UN ADIÓS PARA SIEMPRE
(Shake Hands Forever, 1975)
Ruth Rendell
Capítulo primero
La mujer que estaba bajo el tablón de salidas
de la estación Victoria tenía un cuerpo plano y rectangular y un rostro duro
como el acero. Un sombrero estriado de color gamuza se ajustaba casi como una
cáscara de nuez a su cabeza, llevaba unos guantes de algodón del mismo color y
a sus pies se hallaba la vieja, aunque apenas usada, maleta de piel marrón que
había llevado en su luna de miel cuarenta y cinco años atrás. Escudriñaba con
la mirada a los huidizos viajeros mientras su boca quedaba cada vez más rígida
y los labios se convertían en una delgada línea.
Estaba esperando a su hijo. Ya llevaba un
minuto de retraso y esa falta de puntualidad había empezado a proporcionarle
una satisfacción exultante. Apenas era consciente de ese placer y, de haber
sido acusada de ello, lo habría negado, así como habría negado el deleite que
le producía todo fracaso o error de los demás. Pero ahí estaba el placer, como
una sensación indefinida de bienestar que se desvanecería con la misma rapidez
con que había nacido y sería sustituido, ante la presurosa llegada de Robert,
por su habitual mal humor. Llegaba justo a tiempo, lo que hacía absurda
cualquier observación sobre su tardanza, así que se contentó con ofrecer su
mejilla diciendo:
–Vaya, ya estás aquí.
–¿Tienes tu billete? –preguntó Robert
Hathall.
No lo tenía. Sabía que él anduvo escaso de
dinero durante los tres años de su segundo matrimonio, pero eso era culpa de
Robert. Pagar una parte del billete habría sido una manera de humillarlo.
–Es mejor que vayas a comprarlos –dijo ella–,
a menos que quieras perder el tren –y agarró con más fuerza su bolso cerrado.
Robert tardó un buen rato en comprar los
billetes.
Ella observó que el tren de Eastbourne, con
parada en Toxborough, Myringham y Kingsmarkham, tenía su hora de salida a las
18.30 y eran poco más de las cinco. No pasó por su mente la idea, nada
comprometedora, de que sería agradable perder el tren, ni tampoco se había
dicho, conscientemente, que sería agradable encontrar a su nuera llorando, la
casa sucia y la comida sin hacer. Una vez más, empezaron a germinar en ella las
semillas de un placentero resentimiento. Había estado esperando este fin de
semana con gran ilusión, aunque sabía que acabaría mal. En realidad, deseaba
que todo empezase a salir mal a raíz de que llegaran tarde por culpa de Robert,
provocando una disputa entre él y Ángela. Todo esto ardía silenciosamente en su
interior, percibiendo que Robert estaba, una vez más, embrollándolo todo.
Sin embargo, cogieron el tren. Estaba
abarrotado de gente y tuvieron que permanecer de píe. La señora Hathall nunca
se quejaba. Se habría desmayado antes que confesar su edad o aludir a sus
varices como razones por las que un hombre tuviese que cederle el asiento. El
estoicismo regía su vida, por lo que se plantó con su grueso cuerpo que,
abotonado en el rígido abrigo de gamuza, tenía la apariencia de un armario, de
tal manera que impedía al pasajero del asiento de la ventanilla mover las
piernas o leer el periódico. Sólo tenía una cosa que decir a Robert y eso podía
esperar hasta que hubiese menos oyentes, además, le costaba imaginar que él
tuviera algo que decirle. ¿Acaso no habían pasado juntos, después de todo, un
fin de semana tras otro durante los últimos dos meses? Pero la gente –observó
ella con cierto asombro– era muy dada a charlar incluso cuando no tenía nada
que decirse. Hasta su hijo pecaba de eso. Escuchaba con frialdad mientras él le
hablaba de los hermosos paisajes que no tardarían en atravesar, los
entretenimientos de Bury Cottage y lo mucho que Ángela deseaba verla. La señora
Hathall se permitió una especie de resoplido, un ronquido de dos sílabas producido
en algún lugar de la glotis, que podía interpretarse como una risa. Sus labios
no se movieron. Estaba recordando la única vez que había visto a su nuera, en
aquella habitación de Earls Court, cuando Ángela cometió la aberración de decir
que Eileen era una perra hambrienta. Tendrían que cambiar muchas cosas antes de
que pudiera olvidar tal indiscreción. La señora Hathall recordaba la forma en
que había salido de la habitación y bajado las escaleras, decidiendo que nunca
–bajo ninguna circunstancia– volvería a ver a Ángela. Sólo estaba demostrando
lo indulgente que era al ir a Kingsmarkham.
En Myringham, el pasajero de la ventanilla,
con las piernas dormidas, salió a trompicones del tren y la señora Hathall
consiguió sentarse. Robert se estaba poniendo nervioso. No había en ello nada
sorprendente. Él sabía muy bien que Ángela no podía competir con Eileen como
cocinera y ama de casa, y se preguntaba lo mal que quedaría su segunda mujer
respecto a la primera. Sus siguientes palabras confirmaron las sospechas de la
señora Hathall.
–Ángela se ha pasado el fin de semana
limpiando la casa para ti.
La señora Hathall no entendía que alguien
pudiera hacer un comentario así en voz alta en medio de un vagón lleno de
gente. Le hubiera gustado sugerir, en primer lugar, que bajase la voz y, en
segundo, que cualquier mujer decente mantendría la casa limpia en todo momento.
Pero se contentó con añadir:
–Estoy segura de que no necesitaba molestarse
–y añadió autoritariamente que le bajase la maleta.
–Aún quedan cinco minutos –dijo Robert.
Ella respondió levantándose pesadamente y
haciendo esfuerzos por coger la maleta. Robert y otro hombre intervinieron para
ayudarla, la maleta estuvo a punto de caer sobre la cabeza de una joven que
llevaba un bebé en brazos. En ese momento, el tren se detuvo en Kingsmarkham
haciendo que se tambalearan, lo que provocó un pequeño alboroto en el vagón.
Ya en el andén, la señora Hathall dijo:
–Eso se podía haber evitado si hubieses hecho
lo que te pedí. Siempre has sido muy obstinado.
No podía entender por qué él no respondía y
se defendía. Debía de tener un carácter más duro de lo que había imaginado.
Para seguir fastidiándole, dijo:
–Supongo que iremos en taxi.
–Ángela vendrá a buscarnos en coche.
Ya era demasiado tarde para que ella dijese lo
que tenía que decir. Le pasó la maleta y le agarró el brazo como si fuera de su
propiedad. No necesitaba un apoyo o soporte, pero le parecía esencial que su
nuera –¡qué mortificante y lamentable era tener dos nueras!–, en la primera
mirada que les dirigiese, los viese unidos y cogidos del brazo.
–Eileen vino esta mañana –dijo ella, mientras
entregaba los billetes.
Él se encogió de hombros y contestó:
–Me pregunto por qué no vivís las dos juntas.
–Eso te pondría las cosas más fáciles,
¿verdad? No tendrías que mantenerla.
La señora Hathall le apretó más fuerte el
brazo que él había intentado soltar.
–Me pidió que te diese recuerdos y te
preguntase por qué no pasas alguna vez por su casa cuando estás en Londres.
–Debes de estar bromeando –dijo Robert
Hathall, hablando con vaguedad y sin mucho rencor. Estaba echando un vistazo al
aparcamiento.
Siguiendo con el tema, la señora Hathall
comenzó de nuevo:
–Es una verdadera lástima... –y se detuvo a
media frase.
Tenía una idea maravillosa. Conocía el coche
de Robert, lo habría reconocido en cualquier parte, lo tenía desde hacía tiempo
por culpa de sus problemas con las mujeres. Ella también recorrió con sus
penetrantes ojos la superficie alquitranada y dijo con tono de satisfacción:
–No parece que se haya molestado en venir a
recibirnos.
Robert parecía desconcertado.
–El tren ha llegado con un par de minutos de
antelación.
–Ha llegado tres minutos tarde –dijo su
madre. Suspiró felizmente. Eileen, sin duda habría estado allí, puntual para
recogerlos, habría estado en el andén con un beso para su suegra y la alegre
promesa del delicioso té esperándoles. Y su nieta también... La señora Hathall
musitó en voz baja–: Pobre Rosemary.
No era propio de Robert, su único hijo, dejar
sin contestación este tipo de agravio, pero una vez más guardó silencio.
–No importa –dijo él–. No está tan lejos.
–Puedo ir andando –dijo la señora Hathall en
el tono estoico de alguien que comprende que hay pruebas más difíciles de
superar y que la primera y más suave debe afrontarse con valor–. Estoy muy
acostumbrada a caminar.
Fueron desde la estación a Station Road,
cruzando Kingsmarkham High Street y siguiendo Stowerton Road.
Era una agradable tarde de septiembre, el
aire radiante de la puesta de sol, los árboles con abundante follaje, los
jardines resplandecientes con las últimas y más delicadas flores del verano.
Pero la señora Hathall, que podía haber dicho, como el amante de la balada:
«¿qué son para mí los encantos de la naturaleza?», no prestaba a todo ello
alguna atención. Su tristeza había dado paso a la certidumbre. La depresión de
Robert solamente podía significar una cosa. Esa mujer, esa ladrona, esa
destructora de un feliz matrimonio, iba a dejarle plantado y él lo sabía.
Giraron hacia Wool Lane, un estrecho camino
con árboles y sin acera.
–Esto es lo que yo llamo una casa bonita
–dijo la señora Hathall.
Robert miró la casa de campo del período de
entreguerras.
–Es la única que hay aquí, aparte de la
nuestra. Una mujer llamada Lake vive en ella. Es viuda.
–Lástima que no sea tuya –dijo su madre–.
¿Está mucho más lejos?
–La encontraremos al doblar la siguiente
esquina. No se me ocurre qué le ha podido pasar a Ángela –la miró con
desasosiego–. Siento lo que ha pasado, madre. Lo siento de verdad.
Le sorprendía tanto que se apartase de la tradición
familiar para pedir disculpas por cualquier cosa, que no supo qué contestarle y
permaneció en silencio hasta que se divisó el chalé. Un ligero desencanto
estropeó su satisfacción. Era una casa decente, aunque vieja, de ladrillo
marrón con un limpio tejado de pizarra.
–¿Es ésta?
Él asintió y le abrió la puerta del jardín.
La señora Hathall observó que éste estaba descuidado, las plantas de flores
llenas de maleza y la hierba muy alta. Bajo un árbol de aspecto abandonado
había unas cuantas ciruelas podridas. La mujer emitió un ruido característico
que significaba que las cosas empezaban a salir de la forma que ella esperaba.
Robert metió la llave en la cerradura de la puerta principal y la abrió.
–Entra en casa, madre.
Estaba molesto, no cabía la menor duda. Ella
conocía esa forma de comprimir los labios mientras un pequeño músculo se movía
en su mejilla izquierda. Había un duro tono de nerviosismo en su voz cuando
exclamó:
–¡Ángela, ya estamos aquí!
La señora Hathall le siguió hasta el cuarto
de estar. Apenas podía creer en lo que veía. ¿Dónde estaban las tazas sucias,
la ropa revuelta, las migas y el polvo? Se detuvo con firmeza sobre la
inmaculada alfombra y fue girando lentamente, examinando el techo en busca de
telarañas, manchas en las ventanas y colillas en los ceniceros. Sintió, de
pronto, un extraño e incómodo escalofrío, como un campeón que, confiando en la
victoria, seguro de su propia superioridad, pierde ante un principiante.
Robert se volvió y dijo:
–No sé dónde se ha metido Ángela. No está en
el jardín. Voy al aparcamiento a ver si se ha llevado el coche. ¿Quieres ir
arriba, madre? Tu dormitorio es el cuarto grande del fondo.
Tras comprobar que la mesa del comedor no
estaba puesta y que no había señales de preparativos para la comida en la cocina,
donde los guantes de goma y los del polvo reposaban junto al fregadero, la
señora Hathall subió las escaleras. Recorrió con un dedo la barandilla del
descansillo: ni una mancha. El enmaderado parecía recién pintado. Su habitación
estaba tan exquisitamente limpia como el resto de la casa, la cama descubierta
mostraba unas sábanas a rayas y un cajón abierto de la mesilla de noche estaba
lleno de servilletas de papel. Lo observó todo con atención pero ni una sola
vez, a medida que se sucedían las revelaciones, se permitió que la evidencia
sobre las cualidades de Ángela mitigase su odio. Era lamentable que su nuera se
defendiese así. Sin duda, sus otras faltas, como el no haber estado en la
estación para recibirla, compensaban sobradamente esta pequeña virtud.
La señora Hathall entró en el cuarto de baño.
Esmalte pulimentado, toallas limpias y mullidas, jabón... Esbozó una mueca. El
dinero no podía escasearles tanto como le había hecho creer Robert. Tan sólo se
dijo que estaba resentida por su engaño, sin poder expresar en palabras que
estaba haciendo frente a una segunda privación, la de no ser capaz de echarles
en cara su pobreza y la razón de la misma. Se lavó las manos y salió al
descansillo. La puerta del dormitorio principal estaba ligeramente entreabierta.
La señora Hathall vaciló. Pero la tentación de echar un vistazo al interior y
encontrar una cama deshecha y un revoltijo de cosméticos mugrientos, era
demasiado fuerte para resistirse. Entró con cuidado en la habitación, la cama
no estaba desarreglada, sino perfectamente hecha. Sobre la colcha yacía boca
abajo una joven que parecía estar profundamente dormida. Su cabello oscuro, más
bien despeinado, caía sobre sus hombros y tenía el brazo izquierdo extendido.
–Humm... –exclamó la señora Hathall manifestando
un cálido e inesperado placer. La mujer de Robert yacía dormida, tal vez
incluso ebria. No se había molestado en quitarse los zapatos de lona antes de
caer sobre la cama y vestía exactamente igual que aquel día en Earls Court,
probablemente como vestía siempre, con vaqueros descoloridos y raídos y camisa
roja a cuadros. La señora Hathall pensaba en los bonitos vestidos de tarde de
Eileen, en su cabello corto con permanente, y en que sólo si hubiera estado a
punto de morir se habría dormido de día. Se acercó a la cama y miró hacia abajo
frunciendo el ceño.
–Humm –volvió a exclamar para anunciar su
presencia y obtener una inmediata respuesta de vergüenza.
Sin embargo, la mujer no se movió. La
auténtica ira de alguien que se siente insoportablemente despreciado invadió a
la señora Hathall.
Puso la mano sobre el hombro de su nuera y
notó algo extraño. Estaba fría como el hielo y vio una mejilla hinchada y
azulada, pálida.
La mayoría de las mujeres habría gritado. La
señora Hathall no emitió sonido alguno. Su cuerpo adoptó una postura rígida y
firme cuando se enderezó y colocó su gruesa mano sobre el corazón de Ángela. A
lo largo de su vida había visto muchas muertes, la de sus padres, tíos, tías,
pero nunca antes había visto lo que evidenciaba la marca morada en el cuello:
muerte por violencia. No le asaltó ninguna sensación de triunfo ni de miedo,
pero se estremeció. Pesadamente, cruzó la habitación y empezó a descender las
escaleras.
Robert estaba esperando al pie de las mismas.
En la medida en que ella era capaz de amar, le quería, y dirigiéndose hacia él,
apoyó una mano sobre su hombro y le habló con voz vacilante, la más cercana a
la ternura que podía manifestar. Empleó las únicas palabras que conocía para
transmitir este tipo de malas noticias.
–Ha habido un accidente. Es mejor que subas y
lo veas por ti mismo. Es... es demasiado tarde para hacer algo. Intenta
aceptarlo como un hombre.
Él se quedó inmóvil, sin hablar.
–Se ha ido, Robert. Tu mujer está muerta.
–Repitió estas palabras porque él no parecía oírlas–. Ángela está muerta, hijo.
Un vago e incómodo pensamiento la asaltó;
debería abrazarlo, decir alguna palabra amable, pero había olvidado cómo
hacerlo. Además, estaba empezando a temblar y su corazón latía irregularmente.
En cuanto a Robert, parecía entero y seguro de sí mismo. Con decisión, pasó a
su lado y subió las escaleras. Ella esperó allí, impotente, horrorizada,
frotándose las manos y encorvando los hombros. Entonces gritó desde arriba con
voz firme pero tranquila:
–Llama a la policía, madre, y diles lo que ha
pasado.
La señora Hathall se alegró de tener algo que
hacer, y cogiendo el teléfono de una mesa de poca altura, bajo un estante, se
dispuso a marcar el número de la policía.
Capítulo II
Era un hombre alto, de poco peso para su
amplia constitución. Tenía un aspecto enfermizo, la barriga algo caída y
manchas rojas en la piel. Aunque conservaba su color negro, se le estaba
secando y cayendo el cabello, y sus rasgos eran marcados y duros. Estaba
sentado en un sillón, hundido en él como si lo hubiesen herido. Por el
contrario, su madre se mantenía erguida en el asiento, con sus sólidas piernas
apretadas, las manos sobre el regazo con la palma hacia abajo y sus duros ojos
clavados en su hijo con una mirada severa.
El inspector jefe Wexford pensó en esas
madres espartanas que preferían ver cómo llevaban a sus hijos sobre los escudos
antes que saber que habían sido capturados por el enemigo. No le habría
sorprendido que ella le hubiese ordenado que se incorporara, pero todavía no
había pronunciado una sola palabra ni hecho señal alguna ni a él mismo ni al
inspector Burden, aparte de asentir brevemente al dejarlos entrar en la casa.
Se parecía, a su juicio, a una carcelera del viejo estilo o a la dueña de un
taller.
Desde el piso de arriba se oían los pasos de
otros policías, yendo de un lado a otro. El cuerpo de la mujer había sido
fotografiado, identificado por el viudo y trasladado al depósito de cadáveres.
Sin embargo, aún tenían mucho por hacer. Estaban examinando la casa en busca de
huellas dactilares, del arma, o de alguna pista sobre la manera en que esa
mujer había encontrado la muerte. Para ser una casa de campo era muy grande,
con cinco habitaciones espaciosas, sin tener en cuenta la cocina y el cuarto de
baño. Llevaban allí desde las ocho y ya casi era medianoche.
Wexford, de pie junto a la mesa donde se
hallaba el permiso de conducir de la mujer fallecida, el monedero y otros
objetos del bolso, estaba examinando su pasaporte. Éste la identificaba como
súbdita británica, nacida en Melbourne, Australia, treinta y dos años de edad,
ama de casa, cabello castaño oscuro, ojos grises, un metro sesenta y cinco de
altura y sin marcas distintivas. Ángela Margaret Hathall. El pasaporte tema dos años
de antigüedad y nunca había sido utilizado. La fotografía guardaba un evidente
parecido con la mujer asesinada.
–¿Su mujer estaba sola durante la semana,
señor Hathall? –preguntó Wexford, alejándose de la mesa para sentarse.
Hathall asintió. Respondió con voz baja, casi
susurrando.
–Yo trabajaba en Toxborough. Cuando conseguí
un nuevo empleo en Londres, no podía viajar arriba y abajo. Eso fue en julio.
He estado viviendo con mi madre, pero regresaba a casa los fines de semana.
–Usted y su madre llegaron aquí a las seis y
media, ¿no es así?
–A la seis y veinte –dijo la señora Hathall,
hablando por primera vez. Tenía una voz dura y metálica. Bajo el acento
característico del sur de Londres se podía apreciar un deje del norte.
–Así que no había visto a su mujer desde...
¿cuándo?, ¿el domingo o el lunes pasado quizá?
–Desde el domingo por la noche –dijo
Hathall–. Fui a casa de mi madre en tren el domingo por la noche. Mi... Ángela
me llevó en coche a la estación. Yo... la llamaba por teléfono cada día. Hoy
también la llamé, a la hora de comer. Ella estaba bien. –Hizo un ruido parecido
a un gemido, e inclinó su cuerpo hacia adelante–. ¿Quién... quién podrá haber
hecho esto? ¿Quién habrá querido matar a Ángela?
Sus palabras tenían un tono teatral, falso,
como si las hubiese extraído de alguna serie de televisión o de una película,
pero Wexford sabía que la aflicción sólo puede expresarse con tópicos. Somos
originales en nuestros momentos felices. La aflicción sólo tiene una voz, un
lamento.
Respondió a la pregunta con palabras
igualmente trilladas.
–Eso es lo que tenemos que averiguar, señor
Hathall. ¿Estuvo usted en el trabajo durante todo el día?
–Así es, en Marcus Flower, consultores de
relaciones públicas. Calle
Half Moon. Soy contable –Hathall tragó saliva–. Allí podrá
comprobar que estuve todo el día.
Wexford apenas levantó las cejas. Se acarició
la barbilla y miró al hombre en silencio. La cara de Burden no denotaba nada,
pero adivinaba que el inspector estaba pensando en lo mismo que él. Durante ese
silencio, Hathall, que había pronunciado la última frase con impaciencia, soltó
un gemido y se tapó la cara con las manos.
Rígida como una piedra, la señora Hathall
dijo:
–Compórtate, hijo. Acéptalo como un hombre.
«Pero debo sentirlo como un hombre...» Cuando
el pasaje de Macbeth penetró en el pensamiento de Wexford, se preguntó fugazmente por qué
sentía tan poca compasión por Hathall, por qué no estaba conmovido. ¿Se estaba
volviendo como siempre se había jurado que no se volvería? ¿Se estaba volviendo
al fin duro e indiferente? ¿O es que había algo de falso en la conducta de ese
hombre que hacía que también parecieran falsos sus gemidos y su abandono ante
la congoja? Quizá sólo estaba cansado y extraía significados de donde no los
había; seguramente, la mujer había dejado entrar a un desconocido y éste la
había matado. Esperó hasta que Hathall apartó las manos y levantó la cabeza.
–¿Su coche ha desaparecido?
–Cuando llegué a casa no estaba en el
aparcamiento. –No había lágrimas en las duras y gruesas mejillas. ¿Sería capaz
de llorar el hijo de esa mujer de piedra?
–Quiero una descripción de su coche y la
matrícula. El sargento Martin le tomará los datos dentro de un rato. –Wexford
se levantó–. Creo que el médico le ha dado un sedante. Le aconsejo que se lo
tome y trate de dormir un poco. Por la mañana me gustaría volver a hablar con
usted, esta noche es muy poco lo que podemos hacer.
La señora Hathall les cerró la puerta como si
despidiese a un par de vendedores ambulantes. Durante unos instantes Wexford
permaneció en el camino de la casa, examinando el lugar. La luz procedente de
las ventanas del dormitorio le permitía ver unos recintos con césped que nadie
había cortado durante meses y un ciruelo sin hojas. El camino estaba
pavimentado, pero el sendero que iba de la casa a la valla era de alquitrán.
–¿Dónde está el aparcamiento del que hablaba?
–Debe de estar en la parte de atrás –dijo
Burden–. No hay espacio para construir un aparcamiento en la parte lateral.
Siguieron el camino hasta la parte posterior
de la casa. Llegaron hasta una cabaña de amianto, una construcción que no se
podía ver desde la calle.
–Si salió con el coche –dijo Wexford– y trajo
a alguien con ella, lo más probable es que se metieran en el aparcamiento sin
que los viera nadie y entraran en la casa por la puerta de la cocina. Tendremos
suerte si encontramos a alguien que los haya visto.
Contemplaron en silencio los solitarios
campos iluminados por la luna que subían hacia las colinas. Aquí y allá, en la
distancia, parpadeaba ocasionalmente una luz. Mientras volvían hacia la
carretera, pudieron ver lo aislada que estaba la casa, lo solitaria que estaba
la calle. Sus altas lomas, coronadas por enormes árboles, hacían que de noche
pareciese un túnel, un pasadizo silvestre no frecuentado durante el día.
–La casa más cercana –dijo Wexford saliendo
del coche– está en la carretera de Stowerton, y la otra es Wool Farm. Hay casi
un kilómetro hasta allí. Creo que podemos despedirnos del fin de semana. Te
veré a primera hora de la mañana.
La casa del inspector jefe estaba al norte de
Kingsmarkham al otro lado de Kinsbrook. La luz de su dormitorio estaba
encendida y su mujer aún se hallaba despierta cuando llegó. Dora Wexford era
demasiado tranquila y sensata para esperar levantada a su marido, pero había
estado cuidando de su sobrino y acababa de volver. La encontró sentada en la
cama, leyendo, con un vaso de leche caliente a su lado. Aunque sólo había
estado alejado de ella cuatro horas, se le acercó y la besó cariñosamente.
Feliz como era su matrimonio, contento con su suerte, a veces necesitaba entrar
en contacto con la fatalidad externa para darse cuenta de su buena fortuna y lo
mucho que quería a su mujer. La esposa de otro hombre estaba muerta, había
muerto horriblemente... Dejó a un lado la aprehensión, su repentina
sensibilidad y, mientras se desvestía, preguntó a Dora lo que sabía de los
ocupantes de Bury Cottage.
–¿Dónde está Bury Cottage?
–En Wool
Lane. Un hombre llamado Hathall vive allí. Su mujer ha
sido estrangulada esta tarde.
Treinta años de matrimonio con un policía no
habían repercutido en la sensibilidad de Dora Wexford, ni habían endurecido sus
palabras ni tampoco le habían restado ternura, pero era natural que ya no
reaccionase ante un comentario así con el espanto propio de una mujer.
–¡Dios mío! –dijo ella, y convencionalmente
añadió–: ¡Qué terrible! ¿Se sabe quién ha sido?
–Todavía no. –La suave voz de su esposa
siempre le relajaba–. ¿Has visto alguna vez a esa gente?
–La única persona que he visto en alguna
ocasión en Wool Lane es a esa señora Lake. Vino un par de veces al Instituto
Femenino, pero creo que estaba demasiado ocupada en otros asuntos para
molestarse mucho en eso. Ya sabes, era muy aficionada a los hombres.
–No estarás insinuando que el Instituto
Femenino la vetó, ¿verdad? –dijo Wexford con fingido horror.
–No seas tonto, cariño. No somos tan
puritanas. Al fin y al cabo, ella es viuda. Lo que no me explico es por qué no
se ha vuelto a casar.
–Tal vez es como Jorge II.
–En absoluto. Es muy atractiva. ¿Qué quieres
decir?
–Jorge II prometió a su esposa en su lecho de
muerte que no volvería a casarse y que sólo tendría amantes.
Mientras Dora reía, Wexford estudió su figura
ante el espejo, encogiendo los músculos del estómago. El año pasado había
perdido dieciocho kilos de peso gracias a la dieta, al ejercicio y al temor que
le inspiró el médico. Por primera vez en una década podía observarse a sí
mismo, si no con verdadero placer, sí con cierta satisfacción. Había merecido
la pena la agonía de prescindir de lo que más le gustaba comer y beber. Il faut souffrir pour être beau. Si al menos hubiera algo
de lo que uno pudiera prescindir, o algún deporte extenuante que pudiera
practicar y que le sirviese para remediar la caída del cabello...
–Ven a la cama –dijo Dora–. Si no dejas de
pavonearte, creo que te vas a aficionar a tener amantes, y todavía no estoy
muerta.
Wexford sonrió y se metió en la cama. A lo
largo de su carrera profesional había aprendido a no pensar en el trabajo
durante la noche, así que raras veces le había mantenido despierto. Pero cuando
apagó la lámpara y se abrazó a Dora –lo que resultaba fácil y placentero ahora
que estaba delgado– se permitió unos minutos de reflexión sobre los sucesos del
día. Deseaba que fuera un caso sencillo y claro.
Ángela Hathall era joven y atractiva. No
tenía hijos y, aunque estaba orgullosa de la casa, debía de tener mucho tiempo
libre a lo largo de la semana. ¿No era acaso probable que hubiese invitado a
algún hombre a visitar Bury Cottage? Wexford sabía que una mujer no necesita
estar desesperada, ser ninfómana o hallarse en el camino de la prostitución
para hacer eso. No es preciso ser infiel, pues la actitud de la mujer ante el
sexo, pese a lo que pueda mantenerse hoy en día, no es la misma que la del
hombre. Y aunque es generalmente cierto que el hombre que recoge a una
desconocida siempre pretende lo mismo, ésta se aferrará a la generosa creencia
de que él no quiere más que conversación y quizá algún otro beso. ¿Sería el
mismo caso de Ángela? ¿Había recogido a un hombre en su coche, un hombre que la
deseaba y que la estranguló porque no podía conseguir lo que quería? ¿La mató y
la dejó en la cama y luego se escapó en el coche? Tal vez. Wexford decidió que
trabajaría en esa dirección. Pensando en cosas más agradables, sus nietos, sus
próximas vacaciones, se quedó dormido de inmediato.
Capítulo III
–Señor Hathall –dijo Wexford–, usted tiene
sin lugar a dudas sus propias ideas sobre cómo debe llevarse este tipo de
investigación. Quizá piense que mis métodos son poco ortodoxos, pero son mis
métodos y le aseguro que con ellos se obtienen resultados. No puedo conducir mi
investigación solamente a partir de pruebas circunstanciales. Debo saber todo
lo posible acerca de las personas implicadas, de manera que si puede responder
a mis preguntas con sencillez y concreción avanzaremos mucho más deprisa. Le puedo
asegurar que lo único que pretendo es descubrir quién mató a su mujer. Si se
ofende usted, iremos mucho más despacio y si insiste en que ciertos asuntos
sólo conciernen a su vida privada y se niega a sacarlos a la luz, podemos
perder un tiempo precioso. ¿Lo entiende? ¿Tratará de cooperar?
Este discurso se desencadenó debido a la
reacción que tuvo Hathall ante la primera pregunta que Wexford le hizo a las
nueve de la mañana del sábado. Había sido una simple petición de información
sobre si Ángela tenía la costumbre de llevar en coche a desconocidos, pero
Hathall, que parecía estar más despejado, tras esa noche con somníferos, había
estallado en una explosión colérica.
–¿Qué derecho tiene usted a poner en duda la
conducta moral de mi esposa?
Wexford había respondido tranquilamente:
–La gran mayoría de personas que recoge a
gente que hace auto-stop no tienen otra idea que la de ofrecer su ayuda –y
entonces, al ver que Hathall continuaba mirándolo con indignación, inició su
discurso.
El viudo hizo un gesto de impaciencia,
encogiéndose de hombros y estirando las manos.
–En un caso como éste imaginaba que habrían
ido tras las huellas dactilares y... bueno, ese tipo de cosas. Quiero decir, es
evidente que algún hombre estuvo aquí dentro y... tiene que haber dejado huellas.
He leído algo sobre cómo se llevan estas cosas. Es cuestión de sacar
deducciones a partir de cabellos, pisadas o huellas dactilares.
–Ya he dicho que estoy convencido de que
tiene usted sus propias ideas sobre cómo se debe conducir una investigación.
Mis métodos incluyen, desde luego, todo eso que usted ha mencionado. Ya pudo
comprobar usted mismo con qué meticulosidad se inspeccionó la casa, pero no
somos adivinos, señor Hathall. No podemos encontrar una huella o un pelo y
decirle de quién es, nueve horas más tarde.
–Entonces, ¿cuándo podrán hacerlo?
–No lo sé exactamente. Quizá hoy mismo
averiguaré algo acerca de si un desconocido entró ayer por la tarde en Bury
Cottage.
–¿Un desconocido? Por supuesto que fue un
desconocido. Eso se lo podía haber dicho yo ayer por la noche. Un asesino
patológico entró por una ventana y... y luego me robó el coche. Por cierto,
¿han encontrado ya mi coche?
Con absoluta frialdad, Wexford dijo:
–No lo sé, señor Hathall, no soy Dios, ni
tengo una visión divina. Ni siquiera he tenido tiempo de hablar con mis
agentes. Por favor, piense en la pregunta que le he hecho, mientras tanto iré a
hablar con su madre.
–Mi madre no sabe absolutamente nada de todo
esto. Nunca había pisado esta casa hasta ayer por la noche.
–Mi pregunta, señor Hathall. Piense en ella.
–No, no tenía la costumbre de recoger gente
en el coche –gritó Hathall, con la cara enrojecida y descompuesta–. Era
demasiado tímida y nerviosa incluso para hacer amistades por aquí. Yo era la
única persona en quien podía confiar, y no es de extrañar, después de lo que le
ha ocurrido. El hombre que entró en esta casa lo sabía, sabía que siempre
estaba sola. Ahí tiene un buen motivo para investigar. Se trata de mi vida
privada, como usted dice. Sólo llevaba tres años casado y adoraba a mi mujer.
Pero la dejaba sola toda la semana porque no podía estar arriba y abajo todo el
día, y al final ha acabado así. Le dije que esto no duraría siempre y que lo
hiciese por mí. Bueno, pues no ha durado mucho más, ¿verdad?
Sacó el brazo del respaldo del sillón y con
él se tapó la cara, temblando. Wexford lo miró pensativo pero no dijo nada más.
Se dirigió a la cocina y encontró a la señora Hathall en el fregadero, lavando
los platos del desayuno. Había un par de guantes de goma sobre la repisa, pero
estaban secos y la señora Hathall tenía las manos inmersas en el agua. Dedujo
que era el tipo de mujer masoquista en el trabajo doméstico que probablemente
emplearía una escoba antes que una aspiradora y que diría que las lavadoras
automáticas no dejaban la ropa limpia. Observó que, en lugar de un delantal,
llevaba una toalla a cuadros en la cintura, lo que le pareció extraño. Era
obvio que no habría traído un delantal para pasar el fin de semana, pero con
toda seguridad alguien tan amante de la casa como Ángela tendría varios. Sin
embargo, no hizo comentarios al respecto, sino que le dio los buenos días y
preguntó si le importaría responder algunas preguntas mientras trabajaba.
–Humm... –murmuró la señora Hathall. Se aclaró
las manos y se volvió lentamente para secárselas en una toalla que había
colgada–. No servirá de nada que me interrogue. No sé lo que ella hacía
mientras Robert estaba fuera.
–Tengo entendido que su nuera era tímida y
solitaria, que se ocultaba de los demás, podríamos decir. –El ruido que hacía
aquella mujer le fascinaba, era una mezcla de atragantamiento, gruñido y un
cierto estertor de muerte. Llegó a la conclusión de que era, en realidad, una
risa–. ¿No lo cree así?
–Erótica –dijo la señora Hathall.
–¿Cómo ha dicho?
Ella le miró con sorna.
–Mi nuera era muy nerviosa. Más bien
histérica.
–Ah –dijo Wexford, saboreando esta nueva
exageración–. Me pregunto por qué era así. ¿Por qué era... neurótica?
–No podría decirlo. Solamente la vi una vez.
–Pero ellos llevaban ya tres años casados...
No la entiendo, señora Hathall.
Ella dejó de mirarle para dirigir la vista
hacia la ventana, y de ahí al fregadero, y a continuación cogió otro trapo y
empezó a secar los platos. Su cuerpo fornido y rígido, con la espalda vuelta
hacia él, era tan inexpresivo como una puerta cerrada. Secó todas las tazas,
vasos, platos y cubiertos en silencio; restregó el desagüe, lo secó y colgó el
trapo con la misma concentración que el que practica un difícil e intrincado
deporte. Sin embargo, al final no tuvo más remedio que darse la vuelta y
enfrentarse a la paciente figura que aguardaba sentada.
–Tengo que hacer las camas –dijo ella.
–Su nuera ha sido asesinada, señora Hathall.
–Yo la encontré. Debería saberlo.
–¿Sí? ¿Cómo fue exactamente?
–Ya se lo he dicho. –Abrió el armario de las
escobas, cogió una y un plumero, utensilios superfluos e innecesarios en
aquella casa inmaculada–. Tengo trabajo, aunque usted no lo tenga.
–Señora Hathall –dijo él suavemente–, ¿se da
cuenta de que deberá comparecer en la investigación? Usted es un testigo de
máxima importancia. Se la interrogará en profundidad y entonces no podrá
negarse a responder. Comprendo que no había estado nunca en contacto con la
ley, pero le recuerdo que hay graves sanciones para los que obstruyen la labor
de la policía.
Ella lo miró hoscamente, con un ligero temor.
–No debería haber venido nunca –murmuró–.
Dije que nunca pondría el pie aquí y debí haber cumplido mi palabra.
–¿Por qué vino?
–Porque mi hijo insistió. Quería arreglar las
cosas.
Caminó pesadamente hasta encontrarse a un
metro de él y se detuvo. A Wexford le recordaba una ilustración de un libro de
cuentos que pertenecía a uno de sus nietos, un dibujo de un armario con brazos
y piernas y un rostro malhumorado.
–Le diré una cosa –dijo ella–: era una
lástima que Ángela fuera una persona tan inestable. Le avergonzaba haber roto
su matrimonio y haberle hecho desgraciado. Y así tenía que ser porque arruinó
la vida de tres personas. Eso es lo que declararé en el interrogatorio. No me
importa decírselo a quien sea.
–Dudo que se lo pregunten –dijo Wexford–. Le
estoy interrogando sobre lo que pasó ayer por la noche.
Ella levantó la cabeza y dijo con presunción:
–Estoy segura de que no tengo nada que
ocultar. Lo único que sé es que tenía que recibirnos anoche en la estación. –Un
seco Humm ahogó la última palabra.
–Pero estaba muerta, señora Hathall.
Haciendo caso omiso a lo que decía Wexford,
continuó hablando rápidamente.
–Llegamos aquí y él fue a buscarla. La llamó.
Miró por todas partes, abajo, en el jardín y en el aparcamiento.
–¿Y arriba?
–No fue arriba. Me dijo que subiese y dejase
las cosas. Fui a su dormitorio y allí estaba ella. ¿Satisfecho? Pregunte a mi
hijo para ver si coinciden nuestras versiones.
El armario andante salió de la habitación y
los escalones crujieron a su paso.
Wexford volvió a la habitación donde estaba
Hathall quien, casi a hurtadillas, andaba sin hacer mucho ruido. Había estado
en la cocina durante media hora y tal vez Hathall creía que ya se habría ido,
pues se había recuperado rápidamente de su afligido abandono. Se hallaba junto
a la ventana mirando detenidamente la primera plana del periódico de la mañana.
La expresión de su rostro inclinado y rubicundo era de extrema concentración,
intensa, incluso calculadora, y su pulso bastante firme. Wexford tosió levemente.
Hathall no se sobresaltó. Se giró y la
angustia, de la que Wexford estaba seguro que sentía, volvió a convulsionar su
cara.
–No volveré a molestarle por el momento,
señor Hathall. He estado pensándolo y creo que sería mucho mejor para usted
hablar conmigo en otra ocasión. En estas circunstancias, su casa no es quizá el
lugar más adecuado para la conversación que hemos de mantener. Por favor,
¿querrá venir a la comisaría sobre las tres de la tarde y preguntar por mí?
Hathall asintió. Parecía aliviado.
–Siento haber perdido los estribos hace un
rato.
–No tiene importancia. Es natural. Antes de
venir a verme, ¿querrá echar un vistazo a los objetos personales de su mujer y
decirme si cree que falta algo?
–Sí, lo haré. ¿Volverán sus hombres a
inspeccionar el lugar?
–No, han terminado.
En cuanto Wexford llegó a su oficina de
Kingsmarkham echó una ojeada a los periódicos de la mañana y encontró el que
Hathall había estado leyendo, el Daily Telegraph. Al pie de la primera página,
había un párrafo que decía: «La señora Ángela Hathall, de treinta y dos años,
fue ayer encontrada muerta en su casa de Wool Lane, Kingsmarkham, Sussex. Ha
sido estrangulada. La policía cree que se trata de un asesinato.»
Ésa era la noticia que Hathall leía con tanto
interés. Wexford meditó un momento. Si su esposa hubiese sido asesinada, lo
último que hubiese deseado habría sido leer sobre ello en el periódico. Cuando
Burden entró en el despacho lo sorprendió repitiendo sus pensamientos en voz
alta y añadió que no era bueno proyectar los sentimientos propios en los demás,
ya que no todos somos iguales.
–A veces –dijo Burden con cierto pesimismo–
creo que si todos fuesen como usted y como yo, el mundo sería mejor.
–¡Qué arrogancia la tuya! ¿Tenemos ya algo de
los chicos en relación con las huellas dactilares? Hathall es muy aficionado a
las huellas. Es una de esas personas que cree que somos como perros raposeros.
Danos una huella dactilar o una pisada y pondremos la nariz en el suelo para
seguir el rastro hasta que, al cabo de un par de horas, logremos dar con
nuestra presa.
Burden resopló. Puso un fajo de papeles bajo
la nariz del inspector jefe.
–Todo está aquí –dijo–. Les he echado un
vistazo y hay datos interesantes, pero el zorro no va a aparecer en dos horas
ni nada semejante.
–Sea quien sea, está lejos, muy lejos de aquí
y puedes contárselo a quien quieras.
Sonriendo, Wexford añadió:
–No hay rastro del coche, supongo.
–Probablemente, aparecerá la semana que viene
en Glasgow o en cualquier otro sitio. Martin comprobó lo de esa compañía de
Hathall, Marcus Flower. Tuvo unas palabras con su secretaria. Se llama Linda
Kipling y dice que Hathall estuvo allí todo el día de ayer. Los dos entraron
sobre las diez y aparte de una hora y media para la comida, Hathall estuvo allí
hasta que salió a las cinco y media.
–Por cierto, aunque comentase que Hathall
había estado leyendo sobre el asesinato de su mujer en el periódico, no quería
decir que pensase que él lo hubiera hecho, ya sabes.
Wexford dio una palmadita al respaldo de la
silla que había junto a él y dijo:
–Siéntate, Mike, y dime qué hay en ese...
mamotreto que has traído. Resúmelo. Luego le echaré un vistazo más a fondo.
El inspector se sentó y se puso sus gafas
nuevas. Eran unas gafas elegantes con estrecha montura negra que otorgaban a
Burden el aspecto de un próspero abogado. Con su larga colección de trajes a
medida, su cabello rubio perfectamente cortado y una figura que no requería de
dieta alguna para adelgazar, nunca había tenido el aspecto de un detective, lo
cual estaba a su favor. Su voz era recatada y precisa, un poco más cohibida de
lo habitual, porque todavía no estaba acostumbrado a esas gafas, que creía que
cambiaban su apariencia y hasta su personalidad.
–Yo diría que la primera cosa a tener en cuenta
–empezó– es que no había tantas huellas como sería de prever. Era una casa
excepcionalmente cuidada. Todo estaba muy pulido y ordenado. Debió de haberla
limpiado muy a fondo porque apenas encontramos huellas del propio Hathall.
Había huellas dactilares claras en la puerta principal y en las otras puertas y
barandillas, pero ésas fueron hechas después de que llegasen a casa ayer por la
noche. Había huellas de la señora Hathall en la repisa de la cocina, en las
barandillas, en el dormitorio del fondo, en los grifos del cuarto de baño y en
la cisterna, en el teléfono y, aunque parezca extraño, en la barandilla del
descansillo.
–No es tan extraño –dijo Wexford–, esa vieja
arpía debió de pasar los dedos por la barandilla para ver si su nuera había
limpiado el piso. Y si no lo hubiese limpiado, seguramente habría escrito la
palabra «marrana» o algo así de provocativo en el polvo.
Burden se ajustó las gafas, las manchó con la
yema del dedo y las frotó con impaciencia con el puño de la camisa.
–Encontramos huellas de Ángela en la puerta
trasera, la que conecta la cocina con la sala, en la puerta de su dormitorio y
en varias botellas y frascos de su tocador. Pero no había en ningún otro sitio.
Al parecer para limpiar la casa usaba guantes y si se los quitaba al ir al
cuarto de baño, después lo limpiaba todo otra vez.
–Me parece casi obsesivo, pero supongo que
algunas mujeres actúan así.
Burden, cuya expresión parecía transmitir que
aprobaba ese tipo de mujeres, dijo:
–Las demás huellas encontradas en la casa
pertenecen a un hombre y una mujer desconocidos. Las del hombre fueron halladas
en algunos libros y en el armario de un dormitorio que no era el de Ángela. Hay
una sola huella de esa otra mujer, de su mano derecha, muy clara, que muestra
una pequeña cicatriz en forma de «L» en el dedo índice, ésta se encontró en el
borde de la bañera.
–Hummm –dijo Wexford, y como el sonido le
recordaba a la señora Hathall, trató de cambiarlo. Hizo una pausa para pensar.
–Supongo que no tenemos registradas esas
huellas, ¿verdad?
–Todavía no lo sé. Dales tiempo.
–Sí, claro. No debo ser como Hathall. ¿Hay
alguna otra cosa?
–Algunos pelos negros y ásperos, tres en
total, en el suelo del cuarto de baño. No son de Ángela. Los suyos eran más
finos, sólo han aparecido en un cepillo del tocador.
–¿De hombre o de mujer?
–Imposible de saber. Ya sabes lo largo que
algunos tipos llevan el cabello hoy en día. –Burden se acarició su cabello liso
y se quitó las gafas–. No sabremos nada de la autopsia hasta esta noche.
–Muy bien. Hemos de hallar ese coche y
encontrar a alguien que la viese salir de casa en él y, además, a alguien que
la viese llegar con un invitado, si realmente es así como sucedió. Tenemos que
encontrar a sus amigos. Debía de tener amigos.
Bajaron en el ascensor y cruzaron el vestíbulo
de baldosas blancas y negras. Mientras Burden se detenía para cruzar unas
palabras con el sargento de servicio, Wexford se dirigió a las puertas
batientes que daban a las escaleras y al patio. Una mujer estaba subiendo por
ellas con decisión y seguridad, al estilo de alguien que no ha conocido nunca
el rechazo. Wexford le abrió la puerta y cuando se encontró cara a cara con él,
se detuvo y le miró directamente a los ojos.
No era joven. Su edad rondaría los cincuenta,
pero sin duda era una de esas escasas criaturas a quien el tiempo no parece
marchitar ni envejecer. Cada una de las finas líneas de su rostro parecían
marcas de sonrisa y de un gracioso ingenio, pero había pocas arrugas alrededor
de sus grandes ojos, azules y sorprendentemente jóvenes. Esbozó una sonrisa
insinuante, de las que convulsionan el corazón de un hombre, y dijo:
–Buenos días, me llamo Nancy Lake. Quiero ver
a un policía, alguien muy importante. ¿Es usted importante?
–Me atrevo a decir que sí.
Lo miró de arriba a abajo como ninguna mujer
lo había hecho en veinte años. Una sonrisa iluminó su rostro, sus delicadas
cejas se arquearon.
–Realmente creo que puede serlo –dijo ella,
pasando al interior–. Sin embargo, hemos de ser serios. He venido a decirle que
creo que yo fui la última persona que vio viva a Ángela Hathall.
Capítulo IV
Cuando una mujer hermosa envejece, la
reacción de un hombre suele ser la de reflexionar sobre lo encantadora que
debía de haber sido alguna vez. No era ése el caso de Nancy Lake, quien aún
conservaba gran parte de su atractivo. Con ella no se pensaba más en su
juventud y en su próximo envejecimiento de lo que se piensa en la primavera o
en la Navidad cuando se está disfrutando del verano. Era una mujer especial que
traía a la mente las fiestas de la vendimia, la fruta madura y las largas y
cálidas noches. Esos pensamientos asaltaron a Wexford mucho más tarde. Mientras
la hacía entrar en la oficina, sólo era consciente de lo extremadamente
agradable que era esa distracción en medio de un caso de asesinato, con testigos
recalcitrantes, huellas dactilares y coches desaparecidos. Además, era
realmente una distracción. Feliz es el hombre que sabe combinar el placer y el
trabajo...
–¡Qué despacho más agradable! –dijo ella. Su
voz era dulce y viva–. Pensaba que las comisarías eran grises y lóbregas, con
fotografías en las paredes de grandes bestias buscadas por atracar a bancos.
–Miró con aprobación la alfombra, las sillas
amarillas y el escritorio de madera–. Es precioso. Y qué hermosa vista la de
esos encantadores tejados. ¿Puedo sentarme?
Wexford ya le estaba ofreciendo la silla.
Recordaba que Dora le había dicho que era «muy aficionada a los hombres» y
supuso que los hombres también lo serían para ella. Era morena, de abundante
cabello castaño, probablemente teñido, pero su piel había conservado un brillo
rosa y ambarino, tenía la textura de un melocotón y una delicada luz parecía
desprenderse de su interior, como la que a veces se aprecia en la cara de los
niños y que suele desaparecer con el tiempo. Sus labios rojos siempre parecían
estar al borde de la sonrisa. Era como si conociese un delicioso secreto que
estuviera a punto de divulgar. Su vestido era lo que, en opinión de Wexford,
debía ser el vestido de una mujer: la falda holgada, de algodón malva y azul,
ajustada a la cintura, y un insinuante escote mostraba las curvas superiores de
su magnífico pecho. Ella se percató de que la estaban estudiando y pareció
disfrutar con ello, regodeándose, comprendiendo aún mejor que él lo que eso
significaba.
Wexford apartó la vista bruscamente.
–Usted vive en la casa del final de
Kingsmarkham de Wool Lane, ¿no es así?
–La casa se llama Sunnybank. Siempre he
pensado que suena como un hospital psiquiátrico, pero, mi último marido escogió
el nombre y supongo que tendría sus razones.
Wexford hizo un último intento de parecer
grave y al fin lo consiguió.
–¿Era usted amiga de la señora Hathall?
–Oh, no. Sólo iba por allí a buscar ciruelas.
–¿Fue ayer a recoger ciruelas?
–Cada año lo hago. Lo solía hacer cuando el
viejo Somerset vivía allí, y cuando vinieron los Hathall dijeron que las podía
seguir cogiendo. Hacía mermelada con ellas, ¿sabe?
Tuvo una repentina visión de Nancy Lake de
pie en una soleada cocina, revolviendo un tarro lleno de fruta dorada. Olió el
aroma, vio su rostro mientras metía un dedo y se lo llevaba a sus encarnados
labios. La visión amenazaba con convertirse en una fantasía y se la sacó de la
cabeza.
–¿Cuándo fue allí por última vez?
La aspereza de su voz hizo que ella levantara
las cejas.
–Telefoneé a Ángela a las nueve de la mañana
y le pregunté si podía ir a recoger las ciruelas. Había observado que ya
estaban cayendo. Pareció alegrarse. No era una persona muy simpática, ¿sabe
usted?
–Yo no sé nada. Espero que usted me lo diga.
Ella movió un poco las manos, tímidamente,
como un descuido.
–Me dijo que pasase sobre las doce y media.
Recogí las ciruelas y me ofreció una taza de café. Creo que sólo me invitó para
enseñarme lo limpia y arreglada que estaba la casa.
–¿Por qué? ¿Es que no estaba siempre bien
arreglada?
–¡No, por Dios! No es que me importe, era
asunto suyo. Yo misma no soy muy buena ama de casa, pero la casa de Ángela
solía estar como una pocilga. En todo caso, la última vez que estuve el pasado
mes de marzo, estaba muy desordenada. Me dijo que la había limpiado para
impresionar a la madre de Robert.
Wexford asintió. Tenía que hacer un gran
esfuerzo para seguir interrogándola en ese tono impersonal, pues estaba
hechizado por su mágica combinación de fineza femenina y fuerte sexualidad. Sin
embargo, tenía que seguir así.
–¿Le dijo si estaba esperando alguna otra
visita, señora Lake?
–No, sólo comentó que iba a salir con el
coche, pero no dijo adonde. –Nancy Lake se apoyó sobre el escritorio con
expresión seria, acercando su cara a pocos centímetros de él. Su perfume era
dulce y cálido–. Me pidió que pasara y me invitó a un café, pero en cuanto me
lo tomé pareció querer deshacerse de mí. Eso es lo que quería decir cuando le
expliqué que sólo me quería enseñar lo limpia que estaba la casa.
–¿A qué hora se fue usted?
–Déjeme pensar. Debió de ser antes de la una
y media. Sólo estuve diez minutos en la casa. El resto del tiempo estuve
recogiendo ciruelas.
La tentación de mantenerse próximo a ese
rostro rebosante de vitalidad, e irresistiblemente sensual, era enorme, sin
embargo tenía que resistir. Wexford hizo girar la silla con fingida
despreocupación, ofreciéndole a Nancy Lake su perfil severo y formal.
–¿No la vio salir de Bury Cottage o volver
allí más tarde?
–No, fui a Myringham, donde estuve toda la
tarde hasta que anocheció.
Por primera vez notó algo oculto y secreto en
su respuesta, pero él no quiso hacer comentarios.
–Cuénteme algo sobre Ángela Hathall. ¿Qué
clase de persona era?
–Brusca, dura y descortés. –Se encogió de
hombros, como si esos defectos en una mujer estuviesen fuera de su
comprensión–. Quizá era ésa la razón por la que ella y Robert se llevaban tan
bien.
–¿Ah, sí? ¿Era una pareja feliz?
–Muy feliz. Apenas se relacionaban con nadie
–dijo Nancy esbozando una sonrisa–, todo se lo cocinaban ellos, ¿sabe? No
tenían amigos, que yo sepa.
–Otras personas me han dado a entender que
era tímida y nerviosa.
–¿Sí? Yo no diría eso. En realidad, creo que
era una solitaria porque quería. Andaban muy escasos de dinero hasta que él
consiguió ese nuevo trabajo. Ella misma me dijo que sólo tenían quince libras a
la semana para vivir después de pagar sus gastos. Robert estaba pasando una
pensión a su ex mujer. –Dejó de hablar y volvió a sonreír–. La gente es muy
complicada, ¿verdad?
Había un cierto pesar en su voz, como si
alguna vez hubiese experimentado por sí misma lo que acababa de decir. Wexford
se volvió de nuevo hacia ella porque se le había ocurrido otra cosa.
–¿Puedo ver su mano derecha, señora Lake?
Ella se la ofreció sin hacer preguntas, pero
en lugar de ponerla sobre la mesa, la colocó sobre la suya. Era un gesto casi
de amante, un gesto característico al inicio de una relación entre un hombre y
una mujer, una muestra afectiva de bienestar y confianza. Wexford sintió su
calor, observó lo suave y tierna que era, el débil brillo de sus uñas y el
anillo de diamantes que llevaba en su dedo corazón. Absorto, permaneció quieto,
sin mover un solo músculo, durante algunos segundos.
–Si alguien me hubiese dicho –dijo ella con
expresión viva– que esta mañana estaría haciendo manitas con un policía, no lo
habría creído.
Wexford dijo rígidamente:
–Le ruego que me disculpe –le dio la vuelta a
la mano.
Ninguna cicatriz con forma de «L» estropeaba
la delicada superficie de la yema de su dedo índice, y soltó la mano.
–¿Es así como comprueban las huellas
dactilares? Cielos, siempre había pensado que era un proceso mucho más
complicado.
–Lo es –dijo Wexford sin más explicaciones–.
¿Tenía Ángela alguna mujer que le ayudase a limpiar la casa?
–No que yo sepa. No se lo podían permitir
–dijo tratando de ocultar el placer y la incomodidad que él le provocaba, pero
Wexford observó cómo contraía los labios y evidenciaba una sensación de
bienestar–. ¿Puedo ser de utilidad para usted, señor Wexford? ¿No desea tomar
muestras de mis huellas dactilares, por ejemplo, o de mi sangre?
–No, gracias, no será necesario. Pero quizá
tenga que hablar de nuevo con usted, señora Lake.
–Espero que así sea. –Se levantó grácilmente
y dio unos pasos hacia la ventana. Wexford, que se sentía obligado a levantarse
cuando ella lo hiciera, se encontró de pie a un palmo de la señora Lake. Lo
cierto es que sólo podía sentirse halagado de su comportamiento. ¿Cuántos años
hacía que una mujer no había coqueteado con él, había querido estar a su lado y
disfrutar del contacto de su mano? Dora lo había hecho, su esposa lo había
hecho... Mientras se levantaba, consciente de su nueva y firme figura, se
acordó de ella, pensando en que no era sólo un policía sino también un marido
que debe tener en cuenta los votos del matrimonio. A pesar de ello, Nancy Lake
había apoyado ligeramente su mano sobre el brazo, le estaba hablando de la
puesta de sol en el exterior y de los coches de High Street que habían
comenzado su largo viaje hacia la costa.
–Hace un día espléndido para ir al mar,
¿verdad? –dijo ella. La observación parecía melancólica, como una invitación–.
¡Qué pena que tenga que trabajar en sábado! –Sin duda, era una lástima que el
trabajo, el convencionalismo y la prudencia le impidiesen llevar a esa mujer en
su coche hasta un tranquilo hotel. Champán y rosas, pensó él, y esa mano
apoyándose cálidamente sobre la suya...–. Pronto llegará el invierno –dijo la
señora Lake.
Seguro que no era lo que quería decir, no
buscaba ese doble significado, es decir, que pronto llegaría el invierno para
los dos, la carne reposaría, se enfriaría la sangre...
–No debo entretenerla más –dijo él, con una
voz tan fría como la nueva estación que se aproximaba.
La señora Lake se echó a reír, sin sentirse
ofendida en absoluto, pero apartó su mano de su brazo y dio unos pasos hacia la
puerta.
–Al menos me podría agradecer que haya
venido.
–Se lo agradezco. Muy cívico por su parte.
Buenos días, señora Lake.
–Buenos días, señor Wexford. Espero que venga
pronto por mi casa a tomar el té. Le invitaré a mermelada de ciruelas.
Wexford mandó que alguien la acompañara. En
lugar de sentarse una vez más tras su escritorio, volvió a la ventana y miró
hacia abajo. Allí estaba ella, cruzando el patio con esa seguridad que otorga
la juventud, como si el mundo le perteneciese. No se le ocurrió que pudiera
volverse para mirarlo pero, de pronto, así lo hizo, como si sus pensamientos
estuviesen conectados y hubiesen atraído su mirada. Ella le saludó con la mano,
alzó el brazo y lo agitó. Era un gesto cálido e íntimo, como si fuesen viejos
amantes que se despidieran tras un delicioso encuentro que, aunque rutinario,
seguía lleno de ternura. Wexford levantó el brazo haciendo algo parecido a un
saludo y cuando ella hubo desaparecido entre la multitud de compradores, bajó a
buscar a Burden para ir a comer juntos.
El Café Carrusel, frente a la comisaría de
policía, estaba siempre atestado de gente a esa hora del sábado. Por suerte, la
máquina de música no estaba en funcionamiento. El verdadero ruido empezaría
cuando los niños entraran a las seis. Burden ocupó la mesa del rincón que
tenían reservada y cuando Wexford se acercó, el propietario, un agradable
italiano, vino hacia él con considerable respeto y deferencia.
–Inspector jefe, me gustaría recomendarle el
hígado con tocino, la especialidad de hoy.
–Muy bien, Antonio, pero nada de patatas
reconstituyentes, ¿eh? Y nada de glutamato monosódico.
–Eso no está en mi menú, señor Wexford.
–No, pero está en la comida. Confío en que no
tengamos más numeritos como el último.
–Gracias a usted, ya no tendremos más.
Se refería a una gamberrada llevada a cabo un
par de semanas atrás por uno de los jóvenes empleados de Antonio. Aburrido de
la sobriedad de la clientela, había introducido en el depósito del zumo de
naranja cien pastillas de anfetaminas, con lo cual provocó una especie de
alegre disturbio en la mesa de un recatado ejecutivo. Wexford, que debido a su
dieta se había arriesgado a pedir zumo de naranja, descubrió la causa de esa
orgiástica alegría y, al mismo tiempo, al propio bromista. Recordando todo eso,
se rió abiertamente.
–¿Qué te resulta tan gracioso? –preguntó
Burden ácidamente– ¿O es que esa señora Lake ha cambiado tu humor?
Wexford dejó de reír pero no respondió.
Burden dijo:
–Martin ha alquilado una habitación junto a
la iglesia, una especie de oficina de información. Se está dando a conocer al
público la noticia, con la esperanza de que alguien que hubiera visto a Ángela
el viernes por la tarde venga a contárnoslo. Y si se quedó en casa, queda la
posibilidad de que alguien viese al visitante.
–Ella salió de casa –dijo Wexford–. Le contó
a la señora Lake que saldría con el coche. Me pregunto quién es la mujer de la
cicatriz en forma de «L», Mike. No es la señora Lake y además me ha dicho que
Ángela no tenía asistenta ni prácticamente amigos.
–¿Y quién es el hombre que mancha con los
dedos el interior de las puertas de los armarios?
La llegada del hígado con tocino y de los
espaguetis a la boloñesa de Burden los mantuvo en silencio durante unos
minutos. Wexford se bebió el zumo de naranja, pensando en lo que disfrutaría si
hubiesen puesto otra vez anfetaminas en el depósito y Burden empezase a
sentirse alegre y desinhibido. Sin embargo el inspector, comiendo con toda
corrección, mostraba la resignada expresión de alguien que había sacrificado su
fin de semana al deber. Unas arrugas profundas, que iban desde la nariz hasta
las comisuras de sus labios, se intensificaron cuando dijo:
–Pensaba llevarme los niños a la costa.
Wexford pensó que Nancy Lake tendría un buen
aspecto en traje de baño, pero mitigó esta imagen antes de que se convirtiera
en una fotografía mental a todo color y en tres dimensiones.
–Mike, a estas alturas del caso, debemos
preguntarnos si hemos notado algo raro, alguna contradicción o alguna mentira
¿Has observado algo?
–Bueno, excepto por la falta de huellas,
diría que no.
–Ella había limpiado toda la casa para
impresionar a la vieja, aunque parece extraño que volviera a limpiarlo todo
antes de salir con el coche. La señora Lake tomó el café con ella sobre la una,
pero las huellas de ésta no aparecen por ningún sitio. Sin embargo, hay otra
cosa que me resulta aún más extraña, es el modo en que se comportó Hathall
cuando entró anoche en la casa.
Burden apartó su plato vacío, contempló el
menú y, rechazando la idea de tomar postre, llamó a Antonio para pedirle un
café.
–¿Fue extraño?
–Hathall y su mujer llevaban tres años
casados. Durante ese tiempo la vieja sólo había visto a su nuera una vez, y
había un antagonismo evidente entre ellas. Esto parece guardar relación con el
hecho de que Ángela rompiese el primer matrimonio de Hathall. En cualquier caso
(y estoy seguro de ello) Ángela y su suegra se llevaban a matar. No obstante,
había un cierto acercamiento, habían persuadido a la anciana para que viniese
el fin de semana y Ángela estaba preparándose para recibirla, hasta el extremo
de dejar la casa mucho más limpia y arreglada de lo que solía estar. Ahora
bien, Ángela tenía que ir a recibirles a la estación, pero no apareció. Hathall
dice que era tímida y nerviosa, la señora Lake que era brusca y descortés.
Teniendo todo esto en cuenta, ¿qué conclusiones crees que sacó Hathall cuando
su mujer no apareció en la estación?
–Que estaba resfriada, o demasiado asustada
para hacer frente a su suegra.
–Eso es. Pero ¿qué ocurrió cuando llegaron a
Bury Cottage? No encontró a Ángela. La buscó por el piso de abajo y por el
jardín. En ningún momento subió al piso superior. Para entonces ya debería
haber sospechado del nerviosismo de Ángela y saber que una mujer de este tipo
no se refugia en el jardín sino en su propio dormitorio. Sin embargo, en lugar
de dirigirse a arriba, envió a su madre, precisamente a la persona que
inquietaba a Ángela. Él debió de pensar que esa muchacha tímida y nerviosa a la
que declara adorar estaría agazapada en su dormitorio, pero en lugar de subir a
tranquilizarla para luego enfrentarse con su madre, estando él allí para
protegerla, salió hacia el aparcamiento. Eso, Mike, es verdaderamente extraño.
Burden asintió.
–Bébete el café –dijo–. Dijiste que Hathall venía
a las tres. Tal vez él te dará la respuesta.
Capítulo V
Aunque Wexford parecía estudiar la lista de
artículos desaparecidos –una pulsera, un par de anillos y un collar– que
Hathall le había traído, en realidad, le estaba observando a él. Había entrado
en la oficina con la cabeza baja y ahora estaba sentado en silencio, con las
manos sobre su regazo. Sin embargo, la combinación de piel rubicunda y cabello
negro le proporcionaba un aspecto enojado. Hathall, a pesar de su aflicción,
parecía enfadado y resentido. Sus rasgos duros y escarpados parecían tallados
en granito rosado, sus manos eran grandes y rojas, e incluso sus ojos, aunque
no llegaban a estar inyectados en sangre, tenían un brillo rojizo. Wexford
nunca lo habría juzgado atractivo para las mujeres, aunque hubiera tenido dos
esposas. ¿Se debía, quizá, a que ciertas mujeres muy femeninas, nerviosas o
inadaptadas, le veían como una roca a la que podían aferrarse, una fortaleza en
donde refugiarse? Quizá buscaban en él esa apariencia de pasión, tenacidad y
fuerza, además de mal genio.
Wexford colocó la lista sobre la mesa y
alzando la vista, dijo:
–¿Qué cree que sucedió ayer por la tarde,
señor Hathall?
–¿Me lo pregunta a mí?
–Es de suponer que usted conocía a su mujer
mejor que nadie. Usted sabe quién podía visitarla o a dónde podía ir.
Hathall frunció el ceño y su rostro se
oscureció.
–Ya se lo he dicho antes, un hombre entra en
la casa con el propósito de robar. Cogió los objetos que figuran en la lista y
cuando mi mujer le sorprendió ella mató. ¿Qué otra cosa pudo haber sucedido? Es
evidente.
–No lo creo. Lo que pienso es que quienquiera
que sea la persona que fue a su casa, se molestó en eliminar la mayoría de
huellas dactilares. Un ladrón no hubiese necesitado hacer eso, pues habría
llevado guantes, y aunque hubiera golpeado a su mujer, no la habría
estrangulado. Además, al parecer, usted valora la propiedad perdida en menos de
cincuenta libras. Sí, ya sé que algunas personas han sido asesinadas por menos,
pero dudo que alguna mujer haya sido estrangulada por eso. –Cuando Wexford
repitió la palabra «estrangulada», Hathall volvió a agachar la cabeza.
–¿Qué alternativa queda? –murmuró.
–Dígame quién solía ir a su casa. ¿Qué amigos
o conocidos visitaban a su mujer?
–No teníamos amigos –comentó Hathall–. Cuando
vinimos aquí estábamos prácticamente desahuciados. Hace falta dinero para
relacionarte en un sitio como éste. No teníamos dinero para hacernos socios de
clubes, ofrecer cenas u organizar fiestas. A menudo, Ángela no veía a nadie
desde el domingo por la noche hasta que yo volvía el viernes por la tarde. En
cuanto a los amigos que yo tenía antes de casarme con ella... bueno, mi primera
mujer se encargó de que los perdiera. –Tosió con impaciencia y movió la cabeza
como lo hacía su madre–. Mire, creo que es mejor que conozca la historia de
nuestra relación, y después tal vez se dará cuenta de que toda esta charla en
torno a los amigos que la visitaban es una tontería.
–Tal vez sea mejor, señor Hathall.
–Será la historia de mi vida –Hathall rió sin
humor. Era la risa amarga de un paranoico–. Empecé como chico de los recados en
una compañía de contables, Craig y Butler, en Gray’s Inn Road. Más tarde,
mientras ejercía de administrativo, uno de los jefes quiso colocarme de
aprendiz y me convenció de que estudiase para los exámenes del instituto. Poco
después me casé y compré una casa en Croydon en régimen de hipoteca, por lo que
no me sobraba mucho dinero. –Alzó la vista volviendo a fruncir el ceño–. Creo
que nunca, excepto ahora, he tenido una cantidad razonable de dinero para
vivir, y ahora que la poseo ya no me sirve para nada.
»Mi primer matrimonio no fue feliz. Me casé
hace diecisiete años y dos años más tarde comprendí que había cometido una
equivocación. Pero para entonces ya teníamos una hija, de forma que no podía
hacer nada. Supongo que habría continuado de no haber conocido a Ángela en una
fiesta del trabajo. Cuando me enamoré de ella y me di cuenta de... bueno, de
que lo que sentía por Ángela era correspondido, pedí el divorcio a mi esposa.
Eileen, el nombre de mi primera mujer, lo complicó todo. Metió por medio a mi
madre e incluso a Rosemary, una niña de once años. No soy capaz de describir lo
que era mi vida y por ello no voy a intentarlo.
–¿Eso fue hace cinco años?
–Hace aproximadamente cinco años, sí. Al
final me marché de casa y fui a vivir con Ángela. Ella tenía una habitación en
Earls Court y trabajaba en la biblioteca de la Liga Nacional de Arqueología.
–Contradiciendo sus propias palabras, Hathall empezó a describir su vida–.
Eileen inició una... campaña de persecución. Se presentó en mi oficina y en el
lugar de trabajo de Ángela. Incluso vino a Earls Court. Le imploré que me
concediese el divorcio. Ángela tenía un buen empleo y yo me defendía bien.
Pensé que, fuesen cuales fuesen las demandas de Eileen, podía permitírmelo. No
se obró con justicia y para colmo Ángela tuvo que abandonar la biblioteca.
Estuvo al borde de un ataque de nervios.
»Conseguí un trabajo de contable, a media
jornada, en una empresa de juguetes, Kidd & Co., de Toxborough y alquilamos
una habitación cerca de allí. No teníamos ni un céntimo. Ángela no podía hacer
nada. El juez concedió a Eileen la casa, la custodia de mi hija y una parte
importante de mis escasos ingresos. Pero tuvimos por fin lo que parecía un
golpe de suerte. Ángela era prima de un hombre llamado Mark Somerset, que nos
permitió instalarnos en Bury Cottage. Había pertenecido a su padre, pero, por
supuesto, no se cuestionó que no le pagáramos el alquiler, a pesar de la
relación de parentesco que guardaba con Ángela. No hizo nada más por nosotros,
ni siquiera mantuvo amistad con mi mujer, aunque sin duda sabía lo sola que
estaba.
»Las cosas continuaron así durante casi tres
años. Vivíamos, literalmente, con quince libras a la semana. Yo seguía pagando
la hipoteca de una casa en la que no he puesto el pie desde hace cuatro años.
Mi madre y Eileen habían envenenado la mente de mi hija contra mí. ¿Para qué
sirve que un juez te permita ver a tu hija si ésta se niega a verte? Recuerdo
que usted dijo que quería saber cosas sobre mi vida privada. Bien, eso es todo.
En ella no ha habido más que hostigamiento y persecución. Ángela era lo único
que me quedaba y ahora... ahora está muerta.
Wexford, que creía que, salvo algunas
excepciones, un hombre sólo sufre una persecución crónica si hay algo
masoquista en él, apretó los labios.
–El primo de su mujer, Somerset, ¿fue alguna
vez a Bury Cottage?
–Nunca. Nos enseñó el lugar cuando nos lo
ofreció y, después de eso, aparte de encontrarlo por casualidad en una calle de
Myringham, no volvimos a verlo jamás. Era como si, de pronto, hubiese decidido
odiar a Ángela sin motivo alguno.
Muchas personas le tenían antipatía. Wexford
pensó que Ángela parecía tener tanta tendencia a la paranoia como su marido.
Generalmente, la gente agradable tiene amigos. No era creíble que hubiera una
conspiración de odio contra ellos, como Hathall parecía inferir.
–Dice usted que esa antipatía no tenía
motivos, señor Hathall. ¿Tampoco tenía motivo la falta de estima que su madre
sentía por ella?
–Mi madre adora a Eileen. Es conservadora y
rígida y tenía prejuicios contra Ángela porque cree que ella me apartó de
Eileen. Es una tontería decir que una mujer puede robar el marido de otra si
éste no lo permite.
–Ellas solamente se vieron una vez, según
tengo entendido. ¿Cómo se desarrolló ese encuentro?
–Convencí a mi madre de que viniese a Earls
Court a conocerla. Aunque me equivoqué, pensé que cuando la viese superaría la
idea de que era una mujer excéntrica. Mi madre pasó por alto la ropa de Ángela,
llevaba pantalón vaquero y camisa roja, pero cuando comentó algo descortés
sobre Eileen, se fue inmediatamente de la casa.
El rostro de Hathall se sonrojó aún más al
recordarlo. Wexford dijo:
–¿Así que durante su segundo matrimonio no se
dirigieron la palabra?
–Mi madre se negó a visitarnos y a que
fuésemos a su casa. Yo la veía durante la semana. Se lo diré con franqueza, me
habría gustado desentenderme de ella por completo, pero me sentía obligado.
Wexford siempre interpretaba esas
manifestaciones de bondad con escepticismo. No podía dejar de pensar en si la
anciana señora Hathall, que debía de rondar los setenta, tendría algunos
ahorros para dejarle.
–¿Cómo surgió la idea de reunirías este fin
de semana?
–Cuando cogí ese trabajo en Marcus Flower
que, por cierto, doblaba mi sueldo en Kidd’s, decidí pasar las noches de la
semana en casa de mi madre. Ella vive en Balham, de modo que no estaba muy
lejos de la estación Victoria. Ángela y yo buscábamos un piso en Londres, por
lo que esa situación no habría durado mucho. Sin embargo, como es habitual en
mí, el desastre me alcanzó. Como ya le he dicho, de lunes a jueves dormía en
casa de mi madre, lo que me permitió hablarle de Ángela y de lo mucho que me
gustaría que se llevaran bien. Tardé un par de meses en persuadirla y al final
accedió a pasar el fin de semana con nosotros. Ángela se puso nerviosa ante la
idea, pues también deseaba, como yo, congeniar con mi madre. Limpió a fondo
toda la casa para agradarle. Ahora nunca tendré certeza de si habría salido
bien.
–Explíqueme, señor Hathall, cuando usted
llegó anoche a la estación y su mujer no se encontraba allí para recibirles
como habían quedado, ¿cuál fue su reacción?
–No le entiendo –dijo Hathall.
–¿Cómo se sintió? ¿Alarmado? ¿Molesto? ¿O tan
sólo desilusionado?
Hathall vaciló.
–La verdad es que no me sentí molesto –dijo–.
Creo que pensé que era un mal comienzo para el fin de semana. Supuse que Ángela
se encontraba demasiado nerviosa para venir, después de todo.
–Ya entiendo. Y cuando llegó a casa, ¿qué es
lo que hizo?
–No comprendo a qué nos conduce todo esto,
pero imagino que tendrá alguna finalidad. –Una vez más, Hathall movió la cabeza
con impaciencia–. Llamé a Ángela. Al ver que no respondía la busqué en el
comedor y en la cocina. No estaba allí, por lo que salí al jardín. Entonces le
dije a mi madre que subiese mientras yo miraba si el coche se encontraba en el
aparcamiento.
–¿Fue quizá, en ese momento cuando supuso que
podrían haberse cruzado, ustedes a pie y su mujer en el coche?
–No lo sé. Lo único que hice fue buscarla por
todas partes.
–Pero no en el piso de arriba, señor Hathall
–dijo Wexford tranquilamente.
–Al principio, no. Lo habría hecho después.
–¿No le parece probable que, de entre todos
los sitios de la casa, una mujer inquieta y temerosa de encontrarse con su
suegra, elegiría estar en su propio dormitorio? Pero usted no subió, como sería
de esperar, sino que fue al aparcamiento y envió a su madre arriba.
Hathall, que hubiera podido estallar de ira y
exigir a Wexford una explicación, dijo, en cambio, con voz queda y tímida:
–No siempre comprendemos nuestros actos.
–No estoy de acuerdo. Yo creo que sí podemos
comprenderlos si analizamos honestamente nuestros motivos.
–Bueno, supongo que pensé que si no había
contestado a mi llamada, era porque no estaba en casa. Sí, eso es lo que pensé.
Imaginé que debía de haber salido en el coche y que no nos cruzamos porque ella
habría tomado otro camino.
Sin embargo, «otro camino» habría significado
bajar un par de kilómetros por Wool Lane hasta el cruce con la carretera que va
de Pomfret a Myringham, luego seguir esa carretera hasta Pomfret o Stowerton
antes de dirigirse hacia la estación de Kingsmarkham, un viaje de ocho
kilómetros en lugar de uno solo. No obstante, Wexford no mencionó el tema.
Acababa de percatarse de un detalle en la conducta de ese hombre y quería
pensarlo detenidamente para discernir si era un factor significativo o
meramente el resultado de una peculiaridad de su carácter.
Cuando Hathall se levantó, inquirió:
–¿Puedo hacerle ahora una pregunta?
–¡Cómo no!
Hathall pareció vacilar, como si retuviera
alguna pregunta apremiante u ocultara otra de menor importancia.
–¿Ha recibido ya noticias del forense?
–Todavía no, señor Hathall.
Su sonrojado y endurecido rostro se puso en
tensión.
–Esas huellas dactilares... ¿Tiene ya alguna
información sobre ellas? ¿No le dan ninguna pista?
–Muy pocas, por lo que podemos saber.
–Me parece un proceso muy lento, aunque yo no
sepa nada de procesos. Me mantendrá informado, ¿verdad?
Había hablado con autoridad, como el presidente
de una compañía dirigiéndose a un joven ejecutivo.
–En cuanto hayamos hecho alguna detención
–dijo Wexford– puede estar seguro de que le informaremos de ello.
–Eso está muy bien, pero también se informará
a cualquier lector de periódicos. Desearía saber algo sobre este...
–Interrumpió la frase como si se aproximase a un final que resultase imprudente
mencionar–. Me gustaría saber algo del informe del forense.
–Le veré mañana, señor Hathall –dijo
Wexford–. Mientras tanto, procure mantenerse tranquilo y descanse todo lo que
pueda.
Hathall salió de la oficina inclinando la
cabeza. Wexford no pudo sustraerse a la idea de que lo había hecho para
impresionar al joven agente de policía que le había acompañado afuera. Sin
embargo, su aflicción parecía auténtica, aunque ésta, como muy bien sabía
Wexford, es mucho más fácil de aparentar que la felicidad. Exige poco más que
una voz abatida, una explosión ocasional de auténtico enfado y la reiteración
del propio dolor. Un hombre como Hathall, que creía que el mundo le debía una
vida mejor y que se veía constantemente perseguido, no tendría dificultad en
manifestarlo.
Sin embargo, ¿por qué no mostraba señales de
conmoción? ¿Por qué, sobre todo, no había mostrado nunca la incredulidad propia
de alguien cuya mujer, marido o hijo ha sufrido una muerte violenta? Wexford
reflexionó sobre las tres conversaciones que había mantenido con Hathall, pero
no fue capaz de recordar ni un solo ejemplo de asombro sobre la horrible
realidad. Recordó que, en situaciones parecidas, maridos desconsolados habían
interrumpido sus preguntas gritando que no podía ser verdad, viudas histéricas
habían exclamado que aquello no podía sucederles a ellas, que era sólo un sueño
del que no tardarían en despertar. La incredulidad, sin embargo, aleja
temporalmente la aflicción. A menudo pasan días enteros antes de que este hecho
se pueda comprender, y mucho menos aceptar. Hathall lo había comprendido y
aceptado de inmediato. Wexford tenía la impresión, mientras meditaba esperando
los resultados de la autopsia, de que Hathall lo había asimilado incluso antes
de traspasar el umbral de su puerta.
–Fue estrangulada con un collar dorado y
debió de ser con uno muy resistente.
Alzando la vista del informe, Wexford dijo:
–Puede haber sido el de la lista de Hathall.
Aquí dice: «una ligadura dorada». Se encontraron algunos restos de color dorado
en la piel de la víctima. No se halló tejido bajo sus uñas, así que al parecer
no hubo lucha. Hora del fallecimiento: entre la una y media y las tres y media.
Bueno, sabemos que no era la una y media porque a esa hora fue cuando la señora
Lake se despidió de ella. Parecía una mujer sana, no estaba embarazada y no
hubo agresión sexual. –Wexford dio a Burden una versión resumida de lo que le
había contado Robert Hathall–. Todo el asunto empieza a resultar curioso, ¿no?
–¿Quieres decir que sospechas que Hathall
conocía al asesino?
––Sé que él no la mató. No pudo haberla
matado. Cuando ella murió él estaba en Marcus Flower con Linda Whatsit y Dios
sabe cuántas personas más. Además, no veo ningún motivo, y al parecer se
llevaba bien con su mujer. Pero ¿por qué no subió a buscarla al piso de
arriba?, ¿por qué no está conmocionado?, ¿y por qué le preocupan tanto las
huellas dactilares? Es probable que el asesino se quedara allí después del
crimen para limpiar las huellas. Debió de olvidar que había tocado algo en el
dormitorio y en las otras habitaciones, de manera que tuvo que volver a
limpiarlo todo para no correr riesgos. De lo contrario, las huellas de Ángela y
de la señora Lake habrían aparecido en la sala de estar. ¿Eso no demuestra una
cierta premeditación?
–Probablemente. Puede que tengas razón. No creo que Ángela fuese tan
obsesiva o que temiese tanto a su suegra como para dar brillo a toda la sala de
estar después de que se marchara la señora Lake.
–Sin embargo, es extraño que se ocupase de
todo eso y dejase sus huellas en el interior de la puerta de un armario en el
cuarto de invitados, un armario que, aparentemente no se usaba jamás. Creo que
debemos empezar a suponer –concluyó Wexford– que esas huellas pertenecen a un
tal Mark Somerset, el dueño de Bury Cottage. Averiguaremos su dirección en
Myringham e iremos a visitarle.
Capítulo VI
Myringham, donde está situada la Universidad
del Sur, se encuentra a unos veinticinco kilómetros de Kingsmarkham. Cuenta con
un museo, un castillo con fortaleza exterior y una de las ruinas romanas mejor
conservadas de Gran Bretaña. Aunque se ha constituido un nuevo centro entre los
edificios de la universidad y la estación de ferrocarril, un lugar con grandes
bloques, zonas comerciales y aparcamientos de varios pisos, las construcciones
de ladrillo rojizo y hormigón se han edificado alejadas del barrio antiguo, que
se levanta, inalterado, en las riberas de Kingsbrook.
Hay estrechas avenidas y tortuosas
callejuelas que recuerdan al visitante las pinturas de Jacob Vrel. Las casas
son muy antiguas, algunas de ellas –de adobe marrón y madera gris y carcomida–
fueron construidas antes de la Guerra de las Rosas o incluso, se dice, antes de
Agincourt. No todas están ocupadas por sus dueños o tienen inquilinos estables,
pues algunas han caído en tal estado de deterioro, de lamentable decadencia,
que sus propietarios no pueden permitirse restaurarlas. Los squatters, ocupantes ilegales de casas, han tomado posesión de ellas, seguros de
sus antiguos derechos ante la interferencia policial, y a salvo del desahucio
ya que sus «caseros» no pueden, por ley, demoler su propiedad ni pueden
repararla por falta de dinero.
Estas casas, sin embargo, constituyen tan
sólo una pequeña colonia del barrio antiguo. Mark Somerset vivía en la parte
más elegante, en una de esas viviendas junto al río. En los días en que
Inglaterra era católica, había sido la casa de un sacerdote, y en una de las
paredes de su jardín, colindante con la Iglesia de St. Luke, había una angosta
y hermosa ventana de cristal al ácido. Los católicos de Myringham tenían ahora
su iglesia en el nuevo barrio, y el presbiterio era una casa moderna. Pero
aquí, donde confluían las paredes ocres alrededor de la iglesia y el molino,
seguía perdurando el siglo xv.
Sin embargo, no había nada del siglo xv que se reflejara en la personalidad
de Mark Somerset, un hombre de apariencia atlética, entre cincuenta o sesenta
años de edad, que llevaba un pulcro pantalón vaquero de color negro y una
camiseta. Wexford intuyó su edad por las arrugas que rodeaban sus ojos azules
claros y por las venas de sus robustas manos. No estaba gordo, su pecho era
musculoso y tenía la suerte de conservar el cabello, aunque había dejado de ser
rubio para convertirse en canoso.
–Ah, ya están aquí –dijo. Su sonrisa y tono
agradable disminuían la rudeza de su saludo–. Imaginé que vendrían a verme.
–¿No teníamos que haber venido?
–No lo sé. Eso lo tienen que decidir ustedes.
Pasen, pero no hagan ruido en el recibidor, por favor. Mi mujer ha salido del
hospital esta misma mañana y acaba de quedarse dormida.
–Nada grave, espero –dijo Burden tonta, e
innecesariamente, a juicio de Wexford.
Somerset sonrió. Su rostro expresaba
tristeza, conocimiento y resistencia, y presentaba un ligero desprecio. Habló
casi susurrando.
–Hace años que está inválida, pero creo que
no han venido a hablar de eso. ¿Pasamos aquí dentro?
La habitación tenía vigas en el techo y
paredes artesonadas, había también un par de puertas de cristal –un añadido
posterior pero acertado–, que daban a un pequeño jardín con los árboles del río
al fondo. El follaje, bajo el sol poniente, parecía formar un encaje negro a
contraluz. Junto a las puertas de cristal había una mesa con una botella de
vino del Rhin en una cubitera.
–Soy entrenador en la universidad –dijo
Somerset–. El sábado por la noche es el único día que me permito beber.
¿Quieren un poco de vino?
Los dos policías aceptaron y Somerset sacó
tres vasos de un armario. El Liebfraumlich tenía esa delicada cualidad:
sabor a flores líquidas, una peculiaridad de algunos vinos del Rhin. Estaba
frío y era aromático y seco.
–Es muy amable por su parte, señor Somerset
–dijo Wexford–. Esto es excesivo. La verdad es que lamento tener que pedirle
que nos deje tomar sus huellas dactilares.
Somerset soltó una carcajada.
–Por supuesto que pueden tomármelas. Supongo
que han encontrado las huellas de algún misterioso desconocido en Bury Cottage,
¿no es así? Seguramente serán mías, aunque hace ya tres años que no he estado
en esa casa. No pueden ser de mi padre. Hice decorar toda la casa cuando murió.
–Extendió sus fuertes manos con un aire de audaz inocencia.
–Tengo entendido que no se llevaba muy bien
con su prima.
–Bueno –dijo Somerset–, antes de que me
interrogue y me formule un montón de preguntas innecesarias, ¿no sería mejor
que les contase lo que sé y les hiciera una breve crónica de nuestra relación?
Luego podrán preguntar lo que deseen.
Wexford asintió:
–Eso es exactamente lo que queremos.
–Bien –Somerset tenía la forma de hablar
sucinta y animada, propia de los buenos profesores–. No desearán que sea
escrupuloso a la hora de hablar mal de los muertos, ¿verdad?, además tampoco es
que tenga que hablar muy mal de Ángela. Lo sentí por ella. La conocí hace unos
cinco años; entonces pensé que era débil, y no me interesan mucho este tipo de
personas. Había venido a este país desde Australia y yo no la había visto
nunca. Era mi única prima, la hija del hermano, ya fallecido, de mi padre, así
que no podía albergar dudas sobre si era o no una impostora.
–Ha estado leyendo demasiadas novelas
policíacas, señor Somerset.
–Tal vez –Somerset sonrió y continuó–. Me
respetaba porque mi padre y yo éramos sus únicos parientes en este país, según
dijo, y se sentía sola en Londres. Creo que andaba tras sus posibles
pertenencias. Al parecer, la pobre Ángela era una chica avariciosa. Por
aquellas fechas todavía no conocía a Robert. Cuando lo conoció dejó de venir
por aquí y no supe nada de ella hasta que estaban a punto de casarse y no
tenían dónde vivir. Yo le había escrito para contarle lo de la muerte de mi
padre (aunque, por cierto, no me contestó) y por este motivo quería saber si
les dejaría alojarse en Bury Cottage. Bueno, yo había intentado vender la casa,
pero no había podido conseguir el precio que quería, así que accedí a
alquilársela a los dos por cinco libras a la semana.
–Un alquiler muy bajo, señor Somerset –dijo
Wexford, interrumpiéndole–. Hubiera podido conseguir al menos el doble.
Somerset se encogió de hombros. Sin
preguntarles, volvió a llenar los vasos.
–Creo que andaban muy escasos de dinero y al
fin y al cabo se trataba de mi prima. Tengo algunas ideas tontas y anticuadas
sobre el hecho de que la sangre es más densa que el agua, señor Wexford, y no
puedo sacármelas de encima. No me preocupé lo más mínimo de amueblarles la casa
por lo que no era más que un alquiler simbólico. Lo que me molestó fue que
Ángela me enviase un recibo de la luz para que se lo pagase.
–No habían acordado nada sobre eso, ¿verdad?
–Desde luego que no. Le rogué que viniese por
aquí para discutirlo. Bueno, pues vino y me contó la vieja y triste historia
que ya me había explicado antes sobre su pobreza, sus nervios y su desdichada
adolescencia con una madre que no le había dejado ir a la universidad. Le
sugerí que si padecía tal estrechez económica podía buscar algún empleo. Ella
era bibliotecaria y podía conseguir fácilmente ese trabajo en Kingsmarkham o en
Stowerton. Alegó que estaba pasando una crisis, pero a mí me pareció que estaba
completamente sana. Creo que no era nada más que simple pereza. En fin, salió
corriendo de mi casa, diciendo que era un tacaño. No volví a verla, ni tampoco
a Robert, hasta hace aproximadamente ocho meses. En esa ocasión, ellos no me
vieron. Yo había salido con un amigo y vi a Ángela y a Robert a través de las
ventanas de un restaurante. Era uno de esos caros y parecía que estuviesen
gastando el dinero alegremente, así que llegué a la conclusión de que su
economía había mejorado.
»En realidad, volvimos a vernos, el pasado
mes de abril. Nos encontramos por casualidad en Myringham, en esa monstruosidad
que los arquitectos disfrutan llamando “centro comercial”. Iban cargados con
bolsas repletas de cosas que habían comprado, pero parecían tristes, a pesar de
que Robert había conseguido ese nuevo trabajo. Quizá se sintieron molestos al
encontrarnos cara a cara. No supe nada más de Ángela, hasta que hace un mes me
escribió para decirme que querían dejar la casa en cuanto encontraran otra en
Londres, lo cual sería, probablemente, en Año Nuevo.
–¿Era una pareja feliz? –preguntó Burden a
continuación.
–Mucho, por lo que se podía apreciar.
–Somerset se levantó para cerrar las ventanas. La luz del sol disminuía y
empezaba a levantarse un poco de viento–. Tenían mucho en común. Tal vez les
parezca algo mezquino, pero creo que lo que les unía era la paranoia, la
avaricia y una idea vaga acerca de que el mundo les debía una existencia mejor.
Siento que esté muerta, me apena oír que alguien haya alcanzado una muerte así,
pero no puedo decir que sintiese afecto por ella. Los hombres, si se lo
proponen, pueden ser duros y desmañados, pero en una mujer siempre hay algo
encantador, ¿no creen? Puede parecerles una idea muy subjetiva, pero a veces
creo que Robert y Ángela se llevaban tan bien por la común desdicha que sentían
ante el mundo.
–Su colaboración nos ha sido muy útil, señor
Somerset –dijo Wexford por cortesía. Somerset le había contado muchas cosas que
desconocía, pero ¿había revelado algo que importase de verdad?–. Supongo que no
se molestará si le pregunto qué estuvo haciendo ayer por la tarde.
Wexford hubiera jurado que el hombre vaciló.
Era como si hubiese ensayado lo que debía responder, aunque todavía tenía que
prepararse para ello.
–Me tomé la tarde libre para preparar las
cosas ante la llegada de mi mujer. Lo siento, estuve solo y no vi a nadie, así
que no creo que pueda usted comprobarlo.
–Muy bien –dijo Wexford–. ¡Qué le vamos a
hacer! ¿Tiene alguna idea acerca de los amigos de su prima?
–En absoluto. Según ella, no tenía amistades.
Me dijo que todos sus conocidos, excepto Robert, se habían portado mal con
ella, por lo que hacer amigos era una forma de masoquismo. –Somerset vació su
vaso–. ¿Quieren más vino?
–No, gracias. Ya nos hemos aprovechado
bastante de su ración semanal.
Somerset les sonrió con franqueza.
–Les acompaño a la puerta.
Cuando llegaron al recibidor, se oyó una voz
quejumbrosa procedente del piso superior.
–Marky, Marky, ¿dónde estás?
Somerset esbozó una mueca. Sin embargo, la
sangre es más densa que el agua, y un hombre y su mujer forman una unidad. Fue
al pie de las escaleras y abrió la puerta principal. Wexford y Burden le dieron
rápidamente las buenas noches, pues la voz de su esposa se había transformado
en un petulante gemido.
Por la mañana, Wexford se dirigió de nuevo a
Bury Cottage, como había prometido. Tenía noticias, algunas recientes, para
Robert Hathall, pero no tenía intención de explicar al viudo lo que éste
deseaba saber.
La señora Hathall le hizo entrar y dijo que
su hijo todavía estaba durmiendo. Le acompañó a la sala de estar y le pidió que
esperara allí, aunque no le ofreció té ni café. Wexford concluyó que era el
tipo de mujer que, seguramente, no había ofrecido un refresco en su vida,
excepto a miembros de su propia familia. Los Hathall eran gente reservada cuyo
aislamiento parecía contagiar a las personas que se casaban con ellos, pues
cuando le preguntó a la señora Hathall si su primera nuera había estado alguna
vez en casa de Ángela, ella dijo:
–Eileen no se habría rebajado. Sabe
mantenerse en su sitio.
–¿Y Rosemary, su nieta?
–Rosemary vino aquí una vez, y eso fue
suficiente. De todas formas, está demasiado ocupada con el trabajo del colegio
para ir de un sitio a otro.
–¿Querrá darme la dirección de la señora
Eileen Hathall, por favor?
El rostro de la señora Hathall se sonrojó
como el de su hijo, recordando la piel arrugada del cuello de un pavo.
–¡No, no se la daré! Usted no tiene nada que
ver con Eileen. Averígüela usted mismo. –Dio un portazo, dejándolo solo.
Era la primera vez que estaba a solas, así
que empleó el tiempo de espera en estudiar la habitación. Los muebles, que
había supuesto que eran de Ángela y que le conferían buen gusto, eran en
realidad de Somerset, aunque la antigua colección perteneció tal vez al padre
de éste. Estaba formada por varias y preciosas piezas del período Victoriano
tardío y por algunas más recientes, sillas altas y una elegante mesita ovalada.
Junto a la ventana había una lámpara de aceite, veneciana, de cristal rojo y
blanco, que nunca había sido adaptada a la electricidad. Una librería de
cristal contenía, en su mayor parte, el tipo de obras de H. G. Wells; Padre e Hijo de Gosse; algunos libros de Ruskin y muchos de Trollope, aunque en el
estante superior, donde quizá había habido anteriormente un adorno, estaban los
libros, de Hathall. Había una media docena de novelas de acción; dos o tres
obras de arqueología; un par de novelas que habían suscitado controversia por
su contenido sexual en el momento de su publicación y dos enormes tomos
hermosamente encuadernados.
Wexford cogió el primero de éstos. Era un
volumen con fotografías en color de antiguas joyas egipcias, apenas tenía
texto, y llevaba en la contracubierta un distintivo que lo atribuía como
propiedad de la biblioteca de la Liga Nacional de Arqueología. Sin duda había
sido extraído por Ángela, pero los libros, como los paraguas, las plumas y las
cajas de cerillas, pertenecen a una categoría de objetos cuyo robo es un delito
venial; por esta razón Wexford no centró su atención en ello. Volvió a colocar
el libro y tomó el que se encontraba al final del estante. Se titulaba De los hombres y los ángeles.
Estudio de las antiguas lenguas británicas. Cuando lo
abrió vio que se trataba de una obra muy culta, acerca de los orígenes del galés,
el gaélico, el gaélico escocés y la lengua de Cornualles y su origen céltico
común. Costaba casi seis libras, y se preguntó si alguien tan pobre como los
Hathall decían ser, habría gastado tanto dinero en algo que estaba, con
seguridad, por encima de sus posibilidades.
Todavía tenía el libro entre las manos cuando
Hathall entró en la habitación. Vio cómo su mirada se detenía sobre el libro y
luego la apartaba rápidamente.
–No sabía que estudiase lenguas célticas,
señor Hathall –dijo cortésmente.
–Era de Ángela. No sé de dónde salió, pero
hace tiempo que lo tenía.
–Es extraño, pues se ha publicado este mismo
año. Pero no importa. Pensé que le gustaría saber que hemos encontrado su
coche, fue abandonado en Londres, en una bocacalle cercana a la estación de
Wood Green. ¿Recuerda ese distrito?
–Nunca he estado allí. –La mirada de Hathall
seguía centrada, con una fascinación involuntaria o quizá inquieta, en el libro
que había cogido Wexford. Por esa razón, el inspector jefe decidió mantenerlo y
no sacar el dedo que había introducido al azar entre las páginas.
–¿Cuándo me devolverán el coche?
–Dentro de dos o tres días, cuando lo hayamos
inspeccionado a fondo.
–Lo examinarán y buscarán esas famosas
huellas dactilares en las que está siempre pensando, ¿verdad?
–¿Yo, señor Hathall? ¿No está más bien
proyectando en mí lo que usted cree que debería hacer? –Wexford lo miró
afablemente. No, no complacería la curiosidad de ese hombre, aunque resultaba
difícil saber qué era lo que Hathall más anhelaba. ¿Quizá una revelación de lo
que había descubierto gracias a las huellas dactilares? ¿O que dejase
descuidadamente el libro?–. Mi consejo es que debería dejar de preocuparse por
unas investigaciones que sólo nosotros podemos llevar a cabo. Espero que se
tranquilice si le digo que su mujer no ha sido agredida sexualmente. –Wexford
esperó cierta señal de alivio, pero sólo observó cómo se fijaban en el libro
sus ojos sanguinolentos.
No hubo respuesta alguna cuando, preparándose
para marcharse, Wexford comentó:
–Su mujer murió muy deprisa, quizá no tardó
más de quince segundos. Tal vez, ni siquiera se enteró de lo que le estaba
pasando.
Levantándose, quitó el dedo de las páginas
del libro y lo colocó en su sitio.
–¿Le importaría prestármelo unos días?
–preguntó Wexford. Hathall se encogió de hombros pero no respondió.
Capítulo VII
La encuesta tuvo lugar el martes por la
mañana, dictaminándose el veredicto de asesinato cometido por una persona o
personas desconocidas. Después, mientras Wexford cruzaba el patio que separaba
la sala del forense de la comisaría de policía, vio a Nancy Lake acercarse a
Robert Hathall y a su madre. Observó cómo hablaba con él, parecía que le
estuviese dando el pésame o que se ofreciera para llevarlos en coche a Wool
Lane. Hathall le dijo algo preciso y definitivo, cogió el brazo de su madre y
se fueron andando con rapidez, dejando a Nancy allí, con una mano en los
labios. Wexford observó en silencio esta pequeña pantomima, y al aproximarse a
la salida del aparcamiento un coche se detuvo y una voz dulce y vibrante dijo:
–¿Está muy ocupado, inspector jefe?
–¿Por qué lo pregunta, señora Lake?
–Tranquilo, no tengo nuevas pistas para
usted. –Sacó la mano por la ventanilla y le hizo señas para que se acercara.
Era un gesto gracioso y seductor que a él le pareció irresistible. Fue hacia
ella y se inclinó–. El hecho es –le comentó– que tengo reservada una mesa para
dos en Peacock, Pomfret, y mi acompañante me ha dejado groseramente plantada.
¿Le parecería muy atrevido por mi parte si le invito a comer en su lugar?
Estaba perplejo. No cabía duda de que esa
mujer rica, hermosa y absolutamente encantadora le estaba haciendo
insinuaciones, ¡a él! Le encantaba que fuese atrevida, hacía tiempo que no le
ocurría algo semejante. Ella le miró con tranquilidad, las comisuras de sus
labios se ladearon, mientras sus ojos brillaban.
Sin embargo, estaba seguro de que no saldría
bien. Sin tener en cuenta los senderos de fantasía a los que pudiese conducirle
su imaginación, y fuesen cuáles fuesen las galerías pictóricas de erotismo que
pudiesen albergar, no saldría bien. En otro tiempo, cuando era joven, sin
ataduras, sin prestigio ni presiones, podía haber sido una historia diferente.
En aquellos días él habría aceptado esa oferta, e incluso la habría propuesto
sin darle excesiva importancia y con poca consciencia del placer. ¡Cómo hubiera
deseado ser un poco más joven y tener su experiencia...!
–Lo siento –dijo Wexford–, pero yo también
tengo una mesa reservada para comer. En el Café Carrusel.
–¿No quiere anularla y ser mi invitado?
–Señora Lake, como usted dijo, estoy muy
ocupado. ¿Le parezco atrevido si le digo que me distraería de mi trabajo?
Ella se echó a reír, pero no de alegría, y
sus ojos dejaron de danzar.
–Bueno, supongo que ser una distracción ya es
algo. Me pregunto si alguna vez he sido algo más que... una distracción. Adiós.
Él se fue rápidamente y subió en el ascensor
a su oficina, preguntándose si había sido estúpido, si alguna vez volvería a
tener una oportunidad así. No concedió excesiva importancia a sus palabras, ni
para meditar sobre ellas ni para intentar interpretarlas, pues no podía pensar
racionalmente en Nancy Lake. Imaginaba su rostro seductor y esperanzado, y
luego alicaído al rechazar la invitación. Intentó deshacerse de esa imagen y
concentrarse en lo que tenía delante, el árido informe técnico del examen del
coche de Robert Hathall, pero la señora Lake acudía de nuevo a su mente, con su
encantadora voz, reducida ahora a un susurro insinuante.
No había nada interesante en el informe. Un
policía de servicio había encontrado el coche aparcado en una calle cercana al
Parque Alexandra. Estaba casi vacío, exceptuando un par de planos y un
bolígrafo en la guantera. Tanto el interior como el exterior se hallaban
esmeradamente limpios y las únicas huellas eran las de Robert Hathall, halladas
en la parte inferior del maletero y del capó; por lo demás, sólo encontraron
dos cabellos de Ángela en el asiento del conductor.
Mandó buscar al sargento Martin, pero éste no
le aclaró nada interesante. No había aparecido ningún presunto amigo de Ángela,
y tampoco nadie parecía haberla visto salir o regresar a casa el viernes por la
tarde. Burden estaba fuera, haciendo averiguaciones –por segunda o tercera vez–
entre los trabajadores de Wool Lane, así que Wexford se fue solo a comer al
Café Carrusel.
Era temprano, no mucho después del mediodía,
y el café estaba medio vacío. Llevaba sentado en la mesa del rincón alrededor
de cinco minutos y había pedido a Antonio la especialidad del día, cordero
asado, cuando sintió un ligero contacto, parecido a una caricia, en su hombro.
Wexford había recibido en su vida demasiados sustos para sobresaltarse. Se
volvió despacio y dijo con una nota fría en su voz:
––Es un placer inesperado.
Nancy Lake se sentó enfrente de él. Ella
lograba que el lugar pareciera sucio. Su traje de seda color crema, su suave
cabello castaño, sus diamantes y su sonrisa convertían en sórdidos los
cubiertos y el recipiente de la salsa con forma de tomate.
–La montaña –dijo ella– no iba a Mahoma...
Wexford sonrió. No tenía sentido fingir que
no estaba encantado de verla.
–Ah, debió de haberme visto hace un año
–dijo–. Entonces yo era una montaña ¿Qué desea comer? El cordero asado no es muy bueno, pero
es mejor que el pastel de carne.
–No quiero comer nada. Sólo tomaré café. ¿No
se siente halagado de que no haya venido por la comida?
Por supuesto que se sentía halagado.
Observando el plato que Antonio le servía, dijo:
–No es un gran cumplido. Café solo para la
señora, por favor.
Se preguntó si la evidente admiración de
Antonio realzaba sus encantos. Ella era consciente de que uno de sus atractivos
residía en los signos de su edad.
Estuvo callada unos minutos mientras él
comía. Wexford observó que su expresión era de tristeza, pero de pronto, cuando
le iba a preguntar por qué Robert Hathall la había rechazado tan violentamente
esa mañana, ella alzó la vista y dijo:
–Estoy triste, señor Wexford. Las cosas no me
van bien.
–¿Quiere contármelo? –Resultaba extraño que
su intimidad hubiera progresado hasta tal punto que le permitiese preguntarle
eso...
–No lo sé –dijo ella–. No, creo que no. Una
se acostumbra a ciertas reservas y a la discreción, aunque no tenga mucho
sentido.
–Eso es verdad, o al menos puede serlo en
determinadas circunstancias. –¿Las circunstancias a las que había aludido
Dora?, pensó Wexford.
Ella estaba a punto de decírselo. Tal vez fue
la llegada del café y la admirada excitación de Antonio lo que la disuadió. Se
encogió un poco de hombros, pero en lugar de las escasas palabras que él
esperaba, comentó algo asombroso. Era tan sorprendente e intenso que apartó su
plato y la miró a los ojos.
–¿No cree que es horrible desear que alguien
muera?
–No –dijo él desconcertado–, si el deseo no
pasa de ser un deseo. Muchos hombres lo han deseado, quizá yo mismo, no estoy
seguro.
–¿Cómo el gatito del refrán?
Le encantó que aludiese a su refrán
preferido.
–¿Se halla este... enemigo suyo relacionado
con esos hábitos de reserva y discreción?
Ella asintió.
–Pero no debería haberlo mencionado. He sido
muy tonta. En realidad, tengo mucha suerte, sólo en ocasiones es duro alternar
entre ser una reina y una... distracción. Volveré a ponerme mi corona pase lo
que pase. Nunca abdicaré. ¡Cielos, todo este misterio! Y usted es demasiado
inteligente para no saber de qué estoy hablando, ¿verdad? –Él no respondió–.
Cambiemos de tema.
Más tarde, cuando ella le dejó y se encontró,
pensativo, en High Street, apenas podía recordar de qué habían estado hablando.
Sólo sabía que había sido agradable y que se sentía culpable. Pero no la vería
más. Si fuera necesario, comería en la cantina de la policía, la esquivaría, no
volvería a quedarse solo con ella, ni siquiera en un restaurante. Era como si
hubiese cometido adulterio, lo hubiera confesado y le hubieran dicho que
«evitara la tentación». Pero no había hecho nada de todo eso, ni siquiera se
había comprometido. Tan sólo había hablado y escuchado.
¿Le había servido de algo lo que había oído?
Tal vez. Todos esos circunloquios, esas insinuaciones de un enemigo, el secreto
y la discreción, habían sido indicaciones. Hathall lo sabía, no admitiría nada,
sentiría crecer su ego con la compasión del forense. No obstante, consciente de
ello recorrió High Street en dirección a Wool Lane. No tenía idea de que iba a
ser su última visita a Bury Cottage ni de que, aunque vería a Hathall,
transcurriría más de un año antes de que intercambiaran otra palabra.
Wexford se había olvidado por completo del
libro de las lenguas célticas y en realidad ni se había molestado en hojearlo,
pero Hathall lo recibió pidiéndole que se lo devolviese cuanto antes.
–Se lo enviaré mañana –dijo Wexford.
Hathall pareció aliviado.
–También está el asunto de mi coche. Lo
necesito.
–Lo tendrá mañana mismo.
La antipática anciana estaba en la cocina
encerrada tras la puerta. Había mantenido la casa en el mismo estado de
pulcritud en que lo había dejado su nuera, aunque se adivinaba el toque de una
mano extraña y de poco gusto. En la antigua mesa ovalada del señor Somerset se
hallaba un jarrón con flores de plástico. ¿Qué impulso, festivo o funerario,
había empujado a la señora Hathall a comprarlas y colocarlas allí? «Flores de
plástico –pensó Wexford–, en plena temporada de las frutas maduras, cuando las
verdaderas flores rebosan en los jardines y floristerías.»
Hathall no le ofreció que tomara asiento. Se
quedó de pie con un codo apoyado en la repisa de la chimenea y el puño apretado
en su mejilla dura y sonrojada.
–¿De manera que no encontró ninguna huella en
el coche?
–No he dicho eso, señor Hathall.
–Bueno, ¿la encontró?
–En realidad, no. Quienquiera que fuese, la
persona que mató a su esposa era muy lista. No recuerdo haber encontrado a
alguien que cubriese sus huellas con tanta habilidad. –Wexford lo exageró,
dejando que su voz adquiriese un tono de insatisfecha admiración. Hathall
escuchaba impasible. Si reconfortado es una palabra demasiado contundente para
describir su expresión, satisfecho no lo era. Trató de relajarse y se apoyó en
la chimenea con arrogancia–. Parece haber llevado guantes para conducir su
coche –dijo Wexford– y haberlo limpiado a continuación, por si acaso. El
viernes nadie lo vio aparcado, ni tampoco que alguien lo condujera. De momento,
tenemos muy pocas pistas para seguir.
–¿Encontrarán más? –preguntó tratando de
disimular su ansiedad.
–Todavía es pronto, señor Hathall. –Wexford
se dijo que era cruel jugar con ese hombre. ¿Existe alguna ocasión en que el
fin justifique los medios? Wexford no sabía adonde quería llegar o a qué
agarrarse en todo aquel misterio–. Puedo decirle que encontramos las huellas de
otro hombre en esta casa.
–¿Están en el..., cómo lo llaman, registro?
–Las han reconocido como las del señor Mark
Somerset.
–Muy bien... –De pronto, Hathall pareció más
tranquilo de lo que el inspector jefe le había visto jamás. Quizá sólo fue una
inhibición frente al contacto físico lo que le impidió realizar un paso
adelante y darle una palmadita en su espalda–. Discúlpeme, pero estoy muy
nervioso. Debería haberle pedido que se sentase. De manera que las únicas
huellas que se encontraron fueron las del señor Somerset, ¿verdad? El querido
primo Mark, nuestro severo patrón.
–No he comentado eso, señor Hathall.
–Bueno, y las mías y... y las de Ángela,
desde luego.
–Desde luego. Pero aparte de ésas,
encontramos en su cuarto de baño la huella de una mano de mujer. Es la huella
de una mano derecha, y en la yema del dedo índice hay una cicatriz con forma de
«L».
Wexford esperaba una reacción. Sin embargo,
consideraba que Hathall tenía un buen dominio de sí mismo y estaba seguro de
que esa reacción sólo se manifestaría en forma de indignación. Quizá
protestaría, preguntaría por qué razón la policía no había seguido el rastro de
esa prueba, o con un gesto de impaciencia señalaría que la huella era la de
alguna amiga de su mujer, cuya existencia, en su aflicción, había olvidado
mencionar. Jamás hubiera supuesto, desde la oscuridad en la que se hallaba, que
sus palabras tuviesen un efecto tan devastador.
Hathall se quedó perplejo. Parecía que la
vida se le hubiese escapado, como si de repente hubiese sufrido un dolor tan
intenso que le hubiese paralizado u obligado a permanecer inmóvil en espera de
que su corazón y todo su sistema nervioso se recuperasen. Sin embargo, no dijo
nada, no emitió sonido alguno y demostró un buen dominio de sí mismo. Pero su
cuerpo, su físico, estaba triunfando sobre sus procesos mentales. Era el
ejemplo más claro que había visto Wexford del triunfo de la materia sobre el
espíritu. Al fin, el golpe tenía que llegar. El asombro, con su incredulidad,
terror y comprensión de lo que a partir de entonces había de ser su futuro y
que tenían que haberse manifestado la primera vez que vio el cadáver de su
mujer, estaba surgiendo en él cinco días más tarde. Estaba destrozado.
Por su parte, Wexford estaba nervioso pero
actuaba despreocupadamente.
–¿Quizá pueda decirnos algo acerca de la
persona a quien pertenece esa huella?
Hathall aspiró profundamente. Parecía tener
mucha necesidad de oxígeno. Lentamente movió la cabeza.
–¿Alguna idea al respecto, señor Hathall?
Seguía moviendo la cabeza. Era un movimiento
mecánico, de autómata. Wexford tuvo la sensación de que Hathall tendría que
cogerse la cabeza con las dos manos para detener ese movimiento.
–La huella de una mano en la bañera con una
cicatriz en forma de «L» en el dedo índice derecho es, por supuesto, la pista
principal de nuestra investigación.
Hathall levantó convulsivamente la barbilla.
Un espasmo le recorrió el cuerpo. Forzó una leve y constreñida voz a través de
sus labios rígidos.
–¿En la bañera, ha dicho?
–Así es, en la bañera. ¿Tengo razón de pensar
que usted sospecha a quién pertenece?
–No tengo la menor idea –dijo Hathall. Su
piel había adquirido una palidez veteada, pero la sangre volvía a ella y
palpitaba en las venas de su frente. Lo peor del golpe había terminado. Había
sido sustituido por... ¿qué?
No era ira, ni tampoco indignación. Wexford
pensó que se hallaba completamente inmerso en una pena profunda.
Pero lejos de sentir lástima por él dijo
despiadadamente:
–He observado lo ansioso que ha estado a lo
largo de mis investigaciones por saber lo que habíamos deducido de las huellas
dactilares. De hecho, nunca había visto que un desconsolado esposo se tomase
tanto interés por la ciencia forense. Por tanto, no puedo dejar de considerar
que usted esperaba que se encontrase alguna huella. Si es así, y la hemos hallado,
debo decirle que está obstruyendo la investigación al guardar para sí mismo lo
que puede ser una información de vital importancia.
–¡No me amenace! –Aunque las palabras eran
duras, la voz que las pronunciaba era débil y el tono malhumorado, patético–.
No crea que puede acosarme.
–Más bien le aconsejo que reflexione sobre lo
que le he dicho y, si es usted sensato, nos revelará con franqueza lo que estoy
seguro de que sabe.
Sin embargo, incluso mientras hablaba,
mirando sus ojos consternados, sabía que esa revelación no sería en absoluto
sensata, pues a pesar de la coartada que pudiese tener ese hombre, pese al amor
y la adoración que podía sentir por ella, había matado a su mujer. Cuando salió
de la habitación y abandonó la casa, imaginó a Robert Hathall derrumbándose
sobre un sillón, respirando entrecortadamente, sintiendo su corazón acelerado y
utilizando todos sus recursos para sobrevivir. El hecho de que hubieran
encontrado la huella de una mujer le había provocado esa reacción. Él sabía
quién era esa mujer. Hathall temía que la identidad de ella se revelara tras
aquella huella... Sin embargo, su reacción no había sido la de un hombre que
está a punto de confirmar sus sospechas, sino la de alguien que teme por su
propia paz y libertad, así como por la paz y libertad de otra persona y, sobre
todo, que teme que ambos no puedan disfrutar de dicha libertad.
Capítulo VIII
Sus suposiciones habían apartado a Wexford de
los recuerdos de la comida. Sin embargo, cuando poco más tarde de las cuatro
entró en su casa, éstos regresaron a su mente manchados por la culpa. Si la
compañía de Nancy Lake no le hubiese resultado tan placentera, tal vez no
hubiera besado a Dora como lo hizo ni le hubiera preguntado lo que le preguntó.
–¿Qué te parece si vamos a Londres a pasar un
par de días?
–¿Es que tienes que ir?
Wexford asintió.
–¿Y no puedes soportar estar alejado de mí?
–Wexford sintió cómo enrojecía. ¿Por qué tenía que ser tan perceptiva? Era como
si le leyese el pensamiento. Pero si hubiera sido menos perceptiva tal vez no
se habría casado con ella–. Me encantaría ir, cariño –dijo Dora dulcemente–.
¿Cuándo nos vamos?
–Si Howard y Denise nos ofrecen su casa, lo
que tardes en preparar la maleta. –Sonrió, sabiendo la cantidad de ropa que
desearía llevarse aunque sólo fuera a pasar dos días con su elegante sobrino–.
¿Unos... diez minutos?
–Dame una hora –dijo Dora.
–De acuerdo. Voy a llamar a Denise.
El superintendente jefe Howard Fortune, el
jefe de Kenbourne Vale CID, era el hijo de la hermana de Wexford, ya fallecida.
Durante años, Wexford le había temido. Era un temor mezclado con envidia por
ser una persona capaz, por haber recibido tanto sin apenas esforzarse: un
diploma con matrícula de honor, una casa en Chelsea, un matrimonio con una
hermosa modelo y rápidos ascensos, llegando incluso a superar ampliamente el
rango de su tío. A sus ojos, los dos habían adquirido el brillo de la gente de
alta sociedad, entrando, aunque él apenas los conocía, en la categoría de
individuos que miran a los demás por encima del hombro y los desprecian si
tratan de acercarse a ellos. Con infundados recelos había ido a pasar con ellos
su convalecencia tras una enfermedad. Más allá de todo resentimiento, Howard y
Denise fueron amables, hospitalarios y modestos. Cuando Wexford ayudó a Howard
a resolver el caso de asesinato de Kenbourne Vale –Wexford lo resolvió solo,
decía Howard– sintió que éste reconocía sus méritos y que nacía entre ellos una
verdadera amistad.
La solidez de dicha amistad quedó demostrada
por el modo en que los Fortune disfrutaron de las navidades familiares en casa
de Wexford y por el nuevo entendimiento entre tío y sobrino, que volvió a
ponerse de manifiesto en el saludo que recibieron el inspector jefe y su mujer
cuando el taxi los dejó en la casa de Teresa Street. Era poco más tarde de las
siete y ya casi estaba lista una de las elaboradas cenas de Denise.
–Pero si estás delgadísimo, tío Reg –dijo
ella, dándole un beso–. Aquí estaba yo contándote las calorías y ahora parece
que todo el trabajo ha sido en vano. Tienes muy buen aspecto.
–Gracias, querida. Debo confesar que mi
pérdida de peso ha eliminado uno de mis principales temores en Londres.
–¿Y cuál era?
–El de quedarme atascado en una de esas
máquinas de billetes del metro, ya sabes, las de las barras metálicas, y ser incapaz
de salir.
Denise se echó a reír y los llevó a la sala
de estar. Desde su primera visita, Wexford había superado el miedo a derribar
uno de los jarrones con flores de Denise sustituyéndolo por el temor ante sus
frágiles adornos de porcelana y por arruinar con manchas de café la tapicería
de satén. La abundancia en todo su esplendor y la riqueza dejaron de
intimidarle. Había aprendido a sentarse con tranquilidad en cualquiera de los
numerosos sofás de seda que le recordaban a las fotografías de los interiores
de un palacio real. Solía bromear sobre el sistema de calefacción central o
comentar algo sobre el recién instalado equipo de aire acondicionado.
–Me recuerda –dijo él– a esa descripción que
hace Scott sobre el apartamento de lady Rowena: «Las ricas cortinas temblaron
ante la ráfaga nocturna... la llama de las antorchas ondeaba en el aire como el
pendón desplegado de un cacique.» Sólo que, en tu caso, lo que ondea son las
plantas, no las llamas.
Estuvieron intercambiando algunas citas. En
el pasado, Wexford había hecho lo propio para defender su igualdad intelectual.
Estaba seguro de que su sobrino contestaba para mantenerse discretamente al
margen del trabajo que compartían.
–¿Así que de palique, Reg? –dijo Howard
sonriendo.
–Tan sólo para romper el hielo, y habrá
auténtico hielo en tus jarrones si sigues por ahí, Denise. No quiero contarte
por qué he venido, pero te lo diré después de la cena.
–¡Y yo que pensaba que habías venido a verme!
–exclamó Denise.
–Así es, querida, pero en este momento hay otra
joven que me interesa todavía más.
–¿Qué tiene ella que yo no tenga?
Wexford le cogió la mano y, haciendo como si
la estudiara, dijo:
–Una cicatriz con forma de «L» en su dedo
índice.
Cuando Wexford estaba en Londres siempre
esperaba que la gente le tomase por un londinense. Para mantener esa ilusión,
adoptaba ciertas medidas, como permanecer en el asiento hasta que el metro se
hubiese detenido del todo, en vez de saltar con nerviosismo treinta segundos
antes de llegar a su destino. Además, reprimía los deseos de preguntar a otros
pasajeros si ese tren iba realmente al lugar anunciado por los confusos
indicadores. Como consecuencia, en una ocasión se encontró en Uxbridge en lugar
de en Harrow-on-the-Hill. No es fácil ir desde Chelsea a West End en metro, por
lo que Wexford cogió el autobús número 14, que conocía bien.
En vez de una persona, Marcus Flower resultó
ser dos: Jason Marcus y Stephen Flower. El primero parecía un joven Ronald
Colman de cabello largo y el segundo un Mick Jagger de cabello corto y
jubilado. Wexford rechazó una taza de café que estaban bebiendo –aparentemente,
un remedio contra la resaca– y dijo que en realidad había venido para hablar
con Linda Kipling. Marcus y Flower declararon al unísono que valía mucho más la
pena ver a la señorita Kipling que a ellos, que nadie iba por allí para ver a
alguien que no fuese a las chicas. De pronto, ambos adoptaron una actitud de
seriedad y lamentaron, casi al mismo tiempo, la «pérdida del pobre Bob», por la
que se sentían «profundamente apenados».
Marcus condujo a Wexford a través de una
serie de oficinas extrañamente exuberantes y desiertas; habitaciones con
muebles de acero y piel, extravagantes cortinas de terciopelo y alfombras
apiladas. En las paredes había pinturas abstractas con salpicones de salsa ketchup y arañas copulando, y en las mesitas, revistas de erotismo blando. Las
tres secretarias se encontraban juntas en una habitación de terciopelo azul: la
que lo había recibido, una pelirroja y Linda Kipling. Había dos más, comentó
Linda, pero una de ellas estaba en la peluquería y la otra en una boda.
Le condujo hasta una oficina vacía y se sentó
en una especie de banco de cuero negro, como los que se encuentran en los
vestíbulos de los aeropuertos. Tenía el aspecto de un maniquí en el escaparate
de una tienda de moda, realista pero irreal, como si estuviese hecha de
plástico de gran calidad. Contemplando sus uñas verdes, le dijo que Robert
Hathall, desde que trabajaba aquí, telefoneaba a su mujer cada día a la hora de
comer, bien llamándola directamente o pidiéndole que le pusiese con ella. Eso
le había parecido «terriblemente dulce», aunque ahora, por supuesto, era
«terriblemente trágico».
–¿Diría usted que el de Hathall era un
matrimonio feliz, señorita Kipling? Ya sabe a qué me refiero, ¿solía mencionar
a su esposa, tenía su fotografía sobre el escritorio y ese tipo de cosas?
–Bueno, tenía su fotografía, pero Liz le dijo
que era un gesto burgués y decidió quitarla. No podría decir si era feliz. A
diferencia de Jason y Steve, no era un tipo expresivo.
–¿Cómo estaba el viernes pasado?
–Igual que siempre, exactamente igual. Ya se
lo he contado a un policía. No sé para qué sirve contar lo mismo una y otra
vez. Estaba igual que siempre. Llegó un poco antes de las diez y estuvo aquí
toda la mañana, estudiando los detalles de un proyecto de tratamiento
hospitalario privado para el personal que quisiese apuntarse. Un seguro, ¿sabe?
–Linda transmitía su desprecio hacia los ejecutivos que no podían permitirse el
lujo de pagar un tratamiento en una clínica privada–. Llamó a su mujer un poco
antes de la una y salió a comer con Jason. No estuvieron mucho tiempo.
Volvieron a las dos y media. Me dictó tres cartas. –El recuerdo parecía
agraviarla, como si hubiese sido una tarea excesiva e injusta–. A las cinco y
media fue a buscar a su madre para llevarla a su casa, en algún lugar de
Sussex.
–¿Recibía alguna vez llamadas de alguna
mujer?
–Su mujer nunca le llamaba –dijo mirándole
sin entender la pregunta. Era una de esas personas de imaginación tan limitada
que reían ante cualquier insinuación inesperada de conducta sexual, social o
emocional. Al cabo de unos segundos se le escapó una risita y añadió–: ya
entiendo señor Wexford... No, ninguna mujer le telefoneaba. Nunca lo llamaba
nadie.
–¿Se sentía atraído por alguna de las chicas
de aquí?
Ella pareció asombrarse y se apartó
ligeramente.
–¿Las chicas de aquí?
–Bueno, hay cinco chicas, señorita Kipling, y
por lo que he visto, no son ustedes lo que se dice repulsivas. ¿Tenía el señor
Hathall una relación especial con alguna de las chicas de aquí?
–¿Quiere decir una relación? ¿Se refiere a si
se acostaba con alguien? –preguntó temblorosa.
–Si lo quiere expresar en esos términos...
Después de todo, era un hombre solo, separado temporalmente de su esposa.
Supongo que todas estaban aquí el viernes por la tarde, ninguna fue a la
peluquería o a alguna boda, ¿verdad?
–¡Claro que estuvimos todas! Y en cuanto a
tener una relación con alguna de nosotras, puede que le interese saber que June
y Liz están casadas. Clare está comprometida con Jason y Suzanne es la hija de
lord Carthew.
–¿Y eso la exime de acostarse con un hombre?
–La exime de acostarse con un hombre de la
clase de Bob Hathall. Y eso va por todas nosotras. Puede que no seamos «lo que
se dice repulsivas», pero no nos hemos rebajado a tanto.
Wexford se despidió de ella y salió del
edificio, lamentando haber hecho ese pobre cumplido. En Piccadilly, se metió en
una cabina telefónica y marcó el número de Craig y Butler, Contables, de Gray’s
Inn Road. Le dijeron que el señor Butler estaba reunido en ese momento pero que
le recibiría gustosamente a las tres de la tarde. ¿Cómo pasaría el tiempo
entretanto? Aunque había conseguido la dirección de la señora Eileen Hathall,
Croydon estaba demasiado lejos para visitarla antes de las tres. ¿Por qué no
averiguar algo más sobre la propia Ángela, sobre los antecedentes de ese
matrimonio del que todo el mundo decía ser feliz pero que había terminado en
asesinato? Pasó las páginas del listín telefónico y lo encontró: Biblioteca de
la Liga Nacional de Arqueología, 17 Trident Place, Knightsbridge SW7.
Resueltamente, se dirigió a la boca de metro de Piccadilly Circus.
Trident Place no era un lugar fácil de
encontrar. A pesar de haber consultado su guía en la intimidad de la cabina, se
dio cuenta de que debía de nuevo recurrir a ella. Mientras se decía a sí mismo
que era un viejo tonto por ser tan cohibido, encontró por casualidad Sloane
Street, donde, según la guía, desembocaba Trident Place.
Era una calle ancha, con casas victorianas de
cuatro pisos elegantes y bien conservadas. El número 7 tenía un par de puertas
macizas, con marcos de caoba. Wexford las cruzó, llegando a un vestíbulo con
fotografías monocromas de ánforas y retratos de ruinas tenebrosas. Cruzó otra
puerta hasta llegar a la biblioteca. El ambiente era el que cabía esperar,
extremadamente tranquilo, y la atmósfera olía a libros eruditos, antiguos y
modernos. Había muy poca gente. Uno de los socios estaba entretenido con uno de
los grandes catálogos encuadernados en piel, otro estaba firmando por los
libros que había sacado. Había, además, dos chicas y un joven absortos en su
trabajo tras el pulido mostrador de madera de roble. Una de ellas condujo a
Wexford al piso de arriba, atravesando la sala de lectura donde reinaba un silencio
sepulcral, hasta llegar, por fin, al despacho de la bibliotecaria jefe, la
señorita Marie Marcovitch.
La señorita Marcovitch era una menuda
viejecita, posiblemente de origen judío centroeuropeo. Hablaba un fluido inglés
académico con un ligero deje extranjero. Tan distinta a Linda Kipling como
puedan serlo dos mujeres, le pidió que tomara asiento y no se mostró
sorprendida por el hecho de que hubieran venido a interrogarla sobre un caso de
asesinato, aunque al principio no relacionara a la joven que trabajó para ella
con la mujer muerta.
–Se fue de aquí, claro, antes de contraer
matrimonio –dijo Wexford–. ¿Cómo la describiría usted, brusca y descortés o
nerviosa y tímida?
–Bueno, era muy tranquila, podríamos decir...
pero la pobrecilla está muerta. –Tras una corta vacilación, la señorita
Marcovitch prosiguió apresuradamente–. No sé si puedo contarle mucho sobre
ella. Era una chica bastante corriente.
–Me gustaría que me contase todo lo que sabe
de ella.
–Era una chica alta. Vino a trabajar aquí
hará unos cinco años. No es costumbre de la biblioteca contratar a gente sin
título universitario, pero Ángela era una bibliotecaria cualificada y tenía
también algunos conocimientos de arqueología. No tenía experiencia práctica,
pero a decir verdad, tampoco la tengo yo.
El estar rodeado de libros le recordó a
Wexford uno que todavía conservaba en su poder.
–¿Estaba interesada en las lenguas célticas?
La señorita Marcovitch pareció sorprenderse.
–No que yo sepa.
–No importa. Continúe, por favor.
–Apenas sé cómo seguir, inspector. Ángela
hacía su trabajo satisfactoriamente, aunque solía faltar bastante por motivos
médicos. Iba mal de dinero... –Una vez más, Wexford notó cierta vacilación–.
Quiero decir que no podía arreglárselas con su sueldo y solía quejarse diciendo
que era insuficiente. Creo que pedía pequeñas sumas de dinero a otros
compañeros de trabajo, pero eso no era asunto mío.
–Tengo entendido que trabajó aquí varios
meses antes de conocer al señor Hathall.
–No estoy segura de cuándo conoció al señor
Hathall. Ángela trabó amistad con el señor Craig, que estaba empleado aquí,
pero ya se fue. De hecho, todo el personal de entonces se ha ido, excepto yo.
Me temo que no conocí al señor Hathall.
–Pero conoció a la primera señora Hathall,
¿verdad?
La bibliotecaria apretó los labios y encogió
sus pequeñas manos en el regazo.
–Parece que estemos chismorreando –dijo
remilgadamente.
–En eso consiste a menudo mi trabajo,
señorita Marcovitch.
–Bien... –Esbozó una inesperada y casi
traviesa sonrisa–. Adelante, pues. Yo conocí a la primera señora Hathall. Me
encontraba en esta misma biblioteca cuando ella vino. Habrá notado usted que
éste es un lugar muy tranquilo. No hay voces fuertes ni movimientos rápidos, un
ambiente adecuado a los lectores así como al personal. Debo confesar que me
enfadé de verdad cuando esta mujer irrumpió en la biblioteca, fue
precipitadamente al mostrador de Ángela y empezó a despotricar contra ella. Era
imposible para los lectores no darse cuenta de que estaba reprochando a Ángela
haberle robado a su marido. Pedí al señor Craig que la acompañara afuera
intentando hacer el menor ruido posible, y luego hice subir a Ángela aquí
arriba. Cuando se calmó le dije que, aunque sus asuntos personales no eran cosa
mía, no podía permitir que volviese a ocurrir una cosa así.
–¿Y volvió a ocurrir?
–No, pero el trabajo de Ángela empezó a
resentirse. Era el tipo de persona que se deprime bajo una fuerte presión. Al
principio, lo sentí por ella, pero luego no tanto, cuando me dijo que tenía que
dejar el trabajo por consejo de su médico.
La bibliotecaria terminó de hablar, parecía
como si hubiera dicho todo lo que tenía que decir y se puso de pie, pero
Wexford, en lugar de levantarse, añadió con voz seca:
–¿No hay nada más, señorita Marcovitch?
Ella se ruborizó y rió con cierto
nerviosismo.
–¡Qué perspicaz es usted, inspector! Sí, hay
algo más. Supongo que se ha percatado de mis vacilaciones. Nunca he contado
esto a nadie, pero... está bien, se lo contaré a usted. –Volvió a sentarse, y
sus gestos adoptaron un aire de soberbia–. Debido a que los socios de la
biblioteca pagan una suscripción bastante elevada (veinticinco libras anuales)
y a que cuidan bien de los libros, no cobramos suplementos cuando se retrasan
en su devolución. Como supondrá, no lo hacemos público, y los nuevos socios se
llevan una agradable sorpresa al comprobar que, cuando devolvían los libros que
habían tenido quizá dos o tres meses, no se les cobraba recargo alguno.
»Hace tres años y medio, poco después de que
Ángela se hubiese marchado, me encontraba en el mostrador de devoluciones
cuando un socio me entregó tres libros que pasaban seis semanas de la fecha de
retorno. No hubiese dicho nada si el socio no hubiera sacado una libra con
ochenta peniques, que me aseguró era el recargo exacto para los libros
vencidos; diez peniques por cada semana y libro. Cuando le expliqué que en esta
biblioteca no exigíamos pagos de recargo, dijo que era socio desde hacía un año
y que sólo se había retrasado una vez en la entrega. En esa ocasión, una
señorita, le había pedido una libra con veinte peniques y él no había
protestado, porque le parecía razonable.
»Por supuesto, hice averiguaciones entre el
personal y todos parecían completamente inocentes, pero las dos chicas me
dijeron que otros socios habían intentado recientemente que les aceptasen
recargos por tardanza.
–¿Cree usted que Ángela fue la responsable?
–¿Quién pudo haber sido si no? Pero como ya
se había ido, no me pareció oportuno llevar este asunto al consejo de
administración, pues habría originado problemas y quizá habría acabado en una
convocatoria de socios como testigos y todo eso. Además, la chica había estado
trabajando bajo presión y era un fraude insignificante. Dudo de que ganara más
de diez libras.
Capítulo IX
Un fraude insignificante... Wexford no esperaba
encontrarse con algo así, y aunque seguramente no tenía importancia, la sombría
figura de Ángela Hathall empezaba, como una forma surgiendo de la niebla, a
adquirir un contorno más definido. Tenía una personalidad paranoica con
tendencia a la hipocondría, inteligente pero incapaz de perseverar en un
trabajo fijo; su estado mental sucumbía fácilmente a la adversidad;
económicamente inestable y sin escrúpulos para ganar dinero extra por medios
fraudulentos. ¿Cómo si no subsistir con quince libras a la semana, que era todo
lo que habían tenido para vivir ella y su marido durante un período de casi
tres años?
Salió de la biblioteca y cogió el metro en
dirección a Chancery Lane. Craig y Butler, Contables, tenían sus oficinas en la
tercera planta de un antiguo edificio cercano al Royal Free Hospital. Observó
el lugar, tomó una ensalada y un zumo de naranja en una cafetería y a las tres
menos un minuto le acompañaban a la oficina del socio más veterano, William
Butler. Su despacho era tan anticuado y silencioso como la biblioteca, y el
señor Butler casi tan arrugado como la señorita Marcovitch. Sin embargo, él
mostraba una alegre sonrisa, el ambiente era más propio de trabajo que de
erudición y el único retrato que había era un óleo de colores que representaba
a un anciano, vestido con un traje elegante.
–Mi antiguo socio, el señor Craig –dijo
William Butler.
–Supongo que sería su hijo quien presentó
Robert a Ángela Hathall, ¿no es así?
–Su sobrino. Paul Craig, el hijo, ha sido mi
socio desde la jubilación de su padre. Es Jonathan Craig quien trabajaba en la
asociación de arqueología.
–Tengo entendido que la presentación tuvo
lugar en una fiesta de trabajo celebrada aquí mismo.
El anciano produjo un sonido parecido a la
risa.
–¿Una fiesta aquí? ¿Dónde pondríamos la
comida y la bebida, por no hablar de los invitados? Esto les recordaría su
declaración de la renta y se deprimirían. No, esa fiesta tuvo lugar en el
domicilio particular del señor Craig, en Finchley, con motivo de su jubilación
tras cuarenta años de trabajo.
–¿Conoció allí a Ángela?
–Fue la única vez que la vi. Una criatura
atractiva, con un cierto aire salvaje, como muchas mujeres de hoy en día.
Además, llevaba pantalón. Yo, personalmente, considero que una mujer debería
ponerse falda para ir a una fiesta. Al principio, Bob Hathall estaba muy
encaprichado con ella, eso saltaba a la vista.
–Eso no debía de gustarle al señor Jonathan
Craig.
Butler volvió a soltar una fina risita.
–No tenía intenciones serias con ella, eso es
cierto. Su mujer no es precisamente guapa, pero está forrada, mi querido amigo,
forrada hasta el cuello. Ángela no se habría llevado bien con la familia, no
son sociables como yo. En realidad, hasta yo vi con malos ojos que se dirigiese
a Paul y le comentase que tenía un trabajo buenísimo, ideal para evadir sus
impuestos. Decir eso a un contable es como decir a un médico que te alegras de
poder tener acceso a la heroína. –El señor Butler dejó escapar una alegre
risa–. Yo conocí a la primera señora Hathall, ¿sabe usted? –añadió–, era muy
activa. Tuvimos más de una escena, ella armó un gran escándalo para llegar
hasta Bob, y éste se encerró en su oficina. ¡Y qué voz tiene cuando está de mal
humor! En una ocasión se sentó en las escaleras durante todo el día esperando a
que él saliera. Bob se encerró con llave y no salió en toda la noche. Sabe Dios
cuándo se fue la mujer a casa. Al día siguiente volvió a presentarse por aquí y
me pidió a gritos que hiciese volver a Bob con ella y con su hija. Fue un
auténtico espectáculo. Nunca lo olvidaré.
–Y como resultado –dijo Wexford–, usted lo
despidió.
–¡No lo despedí! ¿Es eso lo que él va
diciendo?
Wexford asintió.
–¡Maldita sea! Bob Hathall siempre ha sido un
embustero. Le contaré lo que sucedió y después podrá decidir si creerlo o no.
Lo mandé llamar después de todo lo ocurrido y le dije que procurase llevar
mejor sus asuntos personales. Tuvimos una breve discusión y el resultado fue
que él salió como una fiera diciendo que nos dejaba. Intenté disuadirlo. Había
entrado a trabajar como auxiliar cuando era un muchacho y se había formado
aquí. Le dije que si iba a divorciarse necesitaría bastante dinero y que en Año
Nuevo tendría un aumento de sueldo, pero no atendía a razones, no paraba de
decir que todo el mundo estaba contra él y contra Ángela. Así que se marchó y
encontró un trabajo de media jornada que le fue muy bien.
Teniendo en cuenta el fraude de Ángela y la
observación que hizo a Paul Craig, Wexford preguntó al señor Butler si Robert
Hathall había hecho algo alguna vez que pudiese ser interpretado como ilegal,
aunque fuera muy leve. El señor Butler pareció sorprenderse.
–Pues no. Aunque antes he dicho que no
siempre decía la verdad, era un hombre honrado.
–¿Susceptible a las mujeres, diría usted?
William Butler volvió a reír y movió la
cabeza con vehemencia.
–Tenía quince años cuando llegó aquí, y ya en
esa época salía con la que sería su primera mujer. Estuvieron comprometidos
durante Dios sabe cuánto tiempo. Le aseguro que Bob era muy estrecho de miras,
muy reprimido y no se daba cuenta de que hay más de una mujer sobre la faz de
la Tierra. Teníamos una mecanógrafa muy guapa, y por el caso que le hacía podía
haber sido una máquina de escribir. Iba como loco detrás de Ángela, se chifló
por ella como un escolar romántico. Se despertó de golpe, perdió la dimensión
de las cosas. Suele ocurrir. Los que despiertan tarde son siempre los peores.
–Quizá en esa situación buscase alguna
otra...
–Tal vez fuese así, pero no tengo medios de
saberlo. Usted cree que él pudo haber eliminado a Ángela, ¿no es verdad?
–No me importaría afirmarlo, señor Butler
–dijo Wexford mientras se levantaba para irse.
–Una pregunta tonta, ¿no? La verdad es que yo
pensé que iba a asesinar a la otra, se lo aseguro. Allí es donde ella se
plantó, justo donde se encuentra usted. Nunca lo olvidaré, mientras viva.
Howard Fortune era un hombre alto y delgado,
flaco como un esqueleto a pesar de su enorme apetito. Tenía el cabello claro de
la familia de Wexford, la piel pálida como el papel y los ojos azul claro,
pequeños y penetrantes. A pesar de las diferencias, él siempre se había
parecido a su tío, y ahora que Wexford había perdido tanto peso, la semejanza
era aún mayor. Sentados uno frente del otro en el estudio de Howard, podían
haber pasado por padre e hijo ya que, aparte de su parecido, Wexford hablaba
con su sobrino con la misma familiaridad con que hablaba a Burden, y Howard
respondía sin la delicadeza y el tacto de los primeros días.
Sus respectivas esposas habían salido.
Después de pasar el día de compras, fueron al cine, y tío y sobrino se quedaron
solos. Mientras Howard bebía coñac y Wexford se contentaba con un vaso de vino
blanco, este último se extendió contando la teoría que ya había expuesto el día
anterior.
–Tal y como yo lo veo –dijo– la única manera
de explicar el horror de Hathall (y era auténtico horror, Howard) cuando le
conté lo de la huella de la mano, es que él preparó el asesinato de Ángela con
la ayuda de una cómplice.
–¿Una cómplice con quien mantenía una
relación amorosa?
–Es de suponer. Ése sería el motivo.
–Un motivo que a estas alturas ya no se
sostiene, ¿no es cierto? El divorcio es bastante fácil de conseguir y no había
hijos de por medio.
–No lo has comprendido –Wexford hablaba con
una intensidad que antes le habría resultado imposible–. Incluso con este nuevo
empleo, no podía permitirse el lujo de mantener a dos mujeres divorciadas. Es
exactamente el tipo de hombre que consideraría justificado el asesinato para
evitarse problemas.
–O sea que esa amiga vino por la tarde a
casa...
–O fue recogida por Ángela.
–Eso no lo entiendo, Reg.
–Una vecina, una mujer llamada Lake, dice que
Ángela le comentó que iba a salir. –Wexford bebió un sorbo para ocultar la
ligera turbación que le provocaba la mera mención del nombre de Nancy Lake–. No
hay que olvidar eso.
–Bien, es posible –dijo Howard–. La chica
mató a Ángela estrangulándola con un collar que no ha sido encontrado, luego
limpió sus huellas dactilares pero dejó una en el borde de la bañera. ¿Es ésa
la idea?
–Sí. Luego fue a Londres en el coche de
Robert Hathall y lo abandonó en Wood Green. Es probable que vaya allí mañana,
pero no tengo muchas esperanzas en lo que pueda descubrir. Lo más seguro es que
viva lejos de Wood Green.
–Y luego irás a esa fábrica de, ¿cómo de
llama, Toxborough? No entiendo por qué lo dejas para el final. Después de todo,
él trabajó allí desde que se casó hasta pasado el mes de julio.
–Ésa es la razón, Howard –dijo Wexford–. Es
posible que conociese a esa mujer antes que a Ángela, o que la conociera a los
tres años de casarse, pero no cabe duda de que estaba profundamente enamorado
de Ángela (todo el mundo lo admite), así que, ¿crees que hubiese empezado una
nueva relación al principio de su matrimonio?
–No, no lo creo. ¿Tiene que ser
necesariamente alguien que conoció en el trabajo? ¿Por qué, no una amiga que
hubiese conocido en cualquier acto social, o la mujer de un amigo?
–Pues porque no parece haber tenido muchos
amigos, lo cual no es tan difícil de entender. Durante su primer matrimonio
cabe suponer que él y su mujer habrían hecho amistad con otras parejas casadas,
pero ya sabes cómo son esas cosas, Howard. En estas situaciones, las amistades
de una pareja casada son los vecinos o las amigas de ellas con sus maridos. ¿No
es probable que en el momento del divorcio todas esas personas mantuviesen la
amistad de Eileen Hathall? En otras palabras, continuarían siendo amigos de
ella y lo abandonarían a él.
–Por tanto, esta mujer podría ser alguien que
él hubiese conocido por la calle o en un bar. ¿Has pensado en eso?
–Desde luego; si es así, las posibilidades de
encontrarla son escasas.
–Bien, mañana te toca ir a Wood Green. Yo
tengo el día libre. Por la noche he de hablar en Brighton y después pensaba dar
una vuelta, pero puede que primero vaya contigo.
Una llamada telefónica cortó las muestras de
agradecimiento de Wexford por este ofrecimiento. Howard cogió el auricular y
sus primeras palabras, dichas cordialmente pero con frialdad, fueron para decir
a su tío que le llamaba un conocido. Cuando le pasaron el teléfono, oyó la voz
de Burden.
–Las buenas noticias, primero –dijo el
inspector–, si se pueden llamar buenas –y le explicó a Wexford que por fin se
había presentado alguien que afirmaba haber visto el coche de Hathall por el
camino de Bury Cottage, a las tres y cinco de la tarde del pasado viernes, pero
sólo se fijó en la persona que conducía, que describió como una joven de
cabello oscuro vestida con una camisa o blusa roja a cuadros. Estaba seguro de
haber visto a otra persona, creía que se trataba de una mujer, pero no era
capaz de dar más detalles. El testigo iba en bicicleta por Wool Lane en
dirección a Wool Farm y por tanto conducía por el lado izquierdo de la
carretera, por lo que sólo pudo ver con claridad al conductor. El coche se
había detenido porque él tenía preferencia y, además, porque tenía puesto el
intermitente de la derecha y estaba a punto de girar para introducirse en el
camino de la casa.
–¿Por qué no se presentó antes ese tipo?
–Andaba por ahí de vacaciones, y dice que no
había leído ningún periódico hasta hoy.
–Algunas personas –comentó Wexford
refunfuñando– viven como las malditas crisálidas. Si ésa es la buena noticia,
¿cuál es la mala?
–Puede que no sea mala, no lo sé, pero el
jefe ha estado aquí después de que tú te marcharas, quiere verte mañana a las
tres en punto.
–Eso nos impide ir a Wood Green –dijo Wexford
pensativamente a su sobrino después de contarle lo que Burden le había
explicado–. Tendré que volver y tratar de pasar por Croydon o Toxborough. No
dispondré de tiempo suficiente para ir a los dos sitios.
–Escucha, Reg, ¿por qué no te llevo a Croydon
y luego a Kingsmarkham por Toxborough? Todavía me quedarán tres o cuatro horas
para estar en Brighton.
–Gracias, Howard, pero es excesivo.
–Al contrario, tengo mucho interés por ver a
esa fiera, la primera señora Hathall. Tú vienes conmigo y Dora se queda aquí.
Sé que Denise quiere estar en casa el viernes para ir a alguna fiesta que otra.
Wexford tuvo que convencer a Dora, que llegó
diez minutos más tarde, para que aceptara quedarse en Londres hasta el domingo.
–Pero ¿te sentirás bien tú solo?
–Claro que sí, mujer, y espero que tú
también. Personalmente, creo que perecerás congelada por el frío de ese
horrible aire acondicionado.
–Tengo mis reservas subcutáneas, querido,
para mantener el calor.
–No como tú, tío Reg –dijo Denise, que al
entrar había oído la última frase–. Toda tu grasa se ha derretido por completo.
¿Seguro que se debe sólo a la dieta? El otro día leí en un libro que los
hombres que tienen distintas relaciones amorosas conservan bien la línea,
porque inconscientemente hunden el estómago cada vez que cortejan a una mujer.
–Pues ahora ya sabemos qué pensar –dijo Dora.
Wexford, que en ese momento había hundido el
estómago inconscientemente, no se sonrojó como habría sido su reacción el día
anterior. Se estaba preguntando qué ocurriría en esa reunión con el comisario
jefe, y la respuesta no era en absoluto agradable.
Capítulo X
La casa que había comprado Robert Hathall
durante su primer matrimonio era una de esas casitas adosadas que proliferaron
durante los años treinta. Tenía una ventana en el cuarto de estar, un aguilón
sobre la del dormitorio y un decorativo dosel de madera, parecido a los que a
veces se ven protegiendo los andenes en las estaciones provincianas de
ferrocarril, sobre la entrada principal. Había otros cuatrocientos exactamente
iguales en la calle, una ancha carretera donde el tráfico que iba hacia el sur
se aglomeraba.
–Esta casa –dijo Howard– fue construida por
unas seiscientas libras.
–Hathall habrá pagado unas cuatro mil por
ella, diría yo.
–¿Cuándo se casó?
–Hace diecisiete años.
–Quizá sí que pagó esa cantidad. Actualmente,
alcanzaría las dieciocho mil libras.
–Pero no puede venderla –dijo Wexford–. Yo
diría que le vendría bien ese dinero. –Salieron del coche y subieron hasta la
puerta principal.
Ella no tenía aspecto de arpía. Tendría unos
cuarenta años, buen color, poca estatura, su figura robusta y achaparrada
apenas cabía en su ajustado traje verde. Era una de esas mujeres que el paso
del tiempo había estropeado notablemente. Todavía se reflejaba en su piel y en
su cabello rojizo, antaño rubio, las sombras fantasmales de la juventud
marchitada. Los hizo entrar en el cuarto de estar. Sus muebles no tenían el
encanto de los de Bury Cottage, pero relucían de la misma manera. Había algo
opresivo en la pulcritud y en la ausencia de un solo objeto que no fuese
totalmente convencional. Wexford buscó en vano cualquier cosa, tal vez un cojín
con encajes hechos a mano, un dibujo original o una planta, que expresase algo
de la personalidad de la mujer y de la niña que vivían allí, pero no encontró
nada, ni un libro, ni siquiera una revista, ni tampoco los indicios de
cualquier afición. Parecía un escaparate antes de que el dependiente le
proporcionase un aire hogareño. Aparte de una fotografía enmarcada, el único
cuadro era la reproducción de una gitana española con un sombrero negro sobre
su cabello rizado y una rosa entre los dientes, que Wexford había visto en un
centenar de bares. Pero incluso este cuadro estereotipado tenía más vida que el
resto de la habitación; la boca de la gitana parecía evidenciar una mueca de
desdén al contemplar los estériles alrededores en los que estaba condenada a
pasar el tiempo.
Aunque era media mañana y Eileen Hathall
había sido avisada con anticipación de la visita, no les ofreció nada para
beber. O bien había heredado los modales de su suegra o su propia falta de
hospitalidad había sido uno de los rasgos que tanto apreciaba en ella la
anciana. Sin embargo, la señora Hathall en algunos aspectos de su vida privada,
lejos de mantenerse reservada, se mostró amargamente expansiva.
Al principio parecía contenerse. Wexford
empezó preguntándole cómo había pasado la noche del viernes, y ella respondió
con voz bastante tranquila que estuvo en casa de su padre en Balham, porque su
hija se había marchado a pasar el día a Francia, en un viaje con el colegio,
del que no había vuelto hasta la medianoche. Dio a Wexford la dirección de su
padre. Howard, que conocía bien Londres, se percató de que se trataba de una
calle contigua a la de la anciana señora Hathall. Eso fue suficiente. Eileen se
ruborizó y al mismo tiempo sus ojos ardieron con resentimiento, que era quizá
la principal de sus características.
–Bob y yo crecimos juntos. Fuimos al mismo
colegio y no pasaba un día sin que nos viésemos. Después de casarnos no nos
separamos ni una sola noche hasta que apareció esa mujer.
Wexford, que creía imposible que alguien
ajeno pudiera romper un matrimonio sólido y feliz, no hizo ningún comentario.
Se había preguntado con frecuencia cuál era la actitud mental que considera a
las personas como cosas y a los cónyuges como objetos que se pueden robar como
si fueran aparatos de televisión o collares de perlas.
–¿Cuándo vio por última vez a su marido,
señora Hathall?
–No lo he visto desde hace tres años y medio.
–Pero supongo que, aunque usted tiene la
custodia, él tiene algún contacto con Rosemary, ¿no es así?
Su rostro se había agriado un poco más, como
si un cáncer estuviese devorándola.
–Se le permitía verla los domingos. Yo la
mandaba a casa de mi ex suegra y desde allí él la recogía y se la llevaba a
pasar el día por ahí.
–¿Ustedes coincidían en esas ocasiones?
Ella bajó la mirada, tal vez para ocultar su
humillación.
–Él comentó que no se presentaría si iba a
encontrarme a mí allí.
–Usted ha dicho que «la mandaba», señora
Hathall. ¿Quiere decir que esos encuentros entre padre e hija ya no se
producen?
–Bueno, ella es casi una mujer, ¿no? Ya tiene
edad para decidir por su cuenta. La madre de Bob y yo siempre nos hemos llevado
bien, ha sido como una segunda madre para mí. Rosemary se dio cuenta de que su
padre me había hecho sufrir, por lo que es lógico que estuviera resentida. –La
arpía empezaba a hablar con el tono de voz que el señor Butler le comentó que
no olvidaría jamás–. Ella se puso contra él. Pensó que había hecho algo mal.
–¿Así que dejó de verle?
–Ella no quería verle. Dijo que tenía cosas
mejores que hacer los domingos, y su abuela y yo pensamos que no le faltaba
razón. Sólo fue una vez a su casa y al volver se encontraba en un estado lamentable;
llorando y gimiendo. No me extraña, ¿imagina usted a un padre, que deja a su
hija pequeña, besando a otra mujer? Pues eso es lo que pasó. Cuando llegó la
hora de marcharse, Rosemary le vio abrazar y besar a esa mujer. Y no fue uno de
esos besos corrientes, sino de los que se ven en la televisión, dijo Rosemary.
De todas maneras prefiero no entrar en detalles, aunque sentí repulsión, se lo
aseguro. Concluyendo, la niña no puede aguantar a su padre, y no la culpo. Lo
único que espero es que no le afecte psicológicamente.
Se había ruborizado y no paraba de abrir y
cerrar los ojos. En aquel momento, con la cabeza inclinada, tenía algo en común
con la gitana de la pared.
–A él no le gustó su reacción. Suplicó a
Rosemary que le viese, le escribió cartas y Dios sabe qué. Le envió regalos y
quiso llevársela de vacaciones. Bob, que decía no tener ni un céntimo, luchó
con uñas y dientes para intentar impedir que me quedase con esta casa y con un
poco de dinero para vivir. ¡Ah!, tiene dinero de sobra cuando se pone a gastar,
tiene dinero para gastar en todo el mundo excepto en mí.
Howard observando la fotografía enmarcada le
preguntó si era de Rosemary.
–Sí, ésa es mi Rosemary. –Todavía sin
respiración tras la carga de invectivas, Eileen habló entrecortadamente–. Se la
hicieron hace seis meses.
Los dos policías miraron el retrato de una
chica de rostro plano y pesado, que llevaba una pequeña cruz de oro sobre la
blusa, cuyo cabello lacio y oscuro caía sobre sus hombros, y que guardaba un
notable parecido con su abuela paterna. Wexford, que se sintió incapaz de
mentir afirmando que era guapa, preguntó qué iba a hacer al acabar el colegio.
Fue una buena pregunta, ya que tuvo un efecto relajante en Eileen, cuya
amargura dio paso, aunque sólo brevemente, al orgullo.
–Irá a la universidad. Todos sus profesores
sostienen que tiene aptitudes y yo no quiero impedírselo. No necesita ganarse
la vida. Bob ahora tendrá de sobra. Le he comentado a mi hija que no me importa si
continúa estudiando hasta los veinticinco años. Voy a decirle a la madre de Bob
que le pida a su hijo que le regale un coche cuando cumpla los dieciocho.
Después de todo, ahora es como tener veintiuno, ¿no es verdad? Mi hermano la ha
estado enseñando a conducir y se examinará cuando cumpla diecisiete años. Es
deber de su padre regalarle un coche. Sólo por haberme arruinado la vida no es
razón suficiente para arruinar la de mi hija, ¿verdad?
Wexford le ofreció la mano cuando se iban.
Ella se la dio con desgana, lo cual evidenciaba la falta de gracia que parecía
ser un rasgo característico de todos los Hathall y de sus conocidos. Bajó la
vista y la mantuvo durante el tiempo suficiente para asegurarse de que no había
ninguna cicatriz en el dedo índice.
–Debemos estar agradecidos por las esposas
que tenemos –dijo Howard devotamente cuando estuvieron otra vez en el coche en
dirección al sur–. En todo caso, Hathall no mató a Ángela para regresar con
ésa.
–¿Has notado que no mencionó la muerte de
Ángela? Ni siquiera para decir que sentía su fallecimiento. Nunca había
conocido una familia tan llena de odio. –Wexford pensó de pronto en sus dos
queridas hijas, en cuya educación él había gastado dinero felizmente–. Debe de
ser horrible mantener a alguien a quien odias y comprar regalos a quien han
enseñado a odiarte –concluyó.
–Desde luego. ¿Y de dónde salía el dinero
para esos regalos y para esas proyectadas vacaciones, Reg? Con sólo quince
libras a la semana...
A las doce menos cuarto llegaban a
Toxborough. Wexford estaba citado en la factoría Kidd’s a las doce y media, por
lo que tomaron una comida ligera en un restaurante de las afueras antes de
buscar la fábrica. Ésta, una gran estructura de hormigón, era de donde salían
los juguetes que había visto a menudo en televisión y que se comercializaban
con el nombre de Kidd’s Kits. El gerente, un tal señor Aveney, le explicó que
tenían trescientos trabajadores en nómina, la mayoría mujeres que estaban a
tiempo parcial. El personal de oficina era reducido, estaba formado por él, el
jefe de personal, el contable –sucesor de Hathall–, su propia secretaria, dos
mecanógrafas y la chica de la centralita.
–Usted desea saber qué personal femenino
teníamos en la oficina cuando trabajaba con nosotros el señor Hathall. Teniendo
en cuenta lo que me contó por teléfono, he hecho lo posible por confeccionarle
una lista de nombres y direcciones. Sin embargo, es asombroso cómo cambian de
trabajo en pocos meses. No queda nadie en la oficina que estuviera aquí cuando
se encontraba el señor Hathall, y sólo han pasado diez semanas. El jefe de personal
hace cinco años que está con nosotros, pero su despacho está en el piso de
abajo y no creo que se conociesen.
–¿Recuerda si mantenía una relación especial
con alguna chica?
–No lo recuerdo –dijo el señor Aveney–.
Estaba loco por su mujer, a la que asesinaron. Jamás he conocido a un hombre
que estuviera tan enamorado de su mujer como él. Para Hathall, ella era Marilyn
Monroe, la mujer del Sha de Persia y la Virgen María en una misma persona.
Wexford estaba cansado de oír hablar de la
locura que sentía Hathall por su mujer. Echó un vistazo a la larga lista, y
encontró la clase de nombres que todas las jóvenes parecen tener últimamente. June, Jane, Susan. Linda y Julie. Todas ellas vivían en Toxborough y ninguna había
permanecido más de seis semanas en Kidd’s. Tuvo la horrible visión de largas
semanas de trabajo inútil, mientras media docena de sus hombres recorrían el
condado en busca de Jane, Julie o Susan, y metió la lista en la cartera.
–Su amigo comentó que le gustaría ver los
talleres, de manera que, si le parece bien, podemos bajar a buscarlo.
Encontraron a Howard custodiado por «una
Julie» que le conducía entre los bancos, donde las mujeres vestidas con mono y
turbante en la cabeza estaban arreglando la ropa de las muñecas de plástico. La
fábrica estaba bien aireada y era agradable, exceptuando el olor a celulosa y
un par de altavoces desde donde se oía la seductora voz de Engelbert
Humperdinck implorando la libertad y que le permitiesen volver a amar de nuevo.
–Ha sido más bien una pérdida de tiempo –dijo
Wexford cuando se hubieron despedido del señor Aveney–. Ya imaginé que lo
sería. De todos modos aún queda bastante tiempo para tu cita a la hora de
cenar. No hay más de media hora de aquí a Kingsmarkham ¿Quieres que tome el
camino más rápido para evitar el tráfico y enseñarte un par de puntos
interesantes?
Howard asintió, y su tío le explicó cómo
llegar a la carretera de Myringham. Atravesaron la ciudad pasando por el centro
comercial, cuya fealdad había ofendido notablemente a Mark Somerset, y donde
éste se había encontrado con los Hathall en plena fiebre consumista.
–Sigue las señales de Pomfret mejor que las
de Kingsmarkham y luego te explicaré cómo llegar a Kingsmarkham pasando por
Wool Lane.
Obedientemente, Howard siguió las señales y
en diez minutos se hallaban en la carretera comarcal. El paisaje permanecía
intacto, las colinas ondulantes de Sussex estaban pobladas de árboles, de
enormes bosques de abetos y granjas pequeñas con tejados de madera, situadas en
las hondonadas. La cosecha estaba lista para la recolección y en los lugares en
que el trigo estaba cortado los campos brillaban como hojas doradas bajo el
sol.
–Cuando estoy aquí –dijo Howard–, siento que
es verdad lo que dijo Orwell acerca de que los hombres reconocen interiormente
que lo mejor que se puede hacer en el mundo es pasar un buen día en el campo. Y
cuando estoy en Londres estoy de acuerdo con Charles Lamb.
–¿Quieres decir que prefieres ver a la gente
haciendo cola en un teatro que a todos los rebaños de ovejas de Epsom Downs?
Howard se echó a reír y asintió.
–¿He de evitar esa curva de Sewingbury?
–Has de coger la curva hacia Kingsmarkham,
llegaremos dos kilómetros después. Es una pequeña carretera lateral que acaba
convirtiéndose en Wool Lane. Creo que Ángela vino en coche por aquí el viernes
pasado con su pasajera. Pero ¿de dónde venía?
Howard tomó la curva. Pasaron Wool Farm y
vieron la señal de Wool Lane, donde la carretera se transformaba en un estrecho
túnel. De haberse cruzado con otro coche, su conductor o Howard hubiesen tenido
que desviarse hacia la cuneta para permitir el paso del otro vehículo, pero no
encontraron ninguno. Los conductores la evitaban por estrecha y peligrosa y
pocos forasteros la tomaban como carretera de paso.
–Bury
Cottage –dijo Wexford.
Howard aminoró la velocidad ligeramente, al
tiempo que Robert Hathall apareció desde el lado de la casa con unas tijeras de
jardín en las manos. No levantó la vista, sino que empezó a cortar las
margaritas. Wexford se preguntó si su madre le habría ordenado esa desacostumbrada
tarea.
–Ése es –dijo Wexford–. ¿Lo has visto bien?
–Lo suficiente para identificarlo otra vez
–dijo Howard–, aunque supongo que no tendré que hacerlo.
Se separaron en la comisaría de policía. El
Land Rover del comisario jefe ya se encontraba aparcado en el antepatio. Había
llegado temprano a su cita, al igual que Wexford. No tenía necesidad alguna de
entrar corriendo compungido y sin respiración, por lo que anduvo
despreocupadamente hasta donde se extendía la alfombra y le esperaba la bronca.
–Adivino de qué se trata, señor. Hathall se
ha quejado.
–El que lo hayas adivinado –dijo Charles
Griswold– no hace más que empeorar las cosas. Frunció el entrecejo y se irguió
con toda su altura, que era bastante superior al metro ochenta de Wexford. El
jefe tenía un extraño parecido con el general De Gaulle, cuyas iniciales
compartía, y debía de ser consciente de ello. Sólo una casualidad puede
explicar un parecido físico con un personaje famoso. Sólo el conocimiento de
ello, y los continuos comentarios de amigos y enemigos, pueden explicar las
semejanzas entre una personalidad y la otra. Griswold tenía la costumbre de
hablar de Mid-Sussex, su tierra, con tonos muy similares a los empleados por el
estadista al referirse a La France–. Me ha enviado una carta en la que
se queja de tu actitud. Dice que has intentado cazarle con la utilización de
métodos muy poco ortodoxos. Mencionó algo sobre una huella dactilar y que luego
salió sin esperar tu respuesta. ¿Tienes motivos para pensar que él mató a su
mujer?
–No con sus propias manos, señor. Se
encontraba en su oficina en Londres cuando sucedió todo.
–Entonces ¿a qué demonios estás jugando?
Estoy orgulloso de Mid-Sussex. Toda mi vida profesional la he dedicado a
Mid-Sussex. Estaba orgulloso de la rectitud de mis subordinados, seguro de que
su conducta no sólo estaría fuera de todo reproche, sino que además sería bien
vista. –Griswold suspiró profundamente. «Dentro de un instante –pensó Wexford–,
dirá “L’état, c’est
moi”»–. ¿Por qué estás acosando a ese hombre,
persiguiéndolo?, como él dice.
–Perseguir –dijo Wexford– es el término que
acostumbra a usar.
–¿Y eso qué significa?
–Es un paranoico, señor.
–No emplees conmigo esa jerga de psiquiatras,
Reg. ¿Tienes una sola prueba contra ese tipo?
–No, únicamente la impresión personal de que
él mató a su mujer.
–¿Una impresión? ¿Una impresión? Últimamente
se habla demasiado de impresiones y a tu edad deberías tener más juicio. ¿Qué
quieres decir entonces? ¿Que tenía un cómplice? ¿Sabes quién puede ser ese
cómplice? ¿Tienes alguna prueba contra él?
–¿Qué otra cosa puedo decir más que «No,
señor, no tengo pruebas»?, pero me gustaría poder ver esa carta.
–No puedes. Ya te he explicado lo que pone.
Agradece que te evite las desagradables observaciones sobre tus modales y tu
táctica. Dice que le has robado un libro.
–Por amor de Dios... ¿no se creerá eso?
–Bueno, no, pero devuélveselo, y déjalo en
paz a partir de ahora, ¿entendido?
–¿Dejarlo en paz? –dijo Wexford horrorizado–.
Debo hablar con él. No hay otro camino para la investigación.
–He dicho que lo dejes en paz. Es una orden.
No quiero oír hablar más de ello. No quiero tener la fama de sacrificar
Mid-Sussex a tus impresiones.
Capítulo XI
Aquel suceso marcó el final de la
investigación oficial de Wexford sobre la muerte de Ángela Hathall.
Más adelante, al volver la vista atrás, fue
consciente de que a las tres y veintiún minutos de la tarde del jueves, dos de
octubre, desapareció toda esperanza de resolver el caso de asesinato de una
forma directa. Pero en aquel momento no lo sabía. Sólo sentía agravio y enfado,
y se resignó ante los retrasos irritantes en la investigación provocados por el
hecho de no poder perseguir a Hathall. Todavía pensaba que había vías abiertas
para descubrir la identidad de la mujer sin necesidad de volver a molestar a
Hathall. Podía delegar el trabajo. Burden y Martin procederían con más tacto.
Pondría hombres que controlasen a las chicas de la lista de Aveney. Hathall se
había traicionado a sí mismo, era culpable y, por tanto, el crimen acabaría
llamando a sus puertas.
Sin embargo, se sentía desanimado. De regreso
a Kingsmarkham había dado vueltas a la posibilidad de telefonear a Nancy Lake,
aprovechando la ausencia de Dora, pero incluso una inocente cena con ella,
perdía el sabor que había tenido la perspectiva. No se puso en contacto con
ella, ni tampoco telefoneó a Howard. Pasó un fin de semana en soledad,
maldiciendo la suerte de Hathall y su propia estupidez por no haber tenido más
cuidado al tratar esa personalidad quisquillosa e irritable.
Le envió el libro De los hombres y los ángeles, acompañado
de una amable nota lamentando haberlo tenido tanto tiempo. No recibió ninguna
respuesta de Hathall, quien debía, pensó el inspector jefe, estar frotándose
las manos con regocijo.
El lunes por la mañana volvió a la fábrica
Kidd’s de Toxborough. El señor Aveney pareció encantado de verle –las personas
que no pueden ser incriminadas suelen colaborar con alegre placer en las
pesquisas de la policía–, pero su colaboración no fue de mucha ayuda.
–¿Cree que el señor Hathall hubiese podido
conocer a otra mujer aquí? No sé, por ejemplo a una representante de ventas.
–Todos los representantes trabajan desde
nuestra oficina de Londres. Sólo hay una mujer entre ellos y él no la conoció.
¿Qué hay de los nombres que le di? ¿No ha habido suerte?
Wexford meneó la cabeza.
–Por el momento, no.
–No encontrará nada allí. Así que sólo quedan
las asistentas de la limpieza. Tenemos una asistenta que trabaja aquí desde que
empezamos, pero ya tiene sesenta y dos años. Claro que tiene un par de chicas
que la ayudan en su trabajo, pero siempre varían, como el resto de nuestro
personal. Supongo que podría darle otra lista de nombres. Yo no suelo coincidir
con ellas y el señor Hathall tampoco las veía. Siempre acaban de limpiar antes
de que entremos nosotros. La única que recuerdo es una chica que era muy
honrada. En una ocasión se quedó una mañana para entregarme un billete de una
libra que había encontrado debajo de un escritorio.
–No se moleste haciendo esa lista, señor
Aveney. Es evidente que no encontraremos nada.
–Tienes Hathallitis –dijo Burden durante la
segunda semana tras la muerte de Ángela.
–Suena a problema respiratorio.
–Nunca te había visto tan... bueno, iba a
decir obsesionado. No tienes la más mínima prueba de que Hathall saliese con
otra mujer, y mucho menos que conspirase con ella para cometer el asesinato.
–La huella de la mano –dijo Wexford
obstinadamente– y esos pelos largos y oscuros, además de la mujer que vieron
con Ángela en el coche...
–El testigo no está seguro de que fuera una
mujer. ¿Cuántas veces hemos visto a alguien en la otra acera de la calle y no
hemos sido capaces de distinguir si era un hombre o una mujer? Siempre afirmas
que la nuez de Adán es la única marca distintiva. ¿Puede fijarse un ciclista
que echó una mirada rápida a un coche en si el pasajero tenía la nuez de Adán?
Hemos investigado a todas esas chicas de la lista, excepto la que se encuentra
en los Estados Unidos y la que estuvo en el hospital el día diecinueve. La
mayoría apenas recordaba quién era Hathall.
–¿Cuál es tu hipótesis, entonces? ¿Cómo
explicas la huella de la bañera?
–Te lo diré. Fue un hombre quien mató a
Ángela. Ella estaba sola y lo recogió en el coche, como dijiste al principio.
La estranguló (quizá por accidente) mientras intentaba quitarle el collar. ¿Por
qué habría de dejar huellas?, ¿por qué habría de tocar algo más en la casa,
excepto a Ángela? Si lo hizo, no habría muchas y las pudo haber limpiado. La
mujer que dejó la huella no estaba ni siquiera involucrada. Era una automovilista
que pasaba por allí y pidió usar el teléfono.
–¿Y el cuarto de baño?
–¿Por qué no? Estas cosas suelen pasar. Algo
similar ocurrió ayer en mi propia casa. Mi hija se encontraba sola y llegó un
joven que había venido andando desde Stowerton porque nadie lo cogía en coche,
y le pidió un vaso de agua. Ella le dejó entrar, ya puedes imaginar cómo me
puse al enterarme, y también le dejó usar el cuarto de baño. Tuvo la suerte de
que era una persona normal y no pasó nada. Pero ¿por qué no pudo haber pasado
algo semejante en Bury Cottage? La mujer no se ha presentado porque ni siquiera
conoce el nombre de la casa ni el de la mujer que la dejó pasar. Sus huellas no
están en el teléfono porque Ángela todavía estaba limpiando cuando llamó.
¿Acaso no es más razonable que la idea de una conspiración que carece del más
mínimo fundamento?
A Griswold le gustó la teoría y Wexford se
encontró con la acusación de realizar una investigación basándose en un
postulado insostenible. Se vio obligado a divulgar un mensaje por todo el país
para localizar a una automovilista con amnesia y a un ladrón que mató por
accidente para obtener un collar sin valor. No se encontró a ninguno de los
dos, ninguno adoptó más forma que los vagos contornos que Burden y los
periódicos hablaban de ellos como si existiesen. En cuanto a Robert Hathall,
Wexford supo que había dado una serie de sugerencias útiles para seguir las
pistas. El comisario jefe no podía comprender por qué Wexford creía que aquel
hombre sufría de persecución o tenía mal genio. Nada podía ser más útil que su
actitud después de haber impedido a Wexford el contacto directo con él.
Wexford pensó que pronto se hartaría de todo
el asunto. Las semanas pasaban sin nuevos progresos. Al principio es
enloquecedor que se prescinda del conocimiento de lo que uno sabe. Luego,
cuando aparecen nuevos trabajos e intereses, se convierte en algo simplemente
molesto y al final, en un aburrimiento. Wexford se habría sentido satisfecho de
haber considerado a Robert Hathall un pelmazo. Después de todo, era imposible
resolver todos los casos de asesinato. A lo largo de la historia, cientos de
ellos no han hallado solución. El derecho y la justicia, naturalmente, deberían
prevalecer, pero el factor humano lo hace imposible. Algunos logran escapar, y
Hathall iba a ser uno de ellos. Suponía que ya debían de haberlo relegado a las
filas de los pelmazos, pues no era un hombre interesante sino esencialmente
irritante y sin sentido del humor. No obstante, Wexford no podía pensar en él
como tal. Quizá era aburrido, pero lo que había hecho no lo era. Wexford quería
saber por qué lo había hecho, cómo y con qué ayuda, y también con qué medios.
Por encima de todo sentía la justificada indignación de saber que un hombre
podía matar a su mujer, llevar a su madre para que encontrase el cadáver y ser
considerado por las autoridades un perfecto colaborador.
No debía permitir que todo eso se convirtiera
en una obsesión. Se recordó a sí mismo que era un hombre razonable,
inteligente, un policía con un buen trabajo que desempeñar, no un verdugo a la
caza del asesino por una misión política o una causa santa. Tal vez el hambre
que había pasado para adelgazarse le había hecho perder su ecuanimidad, pues
sólo una persona estúpida consigue una buena figura a costa de una mente desequilibrada.
Teniendo esto en cuenta, se mantuvo tranquilo cuando Burden le dijo que Hathall
iba a dejar Bury Cottage, y contestó con sarcasmo:
–Supongo que se me permitirá saber adonde va.
Burden, según Griswold, tenía buen tacto y
había sido, durante el otoño, el vínculo con Hathall. Wexford lo llamaba «el
enviado de Mid-Sussex», añadiendo que imaginaba que «nuestro hombre» en Wool
Lane estaría en posesión de secretos del más alto nivel.
–De momento está viviendo en casa de su madre
en Balham y desea coger un piso en Hampstead.
–El vendedor le estafará –comentó Wexford con
amargura–, el servicio de trenes será pésimo. Le harán pagar un alquiler
desorbitado por el aparcamiento y alguien construirá un bloque de viviendas que
le arruinará las vistas. Concluyendo, será muy feliz.
–No sé por qué lo describes como un
masoquista.
–Lo describo como un asesino.
–Hathall no mató a su mujer, lo que ocurre es
que tiene una desafortunada forma de ser que te saca de quicio.
–¿Una desafortunada forma de ser? ¿Por qué no
ser francos y decir que tiene ataques? Es alérgico a las huellas dactilares.
Dile que has encontrado una en su bañera y padecerá un ataque epiléptico.
–No llamarás a eso una prueba, ¿verdad? –dijo
Burden con frialdad, y se puso las gafas con la intención de mirar, pensó
Wexford, a su oficial superior con aire de censura.
La idea de que Hathall se marchase para
comenzar la nueva vida que había planeado y por la cual había asesinado, era
perturbadora. El que sucediese algo así era debido casi enteramente a la forma
de proceder en la investigación. Había estropeado las cosas al ser duro con el
tipo de persona que nunca respondería a ese tipo de trato. Ahora no podía
actuar de ningún otro modo porque la personalidad de Hathall era intocable y
las pistas sobre la identidad de la mujer desconocida se hallaban en su sagrada
mente. ¿Serviría de algo conocer la nueva dirección de Hathall? Si no se le
había permitido hablar con él en Kingsmarkham, ¿qué esperanzas podía albergar
de romper su intimidad en Londres? Durante mucho tiempo el amor propio le
impidió pedir noticias sobre él a Burden, y éste no se las ofreció hasta un día
de abril, mientras comían en el Carrusel. Durante la conversación, Burden dejó
caer la nueva dirección de Hathall, empezando su observación con un «por
cierto», como si estuviesen hablando de un conocido suyo, de un hombre por
quien no profesaba más que un interés pasajero.
–O sea, que me lo dices ahora –dijo Wexford a
su botella de salsa de tomate.
–No parece haber ninguna razón por la que no
debieras saberlo.
–Supongo que primero fue aprobado por el
ministro del interior, ¿no?
Tener la dirección tampoco servía de mucho y
su situación decía muy poco a Wexford. Estaba preparado para sacar el tema de
vez en cuando, sabiendo que las discusiones que ambos mantenían sólo servían
para hacerles sentir molestos. Lo extraño es que fuese Burden quien sacase el
tema. Tal vez había hecho caso omiso de la observación de Wexford, o más
probablemente, no le disgustaba la idea de la importancia que pudiera otorgar a
esta noticia si no la hubiese revelado.
–Siempre he pensado que tu teoría carece de
fundamento. Si Hathall hubiera tenido una cómplice con una cicatriz en el dedo,
se habría preocupado de que llevase guantes, porque con sólo dejar una huella,
nunca hubiera sido capaz de vivir o casarse con ella, ni siquiera de volver a
verla. Y tú crees que mató a Ángela para conseguir eso. No puede ser. Es muy
sencillo, si lo ves de este modo.
Wexford no añadió comentario alguno, ni dejó
traslucir su emoción, pero esa noche al llegar a casa estudió un plano de
Londres, hizo una llamada telefónica y pasó un rato estudiando el estado de su
cuenta bancaria.
Los Fortune habían venido a pasar el fin de
semana. Tío y sobrino bajaron caminando por Wool Lane y se detuvieron frente a
la casa, que todavía no había sido alquilada. El ciruelo estaba lleno de flores
blancas y detrás de la casa había unos corderitos paciendo en la colina, cuya
cumbre estaba coronada por un anillo de árboles.
–A
Hathall tampoco le gustan los rebaños de ovejas –comentó Wexford, recordando
una conversación que habían mantenido cerca de ese lugar–. Se ha ido lo más
lejos posible de Epsom Downs, aun siendo del sur de Londres. Está viviendo en
West Hampstead. Dartmeet Avenue. ¿Lo conoces?
–Sé dónde se encuentra, entre Finchley Road y
End Lane. ¿Por qué eligió Hampstead?
–Sin duda porque está lejos del sur de
Londres, donde vive su madre, su ex mujer y su hija. –Wexford acercó el rostro
a una rama florida del ciruelo y olió su aroma–. Eso es lo que yo creo. –Tiró la
rama, esparciendo los pétalos por la hierba. Pensativamente, añadió–: parece
llevar una vida de celibato. La única mujer que ha sido visto con él es su
madre.
Howard pareció intrigado.
–¿Quieres decir que tienes un... un espía?
–No es un gran espía –admitió Wexford–, pero
es lo mejor y más seguro que he podido encontrar. A decir verdad, es el hermano
de un antiguo cliente mío, un tipo llamado Monkey Matthews. Se llama Ginge.
Vive en Kilburn.
Howard rió con simpatía.
–¿Qué hace este Ginge?, ¿seguirlo?
–No exactamente. Pero lo vigila. Le doy una
remuneración. De mi propio bolsillo, naturalmente.
–No me había dado cuenta de que ibas tan en
serio.
–No recuerdo haber procedido tan en serio por
una cosa así en toda mi carrera profesional.
Se marcharon de allí. Empezaba a levantarse
brisa y a hacer frío.
Howard volvió la vista atrás para contemplar
el túnel de árboles y dijo tranquilamente:
–¿En qué cifras tus esperanzas, Reg?
Su tío no respondió enseguida. Habían pasado
junto a la casita de campo, en cuyo aparcamiento se encontraba el coche de
Nancy Lake, sin que él hablase. Estaba profundamente absorto en sus
pensamientos, tan silencioso y meditabundo que Howard pensó que tal vez había
olvidado la pregunta o que carecía de respuesta; sin embargo, al llegar a Stowerton
Road, respondió:
–Durante mucho tiempo me pregunté por qué
Hathall se horrorizó tanto cuando le expliqué lo de la huella. El motivo era
que no quería que se descubriese a la mujer, por supuesto, pero al recuperarse,
no era sólo miedo lo que aparentaba, era algo así como una tristeza enorme.
Llegué a la conclusión de que reaccionó de ese modo porque había hecho matar a
Ángela para poder unirse con esa mujer, y entonces comprendió que no podría
hacerlo.
»Luego reflexionó. Escribió esa carta de
protesta a Griswold para quitarme de en medio ya que sabía que yo lo había
descubierto. Pero ahora se ha salido con la suya y ha conseguido lo que quería,
vivir con ella. No es como lo había planeado, pues no podrá mudarse a Londres
en secreto y después entablar una amistad con una joven, no podrá representar
al viudo solitario buscando consuelo en una nueva amiga con quien, después de
un tiempo, se casaría. Eso ya no le es posible. Aunque consiguiese desviar la
atención de Griswold, no se atrevería a intentarlo. La huella fue encontrada y
por mucho que parezca que no le prestamos atención, no podrá cortejarla
públicamente y luego casarse con una mujer cuya mano la delataría. La
traicionaría ante cualquiera, Howard, no sólo ante un experto.
–¿Qué puede hacer entonces?
–Tiene dos alternativas –dijo Wexford
animadamente–. Él y la mujer pueden haber acordado separarse. Es de suponer
que, aun cuando uno esté locamente enamorado, la libertad es preferible al
amor. Sí, pueden haberse separado.
–«¿Un adiós para siempre, olvidando nuestros
juramentos?»
–El siguiente trozo es aún más apropiado: «Y
si volvemos a vernos, que no nos vean juntos, pues sólo así podremos
querernos». O bien –continuó Wexford–, podrían haber decidido, más bien se
diría que la pasión decidió por ellos, que el amor era superior a su voluntad,
que seguirían viéndose clandestinamente. Sin vivir juntos, sin verse jamás en
público, pero continuando como si cada uno de ellos tuviese un cónyuge celoso y
suspicaz.
–¿Y seguir así indefinidamente?
–Puede ser. Hasta que se acabe o hasta
encontrar una solución mejor. Yo creo que eso es lo que están haciendo, Howard.
Si no es así, ¿por qué ha elegido el noroeste de Londres, donde nadie le
conoce, para vivir? ¿Por qué no en el sur del río donde viven su madre y su hija?
O en algún lugar cercano a su trabajo. Ahora está ganando un buen sueldo.
También podía haber alquilado algo en el centro de Londres. Está escondido para
reunirse por las noches con ella.
»Voy a intentar encontrarla –dijo Wexford
pensativamente–. Me costará algo de dinero y me quitará algo de mi tiempo
libre, pero pienso intentarlo.
Capítulo XII
Al considerar que Ginge Matthews era un espía
mediocre, Wexford lo había infravalorado. Los escasos recursos de que disponía
le amargaban. Estaba eternamente irritado por la poca disposición que mostraba
Ginge a usar el teléfono.
Ginge estaba orgulloso de su estilo literario
extraído de las declaraciones de policías jóvenes desde la barra de los
testigos, cuyas perífrasis había oído desde su banco. En los informes de Ginge,
su presa nunca iba a ninguna parte, pero siempre se desplazaba; su casa era su
domicilio y, más que ir a casa, se retiraba allí. Pero siendo justos con Ginge,
Wexford tenía que admitir que, aunque no había descubierto nada sobre la
evasiva mujer durante los pasados meses, sí había averiguado muchas cosas de la
forma de vida de Hathall.
Según Ginge, su piso estaba en un edificio de
tres plantas de la época del rey Eduardo. Hathall no tenía aparcamiento y
dejaba su coche aparcado en la calle. Tal vez era por tacañería o por la
dificultad de encontrar plaza de alquiler. Wexford no lo sabía y Ginge tampoco
podía decirlo. Salía hacia el trabajo a las nueve de la mañana e iba caminando
o cogía un autobús desde West End Green hasta la estación de metro de West
Hampstead, donde tomaba la línea Bakerloo hasta (presumiblemente) Piccadilly.
Regresaba a casa poco después de las seis y, en varias ocasiones, Ginge,
acechando desde una cabina telefónica frente al número sesenta y dos de
Dartmeet Avenue, lo había visto salir de nuevo con el coche. Ginge siempre
sabía cuándo se encontraba en casa por las tardes, porque se vislumbraba una
luz en la ventana del segundo piso. Nunca lo había visto acompañado, excepto de
su madre –por la descripción sólo podía ser la anciana señora Hathall–, a quien
había llevado en coche a su casa un sábado por la tarde. Madre e hijo habían
cruzado unas palabras, en una áspera discusión en la acera, antes de entrar por
la puerta principal.
Ginge no tenía coche, ni trabajo, pero la
pequeña cantidad de dinero que Wexford se podía permitir pagarle no le
compensaba para pasar más de una tarde a la semana, y quizá la tarde del sábado
o del domingo, observando a Robert Hathall. Éste podía llevar a su chica a casa
en una de las tardes restantes. Y sin embargo, Wexford seguía albergando
esperanzas. Aunque no muy a menudo, sonaba con Hathall, y en sueños aparecía
con la chica de cabello oscuro y la cicatriz en el dedo, o bien solo, como lo
había estado cuando se hallaba apoyado en la repisa de la chimenea, paralizado
por el miedo y la aflicción.
«En la tarde del sábado, quince de junio, a
las 3.05 p.m., el sujeto se desplazó desde su domicilio en el 62 de Dartmeet
Avenue hasta el West End Lane donde realizó algunas compras en el
supermercado...» A Wexford se le escapó una maldición. Casi todas eran así.
¿Qué prueba tenía de que Ginge había estado allí «en la tarde del sábado,
quince de junio»? Naturalmente, Ginge afirmaría que le había seguido mientras
se le pagara una libra por cada sesión de espionaje. Pasaron julio y agosto y
Hathall, a juzgar por las palabras de Ginge, llevaba una vida sencilla y
regular, yendo al trabajo, volviendo a casa, haciendo la compra los sábados y a
veces en coche. Pero no estaba seguro de poder confiar en Ginge.
Hasta cierto punto, poco antes del
aniversario de la muerte de Ángela, quedó demostrado que se podía confiar en
él. «Hay razones para creer –escribió Ginge–, que el sujeto en cuestión ha
hecho uso de su automóvil, ausentándose de sus acostumbrados lugares de aparcamiento.
En la tarde del jueves, diez de septiembre, habiendo llegado a su domicilio
desde su lugar de trabajo a las 6.10 p.m., salió de éste a las 6.50 y tomó el
autobús número 28 de West End Green NW6.»
¿Tenía alguna importancia? Wexford pensó que
no. Con su sueldo, Hathall podía permitirse ir en coche, pero podía haberlo
dejado debido a la dificultad cada vez mayor de encontrar aparcamiento. Aun
así, desde su punto de vista era positivo. No podían seguir a Hathall.
Wexford nunca escribía a Ginge. Era demasiado
arriesgado. El pequeño espía pelirrojo podía chantajearle, y si las cartas
cayesen en manos de Griswold... Le enviaba el dinero en un sobre sin membrete y
cuando tenía que hablar con él, lo cual, debido a la escasez de noticias
ocurría con poca frecuencia, solían citarse entre las doce y la una en un local
de Kilburn llamado la Condesa de Castlemaine.
–¿Seguirlo? –dijo Ginge–. ¿Cómo, en ese
autobús?
–No entiendo por qué no. Él nunca te ha
visto, ¿verdad?
–Quizá sí. ¿Qué sé yo? No es fácil seguir a
un tipo en un maldito autobús. –La forma de hablar de Ginge era marcadamente
distinta a su estilo literario, especialmente en el uso de adjetivos–. Si sube
al piso superior, y yo entro, o viceversa...
–¿Por qué tiene que haber viceversa?
–inquirió Wexford–. Te sientas detrás de él y no lo pierdes de vista. ¿De
acuerdo?
Ginge no estaba muy convencido, pero aceptó
el intento dubitativamente. Wexford no supo si lo había hecho o no, pues el
siguiente informe no hacía referencias a autobuses. Sin embargo, cuanto más lo
estudiaba con sus expresiones de magistrado, más le interesaba. «Estando en la
vecindad de Dartmeet Avenue NW6, a las 3 p.m. del día veintiséis, me tomé la
molestia de investigar el lugar de domicilio del sujeto en cuestión. En el
curso de una conversación con el portero, al cual me presenté como un
funcionario del Ayuntamiento, pregunté por el número de apartamentos y se me
informó que sólo se alquilaban habitaciones individuales...»
Ha actuado así, pensó Wexford al principio,
sólo para impresionarme y hacerme olvidar todo sobre el ejercicio más
arriesgado de seguirlo en el autobús. Pero no importaba. Lo que sorprendía al
inspector jefe era que Hathall estuviese pagando un alquiler en lugar de haber
comprado el piso y, además, que ni siquiera fuera un piso, sino una habitación.
Extraño, muy extraño. Podía haber pagado un piso con una hipoteca. ¿Por qué no
lo había hecho? ¿Tal vez porque no pretendía estar permanentemente domiciliado
(como diría Ginge) en Londres? ¿O porque tenía destinado su dinero para otras
cosas? Quizá se debía a los dos motivos. Sin embargo, para Wexford era la
circunstancia más extraña que había descubierto en la vida actual de Hathall.
Incluso con los desorbitados alquileres de Londres, no podía estar pagando más
de quince libras a la semana por una habitación, aun cuando, tras las
deducciones, debería estar ganando sesenta. Wexford no tenía otro confidente
que Howard, y fue con él con quien habló por teléfono.
–¿Crees que podría estar manteniendo a otra
persona?
–Efectivamente –dijo Wexford.
–Digamos quince libras a la semana para él y
quince más para ella por la vivienda... Y si ella no trabaja tendrá que
mantenerla también.
–¡Por Dios! No sabes lo satisfactorio que es
para mí oír a alguien hablar de «ella» como de una persona real. Tú crees que
ella existe, ¿verdad?
–No fue un fantasma quien dejó esa huella,
Reg. No era ectoplasma. Ella existe.
En Kingsmarkham se habían dado por vencidos y
dejaron de investigar. Según Wexford, Griswold había declarado a los periódicos
un montón de tonterías sobre que el caso no estaba cerrado, pero sí lo estaba.
Hacía ese tipo de comentarios sólo para salvar el tipo.
Mark Somerset había alquilado Bury Cottage a
una pareja de jóvenes norteamericanos, profesores de la Universidad del Sur. El
jardín estaba bien arreglado y hablaron de ajardinar la parte de atrás por
cuenta propia. Un día el árbol estaba lleno de ciruelas y al siguiente
completamente deshojado. Wexford nunca supo si Nancy las había cogido para
hacer su mermelada, pues no la había visto desde que le dijeron que dejase en
paz a Hathall.
No hubo noticias de Ginge en dos semanas. Al
final, Wexford le telefoneó a la Condesa de Castlemaine y él le contestó que en
sus tardes de vigilancia había permanecido en casa. Sin embargo, volvería a
vigilarlo esa noche y durante la tarde del sábado. El lunes llegó su informe.
Hathall, como de costumbre, había ido de compras el sábado, pero la tarde
anterior había bajado hasta la estación de autobús de West End Green a las
siete. Ginge lo había seguido, pero sintiéndose intimidado por las miradas que
Hathall dirigía hacia atrás, no había subido con él al autobús 28 que tomó a
las siete y diez. Wexford arrojó la hoja a la papelera. Era lo que faltaba, que
Hathall sospechara de Ginge.
Pasó otra semana. Wexford estuvo a punto de
tirar el siguiente comunicado de Ginge sin abrirlo siquiera. Creyó que no
podría soportar otra crónica sobre las compras de Hathall. Sin embargo, abrió
la carta. Y, por supuesto, encontró las explicaciones habituales sobre la
visita al supermercado. Quitándole importancia, Ginge también escribió un par
de líneas explicando que Hathall había visitado una agencia de viajes.
–El sitio al que fue se llamaba Sudamérica
Tours, Howard. Ginge no se atrevió a seguirle al interior, el muy idiota.
La voz de Howard fue fina y seca.
–Estás pensando en lo mismo que yo.
–Por supuesto. Un lugar con el que no tenemos
tratado de extradición. Habrá estado leyendo sobre ladrones de trenes y eso le
habrá sugerido la idea. Estos malditos periódicos lo estropean todo.
–Pero, Reg, por Dios, Hathall debe de estar
muerto de miedo si está dispuesto a arrojar su trabajo por la borda y escapar a
Brasil o a algún otro lugar. ¿Qué es lo que va a hacer allí? ¿De qué vivirá?
–Vivirá como los pájaros, sobrino. Sólo Dios
lo sabe. Escucha, Howard, ¿podrías hacerme un favor? ¿Podrías pasar por Marcus
Flower y tratar de averiguar si lo envían al extranjero? Yo no me atrevo.
–Bueno, pues yo sí me atrevo –dijo Howard–.
Pero si es así, ¿no estarán organizándolo todo ellos?
–No van a pagar también el viaje de la chica,
¿verdad?
–Haré lo que pueda y te llamaré esta noche.
¿Era ésa la razón por la que Hathall había
vivido tan modestamente? ¿Para poder pagar el viaje de su cómplice?
Tendría que estar esperando un empleo, pensó
Wexford, o bien desesperado por salvarse. En ese caso, debería conseguir el
dinero para los dos pasajes de avión. En el Diario de Kingsmarkham, que
habían dejado esa semana sobre su escritorio, recordó haber visto un anuncio de
viajes a Río de Janeiro. Lo sacó de entre un montón de papeles y miró la última
página. Ahí estaba, el viaje de ida y vuelta por sólo 350 libras, y añadiendo
un poco más por dos pasajes individuales, ése era el motivo de los ahorros de
Hathall...
Cuando estaba a punto de dejar el periódico
se fijó en un nombre en la columna de necrológicas. Somerset. «El quince de
octubre, en Church House, Old Myringham, Gwendolen Mary Somerset, amada esposa
de Mark Somerset. Funerales en la iglesia de St. Luke. No enviar flores, por
favor, sino donativos para la Casa de Incurables de Stowerton.» De manera que
la exigente y quejumbrosa mujer había muerto al fin. ¿La amada
esposa? Tal vez había sido la amada esposa que no parecía, o tal vez era la
hipocresía habitual que se manifestaba con una fórmula tan convencional y
trillada como para dejar de ser hipócrita. Wexford sonrió secamente y después
lo olvidó. Llegó temprano a casa, la ciudad estaba tranquila y decidió esperar
la llamada telefónica de Howard.
El teléfono sonó a las siete, pero se trataba
de su hija menor, Sheila. Ella y su madre charlaron durante unos veinte minutos
y después de eso no volvió a sonar el teléfono. Wexford esperó hasta las diez y
media aproximadamente y luego marcó el número de Howard.
–Seguro que está fuera –dijo malhumoradamente
a su esposa. ¡Esto es el colmo!
–¿Y por qué no va a poder salir por la noche?
Seguro que trabaja bastante.
–¿Es que yo no trabajo? Yo no voy perdiendo
el tiempo de noche cuando he prometido hacer una llamada.
–No, y si lo hicieses es probable que tu
presión sanguínea no se alterase como lo está haciendo en este momento –dijo
Dora.
A las once intentó de nuevo ponerse en
contacto con Howard, pero una vez más no obtuvo contestación y se fue a la cama
malhumorado. No era de extrañar que tuviese otro de esos sueños obsesivos sobre
Hathall. Estaba en un aeropuerto. El gran avión estaba a punto de despegar y
cuando las puertas ya estaban cerradas, se abrieron y apareció arriba de las
escaleras, una pareja real saludando graciosamente a la multitud, Hathall y una
mujer. La mujer levantó la mano derecha en un gesto de despedida y él observó
la marcada cicatriz con forma de «L». Pero antes de que pudiese subir las
escaleras, como había empezado a hacer, éstas se desvanecieron, la pareja se
retiró y el avión empezó a surcar el cielo azul invernal.
¿Por qué cuando uno envejece suele despertar
en medio de la noche siendo incapaz de volver a conciliar el sueño? ¿Tiene algo
que ver con los bajos niveles de azúcar en la sangre? ¿O con la llegada del
alba que ejerce una atracción atávica? Wexford sabía que no podría volver a
dormir, por ello se levantó a las seis y media y se preparó el desayuno. No le
gustaba la idea de llamar a Howard antes de las ocho, y a menos cuarto estaba
ya tan nervioso e intranquilo que le llevó a Dora una taza de té y se marchó a
trabajar. A esa hora, por supuesto, Howard habría salido en dirección a
Kenbourne Vale. Empezó a sentirse amargamente herido y volvieron a surgir los
viejos sentimientos que tenía hacia su sobrino. Cierto, había escuchado por simpatía
todas las cavilaciones de su tío sobre el caso, pero ¿qué es lo que pensaba en
realidad? ¿Que se trataba de la fantasía de un anciano y de las tonterías de un
cateto de pueblo? Parecía probable que le hubiese seguido la corriente para
complacerle y hubiese retrasado esa llamada a Marcus Flower hasta conseguir un
poco de tiempo de su importante trabajo metropolitano. Seguramente, todavía no
lo había hecho. Aun así, de nada servía parecerse a Hathall en su paranoia.
Debía humillarse, llamar a Kenbourne Vale y volver a preguntar.
Lo hizo a las nueve y media. Howard todavía
no había llegado, y se encontró metido en una charla anecdótica con el sargento
Clements, un viejo amigo de los días en que habían trabajado juntos en el caso
de asesinato del cementerio de Kenbourne Vale. Wexford era un hombre demasiado
amable para interrumpir al sargento. Le comunicó que Howard estaba en alguna
conferencia de alto nivel y se resignó a escuchar todo lo que le contaba sobre
su hijo e hija adoptivos y su nueva casita. Dejaría un mensaje para el
superintendente jefe, dijo Clements al final, porque no se le esperaba hasta
las doce.
La llamada llegó finalmente pasadas las diez.
–Intenté llamarte a casa antes de salir –dijo
Howard–, pero Dora me comentó que ya habías salido. No he tenido ni un momento
desde entonces, Reg.
Había una nota de disimulada emoción en la
voz de su sobrino. Tal vez lo habían vuelto a ascender, pensó Wexford, y dijo
con cierta frialdad:
–Aseguraste que me llamarías por la noche.
–Y te llamé. A las siete. Pero comunicaban.
No pude volver a hacerlo. Denise y yo fuimos al cine.
Había un tono de diversión –no, de regocijo–
en sus palabras. Olvidándose del rango, Wexford explotó.
–Encantador. Espero que las personas de la
fila de atrás no dejasen de hablar, las de delante no te dejasen ver y las de
los lados te echasen pieles de naranja. ¿Qué pasa con mi individuo? ¿Qué pasa
con lo de Sudamérica?
–Ah, eso –dijo Howard, y Wexford hubiera
jurado que oyó un bostezo–. Va a dejar Marcus Flower, ha dimitido. No me dijeron
más.
–Muchas gracias. ¿Y eso es todo?
Howard
empezó a reír.
–Oh, Reg –dijo–. Es un poco cruel mantenerte
en suspenso, pero te lo merecías. Eres un tipo tan irascible que no me pude
resistir. –Controló su risa y de pronto su voz se hizo solemne, comedida–. No
es todo ni mucho menos –dijo–. Lo he visto.
–¿Qué? ¿Quieres decir que has hablado con
Hathall?
–No, pero lo he visto. No iba solo. Iba
acompañado de una mujer. Lo he visto con una mujer, Reg.
–Oh, Dios mío –dijo Wexford suavemente–. El
Señor me lo ha puesto en las manos.
Capítulo XIII
–Yo no estaría tan seguro de ello –dijo
Howard–. Todavía no. Pero te lo explicaré. Es curioso, ¿no? Pensar que una vez
te dije que no creía que pudiese identificarle nunca. Pero anoche le
identifiqué. Escucha, te contaré cómo fue.
La noche anterior, Howard había intentado
llamar a su tío. Como no tenía más que noticias negativas, decidió volver a
intentarlo por la mañana porque iba justo de tiempo. Él y Denise iban a cenar a
West End antes de ir a ver la película de las nueve en el cine Curzon, y Howard
había aparcado el coche cerca del cruce entre las calles Curzon y Half Moon.
Disponiendo de unos minutos, sintió curiosidad por echar un vistazo al exterior
de las oficinas donde había llamado durante el día. Cuando se acercaban al
edificio de Marcus Flower vieron a un hombre y una mujer que venían en
dirección opuesta. El hombre era Robert Hathall.
Al llegar a la luna de la ventana se
detuvieron y contemplaron los tapices de terciopelo y las escaleras de mármol.
Hathall parecía estar señalando a su compañera el esplendor del lugar donde
había trabajado. La mujer era de mediana estatura, atractiva sin llegar a ser
una preciosidad, con cabello rubio muy corto. Howard pensó que rondaría los
treinta años.
–¿Podía llevar una peluca? –inquirió Wexford.
–No, pero sí el cabello teñido. Naturalmente,
no le vi la mano. Hablaban de un modo que me pareció cariñoso y al cabo de un
rato bajaron hacia Piccadilly. A propósito, no disfruté mucho de la película.
En esas circunstancias, no me pude concentrar.
–No se han despedido para siempre, Howard. Es
como yo lo imaginé. Ahora sólo es cuestión de tiempo hasta que la encontremos.
El día siguiente era su día libre.
El tren de las diez y media procedente de
Kingsmarkham le dejó en la estación Victoria, unos minutos antes de las once y
media. A mediodía llegó a Kilburn. Wexford no podía adivinar qué destello de
imaginación romántica había impulsado a bautizar aquel triste pub
Victoriano con el nombre de la amante preferida de Carlos II. Lo encontró al
doblar la esquina de Edgware Road y tenía un aire decimonónico. Ginge Matthews
estaba sentado en un taburete, conversando seria y agresivamente con el
camarero irlandés. Al ver a Wexford, sus ojos parecieron aumentar de tamaño o,
mejor dicho, uno de ellos pareció hacerlo. El otro lo tenía medio cerrado,
hinchado y amoratado.
–Tráete la bebida al rincón –dijo Wexford–.
Estaré contigo enseguida. ¿Me pone un vaso de vino blanco seco, por favor?
Ginge no se parecía ni hablaba como su
hermano y, ciertamente, no fumaba como él, pero sin embargo tenían algo en
común aparte de su inclinación por los pequeños delitos. Quizá sus padres
fueron víctima de una personalidad dinámica o existía algo excepcionalmente
vital en sus genes. En cualquier caso, hacía pensar a Wexford que los hermanos
Matthews eran como las demás personas pero con una extraña inclinación a
exagerar las cosas. Monkey fumaba sesenta cigarrillos extralargos al día. Ginge
no fumaba nada pero, cuando tenía dinero, bebía una mezcla de Pernod y cerveza
Guinness.
Ginge y Monkey no se dirigían la palabra
desde hacía quince años. Se habían peleado a raíz de un intento chapucero de
atracar una peletería en Kingsmarkham. A diferencia de Monkey, Ginge había ido
a parar a la cárcel –lo cual, según Ginge, era injusto–, y cuando éste salió,
el hermano menor se había marchado a Londres, donde se casó con una viuda que
poseía una casa y un poco de dinero. Ginge se había gastado el dinero enseguida
y ella, tal vez por venganza, le había presentado a sus cinco hijos. Por tanto,
no preguntó por su hermano, a quien culpaba de muchas de sus desgracias, pero
habló amargamente a Wexford cuando se reunieron en la mesa del rincón.
–¿Ve mi ojo?
–Claro que lo veo. ¿Qué demonios te ha
pasado? ¿Te ha pegado tu mujer?
–Muy gracioso. Le diré quién lo hizo: fue ese
maldito Hathall, anoche, mientras le seguía a la parada del 28.
–¡Por amor de Dios! –exclamó Wexford,
horrorizado–. ¿O sea que te ha descubierto?
–Gracias por su compasión. –El pequeño rostro
redondo de Ginge enrojeció hasta adquirir el color de su cabello–. Estaba claro
que tarde o temprano me ficharía por mi maldito cabello. Pero carecía de motivo
para girarse y pegarme en mi maldito ojo, ¿verdad?
–¿Es eso lo que hizo?
–Como se lo cuento. Me hizo un corte. La
mujer comentó que me parecía a Henry Cooper. No tenía ninguna gracia, se lo
aseguro.
Con voz cansada, Wexford dijo:
–¿Pudiste detener la hemorragia?
–Se paró a tiempo. Pero la herida no está
cicatrizada y ya puede ver el maldito...
–Por amor de Dios, deja de decir «maldito»
cada dos palabras. Me estás sacando de quicio. Escucha, Ginge, siento lo de tu
ojo, pero no es tan grave. Evidentemente, tendrás que vigilar a Hathall con más
cuidado. Por ejemplo, podrías ponerte un sombrero...
–No voy a volver allí, señor Wexford.
–No te preocupes ahora por eso. Deja que te
invite a otro de esos brebajes. ¿Cómo lo llamas?
–Pida usted media Guinness de barril con
Pernod doble. –Ginge agregó con orgullo y más alegremente–: no sé cómo lo
llaman ellos, pero yo lo llamo diablo.
La mezcla olía fatal. Wexford pidió otro vaso
de vino blanco y Ginge ironizó:
–No va a engordar mucho con eso.
–Es lo que pretendo. Ahora dime, ¿adónde va
el autobús 28?
Ginge bebió un trago y respondió con
extremada rapidez:
–Golders
Green, Child’s Hill, Fortune Green, West End Lane, West Hampstead Station, Quex
Road, Kilburn High Road...
–¡Dios santo! No conozco ni uno de esos
lugares, no me dicen nada. ¿Dónde termina el recorrido?
–En
Wandsworth Bridge.
Decepcionado por la información, pero
contento por saber algo más, Wexford dijo:
–Sólo visita a su madre en Balham.
–Pues por ahí no pasa el autobús. Mire, señor
Wexford –se explicó con paciente indulgencia–, como usted ha dicho, no conoce
Londres. Yo he vivido aquí quince años y le aseguro que nadie que estuviese
bien de la cabeza iría a Balham por ese recorrido. Más bien iría al metro de
West Hampstead y cambiaría en Northern, Elephant o en Waterloo. Ése es el
camino más lógico.
–Si es así, se baja a mitad de camino. Ginge,
¿harás una cosa por mí? ¿Hay algún bar cerca de la parada del autobús donde lo
has visto coger el 28?
–Justo en frente –dijo Ginge cansadamente.
–Le daremos una semana, si no se queja de ti
antes. Sí, de acuerdo, ya sé que piensas que eres tú quien tiene motivos para
quejarse. Pero insisto, si no se queja, tendremos la certeza de que cree que
eres un posible ladrón...
–Muchas gracias.
–... y no te relacionará conmigo –continuó
Wexford, sin hacer caso de la interrupción–, pues a estas alturas está
demasiado asustado para llamar la atención. Empezaremos el próximo lunes;
quiero que estés en ese bar a las seis y media cada tarde durante una semana.
Fíjate con qué regularidad coge ese autobús. ¿Lo harás? No quiero que lo sigas,
de esa manera no correrás ningún riesgo.
–Eso es lo que siempre se dice –añadió
Ginge–. No olvide que ya me la ha jugado. ¿Quién va a ocuparse de mi mujer y
mis hijos si ese tipo me estrangula con uno de esos malditos collares dorados?
–Los mismos que se ocupan ahora –dijo Wexford
con delicadeza–: la Seguridad Social.
–¡Qué lengua más venenosa tiene usted! –Por
una vez, Ginge habló como su hermano y le imitó cuando un brillo de avaricia
destelló en el ojo sano–. ¿Qué me dará si lo hago?
–Una libra diaria –dijo Wexford–, y todos
los... malditos diablos que te apetezcan.
Wexford esperó con inquietud otras
convocatorias del comisario jefe, pero no le llegó ninguna y ya sabía que el
fin de semana Hathall no se quejaría. Eso, como le comentó a Ginge, no
significaba necesariamente nada más que Hathall creía que el hombre que le seguía
intentaba atacarle y se había tomado la ley por sus propias manos. Pero de lo
que estaba seguro es que fuesen las que fuesen las conclusiones extraídas de
las observaciones de Ginge desde el bar, no podría volver a trabajar con el
hombrecillo pelirrojo. No iba a ser de mucha utilidad averiguar con qué
frecuencia cogía Hathall ese autobús si no podía subirse en él.
Las cosas transcurrían con tranquilidad en
Kingsmarkham. Nadie pondría objeciones si se tomaba los quince días de
vacaciones que le quedaban. Las personas que hacen las vacaciones de verano en
noviembre siempre gozan de popularidad entre sus colegas. Todo dependía de
Ginge. Si realmente Hathall cogía ese autobús regularmente, ¿por qué no tomarse
las vacaciones y tratar de seguir el autobús en coche? Sería difícil con el
tráfico de Londres, el cual siempre le intimidaba, pero fuera de las horas
punta no sería tan complicado. Existía sólo una posibilidad entre diez, o mejor
dicho, entre cien, de que Hathall lo descubriese. Una persona en un autobús no
se fija en los que van en coche. En un autobús no se puede ver al conductor del
coche que le está siguiendo. Si al menos supiese cuándo iba Hathall a dejar
Marcus Flower y cuándo pensaba salir del país...
Sin embargo, dejó de pensar en todo esto al enterarse
de un hecho imprevisto. Estaba seguro de que el arma nunca sería hallada, de
que ésta se encontraba en el fondo del Támesis o entre las basuras de algún
vertedero municipal. Cuando el joven profesor de ciencia política le llamó para
comunicarle que los hombres que excavaban el jardín de Bury Cottage
descubrieron el collar y que el dueño, el señor Somerset, les había aconsejado
que informasen a la policía, lo primero que le vino a la cabeza fue que podría
pasar por encima de los escrúpulos de Griswold y enfrentarse con Hathall.
Wexford bajó por Wool Lane –observando el letrero de «En Venta» en la casa de
Nancy Lake– y después caminó hasta el erial, la zona minera que había sido el
jardín trasero de Hathall. Había un montón de piedras apiladas en una esquina y
junto al aparcamiento se encontraba una excavadora mecánica. ¿Habría Griswold
ordenado excavar el jardín? Cuando se va en busca de un arma, no se excava un
jardín que no parece tener un palmo de tierra removida. No existía ni una
grieta en la larga extensión de tierra en septiembre del año pasado. La habían
rastrillado por completo. ¿Cómo entonces consiguió Hathall o su cómplice
enterrar el collar y luego aplanar la tierra sin dejar huellas?
La profesora, la señora Snyder, se lo aclaró:
–Había una especie de cavidad ahí debajo. Una
fosa séptica, ¿se llama así? Creo que el señor Somerset dijo algo sobre una
fosa.
–Un pozo negro o una fosa séptica –dijo
Wexford–. El desagüe principal pasaba por esta parte de Kingsmarkham hace unos
veinte años, pero anteriormente hubo un pozo negro.
–¡Dios bendito! ¿Cómo es que no lo sacaron?
–preguntó la señora Snyder con el asombro de una persona procedente de un país
más rico y con conciencia sobre medidas de higiene–. Bueno, el collar estaba
dentro de eso..., como se llame. Esa máquina... –señaló la excavadora– lo abrió
de golpe, eso es lo que dijeron los obreros. No lo vi personalmente. No tengo
intención de criticar su país, capitán, pero una cosa así... ¡Un pozo negro!
Realmente divertido por el cargo recién otorgado,
pues le hacía sentirse como un oficial de marina, Wexford dijo que entendía
perfectamente que los métodos primitivos de eliminación de las aguas residuales
no eran muy agradables de contemplar, y preguntó dónde estaba el collar.
–Lo lavé con antiséptico y lo metí en el
armario de la cocina.
Eso ya importaba poco. Tras su larga
inmersión ya no tendría huellas, si es que alguna vez las tuvo. Pero el aspecto
del collar le sorprendió. No estaba, como pensó, compuesto de eslabones, sino
que era un collar sólido de metal gris del que había desaparecido casi todo el
baño de oro. Tenía la forma de una serpiente enroscada en círculo por el que se
pasaba la cabeza cuando se apretaba el collar. Ahora hallaba respuesta a un
problema que le había intrigado siempre. El arma homicida no era una simple
cadena tensada, sino el arma perfecta de un estrangulador. Lo único que debió
de hacer la cómplice de Hathall era situarse detrás de la víctima, coger la
cabeza de la serpiente y tirar de ella...
Pero ¿cómo pudo llegar a un pozo fuera de
uso? La tapa metálica que se empleaba cuando se vaciaba el pozo había sido
enterrada bajo una capa de tierra tan cubierta de hierba que los hombres de
Wexford ni siquiera habían imaginado que pudiera estar allí. Telefoneó a Mark
Somerset.
–Creo que puedo decirle cómo fue a parar allí
–le contestó Somerset–. Cuando pasaba el desagüe principal, mi padre, por
economizar, sólo tenía conectada la llamada «agua negra». El «agua gris», es
decir, el agua que procede de la bañera, del lavabo y del fregadero de la
cocina seguía pasando al pozo negro. Bury Cottage está situado ligeramente en
pendiente, de manera que él sabía que no saldría del cauce.
–¿Quiere decir que alguien pudo dejarlo ir
por el desagüe del fregadero?
–Es probable. Si «alguien» hubiese abierto
bien los grifos, se habría ido por el desagüe.
–Muchas gracias, señor Somerset. Ha sido muy
amable. A propósito, querría... expresarle mi pésame por la muerte de su mujer.
Wexford tuvo la impresión que Somerset se
molestaba por primera vez.
–Bien, sí, gracias –murmuró, y colgó
bruscamente.
Después de hacer examinar el collar por los
expertos del laboratorio, solicitó una entrevista con el comisario jefe. La
cita le fue concedida para el viernes siguiente por la tarde, y a las dos en
punto de ese día ya estaba en el domicilio particular de Griswold, una finca
situada en un pueblo llamado Millerton, entre Myringham y Sewingbury. Era
conocida como Hightrees Farm pero Wexford la llamaba en privado «Millerton-Les-Deux-Eglises».
–¿Qué te hace pensar que ésta es el arma? –fueron las primeras palabras
de Griswold.
–Creo que es el único tipo de collar que pudo
emplearse, señor. Una cadena se habría partido. Los chicos del laboratorio
creen que la capa dorada que todavía queda es parecida a las muestras tomadas
del cuello de Ángela Hathall. Claro que no pueden afirmarlo con seguridad.
–Pero supongo que tienes esa «impresión», ¿no
es así? ¿Tienes alguna razón para creer que ese collar no podía llevar veinte
años allí?
Wexford no era tan ingenuo como para mencionar
de nuevo sus corazonadas.
–No, pero podría tenerla si se me permitiese
hablar con Hathall.
–Él no estaba allí cuando la mataron –dijo
Griswold, bajando la comisura de los labios y endureciendo la mirada.
–La amiga de Hathall sí que estaba.
–¿Dónde? ¿Cuándo? Se supone que soy el
comisario jefe de Mid-Sussex, donde se cometió este asesinato. ¿Por qué no se
me comunica si se ha descubierto la identidad de una cómplice?
–Yo no he dicho exactamente que...
–Reg –dijo Griswold con una voz que comenzaba
a temblar de cólera–. ¿Tienes más pruebas sobre la complicidad de Robert
Hathall que las que tenías hace catorce meses? ¿Tienes una sola prueba
concreta? Te lo pregunté entonces y te lo vuelvo a preguntar ahora, ¿la tienes?
Wexford vaciló. No podía revelar que había
ordenado seguir a Hathall, y todavía menos que el superintendente jefe Howard
Fortune, su propio sobrino, lo hubiese visto en compañía de una mujer. ¿Qué
prueba de homicidio había en los gastos de Hathall o en la venta de su coche?
¿Qué culpa se infería del hecho de que el hombre viviese en el noroeste de
Londres o que le hubiesen visto coger un autobús? Quedaba el asunto de
Sudamérica, desde luego... Tristemente, Wexford se planteó si todo aquello
tenía algún valor. No tenía ninguno. Por lo que se podía demostrar, no habían
ofrecido a Hathall ningún trabajo en Sudamérica, ni siquiera había comprado un
folleto informativo, y mucho menos un billete de avión. Tan sólo le vieron
entrar en una agencia de viajes, y quien lo vio era un hombre con antecedentes
penales.
–No, señor.
–En ese caso la situación no ha cambiado. No
ha cambiado en absoluto. No lo olvide.
Capítulo XIV
Ginge cumplió con lo que se le dijo, y el
viernes ocho de noviembre mandó un informe donde explicaba que había estado
todas las tardes en su puesto de observación, y dos de éstas, el lunes y el
miércoles, Hathall había aparecido en West End Green poco antes de las siete y
había cogido el autobús 28. Eso, en cualquier caso, ya era algo. Debía haber
mandado otro informe el lunes. Sin embargo, ocurrió algo inaudito: Ginge llamó
por teléfono. Llamaba desde una cabina y tenía, según le dijo a Wexford, un
montón de monedas de dos peniques y de diez que confiaba le serían devueltas
por un caballero como el inspector jefe.
–Dame el número y te llamo yo. –¿Cuánto más
tendría que poner de su bolsillo? «Que paguen los contribuyentes», pensó. Ginge
cogió el auricular antes de que sonase dos veces–. Ginge, soy yo.
–Sí, ya lo sé –dijo Ginge con orgullo–. Le he
visto con una tía.
Nunca se llega dos veces a la misma
exaltación emotiva. Wexford había oído esas palabras –u otras con el mismo
significado– anteriormente, pero esta vez no saltó de emoción agradeciendo al
Señor que le hubiera puesto a Hathall en sus manos. Por el contrario, preguntó
cuándo y dónde.
–Ya sabe que me paso las horas apalancado en
ese bar observando la parada del autobús. Bueno, pues supuse que no haría
ningún mal yendo el domingo otra vez. –«Seguro que me pedirá que le pague los
diablos de los siete días», pensó Wexford–. Pues ahí estaba yo el domingo a la
hora de la cena, o sea, ayer, cuando lo vi. Sería la una, más o menos, y llovía
a cántaros. Llevaba una gabardina y un paraguas abierto. No se detuvo para
coger el autobús, sino que se fue andando por West End Lane. En fin, ni se me
ocurrió seguirle. Lo vi marchar, eso es todo. Sin embargo, empecé a pensar en
mi propia cena (porque a la parienta le gusta que esté en su punto), así que me
encaminé hacia la estación.
–¿Qué estación?
–Wes’ Haamsted Stesh’n –dijo imitando,
animadamente el acento hindú del cobrador del autobús. Soltó una risotada ante
su propia gracia–. Cuando llego meto una moneda de cinco peniques en la
máquina, pues sólo hay una parada hasta Kilburn, y me veo al sujeto en la
maldita barrera. Me estaba dando la espalda, gracias a Dios, así que me vuelvo
hacia el quiosco y echo un vistazo a las revistas de chicas. Bien, teniendo
presente mi obligación con usted, señor Wexford, veo venir mi tren pero no
salgo corriendo a cogerlo. Me espero. Por las escaleras se acercan más de
veinte personas. No me atrevo a darme la vuelta, porque no quiero que me
hinchen el otro ojo, pero cuando creo que no hay moros en la costa, echo un
vistazo y el tipo ya no está.
»Me vuelvo rápido hacia West End Lane y sigue
diluviando. Pero en esto que mientras me encamino hacia la casa, me veo al
Hathall con esa tía. Caminaban muy juntitos bajo el paraguas. Ella llevaba uno
de esos impermeables transparentes con la capucha puesta. No pude fijarme en
nada, excepto en su falda larga toda mojada. De manera que llego a casa y me
llevo una buena bronca de mi mujer por llegar tarde a cenar.
–En la virtud está la recompensa, Ginge.
–No lo sé –dijo Ginge–, pero ¿querrá usted
saber cuánto es mi paga y mis diablos? La cuenta asciende a quince libras con
sesenta y tres peniques. Es terrible el coste de la vida, ¿verdad?
Mientras colgaba el teléfono, Wexford decidió
que ya no sería necesario pensar en los distintos modos de seguir a un hombre
que va en autobús, pues ese hombre sólo lo cogía hasta la estación de West
Hampstead, y el domingo había ido andando porque llevaba un paraguas, lo que
resulta siempre un incordio en los autobuses. Ahora podría ver juntos a Hathall
y a la mujer y seguirlos hasta Dartmeet Avenue.
–Me deben unas vacaciones de quince días
–dijo Wexford a su mujer.
–Te deben por lo menos tres meses de
vacaciones con lo de todos estos años.
–Pues me voy a tomar una parte ahora. La
semana que viene, digamos.
–¿Cómo, en noviembre? Entonces iremos a algún
lugar donde haga buen tiempo. Dicen que en Malta se está muy bien en noviembre.
–En Chelsea también se está muy bien en
noviembre, y allí es adonde vamos a ir.
Lo que tuvo que hacer el primer día de
«vacaciones» fue familiarizarse con la hasta entonces desconocida geografía de
Londres. El viernes veintidós de noviembre era un día soleado, aparentemente de
junio, aunque la temperatura fuese de enero.
¿Qué mejor forma de ir a West Hampstead que
en el autobús 28? Howard le había dicho que en su trayecto pasaba por King’s
Road de camino a Wandsworth Bridge, así que no había mucho trecho a pie desde
Teresa Street hasta la parada más próxima. El autobús subió desde Fulham hasta
West Kensington, una zona que aún recordaba de la época en que había ayudado a
Howard en un caso anterior a éste, y observó con satisfacción que ciertos
lugares le resultaban familiares. Sin embargo, pronto se encontró en territorio
desconocido, muy variado y extenso. Siempre le sorprendía la inmensidad de
Londres. No recordaba en qué momento Ginge había interrumpido la enumeración
que hizo de las paradas de ese trayecto, ni cuánto tiempo habría durado de no
haberlo hecho. Ingenuamente, había supuesto que Ginge dejaba sin nombrar de dos
a tres paradas antes de terminar, y en realidad había una docena. A medida que
el revisor iba citando las paradas, «Church Street, Notting Hill Gate,
Pembridge Road...» empezó a sentir un creciente alivio ante el hecho de que
Hathall sólo hubiese cogido el autobús hasta la estación de West Hampstead.
Al fin, después de unos tres cuartos de hora
llegó a la estación. El autobús continuó sobre un puente que pasaba por encima
de las vías del ferrocarril y recorría dos estaciones más en el lado contrario,
West End Lane y West Hampstead, sobre una línea suburbana. Había ido
ascendiendo desde que dejó Kilburn y continuó subiendo por una tortuosa West
End Lane hasta llegar a West End Green. Wexford bajó del autobús. El aire de
allí era puro, no sólo en comparación con el de Chelsea, sino también con el de
Kingsmarkham, sin olor a gasolina. Subrepticiamente consultó su guía. Dartmeet
Avenue estaba a medio kilómetro hacia el este, lo que le sorprendió un poco.
Hathall podría haber ido andando a la estación de West Hampstead. ¿Por qué
coger un autobús? Sin embargo, Ginge le había visto hacerlo. Tal vez le
disgustaba caminar. A Wexford no le costó trabajo encontrar Dartmeet Avenue.
Era una calle empinada como todas las de los alrededores, con casas altas, la
mayoría de ladrillo rojizo, pero algunas habían sido modernizadas con estuco y
las ventanas de guillotina habían sido reemplazadas por lunas de vidrio. En las
aceras, unos árboles de gran altura, ya casi sin hojas, se levantaban por
encima de los tejados y de los aguilones. El número 62 tenía un jardín frontal
compuesto de arbustos y matorrales. En la entrada lateral había tres cubos de
basura con el número 62 pintado con cal. Wexford observó la cabina telefónica,
desde donde Ginge había hecho sus pesquisas, y se preguntó cuál debía de ser la
ventana de Hathall. Llegó a la conclusión de que era inútil preguntar al casero.
El hombre podría contar a Hathall que alguien había estado preguntando por él,
describiría a esa persona y entonces toda la carne estaría en el asador. Se dio
la vuelta y anduvo despacio hacia West End Green, mirando alrededor en busca de
rincones, escondrijos o árboles que le sirviesen de refugio si él mismo se
atrevía a seguir a Hathall. En esa época del año anochecía temprano, las tardes
eran largas y oscuras, y en un coche...
El autobús 28 salía hacia Fortune Green Road
cuando él llegó a la parada. Era un servicio bueno y regular. Wexford se
preguntó, sentado detrás del conductor, si Robert Hathall se habría sentado en
ese mismo asiento y habría mirado a través de la ventana las estaciones y
radiantes vías del ferrocarril. Sin embargo, debía evitar esas cavilaciones
cercanas a la obsesión. De todos modos, le resultaba imposible dejar de
preguntarse una vez más por qué Hathall tomaba el autobús para ir allí. La
mujer, cuando iba a casa de Hathall, llegaba en tren. Tal vez a Hathall no le
gustaba desplazarse en metro, le enfermaba tener que hacerlo para ir al
trabajo, por lo que cuando iba a casa de ella prefería relajarse en el autobús.
Tardó unos diez minutos en llegar a Kilburn.
Ginge, que era tan probable que estuviese en la Condesa de Castlemaine al mediodía
como que el sol saliese al alba o que el sonido del trueno siguiese al
relámpago, se encontraba encorvado en el taburete de la barra, acariciando una
jarra de cerveza. Al ver a su jefe apartó la jarra, de la misma forma que se
deja la cuchara de la sopa cuando llega el filete. Wexford pidió un diablo para
él, y sin citar los ingredientes, el camarero lo comprendió perfectamente.
–¿Ese tipo sospecha de usted, no es así?
–Ginge se levantó para dirigirse a la mesa del rincón–. Siempre aparece usted
de repente. No querrá que le descubran, ¿verdad? Basta que ocurra una vez para
acabar en un cubo de basura.
–No seas tonto –comentó Wexford, su esposa le
había dicho algo muy parecido esa mañana, pero en términos más refinados–.
Acabaremos pronto. La semana que viene habremos concluido. Bien, lo que quiero
que hagas...
–Ya no haré nada más, señor Wexford. –Ginge
hablaba con determinante timidez–. Usted me metió en esto para que lo pescase
con una tía y lo he pescado. El resto es cosa suya.
–Ginge –dijo en tono seductor–, sólo quiero
que vigiles la estación la semana que viene, mientras yo vigilo la casa.
–No –dijo Ginge.
–Eres un cobarde.
–La cobardía –dijo Ginge, mostrando su
habitual dificultad en conseguir que su dominio de la lengua hablada igualase
su maestría en la lengua escrita– no tiene nada que ver. –Vaciló durante unos
segundos y añadió, con lo que podía ser modestia o vergüenza–: Tengo un
trabajo.
Wexford casi se quedó sin respiración.
–¿Un trabajo? –En otra época, Ginge y su
hermano empleaban este término para referirse a su próximo delito–. ¿Quieres
decir que tienes un trabajo remunerado?
–Yo no. No exactamente.
Ginge contempló su diablo con tristeza y,
levantando su vaso, bebió con delicadeza y con una cierta nostalgia. «Sic transit gloria mundi, fue bueno mientras duró», pensó Wexford que habría escrito.
–La parienta lo ha conseguido, de camarera.
Por las tardes y a la hora de cenar. –Parecía un poco turbado–. No tengo ni
idea de cuánto le pagan.
–Lo que no entiendo es qué te impide trabajar
para mí.
–Cualquiera diría que usted nunca ha tenido
una familia. Alguien ha de quedarse en casa a cuidar de los niños, ¿no?
Wexford consiguió retrasar su explosión de
hilaridad hasta encontrarse fuera, en la calle. La risa le sentó bien, al
frenar el sentimiento que le producía la negativa de Ginge a seguir cooperando.
Podía arreglárselas solo, pensó mientras volvía a coger el autobús 28, si
contaba con el coche. Desde éste vigilaría la estación de West Hampstead el
domingo. Con suerte, vería a la mujer como Ginge la había visto el domingo
pasado y cuando eso ocurriera, ¿qué importancia tendría que Hathall descubriese
que lo había seguido? ¿Quién podría reprocharle haber roto las normas cuando su
desobediencia había provocado un gran triunfo?
Sin embargo, Hathall se reunió con la mujer
el domingo y, a medida que pasaba la semana, Wexford se preguntaba cómo podía
pasar tan desapercibido. Cada tarde se situaba en Dartmeet Avenue, aunque no lo
vio nunca y sólo gracias a la luz de la ventana pudo percatarse de que la habitación
estaba ocupada. El lunes, martes y miércoles se encontraba allí antes de las
seis y vio entrar en la casa a tres personas entre las seis y las siete. Ni
rastro de Hathall. Por alguna razón, el tráfico fue especialmente denso el
jueves por la tarde. Eran las seis y cuarto cuando llegó a Dartmeet Avenue. La
lluvia caía constantemente y la larga calle empinada reflejaba multitud de
brillos provocados por la luz de las farolas. El lugar permanecía desierto,
exceptuando un gato que corría entre los cubos de basura y que acabó
desapareciendo entre una fisura en el muro del jardín. Una luz encendida en el
piso de abajo y un ligero resplandor escapaban de una de las ventanas que
estaba encima de la puerta principal. En la casa de Hathall no se veía luz alguna,
pero cuando Wexford puso el freno de mano y quitó el contacto se encendió de
pronto una luz amarillenta. Hathall se encontraba en casa, probablemente llegó
un minuto antes que Wexford. Durante unos segundos la ventana resplandeció, y
luego una mano invisible corrió las cortinas hasta que sólo se vieron unas
finas líneas de luz resaltando sobre la húmeda fachada.
La emoción que le despertó esta visión se fue
apagando a medida que pasaban las horas y Hathall no aparecía. A las nueve y
media salió un anciano, sacó a pasear un gato entre los arbustos y después
volvió a entrar en la casa. Cuando la puerta principal se cerró tras él, la luz
que se vislumbraba entre las cortinas de Hathall se apagó. Eso alertó a
Wexford, quien empezó a mover el coche hacia una posición menos visible, pero
la puerta principal siguió cerrada, la ventana continuó sin luz, y Wexford no
tardó en comprender que Hathall se había acostado temprano.
Puesto que había traído a Dora a Londres de
vacaciones, recordó su deber con ella y durante el día la acompañó por los
centros comerciales de West End. Sin embargo, Denise tenía más aptitudes que él
para hacer eso y el viernes abandonó a su mujer y a la de su sobrino por una
mujer menos atractiva y divorciada.
Lo primero que vio al llegar a la casa de
Eileen Hathall fue el coche de su ex marido en el aparcamiento, el coche que,
según Ginge, habían vendido hacía tiempo. ¿Se habría equivocado Ginge? Siguió
conduciendo hasta que llegó a una cabina telefónica, desde la que llamó a
Marcus Flower. El señor Hathall se encontraba allí, dijo la voz de Jane, Julia
o Linda. En lugar de esperar, como le propuso la secretaria, colgó el teléfono
y al cabo de cinco minutos se hallaba en el frío cuarto de estar de Eileen
Hathall, sentado en una butaca sin cojines bajo la gitana española.
–Le regaló su coche a Rosemary –contestó
respondiendo a su pregunta–. Ella lo ve a veces en casa de su abuela, y cuando
le dijo que había aprobado el examen de conducir, le regaló su coche. No lo
necesitará en el lugar al que va, ¿verdad?
–¿Adónde va, señora Hathall?
–A Brasil. –Arrastró la erre como si no se
tratara del nombre de un país sino el de un repugnante reptil. Wexford sintió
un escalofrío, la repulsiva premonición de que algo malo iba a ocurrir. Y
ocurrió–. Está todo arreglado –dijo ella–, se marcha el día de Nochebuena.
Quedaba menos de un mes...
–¿Tiene trabajo allí?
–Un puesto muy bueno en una empresa
internacional de contabilidad. –Había algo patético en el orgullo con que lo
dijo. El hombre la odiaba, la había humillado, seguramente no la volvería a ver
y, a pesar de todo, estaba amargamente orgullosa de lo que él había
conseguido–. No puede imaginar el dinero que está ganando. Se lo comunicó a
Rosemary y ésta me lo dijo. Me pagan desde Londres y después se lo descuentan a
él. Todavía le quedan miles y miles de libras anuales para vivir. También le
pagan el viaje, se lo arreglan todo, hasta le proporcionan una casa. No ha
tenido que mover ni un dedo.
¿Debía explicarle que Hathall no iría solo,
que viviría acompañado en esa casa? Ella había engordado desde el año pasado.
Su enorme cuerpo –lleno de grasa, donde no debería haberla– apenas cabía en su
vestido color salmón. Estaba permanentemente enrojecida, como si estuviese
corriendo una carrera interminable. ¡Quizá lo hacía! Una carrera para mantener
el ritmo de su hija, contener su rabia y olvidar la tranquila monotonía de la
miseria. Mientras él vacilaba antes de hablar, dijo:
–¿Qué es lo que quiere saber? Usted cree que
él mató a esa mujer, ¿verdad?
–¿Y usted? –inquirió con audacia.
Si le hubieran dado una bofetada, su rostro
no habría enrojecido con tanta rapidez. Su piel parecía haber sido azotada y a
punto de sangrar.
–¡Ojalá hubiese sido él! –dijo sin
respiración, y levantó la mano, no para taparse los ojos sino su temblorosa
boca.
Wexford volvió a Londres, a una infructuosa
noche de vigilia, un sábado vacío, y un domingo que podría –sólo podría–
revelarle lo que deseaba.
Llegó el uno de diciembre y seguía lloviendo
a cántaros. Pero esto no era malo, pues se despejarían las calles y reduciría
la posibilidad de que Hathall se fijase en un coche sospechoso. A las doce y
media se encontraba enfrente de la estación, lo más cerca que él se atrevía, ya
que no era solamente la posibilidad de que le viese Hathall lo que le
preocupaba, sino también el riesgo de obstruir la circulación en ese estrecho
paso. Se podía oír la lluvia contra el techo de su coche, y bajaba como un
arroyo por la cuneta entre el bordillo y la línea amarilla. Era tan intensa
que, aun cayendo sobre el parabrisas, no entorpecía la vista, sino que producía
un efecto distorsionador; parecía que el cristal estuviera defectuoso. Podía
ver con bastante claridad la entrada de la estación y hasta unos cien metros de
West End Lane. Los trenes traqueaban detrás suyo, los autobuses 159 y 28 subían
y descendían la cuesta. Había pocas personas por los alrededores, aunque
parecía como si estuvieran viajando, desde hogares desconocidos hasta destinos
también desconocidos por las calles húmedas de ese domingo invernal. Las agujas
del reloj se desplazaron lentamente hasta llegar a la una menos cuarto.
Para entonces ya estaba tan acostumbrado a
esperar, tan resignado a permanecer sentado vigilando como un cazador a un
astuto animal, que se llevó un sobresalto cuando a la una menos diez vislumbró
en la lejanía la figura de Hathall. El cristal le jugaba malas pasadas. Se
sentía como en una sala de espejos; primero un esqueleto gigante, luego un
gordo enano, pero al pasar el limpiaparabrisas pudo observar con nitidez. Llevaba
el paraguas abierto andando con rapidez hacia la estación, avanzando por el
otro lado de la carretera. Pasó junto al coche sin volver la cabeza y se detuvo
fuera de la estación. Cerró y abrió varias veces el paraguas para que cayesen
las gotas. Luego entró en la estación.
Wexford se encontraba en un dilema. ¿Iba a
recibir a alguien o a viajar? A plena luz del día, incluso con esa lluvia, no
se atrevía a salir del coche. Un tren de color rojo pasó bajo la carretera y se
paró. Wexford contuvo la respiración. Las primeras personas en salir de él
empezaron a llegar a la acera: un hombre se puso un periódico sobre la cabeza y
se fue corriendo, un pequeño grupo de mujeres revoloteaban, luchando con los
paraguas que no se abrían. Tres paraguas se abrieron simultáneamente, uno rojo,
otro azul y otro naranja, como floreciendo contra el fondo gris. Cuando se
marcharon, quedó al descubierto lo que antes estaba oculto: una pareja de
espaldas a la calle, juntos pero sin tocarse. El hombre abrió el paraguas
negro.
Ella llevaba un tejano azul y un impermeable
blanco con la capucha puesta. Wexford no pudo distinguir su cara. Se alejaron
de allí como si pensasen ir andando, pero llegó un taxi, Hathall le hizo una
seña y lo cogieron dirigiéndose hacia el norte.
«Quiera Dios –pensó Wexford–, que los lleve a
su casa y no a algún restaurante.» Conocía la dificultad de seguir a un taxista
londinense, y el coche ya había desaparecido antes de que él consiguiese salir
de West End Lane.
El viaje de regreso fue exasperantemente
lento. Se encontró atascado detrás del autobús 159 –un autobús que estaba
completamente pintado con un anuncio de juguetes Dinky, lo cual le recordó a
los juguetes Kidd’s de Toxborough– y pasaron casi diez minutos hasta que pudo
llegar a la casa de Dartmeet Avenue. El taxi ya no estaba, pero la luz de la
ventana de Hathall se veía encendida. Por supuesto, en un día como ése debía
encender la luz al mediodía. Preguntándose con interés más que con temor si
Hathall le golpearía a él también, cruzó la acera y examinó los timbres. No
había nombres junto a éstos, sólo los números de los pisos. Pulsó el timbre del
primer piso y aguardó. Quizá Hathall no abriría. En tal caso, llamaría a otra
puerta para poder entrar y luego aporrearía la de la habitación de Hathall.
Eso resultó innecesario. Sobre él se abrió la
ventana y, dando un paso atrás, miró hacia arriba, a la cara de Hathall.
Durante unos momentos ninguno de los dos habló. En medio de la lluvia se
miraron fijamente durante un rato mientras una serie de emociones se sucedían
en el rostro de Hathall: asombro, cólera, precaución y sobre todo, pensó
Wexford, miedo. Sin embargo, la última expresión de Hathall parecía,
extrañamente, de satisfacción. Sin tiempo para especular acerca de ello,
Hathall dijo fríamente:
–Ahora bajo a abrirle.
A los quince segundos ya se encontraba abajo.
Cerró despacio la puerta, sin decir nada, y señaló las escaleras. Wexford nunca
lo había visto tan tranquilo y afable. Parecía enteramente relajado, más joven
y triunfal.
–Me gustaría que me presentase a la señorita
que trajo aquí en taxi.
Hathall no puso objeciones. No dijo nada.
Mientras subían las escaleras, Wexford se preguntaba si estaría escondida. ¿Le
habría dicho que se escondiera en el cuarto de baño, o en el piso de arriba?
Abrió la puerta de su habitación, e hizo que pasara delante el inspector jefe.
Wexford entró. Lo primero que observó fue su impermeable, extendido sobre el
respaldo de una silla para que se secase.
Al principio no la vio. La habitación era muy
pequeña, y estaba amueblada como suelen estar esos sitios. Había un guardarropa
que parecía de la época de la Batalla de Mons, una cama estrecha con una colcha
india de algodón, unos sillones con brazos de madera y algunos cuadros,
pintados sin duda por algún pariente del casero. La luz procedía de una esfera
de plástico suspendida del techo.
Una cortina de lona tapaba un rincón de la
habitación. Detrás de ésta se encontraba presumiblemente un fregadero, pues
cuando Hathall tosió para avisarla, ella salió, secándose las manos con una
toalla. No era una cara bonita, pero sí muy joven, de rasgos acentuados, duros
y confiados. Su espeso cabello cubría sus hombros y sus cejas eran duras y
negras como las de un hombre. Iba vestida con una camiseta y una chaquetilla
por encima. Wexford había visto ese rostro en alguna parte, y se estaba
preguntando dónde, cuando Hathall dijo:
–Ésta es la señorita que quería usted
conocer. –Su triunfo se había transformado en franca diversión, que expresaba
casi riendo–. ¿Puedo presentarle a mi hija, Rosemary?
Capítulo XV
Hacía tiempo que Wexford no experimentaba una
decepción semejante. El tener que enfrentarse a situaciones embarazosas no
solía causarle problemas, pero el golpe que suponía lo que Hathall acababa de
comunicarle –junto con la seguridad de que ahora se descubría su desobediencia–
le dejaron sin habla. La chica, después de un breve saludo, tampoco habló,
retirándose tras la cortina, desde donde se la podía oír cómo llenaba una
tetera.
Hathall, que había estado tan distante y
esquivo en los primeros momentos del encuentro con Wexford, parecía realmente
disfrutar de la consternación de su adversario.
–¿Cuál es la finalidad de esta visita?
–preguntó–. ¿Está visitando a sus viejas amistades?
«Vamos allá», pensó Wexford, repitiendo las
palabras de la señorita Marcovitch.
–Tengo entendido que se va a Brasil –dijo–.
¿Va solo?
–¿Es que se suele ir solo? Habrá unas
trescientas personas más en el avión. –A Wexford le molestó la broma y Hathall
se percató de ello–. Deseaba que Rosemary me acompañara, pero tiene que ir al
colegio. Quizá venga dentro de unos años.
Eso hizo salir a la chica. Cogió su
impermeable, lo colgó en un perchero y comentó:
–Ni siquiera he estado en Europa. No pienso
enterrar mi vida en Brasil.
Hathall se encogió de hombros ante este comentario.
Sin duda perteneciente a la característica falta de gracia de la familia y dijo
con la misma brusquedad:
–¿Satisfecho?
–Tengo que estarlo, ¿verdad, señor Hathall?
¿Era la presencia de su hija lo que reprimía
su cólera? Se comportaba casi con dulzura, distinguiéndose tan sólo un leve
indicio de su quejumbroso resentimiento cuando comentó:
–Bien, si nos disculpa, Rosemary y yo tenemos
que preparar algo de comer, lo cual no es nada fácil en un agujero como éste.
Le acompañaré afuera.
Cerró la puerta. El descansillo permanecía
oscuro y tranquilo. Si bien Wexford esperaba una explosión de cólera, ésta no
llegó, sólo percibió con claridad los ojos de Hathall. Los dos hombres tenían
la misma altura y sus ojos estaban al mismo nivel. Durante unos segundos, los
de Hathall se abrieron desmesuradamente dejando entrever un extraño brillo
enrojecido. Se encontraban en la parte superior de un empinado tramo de las
escaleras, y cuando Wexford se giró para bajarlas, notó que Hathall levantaba
la mano detrás de él. Se aferró a la barandilla y bajó un par de peldaños a
trompicones. Luego recuperó el equilibrio y bajó lentamente. Hathall no se
movía, pero cuando Wexford llegó al final de la escalera y miró hacia atrás,
observó la mano aún más levantada, en un gesto solemne, y a la vez siniestro,
de despedida.
–Estuvo a punto de empujarme escaleras abajo
–le explicó Wexford a Howard–. Y yo no podría haberme resarcido. Él se
permitiría decir que había entrado en su habitación a la fuerza. ¡Dios mío!
¡Cómo he complicado las cosas! Estoy seguro de que si presenta otra de sus
reclamaciones perderé el empleo.
–No sin una investigación a fondo, y no creo
que a Hathall le interese aparecer en una investigación de ese tipo. –Howard
tiró al suelo el periódico que estaba leyendo y dirigió su huesudo rostro, sus
ojos azules y penetrantes hacia su tío–. No era su hija en las dos ocasiones,
Reg.
–¿Ah, no? Ya sé que viste a esa mujer con
cabello corto y rubio, pero ¿estás seguro de que era Hathall quien le
acompañaba?
–Estoy seguro.
–Lo viste una vez –persistió Wexford–. Lo
viste a casi veinte metros durante diez segundos y desde un coche que tú
conducías. Si tuvieses que comparecer ante un tribunal y jurar que el hombre
que viste junto a Marcus Flower era el mismo que viste en el jardín de Bury
Cottage, ¿lo jurarías? ¿Procederías así si la vida de un hombre dependiese de
ti?
–La pena de muerte ya ha sido abolida, Reg.
–Cierto, y ni tú ni yo (a diferencia de
muchos en nuestra profesión) deseamos que se restablezca. Pero si estuviese en
vigor, ¿lo jurarías?
Howard dudó un instante. Wexford se dio
cuenta de ello y sintió que el cansancio le recorría el cuerpo como si
estuviese bajo un sedante. Hasta el más mínimo resquicio de duda podía disipar
la escasa esperanza que le quedaba.
–No, no lo juraría –dijo Howard
categóricamente.
–Ya veo.
–Un momento, Reg. No estoy seguro de si sería
capaz de jurar sobre la identidad de un hombre si de mi juramento dependiese su
muerte. Es una situación límite, pero estoy seguro de que, salvando una pequeña
duda, diría que sí era Robert Hathall. Lo vi junto a las oficinas de Marcus
Flower en la calle Half Moon en compañía de una mujer rubia.
Wexford suspiró. ¿Cuál era la diferencia,
después de todo? Tras meter la pata como lo había hecho ese día, no tenía
esperanzas de continuar vigilando a Hathall. Howard interpretó como una duda el
silencio de Wexford y dijo:
–Si no está con ella, ¿adónde va todas esas
tardes que se ausenta de casa? ¿Adónde fue en el autobús?
–Todavía creo que está con ella. La hija sólo
va allí los domingos. Pero ¿de qué me sirve todo eso? No puedo seguirlo en el
autobús. Ya sabe que voy tras él.
–Pensará que el haberle visto con su hija te
desanimará.
–Puede ser. O quizá se olvide, ¿y qué? No
puedo esconderme en un portal y tomar tras él el autobús. O éste se va antes de
que yo consiga entrar o Hathall se dará la vuelta y me verá. Aunque logre subir
sin que me vea...
–Entonces ha de hacerlo otra persona –dijo
Howard con firmeza.
–Eso es fácil de decir. Mi jefe se niega y tú
no te vas a enfrentar con él, dejándome uno de tus agentes.
–Eso es verdad.
–Entonces ya podemos olvidarnos del tema.
Volveré a Kingsmarkham y daré la cara. Por mí, Hathall se puede ir al trópico.
Howard se levantó y le puso una mano sobre el
hombro.
–Yo lo haré –dijo.
Había superado hacía tiempo el respeto, que
sentía por él, dando paso al afecto y la camaradería, pero ese «Yo lo haré»,
expresado con tanta amabilidad, le recordó su antigua humillación, la envidia y
el reconocimiento de sus cualidades. Wexford sintió cómo se ruborizaba.
–¿Tú? –dijo ásperamente–. Debes de estar
bromeando. Tienes un puesto más alto que el mío, ¿recuerdas?
–No seas tan esnob. ¿Qué más da? Será
divertido. Hace años que no hago algo parecido.
–¿De verdad que harás eso por mí, Howard? ¿Y
tu trabajo?
–Si yo soy esa especie de dios que tú me
haces parecer, ¿no crees que también tengo algo que decir sobre las horas que
trabajo? Claro que no podré vigilarlo todas las noches. Surgirán las típicas
situaciones que se dan de vez en cuando y tendré que quedarme en la oficina,
pero Kenbourne Vale no se desmoronará sólo porque yo vaya ocasionalmente a West
Hampstead.
Así, a la tarde siguiente el superintendente
Howard Fortune salió de su oficina a las seis menos cuarto y llegó a la hora
convenida a West End Green. Esperó hasta las siete y media. Cuando se dio
cuenta de que Hathall no aparecía, se dirigió a Dartmeet Avenue y observó que
no había luz en la ventana que su tío le había indicado.
–Me pregunto si irá a verla directamente
después del trabajo –dijo Wexford.
–Esperemos que no se acostumbre a eso. Será
casi imposible seguirlo en la hora punta. ¿Cuándo deja su actual trabajo?
–¿Quién sabe? –dijo Wexford–, además se
marcha a Brasil, exactamente dentro de tres semanas.
Una de esas situaciones que había mencionado
impidió a Howard seguir a Hathall la noche siguiente, pero estuvo libre el
miércoles y, cambiando de táctica, llegó a la calle Half Moon a las cinco en
punto. Una hora más tarde, en Teresa Street, le explicó a su tío lo que había
sucedido.
–La primera persona en salir de Marcus Flower
fue un tipo de aspecto descuidado con bigote. Iba con una chica y se fueron en
un Jaguar.
–Ése debía de ser Jason Marcus con su
prometida –comentó Wexford.
–Luego salieron dos chicas más y después...
Hathall. Yo tenía razón, Reg. Es el mismo hombre.
–No debí haber dudado de ti.
Howard se encogió de hombros.
–Se metieron en el metro y los perdí. Pero sé
que no iba a su casa.
–¿Cómo lo sabes?
–Si hubiese ido a su casa, se habría dirigido
a la estación de Green Park, habría tomado el metro hasta Piccadilly Circus o a
Oxford Circus por la Línea Victoria y habría hecho transbordo para ir a
Bakerloo. Hubiera andado hacia el sur, sin embargo fue hacia el norte y al
principio pensé que iba a coger un autobús para volver a casa. Pero se dirigió
a la estación de Bond Street, y jamás se hace eso para ir al noroeste de
Londres. Bond Street está sólo en la Línea Central hasta que se bifurca la
Línea Fleet.
–¿Y adónde lleva la Línea Central?
–Al este y al oeste. Lo seguí hasta el
interior de la estación, pero ya sabes cómo son las horas puntas por aquí, Reg.
En la taquilla había una cola de más de una docena de personas delante suyo. La
cuestión es que debía tener mucho cuidado para que no se fijase en mí. Bajó las
escaleras mecánicas hasta el andén de dirección oeste... y lo perdí –dijo
Howard disculpándose–. Habría unas quinientas personas en el andén. Yo estaba
atascado y no podía moverme, pero eso es otro asunto, ¿comprendes lo que quiero
decir?
–Me parece que sí. Hemos de averiguar dónde se
cruza la Línea Central dirección oeste, con el trayecto del autobús 28, y en
esa zona es donde vive la mujer desconocida.
–Bueno, creo que lo sé con exactitud. La Línea Central dirección oeste
pasa por Bond Street, Marble Arch, Lancaster Gate, Queensway, Notting Hill
Gate, Holland Park, Shepherd’s Bush, etc. El autobús 28 dirección sur pasa por
Golders Green, West Hampstead, Kilburn, Kilburn Park, Great Western Road,
Pembridge road, Notting Hill Gate, Church Street, Kensington y Fulham para
acabar en Wandsworth. Por tanto, ha de ser Notting Hill.
Ella vive, junto con la mitad de la población itinerante de Londres, en alguna
parte de Notting Hill. Es una pequeña pista, pero algo es algo. ¿Has
descubierto tú alguna cosa?
Wexford, se sintió inquieto durante dos días,
antes de telefonear a Burden, esperando oír que Griswold había reclamado su
cabeza. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues el comisario, en
palabras de Burden, se encontraba «revoloteando» por Kingsmarkham, donde
reinaba la consternación por una mujer desaparecida. Reflejaba un excelente
estado de ánimo, preguntó adonde se había marchado Wexford de vacaciones y
cuando le contestaron que a Londres («Por los museos y teatros, ¿sabe usted?»,
había dicho Burden) preguntó jocosamente por qué el inspector jefe no le había
enviado una postal de New Scotland Yard.
–Así pues, Hathall no se ha quejado –comentó
Howard pensativamente.
–Parece ser que no. Supongo que si es un poco
realista, pensará que lo más seguro es no llamar la atención.
Pero ya era tres de diciembre y sólo quedaban
veinte días. Dora había arrastrado a su marido por las tiendas para que le
acompañara en sus últimas compras de Navidad. Él llevaba los paquetes y se
mostraba conforme con todo; aquél era el regalo adecuado para Sheila y aquel
otro era exactamente lo que quería el hijo mayor de Sylvia; sin embargo,
durante todo el tiempo iba pensando en lo mismo: «veinte días, veinte días...».
Nunca olvidaría aquellas navidades, porque supondrían la huida de Hathall.
Howard pareció leer sus pensamientos. Estaba
terminando una de esas grandes comidas que no le costaban ni una libra, y
mientras se servía de nuevo charlotte russe, comentó:
–Si pudiéramos sorprenderle de alguna
forma...
–¿A qué te refieres?
–No sé. Alguna cosilla que le impidiese
abandonar el país, robar en unos grandes almacenes, por ejemplo, o viajar en el
metro sin billete.
–Parece ser un hombre honrado –dijo Wexford
con amargura–, si es que se puede llamar honrado a un asesino.
Su sobrino rebañó el plato del postre.
–¿Hay que suponer que es honrado?
–Que yo sepa, sí. El señor Butler me habría
comunicado la más mínima sospecha de su falta de honradez.
–Por lo visto, Hathall andaba bien de dinero
últimamente. Pero al casarse con Ángela la cosa cambió, ¿verdad? Sin embargo,
gastaban bastante. Me dijiste que Somerset los había visto gastando como locos
y después cenando en un restaurante caro. ¿De dónde sacaban el dinero, Reg?
Sirviéndose una copa de Chablis, Wexford
comentó:
–Yo también me lo he preguntado y no he
llegado a ninguna conclusión. No parecía ser relevante.
–Cualquier cosa es relevante en un caso de
asesinato.
–Es verdad. –Wexford se sentía demasiado
agradecido con su sobrino para reaccionar mal ante esa pequeña amonestación–.
Supongo que pensé que si un hombre siempre ha sido honrado no cambia
repentinamente.
–Eso depende del hombre. Éste se convirtió en
un marido infiel en la madurez. De hecho, siendo monógamo desde la pubertad,
parece ser que se ha transformado en un auténtico mujeriego. Y también en
asesino. –Howard apartó su plato y empezó a comer un trozo de queso–. Hay un
factor en todo esto que no creo que hayas tenido suficientemente en cuenta. Una
persona.
–¿Ángela?
–En efecto, Ángela. Cuando la conoció fue
cuando él cambió. Algunos creerán que ella lo corrompió. Es una posibilidad
remota, pero como ya sabes, ella había cometido un pequeño fraude. Supongamos
que Ángela le animó a cometer algún otro tipo de fraude.
–Lo que acabas de decir me recuerda a algo
que dijo el señor Butler. Comentó que había oído a Ángela explicar a su socio.
Paul Craig, que ella se encontraba en buena posición para evadir sus impuestos.
–Ahí lo tienes. Debían haber conseguido ese
dinero en alguna parte. No creció de los árboles como las ciruelas.
–No tenemos ni una sola pista –dijo Wexford–.
Debió de haber sido en Kidd’s, Aveney no me habló de ello.
–Pero tú tampoco le preguntaste por el
dinero. Te informaste sobre su relación con las mujeres. –Howard se levantó de
la mesa y apartó su silla–. Por cierto, vayamos a reunimos con las nuestras.
Reg, yo en tu lugar haría mañana un pequeño viaje a Toxborough.
Capítulo XVI
La factoría estaba rodeada de césped y de
tristes árboles deshojados, y en el interior, se percibía un cálido olor a
celulosa mientras las mujeres con turbante pintaban muñecas con el tema musical
del Doctor Zhivago de fondo. El señor Aveney condujo a Wexford a través de los talleres
hasta la oficina del jefe de personal, con un tono entrecortado y bastante
indignado.
–¿Manipulando los libros? Aquí nunca nos ha
pasado nada parecido.
–No estoy afirmando, señor Aveney. Tan sólo
son meras conjeturas –dijo Wexford–. ¿Ha oído hablar alguna vez del fraude de
la nómina?
–Sí, algo he oído. Se solía hacer en el
ejército. Nadie podría intentarlo aquí.
–Veámoslo entonces.
El jefe de personal, un joven de cabello
rubio y revuelto, fue presentado como John Oldbury. Su oficina estaba muy
desordenada y él parecía algo turbado, como si le hubieran sorprendido mientras
buscaba algo que sabía que no encontraría jamás.
–¿Trapicheando los sueldos, quiere decir?
–preguntó.
–Indíqueme por favor cómo lleva la nómina el
contable.
Oldbury miró distraídamente a Aveney, y éste
asintió, encogiéndose de hombros durante un instante. El jefe de personal se
dejó caer sobre la silla y se mesó sus rebeldes cabellos.
–No soy muy bueno dando explicaciones
–empezó–, pero lo intentaré. El proceso es muy simple: cuando viene una nueva
trabajadora, yo le doy al contable los detalles sobre ella y calcula su sueldo.
No... creo que tenga que ser más explícito. Supongamos que cogemos una tal...
bueno, llamémosla Joan Smith, señora Joan Smith. –Oldbury, pensó Wexford, era
tan poco imaginativo como buen hablador–. Le digo su nombre y dirección al
contable, por ejemplo...
Observando su fracaso, Wexford añadió:
–24,
Gordon Road, Toxborough.
–Sí, ¿por qué no? –El jefe de personal dejaba
traslucir su admiración–. Le digo que se llama Joan Smith, el número que sea en
Gordon Road, Toxborough...
–¿Cómo se lo dice? ¿Por teléfono? ¿Le deja
una nota?
–Bueno, de cualquiera de las dos maneras.
Claro que guardo un registro. No tengo –comentó Oldbury innecesariamente–,
buena memoria. Le digo su nombre y dirección, cuál será su horario, etc. Él
introduce todo eso en el ordenador. Después yo hago el cálculo semanal sumando
sus horas extras y lo que sea.
–¿Cuando ella se va también se lo comunica?
–Por supuesto.
–Siempre terminan por marcharse. Cambian de
opinión y nos dejan. Es el eterno problema –dijo Aveney.
–¿Siempre se les paga semanalmente?
–A todas, no –añadió Oldbury–. Mire, muchas
de nuestras trabajadoras no destinan sus sueldos a la casa. Sus maridos son...
¿cómo se dice...?
–¿Los soportes de la familia?
–Exacto. Los soportes de la familia. Algunas
emplean sus salarios en las vacaciones o en hacer mejoras en su hogar, o
simplemente ahorran.
–Sí, ya entiendo. Pero ¿qué quiere decir con
esto?
–Bien –comentó triunfalmente–, ellas no
reciben el salario en un sobre. Se les paga a través de una cuenta corriente,
normalmente de una caja postal o de ahorros.
–¿Usted se lo comunica al contable y él lo
introduce en el ordenador?
–Así es –Oldbury sonrió al ver que se había
explicado con claridad–. Es usted rápido, si me lo permite.
–Por supuesto. –Wexford se sintió ligeramente
sorprendido por el sencillo encanto de aquel hombre–. Por lo tanto el contable
podría inventar una mujer e introducir un nombre y una dirección ficticios en
el ordenador, ¿no es así? Su salario sería ingresado en una cuenta bancaria y
el contable, mejor, su cómplice, lo sacaría cuando quisiera.
–Eso –dijo Oldbury gravemente– sería un
fraude.
–En efecto, lo sería. Sin embargo, como
ustedes guardan los registros, podemos verificar si se ha cometido un fraude
así.
–Claro que podemos. –El jefe de personal
volvió a sonreír satisfecho y corrió hacia un fichero cuyos cajones estaban abarrotados
de documentos–. Nada más fácil. Guardamos registros durante un año entero a
partir del momento en que se van.
«Un año entero... y Hathall se despidió hace
dieciocho meses», pensó Wexford. Aveney lo acompañó a través de la factoría,
donde Tom Jones estimulaba con su voz a las trabajadoras.
–John Oldbury es un buen psicólogo y se
comporta de maravilla con la gente –dijo Aveney.
–Estoy convencido. Han sido ustedes muy
amables. Les pido disculpas por las molestias causadas.
La entrevista no había demostrado la teoría
de Howard. Sin embargo, al no haber registros, ¿qué se podía hacer? Si la
investigación no hubiese sido secreta, si hubiese tenido hombres a su
disposición, podría haberlos mandado a investigar las cajas de ahorros de la
zona, pero era secreta y no tenía hombres. No obstante, ahora veía con claridad
cómo lo habían podido hacer; la idea procedió en primer lugar de Ángela; la
cómplice entró en escena para personificar a la mujer que Hathall había
inventado y sacar dinero de las cuentas. Entonces... Hathall se encaprichó con
esa mujer hasta que Ángela se sintió celosa. De esa forma se explicaba la
extremada soledad de los Hathall, su vida enclaustrada, el dinero que les
permitía cenar fuera y a Hathall comprar regalos a su hija. Estuvieron juntos
en el asunto hasta que Ángela comprendió que esa mujer era algo más que una
cómplice, más que una útil recaudadora de beneficios... ¿Qué hizo ella? Romper
su relación y amenazar con que si volvía a empezar les delataría a los dos. Eso
significaría el final de la carrera de Hathall. Habría puesto término al
trabajo en Marcus Flower o en cualquier otro lugar relacionado con la
contabilidad. Por este motivo la asesinaron. Mataron a Ángela para estar
juntos, y teniendo la certeza de que en Kidd’s sólo guardan los registros
durante un año, estarían siempre a salvo del riesgo de ser descubiertos...
Wexford descendió en su coche por el camino
de la factoría. En la entrada principal del recinto industrial se cruzó con
otro coche. Su conductor era un oficial de policía sin uniforme y su
acompañante el inspector jefe Jack Tejón Lovat, un hombrecillo de nariz
respingona que llevaba gafas con montura de oro. El coche aminoró la velocidad
y Lovat bajó su ventanilla.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó Wexford.
–Mi trabajo –dijo sencillamente Lovat.
Lovat había recibido aquel apodo por tener
tres tejones viviendo en su jardín. Wexford sabía que era mejor no preguntar al
jefe del distrito de Myringham su hobby. En ese tema era exagerado y entusiasta.
En todos los demás –aunque hacía su trabajo de manera ejemplar– era poco
explícito. Uno siempre obtenía por respuesta un «sí» o un «no», a menos que
estuviese dispuesto a hablar de cuadrúpedos plantígrados.
–Como no hay tejones por aquí –dijo Wexford
sarcásticamente–, excepto quizá artificiales, sólo te preguntaré una cosa.
¿Está relacionada tu visita con un hombre llamado Robert Hathall?
–No –dijo Lovat. Sonriendo ligeramente,
saludó con la mano y ordenó al conductor que continuara.
De no ser por sus industrias, Toxborough se
habría convertido en un pequeño pueblo medio desierto con una población de edad
avanzada. La industria había traído comercio, carreteras, fealdad, un centro
social, un campo de deportes y una hacienda municipal. Ésta se hallaba
atravesada por una ancha carretera llamada Maynnot Way, donde las farolas
reemplazaban a los árboles, y cuyo nombre procedía de la única casa antigua que
aún quedaba, Maynnot Hall. Wexford, que no pasaba por allí desde hacía diez
años, cuando el ladrillo y el hormigón empezaron a extenderse por los verdes
campos de Toxborough, sabía que en alguna parte, no muy lejos de allí, había
una caja de ahorros. En el segundo cruce giró a la izquierda, introduciéndose
en la avenida Queen Elizabeth, allí estaba, entre la agencia de apuestas hípicas
y una tienda de alfombras.
El gerente, un hombre de gestos pomposos,
reaccionó de mal talante ante las preguntas de Wexford.
–¿Dejarle ver nuestros libros? No sin una
orden judicial.
–De acuerdo, pero contésteme a esto: si dejan
de entrar pagos en una cuenta y está vacía o casi vacía, ¿escriben al titular
para preguntarle si la quiere cancelar?
–Ya no lo hacemos. Si alguien sólo tiene
quince peniques en una cuenta, no se va a gastar el dinero en un sello para
decirnos si quiere cancelarla, y tampoco se gastará cinco peniques en el
autobús para venir aquí. ¿Entiende?
–¿Podría comprobar si hay cuentas de mujeres
que no hayan hecho reintegros ni retiradas desde... abril o mayo del año
pasado? Y si las hay, ¿podría contactar con sus titulares?
–No –dijo firmemente el gerente–, a menos que
sea un asunto oficial. No dispongo del personal suficiente.
Mientras salía del banco, Wexford pensó que
él tampoco lo tenía. Sin personal, sin fondos, sin ayuda, y todavía sin nada,
excepto sus «impresiones» con que convencer a Griswold de que valía la pena
seguir en el caso. Kidd’s poseía una nómina, y Hathall había retirado dinero de
ésta a través de cuentas de mujeres inexistentes. Pensándolo bien, la comisaría
de policía de Kingsmarkham disponía de una buena caja y él, Wexford, podría
retirar dinero de forma similar. Había tantas razones para sospechar de este
último caso como del primero, y así es como lo consideraría el comisario jefe.
–Otra cosa descartada –le comentó esa noche a
su sobrino–. Pero ahora entiendo cómo pasó todo. Los Hathall y una cómplice
realizaron el fraude durante dos años. El reparto del botín tuvo lugar en Bury
Cottage. Entonces, Hathall consigue su nuevo trabajo y ya no tiene necesidad de
continuar con el fraude de la nómina. La otra mujer debía desaparecer de la
escena, pero no lo hace porque Hathall se ha enamorado de ella y quiere seguir
viéndola. Puedes imaginar la cólera de Ángela, era su idea, ella lo planteó.
Así que le dice a Hathall que la abandone o lo contará todo, pero Hathall no
puede. Le hace creer a Ángela que la ha dejado y todo parece ir bien entre
ellos dos, hasta que Ángela le pide a su suegra que pase unos días con ellos y
limpia la casa para impresionarla. Por la tarde, Ángela recoge a su rival, tal
vez para liquidar el asunto de una vez por todas. La otra mujer la estrangula
como habían planeado, pero deja esa huella en el cuarto de baño.
–Admirable –dijo Howard–. Estoy seguro de que
fue así.
–¿Y de qué me sirve? Puede que vuelva a casa
mañana. ¿Vendréis a vernos por Navidad?
Howard le dio una palmadita en el hombro como
el día que le prometió que vigilaría a Hathall.
–Las navidades incluyen dos semanas de
vacaciones. Seguiré vigilando cada tarde libre que tenga.
En cualquier caso, no hubo más convocatorias
de Griswold. No pasaron muchas más cosas en Kingsmarkham durante su ausencia.
Habían robado en la casa del presidente de la cámara rural. También fueron
robados seis televisores en color de una empresa de alquiler de televisores de
High Street. Habían aceptado al hijo de Burden en la Universidad de Reading,
siempre y cuando superase satisfactoriamente sus exámenes de selectividad. La
casa de Nancy Lake había sido vendida por veinticinco mil libras. Unos
comentaban que se trasladaba a Londres, otros que se marchaba al extranjero. El
sargento Martin decoró el vestíbulo de la comisaría con tiras de papel y
recortes móviles de ángeles voladores que el comisario jefe mandó quitar de
inmediato porque, según él, empañaban la dignidad de Mid-Sussex.
–Es curioso que no protestase, ¿no?
–Por suerte para ti. –Burden, se sentía más
tranquilo con sus nuevas gafas y parecía más grave y puritano que nunca.
Aspirando aire con cierta exasperación, dijo–: Debes dejar eso, ¿sabes?
–¿Que debo dejarlo? Burden, Burden, no
debes decir a un inspector jefe lo que debe hacer. Hubo un tiempo en
que me llamabas «señor»
–Y fuiste tú quien me dijo que dejara de
hacerlo, ¿recuerdas?
Wexford se rió.
–Vamos al Carrusel a comer algo y te
explicaré qué es lo que debo dejar.
Antonio se mostró encantado de volver a verlo
y le ofreció la especialidad de la casa: moussaka.
–Creía que eso era griego.
–Los griegos –dijo Antonio– nos lo copiaron a
nosotros.
–Lo contrario de lo que suele ocurrir
normalmente. ¡Qué interesante! Lo probaré, Antonio. Y tarta de carne, para el
señor Burden. ¿He adelgazado, Mike?
–Te has de cuidar más.
–No he probado una comida decente en quince
días, siempre detrás de ese maldito Hathall. –Wexford se lo contó mientras
comían–. ¿Lo crees ahora?
–Oh, no lo sé. No paras de pensar en ello,
¿verdad? Mi hija me contó el otro día algo que le habían explicado en el
colegio. Era sobre Galileo. Le hicieron retractarse por afirmar que la Tierra
se movía alrededor del Sol, pero no renunció a su idea y, en su lecho de
muerte, sus últimas palabras fueron: «Y sin embargo, se mueve.»
–Ya lo había oído. ¿Qué estás intentando
demostrar? Él tenía razón. La Tierra da vueltas alrededor del Sol. Y en mi
lecho de muerte, diré: «Y sin embargo, lo hizo.» –Wexford suspiró. Era inútil.
Mejor cambiar de tema–. Vi al viejo Tejón la semana pasada, tan reservado como
siempre. ¿Encontró a su chica desaparecida?
–Está poniendo patas arriba todo el barrio
antiguo de Myringham.
–¿Hasta ese punto ha desaparecido?
Burden echó un vistazo receloso a la moussaka de Wexford y la olió desconfiadamente. Luego se comió su propia tarta
de carne.
–Cree con bastante seguridad que está muerta
y ha detenido al marido.
–¿Cómo, por asesinato?
–No, no sin el cuerpo. El tipo tiene
antecedentes y lo está reteniendo por haber robado en una tienda.
–¡Cielos! –explotó Wexford–. Los hay con
suerte.
Sus ojos se cruzaron con los de Burden, y el
inspector le echó esa clase de mirada que se dirige a un amigo cuando uno
empieza a dudar de su equilibrio mental. Wexford no dijo nada más, rompiendo el
silencio para preguntar por los éxitos y perspectivas del joven John Burden.
Pero al levantarse para salir, y tras felicitar a Antonio por la comida que les
había servido, Wexford comentó:
–Cuando me retire o me muera, ¿le pondrás mi
nombre a un plato tuyo? El italiano se santiguó.
–No hay que hablar de esas cosas, pero sí, lo
haré. ¿Lasaña Wexford?
–Lasaña Galileo. –Wexford rió ante el
desconcierto del cocinero–. Suena más latino –añadió.
Las tiendas de High Street tenían los
escaparates llenos de cintas doradas y el gran cedro que había frente al pub
Dragón tenía las ramas plagadas de bombillas naranjas, verdes, rojas y azules.
En el escaparate de la juguetería, un Papá Noel de cartón piedra y algodón
asentía y sonreía ante una audiencia de niños que tenían las narices pegadas al
cristal.
–Doce días más de compras antes de Navidad
–dijo Burden.
–Oh, cállate –añadió Wexford.
Capítulo XVII
Una niebla grisácea se hallaba suspendida
sobre el río impidiendo la visión de la otra orilla, ocultando los sauces entre
velos de vapor, borrando el color de los cedros y de los bosques sin hojas, de
tal manera que parecía el paisaje de una fotografía desenfocada en blanco y
negro. En este margen del río, las casas del barrio antiguo dormitaban en la
helada neblina, con todas las ventanas cerradas y los árboles de los jardines
completamente inmóviles. El único movimiento era el de las gotas de agua
cayendo suave y lentamente de las delgadas puntas de las ramas. Hacía un frío
atroz. Mientras Wexford paseaba por St. Luke y Church House, le pareció
maravilloso que allá arriba, por encima de las capas de nubes y de la neblina,
hubiese un sol resplandeciente aunque distante. Quedaba ya poco para que
llegara el día más corto y la noche más larga. Sólo faltaban unos días para el
solsticio, el momento en que el sol alcanza su límite más extremo en esa parte
de la Tierra, aunque quizá debería decir, teniendo en cuenta las palabras de
Burden del día anterior, el momento en que el suelo que pisaba se hubiese
movido hasta el límite más extremo desde el sol...
Vio los coches y furgonetas de la policía en
River Lane antes de reconocer a alguno de los hombres que lo habían conducido
hasta allí o alguna señal que indicara sus intenciones. Estaban aparcados a lo
largo de la calle, frente a la hilera de casas casi abandonadas cuyos dueños
habían permitido que las habitasen temporalmente personas desesperadas y sin
hogar. En todos los lugares, donde el cristal e incluso el marco de alguna
ventana antigua habían desaparecido, la cavidad estaba remendada por una lámina
de plástico. En otras ventanas colgaban colchas, sacos, trapos y papel de
embalar rasgado y empapado de agua. Sin embargo, no había ocupantes ilegales,
pues el invierno y la humedad que procedía del río los había obligado a buscar
otros alojamientos. Las casas antiguas, muchísimo más bellas, incluso ahora,
que cualquier terraza moderna, aguardaban con el frío nuevos ocupantes o
compradores. Eran antiguas, casi inmortales. Nadie podía destruirlas. Todo lo
que podría pasarles era la lenta desintegración hasta la más extrema
decadencia.
Un callejón conducía, entre paredes de
ladrillo, hasta los jardines que se habían convertido en vertederos de basura,
infestados de ratas hasta la orilla del río. Wexford se fue haciendo camino por
este callejón hasta llegar a un punto donde la pared se había derrumbado,
dejando un espacio vacío. Un joven sargento de policía, con una pala en las
manos, se colocó frente a él:
–Lo siento, señor. No se permite entrar aquí.
–¿No me conoce, Hutton?
El sargento miró con mayor detenimiento y,
dando un paso atrás, dijo:
–Usted es el señor Wexford, ¿verdad? Le pido
disculpas, señor.
Wexford le comentó que no tenía importancia y
preguntó dónde podía encontrar al inspector Lovat.
–Allí abajo, donde están cavando, señor. Al
fondo a la derecha.
–¿Están buscando el cadáver de esa mujer?
–El de la señora Morag Grey. Ella y su marido
ocuparon una de estas casas hace dos veranos. El señor Lovat cree que el marido
la pudo haber enterrado en este jardín.
–¿Vivían aquí? –Wexford miró hacia el aguilón
hundido, apuntalado con una viga de madera. El yeso se había desconchado por
diferentes sitios, dejando entrever los manojos de zarzos con que había sido
construida la casa hacía cuatrocientos años. Un portal abierto revelaba las
paredes interiores que, delgadas y empapadas de agua, eran como las de una
cueva que invade diariamente el mar.
–No se debe de estar tan mal en verano –dijo
Hutton a modo de disculpa–, y ellos no pasaron aquí más de dos meses.
Una gran maraña de arbustos que ocultaban un
sinfín de latas vacías y papel mojado, señalaba el final del jardín. Había
cuatro hombres cavando y habían apilado grandes montones de tierra contra la
pared del río. Lovat, sentado frente a esa pared, con el cuello del abrigo
levantado y un cigarrillo mojado pegado a su labio inferior, los iba observando
inescrutablemente.
–¿Qué te hace pensar que se halla enterrada
aquí?
–En alguna parte debe de estar. –Lovat no se
mostró sorprendido por su llegada. Extendió otra hoja de periódico junto a la
pared para que se sentase–. Un día desagradable –comentó.
–¿Crees que el marido la mató? –Wexford sabía
que era inútil hacerle preguntas. Se tenía que afirmar y esperar a que Lovat se
mostrase de acuerdo o en desacuerdo–. Lo has detenido, acusado de robar en una
tienda, sin embargo, no posees ningún cuerpo, sólo una mujer desaparecida.
Alguien debe de habértelo hecho tomar en serio, y no es Grey.
–Su madre –dijo Lovat.
–Ya entiendo. Todos pensaban que se había
marchado a casa de su madre, y ésta que se encontraba en algún otro sitio. Grey
tiene antecedentes, quizá vivía con otra mujer y dijo una sarta de mentiras.
¿Tengo razón?
–Sí.
Wexford pensó que había cumplido con su
deber. Era una lástima saber tan poco de tejones, pues aún estaba menos
interesado en ellos que en el caso Grey. La humedad se introducía por su ropa,
helándole todo el cuerpo.
–Tejón –dijo–, ¿quieres hacerme un favor? La
mayoría de la gente, cuando se le hace esta pregunta, responde que depende del
favor. Sin embargo, Lovat poseía virtudes que contrarrestaban su taciturnidad.
Sacó otro cigarrillo arrugado de su paquete mojado.
–Sí –dijo sencillamente.
–¿Conoces a ese tal Hathall del que ando
detrás? Creo que cometió un fraude con la nómina cuando trabajaba para Kidd’s,
en Toxborough, por eso me encontraba allí cuando nos vimos el otro día. Pero no
tengo autoridad para actuar. Estoy casi seguro de que sucedió así... –Wexford
se lo explicó–. ¿Puedes mandar que pase alguien por las cajas de ahorros para
indagar si existen esas cuentas falsas? Tejón, sólo tengo diez días.
Lovat no preguntó por qué tenía tan poco
tiempo. Limpió sus gafas del vapor de la neblina y volvió a ponérselas sobre su
nariz sonrojada y respingona. Sin mirar a Wexford ni mostrar el mínimo interés,
fijó la vista sobre sus hombros y añadió:
–De un modo u otro siempre guardo una
relación con las excavaciones.
Wexford no respondió. En ese momento no podía
demostrar mucho entusiasmo por el sermón de la Liga Contra los Deportes
Crueles. Tampoco repitió su petición, pues sólo hubiera conseguido molestar a
Lovat, sino que permaneció sentado en silencio soportando el frío mientras
escuchaba el ruido que hacían las palas al chocar con la tierra. Latas y
cartones empapados de agua se amontonaban en la tierra húmeda. ¿Habría un
cadáver ahí abajo? En cualquier momento, una pala podía revelar, en lugar de un
terrón de argamasa o más raíces, una mano blanquecina. Los vahos se hacían más
densos sobre el agua casi estancada. Lovat tiró su cigarrillo a uno de los
charcos.
–Lo haré –respondió.
Fue un alivio alejarse del río y de su miasma
–de la cual se pensaba en tiempos remotos que era el origen de alguna
enfermedad– y se dirigió hacia la parte elegante del barrio antiguo donde había
aparcado su coche. Conectó el limpiaparabrisas cuando vio a Nancy Lake. Se
hubiera preguntado qué estaba haciendo allí de no haberse metido en ese momento
en una pequeña panadería, conocida por su pan y sus pasteles caseros.
Había transcurrido más de un año desde que la
vio por última vez, y casi había olvidado la sensación que sintió entonces: la
respiración entrecortada, el leve temblor en el corazón... Volvió a sentirlo de
nuevo mientras se iba cerrando la puerta tras ella, cuando la vio desaparecer
entre el resplandor anaranjado de la tienda.
Aunque estaba temblando –su aliento surgía
como el humo a causa del frío–, la esperó allí, junto al bordillo. Cuando ella
salió le dedicó una de sus dulces sonrisas.
–¡Señor Wexford! Esto está repleto de
policías, pero no le esperaba a usted.
–Yo también soy policía. ¿Me permite
acompañarla a Kingsmarkham?
–Muchas gracias, pero todavía no he de
volver. –Llevaba un abrigo de piel de chinchilla que brillaba a causa de las
gotas de agua. El frío, que agarrotaba la cara de los demás, daba color a la
suya y brillo a sus ojos–. Pero entraré en su coche cinco minutos, ¿de acuerdo?
Alguien, pensó Wexford, debería inventar la
forma de calentar un coche mientras el motor está apagado. Nancy Lake, sin
embargo, no parecía sentir el frío. Se inclinó hacia él con la alegría y
vitalidad de una mujer joven.
–¿Compartimos un pastel de nata?
Él meneó la cabeza.
–No, eso engorda.
–¡Pero si está muy delgado!
Sabiendo que no debía volver a caer, que
estaba coqueteando de nuevo con él, la miró a sus resplandecientes ojos y
comentó:
–Siempre me está diciendo lo que no me ha
dicho ninguna mujer desde que era joven.
Ella comenzó a reír.
–No siempre. ¿Cómo puede decir eso si no lo
veo casi nunca? –Empezó a comer el pastel. Era la clase de pastel que nadie
intentaría comer sin un plato, un tenedor y una servilleta. Consiguió hacerlo
sólo con los dedos, rescatando con su sonrojada lengua motas de nata de los
labios–. He vendido mi casa –dijo–. Me traslado el día de Nochebuena.
El día de Nochebuena...
–Dicen que se marcha al extranjero.
–¿Eso dicen? Han estado diciendo cosas de mí
desde hace veinte años y la mayoría ha sido una distorsión de la verdad. ¿Dicen
también que mi sueño, al fin, se ha hecho realidad? –Terminó el pastel,
chupándose los dedos con delicadeza–. Ahora he de irme. Una vez, oh, parece que
hubiesen pasado años, le pedí que viniese a tomar el té conmigo.
–Así es –contestó él.
–¿Y vendrá? Digamos... el próximo viernes.
–Cuando él asintió, Nancy comentó–: nos acabaremos la mermelada de ciruela.
Hasta el viernes, pues.
–Hasta el viernes. –Era ridículo, ese
sentimiento de emoción. «¡Estás viejo! –se dijo severamente–. Ella quiere
obsequiarte con mermelada de ciruelas y explicarte la historia de su vida; eso
es lo único que faltaba.» La vio alejarse hasta que su abrigo de piel se
confundió en la niebla del río y desapareció.
–No puedo seguirlo en el metro, Reg. Lo he
intentado ya tres veces, pero cada noche hay más gente comprando regalos de
Navidad –dijo Howard.
–Me lo imagino –añadió Wexford, que sentía
que no quería volver a oír la palabra «Navidad». Era más consciente de las
presiones festivas de esos días de lo que lo había sido en el pasado. ¿Era
acaso distinto de otros años? ¿O era simplemente que veía cada felicitación que
le pasaban por debajo de la puerta, cada señal de las celebraciones que
llegaban, como una amenaza de fracaso? Había una amarga ironía en el hecho de
que este año se dispusieran a invitar más gente de lo habitual: sus dos hijas,
su yerno, sus dos sobrinos, Howard y Denise, y Burden y sus hijos. Dora ya
había empezado la decoración navideña. Tenía que encogerse en su asiento, con
el teléfono sobre las rodillas, para evitar meter la cara en el enorme acebo
que colgaba por encima de su escritorio.
–Esto parece ser el fin, ¿no? –dijo–. Déjalo,
se acabó. Puede que salga algo del asunto de la nómina. Es mi última esperanza.
Howard pareció indignarse.
–No he dicho que pensase dejarlo. Sólo quería
decir que no puedo continuar haciéndolo así.
–¿Qué otra forma hay?
–¿Por qué no intentar seguirlo desde el otro
extremo?
–¿El otro extremo?
–Anoche, después de perderle en el metro,
subí hasta Dartmeet Avenue. Supuse que se quedaría con ella algunas noches,
pero no siempre lo hace. Si lo hiciese, no tendría sentido seguir pagando su
habitación. Ayer no pasó allí la noche, Reg. Volvió a su casa en el último autobús
28. Por ello pensé: ¿por qué no coger yo también ese último autobús?
–Debo de estar perdiendo facultades –comentó
Wexford–, pero no veo a dónde quieres llegar.
–Te lo diré. Hathall se subirá en la parada
más próxima a la casa de ella, ¿verdad? Una vez que la encuentre podré esperar
la noche siguiente desde las cinco y media en adelante. Si viene en autobús
podré seguirlo; si viene en metro será más difícil, pero todavía quedan
posibilidades.
Kilburn
Park, Great Western Road, Pembridge Road, Church Street... Wexford suspiró.
–Hay docenas de paradas –dijo.
–No en
Notting Hill. Y tiene que ser en Notting Hill, recuerda.
El último autobús 28 cruza Notting Hill Gate a las once menos diez. Mañana por
la noche lo estaré esperando en Church Street. Me quedan seis tardes, Reg, seis
tardes de vigilancia antes de Navidad.
–Tendrás la pechuga del pavo –dijo su tío– y
la moneda de veinticinco peniques del pudín.[1]
Mientras colgaba el teléfono, sonó el timbre
de la puerta y oyó las agudas voces de los jóvenes cantando villancicos:
–Que Dios os dé reposo, que nada os
desanime...
Capítulo XVIII
Pasaron el lunes y el martes de la semana
anterior a la Navidad y no llegaban noticias de Lovat. Probablemente estaba
demasiado ocupado en el caso de Morag Grey, y eso no le permitía hacer muchos
más esfuerzos. No había encontrado el cuerpo de la mujer, y su marido, detenido
durante una semana, iba a comparecer en el juzgado por el cargo de robo en una
tienda. Wexford telefoneó a la comisaría de Myringham el martes por la tarde.
Era el día libre del señor Lovat, le explicó el sargento Hutton, y tampoco le
encontraría en su casa, pues había asistido a algo así como la convención de la
Sociedad de Amigos del Tejón Británico.
No era el miedo lo que impedía a Wexford
llamar a su sobrino al no recibir noticias suyas. No se debe agobiar a alguien
que te está haciendo el enorme favor de renunciar a todo su tiempo libre para
satisfacer tu obsesión: la persecución de tu quimera. Lo mejor era dejarlo solo
y esperar. Wexford buscó la palabra quimera en el diccionario. La definía como
un monstruo, un espectro, un objeto de concepción imaginaria. Objeto de
concepción imaginaria... Hathall era de carne y hueso, pero ¿y la mujer? Sólo
Howard la había visto en una ocasión, y ni siquiera estaba en condiciones de
jurar que Hathall –el monstruo, el espectro– fuera su acompañante. «Que nada te
desanime», pensó Wexford. Alguien había dejado la huella de su mano, y esos
cabellos oscuros en el suelo del dormitorio de Ángela.
Aunque las posibilidades de atraparla a ella
eran ahora remotas, y más aún cada día que pasaba, todavía deseaba saber cómo
había ocurrido, atar los cabos que quedaban sueltos. Quería saber dónde la
había conocido Hathall. Tal vez en la calle, o en un pub, como había sugerido Howard
una vez; o quizá ella era una amiga de Ángela de la época de Londres, antes de
que a Hathall le presentasen la que sería su segunda mujer en la fiesta de
Finchley. Con toda probabilidad ella debía de haber vivido cerca de Toxborough
o de Myringham si su trabajo consistía en retirar el dinero de esas cuentas. ¿O
había compartido la tarea con Ángela? Hathall sólo había trabajado a media
jornada en Kidd’s. En sus días libres, Ángela podía haber utilizado el coche
para ir a cobrar.
Además, estaba el libro sobre lenguas célticas,
otra extraña pista en el caso que ni siquiera había empezado a explicarse. Las
lenguas célticas guardan una relación bastante estrecha con la arqueología,
pero Ángela no había demostrado interés por ellas mientras trabajaba en la
biblioteca de la Liga Nacional de Arqueología. Si el libro no era relevante,
entonces ¿por qué Hathall se trastornó tanto al verlo en sus manos?
Sin embargo, fuera lo que fuera lo que
pudiese deducir del minucioso examen de esos hechos, de la ordenación de datos
aparentemente sin relación entre sí y de su intento de establecer un vínculo,
lo realmente importante era detener a Hathall antes de que abandonara el país,
lo que dependía ahora de encontrar pruebas sobre aquel fraude. Reunir las
piezas del rompecabezas y construir una imagen definida de su quimera podría
retrasarse hasta ser demasiado tarde y Hathall haber huido. Eso, pensó
amargamente, le serviría de entretenimiento para las largas noches del Año
Nuevo. Como no había recibido todavía noticias de Lovat el miércoles por la
mañana, se fue a Myringham, a su oficina. Llegó a las diez. El señor Lovat, le
dijeron, está en el juzgado y no se le espera antes de la hora de la comida.
Wexford se abrió paso por el centro comercial
de Myringham, subiendo escaleras de hormigón, ascendiendo y descendiendo
escaleras mecánicas –rodeado de luces con forma de margaritas amarillas y
rojas–, hasta que llegó por fin al juzgado. La galería pública se hallaba casi
vacía. Se deslizó hasta su asiento, buscó a Lovat con la mirada y lo encontró
sentado en la parte frontal, casi bajo el estrado.
En el banquillo de los acusados había un
hombre larguirucho de unos treinta años que, según el abogado que lo
representaba, era Richard George Grey, sin domicilio fijo. Era el marido de
Morag. No era de extrañar que Lovat se sintiese tan ansioso. Wexford, sin
embargo, no tardó en darse cuenta de que el cargo de robo de una tienda que
recaía sobre él estaba basado en pruebas muy frágiles. La policía,
evidentemente, quería que lo encarcelaran, lo cual parecía poco probable. El
abogado de Grey, un hombre joven, afable y educado, estaba haciendo lo que
podía por su cliente, un esfuerzo que disgustaba a Lovat. Con una extraña Schadenfreude, Wexford deseó que liberaran a Grey. ¿Por qué tenía que ser Lovat el
afortunado, capaz de retener a un hombre hasta reunir pruebas suficientes para
acusarlo del asesinato de su mujer?
–Y así apreciarán, sus señorías, que mi
cliente ha sufrido una serie de graves infortunios. Aunque no tiene la
obligación de divulgar condenas anteriores, él desea hacerlo así, consciente,
sin duda alguna, de lo trivial que encontrarán su única condena. ¿Y en qué
consiste esa única condena? Consiste, sus señorías, en haber estado en libertad
condicional por habérsele encontrado en un recinto cerrado a la tierna edad de
diecisiete años.
Wexford se apartó un poco para permitir la
entrada de dos mujeres mayores que llevaban bolsas de la compra. La expresión
de éstas era ávida y parecían encontrarse como en su casa. Este
entretenimiento, pensó, era gratuito, matutino, con los auténticos ingredientes
de la vida real, tres ventajas que tenía sobre el cine. Saboreando el
desconcierto de Lovat, escuchó lo que seguía diciendo el abogado.
–Aparte de eso, ¿cuáles son sus proclividades
delictivas? Ah, sí, es cierto que se encontró en la miseria y sin abrigo, se
vio obligado a refugiarse en una casa abandonada cuyo propietario legal no
utilizaba y que fue clasificada como «no apta para vivienda». Pero esto, como
bien saben sus señorías, no es ningún delito. Ni siquiera constituye, como
queda reflejado en la ley desde hace seiscientos años, entrada ilegal. Es
cierto también que fue despedido por su anterior jefe (él lo admite con
franqueza, aunque no se presentaron cargos) por apropiarse de la escasa suma de
dos libras y media. Como resultado, se vio obligado a dejar su piso de Maynnot
Hall, Toxborough, y como consecuencia todavía más grave fue abandonado por su
mujer, dado que se negaba a convivir con un hombre cuya honradez no estaba
libre de mancha. Esta señora, cuyo paradero actual es desconocido y cuya huida
ha provocado una profunda desolación a mi cliente, parece tener algo en común
con la policía de Myringham, concretamente el hecho de golpear a un hombre
cuando ha fracasado...
Siguió hablando con el mismo estilo. Wexford
lo habría encontrado menos aburrido, pensó, si hubiese oído algo más sobre las
pruebas tangibles y menos sobre los alegatos abstractos. Sin embargo, las
pruebas debían de ser poco convincentes, así como la identificación de Grey,
pues los magistrados regresaron a los tres minutos para dar por finalizado el
caso. Lovat se levantó disgustado y Wexford trató de seguirlo. Sus vecinas
protestaron al tener que mover sus bolsas de la compra; una multitud de gente
se hallaba fuera del juzgado –una serie de testigos iba a comparecer en un caso
de agresión–, y cuando la hubo atravesado, Lovat desapareció en su coche, y no
para dirigirse a la comisaría.
Bien, se encontraba a veinticinco kilómetros
más cerca que al norte de Kingsmarkham... ¿Por qué desperdiciar la ocasión?
¿Por qué no ir al norte de Londres a hablar por última vez con Eileen Hathall?
Las cosas difícilmente se estropearían más, y tal vez podrían mejorar. ¿Cómo se
sentiría si ella le dijese que la emigración de Hathall había sido pospuesta, que
se iba a quedar entre una o dos semanas más en Londres?
Mientras atravesaba Toxborough, por la
carretera que le conducía a Maynnot Way, le asaltó un recuerdo en alguna parte
de su cerebro. Richard y Morag Grey habían vivido allí una vez, quizá habían servido
en Maynnot Hall... pero no era eso. Sin embargo, era algo relacionado con lo
que había dicho el joven abogado. Trató de desmenuzar el caso, e imaginó a
Hathall y su entorno como un paisaje con figuras. Tantos lugares y tantas
figuras... De todas las personas que había encontrado u oído, una había sido
aludida por el abogado en su dramático discurso ante el estrado, pero no se
había mencionado ningún nombre aparte del de Grey... sí, el de su mujer. ¡La
mujer desaparecida!, eso era. «Abandonado por su mujer pues se negaba a
convivir con un hombre cuya honradez no se hallaba libre de mancha.» Pero ¿a
qué le recordaba eso? Unas semanas atrás, quizá unos meses o incluso un año,
alguien le había hablado de una mujer que valoraba de un modo especial la honradez.
El problema era que no tenía la más mínima idea de quién podía haber sido esa
persona.
No le supuso un gran esfuerzo reconocer a la
invitada de Eileen Hathall. Wexford no había visto a la anciana señora Hathall
desde hacía quince meses y se sorprendió un poco al encontrarla allí. La ex
mujer no le informaría de su visita a su ex marido, pero la madre, muy
probablemente, sí lo haría. ¿Qué más daba? Ya había dejado de importarle.
Hathall abandonaba el país en cinco días. Un hombre que huye de su país para
siempre no tiene tiempo para pequeñas venganzas y precauciones innecesarias.
Al parecer, la señora Hathall, que estaba
sentada a la mesa tomándose una taza de té después de comer, no interpretó
correctamente la causa de su visita. Este engorroso policía visitó una casa
donde ella estuvo anteriormente y ahora estaba visitándola de nuevo al mismo
tiempo que ella. En las demás ocasiones buscaba a su hijo, por consiguiente...
–No lo encontrará aquí –dijo con voz ronca y
un deje norteño–. Está atareado preparándose para ir a vivir al extranjero.
Eileen se encontró con su mirada inquisitiva.
–Pasó anoche por aquí para despedirse –dijo.
Su voz era tranquila, casi complaciente. Wexford, mirándolas a las dos,
comprendió lo que les pasaba. Hathall, mientras vivía en Inglaterra, había sido
para cada una de ellas una fuente de amargura constante, provocando en la madre
una necesidad de reñir y de agobiar a los demás, y en su ex mujer, rencor y
humillación. Cuando Hathall se hubiese ido y se encontrase tan lejos como si estuviera
muerto, ellas quedarían en paz. Eileen casi tomaría el estatus de viuda y la
anciana dispondría de una razón respetable –la educación de su nieta– para la
separación de su hijo y de su nuera.
–¿Se marcha el lunes?
La anciana señora Hathall asintió con cierto
orgullo.
–No crea que lo volveremos a ver. –Acabó su
té, se levantó y empezó a despejar la mesa. En cuanto se acaba una comida se
limpia la mesa. Ésa era la regla. Wexford la vio levantar la tapa de la tetera
y contemplar su contenido con irritada expresión, como si lamentase
desperdiciar dos dedos de té. Indicó con gestos a Eileen que quedaba más, si
quería. Ésta meneó la cabeza y la señora Hathall se llevó la tetera. No pareció
ocurrírseles que a Wexford le podía apetecer tomar un poco de té, o que al
menos podían ofrecerle la posibilidad de rechazarlo. Eileen esperó hasta que su
suegra hubo abandonado la habitación.
–Así me libro de él –comentó–. No volverá por
aquí, estoy segura. He pasado sin él cinco años y puedo pasar el resto de mi
vida. Por lo que a mí se refiere, es preferible que desaparezca.
Wexford así lo había supuesto. En estos
momentos ella podía imaginar que lo había echado, que ahora que Ángela no
estaba podía haberlo acompañado a Brasil, de haberlo deseado.
–Mamá y yo –añadió, echando una ojeada a la
desnuda habitación, sin un solo adorno de Navidad–. Mamá y yo pasaremos solas
unas tranquilas navidades. Mañana se va Rosemary a casa de su amiga francesa
con la que se cartea y no volverá hasta que empiece de nuevo el colegio. Será
agradable y tranquilo las dos solas.
Wexford casi se puso a temblar. La afinidad
entre esas dos mujeres le asustaba. ¿Se había casado Eileen con Hathall porque
eso le proporcionaría la madre que deseaba? ¿Había elegido la señora Hathall a
Eileen para su hijo porque era la hija que necesitaba?
–Mamá se está planteando venir a vivir aquí
conmigo –comentó mientras la anciana regresaba con un andar pesado–. Es decir,
cuando Rosemary vaya a la universidad. No tiene sentido estar pagando dos
casas, ¿verdad?
Una mujer más cálida, más cariñosa, podría
haber reaccionado sonriendo o cogiendo de la mano a esa nuera ideal.
Los pequeños y fríos ojos de la señora
Hathall expresaron su aprobación, descansando brevemente sobre el rostro
hinchado y el cabello ondulado de su nuera, mientras su boca, torcida hacia
abajo por los lados, mostraba una especie de decepción por algo que ella no
tenía la culpa.
–Ven conmigo, Eileen –dijo–. Tenemos que
lavar los platos.
Ninguna de ellas acompañó a Wexford a la
puerta. Cuando salía de debajo del toldo, que le recordó a una estación
provincial de ferrocarril, el coche que había sido de Hathall giró, con
Rosemary al volante. La cara, una versión inteligente de la de su abuela,
pareció reconocerlo, sin embargo no manifestó una amable expresión de saludo,
no sonrió.
–He oído que te vas a Francia por Navidad.
Apagó el motor sin moverse.
–Recuerdo haberte oído decir –continuó él–
que nunca habías estado fuera de Inglaterra.
–Cierto.
–¿Ni siquiera aquel día en Francia con el
colegio, señorita Hathall?
–Ah, eso –dijo con calma–. Aquél fue el día
en que estrangularon a Ángela. –Hizo el gesto de pasarse un dedo por la
garganta–. Le dije a mi madre que iba con el colegio, pero no era cierto. Salí
con un chico. ¿Satisfecho?
–No del todo. Tú sabes conducir, hace
dieciocho meses que sabes conducir. No te gustaba Ángela y parecías llevarte
bien con tu padre...
Ella le interrumpió bruscamente.
–¿Llevarme bien con él? No puedo soportar a
ninguno de ellos. Mi madre es un vegetal y la vieja es una vaca. Usted no sabe,
nadie lo sabe, lo que me han hecho pasar. Siempre me están presionando. –Sus
palabras eran apasionadas pero no levantaba la voz–. Voy a marcharme este año y
no volveré a verlos. Esas dos pueden vivir juntas y un día se morirán y no las
encontrarán durante meses. –Alzó la mano para apartarse el cabello oscuro de la
cara y él pudo ver el dedo, rosado y suave–. ¿Satisfecho? –volvió a preguntar.
–Ahora sí.
–¿Yo, matar a Ángela? –Se echó a reír–.
Primero mataría a otras personas, se lo aseguro. ¿Realmente pensaba que yo la
maté?
–La verdad es que no –comentó Wexford–, pero
estoy seguro de que podías haberlo hecho si lo hubieras deseado.
Se sentía bastante satisfecho con esas
últimas palabras y pensó en otros esprits d’escalier mientras se alejaba en su
coche. Sólo una vez se había confundido con un Hathall. Evidentemente, podría
haberle preguntado si había conocido en alguna ocasión a una mujer con una
cicatriz en la yema del dedo índice, pero consideraba que no podía pedir a una
hija que traicionase a su padre. No era un inquisidor medieval ni el pilar de
un estado fascista.
Una vez en la comisaría de policía, llamó por
teléfono a Lovat, quien, naturalmente, había salido y no se le esperaba hasta
el día siguiente. Howard no llamaba. Si había estado vigilando la noche
anterior lo había hecho en vano, pues Hathall se encontraba despidiéndose en
Croydon.
Dora estaba haciendo el pastel de Navidad,
colocando en el centro de un círculo blanco un Papá Noel pintado y rodeándolo
con petirrojos de yeso, adornos que salían cada año de los envoltorios de papel
de plata y que compraron cuando la hija mayor de Wexford era un bebé.
–¡Ahí está! ¿No es bonito?
–Precioso –contestó Wexford con tristeza.
Dora dijo con calculada frialdad:
–Me alegraré el día que ese hombre se vaya y
vuelvas a ser tú mismo. –Cubrió el pastel y se enjuagó las manos–. A propósito,
¿te acuerdas que una vez me preguntaste sobre una mujer llamada Lake? La que
dijiste que te recordaba a Jorge II.
–Yo no dije eso –comentó Wexford intranquilo.
–Pues algo así. Bueno, pensé que te
interesaría saber que se va a casar con un hombre llamado Somerset. Su mujer
murió hace un par de meses. Supongo que algo estaba pasando durante años, pero
lo mantenían en secreto. Todo un misterio. Él no puede haberle prometido en su
lecho de muerte que tendría solamente amantes, ¿verdad? Oh, querido, me
gustaría que mostrases algo de interés y no tuvieras esa perpetua expresión de
hastío.
Capítulo XIX
El jueves era su día libre, no es que
quisiese dar caza a Lovat –una buena metáfora, pensó, para aplicar a un
protector de la fauna–, pero no había razón para madrugar. Se durmió pensando
en lo tonto que había sido suponer que le gustaba a Nancy Lake, cuando iba a
casarse con Somerset, y al amanecer soñaba con Hathall. Esta vez era un sueño
completamente absurdo en el que Hathall y la mujer embarcaban en un autobús
volante. El teléfono sonó junto a su cama despertándole sobresaltado a las
ocho.
–Pensé que era mejor hablar contigo antes de
irme al trabajo –dijo Howard–. He encontrado la parada del autobús, Reg.
Eso le despertó más que el timbre del
teléfono.
–Cuéntame –dijo.
–Lo vi salir de Marcus Flower a las cinco y
media y cuando se dirigió hacia la estación de Bond Street supe que iría a casa
de ella. Tuve que volver a mi casa un par de horas, pero a las diez y media ya
me encontraba en New King’s Road. ¡Dios mío, fue facilísimo! Todo salió mejor
de lo que esperaba.
»Me senté en uno de los asientos delanteros
del piso inferior, el más cercano a la ventana. No apareció ni en la parada de
Church Street ni en la de Notting Hill Gate. Yo sabía que si tomaba ese autobús
tenía que ser pronto y de repente lo vi en la parada de Pembridge Road. Subió
al piso de arriba del autobús. Yo permanecí sentado hasta verlo bajar en West
End Green y después –terminó Howard triunfalmente–, fui hasta Golders Green
desde donde me marché a casa en taxi.
–Howard, eres mi único aliado.
–Bueno, ya sabes lo que dijo Chesterton sobre
eso... Estaré en la parada del autobús esta noche a partir de las cinco y media
y veremos qué pasa.
Wexford se puso su batín y bajó a consultar
lo que había dicho Chesterton: «No hay palabras para expresar el abismo entre
el aislamiento y el tener un aliado. Puede concederse a los matemáticos que dos
y dos son cuatro. Pero dos no son dos veces uno; dos es dos mil veces uno...»
Se sentía bastante animado. Quizá no tema un equipo de hombres a su
disposición, pero tenía a Howard, el decidido, el hombre de confianza, el
invencible, y juntos serían como dos mil. Dos mil uno contando a Lovat. Tenía
que bañarse, vestirse y marchar hacia Myringham cuanto antes.
El jefe de la policía de Myringham se
encontraba allí, y con él el sargento Hutton.
–No hace mal día –dijo Lovat, mirando a
través de sus pequeñas gafas el cielo blanco y nublado.
Wexford pensó que era mejor no decir nada
sobre Richard Grey.
–¿Has hecho algo sobre el asunto de la
nómina?
Lovat asintió lentamente, pero fue el
sargento quien explicó los hechos.
–Encontramos una o dos cuentas que parecían
sospechosas, señor. Tres, para ser exactos. Una en la caja de ahorros de
Toxborough, otra en Passingham St. John y otra aquí. Todas indicaban pagos
periódicos realizados por Kidd’s, y en todos los casos los pagos y las
retiradas cesaron en marzo o abril del año pasado. La cuenta de Myringham
estaba a nombre de una mujer cuya dirección resultó estar en una especie de
pensión. La gente de allí no la recordaba y no hemos podido seguir su rastro.
La de Passingham tenía todo en regla. La mujer había trabajado en Kidd’s, lo
dejó en marzo y no se tomó la molestia de retirar los últimos treinta peniques
de la cuenta.
–¿Y la cuenta de Toxborough?
–Ahí está la dificultad, señor. Está a nombre
de una tal señora Mary Lewis y la dirección es de Toxborough, pero la casa se
halla cerrada y evidentemente no hay nadie. Los vecinos dicen que los
propietarios se llaman Kingsbury y no Lewis, pero han tenido inquilinos en
estos últimos años y uno de ellos podía apellidarse Lewis. Hemos de esperar a
que vuelvan los Kingsbury.
–¿Saben los vecinos cuándo regresan?
–No –dijo Lovat.
A Wexford no le pareció muy probable que
alguien se marchara la semana antes de Navidad y no volviera hasta después. Su
día libre se sucedía sin resultados. El año anterior decidió ser paciente, pero
había llegado el momento de empezar a contar las horas, más que los días que
quedaban, antes de la partida de Hathall. Cuatro días: noventa y seis horas.
«Ése –pensó–, debe de ser el único caso en que un número grande parece menor
que uno pequeño.» Noventa y seis horas: 5.760 minutos. Sin duda transcurrirían
en un abrir y cerrar de ojos...
Lo más frustrante era que debía de dejar
pasar esas horas, esos miles de minutos, pues no había nada que pudiese hacer
personalmente. Sólo podía volver a casa y ayudar a Dora a colgar más tiras de
papel, arreglar los manojos de muérdago, plantar el árbol de Navidad en su
maceta, especular con ella sobre si el pavo era suficientemente pequeño para
que cupiera en la parrilla del horno. El viernes, cuando sólo quedaban setenta
y dos horas (4.320 minutos), fue con Burden a la cantina de la comisaría para
celebrar la cena especial de Navidad. Hasta se puso un sombrero de papel y
abrió una bolsa de sorpresas con la policía Polly Davis.
Tenía por delante su cita en casa de Nancy
Lake para tomar el té. Estuvo a punto de llamarla para anularla, pero no lo
hizo, diciéndose a sí mismo que quedaban un par de preguntas que ella le podía
responder y que era una forma tan buena como cualquier otra de consumir algunos
de sus cuatro mil y pico minutos. A las cuatro se encontraba ya en la Wool
Lane, sin pensar en ella en absoluto, tan sólo recordando que, ocho meses
atrás, había pasado por allí con Howard, lleno de esperanza, energía y
determinación.
–Somos amantes desde hace diecinueve años –le
explicó ella–. Llevaba cinco años casada y había venido a vivir aquí con mi
marido. Un día iba andando por el camino y vi a Mark. Se encontraba en el
jardín de su padre, recogiendo ciruelas. Lo llamamos el árbol milagroso porque
fue un milagro para los dos.
–La mermelada es muy buena.
–Sírvase más. –Ella le sonrió. La habitación
en la que se encontraban no era como la de Eileen Hathall y no había tantos
adornos navideños. Sin embargo, no era árida ni estéril, tampoco fría. Por
todas partes se veían señales de un cuadro, un espejo o un adorno ausentes. Al
observarla y escucharla era fácil imaginar la belleza y el carácter de esos
muebles empaquetados y listos para ser trasladados a un nuevo hogar. Las
cortinas de terciopelo azul oscuras seguían colgadas, tapando la vidriera.
–¿Sabe –preguntó ella de pronto– lo que es
estar enamorada y no tener un sitio donde hacer el amor?
–Lo sé, por otros.
–Nos arreglábamos como podíamos. Mi marido se
enteró y Mark no pudo volver a Wool Lane. Intentábamos no vernos y a veces lo
conseguíamos durante meses, pero nunca funcionó.
–¿Por qué no se casaron? Ninguno de los dos
tenía hijos.
Ella cogió la taza vacía de Wexford y la
volvió a llenar. Cuando se la pasó, le rozó con los dedos y él sintió cómo se
encendía en él algo parecido al ardor. «Sólo faltaba esto –pensó Wexford–,
además de esta maldita charla sobre sexo.»
–Mi marido murió –dijo ella–. Mark y yo
íbamos a casarnos. Entonces su mujer enfermó y no pudo dejarla. Era imposible.
Él no pudo evitar una nota burlona en su voz.
–Entonces se mantuvieron fieles y vivieron de
esperanzas, ¿no?
–No, hubo otros... en mi caso. –Ella lo miró
con seguridad al mismo tiempo que él se sentía incapaz de devolverle la
mirada–. Mark lo sabía pero nunca me culpó de ello. ¿Cómo podía hacerlo? Ya se
lo expliqué una vez, y me sentía como si fuera una distracción para él, le
entretenía cuando él podía alejarse del lecho de su mujer.
–¿Se refería a ella cuando me preguntó si
estaba mal desear la muerte de otra persona?
–Claro. ¿A quién si no? ¿Pensó... pensó que
estaba hablando de Ángela? –Su seriedad desapareció y volvió a sonreír–. ¡Oh,
Dios mío! ¿Quiere que le diga algo más? Hace dos años yo me sentía muy aburrida
y muy sola porque Gwen Somerset salió del hospital y no perdía de vista a Mark,
yo... hice insinuaciones a Robert Hathall. ¡Ahí va mi confesión! Él no las
aceptó. Me rechazó. No estoy acostumbrada –dijo con pomposidad burlona– a que
me rechacen.
–Supongo que no. ¿Cree que soy ciego –dijo
agriamente– o completamente idiota?
–Simplemente inaccesible. Si ha terminado,
¿por qué no pasamos a la otra habitación? Es más cómoda... Todavía no me he
despojado de todos mis vestigios.
Las dudas de Wexford estaban aclaradas, por
lo que no había necesidad de preguntar dónde se encontraba cuando Ángela murió
o dónde estaba Somerset, ni de explorar acerca de los misterios de ambos, que
ya habían dejado de serlo. También podía despedirse e irse, pensó mientras
cruzaba el vestíbulo detrás de ella, siguiéndole hasta una habitación más
cálida, de suaves texturas y colores intensos, donde no se veían superficies
frías, sino únicamente sedas fundiéndose en el terciopelo. Antes de que cerrase
la puerta, él extendió la mano con intención de iniciar un breve discurso de
agradecimiento y despedida, pero ella se la cogió entre las suyas.
–El lunes me habré ido –dijo ella, mirándole
a la cara–. Los nuevos inquilinos están a punto de trasladarse. No nos
volveremos a ver, puedo prometerle eso, si lo desea.
Hasta entonces, él no estaba muy seguro de
sus intenciones. Ahora ya no había duda.
–¿Por qué cree que yo quiero ser la última
aventura de una mujer que vuelve a su primer amor?
–¿Es esto un cumplido?
–Soy un hombre viejo, y un viejo que se cree
los cumplidos es patético.
Ella se ruborizó ligeramente.
–Yo pronto seré una mujer anciana. Podríamos
ser patéticos los dos juntos. –Sonrió con tristeza–. No se vaya todavía.
Podemos... hablar. Aún no hemos hablado de verdad.
–No hemos hecho otra cosa que hablar
–contestó Wexford sin irse. Se dejó llevar hasta el sofá y se sentaron. Ella le
habló de Somerset, de la mujer de Somerset y de los diecinueve años de secretos
y engaños. Apoyó su mano en la de él, y mientras Wexford se relajaba y la
escuchaba, recordó la primera vez que la cogió y lo que ella dijo cuando la
retuvo unos segundos más. Al final los dos se levantaron y él acercó la mano de
ella a sus labios, diciéndole:
–Le deseo lo mejor. Espero que sea muy feliz.
–Tengo un poco de miedo, ¿sabe? ¿Cómo será
después de tanto tiempo? ¿Entiende lo que quiero decir?
–Desde luego. –Wexford hablaba suavemente,
sin rabia, y cuando ella le pidió que tomasen algo juntos, respondió–: beberé
por usted y por su felicidad.
Ella lo abrazó y lo besó. Fue un beso
impulsivo, ligero, terminó antes de que él pudiera responder o resistirse. Se
ausentó un momento de la habitación para traer las bebidas y las copas. Wexford
oyó sus pasos en el piso de arriba y trató de imaginársela cuando volviese.
Tenía que decidir qué hacer, si quedarse o irse. Si recoger las rosas del
camino o comportarse como un hombre de edad, soñando y respetando los votos de
su matrimonio.
Por fin salió al vestíbulo. Por primera vez,
la llamó por su nombre, y al acercarse al pie de las escaleras la vio. La luz
era suave y tenue, innecesariamente tenue, y ella se encontraba como él había
supuesto, como la había visto en su imaginación, pero mejor aún, mucho mejor
que en sus sueños.
La miró maravillado durante unos largos
instantes. Sin embargo, ya había tomado una decisión.
Solamente los necios reflexionan sobre el
pasado, arrepintiéndose de las ocasiones perdidas y sintiendo nostalgia por el
placer rechazado. Él no se arrepentía de nada, pues había hecho lo mismo que
habría hecho cualquier hombre de juicio en su situación. Había tomado esa
decisión mientras ella se encontraba fuera de la habitación y se había mantenido
firme, bajo la confianza de que había actuado según sus principios y procedido
correctamente. No obstante, se sorprendió al descubrir que era muy tarde cuando
llegó a su casa, casi las ocho. Al recordar el paso del tiempo, volvió a contar
los minutos, sólo le quedaban unos 3.500. El rostro de Nancy se desvaneció.
Entró en la cocina donde Dora estaba preparando otro montón de bizcochos de
frutas y preguntó con cierta brusquedad:
–¿Ha llamado Howard?
Ella levantó la vista. Wexford había olvidado
–siempre lo olvidaba– lo lista que era.
–Howard nunca llama a esta hora, ¿no lo
sabes? Siempre llama a primera hora de la mañana o a última de la noche.
–Sí, es verdad, pero estoy nervioso con todo
este asunto.
–Sí que lo estás. Hasta te has olvidado de
darme un beso.
La besó, y el pasado inmediato desapareció.
Sin arrepentimientos, sin nostalgia y sin introspección. Cogió un bizcocho y le
dio un bocado.
–Te pondrás gordo y asqueroso.
–Quizá –comentó Wexford pensativamente– eso
no sería tan malo. Con moderación, claro.
Capítulo XX
Sheila Wexford, la hija actriz del inspector
jefe, llegó el sábado por la mañana. Le alegraba poder verla en carne y hueso,
dijo su padre, en lugar de en dos dimensiones y en blanco y negro en la serie
de televisión. Sheila empezó a recorrer la casa, colocando las tarjetas con
gracia y cantando que soñaba con unas navidades nevadas. Parecía, sin embargo,
que en vez de nieve habría niebla. El hombre del tiempo había anunciado que
sería así, y los indicios climatológicos confirmaron esa predicción cuando una
blanca niebla matutina ocultó el sol al mediodía, y por la tarde ésta ya era
densa y amarillenta.
Era el día más corto del año, el solsticio de
invierno. La luz y la temperatura eran árticas. A las tres de la tarde la
niebla ya no dejaba pasar los rayos del sol y comenzaban diecisiete horas de
oscuridad. En las ventanas se distinguían los árboles de Navidad como una luz
borrosa de color ámbar... diecisiete horas de oscuridad, treinta y seis horas
hasta su partida.
Hathall no había salido de la casa del 62
Dartmeet Avenue desde las tres. Howard había prometido telefonear y lo hizo a
las diez. Estaba en la cabina telefónica frente a la casa. Habían terminado sus
seis noches de vigilancia y hoy era la séptima, ya que no soportaba la idea del
fracaso, aunque había decidido volver a casa.
–Lo vigilaré mañana, Reg, por última vez.
–¿Merece la pena?
–Al menos tendré la certeza de que he hecho
el trabajo como Dios manda.
Hathall había estado solo la mayor parte del
día. ¿Significaba eso que la mujer se había marchado antes que él? Wexford se
acostó temprano y permaneció despierto pensando en la Navidad, en sí mismo y en
Howard, analizando por última vez lo que había sucedido, lo que todavía se
podía hacer y lo que podía haber pasado si el dos de octubre del año anterior,
Griswold no hubiese impuesto su prohibición.
El domingo por la mañana la niebla empezó a
despejarse. La vaga esperanza albergada por Wexford de que la niebla obligara a
Hathall a posponer su marcha se desvaneció cuando apareció un sol resplandeciente
al mediodía. Escuchó las noticias de la radio pero no habían cerrado ningún
aeropuerto ni habían cancelado vuelos. Cuando empezó a anochecer con una
brillante puesta de sol y un cielo claro y frío –como si el invierno empezase a
morir con el paso del solsticio–, supo que debía resignarse a la huida de
Hathall. Todo había terminado.
Sin embargo, aunque podía mentalizarse y
evitar la reflexión en lo referente a Nancy Lake, no podía escapar al
arrepentimiento y la amargura por el largo período en que él y Robert Hathall
habían sido adversarios. Las cosas se hubieran desarrollado de forma muy
distinta si hubiese adivinado antes ese fraude de la nómina, si es que lo hubo.
Debía haber sabido también que un airado paranoico, con mucho en juego entre manos,
no reacciona pasivamente ante su torpe sondeo y lo que éste implica. Sin
embargo, ahora todo había acabado y ya nunca sabría quién era la mujer.
Tristemente, pensó en otras preguntas que quedarían sin respuesta. ¿Cuál era la
razón para justificar el hecho del libro de lenguas célticas en Bury Cottage?
¿Por qué Hathall, que en su madurez había empezado a disfrutar del sexo, había
rechazado a una mujer como Nancy Lake? ¿Por qué su cómplice, tan minuciosa y
concienzuda en muchos aspectos, había dejado una huella precisamente en el
borde de la bañera? ¿Y por qué Ángela, ansiosa por complacer a su suegra y
desesperada por conseguir una reconciliación, vestía el día de la visita
exactamente con la misma ropa que había contribuido a enfrentarla contra ella?
No se le pasó por la cabeza que, a esas
alturas, Howard pudiese conseguir algo más. Era costumbre de Hathall pasar los
domingos en casa, haciendo compañía a su madre y a su hija. Y aunque se había
despedido de ellas, no parecía haber motivo para suponer que cambiase sus
costumbres hasta el punto de ir a Notting Hill a verla, cuando iban a marcharse
juntos al día siguiente. Así que cuando Wexford levantó el auricular ese
domingo a las once de la noche y oyó aquella voz familiar, un poco cansada e
irritada, pensó que Howard llamaba únicamente para decir a qué hora llegarían
Denise y él en Nochebuena. Sin embargo, cuando comprendió la verdadera razón de
su llamada, –pues Howard, por fin, estaba a punto de cumplir con éxito su
misión–, sintió la desesperación del hombre que no quiere que la esperanza
amenace su estado de resignación.
–¿La viste? –dijo cansadamente–. ¿La viste de
verdad?
–Sé cómo te sientes, Reg, pero tengo que
contártelo. No te lo puedo ocultar. Los vi juntos. Y los perdí de vista.
–Oh, Dios mío, es más de lo que puedo
soportar.
–No mates al mensajero, Reg –dijo suavemente
Howard–. No hagas como Cleopatra conmigo. Yo sólo llevo las noticias.
–No estoy enfadado contigo. ¿Cómo podría
estarlo después de todo lo que has hecho? Estoy enfadado con... el destino,
supongo. Cuéntame qué ocurrió.
–Empecé a vigilar la casa de Dartmeet Avenue
después de comer. No sabía si Hathall se encontraba allí hasta que lo vi salir
y meter un gran saco de basura en uno de los cubos. Estaba haciendo limpieza
general, haciendo el equipaje, me imagino, y tirando todo lo que no quería. Me
quedé sentado en el coche. Estaba a punto de irme a casa cuando vi cómo se
encendía la luz a las cuatro y media.
»Quizá hubiese sido mejor volver a casa, al
menos no te habría hecho albergar nuevas esperanzas. Salió a las seis, Reg, y
bajó andando hasta West End Green. Lo seguí en el coche y aparqué en Mili Lane,
la calle que va hacia el oeste, desde Fortune Green Road Gate. Ambos esperamos
alrededor de cinco minutos. El autobús no venía y cogió un taxi.
–¿Lo seguiste? –preguntó Wexford. Su
admiración superó por un momento su amargura.
–Es más fácil seguir un taxi que un autobús.
Los autobuses se paran continuamente. Seguir un taxi en Londres un domingo por
la noche es muy distinto que intentar hacerlo de día en las horas punta. De
todas formas, el conductor siguió prácticamente el mismo camino que el autobús.
Dejó a Hathall junto a un pub de Pembridge Road.
–¿Cerca de la parada donde lo habías visto
coger el autobús?
–Bastante cerca, sí. Todas las noches de esta
semana he ido a esa parada y a las calles de los alrededores, Reg, pero debe de
haber ido por la calle trasera para entrar en su casa desde la estación de
Notting Hill Gate. No lo vi ni una sola vez.
–¿Lo seguiste hasta el pub?
–Se llama la Cruz Rosada y había mucha gente. Pidió dos bebidas, ginebra
para él y Pernod para ella, aunque ella todavía no había llegado. Consiguió
encontrar dos asientos en un rincón y puso su abrigo sobre uno de ellos para
reservarlos. La mayor parte del tiempo la gente me impedía verlo, aunque yo
podía observar el vaso de Pernod esperando en la mesa. Hathall llegó pronto o
ella llegó diez minutos tarde. No lo sé con exactitud. De pronto vi que una
mano levantaba el vaso de Pernod por encima de mi vista. Inmediatamente, me
levanté y me abrí paso entre la multitud para observarlos mejor. Era la misma
mujer que vi junto a Marcus Flower, una mujer atractiva de unos treinta años,
con cabello corto y de rubio teñido. No, no me preguntes. No le vi la mano. No
me acerqué más por precaución. Creo que Hathall me reconoció. Tendría que ser
ciego para no reconocerme, a pesar del cuidado con el que me había movido.
»Se bebieron sus consumiciones bastante
rápido y salieron de allí. Ella debía de vivir bastante cerca, pero no puedo
decir dónde. En fin, eso ya no importa. Cuando salí, los vi marcharse
caminando. Pero llegó un taxi y lo cogieron. Hathall ni siquiera esperó a
decirle dónde querían ir. Supongo que le dio las instrucciones después. No iba
a correr el riesgo de que le siguieran, y yo evidentemente no pude hacerlo. El
taxi se dirigió hacia Pembridge Road y los perdí de vista. Así que me fui a
casa.
»Esto es todo acerca de Robert Hathall, Reg.
Estuvo bien mientras duró. Yo pensaba que en realidad..., bueno, no importa.
Tenías toda la razón y me temo que ése ha de ser tu consuelo.
Wexford dio las buenas noches a su sobrino y
le dijo que lo vería en Nochebuena. Oyó el ruido de un avión despegando del
aeropuerto de Gatwick. Por la ventana de su dormitorio observó sus luces blancas
y rojas como meteoros cruzando el claro cielo estrellado. En pocas horas
Hathall se encontraría en un avión como ése. ¿Sería a primera hora de la mañana
o quizá por la tarde? Se dio cuenta de que sabía muy poco sobre extradiciones.
No se le habían presentado casos como ése. Las cosas habían adquirido un giro
tan extraño últimamente, que un país quizá negociaría, exigiría concesiones o
algún tipo de intercambio antes de dejar salir a un ciudadano extranjero.
Además, si bien se podía conseguir una orden de extradición teniendo pruebas
irrefutables de asesinato, seguramente no sería tan fácil por una acusación de
fraude. «Sería acusado de engaño –pensó–, engaño según la sección 15 de la Ley
de Hurto de 1968.» De repente pareció demasiado fantástica la idea de poner en
marcha todo el mecanismo político necesario para obligar a volver del Brasil a
un hombre acusado de robar los fondos de una factoría de muñecas de plástico.
Pensó en Crippen, detenido en pleno Océano
Atlántico por medio de un mensaje telegráfico; en ladrones de trenes arrestados
tras largos períodos de libertad en la distante Sudamérica; en películas que
había visto en las que algún criminal, tranquilo y sintiéndose a salvo, veía
descender sobre su hombro la pesada mano de la ley mientras se hallaba sentado
bebiendo vino en la soleada terraza de una cafetería. No era su mundo. No se
veía a sí mismo tomando parte en un drama exótico. Al contrario, veía a Hathall
volando hacia la libertad, hacia la vida que había planeado y por la que había
cometido un asesinato, mientras que, quizá dentro de un par de semanas. Tejón Lovat se vería obligado a reconocer su derrota por no haber hallado ni
fraude, ni robo, ni engaño, sino tan sólo pistas confusas que, en otras
circunstancias, habrían obligado a Hathall a responder algunas preguntas.
El día había llegado. Wexford se despertó
temprano y pensó que Hathall también madrugaría. Lo habían visto la noche
anterior y él había sospechado que lo seguían, así que no se habría atrevido a
pasar la noche con ella. En aquel momento estaría lavándose en el fregadero del
cuartucho, estaría cogiendo un traje del armario y a continuación se afeitaría
antes de guardar su maquinilla en el maletín de mano que se iba a llevar al
avión. Wexford podía ver su sonrojada cara, más encarnada aún por el contacto
con la cuchilla de afeitar y su escaso cabello peinado hacia atrás. Hathall
miraría por última vez la celda de tres metros por tres que había sido su hogar
durante los últimos nueve meses e imaginaría el aspecto de su nueva casa.
Después, en esa mañana invernal, cruzaría la calle hasta la cabina telefónica
para confirmar su vuelo y, por fin, la llamaría a ella, donde quiera que
estuviese, en el laberinto de Notting Hill. Wexford pensó que quizá antes
llamaría un taxi.
«Déjalo –se dijo severamente–. Olvídalo. ¡Ya
basta! Este camino lleva a la locura, o al menos a la neurosis obsesiva. Es
casi Navidad, luego la vuelta al trabajo, es mejor olvidarlo.» Le llevó a Dora
una taza de té y se fue al trabajo.
En la oficina ojeó la correspondencia de la
mañana y leyó unas cuantas felicitaciones navideñas. Había una de Nancy Lake,
que miró pensativamente durante unos momentos antes de meter en su escritorio.
Le habían enviado al menos cinco calendarios, incluido uno de desnudos como
propaganda de un taller local de reparaciones. Le recordó a Ginge en la
estación de West Hampstead, las oficinas de Marcus Flower... ¿Se estaba
volviendo loco? ¿Qué le estaba ocurriendo para que el erotismo le recordase un
caso de asesinato? Eligió un hermoso e inmenso calendario de doce escenas de
Sussex y lo colgó en la pared junto al plano del distrito. Puso en un sobre
nuevo el regalo del taller y escribió «Sólo para tus ojos», y lo hizo enviar a
la oficina de Burden. Eso provocaría que el altivo inspector rabiase por la
degradación moral actual y alejaría de la mente de Wexford a ese incalificable,
triunfal y maldito ladrón y fugitivo, Robert Hathall.
Luego volvió a concentrarse en los asuntos
relacionados con la policía de Kingsmarkham. Cinco mujeres de la ciudad y de
dos pueblos adyacentes se habían quejado de recibir llamadas obscenas. Lo único
extraño del asunto era que la persona que había realizado las llamadas era
también una mujer. Wexford sonrió ligeramente al observar hasta qué punto se
estaba infiltrando el movimiento de liberación femenina. Sonrió con más
seriedad y exasperación ante el intento del sargento Martin de tomarse en serio
las travesuras de cuatro niños que habían atado un cordel, desde una farola
hasta la valla de un jardín, para hacer tropezar a los transeúntes. ¿Por qué
perdían el tiempo en esas tonterías? «Claro que a veces es mejor perder el
tiempo que desperdiciarlo en vano...» –se recordó Wexford.
Sonó el teléfono interno. Levantó el
auricular esperando oír la voz de un Burden indignado.
–El inspector jefe Lovat quiere verle, señor.
¿Lo hago pasar?
Capítulo XXI
Lovat entró lentamente, acompañado de su
inevitable intérprete, su fidus Achates, el sargento Hutton.
–Precioso día.
–Maldito el día que hace –exclamó Wexford con
voz gutural ya que su corazón y su presión sanguínea estaban alterados–. ¿Qué
más da el día? Ojalá estuviese nevando, ojalá...
Hutton dijo tranquilamente:
–¿Podríamos sentamos un momento, señor? El
señor Lovat tiene algo que decirle y cree que será de mucho interés para usted.
Y puesto que fue usted quien se lo encargó, es tan sólo una cuestión de
cortesía que...
–Tomad asiento, haced lo que queráis, podéis
coger un calendario, uno cada uno. Ya sé para qué habéis venido, pero decidme
sólo una cosa. ¿Podéis extraditar a un hombre por lo que habéis averiguado?
Porque si no podéis, no hay más que hablar. Hathall se va hoy a Brasil a la una
menos diez minutos.
–¡Cielos! –dijo Lovat plácidamente.
Wexford estuvo a punto de ocultar la cara
entre las manos.
–Bien, ¿podéis hacerlo?
–Será mejor que le diga lo que ha averiguado
el señor Lovat, señor. Anoche volvimos a llamar al domicilio de los señores
Kingsbury. Acababan de volver. Fueron a visitar a su hija, que ha tenido un
niño. Nunca han alquilado la casa a ninguna señora Mary Lewis ni han tenido
relación con la compañía Kidd’s. Además, siguiendo las pesquisas en la pensión
de la que le habló al señor Lovat, no pudimos encontrar pruebas de la
existencia de otro titular de cuenta.
–Entonces habéis conseguido una orden de
detención contra Hathall, ¿no?
–El señor Lovat desearía hablar con Robert
Hathall, señor –dijo Hutton cautelosamente–. Estoy seguro de que usted
comprenderá que necesitamos algo más para seguir adelante. Además nos sería
útil la dirección actual de Hathall.
–Su dirección actual –saltó Wexford– está a
unos ocho kilómetros de altura sobre las islas Madeira o donde quiera que se
encuentre el avión.
–Mala suerte –comentó Lovat, moviendo la
cabeza.
–Tal vez no haya salido todavía, señor. ¿No
podríamos telefonearle?
–Supongo que podríamos si tuviésemos su
teléfono y no hubiese partido ya. –Wexford miró el reloj con cierta
desesperación. Eran las diez y media–. Francamente, no sé qué hacer. Lo único
que se me ocurre es que vayamos juntos a Millerton-les-deux... es decir, a Hightrees
Farm y expongamos el asunto ante el comisario jefe.
–Buena idea –dijo Lovat–. He pasado más de
una noche observando las madrigueras de los tejones de esa zona.
Wexford hubiera deseado darle una patada.
Nunca supo lo que le impulsó a formular esa pregunta.
No se trataba de un sexto sentido. Tal vez pensaba que debía de conocer los
hechos de aquel fraude con la misma claridad que Hutton. Pero hizo la pregunta,
y más tarde daría gracias a Dios por haberla formulado en aquel momento, en la
carretera comarcal de Millerton.
–¿Las direcciones de las titulares, señor?
Una iba a nombre de Dorothy Carter de Ascot House, Myringham (ésa es la
pensión) y la otra a nombre de la señora Mary Lewis, en el 19 de Maynnot Way,
Toxborough.
–¿Has dicho Maynnot Way? –Wexford se expresó
en un tono que parecía lejano y distinto del habitual.
–Eso es. Va desde la hacienda industrial
hasta...
–Ya lo sé, sargento. Y también sé quién vivía
en Maynnot Hall a mitad de camino de Maynnot Way. –Sintió cómo se le contraía
la garganta–. Tejón, ¿qué estabas haciendo en Kidd’s el día que te vi en la entrada?
Lovat miró a Hutton y éste dijo:
–El señor Lovat seguía sus investigaciones
relacionadas con la desaparición de Morag Grey, señor. Morag Grey trabajó como
asistenta de la limpieza en Kidd’s durante un tiempo, mientras su marido lo
hacía de jardinero. Naturalmente, investigamos todas las vías posibles.
–No habéis explorado Maynnot Way lo
suficiente –Wexford apenas podía respirar ante la evidencia de su
descubrimiento. Su quimera, pensó, su objeto de concepción imaginaria–. La
Morag Grey que buscáis no está enterrada en ningún jardín. Es la amiga de
Robert Hathall, y se va a ir a Brasil con él. ¡Dios mío! ¡Ahora lo veo todo
claro...! –Si al menos estuviese con Howard para explicárselo todo y no con el
flemático Lovat y su boquiabierto sargento–. Escuchad. Esta Grey era la
cómplice de Hathall en el fraude. La conoció mientras trabajaban en Kidd’s, y
ella y su mujer fueron las que se ocupaban de retirar el dinero de esas
cuentas. No cabe duda, ella inventó el nombre y la dirección de la señora Mary
Lewis porque conocía Maynnot Way y sabía que los Kingsbury alquilaban
habitaciones. Hathall se enamoró y ella asesinó a su mujer. No está muerta. Tejón, ha estado viviendo en Londres como amante de Hathall desde entonces...
¿Cuándo desapareció?
–Por lo que sabemos, en agosto o septiembre
del año pasado, señor –dijo el sargento, deteniendo el coche junto a Hightrees
Farm.
Para la reputación de Mid-Sussex, sería un
fracaso que Hathall escapase. Ésta, ante el asombro de Wexford, fue la opinión
de Charles Griswold. Observó un ligero rubor en la cara de estadista del
comisario jefe cuando éste se vio obligado a reconocer que la teoría tenía su
lógica.
–Esto es más que una «impresión», me parece a
mí, Reg –dijo, y él personalmente llamó al aeropuerto de Londres.
Wexford, Lovat y Hutton esperaron un buen
rato antes de que volviese. Cuando lo hizo fue para comunicarles que Robert
Hathall y una mujer con el supuesto nombre de señora Hathall se encontraban en la
lista de pasajeros de un vuelo que partía hacia Río de Janeiro a las doce
cuarenta y cinco. Había dado instrucciones a la policía del aeropuerto de que
los detuviese bajo el cargo de engaño según la Ley de Hurto, y enseguida se
firmaría una orden de detención.
–Ella debe de viajar con el pasaporte de él.
–O con el de Ángela –añadió Wexford–. Hathall
todavía lo tiene. Recuerdo haberlo visto, se lo quedó en Bury Cottage.
–No hay motivo para desanimarse, Reg. Es
mejor tarde que nunca.
–El caso, señor –dijo Wexford cortésmente
pero con un deje de rabia en la voz–, es que son las doce menos veinte. Espero
que lleguemos a tiempo.
–No se nos escaparán ahora. Los detendrán en
el aeropuerto. Podéis dirigiros allí ahora mismo. Ahora mismo, Reg, y mañana
por la tarde puedes pasar por casa a tomar algo y contármelo todo.
Volvieron a Kingsmarkham a recoger a Burden.
El inspector estaba en el vestíbulo, mirando a través de sus gafas el sobre que
tenía en las manos y preguntando airadamente a un desconcertado sargento quién
había tenido la desfachatez de enviarle pornografía para su atención exclusiva.
–¿Hathall? –dijo cuando Wexford se lo
explicó–. No lo dices en serio, estás de broma.
–Métete en el coche, Mike, y te lo contaré
por el camino. No, el sargento Hutton nos lo explicará por el camino.
¿Qué llevas allí? ¿Estudios artísticos? Ahora ya entiendo por qué necesitabas
gafas.
Burden soltó un bufido de rabia y cuando
estaba a punto de empezar una larga explicación sobre su inocencia, Wexford le
cortó. En ese momento no necesitaba distracciones. Había estado esperando ese
día, ese momento, desde hacía quince meses y habría sido capaz de gritar su
triunfo a los cuatro vientos. Salieron en dos coches: en el primero iban Lovat,
su conductor y Polly Davis, en el segundo Wexford, Burden y el sargento Hutton
con el conductor.
–Quiero que me expliques todo lo que sepas
acerca de Morag Grey.
–Ella era, bueno, es escocesa, señor. Del
noroeste de Escocia, de Ullapool. Pero no hay mucho trabajo por allí y vino al
sur a trabajar de camarera. Conoció a Grey hace siete u ocho años, se casaron y
consiguieron ese trabajo en Maynnot Hall.
–¿Así que él arreglaba el jardín y ella
limpiaba la casa?
–Exactamente. No sé muy bien por qué, pues
ella parece estar por encima de eso. Según su madre y según el dueño de la
casa, tenía cierta educación y era bastante brillante. Su madre cree que Grey
tenía la culpa.
–¿Qué edad tiene y cómo es físicamente?
–Tendrá unos treinta y dos años, señor.
Delgada, cabello negro, nada especial. Hacía las tareas domésticas en la casa y
cogió algún que otro trabajo de limpieza. Uno de ellos fue en Kidd’s, en marzo
del año pasado, pero sólo estuvo dos o tres semanas. Entonces despidieron a
Grey por robar un par de libras del bolso de la mujer del dueño. Tuvieron que dejar
el piso y ocupar otro en el barrio antiguo de Myringham, poco después Morag
abandonó a Grey. Él dice que ella se enteró de la razón por la cual les habían
despedido y que no quería seguir viviendo con un ladrón. Una historia factible,
estoy seguro de que estará de acuerdo, señor. Él insistió sobre ello, a pesar
de que fue a vivir enseguida con otra mujer en una zona distinta de Myringham.
–No parece –dijo Wexford pensativamente– una
historia tan factible en esas circunstancias.
–Grey afirma que se gastó el dinero que robó
en un regalo para ella, un collar dorado con forma de serpiente.
–¡Ah!
–Lo cual puede ser cierto, pero no significa
nada.
–Yo no diría eso, sargento. ¿Qué fue de ella
cuando se quedó sola?
–Sabemos muy poco sobre eso. Los ocupantes de
casas no suelen tener vecinos, son una población itinerante. Ella contó con
algunos trabajos sin importancia hasta agosto, y luego fue a la Seguridad
Social. Todo lo que sabemos es que Morag le dijo a una mujer de esa calle que
tenía un trabajo en perspectiva y que se iba a marchar. Nunca averiguamos de
qué tipo de trabajo se trataba ni a dónde se iba. Nadie la vio después de
mediados de septiembre. Grey regresó durante las navidades y recogió todas las
pertenencias que ella había dejado.
–¿No has dicho antes que fue su madre quien
inició la protesta?
–Morag contestaba regularmente a las cartas
de su madre y cuando ésta vio que ya no recibía más, escribió a Grey. Él
encontró las cartas al volver por Navidad y al fin escribió a su suegra,
contándole el cuento chino de que pensaba que su mujer se había ido a Escocia.
La madre jamás se había fiado de Richard Grey y se dirigió a la policía. Vino
aquí y tuvimos que llamar a un intérprete porque ella, lo crea o no, sólo habla
gaélico.
Wexford, que en ese momento sintió, como la
Reina Blanca, que podría haber creído seis cosas imposibles antes del desayuno,
preguntó:
–¿Morag también habla gaélico?
–Sí, señor. Es bilingüe.
Con un suspiro, Wexford se reclinó en su
asiento. Quedaban unos cuantos cabos sueltos por atar, unos pocos ejemplos que
explicaran lo inexplicable, pero aparte de eso... Cerró los ojos, el coche iba
muy despacio, vagamente se preguntó, sin abrirlos, si estarían en pleno atasco
en la entrada de Londres. No tenía importancia. Hathall ya habría sido detenido,
estaría retenido en algún cuarto del aeropuerto. Aunque no se le hubiese dado
una explicación del por qué no podía coger el avión, lo sabría. Wexford abrió
los ojos y agarró a Burden por el brazo. Bajó la ventanilla.
–Mira –dijo señalando el suelo que se
deslizaba a paso de tortuga–. Y sin embargo, se mueve. Y eso... –levantó el
brazo hacia el cielo– eso no.
–¿Qué es lo que no se mueve? No hay nada que
ver. Míralo tú mismo. Estamos inmovilizados por la niebla.
Capítulo XXII
Eran casi las cuatro cuando llegaron al
aeropuerto. No había despegado ningún avión y los pasajeros que se marchaban de
vacaciones de Navidad abarrotaban las salas, mientras se formaban largas colas
ante las mesas de información. La niebla, esponjosa como nieve gasificada, lo
envolvía todo: densas nubes terrestres o un gas blanco que provocaba que la
gente tosiera y tuviera que taparse la cara.
Hathall no estaba allí.
La niebla había empezado a bajar sobre
Heathrow a las once y media, pero antes de eso había afectado a otras partes de
Londres. ¿Había sido Hathall uno más entre los centenares de personas que
habían llamado para preguntar si su vuelo iba a salir? No había modo de
saberlo.
Wexford caminó lenta y dolorosamente por las
salas, bares, restaurantes y terrazas, mirando cada rostro: rostros cansados,
indignados, aburridos. Hathall no estaba allí.
–Según el pronóstico del tiempo –comentó
Burden–, la niebla se levantará al atardecer.
Y según el pronóstico a largo plazo, iban a
ser unas navidades nevadas y con niebla, recordó Wexford.
–Tú y Polly quedaos aquí, Mike. Poneos en
contacto con el comisario jefe y haced que se controlen todas las salidas, no
sólo Heathrow.
De este modo, Burden y Polly se quedaron en
el aeropuerto mientras Wexford, Lovat y Hutton iniciaban, lentamente, el largo
viaje a Hampstead pues el tráfico, que era infernal en la M-1, bloqueaba todas
las carreteras hacia el noroeste. Al mismo tiempo, la niebla, rojiza por las
luces amarillas, proyectaba una cortina cegadora sobre la ciudad. Las marcas de
la carretera, familiares hasta ese momento, perdieron sus acentuados contornos
resultando amorfas. Las colinas de Hampstead se hallaban envueltas en la niebla
y los grandes árboles surgían como nubes negras antes de ser tragados por el
vapor. Entraron lentamente en Dartmeet Avenue a las siete menos diez y se
detuvieron al llegar al número 62. La casa se encontraba a oscuras, con todas
las ventanas cerradas y las persianas bajadas. Los cubos de basura aparecían
bañados de rocío donde la niebla se había condensado, sus tapas estaban
dispersas y un gato salió corriendo de debajo de una de ellas, con un hueso de
pollo en la boca. Cuando Wexford salió del coche, la niebla invadió todo su
cuerpo. Recordó otro día parecido en el barrio antiguo de Myringham y los
hombres cavando en vano en busca de un cuerpo que no había yacido nunca allí.
Pensó en cómo la persecución de Hathall se había visto nublada por la duda, la
confusión y los obstáculos. Subió hasta la puerta principal y llamó al timbre
del portero.
Tuvo que llamar dos veces antes de que
apareciese una luz en el cristal que había sobre el dintel. Por fin, la puerta
fue abierta por el mismo viejecito que Wexford había visto salir en busca del
gato. Estaba fumando un purito y no mostró sorpresa ni interés cuando el
inspector jefe se presentó y le mostró su orden de detención.
–El señor Hathall se marchó anoche –dijo.
–¿Anoche?
–Eso es. A decir verdad, no esperaba que lo
hiciese hasta esta mañana pues había pagado el alquiler de esta noche. Pero
ayer me cogió con un poco de prisa y me comentó que había decidido irse, así
que no se lo iba a discutir, ¿verdad?
A pesar de la estufa de aceite que había al
pie de las escaleras, el vestíbulo estaba helado y el lugar apestaba a aceite y
a cigarro puro. Lovat se frotó las manos y las extendió sobre las llamas azules
y amarillas.
–El señor Hathall volvió aquí en taxi ayer
por la noche, alrededor de las ocho aproximadamente –especificó el portero–. Yo
estaba en el jardín de enfrente, llamando a mi gato, cuando se me acercó y me
dijo que quería dejar su habitación en ese preciso instante.
–¿Qué aspecto tenía? –preguntó rápidamente
Wexford–. ¿Parecía preocupado, trastornado?
–Nada fuera de lo normal. Nunca fue lo que se
dice un tipo agradable, siempre andaba quejándose de algo. Subimos a su cuarto
a hacer el inventario. Yo siempre insisto en eso antes de devolver el depósito.
¿Quiere subir ahora? No hay nada que ver, pero puede subir si quiere.
Wexford asintió y subieron las escaleras. El
vestíbulo y el descansillo estaban iluminados por ese tipo de luces que se
apaga automáticamente a los dos minutos, y esta vez se apagaron antes de llegar
a la puerta de Hathall. En la oscuridad, el portero emitió una maldición
hurgando en busca de sus llaves y tanteando la pared para encontrar el
interruptor. Wexford, de nuevo en tensión, soltó un gruñido, asustado, al
percatarse de que algo se deslizaba por la barandilla y saltaba sobre el hombro
del portero. Tan sólo era el gato. Se encendió la luz, el portero encontró la
llave y abrió la puerta.
La habitación estaba húmeda y mal ventilada.
Wexford observó una expresión de asco en los labios de Hutton al ver el armario
de la Primera Guerra Mundial, las sillas, los horribles cuadros y los demás
trastos. Sobre el colchón había unas delgadas mantas mal dobladas, junto a un
manojo de cuchillos y tenedores de níquel atados con una cinta de goma, un
hervidor con el mango sujeto a un cordel y un jarrón de yeso que todavía tenía
en su base la etiqueta del precio, indicando que costaba treinta y cinco
peniques.
El gato fue corriendo por la chimenea y saltó
desde allí.
–Ya sabía yo que había algo sospechoso en ese
tipo –dijo el portero.
–¿Cómo? ¿Qué le hizo pensar en eso?
Sonrió a Wexford con algo de desprecio.
–Ya le había visto a usted antes. Soy capaz
de reconocer a un poli a un kilómetro de distancia. Siempre había gente
vigilándole, no se me suelen escapar las cosas, aunque tampoco hablo mucho. Me
fijé en el hombrecillo del cabello rojizo (me hizo reír cuando vino aquí
diciéndome que era del Ayuntamiento) y también en ese alto y delgado que
siempre estaba en un coche.
–Entonces sabrá –dijo Wexford, tragándose su
humillación– por qué lo vigilaban.
–Pues no. Nunca hacía más que entrar y salir,
traer a su madre a tomar el té y quejarse del alquiler.
–¿Nunca trajo a una mujer aquí? ¿Una mujer
con el cabello cortó y rubio?
–Pues no. A su madre y a su hija, eso es
todo. Es lo que él me dijo, y supongo que era verdad porque se parecían mucho.
Venga, gatito, vamos a donde hace calor.
Wexford se giró con cansancio, deteniéndose
donde Hathall había estado a punto de empujarlo escaleras abajo, y preguntó:
–Le devolvió su depósito y se marchó. ¿A qué
hora fue eso?
–Sobre las nueve. –La luz del descansillo
volvió a apagarse y de nuevo el portero tocó el interruptor, murmurando algo cuando
el gato se le subió al hombro–. Se iba al extranjero, dijo. Había un montón de
etiquetas en sus maletas, pero no me fijé. Me gusta ver lo que hacen los
inquilinos, ¿sabe usted?, estar al tanto hasta que abandonan el edificio. Cruzó
la calle, telefoneó, vino un taxi y se lo llevó.
Bajaron hasta el oloroso vestíbulo. La luz se
apagó y esta vez el portero no la encendió. Cerró rápidamente la puerta tras
ellos para impedir que entrase la niebla.
–Pudo haberse ido ayer por la noche –dijo
Wexford a Lovat–. Pudo haberse marchado a París, a Bruselas o a Amsterdam y
haber cogido un avión desde allí.
–Pero ¿por qué? –preguntó Hutton–. ¿Por qué
habría de pensar que vamos tras él después de tanto tiempo?
Wexford no quería contarles la participación
de Howard ni su encuentro con Hathall la noche anterior, sin embargo, lo había
comprendido en aquella habitación abandonada. Hathall había visto a Howard
sobre las siete, había reconocido a ese hombre que lo seguía y poco después se
había marchado. El taxi en el que subieron había dejado a la chica por el
camino y a él lo llevó hasta Dartmeet Avenue, donde arregló las cuentas con el
portero, cogió su equipaje y a continuación se marchó. Pero ¿adónde se había
ido? Primero con ella y luego... Wexford se encogió de hombros y cruzó la calle
hasta la cabina telefónica.
Burden le explicó por teléfono que el
aeropuerto seguía cerrado por la niebla. El lugar rebosaba de viajeros
desencantados y desamparados, y ahora también de policías. Hathall no había
aparecido. Si había llamado, igual que otros muchos, no había dado su nombre.
–Él sabe que vamos tras de él –comentó
Burden.
–¿Qué quieres decir?
–¿Te acuerdas de un tipo llamado Aveney? ¿El
gerente de Kidd’s?
–Claro que me acuerdo. ¿De qué diablos se
trata?
–Ayer por la noche recibió una llamada de
Hathall en su casa, quería saber (lo preguntó con rodeos) si habíamos estado
haciendo preguntas sobre él. Y Aveney, el muy tonto, no dijo nada sobre su
mujer, pero le explicó que habíamos estado mirando en los libros por si había
algo turbio acerca de la nómina.
–¿Cómo sabemos todo eso? –preguntó Wexford
con cansancio.
–Aveney se lo pensó de nuevo, se preguntó si
había obrado bien y recordó que nuestras investigaciones no habían llegado a
nada. Por lo visto, intentó llamarle esta mañana y al no conseguir ponerse en
contacto con él, al final telefoneó al señor Griswold.
Entonces ésa era la llamada que había hecho
Hathall desde la cabina de Dartmeet Avenue, tras dejar al portero y antes de
coger el taxi. Eso, junto al hecho de haber reconocido a Howard, habría sido
suficiente para asustarle. Wexford volvió a cruzar la carretera y se metió en
el coche donde Lovat estaba fumando uno de sus asquerosos cigarrillos mojados.
–Creo que se está despejando la niebla, señor
–comentó Hutton.
–Puede ser. ¿Qué hora es?
–Las ocho menos diez. ¿Qué hacemos ahora?
¿Volver al aeropuerto o intentar encontrar la casa de Morag Grey?
Con paciente sarcasmo, Wexford añadió:
–He estado trabajando en esto desde hace
nueve meses, sargento, el período normal de gestación, y la cosa no ha dado
frutos. Tal vez crees que puedes hacerlo mejor en un par de horas.
–Al menos podríamos volver por Notting Hill,
señor, en lugar de tomar el camino rápido por la circular del norte.
–Oh, haz lo que quieras –dijo Wexford,
encogiéndose en su rincón lo más alejado posible de Lovat y su cigarrillo, que
olía tan mal como el puro del portero. «¡Tejones! Polis de campo», pensó
injustamente. Estúpidos incapaces de llevar a término un simple caso de robo en
una tienda. ¿Qué pensaba Hutton que era Notting Hill? ¿Un pueblo como
Passingham St. John donde todo el mundo se conocía y donde estarían deseosos de
chismorrear porque un vecino se había ido al extranjero?
Siguieron el recorrido del autobús 28. Wedt End Lane, Quex Road, Kilburn
High Road, Kilburn Park... La niebla se estaba despejando,
manteniéndose densa en algunas partes y más dispersa en otras. Los colores
navideños empezaban a brillar a través de la niebla, llamativas banderillas de
papel en las ventanas, luces que se encendían y se apagaban constantemente. Shirland Road, Great Western Road,
Pembridge Villas, Pembridge Road...
Wexford pensó que, seguramente, pasarían por
delante de la parada del autobús donde Howard había visto a Hathall coger el
28. Había bocacalles por todas partes, calles que desembocaban en otras calles,
en plazas, era un barrio muy poblado. Mejor dejar a Hutton que...
–Para el coche, ¿quieres? –comentó Wexford
con rapidez.
Una luz rosada salía de las puertas de un pub.
Wexford había visto su nombre y lo recordaba. La Cruz Rosada. Si eran clientes
habituales, si habían sido vistos allí a menudo, el dueño o un camarero podría
recordarlos. Tal vez se encontraron allí la noche pasada antes de marcharse,
para despedirse. Al menos lo sabría, de esta forma lo podría confirmar con
seguridad.
El interior era un infierno de luces, ruido y
humo. Había una cantidad de gente y un ambiente que normalmente sólo se
encuentra a altas horas de la noche, pero era el día antes de Nochebuena. No
sólo estaban ocupadas todas las mesas y taburetes del bar, sino también todos
los rincones, cualquier lugar del bar; la gente estaba apiñada, apretados unos
contra otros, los cigarrillos soltaban espirales que se mezclaban con la
humareda que había sobre sus cabezas y con las tiras de papel. Wexford se abrió
camino hasta la barra. Dos camareros y una muchacha estaban trabajando en ella,
sirviendo bebidas febrilmente, limpiándola y metiendo vasos sucios en el
fregadero.
–¿El siguiente? –preguntó el mayor de los
camareros, tal vez el dueño. Su cara estaba enrojecida, su frente sudorosa y su
cabello canoso pegado a ella–. ¿Qué desea, señor?
Wexford dijo:
–Policía. Estoy buscando a un hombre alto de
cabello negro, de unos cuarenta y cinco años y a una mujer rubia más joven que
él. –Recibió un empujón en el codo y sintió cómo le caía cerveza por la
muñeca–. Estuvieron aquí anoche. El nombre es...
–La gente no da su nombre aquí. Había unas
quinientas personas ayer por la noche.
–Tengo motivos para creer que venían aquí
regularmente.
El camarero se encogió de hombros.
–Debo atender a mis clientes. ¿Puede esperar
diez minutos?
Wexford pensó que ya había esperado bastante.
Mejor era pasarlo a manos de otros, él ya no podía hacer más. Abriéndose paso
con dificultad entre la gente, se dirigió hacia la puerta, desconcertado ante
tantos colores y luces, el humo y el fuerte olor a licor. Parecía haber figuras
coloreadas por todas partes: círculos de globos rojos, los conos brillantes y
traslúcidos de las botellas, los cuadros de las ventanas. Mareado, se dio
cuenta de que no había comido en todo el día. Círculos rojos, esferas de papel
naranjas y azules, un cuadro verde de cristal aquí, un brillante rectángulo
amarillo allí...
Un brillante rectángulo amarillo. Su cabeza
se despejó de pronto. Se detuvo y se calmó. Atrapado entre un hombre con
cazadora de cuero y una joven con abrigo de piel, miró a través de un reducido
espacio que no estaba atestado de faldas, piernas, patas de sillas y bolsos;
miró a través del humo azulado y, al fondo, vio una mano sosteniendo un vaso con
un líquido amarillo...
Pernod. No era una bebida popular en
Inglaterra. Ginge lo tomaba mezclado con cerveza en su diablo. Y otra persona,
la mujer que buscaba, su quimera, su objeto de concepción imaginaria, lo bebía
diluido en agua.
Se movió despacio, abriéndose camino hacia la
mesa del rincón donde estaba ella. Había demasiada gente. Pero entonces quedó
un espacio vacío que le permitió ver su cara, y la miró largo rato, con la
codicia de un hombre enamorado que contempla a la mujer cuya llegada ha aguardado
impacientemente durante meses.
Tenía una cara bonita, cansada y pálida. Sus
ojos le escocían por el humo y su cabello rubio y corto dejaba ver un
centímetro de tono negruzco en la raíz. Estaba sola, pero la silla que se
hallaba junto a ella estaba cubierta por un abrigo doblado, un abrigo de
hombre, y contra la pared había media docena de maletas. Volvió a levantar el
vaso y dio un sorbo sin mirarle en ningún momento, pero echando rápidas miradas
hacia una pesada puerta de caoba donde se leía «Teléfono y Servicios». Wexford,
sin embargo, esperó, observando su quimera hecha realidad, hasta que los
sombreros, el cabello y las caras le obstruyeron la visión.
Abrió la puerta de caoba y se deslizó por el
pasillo. Había dos puertas más frente a él y al final una cabina de cristal.
Hathall se encontraba en su interior, dando la espalda a Wexford. Llamando al
aeropuerto, pensó, llamando para averiguar si iba a salir su vuelo ahora que la
niebla se estaba despejando. Se metió en el servicio de caballeros y esperó
hasta oír los pasos de Hathall atravesando el pasillo.
La puerta de caoba se abrió y se cerró.
Wexford esperó un minuto antes de volver al bar. Las maletas ya no estaban, el
vaso amarillo se hallaba vacío. Dando empujones a la gente, sin hacer caso de las
quejas, llegó hasta la puerta de la calle y la abrió. Hathall y la mujer se
encontraban en la acera, rodeados por sus maletas, esperando para llamar a un
taxi.
Wexford dirigió una mirada hacia el coche,
vio que Hutton también le miraba y levantó rápidamente la mano haciéndoles
señas para que se acercasen. Se abrieron simultáneamente tres de las puertas
del coche y salieron los tres policías. Y entonces Hathall comprendió. Se dio
la vuelta para hacerles frente, rodeando con el brazo a la mujer para protegerla,
aunque fue inútil. El rostro de Hathall palideció y frente a la luz amarillenta
de la niebla, su mandíbula saliente, su nariz afilada y su despejada frente
adquirieron un matiz verdoso de terror ante el fracaso final de sus esperanzas.
Wexford se dirigió hacia él.
La mujer comentó:
–Teníamos que habernos ido anoche, Bob.
–Cuando Wexford oyó su acento, más marcado por el miedo, lo supo. Lo supo con
toda seguridad. Pero no se sentía capaz de hablar y, manteniéndose en silencio,
dejó que Lovat se acercase a ella y empezase con las palabras de la acusación.
–Morag Grey...
Ella acercó su mano a sus labios temblorosos
y Wexford observó la pequeña cicatriz con forma de «L» en su dedo índice como
la veía en sus sueños.
Capítulo XXIII
Nochebuena...
Todos los invitados habían llegado y la casa
de Wexford estaba llena.
En el piso de arriba, los dos nietos estaban
acostados. En la cocina. Dora volvía a examinar el pavo, consultando esta vez a
Denise, si era conveniente ponerlo sobre la parrilla del horno. En la sala de
estar, Sheila y su hermana adornaban el árbol mientras los hijos de Burden
sometían al tocadiscos a una revisión bastante inexperta. Burden se había
llevado al yerno de Wexford al Dragón a tomar una copa.
–Pues bien, el comedor es todo para nosotros
–le comentó Wexford a su sobrino. La mesa, decorada con un bonito centro,
estaba preparada para la cena de Nochebuena. La chimenea también estaba lista,
tan reluciente como la mesa. Wexford la encendió–. Esto me va a causar
problemas, pero no importa. Ya no me importa nada desde que la he encontrado,
ahora que tú y yo –añadió generosamente– la hemos encontrado.
–Yo hice bien poco –dijo Howard–. Ni siquiera
conseguí averiguar dónde vivía. Supongo que ahora lo sabes, ¿no?
–En la misma Pembridge Road –contestó Wexford–.
Él sólo tenía esa mísera habitación, pero pagaba el alquiler de un piso para
ella. No hay duda de que la quiere, aunque lo que menos deseo es ponerme
sentimental por su causa. –Cogió una botella de whisky del armario, sirvió un
vaso para Howard y a continuación, sin pensárselo dos veces, otro para él–. ¿Te
lo explico?
–¿Queda mucho por explicar? Mike Burden ya me
ha puesto al corriente sobre la identidad de esa mujer, de Morag Grey. Traté de
que no me lo dijera porque sabía que te gustaría contármelo.
–Mike Burden –comentó su tío mientras la leña
empezaba a arder– ha tenido fiesta hasta hoy. No lo he visto desde que lo dejé
en el aeropuerto de Londres ayer por la tarde. No te ha podido informar, no
sabe nada, a menos que... ¿ha salido en los periódicos de la tarde lo de la
audiencia especial?
–No ha salido nada en las primeras ediciones.
–Entonces te queda mucho por saber. –Wexford
corrió las cortinas para evitar ver la niebla que se había intensificado por la
tarde–. ¿Qué dijo Mike?
–Que sucedió más o menos tal como lo habías
supuesto, los tres estaban implicados en el fraude de la nómina. ¿No fue así?
–Mi teoría –añadió Wexford– dejaba demasiados
cabos sueltos. –Acercó su sillón al fuego–. Es reconfortante, ¿verdad? ¿No te
alegras de no haber tenido que seguirlo hasta West End Green?
–Insisto en que yo hice muy poco; pero por lo
menos merezco no quedar en suspense.
–Es verdad, contaré lo que sucedió. Es cierto
que hubo un fraude en la nómina. Hathall abrió al menos dos cuentas ficticias,
y puede que más, poco después de empezar a trabajar en Kidd’s. Estuvo sacando
un mínimo de treinta libras extra a la semana durante dos años. Sin embargo,
Morag Grey no estaba implicada. No ayudó a nadie a estafar a una compañía. Era
una mujer honrada, tan honrada que ni siquiera se quedó con un billete de una
libra que encontró en el suelo de la oficina; era tan íntegra que no quiso
seguir al lado de un hombre que había robado dos libras y media. No pudo haber
estado implicada en ello, y menos haber planeado y sacado dinero de la cuenta
de Mary Lewis porque Hathall no la conoció hasta el mes de marzo. Estuvo en
Kidd’s sólo un par de semanas y eso fue tres meses antes de que Hathall se
marchara.
–Pero Hathall estaba enamorado de ella, ¿no
es cierto? Tú mismo lo dijiste. ¿Y qué otro motivo...?
–Hathall estaba enamorado de su mujer. ¡Oh!,
ya sé que creíamos que se había aficionado a los placeres amorosos, pero ¿qué
prueba real teníamos de eso? –Con una timidez bien disimulada, Wexford añadió–:
Si era tan vulnerable a las mujeres, ¿por qué rechazó las insinuaciones de una
vecina muy atractiva? ¿Por qué da la impresión a todos los que le conocían de
ser un marido que adoraba a su mujer?
–Explícamelo
tú. –Howard sonrió–. Dentro de poco me dirás que Morag Grey no mató a Ángela
Hathall.
–Exacto. No lo hizo. Fue Ángela Hathall quien
mató a Morag Grey.
Una especie de chirrido salió del tocadiscos
de la habitación contigua. Se oían unos ligeros pasos en el piso superior y
hubo un ruido violento procedente de la cocina que ahogó la exclamación de
Howard.
–A mí mismo me sorprendió bastante –continuó
Wexford–. Supongo que lo adiviné al averiguar ayer que Morag Grey era muy
honrada y que había estado poco tiempo en Kidd’s: lo supe con seguridad cuando
los detuvimos y oí su acento australiano.
Howard movió la cabeza con asombro más que
con incredulidad.
–Pero ¿y la identificación, Reg? ¿Cómo podía
esperar que le saliera bien?
–Le salió bien a lo largo de quince meses. Ya
ves, la vida retirada y secreta que llevaron para poner en funcionamiento el
plan de la nómina les ayudó cuando planearon el asesinato. A Ángela no le
convenía que la conociesen para evitar así que se diesen cuenta de que no era
la señora Lewis o la señora Carter cuando iba a retirar el dinero. Casi nadie
la conocía ni siquiera de vista. La señora Lake sí, claro está, y también el
primo de Ángela, Mark Somerset, pero ¿quién iba a llamarlos para identificar el
cadáver? La persona que debía hacerlo era su marido. Y por si quedaba alguna
duda, éste trajo a su madre, aunque ambos prepararon el cuerpo con
anterioridad. Ángela vistió a Morag con su propia ropa, la misma que llevaba en
la única ocasión en que la suegra la había visto. Ése fue un buen detalle para
su coartada, Howard, planeado por Ángela, estoy seguro, quien estudió todos los
pormenores del asunto. Fue la anciana señora Hathall quien nos telefoneó, quien
nos sacó de dudas al confirmarnos que habían encontrado muerta a su nuera en
Bury Cottage.
»Ángela empezó a limpiar toda la casa para
hacer desaparecer sus propias huellas dactilares. No es extraño que tuviese
guantes de goma para limpiar el polvo. No fue una tarea demasiado difícil, pues
al estar sola toda la semana, Hathall no dejaba sus propias huellas. Y si nos
resultaba extraña tanta pulcritud, ¿qué mejor razón que la de que estaba
dejando la casa perfecta ante la visita de la anciana señora Hathall?
–Entonces ¿la huella con la cicatriz en forma
de «L» era suya?
–Claro. –Wexford se bebió su whisky
lentamente, saboreándolo–. Las huellas que creíamos que pertenecían a ella eran
de Morag, al igual que el pelo en el cepillo. Probablemente, peinó a la chica
muerta, lo cual debió de ser muy desagradable.
»El pelo oscuro más áspero pertenecía a
Ángela. No tuvo que limpiar el coche en el aparcamiento o en Wood Green, pudo haberlo
hecho en cualquier momento de la semana anterior.
–Pero ¿por qué dejó aquella huella?
–Creo que puedo imaginármelo. En la mañana
que murió Morag, Ángela se levantó temprano para seguir con su tarea. Se
encontraba limpiando el cuarto de baño, quizá se había quitado los guantes de
goma para ponerse otros y limpiar el suelo, cuando sonó el teléfono. La señora
Lake llamaba para preguntar si podía pasar a recoger las ciruelas. Y Ángela,
nerviosa, al levantarse para ir a contestar el teléfono, se apoyó con la mano
desnuda sobre el borde de la bañera.
»Morag Grey hablaba, y sin duda leía, el
gaélico. Hathall debía de saberlo. Por este motivo Ángela averiguó su
dirección, seguramente la vigilaban de cerca, y le escribió, o quizá la fue a
ver, para pedirle si podía ayudarla en un estudio que estaba realizando sobre
lenguas célticas. Morag, una asistenta doméstica, no pudo sino sentirse
halagada. Además, era pobre y necesitaba el dinero. Éste, supongo, era el buen
trabajo del que le habló a su vecina. Entonces dejó su empleo como asistenta y
fue a la Seguridad Social hasta que Ángela la llamase.
–Pero ¿conocía a Ángela?
–¿De qué iba a conocerla? Ángela le habría
dado un nombre falso, y no veo por qué Morag debía de saber la dirección de
Hathall. El 19 de septiembre, Ángela fue en coche hasta el barrio antiguo de
Myringham, la recogió y regresaron juntas a Bury Cottage para hablar de las
condiciones de su futuro trabajo. Llevó a Morag al piso de arriba para lavarse
o para peinarse, y allí la estranguló con su propio collar dorado.
»Lo demás fue muy sencillo. Vestir a Morag
con la camisa roja y el pantalón tejano; dejar sus huellas en algunos objetos;
cepillarle el cabello; ponerse los guantes y llevar el coche hasta aquel túnel,
en Londres. Se alojó un par de noches en un hotel, hasta que encontró una
habitación, y entonces esperó a que pasase el tiempo para reunirse con Hathall.
–¿Por qué, Reg? ¿Por qué matarla?
–Era una mujer honrada y descubrió en qué
estaba metido Hathall. No era tonta, era una de esas personas que tiene
inteligencia pero que le falta una oportunidad. Tanto su jefe anterior como su
madre dijeron que podía desempeñar un trabajo mejor que el que estaba haciendo.
El inútil de su marido la hundía. ¿Quién sabe? Tal vez habría tenido capacidad
para asesorar a un verdadero etimólogo de gaélico popular, y quizá pensase que
ésa era su oportunidad, ahora que se había desembarazado de Grey, para mejorar
su posición. Ángela Hathall era una gran psicóloga.
–Todo eso lo entiendo –añadió Howard–, pero
no comprendo cómo averiguó Morag lo del fraude de la nómina.
–La verdad es que no lo sé todavía. Imagino
que Hathall permaneció hasta tarde en la oficina mientras ella trabajaba allí,
y supongo que oyó alguna conversación telefónica que Hathall mantuvo con Ángela
ese día. Tal vez Ángela le sugiriese una falsa dirección y él llamó para
comprobar qué se necesitaba antes de introducir la dirección en el ordenador.
No hay que olvidar que Ángela era el cerebro de la operación. Tenías razón al
decir que ella le había influenciado y corrompido. Hathall es el tipo de hombre
que piensa que una asistenta es como un mueble más. Sin embargo, aunque
hubiesen hablado con cautela, el nombre de la señora Mary Lewis y esa
dirección, 19 Maynnot Avenue, habrían alertado a Morag. Era precisamente la
misma calle en que vivían ella y su marido y sabía que allí no había ninguna
Mary Lewis. Y si, después de esa llamada, Hathall empezó a introducir datos en
el ordenador...
–¿Ella lo chantajeaba?
–Lo dudo. Era una mujer honrada. Pero quizá
le hizo preguntas. Tal vez le comentó simplemente que había oído lo que había
dicho y que allí no vivía ninguna Mary Lewis, y si él se puso nervioso (¡Dios
mío!, tendrías que verlo cuando se pone nervioso), ella debió de hacerse cada
vez más preguntas hasta llegar a componer una idea aproximada de lo que estaba
ocurriendo en realidad.
–¿La mataron por eso?
Wexford asintió.
–Para ti y para mí puede no ser un motivo
suficiente, pero ¿y para ellos? A partir de entonces debían de vivir aterrados,
porque si se descubría la estafa, Hathall podía perder su empleo en Marcus
Flower y no volvería a encontrar otro trabajo en el único campo que conocía.
Debes tener en cuenta el carácter paranoico de ambos. Temían ser perseguidos y
sospechaban hasta de las personas más inocentes e inofensivas.
–Tú no eras una persona inocente e
inofensiva, Reg –dijo Howard con tranquilidad.
–No, y quizá sea yo la única persona que ha
perseguido de verdad a Robert Hathall. –Wexford levantó su vaso casi vacío–.
¡Feliz Navidad! No dejaré que la pérdida de libertad de Hathall me fastidie
estas fiestas, pues si alguien lo merece, es Hathall. ¿Vamos con los demás?
Creo que he oído entrar a Mike con mi yerno.
El árbol ya estaba adornado. Sheila se reía
de la horrible cacofonía que se oía en el tocadiscos. Habiendo acostado por
tercera vez a uno de los niños, Sylvia estaba envolviendo el último regalo, uno
de Kidd’s, con una caja de pinturas, un globo terráqueo, un libro de pintura y
un coche de juguete. Wexford rodeó con un brazo a su mujer y con el otro a Pat
Burden y les besó. Sonriendo, cogió el globo terráqueo y lo hizo girar. Dio
tres vueltas sobre su eje antes de que Burden comprendiese por qué lo hacía, y
entonces comentó:
–Y sin embargo se mueve. Tú tenías razón. Él
lo hizo.
–Bueno, tú también tenías razón –dijo
Wexford–, él no mató a su mujer. –Viendo la mirada de incredulidad de Burden,
añadió–: Y ahora supongo que tendré que volver a contar toda la historia.
[1] En Inglaterra, en el pudín de Navidad se suele poner una moneda
de veinticinco peniques. (N. del T.)

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