UN SIMPLE FALLO
(Going Wrong, 1990)
Ruth Rendell
A Fredrik y Lilian
1
Siempre almorzaba con él los sábados. Esto
ocurría siempre, era algo obligado, a menos que uno de los dos se hallase
ausente. Era algo tan cierto como que el sol saldría por la mañana, que las
chispas volarían hacia el cielo y que las aguas volverían a su nivel. Esto le
consolaba y le daba seguridad cuando las cosas iban mal. Por muchas dudas que
tuviera, por muy acobardado que se sintiera, podía contar con que ella
almorzaría con él el sábado.
Cuando iba a reunirse con ella a la una del
mediodía del sábado, solía sentirse optimista. Esta vez quizá consiguiera
convencerla para que cenara con él una noche de entre semana o le permitiera
llevarla al teatro. Tal vez aceptara verse con él antes del próximo sábado.
Esto ocurriría algún día, tenía que ocurrir, sólo era cuestión de tiempo. Ella
le amaba. Nunca había habido otra persona para ninguno de los dos.
Al tiempo que se repetía estas palabras a sí
mismo mientras se dirigía a su encuentro, sentía una ligera aprensión. El corazón
le hacía dudar. Recordaba lo que había visto. Se dijo entonces, por centésima
vez, que no pasaba nada y que se estaba preocupando sin razón. Alzó la cabeza y
cobró ánimos.
Iba camino de una bodeguilla situada muy
cerca de donde se habían conocido. Ella había optado por ese lugar, temiendo
que él escogiera un sitio caro. Si llegaba en taxi ella le preguntaría por su
salud, así que había decidido ir a pie después de dejar el taxi en lo alto de
Kensington Church Street. Él tenía una posición acomodada, si se exceptúa a los
verdaderamente ricos, y parecía un millonario a los ojos de la mayoría de gente
que ella conocía. «Benefactores» de izquierdas, «verdes», que creían que era un
valor moral en sí el no tener un refrigerador o un microondas, el ir de camping
y el montar en bicicleta. Él podía darle cualquier cosa que deseara. Con él
podría tener una vida cómoda.
Ella llegaría al lugar de encuentro paseando
por Portobello Road. La atraían su aire pintoresco, los puestos del sábado, el
bullicio y la gente. Y esto era lo que a él le desagradaba; le recordaba
demasiado los malos tiempos de su infancia y de su adolescencia, las cosas que
había dejado atrás. Tomó la larga y austera Kensington Park Road, la ancha e
impersonal avenida que discurría hacia el norte. Era pleno verano y los árboles
lucían oscuros, verdes y polvorientos. Hacía calor, el sol emblanquecía las
aceras y hacía que el aire se retorciera y danzara en ondas vidriosas por
encima del asfalto. A ella no le gustaban sus gafas de sol, decía que le daban
aspecto de mafioso, así que se las quitaría en cuanto entrara en la oscuridad
del restaurante. Esperaba encontrarse con ella a este lado del restaurante, ya
que ella venía desde el oeste, desde el otro lado de Ladbroke Grove, donde
vivía. Entonces vería que no había venido en taxi.
Miró a los mews[1] de la izquierda. No pudo evitarlo, aunque su sola visión le dolía y le
causaba una agridulce nostalgia. Ella había vivido con sus padres en una de
aquellas casas de muñecas pintadas de rosa y con macetas en las ventanas, la
casa cuyo balcón parecía un enrejado de chimenea y cuya puerta de entrada era
blanca como la crema batida. Diríase que había escogido este lugar para
almorzar hoy con el fin de atormentarle. Pero no era de la clase de personas
que hacen este tipo de cosas. Lo que pasaba era que no tenía ni idea de que
esto fuera a representar un tormento para él, no comprendía ya sus sentimientos
y era tarea de él hacer que comprendiera. Tenía que conseguir que sintiera con
respecto a él lo que sentía cuando pasaba por delante de la manzana de pisos
del ayuntamiento donde él se había criado, a pocas calles de allí, en
Westbourne Park. Por un momento se preguntó qué tal sería saber que ella
suspiraba por él tanto como él por ella, y que la sola visión de un lugar donde
él había vivido la llenaba de recuerdos y ternura y de anhelo por el dulce
pasado. Pensó resueltamente: conseguiré que vuelva a sentir eso por mí.
Habían corrido por estas calles cuando él
tenía catorce años y ella once. Ellos eran una pandilla. No eran en absoluto
niños inocentes, sino un grupo de chicos blancos y negros, endurecidos,
bastante crecidos para su edad la mayoría de ellos, ladronzuelos brillantes e
inveterados fumadores de marihuana. Él empezaba ya a traficar y bien que le
había ido, había conseguido una pequeña fortuna llevando a los escolares por el
mal camino. Algunos de aquellos críos eran ricos, sus padres vivían en el «lado
bueno» de Holland Park Avenue. Su madre nunca sabía ni le importaba dónde
estaba mientras no la importunara, y ¿por qué iba a hacerlo? Medía uno setenta
y seis, ya se afeitaba, y de vez en cuando salía con una chica de dieciocho
años, todavía faltaba poco a la escuela pero tenía dinero suficiente en el
bolsillo como para que esas cosas no le importaran. Iba en taxi cuando no
conducía el coche de su novia.
Pero ella... la quiso desde el primer
instante, desde el instante en que bajó por Talbot Road y se plantó allí en la
esquina observándolos, cuatro chicos sentados en el muro y fumando el primer
porro de la noche. Era bajita y muy joven, con un rostro grave y ansioso de
experiencias. Los otros no mostraron el menor interés pero él, en cambio, se
quedó mirándola y ella mirándole a él; fue para los dos un amor a primera vista
y, cuando el porro llegó a él, lo clavó en un alfiler y se lo ofreció
diciéndole:
–Toma... no seas tímida.
Estas fueron las primeras palabras que él le
dijo: «Toma... no seas tímida». Las había pronunciado con tanta cortesía que
Linus le dirigió aquella larga mirada de Mohamed Alí y escupió en el arroyo.
Ella cogió el porro y se lo llevó a los labios; naturalmente, lo mojó, siempre
les pasaba eso la primera vez. Pero no se mareó ni hizo ninguna idiotez y se
limitó a dirigirle aquella desgarradora sonrisa tan suya que terminaba en una
risita.
Un mes más tarde los padres de ella pusieron
fin a todo esto. Pusieron fin a lo que llamaban «jugar en la calle». Era
peligroso y a la niña podía ocurrirle cualquier cosa. Naturalmente, él y ella
siguieron viéndose en el camino de ida y de vuelta de la escuela. No habían
dejado de relacionarse desde entonces ni un solo momento, naturalmente con
intervalos de tres a cuatro meses cuando ella estaba en la universidad, pero
nunca había habido una verdadera separación. No era posible separarla de él, se
dijo a sí mismo mientras entraba en la bodeguilla y bajaba la escalera de
caracol.
Se detuvo para quitarse las gafas de sol. El
lugar tenía una onda de los años treinta y la música que había puesta era una
selección de películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. Por todas las paredes
había fotografías de viejas estrellas del cine, como Clark Gable y Loretta
Young, gente largo tiempo olvidada que no significaban nada para él. Ella había
llegado ya, estaba sentada en la barra con un zumo de naranja y hablando con el
muchacho francés que hacía de barman. No se sintió celoso. Le gustaba mirarla
cuando ella no se daba cuenta de que era observada.
Era una chica muy morena, al modo en que
pueden serlo los celtas, que no tiene nada que ver con el moreno de los indios
o de la gente de Oriente Medio o ni siquiera de los españoles. Su piel era
morena invierno y verano, pero ahora, con este calor, tenía un tinte muy
oscuro. A excepción de los ojos azul oscuro, sus rasgos no eran hermosos, pero
el conjunto era hermoso, algo enteramente agradable, grato. Te hacían pensar:
este es el aspecto que debe tener una mujer de veintiséis años, guapa, buena,
inteligente e interesante. El perfil de su rostro era el que veía ahora: la
nariz pequeña y recta, la barbilla ligeramente demasiado pronunciada, los
labios que parecían la viva imagen de un pétalo de rosa roja y las cejas que se
alejaban hasta el inicio del cabello. Su cabello era el de un paje de una
pintura de Rossetti. Esto lo había dicho una vez su madre. Era todo lo oscuro
que podía ser sin llegar a ser negro y le llegaba hasta justo por debajo de las
orejas, como una campana de metal, con un flequillo hasta mitad de la frente.
Iba ahora de blanco, shorts blancos hasta las rodillas, camisa blanca con
amplias mangas arremangadas y un cinturón rojo, blanco y azul completando el
conjunto en torno a su estrecha cintura. Sus piernas morenas eran largas, lo
bastante largas y bien formadas como para resultar hermosas a pesar de llevar
aquellos gruesos calcetines blancos y las zapatillas. ¡Qué pendientes tan
absurdos! Jarrones negros con asas dobles, como algo surgido de la tumba de
mamá. Estos pendientes le producían una ternura insoportable.
El barman debió de susurrarle algo. Leonora
se volvió. Él habría dado cualquier cosa por ver la alegría dibujada en su
rostro, por ver su rostro como sería el de él cuando la viera. Si al menos
hubiera podido engañarse a sí mismo y decir que no era una expresión de horror.
Expresión que desapareció al instante por el sentido del deber, la cortesía y
la decente bondad que formaban parte de su carácter, pero que estaba allí.
Horror. Decepción ante el hecho de que él hubiera acudido, de que no llegara
tarde o enviara a última hora un mensaje diciendo que no podía venir. Era como
un largo y delgado alfiler atravesándole el corazón. Y entonces se engañó a sí
mismo. Lo estaba imaginando. Ella estaba contenta de verle. ¿Por qué si no
estas citas fijas de los sábados? ¡Mira qué sonrisa! Ahí estaba el rostro de
Leonora, de repente radiante.
–Hola, Guy –dijo ella.
En el primer momento, incluso después de que
ella le hubiera hablado, no pudo decir palabra. Fue sólo un instante. Cogió la
mano que ella le tendía y la besó primero en la mejilla izquierda y luego en la
derecha. Como podría besar a cualquier amiga. Y sintió cómo los labios de ella
se movían de la manera aceptada, tocándole la mejilla izquierda y luego la
derecha.
–¿Cómo estás?
Lo había conseguido. Se había roto el hielo
que mantenía paralizada su lengua.
–Muy bien.
–¿Vas a tomar algo de verdad hoy?
Ella hizo que no con la cabeza. Vino bebía a
veces; licores nunca. Solía limitarse a zumos de frutas y agua con gas. Había
pasado mucho tiempo desde aquellos días en que se sentaban al salir de la
escuela en una losa del cementerio de Kensal Green a beber el coñac que, según
Linus, había caído de la caja de un camión. A los dieciocho y quince años se
puede beber mucho coñac. La cabeza es fuerte y el estómago de hierro.
Guy pidió al barman otro zumo de naranja y un
vodka con tónica. En algún lugar del mundo debía de haber naranjas perfectas,
maduradas al sol y sin pepitas. Naranjas grandes como pomelos y dulces como la
miel de brezo. Estas son las que deberían tener aquí y exprimir para ella en un
vaso alto de cristal completamente helado, recién salido del refrigerador, un
vaso de Waterford, precioso y adornado con hojas y flores, que ella rompería
cuando hubiera bebido el contenido. Esta idea le hizo sonreír. Ella le preguntó
qué era lo que le hacía tanta gracia y frunció ligeramente el ceño mientras él
le daba la explicación.
–Guy, quiero que dejes de verme así, que
dejes de pensar en mí en esos términos.
–¿Qué términos son esos?
–Tus fantasías románticas. No tienen nada que
ver con el mundo en que vivimos. Es como un cuento de hadas.
–No te veo sólo así –la miraba con intensidad
y hablaba de un modo lento, medido y justo–. Creo que te veo de todas las
maneras en que un hombre puede ver a una mujer a la que quiere. Te veo como la
chica más simpática y guapa que conozco. Te veo como una mujer única,
inteligente y dotada, todo lo que debe ser una chica. Te veo como a mi esposa y
madre de mis hijos, compartiendo todo lo que tengo y envejeciendo conmigo, y a
mí mismo tan enamorado de ti dentro de cincuenta años como ahora. Así es como
te veo, Leonora, y si se te ocurre de qué otro modo se puede ver a la estrella
más reluciente del cielo, te veré así también. ¿Te parece bien?
–¡Que si me parece bien! No se trata de si me
parece bien.
Sabía que ella había oído antes de sus labios
este discurso, o algo muy parecido. Lo había preparado hacía mucho tiempo y se
lo sabía de memoria. Pero el caso es que era cierto. ¿Podía decir otra cosa que
la verdad?
–¿Te complace, entonces? Porque quiero
complacerte. Pero no volveré a decirlo, lo sabes.
–Lo que sé es que no voy a ser tu esposa ni
tampoco la madre de tus hijos –ella levantó la mirada cuando llegó el zumo de
naranja y dirigió al barman la sonrisa que debía haber sido para él–. Te lo he
dicho ya muchas veces, Guy. He intentado decírtelo buenamente. He intentado ser
honrada y comportarme como creo que debo. ¿Por qué no me crees?
Guy no contestó. Alzó los ojos y la miró
sombrío. Tal vez ella tomara su mirada oscura por un reproche, y cuando habló
lo hizo con impaciencia.
–¿Qué pasa ahora?
Le costaba trabajo, pero debía preguntárselo.
Si no se lo preguntaba ahora lo haría más tarde. Si no hoy, se lo preguntaría
mañana por teléfono. Era mejor preguntárselo ahora y saber. Tenía que saber
contra qué debía luchar, tenía que saber si había un adversario. Se le había
secado un poco la garganta. Deseaba con toda su alma no hablar con voz ronca.
–¿Quién es él?
Hablaba con voz ronca. Hablaba como si algo o
alguien le atenazara la garganta. Ella se mostró sorprendida. La había cogido
desprevenida.
–¿Qué?
–Te vi con él. Paseando por Kent High Street,
el martes o el miércoles pasado.
Pretendía mostrar, a pesar de la voz sin
aliento, una despreocupación que no sentía. No sólo sabía el día sino que sabía
también, de manera indeleble, la hora, la hora exacta al minuto y el lugar
exacto. Habría podido encontrarlo si iba allí ahora mismo, como si las huellas
de ellos dos estuvieran grabadas en la acera. Se creía capaz de encontrar el
lugar con los ojos vendados o en sueños. Y podía verlos a los dos, imágenes
petrificadas en su memoria, podía ver sus rostros felices –no, eso no, eso se
lo inventaba– delante de Kensington Market.
–Un poco enano el tío –dijo, ahora con voz
furiosa–. Y con el pelo de paja. ¿Quién es?
Ella no había querido que lo supiera y esto
le consolaba un poco.
–Se llama William Newton –dijo ella con las
mejillas enrojecidas.
–Y ¿qué significa para ti?
–No tienes ningún derecho a preguntarme eso,
Guy.
–Sí tengo derecho. Soy la única persona en el
mundo que tiene derecho.
Creía que ella iba a iniciar una pelea, pero
Leonora se limitó a decir, malhumorada:
–Bueno, pero no debes darle tanta
importancia. Recuerda que me has preguntado, así que tienes que aceptar la
respuesta.– ¿Se daba cuenta de que esto le hacía que le diese un vuelco el
corazón? La miró conteniendo la respiración–. En realidad hace unos dos años
que nos conocemos. Y hace un año que salimos juntos. Me gusta mucho.
–¿Qué quiere decir eso?
–Lo que digo, que me gusta mucho.
–¿Eso es todo?
–Guy, me resulta muy difícil hablar de esto
si me miras de ese modo. William ha llegado a ser muy importante para mí y yo
lo soy para él. Así que ya lo sabes.
–¿Es mamante?
–¿Importa eso? Sí. Sí, claro que lo es.
–¡No te creo!
Ella intentó decir esto de manera ligera:
–¿Por qué no? ¿No soy lo bastante atractiva
como para tener un amante? Sólo tengo veintiséis años y no soy fea.
–Eres hermosa, pero no me refiero a eso. Me
refiero a él. Míralo: un metro setenta, el pelo de paja y la cara como una
cebra sin rayas... y ¿qué es una cebra sin rayas? ¿Qué hace? ¿Tiene dinero? No,
no me contestes. Se ve que no. Un enano descolorido y muerto de hambre. No te
creo. ¿Qué ves en él? Por el amor de Dios, ¿qué ves en él?
Mirando el menú y sin siquiera levantar la
cabeza, ella dijo con voz pausada:
–¿De veras lo quieres saber?
–Claro que quiero saberlo. Te lo pregunto.
–Conversación –alzó los ojos y a él le
pareció que suspiraba un poco–. No me aburriría aunque me estuviera hablando
todo el día y no oyera a otra persona en mi vida. Es el hombre más interesante
que he conocido. Bueno, Guy, me has preguntado.
–¿Y yo soy aburrido?
–Yo no he dicho eso. Lo que he dicho es que
no me resultas tan interesante como William. No sólo tú, nadie. Me has
preguntado por qué salgo con él y te lo he dicho. Me he enamorado de William
por cómo habla y... por su inteligencia, así de sencillo.
–¿Te has enamorado? –¡Oh, qué horror
pronunciar estas palabras! No le habría extrañado morir antes de decirlas, o
que el decirlas le matara. Se sentía débil y las manos se le descontrolaban–.
¿Estás enamorada de ése?
–Lo estoy –dijo ella, y calló.
–Oh, Leonora, ¿cómo puedes decirme eso a mí?
–¿Qué quieres que haga si me preguntas? ¿Que
te cuente una mentira?
Oh, sí, una mentira, cualquier mentira antes
que esta terrible verdad.
–¿Y te acuestas con él por cómo habla?
–Pretendes que parezca ridículo, lo sé, pero
el caso es que en cierto modo es así.
Leonora pidió melón con prosciutto sin el prosciutto, y a continuación espaguetis. Él pidió gambas y tournedós Rossini. Se esforzó por hablar, por decir cualquier cosa, pero sus
palabras parecían la riña de una niñera.
–Me gustaría que comieras bien por una vez,
que pidieras algo más caro.
Podía ver que para ella era un alivio este
cambio de tema, o lo que a ella le parecía un cambio de tema. Lo cierto era que
a Guy le resultaba insoportable seguir hablando de aquello. Aquellas palabras
le hacían daño. Las palabras de Leonora seguían presionando y zumbando en sus
oídos: «Me he enamorado de él».
–Lo que pasa es que no me gusta que pagues tú
–dijo ella–. No vengo de un mundo en que los hombres paguen la comida a las
mujeres porque sí.
–No seas absurda. No es porque yo sea hombre,
de lo que se trata es de que gano cincuenta veces más que tú.
No habría debido decirlo, se dio cuenta al
instante. Tenía este fallo y lo reconocía, era incapaz de no expresar orgullo
por su éxito como hombre que se había hecho a sí mismo. Ella volvió a fruncir
el ceño y aquellas cejas aladas se unieron. Empezaba a sentirse furioso y
desgraciado al mismo tiempo. Este era el problema. En estas ocasiones únicas en
que estaban juntos, siempre a la luz del mediodía y siempre en público, le era
imposible controlar su genio.
–Ya sé que aborreces el modo en que me gano
la vida –dijo mirando fijamente las cejas fruncidas y los firmes ojos azules–.
Pero es porque no entiendes. No sabes en qué mundo vivimos. Eres una
intelectual y crees que todo el mundo tiene tu gusto y sabe lo que es bueno y
lo que no lo es. Esto es algo que no entiendes, que la gente corriente sólo
quiera tener cosas bonitas y corrientes en sus casas, cosas que puedan mirar y
con las que puedan identificarse, cosas... que no sean ni pretenciosas ni
falsas.
–«Su posición con respecto a la religión que
defendía era la de un avicultor con respecto a la carroña con que alimenta a
sus aves: la carroña es asquerosa pero a las aves les gusta y la comen, por lo
que es correcto alimentar a las aves con carroña.»– citó Leonora.
Guy enrojeció hasta la raíz del pelo.
–No me digas que eso es tuyo.
–Es de Tolstoi.
–Te felicito por tu memoria. ¿Lo has
aprendido a propósito para soltarlo hoy? ¿O es una de esas cosas que dice él en
sus maravillosas conversaciones?
–Es una obra que me gusta –dijo ella–. Viene
al pelo a muchas de las terribles cosas que alguna gente hace a otra gente hoy
en día. No me gusta nada de lo que haces para ganarte la vida, Guy, pero eso no
es todo.
–¿Vas a contarme el resto?
Llegaron el melón y las gambas. Él pidió una
botella de Mâcon-Lugny. No era ni mucho menos un alcohólico, pero había
empezado a beber todos los días, a beber mucho, un aperitivo y vino con el
almuerzo, dos o tres ginebras por la tarde y una botella de vino con la cena.
Y, si la persona con quien estaba deseaba compartir otra botella o dos por la
noche, tampoco decía que no. Ni siquiera por Leonora iba a hacer ver que no
deseaba beber o abstenerse del cigarrillo que fumaría después del bistec.
–En realidad nunca me lo has dicho. Has dicho
por qué te gusta el enano pelo-de-paja pero no has dicho nada de por qué no te
gusto yo. O por qué no te gusto ya, porque antes sí te gustaba.
–Tenía quince años, Guy. Hace once años de
eso.
–Aun así. Yo fui el primero y una mujer
siempre quiere más al primero.
–Eso es porquería retrógrada y sexista. Y
otra cosa, si vuelves a llamar a William enano pelo-de-paja me levanto y me
voy.
–No voy a estar aquí sentado aguantando tus
insultos –soltó él con voz de verdulero.
–Como quieras. Y me alegro de que lo hayas
dicho, así me ahorras la molestia.
Estaba callado, demasiado exasperado para
hablar. Como ocurría a menudo en estos encuentros, llegaba un punto en que
estaba demasiado enfadado o furioso para comer, a pesar del hambre que había
sentido un momento antes. Se ponía en cambio a beber y terminaba largándose del
lugar, con la cara colorada como un tomate. Pero todavía no estaba colorado.
Podía verse a sí mismo reflejado en el panel de cristal negro de enfrente, al
lado de la imagen de Cary Grant en Encadenados, un hombre muy atractivo de rasgos
clásicos y fuertes, la frente noble, hermosos ojos oscuros y un mechón de
cabello cayéndole descuidadamente sobre la frente curtida. Hizo a Cary Grant a
un lado. Paradójicamente, su pinta lo ponía aún más furioso. Era como si lo
tuviera todo ya, pinta, dinero, éxito, encanto, juventud: ¿qué otra cosa le
quedaba por conseguir, qué podía encontrar que la hiciese cambiar de opinión
cuando todo parecía inadecuado?
–No quiero postre –dijo ella–. Sólo café.
–Tomaré café solo también. ¿Te importa que
fume?
–Siempre fumas –dijo ella.
–No lo haría si te pareciera mal.
–No me importa, Guy. No tienes por qué
preguntarme. ¿No te parece que te conozco ya a estas alturas?
–Tomaré un coñac.
–Adelante, Guy, no peleemos. Somos amigos,
¿no? Me gustaría que fuéramos siempre amigos, si es posible.
Habían pasado ya por esto antes. «Me he
enamorado de él.» Las palabras zumbaban en sus oídos. Dijo:
–¿Cómo está Maeve? ¿Cómo están Maeve y Rachel
y Robin y mamá y papá?
Sabía que habría debido decir «tu madre y tu
padre», y lamentaba que le proporcionara placer el ver aquel ligero respingo
cuando se refería a sus padres de este modo. Pero siguió adelante, y soltó sin
poder evitarlo:
–Y sus apéndices –dijo–, la madrastra y el
padrastro, ¿cómo están? ¿Siguen enamorados? ¿Siguen casándose por segunda vez
como es debido ahora que ya tienen edad para saber lo que se hacen?
Leonora se levantó. Él le cogió la muñeca.
–No te vayas. No te vayas, Leonora, por
favor. Lo siento. Lo siento muchísimo, perdóname por favor. Me vuelvo loco,
¿sabes? Cuando te sientes tan infeliz como me siento yo te vuelves loco y no te
das cuenta de lo que dices, dices cualquier cosa.
Ella apartó con gran suavidad los dedos de
Guy de su muñeca.
–¿Por qué eres tan tonto, Guy Curran?
–Siéntate y tómate tu café. Te quiero.
–Eso ya lo sé –dijo ella–. Créeme, no tengo
la menor duda. Nunca me oirás decir que no lo creo. Sé que me quieres. Y ojalá
no me quisieras. ¡Santo cielo, ojalá no me quisieras! Si supieras qué peso es
para mí, cómo me destroza la vida que sigas y sigas y que nunca me dejes en
paz... ¿por qué... bueno, por qué no abandonas, Guy?
–Nunca abandonaré.
–Tendrás que hacerlo algún día.
–No lo haré. Porque sé que todo eso no es
verdad. Dices que te has enamorado de ese cómo-se-llame pero eso es sólo un
capricho, algo pasajero. Sé que a quien quieres es a mí. Te disgustaría mucho
que te dejara. Me quieres.
–Te diré que sí, en cierto modo. Lo que pasa
es que...
–Come conmigo el sábado que viene –dijo él.
–Siempre como contigo los sábados.
–Y te telefonearé mañana.
–Lo sé –dijo ella–. Sé que llamarás. Sé que
llamarás todos los días y que comerás conmigo todos los sábados. Es algo tan
seguro como que vendrá la Navidad.
–Del todo seguro –dijo él brindándole la copa
de coñac, echando un sorbo y bebiendo a continuación como si fuera vino–. Soy
tan de fiar como la Navidad y además igual de... ¿cómo se dice?... inexorable.
Y algo más, no vendrías si en realidad no me quisieras. El ena... ese William,
no estás enamorada de él, es sólo un capricho. Es a mí a quien quieres.
–Te aprecio.
–Entonces, ¿por qué sigues viéndome?
–Guy, sé sensato, sólo lo hago porque...
Bueno, no hay por qué entrar en eso.
–Sí, hay por qué. ¿Qué quiere decir «sólo lo
hago porque»?
–Muy bien, tú lo has preguntado. Porque sé lo
que sientes o intento saber lo que sientes. Quiero ser amable, y no mezquina.
Te prometí qué sé yo qué cuando éramos niños. Nadie en su sano juicio diría que
aquellas promesas tienen algún valor, pero es igual. Por Dios, Guy, te llevo en
mi conciencia, ¿no te das cuenta? Por eso como contigo los sábados, por eso
escucho todo ese rollo y dejo que insultes a mi padre y a mi madre y a mis
amigos y... y a
William. Y hay otra razón. Es porque espero... bueno,
esperaba... conseguir que fueras sensato, esperaba poder convencerte de que era
inútil (y perdóname por tanta esperanza) y que llegaras a darte cuenta de que
tú y yo no tenemos ningún futuro juntos. Creía poder convencerte de que fuéramos
amigos, y así es cómo debería ser... mi amigo... bueno, nuestro amigo, mío y de
William. ¿Queda explicado?
–Todo un discurso –dijo él.
–No me ha sido posible abreviarlo y decir
todo lo que tenía que decir.
–Leonora –dijo él–, ¿quién te ha vuelto contra
mí? –Era una nueva idea, que le había llegado como una revelación, como una
iluminación concedida a un fiel creyente. El rostro de ella, culpable, cauto y
en guardia, le decía que no se equivocaba–. Está muy claro. Es uno de ellos,
¿no? Uno de ellos te ha vuelto contra mí. No valgo para ellos, no estoy a la
altura de lo que según ellos te conviene. Es eso, ¿no?
–Soy adulta, Guy. Tomo mis propias
decisiones.
–No vas a negar que sois una familia muy
unida, ¿verdad? No vas a negar que tienen mucha influencia sobre ti.– Ella no
podía negarlo, no decía nada.– Apuesto a que se les cae la baba por ese
William, apuesto a que es el favorito de todos ellos.
–Sí, les cae bien –dijo ella con cuidado. Se
levantó y le tocó la mano dirigiéndole una mirada que él no pudo comprender–.
Te veré el sábado que viene.
–Hablaremos antes. Te llamaré mañana.
En un tono alegre y neutro, ella dijo:
–Sí, ¿seguro que llamarás?
Él se fue por un lado y ella por el otro.
Cuando la hubo perdido de vista llamó a un taxi. Pensó en pedir al taxista que
se dirigiera a la casa de Portland Road donde ella tenía el piso, en ir allí y
arreglar el asunto con ella y tal vez también con William. Estaba seguro de que
William estaría allí esperándola, dispuesto a escuchar compasivamente sus
quejas acerca del almuerzo y de él y del rollo que era todo aquello y luego a
ofrecerle el bálsamo de su brillante conversación.
Pero ella no diría nada de eso, no se
quejaría de él ni diría que estar con él era un rollo. Se atrevió a conjeturar
que ella ni siquiera mencionaría a nadie que le había visto. Porque el hecho
era que le quería de verdad. ¿Acaso acudiría a la cita con él si no fuera así?
¿Quién podía creerse aquellas tonterías acerca de la conciencia y de intentar
convencerle de que podían ser amigos? Si una mujer hablaba con un hombre por
teléfono todos los días y se encontraba con él una vez a la semana era porque
le amaba.
Guy despidió al taxi en la entrada de
Scarsdale Mews. Había comprado la casa hacía diez años, cuando tenía
diecinueve, algo inusitado. Pero tenía el dinero necesario. Fue justo antes del
boom de la propiedad, que había triplicado el precio de la casa en estos años.
La segunda zona de Londres, según él la llamaba. Había comprado la casa porque
era un chalet en un mews como la casa en que en esa época vivían todavía los padres de ella,
sólo que la suya era mayor y estaba en un barrio mucho más prestigioso. Entre
sus vecinos había un par, un famoso novelista y un personaje de espectáculos
televisivos. La primera vez que le había pedido que se casara con él, él tenía
veinte años y ella diecisiete, la había traído a esta casa y le había mostrado
el jardín entre muros con los naranjos en jarrones romanos, el estudio con
antiguos mosaicos de Lisboa en las paredes y una alfombra Gendje. La casa poseía
el primer jacuzzi que se había instalado en Londres. Tenía una cama con dosel del siglo xviii y una estera joshagan en el suelo del dormitorio. Los padres de ella no tenían nada así. La
llevó a cenar al Ecu de France, donde los camareros se deslizaban hasta la mesa
mostrando la comida en grandes bandejas de plata, y luego la llevó a casa donde
les esperaba el Piper Heidsieck en hielo y fresas salvajes.
–El Gran Gatsby –había dicho ella.
Era el título de un libro. Siempre estaba
hablando de libros. Le había comprado un anillo con un enorme zafiro del tamaño
del iris de uno de sus ojos. En ella y por ella había gastado la fortuna
amasada en su adolescencia.
–No, no puedo, sólo tengo dieciocho años
–dijo ella cuando le pidió que fuera su esposa.
–Bueno, más adelante –dijo él–. Esperaré.
Todavía conservaba el anillo. Estaba arriba,
en la caja fuerte, junto con otros artículos menos costosos. No había perdido
la esperanza de colocárselo en el dedo algún día. Debía de amarle. Si no le
amase, se negaría a volver a verle. Esto es lo que hacía la gente, esto es lo
que hacía él con las chicas que le perseguían. Se metió en su casa, se dirigió
directamente a la estancia que según ella no debía llamar salón, aunque él lo
llamaba así, cómo iba a llamarlo si no, y se sirvió un coñac. Éste le recordó,
como le recordaba siempre el buen coñac, el de Linus Pinedo que habían bebido
en Kensal Green. Aturdidos por el amor y el licor habían yacido uno en los
brazos del otro sobre la larga hierba de entre las tumbas mientras las
mariposas volaban sobre ellos en el cálido aire estival.
–Te querré toda la vida –dijo ella–. No podrá
haber nadie más para ninguno de los dos, Guy. ¿Piensas tú eso también?
–Sabes que sí.
Le amaba, siempre le había amado. Alguien la
había vuelto contra él. Uno de ellos. Uno o varios de ellos habían influido en
ella y la habían puesto contra él: William, o Maeve, o Rachel, o Robin, o sus
padres. Anthony, su padre, y Tessa, su madre. Y se habían vuelto a casar los
dos, por lo que ninguno de ellos podía ya permitirse poseer pequeñas casas en
un mews de la segunda zona de Londres (o en su caso de la tercera o la
cuarta). Guy sonrió. Ahora eran Anthony y Susannah, Tessa y Magnus.
La habían vuelto contra él a posta. Formaba
parte de una política deliberada destinada a hacer entrar a Leonora en su molde
y apartarla de elementos indeseables. Anthony el arquitecto, su padre, y Tessa
con sus uñas de metal y su voz altiva de sabelotodo, su madre. La linda y
gentil Susannah, la psicoterapeuta aficionada, su madrastra, y Magnus el
abogado, su padrastro, con su cara cadavérica y su talante de juez verdugo.
Y los otros allegados: Robin, Rachel y Maeve.
Habían formado una alianza contra él, los ocho contra Guy Curran.
2
Cuando Leonora cambió de escuela fue para ir
a la comprensiva de Holland Park, su escuela. A la madre de Leonora no le
gustaba que volviera a casa sola las tardes de invierno en que empezaba a
oscurecer a las cuatro, y para que su madre no viniera a buscarla en el coche,
Leonora decía que la acompañarían unas «amigas mayores». Las amigas mayores
eran él, Linus y Danilo, que empezaban a ser conocidos en los bajos fondos
locales como el Tráfico de Sueño.
De haberlo sabido sus padres no sólo habrían
alucinado, sino que probablemente habrían emigrado. Sin embargo, con el paso
del tiempo fue él el único acompañante. Linus había conseguido buenas notas y
había pasado a un colegio de sexto grado, mientras Danilo se buscaba problemas
por robar pisos. El Tráfico de Sueño se había convertido en un espectáculo
individual aunque sus números eran cada vez más fuertes. Una tarde de otoño, él
y ella estaban sentados en los peldaños de un portal de Prince’s Square, sin
fumar ni nada por el estilo, sólo compartiendo una lata de coca-cola y una
bolsa de patatas fritas, cuando pasó el padre de Leonora en su coche. Se
dirigía a casa por Hereford Road. Guy pensó que iba a parar, pero se limitó a
saludar con la mano a Leonora y siguió su camino.
–Cruza los dedos por mí cuando llegue a casa
–dijo Leonora.
–¿Por qué? ¿Qué va a pasar?
–No sé exactamente. Es posible que haya una
gran escena. Es posible que me lleven y me vengan a buscar a la escuela durante
unas semanas. ¡Cielo Santo, espero que no, vaya rollo!
–¿Tú crees? Apuesto a que tu madre hace lo
que dice en la revista de mi vieja.– Habló en un acentuado falsetto–: «No prohíbas a tus hijos que vean a sus amigos. Es mucho más positivo
alentarlos a invitar a sus amigos a su casa. Así podrás conocerlos. Recuerda
que la mayoría de la gente responde bien a un ambiente hogareño feliz».
Esto la hizo reír. Él recordaba cada una de
las palabras de la conversación, cada detalle de lugar y de tiempo y,
naturalmente, de ella. Leonora vestía pantalones téjanos, una blusa blanca y
una camiseta azul oscuro con un osito delante, una bonita y confortable
chaqueta tejana forrada de piel de borreguito, botas de piel marrones y un
largo pañuelo a rayas rosadas, azules y amarillas. En esta época llevaba el
cabello largo, muy largo, casi hasta la cintura. No llevaba gorra, no hacía el
suficiente frío como para ello en octubre. Tenía trece años.
Fue por ese entonces cuando se hizo agujerear
las orejas. Guy fue con ella a que se lo hicieran. Era esto lo que le gustaba,
el contraste, las cosas que hacían las chicas y que eran tan diferentes de lo
que hacían los hombres. Ya entonces imaginaba un futuro en el que le compraría
pendientes de diamantes. Su madre se puso furiosa, dijo que era «vulgar»
hacerse una cosa así a esa edad. Y Leonora había empezado a llevar aquellos
fantásticos pendientes que todavía le gustaban. El par que llevaba cuando
estaban sentados en los peldaños eran unos teléfonos con los receptores
colgando de cables.
Recordaba todo esto con todo detalle porque
fue la primera vez que ella le dijo que le quería. Nadie le había dicho esto
antes, ni siquiera la chica de dieciocho años (ahora de veinte) cuyo sofá cama
en el pequeño cuarto a veces compartía y cuyo coche conducía. ¿Por qué iban a
hacerlo? ¿Y quién? Desde luego, su madre no. Y tampoco su abuela, quien había
convencido a su madre para que le llamase Guy porque Guy Fawkes fue el primer
católico que se había atrevido a poner una bomba al gobierno británico.[2]
Pero cuando, con voz chillona, Guy le habló
de ser invitado a su casa y del ambiente feliz, Leonora se echó a reír, dejó
caer la cabeza sobre las rodillas, sacudió la larga cabellera castaña y los
pendientes con los teléfonos, alzó los ojos y dijo:
–Oh, Guy, te quiero. Te quiero mucho –y le
echó los brazos al cuello y le apretó contra sí.
A Leonora le gustaba que dijera cosas
graciosas o inteligentes, y él se esforzaba por decirlas con tanta frecuencia
como le era posible. No le resultaba fácil, pero lo intentaba. Todavía lo
intentaba. Y ella seguía riendo aunque había en su risa algo que le turbaba, y
era su sorpresa.
Lo interesante fue que la madre de Leonora
hizo exactamente lo que él había predicho y le dijo a Leonora que le invitara a
casa. Fue su primer encuentro con ellos, con todos los que la rodeaban. Robin,
su hermano, no estaba. Estaba en la escuela, una pretenciosa escuela particular
a la que asistía.
En esa época su madre debía de tener unos
treinta y ocho años. Parecía exactamente una versión mayor y más dura de
Leonora: la misma piel de aceituna y el mismo rostro de paje, el cabello oscuro
aunque con una especie de moño detrás, y los mismos ojos azul oscuro, pero
calculadores y vigilantes. Guy observó sus uñas. Estaban pintadas de color de
plata. Eran muy largas y curvadas, como garras, pero limadas en punta, y
parecían de metal, como piezas de cubertería. Cada vez que la vio después de
esto sus uñas eran de un tipo diferente de metal, oro, bronce, latón o el mismo
de color de plata. Leonora no le presentó a su madre. ¿Por qué iba a hacerlo?
Ambos sabían quién era el otro, no podía ser nadie más. De todos modos, sí hubo
la observación incontestable:
–¿Así que tú eres Guy?
Llovía. La pequeña casa en el mews
era más bien oscura, con unas pocas lámparas encendidas que creaban estanques
de luz dorada en los rincones. Llegaba un intenso calor de los grandes
radiadores dorados. Se sentía un olor a pulimento, un olor a limones químicos y
espliego. La casa de Guy era un basurero, sin apenas muebles. El mobiliario
consistía en arcones que servían de mesita y colchones en el suelo, un enorme
aparato de televisión, un equipo estéreo y colchas indias cubriendo las
ventanas. Pero sabía lo que era bueno, sabía lo que tendría algún día. Echó un
vistazo alrededor, a las piezas de estilo Victoriano tardío, la chaise-longue rosa, los sillones Parker-Knorr y la mesa de comedor georgiana de
imitación. La madre de Leonora dijo:
–¿Dónde vives, Guy? Cerca, supongo.
Se lo dijo sin ambages, sabedor de su
inmediata comprensión. Se daría cuenta en seguida de que Attlee House no podía
ser el nombre de un bloque de mansiones privadas. Podía ver cómo su cerebro se
ponía en marcha, las ruedas giraban y ponían las cosas en su sitio, haciendo
planes para eventualidades. Leonora permanecía tranquila, aburrida con todo
aquello.
–Vamos, Guy, vamos a mi habitación.
Una mano alcanzó el brazo de Leonora y se
posó en él, una mano larga, morena y pálida con lo que a él le parecieron unos
dedos inexplicablemente largos y delgados, con uñas que relucían como
instrumentos, como cosas destinadas a recoger trocitos estropeados o dañados de
comida.
–No, Leonora, no me parece bien.
–¿Por qué no?
–Vamos a comer en cuanto llegue papá.
Vieron la televisión, sentados uno al lado
del otro en la chaise-longue rosa. Ella iba a cogerle la mano, se dio cuenta de que iba a hacerlo,
pero Guy negó ligeramente con la cabeza y se apartó unos centímetros de ella.
Entró papá. Tenía un aspecto de osito de peluche, guapo y humano como Guy jamás
había visto, rubio, de rasgos redondeados, y robusto sin llegar a ser gordo.
Llamó a la madre de Leonora Tessa, así que Guy hizo lo mismo cuando tuvo que
dirigirse a ella. No llamaba a nadie señor ni señora, nunca lo había hecho y no
iba a empezar ahora; esto le había provocado infinidad de problemas en la
escuela.
–Tessa –dijo, y ella le miró como si la
hubiera llamado puta o algo por el estilo. Aquellas cejas, que eran las mismas
cejas de Leonora sólo que con la piel de alrededor más envejecida, oscura y
manchada, subieron hasta el cabello.
–Me halagas, Guy –dijo, muy sarcástica–. No
me había dado cuenta de que hubiésemos intimado tanto en nuestra relación.
–Oh, calla, mamá, por favor –dijo Leonora.
Hizo como si nada. Guy habría jurado que el
viejo –que rondaba los cuarenta– le hacía un imperceptible guiño. Tessa dijo:
–Entiendo que debes de tener un temperamento
muy afectuoso y campechano, pero si no te importa demasiado preferiría que me
llamaras señora Chisholm por un tiempo.
Guy estuvo a punto de decir que en ese caso
ella debía llamarle señor Curran, pero, naturalmente, no lo hizo. No dijo nada
ni la llamó por nombre alguno, no quería que apartaran a Leonora de él. Se
pasaron toda la comida hablando de drogas, es decir, los padres hablaron de
drogas. Todo aquello parecía haber sido ensayado. No podían saber mucho de él
pero habían hecho sus conjeturas, eran inteligentes. Según el padre, traficar
con drogas era un crimen más despreciable que el asesinato o la corrupción de
menores, y la madre dijo que, aunque aborrecía la idea de matar, en su opinión
debía introducirse la pena capital para los traficantes.
No le pidieron que volviera pero tampoco
prohibieron a Leonora que se viese con él. Sin duda sabían que esto era algo
que no podrían conseguir a menos que se mudasen a otro lugar. A veces veía a
Tessa de compras y una vez la vio al salir del cine Gate. Era una mujer muy
elegante, debía admitirlo, y tenía una figura espléndida. Al lado de sus
tobillos, largos y delgados, las piernas de las otras mujeres parecían las de
caballos de carga. Pero se estaban formando rápidamente grandes arrugas en su
rostro, cada vez que la veía había una nueva y más profunda. Cuando empezó a
salir con Leonora de manera más o menos fija, como su novio oficial, se
presentaba a veces en la casa sin haber sido invitado. Entonces, Tessa lo
trataba con la mayor de las frialdades o clavaba sus pequeñas ironías en los
puntos más débiles de Guy. Era como si clavara en sus ojos aquellas dagas de
plata, o de cobre, o de peltre, que tenía en los extremos de los dedos. Él
tenía que cerrar los ojos y aguantar.
¿Así es que no se estaba preparando para
nada? ¿Cómo estaba su madre? ¿Dónde estaba su padre? ¿Le parecía que su madre
tendría algún día un momento para venir a ver a los Chisholm? ¿Se daba cuenta,
verdad, de que cuando Leonora fuera a la universidad quizá no podría verla en
tres años?
Pero poco después se separaron ella y Anthony
Chisholm, la pequeña casa fue vendida y Leonora estuvo un tiempo estupefacta,
destrozada por un divorcio que nunca había previsto. Su padre había encontrado
a otra mujer y su madre a otro hombre. Leonora le confió que los odiaba a todos
ellos, que no quería volver a ver nunca a sus padres, y él se alegró
secretamente. Ya entonces, a pesar de ser muy joven, Guy se daba cuenta de la
influencia que tenían sobre ella. Sabía que, ahora que Leonora no hablaba con
ellos, sino que anhelaba alejarse y encontrar un lugar propio, sacudirse de los
pies el polvo de sus alfombras, vendría a él. Él tendría una casa adonde
llevarla y se casarían. En él encontraría a una madre y a un padre además de un
esposo y amante.
La situación cambió. La desavenencia duró tan
sólo unas semanas y de repente allí estaban todos, tan pronto, de nuevo amigos,
las dos parejas codeándose y saliendo en cuarteto. Leonora volvía a hablar de
lo que decía mamá y hacía papá, y ahora también, increíble, de lo que pensaba
Sussanah y de lo que aconsejaba Magnus. Llamaba a esto conducta civilizada.
Guy no tuvo más remedio que aceptarlo. Tenía
además otras cosas en qué pensar y se dijo a sí mismo que, a pesar de todo,
estaba seguro de Leonora. Una mañana se dio cuenta de que era un hombre rico. A
los dieciocho años tenía mucho más dinero del que tendrían jamás los Chisholm.
Durante años la había telefoneado todos los
días. Este tipo de observación nunca es del todo cierta. ¿Cómo se podía decir?
Había intentado telefonearla todos los días, y la mayor parte de las veces
conseguía hablar con ella. Era para él una especie de desafío o de búsqueda, un
trabajo de amor.
Cuando fue a la universidad, Leonora decía
que no le gustaba que la llamase todos los días, que la hacía sentirse mal. Él
nunca se tomó esto muy en serio. En las vacaciones la llamaba a casa de Tessa o
de Anthony, según donde Leonora pasara esa temporada. Luego fue al colegio
preparatorio para maestras y él intentaba llamarla todos los días al salón de
estudiantes. A menudo no la encontraba, pero persistía. La llamaba cuando se
fue a vivir con Anthony y Sussanah y cuando se mudó a aquella habitación con
Rachel Lingard y cuando cogió el piso con Rachel y Maeve Kirkland.
Normalmente era otra persona la que
contestaba al teléfono. Él no sabía por qué esto era así. Cuando Leonora estaba
en casa de su padre eran Anthony o Sussanah quienes contestaban, y ahora, en el
piso, solían contestar Rachel o Maeve. Hacía muchos años que Leonora no vivía
con su madre y él no había oído la voz de Tessa desde la fiesta de inauguración
de la casa de Portland Road. Pero la reconoció en cuanto la oyó. Fue Tessa
quien contestó cuando llamó al piso de Leonora el día después del almuerzo en
la bodeguilla.
Se oyó un lánguido «¿hola?». El talante de
Tessa era o lánguido o seco.
–Leonora, por favor –dijo él concisamente.
–¿Quién es? –Como si no lo supiera.
–Soy Guy Curran, Tessa.– Respiró
profundamente.– ¿Cómo estás después de tanto tiempo?
Era como si aquella mujer tuviera dos grifos
en la cabeza. De uno manaba un goteo lento y perezoso, del otro un veloz y
salpicante chorro. Tessa abrió el segundo grifo.
–Me alegro de tener la oportunidad de hablar
contigo. Leonora es demasiado dulce y amable para decir lo que hay que decir.
Otra chica habría lanzado a la policía detrás de ti, como mínimo. ¿Te das
cuenta de que podría perfectamente acudir a un juez y conseguir una orden
judicial prohibiéndote que la persigas?
Guy no dijo nada. Y, mientras mantenía el
auricular a la distancia del brazo, buscó un cigarrillo. Podía oírse por el
aparato la voz de Tessa parloteando airada. Se lo colocó en el hueco entre la
barbilla y el hombro y encendió el cigarrillo.
–Sé que sigues ahí –la oyó decir–. Te oigo
respirar. Eres igual que uno de esos obsesos, e igual de siniestro. Eso es lo
espantoso, que eres siniestro, que eres una especie de gángster. Es
sorprendente que mi hija se relacione con alguien como tú... esas espantosas
llamadas telefónicas día tras día, el almuerzo del sábado, parece una prueba de
resistencia. No lo entiendo, se me escapa... a menos que la hayas hipnotizado
de algún modo.
El único curso lógico tal vez fuera colgar el
teléfono y probar más tarde. En esto estaba pensando cuando oyó la voz de
Leonora:
–Vamos, madre, pásamelo –al menos había
dejado de llamarla «mamá»–. Lo siento, Guy –dijo–. Mi madre está en la cocina
con Maeve. No quiero que pienses que he estado hablando mal de ti. Son cosas de
ella. Me temo que tiene una actitud muy negativa con respecto a ti, siempre la
ha tenido.
–Mientras no le hagas caso, cariño –dijo él.
No le dijo que no la llamara así.
–Es difícil no hacer caso a una madre,
especialmente cuando somos tan amigas.
Guy volvió a sentir un escalofrío en la nuca.
Así que aquella mujer ejercía realmente influencia sobre ella. Leonora la
escuchaba. ¿Por qué quería ser tan amiga de una persona así? ¿Porque era su
madre? Él no había visto a su madre desde hacía siete años, ni habían sido
nunca amigos. Esta unidad familiar era algo que no podía entender, aunque sí
entendía sus resultados.
Escuchaba la voz de Leonora, tan agradable
como encantadora en cuanto al contenido de lo que decía. Estuvieron hablando un
buen rato. Iba a comer fuera, junto al río, con su madre, su padrastro y su
hermano, y, por alguna razón, también Maeve, y luego tenía una cita con el
enano pelo-de-paja. Al día siguiente empezaba la última semana de la escuela
primaria donde ella daba clase, y a continuación las largas vacaciones de
verano.
–Te llamaré mañana –dijo él.
Leonora había hablado todo el rato en un tono
dulce y cariñoso. Si desaparecía la mala influencia o influencias que la
volvían contra él, volvería el amor que en otro tiempo había sentido por él. Se
corrigió: «que había sentido por él», y no «que en otro tiempo había sentido
por él». Este amor no podía morir nunca, sólo se lo podía someter. Alguien le
había dicho a Leonora, seguramente se lo decía constantemente, que el enano
pelo-de-paja era un partido más seguro que él, un compañero seguro para la
vida, más conveniente. Esta misma persona le estaba llenando la cabeza contra
él personalmente, calificándole de indeseable.
Era interesante especular, o habría sido
interesante de no ser tan vital para su felicidad, sobre cómo cambiarían las
cosas sólo con que Tessa Chisholm –o cómo se llamara ahora, ¿Mandeville?–
desapareciera de la escena. Se sirvió un Campari con zumo de naranja y mucho
hielo y salió al jardín entre los muros. Estaban teniendo un verano
maravilloso, cálido y soleado todos los días. Sus naranjos, en los jarrones
chinos de color azul y blanco, tenían fruto, todavía verde pero que estaba
adquiriendo un colorcillo de limón en las mejillas.
El mobiliario del jardín procedía de
Florencia, hierro forjado de color de bronce, y en un islita en medio del
pequeño estanque redondo tenía un delfín de bronce. Las clemátides trepaban por
los muros, Nelly Moser y Ville de Lyon de color rosado claro y oscuro contra el
oscuro y reluciente manto de hiedra. Hacía siglos que Leonora no visitaba esta
casa. Iba a venir, ahora lo recordaba, el verano anterior y luego había llamado
para decir que no podía porque su madre estaba enferma. Otra vez Tessa. No
creyó por un momento que realmente Tessa estuviera enferma. Aquella mujer era
fuerte como un caballo. Y comía también como un caballo, aunque su delgadez
pareciera indicar lo contrario. Se la imaginaba ahora en el jardín de un hotel
de Richmond, comiendo a una mesa bajo una sombrilla de rayas, zampándose
aguacates y pato a la brasa y Dios sabe qué, con las puntas doradas de sus
largos dedos ocupadas con el cuchillo y el tenedor.
Era más que posible que hubiera presentado a
Leonora a ese William Newton. Era el tipo de mujer capaz de buscar un futuro
esposo para su hija y hacer que se conociesen. Pero él era incapaz de pensar
eso. Su pensamiento ni siquiera podía articular la idea de que Leonora se
casara con otro que no fuera él. El de Tessa sí. El de Tessa lo haría en todo
instante.
Había perdido hacía tiempo el contacto con
Linus, pero a Danilo todavía le veía. Danilo no vacilaría. Sólo harían falta
unos cuantos de los grandes y Tessa Mandeville desaparecería pacíficamente de
esta vida sin que Guy supiera nada de ello, las manos limpias, sin conocer ni
el momento ni el lugar de su muerte. Naturalmente, él, Guy, no se tomaba esto
en serio. Pero, ¿por qué no tomárselo en serio? ¿Por qué tomárselo todo a la
ligera, por qué pisar tan livianamente, con pasitos de baile, la superficie de
las cosas? ¿Por qué no hacer frente a la situación de manera ecuánime y franca,
por qué no hacer frente al hecho indiscutible de que Tessa Mandeville se
interponía entre él y su felicidad, entre él y su amor?
Vaso en mano y contemplando la bebida más
maravillosa del mundo, del atractivo color de una rosa a medio camino entre el
rosa y el naranja, Guy se recostó en su silla de bronce y se puso a recordar.
Hacía mucho tiempo, nueve años, al principio de estar aquí. Ella había estado
aquí en su jardín y había dicho, mirándolo a los ojos:
–Yo soy tú, Guy. No sólo soy Leonora, soy
Guy.
Lo que quería decir era que estaban muy cerca
el uno del otro, y por eso ella era él y él era ella. Y entonces, en seguida,
demasiado en seguida, Tessa Mandeville se había interpuesto entre los dos.
Matar a Tessa sería poco.
Se había casado con un tal Magnus Mandeville.
Un nombre absurdo pero imposible de olvidar. Era abogado, era de hecho el
abogado matrimonialista al que Tessa había acudido cuando ella y Anthony
Chisholm querían divorciarse. No era de extrañar que supiera tanto de jueces y
de órdenes judiciales.
Los Mandeville se habían ido a vivir a un
suburbio de los aledaños del sur de Londres, o tal vez Magnus viviera ya allí
antes. Tessa nunca había trabajado, al menos no desde el nacimiento de Robin,
que tenía dos años más que Leonora, y Guy recordaba haber oído decir a Leonora
que se había casado nada más abandonar la universidad, cuando tenía sólo veintiún
años. Había ido a la escuela de arte y era una enterada en la materia. Esto
había tenido su importancia en su relación con Leonora, o en la alteración de
su relación con Leonora.
Mirando atrás podía ver que en un punto
preciso y concreto Leonora había cambiado con respecto a él. O, más bien, que
Leonora había dejado de mostrarle un amor devoto y sin críticas. Alguien la
había apartado de él, de eso estaba seguro. Fue cuando él tenía veintidós años
y ella diecinueve. Entonces, cuando ella vino de la universidad para pasar las
largas vacaciones de verano, pareció que no quisiera ya ni tocarlo. En agosto,
el mes que él había estado esperando con tanta ansiedad todo el verano, no
hacía más que hallar excusas para no estar a solas con él, intentaba con delicadeza
arrancarse de sus brazos.
Lo más posible era que Tessa se hubiese
enterado de que él había sido amante de Leonora y manifestado violentamente su
desaprobación. Nunca se le había ocurrido esto antes. Aquella confrontación con
Tessa por teléfono le había aclarado las ideas de manera maravillosa. Cuanto
más pensaba en ello más evidente le parecía que había sido Tessa la principal
instigadora contra él.
Llamó a Leonora en cuanto le pareció que
debía de haber vuelto de la escuela. Esta vez fue Rachel quien contestó.
Leonora había conocido a Rachel en la universidad, y desde entonces eran
amigas. A Guy no le gustaban el tipo de chicas excesivamente gordas e
intelectuales, que llevaban gafas con montura de acero y no se preocupaban por
su aspecto y cuya mayor ambición era terminar como jefazas de Amigos de la
Tierra.
–De permiso por enfermedad, ¿verdad? –dijo
él–. Si sigues así nunca llegarás a la cumbre.
–Tengo a un cliente aquí conmigo –dijo ella–.
Resultaba más adecuado.
Sabía lo que quería decir con «un cliente».
–Algún corruptor de menores, claro.
–¿Cómo lo has adivinado? Leonora todavía no
ha venido. No estaré aquí cuando vuelva, pero ya le diré que has llamado. La
sorpresa será el día en que no llames.
Leonora llegó antes de que hubiera colgado el
teléfono.
–¿Qué tiene ésa contra mí? –dijo él–. ¿Qué
demonios le he hecho a esa zorra resentida?
–Quizá tú tampoco seas muy amable con ella,
Guy.
–¿Has tenido un buen día? –dijo él–. ¿Estás
muy cansada? ¿Vas a cenar conmigo?
–Naturalmente que no. Nunca ceno contigo.
Comemos juntos los sábados.
–Leo –dijo él. A veces la llamaba Leo, en el
mismo tono en que a veces la llamaba «cariño». –Leo, tu madre no va a trabajar,
¿verdad?
Comprendió que Leonora estaba tan sorprendida
al recibir de él una pregunta corriente en lugar de una súplica para que le
amara que contestaba sin pensar, contestaba agradecida.
–No, nunca ha trabajado, creía que ya lo
sabías. Trabaja como voluntaria en un hospital allá abajo... no sé si en el
Mayday Hospital. Los martes y los jueves, creo. Ah, y a veces en la OAC los
miércoles por la mañana.
–¿La qué?
–Oficina de Asesoramiento al Ciudadano. Creo
que eso lo consiguió a través de Magnus. Y los dos trabajan para los Verdes–.
Al menos se daba cuenta de que era una pregunta extraña viniendo de él: –¿Por
qué demonios quieres saberlo?
–Una de las personas que trabajan para mí
mencionó que la conocía de la escuela de arte. Me preguntó si trabajaba y yo le
dije que me enteraría.
Esta mentira total fue aceptada. Leonora
tendía a creer lo que le decían, como suele ocurrirles a las personas sinceras.
Se vio instado a seguir adelante.
–Viven en el quince de Sanderstead Way,
¿verdad?
–En el diecisiete, Sanderstead Lane.
–¿Adónde vamos a comer el sábado? Deja que te
lleve al Clarke’s.
–Me conformo con un bar-restaurante, Guy. O
con el MacDonalds, para el caso. No disfruto comiendo cuando sé que con lo que
gastas se podría dar de comer a toda una familia de Bangladesh durante un mes.
–¿Te gustaría que enviara el coste del
almuerzo de Clarke’s a Bangladesh?
–Sí, mucho, pero de todos modos no quiero ir
a ese sitio.
–Te llamaré mañana –dijo él.
Cuando ella tenía quince años y él dieciocho
habían hecho el amor por primera vez en el cementerio de Kensal Green. Si
contabas a la gente una cosa así –no es que él lo hiciera– decían: ¡Qué asco!,
o ¡qué macabro!, pero no era ni repulsivo ni macabro. Los que hablaban así no
conocían aquel cementerio, que era en realidad como un enorme jardín descuidado
que, además, tenía piedras grises estropeadas por el tiempo entre la alta hierba
y maravillosos panteones que parecían casitas. Había en él grandes árboles
oscuros y flores salvajes y, en pleno verano, coronas marchitándose sobre las
nuevas tumbas. Abundaban las mariposas, unas pequeñas y azules y otras grandes,
de color castaño y naranja, ya que no había allí veneno ni contaminación que
pudiese matarlas.
El lugar donde estaban era como un paraíso
perdido, tranquilo, hermoso y salvaje, con larga hierba con semillas en la
punta meciéndose al viento y dedaleras de color cremoso entre la hierba, altas
flores rosadas cuyo nombre desconocía y musgo sobre una losa hundida, y, en
medio del musgo, diminutas florecillas amarillas. Había matorrales con hojas de
plata en punta y pequeños abetos que parecían árboles de Navidad; en lo alto,
un gran árbol cubierto de conos verdes hacía de dosel. El olor de Londres no
llegaba hasta allí. Olía como cuando se esnifaban los potes de hierbas de la
herboristería.
Leonora llevaba un vestido muy delgado y
suave de color azul humo y malva bastante escotado y con mangas afaroladas, sin
cinturón. Era uno de los pocos días calurosos de un verano frío. Llevaba el
vestido y unas bragas, unas alpargatas azules y nada más. Cuando se tumbó de
espaldas sus senos eran blandos y amplios como pequeños cojines de seda. Guy se
echó sobre ella en un nido de hierba y esparció pétalos de saúco. Le levantó el
vestido hasta el cuello. Allí estaba el vestido, en torno a su cuello como un
pañuelo. Leonora no tenía miedo, estaba muy excitada y, cuando la penetró, no
le hizo daño. Más tarde Guy le dijo que esto era porque le amaba y le deseaba.
Lo que dijo Tessa al ver el vestido arrugado
y cubierto de manchas verdes no lo supo nunca. Tal vez Leonora hizo lo posible
para que su madre no lo viera. Pero, finalmente, Tessa se enteró y las cosas
empezaron a ir mal. Si una chica quería a alguien así a los quince años, si lo
quería tanto que a pesar de ser virgen no sentía ningún daño al hacer el amor y
no sangraba, ese amor era inmutable. No desaparecía, formaba parte de ella como
el amor por sus padres o por su hermano, como el amor por sí misma.
–Yo soy tú. Yo soy Guy y tú eres yo.
Desaparecida Tessa, ese amor volvería. Sin
barreras, sería una vez más lo que había sido. Sin nadie que pudiera contar
historias malintencionadas acerca de él, decir que era de clase baja y un
criminal y burlarse de su inteligencia, Leonora sería él y él ella. Y, sin
embargo, la idea de hacer daño a Tessa resultaba grotesca. En toda su carrera
no había hecho en realidad daño a nadie. Cuando Danilo había vuelto después de
su estancia en un correccional habían montado una red de protección muy
lucrativa en Kensal y una vez habían tenido que darle un toque a un tabernero
para demostrarle que hablaban en serio, pero al tío aquello sólo le había
costado unos golpes y un ojo morado. Claro que hubo el arreglo de cuentas de
Tráfico de Sueño y la muerte de Mulvanney. Pero esto no había sido culpa de
nadie, al menos no suya, había sido lo que se podría llamar un gaje del oficio.
Se negaba a pensar ahora en el asunto de Con.
A este respecto, sólo se permitía pensar a veces que había marcado el fin de su
comercio. Había tenido una buena racha y había hecho una fortuna, había
escapado de Attlee House y de todo cuanto estuviera vinculado con ella. Tenía
las manos limpias, al igual que la ficha.
No había ningún problema en pedir a Danilo
que cenara con él y sondearlo sobre el tema de los hombres a sueldo, de lo que
había que hacer y del coste. Aunque el coste no le importaba mucho.
3
A veces, cuando había una venta de sus cuadros
en un pub rural o en algún otro lugar adecuado, Guy se pasaba por allí para ver
cómo iba. En estas ocasiones no acostumbraba a dejar que se supiera quién era.
Le gustaba ver las reacciones de los clientes y rara vez le daba por pedir la
opinión de sus representantes o la cifra de ventas. Era mejor ver por sí mismo
si el favorito del momento era «El mejor amigo del hombre», por ejemplo, o
«Adelante, garitos» o «Dama de Tailandia».
Esta semana, una de las ventas tenía lugar en
un pub de Coulsden próximo a un club campestre. Hacía muy buen día y el tráfico
en agosto nunca era exagerado. Todo el mundo se había ido. Guy fue en el
Jaguar. Éste era de color champaña, aunque le había puesto el nombre de «Beige
Satín», con tapizado de piel de color crema y un sistema de aire acondicionado
tan bueno que, en los días verdaderamente sofocantes de Londres, Guy sentía a
veces la tentación de ir al garaje y sentarse en el Jaguar con el motor en
marcha para envolverse en su fresca brisa.
–Te matarás haciendo eso –dijo Celeste cuando
se lo contó, y no andaba errada del todo.
El pub se llamaba The Horseless Carriage, un
nombre artificial como nunca había oído. En los maceteros de sus ventanas había
más flores que en el Chelsea Show. Dos grandes carteles amarillos anunciaban en
el exterior la venta de «óleos originales, entre 7 y 70 libras, todos los
precios, todos piezas únicas». No dio un respingo por sí mismo, sino al pensar
en la reacción de Tessa Mandeville. Seguía pensando en ella. No podía sacarse a
aquella maldita mujer de la cabeza.
La exposición tenía lugar en una estancia
grande del fondo, con puertas dobles que daban a una terraza y a un jardín un
tanto destartalado, cuyo césped se había convertido en un nido de polvo y cuyas
rosas nadie se había ocupado de podar. Había ya allí mucha gente, en la sala de
exposiciones y en la hierba rala. Se ofrecía un vaso de vino tinto o blanco a
todos los visitantes. Las siguientes bebidas había que pagarlas. Había dos
chicas tomando nota de los encargos. No las conocía y nunca las había visto,
pero pudo comprobar por las listas en aumento de sus tablillas que los clientes
compraban en cantidad.
Y ¿por qué no? Eran cuadros originales, cada
uno de ellos pintado por un artista en el taller de Guy, y el resultado era
mucho más agradable que el noventa y nueve por ciento de lo que se veía en
Bayswater Road el domingo por la mañana. Eran pinturas inofensivas y bonitas,
con temas inocentes, niños y animales pequeños, chicas jóvenes, casitas de
campo o vistas del mar. Pensó en algunos de los cuadros que había visto y que
se suponía eran tan buenos, en aquellas guerras y matanzas de hombres y
caballos, por ejemplo, que había visto una vez en una visita con Leonora al
Blenheim Palace, en aquellos jarrones torcidos y aquellas manzanas deformadas,
y en las pinturas de mujeres desnudas con plumas de pájaro y pieles de aquel
sitio de Venecia, el Guggenheim. Él era muy amplio de miras, desde luego, pero
el caso es que le habían desagradado profundamente. Tessa Mandeville era una
idiota al llamar a sus pinturas «basura», y ¿qué más había dicho?: «obscenas».
Las otras sí que eran obscenas.
Paseó en torno a la sala, estudiando cada uno
de los cuadros. A pesar del tiempo que llevaba en el negocio, todavía le
gustaba asegurarse de que había pequeñísimas diferencias entre cada una de las
copias de la misma pintura, ligeras variaciones en los rizos de la cabeza del
niño que lloraba, por ejemplo. Las lágrimas relucían en las mejillas redondas y
sonrosadas, pero en algunas versiones había tres lágrimas en la mejilla
izquierda y en otras cuatro. «Dama de Tailandia» era de nuevo la que más se
vendía. Sus representantes tenían la costumbre de pegar etiquetas rojas a las
pinturas que habían sido vendidas –«Como en una auténtica exposición privada»,
había sido el comentario de Tessa Mandeville–. No había especificado qué tenían
de no auténtico sus ventas de cuadros.
Se habían vendido las cuatro copias de «Dama
de Tailandia», que entraban en el precio de 70 libras. Preguntó a una de las
chicas si tenía encargos de ese cuadro en especial y le contestó que sí, que
tenía ya doce, era el favorito. Guy entendía muy bien por qué. La chica del
cuadro era muy joven, dieciséis o diecisiete años, y tenía un aspecto muy
inocente, pero al mismo tiempo era atractiva, con labios llenos y relucientes y
ojos grandes y brillantes de gacela, y el corpiño bordado en oro que llevaba se
abría mostrando, entre su trencilla y los collares de oro y joyas, el inicio de
sus senos jóvenes y suaves. Parecía contestar a la mirada del visitante con una
mirada a la vez sugestiva y suplicante, provocativa y tímida.
En algún lugar debía de hallarse el modelo de
esta muchacha, ya que todas las pinturas estaban basadas en fotografías.
Basadas literal y realmente en fotografías que, impresionadas en una versión
pálida sobreexpuesta sobre cartón-yeso, eran importadas por Guy de Taiwán en
gran cantidad. En la fábrica de Isleworth, sus obreros las pintaban luego según
un método preestablecido. Cuando Guy, al explicar en qué consistía su nuevo
negocio a los miembros de la familia de Leonora, había dicho que muchos de sus
empleados se iban a graduar en la escuela de arte, Tessa Mandeville se había
estremecido visiblemente y había dicho que esto todavía empeoraba más la cosa.
–Pues están satisfechos de su trabajo, te lo
aseguro –dijo él.
–Harían mejor estando en la calle –dijo
Tessa–. Que les dieran una exclusiva en King’s Cross Station.
¿Qué sabía ella? Siempre había tenido quien
la mantuviera y le diera una casa donde vivir y dinero para salvar a las
ballenas y detener la lluvia ácida y un estudio donde poder tontear con sus
pinturas. No tenía ni idea de lo que significaba necesitar un trabajo. Le
habría gustado decírselo, pero no podía porque tenía que seguir haciendo el
papel delante de aquella gente, tenía que aparecer como alguien digno de hacer
la corte a Leonora. Lo gracioso –si estas cosas podían ser graciosas– era que
había ido allí, al hotel donde celebraban el aniversario de Leonora y el
término de su preparación como maestra, con la intención de ponerse a buenas
con todos ellos, dándoles a entender que había abandonado la vida de
delincuente marginal y que había iniciado nueva carrera como respetable hombre
de negocios.
Mientras miraba los cuadros, la muchacha
tailandesa y el chico lloroso, «La corriente del viejo molino» y los dos
gatitos persas, reflexionó en que aquella noche concreta había marcado una
nueva vertiente en el declive de su relación con Leonora. Cierto que por aquel
entonces ella no se acostaba ya con él, pero, aunque naturalmente esto le molestaba,
no era su mayor preocupación. Una vez ella le había dicho que no le parecía
prudente que una chica tomase la pastilla durante más de, digamos, cuatro años
seguidos. Tendría miedo de quedarse embarazada mientras estaba estudiando para
conseguir el título. Naturalmente, él se habría casado con ella sin vacilar
cuando ella lo hubiera deseado, cómo habría aprovechado la ocasión, pero
comprendía sin embargo que ella quisiera terminar sus estudios. Luego ella
había estado lejos mucho tiempo y, aunque él la había llamado todos los días,
no se habían visto durante meses. En estas circunstancias no eran de extrañar
las dificultades, los inconvenientes, las actitudes distantes.
Pero todavía le amaba entonces. Todavía le
amaba, de manera abierta y pública. ¿Acaso no se había ocupado aquella velada
de julio hacía cuatro años de que estuviera sentado al lado de ella, él a un
lado y su padre al otro? Robin estaba en la otra punta de la mesa, le había
tocado la fea de Rachel. Luego, Leonora había bailado con él. Le había dicho
que no hiciese caso de lo que decía Tessa. Pero ella, Leonora, sí les había
hecho caso al día siguiente o al otro. «Filisteo», era una de las palabras
favoritas de Tessa, pero «filisteo» era el apelativo más suave que le aplicaba.
Bandido, malhechor, degenerado... podía imaginárselo. Leonora escuchaba a
Tessa, era «amiga» de Tessa.
Guy tomó de la bandeja el vaso de vino que le
estaba permitido. Era un rioja, tinto y seco. Sintió súbitamente el deseo de
ver a Tessa, como se desea a veces ver a un enemigo, tal vez de ver sin ser
visto. Es el deseo de ver al enemigo en desgracia, vencido. ¿Habría cambiado?
¿Habría encanecido? Rondaba ya los cincuenta, estaba casada con un abogado y
vivía en un suburbio, y al parecer se dedicaba a hacer buenas obras. Vivía, Guy
era consciente de esto, en un suburbio muy cerca de donde él se hallaba ahora.
Se encaminó a la sala del bar. Una muchacha
de unos veinticinco años, sentada sola en un taburete del bar, le miró. Guy
estaba acostumbrado a que las mujeres le mirasen, y le resultaba bastante
agradable aunque rara vez respondía. Pidió un martini seco y se preguntó qué le
traerían, igual un vaso de vermouth francés caliente. Le sirvieron un martini
pasable, al menos tenía ginebra y un trozo de hielo. Por un instante se
permitió imaginar que la chica era Leonora y que estaba con él. Dentro de un
momento iban a almorzar y en la sobremesa permanecerían sentados largo rato,
bebiendo y hablando del pasado y del futuro y de su amor. Luego, tal vez fueran
hasta la costa y se pasearan por una playa en el fresco anochecer. Pasarían la
noche en el mejor hotel, en la suite nupcial. Por extraño que pudiera parecer,
lo más importante para Guy no era la idea de hacer el amor con ella. La
deseaba, naturalmente, ardía en deseos por ella, pero esto no era lo más
importante sino sólo parte del todo. ¿Qué era lo más importante? Estar con
ella, ser ella y que ella fuera él. Oírla decir una vez más: «Soy Guy...».
Tomó otro martini seco y un bocadillo de
salmón ahumado seco y luego subió al Jaguar y se dirigió a Sanderstead Lane. El
número diecisiete no era en absoluto como lo había imaginado, sino una de un
par de viejas casas pegadas, de construcción irregular, de tres pisos de
altura, con unas imponentes ventanas con marco de piedra y porches con pilares,
que evidentemente llevaban allí al menos cien años, desde mucho antes de que
construyeran las demás. El jardín de la entrada era tan largo como los jardines
posteriores de otras casas. Bajo un amplio cedro se agrupaban los muebles de jardín
pintados de blanco.
Guy había dejado atrás los tiempos en que
esperaba impresionar a Tessa Mandeville con su riqueza y su éxito –ella nunca
se había mostrado impresionada, o al menos no lo demostraba–, por lo que
deseaba no ser detectado como conductor del Jaguar dorado. Pero no había nadie
que pudiera detectarlo, no estaba Tessa complacientemente asomada a la ventana
para enseñarle el color gris de su cabello y su más reciente arruga, ni tampoco
Magnus Mandeville que se había tomado el día libre en su bufete para trastear
por el jardín, todo piel y huesos el pobre.
Como un abogado de un serial televisivo de
Dickens. Esto le había parecido Magnus a Guy cuando se lo habían presentado en
aquella fiesta. Se había preguntado cómo podía atraer a una mujer un hombre
flacucho y encorvado con un poquitín de pelo gris encima de una cara
apergaminada. Tal vez fuera su dinero. Conociendo a Tessa, debía de ser eso. El
cuello de Magnus era como la molleja de un pollo congelado envuelta en
plástico. Su voz era aguda y gélida y tenía el tono extravagante, afectado y
pedante del viejo Eton. Se lo podía imaginar haciendo de juez, con una peluca
blanca y enviando a un pobre diablo a que le colgaran por el cuello hasta
morir.
Guy recorrió la mitad de Sanderstead Lane y
volvió. Se metió en una calle lateral y vio un callejón entre altos setos que
discurría por detrás de las casas. Los jardines tenían verjas de entrada que
daban a él. Regresó a la calle principal. El número quince, contiguo al de
Tessa, parecía vacío. No había cortinas en las ventanas y en el descuidado
jardín de la entrada habían plantado un anuncio de en venta de un administrador de fincas.
En los viejos tiempos, si esta hubiera sido
su zona de Kensal y si Tessa Mandeville hubiese tenido un negocio y hubiese dejado
de pagarle sus honorarios por mantener el lugar intacto y que no se lo
destrozaran, habría entrado allí (él u otra persona que trabajase para él), le
habría dado un buen vapuleo o le habría dejado los trastos como recién salidos
de una exposición del Hogar Ideal. La mejor hora habría sido a mediodía, cuando
no hubiera muchos vecinos en sus casas, pero no un martes, ni un miércoles ni
un jueves. Entrada por el callejón de detrás, posiblemente la verja de entrada
nunca estaba cerrada con llave, suponiendo que pudiera cerrarse, y luego a la
puerta trasera. Si ésta no se abría, se llamaba, y cuando ella acudiera, nada
de perder el tiempo, nada de hacerse pasar por vendedor ni por encuestador ni
nada por el estilo, sino taparle rápidamente la boca con la mano, las dos manos
bien cogiditas detrás de la espalda, empujarla hasta el centro de la casa y
calladita mientras se hacía lo que había que hacer.
Fantasías... ¿o no lo eran? Se puso en
marcha. Esta noche cenaba con Danilo. De repente, en aquella parte de su mente
donde se daban películas y se pasaban vídeos, apareció una visión de Magnus
Mandeville observándole en aquella fiesta de aniversario. Le miraba por encima
de los cristales rectos de sus gafas de media luna como podría mirar un juez la
escoria del muelle, intrigado, inquisitivo, astuto, atónito e inflexible.
Magnus seguramente tenía influencia sobre Leonora. ¡Cielo Santo, si era
abogado! Si tuviera alguna idea sobre sus actividades, las actividades de Guy,
que en aquel entonces todavía eran semiilegales o ilegales del todo, ¿habría
advertido a Leonora?
Guy se hizo a un lado de la calle y aparcó el
coche. Estos pequeños camafeos se ampliaban hasta crear un cuadro, un panorama
o fotografía de grupo, de aquella mesa la noche del veinticinco de julio. No podía
concentrarse en la conducción. Tenía que hacer un alto. Y aquella cena, ¿dónde
había sido? No era un lugar muy distinguido, no era un gran restaurante ni un
hotel famoso, no era la clase de lugar donde a él le habría gustado celebrar un
acontecimiento importante de la vida de su hija. A Guy le era insoportable
pensar en un posible hijo o hija suyos. Le causaba un gran dolor. Estos
pensamientos, que había tenido antes, parecían abrir una herida en su interior,
le hacían sangrar. Si hubiera podido saber, saber de verdad, que en algún
momento él y Leonora iban a tener hijos juntos, habría muerto de felicidad.
El panorama se abrió en su mente. Había en
aquella mesa once personas: Leonora a la cabecera con Anthony Chisholm sentado
a su izquierda, y él, Guy, a su derecha. Leonora llevaba un vestido azul
oscuro, liso, de una especie de seda y demasiado austero para su edad.
Naturalmente estaba guapa, no hay ni que decir. Llevaba el collar que le había
regalado su padre, un lapislázuli engastado en plata de George Jensen, bonito
pero poco costoso de acuerdo con el nivel de Guy. Anthony era un hombre apuesto
con cara de niño que tenía siempre un aire de juventud. Al lado de Anthony
estaba sentada la madre de éste, la abuela de Leonora, una vieja bruja ahora
muerta.
A la derecha de Guy estaba una prima de
Leonora llamada Janice que luego se había casado y había ido a Australia, y al
lado de ella Robin Chisholm con Rachel Lingard a su derecha. Maeve no aparecía
en el cuadro en ningún sentido en esa época, Leonora todavía no la conocía. La
vieja señora Chisholm estaba sentada al lado de Magnus Mandeville y al lado de
éste estaba Sussanah, la esposa de Anthony. Sussanah era una mujer de aspecto
agradable, de no más de treinta y tres o treinta y cuatro años en esa época,
muy delgada y con el cabello oscuro y alisado, que según Leonora nunca llevaba
faldas o vestidos y que, en esa precisa noche, vestía un traje pantalón de seda
negra. El novio de Janice, cuyo nombre Guy había olvidado, estaba sentado entre
Sussanah y Tessa.
Dejó que los ojos de su mente recorrieran la
mesa de un invitado al otro. Los trajes de los hombres eran aburridos, de vagos
colores grises, pero le parecía recordar que Robin llevaba una corbata rosa.
Robin se parecía a su padre. Era mucho más rubio que Leonora y, al tener el
aspecto aniñado de Anthony, parecía absurdamente joven para su edad,
veinticuatro años. Era un cambista, o lo sería más tarde. Canjeaba sumas de
dinero entre prestatarios potenciales, poniendo a rápida disposición de
clientes de Alemania, por ejemplo, dólares, y de clientes de Brasil, marcos.
Guy sospechaba que, de una manera semirrespetable, era tan deshonesto y
trepador como lo había sido él.
–Yo debería caerle bien –había dicho una vez
a Leonora–. No entiendo por qué no es así. Somos de la misma calaña.
–Es un snob.
–¿Qué significa eso, que no le gusta mi
acento?
–Es de esperar que eso se le pase. Todavía
está en la fase de hacer bromas de mal gusto sobre la gente que no ha ido a
escuelas privadas. Lo siento, Guy. Quiero a Rob y siempre le querré, pero es el
único miembro reaccionario de mi familia. Es un verdadero conservador
retrógrado.
–Lo creo –había dicho él, aunque la política
no le interesaba. En todo caso, él también era un conservador retrógrado.
Tessa le odiaba porque era un filisteo, como
le llamaba su marido porque era o había podido ser un delincuente, y Robin...
¿Habría Robin vuelto a Leonora contra él por el medio de donde venía y por el
acento con que hablaba? Guy cerró los ojos y siguió pasando revista a aquellas diez
personas, nueve sin contar a Leonora. Tessa con un vestido dorado verdoso de
una especie de seda plisada, una delgada cadena de oro en torno al cuello, el
anillo de boda bien pulido y las uñas haciendo juego, Sussanah con los
pantalones negros y la chaqueta sastre, la blusa de seda blanca y cuello
abierto y el gordo azabache y las cuentas de ámbar, la anciana señora Chisholm
con su encaje marrón y sus perlas, Rachel, la fea cuatroojos, con una falda de
algodón de flores con el dobladillo inclinado y una blusa de color rosa
procedentes probablemente de los Almacenes Domésticos Británicos. Los hombres.
Janice, regordeta como Rachel, con sus caderas redondeadas y sus gafas de
montura de fantasía, de plástico rosa. Él y Leonora.
Comieron aguacates rellenos de gambas.
Sorpresa, sorpresa. Algo del otro mundo. El siguiente plato era pollo hecho de
una manera poco interesante. Guy había leído en alguna parte que el pollo, si
no la más querida, es la proteína que más se come en el mundo. Cuando llegaron
a los postres, Anthony le dijo por encima de Leonora:
–¿Cómo van tus negocios últimamente, Guy?
Sabían que tenía dinero. Nadie más llevaba un
traje de Armani ni gemelos de jade imperial en oro de veintidós kilates. Y
tenía menos de la mitad de años que Anthony Chisholm. Contestó a la pregunta y
les habló de los cuadros, sin mencionar naturalmente sus otras actividades
colaterales. De todos modos, éstas pronto iban a desaparecer. Con la muerte de
Con Mulvanney, inminente, y que aguardaba de hecho en el futuro desconocido e
impredecible, los restos de Tráfico de Sueño iban a disolverse. Casi habían
terminado aquellos negocios a los que Tessa y Anthony habían apuntado con tanto
oprobio y violencia en su primer encuentro.
Tessa se había comportado en aquella cena
como un buitre, contemplando cómo los otros se ensañaban con él para luego
lanzarse en picado y recoger sus restos. Primero su observación de que sus
obreros harían mejor saliendo a la calle para que les dieran una exclusiva en
King’s Cross, y luego un salvaje colofón, una charla a la audiencia congregada
acerca de la muerte del arte y de la cultura en Occidente, significara lo que
significara esta palabra; y Leonora había escuchado, y más tarde sin duda había
escuchado más y más...
Puso en marcha el coche y se dirigió a su
casa.
Durante las vacaciones, Leonora había dejado
a su madre y se había mudado a casa de su padre y de su madrastra. Era por
estar en el centro de Londres. Y por estar cerca de Rachel Lingard. Si era
honrado consigo mismo tenía que reconocerlo. La madre de Rachel tenía un piso
en Cromer Street y Rachel vivía allí porque su madre se estaba muriendo de
cáncer. Guy había visto desde el principio a Rachel como una amenaza, como la
clase de persona con la que no quería que se relacionase su novia. Las chicas
debían ser frívolas, debían ser un poco tontas a veces, volverse locas por las
compras, por la ropa y por los perfumes, mirarse a cada momento en los espejos
y desear que las mirasen y les silbasen. Debían ser vanas y petulantes y con
tendencia a mostrarse mezquinas con otras mujeres. Rachel era feminista. Nunca
usaba maquillaje, comía lo que le apetecía y engordaba. En ella era un
principio preferir la compañía de mujeres a la de hombres. Tenía una
conversación inteligente y a menudo incomprensible para él. La mitad de las
veces, Guy no sabía literalmente de qué estaba hablando.
Ahora se preguntaba si sería a través de ella
como Leonora había conocido a aquel William Newton. Era del tipo de personas
con quienes ella se relacionaba... Y tenía además aquella cualidad que tanto
parecía apreciar Leonora, el don del cotorreo. Guy nunca había visto el porqué
de todo aquello, de tantas charlas y discusiones, de tanta agudeza e ingenio.
¿Para qué tanta molestia? Tal vez fuera necesario en otro tiempo, cuando no
había nada más que hacer, cuando no había revistas, ni periódicos, ni vídeos,
ni música, ni televisión, ni lugares adonde ir, ni luz eléctrica. En la
actualidad, el arte de la conversación era tan superfluo como el arte de
escribir cartas. Así es como él lo veía.
La desavenencia empezó en realidad cuando
Leonora cambió de idea acerca de ir con él de vacaciones. Guy nunca supo por
qué. No sabía por qué se mostró casi ofendida cuando él le sugirió que fuera a
vivir con él. Su actitud era la que habría tenido Tessa, y no la de una chica
de veintidós años. Al fin y al cabo, llevaban años saliendo juntos formalmente.
Él la quería y ella a él, y ambos sabían que algún día se casarían.
–¿Hablas en serio, Guy?
–¿No es eso lo que hacen las personas como
nosotros? Tengo una casa a punto para ti. Está en un lugar que te gusta. Me
parece que yo te gusto... bueno, que me quieres. Y yo te quiero a ti.
–¿Quiénes son esas personas como nosotros?
Era una de aquellas observaciones «inteligentes» cada vez más habituales en ella.
Se metía con los viejos dichos que Guy utilizaba, con expresiones que todo el
mundo decía pero que ella llamaba clichés. Nunca hacía eso antes. Se lo había
pegado Rachel. Y ahora iba a compartir un cuarto con Rachel.
–Hemos pensado en Fulham, como yo enseño
allí... un cuarto grande con cocina mientras buscamos un piso.
La madre de Rachel estaba ahora en el
hospital de manera permanente y ya no saldría de él. Leonora mostró a Guy el
cuarto, que era tan horrible como Attlee House y mucho más pequeño. La gorda de
Rachel, con sus ojos redondos aumentados de tamaño por las gafas, vio su
expresión, susurró algo a Leonora y dijo como si estuviera actuando sobre el
escenario:
–Mozo, ¿por qué tan pálido? Si poner buena
cara no la conmueve, ¿la conmoverá ponerla mala?
Las dos chicas soltaron una carcajada, reían
como a él le gustaba que rieran las chicas, pero no cuando él era el blanco de
sus risas. Había comprendido la observación, trozo de poesía o cita o lo que
fuera, aunque Rachel seguramente creía que no la había comprendido. Significaba
que a ella no le gustaban los hombres con aspecto miserable y desgraciado, así
que intentó no parecer ofendido y tomárselo a broma. La madre de Rachel murió
poco después, lo que le quitó a la chica la sonrisa del rostro durante un
tiempo. Aunque seguro que se alegraba de tener propiedades que vender, porque a
pesar de los aires que se daba era tan codiciosa como cualquiera. Ella y
Leonora se pusieron a buscar piso.
En cuanto se enteró de que habían pedido una
hipoteca –y grande–, Guy se ofreció para prestarle el dinero a Leonora.
Naturalmente, no sería en realidad un préstamo. Sería un regalo en toda ley.
Secretamente, en su corazón, Guy lo planeaba
así desde el principio, pero naturalmente dejaría que ella creyese que se trataba
de un préstamo sin intereses.
¿Por qué tenía que meter a su familia y a sus
amigos en todo? Tenía casi veintitrés años, ¡por Dios! ¿Por qué no rompía con
esa familia? Porque ellos no se lo permitían. Se aferraban a ella y el uno al
otro como lapas. Sus padres, que ni siquiera estaban ya casados sino que habían
formado otras parejas, seguían sin embargo viéndose a cada momento; se veían
tanto, le parecía a él, como cuando compartían un hogar.
La noche en que le hizo su oferta ella se
quedaba a dormir en casa de Anthony y Sussanah, en Lamb’s Conduit Street. A
dormir en su casa, ¡por favor!, aunque tenía una casa propia a no más de cinco
millas de allí. Rachel había ido al norte de la ciudad, a una reunión de
personas que ella llamaba «alumnae», algo que a él le sonaba como a bacterias,
la clase de cosa que se cogía comiendo paté del supermercado. Naturalmente, no
había hecho su oferta en presencia de otras personas. Estaban él y Leonora
solos, tomando tranquilamente una copa después de ir al cine.
–Es muy generoso por tu parte, Guy –había
dicho ella, y él pudo ver que estaba emocionada. Creyó que iba a llorar.
–Ni siquiera lo notaré –dijo él, y no habría
debido decirlo, se dio cuenta en seguida.
–Si fuera posible –dijo ella, y le cogió la
mano.
Se dirigieron a casa de su padre.
Anthony y Sussanah estaban los dos allí y
también el tío de Leonora, el hermano de Anthony, Michael, que tenía un buen
puesto en televisión, presidente de una compañía, y estaba también su hermano
Robin, el de la cara de bebé y los ricitos rubios. Y el corazón negro, pensó
Guy.
Se sintió turbado cuando ella lo soltó. Y
también orgulloso. Al fin y al cabo, él había empezado con nada, con menos que
nada, mientras que ellos habían ido todos a la universidad, procedían de
familias felices y conocían a gente influyente.
–Supongo que habrás dicho a Guy que de eso ni
hablar –dijo Anthony.
¡Qué sentido de la superioridad! Superioridad
y, ¿cuál era la palabra que utilizaba siempre Rachel? Paternalismo.
Anthony parecía un osito de peluche bueno. Su
cara era aniñada y sus ojos hacían guiños. Guy no le había visto nunca así.
Afrentado, ofendido en realidad. Parecía como si Guy le hubiera insultado en
lugar de ofrecerse a prestar a su hija cuarenta mil libras.
El tío, que era una versión más grande y más
vieja y algo más peluda de Anthony, frunció los labios y soltó un ligero
silbidito. Robin dijo:
–Cómo poner a una dama bajo tu poder en una
sola lección. Cabrón.
Guy siempre le había odiado.
–Yo sólo quería que lo supierais –dijo
Leonora– porque ha sido muy amable por parte de Guy–. ¿«Ha sido»? ¿Qué quería
decir «Ha sido»? Hasta este momento había estado casi seguro de que ella lo
aceptaría a pesar de todos. Pero la influencia de aquella gente era demasiado
para ella–. Ha sido una magnífica oferta –dijo ella–, pero naturalmente yo ni
soñaba con aceptarlo.
Y estaba tan triste que él sintió deseos de
rodearla con sus brazos y consolarla.
Guy no había abandonado. En las semanas
siguientes había insistido para que aceptase el dinero. Aproximadamente al
mismo tiempo ella había empezado a poner excusas para no salir con él, cada vez
salían menos juntos. Durante años había hablado con ella todos los días, aunque
no era fácil llamar al cuarto de Fulham cuando el teléfono estaba abajo y era
compartido por ocho personas.
Una especie de pánico hizo presa en él cuando
vio que Leonora se estaba alejando más aún que cuando iba a la universidad. La
vida no sería posible sin ella. Había momentos en que se abría ante él una
gélida visión de vacío, un desierto gris del que ella había desaparecido y
donde él se había quedado solo.
–¿Qué nos ha ocurrido? –le dijo un día,
cuando se había hecho ya a la idea. Le daba mucho miedo su respuesta. ¿Y si
decía: «Ya no te quiero»?
No lo hizo.
–No ha ocurrido nada. Seguimos siendo amigos.
–Leonora, éramos más que amigos. Te quiero.
Tú me quieres. Eres mi vida.
–Creo que deberíamos vernos menos. Deberíamos
ver a otra gente. Esta especie de situación monógama que vivimos no es muy sana
cuando se es joven.
La expresión de Rachel. Podía oír su voz.
–Tengo que verte.
Era sábado. Estaban almorzando juntos en un
restaurante francés de Charlotte Street. En esa época no habían empezado
todavía aquellas tonterías vegetarianas. Podía recordar lo que llevaba, un
vestido de algodón a rayas azul oscuro y verde oscuro con cinturón y escarpines
de color claro. En aquellos días, hacía tres años, todavía vestía muy bien.–Te
diré una cosa –había dicho ella–. Siempre comeré contigo los sábados.
4
Era una broma. Así es como se lo tomó al
principio. Leonora no podía hablar en serio. Apenas podía recordar un momento
en que él no fuera el hombre con quien ella salía y ella la mujer con quien
salía él. La chica del cuarto amueblado y el coche, con quien él salía antes de
conocerla eran un oscuro recuerdo, un fantasma. Leonora no podía hablar en
serio cuando decía que no iban a verse más que como personas que almorzaban
juntas regularmente, como en una relación comercial.
Era muy difícil telefonear; a veces no
obtenía respuesta y otras contestaba otro ocupante de la casa, que prometía
pasar el mensaje pero se olvidaba. Pasaron dos días sin que hablara con ella y
aquella manifestación suya, aquella declaración de intenciones, se hizo menos
real. Se dio cuenta de que ella sólo había querido fastidiarle. ¿Cómo podía ser
tan tonto como para sentirse ofendido?
Finalmente, consiguió hablar con ella y le
pidió que fuera al cine con él la noche siguiente.
–¿No te acuerdas de en qué quedamos? –dijo
ella.
Él sintió frío y dijo:
–¿En qué quedamos?
–Te dije que comería contigo los sábados.
–No lo dices en serio, Leonora.
Lo decía en serio. Le vería el sábado.
Esto ocurría mucho antes de que Guy empezara
a preguntarse cuál podía ser la razón. Ni siquiera había contemplado que
pudiera tener algo que ver con la oferta del préstamo o con su modo de ganarse
la vida, y mucho menos con Con Mulvanney. El asunto de Con Mulvanney había
tenido lugar hacía ya seis, siete u ocho meses. Se dijo a sí mismo que debía de
estar inquieta por el traslado, por los problemas que habían tenido ella y Rachel
con la firma, el intercambio de los contratos y la fecha de la mudanza. Dentro
de uno o dos meses, cuando se hubieran mudado al piso de Portland Road, las
cosas serían muy diferentes. Volvería a él.
Habría dicho que Leonora nunca se había
alejado de él. Empezó a decirse a sí mismo que era así. La veía con
regularidad, no había otra persona para ella y tampoco para él, o al menos
nadie a quien debiera tenerse en cuenta. La telefoneaba todos los días, lo cual
era mucho más fácil ahora que ella tenía casa y teléfono propios. Almorzaban
juntos los sábados. Oía su voz todos los días y la veía una vez por semana.
Conocía a parejas que no se veían tan a menudo. Cualquiera a quien dijeras que
veías a tu novia una vez a la semana y la llamabas todos los días diría que eso
era una relación formal. De esta manera, Guy se reafirmaba y consolaba.
Pero no se puede esperar que un hombre viva
en celibato, había otras chicas. Claro que las había. No las habría habido de
no ser por la actitud de ella. Que le dieran una oportunidad y sería el amante
más constante y el más fiel de los esposos. El nunca le hablaba de las chicas
ya que ella no preguntaba, y Guy tampoco le preguntaba si había otros hombres.
Pero daba por sentado que, aunque él tenía que tener una novia, él era un hombre,
y que ella no tenía por qué tener un novio, ella podía vivir sin sexo.
–Un buen ejemplo de la desigualdad de los
sexos –había dicho Rachel hablando de otra pareja conocida.
No era exactamente así. Él había llegado a
este compromiso porque no podía hacer frente a una realidad más cruda, se había
convencido de que no había una realidad más cruda. La realidad era esta, que
ella no necesitaba mucho el sexo ya que prefería la compañía de mujeres. Pero
le amaba, ¿por qué si no iba a hablar con él todos los días y almorzar con él
todos los sábados?
Algún día las cosas cambiarían, pensaba Guy.
Le gusta tener su libertad, mantenerse a sí misma, tener un trabajo e intentar
llevar una casa con poco dinero, poner en práctica esos absurdos principios
suyos. Pero algún día la novedad dejará de tener atractivo. Querrá casarse,
porque todas las mujeres quieren casarse. Y se casaría con él. En cierto modo
era como si estuvieran prometidos, prometidos en matrimonio desde la infancia,
como hace esa gente de Asia. Hoy en día las chicas querían ponerse a prueba,
demostrar que podían ser tan autosuficientes como los hombres. Incluso se lo
dijo un sábado cuando, después de almorzar, fue al nuevo piso con Leonora.
Había que subir una escalera increíble. No
habría imaginado que hubiera en Londres tantos pisos sin ascensor. Rachel
estaba allí ataviada con uno de sus típicos conjuntos, compuesto de una falda
antigua procedente de una venta Monsoon (probablemente de la primera venta
Monsoon) y un blusón Oxfam gris. Guy observó las plantas interiores y los
pósters, la loza de la Tienda de Saldos y el sofá que habían comprado en una
acera de Shepherds Bush Road, y luego hizo aquel comentario acerca de que las
mujeres siempre querían demostrar algo.
–Eres un Victoriano, Guy, ¿sabes? –dijo
Rachel–. El último. Deberías estar en un museo. El Museo de Historia Natural.
¿No crees, Leonora? ¿O más bien en el Victoria y Alberto?
–No, os equivocáis conmigo –dijo él
intentando mantenerse tranquilo y viendo en un espejo manchado por las moscas su
rostro joven y bien parecido y su figura delgada y atlética. (¡Un victoriano!)
–Lo habéis entendido mal. Yo creo en la igualdad entre hombres y mujeres. Sé
que las mujeres han de tener una carrera y han de tener su dinero y un trabajo
al que puedan volver después de casarse. Sé lo que quieren las mujeres.
Soltaron una estruendosa carcajada al tiempo
que se abrazaban. Rachel dijo algo acerca de Freud. Él seguía sin saber qué
había dicho que tuviera tanta gracia. Un tiempo después dejó de importarle,
porque la observación había venido de Rachel y no de Leonora. Y se rió en el
almuerzo del sábado cuando Leonora le reprobó por decir que lo que le pasaba a
Rachel era que era una amargada.
Estaba atravesando una larga fase de
sabiduría: sabía que Leonora acabaría casándose con él. La posibilidad de que
conociera a otro ni siquiera se le pasaba por la cabeza. O, más bien, cuando
esta posibilidad se le ocurría, con un escalofrío como el de la primera helada
en el aire de otoño, iba corriendo a llamarla para tranquilizarse. No para
explicarle sus sentimientos, ya que se trataba sólo de sentimientos y nunca en
realidad de sospechas, sino para escuchar su voz e intentar detectar si se
había producido algún cambio en ella. Y los sábados la observaba y escuchaba
las inflexiones de su voz, en busca de algún sutil cambio. Era siempre la
misma, ¿o no?
Leonora hablaba como siempre de los viejos
tiempos, de cuando eran chicos, y luego de su familia y de sus amigas, de lo
que hacían y decían. Nada de ello interesaba a Guy, pero le gustaba oírla
hablar. Tenía gracia lo que había dicho acerca de la conversación de ese
William Newton, cuando ella era en realidad poco habladora. Nunca decía una
palabra acerca de televisión, de música, del último éxito del West End, de moda
o de deportes. Guy intentó imaginar el contenido de aquellas fabulosas
conversaciones que tendría con Newton, pero no lo consiguió.
Había pasado ya una semana desde que la había
visto con Newton. Él se hallaba al otro lado de Kensington High Street,
atestada de gente y de tráfico, y caminaba en dirección a Church Street,
mientras que a ellos los había visto al otro lado, cogidos de la mano. Su
Leonora y un tío flaco de pelo pajizo no mucho más alto que ella.
Cogidos de la mano. Había sentido cómo la
sangre se le subía a la cabeza, se había puesto rojo como de turbación, como si
estuviera avergonzado. Había deseado con todas sus fuerzas que no le vieran, y
no le habían visto. Más tarde, en casa y con un vaso en la mano, estuvo
pensando que éste era uno de los mayores golpes de su vida, comparable tan sólo
al que había recibido el día en que aquella mujer vino a su casa y le contó lo
de Con Mulvanney.
–No tienes muy buen aspecto –dijo Danilo.
–Estoy perfectamente.
Por un instante, Guy se sintió ofendido. Se
sentía satisfecho de su aspecto, con su nueva chaqueta Ungaro y el delgado
jersey Perry Ellis. No tenía por costumbre pasar mucho tiempo delante del
espejo, una rápida ojeada le bastaba para obtener la impresión deseada: piel
bronceada, una ligera sombra sepia en la dura mandíbula, dientes blancos y el
cabello negro bien peinado. Y el cuerpo duro y musculoso, pero delgado. Pero
esa mirada, que había echado al salir de su casa hacía diez minutos, le había
mostrado otra cosa, tal vez cierto cansancio y desgaste, un aspecto como
demacrado.
–Estoy teniendo un poco de estrés –dijo–. He
vuelto a tener dolor de cabeza.
–Tienes que tomar fiebrefeb.
–¿Qué diantre es fiebrefeb?
–Cualquiera sabe. Lo he leído en una de esas revistas de Tanya. Está
metida en ese rollo alternativo. Pero en serio, no tienes muy buen aspecto.
Se hallaban en un restaurante en esa zona
cara de detrás de Sloane Square. Danilo era un hombre delgado y de poca
estatura y de cara leonina, con una cabeza grande y ojos de color pardo
amarillento como los de un animal, un fiero y pequeño carnívoro. Aunque no
medía más de un metro sesenta y cinco, un poco menos que William Newton, y su
cabello largo era del color de la arena y difícil, Guy nunca le hubiera llamado
enano pelo-de-paja. Danilo llevaba un traje muy informal pero caro, de lino
casi negro, con las mangas arremangadas para que se viera el forro de seda
azul. Y también una camisa azul con unas finas rayas de color verde oscuro,
pero no llevaba corbata. Lucía dos anillos de oro blanco, uno con un lapislázuli
redondo y el otro con una piedra cuadrada de jade. Hacía unos años, cuando ello
era todavía posible, Danilo se había dedicado a un muy lucrativo negocio de
importación de jade imperial chino. De ahí procedían los gemelos de Guy. Danilo
no era de origen español ni latinoamericano; su nombre de pila era en realidad
Daniel, pero había al menos cinco Danieles en su clase de la escuela primaria y
se había rebautizado. Además de importador de diversas sustancias ilegales,
Danilo era todo un asesino. Al menos, eso creía Guy.
El único terreno en que Danilo no era muy
varonil era la bebida. Tomó un agua mineral en un vaso alto. Guy bebía más de
lo que comía. Se comportaba así habitualmente, aunque también comía, un buen
trozo grueso de filete escocés, que habían traído entero, quemado por fuera y
azul por dentro, y que les habían partido en dos con un diestro golpe de
cuchillo.
Danilo habló del chalet de Granada que había
vendido y de la casa que había comprado en el Wye Valley, un castillo galés con
122 hectáreas de terreno y que pensaba amueblar con el contenido de una mansión
barroca sueca. Había una orden que prohibía llevarse aquellas mesas, sillas y
cuadros de Suecia, pero Danilo estaba arreglando las cosas para saltársela. No
era un hombre muy egocéntrico y, aunque algo insensible, sabía apreciar a los
amigos. Esta invitación no se le había ofrecido para que hablara de sí mismo.
–Y ¿qué tal está Celeste? ¿Todavía seguís?
–Guy se encogió de hombros. Cualquier mención de Celeste siempre le incomodaba.
–Y esas obras de arte, ¿te ayudan a mantener
el estilo de vida al que estás acostumbrado?
–No tengo problemas económicos, Dan –dijo
Guy–. Ningún problema por ese lado. Eso nunca será un problema para ninguno de
los dos, ¿no es cierto?
Se habían dicho, hacía años, que un hombre
sólo era medio hombre si no era capaz de hacerse rico.
–Entonces tiene que ser la señorita Leo.
Guy no habría permitido a ninguna otra
persona llamar a Leonora «señorita Leo», pero viniendo de Danilo le importaba
menos que si lo decía otro. Danilo la quería también, aunque más como un
hermano, y, si bien hacía años que no la veía, conservaba todavía hacia ella
esa tierna consideración que es producto de una nostalgia por los viejos
tiempos de desenfreno. Leonora había mostrado más habilidad que ninguno de sus
compañeros varones para birlar cosas de los mostradores de Boots. Una vez, y de
una sola tanda, se había metido en el bolsillo un cepillo de dientes eléctrico,
un secador de pelo y un juego de rulos caloríficos. Al pensar en esto, Guy se
acordó de otro viejo amigo y pudo así posponer el momento.
–¿Sabes algo de Linus?
–A ése sí que le ha ido mal –dijo Danilo
riendo–. Bueno, creo, no lo sé seguro. Alguien me dijo que había ido a Malaysia
y le habían colgado por llevar un poco de hierba encima.
–¿Tú te crees eso?
–No, yo no me creo casi nada de lo que me
dicen. ¿Qué pasa con Leonora? Vamos, me lo vas a decir, ¿por qué no lo sueltas
ya? ¿Qué pasa, se casa?
Desagradablemente cerca de la llaga. Con
firmeza, Guy dijo:
–No va a hacer eso. Bueno, si no es conmigo.
Quiero preguntarte una cosa. Dan, el caso es... si yo quisiera... –Guy miró a
su alrededor y, aunque no había nadie que pudiese oírlo, bajó la voz–... quitar
a alguien de en medio, ¿tú podrías... arreglarlo?
Los iris de los ojos amarillos no cambiaron,
pero sí las pupilas. Parecieron alargarse y convertirse en rayitas negras en
lugar de puntos. La lengua colorada de Danilo tocó el labio inferior.
–¿Su amigo? –dijo.
Guy estaba estupefacto.
–¿Cómo sabes que hay un amigo?
–Siempre hay un amigo. ¿Quieres que lo
liquiden?
De nuevo aquel gesto de impaciencia en los
hombros de Guy.
–Creo que no. No sé.– Vio de nuevo aquella
mesa del hotel, colocó a Maeve en el lugar de la vieja señora Chisholm y a
William Newton en el lugar de Janice y su novio.– Alguien le está comiendo el
coco contra mí. Dan, pero no sé quién es. No sé cuál de ellos. Creía que lo
sabía... si lo supiera, yo... es que no sé.
–Puede hacerse –dijo Danilo con calma–. Para
un amigo podría conseguir un buen trabajito por tres de los grandes.
–¿Y diez trabajitos por treinta de los
grandes? ¿Quieres que haga una matanza? No voy a borrarlos a todos de la faz de
la tierra. Dan, yo sé que es sólo uno de ellos el que la está volviendo contra
mí, uno o dos a lo sumo, uno o dos a quienes ella quiere complacer y con
quienes quiere estar a buenas. Le han contado todas las mentiras posibles
acerca de mí.
–Será el novio.
–No lo creo. No sé. ¡Cielo Santo, si lo
supiera! Soy el peor de los tontos. Dan, te he traído aquí para nada, demonios.
No sé qué nombre darte. Te he traído aquí para nada.
–Un gran bistec –dijo Danilo–. Voy a romper
mi norma y tomarme un pequeño Chivas Regal.
–Dan –dijo Guy–, ¿por qué has dicho eso? ¿por
qué has dicho eso de ese Newton?
–¿Qué he dicho?
–Has dicho «el novio».
–Lo habrás dicho tú.
–Yo no lo he dicho. He dicho que ella no...
que no va a casarse. Ese Newton existe, claro que existe, pero es sólo un tío
que sale con ella, no significa para ella más que Celeste para mí.
Danilo le dirigió una mirada dura y
penetrante, pero amable.
–Sí, ya recuerdo. Me lo dijo Tanya, lo vio en
un periódico. Ayer o anteayer. Dijo: «Mira esto», y, sí señor, la mismísima
Leonora Chisholm. Decía lo de siempre: se anuncia el compromiso, el matrimonio
tendrá lugar en breve. Leonora
Chisholm y William Newton. De ahí sé el nombre del tío, ha
de ser de ahí, si tú no lo has dicho. Por eso he pensado que era él a quien
querías eliminar.
5
La cama de Guy era un lecho imperial de
cuatro postes, lacado, con un dosel de estilo chino y fabricado por la firma
William Linnell en 1753. Unos dragones voladores dorados parecían acabados de
aterrizar sobre los cuernos curvados de color escarlata del techo de pagoda. El
cortinaje era de seda amarilla. Había una muy parecida en el Victoria and
Albert Museum. Las paredes del dormitorio estaban recubiertas por un papel de
seda shiki. No había alfombra en el suelo de bloques de madera, pero sí esteras
chinas con motivos de dragones, máscaras de animales y nubes.
A las ocho y media de la mañana del sábado
Guy estaba en su lecho imperial con Celeste Seton. Ella seguía durmiendo pero
él estaba despierto y haciéndose a la idea de preparar el café, comer alguna
tontería que todavía no había decidido y luego ir una hora o dos a su club de
gimnasia. Guy observó el exquisito rostro de Celeste en la almohada, como un
precioso y delicado bronce, y pensó en lo guapa que estaba pero nada más. En
cuanto pensaba en ella le abrumaba la culpa. Aborrecía y le llenaba de
vergüenza el hecho de estar amando a una mujer y utilizar a otra con fines sexuales.
No era exactamente así, naturalmente, no era
así. Siempre había sido honrado con Celeste. Ella sabía que estaba enamorado de
Leonora, o al menos él así se lo había dicho, había sido muy franco con ella.
No era culpa suya que persistiera en tomárselo de aquel modo.
–No me importa, Guy, cielo, ¿por qué me iba a
importar? Ya sé que no soy la primera en la lista, sería tonta si lo creyera.
Ya sé que no eres mío.
Guy no iba a dejar pasar esto.
–Estoy enamorado de Leonora, la amo. La vida
sin ella no tendría sentido. Me casaría con ella mañana mismo si pudiera.
Ella le había sonreído.
–Sí, claro. Comes con ella todos los sábados,
y pasas con ella una hora y media. Supongo que eso puedo aguantarlo. Puedo
aguantar esa competencia.
Su padre era de Trinidad, donde los
habitantes tienen sangre india, y su madre gibraltareña. Tenía un rostro
caucásico perfecto, del color de la teca y un cuerpo como el de una muchacha
egipcia en la pintura de un jarrón. Era modelo. Su cabello era de un castaño
rojizo oscuro, muy espeso, y crecía de forma natural en largas y profundas
ondas, como el de Dorothy Lamour en una película de los Mares del Sur de los
años treinta.
Cuando salían juntos, los hombres se volvían
a mirarla. Una vez en que él bajaba detrás de ella la escalera de Blake’s,
había oído a un hombre gruñir al verla, podría jurarlo. En cambio, cuando salía
con Leonora –o había salido, porque esto ocurría ahora muy raramente– nadie se
quedaba mirándola. Ciertamente, era verdad que desde los andamies y las obras
de la calle los hombres le silbaban, era joven y atractiva y tenía unas piernas
muy bonitas. Pero los coches no se detenían por ella, nadie se paraba y se
ponía a mirarla. Lo extraño era que esto no cambiaba las cosas. La ferviente,
casi palpitante admiración que despertaba Celeste y la indiferencia con que se
acogía la aparición de Leonora no tenían el menor efecto en él. A veces pensaba
que sería un alivio que Celeste le dejara, había sido bonito pero había
conocido a otro.
Se reprochaba a sí mismo por esto, era horrible
e injusto. Pero, ¿qué podía hacer? Él no había pedido a Celeste que fuera
detrás suyo, ni la invitaba a estar esperándole cuando llegaba a casa. Ni
siquiera le había dado la llave. Ella le birló la de repuesto y se hizo hacer
otra. Estaba enamorada de él tanto como él de Leonora, y esto, como se decía a
sí mismo, le tenía jodido. Pero él se lo pasaba peor que ella. Y al menos no la
rechazaba, no le enseñaba la puerta ni hacía cambiar la cerradura ni le decía
que se fuera al infierno. No limitaba sus encuentros a un almuerzo los sábados.
Era bueno con ella. Se acostaba con ella, aunque a menudo pensara con cierta
tristeza que podía pasar sin sexo de ser necesario y se dijera a sí mismo que
habría debido ignorar su propio cuerpo, obedecer a su mente y a su corazón y,
como un caballero a la espera de su dama, permanecer casto.
Celeste no tomaba café. Guy preparó el té y,
poniendo la taza sobre la mesita de noche, la tocó ligeramente en el hombro y
dijo:
–La taza de té, amor.
Sus ojos se entreabrieron y dijo lo que le
decía siempre al despertar.
–Hola, Guy, mi cielo, te quiero.
Era lenta en despertar, en especial si era
sábado, si se había pasado por allí el viernes por la noche y se hallaba en la
casa el sábado por la mañana. Guy se preguntaba a veces, sintiendo su propia
herida, si ella pospondría el despertar de estas mañanas porque el sábado era
el día de su almuerzo con Leonora, si necesitaría retrasar lo más posible la
consciencia y el saber lo que el día le deparaba. Pero quizá no fuera así,
quizá sólo estuviera proyectando sus propios sentimientos sobre ella y
juzgándola según estos sentimientos. Es una gran bajeza que un hombre intente
calibrar las emociones de una mujer enamorada según él mismo cuando no está ni
mucho menos enamorado de ella, y Guy lo sabía.
El gimnasio para hombres al que pertenecía se
llamaba Gladiators y estaba en Gloucester Road. Tres cuartos de hora con las
pesas, luego la sauna, la ducha fría y treinta largos en la piscina. Decidió no
desayunar, aunque habría podido tomar un saludable desayuno en el bar a base de
zumos y cereales. La báscula le indicó que su peso había aumentado en un kilo.
Con razón Danilo había comentado su estado de salud.
No eran más que las once. Si lo hubiera
pensado antes, habría podido ir al salón de tiro de King’s Road y practicar
durante una hora, pero no lo había pensado y no le gustaba disparar más que con
uno de sus rifles. De pronto se le hacía muy cuesta arriba volver a Scarsdale
Mews. Celeste estaría allí. Celeste probablemente estaría todavía en la cama y
le tendería los brazos. Podía soportar casi todo lo que representaba su
situación con Celeste y Leonora, aun a regañadientes, pero no pasar
directamente de la una a la otra, aunque Celeste lo supiera y a Leonora no le
importara.
Pero, ¿seguro que no le importaría? Se le
ocurrió que nunca había dicho claramente a Leonora que Celeste fuera su amante,
no le había dicho que a menudo dormía con él la noche antes de la cita para el
almuerzo, que le amaba y juraba que le amaría siempre. Quizá debiera intentar
decírselo. La idea de que Leonora pudiese mostrar celos le hizo sentirse
mareado y tuvo que sentarse en un banco del parque.
Hoy la cita para el almuerzo era en el
Cranks, el Cranks original del Soho. Sólo el amor podía hacer a Guy ir allí.
Nunca había estado en el Cranks, naturalmente, pero era consciente de que se
trataba de un restaurante vegetariano y, al parecer, no alcohólico. Decidió no
pasar por su casa sino dejar que Celeste (no era en absoluto la primera vez) se
levantase sola y tal vez le llamara más tarde, y empezó a caminar morosamente
en dirección a Hyde Park Corner. Tal vez tomara un taxi en Park Lane, o bien
recorrería todo el camino a pie.
El cielo era de un azul suave y delicado,
cubierto por una fina red de nubecillas que en nada obstaculizaban el paso de
los rayos de sol. El sol era cálido y delicioso, no quemaba. No había brisa y
el aire no picaba. Los céspedes a su izquierda en torno al Serpentine eran esta
mañana morada de aves acuáticas, patos con la cabeza de color bermejo y otros
de color blanco y negro con el cuello largo, berniclas y gansos de patas
rosadas, patos almizclados de barba colorada y patos salvajes con coronas de
satén verde. Un poco más adelante, donde Rotten Row se acerca a la orilla, una
chica y un hombre estaban dando de comer a los patos de una bolsa de trocitos
de pan, o, más bien, les estaba dando de comer la chica mientras el hombre
permanecía a un lado observándola y limpiándose las gafas de sol con un pañuelo
de papel. Guy aflojó el paso. La chica hizo una bola con la bolsa de papel y se
la metió en el bolsillo después de buscar en vano a su alrededor una papelera.
Ella y su compañero empezaron a alejarse. Estaban en el mismo Rotten Row, a
unos veinte o treinta metros de él y, evidentemente, andando en la misma
dirección. Guy los había reconocido: Maeve Kirkland y Robin Chisholm.
Al principio sólo le sorprendió que pudieran
conocerse. Pero, naturalmente, no tenía nada de extraño. Robin era el hermano
de Leonora, un hermano muy «íntimo», y Maeve una de las compañeras de piso de
Leonora de los últimos tres años. No iban cogidos de la mano ni caminaban
especialmente juntos, no caminaban como Leonora y el enano del pelo de paja.
Nada indicaba que fueran amantes, ni siquiera amigos íntimos.
Guy no quería que le vieran. Dejó que se
alejaran cada vez más. Si uno de ellos volvía la cabeza atravesaría la hierba y
se metería en el South Carriage Drive. Se preguntaba adonde irían y de qué
estarían hablando. Ambos llevaban ropa tejana y camisetas, de un «rompedor»
rosa púrpura la de Maeve, blanca la de Robin. A pesar de llamarse así, Maeve no
era irlandesa. Era una rubia alta y escultural, como una valkiria, dos o tres
centímetros más alta que Robin que tampoco era bajo. Hacía diez años a las
mujeres todavía les desagradaba ir con un hombre más bajo al lado (o les
desagradaba a ellos) y, si hubieran podido transportarse atrás en el tiempo,
Maeve habría llevado zapatos planos e incluso se habría redondeado las
espaldas. Llevaba ahora unos tacones altos que daban una impresión de
incomodidad al lado de su falda corta tejana, aunque tal vez no fueran
incómodos. Con ellos sacaba a Robin casi un palmo.
Maeve no era una de las amigas de infancia,
de escuela o de universidad de Leonora. Leonora y Rachel la habían conocido
cuando habían puesto un anuncio buscando a una chica para compartir el piso, el
cual había resultado finalmente mucho más caro de lo que pensaban. Estaban
pasmadas al ver en qué se convertían los pagos mensuales de la hipoteca, pero,
en lugar de aceptar la nueva oferta de ayuda de Guy, abandonaron la idea de
tener dos dormitorios y una sala de estar, convirtieron el piso en lo que
prácticamente eran tres cuartos y pusieron un anuncio. Maeve contestó al
anuncio y se quedó en el piso. Misteriosamente para Guy, a las dos les caía
bien Maeve, que se había convertido en su amiga y con frecuencia era invitada a
aquellas fiestas en el piso, aquellos almuerzos familiares y otras salidas en
grupo a las que tan aficionada parecía ser Leonora.
Guy la encontraba mandona y ruidosa y
demasiado alta. Al igual que Raquel, aunque de manera diferente, Maeve se
empeñaba en imponerle cuál debía ser su relación con Leonora. Lo cual
significaba, para ella, la inexistencia de tal relación. Era menos sutil al
respecto que Raquel, y más clara. Pero también era más grosera. Había una
expresión que utilizaba su abuela y que a Guy le parecía adecuada a Maeve:
verdulera.
Era posible que Robin y Maeve llevasen años
saliendo juntos. Leonora no le había dicho nada, pero él temía que hubiese
muchas cosas de su vida de las que no le hablaba. Los observó caminar delante
de él, ahora más despacio y en dirección a Hyde Park Corner, y entonces, de
repente... Robin levantó el brazo derecho y rodeó a Maeve con él. Casi al mismo
tiempo, como si temiera que alguien pudiera verla desde detrás y mostrar su
desaprobación, o como si presintiera su presencia, Maeve volvió la cabeza y
miró hacia donde él estaba.
Guy sabía que saludaría con la mano. Quizá no
le cayera bien, estaba seguro de que no le caía bien, pero se conocían, habían
estado más de una vez en la misma mesa y hablaban con frecuencia por teléfono
cuando llamaba a Leonora y se ponía Maeve. Inició un movimiento con el brazo
para hacer el gesto obligatorio en respuesta al saludo de ella. Maeve miró con
dureza y se volvió sin saludar. Guy se sintió exageradamente ofendido y
furioso. Se sentía ultrajado. Maeve y Robin tenían ahora las cabezas muy juntas
y hablaban al parecer en susurros, aunque era un misterio el porqué tenían que
hablar en susurros allí al aire libre y sin nadie a menos de cincuenta metros.
Estaban hablando de él. Era evidente. Era lógico preguntarse no sólo qué
estarían diciendo sino qué se habrían dicho ya y qué le habrían dicho a
Leonora.
Las dos cabezas estaban ahora tan juntas que
sus cabellos, abundantes en ambos casos, aunque el de Maeve era más largo y más
rubio, parecían combinarse y formar una masa de oro oscuro reluciente y bañada
por el sol, como una gran flor de seda. Y ahora, necesitada de una mayor
cercanía debido sin duda al acuerdo de Robin con las maliciosas calumnias que
salían de su boca, Maeve le rodeó la cintura con el brazo. Estaban
entrelazados, se habían convertido en gemelos siameses unidos por la cadera.
Guy imaginó sus calumnias, sus falsedades acerca de cómo se ganaba la vida,
aquellas invenciones acerca de su vida privada. Era muy posible que Robin,
quien probablemente frecuentaba los mismos lugares nocturnos que él, le hubiese
visto con Celeste. Se lo contarían todo a Leonora. Y era mucho más probable que
Leonora escuchara y se dejara llevar por las palabras de gente de su edad que
por las de gente treinta años mayor que ella.
Debía de ser él. Imaginó el efecto que
tendrían sobre él los consejos o avisos de Danilo y del padre de éste, un
astuto anciano que llevaba un quiosco de apuestas. Estaba dispuesto a hacer
mucho más caso a Danilo. Y haría mucho más caso al consejo de Celeste que, por
ejemplo, al de su madre si la volviera a ver.
La pareja dejó Rotten Row y tomó el sendero
que llevaba a Serpentino Road y a la estatua de Aquiles. Maeve no volvió a
mirar atrás. Guy pensó que podían haber quedado con Leonora para tomar un
aperitivo en alguna parte, irían a llenarla de advertencias y, cuando se
encontrara con ella a la una, Leonora estaría armada contra él y en guardia.
Ciertamente se había equivocado al echar a Tessa toda la culpa del cambio de
ánimo de Leonora (o de su cambio aparente). Había otros culpables, más
culpables aún: Maeve y Robin eran unos enemigos aún más poderosos.
Todavía era temprano. Guy volvió sobre sus
pasos un trecho, entró en Knightsbridge por la Albert Gate y se quedó mirando
el escaparate de Lucienne Phillips, toda aquella ropa que tan bien le habría
sentado a Celeste y también un vestido de satén azul oscuro de falda corta que
parecía haber sido diseñado para Leonora.
–Supongo que has puesto esa porquería en el
periódico para complacer a tu familia –dijo Guy.
Estaban en el Cranks, que se hallaba muy
concurrido. Ni siquiera habían podido coger una mesa para ellos solos. De
hecho, estaban encajonados contra la pared mientras cuatro chicas muy jóvenes
dominaban la mesa, reían ruidosamente, probaban de los otros platos y hablaban
de rivalidades de oficina. Guy había ya reprochado a Leonora su sugerencia de
venir aquí. Hacía mucho tiempo que no estaba en un self-service. Había tenido
que hacer un poco de cola para coger su comida, quiche y ensalada, los platos
menos flagrantemente vegetarianos de la casa. En todo caso había conseguido un
vaso –tres, en realidad– de vino.
Se veían forzados a hablar muy bajo, aunque
lo cierto era que sus compañeras de mesa no les prestaban la menor atención.
Leonora llevaba también el uniforme de los sábados de verano consistente en
téjanos, camiseta y zapatillas blancas. Los téjanos eran azules y la camiseta a
rayas azules, blancas y malva. Llevaba también una cinta, entre el flequillo y
el resto del pelo. Guy pensó que estaba muy guapa a pesar de la ropa, aunque le
habría entusiasmado verla llevar un vestido cuando salía a comer con él. Con
gran alivio por su parte no vio la primera cosa que había buscado. La ausencia
de un anillo de compromiso en su dedo contribuyó a que le hiciera aquella
observación.
En un tono agradable pero neutro, Leonora
dijo:
–Si hubiera dependido sólo de William y de
mí, pues no, no creo que nos hubiéramos molestado en anunciarlo. Es más, no
creo que nos hubiéramos «prometido». Eran mis padres quienes lo querían, y
también los suyos. Costaba muy poco contentarlos, ¿no te parece?
–Ya –dijo Guy con una risita–. Siempre haces
lo que quieren tus padres.
No lo negó.
–¿Por qué has dicho «esa porquería», Guy? Te
dije que estaba enamorada de William.
–Eso también es una porquería, me parece a
mí.– Terminó el primero de sus vasos de vino. Leonora bebía zumo de manzana y
lo miraba por encima del vaso de una manera que a él le pareció malhumorada.
Cambió de tema. –No me habías dicho que Maeve saliera con tu hermano.
–Porque no creí que te interesara.
–Todo lo relacionado contigo me interesa,
Leo, por remoto que sea, deberías saberlo. Los he visto en el parque. Caminaban
delante de mí. ¿Has estado con ellos antes de venir aquí?
–¿Cómo, ahora, quieres decir? Claro que no,
Guy. ¿Para qué? No van a pasar los sábados conmigo.
–¿Dónde vive él ahora?
–Ahora vive en Chelsea, acaba de mudarse.
Creo que quiere que Maeve vaya a vivir con él, y quizá lo haga cuando yo me
vaya.
Dejó pasar esto. Las chicas se iban. La mesa
estaba sembrada de sus sobras, pero al menos y de momento era sólo para él y
Leonora. Se inclinó ligeramente hacia ella.
–En realidad sigues sintiendo lo mismo por
mí, ¿no es cierto? Sientes lo mismo que has sentido siempre pero crees, o te
han hecho creer, que vivir conmigo no sería prudente, que te perjudicaría. Es
eso, ¿verdad?
Ella habló cuidadosamente, midiendo las
palabras.
–Sí que te quiero, Guy. Siempre te he querido
y creo que siempre te querré. Por lo que fue nuestra relación cuando éramos
jóvenes.
El corazón pareció dar un saltito de alegría
y ponerse a bailar dentro de su pecho. Sintió cómo la sangre acudía a su
rostro. Extendió la mano y tocó la de ella, que descansaba sobre la mesa.
–Pero ya no tenemos nada en común, Guy, ni
nos gustan las mismas cosas. Y aborrezco el modo como te ganas la vida. Si miro
atrás, aborrezco lo que has hecho.
Esto le hizo reír:
–¡Oh, vamos! ¿Y tú? El otro día me estaba
acordando de lo bien que te las apañabas robando cosas. ¿Te acuerdas de cómo
nos desembarazábamos de todo aquello en Portobello?
Leonora hablaba en voz muy baja:
–No sabes cómo me avergüenzo de lo que hice.
Siento asco de mí misma cuando pienso en aquello. Pero tú sigues pensando que
estaba bien, piensas que todo vale con tal de sacar dinero.
Su mano estaba debajo de la de Guy, plana y
fláccida. Guy retiró la mano y se quedó mirándola como si algo la hubiera
picado y estuviera esperando a que se hinchara.
–Ya no hago nada ilegal –dijo–. Nada.
Al menos no desde la muerte de Con Mulvanney,
pensó, pero no lo dijo en voz alta, ella no sabía nada de aquello y, si de él
dependía, nunca lo sabría.
–No son sólo las cosas ilegales, sino también
las cosas poco éticas. Oh, Guy, seguro que no sabes de qué hablo. En parte ese
es el problema, que no hablamos el mismo idioma. Tu único objetivo en la vida
es ganar mucho dinero, vivir lujosamente, tener poder y... ganar cada vez más
dinero. Y además, no puedes borrar el pasado con sólo decir que ya no lo haces.
Alguien me ha dicho que incluso habías tenido una red ilegal de protección.
¡Oh, Guy!
–¿Quién te lo ha dicho? –dijo él muy
fríamente.
–¿Importa eso?
–Sí, me gustaría saberlo.
–Pues bien, me lo ha dicho Magnus.
¡Lo sabía! ¿Acaso no lo había adivinado?
–¿Y...?
–Magnus trabajaba para un cliente, le estaba
buscando un jurisconsulto, ya sabes cómo va eso, y el hombre, que era un
criminal o algo así, mencionó tu nombre en relación con una red ilegal de
protección en Kensal.
–¿Y Magnus te lo ha dicho?
–Él decía que no podía ser el mismo Guy
Curran, pero mamá dijo que sí y claro que eras tú, yo lo sabía.
–¿Escuchas todo lo que dice esa gente de mí,
Leonora? ¿Los escuchas a todos?
Ella dijo suavemente:
–Es igual lo que diga la gente. No nos
parecemos en nada, en nada.
Él no contestó a esta observación. Despacio y
arrastrando las palabras de manera deliberada y calculada, dijo:
–Tengo una amiga muy guapa. Se llama Celeste.
Tiene veintitrés años, es modelo y es encantadora. Ha pasado esta noche
conmigo. Seguramente está todavía en Scarsdale Mews esperando a que yo vuelva.
Por un pequeño y horrible instante creyó que
Leonora iba a sonreír y a decirle lo mucho que se alegraba, cómo la complacía
la noticia. Pero su rostro se había ensombrecido. Tenía la expresión fija, los
ojos azul oscuro firmes y los labios apretados. ¡Estaba celosa! Lo veía, no
podía equivocarse.
–¿Te lo estás inventando?
–Cariño, si no fueses tú quien me lo pregunta
me enfadaría de veras.– Se dio cuenta de que estaba repitiendo lo que ella
había dicho cuando él se mostró incrédulo con respecto a Newton. ¡Qué cerca
estaban el uno del otro! ¡Se leían el pensamiento! –Yo soy atractivo para las
mujeres –dijo, sonriéndole–, Llámala, ve y pregúntaselo. Ve y llama a mi casa.
Alguien, una mujer, le había dicho una vez
que siempre sentimos celos por los amores de nuestros antiguos amantes. Aunque
ya no nos importen, aunque tengamos otros amantes, un verdadero amor que vaya a
durar eternamente, nos sentimos celosos. Es inevitable tener una sensación de
rechazo, porque nos sentimos inseguros, aterrorizados por el abandono y
ansiosos por ser el primero y único o, si no el primero, el último. Pero Guy lo
había olvidado o no cayó en ello. Ella estaba celosa, su Leonora estaba celosa
porque tenía otra mujer.
–Me alegro mucho por ti, Guy –dijo–. Espero
que os vaya bien de verdad. Me alegro mucho.– Algo la preocupaba. –Guy, ¿no le
importará que nos veamos así? ¿Lo sabe? ¿No te parece que deberíamos dejarlo?,
puede que no le parezca bien.
–Por qué va a importarle –dijo Guy con
impaciencia, y a continuación–: Si has terminado, vamos a otro lado, aunque
sólo sea a sentarnos en la hierba en Soho Square.
Sabía que diría que no, pero no fue así.
–Bueno, pero sólo media hora.
Se preguntó qué ocurriría si intentaba
cogerle la mano. Mejor era no arriesgarse. Caminaron uno al lado del otro. Las
nubes habían desaparecido y el cielo era ahora de un azul duro y ardiente. De
repente, se puso a pensar en unas vacaciones que habían planeado hacer juntos
en esta época cuatro años antes. Iban a ir a una de las islas griegas menos
frecuentadas y él, naturalmente sin hablarlo con ella, veía este viaje como la
ocasión para reanudar sus relaciones sexuales. Allá abajo llamaban al mar
Oscuro-de-Vino y las noches eran cálidas. Iban a alojarse en un maravilloso
hotel cuyas habitaciones eran todas cabañas con el tejado de hierba y tenían su
propio sendero privado hasta la playa de plata. Allí ella volvería a él,
volvería físicamente a sus brazos, y poco después de su regreso se casarían y
el empleo que ella iba a coger y el cuarto que iba a compartir con Rachel
quedarían olvidados.
Leonora se había echado atrás con menos de
dos semanas de antelación. Porque pagaba él, dijo. No podía ser, ella no podía
pagar su parte, no podía pagarla ni podía permitirle a él que pagara, así que
tenían que anular el viaje. Aun ahora, el recuerdo le dolía profundamente. De
acuerdo con su filosofía una mujer reconocía el amor de un hombre y su amor por
él dejándole que pagara. El trato que existía entre ellos consistía en una
especie de venta por amor, aunque no sonara agradable dicho así.
Miró su perfil egipcio, la boca y la barbilla
firmes, la nariz un tanto severa y la oscura cortina de cabello que le tapaba
la parte superior de las mejillas. Leonora tenía la cabeza inclinada, como
pensando profundamente.
–Este año no vas de vacaciones, ¿verdad?
–dijo él, pensando en que se podría quedar sin sus sábados, o quizá sin dos o
tres de sus sábados.
–No exactamente de vacaciones –dijo ella–.
Quiero decir que nos iremos más tarde.
El corazón era de plomo, se hundía.
–¿Quiénes?
–No pensaba decírtelo todavía, Guy. Pero la
cosa ha cambiado ahora que me has hablado de Celeste. Me caso el dieciséis de
septiembre y después nos vamos de luna de miel.
6
Faltaban cinco semanas.
La boda se celebraría en la oficina del
Registro de Kensington, una ceremonia habitual y rutinaria con Maeve y Robin
como testigos. No eran creyentes. La víspera del día de la boda, el padre de
Leonora y su esposa daban una fiesta en su honor. Anthony y Susannah Chisholm
vivían en Londres, pero no en los mews de Notting Hill, sino en un piso de dos
plantas de una casa de comienzos del siglo xix
de Lamb’s Conduit Street que había pertenecido a Susannah y a su primer
esposo. El padre y la madre de William Newton residían en Hong Kong y no
vendrían para la boda pero sí estarían en Inglaterra para Navidad, y su hermana
y su cuñado estarían allí.
Leonora se lo contó todo.
–Pero no es por él, ¿verdad? ¿Verdad que no
vendrías conmigo si él muriera, por ejemplo? Es por otra cosa.
–No va a morir, Guy. ¿Por qué iba a morir? Es
un hombre sano de treinta años.
–Si creyera que es por él desearía matarle.
Desearía pelear con él, desafiarle a un duelo y matarle.
–No seas ridículo.
–¿Sabe manejar un arma? No, no me lo digas.
No quiero saber nada de él. Él no es más que una excusa. Cualquier hombre menos
yo. Y me gustaría saber por qué, Leonora. Me gustaría saber qué ha ocurrido
para que te vuelvas contra mí.
Esta conversación tenía lugar no en Soho Square
sino el sábado siguiente en un restaurante que, por una vez, ella le había
permitido escoger. Estaba en la zona de Notting Hill llamada Hillgate Village,
en el lado meridional de Bayswater Road. Leonora lucía un vestido. Era un día
caluroso y el vestido era corto y de un tejido diáfano que se pegaba al cuerpo,
blanco con brumosas flores de color rosa y malva y con un sencillo cinturón o
banda malva. Llevaba medias blancas de malla y zapatos planos de color rosa.
Había dejado en el perchero de la entrada del restaurante su sombrero de fina
paja blanca con cintas de color lila. Después del almuerzo iba a la boda de un
amigo de William Newton, cuya mención había dado pie a hablar de la suya.
A Guy le habría gustado que vistiera siempre
así. Se moría de deseo por ella. Oía su propia voz interrogándola y se odiaba
por el tono bravucón y las preguntas reiteradas, pero tenía que saber. Ella le
dirigía una mirada dolida, hosca. No quería tomar postre, queso ni café por si
llegaba tarde. Presionada, dijo que no había ocurrido nada para que se volviera
contra él. No, la «causa» no era su oferta de comprarle un piso, no había
ninguna «causa», se trataba de un proceso gradual que había empezado antes de
ella cumplir los veinte años. Había dejado atrás la etapa de salir con él y
ojalá que a él le ocurriera lo mismo.
–Te pusiste celosa cuando te hablé de Celeste
–dijo él–. Lo pude ver en tus ojos. Eso significa que todavía me quieres.
–Eso es una tontería, Guy.
–Si te casas con él queriéndome a mí
cometerás un crimen contra ti misma y contra mí.
Se rió de él. A Guy le pareció esto muy
cruel, pero comprendió que era una defensa. Si no se hubiese reído se habría
echado a llorar. Era un sonido duro y poco femenino, una risa en la que había
más dolor que alegría.
Después de esto se fue a la boda del amigo de
William Newton y le dejó sentado en la mesa tomando coñac.
Maeve y Robin, Anthony y Susannah, Tessa y
Magnus, Rachel Lingard, uno de ellos o varios de ellos juntos eran los
culpables. Pero, ¿culpables de qué? La habían convencido de que él era
totalmente inadecuado, de tal modo que, obedeciendo a su coerción, Leonora se
había arrojado a los brazos del primer hombre con el que había tropezado.
Probablemente ellos mismos le habían escogido, le habían encontrado, le habían dado
el visto bueno y se lo habían presentado a Leonora.
La llamó por teléfono como de costumbre el
domingo, el lunes y el martes. Se negaba a admitir la posibilidad de que ella
se casara realmente el dieciséis de septiembre, pero si algo tan imposible e inicuo
ocurría, si ocurría, pensaba seguir llamándola todos los días. A veces se
imaginaba a sí mismo llamándola todavía cuando fueran viejos, ella una abuela
de cabello gris y él un anciano millonario, soltero pero con muchas amantes
hermosas a las que no amaría. Pero esto no ocurriría, porque algún día, si no
este año al año siguiente, o el otro o el otro, ella se casaría con él. Él se
desembarazaría de quienes se interpusieran entre ellos dos. Rachel contestó al
teléfono el domingo y Maeve el lunes y el martes.
–Voy a buscarla –dijo Rachel, y soltó un
fuerte suspiro teatral y una observación que hizo a Guy rechinar de dientes–:
Ha adivinado quién era. Ha tenido el tipo de premonición que tiene la gente
psíquica justo antes de un accidente de carretera.
Cuando pidió hablar con Leonora, Maeve dijo:
–¿Es necesario?
–¿Qué coño quiere decir si «es necesario»?
–¿A ti que te importa? –estaba furioso.
–No me hables así, por favor. No vas a
conseguir hablar con Leonora recurriendo a palabras obscenas.
–Ah, ¿no? Voy a llamar a ese coño de número
hasta que lo consiga.
–Y a propósito, muchísimas gracias por hacer
como que no me viste en el parque la semana pasada. Tú y tu amigo tenéis unos
modales encantadores.
–No te vi en el parque, ni la semana pasada
ni en ningún otro momento.
Se alejó y Leonora se puso al teléfono. Al
día siguiente, Rachel contestó de nuevo al teléfono y dijo que si sabía que era
posible hacer que Telecom cambiara el número. Él no contestó.
–Alexander Graham Bell es responsable de
muchas de las cosas que pasan– dijo Rachel.
Le odiaba de veras, había veneno en su voz.
Era extraordinario cómo estas mujeres, Tessa, Rachel, Maeve, creían ser leales
a Leonora poniéndola contra él cuando, en realidad, lo mejor que podían hacer
por Leonora era alentarla a que se casara con él y se asegurara así, además del
aspecto amoroso y romántico, un futuro libre de preocupaciones económicas y una
vida de felicidad y de lujo. Guy nunca se quedaba en casa por la noche. ¿Qué
iba a hacer allí? No había hecho una fortuna para quedarse sentado en su casa
comiendo comida preparada y viendo vídeos. Susannah Chisholm, que siempre se
había mostrado más amable con él que el resto de aquel grupito, había hablado
una vez de que alguien a quien había conocido en Nueva York decía que desde que
se había trasladado a Manhattan no había cenado ni una sola vez en casa. Los
demás habían reído y se habían quedado pasmados, pero Guy, aunque no dijera
nada, se preguntaba a qué venía todo aquel follón cuando él, desde que se había
trasladado a Scarsdale Mews, tampoco había cenado nunca en casa. Salir por la
noche significaba beber fuera y comer fuera y luego ir a un club a seguir
bebiendo.
Rara vez iba al teatro, pero sí de vez en
cuando al cine para complacer a Celeste. Después de rechazar rotundamente ir a
ver Mujeres al borde
de un ataque de nervios en el Lumière, había
consentido en ver París
de noche en el Curzon West End.
Habían ido a la sesión de las seis cincuenta
y cinco porque ambos preferían comer después, y sólo eran las nueve cuando salieron.
Guy había reservado una mesa en un restaurante de Stratton Street que le
gustaba especialmente y adonde Leonora nunca le habría permitido llevarla a
almorzar. Después de otro día de calor, hacía una noche cálida y sofocante.
Celeste llevaba un vestido de bordado inglés de algodón blanco, corto y ceñido
pero no demasiado, porque era muy delgada. Llevaba unas sandalias de tiras de
piel blanca y dorada alternadas y brazaletes de color blanco y verde, y cada
trencilla separada de su pelo, de las que había al menos cincuenta, terminaba
en punta de oro. Guy llevaba un traje de lino beige grisáceo muy claro con un
polo de color chocolate amargo, un cinturón de piel gris trenzada y zapatos
deportivos blancos con un reborde de piel gris. Había pensado, unas horas
antes, que hacían muy buena pareja, pero esto era simplemente una opinión y no
le producía ningún placer en especial.
Al salir del cine vio a Leonora y William
Newton que salían delante de ellos. Aunque había hablado con Leonora aquella
misma tarde sintió al verla aquellas extraordinarias y características
sensaciones cuya fuerza era aún mayor en las raras ocasiones en que se la
encontraba por casualidad. El corazón se le paró y luego se puso a latir no más
rápido sino como más ruidosamente. Aquella gente que los rodeaba, una multitud
considerable en su mayoría compuesta de personas jóvenes o más bien jóvenes
que, hasta que la había visto a ella, le habían parecido atractivas y llenas de
colorido, algunas de ellas dignas de ser miradas, se desvanecieron y pasaron a
ser sombras sin rostro, como muertos o extras en una vieja película monocromo.
Sólo él y ella existían en el mundo.
Esta sensación duró unos instantes. Cuando
aquella gente hubo recuperado de nuevo el rostro, él y Celeste, y ella y
Newton, estaban ya en la acera. Leonora volvió la cabeza y le miró a la cara.
Se alegraba de verle, se daba cuenta. Sonreía con su encantadora sonrisa,
cuidadosamente medida, y, cogiendo a Newton de la manga y tirando de él hacia
donde estaban Guy y Celeste, se acercó y dijo:
–No me has dicho que ibas al cine.
–Tú tampoco. Esta es Celeste. Celeste,
Leonora.– No iba a pronunciar el nombre de Newton.
–Este es William.
La quería mucho pero debía admitir que estaba
espantosa. Parecían los dos un par de hippies de la época de los sesenta,
Newton con unos pantalones de color caqui de Dirty Dick’s y una camiseta que
debía de haber sido de color azul pálido antes de que la hubieran lavado un
montón de veces en frío junto con ropa azul marino y roja. El vestido de ella
era una de las líneas menos logradas de Laura Ashley, adquirido sin duda en una
venta de ocasiones hacía tres o cuatro años, un estampado de viscosilla azul
marino y blanco ya descolorido o gastado y con cintura elástica, mangas cortas
demasiado largas y un dobladillo que llegaba a la mitad de sus espantosas botas
de piel roja cuarteada. Guy estaba contento. Una mujer que vestía así para
salir con un hombre no podía quererle mucho.
Les habló del restaurante de Stratton Street
y sugirió que fueran allí con él y Celeste. Newton dijo que no, gracias. Las
cejas de Guy se alzaron. Bueno, ¿habían comido o no? Tenían que comer.
Guy no entendió por qué una ligera sonrisa
aparecía en el rostro de Newton al oír esta observación. Newton era un poco más
alto de lo que creía recordar, en modo alguno un hombre especialmente bajo,
aunque la cara de caballo y el pelo de paja sí eran como los recordaba. Y usaba
gafas. Guy pensó que cualquier persona joven con un atisbo de autoestima que
tuviera problemas en los ojos habría optado por usar lentes de contacto.
–Comemos en casa, Guy –dijo Leonora–. Hemos
comido algo antes.
–Seguro que hace horas.
–Iremos con vosotros y comeremos algo barato.
Espaguetis, sólo un plato.
¡Quería estar con él! ¡Ahora que se habían
encontrado no podía soportar la idea de ir directamente a su casa! Le veía y le
comparaba con Newton. Le veía con Celeste. Sintió de pronto por Celeste un gran
cariño y afecto y le cogió la mano. Leonora se dio cuenta del gesto y miró sus
manos juntas, pero no cogió la mano de Newton. Cuando llegaron al restaurante,
las dos mujeres se dirigieron directamente al lavabo de señoras. Se quedó solo
con Newton y se preparó para una pelea o para el silencio.
Pero Newton, que según había dicho Leonora el
sábado era algo en la BBC, productor de documentales sobre cuestiones sociales
o algo igual de aburrido, se puso a hablar de la película que acababan de ver.
Preguntó a Guy si le había gustado y por qué. A Guy no le había gustado mucho
pero no sabía decir por qué, así que cambió de tema y preguntó a Newton si le
gustaba París, si había estado allí recientemente y si le habría gustado ir
para el doscientos aniversario de la Revolución. Encendió un cigarrillo, le
ayudaba a concentrarse.
Newton no apartó el humo con la mano ni nada
parecido, pero movió un poco la silla. Con gran sorpresa por parte de Guy bebía
gin-tonic, lo mismo que él, en lugar de la cerveza sin alcohol que era de
esperar. Dijo que había estado en París en la primavera para ver la exposición
de Gauguin, y se puso a describirla y alabarla. Guy se preguntó si haría esto
para atacarle, un ataque artero contra su empresa de óleos originales hechos a
mano. Newton pareció darse cuenta de que se aburría, dejó de hablar sobre
Gauguin y dijo que París estaría demasiado llena de gente y que, de todos
modos, solía ir a Escocia un par de semanas en agosto, aunque no iría este año.
Guy sabía por qué no iba a ir este año. Por
qué creía que no iba a ir. ¿Dónde estaban las mujeres? Hacía ya diez minutos
que habían desaparecido. Tal vez estuvieran sacándose los ojos discutiendo por
él. Escocia en agosto sólo significaba una cosa, que él supiera. Tenía que
encontrar algo de qué hablar con este hombre.
–¿Practicas el tiro?
–Sólo en defensa propia –dijo Newton–, y
ningún matón me ha atacado hasta ahora.
Quien hubiera dicho que el sarcasmo era la
forma más baja de ingenio tenía razón, pensó Guy.
–Te sorprendería saber lo fácil que es
convertirse en un buen tirador. Resulta muy gratificante cuando derribas el
primer pájaro.
–Sí, supongo que sí, si se mira de ese modo.
Debe de serlo teniendo en cuenta la pandilla de idiotas rematados que lo hacen
de manera excelente. No me entusiasma matar pájaros o animales. Y el hecho de
que hayan sido criados para que les disparen empeora aún más la cuestión.
–Y ¿a quién te gustaría disparar? ¿A
personas? –Guy soltó una carcajada ante su propio chiste.
–He conseguido vivir treinta años
relativamente satisfecho sin disparar contra nada ni nadie, Guy, y espero poder
seguir otros treinta del mismo modo. No me entusiasma la idea de andar por ahí
jugando con la muerte.
–Un hombre ha de saber manejar un arma –dijo
Guy–. Yo pertenezco a un club de tiro con rifle. Disparamos contra blancos,
naturalmente.
Newton inclinó ligeramente la cabeza como
hace una persona que se aburre y que no quiere mostrarse grosera pero a quien
no le importa mucho lo que dice el otro.
–Hace rato que se han ido las chicas –dijo
Guy. Otra inclinación de cabeza por parte de Newton. Guy no sabía cómo se le
había ocurrido, pero al pensar en ello se sintió inexplicablemente excitado.
–¿Has practicado alguna vez la esgrima? –dijo.
Esta vez Newton se volvió y le miró
directamente a la cara. Miró a Guy a los ojos. Había de nuevo una ligerísima
sonrisa, algo que estaba en los ojos y dentro de la cabeza más que en el
movimiento de los labios. Guy pudo ver que sus ojos, que habría recordado como
de color grisáceo o de ciervo de no estar Newton allí, eran de hecho de un
color gris azulado oscuro, una tonalidad que no tiene nada de animal.
Newton tardó unos instantes en contestar.
–En la escuela.
–¿En la escuela? –Y luego un poco más tarde.–
¿Tú perteneces a un club de esgrima?
–¿Yo? No, ¿por qué?
Guy sabía que Newton se estaba metiendo con
él, algo que él no iba a tolerar, e iba a repetir su pregunta cuando aparecieron
Leonora y Celeste. Parecían las dos satisfechas de sí mismas, pensó Guy.
Leonora preguntó de qué habían estado hablando y Newton, con una mueca, dijo
que de artes marciales.
Hicieron sus pedidos y Leonora y Newton
fueron fieles a su decisión de comer pasta, aunque Guy hizo lo posible por
hacer que Leonora cambiara de idea. No le importaba lo que comiera Newton. Esto
no era del todo cierto, ya que lo que le habría gustado en realidad era verle
comer algo venenoso, algo envuelto en cianuro, por ejemplo, o infectado con uno
de aquellos gérmenes de moda, listeria o salmonella, y verle rodar por el suelo
delante de las mujeres retorciéndose y lanzando espuma por la boca. Odiaba a
Newton, odiaba su sonrisa y sus fríos ojos inteligentes. Éste seguía hablando
de esgrima o más bien de los primeros combates de competición, en los siglos xvi y xvii,
antes de los tiempos de la lucha a puñetazo limpio, cuando los hombres se
atacaban en escenarios públicos con hojas romas y a veces afiladas. A Guy le
pareció un tema poco adecuado en la mesa y en presencia de mujeres.
Esto era, pues, un ejemplo de la tan
cacareada «conversación» de Newton. Al parecer poseía un par de sables que,
cruzados, adornaban una pared de su piso de Camden Town. Estaba pensando en
venderlos, Leonora no los quería en su nueva casa. A Guy le habría gustado
saber dónde pensaban instalarse pero no iba a preguntárselo. Se lo preguntó
Celeste.
–Yo voy a vender mi piso. Y Leonora va a
vender su parte del piso a su amiga, que ya es propietaria de la mitad.
–La abuela de Rachel ha muerto y le ha dejado
algo de dinero, así que comprará mi mitad –dijo Leonora–. Pero no tenemos
prisa. Entretanto viviré en casa de William.
¿Por qué no le contaba nadie estas cosas?
¿Por qué le dejaban siempre in albis? Lo extraño era que Rachel se tomara
la molestia de trabajar, con todos aquellos parientes ricos muñéndose y
dejándole su buen dinerito. Llegó su bistec, un enorme trozo de carne saignant, y le pareció que Newton le miraba burlonamente, aunque cuando alzó los
ojos pudo ver que el otro se había vuelto hacía Celeste y hablaba con ella. Guy
estaba bebiendo mucho. Nadie quería más de la segunda botella de vino así que
se la acabó y empezó a beber cortos, martinis secos sin hielo, a pesar del
calor.
Antes de que llegara la cuenta Newton se
inclinó hacia él y dijo que pagarían a medias.
–En absoluto –dijo Guy–. Yo os he invitado.
–Por favor, Guy –dijo Leonora–, es mejor
pagar a medias.
–Ni soñarlo, de ninguna de las maneras.
–Bien, gracias por tus maneras entonces –dijo
Newton, e inmediatamente se levantó y se dirigió a los lavabos.
¿Le había lanzado Newton una puya por
utilizar aquella frase, que a un cabrón listillo como él podía parecerle
incorrecta o desfasada o tonta o lo que fuera que pensara la gente como él? Al
instante estuvo convencido de que Newton estaba poniéndole la zancadilla y
pensaba colarse hasta el camarero y pagar su parte antes de que llegara la
cuenta. Le sorprendió muchísimo que esto no ocurriera y que la cuenta fuera
para los cuatro. ¿De qué iba este hombre? ¿A qué jugaba?
Ahora había que conseguir un taxi. Leonora
parecía cansada, como si no se lo hubiera pasado bien, como si la velada
hubiese representado una tensión y estuviera agotada. Naturalmente, era la
primera vez que veía a Newton y a él juntos. ¿Acaso, después de lo que había
visto, estaba pensándose –¡gloriosa idea!– lo de Newton? ¿Si los había
comparado, como debía ser, no habría quedado Newton como un tonto?
–Si vas en dirección norte –dijo a Newton–,
¿por qué no coges el primer taxi? Leonora puede venir con nosotros y la dejamos
de camino.
–No es posible, Guy, me quedo en casa de
William hasta el viernes. Y no vamos en taxi, vamos en metro.
–Green Park hacia Warren Street y luego por
la línea del norte –dijo Newton, relamido y frío–. Nada más fácil. Buenas
noches. Buenas noches, Celeste, encantado de conocerte.
En el taxi, Guy dijo:
–Habría debido preguntarle el número de
teléfono. Si está en casa de ese tío no voy a poder hablar con ella mañana.
–Busca en el listín –dijo Celeste.
–Sí, vendrá en el listín. ¿Qué te ha dicho
Leonora en todo ese rato que habéis pasado en los lavabos?
–Un poco de todo. Ha hablado de nosotros y de
William.
–Vaya caca de tío –dijo él.
–Me cae bien, me resulta simpático.
–Pero no entiendes que una mujer pueda
enamorarse de él, ¿verdad? La sola idea es grotesca.
–Te diré lo que me ha dicho si quieres. Ha
dicho que se alegraba mucho de verte tan a gusto conmigo. Ha dicho que soy muy
guapa y que tienes suerte de estar conmigo y que está segura de que tú te das
cuenta, y que espera que seamos muy felices. ¿Quieres saber qué más ha dicho?
–En realidad, no –dijo Cuy–. No parece muy
inspirado. Supongo que no quieres volver a casa conmigo, ¿me equivoco? Tienes
que levantarte temprano para ese trabajo de L’Oréal. Le diré al taxista que
vaya por Old Brompton Road, ¿de acuerdo? Celeste, ¡no estarás llorando! Por el
amor de Dios, ¿por qué lloras?
Guy se durmió rápidamente y soñó que estaba
luchando con William Newton con el sable. Se hallaban en los jardines de
Kensington, en el césped junto al Albert Memorial, debajo del Flower Walk. Era
por la mañana muy temprano, todavía no había amanecido y no había nadie allí
aparte de ellos dos y los testigos. El testigo de Guy era Linus Pinedo y el de
Newton un hombre cuyo rostro no podía ver Guy porque estaba cubierto por un
antifaz de espadachín. Guy había practicado bastante la esgrima hacía cuatro o
cinco años, había tomado lecciones y se había hecho socio de un club, pero,
finalmente, lo había dejado por el squash, que era más rápido y mucho mejor
como ejercicio. Sin embargo, en el sueño era muy bueno, parecía una estrella
cinematográfica de los treinta en El prisionero de Zenda.
Su objetivo era sólo herir a Newton, aunque
quizá de gravedad, pero el hombre estaba evidentemente aterrorizado y apenas
era capaz de defenderse. Guy intentaba acertarle en el brazo izquierdo –Newton,
al menos en el sueño, era zurdo– y, dando un salto adelante, ejecutó el
movimiento llamado balestra seguido de una flèche muy veloz que atravesó de una sola
estocada el corazón de Newton.
Newton no profirió ningún sonido y se
desplomó de rodillas, el florete caído y las manos aferradas a la parte ancha
de la hoja del sable de Guy. Cayó de costado sobre la hierba verde y ahora
salpicada de sangre. De sus labios salió un estertor mortal y a continuación
dio su alma en brazos del hombre enmascarado. Guy retiró su espada, que salió
limpia y reluciente.
Linus miró a Guy a los ojos y dijo:
–Esto te dará espacio para poder respirar,
chico. Te dará tiempo.
Guy sintió alegría y un enorme alivio. Newton
estaba muerto y Leonora podía casarse con él. Ahora podría descubrir a placer
al calumniador que le había envenenado la mente a Leonora. Cuando se inclinó
sobre el muerto se sentía agradecido, casi lamentaba su suerte. El hombre enmascarado
se quitó con un gesto rápido el antifaz y reveló su identidad a Guy, ahora
tembloroso y horrorizado. Era Con Mulvanney.
Por la mañana, todavía muy conmocionado por
el sueño, Guy buscó el número de Newton en el listín y encontró su dirección en
Georgiana Street, y a continuación buscó en el ABC London Street Atlas. Lo que
Linus había dicho en el sueño, que el desembarazarse de Newton le daría tiempo,
volvió ahora a él. Como hombre, Newton podía no representar una amenaza seria,
pero estaba ahí y Leonora se casaría con él el dieciséis de septiembre, sin
duda para lamentar en seguida el paso dado, aunque para ese entonces sería ya
demasiado tarde. Le tranquilizaba el hecho de que el divorcio fuera
relativamente fácil.
¿Por qué se le había aparecido Con Mulvanney
en el sueño? Si bien Guy había heredado poco de aquella madre desesperanzada e
incapaz, y menos aún había aprendido, sí había en cambio arrastrado consigo a
través de los años y las vicisitudes algunas de sus supersticiones. Aún hoy
seguía sin pasar por debajo de las escaleras. Su destartalado cochecito se
había visto obligado a tomar desvíos y evitar peligros, a menudo con el peligro
muy real de los coches para el niño ocupante de cara sucia. Tocaba madera en
los momentos de ansiedad y arrojaba sal por encima del hombro izquierdo cuando
ésta se derramaba. Creía o confiaba en los presagios aunque dijera no creer en
ellos. Veía premoniciones en súbitas y vagas aprensiones. La aparición
totalmente inesperada de Con Mulvanney en el sueño, algo que nunca le había
ocurrido antes, ya que jamás había soñado con Mulvanney, era un claro presagio.
¿Qué otra cosa podía ser?
Empezó a preguntarse si alguien habría podido
hablar a Leonora de Con Mulvanney. Visto a simple vista, parecía poco probable.
Muy pocas personas sabían nada al respecto. Cierto que centenares y hasta miles
de personas sabían quién era Con Mulvanney y qué le había sucedido, aunque a
estas alturas lo habrían ya olvidado, pero también era cierto que sólo él mismo
y aquella mujer conocían su relación con la muerte de Mulvanney.
La policía estaba enterada. Corrección: a la
policía se lo habían dicho. No era lo mismo. No habían hallado nada y
probablemente habían terminado por no creerla, o sabían que nunca podrían
demostrarlo.
Aquella mujer tenía un nombre que nadie
olvidaría, un nombre imposible de olvidar, se llamaba Poppy Vasari. Había
amenazado con contárselo a todo el mundo. Pero, ¿de qué iba a servir decir que
él era el proveedor de LSD a Mulvanney cuando su nombre no significaba nada? En
el caso de la policía, la historia cambiaba.
Pero, ¿y si había llevado a cabo su amenaza y
se lo había contado a amigos y conocidos dando una descripción de él? «Un
hombre moreno y guapo, muy joven.» En aquel entonces sólo tenía veinticinco
años. O bien: «Muy rico, como suele ser esa gente, y vive en una de esas casas
tan bonitas en un mews de South Ken». Semejantes detalles bastarían para levantar las
sospechas de cualquiera que le conociera, aunque sólo fuera ligeramente. Robin
Chisholm, por ejemplo, o Rachel Lingard. ¿Y si le preguntaban el nombre? Poppy
Vasari se lo diría, seguro. No tenía nada que perder.
Y ellos se lo habían dicho a Leonora.
No se habría podido hallar un modo más seguro
para apartarla de él. Y hacía cuatro años. Aproximadamente por ese entonces
ella había empezado a cambiar radicalmente con respecto a él, a cambiar de idea
respecto a aquellas vacaciones, a rechazar sus invitaciones, a alejarse
gradualmente de él, y había rechazado su oferta de dinero para comprar el piso.
Y, una vez en el piso, había dejado por completo de salir con él por la noche,
había dejado de besarle (excepto al modo en que besaba a Maeve, en las dos
mejillas), otros habían empezado a contestar al teléfono cuando él llamaba, y
todo hasta llegar a la situación actual de llamadas diarias y almuerzos los
sábados.
A las diez marcó el número de Newton. Se puso
Leonora. Hubo una pausa y un silencio cuando ésta supo quién llamaba y a
continuación habló alegremente, como si estuviera realmente contenta, le
preguntó cómo estaba y dijo que se lo habían pasado muy bien la noche anterior
y que había sido un placer conocer a Celeste.
–¿Dónde quieres comer el sábado? –dijo él.
–Donde tú quieras, Guy. En el Clarke’s, si lo
prefieres. Al fin y al cabo, sólo serán cuatro veces más.
7
Algunas de las personas que trabajaban allí
lo llamaban fábrica, según le habían dicho a Guy, pero para él era y sería
siempre el estudio. Estaba en Northolt, en Yeading Lane. Guy solía ir allí cada
dos o tres semanas para ver cómo iban las cosas. Sus otras empresas, la agencia
de viajes y el club de Noel Street, funcionaban perfectamente sin su presencia,
y si a veces iba al club era porque se lo pasaba bien.
Tessa, la graduada en Bellas Artes, había
llamado al estudio «sauna», aunque, por supuesto, nunca lo había visto. Esto
era en todo caso una mentira manifiesta, ya que la gente a la que Guy llamaba
su fuerza laboral pintaba en un entorno limpio, bien iluminado y aireado y con
mucho espacio, no trabajaban más horas que muchos y estaban razonablemente bien
pagados. Habría podido pagarles más, ya que los cuadros se estaban vendiendo
mejor de lo que nunca había imaginado, pero ganaban de todos modos más de lo
que habrían ganado enseñando, más por ejemplo que Leonora. Lo que sí estaba en
cambio pensando seriamente era poner en marcha un segundo estudio para hacer
frente a la demanda.
A nadie parecía importarle que mirara por
encima de sus hombros mientras trabajaban. Sin duda porque, como él con toda
franqueza les había dicho, no sabía nada de arte, pero admiraba lo que hacían.
Se detuvo y observó a una joven muchacha india muy dotada, exalumna de la
Escuela de Arte Saint Martin, que estaba pintando las lágrimas en las mejillas
del niño lloroso. Era una maravilla ver con qué habilidad trabajaba. ¡Las
lágrimas parecían de verdad! Como auténticas gotas de agua, como si alguien
hubiera salpicado ligeramente la cara pintada. Y, desde luego, conseguía dar al
niño un aire más dulce de lo habitual, y más triste. Guy se identificaba casi
con él, recordando lejanos días de privación en Attlee House.
Era para él un misterio perpetuo a qué se
refería Tessa, y en cierto modo también Leonora, al decir que lo que se hacía
allí estaba mal desde un punto de vista moral y –había otra palabra, sí,
«estético»–. Era cierto que sus artistas seguían un esquema o una guía básicos,
que había cierta afinidad, aunque remota, con la pintura con números. Pero,
¿había alguna diferencia entre esto y lo que se hacía en los estudios de los
viejos maestros? Guy recordaba su sensación de triunfo cuando, estando de
vacaciones en Florencia, un guía le había contado que la gente como Miguel
Ángel tenía talleres como el suyo en los que los jóvenes pintores aprendían su
oficio copiando los cuadros del maestro, rellenando fondos y trabajando con un
horario regular y por encargo. Leonora se echó a reír cuando él se lo contó y
dijo que no era lo mismo, aunque no explicó dónde estaba la diferencia.
Y no era que el trabajo original de esta
gente valiese mucho. La chica a la que observaba y que estaba poniendo los
toques finales a «Rey y Reina de las Bestias» le había mostrado una vez uno de
sus propios cuadros. Él había dicho «Muy bonito», pero era espantoso, sólo unas
manchas de pintura como sucia y algo que parecían unos ojos mirando. En su casa
de Scarsdale Mews tenía un Kandinsky que era lo más cercano a este cuadro que
había visto, pero, al menos, el Kandinsky estaba pintado en colores brillantes
y era muy grande y complejo, lo que sin duda justificaba el muy elevado precio
que había tenido que pagar por él.
Tomó café con los artistas y uno de ellos le
preguntó si tenía algún cuadro del estudio en las paredes de su casa. Guy dijo
que sí, aunque esto no era cierto y le hizo preguntarse vagamente por qué no lo
tenía. Este día había otra venta en el sur de Londres, en Clapham esta vez, y
estaba pensando en pasarse por allí y comprar un cuadro como un visitante más.
Se dirigió en el coche hacia el sur y cruzó el río por Kew Bridge. Era un
error, ya que no conocía muy bien esta parte de Londres, y se perdió. Había abandonado
ya toda idea de comprar un cuadro –era mucho más fácil hacer que se lo enviaran
a su casa– y se estaba preguntando incluso si llegaría a Clapham Common antes
de que terminara la venta. Sin saber cómo, se las había apañado para llegar con
su Jaguar hasta el sur de Wimbledon Park y debía dirigirse ahora hacia el
norte.
Si se lo hubieran preguntado, habría dicho
que nunca había estado en este barrio antes. Los commons del sur de Londres eran
un lío, había un montón de ellos, pero desde luego esto no era Clapham Common,
tal vez fuera Tooting o Tooting Bec. Un letrero indicaba: «Clapham, Battersea y
centro de Londres», y se halló en una gran avenida que le resultaba vagamente
familiar. Era Balham, estaba en Balham, esto era Bedford Hill y allí estaba el
pub, aquel gran pub que parecía una mansión victoriana, en el que aquella noche
fatídica le había abordado Con Mulvanney.
–¿Tienes mierda?
La pregunta, fea, ridícula y sin sentido pero
con un sentido especial para los que estaban en el ajo, seguía en su recuerdo,
y las palabras reverberaban como cuerdas pulsadas mientras el resto de lo
ocurrido aquella noche se había desvanecido. Naturalmente no había contestado,
había fingido ignorancia, incluso asco, y le había dado la espalda, pero el
hombre había insistido y había vuelto al ataque, cambiando algo la pregunta y
diciendo esta vez simplemente:
–¿Tienes algo?
Guy siguió conduciendo hacia Clapham Common,
donde tenía lugar la venta en el Broxash Hotel. Quedaba un último espacio vacío
en el aparcamiento del hotel. Se paseó mirando los cuadros con un vaso de rioja
en la mano. A veces se había preguntado qué habría debido hacer aquella noche
para escapar a Con Mulvanney, para darle esquinazo, pero no sabía entonces que
darle esquinazo fuera tan importante. Había comprendido que Mulvanney no sabía
su nombre, y esto era lo único que importaba. Por cierto que, aunque pensara en
él en el contexto de aquel momento como Con Mulvanney, él no sabía tampoco su
nombre entonces, no lo supo hasta que Con estuvo muerto, o más bien, cosa
curiosa, hasta algún tiempo después.
La mujer que presidía la venta, una mujer
morena y desaseada vestida de negro, le recordaba vagamente a Poppy Vasari. En
realidad no se parecía a Poppy Vasari, que era más delgada y más sucia y de
aspecto aún más desaliñado. Guy no estaba ya acostumbrado a la gente sucia, a
aquella gente que rara vez se lavaba la ropa y casi nunca se bañaba, y le daban
cierto asco. Quizá ello tuviera algo que ver con el hecho de que hubiera visto
a tanta gente así en su niñez. La mujer que vendía sus cuadros y tomaba nota de
los pedidos probablemente era muy limpia, la suciedad incrustada en sus dedos
debida a que trabajaba en el jardín y la caspa en el cuello de paño negro se
debían a la mala suerte. Observó una diferencia con respecto a la venta de
Coulsden, la pintura del noble león sobre la roca con la hembra agachada a su
lado era aquí la que más se vendía. A continuación se fue.
Este debía de ser el camino que había tomado
el taxi aquella noche para llevarlo a su casa desde el pub de Bedford Hill, por
Battersea Bridge y luego Gunter Grove y Finborough Road, o quizá por Beaufort
Street y luego los Boltons. ¿Se podría ir por ahí? ¿Lo permitiría el sistema de
tráfico? Era muy tarde y la noche muy oscura. Demasiado oscura para ver o, en
todo caso, para fijarse en el pequeño 2CV de color rojo oscuro que venía
siguiendo al taxi.
Guy nunca iba a pubs. Fue a éste sólo porque
se trataba de una fiesta, y en todo caso no sabía que era un pub hasta que
llegó allí. Robert Joseph, el hombre con quien había establecido la sociedad de
la agencia de viajes, celebraba su cuarenta aniversario. Había descrito el
lugar a Guy como un hotel.
Inteligentemente, había venido tarde. El pub
tenía permiso para cerrar a las doce y media y cuando Guy llegó eran casi las
once. Un travesti muy viejo y repulsivo, con lentejuelas negras y plumas
amarillas, se contorsionaba sobre un escenario cantando una canción tan
increíblemente obscena que Guy apenas podía creer estar oyendo aquellas
palabras en aquel orden. Un hombre más bien joven que estaba de pie junto a la
barra se aventuró a protestar tímidamente e inmediatamente, casi antes de que
hubiera terminado su frase, fue arrastrado por dos pesos pesados hasta una de
las puertas y arrojado a la calle. Cerraron las puertas con pestillo. Guy
decidió beber mucho para que las cosas le fuesen soportables.
A estas alturas, Bob Joseph estaba borracho,
pero no tanto como para no darse cuenta de la llegada de Guy, echarle un brazo
a la espalda y decir que era su mejor amigo. Un conjunto subió al escenario y
se puso a cantar viejas canciones de los Beatles. Guy tomaba un martini con
vodka tras otro. Fue entonces cuando Con Mulvanney, cuyo nombre Guy desconocía,
se acercó a él y le hizo aquella pregunta.
–¿Tienes mierda?
Se refería al hashish. Guy nunca había
traficado con hashish. En un tiempo había estado metido en un negocio de
suministro de barritas tailandesas, pero después de aquello sólo se había
interesado por la cocaína y por marihuana de la mejor, generalmente Santa Marta
Gold. En todo caso, desde que era niño no había pasado la droga personalmente,
comerciado con ella. Era demasiado soberbio para eso. Cuando Con Mulvanney se
dirigió a él con su pregunta traficaba casi exclusivamente con cocaína, aunque
estaba pensando en la posibilidad de empezar con aquella cosa nueva, llamada crack, que se fumaba.
Esta vez, en respuesta a la pregunta «¿Tienes
algo?», dijo:
–No sé a qué te refieres. Vete, por favor.
–Sé que tienes. Me han hablado de ti y me han
dicho que estarías aquí esta noche. Me han dado tu descripción.
Esto hizo a Guy sentirse muy extraño y
vulnerable. Después se preguntaría por qué no había indagado quién le había
dicho a aquel hombre que estaría allí, quién le había dado su descripción. Pero
no preguntó nada y dijo:
–Me confundes con otro.
El hombre. Con Mulvanney, no insistió. Al
menos, no en ese momento. Era un hombre delgado y poca cosa, ni bajo ni alto,
estrecho de espaldas y ligeramente encorvado, que tenía mala cara y daba la
impresión de poca salud. Su rostro era alargado y pálido con unos labios y una
barbilla como de mujer, como si no fuera a crecer en él nunca el pelo. Su
cabello era largo y escaso, de ningún color si no era el del polvo. Sus ojos
eran de color castaño grisáceo claro y los apartaba cuando Guy intentaba
mirarlo.
Guy se alejó de él y se puso a charlar con
Bob Joseph, y luego, cuando Joseph se hubo desplazado a otro grupo, con unos
vecinos suyos, un hombre y una mujer que vivían cerca de su casa en Chingford o
Chigwell o como se llamara. El encuentro con Con Mulvanney, cuyo nombre por
aquel entonces desconocía, le hizo partir en busca de otro trago. Después de
tomar otros dos martinis con vodka se sintió harto de bebida, de aquella gente
y de aquel lugar tan horrible, y además era la medianoche pasada. No pidió un
taxi, pero al salir a la calle uno se le acercó obedientemente. Cuando el taxi
se puso en marcha, un 2CV de color rojo oscuro arrancó detrás de él.
Guy no volvió a ver el 2CV en todo el camino.
No miró por la ventanilla posterior del taxi. Cuando llegaron a Scarsdale Mews
y estaba pagando al taxista vio como un pequeño coche se alejaba por el final
de la calle. Es decir, luego creería recordar haber visto un coche pequeño en
ese punto. Lo recordó la noche siguiente cuando, en el momento en que salía
para ir a cenar. Con Mulvanney apareció en la puerta.
Sonó el timbre y Guy creyó que sería el taxi
que había pedido. Al verlo. Con Mulvanney dijo jocosamente:
–El señor X, supongo.
–Sí, supones –dijo Guy–. No tengo nada para
ti. ¿Quieres hacer el favor de largarte?
–Oye, ¿me dejas que te explique lo que
quiero?
–Ya me lo has explicado. Ahora vete.
–No, no te lo he explicado –dijo Con
Mulvanney, y a continuación añadió: –Puedes llamarme señor Y.
–No seas ridículo –dijo Guy–. Haz el favor de
irte. No tengo nada para ti. Y yo iba a salir.– La puerta y el suelo del
vestíbulo estaban al mismo nivel, sin más peldaños, y Con Mulvanney, o el
«Señor Y», aquel nombre absurdo pero el único por el que Guy lo conocía en
aquel momento, se había colocado sobre el felpudo con un pie en la alfombra del
vestíbulo.– No te he invitado a entrar. No te quiero en mi casa. Si me obligas,
te echaré.
–Quiero un alucinógeno –dijo el señor Y,
bajando la voz–. Del tipo que sea. No sé nada de esas cosas. Tú sí sabes. Pagaré
el precio de mercado, el precio de la calle, como se llame. Estoy dispuesto a
pagar lo que sea.
–No tengo nada de eso –dijo Guy.
Estaba empezando a creer que el señor Y era
un policía. No tenía aspecto de policía, o al menos a Guy no se lo parecía, pero
no iban a enviar a un hombre con aspecto de policía sino a alguien con la pinta
del señor Y. La puerta de la calle seguía abierta y llegó el taxi de Guy. El
taxista bajó y Guy le dijo que esperara un momento. Cerró la puerta. Dijo al
señor Y que le vería más tarde, a las diez... pero ¿dónde? Ningún lugar era
seguro. Sólo había algunos lugares más seguros que otros. El señor Y dijo que
cuando no tenía el coche utilizaba la línea del norte, ¿qué le parecía la
estación del Embankment? Guy dijo: «En medio del puente de Hungerford a las
diez».
No fue, evidentemente. No tenía la menor
intención de ir. Pero estuvo pensando en aquella cita durante toda la cena y
más tarde. Se veía a sí mismo de pie en medio de Hungerford Bridge, aquella
pasarela oscura, desolada y fría, donde según le habían dicho tenían lugar
numerosos asesinatos, se encontraba con el señor Y y luego, cuando regresaba
hacia el Embankment, dos hombres salían de las sombras y venían hacia él. No le
habría sorprendido encontrar al señor Y esperándolo cuando regresó a casa,
aproximadamente una hora después de la cita para el encuentro, pero no había
nadie. Sólo al día siguiente volvió el señor Y, esta vez en el 2CV rojo oscuro.
Guy hizo como que no le veía. Dejó el Jaguar en el garaje y entró en la casa
por la puerta interior. Sonó el timbre. Guy dejó que sonara. Tenía una pequeña
cantidad de marihuana en la casa, algunas cápsulas de Durophet y un poco de
LSD. Podía abrir la puerta al señor Y, darle la hierba, cerrar la puerta y
olvidarlo. Tal vez fuera lo mejor. El timbre de la puerta sonó de nuevo,
insistentemente y de manera prolongada. Guy subió al piso de arriba y miró por
las ventanas de su dormitorio. No había coches en este extremo de la calle
excepto el 2CV, nadie que pudiera concebiblemente estar vigilando la casa a
menos que estuviera instalado en las casas de enfrente, lo cual le parecía muy
poco probable. Abrió la caja fuerte: en ella estaba el anillo de compromiso de
Leonora con el zafiro en su cajita junto a las diversas drogas. Sacó la marihuana,
cerró la caja fuerte y bajó a la puerta de entrada cuando el timbre sonaba de
nuevo.
–No quiero eso que tienes ahí –dijo el señor
Y–. Lo que quiero es un alucinógeno.
–¿Que quieres qué?
–Mescalina, tal vez, o psilosibina. Esa cosa
mágica de los hongos. En realidad, yo no quería aceite de cannabis. Lo dije
porque me habían dicho que si te lo pedía y lo llamaba mierda sabrías que iba
en serio.
Un policía que fuera tan ingenuo, que se
comportara y hablara así, tendría que ser un genio. Valdría para la Brigada
Antidrogas su peso en oro, mucho más que su peso en el mejor oro colombiano.
Tenía que ser auténtico. Guy dijo:
–Muy bien. Será mejor que entres. No quiero
saber cómo te llamas.
–Ni yo cómo te llamas tú.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué había invitado
al señor Y a entrar? Porque, aunque el señor Y no supiera su nombre, le conocía
como traficante y sabía dónde vivía, y podía vengarse de él por negarse
informando a la Brigada Antidrogas. Naturalmente, llegado el caso, Guy se
ocuparía de que la casa de Scarsdale Mews estuviera totalmente limpia, pero no
se trataba de eso. No quería ver a la policía en su casa. Sabía que, si la
policía venía aunque sólo fuera una vez, tendría que dejar de traficar, viviría
constantemente bajo la espada de Damocles.
Hasta ahora se había mantenido inmaculado,
era un ciudadano tan irreprochable y respetable como cualquiera de sus vecinos,
y debía seguir limpio. Una sola mancha y todo se habría acabado.
Se acordó de algo que siempre tenía ante sí,
que estaba siempre allí, debajo de la delgada epidermis de su conciencia: el
máximo castigo bajo la Ley de Uso Indebido de Drogas por tenencia de drogas
clase A con intención de suministro es de catorce años de cárcel.
El señor Y entró en la casa pero no mostró
ningún deseo de ir más allá del vestíbulo. Se sentó en una de los sillones
Georges Jacob.
–No viniste anoche –dijo–. Esperé un buen
rato. Al final me fui porque tenía miedo de perderme el último tren.
–¿Qué es exactamente lo que quieres?
Hasta este momento, Guy no había considerado
al señor Y como a un loco. Tal vez le pareciera raro, ingenuo, excéntrico,
peculiar y como que iba de algo, pero no loco. Lo que el hombre dijo a
continuación le hizo cambiar radicalmente de opinión.
–Debo decirte que soy una reencarnación de
san Francisco de Asís.
Guy lo miró fijamente y no dijo nada.
–¿Sabes a quién me refiero? ¿Has oído hablar
de san Francisco?
Guy hizo un gesto de impaciencia y dijo:
–Te he preguntado qué era lo que querías.
–La prueba está en mis manos.– El señor Y
tendió las manos con las palmas hacia arriba. No estaban muy limpias. –Todavía
se ven los estigmas perfectamente.
–¿Los qué?
–San Francisco, y por lo tanto yo, fue el
primer hombre que exhibió en su propio cuerpo las heridas infligidas a Cristo
en su crucifixión. Es un hecho indiscutible. La información que habla de san
Pablo el Apóstol y san Angelo del Paz no tiene ninguna justificación. En el
caso de san Francisco, y por lo tanto en el mío, están presentes todas las
señales, los clavos en las manos y los pies, la herida de la lanza en el
costado y también las señales de la corona de espinas.
Hablaba ahora en un tono pedante, pedagógico
y un tanto crispado. Guy no veía en sus manos más señales que las de la
suciedad, y, cuando el señor Y se llevó las manos a la frente y se echó hacia
atrás los mechones del flequillo del color del polvo, tampoco vio nada.
–Muy bien, pero ¿qué tiene todo eso que ver
conmigo?
El señor Y se puso a divagar y a explicar que
toda naturaleza era el espejo de Dios y habló también de la nueva Regla
Franciscana de Vida que él iba a formular. Era algo así como que la única
esperanza para la humanidad estaba en un retorno a la comunión con Dios a
través de una nueva adoración de la naturaleza.
–Pero no puedo hacerlo a menos que consiga
entrar en mi propio espacio interior.
Esto era algo que Guy entendía. Hacia años,
en su primera adolescencia, había oído decir a alguien que había utilizado una
droga psicodélica que se había «perdido en su propio espacio interior», una
frase que en aquel entonces le había resultado inquietante.
–No tengo mescalina –dijo–. No tengo peyote
ni nada por el estilo.
Pero arriba, en la caja fuerte, tenía ácido
lisérgico dietilamida, LSD-25, del que le habría gustado mucho librarse. Le
habría gustado sacarlo de su casa y de su vida. Estaba en forma de tabletas.
En aquellos días veía mucho a Leonora. Ella
estaba llegando al final de su curso de preparación como maestra en un colegio
universitario del sur de Londres. No tenía otro novio, él estaba seguro, pero
no hacían ya el amor desde hacía años. Él le decía que la deseaba, que ansiaba
que volvieran a ser amantes. Ella no decía exactamente que fueran a serlo otra
vez pero tampoco decía que no. Una vez, incluso, creía recordar que había
sonreído y había dicho: «Algún día». Naturalmente, esto quería decir «Alguna
noche». Sin contar sus primeras experiencias, aquellos idilios en el
cementerio, a ella no le gustaba ir a la cama por la tarde ni, en realidad, a
otra hora que no fuera por la noche. Esta era su excusa. Estaba en el colegio
universitario, no tenía una habitación privada, habría dificultades, no le era
posible pasar la noche en casa de él.
Era en esta época que decía que ya no tenía
un verdadero hogar. Aunque en la casa de Tessa en Sanderstead Lane y en el piso
de Anthony en Lamb’s Conduit Street se guardaban religiosamente sendas
habitaciones para ella, no era «lo mismo». En todo caso no era posible llevar a
Guy allí. No para pasar la noche. Habría problemas, resultaría embarazoso. Pero
sí salían juntos. Iban al cine, a comer y a pasear, y hablaban a menudo por
teléfono. Aunque no hicieran el amor, él era su novio y ella era su novia.
Habían quedado en ir de vacaciones juntos, y entonces, se decía Guy a sí mismo,
terminaría el largo periodo de castidad impuesto por Leonora.
Mientras Leonora asistía a la universidad
había habido largas separaciones. A veces no la había visto en todo un
trimestre. Ella no le preguntaba cómo se ganaba la vida, pero Guy sabía que lo
haría algún día y debía estar preparado. En gran medida debido a la presencia
de Leonora en su vida había adquirido una participación en el club y luego se
había convertido en su único propietario, se había embarcado en el negocio de
la agencia de viajes y había puesto en marcha la empresa de los cuadros. No
podía decirle a Leonora que vivía de la droga. Tenía que contarle mentiras y
convertirlas en verdades. Llegado el momento, cuando volvieran a ser amantes y
fueran a casarse, debería dejar totalmente de vender.
Hacía cuatro años, todo aquello había
ocurrido hacía exactamente cuatro años. El señor Y, Con Mulvanney, estaba
sentado en el vestíbulo en el sillón Georges Jacob –era uno de los últimos días
de julio, tal vez el último, en todo caso era después de aquella fiesta–
hablando de san Francisco de Asís y de cómo entrar en el espacio interior
propio. Y, a fin de hacerle callar y librarse de él, Guy le había dado el ácido
que tenía en la caja fuerte. Se lo había dado, no vendido, aunque no recordaba
ya por qué se había mostrado tan inusitadamente generoso. Probablemente el
pánico, un acuciante deseo de echar al señor Y de su casa.
Guy nunca había utilizado LSD. Nunca había
utilizado más que marihuana muy de vez en cuando, y dos veces cocaína. Porque
tenía miedo de las serpientes, la más común de las fobias, nunca se había
atrevido a experimentar con LSD por si tenía un «mal viaje» y «veía»
serpientes. Además, el ácido, tan popular durante los últimos años sesenta y
comienzos de los setenta, durante el fenómeno hippy, había pasado de moda en
sus años de adolescencia y sólo hacía poco había empezado a tomarse de nuevo.
Pero sabía lo suficiente al respecto como para hacer al señor Y una advertencia
rutinaria.
–¿Lo has utilizado alguna vez?
El señor Y dijo que no.
–Sé que se corre el riesgo de enfrentarse a
demasiada realidad con demasiada rapidez.
–No te preocupes por eso. Lo que hace falta
es que haya alguien allí cuando lo tomes. No estés solo. Tienes que regresar de
ese espacio interior, no quedarte allí.
No hubo dinero de por medio. Guy se dijo a sí
mismo que esto estaba bien, aunque sabía que en realidad no cambiaba nada.
Cuando el señor Y se fue en el 2CV rojo oscuro experimentó un inmenso alivio,
se sintió inmensamente ligero. Volvió a subir al piso de arriba para dejar de
nuevo la marihuana en la caja fuerte junto con las anfetaminas y luego
cerrarla. Por alguna razón, que tal vez fuera simple precaución o una de
aquellas sensaciones supersticiosas, una de aquellas premoniciones, no lo hizo.
No era un gesto muy inteligente y podría lamentarlo, pero de todos modos llevó
las drogas al cuarto de baño de los invitados, las echó al wáter e hizo correr
el agua. Teniendo en cuenta lo que ocurrió, hizo bien.
Dos noches después iba a salir con Leonora.
Ella estaba en casa de su padre y su madrastra en Bloomsbury.
Anthony Chisholm se portaba mejor con él que
ninguna de las otras personas que rodeaban a Leonora. Anthony y Susannah. Ella
también se portaba bien con él. Claro que sólo tenía ocho años más que él y no
existía aquella sensación de segunda madre. Como un pretendiente a la vieja
usanza, Guy fue a buscar a Leonora a Lamb’s Conduit Street y luego la llevó de
vuelta a casa.
Llegó temprano. Siempre llegaba temprano
cuando iba a buscar a Leonora. Leonora estaba en el baño. Anthony, que era
arquitecto y socio de una firma de la City llamada Purdey Chisholm Hall,
todavía no había vuelto del trabajo. Susannah se dedicaba a relaciones públicas
para una empresa de cosméticos y unos fabricantes de juguetes y se ocupaba de
sus cuentas en casa. Susannah le ofreció un trago y dijo que tenían invitados y
que estaba preparando algo complicado, ¿la perdonaría? El periódico de la noche
que Leonora había traído consigo reposaba sobre el brazo del sofá.
Guy cogió su vaso y leyó la primera página.
Había una estrambótica historia acerca de un hombre del sur de Londres que
había muerto por picaduras de abejas.
Se llamaba Cornelius «Con» Mulvanney. El
nombre no le decía nada a Guy, quien leyó la historia y luego otra acerca del
divorcio de un jugador de tenis y había empezado otra que hablaba de un incendio
en Fulham cuando entró Anthony.
8
El día después del almuerzo en Clarke’s Guy
llamó al piso de Leonora. Se puso Rachel Lingard.
–Me temo que Leonora no está.
–Y ¿dónde está?
–Yo no soy la niñera de mi hermanita.
–¿Qué?
–Es posible que no sepamos lo que Dios dijo a
Caín cuando éste hizo la declaración que acabo de parafrasear, pero el caso es
que yo me desentiendo de todas todas de una relación semejante.
Hablaba así. A menudo. Guy había dejado hacía
tiempo de preguntar qué le ocurría.
–Seguro que está en casa del enano. Bueno, no
hace falta que contestes. Tengo el número.
No contestaba nadie en Georgiana Street.
Probó de nuevo una hora más tarde y luego otra hora más tarde y luego cada
media hora. Llevó a Celeste a cenar y luego a un club de copas de Green Street
llamado el Greens. Desde allí, a las once, volvió a marcar el número de William
Newton y de nuevo no hubo respuesta. No era muy tarde para él, pero sabía que
sí lo era para la mayoría de la gente. O bien no estaban o Newton tenía un
teléfono trucado que daba la señal de llamada aunque estuviera desconectado.
Newton había desconectado el teléfono para que Leonora no pudiera hablar con
él. Y seguro que Leonora no estaba enterada, seguro.
Al día siguiente intentó llamarla a su casa.
No hubo contestación. El teléfono no contestó en toda la noche, y tampoco el de
Georgiana Street. Poco antes de las diez preguntó a Información el número de un
tal M. Mandeville de Sanderstead Lane, South Croydon, se lo dieron y llamó a
Tessa.
Cuando oyó quién era, lo primero que dijo
Tessa era que no tenía ni idea de dónde podía estar Leonora. Leonora –la
llamaba «mi hija»– tenía veintiséis años y «ya no era una niña». Luego dijo:
–Sabes que tengo razón si te digo que, en mi
opinión, eres una persona gravemente perturbada. Deberías ir a que te hicieran
una terapia. Aunque quizá sea ya demasiado tarde para que eso sirva de nada.
Hace mucho tiempo que estás dañado permanentemente.
–¿Qué significa eso?
–Yo solía pensar que eras un indeseable, pero
lo que siento ahora por ti es lástima. Te compadezco, de veras. Todas esas
porquerías que te has metido en el cuerpo en el curso de los años están dando
su fruto. Estás cosechando tempestades.
Guy colgó el teléfono, muy consternado. Era
la primera confirmación que tenía de que Tessa, o cualquiera relacionado con
Leonora, sabía cómo se había ganado la vida en otro tiempo. ¿Había algo de él
que los Mandeville no supieran? La misma Leonora había dicho que Magnus estaba
enterado de lo de su red de protección en Kensal. Tessa, sin embargo, se
equivocaba. Él nunca había sido un drogadicto. ¿Le habría dicho Leonora que lo
era? La idea de que Leonora pudiera hablar mal de él a su madre le resultaba
muy dolorosa.
Pero podía saberlo, o creer que lo sabía, por
otro conducto. Tessa vivía en el sur de Londres y también Poppy Vasari, y allí
había vivido también Con Mulvanney. Naturalmente, debían de ser unos cinco
millones las personas que vivían en la vasta zona metropolitana situada al sur
del río, pero Poppy Vasari era una especie de asistenta social. Y también, a su
modo, lo era Tessa Mandeville. ¿No le había hablado Leonora de que su madre
trabajaba como voluntaria en un hospital y tenía no sé qué empleo en la Oficina
de Asesoramiento al Ciudadano? ¿Qué tendría de especial que ella y Poppy hubiesen
coincidido?
Supongamos que Tessa y Poppy se hubieran
encontrado regularmente en la OAC, o cuando iban a acompañar a ancianos por
ahí. Las ideas de Guy a este respecto eran vagas, pero podría ser algo así.
Cabía la posibilidad de que Poppy hubiera hablado de la muerte de Con Mulvanney
y también de que lo hubiera descrito a él, a Guy, a Tessa, y de que le hubiera
contado indignada lo que Guy había hecho. Sabía cómo se llamaba, lo había
averiguado. Habría podido mencionar su nombre a Tessa.
El nombre de Poppy no aparecía para nada en
el periódico, en aquel informe sobre la muerte de Con Mulvanney que había leído
en el piso de Anthony Chisholm. Pero Poppy no era la amante de Con, no vivía
con él y quizá ni siquiera fuese tan amiga suya. A veces estos benefactores
podían ponerse muy pesados con lo que llamaban «injusticia social» o con las
violaciones «atroces» de esto o de lo otro. En cuanto a él, lo había leído, le
había interesado y había quedado ligeramente consternado ante el destino de Con
Mulvanney, un destino horrible se mirara como se mirara. Quienquiera que fuera
aquel Mulvanney, el caso era que al parecer había levantado el tejado o la tapa
de una colmena y las abejas le habían atacado y le habían picado por toda la
cabeza, la cara y el cuello. ¿Se podía morir de eso? Al parecer, sí. Habría una
investigación. Se describía a Con Mulvanney como a un hombre de treinta y seis
años que estaba en el paro y vivía en el «piso jardín» o planta baja de una
casa de Upper Tooting.
Llegó
Anthony Chisholm. Desde que se había casado por segunda
vez tenía más que nunca aquel aire de osito de peluche guapo, la sonrisa más
aniñada y los ojos menos cansados. No era de extrañar. Cualquier hombre se
sentiría en un séptimo cielo de felicidad después de haber escapado de las
garras de aquella zorra de Tessa. Para Cuy era un misterio que hubiese
aguantado tanto tiempo con ella. Por aquel entonces, aquel verano hacía cuatro
años, Anthony era muy amable con Cuy, muy simpático.
–¿Ya tienes algo de beber, Guy? Ah, bueno,
Susannah ya se ha encargado de ti. ¿Dónde está mi niña? No, no me lo digas, me
lo imagino. Yo creía que dos cuartos de baño eran excesivos para un simple
dúplex, así es cómo los llaman los americanos, sabes, dúplex, pero ahora me doy
cuenta de que hacen falta tres.
¿Le importaba que fumara?, preguntó Guy. No
se lo habría preguntado a Tessa, habría sacado un cigarrillo y lo habría
encendido.
–Qué va, voy a fumar uno yo también.
Oficialmente, digamos que matrimonialmente, lo he dejado, pero si fumo uno de
los tuyos no es lo mismo.
¿Podía haber algo más agradable? Como
compinches. El padre campechano, cultivado, cortés y cariñoso, con su futuro
yerno. Su futuro yerno rico y triunfador, de la jet-set. Guy estaba seguro de
que así era cómo le veía Anthony. Así era entonces. Anthony no era más mundano
ni ambicioso que el resto de ellos, pero sí era un hombre realista y sensato, y
se daba cuenta de que él era un buen partido. Leonora, con sus ideas
feministas, podía pensar lo que quisiera de la actitud de Guy, pero Anthony consideraba
que un esposo rico y triunfador era lo mejor que se podía desear para su hija.
Guy tenía un Porsche por aquel entonces. Seguro que Anthony había visto el
Porsche en la calle (sobre una doble línea amarilla, todavía no habían empezado
con lo del cepo... ¿y qué si le ponían una multa?), había oído hablar a Leonora
de la casa de Guy, sabía de los negocios de Guy después de aquella
desafortunada fiesta de aniversario. En el fondo de su alma tal vez hubiera
preferido a un intelectual para Leonora, pero los intelectuales no suelen tener
dinero y más vale pájaro en mano que cien volando.
Así razonaba Guy por aquel entonces, por lo
que se mostró simpático con Anthony, aceptó otro trago, le dio otro cigarrillo
y habló de aquel espantoso caso que venía en el periódico de la tarde. ¿Quién
iba a pensar que un hombre pudiera morir por picaduras de abeja?
Guy recordaba todo cuanto había ocurrido
aquellos días y se acordaba también de que a la mañana siguiente había ido al
club de tiro por primera vez. Estaba tomando lecciones, era su primera lección.
El instructor le dijo que tenía buena puntería y que su control era bueno.
Luego fue en taxi al West End a fin de recoger los billetes de avión para las
vacaciones en Samos. La agencia de viajes que estaba montando con Bob Joseph se
hallaba todavía en la etapa de planificación. Guy había reservado la «cabaña de
luna de miel» del hotel, que se hallaba en realidad en la playa privada.
Viajarían en primera clase, y se preguntaba si habría algún modo de engañar a
Leonora para que creyera que este modo de viajar tan lujoso era en realidad de
clase económica. Ella insistía en pagar su billete con los ingresos obtenidos
en un trabajo de verano que había encontrado. Quizá pudiera convencerla de que
la compañía había «revalorizado» sus billetes porque había asientos libres en
primera clase.
Preveía que habría problemas con Leonora con
lo del pago. Se daría cuenta de que el precio del hotel era astronómico, mucho
más allá de sus posibilidades. Era posible que el precio de la «cabaña de luna
de miel» figurara en algún cartelito, dentro del armario de la ropa o detrás de
la puerta. Sin embargo, cuando esto llegase sería demasiado tarde para que ella
pudiera hacer nada al respecto, tendría que poner buena cara y dejarle pagar,
que era lo que él quería y ansiaba hacer.
Guy estaba citado para almorzar con Bob
Joseph y un abogado encargado de contratar el alquiler del nuevo local de
Milner Street del modo más ventajoso posible. Pensaba ir al Gladiators a
entrenarse más tarde, así que le pareció justificado pasarse bebiendo. Cuando
llegó a casa eran casi las cuatro.
Fuera había una mujer en un coche discutiendo
con un guardia de tráfico. Scarsdale Mews tenía aparcamiento para los vecinos
casi a todo lo largo de la fachada, y cinco contadores en el extremo que daba a
Marloes Road. Guy indicó a la mujer que alguien acababa de abandonar uno de los
contadores. De haber sabido que era Poppy Vasari y a qué venía no le habría
prestado la menor ayuda, habría dejado que se le llevaran el coche. Ella no
dijo quién era ni que venía a verle a él. Guy entró en la casa.
Al cabo de dos o tres minutos sonó el timbre
de la puerta. Allí estaba. Dijo cómo se llamaba y que era amiga de Con
Mulvanney. Guy, que había olvidado el nombre del hombre de las abejas pero no
la historia, dijo que no conocía a nadie llamado Con Mulvanney.
–Oh, sí, sí que lo conoce, señor X –dijo
ella.
–¿Se puede saber de qué me está hablando?
–Pero Guy sí sabía, tenía una vaga sospecha.
–Le dio usted una droga alucinógena.
Lo dijo en voz alta, su voz normal o más alta
aún. Guy se sintió desfallecer, sintió que iba a caer al suelo.
–Por el amor de Dios –dijo. Cualquier cosa
era mejor que aquella mujer siguiera gritando allí fuera, así que añadió–: Será
mejor que entre.
Era una mujer corpulenta y agitanada, con
grandes aros dorados en las orejas y cadenas doradas y sartas de cuentas de
colores alrededor del cuello. Tenía un rostro asimétrico y arrebolado, con
líneas muy marcadas pero vivaz, nariz ganchuda y ardientes ojos negros. Era
morena, con una larga y descuidada cabellera negra. Vestía con colgajos
llevados quizá para esconder su volumen o sólo porque eran sueltos, amplios y
cómodos, blusa roja, falda negra muy amplia, una larga chaqueta suelta de
algodón gris y un chal rojo y azul. Las piernas desnudas y los pies calzados
sólo con sandalias. Guy debió de captar todo esto más tarde, desde luego no en
este instante. En estos primeros momentos ella era Némesis, que había venido
para volverle loco y luego destruirle. Incluso su aspecto salvaje y su ropa
resultaban adecuados. Y sintió su olor cuando ella pasó por su lado. En lugar
del perfume, el agua de colonia o el aceite o el gel de baño, que era el olor
que tenían las mujeres que él conocía, emanaba de ella un fuerte olor a sudor.
Olía igual que una hamburguesería barata. Desde entonces asoció el olor de la
hamburguesa cocinada con ella.
–Se habrá enterado usted por los periódicos
–dijo ella cuando estuvieron en el salón–. Debe de estar usted enterado, al
menos de lo que dicen los periódicos.
–No sabía que fuese él –dijo Guy.
Ella le miró y se echó a reír. Era la risa
más desagradable que Guy había oído jamás.
–¿Así que esto es una sorpresa?
–Se puede decir así, sí.
–Bien. Resulta agradable pensar que su
castigo ha empezado ya.
Guy no le daba ningún miedo. Tenía unos
buenos quince años más que él y era pobre, se hallaba en una casa extraña con
alguien a quien sin duda creía un criminal, a su merced, pero no estaba
asustada. Mantenía la cabeza alta y le miraba a los ojos con fiereza. Y tenía razón
al no estar asustada. Toda la fuerza de Guy se había evaporado, y también el
efecto del alcohol. Ya no estaba allí la magia etílica para darle un coraje
falso.
–Me rogó que le diera algo. Me fastidiaba, no
me dejaba en paz.– Guy se daba cuenta de que estaba siendo cuando menos
indiscreto, pero no había testigos. –No acepté ningún dinero –dijo, a modo de
defensa. –Le advertí de que lo tomara bajo control.
–Y así lo hizo. Bajo mi control.
–¿Su control?
–Yo estaba allí. Había trabajado en un centro
de rehabilitación de drogadictos, habría debido darme cuenta de lo que pasaba.
–Sí, habría debido usted.– Guy se aferró a
este comentario.– Vaya supervisora está hecha usted.
–Cállese –dijo ella–. Cállese. No se atreva a
hablarme así. ¿Quiere saber lo que ocurrió? Se lo voy a decir de todos modos.
Saldrá todo en la investigación. ¿Quiere saberlo?
–Claro que quiero saberlo.
–Pues bien. Él no sabía cómo se llamaba
usted, sólo dónde vivía. Yo sí lo sé, he preguntado a los vecinos de al lado
antes de que llegara. Me dijo que iba a tomarse las tabletas que usted le había
dado para poder entrar en su conciencia interior. Alguna bobada así. Yo le dije
que no lo hiciera. Le dije que no sabía lo suficiente, que no sabía por ejemplo
cuánto tiempo hacía que lo tenía usted ni de dónde procedía. Le dije que debía
utilizarse bajo control adecuado. Dijo unas cuantas bobadas más. Que si yo no
me quedaba con él lo tomaría solo, eso es lo que dijo. ¡Qué bobo era el pobre,
cuántas tonterías sobre la reencarnación! Yo fui enfermera en una sala de
psiquiatría y puedo decirle que cuando alguien empieza a decir que está
reencarnado es que está desarrollando una psicosis.
»Era la persona menos adecuada para tener
cerca una sustancia así. Pero no se le puede decir a la gente lo que debe hacer,
eso sería emplear la coerción. Esa maldita porquería de ácido... ¡Cielo santo,
y yo que creía que se había acabado cuando desapareció en los setenta! Pues
bien, el caso es que lo tomó y... iba a decir que tuvo un mal viaje, pero no
fue así, tuvo un buen
viaje. No hacía más que decir que veía cosas
estupendas, colores fantásticos. La casa donde vivía tiene un jardín. Las
flores del jardín no son nada del otro mundo, no, nada especial, pero el caso
es que se puso a describir las margaritas, como ésas que hay en los céspedes, y
decía que eran girasoles grandes como platos, y que olían a rosas. Los
gorriones eran martines pescadores y periquitos y Dios sabe qué más. Se puso a
hablar con las mariposas. Eran mariposas blancas de la col, pero él decía que
tenían las alas de color azul, púrpura, escarlata.
–¿Qué pasó con las abejas? –dijo Guy con la
boca seca.
Ella tenía una mirada siniestra, su boca se
estiró hasta dibujarse una desagradable sonrisa.
–Sí, las abejas. Las abejas estaban en una
colmena en el jardín, al fondo del jardín. Algunos vecinos se habían quejado al
Ayuntamiento (yo trabajo para el Ayuntamiento), pero a otros les gustaba que
hubiera abejas porque son buenas para las flores y fertilizan los árboles
frutales. Ahora eso se ha acabado, seguro.– Los ojos de la mujer volvieron a
encontrarse con los de Guy–. Saltó la valla.
–¿Para qué?
–Para hablar con las malditas abejas. Él era
san Francisco, ¿no se acuerda? El Hermano Abeja y la Hermana Mariposa. No hacía
más que hablar así, y entonces fue y saltó la valla. No era muy alta y había
una caja de madera, y él se quedó de pie sobre la caja, ladeado. Yo no podía
impedírselo... no podía. Él hacía lo que quería, lo que debe hacer todo el
mundo. En aquella casa vive una pareja que cuida de las abejas, pero se habían
ido a trabajar. Todos estaban trabajando o habían salido.
»Fue hasta la colmena, sin parar de hablar
con las abejas. Le gustaban las abejas, aunque no creo que hablara con ellas
cuando estaba... normal, digamos. La colmena es de madera con una tapa que se
levanta. Se acercó mucho a ella y me dijo que no pasaba nada, que las abejas le
reconocerían y sabrían que era su amigo. Yo le cogí y me apartó de un empujón.
Dijo que no molestara a las abejas... y quizá eso es lo que hice, quizá las
molesté. El caso es que levantó la tapa de la colmena.
»Salieron las abejas. Cientos, miles de
abejas.. Un gran enjambre, todas muy furiosas. Yo me di cuenta de que le
estaban picando porque él gritaba y daba manotazos. Echó a correr, tropezó y
cayó, y las abejas se lanzaron sobre él. Las abejas no son como las avispas, te
persiguen. Te pican y dejan el aguijón dentro y con él la mitad del cuerpo. Por
eso mueren. ¡Cielo Santo, es sorprendente que la gente crea en un Dios capaz de
hacer una criatura cuyo modo de defenderse es su propia muerte!
Las lágrimas rodaban por sus mejillas. No
intentó limpiárselas. Cuy se dio cuenta de que la estaba mirando boquiabierto y
volvió la cara.
–Pero usted no murió –dijo él tontamente.
–Yo no soy alérgica.
–¿Y él era alérgico? Eso habría debido
bastarle para no hacerlo. ¿Por qué se acercó tanto a las abejas si era
alérgico?
–No sabía que era alérgico –dijo ella–. No
podía saberlo. Si sólo te han picado una vez en la vida no se sabe. La primera
vez no ocurre gran cosa, hace falta sensibilizarse. Produce una fuerte reacción
adversa a contactos posteriores con no sé qué sustancia. Picaduras de abeja,
marisco, hiedra venenosa, es lo mismo para el caso.
–¿Y eso es lo que él tenía?
–Yo no lo sabía –dijo ella–. Pero intenté
retenerle. Aquellas malditas abejas... Me puse a gritar, en Londres puedes
gritar hasta desgañitarte sin que nadie se entere. Al final vino un hombre. Le
dije que buscara ayuda, un médico, una ambulancia, la policía, lo que fuera.
Las abejas revoloteaban por todas partes como locas. Era un infierno.
–La policía –dijo él–. ¿Fue la policía?
–¿Es eso lo que le preocupa? –dijo ella en
tono de burla–. ¿Es lo único que le preocupa? No, no vinieron. Nunca están
cuando los necesitas. Y además no hay manera de convencer a la gente en una
situación así, no te creen, no creen lo que les dices, no creen que alguien
pueda morir de picaduras de abeja. Yo me daba cuenta de que lo que tenía era
una reacción alérgica, se lo habría dicho y ellos lo habrían podido decir en el
hospital si hubiera llegado a tiempo. Pero cuando llegó había muerto ya, murió
en menos de una hora. Se asfixió, se hinchó y se asfixió.
Guy no decía nada. Estaba allí sentado
mirando a la distancia. Miraba por las ventanas a su propio bonito jardín
urbano con el estanque redondo y la isla en medio, todavía sin el delfín de
bronce y sin los muebles florentinos, con los pequeños naranjos en los jarrones
chinos contra los enebros azul y verdeoscuro de la pared que más tarde había
que arrancar para hacer sitio a las clemátides. Caía una lluvia fina, las gotas
de lluvia puntuaban la superficie del estanque. Sólo un nenúfar rosado estaba
en flor. Lo recordaba todo.
–No pudo hablar –dijo ella con una voz fría y
neutra.
¿Significaba esto que aquel hombre no había
hablado a nadie del LSD?
–Sé lo que está usted pensando. No se lo dijo
a nadie.
–Se lo había dicho a usted.
Ella rió.
–Ah, sí. Aquella porquería que usted le dio
sale en la autopsia, yo habría debido saber eso, pero no lo sabía. De todos
modos, no importa.
Paseó la mirada despacio por la estancia. Guy
sabía, como si ella lo hubiera dicho en voz alta, lo que pasaba por su cabeza.
Tienes todo esto, toda esta riqueza conseguida de una manera ruin, pero no por
mucho tiempo, no, no por mucho tiempo. Todo esto desaparecerá, lo perderás
todo. Catorce años, pensó Guy.
–Se lo dije a la policía –dijo ella–. Les
dije todo lo que sabía. Me imagino que vendrán por aquí. Dijeron que no debía
intentar verle a usted, pero era necesario. Tenía que enfrentarme a usted.
Ahora me voy.
–¿Cómo iba yo a saber que era alérgico a las
abejas? –dijo Guy.
Le habría gustado matarla, pero,
naturalmente, no la tocó. Lloraba cuando se fue. El llanto parecía hacer que su
cuerpo oliera aún peor. A Guy no le entusiasmaba la idea de que sus vecinos
vieran a una mujer llorando, con la ropa desastrada y los pies desnudos y
sucios, salir de su casa, pero no podía hacer nada para evitarlo.
Pasada menos de una hora llegaba la Brigada
Antidrogas.
9
¿Qué es lo que hace que ames a alguien? ¿Por
qué no se puede escoger del mismo modo que se escoge casi todo lo demás en la
vida? Si se es rico, claro. Se puede escoger el modo de ganarse la vida, dónde
vivir, qué tipo de casa, coche, ropa y diversión tener. ¿Por qué no es también
una cuestión de elección la persona a quien se ama?
Guy se hacía a menudo estas preguntas acerca
de sí mismo y de Leonora. ¿Por qué estaba enamorado de Leonora cuando no
deseaba estarlo, cuando la suya era una relación tan inconveniente y
destructiva y a la vez una pérdida de tiempo? Leonora le parecía hermosa pero
él sabía que no era en realidad tan guapa, no vestía bien, no le gustaba
ninguna de las cosas que le gustaban a él y a él le desagradaba casi todo lo
que a ella le gustaba. No tenían nada en común. No mostraba interés por la
comida ni por la bebida ni por la ropa cara, no le gustaba trasnochar, los
lugares exóticos, los coches rápidos, las playas soleadas ni ir a las carreras.
El deporte no le decía nada. Nunca había ido a esquiar ni había estado en un
yate. Los diamantes serían lo mejor que podía desear una chica, pero ésta no,
ésta hacía campaña contra el comercio de las pieles.
A Leonora le gustaban los libros y las
películas serias, a ser posible japonesas o chilenas y con subtítulos. Le
gustaba ir de camping o de vacaciones a un hostal con su mochila, sus alimentos
dietéticos, su zumo natural, Badoit y Ramlosa, ir en bicicleta, el teatro
marginal, la música clásica y los documentales «verdes» de la BBC2. A él podría
llegar a gustarle todo esto si volvieran a estar juntos, pero por el momento lo
odiaba. Aborrecía la ropa que Leonora vestía y el hecho de que casi nunca usara
maquillaje, ahora menos aún que antes desde que había empezado a salir con el
enano pelo-de-paja, y nunca se ponía barniz en las uñas. El paso siguiente
sería lucir las piernas peludas, pensaba él a veces.
Pero cuando la vio acercarse a él, entrar en
su restaurante del sábado, se le movió el corazón. Su corazón se ladeó un poco
y se puso a latir con fuerza como en un shock. Siempre le ocurría esto. Algo en
el interior de su cabeza, tal vez el cráneo, se expandía como bajo una ola de
calor, y dolía ligeramente. El cuerpo, en cambio, se le enfriaba y, aunque no
llegara a estremecerse, sentía el impacto del frío, que bajaba por sus brazos y
costados y le llegaba al corazón. Siempre.
Y ¿por qué le ocurría esto? Tenía que ver con
ella, Guy no sabía más. Quizá fuera siempre así en el amor. Algo de alguien,
una mirada, una sonrisa, un modo de abrir los ojos de par en par, un gorgoteo
al reír, un movimiento de los hombros, pequeñas cosas. Naturalmente, esto no
explicaba por qué una cosa tan insignificante podía tener un efecto tan grande.
En su caso, se trataba de la sonrisa de Leonora, del modo en que sonreía,
apretando de un modo extraño los labios que nunca llegaban a distenderse tanto
como él esperaba, una sonrisa controlada. Tenía unos dientes perfectos,
pequeños, blancos y parejos, por supuesto. Sólo una vez había visto una sonrisa
como la de Leonora, la sonrisa de Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó.
Era posible que si aquella sonrisa
significaba tanto para él, si le enloquecía y le llenaba de dolor y de placer,
si le hacía anhelar algo imposible de definir, ello se debiera no a que era
controlada sino a que él era consciente de que podía traspasar los límites de
ese control y llegar a ser completa, a la plenitud, pero que eso nunca sería
para él.
Habían pasado tres días sin que hablara con
ella. Al tercer día, en Georgiana Street, contestó al teléfono. Dijo que
aquellos días habían salido mucho, que habían estado poco en casa. William
había estado trabajando en una película que trataba de unos hombres que tenían
que cuidar de sus esposas inválidas en casa. ¡Qué tema tan emocionante! ¡Seguro
que las cifras de audiencia ya serían otra cosa! Como si a él le importara
dónde había estado el maldito William. Le habría gustado matar a William,
matarle y volverle a matar.
¿A qué restaurante vamos?, dijo él, y ella
dijo que qué tal si volvían a aquel lugar de Kensington Park Road. Y aquí
estaba él, esta vez el primero en llegar, sentado en la barra mientras el
muchacho francés que hacía de barman le servía un martini con vodka. Se había
quitado las gafas de sol, no quería que le acusaran de parecer un mafioso.
El pasar por delante de los mews
donde ella había vivido le había hecho pensar en el amor y en la sonrisa de
Leonora. Era el diecinueve de agosto, faltaban exactamente cuatro semanas para
el día de la boda... bueno, para la fecha que ella llamaba el día de la boda.
Él no cedía con tanta facilidad. No cedía y basta. Había estado esforzándose
por no mirar hacia la escalera de caracol y estaba precisamente pensando en que
tendría que volverse y mirar cuando ella puso la mano sobre su hombro.
–Estás soñando, Guy.
Le recorrió el escalofrío y sufrió también
aquella alteración cardiaca. La miró. Ella le sonrió y él le contó lo que había
estado pensando acerca de su sonrisa.
–Por eso te quiero. Es como la esencia del
porqué.
–Y si me hiciera la cirugía plástica y me
cambiara la forma de la boca, ¿dejarías de quererme?
–No sé. Quizá. Siempre tengo la sensación de
que no me sonríes como debieras, de que no me sonríes tanto como podrías.
Gobiernas tu sonrisa cuando lo haces.
–No seas ridículo, Guy –dijo ella.
–¿Qué piensa Newton de esto de que comas
conmigo los sábados? ¿Le parece un desastre?
–Lo comprende –dijo ella.
Estaban sentados en la mesa, Leonora tomando
un zumo de naranja y él un Campari con soda. Ella pidió un cóctel de pomelo y
aguacate y calabacines rellenos y él caracoles y luego hígado de ternero en un coulis de frambuesa. Guy pensaba en la «comprensión» de Newton. Ya era mucho
que «comprendiese», aquel cabrón paternalista.
–Alguien empezó a ponerte en contra mía
cuando tenías diecinueve años –dijo.
–Tonterías. Eso son tonterías.
–¿No te gustaba mi casa?
–Me encantaba, es una casa preciosa.
–¿No es mejor que la casa de tus padres?
–Mucho mejor, pero no veo adonde quieres ir a
parar.
–Quiero que me digas una cosa. Quiero que me
digas si hubo alguien más entre yo y Newton.– Un poco de humildad no vendría
mal, pensó. –Supongo que no tengo derecho a preguntarte esto, pero confío en
que me lo digas.
–No hubo nadie muy en serio –dijo ella. Esto
a él no le importaba, no era lo que deseaba saber.
–Pero, ¿hubo otros hombres entre yo y Newton?
–Claro que los hubo.
–¿Quiénes fueron?
Los ojos de Leonora lanzaban chispas. Guy no
sabía si estaba contenta o furiosa. En un tono crispado, ella dijo:
–Bueno, si insistes, estuvo aquel amigo de
Robin que era socio y dos hombres de la universidad, y, sí, ahora que lo
pienso, hubo también alguien que conocí en el veinticinco aniversario de Robin.
¿Es esto lo que querías saber?
–¿Te acostaste con ellos?
–Eso a ti no te importa en absoluto, Guy, no
es asunto tuyo. Has dicho que no tenías derecho a preguntar y no lo tienes.
–Así que lo hiciste.– Un ataque al corazón
debía de parecerse a esto, debía de ser el mismo tipo de dolor, un dolor que le
aferraba el pecho y le producía una especie de parálisis. –Me pregunto qué
diría tu padre –espetó.
–¿Qué?
–Digo que me pregunto qué diría tu padre de
todo eso. Estaría horrorizado. Le pasaría a cualquier hombre tratándose de su
hija. A tu padre le habría gustado mucho que te casaras conmigo. Le habría
gustado que yo fuera el único, sé que le habría gustado, se moriría si se
enterara de que has sido promiscua.
–Yo no he sido promiscua, no seas bobo.
–Un hombre después del otro, ¿qué es eso si
no? Y ¿por qué? ¿Qué tenía yo de malo? ¿Eran más guapos, más ricos? ¿Qué tenían
ellos que no tenga yo? Yo era la persona a quien a tu padre le habría gustado
entregar a su hija.
Ella se echó a reír y movió negativamente la
cabeza.
–¿Qué es lo que te da tanta risa?
–Tú. Eres un anticuado. Te consideras una
especie de yuppy, bueno, yuppy sí eres enterado, joven y moderno, pero en
realidad eres un anticuado y un sexista. «Me pregunto qué diría tu padre.» De
verdad, Guy, pareces un viejo de sesenta años. Ni mi padre diría una cosa así.
Y además, los hombres ya no entregan a sus hijas en matrimonio, ¿no te habías
enterado?
–No me negarás que tu padre tiene mucha
influencia sobre ti, Leonora.
–Eso no tiene nada que ver. No lo niego. Lo
que digo es que hemos progresado mucho desde que los hombres elegían esposo
para sus hijas.
Guy odiaba aquella expresión de su rostro,
aquella sonrisa, y dijo, malhumorado:
–Tu padre cambió con respecto a mí.
A partir de aquella noche, pensó. Aquella
noche en que fue a recoger a Leonora y leyó en el periódico la historia acerca
de Con Mulvanney, aquella noche fue la última vez que Anthony Chisholm insistió
para que tomara otra copa, fumó de sus cigarrillos y le trató como a un viejo
amigo. Pasaron unas semanas antes de que volviera a verle otra vez, y el cambio
era notable. Primero había pensado que Anthony estaría preocupado por el
negocio o por algo, y después de aquello pasaron meses sin que volvieran a
verse. Cuando volvieron a encontrarse, él, Guy, había hecho a Leonora la oferta
de «prestarle» el dinero para el piso, y Anthony, que se había visto en cierto
modo metido en la conversación, se mostró rígido y poco amigo de hacer
concesiones. El préstamo estaba fuera de lugar y entendía que Leonora lo había
ya rechazado. Se trataba de que Guy comprendiera que su oferta se le agradecía,
pero que no había ni que hablar de aceptarla.
Guy pidió otro Campari y encendió un
cigarrillo mientras esperaban a que llegara la comida.
–Nunca me has dicho cómo conociste a Newton
–dijo.
–¿Por qué iba a hacerlo? Nunca me lo has
preguntado.
–Bueno, ¿cómo fue? ¿Dónde fue?
Ella le dirigió una extraña mirada de reojo,
lo cual era lógico teniendo en cuenta lo que venía a continuación.
–En Lamb’s
Conduit Street.
–¿En casa de tu padre? Vamos, di la verdad,
Leonora.
–Eres tú quien no entiende, Guy. ¿A quién más
conozco en Lamb’s Conduit Street? En realidad, fue mi padre quien nos presentó.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Ves cómo tengo razón? No soy
todo eso que has dicho, anticuado y sexista y no sé qué más. Tu padre te
presentó al hombre con quien quiere que te cases.
–Soy yo quien quiere casarse con él, Guy. Yo
voy a casarme con él. Y además, no fue así.
–¿Cómo fue entonces?
–William estaba trabajando en un programa
sobre arquitectura. Un programa que habían iniciado a partir de unas
declaraciones del príncipe Carlos. Vino a casa para hacer a papá una entrevista
preliminar y yo estaba allí.
–¿Cuándo fue eso?
–No me interrogues, Guy, por favor. Fue hace
unos dos años. Fue en julio, para ser más exactos.
–Por ese entonces no vivías con ellos.
Llevabas más de un año en el piso.
–Yo no he dicho que viviera con ellos. He
dicho que conocí a William en su casa. Era el aniversario de papá. Me presenté
con el regalo de aniversario de papá y William estaba allí.
–Eso no explica cómo empezaste a salir con
él. ¿O lo arregló todo tu padre? ¿A que le dijo a Newton que tenías un novio
indeseable y que preferiría a alguien más adecuado? ¿A que hasta le dio tu
número de teléfono?
–Yo le di mi número de teléfono –dijo ella–.
Me lo pidió.
¿Cómo se podía estar tan enfadado con una
mujer y seguir queriéndola? ¿Cómo era posible que a un hombre no le gustara en
absoluto el modo en que vestía y se comportaba su novia y la siguiera queriendo
a pesar de todo?
Y la quisiera más que a nada en el mundo. Más
que a sí mismo.
–Si eres tan... creo que se dice avanzada. Si
eres tan avanzada, ¿por qué quieres casarte con él? ¿Por qué no te vas a vivir
con él?
–Estoy viviendo ya con él, más o menos.
Llegó la comida. Leonora pidió agua y él una
botella de Graves tinto.
–¿Por qué casarse? –dijo él cuando se hubo
ido la camarera.
–La razón habitual es porque así se hace un
compromiso público, ¿o no? Sí, supongo que eso es lo que queremos hacer. Comprometernos
el uno con el otro para toda la vida.
–Para toda la vida. ¿De verdad piensas que
eso va a durar toda la vida?
–¿Por qué no? Antes la gente daba por sentado
que el matrimonio iba a durar toda la vida. Yo espero que el nuestro sea así.
Ni lo sé ni puedo saberlo, ¿cómo se puede saber eso? Sólo se puede probar.
Leonora había cogido un panecillo de la
panera pero no comía. Su mano izquierda reposaba sobre la mesa. Él le cogió la
muñeca, la sostuvo flojamente como si estuviera palpando en busca del pulso y
luego cerró los dedos.
–Haz algo por mí.
Le pareció que Leonora suspiraba.
–¿De qué se trata, Guy?
–No te cases. Espera. Espera un año. Tú eres
joven y él también... ¿qué es un año? Vive con él. Eso no me importa... bueno,
sí que me importa pero puedo soportarlo. Vive con él a ver qué pasa.
Ella le miró al tiempo que movía la cabeza
muy suavemente de un lado para otro.
–Suéltame. Me estás haciendo daño –dijo, y se
soltó no sin esfuerzo.
–Hazlo por mí. No es tanto lo que te pido.
–¡Que no es tanto! Retrasar mi boda sólo
porque un amigo, un ex-novio, me lo dice.
–Yo soy más que eso. Leo. Soy el amor de tu
vida y lo sabes. Si me rechazas lo impediré. Impediré que te cases. Tengo
derecho a prohibírtelo y lo haré.
–Guy –dijo ella–, a veces dices cosas que me
hacen cuestionarme seriamente tu estado mental. Lo digo en serio. Y cada día
estás peor. Creo sinceramente que deberías hacer algo al respecto.
–Tú escuchas a tu madre.
–¿Por qué no? Sí, es posible. A veces escucho
a mi madre. Creo que es una mujer muy sensata. Pero no he hablado con ella
acerca de tu salud mental, nunca he hablado de eso con ella. Creo que te estás
volviendo loco, Guy, y todo porque se te ha metido en la cabeza la absurda idea
de que tú y yo íbamos a ser felices juntos. No lo seríamos. Celeste te conviene
mucho más, sí lo miras de manera racional. De todos modos, todo irá mejor
cuando yo me case y desaparezca de tu vida, cuando no me veas. Entonces lo
superarás.
Ninguno de los dos era capaz de comer. Él
bebía vino, sin embargo, beber sí podía siempre. Ella bebía agua y convertía el
panecillo en un montón de migajas. Leonora dijo que estos encuentros de los
sábados la hacían desgraciada y a él también, pero prometió almorzar con él de
nuevo el sábado siguiente.
Leonora le había dado mucho en qué pensar.
¿Cuándo le había hecho la oferta de pagarle el piso? Debía de haber sido en
diciembre o enero, hacía tres años y medio. Entre ese momento y el mes de
agosto pasado alguien había hablado a Anthony Chisholm acerca del asunto de Con
Mulvanney. Quizá Leonora. Pero, ¿quién se lo había dicho a ella? Quienquiera
que hubiera sido había dicho:
–¿Sabes con qué clase de persona estás
saliendo?
Pero esto había ocurrido mucho antes de que
él le ofreciera el «préstamo», lo que pasaba era que no había visto a Anthony
en seis meses. Sin duda Anthony lo había evitado a propósito. Debía de haberse
enterado unos días después de que Poppy Vasari le echara a la policía encima.
Seguramente Poppy había empezado inmediatamente a contárselo a todo el mundo,
como había amenazado, y una de las personas a quienes se lo había dicho
era–¿cómo no se le había ocurrido antes?– Rachel Lingard.
Las posibilidades de que Poppy se encontrara
con Tessa no eran muy grandes. Tessa sólo trabajaba como voluntaria en un
hospital y en la OAC. Pero Rachel trabajaba como asistenta social para algún
municipio de Londres, no recordaba cuál si es que se lo habían dicho. Si Rachel
trabajaba para los Servicios Sociales de algún municipio del sur de Londres y
Poppy trabajaba con drogadictos, ¿qué tenía de extraño que se conocieran? Puede
que incluso fueran amigas.
–Se llama Guy Curran, y tiene una lujosa casa
en un mews, en lo mejorcito de Kensington.
–¿Guy Curran? –¡No me digas que le conoces!
–Sí, claro que le conozco. Mi mejor amiga
piensa casarse con él.
Porque en un tiempo pensaba de verdad casarse
con él. La primera vez que la había llevado a ver su casa, mientras iban en el
coche –en aquellos tiempos tenía un Mercedes–, él había dicho «Será también tu
casa» y ella le había dirigido aquella sonrisa, sólo que, según la recordaba,
la sonrisa era entonces más libre y más abierta, menos contenida. «Cuando nos
casemos», había dicho ella.
¿Había dicho realmente esto? ¿No se lo
imaginaba? Claro que no. No se estaba volviendo loco. Ella estaba entonces totalmente
entregada a él, pero las separaciones impuestas por la universidad y el colegio
preparatorio habían hecho que se distanciasen. Era natural, le habría ocurrido
a cualquiera. Pero de nuevo ella volvía a estar cada vez más cerca de él, había
aceptado ir de vacaciones con él y salían juntos dos o tres veces por semana. Y
entonces murió Con Mulvanney.
No habían pasado ni diez minutos después de
la marcha de Poppy Vasari cuando llegó la Brigada Antidrogas. Registraron la
casa y no encontraron nada. No había nada que encontrar. Menos mal que había
echado la hierba y las anfetaminas al wáter tres días antes. Se sabía que a
veces destrozaban los desagües. Aunque no lo hicieron en Scarsdale Mews. Pudo
darse cuenta de que estaban impresionados por la casa, no podían evitarlo, por
fuerza tenía que impresionarles su elegancia, su tranquilidad y tantas cosas
hermosas.
Lo habían interrogado en la casa y en la
comisaría de policía. El interrogatorio se prolongó durante varias horas. Lo
negó todo. Por ese entonces el club funcionaba bien, la agencia de viajes había
pasado ya de la etapa de planificación y el negocio de óleos originales había
empezado a dar dinero. Podían ver perfectamente de dónde salía el dinero.
Aparecieron los dos rifles nuevos en sus
cajas. Guy tenía su licencia de armas como miembro de un acreditado club de
tiro. Dijo que nunca había oído hablar de Cornelius Mulvanney, que ese hombre
nunca había estado en su casa. Una cosa que quería contarles, dijo, era que,
cuando estaba en una fiesta en un pub de Balham el fin de semana, alguien se le
había acercado y le había preguntado si tenía aceite de cannabis. ¿En esas
palabras? Bueno, no, no en esas palabras, no quería repetir sus palabras, pero,
si insistían, lo que había preguntado era: «¿Tienes mierda?». ¿Cómo sabía qué
quería decir eso? Él había sentido curiosidad y se lo había preguntado a un
hombre en el pub, y éste se lo había dicho.
Describa a ese hombre. ¿Qué hombre? El que le
pidió el aceite de cannabis. Guy dijo que no podía, que no le recordaba.
Finalmente hizo un vago esbozo de un hombre delgado y pálido con el cabello más
bien rubio y largo. ¿El nombre del pub? ¿La hora? ¿Quién daba la fiesta? ¿A qué
hora se fue? Y así sucesivamente. A la medianoche le dejaron irse a su casa. No
había vuelto a tener noticias de ellos.
Sin embargo, Poppy Vasari sí volvió unos días
más tarde. Dijo que no quería pasar, gracias. (No se lo había preguntado.) Se
quedaba en la puerta porque él podía hacerle daño si se quedaba a solas con él
allí dentro. Esto le hizo reír. ¡Cómo iba a tocar siquiera a alguien tan
repulsivo! Seguía oliendo mal, el olor estaba probablemente impregnado en su
ropa. Allí estaba él, aguantando la puerta y riéndose de aquella mujer.
Resultaba todo muy ridículo.
–Usted mató a Con –dijo ella–, ¿por qué no
iba a matarme a mí? Para usted sería lo mismo. Es malo.
Guy tenía que hacer un esfuerzo para seguir
riendo, la risa no le salía con naturalidad. Si cerraba la puerta ella se
quedaría allí aporreándola hasta que volviera a abrir.
–Está a salvo de la ley –dijo ella–, pero no
está a salvo de sus pares.
–¿Pares, qué quiere decir? –dijo él,
imaginando algo así como la Cámara de los Lores.
–Hablo de usted a todos mis conocidos. Y
también a todos los conocidos de Con. Les digo la verdad, que si Con murió por
las picaduras de las abejas fue sólo debido a la droga que usted le dio. Le
mató al darle una droga letal y estoy decidida a que todo el mundo lo sepa. He
empezado por mi barrio. Y ahora voy a empezar aquí. Voy a encontrar a sus
amigos y a contárselo. Voy a llamar a todas las puertas de esta calle y a
decirles lo que hizo.
El problema que presentaba esto, al menos en
Gran Bretaña, era que quienes oyen una declaración de este tipo, y dicha de
este modo, creen que el mensajero está loco. Él o ella no es más que un «pobre
diablo» al que hay que encerrar y no dejar salir más, una persona que necesita
cuidados y a quien es mejor no hacer caso y olvidar, y en cuanto a la
información así confiada, nadie le da crédito. Los vecinos de Scarsdale Mews
tomaron sin duda a Poppy Vasari por loca si ésta realizó su amenaza –Guy no
intentó averiguarlo–, y tal vez estuviera un poco loca temporalmente. Quiero
decir (pensó Guy), imagínate, el tío del programa de televisión abre la puerta
y oye lo siguiente:
–Creo que debería usted saber que el hombre
que vive en el número siete mató a mi amigo con drogas.
Ni siquiera estaba muy preocupado. Si Poppy
Vasari creía que aquella gente eran amigos suyos, de Guy, se equivocaba por
completo. Nunca había intimado mucho con los vecinos. Había rechazado la
invitación de un grupo de ellos para que se pasase a tomar una copa en Navidad.
Después de aquello se mostró un poco cauto con ellos los primeros días, pero
todos se comportaban como se habían comportado siempre, decían «Buenos días»,
«Hola» o no decían nada. Como él esperaba, no habían hecho caso. Pero de esto a
que Poppy Vasari le contara aquella historia a alguien a quien conocía
personalmente, a alguien con quien trabajaba, sobre todo cuando se hubiera
calmado un poco, había una gran distancia. No era lo mismo contárselo a
cualquiera que a alguien que le conocía a él, que sabía su nombre.
Rachel Lingard.
Quince días después de la investigación
acerca de la muerte de Con Mulvanney él y Leonora se iban de vacaciones juntos.
No salió nada importante en la investigación. Gracias a Dios, no se mencionaba
para nada su nombre. El juez amonestó a Poppy Vasari por haberse quedado allí
sentada sin hacer nada mientras Con Mulvanney tomaba una sustancia prohibida,
un alucinógeno peligroso. Ella era especialmente culpable teniendo en cuenta su
preparación y el trabajo que había venido realizando, al cual, el investigador
se alegraba de informar al tribunal, había renunciado. El veredicto fue de
muerte accidental. Pero Rachel debió de trabajar lo suyo porque, a mediados de
la semana siguiente, cuando él y Leonora se encontraron en Cambridge Circus –la
llevaba al teatro a ver Los Miserables–, ella le dijo que no iba a
Grecia con él.
Leonora no estaba avergonzada, no se mostraba
incómoda. Nada de manifestar que aborrecía tener que decirle aquello, que se
sentía muy mal. Lo soltó como si nada.
–No puedo ir, lo siento.
Él estaba consternado, y protestó. ¿Era el
coste lo que la preocupaba? ¿Era porque él tendría que pagar por los dos?
La sorpresa hizo que se descuidara y
pronunciara la frase que ella más odiaba y que él se había prometido no
utilizar más:
–Una suma así ni siquiera la voy a notar.
Leonora daba siempre un respingo al oír esto.
–Es por eso y por otras cosas. No puedo. No
me pidas explicaciones, sería demasiado penoso. Olvidémoslo, si es posible.
En algún momento Guy había creído que era por
el dinero y tal vez –desagradable idea– porque Leonora se podía sentir obligada
a acostarse con él si era él quien pagaba y creía que era mejor no ir. Ahora
opinaba de otro modo. Rachel había hablado a Leonora de Con Mulvanney.
Ella vivía con Rachel y Rachel estaba siempre
allí, llenándole la cabeza e influyendo en contra de él. Pensó que le gustaría
matar a Rachel.
10
La barbacoa en casa de Danilo era atendida
por cocineros con delantales a rayas y altos sombreros blancos y la comida
servida por camareras ataviadas como lecheras del siglo xviii. Los hombres y mujeres que atendían el bar iban
vestidos de bailarines hawaianos. Afortunadamente, era una noche cálida. El
jardín de la casa neogeorgiana de Danilo en Weybridge era enorme, con palmeras
importadas casi en sazón plantadas aquí y allá a las que le iba muy bien este
verano, pero que quizá no estuvieran tan contentas la próxima primavera. La
última novedad era la fuente, instalada en un estanque ornamental en el césped
debajo de la terraza. Esta noche la fuente estaba iluminada, unos rosales de
color rosa en pilares también rosados se alzaban alrededor de la broca de
mármol y habían echado tinte rosa en el agua. Danilo explicaba a los invitados
que admiraban el efecto que las rocas de aspecto natural eran de cuarzo rosa
auténtico.
Había unos quinientos invitados. A algunos
los conocía Guy ligeramente. Estaban allí Bob Joseph con su novia y la
ex-esposa de Bob con su nuevo marido, el anciano y malicioso padre de Danilo
con su tercera esposa y el hermano de Danilo que se había hecho cargo del
negocio del contable de apuestas hípicas y tenía ahora una cadena de quioscos
de apuestas. Había muchos amigos de Tanya, de la industria de la moda, y un
montón de chicas que parecían modelos, aunque seguramente no lo eran. Danilo y
Tanya estaban hablando siempre de casarse «algún día», pero todavía no lo
habían hecho aunque tenían ya cuatro hijos.
En lugar de estar acostados o vigilados desde
algún punto razonablemente lejano por las dos niñeras, estos cuatro niños, dos
niños y dos niñas en realidad, intolerablemente mimados en opinión de Guy, no
paraban de corretear por entre los invitados, esparciendo comida y salpicando a
todo el que se pusiera a tiro de ellos con agua rosa de la fuente. Iban
vestidos al máximo, los dos niños con pantalones a rayas, chaquetillas y
corbatas de lazo, y las niñas de organza blanca con varias capas de enaguas,
como si sus padres fueran campesinos italianos venidos a más y no unos parvenus londinenses. El niño de más edad. Charles, a quien llamaban siempre
Carlo, se había agenciado un Bellini, el cual, por tratarse de la fiesta de
Tanya, contenía coñac y también champaña y zumo de melocotón, y, rodeado de
ruidosas chicas vestidas con minifalda corta hasta la cadera, se lo estaba
arreando al tiempo que chasqueaba los labios.
Habían colgado unas luces de cuento de hadas
entre las palmeras junto con aros ultravioleta para repeler a los mosquitos. Sonaba
una cinta del tipo de Debajo-de-Río-Grande, lo cual fomentaba la ilusión que
les gustaba crear a Danilo y Tanya de que eran en realidad de origen latino. A
pesar de las velas con aroma de pachulí, el jardín olía a aceite caliente y
carne quemada. Guy se daba cuenta de que jamás habría podido traer a Leonora
aquí. Ella llamaría a esto vulgar, o aún peor, se reiría. Para ella una fiesta
consistía en una reunión de quince personas en un piso de Camden Town bebiendo
vino blanco y Perrier y hablando del medio ambiente. Pero renunciar a Danilo y
Tanya por Leonora sería un sacrificio soportable.
El cielo era esta noche de color púrpura y
sin estrellas, con una media luna de color limón que debía de ser real pero que
habría podido ser puesta allí por Danilo, igual que había teñido la fuente. Una
ligera brisa movía las hojas de las palmeras. Guy había tomado un Bellini por
cortesía y luego se había pasado al vodka. Podía ver a Celeste que se lo pasaba
en grande bailando con el vecino de Danilo, un millonario y ex-miembro de un
grupo de rock de mucho éxito en los años sesenta. Celeste llevaba una falda de
color rojo brillante larga hasta el tobillo y una pieza superior negra y oro
que dejaba al descubierto unos centímetros de piel a la altura del ombligo. Su
cabello, con las abundantes trenzas de punta dorada, parecía la cresta de un
glorioso pájaro tropical. La más pequeña de las hijas de Danilo, una niñita con
un vistoso tutú blanco, fue corriendo hasta ella y Celeste la introdujo en el
baile, los tres cogidos de la mano. Celeste adoraba a los niños, Guy ya lo
había observado.
Se dirigía hacia el bar en busca de otro
vodka cuando se oyó un ruido de agua más fuerte de lo normal y un grito
procedentes de la fuente, que le hicieron mirar hacia la izquierda. Allí, en
medio de un grupo de gente que se sacudía el agua de la ropa –era Carlo que
incordiaba al lado de la fuente–, estaba Robin Chisholm.
Guy cogió su vaso y se desplazó a un punto
umbrío y ventajoso hasta donde sólo llegaba la luz de las velas perfumadas. Robin
estaba hablando con Tanya, un hombre a quien no conocía y dos mujeres delgadas
como alambres, extravagantemente vestidas y con el cabello como enormes cúmulos
de algodón de caramelo, limón y fresa respectivamente. El cabello de Tanya no
era tan diferente, sólo que no hay algodón de caramelo con sabor a tinta. Tanya
llevaba una especie de camisola de lame dorado, pantalones plisados a rayas
negras y doradas y unos zapatos verdes de tacón alto que probablemente se había
puesto por error y luego había olvidado quitarse. Ni rastro de Maeve.
Robin parecía surgido directamente de un
grupo musical de los tiempos de Eduardo. Sólo le faltaba el sombrerito de paja.
Le había dado por llevar el cabello ondulado y rubio peinado con una raya en
medio y esto le daba un aspecto muy extraño. Su rostro era tan juvenil como
siempre, no ya juvenil como lo pueda ser el de un hombre de veintisiete años
sino como el de un chico diez años más joven. Tenía las mejillas sonrosadas y
los labios colorados como los de una chica. Vestía pantalones de franela
blancos y una chaqueta cruzada a rayas, y mostraba un aspecto próspero e
inmensamente satisfecho de sí mismo.
–No sabía que le conocieras –dijo Guy a
Danilo.
–Le conocía igual que le conocías tú. Quizá
no tanto, hasta hace poco. Me cambió unas pesetas. Vendí mi villa y había que
sacar los fondos. Habría debido preguntar a Miss Leo, ¿verdad? ¿Es eso lo que
estás pensando? ¿A Miss Leo y a su novio?
–En absoluto –dijo Guy con rigidez–. ¿Cómo
volviste a encontrártelo?
–No sé por qué me lo preguntas, pero mi vida
es un libro abierto para los amigos. Nos encontramos por casualidad. La hermana
de Tanya tenía un piso en el mismo bloque que él, en Clapham Common. Es la que
está hablando con él, la del cabello color de fresa.
–¿En Clapham? Pero si vive en Chelsea.
–Eso fue hace tres o cuatro años –dijo
Danilo–. ¿Por qué te interesa tanto eso de repente? Ah, ya entiendo. Espero que
no vayas a contratarle. Es de gran valor para mí. ¿Dónde podría encontrar a
otro cambista con cara de niño y sin escrúpulos? Míralo, parece un bebé.
Cuy fue a por otro vaso. Pero le habría
gustado acercarse a Robin Chisholm y arrojarle la bebida a la cara, a ver qué
ocurría. Nunca había arrojado la bebida a nadie a la cara pero la idea de
hacerlo le pareció de repente terriblemente atractiva. Como algo que tuviese
que hacer antes de morir. La noche había refrescado un poco. Por primera vez en
su vida, Guy pensó que las noches ya no eran nunca cálidas en este país...
bueno, tal vez hubiera una noche cálida al año. Luego se encaminó hacia Robin,
que seguía con la rubia de fresa cuñada de Danilo y, ahora, también con un
hombre mayor que según había dicho alguien era diseñador de moda.
–Hola, ¿cómo estás?
Lo dijo de esa manera de allende el mar que
pone todo el énfasis en el final de la frase y une las palabras de un modo sin
sentido. Era algo deliberado, sin el acompañamiento de una sonrisa.
Robin optó por contestar a esta pregunta
retórica de manera literal, lo que hizo reír a la rubia de fresa.
–Oh, maravillosamente, nunca he estado mejor
–e hizo a Guy una mueca exprofesamente vacía que hizo que pareciera uno de los
«chicos grandes» de
Just William.
–¿Maeve no está?
Esto provocó una insultante pantomima en la
que Robin hizo como que buscaba, miró a ambos lados, estiró el cuello y miró
por detrás del diseñador de moda, luego levantó las cejas y, acto seguido, se
volvió miope y, desconcertado, miró al suelo y frunció los labios en un silbido
callado.
–Parece que no está –dijo finalmente–. No, yo
diría que no.– Había asumido, tal vez sólo para esta noche, y tal vez sólo para
Guy, unos modales ingenuos y cariñosos–. Oye, ¿esa chica tan terriblemente
guapa va contigo?
Era un error preguntar qué chica pero Guy lo
preguntó.
–La chica de color con el pelo de cafre.
Guy le arrojó la bebida a la cara.
La cuñada de Danilo chilló y el diseñador de
moda gritó también:
–¡Por el amor de Dios!
Robin se sacudió, escupió, se echó atrás el
cabello y dio un salto hacia Guy con los brazos extendidos como un gato de
pelea. Todos los invitados estaban callados, mirando fijamente, suspendido el
movimiento y en alza la adrenalina. Guy lanzó el puño y dio a Robin no donde
era su intención, en la mandíbula, sino en la clavícula derecha. Casi
inmediatamente las manos trémulas de Robin entraron en contacto con la cara de
Guy, las largas uñas extendidas como las de un tigre. Guy volvió a golpear
cuando la gente empezaba ya a intervenir. Alguien le cogió por detrás mientras
otro cogía a Robin por los hombros, pero antes había golpeado con el puño el
ojo izquierdo de Robin.
Ambos jadeaban, resoplaban más bien.
–Parad ya, dejadlo –decía alguien.
–¿Os habéis vuelto locos?
–Esta es mi fiesta. –¿Qué demonios pasa aquí?
–No daba crédito a mis ojos.
–Sí, le ha echado la bebida a la cara,
directamente a la cara.
–Ese tío es una mierda –dijo Guy–. No hay
mierda más grande en todo Londres.
–Y tú eres un psicópata delincuente y un
asesino –dijo Robin tapándose el ojo con la mano–. ¿Por qué no te largas a las
barracas de donde has salido?
Celeste condujo el coche hasta casa. Guy
estaba sentado a su lado, tocándose la cara ensangrentada. Tenía arañazos en la
mejilla derecha, el lado derecho del labio superior, el lado izquierdo de la
barbilla y el cuello.
–Probablemente se me va a envenenar la
sangre. Sabe Dios qué porquería de bacterias debe llevar una mierda así,
listeria, hepatitis B, cualquier cosa.
–Tonto de Guy –dijo Celeste–. Qué tonto eres.
Mañana vas al médico. No va a creer que te lo ha hecho un tío... le dices que
he sido yo, ¿de acuerdo?
No la amaba pero sí amaba su modo de hablar,
aquel acento. Cafre, había dicho aquel mierda. Mañana era «maña-naa» y médico,
«médi-coo».
–Quiero decirte una cosa. Celeste.
Estaba oscuro dentro del Jaguar, y era de
agradecer. Encendió un cigarrillo. Antes se habría muerto que hablar a Leonora
de Con Mulvanney, pero se lo iba a contar a Celeste y sin grandes dudas, sin
apenas inhibición. ¿Era porque en realidad no le importaba lo que Celeste
pensara de él mientras que lo que pensara Leonora sí tenía una importancia
capital? ¿Era porque si, como consecuencia de lo que él le contara, ella decía
que no quería saber nada más de él, le iba a dar igual? O era algo totalmente
distinto: que Celeste le conocía y le quería por lo que era, el hombre de
verdad que no necesitaba fingir con ella. Leonora, en cambio, a pesar de su
larga e íntima relación, no le conocía en realidad ni él quería que le
conociera, quería que siguiera manteniendo ilusiones con respecto a él.
–Adelante, venga ya –dijo Celeste.
Se lo contó, no escondió nada. Salió todo, su
incertidumbre, su ansiedad, su cobardía y luego la seguridad de que alguien se
lo había hecho saber a Leonora. Había creído que se trataba de Rachel Lingard,
pero en la fiesta se dio cuenta de que no era ella. Era Robin Chisholm. En
aquella época Robin vivía en Clapham, a poco más de medio kilómetro de Poppy
Vasari.
–¿Y por eso le has echado la bebida a la
cara?
La verdadera razón había sido la observación
racista de Robin dirigida a Celeste, pero no iba a decírselo. Podía hacerle
daño, y además, le dejaría a él en una ridícula posición de caballero andante.
–Sí, más o menos.
–Guy, cielo, estás un poco loco, ¿lo sabes?
Estás un poco obsesionado con eso de Leonora. ¿Sabes acaso si alguien se lo ha
dicho? ¿Se lo has preguntado a ella? No, porque eso sería decirle la verdad si
es que no está enterada. Son todo imaginaciones tuyas, y piensas cosas muy
extrañas últimamente, Guy, permíteme que te lo diga.
–Cambió con respecto a mí. A las dos semanas
de pasarle aquello a Con Mulvanney, cambió. No quiso ir de vacaciones conmigo.
–No quería que pagases tú. Era por lo que eso
representaba, ¿o no? Ese fue el único cambio. Pues bien, yo no soy así. Si un
hombre quiere pagar, que lo haga, yo se lo agradezco y me alegro. Pero si
quiere que haga cosas que él quiere y yo no y se pone tonto, entonces le tiro
por la ventana. No he estado yendo a clases de tai-chi durante cinco años para
nada, te lo aseguro.
Guy no pudo evitar soltar una carcajada. Echó
un vistazo por la ventanilla del coche, pero sabía dónde estaban sin necesidad de
mirar. Esto era Balham Hill y allí a la izquierda estaba Clapham Common. La
tierra de Con Mulvanney. Le daba la sensación de estar cruzada por un millón de
hilos invisibles, una red de transmisión cada uno de cuyos hilos susurraba
hablando de sus crímenes y de su culpabilidad. Volvió a oír la voz de Robin
Chisholm: «Psicópata delincuente y asesino». ¿Cómo podía el hermano de Leonora
saber qué palabras emplear a menos que le hubieran contado lo ocurrido?
El coche, conducido por Celeste, atravesaba
el río por el puente de Battersea.
–Guy, cielo –dijo–, no quiero hacerte daño.–
Cuy sonrió para sí mismo. Ya eran dos, ninguno quería hacer daño al otro.–
Pero, Guy, ¿no es lo más probable que cambiara porque se daba cuenta de que ya
no teníais nada que compartir? No sois de la misma clase. Hasta yo me doy
cuenta y sólo la he visto una vez. Muy bien, no lo veo con imparcialidad, estoy
celosa, es verdad, lo estoy. Pero eso no quiere decir que lo que digo no sea
cierto. Leonora despertó y comprendió.
–¿En aquel preciso momento? Eso sí que sería
una coincidencia.
–Bueno, sí lo sería si hubierais seguido
siendo amantes hasta ese momento, si hubierais estado viviendo juntos o algo
así, como nosotros por ejemplo, si os hubierais hecho promesas y fuerais a
tener una relación permanente. Entonces sí que sería extraño. Si se tratara de
mí sería realmente extraño. Pero, ¿era así, Guy?
Él no dijo nada y se encogió de hombros. Era
ella la que no entendía. Las calles estaban oscuras pero relucían bajo la luz
amarilla, la luz de latón de las lámparas, era una fría noche de verano, las
primeras horas frías de una mañana de verano. Los arañazos de la cara le
escocían. Le dijo que dejara el coche en la calle, que no lo metiera. Un gato
agazapado sobre el muro de delante dirigió a Guy una larga e inescrutable
mirada con sus ojos amarillos llenos de luz y casi sin pupilas. Tal vez supiera
de arañazos. Si alguien le preguntaba diría que habían sido las uñas del gato
del vecino.
Esta era una noche en que habría preferido
que Celeste no estuviera con él. Enviarla a su casa era impensable. Pobre
chica, pensó, pobre alma doliente. Y luego le invadió la ira, ira contra Rachel
Lingard y contra aquellos Chisholm, todos los Chisholm. Apretó los puños.
Celeste subió la escalera delante de él pero sin brío, sin el aire de formar
parte de la casa, más bien como si esperara que él la llamara y la hiciera
bajar o incluso que la hiciera marcharse.
Estaba sentada en la cama Linnell, quitándose
las puntas doradas de las trenzas.
–Guy –dijo–, cielo, ¿traficabas sólo con
marihuana, y a veces un poco de ácido?
¡Cómo se habría aferrado a este salvavidas si
la pregunta hubiera venido de Leonora! Pero era absurdo ser deshonesto con
Celeste. No necesitaba impresionarla. No habría sido cierto decir que no le
importaba lo que Celeste pensara de él, lo que ocurría era más bien que creía
en su capacidad de perdón.
–También con droga dura –dijo–. Con todo.
–¿Opio?
–Heroína, sí. La heroína es opio, ¿no?
Era absurdo que, después de todos estos años
y de la fortuna que había amasado, todavía no lo supiera muy bien. Quizá no
había querido saberlo. Ella hizo que sí con la cabeza y se quedó mirándole.
–La gente no se hace daño sólo por tomar
droga –dijo él–. Son las cosas que la acompañan, las agujas sucias, las
infecciones, y el abuso. Y no es peor que la adicción a la bebida, sólo que el
alcohol está aceptado socialmente. En cuanto a los traficantes, igual se podría
condenar a un tabernero.
–El abuelo de una amiga mía era kurdo –dijo
ella–. Era un aga–. Debió de percibir el inicio de una sonrisa incrédula–. No, no es
cualquier cosa, es una especie de señor feudal de algunas zonas de Turquía.
Allí todos cultivan amapolas, hacen morfina base. Se dedican a eso, en esa
parte de Asia. Tiene gracia lo que me has contado sobre ese hombre y las
abejas, porque allí antes hacían eso, cuidaban abejas, pero ahora los
contrabandistas llenan las colmenas de droga.
»Su madre tiene una familia muy numerosa.
Tienen cuatro laboratorios que se dedican a procesar morfina en los pueblos
cerca de Van. Su abuelo envió a los jóvenes al extranjero para aprender la
química y a dos de sus tíos los cogieron en Irán y los ejecutaron. En Irán
ejecutan constantemente a contrabandistas y químicos.
–¿Por qué se dedican a eso entonces? –dijo él
huecamente.
–Pobreza.
La palabra cayó con un sonido hueco. La
pobreza era una condición que en otro tiempo él había conocido bien, muy bien,
pero ésa era una palabra que rara vez se oía en esta casa.
–Pues no está tan mal entonces, si crea
empleo.
Ella prosiguió como si él no hubiera dicho
nada.
–Ellos no la utilizan. Para nada. Y no hay
más trabajo que ése, ni siquiera en el campo. No tienen otra posibilidad que
hacer lo que hacen. Se pueden ganar seis mil libras por llevar un kilo de
heroína hasta Estambul, y un químico gana aún mucho más.
Nunca la había oído hablar así, este tono
serio, estas maneras articuladas y casi autoritarias en lugar de su sencilla
habla perezosa habitual. Se parecía más al modo en que hablaban Leonora y sus
amigas.
–Me parece que en Sudamérica pasa más o menos
lo mismo –dijo ella–. No siempre mueren por utilizarla, aunque desde luego
mueren a miles, pero lo que es seguro es que mueren por hacerla llegar a los
usuarios–. Y, con una voz que Guy nunca le había oído antes, dura, clara y
apuntada directamente a su culpabilidad, a su más fina sensibilidad, dijo:
–¡Qué vergüenza, Guy, qué vergüenza!
No estaba enfadado, pero sí bastante mareado.
Cobró conciencia de que había bebido mucho, pero sólo ahora surgían los
efectos. Incapaz de ver con claridad, aquejado de una ligera duplicación de la
visión, miró los cortes de su cara en el espejo del baño, el profundo arañazo
que cruzaba su labio superior y que probablemente se convertiría en una
cicatriz y el rastro de la garganta. ¿Qué clase de hombre era el que era capaz
de arañar a otro hombre? Ahora que lo pensaba, recordaba que Robin llevaba
siempre las uñas muy largas, otro hábito desagradable.
Celeste se había acostado y yacía boca abajo
sobre la almohada, los brazos sobre la cabeza. El se echó a su lado, estiró el
brazo y apagó la luz. La súbita oscuridad removió su memoria. La última vez que
él y Leonora habían almorzado juntos, el sábado pasado, ella le había confesado
que había salido con un amigo de Robin. Un socio de Robin era uno de los
hombres que había habido entre él, Guy, y William Newton. Y también otro hombre
al que había conocido en una fiesta de Robin. No era demasiado aventurado
pensar que Robin le odiaba tanto que había lanzado a un hombre tras otro en
brazos de su hermana. Le había hecho de macarra, prácticamente. Guy se oyó a sí
mismo proferir un sonido, una especie de gruñido.
Celeste también lo oyó. Le rodeó con sus
brazos y le atrajo hacia sí.
11
Algo en lo que Guy no había pensado aquella
noche era que Leonora pudiera enfadarse con él porque le había puesto un ojo
morado a su hermano. Desde luego, lo había hecho. Robin Chisholm tendría más
explicaciones que dar que él. El médico de Guy había mirado los arañazos y no
había creído la historia del gato. Apenas había creído la verdadera historia,
una pelea con otro hombre, pero le puso a Guy una inyección antitetánica.
Leonora estaba en Georgiana Street. La
encontró allí por la tarde. Sí, sabía lo de la pelea, Robin se lo había dicho a
Maeve por teléfono por la mañana y Maeve se lo había dicho a ella, y luego se
lo había dicho el mismo Robin. Guy no estaba sorprendido. Esto no hacía más que
confirmar lo que ya sabía acerca de la estrecha relación existente entre los
miembros de aquella familia y de la influencia que cada uno de ellos ejercía sobre
los demás. Robin estaba contando a todo el mundo que Guy había saltado sobre él
«como un loco» sin ninguna razón aparente, aunque en el fondo sabía que la
razón era su absurda obsesión con su hermana.
–En absoluto –dijo Guy fríamente–. Insultó a
Celeste.
Esto la interesó.
–¿Sí? ¿Qué le dijo?
Guy se lo contó sin dar la menor importancia
al hecho de que ella sabía que podía ser heroico y caballeroso.
–¿Estás enfadada conmigo?
–No más de lo normal. Supongo que sois tal
para cual.
–¿Te ha contado Robin cosas terribles acerca
de mí?
Hubo una vacilación.
–¿Cuándo? ¿Recientemente, quieres decir?
No podía haberle pedido una confirmación más
clara.
–Es igual –dijo él–. ¿Dónde vamos a comer el
sábado?
¿Y si no quería comer con él porque le había
puesto un ojo morado a su hermano? El silencio duró unos quince segundos, pero
para él fue una siglo.
–Decide tú –dijo ella–. Siempre estoy
decidiendo yo y ya es hora de que lo hagas tú; además nos quedan ya pocas
salidas.
Guy tuvo un sobresalto.
–Todavía nos quedan tres –dijo.
Centenares, se dijo a sí mismo resueltamente.
Esa boda es un sueño, no se va a casar nunca. Con voz ligera y quisquillosa,
dijo:
–Venga ya, cariño, sabes que no te vas a
casar.
Hubo otro silencio. Esta vez sí duró casi un
minuto. Por un terrible instante, un clic en la línea le hizo pensar que
Leonora había colgado.
–Leo, ¿sigues ahí?
–No sé qué decir –dijo ella con voz
distante–. No sé qué decir cuando hablas de ese modo. Supongo que si deseas
vivir en un mundo de ilusiones tengo que dejar que lo hagas.
Él pasó esto por alto y hasta rió, una risa
del que sabe y comprende.
–¿Dónde vamos a comer?
–Ven a comer a casa, a Portland Road.
–No estaremos solos.
–Tampoco estamos solos en los restaurantes;
además, Rachel casi nunca está los sábados y Maeve va a salir con Robin.
Siempre hacen eso.
–Me encantaría –dijo él.
Después de aquel registro que había efectuado
la Brigada Antidrogas en su casa abandonó la venta de drogas. Bueno, lo había
ido dejando. Y no había sido fácil en absoluto. Había estado realmente en
peligro. Uno de sus proveedores le había amenazado, si no con la muerte, con
atacarle de algún modo, con estropearle «su cara bonita». Era una tontería
aquello de que sólo las mujeres se preocupaban por su aspecto, él no tenía más
ganas de quedar marcado que una chica. Durante unas semanas había andado por
allí asustado, llevando un arma. En realidad no había ocurrido nada, y a los
seis meses había dejado por completo de traficar. No volvió a tener noticias de
la policía ni de Poppy Vasari. Ni Poppy ni nadie le proporcionaron pruebas
directas de que ella hubiera llevado a cabo su amenaza y hablado a todo el
mundo de su participación en la muerte de Con Mulvanney.
Pero en los meses siguientes los Chisholm
cambiaron en relación con él. Leonora cambió. Los demás no le importaban, pero
Leonora era su vida. Primero no quiso ir con él a Samos y luego empezaron los
otros rechazos. Cada vez estaba menos dispuesta a salir con él por la noche.
Anthony se volvió frío y distante. Mirando atrás, recordaba que Anthony había
repudiado de manera casi violenta el dinero que él quería «prestar» a Leonora
para el piso.
–Te darás cuenta de que es absurdo.
–Sería un préstamo –había dicho él–. Alguien
tiene que prestárselo. ¿Por qué no yo?
–¿Hablas en serio?
–Sí, claro que hablo en serio. ¿Por qué no
iba a ofrecerle un préstamo sin intereses?
–Porque tú eres un hombre y ella una mujer
–había dicho Anthony con brusquedad–. ¡Santo Cielo, hombre, tú no eres un
pariente, no eres su hermano, ni siquiera su primo! ¿Te das cuenta de que eso
la obligaría a ella?
¿Y Robin, en aquella época, en aquellos
meses? Lo malo era que no podía recordar al Robin de todo aquel otoño e
invierno, aparte de aquella observación sobre cómo poner a una dama bajo tu
poder en una sola lección. Pero le costaba poco trabajo imaginar las
conversaciones que habrían tenido lugar entre él y Poppy Vasari, que era su
vecina en el bloque de pisos de Clapham Common.
–¿Tu hermana piensa casarse con él?
Robin ladeando la cabeza, los ricitos rubios
bamboleándose y la cara caprichosa como la de un niño de diez años.
–¿No es una buena idea?
–No me harás esa pregunta cuando te haya
contado cómo se gana la vida. Primero me gustaría contarte lo que le hizo a mi
amigo.
Pero, si entregaba a Danilo tres mil libras
por cargarse a Robin Chisholm –y le costaba poco imaginar esto, no creía que
este precio por «eliminarlo» fuese a resultarle caro–, ello no desharía el
pasado. En todo caso, no desharía lo que Robin le había dicho a Leonora en
aquel fatídico agosto hacía cuatro años. Tal vez no, pero impediría que Robin
le llenara la cabeza de ideas contra él ahora, porque estaba seguro de que
seguía haciéndolo en la actualidad, en todo momento. ¿Cuántas viles calumnias
más se habrían pronunciado, por ejemplo, en el curso de aquella conversación
telefónica sobre el ojo morado de Robin? Y había otro aspecto de la cuestión.
Si todo lo demás fallaba, no era de esperar que Leonora siguiera adelante con
su boda el dieciséis de septiembre si mataban a su hermano dos semanas antes de
esta fecha.
Era desagradable darse cuenta de que ya no
hablaba con Leonora todos los días. Ya no era posible localizarla todos los
días. Vivía tres o cuatro días a la semana en Georgiana Street y nunca
contestaba al teléfono durante el día. Cuando él le preguntaba por qué no
contestaba, ella le decía que el teléfono no había sonado o que había salido.
Podía oír a Robin decir: «No contestes, eso es lo que tienes que hacer. No te
ocurrirá nada por no contestar al teléfono, puedes estar tranquila. Eso no está
penalizado. Ningún inquisidor va a cogerte y llevarte delante de los tribunales
para que digas por qué no contestabas al teléfono. Te voy a dar tres palabritas
con un imán para que las pegues a la nevera: DEJA QUE SUENE».
Y a Leonora le costaba poco hacerlo. No había
llamadas importantes para Newton durante el día. Sabían que trabajaba. Poca
gente sabía que ella estaba allí. Si el teléfono sonaba era Guy, y, por muchas
ganas que ella tuviera de hablar con él, podía llegar a convencerse de que era
más prudente no hacerlo. La familia la tenía cogida en un puño, en cinco puños,
seis contando a Rachel Lingard, lo cual era casi inevitable porque ella y
Leonora eran muy amigas, casi como hermanas.
Era viernes cuando llamó a Danilo.
–No hay nada que perdonar –dijo Danilo–. Esas
cosas suceden en las mejores familias.
Guy no había pensado pedir disculpas. Sabía
muy bien que la pelea había animado bastante una fiesta que ya decaía y había
dado a los invitados un tema de conversación que daría para meses.
–Tanya sí se enfadó, pero te perdonará.
–Danilo rió con tal fuerza que el ruido del teléfono hirió el oído de Guy.
–¿Qué hay entonces?
–Dan –dijo Guy–, es él, es ése.
No tenía ganas de pronunciar su nombre. Este
le daba síntomas físicos, una constricción de la garganta y un asomo de náusea.
Danilo estaba callado pero se oía un débil respirar, el débil boquear que
precede a un estornudo. No hubo estornudo pero sí una especie de risita
disimulada, como un soplido suave.
–¿Y mis transacciones financieras?
–Hay otros cambistas.
Danilo parecía no estar escuchando.
–Fue una buena fiesta –dijo–, ¿verdad?
Tuvimos suerte con el tiempo.
–A la mierda el tiempo. ¿Quieres el dinero
ahora?
–Naturalmente. Confío en ti, pero hay
límites.
Sólo había estado dos veces en Portland Road.
La primera vez fue poco después de que ellas se trasladaran, cuando le
invitaron y Rachel le llamó Victoriano. La otra vez fue con ocasión de una
fiesta de inauguración de la casa que daban Leonora, Rachel y Maeve. Llevaban
dos o tres meses en el piso. Por aquel entonces él había perdido ya su lugar
especial en la vida de Leonora. Nadie, y menos ella, habría hablado de él como
de su novio. Nadie habría hablado de él a los Chisholm como del hombre con
quien «tu hermana» o «tu hija» iba a casarse. Leonora salía todavía a veces con
él. Le había dicho que deberían verse menos, que deberían «ver qué pasaba».
Transcurriría un año y pico antes de la
entrada en escena de William Newton. Quizá por eso, aunque le odiaba, no
culpaba a Newton del abandono de Leonora. Ya mucho antes ésta había permitido
que su familia la convenciera de que él y ella no eran adecuados el uno para el
otro. No había en la fiesta otro hombre con ella aparte de él, aunque Maeve
estaba con alguien, el predecesor de Robin Chisholm, y hasta Rachel tenía a un
tío de gafas con cara de lechuza. Intentó recordar si, en aquella ocasión.
Robin, o bien Rachel, se habían mostrado especialmente belicosos con él, pero
sólo podía recordar la falsa dulzura malintencionada de Tessa quien, al
encontrárselo por primera vez después de aquellas discusiones sobre el préstamo
y la hipoteca, comentó lo sorprendida que estaba de que todavía no se hubiera
casado.
–Estaba segura de que te presentarías con
alguna muchacha encantadora detrás. Se lo he dicho a Magnus, ¿verdad, Magnus? A
que Guy Curran se presenta con una de esas bellezas de la televisión, le he
dicho.
La calle seguía igual, el Prince of Wales con
la misma pinta de pub agradable al que llevar a la chica a tomar algo antes de
cenar. Podría vivir aquí... ¡que le dieran sólo una pequeña oportunidad! Odiaba
las fantasías que se le presentaban sin haber sido invitadas, pero rara vez era
capaz de controlarlas. Se imaginó ahora, aun sin querer, comprando una de
aquellas casas, naturalmente la casa entera, porque había ocurrido un milagro,
porque Leonora decía que nunca había dejado de amarle. A Leonora le gustaba la
zona, y no se negaría a vivir con él. Cena en Leith’s, pensó, primero unas
copas en el Prince of Wales, sólo ellos dos. Cenarían fuera la primera semana
después del regreso de su luna de miel. La habría llevado a la India:
Cachemira, Jaipur, Agra y luego una semana en las Maldivas. A la luz de la luna
y cogidos de la mano, se acercarían con reverencia a aquel reluciente palacio
que era el Taj Mahal, se mirarían y se besarían bajo sus centelleantes muros.
Encima del timbre de arriba, en una tarjeta,
estaban los tres nombres. La voz de Leonora salió por el portero automático,
cortés y acogedora, mostrando placer por que hubiera llegado tan temprano. La
alfombra de la escalera estaba gastada y las paredes desconchadas. Era una
escalera larga, cuarenta y dos escalones. Los contó. Sólo de pensar lo que él
podía darle... No tendría que volver a subir escaleras en su vida.
Iba vestida con un chándal. Un atavío para
pasar el día en casa, sin duda. Era de color azul oscuro y probablemente no
había estado mal hasta pasar por primera vez por la lavadora. Después de esto
lo habían lavado al menos quinientas veces. Se recordó a sí mismo que Leonora
no se vestía para Newton. Era una buena señal, este chándal azul oscuro y los
pies calzados con unas sandalias Dr. Scholl. Con él, con Guy, podía mostrarse
relajada, no tenía por qué tomarse excesivas molestias.
–Unos pendientes fantásticos –dijo él.
Ella sonrió, la sonrisa más amplia que le había
dirigido jamás. Los pendientes eran baratos, de tipo indio, lo pudo ver en
seguida, pero eran bonitos: margaritas de esmalte blanco con el centro
amarillo. Junto a los lóbulos de color melocotón y el cuello de color moreno
dorado, parecían auténticas flores engarzadas en sus orejas.
No sabía qué era lo que esperaba encontrar de
nuevo en el piso, tal vez que hubieran hecho grandes cosas en él. Pero ¿qué se
podía hacer con tres cuartos pequeños, una cocina y un diminuto cuarto de baño?
Pósters y plantas de interior, cosas de la Tienda de Saldos y cosas de la
tienda india. Observó con fastidio que ni siquiera estaba muy limpio, no como
su casa, que Fatima se encargaba de limpiar cuatro días a la semana. Guy estaba
de pie en la cocina mientras ella abría paquetes de Marks and Spencers y
cortaba una hogaza de su Cranks favorito. Al cabo de un momento, Guy encendió
un cigarrillo.
–¿Te importa, Guy? En este piso no se fuma.
–No te creo –dijo él.
–Ninguna de las tres fumamos y no nos gusta
el olor, así que decidimos que era lógico prohibir totalmente el tabaco.
–¿Puedo tomar algo?
–Oh, cielos, lo siento. Me había olvidado.
Habrías debido pedírmelo antes. Hay jerez ahí en el estante y vino blanco en la
nevera. Está en una de esa especie de paquetes, hay que abrir el grifo.
Habitaban en mundos distintos. Y no era que
ella prefiriera este mundo, pensó Guy, nadie lo preferiría. Lo que pasaba era
que no podía permitirse más que esto y estaba orgullosa. La «especie de
paquete» estaba cubierta enteramente por un dibujo de hojas de parra y uvas.
Abrió el grifo de plástico y salió un chorrito de vino de color amarillo
pálido. Aborrecía el jerez, pero no le quedaba dónde elegir.
–Si quieres fumar un cigarrillo puedes salir
al balcón mientras yo me ocupo de esto.
Se salía al balcón desde su dormitorio. La
cama estaba hecha, pero al modo en que hace las camas la gente que sólo utiliza
un edredón y dos cojines. No pudo evitar el preguntarse cuántas veces la habría
compartido William Newton con ella, tal vez la misma noche anterior. La
habitación parecía haber sido aseada precipitadamente. Un cajón de la cómoda
estaba demasiado repleto para cerrarse como era debido. Colgaba de él una de un
par de medias verdes. Había libros en el suelo a un lado de la cama, uno de
ellos abierto y boca abajo. Las cristaleras que daban al balcón estaban
abiertas. Salió, se apoyó en la baranda de hierro y encendió otro cigarrillo.
Debajo de él estaban los tejados y
torrecillas de Notting Hill, los semicírculos cerrados y la gran curva de
Ladbroke Grove. Los polvorientos árboles creaban nidos de verde oscuro entre
las terrazas victorianas del color de las natillas, los nuevos bloques de color
rojo, el gris claro del estuco y el gris oscuro de la piedra. Sí, podrían muy
bien vivir aquí, en el lugar donde habían nacido, donde se habían conocido,
donde sus vidas se habían entrelazado.
Sentía una acuciante nostalgia, como si no
pudiera soportar la idea de estar lejos de aquí un instante más. Volver a South
Kensington sería como ir al exilio. ¿Por qué no se había venido a vivir a su
puerta, había vendido su casa y se había comprado otra aquí para poder verla
todos los días y ella a él?
Encontraría una casa bonita. Había muchas en
venta, los escaparates de los administradores de fincas estaban llenos de
anuncios. Con el descenso en los precios, se podía comprar por un millón un
pequeño sueño en la «mejor zona» del Grove. Tal vez en Lansdowne Crescent, o en
alguna otra calle de entre aquellos círculos concéntricos de elegancia un tanto
gastada. Se imaginaba a Leonora decorándola. Él iría a comer a casa y la
encontraría sentada en el suelo, entre muestras de alfombras y catálogos de
tela y de papel pintado, mientras un nervioso diseñador de interiores sonreía y
decía que sí y sugería esto y aquello y ella se concentraba con aquel ceño
grave en el rostro...
–La comida está lista, Guy –la oyó decir
detrás de él.
Salió a la superficie. Era como surgir de un
baño cálido y perfumado, en el que casi se había dormido. El despertar de estos
sueños le causaba una aguda infelicidad, pero no podía evitarlos ni tampoco
controlarlos. La siguió por la habitación con el vaso vacío y la colilla
apagada en la mano. Leonora había puesto la mesita de la cocina. Guy se sentó,
encajonado entre la mesita y el costado de la nevera. El vino de tetrabrik
estaba sobre la mesa, al lado de un cartón de zumo de naranja, entre dos
platos; pastrami y ensalada para él, queso y ensalada para ella. Anhelaba un
cigarrillo y, aunque estaba aquí con ella a solas después de haber logrado, si
bien temporalmente, lo que constituía la suma de todos sus deseos, sintió que
se iba encolerizando. Luchaba contra el orgullo de Leonora, pensó, contra
aquella arrogancia que le hacía soportar resueltamente esta cocina pequeña y
sucia, renunciar a la comida decente y negarse a vestir bien.
–¿Recuerdas que dijiste que compartirías mi
casa conmigo cuando nos casáramos? –dijo él.
–No, no lo recuerdo.
–Fue hace mucho tiempo. Nueve años. La
primera vez que viniste a mi casa.
–Sí, ya me acuerdo, pero no creo que dijera
eso.
–Bueno. ¿Recuerdas que dijiste «Yo soy Guy y
tú eres Leonora»?
–Ah, Guy, es posible. Era una niña. Nos
pusieron Cumbres
borrascosas en la escuela.
–¿Qué tiene que ver eso?
Ella comía pan y queso, hacía ver que
prefería esto a la comida delicada que él le ofrecía.
–Es un libro –dijo con amabilidad–. Hay una
chica que habla así... dice, por ejemplo, «Yo soy Heathcliff».
Guy movió la cabeza con impaciencia.
–No entiendo por qué a la gente siempre le da
por decir cosas de los libros. Desde luego, la vida es más importante.
–A veces las cosas que salen en los libros se
pueden aplicar a la vida.
Guy no comprendía; la risa de Leonora le
irritaba y le ponía más furioso. Cambiando bruscamente de tema, dijo:
–¿Te parece que el modo de ganarse la vida de
tu hermano es exactamente lo que tú llamarías puro y ético?
–¿Qué?
–Cambia sumas de dinero. Seguro que está
constantemente violando las regulaciones en cuanto a moneda extranjera.
Ella se levantó para llevarse los platos y
sacó de la nevera yogur griego y un plato de frutos secos cocidos.
–Yo no soy responsable del modo como se gana
la vida Robin, ni ninguna otra persona, en realidad. Eso no tiene nada que ver
conmigo. Yo sólo soy responsable de lo que yo hago... ah, y un poco también de
lo que hace William.
Con gran atrevimiento, Guy dijo:
–¿Vale también eso para mí?
–Guy, yo no soy responsable de ti ni de lo
que tú haces. Ya te lo he dicho, sé cómo te ganas la vida y no me importa, pero
no es cosa mía, excepto que... –Guy vio cómo cambiaba su expresión. Leonora
dejó la cuchara–. Creo que no debería permitir que me pagaras la comida
teniendo en cuenta que no apruebo la fuente de tus ingresos.
–¡Oh, por el amor de Dios! –dijo Guy
apartando el yogur–. No puedo comer esta porquería, Leonora. Es como si
estuviera en ese condenado Festival de la Mente, el Cuerpo y el Espíritu. No
puedo comer leche de oveja fermentada–. Sacó un cigarrillo sin pensar, vio cómo
ella clavaba sus ojos en el cigarrillo y lo aplastó con la mano cada vez más
furioso– ¿Quién se cree que es ese jodido Robin para contar historias acerca de
mí? Como si él tuviera las manos limpias. Tiene suerte de no estar en la
cárcel.
–Guy –dijo ella–, de veras que no sé de que
estás hablando ni creo que lo sepas tú–. Estaba llenando la tetera, para hacer
un asqueroso café instantáneo, pensó él–. ¿Sabes lo que es una depresión
nerviosa? –dijo.
–¿Qué?
–Las depresiones nerviosas... mentales... A
veces se tienen, ¿sabes? Es cuando una persona está abrumada, pierde el control
de la realidad y no puede soportarla... algo así. Lo que quiero decir, Guy, es
que creo que a ti te está ocurriendo eso. Bueno, creo que te va a ocurrir si no
andas con cuidado.
Era la segunda vez que una mujer le decía
esta semana que se estaba volviendo loco. Guy confiaba en que la mirada que
dirigía a Leonora, paciente, controlada y aburrida, a pesar de que por debajo
estuviera en efervescencia, la haría callar y tal vez incluso decir que lo
lamentaba.
Casi no pudo creerlo cuando la oyó decir:
–Guy, William tiene un amigo de la
universidad que hace terapia jungiana, es muy bueno. –Afortunadamente, se vio
interrumpida cuando estaba diciendo–: Si decidieras ir y...
Se abrió la puerta de la cocina y entró una
rubia alta y delgada, casi irreconocible. Tenía el rostro blanco y los ojos
vidriosos. Se detuvo en el umbral de la puerta, agarrada al pomo y
balanceándose un poco, y miró al vacío. Guy pensó que estaría borracha y
maldijo en silencio la inesperada interrupción.
Leonora dio un salto, consternada.
–Maeve, ¿qué pasa?
–Robin... es Robin, ha tenido un accidente.
12
Robin Chisholm no había muerto, ni siquiera
estaba malherido. Guy estaba furioso con Maeve por haber causado a Leonora una
preocupación innecesaria; aquella mujer hacía un drama de casi cualquier cosa.
Sin duda el haber tenido que ir en la ambulancia hasta el hospital con él y ver
cómo se lo llevaban para hacerle un escáner del cerebro la habían puesto
histérica. Pero, por lo visto. Robin sólo tenía una ligera conmoción y unos
cuantos cortes y magulladuras. Que lo añada al ojo morado, pensó.
Maeve había contado lo sucedido después de
que Leonora le administrara una aspirina y un vaso de aquella cosa a la que él
no se dignaría dar el nombre de vino y que salía del paquete de cartón.
–Salíamos del parque, ya sabes, en ese punto
donde las calles se encuentran y van a dar a Bayswater Road y hay semáforos y
todo eso, donde está el Royal Lancaster. No sé cómo se llama.
–Victoria Gate –dijo Guy.
No le hizo caso. No le había hecho caso en
ningún momento desde que había entrado. Como si él no estuviera, lo cual no era
lógico, no era lógico que evitara en todo momento mirar al lado derecho de la
estancia cuando estaba hablando. Mantenía la cabeza vuelta hacia un lado como
si hubiera vómito en el suelo.
–Bueno, veníamos de los jardines de
Kensington, íbamos a tomar algo en el Swan. Ya sabes que es un lío cruzar la
calle en ese punto, porque el tráfico da la vuelta al... ¿cómo se llama, el
Ring? Así que íbamos con mucho cuidado pero, naturalmente, mirando a la
derecha, ya me entiendes, no pensábamos que pudiera venir nada por la izquierda
porque el semáforo estaba en rojo y además no había nadie allí. Y de repente...
el coche. El coche ha salido a toda marcha de esa calle, como se llame, al lado
de los jardines de Hyde Park...
–Brook Street –dijo Guy, que no esperaba
acuse de recibo de sus palabras y no lo tuvo.
–Robin cruzó antes que yo. Se me había
desatado el cordón del zapato y me incliné para atármelo, pero él no se dio
cuenta y siguió. El coche salió a toda marcha de la nada... Bueno, de...
–finalmente le miró–... Brook Street, supongo, cruzó con el semáforo en rojo,
como si no hubiera semáforo, como un loco. Afortunadamente, Robin corre mucho y
yo vi lo que pasaba y grité, grité: «¡Robin! ¡Cuidado!» El coche le dio pero
sólo un golpe ligero. No le dio en la cabeza, se golpeó la cabeza contra el
farol.
»La policía nunca está cuando la necesitas,
¿o no es verdad? Lo que sí había es mucha gente, como siempre. En aquel momento
yo no estaba impresionada, eso ha sido media hora más tarde... Es normal, ¿no?
La mayoría de la gente sólo estaba allí en plan mirón y pasándoselo bomba; lo
de siempre, pero un hombre un poco más sensato llamó a una ambulancia. El
enfermero me ha preguntado si había cogido la matrícula del coche, pero yo no
la había cogido, es normal que en un momento así se piense en otras cosas.
Guy sintió cierto alivio, aunque el hombre a
sueldo había sin duda utilizado una matrícula falsa. Un fracaso, pero un bravo
intento. La próxima vez habría más suerte. En todo caso Maeve no sospechaba en
absoluto que él supiera que el incidente del parque había sido algo más que el
resultado de una conducción irresponsable. A Guy le habría gustado decir que a
Robin le estaba bien empleado por tener la mala educación de cruzar una calle
tan peligrosa él solo, dejando a su novia en la acera mientras intentaba atarse
el cordón del zapato, pero se lo pensó mejor. Leonora parecía al mismo tiempo
consternada y aliviada y Maeve, bastante restablecida después de haber contado
su historia y aligerado su ánimo.
–¿Hay algo de comer? –dijo–. Como puedes
suponer, al final no hemos comido.
Si Leonora hubiese escogido este momento para
ir al cuarto de baño o algo así, él habría podido decir lo que tenía en la
punta de la lengua, algo así como: «Oh, de veras, qué sorpresa, yo pensaba que
os habrían servido caviar y blinis en la ambulancia», o «No me digas que
al final no habéis ido al viejo Swan», pero Leonora se quedó allí dispensando
una desmedida compasión y un bocadillo de pastrami.
Reconfortada, Maeve suspiró profundamente y
se sirvió más del paquete con el dibujo de hojas de parra. Tenía el rostro muy
sonrosado, era en verdad una chica muy guapa si se podía decir eso de alguien
tan enorme, con aquellos relampagueantes ojos azules y la gran melena de león.
Guy estaba pensando que sus piernas tenían la misma longitud que la estatura de
otras chicas, cuando ella se volvió hacia él y dijo, con veneno en la voz:
–Y todo gracias a ti. Si no le hubieras
apaleado se habría dado más cuenta de lo que hacía. Andaba medio ciego, ¿sabes?
Ha tenido unos dolores de cabeza insoportables. Si le sale algo en el escáner
del cerebro seguro que es culpa tuya.
Guy contestó alargando el cuello y volviendo
la cara de un lado para otro para que pudiera ver las profundas señales de los
arañazos, los cuales, aunque estaban sanando, tenían mucho peor aspecto que en
el momento en que Robin se los había hecho.
Con una ligera risa insultante, Maeve dijo:
–Cómo no, seguro que tuvo que defenderse.
–Sí, como un gatito de mierda –dijo Guy sin
poder contenerse–. Siempre los están atropellando en Bayswater Road.
Las dos chicas se le echaron encima. ¿Cómo
podía decir eso? ¿Cómo podía ser tan insensible? El pobre Robin estaba tumbado
en la cama de un hospital y podía estar herido de gravedad. ¿Acaso no tenía
sentimientos como cualquier ser humano?
–¿No sientes nada por los demás? –dijo Maeve
incomprensiblemente.
Guy pidió disculpas a Leonora, quien dijo que
no pasaba nada pero que lo mejor era que se fuera. Tenía que llamar a sus
padres. Quizá fuera al hospital a ver a Robin, iría con su madre. Guy se
alegraba de que en todo este asunto no se hubiera mencionado para nada al enano
pelo-de-paja. Al parecer, se le olvidaba con facilidad. Estaba seguro de que,
si Maeve se hubiera largado después de informar del accidente, Leonora se habría
echado en seguida en sus brazos en busca de consuelo. De hecho, en un punto del
relato de Maeve había puesto la mano sobre su hombro, como si fuera el lugar
más natural donde buscar apoyo. Lo ideal sería que intentara estar con ella
cuando por fin llegara la noticia de la muerte de Robin, lo cual ocurriría
dentro de un día o dos.
Al día siguiente, como de costumbre, la
llamó. Estaba en casa. Esto en sí estaba bien, era tranquilizador. Habría sido
de esperar que fuera corriendo al hombre con el que hablaba de casarse, pero no
lo había hecho, se había quedado en casa. No le importaba congraciarse con
ella.
–¿Cómo está Robin?
–¿Te importa?
–Claro que me importa, Leo. Sólo porque
tuvimos una pequeña discusión cuando los dos estábamos borrachos... ¡por el amor
de Dios! Los hombres nos peleamos, somos así y tienes que aceptarlo.– ¿Lo
hacían? Quizá no en su mundo.– No voy a tenérselo en cuenta, ¿o sí?
–Supongo que no lo entiendo. No sólo yo como
mujer. William tampoco lo entendería.– El corazón de Guy se hundió. Era una
pequeña piedra fría desplomándose dentro de él.– Robin está bien –dijo ella–.
Se lo quedan allí hasta mañana. No sólo por el accidente. Están mirándole ese
problema que tuvo hace cuatro años... Ya sabes, cuando estuvo varias semanas en
el hospital.
Esto había tenido lugar aproximadamente
cuando ella había cambiado de idea acerca del viaje a Samos con él. Habían
pasado las semanas y ella se había mostrado fría con él y él furioso con ella.
Pero le parecía recordar que Robin Chisholm había tenido algún problema:
dolores de cabeza, mareos, presunta epilepsia. Naturalmente, al final resultó
que no le pasaba nada.
–Pues eso fue exactamente hace cuatro años
–dijo Leonora–. Bueno, creo que ingresó en el hospital la primera semana de
agosto y estuvo allí hasta casi finales de septiembre. Yo no entiendo cómo
podría afectarle eso ahora, ¿y tú, Guy?
Guy dijo que él tampoco. Que no lo creía,
especialmente (dijo esto intentando que no hubiera sarcasmo en su voz) ya que
todas las pruebas que le habían realizado aquella vez habían resultado
negativas. ¿Maeve estaba mejor?
–Tiene realmente los nervios destrozados,
Guy.– Le encantaba que siguiera llamándole por su nombre de pila de un modo tan
confidencial–. Ha debido de ser un golpe terrible. Creo que está muy enamorada
de Robin.
Lástima, pensó Guy. Tendrá que aguantarse
cuando su amor quede en nada. Yo estoy muy enamorado, y ¿a quién le importa un
carajo? Algo le inquietaba, algo acerca de Robin Chisholm, aunque no sabía qué
era. A menudo en los últimos días había experimentado esta ofuscación, como si
algo se parase. La palabra confusión resultaba demasiado fuerte. No era tan
grave como todo eso.
–¿Vas a cenar conmigo esta noche? –dijo.
–No, Guy, querido, nunca ceno contigo, ya lo
sabes.
–No tiene por qué enterarse nadie, Leo. Seré
muy discreto. Ellos no tienen por qué saberlo.
–¿Quiénes son ellos?
Se expresó con mucho cuidado.
–Tu familia. La gente que te rodea.
Estaba callada y cuando habló parecía
pesarosa. ¿Cómo es posible amar a alguien y sin embargo alegrarse de que esté
pesarosa?
–Oh, Guy, ojalá... Es inútil. Llámame mañana.
El corazón de Guy, que parecía haberse
encogido hasta el tamaño de un guisante, adquirió de repente proporciones
enormes, se hinchó, suave y palpitante. Leonora parecía a punto de llorar. Y
todo por él. Él le había hecho derramar lágrimas.
–Leonora, cariño, cena conmigo mañana,
cualquier día, el día que tú quieras. Aunque también puedo ir. ¿Voy ahora?
–No, Guy, claro que no.
–Entonces, mañana.
–Comeremos juntos el sábado –dijo ella–.
Adiós –y colgó el teléfono antes de que Guy pudiera protestar.
Cuando a la mañana siguiente marcó su número,
todavía no había conseguido averiguar qué era lo que le acosaba, qué era
aquella inquietud que planeaba justo bajo la superficie de su conciencia. Había
tenido un sueño extraño. Era un observador que asistía sin ser visto a una
reunión de la asociación de vecinos de un bloque de pisos de Battersea Park.
Este bloque de mansiones se hallaba en realidad donde no podía haber
construcciones, en el centro de los jardines de Pleasure, sobre el embarcadero.
Entre los vecinos se encontraban Rachel Lingard, Robin Chisholm y Poppy Vasari.
Estaban discutiendo las solicitudes de gente que quería vivir en los pisos. Una
de las solicitudes la había enviado él. Rachel leyó su carta y también su nombre.
–Guy
Patrick Curran, 8 Scarsdale Mews, W8.
Los sueños eran extraños, ésta no era su
dirección correcta. Su dirección era el siete de Scarsdale Mews. Robin no dijo
nada y escupió. Escupió como lo había hecho después de que Guy le golpeara en
la fiesta de Danilo. Poppy Vasari, más sucia y despeinada aún que en la
realidad, dijo:
–No lo queremos. Es un asesino. Asesinó a mi
amante con una sustancia clasificada como Clase A bajo la ley de Uso Indebido
de Drogas, 1971.
Al oír esto, Guy quiso marcharse. A pesar de
que no podían verle, deseaba escapar. Sabiendo que estaba soñando, que se
trataba de la sustancia y del tiempo de los sueños, deseaba despertar. Antes de
que despertara, un hombre a quien no conocía y al que nunca había visto antes
se puso en pie y empezó a cantar una canción que hablaba del opio. La letra de
la canción decía que las amapolas del opio empezaron a crecer en el lugar donde
cayeron los párpados de Buda cuando éste se los cortó para no dormirse. Guy
despertó gritando y gimiendo.
Intentó llamar a Leonora a las diez de la
mañana. No hubo respuesta. Lo intentó por segunda vez poco antes de las once y
se puso Rachel Lingard.
–Os dan muchas vacaciones en los Servicios
Sociales.
El acento de Rachel era como el de la directora
de un colegio para mujeres de Oxford en una aparición por televisión.
–No estoy de vacaciones. Estoy en casa
acostada con un chinche. Tú me has despertado.
Guy se contuvo para no decirle que no podía
estar acostada con otra cosa. Además, no sería cierto. Hoy en día incluso las
mujeres más feas y repulsivas conseguían hombres. No sabía cómo pero era así.
Rachel nunca había estado sin hombre desde que la conocía, siempre andaba con
algún intelectual barbudo o pecoso.
–¿Dónde está Leonora?
–No sé. Me ha dicho que te dijera si llamabas
que Robin está mejor y sale hoy.
–Que se joda Robin. Y cuándo te «ha dicho»
eso, ¿dónde te «ha dicho» que estaría?
–Haz el favor de no adoptar ese tono
fanfarrón conmigo. Y guárdate lo de «joder», es ofensivo. Bastantes palabras de
ésas tengo que oír de los barriobajeros que me encuentro en el trabajo. A lo
mejor necesitas que te lo aclare: no sé dónde está Leonora ya que, sabiendo que
lo preguntarías, me he cuidado de no preguntárselo yo. No te miento, yo no
cuento mentiras. Me vuelves loca.
–Tú estás loca de nacimiento –dijo Guy,
sabiendo que lo lamentaría.
Marcó el número de William Newton. Estaba
ocupado. Debía de ser Rachel que llamaba a Leonora para repetirle lo que él
había dicho. La ira empezó a subir dentro de él de aquella manera
incontrolable. Le ocurría siempre últimamente. Empezaba como empieza la náusea,
con una sensación sofocante que se abría paso hasta su garganta donde se
posaba, y entonces necesitaba gritarla para no vomitarla. Sólo que todavía no
la había gritado. Atravesó la habitación hasta las cristaleras. De nuevo hacía
sol, era como estar en España o en Italia. Las flores de los nenúfares del
estanque estaban abiertas al sol. Dio la vuelta, cogió el jarrón chino que
estaba sobre el armarito lacado en rojo al lado de la cristalera y lo estrelló
contra las losetas de piedra.
La rotura del jarrón tuvo un efecto sobre él,
aunque no exactamente el que esperaba. Su ira se había apaciguado por el
momento, eso sí. Pero al mismo tiempo aquello le espantaba, le daba como miedo
de sí mismo. ¿Por qué lo había hecho, así sin pensar? Lo había hecho y nada
más, obedeciendo a un impulso.
El lunes era la fiesta bancaria de agosto,
ese día no venía Fatima. Con el pie empujó los fragmentos e hizo un montón. Era
un jarrón famille
noire, flor de cerezo y jilgueros sobre un vidriado
negro, que valía unas quinientas libras. Se estremeció al pensarlo. Levantó el
auricular, marcó el número de William Newton y no hubo respuesta. Si permanecía
aquí era posible que destrozara la casa, de este modo se sentía, así que cogió
un taxi hasta el club y practicó el tiro al blanco. Después al Gladiators, las
pesas y un poco de acrobacia en las paralelas. Se pesó y vio que había perdido
aquel kilo y un kilo y medio más... En la sauna, un noruego gay le miró
lascivamente. ¿Qué no daría por que Leonora lo mirara así?
Volvió a intentar hablar con ella por la
tarde. Tampoco esta vez contestó nadie. ¿Y si no la localizaba en toda la
semana? Todavía no habían decidido qué restaurante sería mejor para el sábado.
Y si no podía localizarla, ¿qué ocurriría con el almuerzo del sábado?
Seguramente había ido a casa de Robin. Ella y Maeve habían ido a casa de Robin
para estar allí cuando él volviera del hospital. Guy se puso a buscar el número
de Robin en el listín.
No estaba. No figuraba ningún Robin Chisholm
en Battersea. Cayó entonces en la cuenta de que Robin no vivía ya en Battersea,
sino en Chelsea. De manera súbita se dio cuenta de unas cuantas cosas más, era
sorprendente. ¿Por qué estaba tan confuso últimamente? ¿Por qué se decía a sí
mismo desde hacía días que Poppy Vasari vivía en el mismo bloque de pisos que
Robin cuando no era ella, sino la cuñada de Danilo la que vivía allí? Y ¿no se
le había pasado por alto otra cosa que ahora tenía delante mismo de los ojos?
Robin no podía haberse enterado de lo de Con
Mulvanney por Poppy ni por ninguna otra persona hacía en agosto cuatro años,
porque por ese entonces estaba en el hospital sometido a las pruebas médicas.
No se lo podían haber dicho ni tampoco podía haber pasado esa información a
Leonora. No estaba allí. Leonora debía de haberse enterado de lo de Con
Mulvanney dos semanas antes del viaje planeado a Samo porque fue en ese momento
cuando cambió con respecto a él, pero no era Robin quien se lo había dicho.
Robin estaba encerrado en Barts o en Saint Thomas o donde fuese, sin duda
interesado sólo por la suerte que pudiera correr su cabeza.
Guy tuvo una rápida visión de un cirujano
vestido con una bata blanca e inclinado sobre la cama de Robin aplicando un
escalpelo a su garganta en lugar de un estetoscopio, luego un camión blindado
acosando al taxi que lo llevaba a su casa en Chelsea y dos hombres encapuchados
armados con metralletas que saltaban por la puerta trasera. Se recordó a sí
mismo que aquello no era un thriller televisivo y volvió al listín
telefónico. Chelsea. Aquí estaba: St Leonard’s Terrace, una dirección muy
bonita. Debía de irle bien. Guy marcó el número. No le habría sorprendido que
no contestase nadie, pero se puso Maeve.
–¿Sí? ¿Quiénes?
¡Vaya modo de contestar al teléfono! Observó
por primera vez su voz más bien «vulgar», más cerca de la suya que del acento
aristocrático de Robin.
–Soy Guy, Maeve. Sólo quería preguntar cómo
está Robin.
La sorpresa la hizo enmudecer, no era
extraño. A continuación, en un tono en el que el recelo parecía luchar con el
deseo de vivir y dejar vivir, dijo:
–Está muy bien, gracias.– Se detuvo,
evidentemente pensando a toda velocidad. –Gracias, Guy, de verdad, muchas
gracias.
–Me alegro de saber que está bien.
Por un momento creyó que Maeve iba a
preguntar si estaba bromeando. No lo hizo.
–Estamos satisfechos de cómo le va. La
conmoción no va a dejar efectos secundarios ni nada por el estilo.
–Dile que se cuide.– Este era el verdadero
motivo de su llamada–. Yo no le dejaría volver a salir hoy. Que se esté en casa
quietecito.– Estuvo a punto de decir: no abras la puerta. Le habría tomado por
loco.– Salúdale de mi parte, ¿quieres?
–Claro, Guy, claro que lo haré, gracias.
Él vaciló y dijo:
–¿Está Leonora?
–No, no está.– El tono primero, sorprendido,
agradecido y emocionado, había dado paso de nuevo a la voz agresiva de Maeve.–
¿Por qué iba a estar aquí? Claro que no está. ¿Es ese el verdadero motivo de tu
llamada?
Guy le dijo adiós. Intentó llamar a Danilo.
Esto nunca era fácil, ya que Danilo podía estar siempre en cualquiera de diez
sitios diferentes, clubs, dos oficinas del Soho, la casa de su anciano padre,
uno de los establecimientos de su hermano, el contable de carreras de caballos,
o en una carrera. Después de cinco intentos fallidos, consiguió localizar a
Tanya en su boutique de Richmond. Danilo estaba en Bruselas, no dijo a qué había ido,
volvería al día siguiente por la noche, muy tarde.
Guy estaba a estas alturas casi seguro de que
era Rachel Lingard y no Robin quien había hablado a Leonora de Con Mulvanney.
Es decir, estaba seguro de que no había sido Robin y no tan seguro acerca de
Rachel –casi seguro, pero no del todo–. En todo caso, apartar a Rachel del
círculo inmediato de Leonora sería buena cosa. Le habría gustado poder,
mediante una palabra o apretando un interruptor, desviar a los secuaces de
Danilo de Robin a Rachel. En realidad no deseaba ya la muerte de Robin, ésta
sería inconveniente, sería innecesaria.
Se sirvió la primera bebida del día, un
Campari con naranja muy fuerte, tres cuartas partes de Campari y
aproximadamente una cucharada de zumo de naranja. Estaba marcando el número de
teléfono de Newton cuando sonó el timbre de la puerta.
El timbre de la puerta de Guy apenas sonaba
nunca, a menos que esperara a alguien. Celeste estaba posando en Totteridge, no
podía ser ella. Además, tenía la llave. Escuchaba cómo seguía llamando el
teléfono, en un lugar vacío y sin que nadie contestase, y pensó: es Leonora.
Colgó el teléfono. Era Leonora, naturalmente: ¿quién si no? Al hablar por
teléfono con ella el día anterior había sentido cómo se producía en ella un
cambio, había sentido cómo volvía a él, cómo sus mejores instintos hacían a un
lado aquella maldita terquedad de los últimos años y ésta se desvanecía y
desaparecía.
«Oh, Guy, ojalá...», había dicho. ¿Ojalá qué?
Ojalá fuera capaz de tragarse su orgullo, naturalmente, de volver a él para
reencontrarse de nuevo.
El timbre volvió a sonar. Dejó el vaso. Se lo
pensó mejor y lo empujó detrás de un jarrón. Debía intentar no morir de
felicidad cuando ella se echara en sus brazos: se esforzó por no ir corriendo
hasta la puerta. Se dirigió a ella a grandes pasos y la abrió bruscamente,
sonriendo ya, complacido y acogedor.
En la puerta estaba Tessa Mandeville.
13
Estaba terriblemente decepcionado, incluso
más, pensó, que aquel día hacía cuatro años en que Leonora había dicho que no
iba a Samos con él. Era incapaz de pronunciar palabra. Estaba completamente
obnubilado, la miraba fijamente como un tonto y sólo la veía a través de una
bruma. Incapaz siquiera de contestar, se quedó allí plantado mientras ella
entraba en el vestíbulo pasando por delante de él.
En cualquier otro momento, se habría
regocijado y enorgullecido de mostrar su casa a uno de los miembros de la familia
de Leonora. Ninguno de ellos la había visitado nunca. Muy consciente de la casa
victoriana suburbial en que vivía Tessa, le habría complacido enormemente verla
contemplar las pruebas de su riqueza, las alfombras, las antigüedades, el
Kandinsky. Ella sí que sabría muy bien que se trataba de un Kandinsky de
verdad. Y, sin embargo, nada de esto le importaba. La siguió calladamente hasta
el salón.
Tessa vestía muy elegantemente, como de
costumbre, llevaba un vestido de lino color tabaco que, aunque sin cinturón y
completamente recto, sólo podía sentarle bien a una mujer muy delgada. Hacía
pocas concesiones a la temperatura calurosa, con unos zapatos de color de
bellota pulida y medias con un dibujo de ramitas y hojas. Desde la última vez
que la había visto se habían formado más arrugas en su rostro. Tenía el cuerpo,
las piernas y el cabello de una mujer joven y un rostro acartonado en el que
las arrugas parecían cicatrices. Las uñas de sus manos estaban pintadas del
color de un caldero de cobre de una tienda de antigüedades.
–Es muy valiente por mi parte venir aquí
sola, ¿no te parece? –dijo.
Guy recuperó la voz, que salió como un
suspiro.
–¿Valiente?
–Aunque te advierto que al menos cinco o seis
personas saben dónde estoy. En caso de que intentes hacer algo, no te saldrás
con la tuya.
–No seas ridícula –dijo él.
–Persigues a mi hija, le das una paliza a mi
hijo, intentas atropellarle con un coche...
Lo injusto de estas palabras le indignaba.
–Cuando ocurrió eso yo estaba comiendo con
Leonora, Tessa, estaba en su piso.– Entonces se dio cuenta de que no había en
realidad nada injusto en aquella acusación.– Tessa, fui a casa de Leonora en
taxi. Y además, no estuve para nada cerca de Lancaster Gate. No irás a creer
que...
–¿Que no? Resulta extraño que estuvieras tan
enterado de todo.
–Según dice Maeve la corregiste, dijiste
exactamente dónde había ocurrido todo. Mencionaste «Brook Street y «Victoria
Gate», como si hubieras estado allí. Creo que estás loco. Estás deseando borrar
del mapa a la gente que rodea a mi hija, matarnos a todos o dejarnos inválidos.
Nunca habría debido permitir que mi hija se relacionara contigo, yo tengo la
culpa. Habría tenido que imponerme todos estos años. Y tienes intención de
hacerle algo a William. Sé lo que pretendes, lo sé todo, te vi delante de mi
casa aquella vez, en ese fachendoso coche que tienes.
Había en sus palabras una misteriosa
precisión. Estaba muy cerca de la verdad. Se apartó de ella y abrió las
cristaleras. Tenía tan pocas ganas de estar aquí encerrado con ella como ella
con él. Entró el calor y con él el aroma de su rosa trepadora. Vio la porcelana
hecha trozos, que seguía en el suelo, y ella la vio también.
–Le has dado un buen vapuleo a la casa, ¿eh?
–¿A qué has venido, Tessa?
No le había dicho que se sentase, pero Tessa
se sentó. Probablemente el aire tranquilo e indiferente de Guy la habían
tranquilizado y se daba cuenta de que no tenía intención de hacerle ningún
daño. Le miraba fijamente sin decir nada. Guy cogió su vaso y, consciente de
que era una pregunta absurda, le dijo si quería tomar algo.
–¡Naturalmente que no quiero tomar nada!
–Tessa casi escupió las palabras.
–¿Qué es lo que quieres entonces?
–Decirte esto: en primer lugar, mi esposo va
a conseguir una orden judicial para que dejes de perseguir a Leonora si no la
dejas en paz ahora mismo. ¿Está eso claro? En segundo lugar, Leonora se casa el
dieciséis de septiembre. A las doce del mediodía en la oficina del Registro de
Kensington. He venido para advertirte seriamente, muy seriamente, de que no se
te ocurra hacer nada en esa ocasión. ¿Está claro?
–¿Qué crees que voy a hacer?
Aquella mujer le divertía mucho. Era un
personaje divertido, que le miraba de aquel modo, furiosa, con los huesudos
dedos de uñas de color de cobre aferrados a sus rodillas pulidas y desprotegidas.
La intensidad con que fruncía el ceño hacía que su rostro se contorsionara
grotescamente.
–Cualquier cosa, no sé, un... ¡un escándalo!
Eres muy capaz de presentarte allí y empezar a lanzar gritos y... poner
amonestaciones o algo así.
–Eso ya no existe –dijo, aunque no estaba
seguro de que algo así no existiera.
–Eres capaz de atacar a William o agarrar a
mi hija... ¡eres capaz de cualquier cosa! ¡Eres capaz de gritar que tienes
algún derecho anterior sobre ella, cualquier locura!
–Y lo tengo.
–¡No lo tienes, Guy Curran! ¿Cómo te atreves
a decir eso? Leonora quiere a William y él la quiere a ella, y van a ser
enormemente felices. ¡No voy a consentir que un zoquete como tú, una porquería
salida de una barraca del ayuntamiento, de la peor parte de Londres, se
inmiscuya en la vida de mi hija!
Guy empezaba a montar en cólera. Los humos de
aquella mujer habían llegado a donde nunca habrían podido llegar sus amenazas.
Le habría gustado decirle que esta era su casa, que se fuera, que no le hablara
así en su casa, pero pensó en Leonora y en el retorno de Leonora. Ya era
bastante el modo en que había insultado a Rachel, o así lo creería ella. Debía
permanecer tranquilo. Con extrema y controlada tranquilidad, dijo:
–No va a casarse con él. Nunca se casará con
él.
Tessa Mandeville se puso completamente
blanca.
–Sucio traficante de drogas –dijo–. Ah, sí,
ya puedes mirar. Te lo aseguro, lo sé todo acerca de ti. Una muy buena amiga de
Leonora me estuvo contando que vendes drogas, que arruinas la vida de muchachos
y haces de la vida de sus padres un suplicio.
–¿Qué amiga es ésa? –preguntó él.
–Ah, sí, como que te lo voy a decir. Para que
vayas y le pongas un ojo morado, cómo no. Una buena amiga, no te digo nada más.
Alguien que se ha portado mejor con Leonora de lo que tú serías capaz de
portarte nunca.
–No quiero echarte de mi casa, Tessa –dijo
él–. Eres la madre de Leonora, y eso no puedo olvidarlo. Voy arriba y mientras
tanto tú podrías irte.
En realidad era para poder estar solo, y no
solamente para alejarse de ella. Así que no se había equivocado con respecto a
Rachel. Era Rachel la causante de todo aquel daño, Rachel, que probablemente
estaba en este instante con Leonora llenándole la cabeza de historias. Ese día
Leonora se había mostrado más amable con él, más afectuosa que en ningún
momento que recordase desde que se había trasladado al piso. Cierto, había sido
por teléfono. Pero el sábado no había sido por teléfono. «Oh, Guy, ojalá...»
¿Qué era lo que iba a decir? ¿Ojalá pudiéramos estar como antes? ¿Ojalá no hubiera
conocido nunca a William?
Ahora, sin embargo, ella estaría otra vez con
Rachel, la enfermiza Rachel. Podía verla sentada en la esquina de la cama de
Rachel y a Rachel repitiendo lo que él había dicho y añadiendo: «¿Qué puedes
esperar de un barriobajero como ése?».
Los pasos de Tessa, que podía oír desde el
piso de arriba, se detuvieron. Había hecho una pausa, naturalmente, se había
detenido delante del Kandinsky, estaba contemplándolo, valorándolo. Los pasos
empezaron de nuevo, la puerta de entrada se cerró con fuerza aunque no
exactamente con un portazo. Guy fue a su dormitorio y miró por la ventana.
Tessa iba en dirección a Marloes Road, buscando un taxi. Ojalá no lo
encontrara, probablemente no lo encontraría a esta hora.
Así que era Rachel. Debía de tratarse de la
primera conexión en que había pensado, debía de tratarse de una conexión a
través de la labor social que ella y Poppy Vasari tenían en común. Bajó la
escalera y estaba empezando a marcar uno de los varios números donde localizar
a Danilo cuando recordó lo que le había dicho Tanya, que Danilo estaba en
Bruselas. Le preocupaba ligeramente no poder hacer dar marcha atrás a los
perros que amenazaban a Robin Chisholm, pero no parecía haber solución posible.
Algo le intrigaba y siguió intrigándole a lo
largo de toda la noche. Cenó con Celeste en la Pomme d’Amour y se encontró con
Bob Joseph para tomar una copa en el club de Noel Street. Todo este tiempo, su
mente volvía una y otra vez a Tessa Mandeville y a lo que ésta había dicho. ¿A
qué había venido en realidad?
Era una tontería aquello de que iban a
conseguir una orden judicial para impedirle «perseguir» a Leonora. ¿Cómo se
podía perseguir a alguien que deseaba estar contigo? La misma Leonora, hacía
tres años y medio, había establecido el acuerdo de almorzar con él los sábados.
Cuando Rachel y el resto del grupo la habían convencido, sin duda, para que no
saliera más con él de verdad, para que dejase de ser su novia, ella había
propuesto los encuentros fijos del sábado. Leonora deseaba estas citas de los
sábados tanto como él, de eso no cabía duda. Deseaba que la llamara por
teléfono. ¿Acaso no había dicho, cuando él se fue el sábado, «Llámame mañana»?
O sea que Tessa no hablaba en absoluto en
serio. Sus palabras encubrían otra cosa. Había venido aparentemente para que él
no hiciese ninguna escena en la boda de Leonora, pero, en realidad, a lo que
había venido era a decirle dónde sería la boda de Leonora, jurisdicción que él
conocía muy bien. Recelaba de todos ellos y ahora recelaba aún más de Tessa.
¿Qué pretendía? ¿Por qué había venido desde tan lejos hasta su casa, donde
nunca antes había estado, sólo para decirle eso?
Entonces comprendió. Casi soltó una carcajada
delante de Celeste. Aquella mujer le había dicho que sería en la oficina del
Registro de Kensington porque no era ese en absoluto el lugar. La boda tendría
lugar en la oficina del Registro de Camden, que estaba en King’s Cross, en el
municipio de Newton. Uno podía casarse en su propio municipio o en el de la
persona con quien se casaba, podía elegir. Le había hablado de Kensington por
si él decidía ir. Aquella mujer era tan transparente que daba realmente risa.
Pero no importaba. Leonora no se casaría. No
querría casarse. Oyó de nuevo su voz, en un tono infinitamente suave y
anhelante, cuando expresó su deseo por lo que habría podido ser. «Guy,
querido», le había dicho cuando explicó que no podía cenar con él.
Probablemente la amenazaban de todas las maneras posibles cuando les decía que
estaba pensando envolver con él. Rachel, por ejemplo, que iba a comprarle su
parte del piso, probablemente le había dicho que no habría trato si persistía
en seguir relacionándose con él. Anthony Chisholm era capaz de no incluirla en
el testamento o, al menos, de dejar de pasarle el dinero que quizá le estaba
pasando.
–Guy, cariño –dijo Celeste–. Dime lo que
piensas.
Guy le habló de la visita de Tessa. A Celeste
se le nubló el rostro, y no dijo nada.
–Tengo dolor de cabeza –dijo él–. Me ocurre
mucho últimamente. ¿Crees que será porque estoy siempre furioso?
Fue con él a su casa.
–Tienes que aceptarlo –dijo suavemente–.
Antes o después tienes que aceptar el hecho de que se va a casar con William.
–Eso te gustaría, ¿eh?
Celeste se arrodilló en el pavimento y se
puso a recoger los trozos del jarrón roto. Guy se arrepintió de lo que había
dicho, pero ella no contestó. Danilo volvería mañana por la noche, así que iba
a estar llamándole por teléfono a partir de esa hora. Para compensar los
problemas que estaba causando, probablemente tendría que ofrecer a Danilo otras
mil quinientas, pero ¿qué más daba?
–¿Por qué no le compras un regalo de boda
bonito de verdad?
Celeste nunca era maliciosa, pero ¿y ahora?
¡No era posible que hablara en serio! Guy se sirvió una última bebida, esta vez
vodka con hielo, dándose cuenta de que llevaba bebiendo sin parar desde aquel
Campari con naranja que estaba tomando cuando llegó Tessa a las cinco.
Por la mañana. Celeste seguía durmiendo y él
llamó al piso de Portland Road. Se puso Maeve, que estaba a punto de salir para
el trabajo. Guy no preguntó por Leonora, al menos no de momento.
–¿Cómo está Robin?
Estaba realmente interesado. Había pasado
toda la noche despierto preocupado por si el hombre a sueldo de Danilo atacaba
a Robin.
–Muy bien –dijo ella.
Pero, ¿cómo lo sabía? ¿Quería esto decir que
estaba bien cuando lo había dejado la noche anterior?
–¿Has hablado con él esta mañana?
–Hace un momento, Guy.– ¡Qué alivio! No era
que le importara la suerte de Robin Chisholm, pero, después del ojo morado y de
lo que había dicho Tessa, se daba cuenta de que Leonora podría fácilmente
echarle a él la culpa de cualquier cosa que le pasara a su hermano. –Me ha
llamado. Ha dormido muy bien y se siente muy descansado, parece comerse el
mundo. ¿Verdad que es estupendo?
Guy dijo que sí. ¿Podía hablar con Leonora?
–No está, Guy. Está en casa de William.
Llamó al número de Georgiana Street. Era
temprano, por supuesto, ni siquiera las nueve, pero le sorprendió enormemente
oír la voz de Newton... No, más que eso, quedó aturdido, desconcertado. Estuvo
a punto de colgar, pero dijo:
–Soy Guy Curran.
–Ah, hola.
El tono no era muy cordial, pero Guy habría
despreciado a aquel hombre aún más de lo que lo despreciaba ya si hubiera
hablado en un tono amistoso o congraciante.
–¿Cómo estás? –dijo con su mejor estilo de
allende los mares pero con frialdad. –Yo estoy estupendamente y espero que tú
también. Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
–Me gustaría hablar con Leonora.
La mayoría de la gente, antes de dar una
información desagradable, dicen «Me temo...». «Me temo que tengo que decirte
algo desagradable...». Newton no hizo esto, y Guy lo captó.
–No está.
–Oh, vamos –dijo Guy, la dispuesta ira
subiendo–. Me acaban de decir hace menos de cinco minutos que estaba en tu
casa.
El hombre parecía aburrido pero seguía
conservando la paciencia.
–Hace menos de cinco minutos estaba aquí.
Hace dos minutos se ha ido. ¿Quieres que te diga a dónde?
–Naturalmente. ¿Dónde está?
–En casa de su padre. La madre de Susannah ha
muerto y Leonora ha ido con ella a ocuparse de las cosas, a registrar la
defunción y ver a los de la funeraria. Te he dicho ya todo lo que sé, así que
me disculparás si cuelgo, se me hace tarde. Adiós.
No tenía ni idea de dónde vivía la madre de
Susannah, apenas si sabía que Susannah tuviera una madre. Inútil intentar encontrarlas,
inútil acariciar aquella cordial imagen de sí mismo sentado en una sala de
espera con Leonora, hablándole suavemente y luego llevando a las dos a comer a
algún maravilloso restaurante. Habría sido un consuelo para Susannah, que nunca
le había caído mal, poder dejar de pensar en su madre a la que probablemente
quería mucho. Tendría que pillar a Leonora más tarde en Lamb’s Conduit Street.
Llevó una taza de té a Celeste.
–Gracias, Guy, cielo –dijo ella. Abrió los
ojos y le tendió los brazos. Hacía semanas que no hacía el amor con ella. Lo
ocurrido, el miedo y la ira, parecían haberlo vaciado de todo deseo sexual.
Pero se inclinó y dejó que le abrazara. Era dulce y cálida, y su tacto como de
seda. Se echó a su lado y la abrazó, y no se dio cuenta de con qué fuerza debía
de estar abrazándola hasta que ella luchó por liberar nariz y boca de la
presión de su rostro y dijo, boqueando:
–¡Me haces daño, Guy!
Mientras Celeste estaba en el baño llamó al
número de Anthony Chisholm. Comunicaba. Cinco minutos más tarde seguía
comunicando. Consultó a la telefonista, quien le dijo que estaban realmente
hablando por aquel número, y decidió dejarlo para la tarde. Cuando se iba llegó
Fatima. Cuando vio los fragmentos de porcelana blancos y rosados, Fatima
profirió un ruido parecido al que haría una gallina afligida por la pérdida de
un polluelo: «¡Eiii!». Guy sacó el coche. Iba a Mortholt, al estudio, y luego a
echar un vistazo a una venta de cuadros que tenía lugar en un hotel situado al
comienzo de la autopista M-1. Mientras hacía marcha atrás con el coche a través
del mews empedrado, dirigiéndose lentamente hacia Earl’s Court Road, se
preguntaba si su casa no sería ya poco para su posición. Había dejado atrás la
etapa de la pequeña casa en el mews. Al fin y al cabo, iba a cumplir treinta
años en enero. Una casa en Lansdowne Crescent o tal vez incluso algo cerca de
Campden Hill, Duchess of Bedford Walk... ¿Le importaría a Leonora que fuera por
ese lado, el lado bueno de Holland Park Avenue?
«Adelante, gatitos» se vendía mejor en Barnet
que incluso «Dama de Tailandia». La mujer que se encargaba de la venta y con la
que almorzó asquerosamente en el comedor del motel (platos ovales con un montón
de carne ennegrecida y cartilaginosa, guisantes de lata, tomates partidos por la
mitad, patatas fritas, setas resbaladizas como babosas y tronchos de brécol
parecidos a arbolitos de juguete) le dijo que podía vender dos o tres veces
más. Guy se comprometió a proporcionarle esta cifra. Llamó desde el motel a
Lamb’s Conduit Street y no contestó nadie, pero sí consiguió encontrar a Tanya
en su boutique. Danilo llegaría a última hora, a las once como muy tarde. Guy
tuvo una visión terriblemente desagradable en la que Robin Chisholm apretaba el
botón de su portero automático para abrirle la puerta vestido con su bata de
baño al hombre que venía a arreglar algo o a leer el contador de la luz. A
continuación la pistola con silenciador o la cachiporra, o bien, si los
«ayudantes» que tenía ahora Danilo eran muy sádicos, el puñal delgado y veloz.
Se dirigió a la agencia de viajes. También
aquí el negocio era boyante. Desde el despacho del fondo llamó al piso de St.
Leonard’s Terrace. Parecía que no iban a contestar, el timbre sonaba y sonaba,
diez, quince veces. Dejó el auricular y volvió a marcar. Esta vez la voz de
Robin contestó a los cuatro timbrazos. Seguramente había marcado mal antes. Era
un gran alivio oír a Robin decir: «¿Diga? ¿Diga?», cada vez más irritado.
Los considerables y variados éxitos del día
le animaban sobremanera. Hacía mucho tiempo que las cosas no le iban tan bien.
Lo normal habría sido que, para volver a casa o incluso para dirigirse al West
End, tomara una ruta al norte de Regent’s Park, pero se encontró aproximándose
a Euston Road. A través de Tavistock Place, y Guildford Street; Lamb’s Conduit
estaba allí mismo... Él no debía encontrarse con ella más que los sábados, más
que para el almuerzo del sábado, pero... ¡qué demonios! Ella quería verle.
¿Acaso no había dicho que ojalá volvieran a estar juntos?
Hacía calor, el calor amarillo y quieto de
Londres bajo el sol. Cualquier lugar en el que hubiera estado con ella y
hubiera sido feliz le causaba dolor. Era como si tuviera dos niveles de
sentimiento con respecto a ella: en el nivel superior se sentía optimista,
alegre y confiado y en el inferior reinaban el miedo y la duda. Los lugares en
que habían estado juntos evocaban imágenes en este mundo inferior. Recordaba
rechazos, recordaba, con algo que se parecía más al pánico que al dolor, que
habían pasado ya seis años desde la última vez que habían hecho el amor.
Las casas de esta parte de Londres son
viejas, de comienzos más que de finales del siglo diecinueve. El ladrillo es de
un marrón grisáceo oscuro, las puertas y las ventanas largas y estrechas y los
tejados invisibles. Había poco verde que ver, aparte de las copas de los
árboles que asomaban como si fueran vegetación desde detrás de los muros de un
jardín. Susannah tenía macetas en las ventanas que, en lugar de los geranios
habituales, contenían hiedras de hoja pequeña y plantas con un follaje peludo
de color gris amarillento. Guy hizo sonar el timbre y se preparó, como tenía
que hacer siempre, para el primer impacto de la visión de Leonora.
Abrió la puerta una mujer a la que reconoció
pero que no pudo ubicar en el momento. Ella parecía tener las mismas
dificultades para identificarle a él.
–Guy Curran –dijo él.
–Ah, sí. Yo soy Janice. Nos conocimos en la
fiesta de cumpleaños de Nora.
Guy odiaba el diminutivo, que le estaba
permitido a la familia de Leonora pero no a él. Ahora recordaba a la mujer que
acababa de usarlo como la prima que había ido a Australia para casarse. Era más
bien gordita, con cara de luna pálida, ojos prominentes y una abundante
cabellera larga de color de ratón con una trenza a la francesa. A Guy no le gustaban
nada los vestidos de algodón indio (baratos, mal cortados y sin forma) y,
naturalmente, ella llevaba uno de esos, de color de piel morena y con
jeroglíficos negros y manchitas blancas. Tenía las caderas redondas y, en
opinión de Guy, causaba el efecto de alguien que fuese a una fiesta de
disfraces vestida de bizcocho.
–Creía que era la funeraria –dijo ella
ahora–. Susannah está esperando al hombre de la funeraria. ¿Sabe que se ha
muerto su madre?
–Sí, sí. Alguien me lo ha dicho. ¿Puedo
pasar?
Janice le dejó entrar de mala gana. Guy
sintió que ella le miraba de arriba a abajo como si estuviera cometiendo algún
terrible faux pas social.
–Acaba de morir su madre. Verá, generalmente
la gente escribe o llama por teléfono.
–Es a Leonora a quien quiero ver.
En este momento, la misma Susannah asomó la
cabeza por encima de la barandilla. La sala de estar estaba en el piso superior
del apartamento y los dormitorios en el de abajo. Susannah no reaccionó hacia
él como hacían las otras mujeres que rodeaban a Leonora –incluida esta
indignante australiana–, de una manera agresiva o con prejuicios. Le llamó y
dijo cuánto la alegraba que hubiera venido. Evidentemente no había oído lo que
él le había dicho a Janice. Cuando Guy llegó a lo alto de la escalera Susannah se
le acercó y, echándole los brazos al cuello, le besó de una manera casi
maternal a pesar de que no tenía ni mucho menos edad para ser su madre.
Era toda una sorpresa el que una mujer le
besara con simpatía, aunque, naturalmente. Celeste lo hacía siempre. Pero esto era
distinto. Susannah creía evidentemente que el propósito de su visita era el de
darle el pésame. Bueno, a él le venía bien. Sentía simpatía por ella y la
aprobaba. Susannah podría estar triste y de luto, pero no se le notaba. Iba
cuidadosa y abundantemente maquillada, lo que a Guy le parecía adecuado en una
mujer, el cabello oscuro espeso y acerado peinado en un estilo de erizo de mar
a la moda. Llevaba pantalones de seda negra con una chaqueta a rayas chocolate
y negras y un montón de joyas de plata bastante elegantes del tipo cota de
mallas, además de un relampagueante cinturón blanco. ¡Qué lástima que Leonora
no pudiera o no quisiera aprender de su ejemplo!
Mientras la seguía hasta la sala de estar,
que él no había pisado desde hacía casi cuatro años, pensó en la época en que
Leonora había vivido aquí después de dejar el colegio de preparación para
maestras, de cuando venía a buscarla y Anthony Chisholm le atendía y le servía
de beber. Bueno, no hacía tanto tiempo... Lo primero que vio, antes incluso de
ver a Leonora, fue una tarjeta blanca con el borde plateado sobre la repisa de
la chimenea. Tenía que ser una invitación para la boda, pero a esa distancia no
podía leer la letra.
Leonora se levantó al entrar él. El corazón
le había dado ya aquel vuelco y había enviado un latido a su cabeza. Estaba
espantosa, pero ¿qué le importaba a él?
Leonora le besó. No hubo abrazos ni mucha
efusividad, pero tampoco era Leonora quien había perdido a su madre. (Eso sí
que es una lástima, pensó Guy.) Janice estaba detrás de él contando una larga
historia acerca de si le había reconocido o no; luego había pensado que era el
hombre de la funeraria o de la floristería. Leonora llevaba pendientes de
plástico en blanco y negro. Ni pizca de maquillaje, por supuesto, y el cabello
grasiento. Vestía pantalones de chándal y una camiseta negra, enmohecida por el
tiempo y el mal lavado. Desde que conocía a Newton, pensó Guy, cualquier
sentido del vestir que en otro tiempo pudiera tener se había ido al garete.
Aquel bobo probablemente le decía que la quería por sí misma y no por su
aspecto.
En todo caso, ella no le preguntó qué hacía
aquí. Guy se acordó a tiempo de decir algo apropiado respecto a la madre de
Susannah.
–Es muy amable por tu parte haber venido, Guy
–dijo Leonora, resplandeciente. Él pensó que su sonrisa era desde luego más
plena y liberada de lo que le había visto en meses–. Qué día hemos tenido. En
esos sitios hay personas muy insensibles. ¿Sabes qué le ha dicho la encargada
del registro a la pobre Susannah? Era una mujer, parece que casi todas son
mujeres. Los hombres no cogen esos trabajos, están muy mal pagados, lo de
siempre. Ha dicho: «¿Es la primera defunción que registra usted?», y cuando
Susannah ha contestado que sí, la mujer ha dicho: «Supongo que no será la
última. Buenos días». ¿Te lo imaginas?
Janice había ido a preparar una taza de té
después de comunicarse en susurros con Susannah. Leonora se puso a explicar que
su prima pasaría un tiempo en casa de Anthony y Susannah, que el esposo de su
prima llegaría a la semana siguiente y que qué lastima para la pobre Janice,
que quería tanto a la madre de Susannah y llegaba demasiado tarde para
encontrarla con vida. Guy no se había tropezado nunca con una familia que
estuviera tan estrechamente unida como estos Chisholm. Incluso aquellos que no
entraban en la categoría familiar, personas que ni siquiera eran parientes, se
querían con locura. Daba la impresión, a juzgar por las palabras de Leonora, de
que Janice había viajado quince mil kilómetros para estar junto al lecho de
muerte de una anciana, la madre de su tía por matrimonio, a la que
probablemente sólo había visto una o dos veces en su vida. ¡Qué razón tenía él
al no subestimar las influencias que regían sobre Leonora!
Desde donde estaba sentado intentaba ver la
repisa de la chimenea y la tarjeta, pero Susannah se empeñaba en seguir de pie,
delante de la chimenea georgiana cuidadosamente conservada, apoyada en la
repisa. No tenía excesivas ganas de que le vieran haciendo gestos con la cabeza
de un lado para otro para poder ver. Susannah se había puesto a hablar del
funeral.
–Tenemos un dilema, Guy. De verdad que no
sabemos que hacer. ¿Le pedimos consejo, Leonora? No vendrán mal las ideas
nuevas, ¿no te parece?
Leonora dirigió a Guy otra adorable sonrisa.
A ver qué dice.
–El caso es que mi pobre madre no ha dejado
instrucciones sobre... bueno, no tengo por qué no decirlo claramente... sobre
si quería que la enterrasen o que la incinerasen. Desde luego, a casi todos los
incineran hoy en día, pero la incineración parece tan... iba a decir «tan
definitiva», como si la misma muerte no fuese definitiva, supongo que entendéis
lo que quiero decir.
–Sí, sí, yo entiendo lo que quieres decir
–dijo Guy, alargando el cuello.
–Y luego está la cuestión del sitio. Todos
los cementerios bonitos de Londres están llenos y esto significa que hay que ir
donde te toque. Mi madre vivía en Earlsfield, pero naturalmente en el
camposanto de allí no hay ni que pensar, creo que no lo utilizan desde hace un
siglo.
Janice entró con el té, que colocó encima de
la mesa de tal modo que Guy se vio obligado a dar la vuelta a su silla y quedar
de espaldas a la chimenea. Estaba demasiado cerca la hora de beber de verdad
para él como para que tuviese ganas de tomar té, pero lo bebió, rechazando un trozo
de aquel pastel de melocotón y crema con el cual la gorda de Janice haría mejor
en no meterse. Se estaba formando en su mente un plan para conseguir llevar a
Leonora en coche a casa; se trataba de meterla en el Jaguar, ponerse en camino
hacia su casa y luego convencerla para que cenase con él en lugar de volver en
seguida.
Janice estaba contando una complicada
historia –de pésimo gusto, pensó Guy– acerca de las aventuras de alguien que
había esparcido las cenizas de un ser querido desde el Cobb
de Lyme Regis. Susannah dijo que era una coincidencia porque ella y Anthony
iban a ir a pasar unas cortas vacaciones en Lyme dentro de un par de semanas.
El timbre de la puerta impidió a Janice seguir contando anécdotas. Aunque las
otras le habían dicho y repetido que se sentara y no hiciera nada, parecía
haberse nombrado a sí misma como au pair temporal. Con gran alegría por parte
de Guy, él y Leonora se quedaron solos por unos instantes, Había llegado el
hombre de la funeraria y Susannah tuvo que bajar a hablar con él.
–Espero que se haya decidido ya –dijo
Leonora–. Va a tener que decirle una cosa u otra.
–Cena conmigo, Leo.
–Oh, no puedo, Guy, lo siento mucho pero no
puedo.– No dijo «Nunca ceno contigo» ni «Ya como contigo los sábados», no dijo
nada de eso. –Yo me quedo aquí, William va a venir. Iremos todos a cenar fuera
para que la pobre Susannah no tenga que cocinar.
Y el plan de llevarla a casa en coche...
Pero:
–Lo siento mucho –dijo ella–. Habría estado
bien. Maeve me ha dicho que la has llamado esta mañana para preguntar por
Robin. Ha sido muy amable por tu parte, te lo agradezco mucho.
Guy se atrevió a estirar el brazo por encima
del sofá y cogerle la mano. Sabía que ella apartaría la mano bruscamente, pero
no lo hizo. Incluso dejó que sus dedos se acurrucaran suavemente en la mano de
Guy y le dirigió una mirada tan dulce, tan llena de compasión, que, si no
hubiese vuelto Janice en ese instante, Guy habría perdido el control de sí
mismo, habría dado un salto y la habría cogido en sus brazos. Sí dio un salto,
pero sólo para irse. No era ningún placer estar aquí con esta gorda de ojos de
lechuza mirándole reprobadoramente.
–¿Comemos el sábado? –dijo.
–Sí, Guy, querido, claro. ¿Adónde vamos?
–Al Savoy –dijo él–. Iremos al Salón del Río
del Savoy.
Ella no protestó. Estaba cambiando con
respecto a él, cada vez era más como antes. Guy le dio un beso de despedida, se
levantó, se volvió para mirar hacia la chimenea y vio que la tarjeta de boda
había desaparecido. Estaba allí hacía media hora cuando él había llegado y
ahora ya no estaba.
Alguien la había quitado de allí
sigilosamente para que él no la viera.
14
Hacía ya mucho tiempo que salía con Leonora
cuando conoció a su hermano. Un día de invierno, poco antes o poco después de
Navidad, entró con Leonora en la sala de estar de sus padres y había allí un
muchacho de pie al lado de la ventana leyendo un papel que tenía en la mano.
Debió de oírlos entrar pero no se volvió inmediatamente y siguió leyendo hasta
terminar la página. Había algo autoritario, incluso policial, en su
comportamiento, algo despectivo y deliberado, a pesar de que el muchacho
parecía en realidad casi un niño. Era bastante alto, mucho más alto que su
hermana, pero, cuando finalmente se volvió, su rostro resultó ser el de un niño
de cinco años, mofletudo, inocente, con piel de bebé y la boca como un capullo
de rosa. Tanto más sorprendente resultó, pues, la voz que surgió de aquellos
labios infantiles. No era aguda ni ceceante sino rica y profunda, melosa, con
un acento que sólo podía conseguirse (Guy lo supo más tarde por Leonora)
asistiendo a una de aquellas escuelas de la Conferencia de Profesores.
–¿Este es tu fiancé, Nora?
Guy había oído antes esta palabra, pero sólo
en televisión. Tanto entonces como ahora habría dado mucho por tener una voz
así. Leonora los presentó.
–Robin, este es Guy. Guy, este es mi hermano.
Ya a la edad de quince años Robin Chisholm
practicaba aquella irritante guasa que constituía un importante rasgo de su
desagradable carácter. No era una burla inteligente o divertida, sino sólo
grosera.
–Guy –dijo. Lo dijo despacio, y no sin
asombro. Lo repitió pensativamente, como si fuera el nombre de alguien a quien
había conocido hacía mucho tiempo y no podía acabar de ubicar. –Guy. Sí... ¿No
te resulta difícil tener ese nombre? Bueno, si Nora no lo hubiese mencionado,
yo habría dicho que te llamabas Kevin, por ejemplo, o Barry. Sí, Barry no te
sentaría mal.
Parecía un niño inocente, sonriente, con los
ojos muy abiertos y las mejillas regordetas y sonrosadas, desafiando a que el
objeto de sus insultos se diera por aludido. Porque eran insultos, a Guy no le
cabía la menor duda al respecto. Lo que el hermano de Leonora quería decir era
que un nombre como aquél, propio de la clase alta, no le sentaba bien a él.
Ella salió en su defensa.
–Oh, calla. No tienes derecho a burlarte de
los nombres que tiene la gente. Robin tal vez te esté bien ahora, mientras
pareces un bebé, pero no te hará tanta gracia cuando seas mayor.
Ya entonces, y de manera muy poco lógica,
Robin Chisholm estaba orgulloso de aparentar menos edad de la que tenía. Esto
les ocurre a la mayoría de la gente a los treinta años, pero, por el amor de
Dios, no a los quince. Guy, que le veía de vez en cuando, no muy a menudo pero
sí demasiado para su gusto, creía que Robin cultivaba a propósito este aspecto
de niño. No le habría sorprendido ver a Robin con el dedo gordo en la boca. Sí,
le habría sorprendido, habría salido corriendo y gritando de la estancia.
Los Chisholm habían enviado a su hija a una
escuela estatal y a una universidad de prestigio. El hijo había asistido a una
escuela privada muy cara, pero había dejado la politécnica, en la que había
conseguido entrar no sin esfuerzo, y había optado en cambio por «la Ciudad».
Tenía veintitrés años cuando empezó a tener aquellos lapsus. Primero creyeron
que se trataba de un tumor cerebral, y luego de epilepsia. Al final resultó que
no le pasaba nada. Guy, por su parte, creía que Robin lo había planeado y
representado cuidadosamente todo a fin de escabullirse de la firma para la que
estaba trabajando, una compañía de inversiones que originó un escándalo
financiero de proporciones descomunales aproximadamente una o dos semanas
después de que ingresara en el hospital.
Era el tipo de persona de la que el mundo
podía perfectamente prescindir. Pero que se ocupara de su destrucción otra
persona, y no Guy. No era él quien había hablado a Leonora de Con Mulvanney. Es
más, Guy, que después de no conseguir encontrar a Danilo esta noche había
estado pensando en el asunto largas horas, decidió que el hermano de Leonora
era quien menos influía en ella de todos cuantos la rodeaban. Estaba claro que
ella le quería, eso no había ni que decirlo –Leonora lo decía en todo caso con
demasiada frecuencia, y lo decía en relación con demasiada gente, pensó Guy–, pero
Robin la irritaba, ella no le aprobaba del todo.
Todo esto le hizo soñar con Robin. Robin
estaba muerto y lo bajaban por aquella larga escalera de Portland Road, después
de que su cuerpo ensangrentado fuera descubierto por Maeve. No era en absoluto
un sueño fantástico o irracional, por lo que a Guy le alarmaba de manera
especial. No podía llamar a St. Leonard’s Terrace antes de las ocho y media ni
a Danilo antes de las nueve como mínimo. Mientras preparaba el café, se
desplazaba por la cocina tocando madera. Era un viejo hábito supersticioso del
que creía haberse librado hacía tiempo.
Tocando madera se ponía un obstáculo al
desastre. La madera guardaba de... ¿de qué? ¿De los malos espíritus? Su abuela,
de quien había aprendido a tocar madera, a no servir la sal a los demás, a no
pasar un cuchillo a un amigo y a no pisar las divisiones entre las baldosas del
suelo, no había especificado cuál era la función precisa de estos actos.
Simplemente te mantenían a salvo. Era curioso que se acordara de ella ahora cuando
no se había acordado desde hacía años. Afortunadamente, la cocina, profusamente
surtida de roble encalado, era un paraíso donde no escaseaba la madera.
Un soñoliento Danilo contestó al teléfono de
Weybridge a las nueve y diez. Guy estaba casi fuera de sí porque no había
habido respuesta en St. Leonard’s Terrace, a pesar de que había intentado
llamar diez veces desde las ocho y media. Estaba seguro de que Robin estaba
muerto y, con su muerte, Leonora perdida para siempre, pero de todos modos hizo
dar marcha atrás al secuaz de Danilo. Danilo tomó con evidentes muestras de
enfado su cambio de idea pero quedó en encontrarse con él para beber algo a las
seis, en un club llamado The Black Spot. Seguro ya de que era demasiado tarde,
de que el cadáver de Robin estaba en este mismo momento siendo identificado por
Maeve en el depósito, Guy probó sin embargo otra vez el número de Chelsea.
Ocurrió una cosa bastante curiosa. Cogieron
el teléfono, pero, antes de que nadie hablara por el aparato, Guy oyó la voz de
Robin que aullaba desde cierta distancia.
–Contesta ese maldito teléfono, ¿quieres?
Estoy en el baño.
Luego un acento como el de su abuela, debía
de ser la mujer de la limpieza irlandesa, y que dijo:
–Diga, ¿quién es? El señor Chisholm está
ocupado.
Guy suspiró aliviado. Estuvo a punto de
decir: «Dígale que vuelva a la cama y se quede allí», pero se lo pensó mejor.
The Black Spot era todo barra y pista. No
había mesas, ningún lugar donde sentarse sino en taburete; junto al largo
mostrador blanco y plateado. Estaba muy oscuro, al estilo americano. La primera
persona que vio Guy era Carlo, que estaba sentado en un taburete al lado de su
padre bebiendo una cosa oscura y burbujeante de una copa de coñac.
Probablemente era coca-cola, pero la copa en la que la estaba bebiendo le daba
un aspecto sofisticado, incluso siniestro. Guy estaba un tanto sorprendido.
Luego pensó que a él le habría gustado mucho ir a bares como éste cuando tenía
diez años, sólo que nunca había tenido ocasión.
Carlo llevaba pantalones téjanos de diseño
para cadete y una camiseta negra que tenía impreso en rosa luminiscente Breadhead’s Kid. Dijo «Hola» a Guy y siguió comiendo fritos de camarón de una bandeja.
Danilo vestía cheviot de seda espina de pescado de color caramelo, un traje con
una enorme chaqueta ancha de hombros y, debajo, un polo de color carmesí.
–No tienes muy buen aspecto –dijo Danilo.
Guy se encogió de hombros con impaciencia.
Era lo que le decía Danilo cada vez que se encontraban.
–Es la luz que hay aquí, si se puede llamar a
esto luz.– Pidió al barman un martini con vodka grande.– No podemos hablar
–dijo a Danilo, señalando con el pulgar en dirección a Carlo.
–No puedo hacer nada, chico. ¿Qué querías que
hiciese? Una de las niñeras tiene la gripe y la otra ha salido. La hermana de Tanya
se ha quedado con los otros niños, pero no se quiere quedar con éste. La última
vez que estuvo allí puso el vídeo de Apocalipsis Now en el microondas. Dijo que
para ver qué pasaba.
–Mervyn –dijo al barman–, llévatelo ahí
detrás y que vea Mork
and Mindy. Sólo serán cinco minutos.
–No la dan, papá. Sólo hay Buck Rogers in The
Twenty-fifth Century.
–Pues ve ahí detrás y mira eso.– Danilo tuvo que pedir otro vaso de su
vino tinto favorito.–No vuelvas a hacerme eso –dijo dramáticamente a Guy–.
Nunca.
–¿Que no vuelva a hacer el qué?
–Joderme con esa mierda de «cambié de idea».–
Bajó mucho la voz.– ¿Te das cuenta de que habrías podido convertir al pobre
amigo Chuck en un asesino?
El pobre amigo Chuck, quienquiera que fuese,
era ya a buen seguro un asesino y por partida múltiple. Además, ¿dónde estaba
la diferencia, no era lo mismo una víctima que otra? Guy sabía que era
totalmente inútil discutir con Danilo. Dijo que lo lamentaba, que se daba
cuenta de que había sido un poco irreflexivo.
–Inmaduro –dijo Danilo–. Eso es lo que has
sido. A cada cosa su nombre. Ahora escúchame, Guy. Casi hemos tenido un
accidente muy desagradable en esa zona en concreto. Quiero que lo pienses
cuidadosamente. ¿Quieres o no quieres que siga adelante con este asunto? El
grupo que en un principio querías eliminar queda fuera de tiro, lo entiendo muy
bien y personalmente no lo lamento, pero por lo que me has dicho esta mañana
por teléfono me da la impresión de que tienes a otra persona en mente. No, no
contestes ahora. Nada de nombres. Ya te he dicho que quiero que lo pienses
cuidadosamente.
–Lo he pensado–. Estaban solos en el bar
exceptuando a un hombre y una mujer que estaban en el otro extremo de la barra
besándose. Eso es exactamente lo que haría la pasma, pensó Guy, es cosa sabida,
un número y una numera dándose el morro pero en realidad pendientes de todo. De
todos modos, muy quedo, dijo: «Rachel Lingard», y dio la dirección de Portland
Road. Pensando que Chuck tal vez sólo necesitara reconocerla y no saber cómo se
llamaba, sacó una de las tarjetas de su bolsillo y escribió: «bajita, cara
redonda, gorda, gafas, cabello oscuro peinado hacia atrás, unos veintisiete
años»; una descripción cruel pero precisa de Rachel para que no la pudiera
confundir con Maeve o –¡no, por Dios!– con Leonora.
Después de esto le pareció muy raro que no
hubiera respuesta alguna del piso de las chicas cuando llamó a las nueve, a las
doce, a las cuatro y a las diez. Entretanto llamo también a Georgiana Street.
Tampoco aquí contestó nadie, hasta las diez y media de la noche en que Newton
respondió por fin a su cuarta llamada.
–Leonora está acostada. Estaba cansada y se
ha acostado temprano.
–Hablará conmigo.
–No, no hablará contigo. Ya te he dicho que
está acostada.
–Tendréis un supletorio al lado de la cama.
Con voz tenebrosa, Newton dijo:
–Soy un hombre pobre. Su Majestad –y colgó.
Fue casi lo mismo al día siguiente. Guy tenía
que ver a su contable, así que llamó al piso de Portland Road desde el
restaurante donde estaban almorzando. Probó con Georgiana Street, y luego con
St. Leonard’s Terrace. Se puso Maeve.
–Estoy viviendo aquí. Iba a vivir con Robin
de todos modos después de la boda de Leonora, así que pensamos que por qué no
ahora.
–¿Sabes por casualidad dónde está Leonora?
–Me da la impresión de que dices eso hasta en
sueños, ¿verdad? Lo grabarán en tu tumba: Guy Curran, 1960 a cuando sea, RIP.
«¿Dónde está Leonora?» No, no sé dónde está. Eres un coñazo, ¿lo sabes?
Tuvo que volver con el contable. Entretanto
habían traído los cafés. Guy tomó un coñac largo con el suyo. Volvió en taxi a
Scarsdale Mews y a su propio teléfono. La estancia y el verde jardín, vistos a
través de las cristaleras, parecían volverse rojos, teñidos por su ira. Para
poder apaciguar esta ira tenía que oír la voz de Leonora. La voz de Leonora era
como un tranquilizante. Necesitaba una dosis de su voz.
No estaba en Portland Road, no estaba en
Georgiana Street. ¿Adónde va, pensó, dónde se esconde? Seguramente Rachel la
esconde, se la lleva al trabajo con ella, cualquier cosa con tal de que no
hable conmigo. Más tarde llamó a Lamb’s Conduit Street. Janice cogió el
teléfono.
Sólo había pasado allá abajo cuatro o cinco
años pero, ya tenía acento australiano. Por alguna razón, el oír la voz de Guy
le hizo soltar una risita. Era como si ella y Susannah acabaran de estar
hablando de él; no, más bien como si recordara alguna mala pasada que le habían
hecho a él.
–Perdona –dijo–. Estaba riendo por algo
cuando has llamado, y no podía parar. Voy a llamar a Susannah.
Una buena mujer, Susannah. A menudo era
difícil comprender por qué alguien se había casado con alguien, imposible por
lo general, pero en este caso Guy veía muy bien qué era lo que había atraído a
Anthony Chisholm de Susannah.
–Hola, Guy –dijo Susannah con auténtica
cordialidad, poniendo un emocionante énfasis en su nombre como si se alegrara
realmente de oírlo, como si él fuera alguien a quien tenía cariño y de quien no
sabía nada hacía meses–. Me alegré mucho de verte ayer. Hacía siglos que no nos
veíamos.
La intención primera de Guy era mostrarse
frío y ligero, hablar de cualquier cosa. Pero las palabras de Susannah le
conmovieron. De todos modos hoy estaba casi al borde, había casi perdido el
control de los nervios.
–Demasiado tiempo –dijo, y luego–: Tú siempre
te has portado bien conmigo, Susannah. Eres la única de todos ellos. Incluso el
padre de Leonora se ha vuelto contra mí.
–Caramba, Guy, estoy segura de que eso no es
así. A Anthony y a mí tú siempre nos has caído bien. Lo que pasa es...
Perdóname un momento. –La oyó dejar el teléfono y luego cerrar la puerta. Era
para que la boba de Janice no se enterara de la conversación. –Guy, Leonora es
una mujer adulta, tiene su propia vida. Ya comprendo lo amargo que debe de ser
para ti ver que prefiere a William, pero, si le prefiere a él, ¿qué se le va a
hacer? En realidad, quiero que sepas que opino que tu... bueno, que tu
constancia con respecto a Leonora es algo muy hermoso. Has sido como uno de
esos caballeros de la antigüedad, entregados años y años a sus damas. De
verdad. Pero Guy, querido, ahora eso tiene que terminar... lo entiendes,
¿verdad?
–Nunca terminará –dijo él, hablando en voz
muy baja.
–¿Qué has dicho?
–Que nunca terminará, Susannah. ¿Sabes?, yo
creo, sé, que Leonora volverá a mí. Sé que estaremos juntos el resto de
nuestras vidas y que con el tiempo veremos todo esto como una locura pasajera.
–Si prefieres ver las cosas así, no puedo
impedírtelo. Sólo que me gustaría evitar que sigas prolongando tu infelicidad,
eso es todo.
¿Por qué no soltarlo, así?
–Había una invitación para la boda en tu
repisa ayer. Estaba allí cuando llegué, pero antes de que me fuera alguien se
la había llevado.
Susannah contestó inmediatamente, sin
vacilar.
–No, no, Guy. Debes de estar equivocado.
Además, ¿íbamos a tener nosotros una invitación? La fiesta la damos nosotros.
Esto era incontestable. ¿Era posible que lo
hubiera imaginado? Pensó: Susannah no me iba a engañar, no Susannah. Le
preguntó si sabía dónde estaba Leonora. No, pero esperaba verla mañana. Leonora
iba a asistir al funeral de su madre.
Probablemente iría todo el grupo, pensó Guy
después de haber colgado. Tessa y Magnus Mandeville. Robin y Maeve, William
Newton e incluso algunos de los parientes de Newton. Todos atrapados en la gran
telaraña de los Chisholm. Guy tuvo en una pequeña fantasía el atisbo de un
futuro en el que, Leonora y él casados, los Chisholm atraían a su seno a su
familia o lo que quedara de ella, lo que pudiera encontrarse. Eran capaces de
ir en búsqueda de su madre, y hasta de su abuela, si la vieja seguía todavía
con vida. Se los imaginaba a todos en torno a una enorme mesa en una cena en
celebración de algo. ¿La boda de Robin? ¿Su boda con Leonora? ¿Por qué no?
Volvió a intentar varias veces comunicar con
Georgiana Street y con Portland Road. No hubo respuesta en ninguno de los dos
sitios. Newton, o bien Rachel Lingard, impedía a Leonora contestar al teléfono.
Lo más probable era que se tratara de Rachel, ya que Leonora habría tenido que
volver a casa a buscar ropa adecuada para el funeral. En todo caso, mañana
sería el final no sólo de la madre de Susannah sino también de Rachel.
Indudablemente, Chuck o el hombre de Chuck no
habían tenido hasta el momento ocasión de hacer su trabajo. Guy ya se
enteraría. Aunque no esperaba que Danilo le llamase para decirle que la faena estaba
hecha. Lo haría Leonora. Leonora acudiría a él angustiada. El pensar en lo
desdichada que iba a sentirse Leonora le daba cierto remordimiento. Ella quería
bastante a aquella Rachel, fea, gorda y egocéntrica, con sus aires de
superioridad y aquella manera despiadada de manipular las vidas de la gente. Al
enterarse de que Rachel había muerto en un accidente de coche (o había sido
asaltada y muerta o había caído al río desde un puente), se disgustaría tanto
que sin duda no seguiría adelante con aquella absurda boda. Acudiría a él en
busca de consuelo.
Por la mañana, llamó al piso de Portland Road
tan temprano como le fue razonablemente posible, poco después de las ocho.
Estaba en su dormitorio tocando madera, esta vez la cabecera de la cama
Linnell. Alguien descolgó el auricular pero no dijo nada. Sabía quién era.
–Sé que eres tú, Rachel –dijo–. Es inútil que
hagas esos numeritos conmigo.– Habría querido decirle que los niños de donde él
venía decían, cuando pedían limosna a una mujer y ésta no les daba nada:
«Muere, zorra, muere», pero el caso es que ella iba a morir y alguien podía
oírlo.– Me gustaría hablar con Leonora, por favor.
Ella colgó el teléfono.
Marcó el número de nuevo y dejó que sonara.
Cuando fue evidente que Rachel no iba a contestar y que también impedía a
Leonora contestarle, dejó el receptor sobre la mesita para que siguiera sonando
y sonando y la atormentara. Guy pensó en ir al funeral de la madre de Susannah,
pero no sabía dónde era. Hacía ya tres días que no hablaba con Leonora. ¿Había pasado
alguna vez tanto tiempo, aparte de las vacaciones o de cuando ella estaba en la
universidad? Ni siquiera cuando Leonora tenía aquel cuarto y el teléfono estaba
en el piso de abajo había durado la espera tres días. Era presa del pánico
cuando se ponía a pensar así; hizo un esfuerzo por librarse de estas ideas.
Devuelto el receptor a su sitio, se dirigió en el Jaguar a una venta de cuadros
que tenía lugar en Wallington, Surrey.
En el camino de vuelta llegó hasta las
puertas del crematorio de Croydon. Debía de ser aquí, pensó. Aparcó el coche
con la mitad sobre la acera y esperó. Se le ocurrió lo maravilloso que sería el
simple hecho de verla. Si la veía dejaría el coche y entraría, seguiría a los
asistentes y se sentaría discretamente al fondo de la capilla del crematorio.
Imaginaba cómo vestiría Leonora para asistir, por ejemplo, al funeral de su
propia madre, un acontecimiento muy de desear para, digamos, cuatro o cinco
años después de que ellos se casaran. Un sencillo vestido negro de Jean Muir
con un solo volante a quince centímetros del dobladillo, un sombrero negro de
ala ancha, escarpines de ante negro y flamantes medias negras con costura. Le
gustaba la idea de verla con un velo, el rostro misteriosamente oculto y
revelado sólo a él. Entrarían uno al lado del otro, él sosteniéndola y ella
aferrada a su brazo. La imaginaba en el primer banco de la capilla, arrodillada
rezando un poco antes de que empezara el servicio. Aparecía el largo y delgado
ataúd que contenía el largo y delgado cuerpo de Tessa, portado por media docena
de personas, Magnus, Anthony, Michael Chisholm, Robin... ¿no estaría también
él, Guy, entre ellos?
Estaba intentando resolver el dilema que
representaba estar al lado de Leonora y al mismo tiempo ser un miembro
indiscutible del círculo familiar, cuando levantó la mirada y vio una lenta y
triste procesión de coches que salían por las puertas.
Salió del Jaguar de un salto. El primer coche
iba ocupado por personas muy viejas, cabezas blancas parecidas a ramilletes de
diente de león. Los observó, los escrutó. El segundo coche iba también lleno de
personas muy viejas. Había dos hombres de pelo canoso ligeramente más jóvenes
en el tercer coche. Oyó una voz detrás de él:
–Perdone, no puede aparcar aquí.
Era un guardia de tráfico. Puso en marcha el
coche y se dirigió a su casa. Fatima seguía allí, limpiando. Guy subió al piso
de arriba e intentó llamar a Leonora por el supletorio de su cama. Se acordó de
lo que había dicho Newton, al llamarlo burlonamente: «Su Majestad». No contestó
nadie, ni en Portland Road ni en Georgiana Street.
No se iría a olvidar del almuerzo con él,
¿verdad? No habían quedado en la hora. Pero tal vez esto no fuera necesario,
siempre se encontraban a la una. En el Savoy, pensó, a la una. Se oyó la puerta
de entrada al cerrarse; era Fatima que se iba. Bajó y se sirvió un vodka largo
con hielo y unas gotas de angostura. No hacía más que pensar en aquella
invitación de boda. Por primera vez se le ocurrió que, si estaban enviando
invitaciones para aquella ridícula boda, era muy raro que no le hubieran
enviado una a él. Es decir, raro desde el punto de vista de ellos. No desde el
suyo. Para él sería grotesco que le invitaran a la boda de Leonora, se casara
con quien se casara. Pero ellos no lo verían así. Ellos considerarían a Guy
como un viejo amigo con el mismo derecho a ser invitado que aquella zorra de
Rachel, con más derecho aún, porque hacía más tiempo que conocía a Leonora.
¿Por qué entonces no le habían invitado?
¿Porque no enviaban invitaciones? Porque
aquella tarjeta con los bordes plateados nunca había existido. La había
imaginado. Había tenido una alucinación y la había imaginado. El jardín volvía
a estar verde, las aguas del estanque tranquilas y relucientes con densos haces
de nenúfares, las hojas verdes por arriba, bordeadas de color carmesí, y las
flores de un color rosado o marfil veteado. Observó que las rosas estaban
marchitas y dio un paseo para arrancar las cabezuelas muertas. Reinaba aquí una
gran tranquilidad, en este rincón oculto en los mews con el latido del tráfico a
lo lejos. Había aquí paz, y un aire de salud. Era imposible perder la cabeza,
era imposible que a nadie le pasaran por la cabeza y por la imaginación cosas
extrañas e inexplicables, si se quedaba en este lugar sentado apaciblemente.
Pasada más o menos una hora sonó el teléfono.
Su intuición le dijo que sería Leonora, sabía que sería Leonora. Hacía años que
Leonora no le llamaba, pero sabía que era ella. Entró con tanta prisa que volcó
la mesa lacada en rojo que estaba al lado de la puerta y sobre la que antes
había estado el jarrón chino. Cogió el teléfono, el corazón le latía con
fuerza. Era Celeste. ¿Había olvidado Guy que tenía que llevarla a la fiesta de
su amigo? Habría baile en una terraza, sobre el río en Richmond. Pero él había
dicho que la llamaría y no la había llamado.
Guy se había olvidado. Se daba cuenta de que
habría debido ir, era el tipo de cosas que le gustaban y había aceptado la
invitación del amigo y prometido llevar a Celeste, pero de todos modos dijo que
no le apetecía. Tenía algún muermo, pensó, algún virus o una jaqueca
incipiente. Ella se lo tomó con resignación y no intentó convencerle. Cuando
Celeste hubo colgado, el teléfono todavía en la mano y terriblemente
decepcionado, Guy pensó que podía aprovechar la ocasión y llamar a Georgiana
Street.
No hubo contestación. Se sirvió otra bebida y
marcó el número de Portland Road. Tocó la madera lacada en rojo: ¿era madera?
No contestaban. Rachel podía estar muerta a estas horas. Chuck probablemente lo
haría en Brixton, donde trabajaba Rachel. Mucha gente decía que era arriesgado
para una mujer, en especial para una mujer blanca, pasearse sola por aquellas
calles poco transitadas de Brixton. Guy nunca había creído eso del todo, pero
pensó que era hora de empezar a creerlo.
Una escena tomó forma en su cabeza. La
policía querría que alguien identificara el cuerpo de Rachel. Irían a ver a
Leonora o a Maeve; probablemente a Leonora, ya que seguía viviendo en la misma
casa que Rachel mientras que Maeve ya no estaba allí. Naturalmente pediría a
William Newton que la acompañara, estaría desquiciada por la pena y el horror,
pero Newton no iría porque era un melindroso, la clase de persona que no podía
soportar la idea de ver un cadáver, en especial un cadáver en el estado en que
se hallaría el de Rachel. Así que, desesperada, Leonora acudiría a la única
persona en quien podía confiar, su único y verdadero amor, y juntos irían a
Brixton. Él la llevaría en el Jaguar y, una vez allí, Guy se haría cargo del
asunto. «Conozco a la difunta tan bien como mi novia, sargento. Déjeme a mí
este asunto de la identificación.» Luego, en el coche, ella se aferraría a él.
«Siempre te he querido a ti, Guy. Debía de estar loca...»
Después de otros dos vodkas cargados seguía
totalmente sobrio, pero su habla era un poco confusa. Practicó hablar consigo
mismo en el espejo y se confesó con toda franqueza que no quería de ningún modo
que Leonora le oyese hablar así. Cuando volviera del restaurante podría probar
por última vez.
Se puso a andar. Necesitaba aire. Era poco
habitual en él comer solo o en un lugar donde no hubiera reservado mesa
previamente. Un poco más arriba, en Old Brompton Road, había un restaurante
italiano donde una vez había comido unos buenos espaguetis con la predecesora
de Celeste, una muchacha medio china que era azafata en un Boeing 747. Habían
pasado cuatro días desde que había hablado con Leonora. Era mejor, y más
seguro, concentrarse en Rachel, que podía fácilmente estar tumbada muerta en
algún lugar en este momento, a buen seguro era así. Eran casi las ocho, más de
cuarenta y ocho horas desde que había dado el aviso a Danilo.
En algún punto en medio de esta fila de
tiendas estaba el restaurante. Había un hombre, un mendigo, un vago o como se
le quisiera llamar, tumbado cuan largo era en uno de los portales, el portal de
una tienda de productos de dietética cerrada desde hacía tiempo. Era un hombre
negro, más bien joven y al parecer alto, más que delgado demacrado, vestido con
harapos ennegrecidos. Había una gorra en la acera a su lado, y la única moneda
de cinco peniques que contenía indicaba bien a las claras que no se trataba de
una prenda tirada por un instante al suelo.
Estaba tumbado de espaldas, con las manos
detrás de la cabeza y mirando hacia arriba. Tenía los labios abiertos, y entre los
blanquísimos dientes relucía una pieza de oro. No miró a Guy y éste lo miró
sólo de pasada, pero estuvo seguro de que era Linus. Un Linus terriblemente
cambiado, muy venido a menos, con barba de varios días en las mejillas en otro
tiempo tan lozanas y una fea y desigual cicatriz en el pómulo en otro tiempo
tan hermoso, pero era el mismo hombre. Guy siguió andando, ahora totalmente
sobrio pero tembloroso. Le temblaban las manos y sentía que las piernas apenas
podían sostenerle, pero sin embargo siguió andando. Olvidó buscar el
restaurante italiano y caminó de manera insegura por los Boltons, a lo largo de
Fulham Road. Lo único que le importaba era poner la mayor distancia posible
entre él y el pobre náufrago del portal, que podía ser, que era, Linus.
Pero, una vez en el restaurante que encontró
en Cale Street, cuando se hubo dirigido al bar y pedido un martini con vodka
largo antes de pedir una mesa, se preguntó casi con un quejido por qué había
huido. ¿Por qué no se había detenido para ver el modo de ayudar a su amigo?
Esto era muy simplista, por supuesto. Pero
habría podido empezar por preguntar a aquel hombre si era realmente Linus. Un
hombre blanco no es capaz de discernir con facilidad la identidad exacta de un
negro, del mismo modo que a un negro le cuesta discernir la de un blanco. No
existe ese reconocimiento instantáneo e indiscutible. En la mente de Guy
quedaba una ligera duda. La última vez que había visto a Linus éste era un
joven gángster esbelto, atlético, bien parecido y próspero. Siempre bien
vestido, con ropa llamativa. Tenía un diente de oro, recordaba Guy, algo
inusitado en un joven pero no tanto si éste era de origen caribeño.
Guy se sentó en su mesa y pidió un plato a
base de pollo y otro martini con vodka mientras esperaba la comida. El mendigo
del portal tenía un diente de oro. Volvió con el pensamiento a lo ocurrido
media hora antes y vio de nuevo los labios abiertos, llenos y relucientes, con
un tinte azulado, y entre las muelas blancas el relumbrar del oro. Era Linus.
¿Qué le habría ocurrido para verse así?
Hacía quince años... Entre las pandillas de
chicos de las calles no había ningún racismo. Esto era algo de lo que
enorgullecerse ahora, algo de lo que alegrarse, pero en aquellos días ninguno
de ellos lo veía desde este punto de vista y se extrañaban cuando la policía y
los asistentes sociales hablaban de problemas raciales entre los jóvenes de
Notting Hill. Guy casi habría podido decir –casi pero no del todo, si era
honrado– que no se fijaba en el color de otra persona. Se daba cuenta de que, a
los ojos de algunas gentes, ser irlandés, como lo era él, era una desventaja.
Linus había sido un joven diablo. Una vez, en la línea central del metro, ente
las estaciones de Notting Hill y Queensway, había robado quinientas libras a
tres turistas americanos sin que éstos se enteraran.
Llegó la comida pero sólo pudo probarla.
Bebió una garrafa del vino de la casa. ¿Por qué se había quedado a comer?
Habría debido volver inmediatamente a aquel sitio de Old Brompton Road donde
había visto a Linus. Había huido. Se levantó, pagó la cuenta y se dijo a sí
mismo que debía volver. Debía volver, encontrar al joven negro del portal y
asegurarse de que era Linus.
Caminó por la calle buscando un taxi,
buscando ese deslumbrante cubo de oro que al acercarse constituye la más
querida de las luces de tráfico. Aproximándose hacia él por King’s Road,
cogidos del brazo como una pareja casada hacía mucho tiempo, venían Robin
Chisholm y Maeve Kirkland.
Desde luego, era menos sorprendente verlos
allí a ellos que verle a él. Vivían a sólo una calle. King’s Road era su calle
mayor. Guy esperaba, bien que hicieran como que no le veían como aquel día en
el parque o que iniciaran una pelea en medio de la calle. Mientras se
acercaban, se preparó para lo peor y se quedó mirándolos. Les había dado otra
vez por vestir aquella ropa unisex; tal vez ello formara parte de su relación.
Esta vez llevaban camisetas de color rosa idénticas. Los téjanos eran
diferentes, los de ella frotados y del color del hollín, los de él azules y lavados
a la piedra. Robin no aparentaba en absoluto haber escapado por los pelos de un
accidente grave y ya no tenía el ojo amoratado. Guy estuvo a punto de llevarse
la mano a la mejilla, donde se veía todavía la débil señal de un arañazo.
Lucían los dos amplias sonrisas.
–¿Lo pasado pasado, viejo? –dijo Robin.
Guy nunca había oído a nadie de menos de
sesenta años llamar a otro «viejo».
–¿Cómo estás? –dijo, y luego, por cortesía–:
Me alegro de verte vivito y coleando otra
vez.
–Oh, me defiendo.– Este modo de elegir las
palabras parecía un tanto desafortunado. Conociendo a Robin, Guy estaba seguro
de que las había elegido.– ¿Qué te trae –dijo Robin en su tono meloso– a este
rincón del bosque?
Sin esperar respuesta, preguntó a Guy si
quería pasarse por St. Leonard’s Terrace a tomar algo.
Tanta cordialidad le sorprendía. ¿Qué
pretendía Robin?
–Lo siento, me gustaría pero tengo un poco de
prisa.
–No has preguntado dónde está Leonora –dijo
Maeve con cierto desdén.
Era cierto. Guy se dio cuenta de que no había
pensado en Leonora durante la última hora. Debía de ser un récord.
–No –dijo–. No. Está en Portland Road,
supongo. Vamos a comer juntos mañana.
–Se ha trasladado a casa de William debido a
que Rachel ya no está. Era absurdo quedarse en el piso sola.
Guy sintió una vena de excitación.
–¿Cómo dices? ¿Rachel no está?
–Se ha ido de vacaciones, ¿no lo sabías?
–¿De vacaciones? –dijo él.
–Esta mañana. Ha ido a España con Dominic.
¿Por qué miras así, Guy? Estoy hablando de Rachel, no de Leonora.
Llegó un taxi. Guy lo paró, le dijo al
taxista que lo dejara en Bolton Gardens, dijo adiós a la pareja y subió al
coche. Cuando el taxi arrancaba pudo ver el rostro de Maeve por la ventanilla
posterior, tenía la boca un poco abierta y movía la cabeza. Así que Rachel se
le había escapado, o, más bien, se le había escapado a Chuck. Rachel se había
ido de vacaciones con uno de aquellos cara-de-huevo. Lo importante,
naturalmente, no era que debiese estar muerta sino que no estaría allí. Pues
bien, no estaría.
El anochecer era ventoso y había refrescado.
Se acercaba el otoño. El cemento de un portal era frío y duro, y atravesaba las
ropas delgadas y tiznadas con un dolor. Bajó del taxi en Bolton Gardens y
caminó los pocos metros que le separaban de Old Brompton Road.
No había nadie en el portal. Linus, si es que
se trataba de Linus, había desaparecido. La única prueba de que había estado
allí era una diminuta colilla de cigarrillo, un trocito pequeño, mucho más
pequeño que el que dejan la mayoría de fumadores. Guy lo cogió y olió el aroma
dulzón, ligeramente mareante, de la marihuana.
15
Leonora llegaba tarde. Él estaba sentado en
su gran mesa redonda del rincón, en la grata estancia, decidido a no volver a
mirar el reloj. Había pedido de beber y resuelto no mirar el reloj hasta que la
bebida llegara. No había sido capaz de resistirse a encender un cigarrillo que
atraía miradas de censura por parte de una mujer ataviada con un sombrero de
color rosa. Guy tuvo que hacer un esfuerzo para mirar por la ventana.
Llegó el coñac que había pedido. Era lo más
fuerte que se le ocurría, a falta de algo totalmente explosivo como sería la
absenta o el zubrovka.
Esto probablemente ni siquiera lo tenían en el Savoy.
Miró el reloj. Era la una y doce minutos. Hacía días que no hablaba con ella
por teléfono. Esta cita en el Savoy ni siquiera había sido confirmada. No va a
venir, pensó. Me han vencido, la han obligado a trasladarse al piso de Newton y
nunca dejarán que vuelva a hablar conmigo. Esperaré hasta la una y veinte. Si
no ha venido a la una y veinte... ¿qué haré entonces? ¿Qué voy a hacer?
Iré a
Georgiana Street, pensó. A buscarla. No había vuelto a
hablar con ella desde el martes, cuando la había visto en Lamb’s Conduit
Street. Habían pasado cuatro días. Habría debido insistir, habría debido
localizarla antes. Podía estar en cualquier parte, era posible que hubiera ido
con Rachel a España. Sus ojos se encontraron con los del camarero y pidió otro
coñac. No iba a venir, naturalmente, sabía ya que no iba a venir. Miró el
reloj. Era la una y veintidós minutos.
El segundo coñac había casi desaparecido
cuando el camarero la acompañó hasta la mesa. Guy se puso en pie de un salto.
Olvidó la tortura de la larga espera. Estaba hermosa. Por una vez se había
vestido para él y para lo especial del lugar.
Tal vez no fuera por una vez. Tal vez fuera
para siempre. Formaba parte del proceso de cambio, del cambio que la estaba
haciendo volver a él. Olvidó las llamadas sin respuesta y los días de silencio.
Leonora llevaba un traje de lino. La falda corta era de un azul oscuro intenso
pero no azul marino, y la chaqueta larga, abotonada hasta arriba y de cintura
ajustada, a anchas rayas verticales de color azul oscuro y fucsia. Las mangas
estaban vueltas mostrando el forro de puntos rosados y azules. Llevaba medias
de color malva y zapatos de gamuza azul y, como pendientes, rosas de cristal
rojo oscuro.
Su cabello relucía. Parecía acabado de salir
de la peluquería, y por una vez estaba bien cortado. Lucía un fulgor en el
rostro que le hizo pensar por un momento que iba maquillada. Le besó, primero
en una mejilla y luego en la otra, nada inusitado en este sentido.
–Siento llegar tan tarde, Guy. Ha habido
problemas en el metro.
¿Qué importaba el metro? Su excéntrico modo
de viajar le daba risa.
–Leonora, cariño –dijo–. Estás muy guapa.
Quiero que estés siempre así de guapa.
–Ha sido mi madre. Ha dicho: «No puedes ir al
Savoy en pantalones téjanos». Y me acababa de comprar este traje así que he
pensado: bueno, ¿por qué no?
–¿Tu madre quería que te vistieras así para
comer conmigo?
Leonora sonrió como siempre, apretando los
labios y conteniendo las comisuras de la boca.
–Mi madre querría que me vistiera así para
comer con quien fuera.
De esto era mejor no hacer caso.
–Pide algo decente de beber por una vez –dijo
él–. No estropees las cosas tomando zumo de naranja.
–De acuerdo. Tomaré un jerez. No, no un jerez
seco, un Bristol Cream oscuro y pegajoso, es estupendo.
–Así que te has mudado a Georgiana Street
–dijo él.
Ella se puso a explicarle por qué. Él le
habló de su encuentro con Maeve y Robin. La aparente tregua o detente entre él y Robin pareció dar una gran alegría a Leonora. Alargó el
brazo y apretó la mano de Guy. No, dijo, no iba a comer carne, ni siquiera por
complacerle. Comería pescado. ¿Langosta?, sugirió Guy. Esto hizo a Leonora
estremecerse, pero pediría filete de lenguado, primero camarones a la criolla y
luego lenguado y patatas fritas –¿por qué no?–, y verdura en lugar de ensalada.
«Una comida como es debido», dijo Guy, muy satisfecho. Aunque en ningún momento
había pensado en decírselo, le habló de Linus. ¿Se acordaba de Linus?
–Claro que me acuerdo. Yo no le gustaba.
Nunca olvidaré cuando nos conocimos, allí en la calle, en Talbot Road me parece
que era, recuerdo que tú estuviste muy simpático y me pasaste un porro (aunque
sabe Dios que no habrías debido hacerlo, Guy) y Linus, Linus escupió al lado
del bordillo.
Leonora se acordaba de todo esto. Se acordaba
de lo que él había hecho cuando se conocieron. Su corazón rebosaba.
–Había dejado una colilla de porro en el
portal –dijo.
–Yo nunca le gusté –dijo ella de nuevo–. Y
sin ninguna razón. Linus era uno de esos gays a los que no les gustan las
mujeres.
–Linus no era gay.– A veces quedaba atónito
ante las cosas que se le ocurrían a Leonora, sus entresijos, las cosas que
pasaban por aquella linda cabecita. –¿Qué te hace pensar eso? Tenía su novia,
Sophette, que podría haber sido su madre pero era su novia.
–Exacto –dijo ella con una risita–. ¿Estás
seguro de que era él el hombre del portal?
–Casi lo juraría.
–Mejor será que te asegures de que es él
antes de hacer nada.
Leonora se comió los camarones con deleite, y
se comió también todo el pescado y casi todas las patatas. No quiso tomar un
segundo jerez pero sí beber Frascati con él. Guy tuvo que pedir otra botella.
–Guy –dijo ella, muy seria–, está muy bien
por tu parte, es muy generoso, que desees ayudar a Linus si de verdad es él y
está en esa situación, pero creo que hay algo que deberías recordar. Linus era
un traficante, traficaba con drogas peligrosas. Así es cómo se ganaba la vida.
Si ha llegado a esa situación probablemente es debido a su propia adicción.
¿Has pensado en eso?
Tuvo que esforzarse por dejar de mirarla
boquiabierto. ¿No lo sabía? ¿No sabía que lo que podía aplicarse a Linus podía
aplicársele a él también?
–Sería un poco fuerte –prosiguió ella– decir
que tiene sólo lo que se merece, pero sí podemos decir que se lo ha ganado.
–¿Y por eso hay que dejarlo en el arroyo?
¿Quién te hace pensar esas cosas? ¿Newton?
–Te estás identificando con Linus, por eso te
afecta tanto verle así. Te ves a ti mismo en él, hecho polvo por uno u otro
motivo. No, no me refiero a la pobreza o el crimen, me refiero a otra cosa. En
otro tiempo llevabais la misma vida, ¿no?, sois más o menos de la misma edad, o
venís del mismo ambiente, y os ganabais la vida del mismo modo.
–Ese modo de hablar te lo ha pegado Rachel.–
Leonora no contestó.–¿Qué sabes tú de mi modo de ganarme la vida, Leonora?
–dijo él decididamente.
Ella respondió, toda inocencia:
–¿Verdad que tu vendías marihuana? Siempre lo
he sabido.
Pasó el instante y también el terror. Leonora
bebió un segundo vaso de vino pero no quiso más, aunque sí la excitaba la idea
de comer un maravilloso dulce, una especie de escultura de chocolate con
volutas y pétalos delgados como hojas, blanco, leche y marrón. El tomar la
decisión con respecto al dulce, y la llegada de éste, les hicieron cambiar de
tema. Él se puso a pensar en las dos semanas que quedaban, en la boda que según
decían todos, tendría lugar el dieciséis de septiembre, dentro de dos semanas.
Naturalmente no habría boda, pero...
–En toda esta semana no he podido localizarte
por teléfono –dijo.
–Ya lo sé. Lo siento, Guy. Pero ahora estaré
todo el tiempo en Georgiana Street.– Le sonrió, la cabeza un tanto ladeada. –Es
que a veces tengo que salir, ¿sabes?
–¿Has dejado el piso de Portland Road para
siempre?
–Eso parece. Maeve se ha ido y Rachel tampoco
está, no tenía mucho sentido volver allí. En realidad se lo prestamos a Janice
y Gerry para que pasen unos días mientras estén en Inglaterra. Les resultará
más agradable tener un lugar propio que vivir con papá y Susannah. Luego,
cuando vuelva Rachel, cambiaremos el contrato y se lo quedará ella.
Cuando hubieron terminado fueron andando
hasta el Embankment. Él le cogió la mano y ella no la retiró. Las palabras
pugnaban por salir de la cabeza de Guy, pero le daba miedo. Ahora las tenía ya
en la boca, esperando ser pronunciadas. Ella hablaba del río, de las
embarcaciones que había en él. La semana anterior un barco de recreo había
sufrido un accidente, el mayor desastre fluvial desde hacía más de cien años,
se habían ahogado cincuenta personas. Ella, con un estremecimiento, hablaba de
lo mal que se debía de pasar atrapado bajo el agua. Porque tenía que hacerlo,
porque las palabras que se amontonaban en su boca estaban asfixiándolo, Guy
dijo como en una explosión:
–Con Mulvanney... ¿qué te dice ese nombre?
Ojos inocentes, una mirada suave y extrañada:
–Nada. No sé. ¿De qué se trata, Guy?
–Es un hombre que tomó LSD y murió por
picaduras de abeja.
–Ah, sí.– Guy vio cómo se hacía la luz y su
corazón se hundió.– Sí, algo me contaron. Hace mucho tiempo. Nunca supe si era
verdad.
–Era verdad.
–Y ¿qué quieres que te diga? ¿Quieres
contarme cómo fue?
–Me rogó que le diera la droga. Yo no quería
dársela. Fue un golpe para mí. Leo, querida, estaba avergonzado. Y no quería
que tú te enterases nunca, sabía lo que significaría para los dos. Lo que
pensarías de mí.
–Sabía que lo habrías hecho por alguna razón
–dijo ella–. Eso no cambiaba nada.
–¿No cambiaba nada?
–No cambiaba lo que yo pensaba de ti.
Él la tomó en sus brazos. Estaba apoyada
contra un pilar de piedra redondo y liso y él la abrazó y la besó. Hacía años,
cinco años, seis, que no se besaban de este modo. Fue un beso largo y dulce, un
beso con los labios abiertos y las lenguas encontrándose, la clase de beso que
antecede al sexo, no un beso para un rincón al lado del río con gente pasando y
un barco en el agua haciendo sonar un largo pitido con su sirena.
–Te quiero, Leonora –dijo él–. Siempre te he
querido. Te querré hasta la muerte. Vuelve a mí. Sé que volverás a mí algún
día. Vuelve a mí ahora.
Con infinita tristeza, ella dijo:
–Es demasiado tarde, Guy.
–¿Por qué es demasiado tarde? Nunca es
demasiado tarde. Yo te quiero y tú me quieres, y sabes que esa absurda boda,
esa ridícula boda, nunca tendrá lugar. ¿No te das cuenta de que sería un crimen
para los dos casarte con ese hombre? Sé que no lo harás. Sé que me quieres. Me
lo has demostrado. Sé que me quieres ahora.
–Vamos a andar, Guy –dijo ella.
Fueron andando por el camino de los jardines
del Victoria Embankment. Hacía una temperatura fresca y viento, y en el río
había pequeñas olas grises.
–Prométeme –dijo ella –que no me vas a
presionar. Bastante trabajo me cuesta todo esto. Las cosas son ya difíciles de
por sí.
–Cariño mío, no haré nada que tú no quieras.
Haré cualquier cosa que me pidas. Me has hecho muy feliz.
–Eres un fastidio, Guy, ¿sabes? Sigues y
sigues. Pero no seguirás haciéndolo, ¿verdad? No querrás acogotarme.
–Soy tan feliz ahora que sé que me quieres
que no voy a decir nada más.
–Ven a celebrar un ágape con nosotros el
miércoles –dijo ella–. ¿Lo harás? Llámame mañana y el lunes y el martes y ven a
cenar con nosotros el miércoles a eso de las siete y media.
¿Un ágape?, habría podido decir él si se
tratara de otra persona. Por la noche se cena. Y el té era lo que él había
tomado en los viejos tiempos con su madre, si había algo que comer.
–¿Quiénes sois «vosotros»? –dijo.
–Estará William, naturalmente. Es casa de
William, Guy. Sé razonable. Pórtate bien.
–Me portaré bien. Iré. Te veré dos veces en
una semana. ¿Dónde vamos a comer el sábado que viene?
Ella se echó a reír.
–Podemos hablar de eso el miércoles. Cuando
Leonora se hubo despedido de él Guy no cogió un taxi, prefirió andar. Ella le
había vuelto a besar cuando se habían dicho adiós, un beso cálido, dulce y
cariñoso. Y ahora estaba solo de nuevo. Ella le había dicho que le quería, que
nada podía cambiar este hecho, había renovado su amor por él. Claro que también
había dicho que era demasiado tarde para volver a él, pero no hablaba en serio.
Probablemente creía que él no la iba a querer después de haber sido ella tan
inconstante, pero en esto se equivocaba, estaba muy equivocada.
Mientras caminaba a lo largo del Embankment
se le ocurrió que cuando las personas que se encuentran en estas circunstancias
vuelven a unirse después de una separación, cuando vuelven a empezar, lo normal
es que vuelvan a casa juntos. Lo natural habría sido que Leonora fuese con él a
su casa ahora. Pero Guy comprendía por qué esto le era imposible. ¿Acaso no
había dicho que las cosas eran difíciles? «Las cosas ya son bastante difíciles
de por sí», había dicho. Nada podía demostrar más claramente la presión a que
la tenía sometida su familia para que siguiera con William Newton. Habían
encontrado a Newton para ella, habían hecho que se entendieran y ahora estaban
todos unidos en el esfuerzo por atarla a él.
Lo único que querían, esto estaba muy claro,
era que pasara el dieciséis de septiembre y, con él, la boda. Eran como
aquellas familias reales de la historia o de los cuentos de hadas que
encerraban a la princesa en una torre hasta que ésta consentía en casarse
con... el enano pelo-de-paja. Cuando hubo llegado a esta conclusión sonrió para
sus adentros. Pero en seguida volvió a sentirse furioso, por ella, a la que
ellos habían hecho desgraciada, su dulce y bello amor para quien «las cosas ya
eran bastante difíciles» porque se veía obligada a casarse con un hombre al que
no amaba.
Empezó a llover y llamó a un taxi. De vuelta
en Scarsdale Mews decidió mirar en seguida su libreta de compromisos para ver
qué tenía que hacer el miércoles y anularlo. Nada... el miércoles. Por un
instante no pudo creer lo que leía, luego no le quedó ninguna duda. Lo
recordaba.
El lunes era el aniversario de Celeste y
tenía que llevarla a Stratford-on-Avon, al Shakespeare Memorial Theatre, y
luego pasarían la noche en el Lygon Arms de Broadway. ¿Era imprescindible?
Tenía los billetes, había hecho la reserva. Celeste se lo había tomado muy bien
cuando él le dio plantón el pasado viernes. No podía hacerle otra. Estuvo
haciendo una comprobación de los siguientes días y planeando sus llamadas
telefónicas a Leonora. El lunes tenía que encontrar a Leonora antes de salir y
el martes podía llamarla desde el hotel...
Celeste pasó la noche del domingo con él.
Llegó a última hora de la tarde, justo cuando él colgaba el auricular después
de hablar con Leonora.
Toda aquella fútil conversación que habían
sostenido había sido forzosamente un rollo debido a que Tessa y Magnus estaban
allí con ella. Leonora se hallaba hoy en Portland Road, había ido para
empaquetar algunas cosas personales, dijo, que su madre y su padrastro se
llevarían a casa en el coche y almacenarían en el garaje. Esto hizo pensar a
Guy, con gran satisfacción, que si realmente tuviera la intención de casarse
con Newton querría que sus cosas las llevasen al piso de éste.
–Cariño –dijo él–, yo habría podido traérmelo
todo aquí. ¿Por qué no me lo has dicho?
Se daba cuenta de que Leonora tenía que
hablar con indiferencia, de cualquier tontería, estando Tessa allí. Tessa
andaba sin duda por allí fisgoneando, fijándose en cada una de sus palabras
para luego reprenderla. Podía ver a Tessa, aquel insecto pegajoso, correteando
por el piso de un lado para otro, cogiendo lo que le parecía y sacando cosas de
los estantes a espaldas de Leonora mientras ésta hablaba por teléfono. Podía
ver sus manos morenas y huesudas, unas manos de esqueleto con un poco de piel
reseca por encima y las uñas pintadas como cuchillos de plata, y la cabecita
con el pelo peinado hacia atrás en lo alto de un cuello como el de una tortuga
asomando por su concha.
–Tengo que hacer un pequeño viaje de
negocios, Leo. Sólo mañana y el martes.– No era verdad, pero no era éste el
momento de confesar que iba a pasar la noche con otra mujer. La mentira sólo
podría estar mal, pensó Guy oscuramente, si él deseara ir de viaje con
Celeste.– Pero te llamaré, ya me encargaré de encontrar un teléfono.
Sólo a la mañana siguiente muy temprano, al
despertar en la cama china al lado de Celeste, empezó a rememorar lo que le
había dicho Leonora acerca de Con Mulvanney. El beso, la demostración de que
ella seguía amándole, y sus reveladoras declaraciones acerca de las presiones a
que estaba sometida... todo esto le había hecho olvidar sus sencillos
comentarios. Ni siquiera se había acordado de ello cuando habló con ella por
teléfono el día anterior por la tarde. Pero ahora volvían a él, en estas
primeras horas de oscuridad y locura. Podía ver las manecillas luminosas de su
pequeño reloj transportable: las cuatro y media.
–Algo me contaron –había dicho ella–. Hace
mucho tiempo. Nunca supe si era verdad.
Se lo habían contado. Él nunca había tenido
la menor duda ni había necesitado pruebas, pero ahora su creencia se veía
confirmada. ¿Por qué no le había preguntado quién se lo había contado? Porque
estaba tan lleno de alegría por lo que ella le dijo a continuación que nada
importaba. Sin embargo, Guy sabía que era Rachel quien se lo había contado,
Rachel, que se había ido de vacaciones a España con un tal Dominic. ¡Y cómo
había cambiado todo! Apenas salida Rachel de la esfera de influencia que había
creado, Leonora había vuelto a sus brazos.
Era, sin embargo, dolorosamente consciente de
que ella no estaba en sus brazos en este momento. Había que ser tonto para no
preguntarle por qué no dejaba de una vez a Newton, cogía un taxi y se venía con
él. Pero ella no lo haría y Guy sabía por qué. Las presiones y amenazas de su
familia seguían siendo demasiado para ella, tenía que ser liberada de aquello,
y tenía que liberarla él. Si había alguna posibilidad de que Leonora llegara.
Celeste no estaría, no estarían su cabello de azabache tendido sobre la
almohada ni sus hombros morenos surgiendo del tul blanco y revuelto de su camisón.
No había habido ocasión para que se quitara esta linda prenda anoche, ni en
ninguna noche desde hacía unas cuantas ya. Se le ocurrió la extraña idea de que
Celeste no se lo volvería a quitar para él nunca.
Cuando creía que no iba a dormir más hasta la
noche siguiente en alguna cama Cotswold, le vino el sueño y le retuvo hasta
pasadas las ocho. Celeste estaba de pie delante de él, lo que dificultaba en
teoría e imposibilitaba en la práctica llamar a Leonora. A las diez habían
salido. En el lugar donde almorzaron no podía decirle a Celeste que tenía que
hacer una llamada de negocios. Celeste sabía demasiado, no iba a creerle. Era
su aniversario y se lo estaba pasando en grande. Él la acababa de invitar a un
magnífico almuerzo y le había prometido un regalo, lo que le gustara de la
mejor tienda de ropa de Stratford. Estaba preciosa con el hermoso cabello
trenzado y enroscado en lo alto de la cabeza, un traje pantalón de seda de
color crema y una blusa de color caramelo. Los hombres volvían la cabeza, la
miraban a ella y luego a él. No podía escabullirse para llamar por teléfono a
Leonora ahora y contarle a Celeste una mentira, ni mucho menos aún contarle la
verdad.
Vieron Romeo y Julieta. Raras veces,
tal vez nunca, había visto Guy una obra de Shakespeare en escena. Quizás alguna
vez por televisión, por accidente, pero no en teatro.
–Creías que iba a ser aburrida, ¿verdad?
–dijo Celeste cuando subían al Jaguar–. Pero ya he visto cómo disfrutabas. Eres
como un niño que sólo sabe de Shakespeare lo que le daban en la escuela y
cuando lo ve en teatro de verdad no puede creer que sea lo mismo.
–No recuerdo que nos diesen Shakespeare en la
escuela –dijo Guy.
–Guy, cielo, lo daban mientras tú andabas
haciendo granujadas por Notting Dale.
–Es posible –dijo él–. ¿Sabes qué me ha
recordado esa obra?
Ella no contestó. Guy podía palpar su
silencio, cálido y pesaroso. Entonces, Celeste dijo, de manera definitiva:
–Sí.
Era su historia, la historia de él y de
Leonora, los amantes con mala estrella y la familia autocrática y represiva.
Por supuesto él no había matado a nadie, pero sí a los ojos de ellos: A los
ojos de ellos había matado a Con Mulvanney. Con Mulvanney era su –¿cómo se
llamaba?–... su Tybalt. Mientras conducía el coche hacia el sur, la obra seguía
en su mente, reproduciendo escenas soberbias. Aquel trozo del huerto y el
balcón... le era fácil sustituir a Romeo por él y a Julieta por Leonora. Ojalá
hubiera podido recordar lo que se decían, ojalá hubiera podido hablar de ello
con Celeste. Pero algo en su modo de estar sentada, los hombros rígidos y el
perfil de bronce duro y mirando al frente en la oscuridad, le decían que esto
no era posible.
Era ya medianoche cuando llegaron a la
habitación del hotel. Había transcurrido el día sin que llamara a Leonora.
Había estado anhelando llamar, había estado pensado en llamarla incluso durante
los entreactos de la obra, escapar de Celeste y encontrar un teléfono, pero
había sido imposible. No era la primera vez que transcurría un día sin que
hablaran por teléfono. Ni mucho menos. La semana anterior, aunque la había
visto en casa de Susannah, sólo había hablado con ella una vez. Pero era la
primera vez que no hablaban porque él no llamaba.
Celeste había roto su silencio. Hablaba de
nuevo, hablaba de la habitación y de la vista que tendrían por la mañana. Pero
aquella complicidad que antes existía entre ellos, el modo maravilloso en que
él, aunque no la amara, podía contarle a Celeste cualquier cosa, todo, en que
podían compartir uno el pensamiento del otro, aquello había desaparecido. Se
había perdido, él lo había matado y nunca volvería.
¿Qué más daba? Tumbado en su cama, a un metro
de distancia de la cama de Celeste, pensó que de todos modos iba a perderla
cuando Leonora y él volvieran a estar juntos.
16
–No me llamaste ayer.
–Cariño, lo siento. ¿Estabas preocupada? No
te habré disgustado, ¿verdad? –el que a ella le importara que no la llamara lo
ponía tan contento que no pudo evitar aquel tono de excitación y alegría en su
voz–. Me fue del todo imposible encontrar un teléfono. ¿Me perdonas?
–Oh, no importa, no es eso. Lo que quiero
decir es que me extrañaba, me extrañaba que no llamases.
Debió de quedarse en casa esperando a que la
llamase. Su corazón cantaba. Su cabeza era una vorágine, como si dentro de ella
alguien estuviera bailando una frenética danza.
–¿Te quedaste en casa esperando a que sonara
el teléfono? Oh, Leo.
–Estaba en casa, no tenía nada que hacer
fuera.
Ah, sí. Como que se lo iba a creer. Guy casi
soltó una carcajada.
–Leo, dime una cosa. Es acerca de lo que hablamos
el sábado. No sé por qué no te lo pregunté entonces. Dijiste que estabas
enterada de lo... de lo de Con Mulvanney. ¿Te acuerdas?
–¿Quién?
–El hombre que murió por picaduras de abeja.
Dijiste que estabas enterada, que te lo habían contado hacía mucho tiempo. Fue
exactamente hace cuatro años, de hecho.
–Sí –dijo ella–, debió de ser por esas
fechas. Yo vivía todavía con papá y Susannah. Fue antes de que me trasladara a
aquel cuarto de Fulham con Rachel.
–¿Quién te lo contó? Te lo dijo Rachel, ¿no?
–¿Rachel?
Para Guy estaba tan claro que se puso a
contarle la historia según él la veía.
–Con Mulvanney vivía en el sur de Londres, en
Balham, y allí vivía también aquella mujer que estaba con él cuando murió. Era
una especie de asistenta social y Rachel trabaja como asistenta social en el
sur de Londres, así que está claro cómo llegó a enterarse. Aquella mujer dijo
que se lo contaría a todo el mundo...
–Guy –lo interrumpió ella–, ¿de qué estás
hablando? ¿Sabes acaso de qué estas hablando? Porque yo no. Fue Susannah quien
me lo contó, Susannah.
El nombre explotó en los oídos de Guy.
Susannah, a la que él creía amiga suya, la persona que le había mostrado más
simpatía de entre todos los familiares y amigos de Leonora... Era ella quien le
había traicionado y le había alejado de su amor. Habría debido pensarlo antes.
¿Como había sido tan tonto?
–Naturalmente –se oyó a sí mismo
tartamudear–. La madre de Susannah vivía en Earlsfield y eso está al este de
Wandsworth, y eso está al lado de Balham, ella estaba allí en el hospital.
–Guy, de veras no sé de qué estás hablando.
No fue así, la madre de Susannah no tuvo nada que ver. Supongo que será mejor
que te lo cuente, aunque me prometí a mí misma que no lo haría nunca.
–¿Contarme qué? –Guy tocó el marco de madera
de las puertas cristaleras y se aferró a él.
–Una mujer escribió a Susannah... Bueno, en
realidad escribió a Susannah y a mi padre, al señor y la señora Anthony
Chisholm. Yo estaba allí cuando llegó la carta. Supongo que la mujer creía que
eran mis padres, que Susannah era mi madre, quiero decir. Escribió para
advertirles con respecto a ti, decía que lo hacía por mí. Oye, Guy, ¿qué es
todo esto? ¿qué importa? Ya te dije que no cambió nada. Tengo que irme ya,
llevamos media hora al teléfono.
–No te vayas. Leo, por favor. No cuelgues.
Esto es muy importante para mí, tengo que saber. ¿Quién escribió a tus padres?
–A papá y a Susannah –dijo ella, y Guy pudo
observar una creciente impaciencia en su voz–. Bueno, te lo digo en cuatro
palabras y me voy. Ya te dije que aquello no había cambiado nada en cuanto a
mis sentimientos con respecto a ti y debes creerme. Esa mujer se llamaba
Vasari, me acordaré siempre del nombre porque así se llamaba aquel hombre que
escribía acerca de la vida de los artistas.– Guy no sabía de qué estaba
hablando, estaba perdido.– Vasari –dijo ella–. Polly o algo así. Les escribió
para decirles que no me dejaran casarme contigo. ¡Cielo santo, yo tenía
veintidós años! Que no me casara contigo porque eras un peligro social y habías
proporcionado drogas a su novio. Algo así. Susannah abrió la carta porque iba
dirigida a los dos y papá estaba en el trabajo.
–¿Y te lo dijo así, tan tranquila?
–Yo estaba allí cuando abrió la carta. Me la
enseñó, naturalmente. Oye, llámame más tarde si quieres, pero ahora tengo que
irme, ahora mismo.
Guy le dijo que la llamaría a las siete.
Leonora se despidió a toda prisa y colgó el teléfono. Guy suspiró. Aclarando
los misterios del pasado y del presente sólo se llegaba a más complicaciones.
Desde luego, estaba claro cómo Poppy Vasari se había enterado de su relación
con Leonora y también de quién era Leonora. En aquellos días se veían a menudo,
él estaba cada dos por tres en Lamb’s Conduit Street. Debió de seguirle y leer
el nombre colocado junto al timbre de la puerta. ¡Cómo debió de disfrutar
aquella vengativa mujer al escribir la carta que iba a arruinar su vida!
Y Susannah, aquella mujer traicionera,
aquella serpiente sibilina... Por supuesto, cualquier buena persona con el
mínimo sentido de la lealtad habría tirado la carta asqueada después de leer la
primera línea. Él consideraba a Susannah como la clase de persona que no podría
creer una palabra de algo así, que ni mucho menos habría enseñado la carta, y
además inmediatamente, a la muchacha a cuya protección estaba dirigida. Tanta
hipocresía le indignaba. No le habría extrañado de tratarse de Tessa, quien
nunca había fingido apreciarlo, quien nunca había disimulado su odio. Se acordó
de aquellos consejos tan amables de Susannah, de aquellos besos de Judas.
Volvió a llamar a Leonora a las siete.
Esperaba oír a Newton y se preparó para hacer frente a su voz exasperada, de
superioridad –al fin y al cabo iba a tener que pasar la velada de mañana con
él–, pero fue Leonora quien se puso al teléfono.
–¿Puede oírte él? –le preguntó Guy.
–Si te refieres a William, no está. Ha estado
en Manchester todo el día y todavía no ha vuelto.
–¿Estará mañana por la noche?
–Sí, claro. Vuelve esta noche, en cualquier
momento.
–Leonora, háblame de esa carta que Poppy
Vasari escribió a Susannah.
–Oh, Dios, ojalá te olvidaras de eso. Ojalá
nunca te lo hubiera dicho. Estás dándole una importancia que no tiene. Poppy
–¿se llamaba así?– Vasari escribió a papá y Susannah y les dijo que te ganabas
la vida vendiendo drogas peligrosas. Creo que las llamaba drogas Clase A. Dijo
que le habías dado una pastilla alucinógena, lo decía con estas palabras, a ese
tal Mulvanney y que el hombre se había vuelto loco y había metido la cabeza en
una colmena. Bueno, esto vino en los periódicos. Junto con la carta venía una
fotocopia de un informe de la investigación realizada por un periódico.
Susannah me la enseñó... la leí por encima de su hombro. Dijo que seguramente
ni se lo diría a papá. Estaba muy enfadada.
–Y tú, ¿qué le dijiste?
–Pues le dije que me parecía una difamación
poner cosas así en una carta.
–¿Se lo dijo a tu padre?
–No sé. No se lo pregunté y él nunca me dijo
nada. Susannah se lo dijo a Magnus.
–¿Que hizo qué?
–No te pongas así, Guy, por favor. Se lo dijo
a Magnus porque Magnus es abogado. Le llamó a su oficina y le preguntó qué
había que hacer en un caso así. Por si había que llamar a la policía, supongo.
–Oh, santo cielo –dijo Guy–. Santo cielo.
–De todos modos no tienes por qué
preocuparte, Magnus dijo que lo mejor era quemar la carta. Supongo que a su modo
de ver era como una carta anónima, aunque en realidad viniese firmada.
–Seguro que el viejo esqueleto se lo contó a
tu madre.
–Es posible, sí. Sí, supongo que lo hizo.
Nunca he hablado de eso con mi madre. Y no llames así a Magnus. Susannah y yo
hablamos bastante del tema. Es una mujer muy comprensiva, ¿sabes? Le dije que
todos fumábamos hierba en aquellos tiempos y ella dijo que también la había
fumado, y yo le dije que me parecía que habías vendido droga cuando eras más
joven. La culpa era del medio de dónde procedías y la gente con quienes te
relacionabas... No te importa que dijera eso, ¿verdad, Guy?
–Cualquier cosa que tú digas está bien.
–Lo único que dijo Susannah es que aquello
habría importado si yo estuviera pensando seriamente en casarme contigo, pero
que no era así.
–¿Que dijo qué?
–Es absurdo darle vueltas y más vueltas.
Aquello no cambió nada. Guy, tú ya sabes lo que siento, te lo he dicho muchas
veces. Oye, creo que ha llegado William. Te veremos mañana por la noche, ¿de
acuerdo?
–Lo primero que haré por la mañana será
llamarte.
–No, no lo hagas. No estaré aquí. Te veré
mañana a eso de las siete y media.
Iba a cenar con Bob Joseph y un hombre que
era presidente de una cadena española de hoteles. Habían quedado en un
restaurante de Chelsea, no lejos del restaurante donde él había cenado aquella
noche en que vio en la calle a Linus, o a aquel hombre que le pareció Linus.
Guy fue hasta Old Brompton Road. ¿Qué había querido decir Leonora con que «no
estaría por la mañana»? Estaba allí ahora. ¿Adónde tendría que ir? Entonces se
dio cuenta de que mañana sería el seis de septiembre y probablemente el primer
día del curso escolar. Los niños empezaban la escuela mañana. Leonora tenía que
trabajar.
Pero, un momento. Era un poco extraño que
volviera a la escuela como maestra cuando pensaba casarse dentro de menos de
dos semanas y tomarse una quincena libre. Los maestros nunca hacían eso. Lo
lógico era que los maestros se casaran y fueran de luna de miel durante las
largas vacaciones escolares. Estaba claro que esto sólo podía significar una
cosa, que no se casaba y que nunca había tenido la intención de casarse. Era
todo una fantasía. ¿Destinada tal vez a ponerlo celoso? En tal caso, lo había
conseguido. Sonrió para sí mismo. Así son las mujeres, pensó.
Volvió la esquina de Earl’s Court Road y se
puso a buscar a Linus. En un portal que no era el de la tienda de productos
dietéticos había un hombre dormido, acurrucado en posición fetal, la cara y la
cabeza cubiertas por un periódico. A Guy le pareció que se trataba de la misma
persona, pero no estaba seguro ni pudo decidirse a despertarlo. El haber
cobrado consciencia de que la boda de Leonora era una falsedad o un sueño, le
hacía sentirse tan feliz y jubiloso que su interés por Linus se vio de momento
disminuido. Además, no podía hacer nada por él. Habría sido un acto insultante,
una impertinencia insensible, levantar el periódico y mirar el rostro de aquel
hombre. Evidentemente, se trataba del doble de Linus. Lo volvería a encontrar.
Pasó un taxi y lo cogió. Pensaba en Susannah
con odio, se la imaginaba en aquel piso con su elegante conjunto negro,
inclinada sobre la barandilla, sonriente. Su acogedora presencia le llevaba a
entrar en la sala de estar. La tarjeta blanca con el borde plateado estaba
sobre la repisa de la chimenea. Probablemente era una invitación para otra
boda. Si, debía de ser eso. Era una invitación para la boda de otra pareja, la
ceremonia había tenido ya lugar y, como la tarjeta era inútil, Janice la había
cogido y tirado a la basura cuando se dirigía a preparar el té. Esta
explicación le satisfizo plenamente.
¿Flores, bombones, vino... o un regalo de
verdad? Nunca la había visto comer bombones. Comía aquellas porquerías
dietéticas. Las flores habría que ponerlas en agua, lo que quería decir que
ella saldría y le dejaría a solas con Newton. Un regalo de verdad para ella no
podía consistir más que en joyas, por ejemplo unos pendientes, y le parecía que
esto estaría un tanto fuera de lugar, que sería exagerado y ostentoso. Al fin y
al cabo, por poco importante que fuera William Newton, un simple muñeco o
segundón colocado allí por Anthony y Susannah, se trataba de su casa, y William
sin duda consideraba todavía a Leonora como su prometida e incluso creía que
iban a casarse dentro de una semana, el sábado. No le parecía bien entregar a
Leonora un par de pendientes por valor de, digamos, trescientas libras, en
presencia de Newton.
Se decidió por el champán. Una sola botella
de Piper Heidsieck. ¿Debería llevar traje? No cabía en su cabeza que Newton
tuviera siquiera un traje. Lo más adecuado tal vez fueran unos téjanos de
diseño y un jersey. No haría calor. Guy era consciente de que estaba tan
nervioso e inquieto por la cercanía de la velada como si nunca en su vida
hubiera cenado fuera de casa. ¿Habría otra gente? Si al menos pudiera
llamarla... Su pensamiento jugaba con la idea de que esta noche, por fin, iba a
robársela a Newton, se la iba a llevar delante de sus narices y se la iba a
traer a su casa para siempre, víctima de un feliz secuestro.
El haber dormido había calmado su ira. Ya no
creía odiar a Susannah. La culpaba y no quería volver a verla, y si la hubiera
encontrado por la calle habría pasado de largo mirando hacia el otro lado, pero
su odio había desaparecido. Al fin y al cabo, Susannah había fracasado. A pesar
de sus deseos de venganza, no había conseguido volver a Leonora contra él. La
misma Leonora decía que aquello no había cambiado nada. Susannah se había
inmiscuido de manera imperdonable en la vida de ambos, pero este hecho ya no
importaba y nunca había importado, era algo a olvidar.
Sin embargo, su descubrimiento alteraba la
situación. Era evidente que Rachel, que había sido designada como víctima de
Chuck, no era culpable. Rachel nunca había hablado con Poppy Vasari ni oído
hablar de ella, Rachel no sabía nada de sus actividades como traficante, y
Rachel no merecía morir. Pero Guy, que no era cobarde generalmente, vacilaba
ante la idea de decírselo a Danilo. Después de haber cambiado de idea con
respecto a Robin Chisholm y haber recibido una bronca de Danilo, vacilaba en
llamarle y decirle que se había equivocado también con respecto a Rachel.
Y ni siquiera podía decir: olvídate de Rachel
Lingard, la culpable es Susannah Chisholm. No era Susannah, no quería que
mataran a Susannah, aunque no deseaba volver a dirigirle la palabra. Mientras
se vestía para la cena después de haberse decidido –había salido el sol– por
unos pantalones de lino blancos, o una camisa de seda negra y también un jersey
de seda blanco y crema con el cuello en V, Guy llegó a la conclusión de que no
había necesidad, al menos de momento, de decirle nada a Danilo. Al fin y al
cabo, Rachel estaba fuera del país, a salvo en algún lugar de España. Chuck
probablemente estaba enterado, o sabía al menos que se había ido, y no haría
nada hasta que regresara el quince de septiembre.
Justo antes de salir se sirvió un coñac
cargado y luego otro. Lo necesitaba, y quizá no hubiera mucha oferta en
Georgiana Street. El taxi esperó mientras Guy entraba en la tienda de licores y
compraba el champán. Llegaría antes de la hora. Dijo al taxista que le dejara
en Mornington Crescent y recorrió el resto del camino a pie, acunando la pesada
botella envuelta en papel de seda de color malva. No eran más que las siete y
veinte cuando llegó allí. Los jardines delanteros de las casas de esta zona
estaban un tanto descuidados con pequeños trozos de hierba parduzca y arbustos
polvorientos. Había peldaños hasta la puerta de entrada y un hondo sótano. En
el jardín delantero de la casa donde vivía Newton habían plantado un poste con
el rótulo de un administrador de fincas en el que estaba escrito: lujoso piso de un solo dormitorio y vendido, pendiente de contrato.
Había cinco pisos, uno en cada planta.
Incluso antes de llamar al timbre de Newton, Guy se hacía una idea bastante
aproximada de lo que iba a ser aquel «lujoso piso» anunciado por el
administrador de fincas. Un cuarto de baño, con azulejos en las paredes, eso
sí, y algún tipo de calefacción central. No le hacía mucha gracia pensar que
Leonora vivía en este lugar, una calle desangelada que no daba la impresión de
ser muy segura por la noche y una casa de ladrillo gris necesitada de una mano
de pintura.
Por la rejilla salió la voz de Newton que, en
lugar de preguntar quien era, dijo: «Sube», y la puerta se abrió al empujar.
Había que subir una escalera empinada, dos
largos tramos. Otra vez estos espantosos ascensos. Newton estaba en el rellano,
delante de la puerta abierta, esperándole. Dijo «Hola», y le tendió la mano.
Después de vacilar un instante, Guy se la estrechó. Se alegraba de no haberse
puesto traje. Newton llevaba téjanos y un pullover gris con el codo agujereado.
El cabello de color de paja estaba levantado como el de un punk, sólo que el
efecto no había sido conseguido mediante gomina sino que crecía así.
Leonora se hallaba en la sala de estar, y a
Guy le pareció que se sentía incómoda, tal vez turbada. No era de extrañar, en
este desván con un techo sorprendentemente bajo y dos ventanucos de guillotina
que daban a la fachada gris de enfrente. Guy había superado sus vuelcos de
corazón por la escalera y avanzó hacia ella con tanta soltura como si se
tratara de Celeste. Leonora le dio un ligerísimo beso. Natural, con Newton
mirando. Guy entregó el champán a Newton, quien dijo:
–Fantástico. ¿Qué celebramos?
Esto hizo sonreír a Guy. Este hombrecillo
rubicundo era en realidad muy poco sofisticado. Guy se sentía poderoso, amo de
la situación. Dijo amablemente:
–Mucha gente bebe champán como aperitivo hoy
en día, ¿sabes? No es necesario que haya nada que celebrar.
–Ah, ya. ¿Es entonces adecuado beberlo ahora?
–No seas absurdo, William –dijo Leonora, a
quien todo esto parecía incomodar, aunque Guyno veía qué tenían de absurdo las
palabras de William.
Echó un buen vistazo a la estancia. Componían
el mobiliario unas cuantas piezas de las que desechan los triunfadores de
mediana edad y posibles y pasan a los parientes jóvenes y pobres. Supuso que la
alfombra procedía de una de aquellas ventas que se hacían después de un
incendio en un establecimiento. Incluso era posible ver una quemadura en una
esquina. En la pared, encima de una chimenea victoriana de hierro colado y
azulejos florales, y que si estaba allí no era porque Newton la hubiese
encontrado en una tienda de antigüedades sino porque había sido colocada en
1895 junto con el resto de la destartalada instalación, estaban los sables.
El punto en que se cruzaban se llamaba el forte, esto Guy lo recordaba. Uno estaba desnudo y el otro en una vaina
recamada bastante vieja ya y gastada. Guy no pudo evitar acordarse de aquel
sueño que había tenido en que luchaba con Con Mulvanney con sable en los
jardines de Kensington y le atravesaba el corazón. Recordaba que Newton había
dicho que quería vender los sables. Había sido aquel día a la salida del cine, y
había dicho también que quería vender el piso.
–¿Este piso es el que se ha vendido? –estaba
preguntando cuando volvió Leonora con tres vasos (en realidad una copa de
champán, un vaso con asa y algo que parecía destinado a contener medio pomelo)
en una bandeja. Guy estuvo a punto de ofrecerse para abrir el champán, pero se
contuvo porque deseaba ver cómo Newton hacía un desastre en presencia de
Leonora.
Leonora parecía preocupada, ni mucho menos en
su mejor momento. Se había evaporado la elegante y coqueta mujer vestida con el
traje de lino azul oscuro y rosa, las bonitas medias y los zapatos. Estar con
Newton no le sentaba bien. Era una conclusión inevitable, cualquiera se habría
dado cuenta. Aquellos pantalones blancos sólo podían sentarle bien a alguien si
se llevaban a la lavandería cada vez que se usaban y en cuanto a la camiseta
descolorida... Tenía el cabello recogido en un moño con uno de aquellos
espantosos clips de grapa. Las rosas de cristal rojo que colgaban de sus orejas
resultaban ridículas al lado del resto de su atavío.
Newton abrió el champán sin problemas. Debía
de ser una de esas botellas fáciles, pensó Guy, a veces te las dan fáciles. Se
pusieron a hablar de la venta del piso de Newton y Guy le preguntó a éste
adonde pensaba mudarse. Le preguntó adonde se mudaba él, pero Newton dijo:
–Creo que vamos a comprar una casa.
Guy no hizo caso del «vamos».
–No lo dejes para más tarde. Recuerda que la
propiedad es la mejor inversión. Incluso en caso de recesión en el mercado de
la propiedad es un gran error vender la casa e invertir lo obtenido en otra
cosa.
–Me acordaré de eso, Guy –dijo Newton.
Guy estaba muy al corriente acerca del
mercado de la propiedad y dijo unas cuantas cosas más al respecto. Habló de sus
planes para mudarse de casa, quizá comprar una casa en la «mejor zona» de
Ladbroke Grove. ¿Qué le parecía a Leonora Stanley Crescent, donde residían,
según había oído, personalidades de la televisión y un cantante famoso en todo
el mundo, una villa italiana de un millón de libras en el elegante Stanley
Crescent? William contestó que, a su modo de ver, lo que opinara Leonora tenía
poco que ver con si Guy la compraba o no. Lo dijo con frialdad, y Guy se
preguntó si los dos habrían estado peleando antes de su llegada. Leonora se fue
para ocuparse de los últimos preparativos para la cena y Guy cambió de tema.
Procuraba andar con tacto, comportarse bien mientras le fuera posible.
–Una velada muy otoñal –dijo, mirando hacia
la ventana.
–Las noches se van haciendo cortas –dijo
Newton.
Guy le miró escrutadoramente para ver si le
pasaba algo. Pero estaba bien. La expresión de Newton era a la vez seria y
agradable. Se puso a hablar del verano pasado, el más soleado del siglo.
La cena no era gran cosa. Si la gente no
sabía o no quería cocinar como era debido, pensó Guy, era preferible comprar
salmón ahumado y pollo asado frío para ofrecer a los invitados a meterse a
cocinar extraños pasteles a base de carne. Se mostró aún más dubitativo cuando
Leonora le dijo que el pastel no contenía carne sino sólo soja y hierbas. Lo
único que valía la pena era el vino, un clarete sorprendentemente bueno del que
Newton sacó en realidad dos botellas. Guy le felicitó por el vino. Como de
costumbre, el vino le hacía sentirse mucho mejor. Pero, en todo caso, sabía que
no le sería posible pasar aquí una velada pasiva y luego volver a casa solo. El
coñac, el vino, le habían aclarado las ideas de manera maravillosa. Se daba
cuenta de que esta era la hora cero, de que había llegado el momento. Pero no
fue esta decisión la que desató el cambio que se iba a producir en el ambiente,
el alboroto que se iba a armar dentro de pocos instantes. Fue la pregunta que
le hizo a Leonora, todo inocencia, acerca de su primer día de escuela.
–Es una lástima que hayas tenido que cocinar,
habríamos podido comer en un restaurante.
Esta observación fue provocada en parte por
el postre que sirvió Leonora, un sorbete casero del color y la textura de la
nieve de tres días pero con grandes cristales de hielo que parecían astillas de
vidrio. Y el sorbete estaba tan insípido como la nieve, aunque Guy supuso que
debía de ser de limón.
–¿Por qué es una lástima, Guy? ¿Porque la
comida es espantosa? Lo siento, no soy muy buena cocinera. Pero William es aún
peor salvo con el curry. Hace un curry estupendo, pero no sabíamos si te
gustaba.
El que se pudiera esperar de un hombre que
cocinara para los invitados le chocó bastante. Pero no dijo nada. Se apresuró a
asegurar a su Leonora –¡pedirle disculpas, ella!– que lo que quería decir era
que debía de haber tenido un duro día de trabajo en la escuela, porque hoy era
el primer día del nuevo curso.
Leonora enrojeció. Hacía años que Guy no la
veía ponerse así de colorada. Newton no pareció darse cuenta. Estaba ocupado
con el queso para ratones que era todo lo que había en oferta. Pero levantó la
mirada y dijo, con la boca llena:
–No ha empezado la escuela hoy. Se ha
despedido, ¿no te acuerdas?
¿Acordarse? ¿De qué estaba hablando?
–Leo, ¿has dejado tu empleo? No me habías
dicho nada.
–Me despedí –dijo ella–, en cuanto supe... Bueno,
me despedí en junio.
–¿Qué ibas a decir? –dijo él–. ¿En cuanto
supiste el qué?
Newton levantó la botella de vino. Miró a
Leonora, que movió negativamente la cabeza, y llenó el vaso de Guy y luego el
suyo. Bebió despacio un trago largo y dijo:
–En cuanto supo que yo iba a trabajar para la
BBC Noroeste.
Guy miró a Leonora.
–No entiendo.
–No hay ninguna razón en especial por la que
tengas que entender.
Newton podía ser muy sencillo y hablar de
manera inocente y, de repente, volverse crispado, y la crispación estaba
empezando a convertirse en hielo.
–Yo tengo un nuevo empleo. En Manchester. Los
estudios de la BBC Noroeste están en Manchester. Así que, teniendo en cuenta la
situación y como no me entusiasma la idea de pasarme la vida yendo de arriba
para abajo, voy a vivir allí. ¿Está contestada la pregunta?
–Sí, tú. –dijo Guy–. Pero no veo por qué
tiene que dejar su trabajo Leonora sólo porque tú te vayas a vivir a
Manchester.
–¿No lo ves? Eres muy lento a veces. Ya me
había dado cuenta. Déjame que te lo explique en palabras llanas. Leonora ha
dejado su trabajo en el oeste de Londres porque piensa conseguir otro en
Manchester. Va a vivir en Manchester conmigo. A partir de final de mes. Leonora
va a vivir conmigo porque estará casada conmigo.
–¿Por qué no me dijiste nada de eso, Leonora?
–Porque tiene miedo de tu reacción, tiene
miedo de lo que tú puedas hacer. Y sus razones tiene, ¿o no? Y ahora hablemos
de otra cosa. Podemos hablar de cualquiera de esas cosas que tanto te fascinan,
como la compra de casas o el tiempo otoñal, lo que sea, pero por el amor de
Dios no nos salgamos de nuestras casillas.
No podía haber dicho nada menos adecuado para
aplacar el genio de Guy. Este dio un salto. Antes de que pudiera hablar,
Leonora dijo:
–Haced el favor de no pelear más, los dos.
Haced el favor, ya. Debería habértelo dicho, Guy, pero William tiene razón,
eres muy violento.
–¿Esperas que me lo tome como si nada? Él
está dispuesto a llevársete, a llevarte al norte de Inglaterra.
–¿Por qué no? Ella será mi mujer y yo su esposo.
Si ella hubiera tenido un trabajo en Manchester yo me habría trasladado allí.
Por supuesto, la idea de estar casados implica compartir la vida del otro.
–Quiero saber qué opina Leonora de todo esto,
no lo que opinas tú. Que hable por sí misma. Te aseguro que es perfectamente
capaz de hacerlo. Ahora dime, Leonora. ¿No ibas a dejarme, verdad? No estarías
pensando seriamente en ir a Manchester.
–¿Qué quieres decir con «dejarme»? –dijo
Newton, con gran frialdad ahora–. No se puede dejar a alguien con quien no se
está. Leonora te dejó hace siete años.
–¡Mentira! –gritó Guy–. Me quiere, me lo ha
dicho centenares de veces. No va a casarse contigo. ¿Qué te hace pensar que va
a casarse contigo? Su familia ha decidido que tú eres el que le conviene a
Leonora y la ha hecho caer en tus redes, pero no pueden controlar su
pensamiento ni cambiar su corazón. Es mía y siempre lo será.
–Guy... –Leonora dio la vuelta a la mesa
hasta donde estaba él. Newton seguía sentado, mirando fijamente, tranquilo y
frío como el hielo–. Guy –dijo Leonora–, tienes que acabar ya, acaba.
–Haz que ése deje de mentirme y entonces
acabaré.
–No miente. Voy a casarme con él y me voy a
Manchester con él.
–No lo creo. No quiero creerlo. Antes te veré
muerta que dejar que te vayas con él.
–¿Y te extraña que no te dijera nada cuando
te pones así? Si no te lo dije fue para evitar que te pusieras así.
Guy la miró y sintió cómo una ola de desdicha
se acumulaba y alzaba en su interior. Nunca había tenido más ganas de llorar en
sus brazos. Deseaba cogerla en sus brazos y rogarle que no se fuera.
–No te irás, Leo, ¿verdad?
Leonora no contestó, pero tenía la cara
contorsionada como por el dolor.
–Por eso vendes tu piso –dijo él. Por eso él
vende el suyo.
–Por favor, Guy, no sigas. Deja ya de gritar,
por favor.
Lo veía cada vez más claro.
–Por eso se quiere desembarazar de... –hizo
un gesto con el brazo– ...de toda esta mierda. De toda esta porquería, de estos
sables. Dijo que quería vender sus sables.
Guy temblaba. Dio dos pasos en dirección a la
chimenea y arrancó los sables de la pared. Newton estaba allí sentado,
incrédulo. Guy arrojó el sable desnudo sobre la mesa y sacó el otro de su
vaina. Leonora le cogió el brazo. Él se soltó y dio un salto hacia atrás,
blandiendo el reluciente sable.
–¡Lucharé por ella! Lucharemos en un duelo.
–Ya no temblaba. La adrenalina le invadía y ahogaba la desdicha.– ¡Lucharé
contigo hasta la muerte!
17
William Newton cogió el sable de la mesa y se
quedó de pie mirándolo como si fuera un extraño instrumento del que había oído
hablar pero que nunca antes había visto. Lo volvió a dejar y dijo a Guy:
–¿Por qué no dejas eso y te vas a tu casa?
–Tiene miedo de luchar conmigo, Leonora –dijo
Guy.
–Podría no ser prudente.– Una sonrisita,
probablemente nerviosa, había aparecido en la cara de caballo de Newton.– Son
viejos sables de combate, no de adorno.
–Eres un cobarde –dijo Guy–. ¿Dónde está tu
honor? Confiésalo, eres un gallina. Este es el hombre al que han elegido tus
padres para ti, Leonora. ¿No es patético?
Levantó el sable. Habían pasado años desde
sus lecciones de esgrima, pero Guy estaba fuerte y en forma. Mantuvo el sable
en ángulo, con la punta al nivel de los ojos de Newton.
Con voz sin aliento, Leonora dijo:
–Voy a llamar a la policía.
–¿Por qué? –dijo Guy–. A mí no me va a pasar
nada.
–Si no dejas ese sable ahora mismo llamo a la
policía.
–No, querida, ni hablar.
El teléfono estaba en una pequeña mesita
junto a la pared y tenía un cordón muy largo. No era de los que se enchufan.
Guy hizo descender el sable en un largo movimiento de tajo sobre el cordón, a
unos quince centímetros de la caja de la pared. El aparato saltó de la mesa
pero el cordón permaneció intacto. Guy lo agarró, tiró del cordón y lo arrancó
de la pared.
–Santo cielo, ¿estás loco?
–No me digas eso, Leo. No has debido decir
que ibas a llamar a la policía. Apártate, por favor. Ve a la otra habitación.–
Y añadió con desprecio: –Si es que hay otra habitación.– Se volvió de nuevo
hacia Newton, que no decía nada ni había contestado a ninguno de los insultos
de Guy y se limitaba a estar allí plantado con la sonrisa tirándole de los
labios.– Enano pelo-de-paja, miserable insecto. Chulo de mierda.
Newton cogió el sable sin darle mayor
importancia. La hoja tenía la punta roma pero parecía afilada. A pesar del
aspecto desvencijado que tenían en la pared, los sables se hallaban en buen
estado. Los dos hombres estaban uno frente al otro, ambos armados pero sin
cruzar los sables ni realizar ningún ritual preliminar. Se miraban el uno al
otro mientras Leonora los observaba con la mano delante de la boca abierta.
Guy fue el primero en ponerse en movimiento.
Asestó briosos golpes primero a un lado y luego al otro, a derecha e izquierda,
y a continuación dirigió una feroz estocada a Newton, pero éste lo esquivó
dando rápidamente la vuelta a la mesa y evitando el sable. Guy lanzó otra
estocada por encima de la mesa y volcó la botella de vino. Newton se agachó y a
continuación se puso en pie de un salto en el lado de la mesa donde antes
estaba sentado. Ambos sables chocaron con un fuerte ruido metálico. Guy atacó
de nuevo y los sables se cruzaron una y otra vez. Newton jugó unos instantes
como un tenista en una bolea antes de iniciar un partido, y de repente barrió
con el sable e hizo a un lado el arma de Guy.
–Macarrón –gritó Guy–, enano, tiralevitas,
mamón, cara de huevo.
Newton se echó a reír.
–Debes saber –dijo– que yo he jugado bastante
a esto, así que si quieres que lo dejemos ya por mí vale.
–Lo que te está diciendo es que es bueno con
el sable –gritó Leonora–. Hacía esgrima en la universidad.
–Yo también –dijo Guy–, ¡en la universidad de
la vida! Te voy a quitar esa sonrisa de la cara –le gritó a Newton, y se lanzó
sobre él.
Leonora se llevó las manos a la cabeza. Ahora
los sables sólo chocaban, Guy golpeaba con el suyo a un lado y al otro en
violentos movimientos sin tino ni control. Dio un salto atrás y dirigió su arma
a Newton en un movimiento de cuchara, como en un servicio por debajo del brazo.
Esta vez Newton no lo esquivó sino que desvió la hoja del sable con un solo movimiento.
Guy podía sentir a Leonora detrás de él. Esta le agarró el hombro con una mano
pero Guy se soltó de un tirón y retrocedió, poniéndose a la defensiva. Leonora
gritó:
–Parad, Guy, por favor. Voy a buscar a los
vecinos, juro que voy a hacerlo. Voy a bajar a la calle a llamar a la policía.
Tenéis que parar.
–¡Por el amor de Dios, no te metas en esto!
–Guy nunca le había hablado así antes. Leonora sollozaba–. Te quiero –gritó
él–. Siempre te querré. ¡Te ganaré!
Newton estaba allí de pie con las piernas separadas.
Ya no sonreía. Se sacudió el pelo pajizo hacia atrás. Por un instante se
miraron a la cara, totalmente quietos. Guy tenía la sensación de que a Newton
le habría apetecido parar, de que deseaba una tregua. Esto le hizo saltar hacia
adelante y hacer con el sable un movimiento de remolino que, de haber tenido
éxito y haber estado el arma bien afilada, le habría cortado a Newton la
cabeza. Leonora lanzó un grito. Pero el golpe no tuvo éxito, Newton lo bloqueó.
Lo hizo con tanta facilidad y finura que Guy se puso furioso, con tanta
suavidad y gracia que el ruido de las hojas al chocar resultó aún más
estridente.
Newton lanzó una rápida respuesta, una finta
en realidad. Estaba excitando a Guy, bailaba con el sable y hacía veloces
movimientos de cobertura mientras Guy arremetía alocadamente. Leonora estaba
luchando por levantar el cristal de una de las ventanas. Guy había olvidado
todo lo que sabía de esgrima. No era más que un hombre blandiendo un arma
cortante. Hacía lo que hace un hombre poco diestro con el sable, lanzándolo
adelante y atrás y a derecha e izquierda y maldiciendo en cada ataque. Podía
oírse a sí mismo rugir.
Leonora no podía levantar la ventana y se
derrumbó contra ella por un instante, la cabeza en las manos. Guy golpeaba el
aire y el sable de Newton cuando entraba en contacto con él, golpeó incluso la
pantalla de la lámpara de centro y la hizo balancearse con fuerza. Al alejarse
Leonora de la ventana y quedarse allí mirándolos como hipnotizada, cobró nuevos
bríos. Pero para el callado Newton no era ya una amenaza nada de lo que Guy
hiciera. Controlaba totalmente la situación. A veces su arma rozaba la de Guy y
a veces la golpeaba ligeramente. La ira de Guy, en punto de ebullición, subió
un poco más y se derramó. Dio un salto para ponerse fuera del alcance del sable
de Newton e hizo un salvaje intento de atravesarlo por el lado.
El sable pasó de largo, no porque Newton lo
bloqueara con el suyo sino porque contrajo los músculos en el instante preciso.
La punta del sable atravesó su pullover por la cintura y rasgó la lana desde la
cintura hasta el cuello.
Newton gruñía como un oso. Su pullover
aleteaba como una camisa de fuerza desabrochada. Extendió los brazos hacia
adelante y se plantó luciendo su sucia camiseta blanca, respirando con fuerza y
lleno de furia. Guy reía su victoria. Se quitó también el jersey y lo lanzó al
otro lado de la estancia. Su éxito le había hecho ganar en habilidad, o al
menos en energía. Empezó a golpear y atizar mientras lanzaba gritos y aullaba
al estilo del Salvaje Oeste. Leonora observaba todo esto con los ojos
desorbitados, como una espectadora que presenciara por primera vez una corrida
de toros, horrorizada y al mismo tiempo fascinada.
Guy empezó a dirigir su sable en una línea
baja, apuntando a las partes de Newton. Hacía girar la punta del sable y reía.
Bailaba, saltaba y daba gritos mientras el sable se balanceaba en semicírculo a
la altura de los muslos de Newton. Todo ello estaba destinado a hacer que el
amante de Leonora se descuidara, y, si el golpe por sorpresa que Guy le lanzó
ahora hubiese dado en su objetivo, Newton habría caído al suelo convertido en
un eunuco. Pero este era el último golpe que iba a intentar Guy. Todo terminó
de manera terriblemente súbita. Newton bloqueó el golpe con un limpio giro de
muñeca, en un movimiento de defensa lateral, respondió al instante y acertó a
Guy en el brazo izquierdo. La punta del sable le hizo a Guy un corte en línea
recta desde la muñeca hasta el codo.
El sable de Guy cayó al suelo. La sangre
manaba como una fuente de su herida mientras él daba un traspiés; se agarró a
lo primero que le vino a mano para no caer, que fue el borde del mantel. Con él
fueron a parar al suelo platos y copas, la botella de vino, los cuchillos y los
tenedores. Guy se desplomó en el suelo en medio de una capa de loza y cristal
pegajosos. Oía gritar a Leonora, un sonido animal, maníaco. Leonora dejó caer
el cristal de la ventana y fue corriendo hasta él. Guy cerró los ojos, volvió a
abrirlos y se enderezó. Tenía el brazo completamente cubierto de sangre.
–Dios mío –sollozaba Leonora–. Dios mío, Dios
mío.
–No es nada –musitó él–. No es nada.
Se cogía la herida, pero su mano no era lo
bastante grande como para cubrirla. Leonora rompió el mantel a tiras. El primer
vendaje que aplicó a la herida quedó inmediatamente empapado en sangre. Leonora
sollozaba y boqueaba.
–No te preocupes, cariño –dijo Guy–, sólo es
una herida de la carne.
Por algún motivo, esto provocó una carcajada
por parte de Newton, quien, con ridícula frialdad, limpiaba la hoja del sable y
volvía a colocarla sin lavar en su vaina. Colgó de nuevo ambos sables en la
pared.
–¿Todavía te interesan? –dijo.
–Oh,
William, no. ¿No te parece suficiente?
–Lo siento –dijo Newton–. No he debido pelear
con él.
–No, no has debido. Ha sido terrible. Mira lo
que has hecho.
–Pide una ambulancia ahora mismo, por favor.
–¿Cómo quieres que pida una ambulancia? Mira
cómo ha dejado el teléfono.
Leonora quitó el vendaje improvisado y aplicó
otro. Guy seguía sentado en el suelo. Se puso en pie. Su brazo izquierdo estaba
bastante entumecido, pero no le dolía. No había sentido ningún dolor, sólo en
el primer momento como una picadura de insecto cuando la punta del sable de
Newton le había rajado la piel. Newton suspiró y dijo:
–Te llevaré al hospital. Siento todo esto,
Guy. ¡Vaya follón! Lo único que podemos hacer ahora es buscar un ambulatorio.
–Gracias, prefiero morir a que tú me lleves a
ningún sitio.
–Muy bien, como quieras, pero tienen que
hacerte algo en ese brazo.
–Yo le llevaré –dijo Leonora–. Yo te llevo,
Guy.
Oírla decir esto hacía que todo lo ocurrido
mereciera la pena. Leonora aplicó otra tanda de tira del mantel a la herida,
esta vez apretando con más fuerza. Uno de sus pañuelos sirvió de cabestrillo
para el brazo.
–Pon el jersey encima –lo cogió del suelo–.
¿Quieres una chaqueta? Supongo que habrá alguna chaqueta.
–Una suya, no –dijo Guy.
Newton hizo una mueca.
–Prefiere morir de frío.
Esto provocó la ira de Guy, que se abalanzó
sobre él con los puños en alto a pesar de la herida del brazo. Leonora le
agarró y le hizo dar media vuelta, y ahora sí que la herida empezó a doler, con
un profundo latido. Guy gimió. Leonora tenía el rostro empapado en lágrimas. Se
lo limpió con otro trozo de mantel. Newton tocó a Leonora en el brazo y ésta le
miró, pero era una mirada que Guy no podía comprender. Le habría gustado
cogerse a Leonora mientras bajaban la escalera, pero el orgullo se lo impidió.
Al llegar al pie de la escalera se abrió una
puerta y asomó la cabeza de un hombre, un lustroso yuppy con bigotito.
–¿Pasa algo?
–Sólo un duelo –dijo Leonora, con un punto de
histeria en la voz.
El hombre no pareció captar sus palabras.
–Creía haber oído algo. Mi mujer decía que
eran las obras.
En un gran hospital situado a medio camino de
una cuesta encontraron un ambulatorio abierto. Guy no sabía cómo se llamaba el
hospital. En realidad, no conocía el norte de Londres. Tenía la sensación de
haber perdido litros de sangre. Su camisa estaba empapada en sangre. Le había
costado casi doscientas libras, una prenda engañosamente sencilla y normal. La
sangre nunca desaparecería. Parte de ella había ido a parar a la pieza de
arriba del chándal de Leonora, y había también manchas en sus pantalones
blancos. Ambos parecían regresar de un campo de batalla.
Estaba contento. Naturalmente, se daba cuenta
de que lo que había hecho era terrible. Llevaría una cicatriz de por vida. Pero
ella le amaba. La había ganado. ¿Acaso no había Leonora censurado a aquel
maldito Newton? ¿No había venido corriendo y sacrificado un magnífico mantel para
vendarle la herida?
–Pagaré la reparación del teléfono –susurró.
Leonora se echó a reír. Pero era una risa
histérica y sin humor, puntuada por sollozos.
–Vamos –dijo él–. No ha pasado nada. Ya
verás. Le compraré un jersey nuevo.
Después de esto le llamaron. Un médico de
guardia fatigado le limpió la herida y, naturalmente, quiso saber qué había
ocurrido. Un accidente con un cuchillo de trinchar, dijo Guy; el doctor no
creyó su explicación pero no dijo nada más por el momento. Administró a Guy una
inyección antitetánica y le aplicó una docena de puntos en la herida. En
realidad no era más que un rasguño profundo.
–¿Sabe usted lo que yo opino? Sólo por
interés. Me parece como si alguien muy habilidoso con el sable hubiera querido,
y perdone el chiste, señalarle algo. Demostrarle que iba en serio y que por
esta vez era suficiente, ¿me entiende?
–No sé qué quiere usted decir –dijo Guy.
–Yo también hago algo de esgrima, la hacía,
cuando la vida era más normal y tenía eso que llaman ocio. Ahora todo son
prisas. Puede volver el miércoles que viene a que le quiten los puntos.
En el coche, Guy dijo:
–¿Estás enfadada conmigo?
–No sé. Lo que estoy es cansada, harta, todo
este asunto me tiene enferma.
–Cariño mío, lo entiendo. Entiendo lo que
sientes.
–No, no lo entiendes, Guy. Eso es lo malo. No
entiendes lo que siento, nunca lo has entendido y nunca lo entenderás. Ahora te
voy a llevar a casa. ¿Estarás bien solo?
–Confiaba en que te quedarías conmigo.
–No puedo quedarme. ¿De qué serviría?
¿Quieres que llame a Celeste?
Guy negó con la cabeza. Estaban parados en un
semáforo y alargó el brazo para coger la mano de Leonora.
–Quédate conmigo.
–Guy, iré contigo para ver que todo esté en
orden y te haré algo caliente. Te llamaré por la mañana.
Se daba cuenta de que Leonora no podía dejar
a Newton así. Newton, que era un loco, un psicópata, era capaz de venir a
buscarla, probablemente armado. Además, ella quizá quisiera estar a solas con
Newton para decirle en términos claros lo que opinaba de su conducta violenta.
Guy lo dijo de nuevo, y esta vez ella no
discutió.
–Salgamos a comer juntos el sábado.
–Siempre como contigo los sábados.
Sin embargo, que entrara con él en su casa
como había prometido le sorprendió.
–Una casa encantadora –dijo ella–. Es la casa
más bonita que jamás he visto.
–¿De veras? Será tuya algún día.
Esperó la negativa de ella, pero ésta no
llegó.
–No recuerdo dónde está la cocina.
–No necesitas para nada la cocina. No quiero
tomar nada, al menos nada de eso. Tú te sientas, cariño, y yo te pongo algo de
beber. Algo fuerte, lo necesitas después de todo ese jaleo.
–¿No te acuerdas de que tengo que conducir?
–dijo ella.
–Vamos, vamos. Que no van a hacerte la prueba
del globo.
Leonora cogió el vaso que él le tendía y se
echó agua de soda. Él estaba impedido por el brazo izquierdo herido. Algo de lo
dicho esta última noche volvió a él. Quizá fuera al ver el aparato de
televisión en el rincón, que casi nunca encendía. Se sirvió una medida generosa
de coñac.
–¿No tienes un tío en televisión? ¿Que tiene
algo que ver con la BBC? ¿No lo conozco yo?
Leonora asintió con la cabeza.
–El hermano de mi padre, el tío Michael. Es
el presidente de la TVEA. ¿Por qué?
–Newton ha conseguido ese trabajo a través de
él, ¿no?
–Qué va, Guy. No tiene nada que ver con eso.
William va a trabajar para la BBC Noroeste. Te lo dijo.
–Para el caso es lo mismo, ¿o no? Tirar de la
chaqueta. ¿Cómo se dice? empieza con n.
–Nepotismo. Pero no lo es. Guy, ¿estarás bien
si te quedas solo? Tengo que irme.
–¿Dónde vamos a comer el sábado?
–Donde tú quieras.
–¿Sabes? Mientras veníamos en el coche
pensaba que igual no querrías comer conmigo, que estarías demasiado enfadada.
Ella sonrió y se puso en pie.
–Bueno, pues ya lo sabes. No lo estoy, no
estoy demasiado enfadada.
–¿Otra vez en el Clarke’s? –dijo él.
–¿No puede ser... algo más céntrico? ¿No
fuimos un día a un restaurante de pescado muy bonito de Haymarket?
–El Café Fish, en Panton Street.
–Exacto. ¿A la una? ¿Guy...? –Leonora le
cogió la mano y salieron al vestíbulo juntos. Él estaba al lado de la puerta de
entrada y la miraba, el brazo izquierdo todavía sostenido por el pañuelo de
seda rojo y negro–. Guy... no sé cómo decírtelo–. Estaba temblando. En el
vestíbulo había una luz difusa, pero Guy podía ver que había palidecido y que
le brillaban los ojos.– Me gustaría... ¿podríamos pasar el día juntos el
sábado? Quiero decir que podríamos comer y luego pasar juntos el resto del día.
Podríamos ir al teatro o al cine, cenar... no sé, es que me gustaría... ¡pobre
brazo! A lo mejor no te apetece...
–¡Cariño! –La rodeó con el brazo bueno.
Leonora se acurrucó contra él–. No me habría importado quedarme sin brazo si el
resultado es éste. ¿No sabes de sobras que no tienes por qué preguntarme si
podemos pasar el día juntos? ¿No sabes que es lo que más deseo?
–Entonces, de acuerdo– dijo ella levantando
la cara.
La besó como no la había besado desde hacía
años, ni siquiera aquella vez en los jardines del Embankment. Los labios de
Leonora, cálidos y receptivos, se abrieron bajo los suyos. Sintió cómo sus
senos se apretaban contra él. El corazón aporreaba y hacía que le palpitase el
brazo herido. Lo extraño del caso es que fue él el primero en apartarse, en
retirarse. Tuvo que hacerlo debido al dolor que le producía el cuerpo de
Leonora apretado contra su herida. Ella no sonreía, le contemplaba con una
concentración llena de curiosidad, como hipnotizada.
–Tengo que irme –dijo finalmente.
–Has dicho que me llamarías por la mañana.
–Claro que te llamaré.
Guy se quedó de pie en la puerta viendo girar
las ruedas del coche sobre el empedrado. Era una noche fría y muy clara. Por
una vez, esto ocurría raramente, podían verse las estrellas allí en el radiante
púrpura, como puntos de luz flotantes. Leonora lo saludó con la mano desde la
ventanilla abierta del coche, levantó el cristal y desapareció en un instante.
Era casi la medianoche. Guy entró en su casa y estuvo bebiendo coñac hasta que
empezó a sentirse mareado y el brazo ya no le dolió.
18
Durmió hasta muy tarde. Soñó que iba a
casarse. Se iba a casar con Leonora y en la iglesia, o al menos esto le
pareció, no estaba completamente seguro. Llegó a St. Mary Abbots en taxi y
entró a toda prisa en la iglesia, solo. Llegaba tarde y los invitados, que
acudían por centenares, estaban ya allí. Sin aliento, llegó a los peldaños del
altar y se dio cuenta de pronto de que había olvidado el anillo. Estaba allí de
pie, preguntándose qué debía hacer, mientras una ola de risitas surgía de los
asistentes situados detrás de él. Las risitas fueron aumentando de volumen y se
convirtieron en auténticas carcajadas, largas y sostenidas. Guy se miró y vio
que iba vestido con traje de espadachín, chaqueta ajustada, guantes, calzones y
medias negras. No se había dado cuenta hasta ahora de que llevaba un antifaz.
El sonido del teléfono le arrancó de su sueño
antes de que hubiera lugar a humillaciones peores. Alargó el brazo para coger
el auricular y, al volverse, sintió un dolor en el brazo herido. Cuando
levantaba el aparato regresó el recuerdo de la noche anterior, y con él vino
también el pánico. ¿Qué había hecho? Con voz cauta, dijo:
–¿Diga?
–¿Cómo estás esta mañana, Guy?
Le costaba trabajo creer que fuera la voz de
Leonora la que le hablaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que
ella le había llamado? Años. Pero, naturalmente, las cosas habían cambiado.
Recordaba más cosas de la noche anterior. Casi con incredulidad, empezaba a
recordar las palabras de Leonora.
–¿Guy? ¿Estás bien?
–Muy bien, cariño. Estoy perfectamente.
–¿Has podido dormir?
–Como un tronco. Como un muerto. En realidad,
me ha despertado el teléfono.
–Oh, lo siento, he esperado hasta las nueve.
Estaba preocupada por ti.
Guy cerró los ojos ante tanta bendición.
Quedamente, dijo:
–Es maravilloso oír tu voz.
–¿No crees que deberías ir al médico hoy?
–¿Para qué? Se ha hecho todo lo que se podía
hacer. Sólo duele un poco.– Oyó desde abajo a Fatima que entraba y la puerta de
la calle al cerrarse.– Ya son las nueve. Oye, Leo, ¿lo he soñado o dijiste que
pasarías todo el sábado conmigo?
–No lo has soñado.
–Menos mal. He tenido unos sueños tan
extraños que no sé lo que es real y lo que no lo es. Puedo conseguir entradas
para un espectáculo, ¿qué te gustaría ver? –Recordó, demasiado tarde, que a
ella no le gustaba la palabra «espectáculo», sino que prefería decir «obra», y
esperó a que lo corrigiera. Pero Leonora dijo tan sólo:
–Me da igual. Escoge tú.
–Ya sé que no te gustan las revistas
musicales. Descartamos la revista. ¿Leo?
–¿Sí, Guy?
–Y después, por la noche, ¿vendrás aquí
conmigo?
Sabía que ella diría que no. Siempre decía
que no. Su vacilación no quería decir nada más que estaba buscando el modo más
amable de decírselo. Algún día diría que sí, pero no había que ser tan
optimista. Sabía que iba para largo. Esperó estoicamente. Fue una pausa muy
larga. La oyó suspirar.
–Sí, claro –dijo ella–. Claro que iré. Lo que
tú quieras.
–Leo, ¿de veras has dicho eso? ¿De veras has
dicho que vendrás aquí conmigo? ¿Que te quedarás conmigo?
–Sí, eso he dicho.
–Leo, qué feliz soy. Qué feliz soy, cariño.
Ya lo he dicho, ya sé. Pero es lo que siento. Qué feliz soy. Leo. ¿Lloras?
–Guy –dijo ella–, perdóname.
Esto le hizo reír.
–No hay nada que perdonar. Di que me quieres.
Di que no quieres a nadie más que a mí.
–No quiero a nadie más que a ti. Te quiero.
¿Así, pues, a la una el sábado?
–A la una el sábado, cariño. Adiós hasta
entonces. Cuídate, hazlo por mí.
Había ocurrido. Leonora había vuelto a él. No
se trataba de una promesa para el año siguiente, para dentro de unos años, sino
para ahora mismo, pasado mañana. Debía confesarse a sí mismo que había dudado,
que a veces había perdido las esperanzas, pero la constancia y la lucha no
habían sido en vano. La había ganado. Había luchado por ella y había ganado. La
cicatriz de batalla que lucía en el brazo era su orgullo. Habría valido la pena
perder el brazo.
Cuando se hubo bañado –había que evitar las
duchas por el momento con el brazo así–, se preguntó si sería prudente dejarse
el cabestrillo. La sangre no había atravesado el vendaje. El brazo le dolía un
poco, pero nada más. Tímidamente, vio lo que escondían sus dudas acerca del
cabestrillo. Lo que pasaba, en realidad, era que deseaba seguir llevando el
pañuelo de Leonora. ¿No era esto lo que hacían los caballeros de antaño –en las
películas, al menos–, llevar las prendas de sus amadas? Susannah lo había llamado
el caballero de Leonora, había dicho que su constancia era algo hermoso.
El pañuelo que le había dado Leonora era de
punto de seda, rojo y negro. Se vistió cuidadosamente con pantalones téjanos,
una camisa rosa y un jersey que casi nunca llevaba pero que, casualmente, se
parecía mucho al pañuelo, con una muestra acanalada a franjas verticales de
color gris oscuro y rojo veneciano. Guy se miró al espejo mucho más rato que de
costumbre. Daba risa ver hasta qué punto era mucho más guapo que William Newton,
hasta qué punto tenía mucho mejor planta.
Lo que le habría gustado era pasar la mañana
en el club de tiro, pero esto no haría más que empeorar el estado de su brazo.
Se puso a llamar por teléfono a las taquillas de los teatros. Lo que más le
habría gustado era Aspects
of Love, de Andrew Lloyd Webber. El precio de los
billetes de reventa sería astronómico, pero esto nunca representaba un problema
para él. A Leonora no le gustaban las revistas musicales, así que había que
descartarlas. Celeste le había dicho de qué iba Madame Butterfly y Cuy pensó que
le habría encantado verla con ella, pero no era el tipo de espectáculo adecuado
para llevar a la mujer con quien te ibas a casar. Finalmente se decidió por Henceforward de Ayckbourn, y reservó dos butacas en la tercera fila de butacas con
su tarjeta oro de la American Express.
Al día siguiente le llamó Celeste para
recordarle que iban a cenar con Danilo, Tanya y unos amigos americanos que
estaban en Londres. Guy contempló la posibilidad de negarse a ir basándose en
el brazo dañado, pero se lo pensó mejor. Le ayudaría a pasar el tiempo hasta
mañana. La cena era en el Connaught. Lo más lógico habría sido ir a buscar a
Celeste en taxi, pero optó por el Jaguar. Le atraía la idea de conducir con un
sólo brazo. Iba a contar a todo el mundo la verdad, que le habían herido en un
duelo.
–Bromeas –dijo Danilo.
A Guy aquellos americanos le parecían unos
gángsters. Eran ambos bajos y morenos, con pinta de italianos y vestidos
chabacanamente. Uno de ellos lucía en la mejilla una cicatriz redonda que
podría haber sido producida por la base rota de una botella de vino. Tanya
seguía con su costumbre de olvidar cambiarse de calzado y llevaba sandalias
blancas con el elegante minivestido negro y las medias negras. Hizo un guiño a
uno de los americanos.
–Alguien se puso tonto con Celeste, ¿eh?
–No tuvo nada que ver con Celeste.– Guy vio
cómo ésta daba un respingo, aunque se lo había explicado todo por el camino en
el Jaguar.– Una cuestión privada.
–Sé honrado –dijo Danilo el abstemio–. Te lo
hiciste tú mismo borracho.
No era una fiesta muy lograda. Tanya hablaba
de sus niños. Los americanos contestaban como si los niños fueran una especie
de mamíferos raros por los que más valía no mostrar el menor interés. Esto no
impidió que Tanya se pusiera a contar anécdotas como la de cuando Carlo puso
tinte rojo en la piscina y le dijo que el jardinero se había cortado la
garganta y luego había caído dentro. Guy bebía mucho. Se había pasado al coñac.
Había prometido a Celeste que se irían a las diez y media lo más tarde. Ella
tenía que estar en una sesión fotográfica en Kensington Gardens antes de las
ocho de la mañana. Cuando se hicieron las once menos cuarto, Celeste dijo que
tenía que marcharse.
–Media hora más y te acompaño.
–No, Guy. Es igual, cogeré un taxi.
–No voy a permitirlo.– Guy se puso en pie con
esfuerzo y reprimió un grito provocado por el dolor.– Te llevaré como te he
dicho.
–No estás en condiciones de conducir, y yo
tengo que irme. Ya me han pedido un taxi.
Guy sólo era consciente de una cosa. De este
modo, ella no estaría en su casa ni pasaría la noche con él. La mano de Celeste
descansaba ligeramente sobre su hombro.
–Te veré mañana por la noche –dijo ella.
Habrían tenido que ponerse de acuerdo. La
llamaría mañana por la mañana y se lo diría, no podía decírselo allí delante de
todo el mundo. Sintiéndose culpable y vagamente avergonzado, Guy tocó la mano
posada ligeramente sobre su hombro. Celeste dijo adiós y se fue.
–Qué bombón –dijo embelesado uno de los
americanos.
Guy pensó en lo embarazoso que sería llevar a
Leonora a casa y encontrar allí a Celeste. O que la pobre Celeste llegara
cuando él y Leonora estaban allí juntos. Debía pensar seriamente en dar a
Celeste alguna explicación sobre el giro producido en los acontecimientos.
–Nosotros te llevamos a casa –dijo Tanya–.
Llevamos tu coche, quiero decir. Hemos venido en taxi, así que podemos llevarte
a casa y luego coger otro taxi.
Danilo no decía nada. Su cara de rana estaba
marcada con una expresión hosca. Guy no recordaba dónde había aparcado el coche
y estuvieron buscándolo por las calles oscuras y vacías de Mayfair.
–Te hago un hijo si te han puesto el cepo
–dijo Tanya.
No lo habían puesto. Guy subió detrás. El
fresco aire de otoño le había espabilado. Era casi media noche, casi el día que
iba a señalar el inicio de su vida con Leonora. ¿Qué podrían decir Danilo y
Tanya a todo esto?
Habría podido conducir él. Se encontraba
perfectamente, con excepción del dolor en el brazo. Atravesaban Knightsbridge
cuando se acordó de Rachel Lingard. Tanya estaba totalmente al tanto de las
actividades de Danilo, al menos que supiera Guy.
–¿Puedes parar lo de Chuck, Dan?
–¿Que si puedo qué?
–¿Puedes parar ese asunto?
Danilo estaba callado. Guy se daba cuenta de
que le había irritado. Se equivocó de camino y los metió en Fulham Road.
Encogiéndose ligeramente de hombros, Tanya dijo:
–No os preocupéis por mí, he aprendido a
cerrar los ojos.
–Tuerce a la derecha cuando puedas –dijo
Guy–. Oye, lo siento. No quiero que me devuelvas los tres de los grandes.
–Mierda, sólo faltaría –dijo Danilo.
–Pero, ¿puedes hacerlo?
–Mierda, Guy, ¡qué necesidad tengo yo de todo
esto!
–Pero, ¿puedes arreglarlo?
–No lo sé, francamente. No sé a quién habrá
escogido Chuck para el trabajo, y Chuck se ha ido a Irlanda. A estas horas
quizá esté todavía en Irlanda. Y ni siquiera sé si se encarga del asunto el
socio de Chuck o el socio del socio de Chuck.
Danilo giró a la izquierda y cogió Old
Brompton Road.
–Tienes toda una semana. Bueno, una semana a
partir de mañana. La chica va a estar fuera otra semana.
Se dio cuenta de repente de dónde estaban y
de lo que podían encontrarse. Malhumorado, Danilo dijo:
–Bien, bien, muy bien. Hace falta tiempo pero
quizá no tanto. Pero no se te ocurra hacerme una faena así otra vez, ¿de
acuerdo? Demonios, ¿qué ocurre ahora?
Guy le daba golpecitos en el hombro.
–Para, ¿quieres? Sólo un momento. Aparca ahí.
Es sólo un momento, te lo prometo.
–¿Qué es todo esto, Guy? –Tanya estaba ya
impacientándose con él–. Tengo que estar en la tienda por la mañana.
–Aparca ahí, Danilo, por favor.
Tuvieron que desandar unos metros. Aquel
hombre alto y delgado yacía tendido en el portal de la tienda de dietética.
Llevaba los mismos harapos mugrientos pero, esta vez, yacía de espaldas y la
gorra, que antes había servido de receptáculo para limosnas, le tapaba la cara.
–Es Linus –dijo Guy.
–¿Bromeas?
–No, estoy seguro. Es la tercera vez que le
veo. Estoy seguro de que es Linus. Estaba preocupado por él, me torturaba verle
así. No podemos dejarlo así. Dan. Tenemos que hacer algo por él.
Danilo cruzó la acera, cogió la gorra y
descubrió el rostro del hombre. Este despertó. Se enderezó y empezó a
gritarles, con el rostro desencajado y enseñando los dientes blancos,
relucientes y perfectos. Un río de obscenidades sin sentido salían de su boca.
–Oh, santo cielo –dijo Danilo, levantando dos
dedos y mostrándoselos al hombre enfurecido.
Guy se había dado ya cuenta de que no era
Linus, se parecía tanto a Linus como él a Danilo.
–Démosle algo, al menos.
–Dale algo tú –dijo Danilo, dirigiéndose de
vuelta al coche seguido por Tanya.
Guy se sentía profundamente conmocionado.
¿Qué estaba pasando en su cabeza para que hubiera confundido a este despojo con
su viejo amigo? Dio al hombre un billete de diez, que consiguió hacerle callar
pero no dar las gracias. El hombre cogió el billete, se lo metió en el bolsillo
del pantalón y volvió a tumbarse en el portal, tapándose de nuevo el rostro.
–Linus está muerto –dijo Danilo mientras
aparcaba el Jaguar en el garaje de Guy–. Se lo cargaron en Kuala Lumpur. ¿Has
pensado alguna vez en entrar en AA?
–Hace años que soy miembro.
–Danny no se refiere a la Asociación
Automovilística –dijo Tanya, que reía ahora desaforadamente. Salieron juntos a
buscar un taxi.
Bebería menos cuando estuviera todo el tiempo
con Leonora. Si ella quería que dejara de fumar, lo intentaría también. Dentro
de un mes iba a cumplir treinta años, y no podría aguantar la bebida como ahora
durante muchos años más. Cuando estuviera constantemente contento y llevara una
vida satisfactoria, no necesitaría la bebida para protegerse de los golpes, no
necesitaría cambiar su consciencia de la desdicha al limbo.
No estaba excesivamente preocupado por los
excesos de la noche anterior y el brazo iba mucho mejor. El cabestrillo ya no
sería necesario, pero quería llevarlo porque era de ella. En un impulso
sentimental, se le ocurrió llevar el pañuelo hoy por última vez y luego, cuando
Leonora estuviera de nuevo aquí con él, devolvérselo ceremoniosamente. Ella
sonreiría con su sonrisa de Vivien Leigh, que por fin sería plena y sin
contención.
Lo que debía vestir esta mañana suponía un
problema. Aunque sabía que a Leonora nunca le había entusiasmado Newton, que le
habían buscado para ella y la habían convencido para que le aceptara, no era
sólo la conversación lo que la atraía de aquel hombre. Y Newton vestía siempre
ropas que eran una combinación de la tienda de candad del Consorcio para
Suministros y Dirty Dick’s. Había que aceptar el hecho de que la buena ropa no
le interesaba, ni para sí misma ni para su hombre. Quizá debiera empezar
también él a ocuparse menos de la ropa. Con este objetivo en mente escogió los
téjanos que había llevado el día anterior, una camisa azul lisa de algodón sea island y una chaqueta de vichy a rayas azules y grises. Esto resultaba todavía
demasiado exagerado, o lo sería para ella. Fue un verdadero sacrificio cambiar
la chaqueta por el jersey del día anterior, pero lo hizo. Volvió a atar
cuidadosamente los extremos del pañuelo y se lo colocó en torno al cuello como
soporte para el brazo.
Iba ya a salir cuando se acordó del anillo.
Todavía conservaba el anillo de compromiso que había comprado para Leonora
hacía ya tantos años. Estaba en la caja fuerte. No había utilizado ni había
abierto la caja fuerte desde hacía cuatro años, no había habido ninguna
necesidad. La última vez que lo hizo fue después de la visita de Con Mulvanney.
Volvió a subir al piso de arriba, abrió la caja fuerte y sacó el anillo. Este
se hallaba en una cajita de piel azul y el anillo en sí, un gran zafiro cuadrado
bordeado de diamantes, reposaba en un cojincillo de terciopelo azul noche. Se
metió el anillo con su cajita en el bolsillo.
Cuando abandonó la casa eran las doce,
demasiado temprano para una cita en el West End a la una. Pero no tenía nada
que hacer. Había dado ya un buen repaso a la casa, comprobado que todo
estuviera como era debido para recibirla. Había vuelto a llenar las cubiteras
de las neveras de la cocina y del bar del salón, había dispuesto sobre la
mesita de café el Guardian,
The London Review of Books y el Cosmopolitan, que, oh maravilla, el kioskero se había acordado de entregarle, y
había colocado en el baño, que sería su baño, los diversos productos de belleza
Paloma Picasso que ayer mismo había hecho comprar a Fatima. No quedaba nada más
que hacer, y quedarse allí sentado leyendo el periódico le parecía
insoportable. Había intentado varias veces llamar a Celeste para que no viniera
cuando se acordó de que había ido a que le sacasen unas fotos. A las doce salió
dispuesto a recorrer parte del camino a pie, se detuvo para echar un vistazo en
el escaparate de un administrador de fincas y entró obedeciendo a un impulso.
Tenían en el fichero una bonita casa en
Lansdowne Crescent, Nothing Hill. El precio, dijeron, alcanzaba las siete
cifras. Cuando vieron que no hacía ninguna mueca le dijeron el precio exacto.
Aparecieron fotografías de interiores, una majestuosa escalera en forma de
cuello de cisne, un magnífico salón de doce metros de largo y cuartos de baño
octogonales en cada una de las torrecillas. Guy quedó en ir a verla el lunes
por la tarde. Era ya la una menos veinte, buena hora para llegar puntualmente
en taxi.
El tráfico era menos denso que de costumbre y
el taxi le dejó delante del Café Fish. Faltaban dos minutos para la una. Quizá
ella estuviera ya allí, no sería de extrañar, y se repetían aquellas conocidas
sensaciones, el saltito del corazón, la tirantez en las entrañas y la presión
en la cabeza. Se detuvo un instante en la acera, cobró ánimos y entró en el
restaurante.
Estaba lleno pero ella todavía no había
llegado, según le dijo la muchacha que se acercó para llevarlo hasta la mesa.
¿Fumadores o no fumadores? Algún día optaría por una mesa de no fumadores para
complacerla, pero esa hora todavía no había llegado. Encendió un cigarrillo al
tiempo que se sentaba.
Había sido evidentemente un error escoger
este restaurante. La comida era buena y los platos muy variados, pero, por
desgracia, cien personas más conocían el lugar. Las mesas estaban por fuerza
pegadas unas a las otras. No podrían hablar en intimidad. Guy chasqueó los
dedos al camarero y, cuando éste se acercó, le pidió un gin-tonic largo. Le
habría apetecido más un coñac, pero se daba cuenta de que el coñac tal vez no
fuera una buena idea a estas alturas.
Se había ocupado de elegir las entradas para
la función de la tarde. La obra empezaba a las cinco y media, lo que quería
decir que podrían cenar a eso de las ocho. Habría tiempo de sobra para todo,
sería todo esparcimiento y belleza. Si después de comer quedaba tiempo antes de
ir al teatro, ella seguramente le permitiría llevarla de compras. Ya tenía el
anillo de compromiso, pero... ¿un brazalete? ¿Cartier? ¿Asprey? O tal vez unos
pendientes. Imaginaba los diamantes junto al rostro encandilado de Leonora.
Cuando no eran más que unos críos y ella se había hecho agujerear las orejas,
Guy soñó con el día en que podría comprarle pendientes de diamantes.
Agradeció enormemente la llegada del
gin-tonic, tenía sed. El primer sorbo del día era siempre maravilloso. Esparcía
paz por su cuerpo en largos tentáculos divergentes. Se repantigó en su asiento
mirando el dibujo del pañuelo y luego el menú, que estaba escrito en la carta y
también en unas pizarras en yeso. ¿Qué comería ella? Guy se alegraba de ver que
últimamente comía más pescado. Pero no comía suficientes proteínas. Al
ajustarse el cabestrillo miró por casualidad el reloj. Era casi la una y
cuarto.
Esto era lo que ocurría por confiar en la
línea del norte en lugar de coger un taxi. Iba a repetirse la misma experiencia
del Savoy, pero en un entorno menos lujoso. Terminó el gin-tonic y pidió otro.
Recordaba que, el día del Savoy, Leonora había llegado más de veinte minutos
tarde. Era capaz de venir andando desde la estación más próxima de la línea del
norte, probablemente Leicester Square.
Los ocupantes de la mesa de al lado, cuatro,
reían sin moderación. No era una risa grosera ni especialmente estridente, pero
le irritaba. El segundo gin-tonic desapareció a toda velocidad. Si fuera
posible pedir una botella en un sitio así y servirse uno mismo como en casa...
No tenía ganas de pedir una botella. Los comentarios de Danilo y Tanya la noche
anterior acerca de Alcohólicos Anónimos se le repetían de manera desagradable.
Era la una y veinticinco. Se acercó un camarero y le preguntó si quería pedir
algo. Guy dijo «No» con bastante brusquedad. Ruidosas carcajadas sacudían la
mesa de al lado. Estaban bebiendo champaña, era evidente que celebraban algún
aniversario. En el taxi, al pasar por Hyde Park Corner, había empezado a sentir
hambre, pero ésta ahora había desaparecido. Tenía la boca seca a pesar de la
ginebra. Pidió un vaso grande de vino blanco.
A las dos menos veinte empezó a sentirse
mareado. Un retraso de cuarenta minutos. No recordaba que Leonora hubiera
llegado nunca más de veintidós minutos tarde. No iba a venir. No podía seguir
engañándose, no iba a venir. O le había ocurrido algo terrible y había tenido
un accidente, o le habían impedido venir. Algún miembro de aquella espantosa
familia suya se había enterado de sus planes, de que pensaba pasar el día y
luego el resto de su vida con él, y había intervenido para evitarlo. Permaneció
otros diez minutos sentado, mirando fijamente a la puerta de la calle, y luego
se levantó.
Le dijo al imperturbable camarero de rostro
sombrío que había decidido no comer, observación a la que éste respondió con un
encogimiento de hombros gálico. Pagó los dos gin-tonics y el vino. Por suerte,
llevaba por una vez el bolsillo lleno de calderilla. En la primera cabina
telefónica que encontró vacía marcó el número de Georgiana Street. Hacía años
que Guy no utilizaba una cabina telefónica; en este tiempo habían cambiado y
tuvo que leer las instrucciones atentamente antes de llamar. El teléfono sonó
pero no hubo respuesta. Marcó otra vez para asegurarse. Tampoco hubo respuesta.
Cerró los ojos y se imaginó que al abrirlos la vería viniendo por la calle
hacia el restaurante, corriendo más bien, porque tenía pánico de llegar tarde.
Leonora no estaba allí, naturalmente. Recogió
el dinero que le devolvía la máquina y marcó el número de Lamb’s Conduit
Street. Todos estos números estaban grabados en su memoria, los sabía mejor que
su propio número de teléfono y que el número de su cuenta bancaria. El teléfono
sonó una y otra vez, pero tampoco aquí contestó nadie. No hubo contestación
cuando marcó el número de St. Leonard’s Terrace y tampoco en Portland Road,
aunque era probable que se hallase allí a menos que alguno de ellos hubiera de
algún modo maquinado encerrar a Leonora en su antigua casa. Finalmente probó
con la casa de los Mandeville en Sanderstead Lane, también en vano.
No era posible que todos hubieran salido.
Estaba claro lo que ocurría. Se habían confabulado para hacer un sólido frente
contra él. Se negaban todos a contestar al teléfono. Ella les había contado lo
ocurrido el jueves por la noche, se lo había contado con toda inocencia
creyendo aún que podía elegir por su propia cuenta en cuanto a su futuro. De un
modo u otro la tenían prisionera. Sin duda el principal causante de esto era su
padre, quien, después que Tessa le hubo llenado suficientemente a Leonora la
cabeza contra su amante, le había buscado a Leonora un marido, un lacayo
adulador más feo que Picio, y luego, para asegurarse, para que no quedaran
cabos sueltos y con la ayuda de su hermano, le había buscado un empleo en el
norte para que su esposa se fuera con él.
Pero las cosas no iban a desarrollarse así,
pensó Guy. ¿Dónde podían tenerla encerrada? ¿En Portland Road, en Georgiana Street? Volvió
a Scarsdale Mews en taxi. Aunque había bebido bastante y
no había comido nada, tenía la cabeza despejada y estaba muy tranquilo.
Al
llegar a casa intentó de nuevo telefonear. Uno a uno, probó con todos los
números: Lamb’s Conduit Street, Sanderstead Lane, St. Leonard’s Terrace,
Georgiana Street, Portland Road. Tampoco esta vez hubo respuesta en ninguno de
los números. Imaginaba todos los teléfonos desenchufados o
a toda aquella gente, Anthony y Susannah, Tessa y Magnus, Robin y Maeve y el
mismo Newton, sentados allí escuchando implacablemente el continuo sonar del
teléfono. Eran las dos y cuarenta y cinco.
Probó de nuevo con todos los números, para
ponerles nerviosos, para inquietarlos. A continuación subió al piso de arriba y
sacó el rifle 22 de su caja.
19
Mientras se dirigía a Portland Road intentaba
hallar una explicación. Finalmente, creyó comprender. La culpa de todo esto la
tenía su duelo con Newton. El colmo, le llamaría la familia de Leonora. No
creía posible que Leonora se lo hubiera contado, pero Newton sí lo habría
hecho. Mientras ella le acompañaba al hospital, Newton debía de estar al
teléfono contándole a su padre y luego a su madre lo ocurrido. Podía oír la voz
de Tessa:
–Está loco, desde luego. Es un loco violento
y peligroso. No se detendrá ante nada con tal de conseguir a Leonora. Lo único
que se puede hacer es apartarla de él hasta el dieciséis y luego te la llevas
al norte y que no la vuelva a ver.
Y a
Anthony Chisholm:
–¿Te ha atacado con un sable?. Eso es ya
demasiado, ¿no? No, estoy de acuerdo, no me parece que Leonora deba volver a
verle.
Y a Magnus Mandeville:
–Leonora habría debido ir a la policía. Tú no
ibas a dejarla sola con él, ya me doy cuenta. Pero habrías debido hacer que
fuera ella a la policía. Eso es un asalto, ¿sabes?, incluso se lo podría
calificar de intento de asesinato.
Y a Susannah:
–Pobre Guy, es tan emotivo, tan violento.
Pero tiene muchas cosas buenas. Es muy negativo para Leonora, la última persona
con quien ella debería relacionarse. Si no hay otra solución... es muy
lamentable, pero habrá que alejarla de él a la fuerza.
Aparcó el coche en doble fila, esperando que
esto no importara porque era sábado por la tarde. El rifle estaba en el
portamaletas, en una bolsa de golf de piel negra. Empezaba a pensar que era un
arma poco adecuada para llevar en una misión de este tipo. Lo dejó donde
estaba, subió la escalera y llamó al timbre, junto al que figuraban todavía los
tres nombres: Lingard, Kirkland, Chisholm. No fue ninguna sorpresa que no
contestara nadie.
El brazo no le molestaba si no lo movía
mucho, lo cual no era necesario con el cambio de marchas automático. Lo apoyó
ligeramente en el volante. El tráfico se había vuelto más denso desde la mañana
y tardó un buen rato en llegar a Camden Town. Esta vez cogió la bolsa de golf
con el rifle. Después de llamar al timbre, mientras esperaba, tuvo la sensación
de que alguien estaba mirándolo desde arriba. La sensación de que estaba siendo
observado era muy fuerte. Dio un paso atrás, bajó un peldaño o dos y miró hacia
arriba. No había nadie y todas las ventanas estaban cerradas aunque la
temperatura era agradable.
El siguiente sitio era Lamb’s Conduit Street.
No estaba tan lejos. Había un aparcamiento libre delante mismo de la casa. Las
macetas de Susannah acababan de ser regadas. El agua goteaba y caía sobre las
losetas de piedra. Esto le dijo que debía de estar en casa, debía de haber
alguien. No contestó nadie por el portero automático. Volvió a apretar el
timbre y oyó pasos en la escalera. Una mujer a la que Guy no había visto nunca
abrió la puerta. No la conocía, pero incluso antes de que hablara le pareció
que estaba esperándolo.
–Laura Stow –dijo–. Soy la hermana de
Susannah.
El parecido era evidente. Era un poco mayor
que Susannah y vestía téjanos y una blusa, y una toalla envuelta a modo de
turbante alrededor de la cabeza.
Se había lavado el cabello. Guy no sabía que
Susannah tuviera una hermana pero no estaba sorprendido. ¿Tenían amigos, toda
esta gente? ¿Conocían a alguien que no fuera un pariente? Todas las personas a
quienes te encontrabas en sus casas, todas las personas a quienes te
presentaban, eran parientes.
Dijo con aspereza:
–Guy Curran. Ella hizo que sí con la cabeza y
miró la bolsa de golf que Guy llevaba en la mano. Cualquiera con un mínimo de
inteligencia podía ver que allí dentro había un rifle, o una escopeta.
–Estoy buscando a Leonora –y luego–: ¿Sabe a
quién me refiero?
–Sí, claro que lo sé. No está aquí. Sólo
estoy yo en casa. Me he quedado a cuidar la casa mientras ellos están fuera.
–¿Fuera? –dijo él.
–De vacaciones. Se han ido hoy mismo de
vacaciones.– Se mostraba paciente con él, pero sus ojos se dirigían a cada
momento a la bolsa de golf.– Lo siento, me temo que no puedo hacer nada por
usted.
Esto estaba ensayado. Alguien la había
preparado para su visita, le había enseñado a decir todo esto.
–¿Está segura de que no está? ¿Está
completamente segura de que no está arriba?
Por un momento creyó que la había asustado.
La mujer se había retirado un poco. Guy habló ahora con voz más suave,
intentando sonreír.
–¿Le parece que podría entrar y... echar un
vistazo? Soy un viejo amigo de la familia.
–¿A ver si está Leonora? Ya le he dicho que
no está. Claro que no le dejo entrar.
–Voy a casarme con Leonora –dijo él
pacientemente.
La mujer miraba fijamente, con una nerviosa
sonrisa temblándole en la boca.
En dirección a la escalera, Guy gritó:
–¡Leonora! ¡Leo! ¿Estás ahí? ¡Leonora!
La mujer profirió un sonido incoherente y le
cerró la puerta en las narices. Él no podía verla, pero presentía que estaba
apoyada contra la puerta, jadeante.
En realidad, no creía que Leonora estuviera
en casa. No habría permanecido arriba mientras él estaba allí. Y tampoco podía
creer que estuviera realmente encarcelada, atada, encerrada en una habitación.
No le harían eso... ¿o sí? Imaginó a Laura Stow llamando en seguida por
teléfono al hotel donde Anthony y Susannah estaban pasando sus vacaciones.
Probablemente los llamaría a todos para informarles de su visita. Probablemente
la primera llamada fuera para Robin y Maeve, su piso parecía ser el lugar donde
con toda probabilidad se hallaba ahora Leonora.
Fue hasta su casa, dejó el coche en el mews
y subió al piso de arriba para volver a colocar el rifle en su caja. Había
elegido mal, era un arma demasiado aparatosa. Eran las cinco y media.
Volvía a tener hambre. Nunca había mucha
comida en la casa, no solía haber más que los productos básicos para el
desayuno: pan, diversos cereales, huevos, queso holandés, mermelada, zumo de
naranja. Después de haberse servido un vodka y acabado de llenar el vaso con
zumo de naranja se preguntó si sabría hacer un huevo pero decidió dejarlo.
Tenía pan y Gouda, terminó de beber su vaso y marcó el número de St. Leonard’s
Terrace. Seguían sin contestar.
Seguían dejando que sonase el teléfono. Guy
cortó otro trozo de pan y se sirvió más vodka. Marcó en vano los números de
Sanderstead Lane, Georgiana Street y –por fastidiar, como se dijo a sí mismo–
Lamb’s Conduit Street. Contestó Laura Stow. Parecía nerviosa. Guy rió de un
modo siniestro y ella colgó el teléfono con un golpe. Guy se sentía ahora
muchísimo mejor. Habría sido una exageración decir que se sentía en forma para
el combate a pesar del brazo. Se le había lanzado un desafío. Era como si
hubiesen arrojado un guante delante de él y le hubieran desafiado a pelear con
todos ellos.
De repente se vio envuelto en un agitado
cuento de hadas o aventura de capa y espada. La hermosa princesa había sido
encerrada en una torre por sus crueles padre y madrastra. ¡O te casas con el
enano pelo-de-paja o te quedas ahí para siempre! Pero llegaba su salvador, con
su armadura y sus armas, si no en un caballo blanco, sí en un coche dorado.
Subió de nuevo al dormitorio y sacó del
armario la nueva y bonita chaqueta de piel de becerro color gris acorazado que
había comprado en Beltrami, en Florencia, el pasado mayo. Se cambió los zapatos
por unas botas de media caña de piel gris. Se quitó de mala gana el
cabestrillo, pero en realidad ya no lo necesitaba. No había ninguna razón para
que no llevase el pañuelo envuelto en torno al cuello.
Entró en el tercer dormitorio, uno de los dos
de detrás que daban a la parte posterior de las casas de Abingdon Villas, y se
dirigió al secreter que estaba arrimado a la pared posterior entre las
ventanas. Sacó del cajón superior el pesado Colt 45 que estaba en su poder
desde que tenía diecisiete años pero que nunca había utilizado.
Danilo le había conseguido el arma. Fue
cuando protegía a los tenderos de Kensal. Guy había hecho saber discretamente
que le gustaría poseer un arma de verdad en lugar de la convincente imitación
con la que andaba por allí. Danilo entró una noche en el pub de Artesian Road
con ella, se la enseñó en el lavabo y, cuando Danilo tiraba de la cadena, Guy
había ya pagado en efectivo por ella y por la munición correspondiente. Leonora
la había visto y había dicho que era un arma atroz. Guy entendía lo que había
querido decir.
El Colt no tenía funda. Esto le había
parecido innecesario. Lo colocó sobre el asiento del acompañante del Jaguar con
la chaqueta de piel encima.
Era una tarde cada vez más fría, anocheciendo
ya. Por primera vez desde hacía meses, puso la calefacción. Encendió un
cigarrillo. No tardó más de diez minutos en llegar a St. Leonard’s Terrace. Guy
no recordaba si había realmente estado en esta calle antes, pero ahora que
estaba aquí se sentía impresionado. A Robin le iba evidentemente mucho mejor
que al resto de la familia con sus destartalados dúplex de Bloomsbury y sus
villas suburbiales. El piso se hallaba en una casa elegante pero sólida, de
arquitectura clásica, con una noble puerta delantera de color azul oscuro situada
bajo un pórtico cuyo tejado en cúpula sostenían unas columnas corintias. A Guy
no le habría importado vivir aquí.
La tarjeta enmarcada que había encima del
timbre estaba impresa: Sres. M. Kirkland, R. H. Chisholm. Muy formal. El piso
que suponía era el de ellos tenía una gran galería con arcos. Se había puesto
la chaqueta y había metido el revólver en el bolsillo de la derecha que,
afortunadamente, era grande. No contestó nadie por el portero automático cuando
llamó al timbre. Guy probó de nuevo y luego otra vez. Bajaba la breve escalera
cuando vio a Robin y Maeve que se acercaban por el final de la calle.
Iban cogidos del brazo y más juntos que
nunca, como entrelazados, la cabeza de ella vuelta hacia el hombro de Robin, y
se los veía muy alegres, reían y se daban achuchones. Pero lo que a Guy le
pareció más chocante era el modo en que iban vestidos. Habían desaparecido los
téjanos y las camisetas unisex, los calcetines y las zapatillas. Maeve llevaba
un vestido de seda de color rosa pálido muy abierto, con un profundo escote en
forma de V, las mangas abombadas desde unas abundantes hombreras y la falda
bastante ancha y muy corta. El vestido dejaba al descubierto sus largas piernas
con medias blancas de encaje desde la mitad de los muslos. Calzaba zapatos rosa
de tacón alto y en la mano izquierda llevaba un sombrero blanco de tul cubierto
de rosas de color rosado.
Robin llevaba un traje de color beige claro,
probablemente de seda natural. Era evidente que se acabada de quitar la
corbata, cuya punta, de seda con un dibujo en colores bronce y crema,
sobresalía del bolsillo de la chaqueta. Cuando vieron a Guy se detuvieron, se
miraron y se echaron a reír. Esto era también ensayado, pensó Guy. Se pusieron
a caminar hacía él, luciendo amplias sonrisas.
–¿Dónde está Leonora? –dijo Guy.
Esto hizo que Maeve casi se desternillara.
Lanzaba carcajadas y se aferraba a Robin boqueando. Se habían pasado los dos
con la bebida. Robin reía como un bobo.
–Decidme dónde está, por favor.
Guy podía palpar el arma en su bolsillo, pesada
y fría y haciendo que la chaqueta se descompensara por el lado derecho. Dejó
reposar su mano sobre ella, por encima de la piel.
–Sé que la tenéis escondida. No tenéis
derecho a hacer eso. Este es un país libre. No se puede tener a la gente
prisionera contra su voluntad.
Subieron los peldaños hasta la puerta de
entrada. Robin sacó la llave. Seguían riendo. Maeve tenía, de hecho, lágrimas
en los ojos. Guy podía ver cómo Robin sonreía a Maeve con indulgencia,
divertido aun sin querer por su regocijo e intentando en vano poner cara seria.
Por último soltó una aguda carcajada al parecer irreprimible, como el relincho
de un caballo juguetón, introdujo la llave en la cerradura y dijo a Maeve:
–Entra, entra, por el amor de Dios. Me pones
peor. Cada vez que te miro no puedo aguantarme.
Guy tenía mucho frío. La aventura en la que
había estado inmerso durante la última media hora empezaba a disolverse, a
derretirse y alejarse. Eran gente de verdad en una calle de verdad y esto era
la realidad. Le habría gustado sacar el revólver y dispararles a los dos allí
en la escalera. Le habría encantado hacerlo. Si lo hacía, pensó, nunca volvería
a ver a Leonora. Esto le detuvo.
–¿Dónde está? –dijo de nuevo.
Robin, que había parado de reír ahora que
Maeve estaba dentro de la casa, dijo, como un niño pequeño:
–Tendrás que preguntárselo a mamá.
–¿Qué tendré qué?
De repente adulto, Robin dijo, arrastrando
las palabras:
–Eso es lo que hemos acordado. Hemos decidido
que, si te presentabas, tendrías que ir a ver a mi madre. ¿De acuerdo?
Entró en la casa y cerró la puerta.
Era ya de noche cuando Guy cruzó el río.
Fumaba sin parar mientras conducía. Lo que le habría encantado ahora era beber
algo, pero la bebida debía esperar. Llevaba puesta la chaqueta de piel con el
Colt 45 en el bolsillo y el pañuelo de Leonora en torno al cuello. Éste
despedía un suave aroma a ella.
En el extremo norte de Sanderstead Lane paró
el coche, lo aparcó y cargó el arma. Los faroles estaban encendidos, globos
amarillos y humosos semienterrados algunos de ellos en el espeso follaje oscuro
de los árboles que bordeaban la larga calle. La superficie de la calzada
relucía. No había coches aparcados en la calle. Todas las casas tenían garaje.
No había nadie a la vista, nadie paseando al perro ni chicas andando con prisa
y temor camino de una cita nocturna.
Pasó un coche y luego otro. Era un lugar
silencioso y tranquilo, y más frío que el interior de Londres.
Siguió conduciendo hasta la casa de los
Mandeville. Allí estaba, al fondo del largo jardín delantero, inundada de luz.
Había luces en los dormitorios y también en la planta baja, pero Guy no tenía
la sensación de que la casa estuviera llena de gente, de que, por ejemplo,
hubiese una fiesta. La casa destacaba aún más porque el edificio de al lado, la
casa vacía anexa, estaba totalmente a oscuras. No se veía ningún otro coche.
Detrás de las cortinas corridas, pero transparentes, no se veía ninguna sombra
moviéndose a contraluz. Y, sin embargo, Guy tenía la sensación de que le
esperaban, de que estaban esperándole a él.
Sin duda. Robin había llamado a su madre y
ella estaba preparada. Ella y Magnus estaban preparados. Quizá se hubiera
agenciado también un guardaespaldas. Palpó el arma que llevaba en el bolsillo,
dándole unos golpecitos como un policía en una película. En aquella quietud, la
verja de hierro al cerrarse produjo un claro y fuerte sonido metálico. Se puso
a andar por el sendero. La casa iluminada parecía estar mirándole.
No iba a tener la oportunidad de llegar hasta
allí, de llamar al timbre o de utilizar la aldaba con la cabeza de león. Cuando
estaba a medio camino y acababa de cruzar el punto sin retorno, Tessa
Mandeville abrió la puerta delantera. Se quedó mirándole callada, sonriente y
al parecer sin miedo.
–¿Dónde está Leonora?
Maeve había dicho que pondrían esto en su
tumba. Tal vez. Quizá fuera la última cosa que dijera, sus últimas palabras
antes de morir. No le importaba. No quería decir otra cosa. Lo repitió.
–¿Dónde está Leonora?
–Puedes pasar –dijo Tessa en un tono muy
distante. Rara vez utilizaba su nombre de pila, casi nunca lo había hecho–.
Pasa, por favor. Cuanto antes terminemos mejor.
Magnus estaba detrás de ella. Tessa iba
vestida con tanta sofisticación como Maeve, llevaba un vestido ajustado de
color de cobre con una ornamentación en el cuello y en el bajo en cuentas de
bronce y oro. El cuello arrugado con los prominentes tendones estaba oculto
bajo sartas de cuentas de ámbar. Magnus, en cambio, lucía un par de viejos
pantalones de sarga y un jersey gris como si se hubiera cambiado para la
acción. Tenía, sin embargo, el aspecto transparente y frágil de un saltamontes.
Entraron en una sala de estar excesivamente
amueblada y con la atmósfera enrarecida. El calor era intenso. En dos enormes
jarrones había ramos de flores que la elevada temperatura estaba marchitando.
–Será mejor que te sientes.
–Prefiero estar de pie –dijo Guy.
–Como gustes. Has preguntado dónde estaba
Leonora.– Tessa miró su reloj de un modo sobreactuado y ponderoso. Levantó los
ojos, que se encontraron con los de Guy.– Supongo que en este momento están a
ocho mil metros sobre el norte de Francia. Leonora se ha casado hoy a la una.
20
Las flores de los dos jarrones parecían estar
marchitándose a ojos vistas. Eran pálidas y exóticas, con ricos pétalos. Guy
pudo ver que se trataba de flores de casamiento, antes que ramos o decoraciones
de mesa. Su cabeza flotaba. Aunque había dicho que no quería sentarse, se
sentó. El aroma de las flores era dulzón y rancio, había en él algo obsceno.
Era como el perfume en un cuerpo sin lavar.
–¡Llevas el pañuelo de mi hija! –dijo Tessa.
–Me lo dio. –Guy se daba cuenta de que su voz
sonaba débil, apenas controlada. Se aclaró la garganta y dijo de nuevo–: Me lo
dio.
–Supongo que has venido a buscar una
explicación.
El sofá en que Tessa se había aposentado,
delante de él, tenía una funda de chintz con un dibujo de flores curiosamente
parecidas a las de los jarrones, rosa pálido, blanquecino, lila pálido y
rebosantes rosas de color de melocotón. Tessa era una figura insignificante y
recortada, sentada muy estirada y con las manos aferradas a las rodillas. El
marrón luminoso de su vestido así como la brillantez del material, su cabello
oscuro y reluciente y la piel de color de castaño, hacían que pareciera fundida
en metal o esculpida en madera. Tenía los ojos muy encendidos, resplandecientes
de satisfacción y de triunfo. Guy había recibido un golpe muy duro, se había
visto de tal modo apaleado que no podía hacerle frente y pelear. Su energía
había desaparecido y sentía una presión dentro de la cabeza. A pesar del calor
reinante en la estancia, un escalofrío le puso la piel de gallina. Magnus, que
presenciaba la escena nervioso y con aire de mirón, debió de darse cuenta de su
estado y dijo apresuradamente:
–¿Quieres tomar algo?
Guy hizo que no con la cabeza. Más tarde se
preguntaría si ésta había sido la primera vez en su vida que había rechazado
una bebida. De algún modo, consiguió hablar con una voz que se aproximaba a su
voz normal.
–¿Ahí era donde estabais todos? ¿En la boda?
–Exacto –dijo Tessa–. Por primera vez, no te
equivocas. Se ha casado a la una y luego ha venido el banquete–. Guy se daba
cuenta de que, aunque lo intentaba, Tessa no podía evitar sonreír. Sus labios
se contraían cuando se enderezó hasta ponerse casi vertical.– Luego ha sido
todo una fiesta. Ha sido una boda magnífica, todo el mundo lo ha dicho. Los
hemos despedido cuando se iban a Heathrow, ¡y Robin ha atado un zapato a la
parte trasera del coche! Qué travieso es, no tiene remedio. Estoy segura de que
querrás saber adonde han ido Leonora y William. A las islas griegas... a Samos,
en realidad.
No la creía. Era a Samos adonde él y Leonora
tenían que haber ido. Los ojos de Tessa titubeaban al decirle esta mentira. Guy
entendía que no se atrevía a decirle adonde habían ido en realidad. Con
desespero, aunque aborrecía la idea de demostrarles el daño que le habían
hecho, su herida casi de muerte, dijo:
–Leonora dijo que iba a casarse el dieciséis.
Me dijo una y otra vez que era el dieciséis, y tú también.
Mientras hablaba se dio cuenta de lo que
había ocurrido en realidad con la invitación de boda colocada en la repisa de
la chimenea de Lamb’s Conduit Street. Sí era para la boda de Leonora, sin duda
Janice y su esposo eran los invitados. En la tarjeta debía de poner la
verdadera fecha de la boda, el nueve, una semana antes de lo que le habían
hecho creer. Se habían apresurado a quitarla de allí. Si él la hubiera visto se
les habría estropeado todo el plan.
–¿Por qué me dijo el dieciséis?
Tessa sonreía con los labios arqueados y
levantaba las cejas. Guy nunca le había visto esta expresión antes.
–¿Por qué dijo que nos encontraríamos para
comer hoy como de costumbre?
Pronunciar el resto de las promesas que ella
le había hecho le habría resultado insoportable. El rostro de Tessa se había
relajado un poco. No sin cierta vergüenza, Guy sentía que su voz débil la había
conmovido, que ella, a pesar de su actitud insultantemente triunfante, había
empezado a compadecerle.
–Tienes que ponerte por una vez en nuestro
lugar. Intenta pensar en los demás por una vez. Mi hija estaba muy seriamente
preocupada porque creía que si sabías la fecha de su boda irías y armarías
alguna. Porque te conoce. Todos te conocemos. Sabemos de lo que eres capaz.
Mira lo que pasó la semana pasada cuando te emborrachaste y te pusiste a pelear
con William. Con sables. Es increíble, por Dios. Pelear con alguien con sable
en nuestros días. Eres capaz de ir a una boda y destrozarlo todo. Habrías sido
capaz de entrar por la fuerza y gritarle al juez que detuviera la boda.
Cualquier cosa. Habrías podido hacer cualquier cosa. Mi hija te tiene miedo
desde hace literalmente años. Ha tenido que vivir una terrible pesadilla por tu
culpa.
Por un sutil reacondicionamiento de esperanza
e inhibición, Leonora se había convertido en «mi hija». Guy presintió que Tessa
nunca volvería a llamarla por su nombre cuando hablara con él. En su tono seco
y suave, Magnus dijo:
–Por eso, si se hubiera seguido mi consejo,
habríamos buscado los medios legales para impedir que molestaras a mi hijastra.
Desde luego habría sido una medida desagradable al principio, pero a la larga
habría ahorrado grandes problemas y trastornos.
Guy levantó los ojos, que sentía pesados como
si estuvieran repletos de lágrimas que no podía verter. Sentía los ojos
hinchados. Miró a Magnus. En el bolsillo de fina y suave piel de su chaqueta
podía palpar la forma inexorable del arma. Pero estaba distanciado de él, era
como si le faltara la fuerza no sólo para utilizarla, sino incluso para sacarla
de su escondite. No le era desconocido el entumecimiento que produce el shock,
pero hacía mucho tiempo que esto no le ocurría. «Perdóname», había dicho ella
por teléfono ayer por la mañana. Ahora comprendía por qué lo había dicho.
«Perdóname», había dicho con voz turbia e insegura, como los ojos de Guy ahora,
llenos de lágrimas. «Perdóname por las mentiras que me han obligado a decirte,
por engañarte, por esta última y terrible mentira de que voy a encontrarme
contigo mañana y quedarme contigo para siempre.»
Tessa estaba hablando. Palabras, frases, párrafos
enteros salían de su boca sin que él las oyera. De vez en cuando captaba una
palabra o dos: «Seda crema», «rosas amarillas», «oro blanco». Se volvió hacia
ella. De nuevo tuvo una sensación desconocida, una sensación de inmenso dolor
ante el hecho de que la gente pudiera ser capaz de una crueldad tan refinada y
calculada.
–No quiero oír nada de eso –dijo, con voz más
fuerte. Se había producido un cambio extraño, era una nueva voz, dura y
recortada, cargada de desprecio. He muerto, pensó, y he vuelto a nacer otro,
con una nueva voz y una nueva serie de valores–. No quiero oír nada de eso–.
Empezaba a volver a él la ira, y la ira sí era la misma ira de siempre.– No me
vengas a mí con esa porquería, con lo que llevaba puesto y las jodidas flores,
no me vengas a mí con eso.
–¡Y tú no hables así a mi esposa!
–¿Me lo vas a impedir? –Volvió a palpar el
arma. Magnus hizo un sonido displicente, un sonido así como «¡pshah!», y Guy se
dio cuenta de que tenía miedo. Se habría echado a reír si la risa no le hubiera
estado en este momento vedada. Pero tenía la cabeza pesada, los párpados
pesados.– ¿De quién fue la idea?
–¿Perdón? –Tessa parecía muy sarcástica, toda
ella superioridad y pose emperifollada, desvanecida aquella breve compasión.
–Pregunto de quién fue la idea de hacerme
creer que Leonora se casaba una semana más tarde de la fecha auténtica. No fue
idea suya, ¿verdad? Ella no lo planeó.
–¿Qué importa de quién fuera la idea? No
recuerdo de quién fue la idea. No fue mía. Ojalá lo hubiera sido, ojalá se me
hubiera ocurrido algo tan... tan sencillo y eficaz. Permíteme que te diga que,
aunque la idea no se le ocurriera a mi hija, ella estaba enormemente contenta
de verse así liberada. Acogió la idea con los brazos abiertos.
–Está corrompida –dijo él–. Todos, todos
vosotros la habéis corrompido.
–Si alejar a alguien de una persona que la
tiene atemorizada es corromperla, viva la corrupción.
–Yo no tenía atemorizada a Leonora. Ella me
quería. Me pidió que la perdonara.– Guy se volvió hacia Magnus y dijo–: Voy a
tomar ese trago, después de todo.
Tessa se echó a reír.
–Eres incorregible, hombre. Eres de la piel
del diablo. –Imitando el tono de Guy–: Voy a tomar ese trago, después de todo.
Tú no eres amigo nuestro, ¿sabes? No eres amigo de esta familia. Sabe Dios cómo
te abriste paso hasta ella hace muchos años, pero el caso es que desde siempre
hemos estado intentando librarnos de ti. Parece que no hayas comprendido nunca
que no tienes lugar entre nosotros, no nos gustas como persona. Porque para ser
franca te diré que, por mucho dinero que hayas ganado, no perteneces a nuestra
clase. Básicamente sigues siendo un burdo irlandés, un bruto de la calle. Sería
un insulto para la clase obrera decir que tú perteneces a ella, no es verdad,
eres un sinvergüenza barriobajero y siempre lo has sido.
Guy sintió un golpecito en el hombro y, al
levantar los ojos, vio ante sí la cara de la muerte de Magnus, un vaso de algo
en la mano de papel ligeramente trémula. No le había preguntado qué quería
tomar. Magnus le había traído algo que le parecía adecuado (o algo de lo que le
sobraba o que a él mismo no le gustaba). Medicina. Un remedio para el shock. De
hecho, era whisky ligeramente diluido en agua. Su sabor provocó en Guy la débil
nausea que siempre le provocaba el whisky, y a continuación el inicio de una
ola de energía.
–Lo absurdo –decía Tessa– es que en algún
momento hayas podido suponer que mi hija iba a casarse contigo, que se le iba a
permitir casarse contigo.
–Leonora ya es mayor, Tessa –dijo Magnus,
legal como siempre–. Sin duda era capaz de elegir a ese respecto. Ya había
elegido, de hecho.
–No, no había elegido –dijo Guy–. Ni de hecho
ni nada. Otros eligieron por ella, eso es lo que pasa. Tu esposa tiene razón
cuando dice que no se le iba a permitir. Todos vosotros, los Chisholm o lo que
seáis ahora, no le habéis permitido obrar según su voluntad.
–¡Vaya tontería! Ojalá, y lo digo
honradamente, hubiera grabado en cinta las palabras de mi hija. De verdad.
Cuántas veces le pregunté por qué se tomaba tantas molestias por ti y dijo que
no había otra solución que verte. Siguió jugando a ese juego para poder tener
paz, para poder estar libre para hacer lo que quería el resto de la semana,
para que lo sepas.
–Si se hubiera dado cuenta de que era
factible y una medida perfectamente razonable solicitar un mandato...
–Bueno, Magnus, pero no lo hizo. No quería, y
cito, «herir sus sentimientos». Siempre ha sido demasiado blanda de corazón en
perjuicio de su interés. A diferencia de nuestro invitado, primero estaban los
demás. Habría hecho cualquier cosa con tal de no hacerle daño. Pero ya no
importa, todo eso ya pasó. Está casada. Y cuando ella y William vuelvan de...
Samos, han ido a Samos, se irán directamente al norte. No pasarán por Londres.
Y si imaginas que voy a darte la nueva dirección de mi hija es que estás aún
más loco, perturbado, o como quieras llamarlo, de lo que yo creía.
Guy buscó sus cigarrillos. Estaban en el
bolsillo en el que no se hallaba el arma. Se llevó uno a la boca y lo encendió,
sin dejar de observarla. Ella reaccionó como era de predecir.
–No permito que se fume en esta casa.
–Lástima –dijo él–. Si quieres que lo apague
vas a tener que emplear la fuerza. ¿Quieres probar? ¿Alguno de los dos quiere
probar?
–Es ultrajante –dijo ella.
–No deberías establecer normas de ese tipo si
no eres capaz de ponerlas en práctica.
–Magnus –dijo ella–, hazle apagar ese
cigarrillo.
Magnus respondió trayendo un cenicero que
colocó junto al codo de Guy. Guy dijo:
–Tu ex-esposo le ha encontrado a Newton ese
trabajo a través de su hermano. Leonora me lo dijo prácticamente así. Él le
presentó a Newton a Leonora y luego tiró de todos los hilos habidos y por haber
para conseguirle un trabajo en el norte.
Tessa inició una pantomima de tos. Se tapó la
boca con la mano y se estremeció un poco.
–Es posible. No sé nada de eso. Hace años que
no veo a Michael Chisholm.– Tendió una mano hacia su esposo–. Creo que yo
también voy a beber algo, cariño. Ya veo que no me lo has preguntado. Ginebra y
ginger ale, y ¿por qué no tomas tú eso también? Ya que –añadió–, según se ve,
estamos condenados a una prolongada discusión acerca de su... ¿Cómo lo
llamarías? ¿Paranoia?
–Francamente, Curran –dijo Magnus–, ¿no te
parece que deberías marcharte ya? Mi esposa te ha dicho mucho más de lo que
podrías haber esperado teniendo en cuenta las circunstancias.
–Todavía no me voy. Quiero saber de quién fue
la idea de tomarme el pelo.
Tessa dijo, con voz aburrida:
–Me parece que no te entiendo. ¿De qué modo
te hemos «tomado el pelo»?
–Engañado, entonces. Me habéis hecho creer que
la boda era el sábado que viene– Guy vaciló y cambió la frase–. No, me habéis
hecho creer que no habría boda.– Te quiero, vendré a ti, cualquier cosa.
Recordó el beso de la noche en que tenía el brazo herido y se tocó el brazo,
tocó la seda del pañuelo. Si sollozo cuando me ponga a hablar, pensó, los mato
a los dos. –¿Quién –dijo, con voz firme –la convenció para que hiciera eso?
¿Quién la obligó a decirme que la boda era el dieciséis y luego hacerme creer
que no habría boda? ¿Quién fue?
–Ya te he dicho que no lo sé.– Tessa cogió el
vaso que le tendía su esposo. Lo mantuvo en alto como en un brindis, e iba a
decir algo pero se lo pensó mejor y bebió un trago.– No importa quién fuese,
todos estábamos de acuerdo.
–No habría debido decirle mentiras –dijo Magnus
inesperadamente–. Lo que quiero decir es que tiene razón si ella le dijo eso,
no habría debido decirle que no iba a casarse con William.
–¿Qué? ¿De qué lado estás tú, dime? Permíteme
que te diga que ella estaba plenamente justificada para decirle cualquier cosa.
Cualquier cosa. Y si dices otra palabra acerca del mandato gritaré.
Magnus no le hizo caso. Las arrugas de su
rostro se dulcificaron un poco, como el papel aplastado y luego alisado
cuidadosamente con los dedos. Sonreía. Dijo:
–Recuerdo perfectamente de quién fue la idea.
Quedé completamente pasmado. Parecía... bueno, tan audaz.
Su esposa hizo un gesto impaciente con la
mano.
–El hecho de que la idea se le ocurriera a
uno o a otro no tiene la menor importancia. La cosa es que ha funcionado y toda
esa historia tan deprimente del pasado es sólo el pasado.– Tessa clavó la
mirada con dureza en Guy, clavó la mirada en sus ojos, en ambos ojos. Guy se
daba cuenta de que Tessa no le tenía ningún miedo en absoluto, y le extrañaba.
Ella le observaba muy fríamente, clínicamente incluso, como un torturador de
estado midiendo las reacciones de una víctima. Por un momento, Guy pensó que
iba a preguntarle rápidamente si tenía algo que decir antes de empezar a
apretar las tuercas, pero no lo hizo. –Y eso es lo que hay –dijo–, todo ha
salido a relucir. Y ahora creo que deberías marcharte.
–Sí, ya me voy. No quiero permanecer aquí.
¿Para qué? –Guy aplastó el cigarrillo pero dejó que siguiera humeando un poco–.
Muy bien, pero ¿de quién fue la idea?
–¿La idea? ¿Quieres decir a quién se le
ocurrió lo de la fecha de la boda? Debería de haber un nombre para ese
parentesco. Debería poder decir algo así como mi «esposa adoptiva», pero no
quedaría muy bien, ¿verdad? No tengo más remedio que llamarla por su nombre. Se
trata de la señora Chisholm, Susannah Chisholm.
A este hombre le daba un gran placer hablar
así, pensó Guy asqueado. Disfrutaba escupiendo tanta pedantería. Entonces se
dio cuenta de lo que el hombre decía.
–¿Susannah? ¿Que fue idea de Susannah?
–Estábamos en una reunión familiar, muy
civilizado todo. Eso no habría sido posible cuando yo era joven, ex-esposos y
ex-esposas todos juntos y la mar de amigos. Pero es muy agradable, no me quejo.
Y la señora Chisholm, es decir, Susannah, lo propuso. A mi esposa le pareció
muy bien, ¿verdad, cariño?
–Sí, desde luego. Desde luego que me pareció
bien. Estaba encantada.– Tessa, que había dicho que no se acordaba, parecía de
repente haber recobrado por completo la memoria.– Se lo agradecí enormemente a
Susannah. Cómo me alegraba poder colaborar en la preparación de los detalles.
Desempeñé mi papel, ¿no te acuerdas? Seguro que te acuerdas de que fui a esa
casa que tienes y me empeñé en decirte que la boda era el dieciséis. De haber
sido por mí habrías recibido incluso una invitación oficial para el dieciséis.
Su esposo asentía con la cabeza. Su cabeza se
bamboleaba arriba y abajo como esos perritos que llevan los conductores en la
ventanilla posterior del coche.
–Pero a Leonora no le gustaba la idea. Al
principio no le pareció bien. Decía que no estaba bien, pero yo le dije que no
tiene nada de ilegal contar una mentirijilla.
–Yo no me acuerdo de eso, Magnus. Creo que lo
has soñado.– Tessa volvió a toser, alargó el brazo y, con un estremecimiento,
hizo migas la colilla que había dejado Guy.– Para Leonora fue algo maravilloso,
le quitó todas las preocupaciones.
–A grandes males grandes remedios –dijo
Magnus, con los ojos relucientes y dejando pocas dudas acerca de a quién se
refería con los «males».
Guy se levantó y se dio unos golpecitos en el
bolsillo donde llevaba el arma. Tessa siguió su mano con la mirada. El teléfono
estaba a su lado, en una mesita baja y al alcance de la mano. Él no tenía
ningún sable con el que cortar el cable. Con el brazo herido, carecía de la
fuerza necesaria para arrancarlo de la pared. Guy no lo habría hecho de todos
modos, pero se metió la mano en el bolsillo y palpó el metal frío y liso.
–¿Adónde han ido?
–¿Quiénes? –Tessa se había puesto también en
pie.
–Anthony y Susannah. Se han ido de
vacaciones.– O ¿sería esto también una mentira que le había contado la hermana?
–Me han dicho que están fuera.
–Sólo unos días. Ni en sueños te diría a
dónde han ido. Ya ha sido bastante mal trago tener que aguantar todo este
interrogatorio, pero dije que de esto me encargaba yo. Me ofrecí voluntaria.
Dije que te hicieran venir aquí y que sería yo quien te haría frente. Para
evitar problemas a. los demás. Me parecía que era lo menos que podía hacer, y
puedes estar seguro de que no voy a ocasionar problemas a Anthony y Susannah a
estas alturas. Además, no pueden decirte más de lo que ya te he dicho yo.
Guy palpaba el arma y pensaba de nuevo en
matarlos. Si lo hacía tendría pocas posibilidades de encontrar a Anthony y
Susannah. Sacó la mano del bolsillo. Destrozar la casa, incluso romper los
jarrones de flores a patadas, impediría que pudiese encontrar a Anthony y
Susannah. Magnus Mandeville era la clase de persona que no vacilaría en acudir
a la policía. Probablemente acudía a ellos por una u otra cosa cada dos días.
Guy miró al uno y luego al otro y a continuación apartó los ojos, asqueado.
Leonora se ha casado, pensó. Se ha casado
mientras yo estaba esperándola en aquel restaurante, en el momento preciso en
que habíamos quedado en encontrarnos. He intentado llamarlos a todos por
teléfono, he ido de casa en casa, considerándome su salvador. Y mientras yo
hacía todo esto ella estaba en una fiesta, en su fiesta de boda. Bebía champán,
reía y recibía felicitaciones. Las flores que ahora estaban en esta estancia
habían estado en la otra, probablemente las había olido y tocado e incluso se
había llevado algunas en un ramo.
Salió de la estancia y cruzó el vestíbulo,
abrió la puerta delantera, la cerró con un portazo y fue andando por el largo
sendero hasta la verja.
Sabía que le estaban observando, pero no miró
atrás. Habían vencido, todos ellos habían vencido. Tessa y Magnus, Rachel,
Maeve y Robin, el hermano de Anthony y la hermana de Susannah, y Anthony y
Susannah. Habían llegado al punto al que se habían propuesto llegar hacía cuatro
años. Habían hecho falta cuatro años para lograrlo pero lo habían logrado, y
los instigadores, los que habían maquinado la trama, eran Anthony y Susannah.
Se sentó en el Jaguar. Puso en marcha el
motor y vio cómo se encendían los dígitos del reloj: 8.50. Habían ocurrido
muchas cosas, su vida había cambiado y él también, y eran sólo las nueve menos
diez. Le parecía increíble y volvió a mirar el reloj. Las nueve menos diez.
Condujo un corto trecho y aparcó de nuevo el coche. Aparcó simplemente porque había
un espacio junto al bordillo, sin línea amarilla. El cigarrillo que encendió
resultaba tan confortante que casi le hizo llorar. ¿Cómo se le había ocurrido
la idea de dejar de fumar? Nunca dejaría de fumar.
Cuando se le despejara la cabeza y pudiera
pensar de nuevo recordaría a dónde habían ido Anthony y Susannah. Susannah le
había dicho a dónde iban. Se lo había dicho el día en que él pasó por Lamb’s
Conduit Street. Lo había olvidado pero ya se acordaría. Por otro lado, podía
llamar a la hermana. ¿Cómo se llamaba? Laura Stow. Podía llamar a Laura Stow.
Sólo eran las nueve menos diez... Bueno, las nueve y cinco ya. Podía estar en
casa a las diez menos cuarto. No era demasiado tarde para llamar a alguien. No
sería él cuando hablara por teléfono, ya se le ocurriría algún cuento: un
mensaje urgente para Anthony, un paquete express que había que entregar...
Todos ellos eran culpables, Magnus y Tessa,
Rachel, Robin y Maeve, Laura Stow y Michael Chisholm, pero, más que nadie,
Anthony y Susannah. Todo había empezado cuando Susannah abrió aquella carta de
Poppy Vasari. Este había sido el comienzo de la venganza de todos ellos contra
él. En ese mismo instante Anthony había puesto manos a la obra, había prohibido
a Leonora ir de vacaciones con él e impedido que aceptara el dinero para el
piso en Portland Road. Movimientos negativos todos ellos, pero el siguiente era
positivo. El siguiente era encontrarle un esposo, presentarla a William Newton.
Era algo tan horrible como cuando los indios arreglan los matrimonios, pensó.
Una vez conseguido el esposo, sólo quedaba
conseguirle a éste un empleo en el norte de Inglaterra, lejos del hombre al que
ella amaba de verdad. Y el paso final había sido el plan de Susannah para que
Leonora se casara en secreto, una semana antes de lo que a él le habían hecho
creer. Anthony y Susannah habían sido los abanderados de este asunto, habían
trazado el plan y llevado a cabo la operación y lo habían llevado a su
culminación con éxito triunfal. Los otros eran simples servidores, dispuestos y
obedientes, a la espera de instrucciones. Y Newton era sólo el peón, un don
nadie inocente. ¿Cuánto le habrían pagado para que participara en sus planes?
Guy se puso en marcha hacia su casa. Al
llegar al puente de Battersea paró el coche, bajó y se quedó mirando las aguas
sucias, marrones y relucientes del río. Se sacó la cajita de piel azul que
contenía el anillo de compromiso con el zafiro del bolsillo y, después de un
instante de vacilación, la arrojó al agua. Su pensamiento volvió inmediatamente
a Anthony y Susannah Chisholm. El mundo no era lo bastante grande para que en
él cupieran él y ellos. No descansaría mientras Anthony y Susannah siguieran
con vida.
21
Era normal que las luces estuvieran
encendidas. Había un dispositivo de reloj que las encendía al oscurecer. Dejó
el coche en el mews, entró en la casa y se dirigió directamente al teléfono de la sala de
estar. El listín que tenía en el cerebro y que contenía una lista de los
números de los Chisholm le dio inmediatamente el de Lamb’s Conduit Street.
Contestó un hombre. Laura Stow seguramente
estaba casada. Guy dijo que llamaba de parte de Wing Express Carriers, de South
Audley Street, y que tenía un paquete urgente para el señor Chisholm. ¿Dónde
podía encontrarlo? Si hubiera contestado la misma Laura Stow habría disimulado
la voz, pero tratándose del esposo no era necesario. El hombre no recelaba. Le
dio a Guy el nombre de un hotel de Lyme Regis.
Guy se echó un trago, un coñac muy largo,
triple. En la mesita, donde los había dejado, estaban The London Review of Books y The
Guardian. Le parecía haber dejado también allí la
revista Cosmopolitan, pero no debía de ser así porque ahora no estaba. Vinieron otras cosas
a su mente, el perfume y la esencia de baño Paloma Picasso que había dejado en
el baño y la casa que tenía que ver el lunes. Una furia, producto de la
desdicha tanto como de la ira, se apoderó de él y cogió los dos periódicos,
rompió las hojas y los hizo trizas. Maldecía al tiempo que hacía esto, con la
cabeza alta y gritando al techo... o a Dios. Podía oír su propia voz delirante
como si se tratara de otra persona. Dio una patada a la mesa y golpeó con los
puños en la pared.
–Guy –dijo alguien–. Guy, ¿qué pasa?
Se volvió. Celeste estaba de pie en la
puerta.
–Guy, cielo, ¿qué ha ocurrido?
–Oh, Dios. Oh, cielos.– Había olvidado su
cita, o más bien había olvidado que no había conseguido anularla. Habían
quedado en que ella vendría aquí y había venido. ¿Cuánto rato hacía que estaba
aquí? Eran casi las diez.– Celeste. –Se limitó a decir su nombre con voz rota y
ronca de tanto gritar.– Celeste.
–Creía que te había pasado algo. Creía que
habías tenido un accidente.
Como si no fuera él mismo sino otro el que la
veía, como si la viera a través de los ojos de ese otro, pensó en lo guapa que
estaba. Llevaba el largo cabello castaño oscuro suelto pero todavía con la
ondulación que habían dejado las trenzas. Una cinta dorada de dos dedos de
ancho impedía que el cabello le cayera sobre la cara. Llevaba un jersey de seda
negra y una falda negra densamente bordada, en colores turquesa, azul y rojo.
Todo era perfecto, desde los diminutos botones de oro, conchas de caracol, que
llevaba en las orejas, hasta los brazaletes de hilo de oro y los escarpines de
seda azul y negra bordada en oro. Guy cerró los ojos y vio a Leonora vestida de
algodón azul y blanco descolorido y con zapatillas sucias. El dolor le hizo dar
un respingo.
–¿Te has hecho daño? –dijo ella–. ¿En el
brazo?
–Celeste, perdona que no estuviese aquí. Me
había olvidado de que venías. Lo siento.– Si utilizaba aquellas mismas palabras
y le pedía que le perdonase («Perdóname»), se echaría a llorar. Con cuidado,
con mucho tacto, dijo–: Han pasado cosas terribles.
–¿Qué cosas, Guy?
Guy encendió un cigarrillo y le dio otro a
ella. Probó el coñac.
Estaba bueno pero le hizo estremecerse.
–Tengo que salir otra vez. Sólo he venido
para hacer esa llamada.
Tengo que irme en seguida. Tengo que conducir
toda la noche.
–¿Puedo ir contigo?
–No. Tengo que ir solo. Tú quédate aquí y
duerme. ¿De acuerdo?
–Me gustaría ir contigo. Podría conducir yo.
Celeste no dijo que dentro de un momento él
no sería capaz de conducir, pero a eso era a lo que se refería. Sin dejar de
mirarle, se arrodilló y se puso a recoger los trozos de periódico roto.
–Oh, deja eso –dijo Guy, llevándose la mano a
la cabeza–. Celeste, no ha venido. Se ha casado. Se ha casado mientras yo
estaba esperándola en el restaurante.
–¿Qué?
Se lo repitió. La segunda vez fue más fácil.
Ella estaba sentada a su lado mientras él le relataba la conspiración de los
Chisholm. Celeste escuchaba en silencio. Cuando Guy hubo terminado ella
permaneció callada, y entonces dijo:
–¡Qué horror!
Guy asintió. Siempre le había gustado su modo
de hablar, con ese ligerísimo acento caribeño que pone el énfasis en la última
sílaba de las palabras. «Ho-rroor», había dicho en realidad. La miró con
cariño. Se le ocurrió que Celeste había entendido, que ella siempre había
entendido.
–Se han confabulado contra mí –dijo–. Se han
empeñado en volverla contra mí y lo han conseguido.
–Lo espantoso es lo que ella ha hecho. Lo que
ella ha hecho. Ha sido una ignominia, Guy. Una buena persona no haría nunca
nada semejante.
Él se puso en pie de un salto y se plantó a
pocos pasos de ella.
Los cálidos sentimientos que lo embargaban
hacía unos minutos habían desaparecido. Celeste seguía mirándolo.
–Tiene veintiséis años –dijo ella–. Vive su
vida. Hace lo que le parece. Tienes que aceptar el hecho de que lo quería así.
Nadie podía obligarla, no es ni una niña ni un animal, es inteligente, y tiene
mucha más cabeza que yo, que soy más joven, y yo no haría nunca lo que me
dijeran otros, nunca, nunca. Y ella lo ha hecho. Ha hecho lo que le ha
parecido. Y ha disfrutado, creo de veras que ha disfrutado. Dices que se quedó
allí plantada viendo como tú y William peleabais. Le gustaba verte pelear por
ella y convertirla en una diosa sin pedir nada a cambio.
El cuerpo de Guy temblaba. Le habría gustado
matarla. El brazo derecho ansiaba levantarse y la mano asestar un golpe mortal.
Algo lo detuvo, el viejo lema galante de que no se pega a una mujer. Se la
puede matar pero no se la golpea. Se aguantó una mano con la otra y el pañuelo
la rozó, el pañuelo de seda que le había dado Leonora. Nunca tendría de ella
más que esto, pensó.
–Estás celosa –dijo–. Siempre lo has estado.
Ella sacudió la cabeza. Guy no supo sin con
ello quería decir que sí o que no.
–Leonora está enamorada de William, Guy. No
es su padre quien le ha encontrado un esposo, ella lo ha encontrado, le quiere.
–¿Cómo lo sabes tú?
–Me lo dijo. Me lo dijo aquel día en el
restaurante. Dijo: «Me gustaría pensar que Guy va a querer a alguien como yo
quiero a William y que ella le va a corresponder».
–Qué extraño que nunca lo hayas mencionado
antes.
–He intentado decírtelo muchas veces pero tú
no escuchabas.
Guy fue y se sirvió otra bebida. La noche se
había aquietado, aunque era sábado y temprano todavía. La oyó decir:
–¿Adónde vas?
–Bastante lejos. A Dorset–. El coñac le
producía nauseas. Nunca le había causado este efecto.– Quiero ver a Anthony y
Susannah.
Algo en sus ojos debió de decirle a Celeste
lo que pasaba.
–He escondido las balas de tu arma. Al ver
que no venías he tenido una sensación extraña, una premonición.– El arma era el
22. Celeste no sabía nada del Colt. –Nunca te diré dónde están. Primero
tendrías que matarme.
–Podrías dejar de meterte en mis asuntos,
Celeste. No eres mi mujer, ni siquiera eres mi novia. Eres sólo una amiga. ¿No
es hora de que lo entiendas de una vez?
Guy quería hacerle daño. A veces, en el
pasado, la había visto sobresaltarse y quería verla otra vez. Pero el rostro de
Celeste estaba tranquilo. Ella estaba tranquila.
–¿Has pensado en algún momento –dijo ella–
que si no hubieras andado detrás de ese sueño tenías lo que más te convenía
aquí en casa? Tú y yo lo tenemos todo en común, Guy. Nos gustan las mismas
cosas. Queremos hacer las mismas cosas. Tenemos los mismos gustos. Tú no me
quieres, pero llegarías a quererme si permitieras que nuestra relación fuera a
más. Yo te quiero, no es necesario que te lo diga. ¿Acaso no hemos sido buenos
amantes? Nos ha ido bien en eso, ¿no? Yo nunca he tenido un amante mejor... ¿y
tú? Dime, Guy, sé honrado. ¿Has tenido una amante mejor o más cariñosa que yo?
–Te dije desde el principio que estaba
enamorado de Leonora –dijo él.
–Ya sé lo que dijiste. Pero lo que tú digas y
la realidad no son la misma cosa. ¿Te das cuenta de que tu vida es cien por
cien ilusión?
–Hablas de cosas que no comprendes. Leonora
es el gran amor de mi vida.– Recordó aquella declaración que Leonora había
negado atribuyéndola a un personaje de algún libro. –Yo soy Leonora –dijo–. Los
dos éramos la misma persona.– El coñac le volvía más arisco y su habla más
ininteligible. –Sin ella estoy muerto. Sin ella la vida no tiene sentido.
Por un instante, creyó que Celeste se iba a
reír de él. No lo hizo. Dijo quedamente:
–¿Cuántas veces has hecho en realidad el amor
con ella?
Esto le pareció a Guy una monstruosa
impertinencia.
–Eso no tiene nada que ver –dijo con rigidez.
–Desde aquella vez de la que me hablaste, en
una tumba o algo así, hace un siglo... ¿cuántas veces, Guy?
Era como uno de aquellos chistes
anticatólicos, el sacerdote en el confesionario y la niña irlandesa
arrodillada. «¿Cuántas veces, mi niña?» Sin embargo, la expresión de Celeste
era de una gran seriedad. No bromeaba. El pensamiento de Guy voló a aquellos
primeros años pero sólo recordaba Kensal Green, la larga hierba estival y las
mariposas.
–¿Importa eso?
–Me parece que a ti sí te importa.
–Cinco o seis veces –musitó él.
–Oh, Guy –dijo ella–. Guy, mi cielo.
Él se encogió de hombros y apartó la mirada.
De repente cobró conciencia de un cansancio pesado y oscuro que lo cubría como
una manta. Alargó el brazo para coger el coñac y bebió lo que quedaba. El
cigarrillo que encendió le supo a cenizas desde la primera calada.
–Le gustaba –dijo ella–. Tenías razón al
decir que Leonora quería encontrarse contigo los sábados y que tú la llamases
todos los días. Le gustaba tenerte pendiente de un hilo. ¿Qué le costaba a
ella? Nada. Era halagador tenerte siempre detrás de ella, a ti, Guy, tan guapo,
tan rico y tan simpático, y preocupada sólo por que la gente supiera que
estabas enamorado de ella. Ella podía buscarse otro novio y estar dispuesta a
casarse con él mientras tú seguías allí al pie del cañón, llamándola todos los
días y llevándola a comer los sábados, y no tenía que pagar ni un penique, ni
siquiera acostarse contigo.
–No era sí –dijo él, pero sí lo era–. Tráeme
otro trago, ¿quieres?
–¿No tienes que conducir toda la noche?
–Tráeme otro trago, por favor.
Iría a Dorset a primera hora de la mañana.
Era lo mejor. Mientras Celeste estuviera durmiendo. Él siempre se despertaba
temprano. Fresco y recuperado, se pondría en marcha a las ocho y estaría allí a
mediodía. Cayó en la cuenta de que no había comido nada en todo el día aparte
del pan y el queso de la tarde, pero no quería nada. Por primera vez desde
hacía años no había ido al restaurante ni a casa de nadie a cenar.
Estuvo un rato tumbado en la cama china
separado de Celeste. Pensaba en sus planes para el día siguiente. Sería mejor
que descansara bien esta noche. Cuando llegara a Lyme se dirigiría directamente
al hotel y preguntaría por ellos. El recepcionista le diría que habían salido y
él iría en su busca, tal vez por los acantilados... ¿Había acantilados en Lyme?
Debía de haberlos. Los vería a lo lejos, caminando a lo largo de la playa al
borde del agua. El Colt seguía en el bolsillo de su chaqueta de piel. Y allí se
quedaría. Por la mañana se pondría la chaqueta y saldría. ¿Qué sentirían, qué
harían, cuando le vieran a lo lejos caminando por la arena hacia ellos?
La playa ancha y vacía, el vasto mar y nadie
más que ellos. No habría a dónde correr pero correrían... Le vino a la mente
una imagen de la sonrisa de Leonora, coqueta, controlada y secreta, la sonrisa
de Vivien Leigh en Lo
que el viento se llevó. Era su noche de bodas. Aunque
esto era irrelevante, porque llevaba semanas viviendo de un modo u otro con
aquel hombre. ¡Qué cruel había sido con él! Nunca había pensado que pudiera
considerar a Leonora cruel, pero lo hacía ahora con autocompasión y extrañeza.
Las delgadas manos de Celeste tocaron su
rostro y le besó en los labios, un beso suave y cálido. Celeste era capaz de
hablar besando, nunca había conocido a nadie capaz de hacer eso.
–Guy, cielo, te quiero. Quiero que me hagas
el amor.
Lo hizo. Creía que para ello tendría que
conjurar a Leonora, algo que nunca le resultaba difícil, pero esta vez ella se
negaba a aparecer o la presencia de Celeste era demasiado intensa para admitir
intrusas fantasmales. Era como si Celeste estuviera decidida a disipar con su
amor a todo el que no fuera ella y él. Era Celeste la que estaba en sus brazos
y no otra. Celeste con los ojos abiertos y brillantes y la voz apagada. Guy
sentía que un extraño e intenso poder emanaba de ella, y le vino a la mente la
palabra «brujería». Dentro del cuerpo de Celeste, de su yo, había una magia
blanca curativa.
Solía jactarse de que era incapaz de dormir
hasta tarde. Se había acostado sin la menor esperanza de dormir, sólo para
descansar. Pero, cuando despertó, las manecillas del reloj le dijeron que eran
más de las nueve y Celeste seguía envuelta en su sueño, tan profundamente
inmersa en su sueño como si todavía fueran las primeras horas de la mañana.
Era mejor así, podría escapar sin que ella se
enterara, podría ir sin ella. Se duchó. Le parecía absurdo que un hombre se
preocupara por lavarse el cuerpo de arriba a abajo, enjabonarse y permanecer
bajo estas cascadas de agua caliente a presión antes de partir en una misión de
venganza. ¿Por qué estar aquí preparando el té, esperando a que hierva la
tetera? ¿Por qué considerar, envuelto en su bata de baño, qué ropa ponerse?
Nada debería interponerse entre su objetivo decidido y el logro de éste.
Debería estar ya en camino.
El jardincito estaba cubierto por una ligera
neblina, que los rayos de sol empezaban ya a atravesar. Durante todo el verano
los nenúfares de su estanque habían estado en flor, seguían en flor ahora en
otoño. Sintió el absurdo deseo, que reprimió inmediatamente, de salir al jardín
y acariciar la cabeza de bronce del delfín. En cambio, abrió las cristaleras y
sintió el suave respirar de la mañana.
Le dolía la cabeza, pero esto era normal.
Casi todas las mañanas le dolía la cabeza. No era lo mismo que aquel enorme
martilleo, aquel espantoso y persistente destrozo de las fibras cerebrales que
él llamaba resaca. Nunca dedicaba tiempo a las tareas domésticas, ni siquiera a
lavar una taza, pero ahora se arrodilló y se puso a recoger los pedazos de
papel roto del suelo y llevarlos a la cocina. La tetera hirvió, su luz se
apagó. Hizo el té, una bolsita en cada taza, y acto seguido decidió no
despertar a Celeste.
Silenciosamente, para no molestarla, se
vistió, pantalones téjanos, una camiseta negra, el pullover más sombrío que
había encontrado, de color azul marino con el cuello abierto. Se le ocurrió que
se vestía así porque era lo más parecido a cómo viste un verdugo. Se enrolló el
pañuelo de Leonora en torno al cuello, se lo quitó y lo metió en un cajón. Se
vio en el espejo como le verían Anthony y Susannah cuando se acercase a ellos
por la playa. Imaginó la chaqueta y el bolsillo abultado y fingió el gesto de
ir a por el arma. Y entonces se dijo a sí mismo: no juegues, deja ya de jugar,
sabes que no vas a ir a Lyme, sabes que no vas a ir a ninguna parte ni vas a matar
a nadie.
La noche anterior sí iba a hacerlo. Excitado
por un colérico dolor, no pensaba nada más que su venganza, ésta era lo único
que le importaba. El futuro no existía. Una noche de sueño era la responsable
del cambio. Celeste era la responsable. Si no la hubiera tenido a ella aquí,
pensó, habría ido. Habría ido anoche. Y Anthony y Susannah estarían a estas
horas muertos y él arrestado o muerto por su propia mano.
No quiero morir, pensó. No quiero ir a la
cárcel. Quiero ser libre. Era libre. La acción de Leonora le había liberado. Se
había acabado la esclavitud del teléfono, se habían acabado aquellos almuerzos
del sábado que le proporcionaban tanto sufrimiento como placer. Era una idea
tan nueva que se sentó a pensar en ella, se sentó en una de las sillas del
jardín bajo el pálido sol.
No dejaría de amarla, imposible. Siempre la
amaría. De un modo frío, cuerdo y terriblemente adulto, sabía que seguiría
enamorado de ella toda la vida. Era así. Resultaba melodramático, pero era
cierto que se había encontrado con su destino aquel día en que estaba con
Danilo y Linus en la calle y ella, una niña, se había acercado y se había
quedado mirándolos.
Pero Leonora había desaparecido, la había
perdido. Había tirado al Támesis el anillo que había comprado para ella. Se
había casado con otro y, si volvían a encontrarse, sería en presencia de otros
y con todos ellos allí: Tessa y Magnus, Anthony y Susannah, Robin y Maeve,
Rachel Lingard y el tío Michael, tal vez Janice y su esposo. Y él estaría allí
con Celeste.
Y ¿por qué no Celeste? Esta noche ella le
había salvado. Siempre le salvaba. Era cierto lo que había dicho, lo bien que
estaban juntos. Se lo pasaban bien juntos, lo tenían todo en común, podían
conversar juntos, podían estar callados juntos, no había entre ellos ni
vergüenza ni simulación. Ella le amaba como nadie, en toda su vida, le había
amado, y él la quería también. También él, el hombre duro, el niño de la calle
hecho mayor, ex-traficante en drogas Clase A, gángster, empresario y avispado
hombre de negocios, también él necesitaba ser amado.
¿Por qué no probar?, pensó. ¿Por qué no
probar a ver cómo nos va? ¿Qué podemos perder? Sentía una extraordinaria
ligereza hueca al pensar que ya no habría más llamadas telefónicas, no más
fantasías, no más anhelos enfermizos. Si hubiera llevado a cabo su venganza lo
habría perdido todo.
–Oh, Leonora –dijo en voz alta cuando volvía
a entrar en la casa. Había sido un largo viaje, muy largo para alguien de su
edad, sólo veintinueve años y quince de ellos siervo del amor–. Oh, Leonora.
Al pasar al vestíbulo echó un vistazo al
Kandinsky. Nunca le había gustado. Dijera lo que dijera la gente como Tessa
Mandeville, era horrible. Lo tenía aquí por vanidad. Lo vendería. Sacó el Colt
del bolsillo de la chaqueta, se sentó en uno de los sillones Georges Jacob y le
quitó las balas.
Celeste le llamaba desde el piso de arriba.
–Te llevo el té –dijo.
Si fuera Leonora la que yacía aquí en su
cama, en su maravillosa cama china William Linnell, la que le tendía los brazos
al despertar... Estas fantasías formaban ya parte del pasado. Subió la taza de
té.
–Gracias, Guy, mi cielo. ¿Has dormido bien?
¿Te sientes mejor? Sí, ya veo que estás bien esta mañana.
Guy se sentó en la cama a su lado. Le cogió
la mano como se coge la mano de una persona enferma en una cama de hospital.
Celeste no estaba enferma, estaba joven y sana, rebosante de salud y de
vitalidad. Su cabello oscuro relucía como la piedra ojo de gato. Guy pensó que
le compraría un collar ojo de gato. Intentaré quererla, pensó, sí, lo intentaré.
Si desearlo es lo que importa, lo haré..
Sonó el timbre de la puerta.
No pudo evitar el recordar que un día, cuando
esto había ocurrido, había estado seguro de que se trataba de Leonora. Ahora no
podía ser ella. Ni tampoco nadie de su familia. Soltó la mano de Celeste y le
dijo:
–Luego haremos algo divertido. Iremos al
campo. Pasaremos un día estupendo.
Estaba en medio de la escalera cuando sonó de
nuevo el timbre. Alguien muy insistente. Abrió la puerta y vio en ella a dos
hombres uno de los cuales, el mayor, un hombre blanco vestido con un traje,
tenía aspecto de contable. El negro, que tenía casi su misma edad, vestía
pantalones téjanos como él y un polo parecido también al suyo. Tenía pinta de
asesino, y algo de su rostro le resultaba familiar. El hombre del traje dijo:
–¿El señor Curran? ¿El señor Guy Curran?
Guy asintió con la cabeza.
–Soy policía, los dos somos policías. Supongo
que querrá ver nuestras chapas, ya se las enseñamos nosotros. Soy el detective
inspector Shaw de la Brigada de Crímenes Graves y éste es el sargento Pinedo.
¿Podemos pasar, por favor?
Era Linus. Debía de haber reconocido a Guy,
se habría dado cuenta de que era su viejo compañero de las calles, pero no dio
la menor señal de conocerlo y Guy se limitó a mirarlo sin decir nada. Así que
esto era lo que había pasado con Linus, no era un vagabundo ni un traficante en
drogas ejecutado por contrabando, sino un policía. El rostro oscuro y ahora más
lleno, menos bien parecido, tenía una expresión rígida y fanática. Decían que
sólo el canto de un cuchillo separa al policía del criminal y que hay entre los
dos una fuerte afinidad. Linus había preferido cazar a ser cazado.
Guy retrocedió un poco para dejar pasar a los
dos hombres y la luz que entraba por la puerta incidió en su Colt, que seguía
sobre la mesita. Shaw dijo:
–¿Tiene permiso de armas para esto, señor
Curran?
–Sí, claro.– Pero no lo tenía y ellos
querrían verlo.– Para un rifle –dijo.– Para un 22.
–Esto no es un rifle –dijo Shaw.
No tocó el arma. Atravesó el vestíbulo y
entró en la sala de estar seguido por Linus. Linus seguía andando con aquel
contoneo de macarra, las caderas rígidas, los muslos muy juntos y los hombros
cadenciosos. El hombre delgado del traje gris se sentó en el sofá de la sala de
estar de Guy sin haber mirado ni a derecha ni a izquierda y sin haber hecho
caso del Kandinsky.
–¿Qué es lo que desean?
–Estamos investigando la muerte de la señora
Llewellyn-Gerrard.
–No conozco a ninguna señora
Llewellyn-Gerrard.
Guy sintió un enorme alivio. Debía de
tratarse de una vecina. Estaban preguntando en todas las casas del mews.
Se trataba de uno de aquellos casos en que encontraban a una mujer acuchillada
en su dormitorio o muerta por sobredosis. Ocurría constantemente. Shaw lo
miraba con intensidad.
–La señora Janice Llewellyn-Gerrard –dijo
Linus–, de Portland Road, Oeste Once.
–Janice –dijo Guy, lleno de extrañeza–. Sí,
sí, creo que la conozco. Si es quien imagino. Pero, ¿de Portland Road? Conozco
a otra gente en Portland Road.
Su voz era confusa y sin aliento, podía
oírla. Shaw estaba mirándolo. Linus también.
–¿Ha muerto? –dijo, intentando aligerar la
cosa–. ¿De qué ha muerto?
–La han asesinado–. El diente de oro de Linus
lanzó un destello.
Guy era todo inocencia. No comprendía, dijo.
–¿Cómo ha ocurrido?
–Un fallo –dijo Shaw–. Vieron al asesino.
Está bajo arresto.– A Guy le pareció que el hombre estaba orgulloso de sí
mismo.– Está bajo arresto desde una hora después del asesinato, a las ocho de
ayer noche.
–¿Quiere decir que la asaltó?
–No, no. El hombre llamó al timbre pero el
portero automático no funcionaba o algo así y ella bajó. Disparó a la mujer un
tiro a bocajarro, le atravesó el pecho y la cabeza. Murió en el acto, apenas
pudo darse cuenta de lo que ocurría. Pero su esposo había bajado detrás de ella
y lo vio todo. Pudo hacer una identificación.
–Nos gustaría que nos acompañara, señor
Curran –dijo Linus. Había perdido el acento, el acento caribeño de Celeste.
Hablaba como cualquier policía en ascenso. El primer comisario negro, pensó
Guy–. Hasta la comisaría. Allí podremos hablar mejor.
–¿Yo? –dijo Guy–. ¿Por qué yo? Ya tienen a
alguien, usted lo ha dicho. Ha dicho que lo tienen bajo arresto.
–Si, Charlie Ruck. ¿Quiere ver esta tarjeta
que encontramos encima de Charlie Ruck? Lleva el nombre y la dirección de
usted.
Guy leyó la tarjeta, aunque no le era
necesario. La había reconocido. Se la había dado a Danilo en el The Black Spot
cuando quedaron en la «eliminación» de Rachel Lingard: «bajita, cara redonda,
gorda, gafas, cabello oscuro peinado hacia atrás, unos veintisiete años».
–Puedo explicárselo –empezó, y en seguida se
dio cuenta de que no podía.
Había olvidado, pero recordaba ahora, que
alguien de ellos había mencionado que Janice y su esposo se quedarían unos días
en Portland Road. Quizá lo hubiera mencionado Leonora. Siempre recordaba todo
lo que decía Leonora, pero ya no era así, y al darse cuenta de este hecho
sintió una aguda punzada.
Los dos policías le estaban observando.
–Venga con nosotros, Curran –dijo Shaw.
Ya no decía «señor». Esto era el principio.
Valientemente, lanzó un grito a Celeste:
–Te veré más tarde.
–Lo dudo –dijo Linus.
Salieron al mews. Un vecino de Guy les
dirigió una mirada indiferente. Guy subió al coche y se alejaron.

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