que Leonora quería encontrarse contigo los sábados y que tú la llamases todos los días. Le gustaba tenerte pendiente de un hilo. ¿Qué le costaba a ella? Nada. Era halagador tenerte siempre detrás de ella, a ti, Guy, tan guapo, tan rico y tan simpático, y preocupada sólo por que la gente supiera que estabas enamorado de ella. Ella podía buscarse otro novio y estar dispuesta a casarse con él mientras tú seguías allí al pie del cañón, llamándola todos los días y llevándola a comer los sábados, y no tenía que pagar ni un penique, ni siquiera acostarse contigo.
–No era sí –dijo él, pero sí lo era–. Tráeme otro trago, ¿quieres?
–¿No tienes que conducir toda la noche?
–Tráeme otro trago, por favor.
Iría a Dorset a primera hora de la mañana. Era lo mejor. Mientras Celeste estuviera durmiendo. Él siempre se despertaba temprano. Fresco y recuperado, se pondría en marcha a las ocho y estaría allí a mediodía. Cayó en la cuenta de que no había comido nada en todo el día aparte del pan y el queso de la tarde, pero no quería nada. Por primera vez desde hacía años no había ido al restaurante ni a casa de nadie a cenar.
Estuvo un rato tumbado en la cama china separado de Celeste. Pensaba en sus planes para el día siguiente. Sería mejor que descansara bien esta noche. Cuando llegara a Lyme se dirigiría directamente al hotel y preguntaría por ellos. El recepcionista le diría que habían salido y él iría en su busca, tal vez por los acantilados... ¿Había acantilados en Lyme? Debía de haberlos. Los vería a lo lejos, caminando a lo largo de la playa al borde del agua. El Colt seguía en el bolsillo de su chaqueta de piel. Y allí se quedaría. Por la mañana se pondría la chaqueta y saldría. ¿Qué sentirían, qué harían, cuando le vieran a lo lejos caminando por la arena hacia ellos?
La playa ancha y vacía, el vasto mar y nadie más que ellos. No habría a dónde correr pero correrían... Le vino a la mente una imagen de la sonrisa de Leonora, coqueta, controlada y secreta, la sonrisa de Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó. Era su noche de bodas. Aunque esto era irrelevante, porque llevaba semanas viviendo de un modo u otro con aquel hombre. ¡Qué cruel había sido con él! Nunca había pensado que pudiera considerar a Leonora cruel, pero lo hacía ahora con autocompasión y extrañeza.
Las delgadas manos de Celeste tocaron su rostro y le besó en los labios, un beso suave y cálido. Celeste era capaz de hablar besando, nunca había conocido a nadie capaz de hacer eso.
–Guy, cielo, te quiero. Quiero que me hagas el amor.
Lo hizo. Creía que para ello tendría que conjurar a Leonora, algo que nunca le resultaba difícil, pero esta vez ella se negaba a aparecer o la presencia de Celeste era demasiado intensa para admitir intrusas fantasmales. Era como si Celeste estuviera decidida a disipar con su amor a todo el que no fuera ella y él. Era Celeste la que estaba en sus brazos y no otra. Celeste con los ojos abiertos y brillantes y la voz apagada. Guy sentía que un extraño e intenso poder emanaba de ella, y le vino a la mente la palabra «brujería». Dentro del cuerpo de Celeste, de su yo, había una magia blanca curativa.

Solía jactarse de que era incapaz de dormir hasta tarde. Se había acostado sin la menor esperanza de dormir, sólo para descansar. Pero, cuando despertó, las manecillas del reloj le dijeron que eran más de las nueve y Celeste seguía envuelta en su sueño, tan profundamente inmersa en su sueño como si todavía fueran las primeras horas de la mañana.
Era mejor así, podría escapar sin que ella se enterara, podría ir sin ella. Se duchó. Le parecía absurdo que un hombre se preocupara por lavarse el cuerpo de arriba a abajo, enjabonarse y permanecer bajo estas cascadas de agua caliente a presión antes de partir en una misión de venganza. ¿Por qué estar aquí preparando el té, esperando a que hierva la tetera? ¿Por qué considerar, envuelto en su bata de baño, qué ropa ponerse? Nada debería interponerse entre su objetivo decidido y el logro de éste. Debería estar ya en camino.
El jardincito estaba cubierto por una ligera neblina, que los rayos de sol empezaban ya a atravesar. Durante todo el verano los nenúfares de su estanque habían estado en flor, seguían en flor ahora en otoño. Sintió el absurdo deseo, que reprimió inmediatamente, de salir al jardín y acariciar la cabeza de bronce del delfín. En cambio, abrió las cristaleras y sintió el suave respirar de la mañana.
Le dolía la cabeza, pero esto era normal. Casi todas las mañanas le dolía la cabeza. No era lo mismo que aquel enorme martilleo, aquel espantoso y persistente destrozo de las fibras cerebrales que él llamaba resaca. Nunca dedicaba tiempo a las tareas domésticas, ni siquiera a lavar una taza, pero ahora se arrodilló y se puso a recoger los pedazos de papel roto del suelo y llevarlos a la cocina. La tetera hirvió, su luz se apagó. Hizo el té, una bolsita en cada taza, y acto seguido decidió no despertar a Celeste.
Silenciosamente, para no molestarla, se vistió, pantalones téjanos, una camiseta negra, el pullover más sombrío que había encontrado, de color azul marino con el cuello abierto. Se le ocurrió que se vestía así porque era lo más parecido a cómo viste un verdugo. Se enrolló el pañuelo de Leonora en torno al cuello, se lo quitó y lo metió en un cajón. Se vio en el espejo como le verían Anthony y Susannah cuando se acercase a ellos por la playa. Imaginó la chaqueta y el bolsillo abultado y fingió el gesto de ir a por el arma. Y entonces se dijo a sí mismo: no juegues, deja ya de jugar, sabes que no vas a ir a Lyme, sabes que no vas a ir a ninguna parte ni vas a matar a nadie.
La noche anterior sí iba a hacerlo. Excitado por un colérico dolor, no pensaba nada más que su venganza, ésta era lo único que le importaba. El futuro no existía. Una noche de sueño era la responsable del cambio. Celeste era la responsable. Si no la hubiera tenido a ella aquí, pensó, habría ido. Habría ido anoche. Y Anthony y Susannah estarían a estas horas muertos y él arrestado o muerto por su propia mano.
No quiero morir, pensó. No quiero ir a la cárcel. Quiero ser libre. Era libre. La acción de Leonora le había liberado. Se había acabado la esclavitud del teléfono, se habían acabado aquellos almuerzos del sábado que le proporcionaban tanto sufrimiento como placer. Era una idea tan nueva que se sentó a pensar en ella, se sentó en una de las sillas del jardín bajo el pálido sol.
No dejaría de amarla, imposible. Siempre la amaría. De un modo frío, cuerdo y terriblemente adulto, sabía que seguiría enamorado de ella toda la vida. Era así. Resultaba melodramático, pero era cierto que se había encontrado con su destino aquel día en que estaba con Danilo y Linus en la calle y ella, una niña, se había acercado y se había quedado mirándolos.
Pero Leonora había desaparecido, la había perdido. Había tirado al Támesis el anillo que había comprado para ella. Se había casado con otro y, si volvían a encontrarse, sería en presencia de otros y con todos ellos allí: Tessa y Magnus, Anthony y Susannah, Robin y Maeve, Rachel Lingard y el tío Michael, tal vez Janice y su esposo. Y él estaría allí con Celeste.
Y ¿por qué no Celeste? Esta noche ella le había salvado. Siempre le salvaba. Era cierto lo que había dicho, lo bien que estaban juntos. Se lo pasaban bien juntos, lo tenían todo en común, podían conversar juntos, podían estar callados juntos, no había entre ellos ni vergüenza ni simulación. Ella le amaba como nadie, en toda su vida, le había amado, y él la quería también. También él, el hombre duro, el niño de la calle hecho mayor, ex-traficante en drogas Clase A, gángster, empresario y avispado hombre de negocios, también él necesitaba ser amado.
¿Por qué no probar?, pensó. ¿Por qué no probar a ver cómo nos va? ¿Qué podemos perder? Sentía una extraordinaria ligereza hueca al pensar que ya no habría más llamadas telefónicas, no más fantasías, no más anhelos enfermizos. Si hubiera llevado a cabo su venganza lo habría perdido todo.
–Oh, Leonora –dijo en voz alta cuando volvía a entrar en la casa. Había sido un largo viaje, muy largo para alguien de su edad, sólo veintinueve años y quince de ellos siervo del amor–. Oh, Leonora.
Al pasar al vestíbulo echó un vistazo al Kandinsky. Nunca le había gustado. Dijera lo que dijera la gente como Tessa Mandeville, era horrible. Lo tenía aquí por vanidad. Lo vendería. Sacó el Colt del bolsillo de la chaqueta, se sentó en uno de los sillones Georges Jacob y le quitó las balas.
Celeste le llamaba desde el piso de arriba.
–Te llevo el té –dijo.
Si fuera Leonora la que yacía aquí en su cama, en su maravillosa cama china William Linnell, la que le tendía los brazos al despertar... Estas fantasías formaban ya parte del pasado. Subió la taza de té.
–Gracias, Guy, mi cielo. ¿Has dormido bien? ¿Te sientes mejor? Sí, ya veo que estás bien esta mañana.
Guy se sentó en la cama a su lado. Le cogió la mano como se coge la mano de una persona enferma en una cama de hospital. Celeste no estaba enferma, estaba joven y sana, rebosante de salud y de vitalidad. Su cabello oscuro relucía como la piedra ojo de gato. Guy pensó que le compraría un collar ojo de gato. Intentaré quererla, pensó, sí, lo intentaré. Si desearlo es lo que importa, lo haré..
Sonó el timbre de la puerta.
No pudo evitar el recordar que un día, cuando esto había ocurrido, había estado seguro de que se trataba de Leonora. Ahora no podía ser ella. Ni tampoco nadie de su familia. Soltó la mano de Celeste y le dijo:
–Luego haremos algo divertido. Iremos al campo. Pasaremos un día estupendo.
Estaba en medio de la escalera cuando sonó de nuevo el timbre. Alguien muy insistente. Abrió la puerta y vio en ella a dos hombres uno de los cuales, el mayor, un hombre blanco vestido con un traje, tenía aspecto de contable. El negro, que tenía casi su misma edad, vestía pantalones téjanos como él y un polo parecido también al suyo. Tenía pinta de asesino, y algo de su rostro le resultaba familiar. El hombre del traje dijo:
–¿El señor Curran? ¿El señor Guy Curran?
Guy asintió con la cabeza.
–Soy policía, los dos somos policías. Supongo que querrá ver nuestras chapas, ya se las enseñamos nosotros. Soy el detective inspector Shaw de la Brigada de Crímenes Graves y éste es el sargento Pinedo. ¿Podemos pasar, por favor?
Era Linus. Debía de haber reconocido a Guy, se habría dado cuenta de que era su viejo compañero de las calles, pero no dio la menor señal de conocerlo y Guy se limitó a mirarlo sin decir nada. Así que esto era lo que había pasado con Linus, no era un vagabundo ni un traficante en drogas ejecutado por contrabando, sino un policía. El rostro oscuro y ahora más lleno, menos bien parecido, tenía una expresión rígida y fanática. Decían que sólo el canto de un cuchillo separa al policía del criminal y que hay entre los dos una fuerte afinidad. Linus había preferido cazar a ser cazado.
Guy retrocedió un poco para dejar pasar a los dos hombres y la luz que entraba por la puerta incidió en su Colt, que seguía sobre la mesita. Shaw dijo:
–¿Tiene permiso de armas para esto, señor Curran?
–Sí, claro.– Pero no lo tenía y ellos querrían verlo.– Para un rifle –dijo.– Para un 22.
–Esto no es un rifle –dijo Shaw.
No tocó el arma. Atravesó el vestíbulo y entró en la sala de estar seguido por Linus. Linus seguía andando con aquel contoneo de macarra, las caderas rígidas, los muslos muy juntos y los hombros cadenciosos. El hombre delgado del traje gris se sentó en el sofá de la sala de estar de Guy sin haber mirado ni a derecha ni a izquierda y sin haber hecho caso del Kandinsky.
–¿Qué es lo que desean?
–Estamos investigando la muerte de la señora Llewellyn-Gerrard.
–No conozco a ninguna señora Llewellyn-Gerrard.
Guy sintió un enorme alivio. Debía de tratarse de una vecina. Estaban preguntando en todas las casas del mews. Se trataba de uno de aquellos casos en que encontraban a una mujer acuchillada en su dormitorio o muerta por sobredosis. Ocurría constantemente. Shaw lo miraba con intensidad.
–La señora Janice Llewellyn-Gerrard –dijo Linus–, de Portland Road, Oeste Once.
–Janice –dijo Guy, lleno de extrañeza–. Sí, sí, creo que la conozco. Si es quien imagino. Pero, ¿de Portland Road? Conozco a otra gente en Portland Road.
Su voz era confusa y sin aliento, podía oírla. Shaw estaba mirándolo. Linus también.
–¿Ha muerto? –dijo, intentando aligerar la cosa–. ¿De qué ha muerto?
–La han asesinado–. El diente de oro de Linus lanzó un destello.
Guy era todo inocencia. No comprendía, dijo.
–¿Cómo ha ocurrido?
–Un fallo –dijo Shaw–. Vieron al asesino. Está bajo arresto.– A Guy le pareció que el hombre estaba orgulloso de sí mismo.– Está bajo arresto desde una hora después del asesinato, a las ocho de ayer noche.
–¿Quiere decir que la asaltó?
–No, no. El hombre llamó al timbre pero el portero automático no funcionaba o algo así y ella bajó. Disparó a la mujer un tiro a bocajarro, le atravesó el pecho y la cabeza. Murió en el acto, apenas pudo darse cuenta de lo que ocurría. Pero su esposo había bajado detrás de ella y lo vio todo. Pudo hacer una identificación.
–Nos gustaría que nos acompañara, señor Curran –dijo Linus. Había perdido el acento, el acento caribeño de Celeste. Hablaba como cualquier policía en ascenso. El primer comisario negro, pensó Guy–. Hasta la comisaría. Allí podremos hablar mejor.
–¿Yo? –dijo Guy–. ¿Por qué yo? Ya tienen a alguien, usted lo ha dicho. Ha dicho que lo tienen bajo arresto.
–Si, Charlie Ruck. ¿Quiere ver esta tarjeta que encontramos encima de Charlie Ruck? Lleva el nombre y la dirección de usted.
Guy leyó la tarjeta, aunque no le era necesario. La había reconocido. Se la había dado a Danilo en el The Black Spot cuando quedaron en la «eliminación» de Rachel Lingard: «bajita, cara redonda, gorda, gafas, cabello oscuro peinado hacia atrás, unos veintisiete años».
–Puedo explicárselo –empezó, y en seguida se dio cuenta de que no podía.
Había olvidado, pero recordaba ahora, que alguien de ellos había mencionado que Janice y su esposo se quedarían unos días en Portland Road. Quizá lo hubiera mencionado Leonora. Siempre recordaba todo lo que decía Leonora, pero ya no era así, y al darse cuenta de este hecho sintió una aguda punzada.
Los dos policías le estaban observando.
–Venga con nosotros, Curran –dijo Shaw.
Ya no decía «señor». Esto era el principio.
Valientemente, lanzó un grito a Celeste:
–Te veré más tarde.
–Lo dudo –dijo Linus.
Salieron al mews. Un vecino de Guy les dirigió una mirada indiferente. Guy subió al coche y se alejaron.




[1] Mews: callejón o patio empedrado y las construcciones en torno a él, que eran antes caballerizas. (N. del T.)
[2] Guy Fawkes fue el ejecutor de la «conspiración de la pólvora», el 5 de noviembre de 1605, una conjura católica para volar el Parlamento el día de su apertura. (N. del E.)
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About Jhon D. Ticona Ruelas

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