FALSA IDENTIDAD
(A New Lease of Death, 1967)
Ruth Rendell
Todas las citas que encabezan los capítulos son extractos de
El libro de oraciones de la Iglesia anglicana.
1
Las
leyes del reino pueden
castigar a los cristianos con la muerte
por las ofensas más ignominiosas y
graves.
castigar a los cristianos con la muerte
por las ofensas más ignominiosas y
graves.
Los treinta y nueve artículos
Eran las
cinco de la madrugada. El inspector Burden había visto muchos amaneceres en su
vida, pero, aun así, nunca se cansaba de contemplarlos, especialmente en una
mañana de verano como aquélla. Le gustaba la tranquilidad, la vista de aquel
pequeño pueblo con las calles aún vacías, la fuerte luz azul del mismo tono y
la misma intensidad que la del anochecer, pero desprovista de su melancolía.
Los dos
hombres que habían sido interrogados a causa de una pelea durante la noche
anterior en un café de Kingsmarkham acababan de confesar, por separado y casi
simultáneamente, hacía apenas quince minutos. Ahora se hallaban encerrados en
dos de las celdas pintadas de un blanco impoluto, situadas en la planta baja
del moderno edificio de la comisaría. Burden permanecía de pie junto a la
ventana del despacho de Wexford, observando cómo el cielo adquiría un peculiar
tono verde de aguamarina. Una densa bandada de pájaros cruzó el aire. Burden
recordó entonces su niñez, cuando, como sucede en las primeras horas del día,
todo parecía más grande, nítido y relevante. Cansado y algo mareado, el
inspector abrió la ventana para ventilar la habitación, donde se respiraba un
ambiente cargado por el humo del tabaco y el olor a sudor de los jóvenes
arrestados, que, a pesar de estar en pleno verano, llevaban puestas sendas
cazadoras de cuero.
Del
pasillo, le llegó la voz de Wexford que daba las buenas noches –o los buenos
días– al coronel Griswold, el jefe de policía, y se preguntó si éste, cuando
llegó poco antes de las diez y soltó un largo sermón sobre cómo acabar con la
ola de gamberrismo, sospechaba que le esperaba una noche en vela. «Le está bien
merecido –pensó injustamente– por pasarse de listo.»
Burden
pudo oír cómo se cerraba la pesada puerta principal y Griswold ponía en marcha
el motor de su coche; lo siguió con la vista mientras atravesaba el patio
delantero y pasaba entre los dos grandes maceteros de piedra repletos de
geranios rosas que flanqueaban la salida a Kingsmarkham High Street. El mismo
conducía. El inspector contempló con una mezcla de aprobación y resentimiento
cómo el jefe de policía mantenía una velocidad inferior a los cuarenta
kilómetros por hora hasta sobrepasar la señal, blanca y negra, que indicaba el
final de la limitación, entonces el vehículo tomó velocidad y desapareció
rápidamente por la desierta carretera comarcal que conducía a Pomfret.
Al oír
entrar a Wexford, Burden se dio media vuelta. El semblante severo y apagado del
inspector jefe parecía más gris que de costumbre, pero no mostraba ningún otro
indicio de cansancio y en sus ojos, oscuros y duros como el basalto,
resplandecía una mirada triunfal. Era un hombre corpulento, de rasgos
prominentes y voz poderosa e intimidante. Su traje gris, con americana cruzada
de doble botonadura, como todos sus demás trajes, tenía un aspecto más raído y
arrugado que nunca. Pero a Wexford le sentaba bien, como una extensión de su
piel rugosa y macilenta.
–¡Buen
trabajo! –exclamó–. Como dijo la bruja después de sacarle los ojos al niño.
Burden
aguantaba semejantes vulgaridades con estoicismo. Sabía que las decía para
horrorizarle, y en verdad que siempre conseguía su propósito, así que apretó
sus finos labios en una sonrisa forzada. En ese momento Wexford le entregó un
sobre azul, y de este modo le concedió la oportunidad de disimular su
azoramiento.
–Griswold
acaba de entregarme esto –dijo Wexford–. A las cinco de la madrugada. ¡Tan
oportuno como siempre!
Burden
echó un vistazo al sobre con matasellos de Essex.
–¿Es ése
el hombre del que hablaba antes, señor?
–Bueno,
generalmente no suelo recibir cartas de admiradores de Thringford, capital del
Viejo Mundo, ¿verdad, Mike? Sí, es del reverendo Archery, que debe estar muy
bien relacionado. –Se sentó en una de las frágiles sillas que protestó con un
crujido. Wexford tenía lo que su subordinado llamaba una relación de amor y
odio con aquellas sillas y con el resto de los muebles modernos de su despacho.
El suelo de parqué reluciente, la alfombra sintética, las sillas con sus
brillantes patas cromadas, las persianas de color amarillo claro eran, en
opinión de Wexford, poco prácticos, difíciles de limpiar y bastante horteras.
Pero al mismo tiempo, le producían un mal disimulado orgullo. De hecho, todos
esos muebles tenían su función: servían para impresionar a los visitantes
desconocidos como el autor de la carta que Wexford estaba sacando del sobre.
Ésta
estaba escrita en el mismo papel grueso y azul del sobre. Con auténtico acento
de clase bien, el inspector jefe dijo con afectación:
–Es mejor
que me ponga en contacto con el jefe de policía de Mid-Sussex, querido. ¿Sabía
que estuvimos juntos en Oxford? –Contrajo su rostro con una sonrisa grotesca y
gruñó–: ¡A la sombra de aquellas sagradas torres! –Luego, añadió–: ¡Cómo detesto
todo aquello!
–¿Es
verdad eso?
–¿Qué?
–¿Que
estuvieron juntos en Oxford?
–¡Yo qué
sé! O en otro lugar parecido. Quizá en las pistas deportivas de Eton. Lo único
que Griswold me dijo fue: «Ahora que tenemos a esos delincuentes bajo llave, me
gustaría que usted echase un vistazo a la carta de un buen amigo mío, el
reverendo Archery. Es un hombre excepcional, una de las mejores personas que
conozco. Tengo la impresión de que el asunto tiene algo que ver con aquel
granuja de Painter.»
–¿Quién
es Painter?
–Un
criminal que fue ejecutado hace quince o dieciséis años –contestó Wexford
lacónicamente–. Veamos qué tiene que decirnos el pastor.
Burden
observó la carta por encima del hombro de su superior; llevaba membrete de la
rectoría de St. Columba, Thringford, Essex. Las letras bizantinas despertaron
en él cierta hostilidad. Wexford empezó a leer en voz alta:
–«Muy
señor mío, espero que me disculpe por robarle parte de su valioso tiempo (no me
queda más remedio), pero considero que este asunto es bastante urgente. El
coronel Griswold, el policía jefe de bla, bla, bla, ha tenido la bondad de
informarme de que usted es la persona más idónea para brindarme ayuda en este
problema, así que, después de consultarle, me he tomado la libertad de
escribirle. –Wexford carraspeó y se aflojó el nudo de su arrugada corbata–.
(¡Por Dios!, ¿cuándo llegará al grano? ¡Ah!, aquí viene.) Recordará el caso de
Herbert Arthur Painter. (Lo recuerdo.) Tengo entendido que usted estuvo
al frente de la investigación. Por lo tanto, he creído que mi deber era
dirigirme a usted antes de iniciar ciertas indagaciones que, contra mi
voluntad, me veo obligado a hacer.»
–¿Obligado?
–Eso
dice. No dice por qué. Lo demás es una retahíla de cumplidos, y pregunta si
puede venir a verme mañana; no, hoy. Me llamará esta mañana, pero «no duda de
mi amabilidad y está seguro de que accederé a recibirle». –Miró por la ventana,
donde el sol asomaba por encima de York Street y, echando mano a una de sus
citas desvirtuadas, añadió–: Supongo que en este momento el señor Archery
estará durmiendo en el Elíseo, con una indigestión de cordero frío o lo que
cenen los pastores.
–¿De qué
se trata?
–¡Oh, por
el amor de Dios, Mike! ¿no es evidente? No haga caso de tanto «me veo
obligado», «contra mi voluntad» y demás palabrería. Dudo que el reverendo
reciba un estipendio muy generoso. Probablemente, escribe libros sobre crímenes
verídicos entre la comunión de la mañana y la reunión de madres cristianas de
la tarde. Tiene que estar desesperado si cree que resucitando a Painter va a
encandilar a las masas.
–Creo que
recuerdo el caso –dijo Burden con aire pensativo–. Acababa de salir de la
escuela...
–Y le
hizo decidirse a elegir esta profesión, ¿no es así? –se burló Wexford–. «¿Qué
quieres ser cuando seas mayor, hijo?» «Quiero ser detective, papá.»
Después
de ser la mano derecha de Wexford durante cinco años, Burden se había vuelto
inmune a sus burlas. Él sabía que cumplía la función de válvula de escape, de
sicario con el que su jefe podía desahogar su violento y, a veces, dudoso
sentido del humor. Pero los habitantes de aquel pueblo, a los que Wexford
denominaba genéricamente «nuestros clientes», a no ser que fueran sospechosos
de delito, debían ser protegidos. En ese momento, la obligación de Burden era
aguantar los accesos de cólera y los sarcasmos de su jefe. Le tocaba hacer de
esponja para empapar el menosprecio dirigido, en justicia, contra Griswold y su
amigo.
El
inspector Burden miró vivamente a Wexford. Después de veinticuatro horas
agotadoras, esta carta era el colmo. Su jefe estaba tenso por la irritación,
las arrugas que surcaban su rostro aparecían más marcadas que nunca y su
cuerpo, contraído por la ira creciente, parecía a punto de estallar; tenía que
desahogarse, encontrar una vía para liberar toda aquella tensión.
–Este
asunto de Painter –dijo Burden con astucia, adoptando el papel de terapeuta–,
no fue ningún asunto extraordinario. Lo seguí en los periódicos porque tuvo
mucha repercusión local, pero no recuerdo ningún otro detalle que mereciese la
pena destacar.
Wexford
volvió a meter la carta en el sobre y la guardó en un cajón. Sus movimientos
eran precisos y muy controlados. «Una palabra fuera de lugar –pensó Burden– y
la habría roto en pedazos y tirado al suelo, dejándola a merced del servicio de
la limpieza.» Sus palabras parecían haber dado en el clavo, consideradas las
circunstancias, porque con voz fría y áspera Wexford dijo:
–Fue un
caso muy importante para mí.
–¿Porque
fue usted el detective que se hizo cargo de la investigación?
–Porque
fue el primer homicidio que llevé yo solo. Fue importante para Painter porque
le ahorcaron por ello y, desde luego, también lo fue para su viuda. Supongo que
la trastornó un poco, si es que hay algo capaz de trastornar a esa mujer.
Burden lo
observó con nerviosismo mientras examinaba la quemadura de cigarrillo que uno
de los hombres interrogados había hecho en el asiento de cuero amarillo de una
silla. Se preparó para el estallido de su jefe, sin embargo éste dijo con
indiferencia:
–¿No
tiene que volver a casa?
–Es
demasiado tarde –contestó Burden, conteniendo un bostezo–. Además, mi esposa se
ha ido a la costa.
Era un
hombre fuertemente apegado a su hogar y su chalet le parecía un depósito de
cadáveres cuando Jean y los niños estaban fuera. Esta faceta de su carácter,
una actitud chapada a la antigua y un tanto mojigata, junto a su relativa
juventud proporcionaban a Wexford un sinfín de oportunidades para hacer burlas
y comentarios sarcásticos a su costa. Pero el inspector jefe se limitó a decir:
–Lo había
olvidado.
Burden hacía
bien su trabajo y aquel hombre corpulento y feo le respetaba por ello. Aunque
acostumbraba a mofarse de él, Wexford apreciaba la ventaja de tener un
subordinado cuyas serias y agraciadas facciones cautivaban a las mujeres.
Cuando éstas se hallaban frente a su rostro ascético, se veían animadas por una
compasión que Wexford acusaba de «debilidad» y se mostraban más dispuestas a
abrir su corazón ante él que ante un peso pesado de cincuenta y cinco años. Su
personalidad, sin embargo, no destacaba y quedaba eclipsada por la de su
superior. Ahora, para poder canalizar aquella aguda vitalidad, Burden tenía que
correr el riesgo de llevarse una reprimenda por estúpido.
–Si va a
tener que discutir el asunto con ese Archery, ¿no sería mejor que
recapitulásemos los hechos?
–¿Usted y
yo?
–Bueno,
usted entonces, señor. Después de tanto tiempo, debe tener el caso algo
olvidado.
El
estallido vino acompañado de una sonora carcajada:
–¡Por el
amor de Dios! ¿Cree que no adivino lo que está tramando? Cuando quiera un psiquiatra
me buscaré un profesional. –Hizo una pausa y su risa se transformó en una
sonrisa forzada–. De acuerdo, quizá me pueda ayudar... –Pero Burden cometió el
error de relajarse demasiado pronto–. A aclarar los hechos delante de ese
condenado Archery, me refiero –dijo Wexford con brusquedad–. Pero no espere
encontrar ningún misterio, ni ninguna taimada pista falsa. Fue Painter, no hay
lugar a dudas. –Señaló la ventana con el dedo, en dirección este. El inacabable
cielo de Sussex se teñía de diluidos tonos rosáceos y dorados como una
acuarela–. Tan seguro como que el sol sale en este momento –dijo–. No había
ninguna duda. Herbert Arthur Painter mató a su patrona, una mujer de noventa
años, de un hachazo en la cabeza, por doscientas libras. Era un retrasado mental,
salvaje y brutal. El otro día, leí en el periódico que a las personas
antisociales los rusos las llaman «no personas», y ésa es la mejor descripción
que se puede hacer de él. Me extraña que un pastor abogue por un sujeto de esa
calaña.
–Si es
que es ésa su intención.
–Ya
veremos –dijo Wexford.
Los dos
hombres estaban de pie, parados frente a un mapa sujeto a la pared empapelada
de amarillo.
–La mató
en su propia casa, ¿verdad? –preguntó el ayudante–. En uno de esos caserones de
la carretera de Stowerton.
El mapa
mostraba toda la extensión de la tranquila región campestre. Kingsmarkham, una
población con unos doce mil habitantes, estaba en el centro, con las calles
coloreadas de marrón y blanco, y los pastos de los alrededores aparecían en
verde, salpicados por unas manchas de color verde más oscuro que señalaban los
bosques. Como del centro de una telaraña salían de la pequeña ciudad varias
carreteras, unas hacia Pomfret, en dirección sur, y otras a Sewingbury, hacia
el noreste. Las aldeas de Flagford, Clusterwell y Forby, esparcidas aquí y
allá, parecían diminutas moscas atrapadas en la telaraña.
–La casa
se llama Victor’s Piece[1] –dijo
Wexford–. Es un nombre curioso. Algún general la mandó construir después de las
guerras de Ashanti.
–Y está
más o menos aquí. –Burden puso el dedo encima de un hilo vertical de la
telaraña que iba de Kingsmarkham a Stowerton, en dirección norte. Reflexionó y
de repente recordó algo–. Creo que la conozco –dijo–. Es un antro tenebroso
recubierto de maderas verdes. Hasta el año pasado fue una residencia de
ancianos. Me parece que están a punto de derribarla.
–Es muy
probable. El terreno de la casa tiene unos dos acres. Ahora que ya se ha hecho
una idea de la situación, podemos sentarnos.
Burden
había acercado su silla a la ventana. Contemplar el nacimiento de lo que iba a
ser un día espléndido le hacía sentirse confortado y rejuvenecido. Las sombras
de los árboles se alargaban sobre los prados y la luz, que cobraba una nueva
intensidad, arrancaba destellos azules de los tejados de pizarra de las viejas
mansiones. Era una pena que no hubiese podido acompañar a Jean. La luz del sol
y el embriagador aire fresco le hicieron pensar en las vacaciones, y su mente
parecía reacia a extraer de la memoria los acontecimientos de aquel caso que,
años atrás, había conmovido a Kingsmarkham. El joven inspector trató de
recordar y descubrió, con cierta vergüenza, que ni siquiera se acordaba del
nombre de la mujer asesinada.
–¿Cómo se
llamaba? –preguntó a Wexford–. Era un nombre extranjero, ¿verdad? Algo parecido
a Porto o Primo.
–Primero.
Rose Isabel Primero. Era su apellido de casada. Y no era extranjera, se crió en
Forby Hall. Ella era miembro de una familia de terratenientes, los señores de
Forby.
Burden
conocía bien Forby. La aldea era una visita obligada para los escasos turistas
de aquella región agrícola, que carecía de costa o colinas, de castillos o
catedrales. Las guías turísticas lo mencionaban (cosa bastante discutible) como
el quinto pueblo más bonito de Inglaterra. Todas las tiendas de la región
vendían postales de su iglesia. Burden, le tenía cierto aprecio porque sus
habitantes habían mostrado hasta entonces pocas tendencias criminales.
–Quizá
Archery esté emparentado con ella –sugirió–. Tal vez quiera información para
sus archivos de familia.
–Lo dudo
–dijo Wexford, volviéndose hacia el sol como un enorme gato gris–. Los únicos
parientes que tenía la señora Primero eran sus tres nietos. Roger Primero, el
mayor, vive ahora en Forby Hall, pero no heredó la propiedad, tuvo que comprarla.
No sé muy bien cómo fue.
–En Forby
Hall residía una familia llamada Kynaston. Al menos eso dice la madre de Jean,
que ha pasado allí muchísimos años.
–Así es
–dijo Wexford con una pizca de impaciencia en su sonora voz grave–. La señora
Primero nació con el apellido Kynaston y estaba a punto de cumplir cuarenta
años cuando se casó con el doctor Ralph Primero. Me imagino que su familia no
vio con buenos ojos el enlace; recuerde que estamos hablando de principios de
siglo.
–¿Practicaba
la medicina general?
–No, creo
que ejercía alguna especialidad, pero no sé cuál. Al jubilarse se mudaron a
Victor’s Piece. En realidad no eran gente rica. Cuando él murió, en los años
treinta, la señora Primero heredó unas diez mil libras. El matrimonio tenía un
hijo, pero murió poco después que su padre.
–¿Quiere
decir que a su edad estaba viviendo sola en ese caserón?
Wexford
apretó los labios, pensativo. Burden conocía bien la excepcional memoria de su
jefe. Cuando algo le interesaba de verdad era capaz de recordar el más nimio
detalle.
–Tenía
una criada –dijo Wexford–. Se llamaba (se llama, pues aún vive) Alice Flower.
Por entonces tenía unos setenta años, era bastante más joven que su señora, y
llevaba unos cincuenta al servicio de la señora Primero. Una auténtica
sirvienta de la vieja escuela. En una convivencia tan larga, lo normal sería
que se hubiesen convertido en amigas en vez de seguir como la señora de la casa
y la criada, pero Alice sabía cual era su sitio y se trataron de «Señora» y
«Alice» hasta el día en que la anciana murió. Yo conocía a Alice de vista.
Cuando venía al pueblo a hacer la compra, era todo un personaje, sobre todo
cuando Painter empezó a acompañarla en el Daimler de la señora Primero.
¿Recuerda usted cómo vestían las doncellas de antaño? No, supongo que no. Es
usted demasiado joven. Alice siempre llevaba un abrigo largo de color azul
marino y lo que se suele llamar un sombrero de felpa «decente». Tanto ella como
Painter eran empleados del servicio, pero Alice se creía muy superior a él.
Ella se aprovechaba de su posición y le daba órdenes tal como lo haría la
propia señora Primero. Su esposa y sus amigotes le llamaban Bert, pero Alice le
apodaba «el bestia». Por supuesto, no le llamaba así a la cara. Nunca se
hubiera atrevido.
–¿Quiere
decir que le tenía miedo?
–Hasta
cierto punto, sí. Le odiaba y le molestaba su presencia. No sé si todavía
conservo aquel recorte. –Wexford abrió el último cajón de su mesa, donde
guardaba objetos personales y semioficiales, cosas de carácter grotesco que le
habían llamado la atención. No tenía muchas esperanzas de encontrar lo que
buscaba. Cuando la señora Primero fue asesinada, la comisaría de Kingsmarkham
estaba ubicada en una antigua construcción de ladrillo amarillo, en el centro
de la ciudad. Hacía cinco o seis años que el edificio había sido derribado y la
comisaría trasladada a las afueras, en aquel despampanante edificio moderno en
que se encontraban. Con toda probabilidad, el recorte se había perdido cuando
transfirieron los papeles del alto escritorio de pino a la mesa de palisandro
lacado. Wexford hojeó notas, cartas, pequeños recuerdos y, finalmente, levantó
la cabeza con una sonrisa triunfal.
–Aquí
tiene, la «no persona» en persona. Bien parecido si le gustan este tipo de
hombres. Herbert Arthur Painter, del XIV Ejército de Birmania. Veinticinco
años, contratado por la señora Primero como chófer, jardinero y chico para
todo.
Era un
recorte del Sunday Planet, y la fotografía aparecía rodeada por
varias columnas de líneas impresas. La imagen era muy nítida y los ojos de
Painter miraban directamente a la cámara.
–Es
curioso, siempre te miraba a los ojos –dijo Wexford–. Lo que, según las memeces
que se suelen decir, es signo de honradez. Seguramente Burden había visto
aquella fotografía con anterioridad, pero la había olvidado por completo.
Painter tenía una cara grande de facciones armoniosas y una nariz recta, aunque
ancha y con grandes orificios. Sus labios eran tan gruesos y sensuales que, en
el rostro de un hombre, parecían un remedo de la boca de una mujer. Su frente
era ancha y plana, y su pelo corto y rizado; con unos rizos tan espesos que
parecían tirar de la piel del cuero cabelludo de forma dolorosa.
–Era alto
y bien formado –prosiguió Wexford–. Su cara recuerda la de un bello dogo
demasiado grande, ¿no cree? Durante la guerra, estuvo en Extremo Oriente, pero
no mostraba ningún signo de que el calor y la privación hubieran hecho mella en
él. Painter tenía el aspecto saludable de un percherón. Perdone que haga tantas
comparaciones con animales, pero es que ese hombre era como un animal.
–¿Cómo
entró al servicio de la señora Primero?
Wexford
volvió a tomar el recorte de su mano, lo contempló un instante y luego lo
dobló.
–Desde
que murió el médico –dijo– hasta 1947, la señora Primero y Alice Flower
hicieron lo que pudieron para mantener la casa: arrancaban unas cuantas hierbas
aquí y allá y hacían venir a alguien cuando querían arreglar una estantería. Se
puede imaginar la situación. Ellas contrataron a una serie de mujeres de
Kingsmarkham para que les ayudaran en las tareas de limpieza, pero tarde o
temprano todas se marchaban para ir a trabajar en las fábricas. La casa empezó
a venirse abajo. No es sorprendente si se tiene en cuenta que, al acabar la
guerra, la señora Primero tenía alrededor de ochenta y cinco años y Alice casi
setenta. Además, aparte de su edad, la señora Primero no movía un dedo en lo
que se refiere a la limpieza de la casa, claro. Ella no había sido educada para
hacerlo y no hubiera sabido distinguir entre un trapo del polvo y una escoba.
–Era un
tanto arpía, ¿no le parece?
–Ella era
aquello en lo que la convirtieron su educación y la voluntad de Dios –dijo
Wexford muy serio, pero con un toque de ironía en su voz–. Yo no la vi hasta
que estuvo muerta. Era una mujer tozuda, un poco tacaña, «reaccionaria», como
se dice hoy día, una persona con tendencias autocráticas que reinaba sobre su
pequeño dominio. Le voy a dar un par de ejemplos. Cuando su hijo murió, su
nuera y sus nietos se quedaron en una situación bastante precaria. No conozco
los detalles, pero la señora Primero estaba dispuesta a ayudarles
económicamente, siempre que aceptasen sus condiciones: la familia debía venir a
vivir con ella, etcétera. De todas formas, a mi parecer, la anciana tampoco
podía costear el mantenimiento de dos casas. La otra cuestión es que era una
mujer muy religiosa. Cuando fue demasiado vieja para acudir a la iglesia,
insistió para que Alice fuese en su lugar. Como una especie de víctima
propiciatoria. Pero la señora Primero tenía cariño por algunas personas: adoraba
a su nieto Roger y tenía una íntima amiga. Hablaremos de ella más adelante.
»No sé si
sabrá que, después de la guerra, hubo una gran escasez de viviendas y, además,
era casi imposible encontrar servicio. La señora Primero era una anciana
inteligente que empezó a pensar cómo podía utilizar una cosa para solucionar la
otra. En la finca de Victor’s Piece había una cochera que tenía una especie de
desván, en ella se guardaba el Daimler, del que le hablé antes, que no se había
puesto en marcha desde la muerte del marido. La señora Primero no sabía
conducir y huelga decir que Alice tampoco. La gasolina escaseaba pero la ración
era suficiente para ir a hacer la compra y llevar a las dos ancianas a dar un
paseo semanal por los alrededores.
–Así que
Alice era, en cierto modo, una amiga –dijo Burden.
–Una
señora puede ir acompañada de su doncella cuando sale de paseo –dijo Wexford
con empaque–. El caso es que la señora Primero publicó un anuncio en el Chronicle
de Kingsmarkham, ofreciendo empleo a un joven robusto dispuesto a trabajar en
el jardín, hacer pequeñas reparaciones, y cuidar y conducir el coche a cambio
de alojamiento y tres libras por semana.
–¿Tres libras? –Burden no fumaba y era poco amigo de los lujos, pero después de hacer
la compra semanal para su esposa sabía que tres libras no daban para mucho.
–Bueno,
en aquella época era bastante dinero, Mike –dijo Wexford en tono de disculpa–.
La señora Primero mandó pintar el desván, lo dividió en tres habitaciones e
instaló agua corriente. No era Dolphin Square pero, ¡en 1947, la gente se
consideraba afortunada si podía alojarse en una sola habitación! Recibió muchas
solicitudes pero por alguna razón (Dios sabe cuál) escogió a Painter. Durante
el juicio, Alice dijo que la señora Primero creyó que al tener una esposa y una
hija pequeña sería un hombre juicioso. Depende de lo que se entienda por
juicioso, ¿no es cierto?
Burden
apartó su silla del sol, y dijo:
–¿Estaba
también la esposa de Painter al servicio de la señora Primero?
–No, sólo
él. Como le dije, tenían una niña pequeña que solamente contaba con dos años
cuando vinieron. Si la mujer de Painter hubiese trabajado en la casa habría
tenido que llevar a la niña consigo. La señora Primero no se lo hubiese
permitido nunca. A su entender, existía un abismo entre ella y los Painter.
Llegué a la conclusión de que no intercambió más de un par de palabras con la
señora Painter en todo el tiempo que su marido permaneció allí, y en cuanto a
la niña (si mal no recuerdo se llamaba Theresa), la señora Primero apenas reconocía
su existencia.
–No
parece que fuese una mujer muy agradable –dijo Burden con aire dudoso.
–Ella era
una mujer típica de su edad y clase social –dijo Wexford de manera indulgente–.
No olvide que era hija de un terrateniente en una época en que este hecho
todavía significaba algo. Para ella, la señora Painter era comparable a la
esposa de un aparcero. No cabe duda de que, si ésta hubiese estado enferma,
habría enviado a Alice al desván con un poco de sopa o algunas mantas. Además,
la señora Painter se mantenía apartada. Era una mujer muy guapa, muy reservada
y se comportaba con una abrumadora respetabilidad. A Painter le tenía cierto
miedo, algo totalmente comprensible, teniendo en cuenta lo menuda que era ella
y lo bruto que era el gigante de su marido. Cuando hablé con ella después del
asesinato, advertí que tenía un brazo lleno de magulladuras, demasiadas para
deberse a un pequeño accidente de cocina, y me atrevería a afirmar que su
marido la maltrataba.
–Así que,
de hecho –dijo Burden–, todos ellos estaban completamente separados unos de
otros. La señora Primero y su criada vivían solas en Victor’s Piece y la
familia Painter, en su propia casa, al fondo del jardín.
–No creo
que sea correcto decir «al fondo del jardín». La cochera estaba a unos treinta metros
de la puerta trasera de la casa grande. Painter sólo entraba allí para llevar
el carbón y recibir instrucciones.
–¡Ah!
–dijo Burden–, si no recuerdo mal, me parece que hubo un problema complicado
con el carbón. ¿No fue más o menos ése el quid de todo el asunto?
–Painter
se ocupaba de cortar la leña y acarrear el carbón –prosiguió Wexford–. Alice no
podía hacerlo a su edad, así que él tenía que llevar a la casa un cubo de
carbón al mediodía (nunca encendían el fuego antes de esa hora) y otro a las
seis y media de la tarde. En general, Painter no ponía reparos a sus labores en
el jardín o con el coche, pero, por alguna razón, lo del carbón le sacaba de
sus casillas. Lo hacía, aunque con frecuentes negligencias y sin dejar de
quejarse. Según él, el cubo del mediodía interrumpía su almuerzo y no le
gustaba tener que salir de noche en invierno. ¿No podría llevar dos cubos a las
once de la mañana? La señora Primero no se lo permitía, decía que no quería ver
su salón convertido en una estación de tren.
Burden
sonrió. Ya no notaba el cansancio. Después de un buen desayuno, una ducha y un
afeitado, se sentiría como nuevo. Echó un vistazo a su reloj y, luego, al otro
lado de la calle principal de Kingsmarkham, donde estaban subiendo las
persianas del café Carousel.
–Me
apetece un café –dijo.
–Eso
mismo estaba pensando yo. Envíe a alguien a buscarlos.
Wexford
se puso de pie, se estiró, se arregló la corbata y se alisó el pelo, demasiado
escaso para despeinarse. El café llegó en dos vasos de cartón junto con unas cucharillas
de plástico y unos terrones de azúcar envueltos en papel.
–¡Esto
está mejor! –exclamó Wexford–. ¿Quiere que continúe? –Burden asintió con la
cabeza, y Wexford prosiguió–: En septiembre de 1950, Painter llevaba tres años
al servicio de la señora Primero. Las cosas parecían ir bastante bien, salvo
las protestas de Painter por lo del carbón. No dejaba de quejarse de tener que
llevarlo y siempre estaba pidiendo un aumento.
–Supongo
que Painter creía que la anciana nadaba en dinero.
–Desde
luego, él no podía saber lo que ella tenía en el banco o en acciones. Por otra
parte, todo el mundo estaba enterado de que guardaba dinero en su casa.
–¿Quiere
decir, en una caja fuerte?
–¡Qué va!
Ya sabe cómo son esas viejecitas. Una parte estaba escondido en los cajones, en
bolsas de papel, y lo demás en bolsos de mano viejos.
En un
momento de inspiración repentina, Burden recordó algo, y dijo:
–¿Y en
uno de esos bolsos estaban las doscientas libras?
–Precisamente
–dijo Wexford–. Aunque hubiese podido pagarle más, la señora Primero se negó a
subirle el sueldo. Si no le gustaba el trabajo podía marcharse, pero eso
significaría dejar la vivienda.
»Como era
tan mayor, a la señora Primero le afectaba mucho el frío, así que empezaba a
encender el fuego en septiembre. A Painter le parecía innecesario y armó el
escándalo de costumbre...
El
inspector jefe se interrumpió al oír el teléfono y lo cogió. Burden no pudo
saber quién era porque Wexford se limitó a repetir. «Sí, sí... de acuerdo»,
terminó su café con cierta repulsión, pues el borde del vaso de cartón estaba
empapado, y, finalmente, Wexford colgó el auricular.
–Mi mujer
–dijo–. Quería saber si estaba vivo y si me había olvidado de que tengo una
casa. No le queda dinero y no encuentra el talonario. –Se rió, metió la mano en
su bolsillo y se lo enseñó–. No me extraña. Tendré que volver a casa. –Con
repentina amabilidad, añadió–: ¿Por qué no hace lo mismo y duerme un poco?
–No me
gusta quedarme en suspenso –se quejó Burden–. Ahora sé cómo se sienten mis
hijos, a la hora de acostarse, cuando dejo un cuento a la mitad.
Wexford
empezó a tirar cosas dentro de su maletín.
–Prescindiendo
de los detalles circunstanciales –dijo–, no queda mucho que contar. Le dije que
era muy sencillo. Sucedió al anochecer del 24 de septiembre, un frío y lluvioso
domingo. La señora Primero había enviado a Alice a la iglesia. Ésta salió de la
casa alrededor de las seis y cuarto, y Painter debía llegar con el cubo de
carbón a las seis y media. Lo trajo, no hay lugar a dudas y luego se marchó con
doscientas libras en el bolsillo.
–Me
gustaría conocer los detalles circunstanciales –dijo Burden.
Al llegar
a la puerta Wexford dio media vuelta.
–Continuará
en el próximo episodio. –Sonrió–. No puede decir que le he dejado en suspenso.
–La sonrisa desapareció y la expresión de su rostro se endureció–. La señora
Primero fue encontrada a las siete. Estaba en el suelo del salón, en medio de
un gran charco de sangre, al lado de la chimenea. Había sangre en las paredes y
en el sillón, y hallaron un hacha manchada de sangre en la chimenea.
2
Cuando sea sentenciado que sea
condenado ...que sus hijos se
conviertan en huérfanos y su esposa
en viuda.
condenado ...que sus hijos se
conviertan en huérfanos y su esposa
en viuda.
Salmo 109, designado para el vigésimo día
La siesta
que Wexford le había prescrito hubiera tenido su atractivo en un día nublado,
pero no en aquella mañana con un cielo azul y limpio de nubes y un sol que
prometía una temperatura tropical para el mediodía. Además, Burden recordó que
no había hecho su cama en tres días. Así que se decidió por la ducha y el
afeitado.
Después
de desayunar dos huevos y un par de lonchas de tocino, ya tenía un plan para el
día. No le tomaría más de una hora. El inspector Burden condujo por High Street
hacia el norte con las ventanillas abiertas, dejó atrás la zona comercial,
cruzó el puente de Kingsmarkham, pasó por delante del Olive and Dove, y salió a
la carretera de Stowerton. Aparte de alguna que otra casa nueva, el
supermercado que ocupaba el lugar de la antigua comisaría, y las llamativas
señales de tráfico que proliferaban por todas partes, las cosas no habían
cambiado mucho en los últimos dieciséis años. Los prados, los altos árboles
revestidos con el frondoso follaje de julio, las pequeñas cabañas de madera
estaban prácticamente igual que cuando Alice Flower las veía desde el Daimler,
camino de las tiendas. «Aunque entonces seguramente habría menos tráfico»,
pensó Burden. En ese momento el inspector pisó los frenos, se apartó a un lado
y lanzó una mirada feroz al joven de la moto que había surgido de repente de
entre el tráfico que venía en dirección contraria y al cual había logrado
esquivar por escasos centímetros.
El camino
de Víctor’s Piece tenía que estar por allí. Los detalles circunstanciales sobre
los que Wexford había sido tan circunspecto volvían a su memoria. Burden creía
recordar que había leído algo acerca de una parada de autobuses y una cabina
telefónica, situadas al final del camino. ¿Serían estos los prados que Painter
había cruzado desesperado para esconder un manojo de ropa manchada de sangre?
Allí
estaba la cabina telefónica. El inspector puso el intermitente y giró
lentamente hacia la izquierda, para entrar por una senda. El primer tramo
estaba asfaltado y luego seguía un camino de tierra que moría enfrente de una
verja. Sólo había tres casas: dos pequeñas blancas adosadas y, frente a ellas,
el caserón Victoriano que él mismo había descrito como un «antro tenebroso».
Nunca lo
había visto tan de cerca, pero tampoco descubrió nada que le hiciese cambiar de
opinión. El tejado de pizarra gris estaba formado –o, más bien, deformado– por
una serie de puntiagudos gabletes. Dos de ellos dominaban la fachada de la casa
y había un tercero en el lado derecho, tras el que sobresalía otro más pequeño,
que daba aparentemente a la parte de atrás. Los gabletes estaban festoneados
por una celosía de madera, decorada en algunos lugares con motivos heráldicos
toscamente tallados y pintada de un sombrío verde botella. En otras partes de
la casa, el yeso que había entre las maderas se había desconchado, de forma que
quedaba al descubierto la pared de ladrillo. La hiedra, del mismo tono verde,
extendía sus hojas planas y sus zarcillos grisáceos desde el pie de las
ventanas de la planta baja hasta el más alto de los gabletes, del que colgaba
una celosía desprendida. La enredadera había trepado hasta allí y excavado en
la pulverizada pared hasta arrancar el marco de la ventana de los ladrillos.
Burden
estudió el jardín con ojos de campesino. La maleza lo cubría con una
exuberancia que nunca había visto antes. En la fértil tierra negra, cultivada y
trabajada durante tantos años, crecían ahora las acederas con hojas tan gruesas
y lustrosas como las de un árbol de caucho, los cardos rojizos y las ortigas de
metro y medio de altura. En los caminos de grava abundaba la hierba y el musgo.
De no ser por el aire limpio y el suave brillo del sol, el lugar hubiera
resultado siniestro.
La puerta
principal estaba cerrada. La ventana que había junto a ella debía de dar al
cuarto de estar. Burden se preguntó con cierta ironía a qué administrador
insensible se debería la decisión de transformar la escena del crimen de una
anciana en el hogar –ciertamente el último refugio– de otras mujeres de edad.
Pero ya no quedaba nadie. El caserón parecía abandonado desde hacía muchos
años.
La
ventana daba a una habitación espaciosa y sombría. En la parrilla de la
chimenea de mármol ámbar alguien había colocado previsoramente un papel de
periódico arrugado para recoger el hollín. Wexford le había dicho que la
chimenea quedó cubierta de sangre. Allí, justo enfrente de la barra de cobre,
debió de estar tendido el cuerpo.
Burden
empezó a caminar alrededor de la casa, abriéndose paso entre los arbustos de
saúcos y los pequeños abedules que amenazaban con desterrar a las lilas. Los
cristales de la cocina estaban opacos por la mugre y no había ninguna puerta
por la que se pudiera entrar en ella, sólo una trasera que parecía comunicar
con el extremo del pasillo central. «Los victorianos, pensó el inspector, no
eran grandes interioristas. ¡Dos puertas a los extremos de un pasillo! La
corriente debía de ser insoportable.»
Ahora él
se encontraba en el jardín posterior, pero los árboles le impedían ver
lateralmente el bosque. La naturaleza había enloquecido en Victor’s Piece e
incluso la cochera estaba oculta por la enredadera. Burden atravesó como pudo
el sombrío patio enlosado, protegido del sol por las paredes de la casa, y
rodeó un invernadero unido a lo que debía de ser un pequeño comedor. Allí había
una parra, muerta hacía tiempo y desprovista de hojas.
Así que
eso era Víctor’s Piece. Lástima que no pudiese entrar, pero de todas formas
tenía que volver al trabajo. Por costumbre, y en parte para dar ejemplo, había
cerrado todas las ventanillas de su coche y las puertas. El interior era como
un horno. Burden dejó atrás la verja rota, salió al camino y se incorporó a la
circulación de la carretera de Stowerton.
Habría
sido casi imposible encontrar un contraste mayor entre dos edificios que el que
existía entre aquel que acababa de abandonar y éste al que estaba a punto de
entrar. A la comisaría de Kingsmarkham le favorecía el buen tiempo. Wexford
solía decir que el arquitecto de la nueva construcción debió de proyectarla
mientras veraneaba en el sur de Francia. Era un edificio blanco, rectangular,
innecesariamente vasto y estaba adornado aquí y allá con frescos que debían
parte de su inspiración a los mármoles de Elgin.
En esa
mañana de julio su blancura deslumbraba. Pero si su fachada parecía alegrarse
con el sol, no así sus ocupantes. Había demasiados cristales. El edificio era
perfecto para plantas de invernadero o peces tropicales, decía Wexford, pero
para un maduro policía anglosajón con la tensión alta y que no resistía bien al
calor tenía sus desventajas. El auricular le resbalaba en la mano y cuando
terminó de hablar con Henry Archery, bajó la persiana.
–Viene
una ola de calor –le dijo a Burden–. Reconozco que su mujer ha elegido la mejor
semana para irse de vacaciones.
Éste
levantó los ojos de la declaración que acababa de empezar a leer. Flaco como un
galgo y de rostro enjuto y afilado, a menudo unía su instinto de perro de caza
para oler cualquier anomalía a la gran capacidad de su imaginación humana.
–Siempre
hay incidencias cuando viene una ola de calor –dijo–. Es decir, sucesos que nos
atañen.
–¡No me
diga! –dijo Wexford–. Aquí siempre hay alguna novedad. –Levantó sus cejas
erizadas–. Y la de hoy –dijo– es la visita de Archery. Llegará a las dos.
–¿Le ha
dicho de qué se trata?
–Eso lo
va a dejar para esta tarde. Es un tipo muy afectado. Forma parte del secreto de
cómo ser un caballero sin tener rentas. A propósito, Archery tiene una
transcripción del juicio, así que no tendré que volver a contárselo todo.
–Eso le
habrá costado caro. Tiene que estar muy interesado.
Wexford
miró su reloj y se puso de pie.
–Me
esperan en el juzgado –dijo–. Termine con esos dos maleantes que me han hecho
perder una noche de sueño. Mire, Mike, pienso que nos merecemos disfrutar un
poco de la vida y no me apetece almorzar el pastel de ternera del Carousel.
¿Por qué no pasa por el Olive y reserva una mesa para la una?
Burden
sonrió. Realmente le daba igual. De Pascuas a Ramos, Wexford insistía para que
almorzasen o cenasen juntos en un establecimiento más o menos lujoso.
–Me
encargaré de ello –dijo.
El Olive
and Dove era la mejor hostería de Kingsmarkham, la única que merecía llamarse
«hotel». Con un poco de imaginación el Queen’s Head podría considerarse quizá
un hostal, pero el Dragón y el Crusader sólo podían aspirar al calificativo de
taberna. El Olive, como lo llamaban los vecinos, estaba situado en High Street,
a un extremo de Kingsmarkham, en dirección a Stowerton, frente a la refinada
residencia georgiana del señor Missal, el dueño del concesionario de coches de
Stowerton. El edificio, parcialmente georgiano, era una construcción híbrida,
pero con vestigios de tudor y un ala, según se dice, pretudor. Se ajustaba en
todos los aspectos a lo que la gente «bien» de clase media entiende como un
hotel «decente». Siempre había tres camareros, las camareras eran formales y
generalmente entradas en años, habría agua caliente en el lavabo, no se podía
esperar más de la comida, y los de la Guía de la Asociación
de Automóviles le
habían otorgado dos estrellas.
Burden
hizo la reserva por teléfono. Cuando entró en el comedor, justo antes de la
una, comprobó con satisfacción que les habían asignado una mesa junto a la
ventana desde la que se veía High Street. En ese lugar, el sol no daba
directamente y los geranios de la jardinera tenían un aspecto rozagante. Al
otro lado de la calle, unas muchachas ataviadas con vestidos de algodón y
sandalias esperaban el autobús de Pomfret.
Wexford
llegó a la una y cinco.
–No
entiendo por qué no puede levantar la sesión a las doce y media como se hace en
Sewingbury –se quejó. Aunque no lo nombrase, Burden sabía que se refería al
presidente del tribunal de Kingsmarkham–. ¡Dios!, hacía un calor insoportable
en la sala de audiencias. ¿Qué vamos a comer?
–Pato
asado –contestó Burden con decisión.
–Si no
queda más remedio. Mientras no lo sirvan con un montón de porquerías. Ya sabe,
maíz, plátanos y eso. –Wexford estudió la carta, frunciendo el ceño–. Mire
esto, pollo a la polinesia. ¿Qué creen que somos? ¿Aborígenes?
–Esta
mañana fui a echar un vistazo a Victor’s Piece –dijo Burden mientras esperaban
el pato.
–He visto
que está en venta. Han colocado un anuncio en la ventana de la inmobiliaria con
una fotografía bastante engañosa. Piden seis mil libras por la casa. Un poco
caro si se tiene en cuenta que Roger Primero no consiguió ni dos mil, en 1951.
–Supongo
que ha cambiado de dueños varias veces desde entonces.
–Una o
dos veces, antes de convertirse en una residencia de ancianos. Gracias –dijo al
camarero–, no queremos vino. Dos copas de cerveza amarga. –Wexford extendió la
servilleta sobre su voluminoso regazo y, mientras Burden le contemplaba con aversión
difícilmente disimulada, roció abundantemente su pato con salsa de naranja y
pimienta.
–¿Fue
Roger Primero el heredero?
–Uno de
ellos. La señora Primero murió sin hacer testamento. Recuerde que le dije que
sólo dejó diez mil libras y el dinero se repartió, en partes iguales, entre
Roger y sus dos hermanas menores. Ahora él es un hombre rico pero, desde luego,
el dinero no le viene de su abuela. Está metido en todo tipo de asuntos:
petróleo, construcción, compañías navieras... es un verdadero magnate.
–Creo que
le he visto alguna vez.
–Seguramente.
Desde que Roger compró Forby Hall se ha vuelto muy consciente de su posición
social como terrateniente. Sale de caza con la jauría de Pomfret y no se pierde
ningún acontecimiento social.
–¿Cuántos
años tiene?
–Bueno,
tenía veinticinco cuando su abuela fue asesinada, así que ahora debe de tener
alrededor de treinta y ocho años. Sus hermanas eran mucho más jóvenes. Ángela
tenía diez años e Isabel, nueve.
–Me
parece recordar que él declaró como testigo en el juicio.
Wexford
apartó el plato, hizo una señal imperiosa al camarero y ordenó dos porciones de
pastel de manzana. Burden ya conocía que el concepto de «disfrutar de la vida»
de su jefe era un tanto limitado.
–Ese
domingo, Roger Primero había ido a visitar a su abuela –dijo Wexford–. En aquel
tiempo él estaba trabajando en el despacho de un procurador de Sewingbury, y
acostumbraba ir a tomar el té con su abuela los domingos. Quizá tuviese el ojo
puesto en la futura herencia. En aquella época Roger no tenía dinero, pero
parecía sentir verdadero cariño por la anciana. De hecho, después de que
encontrasen el cuerpo de ésta, cuando fueron a buscarle a Sewingbury, puesto
que era el pariente más cercano, nos vimos obligados a utilizar la fuerza para
impedir que fuese a la cochera y agrediese a Painter. Tengo la impresión de que
su abuela y Alice le mimaban bastante, le llenaban de halagos y se desvivían
por él. Como ya le he dicho, la señora Primero sentía aprecio por ciertas
personas. Hace tiempo hubo una disputa familiar, pero aparentemente no afectó a
sus nietos. En un par de ocasiones Roger llevó a sus hermanas a Victor’s Piece,
en general, se llevaban muy bien entre ellos.
–La gente
mayor se entiende bien con los niños –dijo Burden.
–Ellos no
eran niños cualesquiera, Mike. Con Ángela e Isabel, sí, y además ella sentía
debilidad por la pequeña Liz Crilling.
Burden
posó la cuchara y miró fijamente al inspector jefe.
–¿No me
dijo que había seguido el juicio en los periódicos? –dijo Wexford con recelo–.
No me venga con la excusa de que ha pasado mucho tiempo. No hay cosa que más me
reviente que mis clientes siempre me salgan con eso. Si leyó los artículos
sobre el juicio debe recordar que fue Elizabeth Crilling, que tenía entonces
cinco años, quien encontró el cuerpo.
–No lo
recuerdo se lo aseguro, señor. –Tuvo que ser un día en que no se acordó de
comprar el periódico, porque estaba preocupado por una entrevista–. ¿Quiere
usted decir que prestó declaración en el juicio?
–A su
edad, imposible; hay límites. Además, aunque en realidad fue la primera en
entrar en el salón y encontrar el cuerpo, su madre estaba con ella.
–Volviendo
al asunto –dijo Burden–, no acabo de entender eso de «niños cualesquiera». La
señora Crilling vive por esa zona, en Glebe Road. –Volvió la mirada hacia la
ventana y señaló con un ademán en dirección a la parte menos atractiva de
Kingsmarkham, donde se habían levantado diversas calles de diminutas casas
adosadas de ladrillo, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial–. Ella y la
muchacha ocupan la mitad de una casa, no tienen un céntimo...
–Han
venido a menos –dijo Wexford–. En septiembre de 1950, el señor Crilling aún
vivía (murió de tuberculosis poco después) y residían enfrente de Victor’s
Piece.
–¿En una
de las dos casas pareadas blancas?
–Correcto.
En la de al lado vivían una tal señora White y su hijo. La señora Crilling
tenía por entonces unos treinta años, o algo más de treinta.
–¡Será
una broma! –dijo Burden con irrisión–. Eso significa que ahora tiene menos de
cincuenta.
–Mire,
Mike, la gente puede decir lo que quiera acerca del trabajo duro, la maternidad
y otras cargas, pero, créame, no hay nada como la enfermedad mental para hacer
que una mujer envejezca antes de tiempo. Y usted sabe mejor que yo, que la
señora Crilling lleva entrando y saliendo del hospital psiquiátrico desde hace
años. –Al llegar al café se detuvo y miró el aguado líquido marrón con una
mueca reprobadora.
–¿Me
pidió un café solo, verdad, señor? –preguntó el camarero.
Wexford
soltó una especie de bufido. El reloj de la iglesia dio las dos menos cuarto.
Cuando la reverberación se desvaneció, preguntó:
–¿Cree
que debo hacer esperar diez minutos al pastor?
–Como
quiera, señor –contestó Burden, en tono neutral–. Iba a decirme cómo la señora
Primero y la señora Crilling llegaron a hacerse amigas. Supongo que eran
amigas, ¿no?
–Sin
duda. La señora Crilling tenía buenos modales y sabía cómo tratar a la anciana
de forma almibarada y aduladora, ya me entiende. Además, su marido había sido
contable o algo parecido, una profesión lo suficientemente digna a los ojos de
la señora Primero como para considerar a su esposa como una dama. La señora
Crilling visitaba muy a menudo Victor’s Piece y siempre llevaba a su hija
consigo. Tenían que ser bastante íntimas. Elizabeth llamaba a la señora Primero
«la abuela Rose» al igual que Roger y sus hermanas.
–Así que
«la visitó» aquella tarde del domingo y encontró a la abuela Rose muerta
–aventuró Burden.
–No fue
tan sencillo. La Señora Crilling había estado haciendo un vestido de fiesta
para la niña. Lo acabó alrededor de las seis, vistió a Elizabeth con él y quiso
llevarla a la casa de la señora Primero para enseñárselo. Verá, ella y Alice
Flower nunca tuvieron buenas relaciones. Había un pequeño problema de celos,
esferas de influencia... Así que la señora Crilling esperó a que Alice Flower
se marchara a la iglesia y después fue sola a la casa, con la idea de llevar
luego a la niña si encontraba a la señora Primero despierta, pues ésta, al ser
tan mayor, se quedaba adormecida con facilidad. La primera vez, serían las seis
y veinte, la señora Primero estaba, efectivamente, durmiendo y la señora
Crilling no entró en la casa. Se limitó a golpear ligeramente el cristal de la
ventana del salón. Como la anciana no se despertaba se fue y volvió más tarde.
Además, a través de la ventana vio que el cubo de carbón estaba vacío, así que
dedujo que Painter todavía no había venido a traerlo.
–¿Quiere
decir que Painter entró y cometió el crimen entre las dos visitas de la señora
Crilling? –preguntó Burden.
–Ella no
volvió hasta las siete. La puerta trasera se quedaba abierta para que Painter
pudiera entrar en la casa, así que la señora Crilling y su hija accedieron por
ella al interior, avisando con un «¡Hola!» o algún otro saludo y, al no recibir
respuesta, entraron en el salón. Elizabeth fue quien lo hizo primero (por
desgracia) y ¡vaya sorpresa le esperaba!
–¡Caray!
–dijo Burden–, ¡pobre niña!
–Sí
–murmuró Wexford–, sí... Bueno, aunque no me importaría pasar el resto de la
tarde tomando tazas de café y recordando el pasado, tengo que ir a ver a ese
cura.
Ambos se
levantaron. Wexford pagó la cuenta y, por supuesto dejó como propina el diez
por ciento exacto del importe.
–No veo
qué tiene que ver el pastor con todo esto –comentó Burden cuando ya estaban en
el coche.
–No puede
ser un abolicionista, porque ya no existe la pena de muerte. Como le dije,
Archery debe de estar escribiendo un libro y, a juzgar por el dinero que ha
gastado en la transcripción del juicio, cree que va a ser un éxito.
–O quizá
piense comprar Victor’s Piece. Puede que sea un aficionado a las casas
embrujadas y se crea que tiene otro Borley Rectory entre manos.
Un coche
desconocido estaba aparcado en el patio delantero de la comisaría. La matrícula
era extranjera y, al lado, había una pequeña placa con el nombre de Essex y el
escudo del condado: tres cimitarras sobre un fondo rojo.
–Pronto
lo sabremos –dijo Wexford.
3
Hay falsos testigos que levantan
testimonio en mi contra y hablan en
falso.
testimonio en mi contra y hablan en
falso.
Salmo 27, designado para el quinto día
En
general, a Wexford le disgustaba el clero. El alzacuellos se le asemejaba a una
aureola caída indicadora de falsa santidad, probable hipocresía y un abrumador
amor propio. Desde su punto de vista los vicarios no eran precisamente
humildes. La mayoría espera que se venere a Dios a través de ellos.
El
inspector jefe no los asociaba con personas bien parecidas y con encanto; por
lo tanto, Henry Archery le causó cierta sorpresa. Éste debía de ser un poco más
joven que Wexford, y conservaba todavía una figura esbelta, además de ser un
hombre muy atractivo. El pastor vestía un traje claro, una camisa y una corbata
corrientes. En su espeso cabello rubio apenas se notaban las canas, sus rasgos
eran finos y regulares, y su piel estaba bronceada.
Al
intercambiar las primeras frases de cortesía, Wexford apreció la belleza de su
voz. Tenía que ser un placer oírle leer en voz alta. Wexford se rió para sus
adentros, mientras indicaba al pastor una silla para que tomase asiento y él se
sentaba a su vez frente a su visitante. Se imaginó a un grupo de cansadas
feligresas envejecidas esforzándose hasta lo indecible para obtener la mísera
recompensa de una sonrisa de aquel hombre. En ese momento Archery no sonreía y
su aspecto no era precisamente tranquilo.
–Conozco
bien el caso, inspector –empezó–. He leído la transcripción oficial del juicio
y he hablado sobre él con el coronel Griswold.
–Entonces
¿qué es lo que quiere usted saber exactamente? –preguntó Wexford, con su
acostumbrada rudeza.
Archery
respiró hondo y dijo apresuradamente:
–Quiero
que me diga si, en algún resquicio de su mente existe una ínfima duda, aunque
sea la sombra de una duda, sobre la culpabilidad de Painter.
Así que
de eso se trataba. O, al menos, en parte. Las teorías de Burden sobre el
posible parentesco del pastor con los Primero o sus intenciones de comprar la
casa no podían ser más equivocadas. Este hombre, por algún interés desconocido,
estaba empeñado en exculpar a Painter.
Wexford
frunció el ceño y, un momento después, dijo:
–No puedo
ayudarle. Fue Painter, no hay lugar a dudas. –Apretó los dientes con
obstinación–. Si desea citarme en su libro, tiene mi consentimiento. Puede
usted decir que, después de dieciséis años, Wexford todavía sostiene que
Painter era culpable sin la menor sospecha de error.
–¿De qué
libro me habla? –Archery inclinó su noble cabeza cortésmente. En sus ojos
castaños se reflejaba el desconcierto. Luego se rió. Era una risa agradable y
Wexford la oía por primera vez–. No soy escritor –dijo–. Bueno, una vez escribí
un capítulo de un libro sobre gatos abisinios, pero eso no se puede
considerar...
«Gatos abisinios. Esos enormes bichos rojos», pensó Wexford.
–¿A qué
se debe su interés por Painter, señor Archery?
Éste
vaciló. El sol resaltaba las arrugas de su rostro que hasta el momento le
habían pasado inadvertidas al inspector jefe. «¡Es curioso! –pensó éste
taciturno–, que las mujeres morenas envejezcan más tarde que las rubias, y con
los hombres suceda lo contrario.»
–Mis
razones son muy personales, inspector. No creo que merezcan su interés. Pero le
puedo asegurar que, por supuesto, no tengo intención de publicar nada de lo que
me diga.
Bueno, se
había comprometido con Griswold, así que no tenía elección. De todas formas, ya
se había resignado a sacrificar la mayor parte de la tarde con ese clérigo. El
cansancio empezó a apoderarse de él. Quizá reuniese fuerzas para recordar,
recuperar del pasado palabras y escenas familiares, pero esta calurosa tarde no
le iba a permitir ser demasiado riguroso. Las razones personales –y confesó
mentalmente sentir una curiosidad infantil por conocerlas– saldrían a la luz
probablemente a su debido tiempo. La expresión sincera y jovial del rostro de
su visitante le hacía pensar que no iba a mostrarse particularmente discreto.
–¿Qué
quiere usted que le cuente? –preguntó.
–¿Por qué
está tan seguro respecto a la culpabilidad de Painter? Por supuesto, mis
conocimientos en este tipo de asuntos no van más allá de los de cualquier
profano, pero a mi parecer existen numerosas lagunas en las pruebas. Había
otras personas involucradas, personas a quienes beneficiaba la muerte de la
señora Primero.
Wexford
dijo fríamente:
–Estoy
completamente dispuesto a discutir cualquier detalle con usted, señor.
–¿Ahora
mismo?
–Desde
luego. ¿Ha traído la transcripción?
Archery
la sacó de un ajado maletín de cuero. Sus manos eran largas y delgadas pero no
afeminadas. A Wexford le recordaban las de los santos de los cuadros que él
denominaba «beatos». Durante cinco minutos el inspector examinó el documento en
silencio, rememorando pequeños detalles; luego lo dejó a un lado y dirigió su
mirada al rostro de Archery.
–Tenemos
que remontarnos al sábado, 23 de septiembre –dijo–, el día anterior al
asesinato. Painter no fue aquella tarde a llevar el carbón a la casa. Las dos
ancianas esperaron hasta alrededor de las ocho, cuando el fuego estaba a punto
de apagarse, y la señora Primero dijo que se iba a acostar. Alice Flower estaba
rabiosa y salió, según sus propias palabras, «a por algunos pedazos».
–Entonces
fue cuando se hizo daño en la pierna –puntualizó Archery.
–No fue
una herida seria pero la señora Primero se enfadó y echó la culpa a Painter. A
la mañana siguiente, alrededor de las diez, mandó a Alice a la cochera para
decirle a Painter que le quería ver a las once en punto. Éste llegó diez
minutos tarde, Alice le condujo al salón y luego oyó como él y la señora
Primero discutían.
–Eso nos
conduce a la primera observación que quiero resaltar –dijo Archery. Hojeó la
transcripción y se la pasó a Wexford, señalando el principio de un párrafo–.
Esto, como bien sabe usted, es parte de la propia declaración de Painter. Él no
niega haber discutido con la señora Primero y admite que ésta le amenazó con
despedirle, pero que, finalmente, ella se avino a razones y, aunque se negó a
subirle el sueldo, con el argumento de que eso le daría alas y volvería a
pedirle otro aumento a los pocos meses, le dijo que, en su lugar, le daría lo
que ella llamaba una prima.
–Lo
recuerdo muy bien –dijo Wexford impaciente–. Según él, la anciana le pidió que
fuese a su dormitorio, en el piso superior, buscase un bolso en su armario
ropero y se lo trajera, y, según afirma, eso fue lo que hizo. En el bolso había
cerca de doscientas libras, y le dijo que podía llevárselo, junto con su
contenido, a modo de prima, a condición de que cumpliera religiosamente el
cometido de traer el carbón a las horas acordadas. –Tosió–. No me creí ni una
palabra, y el jurado tampoco le creyó.
–¿Por qué
no? –preguntó Archery con aplomo.
«¡Santo
cielo!, –pensó Wexford–, ésta va a ser una sesión muy larga.»
–En
primer lugar, porque las escaleras de Víctor’s Piece están situadas entre el
salón y la cocina, donde Alice Flower estaba preparando el almuerzo, y ella,
que tenía muy buen oído para su edad, no oyó a Painter subir esas escaleras. Y,
créame, era el más torpe de los patanes que se hayan visto. –Archery arrugó
ligeramente la nariz ante el comentario, pero Wexford prosiguió–: En segundo
lugar, la señora Primero nunca habría enviado al jardinero a fisgonear en su
dormitorio. A no ser que esté diametralmente equivocado respecto a su carácter,
habría mandado a Alice, con algún otro pretexto, a recoger el dinero.
–Quizá no
desease que Alice lo supiera.
–De eso
puede usted estar seguro –replicó Wexford con aspereza–. Nunca lo hubiera
permitido. Por eso he dicho con algún otro pretexto. –Eso enfrió un tanto los
humos del pastor. Con aplomo, Wexford continuó–: En tercer lugar, la señora
Primero tenía fama de tacaña. Alice llevaba más de medio siglo a su servicio,
pero nunca obtuvo nada, aparte de su sueldo y una libra extra por Navidad.
–Señaló la página con el dedo–. A ver, aquí está por escrito. Sabemos que
Painter necesitaba dinero. La noche anterior, cuando no llevó el carbón, estuvo
bebiendo en el Dragón con un amigote de Stowerton. El amigo quería vender una moto
y se la ofreció a Painter por algo menos de doscientas libras. Éste no tenía
aparentemente la más mínima esperanza de reunir el dinero, pero le pidió que se
la guardase durante un par de días y que se pondría en contacto con él en
cuanto pudiese darle una contestación. Según cree usted, él consiguió el dinero
el domingo, antes del mediodía. En cambio, yo vuelvo a afirmar que lo robó por
la tarde, después de asesinar brutalmente a su patrona. Si usted está en lo
cierto, ¿por qué no se puso en contacto con su amigo el domingo por la tarde?
Hay una cabina telefónica al final del camino. Interrogamos al sujeto: no salió
de casa en todo el día y nadie le llamó por teléfono.
Archery
se rindió, al menos en apariencia, ante el peso de la evidencia. Se limitó a decir:
–Por lo
que dice, usted cree que Painter subió al guardarropa por la tarde, después de
matar a la señora Primero, sin embargo no hallaron rastros de sangre dentro de
la alcoba.
–En
primer lugar, Painter llevaba unos guantes de goma cuando cometió el asesinato.
Además, en la acusación se argumentaba que primero la dejó sin sentido de un
golpe con el hacha plana, cogió el dinero y, al bajar, le entró el pánico y la
remató.
Archery
tembló visiblemente y luego dijo:
–¿A usted
no le parece raro que, si fue Painter quien lo hizo, se comportase de un modo
tan transparente?
–Eso
suele suceder. Recuerde que estos individuos son bastante estúpidos –dijo
Wexford, con una mueca de desprecio. Seguía sin conocer el motivo del interés
que Archery mostraba por Painter, pero era evidente que estaba del lado del
sujeto–. Muy estúpidos –repitió, con el propósito de herir al pastor en lo más
vivo, y fue recompensado con otra mueca de Archery–. Ellos piensan que el
jurado se va a creer todo lo que digan, que basta con echarle la culpa a un
vagabundo o a un ladrón. Painter era de esos. Nos salió con el cuento del
vagabundo –dijo–. ¿Cuándo fue la última vez que vio usted un vagabundo? Seguro que han
pasado más de quince años.
–Hablemos
del asesinato –dijo Archery quedamente.
–¡No
faltaba más! –Wexford volvió a coger la transcripción y, tras una breve ojeada,
localizó la información que necesitaba–. Vamos a ver –empezó–, Painter afirmaba
que fue a por el carbón a las seis y media. Él recordó la hora (eran las seis y
veinticinco cuando salió de la casa de la cochera) porque su mujer le comentó
que faltaban cinco minutos para la hora de acostar a la niña. De todas formas,
el tiempo no es excesivamente importante. Sabemos que la anciana fue asesinada
entre las seis y veinte y las siete. Painter fue allá, partió algo de leña y se
hizo un corte en el dedo. Eso decía él. En efecto, tenía una herida en el dedo;
se la hizo deliberadamente.
Archery
ignoró este último comentario, y dijo:
–Él y la
señora Primero tenían el mismo grupo sanguíneo –dijo.
–Ambos
eran del grupo O. Hace dieciséis años, las pruebas de identificación de la
sangre no eran tan precisas como las de hoy día. A Painter eso le favorecía.
Pero no le sirvió de mucho.
El
clérigo se cruzó de piernas y se recostó sobre el respaldo de su asiento.
Wexford se percató de que estaba intentando disimular su nerviosismo, sin mucho
éxito.
–Creo que
fue usted quien le interrogó después de que se descubriera el crimen.
–Nosotros
llegamos a la casa de la cochera a las ocho menos cuarto. Painter había salido.
Le pregunté a la señora Painter dónde estaba su marido y me respondió que había
vuelto de la casa grande alrededor de las seis y media, se había lavado las
manos, y había vuelto a salir enseguida. Le habría dicho que iba a Stowerton a ver
a su amigo. Apenas llevábamos allí diez minutos cuando Painter regresó. Su
explicación no convenció a nadie, había demasiada sangre en la casa para
tratarse de un simple corte en un dedo. Bueno, ya conoce el resto. Está en la
transcripción. Le detuve por asesinato, allí mismo.
El
documento temblaba ligeramente en la mano de Archery. Le costaba mantener el
pulso. Finalmente, el pastor dijo en voz baja arrastrando las palabras:
–Painter
declaró que no fue a Stowerton. «Esperé en la parada que hay en el cruce, pero
el autobús no vino. Vi subir unos coches por el camino y me pregunté qué había
ocurrido. Estaba un poco mareado porque el dedo no paraba de sangrar y regresé
a casa. Pensé que quizá mi mujer sabría qué estaba pasando.» –Archery hizo una
pausa y luego añadió con una especie de deseo implorante–: A mí no me parece la
declaración de un retrasado mental, tal y como lo pinta usted.
Con la
paciencia que habría empleado con un adolescente precoz, Wexford le contestó:
–Las
declaraciones se editan, señor Archery. Las resumen y les dan coherencia.
Créame. Usted no estuvo en el juicio, como yo. En cuanto a la veracidad de esa
declaración, yo iba en uno de esos coches patrulla, con los ojos bien abiertos.
Adelantamos al autobús de Stowerton y giramos a la izquierda para coger el
camino. No había nadie esperando en la parada.
–Imagino
que usted supone que, mientras decía estar en la parada del autobús, había ido
en realidad a esconder la ropa.
–¡Por
supuesto que estaba escondiendo la ropa! Cuando trabajaba siempre llevaba un
impermeable. En las declaraciones verá que tanto la señora Crilling como Alice
corroboran este dato. A veces lo colgaba en la cochera y otras en un gancho que
había detrás de la puerta trasera de Victor’s Piece. Según Painter, él lo
llevaba puesto aquella noche y luego lo dejó en el gancho de la puerta trasera,
pero no pudimos encontrarlo. Tanto Alice como Roger Primero afirmaron que lo
habían visto colgado en la puerta trasera esa misma tarde, pero la señora
Crilling juró que ya no estaba allí cuando fue con Elizabeth, a las siete.
–Finalmente,
ustedes lo encontraron enrollado debajo de un seto, al otro lado de unos
prados, más allá de la parada de autobús.
–El
impermeable y un jersey –replicó Wexford–, y unos guantes de goma. Todo
empapado de sangre.
–Pero
cualquiera pudo haberse llevado el impermeable y ustedes no consiguieron
identificar el jersey.
–Alice
Flower declaró que se parecía a uno que Painter llevaba de vez en cuando.
Archery
suspiró profundamente. Durante un rato no había dejado de bombardear a Wexford
con preguntas y apreciaciones, pero de pronto se sumió en el silencio. En su
rostro se leía algo más que indecisión. Wexford esperó. Por fin había llegado a
ese punto en que iba a ser necesario revelar ese «interés personal». Archery se
debatía en una lucha interna y, en tono afectado, preguntó:
–¿Qué hay
de la esposa de Painter?
–No se
puede obligar a una esposa a que declare en contra de su marido. Como usted
sabe, ella no estuvo presente en el juicio. Se fue con su hija a otro lugar y,
unos años más tarde, oí que había vuelto a casarse.
Wexford
miró fijamente a Archery, arqueando las cejas. Sus palabras hicieron decidirse
al clérigo. Un rubor apenas visible cubría sus mejillas bronceadas. Sus ojos
castaños brillaban, cuando nervioso de nuevo se inclinó hacia el inspector.
–Y la
niña...
–¿La
niña? Ella estaba durmiendo en su cuna cuando registramos el dormitorio de los
Painter, y ésa fue la única vez que la vi.
Con la
voz quebrada, Archery dijo:
–Ahora
tiene veintiún años y es una joven muy hermosa.
–No me
sorprende. Painter no era feo, dentro de su estilo, y la señora Painter era
atractiva. –Wexford se detuvo. «Archery era clérigo. ¿Podía ser que la hija de
Painter hubiese seguido los pasos de su padre y, a causa de sus transgresiones,
estar ahora bajo su tutela? A lo mejor Archery acostumbraba a visitar la
cárcel. Tenía toda la pinta», pensó Wexford con desagrado. El inspector sintió
la cólera crecer en su interior al aventurar la posibilidad de que toda esta
discusión hubiera sido urdida sólo porque Archery deseaba ayuda para encontrar
el abordaje psicológico más adecuado para una ladrona o una confidente
convicta–. ¿Qué interés tiene usted en ella? –dijo Wexford bruscamente.
¡Griswold podía irse al infierno!–. A ver, señor, sería mejor que me lo contase
de una vez.
–Tengo un
hijo, inspector, es hijo único. También tiene veintiún años...
–¿Y bien?
Era
evidente que al clérigo le resultaba difícil encontrar las palabras adecuadas.
Archery vaciló y retorció sus largas manos. Finalmente, sin excesiva confianza
y en voz baja, dijo:
–Quiere
casarse con la señorita Painter. –El pastor observó el sobresalto de Wexford y,
sin dejar de mirarle, añadió–: O la señorita Kershaw, que es su apellido legal,
ahora.
El
inspector jefe sintió que perdía pie. Estaba perplejo, cosa poco frecuente en
él, y visiblemente conmovido. Pero ya había mostrado la suficiente sorpresa que
le permitía su diplomacia y dijo con serenidad:
–Me tiene
que perdonar, señor Archery, pero no entiendo cómo su hijo, el hijo de un clérigo
de la Iglesia anglicana, llegó a conocer a una chica de la posición de la
señorita Painter, es decir, de la señorita Kershaw.
–Se
conocieron en Oxford –respondió Archery con naturalidad.
–¿En la
universidad?
–Así es.
La señorita Kershaw es una joven muy inteligente. –Archery esbozó una tímida
sonrisa–. Está haciendo una tesis sobre los grandes contemporáneos. Creo que
será la número uno de su promoción.
4
Si alguien conoce alguna causa o
impedimento para que estas dos
personas se unan en santo
matrimonio, que hable ahora o calle
para siempre.
impedimento para que estas dos
personas se unan en santo
matrimonio, que hable ahora o calle
para siempre.
Las
amonestaciones del matrimonio
Si le
hubiesen pedido que predijera el futuro de una persona como Theresa Painter
¿qué hubiera vaticinado? «Los niños como ella –meditó Wexford, mientras se
recuperaba del segundo sobresalto– empezaban la vida marcados con un estigma,
con una mancha en su nombre». El progenitor superviviente, los familiares
bienintencionados y los crueles compañeros de clase a menudo empeoraban las
cosas. Hasta aquel día apenas había pensado en el destino de aquella niña. Al
pensar en ello entonces, supuso que la hubiera considerado afortunada si se
hubiese convertido en una anónima obrera, quizá con alguna condena por haber
cometido un par de hurtos.
En
cambio, Theresa Painter había llegado a ser, aparentemente, una persona
afortunada, bendecida con los mejores dones del mundo civilizado: bella,
inteligente, con estudios superiores, relacionada con gente como el vicario, y
comprometida con el hijo del mismo.
Wexford
intentó recordar el primero de sus tres encuentros con la señora Painter. Había
ocurrido aquel domingo de septiembre, a las ocho menos cuarto de la tarde. Él y
el sargento que le acompañaba habían llamado a la puerta, al pie de las
escaleras de la cochera, y la señora Painter había bajado para abrirles. Sin
importar los dictados de la moda de la época en Londres, las jóvenes de
Kingsmarkham llevaban el cabello recogido en un montón de apretados rizos, que
caían luego hasta los hombros, al estilo de los años cuarenta. La señora
Painter no era una excepción. Era rubia, llevaba la cara empolvada y los labios
discretamente pintados de rojo. En 1950, las respetables matronas provincianas
no se pintaban los ojos y la señora Painter era ante todo una mujer respetable.
Aparte de eso, no se podía decir gran cosa. En su piel, fina y seca, empezaban
a adivinarse unas incipientes arrugas, pequeños surcos producidos por su
habitual costumbre de fruncir los labios en ademán pudibundo, al tiempo que
avanzaba la barbilla con un mohín altanero.
La señora
Painter adoptaba la misma postura ante la policía que otras personas tienen
ante los insectos o los ratones. Cuando subieron todos al piso superior, ella
alternaba las respuestas a sus preguntas con reiterados comentarios sobre la
vergüenza que representaba recibir su visita. Era la mujer con los ojos más
inexpresivos y más azules que jamás había visto Wexford. En ningún momento, ni
siquiera cuando estuvieron a punto de llevarse a su marido, ella dejó entrever
un sentimiento de horror o de lástima por él, sólo el temor a lo que podía
pensar la gente al saber que la policía había estado interrogando a su esposo.
Quizá la
señora Painter no fuese tan obtusa como él había pensado. En algún rincón de
aquella respetable mosquita muerta y del trozo de carne con ojos de su marido,
tenía que hallarse la fuente de la inteligencia de su hija. «Una joven muy
inteligente», había dicho Archery. «¡Santo cielo! –pensó Wexford, al recordar
cómo se jactaba de que su hija había aprobado los exámenes del bachillerato–.
De todas formas, ¿qué sería eso de “grandes contemporáneos”? ¿Podía ser lo
mismo que “modernos” que significaba “idiomas modernos”?» Wexford tenía la vaga
idea de que podía ser el nombre, esotérico y deliberadamente enigmático, que se
le daba a la filosofía y a la economía política, pero no quería mostrar su
ignorancia ante Archery. ¡Filosofía! El inspector estuvo a punto de silbar. ¡La
hija de Painter estaba haciendo una tesis; sí, de hecho, a punto de graduarse,
en filosofía! Desde luego daba que pensar. Incluso hacía dudar...
–Señor
Archery –dijo–, ¿está usted completamente seguro de que se trata de la hija de
Herbert Arthur Painter?
–Por
supuesto que sí, inspector. Me lo dijo ella misma. –Miró a Wexford con aire
casi desafiante. Quizá pensase que el policía se reiría de lo que iba a decir.
Es tan buena como hermosa dijo. Wexford permanecía impasible–. En Pentecostés
vino a pasar unos días con nosotros. Fue entonces cuando la conocimos;
naturalmente, nuestro hijo nos había escrito para anunciárnoslo. Nos causó una
grata impresión.
»Inspector,
los tiempos han cambiado desde que yo fui a la universidad. Tuve que afrontar
la posibilidad de que mi hijo conociese a alguna muchacha en Oxford, y de que
quisiese casarse con ella, a una edad en la que yo mismo, mucho antes de ordenarme,
me seguía considerando un muchacho. He visto cómo algunos hijos de mis amigos
se casaban a los veintiún años y estaba dispuesto a intentar ayudarle, darle
algo con que empezar su nueva vida. Sólo esperaba que la muchacha que eligiese
fuese una persona de nuestro agrado, en la que pudiéramos confiar.
»La
señorita Kershaw (la llamaré así si no le importa) es el tipo de mujer que yo
habría elegido para mi hijo: bella, elegante, bien educada, sociable. Verá,
ella hace lo posible para disimular su atractivo, con esa ropa que llevan todos
los jóvenes de hoy; el cabello alborotado, pantalones y un enorme abrigo negro
de paño; ya sabe usted cómo son los muchachos. Todos se visten igual. Sin
embargo, ella no puede ocultar su belleza.
»Mi mujer
es un tanto impulsiva. Theresa no llevaba con nosotros más de veinticuatro
horas cuando mi esposa empezó a bromear acerca de la boda. No entendí por qué
los dos jóvenes se mostraban tan recelosos respecto a ese asunto. En sus
cartas, Charles no cesaba de alabar a su novia y era evidente que los dos
estaban muy enamorados. Entonces Theresa nos lo contó todo, sin rodeos. Dijo
(recuerdo perfectamente sus palabras): “Creo que hay algo que debe saber sobre
mí, señora Archery. Mi padre se llamaba Painter y le ahorcaron por asesinar a
una anciana.”
»Al
principio, mi mujer no se lo creía, pensaba que era una broma, pero Charles
dijo: “Es cierto, pero no importa. Las personas valen por lo que son, no por lo
que hicieron sus padres.” En ese momento, Theresa (nosotros la llamamos Tess)
añadió: “Importaría si lo hubiese hecho, pero no lo hizo. Les he contado por qué le
ahorcaron. No quería decir que él lo hubiese hecho.” Luego se echó a llorar.
–¿Por qué
se hace llamar Kershaw?
–Es el
apellido de su padrastro. Debe de ser un gran hombre. Por lo visto es técnico
en electrónica, pero...
«A mí no
tienes que convencerme», pensó Wexford irritado.
–... pero
tiene que ser una persona muy inteligente, perspicaz y benévola. Los Kershaw
tienen dos hijos, pero, por lo que he podido deducir, el señor Kershaw profesa
a Tess el mismo afecto que a sus propios hijos. Ella afirma que gracias a su
amor ha podido sobrellevar, bueno, lo que sólo puede calificar como el estigma
del crimen de su padre, desde que se enteró, a los doce años. Kershaw seguía sus
progresos en el colegio y la alentó para realizar su ambición de obtener una
beca del condado.
–Usted ha
hablado del «estigma del crimen de su padre». ¿No acaba de decir que ella
piensa que era inocente?
–Mi
querido inspector, ella sabe que él era inocente.
–Señor Archery –dijo Wexford lentamente–, estoy seguro de que no tengo
que recordarle a un hombre como usted que cuando decimos que alguien sabe algo,
significa que ese algo es un hecho, más allá de toda duda. Eso significa
también que la mayoría de las personas lo saben. En otras palabras, es
historia, está escrito en los anales, es del dominio público. –El inspector
hizo una pausa–. Pues yo, los jueces, los de los archivos nacionales y los que
su hijo alude como la clase dirigente sabemos, sin lugar a dudas, que Painter
mató a la señora Rose Primero.
–Se lo
dijo su madre –dijo Archery–. Le dijo que, con plena seguridad, su padre no
asesinó a la señora Primero.
Wexford
se encogió de hombros y sonrió, luego dijo:
–La gente
cree lo que le interesa creer. Su madre sólo quería lo mejor para ella. Yo, en
su lugar, seguramente le habría dicho lo mismo.
–No estoy
de acuerdo –dijo Archery con testarudez–. Según Tess, su madre es una mujer
totalmente objetiva, nunca habla de Painter, y tampoco permite que se hable de
él; se limita a repetir sin perder el aplomo: «Tu padre nunca mató a nadie», y,
aparte de eso, se niega a decir una palabra más.
–Porque
no puede decir nada más. Verá, señor, creo que usted tiene una visión
excesivamente romántica del asunto. Usted pinta a los Painter como un
matrimonio unido, como alegres campesinos que viven su amor en su casita de
campo. Nada más lejos de la realidad. Créame, Painter no representó ninguna
pérdida para ella. Estoy seguro de que la pegaba cuando le venía en gana. A sus
ojos, ella sólo era su mujer, alguien que le preparaba la comida y le lavaba la
ropa y, bueno –añadió sin ambages–: Alguien con quien acostarse.
–Todo eso
me parece insustancial –replicó Archery con firmeza.
–¿De
veras? Se imagina que él le hizo algún tipo de declaración de inocencia a ella,
la única persona que amaba, y a la que no podía mentir. Perdóneme, pero eso son
bobadas. Salvo los escasos minutos en que volvió a la cochera para lavarse las
manos (y esconder el dinero) no estuvo a solas con ella. Y no pudo decírselo
entonces. Se suponía que todavía no sabía nada de lo ocurrido. Podía haberle
dicho que lo hizo, pero no que no lo hizo.
»Luego
llegamos nosotros, encontramos rastros de sangre en el fregadero y manchas
imperceptibles de ella en la pared de la cocina, en el lugar en que Painter se
había quitado el jersey. Tan pronto como éste regresó, se quitó la venda de la
mano para enseñarnos la herida y se la dio a su mujer. Pero no habló con ella,
ni siquiera le pidió que le apoyase. Sólo en una ocasión Painter se refirió a
ella...
–¿Sí?
–Encontramos
el bolso con el dinero bajo el colchón de su cama de matrimonio. ¿Por qué
Painter no le dijo a su mujer que le habían dado ese dinero por la mañana? Está
aquí, búsquelo en su copia de la transcripción. «Sabía que mi mujer querría
gastárselo todo. Siempre estaba refunfuñando para que comprara cosas para la
casa». Eso fue todo lo que dijo, y ni siquiera la miró. Cuando lo detuvimos
bajo la acusación de asesinato, él declaró: «De acuerdo, pero están cometiendo un
gran error. Fue un vagabundo el que lo hizo». Luego bajó las escaleras con
nosotros. No dio un beso a su mujer, ni pidió que le dejáramos despedirse de su
hija.
–Pero
ella lo visitó en la cárcel, ¿no es cierto?
–Siempre
ante la presencia de un funcionario. Vamos a ver, usted parece estar
convencido, al igual que los demás relacionados con el asunto. Eso es lo que
cuenta. Perdóneme si yo no estoy de acuerdo con usted.
En
silencio, Archery sacó una fotografía de su cartera y la dejó encima de la
mesa. Wexford la cogió. Probablemente había sido tomada en el jardín de la casa
del párroco. En el fondo había un enorme magnolio, un árbol casi tan alto como
la casa que ocultaba en parte, que estaba cubierto de flores cerúleas en forma
de cáliz. Bajo sus ramas posaban un chico y una chica cogidos del brazo. El
muchacho, alto y rubio, estaba sonriendo y no cabía duda de que se trataba del
hijo de Archery. A Wexford no le interesaba particularmente.
El rostro
de la joven estaba triste. Ella miraba fijamente a la cámara con ojos serenos.
El flequillo rubio le cubría la frente y su cabello caía por detrás hasta rozar
los hombros de un descolorido blusón, típico de los universitarios, fuertemente
ceñido a su cintura, encima de una arrugada falda. Su cintura era diminuta y su
busto prominente. Wexford volvió a ver a su madre, pero esta joven llevaba en
la mano a un muchacho y no un trapo ensangrentado.
–Muy
bonita –dijo secamente–. Espero que haga feliz a su hijo. –Le devolvió la
fotografía–. No hay razón para que no sea así.
En los
ojos del clérigo apareció una mezcla de emociones: ira, dolor y resentimiento.
Wexford le observó con interés.
–No sé
qué o a quién creer –dijo Archery con tristeza–, y mientras no salga de dudas,
inspector, no daré mi consentimiento para la boda. No; aún más, –sacudió la
cabeza con vehemencia–, me opongo totalmente a ella.
–¿Y la
muchacha, la hija de Painter?
–Ella
cree en la inocencia (o, mejor dicho, la acepta) de su padre, pero es
consciente de que, quizá, haya gente que no comparta su opinión. Al fin y al
cabo, no creo que se case con mi hijo mientras mi esposa y yo pensemos así.
–¿De qué
tiene miedo, señor Archery?
–De la
genética.
–La
genética tiene mucho que ver con el azar.
–¿Tiene
hijos, inspector?
–Tengo
dos hijas.
–¿Están
casadas?
–Una de
ellas, sí.
–¿Y quién
es su suegro?
Por
primera vez, Wexford se sintió superior al clérigo y poseído por una especie de
schadenfreude.
–Es arquitecto, además de concejal por el partido conservador.
–Entiendo.
–Archery agachó la cabeza–. ¿Y sus nietos construyen castillos con piezas de
madera? –Wexford no le contestó. Por el momento, las únicas señales de la
existencia de su primer nieto eran las náuseas matutinas de su madre–. Pues yo
observaré los míos de muy cerca, esperando verles sentirse atraídos por los
objetos afilados.
–Usted
acaba de decir que si no aprobaba la boda, ella no se casaría con su hijo.
–Ellos
están enamorados. No puedo...
–¿Quién
lo va a saber? Pueden hacer creer que Kershaw es su verdadero padre.
–Lo sabré
yo –dijo Archery–. Ahora, cuando la miro, puedo ver a Painter en ella. En vez
de su boca y sus ojos, veo los gruesos labios de él y su deseo de sangre. La
misma sangre, inspector, que mezclada con la de la señora Primero, regó una vez
el suelo, la ropa, las tuberías. Mi nieto la llevará en sus venas. –El pastor
pareció darse cuenta de que se había dejado llevar por la pasión porque se
calló de repente, se sonrojó, y cerró por un momento los ojos como si lo que
acababa de describir le resultase profundamente doloroso.
–¡Ojalá
pudiese ayudarle, señor Archery! –dijo Wexford compasivamente–, pero el caso
está cerrado, para siempre. He hecho lo que he podido.
Archery
se encogió de hombros y, como si no pudiese contenerse, citó en voz baja:
–«Ante la
multitud, tomó agua y se lavó las manos, diciendo, “me lavo las manos de la
sangre de este hombre inocente”». –Luego el párroco se levantó apresuradamente,
repentinamente contrito–. Le pido disculpas, inspector. Lo que le he contado es
francamente terrible. ¿Me permite decirle lo que pienso hacer?
–Soy como
Poncio Pilatos –dijo Wexford–. Así que procure mostrarme más respeto en el
futuro.
Burden
sonrió y dijo:
–¿Qué
quería exactamente, señor?
–En
primer lugar, esperaba que le dijese que Painter había sido ejecutado por
equivocación, pero no le pude complacer. ¡Demonios!, sería como decir que no sé
hacer mi trabajo. Fue mi primer caso de asesinato, Mike y, por suerte, cosa de
coser y cantar. Archery va a hacer indagaciones por su cuenta. Después de
dieciséis años será infructuoso, pero no hay manera de convencerle. En segundo
lugar, él quería mi permiso para buscar a todos los testigos, esperaba que le
respaldase por si se presentaban aquí, protestando y pidiendo explicaciones.
–¿Y lo
único que tiene –dijo Burden pensativamente– es la convicción inquebrantable de
la señora Painter de que su marido era inocente?
–¡Eso no
tiene nada que ver! Eso son tonterías. Si a usted le ejecutasen, estoy seguro
de que Jean les diría a John y a Pat que usted era inocente. ¿Acaso mi mujer no
le diría lo mismo a nuestras hijas? Es normal. Painter no confesó en el último
momento, usted sabe que las autoridades carcelarias están muy atentas a ese
tipo de cosas. No, la señora Painter se lo inventó y acabó por creérselo.
–¿Archery
la conoce?
–No,
todavía no, pero pronto la conocerá. Ella y su segundo marido viven en Purley y
Archery ha conseguido que le inviten a tomar el té.
–Según
usted, ella se lo dijo en Pentecostés. ¿Por qué el pastor ha esperado tanto
tiempo? Han pasado por lo menos dos meses.
–Se lo
pregunté. Me contestó que, durante las primeras semanas, él y su esposa
decidieron dejar que las cosas siguieran su curso. Los dos pensaban que quizá
su hijo se aviniese a razones. Pero no fue así. El muchacho logró que su padre
se hiciese con una copia de la transcripción del juicio, y que se pusiese en
contacto con Griswold. Es hijo único, y, desde luego, muy consentido. Al final,
Archery le prometió que comenzaría a hacer indagaciones tan pronto empezasen
sus dos semanas de vacaciones.
–¿Así que
volverá?
–Eso
dependerá de la señora Painter –dijo Wexford.
5
... Que criarán y educarán a sus hijos
en la fe de Cristo.
en la fe de Cristo.
La solemnización
del matrimonio
La casa
de los Kershaw estaba a unos dos kilómetros del centro de la ciudad, separada
de los comercios, la estación, el cine y la iglesia por millares de grandes
chalets suburbanos similares. El número 20 de Craig Hill era un vasto edificio
de ladrillo rosa, de estilo georgiano. En el jardín crecían plantas anuales,
entre el césped no se veía un solo trébol y habían sido cortados todos los
cálices secos de los rosales. En el camino asfaltado, un muchacho de unos doce
años estaba lavando un Ford blanco.
Archery
aparcó su coche junto a la acera. Él, a diferencia de Wexford, no había visto
todavía la cochera de Victor’s Piece, pero había leído su descripción y le
pareció que la situación de la señora Kershaw había mejorado mucho desde
entonces. El sudor empezó a perlar su frente y su labio superior nada más salir
del coche. Archery pensó que aquel era un día demasiado caluroso y que él
toleraba mal las altas temperaturas.
–¿Es ésta
la casa del señor Kershaw? –preguntó al muchacho.
–Sí. –Se
parecía mucho a Tess, pero su cabello era más rubio y su nariz estaba salpicada
de pecas–. La puerta principal está abierta. ¿Quiere usted que le avise?
–Me llamo
Archery –dijo el clérigo y le tendió la mano.
El
muchacho se secó las manos en los vaqueros y saludó:
–¡Hola!
Un hombre
menudo y arrugado había descendido por las escaleras del porche. El aire,
caldeado y brillante, los separaba como una barrera de cristal. Archery intentó
disimular su decepción. ¿Qué esperaba? Desde luego, no alguien tan
insignificante, con un aspecto tan desmañado, flaco y arrugado como una pasa,
vestido con pantalones y camisa de franela. Entonces Kershaw sonrió y de pronto
su rostro rejuveneció varios años; tenía unos chispeantes ojos azules y unos
dientes irregulares, blanquísimos.
–Encantado
de conocerle.
–Buenas
tardes, señor Archery. El placer es mío. En realidad, he estado sentado al lado
de la ventana esperándole.
En
presencia de aquel hombre era imposible no sentir esperanza, casi alegría.
Enseguida, Archery detectó en él una cualidad poco común que quizá sólo había
encontrado media docena de veces en su vida. Estaba ante un hombre que ponía
interés en todo lo que ocurría, pletórico de energía y entusiasmo. En un día de
invierno sería capaz de calentar el aire. Ese día, con aquel calor, su
vitalidad resultaba abrumadora.
–Pase,
por favor, y le presentaré a mi esposa.
–Su voz
era como una brisa cálida, una voz con acento cockney[2] que evocaba el pescado con patatas
fritas, las anguilas con puré de patatas y las tabernas del este de Londres.
Mientras era conducido por el vestíbulo, revestido con paneles de madera,
Archery se preguntó cuántos años tendría Kershaw. Quizá algo más de cuarenta y
cuatro. Su vitalidad y la falta de sueño, porque dormir era una pérdida de
tiempo, podían haber contribuido a envejecerle prematuramente–. Estamos en el
salón –dijo, abriendo una puerta de cristal esmerilado–. Eso es lo que más me
gusta en un día como éste. Cuando llego a casa del trabajo, suelo sentarme al
lado de las cristaleras durante diez minutos a contemplar el jardín. Me hace
sentir que ha merecido la pena trabajar como un negro durante todo el invierno.
–¿Sentarse
a la sombra y contemplar el verdor?
–Después
de decirlo, Archery se arrepintió de haber hecho ese comentario. No era su
intención poner a aquel ingeniero en una posición incómoda.
Kershaw
le lanzó una mirada. Luego sonrió, y dijo con naturalidad:
–La
señorita Austen sabía muy bien lo que decía, ¿verdad? –Archery se sintió un
poco avergonzado. Entró en la habitación y tendió la mano a la mujer que
acababa de levantarse de un sillón.
–Mi
esposa. Rene, quiero presentarte al señor Archery.
–¿Qué tal
está usted?
Irene
Kershaw no dijo nada, pero le dio la mano, y le obsequió con una brillante
sonrisa. En su rostro Archery pudo ver el rostro de Tess, cuando el tiempo lo
hubiese madurado y endurecido. En su juventud la señora Kershaw había sido
rubia, ahora su cabello, que había pasado por la peluquería ese mismo día, tal
vez en su honor, estaba teñido de un castaño apagado y arreglado en
artificiales mechones plumosos alrededor de la frente y las orejas.
–Siéntese,
señor Archery –dijo Kershaw–. El té estará listo dentro de muy poco. Has puesto
el agua, ¿verdad, Rene?
Archery
se sentó en un sillón al lado de la ventana. El jardín de los Kershaw estaba
lleno de pérgolas con rosales experimentales, y por todas partes había pequeños
parterres de guijarros abarrotados de geranios. El pastor echó una mirada por
la habitación, y tomó nota de la impecable pulcritud, a pesar de la gran
cantidad de objetos que había en aquella sala. Los libros abundaban: Reader’s Digest, enciclopedias, diccionarios, volúmenes sobre astronomía, la pesca de
altura y la historia europea. Había una pecera con peces tropicales encima de
una mesa, en un rincón, y varias maquetas de aviones en la repisa de la
chimenea; un montón de partituras se apilaban sobre el piano de cola, y encima
de un caballete se veía un retrato, torpemente ejecutado y a medio acabar, de
una muchacha. Era una habitación espaciosa, convencionalmente amueblada con
moqueta Wilton y fundas de chintz, pero expresaba la personalidad del dueño
de la casa.
–Hemos
tenido el placer de conocer a su hijo Charlie –dijo Kershaw–. Un muchacho
simpático y muy sencillo. Me gustó. –«¡Charlie!», Archery permanecía muy
quieto, intentando no sentirse ofendido. Al fin y al cabo, no era la idoneidad
de Charles lo que estaba en cuestión.
De
pronto, Rene Kershaw dijo:
–Todos le
apreciamos. –Tenía el mismo acento que Wexford–. Pero no sé cómo se las
arreglarán, con los precios que tiene todo hoy en día, y Charles no tiene
trabajo todavía... –Archery estaba asombrado. ¿Cómo podía preocuparse por esas
trivialidades? Él empezó a buscar la manera de sacar a colación el tema que le
había llevado a Purley–. ¿Dónde piensan vivir? –preguntó la señora Kershaw con
tono remilgado–. Son casi unos niños. Es imprescindible que tengan casa propia,
¿no cree usted? Tendrán que pedir una hipoteca...
–Creo
haber oído silbar la tetera. Rene –dijo su marido.
Ella se
levantó y se estiró recatadamente la falda para cubrirse las rodillas. Era una
sencilla falda plisada, azul y rosa, de una respetabilidad absoluta. Su atuendo
se completaba con un jersey rosa de manga corta y un collar de perlas
cultivadas. Si por este término se entiende cuidadas y bruñidas, eran las
perlas más cultivadas que Archery había visto nunca, estaba seguro de que cada
noche eran envueltas en tisú y guardadas en la oscuridad. La señora Kershaw
olía a polvos de talco, de los que quedaba algún rastro en las arrugas de su
cuello.
–No creo
que sea todavía el momento de hablar de hipotecas –dijo Kershaw, después de que
ella saliera de la habitación. Archery forzó una sonrisa–. Créame, señor
Archery, sé que no ha venido aquí para tomar el té con sus futuros parientes
políticos.
–Lo
encuentro más penoso de lo que hubiera imaginado.
Kershaw
se rió, y dijo:
–Me lo
imagino. Yo no puedo decirle nada acerca del padre de Tess que no sea del
dominio público, y que no haya aparecido ya en los periódicos.
–¿Y su
madre?
–Puede
usted intentarlo. En situaciones como ésta, las mujeres suelen ver las cosas a
través de una nube dorada. Ella nunca ha estado a favor de dar estudios a Tess.
Lo único que mi mujer quiere es que la chica se case, y hará lo posible para
que sus deseos se vean cumplidos.
–Y usted,
¿qué es lo que desea para ella?
–¿Yo?
Pues, que sea feliz. La felicidad no empieza necesariamente delante del altar.
–De repente, Kershaw se mostró decidido y directo–. Hablando con franqueza,
señor Archery, no creo que ella pueda ser feliz con un hombre que sospecha que
tiene tendencias homicidas incluso antes de estar comprometidos.
–¡Eso no
es verdad! –Archery no esperaba que Kershaw se pusiese a la defensiva–. A los
ojos de mi hijo, su hijastra es perfecta. Soy yo quien está haciendo
indagaciones, señor Kershaw. Mi hijo lo sabe, quiere lo mejor para Tess, pero
ni siquiera está enterado de que en estos momentos estoy aquí. Póngase en mi
lugar...
–Ya lo hice. Tess
sólo tenía seis años cuando me casé con su madre. –Miró hacia la puerta y luego
se inclinó más hacia Archery–. ¿Cree usted que yo no la vigilaba, que no estaba
atento a cualquier indicio de trastorno? Cuando nació mi propia hija, Tess estaba
muy celosa. Sentía celos del bebé y, un día, la encontré inclinada sobre el
cochecito de Jill y vi cómo le pegaba en la cabeza con un juguete. Por fortuna
era un juguete de plástico.
–Pero,
¡santo cielo...! –Archery sintió como se tensaban los músculos de su rostro.
–¿Qué
podía hacer? Tenía que trabajar y dejar a los niños en casa. Tenía que confiar
en mi esposa. Luego tuvimos un hijo –creo que usted ya lo conoce, estaba fuera
lavando el coche– y Jill sentía el mismo rencor hacia él y lo demostraba con la
misma violencia. El caso es que todos los niños se portan así.
–¿Nunca
volvió a ver... otras manifestaciones de esas tendencias?
–¿Tendencias?
La personalidad no es cuestión de herencia, señor Archery, es cosa del
ambiente. Yo quería que Tess se criase en el mejor ambiente posible, y me
atrevo a decir, con toda modestia, que lo he logrado.
El jardín
reverberaba bajo el sol. Archery descubrió nuevos detalles que, al principio,
no había percibido. Unas líneas de tiza cruzaban el césped, donde, sorteando
los parterres de hierba, se había trazado una pista de tenis; había unas
conejeras adosadas a la pared del garaje, y un viejo columpio. Encima del
hogar, que estaba detrás de él, pudo ver dos invitaciones para una fiesta,
apoyadas en unos objetos de decoración. También había una fotografía enmarcada
de tres niños, vestidos con camisetas y vaqueros, tumbados encima de un almiar.
Sí, no podía imaginarse un ambiente mejor para la huérfana de un asesino.
La puerta
se abrió y una de las muchachas de la fotografía entró empujando un carrito de
té. Archery estaba demasiado acalorado y preocupado para sentir hambre, pero
observó con consternación que el carrito estaba repleto de pasteles caseros,
fresas en platos de cristal, y magdalenas. La joven tendría unos catorce años.
No era tan bella como Tess y vestía un arrugado uniforme escolar, pero su
rostro tenía la misma vitalidad que el de su padre.
–Ésta es
mi hija Jill.
La
muchacha se dejó caer en un sillón, mostrando una buena parte de sus largas
piernas.
–Siéntate
bien, cielo –dijo la señora Kershaw bruscamente. Lanzó una mirada reprobadora a
su hija y empezó a servir el té, sosteniendo la tetera con un gesto amanerado–.
No se dan cuenta de que a los trece años ya son mujercitas, señor Archery. –El
clérigo estaba azorado, pero a la muchacha parecía no importarle–. Tiene que
probar un pastel. Los hizo Jill. –Él cogió un dulce de mala gana–. Verá,
siempre les he dicho a mis hijas que todo lo que aprendan en el colegio está
bien hasta cierto punto, pero el álgebra no les ayudará a preparar la comida
del domingo. Tanto Tess como Jill saben cocinar, aunque sólo sean platos
corrientes...
–¡Mamá,
por favor! Yo no tengo nada de corriente, y Tess mucho menos.
–Sabes lo
que quiero decir, y deja de discutir todo lo que te digo. Cuando se casen, sus
maridos no podrán avergonzarse de ellas cuando tengan invitados a comer.
–Éste es
mi jefe, querida –dijo Jill impertinentemente–. Corta un trozo de él y ponlo
sobre el asador, ¿lo harás?
Kershaw
rió a carcajadas. Luego cogió a su mujer de la mano, y dijo:
–Deja en
paz a mamá. –A Archery este exceso de jovialidad e intimidad familiar le estaba
poniendo nervioso. Respondió con una tirante sonrisa consciente de que se vería
forzada.
–Lo que
realmente quiero decir, señor Archery –dijo la señora Kershaw con sinceridad–,
es que si bien su hijo Charlie y mi hija Tess tendrán sus altibajos al
principio, ella no ha sido educada para ser una esposa ociosa. Para Tess, una
casa feliz es más importante que una vida lujosa.
–No lo
dudo. –Archery miró sin esperanza a la muchacha repantigada, hundida en su
sillón, devorando fresas con nata. Era ahora o nunca. Prosiguió–: Señora
Kershaw, no dudo, ni por un momento, de la aptitud de Theresa para ser una
buena esposa... –No, no eran las palabras adecuadas. De eso, sí dudaba. No supo
qué decir–. Quería hablar con usted de... –¿Kershaw no le echaría un cable?
Jill frunció el ceño y le miró fijamente con sus ojos grises. Desesperado,
continuó–: Quisiera hablar con usted a solas.
Archery
tuvo la impresión de que Irene Kershaw se encogía. Entonces, ella colocó su
taza sobre la mesa, dejó cuidadosamente el cuchillo encima de su plato, posó
las manos sobre su regazo y clavó la mirada en ellas. Eran unas manos sin
atractivo, cortas y ajadas, en las que llevaba un sólo anillo, el de sus
segundas nupcias.
–¿No
tienes que hacer tus deberes, Jill? –preguntó Kershaw en voz baja, al tiempo
que se levantaba, limpiándose la boca.
–Los
puedo hacer en el tren –contestó la muchacha.
–Archery
empezó a sentir antipatía por Kershaw, pero al mismo tiempo no podía menos que
admirarle.
–Jill
–dijo Kershaw–, ya sabes lo que le ocurrió a Tess cuando era pequeña. Mamá
tiene que discutirlo, a solas, con el señor Archery. Tenemos que dejarles
porque, aunque es algo que nos concierne, no debemos entrometernos. Es algo que
tienen que hablar ellos, ¿me entiendes?
–Vale
–dijo Jill. Su padre la rodeó con el brazo y salieron juntos al jardín.
Le tocaba
a él romper el hielo, pero tenía calor y se sentía incómodo. Al otro lado de la
ventana, Jill había encontrado una raqueta y estaba practicando contra la pared
del garaje. La señora Kershaw cogió su servilleta y se limpió delicadamente las
comisuras de los labios. Alzó la vista, sus ojos se encontraron con los del
clérigo y ella apartó la mirada. Archery sintió de repente como si no
estuviesen solos, como si sus pensamientos concentrados en el pasado hubiesen
levantado de su tumba una presencia de fuerza inusitada, que aguardaba detrás
de sus sillas, posando una mano sangrienta sobre sus hombros, en espera de su
veredicto.
–Tess me
ha dicho que usted tiene algo que contarme –dijo Archery en voz baja–. Acerca
de su primer marido. –Ahora, ella estaba jugando con su servilleta de papel
comprimiéndola, hasta darle el aspecto de una pelota de golf–. Señora Kershaw,
creo que debe decírmelo.
Ella dejó
la servilleta arrugada en el plato vacío, se llevó una mano a las perlas, y
dijo:
–Nunca
hablo de él, señor Archery. Prefiero olvidar el pasado.
–Sé que
tiene que ser doloroso para usted. Pero si pudiésemos discutirlo una vez y
acabar con esto para siempre, le prometo que no mencionaré el tema jamás. –Se
dio cuenta de que, por su forma de hablar, daba por sentado que iban a verse a
menudo en el futuro, como si ya estuviesen emparentados. También hablaba como sí
confiase plenamente en su palabra–. Hoy, he estado en Kingsmarkham y...
Ella se
aferró a este comentario, y dijo:
–Supongo
que habrán construido casas por todos lados y ya no será lo que era.
–No tanto
–dijo, «¡Por el amor de Dios, que no se ponga a divagar!», pensó.
–Nací
cerca de allí –prosiguió ella. Él intentó disimular un suspiro–. Mi pueblo era
un lugar bonito y pacífico. Supongo que creía que iba a vivir y a morir allí.
Nadie sabe lo que nos deparará el futuro, ¿verdad?
–Hábleme
del padre de Tess.
Ella dejó
de juguetear con las perlas y puso de nuevo las manos sobre su respetable
regazo azul. Cuando volvió la cabeza hacia él, en su rostro se dibujaba una
expresión de dignidad tan envarada y rígida que resultaba absurda. Su actitud
parecía la de una alcaldesa presidiendo alguna reunión parroquial, preparándose
antes de dirigirse a la asociación de mujeres. Parecía estar a punto de decir;
«Señora presidenta, señoras...». En lugar de eso, dijo:
–Todo
aquello pertenece al pasado, señor Archery. –En ese momento el clérigo se
convenció de que todo sería inútil–. Entiendo su problema, pero no puedo volver
a hablar de ello. Él no era ningún asesino, tendrá que creer en mi palabra. Era
un buen hombre, incapaz de matar una mosca. –Archery pensó que era curioso como
aquella mujer mezclaba viejas expresiones del pueblo con la jerga moderna. Él
esperó y, de repente, explotó:
–Pero
¿cómo lo sabe usted? ¿Cómo puede saberlo? Señora Kershaw, ¿es qué usted vio u
oyó algo...?
Ella se
había llevado el collar de perlas a la boca y lo mordió con fuerza. El hilo se
partió y las perlas se desparramaron en todas direcciones, rodando sobre su
regazo, sobre el juego de té hasta el suelo. Soltó una irritada risita de
disculpa.
–¡Mire lo
que he hecho! –Un instante después estaba de rodillas, recogiendo las cuentas y
depositándolas en un platillo–. Me gustaría que se casaran por la iglesia. –De
pronto, asomó la cabeza de ella por detrás del carrito. La urbanidad requería
que él también se arrodillase para ayudarla–. ¿Podría usted hablar con su
esposa para que me apoyase? ¡Muchísimas gracias! ¡Mire, allí hay otra, justo al
lado de su pie izquierdo! –Archery gateaba por la habitación tras ella. Sus
miradas se cruzaron debajo del mantel–. Mi Tess es muy capaz de casarse en
vaqueros si le da por ahí. Otra cosa, ¿le importa que celebremos la recepción
aquí? Es una habitación bastante agradable.
Archery
se levantó y le entregó tres perlas más. En esos momentos, la pelota de tenis
golpeó la ventana y el clérigo se sobresaltó. El ruido había sonado como un
disparo.
–¡Ya está
bien, Jill! –dijo la señora Kershaw con evidente malhumor. Con el platillo
lleno de perlas en la mano, abrió la ventana–. ¡Te he dicho miles de veces que
no quiero más destrozos!
Archery
la miró. Estaba enfadada, ofendida, incluso ligeramente escandalizada. Se
preguntó si habría tenido la misma expresión aquel domingo por la noche, muchos
años atrás, cuando la policía había invadido la intimidad de su hogar, en la
cochera. ¿Era capaz de sentir emociones más profundas que la de mera irritación
cuando alguien alteraba su paz?
–No se
puede tener una conversación tranquila cuando hay niños por el medio –dijo
ella.
Inmediatamente,
como si se tratase de una señal, apareció toda la familia: Jill, agresiva y
protestando; el muchacho que él había conocido en el camino de la entrada,
exigiendo su merienda, y el propio Kershaw, enérgico como siempre, con un
brillo perspicaz en su rostro menudo y arrugado.
–Vamos,
Jill, tienes que ayudarme a fregar los platos. –El platillo con las perlas fue
a parar a la repisa de la chimenea, entre una hucha para la colecta de Oxfam y
una invitación a nombre de la señora Kershaw para una reunión de la asociación
de la lucha contra el cáncer–. Me despido ya, señor Archery. –Le tendió la
mano–. Le queda un largo viaje por delante, y sé que está impaciente por
marcharse. –A pesar de la impertinencia de sus palabras, su tono era
autoritario–. Si no nos vemos antes del gran día, le veré en la iglesia.
La puerta
se cerró. Archery permaneció de pie.
–¿Qué
debo hacer? –dijo sin más.
–¿Qué
esperaba usted? –contestó Kershaw–. ¿Alguna prueba irrefutable, una coartada
que sólo ella pudiera confirmar?
–¿Usted
la cree? –Era un importante detalle para Archery.
–¡Oh, eso
es otra cuestión! La verdad es que no me preocupa. Me da igual que sea lo uno o
lo otro. Es tan fácil no hacer preguntas y limitarse a olvidar y aceptar, señor
Archery.
–Pero a
mí sí me preocupa –dijo éste–. Si Charles sigue adelante y se casa con su
hijastra, me veré obligado a abandonar la iglesia. No creo que usted se dé
cuenta del ambiente en que vivo, la clase de gente que...
–¡Vaya!
–Kershaw hizo una mueca y levantó furioso las manos con los dedos extendidos–.
Esas ñoñerías anticuadas me hacen perder la paciencia. ¿Quién se va a enterar?
Por aquí, todos piensan que es hija mía.
–Yo lo
sabré.
–¿Por qué
diablos tuvo que contárselo? ¿Es que no podía mantener la boca cerrada?
–¿La
condena por su sinceridad, Kershaw?
–¡Bien
sabe Dios que sí! –Al oír la blasfemia, Archery se sobresaltó y cerró los
párpados contra la deslumbrante luz. Lo vio todo rojo. Sólo era la membrana de
los párpados, pero se sentía sumergido en un lago de sangre–. La mejor política
es la discreción, no la sinceridad. De todas formas, ¿qué le preocupa? Sabe muy
bien que ella no se casará con su hijo si usted se opone.
–¿Qué
clase de relación tendría con mi hijo después? –dijo Archery con brusquedad. Se
calmó y suavizó su voz y su expresión–. Tendré que encontrar la forma de
averiguarlo. ¿Su mujer está segura?
–Nunca ha
vacilado en su convicción.
–Entonces
volveré a Kingsmarkham. Es una esperanza remota, ¿no es cierto? –Sus propias
palabras le sonaron absurdas y añadió–: Gracias por intentar ayudarme, y por el
excelente té.
6
No obstante, puesto que su
tiempo está llegando a su fin,
dispónganle y prepárenle para la hora
de la muerte.
tiempo está llegando a su fin,
dispónganle y prepárenle para la hora
de la muerte.
La visitación de
los enfermos
El hombre
yacía de espaldas en medio del paso de cebra. Al bajar del coche, el inspector
Burden no tuvo que preguntar dónde estaba ni pedir que le condujesen al lugar
del accidente. Lo tenía delante de sus ojos, como la imagen fija de una campaña
preventiva del ministerio de Transporte, de esas que hacen temblar a los
televidentes y cambiar inmediatamente de canal.
Una
ambulancia aguardaba, pero nadie había intentado levantar del suelo al herido.
Los intermitentes del vehículo seguían parpadeando rítmicamente, con inexorable
indiferencia. Un Mini blanco estaba empotrado, con el morro hacia arriba, en un
poste de señalización.
–¿No se
le puede mover? –preguntó Burden. Lacónico, el doctor le contestó:
–No
sobrevivirá. –Se arrodilló, le tomó el pulso y volvió a levantarse, limpiándose
la sangre de los dedos–. Me atrevería a decir que tiene la columna rota y el
hígado partido. El mayor problema es que todavía sigue consciente y, si
intentásemos levantarle, le causaríamos una agonía atroz.
–Pobre
diablo. ¿Cómo sucedió? ¿Hay testigos?
Burden
recorrió con la mirada el corro de curiosos compuesto de cuarentonas con
vestidos de algodón, trabajadores que regresaban tarde a sus casas y parejas de
novios en su paseo vespertino. Los últimos rayos de sol iluminaban suavemente
sus rostros y el charco de sangre que manchaba las rayas blancas y negras del
suelo. Burden conocía el Mini y también el estúpido adhesivo del cristal
trasero del vehículo en el que se veía una calavera y las palabras: Acabas de ser Mini-mizado. Nunca le
había encontrado la gracia, pero ahora, con aquel hombre tirado en la calle,
aquel eslogan resultaba ultrajante y cruel.
Una
muchacha estaba derrumbada sobre el volante. Tenía el pelo corto, negro y de
punta, y pasaba los dedos por él con desesperación o remordimiento. Sus largas
uñas rojas sobresalían como plumas brillantes.
–No se
preocupe por ella –dijo el doctor con desprecio–. Está ilesa.
–Perdone,
señora... –Burden eligió la persona que le parecía más tranquila y menos
excitada del grupo de curiosos–. Por casualidad, ¿vio usted el accidente?
–¡Ay, fue
horrible! Esa mujer conducía como una bestia. Iba a más de ciento cincuenta
kilómetros por hora.
«¡Valiente
testigo!», pensó Burden. Se volvió hacia un hombre, de rostro pálido, que
sujetaba la correa de un perro.
–¿Quizá
usted pueda ayudarme, caballero?
Tiró de
la correa y el perro se sentó en el bordillo.
–Ese
señor... –El testigo palideció y señaló con el dedo el bulto que seguía tendido
sobre el paso de peatones–. Miró a la derecha y, después, a la izquierda como
se debe hacer. No venía ningún coche, pero tampoco se puede ver muy bien por
culpa del puente.
–Sí, sí.
Me hago a la idea.
–Pues
cuando él empezó a cruzar hacia la isleta, el coche blanco apareció como de la
nada. Esa mujer iba como una loca. Bueno, quizá no a ciento cincuenta, a mi
parecer, pero sí a unos cien kilómetros por hora. Con el motor rectificado,
esos Minis pueden correr muchísimo–. Entonces vaciló e intentó retroceder–.
Todo ocurrió tan deprisa. No puedo entrar en detalles.
–Lo está
haciendo usted muy bien.
–El coche
le atropello. La conductora frenó con todas sus fuerzas. No olvidaré el
estruendo hasta el día de mi muerte, el chirrido de los neumáticos y los gritos
del pobre hombre, entonces levantó los brazos y salió por el aire como un
muñeco de trapo.
Burden
ordenó a un subordinado que apuntase los nombres y las direcciones de los
testigos, dio media vuelta y se encaminó hacia el coche blanco. Una mujer le
tocó el brazo.
–¡Oiga!
–dijo–, este hombre ha pedido un cura. No paraba de llamarle antes de que usted
llegase. «Que venga el padre Chiverton», decía, como si supiese que le quedaba
poco tiempo.
–¿Es
cierto? –preguntó Burden bruscamente al doctor Crocker.
Éste
asintió con la cabeza. Habían tapado el moribundo con las chaquetas de dos
policías y habían colocado un impermeable doblado bajo su cabeza.
–Llamaba
al padre Chiverton. Francamente, yo estaba más preocupado por su bienestar
físico que por el espiritual.
–¿Así que
es católico?
–¡Qué va!
Ustedes los polis son una pandilla de ateos. Chiverton es el nuevo vicario. ¿Es
que no lee nunca la gacetilla local?
–¿Padre?
–Es del
sector romanizado de la Iglesia anglicana. Hacen genuflexiones, reciben la
eucaristía y esas cosas. –El doctor tosió–. Yo soy congregacionalista.
Burden se
acercó al paso de cebra. El rostro del herido estaba pálido como el marfil,
pero tenía los ojos abiertos y la mirada clavada en él. Con sobresalto, Burden
descubrió que era muy joven, debía de tener poco más de veinte años.
–¿Hay
algo que pueda hacer para ayudarte, amigo? –Sabía que el doctor le había
inyectado un tranquilizante. Burden inclinó más su cuerpo, protegiendo al
muchacho de las miradas de los curiosos–. Te sacaremos de aquí dentro de muy
poco –mintió–. ¿Quieres alguna cosa?
–El padre
Chiverton... –Su voz era un susurro inexpresivo, tan frío e inhumano como un
soplo de aire–. El padre Chiverton... –Un gesto repentino de dolor se dibujó en
su rostro cadavérico–. Confesar... expiar... perdonar a los que se arrepienten.
–Maldita
religión –dijo el doctor–. Ni siquiera dejan morir en paz a un hombre.
–Usted
debe ser el portaestandarte de los congregacionalistas –dijo Burden con
brusquedad. Se incorporó y suspiró–. Evidentemente, quiere confesarse. ¿Supongo
que existe la confesión en la Iglesia anglicana?
–Si
quieres, sí, pero no es obligatoria. Ahí reside la belleza de la Iglesia de
Inglaterra. –Ante la mirada asesina de Burden, añadió–: No se enfade conmigo.
Hemos llamado a Chiverton, pero él y su coadjutor han ido a una conferencia.
–¡Gates!
–Burden hizo señas al hombre que estaba apuntando direcciones para que se
acercase–. Vaya a Stowerton y busque un... un vicario.
–Ya hemos
intentado conseguir uno en Stowerton, señor.
–¡Por el
amor de Dios! –dijo Burden en voz baja.
–Perdone,
señor, el inspector jefe tiene una cita con un clérigo en este momento. Podría
llamar a la comisaría y...
Burden
enarcó las cejas. La comisaría de Kingsmarkham se había convertido
aparentemente en lugar de batalla de los militantes de la iglesia.
–Hágalo,
y dese prisa...
Él
murmuró algo inútil al joven, y se dirigió hacia la muchacha, que había
empezado a sollozar.
Ella no
lloraba por lo que acababa de hacer, sino por lo que había visto dos horas
antes. Habían pasado dos o tres años desde que tuvo la última de las que ella
llamaba pesadillas –aunque, durante una época, parecían más auténticas que la
realidad– y ahora lloraba porque las pesadillas iban a empezar de nuevo, y el
remedio que había probado no había logrado expulsar aquellas imágenes de su
mente.
Ella
había visto la fotografía en la ventana de la inmobiliaria cuando volvía a casa
después del trabajo; era de una casa, pero no aparecía como estaba ahora, sucia
y maltrecha, rodeada de maleza. Los agentes inmobiliarios te engañaban, te
hacían creer que la casa conservaba su antiguo esplendor... ¿Tú? Tan pronto
como se dio cuenta de que empezaba a dirigirse a sí misma como «tú», supo que
estaba a punto de revivir la pesadilla. Así que había subido al Mini y se había
ido a Flagford, lejos de las asociaciones, los recuerdos y la odiosa voz del
«tú», a beber y beber, y a tratar de olvidar.
Pero los
recuerdos no querían marcharse y estabas de nuevo en la gran casa, y volvías a
oír las voces que no dejaban decir halagos y enzarzarse en disputas hasta que
te hartaste, saliste al jardín y te encontraste con la niña.
Te
acercaste a ella, y le preguntaste:
–¿Te
gusta mi vestido?
–Es
bonito –contestó ella, y no pareció importarle que fuese mucho más bonito que
el suyo.
La niña
estaba jugando con un montón de arena, haciendo flanes con una vieja taza sin
asa. Te quedaste a jugar con ella y después volviste allí todos los días, a ese
lugar, fuera de la vista de los ventanales. La arena estaba caliente y
agradable, y podías entenderla. Podías entender a la niña también, aunque fuese
la única que habías visto hasta entonces. Tú conocías muchos adultos, pero no
lograbas entenderles, y tampoco comprendías las palabras feas y aduladoras que
utilizaban para hablar siempre de dinero, que a ti te parecía como si las
monedas cayesen de sus labios y se escurriesen entre sus dedos temblorosos.
Había
algo mágico en esa niña, porque vivía en un árbol. Por supuesto, no era un
árbol de verdad sino una casa dentro de una especie de arbusto, lleno de hojas.
La arena
no estaba seca como en el desierto en que vivías ahora, sino tibia y húmeda,
como la arena de una playa, bañada por un mar cálido. Pero estaba sucia y
temías lo que pudiese pasar si te ensuciabas el vestido...
Llorabas
y golpeabas el suelo con el pie, pero nunca habías llorado como lo estabas
haciendo ahora, mientras aquel atractivo inspector se acercaba al coche, con
los ojos llenos de ira.
¿De
verdad creía que iba a descubrir algo nuevo después de tanto tiempo? Archery
sopesó la pregunta de Wexford y se dio cuenta de que era más una cuestión de fe
que una verdadera convicción acerca de la inocencia de Painter. Pero, ¿fe en
qué? No en la señora Kershaw, desde luego. Quizá fuese una certeza infantil de
que semejante cosa no podía ocurrirle a él, a Archery. La hija de un asesino no
podía ser como Tess, de lo contrario, Kershaw no la habría querido tanto y
Charles no desearía casarse con ella.
–No hay
ningún mal en ver a Alice Flower –dijo. Le dio la impresión de estar
implorando, sin mucha convicción–. Me gustaría hablar con los nietos de la
señora Primero, especialmente con el mayor.
Durante
un momento, Wexford guardó silencio. Había oído que la fe podía mover montañas,
pero esto era simplemente absurdo. Le resultaba tan inaudito como si algún
chiflado hubiese venido a verle con la sugerencia de que el doctor Crippen[3] fue
una víctima inocente de las circunstancias. De su amarga experiencia el
inspector jefe había aprendido lo difícil que era buscar un asesino cuando ya
había transcurrido una semana entre un asesinato y el inicio de la
investigación. Y Archery se proponía iniciar sus pesquisas una década y media
más tarde, y sin ninguna experiencia.
–Mi deber
es intentar disuadirle –dijo por fin–. No tiene la menor idea de donde se está metiendo.
–«Es patético, pensó, ridículo.» En voz alta, añadió–: Alice Flower está
internada en el pabellón de geriatría del hospital de Stowerton, paralítica. Ni
siquiera sé si su cabeza sigue lúcida.
Wexford
se dio cuenta de que Archery debía desconocer por completo toda aquella zona,
así fue. Se levantó y se acercó al mapa de la pared.
–Stowerton
está aquí –dijo, señalando el lugar con la punta de un bolígrafo–, y Victor’s
Place más o menos aquí, entre Stowerton y Kingsmarkham.
–¿Dónde
puedo encontrar a la señora Crilling?
Wexford
contestó contrariado:
–En Glebe
Road. No recuerdo el número en este momento, pero pediré a alguien que se lo
busque, o puede averiguarlo usted mismo en el censo electoral. –Se volvió
despacio y miró airadamente a Archery–: Está usted perdiendo el tiempo, por
supuesto. Me imagino que no tendré que recordarle que debe tener mucho cuidado
en no hacer acusaciones infundadas.
Bajo
aquella mirada helada, a Archery le costó mucho esfuerzo mantener la suya.
–Inspector,
no busco otro culpable, sólo pretendo probar la inocencia de Painter.
–Temo que
pronto va a darse cuenta de que lo primero es condición de lo segundo, de lo
contrario sería una conclusión equivocada. Y desde luego, le repito que no
quiero tener problemas. –Alguien llamó a la puerta y se volvió
malhumoradamente–. Sí, ¿quién es?
Asomó el
rostro afable del sargento Martin.
–Es sobre
el accidente mortal en el paso de cebra de High Street, señor.
–¿Qué
ocurre? No es de mi zona.
–Acaba de
llamar Gates, señor. Es un Mini blanco, matrícula LMB 12M, que ya teníamos
vigilado; atropello a un peatón. Parece que se requiere la presencia de un
clérigo, y Gates recordó que el señor Archery estaba...
Los
labios de Wexford se crisparon. Archery iba a llevarse una sorpresa. Con el
tono ampuloso que adoptaba en ciertas ocasiones, dijo al vicario de Thringford:
–Por lo
visto, parece que el brazo seglar necesita ayuda espiritual, señor. ¿Sería
usted tan amable...?
–Desde
luego. –Archery miró al sargento–. ¿Han atropellado a alguien y está... a punto
de morir?
–Desgraciadamente,
sí, señor –contestó Martin severamente.
–Será
mejor que le acompañe –dijo Wexford.
Como
pastor de la Iglesia anglicana, Archery tenía la obligación de escuchar una
confesión si ésta era requerida por algún feligrés. Hasta ahora, sin embargo,
su única experiencia en este ministerio se reducía a las confesiones de la
señorita Baylis, una de sus más antiguas parroquianas, quien tras haber estado
enamorada de él durante muchos años (según la señora Archery), ahora le exigía
que la escuchase musitar un sinfín de pecados domésticos, cada viernes por la
mañana. La suya era una necesidad masoquista, autodegradante, muy diferente a
la voluntad del joven que yacía en la calle.
Wexford
le condujo por el paso de cebra hacia la isleta. El tráfico haba sido desviado
hacia Queen Street y los curiosos habían sido dispersados. Varios policías se
paseaban por el lugar del accidente intercambiando rumores. Por primera vez en
su vida, Archery comprendió lo apropiado del mote moscas azules[4]. El clérigo
echó un vistazo al Mini y seguidamente se fijó en el parachoques salpicado de
sangre.
El joven
le miró dubitativo. Quizá no le quedasen más de cinco minutos de vida. Archery
se arrodilló y acercó el oído a sus labios descoloridos. Al principio, sólo sintió
un débil aliento, entonces, del suave susurro pudo entender que el muchacho
decía «órdenes sagradas...», con un tono que se elevaba en la segunda palabra
sugiriendo una interrogación. Archery se inclinó aún más y, entonces, la
confesión brotó de modo espasmódico y monótono, como el lento murmullo de un
riachuelo. Era algo sobre una chica, pero totalmente incoherente. El clérigo no
pudo comprenderle. «Me encomiendo a ti, en busca de socorro, pensó, en nombre
de éste tu servidor, que yace aquí, en la debilidad de su cuerpo, bajo tu
mano...»
En la
iglesia anglicana no existe un sacramento semejante a la extremaunción. Archery
repetía una y otra vez:
–Todo va
a salir bien. Todo va a salir bien. –De la garganta del joven brotó un gemido,
y un hilo de sangre salió de su boca, salpicando las manos enlazadas del
clérigo. Con humildad, encomendamos el alma de éste, tu servidor, nuestro
querido hermano, en tus manos... –Archery estaba cansado y la voz se le quebró
por la compasión y el horror–. Te suplicamos humildemente que sea bienhallado a
tus ojos...
De
repente surgió la mano del doctor que le limpiaba la sangre de los dedos con un
pañuelo, y luego comprobaba que el corazón había dejado de latir y el pulso se
había extinguido. Wexford miró al doctor, y se encogió levemente de hombros.
Nadie hablaba. Un chirrido de frenos rompió el silencio, seguido por un
bocinazo y un juramento, cuando un coche, que advirtió demasiado tarde la señal
de desviación, viró bruscamente para enfilar Queen Street. Wexford tapó la cara
del muerto con uno de los abrigos.
Archery
estaba destrozado y tenía frío, a pesar del calor de la tarde. Se levantó con
dificultad, embargado por una soledad absoluta y un apremiante deseo de llorar.
Ahora que el poste de señalización había sido derribado, no había nada en que
apoyarse, excepto la parte trasera de aquel coche funesto. Se recostó contra
él, con un acceso de náuseas.
Al cabo
de un momento, abrió los ojos y rodeó el vehículo hacia el lugar donde Wexford
contemplaba el desgreñado cabello negro de la chica. Esto no era asunto suyo.
No quería tomar parte en ello, sólo deseaba preguntar al inspector dónde podía
encontrar un hotel para pasar la noche.
Pero algo
en el rostro de aquel hombre le hizo vacilar. La expresión del inspector era
inequívocamente irónica. Observó como Wexford golpeaba la ventanilla con los
nudillos. La muchacha bajó el cristal y levantó el rostro, cubierto de
lágrimas.
–Esto es
muy grave. –Le oyó decir–. Pero que muy grave, señorita Crilling.
–Los
caminos de Dios son inescrutables –sentenció Wexford, mientras caminaba por el
puente en compañía de Archery–. Maravillas son sus obras. –Tarareó el viejo
himno, recreándose en el sonido de su voz de barítono desentrenado.
–Así es
–convino Archery, muy serio. Se detuvo, apoyó la mano en el antepecho de
granito y contempló las aguas oscuras. Un cisne salió de debajo del puente y
sumergió su largo cuello entre las algas que llevaban la corriente–. ¿Así que
se trata de la misma muchacha que encontró el cuerpo de la señora Primero?
–Sí, esa
joven era Elizabeth Crilling. Una de las chicas más alocadas de Kingsmarkham.
Un amigo suyo, mejor dicho, un íntimo amigo suyo, le regaló el Mini cuando
cumplió veintiún años y desde entonces se ha convertido en un auténtico peligro
para esta ciudad.
Archery
guardaba silencio. Tess Kershaw y Elizabeth Crilling tenían la misma edad,
habían empezado sus vidas al mismo tiempo, una junto a la otra. Las dos
debieron pasear con sus respectivas madres por las orillas cubiertas de hierba
de la carretera de Stowerton, y jugar en los prados que rodeaban Víctor’s
Piece. La familia Crilling tenía una posición desahogada, pertenecían a la
clase media; en cambio, los Painter eran miserablemente pobres. Archery recreó
en su imaginación la imagen de aquel rostro bañado en lágrimas y manchado por
la máscara de las pestañas, y escuchó de nuevo las palabrotas que la muchacha
había dirigido a Wexford. Otro rostro se sobrepuso al de Elizabeth Crilling,
era un rostro atractivo, de perfil aguileño, de ojos inteligentes, bajo un
rubio flequillo de paje. Wexford interrumpió sus pensamientos.
–Esa
chica está muy mimada, demasiado consentida. La señora Primero la invitaba a su
casa todos los días y, según cuentan, la colmaba de dulces y caprichos. Después
del asesinato, su madre la llevó a varios psiquiatras, y no la dejó ir a la
escuela hasta que las autoridades la obligaron. Dios sabe por cuántas escuelas
habrá pasado, esta criatura. Se la podría considerar la principal cabecilla
femenina que pasó por el tribunal de menores de esta ciudad.
Sin
embargo, era Tess la que había tenido un padre asesino y, por lo tanto, de la
que se hubiese esperado que terminara así. «Dios sabe por cuántas escuelas ha
pasado...» Tess había ido a una sola escuela, y a una antigua y prestigiosa
universidad. La hija de una amiga inocente se había convertido en una
delincuente y la de un asesino en un dechado de virtudes. Los caminos de Dios
eran ciertamente inescrutables.
–Inspector,
quisiera hablar con la señorita Crilling.
–Si no le
importa ir al juzgado mañana por la mañana, señor, estoy seguro de que ella
estará presente. Conociéndola, no me extrañaría que se volvieran a requerir sus
servicios profesionales y, entonces, ¿quién sabe?
Archery
frunció el ceño, sin dejar de caminar, y dijo:
–Quisiera
poner las cartas sobre la mesa. No quiero obrar bajo mano.
–Mire,
señor –dijo Wexford con un arrebato de impaciencia–, si quiere llevarse algo en
esta feria tendrá que hacerlo. No tiene ninguna autoridad para hacer preguntas
a personas inocentes y, si se quejan, no podré protegerle.
–Hablaré
con ella con franqueza. ¿Me permite usted hacerlo?
Wexford
carraspeó, y dijo:
–¿Ha
leído el acto primero de Enrique IV, señor?
Archery
asintió con la cabeza, desconcertado. Wexford se detuvo debajo del arco que
conducía al patio de las caballerizas del Olive and Dove.
–Estaba
pensando en la respuesta que Hotspur da a Mortimor cuando este último afirma
que es capaz de convocar a los espíritus de los abismos. –Asustados por la voz
profunda de Wexford, una pequeña bandada de pájaros salió volando de entre las
vigas, batiendo sus alas grises y rojizas–. Esa respuesta me ha sido muy útil
en mi trabajo, cuando he pecado de optimista. –Se aclaró la garganta y
declamó–: «Y también yo, y cualquier hombre. Pero ¿acudirán cuando los convoques?»
Buenas noches, señor. Espero que esté a gusto en el Olive.
7
No importa la grandeza de la
dignidad... a la que estéis llamados,
seáis mensajeros, vigilantes o
administradores...
dignidad... a la que estéis llamados,
seáis mensajeros, vigilantes o
administradores...
La ordenación del
sacerdocio
Sólo dos
personas se sentaban en la sala pública de audiencias del juzgado de
Kingsmarkham: Archery y una mujer de rasgos angulosos y consumidos, que con su
larga melena gris, a la moda sin pretenderlo, y la capa que llevaba tenía un
aire medieval. Probablemente fuese la madre de la muchacha que acababa de ser
acusada de homicidio involuntario, y que el oficial había identificado como
Elizabeth Anthea Crilling, domiciliada en el 24A de Glebe Road, Kingsmarkham,
Condado de Sussex. La joven, de rasgos finos y demacrados, a excepción de sus
labios carnosos, se parecía a su madre, y sus ojos se volvían sin cesar hacia
los de ésta que recorrían el escuálido cuerpo de su hija, o se posaban,
lacrimosos, con expresión de afecto sobre su rostro. A veces sus ojos se abrían
desmesuradamente cuando una palabra o un hecho contundente la conmovían y,
otras, se tornaban inexpresivos y vacíos como los de un niño deficiente, que
viviese en un mundo secreto lleno de duendes y criaturas nocturnas. Un hilo
invisible ligaba a la madre y a la hija, pero Archery era incapaz de decir si
estaba hecho de amor o de odio. Las dos mujeres iban mal vestidas y sucias,
víctimas, al parecer del clérigo, de las más bajas emociones, pero poseían
alguna cualidad –¿pasión quizá?, ¿imaginación?, ¿una gran memoria?– que las
diferenciaba del resto de los presentes en el tribunal.
El
clérigo tenía suficientes conocimientos de leyes como para saber que en aquella
audiencia no se podía hacer otra cosa que citar a la muchacha ante un tribunal
superior. Todos los testimonios, que estaban siendo laboriosamente transcritos,
declaraban en su contra. Elizabeth Crilling, según el dueño del Swan, de
Flagford, había estado bebiendo en su local desde las seis y media. Le había
servido siete whiskys dobles y, cuando se negó a servirle otro, ella empezó a insultarle
hasta que él la amenazó con llamar a la policía.
–No tengo
otra alternativa que citarla para que se celebre una vista ante la audiencia de
Lewes –decía el presidente del tribunal–... no debe esperar ningún tipo de
merced, ni debe temer ninguna amenaza que pueda...
Un grito
surgió de la galería pública:
–¿Qué le
van a hacer? –La señora Crilling se incorporó de un salto, y su voluminosa capa
onduló, creando una corriente de aire que recorrió la sala–. No van a enviarla
a la cárcel, ¿verdad?
Sin saber
muy bien por qué, Archery se dirigió al otro lado del banco hasta llegar a
ella. Al mismo tiempo, el sargento Martin se acercó a grandes zancadas, mirando
airadamente al clérigo.
–Señora,
sería mejor que esperase fuera.
Ella se
apartó del oficial, arropándose con la capa, como si hiciese frío en vez de un
calor sofocante.
–¡No voy
a permitir que encerréis a mi hija! –Empujó al sargento que se interponía entre
ella y el tribunal–. ¡Aléjese de mí, sádico asqueroso!
–Saquen a
esa mujer de la sala –ordenó el magistrado con frialdad. La señora Crilling
giró en redondo y se volvió hacia Archery, le tomó de la mano, y le dijo–:
Usted parece una persona amable. ¿Es mi amigo?
Archery
sintió un profundo embarazo, pero murmuró:
–Creo que
tiene derecho a pedir una fianza.
La mujer
policía que estaba al lado del banquillo de los acusados, se acercó a ellos, y
dijo:
–¡Venga,
señora Crilling! Acompáñame, por favor...
–¡Una
fianza, quiero una fianza! Este caballero es un viejo amigo mío y dice que
tengo derecho a pedir una fianza para mi hija. ¡Exijo los derechos de mi nena!
–No puedo
tolerar este tipo de conducta. –El magistrado miró con desprecio a Archery, y
éste se sentó, liberándose de un tirón de la señora Crilling–. ¿Debo entender
que desea solicitar la libertad bajo fianza para su hija? –Volvió los ojos
hacia Elizabeth, que asintió con un gesto desafiante.
–Le
prepararé una buena taza de té, señora Crilling –dijo la mujer policía–. Venga
conmigo. –Puso su brazo alrededor de la cintura de la madre demente y la
acompañó al exterior de la sala. El magistrado consultó con su ayudante, y
Elizabeth Crilling fue puesta en libertad bajo fianza de mil libras, quinientas
a cargo de ella misma y las otras quinientas de su madre.
–¡Pónganse
en pie, por favor! –dijo el oficial. La sesión había concluido.
Al otro
lado de la sala, Wexford guardaba sus documentos en un maletín.
–En la
necesidad se conoce al amigo –dijo a Burden, mirando a Archery–. Escuche lo que
le digo, le va a costar liberarse de las garras de mamá Crilling. ¿Recuerda
aquella vez que tuvimos que ingresarla en la unidad psiquiátrica de Stowerton?
En esa ocasión, usted era el amigo. Intentó besarle, ¿no es cierto?
–No me lo
recuerde –dijo Burden.
–Lo de
anoche fue bastante curioso, ¿no le parece? Fue una casualidad que Archery
estuviese aquí en aquel momento, para mostrar a aquel muchacho el camino al
paraíso.
–Fue una
suerte.
–Sólo
recuerdo otro caso similar, aparte de los católicos, desde luego. –Dio media
vuelta hacia el clérigo que avanzaba entre los bancos, en su dirección–. Buenos
días, señor. Espero que haya dormido bien. Le estaba contando al inspector el
caso de un hombre que murió en Forby, al poco tiempo de llegar yo aquí. Fue
hace veinte años por los menos. No lo he olvidado nunca. Era muy joven,
también, y fue atropellado por un camión. Pero este muchacho no estaba callado,
gritaba algo sobre una chica y un niño. –Hizo una pausa–. ¿Ha dicho usted
alguna cosa señor Archery? Perdone, creí oírle decir algo. Aquel hombre tampoco
paraba de pedir un sacerdote.
–Espero
que su deseo se cumpliese.
Bueno, la
verdad es que no fue así. Murió sin confesión. El coche del vicario se averió
en el camino. Es curioso que siga recordándolo. Se llamaba Grace, John Grace.
¿Nos vamos?
Las
Crilling se habían marchado. Cuando salieron a la calle, la mujer policía se
acercó a Wexford, y le dijo:
–La
señora Crilling me dio una nota, señor. Me pidió que se la entregase al señor
Archery.
–Voy a
darle un consejo –dijo Wexford–. Tírela a la basura. Esta mujer está como una
cabra. –Pero Archery ya había abierto el sobre.
«Estimado señor:
»Me han dicho que es usted un hombre de Dios. Bendito sea aquel hombre
que no se sienta entre los desdeñosos. Dios le ha enviado para ayudarnos a mí y
a mi nena. Le espero en casa esta tarde para darle las gracias personalmente.
Con afecto, su amiga. Josephine
Crilling.»
En la
habitación de Archery se combinaban armoniosamente lo mejor de lo antiguo y lo
moderno: tenía vigas en el techo y las paredes estaban pintadas de rosa con
motivos heráldicos grabados, en contraste el suelo estaba enmoquetado y
disponía de un buen número de lámparas en las paredes y la cabecera, y también
había un teléfono. El clérigo se lavó las manos en el lavabo rosa (en el cuarto
de baño privado que él consideraba un lujo injustificado), luego, cogió el
teléfono y pidió una conferencia con Thringford, Essex.
–¿Querida?
–¡Henry!
¡Gracias a Dios que has llamado! He telefoneado un montón de veces a ese Olive
Branch, o cómo se llame.
–¿Ocurre
algo?
He
recibido una carta terrible de Charles. Por lo visto, la pobre Tess llamó a sus
padres ayer por la tarde y ahora le ha dicho a Charles que quiere romper el
compromiso definitivamente. Dice que no sería justo para él, ni para nosotros.
–¿Y...?
–Y
Charles dice que si Tess no se casa con él, dejará Oxford y se irá a África, a
luchar por Zimbabwe.
¡Es
completamente ridículo!
–Dice que
si tratas de impedirlo, hará algo terrible para que le expulsen.
–¿Eso es
todo?
–¡Qué va!
Hay mucho más. Vamos a ver. Tengo la carta por aquí. «... ¿Qué sentido tiene
que papá babee... (lo siento, cariño, ¿qué significa? ¿algo horrible?)
...siempre discursitos sobre la confianza y la fe cuando no acepta la palabra
de Tess ni la de su madre? Yo mismo he estado examinando el caso, o mejor
dicho, fiasco, con detenimiento y está lleno de contradicciones. No le costaría
mucho a papá convencer al ministro de Gobernación para que volviera a abrirlo.
Además, había una herencia por medio que nunca se mencionó en el juicio. Tres
personas heredaron sumas respetables, y al menos una de ellas estuvo rondando
por la casa el día en que la señora Primero murió...»
–Muy bien
–dijo Archery en tono cansado–. Por si no lo recuerdas, Mary, tengo una
transcripción del juicio que me costó doscientas libras. Aparte de eso, ¿cómo
va todo?
–El señor
Sims se está comportando de una forma un tanto rara. –El señor Sims era el
coadjutor de Archery–. Según lo que me ha dicho la señorita Bayliss, se guarda
el pan de la comunión en el bolsillo y, esta mañana, a ella le entró un largo
pelo rubio en la boca.
Archery
sonrió. A su esposa se le daba mejor el chismorreo de la parroquia que resolver
asesinatos. Su imagen vino a su mente, era una mujer grande y atractiva,
preocupada por las arrugas de su rostro, que él nunca advertía. El clérigo
empezaba a echarla de menos.
–Ahora,
presta atención, cariño. Escribe a Charles. Debes ser diplomática. Dile que el
comportamiento de Tess es admirable y que he tenido varias conversaciones
interesantes con la policía. Si veo que hay la más mínima posibilidad de
conseguir que reabran el caso, escribiré al ministro de Gobernación.
–Eso es
maravilloso, Henry. Acabo de escuchar el segundo aviso de la telefonista. Voy a
colgar. A propósito, Rusty cazó un ratón esta mañana, y lo dejó en la bañera.
Él y Tawny te echan de menos.
–Dales un
beso de mi parte –dijo Archery para complacerla.
Bajó las
escaleras y entró en el comedor fresco y oscuro, pidió un plato con el nombre
de Navarin d’agneau y, en un arrebato de imprudencia, media botella de Anjou. Las ventanas
estaban abiertas, pero algunas tenían las contraventanas verdes cerradas. La
mesa situada junto a una de ellas, con su mantel blanco, sus sillas de mimbre y
su macetero lleno de guisantes de olor, le recordó un Dufy que colgaba en la
pared del estudio de su casa. La luz que se filtraba dibujaba unas líneas
doradas sobre la mesa y los dos juegos de cubiertos de plata.
Aparte de
él y media docena de residentes entrados en años, el comedor estaba vacío, pero
entonces se abrió la puerta que daba al bar, y el maître hizo pasar a una pareja. Archery
se preguntó si la dirección pondría objeciones al caniche que la mujer acunaba
en sus brazos. Pero el maître sonreía respetuosamente y el clérigo
observó cómo aquél daba una palmadita en la lanuda cabeza del animal.
El hombre
era menudo y moreno, y hasta bien parecido si no fuese por sus vidriosos ojos
enrojecidos. A Archery le daba la impresión que llevaba lentes de contacto. El
recién llegado se sentó en la mesa del Dufy, abrió un paquete de Peter
Stuyvesant y vació el contenido dentro de una pitillera de oro. A pesar de su
evidente refinamiento: pelo impecable, traje de buen corte, piel lisa y tersa,
había algo grosero en la forma con que aquel hombre rasgaba el papel. Cuando
tiró el paquete vacío encima de la mesa, el clérigo percibió el destello de un
anillo de bodas y de una sortija de sello en la suave luz de la habitación. A
Archery le divirtió la cantidad de joyas que llevaba aquel hombre: un alfiler
de corbata con un zafiro y un reloj, además de los anillos.
En
cambio, la mujer no lucía ninguna. Ella iba vestida con sobriedad, llevaba un
traje de seda de color crema que hacía juego con su sombrero, y toda ella,
desde el sombrero con velo y su cabello, a los tobillos cruzados, parecía
iluminada por una luz pálida, como si despidiera un tenue resplandor. Salvo en
las películas o en las revistas de Mary, Archery nunca había visto una mujer
tan bella. Comparada con ella, Tess no era más que una muchacha mona. Al
clérigo le hizo pensar en una orquídea color marfil o en una rosa que, al sacarla
de la caja de celofán de la floristería, aún retuviese su pátina de rocío.
Archery
sacudió la cabeza y concentró su atención en el Navarin que resultó ser dos chuletas de
cordero con una salsa oscura.
Entre la
calle principal de Kingsmarkham y la carretera de Kingsbrook, se alzaba un
conjunto de espantosas casas adosadas, enlucidas con una mezcla de argamasa y
grava que los constructores llaman enguijarrado. En los días calurosos, cuando
las calles polvorientas reverberan a causa del calor, las hileras de viviendas
parduzcas parecen estar hechas de arena, como si las hubiese construido el hijo
de un gigante con sus toscas herramientas, sin ninguna imaginación.
Archery
encontró Glebe Road, valiéndose del tradicional y sencillo recurso de preguntar
a un guardia. Se estaba volviendo un experto en interrogar a los policías y
éste, de bajo rango, era un joven que dirigía el tráfico en un cruce.
Glebe
Road era tan recta, tan larga, y tan homogénea que podía haber sido diseñada
por los romanos. Las casas de arena no tenían ni un solo elemento de madera.
Los marcos de las ventanas eran de metal y los tejados de los porches,
excrecencias de yeso con guijarros. Cada cuatro casas, había un arco en la
fachada que comunicaba con la parte trasera y a través de ellos se divisaban
los cobertizos, las carboneras, y los contenedores de basura.
La
numeración de la calle empezaba por el extremo que daba a la carretera de
Kingsbrook, así que Archery tuvo que recorrer casi un kilómetro andando hasta
dar con el número 24. Los pies le ardían al avanzar sobre los adoquines
calientes y el alquitrán semiderretido. El clérigo abrió la verja y vio que el
tejado del porche cubría no una, sino dos puertas. La casa había sido dividida
en dos minúsculos pisos. Él hizo sonar la aldaba de la puerta 24A y esperó.
Al no
obtener respuesta, volvió a llamar; oyó chirriar unas ruedas y un muchacho con
patines salió de debajo del arco, y ni siquiera le miró. Quizá la señora
Crilling estuviese durmiendo. El calor de la tarde invitaba a hacer la siesta,
y el propio Archery se sentía un poco fatigado.
Éste
retrocedió entonces y miró a través del arco. En ese momento, el clérigo oyó
abrir y cerrar una puerta. Así que había alguien en casa. Dobló la esquina de
la pared arenosa y se encontró cara a cara con Elizabeth Crilling.
Enseguida
Archery pensó que ella no le había abierto la puerta, porque probablemente no
habría oído su llamada. Era evidente que la muchacha iba a salir. La señorita
Crilling se había cambiado el vestido negro por otro más corto y recto de
algodón azul, que insinuaba la forma de sus prominentes caderas, calzaba unas
babuchas blancas y llevaba un voluminoso bolso, blanco y dorado.
–¿Qué
quiere? –Era evidente que no sabía quién era él. A Archery le pareció vieja,
acabada, como si alguien la hubiese utilizado y desgastado–. Si pretende vender
algo –dijo ella–, se ha equivocado de casa.
–Esta
mañana conocí a su madre en el juzgado –dijo Archery–. Me pidió que viniese a
verla.
Su
sonrisa tenía cierto encanto, porque su boca estaba bien formada y tenía unos
dientes bonitos; pero se desvaneció enseguida.
–Eso
–dijo ella– fue esta mañana.
–¿Está su
madre en casa? –Miró desalentado hacia las dos puertas–. Yo... verá... ¿cuál es
su piso?
–¿Lo dice
en serio? Ya es bastante molesto tener que compartir la casa con ella. Sólo un
paralítico sordo como una tapia podría vivir debajo de ella.
–¿Puedo
pasar?
–Haga lo
que quiera. Es poco probable que ella salga. –Cruzó la correa del bolso por
encima de su hombro derecho e hizo pasar la banda azul entre sus pechos. Sin
saber por qué, Archery recordó a la exquisita dama del comedor del Olive and
Dove, su piel delicada y su elegancia natural.
La piel
de Elizabeth Crilling era grasienta. En la deslumbrante luz de la tarde, tenía
la textura de la piel de un limón.
–Pase
–dijo ella bruscamente. Dio la vuelta a la llave, abrió la puerta de un empujón
y se marchó, haciendo resonar sus babuchas por el camino de entrada–. No le va
a morder –dijo por encima del hombro–. Al menos es poco probable. A mí me
mordió una vez, pero hubo... bueno, circunstancias atenuantes.
Archery
entró en el vestíbulo. Había tres puertas, pero todas estaban cerradas. Tosió
discretamente y, llamó:
–¿Señora
Crilling?
El lugar
estaba mal ventilado y reinaba un silencio sepulcral. El clérigo vaciló unos
instantes y, luego, abrió la primera de las puertas. Dentro había un dormitorio
dividido en dos por un tabique de conglomerado. Se había estado preguntando de
qué vivían aquellas dos mujeres, pero ahora lo sabía, tenían que ocupar la
habitación de en medio. Archery llamó a la puerta y la abrió.
A pesar
de que las ventanas estaban entreabiertas, el aire estaba lleno de humo, había
dos ceniceros colocados encima de una mesa plegable, atestados de colillas, se
veían papeles y desechos por todas partes y todo estaba cubierto por una capa
de polvo. Al entrar, un periquito azul empezó a piar agudamente, sacudiendo
violentamente su minúscula jaula.
La señora
Crilling llevaba una bata de nailon rosa que parecía haber sido diseñada para
una recién casada. «Desde su luna de miel, pensó Archery, había pasado mucho
tiempo», porque la bata, manchada y rasgada, presentaba un estado deplorable.
Ella estaba sentada en un sillón contemplando por la ventana un trozo de tierra
cercado, en la parte trasera. No podía llamársele jardín, porque allí sólo
crecían ortigas, maleza, y zarzas infestadas de moscas.
–Señora
Crilling, ¿recuerda usted que me invitó a venir esta tarde?
El rostro
que asomó por detrás de la oreja del sillón podía haber intimidado a
cualquiera. Parecía que sus ojos iban a salirse de sus órbitas. Sus músculos
parecían tensos y arqueados, como si padeciese alguna agonía interna. El
cabello blanco, peinado a la moda de las adolescentes, cubría sus pómulos
prominentes.
–¿Quién
es usted? –La señora Crilling se levantó con dificultad, agarrándose al sillón,
y volvió lentamente la cara hacia él. El escote en forma de V de la bata dejaba
ver un valle labrado y marchito como el lecho de un torrente, seco desde hace
tiempo.
–Nos
conocimos esta mañana, en el juzgado. Usted me escribió una...
Archery
se detuvo. Ella había acercado su cara a sólo unos centímetros de la suya y
parecía escudriñarla; luego, dio un paso atrás y soltó una risa aguda que el
periquito imitó.
–Señora
Crilling, ¿se encuentra bien? ¿Puedo hacer algo por usted?
Ella se
llevó las manos al cuello y la risa se transformó en un jadeo.
–Las
pastillas... tengo asma... –gimió. A pesar del susto y el desconcierto, logró
dar media vuelta y coger un frasco de pastillas que había entre la basura de la
repisa de la chimenea–. ¡Déme las pastillas y... váyase de aquí!
–Discúlpeme
si he hecho algo que la haya podido molestar.
Ella no
hizo ademán de tomar una pastilla sino que apretó el frasco contra su pecho
convulso. El movimiento hizo que las pastillas repiqueteasen dentro del frasco
y el pajarito empezó a batir sus alas contra los barrotes de la jaula, en un
crescendo frenético, mitad canto, mitad dolor.
–¿Dónde
está mi nena? –preguntó. ¿Se referiría a Elizabeth? Sí, tenía que ser ella.
–Ha
salido. Me crucé con ella en el porche. Señora Crilling, ¿quiere que le traiga
un vaso de agua? ¿Una taza de té?
–¿Té? No
quiero té. Eso mismo me dijo la mujer policía, esta mañana: «Venga, señora
Crilling, le voy a preparar una taza de té.» –Se retorció de dolor y cayó de espaldas
sobre un sillón, luchando por respirar–. Usted... mi nena... pensaba que era mi
amigo... ¡Aaah!
Archery
estaba realmente asustado. Salió corriendo de la habitación, entró en la
mugrienta cocina y llenó un vaso de agua. El alféizar de la ventana estaba
atiborrado de frascos vacíos de farmacia y entre ellos había una jeringa
hipodérmica sucia al lado de un cuentagotas igualmente pringoso. Cuando el
clérigo regresó, la señora Crilling seguía resollando y temblando. Archery se
preguntaba si debería obligarla a tomar las pastillas; la verdad es que ni
siquiera sabía si se atrevería a hacerlo. En la etiqueta del frasco ponía:
«Señora J. Crilling. Tomar dos en caso de necesidad.» Sacó dos pastillas del
frasco y, sosteniendo a la mujer con el otro brazo, se las metió en la boca a
la fuerza. Ella se atragantó y parte del agua resbaló por las comisuras de su
boca. Archery apenas pudo contener un acceso de náuseas.
–Repugnante...
horrible –murmuró ella. Logró sentarla en el sillón, ayudándola con cuidado, y
juntó las solapas abiertas de su bata. Movido por una mezcla de piedad y temor,
el clérigo se arrodilló a su lado.
–Seré su
amigo si es eso lo que desea –dijo para tranquilizarla.
Sus
palabras produjeron el efecto contrario. Ella hizo un tremendo esfuerzo para
respirar, abrió la boca y Archery pudo ver su lengua alzarse temblorosa contra
el cielo de la boca.
–¡No es
mi amigo... es un enemigo... un amigo de la policía! Quiere llevarse a mi
nena... le vi con ellos... le vi salir con ellos. –Él se levantó y dio un paso
hacia atrás. Nunca hubiera imaginado que a aquella mujer le quedasen fuerzas
para gritar después de un ataque semejante, y cuando dio aquel alarido tan
estridente y ensordecedor como el de un niño, él se tapó automáticamente los
oídos con las manos–. ¡No permitiré que se la lleven! ¡No la meterán en la
cárcel! ¡Allí, lo descubrirán! ¡Ella se lo dirá... mi nena... tendrá que
decírselo! –La señora Crilling se levantó de un salto, con la boca abierta y
agitando los brazos–. ¡Lo sabrán todo! Antes la mataré, la mataré... ¿me oye?
El
ventanal estaba abierto. Archery retrocedió y salió a trompicones al exterior,
hasta que chocó de espaldas contra una enorme mata de ortigas. Los jadeos
incoherentes de la señora Crilling habían dado paso a una sarta de improperios.
Finalmente, el clérigo encontró una puerta en la verja de alambre, la abrió, se
limpió el sudor de la frente y se refugió en la fresca oscuridad del arco de la
pared arenosa.
–Buenas
tardes, señor. No tiene buen aspecto. ¿Le sienta mal el calor?
Archery
se hallaba inclinado sobre el pretil del puente, respirando profundamente,
cuando el policía apareció a su lado.
–Usted es
el inspector Burden, ¿no es así? –Se sacudió y parpadeó. Había algo
reconfortante en la apacible mirada de aquel hombre y en los transeúntes que
cruzaban tranquilamente el puente–. Vengo de ver a la señora Crilling y...
–¡No hace
falta que diga nada más, señor! Le comprendo muy bien.
–La dejé
en medio de un ataque de asma. Quizá debería haber llamado a un médico o a una
ambulancia. Francamente, no sabía qué hacer.
Había un
mendrugo de pan viejo encima del pretil. Burden lo lanzó al agua y un cisne se
zambulló tras él.
–Ella no
está bien de la cabeza, señor Archery. Debí haberle prevenido de lo que le
esperaba. Le montó una de sus escenas, ¿no es así? –Archery asintió–. La
próxima vez que la vea seguro que está más suave que un guante. Según cómo le
da, tan pronto está bien, como todo lo contrarío. Se llama enfermedad
maníaco-depresiva. Me dirigía al Carousel a tomar una taza de té. ¿Por qué no
me acompaña?
Recorrieron
juntos High Street. Algunas tiendas se protegían del sol con descoloridos
toldos a rayas, proyectando una sombra oscura como la noche, bajo la luz
despiadada de aquel cielo azul como el del Mediterráneo. El interior del Carousel
estaba oscuro y mal ventilado, y olía a matamoscas.
–Té para
dos, por favor –dijo Burden.
–Hábleme
de las Crilling.
–Hay
mucho que contar de ellas, señor Archery. El marido de la señora Crilling
murió, dejándola sin un céntimo, así que se mudó a la ciudad y consiguió un
trabajo. La hija, Elizabeth, fue siempre una niña problemática, pero empeoró
por culpa de su madre. Ésta la llevó a ver a varios psiquiatras (no sé de dónde
sacaba el dinero) y cuando la obligaron a llevarla a la escuela, la señora Crilling
recorrió un colegio tras otro. Durante una temporada, Elizabeth estuvo en el
St. Catherine’s de Sewingbury, pero la expulsaron. Cuando tenía unos catorce
años tuvo que comparecer ante el Tribunal de Protección de Menores de
Kingsmarkham, puesto que se consideró que la muchacha carecía de los cuidados y
la protección necesaria y la separaron de su madre. Pero, finalmente, Elizabeth
regresó a casa. Algo normal en este tipo de casos.
–¿Cree
usted que todo lo que le ha estado sucediendo a esta joven y el propio
desarrollo de su personalidad tienen algo que ver con el hecho de que fuese
ella quien encontró el cuerpo de la señora Primero?
–Puede
que sí. –Al llegar la camarera con el té, Burden levantó la vista y sonrió–.
Muchísimas gracias, señorita. ¿Quiere azúcar, señor Archery? No, yo tampoco
tomo. –Carraspeó y prosiguió–: Creo que las cosas hubieran sido diferentes si
Liz se hubiese criado en una familia apropiada, pero la señora Crilling siempre
fue muy inestable. Ella cambiaba de trabajo a menudo, hasta que acabó de
dependienta en una tienda. Tengo entendido que un familiar las ayudaba
económicamente. La señora Crilling solía estar de baja con frecuencia, con el
pretexto de su asma, aunque la verdadera razón era porque estaba loca.
–¿Está
legalmente incapacitada?
–Le
sorprendería saber lo difícil que es incapacitar a alguien, señor. El doctor
decía que podría conseguir un mandamiento de emergencia, si conseguía
presenciar uno de sus ataques, pero ya sabe usted que este tipo de enfermos son
muy astutos, cuando llega el doctor se comportan con la misma normalidad que
usted o yo. En un par de ocasiones la señora Crilling ingresó voluntariamente
en Stowerton. Hace unos cuatro años, ella inició una relación con un hombre,
fue algo que se comentó por toda la ciudad. En esa época, Elizabeth estaba
estudiando para ser fisioterapeuta. Al final, resultó que el novio prefirió a
la joven Liz.
–Mater pulchra, filia pulchrior –murmuró Archery.
–Usted lo
ha dicho. Ella dejó sus estudios y se fue a vivir con él. La señora Crilling
volvió a perder la chaveta y pasó seis meses en Stowerton. Al salir del
hospital, no les dejaba en paz: cartas, llamadas telefónicas, visitas
imprevistas, de todo. Liz no pudo soportarlo y, finalmente, regresó a casa de
su madre. El novio andaba metido en el mercado de coches, y le regaló el
dichoso Mini.
Archery
suspiró, y dijo:
–No sé si
debería decirle esto, pero usted y el señor Wexford han sido tan amables
conmigo... –A Burden le empezó a remorder la conciencia. Amables no era la
palabra–. La señora Crilling dijo que si encerraban a Elizabeth..., es posible
que la chica vaya a la cárcel, ¿no es cierto?
–Sí, es
muy posible.
–Pues,
ella dice que entonces su hija les contaría algo, a usted o a las autoridades
de la prisión, a quien sea. Tengo la impresión de que Elizabeth se vería
obligada a revelar alguna información que la señora Crilling no quiere que se
sepa.
–Le estoy
muy agradecido, señor. Tendremos que esperar a ver qué nos depara el futuro.
Archery
terminó su té. De pronto se sintió desleal. ¿Había traicionado a la señora
Crilling porque quería mantener unas buenas relaciones con la policía?
–Me
pregunto –dijo, justificándose– si lo que intenta ocultar podría tener alguna
relación con el asesinato de la señora Primero. No veo por qué la señora
Crilling no pudo haberse llevado el impermeable y después ocultarlo. Usted
mismo ha dicho que es una mujer trastornada. Ella estaba allí y, al igual que
Painter, tuvo la oportunidad de hacerlo.
Burden
negó con la cabeza, y preguntó:
–¿Y cuál
fue el móvil?
–Los
locos tienen motivos que, a la gente normal, pueden parecerles impensables.
–Pero
adora a su hija, a su manera. Nunca habría llevado a la niña consigo.
–En el
juicio –dijo Archery lentamente–, la señora Crilling dijo que la primera vez
que fue a la casa eran las seis y veinticinco. Pero no tenemos más que su
palabra. Supongamos que pasó por allí después de que Painter hubiera ido y se hubiera marchado. Luego ella pudo regresar con la niña
porque nadie iba a creer que una supuesta asesina dejaría que una niña
encontrase un cuerpo que ella sabía que estaba allí.
–Ha
errado su vocación, señor –dijo Burden, levantándose de la mesa–. Debería haber
sido policía. Ahora sería superintendente.
–Me estoy
dejando llevar por la imaginación –dijo Archery. Para evitar que siguiera con
la broma, cambió de tema rápidamente, y añadió–: ¿Conoce usted por casualidad
las horas de visita del hospital de Stowerton?
–¿Así que
Alice Flower es la siguiente persona de su lista? Las horas de visita son de
siete a siete y media, pero yo en su lugar llamaría primero a la enfermera
jefe.
8
Nuestra vida abarca setenta años;
y aunque haya hombres tan fuertes
que alcancen los ochenta, no
obstante, su fuerza se verá convertida
en dolor y tristeza.
y aunque haya hombres tan fuertes
que alcancen los ochenta, no
obstante, su fuerza se verá convertida
en dolor y tristeza.
Salmo 90, El enterramiento de los muertos
Alice
Flower tenía ochenta y siete años, casi la misma edad de su señora cuando
murió. Varios ataques de apoplejía habían deteriorado su viejo cuerpo como las
tempestades que azotan una vieja casa, pero la casa era fuerte y estaba bien
construida, no fue hecha para albergar objetos decorativos o refinados, había
sido construida para resistir el viento y la intemperie.
Ella
yacía en una cama alta y estrecha, en la sala denominada Madreselva. La
habitación estaba llena de camas iguales con ancianas como ella. Todas tenían
un rostro sonrosado y el cabello blanco, a través del cual se veían sus calvas
rosáceas. Por cada cama con ruedas, había al menos un par de floreros con
ramos, para enjugar la mala conciencia, supuso Archery, de los familiares
visitantes, que no tenían más que sentarse y charlar con las ancianas en vez de
vaciar orinales y curar llagas.
–Tiene
una visita –dijo la monja–. No intente darle la mano. No puede mover las manos,
pero tiene buen oído y habla por los codos.
Archery
sintió que se apoderaba de él una ira muy poco cristiana. Si la religiosa lo
notó, no le dio importancia.
–Le gusta
cotillear, ¿no es cierto, Alice? Éste es el reverendo Archery. –Él hizo una
mueca y se acercó a la cama.
–Buenas
tardes, señor.
Su cara
era cuadrada, la piel áspera, muy arrugada, y una de las comisuras de los
labios caía a causa de la parálisis de las neuronas motoras. La mandíbula le
sobresalía, descubriendo sus grandes dientes postizos. La monja se afanaba
alrededor de la cama, levantó el cuello del camisón de la anciana criada y
colocó sus manos inútiles encima de la colcha. A Archery le resultaba difícil
mirar esas manos. El trabajo las había deformado tanto que nunca podrían ser
bellas, pero la enfermedad y el edema habían hecho desaparecer las arrugas y
palidecer la piel, dándoles el aspecto de las manos de un bebé deforme. La
emoción y su admiración por el lenguaje del siglo xvii hicieron brotar un abrumador torrente de pensamientos
compasivos. «¡Bienhallada sea!, servidora honrada y fiel, pensó. Por tu fiel
servicio en menguadas cosas, yo te haré gobernar sobre muchas...».
–¿Le
resultaría enojoso hablar de la señora Primero, señorita Flower? –preguntó
amablemente, al tiempo que se sentaba en una silla.
–¡Por
supuesto que no! –dijo la enfermera jefe–. ¡Le encanta!
Archery
no pudo contenerse más, y dijo:
–Éste es
un asunto privado, si no le importa.
–¡Privado!
Para ellas es como el cuento de antes de dormir, créame. –Se alejó con paso
envarado, como un robot vestido de azul marino y blanco.
Alice
Flower tenía una voz áspera y quebrada. Los ataques de apoplejía le habían
afectado los músculos de la garganta y las cuerdas vocales. Pero su acento era
grato y fino, aprendido, supuso Archery, en las cocinas y en las habitaciones
de los niños de la gente educada.
–¿Qué es
lo que quiere saber, señor?
–En
primer lugar, hábleme de la familia Primero.
–Pues eso
es fácil. Siempre me preocupé por ellos. –Tosió débilmente y volvió la cabeza
para ocultar el lado deformado de su boca–. Entré al servicio de la señora Primero
cuando nació el niño...
–¿El
niño?
–El señor
Edward, el único hijo que tuvo.
«¡Ya
comprendo!, pensó Archery, el padre del adinerado Roger y sus hermanas.»
–Era un
niño encantador, y siempre nos llevamos bien. Verá, señor, creo que su pobre
madre y yo envejecimos el día en que murió. Pero él ya tenía entonces familia
propia, ¡gracias a Dios!, y el señor Roger era el vivo retrato de su padre.
–Supongo
que el señor Edward le dejó una buena suma de dinero, ¿no es cierto?
–¡Qué
va!, señor, eso fue lo más triste. Verá, el viejo doctor Primero dejó todo su
dinero a la señora, puesto que el señor Edward medraba en aquel entonces; pero
éste lo perdió todo en la Bolsa y, cuando murió, su mujer y sus tres hijos se
quedaron en una situación bastante precaria. –Volvió a toser, y Archery hizo
una mueca. Le pareció que podía ver sus vanos esfuerzos por levantar las manos
y cubrirse los temblorosos labios–. La señora les ofreció su ayuda, y no es que
a ella le sobrara el dinero; pero su nuera era muy orgullosa y no aceptó ni un
céntimo de la suegra. Nunca supe cómo conseguía arreglárselas. Tenga en cuenta
que eran tres niños. El señor Roger era el mayor y luego estaban las dos
pequeñas, mucho más jóvenes que su hermano, pero de edad parecida. Sólo se
llevaban dieciocho meses entre ellas.
Alice
Flower se recostó sobre las almohadas y se mordió el labio inferior, como si
intentase colocarlo de nuevo en su sitio.
–Ángela
era la mayor. Imagino que tendrá unos veintiséis años ahora, ¡cómo vuela el
tiempo! La hermana menor se llamaba Isabel, como la señora. Eran casi unos
bebés cuando murió su padre, y pasaron muchos años antes de que la señora y yo
volviésemos a verlas.
»Créame,
para ella fue muy duro no saber qué había sido del señor Roger. Entonces, un
día él apareció por Victor’s Piece como llovido del cielo. ¡Imagínese!, estaba
viviendo en Sewingbury, de pensión, y estudiaba para procurador en un bufete
importante. Fue un amigo del señor Edward quien le colocó. El señor ni siquiera
sabía que su abuela aún vivía, y lo que menos se imaginaba es que estaba en
Kingsmarkham, pero cuando él estaba buscando un teléfono en la guía, por un
asunto de trabajo, encontró su nombre: señora Rose Primero, Victor’s Piece.
Después de esa primera visita, el señor Roger volvió muy a menudo. La señora y
yo estábamos encantadas, señor. Él solía venir casi todos los domingos, y un
par de veces fue a buscar a sus hermanas pequeñas a Londres y las trajo
consigo. Eran dos ángeles.
»El señor
Roger y la señora se reían mucho juntos. Sacaban fotografías antiguas y ella le
explicaba historias. –De pronto, se detuvo y Archery vio cómo el rostro
decrépito se hinchaba y se enrojecía–. Para nosotras era un cambio agradable
tener un joven simpático y bien educado en casa después de tratar con ese
Painter. –Su voz se convirtió en un chillido agudo–. ¡Ese asesino inmundo!
Al otro
lado de la sala, otra anciana tumbada en una cama como la de Alice Flower abrió
su boca desdentada y sonrió como alguien que escuchase un relato muy familiar.
El cuento de antes de irse a dormir, como había dicho la monja.
Archery
se inclinó hacia ella, y dijo:
–El día
en que murió la señora Primero fue espantoso, ¿verdad? –Sus ojos rojos y
encendidos parpadearon–. Supongo que usted no podrá olvidarlo jamás...
–No lo
olvidaré hasta el día de mi muerte –corroboró Alice Flower. Quizá ella pensase
en su cuerpo inútil, antaño infatigable y ahora muerto en sus tres cuartas
partes.
–¿Quiere
explicármelo?
En cuanto
empezó, Archery se dio cuenta de que la señorita Flower estaba acostumbrada a
contarlo muy a menudo. Era probable que algunas de las ancianas que aún podían
caminar se levantasen al atardecer y se reuniesen alrededor de la cama de Alice
Flower. «Un cuento, pensó, recordando una cita, que arrancaba a los niños de
sus juegos y a las viejas de su rincón junto a la chimenea.»
–Él era
el mismísimo diablo –dijo ella–, el terror. Yo le tenía miedo, pero nunca dejé
que se diera cuenta. Tomarlo todo y no dar nada, ése era su lema. En la primera
casa en que serví de criada sólo ganaba seis libras al año. Ése tenía además
casa, sueldo y podía conducir un precioso coche. Hay gente que pide la luna.
Usted pensará que un hombre joven y fuerte como él se ofrecería con gusto a
llevarle el carbón a una anciana, pero no Bert Painter. Painter el Bestia
le llamaba yo.
–Aquel
sábado por la noche, la señora esperó y esperó en vano, en una habitación
helada, a que Painter le llevase el carbón. «Déjeme ir a su casa a hablar con
él», dije; pero ella se negó en redondo. «Ya hablaré yo con él mañana por la
mañana, Alice», me contestó. No dejo de repetirme que si él hubiese venido
aquella noche, yo hubiera estado allí con ellos, y entonces no hubiese podido
contar tantas mentiras.
–Y ¿él
acudió a la casa la mañana siguiente, señorita Flower...?
–La
señora le puso las peras al cuarto. Yo escuché como le leía la cartilla.
–¿Qué
estaba haciendo usted en ese momento?
–¿Yo?
Cuando él llegó yo estaba preparando las verduras para la comida de la señora,
luego, encendí el horno y metí la bandeja de la carne a calentar. Ya me lo preguntaron
durante el juicio en Londres, en el Old Bailey[5].
–Hizo una pausa, y le lanzó una mirada recelosa–. ¿Está usted escribiendo un
libro sobre el crimen, señor?
–Sí, algo
así –dijo Archery.
–Me
preguntaron si era dura de oído. Mi oído es mejor que el del juez, se lo puedo
asegurar. Y menos mal. Si yo fuese sorda, quizá todos hubiésemos muerto
abrasados por el fuego, aquella mañana.
–¿Cómo
dice?
Painter el Bestia
estaba en el salón con la señora y yo había ido a la despensa a por vinagre
para la salsa de menta, cuando oí de repente un golpe sordo y un chisporreteo.
Tiene que ser ese dichoso horno viejo, me dije a mí misma y, efectivamente, eso
era. Regresé rápidamente a la cocina y abrí la portezuela del horno. Una de las
patatas había saltado de la bandeja y había caído encima del gas, estaba
envuelta en llamas, chisporroteando y humeando como una locomotora de vapor.
Apagué el gas enseguida; pero hice una tontería, le eché agua encima. ¡A mi
edad, ya tenía que saber esas cosas! ¡Oh, qué escándalo y qué humareda se
montó! Un barullo de mil demonios.
Nada de
eso se explicaba en la transcripción del juicio. Archery contuvo la respiración
y, luego, pensó: «“Un barullo de mil demonios...” Mientras Alice Flower estaba
asfixiada por el humo y ensordecida por el estruendo quizá no pudiese oír a un
hombre subir las escaleras, registrar el dormitorio y volver a bajar. Su
testimonio a este respecto había sido decisivo, porque si la señora Primero
hubiese ofrecido las doscientas libras a Painter y éste las hubiese aceptado
por la mañana, ¿por qué habría de matarla por la tarde?»
–Bueno,
después de comer llegó el señorito Roger. Me dolía la pierna porque me había
lastimado la noche anterior, cuando tuve que salir a por un poco de carbón
porque Painter el Bestia estaba de juerga. El señor fue muy amable
e insistió en preguntar si podía ayudarme en algo, como fregar los platos. Pero
ésa no es tarea de hombres, y siempre mantengo que es mejor valerse por uno
mismo mientras se pueda.
»Hacia
las cinco y media, el señor Roger nos dijo que tenía que irse. Yo estaba muy
atareada, con los platos sin fregar y preocupada por si Painter el Bestia no
aparecía como había prometido. «No hace falta que me acompañe a la puerta.
Alice», me dijo el señor, y vino a la cocina para despedirse de mí. La señora
estaba echando una cabezada en el salón. ¡Dios la tenga en su gloria! Fue la
última antes de pasar a mejor vida.– Horrorizado, Archery vio asomar dos
lágrimas a los ojos de la anciana y resbalar por sus mejillas hundidas y
arrugadas–. «Hasta pronto, señor Roger, le veré el domingo que viene», grité, y
luego le oí cerrar la puerta principal. La señora dormía como un niño, sin
saber que ese lobo feroz la acechaba.
–No se
atormente, señorita Flower. –Sin saber muy bien qué era lo que debía hacer,
Archery pensó que lo más apropiado sería mostrarse amable, y sacó su propio
pañuelo y le enjugó las lágrimas con delicadeza.
–¡Dios le
bendiga, señor! Ya me encuentro mejor. Te sientes una completa inútil sin poder
secarte siquiera tus propias lágrimas. –Su sonrisa torcida era aún más
lastimera que su llanto–. ¿Qué estaba diciendo? ¡Oh, sí! Me marché a la iglesia
y, en cuanto salí, llegó la señora Crilling a meter las narices en...
–Sé lo
que pasó después, señorita Flower –dijo Archery en tono amable y apaciguador–.
Hábleme de la señora Crilling. ¿Viene alguna vez a visitarla?
Alice
Flower profirió un bufido que si hubiera provenido de una persona sana hubiera
resultado casi cómico.
–¡Ésa!
Desde el juicio me ha estado evitando, señor. Yo sé más de la cuenta. La mejor
amiga de la señora, ¡narices! Ella sólo quería una cosa de la señora Primero, y
sólo una. Le metía a su hija por los ojos con todo tipo de zalamerías pensando
que quizá la señora le dejaría algo a su muerte.
Archery
se acercó más a Alice, rezando para que en este momento no sonase la campana
que indicaba que la hora de visita había tocado a su fin.
–Pero la
señora Primero no hizo testamento.
–Es
cierto, señor, y eso es lo que le preocupaba a la astuta señora Crilling. Ella
solía venir a verme a la cocina cuando la señora estaba dormida. «Alice –me
decía–, debemos convencer a la señora Primero para que haga testamento. Es
nuestro deber, Alice, lo dice el libro de oraciones.»
–¿Y es
cierto? Alice parecía tan escandalizada como segura.
–Sí, señor.
Dice: «A veces es necesario recordar a los hombres que deben poner en orden sus
asuntos temporales mientras tengan salud.» No obstante, yo no estoy de acuerdo
con todo lo que dice el libro de oraciones, especialmente cuando se trata de
una intromisión patente; eso no va por usted, desde luego. «Es por su bien,
Alice –decía– cuando ella muera la echarán a usted a la calle.»
»De todas
formas, la señora no quería ni oír hablar del asunto. Ella decía que iba a
dejárselo todo a sus herederos legítimos, o sea, al señor Roger y a las niñas.
Automáticamente todas sus pertenencias pasarían a ser de ellos, así pues, no
era necesario perder el tiempo con tonterías de testamentos o abogados.
–¿Y no
intentó el señor Roger que hiciese testamento?
–Él es
una persona maravillosa. Después de que el Bestia Painter asesinase brutalmente a la
pobre señora, el señor Roger heredó una pequeña suma de dinero; eran tres mil
libras o un poco más. «Me haré cargo de usted, Alice», me dijo, y cumplió con
su palabra. Me alquiló una confortable habitación en Kingsmarkham y, aparte de
mi pensión, me daba dos libras todas las semanas. Él se había establecido por
su cuenta, y me dijo que no me entregaría una cantidad, sino una renta de los
beneficios, ¡Dios le bendiga!
–¿Tenía
un negocio propio? ¿No era procurador?
–Él
siempre quiso independizarse, señor. No conozco los pormenores, pero un día el
señor Roger vino a ver a la señora (debió de ser dos o tres semanas antes de su
muerte) y le contó que un amigo suyo le aceptaría como socio si pudiese
invertir diez mil libras. «Sé que no tengo la menor esperanza –dijo, siempre
tan gentil–. Son castillos en el aire, abuela.» «Pues yo no puedo ayudarte
–dijo la señora–. Diez mil libras es todo lo que tenemos para vivir Alice y yo,
y está todo invertido en acciones de Woolworth. Cuando yo muera, tendrás una
parte.» No me importa decirlo, señor, pero entonces yo pensaba que si el señor
Roger hubiese querido hacerles una jugada a sus hermanas, hubiera podido
convencer a la señora para que hiciese testamento y se lo dejase todo a él.
Pero no lo hizo, ni siquiera volvió a mencionarlo, y seguía creyéndose en la
obligación de traer a las niñas cada vez que podía. Luego, ese monstruo Painter
mató a la señora y los tres heredaron a partes iguales, según sus deseos.
»Al señor
Roger las cosas le van muy bien ahora, pero que muy bien, y viene a verme a
menudo. Creo que consiguió las diez mil libras que necesitaba, quizá algún
amigo suyo le ofreciese otra oportunidad. No es asunto mío.
«Un buen
hombre –pensó Archery–, un hombre que necesitaba dinero, tal vez
desesperadamente, pero que no hizo ninguna maniobra baja para conseguirlo; un
hombre que mantenía a la criada de su difunta abuela mientras luchaba para
sacar adelante su negocio, que seguía visitándola y que, sin duda, escuchaba
pacientemente una y otra vez la misma historia que Archery acababa de oír. Un
gran hombre. Si el amor, las alabanzas y la devoción constituían una recompensa
para alguien así, ya la había obtenido.»
–Si por
casualidad piensa ir a ver al señor Roger, señor, por el libro que usted está
escribiendo, ¿sería tan amable de presentarle mis respetos?
–Por
supuesto señorita Flower. –Posó su mano sobre la suya inerte y la apretó–.
Adiós y muchísimas gracias por todo. –¡Bienhallada seas!, servidora honrada y
fiel.
Eran más
de las ocho cuando Archery llegó por fin al Olive and Dove y al entrar en el
comedor a eso de las ocho y cuarto, el maître le obsequió con una mirada
iracunda. El clérigo contempló la habitación vacía y las sillas colocadas
contra la pared.
–Vamos a
celebrar un baile esta noche, señor, y pedimos a los huéspedes que cenasen a
las siete en punto, pero espero que podamos ofrecerle algo. Por aquí, si es tan
amable.
Archery
siguió al maître a la más pequeña de las dos salas
contiguas al comedor, que estaba abarrotada de mesas ante las que los
comensales engullían su cena a toda prisa. Él pidió la suya y, a través de las
puertas de cristal, observó a los miembros de la banda ocupar sus puestos en el
estrado.
¿Cómo iba
a pasar aquella larga y calurosa tarde de verano? El baile se prolongaría
seguramente hasta las doce y media o la una, y sería insoportable quedarse en
el hotel. Lo mejor era ir a dar un tranquilo paseo. O coger el coche y
acercarse hasta Victor’s Piece. El camarero regresó con el guiso de ternera que
le había ordenado, y Archery, para hacer economías, pidió un vaso de agua.
El
clérigo estaba solo, en uno de los rincones de la sala y a dos metros por lo
menos de la mesa más cercana, y se sobresaltó al sentir el roce de algo suave y
peludo contra su pierna. Se echó hacia atrás, levantó el mantel y tropezó con
dos ojos brillantes en una cabeza lanuda.
–¡Hola,
perro! –dijo.
–¡Oh,
disculpe! ¿Le molesta?
Él
levantó la vista y la vio de pie a su lado. Evidentemente, acababa de entrar,
junto con el hombre de los ojos vidriosos y otra pareja.
–¡En
absoluto! –Archery tartamudeó, abandonado por su habitual aplomo–. No me
importa, de veras. Me gustan los animales.
–Usted ha
almorzado aquí a medio día, ¿no es cierto? Creo que él le ha reconocido.
¡Venga, Perro! No tiene nombre. Le llamamos Perro porque eso es lo que es, y
además es un nombre tan bueno como Jock o Gyp, o cualquier otro. Cuando usted
dijo «Hola, perro», él debió pensar que era un amigo suyo. Es muy inteligente.
–Estoy
convencido.
Aquella
mujer cogió al caniche en brazos y lo sujetó contra el encaje crema de su
vestido; ahora que no llevaba sombrero, Archery pudo apreciar la forma perfecta
de su cabeza y su frente, ancha y lisa. El maître, que ya no estaba tan atareado, se
acercó.
–Aquí
estamos de vuelta, Louis, como las falsas monedas del refrán –dijo cordialmente
el hombre de los ojos vidriosos–. A mi esposa le apetecía venir a su baile,
pero primero tendríamos que cenar algo. –«Así que estaban casados», pensó
Archery ¿Por qué no se le habría ocurrido antes?, pero, además, ¿qué le
importaba a él? y, sobre todo, ¿por qué le provocaba esa ligera desazón?–.
Nuestros amigos tienen que coger un tren, así que si usted pudiese atendernos
por la vía rápida le estaríamos eternamente agradecidos.
Se
sentaron todos en una mesa. El caniche rondaba entre las piernas de los
comensales, a la caza de restos de comida. A Archery le divirtió comprobar la
rapidez con la que les sirvieron la cena. Cada uno había pedido un plato
distinto, pero apenas tuvieron que esperar y no advirtió ninguna precipitación.
Archery se demoró con el café y el trozo de queso, que había pedido. Desde su
rincón no molestaba a nadie. La gente empezaba a acudir al baile y pasaba al
lado de su mesa, dejando un ligero rastro oloroso de puros y perfumes de
flores. En el comedor, convertido en salón de baile, las puertas que daban al
jardín estaban abiertas, y algunas parejas habían salido a la terraza y
escuchaban la música en la quietud de la noche estival.
El
caniche estaba sentado en el umbral, aburrido, observando la evolución de los
bailarines.
–¡Ven
aquí, Perro! –ordenó su dueña. Su marido se levantó.
–Te
llevaré a la estación, George –dijo–. Sólo faltan diez minutos, así que
acelera. –Aquel hombre parecía dominar una gran variedad de expresiones que
indicaban prisa–. No hace falta que vengas, cariño. Termina tu café.
La mesa
estaba envuelta en humo, pues los comensales habían fumado entre todos los
platos. El hombre de los ojos vidriosos iba a estar fuera no más de media hora,
pero se inclinó y besó a su esposa. Ella le sonrió y encendió otro cigarrillo.
Cuando se marcharon, ella y Archery se quedaron solos. Ella cambió de silla y
se sentó en la que había ocupado su marido, desde donde podía ver a los
bailarines, a muchos de los cuales parecía conocer, a juzgar por la manera como
saludaba de vez en cuando, como indicando que pronto iría a reunirse con ellos.
Archery
se sintió solo de repente, no conocía a nadie en ese lugar, salvo a dos
policías bastante antipáticos. Y quizá tuviese que quedarse toda la quincena.
¿Por qué no había pedido a Mary que viniese? Para ella serían como unas
vacaciones, un cambio, y bien sabe Dios que lo necesitaba. Dentro de un minuto,
cuando terminase el café, subiría a la habitación para llamarla.
La voz de
la joven le sobresaltó:
–¿Me
presta su cenicero? Los nuestros están llenos.
–Por
supuesto, tómelo. –Él levantó el pesado cenicero de cristal y, cuando se lo
entregó, las yemas de los dedos fríos y secos de ella rozaron las suyas. Su
mano era pequeña, como la de un niño, con las uñas cortas y sin pintar. Archery
añadió un tanto estúpidamente–: No fumo.
–¿Se va a
quedar mucho tiempo? –Su voz era cálida y suave, al tiempo que madura.
–Sólo
unos días.
–Se lo he
preguntado –dijo ella–, porque nosotros venimos aquí muy a menudo, y no le
había visto a usted nunca. La mayoría de las personas que vienen a este hotel
son clientes asiduos. –Apagó el cigarrillo con cuidado, aplastándolo hasta
acabar con la última brasa–. Cada mes se celebra un baile y siempre asistimos.
Me encanta bailar.
Más
tarde, Archery se preguntaría qué le indujo a él, un vicario provinciano casi
cincuentón, a decir lo que dijo. Quizá fuese la mezcla de perfumes y la luz del
crepúsculo, o el hecho de que estaba solo y fuera de su ambiente habitual,
fuera casi de su propia identidad.
–¿Quiere
usted concederme este baile?
La banda
estaba tocando un vals. Él estaba seguro de que podría bailarlo, porque en su
parroquia se solían bailar el vals en los acontecimientos sociales. Sólo se
tenía que hacer uno, dos, tres, con los pies, marcando una especie de
triángulo. Pero, a pesar de todo, Archery sintió que se sonrojaba. ¿Qué
pensaría ella de él, a su edad? Quizá que estaba intentando «ligársela», como
solía decir Charles.
–Me
encantaría –dijo ella.
Era la
primera mujer, salvo Mary y la hermana de ésta, con la que Archery había
bailado en veinte años, y se sentía tan avergonzado y abrumado que, por un
momento, se volvió sordo a la música y ciego al centenar de personas que
giraban sobre la pista. Poco después, ella estaba entre sus brazos, una
criatura delicada, perfumada y envuelta en encajes, cuyo cuerpo, que por un
extraño azar tocaba el suyo, poseía la fluidez y la liviandad de la bruma de
verano. Le pareció estar soñando y, en medio de aquel sentimiento de
irrealidad, se olvidó de sus pies y de cómo debía moverlos, y se limitó
simplemente a seguirla, como si ellos y la música fueran una sola cosa.
–Esto no
es precisamente lo mío –dijo, cuando recobró por fin la voz–. Tendrá usted que
perdonar mi torpeza. –Él era mucho más alto, así que ella tuvo que alzar la
cabeza.
Le sonrió
y dijo:
–Es
difícil hablar cuando se está bailando, ¿a que sí? Nunca sé qué decir pero hay
que decir algo.
–Como,
por ejemplo, «¿No le parece que es una buena pista?». –Qué extraño, había
recordado esa frase de sus días en la universidad.
–O «¿Sabe
usted girar?». Es francamente absurdo. Bueno, estamos bailando y ni siquiera sé
su nombre. –Ella rió con desdén–. Es casi inmoral.
–Me llamo
Archery. Henry Archery.
–Encantada
de conocerle, Henry Archery –dijo seriamente. Al cruzar una zona bañada por la
luz del crepúsculo, ella le miró fijamente, con el rostro iluminado por los
rayos dorados–. ¿De verdad no sabe quién soy? –Él negó con la cabeza,
preguntándose si no había dado un terrible faux pas. Ella dejó escapar un suspiro
fingido–. ¡Así es la fama! Me llamo Imogen Ide. ¿No le suena?
–No, lo
siento.
–Francamente,
no tiene usted aspecto de perder su tiempo libre leyendo revistas de moda.
Antes de casarme fui, como se dice ahora, una top model. La cara más fotografiada de
Inglaterra.
Archery
no supo que decir. Todo lo que se le ocurría eran elogios a su extraordinaria
belleza, y expresarlo en voz alta hubiese sido una impertinencia. Al advertir
su embarazo, ella se echó a reír con una carcajada de camaradería cálida y
amable.
Él
sonrió. Entonces, por encima de su hombro, divisó una cara familiar. El
inspector jefe Wexford había acudido al baile acompañado de una mujer
corpulenta de aspecto agradable y una joven pareja. Su esposa, su hija y el
hijo del arquitecto, supuso Archery, con repentina envidia. Les observó
mientras se sentaban y, cuando iba a apartar la vista, su mirada se cruzó con
la de Wexford. Intercambiaron unas sonrisas un tanto hostiles, y Archery sintió
aumentar su embarazo. El inspector le miraba con un aire burlón que daba a
entender que para él el bailar era una frivolidad, impropia de la seriedad de
la empresa que Archery se había propuesto. Éste apartó bruscamente la mirada y
se volvió hacia su pareja.
–Lo
siento, pero sólo leo el Times –dijo, e inmediatamente se dio cuenta de la
pedantería que encerraba ese comentario.
–Salí en
el Times una
vez –dijo ella–. Pero no en una fotografía, sino en la sección judicial.
Alguien mencionó mi nombre durante un juicio, y el juez preguntó: «¿Quién es
Imogen Ide?»
–Eso sí
que es ser famosa.
–Aún
conservo el artículo.
La
música, hasta el momento fluida y arrulladora, dio paso de pronto a un ritmo
enloquecido con un fondo tormentoso de percusión.
–Con esto
ya no me atrevo –dijo Archery descorazonado, y la soltó rápidamente, en medio
de la pista.
–No
importa. Muchísimas gracias, de todas formas. Ha sido un placer bailar con
usted.
–Gracias.
Para mí también lo ha sido.
Empezaron
a sortear a las parejas que se agitaban y saltaban como salvajes. Ella le cogió
de la mano, de modo que él no podía retirarla sin brusquedad.
–Veo que
mi marido ha regresado –dijo ella–. ¿Por qué no se queda con nosotros, si es
que no tiene otros planes?
El señor
Ide se acercó a ellos, sonriente. Con su tez aceitunada y lisa, su cabello
negro y su remilgada forma de vestir, parecía una figura de cera. A Archery se
le ocurrió la absurda idea de que si te encontraras con él en el Madame
Tussaud, el viejo equívoco del ingenuo espectador que confunde una de las figuras
del museo por un gordo y rubio empleado se invertiría. En este caso, se pasaría
ante el hombre de carne y hueso, pensando que se trataba de una figura de cera.
–Te
presento al señor Archery, cariño. Le estaba pidiendo que se quedara con
nosotros. Hace una noche tan hermosa.
–Buena
idea. Permítame invitarle a una copa, señor Archery.
–Se lo
agradezco, pero me es imposible. –Archery se despidió de ambos y al estrechar
la mano del señor Ide y sentir el calor que ésta desprendía se sorprendió del
extraño pensamiento que le había sugerido su persona–. Debo irme. Tengo que
telefonear a mi esposa.
Espero
que nos veamos de nuevo –dijo Imogen Ide–. Gracias por bailar conmigo. –Ella
cogió a su marido de la mano y regresó hacia el centro de la pista donde juntos
empezaron a seguir los pasos de aquel ritmo complicado. Archery subió a su
habitación. Antes había pensado que el ruido de la fiesta le molestaría, pero
ahora, el sonido de la música, envuelto en la luz violeta del ocaso, poseía un
hechizo que resultaba al mismo tiempo perturbador y despertaba en él
indefinibles deseos olvidados. De pie junto a la ventana, Archery contempló el
cielo y los jirones deshilachados de las nubes, color de rosa, como pétalos
inmateriales de un ciclamen. Los compases de la música se templaron,
armonizando con aquel cielo tranquilo, y ahora le sonaron como las primeras
notas de la obertura de alguna ópera pastoral.
Luego, se
sentó en la cama y posó la mano sobre el teléfono. La dejó allí durante unos
minutos. Pero ¿para qué iba a llamar a Mary si no tenía nada que contarle, si
ni siquiera había planeado lo que iba a hacer a la mañana siguiente? El clérigo
sintió una aversión repentina por Thringford y por sus modestos acontecimientos
parroquiales. ¡Había vivido allí tanto tiempo con un horizonte tan estrecho!, y
durante todos esos años había existido un mundo exterior del que no sabía
prácticamente nada.
Desde
donde se hallaba sentado sólo podía ver el cielo, con sus islas y continentes
diseminados sobre un océano azul.
–Aquí nos
sentaremos y dejaremos que la música penetre en nuestros oídos... –Retiró la
mano del teléfono y se tumbó, con la mente en blanco.
9
Las palabras de su boca eran
dulces como la miel, pero en su
corazón anidaba la guerra: sus
palabras eran balsámicas como el
aceite, pero tenían el filo de una
espada.
dulces como la miel, pero en su
corazón anidaba la guerra: sus
palabras eran balsámicas como el
aceite, pero tenían el filo de una
espada.
Salmo 55, asignado al décimo día
–Supongo que todo esto no tiene ningún sentido, ¿verdad?
–¿El qué,
Mike? ¿Cree que Elizabeth Crilling tiene algún oscuro secreto que su madre no
quiere que le arranquemos bajo tortura?
Burden
bajó las persianas para defenderse de la intensidad de la luz de aquella
mañana.
–Las
Crilling siempre me ponen nervioso –dijo.
–Ellas
son tan excéntricas como la mayoría de los que pasan por comisaría –dijo
Wexford despreocupadamente–. Liz va a tener que comparecer ante el tribunal,
entre otras cosas porque dudo de la habilidad de la señora Crilling para
sacarle mil libras a su cuñado o a quien quiera que sea el que las mantiene, y
si tiene algo que decirnos, nos lo dirá.
La
expresión de Burden, aunque conciliadora, era obstinada.
–No dejo
de pensar que sea lo que sea puede tener relación con Painter –dijo.
Wexford
estaba hojeando un grueso listín telefónico de color naranja y, en ese momento,
lo tiró con violencia sobre la mesa.
–¡Por el
amor de Dios, ya es demasiado! ¿Qué es esto? ¿Un complot para probar que no sé
hacer mi trabajo?
–Disculpe,
señor, sabe que no quería decir eso.
–No sé
nada de nada, Mike. Sólo sé que el caso de Painter está cerrado, y nadie tiene
la más mínima posibilidad de probar que no fue él el asesino. –Se calmó poco a
poco, y extendió las manos por encima del listín como dos inflexibles
abanicos–. Puede interrogar a Liz si lo desea. O mejor, pídale a Archery que lo
haga. Ése trabaja muy deprisa.
–¿Ah, sí?
¿Por qué lo dice?
–No
importa. Quizá usted no, pero yo tengo mucho trabajo y... –dijo Wexford–
...estoy hasta la coronilla de tropezarme con Painter a todas las horas del
día.
Archery
había dormido profundamente y sin sueños. Él pensó que sería porque había
tenido tantos estando despierto que no pudo aparecer ninguno nuevo mientras
dormía. El teléfono le despertó del todo. Era su mujer.
–Lo
siento, cariño, sé que es muy temprano, pero he recibido otra carta de Charles.
Había una
taza fría de té al lado de la cama. Archery se preguntó cuánto tiempo llevaría
allí. Encontró su reloj y vio que eran las nueve.
–¿Cómo
estás?
–Bien.
Parece que todavía estés en la cama.
Archery
murmuró alguna cosa.
–Ahora,
escucha. Charles dice que se marcha mañana y que irá directamente a
Kingsmarkham.
–¿Se
marcha?
–¡Vamos,
Henry, no es para tanto! Sólo va a perder los tres últimos días del curso.
–Mientras
no esté cumpliendo con su amenaza. ¿Va a venir al Olive?
–¡Naturalmente!
En algún sitio tendrá que quedarse. Sé que es caro, cariño, pero ha conseguido
un trabajo para agosto y septiembre, en una fábrica de cerveza. Suena horrible
pero va a ganar dieciséis libras a la semana y te podrá devolver el dinero.
–No sabía
que mi hijo me considerara tacaño.
–Sabes
que no quería decir eso. Estás muy susceptible esta mañana...
Después
de que ella colgara, Archery se quedó con el auricular en la mano durante unos
momentos. Se preguntó por qué no le había pedido a ella que viniese también.
Quería hacerlo la noche anterior... Pero había estado tan adormecido mientras
hablaba que apenas recordaba lo que le había dicho. La voz de la telefonista
interrumpió sus pensamientos:
–¿Ha
terminado usted o quiere hacer alguna llamada?
–No,
gracias. He terminado.
Las
pequeñas casas arenosas de Glebe Road parecían decoloradas y agostadas por el
sol. Aquella mañana recordaban más que nunca a las moradas del desierto,
rodeadas cada una de ellas por su humilde oasis privado.
Burden se
dirigió primero al número 102. Un viejo conocido suyo vivía allí, era un hombre
con un extenso historial policial y un sentido del humor bastante negro,
llamado Monkey Matthews. Burden pensaba que existían
bastantes posibilidades de que él fuese el autor de una bomba casera, un
extraño invento a base de llenar con azúcar y herbicida una botella vacía de
whisky, que esa misma mañana alguien había depositado en el buzón de una rubia
de dudosa reputación. La bomba destruyó el vestíbulo del piso, pero no llegó a
alcanzar a la mujer, ya que ella y su amante se encontraban en la cama, pero el
policía pensó que de todos modos constituía una tentativa de asesinato.
Burden
llamó primero a la puerta y luego pulsó el timbre, aunque estaba seguro de que
este último no funcionaba. Después se dirigió a la parte de atrás de la casa y
se encontró hundido hasta los tobillos en desperdicios, ruedas de cochecito,
ropa vieja, periódicos y botellas vacías. Miró por la ventana de la cocina.
Había un paquete abierto de herbicida –cloruro sódico– en el alféizar de la
ventana. ¿Cómo se podía ser tan confiado, o tan estúpido? Burden volvió a la
calle, entró en una cabina telefónica y avisó a Bryant y Gates para que
viniesen a detener al ocupante del número 102 de Glebe Road.
El número
24 estaba en la misma acera. Se encontraba tan cerca de la casa que el
inspector no vio ningún inconveniente en aprovechar la ocasión para conversar
un rato con Liz Crilling. La puerta principal estaba cerrada, pero no habían
echado el pestillo. Burden tosió ligeramente antes de entrar.
En la
habitación del fondo, una radio de plástico emitía música moderna. Elizabeth
Crilling estaba sentada ante una mesa, leyendo la sección de ofertas de trabajo
del periódico local de la semana anterior, sólo llevaba puesta una combinación,
que tenía uno de los tirantes sujeto por un imperdible.
–No
recuerdo haberle invitado a entrar.
Burden la
miró con desagrado.
–¿Le
importaría ponerse algo? –Ella no se movió y siguió leyendo el periódico. Él
examinó la lúgubre y desordenada habitación y, de uno de los montones de ropa,
seleccionó algo que parecía una bata, una prenda de color rosa, cuyos volantes
evocaban pétalos marchitos–. Tenga –dijo, y al observar el estremecimiento que
la sacudió al ponérsela, Burden pensó que quizá la muchacha no se encontrase
bien. Le venía demasiado grande, evidentemente no era suya.
–¿Dónde está
su madre?
–No tengo
ni idea. Habrá salido. No soy su niñera. –Sonrió de pronto, mostrando sus
bonitos dientes–. ¿Usted cree que debo preocuparme por ella? ¡Qué gracia! A
propósito... –La sonrisa desapareció y exclamó–: ¿Qué hacía ese clérigo por
aquí?
Burden
nunca contestaba una pregunta si lo podía evitar.
–Veo que
está usted buscando trabajo.
Ella
frunció los labios, y dijo:
–Llamé a
mi empresa ayer, cuando salí del maldito juzgado, y me dijeron que estaba
despedida. Eso se lo tengo que agradecer a usted. –Burden inclinó la cabeza
cortésmente–. Total, que tengo que encontrar otro trabajo, ¿qué remedio me
queda? Buscan chicas para una fábrica de impermeables, y dicen que, con las
horas extras, puedes llegar a ganar hasta veinte libras a la semana.
Burden
recordó la educación que Liz Crilling había recibido, sus familiares le habían
costeado los estudios en los colegios más caros. Ella le dirigió una mirada
desafiante y añadió:
–No hay
ningún mal en ir a verles: total, ¿qué más da? La vida es un infierno de todas
formas. –Soltó una carcajada, se acercó a la chimenea y se apoyó contra la
repisa, mirándole fijamente. La bata abierta y la ropa interior gastada
resultaban provocativas, de manera cruda y directa, y estaban en consonancia
con el tiempo bochornoso y el desbarajuste de la habitación–. ¿A qué se debe el
honor? ¿Se siente sólo, inspector? Me han dicho que su mujer está fuera. –Liz
sacó un cigarrillo y se lo colocó entre los labios. Su dedo índice estaba
manchado de nicotina, la uña amarilla y las cutículas mordisqueadas–. ¿Dónde
demonios están las cerillas?
Hubo algo
en la mirada de recelo que ella le lanzó por encima del hombro que le impulsó a
seguirla a la cocina. Una vez allí, Liz se volvió hacia él, cogió una caja de
cerillas y se colocó en la puerta para impedir que saliese. Burden se puso en
guardia. Ella le tendió la caja de cerillas, mientras decía:
–¿Sería
usted tan amable de encendérmelo?
Sin
vacilar, él encendió una cerilla. Ella se acercó más a él y, cuando la llama
prendió fuego al tabaco, agarró con fuerza su mano. Durante una fracción de
segundo, a Burden le embargó una emoción que su pudibundo carácter definía como
vil, pero inmediatamente ese mismo carácter, su sentido del deber y una
repentina desconfianza volvieron a imponerse. La joven respiraba con
dificultad, pero él estaba seguro de que no se debía a su proximidad. Con la
facultad que le daba la experiencia, él se apartó a un lado, liberándose de la
pierna que tenía entre las suyas, y se encontró frente a lo que ella acaso
pretendía ocultarle.
El
fregadero estaba atestado de platos sucios, peladuras de patatas, posos de té y
papel mojado, pero a aquellas alturas las Crilling ya no tenían la necesidad de
ocultar la miseria en la que vivían.
–Le
vendrían bien unos días libres, por lo que veo –dijo él en voz alta–, para
poner en orden este sitio.
Ella se
echó a reír y dijo:
–Escuche,
sería usted bastante atractivo si no insistiera tanto en guardar las
apariencias.
–¿Ha
estado enferma? –preguntó Burden al ver algunos frascos de píldoras vacíos,
otro medio lleno y la jeringuilla–. De los nervios, me atrevería a decir.
Ella dejó
de reírse.
–Son de
ella.
Burden
leyó las etiquetas, en silencio.
–Tiene
que tomarlos para el asma. Son todos iguales. –Cuando el inspector tendió su
mano para coger la jeringa, ella le agarró por la muñeca–. ¡No tiene derecho a
husmear por aquí! ¡Eso es un registro y para eso necesita una orden judicial!
–Es
cierto –dijo Burden apaciblemente. Regresó al salón detrás de ella y dio un
respingo cuando de repente la oyó gritar–: ¡No ha contestado mi pregunta sobre
el clérigo!
–Vino
aquí porque conoce a la hija de Painter –dijo Burden con cautela.
Ella
palideció y el policía pensó que se parecía mucho a su madre.
–¿El que
asesinó a la vieja?
Burden
asintió con la cabeza.
–¡Qué
curioso! –dijo ella–. Me gustaría volver a verla. –Aunque Burden tuvo la
extraña sensación de que ella estaba intentando cambiar de tema, su comentario
no carecía de interés. Liz miró hacia el jardín, pero él estaba seguro de que
no eran las zarzas y la desvencijada verja de alambre lo que ella veía en ese
momento–. Yo solía ir a la cochera para jugar con ella. Mamá nunca lo supo.
Decía que Tess no pertenecía a mi clase. Yo no lo entendía. Pensaba ¿cómo puede
tener una clase, si no va a la escuela? –Levantó la mano y le propinó un
empujón malintencionado a la jaula del periquito–. Mamá siempre estaba con la
vieja, no hacían más que hablar, hablar y hablar, nunca lo olvidaré, y siempre
me mandaba al jardín a jugar. Allí no había nada con que entretenerse hasta que
un día me encontré con Tessie, que jugaba con un montón de arena... ¿Por qué me
mira así?
–¿Cómo?
–¿Sabe
ella lo de su padre? –Burden asintió–. La pobre. ¿Cómo se gana la vida?
–Está
estudiando.
–¿Estudia?
¡Dios mío!, yo también estudiaba, pero hace tiempo. –Empezó a temblar. El largo
gusano de ceniza de su cigarrillo cayó sobre los volantes rosas de la bata.
Miró hacia abajo y sacudió inútilmente las viejas manchas y las quemaduras. Sus
movimientos semejaban los espasmos incontrolables de la corea. Se encaró con él
y le vomitó todo su odio y su desesperación:
–¿Qué
intenta hacer conmigo? ¡Váyase! –gritó–. ¡Fuera de mi casa!
Cuando
Burden se marchó, ella cogió una sábana rasgada de un montón de ropa sin
planchar y la arrojó sobre la jaula. Con el movimiento brusco que hizo y la
ráfaga de aire que levantó al hacerlo, se ondeó sobre su cuerpo aquella prenda
que su madre llamaba negligé y que a ella nunca le había producido
aprensión hasta ese momento en que la sintió rozar su propia piel. ¿Por qué tenía
que venir aquí ese hombre y sacarlo todo a la luz otra vez? Quizá una copa le
ayudase. Ciertamente, no le había servido de mucho el día anterior... De todas
formas, nunca había nada de beber en aquella casa.
Un montón
de periódicos, cartas viejas, facturas sin pagar, paquetes de tabaco vacíos y
unas medias con carreras cayeron al suelo cuando Elizabeth abrió el armario.
Buscó tras unos floreros polvorientos, entre el papel de regalo de Navidad y
unos naipes sobados. Uno de los floreros tenía una forma prometedora. Lo sacó y
descubrió que era una botella de licor de cerezas que su tío había regalado a
su madre por su cumpleaños. Licor de frutas, dulce, repugnante... Se puso en
cuclillas entre la inmundicia del suelo y se sirvió un poco en un vaso pringoso.
Al cabo de unos minutos, se sentía mucho mejor, lo suficiente por lo menos como
para vestirse y ponerse a buscar un cochino trabajo. Pero ahora que había
empezado, ¿por qué no terminar la botella? Era increíble lo rápido que cogías
el punto cuando empezabas a beber con el estómago vacío.
El cuello
de la botella tintineó contra el vaso. Ella concentró sus esfuerzos para
mantener firme el pulso, y no vio que el nivel del líquido seguía subiendo
hasta que rebosó y se derramó sobre los volantes rosas esparcidos por el suelo.
Líquido
rojo por todas partes. «¡Menos mal que no presumimos de casa!» pensó, y
entonces bajó la vista y se miró: manchas rojas sobre el rosa pálido... Sus
dedos rasgaron el nailon hasta que estuvieron rojos y pringados también. ¡Oh
Dios, Dios! Pisoteó la tela, estremeciéndose como si fuese algo vivo y baboso,
y se tiró encima del sofá.
... Ya no
llevabas nada bonito, nada que ir a enseñar a Tessie. Ella se preocupaba si te
ensuciabas la ropa, y un día cuando mamá estaba dentro con la abuela Rose y
aquel hombre llamado Roger, te llevó arriba para ver a la tía Rene y al tío
Bert, y la tía Rene te mandó ponerte un delantal viejo encima del vestido.
Tío Bert
y el señor Roger. Ellos eran los únicos hombres que conocías, aparte de papá
que siempre estaba enfermo mamá, decía «afligido». El tío Bert era tosco y
grande. Una vez que subiste las escaleras sin hacer ruido, oíste gritar a la
tía Rene y luego viste cómo la pegaba. Pero contigo él era amable y te llamaba
Lizzie. Roger no te llamaba de ninguna manera, ¿cómo iba a hacerlo si nunca te
hablaba, sin embargo te miraba como sí te odiara?
Fue en
otoño cuando mamá te dijo que necesitabas un vestido de fiesta. Una idea
bastante extravagante, porque no había fiestas a las que ir, pero mamá dijo que
podrías llevarlo el día de Navidad. Era rosa, con tres volantes de tul rosa
claro encima de una enagua del mismo color; el vestido más bonito que habías
visto jamás...
Elizabeth
Crilling sabía que una vez que hubiese empezado no había forma de parar. Sólo una
cosa podía detenerlo. Apartó la vista de la tela manchada de rojo y se dirigió
dando traspiés hacia la cocina en busca de su salvación.
Por
teléfono, la voz de Irene Kershaw parecía fría y distante:
–Parece
que su Charlie ha discutido con Tess, señor Archery. No sé de qué se trata,
pero estoy segura de que no ha sido por culpa de ella, que va besando el suelo
que él pisa.
–Ya son
bastante mayores para saber lo que hacen –contestó Archery, sin creerse mucho
lo que decía.
–Mi hija
vuelve a casa mañana y realmente tiene que estar muy disgustada para perder los
últimos días del curso. Los vecinos no dejan de preguntarme cuándo es la boda y
no sé qué decirles. Toda esta situación está siendo muy embarazosa para mí.
La
respetabilidad, siempre la dichosa respetabilidad.
–¿Me ha
llamado por alguna razón especial, señor Archery, o sólo ha sido para charlar?
–¿Sería
tan amable de darme el número de teléfono del trabajo de su marido?
–Si
ustedes pudieran verse –dijo con un tono más agradable– e intentar arreglar todo
esto, sería magnífico. Me es muy difícil aceptar la idea de que alguien pueda,
bueno, rechazar a mi Tess. –Archery no contestó–. El número es Uplands 62234.
Kershaw
tenía una extensión propia y una jovial secretaria con acento cockney.
–Quiero escribir una carta al comandante de Painter –dijo Archery
después de intercambiar las obligadas cortesías.
Le
pareció que Kershaw vacilaba, pero luego con su voz enérgica tan característica
dijo:
–No sé su
nombre, pero sé que Painter estuvo en la infantería ligera del duque de
Babraham, en el III Batallón. Seguramente podrán darle más información en el
Ministerio de Defensa.
–La
defensa no le citó en el juicio, pero tal vez sirva de ayuda si me proporciona
un informe favorable de Painter.
–Si es
posible. ¿Por qué cree usted que no le citó la defensa, señor Archery?
En el
Ministerio de Defensa se mostraron muy atentos. El III Batallón había estado
bajo el mando del coronel Cosmo Plashet, que ahora era un hombre muy mayor, ya
retirado, que vivía en Westmorland. Archery redactó varios borradores de la
carta antes de escribir la definitiva al coronel Plashet, y aunque ésta no
acababa de convencerle, decidió que debía darla por buena. Después del almuerzo
el clérigo salió para echarla al correo.
Fue
paseando sin prisas hacia la oficina de correos; le sobraba tiempo y no tenía
la menor idea de qué debía hacer a continuación. Charles iba a llegar el día
siguiente, lleno de ideas y planes extravagantes, pero sería alentador tener un
ayudante, o, conociendo a Charles, un director. No le vendría nada mal tampoco
que alguien le dirigiese. «Las pesquisas eran para la policía –pensó–, para
expertos entrenados, que disponen de todos los medios materiales necesarios
para la investigación.»
Entonces
Archery la vio. Ella salía de la floristería situada junto a la oficina de
correos y llevaba un gran ramo de rosas blancas, que combinaban y se mezclaban
con el estampado blanco y negro de su vestido de tal manera que no era fácil
distinguir entre las flores reales y las de seda.
–Buenas
tardes, señor Archery –dijo Imogen Ide.
Hasta
ahora él apenas había notado lo hermoso que era el día, el azul intenso del
cielo, lo maravilloso que era disfrutar de un día como aquél en tus vacaciones.
Ella sonrió.
–¿Sería
usted tan amable de abrir la puerta de mi coche?
Como un
niño, él se apresuró a cumplir la orden. Perro, el caniche, estaba sentado en
el asiento delantero, y cuando Archery puso la mano en la puerta gruñó,
enseñando los dientes.
–No seas
tonto –dijo ella al perro, y lo hizo pasar al asiento trasero–. Voy a llevar
estas flores al cementerio de Forby. La familia de mi marido tiene una especie
de panteón. Auténticamente feudal. Está en la ciudad, así que me ofrecí a
hacerlo. Hay una iglesia antigua muy interesante. ¿Ha tenido usted la oportunidad
de visitar la zona?
–Muy
poco, me temo.
–Quizá no
le interesen los trifolios, los baptisterios y ese tipo de cosas.
–¡Muy al
contrario!, se lo aseguro. Si dice usted que merece la pena visitarla, cogeré
el coche y me acercaré a Forby esta tarde.
–¿Por qué
no viene ahora conmigo?
Él estaba
esperando que le invitase y se sintió un tanto avergonzado por ello. No
obstante, ¿por qué tenía que sentir vergüenza? Al fin y al cabo, estaba de
vacaciones y en vacaciones se trataban amistades fácilmente. Él ya conocía a su
marido y era una pura coincidencia que no estuviese ahí en ese momento. Si
hubiese sido así, Archery hubiese aceptado sin remordimientos de conciencia.
Además, en estos tiempos no se miraba con malos ojos que un hombre diese un
pequeño paseo con una mujer. ¿Cuántas veces había recogido él en su coche a la
señorita Baylis en Thringford para llevarla a Colchester, a hacer la compra?
Había una diferencia de edad mucho mayor entre él e Imogen Ide, que la que
existía respecto a la señorita Baylis. Aquélla no podía tener más de treinta
años. Él podría ser su padre. De repente, deseó no haber pensado en eso, porque
las cosas, vistas desde esa perspectiva, se presentaban poco agradables.
–Es usted
muy amable –dijo él–. Será un placer para mí acompañarla.
Ella
conducía con destreza. Por una vez a Archery no le importó no estar al volante.
Era un coche precioso, un Lancia Flavia plateado, que se deslizaba casi sin
ruido por las carreteras sinuosas. Todo estaba tranquilo, y sólo se cruzaron
con dos coches. Los campos eran de color verde brillante o amarillo pálido
donde se había cosechado el heno, y entre ellos y la franja oscura del bosque
corría un arroyo de aguas relucientes.
–Ése es
el Kingsbrook –dijo ella–, el mismo que pasa por debajo de High Street. ¿No le
parece extraño? El hombre es capaz de hacer cualquier cosa, mover montañas,
irrigar desiertos, pero no puede detener el flujo del agua. Puede construir
presas, canalizarla, hacerla pasar por tuberías, construir puentes para
atravesarla... Él, mientras tanto, la observaba, recordando con asombro que
ella había sido modelo. Imogen tenía los labios entreabiertos y la brisa hacía
ondear su cabello–. Pero el agua sigue brotando de la tierra y encontrando el
camino hacia el mar.
Él no
respondió y deseó que ella hubiera advertido su gesto de asentimiento. Se
acercaban a un pueblo. Había una media docena de cottages y varias casas grandes alrededor
de un extenso campo común, una pequeña fonda y, a través del follaje, Archery
pudo distinguir el perfil de una iglesia.
Se
entraba al camposanto por una verja. Él, cargado con las rosas, iba siguiendo a
Imogen. El lugar era sombreado y fresco, pero estaba descuidado y algunas de
las lápidas más antiguas se habían caído hacia atrás y estaban semiocultas por
una maraña de ortigas y zarzas.
–Por aquí
–dijo ella, tomando el camino de la izquierda–. No se debe dar la vuelta a una
iglesia en sentido opuesto a las agujas del reloj. Dicen que trae mala suerte.
Tejos y
encinas bordeaban el camino. El suelo era arenoso, sin embargo, estaba cubierto
de musgo y delicadas matas de arenaria. Era una iglesia milenaria, construida
con troncos de haya desbastados. Su belleza radicaba en su antigüedad.
–Es una
de las primeras iglesias de madera del país.
–Hay una
parecida en mi condado –dijo Archery–. En Greensted. Creo que se remonta al
siglo ix.
–Ésta
también es del siglo ix, más o
menos. ¿Le gustaría ver la mirilla de los leprosos?
Se
pusieron de rodillas uno al lado del otro, se inclinaron hacia delante y él
miró por el pequeño hueco triangular que había al pie de la pared de troncos.
Aunque no era la primera vez que había visto este tipo de rejillas en una
iglesia, el clérigo se entristeció pensando en los proscritos y los impuros que
habrían llegado hasta ella y habrían tenido que escuchar la misa y recibir la
hostia, que según algunos es el cuerpo de Cristo, desde un lugar tan marginado.
Todo esto le hizo pensar en Tess, también proscrita, condenada como el leproso
a una enfermedad inmerecida. En el interior, pudo ver una pequeña nave lateral
de piedra, bancos de madera y un pulpito labrado con rostros de santos. Le
recorrió un escalofrío y, a su lado, sintió como ella también temblaba.
Sus
cuerpos casi se tocaban bajo las ramas del tejo. Él tuvo la extraña sensación
de que estaban solos en el mundo y unas fuerzas ocultas les habían empujado
hasta ese lugar por avalares del destino. Archery levantó la vista y, al
volverse hacia ella, tropezó con su mirada. Él había esperado ver una sonrisa,
sin embargo el semblante de Imogen era grave, en él había una mezcla de asombro
y de miedo. Sin analizarlo, él sintió que compartía la emoción reflejada en los
ojos de ella. El perfume de las rosas era embriagador, fresco e
insoportablemente dulce.
El
anquilosamiento de sus rodillas apaciguó sus alborotadas emociones y le obligó
a ponerse en pie. Durante un breve momento se había sentido como un niño, pero,
como suele ocurrir, su cuerpo le traicionó.
–¿Por qué
no entra a echar un vistazo mientras pongo las flores en la tumba? No tardaré
mucho –propuso ella con entusiasmo forzado.
Archery
entró en la nave silenciosa y se paró frente al altar. Su mirada era tan fría y
tan desinteresada que cualquier persona que le observase le hubiese tomado por
un ateo. Volvió sobre sus pasos para examinar la modesta pila bautismal y leer
las inscripciones de las placas que había en la pared, depositó dos medias
coronas en el cepillo de la colecta y firmó en el libro de visitantes. Le
temblaba tanto la mano que su firma parecía la de un anciano.
Cuando
Archery salió de nuevo al camposanto no pudo encontrarla. Las inscripciones de
las piedras sepulcrales más antiguas habían sido borradas por el paso de los
años y las inclemencias del tiempo. Se dirigió a la parte nueva y empezó a leer
los mensajes de despedida de los familiares a sus difuntos.
Al llegar
al final del camino, donde un seto separaba el cementerio de los campos, un
nombre familiar le llamó la atención. Grace, John Grace. Meditó, intentando hacer memoria. No era un
nombre muy común y, hasta no hacía mucho lo había asociado con el legendario
jugador de críquet. ¡Claro!, el ruego de aquel joven que yacía moribundo en la
calle le había recordado a Wexford otra tragedia parecida. El inspector le
contó aquel suceso en el juzgado. «Fue hace más de veinte años...»
Archery leyó
la inscripción para confirmarlo.
A la sagrada memoria de John
Grace
que dejó esta vida
el 16 de febrero de 1945
a la edad de veintiún años.
que dejó esta vida
el 16 de febrero de 1945
a la edad de veintiún años.
Ve, pastor, y
descansa en paz;
tu vida ha llegado a su fin.
El cordero de Dios acoge
a los pastores en su aprisco.
tu vida ha llegado a su fin.
El cordero de Dios acoge
a los pastores en su aprisco.
«Un
pensamiento hermoso», pensó Archery. Podría ser una cita, pero no la reconoció.
Al volverse vio que Imogen Ide venía en su dirección. Las sombras de las hojas
bailaban en su rostro y dibujaban formas en su cabello como si estuviera
cubierto por un velo de encaje.
–¿Piensa
usted en su propia mortalidad? –preguntó ella muy seria.
–Supongo
que sí. Es un lugar interesante.
–Me
alegro de haber tenido la oportunidad de enseñárselo. Soy muy patriota, si ésa
es la expresión correcta, aunque no haya estado en mi tierra desde hace mucho
tiempo.
Él estaba
seguro de que iba a ofrecerse como guía para una futura ocasión y añadió sin
perder un momento:
–Mi hijo
llega mañana. Podremos ir de exploración con él. –Ella sonrió cortésmente y,
con cierto orgullo, añadió–: Tiene veintiún años.
Sus ojos
volvieron a un tiempo hacia la inscripción de la lápida.
–Si desea
marcharse, yo ya he terminado.
Ella le
dejó enfrente del Olive and Dove. Se despidieron brevemente y él se dio cuenta
de que Imogen no había hecho ningún comentario sobre volverse a ver. No tenía
ganas de tomar el té, así que subió directamente a su habitación. Sin saber el
motivo, sacó la fotografía de la hija de Painter y mientras la miraba se
preguntó por qué habría pensado que era tan hermosa, simplemente era una
muchacha bonita, agraciada con el encanto de la juventud. No obstante, mientras
seguía observando la fotografía pareció entender, por primera vez, la razón por
la que Charles deseaba con tanta pasión hacerla suya. Era una sensación extraña
que tenía poco que ver con Tess, con su aspecto físico o con Charles. De algún
modo, era una empatía difundida universalmente, pero también egoísta, y no
procedía de su mente sino de su corazón.
10
Y si antes no ha dispuesto de sus
bienes, urgidle para que haga
testamento... para descargo de su
conciencia y sosiego de sus
ejecutores.
bienes, urgidle para que haga
testamento... para descargo de su
conciencia y sosiego de sus
ejecutores.
La visitación de
los enfermos
–No parece que hayas adelantado mucho –dijo Charles. Se sentó en un
sillón e inspeccionó el hermoso salón. La doncella que pulía el suelo lo
encontró muy guapo, con aquel pelo rubio, bastante largo, y su porte altivo.
Decidió que el suelo del salón necesitaba algo más de dedicación que lo
habitual–. En este tipo de asuntos lo mejor es ser práctico. No tenemos mucho
tiempo porque empiezo a trabajar en la fábrica de cerveza el lunes que viene.
–Archery se sintió molesto. Él mismo se veía obligado a descuidar sus deberes
parroquiales–. Estoy seguro de que ese Roger Primero no es trigo limpio. Le
llamé antes de venir aquí anoche, y tengo una cita con él esta mañana, a las
once y media.
Archery
echó un vistazo a su reloj, eran casi las diez.
–¡Pues
date prisa! ¿Dónde vive?
–¿Ves?
Eso hubiera sido la primera cosa que yo hubiese averiguado. Vive en Forby Hall.
Supongo que se cree el señor de un latifundio feudal. –Miró de reojo a su padre
y rápidamente preguntó–: ¿Puedo coger el coche?
–Está
bien. ¿Qué vas a decirle, Charles? Puede que te eche de su casa.
–No lo
creo –dijo pensativo–. Me he estado informando sobre él y parece que le chifla
la publicidad. Siempre está muy preocupado por su imagen. –Vaciló y luego con
osadía añadió–: Le dije que era redactor jefe de las crónicas sociales del Sunday Planet, y que estábamos haciendo una serie de artículos sobre magnates. ¿No
crees que es una buena idea?
–Si no
fuera porque es mentira –dijo Archery.
Charles
respondió enseguida:
–El fin
justifica los medios. Pensaba enfocar la entrevista sobre su juventud y las
adversidades que tuvo que afrontar, como la muerte de su padre, el asesinato de
su abuela, sin porvenir, en fin, ése es el plan. Tiene fama de ser muy abierto
con la prensa.
–Será
mejor que vayamos a sacar el coche.
El día
era tan caluroso como de costumbre, pero mucho más bochornoso. Una fina neblina
velaba el sol. Charles llevaba una camisa blanca con el cuello desabrochado y
unos pantalones demasiado ajustados. Archery pensó que parecía un duelista de
la época de la regencia.
–Todavía
tienes tiempo –le dijo–, Forby sólo está a siete kilómetros. ¿Te gustaría ver
un poco la ciudad?
Anduvieron
por High Street y cruzaron el puente de Kingsbrook. Archery estaba orgulloso de
llevar a su hijo al lado. Sabía que se parecían mucho, pero, ni por un momento,
se le ocurrió que la gente les pudiese tomar por hermanos. El tiempo húmedo y
pesado le provocaba lumbago, y ya no se acordaba de lo que era tener veintiún
años.
–Tú que
estás estudiando letras –le dijo a Charles–. Dime, ¿de quién es esta poesía?
–al menos, aún podía confiar en su memoria. Recitó la estrofa verso por verso:
Ve, pastor, y descansa en
paz;
tu vida ha llegado a su fin.
El cordero de Dios acoge
a los pastores en su aprisco.
tu vida ha llegado a su fin.
El cordero de Dios acoge
a los pastores en su aprisco.
Charles
se encogió de hombros, y dijo:
–Me
resulta conocida, pero no consigo situarla. ¿Dónde la viste?
–En una
lápida del cementerio de Forby.
–Eres el
colmo, papá. Creí que querías ayudarnos a Tess y a mí, y te has dedicado a
husmear por los cementerios.
Archery
hizo un esfuerzo para controlarse. Si Charles pensaba tomar el asunto en sus
manos, no había ninguna razón para que él no regresara a Thringford. No tenía
nada que hacer en Kingsmarkham. Sin embargo, no podía explicarse por qué la
idea de volver a la parroquia se le hacía tan cuesta arriba. De repente, se
detuvo y dio un ligero codazo a su hijo.
–¿Qué
pasa?
–Esa
mujer que está enfrente de la carnicería, la de la capa, es la señora Crilling,
de la que ya te he hablado. Prefiero no encontrarme con ella.
Pero era
demasiado tarde. Evidentemente, ella ya les había visto, porque se dirigió
hacia ellos, ondeando su capa al viento como un galeón.
–¡Señor
Archery! ¡Mi querido amigo! –Le cogió por ambas manos y las balanceó como si
fuesen a bailar un reel escocés–. ¡Qué sorpresa más agradable!
Esta misma mañana le decía a mi hija: «Espero volver a ver a ese caballero tan
bondadoso para darle las gracias por atenderme en mi terrible sufrimiento.»
Su estado
de ánimo era muy diferente al de la última vez que la vio. Parecía una viuda de
alcurnia, presidiendo una gala. La señora Crilling llevaba aquella capa que él
ya conocía y debajo un vestido de algodón corriente, muy sencillo y desaliñado,
con algunas manchas de salsa en la pechera. Ella le dirigió una amplia sonrisa,
tranquila y afable.
–Éste es
mi hijo. Charles –murmuró Archery–. Charles, ésta es la señora Crilling.
Para su
sorpresa, el muchacho cogió la mano, no muy limpia, que le tendía aquella mujer
e inclinó la cabeza.
–Encantado
de conocerla. –Miró airadamente a su padre por encima del hombro de la mujer–.
He oído hablar mucho de usted.
–Espero
que bien. –Ella no pareció pensar en ningún momento que Archery no hubiera
tenido ocasión de ver alguna de sus cualidades. Estaba muy cuerda, alegre,
incluso frívola–. Ahora, no me van a negar un pequeño capricho, desearía que me
acompañasen al Carousel a tomar una taza de café. Yo invito, desde luego
–añadió maliciosamente.
–Estamos
a su libre disposición –dijo Charles con una grandilocuencia fuera de lugar, a
los ojos de Archery–. Es decir, hasta las once y cuarto. Y no vamos a discutir
una invitación en presencia de una dama.
Evidentemente,
ésa era la mejor manera de tratarla.
–¿No es
un cielo? –dijo
ella–. Los hijos son una bendición, ¿no es cierto? La copa del árbol de la
vida. Aunque le haga sombra, usted tiene que estar orgulloso de él.
Charles
retiró la silla para que ella se sentara. Eran los únicos clientes y, sin
embargo, por el momento, no había venido nadie a tomar nota. La señora Crilling
se inclinó hacia Archery y le dijo confidencialmente:
–Mi nena
ha conseguido una colocación y empieza mañana: operarla en un establecimiento
de ropa para señoras. Tengo entendido que las perspectivas son excelentes. Con
su inteligencia podrá llegar muy lejos. El problema es que nunca ha tenido una
verdadera oportunidad. –Hablaba en voz baja y relamida. De pronto, le dio la
espalda, golpeó la mesa con el azucarero y gritó, en dirección hacia la
cocina–: ¡Servicio!
Charles
se sobresaltó. Archery le lanzó una mirada triunfal.
–Siempre
le dan esperanzas y luego se quedan en nada –prosiguió como si tal cosa–. A su
padre le pasaba exactamente lo mismo. El pobre enfermó de tuberculosis en la
flor de la edad y murió sólo seis meses después. –Archery retrocedió cuando
ella se volvió bruscamente hacia él–. ¿Dónde demonios se han metido esas
dichosas camareras?
Una mujer
vestida con un uniforme verde en cuya solapa se leía la palabra «Gerente»
bordada salió de la cocina. Cuando estuvo cerca de ellos, miró a la señora
Crilling con expresión de fastidio y le espetó:
–Le dije
que no volviese más por aquí, señora Crilling, si no aprendía a comportarse.
–Sonrió fríamente a Archery–. ¿Qué quiere tomar, señor?
–Tres
cafés, si es tan amable.
–El mío
solo, por favor –dijo Charles.
–¿De qué
estaba hablando?
–De su
hija –le recordó Archery con optimismo.
–¡Oh, sí!
Mi nena. No me explico cómo ha tenido tan mala suene, porque cuando era pequeña
todo iba miel sobre hojuelas. Verán, yo tenía una íntima amiga que adoraba a mi
nena. Y estaba forrada, tenía sirvientes y de todo...
Les
sirvieron los cafés, unos expresos con crema.
–Puede
traerme un poco de azúcar blanco –dijo la señora Crilling con mal humor–. Esta
porquería me revuelve el estómago. –La camarera se marchó furiosa, volvió con
otro azucarero y lo tiró encima de la mesa. La señora Crilling soltó un pequeño
chillido y, en cuanto la muchacha se alejó exclamó–: ¡Zorra estúpida!
Luego
volvió al tema:
–Mi amiga
era muy vieja e, indiscutiblemente, ya no estaba en su sano juicio. Senilidad,
le llaman. Me solía decir, una y otra vez, que quería hacer algo por mi nena.
Yo no le hacía mucho caso, desde luego, me repugnaba entrometerme en los
asuntos de los demás. –Se detuvo y, acto seguido, echó cuatro cucharaditas de
azúcar en su café.
–¡Naturalmente!
–dijo Charles–. Lo último que se podría decir de usted es que es una
entrometida, señora Crilling.
Ella
sonrió, complacida, y para regocijo de Archery, se inclinó por encima de la
mesa y palmeó la mejilla de Charles.
–Es usted
un sol –dijo–. Muy amable y comprensivo. –Respiró hondo y fue al grano–: No
obstante, se tiene que velar por la familia. No insistí sobre la cuestión,
hasta que el doctor me dijo que a mi marido sólo le quedaban seis meses de
vida. Sin seguro, pensé desesperada, sin pensión. Me imaginé en la necesidad de
abandonar a mi nena en la puerta de un orfanato.
Archery
por su parte, era incapaz de imaginárselo. En aquel entonces, Elizabeth era una
robusta niña de cinco años.
–Siga,
por favor –dijo Charles–. Es muy interesante.
–«Debe
hacer testamento», le aconsejé a mi amiga. «Puedo ir inmediatamente a por los
documentos necesarios. Mil o dos mil libras significarían la salvación de mi
nena. Ella ha sido la alegría de sus últimos años y, en cambio, ¿qué han hecho
sus nietos por usted?» Malditos sean, pensé.
–Pero su
amiga no llegó a hacer testamento –dijo Archery.
–¿Qué
sabe usted de eso? Déjeme que le cuente mi versión. Eso fue alrededor de una
semana antes de su muerte. Yo había conseguido los impresos semanas atrás, y
durante todo ese tiempo mi marido se iba debilitando, se había convertido en
una sombra de lo que fue. Pero ¿cree que ella los rellenó? No, la vieja tonta.
Me vi obligada a utilizar toda mi capacidad de persuasión. Cada vez que yo le
decía algo esa criada chiflada ponía trabas. Entonces, la sirvienta (se llamaba
Flower) cogió un buen resfriado y tuvo que guardar cama. «¿Ha vuelto a pensar
en poner en orden sus asuntos?», le pregunté a mi amiga como si tal cosa. «Tal vez
deba hacer algo por Lizzie», me dijo, y yo pensé: ésta es mi oportunidad.
»Atravesé
la calle como un rayo. Como yo no quería firmar como testigo, ya que mi nena
iba a ser la beneficiaría, llamé a la señora White, mi vecina, que vino a la
casa acompañada por la señora que le ayudaba con la limpieza. Estaban
encantadas. Aquello suponía un poco de emoción en sus aburridas vidas.
Archery
estuvo a punto de decir: «Pero la señora Primero murió sin hacer testamento.»
Pero no se atrevió. Cualquier insinuación sobre lo que él sabía quizá
interrumpiese sus confesiones.
–Bueno,
escribimos el testamento. Me gusta mucho leer, señor Archery, por eso pude
redactarlo en los términos más correctos. «La sangre es más espesa que el
agua», decía mi vieja amiga (desvariaba), sin embargo puso por escrito que sus
nietos recibirían quinientas libras cada uno y le dejaría ocho mil a mi nena,
que quedarían a mi cargo hasta que ella cumpliese veintiún años, y el resto era
para esa mujer, Flower. Mi amiga lloraba amargamente. Creo que se dio cuenta de
lo mezquino que había sido no hacerlo antes.
»Y eso es
todo. Acompañé a la señora White y a la otra señora hasta la puerta: ¡qué tonta
fui!, aunque no lo sabía en aquel momento. Le dije a mi amiga que pondría el
testamento en un lugar seguro, y lo hice. Ella no tenía que mencionarlo a
nadie. Y, ¿pueden creerlo?, una semana más tarde pasó a mejor vida.
Charles
dijo inocentemente:
–¡Vaya
comienzo para su hija, señora Crilling!, fuesen cuales fuesen los infortunios
que sufriera después.
El muchacho
se sobresaltó cuando ella se levantó repentinamente. Su rostro estaba tan
pálido como aquel día en el juzgado y sus ojos llameaban.
–Toda la
ayuda que recibió –dijo en voz ahogada– vino de los familiares de su difunto
padre. Era caridad, simple caridad. «Envíame las facturas de la escuela,
Josie», me decía su tío. «Las pagaré directamente, y su tía la acompañará a
comprar el uniforme. Si crees que necesita tratamiento para los nervios su tía
la acompañará a Harley Street, también.»
–Pero
¿qué hay del testamento?
–¡Ese
maldito testamento! –gritó la señora Crilling–. No era legal. Me enteré cuando
mi amiga ya estaba muerta. Lo llevé directamente a Quadrants, un gabinete de
procuradores de High Street. Por aquel entonces, el viejo señor Quadrant aún vivía.
«¿Quién ha hecho todos estos cambios?», me preguntó. No sabía de qué me
hablaba, así que le eché un vistazo ¡y allí estaban!, la vieja estúpida había
garrapateado un sinfín de notas adicionales mientras yo acompañaba a la señora
White hasta la puerta principal. Había añadido algunas cosas y tachado otras.
«Estos cambios lo invalidan», dijo el señor Quadrant. «Los testigos tienen que
firmarlos, o codicilarlos. Podría disputarlo en los tribunales», me dijo,
mirándome de arriba abajo con aprensión, pues sabía que yo no tenía dinero.
«Pero no creo que tenga muchas posibilidades.»
Ante el
horror de Archery la señora Crilling comenzó a soltar una sarta de
obscenidades, muchas de las cuales no había oído nunca antes. La gerente se
acercó y la cogió por el brazo.
–Usted se
va a la calle. No podemos tolerar ese tipo de lenguaje aquí.
–¡Dios
mío! –dijo Charles, después de que la echaran. Ahora te comprendo.
–Tengo
que confesar que su lenguaje me intimidó un poco.
Charles
se rió.
–No está
hecho para tus oídos.
–No obstante,
fue muy ilustrativo. ¿Todavía quieres ir a ver a Primero?
–¿Por qué
no?
Archery
tuvo que esperar un buen rato en el pasillo, frente al despacho de Wexford.
Justo cuando empezaba a pensar que tendría que marcharse y volver más tarde, se
abrieron las puertas de la comisaría y entró un hombre menudo de ojos alegres,
acompañado por dos policías de uniforme. Evidentemente, se trataba de algún
criminal habitual en aquel lugar, porque todos los presentes parecían conocerle
y contemplarle con irónica diversión.
–No
soporto estas chironas modernas –comentó con insolencia al sargento de la
comisaría. Wexford salió en ese momento de su despacho y se acercó al
mostrador, ignorando la presencia de Archery–. Prefiero las antiguas. Tengo una
mente sórdida, ése es mi problema.
–No me
interesa su opinión sobre la decoración, Monkey –dijo Wexford.
El sujeto
se volvió hacia él, sonrió y dijo:
–Tiene
usted una lengua viperina. Cuanto más asciende, peor se vuelve su sentido del
humor. ¡Qué lástima!
–¡Cállese!
Archery escuchaba
con admiración. ¡Ojalá él tuviese el poder y la autoridad para hablar así a la
señora Crilling!, o poder investir a Charles con ella, capacitándole para
interrogar a Primero sin servirse de un subterfugio. Mientras hablaba con toda
tranquilidad de bombas e intentos de asesinato, Wexford hizo entrar al hombre
en su despacho y cerró la puerta. «Esas cosas pasaban en realidad», pensó
Archery. Quizá las nuevas teorías que tomaban forma en su mente no fuesen tan
disparatadas, después de todo.
–Quisiera
hablar un momento con el inspector Burden –dijo con más confianza al sargento
del mostrador.
–Iré a
ver si está libre, señor.
Finalmente,
Burden apareció.
–Buenos
días, señor Archery. El calor sigue apretando, ¿eh?
–Tengo
que decirle algo importante. ¿Me concede cinco minutos?
–Desde
luego.
Pero el
inspector no hizo ademán de llevarle a un lugar más privado. El sargento estaba
examinando atentamente un enorme libro. Sentado frente al despacho de Wexford,
en una ridícula silla en forma de cuchara, Archery se sintió como un niño que,
tras haber esperado mucho tiempo para ver al director, se ve obligado a
confiarse y acaso recibir un castigo, de manos de un inferior. Un tanto
mortificado, le contó a Burden la conversación que acababa de tener con la
señora Crilling.
–Muy
interesante. ¿Quiere decir que cuando la señora Primero fue asesinada, la
señora Crilling pensaba que el testamento era válido?
–Más o
menos. Ella no mencionó el asesinato en ningún momento.
–No
podemos hacer nada. ¿Comprende?
–Me
gustaría que usted me dijera si cree que es una razón suficiente como para
escribir al ministro del Interior.
Un
policía apareció de la nada, llamó a la puerta de Wexford y entró.
–No tiene
ninguna prueba circunstancial –dijo Burden–. Estoy seguro de que el inspector
jefe no le respaldará.
Se
escuchó una carcajada irónica al otro lado del delgado tabique. Archery sintió
una ira irracional.
–De todos
modos, pienso escribirle.
–Haga lo
que quiera, señor. –Burden se levantó–. ¿Ha tenido ocasión de visitar la zona?
Archery se
tragó su enfado. Si Burden pretendía que la entrevista terminase con una charla
banal, eso le daría. ¿No había prometido a su viejo amigo Griswold y, por lo
mismo, al inspector jefe, que no causaría problemas?
–Ayer,
fui a Forby –dijo–. Estuve en el cementerio y por casualidad encontré la tumba
de aquel muchacho del que me habló el señor Wexford el otro día en el juzgado.
Se llamaba Grace. ¿Le suena?
El
semblante cortés de Burden no varió de expresión, pero el sargento levantó la
vista, y dijo:
–Soy de
Forby, señor. Allí, John Grace es casi una leyenda. Aunque ocurrió hace veinte
años, todavía se sigue hablando de él.
–¿Por
qué?
–Él creía
que era todo un poeta, pobre chico, también escribía obras de teatro. Era una
especie de místico religioso. Solía ir de puerta en puerta, intentando vender
sus poemas.
–Como
W.H. Davis –dijo Archery.
–Supongo
que sí.
–¿Era
pastor?
–Que yo
sepa, no. Era repartidor de una panadería o algo parecido.
Se abrió
la puerta del despacho de Wexford, salió el policía y le dijo a Burden:
–El
inspector jefe quiere verle, señor.
Wexford
voceó:
–¡Vuelva
aquí, Gates, y tome declaración a Guy Fawlkes! Déle un cigarrillo, si no va a
explotar.
–Tengo
que dejarle, señor, con su permiso...
Burden
acompañó a Archery hasta la puerta.
–Llegó
usted justo a tiempo para hablar con Alice Flower –dijo–. Si es que no lo ha
hecho ya.
–Sí, fui
a verla el otro día. ¿Por qué?
–Murió
ayer –dijo Burden–. Hay una nota necrológica en la gaceta local.
Archery
encontró un quiosco. El Kingsmarkham Chronicle había salido esa misma mañana y
había un montón de ejemplares nuevos sobre el mostrador. Compró uno y halló la
nota al pie de la última página.
«Defunción
de la señorita A. Flower.»
La ojeó y
regreso a la terraza del hotel para poder leerla con más tranquilidad.
«Murió
hoy –lo que quería decir ayer, pensó Archery, mirando la fecha. Siguió
leyendo–. La señorita Alice Flower murió hoy en el hospital de Stowerton, a la
edad de ochenta y siete años. La señorita Flower, que vivió en la región
durante los últimos veinticinco años, será recordada por su testimonio en el
juicio del notorio asesinato en Victor’s Piece. Durante años fue criada y fiel
amiga de la señora Primero...»
Seguía un
breve relato sobre el asesinato y el juicio.
«El
entierro será el próximo lunes en la iglesia de Forby. Por expreso deseo del
señor Roger Primero, el funeral será oficiado en la intimidad, y se ruega a los
curiosos que se abstengan.»
«Roger
Primero fiel hasta el fin», pensó Archery. Esperaba fervientemente que Charles
no hubiese importunado a aquel hombre, amable y cumplidor. Así que Alice Flower
había muerto por fin, la muerte había esperado lo justo para que ella pudiese
contarle todo lo que sabía sobre el asesinato de su señora. De nuevo pensó en
la mano del destino. ¡Seas bienhallada!, servidora honrada y fiel. ¡Que el
Señor te acoja en su gloria!
Entró en
el comedor, agotado y deprimido. ¿Dónde diablos estaría Charles? Hacía ya dos
horas que se había marchado. Probablemente, Primero se habría percatado de la
absurda artimaña de su hijo y–
Se
imaginó a Wexford, en su faceta más desagradable, interrogando al muchacho.
Acababa de probar su macedonia con helado cuando Charles entró en el comedor,
balanceando las llaves del coche.
–Empezaba
a preguntarme dónde te habrías metido.
–La
mañana ha sido muy provechosa. ¿Ha pasado algo por aquí?
–No
mucho. Alice Flower ha muerto.
–No creo
que me puedas contar nada que ya no sepa. Primero no hablaba de otra cosa. –Se
dejó caer en una silla, al lado de la de su padre–. ¡Dios, qué calor hacía en
ese coche! El hecho de que muriese ayer me facilitó las cosas para hacerle
hablar del asesinato.
–¿Cómo
puedes ser tan insensible? –Le reprochó Archery.
–¡Vamos,
papá! Cumplió muchos más de setenta años. Seguramente, ya no deseaba seguir
viviendo. ¿Quieres saber lo que me ha dicho?
–Desde
luego.
–No vas a
tomar café, ¿verdad? Salgamos fuera entonces.
No había
nadie en la terraza. El suelo y las estropeadas sillas de mimbre estaban
cubiertos de pétalos caídos de un rosal trepador amarillo. Los escasos
residentes del hotel habían dejado sobre las sillas, para reservar sus
asientos, una variopinta colección de objetos: revistas, libros de la
biblioteca, unas agujas y un ovillo de lana azul y unas gafas. Con parsimonia,
Charles retiró los que había en dos de las sillas y las sacudió para que
cayeran al suelo los pétalos de rosa. Archery notó que, por primera vez desde
que llegó, su hijo estaba de buen humor.
–Bueno
–empezó cuando se hubieron sentado–, primero la casa. Es un edificio
impresionante, unas diez veces mayor que Thringford Manor, construido con
piedra gris con una especie de frontispicio sobre la puerta principal. La
señora Primero vivió allí cuando era una niña y Roger la adquirió cuando la
pusieron en venta esta primavera. Tiene un parque con ciervos que hay que
atravesar por un ancho camino que parte de una entrada con columnas. No puedes
ver la casa desde la carretera, porque la ocultan los cedros del parque.
»Tienen
un mayordomo italiano. (No es tan fino como tener un mayordomo inglés, ¿verdad?
Pero supongo que estos últimos son una raza a extinguir.) El caso es que el
mayordomo me abrió la puerta y me hizo esperar durante diez minutos en un
vestíbulo del tamaño de la planta baja de nuestra casa. Yo estaba un poco
nervioso, porque cabía la posibilidad de que Roger hubiera llamado al Sunday Planet
y hubiera descubierto que allí nadie me conocía. Pero no fue así y todo salió
bien. Él estaba en la biblioteca. Tiene una magnífica colección de libros y
algunos se veían usados, así que supongo que alguien los debe leer, aunque no
creo que sea él.
»Los
muebles eran de cuero negro, ya sabes, estos trastos modernos tan sugerentes.
Me pidió que me sentara y me ofreció una copa...
–Un poco
temprano, ¿no?
–La gente
como él bebe a todas horas. Si fueran de la clase obrera les llamarían
alcohólicos, pero cuando tienes un mayordomo y cincuenta mil libras al año
puedes hacer lo que te dé la gana. Entonces entró su esposa. Es una mujer
bastante atractiva (algo mayor, desde luego) y muy bien vestida. Bueno, no me
gustaría que Tess se vistiera así... –Su rostro se entristeció y Archery se
apiadó de él–. Si es que algún día puedo opinar sobre ello– añadió apenado.
–Sigue.
–Nos
tomamos unas copas. La señora Primero no habló mucho, pero su marido fue muy
locuaz. No tuve que insistir demasiado (así que no tienes que sentirte
culpable) para que él hablara sobre el asesinato de forma espontánea. No dejaba
de decir que lamentaba haberse marchado tan pronto aquel domingo por la tarde.
Pudo haberse quedado sin problemas.
»Me
explicó que había quedado con un par de amigos en un bar de Sewingbury. “Y, la
verdad, fue una pérdida de tiempo –dijo– porque no se presentaron. O, quizá
vinieron y yo me equivoqué de bar. Así que esperé durante una hora
aproximadamente y luego regresé a mi alojamiento.” Después añadió: “No sé
cuántas veces me he maldecido a mí mismo por no haberme quedado en Victor’s
Piece.”
–¿Qué
piensas de todo esto? Huele un poco raro, ¿no?
–No sé
qué decirte –dijo Archery–. En cualquier caso, la policía le debió de
interrogar en su momento.
–Quizá sí
o quizá no. No me lo dijo. –Charles se recostó en la silla, apoyó los pies en
el enrejado y prosiguió–: Entonces, hablamos de dinero. Huelga decir que el
dinero es el motor de su existencia.
Inexplicablemente,
Archery se sintió en el deber de defender a Primero. Alice Flower lo había
descrito como una persona intachable.
–Pensaba
que era una buena persona –dijo.
–Es un
buen tipo –dijo Charles con indiferencia–. Es muy modesto con su éxito y su
riqueza. –Sonrió–. De esos que lloran cuando van al banco. De todos modos,
ahora viene el quid de la cuestión.
»Justo
antes de que la señora Primero muriese, un colega suyo le preguntó si le
gustaría montar un negocio con él, de importación y exportación. Bueno no sé
muy bien de qué se trataba exactamente, ahora tampoco importa. Ambos tenían que
aportar diez mil libras. Primero no tenía el dinero, ni sabía de dónde sacarlo.
Por lo que a él se refería, no tenía ni la más remota esperanza. Entonces su
abuela murió.
–Eso ya
lo sabemos –protestó Archery–. Alice Flower me contó más o menos lo mismo...
–Vale,
espera un momento. Alice Flower ignoraba lo que te voy a contar ahora. «Ése fue
mi comienzo –me dijo despreocupadamente, aunque añadió enseguida–: No quiere
decir que no estuviese desolado por la muerte de mi abuela.» Durante todo ese
tiempo, su esposa permaneció en silencio con el rostro inexpresivo. Él no
dejaba de mirarla con preocupación.
»–Puse mi
parte del dinero y empezamos –dijo, y añadió con cierta premura–: Y desde
entonces, no volví a mirar al pasado:
»Me vi en
un pequeño dilema. Todo iba sobre ruedas y no quería meter la pata. Él me
observaba con desconfianza y, de repente, entendí por qué: él ignoraba lo que
yo sabía sobre el dinero de la señora Primero. Ella murió sin hacer testamento,
habían pasado dieciséis años, yo era un reportero y, a su juicio, estaba
interesado en él, no en su abuela.
–Me
parecen muchas cosas para adivinarlas en una sola mirada desafiante –dijo
Archery.
–Tal vez
fue cuestión de intuición. Pero déjame que te lo cuente. Entonces, hice una
pregunta. Era una posibilidad remota, pero dio resultado. Le dije: «Así que
consiguió sus diez mil libras, ¿justo lo que usted necesitaba?» Lo dije con la
mayor naturalidad. Él no me contestó, pero su mujer me miró y dijo: «Eran exactamente
diez mil libras después de pagar el impuesto sobre sucesiones. En realidad,
debería entrevistarme a mí, Roger me lo ha contado tantas veces que me lo sé
mejor que él.»
»Bueno,
no podía quedarme ahí. Persistí: «Tengo entendido que tiene usted dos hermanas,
señora Primero –dije–. ¿También heredaron ellas la misma cantidad de dinero que
usted?» Advertí un brillo suspicaz en su mirada. Después de todo, no era asunto
mío y no tenía nada que ver con el artículo que se suponía que yo iba a
escribir. «¿Han triunfado ellas como usted en los negocios?», pregunté,
intentando justificarme. Fue una salida genial. Perdóname por presumir así,
pero es verdad, pude ver cómo se relajaba.
»–No las
veo muy a menudo –dijo.
»–¡Oh,
Roger! –exclamó su esposa–, sabes muy bien que no las vemos nunca.
»Primero
la fulminó con la mirada.
»–Una
está casada –dijo– y la otra trabaja en Londres. Son mucho más jóvenes que yo.
»–Debe
ser estupendo heredar diez mil libras cuando aún eres un niño.
»–Me
imagino que siempre es estupendo, pero no he vuelto a tener el placer de
heredar nunca nada más. ¿Dejamos el tema y seguimos con la historia de mi vida?
»Fingí
que tomaba apuntes. En realidad, eran simples garabatos, pero le hice creer que
era taquigrafía. Al terminar la entrevista, se levantó, nos dimos la mano y me
dijo que estaría al tanto del Sunday Planet para ver el artículo. Al oír eso,
me sentí un poco incómodo y no supe qué decir, pero su esposa me salvó,
invitándome a comer. Acepté la invitación y me ofrecieron una comida
espléndida: salmón ahumado, unos enormes filetes de lomo de buey y, de postre,
frambuesas en licor.
–Tienes
una cara muy dura –dijo Archery con admiración teñida de reprobación. Se
enderezó en la silla–. Lo que has hecho no está bien, no es ético.
–Lo hice
por una buena causa. ¿Es que no puedes entenderlo?
«¿Por qué
los hijos siempre piensan que eres infantil y, a la vez, senil, que te pasas de
práctico pero que eres irracional, capaz de mantenerlos pero al mismo tiempo
completamente obtuso?»
–Por
supuesto –dijo Archery con irritación–. Tanto Alice Flower como la señora
Crilling dijeron que la señora Primero sólo disponía de diez mil libras, pero
al parecer Roger Primero no sólo recibió un tercio de esa suma, sino la
totalidad.
Charles
se volvió bruscamente hacia él, haciendo caer nuevos pétalos del enrejado.
–Pero
¿por qué? Definitivamente, no hubo testamento. Lo he comprobado. Y sólo había
tres herederos, Roger, Ángela e Isabel. La señora Primero no tenía más
familiares y según la ley, la herencia debía ser dividida entre los tres
nietos, sin embargo Roger consiguió hacerse con todo.
–No lo
comprendo.
–Yo
tampoco; todavía no. Quizá todo se aclare cuando haya hablado con las hermanas.
Naturalmente, no he podido preguntarle a Roger dónde vivían, pero su apellido
no es muy común, y puede que el nombre de la que está soltera aparezca en la
guía telefónica de Londres. Todavía no he decidido cómo me las voy a arreglar
para ponerme en contacto con ellas, pero tengo ya alguna idea, quizá pueda
decirles que soy de Hacienda...
–Facilis descesus Averni.
–En asuntos como éste –dijo Charles resueltamente–, hay que ser frío,
calculador y decidido. ¿Me dejarás el coche, mañana?
–Si es
imprescindible.
–Pensaba
que te gustaría ir a Victor’s Piece –dijo Charles en tono optimista– y echar un
vistazo. Averiguar si Roger Primero pudo haberse escondido en algún sitio y
luego subir las escaleras a hurtadillas o algo por el estilo, en vez de salir
por la puerta principal aquel domingo por la noche.
–¿No te
estás dejando llevar por la imaginación?
–Es un
defecto de familia. –Sus ojos se entristecieron repentinamente y, ante la
consternación de Archery, ocultó su cara entre las manos. Su padre no sabía qué
hacer–. Tess no me ha hablado en dos días. No me resigno a perderla. No puedo.
–Si Charles hubiese tenido diez años menos, su padre le habría cogido entre sus
brazos; pero si fuese así, todo aquello no estaría ocurriendo.
»Me
importa un bledo –dijo Charles, controlándose– lo que hiciese o dejase de hacer
su padre. Me da igual que hayan ahorcado a todos sus antepasados. Pero a ti y a
ella os importa, y... ¿qué más da? –Se levantó de su silla–. Siento haberme
puesto así. –Todavía con la cabeza agachada, arrastró los pies entre los
pétalos despojados–. Haces lo que puedes –dijo con ceremoniosa gravedad–, pero
no espero que lo comprendas, a tu edad. –Sin mirar a su padre, se dio media
vuelta y entró en el hotel.
11
De la fornicación y demás pecados
mortales, y de las falsedades del mundo,
el demonio y la carne, líbranos, Señor.
mortales, y de las falsedades del mundo,
el demonio y la carne, líbranos, Señor.
La letanía
Ángela
Primero vivía en un piso de Oswestry Mansions, en Baron’s Court. Tenía
veintiséis años y era la mayor de las nietas de la señora Primero. Eso era todo
lo que Charles sabía acerca de ella; aparte de su número de teléfono, que había
conseguido sin dificultad. La llamó y le preguntó si podía ir a verla al día
siguiente. Reconsideró su plan original y le dijo que representaba al Sunday Planet, y debido a que la muerte de Alice Flower había hecho reaparecer el
asesinato de la señora Primero, su periódico pensaba publicar una crónica
especial sobre la suerte de las demás personas relacionadas con el caso. Estaba
bastante satisfecho con la farsa. Sonaba razonablemente verosímil.
Ángela
Primero tenía la voz demasiado grave para ser una persona tan joven, era una
voz ronca, brusca y casi masculina. Dijo que estaría encantada de recibirle,
pero que debía tener en cuenta que los recuerdos de su abuela eran muy difusos.
Él la tranquilizó diciéndole que sólo necesitaba algunas anécdotas de su niñez,
para añadir unos toques de color al artículo.
La
señorita Primero abrió la puerta con tanta rapidez que Charles sospechó que le
había estado esperando tras ella. Su aspecto le sorprendió, porque su mente
conservaba la imagen del hermano y, por lo tanto, había esperado a alguien,
menudo y moreno, de rasgos regulares como aquél. Además, Charles también había
visto una fotografía de la abuela, y aunque era un rostro arrugado y deformado
por la vejez, aún conservaba vestigios de una belleza aguileña y guardaba un
acusado parecido con Roger.
La dueña
del piso tenía, sin embargo, un rostro poco atractivo, de rasgos prominentes,
un cutis estropeado y una mandíbula grande y prominente. Llevaba un vestido
azul marino, comprado en unos grandes almacenes y, aunque corpulenta, tenía
buena figura.
–¿Señor
Bowman?
Charles
también estaba muy satisfecho del nombre falso que se había inventado. Esbozó
una sonrisa cortés.
–Mucho
gusto, señorita Primero.
Ella le
hizo pasar a un cuarto de estar, sobriamente amueblado. Charles no pudo evitar
compararlo con la biblioteca de Forby Hall, ahondando aún más el misterio. En
aquella habitación no había ni libros ni flores y los únicos adornos los
constituían media docena de fotografías enmarcadas de una muchacha rubia y un
bebé.
Ella
siguió la mirada de su visitante hacia el retrato de aquella misma joven que
colgaba en la pared, encima de la chimenea.
–Es mi
hermana –dijo. Su feo rostro se dulcificó y sonrió. Mientras hablaba, se oyó un
débil chillido y un susurro a través de la fina pared, procedentes de la
habitación contigua–. Ahora está en mi dormitorio, cambiándole los pañales al
bebé. Viene todos los sábados por la mañana.
Charles
se preguntó qué haría Ángela Primero para ganarse la vida. ¿Sería mecanógrafa?,
¿oficinista? Tenía el aspecto de pasar bastantes estrecheces. Los muebles
estaban pintados con tonos vivos y parecían baratos y no muy sólidos. Frente al
hogar había una alfombra tejida con cabos de lana. En la vida de los
necesitados no hay muchas alegrías...
–Siéntese,
por favor –dijo Ángela Primero.
«Mediaba
un gran abismo –pensó Charles– entre los voluptuosos asientos de cuero negro
del hermano y la pequeña silla naranja sobre la que tomó asiento». Del piso de
arriba llegó el ruido de una aspiradora, mezclado con la música de algún
aparato.
–¿Qué
quiere que le cuente?
Había un
paquete de cigarrillos sobre la repisa de la chimenea. Ella cogió uno y le
ofreció otro. Él lo rehusó con un gesto.
–En
primer lugar, lo que recuerde de su abuela.
–Apenas
me acuerdo de ella, como ya le dije por teléfono. –Hablaba de forma brusca y
áspera–. Fuimos un par de veces a tomar el té con ella. Vivía en una casa
grande y lóbrega, recuerdo que me daba miedo ir sola al cuarto de baño. La
criada solía acompañarme. –Dejó escapar una risa entrecortada y sin humor;
realmente había que hacer un esfuerzo para recordar que aquella mujer sólo
tenía veintiséis años–. No vi a Painter ni una vez, si es eso lo que quiere
saber. Nosotras solíamos jugar a veces con una niña que vivía al otro lado de
la calle. Creo que Painter también tenía una hija. Una vez pregunté por ella,
pero mi abuela me dijo que era ordinaria y no debíamos jugar con ella.
Charles
cerró los puños. Repentinamente, sintió un desesperado deseo de tener a Tess a
su lado, en parte por él y, en parte, para ponerla frente aquella muchacha a la
que le habían enseñado a sentir desprecio por ella.
La puerta
se abrió y entró la joven de la fotografía. Ángela Primero se puso de pie
inmediatamente y cogió al bebé de los brazos de su hermana. Charles no sabía
mucho sobre niños, pero calculó que aquél debía de tener unos seis meses.
–Éste es
el señor Bowman, cariño. Le presento a mi hermana, Isabel Fairest.
La señora
Fairest sólo tenía un año menos que su hermana, pero no aparentaba más de
dieciocho. Era pequeña y delgada, de tez sonrosada y con unos enormes ojos
azules. Charles pensó que parecía un conejito. Su cabello era rojizo, con
reflejos dorados.
Roger era
moreno y de ojos oscuros, Ángela tenía el pelo castaño y los ojos de color
avellana. Ninguno de los tres se parecían. «La genética va más allá de lo que
se ve a simple vista», pensó Charles.
La señora
Fairest se sentó. No cruzó las piernas, permaneció con las manos en su regazo,
como una niña. Era difícil hacerse a la idea de que estaba casada, y mucho más
imaginar que había tenido un hijo.
Su
hermana no dejaba de mirarla, y siempre que lo hacía, era para hacer carantoñas
al bebé. La señora Fairest tenía una voz dulce y suave, con un ligero acento cockney.
–Te vas a cansar, querida. Déjalo en la cuna.
–Sabes
que me encanta cogerlo en brazos. ¿No es precioso? ¿Vas a sonreír a tu tía?
Reconoces a tía Ángela, ¿verdad que sí?, claro que sí, aunque no la hayas visto
durante toda la semana.
La señora
Fairest se levantó y se puso detrás de la silla de su hermana, y ambas
empezaron a hacer cucamonas al bebé, le acariciaban las mejillas y colocaban un
dedo para que él lo agarrase con sus manitas. Era evidente que las dos se
querían mucho, pero mientras que Ángela profesaba por Isabel y su sobrino un
amor maternal, ésta mostraba una visible dependencia de su hermana mayor.
Charles tuvo la impresión de que se habían olvidado de él y se preguntó dónde
encajaría el señor Fairest en aquel cuadro. Tosió discretamente.
–Me
gustaría que me contase algo más sobre su niñez, señorita Primero...
–Oh, sí. (No
llores, cielo. Tiene gases, querida.) En realidad, no recuerdo nada más de mi
abuela. Mi madre volvió a casarse cuando yo tenía dieciséis años. Eso es lo que
le interesa, ¿no es cierto?
–Desde
luego.
–Bueno,
como acabo de decir, mi madre volvió a casarse, y ella y mi padrastro querían
que nos fuésemos a vivir a Australia. (¡Así es, sácalo! Bien, eso está mejor.)
Pero yo no quise ir. Isabel y yo íbamos al colegio todavía, así que mí madre
aguantó un par de años más y luego ella y su marido se marcharon sin nosotras.
Bueno, era su vida, ¿no? Yo quería ir a una escuela superior, pero tuve que
olvidarlo. Isabel y yo nos quedamos con la casa, ¿no es así, querida? Y nos
pusimos a trabajar. (¿Mi chiquitín se va a echar un sueñecito?)
Era una
historia bastante anodina, fragmentada y muy sucinta. Charles tuvo la impresión
de que se quedaban muchas cosas en el tintero. Ella no había mencionado los
apuros y las privaciones que seguramente habrían pasado. El dinero podía haber
cambiado la situación de las dos hermanas, pero Ángela, al igual que su
hermano, tampoco había dicho nada al respecto.
–Isabel
se casó hace dos años. Su marido trabaja en Correos. Yo soy secretaria en un
periódico. –Arqueó las cejas, sin sonreír–. Tendré que preguntarles si han oído
hablar de usted.
–Sí,
hágalo –dijo Charles con una complacencia que no sentía. Tenía que abordar el
tema del dinero, pero no sabía cómo. La señora Fairest trajo una cuna de la
otra habitación, acostaron al bebé y luego las dos se inclinaron sobre él y le
acunaron con ternura. Aunque era casi medio día, ninguna de ellas le había
ofrecido una copa o una simple taza de café. Charles pertenecía a una
generación acostumbrada a tomar tentempiés a todas horas; una taza de esto, un
vaso de lo otro, picar algo de la nevera... Seguramente, ellas también. Recordó
entonces la hospitalidad de Roger. La señora Fairest levantó la vista y, con
voz suave, dijo:
–Me
encanta venir aquí. Es tan tranquilo. –Arriba, continuaba el zumbido de la
aspiradora–. Mi marido y yo sólo tenemos una habitación. Es bonita y espaciosa,
pero hay mucho ruido los fines de semana.
Charles
sabía que era una impertinencia, pero no tenía alternativa.
–Me
sorprende que su abuela no les dejara nada en herencia.
Ángela
Primero se encogió de hombros. Arropó al bebé con la manta, se enderezó y, con
voz áspera, dijo:
–Así es
la vida.
–¿Se lo
cuento, querida? –Isabel Fairest tocó su brazo y la miró tímidamente a la cara,
esperando su consejo.
–¿Para
qué? Es algo que a él no le interesa. –Miró fijamente a Charles y luego, con
inteligencia, añadió–: No se pueden publicar ese tipo de cosas en un periódico.
Es difamación.
¡Maldita
sea! ¿Por qué no habría dicho que era de Hacienda? Si lo hubiera hecho, podría
haber abordado el tema del dinero sin preámbulos.
–Pero
creo que la gente debe saberlo –dijo la señora Fairest, mostrando más entereza
de la que él la hubiera creído capaz–. De veras, querida, siempre he pensado
así, desde que me enteré. Creo que la gente debe saber cómo se ha portado él
con nosotras.
Charles
guardó su cuaderno ostensiblemente.
–Esto es
confidencial, señora Fairest.
–¿Ves,
querida? No va a contar nada. Aunque me da igual si lo hace. La gente debería
de saber más cosas sobre Roger.
Se había
ido de la lengua. Los tres respiraban entrecortadamente. Charles fue el primero
en controlarse y logró sonreír con calma.
–Bueno,
se lo contaré. ¡Si lo publica usted en su periódico y me
mandan a la cárcel, me da lo mismo! La abuela Rose dejó diez mil libras y todos
deberíamos haber recibido una parte, pero no fue así. Roger (nuestro hermano)
se quedó con todo. Yo no entiendo por qué, pero Ángela lo sabe mejor. Mi madre
tenía un amigo que era procurador en el mismo bufete donde trabajaba Roger, y
nos dijo que podíamos intentar llevar el caso ante los tribunales, pero mamá se
negó porque le parecía terrible tener que demandar a su propio hijo. Nosotras
sólo éramos unas niñas y no podíamos hacer nada, desde luego. Mamá decía que
Roger nos ayudaría, aunque legalmente no tuviera que hacerlo, tenía una
obligación moral, pero no fue así. Él seguía aplazando su ayuda y finalmente,
mamá se peleó con él. No le hemos visto desde que yo tenía diez años y Ángela
once. Ahora, si le encontrase por la calle, no lo reconocería.
Era un
relato enigmático. Los tres eran nietos de la señora Primero y si ella no hizo
testamento, tenían el mismo derecho a heredar una parte de su dinero. Y a él le
constaba que efectivamente la señora Primero no lo había hecho.
–Mire, no
quiero ver todo esto publicado en su periódico –dijo Ángela Primero de repente.
«¡Qué
lástima! hubiera sido una buena profesora –pensó Charles–, pues es cariñosa con
los niños pequeños, y tiene carácter cuando hace falta.»
–No
aparecerá nada de esto –dijo, sin faltar a la verdad.
–Verá,
más vale que sea así. Nosotras, simplemente, no pudimos hacer frente a una
demanda judicial. Además, no hubiésemos tenido ninguna posibilidad de ganar.
Según la ley, Roger tenía derecho a quedarse con todo. La verdad es que sí mi
abuela hubiese muerto un mes más tarde, hubiera sido todo muy diferente.
–No acabo
de entenderlo –dijo Charles. Le costaba disimular su exaltación.
–¿Conoce
usted a mi hermano?
Charles
asintió y seguidamente negó con la cabeza. Ella lo miró con recelo. Acto
seguido, hizo un gesto dramático. Cogió a su hermana por los hombros y la
empujó hacia delante, poniéndola frente a él.
–Él es
pequeño y moreno –dijo ella–. Fíjese en Isabel, míreme a mí. No nos parecemos,
¿no es cierto? No parecemos hermanas, porque no lo somos y Roger tampoco es
nuestro hermano. Aunque él es, sin duda, el hijo de mis padres y la señora
Primero era su abuela. Mi madre no podía tener más hijos. Esperaron durante
once años, y cuando se dieron cuenta de que era imposible, me adoptaron a mí y
un año después, a Isabel.
–Pero...
yo... –tartamudeó Charles–. Ustedes fueron adoptadas legalmente, ¿no es cierto?
Ángela
Primero había recobrado la compostura. Rodeó con el brazo a su hermana que
había empezado a llorar.
–En
efecto, fuimos adoptadas legalmente. Daba lo mismo. Los hijos adoptados no
pueden heredar cuando el difunto muere sin hacer testamento; o así eran las
cosas en septiembre de 1950. Ahora, sí. Por aquel entonces, estaban a punto de
aprobar un decreto y, el 1 de octubre de 1950, se convirtió en ley. ¡Qué mala
suerte la nuestra!, ¿no le parece?
En la
fotografía colocada en la ventana de la agencia inmobiliaria, Victor’s Piece
aparecía engañosamente atrayente. Quizá el agente hubiese perdido ya la
esperanza de venderla por un valor superior al del solar, porque cuando Archery
solicitó información sobre ella, fue recibido con una aparatosidad casi servil.
El clérigo salió de allí con el prospecto, las llaves de la casa y un permiso
para verla cuando quisiera.
No divisó
ningún autobús, así que regresó caminando a la parada que había al lado del
Olive and Dove y esperó en la sombra. Al poco rato, sacó el prospecto de su
bolsillo y lo ojeó. «Una espléndida propiedad con carácter –leyó– que sólo
requiere un poco de imaginación por parte del propietario para darle un nuevo
hálito de vida...» No se hacía mención alguna a la tragedia, ni alusión a la
forma violenta en que murió su anterior propietaria.
Pasaron
dos autobuses en dirección a Sewingbury y otro con destino a la estación de
Kingsmarkham. Archery estaba leyendo todavía, comparando los eufemismos del
agente de la inmobiliaria con la descripción de la casa que aparecía en la
transcripción judicial que él tenía, cuando un coche plateado se detuvo junto
al bordillo.
–¡Señor
Archery!
Volvió la
cabeza. El sol se reflejaba en los alerones y el parabrisas. El dorado cabello
de Imogen Ide brillaba aún más que el metal resplandeciente.
–Voy a
Stowerton. ¿Puedo llevarle?
Se sintió
repentina e irracionalmente contento. Todo desapareció: su compasión por
Charles, el pesar por la muerte de Alice Flower y la impotencia que sentía al
enfrentarse a la poderosa maquinaria de la ley. Rebosaba de una alegría
peligrosa y absurda y, sin detenerse a analizarla, se acercó al coche. La
carrocería quemaba como el fuego, como si un rayo de plata le atravesara la
mano.
–Mi hijo
se ha llevado mi coche –dijo–. No voy a Stowerton, sino a un lugar que está
cerca, una casa llamada Victor’s Piece.
Al oírlo,
ella arqueó ligeramente las cejas y él supuso que, como todo el mundo, Imogen
debía de conocer la historia, porque lo miraba de una manera extraña. Al subir
al coche, su corazón latía con fuerza. Los latidos, continuos y rítmicos, en el
lado izquierdo de su pecho eran tan intensos, casi dolorosos, que Archery rezó
para que disminuyesen antes de que una mueca de dolor se reflejase en su rostro
o tuviese que llevarse la mano al pecho.
–Veo que
no se ha traído a Perro consigo –comentó.
Ella
reanudó la marcha.
–Hace
demasiado calor para él –dijo–. Supongo que no estará usted pensando en comprar
Victor’s Piece, ¿verdad?
Su
corazón ahora ya estaba más tranquilo.
–¿Por qué
lo dice? ¿Acaso conoce usted la casa?
–Perteneció
a un pariente de mi marido.
«Ide
–pensó él–, Ide.» Archery no sabía qué había ocurrido con la casa después de la
muerte de la señora Primero. Quizá hubiese pertenecido a alguno de los Ide
antes de convertirse en una residencia de ancianos.
–Tengo
las llaves y el permiso para verla –dijo–, pero no pienso comprarla, por
supuesto. Es sólo... bueno...
–¿Curiosidad?
–Mientras conducía no podía mirarle, pero Archery sentía los pensamientos de Imogen
concentrados en él, con más intensidad que una mirada–. ¿Es usted aficionado al
género negro? –Hubiese sido natural que ella añadiera su nombre al final de la
pregunta, pero no lo hizo. A él le pareció que lo había omitido porque «señor
Archery» resultaba, de pronto, demasiado formal, y su nombre de pila, demasiado
íntimo. Prosiguió–: Verá, creo que le acompañaré. No tengo que estar en
Stowerton hasta las doce y media. ¿Me permite ser su guía?
«Imogen
Ide será quien me guíe...» –Esta rima infantil y tonta[6]–
resonaba en su mente como un viejo madrigal en tono menor, prácticamente
olvidado. Él no contestó, pero ella debió tomar su silencio por una respuesta
afirmativa, porque en vez de dejarle junto a la entrada, disminuyó la velocidad
y entró por el camino bordeado de árboles entre los cuales asomaban los
gabletes oscuros.
Incluso
bajo aquel cielo despejado la casa tenía un aspecto siniestro y amenazador. Sus
ladrillos ocres estaban cruzados por un enrejado de maderas deterioradas y se
veían dos ventanas rotas. El parecido entre la casa y la fotografía de la
inmobiliaria era mínimo, como el que podía existir entre la postal de un
balneario y su establecimiento real. El fotógrafo había eliminado con mucho
ingenio o, si no, posteriormente, la maleza, las zarzas, las manchas de
humedad, los marcos rotos de madera podrida y el aire de decadencia y había
logrado disimular también su tamaño desproporcionado. La verja colgaba de las
bisagras, así que Imogen pasó directamente por la abertura y recorrió el camino
de entrada hasta la puerta principal.
Este
momento debería haber sido importante para él, pues veía por primera vez la
casa donde el padre de Tess había cometido –o no–, un crimen. Debería haber
tenido los sentidos despiertos para absorber el ambiente, tomar buena nota de
los detalles del lugar y los alrededores que la policía, con sus prisas, había
pasado por alto. En su lugar, era plenamente consciente de que no era un
observador, un historiador, sino sólo un hombre que vivía en el presente y que
en ese momento se distanciaba de su pasado. Archery no se había sentido tan
vivo desde hacía mucho tiempo y, por eso, apenas prestaba atención a lo que le
rodeaba. Las cosas no le afectaban y, menos aún, los sucesos pretéritos. Sólo
existían sus emociones. Veía aquella casa tan sólo como un lugar abandonado en
el que pronto entraría con aquella mujer y se quedarían a solas.
Al pensar
esto, algo le advirtió que era mejor no entrar. Sería fácil decir que sólo le
interesaba ver los terrenos. Ella bajó del coche y miró hacia arriba, a las
ventanas, entrecerrando los ojos contra la luz.
–¿Entramos?
–le preguntó.
Él
introdujo la llave en la cerradura, mientras ella permanecía detrás, muy cerca.
Esperaba encontrar un fuerte olor a humedad en el vestíbulo, pero apenas lo
notaba. El espacio estaba cruzado por los rayos de luz que entraban por las
ventanas polvorientas y en los que bailaban una miríada de motas de polvo.
Imogen Ide tropezó al engancharse el tacón de su zapato en una vieja alfombra
que cubría el suelo de baldosas. Instintivamente, él alargó la mano para
sostenerla y, al hacerlo, sintió el roce de su seno derecho en su brazo.
–¡Tenga
cuidado! –dijo, sin mirarla. Con su zapato ella había levantado una pequeña
nube de polvo y se rió con nerviosismo. Quizá fuese eso, una simple risa, pero
él era incapaz de discernirlo porque todavía podía sentir el suave peso de ella
sobre su brazo, como si Imogen no tuviera prisa por apartarse de él.
–Este
sitio está muy mal ventilado –dijo–. Me hace toser. Aquella es la habitación donde
se cometió el asesinato; por allí. –Abrió una puerta y él vio un suelo de
tablones de abeto, una chimenea de mármol y grandes manchas descoloridas en las
paredes, en los lugares en los que antaño habían estado colgados los cuadros–.
Las escaleras están detrás y en el otro lado la cocina, donde la pobre Alice
preparaba el almuerzo aquel domingo.
–Prefiero
no subir –dijo él, rápidamente–. Hace demasiado calor y hay mucho polvo, se
ensuciará usted el vestido. –Respiró hondo, se alejó de ella y se apoyó en la
repisa del hogar. Aquí, justo en este sitio, fue donde la señora Primero
recibió el primer hachazo; allí debía estar el cubo de carbón, y todo aquel
lugar salpicado de sangre. En tono petulante, añadió–: La escena del crimen.
Ella
entrecerró los ojos y se acercó a la ventana. El silencio se hacía insoportable
y él buscó palabras para llenarlo. Un lugar como ése se prestaba a todo tipo de
comentarios, que incluso meros conocidos podrían intercambiar. El sol del
mediodía proyectaba la sombra de Imogen de forma exacta. Era como una figura
recortada en papel de seda negro, y él sintió el deseo de caer de rodillas y
tocarla, en la certeza de que aquello era todo lo que podía ambicionar.
Fue ella
quien rompió el silencio. Él no se había parado a pensar en lo que ella podía
decir, pero desde luego no esperaba aquello.
–Se
parece usted mucho a su hijo, o al revés.
La
tensión disminuyó. Él se sintió engañado e irritado.
–No sabía
que lo conociera –dijo.
Ella no
respondió. En sus ojos había un brillo juguetón.
–No me
dijo usted que su hijo trabajaba para un periódico.
Archery sintió náuseas. Ella debió estar allí, en casa de los Primero, cuando Charles fue a
entrevistar a Roger. ¿Debería secundar a su hijo en su mentira?
–Se
parece muchísimo a usted –continuó ella–. Aunque no caí en la cuenta hasta
después de que se hubiese marchado. Entonces, al pensar en su aspecto y en su
nombre, supuse que Bowman era el seudónimo que utiliza cuando escribe para el Planet, ¿a
que sí?, lo he adivinado. Roger no se ha dado cuenta todavía.
–No acabo
de entender una cosa –empezó Archery. Se preguntaba si tendría que explicárselo
todo. Señora Ide...
Ella se
echó a reír, pero dejó de hacerlo cuando advirtió la consternación en el
semblante de Archery.
–Creo que
los dos nos hemos estado engañando. Ide era mi apellido de soltera, el que
utilizaba cuando era modelo.
Él se dio
media vuelta y apretó la palma sudorosa de su mano contra el mármol. Imogen dio
un paso hacia él y le envolvió con el olor de su perfume.
–¿La
señora Primero era el pariente a quien pertenecía esta casa y que está
enterrado en el cementerio de Forby? –Archery no tuvo que esperar su respuesta,
la percibió en su mirada. Prosiguió– No me explico cómo he podido ser tan
estúpido. –Era peor que eso, había hecho el ridículo. ¿Qué pensaría ella
mañana, cuando saliese el Planet? Avergonzado, rezó una oración estúpida,
pidiendo a Dios que Charles no hubiese descubierto nada comprometedor sobre la
cuñada de Imogen–. ¿Me perdonará?
–No tengo
nada que perdonarle, ¿no es así? –Parecía estar confusa, y no era de extrañar.
Él le había pedido perdón por una ofensa que ella aún no había sufrido–. Tengo
tanta culpa como usted. No sé por qué no le dije que me llamaba Imogen Primero.
–Hizo una pausa y luego continuó–: No fue intencionado. Ha sido una casualidad.
Estábamos bailando... otra persona se nos acercó... son cosas que pasan.
Él
levantó la cabeza y la sacudió ligeramente. Luego, se alejó de ella, en
dirección al vestíbulo.
–Tiene
que ir a Stowerton, si no me equivoco. Fue muy amable por su parte al traerme.
Ella
estaba justo detrás de él, sujetándole el brazo con la mano.
–No ponga
esa cara –dijo–. ¿Qué es lo que se supone que ha hecho? Nada, absolutamente
nada. Fue simplemente un... un error social.
Su mano
era pequeña y frágil pero insistente. Sin saber por qué, quizá porque le
pareció que ella necesitaba consuelo, la cubrió con la suya. En vez de
retirarla, ella dejó su mano bajo la de Archery y, al suspirar, él la sintió
temblar perceptiblemente. Se volvió hacia ella, embargado por una vergüenza que
le paralizaba como una enfermedad. Su rostro estaba a escasa distancia del de
ella, luego, a tan sólo unos centímetros y, de pronto, no hubo distancia
alguna, su rostro se desvaneció y sólo quedaron unos suaves labios.
Su
vergüenza se transformó en una ola de deseo, aún más abrumador y exquisito,
porque no había sentido nada semejante desde hacía veinte años o, quizá, nunca.
Desde que terminó sus estudios en Oxford, no había besado a otra mujer que no
fuese Mary, y apenas había estado a solas con alguna que no fuese anciana,
enferma o moribunda. No sabía cómo terminar aquel beso, y tampoco si eso se
debía a su inexperiencia o al anhelo de prolongar algo que significaba mucho
más, pero no lo bastante, que tocar una sombra.
Imogen se
apartó repentinamente pero sin violencia. Archery no intentó retenerla.
–¡Dios
mío! –dijo ella, pero no sonreía. Su rostro estaba muy pálido.
Había
muchas palabras para justificar su comportamiento: «No sé que me ha impulsado a
hacerlo» o «Ha sido un arrebato, me he dejado llevar por un impulso...» La sola
idea de mentir le ponía enfermo. La verdad parecía ser más apremiante que su
deseo y, aunque a ella le sonase a mentira en el futuro, decidió decírselo.
–La amo.
Creo que la he querido desde que la vi por primera vez. Sí, estoy seguro de
ello. –Levantó las manos, se tocó la frente y las yemas de sus dedos helados
parecieron abrasarle, como la nieve quema sobre la piel. Prosiguió–: Estoy
casado. Usted ya lo sabe, quiero decir que mi mujer está viva, y soy clérigo. No
tengo derecho a amarla y le prometo que procuraré no volver a estar a solas con
usted.
Ella le
miró desconcertada con los ojos muy abiertos, pero él no pudo saber cuál de sus
confesiones la había turbado más. Se le ocurrió que podía estar incluso
asombrada de la lucidez con la que él había hablado, pues hasta entonces se
había estado expresando de forma casi incoherente.
–Nunca me
he atrevido a pensar –dijo, porque su último comentario le pareció teñido de
vanidad– que para usted haya existido alguna tentación. –Ella abrió la boca
para decir algo, pero él añadió inmediatamente–: No diga nada, por favor, es
mejor que coja su coche y se vaya, se lo ruego.
Ella
asintió con un gesto. A pesar de sus promesas anteriores, Archery deseaba que
se le acercase de nuevo, aunque sólo fuese para tocarle. Su desazón le impedía
casi respirar. Ella hizo un pequeño gesto de impotencia como si estuviese
dominada por una emoción que la sobrepasaba. Entonces, se dio la vuelta,
evitando mirarle, cruzó corriendo el vestíbulo y salió por la puerta principal.
Cuando
ella se marchó, Archery se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado
por qué le había acompañado hasta la casa. Ella no había hablado apenas y él,
en cambio, le había abierto su corazón. Quizá se estaba volviendo loco, porque
era incapaz de comprender cómo podían esfumarse veinte años de autodisciplina
como si se tratase de una lección impartida a un niño aburrido.
La casa
era tal y como estaba descrita en la transcripción del juicio. Sin emoción ni
empatía, Archery examinó su disposición, el largo pasillo que unía la puerta
principal con la trasera, donde Painter había colgado su impermeable, la cocina
y las escaleras, estrechas y encajonadas entre paredes. Un sentimiento
sobrecogedor se apoderó de él, se dirigió hacia la puerta trasera y corrió el
cerrojo.
Reinaba
un silencio sepulcral en el jardín, bañado por un sol despiadado. La luz y el
calor le mareaban. A primera vista, ni siquiera pudo localizar la cochera.
Luego se dio cuenta de que había estado mirándola desde que salió al jardín; lo
que había tomado por un enorme arbusto era de hecho un sólido edificio de
ladrillos y argamasa completamente cubierto por una parra. Caminó hacia él, sin
sentir interés, ni siquiera curiosidad. Caminaba hacia allí por hacer algo y
porque esa casa escondida por un millón de hojas temblorosas suponía, al menos,
una especie de objetivo.
Las
puertas estaban cerradas con un candado. Archery sintió alivio. De esta manera
no se sentía en la necesidad de actuar. Se apoyó contra el muro y las hojas
frías y húmedas rozaban su rostro. Al cabo de un rato, descendió por el camino
y salió por la portilla rota. Como había previsto, el coche plateado no estaba
allí. Casi inmediatamente, llegó un autobús. Se había olvidado de cerrar la
puerta trasera de Victor’s Piece.
Archery
devolvió las llaves a la agencia inmobiliaria y luego se demoró unos momentos,
mirando la fotografía de la casa. Era como contemplar el retrato de una
muchacha que habías conocido de vieja, y empezó a sospechar si no habría sido
tomada treinta años antes de que la señora Primero la comprase. Después, dio
media vuelta y regresó lentamente al hotel.
Generalmente
a las cuatro y media no había un alma en el Olive and Dove; pero era sábado y,
además, hacía un día precioso. El comedor estaba lleno de excursionistas y el
vestíbulo atestado de viejos clientes y otros recién llegados, con sus
servicios de té sobre bandejas de plata. Su corazón se puso a latir
aceleradamente al ver que su hijo conversaba con un hombre y una mujer. Estaban
de espaldas y él sólo pudo observar que la mujer tenía una larga melena rubia y
el hombre era de pelo oscuro.
Con
creciente nerviosismo, se dirigió hacia ellos, sorteando sillones, damas que
sostenían sus tazas de té con dedos ensortijados, perros diminutos y asmáticos,
tarros de berros y pirámides de bocadillos. Cuando aquella mujer volvió la
cabeza, debería haber sentido alivio, pero, en cambio, le recorrió una punzada
de decepción como la hoja de un largo puñal. Archery tendió la mano y sintió el
tacto caliente de los dedos de Tess Kershaw.
Pensó en
lo estúpida y extravagante que había sido su primera suposición. Kershaw le
estrechó la mano y él pensó que su rostro vivaz, surcado de arrugas expresivas,
no se parecía en nada a la cerúlea palidez de Roger Primero. En realidad, el
pelo del padrastro de Tess no era oscuro, sino ralo y canoso.
–Charles
pasó por nuestra casa de regreso de Londres –dijo Tess. Con su blusa de algodón
blanco y su falda de sarga azul, debía ser, tal vez, la mujer peor vestida de todo
el local. Como si quisiese justificarse, añadió rápidamente–: Cuando nos contó
lo que había averiguado, lo dejamos todo y vinimos con él. –Se levantó, se
acercó hasta la ventana y se puso a contemplar el exterior, en aquella tarde
calurosa. Al volver de nuevo junto a ellos, dijo–: Es muy extraño. De niña,
tuve que pasar por aquí miles de veces y, sin embargo, no me acuerdo de nada.
Quizá de
la mano de Painter. Y mientras caminaban, el asesino y su hija, ¿es posible que
él observara el tráfico y pensara en cómo podía formar parte de él? Archery
intentó no ver en el rostro fino y anguloso que tenía frente a él, los crudos
rasgos del hombre que Alice Flower había apodado el Bestia. Pero, después de todo, ellos
estaban ahí para probar que no había sido Painter.
–¿Qué has
averiguado? –le preguntó a Charles, con una nota de crispación.
Charles
se lo contó.
–Y,
después, fuimos todos a Victor’s Piece. Pensábamos que no íbamos a poder
entrar, pero alguien había dejado la puerta trasera abierta. Examinamos la casa
entera y vimos que Primero podía haberse escondido fácilmente.
Archery
volvió un poco la cabeza. Ese nombre estaba ahora ligado a muchos recuerdos, en
su mayoría dolorosos.
–Se
despidió de Alice, abrió y volvió a cerrar la puerta principal sin salir afuera
y luego se escondió en el comedor; nadie lo utilizaba y estaba oscuro. Alice
salió de la casa y... –Charles vaciló, buscando las palabras adecuadas para no
herir la sensibilidad de Tess–. Y cuando Painter se marchó después de dejar el
cubo de carbón, Roger Primero salió de su escondrijo, se puso el impermeable
que estaba colgado en la puerta trasera y... lo hizo.
–Es sólo
una teoría, Charlie –dijo Kershaw–, pero encaja con los hechos.
–No sé...
–empezó Archery.
–Papá,
¿es qué no quieres que se demuestre la inocencia del padre de Tess?
«No
–pensó Archery– si eso significa incriminar a su marido. De eso, ni hablar. Aunque
no puedo evitar el daño que ya le he causado, no quiero infligirle más.»
–El móvil
que acabas de mencionar... –dijo desafiante.
Con
entusiasmo, Tess le interrumpió.
–Ése sí
que es un móvil, un verdadero móvil. –Archery sabía perfectamente qué quería
decir. Diez mil libras constituían una verdadera e irrefutable tentación,
mientras que doscientas... Los ojos de la muchacha brillaban, pero enseguida se
entristecieron. ¿Acaso pensaba que ahorcar a un hombre inocente era tan infame
como matar a una anciana por un bolso lleno de billetes? ¿Tendría que vivir con
aquello toda su vida? Pasase lo que pasase, ¿podría alguna vez librarse de todo
ello?
–Primero
trabajaba en el bufete de un procurador –dijo Charles, excitado–. Conocía bien
la ley, tenía todo tipo de facilidades para ello, mientras que es probable que
la señora Primero no estuviese al corriente de ese tema, especialmente si no
leía los periódicos. De todas formas, es imposible estar al tanto de todas las
leyes que van a ser aprobadas por el Parlamento. Probablemente, el jefe de
Primero recibió una demanda de algún cliente relacionada con el anteproyecto de
la ley y le pidió a Primero que lo consultase. Fue seguramente así como éste se
enteró de que si su abuela moría sin hacer testamento antes del octubre de
1950, él heredaría todo su dinero, en cambio si muriese después de la
aprobación de la ley, sus hermanas obtendrían dos tercios. Primero lo sabía, no había duda.
–¿Qué piensas hacer?
–Me he
puesto en contacto con la policía, pero Wexford no me puede recibir hasta el
lunes, a las dos. Estará fuera el fin de semana. Me apuesto algo a que la
policía nunca comprobó los movimientos de Primero. Conociéndoles, diría que tan
pronto como tuvieron a Painter no se preocuparon de nadie más. –Miró a Tess y
le cogió la mano–. Puedes decir lo que quieras sobre que éste es un país libre
–dijo con hostilidad–, pero tú sabes tan bien como yo que en el subconsciente
de todo el mundo «clase trabajadora» es más o menos sinónimo de «clase
delincuente». ¿Por qué molestar al respetable pasante de un procurador, bien
relacionado, cuando todas las pruebas inculpaban al chófer como principal
sospechoso del asesinato?
Archery
se encogió de hombros. Sabía por experiencia que era inútil discutir con
Charles cuando éste se explayaba acerca de sus ideales seudocomunistas.
–Muchas
gracias por tu entusiástico recibimiento –dijo Charles con sarcasmo–. ¿Por qué
pones esa cara?
Archery
no pudo decírselo. Se sintió abatido por la tristeza y, para poder responder a
su hijo, escogió de entre los distintos sentimientos que le asolaban, alguno
que pudiesen comprender todos.
–Pensaba
en los niños –dijo–, en las cuatro niñas que han sufrido las consecuencias de
ese crimen. –Sonrió a Tess y prosiguió–: Tess, desde luego, esas dos hermanas
que visitaste y Elizabeth Crilling.
No añadió
el nombre de otra mujer adulta que podía sufrir más que ninguna de ellas si
Charles estaba en lo cierto.
12
¿No está en mi derecho hacer mi
voluntad con aquello que es mío?
voluntad con aquello que es mío?
Evangelio del
septuagésimo domingo
El hombre
que estaba en el despacho de Wexford a las nueve de la mañana del lunes era
bajito y delgado. Los huesos de sus manos eran particularmente finos y de
articulaciones delicadas como las de una mujer. Llevaba un traje gris, muy caro
y de impecable corte, que le hacía parecer más pequeño aún. A una hora tan
temprana de la mañana, aquel hombre lucía un gran número de elegantes
complementos. Al inspector jefe, que le conocía bien, le hizo gracia el alfiler
de corbata de zafiro, los dos anillos, la cadena del llavero con su pesado
colgante engastado, quizá fuera de ámbar, y el maletín de piel de reptil.
«¿Cuántos años iba a necesitar Roger Primero para acostumbrarse a la riqueza?»
se preguntó Wexford.
–Hace una
mañana preciosa –comentó el policía–. Este fin de semana estuve en Worthing y
el mar estaba como un espejo. En fin, ¿qué puedo hacer por usted?
–Coger a
un embaucador –respondió Primero–, un cochino mequetrefe que se hace pasar por
periodista. –Abrió su maletín y dejó caer un diario dominical encima de la mesa
de Wexford. El periódico se deslizó por la superficie pulida y cayó al suelo.
Arqueando las cejas, Wexford no hizo ademán de recogerlo.
–¡No importa!
–dijo Primero–. De todas formas, no hay nada que ver en él. –A pesar de la
inexpresividad de su apuesto rostro, sus ojos vidriosos parecían inflamados.
–Verá, inspector jefe, no me importa contárselo, estoy furioso. Ocurrió de la
manera siguiente... ¿Le importa si fumo?
–Por
supuesto que no.
Sacó de
su bolsillo una pitillera de oro, una boquilla y un mechero con un peculiar
mosaico, negro y oro. Wexford le contempló mientras iba extrayendo sus
pertenencias, preguntándose cuándo iba a terminar. «Este hombre va más provisto
que un bazar», se dijo.
–Ocurrió
de la manera siguiente –volvió a decir–. Ese tipo me llamó el jueves, me dijo
que era del Planet y que quería escribir un artículo sobre
mí. Sobre mi juventud. ¿Me sigue? Le dije que podía venir a verme el viernes y
efectivamente así lo hizo. Le concedí una larga entrevista, toda la información
que quería y, además, mi mujer le invitó a comer. –Frunció la boca y la nariz
como quien percibe un olor repulsivo–. ¡Caramba! –dijo–, me imagino que no habrá
comido así en su vida...
Así que,
como no salió el artículo, usted llamó al Planet esta mañana y le dijeron que no
conocían a ese individuo.
–¿Cómo lo
sabe?
–Suele
ocurrir –dijo Wexford en tono guasón–. Me sorprende, señor, un hombre de su
experiencia. Debería haber llamado usted al Planet el viernes por la mañana.
–Todo
esto hace que me sienta como un tonto.
–¿Supongo
que no hubo dinero de por medio? –dijo Wexford con ligereza.
–¡Qué va!
–Así que
sólo se trata de un almuerzo y de todo lo que usted contó a ese tipo, y que
ahora preferiría no haberle dicho.
–Exactamente.
–Tenía un aire resentido, pero de pronto sonrió y su rostro se volvió amable. A
Wexford siempre le había caído bien. ¡Ha dado usted en el clavo!, inspector...
–Ha hecho
bien en acudir a nosotros, aunque me temo que no podemos hacer nada, a menos
que ese individuo intente utilizar...
–¿Utilizar?
¿Qué quiere decir con eso?
–Bueno,
permítame darle un ejemplo. Quiero que sepa que no estoy haciendo alusiones
personales. Supongamos que un hombre rico que, por así decirlo, tiene una
imagen pública dice algo un tanto indiscreto a un periodista. Es muy probable
que éste no lo utilice porque, de lo contrario, expondría a su periódico a un
pleito por difamación. –Wexford hizo una pausa y lanzó a su interlocutor una
mirada penetrante–. Pero si el hombre en cuestión contase las mismas
indiscreciones a un impostor, un embaucador... –Primero se había puesto muy
pálido–. ¿Qué le impediría a éste último seguir esas pistas y llegar a
descubrir algo realmente perjudicial? La mayoría de la gente, señor Primero,
incluso la gente decente y observante de las leyes, tiene algo en su pasado que
preferiría que no se supiera. Tiene que preguntarse ¿qué es lo que ese hombre
busca? La respuesta es: o quiere su dinero o se trata de un chiflado. –Con más
amabilidad, añadió–: Por experiencia puedo decirle que en nueve de cada diez
ocasiones, se trata del segundo caso. No obstante, para que se quede usted más
tranquilo, quizá pueda proporcionarnos una descripción del individuo. ¿Supongo
que le dio su nombre?
–No creo
que sea su nombre real.
–Desde
luego.
Primero
se inclinó hacia él con familiaridad. Durante el curso de su larga carrera,
Wexford había descubierto la utilidad de aprender a distinguir el olor de
distintos perfumes y se dio cuenta de que Primero olía a Onyz de Lentheric.
–Me
pareció un tipo bastante simpático –comenzó éste último–. A mi mujer le gustó
mucho. –Los ojos le empezaron a lagrimear y, con mucha cautela, se llevó los
dedos a ellos. A Wexford le recordaba una mujer llorosa que no se atreve a
frotarse los ojos por temor a embadurnarse de máscara de pestañas–. A
propósito, no le he dicho nada de todo esto a ella. He preferido no
preocuparla. El joven hablaba con corrección, tenía acento de Oxford. Era alto
y rubio y dijo llamarse Bowman, Charles Bowman.
«¿De
veras?», pensó Wexford.
–¿Inspector?
–¿Sí,
señor Primero?
–Acabo de
recordar algo. Ese hombre estaba... bueno, estaba muy interesado en mi abuela.
Wexford
apenas pudo contener la risa.
–Por lo
que usted me ha contado, creo poder asegurarle que no tendrá problemas en el
futuro.
–¿Cree
que se trata de un chalado?
–En
cualquier caso, de un tipo inofensivo.
–Me ha
quitado un peso de encima. –Primero se levantó y recogió su maletín y el
periódico del suelo, con una torpeza que indicaba que ni siquiera estaba
acostumbrado a hacer algo tan sencillo por sí mismo–. Tendré más cuidado en el
futuro.
–Ya sabe,
más vale prevenir que curar.
–Bueno,
no le voy a robar más tiempo. –Puso cara larga, con una tristeza tal vez sincera.
Sus ojos llorosos aumentaban su aspecto melancólico–. Tengo que ir a un
funeral. El de la pobre Alice.
Wexford
se había fijado en la corbata negra sobre la que relumbraba el zafiro. Acompañó
a Primero a la puerta. Durante toda la entrevista, había mantenido una actitud
seria. Ahora, se permitió la licencia de estallar en una rotunda, aunque casi
silenciosa, carcajada.
No tenían
nada que hacer hasta las dos, salvo ir a visitar los alrededores. Charles había
salido temprano a comprar una guía turística y ahora estaban en el salón
examinándola.
–Aquí
dice –señaló Tess– que Forby es el quinto pueblo más bonito de Inglaterra.
–Pobre
Forby –dijo Charles–. Condenado a elogios de quinta categoría.
Kershaw
empezó a organizar la excursión.
–¿Qué os
parece si vamos todos en mi coche... –señaló con el dedo un punto del mapa– por
la carretera de Kingsbrook hasta Forby (manteniéndonos, desde luego, a una
prudente distancia de Forby Hall) y luego vamos a Pomfret? Durante el verano,
Pomfret Grange está abierto todos los días, podríamos visitarlo, después,
podemos volver a Kingsmarkham por la carretera principal.
–Estupendo
–dijo Tess.
Kershaw
se sentó al volante y Archery a su lado. Seguían el mismo itinerario que Imogen
había escogido el día que fue a poner flores a la tumba de la señora Primero y
él le acompañó. Cuando tuvieron el riachuelo de Kingsbrook ante su vista,
recordó las palabras de ella acerca de la implacabilidad del agua y cómo, a
pesar de los esfuerzos del hombre, ésta sigue manando de la tierra y encontrando
su camino hacia el mar.
Kershaw
aparcó el coche al lado del campo comunal con el estanque de patos. El pueblo
parecía tranquilo y sereno. El verano aún no estaba lo suficientemente avanzado
como para deslucir el verde rozagante de las hayas o rodear las clemátides
silvestres con su desaliñada barba gris. El campo comunal estaba rodeado de
grupos de cottages y en el lado de la iglesia se alineaban
una serie de casas georgianas con ventanales en forma de arco, a través de
cuyos cristales oscuros se podían ver muebles tapizados de chintz y
objetos de plata. Sólo había tres establecimientos, una oficina de correos, una
carnicería con un toldo sostenido por unas columnas blancas y una tienda de souvenirs.
Los habitantes de los cottages habían tendido la colada del lunes y la
ropa se secaba al sol, inmóvil, sin aire que la meciese.
Los
cuatro se sentaron en un banco del prado, Tess comenzó a tirar a los patos
trozos de galletas de un paquete que había encontrado en la guantera del coche.
Kershaw sacó una cámara y empezó a hacer fotografías. Repentinamente, Archery
llegó a la conclusión de que no quería seguir con ellos. La idea de trajinar
por las galerías de Pomfret Grange, manifestando un fingido interés por la
porcelana y los retratos familiares, le produjo un escalofrío de aversión.
–¿Me
permitís que me quede aquí? Me gustaría volver a visitar la iglesia.
Charles
le miró irritado.
–Todos
vamos a ir a ver la iglesia –dijo.
–No
puedo, cariño –dijo Tess–. No puedo entrar en una iglesia con vaqueros.
–Yo
tampoco puedo con estos pantalones –dijo Kershaw sarcásticamente. Guardó su
cámara, y añadió–: Si queremos ver la casa solariega, más vale que nos demos
prisa.
–Puedo
volver en autobús –dijo Archery.
–De
acuerdo, pero por el amor de Dios, no llegues tarde, papá.
Si la
visita no iba a ser sólo sentimental, necesitaría también una guía. Cuando el
coche partió, Archery se encaminó hacía la tienda de souvenirs.
Escuchó unas suaves campanadas al abrir la puerta y una mujer salió de una
habitación de la parte trasera.
–Nosotros
no tenemos guías de St. Mary’s, pero las puede usted encontrar en el interior
de la iglesia.
Ya que
estaba allí, ¿por qué no comprar algo? ¿Una postal? ¿Un broche para Mary? «Eso,
–pensó– sería la peor clase de infidelidad: cometería adulterio con el
pensamiento cada vez que viera a mi mujer luciendo un broche de recuerdo».
Contempló sin interés los adornos de latón para arreos, las jarras pintadas y
las bandejas llenas de bisutería.
Había un
pequeño mostrador dedicado únicamente a calendarios, maderas con leyendas
grabadas a fuego y versos enmarcados. Las palabras de uno de ellos, con un
pequeño dibujo que representaba un pastor coronado por una aureola al lado de
un cordero, le llamaron la atención porque le resultaban conocidas.
–Ve,
pastor, y descansa en paz... –dijo en voz alta.
La mujer
estaba detrás de él.
–Veo que
está admirando el talento de nuestro bardo local –dijo jovialmente–. Murió muy
joven y está enterrado aquí.
–He visto
su tumba –dijo Archery.
–Mucha
gente que viene por aquí piensa que era pastor. Yo siempre les explico que
antaño pastor y poeta tenían el mismo significado.
–Lycidas
–dijo Archery.
La mujer
ignoró el comentario.
–En
realidad, era un joven muy culto. Había asistido a la escuela superior y todo
el mundo decía que tendría que haber ido a la universidad. Murió en un
accidente de tráfico. ¿Le gustaría ver una fotografía suya?
Sacó un
montón de fotografías, rústicamente enmarcadas, de un cajón de debajo del
mostrador. Todas ellas eran idénticas y llevaban la inscripción: «John Grace,
Bardo de Forby. Los amados de Dios, mueren jóvenes.»
Era un
rostro fino y ascético, de rasgos afilados y sensibles. «Parece –pensó Archery–
que este muchacho padecía de una anemia perniciosa.» Tenía la inexplicable
sensación de haberlo visto antes.
–¿Se
publicó alguna de sus obras?
–Una o
dos cosas en revistas, nada más. No conozco los pormenores porque sólo llevo
viviendo aquí diez años, pero un editor que tenía una casa de campo en la zona
se mostró muy interesado en publicar un libro de sus poesías cuando el pobre
muchacho murió. Su madre la señora Grace, estaba de acuerdo, pero el caso fue
que la mayoría de sus escritos habían desaparecido. Sólo quedaban estos
fragmentos que ve aquí. Según ella, su hijo había escrito obras de teatro
completas; no estaban compuestas en rima, ya me entiende, pero eran de estilo
shakespeariano. De todas formas, nunca las encontraron. Quizá las quemase o las
regalase. Es una verdadera pena, ¿no le parece?
Archery
miró por la ventana hacia la pequeña iglesia de madera, y murmuró:
–Acaso
descansa aquí un Milton, mudo y desconocido...
–Eso es
cierto –dijo la mujer–. Quizá aparezcan un día, como los manuscritos del Mar
Muerto, nunca se sabe.
Archery
pagó cinco chelines y seis peniques por el dibujo del pastor y del cordero y se
encaminó hacia la iglesia. Abrió la verja y se dirigió a la puerta, caminando
en el sentido de las agujas del reloj. ¿Cuáles fueron sus palabras? «Nunca se
debe dar la vuelta a una iglesia en sentido opuesto de las agujas del reloj.
Trae mala suerte.» Bien sabía Dios que necesitaba suerte tanto para Charles
como para él. Lo irónico era que, pasase lo que pasase, uno de los dos saldría
perdiendo.
No se oía
música en el interior de la iglesia, pero al abrir la puerta, vio que se estaba
celebrando un oficio. Durante un momento, permaneció de pie mirando a la gente
y escuchando:
–Si a la
manera de los hombres he luchado con las bestias en Éfeso, ¿cuál es mi ventaja
si los caídos no vuelven a levantarse?
Era un
funeral. Estaban exactamente a la mitad del oficio para el entierro de los
difuntos:
–Comamos
y bebamos porque mañana hemos de morir...
La puerta
rechinó ligeramente al cerrarla. Luego, dio media vuelta y vio los tres coches
del cortejo fúnebre, al otro lado de la otra verja. Volvió a la tumba de Grace,
después, pasó al lado de la fosa recién cavada donde se iba a dar sepultura a
ese último muerto y, finalmente, se sentó en un banco de madera en un rincón a
la sombra. Eran las doce menos cuarto. «Descansaré media hora –pensó– y después
iré a coger el autobús.» Al poco tiempo, dormitaba.
El sonido
de unos pasos lentos y cortos le despertó. Abrió los ojos y vio el ataúd salir
de la iglesia. Lo llevaban cuatro porteadores, pero era pequeño, quizá de un
niño o de una mujer de poca estatura. Sobre él se apilaban varios ramos de
flores y una enorme corona de lirios blancos.
Una
docena de personas seguían a los porteadores y un hombre y una mujer, caminando
uno junto al otro, encabezaban el cortejo. La mujer, además de vestir un abrigo
negro, llevaba un sombrero del mismo color, cuya ala le ocultaba el rostro.
Pero la habría reconocido en cualquier lugar. Aunque fuese ciego y sordo, la
habría identificado por su presencia y su esencia. Pero los dos deudos que
habían venido a enterrar a Alice Flower no podían verle, ni sabían que alguien
les observaba.
Los demás
acompañantes eran en su mayoría ancianos, amigos de Alice, tal vez, y una de
las mujeres parecía ser la enfermera jefe del hospital. Se reunieron alrededor
de la tumba y el vicario empezó a declamar las palabras que, por fin,
acompañarían a la vieja criada a la sepultura. Primero se inclinó, y después de
coger un puñado de tierra negra con exagerada delicadeza, lo arrojó encima del
ataúd. Sus hombros se estremecieron y su mujer alargó una mano, enfundada en un
guante negro, y la apoyó en su brazo. Archery sintió una hiriente punzada de
celos que le cortó el aliento.
El
vicario terminó la colecta y bendijo a los presentes. Entonces, Primero y él se
apartaron un poco, hablaron entre sí y se dieron la mano. Después Roger Primero
dio el brazo a su mujer y se dirigieron lentamente hacia la verja donde
aguardaban los coches. Había concluido.
Una vez
que se fueron todos, Archery se levantó y se acercó a la tumba que estaban
rellenando de tierra. Pudo oler los lirios a cinco metros. Había una tarjeta en
el ramo, con una sencilla inscripción: «Del señor y la señora Primero, con
amor.»
–Buenos
días –dijo al sepulturero.
–Buenos
días, señor. Hace un día precioso.
Eran las
doce menos cuarto. Archery se apresuró hacia la verja, preguntándose sobre la
frecuencia de los autobuses. Al salir de la bóveda del arbolado, se detuvo en
seco, su hijo venía hacia él por el camino arenoso.
–Hiciste
bien en no venir –gritó Charles–. Está cerrado por reformas. ¿Lo puedes creer?
Pensábamos que era mejor regresar aquí para recogerte.
–¿Dónde
está el coche?
–Al otro
lado de la iglesia.
Ellos ya
debían de haberse marchado. Archery deseaba encontrarse por fin a salvo en el
Olive and Dove, delante de un rosbif frío con ensalada. Al doblar la esquina
del seto de tejo, pasó cerca de ellos un coche negro. El clérigo hizo un
esfuerzo y miró hacia la verja. Los Primero seguían allí, hablando con la
enfermera jefe. Se le hizo un nudo en la garganta.
–Vamos
por el prado –sugirió con apremio.
–Pero el señor
Kershaw está esperándonos en este lado.
Ahora,
estaban a tan sólo unos metros de los Primero. La enfermera jefe les estaba
dando la mano y, seguidamente, subió a una limusina alquilada. Primero se
volvió y su mirada se cruzó con la de Charles.
En primer
lugar, el rostro de éste palideció, luego adquirió un subido tono púrpura.
Charles seguía andando hacia él y entonces Primero también empezó a andar. Se
acercaron uno al otro con aire amenazador, como dos pistoleros de una película
del Oeste.
–Señor Bowman,
del Sunday Planeta o eso creo.
Charles
se detuvo y le dijo fríamente:
–Puede
usted creer lo que le dé la gana.
Imogen
estaba hablando con la mujer que acababa de subir al coche. Cuando el vehículo
se puso en marcha, se apartó de la ventanilla. Los cuatro estaban a solas, en
el centro del quinto pueblo más bonito de Inglaterra. Ella miró a Archery,
primero azorada y luego, sobreponiéndose a su incomodidad, con una expresión
cordial.
–¡Vaya!,
hola, yo...
Su marido
la cogió bruscamente del brazo:
–¿Le reconoces?
Te necesitaré como testigo, Imogen.
Charles
le miró ferozmente.
–¿Cómo
dice?
–¡Charles!
–intervino Archery con aspereza.
–¿Niega
usted que entró en mi casa sirviéndose de una falsa identidad?
–Roger,
Roger... –Ella seguía sonriendo, pero su sonrisa se había vuelto forzada–. ¿No
recuerdas que nos encontramos con el señor Archery en el baile? Éste es su
hijo. Es periodista, pero utiliza un seudónimo, eso es todo. Están de
vacaciones.
–Lo
siento, señor Primero, pero eso no es del todo cierto –dijo Charles con
firmeza. Ella parpadeó, batiendo sus pestañas como si fueran alas, y miró a
Archery con sus ojos dulces–. Mi padre y yo vinimos aquí con el expreso
propósito de reunir cierta información y ya la hemos conseguido. Para poder
hacerlo, tuvimos que ganarnos su confianza. Quizá hayamos sido poco
escrupulosos, pero pensábamos que nuestro fin justificaba los medios.
–Temo que
no le comprendo. –Imogen mantenía la mirada puesta en Archery, quien a su vez
era incapaz de apartar la suya de ella. Sabía que su rostro reflejaba a un
tiempo una súplica de perdón, una disculpa por las palabras de Charles y la
agonía de su amor. Sin embargo, ella probablemente no vería más que culpa–. No
entiendo nada. ¿Qué información?
–Se lo
diré... –empezó Charles, pero Primero le interrumpió:
–Puesto
que es usted tan franco, no creo que tenga inconveniente en acompañarme ahora
mismo a la comisaría para presentar su «información» al inspector jefe Wexford.
–En
absoluto –dijo Charles con una voz cansina–, pero da la casualidad de que es la
hora de comer y, además, ya tengo una cita con el inspector a las dos en punto.
Pienso decirle, señor Primero, en qué momento más oportuno para usted murió su
abuela, cómo (¡de manera totalmente legal, tengo que admitirlo!) consiguió
dejar sin herencia a sus hermanas y cómo logró ocultarse en Victor’s Piece
cierta tarde de diciembre, hace dieciséis años.
–¡Está
usted loco! –gritó Primero.
Archery
recuperó la voz:
–Basta
ya. Charles.
Oyó la
voz de Imogen, un tenue sonido incorpóreo:
–¡No es
cierto! –Y luego, terriblemente asustada–. Es mentira.
–¡No voy
a discutir aquí en la calle con este impostor!
–Por
supuesto que es cierto.
–Fue
totalmente legal. –Primero se desmoronó. De pie bajo el sol del medio día,
todos tenían calor, pero sólo el rostro de Roger Primero sudaba y las gotas
resbalaban por su tez cetrina–. Fue una cuestión de derecho –bramó–. De todas
formas, ¿qué tiene usted que ver en todo eso? ¿Quién es usted?
Sin
apartar los ojos de Archery, ella cogió a su marido del brazo. La alegría había
desaparecido de su semblante y pareció envejecida, una rubia marchita escondida
en su traje negro. Al perder su belleza, de pronto parecía ponerse, por primera
vez, a la altura de Archery, no obstante, nunca había estado tan lejos de él.
Le temblaban los labios y habían aparecido unas pequeñas arrugas en las
comisuras de su boca.
–Volvamos
a casa, Roger –dijo–. Espero que en el transcurso de su investigación haya
podido combinar los negocios con el placer, señor Archery.
Cuando se
marcharon. Charles dejó escapar un bufido.
–Tengo
que confesar que me he divertido bastante. Supongo que por placer se refería a
la comida que me ofrecieron. A todas las esposas de los magnates les encanta
sepultar los huevos con caviar. No obstante, ha sido un duro golpe para ella.
No pongas esa cara de consternación, papá. Ese horror a las escenas es muy
típico de la clase media.
13
Trato con lo que es legítimo y
justo... y aborrezco toda práctica
falsa.
justo... y aborrezco toda práctica
falsa.
Salmo 119, asignado para el vigésimo sexto día
–Decretos y proyectos de ley, 1950. –Wexford cogió el libro y leyó el
título en voz alta–. ¿Es un libro blanco? –Archery tuvo que confesar un tanto
avergonzado que no lo sabía–. ¿Contiene algo que le gustaría que viera?
Charles
buscó la página.
–Aquí
está –dijo. Wexford empezó a leer. El silencio era tenso, casi exasperante.
Archery miró subrepticiamente a los demás: Charles estaba impaciente, Kershaw
intentaba mantener un aire despreocupado, pero su mirada viva y nerviosa
traicionaba su inquietud, y Tess parecía confiada y serena. ¿Era en su madre en
la que confiaba tanto o en Charles? Este último había perdido gran parte de su
aplomo al entrar en el despacho cinco minutos antes, cuando había tenido que
presentar a Tess al inspector jefe.
–Quiero
presentarle a la señorita Kershaw –había dicho–, mi... la chica con la que voy
a casarme. Yo...
–Ah, sí.
–Wexford había sido muy cortés–. Buenas tardes, señorita Kershaw, señor
Kershaw. Siéntense, por favor. Me temo que el buen tiempo no va a durar mucho.
En
efecto, el brillante cielo azul, tan poco habitual en Inglaterra, había
cambiado. Justo después del almuerzo, apareció una nube diminuta, no más grande
que la mano de un hombre, y a ésta le siguieron otras, empujadas por un viento
repentino. Ahora, mientras Wexford leía con expresión ceñuda, Archery contempló
la densa masa gris de cúmulos a través de la ventana, cuya persiana amarilla
estaba alzada.
–Muy
interesante –dijo Wexford–, no lo sabía. Desconocía que las hermanas Primero
fuesen adoptadas. Muy conveniente para Primero.
–¿Conveniente?
–dijo Charles. Archery suspiró para sus adentros. Podía predecir cuándo su hijo
iba a mostrarse grosero o, como él decía, «directo»–. ¿Es todo lo que se le
ocurre?
–No –dijo
Wexford. Pocas personas tienen la suficiente moderación y seguridad en sí
mismas como para decir «sí» o «no» sin reservas. Wexford era corpulento, pesado
y feo, su traje había conocido tiempos mejores, demasiados días de lluvia y de
calor y polvo, pero irradiaba fortaleza. Mirando a Charles, continuó–: Antes de
ir más lejos con este tema, señor Archery, me gustaría decirle que el señor
Primero ha presentado una demanda contra usted.
–¡Oh,
eso!
–Sí, eso.
Hace unos días, me enteré de que su padre había conocido a los Primero. Quizá
no fuese mala idea y estoy seguro de que fue muy agradable servirse para ello
de la señora Primero. –Archery se percató de la repentina palidez de su rostro.
Sentía náuseas–. Y, para ser justo con él, por lo que a mí se refiere, tenía
autorización para ponerse en contacto con las personas relacionadas con el caso
Primero. –Echó una mirada a Tess, que no reaccionó–. «Hable con ellas –le
dije–, pero no se meta en problemas.» Su pequeña aventura del viernes es, a mi
parecer, meterse en problemas y ¡no pienso consentirlo!
Con
resentimiento. Charles dijo:
–De
acuerdo, lo siento. –Archery se dio cuenta de que su hijo tenía que
justificarse ante Tess–. Pero no va a decirme que sus agentes no inventan
ocasionalmente algún pretexto para conseguir información.
–Mis
agentes –repuso Wexford– pertenecen a las fuerzas del orden. –Con
grandilocuencia, añadió–: Son la ley. –Su mirada severa se ablandó–. Ahora que
ya les he soltado el sermón, más vale que me cuenten lo que usted y su padre
han descubierto.
Charles
se lo explicó. El inspector jefe escuchó pacientemente, pero mientras las
pruebas contra Primero se amontonaban, el rostro de Wexford, en vez de mostrar
sorpresa, permanecía extrañamente impasible. Sus pesados rasgos adoptaron una
expresión animal, como los de un toro viejo.
–Me dirá
que Primero tenía una coartada, por supuesto –dijo Charles–. Y supongo que sus
agentes la comprobaron y que después de tantos años será difícil echarla abajo,
pero...
–No se
comprobó su coartada –dijo Wexford.
–¿Cómo ha
dicho?
–No se
comprobó su coartada.
–No
entiendo.
–Señor
Archery... –Wexford se puso en pie y apoyó sus enormes manos sobre la mesa,
pero no se movió de su sitio–. Estoy dispuesto a discutir este asunto con usted
y a responder a cualquier pregunta que quiera hacerme. –Hizo una pausa–. Pero
no en presencia de la señorita Kershaw. Si me permite decirlo, creo que ha sido
una insensatez traerla aquí.
Ahora, le
tocó a Charles ponerse en pie.
–La
señorita Kershaw va a ser mi esposa –dijo acalorado–. Cualquier cosa que tenga
que decirme a mí, puede decírsela a ella también. No quiero secretos sobre este
asunto.
Impasible,
Wexford volvió a sentarse. Sacó un fajo de papeles de un cajón de su mesa y
empezó a examinarlos. Luego, levantó los ojos y dijo:
–Siento
que la entrevista haya sido infructuosa para ustedes. Con un poco de
cooperación, creo que podía haberles ahorrado muchas indagaciones inútiles.
Pero si me disculpan, soy un hombre muy ocupado, así que buenas tardes.
–No –dijo
Tess de repente–. Me iré. Os esperaré en el coche.
–¡Tess!
–No hay
nada que discutir, cariño, me iré. ¿No comprendes? No puede hablar de mi padre
delante de mí. ¡Oh, querido, no seas niño!
«Eso es
exactamente lo que es», pensó Archery con desdicha. Wexford sabía algo, algo
seguramente terrible, pero ¿por qué había estado jugando con ellos al gato y al
ratón?, ¿por qué había jugado sucio con Archery desde el principio? La
confianza en sí mismo y su poder ¿ocultaban tal vez su pedantería y su temor a
que los Archery hiciesen mella en su autoridad y removiesen las tranquilas
aguas de su distrito? Y, no obstante, Wexford era un hombre influyente y, sin
lugar a dudas, bueno y justo. No mentiría nunca, ni manipularía la verdad para
encubrir un error. «No se comprobó su coartada...» ¡Si dejase de contestar con
evasivas!
Wexford
interrumpió sus pensamientos:
–No tiene
por qué salir del edificio, señorita Kershaw –dijo–. Si su... su padre es tan
amable de acompañarla arriba... Sigan recto por el pasillo y luego tuerzan a la
izquierda, cuando lleguen a las puertas dobles encontrarán una cafetería que no
está nada mal, incluso para una dama. Les sugiero que tomen una buena taza de
té y un pastel.
–Gracias.
–Tess dio media vuelta y se limitó a tocar el hombro de Kershaw. Éste se
levantó de inmediato. Una vez fuera, Wexford cerró la puerta tras ellos.
Charles
respiró hondo y se acomodó en su silla, intentando parecer indiferente.
–Pues,
muy bien, ¿cuál es esa coartada que, por algún motivo misterioso, no fue
comprobada? –preguntó.
–El
motivo –dijo Wexford– no es ningún misterio. La señora Primero fue asesinada
entre las seis y veinticinco y las siete de la tarde del domingo, 24 de
septiembre de 1950. –Hizo una pausa para permitir que Charles le interrumpiese
con el inevitable «Sí, sí», mascullado con virulenta impaciencia–. Fue
asesinada en Kingsmarkham y, a las seis y media, alguien vio a Roger Primero en
Sewingbury, a ocho kilómetros de distancia.
–¡Oh!,
¿así que alguien lo vio? –se burló Charles, mientras cruzaba las piernas–. ¿Qué
te parece, papá? ¿A usted no le parece remotamente posible que Roger Primero
pudo haber convenido de antemano que alguien le «viera»? Siempre hay algún tipo
sin escrúpulos dispuesto a cometer perjurio y decir que te ha visto por veinte
libras.
–Algún
tipo sin escrúpulos, ¿eh? –Wexford no se molestó en disimular su regocijo.
–Alguien
lo vio. De acuerdo. ¿Quién fue?
Wexford
suspiró y su sonrisa desapareció.
–Yo lo vi
–contestó.
Fue como
una bofetada. El amor que Archery sentía por su hijo, un sentimiento adormecido
durante los últimos días, le inundó el pecho. Charles permanecía callado y
Archery, que se había visto en esta misma situación demasiado a menudo
últimamente, intentó reprimir su odio hacia Wexford. El inspector se había
tomado un tiempo considerable para ir al grano, pero, desde luego, aquella
confesión había sido su venganza.
Apoyaba
sus grandes codos sobre la mesa y sus dedos se juntaban en una implacable
pirámide de carne y hueso. La encarnación de la ley. Si Wexford decía que había
visto a Primero aquella noche, nadie se atrevería a contradecirle, porque aquel
hombre era incorruptible. Era como si Dios lo hubiese visto. Horrorizado,
Archery se incorporó en su silla y una tos seca y dolorosa lo sacudió.
–¿Usted?
–dijo Charles, por fin.
–Yo –dijo
Wexford–, con mis propios ojos.
–¡Podría
habérnoslo dicho antes!
–Lo
hubiese hecho –dijo Wexford con calma y, por extraño que pareciese, con
sinceridad–, si hubiese tenido la más remota idea de que ustedes sospechaban de
Roger Primero. Charlar con él acerca de su abuela es una cosa, pero acusarle de
asesinato es otra muy diferente.
En tono
cortés y ceremonioso. Charles preguntó:
–¿Le
importaría contarnos los detalles? Wexford correspondió a su cortesía:
–En
absoluto. Pensaba hacerlo. Pero antes, sin embargo, más vale que les diga que
no fue una apreciación retrospectiva. Yo conocía a Roger Primero. Lo había
visto en el juzgado con su jefe en muchas ocasiones. Él solía acompañarle para
seguir la evolución de los casos.
Charles
asintió con el rostro rígido. Archery creía saber lo que pasaba por su mente.
También sabía lo que significaba perder.
–Yo
estaba trabajando en Sewingbury –continuó Wexford– y tenía una cita con un
hombre que a veces nos pasaba información. Era lo que usted llamaría un tipo
sin escrúpulos, pero nunca le sacamos nada que valiese veinte libras. La cita
era a las seis, en un bar llamado Black Swan. Así, pues, fui allí, hablé con
mi... mi amigo y como a las siete tenía que estar de vuelta en Kingsmarkham,
salí del local a las seis y media, y entonces me encontré cara a cara con
Primero.
»Me
saludó y me dio la sensación de que estaba un poco perdido. Y efectivamente así
era. Después, me enteré de que Primero esperaba encontrarse con unos amigos
suyos, pero se había equivocado de bar. Le estaban esperando en el Black Bull.
«¿Está usted de servicio? –me preguntó–. ¿O puedo invitarle a una copichuela?»
Archery
estuvo a punto de sonreír. Wexford imitaba bastante bien la absurda jerga que
Roger Primero empleaba, a pesar de sus dieciséis años de opulencia.
–«Gracias,
de todos modos –dije–, pero tengo mucha prisa.» «Entonces, buenas noches», me
dijo y se acercó él solo a la barra. Solamente llevaba diez minutos en
Kingsmarkham, cuando me llamaron para que acudiera a Victor’s Piece.
Charles
se levantó lentamente y le tendió la mano con gesto mecánico.
–Muchísimas
gracias, inspector. Creo que ya no hay nada más que decir, ¿no es así? –Wexford
se inclinó por encima de la mesa y le estrechó la mano. Un imperceptible
resquicio de compasión suavizó sus rasgos y luego desapareció. Charles añadió–:
Lamento mi anterior descortesía.
–No tiene
importancia –dijo Wexford–. Esto es una comisaría, no un festival de la
parroquia. –Vaciló y añadió–: Lo siento. –Archery comprendió que no se refería
a los malos modales de su hijo.
Tess y
Charles empezaron a discutir antes incluso de subir al coche. Archery les
escuchó indiferente, seguro de que todo aquello ya lo habían hablado antes.
Llevaba en silencio más de media hora y seguía sin encontrar nada que decir.
–Tenemos
que ser realistas –decía Charles–. Si a mí no me importa y a mis padres no les
importa, ¿por qué no podemos casarnos y olvidarnos de tu padre?
–¿Quién
dice que no les importa? Eso no es ser realista, yo sí que lo soy. En cierta
forma, he sido muy afortunada... –Tess obsequió a Kershaw con una melosa
sonrisa–. He tenido más suerte de la que nadie hubiera augurado, pero esto
tendré que dejarlo correr.
–¿Qué
quieres decir exactamente?
–Sólo
que... bueno, fue absurdo pensar que tú y yo podíamos casarnos.
–¿Tú y
yo? ¿Qué me dices de los demás que vendrán a cortejarte? ¿Acaso pretendes
hacerles pasar por el mismo melodrama o cuando llegues a los treinta y se te
echen los años encima, cambiarás de parecer?
Ella hizo
una mueca. A Archery le pareció que Charles había olvidado que no estaban
solos. A empujones, su hijo metió a Tess en el asiento trasero y cerró la
puerta de un portazo.
–Sólo por
curiosidad –continuó Charles, con amargo sarcasmo–, me gustaría saber si has
hecho voto de castidad perpetuo. ¡Dios mío!, esto parece un artículo del Sunday Planet: «¡Condenada a la soltería por el crimen de su padre!» A ver si me puedes
aclarar una cosa, puesto que se supone que estoy muy por encima de ti en el
plano moral, me gustaría saber cuáles son las cualidades que debe poseer el
afortunado. ¿Serías tan amable de enumerarme los requisitos?
Tess
siempre se había sentido fortalecida por la fe de su madre en la inocencia de
su padre, pero los Archery con sus dudas habían acabado con esa fe; no
obstante, la llama de la esperanza había seguido ardiendo, hasta que Wexford la
había apagado para siempre. Ella miró fijamente a Kershaw, el hombre que le
había enseñado a enfrentarse con la realidad. Archery no se sorprendió cuando
dijo histéricamente:
–Supongo
que tendría que tener un padre asesino. –Tomó aliento, porque estaba
admitiéndolo por primera vez–. ¡Como yo!
Charles
dio un golpecito en la espalda de su padre y preguntó provocativo:
–¿Por qué
no te cargas a alguien, por favor?
–¡Cállate!
–dijo Kershaw–. Déjalo, Charlie, ¿quieres?
Archery
le tocó el brazo, y dijo:
–Voy a
bajar, si no os importa. Necesito un poco de aire.
–Yo,
también –dijo Tess–. No aguanto más encerrada aquí dentro y tengo un espantoso
dolor de cabeza. Necesito una aspirina.
–No puedo
aparcar aquí.
–Volveremos
andando al hotel, papá. Si no salgo de aquí me voy a desmayar, –dijo Tess.
Los tres
se apearon. Charles con el semblante sombrío. Tess se tambaleó un poco y
Archery la sujetó con su brazo. Varios transeúntes les observaron curiosos.
–Dijiste
que querías aspirinas –dijo Charles.
La
farmacia más cercana estaba a sólo unos metros, pero Tess, que iba vestida con
ropa ligera, empezó a tiritar. El aire era denso y húmedo. Archery advirtió que
los comerciantes habían recogido sus toldos.
Charles
pareció a punto de reanudar la discusión, pero ella le miró suplicante:
–No
hablemos más del asunto. Ya no tenemos nada más que decirnos. Con un poco de
suerte, no nos volveremos a ver hasta octubre e incluso entonces podemos evitar
encontrarnos...
Él
frunció el ceño en silencio e hizo un gesto de rechazo. Archery abrió la puerta
y Tess entró en el establecimiento.
En el
interior, sólo estaban la ayudante y Elizabeth Crilling, que al parecer, no
estaba comprando, sino que sólo se limitaba a charlar mientras esperaba. Era
media tarde de un día laborable y, sin embargo, la muchacha estaba de compras.
¿Qué habría pasado con su trabajo en el establecimiento de ropa para «señoras»?
Archery se preguntó si lo reconocería y cómo podía evitar que eso ocurriese,
porque no quería tener que presentarle a Tess. Se estremeció ante la idea de lo
que estaba sucediendo en aquella tienda de un pueblo provinciano: el encuentro,
después de dieciséis años, entre la hija de Painter y la muchacha que había
descubierto el crimen que éste cometió.
Se quedó
junto a la puerta mientras Tess se acercaba al mostrador. Las dos estaban tan
cerca que casi se tocaban. Entonces, Tess se inclinó por delante de Liz
Crilling para coger un frasco de aspirinas y al hacerlo rozó la manga de su
blusa.
–Disculpe.
–No se
preocupe.
Archery
observó que Tess no tenía más que un billete de diez chelines. En ese momento,
su inquietud y su temor a que Tess reconociese a la muchacha que estaba a su
lado eran tan abrumadores que estuvo a punto de gritar: «¡Da igual. Déjalo!
¡Por el amor de Dios, salgamos de aquí y ocultémonos!».
–¿No
tiene nada más pequeño?
–Me temo
que no.
–Espere un
momento, iré a ver si tenemos cambio.
Las dos
jóvenes permanecían una junto a la otra, en silencio. Tess miraba fijamente al
frente, pero Liz Crilling jugueteaba nerviosamente con dos frascos de perfume
que había en un estante de cristal, moviéndolos como si fuesen piezas de
ajedrez.
El
farmacéutico, vestido con una bata blanca, salió de la parte trasera.
–¿Está
aquí la señorita Crilling esperando una receta? –preguntó.
Tess se
volvió y su rostro se ruborizó.
–Ésta es
una receta múltiple, pero temo que ya no es válida...
–¿Qué
quiere decir con que ya no es válida?
–Quiero
decir que sólo se puede utilizar seis veces. No puedo darle más pastillas si no
trae una receta nueva. Si su madre...
–La vieja
foca –dijo Liz Crilling lentamente.
La
repentina expresividad del rostro de Tess se desvaneció como si alguien le
hubiese abofeteado. Sin abrir su monedero, metió el cambio en su bolso y salió
apresuradamente de la farmacia.
La vieja
foca. Todo es culpa suya, todo lo malo que te ha ocurrido en la vida es por su
culpa, empezando por el precioso vestido rosa.
Durante
todo el día de aquel lluvioso domingo, estuvo sentada ante la máquina de coser,
haciendo tu vestido. Cuando estuvo listo, mamá te lo puso y te peinó con una
cinta en el pelo.
–Voy a
salir un momento, quiero que la abuela Rose te vea con tu vestido nuevo –dijo
mamá y entonces salió, pero cuando regresó estaba enfadada porque la abuela
Rose estaba durmiendo y no la había oído cuando había llamado por la ventana.
–Espera
media hora –dijo papá–, quizá para entonces esté despierta. –Él estaba medio
dormido también, tumbado en la cama, pálido y flaco, con la cabeza apoyada en
las almohadas. Así que mamá subió a su cuarto para darle la medicina y leerle
algo, porque estaba demasiado débil para sostener un libro.
–Quédate
en el salón, nena, y ten cuidado de no ensuciarte el vestido.
La
obedeciste, sin embargo, te echaste a llorar. Por supuesto no era por no ir a
ver a la abuela Rose, sino porque sabías que mientras mamá y ella hablaban, tú
podrías haberte escabullido hasta el pasillo y luego llegar al jardín para
enseñar a Tessie tu vestido, ahora que estaba recién estrenado.
Bueno, ¿y
por qué no? ¿Por qué no ponerte un abrigo y cruzar corriendo la carretera? Pero
tendrías que darte prisa, porque Tess se iba a la cama a las seis y media. La
tía Rene era muy estricta en eso.
«Son
pobres, pero decentes», decía mamá, aunque no sabías lo que significaba. Pero
sabías que tía Rene no te permitiría despertarla aunque te dejase entrar en su
habitación.
Pero ¿por
qué demonios habías ido? ¿Por qué? Elizabeth Crilling salió de la farmacia y
anduvo a ciegas hacia la esquina de Glebe Road, tropezando con los transeúntes.
Quedaba mucho camino y tendría que pasar por delante de las detestables casitas
arenosas que, bajo la luz espectral, parecían tumbas del desierto, y todavía
estaba muy lejos... Y cuando llegase al final sólo le quedaba una cosa por
hacer.
14
Es legítimo que los cristianos...
lleven armas y combatan en la
guerra.
lleven armas y combatan en la
guerra.
Los treinta y
nueve artículos
Cuando
regresaron al Olive and Dove, Archery encontró en la mesa del vestíbulo una
carta con matasellos de Kendal. La miró sin comprender, y luego recordó. Era
del coronel Plashet, el antiguo comandante de Painter.
–Y ahora
¿qué? le preguntó a Charles, después de que Tess subiese a su habitación a
descansar.
–No tengo
ni idea. Ellos van a volver a Purley esta noche.
–¿Regresamos
nosotros a Thringford también?
–No sé,
papá. Te he dicho que no sé que hacer. –Hizo una pausa, estaba irritado y con
las mejillas encendidas, como un niño perdido–. Tendré que ir a disculparme con
Primero –añadió, como un crío que reconoce que se ha portado mal–. Me he
comportado muy mal con él.
Sin
pensarlo, Archery dijo instintivamente:
–Lo haré
yo, si quieres. Les llamaré.
–Te lo
agradezco. Si él insiste en que vaya a verle, iré. Habías hablado con su mujer
antes, ¿no es cierto? Lo deduje por algo que dijo Wexford.
–Sí,
había hablado con ella, pero no sabía quién era.
–Eso
–dijo Charles, serio de nuevo– es típico en ti.
¿Pensaba
sinceramente en llamarla para pedirle disculpas? Y ¿por qué suponía que ella se
pondría siquiera al teléfono? «Espero que en el transcurso de su investigación
haya podido combinar los negocios con el placer, señor Archery.» Seguramente
Imogen le habría explicado a su marido lo que quería decir con eso. Cómo aquel
clérigo de mediana edad se había comportado repentinamente de la forma que lo
hizo con ella. Se imaginó las respuestas de Primero, con sus expresiones
coloniales: «O sea, que intentó ligar contigo», y la risa despectiva de ella.
Se le encogió el corazón. Entró en el salón vacío y rasgó la carta del coronel
Plashet.
Estaba
escrita a mano en papel de barba blanco, grueso como el cartón. De cuando en
cuando, la tinta pasaba del negro oscuro al gris pálido, por lo que Archery dedujo
que el autor escribía con plumilla. «Es la letra de un hombre viejo –pensó– y
la dirección de un militar: “Srinagar”, Church Street, Kendal...».
«Estimado señor Archery:
»Su carta me interesó mucho y haré todo lo posible para proporcionarle
toda la información que está a mi alcance acerca del soldado Herbert Arthur
Painter. Puede que usted sepa que yo no fui citado ante el tribunal para
declarar respecto al carácter de Painter, aunque siempre estuve dispuesto a
hacerlo si hubiese sido menester. Afortunadamente, aún tengo en mi poder
ciertos apuntes que hice en aquel tiempo. Digo afortunadamente, porque, como
usted comprenderá, el servicio que el soldado Painter prestó durante la guerra
se remonta a veintitrés o veinticuatro años atrás, y mi memoria ya no es lo que
fue. Sin embargo, me veo obligado, contra mi voluntad, a desengañarle, si es
que usted tiene la impresión de que poseo información que pudiese ser de
interés para los familiares de Painter. El abogado defensor de Painter decidió
no llamarme a declarar porque debía saber que cualquier declaración veraz por
mi parte, en vez de ayudar a su causa, habría facilitado simplemente la tarea
del fiscal.»
Bueno, ya
tenía la respuesta. Seguiría otro odioso catálogo de las tendencias de Painter.
Gracias al idiosincrásico estilo y la letra del coronel Plashet, más que al
frío texto impreso de la transcripción del juicio, Archery consiguió hacerse a
la idea de cuál era el tipo de hombre que Charles estaba dispuesto a aceptar
como suegro. Siguió leyendo la carta más por curiosidad que por esperanza.
«Painter sirvió en las Fuerzas Armadas de Su Majestad durante un año
antes de entrar en mi regimiento. Esto fue poco antes de que embarcáramos rumbo
a Birmania como parte del XIV Ejército. Fue un soldado totalmente
insatisfactorio. Estuvimos en Birmania durante tres meses antes de entrar en
combate y, en ese período de espera, Painter tuvo que comparecer dos veces ante
un tribunal militar por embriaguez y conducta escandalosa, y fue condenado a
siete días de arresto por su comportamiento insolente con un oficial.
»Al entrar en combate, su conducta mejoró considerablemente. Era por
naturaleza un hombre belicoso, valiente y agresivo. Poco después de esto, sin
embargo, hubo un incidente en el pueblo en el que estaba situado nuestro
campamento y una joven birmana fue asesinada. Painter tuvo que comparecer ante
un consejo de guerra acusado de homicidio involuntario. Fue absuelto. Creo que
sería mejor no insistir más sobre este punto.
»En febrero de 1945, seis meses antes del cese de las hostilidades en
el Extremo Oriente, Painter contrajo una enfermedad tropical que se manifiesta
con una severa ulceración en las piernas, avivada, según me dicen, por su
absoluto descuido de ciertas precauciones higiénicas elementales y su negativa
a seguir una dieta adecuada. Cayó gravemente enfermo y no respondió al
tratamiento médico. En ese momento, había un buque de transporte en la costa de
Calcuta y, tan pronto como su salud se lo permitió, él y otros enfermos fueron
transportados allí por aire. El buque llegó a un puerto del Reino Unido a
finales de marzo, de 1945.
»No tengo más información sobre la suerte de Painter, salvo que creo
que fue desmovilizado poco después, por motivos de salud.
»Si tiene usted cualquier otra pregunta concerniente al servicio de
Painter durante la guerra, tenga la seguridad de que le responderé lo mejor que
pueda y con toda discreción. Tiene mí permiso para publicar esta carta. No
obstante, ¿sería tan amable de complacer a un anciano y enviarme una copia de su
libro cuando salga?
Atentamente,
Cosmo Plashet»
Cosmo Plashet»
Todos
daban por sentado que estaba escribiendo un libro. El estilo grandilocuente del
coronel le hizo sonreír, pero las breves líneas en las que describía la muerte
de la mujer birmana no eran cosa de risa. La prudente frase del coronel: «Creo
que sería mejor no insistir más sobre este punto» decía más que toda una página
de explicaciones.
Nada
nuevo, nada de vital importancia. ¿Por qué, entonces, tenía esa apremiante
sensación de que se le había escapado algo de suma importancia? Pero no acababa
de saber qué... Volvió a leer la carta, pero no sabía qué estaba buscando.
Entonces, mientras miraba fijamente las palabras garrapateadas, se sintió
invadido por un estremecedor deseo. Le daba miedo hablar con ella y, sin
embargo, deseaba volver a oír su voz.
Levantó
la vista y se sorprendió al ver la oscuridad de aquella tarde. El cielo del
atardecer veraniego se había ensombrecido tanto que parecía de noche. Por
encima de los tejados, hacia oriente, las nubes de color pizarra estaban
amenazadoramente teñidas de púrpura y, cuando Archery estaba doblando la carta,
un relámpago alumbró la habitación, haciendo resaltar las letras del papel y
confiriendo a sus manos un lívido blancor. Cuando el clérigo empezó a subir las
escaleras, retumbó un trueno, cuyo eco seguía resonando contra los muros del
antiguo edificio al entrar en su habitación.
Seguramente
ella se negaría a hablar con él. Ni siquiera tenía por qué regañarle
personalmente; podría hacerlo a través de un tercero y así obtener un efecto
aún más desbastador.
–Forby
Hall. Residencia del señor Primero.
Era el
mayordomo. Su acento italiano distorsionaba las palabras, salvo el apellido,
que pronunciaba con enfático acento latino.
–Quisiera
hablar con la señora Primero.
–¿De
parte de quién, señor?
–Henry
Archery.
Tal vez
ella no estuviese con su marido cuando le dieran el mensaje. La gente que vivía
como ellos, en una enorme mansión con numerosas habitaciones, tendía a convivir
por separado, él en la biblioteca y ella en el salón. Mandaría de vuelta al
mayordomo con un mensaje. Como extranjero, éste no estaría familiarizado con
los sutiles matices del inglés y eso le daba a ella ventaja, pues podría
decirle algo punzante y aparentemente cortés, sin que el sirviente apreciase el
veneno de sus palabras. Escuchó el eco de unos pasos que cruzaban el amplio
vestíbulo que Charles le había descrito. Había interferencias en la línea,
causadas, tal vez, por la tormenta.
–¿Diga?
Intentó
decir algo, pero tenía la garganta seca. ¿Por qué no había preparado algo? ¿Tan
seguro estaba de que no se iba a poner al teléfono?
–¿Diga?
¿Me escucha usted?
–Señora
Primero...
Creí que
se habría cansado de esperar. Mario no ha sido muy rápido en darme su mensaje.
–Esperé,
por supuesto. –La lluvia que azotaba su ventana, repiqueteaba contra el
cristal–. Me gustaría pedirle disculpas por lo de esta mañana. Fue
imperdonable.
–¡Oh, no!
–dijo–. Ya le he perdonado... por lo de esta mañana. En realidad, usted no
tenía nada que ver con todo eso, ¿no es cierto? Fueron las otras ocasiones las
que parecen tan... bueno, no imperdonables, sino incomprensibles.
Pudo
verla extender sus blancas manos, con un pequeño gesto de impotencia.
–A nadie
le gusta sentirse utilizado. No es que me sienta herida. Es muy difícil herirme
porque soy una persona muy fuerte, mucho más dura que Roger. Pero he estado un
poco mimada y me siento como si me hubiesen hecho bajar del pedestal. Quizá me
venga bien, espero.
Archery
dijo lentamente:
–Es largo
de explicar. Creí que podría hacerlo por teléfono, pero ahora veo que me es
imposible. –La violencia de la tormenta se puso de su parte. Apenas pudo oír
sus propias palabras–. Me gustaría verla –añadió, olvidando su promesa.
Al
parecer ella tampoco la recordaba:
–Usted no
puede venir aquí –dijo sin rodeos–, porque Roger está en casa y tal vez no
entienda sus disculpas de la misma manera que yo. Y yo tampoco puedo ir a verle
al Olive and Dove, porque, como buen hotel respetable, no permite visitas en
las habitaciones de los huéspedes. –Él murmuró algo ininteligible–. Eso ha sido
la segunda bajeza que le he dicho hoy –siguió ella–, además, usted no querrá
que conversemos en el salón, en medio de todos esos mojigatos. ¿Qué le parece
si nos encontramos en Victor’s Piece?
–Está
cerrada –dijo él y tontamente añadió–: Y, además, está lloviendo.
–Tengo
una llave. Roger siempre ha tenido una. ¿Digamos a las ocho? En el Olive and
Dove le estarán agradecidos si cena temprano.
Al ver la
cabeza de Charles asomar por detrás de la puerta, Archery colgó el auricular
con un sentimiento de culpa. Y sin embargo, no había sido una llamada
clandestina, sino hecha a instancias del propio Charles.
–Creo que
he conseguido hacer las paces con los Primero –dijo, y pensó en las palabras de
un autor cuyo nombre había olvidado: «Dios dio lenguas a los hombres para que
pudieran ocultar sus pensamientos.»
Pero
Charles, con el quijotismo de la juventud, había perdido todo interés por ese
asunto.
–Tess y
su padre están a punto de marcharse –dijo.
Bajaré.
Los dos
estaban de pie en el vestíbulo, esperando. ¿A qué?, se preguntó Archery, ¿a qué
amainase la tormenta?, ¿un milagro?, ¿o sólo para despedirse?
–Hubiera
preferido no ver a Elizabeth Crilling –dijo Tess–, pero ahora lamento no haber
hablado con ella.
–Es mejor
que no lo hicieras –dijo Archery–. Hay una enorme diferencia entre vosotras. La
única cosa que tenéis en común es la edad. Las dos tenéis veintiún años.
–No me
haga más vieja de lo que soy –dijo Tess, con voz estrangulada, y advirtió que
tenía los ojos llenos de lágrimas–. No cumplo veintiuno hasta octubre. –Levantó
la bolsa de lona que le servía de maletín de fin de semana y estrechó la mano
de Archery.
–La
compañía es muy grata, pero tenemos que irnos –dijo Kershaw–. Me parece que ya
no queda nada que decir, ¿no es así, señor Archery? Sé que usted deseaba que
las cosas saliesen de otra manera, pero no ha sido posible.
Charles
miraba fijamente a Tess. Ella mantenía apartada la vista.
–¡Por el
amor Dios, déjame escribirte!
–¿Para
qué?
–Me
gustaría –dijo Charles ásperamente.
–No voy a
estar en casa. Pasado mañana, me voy a casa de mi tía, en Torquay.
–No vas a
acampar en medio de la playa, ¿no? Esa tía tendrá una dirección.
–No tengo
papel –dijo Tess, y Archery observó que la muchacha estaba al borde de las
lágrimas, metió la mano en su bolsillo: primero, sacó la carta del coronel
Plashet (eso no, no podía permitir que Tess la viese) y luego extrajo la
tarjeta ilustrada con el verso y el retrato del pastor. Con los ojos empañados,
ella garabateó la dirección a toda prisa y se la entregó a Charles sin decir
una palabra.
–Vamos,
cariño –dijo Kershaw–. Prepara los caballos que nos vamos a casa. –Sacó las
llaves de su coche, y añadió–: Nada menos que quince. –Pero nadie sonrió.
15
Sí ha ofendido a su prójimo ...
que solicite su perdón; y por el mal y
las injurias que les haya infligido ...
que emplee toda su potestad en
ofrecer reparación.
que solicite su perdón; y por el mal y
las injurias que les haya infligido ...
que emplee toda su potestad en
ofrecer reparación.
La visitación de
los enfermos
Llovía
con mucha intensidad, Archery atravesó corriendo la distancia que había entre
su coche y el desvencijado porche, aunque una vez allí, tampoco logró ponerse a
cubierto de la lluvia, que entraba empujada por ráfagas de viento y resbalaba
en forma de goterones helados desde las hojas de los árboles. Se apoyó en la
puerta y se tambaleó cuando ésta se abrió bajo su peso, con un chirrido.
Ella
debía haber llegado ya. No se veía el Flavia por ningún lado, y cuando Archery
pensó que su discreción era seguramente intencionada, sintió asco de sí mismo y
le recorrió un escalofrío de turbación. Ella era muy conocida en la zona,
estaba casada e iba a reunirse en secreto con un hombre asimismo casado. Por
eso había escondido su llamativo coche. Sí, era bajo, bajo y sórdido, y él, un
vicario de Dios, era el responsable.
Con la
lluvia, Victor’s Piece, seca y ruinosa en tiempo soleado, olía a humedad y a
podredumbre, a hongos y a materia en descomposición. Probablemente las ratas
anidaban debajo de las astilladas tablas del suelo. Cerró la puerta y se
adentró en el pasillo, tratando de adivinar dónde estaba Imogen y por qué no había
acudido al oírle entrar. Entonces se detuvo, estaba ante la puerta trasera,
había un impermeable colgado en el lugar en que Painter solía colgar el suyo.
Archery
estaba seguro de que aquel chubasquero no estaba allí la vez anterior que
visitó la casa. Se acercó a la prenda, embargado por una mezcla de fascinación
y horror.
Lo que
había ocurrido era fácil de explicar. La casa se había vendido por fin, habían
venido unos obreros y uno de ellos se había olvidado el impermeable. No debía
alarmarse por eso, pero sus nervios le traicionaban.
–¡Señora
Primero! –llamó, pero como no es muy apropiado llamar a una mujer con la que
tienes una cita secreta por su apellido, gritó: ¡Imogen! ¡Imogen!
No hubo
respuesta. Y no obstante, Archery estaba seguro de que había alguien más en la
casa. ¿Qué era aquello de que «la hubiese reconocido aunque fuese ciego y
sordo», se mofó una vocecita interior, de que «la habría identificado por su
presencia y su aroma»? El clérigo abrió la puerta del comedor. Le asaltó un
olor húmedo y frío. El agua que se filtraba bajo el alféizar de la ventana
formaba un charco oscuro que se extendía, evocando una imagen atroz. El líquido
y las vetas rojas del mármol de la chimenea le recordaron las salpicaduras de
sangre. ¿Quién estaría dispuesto a comprar un lugar como éste? ¿Quién podría
soportarlo? Pero alguien debía haberlo hecho, porque la prenda de un obrero
colgaba detrás de la puerta...
En ese
lugar estaba sentada la anciana cuando envió a Alice a la iglesia. Estaba
sentada aquí, con los ojos cerrados por el sueño, cuando la señora Crilling
llamó a la ventana. Entonces él llegó, quienquiera que fuese, con su hacha,
cuando ella probablemente seguía dormida, profiriendo amenazas y exigencias
bajo los golpes del hacha, una y otra vez, hasta que entró en el sueño eterno.
¿El sueño eterno? Mors jauna vitae. ¡Si al menos su entrada en la nueva vida
no hubiera pasado por un sufrimiento tan atroz! Se encontró rezando por algo
que sabía imposible, que Dios cambiase la historia.
En ese
momento, la señora Crilling golpeó en la ventana.
Archery
dio un respingo tan violento que le pareció sentir una mano que le apretaba el
corazón. Recuperó el aliento y, haciendo un esfuerzo, volvió la mirada.
–Siento
llegar tarde –se disculpó Imogen Ide–. ¡Qué noche más espantosa!
«Ella
debería haber estado dentro de la casa», pensó, intentando tranquilizarse.
Pero, en cambio, estaba fuera y había llamado a la ventana, porque le había
visto parado allí en medio, como un alma perdida. Eso cambiaba las cosas,
porque ella no había escondido su coche. Éste estaba aparcado sobre la grava,
junto al suyo, mojado, plateado y reluciente, como una hermosa criatura salida
de las profundidades del mar.
–¿Cómo ha
entrado? –dijo ella, una vez en el vestíbulo.
–La
puerta estaba abierta.
–Habrán
sido los albañiles.
–Eso
creo.
Ella
llevaba un traje de tweed y su rubio cabello estaba empapado. Él había
sido lo bastante estúpido –«o ruin», pensó– como para creer que, cuando se
encontrasen, ella correría a abrazarle. En lugar de eso, ella se quedó parada,
mirándole muy seria, casi fría, frunciendo el entrecejo.
–Creo que
es mejor que vayamos a la sala del desayuno –dijo ella–. Hay algunos muebles y,
además, no tiene connotaciones desagradables.
Los
muebles consistían en dos taburetes de cocina y una silla de mimbre. Por la
ventana, empañada por la suciedad incrustada, él pudo ver el invernadero, de
cuyas paredes de cristal resquebrajado aún colgaban los zarcillos de la parra
muerta. Le cedió la silla y se sentó en uno de los taburetes. Tenía la extraña
sensación –no desprovista de encanto, por otra parte– de que habían venido con
intención de comprar la casa como una pareja y, al haber llegado demasiado
pronto, se veían obligados a esperar hasta que llegase el agente que debía
enseñársela.
–Éste podría
ser el estudio –diría él–. En días de sol, tiene que ser precioso.
–O
podríamos comer aquí. Está muy cerca de la cocina.
–¿Te
levantarás todas las mañanas para prepararme el desayuno? (Amor mío...)
–Dijo
usted que deseaba explicarse –dijo ella. Por supuesto, ellos jamás compartirían
una cama, ni el desayuno, ni el futuro. Éste era su futuro, esta entrevista en
el húmedo comedor, contemplando una parra muerta.
Archery
empezó hablándole de Charles y de Tess y de la certeza de la señora Kershaw de
la inocencia de Painter. Cuando llegó a la cuestión de la herencia, el rostro
de Imogen se ensombreció aún más y, sin dejarle terminar, le interrumpió:
–¿Tenía
usted intención de acusar a Roger del asesinato?
–¿Qué
podía hacer? Estaba dividido entre Charles y usted –dijo él. Ella sacudió la
cabeza y el rubor coloreó sus mejillas–. Le ruego que me crea cuando le digo
que no intenté trabar conocimiento con usted porque era su esposa.
–Le creo.
–El
dinero, sus hermanas, ¿no sabía usted nada de eso?
–No, no
lo sabía. Sólo que existían y que Roger no las veía nunca. ¡Oh, Dios mío! –Se
cubrió las mejillas con las manos, después los ojos y, finalmente, las llevó
hasta las sienes–. Hemos estado hablando de ello durante todo el día. Él no
entiende que estaba moralmente obligado a ayudarlas. Sólo le preocupa una cosa:
que Wexford no considere este hecho como un móvil de asesinato.
–Aquella
noche, Wexford vio personalmente a su marido en Sewingbury, a una hora crucial.
–No lo
sabe o lo ha olvidado. Hasta que no se arme de valor para llamar a Wexford, lo
va a pasar muy mal. Hay quien diría que se lo tiene bien merecido. –Suspiró–.
¿Es verdad que sus hermanas andan muy mal de dinero?
–Una de
ellas, sí. Vive en una sola habitación con su marido y un niño pequeño.
–He
conseguido que Roger acceda a darles lo que ellas deberían haber recibido al
principio, tres mil libras, algo más de tres mil cada una. Creo que será mejor
que vaya yo personalmente a visitarlas. Para él, esa suma no es dinero. Lo
curioso del caso es que yo sabía que carecía de escrúpulos. De otro modo, es
imposible amasar una fortuna semejante, pero no le creía capaz de algo así.
–¿A sus
ojos, esto le coloca a él...? –Vaciló, temeroso del alcance destructor de su
intromisión.
–¿Quiere
usted decir si sentiré a partir de ahora lo mismo por él? Escuche, voy a
decirle algo. Hace siete años, en el mes de junio, mi rostro apareció en la
portada de seis revistas distintas. La muchacha más fotografiada de Inglaterra.
Él
asintió con la cabeza, perplejo y sin acabar de comprender qué trataba de
decirle.
–Después
de llegar a la cima, sólo puedes ir hacia abajo. En el mes de junio del año
siguiente sólo aparecí en la portada de una revista. Así que me casé con Roger.
–¿No le
amaba?
–Me
gustaba, ya sabe. De alguna manera, él me salvó y ahora yo me dedico a salvarle
a él. –Al recordar su dulce serenidad en el salón del Olive y su mano encima
del brazo tembloroso de un deudo, Archery comprendió a qué se refería. Él
estaba acostumbrado a verla siempre dulce y tranquila, y se sobresaltó cuando
le espetó–: ¿Cómo iba a saber que había un clérigo de mediana edad esperándome;
un clérigo casado, con un hijo y un complejo de culpabilidad más grande que una
montaña?
–¡Imogen!
–¡No, no
me toque! Ha sido una estupidez venir aquí. No debería haberlo hecho. ¡Oh, Dios
mío, cómo odio estas escenas sentimentales!
Él se
levantó y se alejó de ella todo lo que le permitía aquella exigua habitación.
Había dejado de llover pero el cielo tenía un color arcilloso y la parra estaba
seca, sin vida.
–¿Qué
piensan hacer ahora su hijo y esa muchacha? –preguntó ella.
–No creo
que ni siquiera ellos mismos lo sepan.
–¿Y
usted, qué va a hacer?
–«Volver
a la mujer de mi seno –citó–, a la que debo ir.»
–¡Kipling!
–Ella soltó una risilla histérica; por su parte él sentía que sus últimas
revelaciones llegaban demasiado tarde y le causaban un profundo dolor–.
¡Kipling! ¡Lo que me faltaba!
–Adiós
–dijo él.
–Adiós,
querido Henry Archery. Nunca supe cómo llamarle, ¿sabe? –Ella le cogió la mano
y posó sus labios sobre la palma.
–Quizá no
sea un buen nombre para un romance –dijo él tristemente.
–Pero
suena bien para un reverendo. Imogen salió y cerró la puerta tras ella sin el
menor ruido.
–Jenny me
ha besado –le dijo Archery a la parra. Jenny podía ser el diminutivo de
Imogen–. ¿Y qué?
Al cabo
de un rato, el clérigo salió al vestíbulo y buscó la razón por la que aquel
lugar le parecía más vacío y más decadente que antes. Tal vez fuese la
acuciante sensación de pérdida. Se volvió hacia la puerta trasera y entonces lo
descubrió. No eran imaginaciones suyas. El impermeable había desaparecido.
¿Había
estado realmente allí, o era su imaginación, morbosa y ultrasensitiva, la que
le hacía ver alucinaciones? Era una visión hasta cierto punto natural en
alguien tan involucrado como él en la historia de Painter. Pero si el
impermeable nunca había estado allí, ¿cómo explicar aquellos charcos, del
tamaño de un penique, que había en el suelo, y que parecían formados por las
gotas de agua que resbalaban de una manga?
Archery
no creía en la superchería sobrenatural. Pero ahora, mientras contemplaba la
percha de la que había colgado el impermeable, recordó cómo se había
sobresaltado al oír el golpecito en la ventana y cómo las vetas del mármol le
habían parecido manchas de sangre. Era posible que un poder maléfico se
cerniese sobre aquel lugar, fermentando la imaginación y recreando imágenes de
una tragedia pasada en la retina de la mente.
La puerta
estaba dividida en cuadros con cristales, en los que, a pesar de estar muy
sucios, se reflejaba el destello de la luz del atardecer. En todos menos en
uno. Archery se acercó y sonrió forzadamente al pensar en sus absurdas
fantasías. Habían quitado el cristal que estaba más cerca de la cerradura. Se
podía meter el brazo por el hueco para girar la llave y descorrer los
pestillos.
En ese
momento la puerta estaba abierta. Salió al patio enlosado. Más allá, el jardín
aparecía envuelto en una bruma acuosa. Los árboles, los arbustos y el
exuberante manto de maleza se combaban bajo el peso del agua. En otras circunstancias
se hubiera sentido en la obligación, como buen ciudadano responsable, de
localizar al individuo que había roto el cristal e incluso hubiese pensado en
la conveniencia de acudir a la policía. Ahora, simplemente, lo confirmaba con
apática indiferencia.
Imogen
llenaba sus pensamientos, pero incluso éstos ya no eran apasionados ni
avergonzados. Esperaría cinco minutos más para asegurarse de que ella se había
marchado y entonces regresaría al Olive. Mecánicamente, se inclinó y, por hacer
algo, empezó a recoger los trozos de cristal roto, apilándolos contra la pared
donde nadie, ni siquiera el ladrón, pudiese tropezar con ellos.
Sus
nervios le traicionaban, pues estaba seguro de que aquello que había oído era
una pisada, seguida por el sonido de una respiración.
¡Ella
regresaba! No debería hacerlo; era más de lo que podía soportar. Se alegraría
de verla, pero cualquier cosa que dijese significaría otra nueva despedida.
Apretó los dientes, tensó los músculos de sus manos y, sin ser consciente de lo
que hacía, sus dedos se cerraron sobre un fragmento de cristal.
La sangre
empezó a manar antes de sentir el dolor. Se levantó, parecía perdido en aquel
sitio desierto y se volvió hacia el sonido de los tacones que se acercaban.
El grito
le estalló en pleno rostro:
–¡Tío
Bert! ¡Tío Bert! ¡Oh, Dios mío!
Archery
alargó ambas manos, la ensangrentada y la otra, para sujetar a Elizabeth
Crilling en su caída.
–Tendrán
que darle puntos –dijo ella–. Cogerá el tétanos. Le quedará una cicatriz
horrible.
Él apretó
más el pañuelo alrededor de la herida y se sentó en el escalón, contemplándola
con semblante serio. Ella se recobró en pocos segundos, pero su rostro no había
recuperado el color. Una racha de viento atravesó la enmarañada masa de
follaje, salpicándolos con gotas de agua. Archery se estremeció.
–¿Qué
hace usted aquí? –le preguntó.
Ella se
recostó contra la silla que él había sacado de la sala del desayuno y estiró
las piernas desmañadamente. Eran delgadas como las de una oriental y las medias
le hacían arrugas alrededor de los tobillos.
–Me he
peleado con mi madre –dijo ella.
Él no
dijo nada y aguardó. Por un momento ella permaneció inerte, luego inclinó
súbitamente su cuerpo hacia adelante, como movida por un resorte, e
instintivamente, él se echó un poco a un lado, alejándose de ella, pues cuando
la señorita Crilling se abrazó las rodillas contra su pecho, su cara se había
aproximado demasiado a la de él. Ella movió los labios, pero pasaron unos
segundos antes de que saliesen las palabras de su boca:
–¡Por
Cristo! –Él permaneció inmóvil, controlando su inevitable reacción ante la
blasfemia–. Vi su mano cubierta de sangre y luego usted dijo exactamente lo que
él: «Me he cortado.» –Se estremeció como sacudida por una fuerza invisible.
Asombrado,
Archery contempló cómo ella se relajaba de nuevo y le decía con frialdad:
–Déme un
cigarrillo. –le tiró su bolso–. ¡Enciéndamelo! –El viento húmedo apagó la
llama. Ella ahuecó sus delgadas manos de gruesos nudillos para protegerla–.
Siempre fisgando, ¿no? –Se echó hacia atrás–. No sé lo que esperaba encontrar,
pero ya lo tiene.
Desconcertado,
Archery examinó el jardín, miró hacia arriba a los gabletes y luego al
pavimento resquebrajado.
–A mí,
quiero decir –dijo ella con irritada impaciencia–. Usted ha estado contando
historias a la policía sobre mí cuando no tiene ni la más mínima idea de todo
este asunto. –Volvió a incorporarse violentamente, con descaro, y ante el
horror del clérigo se subió la falda descubriendo sus muslos desnudos encima de
las medias. La piel blanca estaba cubierta de pinchazos de jeringuilla–. Asma,
eso es lo que es. Pastillas para el asma. Hay que disolverlas en agua (no puede
imaginarse lo que cuesta hacerlo) y luego rellenar una jeringuilla con la
solución.
Archery
siempre había creído que no se sorprendía con facilidad, pero en aquel momento
lo estaba. Sintió que el rubor cubría sus mejillas. La vergüenza le dejó mudo y
luego dio pasó a un conmovido sentimiento de lástima y una especie de
indefinible indignación con la humanidad.
–¿Le hace
algún efecto? –preguntó con todo el aplomo que pudo reunir.
–Te
coloca, si entiende lo que quiero decir. Algo parecido a lo que usted debe
sentir cuando canta salmos –bromeó–. Fue un hombre con el que viví el que me
metió en esto. Verá, yo trabajaba en un sitio perfecto para conseguir las
pastillas. Hasta que usted envió a ese mal parido de Burden, a dar un susto
mortal a mi madre. Ahora tiene que pedir una receta nueva cada vez que las
necesita y tiene que ir a recogerlas personalmente.
–Entiendo
–dijo él y su esperanza se esfumó. Así que ése era el secreto al que la señora
Crilling se refería. En la cárcel Liz no podría conseguir pastillas, ni
jeringuillas y, puesto que era adicta a ellas, tendría que confesar su
dependencia–. No creo que la policía pueda hacerle nada –dijo, sin saber si era
o no verdad.
–¿Qué
sabrá usted de eso? Me quedan veinte pastillas en el frasco, así que vine aquí.
Me he preparado una cama arriba y...
La
interrumpió:
–¿Es suyo
el impermeable?
La
pregunta sorprendió a la muchacha, pero sólo por un momento, luego volvió a
adoptar una expresión desdeñosa que la hizo parecer mucho más vieja.
–Por
supuesto –dijo mordazmente–. ¿De quién pensaba que era? ¿De Painter? Salí un
momento para recoger algo del coche, dejé la puerta cerrada con pestillo y
cuando regresé, usted estaba dentro con esa furcia. –Archery intentó no perder
el control, sin apartar los ojos de ella. Por primera vez en su vida sintió el
impulso de abofetear a alguien–. No me atrevía a volver a casa –dijo,
recuperando el otro de sus dos únicos estados de humor que era capaz de sentir,
y volvió a mostrarse infantil y llena de lástima por sí misma–. Pero tenía que
recoger mi impermeable; las pastillas estaban en el bolsillo.
Ella
respiró hondo y arrojó el cigarrillo hacia los arbustos húmedos.
–¿Qué
diablos pretende usted con volver a la escena del crimen? ¿Ponerse en su lugar?
–¿En
lugar de quién? –susurró él.
–De
Painter, por supuesto. Bert Painter. Mi tío Bert. –Su tono volvía a ser
desafiante, pero le temblaban las manos y sus ojos se volvieron vidriosos. Por
fin hablaba. Él era como un hombre que esperaba una mala noticia, y aún
sabiendo que ésta era inevitable, mantuviese la esperanza de que quedara
mitigada por algún nuevo detalle o alguna faceta desconocida. Ella prosiguió–:
Esa noche, Painter, estaba en el mismo sitio que está usted, sólo que él estaba
cubierto de sangre y sostenía un trozo de madera que también estaba manchado de
sangre. Me dijo: «Me he cortado. No mires, Lizzie, me he cortado.»
16
Cuando un alma impura
abandona a un hombre, vaga por
lugares yermos en busca de descanso,
sin encontrarlo. Dice: «Regresaré a la
casa de la que he salido.»
abandona a un hombre, vaga por
lugares yermos en busca de descanso,
sin encontrarlo. Dice: «Regresaré a la
casa de la que he salido.»
Evangelio del
cuarto domingo de Cuaresma
Elizabeth
Crilling se lo contó en segunda persona: «Tú hiciste esto y después hiciste
aquello.» Asombrado, Archery fue consciente de que estaba escuchando algo que
ningún padre ni psiquiatra había oído anteriormente. El extraño uso del
pronombre parecía introducir su mente dentro del cuerpo de una niña para que él
pudiese ver con sus ojos y sentir su terror.
Ahora
ella estaba sentada, completamente inmóvil, en el mismo lugar donde todo había
comenzado, bajo la luz descendente del húmedo atardecer. Sólo se movían sus
párpados. A veces, en los momentos más angustiosos de su relato, ella cerraba
los ojos y luego volvía a abrirlos con un suspiro. Archery nunca había asistido
a una sesión de espiritismo y de hecho desaprobaba este tipo de cosas
teológicamente insostenibles; pero había leído sobre el tema. El clérigo pensó
que el monótono relato de los espeluznantes acontecimientos contado por
Elizabeth Crilling tenía el cariz de la revelación de una médium. Ella estaba
llegando al final, y en su rostro se reflejaba el alivio y el cansancio, como
si acabara de quitarse un gran peso de encima.
«...Te
pusiste el abrigo, el mejor que tenías porque también llevabas tu mejor
vestido, cruzaste corriendo la carretera y recorriste el callejón del
invernadero. No te vio nadie, así que nadie se enteraría. ¿O quizá sí?
Seguramente aquel ruido lo hizo la puerta trasera al cerrarse suavemente.
»Rodeaste
la casa con sigilo y entonces descubriste que era tío Bert que había salido al
jardín.
»–¡Tío Bert, tío Bert! Tengo puesto mi vestido de fiesta. ¿Puedo ir a enseñárselo a Tessie?
»De
repente tuviste miedo, un miedo que nunca habías sentido antes, porque el tío
Bert respiraba de una manera extraña, jadeaba y tosía como papá cuando sufría
uno de sus ataques. Entonces se volvió hacia ti, tenía manchas rojas por todas
partes, en las manos y en la parte delantera de su abrigo.
»–Me he cortado
–dijo–. No mires Lizzie. Acabo de cortarme.
»–¡Quiero
ver a Tessie! ¡Quiero ver a Tessie!
»–¡No
vayas allí!
»–No me
toques. Llevo mi vestido nuevo. Si lo haces se lo diré a mamá.
ȃl se
quedó allí en medio, lleno de aquella cosa roja, con aquella cara que se
parecía a la de un león, una boca y una nariz enormes y el pelo rizado y
rojizo. Sí, se parecía al león de ese libro de dibujos que mamá no te dejaba
mirar...
»La cosa
roja le había salpicado el rostro y le había manchado los labios. Él aproximó
su terrible cara a la tuya y te gritó:
»–Sí se
lo dices, Lizzie Crilling, renacuajo presumido y repipi, ¿sabes lo que te haré?
Estés dónde estés, ¿me oyes?, te encontraré y te haré lo mismo que a la vieja.»
Archery
advirtió que el relato había acabado porque ella salió del trance, se incorporó
en su silla y dejó escapar un gemido.
–¿Pero
usted volvió otra vez a Victor’s Piece? –murmuró Archery–, ¿no es cierto que
regresó a la casa con su madre?
–¡Mi
madre! –Él no se habría sorprendido si ella hubiese empezado a llorar, pero lo
que, desde luego, no esperaba era aquella violenta y amarga carcajada, aguda y
discorde. De repente ella dejó de reírse y se apresuró a responderle–: Yo sólo
tenía cinco años, era una niña. En aquel momento no sabía lo que Painter me quería
decir. Me daba mucho más miedo que ella se enterase de que yo había ido allí
sola. –Archery notó que ya utilizaba el «ella» y, por intuición, supo que no
volvería a mencionar a su madre por su nombre–. Verá, ni siquiera sabía que
aquello era sangre y creo que pensé que se trataba de pintura.
»Después
volví con ella. La casa no me daba miedo y no sabía a quién se había referido
Painter al decir “la vieja”. Cuando él dijo que me haría lo que le había hecho
a la vieja, pensé que se refería a su mujer, la señora Painter. Él sabía que yo
le había visto pegarla. Fui yo quien encontró el cadáver. ¿Lo sabía usted?
¡Dios, fue espantoso! Verá, yo no entendía nada. ¿Sabe lo que pensé al
principio? Creí que, por algún motivo, ella había reventado.
–¡No!
–dijo Archery.
–Si a
usted le resulta difícil de asimilar, ¿cómo cree que fue para mí? Yo tenía cinco
años. ¡Cinco años, por Dios! Me metieron en la cama y estuve enferma durante
semanas. Arrestaron a Painter, por supuesto, pero nadie me lo dijo. Esas cosas
no se cuentan a los niños. Yo no sabía qué había pasado, sólo que la abuela
Rose había reventado por su culpa. Y que si yo contaba lo que había visto me
haría lo mismo que a ella.
–Pero
¿qué pasó después? ¿No se lo contó usted a nadie?
Ella le
había explicado cómo había descubierto un cadáver y le había dicho que fue
espantoso, pero él percibió una cierta afectación en su voz. «Una niña
encuentra una mujer asesinada», pensó. Sí, todo el mundo debió coincidir en
afirmar que era un hecho traumatizante para ella, sin embargo, para Liz, eso no
había sido lo peor. Ahora, tras contar lo que le había pasado, Archery observó
que la muchacha volvía a entrar en trance, mientras el espíritu de Painter,
allí presente, en el mismo sitio donde ocurrió todo, aparecía ante sus ojos.
–Te
encontraría –masculló ella–. Te escondieses donde te escondieses, estuvieses
donde estuvieses, él te encontraría. Querías contárselo a ella, pero
no quiso escucharte. «No pienses en ello, nena, tienes que quitártelo de la
cabeza.» Pero aquello no quería irse... –Sus facciones se movían y sus ojos
vidriosos parpadeaban.
–Señorita
Crilling, permítame llevarla a su casa.
Entonces
ella se levantó y caminó mecánicamente hacia la pared de la casa, como un robot
cuyo programa se hubiera desbaratado. Al tocar los ladrillos con las manos se
detuvo y volvió a hablar, dirigiéndose no a él sino al interior de la casa.
–No
quería irse. Y se metió cada vez más adentro, hasta convertirse en la rueda de
una cajita de música que giraba y giraba, tocando la misma canción una y otra
vez.
¿Es que
ella era consciente de que estaba hablando metafóricamente? Antes la muchacha
le había hecho pensar a Archery en una médium, pero ahora le parecía más bien
un disco rayado que reproducía el mismo horror cada vez que la aguja llegaba al
surco del recuerdo. Tocó su brazo y le sorprendió la docilidad y laxitud con
que ella se dejó conducir de nuevo a la silla. Durante unos minutos los dos se
sentaron en silencio. Ella habló primero, recuperada casi por completo:
–Conoce a
Tessie, ¿verdad? ¿Se va a casar con su hijo? –Él se encogió de hombros. En voz
queda, prosiguió–: Creo que es la única amiga que he tenido nunca. Su
cumpleaños iba a ser la semana siguiente, iba a cumplir cinco años y yo pensé
en regalarle uno de mis vestidos viejos. Dárselo a escondidas mientras ella
estuviera con la vieja. Era una mocosa generosa, ¿a que sí? Pero no volví a
verla.
Archery
dijo con delicadeza:
–La ha
visto usted en la farmacia, esta misma tarde.
Su estado
de cordura, recién recuperado, era bastante frágil. Archery pensó que quizá
había sido demasiado imprudente.
–¿La de
la blusa blanca? –dijo ella con un hilo de voz tan queda que él tuvo que
inclinarse para oírla–. ¿La que no tenía cambio?
–Sí.
–Estaba a
mi lado y yo sin saberlo. –Hubo un largo silencio. Sólo se oía el susurro sordo
de los arbustos y las relucientes hojas cargadas de agua que trepaban por las
paredes de la cochera. Ella inclinó la cabeza. –Reconozco que no me fijo mucho
en las mujeres. Pero le vi a usted y al chico que iba con usted, desde luego.
Recuerdo que pensé que por fin se veía algún tío bueno en este poblacho.
–El tío
bueno al que se refiere –dijo Archery– es mi hijo.
–¿El
novio de Tess? ¡No tenía que haberle contado nada! –exclamó con exasperación–.
Y, ¡Dios!, tampoco se lo habría dicho nunca a ella, si usted no me hubiera
pillado así.
–Fue una
coincidencia. Quizá es mejor que yo lo sepa.
–¡Usted!
–espetó–. Usted y su querido hijo no piensan en otra cosa. ¿Y yo qué? –Se
levantó, le miró y se dirigió hacia la puerta con el cristal roto.
«Tiene
razón», pensó avergonzado. Él había estado dispuesto a sacrificar a cualquiera,
a las Crilling, a Primero, incluso a Imogen, por salvar a Charles; pero su
búsqueda estaba condenada al fracaso desde el principio porque no se podía
cambiar la historia.
–¿Qué me
van a hacer? –Liz no le miraba a la cara y hablaba con voz queda. Pero había
tal apremio y tanto miedo en esa breve frase que produjo el mismo efecto que si
la hubiese pronunciado a gritos.
–¿A
usted? –Archery se levantó y se colocó detrás de ella, impotente–. No tienen
por qué hacerle nada. –Recordó al hombre muerto en el paso de peatones y los
pinchazos que ella tenía en sus piernas, pero se limitó a añadir–: Es más
grande el sufrimiento que usted ha padecido por los pecados ajenos que el daño
que ha causado a otros.
–¡La
Biblia! –gritó–. ¡No me cite la Biblia! –Él no dijo nada, pues no lo había
hecho. Ella añadió de repente–: Me voy arriba. ¿Sería tan amable de darle
recuerdos a Tess cuando la vea? ¡Me hubiera gustado hacerle un regalo de
cumpleaños!
Cuando
Archery llegó a la casa del médico, el punzante dolor de su mano, que palpitaba
como un segundo corazón, sofocaba cualquier otro tipo de sensación. Reconoció
inmediatamente al doctor Crocker, y éste también se acordaba de él.
–Se está
divirtiendo mucho estas vacaciones –dijo Crocker. Tuvo que hacer una sutura en
el dedo y ponerle la vacuna antitetánica–, Primero el muchacho muerto y ahora
esto... Lo siento, pero puede que le duela. Tiene usted una piel muy gruesa.
–¿De
veras? –Mientras se remangaba la camisa, Archery no pudo evitar una sonrisa–.
Quisiera preguntarle algo. –Sin perder el tiempo con explicaciones, le expuso
la duda que le venía atormentando desde que abandonó Victor’s Piece–. ¿Es
posible?
–¿A
principios de octubre? –Crocker le miró con simpatía–. Mire, ¿es una cuestión
personal?
Archery
leyó sus pensamientos y sonrió.
–No
exactamente –dijo–. Es, como se suele decir, en interés de un amigo.
–Bueno,
es muy improbable. –Crocker sonrió–. Se conocen muy pocos casos, son contadísimos.
Se puede decir que se registran para la historia médica.
Archery
asintió y se levantó para irse.
–Tendré
que volver a ver ese dedo –le dijo el doctor–. O si no, vaya a hacerle una
visita a su médico de cabecera. Tiene que ponerse otras dos inyecciones. Vaya a
verle cuando regrese a casa, ¿de acuerdo?
A casa...
sí, mañana estaría en casa. Su estancia en Kingsmarkham no había sido
precisamente muy tranquila, no obstante, Archery sentía esa curiosa sensación
que se experimenta cuando se está a punto de abandonar un lugar de veraneo que
acaba por resultar más familiar que el propio hogar.
Había
paseado por High Street todos los días, algo que no hacía con mucha frecuencia
por la calle principal de Thringford. Para él, eran tan conocidas la farmacia,
la tienda de ultramarinos, la pañería como para las amas de casa de
Kingsmarkham. Además, el lugar era francamente bonito. De repente le
entristeció no haber prestado apenas atención a su belleza, pero pensó que
siempre asociaría esa ciudad con un amor perdido y una búsqueda fracasada.
Las
farolas, algunas de ellas antiguas, con fanales de hierro forjado, iluminaban
los callejones que serpenteaban entre los muros de piedra, los patios de las
cocheras y los jardines de los cottages. La débil luz amarillenta amortiguaba el
color de las flores, confiriéndoles una luminosa palidez. Media hora antes
quedaba suficiente luz para leer; ahora la oscuridad se adueñaba del lugar y
desde la calle podían verse las luces de las lámparas a través de las ventanas.
El cielo amenazaba lluvia y se veían algunas estrellas a través de los escasos
claros que se abrían entre las nubes algodonosas. La luna no había salido aún.
El Olive
and Dove estaba brillantemente iluminado y el aparcamiento, lleno de coches. A
través de las puertas de cristal que separaban el vestíbulo del bar Archery vio
que estaba atestado de gente. Había grupos y parejas de jóvenes sentados en
taburetes y alrededor de pequeñas mesas de roble negro. Archery habría dado
cualquier cosa para ver a Charles entre ellos, echando la cabeza hacia atrás
para reírse y posando la mano encima del hombro de alguna muchacha bonita. No
una muchacha bella, intelectual y con un pasado que la marcaba para siempre
sino mona, aburrida y complicada. Pero Charles no estaba allí. Archery lo
encontró en el salón, a solas, escribiendo una carta. Apenas había transcurrido
unas horas desde que el muchacho se despidió de Tess, y ya le estaba
escribiendo...
–¿Dónde
has estado...? ¿Qué te ha pasado en la mano?
–Haciendo
trizas el pasado.
–No te hagas
el misterioso, papá. Eso no te va. –Hablaba con amargura y resentimiento.
Archery se preguntó por qué la gente dice que el sufrimiento templa el carácter
y por qué él mismo se lo había dicho a sus propios feligreses en varias
ocasiones. Escuchó la voz reprobadora, quejumbrosa y egoísta de su hijo–. Hace
dos horas que quiero escribir la dirección en este sobre, pero no he podido
porque no sé dónde vive la tía de Tess. –Charles le lanzó una mirada amarga y
acusadora–. Tú la apuntaste. No me digas que la has perdido.
–Aquí la
tienes. –Archery sacó la tarjeta de su bolsillo y la dejó caer encima de la
mesa–. Voy a telefonear a tu madre para decirle que mañana estaremos en casa.
–Subiré
contigo. Este sitio está muerto por la noche.
¿Muerto?
El bar estaba lleno de gente, muchos de ellos seguramente eran tan exigentes
como Charles. Si Tess hubiese estado entre ellos no habría estado «muerto». De
pronto, Archery decidió que Charles tenía derecho a ser feliz, y si su
felicidad dependía de Tess, él tenía que conseguirla. Por lo tanto, era
imprescindible que la hipótesis que estaba formulando no resultase errónea.
Al llegar
al umbral de su habitación, el clérigo se detuvo y puso la mano hacia el
interruptor de la luz pero no lo apretó. Allí en la oscuridad con Charles a sus
espaldas, le vinieron a la mente las imágenes de Wexford, aquel primer día en
la comisaría. Se había mostrado inflexible: «Me opongo totalmente a la boda»,
le había dicho al inspector jefe. ¡Qué diferentes veía ahora las cosas! Pero
entonces él desconocía lo que era suspirar por una voz y una sonrisa.
Comprender de verdad no significaba simplemente perdonar algo, era sentirlo en
tu propio espíritu y tu propia carne.
Por
encima de su hombro. Charles dijo:
–¿No
encuentras el interruptor? –Levantó la mano y tocó la de su padre que
descansaba sobre la fría y seca pared. La habitación se llenó de luz–. ¿Te
encuentras bien? Pareces agotado.
Acaso fue
la inhabitual suavidad de su voz lo que le conmovió. Archery sabía lo fácil que
era ser amable cuando uno se siente feliz y lo imposible que resulta
preocuparse por algo que no sea la propia pena cuando uno se halla inmerso en
ella. De repente su corazón rebosó de amor, un amor difuso que, por primera vez
en mucho tiempo, no tenía un objeto específico aunque en él estaban incluidos
su hijo y su mujer. Con la dudosa esperanza de que su voz sonase dulce y
amable, se dirigió al teléfono.
–Bueno,
casi no te reconozco. –Fueron las primeras palabras que escuchó, llenas de
resentimiento–. Pensaba que te había pasado algo. Empezaba a creer que te
habías fugado con una amante.
–Nunca
haría eso, cariño –dijo, con el corazón oprimido. Se sintió obligado a poner su
fidelidad fuera de dudas y adoptando el grotesco lenguaje de la calle, añadió–:
Kingsmarkham no destaca por sus tías buenas. Te he echado de menos. –No era
sincero y lo que dijo a continuación también era mentira–. Estoy deseando
volver a casa contigo. –Tendría que conseguir que se convirtiese en una verdad.
Apretó la mano hasta el que dedo herido le empezó a doler, y mientras lo hacía
pensó que con voluntad y tiempo llegaría a ser cierto...
–Utilizas
unas expresiones muy raras –dijo Charles cuando Archery colgó–. ¡Tías buenas!
¡Me sorprendes, papá! –todavía sostenía la tarjeta postal, contemplándola
absorto. Una semana antes, a Archery le habría maravillado que la dirección de
una mujer y su caligrafía pudiesen fascinarle tanto.
–El
sábado me preguntaste si había visto esto antes, si me sonaba. Bueno, sí que lo
he visto. Es un extracto de una larga obra de teatro religiosa en verso. Una
parte está escrita en prosa pero contiene canciones (himnos, en realidad) y
ésta es la última estrofa de una de ellas.
–¿Dónde
lo has visto? ¿En Oxford? ¿En una biblioteca?
Pero
Charles no le escuchaba. Como si estuviese esperando el momento desde hacía
tiempo, le preguntó:
–¿Dónde
has estado esta noche? ¿Tiene algo que ver conmigo y con Tess?
¿Debía
decírselo? ¿Estaba obligado a destruir los últimos vestigios de esperanza antes
de tener algo real y probado para sustituirlos?
–Sólo fui
a echar un último vistazo a Victor’s Piece. –Charles asintió con la cabeza.
Parecía aceptarlo con toda naturalidad–. Me encontré a Elizabeth Crilling allí,
escondida. –Le habló de las drogas y de los lamentables intentos de la muchacha
para conseguir más pastillas, pero no se lo contó todo.
La
reacción de Charles fue inesperada:
–¿De qué
se esconde?
–De la
policía, supongo, o de su madre.
–¿Quieres
decir que la has dejado allí sola? –preguntó Charles indignado–. ¿A una
desequilibrada como ella? Es capaz de hacer cualquier cosa. No sabes cuántas
pastillas tendría que tomar para intoxicarse. Puede que se tome una sobredosis
deliberadamente. ¿Se te ha ocurrido pensar en eso?
Ella le
había acusado de desconsiderado, pero ni siquiera ese reproche le movió a hacer
alguna cosa por ella. No pensó en que dejar a una joven sola en una casa vacía
era una irresponsabilidad.
–Creo que
debemos ir a Victor’s Piece e intentar convencerla de que regrese a su casa
–dijo Charles. Al observar la repentina animación reflejada en el rostro de su
hijo, Archery se cuestionó si era sincero o aquel arrebato de resolución era
debido al deseo de hacer algo, lo que fuera, porque sabía que si se metía en la
cama, no podría conciliar el sueño. Charles guardó la tarjeta postal en su
bolsillo y dijo–: No te va a gustar la idea, pero creo que su madre debe
acompañarnos.
–Se ha
peleado con ella. Se comporta como si la odiase.
–No te
preocupes. ¿Las has visto juntas alguna vez?
Sólo una
mirada a través de una sala de audiencias, una mirada llena de un indescifrable
e intenso sentimiento. No, nunca las había visto juntas. Pero sabía que si
Charles estuviese solo y triste en algún lugar, y quizá al borde de quitarse la
vida, a él, Archery, no le gustaría que fueran unos extraños los que le auxiliaran.
–Conduce
tú –dijo dándole las llaves.
El reloj
de la iglesia dio las once. Archery se preguntó si la señora Crilling se habría
acostado ya. Por primera vez, pensó que tal vez estuviese preocupada por su
hija. No se le había ocurrido pensar que estas dos mujeres sintieran emociones
normales. Eran diferentes al resto de la gente, la madre era una enferma mental
y la hija, una delincuente. Se preguntó si ésta era la razón por la que, en vez
de mostrarse compasivo con ellas, se había limitado a utilizarlas. Al entrar en
Glebe Road un reconfortante sentimiento brotó en su interior. Ahora que
Elizabeth Crilling había podido deshacerse de sus fantasmas, no era demasiado
tarde para salvarla, curar su vieja herida y rescatarla del caos en el que se
hallaba.
Archery
tenía frío y no llevaba nada para abrigarse. «En una noche de invierno es
normal que haga frío –pensó–, pero hay algo deprimente e impropio en una noche
de verano fría.» Noviembre con flores, un viento de noviembre que agitaba las
hojas lozanas del verano. Era mejor no buscar presagios en la naturaleza.
–Charles,
¿cuál es la creencia religiosa que atribuye alma a todos los seres de la
naturaleza? –preguntó.
–Animismo
–dijo Charles. Archery tiritó.
–Ésta es
la casa –dijo. Se apearon del coche. El número 23 estaba a oscuras.
–Estará
en la cama.
–Pues
tendrá que levantarse –dijo Charles, y pulsó el timbre. Volvió a llamar varias
veces–. Es inútil. ¿Se puede entrar por detrás?
–Por aquí
–dijo Archery y condujo a Charles bajo el arco arenoso. «Es como una cueva»,
pensó al tocar las paredes. Esperaba que estuviesen frías y húmedas pero, al
tacto, resultaban secas y rugosas. Salieron a un callejón oscuro, apenas
iluminado por la exigua luz procedente de los ventanales de la parte trasera de
las casas. Un rectángulo amarillento, dividido por barras negras, se proyectaba
en cada uno de los sombríos jardines, pero ninguno emergía de la ventana de la
señorita Crilling.
–Debe
haber salido –dijo Archery, mientras abrían la portilla de la reja de alambre–.
No sabemos apenas nada sobre ellas. Ignoramos dónde puede haber ido o quiénes
son sus amigos.
A través
de la ventana vieron que la cocina y el vestíbulo estaban oscuros y vacíos.
Para llegar a los ventanales tuvieron que abrirse paso entre una maraña de
ortigas mojadas que les produjeron urticaria en las manos.
–Es una
lástima que no hayamos traído una linterna.
–No
tenemos ninguna linterna –objetó Archery. Miró dentro–. Tengo unas cerillas.
A la luz
de la primera cerilla pudo apreciar que la habitación no había cambiado desde
su primera visita, seguía llena de ropa tirada por el suelo y periódicos
apilados contra la pared. La cerilla se apagó y la tiró al suelo. Al encender
la segunda vio que había restos de comida sobre la mesa, un pan en rebanadas
todavía envuelto en papel, una taza y un platillo, un bote de mermelada y un
solo plato con una sustancia amarilla solidificada.
–Vale más
que nos marchemos. No está aquí.
–La
puerta no está cerrada –dijo Charles. Levantó la aldaba y la abrió
sigilosamente. De golpe les envolvió un extraño olor a fruta y alcohol que no
pudieron identificar.
–No
podemos entrar. No tenemos ninguna justificación para forzar la entrada.
–No he
forzado nada. –Charles tenía un pie al otro lado del umbral, pero se detuvo y,
por encima del hombro, añadió–: ¿No te parece que hay algo raro aquí? ¿No lo
sientes?
Archery
se encogió de hombros. Ambos se hallaban ya dentro de la habitación. El olor
era muy penetrante, pero no se distinguía nada más que los borrosos contornos
de los muebles.
–El
interruptor de la luz está a la izquierda, al lado de la puerta –dijo. Yo lo
buscaré. –Se había olvidado de que su hijo era un hombre, de que era su sentido
adulto de la responsabilidad lo que les había traído allí. En ese oscuro y
maloliente lugar, eran sólo padre e hijo. El no debía hacer lo mismo que la
señora Crilling y dejar que su hijo entrase primero–. Quédate aquí. –Pasó a
tientas al lado de la mesa, apartó un pequeño sillón de su camino, se deslizó
por detrás del sofá y buscó el interruptor–. ¡Quédate ahí! –Su voz cobró un
tono más apremiante, agudizado por el miedo. En su recorrido, sus pies había
tropezado con los desperdicios esparcidos por el suelo, un zapato y algo que le
pareció un libro abierto, pero ahora el obstáculo era más grande y más sólido.
Se le erizaron los cabellos. Era ropa, sí, pero entre ella había algo pesado e
inerte. Cayó de rodillas y extendió sus manos para poder palpar aquel bulto–.
¡Dios mío...!
–¿Qué
ocurre? ¿Qué diablos está pasando? ¿No encuentras la luz?
Archery
no pudo articular palabra. Había retirado sus manos, que estaban mojadas y
pringosas. Charles había cruzado la habitación. Al encender la luz, la
oscuridad se desvaneció hiriéndole la vista. Archery cerró los ojos. Por encima
de él, oyó a su hijo gritar una exclamación ininteligible.
Abrió los
ojos y la primera cosa que vio fueron sus manos teñidas de rojo.
–¡No
mires! –exclamó Charles, adelantándose a las propias palabras de su padre.
Ellos no eran policías y, por lo tanto, no estaban acostumbrados a ese tipo de
escenas; cada uno de ellos intentaba evitarle al otro el horror.
Pero ya
era tarde. La señora Crilling yacía muerta en el suelo entre el sofá y la
pared. La frialdad de su cuerpo llegó hasta las manos de Archery a través de
los volantes rosas que cubrían a la mujer desde el cuello hasta los tobillos.
Al ver su cuello apartó inmediatamente la vista, en él había una media atada.
–¡Está
cubierta de sangre! –dijo Charles–, es como si, ¡Dios mío! como si alguien la
hubiese rociado con ella.
17
Contuve la lengua y permanecí
mudo; me abstuve de pronunciar
siquiera buenas palabras; pero me
afligían un gran dolor y una pena.
mudo; me abstuve de pronunciar
siquiera buenas palabras; pero me
afligían un gran dolor y una pena.
Salmo 39, El entierro de los muertos
–No es sangre –dijo Wexford–. ¿No saben lo que es? ¿No lo adivinaron por
el olor? –Cogió la botella que habían encontrado debajo del aparador y la
levantó. Archery estaba sentado en el sofá del salón de la señora Crilling
contrito y exhausto. Se oían pasos y portazos procedentes de la otra
habitación, donde dos hombres de Wexford continuaban el registro. Los vecinos
de arriba habían vuelto alrededor de las doce, de festejar la noche del sábado
y el hombre llegó un poco ebrio. La mujer tuvo un ataque de histeria durante el
interrogatorio de Wexford.
Ya se
habían llevado el cuerpo de la señora Crilling. Charles cambió su silla de
lugar para no tener que ver las manchas de licor de cerezas.
–Pero
¿por qué? ¿Por qué ha sido? –susurró.
–Su padre
lo sabe. –Wexford miró fijamente a Archery, con una mirada opaca en sus ojos
penetrantes. Se sentó frente a ellos en una silla baja de madera–. En cuanto a
mí, bueno, yo no lo sé pero puedo adivinarlo. No dejo de pensar en otra escena
similar que vi, hace mucho, mucho tiempo. Exactamente dieciséis años. Un
vestido rosa con volantes de niña que no se lo podría volver a poner porque
estaba manchado de sangre.
Había
empezado a llover de nuevo y el agua repiqueteaba contra los cristales de las
ventanas. Archery pensó en el frío que haría en Victor’s Piece, un lugar gélido
y misterioso como un castillo desierto en medio de un bosque de árboles mojados.
El inspector jefe poseía una especie de sexto sentido cercano a la telepatía.
El clérigo intentó alterar el rumbo de sus pensamientos por temor a que Wexford
los adivinase, pero la pregunta llegó antes de que pudiese descartar aquellas
imágenes de su mente.
–Dígame,
señor Archery, ¿dónde está?
–¿De
quién habla?
–De la
hija.
–¿Por qué
piensa que yo lo sé?
–Escúcheme –dijo Wexford–. Hemos comprobado que la última persona que la vio fue un farmacéutico
de Kingsmarkham. ¡Oh, sí!, lo primero que hicimos fue visitar todas las
farmacias, naturalmente. Este recuerda que, cuando ella estaba en la tienda,
había también dos hombres y una muchacha, un hombre joven y otro mayor, padre e
hijo, evidentemente.
–No hablé
con ella –dijo Archery, sinceramente. El olor le daba náuseas. Sólo quería que
le dejaran en paz y le permitieran irse a dormir, salir de aquella habitación
donde Wexford les había retenido desde que le avisaron.
–La
señora Crilling lleva muerta seis o siete horas. Ahora son las tres menos
cuarto y usted salió del Olive and Dove a las ocho menos cuarto. El camarero
del bar le vio entrar a las diez. ¿A dónde fue, señor Archery?
Éste no
contestó. Hacía muchos años –¡años no, siglos!– se vio en una situación
similar, en la escuela. Si confiesas, traicionas a alguien; si no lo haces,
todo el mundo sufre las consecuencias. ¡Tenía gracia! No era la primera vez que
comparaba a Wexford con un director de escuela.
–Usted
sabe dónde está –afirmó el inspector jefe en tono amenazador–. ¿Quiere que le
acusen de complicidad?
Archery
cerró los ojos. De súbito, comprendió la razón por la que rehusaba colaborar.
Aunque iba en contra de su religión y era incluso perverso, deseaba de corazón
que los temores de Charles respecto a la chica se hubieran cumplido.
–Papá...
–dijo Charles, pero como su padre no le contestó, se encogió de hombros y miró
a Wexford con ojos consternados–. ¡Qué más da! Está en Victor’s Piece.
Archery
tomó conciencia de que había estado conteniendo la respiración. Se relajó y
exhaló un profundo suspiro.
–Está en
uno de los dormitorios contemplando la cochera y soñando con un montón de
arena. Me preguntó qué le iban a hacer y no la entendí... ¿Qué le van a hacer?
Wexford
se levantó.
–Bueno,
señor... –Archery tomó nota de ese «señor» como señal de un retorno al
tratamiento del guante de seda–. Al igual que yo, usted sabe que ya no se
castiga con la muerte... –lanzó una mirada hacia el lugar en que habían hallado
el cuerpo de la señora Crilling– las ofensas más ignominiosas y graves.
–¿Podemos
irnos ya? –preguntó Charles.
–Hasta
mañana –dijo Wexford.
Al salir
por la puerta se encontraron con la lluvia, que caía con tanta fuerza que
parecía una cortina de espuma. Durante la siguiente media hora el agua estuvo
repiqueteando sobre el techo del coche, filtrándose a través de la ventanilla
superior entreabierta. Archery tenía un charco alrededor de los pies, pero
estaba demasiado cansado para concederle importancia.
Charles
le acompañó a su habitación.
–No es el
mejor momento para hacerte esta pregunta –dijo–. Falta poco para el amanecer y
Dios sabe lo que tendremos que soportar mañana, pero necesito saberlo. Prefiero
saberlo. ¿Qué más te contó esa muchacha en Victor’s Piece?
Archery
había oído que, en determinadas situaciones, las personas recorrían
frenéticamente una habitación como fieras enjauladas. Nunca se había imaginado
a sí mismo en un estado de tensión tal que, a pesar de sentirse exhausto,
encontraría alivio en cruzar y volver a cruzar la habitación, cogiendo objetos
y volviendo a dejarlos en su sitio, con manos temblorosas. Charles aguardaba,
sintiéndose demasiado desdichado como para mostrarse impaciente. El sobre con
la carta para Tess estaba encima del tocador, al lado de la tarjeta de la
tienda de recuerdos turísticos. Archery la cogió y jugueteó con ella, arrugando
los bordes decorados de la cartulina. Luego, se acercó a su hijo, posó las
manos sobre sus hombros con suavidad, le miró a aquellos ojos que se parecían
tanto a los suyos y dijo:
–Lo que
me contó no te concierne. Sería como, bueno, una pesadilla ajena. –Charles no
se movió–. ¡Pero me gustaría que me dijeses dónde viste los versos que están
impresos en esta tarjeta!
Era una
mañana gris y fría, una de las que se ven en trescientos de los trescientos
sesenta y cinco días del año, sin lluvia ni sol, sin escarcha ni niebla. Una
mañana anodina. El guardia de tráfico llevaba puesta la chaqueta oscura, las
tiendas habían recogido los toldos a rayas y los transeúntes aceleraban el
paso.
El
inspector Burden escoltó a Archery hasta la comisaría. El clérigo sintió una
punzada de vergüenza al responder a la amable pregunta del agente sobre cómo
había pasado la noche. Había dormido como un tronco. Quizá tampoco se le
hubiese turbado el sueño si hubiese sabido ya lo que acababa de comunicarle el
inspector: Elizabeth Crilling estaba viva.
–Nos
acompañó sin oponerse –dijo Burden y, con cierta indiscreción, añadió–: Para
decirle la verdad, señor, nunca la he visto tan tranquila y cuerda y... bueno,
en paz, por así decirlo.
–Supongo
que estará deseando regresar a casa –le dijo Wexford, cuando Burden les dejó a
solas en el despacho azul y amarillo–. Tendrá que volver para la investigación
y la vista, ya que fue usted quien encontró el cadáver.
Archery
suspiró.
–Elizabeth
encontró un cadáver hace dieciséis años. Si no hubiese sido por la vanidad y el
egoísmo de su madre, la codicia por obtener algo a lo que no tenía derecho, eso
no habría ocurrido. Puede ser que esa codicia se volviera contra ella y la
destruyera mucho después de que su propósito original se frustrase, o que
Elizabeth guardase rencor a su madre porque ésta se negaba a hablar de Painter
y a sacar su terror a la luz.
–En
efecto –dijo Wexford–. Los dos motivos son plausibles. Y también puede ser que,
cuando Liz salió de la farmacia y volvió a Glebe Road, la señora Crilling
tuviese miedo de pedir otra receta y Liz, en la desesperación del síndrome de
abstinencia, la estrangulase.
–¿Puedo
verla?
–Me temo
que no. Empiezo a comprender lo que ella vio hace dieciséis años y lo que le
contó a usted anoche.
–Después
de hablar con ella fui a ver al doctor Crocker. Quiero que vea esto. –Archery
le entregó la carta del coronel Plashet y le señaló en silencio la página
reveladora con su dedo vendado–. Pobre Elizabeth –murmuró–. Quería regalarle a
Tess uno de sus vestidos por su quinto cumpleaños. A menos que Tess haya
cambiado mucho desde entonces, no creo que ese regalo hubiese significado mucho
para ella.
Wexford
leyó la carta, cerró brevemente los ojos y sonrió:
–Entiendo.
–Dijo con calma mientras volvía a meterla en el sobre.
–Tengo
razón, ¿no es cierto? ¿No estoy tergiversando las cosas, creándome falsas
ilusiones? Verá, ya no me fío de mi propio juicio. Necesito la opinión de un
experto en deducción. Estuve en Forby y vi la fotografía, tengo la carta y he
hablado con el doctor. Si usted tuviese las mismas pistas, ¿no habría llegado a
la misma conclusión?
–Es usted
muy amable, señor Archery. –Wexford sonrió irónicamente–. Recibo más quejas que
cumplidos. Bueno, en cuanto a las pistas y a las conclusiones, estoy de acuerdo,
pero yo lo habría averiguado mucho antes.
»Mire
–continuó–, todo depende de lo que uno esté buscando y, de hecho, señor, usted
no sabía lo que estaba buscando. Usted estaba empeñado en desmentir algo frente
a, bueno, como usted mismo ha dicho, la deducción de profesionales. Lo que ha
descubierto conduce al mismo punto que teníamos. Es decir, para usted y su
hijo. Pero no ha cambiado el statu quo para la justicia. Nosotros nos habríamos
asegurado, desde el principio, de que sabíamos exactamente lo que estábamos
buscando, es lo elemental. Cuando uno llega a este punto, importa muy poco
quién ha cometido el crimen. Pero usted lo miraba a través de una lente que le
venía grande.
–Una
lente demasiado oscura –dijo Archery.
–No me
gustaría estar en su lugar en su próxima entrevista.
–Es
curioso –dijo Archery pensativamente, mientras se levantaba– que partiendo de
opiniones opuestas, al final los dos tengamos la razón.
Wexford
le había dicho que tendría que volver. Él procuraría que sus visitas fuesen
breves, sólo abriría los ojos cuando estuviese dentro del edificio del otro
lado de la calle: el juzgado, y sólo hablaría para hacer su declaración.
Archery había leído historias de personas conducidas a lugares desconocidos,
con los ojos vendados y en vehículos herméticos para que no pudiesen reconocer
los lugares que atravesaban. En su caso, la presencia de aquellos que su fe le
permitía amar legítimamente sería la que le protegería de los recuerdos: Mary,
Charles y Tess serían su antifaz y su capucha. Seguramente, no volvería nunca a
esta habitación. Se volvió para mirarla por última vez, pero si pensaba que
habría dicho la última palabra, estaba muy equivocado.
–Ambos
estábamos en lo cierto. Yo con la razón y usted con la fe –dijo Wexford,
mientras le daba un suave apretón de manos. Añadió–: Después de todo, no se
podría haber esperado otra cosa.
Ella les
abrió la puerta con cuidado, a regañadientes, como si esperase encontrar unos
gitanos o un vendedor de cepillos de una marca desconocida.
–Perdone
la interrupción, señora Kershaw –dijo Archery con exagerada cordialidad–.
Charles quería ver a Tess y como nos venía de camino...
Es
difícil dar la bienvenida a las visitas, incluso a las inoportunas, sin esbozar
una sonrisa, pero Irene Kershaw no sonrió, sino que masculló algunas frases de
las que Archery pudo descifrar alguna que otra palabra como: «agradable
sorpresa», «inesperada», y «muy atareada». Él y su hijo consiguieron entrar en
el vestíbulo, pero casi tuvieron que empujarla para que se apartase a un lado y
les dejase pasar. Las mejillas de la señora Kershaw se encendieron y,
recuperando la coherencia, le dijo a Charles:
–Tess ha
salido un momento a comprar unas cosas para sus vacaciones. –Archery advirtió
que estaba enfadada y no encontraba la forma de expresar su cólera ante unas
personas adultas y de otra clase social–. Os habéis peleado, ¿no es cierto?
¿Qué es lo que pretendes? ¿Romperle el corazón? –¡Vaya!, por fin demostraba
tener emociones, pero una vez que las manifestaba, parecía incapaz de controlarlas.
Se le llenaron los ojos de lágrimas–. ¡Oh, querido...! no quería decir eso.
Archery
se lo había explicado todo a Charles en el coche. Él debía encontrar a Tess y
contárselo cuando estuvieran solos.
–Podrías
bajar la cuesta. Charles, y esperar a que Tess vuelva de las tiendas. Te
agradecerá que le eches una mano con los paquetes –dijo.
Charles
vaciló, posiblemente porque no sabía cómo afrontar la acusación de la señora
Kershaw y se resistía a volver a mencionar la expresión: «romperle el corazón».
Entonces, dijo:
–Voy a
casarme con su hija. Es lo que siempre he deseado.
La señora
Kershaw palideció y, ahora que ya no había motivo para llorar, las lágrimas le
resbalaron por las mejillas. Bajo otras circunstancias, Archery se hubiera
sentido incómodo. En ese momento se dio cuenta de que la disposición actual de
la madre de Tess, sus lágrimas y aquel tibio resentimiento –que era
probablemente la única manera que ella conocía de manifestar su pasión– la
harían más receptiva a lo que él tenía que decirle. Una tigresa cansada se
escondía bajo ese insulso y mediocre exterior, una hembra capaz de saltar sólo
cuando sus crías estaban en peligro.
Charles
salió por la puerta principal. Cuando se quedaron a solas, Archery se preguntó
dónde estarían los demás niños y cuándo regresaría Kershaw. Al igual que la
última vez que estuvo en compañía de aquella mujer, no encontraba palabras con
que expresarse. Ella tampoco hizo nada por ayudarle, sino que permaneció de
pie, rígida e inexpresiva, enjuagándose las lágrimas con la yema de los dedos.
–¿No
sería mejor que nos sentáramos? –Archery hizo un vago gesto hacia la puerta de
cristal–. Me gustaría charlar con usted, aclarar las cosas, yo...
Ella se
recuperaba rápidamente, refugiándose en su respetabilidad.
–¿Puedo
ofrecerle una taza de té? –preguntó.
Archery
no podía permitir que se evadiese, escudada en una conversación banal ante una
taza de té.
–No,
gracias. No, de verdad... –respondió.
La siguió
al salón. Allí estaban los libros, los Reader’s Digest, los diccionarios y las obras sobre
pesca de altura. El retrato de Jill colocado sobre el caballete ya estaba
acabado, pero Kershaw había incurrido en el error de aficionado de no saber
cuándo detenerse, y había arruinado el parecido con los últimos retoques. En el
jardín, que se extendía ante él tan irreal como un tapiz bordado en colores
chillones, los geranios Crampel tenían un color tan vivo que le deslumbraban.
La señora
Kershaw se sentó protocolariamente y se plisó la falda sobre las rodillas.
Llevaba un vestido de algodón, a pesar de que había vuelto a hacer frío.
Archery pensó que ella era de ese tipo de mujeres que hasta que no están
seguras de que ha llegado el buen tiempo siguen vistiendo ropa de invierno y,
cuando empieza a hacer menos calor y amenaza tormenta, aún sacan el vestido
fino, cuidadosamente planchado.
Había
vuelto a enhebrar las perlas. Levantó la mano y enseguida la volvió a bajar,
sin ceder a la tentación de tocarlas. Sus miradas se cruzaron y ella dejó
escapar una risita nerviosa, tal vez consciente de que había delatado su
pequeño vicio. Él suspiró para sus adentros, pues su rostro ya no mostraba
signos de la turbación anterior, sino el natural desconcierto de una anfitriona
que ignora el propósito de una visita y es demasiado discreta para peguntarlo.
Era imprescindible
para Archery, esencial, despertar alguna emoción detrás de esa
pálida y arrugada frente. Había ensayado varios preámbulos, pero ahora se quedó
mudo. En cualquier momento ella empezaría a hablar del tiempo o de cuanto le
gustaría una boda por la iglesia. Pero no fue así exactamente. Había olvidado
su repertorio de comentarios prácticos para empezar una conversación entre dos
extraños.
–¿Cómo
fueron sus vacaciones? –preguntó Irene Kershaw.
Muy bien.
Eso le serviría.
–Si no me
equivoco, Forby es su pueblo natal –dijo él–. Fui a ver una tumba mientras
estaba allí. Ella acarició las perlas con la palma de su mano.
–¿Una
tumba? –Por un instante, su voz sonó ronca como antes, cuando había hablado de
romperse un corazón; luego, recobrando su desapasionado acento de Purley,
añadió–: ¡Claro!, la señora Primero está enterrada allí, ¿no es cierto?
–La tumba
que visité no era la suya. –Y, con voz suave, citó–: «Ve, pastor, y descansa en
paz...»–. Dígame, ¿por qué no conservó usted sus obras?
Había
esperado una reacción fuerte, incluso violenta. Estaba preparado para hacer
frente a una muestra de orgullo ofendido o a esa irrecusable e insulsa
respuesta tan apreciada por todas las señoras Kershaw de este mundo:
«Preferiría no hablar de ello, si no le importa.» Pero no había contado con
aquella mirada asustada y, al mismo tiempo llena de admiración. Ella se encogió
un poco en el sillón, si es que es posible encogerse al mismo tiempo que se
permanece totalmente inmóvil, con los relucientes ojos muy abiertos, fijos como
los de un muerto.
Su miedo
le atemorizó. Era contagioso como un bostezo. ¿Y si sufría un ataque de
histeria? Con extrema cautela, Archery prosiguió:
–¿Por qué
ha ocultado sus obras? Podían haberlas publicado o representado en el teatro.
Es posible incluso que él hubiera alcanzado la fama póstuma.
Ella no
respondió, pero ahora ya sabía lo que debía hacer, la respuesta le llegó como
un regalo del cielo. Sólo tenía que seguir hablando, suave y sugestivamente.
Las palabras fluyeron con facilidad, los tópicos y los clichés, las alabanzas a
unas obras que jamás había visto y que no tenía motivo para creer que le
gustasen; afirmaciones y promesas infundadas que, tal vez, no pudiese cumplir
jamás. Durante todo ese tiempo no apartó sus ojos de ella, como un hipnotizador,
asintiendo con la cabeza cuando ella lo hacía y cuando, por fin, en los
temblorosos labios de la señora Kershaw se dibujó la huella de una sonrisa, él
correspondió con otra.
–¿Podría
verlas? –se atrevió a decir–. ¿Querría usted enseñarme las obras de John Grace?
Archery
contuvo la respiración mientras, con tortuosa lentitud, ella se subía encima de
un taburete para alcanzar la última estantería. Los escritos de Grace estaban
dentro de una gran caja de cartón de una tienda de ultramarinos, que anteriormente
debió contener latas de melocotón. La cogió con una extraña reverencia, tan
concentrada en su valioso tesoro que dejó caer al suelo las revistas apiladas
encima.
Habría
una docena de semanarios, pero la mirada de Archery se quedó clavada en una de
las portadas, como si le hubiesen arrojado ácido a los ojos. Dejó de mirar la
fotografía de aquel hermoso rostro, con el pálido cabello semioculto bajo un
sombrero adornado con rosas de junio y esperó a que la señora Kershaw hablase,
sus palabras le rescataron de su turbación y su tristeza.
–Supongo
que fue Tess quien se lo dijo –susurró ella–. Era nuestro secreto. –Abrió la
tapa de la caja para que él pudiese leer las palabras de la primera página del
manuscrito: El rebaño. Oración en forma de drama, de John Grace–. Si usted me lo
hubiese pedido antes se las habría enseñado. Tess me dijo que debía
mostrárselas a cualquiera que se interesase por ellas y que... que pudiese
comprenderlas.
Cuando
sus ojos volvieron a encontrarse él logró retener la mirada trémula de Irene
Kershaw en la suya. Sabía que sus pensamientos se traslucían en su mirada, y
ella debió leerlos, pues le tendió la caja y dijo:
–Aquí las
tiene. Puede quedárselas. –Asustado y avergonzado, retiró las manos y
retrocedió. De repente, entendió cuáles eran las intenciones de la señora
Kershaw, le entregaba como pago la más valiosa de sus posesiones–. Pero no me
haga preguntas. –Dejó salir un débil quejido–. ¡No me pregunte sobre él!
Archery
se cubrió impulsivamente los ojos con las manos, la mirada de Irene Kershaw se
le hacía insoportable.
–No tengo
derecho a juzgarla –murmuró.
–Sí,
sí... está bien. –Le tocó en el hombro con firmeza, como si hubiese recuperado
las fuerzas–. Pero no me pregunte sobre él. Mi esposo me dijo que usted quería
saberlo todo acerca de Painter, Bert Painter, mi primer marido. Le diré todo lo
que recuerdo de él, cualquier cosa que quiera saber.
Su juez y
su torturador... Era mejor una rápida puñalada certera que este atroz e
interminable sufrimiento. Apretó los puños hasta sentir el dolor de su dedo
herido y la miró por encima de las hojas amarillentas del poema.
–No
quiero saber nada más de Painter –dijo–. No es él quien me interesa. Sólo me
interesa el padre de Tess... –Ni sus sollozos ni la mano que apretaba su brazo
desesperadamente pudieron detenerle–. Y desde anoche sé –prosiguió en voz baja
–que Painter no pudo ser su padre.
18
... Como tendrás que responder de
tus acciones el temido día del juicio
final, cuando los secretos de todos los
corazones sean desvelados...
tus acciones el temido día del juicio
final, cuando los secretos de todos los
corazones sean desvelados...
La solemnización
del matrimonio
Ella
lloraba en el suelo. Para Archery, que permanecía impotente a su lado, el verla
sobrepasar todos los límites del convencionalismo hasta el punto de estar boca
abajo en el suelo, sacudida por los sollozos, era la prueba de la envergadura
de su desmoronamiento. Archery nunca había sentido una desesperación tan
profunda. Con una ansiedad que rayaba en el pánico, se compadeció de aquella
mujer que se deshacía en lágrimas, como si fuese la primera vez que llorase.
No pudo
calcular cuánto tiempo podía durar su postración. En la habitación, que
disponía de todo lo necesario para llevar lo que se conoce como una «vida
cómoda», no había ningún reloj y él se había quitado el suyo para poder sujetar
la venda del dedo a la muñeca. Cuando empezaba a creer que aquel llanto no iba
a acabar nunca, ella se incorporó de pronto y luego se dejó ir como un animal
apaleado.
–Señora
Kershaw... –dijo él–. Señora Kershaw, perdóneme.
Ella se
levantó despacio, respirando con dificultad. Su vestido de algodón estaba
arrugado como un trapo viejo. Le dijo algo pero él no pudo entenderla y
entonces descubrió lo que le sucedía: se había quedado sin voz.
–¿Puedo
traerle algo? ¿Un vaso de agua, un poco de brandy?
Ella
movió negativamente la cabeza, como si ésta no formase parte de su cuerpo y
fuese algo independiente de él que giraba sobre un pivote.
–No bebo
–dijo con voz ronca.
En ese
momento Archery tuvo la certeza de que nada podría atravesar aquella coraza de
respetabilidad. Ella se desplomó en el sillón que había ocupado antes, dejando
colgar fláccidamente los brazos a los lados. Cuando él regresó de la cocina con
un vaso de agua, ella se había recuperado lo suficiente como para tomar un
sorbo y secarse, con la finura de costumbre, las comisuras de los labios. Él no
se atrevió a hablar.
–¿Tendré
que decírselo a ella? –Hablaba con voz grave, pero ya no ronca–. ¿Tendré que
decírselo a mi Tessie?
Archery
no se atrevió a confesarle que Charles se lo habría contado ya.
–Hoy día,
eso no es nada –dijo, refutando las enseñanzas de dos milenios de su fe con una
sola frase–. Esas cosas ya no tienen importancia. Ahora cuénteme todo lo que
sabe.
Se
arrodilló ante ella y rezó para que todas sus conjeturas se aproximasen lo más
posible a la verdad y ella sólo se limitase a completar algunos detalles.
¡Ojalá tuviese éxito en esa última tarea y pudiese ahorrarle así la vergüenza
de una confesión!
–Usted y
John Grace vivían muy cerca en Forby. Se enamoraron, pero él murió...
Maquinalmente,
ella tomó el manuscrito de sus manos y lo dejó sobre su regazo. Lo había cogido
como si se tratase de un talismán o una reliquia y en voz queda dijo:
–Era tan
inteligente. Yo no entendía las cosas que escribía, pero eran muy bellas. Su
profesor quería que fuese a la universidad pero su madre no le dejó. Verá, su
padre tenía una panadería y esperaba que él le ayudara con el negocio. –Que
siga hablando, rezó Archery alejándose poco a poco para sentarse en el borde de
su silla. Ella continuó–: Él seguía escribiendo sus poemas y sus obras de teatro
y por las noches estudiaba para algún que otro examen. John se libró del
ejército porque estaba enfermo, tenía anemia. –Sus dedos se crisparon sobre el
manuscrito con más fuerza pero sus ojos estaban secos. Por un instante, Archery
volvió a ver el anguloso y pálido rostro de la tarjeta de la tienda de
recuerdos, pero sus rasgos se iban transformando poco a poco en los de Tess.
Contempló
a Irene Kershaw embargado por una dolorosa compasión. A no ser que él
interviniese, había llegado el punto en que ella tendría que abordar el tema
que le supondría una mayor humillación.
–Iban a
casarse –dijo él.
Acaso
ella tuvo miedo de las palabras que él pudiese utilizar, porque se defendió
gritando: –¡Nunca hicimos nada malo! Sólo una vez... Después... bueno, él no era
como los demás muchachos. Estaba tan avergonzado como yo. –Desvió el rostro y
para justificarse añadió con un hilo de voz–: Aparte de John, he tenido dos
maridos, pero nunca me he sentido atraída por este tipo de cosas. –Echó la
cabeza hacia atrás, ruborizada–. Estábamos comprometidos, íbamos a casarnos...
Archery
vio que era el momento de seguir adelante con sus conjeturas:
–Usted
supo que estaba embarazada después de que él muriera, ¿no es cierto? –Ella
asintió con la cabeza, enmudecida por el azoramiento–. No tenía a dónde ir y
tenía miedo, así que se casó con Painter. Veamos, John Grace murió en febrero
de 1945 y Painter regresó de Birmania a finales de marzo. Así que usted debía
conocerle de antes. –Era pura suposición–. ¿Quizá estuviese destinado en Forby
antes de embarcarse para el Extremo Oriente? –Fue recompensado con una
imperceptible inclinación de cabeza, y continuó a expensas de su inspirada
imaginación para completar su crónica de los hechos, nutrida por el contenido
de una carta de Kendal, el rostro de una fotografía y las magulladuras del
brazo de una mujer. Apartó la mirada y cerró los puños para contener un
suspiro. Incluso un simple suspiro podría delatarle. Al lado de las cristaleras
se recortó contra los geranios bermejos la silueta de Kershaw, que permanecía
en silencio, inmóvil y alerta. ¿Cuánto tiempo llevaría allí? ¿Qué habría
escuchado? Consternado, Archery escrutó su expresión, en busca de signos de
sufrimiento o de ira, y halló una dulzura que le devolvió el coraje.
Quizá él
estaba traicionando a esta mujer, tal vez estuviese a punto de cometer algo
imperdonable, pero ya era demasiado tarde para ese tipo de recriminaciones.
–Déjeme
terminar –dijo, sin saber cómo conseguiría mantener el tono de su voz–. Usted
se casó con Painter y le hizo creer que era el padre de Tess. Pero él
sospechaba y por eso nunca quiso a la niña como un padre, ¿no es cierto? ¿Por
qué no se lo contó al señor Kershaw?
Ella se
inclinó. Era evidente que no había oído entrar al hombre que se introdujo con
sigilo en la habitación.
–Él nunca
me ha hecho preguntas sobre mi vida con Bert –dijo ella–, y yo estaba demasiado
avergonzada de haber estado casada con un hombre como Painter. Usted no lo
conoce pero mi marido es tan bueno que, aunque nunca me preguntó nada, yo me
sentí en la obligación de darle algún tipo de explicación, ¿entiende? –De
súbito se mostraba elocuente–. Pero imagínese qué podía decirle, qué podía
darle... ¡Nada! La gente solía señalarme en la calle como si fuese un monstruo.
Él tuvo que cargar con eso; él que no conocía la inmundicia. Me dijo que me
llevaría lejos y que me proporcionaría una nueva vida en un lugar donde nadie
me conociera, me dijo que yo no tenía la culpa, que era inocente. ¿De verdad
cree usted que iba a desperdiciar la única oportunidad de mi vida, diciéndole
que Tess era... era ilegítima?
Conmovido,
Archery se levantó pesadamente. Con la fuerza de su mirada, había intentado
obligar al hombre que estaba detrás de ella a volver sobre sus pasos, pero
Kershaw permaneció en su sitio, inmóvil, como si no tuviera un cuerpo que
respirase ni un corazón que latiese. Su esposa había estado tan absorta en su
propio relato que no se había dado cuenta de nada de lo que pasaba a su
alrededor, sin embargo en ese momento pareció sentir algo en el ambiente, la
sorda pasión de otras dos personas, cuyo único propósito era ayudarla. Se dio
la vuelta en el sillón y, con una extraña mueca de súplica, se levantó para
enfrentarse a su marido.
Archery
esperaba un grito, que no se produjo. Ella se tambaleó, pero cuando intentó
decir algo sus palabras quedaron sofocadas por el fuerte abrazo de Kershaw.
Sólo la oyó decir:
–¡Oh,
Tom! ¡Tom! –Pero él sintió que sus energías le abandonaban y se concentraban en
un único y absurdo pensamiento. Era la primera vez que oía el nombre de pila de
Kershaw.
Ella no
volvió a bajar. Archery supuso que no la volvería a ver hasta que todos se
reuniesen de nuevo entre las flores, las damas de honor y la tarta nupcial.
Pálida y retraída, Tess estaba sentada al lado de Charles, con una mano en la
de él y el manuscrito en su regazo.
–Me
siento tan rara –dijo ella–. Es como si tuviese una nueva identidad. Como si
tuviese tres padres, sin embargo al que menos conozco es al verdadero...
Sin pizca
de tacto. Charles comentó:
–Bueno,
¿no prefieres tener un padre como éste, un hombre capaz de escribir cosas tan
hermosas? –Pero Tess volvió sus ojos hacia aquel hombre al que Archery tendría
que aprender a llamar Tom, y supo que ella ya había elegido.
Tendió el
pesado fajo de papeles a Archery y le preguntó:
–¿Qué
podemos hacer con sus obras?
–Yo
podría enseñárselas a un editor que conozco. Una vez escribí parte de un
libro... –Sonrió–. Sobre gatos abisinios. Conozco a alguien que podría estar
interesado. Al menos podré hacer algo para reparar el daño que he causado.
–¿Usted?
No tiene nada que reprocharse. –Kershaw se colocó entre él y los novios.
«Excepto destrozar un matrimonio para arreglar otro», pensó Archery. Con el
rostro fruncido por el esfuerzo de encontrar las palabras, Kershaw prosiguió–:
Escuche, sólo ha hecho lo que yo debí hacer hace años: hablar con ella. De
veras, no pude. Quise hacer bien las cosas. Ahora entiendo que uno puede ser
excesivamente discreto, demasiado diplomático. Verá, yo sabía cosas, por
ejemplo, que a ella nunca le había gustado Painter y que éste había insistido
para que ella se casase con él. Nunca le pregunté el motivo que la hizo cambiar
de parecer cuando Painter regresó de Birmania. ¡Que Dios me ayude, creía que no
era asunto mío! Ella no quería que yo le contase lo de Painter a Tess y fue un
infierno intentar que lo comprendiera una niña de doce años. –Sin miedo al
sentimentalismo, cogió la mano libre de su hijastra y la sostuvo durante un
momento–. Recuerdo que incluso me enfadaba con Rene porque parecía contradecir
cualquier cosa que intentaba decir.
En voz
queda, Tess recordó las palabras de su madre:
–«No
importa lo que diga papá. Tu padre no fue un asesino.»
–Y tenía
razón, pero yo estaba sordo. Ahora podrá decirme todo lo que ha callado durante
estos años. Y también a ti, Tess, ¿por qué no subes a verla?
Como una
niña, vaciló y luego una sonrisa indecisa se dibujó en sus temblorosos labios.
Pero la obediencia –feliz y razonable obediencia– era una norma en esa casa.
Archery lo había comprobado, pocos momentos antes.
–No sé
qué decir, ni cómo empezar –dijo ella, levantándose lentamente–. Me da miedo
hacerle daño.
–Empieza
por lo de tu boda –dijo Kershaw con firmeza. Archery lo observó mientras se
inclinaba para recoger una de las revistas que habían caído al suelo–. Enséñale
esto y déjale soñar con verte vestida así.
Tess
llevaba pantalones vaqueros y una camisa blanca, era como una Olivia o una
Rosalinda que hubiera perdido su linaje y hallado una nueva feminidad. Cogió la
revista de manos de Kershaw y contempló la portada, en la cual una pirámide de
flores coronaba el rostro más fotografiado de Inglaterra.
–Esto no
es para mí –dijo Tess, pero se llevó la revista consigo y Archery las contempló
mientras salían juntas de la habitación, el amor de Charles en carne y hueso y
su propio amor, en la fantasía de un papel. «No es para mí, no es para mí...»
–Tendremos
que marcharnos pronto –le dijo a su hijo–. Es hora de explicarle todo esto a tu
madre.
[1] En español: La obra del vencedor. (N. de la T.).
[2] Acento característico de los barrios bajos del este de Londres. (N.
de la T.).
[3] El doctor Crippen fue un famoso asesino inglés del siglo xx, condenado a muerte y ahorcado. (N.
de la T.)
[4] Bluebottles es el apodo que se le da a la policía inglesa,
haciendo referencia a sus uniformes azules. (N. de la T.)
[5] Old Bailey: Tribunal de lo Penal en Londres.

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