EL JUEGO DE LOS
ASTUTOS
(Put on by Cunning, 1981)
Ruth Rendell
Para Simon
Así oiréis...
de muertes producidas por la astucia y la violencia;
y, como remate, de maquinaciones fallidas
que caen por descuido sobre la cabeza de sus inventores:
he aquí lo que fielmente he de contaros.
de muertes producidas por la astucia y la violencia;
y, como remate, de maquinaciones fallidas
que caen por descuido sobre la cabeza de sus inventores:
he aquí lo que fielmente he de contaros.
Hamlet
Primera parte
La nieve caía revoloteando y se deslizaba
sobre los ángeles y los apóstoles de las ventanas. Un grueso y suave copo
golpeó una de las aureolas prerrafaelitas y quedó colgando de ella, como
algodón sobre oropel. Algo digno de ser observado por una apática congregación
desde el interior no muy cálido, mientras el párroco de St. Peter, en
Kingsmarkham, llegaba al final de la segunda lectura. San Mateo, capítulo XV,
27 de enero.
–Fuera del corazón surgen los pensamientos
perversos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos
testimonios, blasfemias. Éstas son las cosas que deshonran al hombre.
Dos de los oyentes apartaron la mirada del
dibujo que la nieve formaba sobre una Anunciación roja, azul, amarilla
y violeta, y aguardaron, expectantes. El párroco cerró la pesada Biblia con el
señalador colgante y abrió un pequeño libro negro de ejercicios. Se aclaró la
garganta.
–Doy a conocer la primera amonestación de
matrimonio para Sheila Katherine Wexford, soltera, de esta parroquia, y Andrew
Paul Thorverton, soltero, de la parroquia de St. John, Hampstead. Y la tercera
para Manuel Camargue, viudo, de esta parroquia, y Dinah Baxter Sternhold,
viuda, de la parroquia de St. Mary, Forby. Si alguno de vosotros conoce una
causa o un simple impedimento por el que estas personas no deberían ser unidas
en sagrado matrimonio, debe declararlo.
Cerró el libro. Manuel Camargue se resignó,
por tercera semana consecutiva, a oír el sermón. Mientras la congregación se
instalaba, miró en derredor. La misma multitud de antiguos fíeles que asistía
todas las semanas. Sólo vio a un recién llegado, una hermosa muchacha rubia a
la que reconoció instantáneamente pero no consiguió recordar su nombre. Durante
la media hora siguiente estuvo bastante preocupado tratando de situarla,
molesto consigo mismo porque su memoria se había vuelto inútil y sus gafas ya no
hacían mucho por su vista.
El nombre acudió a su memoria en el momento
en que todos se levantaban para salir. Sheila Wexford. Sheila Wexford, la actriz. Era ella. Él y Dinah la habían visto el otoño anterior en un reestreno
de Somerset Maugham, aunque no recordó el título de la obra. Sheila había ido a
la escuela con Dinah, cuando ellos aún se conocían superficialmente. La
amonestación de ella había sido pronunciada antes que la suya, pero no había
reparado en el nombre a causa de la inclusión del Katherine. Resultaba curioso
que las amonestaciones de dos personas tan famosas como ellos hubieran sido
pronunciadas simultáneamente en esta parroquia rural.
Volvió a mirarla. Llevaba un abrigo de piel
brillante y clara sobre un vestido de lana negro. Su mirada captó la de él, que
comprendió que lo reconocía. Le dedicó una rápida y vaga sonrisa conspiradora,
pesarosa, alegre y levemente turbada, todo ello expresado como sólo una actriz
de su calibre podía hacerlo. Camargue respondió con una de sus sonrisas, la mejor
que pudo esbozar.
Aún nevaba. Sheila Wexford abrió el paraguas
y corrió con elegancia hacia la entrada. ¿Debía ofrecerse a llevarla en coche
hasta su casa? Camargue decidió que sus piernas no estaban en condiciones de
correr tras ella, y menos aún con quince centímetros de nieve. Cuando llegó a
la puerta, la vio subir a un coche conducido por un hombre lo suficientemente
mayor como para ser su padre. Se angustió por ella. ¿Era su novio? Lo absurdo
de la ocurrencia lo golpeó y le produjo el sentimiento que a menudo
experimentaba por la locura de los seres humanos y su ceguera ante ellos
mismos.
Ted esperaba en el Mercedes, leyendo News of the World; llevaba puestos los guantes de lana. Tenía el motor en marcha para que
funcionara la calefacción, el limpiaparabrisas y el dispositivo antivaho.
Cuando vio a Camargue, bajó del coche y abrió la puerta de atrás.
–Hola, sir Manuel. Hace tanto frío que puse
una manta.
–Qué amable eres –dijo Camargue–. En la
iglesia hacía mucho frío. Esperemos que el día de la boda esté caldeada.
Ted repuso que así lo esperaba, pero que el
pronóstico meteorológico era tan pesimista como de costumbre. Si no hubiera
respetado tanto a su patrón, le habría dicho que dispondría de su amada para
calentarse. Camargue lo sabía y sonrió para sus adentros. Estiró la manta sobre
sus rodillas. Dinah, pensó, mi Dinah. Sentía por ella un deseo tan apasionado,
tan juvenil e intenso como cualquiera de los que había experimentado de
muchacho. Pero nunca la tocaría, lo sabía bien. Hizo una mueca de disgusto ante
la imagen de él y ella juntos. Para él sería suficiente con que ella fuera su
querida compañera... al menos por un rato.
Habían atravesado los portales y subían por
el largo y sinuoso camino de entrada que conducía a la casa. Ted condujo por los
dos surcos, otra vez cubiertos de nieve a pesar de que la había quitado esa
mañana. De la lisa, pura y radiante blancura, lanzada como un suave e
inmaculado manto sobre los montecillos y pequeños valles del jardín de
Camargue, surgían desnudos los plateados abedules, los álamos y los sauces, y
las agujas de las coníferas –verde oscuro, azul pizarra, amarillo dorado–
cómodamente vestidas de gnomos.
La fábrica de mermelada apareció súbitamente
ante sus ojos. Camargue la llamaba fábrica de mermelada –y a veces caja de
zapatos– porque era distinta a cualquiera de las casas de los alrededores. No
era Tudor auténtico ni de imitación, ni georgiano genuino ni falso, sino una
larga caja con montones de cristales, y en un extremo –separando el edificio
original del ala nueva– una torre con tejado en punta, como un secadero de
tabaco. Posada en la veleta –una clave de sol forjada en hierro– había una
gaviota que se había metido tierra adentro en busca de comida. En contraste con
el cielo de tono ceniza oscuro, parecía tan blanca como la nieve misma.
Muriel, la esposa de Ted, abrió la puerta
principal. Se entraba a la casa por el nivel más bajo, donde estaba construida
dentro de la ladera. Un amplio vestíbulo conducía al comedor a través de un
arco.
–Hace mucho frío, señor –dijo Muriel–. Como
dijo que no iría a casa de Mrs. Sternhold, le estoy preparando una buena cena.
–Estupenda idea –comentó Camargue, que no se
preocupaba mucho por lo que comía.
Muriel le cogió el abrigo para secarlo. Ella
y Ted vivían en una casa en los mismos terrenos, una pieza de época muy
diferente de la fábrica de mermelada. Camargue quería que ella se tomara las
tardes y todo el domingo libres, pero no podía estar constantemente reprimiendo
los impulsos generosos de la mujer. Cuando estaba en la mitad de la escalera,
la perra Nancy salió para recibirlo con la boca abierta simpáticamente, la enorme
lengua rosada y sus fuertes patas jóvenes capaces de derribarlo.
Nancy era su quinto perro alsaciano, de un pelaje rojizo vivo, y tenía dos
años de edad.
El salón, dos de cuyas paredes eran de
cristal, resplandecía con ese extraño brillo que sólo la nieve puede producir.
Cuando llegó al final de la escalera, comenzó a sonar el teléfono. Era Dinah.
–¿Todo bien en la amonestación? –preguntó
Manuel.
–Sí, cariño, era la tercera. ¿Y en St. Peter?
–También. ¡Dios mío, Dinah, qué frío hacía!
¿En Forby está nevando?
–Sí, pero no demasiado. ¿No quieres cambiar
de idea y venir? Las carreteras generales están en condiciones y ya sabes que a
Ted no le importaría. Me encantaría que vinieras.
–No. Estarás con tus padres. Ellos ya me han
conocido. Déjalos superar el golpe antes del sábado. –Camargue rió ante la
protesta de ella–. No, mi amor, hoy no iré. Muriel ha cocinado para mí. Piensa
que a partir del sábado tendrás que compartir todas las comidas conmigo, y no
se admiten excusas.
–Manuel, ¿y si fuera yo esta tarde?
Él rió.
–No, por favor. –Era extraño el modo en que
su acento se volvía más marcado cuando hablaba con ella. Debía de ser la
emoción–. Esta noche los pueblos quedarán aislados de Kingsmarkham, créeme.
Una vez hubo colgado, se dirigió a la sala de
música seguido por la perra. El techo con forma de cono de la torre estaba a
media luz. Contempló la flauta, que seguía en el estuche abierto, sobre la
mesa. Luego, pensativamente y sin pena, se miró las agarrotadas manos. La
flauta había sido puesta allí para mostrársela a la madre de Dinah, y Muriel no
se había atrevido a guardarla. Camargue cerró la tapa del estuche y se sentó
ante el piano. Como pianista nunca había sido demasiado bueno, sólo concertista
de segunda clase, de modo que no le producía frustración ni tristeza aporrearlo
de vez en cuando con sus tontas y viejas manos, como él las llamaba. Tocó Para Elisa mientras Nancy, que adoraba la música de piano, golpeaba la cola contra el suelo de
mármol.
Muriel lo llamó a comer y Manuel acudió. A
ella le gustaba preparar la enorme mesa de caoba con el mantel, los cubiertos
de plata y las copas sólo para él, y servirlo. Ella era mucho más consciente
que él de lo que sir Manuel Camargue merecía. Cuando estaba tomando el café
entró Ted y dijo que sacaría a Nancy a dar un paseo por la nieve, a ella le
encantaba la nieve y rompería el hielo de la orilla del lago. Al oír el sonido
de la cadena contra la traílla, en su prisa por salir, Nancy
estuvo a punto de caer escaleras abajo.
A veces Camargue intentaba no pasarse las
tardes durmiendo, pero rara vez lo lograba. Tenía una suite en el ala del otro
lado de la torre: dormitorio, baño y una pequeña sala donde estaba el cesto de
Nancy. Se sentaría en su sillón, a leer o escuchar discos –ahora estaba
fascinado con James Galway y lo consideraba infinitamente mejor que él–, pero
siempre terminaría dando cabezadas. A menudo dormía hasta las cinco o las seis.
Puso el Concierto para
flauta Köchel 313 y mientras las suaves, brillantes y
claras notas brotaban se miró en el largo espejo. Aún era alto y delgado. Tan
delgado como un espantapájaros desvencijado, pensó, un viejo esqueleto
inservible cuyas manos se veían como si todas las articulaciones se hubieran
roto y las hubieran pegado torcidas. Tout casse, tout lasse, tout passe. Ahora que era
viejo solía pensar en uno u otro de los idiomas de su infancia. Se sentó en el
sillón y se dedicó a escuchar la música que Mozart había compuesto para un
irritable holandés; cuando comenzaba el segundo movimiento, Camargue ya estaba
dormido.
Nancy lo despertó al apoyar la cabeza en sus rodillas. Había vuelto de su
paseo hacía rato, eran casi las cinco. Ted no la sacaría otra vez. Camargue la
dejaría salir sola y quizá caminara con ella hasta el lago. Había dejado de
nevar y con las últimas luces un extraño matiz amarillo doraba la blancura y
proyectaba largas sombras azules. Cogió el disco de James Galway y lo guardó en
la cubierta. Caminó a lo largo del pasillo y atravesó la sala de música,
deteniéndose a enderezar un cuadro torcido, una fotografía del edificio que
albergaba la Escuela de Música Camargue, en Wellridge, y entró en el salón.
Mientras cogía la bandeja del té que Muriel le había dejado, sonó el teléfono.
Otra vez Dinah.
–Te llamé antes, querido. ¿Dormías?
–¿Qué otra cosa podía estar haciendo?
–Iré por la mañana, ¿te parece? Y llevaré el
resto de los regalos. Mamá y papá nos han traído tenedores de plata de parte de
mi tío, mi padrino.
–Debo decir que la gente es muy generosa. Es
la segunda vez para ambos. El camino estará despejado expresamente para ti. Ted
se levantará al amanecer para hacerlo.
–Pobre Ted. –Él percibió el ligero cambio en
su voz y se preparó–. Manuel, ¿no has sabido nada más de... Natalie?
–¿De esa mujer? –preguntó con tono
imparcial–. No.
–Volveré a hablar contigo por la mañana, ya
sabes, tienes que comprenderlo. Estás equivocado con respecto a ella, estoy
segura. Y dar un paso para cambiar tu decisión sin...
La interrumpió con tono duro:
–Yo la vi, Dinah, y tú no. Y lo sé. No
volvamos a hablar del tema, ¿quieres?
–Como prefieras. Yo sólo deseo lo mejor para
ti –se limitó a decir Dinah.
–Lo sé.
Intercambió con ella unas palabras más y bajó
la escalera para tomar el té. La tranquilidad de ese día había desaparecido
cuando Dinah mencionó el tema de Natalie. Esto lo obligaba a pensar otra vez en
la cuestión cuando había comenzado a dejarla de lado.
Subió con la tetera y cogió la servilleta
doblada de la bandeja con bocadillos de pepino. Esa mujer, fuera quien fuese,
había preparado el té y llevado la tetera a la planta de arriba, y luego había
reparado en el regalo de oro de Cazzini que estaba contra la pared, y él lo
supo. Como ocurre con todas las personas honestas y francas, Camargue tomaba a
mal los intentos de engañarlo. Había sido un insulto odioso, tanto peor porque
ella se había aprovechado de la debilidad de un viejo y del afecto de un padre.
Las excusas de Dinah no alterarían ni una pizca sus sentimientos. Sólo le
hacían pensar que, al fin y al cabo, tendría que haber llamado a la policía o a
sus abogados. Le dijo a la mujer que había visto claramente sus intenciones y
le explicó lo que pensaba hacer, y ahora debía esforzarse por olvidarlo. Dinah
era su futuro, Dinah sería su hija y más que eso.
Se sentó junto a la ventana con las cortinas
abiertas y observó cómo la nieve azuleaba y luego comenzaba a brillar hasta
volver al blanco mientras la oscuridad la envolvía. Estaba saliendo la luna,
una luna llena, fría, de pleno invierno, una brillante esfera verde blancuzca.
A las siete bajó con las cosas del té y le dio a Nancy una lata de comida para
perros.
Gracias a la luz de la luna, desde la ventana
del comedor podía ver el lago con bastante claridad. Llamarlo lago era un
elogio, en realidad sólo era un estanque grande. Estaba al otro lado del
camino, al pie de una cuesta, rodeado de sauces y arbustos de espinos. Camargue
comprobó que Ted, cumpliendo con su palabra, había bajado esa tarde hasta el
estanque y había roto el hielo para que les entrara aire a los peces. En el
estanque había carpas, algunas de ellas muy grandes y muy viejas. Las huellas
de Ted bajaban hasta el borde del agua y volvían a subir hasta el camino. Había
amontonado el hielo en grandes bloques junto a la orilla. La luna lo iluminaba
todo como si fuera una lámpara. Había huellas de Nancy por todas partes y en
algunos sitios se veían señales de sus saltos y revolcones. Acarició la suave
cabeza de la perra y la atrajo hacia él, empujándola delicadamente para que se
echara y se durmiera a sus pies. La luna surcaba un cielo brillante y negro del
que habían desaparecido las espesas nubes. Abrió un libro, la biografía de un
anónimo compositor rumano –que en una ocasión había compuesto un estudio para
él–, y leyó durante una hora.
A las ocho y media tuvo conciencia de que
volvía a dar cabezadas, de modo que se levantó, se desperezó y se quedó junto a
la ventana. Se sorprendió al ver que nevaba otra vez y que la nieve caía de las
escasas nubes que se deslizaban lentamente por el cielo despejado. Las
coníferas volvían a estar nevadas, todas menos una. Entonces vio que el árbol
se movía. A menudo pensaba que por la noche, en las penumbras, a sus
debilitados ojos los árboles parecían hombres. Ahora había confundido realmente
un hombre con un árbol. O a una mujer con un árbol. No podía decir si había
visto a Ted o a Muriel, era una figura de pantalones y pesada chaqueta y ahora
se movía en el camino que conducía al bosquecillo de abedules. Tenía que ser
uno de ellos. Camargue decidió esperar diez minutos antes de dejar salir a Nancy. Si Ted lo veía, se preocuparía y probablemente insistiría en dar un
buen paseo a la perra, pero después de todo el ejercicio que había hecho no lo
necesitaba. Si Muriel lo veía, seguramente querría entrar y prepararle una taza
de cacao.
La figura había desaparecido del jardín. La
luna ya no brillaba tanto. Le resultaba imposible recordar que hubiera nevado
tanto desde que vivía en Sussex. Durante su juventud, en los Pirineos, las
nevadas eran como ésta y el frío era aún más penetrante. El recuerdo de
aquellos tiempos lo había llevado a plantar en este jardín pequeños abetos,
tejos, enebros...
Podría haber jurado que otro árbol se movía.
Qué grotesca era la vejez, momento en que las facultades más fiables comienzan
a jugar bromas pesadas.
–¡Nancy! Es la hora de salir.
La perra estaba junto a la escalera mucho
antes de que él llegara. Si él hubiera llegado primero, lo habría atropellado.
Bajó tras ella, empujándola con la punta del pie cada vez que ella se daba
vuelta ansiosamente para mirarlo. Al llegar al pie de la escalera encendió la
luz de fuera para iluminar el amplio patio que daba al camino de entrada. Los
copos de nieve danzaban como chispas bajo la luz amarillenta, y cuando abrió la
puerta sintió el frío cortante de la noche. Nancy saltó a la nieve. Camargue
cogió su abrigo de piel de oveja, los guantes y un bastón, y la siguió.
La perra ya no estaba a la vista, aunque sus
patas habían abierto un sendero cuesta abajo, hacia el lago. Manuel se abrochó
el abrigo y se protegió con la bufanda. Nancy sabía muy bien que esta
salida no era para dar su paseo habitual sino simplemente para estimular y
responder a sus necesidades, pero sin embargo a veces desaparecía durante un
buen rato. A Manuel le fastidiaba que lo hiciera esta noche, ya que estaba tan
cansado que incluso de pie, incluso con este aire helado, sentía que la modorra
se apoderaba de él.
–¡Nancy! ¿Dónde estás, Nancy?
Podría regresar a casa, telefonear a Ted y
pedirle que saliera a esperar el regreso de la perra. A Ted no le importaría.
Sin embargo, ¿no luchaba Manuel constantemente contra esa condescendencia que
lo convertía en un inútil? ¿Qué derecho tenía a casarse, instalar otra vez una
casa, incluso recomenzar una vida social si no podía hacer por sus propios
medios algo tan nimio como sacar a su perra antes de acostarse? Así pues,
volvería a la casa y se sentaría en la silla del vestíbulo a esperar que Nancy regresara. Si se quedaba dormido, cuando ella rascara la puerta se despertaría.
Esto es lo que decidió, pero hizo exactamente
lo contrario. Siguió las huellas que ella había dejado cuesta abajo hasta el
lago y la llamó, de mal humor.
Las marcas que Ted había dejado al romper el
hielo de la orilla habían sido borradas por la nieve y las huellas frescas de Nancy
se cubrían rápidamente. El hielo amontonado indicaba dónde había estado Ted. El
área que él había despejado estaba otra vez cubierta por una fina lámina gris.
El lago era una sombría capa de hielo cubierto por el tenue brillo que
irradiaba la nublada luna, y los sauces –que con la luz del día parecían arañas
encogidas o típulas– estaban tan cargados de nieve que parecían deformados.
Camargue llamó nuevamente a la perra. La semana anterior había hecho lo mismo y
luego apareció súbitamente de la nada y corrió hacia él.
Manuel comenzó a romper el hielo con el
bastón. Entonces oyó a la perra detrás de él, un leve crujido en la nieve. Pero
cuando se volvió, listo para cogerla con la empuñadura de su bastón, no había
ninguna perra, no había nada salvo las coníferas semejantes a gnomos y la luz
que brillaba sobre el blanco manto del patio circular. Rompería el resto del
delgado hielo, despejaría un área de un metro de largo y treinta centímetros de
ancho –como había hecho Ted– y luego volvería a la casa, y esperaría a Nancy.
Otra vez crujieron unos pasos detrás de él;
el árbol caminaba. Se volvió y, blandiendo su bastón como para defenderse, vio
la cara del árbol que se movía.
Al entrar en su casa, el inspector jefe
Wexford fue recibido por un concierto de flauta y orquesta. Supuso que se
trataba de un nuevo gesto melodramático de Sheila, tramado para el momento de
su regreso a casa. Era una música hermosa, suave, acompasada, profana, aunque
con cierto aire religioso.
Su esposa estaba haciendo punto de media y
tenía aquella expresión distraída, seca y ligeramente exasperada que solía
mostrar cuando Sheila rondaba por allí. Y Sheila rondaría bastante durante las
tres semanas siguientes, ya que había decidido inexplicablemente casarse en
casa, en su propia parroquia, y establecer el adecuado período de residencia
anterior a ello en su casa paterna. Estaba sentada en el suelo, entre la
chimenea y el tocadiscos, sobre un cojín del sofá. Su lacio cabello dorado casi
le cubría el rostro; cuando levantó la cabeza y se lo echó hacia atrás, él notó
que había estado llorando.
–Oh, papi, ¿no es triste? En la televisión
emitieron un programa necrológico en su memoria. Incluso mamá derramó una
lágrima. Ahora lo evocamos a través de su propia música.
Wexford dudó de que Dora, una mujer apacible
y eminentemente sensata, hubiera expresado tan extravagantes sentimientos.
Cogió la cubierta del disco. Mozart, Concierto para flauta y arpa, K 229; Orquesta
de Cámara Inglesa; director, Raymond Leppard; flauta, Manuel Camargue; arpa,
Marisa Roblès.
–Lo escuchamos una vez, ¿recuerdas? –comentó
Dora–. En Wigmore Hall, hace treinta años.
–Sí.
Pero apenas podía recordarlo. El rostro de
Camargue en la cubierta –demasiado sensible, demasiado cambiante para ser guapo,
los ojos encendidos con una especie de buen humor– no evocaba ninguna imagen
del pasado. El movimiento tocó a su fin y la música se volvió brillante, clara,
una melodía cantable, y Camargue, que había muerto, renacía en su flauta.
Sheila se enjugó los ojos y se levantó para besar a su padre. Hacía ocho años
que él y ella vivían bajo el mismo techo. Desde entonces ella se había
convertido en un cisne, en una mujer famosa, en un rostro de la tele. Pero aún
lo besaba cada vez que él llegaba o se marchaba, cogiéndolo del cuello como
haría un niño miedoso. A Wexford le gustaba.
Se sentó a escuchar el último movimiento
mientras Dora terminaba la vuelta del tejido e iba a prepararle la cena. La
habitual llamada telefónica nocturna de Andrew impidió a Sheila extraer todo el
valor dramático de su homenaje a Camargue; cuando regresó a la habitación, el
disco ya había terminado y su padre comía pastel de carne y riñón.
–En realidad no lo conociste, ¿no es así,
Sheila?
Ella creyó que le reprochaba sus lágrimas.
–Lo siento, papi, lloro con mucha facilidad.
Una vez lo aprendes a hacer no puedes olvidarlo.
Él sonrió.
–O sea que las tuyas son lágrimas de
cocodrilo. De todos modos, no me refería a eso. Te lo preguntaré con más
claridad. ¿Lo conociste personalmente?
Ella meneó la cabeza.
–Creo que él me reconoció en la iglesia.
Probablemente sabía que soy de aquí.
El hecho de que la reconocieran no
significaba nada. La reconocían en todas partes. Durante cinco años, la serie
de televisión en que Sheila interpretaba a una atractiva azafata se emitió dos
veces por semana, a la hora de mayor audiencia. Todo el mundo veía Pista, aunque muchos decían avergonzados que sólo veían «el final, antes de
las noticias», o que «los niños la ponen». La azafata Curtis era famosa por su
sonrisa. Sheila sonrió ahora, con la cabeza inclinada en actitud reflexiva.
–Conozco personalmente a la que iba a ser su
esposa –dijo–. O la conocía. Fuimos juntas a la escuela.
–¿Es una chica joven?
–Eres muy amable, querido padre. Digamos que
joven para casarse con sir Manuel. Está en la mitad de la veintena. Ella lo
llevó a verme en La
carta el otoño pasado. Pero no hablé con él porque
estaba demasiado cansado para ir al camerino.
Dora los llevó del cotilleo al comentario
grandioso:
–En sus tiempos estaba considerado el más
grande flautista del mundo. Recuerdo que cuando fundó esa escuela en Wellridge,
la princesa Margarita fue a inaugurarla.
–¿Sabes cómo la llamaban los alumnos? Windyridge[1]
–Sheila movió los dedos como si tocara un instrumento de viento. Súbitamente,
los ojos se le volvieron a llenar de lágrimas–. ¡Oh, morir así!
Quién
es quién no es un libro fácil de encontrar en muchas
casas. Wexford tenía un ejemplar porque Sheila figuraba en él. Lo cogió del
estante, buscó la letra C y leyó en voz alta:
–Camargue, sir Manuel, caballero. Caballero
de Honor. Orden del Imperio Británico. Caballero de la Legión de Honor.
Flautista británico. Nacido en Pamplona, España, el 3 de junio de 1902. Hijo de
Arístides Camargue y Ana Parral. Educado por su padre, y luego en el
Conservatorio de Barcelona. Estudió con Louis Fleury. Profesor de flauta en el
Conservatorio de Madrid, de 1924 a 1932. Participó en la guerra civil española
en el bando republicano y en 1938 huyó a Inglaterra. Se casó en 1942 con
Kathleen Lister. Una hija. Adquirió la ciudadanía británica en 1946. Como
concertista de flauta hizo giras por Europa, América, Australia, Nueva Zelanda
y Sudáfrica. En 1964 fundó en Wellridge, Sussex, la Escuela de Música Kathleen
Camargue en memoria de su esposa, y en 1968 la Orquesta Juvenil Kathleen
Camargue. Aficiones además de la música: las caminatas, las lecturas y los
perros. Dirección:
Sterries, Ploughman’s Lane, Kingsmarkham, Sussex.
–Dicen que la casa es un sueño –comentó
Sheila–. Me pregunto si su hija la venderá. Porque si lo hace, Andrew y yo
tendríamos que considerar... ¿No te gustaría que viviera calle arriba, papi?
–Debe habérsela dejado a tu amiga –aventuró
Wexford.
–Es probable. Bueno, eso espero. Pobre Dinah,
perder a su primer marido, al que adoraba, y luego al segundo, que no llegó a
serlo. Se merece alguna compensación. Le escribiré una carta de pésame. No, eso
no. Iré a verla. Lo primero que haré por la mañana será telefonearle y...
–En tu lugar, yo dejaría pasar unos días
–sugirió su padre–. Lo primero que habrá por la mañana será la investigación.
–¿Investigación? –Sheila pronunció la palabra
con afectado tono de horror–. ¿Investigación? Pero seguramente murió de muerte
natural.
Dora, que hacía intrincados juegos de manos
con tres colores diferentes de lana, levantó la vista de su labor.
–Claro que no. Si se ahogó, o le ocurrió
cualquier otra cosa, como morir congelado, no puedes decir que murió de muerte
natural.
–Quiero decir que no lo hizo adrede y que
nadie se lo hizo.
A Wexford le resultó imposible no reír ante
aquella ingenua definición de suicidio y homicidio.
–En la mayoría de los casos de muerte
repentina –explicó– y en todos los casos de muerte violenta debe abrirse una
investigación. Es obvio que al final se confirmará que fue un accidente.
Accidente.
Este término, que puede sonar tan grotesco si
se aplica a la muerte de un bebé en la cuna o a la de un paciente bajo los
efectos de la anestesia, describía correctamente la muerte de Camargue. Un
viejo con los tobillos hundidos en la nieve había perdido pie en la oscuridad,
resbaló y cayó al agua quedando atrapado bajo una capa de hielo. Si no se
hubiera ahogado, en pocos minutos habría muerto de hipotermia. La nieve había
borrado sus huellas. A diez grados bajo cero, la escarcha había cerrado herméticamente
el agujero en que el cuerpo había caído. Sólo un guante –de gruesa piel negra,
perteneciente a su mano izquierda– señalaba el lugar donde él estaba, con un
dedo curvado que sobresalía entre la nieve. Accidente.
Wexford había decidido asistir a la
investigación con el simple propósito de estar abrigado, ya que la calefacción
de la comisaría central se había averiado la noche anterior. El lugar en que se
celebraría la investigación (tribunal de Kingsmarkham, sala dos, planta
superior) tenía fama de mantener en invierno una temperatura de veintisiete
grados; y era una fama bien merecida. Después de dejar las botas de goma en la
planta baja, se instaló en la parte posterior de la sala, gozando del calor, y
se quitó subrepticiamente diversas prendas: un impermeable de plástico verde
caqui de oscura transparencia; un viejo abrigo de tweed de espiga, negro y
gris, y una bufanda de lana de color gamuza, del tamaño de una estola.
Además de la chica del Kingsmarkham Courier que ocupaba uno de los asientos reservados a la prensa, sólo había dos
mujeres presentes, bastante distanciadas una de la otra. Una debía de ser la
hija de Camargue, supuso, y la otra, la novia. Ambas iban con ropas oscuras,
vulgares y sin distinción. Pero la mujer de la primera fila tenía los ojos y el
perfil de una Callas, con su brillante cabello negro recogido al estilo de una
geisha; la otra, sentada a un par de metros de él, parecía un ratoncito, con la
cabeza cubierta por un pañuelo, acurrucada y con las manos cruzadas. Ninguna de
las dos tenía el más remoto parecido con el rostro de la cubierta del disco, ni
sugería su conocimiento y espiritualidad. Cuando se dio lectura al veredicto,
la que parecía una geisha volvió la cabeza y sus ojos oscuros y brillantes se
cruzaron por un instante con los de él. Wexford comprendió que era mucho mayor
que Sheila, quizá diez años mayor. Ésta debía de ser la hija. Y mientras se
convencía de ello, el oficial de justicia levantó la mirada hacia ella y dijo
que quería expresar a la hija de sir Manuel su condolencia por la pérdida, y la
aflicción no sólo propia sino de las decenas de miles de personas que habían
amado y admirado su música. Creía que no se excedía en sus funciones al citar a
Samuel Johnson y decir que no importa cómo muere un hombre sino cómo ha vivido.
Probablemente nadie le había hablado de la
intención del muerto de volver a casarse. El ratoncito se levantó y salió en
silencio. Ahora todo había terminado. La belleza de los ojos negros también se
levantó, e inmediatamente fue rodeada por un círculo de hombres que seguramente
habían venido con ella: el médico de su padre, su sirviente, amigos. Sin
embargo, Wexford no pudo dejar de sentir que, estuviera donde estuviese, esa
mujer siempre se encontraría rodeada de hombres, contemplada, admirada,
deseada. Wexford volvió a enfundarse en sus abrigos y se aventuró al frío
penetrante de High Street.
La nieve vieja estaba amontonada en los
bordes de la acera en largos y pequeños montículos, y la nueva –arenosa y
radiante– la espolvoreaba con fresca blancura. El cielo plomizo parecía cargado
de nieve. Sólo había un paso del tribunal a la comisaría pero, con este tiempo,
bastaba para quedar calado hasta los huesos.
En el antepatio, entre un Panda y el Rover
del jefe de policía, estaba aparcada la furgoneta del operario de la
calefacción. Indeciso, Wexford atravesó las puertas de batiente. Dentro hacía
tanto frío como siempre y el sargento Camb, sentado detrás de su escritorio, se
calentaba las manos enguantadas con un tazón de té humeante. Pensó que si a
Burden le quedara algo de sensatez, habría ido a almorzar a algún sitio
caliente. Probablemente al Carousel, o lo que solía ser el Carousel antes de
que Mr. Haq se hiciera cargo de él y lo convirtiera en la Pearl of Africa.
Ése era el título o apodo que (según Mr. Haq)
se le daba a Uganda, su tierra natal. Mr. Haq afirmaba que sería auténtica
comida ugandesa, lo que él llamaba «real» comida ugandesa, pero como nadie
sabía qué era eso (si la comida que consumían las tribus antes de la
colonización, o la comida introducida por los inmigrantes asiáticos, o la que
tomaban actualmente los ugandeses occidentalizados) resultaba difícil
comprobarlo. Las patatas fritas y el arroz acompañaban casi todo, pero Wexford
sabía que eso debía de ser típico de la cocina ugandesa. El lugar le gustaba
bastante, lo fascinaba, sobre todo la selvática vegetación de plástico.
Ese día la vegetación flotaba y temblaba con
el húmedo calor y sus hojas correosas estaban cubiertas de gotitas. Los vidrios
estaban opacos, completamente empañados por el vaho. Era como un oasis tropical
en pleno Ártico. El inspector Burden estaba sentado a una mesa comiendo pollo
Nubla con arroz Ruwenzori y no le quitaba ojo a su nueva zamarra, un regalo de
Navidad de su esposa, que Mr. Haq había colgado del perchero con forma de
palmera. Cuando Wexford llegó, Burden comentó que cualquiera podía llevarse su
nuevo abrigo, en estos tiempos nunca se sabía.
–Tendrían que fabricarlas aquí –dijo Wexford.
Él también pidió pollo y solicitó que, por una vez, no viniera acompañado de
patatas–. Acabo de llegar de la investigación sobre el caso Camargue.
–¿Para qué demonios fuiste?
–No tenía otra cosa que hacer. Además, supuse
que el lugar estaría caliente, y lo estaba.
–Hay gente con suerte –se quejó Burden–. Yo
podría haberte encontrado una tarea. –Desde que la amistad entre ambos se había
profundizado, algo de la antigua deferencia por su jefe, aunque no su respeto,
había desaparecido–. Robos y escalos... nunca hemos hecho demasiado al
respecto. Ese chico que el viejo Atkinson puso en libertad bajo fianza ya ha
hecho tres trabajos más. Y aún no ha cumplido los diecisiete. Es un verdadero
maleante –dijo con tono sarcástico–. O así lo llamo yo. El psiquiatra dice que
se trata de un caso patológico de cleptomanía, con deterioro de la personalidad
causado por traumas, clasificable en términos generales como paranoico –bufó.
Se quedó en silencio y luego agregó con voz alterada–: Oye, ¿te parece que fue
prudente hacerlo?
–¿Hacer qué?
–Asistir a esa investigación. La gente pensará...
quiero decir que quizá pensarán...
–¡La gente pensará! –se mofó Wexford–.
Pareces una vieja sermoneando a una debutante. ¿Qué pensará?
–Bueno, podrían pensar que hubo algo
sospechoso en la muerte. Alguna trampa. Quiero decir que te ven allí, saben
quién eres y se dicen: No habría estado allí si todo fuera tan claro como el
oficial de justicia dice...
Una intervención externa lo salvó de la
cólera de Wexford. Mr. Haq se deslizaba hacia ellos con una sonrisa. Era
pequeño, risueño, con una dentadura sorprendentemente blanca y de piezas
terriblemente desparejas y grandes.
–Espero que todo sea de su agrado, querido.
–Mr. Haq llamaba «querido» a todos sus clientes, al margen del sexo, tal vez
suponiendo que se trataba de una palabra carente de género y de supremo
respeto, como «excelencia»–. Veo que han pedido arroz Ruwenzori. –Se inclinó
levemente–. Una receta para chuparse los dedos, proveniente del pueblo que
habita las montañas de la Luna.–Hablar como un anuncio televisivo era habitual
en él.
–Muy bueno, gracias –respondió Wexford.
–De nada, querido. –Mr. Haq les dedicó una
sonrisa tan amplia que parecía que se le caerían algunos dientes. Se alejó
entre las mesas, agachando la cabeza bajo la fronda de politeno que colgaba de
tiestos de polietileno colocados en soportes de poliestireno.
–¿Vas a pedir postre?
–No lo creo –dijo Wexford y leyó la carta con
entusiasmo–. Tarta Kampala, o helado Agua del Nilo..., ¿se referirá al color o
a lo que contiene? De todos modos, hay bastante hielo sin necesidad de esto
–vaciló–. Mike, no veo qué importancia tiene lo que la gente piense de este
caso. Camargue murió por accidente, no cabe duda. Aunque el interés por su
talla de artista perdurará durante años, el modo en que murió carece de
importancia. Por cierto, el oficial de justicia dijo algo parecido.
Burden pidió café al heredero del señor Haq,
un muchacho pequeño, con ojos como ciruelas, que esperaba junto a la mesa.
–Supongo que pensaba en Hicks –explicó.
–¿El criado?
–Él encontró el guante y luego el cadáver. En
realidad no es extraño, pero podría parecerlo el modo en que después de
encontrar a la perra junto a su puerta trasera, la llevó a la casa y la hizo
entrar sin comprobar dónde estaba Camargue.
–La reputación de Hicks no quedará afectada
por mi presencia en el tribunal –aseguró Wexford–. Dudo que alguien, aparte del
oficial de justicia, me reconociera. –Rió entre dientes–. En todo caso, sólo me
reconocerían como el padre de la azafata Curtis.
Volvieron a la comisaría. La tarde se
deslizaba hacia un helado crepúsculo, un anochecer de sólida escarcha. La
calefacción se puso en marcha, precisamente cuando era el momento de marcharse.
Al entrar al salón de su casa, Wexford fue
saludado por una enorme perra alsaciana de pelaje rojizo que enseñaba los
dientes y movía la cola. En el sofá, junto a su hija, se encontraba la muchacha
que había abandonado la sala durante la investigación, la pálida novia de
Camargue.
Wexford había visto el Volkswagen aparcado en
los surcos de hielo de la calle, pero no le dio importancia. Sheila le presentó
a la visitante.
–Dinah, éste es mi padre. Papi, te presento a
Dinah Sternhold. Era la prometida de sir Manuel, ya sabes.
Para Wexford fue obvio que ella no había
notado su presencia en el tribunal. Extendió su pequeña mano y lo miró sin la
menor señal de reconocimiento. La perra se había apoyado contra sus piernas y
ahora se sentó pesadamente a sus pies y observó a Wexford con mirada hosca.
–Debéis disculparme por haber traído a Nancy. –Su voz era suave y carente de afectación–. Pero no me atrevo a dejarla
sola, aúlla todo el tiempo. Mis vecinos se quejaron porque esta mañana tuve que
dejarla.
–Era la perra de sir Manuel –explicó Sheila.
Una fugitiva que abandona a su amo,
reflexionó Wexford mirando a la alsaciana que había dejado a Camargue a su
suerte. ¿O había ido en busca de ayuda? Por supuesto, ésa era una posible
explicación de la extraña conducta de la perra aquella noche.
Dinah
Sternhold explicó:
–Aúlla por Manuel, ¿sabe? Sólo me queda la
esperanza de que olvidarlo no le llevará mucho tiempo. Espero que lo supere.
¿Hablaba la perra o ella misma? La respuesta
de él fue igualmente ambigua:
–Claro que sí. Es joven.
–Él solía decirme que me quedara con ella
si... si le ocurría algo. Creo que le preocupaba que se la llevara alguien que
tal vez no fuera amable con ella.
Probablemente se refería a la hija de
Camargue.
Wexford buscó en su mente algunas palabras
adecuadas de pésame, pero como no encontró ninguna que no sonara sensiblera ni
ostentosa, guardó silencio. De cualquier manera, siempre se podía confiar en
que Sheila llevara la conversación. Mientras ésta contaba anécdotas de la
alsaciana, él estudió a Dinah Sternhold. Su cara redonda y cetrina estaba
marcada por una desconcertada aflicción. Uno casi podía creer que ella había amado
al viejo y no estaba con él sólo por el dinero. Pero eso era aventurar
demasiado teniendo en cuenta que, según se decía, se distinguía por su
amabilidad y encanto. Lo cierto era que él tenía setenta y ocho años y ella era
seguramente cincuenta años más joven. De todos modos, no era una cazafortunas.
Parecía haber conseguido poco de la generosidad premarital de Camargue. Su
abrigo de tweed marrón había conocido mejores tiempos, y no llevaba joyas,
excepto un anillo de compromiso con un rubí pequeño y unos diamantes diminutos.
Se preguntó cuánto tiempo estaría sentada
allí, sujetando a la perra por el collar, con la cabeza gacha como si estuviera
luchando por contener las lágrimas, o al menos por ocultarlas. De repente, se
levantó.
–Debo irme. –Su voz sonó intensa, áspera,
cargada de una sinceridad que resultaba casi violenta–. Has sido muy amable al ir a verme, Sheila. No sabes cuánto te lo agradezco.
–No te preocupes –dijo Sheila alegremente–.
Quería ir. Fue muy amable de tu parte traerme a casa. Alquilé un coche, papi,
porque me asustaba conducir con nieve, pero Dinah no tuvo miedo de traerme con
nieve y por la noche.
Acompañaron a Dinah hasta el coche. El hielo
ya había cubierto el parabrisas. La muchacha empujó a la perra al asiento de
atrás y con habilidad comenzó a pasar el pulverizador anticongelante en las
ventanillas. Wexford pensó que la seguridad de ella parecía total, se podía
confiar en que cuidaría de sí misma y quizá también de otros. ¿Era esta
cualidad lo que Camargue necesitaba y amaba de ella? Wexford cerró el portal y
se frotó las manos. Tiritando, Sheila entró en la casa corriendo.
–¿Dónde está tu madre?
–En casa de Syl. Tiene que estar a punto de
llegar. Dinah es maravillosa. Estoy tan apenada por ella que en cuanto terminó
la investigación fui directamente a su casa. Hablamos y hablamos. Supongo que
le hizo bien.
–Hmmm.
Sonó el teléfono. Andrew, tan puntual como
siempre.
–Oh, querido –oyó decir a Sheila–, ¿recuerdas
que te hablé de alguien que conocía y que iba a casarse...?
Wexford se dedicó a quitar los pelos de la
alsaciana del tapizado.
La relación entre padre e hija no es la
relación perfecta. De acuerdo con Freud, esta cualidad pertenece a la relación
madre e hijo. Pero, retrospectivamente, Wexford podía decir que había sido
feliz con sus hijas y ellas con él, nunca había reñido con ninguna de ambas,
nunca habían tenido el menor roce. Aunque Sheila era su favorita, esperaba que
esto fuera un secreto tan íntimo que nadie –ni siquiera Dora– lo supiera.
Cualquier hombre que tenga hijas, incluso en
estos tiempos, debe mirar hacia el futuro mientras ellas son pequeñas y prever
un desembolso de dinero para las celebraciones de su boda. Wexford lo sabía y
había comenzado ahorrando de su salario de detective inspector; pero Sylvia se
había casado tan joven que casi lo cogió desprevenido. Con respecto a Sheila,
Wexford la había visto salir, para su asombro y cierta consternación, del
ambiente en que había crecido e introducirse progresivamente en un brillante y
privilegiado entorno social cuyos miembros organizaban sus fiestas de bodas en
mansiones de campo o en el Dorchester.
Durante mucho tiempo dio la impresión de que
ella no se casaría. Entonces apareció Andrew Thorverton, un joven hombre de
negocios inmensamente rico, pensaba Wexford, que poseía una casa en Hampstead,
un chalet en el campo –que, según sospechaba su futuro suegro debía de ser una
casa considerable–, una barca y un sorprendente coche de marca tan esotérica
que Wexford jamás lo había oído mencionar. Sheila, anticuada y romántica,
anunció que se casaría en su casa y que ella y Andrew correrían con los gastos
de la recepción para doscientas personas que se celebraría en el salón de
banquetes del Olive y Dove. Sí, insistió, tendría que ser así y papi tenía que
aceptarlo o de lo contrario se casaría en una oficina del registro civil y
daría una comida en Pearl of Africa.
Él se había sentido ligeramente humillado.
Pero sabía que sus posibilidades darían, a lo más, para un bufé de cincuenta
personas. Por supuesto, eso era absurdo. Por lo demás, Andrew ni siquiera
notaría los pocos miles que la fiesta costaría: él le entregaría a la novia,
pronunciaría un discurso y conservaría sus ahorros. Oyó cómo le decía a Andrew
que iría a pasar el fin de semana con él, y en ese momento entró Dora.
–¿Entonces no acompañará a su amiga a la
cremación? –preguntó a Wexford.
Sheila colgó. En ocasiones, después de hablar
con Andrew, estaba un poco ruborizada y jadeaba. Pero ahora no habló de él.
–Dinah no irá. ¿Cómo podría soportarlo? Dos
días después del que habría sido el día de su boda...
–Por lo menos no es el mismo día –dijo
Wexford.
–Sinceramente, me sorprende que la hija de
sir Manuel no lo programara para el mismo día. Es capaz de algo así. El martes
en St. Peter habrá un oficio en su memoria y asistirá todo el mundo. Vendrá
Solti y probablemente Menuhin. Dinah dice que seguramente habrá una multitud,
tanto lo amaban.
Wexford preguntó:
–¿Sabes si le dejó mucho?
Sheila pronunció la respuesta lentamente, con
el ritmo propio de una actriz:
–No le ha dejado nada. Ni un centavo. –Se
sentó en el suelo, cerca del fuego, y estiró sus largas piernas–. El anillo de
boda y esa perra, eso es todo lo que logró.
–¿Cómo ocurrió? ¿Se lo preguntaste?
–Oh, papi, claro que sí. ¿Acaso no estuve
varias horas con ella? Hice que me lo contara todo.
–Tu curiosidad es tan insaciable como la de
tu padre –dijo Dora, escandalizada–. Creí que habías ido a consolar a esa pobre
chica. Comprendo que no es lo mismo que perder a un novio joven, pero de todos
modos...
–La curiosidad –citó Wexford– es una
característica permanente y verdadera de una inteligencia vigorosa. –Rió entre
dientes–. La hija se queda con todo, ¿no es cierto?
–Sir Manuel vio a su hija una semana antes de
morir, y era la primera vez que la veía después de diecinueve años. Habían
tenido una pelea de familia. Ella estudiaba en la Real Academia de Música, pero
la abandonó y se fugó con un estudiante norteamericano. La primera noticia que
Camargue y su esposa tuvieron fue una carta procedente de San Francisco. Mrs.
Camargue, porque él todavía no era sir, enfermó y murió, pero la hija no
regresó. No volvió a aparecer hasta ahora. ¿No es terriblemente injusto que se
quede con todo?
–Camargue tendría que haber hecho un nuevo
testamento.
–Iba a hacerlo en cuanto se casara. La boda
anula un testamento ¿Sabías eso, papi?
Él asintió.
–Puedo entender que el divorcio lo anule,
pero no veo por qué lo haría una boda –dijo Sheila mientras volvía las piernas
para tostárselas.
–Te quemarás –le advirtió Dora–. Eso no
quedará muy bien en las Bermudas.
Sheila no le hizo caso.
–Y más aún, pensaba excluir a su hija por
completo. Evidentemente, aquella visita le bastó.
Dora, incómoda por el cotilleo, dijo:
–¿No puedes dejar de llamarla «la hija»? ¿No
tiene nombre?
–Natalie Arno. Mrs. Arno. Es viuda. El
estudiante norteamericano murió en algún momento de esos diecinueve años. Dinah
era muy reticente con respecto a ella, pero dijo que Camargue intentaba hacer
un testamento nuevo y como él lo dijo precisamente después de haber visto a
Natalie, ató cabos. Y hay algo más: Natalie sólo se puso en contacto con su
padre después de que se anunciara su boda con Dinah. El anuncio apareció en el Telegraph del diez de diciembre y el día doce él recibió una carta de Natalie en
la que le decía que había regresado y si podía ir a verlo; quería una
reconciliación. Era obvio que estaba aterrorizada con la boda y quería
impedirla.
–¿Y tu reticente amiga te contó todo eso?
–preguntó Dora.
–Ésas son las conclusiones que ella saca
–terció Wexford–. Yo la entiendo. De tal palo tal astilla, como tú sueles
decir. –Se volvió hacia Sheila–. ¿E intentó impedirla?
–Dinah no me lo habría dicho. Creo que
detesta hablar de Natalie. Habló mucho más de Camargue. Realmente lo amaba. Con
un amor extrañamente filial, con veneración, con una especie de sentimiento
protector, pero lo amaba. Le encanta hablar de lo maravilloso que era y cómo se
conocieron y todo eso. Ella es profesora en la Escuela de Música Kathleen
Camargue y él fue al aniversario de la fundación y entonces se conocieron. Dice
que se enamoraron a primera vista.
La expresión escéptica de los dos rostros de
mediana edad le hizo lanzar una incómoda carcajada. Luego aparentó hacer caso
de la advertencia de su madre, y se levantó, se alejó de la chimenea y se sentó
en el sofá, donde se dedicó a estudiar sus suaves y pálidas piernas doradas.
–De todas formas, papi, soplan malos vientos,
como tú dirías, porque ahora la casa seguramente será puesta en venta. Me
encantaría echarle una mirada, ¿y a ti? ¿Por qué no fui a la escuela con
Natalie?
–Naciste demasiado tarde –dijo su padre–. Y
deben de existir modos más simples de entrar en Sterries.
Existían.
–¿Tú? –fue lo primero que dijo Burden la
mañana siguiente–. ¿Para qué quieres ir tú? Sólo se trata de un robo con
allanamiento, algo cotidiano para nosotros, aunque es triste decirlo. Martin
puede ocuparse.
Wexford no se había quitado el abrigo.
–Quiero ver el lugar. ¿No sientes cierta
curiosidad por ver la casa de nuestro ciudadano más distinguido?
Burden parecía más preocupado por el
protocolo.
–Está por debajo de tu categoría y de la mía,
diría yo –suspiró–. Y cuando te enteres de los detalles pensarás lo mismo. El
hecho es que Mrs. Arno, que es la hija del difunto sir Manuel, telefoneo hará
media hora para informar que la casa ha sido forzada durante la noche.
Arrancaron un panel de vidrio de una ventana de la planta baja, dejaron cierto
desorden y se alzaron con algunos objetos de plata. Cubiertos, nada en
especial, y algún dinero del bolso de Mrs. Arno. Ella cree que vio el coche del
atracador y tomó el número de la matrícula.
–Me gustan los casos claros –afirmó Wexford–.
Los encuentro descansados.
El hombre de las huellas digitales (el
policía detective Morgan) ya había salido hacia Sterries. El coche de Wexford
apenas logró subir por Ploughman’s Lane, que, a pesar de la consistencia
arenosa, estaba resbaladiza. Burden comentó que el atracador se había mostrado
muy decidido al subir y bajar en su coche durante la noche.
La cima de la colina mostraba una escena
alpina con coníferas verde oscuro, doradas y grises que surgían resueltamente
de la sábana de nieve. La casa misma, cuya forma era la de diversas cajas
cúbicas amontonadas desordenadamente con una torre en medio, más que blanca
parecía parda al lado del deslumbrante campo de nieve. Un fuerte viento hacía
girar la veleta en forma de clave de sol como si fuera una peonza, contra un
cielo azul celeste.
La furgoneta de Morgan estaba aparcada en el
patio, al otro lado de la puerta principal situada en el lado de la casa más
alejado de la calle. Se había hecho algún intento por mantener esta parte libre
de nieve. Al bajar del coche, Wexford vio a un hombre de sólida figura, vestido
con téjanos y anorak, barriendo el sendero que parecía conducir a una casa
mucho más pequeña que se alzaba en un declive del terreno. Miró en la dirección
opuesta y vio, en una depresión poco profunda, rodeada de árboles, la
decoración acuática a la que, de manera eufemista, los periódicos habían dado
el nombre de lago. Allí Camargue había encontrado la muerte. Estaba helado otra
vez y el hielo se veía cubierto de un manto de copos de nieve.
La puerta principal fue abierta por una mujer
de alrededor de cuarenta años, con pantalones y un grueso jersey; Wexford
supuso que se trataba de Muriel Hicks. Él y Burden entraron al calor de la casa
y de una gruesa y suave alfombra. El vestíbulo –donde se veía un armario– era
bastante pequeño pero comunicaba, a través de un arco, con una sala que en
cierto modo era una galería de cuadros. Al ver las pinturas, Wexford estuvo a
punto de lanzar un silbido. Si eran originales...
El comedor estaba abierto; tenía
revestimiento de madera clara y muebles de color rojo oscuro. En el rincón más
alejado se encontraba Morgan, en plena tarea. Una escalinata con contrapeldaños
de azulejos y peldaños que parecían de roble conducía a la planta superior. Por
muy respetuosa y atenta que Mrs. Hicks hubiera sido con sir Manuel –según
Sheila, sus criados lo adoraban–, no mostró cortesía alguna con los policías.
La única información que obtuvieron fue que «ella» estaba en algún lugar de la
planta superior. Wexford subió mientras Burden se reunía con Morgan en el
comedor.
La casa había sido construida en varios
niveles, de modo que el salón en que ahora se encontraba en realidad estaba en
otra planta baja. Era una habitación grande, espaciosa y acogedora, y dos de
sus lados eran totalmente de vidrio. En el extremo más alejado, los escalones
bajaban al interior de lo que seguramente debía de ser la torre. El suelo de
ésta estaba cubierto por una alfombra china de color amarillo pálido sobre la
que se veían dos juegos de sofá y sillas tapizados de seda, uno en amarillo
limón y el otro en jade muy pálido. Había algunas finas porcelanas famille jaune de ese maravilloso amarillo suave y penetrante; suspendida del cielo
raso, había una araña sorprendentemente moderna que semejaba un torrente de
agua que fluía de una vasija inclinada.
Pero no había señales de presencia humana.
Wexford pasó bajo el arco donde los helechos crecían al nivel del suelo y una Cissus antarctica trepaba por las columnas, y entró a una sala de música. Era más grande
de lo que parecía desde afuera y tenía forma de dodecágono. En el suelo –muy
suave, lustroso y de color gris pizarra pálido– había tres alfombrillas de
Cachemira. Vio un piano de cola de Broadwood situado entre él y la otra entrada
en forma de arco. En ocho de los doce lados había un cuadro o un busto en un
hueco; entre éstos, Mozart y Beethoven; entre los primeros, una caricatura de
Picasso y Stravinsky hecha por Cocteau y un dibujo de Parry firmado por
Rothenstein, y una fotografía de la casa solariega estilo georgiano en la que
funcionaba la escuela de música de Wellridge. Pero en uno de los lados
restantes, sobre un estante de cristal, Camargue había instalado un molde de
las manos de Chopin y en el último, protegido por un estuche de cristal, una
flauta travesera que a Wexford le pareció de oro macizo. Debajo, la siguiente
inscripción: «Obsequiado a Manuel Camargue por Aldo Cazzini, 1949.» ¿Era una
flauta realmente de oro? Levantó la tapa de un estuche que se encontraba en una
mesa baja y en el interior vio un instrumento similar pero hecho de un metal
menos noble, tal vez plata.
Había decidido volver a bajar las escaleras y
enviar a Muriel Hicks en busca de Mrs. Arno, cuando fue consciente de un
movimiento a sus espaldas, de una presencia no del todo acogedora. Se volvió.
Natalie Arno, enmarcada por el alféizar del otro arco, lo contemplaba con una
expresión insondable en sus ojos.
Wexford fue el primero en hablar.
–Buenos días, Mrs. Arno.
Ella estaba absolutamente inmóvil, con una
mano en la mejilla y la otra apoyada contra una de las columnas que sustentaban
el arco. Seguía en silencio.
Él se presentó y dijo amablemente:
–Me enteré de que ha sufrido una especie de
escalo. ¿Correcto?
¿Por qué sentía tan intensamente que ella
estaba aliviada? Su rostro no se inmutó y pasaron unos segundos hasta que se
movió. Luego, lentamente, avanzó.
–Ha sido muy amable al venir tan pronto. –Su
voz era distinta de la de Dinah, tanto como la voz de una mujer puede serlo de
la de otra. Tenía un tenue acento norteamericano y en su tono se ocultaba una
sombra de regocijo. En sus tratos con ella, siempre sería consciente de ello–.
Supongo que he hecho demasiado alboroto por una tontería. Sólo se llevó unas
cucharas. –Hizo una mueca cómica, estirando los labios para pronunciar la vocal
abierta–. Vayamos al salón y se lo explicaré todo.
El aspecto de su rostro era el de una persona
a la que uno puede clasificar instantáneamente de latina: carnoso pero firme,
la nariz recta aunque un poco larga, la boca llena y llamativamente curvada,
los ojos espléndidos, de un negro tan parecido al de la noche como sólo podrían
serlo los de una mujer blanca. Llevaba el negro cabello estirado hacia atrás y
atado en lo alto de la cabeza, un estilo que la mayoría de los rostros
femeninos apenas podrían llevar, pero que al suyo le sentaba y revelaba sus
finos huecos. Y su figura no resultaba menos llamativa que su rostro. Era muy
delgada, a no ser por sus pechos demasiado llenos, y la falda estrecha y el
jersey delgado no contribuían a disimularlos. Semejante aspecto –el ideal de
las fantasías masculinas– proporciona a una mujer un aspecto ligeramente
indecente, sobre todo si se mueve con cierto aire provocativo. Natalie Arno no
hacía exactamente eso, pero cuando se movía como ahora, mientras subía los
escalones hasta el nivel superior, caminaba muy sinuosamente, acentuando su
estrecha cintura.
En el rato que él estuvo ausente del salón
habían entrado dos personas, un hombre y una mujer. Se comportaban con el
estilo más bien carente de propósito de los invitados que tal vez acaban de
dejarse ver y se preguntan dónde encontrar el desayuno, los periódicos y algo
que hacer. A Wexford se le ocurrió que resultaba bastante extraño, si no
atrevido, que Natalie Arno hubiera tomado posesión de Sterries tan
inmediatamente después de la muerte de su padre, se hubiera mudado a ella y
hubiera invitado gente a quedarse. ¿Los abogados de él lo aprobaban? ¿Lo
sabían?
–Éste es el inspector jefe Wexford, que ha
venido, a atrapar a nuestro ladrón –lo presentó–. Mis amigos, Mr. y Mrs.
Zoffany.
El hombre era uno de los que habían formado
un círculo alrededor de él después de la investigación. Parecía rondar los
cuarenta. Tenía cabello rubio, grueso y ondulado, y llevaba una fina barba
ondulada de vikingo, pero su cuerpo se había vuelto fofo y regordete y un trozo
de panza le colgaba sobre el cinturón de los téjanos de pana color gamuza,
demasiado ceñidos y juveniles. Su esposa, vestida con el tipo de ropa que
caracteriza inequívocamente al hippie desfasado, era tan delgada como él
corpulento. Aún era joven, probablemente más joven que la hija de Camargue,
pero su rostro estaba ajado y en su cabello oscuro y brillante se destacaban
bastas hebras grises.
Natalie Arno se sentó en uno de los sillones
color jade y cruzó sus elegantes piernas delgadas a la altura de los tobillos.
Mrs. Zoffany, al otro lado, se dejó caer en el suelo y se sentó con las piernas
cruzadas, plegando su larga falda de retazos alrededor de sus rodillas. La ropa
que llevaba –y a la que, como muchas de sus contemporáneas, se negaba
patéticamente a renunciar– debía de durarle más despiadadamente que una
permanente o un par de medias a otra mujer. Sin embargo, hasta hacía algún tiempo,
esa ropa había sido el símbolo de una élite que pretendía cambiar el mundo.
Sentada así, parecía estar en uno de los conciertos pop de su juventud,
esperando que empezara el espectáculo. Tenía la cabeza levantada en actitud
expectante y los ojos fijos en el rostro de Natalie.
–Le contaré lo que ocurrió –comenzó Natalie–,
aunque me temo que no es mucho. Debían de ser alrededor de las cinco de la
madrugada cuando creí oír romperse un vidrio. Yo dormía en la habitación de
papá. Jane e Ivan ocupan una de las habitaciones de invitados, en la otra ala.
No oísteis nada, ¿verdad, Jane?
Jane Zoffany movió la cabeza con vehemencia.
–Me habría gustado oírlo. Habría sido capaz
de ayudar.
–Yo no bajé. Si le digo la verdad, estaba un poco asustada. –Natalie
sonrió tímidamente. Daba la impresión de que nunca en su vida había estado
asustada. Wexford se preguntó por qué al principio había sentido su presencia
como algo hostil. Era absolutamente encantadora–. Pero me asomé a la ventana.
Exactamente al otro lado (como sabrá, todas las habitaciones de ese lado están
más o menos en la planta baja) había aparcada una furgoneta. Encendí la luz y
tomé nota de la matrícula. Lo tenía aquí, en algún lugar. ¿Qué hice con él?
Jane Zoffany se levantó de un salto.
–Yo lo buscaré, ¿quieres? Lo dejaste por
aquí. Recuerdo que yo todavía estaba en bata... –Se dedicó a buscar por todo el
salón, enganchándose el pañuelo y los flecos del chal en los adornos.
Natalie sonrió, y en esa sonrisa Wexford
creyó notar cierta condescendencia.
–No sabía muy bien qué hacer –continuó–. Papá
no había colocado extensión telefónica en esa habitación. Mientras pensaba, oí
cómo la furgoneta arrancaba y se iba. Entonces fui lo bastante valiente para
bajar al salón y comprobé que faltaba un cristal de una ventana.
–Es una pena que no nos llamara en ese
momento. Lo habríamos cogido.
–Lo sé –dijo pesarosamente, divertida y con
una leve sonrisa–. Pero sólo faltaba esa media docena de cucharas de plata y
dos billetes de cinco libras de mi monedero. Lo había dejado sobre el aparador.
–¿Pero usted sabía exactamente lo que
faltaba, Mrs. Arno?
–Bien. En realidad, no. Pero Mrs. Hicks ha
hablado conmigo esta mañana y dice que no falta nada más.
–Es bastante extraño, ¿no le parece? Esta
casa parece llena de objetos muy valiosos. Hay un Kandinsky en la planta baja,
y un Boudin, creo. Y ésos –señaló con el dedo– son grabados de Hockney
firmados. Esa porcelana amarilla...
Pareció sorprendida por sus conocimientos.
–Sí, pero... –estaba ligeramente ruborizada–,
¿me consideraría demasiado atrevida si le dijera que tengo una teoría?
–En absoluto. Me encantaría oírla.
–Bueno, en primer lugar, creo que él sabía
que papá solía dormir en esa habitación y ahora que mi pobre padre no está, él
se imaginó que no habría nadie allí. En segundo lugar, creo que antes de coger
las cucharas vio que yo encendía la luz. Estaba demasiado asustado para
quedarse más tiempo. ¿Qué le parece?
–Es una posibilidad –respondió Wexford. ¿Era
su imaginación o realmente ella esperaba una respuesta más entusiasta o
halagadora?
Jane Zoffany apareció con el número de la
matrícula apuntado en un trozo de papel arrancado de un cuaderno. Natalie Arno
no le dio las gracias por la molestia que se había tomado. Se levantó, tensando
los hombros y echando la cabeza hacia atrás, haciendo alarde de su maravillosa
figura. Su cintura podría haber quedado cómodamente rodeada por un par de
manos.
–¿Quiere ver el resto de la casa? –preguntó–.
Estoy segura que él no subió a esta planta.
A Wexford le habría gustado, ¿pero para qué?
–En los casos como éste, solemos pedir al
dueño de la casa que haga una lista de los objetos valiosos que faltan. Sería
conveniente que yo diera una vuelta con Mrs. Hicks...
–Por supuesto.
Durante toda la conversación, Ivan Zoffany
había permanecido en silencio. Sin mirarlo, Wexford había sentido su
concentración, la agraviada actitud, tal vez, de un hombre que no es invitado a
participar en lo que parecía ser un asunto de hombres. Pero ahora, cuando
volvió la mirada en dirección a Zoffany, recibió un impacto. El hombre miraba
fijamente a Natalie Arno –probablemente lo había estado haciendo durante los
últimos diez minutos– y su expresión, hipnotizada y fija, era impenetrable.
Podía indicar desprecio, envidia, deseo o simplemente odio. Wexford fue incapaz
de descifrarla, pero sintió pena por la esposa de Zoffany, por cualquiera que
tuviera que soportar una emoción tan ardiente.
Luego de atravesar la sala de música, Muriel
Hicks lo condujo al ala privada de Camargue. Allí todo era bastante más austero
de lo que había visto hasta ahora. El dormitorio, el estudio-sala y el cuarto
de baño estaban enmoquetados de amarillo, el color predilecto de Camargue.
Según el test de Luscher, ¿no te consideraban como la persona mejor adaptada si
tu color favorito era el amarillo? El mobiliario era escaso y, en lugar de
cortinas, en las ventanas había persianas. Sobre la cama se veía un vestido de
Natalie.
Muriel Hicks no había hablado más que para
pedirle que la siguiera. No era una mujer atractiva. Tenía el cutis rosado
claro que suelen tener las personas pelirrojas y regordetas. Wexford se había
casado con una y siempre se había rodeado de bellas mujeres; le sorprendió que,
a pesar de tener una hija hermosa, Camargue hubiera tomado una ama de llaves
fea y una segunda esposa que era una insignificancia. De inmediato se
arrepintió de tal pensamiento. Cuando se volvió, vio que Mrs. Hicks estaba
llorando. Permanecía de pie, con la mano apoyada en un sillón en el que se veía
una alfombra doblada, y las lágrimas rodaban por sus mejillas redondas y
rubicundas.
Era una de las pocas personas con que había
tropezado que no se disculpaba por llorar. Se enjugó la cara y se restregó los
ojos.
–He perdido a mi mejor patrón –dijo– y al
mejor amigo que se pueda tener. Me ha sentado muy mal, se lo aseguro.
–Sí, es lamentable.
–Si mira por esa ventana, verá una casa a la
izquierda. Es nuestra. Realmente nuestra, quiero decir... él nos la dio.
Sabrá Dios lo que vale ahora. ¿Sabe lo que dijo? No permitiré que viváis en las
dependencias de servicio, dijo. Si sois lo suficientemente buenos como para
venir a trabajar conmigo, merecéis vivir en una casa propia.
Era una casa victoriana bastante amplia y
tenía su propio camino de entrada angosto que conducía a Ploughman’s Lane.
Sheila no la querría, supuso, y no le importaría que no perteneciera a
Sterries.
En honor a Mrs. Hicks fingió estudiar el
lugar donde según Natalie Arno había estado la furgoneta.
–No hubo muchos como él –dijo Muriel Hicks
mientras cerraba la puerta. Era un epitafio adecuado, quizá el mejor y
seguramente el más sencillo que Camargue había tenido.
Caminaron por el pasillo, atravesaron la sala
de música y el salón, ahora desierto, y entraron en la otra ala. Allí había una
gran habitación llena de libros, un estudio o biblioteca y tres dormitorios,
cada uno con cuarto de baño en suite. Todas las puertas estaban abiertas y
junto a una de ellas –frente a un largo espejo donde estudiaba desde diversos
ángulos el efecto que causaba el cuello abrochado de un viejo abrigo de
caracul– se encontraba Jane Zoffany. Al ver a Wexford prorrumpió en un torrente
de disculpas –casi pidiendo perdón por existir– y salió corriendo de la
habitación. Muriel Hicks la siguió con la mirada.
–Aquí no falta nada –dijo con tono triste–.
De cualquier manera, ellos habrían oído algo. –Cabía la posibilidad, pensó
Wexford, de que ella hubiera perdido el dominio y se lanzara a una diatriba
contra la hija de Camargue y sus amigos. Pero no fue así. Sin hacer ningún
comentario, lo llevó hasta la segunda planta y luego a la tercera.
¿Por qué Natalie Arno había elegido ocupar el
dormitorio de su padre, tan austero y práctico, sobre todo siendo la habitación
de un hombre recientemente fallecido, en lugar de una de estas lujosas
habitaciones con alfombrillas de piel sobre la moqueta y edredones de plumón de
pato en las camas? ¿Lo hacía para estar apartada de los Zoffany? Pero ellos
eran sus amigos y se suponía que los había invitado. ¿Para gozar con el triunfo
de poseer por fin la casa y todo lo que había en ella? ¿Para apreciarlo en su
totalidad durmiendo en el íntimo santuario, el sanctasantórum? Pensó que
haciendo esto había causado un gran dolor a Mrs. Hicks y luego recordó que este
tipo de especulaciones no tenía sentido, que no estaba investigando nada más
que un robo de menor cuantía. Y el verdadero motivo de su presencia allí era
hacer una inspección preliminar para un posible comprador.
–¿Hay algo de valor en ese cofre? –le
preguntó a Mrs. Hicks. Se trataba de un enorme objeto de teca con tiradores de
cobre que había en el pasillo.
–Sólo mantas.
–¿Y en ese armario?
Ella lo abrió y dijo:
–No falta nada.
Bajaron. Morgan ya se había ido en su
furgoneta. En el vestíbulo estaban Burden, Natalie Arno y los Zoffany, el
hombre que había visto limpiando el sendero y una mujer con un abrigo de piel
de zorro, que evidentemente acababa de llegar.
Todos iban vestidos con ropa de calle, ropa
para soportar un frío glacial. Mientras bajaba la escalera para reunirse con
ellos, a Wexford le sorprendió el hecho de que Natalie y sus amigos se veían
absolutamente lamentables en comparación con los otros tres. Burden siempre iba
bien vestido y, con su nueva zamarra, aún más: La recién llegada iba a la moda,
elegante con el jersey de cachemira color crema que se veía bajo el cuello de
su abrigo, y los guantes impecables. Incluso Ted Hicks, vestido con téjanos y
anorak, tenía el aspecto de un terrateniente. Al lado de ellos, Natalie y los
Zoffany parecían una pandilla de harapientos, Zoffany con su viejo abrigo tan
raído como el de Wexford, su esposa con una falda cuyos bordes colgaban por
debajo del dobladillo del abrigo de caracul. El aspecto de Natalie no era menos
sorprendente. Con una chaqueta que parecía hecha con una manta vieja y botas
con suela de plataforma tan gastadas y tan pasadas de moda que Wexford pensó
que debía de haberlas comprado en una tienda de segunda mano, se veía vulgar y
venida a menos. Riendo para sus adentros, se dijo que eran la clase de gente
que uno (o los vecinos) difícilmente esperaría ver saliendo de una casa de Ploughman’s
Lane.
Burden le explicó que la mujer del abrigo de
piel era uno de esos vecinos. Mrs. Murray-Burgess. Había visto los coches de la
policía y luego se había cruzado con Mr. Hicks en la calle. Sí, vivía en la
puerta de al lado –si se podía llamar puerta de al lado, ya que Kingsfield
House quedaba separada de Sterries por algo así como media hectárea– y pensó
que podría facilitar alguna información útil.
Entraron en tropel en el salón, donde Hicks
reemprendió su tarea de tapar la ventana rota. Wexford le preguntó a Mrs.
Murray-Burgess cuál era la naturaleza de la información.
Había visto a un hombre en los terrenos de
Sterries. No la noche anterior, sino hacía unos pocos días. De hecho, se lo
había mencionado a Mrs. Hicks, ya que no conocía a Mrs. Arno. Dedicó a Natalie
una breve mirada que parecía indicarle su deseo de que las cosas continuaran
así. No, no podía recordar exactamente cuándo había sido. Daba la casualidad de
que la noche anterior se había levantado a las cinco y media –siempre se
levantaba temprano– y había visto las luces de un vehículo que salía de
Sterries y se dirigía a la calle. Wexford asintió.
–¿Podría identificar al hombre si volvía a
verlo?
–Claro que sí –dijo Mrs. Murray-Burgess
enfáticamente–. Es más, me gustaría. Este tipo de cosas tiene que
terminar antes de que el campo se vaya por completo a la ruina. Si es
necesario, me presentare ante el tribunal y diré ése es el hombre... bueno, no
hay otra alternativa. Ya es hora de que alguien tome una decisión.
El rostro de Natalie permanecía impasible,
pero en lo profundo de sus ojos Wexford vio un destello de risa. En su
situación, cualquiera se habría dirigido a esta acaudalada y majestuosa vecina
para agradecerle su preocupación y civismo. La mayoría de la gente habría
propuesto una reunión en términos más amistosos, o le habría sugerido que fuera
con su esposo y tomaran un trago juntos. Muchos habrían hablado de la muerte y
habrían mencionado la celebración del oficio. Natalie se comportó exactamente
como si Mrs. Murray-Burgess no existiera. Estrechó la mano de Wexford,
agradeciéndole calurosamente mientras aumentaba la presión de sus dedos.
También dio las gracias a Burden y le dedicó una seductora sonrisa. Los
acompañó hasta la puerta, seguida por los Zoffany, y todos salieron al vivificante
aire frío y al brillante sol. Mrs. Murray-Burgess, a quien habían dejado
plantada en el salón con Ted Hicks, salió un momento después mostrando una
expresión ofendida y perpleja.
Wexford, que sin duda los había dejado
impresionados con su ceño fruncido y su aire preocupado, observaba el tamaño de
los vidrios dobles y hacía cálculos aproximados de la extensión de los
terrenos. Cuando por fin subieron al coche, le comentó a Burden –aunque el
inspector no sabía de qué hablaban– que a veces estas reflexiones aún le
quitaban el sueño.
El propietario de la furgoneta fue
rápidamente localizado a través del número de la matrícula. Se trataba de un
técnico de televisores llamado Robert Clifford. Dijo que le había prestado la
furgoneta a un inquilino suyo de Finsbury Park, al norte de Londres, un hombre
de treinta y seis años llamado John Cooper. Cooper, que estaba en el paro,
reconoció haber realizado el robo luego de que las cucharas fueran encontradas
en su poder. Dijo que había leído en los periódicos acerca de la muerte de
Camargue y algunos informes sobre la distribución de Sterries.
–Era una invitación para entrar a robar –dijo
descaradamente–. Todas esas cosas acerca de pinturas valiosas y porcelanas, y
además que el ama de llaves no dormía en la casa. Y así era, la primera vez que
estuve.
–¿Cuándo había sido eso?
–El martes por la noche –dijo Cooper. Se
refería al martes 29, dos días después de la muerte de Camargue, cuando volvió
para robar–. Yo no sabía cuál era la habitación del viejo –explicó–. ¿Cómo iba
a saberlo? Los periódicos no te dan un plano del maldito lugar. –Había aparcado
la furgoneta al otro lado de esa ventana sencillamente porque parecía el sitio
más conveniente y no podía verse desde la calle–. Me sobresalté cuando se
encendió la luz. –Parecía agraviado, como si lo hubieran interrumpido sin
motivo mientras realizaba alguna tarea legítima. Hablaba con un lenguaje de
clase media. Quizá como el joven maleante de Burden, era un caso patológico de
cleptomanía con trastornos de la personalidad.
Cooper compareció ante el magistrado de
Kingsmarkham y se lo mantuvo bajo custodia hasta que el caso pudo ser visto en
el Tribunal de la Corona de Myringham.
Wexford pudo proporcionar a Sheila un informe
favorable sobre la casa de Camargue, pero ella parecía haber perdido interés
por el lugar. Los hijos tenían ese modo de comportarse, ya lo había notado. La
casa de Andrew en Keats Groce era realmente muy hermosa y además tenía el
chalet de Dorset. Si vivían en Sussex, también tendrían que mantener un piso en
la ciudad. Ella no podía volver a Kingsmarkham después de una actuación
nocturna, ¿verdad? Los agentes inmobiliarios habían encontrado un comprador
para el piso que ella tenía en St. John’s Wood y estaban consiguiendo que
pagaran un precio asombroso por él. ¿Mamá había ido a oír la segunda
amonestación? Claro que sí.
El día de la celebración del oficio era
brillante y soleado. Un clima alpino, lo llamó Wexford, con la escarchada nieve
centelleando, derritiéndose un poco bajo el sol, sólo para convertirse otra vez
en grueso cristal al atardecer. De regreso de su visita al Instituto Sewingbury
–donde la frecuencia de las riñas entre adolescentes era alarmante– pasó por la
iglesia de St. Peter en el momento en que los deudos se marchaban. Los
uniformes transforman a los hombres. Bajo un abrigo negro y un sombrero negro
de fieltro podía respirar tanto el acompañante de sir Manuel como su vinatero.
Pero estaba bastante seguro de haber reconocido a James Galway, y se quedó para
echarle una mirada, como cualquier turista a la caza de una celebridad.
Sheila, escapándose con Dinah Sternhold hasta
un coche de alquiler, llamaba la atención tanto como cualquiera... un anuncio,
pensó su padre, de lo que les esperaría quince días después. Los Zoffany no
estaban a la vista, pero Natalie Arno, sosteniendo del brazo a un anciano
alfeñique –un hombre de aspecto tan débil que resultaba asombroso que el viento
no lo hubiera hecho volar como a una pluma–, permanecía en los escalones dando
la mano a los visitantes que se iban. Llevaba un abrigo negro y un enorme
sombrero negro, ropas nuevas que parecían adecuadas para la ocasión, y
permanecía rígida, con los finos tobillos juntos. Cuando Wexford se marchaba
–aunque varias docenas de personas se habían ido, luego de estrecharle la
mano–, cuatro o cinco hombres, además del alfeñique, se quedaron junto a ella.
Rió para sus adentros, divertido al comprobar que su predicción se cumplía.
El fin de semana, Sheila había recibido de
los agentes inmobiliarios la confirmación de que su piso estaba vendido, o que
las negociaciones para comprarlo habían comenzado. Esto la sumía en un dilema.
¿Firmaría el contrato y luego se marcharía feliz de luna de miel a las
Bermudas, dejando el piso lleno de muebles? ¿O lo haría vaciar y haría guardar
los muebles antes de irse? Persuadida por su prudente madre, escogió el
miércoles anterior a la boda para hacer la mudanza. Wexford, que tendría el día
libre, prometió ir con ella hasta St. John’s Wood.
–Nosotros también podríamos ir a las Bermudas
–le dijo Dora a su esposo.
–Sé que era costumbre de las novias de la
época victoriana llevar un amigo en su luna de miel –comentó Wexford–, pero
seguramente no llevaban a sus padres.
–No quiero decir al mismo tiempo, querido.
Quiero decir que podríamos ir a las Bermudas más adelante. Cuando te tomes
vacaciones. Nos lo podemos permitir, ya que no pagaremos los gastos de la boda.
–¿Qué me dices de mi nuevo coche? ¿Y de la
nueva alfombra para el vestíbulo? Y creí que habías decidido que la vida era
insoportable sin un congelador.
–De todos modos, no podríamos comprar todas
esas cosas.
–Por supuesto –admitió Wexford.
¿Unas vacaciones maravillosas o un coche
nuevo? El sol y el calor por valor de mil libras adquirían prioridad,
reflexionó mientras conducía hacia Myringham, al tribunal. La nieve aún se
mantenía y el tiempo luminoso había dado paso a la niebla helada. ¿Pero
seguiría pensando lo mismo cuando estuviera soleado y volviera la primavera?
Entonces, el congelador y la alfombra parecían la elección más inteligente.
John Cooper fue declarado culpable de escalo
y entrada en Sterries, y del robo de seis cucharas de plata; y, dado que tenía
condenas anteriores, fue condenado a seis meses de cárcel. Wexford quedó
bastante sorprendido al enterarse de que una de esas condenas, aunque antigua,
era robo con violencia. Mrs. Murray-Burgess estaba presente en el tribunal y
enrojeció de satisfacción cuando se pronunció la sentencia. Durante todo el
proceso había estudiado al oscuro, bastante guapo y desgarbado Cooper con el
temor y la fascinación con que uno mira a un toro o a una fiera enjaulada.
A Wexford se le ocurrió que en el camino de
vuelta pasaría por Sterries y comunicaría la noticia a Natalie Arno. Le había
prometido hacerle saber el resultado. Probablemente estaría tan encantada como
su vecina, y podría recuperar sus cucharas.
Como intentaba ser honesto consigo mismo, se
preguntó si éste sería su único motivo para hacer una visita a Ploughman’s
Lane. En fin de cuentas, se trataba de una tarea que el sargento Martin o incluso
el detective Loring podrían cumplir más eficazmente. ¿Se sentía, al igual que
aquellos hombres, atraído por Natalie? ¿Ella podría haber dicho también de él,
como Cleopatra con su caña de pescar: «Te he pescado»? Se lo preguntó
honestamente... y respondió con un honesto y casi rotundo no. Ella lo divertía,
lo intrigaba, y sospechó que se entretenía empleando ciertas estratagemas
manipuladoras. Pero no lo atraía. En él seguía vivo el punzante recuerdo de
cómo, en la sala de música, antes de hablarle, sintió su presencia detrás de él
como algo desagradable. Ella sabía mirar, no cabía duda de que era inteligente,
estaba llena de encanto y, sin embargo, ¿no había en ella algo serpentino? Y
aunque esta imagen se disolvería cuando se encontrara ante la verdadera
Natalie, lejos de ella pensaba en sus sinuosos movimientos como en los de un
reptil y en sus maravillosos ojos como en los de una cobra.
Así pues, sabía que al ir a Sterries corría
cierto peligro. Nadie lo ataba. Simplemente visitaría a Natalie Arno para hablar
lo necesario, quizá tomaría una taza de té y tendría la oportunidad de observar
a una personalidad fuerte operando con una débil. Si los Zoffany aún estaban
allí, claro. Pronto lo sabría.
Eran las tres de la tarde de un oscuro día.
En las ventanas de Sterries no se veía ninguna luz. De todas formas, mucha
gente prefiere sentarse en la oscuridad en lugar de anticipar la noche tan
pronto. Tocó el timbre. Tocó y volvió a tocar, y se alegró de no sentirse
especialmente decepcionado al no encontrar a nadie en la casa.
Sin pensarlo demasiado, bajó por el sendero
hasta la otra casa. Ted Hicks abrió la puerta. Sí, Mrs. Arno estaba fuera. De
hecho, había regresado a Londres. Sus amigos se habían marchado y luego lo
había hecho ella, dejándolo a él y a su esposa al cuidado de la casa.
–¿Tiene la intención de regresar?
–No tengo la menor idea, señor. Mrs. Arno no
lo dijo. –Hicks hablaba respetuosamente. Por cierto, tenía un aire de criado
chapado a la antigua mucho más marcado que su esposa. Una vez más Wexford sintió,
como le había ocurrido con Muriel Hicks, que su discreto interlocutor
estallaría, lanzando insultos contra Natalie o hablando de ella con desprecio.
Pero nada de eso ocurrió. Hicks apretó los labios y dedicó a Wexford una mirada
vacía, aunque sin mirarlo a los ojos–. ¿Le importaría pasar? Puedo darle la
dirección de Mrs. Arno en Londres.
¿Para qué tomarse esa molestia? Sé negó, le
dio las gracias al hombre y le preguntó, casi como si acabara de ocurrírsele,
si la casa se vendería.
–Es muy probable, señor. –Hicks, que estaba
en posición rígida y casi marcial, se relajó un poco–. Esta casa será vendida.
Mi esposa y yo no podríamos seguir aquí ahora que sir Manuel ya no está.
Parecía probable que Natalie se hubiera
despedido de Kingsmarkham y que la ciudad no volvería a verla. Quizá tenía la
intención de instalarse en Londres o incluso de regresar a Estados Unidos. Algo
por el estilo le dijo a Sheila a la mañana siguiente, mientras la llevaba a
Londres. Pero ella había perdido interés en Sterries y en su futuro, y estaba
preocupada por el periódico de la mañana, que publicaba un artículo sobre ella
y la boda venidera. En general parecía contenta con éste, y la reacción
sorprendió a Wexford y a Dora. Ellos estaban horrorizados con la descripción
que hacían de ella como la «hermosa hija de un policía rural» y con la
fotografía de cuerpo entero que la mostraba no como la azafata Curtis ni en uno
de sus papeles en la Real Compañía Shakespeare, sino recostada en un montón de
cojines, vestida con un poco más que un par de medias con lentejuelas y una
piel bastante reducida.
«Dorset se lo guarda» era el lema que llevaba
en un costado la furgoneta de mudanzas, que ya había llegado a Hamilton
Terrace. Sentados en la cabina del vehículo, dos hombres esperaban tristemente
la llegada del dueño del piso. Al reconocer a la dueña se apaciguaron y,
mientras subían en el ascensor, el más joven le preguntó a Sheila si le daría
un autógrafo para su esposa, que no se había perdido un solo episodio de Pista
desde que la serie había comenzado.
El otro hombre parecía muy viejo. Wexford
pensó que era demasiado viejo para hacer este trabajo, hasta que lo vio
levantar la enorme cómoda panzuda de Sheila y colocarla sobre sus hombros como
si se tratara de un paquete liviano. El más joven sonrió ante el asombro de
Wexford.
–Es una pena que no tenga un piano –dijo–. Él
proviene de la familia levantadora de pianos más famosa del país.
Wexford nunca había imaginado que un talento
de ese tipo viniera de familia o siquiera que alguien gozara de reputación por
semejante habilidad. Miró al viejo –que parecía tener aproximadamente la edad
de Camargue –con nuevo respeto.
–¿Adónde llevan todo esto?
Consultaron una lista.
–Esta pieza y las sillas y aquel cofre van a
Keats Grove, y...
–Me refiero a lo que no va a Keats Grove.
–Al guardamuebles. A nuestro guardamuebles de
Thornton Heath, camino de Croydon, si es que lo conoce. La señora no tiene
tanto como para necesitar más de un contenedor. –Mencionó la cifra que Sheila
tendría que pagar por semana por el almacenaje de las mesas y las sillas.
–Queda apilado en este contenedor, ¿no es
así? Y guardado con cientos de cosas más. Suponga que dice que quiere guardar
esto durante un año y luego cambia de idea y quiere quitar, digamos, una cosa.
–No sería un problema, jefe. Son suyas, ¿no?
Mientras pague, puede hacer lo que quiera con ellas, dejarlas si lo prefiere, o
inspeccionarlas una vez por semana. Muchas gracias, señora –dijo a Sheila, que
estaba repartiendo latas de cerveza.
–Échame una mano, George –pidió el viejo.
Había levantado solo la cama de cuatro
columnas de Sheila, la sostuvo a varios centímetros del suelo y luego lo pensó
mejor. El y George comenzaron a desmontarla.
–Se sorprendería –comentó George– de las
cosas que ocurren. Somos una empresa antigua y en el guardamuebles tenemos
cosas guardadas desde antes de la Primera Guerra...
–La Gran Guerra –dijo el viejo.
De acuerdo, la Gran Guerra, entonces. Tenemos
cosas guardadas desde antes de 1914. El sujeto que las hizo guardar está muerto
y bien muerto y el arriendo ha subido diez, veinte veces, pero la familia
quiere conservarlas y sigue pagando. Muebles que han estado guardados durante
veinte años... es algo corriente, nada inusual. Tenemos una señora que puso su
piano de cola en depósito en 1936 y ahora está muerta, pero su hija sigue
pagando. Viene alguna que otra vez y nosotros le abrimos el contenedor y le
permitimos echar una mirada y comprobar que el piano está bien.
–Mira si puedes cambiar esa tuerca, George
–dijo el viejo.
A las dos habían terminado. Wexford llevó a
Sheila a comer fuera a un pequeño restaurante francés de Blenheim Terrace,
totalmente distinto al de Mr. Haq. Compartieron una botella de Domaine du Parc
y mientras Wexford alzaba su copa y brindaba por la felicidad de ella, tuvo un
insólito arrebato de sentimentalismo. Ella era su tesoro. El corazón se le
hinchó de orgullo cuando vio que la gente la miraba, murmuraba y volvía a
mirar. Desde hacía unos años, apenas era suya, era una especie de propiedad
pública, pero después del sábado sería de Andrew y él la perdería para
siempre... Súbitamente, soltó una carcajada ante su exceso de sensiblería.
–¿De qué te ríes, papi?
–Pensaba en esos hombres de la mudanza
–mintió.
La llevó a Hampstead, donde ella pasaría la
noche, y emprendió el largo trayecto de regreso a Kingsmarkham. No tenía mucha
experiencia con el tráfico londinense; había salido de Keats Grove a las cuatro
y, cuando llegaba a Waterloo Bridge, se encontró en el peor momento de la hora
punta. Eran más de las siete cuando llegó a su casa, cansado y de mal humor.
Dora salió al vestíbulo para recibirlo.
–Reg –dijo con voz queda–, esa amiga de
Sheila que iba a casarse con Manuel Camargue está aquí. Dinah no sé qué.
–¿No le dijiste que Sheila no volverá esta
noche?
Dora, consciente de que debía evolucionar con
los tiempos, consciente de que Sheila y Andrew en cierto modo habían estado
viviendo juntos el año anterior, sin embargo aún hacía intentos por presentar
al mundo la imagen de su hija como una anticuada novia virgen. La acusadora
mirada de su esposo –que desaprobaba este tipo de ocultamientos– la hizo
ruborizarse y decir rápidamente:
–No quiere ver a Sheila, quiere verte a ti.
Está aquí hace una hora, insistió en esperar. Dice... –Dora levantó la mirada–.
¡Dice que hasta esta mañana no estaba enterada de que eres policía!
Los regalos de boda seguían llegando. La casa
no era bastante grande para este tipo de afluencia y ahora los artículos más
grandes empezaban a llenar el vestíbulo. Estuvo a punto de tropezar con un
objeto que, dado que estaba envuelto en cartón ondulado y papel marrón, debía
de ser un soporte para plantas, un atril o una lámpara de pie; maldiciendo en
voz baja, entró en el salón.
Esta vez la perra alsaciana no estaba. Dinah
Sternhold se encontraba sentada junto al hogar, con la vista clavada en el
fuego, quizá absorta en sus pensamientos. Se levantó de un salto cuando él
entró y su pálido rostro se sonrojó.
–¡Oh, lamento molestarlo, Mr. Wexford!
Créame, no estaría aquí si no pensara que es absolutamente... bien, absolutamente
vital. Lo aplacé durante mucho tiempo y me sentía muy mal, y ahora no puedo
dormir a causa de la inquietud... Pero es que... sólo esta mañana descubrí que
usted es inspector jefe de la policía.
–Lo leyó en el periódico –dijo Dora,
sonriendo–. «Hermosa hija de un policía.»
–Sheila nunca me lo dijo, ¿sabe? ¿Por qué lo
haría? Yo nunca le conté a ella que mi padre es director de un banco.
Wexford se sentó.
–Entonces, lo que tiene que contarme es algo
serio, supongo. ¿Tomamos una copa? Yo estoy un poco cansado y usted parece
necesitar coraje.
Según las órdenes del médico, él no podía
permitirse nada más fuerte que el vermut pero, para su sorpresa, ella pidió
whisky. Por el modo en que se estremeció con el primer sorbo, fue evidente que
no estaba acostumbrada a esa bebida. Elevó hacia él aquellos ojos marrón
grisáceos que parecían llenos de una suave luz. Había considerado ese rostro
como un rostro simple, pero no era así, y por un momento pudo intuir lo que
Camargue había visto en ella. Si la belleza de él había sido espiritual y
sensible, la de ella era mucho más inmediata. El anciano músico y su joven
criatura habían compartido, sintió Wexford, un enfoque amable, impulsivo y
gozoso de la vida.
Ahora no había goce en sus rasgos macilentos.
Parecían convulsionados por la duda, y tal vez por el miedo.
–Sé que tenía que decírselo a alguien
–comenzó Dinah–. En cuanto Manuel... murió, supe que tenía que decírselo a
alguien. Pensé en sus abogados, pero imaginé que me escucharían sabiendo que yo
no iba a... bien, a heredar, y pensarían que hablaba como la zorra de la
fábula... Me parecía demasiado insensato acudir a la policía. Pero esta mañana,
cuando lo leí en el periódico... verá, sé que usted es el padre de Sheila, y
no... Creo que no estoy hablando con demasiada coherencia...
–Entiendo que se sentía insegura de
proporcionar algún tipo de información, pero estoy desorientado con respecto a
ella.
–Oh, claro que sí. La cuestión es que, en
realidad, ni yo misma lo creo. No puedo, parece tan... bueno, tan extravagante.
Pero Manuel lo creía, estaba seguro, de modo que no me parece que deba
guardármelo y dejar que las cosas sigan adelante, ¿no?
–Creo que será mejor que hable claramente,
Mrs. Sternhold. Dígame simplemente de qué se trata y dejemos las explicaciones
para después.
Ella dejó su vaso. Apartó la mirada de él; el
resplandor del fuego le enrojecía un lado de la cara.
–Bien. Manuel me dijo que Natalie Arno, o la
mujer que se hace llamar Natalie Arno, no era en absoluto su hija. Estaba
totalmente convencido de que era una impostora.
Él guardó silencio y su rostro no mostró
señales de lo que sentía. Ahora ella lo miraba, sus dudas habían aumentado,
tenía las manos levantadas y fuertemente apretadas contra la barbilla. A la luz
del fuego, el rubí de su dedo se encendía y destellaba.
–Así es –dijo ella–. Era algo como para...
dudarlo, ¿no? Pero en realidad no lo creo. Oh, no quiero decir que no fuera
maravilloso para la edad que tenía y que no estuviera en su sano juicio. No es
eso lo que quiero decir. Pero su vista era deficiente y había caído en tal
estado emocional al verla, eran diecinueve años, y quizá ella no fue muy amable
y... ¡oh, no sé! Cuando dijo que no era su hija, que era una impostora, y que
en su testamento no le dejaría nada, yo...
Wexford la interrumpió.
–¿Por qué no me lo cuenta desde el principio?
–¿Cuál es el principio? El momento en que
ella, sea quien sea...
–Empiece por el momento de su regreso al país
en noviembre.
Dora se asomó a la puerta. Él sabía que venía
a preguntarle si estaba listo para la cena, pero se retiró sin pronunciar
palabra. Dinah
Sternhold dijo:
–Creo que le estoy arruinando la cena.
–No importa. Volvamos a noviembre.
–Sólo sé que llegó en noviembre. No se puso
en contacto con Manuel hasta mediados de diciembre... el doce de diciembre.
Ella no dijo nada con respecto a nuestra boda, sólo si podía venir a verlo, y
algo acerca de una reconciliación. Al principio ella quería venir por Navidad,
pero cuando Manuel le contestó por carta que eso sería fantástico y que yo
estaría allí con mis padres, ella dijo que no, que la primera vez quería verlo
a solas. Suena intrascendente, dicho así, que Manuel contestara su carta y la
invitara, pero no lo fue en modo alguno. Recibir la primera carta de ella lo
afectó de un modo absoluto. Estaba muy... bueno, excitado ante la idea de
verla, más bien confundido, y casi era como si estuviera preocupado. Le sugerí
que la llamara por teléfono, ella había dejado un número, pero él no estaba
acostumbrado a ello y es verdad que resultaba difícil hablar por teléfono con
él si uno no lo conocía. Su oído era perfecto cuando podía ver a
su interlocutor. De todas formas, ella sugirió el diez de enero y otra vez
pasamos por la misma excitación y nerviosismo. Yo no estaría, y los Hicks
tampoco; Muriel tendría listo el té y dejaría que lo hiciera él, y ella tendría
una habitación de invitados preparada para el caso de que Natalie decidiera
quedarse. Bien, dos o tres días antes, debe de haber sido alrededor del día
siete, telefoneó una mujer llamada Mrs. Zoffany. Muriel atendió la llamada.
Manuel dormía. Mrs. Zoffany dijo que hablaba en nombre de Natalie, quien no
podría ir el día diez porque tenía que ingresar en el hospital para hacerse un
examen médico, y sí podía ir en cambio el diecinueve. Manuel se puso nervioso
cuando Muriel se lo dijo. Yo fui por la tarde y lo encontré muy deprimido y
nervioso, y dijo que Natalie no quería realmente una reconciliación, al margen
de lo que hubiera intentado al principio, y que simplemente estaba tratando de
librarse de verlo. ¿Se imagina? Continuó diciendo que moriría pronto y que en
cierto modo eso sería una suerte para mí, no estar atada a un viejo, etcétera.
Tonterías, por supuesto, pero comprensibles, creo. Estaba ansioso, por verla. Afortunadamente, no soy celosa por naturaleza. Muchas
mujeres se habrían sentido celosas.
Tal vez sí. Los celos no saben de diferencias
de edad ni de conveniencias. Camargue, pensó Wexford, había elegido como
segunda esposa a una hija sustituía suponiendo que su verdadera hija nunca
reaparecería. No es de extrañar que, cuando apareció, esas emociones se
hubieran desencadenado. Se limitó a decir.
–Creo que fue el 19 cuando vino, ¿no?
–Sí. Por la tarde, a eso de las tres. Vino en
tren desde Victoria y luego cogió un taxi desde la estación. Manuel pidió a los
Hicks que no los interrumpieran y que Ted incluso se llevara a Nancy toda la
tarde. Muriel dejó preparado el té en la mesa del salón y había un poco de pato
frío y otras cosas para la cena en la nevera.
–¿O sea que cuando ella vino sir Manuel
estaba solo?
–Absolutamente solo. Lo que voy a contarle es
lo que me dijo al día siguiente, el domingo por la mañana, cuando Ted lo llevó
en coche hasta mi casa. Me dijo que al principio intentaba ser bastante frío y
distante con ella. –Dinah Sternhold esbozó una tierna y evocadora sonrisa–. Yo
no tenía mucha confianza en eso –afirmó–. Lo conocía, ¿sabe? Sabía que no era
propio de él no mostrarse cálido y amable. Y de hecho, cuando bajó y abrió la
puerta, dijo que olvidó todo y simplemente la tomó en sus brazos y la retuvo.
Después se avergonzó de eso, pobre Manuel, se sentía mal consigo mismo por
retroceder. Bueno, fueron arriba, se sentaron y charlaron. Es decir, Manuel
habló. Dijo que repentinamente descubría que tenía mucho que decirle. Habló y
habló, acerca de su vida desde que ella se había ido, de la muerte de su madre,
de su retiro a causa de la artritis de sus manos, de cómo había construido esa
casa. Ella le respondió, dijo, pero muchas cosas que ella dijo no pudo oírlas.
Quizá ella hablaba en voz baja, pero yo hablo en voz baja y él siempre podía
oírme. De cualquier manera...
–Tiene acento norteamericano –comentó
Wexford.
–Tal vez fue por eso. Lo terrible resultó que
cuando él habló del largo tiempo que ella había estado fuera, realmente gritó.
Yo no lo consideraría importante, pero él estaba muy avergonzado de haber
gritado. Sin embargo, se serenó. Dijo que podían tomar el té y que esperaba que
ella se quedara a pasar la noche y le preguntó si quería ver la casa. El
siempre llevaba la gente a recorrer la casa, creo que es algo que acostumbra
hacer su generación, y entonces...
Wexford la interrumpió:
–¿Durante todo ese tiempo creyó que era su
hija?
–¡Oh, sí! No tenía ninguna duda. El modo en
que dijo que lo descubrió... bien, es muy delirante... De todos modos le
comunicó que haría un nuevo testamento después de la boda, y aunque tenía la
intención de dejarme la casa y todo su contenido, todo lo demás sería para
ella, incluyendo el resto de la fortuna de su madre. Era mucho dinero, un
millón, creo. Le mostró la habitación que estaba preparada para ella, pero en
ese momento ella dijo que no se quedaría, y entonces volvieron a la sala de
música. Oh, creo que nunca ha estado en la casa, ¿no?
–En realidad, sí –dijo Wexford.
Lo miró con ligero desconcierto.
–Bien, entonces sabrá que hay huecos por toda
la sala de música, y en uno de esos huecos una flauta de oro. Se la regaló a
Manuel una especie de mecenas y admirador suyo, un norteamericano de origen
italiano llamado Aldo Cazzini, y es perfectamente utilizable, aunque de hecho
Manuel nunca la usó. El y Natalie entraron en la sala y Natalie echó una mirada
al hueco y dijo: «Todavía tienes la flauta de oro de Cazzini», y fue en ese
momento, dijo, cuando lo supo. Tuvo la certeza de que no era Natalie.
Wexford comentó:
–No la sigo. Seguramente reconocer la flauta
sería una confirmación de su identidad más que una prueba de que era una
impostora.
–Fue por el modo en que lo pronunció. Se
pronuncia Catzini y esa mujer pronunció Cassini. Al menos eso es lo que él dijo. La
verdadera Natalie creció hablando inglés, francés y castellano con igual
soltura. Aprendió alemán en la escuela y, cuando tenía quince años, Manuel le
enseñó a hablar italiano porque pretendía que ella fuera música y pensaba que
el italiano era esencial para una música. La verdadera Natalie nunca habría
pronunciado mal un nombre italiano. Según él, no lo habría hecho peor de lo que
un francés pronunciaría Camargue para que rimara con Montague. De modo que en
cuanto la oyó pronunciar Cazzini, supo que no podía ser Natalie.
Wexford se habría echado a reír, pero se
limitó a sacudir la cabeza.
–Debió de haber algo más.
–Hubo algo más. Dijo que el impacto fue
terrible. Guardó silencio durante un momento. La miró intensamente, la estudió
y entonces pudo ver que no era su hija. Diecinueve años es mucho tiempo, pero ella no
podría haber cambiado tanto y de ese modo. Sus rasgos eran diferentes, el color
de sus ojos era diferente. Volvió con ella al salón y entonces dijo: «No eres
mi hija, ¿no es cierto?»
–Se lo preguntó realmente.
–Se lo preguntó y... Mr. Wexford, usted
comprende que le estoy contando lo que él dijo... Siento que lo traiciono al
dudar de él, como si hubiese estado senil o loco... No lo estaba, él era
maravilloso, pero...
–Era viejo –concluyó Wexford. Un viejo tonto,
cariñoso y octogenario–. Estaba sobreexcitado.
–Oh, sí, exacto. Pero la cuestión es que se
lo preguntó y ella lo admitió.
Wexford se inclinó hacia adelante, frunció el
ceño y clavó la mirada en el rostro ruborizado y atento de Dinah Sternhold.
–¿Me está diciendo que esa mujer admitió ante
sir Manuel que no era Natalie Arno? ¿Por qué no lo dijo usted antes?
–Porque no lo creo. Pienso que cuando dijo
que ella admitió no ser Natalie y pareció avergonzada e incómoda, creo que él
estaba... bueno, estaba soñando. Verá, él le dijo que se marchara. Estaba
temblando y se sentía terriblemente afligido. No era propio de él gritar a la
gente ni mostrarse violento, usted comprende, simplemente le dijo que no dijera
una sola palabra más y que se marchara. La oyó cerrar la puerta de entrada y
entonces hizo algo que nunca hacía. Bebió un poco de coñac. En situaciones
normales nunca probaba el alcohol, a veces una copa de vino o un jerez, eso era
todo. Pero bebió un poco de coñac para recuperar el equilibrio, dijo, y luego
fue a acostarse porque su corazón latía a ritmo acelerado... y se quedó
dormido.
–¿Usted lo vio al día siguiente?
Ella asintió.
–Al día siguiente, alrededor de las once.
Creo que mientras estaba dormido soñó eso acerca de que ella admitió no ser
Natalie. Se lo dije. Yo no lo complacía... no manteníamos ese tipo de relación.
Le dije que pensaba que estaba equivocado. Le dije todo lo que creía y creo
ahora... que los ojos se decoloran y las facciones cambian y uno puede olvidar
un idioma así como puede olvidar cualquier otra cosa. El se empecinó. Era
dulce, bueno, un genio... pero también era impulsivo y obstinado. De cualquier
manera, dijo que iba a excluirla de su testamento. Era una timadora y una
impostora que pretendía apoderarse de una considerable propiedad recurriendo al
fraude. Por lo tanto no tendría nada y yo me quedaría con todo. Quizá no me
creerá si le digo que hice todo lo posible para disuadirlo de esa idea.
Wexford inclinó levemente la cabeza.
–¿Por qué no?
–Habría estado en mi propio interés mostrarme
de acuerdo con él. De todos modos, traté de disuadirlo, y él se mostró tan
encantador conmigo como siempre, pero no me escuchó. Le escribió a ella y luego
escribió a sus abogados, solicitando que uno de los socios fuera a Sterries el
4 de febrero... que habría sido dos días después de nuestra boda.
–¿Quiénes son esos abogados?
–Symonds,
O’Brien y Ames –dijo–, de High Street.
La principal firma de abogados de
Kingsmarkham. Recientemente habían trasladado sus oficinas al nuevo Kingsbrook
Precinct. La gente de Wexford tenía frecuentes tratos con ellos.
–Invitó a Mr. Ames a almorzar con nosotros
–prosiguió Dinah Sternhold–, y después él redactaría un nuevo testamento para
Manuel. Debió haber sido el 22 o el 23 cuando escribió a Natalie, y el 27...
estaba ahogado –su voz se quebró.
Wexford esperó. Luego dijo amablemente:
–¿No tenía intención de recurrir a nosotros y
no iba a confiar en su abogado?
Ella no respondió directamente.
–Creo que obré bien –explicó–. Yo lo evité.
No pude disuadirlo de la decisión de desheredarla, pero logré evitar que
acudiera a la policía. Le dije que provocaría un... un escándalo, y él habría
detestado una cosa así. Lo que yo quería era que hiciese un nuevo testamento,
si lo deseaba. Los testamentos pueden deshacerse y rehacerse. Yo sabía que
Natalie probablemente me tenía antipatía y estaba celosa, pero pensé que
trataría de acercarme a ella más o menos un mes después de que nos casáramos, y
arreglaría otro encuentro. Pensé que de algún modo nos reuniríamos y todo se
solucionaría. Resultaría que había sido un malentendido, como en una de esas
antiguas comedias de enredos.
Wexford guardaba silencio. Por fin dijo:
–¿Querría volver a contármelo todo, miss
Sternhold?
–¿Lo que acabo de contarle?
Él asintió.
–Por favor.
–Pero ¿por qué?
Para comprobar su veracidad, pensó él. Si era
inteligente, lo sabría sin que él se lo dijera. El rubor de sus mejillas le
demostró que así era.
Repitió el relato, esta vez sin digresiones.
Él escuchó concentrado. Cuando ella concluyó, dijo con bastante brusquedad:
–¿Sir Manuel habló de esto con alguien más?
–Que yo sepa, no. Bueno, no, estoy segura que
no. –Su rostro recuperó la palidez y la serenidad. Le preguntó–: ¿Qué hará?
–No lo sé.
–Pero hará algo para averiguarlo, para probar
que ella es Natalie Arno, ¿verdad?
¿O que no lo es? No lo dijo, y antes de que
hubiera elaborado una respuesta, ella se había levantado y se despedía de él
con ese cortés pero infantil modo característico de ella.
–Ha sido muy amable y paciente al escucharme,
Mr. Wexford. Estoy segura de que entiende por qué tenía que venir. Por favor,
transmítale mis cariños a Sheila y dígale que el sábado pensaré en ella. Me
pidió que fuera, pero naturalmente no será posible. Supongo que le he quitado
mucho tiempo...
La acompañó hasta el Volkswagen, que estaba
aparcado en la esquina, encima de un trozo sin hielo. Mientras se alejaba, se
volvió una vez y levantó la mano para saludarlo. ¿Cuántas veces, durante su
relato, había dicho que no creía hubiese ocurrido así? A menudo había
observado que la gente dice que está segura de algo cuando verdaderamente
quiere decir que está insegura, que un hombre afirma acaloradamente que no cree
una sola palabra de algo cuando sí lo cree. Si Dinah Sternhold no lo creía,
¿habría acudido a él?
Se preguntó si él lo creía y, en ese caso,
qué haría al respecto.
Nada, hasta después de la boda...
El éxito o el fracaso de una boda, como
señaló Wexford, no es un augurio de lo que será el matrimonio. Se diría que esa
boda había fracasado. En primer lugar, la nieve empezó a derretirse la tarde
anterior y el sábado por la mañana llovía. Durante todo el día llovió
torrencialmente. La esperada multitud de amigos que vendrían a ver a su
favorita casada, una alegre y juvenil multitud de lanzadores de confeti, se
transformó en un grupo de pensionistas protegidos bajo sus paraguas que se
deslizaban con indiferencia por la sesentona, que se reunieron en el vestíbulo
de St. Peter. Pero la prensa estaba allí, a pesar de la lluvia y el fango, a la
espera de su oportunidad. Y tuvieron muchas: la diáfana falda de una dama de
honor casi voló sobre su cabeza a causa de una ráfaga de viento; se produjo un
pequeño pero espantoso accidente cuando el coche del cuñado de la novia
colisionó con la parte trasera del coche de un reportero gráfico, y más tarde
el fallo por parte de la dirección de Olive y Dove para proporcionar sitio a
unos diez invitados.
Los periódicos del domingo lo aprovecharon al
máximo. Tendrían que haber dejado que las fotografías hablaran por sí mismas,
ya que las leyendas, sarcásticas o burlonas, sólo agregaban insulto a la
injuria. Dora lloraba.
–Supongo que es inevitable. –En la medida en
que logró recordarla, y con un toque de paráfrasis, Wexford citó a Shelley–:
«Esparcen sus insultos y sus calumnias sin tener en cuenta si las flechas
envenenadas se clavan en un corazón endurecido por muchos golpes o en uno como
el tuyo, hecho de un material más maleable.»
–¿Y el tuyo está endurecido por muchos
golpes?
–No, pero el de Sheila, sí.
Apartó los periódicos de su lado y los quemó,
con la esperanza de que no hubiera llegado ninguno al bungalow de Burden, donde
irían a almorzar. Cuando llegaron, exactamente antes del mediodía, escoltados
por Burden, no había ningún periódico a la vista. En cambio, encima de la mesa
del café, donde tendría que haber estado el Sunday Times, se veía un libro
con una sobrecubierta brillante, titulado La estafa Tichborne.
En los primeros tiempos, cuando vivía la
primera esposa de Burden y después, durante su prolongada viudez, en la casa
jamás se había visto un libro, aparte de los estrictamente necesarios para los
estudios de los chicos. Pero cuando volvió a casarse, las cosas cambiaron. Que
el inspector se estuviera convirtiendo en lector no se debía totalmente al
hecho de que el hermano de su esposa fuera editor. Incluso se decía, aunque
Wexford se negaba a creerlo, que Burden y Jenny se leían en voz alta por las
noches, que habían leído toda la obra de Dickens y actualmente se embarcaban en
las novelas de Waverley.
Wexford cogió el libro. Tal como suponía,
había sido editado por Carlyon Brent, y era una revisión del notable caso
Tichborne ocurrido en el siglo xix,
en el cual un carnicero australiano intentó apoderarse de una gran fortuna
haciéndose pasar por heredero de un baronet inglés. Parte de la historia había
sido contada por Dinah Sternhold... La coincidencia de encontrar el libro allí
lo hizo decidirse. Durante un breve momento antes del almuerzo, él y Burden se
quedaron a solas.
–¿Ya lo has leído?
–Estoy más o menos en la mitad.
–Escucha –leyó el informe de manera escueta y
sin digresiones–. En realidad, no hay muchos puntos de similitud –opinó–. Por
lo que recuerdo del caso Tichborne, el sujeto ni siquiera se parecía al
heredero Tichborne. Por un lado, era mucho más grande y más gordo y
evidentemente no pertenecía a la misma clase social. Lady Tichborne era una
histérica que habría aceptado prácticamente a cualquiera que dijera ser su
hijo. Aquí ocurre casi lo contrario. Natalie Arno se parece mucho a la joven
Natalie Camargue y, lejos de aceptarla, Camargue parece haberla calado en media
hora.
–«Calado» suena como si creyeras que en esa
historia hay algo válido.
–No voy a decir que no creo una palabra, si
te refieres a eso. Simplemente no lo sé. Pero te diré algo. Suponía que habrías
dicho antes que no lo crees.
Burden le dedicó una de sus delgadas y
bastante satisfechas sonrisas. En el ámbito de su hogar se comportaba, al igual
que durante su primer matrimonio, como si nadie salvo él hubiera descubierto
totalmente el punto culminante de la felicidad matrimonial. Hoy llevaba un
nuevo traje de suave tela mate, de un color rojizo. Cuando era feliz, siempre
parecía adelgazar y ahora estaba muy delgado. Cuando hablo, aún sonreía.
–Es un asunto absolutamente raro, ¿no? Pero
no diría que no lo creo. Es terreno fértil para ese tipo de estafa, después de
todo. Una ausencia de diecinueve años, un anciano solo y con una vista
debilitada, un anciano que tiene bastante dinero... A propósito, ¿cómo sabes
que esta mujer se parece a la joven Natalie?
–Dinah Sternhold me envió esto. –Wexford le
tendió una foto–. Al parecer, Camargue le estuvo enseñando un álbum de
fotografías de la familia, y se lo dejó olvidado en casa de ella.
La foto mostraba a una muchacha morena, con
aspecto de española, bastante regordeta, de cara rellena y sonriente. Llevaba
un vestido de verano del estilo que se usaba en la época en que se tomó la
fotografía, un vestido «saco», si se tiene en cuenta la ausencia de forma y la
indefinición de la cintura. Tenía el negro pelo corto y usaba flequillo.
–Ésa podría ser ella. ¿Por qué no?
–Una blancura sensual con una frente de
terciopelo –dijo Wexford– y dos bolas negras pegadas a la cara en el lugar de
los ojos. Camargue dijo que los ojos de la mujer que vio eran diferentes de los
de su hija y Dinah le dijo que los ojos se decoloran. Nunca he oído que los
ojos, o cualquier otra cosa, se decoloren hasta llegar al negro, ¿y tú?
Burden volvió a llenar los vasos.
–Si la vista de Camargue era deficiente, creo
que simplemente puedes dejar de lado ese tipo de cosas. Quiero decir que no
puedes trabajar sobre la premisa de que no es Natalie Camargue porque parece
distinta o él creyó que lo parecía. Sin embargo, que haya pronunciado mal ese
nombre es realmente extraño.
Wexford, dudando a causa de su silueta entre
coger patatas fritas, cacahuetes o nada, lo miró sorprendido.
–¿Eso crees?
Otra vez esa sonrisa en el rostro de Burden.
–Oh, supongo que me consideras un verdadero
filisteo, pero tengo hijos, recuérdalo. He procurado que tengan una educación,
aunque yo mismo nunca la tuve. Mi Pat tiene desde los once años una profesora
de francés que es francesa; cuando dice una palabra en francés, pronuncia la r
como los franceses, como si tuviera bolitas en la garganta. Lo que quiero
señalar, y esto ocurre con naturalidad, es que Pat no podría pronunciar de
ningún otro modo una palabra francesa que tuviera una r y nunca podrá.
–Hmmm, hmmm. –Mientras reflexionaba, Wexford había cogido distraídamente
dos patatas fritas. Juntó las manos con firmeza sobre sus rodillas–. Siempre
existe la posibilidad de que Camargue oyera el nombre incorrectamente a causa
de un defecto de audición cuando, de hecho, fue pronunciado correctamente. De
lo que estoy seguro es de que Dinah está contando la verdad. La sometí a una
prueba y siempre me contó la misma historia textualmente, casi palabra por
palabra la segunda vez, fechas, momentos, todo.
–Pasa por alto todo lo que está claro,
¿quieres? No veo qué motivo habría tenido para inventarlo, de todos modos.
Incluso aunque Natalie no estuviera en medio, ella no heredaría.
–No. A propósito, tenemos que averiguar quién
heredaría. Dinah podría haber tenido rencor, ya sabes. Si Natalie es la
verdadera Natalie, por supuesto nadie esperaría probar que no lo es y sin duda
ella podría probar muy rápidamente que lo es, pero una pesquisa le caería
mal, la desprestigiaría. Si hubiera publicidad con respecto a ésta, y muy
probablemente la habría, algunas personas siempre creerían que ella es una
impostora y muchas otras se quedarían con la duda.
Burden asintió.
–Y ahora, inevitablemente, debe haber una
investigación, ¿no te parece?
–Mañana comunicaré lo que sé a Symonds,
O’Brien y Ames –informó Wexford y prosiguió con aire pensativo–: Sería fraude
según la ley del sesenta y ocho. Sección quince, creo. –Citó con cierta
vacilación–: Una persona que mediante engaño obtiene ilícitamente una propiedad
que pertenece a otro, con la intención de privarlo permanentemente de ella,
será condenada a prisión por un período no superior a diez años.
–Aún nadie ha obtenido nada. La homologación
del testamento llevará algún tiempo. –Burden dedicó a su amigo y superior una
mirada insegura y en cierto modo precavida–. No quiero hablar fuera de lugar ni
tengo la intención de ofenderte, pero éste podría ser el tipo de cosa que te
tomas de una manera... en fin, obsesiva.
La indignada réplica de Wexford fue
interrumpida en mitad de la frase por la entrada de Jenny y Dora, que los
llamaban a comer.
La principal firma de abogados de
Kingsmarkham había trasladado sus oficinas cuando se construyó el nuevo centro
comercial Kingsbrook, abandonando las cuevas medievales que habían ocupado
durante cincuenta años en el último piso de encima de los Almacenes Británicos.
Aquí, todo era luz, espacio y pureza de línea. Las oficinas tenían esa cualidad
más bien desconcertante –que se encuentra constantemente en nuestros días– por
la cual parecían frías pero resultaban cálidas. Más o menos lo mismo que
ocurría en la comisaría de policía.
Wexford conocía a Kenneth Ames de vista, pero
no recordaba haber hablado con él. Era un hombre fino y delgado, con cara de
muchacho. Es decir, tanto su rostro como su figura conservaban aspecto juvenil,
aunque ahora aquél estaba marcado por finas líneas, como si le hubieran tendido
una red sobre la piel. Llevaba un traje gris claro que parecía demasiado
liviano para esa época del año. Sus modales eran sencillos y distantes y daban
la impresión, quizá falsa, de que su mente no estaba atenta a lo que decía o a
lo que escuchaba.
Esto hizo que repetir el relato de Dinah
Sternhold resultara una tarea molesta. Mr. Ames se sentó con los codos apoyados
en los brazos de una incómoda silla de metal. Contempló la aguja de St. Peter a
través de la ventana. A medida que el relato avanzaba, empujaba los labios y
gradualmente toda la mandíbula hacia adelante hasta que la parte inferior de su
cara tomó forma de hocico. Mantuvo esta expresión perruna hasta unos momentos
después que Wexford hubiera terminado. Luego dijo:
–Creo que yo no daría mucho crédito a todo
eso, Mr. Wexford. Me suena como si sir Manuel en cierto modo tuviera pajaritos
en la cabeza, sabe, y esta joven, señorita... eh... Steinhalt, ¿no?... es
posible que Mrs. Steinhalt rizara el rizo. –Ames hizo una pausa y tosió
ligeramente después de pronunciar estas desconcertantes metáforas. Estudió sus
uñas cortas y limpias con interés–. Una vez casado, sir Manuel habría tenido
que hacer un nuevo testamento. En eso no hay nada irregular. No tenemos motivo
para creer que él quisiera desheredar a Mrs. Arno. –Su rostro recuperó la
expresión perruna; se miró airadamente las uñas y súbitamente las encerró entre
sus puños–. En realidad –afirmó enérgicamente–, sir Manuel me invitó a almorzar
para discutir un nuevo testamento y presentarme a su novia, Mrs... eh... Sternhill,
pero desgraciadamente su muerte se interpuso. Ya sabe, Mr. Wexford, si sir
Manuel hubiera creído realmente que había sido visitado por una impostora, ¿no
cree que nos habría dicho algo? Transcurrió una semana entre la visita y su
muerte y durante esa semana me escribió y me telefoneó. Si esta extraordinaria
historia fuera cierta, imagino que él habría dicho algo a sus abogados.
–Parece no habérselo dicho a nadie, excepto a
Mrs. Sternhold.
Una elástica sonrisa sustituyó a la expresión
perruna.
–Ah, sí. A la gente le gusta crear problemas.
No entiendo por qué. ¿Usted quizá lo ha notado?
–Sí –respondió Wexford–. A propósito, en el
caso de que Mrs. Arno no heredara, ¿quién lo haría?
–Oh, querido, no creo que haya muchas
posibilidades de que Mrs. Arno no herede, ¿y usted?
Wexford se encogió de hombros.
–De todos modos, ¿a quién le correspondería?
–Sir Manuel tenía... tiene, si es que se
puede emplear el tiempo presente en relación con la muerte... sir Manuel tiene
una sobrina en Francia, la hija de su difunta hermana. Una tal mademoiselle
Thérèse algo. ¿Latour?
¿Lacroix? Sin duda puedo encontrar el nombre si realmente
le interesa.
–Como usted dice, no puede haber riesgo de
que ella herede. ¿Debo entender, pues, que Symonds, O’Brien y Ames no intentará
hacer nada con respecto a la historia de Mrs. Sternhold?
–No lo sigo, Mr. Wexford. –Ames contemplaba
una vez más la aguja de la iglesia, que ahora estaba cubierta por el velo de
una fina lluvia torrencial.
–¿Tiene el propósito de aceptar a Mrs. Arno
como heredera de sir Manuel sin hacer investigaciones?
El abogado se volvió.
–Dios mío, no, Mr. Wexford. ¿Qué le hace
pensar semejante cosa? –Se volvió–. Naturalmente, en vista de lo que nos ha
contado, haremos las más minuciosas y exhaustivas investigaciones. Sin duda
ustedes también.
–Desde luego.
–Sería deseable cierta unión en nuestras
conclusiones, ¿no le parece? Resulta absolutamente impensable que una
considerable propiedad como la que sir Manuel dejó pasara a una heredera acerca
de cuya procedencia pudiera existir la más leve duda. –Ames entrecerró los
ojos. Pareció recogerse con el fin de hundirse una vez más en la lejanía–. Sólo
que... –dijo con un aire de infinita preocupación– que no es conveniente, de
verdad, dar demasiado crédito a esas cosas.
Cuando levantaron el auricular, lo primero
que oyó fue el profundo ladrido de un perro. Luego la suave y amable voz entonó
el número de Forby.
–Mrs. Sternhold, ¿por casualidad sabe si sir
Manuel conservaba alguna muestra de la letra de Mrs. Arno anterior al momento en que se marchó a América?
–No lo sé. No creo. –Su tono era ambiguo,
cauto, como si se arrepintiera de haberle contado tanto. Tal vez lo había
hecho, pero ahora era demasiado tarde–. En cualquier caso, estarían dentro de
Sterries. –No agregó lo que Wexford estaba pensando: que si Camargue las
hubiera conservado y Natalie fuera una impostora, ya habrían sido destruidas.
–Entonces, quizá pueda ayudarme en otra cosa.
Tengo entendido que sir Manuel no tenía parientes en este país. ¿A quién puedo
recurrir que conociera a Mrs. Arno cuando era Natalie Camargue?
Cuando Wexford entró en el restaurante Pearl
of Africa, el Burberry de Burden ya estaba colgado en la palmera que hacía las
veces de perchero. Y Burden ya estaba sentado bajo la fronda de plástico, a
punto de comenzar con su antipasto Ankole.
–No creo que en Uganda haya camarones
–comentó Wexford mientras se sentaba frente a él.
–Mr. Haq dice que no vienen del lago
Victoria. ¿Qué vas a pedir?
–Oh, Dios. Aguacate con camarones del
Victoria, supongo, y tal vez una tortilla. Mike, me he puesto en contacto con
la policía de California, a través de Interpol, y les pedí que nos informen
sobre los antecedentes de Natalie Arno; aunque si ella nunca se ha metido en
problemas, y no tenemos motivos para pensar lo contrario, no nos servirá de
mucho. Y he tenido otra conversación con Dinah. La primera... bueno, en
realidad la única, Mrs. Camargue tenía una hermana que aún vive y está en
Londres. ¿Alguna vez oíste hablar de un compositor llamado Philip Cory? Era un
viejo amigo de la familia Camargue. Alguno de ellos, o ambos, deberían de poder
decirnos si ésta es la verdadera Natalie.
Burden dijo con aire pensativo:
–Todo esto conduce a algo más, ¿no es cierto?
O, mejor dicho, a lo que nos dijeron que conduce el testamento de Camargue. Y
en ese aspecto, no tiene ninguna importancia si Natalie es Natalie u otra
mujer.
–¿A qué conduce?
–Sabes a qué me refiero.
Wexford lo sabía. Que Burden también lo
hubiera visto, apenas lo sorprendía. Uno o dos años atrás, el inspector a menudo
parecía torpe. Pero la felicidad cambia mucho a las personas, pensaba Wexford.
No las hace simplemente felices; las vuelve más inteligentes, más conscientes,
más alertas, mientras la infelicidad embota, entorpece y atonta. Burden había
visto lo que había visto porque era feliz, y la felicidad estaba haciendo de él
un policía mejor.
–Oh, sé a qué te refieres. Quizá se supuso
demasiado pronto que Camargue murió de muerte natural.
–Yo no diría eso. Simplemente que entonces no
había razón para sospechar de una jugada sucia, nada ni nadie sospechoso en el
vecindario, ni enemigos conocidos, ni heridas extraordinarias en el cuerpo. Un
anciano altamente distinguido pero bastante débil se acerca demasiado al lago
en una fría noche de intensa nevada.
–¿Y si hubiéramos sabido lo que sabemos
ahora? Podemos dar por sentado que el propósito de Natalie, sea la hija de
Camargue o una impostora, el propósito de ella al acudir a su padre era
asegurarse de que la propiedad, o la mayor parte de ésta, sería para ella. Ella
fue a su encuentro y, si él realmente descubrió sus intenciones y la denunció,
o creyó descubrir sus intenciones y soñó que la denunciaba, de todos modos es
evidente que le escribió para comunicarle que la desheredaría.
–Pudo intentar disuadirlo –argumentó Burden–,
o tomar medidas de otra naturaleza.
–No habría perdido todo de inmediato.
Camargue se casaría y luego tendría que hacer un nuevo testamento después de la
boda. Ella contaba con dos semanas en las que podía actuar.
–La cuestión es que, si bien lo habría
disuadido de que la excluyera, no pudo haberlo disuadido de que le dejara
Sterries a Dinah. Pero ahí no parece haber habido ningún esfuerzo de disuasión,
¿no? Dinah no sabe de ninguno, de lo contrario te lo habría dicho, ni Natalie
volvió a ir a Sterries.
–Excepto, quizá –intercaló Wexford–, la noche
del domingo veintisiete de enero.
La respuesta de Burden fue interrumpida por
la llegada de Mr. Haq, que se inclinó sobre la mesa.
–¿Qué tal, querido?
–Fantástico, gracias. –Cualquier respuesta
menos enfática habría desatado un torrente de abyectas excusas, incluyendo la
presencia del cocinero, además de provocar verdadera pena a Mr. Haq.
–Puedo recomendar la crema Maherere.
Si su consejo era rechazado, Mr. Haq era
capaz de soltar una explicación acerca de cómo ese plato estaba compuesto de
granos de café recién recogidos en las plantaciones de Toro, y de crema
preparada con la leche del ganado de Sanga. Para evitarlo, y aunque sabía que
su procedencia real era un postre instantáneo Sainsbury, Burden lo pidió.
Wexford siempre tenía la excusa de su inestable y ocasional dieta. Un momento
después apareció un tazón de espuma marrón clara, servido por las propias manos
de Mr. Haq.
Discretamente, Wexford repitió su última
observación.
–¿La noche del 27 de enero? –dijo Burden–.
¿La noche de la muerte de Camargue? Si fue asesinado, y supongo que los dos
pensamos que así ocurrió, si alguien lo empujó al agua y dejó que se ahogara,
Natalie no lo hizo.
–¿Cómo lo sabes?
–Bueno –dijo Burden casi disculpándose–, ella
lo dijo. Ocurrió mientras estábamos en Sterries por lo del robo. Yo estaba en
el comedor hablando con Hicks, cuando Natalie y el matrimonio Zoffany bajaban
las escaleras. Ella pudo haber sabido que yo estaba al alcance del oído, pero
no lo creo. Ella y Mrs. Zoffany estaban charlando y Natalie decía que suponía
que tendría que consultar con Sotheby o con alguien que le tasara las
porcelanas de Camargue. Por otro lado, estaba ese hombre que ella y Mrs.
Zoffany habían oído decir que era un experto en porcelana china y le gustaría
averiguar su nombre y su número de teléfono. Zoffany le preguntó a qué hombre
se refería y Natalie dijo que él no podía saberlo, no había estado, había sido
en una fiesta así y así, el domingo anterior por la noche.
–Demasiado fácil, ¿no?
–Fácil o no, si Natalie estuvo en una fiesta
debe de haber al menos una docena de personas que digan que estuvo, además de
la Mrs. Zoffany. Y si Camargue fue asesinado, nunca lo probaremos. Si lo
hubiéramos pensado en el momento, habría sido bastante negativo, ya que la
nieve estaba en todas partes, y al caer borraba toda prueba posible. Tenemos
las manos vacías. Camargue fue cremado. No tenemos la menor esperanza de
probarlo.
–Eres demasiado pesimista –opinó Wexford, y
citó suavemente–: Si un hombre comienza con certezas, terminará con dudas, pero
si se contenta empezando con dudas terminará con certezas.
Una tienda que no abre ni es atendida con
regularidad parece anunciar este hecho al mundo incluso cuando el cartel de
«abierto» cuelga de la puerta y puede verse a un empleado haciendo algún
trabajo en el interior. Un indefinido aire de negligencia, de falta de interés,
de existencia precaria amenazada por el cierre permanente se cernía sobre ella.
Eso ocurría con Zodiac, acurrucada en la profunda Victoriana, metida tras una
plaza neogótica, en los límites de Islington y Hackney.
Las ventanas estaban tapadas por novelas de
ciencia ficción en rústica, pero algunos de los libros se habían caído y los
que quedaban con las tapas a la vista tenían las llamativas y estrafalarias
ilustraciones cubiertas por una capa de polvo. Arriba de la tienda había un
único piso –aquél era un barrio de edificios bajos y calles anchas– y detrás de
éste varias habitaciones de techo bajo, amontonadas de manera deforme, con
extraños restos de techo, aguilones que sobresalían, puertas aparentemente
superfluas, e incluso una chimenea con sombrerete. Wexford abrió la puerta de
la tienda de un empujón y entró. Había un olor ácido, a humedad y tinta, el
olor inconfundible de los libros usados. Éstos cubrían la tienda como papel de
empapelar, un dibujo asimétrico de lomos rojos, verdes, amarillos y negros. Todos eran de ciencia ficción: The Trillion Project, Nergal of Chaldea, Neuropodium, Course of Umbrial,
The Triton Occultation. Estaba devolviendo al estante uno cuya cubierta
era una foto de lo que parecía un Boeing 747 cubierto de escamas y con antenas,
cuando Ivan Zoffany salió de la puerta de la trastienda.
El reconocimiento no fue mutuo. Zoffany se
mostró sorprendido cuando Wexford le dijo quién era, pero sólo pareció sorpresa
sin temor.
–Me gustaría hablar con usted.
–De acuerdo. No sé qué quiere usted pero
estoy tranquilo. Igual tengo que cerrar para almorzar.
Eran las doce y diez. Zoffany dio vuelta al
cartel de «abierto» y condujo a Wexford al interior de la habitación de la que
había salido. Junto a una ventana que daba a un patio pavimentado y a un trozo
de jardín, y donde la luz era mejor, estaba Jane Zoffany cosiendo, vestida con
un traje antiguo, chal y varios collares. Parecía estar subiendo o bajando el
dobladillo de una falda. Wexford –cuya memoria era bastante buena para este
tipo de cosas– la reconoció como la falda que Natalie llevaba el día que ellos
acudieron después del robo.
–¿Qué podemos hacer por usted?
Zoffany tenía los modales bruscos y esquivos
de un hombre que tiene bastante que ocultar. La experiencia había enseñado a
Wexford que tal temperamento a menudo oculta alguna perturbación emocional o un
fallo nervioso más que una culpa. Apenas podría haberse permitido un autoengaño
mayor que cuando dijo que estaba tranquilo. En los ojos de Zoffany y en la
inclinación de su boca –cuando no la forzaba a una sonrisa– había algo que
sugería un espantoso sufrimiento interior. Y esto era más evidente allí, en su
propia casa, de lo que había sido en Sterries.
–¿Cuánto hace que conocen a Mrs. Arno?
Instintivamente, Jane Zoffany miró hacia el
cielo raso. Y en ese momento una leve pisada sonó arriba. Zoffany no miró.
–Oh, yo diría un par de años, más o menos.
–Así pues, ¿la conocían antes de que viniera
al país?
–La conocimos cuando mi pobre hermana murió.
Mrs. Arno y mi hermana compartían una casa en Los Ángeles. Quizá usted no lo
sabía. Tina, mi hermana, murió en el penúltimo verano y yo tuve que ir a
ocuparme de las cosas. Un asunto horrible, pero alguien tenía que hacerlo. No
había nadie más, aparte de mi madre, y uno no puede pretender que una anciana
de setenta... Bien, ¿a qué viene todo esto?
Wexford hizo caso omiso de la pregunta, como
solía hacer hasta que estaba preparado para responderlas.
–¿Su hermana y Mrs. Arno compartían una casa?
–Bueno, Tina tenía un piso en su casa.
–En realidad era una habitación, Ivan –aclaró
Jane Zoffany.
–Una habitación en su casa. Oiga, ¿podría
decirme por qué quiere...?
–Debía de ser una mujer bastante joven. ¿De
qué murió?
–De cáncer. Ya lo tenía cuando rondaba los
veinte, cuando todavía estaba casada. Luego se divorció, pero no conservó el
apellido de su esposo y volvió a usar el de soltera. Si le interesa, tenía
treinta y nueve años. El cáncer volvió repentinamente, lo tenía en todo el
cuerpo. Carcinomatosis. Murió tres semanas después.
Wexford pensó que Zoffany hablaba
insensiblemente y con una especie de resentimiento. También tuvo la impresión
de que hablaba por el gusto de hablar, tal vez para eludir un asunto
embarazoso.
–No la había visto durante dieciséis o
diecisiete años –dijo–, pero cuando se puso así alguien tuvo que ir. No
entiendo a qué vienen estas preguntas.
Wexford sintió el impulso de responderle que
él no se lo había preguntado. Pero dijo suavemente:
–¿Cuando llegó, conoció a Mrs. Arno? ¿Se
quedó en su casa, quizá?
Zoffany asintió, otra vez incómodo.
–Se cayeron bien y entablaron amistad. Cuando
usted volvió se escribió con ella y cuando se enteró de que ella regresaría y
necesitaría algún lugar donde vivir, usted y su esposa le ofrecieron el piso de
arriba.
–Correcto –dijo Jane Zoffany. Lanzó una
extraña y frívola carcajada–. Yo siempre la había admirado, ¿sabe? ¡Y pensar
que mi cuñada vivía en la casa de la propia hija de Manuel Camargue! Yo solía
adorarlo cuando era joven. Y ahora Natalie y yo estamos muy unidas. Realmente
fue una buena idea. Estoy segura de que Natalie ha sido una verdadera amiga
para mí. –Volvió a enhebrar la aguja, sosteniendo el ojo contra la amarilleada
y no demasiado limpia cortina de tul–. Por favor, ¿por qué hace todas estas
preguntas?
–Al parecer, Mrs. Arno no es en realidad la
hija del difunto sir Manuel Camargue, sino una impostora.
Estaba interesado en el efecto de estas
palabras. Uno de ellos esperaba esta afirmación y no se sorprendió; el otro
quedó pasmado, o de lo contrario era un magnífico actor. Ivan Zoffany parecía
haberse quedado mudo de asombro, luego le pidió a Wexford que repitiera lo que
había dicho.
–Eso es un disparate –dijo Zoffany haciendo
una pausa entre cada palabra–. ¿Quién lo ha sugerido? ¿Quién ha hecho correr
semejante historia? Ahora escúcheme. –Agitando un dedo, soltó una perorata
sobre las virtudes y desdichas de Natalie Arno–: Una de las muchachas más
encantadoras y deliciosas que uno querría conocer, y como si no tuviera
bastante que soportar...
Wexford volvió a interrumpirlo.
–Lo que está en cuestión es su identidad, no
su encanto. –Le intrigaba la conducta de Jane Zoffany, que estaba sentada con
el cuerpo encorvado, mirando a cualquier sitio menos a él, y que parecía muy
asustada. Había dejado de coser porque sus manos habrían empezado a temblar en
cuanto dejara de sujetárselas.
Regresó a la tienda. Natalie Arno estaba
junto al mostrador. Hojeaba una revista y reía con júbilo más que con
diversión. Cuando vio a Wexford no mostró sorpresa, pero sonrió, inclinando la
cabeza hacia un costado.
–Buenos días, señor... eh... Wexford, ¿no?
¿Cómo se encuentra hoy? –Era un americanismo pronunciado con un deje
estadounidense y no parecía exigir respuesta–. Cuando cierres la tienda, Ivan
–aconsejó–, acuérdate también de echar llave a la puerta. Podrían entrar
personas indeseables.
Galantemente, pero tartamudeando un poco,
Zoffany dijo:
–¡Por cierto, eso no te incluye, Natalie!
–No estoy segura de que el inspector jefe
esté de acuerdo contigo. –Dedicó a Wexford una media sonrisa. Lo sabía.
Symonds, O’Brien y Ames no habían perdido tiempo en comunicárselo. Jane Zoffany
estaba preocupada, pero Natalie no.
Sus grandes ojos destellaban. Con bastante
ostentación, cerró la revista que había estado mirando, y dejó a la vista la
tapa, que indicaba que pertenecía al género de la pornografía dura.
Evidentemente, aquél era el consuelo secreto de Zoffany. El se ruborizó, la
cogió con apuro de sus manos y la metió entre algunos catálogos apilados. El
rostro de Natalie se volvió pensativo e inocente. Se llevó las manos al cabello
y bajo el jersey sus pechos se elevaron con el movimiento, que parecía haber
sido hecho con naturalidad, simplemente para acomodar una hebilla de carey.
–¿Quería interrogarme, Mr. Wexford?
–Aún no –respondió–. De momento, me
contentaré si me da el nombre y la dirección de las personas a cuya fiesta
asistieron usted y Mrs. Zoffany la noche del 27 de enero.
Ella se los proporcionó sin vacilación ni
sorpresa.
–Gracias, Mrs. Arno.
Al llegar a la puerta de la trastienda, donde
estaba Jane Zoffany se detuvo, lo miró y rió tontamente.
–Puede llamarme Mrs. X, si lo prefiere.
Una ama de llaves con un vestido oscuro muy
parecido a un uniforme lo hizo pasar al Ulterior de la casa ubicada en un
callejón sin salida de Kensington Church Street. Era una mujer bonita, de
cabello oscuro y de unos treinta años, que sin duda consideraba su trabajo como
una carrera artística e interpretaba su papel tan bien que él sintió que estaba interpretando, que representaba con cierta habilidad el papel de una
criada diferente. En cierto modo, le recordó a Ted Hicks.
–Mrs. Mountnessing confía en que no le
importará subir, inspector jefe. Mrs. Mountnessing está tomando su café de
después del almuerzo en la sala de estar.
Mediaba un abismo entre ésta y la casa de De
Beauvoir Square a la que Natalie lo había enviado, una casa estilo bohemio
moderno donde varios cubrecamas hindúes revestían las paredes y había olor a
marihuana. Aquí, las decoraciones de la pared consistían en grabados de caza
que ascendían paralelos a la línea de la escalera cuyas huellas estaban
cubiertas con grandes alfombras verde oliva claro. El vestíbulo del primer piso
era amplio, en tonos beiges, con cornisas y molduras blancas, la misma alfombra
verde, una Hortus
siccus en un tiesto de cobre sobre una consola, un par
de sillas de asiento mullido y respaldo redondo tapizadas en terciopelo marrón
dorado, una destellante araña y una lámpara de mesa marrón con una pantalla de
raso color crema. Existen miles de interiores semejantes en el Royal Borough de
Kensington y Chelsea. Una puerta de paneles se abrió y Wexford se encontró en
presencia de Gladys, la tía de Natalie Arno, la esposa de Rupert Mountnessing,
la hermana de Kathleen Camargue.
Su primera impresión fue la de estar ante
alguien cruelmente enjaulado y literalmente jadeante. Fue una imagen fugaz.
Mrs. Mountnessing era una mujer gorda que usaba un corsé demasiado ceñido que
comprimía su cuerpo desde los muslos hasta el pecho y le daba la forma de una
salchicha, y empujaba sus salientes pechos hacia arriba para sostener su
papada. Esta carne constreñida estaba enfundada en lana color beige y sobre la
prominencia de los pechos descansaban tres sartas de perlas. Su cara se había
convertido en un montón de bolsas más que en un nido de arrugas. Iba
abundantemente maquillada y coronada por un intrincado peinado de oro blanco
tan suave y tieso como una peluca. La única parte de Mrs. Mountnessing que conservaba
alguna sombra de juventud eran sus piernas. Aún eran excelentes: esbeltas,
suaves, sin varices, los tobillos finos, los pies angostos calzados con zapatos
de corte clásico de cabritilla color beige glaseado. Las piernas de Natalie
eran exactamente iguales. ¿Eso significaba algo? Muy poco. Sólo hay unos pocos
tipos de piernas, al fin y al cabo. Uno nunca dice «tiene las piernas de su
tía», como diría que una mujer tiene la nariz de su padre o los ojos de su
abuela.
La habitación era tan beige y dorada como su
propietaria. Sobre una mesa baja había una taza de café, una cafetera, una
azucarera y una jarra de porcelana con una isla griega dibujada en oro. Mrs.
Mountnessing se levantó cuando él entró y le tendió una mano llena de anillos,
de uñas semejantes a garras, limadas en punta y pintadas de rojo oscuro.
–Trae otra taza, ¿quieres, Miranda?
Era la voz de un chico mayor de edad,
petulante y con aire de agraviado. Wexford pensó que la voz y el arrugado
rostro revelaban una vida de sufrimientos reales o imaginarios. Rupert
Mountnessing estaba presumiblemente muerto y bien muerto, y Dinah Sternhold le
había dicho que no tenían hijos. ¿Esperaba Natalie, la real o la falsa, obtener
esta herencia? Casi las primeras palabras pronunciadas por Mrs. Mountnessing le
indicaron que, si así era, esperaba en vano.
–Por teléfono me dijo que quería hablarme de
mi sobrina. Pero no he sabido nada de ella en los últimos años y no... no
quiero saberlo. Tendría que habérselo dicho. No tendría que haberle permitido
hacer todo este viaje cuando no tengo absolutamente nada que contarle. –Sus
ojos pestañeaban con mayor frecuencia y más visiblemente que los de la mayoría
de la gente. El efecto era para dar la impresión de que luchaba contra las
lágrimas–. Gracias, Miranda –cogió la taza y se dispuso a escuchar,
arrellanándose en la silla. Él le explicó el motivo de su visita.
–Anastasia –dijo ella.
El demandante de Tichborne había sido
recordado y ahora se mencionaba a la hija mayor del zar. Wexford no disfrutó
con el recuerdo porque, ¿no era verdad que la abuela de Anastasia, la persona
que podría haberla identificado auténticamente, se había negado a ver a la
pretendiente y como resultado de esa negativa jamás se había podido hacer una
auténtica identificación?
–Esperemos que no llegue a eso –dijo–. Usted
es su pariente más cercano, Mrs. Mountnessing. ¿Estará de acuerdo en verla en
mi presencia y decirme si es quien dice ser?
Su reacción, el aspecto de su rostro, le
recordaron a ciertas personas a las que en el pasado les había pedido que se
presentaran para una identificación, no de una persona viva, sino de un cadáver
en el depósito. Ella se puso una mano en cada mejilla.
–Oh, no, no podría hacerlo. Lo lamento, pero
es imposible. Jamás podría volver a ver a Natalie.
Él aceptó. Ella se lo había advertido al
mencionar a Anastasia. Si insistía en que fuera con él, las posibilidades
serían que ella haría una identificación afirmativa sólo para sacarse el
problema de encima lo más pronto posible. Se preguntó brevemente qué era lo que
su sobrina –siendo aún una muchacha– le había hecho; luego se reunió con ella
en el otro extremo de la sala, donde contemplaba una mesa que estaba totalmente
cubierta de fotografías con marcos plateados.
–Ésa es mi hermana.
Una mujer de piel oscura y ojos oscuros, pero
sin embargo profundamente inglesa. Quizá había algo de la mujer que se
presentaba como Natalie Arno en la frente ancha y el mentón en punta.
–Tenía cáncer. Sólo contaba cuarenta y cinco
años cuando murió. Fue un golpe terrible para mi pobre cuñado. Vendió la casa
de Pomfret y construyó la de Kingsmarkham y la llamó Sterries. Sterries es el
nombre del pueblo de Derbyshire donde mis padres tenían su casa de campo.
Kathleen y Manuel se vieron allí por primera vez.
Camargue y su esposa aparecían juntos en las
fotografías de la mesa. Cogidos del brazo, caminando por algún paseo marítimo
del Mediterráneo; sentados uno al lado del otro sobre un murete de un jardín
inglés; en un grupo con una mujer alta tan parecida a Camargue que tenía que
ser su hermana, y con dos sonrientes niñas morenas. Un rayo de sol que caía con
la inclinación de las tres de la tarde de un día invernal iluminaba el elegante
rostro de bigote de un hombre ataviado con el uniforme de coronel de la Guardia
de Granaderos. Rupert
Mountnessing, sin duda. Perplejo ante tantos rostros,
Wexford se apartó.
–¿Sir Manuel viajó a Estados Unidos después
que su sobrina se fuera a vivir allí?
–Creo que fue de gira... sí, estoy segura,
pero deben de haber pasado diez o doce años desde que dejó de interpretar. La
artritis lo paralizó, pobre Manuel. Nos veíamos poco en los últimos años, pero
yo le tenía mucho cariño, era un hombre encantador. Habría ido al oficio en su
memoria, pero Miranda no me lo permitió. No quiso que corriera el riesgo de
coger una bronquitis con este frío terrible.
Mrs. Mountnessing parecía dispuesta a hablar
sobre cualquier aspecto de la vida familiar, excepto de su sobrina. Se sentó
otra vez, conteniendo unas lágrimas inexistentes, envarada gracias a su corsé.
Wexford insistió:
–Fue en una gira. ¿Hizo alguna visita
privada?
–Puede que sí –dijo, del modo en que lo hacen
algunas personas cuando eluden la afirmación directa pero no quieren mentir.
–¿Pero no visitó a su hija mientras estuvo
allí?
–California está casi a cinco mil kilómetros
de la Costa Este –respondió–, tan lejos como desde aquí.
Wexford sacudió la cabeza apartando la idea.
–No entiendo cómo durante diecinueve años sir
Manuel nunca vio a su hija. El no era un hombre pobre o alguien que nunca
viajaba. Si hubiera sido un hombre negativo, que guardara rencor... pero todos
me hablan de lo fantástico, lo amable y lo bueno que era. Yo diría que he
recibido opiniones excelentes de toda clase de personas. Sin embargo, durante
diecinueve años nunca hizo un esfuerzo por ver a su única hija, y todo
supuestamente porque ella se marchó de la escuela y se casó con alguien que él
no conocía.
Ella habló en voz casi inaudible:
–No fue así. –Su voz adquirió un poco de
fuerza, pero estaba cargada de congoja–. Él le escribió muchas veces... Cuando
mi hermana estaba muy enferma, en realidad se estaba muriendo, le escribió y le
pidió que regresara. No sé si ella respondió, pero no regresó. Mi hermana murió
y ella no regresó. Manuel hizo un nuevo testamento y le escribió, diciéndole
que iba a dejarle todo porque era correcto que tuviera el dinero de él y el de
su madre. Ella no respondió y él dejó de escribir.
–¿Cómo llegó usted a saberlo?, se preguntó
Wexford mientras miraba su arrugado perfil y su barbilla, que ahora temblaba.
–Le cuento todo esto –agregó Mrs.
Mountnessing– para hacerle entender que mi sobrina es cruel, una muchacha cruel
e insensible, y también violenta. Incluso golpeó a su madre una vez. ¿Lo sabía?
–El tono sonó levemente histérico y, al ver sus parpadeantes ojos y los dedos que
se apretaban y se aflojaban sobre su regazo, Wexford deseó no haber mencionado
la separación–. Es una ninfómana, además. Peor aún, no le importa con qué
hombres se relaciona. Es tan horrible hablar de ello, tan...
Él la interrumpió amablemente. Se levantó
para irse.
–Gracias por su colaboración, Mrs.
Mountnessing. No veo ninguna de estas características en la mujer que yo
conozco.
Miranda lo acompañó hasta la puerta. Mientras
–caminaba hacia la escalera, oyó un suave gimoteo que venía de la habitación que
acababa de abandonar, el sonido de alguien que se echa a llorar.
Un certificado de nacimiento; un certificado
de matrimonio; un permiso de conducir norteamericano completo con una
fotografía reconocible, tomada tres años atrás; un pasaporte de Estados Unidos
completo, con una fotografía reconocible, tomada el mes de septiembre anterior;
y, quizá lo más convincente de todo, una carta de Camargue a su hija fechada en
1963, en la que le informaba que pretendía convertirla en su única heredera.
Todos estos documentos habían sido presentados inmediatamente a Symonds,
O’Brien y Ames, que invitó a Wexford a pasar por sus oficinas de encima de los
Almacenes Británicos para verlos.
Kenneth Ames, distante e informal como
siempre, dijo que había visto personalmente a Mrs. Arno, la había entrevistado
exhaustivamente y obtuvo de ella una serie de datos acerca de la familia
Camargue y de su propia infancia que en este momento estaban siendo
verificados. Mrs. Arno se había ofrecido a que le hicieran una prueba sanguínea,
pero puesto que eso sólo podría probar que no era la hija de Camargue, y
puesto que nadie parecía saber cuál era el grupo sanguíneo de Camargue, la idea
resultaba impracticable. Mr. Ames dijo que ella parecía sinceramente divertida
con todo el asunto, lo que por supuesto marcaba un punto a su favor. Incluso
había presentado muestras de su escritura de la época en que estaba en la Real
Academia de Música para que fueran comparadas con su escritura actual.
–¿Sabes lo que le dijo? –comentó Wexford
cuando se reunió con Burden en Olive y Dove para tomar una copa–. ¡Qué
caradura! Le dijo: «Es una pena que no haya cometido ningún delito cuando era
adolescente. Tendrían mis huellas digitales archivadas y eso resolvería todo.»
Burden no sonrió.
–Si no es Natalie Camargue, ¿cuándo puede
haberse producido el cambio?
–Si aceptamos lo que dice Zoffany, no fue
hace poco. Digamos más de dos años atrás, pero después de la muerte de Vernon
Arno. Según Ames, murió en un hospital de San Francisco en 1971.
–Aún debía de ser joven. –Burden repitió las
palabras que Wexford le había dicho a Zoffany–. ¿De qué murió?
–Leucemia. Al parecer, no hubo nada extraño
en su muerte, pero cabe la posibilidad de que sepamos más cuando tengamos el
informe de la policía de California. Pero, Mike, si existió una sustitución, si
se trata de una identidad fingida, fue fingida por alguna otra razón. Es decir,
no fue fingida para heredar a Camargue.
Burden asintió, vacilante.
–Lo que significaría que la verdadera Natalie
está muerta.
–Puede ser, pero existen otras posibilidades.
La verdadera Natalie podría estar incurablemente enferma en alguna institución
o haberse vuelto loca o haberse ido a vivir en algún lugar remoto. Y la
impostora podría ser alguien que necesitaba una identidad porque mantener la
suya era peligroso a causa de que, por ejemplo, era una fugitiva de la
justicia. Que Camargue era rico, que era viejo, que Natalie iba a ser su única
heredera, todos esos datos serían secundarios, serían un golpe de suerte para la
impostora, del que sólo después decidió aprovecharse. La identidad habría sido
tomada originalmente como medida de seguridad, quizá incluso como el único
salvavidas posible, y creo que fue tomada en un punto donde el engaño necesario
era mínimo. Tal vez, en el momento en que se produjo el traslado de San
Francisco a Los Ángeles, o más tarde, en el momento en que murió Tina Zoffany.
Burden, que parecía no haber estado
especialmente concentrado en nada de esto, dijo de repente, clavando en Wexford
sus ojos color acero:
–¿Por qué vino al país?
–Para asegurarse la pasta –sugirió Wexford.
–No –Burden meneó la cabeza–. No, ésa no era
la razón. Impostora o real, no tenía dudas sobre lo que tú llamas la pasta.
Había recibido una carta de Camargue que prometía hacerla heredera. No tenía
que hacer nada, salvo esperar. No tenía necesidad de reaparecer ante sus ojos,
ni de aplacarlo. Si hubiera sentido que era necesario, lo habría intentado
antes. En fin de cuentas, él estaba pisando los ochenta. Y no es posible decir
que regresó porque él pensaba casarse otra vez. Nadie supo que iba a casarse
hasta el diez de diciembre, cuando el compromiso apareció anunciado en el Telegraph. Ella regresó al país en noviembre pero no hizo ningún intento de ver a
Camargue hasta que leyó el anuncio del compromiso. Estaba aquí dos o tres
semanas antes de eso. ¿Qué hacía? ¿Qué planeaba?
Admiración no era un sentimiento que Wexford
hubiera experimentado a menudo por el inspector. Simpatía y cariño, sí, porque
Burden había desempeñado la función de un Achates o de un Boswell, si no la de
un Watson. ¿Pero admiración? Burden estaba mostrando inesperadas capacidades
deductivas muy útiles para la investigación, y Wexford se preguntó si eran el
fruto de la felicidad o de la lectura nocturna de buena literatura.
–Continúa –le dijo.
–¿Entonces por qué volvió? ¿Porque sentía
nostalgia de su propio país, de su terruño, como dirías tú? –Como diría Scott,
pensó Wexford. Burden prosiguió–: Ella es demasiado joven para experimentar
esos sentimientos. Es una ciudadana norteamericana, se había instalado en
California. Si es Natalie Camargue, ha vivido allí más tiempo que aquí; aquí no
tiene parientes, salvo un padre y una tía con los que no se llevaba bien, ni
amigos, a menos que cuentes a los Zoffany. Si es una impostora, regresar fue
una locura. De haberse quedado en América, cuando Camargue muriese, sus
abogados le notificarían su muerte, y aunque entonces no dudaría en venir aquí
y declarar bajo juramento, nadie pondría en cuestión su identidad. Nadie
lo habría cuestionado si ella no se hubiera presentado ante Camargue.
–Pero tenía que hacerlo –objetó Wexford–. Su
único propósito al ir a verlo consistía en convencerlo de que no volviera a
casarse.
–Cuando abandonó Estados Unidos en noviembre,
no sabía que existiese siquiera ese propósito. Y si se hubiera quedado donde
estaba, nunca habría sabido de la boda de Camargue, hasta que éste finalmente
muriera. ¿Qué lugar habría merecido tal anuncio en un periódico de California?
¿En Los Angeles
Times, por ejemplo? Un suelto escondido en alguna
página. «El primer flautista británico mundialmente famoso...»
–Allí dicen intérprete de flauta.
–Flautista, intérprete de flauta, ¿qué
importancia tiene? Mientras no sepamos por qué vino, tendré la
sensación de que no hemos descubierto la verdad con respecto a este asunto.
–¿La verdad acerca de quién es ella, quieres
decir?
–La verdad acerca de la muerte de Camargue
–dijo Burden, y agregó con cierto júbilo aplastante–: Saber quién es esa mujer
se ha convertido en una obsesión para ti. Sabía que te ocurriría, te lo había
dicho. A mí me interesa el asesinato de Camargue y saber quién lo cometió. ¿No
comprendes que en el contexto del asesinato el hecho de quién es ella resulta
algo fuera de lugar?
–No –opinó Wexford–. Todo consiste en saber
quién es ella.
La policía de California no tenía nada que
informar a Wexford acerca de Natalie Arno. Nunca había tenido ni había estado
envuelta en ningún problema.
–El pleito del caso Tichborne –comentó Burden
con pesimismo– duró tres años y costó diecinueve mil libras. Eso fue en 1874.
Piensa cuál sería el equivalente en la actualidad.
–Aún no hemos tenido ningún pleito –razonó
Wexford–, ni hemos gastado un centavo. Mira el lado positivo. Piensa en el
demandante cargando con una condena de catorce años por perjurio.
En el intervalo, Kenneth Ames había
entrevistado a dos personas que habían conocido a la hija de Camargue cuando
ésta era una adolescente. Mavis Rolland había asistido a la Real Academia de
Música al mismo tiempo que Natalie Camargue y actualmente era directora del
departamento de música de un colegio de señoritas en la Costa Sur. En su
opinión, no cabía duda de que Natalie Arno era la antigua Natalie Camargue.
Aseguró no encontrarla muy cambiada, excepto por la voz, que ella no habría
reconocido. Por otra parte, Mary Woodhouse –una criada que vivía en la casa y
había trabajado para la familia Camargue en Pomfret– dijo que ella habría
reconocido la voz en cualquier parte. En presencia de Ames, Mrs. Woodhouse
habló con Natalie sobre Shaddough’s Hall Farm, donde ellos habían vivido, y
Natalie fue capaz de recordar acontecimientos que, según la mujer, ningún
impostor habría conocido.
Wexford se preguntó por qué Natalie no había
propuesto como testigos a su tía y a Philip Cory, ese viejo amigo de la
familia. Por supuesto, era probable que en el caso de su tía (si realmente era
Natalie Arno) el disgusto fuera mutuo y –así como él había temido que Mrs.
Mountnessing la reconociera como su sobrina para evitar que la entrevista se
prolongara– Natalie temiera encontrarse con ella y descubrir que la animosidad
le hacía negar el reconocimiento. Pero era cierto que había visto a Cory
después de su regreso, y Cory había creído en ella tan firmemente como para
aferrarse a su brazo tras la intensa emoción que sin duda sintió en las
exequias de su viejo amigo. ¿Había alguna razón por la que no quisiera implicar
a Cory en esto?
En los primeros años de la radiodifusión,
Philip Cory había obtenido algún éxito escribiendo de vez en cuando música para
la radio. Pero éste no es el tipo de cosa que hace famoso a un hombre. Si Cory
lo había logrado, era gracias a su ópera ligera Aimée, basada en la historia del
primo de la emperatriz Josefina, la sultana francesa. Luego de su temporada
londinense, había sido entusiásticamente acogida por asociaciones operísticas
aficionadas, en gran parte porque era relativamente fácil de cantar, tenía un
amplio reparto y los trajes que se necesitaban podían usarse para Entführung e incluso para Aladdin. Este caso se daba concretamente en la
localidad a la que Cory pertenecía, donde estaba considerado algo así como el
bardo favorito. Mientras conducía hacia los alrededores de Myringham, donde
vivía el compositor, Wexford vio en los pueblos al menos tres carteles
anunciando que Aimée sería representada otra vez. Era probable, entonces, que el hombre al
que iba a visitar estuviera defraudado. La fama local sólo es gratificante al
comienzo de una carrera, y no podría haber proporcionado mucho consuelo a Cory
el hecho de ver que obras más frívolas serían puestas en escena por Myfleet y
la Asociación Operística Local (entrada 1,20 libras, apertura de bar autorizada
para las siete y media), mientras su poema sinfónico Fuego de abril y su música de ballet para Las flores del mal eran olvidados.
Por supuesto, los padres (como sabía Wexford
por experiencia personal) pueden gozar del éxito vicariamente. Philip Cory
apenas sería recordado fuera de la localidad, pero su hijo Blaise Cory era tan
célebre como puede serlo un personaje de la televisión. Su programa –que se emitía
dos veces por semana y consistía en entrevistas para conseguir apoyo para obras
de caridad y pedir ayuda para casi cualquiera que no tuviera trabajo, hogar o
cónyuge– competía con Pista por lograr un puesto en las
clasificaciones de popularidad. El nombre era una palabra tan casera como Frost
o Parkinson; el rostro amable, guapo y bastante grande, instantáneamente
familiar.
–Pero no vive aquí, ¿no? –preguntó Burden,
para quien Blaise Cory era una pesadilla.
–Que yo sepa, no. –Wexford le dio unos golpecitos en el hombro–. Esos
son los portales, creo. A la izquierda.
Había sido necesario mantenerse alerta, ya
que Moidore Lodge –situada en medio del campo– se encontraba a cinco kilómetros
del pueblo más cercano y, como Cory le había dicho a Wexford por teléfono, era
invisible desde la carretera. Los pilares que soportaban los portales y sobre
los cuales había un par de lobos de piedra, o tal vez perros alsacianos, ya que
se parecían mucho a Nancy, eran, de todos modos, inconfundibles. El coche giró y, a medida que el
camino de entrada descendía, enfilaron una avenida de plataneros que en esa
época del año se veían extraños y siniestros, con los troncos y las ramas mitad
cubiertos de cortezas verde oliva, mitad deshojados, de modo que parecían –al
menos para alguien imaginativo– formas escalofriantes cuya desnudez se revelaba
entre sus harapos. Y al final de esta doble fila de árboles, Moidore Lodge, con
sus tres plantas, angosta y pintada con un curioso matiz verde claro, miraba
con soberbia a los visitantes.
Para pulsar el timbre de la puerta principal
era necesario subir media docena de escalones, pero al final de éstos no había
ningún pórtico cubierto, nada, salvo una delgada barandilla a cada lado. El
viento soplaba con fuerza en las lomas. Wexford, últimamente acostumbrado –como
le comentó a Burden– a moverse entre los que tenían el hábito de ser atendidos,
esperaba ser acompañado al interior por un criado o una criada, o al menos por
una pulcra mujer, de modo que quedó sorprendido cuando el propio Cory abrió la
puerta.
No era más grande de lo que le había parecido
a Wexford cuando lo vio en St. Peter: un hombrecito delgado con una abundante
cabellera blanca, tan suave como la seda. Su rostro era al mismo tiempo alegre
y malhumorado. Llevaba téjanos y el tipo de jersey grueso color azul marino
conocido como guernesey, lo que le daba un aspecto juvenil, o quizá el aspecto
de un joven que padece alguna enfermedad terrible que produce vejez prematura.
Antes de hablar, los miró atentamente de arriba abajo. Después los condujo a
través del caldeado, polvoriento, sorprendentemente desordenado y desatendido
vestíbulo, y entraron en la caldeada y polvorienta sala.
–Ha de saber –dijo– que son ustedes los
primeros policías que entran en mi casa. En cualquiera de las casas en las que
he vivido. No los primeros con los que hablo, naturalmente. He hablado con policías para preguntarles un camino, etcétera. Sin duda he vivido
una vida protegida. –Una vez habría hecho todo lo posible para que ellos se
sintieran como leprosos o intocables, Cory se esforzó por mostrar una sonrisa–.
La idea era muy extraña para mí. He tenido que tomarme dos tranquilizantes. En
realidad, mi hijo viene hacia aquí. Supongo que habrán oído hablar de mi hijo.
El rostro de Burden era una máscara de palidez.
Wexford procedió a informar a Cory del propósito de su visita. El resultado fue
que el anciano tuvo que tomar otro Valium. Le llevó otros diez minutos
convencerlo de que existían serias dudas acerca de la identidad de Natalie
Arno.
–Oh, querido –se lamentó Cory–, oh, querido,
qué espantoso. La pequeña Natalie. ¡Fue tan amable y considerada conmigo
durante el oficio en memoria del pobre Manuel! ¿Quién podría haber imaginado
que no era Natalie?
–Bueno, puede que lo sea –lo tranquilizó
Wexford–. Esperamos que usted pueda establecer una u otra cosa.
Al mirar al aturdido hombre a quien los
tranquilizantes parecían no haber hecho ningún efecto, Wexford puso en duda que
la verdad pudiese ser establecida por su mediación.
–¿Quiere que vaya con usted y le haga una
serie de preguntas? ¡Qué terriblemente embarazoso será! –Cory realmente hacía
correr los dedos por su esponjada cabellera. Luego se quedó inmóvil, mirando
como un conejo en guardia–. ¡Un coche! –gritó–. Debe de ser Blaise. Y en buena
hora. En realidad, debo decir que él sabía lo que decía cuando insistió en
estar aquí para ayudarme.
Si el padre no era más grande de lo que
Wexford había previsto, el hijo era mucho más pequeño. La pantalla es una gran
embustera en lo que se refiere a la altura. Blaise Cory era un hombre pequeño y
ancho, con una cara enorme y unos ojos que parpadeaban tan felizmente como los
de un simpático duende. Entró en la sala mostrándose comunicativo y extendiendo
ambas manos en dirección a Wexford.
–¿Cómo está Sheila? ¿En su viaje de luna de
miel? ¿No es maravilloso? –Un hombre prevenido y astuto, cuyo negocio consistía
en saber quién es quién–. Es terriblemente parecida a usted, ¿sabe? Casi creo
que habría sabido que es hija suya aunque nadie me lo hubiese dicho, ya me
entiende.
–Quieren que vaya a ver a la niña del pobre
Manuel y confirme si realmente es ella –explicó Cory lastimeramente.
Su hijo levantó las cejas y emitió un silbido
sordo.
–No hablas en serio. ¿De eso
se trata?
Pareció menos sorprendido que su padre o que
Mrs. Mountnessing. Pero quizá sólo se debía a que él se enfrentaba diariamente
con cosas bastante más sorprendentes.
–¿Usted también la conoce, Mr. Cory? –le
preguntó Wexford.
–¿Si la conozco? Tomamos juntos nuestra
primera clase de violín. Bueno, es una exageración. Digamos que, de niños,
teníamos el mismo maestro.
–Tú nunca seguiste, Blaise –dijo su padre–.
Nunca fuiste un chico concentrado. La pequeña Natalie era muy buena.
Recuerdo a la pequeña Natalie tocando maravillosamente para mí, cuando tenía
quince o dieciséis años; fue la chacona de la Fuga en re menor de Bach y
ella...
Blaise lo interrumpió.
–Querido padre, son las doce y media y aunque
creo recordar que te prometí llevarte a comer fuera, un trago no vendría mal.
Con la posible excepción de Macbeth, debes de ser el peor anfitrión del mundo.
–No pudo contener una risita ante su propio chiste–. Seguramente tienes algo
escondido en una de estas leoneras.
Una vez más, Cory se mesó el cabello. Comenzó
a recorrer la sala, abriendo armarios y mirando desordenados estantes como si
fuera tan extraño en la casa como ellos.
–Es porque no tengo a nadie que cuide de mí
–dijo distraídamente–. Le pregunté a Natalie, o quien sea, si ella quería a
esos Hicks, y en caso contrario si vendrían a trabajar conmigo. Se mostró bastante
evasiva, dijo que les preguntaría, pero no he sabido una sola palabra más.
¿Cómo se las arregla usted?
Wexford se salvó de responder gracias a un
grito triunfante de Blaise Cory, que había encontrado una botella de whisky y
una de jerez seco. Era imposible rechazar un trago, especialmente cuando Blaise
Cory afirmaba que sabía a ciencia cierta que los policías bebían en horas de
servicio. Los vasos estaban llenos de polvo y de marcas de dedos. Ahora no
quedaba nada que decir, salvo fijar con Philip Cory el momento para la visita a
Natalie; Wexford consideró que, a pesar de los prejuicios de Burden, sería
inteligente invitar también a Blaise.
–Ah, pero yo ya la he visto. Además, no
tendría la menor idea de si es o no es la hija del llorado difunto; no había
puesto los ojos en ella desde que éramos adolescentes. Ella dijo que era
Natalie y para mí fue suficiente.
–¿Usted también asistió al oficio?
–Oh, no, no. Esos asuntos mórbidos me hacen
temblar. Yo soy una persona de la vida, señor Wexford. No, invité a Natalie a
almorzar. Oh, debe de haber sido unas cinco o seis semanas atrás.
–¿Puedo preguntarle por qué motivo lo hizo,
Mr. Cory?
–¿Uno tiene que tener alguna razón, además de
la obvia, para llevar a una mujer atractiva a comer fuera? No, estoy bromeando.
En realidad fue Natalie quien me telefoneó, recordando nuestra antigua
relación, y me preguntó si podría conseguirle trabajo a un amigo suyo, pero no
mencionó su nombre. Supongo que todo se debe a mi programa. No sé si un hombre
ocupado como usted ha tenido tiempo de verlo. Es una tontería, pero es mío.
Hago pedidos bastante atrevidos... no sin fundamentos y resultados... para
ayudar a la gente a encontrar... en fin, colocaciones. Este sujeto era,
aparentemente, una especie de músico. A mi entender, se imaginaba a sí mismo en
la tele. De todos modos, no podía ofrecerle mucha ayuda pero le pedí a ella que
almorzara conmigo. Ahora que lo pienso, fue el diecisiete de enero. Lo recuerdo
porque era el cumpleaños de mi anciano padre.
–Cumplí setenta y cuatro –dijo Cory con el
tono de alguien que no intenta asombrar a nadie, como efectivamente ocurría.
–Y ese día, cuando se encontró con ella, ¿no
dudó de que fuera la Natalie Camargue que usted había conocido?
–Espere un momento. Ahora que lo pienso, no
me encontré con ella ese día. Canceló la cita a causa de cierto asunto médico
que tenía que atender, creo que una biopsia. Fijamos una nueva cita para el
martes siguiente. La cumplió y debo decir que pasamos un rato delicioso, ella
es absolutamente encantadora y llena de gracia. Yo estaba preocupado por tener
que decirle que no tenía nada para ese amigo suyo. Pero ya sabe, realmente no
podría decirle si era nuestra Natalie. Quiero decir que,
evidentemente, jamás se me ocurrió. –Dejó que sus ojos iluminaran a Burden ya
que éste era más contemporáneo suyo que los demás–. ¿Usted reconocería a una
mujer a la que no ve desde los diecinueve años?
Burden respondió con una fría sonrisa que no
tuvo un efecto desconcertante en Blaise Cory.
–Es bastante emocionante, ¿verdad? Debe de
ser un tónico para mi querido y anciano padre.
–No, no lo es –dijo el compositor–. Es
realmente muy preocupante. Creo que volveré a Londres contigo, Blaise, ya que
tengo que ir allí mañana. Y creo que me quedaré. Supongo que puedes soportarme
un par de semanas.
Blaise Cory pasó un brazo alrededor de los
hombros de su padre y respondió con alegres afirmaciones. Quizá era la
imaginación de Wexford, pero su parpadeo mostraba signos de tensión.
El tipo de coincidencia que hace que uno
tropiece tres veces en el mismo día con una palabra hasta el momento
desconocida, o reciba una carta de un conocido con quien ha soñado la noche
anterior, sin duda explicaba la aparición del cartel del escaparate de la
agencia de viajes del Centro de Kingsbrook. «Venga a la soleada California,
tierra de eterna primavera.» Una foto de lo que debía de ser Big Sur y junto a
ésta, una de lo que debía de ser Hearst Castle. Wexford se detuvo, lo miró y se
preguntó qué diría el jefe de policía si sugería que lo enviaran al Lejano Oeste
en busca de antecedentes de Natalie Arno. Pudo imaginarse la cara del coronel
Griswold.
Se marchó y volvió a la comisaría. Venía de
las oficinas de Symonds, O’Brien y Ames. Su experto calígrafo había examinado
la escritura de la Natalie Camargue de dieciocho años y la de la Natalie Arno
de treinta y siete, y había dicho que, teniendo en cuenta los cambios normales
en un período de casi dos décadas, las dos muestras seguramente habían sido
hechas por la misma persona. Wexford sugirió que las muestras fueran analizadas
también por un experto elegido por la policía. Sin poner ninguna objeción, Ames
murmuró que eso sería insensato, que muchas manos en un plato hacen mucho
garabato.
Wexford creyó encontrar un camino mejor.
–Mike –dijo asomando la cabeza por la puerta
del despacho de Burden–, ¿dónde podemos conseguir un violín?
La esposa de Burden tenía algo de modelo. Era
profesora de historia, entendía de literatura inglesa, era una excelente
cocinera y modista y ahora resultaba que también sabía música.
–Nunca me dijiste que Jenny tocaba el violín
–dijo Wexford.
–En realidad –dijo Burden con timidez–, solía
formar parte del Cuarteto de Cuerdas Pilgrim. –Un conjunto local que gozaba de
algo más que fama local–. Supongo que podría prestarnos su Hills, siempre que
lo cuidáramos.
–¿Su qué?
–Su Hills. Es una marca muy conocida de violines.
–Si es por eso, Stradivarius.
A la mañana siguiente, Burden llevó el
violín. Iban a recoger a Philip Cory en la casa de su hijo y a llevarlo a De
Beauvoir Place. Era un día brillante, el primer día de sol desde que habían
cesado las nevadas.
Blaise Cory vivía en Campden Hill, no lejos
de la casa de Mrs. Mountnessing; el trabajo parecía haberlo reclamado, porque
su padre estaba solo en el enorme ático. Aunque se tragó un Valium en cuanto
los vio, resultaba evidente que pasar una noche en Londres le había hecho bien.
Se lo veía ágil, con las mejillas sonrosadas, y se había puesto un traje oscuro
con una lista roja, una camisa rosada y una corbata de seda borgoña; parecía
que iba a un elegante almuerzo más que a tomar parte en una investigación
criminal.
En el coche se mostró inclinado a la
locuacidad.
–Creo que escribiré a los Hicks
personalmente. No tengo motivos para creer que no están bien dispuestos hacia
mí. Tengo entendido que les gusta el campo y Moidore Lodge está en pleno campo.
Con lo encantadora que es la casa del pobre Manuel, siempre pensé que había
algo en ella. Uno también podría vivir en Hampstead Garden Suburb. Pensé que
sería una dura prueba encontrarme hoy con la pequeña Natalie, ¿sabe? Pero en
realidad me siento bastante excitado ante la perspectiva. Londres es todo un
estímulo, ¿no le parece? Es como si le tonificara a uno todo el sistema. Y si
ella no es Natalie, no hay por qué sentirse incómodo.
Wexford no tenía la intención de penetrar en
la tienda. La puerta del piso superior estaba a un lado del edificio; era una
puerta de paneles con un listón de vidrio, colocada bajo un pórtico con techo
inclinado de tejas. Mientras subían por la calle, con Wexford a la cabeza y
Burden cubriendo la retaguardia con el violín, la puerta se abrió y salió una
mujer que volvió a cerrarla de inmediato. Se trataba de una mujer mayor y tan
delgada como para ser casi una enana. Llevaba un abrigo negro, un sombrero
tejido de brillantes colores y guantes. Cory dijo:
–¡Válgame Dios! Es Mrs. Woodhouse, ¿verdad?
–Correcto, señor, y usted es Mr. Cory.
–Hablaba con la pronunciación de Sussex–. ¿Cómo se encuentra? No puede
quejarse, eso es lo que digo. Anoche vi a Mr. Blaise en la tele, es realmente
divertido, igual que siempre. Ahora usted vive en Londres, ¿no es así?
–Oh, no, querida –dijo Cory–. Allí abajo,
donde siempre. –De pronto se le agrandaron los ojos, como inspirado–. No tengo
a nadie que cuide de mí. No creo...
–Estoy retirada, señor, y nunca tuve tanto
que hacer. No tengo un momento para mí misma y mucho menos para otras personas,
de modo que ahora le digo adiós y me alegro de verlo después de tanto tiempo.
Se escabulló en dirección a De Beauvoir
Square, mirando el reloj mientras se alejaba.
–¿Quién era ésa? –preguntó Burden.
–Solía trabajar para el pobre Manuel y para
Kathleen cuando vivían en Shaddough’s Hall Farm. No entiendo qué hace aquí.
La puerta estaba cerrada pero tenía
picaporte. Wexford la abrió y subieron la empinada escalera. Natalie había
salido al pasillo y los esperaba. Wexford había pensado mucho en ella,
realmente se había vuelto tan obsesivo con respecto a ella que, desde la última
vez que la vio, en su mente se había formado la imagen de una mujer seductora,
siniestra, una especie de Mata Hari, corrupta, astuta y serpentina. Ante la
realidad, esta quimera se mostraba brevemente como la absurda ilusión que era y
luego se disolvía. Porque aquí, de pie ante ellos, se encontraba una
encantadora y hermosa mujer a la que ninguna de estas expresiones peyorativas
podría aplicarse. El cabello negro le colgaba suelto sobre los hombros, sujeto
por una cinta de terciopelo como la de Alicia. Iba vestida con la falda que
Jane Zoffany había estado arreglando y con una simple camisa blanca y una
rebeca azul oscuro. Se parecía bastante a un uniforme escolar y algo de escolar
había en ella cuando bajó la cara y besó a Cory, mientras decía con el más leve
tono de reproche:
–Me alegro de verte, tío Philip. Sólo me
gustaría que las circunstancias fueran distintas.
Cory apartó la cara. Respondió en una especie
de agudo canto:
–Uno debe cumplir con sus deberes como
ciudadano.
Ella rió y le dio unos golpecitos en el
hombro. Todos entraron en una pequeña y modesta sala desde la cual se veía una
cocina. Había un abismo entre esto y Sterries. El mobiliario tenía tal aspecto
que parecía haber pertenecido a familiares difuntos de los Zoffany que no
habían pagado mucho por ellos cuando eran nuevos. Natalie no parecía haber
agregado nada, excepto un pequeño estante de libros en rústica que sólo podían
haber sido identificados como no pertenecientes a los Zoffany porque ninguno de
ellos era de ciencia ficción.
Había aroma de café y desde la cocina llegaba
el sonido –que parecía el ronquido de una enorme criatura hibernada– de la
cafetera de filtro.
–Siéntense –dijo Natalie–. Están en su casa.
Discúlpenme un momento mientras voy a ver el café.
Ella parecía totalmente despreocupada y no
mostró señales de haber notado lo que Burden había introducido en el piso. No
hay arte, pensó Wexford, por el cual se pueda descubrir en el rostro lo que
pasa por la mente.
El café era bueno.
–El secreto –dijo Natalie alegremente–
consiste en poner bastante. –Rió al pronunciar la frase hecha–. Supongo que los
ingleses no lo hacen.
Seguramente no podía estar divirtiéndose así
si no era Natalie, si existía alguna posibilidad de que fracasara en esta
prueba. Wexford miró a Burden, cuyos ojos estaban fijos en ella y parecía
estudiar su aspecto, recordando quizá fotografías de los periódicos. Luego de
beber un sorbo de café en el que había puesto tres cucharadas de azúcar, Cory
comenzó su cuestionario. Habría sido un buen animador de concursos. Tal vez
Blaise había heredado de él sus talentos.
–Tú y tus padres fuisteis a vivir a Shaddough’s
Hall Farm cuando tú tenías cinco años. ¿Puedes recordar lo que te regalé para
tu sexto cumpleaños?
No vaciló.
–Un gatito. Era gris.
–Tu gato se había escapado y te regalé ése
para suplantarlo.
–Le llamamos Panther.
Cory lo había olvidado. Pero Wexford vio que
ahora recordaba y parecía desconcertado. Con tono menos seguro, preguntó:
–¿Dónde estaba la casa?
–En Pomfret, en la carretera de Cheriton.
Tendrás que esmerarte, tío Philip. Nadie podría haber descubierto dónde vivía
Camargue.
Como respuesta, él le formuló una pregunta en
francés. Wexford no era capaz de comprenderla, pero veía en Cory claras
muestras de ingenio. En ese anciano había algo más de lo que se notaba a simple
vista. Ella respondió en un francés fluido y Cory le habló en lo que Wexford
creyó era castellano. Esto era algo que a Symonds, O’Brien y Ames seguramente
no se les había ocurrido. Pero era una prueba segura. Por un momento contuvo el
aliento, ya que ella no respondía, y su rostro mostraba ese aspecto de estúpido
desconcierto que tiene la gente cuando se le habla en un idioma que conocen
menos profundamente de lo que proclaman.
Cory repitió lo que había dicho. Burden se
aclaró la garganta y se movió en la silla. Wexford se mantuvo perfectamente
tranquilo, esperando, sabiendo que cada segundo que pasaba hacía más probable
aún que fuera descubierta. Luego, cuando Cory estaba a punto de hablar por
tercera vez, ella prorrumpió en un torrente de rápidas palabras en castellano y
Cory quedó sorprendido, aparentemente sin comprender, hasta que ella le explicó
más lentamente qué era lo que había dicho.
Wexford bebió su café y ella, mirándolo
traviesamente, volvió a llenarle la taza. Dedicó a Burden una de sus
chispeantes sonrisas. Su largo cabello cayó hacia adelante, como el de Cleopatra,
en dos gruesos mechones que enmarcaban su rostro. Un rostro joven, pensó
Wexford, tal vez demasiado joven para la edad que afirmaba tener. ¿Y esto no
era también muy
español? La madre de Natalie Camargue era inglesa,
típicamente inglesa, y su padre medio francés. ¿Tendría su hija el verdadero
aspecto de una mujer de Goya? Ninguna de las pruebas, aunque convincentes, era
definitiva. ¿Por qué una impostora no hablaría castellano? Si la sustitución
había tenido lugar en Los Ángeles, podía incluso ser mexicana. ¿Por qué no
sabría lo del gato y su nombre si había sido amiga de la verdadera Natalie y se
había propuesto asumir la historia de su niñez?
–¿Cuál fue el primer instrumento que
aprendiste a interpretar? –le preguntaba Cory.
–La flauta.
–¿Cuántos años tenías cuando empezaste a
tocar el violín?
–Ocho.
–¿Quién fue tu primer maestro?
–No lo recuerdo –respondió.
–Cuando tenías quince años, vivías en
Shaddough’s Hall Farm y tenías vacaciones en la escuela. Fue en agosto. Tu
padre acababa de regresar de... Estados Unidos, creo.
–Canadá.
–Creo que tienes razón. –Casi decidido por
las palabras de Wexford, a considerarla impostora, Cory quedaba cada vez más
sorprendido a medida que el interrogatorio avanzaba–. Tienes razón, así fue.
Dios mío. ¿Recuerdas que fui a cenar con tus padres? ¿Con mi esposa? ¿Puedes
recordar aquella tarde?
–Creo que sí. Hacía un año que no te veía.
–Después de la cena, te pedí que tocaras algo
para mí; tú lo hiciste y...
–Toqué la chacona de la Fuga en re menor de Bach.
Cory quedó aturdido e hizo silencio. La miró
fijamente y luego se volvió hacia Wexford y lo miró agraviado.
–Era demasiado difícil para mí –dijo
alegremente–. Aplaudisteis, pero sentí que lo había estropeado. –La expresión
de los tres hombres le proporcionó una divertida satisfacción–. Es suficiente
prueba, ¿no? ¿Tomamos todos una copa para celebrar mi rehabilitación? –Se
levantó de un salto, cogió la bandeja y entró en la cocina, dejando la puerta
abierta.
Tal vez fue la puerta abierta y el sonido de
la anfitriona tarareando despreocupadamente lo que hizo que Cory dejara de
mirar a Wexford. Levantó sus pobladas cejas blancas casi hasta su esponjado
pelo blanco y sacudió la cabeza con energía, un gesto que decía, sencillamente,
que creía haber sido llevado allí para una búsqueda inútil. Si ella no era
Natalie, pensó Wexford, no había modo de que hubiera sabido lo de esa pieza de
música. Era imposible imaginar las circunstancias en que la verdadera Natalie
hubiera mencionado una cosa así a la falsa. Si así lo había hecho, esto suponía
la mención de cada ocasión en la que había tocado para su amigo, haciendo una
lista de los amigos y las piezas de música, ya que nunca podría haberse
previsto que se le preguntaría por esta pieza determinada. Que Cory haría esta
pregunta –una pregunta que sin duda surgió en su mente a raíz de su referencia
a la chacona de Bach el día anterior– sólo podría haber sido adivinado por
aquellos que estaban presentes en ese momento, o sea él, Burden y Blaise.
De modo que uno casi podía estar de acuerdo
con ella y aclamar su confirmación como heredera de Camargue. Había pasado la
prueba que una impostora no habría superado. La miró perplejo cuando regresó a
la habitación; ahora el contenido de la bandeja había sido reemplazado por un
par de botellas y un cubo de hielo. Si era –lo que ahora parecía indudable–
Natalie Arno, ¿cómo era posible que Camargue hubiera mentido en esta cuestión?
Esta mujer jamás habría pronunciado mal una palabra o un nombre en un idioma
extranjero conocido por ella. Y si Camargue realmente la había acusado de
hacerlo, ella estaba en condiciones de corregir ese error de inmediato y
proporcionarle pruebas absolutas de su identidad. Ahora Wexford no tenía dudas
de que si Camargue se lo había preguntado, ella habría recordado para él los más
mínimos detalles de su infancia, de la familia, de las esotéricas costumbres
domésticas que ningún ser vivo, salvo él y ella, podían conocer. Pero Camargue
era un anciano que desvariaba en sus juicios, además de ser corto de vista y
sordo. La pesada de Dinah Sternhold había perdido el tiempo repitiéndole lo que
probablemente era sólo una de las divertidas ilusiones paranoicas de un viejo
senil.
Burden parecía dispuesto a marcharse. Se
había agachado para coger una vez más el asa del estuche del violín.
–¿Le importaría interpretar esa pieza de
música para nosotros Mrs. Arno? –preguntó Wexford.
Si había notado la presencia del violín –que
era lo más probable–, quizá había supuesto que pertenecía a Cory y no lo había
relacionado con ella, ya que al oír la pregunta sus modales cambiaron. Había
dejado la bandeja y estuvo a punto de levantar las manos, pero las dejó donde
estaban, ligeramente rígidas. Su rostro permanecía inalterable, pero ya no
tenía el dominio de la situación y ya no parecía divertida.
–No, no creo que lo haga –respondió.
–¿Ha abandonado el violín?
–No, aún toco en plan de aficionada, pero no
estoy en forma.
–Seremos indulgentes, Mrs. Arno –la
tranquilizó Wexford–. De todos modos, el inspector y yo no somos competentes
para juzgar. –Burden lo miró insinuando que él sí lo sería–. Si toca el
violín como para convencer a Mr. Cory, yo mismo me convenceré de que sir Manuel
cometió... un error.
Ella guardaba silencio. Se sentó tranquila,
con la vista baja, pensativa. Luego tendió la mano hasta el estuche del violín
y lo acercó. Pero parecía no saber exactamente cómo abrirlo, porque manipuló
torpemente la cerradura.
–Aquí, permítame –intervino Burden.
Se levantó y miró la bandeja que había
traído.
–Olvidé los vasos. Permítanme.
Burden quitó el violín cuidadosamente y luego
el arco. La visión devolvió a Cory el buen humor y con un dedo pulsó una de las
cuerdas. De la cocina llegó un súbito tintineo de vidrios rotos, una
exclamación y luego el ruido de agua que corría.
–Más vale que vuelvas a guardar ese instrumento
–dijo Wexford serenamente.
Ella regresó. Tenía la faz pálida.
–He roto un vaso.
Su mano izquierda estaba envuelta en un
montón de pañuelos de papel mojados que se enrojecían rápidamente; cuando quitó
el empapado montón, Wexford vio un largo y fino corte de color rojo que
atravesaba la yema de tres dedos.
Habría sido el principio, no el fin. Habrían
podido proceder con una acusación por fraude y una investigación sobre el
asesinato de sir Manuel Camargue. Y Wexford, acudiendo a Symonds, O’Brien y
Ames con lo que consideraba una prueba de que Natalie Arno no era quien decía
ser, se sintió seguro de tener argumentos. Ella hablaría francés y castellano,
conocería los más abstrusos detalles de la vida de la familia Camargue, pero no
podría tocar el violín, y eso era lo esencial. No se había atrevido a negarse,
de modo que se cortó deliberadamente la yema de los dedos, la parte con que
tendría que presionar las cuerdas. Kenneth Ames escuchó todo esto con una
vaguedad rayana en la indiferencia que habría alarmado a Wexford si éste no
hubiera estado acostumbrado a sus modales. Pareció reacio a revelar la
dirección de Mrs. Mary Woodhouse, pero finalmente lo hizo cuando lo apremiaron.
Ella vivía con su hijo y su nuera –ambos
estaban en el trabajo– en un piso de la urbanización Pomfret. Cuando Wexford le
habló –explicándole amable y parcialmente lo que sospechaba–, al principio
escuchó en silencio y atenta; pero cuando tuvo claro el propósito de la visita,
frunció el ceño, movió hacia fuera el labio inferior y retomó el trabajo con
que estaba ocupada antes de que él llegara. Se trataba de una especie de
cubrecama de gran tamaño, de sucio algodón blanco hecho con ganchillo. La aguja
de Mrs. Woodhouse se hundía y volvía a aparecer destellando mientras ella descargaba
la ira en sus dedos.
–No sé de qué habla, no sé lo que quiere
decir –repetía una y otra vez, cuando él hacía una pausa para que respondiera.
Era una anciana pequeña, de rasgos afilados, cuyo oscuro cabello había
adquirido el color del carbón–. Fui a ver a Mrs. Arno porque ella me lo pidió.
¿Por qué no lo haría? Tengo una hermana que vive en Hackney y ha estado un poco
indispuesta. Me he estado quedando en su casa, y con Mrs. Arno viviendo tan
cerca, es natural que fuera a verla, ¿no le parece? La conozco desde que era
una niña y la crié tanto como su madre.
–¿Cuántas veces la vio, Mrs. Woodhouse?
–No sé qué quiere decir. Cientos de veces,
miles de veces. Si se refiere a ir a su casa, como la semana pasada, sólo dos.
La vez que usted me vio y dos días antes. Me gustaría saber adonde quiere
llegar.
–¿Algunos de estos «cientos de veces» fueron
durante los meses de noviembre y diciembre últimos, Mrs. Woodhouse? ¿Mrs. Arno
fue a verla cuando llegó al país?
–Le diré cuándo la vi por primera vez. Fue
hace dos semanas. Cuando ese abogado, Mr. Ames, vino y me preguntó la misma
clase de tonterías que me pregunta usted. Sólo que, cuando estuvo vencido, se
dio cuenta. –El ganchillo se movía más rápido y el ovillo de hilo saltaba sobre
el regazo de Mary Woodhouse–. ¿Tenía alguna duda acerca de que Mrs. Arno fuera
Miss Natalie Camargue? –dijo despectivamente–. Claro que no, ni una sombra de
duda.
–Supongo que Mrs. Arno le hizo muchas
preguntas, ¿verdad? Supongo que le pidió que le recordara cosas de su niñez que
se le habían olvidado. El nombre de un gatito gris, por ejemplo.
–Panther –dijo
Mrs. Woodhouse–. Ése era su nombre. ¿Por qué no habría de
decírselo? Ella lo había olvidado, sólo era una cría. No sé que pretende
haciéndome preguntas como ésa. Por supuesto tengo buena memoria, era famosa en
la familia por mi memoria. Mr. Camargue solía decirme: Mary, eres como un
elefante, y la gente me miraba... con lo pequeña y delgada que soy... y él
decía: Nunca te olvidas de nada.
–Supongo que comprende lo que es una conspiración,
¿no es así, Mrs. Woodhouse? ¿Comprende lo que se entiende por conspiración para
estafar a alguien de lo que es suyo por ley? No creo que quiera implicarse en
algo así, ¿verdad? Algo que podría meterla en problemas serios...
Ella repitió su fórmula violentamente,
aferrando con una mano la aguja de croché y con la otra el ovillo de hilo:
–No sé qué quiere decir. No sé de qué habla.
Mavis Rolland, la profesora de música, era la
siguiente de la lista. Wexford había cogido el teléfono y estaba a punto de marcar
y acordar una cita con ella, cuando Kenneth Ames fue anunciado.
En el despacho de Wexford hacía tanto calor
como en Kingsbrook Precinct, pero Ames no se quitó el abrigo negro con cinturón
ni la bufanda de cuadros negros y grises. Aceptó la silla que Wexford le
ofreció y fijó la mirada en el ángulo norte de la aguja de St. Peter, ya que
tenía la costumbre de contemplar su elevación sur desde su propia ventana.
El propósito de su visita, dijo, era informar
a la policía que Symonds, O’Brien y Ames había decidido reconocer a Mrs.
Natalie Kathleen Camargue Arno como la legítima heredera de sir Manuel
Camargue.
En realidad, dijo Ames, sólo su consideración
de la verdad y su horror ante la posibilidad de fraude era lo que los había
llevado a investigar en primer lugar, lo que significaba difamación delictiva.
–Estábamos obligados a examinarlo, por
supuesto, aunque nunca se presta mucho crédito a este tipo de enredos.
–Camargue mismo... –comenzó Wexford.
–Según Mrs. Steinbeck, mi querido amigo,
según ella. Creo que le han hecho tragar el anzuelo. Perdió el sentido de las
proporciones, si me permite. Vamos. Seguramente no esperaba que mi cliente
tocara para usted una bonita melodía en ese violín cuando se había hecho un
horrible corte en la mano.
Wexford notó que Natalie Arno se había
convertido en «mi cliente». Quedó más sorprendido por la declaración de Ames de
lo que habría pensado, estaba conmocionado; se sentó en silencio, asimilándola,
comenzando a captar sus implicaciones. Todavía mirando el cielo, Ames dijo:
–Nunca existió ninguna duda real, por
supuesto. –Pronunció una de sus extrañas y confusas metáforas–: Se trataba de
hacer un descubrimiento en una topera. Pero ahora tenemos una prueba
irrefutable.
–¿Ah, sí? –Wexford levantó las cejas.
–Mi cliente está en condiciones de presentar
a su dentista, un sujeto que solía revisar la dentadura de la familia Camargue.
Un hombre llamado Williams, de Wigmore Street, Londres. Él aún conserva sus
archivos y... bien, la mandíbula de mi cliente y la de Miss Natalie Camargue
son sin duda la misma. Nunca ha perdido un diente.
Wexford fijó una cita con Miss Rolland, pero
al día siguiente se vio obligado a cancelarla, ya que en el intervalo mantuvo
una desagradable entrevista con el jefe de policía. Charles Griswold –que tenía
un extraño parecido con el difunto general De Gaulle y era un hombre tan
fuerte, tan serio y profundo como Ames era menudo, superficial y distraído– echó pestes contra él.
–Déjelo, Reg, olvídelo. Déjelo como si nunca
hubiera oído el nombre Camargue.
–¿Todo porque una impostora ha seducido a
Ames haciéndole creer una sarta de mentiras, señor?
–¿Seducido?
Wexford hizo un gesto de impaciencia con la
mano.
–Estaba hablando metafóricamente, por
supuesto. Ella no es
Natalie Arno. Mi firme creencia es que desde que llegó
ha estado utilizando a la primera criada de la familia Camargue para que la
instruya en cuestiones de historia familiar. En cuanto al dentista, ¿Symonds,
O’Brien y Ames lo investigaron? ¿Acudieron ellos a él, o él a ellos? Si esto es
una conspiración en la que está implicado un considerable número de personas...
–Ha de saber que no tengo la menor idea de lo
que está diciendo. Todo lo que yo digo es que, si una acreditada firma de
abogados como Symonds, O’Brien y Ames acepta a esa mujer y le permite heredar
una propiedad importante, nosotros también la aceptaremos. Y olvidaremos las
últimas teorías acerca de empujar ancianos a lagos helados cuando no tenemos la
menor prueba de que Camargue murió de otra cosa más que de muerte natural.
¿Comprendido?
–Si usted lo dice, así debe ser, señor.
–Debe ser –confirmó el jefe de policía.
No el principio, sino el fin. Con
anterioridad, Wexford se había obsesionado con diversos casos, y el rumbo que
tomaban las obsesiones había sido bloqueado por obstáculos y oposiciones
exactamente iguales. El sentimiento de frustración era conocido para él, pero
no por ello menos amargo. Se quedó junto a la ventana, maldiciendo en voz baja,
mirando el opaco cielo pálido. El tiempo era frío y helado otra vez, con una
niebla blanca que se elevaba al mediodía y luego colgaba amenazadoramente a la
altura de los árboles. Sheila estaría de regreso hoy. No podía recordar si
debía llegar a las diez de la mañana o a las diez de la noche, y no quería
saberlo. Así, no podría preocuparse demasiado por lo que le ocurriera a su
avión en la niebla, quizá sin poder aterrizar, desviado a Luton o a Manchester,
con escaso combustible... Se recordó severamente que el avión era el más seguro
de todos los medios de transporte, y dejó que sus pensamientos volvieran a
Natalie Arno. O quien fuera. ¿Nunca lo sabría? Aunque sólo fuera por satisfacer
su propia curiosidad, ¿nunca sabría quién era ella y cómo lo había hecho? El
cambio de una identidad a la otra, la interpretación, el asesinato...
Después de lo dicho por Griswold no se
atrevía, por su trabajo, a correr el riesgo de mantener otra entrevista con
Mary Woodhouse, a acudir a su cita con Mavis Rolland, a intentar quebrar la
obstinación de Mrs. Mountnessing o a dedicarse a descubrir a ese falso dentista,
Williams. ¿Qué podía hacer?
Antes de ir a su casa tenía que pasar por
Kingsbrook Precinct, ya que Dora le había pedido que recogiera un par de
faisanes que había encargado en la pollería del centro comercial. La proximidad
de las oficinas de Symonds, O’Brien y Ames lo encolerizó otra vez y por un
momento deseó convertirse en delincuente juvenil para pintarrajear
inscripciones apropiadas en la placa de cobre. Se apartó y se descubrió mirando
una vez más el escaparate de la agencia de viajes.
Un amable joven desplegó un puñado de
folletos frente a él. ¿Cuáles eran los lugares preferidos de Dora? Las
Bermudas, México, cualquier lugar cálido de Estados Unidos. Lo habían discutido
al infinito sin llegar a una decisión, sabiendo que éstas serían las únicas vacaciones
importantes que se tomarían jamás. En el interior se veía un cartel igual al
del escaparate y otros parecidos, de colores subidos. Levantó la vista y su
mirada tropezó con el paisaje de rascacielos de San Francisco.
La niebla se había espesado. Parecía instalar
una cortina de frío húmedo sobre su cara. Condujo hacia su casa muy lentamente,
pensando otra vez en Sheila; pero mientras encajaba la llave en la cerradura de
la puerta, ésta se abrió y allí estaba ella frente a él, más morena de lo que él
jamás la había visto, con su cabello blanqueado como el marfil.
Ella tendió los brazos y lo abrazó. Dora y
Andrew estaban en la sala.
–Heathrow está cerrado y tuvimos que
aterrizar en Gatwick –explicó Sheila–, así que decidimos venir a veros. Lo
pasamos muy bien, papi, se lo he contado a mamá, tenéis que ir.
Wexford sonrió.
–Nos vamos a California –anunció.
Segunda parte
El testamento, publicado en el Kingsmarkham Courier –así como en la prensa nacional–, indicaba que sir Manuel Camargue
dejaba la cantidad neta de 1.146.000 libras. Esta modesta fortuna pasó a manos
de Natalie Arno unos dos meses después de la muerte de Camargue.
–Yo no diría que un millón de libras es una
cifra modesta –comentó Burden.
–Lo es, si tienes en cuenta toda la gente que
reclamará su parte –opinó Wexford–. Todos los conspiradores. No me sorprende
que haya puesto la casa en venta.
Ella se había mudado a Sterries pero de
inmediato puso la casa en venta, a un precio inicial de 110.000 libras. Durante
unas semanas, Thacker y Prince –la principal agencia inmobiliaria de
Kingsmarkham– exhibió en su escaparate fotos en color del exterior de la casa,
de la sala de música, del salón y del jardín, mientras en la prensa local
aparecían instantáneas menos notables. Pero ya fuera porque la casa misma era
de diseño demasiado puro y simplista para el gusto de la mayoría de la gente, o
porque el precio era demasiado elevado, la cuestión es que siguió en venta a lo
largo del período del año en que la compra de casas alcanza su apogeo.
–Es gracioso pensar que sabemos con certeza
que ella no tiene derecho a estar en la casa ni a venderla, ni tiene derecho a
lo que obtiene de ella –dijo Burden–. Y no hay ni una maldita cosa que podamos
hacer al respecto.
Pero Wexford señaló simplemente que el verano
había empezado con el rigor de costumbre y él estaba esperando ansiosamente ir
de vacaciones a algún sitio cálido.
Los Wexford no eran viajeros experimentados y
éste sería el viaje más largo que jamás habían hecho. Wexford sentía que esto
no tenía por qué afectar los preparativos, pero Dora había llegado al estado
exactamente anterior al umbral del pánico. Pasó el día entero empaquetando,
desempaquetando y reempaquetando, y confesó avergonzada que era una tonta, y
luego comenzó a preocuparse por la posibilidad de que durante su ausencia
entraran a robar en la casa. Fue inútil que Wexford le explicara, que para un
eventual ladrón no tenía importancia saber que ellos estaban en San Francisco o
en Southend. Podía asegurarle que la policía vigilaría la casa. Si no lo hacían
por él, ¿por quién lo harían? Sylvia había prometido ir allí cada dos días
durante su ausencia y esa tarde él fue a entregarle una llave de repuesto.
La hija mayor de Wexford y su esposo se
habían mudado el año anterior a una casa más nueva al norte de Kingsmarkham y,
para volver a su casa de Ploughman’s Lane, Wexford tenía que dar un rodeo
apenas mayor. Pasar por la casa de Camargue y echarle un vistazo la noche antes
de partir para probar que la reclamación de Natalie Arno era fraudulenta, parecía
un acto oportuno. Condujo por Ploughman’s Lane, pasando por la calle lateral
que rodeaba los terrenos de Kingsfield House. Pero si durante los meses de
enero y febrero Sterries era casi invisible desde la calzada, ahora quedaba
totalmente oculta. Los carpes, tilos y plataneros que sólo eran esqueletos
cuando estuvo allí por última vez, ahora estaban rebosantes de hojas y lo que
se veía era tan poco, que podrían ocultar tanto un prado desierto como una
casa.
Eran casi las nueve y aún estaba claro.
Conducía colina abajo, cuando oyó que alguien corría detrás de él. Por el
retrovisor vio la figura de una mujer que bajaba corriendo por Ploughman’s Lane
como si la persiguieran. Era Jane Zoffany.
No había perseguidores. Aparte de ella, el
lugar estaba desierto y se veía selvático y silencioso, como la mayoría de esos
lugares, incluso en las noches estivales. Frenó junto al bordillo y bajó del
coche. Ella tenía pleno dominio sobre sí misma, de modo que pudo apartarse para
no chocar con él, y mientras lo hacía lo reconoció de inmediato. Se detuvo y
rompió a llorar, cubriéndose los ojos con los nudillos.
–Venga y siéntese en el coche –la invitó
Wexford.
Se sentó en el asiento del acompañante y
lloró, con el rostro oculto entre las manos y el pañuelo de gasa que llevaba
alrededor del cuello, sobre un vestido hindú estampado en rojo y amarillo.
Wexford le dejó su pañuelo. Lloró un poco más y luego apoyó la cabeza contra el
cabezal, hipando y con las mejillas humedecidas de lágrimas. No llevaba bolso,
abrigo, ni chaqueta –aunque el vestido era sin mangas–, e iba calzada con unas
sandalias atadas con una tira, y sin medias. De pronto empezó a hablar,
deteniéndose sólo cuando los sollozos ahogaban su voz.
–Creí que era maravillosa. Creí que era la
persona más maravillosa, talentosa y amable que jamás había conocido. Y creí que yo
le gustaba, creí que ella de verdad quería mi compañía. Nunca pensé que se
hubiera fijado realmente en mi esposo, quiero decir excepto como mi esposo, eso
es todo lo que creí que él era para ella, creí que era yo... Y ahora él dice...
oh. Dios, ¿qué voy a hacer? ¿Adónde iré? ¿Qué será de mí?
Wexford estaba anonadado. Apenas podía
entender lo que ella decía, pero adivinaba que estaba desahogando toda su
tristeza sólo porque él estaba allí. Cualquiera que quisiese oír habría servido
a sus propósitos. También pensó –y no por primera vez– que había algo
trastornado en ella. La perturbación era evidente en sus ojos, tanto cuando
estaban secos como cuando estaban hinchados y húmedos de lágrimas. Puso la mano
en el brazo de él.
–Lo hice todo por ella, me mostré retraída
para que se sintiera como en su propia casa, hice recados para ella, incluso le
arreglé la ropa. Ella aceptó todo eso de mí y durante todo el tiempo ella e
Ivan estuvieron... ¡cuando él fue a California tuvieron una relación!
Él no puso mala cara ni sonrió ante la
incongruente palabra, un vestigio de la jerga ya pasada de moda de su juventud.
–¿Ella se lo contó, Mrs. Zoffany? –le
preguntó.
–Él me lo contó. Ivan me lo contó. –Se enjugó
la cara con el pañuelo–. Vinimos el miércoles para quedarnos, pensábamos
quedarnos hasta... bueno, el domingo o el lunes. La tienda va de mal en peor,
nunca entra nadie... que estemos o no, no cambia nada. Nos invitó y vinimos.
Ahora sé por qué lo hizo. No lo quiere a él, lo que quiere es que esté
enamorado de ella, quiere tenerlo en un puño. –Se estremeció y su voz volvió a
quebrarse–. Me lo dijo esta tarde, hace media hora. Dijo que hace dos años que
está enamorado de ella, desde que la vio por primera vez. Estaba ansioso porque
ella viniera a vivir aquí, así podrían estar juntos, y luego, cuando vino,
siguió engañándolo y diciéndole que esperara, y ahora...
–¿Por qué le contó todo eso? –la interrumpió
Wexford.
Ella hipó y extendió una mano impotente.
–Tenía que decírselo a alguien, dijo, y yo
precisamente estaba allí. La oyó por casualidad hablando con alguien por
teléfono, parecía su amante, diciéndole que viniera cuando nosotros nos
hubiéramos ido y que fuera discreto. Entonces Ivan lo comprendió. Tiene el corazón
destrozado porque ella no lo quiere. Eso es lo que me dijo a mí, su propia
esposa, que no sabe cómo puede seguir viviendo porque otra mujer no lo tendrá.
Al principio no lo entendí, no podía creerlo y comencé a gritar. Ella entró en
la habitación y preguntó qué ocurría. Le dije lo que él había dicho y ella
contestó: «Lo siento, querida, pero entonces no te conocía.» Eso me dijo a mí. «Entonces yo no te conocía y de todos modos no fue nada importante.
Sólo ocurrió tres o cuatro veces, simplemente se trataba de que ambos nos
sentíamos solos.» ¡Como si eso mejorara las cosas!
Wexford permanecía en silencio. Ella se
calmó, aunque aún temblaba. Pronto comenzaría a lamentarse de haber abierto su
corazón a alguien que era casi un extraño. Se pasó las manos por la cara y
hundió los hombros con un profundo suspiro.
–Oh, Dios, ¿qué voy a hacer? ¿Adónde iré? No
puedo quedarme con él, ¿comprende? Cuando me lo contó, salí corriendo de la
casa, ni siquiera cogí mi bolso, simplemente corrí y aquí estaba usted y... oh,
Dios, no sé lo que pensará usted de mí. Debe de pensar que he perdido el
juicio, que estoy chiflada, loca; Ivan dice que estoy loca. «Si vas a
comportarte así», dijo, «lo que te conviene es estar en un psiquiátrico.» –Lo
miró de reojo–. He estado en esos lugares, por eso lo dijo. Si tuviera un amigo
al que pudiera recurrir... pero he perdido a todos mis amigos a causa de mis
recaídas. La gente no quiere saber nada más de ti cuando piensan que en tu
mente hay algo que no funciona. En mi caso sólo es depresión, una enfermedad
como cualquier otra, pero no se dan cuenta. –Emitió un pequeño gimoteo–.
Natalie no era así, ella sabía de mi depresión, era amable. Creí que lo era, pero
durante todo el tiempo... ¡He perdido a mi única amiga, además de a mi marido!
Le temblaba la boca a causa del llanto y
tenía los ojos rojos. Parecía una gitana perseguida, con el espeso cabello
entrecano colgándole en dos desgreñados mechones sobre las mejillas. Por su
expresión y su mirada fija e implorante –y teniendo en cuenta la profesión de
él, sus modales y el modo en que la había escuchado– era evidente que esperaba
que hiciera algo por ella. Para vengarse de Natalie, recuperar a su marido
errante, o al menos para proporcionarle algún cobijo durante la noche.
Comenzó a hablar rápida, casi febrilmente.
–No puedo volver, no puedo enfrentarme a
ello. Ivan irá a casa, eso dijo, que iría a casa esta noche, pero no puedo
estar con él, no puedo estar a solas con él, no podría soportarlo. Tengo a mi
hermana en Wellridge pero ella no me querrá, es como los demás... Tiene que
haber alguien a quien yo pueda recurrir, usted debe saber de algún sitio, si
usted pudiera...
A Wexford se le ocurrió que podría llevarla a
casa y convencer a Dora de que le dejara usar una cama por esa noche, pero se
contuvo al comprender que sería un fastidio total. Ellos se iban de vacaciones
al día siguiente, su vuelo partía a la una del mediodía, lo que significaba que
saldrían de Kingsmarkham hacia Heathrow a las diez. ¿Y si ella se negaba a
irse? ¿Y si aparecía Zoffany?
Ella seguía hablando sin parar.
–Si pudiera quedarme con usted, hay muchas
cosas que me gustaría contarle. Creo que si pudiera desahogarme, me sentiría
mucho mejor y a usted podrían servirle, son cosas que querría saber.
–¿Sobre Mrs. Arno? –preguntó bruscamente.
–Bueno, no exactamente sobre ella, sino sobre
mí. Necesito que alguien me escuche y sea comprensivo, eso le hace a uno
mejor que todas las terapias y las píldoras del mundo, se lo aseguro. No puedo
estar sola, de verdad.
Más adelante se censuraría por no ceder a ese
primer impulso generoso. Si lo hubiera hecho, habría conocido los hechos reales
esa noche y, lo más importante, se habría salvado una vida. Pero ante su
renuncia a meterse en problemas, un sentimiento de cautela lo detuvo. Él era policía
y aquella mujer estaba un poco loca...
–Lo mejor será que la lleve de vuelta a
Sterries, Mrs. Zoffany. Permítame...
–¡No!
–Probablemente encontrará a su esposo listo
para irse y esperándola. Estarían a tiempo de coger el último tren a Victoria.
Mrs. Zoffany, tiene que comprender que él lo superará, se trata de algo que
probablemente pasará ahora que él sabe la verdad. ¿Por qué no intenta...?
–¡No!
–Vamos, permítame llevarla de regreso.
Por toda respuesta, se recogió la falda y
saltó bruscamente fuera del coche. Algo consternado, Wexford bajó para
ayudarla, pero ella se había puesto en pie y mientras él extendía su brazo,
ella le arrojó algo. Era su pañuelo, hecho una bola arrugada.
Se quedó unos minutos de pie a pocos
centímetros de él, apoyada contra el alto jazmín que colgaba de la pared de uno
de aquellos extensos jardines. Inclinó la cabeza y se llevó las manos al
mentón, como un niño al que han regañado. Ahora estaba muy oscuro y empezaba a
refrescar. Súbitamente, ella comenzó a caminar por donde había venido. Subió
por la colina, hasta la cima, y se perdió entre las blandas y colgantes ramas
verdes envueltas en sombras.
Wexford esperó un rato, aunque no sabía para
qué. Precisamente cuando arrancaba el coche, junto a él pasó otro coche a
bastante velocidad colina abajo. Era un Opel color mostaza y, aunque estaba
demasiado oscuro para ver claramente, era muy probable que la mujer que iba al
volante fuera Natalie Arno: un ejemplo de en qué medida ella ocupaba sus
pensamientos.
Wexford condujo hasta su casa y se reunió con
Dora, que había hecho el equipaje por última vez y miraba el programa de
televisión de Blaise Cory.
Wexford conducía por el lado equivocado de la
carretera, o eso era lo que él pensaba. No resultaba tan terrible como había
supuesto; la autopista de San Diego tenía muchos carriles y el tránsito
avanzaba a paso más lento que en Inglaterra. Lo alarmante –y que no parecía
mejorar– era que no podía calcular el espacio que tenía a su derecha, hasta tal
punto que Dora exclamó:
–Oh, Reg, has pasado a pocos centímetros de
ese coche. ¡Creí que ibas a rozarlo!
El cielo era de un azul vago y suave, y hacía
mucho calor. Las nueve horas de vuelo los habían agotado. Al detenerse ante el
semáforo –que aquí colgaba de algún lugar del cielo–, Wexford miró a su esposa.
Se la veía cansada, pero también entusiasmada. Para él no serían unas
verdaderas vacaciones, a menos que uno esté de acuerdo con que un cambio es tan
bueno como un descanso, y empezaba a sentirse culpable por el tiempo que
tendría que pasar lejos de ella. Había intentado explicarle que, de no ser por
esta investigación, no habrían venido aquí en absoluto, y ella lo había
aceptado con alegre resignación. Pero ¿comprendía verdaderamente lo que él
quería decir? Estaba muy bien que ella hubiera dicho que iría a visitar a esos
amigos suyos, los Newton, a quienes hacía tiempo que no veía. Wexford pensó que
sabía cuánto harían ellos por una visita, como máximo la invitarían una vez a
cenar.
Ya se había acostumbrado a la carretera
–incluso empezaba a disfrutar con la conducción del pequeño Chevette rojo de
cambio automático que había alquilado en el aeropuerto–, cuando las palmeras de
Santa Mónica aparecieron ante ellos; estaban en Ocean Drive. Le había prometido
a Dora que se quedarían allí dos días, gozando de una estancia de lujo en el
Miramar, antes de partir hacia donde los condujeran las investigaciones.
¿Por dónde empezaría? Tenía apenas un dato en
que basarse. Se lo había proporcionado Ames aproximadamente en febrero y era la
dirección de Natalie Arno en Los Ángeles. La envergadura de su tarea se le
volvió repentinamente obvia cuando –una vez se registraron y Dora se retiró a
la habitación para dormir– se quedó bajo los eucaliptos, contemplando el
Pacífico. Todo parecía tan grande, el mar más grande, la playa más grande, el
cielo más grande que jamás había visto. Mientras el avión aterrizaba, había
mirado por la ventanilla y se desanimó ante la magnitud de la enorme y
reluciente ciudad de aspecto metálico que se extendía debajo de ellos. El secreto
de Natalie Arno había parecido enorme en Kingsmarkham; aquí, en Los Ángeles,
seguramente era capaz de permanecer oculto para siempre en una de las miles de
grietas que había en la región.
Por la mañana exploraría una de esas grietas:
Tuscarora Avenue, donde Natalie había vivido ocho años después de llegar de San
Francisco; Tuscarora Avenue, en un suburbio llamado Opuntia. Los estrafalarios
nombres le sugirieron a Wexford que podía esperar cierta sordidez, ya que en su
país Vale Road sería el emplazamiento del barrio elegante y Valhalla Grove, el
de la miseria.
Las tiendas aún estaban abiertas. Subió
andando por Wilshire Boulevard y compró un plano de calles de Los Ángeles, más
grande y más detallado que el que le habían proporcionado en la empresa de
alquiler de coches.
A la mañana siguiente, cuando salió. Dora se
disponía a telefonear a Rex y Nonie Newton. Un par de años antes de conocer a
Wexford, Dora había estado comprometida con Rex Newton; había sido una aventura
de chicos, ambos eran adolescentes, y Rex fue sustituido por el joven policía.
Ahora, tras treinta años de matrimonio, Rex se había retirado prematuramente y
había emigrado a California con su esposa norteamericana. Wexford esperaba que
dieran la bienvenida a Dora y que Nonie cumpliera las promesas de su última
carta. A las diez, iban camino de Opuntia.
Los nombres lo habían confundido. Aquí todo
tenía un nombre exótico, tanto los lugares grandiosos como los de relumbrón.
Opuntia no era un sitio pobre, sino que parecía una caja de pinturas brillantes,
con casas semejantes a chalets suizos o castillos franceses en miniatura, que
se alzaban en jardines de una exuberancia selvática. Con anterioridad, sólo
había visto flores semejantes en las floristerías o en los invernaderos de los
jardines públicos: adelfas, buganvillas, el ave del paraíso de color naranja y
azul, símbolo de la ciudad de Los Ángeles. No había viento y la fronda de los
mariguanos no se movía. El cielo era azul y el horizonte, blanco a causa de la
niebla.
Tuscarora Avenue estaba tan atestada de
coches que apenas podían adelantarse. Wexford perdió la esperanza de encontrar
por allí un hueco para el Chevette, de modo que lo dejó al pie de la colina y
echó a andar. Aunque las calles laterales tenían nombres como Mar Vista u
Oceania Way, el mar no se veía pues quedaba oculto por enormes edificios de
apartamentos cuyos áticos se alzaban por encima de las palmeras y eucaliptos.
El número 1121 de Tuscarora, donde había vivido Natalie Arno, era una pequeña
casa baja de estuco color rosa. Esta y las casas vecinas –un minicastillo de
color chocolate y una pequeña hacienda pintada de amarillo limón– le recordaron
a Wexford los dulces de la mesa de postres que había visto la noche anterior en
el Miramar. Vaciló un momento, imaginando a Natalie allí, junto a la luz y los
colores primarios que le sentarían mejor que la palidez y el frío de
Kingsmarkham, y caminó hasta la puerta del vecino más cercano, el helado de
chocolate que tenía el número 1123.
Un hombre de pantalones cortos y camiseta
respondió a su llamada. Wexford, que no gozaba de categoría oficial en
California, y que no tenía derecho a hacer preguntas, ya había decidido simular
que iba en busca de un pariente perdido. Aunque nunca antes había estado en
Estados Unidos, conocía lo suficiente a los norteamericanos para estar seguro
de que este tipo de argumento –que en su país podría ser recibido con
suspicacia, desconcierto y taciturnidad– sería cálidamente acogido.
El dueño de la casa –cuya camiseta ostentaba
una visible leyenda en pro de la igualdad de derechos –dijo que se llamaba Leo
Dobrowski y pareció justificar las expectativas de Wexford. Lo invitó a pasar y
le dijo que su esposa y los chicos habían ido a la iglesia. Pocos minutos
después, Wexford se encontraba bebiendo café con Mr. Dobrowski en un patio
adornado con flores color azul de Prusia.
Pero al simular una relación familiar con
Tina Zoffany, cometió un error. Leo Dobrowski lo sabía todo acerca de Tina
Zoffany y casi nada sobre Natalie Arno o los otros ocupantes del número 1121 de
Tuscarora. Tina en los dos años que vivió en la casa de al lado, se había
convertido en la amiga más íntima de las señora Dobrowski. Para el señor
Dobrowski era un placer, aunque algo triste, poder hablar por fin de Tina con
alguien que se preocupaba por ella. Su hermano, pensaba él, nunca se había interesado por ella.
Si Wexford era el tío de Tina, sabría qué persona tan dulce había sido y la
tragedia que había significado su muerte prematura. La propia Mrs. Dobrowski se
había enfermado a causa del disgusto. Si a Wexford no le importaba esperar
hasta que ella volviera de la iglesia... Su esposa conservaba algunas
instantáneas de Tina y probablemente le permitiría quedarse con algún pequeño
recuerdo de ella. Su hermano les había entregado todas sus cosillas pues no
quería malgastar dinero en enviarlas a su país, era comprensible.
–Estoy seguro de que usted eligió el lugar
adecuado al venir a vernos –dijo Mr. Dobrowski–. Creo que en todo Tuscarora no
hay otra familia que conociera a Tina como nosotros. ¿Usted tiene percepción
extrasensorial, o algo así?
Después de esto, Wexford apenas pudo negarse
a conocer a la practicante esposa. Prometió regresar una hora más tarde. Mr.
Dobrowski le manifestó su placer y la leyenda de su camiseta –«La igualdad de
derechos ante la ley no será negada o reducida por Estados Unidos o cualquier
estado a causa del sexo»– se dilató con el movimiento de sus bien entrenados
músculos.
Los ocupantes del número 1125 –esta vez
Wexford se presentó como primo de Natalie y no se dijeron tonterías al
respecto– eran nuevos en el barrio, al igual que los que vivían más abajo en la
colina, en una versión de estuco y secoyas del chalet de Anne Hathaway. Se
dirigió al número 1121 y se enteró de que la casa no había sido comprada sino
alquilada a Mrs. Arno. ¿Había alguien en el barrio –preguntó Wexford– que
hubiera conocido a Mrs. Arno cuando ésta vivía allí? El hombre le aconsejó que
probara en el número 1122, en la acera de enfrente. Aunque allí la población se
renovaba continuamente, los habitantes del número 1122, los Romero, vivían allí
desde hacía tiempo.
Wexford se presentó como primo de Natalie.
–¿Es inglés? –le preguntó Mrs. Donna Romero,
una mujer que parecía más española que Natalie y llevaba su pelo negro azabache
enrollado en rulos de plástico color rosa.
Wexford asintió.
–Natalie es inglesa. Se fue a casa de sus
amigos en Londres. Es todo lo que sé. Ahora está en algún lugar de Londres.
–¿Cuánto tiempo hace que viven aquí?
–Me encanta su acento –dijo Mrs. Romero–.
¿Qué cuánto hace que vivimos aquí? Supongo que cuatro años. Vinimos el verano
en que Natalie se tomó esas largas vacaciones en la costa. Habrá sido en el
verano del setenta y seis. Creo que pensé que la casa estaba vacía, no vivía
nadie en ella, ya sabe, por aquí hay un montón de casas así, y entonces un día
mi esposo me dijo que alguien se había mudado al 1121, y era Natalie.
–¿Pero ella había vivido aquí antes?
–Oh, claro que vivía aquí antes, pero
nosotros no, ¿comprende? –dijo con tono triunfal, como si de algún modo lo hubiera
sorprendido–. Ella tenía esos inquilinos, ¿sabe? Estaba ese chico que iba con
ella, vivía aquí ilegalmente. Bueno, supongo que todo el mundo lo sabía, pero
como mi esposo trabaja en el departamento de policía... bueno, tuvo que hacer
lo que tenía que hacer, ¿se da cuenta?
–¿Quiere decir que lo hizo deportar?
–Eso es lo que quiero decir.
Wexford decidió que más le valía desaparecer
ante el riesgo de encontrarse con el marido policía. Preguntó cuándo había
tenido lugar la deportación. No hacía mucho tiempo, dijo Mrs. Romero, quizá el
otoño anterior, por lo que podía recordar.
Ya era mediodía y el calor empezaba a
apretar. Wexford pensó que, quienquiera que fuese el que había descrito el
clima de California como de eterna primavera, no tenía mucha experiencia del
mes de abril en Inglaterra. Cruzó la calle.
La presencia en el sendero de entrada del
1123 de un niño de cuatro años jugando con un camión rojo y amarillo y de otro
de seis montado en una bicicleta azul, le indicó que Mrs. Dobrowski había
regresado. Lo recibió tan entusiastamente y con ojos tan brillantes –si no
llorosos– que Wexford experimentó un sentimiento de culpa cuando pensó en la
conversación que ella sostendría después con el hombre del 1121 y con el
policía (¿teniente, capitán?) Romero. Pero ahora era demasiado tarde para
abandonar el rol de tío de Tina. Se resignó a escuchar un catálogo de las
virtudes de Tina mientras la pequeña y sincera Mrs. Dobrowski –que llevaba una
camiseta de la campaña pro conservación de la nutria de mar– lo obligaba a
aceptar los recuerdos de Tina: un broche, unas antiguas tijeras para las uñas y
un curioso objeto que, según dijo, era un cenicero de bolsillo.
Por fin, logró llevar la conversación hacia
Natalie diciendo –lo cual era verdad– que la había visto en Londres antes de
partir. De inmediato fue evidente que Mrs. Dobrowski no aprobaba a Natalie. Su
estilo de vida no era el que Mrs. Dobrowski esperaba de la gente que vivía en
un bonito vecindario. Se ruborizó un poco y explicó que provenía de una familia
de baptistas, y cuando tenías hijos, tenías valores que conservar. Luego
consideró que ya había dicho bastante sobre el tema y volvió a Tina, a su
habilidad en lo que ella denominaba la estenografía, el triste hecho de no
haber tenido hijos, la súbita crisis de la enfermedad que la había llevado a la
tumba. Wexford hizo un nuevo intento.
–A menudo me he preguntado cómo vino Tina a
vivir aquí.
–Supongo que cuando Rolf Ilbert se fue,
Natalie necesitaba dinero. Johnny fue quien le dijo a Tina que Natalie tenía
una habitación para alquilar.
Wexford intentó adivinar.
–¿Johnny era el... eh... amigo de Natalie?
Mrs. Dobrowski le dedicó una lúgubre sonrisa.
–He oído que lo llamaban así. Johnny
Fassbender era su amante.
El nombre sonaba alemán, pero Mrs. Dobrowski
dijo que no, que era suizo. Con frecuencia le había dicho a Tina que alguno de
ellos tendría que denunciarlo a las autoridades por vivir aquí sin permiso de
residencia, y finalmente alguien debía de haberlo hecho, porque fue descubierto
y deportado.
–Debe de haber sido el otoño pasado –dijo
Wexford.
–Oh, no. ¿Qué le hace pensar semejante cosa?
Fue hace tres años. Tina aún vivía.
Evidentemente, aquí había un misterio, pero
quizá no tenía demasiada importancia. Lo que le preocupaba, sobre todo, era la
identidad de Natalie, no sus amistades. Pero Mrs. Dobrowski pareció sentir que
había ido demasiado lejos en nombre de la cortesía, y rápidamente cambió al
tema del parentesco entre su visitante y Tina. ¿Era su tío consanguíneo o su
tío político? Resultaba extraño, pero Tina nunca lo había mencionado. Aunque
nunca había mencionado a nadie, salvo a su hermano, que vino cuando ella murió.
Ella, Mrs. Dobrowski, habría querido que Ivan se quedara en su casa mientras
estaba en Los Ángeles, pero no supo cómo decírselo, ya que apenas había
intercambiado una palabra con Natalie en todo tiempo que llevaban viviendo
allí. Wexford aguzó el oído. No, de verdad, nunca había puesto los pies en el
1121 ni había visto a Natalie más que desde su patio.
Wexford notó que lo que ella llamaba patio
era, según los criterios de Kingsmarkham, un amplio jardín poblado de adelfas,
melocotoneros y altos cactos. Por no ofender a Mrs. Dobrowski, no tuvo más
remedio que conservar el broche como recuerdo. Quizá podría entregárselo a los
Zoffany.
–Ha sido maravilloso conocerlo –dijo Mrs.
Dobrowski–. Creo que ahora le encuentro cierto parecido con Tina. En los ojos
–alzó al niño más pequeño y saludó a Wexford con la mano desde el porche–.
Salude a Ivan de mi parte.
Bajo el calor del día, Wexford condujo hasta
el Miramar y llevó a Dora a comer a la marisquería del paseo marítimo. No sabía
cómo decirle que iba a tener que dejarla sola también por la tarde. Pero se lo
dijo y ella lo encajó bien, sólo dijo que haría otro intento de telefonear a
los Newton. Una vez en la habitación, marcó el número mientras él consultaba la
guía telefónica, buscando a los Ilbert. No había ningún Rolf Ilbert en el
listín de Los Ángeles ni en la pequeña guía de Santa Mónica, pero en esta
última encontró a una tal Mrs. Davina Lee Ilbert, que vivía en un lugar llamado
Paloma Canyon.
Dora logró comunicación. Wexford oyó que
decía encantada:
–¿De veras vendréis a recogerme? ¿Sobre las
cuatro?
Considerablemente aliviado, él le tocó el
hombro, recibió de ella una amplia sonrisa y se dirigió al ascensor, libre de
culpa, al menos por esa tarde.
Quedaba demasiado lejos para ir andando, el
lugar estaba a mitad de camino de Malibú. Encontró Paloma Canyon sin dificultad
y ascendió por una cuesta muy empinada. La calle zigzagueaba como en algunas
laderas alpinas, revelando a cada paso vistas mayores y magníficas del
Pacífico. Por lo demás, podría haber estado en Ploughman’s Lane. Las zonas
residenciales de primera categoría son iguales en todo el mundo, pensó
parafraseando a Tolstoi, sólo los barrios bajos se diferencian unos de otros.
Paloma Canyon era una especie de Ploughman’s Lane, pero con palmeras. Y con un
cielo más azul, parterres de margaritas y una arquitectura española más que
Tudor.
No era la esposa, sino la ex esposa de Rolf
Ilbert. No, no le molestaba que le hiciera preguntas, estaría encantada si
podía hacer algo para vengarse de Natalie Arno. ¿Le importaría que fueran hasta
la piscina? Siempre pasaba los domingos por la tarde junto a la piscina.
Wexford la siguió a lo largo de un sendero,
entre arbustos de fucsias rojas y purpúreas más altos que él mismo. Ella era
una mujer alta, muy bronceada y de pelo rubio blanqueado, y llevaba un albornoz
de felpa azul celeste y sandalias planas. Se preguntó cómo sería vivir en un
clima en el que dabas por sentado que te pasarías todos los domingos por la
tarde en la piscina. Hacía un calor terrible, demasiado para estar en la playa,
supuso.
La piscina, de color azul turquesa y de forma
rectangular, con una fuente en un extremo, estaba en un patio formado por los
antepechos de los balcones de la casa de estuco color limón. Era evidente que
Davina Lee Ilbert había estado descansando en una tumbona de junco, porque
junto a ésta había un vaso de alguna bebida con hielo y un par de gafas de sol
en la mesa de al lado. En el borde de la fuente estaba sentada una chica de
alrededor de dieciséis años, en bikini, y un chico un poco más joven nadaba.
Ambos tenían el pelo negro rizado y Wexford supuso que debían de parecerse al
padre. La chica le dijo «Hola» y se metió en el agua.
–¿Quiere un té helado? –le ofreció Mrs.
Ilbert.
Nunca lo había probado, pero aceptó. Mientras
ella iba a buscarlo, se sentó en una de las sillas de mimbre, mirando por
encima del antepecho a la carretera y las playas de abajo.
–¿Quiere saber dónde la conoció Rolf? –Davina
Ilbert se quitó el albornoz y se tendió en la tumbona; era una mujer de
cuarenta años con una buena figura, delgada, que tenía la prudencia de usar
bañador–. Fue en San Francisco, en el setenta y seis. Su marido había muerto y
ella estaba con unos amigos en San Rafael. El tipo era periodista o algo así, y
todos fueron a la ciudad, al congreso de escritores que se estaba celebrando,
creo que daban un cóctel. Rolf estaba allí.
–¿Su primer marido es escritor?
–Escribe guiones para el cine y la televisión
–explicó–. Seguramente no lo ha oído nombrar. ¿Quién oye hablar de los
guionistas? ¿En la televisión inglesa emiten una serie llamada Pista?
Wexford asintió en silencio.
–Rolf ha escrito una parte de ese guión.
¿Conoce los episodios que se hicieron de Kennedy? Eso es lo suyo. Y con eso ha
hecho un dineral, gracias a Dios. –Hizo un rápido gesto en dirección a los
balcones, la fuente, su extensión privada de cielo azul–. Quiere saber algo
sobre Natalie, ¿verdad? Rolf la trajo de vuelta a Los Ángeles y compró esa casa
de Tuscarora para ella.
El chico salió de la piscina y se sacudió
como un perro. Su hermana le dijo algo y ambos se quedaron mirando a Wexford,
apartando la mirada cuando encontraban la de él.
–¿Vivía allí con ella? –le preguntó.
–En cierto modo había dividido su tiempo
entre yo y ella. –Bebió un trago del largo vaso–. Yo era una auténtica estúpida
en aquellos tiempos, le creía. Me llevó cinco años descubrirlo, y cuando lo
descubrí me quité el problema de encima. Fui a Tuscarora y le di una paliza a
ella. Hablo en serio.
Wexford preguntó impasiblemente:
–¿Eso fue en 1976?
–Correcto. En la primavera del setenta y
seis. Rolf volvió y la encontró toda magullada y con dos ojos negros; se asustó
y se la llevó de viaje por la costa para librarla de mí. Era verano, no creo
que a ella le molestara. Estuvo por allí dos o tres meses. Él subía y se reunía
con ella cuando podía, pero nunca más vivió realmente con ella. –Lanzó una
especie de risita dura–. Además, yo lo había echado. Todo lo que tenía era una
habitación en el Marina del Key.
El sol cambiaba de posición. Wexford se
acomodó bajo la sombra y el chico y la chica caminaron lentamente hasta la casa
y entraron. Un pájaro zumbador, no más grande que un insecto, revoloteaba cerca
del rojo terciopelo de una flor. Wexford nunca había visto un pájaro así.
Prosiguió:
–Usted ha dicho «por la costa». ¿Sabe dónde?
Ella se encogió de hombros.
–No me contaban sus planes. Pero debe de
haber sido en algún sitio al norte de San Simeón y al sur de Monterey, tal vez
cerca de Big Sur. Podría haber sido un motel, pero Rolf es generoso, habría
alquilado una casa para ella. –Súbitamente cambió de tono–. ¿Está metida en
algún problema? Quiero decir, ¿en un verdadero problema?
–De momento, no –dijo Wexford–. Acaba de
heredar una magnífica casa y un millón de su padre.
–¿De dólares?
–De libras.
–Vaya, y dicen que la tramposa nunca paga.
–Mrs. Ilbert, discúlpeme, pero usted ha dicho
que su primer marido y Mrs. Arno nunca más vivieron juntos después del verano
del setenta y seis. ¿Por qué? ¿Él se cansó de ella?
La mujer soltó una risa seca y amarga.
–Ella se cansó de él. Encontró a algún otro.
Rolf todavía estaba loco por ella. Eso me dijo, me lo contó todo.
Wexford
recordó a Jane Zoffany. Los maridos parecían tener la
costumbre de confesar a sus esposas su pasión por Natalie Arno.
–¿Conoció a alguien mientras pasaba esas
largas vacaciones?
–Eso es lo que Rolf me contó. Conoció a ese
tipo y lo llevó a la casa de Tuscarora... era suya, sabe, podía hacer lo que
quería... y Rolf nunca más la vio.
–¿Nunca más la vio?
–Eso es lo que dijo. Ella no quería verlo ni hablar con él. Supongo que
era porque aún no se había divorciado de mí y no se había casado con ella, pero
no lo sé. Rolf se volvió loco. Descubrió que el tipo que estaba con ella vivía
indocumentado y lo hizo deportar.
Wexford asintió.
–Era un suizo llamado Fassbender.
–Oh, no. ¿De dónde saca eso? No recuerdo su
nombre, pero no era lo que usted dice. Era inglés. Rolf lo hizo deportar a
Inglaterra.
–¿Usted volvió a verla alguna vez?
–¿Yo? No, ¿por qué habría de hacerlo?
–Gracias,
Mrs. Ilbert. Ha sido muy sincera y le estoy agradecido.
–No hay de qué. Creo que todavía siento
bastante hostilidad hacia ella por lo que me hizo a mí y a mis hijos. No me daría
ninguna pena saber que ha perdido la casa y el millón.
Wexford condujo colina abajo y reparó en algo
que no había visto al subir. Pegado en la pared de una casa había un letrero
impreso en el que se leía: «Abogados no.» Rió entre dientes. Sabía muy bien que
era un equivalente norteamericano de la «amable» exhortación del suburbio a los
vendedores ambulantes o a la gente que reparte publicidad; pero de todos modos
lo hizo reír. Le habría gustado despegarlo de la pared y llevárselo a Symonds,
O’Brien y Ames.
Cuando llegó al Miramar, Dora había dejado
una nota diciéndole que, si no estaba de regreso a las siete y media, no la
esperara a cenar. Aunque en los tiempos en que tenía tratos con él, Rex Newton
le desagradaba bastante, ahora lo bendijo. Y mañana dedicaría todo el día
exclusivamente a Dora.
Según el plano, los alrededores de Big Sur no
parecían demasiado poblados, y la idea de Wexford de que los rastros de Natalie
Arno serían fáciles de seguir fue confirmada por una anciana señora en el
vestíbulo del hotel. Era Mrs. Lewis, de Denver, Colorado, que al parecer había
pasado al menos veinte veraneos en California. Según Mrs. Lewis, entre San
Simeón al sur y Carmel al norte, apenas había una casa, un hotel o un
restaurante. La costa estaba protegida, dedujo Wexford, conservada por lo que
debía ser el equivalente norteamericano del National Trust.
El amplio vestíbulo del Miramar tenía tapices
en las paredes. Aunque era probablemente el hotel más grandioso que Wexford
jamás había conocido, el bar era tan oscuro como para sugerir vulgaridad o, al
menos, que sería más prudente no ver lo que uno bebía. En su caso, se trataba
de vino blanco: el agradable, inocuo y casi débil chablis, que aquí debía de
ser producido de a millones de litros, considerando la cantidad de gente a la
que había visto beberlo. ¿Qué había sido del whisky y de los martinis secos de
sus lecturas? Se sentó solo –Dora y Mrs. Lewis intercambiaban fotos y anécdotas
familiares–, pensando en que intentaría ver a Rolf Ilbert antes de partir hacia
el norte. Seguramente, Ilbert había terminado con Natalie y no se negaría
facilitarle el nombre del lugar donde había estado en el verano de 1976.
Wexford terminó su segundo vaso de vino y pasó por delante de las palmeras de
los tapices mientras se dirigía a telefonear a Davina Ilbert; pero no obtuvo
respuesta.
Por la mañana, cuando volvió a llamarla, ella
le dijo que su ex marido estaba en Londres hacía dos meses, investigando para
una serie de televisión acerca de chicas norteamericanas que se habían emparentado
con la aristocracia inglesa. Wexford comprendió que tendría que rastrear a
Natalie con los datos de que disponía. Partieron a la hora del almuerzo y se
detuvieron a pasar la noche en un motel de Santa María. Wexford estuvo a punto
de quejarse a Dora de que no había nada que hacer en Santa María, un lugar a
varios kilómetros de la costa y atravesado por la carretera 101. Pero se le
ocurrió que un visitante podría decir exactamente lo mismo de Kingsmarkham.
Quizá había algo obvio que hacer en el centro de las ciudades o junto al mar.
En cualquier sitio sobraban cosas para hacer si vivías en él, y de lo contrario
no había nada. Pronto estaría ocupado y entonces se renovaría la culpa por
Dora.
Durante la cena le confió su teoría.
–Si consideras los datos, verás que hubo un
marcado cambio de personalidad en 1976. La mujer que se fue con Ilbert tenía un
carácter diferente al de la que volvió a Los Ángeles. Piénsalo un momento. La
hija de Camargue había llevado un estilo de vida muy recogido, una especie de vida
amparada, nunca había estado sola en el mundo. Primero tiene un hogar seguro
con sus padres, luego se fuga y se casa con Arno, y cuando Arno muere, aparece
Ilbert. Siempre estuvo bajo la protección de algún hombre. ¿Pero qué me dices
de la mujer que aparece después del verano del setenta y seis?
Alquila habitaciones en su casa para obtener un ingreso. No establece
relaciones prolongadas y estables, sino sólo ocasionales aventuras amorosas,
con el suizo Fassbender, con el inglés que fue deportado, con Zoffany... No
puede vender la casa que Ilbert compró para ella, de modo que la alquila y se
marcha a Inglaterra. No para ponerse bajo la tutela de su padre, como habría
hecho Natalie Camargue, sino para arreglarse por su cuenta en un lugar propio.
–Pero seguramente fue un terrible riesgo ir a
la casa de Natalie y vivir allí como Natalie. Los vecinos se habrían enterado
enseguida y además estarían los amigos...
–Las buenas vallas hacen buenos vecinos
–sentenció Wexford–. Hay bastante espacio entre esas casas, ésta es una
población cambiante, y si no me equivoco Natalie Camargue era una mujer tímida,
reservada. Sus vecinos nunca supieron mucho de ella. En cuanto a sus amigos...
si un amigo de Natalie llamaba por teléfono, ella sólo tenía que decir que
Natalie aún estaba fuera. Si un amigo aparecía en la casa, sólo tenía que decir
que ella misma era una amiga que estaba allí de paso. Mrs. Ilbert dice que
Ilbert nunca la vio después de que ella regresó. Ahora bien, si la verdadera
Natalie volvió, es casi imposible que Ilbert nunca la viera. Tal vez nunca
estuvo a solas con ella, ¿pero nunca la vio? No, era la impostora la que, cada
vez que él llamaba, lo engañaba con pretextos, excusas e incluso con negativas
directas, supuestamente en nombre de Natalie diciéndole que jamás volvería a
verlo.
–Pero Reg, ¿cómo la impostora podía saber
tanto del pasado de la verdadera Natalie?
–Tú pasaste la mayor parte de la tarde
hablando con Mrs. Lewis. ¿Cuánto sabes de ella después de... digamos dos días
de conversación?
Dora rió tontamente.
–Bueno, vive en un piso, no en una casa. Es
viuda. Tiene dos hijos y una hija. Uno de los hijos es un corredor de fincas,
no sé qué es eso.
–Un agente inmobiliario.
–Agente inmobiliario, y el otro es
veterinario. La hija se llama Janette, está casada con un médico, tienen
mellizas y viven en un lugar llamado Bismarck. Mrs. Lewis tiene un Chevrolet
todo terreno para ir por la montaña y una casa de veraneo, una cabaña de
troncos en las Rocosas, y...
–¡Suficiente! Has averiguado todo eso en dos
horas y dices que la nueva Natalie no pudo haber reunido un expediente completo
de la antigua Natalie en... ¿cuánto tiempo? ¿Cinco, seis semanas? Y cuando
llegó a Inglaterra tuvo un nuevo mentor en Mary Woodhouse.
–De acuerdo, quizá pudo hacerlo. –Dora
vaciló. Hacía varias horas que él tenía la sensación de que ella quería
comunicarle, o incluso arruinarle algo–. Cariño –dijo súbitamente–. No te
importará, ¿verdad? Les dije a Rex y a Nonie que nos hospedaríamos en el
Redwood Hotel de Carmel y da la casualidad, quiero decir que es una absoluta
coincidencia que ellos estarán en ese momento en Monterey con la hija de Nonie.
Si almorzamos con ellos una o dos veces... o si yo lo hago... bueno, no te
importara, ¿verdad?
–Es una magnífica idea.
–Como Rex no solía gustarte... y honestamente
no puedo decir que ha cambiado.
–Es un nombre muy estúpido –dijo Wexford
impulsivamente–. Quiero decir para un hombre. Está bien para un perro.
Dora no pudo aguantar la risa.
–Oh, vamos. Es igual al tuyo salvo por una
letra.
–Pero una letra puede cambiar toda una frase.
¿Qué piensas de mi teoría, entonces?
–Está bien, ¿pero qué ocurrió con la antigua
Natalie?
–Creo que probablemente la asesinó.
Después de San Luis Obispo, la carretera
volvía otra vez al mar. Era como Cornualles, pensó Wexford, la costa de
Cornualles gigantescamente aumentada, tanto en amplitud como en extensión. Cada
vez que trazabas una curva en la carretera, ante ti se abría otra bahía, más
vasta, más grande, más majestuosamente hermosa que la anterior. Al llegar a San
Simeón, Dora quiso visitar Hearst Castle, por lo que Wexford la dejó para que
cogiera la excursión guiada. Él bajó a la playa, donde los eucaliptos
proporcionaban sombra. Vio un pelícano que rozaba el agua en pesado aunque
elegante vuelo. El sol brillaba con arrogancia, acorde con el clima más
maravilloso de la Tierra.
En San Simeón no había muchas cosas: un
aparcamiento, un restaurante, unas pocas casas. Y si le creía a Mrs. Lewis, la
población sería aún más escasa a medida que se dirigieran al norte. La
excursión a Hearst Castle demoró un buen rato y ese día no avanzaron más; pero
a la mañana siguiente, cuando se marcharon, Wexford comenzó a sentir algo
parecido al desaliento. Era verdad que si estás acostumbrado a vivir en zonas
densamente pobladas podías considerar que la población de la costa era poco
densa pero en modo alguno estaba despoblada. Había pequeños grupos de casas
–apenas podías llamarlos pueblos– con uno o dos moteles, una tienda, un
surtidor de gasolina, un restaurante, que aparecían con más frecuencia de la
que le habían hecho creer. Y cuando llegaron a Big Sur y la carretera se
desviaba tierra adentro a través del bosque de secoyas, casi podría decirse que
abundaban las casas y los lugares en los que alojarse.
Llegaron al Redwood Hotel aproximadamente a
las ocho de la noche. El simple hecho de entrar en Carmel había sido suficiente
para aumentar el desaliento de Wexford. Parecía un lugar alegre, una estación
balnearia importante, y estaba lleno de hoteles. Luego de otra llamada telefónica
a Davina Ilbert, ésta le informó que no tenía idea de la dirección de Ilbert en
Londres. Wexford comprendió que no le quedaba otra alternativa que probar en
todos los hoteles de Carmel, armado con la fotografía de Natalie.
Todo lo que logró fue descubrir que los
norteamericanos se muestran más propensos que los ingleses a ser serviciales y,
si se debe a que son una nación de comerciantes –así como los ingleses son una
nación de pequeños tenderos–, eso empaña poco la agradable visión de conjunto.
Cuando salía, los recepcionistas le deseaban un buen día y más tarde, cuando
salía después de la caída del sol, le deseaban una agradable noche. Hasta ese
momento había entrado en todos los hoteles, moteles y apartamentos para
alquilar de Carmel, Carmel Highlands, Carmel Woods y Carmel Point, y lo había
hecho en vano.
Cuando llegó a su hotel, Rex Newton y su
esposa norteamericana estaban sentados en el bar con Dora. Newton tenía la piel
bronceada y el cabello blanco, pero por lo demás era el mismo. Su esposa –en
opinión de Wexford– parecía veinte años mayor que Dora, aunque en realidad era
más joven. Daba la impresión de que los Newton iban a cenar con ellos, y Newton
entró en el comedor cogiendo la cintura de su esposa y la de Dora. Esta le
había dado a entender que Wexford estaba allí por un asunto oficial –¿qué otra
cosa podría haberles dicho?– y Newton pasó la mayor parte del tiempo hablando
detenidamente sobre el sistema legal norteamericano, la policía norteamericana,
la geografía y la geología de California, y las cualidades de los diversos
hoteles. Su esposa era una mujer dócil y callada. Al día siguiente iban a
llevar a Dora a Muir Woods, el bosque de secoyas que estaba al norte de San
Francisco.
–Si sabe tanto –se quejó Wexford más tarde–
podría haberte avisado que por aquí hay más hoteles que en el West End de
Londres.
–Lo siento, cariño. No se lo pregunté. Habla
por los codos, ¿no?
Wexford no sabía por qué de pronto Rex Newton
le gustaba mucho y se sentía incluso más feliz de que Dora lo pasara tan bien
con él.
Por su parte, pasó el día siguiente, y el
siguiente, haciendo excursiones costa abajo, por donde habían venido, visitando
todos los lugares en que era posible hospedarse. En todos obtuvo la misma
respuesta o, peor aún, que el motel había cambiado de dueño o de administrador
y no tenían archivos de 1976. Se enteró de que en California el cambio es un
aspecto muy importante de la vida y que, al igual que los atenienses de la
Antigüedad, los californianos se sentían atraídos por cualquier cosa nueva.
Nonie Newton se encontraba confinada en la
cama en casa de su hija, a causa de una migraña. Wexford abandonó sus
investigaciones en Monterey para volver junto a Dora, ahora abandonada por sus
amigos. Lo menos que podía hacer por ella era llevarla a la playa esa tarde. Se
preguntó si no había organizado todo mal. El viaje no tenía éxito como
investigación ni como vacación. Cuando volvió. Dora estaba fuera, pero no había
dejado ninguna nota. Pasó el resto del día echando de menos a su esposa y
haciéndose reproches. Rex Newton la trajo de vuelta a las diez y, a pesar de la
indisposición de Nonie, se quedó media hora en el bar, hablando sin pausa del
clima de California, la sismología y la falla de San Andrés. Wexford no veía la
hora de que se fuera y, así, contarle sus preocupaciones a Dora.
–Puedes telefonear a Sheila –sugirió ella
cuando estuvieron a solas.
–Claro –dijo él–. Podría telefonear a Sylvia
y hablar con los chicos. Podría telefonear a tu hermana y a mi sobrino Howard y
al viejo Mike. Eso costaría una buena suma de dinero y no me conduciría a
ninguna parte.
–Te conduciría a Ilbert –dijo Dora con
sencillez. Él la miró–. A
Rolf Ilbert. Dijiste que escribió parte del guión de Pista. Está en Londres. Incluso aunque ahora no esté trabajando en Pista, incluso si nunca se encuentra con él, Sheila puede averiguar dónde
vive.
–Claro que puede –reconoció Wexford–. ¿Cómo
no se me había ocurrido?
En la costa del Pacífico eran las once, pero
en Londres, las tres, y tuvo la suerte de encontrarla. Su voz sonaba como si estuviera
en la habitación de al lado. Él sabía exactamente cómo sonaba su voz en la
habitación de al lado, porque sus vecinos del hotel habían puesto Pista
hacía media hora.
–No lo conozco, papi, pero estoy segura de
que puedo encontrarlo. No hay nada más fácil. Hablaré con los representantes
que corresponde. ¿Adónde puedo llamarte?
–No nos llames –dijo su padre–. Te llamaremos
nosotros. Sabrá Dios dónde estaremos.
–¿Cómo está mamá?
–Comportándose de manera alarmante con su
antiguo amor. –Wexford habría reído al decirlo si Dora hubiese mostrado el más
leve indicio de risa.
Como no tenía carácter para esperar sin hacer
nada, pasó el día siguiente recorriendo lo que quedaba de la península de
Monterey. Algo en su interior quería olvidarlo, tomarse el día libre, pero era
demasiado tarde para eso. En lugar de relajarse, se había atormentado con esa
pregunta recurrente: ¿dónde se había alojado ella? Resultó difícil telefonear a
Sheila a causa de la diferencia horaria. Lo intentó a las ocho de la mañana
–para ella era la medianoche– y todas las líneas estaban ocupadas; volvió a
probar doce horas después, cuando allí era mediodía. Cuando por fin oyó que
llamaba, no obtuvo respuesta. Al día siguiente, o dos días después a más
tardar, partirían hacia el sur y dejarían atrás todos los lugares en que
Natalie Arno podría haber cambiado de identidad. Sólo contaban con quince días,
y ya habían transcurrido once.
Cuando hacía otro intento de telefonear a
Sheila desde el vestíbulo del hotel, entró Rex Newton con Dora. Se sentó, bebió
un vaso de chablis y habló sin parar de los viñedos californianos, de la
migraña, de la dieta matricaria y de la dieta libre de gluten. Media hora
después se fue, luego de besar a Dora –en la mejilla, pero muy cerca de la
boca– y de recordarle la promesa de pasar su última noche en Estados Unidos en
casa de él. Y también su último día.
–Supongo que estoy incluido –graznó Wexford.
Newton aún no estaba fuera del alcance del oído.
Ella respondió fríamente:
–Por supuesto, querido.
Su investigación había fracasado y resultado
infructuosa. Había esperado pasar los dos últimos días a solas con su esposa.
¡Pero qué nervioso estaba y cómo había sido castigado por eso!
–He sido cogido en mis propias redes, ¿eh?
–dijo y se fue a la habitación.
Por la mañana, los Newton tomaron el avión de
vuelta. Sería un viaje largo y agotador. Partieron a las nueve.
La primera mariposa Danaus que aleteó delante del parabrisas los hizo jadear. Dora había visto
una con anterioridad, pero Wexford nunca. El algodoncillo, la gran mariposa
americana, el monarca, es un visitante extraño en las frías Islas Británicas.
La observaron derivar hacia las aguas, como si se perdiera en el azul y se
fundiera en él, y formar luego una nube que volaba sobre ellos, una nube tan
espesa como el manto de hojas otoñales que cubre los arroyos de Vallombrosa. Y
como las hojas mismas –hojas escarlata veteadas de negro–, flotaban más que
volaban a través de la extensión de California hasta los acantilados y sobre el
océano, tiñendo el aire de rojo. Durante todo el trayecto desde Big Sur los
acompañaron alas de cinabrio aterciopelado, volando en bandadas, como pájaros
hechos de pétalos.
–En castellano se llama mariposa –señaló Dora–. Me lo dijo Rex. ¿No te parece un nombre hermoso?
Wexford no respondió. Incluso si lograba
localizar a Sheila ahora, incluso aunque ella tuviera una dirección o un número
de teléfono para darle, ¿tendría tiempo de desandar tal vez ciento cincuenta
kilómetros? No, si al anochecer tenía que estar en Burbank, o donde demonios
viviesen los Newton. Una mariposa roja se estrelló contra el parabrisas, batió
las alas y murió.
Se detuvieron a almorzar no muy lejos de San
Luis Obispo. Intentó en vano comunicarse con Sheila y luego Dora dijo que
probaría ella. Volvió del teléfono con una leve sonrisa en los labios. Se la
veía joven, bronceada y feliz; pero no había podido comunicarse con Sheila.
Wexford se preguntó por qué tendría ese aspecto si no había hablado con nadie.
A esta altura, los Newton ya estarían en su casa hacía horas. Sintió esa
especie de grave tristeza que se sufre como resultado del propio desatino.
La carretera que volvía desde el interior
hacia la costa trazaba una curva a través de colinas amarillas. Las yucas los
acompañaban camino arriba, a través de los pastos descoloridos por el sol; las
montañas estaban coronadas de olivos. Las colinas bajaban, se inclinaban, se
elevaban y se separaban, dejando al descubierto otras colinas, todas iguales,
todas de tono ocre, hasta que en la última inclinación, el azul océano reapareció.
Dora estaba concentrada en el mapa y en la guía.
Más adelante había una pequeña población
balnearia. Un cartel de la carretera indicaba: «Santa Xavierita; altura sobre
el nivel del mar: 50,2 metros; población: 482 habitantes.» Dora comentó:
–Según la guía aquí hay un motel llamado
Mariposa. ¿Probamos?
–¿Para qué? –preguntó Wexford con tono
malhumorado–. ¿Para dormir media hora la siesta? Tenemos que estar a
trescientos kilómetros de aquí a las ocho, y ya son las cinco.
–No es necesario. Nuestro avión no sale hasta
mañana por la noche. Podríamos quedarnos en el Mariposa; creo que estamos
destinados a ello, fue un presagio.
Él estuvo a punto de frenar. Rió. La había
conocido hacía treinta y cinco años, y sin embargo, no la conocía.
–¿Telefoneaste a Newton desde allí? –preguntó
con un tono distinto al que habría usado si se le hubiera preguntado diez
minutos antes–. ¿Le telefoneaste y le dijiste que no podríamos hacerlo?
Ella dijo con tono remilgado:
–Creo que Nonie estaba bastante aliviada.
–No me lo merezco –aseguró Wexford.
Santa Xavierita tenía una calle ancha y
desordenada, con una docena de bocacalles que formaban ángulo recto, varios
surtidores de gasolina, un monstruoso mercado, un montón de restaurantes y,
entre una docena de hoteles, el Mariposa. Wexford se vio conducido, no a una
habitación sino a una casita bastante parecida a un bungalow, como los de
Inglaterra, en Ramsgate o en Worthing. Se encontraba en un jardín, uno entre la
veintena de verdes oasis en este rincón de Santa Xavierita; al lado de la
puerta delantera, había un geranio rosa y blanco tan alto como un árbol.
Caminó entre los aspersores en la hierba
hasta el mostrador de la recepción, y pidió una conferencia de cobro revertido
con Sheila. En Londres eran las nueve de la mañana y llovía a cántaros. Sheila
había conseguido la dirección de Ilbert. La tenía hacía dos días, y no podía
entender por qué su padre no la había llamado. Ilbert se alojaba en el
Durrant’s Hotel de George Street, cerca de Spanish Place. Wexford apuntó el
número. Miró alrededor, buscando a alguien a quien informarle que quería hacer
otra llamada a Londres.
No había rastros del vivaz hombrecito llamado
Sessamy que los había registrado. Sin duda estaba por allí, regando los
geranios, las fucsias y los heliotropos que olían a cerezas. Wexford volvió
para reunirse con Dora y contarle las novedades, palabra por palabra. Ella
estaba en la cocina del bungalow, acomodando en un cuenco de vidrio la fruta
que habían comprado y amontonándola como una naturaleza muerta de Arcimboldo.
–Reg –dijo, volviéndose con una nectarina en
la mano–. Mrs. Sessamy, la propietaria de este lugar, es inglesa. Dice que
somos los primeros ingleses que se alojan aquí desde que estuvo... una tal Mrs.
Arno en 1976.
–Cuéntame –le pidió Wexford.
–No sé nada al respecto. Sólo sé lo que te he
dicho. Tu Natalie Arno se hospedó aquí en 1976. Después de comer tomaremos el
café con Mrs. Sessamy y ella te informará.
–¿Lo hará? ¿Y cómo explicaste mi curiosidad?
¿Qué le dijiste de mí?
–La verdad. El saber que eres un auténtico
policía inglés casi la hace llorar. Su marido era soldado raso, me parece.
Sinceramente, creo que espera que aparezcas vestido con un uniforme azul,
diciendo: «Vamos, vamos, ¿qué pasa aquí?», y le encantaría.
Wexford rió. Para él era raro elogiar a su
esposa y bastante inusual hablarle con palabras cariñosas. No era su estilo;
ella lo sabía y tampoco lo deseaba, eso la habría mezclado con aquellos a
quienes él amaba en un nivel inmediatamente inferior. Le puso una mano en el
hombro.
–Si de todo esto sale algo y alguno de
nosotros dos es enviado aquí a cargo del Gobierno, ¿puedo venir yo también?
–bromeó Wexford.
En la calle principal de Santa Xavierita
había un restaurante libanés. Entraron y comieron exquisitas y fragantes
salsas, pinchos y bizcochos de miel. El sol ya había caído, hundiéndose casi
con un burbujeo en el mar azul; la luna salía. La luz de la luna daba al
pueblecito una tonalidad tan blanca que parecía helado. Ya no hacía mucho
calor. En los jardines –pequeños islotes de exuberancia en medio de la aridez–,
los aspersores aún rociaban la hierba.
Wexford estaba maravillado de su esposa y –en
una visión retrospectiva– de su propia presunción ignorante. En lugar de
aceptar el papel de pasivo obstáculo, ella lo había arrastrado a unos celos
absurdos y lo había engañado adecuadamente. Gracias a algún sexto sentido o a
algún don para encontrar rápidamente cosas de valor, Dora había hecho en un
instante lo que a él se le había negado durante casi quince días: encontrar el
escondite de Natalie Arno. Y como el rector de la novela de Trollope, se
maravillaba y admiraba de la agudeza mental de su mujer.
Los Sessamy vivían en una construcción de
madera pintada de blanco que hacía las veces de casa y de oficina del motel. La
sala de estar era extrañamente anticuada, con muebles de la década de los
treinta, rimbombantes y de influencia muy hollywoodiense. En un sofá tapizado
con plástico blanco níveo, semejante a algún monstruoso postre –quizá un pastel
bañado en crema y espolvoreado de coco–, estaba sentada la mujer más gorda que
Wexford había visto en su vida. Wexford y Dora habían entrado por las
puertaventanas abiertas. Mrs. Sessamy se puso trabajosamente de pie. Como un
enorme pez forcejeando para salirse de la red que lo contiene, caminó con
esfuerzo hasta que sus invitados estuvieron sentados. Sólo después se permitió
dejarse caer otra vez en el sofá. Emitió un enorme y sonoro suspiro.
–¡Es un verdadero placer conocerlo! No se
imagina qué ansiosamente esperaba este momento desde que Mrs. Wexford me dijo
quién era usted. ¡Un poli de verdad! Me eché a llorar, ¿verdad, Tom?
Los casi cuarenta años de vida en Estados
Unidos no le habían quitado ni una pizca de su antiguo acento ni le habían
agregado una pizca de nuevo. Era una londinense que aún hablaba el lenguaje
chabacano de Bow o de Limehouse.
–De Bethnal Green –aclaró, como si Wexford se
lo hubiera preguntado–. Nunca volví. Toda mi gente se mudó a uno de esos
pueblos nuevos... Harlow. Allí estuve, claro. Vamos casi todos los años, ¿no es
cierto, Tom?
Su esposo no respondió. Era una especie de
monito moreno con cara de nuez. Sugirió que bebieran algo y señaló una
selección de botellas alineadas detrás de una pequeña barra. Ni señales del
prometido café. Cuando Dora rechazó el bourbon, el whisky de centeno, el
chablis, el cóctel hawaiano, el Perrier, el zumo de uvas y el gin, Mrs. Sessamy
anunció que tomarían té. Lo haría Tom, tal como ella le había enseñado.
–¡Es un verdadero placer conocerlo! –repitió,
arrellanándose cómodamente en el plástico blanco–. Los ingleses que vienen
aquí, suelen parar en el Ramada o el Howard Johnson. Pero ustedes eligieron el
antiguo Mariposa.
–Por esos insectos –explicó Dora.
–¿Perdón?
–Mariposa... bueno, es el nombre de esos
insectos en castellano, ¿no?
–¿Ah, sí? –se asombró Tom Sessamy, que
esperaba que se calentara el agua–. ¿Lo has oído, Edie? ¿Qué me dices?
Parecía una norma de los Sessamy hacerse
frecuentes preguntas pero no contestarse nunca. La señora Sessamy cruzó las
regordetas manos sobre su enorme regazo. Llevaba pantalones verdes y una bata
como una tienda de campaña, con flores verdes y rosáceas. En su ancha cara de
luna y en su hermoso cabello entrecano aún podían verse rastros de la bonita
muchacha que se había casado con un soldado norteamericano y había abandonado
Bethnal Green para siempre.
–La señora Wexford dijo que usted quería
saber algo sobre esa chica que vivió aquí... bueno, que se hospedó aquí. Debe
de haber estado unos tres meses. Pensábamos que seguiría alquilando el chalet
eternamente, ¿no, Tom? Creímos que teníamos una verdadera ganga.
–Oí decir que había estado en Big Sur –dijo
Wexford.
–Al principio, sí. No podía soportar esto, no
había bastante vida para ella, y está demasiado lejos para conducir hasta
Prisco. Desde aquí puede llegar a San Luis en coche en veinte minutos. Ella
tenía su propio coche y él solía subir en un enorme Lincoln Continental.
–¿Ilbert?
–Eso es, así se llamaba. Diré a su favor que
nunca fingió, nunca se hizo llamar Mrs. Ilbert. Le importaba un comino lo que
pensara la gente.
Tom Sessamy llevó el té. Wexford –que desde
que estaba en California había bebido té preparado con bolsitas, y veía que lo
hacían calentando el líquido en otro recipiente o vertiendo el agua caliente
sobre un polvo– notó que Tom había sido bien aleccionado por su esposa.
–Nunca me gustaron las bolsitas –comentó
Edith Sessamy–. Si uno busca, por aquí se puede conseguir té suelto.
–Hay que ir a una casa especializada que hay
en San Luis –aclaró Tom.
Mrs. Sessamy agregó crema y azúcar a su taza.
–¿Qué más quiere saber? –le preguntó a
Wexford.
Él le mostró la fotografía.
–¿Es ella?
Se puso las gafas de montura rosa y adornada
con diamantes de imitación. Mrs. Sessamy se había convertido en californiana en
todo, menos en lo referente al té y a la manera de hablar.
–Sí –dijo–, supongo que es ella. –Su voz
vaciló.
–Creo que es ella –opinó Tom–. Es difícil
decirlo. Solía usar el pelo suelto. Tenía ese bronceado terrible y usaba el
pelo suelto, ¿no es así, Edie?
Edith Sessamy no parecía muy contenta con la
entusiasta descripción que su esposo hacía de Natalie Arno.
–No le bastaba con un hombre –dijo–. En
cuanto ese Ilbert se fue a Los Ángeles, lo engañó. Solía venir ese tipo joven
que rondaba por aquí y que dormía abajo, en la playa. Supongo que en otros
tiempos se le hubiese considerado un inútil.
–Una especie de hippy –especificó Tom.
–Ella tenía una aventura con él. Dijo que
dormía en la playa, pero supongo que ese verano durmió la mayor parte de las
noches en el chalet de Natalie. Después estaba ese sujeto inglés, pero lo
conoció no mucho tiempo antes de marcharse, ¿eh, Tom?
–Tocaba la guitarra en la Maison Suisse de
San Luis.
–¿Por qué se fue? –preguntó Wexford.
–No lo sé. No estábamos aquí cuando se
marchó. Estábamos en casa, en Inglaterra.
–Visitando a su hermana, en Harlow –agregó
Tom.
–Vivía aquí como si fuera a quedarse el resto
de su vida, pero se largó. A finales de julio, creo. La prima de Tom que vive
en Ventura vino a atender el motel, como hace cada vez que nos vamos de
vacaciones. Se mantenía en contacto y recibíamos una carta una vez por semana.
Recuerdo que escribió sobre una mujer que se ahogó aquí, ¿no es así, Tom? Pero
nunca mencionó la partida de esa muchacha. ¿Por qué habría de hacerlo? Con
tantos huéspedes que entraban y salían todo el tiempo...
–¿No sintieron curiosidad?
Edith Sessamy encogió sus descomunales
hombros.
–¿Y si la hubiéramos sentido? No era mucho lo
que podíamos hacer a nueve mil kilómetros de distancia. No le iba a explicar a
la prima de Tom por qué se iba de repente, ¿no? Cuando regresamos, nos
enteramos de que eso era lo que había hecho, desaparecer de la noche a la
mañana. Ilbert llegó al día siguiente, pero su amiguita se había largado. Se
fue en su coche y dejó que ese pobre imbécil de Ilbert pagara la cuenta.
A la mañana siguiente, Wexford se levantó muy
temprano. El sol era quizá el más brillante y el más claro que habían visto en
su vida, y la pequeña ciudad se veía como si la hubieran lavado durante la
noche. Sin embargo, Edith Sessamy le informó que, aparte de unos pocos
chaparrones en diciembre, hacía un año que no llovía. Se duchó, se vistió y
salió. Dora aún dormía profundamente. Bajó por la angosta calle bordeada de
miraguanos, los plumeros de largos y delgados tallos, hasta la estación
balnearia de Santa Xavierita.
El cielo parecía un cazo invertido de esmalte
azul inmaculado; el mar, una ondulante seda azul. Por la plateada arena un
hombre joven de camiseta amarilla y pantalones cortos de color rojo andaba a
paso lento. Otro, en bañador, hacía ejercicios gimnásticos, incorporándose,
inclinándose, tocándose la punta de los pies. No había nadie en el agua. En
medio de la playa había una silla levantada en lo alto de los pilotes, para uso
del socorrista, que se sentaría y llamaría con su megáfono a los nadadores demasiado
arriesgados.
Los pensamientos de Wexford se remontaron a
la noche anterior. Había una pregunta que tendría que haber hecho, pero que
había pasado por alto a causa de la decepción que le produjo la brevedad de la
información de Edith Sessamy. La decepción le había impedido seleccionar, entre
el montón de comentarios inservibles, aquella frase significativa. Ahora la
recordó y la cogió como el experto coge el diamante en bruto de un puñado de
grava.
Dos horas más tarde, tan pronto como pudo,
esperaba en la recepción del motel, junto al mostrador. Cuando tocó el timbre
apareció Tom Sessamy vestido con una bata corta que dejaba a la vista sus
lampiñas piernas blancas y sus largos pies blancos calzados con sandalias de
paja trenzada.
–Hola, Reg, ¿se marcha?
–Antes quería hacerles a usted y a su esposa
unas preguntas más, si no les importa.
–Edie, ¿estás decente? Reg ha venido a
exprimirte los sesos.
Mrs. Sessamy estaba bastante más decente que
su esposo, con un kimono rosado estampado con aves del paraíso que la envolvía
por completo. Se sentó en el sofá blanco y bebió té cargado; se puso sobre el
regazo una bandeja con huevos fritos, bacon frito, un picadillo dorado,
panecillos ingleses y jalea de uvas.
–¡Ha sido un verdadero placer conocerlos a
usted y a Dora, se lo aseguro! –Ya se lo había dicho al menos seis veces, pero
la repetición resultaba cálida y agradable.
Wexford le devolvió el cumplido con unas
pocas palabras acerca de lo bien que lo habían pasado con ellos.
–¿Quiere una taza del té de Edie? –le ofreció
Tom.
Wexford aceptó.
–Anoche dijo que aquí se había ahogado una
mujer. Mientras ustedes estaban fuera. ¿Sabe algo más que eso? ¿Quién era?
¿Cómo ocurrió?
–Nada. Sólo lo que le dije, que una mujer se
ahogó. Bueno, era una mujer joven, en realidad una chica, eso sí lo sé, y creo
que oí decir que venía de vacaciones desde algún lugar del Este.
–Tiene que hablar con la policía de San Luis
–sugirió Tom.
–Espere un momento... George Janveer era el
socorrista de aquí en aquel entonces, ¿no es cierto, Tom? Supongo que podría
hablar con George.
–¿Y si llamo a George ahora mismo? –propuso
Tom.
Su esposa lo disuadió, ya que eran poco más
de las ocho. Telefonearían a George a las nueve. Wexford no andaba escaso de
tiempo, ¿verdad? No, realmente no, tenía todo el día. Tenía trescientos
kilómetros de carretera por delante, claro, pero aquí eso no era nada. Edith
Sessamy dijo que entendía lo que quería decir, aquí no era nada.
Wexford regresó a su bungalow lentamente. Por
fin, de la confusión surgía algo claro. Las piezas se mezclaban y se acomodaban
formando un dibujo, como ocurre con un calidoscopio. Camargue también se había
ahogado, pensó.
Exactamente después de las nueve, volvió y
pagó la cuenta. Tom se excusó diciendo que había telefoneado a casa de George
Janveer y hablado con Mrs. Janveer, que le dijo que George había ido a Grover
City pero lo esperaba de vuelta a las once.
–Tendría que haberlo llamado a las ocho, como
yo propuse –protesto Tom.
Wexford y Dora pusieron las maletas en el
coche y salieron a explorar lo que aún no habían visto de Santa Xavierita. ¿No
sería mejor –se preguntó Wexford– ir directamente a San Luis Obispo, hablar con
la policía y ver qué datos podía obtener? Pero supongamos que no conseguía
ninguno. Supongamos que, antes de proporcionarle ningún dato, le pedían que
justificara quién era y qué estaba haciendo allí. Podía probar su identidad,
por supuesto, y presentarles pruebas fidedignas; pero eso llevaría tiempo, y no
le quedaba mucho. Tenía que estar en el aeropuerto de Los Ángeles a las seis, a
tiempo para coger su vuelo de regreso a las siete. Mejor esperar a Janveer, que
sabría tanto como la policía y casi seguro hablaría con él.
Mrs. Janveer era tan delgada como gorda Mrs.
Sessamy. Estaba en la cocina, preparando algo que llamó comida del diablo; su
perro labrador negro estaba sentado a sus pies, esperando lamer el cuenco.
Eran más de las once y su esposo aún no había
vuelto de Grover City. Quizá se había encontrado con algún amigo y habían ido a
beber una copa. Mrs. Janveer no lo dijo de modo regañón ni condenatorio, ni
siquiera como si hubiera algo justificable en ello, sino con el mismo tono
casual, indiferente, incluso levemente complaciente, que habría empleado para
decir que había encontrado al alcalde o que había ido a una reunión del Club de
Leones.
Wexford se vio obligado a preguntarle si
recordaba algo acerca de la mujer ahogada. Mrs. Janveer puso el molde de la
tarta de chocolate dentro del horno. El perro golpeteaba el suelo con la cola.
No, no podía decir que recordaba mucho sobre eso, excepto que el primer nombre
de la mujer era Theresa, lo recordaba porque ella también se llamaba así. Y que
después del accidente, algunos de los parientes de la mujer habían venido a
Santa Xavierita desde Boston, creía, y se habían alojado en Ramada Inn. Puso el
cuenco de la mezcla bajo el grifo y la mano sobre éste. El perro lanzó un
aullido patético. Mrs. Janveer se encogió de hombros, desquiciada, y colocó
bruscamente el cuenco delante del perro con una exclamación de enfado.
Wexford esperó hasta las once y media.
Janveer aún no había llegado.
–Considerando lo que sé ahora –le dijo a
Dora–, se verán obligados a enviarme de nuevo aquí. Lo único que necesito es
tiempo.
–Es una pena, cariño.
Condujo a toda velocidad hacia las afueras
del pueblo, rumbo a la autopista del Pacífico.
La diferencia entre California y Kingsmarkham
era una cuestión de color, así como de temperatura. Una era azul y dorada, con
un sol que prestaba sus colores a la hierba; la otra era gris y verde, con el
exuberante follaje verde humedecido diariamente por las densas nubes. Wexford
acudió a su trabajo; aún no se había acostumbrado a ver los arcenes de hierba
en lugar de los parterres de margaritas, y temblaba un poco a causa de la
temperatura que –por lo que había dicho Tom Sessamy– era la misma que había en
Santa Xavierita en diciembre.
Burden lo esperaba en su despacho. Llevaba un
traje liviano de seda, de color gris oscuro, y una camisa de seda color beige.
Nadie podría haberlo tomado por policía, ni siquiera por policía de incógnito.
Wexford, que había pensado contarle lo que había descubierto en California,
ahora decidió no hacerlo y, en lugar de ello, le pidió que cerrara la ventana.
–La abrí porque hoy es un día bochornoso
–explicó Burden–. No tendrás frío, ¿verdad?
–Sí, tengo mucho frío. Mucho frío.
–El avión se retrasó. ¿Lo pasaste bien?
Wexford gruñó. Deseó poder encender la
calefacción central. Sin embargo, era probable que no funcionara, al menos no
en julio. Por lo que sabía, el jefe de policía había tenido que venir el 1 de
noviembre y pulsar personalmente el botón de la caldera.
–Supongo que no se han producido novedades
–comentó.
Burden se sentó.
–Bueno, sí. Por eso estoy aquí. Pensé que lo
primero que debía hacer era contártelo. Jane Zoffany ha desaparecido.
Zoffany no había denunciado su desaparición
hasta una semana después. Según su relato, dijo Burden, él y su esposa habían
estado en Sterries con su amiga Natalie Arno. El viernes 27 de junio por la
noche, su esposa salió sola para dar un paseo y nunca volvió. Cuando fue
presionado, Zoffany admitió que inmediatamente antes de esto, él y su esposa
habían discutido a causa de una aventura que él había tenido con otra mujer.
Ella dijo que lo dejaría, que nunca más podría vivir con él, y se marchó de la
casa. El mismo se fue inmediatamente después, y tomó el tren de las 22.05 a
Victoria. Pensaba que su esposa se habría ido a su casa en un tren anterior.
De todas formas, cuando llegó a De Beauvoir
Place, ella no estaba. Y tampoco apareció al día siguiente. Pensó que había ido
a casa de su hermana, en Horsham. Aparentemente, ya había ocurrido esto después
de una pelea. Pero el viernes 4 de julio era el cumpleaños de Jane Zoffany,
cumplía treinta y cinco años, y llegó una postal para ella enviada por su
hermana. Entonces Zoffany comprendió que se había equivocado y acudió a la
comisaría de su barrio.
Allí no mostraron demasiado interés,
prosiguió Burden. ¿Por qué lo harían? Que una mujer joven abandonara
momentáneamente a su marido después de una discusión acerca de una infidelidad
de él, era algo apenas digno de interés. Siempre ocurría. Y por supuesto, ella
no le diría dónde estaba, eso era lo que menos le interesaba que supiera.
Burden sólo se enteró de esto cuando Zoffany también denunció la desaparición
de su esposa en la comisaría de Kingsmarkham. Parecía auténticamente
preocupado. No sería exagerado decir que estaba enloquecido.
–Sentía culpa –sentenció Wexford, y mientras
lo dijo, él mismo la sintió. Incluso era posible que él fuera la última persona
(la penúltima) que había visto a Jane Zoffany con vida. Y la había dejado
marcharse. Porque se iba de vacaciones, porque no quería importunar a Dora ni
desbaratar los planes. Por supuesto, Mrs. Zoffany no se había refugiado en casa
de su hermana ni en la de algún amigo. No llevaba bolso ni dinero. Él la había
dejado ir, sobreexcitada como estaba; la había dejado marcharse en la oscuridad
de Ploughman’s Lane... de vuelta a Sterries y a Natalie Arno.
–Tuve la sensación de que teníamos que
considerarlo más seriamente –dijo Burden–. Quiero decir que no estaba realmente
preocupado, pero no podía dejar de pensar en el pobre viejo Camargue. Tenemos
nuestras propias ideas acerca de qué clase de muerte fue la suya, ¿no? Yo mismo
hablé con Zoffany y logré que me dijera los nombres de las personas a las que
ella podría haber recurrido. No eran muchas, y las comprobamos a todas.
–¿Y qué me dices de Natalie? ¿Hablaste con
ella?
–Pensé dejártela a ti.
–Tendremos que dragar el lago –afirmó
Wexford–, y si es necesario cavar en el jardín. Pero antes hablaré con ella.
El resultado de las riquezas que la presunta
Natalie había heredado estaba a la vista: un nuevo Opel descapotable color
mostaza estaba aparcado en el círculo, de grava, delante de la puerta
principal. Al mirarla –casi clavándole los ojos– Wexford recordó la falda que
Jane Zoffany había arreglado y el viejo abrigo confeccionado con una manta.
Natalie llevaba un vestido de punto, liviano y ceñido, color amarillo huevo,
con corpiño ajustado y falda amplia. Alrededor de su pequeña y elegante
cintura, un cinturón amarillo con rayas rojas, azules y púrpura. Era llamativo
e impresionante y estaba a la moda. El cabello le caía suelto en una brillante
cascada negra. Lucía un reloj de oro blanco en una muñeca y un brazalete de hebras
trenzadas de oro blanco en la otra. Pensó en la misteriosa dama de Boston y se
preguntó que se sentía al saber que tus parientes, quizá tus padres, te creían
muerto y lloraban por ti, cuando en realidad estabas vivo y nadabas en la
abundancia.
–Pero Mr. Wexford –le dijo con su leve
acento... ¿un acento de Nueva Inglaterra?–, esa noche Jane no volvió. –Sonrió
como una modelo cuando su boca, no sus ojos, es exhibida en un anuncio de pasta
dentífrica–. Sus cosas aún están en la habitación que ocupaban ella e Ivan.
¿Quiere verlas?
Él asintió. La siguió hasta las habitaciones
de huéspedes. Sobre el cofre de teca tallada había un cuenco chino lleno de
rosas. Entraron en la habitación donde en una ocasión había visto a Jane
Zoffany delante del espejo, abrochando el cuello de un abrigo de caracul. Su
maleta estaba abierta encima de una cómoda, y dentro se veía un camisón
doblado, unas sandalias y una edición en rústica de Rebecca, de Daphne du Maurier.
Sobre el dorso negro del cepillo para el cabello, en el tocador y sobre la caja
de talco, había una fina capa de polvo.
–¿Mrs. Hicks se ha marchado?
–Su espíritu, aunque su cuerpo aún no, Mr.
Wexford. Ella y Ted se van con tío Philip. –Y agregó, como explicándole a
alguien de quien no esperaba que conociera los tratos familiares íntimos–: O
sea, Philip Cory. Estaba loco por tenerlos con él y lo hace muy feliz. Mientras
tanto, esta casa está bastante descuidada, ahora que están listos para
marcharse. Han vendido su casa y creo que por fin yo he vendido ésta. Bueno, está
prácticamente vendida. Ya se han intercambiado los contratos. –Siguió hablando,
estirando el edredón de flores amarillas, abriendo una ventana, exactamente
como si él también fuera un comprador en perspectiva más que un policía que
investigaba una siniestra desaparición–. Tengo algunos muebles en depósito, y
los demás los pondré en el piso que he comprado en Londres. Después pienso irme
de vacaciones a algún lugar.
Wexford echó una mirada al cuarto de baño
contiguo. Evidentemente, Muriel Hicks lo había limpiado antes de dar por
concluidos sus servicios. La bañera amarilla y el lavabo estaban impecables y
las toallas nuevas de color miel colgaban del toallero. Sin esperar
autorización, se metió en la habitación de al lado, la que Natalie había
rechazado porque prefería el territorio privado y personal de Camargue.
No había señales obvias de que la habitación
hubiera sido ocupada desde la muerte de Camargue. En realidad, parecía probable
que las últimas personas que habían dormido allí fueran los padres de Dinah
Sternhold, cuando se quedaron con Camargue para Navidad. Pero luego de una
rápida mirada, Wexford encontró un pelo en el adorno que bordeaba una de las
almohadas de flores verdes y azules. Era negro, pero no pertenecía a Natalie,
ya que era ondulado y no medía más de ocho centímetros.
El cuarto de baño también carecía de la
prístina limpieza y pulcritud del otro. Un hombre medianamente observador no
habría notado nada, pero Wexford estaba casi seguro de que una de las toallas
azules había sido usada. En el lavabo, bajo el grifo del agua fría, había una
pequeña marca de humedad. Se volvió, mientras Natalie se acercaba sigilosamente
por detrás de él. No era el tipo de persona a la que uno imagina acercándose de
manera sigilosa y –pensó, como la primera vez que la vio– como una serpiente.
–Esa noche –dijo–, Mrs. Zoffany salió
corriendo de la casa y más tarde se fue su esposo. ¿Cuánto tiempo después?
–Veinte minutos, veinticinco. ¿Digamos
veintidós y medio, Mr. Wexford, para estar más seguros?
Él hizo caso omiso a la burla implícita.
–Se fue a la estación caminando, ¿no?
–Yo lo llevé en mi coche.
Claro. Ahora recordaba que los había visto.
–¿Y después de eso nunca más vio a la señora
Zoffany?
–Nunca. –Miró inocentemente a Wexford con sus
ojos negros enormes y vivaces, y las pestañas levantadas e inmóviles–. Es lo
más extraño que me ha ocurrido en la vida.
Considerando lo que sabía de su vida, Wexford
dudó de esta afirmación.
–Me gustaría que diera su consentimiento para
que dragáramos el lago –le informó.
–Ése es un modo elegante de decir que de
todos modos lo van a dragar, ¿verdad?
–Así es –respondió–. Si da su permiso, se
ahorrará tiempo.
Del lago salió una buena cantidad de mala
hierba, verde y de olor ácido; dos neumáticos de coche, un faro de bicicleta,
media docena de latas y una verja de hierro forjado rota, además de una variada
colección de desperdicios tales como nueces, pestillos y clavos. También
encontraron el guante que faltaba de sir Manuel Camargue, pero no había huellas
de Jane Zoffany. Wexford se preguntó si había elegido el lago como primer lugar
en que buscar a causa de las otras dos muertes por ahogamiento asociadas con
Natalie Arno.
Por supuesto, cavar en el jardín era una
exageración. Pero la tentación de pedir a los hombres que removieran los
arriates que había entre el lago y el antepatio circular era muy grande.
Después de todo, no había más de tres o cuatro metros desde el borde del lago y
la tierra de ese fragmento tenía el sospechoso aspecto de estar recién
removida, y las plantas de los arriates parecían llevar ahí un par de días.
¿Quién sacaría las plantas de los arriates en el mes de julio? Comenzaron a
cavar. Cavaron hasta aproximadamente un metro de profundidad y entonces,
incluso Wexford tuvo que admitir que allí no había ningún cuerpo enterrado. Ted
Hicks, que los había estado contemplando durante horas, dijo finalmente que él
había removido el arriate una semana atrás y plantado una docena de plantas
bianuales. Cuando le preguntaron por qué no lo había dicho antes, explicó que pensaba
que no tenía importancia. Era demasiado tarde para hacer algo más, las nueve de
una típica noche inglesa de julio, un crepúsculo grisáceo, frío y húmedo.
Cuando Wexford entró en su despacho, sonó el
teléfono. Era el jefe de policía. Mrs. Arno se había quejado de que estaban
excavando los terrenos de su casa sin su permiso y sin orden judicial.
–Correcto –admitió Wexford, porque lo era, y
parecía más fácil confesar que verse envuelto en una explicación.
Al otro lado del auricular se oyó una
fervorosa reprimenda. Una vez más estaba sobrepasando los límites de sus
funciones, y sus derechos; una vez más permitía que una obsesión desvirtuara
sus juicios. Y esta vez, parecía que la obsesión se estaba convirtiendo en una
campaña para vengarse de Natalie Arno.
¿La voz de ella en el teléfono había logrado
esto? ¿O había hablado con Griswold en persona, ataviada con ese vestido
amarillo, clavándole sus brillantes ojos negros, moviendo sus bonitas manos
largas en fingida aflicción? Por segunda vez, prometió no perseguir más a
Natalie Arno y actuar como si nunca hubiera oído su nombre.
Lo que llevó al jefe de policía a cambiar de
idea debió de ser el sistemático registro de Zodiac. Dos vecinos de Ivan
Zoffany habían acudido a la policía, uno para quejarse de que Zoffany había
estado encendiendo hogueras en su jardín la noche anterior, y el otro para
declarar que realmente había visto a Jane en los alrededores de De Beauvoir
Place la noche del domingo 29 de junio.
La casa y la tienda fueron registradas sin
resultado. Zoffany admitió lo de las hogueras; explicó que tenía la intención
de mudarse y escoger otra línea de trabajo y que lo que quemaba eran sus libros
de ciencia ficción. Wexford solicitó una orden judicial para registrar el
interior de Sterries y la consiguió tres días después del dragado del lago.
La casa estaba vacía. No sólo abandonada por
su dueña, sino medio vacía de muebles. Wexford recordó que Natalie Arno había
comentado que se iría de vacaciones y que tenía la intención de dejar algunos
muebles en depósito. Cuando Burden pasó por Kingsfield House, Mrs.
Murray-Burgess –esa inveterada observadora de vehículos extraños– le comunicó
que había visto una furgoneta de mudanzas que salía del camino de Sterries
hacia Ploughman’s Lane, aproximadamente a las tres de la tarde del martes Hoy
era jueves 17 de julio.
Con Wexford y Burden había un par de hombres,
los detectives Archbold y Bennett. Estaban preparados no sólo para registrar
sino para desmontar, si era necesario, partes de la casa. Comenzaron por el garaje
de dos plazas, revisando los armarios del extremo y la dependencia contigua en
la parte de atrás. Como el chalet Sterries estaba vacío desde hacía un día,
Wexford también pretendía registrarlo. Archbold –que tenía considerable
práctica en este tipo de trabajo– forzó las cerraduras de ambas puertas.
El chalet estaba vacío de muebles y
alfombras. Al igual que la mayoría de las casas inglesas, viejas o nuevas,
contaba con espacio insuficiente para los armarios. Las paredes eran de
ladrillo pero no tenían cavidades, y poco tiempo atrás –tal vez cuando sir
Manuel y los Hicks habían llegado allí– los suelos que estaban al nivel del
terreno habían sido reemplazados por baldosas colocadas sobre una base de
hormigón. Allí no había posibilidad de esconder un cadáver, y en la planta alta
tampoco. Dedicaron su atención a la casa más grande.
En un primer momento pareció que aquí era
incluso menos probable que se escondiera el cuerpo de una mujer adulta. Sólo
fue por una cuestión de forma que vaciaron los armarios contiguos a la puerta
principal, el armario de la cocina donde se guardaban las escobas y el pequeño
trastero que contenía la caldera de la calefacción central y un surtido de
productos de limpieza. Del primer piso habían quitado varios muebles,
incluyendo el sofá verde claro y los sillones, el piano y todos los muebles de
la habitación y la sala de Camargue. En todas partes parecía haber espacios en
blanco o marcas de decoloración en las paredes en que había estado este o aquel
mueble. La vasija china con rosas, ahora marchitas, había sido colocada en el
suelo, contra una ventana.
Dando golpecitos en las paredes, Bennett
descubrió un hueco entre el lado derecho del armario colgante y la pared
exterior del dormitorio de Camargue. Y en la parte exterior de éste, se veían
señales de que alguien había tenido la intención de usar este espacio como
armario para herramientas de jardín, o tal vez para contener un cubo de basura,
ya que se había construido un arco en el cual ajustar una puerta y
posteriormente había sido rellenado con ladrillos de un color ligeramente más
claro.
Desde el interior del armario colgante,
Bennett se dispuso a desatornillar el panel en su extremo derecho. Wexford se
preguntó si a su edad se estaba volviendo remilgado, se quedó allí parado, sintiendo
algo equivalente a la náusea, anticipando el cuerpo que caería lentamente hacia
adelante a medida que el panel se aflojara desplomándose en los brazos de
Bennett... el alto y delgado cuerpo de Jane Zoffany con un pañuelo de gasa y un
vestido hindú rojo y amarillo como mortaja. Burden se sentó en la cama,
frotando quisquillosamente una pequeña mancha de polvo o de yeso que había
aparecido en el dobladillo de sus pantalones de color gamuza claro.
El último tornillo salió y el panel cayó;
Bennett lo cogió y lo apoyó contra la pared. Dentro de la cavidad no había
nada, salvo una araña que se balanceaba en su tela. Una luz pequeña y brillante
y una brisa fresca entraban por el hueco de un ladrillo. Wexford liberó sus
pulmones con un suspiro. Era hora de hacer un alto para almorzar.
Mr. Haq, todo sonrisas, contento de ver otra
vez a Wexford, comentó que se sentía feliz de vivir en un país en el que ellos
pagaban los salarios de los policías y que gracias a eso podían permitirse el
lujo de pasar las vacaciones en California. Con sinceridad, dijo que esto lo
hacía sentirse más seguro. Burden pidió para ambos un filete Soroti, un inocuo
guiso de carne vacuna con zanahorias y cebollas. Cuando Mr. Haq y su hijo
estuvieron fuera del alcance del oído, Burden dijo que a menudo sospechaba que
el cocinero de Pearl of Africa provenía de Bradford. Wexford no respondió.
–No sirve de nada –aseguró Burden–, no vamos
a encontrar nada allí. Más vale que te resignes. Para tu propio bien, a veces
eres demasiado optimista.
–¿Crees que quiero que la pobre mujer esté
muerta? –replicó Wexford–. Efectivamente soy optimista. –Y citó, con bastante
mal humor–: El optimista proclama que vivimos en el mejor de los mundos. El
pesimista teme que sea verdad.
–Tú quieres que Natalie Arno sea culpable de
algo, y no te importa mucho de qué –opinó Burden–. ¿Por qué la mataría?
–Porque Jane Zoffany sabía quién es ella
realmente. Y si no, descubrió cómo fue el asesinato de Camargue y quién lo
cometió. Mike, aquí hay una conspiración que implica a varias personas, y Jane
Zoffany era una de ellas. Pero entre los conspiradores no existe más lealtad
que entre los ladrones, y cuando ella descubrió cómo la había traicionado
Natalie, no encontró motivos para seguir siendo discreta. –Le contó a Burden lo
que había ocurrido cuando se encontró con Jane Zoffany en Ploughman’s Lane, el
27 de junio–. Ella tenía algo que decirme, me lo habría contado, sólo que yo no
me di cuenta y no la animé. En cambio, volvió a Sterries y sin duda tuvo la
temeridad de amenazar a Natalie. Era una tontería, pero ella era tonta,
histérica e inestable.
Le llevaron el filete Soroti. Wexford comió
en silencio. Era bastante cierto que deseaba que Natalie Arno hubiera hecho
algo, pues ahora comprendía que acusarla estaba casi al alcance de su mano.
¿Quién sabía adonde había ido de vacaciones? ¿Zoffany? ¿Philip Cory? ¿Alguien
lo sabría? A continuación le llevaron el helado Eau-de-Nil, pero Wexford dejó
la mitad.
–Volvamos allí –propuso.
Había comenzado a llover. Las paredes blancas
de Sterries estaban veteadas por el agua. Bajo un amenazador cielo de nubes
grises y púrpura, la casa presentaba ese aspecto lamentable y descolorido que
corresponde a las casas inglesas construidas con un diseño adecuado al
Mediterráneo. En las habitaciones de arriba había luz.
Archbold y Bennett trabajaban en el salón;
Bennett había inspeccionado la chimenea concienzudamente. ¿Levantaban el suelo?
Wexford dijo que no, no lo creía necesario. Nadie podía tener la esperanza de
esconder un cadáver durante mucho tiempo enterrándolo bajo el suelo de una casa
que estaba a punto de cambiar de dueño. No obstante, como se dijo Wexford para
sus adentros, lo que buscaban no era necesaria o exclusivamente un cadáver. A
las seis de la tarde no habían terminado, pero Wexford dijo que dejaran el
resto de la casa para el día siguiente. Aún llovía, ahora más suavemente,
apenas una llovizna. Wexford bajó por el sendero para comprobar que habían
cerrado y echado llave a la puerta del chalet Sterries.
En la húmeda penumbra, la cara de la perra
alsaciana mirando por una ventana de la planta baja, casi al mismo nivel que la
suya, lo sobresaltó. Le produjo la extraña impresión de que se trataba de un
salto en el tiempo, que ocurría seis meses atrás y que Camargue aún estaba
vivo.
–Ahora sé cómo se sintió Caperucita Roja –le
dijo Wexford a Dinah Sternhold.
Llevaba un impermeable blanco con el cuello
vuelto hacia arriba y estaba de pie detrás de la perra, estudiando la
habitación vacía. Llevaba un pañuelo de algodón atado bajo la barbilla. Sonrió.
La tristeza que caracterizaba su rostro parecía haber desaparecido; éste se veía más
lleno, con las mejillas encendidas, quizá por haber corrido bajo la lluvia.
–Se han ido –comentó–, y la puerta estaba
abierta. Me asusté.
–Ahora trabajan para Philip Cory.
Se encogió de hombros.
–Oh, bueno... supongo que no tenían por qué
molestarse en contármelo. Había adquirido la costumbre de traer a Nancy
cada dos o tres semanas sólo para que la vieran. Ted adora a Nancy. –Quitó la mano del collar de la perra, y Nancy brincó delante de Wexford
como si fueran viejos amigos–. Sheila me dijo que ha estado en California.
–De vacaciones.
–No sólo de vacaciones, ¿verdad, Mr. Wexford?
Fue a averiguar si lo que Manuel pensaba era cierto. Pero no ha descubierto
nada, ¿no es así?
No respondió, y ella continuó, quizá pensando
que había ido muy lejos o había sido indiscreta.
–A menudo pienso qué extraño resulta que
lograra que los abogados creyeran en ella y que los viejos amigos de Manuel
creyeran en ella, y la policía, y la gente que conocía a los Camargue de hacía
años; en cambio Manuel, que quería creer, que estaba bastante dispuesto a creer
cualquier cosa, la vio en esa única ocasión y sólo creyó en ella durante media
hora. –Volvió a encogerse de hombros y emitió una breve risita. Luego dijo
amablemente, como era su costumbre–: Lo siento, lo estoy reteniendo. ¿Quería
cerrar con llave? –Volvió a coger a la perra y la sacó a la lluvia–. ¿Ella ha
vendido la casa? –Súbitamente, su voz sonó débil y tensa.
Wexford asintió.
–Eso dice.
–Nunca más volveré.
La contempló bajar por el angosto camino que
conducía del chalet a la calle. Las gotas de lluvia brillaban sobre el pelaje
de Nancy. El agua resbalaba por las ramas de las coníferas y caía gota a gota
sobre el césped. Hacía más de una semana que no lo cortaban y ya estaba
cubierto de maleza, dando al lugar un aspecto descuidado. Wexford regresó al
coche.
Burden observaba a Dinah Sternhold, que
empujaba a Nancy al asiento de atrás del Volkswagen.
–Es extraño –comentó–. Jenny tiene una amiga
francesa, nacida en Alsacia. Pero no se la puede llamar alsaciana, ¿verdad? Ese
término sólo se aplica a los perros.
–Tampoco podrías decir que alguien es dálmata
–señaló Wexford.
Burden rió.
–Los norteamericanos llaman pastores alemanes
a los alsacianos.
–Y nosotros deberíamos hacerlo. Ese es el
nombre correcto y creo que el Kennel Club ha vuelto a introducirlo. Cuando los
trajeron desde Alemania, después de la Primera Guerra Mundial, había
sentimientos antialemanes... de ahí que usáramos el eufemismo «alsaciano». Es
una tontería tan grande como negarse a tocar conciertos de Beethoven y de Bach
porque eran alemanes.
–Jenny y yo tomamos clases de alemán –informó
Burden bastante incómodo.
–¿Para qué?
–Jenny dice que la educación debe proseguir a
lo largo de toda la vida.
La mañana siguiente fue pesada y sofocante, y
el sol estaba cubierto por una espesa niebla amarilla. Sterries los aguardaba,
plena de secretos. Antes de salir, Wexford había recibido de Interpol la
información de que la mujer ahogada en Santa Xavierita en julio de 1976 era
Theresa o Tessa Lanchester, de treinta años, soltera, secretaria de Boston,
Massachusetts. El cuerpo había sido rescatado luego de haber permanecido en el
mar unos cinco días, e identificado otros cuatro días después por la tía de
Theresa Lanchester, dado que los dos padres habían muerto. Mientras subía a
Sterries, Wexford pensó que volvieran a enviarlo a California. No le importaría
pasar unos días en Boston, si a eso vamos.
Archbold y Bennett se pusieron a trabajar en
las habitaciones de huéspedes, aunque sin resultados positivos, y después del
almuerzo se dedicaron al estudio y a los dos cuartos de baño.
Levantaron la alfombra color miel del cuarto
de baño amarillo, dejando a la vista las baldosas de vinilo blanco de debajo.
Era evidente que ninguna de estas baldosas había sido movida. Volvieron a
instalar la alfombra y llevaron a cabo el mismo procedimiento en el cuarto de
baño azul. En éste, además de la bañera, había una ducha. Archbold descolgó y
extendió la cortina de rayas azules y verdes de la ducha. Era de nylon
semitransparente y tenía un angosto dobladillo cosido a máquina en la parte
interior. Archbold –un hombre joven de vista excelente– notó que la mayoría de
las puntadas de la costura eran de un color azul claro, pero las del extremo
derecho, a lo largo de dos centímetros, no eran azules sino marrones. Se lo
informó a Wexford.
Wexford –que estaba sentado en un alféizar
del estudio, pensando y contemplando las sombras que las nubes proyectaban
sobre la pradera –entró en el cuarto de baño azul, miró la cortina y se
arrodilló. Aproximadamente a medio centímetro del suelo– en el costado de
paneles de la bañera de la cual apenas un centímetro quedaba cubierto por el
pelo de la alfombra– había dos diminutas manchas de color marrón rojizo.
–Levantad las baldosas –ordenó Wexford.
¿Encontrarían sangre suficiente para un
posible análisis? Levantaron dos baldosas y en el borde de la que estaba junto
a los paneles de la bañera descubrieron una incrustación gruesa y oscura.
–Podrías decirme adonde vamos, ¿no?
–¿Por qué? Eres un perfecto ignorante en lo
que se refiere a Londres. –Wexford hablaba con tono irritado. Estaba nervioso
porque cabía la posibilidad de equivocarse. El jefe de policía se lo había
advertido frunciendo el ceño y sacudiendo la cabeza y habló de violación de
derechos y de intrusión en la intimidad. Si se equivocaba, quedaría como un
tonto–. Si te digo que vamos a Thornton Heath, ¿significa algo para ti?
Burden no respondió. Estaba de mal talante y
se dedicó a mirar por la ventanilla. Cruzaron Croydon, a través de complejos
industriales, urbanizaciones de casitas rojas dispuestas en hileras, centros
comerciales, enormes plazas circulares que se abrían en diversas salidas. Poco
después de la estación de Thornton Health, Wexford giró por una larga y
desolada calle bordeada por una alta alambrada en un costado y una hilera de
delgados álamos en el otro. Gracias a Dios existían vecinos como Mrs.
Murray-Burgess, pensó Wexford. Una mujer dotada de memoria y mirada penetrante,
y también de conciencia social.
«Una enorme furgoneta de mudanzas –había
dicho–, un camión de mudanzas que contaminó lo que nos quedaba de aire puro con
nubes del más asqueroso negro diesel. Claro que puedo decirle el nombre de la
empresa. No perdí un minuto y me senté a escribirle al director gerente
quejándome. William Dorset y Compañía. Supongo que habrá visto el lema que
llevan, “Dorset se lo guarda...”, está en todas sus furgonetas.»
La empresa tenía sucursales en el norte y el
sur de Londres, en Brighton, Guildford y en Kingsmarkham, que era sin duda la
que tanto Sheila como Natalie Arno habían empleado. La mayoría de la gente de
Kingsmarkham que se mudaba o guardaba muebles recurría a los servicios de
Dorset.
A lo largo de la carretera aparecía alguna
que otra fábrica, además del tipo de edificio largo, bajo y prácticamente sin
ventanas cuya posible naturaleza o aplicación resultaba difícil de adivinar
para los transeúntes. Tal vez todos los edificios de este tipo –pensó Wexford
mientras giraba por el camino de entrada a uno de ellos– servían, para el mismo
propósito.
Éste estaba construido con ladrillo gris y
techo de chapa roja. Las ventanas se encontraban en lo alto, bajo el techo. En
las naves de hormigón, frente a las dobles puertas de hierro, había aparcadas
dos grandes furgonetas rojo oscuro, con un letrero amarillo en el que se leía
«Dorset se lo guarda».
–Nos están esperando –dijo Wexford–. Supongo
que es esa oficina, ¿no?
Se trataba de un anexo levantado en el
extremo. Antes de que llegaran a la puerta, salió alguien del interior. Wexford
reconoció al más joven de los dos hombres que habían trasladado los muebles de
Sheila, el sujeto cuya esposa no se había perdido un solo episodio de Pista. Observó a Wexford como si pensara que lo había visto antes en algún
sitio.
–Pasen, por favor. Mr. Rochford, nuestro
director gerente, está aquí. Ha considerado que tenía que estar presente.
A Wexford no le dio un vuelco el corazón,
pero se agitó. Habría sido mejor venir solo, incluso sin Burden. Claro que
podría haber impedido que viniera toda esa gente, tenía autoridad para ello,
pero no lo habría hecho. Por otra parte, dos testigos serían mejor que uno, y
cuatro mejor que dos. Siguió al hombre que dijo llamarse George Prince hasta el
despacho. Rochford, un hombre de la edad de Prince –vestido con el tipo de
traje que, aunque perfectamente limpio y respetable, parecía que lo hubiera
usado con anterioridad para algún trabajo manual urgente y pudiera volver a
ponérselo para el mismo fin si la ocasión se presentaba–, estaba sentado en un
pequeño sillón, con una carpeta sin abrir sobre las rodillas. Se levantó de un
salto y la carpeta cayó al suelo. Wexford le dio la mano y le mostró la orden
judicial.
Aunque ya conocía el propósito de la visita, el
hombre se puso pálido y parecía sentir náuseas.
–Es un asunto serio –dijo con desdicha–, un
asunto muy serio.
–Así es.
–Me cuesta creerlo. Imagino que existe la
posibilidad de que se equivoque.
–Es una posibilidad, señor.
–Porque en el verano –dijo Rochford con
optimismo y de manera extremadamente elíptica–, y después... bueno, quiero
decir que no ha habido nada por el estilo, ¿verdad, George?
Todavía no, pensó Wexford.
–Quizá podríamos poner fin al misterio
–sugirió, intentando sonreír– yendo a echar un vistazo.
–Oh, sí, naturalmente. Por aquí, pase por
aquí. Tú podrías mostrarles el camino, George. Espero que se equivoque, Mr.
Wexford, sólo espero que se equivoque.
El interior del guardamuebles era cavernoso y
oscuro. El techo, sostenido por vigas de hierro, tenía una altura de
aproximadamente nueve metros. En la parte superior revoloteaban algunos
gorriones y se posaban en esas ramas artificiales. El reflejo del sol se
filtraba a través de los vidrios de las altas ventanas con marco de metal y
adquiría un matiz verdoso. George Prince pulsó un interruptor y se encendió una
lámpara fluorescente que ahuyentó a los gorriones. Hacía frío dentro del
guardamuebles, aunque esa mañana la temperatura había alcanzado los veintiún
grados en el exterior.
El lugar tenía el aspecto de un pueblo
artificial y dejado de la mano de Dios, levantado sobre una cuadrícula. Una
ciudad de caravanas distribuidas simétricamente, separadas por uno o dos
metros, con calles que se cruzaban entre sí en ángulo recto para darles paso. Podría
haber sido un campo para refugiados o para los indeseables de algún país
recientemente constituido, o la idea de un decorado para una macabra novela o
para el cine; un poblado en un desierto del norte sin un solo árbol ni una
brizna de hierba. Wexford se lo imaginó y lo descartó, ya que en esos
contenedores no había gente ni habitantes, salvo él mismo, Burden, George
Prince y Rochford subiendo silenciosamente por el pasillo más ancho.
De todas esas casas rectangulares, esos
metales cuboides dispuestos en filas –de hierro rojo, verde artificial, caqui
simulado–, aquélla a la que se dirigían se encontraba al final de la callejuela
más alta, en la que desembocaba el pasillo principal, contra la pared color
crema y debajo de una ventana. Prince sacó una llave y estaba a punto de
introducirla en la cerradura del contenedor cuando Rochford extendió una mano
para detenerlo y pidió ver de nuevo la orden judicial. Pacientemente, Wexford
se la entregó. Se quedaron allí, mientras la leía una vez más. Hacía unos minutos
que Wexford creía sentir un olor dulzón y fétido, que se hacía más intenso a
medida que se acercaba a Rochford: sólo era algo que el hombre se había puesto
en el pelo o en las axilas. Rochford dijo:
–Mrs. N.
Arno, De Beauvoir Place 27, Londres N1. No lo trasladamos
desde allí, ¿no es cierto, George? ¿No fue desde algún lugar de Sussex?
–Kingsmarkham,
señor. Nuestra sucursal de Kingsmarkham se ocupó de ello.
–Ah, sí. Y fue puesta en depósito indefinido,
al precio de cinco libras y media por semana, a partir del 15 de julio, ¿no es
así?
Wexford dijo amablemente:
–Por favor, ¿ahora podemos abrirlo?
–Oh, desde luego. Terminará pronto, ¿verdad?
Terminar pronto... George Prince abrió la
puerta; Wexford se preparó para recibir el impacto del olor fétido que probablemente
saldría. Pero no fue así, sólo sintió un extraño olor a cerrado. La puerta
osciló silenciosamente sobre los goznes engrasados. El lugar podría resultar
siniestro y evocador de toda clase de cosas desagradables, pero estaba bien
dispuesto y ordenado.
El interior del contenedor mostraba un
microcosmos de Sterries, una gota de la esencia de sir Manuel Camargue. Allí
estaba su escritorio y el austero mobiliario del dormitorio y la sala de su ala
privada, también el tocadiscos y las sillas con respaldo en forma de lira de la
sala de música, y el piano. Si cerrabas los ojos, podías imaginar que oías el
primer movimiento del Concierto para flauta y arpa. Podías oler y
oír a Camargue, pero nada más. Wexford desvió la mirada y vio los muebles de
las habitaciones de huéspedes: una otomana de terciopelo verde con una cubierta
de lienzo crudo, dos escabeles bordados, con fundas de plástico, un par de
alfombrillas afganas envueltas en cáñamo y, bajo una maleta llena de colchas y
cojines, el cofre de teca tallada, ahora atado con dos resistentes correas de
cuero.
Los cuatro hombres lo miraron. Burden quitó
rápidamente la maleta de las colchas, la puso sobre la otomana y se arrodilló
para desatar las hebillas de las correas. Rochford contuvo el aliento. Las
correas se desprendieron y Burden probó los cierres de hierro. Estaban cerrados
con llave. Miró a Prince, que vaciló y luego murmuró algo acerca de que tenía
que regresar al despacho para comprobar en su libro dónde estaban las llaves.
Wexford perdió los estribos:
–Ustedes sabían a qué veníamos. ¿No podrían
haber comprobado dónde estaban las llaves antes de que llegáramos? Si no
aparecen, tendré que romperlo.
–Verá... –Rochford estaba casi ahogado–. La
orden judicial no dice nada de que haya que romper. ¿Qué dirá Mrs. Arno cuando
descubra que sus pertenencias han sido dañadas? No puedo asumir la
responsabilidad de este tipo de...
–Entonces será mejor que encuentre las
llaves.
Prince se rascó la cabeza.
–Creo que dijo que estaban en el escritorio.
En uno de los casilleros de ese escritorio.
Abrieron el escritorio. Estaba completamente
vacío. Burden desenrolló las dos alfombrillas, vació la maleta de las colchas y
abrió los cajones de la mesilla de noche de Camargue.
–Usted ha dicho que en algún libro tiene una
nota de dónde están –le recordó Wexford.
–La nota dice que en el escritorio –respondió
Prince.
–De acuerdo. Romperemos el cofre.
–Aquí están –anunció Burden. Sacó la mano de
la hendidura entre el brazo de la otomana y el cojín del asiento, y balanceó un
par de llaves iguales sujetas por un aro.
Wexford metió una llave en la cerradura del
lado derecho y la hizo girar; luego abrió el lado izquierdo. Los cierres se
abrieron y levantó la tapa. El cofre parecía lleno de gruesas telas de
polietileno. Cogió uno de los pliegues y tiró.
El pesado contenido de la brillante, fría y
resbaladiza envoltura golpeó contra la pared de madera y pareció girar. Wexford
comenzó a desenvolver las telas negras y entonces ocurrió algo horrible: lenta
y lánguidamente como si todavía se conservara vivo, un ceroso brazo amarillento
con su delgada mano surgió del cofre temblando. Colgó un momento en el aire y
luego cayó. Wexford retrocedió soltando un gruñido. La helada cosa le había
rozado las mejillas con sus dedos de mármol.
Rochford dejó escapar un grito y salió del
contenedor dando un traspiés. Se oyó el sonido de un vómito. Pero George Prince
estaba hecho de una fibra más dura y se acercó al cofre. Con ayuda de Burden,
Wexford apoyó el cadáver en el suelo y lo despojó de las envolturas. El cuello
había sido cortado y la herida tapada con una toalla ensangrentada, que no
había impedido que la sangre mojara el vestido amarillo, salpicado y manchado
de rojo como si fuera un estrafalario mapa lleno de islas.
Wexford examinó el rostro, comprendiendo que
se había equivocado, y quedó tan sorprendido como los demás; miró a Burden.
Burden sacudió la cabeza, horrorizado y
confundido. Lentamente, ambos se volvieron para estudiar con atención los
negros ojos muertos de Natalie Arno.
–Cui bono? –preguntó Kenneth Ames–. ¿Quién se
beneficia? –Colocó los dedos formando el campanario de una iglesia y miró la
aguja de St. Peter–. Bien, mi querido amigo, la misma dama que se habría
beneficiado si hubiera usted acertado en su absurda suposición de que la pobre
Natalie Arno no era Natalie Arno. Resumiendo: la sobrina de sir Manuel que vive
en Francia.
–Nunca me dijo su nombre –le recordó Wexford.
Y ahora tampoco.
–Es sorprendente. La pobre Mrs. Arno
simplemente ha seguido los pasos de su padre. No hace más de una semana me
preguntó si podría hacer testamento y, naturalmente, le aconsejé que lo
hiciera. Pero, como ocurrió en el caso de sir Manuel, murió antes de que el
testamento fuera redactado. Ella también iba a casarse, ya sabe, pero cambió de
idea.
–No, no lo sabía.
Ames puso su cara de perro.
–Entonces, como le digo, la beneficiarla será
esa dama francesa, ya que no existen otros parientes vivos. Tengo su nombre en
alguna parte. –Rebuscó en un cajón lleno de carpetas–. Ah, sí, una tal
mademoiselle Thérèse Lerèmy. ¿Quiere su dirección exacta?
El cambio en Moidore Lodge era evidente mucho
antes de llegar a la casa. El camino de entrada estaba despejado, el cartel con
el nombre había sido pintado otra vez de negro y blanco, y Wexford podría haber
jurado que los lobos (o los alsacianos) de bronce habían sido pulidos.
El Porsche de Blaise Cory estaba aparcado en
el frente de la casa y fue el propio Blaise –no Muriel Hicks– quien abrió la
puerta. Lo habían llamado a él como otra gente llamaría a su abogado, reflexionó
Wexford. Entró en el vestíbulo del que había sido quitado todo el polvo y el
desorden, y ahora se veía incluso más luminoso y espacioso. Luego de mirar por
encina del hombro, Blaise le confió:
–Tener a esta buena gente ha sido una gran
cosa para mi querido padre. Espero que no haya venido a hacer algo que pueda...
bueno, en pocas palabras, nada que ponga algún obstáculo.
–Creo que no, Mr. Cory. Tengo que hacer una o
dos preguntas a Mrs. Hicks, eso es todo.
–Ah, es lo que siempre dicen ustedes. –Soltó
la misma risa breve, velada y pastosa con que acostumbraba recibir en su
programa las más escandalosas declaraciones de sus entrevistados.
Como si respondiera a una señal, de inmediato
sonó una aspiradora por encima de sus cabezas. Wexford habría preferido subir
directamente, pero en cambio se encontró en el interior del salón de Philip
Cory.
Ted Hicks estaba limpiando las enormes
puertaventanas victorianas y el anciano –otra vez ataviado con sus téjanos de
muchacho y su guernesey– lo contemplaba con fascinada aprobación. Hicks se
detuvo cuando entró Wexford y lo sacó de su semiatenta postura.
–Buenos días, señor.
–Bienvenido, inspector jefe, bienvenido.
–Cory extendió sus delgadas manos expansivamente–. Es un placer verlo, se lo
aseguro. Es tan delicioso para mí recibir visitas sin avergonzarme de la casa,
para no hablar de que ahora las cosas se encuentran. Ahora, por ejemplo, si
usted o Blaise desearan un trago, no tendría que revolver buscando botellas.
Hicks se los traería en un santiamén, ¿no es así, Hicks?
–Desde luego, señor.
–O sea que no tiene más que decirlo.
Aún no eran las diez de la mañana y Wexford
no se sentía inclinado a pedir una copa, pero preguntó si podía mantener una
charla en privado con Mrs. Hicks.
–Supe por el periódico lo de la pobre Natalie
–comentó Cory–. Blaise pensó que me afectaría. Blaise siempre ha sido un chico
muy sensible. Pero le dije: ¿cómo puede afectarme si no sé si era Natalie?
Wexford subió las escaleras, guiado por
Hicks. Moidore Lodge era una casa enorme. Habían sido descartadas varias
habitaciones para que sirvieran de vivienda a los Hicks, sin que esto redujera
demasiado el espacio vital de Cory. Muriel Hicks –que había estado limpiando el
dormitorio de Cory, con la cama de cuatro columnas– entró en sus habitaciones
secándose con una toalla las manos recién lavadas. Había engordado desde la
última vez que la viera y tenía su cabello pelirrojo más largo y más espeso.
Pero sus modales bruscos no habían cambiado.
–Mrs. Arno se iba de vacaciones. Me pidió que
me ocupara de la mudanza cuando vinieran los hombres al día siguiente. A mí no
me convenía, nosotros también nos íbamos y tenía cosas que hacer; pero me
parece que le daba igual. –Su esposo le lanzó una mirada admonitoria, dándole a
entender que se debe respetar a todos los patronos, o quizá que en modo alguno
debía hablar mal de los muertos. Su rozagante rostro se enrojeció–. Bueno, dijo
que era el único día que Dorset podía ocuparse, de modo que era inútil
discutir. Estaba con ese sujeto que se quedó a pasar el fin de semana...
–Ese caballero –dijo Hicks.
–Está bien, Ted, ese caballero. Creí que
había ido a pasar el domingo, y tal vez era así, pero el lunes por la mañana
estaba de vuelta.
–¿Usted lo vio?
–Lo oí. Entré a eso de las seis para
arreglar con ella qué se despachaba y qué se dejaba, y los oí hablar en la
planta alta. Me oyeron entrar y se pusieron a hablar en francés para que yo no
entendiera, y ella se rió y dijo en inglés: «¡Oh, me divierte tu acento suizo!»
Cuando llegué arriba, él se había escondido.
–¿Oyó su nombre, Mrs. Hicks?
Meneó la cabeza.
–Nunca oí su nombre y nunca lo vi. Ella era
una mujer extraña, no le importaba que yo supiera que él estaba allí y lo que
significaba para ella, pero nunca quiso que yo ni nadie lo viera realmente. Yo
daba por sentado que los dos se habían ido de vacaciones esa misma noche. Ella
dijo que se iba, me lo dijo a mí, y el coche no estaba.
–¿Qué ocurrió al día siguiente?
–Los empleados de Dorset vinieron a las nueve
de la mañana. Los hice pasar y les dije qué cosas debían llevarse y cuáles no.
Ella había dejado todo clasificado. Cuando se fueron, hice una buena limpieza.
Había bastante sangre en el cuarto de baño azul, pero no le di importancia,
supuse que alguno de los dos se había cortado. –Wexford recordó el corte deliberado
que Natalie se había hecho en las yemas de los dedos en el cuarto de baño de De
Beauvoir Place, y casi se estremeció. Con respecto a eso, Muriel Hicks era más
imperturbable que él–. Me costó quitarla de la alfombra –comentó–. Me enteré
por el periódico que la encontraron en el guardamuebles de Dorset. ¿Estaba
ella... quiero decir el cadáver, en ese cofre?
Wexford asintió.
Ella agregó con indiferencia:
–Los hombres dijeron que era un peso muerto.
Blaise Cory lo acompañó hasta el coche. Hacía
calor, el cielo era de un azul sereno y las hojas de los plataneros se agitaban
bajo la suave brisa. Sin la fingida simpatía de costumbre, Blaise dijo:
–¿Conoce a Mrs. Mountnessing, la cuñada de
Camargue?
–La vi una vez.
–Hubo una especie de escándalo en la familia.
Yo sólo tenía diecisiete o dieciocho años en ese momento, y Natalie y yo...
bueno, no era una aventura, ni mucho menos, éramos como hermanos. Estábamos
unidos, ella solía contarme cosas. El general intentó conquistarla y la mujer
los sorprendió besándose.
–¿El general? –preguntó Wexford.
Blaise soltó uno de sus horribles chistes:
–Para él debe de haber sido como el caviar.
–Lanzó una risa chillona–. Lo siento. Me refiero al viejo Roo Mountnessing, el
general Mountnessing. Mrs. Mountnessing se lo contó a su hermana y armaron un
terrible escándalo, le echaron toda la culpa a la pobre Nat, le dijeron
incestuosa y un montón de disparates por el estilo. Como si nadie supiera que
el viejo era un sátiro. En ese momento Camargue estaba fuera, en una gira por
Australia, de lo contrario habría intervenido. Mrs. Camargue y su hermana
intentaron encerrar a Nat, como una especie de prisionera. Ella se escapó y
golpeó a su madre. La golpeó en el pecho, y creo que bastante fuerte. Supongo
que mantuvieron una especie de pelea con Natalie, que intentaba escaparse de la
casa.
–¿Y entonces?
–Bueno, cuando Mrs. Camargue contrajo el
cáncer, Mrs. Mountnessing dijo que había sido provocado por el golpe. He oído
decir que puede ocurrir. Los médicos dijeron que no, pero Mrs. Mountnessing no
quiso escucharlos y más o menos logró que Camargue también lo creyera. Siempre
he pensado que por eso Natalie se fugó con Vernon Arno; ella no soportaba estar
en su casa.
–De modo que ésa fue la causa de la ruptura
–aventuró Wexford–. Camargue la culpaba por la muerte de su madre.
Blaise sacudió la cabeza.
–No lo creo. Estaba confundido por Mrs.
Mountnessing, y loco de dolor por la muerte de su esposa. Mi querido padre dice
que Camargue intentó una y otra vez arreglar las cosas entre él y Natalie, le
escribió en diferentes ocasiones, se ofreció a ir a verla o a pagarle el
billete para que ella viniera. Supongo que él no la culpaba por la muerte de su
madre tanto como ella misma. Fue la culpa lo que la mantuvo alejada.
Wexford miró al rechoncho hombrecillo.
–¿Ella le contó todo esto cuando almorzó con
usted, Mr. Cory?
–Santo cielo, no. No hablamos del tema. Yo
soy una persona del presente, inspector jefe, vivo en el momento. Y ella también. Es extraño
–reflexionó– ese rumor que echó a rodar este invierno acerca de que era una
especie de impostora.
–Sí –dijo Wexford.
No había mucha distancia desde Moidore Lodge
hasta el pueblo que se encontraba en el límite con St. Leonardo Forest. Se
llamaba Bayeaux Green y estaba entre Horsham y Wellridge, y la casa que Wexford
buscaba se llamaba Bayeux Villa. Bueno, no muy lejos de Hastings había otro
pueblo llamado Doomsday Green[2],
y era muy probable que el nombre tuviera algo que ver con el tapiz.
Encontró la casa sin necesidad de preguntar.
Estaba en el centro del pueblo, una casa pequeña e independiente, de finales
del siglo xix, construida con
ladrillos grises pequeños; sólo una pequeña zona cercada la separaba de la
acera. La puerta delantera era más nueva y sobre el vidrio de color mostraba
una imagen de un soldado normando con cota de malla. Wexford tocó el timbre y
no obtuvo respuesta. Dio unos pasos hacia un lado y miró por la ventana. No
había señales de que hubiera estado habitada recientemente. Era muy probable
que, en esa época del año, sus moradores estuvieran de vacaciones. Parecía
extraño que no hubieran previsto que alguien cuidara de las plantas.
Tradescantilas, peperomias y un ciso que trepaba hasta el techo en hileras
cuidadosamente espaciadas, una variedad de hiedras, todas con las hojas caídas,
débiles y resecas.
Caminó alrededor de la casa y fisgó por las
otras ventanas. Tuvo la sensación de ser observado, aunque no logró ver a
nadie. El césped de las dos pequeñas superficies se veía como si hiciera un mes
que no lo cortaban y en la rosaleda había malas hierbas. Antes de insistir con
el timbre, se dirigió a la casa más cercana, un chalet separado de Bayeux Villa
por una verdulería y un par de garajes.
Le resultaba reconfortante haber recuperado
su categoría, ser otra vez él mismo. La mujer miró sus credenciales.
–Se han ido de vacaciones... hace unas tres
semanas. Ahora que lo pienso, deben de llegar hoy o mañana. Se fueron con la
caravana a Devon, siempre se toman tres semanas.
–¿No tienen amigos que vengan a cuidar de la
casa?
–¡No me diga que entraron ladrones! –exclamó
la mujer.
Él la tranquilizó:
–Nadie se ha ocupado de las plantas.
–Qué extraño, pues está la hermana de ella.
Me dijeron que la hermana se quedaría mientras ellos estuviesen fuera.
Esta vez la cogió desprevenida. Se acercó a
la ventana de la cocina y la vio. Ella también lo había acechado, andando por
la casa de puntillas, vigilándolo. Aún llevaba el vestido hindú de algodón rojo
y amarillo, había estado allí encerrada durante tres semanas y todavía lo tenía
puesto. Su rostro parecía ceñudo, aunque no asustado. Abrió la puerta de atrás
y lo hizo pasar.
–Buenos días, Mrs. Zoffany –la saludó–. Es un
alivio encontrarla sana y salva.
–¿Quién querría hacerme daño?
–Supongamos que usted me lo dice. Supongamos
que me lo cuenta todo.
Ella guardó silencio. Wexford se preguntó qué
habría hecho sola en esa casa desde el 27 de julio. No había comido mucho, era
evidente. Era probable que tampoco hubiera salido, que ni siquiera hubiese
abierto una ventana. En el interior hacía un calor insoportable y la casa
estaba mal ventilada; cuando la siguió a la sala llena de plantas marchitas,
notó el fuerte olor de sudor y suciedad que rezumaba la mujer. Jane Zoffany se
sentó y lo miró, precavida y en silencio.
–Ya que no me lo va a contar... –sugirió–,
¿se lo cuento yo? Después de dejarme ese viernes por la tarde, volvió a
Sterries y encontró la casa vacía. Mrs. Arno había llevado a su esposo a la
estación. A propósito, su coche pasó junto al mío, cuando yo bajaba por la
colina. –Ella siguió mirándolo, inquieta. En sus ojos había más locura que la
anterior vez–. Usted cogió su bolso pero se dejó la maleta; tal vez no quería
cargar con ella. Hay un autobús que va desde St. Peter hasta Horsham. Tuvo
tiempo de coger el último, o de lo contrario alquiló un coche.
Ella le aclaró fríamente:
–No tenía dinero para alquilar ningún coche.
No sabía lo del autobús, pero pasó y lo cogí.
–Cuando llegó aquí, se enteró de que su
hermana y su cuñado se iban de vacaciones al día siguiente. Sin duda estaban
encantados de que alguien se quedara a vigilar la casa mientras se encontraban
fuera. Una semana después se envió a usted misma una postal de felicitación...
–No –sacudió la cabeza con vehemencia–. Yo
sólo la eché. Mi hermana me había comprado una tarjeta, y la escribió y le puso
el sobre. Me dijo: «Ten, es mejor que te la dé ahora y así me ahorro el
franqueo.» Salí por la noche y la despaché. –Esbozó una sonrisa vaga e
insípida–. Me gustaba esconderme, me divertía.
Era comprensible. Para ella representaba una
doble ventaja: en cierto modo perdía su identidad –ese yo conflictivo– y se
ocultaba de sí misma tan exitosamente como de los demás; por otra parte, tenía
la satisfacción de convertirse durante algún tiempo en alguien importante, que
provocaba angustia y, por una vez, despertaba sentimientos.
–Lo que no comprendo –prosiguió Wexford– es
cómo se las arregló cuando la policía vino aquí a hacer preguntas.
Rió tontamente.
–Fue divertido. Me confundieron con mi
hermana.
–Ya.
–Dieron por sentado que yo era mi hermana y
siguieron hablando de Mrs. Zoffany. Que si yo tenía idea de dónde podía estar
Mrs. Zoffany, que cuándo la había visto por última vez... Yo dije que no sabía,
y tuvieron que creerme. Fue divertido, casi como... –Se tapó la boca con los
dedos y lo miró.
–Tendré que decirle a su esposo dónde se
encuentra. Ha estado muy preocupado por usted.
–¿Sí? ¿De verdad?
¿Habría mirado televisión, o escuchado la
radio, o leído un periódico durante su autorreclusión? Probablemente no, ya que
no había mencionado la muerte de Natalie. Él tampoco lo haría. Estaba bastante
segura aquí, pensó Wexford, ahora que su hermana regresaba. Sin duda, antes de
eso, el propio Zoffany vendría. Quizá entre todos la ingresaran otra vez en un
hospital psiquiátrico. No creía que el tipo de tratamiento que podía recibir le
hiciera bien. Quería decirle que tomara un baño, que comiera y que abriera las
ventanas, pero sabía que ella no le haría caso, apenas lo oiría.
–Pensé que estaría muy enfadado conmigo.
No lo tomó más en serio que si se lo hubiera
dicho el más pequeño de sus nietos.
–Usted y yo tenemos que hablar, Mrs. Zoffany.
Cuando se haya instalado otra vez en su casa y yo tenga más tiempo. En estos
momentos estoy muy ocupado y debo viajar de nuevo al extranjero.
Ella asintió. Ya no lo miraba con recelo.
Wexford salió de la casa a la pequeña calle principal de Bayeux Green; cuando
se volvió para mirar, vio su demacrado rostro en la ventana y notó que lo
seguía con la mirada. A pesar de lo que había dicho, probablemente nunca
volviera a verla, tal vez nunca necesitara hacerlo, porque en uno de esos
destellos que le habían quitado toda esperanza de resolver el caso, vio la
verdad. Ella se lo había dicho. En una risueña confidencia, le había dicho todo
lo que quedaba por saber.
A últimas horas de la tarde, condujo hasta la
casa del jefe de policía, Hightrees Farm, en Millerton. Mrs. Griswold era el
ejemplo opuesto del ideal Victoriano: se la oía, pero no se la veía. Alguien
dijo que, tras cuarenta años de vida con el coronel, se había visto condenada a
la pasividad. A veces se oían sus pasos arriba, o su voz susurrando en el
teléfono. El coronel Griswold abrió la puerta, y esto era algo que Wexford
siempre encontraba desconcertante. Le hacía perder los estribos.
–Quiero ir al sur de Francia, señor.
–Tal vez –dijo Griswold–. Yo tendré que
conformarme con una choza en el norte de Gales.
Con tono de voz neutral, Wexford le recordó
que él ya se había ido de vacaciones. El jefe de policía dijo que sí, que lo
recordaba, que había estado en algún lugar muy exótico. Se había preguntado
cómo le caería ese tipo de cosas a la opinión pública, ahora que la policía
empezaba a reclamar aumento de sueldo.
–Quiero ir al sur de Francia, señor –repitió
con más firmeza–. Y sé que no es normal, pero me gustaría llevarme a Burden conmigo.
Es un lugar en el interior
–agregó cuando los labios de Griswold parecieron
formar silenciosamente las sílabas de St. Tropez–. Allí vive una mujer que
heredará el dinero y la propiedad de Camargue. Es sobrina de Camargue y se
llama Thérèse Lerèmy.
–¿Es ciudadana francesa?
–Sí, señor, pero...
–No quiero que vaya por ahí fastidiando a la
gente, Reg. Menos aún a los extranjeros. Quiero decir que no crea que puede ir
allí y arrestar a esa mujer a raíz de alguna de sus tenues sospechas, y...
Pero incluso antes de que Wexford replicara,
supo –por la mirada malhumorada y feroz que reemplazó a la inflexibilidad de su
rostro– que Griswold cedería.
Desde la ciudad de Los Ángeles a la bahía de
Los Ángeles. En cuanto llegaron, el taxista los llevó a la Promenade des
Anglais; aunque no quedaba de camino, dijo que tenían que verla, no podían
venir a Niza y ver sólo el aeropuerto. Mientras Wexford contemplaba la Baie des
Anges, Burden habló desde su cultura recientemente adquirida. Jenny tenía una
reproducción de un cuadro de ese paisaje de un pintor llamado Dufy, pero ahora
todo parecía diferente.
Reinaba la calma, aunque casi era mediodía.
Habían llegado en el primer vuelo de Londres a París y cambiaron de avión en el
Roissy-Charles de Gaulle. Ahora el taxista los llevaba a través de colinas
coronadas de naranjos y olivos. Saint-Jean-de-l’Éclaircie estaba a pocos
kilómetros al norte de Grasse, cerca del río Loup. Una campana comenzó a dar
las doce mientras atravesaban el arco cubierto de hiedras de la muralla de entrada
a la ciudad antigua. Pasaron junto a la catedral de piedra ocre de la Place aux
Eaux Vives, donde funcionaba una fuente con la estatua de Picasso Mujer con cordero, ofrecida por el artista a la ciudad (según la guía de Wexford) cuando
vivió y trabajó en ella durante unos meses después de la guerra. La guía
también decía que en la catedral había un Fragonard, algunas incomparables
porcelanas de Sevres en el museo, la Fondation Yeuse, y, a poco más de un
kilómetro de la ciudad, las ruinas de un anfiteatro romano. El taxista dijo que
si subían al campanario de la catedral, podrían ver Córcega en el horizonte.
Wexford había reservado habitaciones para una
noche –siguiendo el consejo de su agente de viajes del Kingsbrook Precinct– en
el Hotel de la Rose Blanche, que se encontraba en la plaza. El vestíbulo era
frío y sombrío, con paredes de piedra y suelo de piedra, y tenía esa atmósfera
indefinible, mezcla de complacencia y jubilosa anticipación, que significa que
la comida será buena. El jefe de cocina está en su puesto y todo funciona bien.
Kenneth Ames sólo sabía de mademoiselle
Lerèmy su nombre, su dirección y su parentesco con Camargue. También sabía que
sus padres habían muerto y que ella era soltera. Al recordar la foto de las dos
niñitas que Mrs. Mountnessing le había mostrado, Wexford dedujo que debía de
tener aproximadamente la edad de la hija de Camargue. La buscó en el listín y
marcó el número con cierto temor –debido a sus escasos conocimientos de
francés–, pero no obtuvo respuesta.
Almorzaron mariscos, un pan que era casi todo
corteza curruscante y una botella de Monbazillac. Wexford dijo, con un tono
ensimismado, que ya se sentía nostálgico, que los entremeses le recordaban a
Mr. Haq y el antipasto Ankole. Intentó una vez más hablar con Thérèse Lerèmy,
pero tampoco obtuvo respuesta; de modo que no había nada que hacer, salvo
visitar la ciudad.
Hacía demasiado calor para subir al
campanario. Era 24 de julio y probablemente Saint-Jean-de-l’Éclaircie
atravesaba el momento de mayor calor. La plaza estaba desierta, los angostos
callejones en declive que trazaban el perímetro interior de las murallas sólo
albergaban a los turistas perdidos, y el mercado que por la mañana llenaba la
Place de la Croix ya había levantado los puestos y se había disuelto. Entraron
en la catedral de St. Jean Baptiste, fría, oscura y barroca. Una monja caminaba
por la nave con la mirada baja y un viejo rezaba de rodillas. Miraron con
auténtica reverencia la pintura de Fragonard, Les pains et les poissons –un
enorme y nebuloso lienzo de un elegante Cristo adorado por una multitud– y
luego regresaron al blanco brillo de la luz del sol y a las negras sombras de
la place.
–Supongo que está trabajando –razonó Wexford–. Una mujer sola
seguramente trabaja. Parece que tendremos que suspender todo por unas horas.
–No será difícil –replicó Burden–. Le prometí
a Jenny que no dejaría de visitar el museo.
Wexford se encogió de hombros.
–De acuerdo.
El museo estaba albergado en un edificio de
estuco de siena roja, y en una placa de mármol negro se leía: «Fondation
Yeuse». Wexford había supuesto que el interior estaría desierto, pero en
realidad encontraron a otros turistas en las salas y en la escalera de mármol.
Burden había recibido instrucciones de mirar, además de las porcelanas de Sevres,
ciertas joyas antiguas descubiertas en Condamine, y Wexford, al oír hablar en
inglés a una mujer, le pidió instrucciones. La mujer acababa de explicarle algo
a una turista norteamericana. Parecía una encargada, ya que en la solapa de su
vestido rojo oscuro –casi un uniforme– llevaba un distintivo ovalado con la
inscripción «Fondation Yeuse». Se obligó a no dirigirle la mirada... y entonces
se preguntó cuántos miles antes que él se habían obligado a no dirigirle la
mirada. La parte inferior de su cara estaba densa y profundamente marcada con
las cicatrices de lo que parecía viruela, pero casi seguro era acné. En su
cuidadoso y vacilante inglés, le indicó dónde encontrar la colección de joyas.
Él y Burden volvieron a subir; la norteamericana ya estaba allí. El sol que
penetraba por las persianas venecianas iluminaba su perfecta piel marfileña.
Sus manos eran como las de Natalie Arno, largas y delgadas, y lucían anillos
tan pesados y toscos como los que se veían debajo del cristal.
–Más nos valdría ir allí –sugirió Wexford,
después de comprar un flacon de perfume de Grasse para Dora y una
jarra de gres barnizada, con un dibujo de Picasso, para Jenny.
–De acuerdo, vayamos a echar un vistazo al
lugar.
Los dos taxis de la localidad –que se
encontraban entre la fuente y el Hotel de la Rose Blanche– no eran muy
solicitados a esa hora del día. El taxista no hablaba inglés, pero en cuanto
Wexford mencionó la Maison du Cirque, comprendió y asintió.
Al noroeste de la ciudad, al otro lado de las
murallas, se alzaba una urbanización de deprimentes apartamentos de color gris
claro y casas marrones con techos en declive color escarlata. Tan horrible como
en Inglaterra. O peor, se atrevió a decir Burden. Pero la urbanización pronto
quedó atrás; ahora la carretera atravesaba bosquecillos de limoneros. El
taxista se empeñaba en hablarles en un francés rápido, fluido e incomprensible.
Wexford logró captar dos datos: que Saint-Jean-de-l’Éclaircie organizaba todos
los meses de febrero el festival del limón, y que al otro lado de la colina
estaba el anfiteatro.
Encontraron la casa, que se hallaba apartada
en una curva de la carretera. Tenía la fachada lisa y era poco atractiva, pero
indudablemente grande. En cada ventana había postigos de madera, casi todos con
la pintura desconchada. Enormes jardines –ahora descuidados– se extendían en
dirección a los bosquecillos de olivos y cítricos, separados de éstos por muros
de piedra desmoronados.
–Parece inaccesible –comentó Wexford–. Será
mejor que vayamos al circo mientras la esperamos.
El taxista los llevó de vuelta. El enorme
círculo que servía de base al anfiteatro era extrañamente verde, como si
hubiera sido regado por un manantial oculto. Las filas de asientos, todavía
perfectos e inconfundibles, subían en arcos paralelos hasta la colina, los
pinos y el azul cristalino del cielo. Wexford se sentó donde probablemente
alguna vez se había sentado un prefecto o un cónsul.
–Espero que lleguemos a tiempo –dijo–. Espero
que la encontremos antes de que se produzca un verdadero desastre. La mujer está
muerta hace nueve días. Él está aquí hace... digamos ocho.
–Si está aquí. La idea de que esté aquí sólo
se basa en tu percepción extrasensorial. No sabemos si se encuentra aquí y, si
a eso vamos, no sabemos quién es, ni qué aspecto tiene, ni qué nombre estará
usando.
–No es tan terrible como crees –lo
tranquilizó Wexford–. Claro que habrá venido aquí. Este lugar y esa muchacha lo
atraerán como un imán. Ahora no querrá perder el dinero, Mike.
–No, no después de haber maquinado durante
años para conseguirlo. ¿Cuánto tiempo calculas que estaremos aquí?
Wexford se encogió de hombros. El aire estaba
perfumado por las hierbas que crecían en las laderas: salvia, tomillo, romero y
laurel; el sol aún calentaba.
–Por mucho que fuese –dijo enigmáticamente–,
para mí sería demasiado poco. –Miró el reloj–. A esta altura, Martin habrá
visto a Williams y hecho por mí una parte de las averiguaciones en el Guy’s
Hospital.
–¿El Guy’s Hospital?
–A lo largo d; este caso no hemos tenido en
cuenta que Natalie Arno ingresó en el hospital poco antes de la muerte de
Camargue. Le practicaron una biopsia.
–¿Una qué?
–Un análisis de tejido vivo. Normalmente se
realiza para determinar si ciertas células son cancerosas o no.
En otra ocasión, este tema habría resultado
altamente emotivo para Burden. Su primera esposa había muerto de cáncer. Pero
el tiempo y su segundo matrimonio habían cambiado las cosas. No respondió con
dolor sino con un matiz de incomodidad en la voz.
–Pero no tenía cáncer.
–Oh, no.
Burden se sentó en la fila inferior a la de
Wexford.
–Me gustaría contarte lo que creo que
ocurrió, y saber si estás de acuerdo. –Sobre la hierba, a un costado de él, la
sombra de la cabeza de Wexford asintió–. Entonces, bien. Tessa Lanchester fue
de vacaciones a ese lugar de California, Santa...
–Santa Xavierita.
–Y mientras estaba allí, conoció a un hombre
que tocaba la guitarra, o lo que fuera, en un restaurante del pueblo. Él estaba
viviendo en Estados Unidos ilegalmente y es muy probable que también se
dedicara a actividades ilegales. Era un estafador. Ya conocía a Natalie Arno y
por ella se había enterado de quién era su padre y de lo que heredaría. Le
presentó a Tessa y ambas se hicieron amigas. Convenció a Tessa de que, en lugar
de regresar a Boston, se quedara más tiempo para informarse mejor acerca de la
vida de Natalie y de su pasado. Entonces se llevó a Natalie a nadar una noche y
la ahogó; esa misma noche partió con Tessa rumbo a Los Ángeles en el coche de
Natalie, con el equipaje de Natalie y las llaves de la casa de Natalie. A partir
de ese momento, Tessa se convirtió en Natalie. Los cambios que el cuerpo de
Natalie experimentó después de cinco días en el mar hacían imposible una
auténtica identificación y, como Tessa había desaparecido, el cadáver fue
identificado como el de ella. Entonces Tessa y su cómplice pusieron en marcha
su plan para heredar la propiedad de Camargue, aunque de algún modo quedó
frustrado por la intervención de Ilbert y la consiguiente deportación. Tessa
intentó en vano vender la casa de Natalie. Creo que a esa altura más bien
abandonó el plan. De lo contrario, no sé cómo explicar una demora de más de
tres años entre la elaboración del plan y su puesta en práctica. Pienso que lo
dejó de lado. Asumió su nueva identidad, entabló nuevas amistades y, como sabemos,
tuvo otras dos aventuras amorosas. Entonces uno de esos amantes, Ivan Zoffany,
le escribió desde Londres en el otoño de 1979 para decirle que se había
enterado a través de su cuñada (que vivía cerca de Wellridge) de que Camargue
estaba a punto de volver a casarse. Eso la alertó y la obligó a venir a
Inglaterra. Una vez allí estaba nuevamente en condiciones de unirse con el
hombre que en principio le había dado la idea. Contaban con el apoyo y la ayuda
de Zoffany y su esposa.
Wexford levantó las cejas:
–¿Cómo metieron a Williams y a Mavis Rolland
en esto? ¿Mediante soborno?
–Por supuesto. Habrá sido un soborno
importante. La integridad profesional de Williams probablemente tiene un precio
alto. Me parece que Mrs. Woodhouse puede haber resultado bastante barata.
–Nunca te había considerado un esnob, Mike.
–No se trata de esnobismo –se defendió Mike–.
Simplemente, cuanto más pobre eres, más fácilmente caes en la tentación. ¿Sigo?
La sombra asintió.
–Dudaron un poco antes de la confrontación.
Naturalmente, Tessa estaba nerviosa con respecto a ese encuentro, que era muy
importante. Además, había estado enferma y tuvo que recibir tratamiento en un
hospital. Cuando por fin fue a Sterries, metió la pata; no por no haber
estudiado la lección... conocía todos los detalles acerca de la familia
Camargue, los conocía como a su propia familia de Boston... sino por la
pronunciación de un nombre italiano. Hablaba castellano, como muchos
norteamericanos, y francés, pero nunca se le ocurrió que tendría que decir algo
en italiano. El resto lo conocemos. Camargue le dijo que la quitaría de su
testamento, de modo que el domingo siguiente se preparó una coartada válida
yendo a una fiesta con Jane Zoffany. Él fue a Sterries, esperó a Camargue en el
jardín y lo ahogó en el lago.
Wexford guardó silencio.
–¿Y bien?
Como corresponde a una persona de autoridad,
sentada en la galería de un anfiteatro, Wexford bajó los pulgares.
–La última parte es más o menos acertada,
cuando dices que lo ahogó. –Se puso de pie–. ¿Nos vamos?
Cuando llegaron a la Maison du Cirque, Burden
seguía murmurando que tenía que ser así, que cualquier otra cosa era imposible.
Delante de ellos, un Citroën 2CV verde brillante acababa de aparcar.
La mujer que bajó y se encaminó en su
dirección, era la encargada de la Fondation Yeuse.
El sol brillaba cruelmente en la piel llena
de marcas. La mujer había hecho todo lo posible por ocultarlas con abundante
maquillaje, pero no le había servido de nada. Mientras se aproximaba a ellos
levantó una mano, casi cubriéndose una mejilla. De cerca se parecía a Camargue,
en su rostro se veían todos los rasgos menos atractivos de la fisonomía de
Camargue: la frente demasiado ancha, la nariz demasiado larga, la boca
demasiado carnosa y, por si fuera poco, la piel llena de acné; tenía la tez
cetrina y el pelo muy oscuro. Pero era una de esas personas poco atractivas que
al sonreír se transforman. Le dedicó una sonrisa insegura y el cambio de
expresión le dio un aspecto amable y bondadoso.
Wexford se presentó. Le explicó que ya la
había visto ese mismo día. Su sorpresa al ser interceptada por dos policías
británicos no parecía fingida. Se había asombrado, pero aparentemente no estaba
nerviosa.
–¿Es algo concerniente al musée... al museo? –preguntó en su inglés con marcado acento francés.
–No, mademoiselle –respondió Wexford–. Debo
confesarle que, hasta esta mañana, jamás había oído hablar de la Fondation
Yeuse. ¿Hace mucho que trabaja allí?
–Desde que dejé la universidad... o sea
dieciocho años. El señor Raoul Yeuse, el comerciante de arte de París, era el
compañero de la hermana de mi padre. Él fundó el museo, ¿comprende? Discúlpeme,
señor, supongo que mi inglés es muy malo.
–Somos nosotros los que debemos disculparnos
por no hablar francés. ¿Podemos entrar en la casa, mademoiselle Lerèmy? Tengo
que comunicarle algo.
¿Ya lo sabía? El anuncio del hallazgo del
cadáver en Dorset no habría aparecido en los periódicos franceses hasta hacía
tres días. Y cuando apareció, ¿habría merecido algo más que un suelto en una
página interior? El asesinato, en Inglaterra, de una mujer desconocida... Los
oscuros ojos de la sobrina de Camargue parecían meramente inocentes e
inquisidores. Los condujo al interior de una sala de techo alto y abrió las
puertas de celosías de cristal que daban a una terraza. Desde la parte de atrás
de la Maison du Cirque se podía ver el borde del anfiteatro y oler las
perfumadas laderas. Pero la casa estaba en un estado lamentable, era muy
grande. Había sido construida para una familia y los criados de esa familia, en
los tiempos en que tal vez el dinero entraba fácilmente y duraba mucho.
Ahora que estaban en el interior, sentados,
se la veía bastante pálida.
–No se trata de malas noticias, espero,
monsieur –miró a ambos con una ansiedad creciente que Wexford creyó comprender.
Dejó que Burden respondiera:
–Noticias graves, pero no angustiosas
personalmente para usted, mademoiselle Lerèmy. Apenas conocía a su prima
Natalie Camargue, ¿verdad?
Meneó la cabeza.
–Estaba casada. No he sabido el nombre de su
esposo. La última vez que la vi ella tenía dieciséis, yo diecisiete. Son muchos
años...
–Ella ha muerto. Para decirlo sin rodeos, ha
sido asesinada, al igual que su tío. Estamos aquí para investigar esos
crímenes. Parece que la misma persona es la que asesinó a ambos. Por los
beneficios, por el dinero.
Ella se llevó las manos a las mejillas.
Retrocedió un poco.
–¡Pero eso es terrible!
Wexford había decidido no comunicarle la
enorme fortuna que estas malas noticias le proporcionarían. Kenneth Ames podría
ocuparse de eso. Si lo que pensaba era cierto, ella necesitaría consuelo. Ahora
debía sacar a colación aquello de lo que estaba convencido. Resultaba extraño,
esta vez casi esperaba haberse equivocado...
Su angustia parecía real. Sus rasgos estaban
contorsionados en una mueca de espanto; su alta y curvada frente, llena de
arrugas.
–Estoy tan apenada, es tan horrible...
–Mademoiselle Lerèmy...
–Cuando era una niña lo vi muchas veces,
monsieur. Me quedé con ellos en Sussex. Natalie era fantástica, siempre riendo,
siempre tan contenta, tiene mucho sentido del humeur. El mundo se ha
convertido en un lugar horrible, monsieur, cuando ocurren cosas como ésta.
–Hizo una pausa y se mordió el labio–. Discúlpeme, no debo decir «monsieur»
tantas veces, ¿no es así? Estoy empezando a entender... –dudó y aventuró–:
¿Últimamente? ¿Recientemente?
Sus palabras hicieron estremecer a Wexford al
comprender que estaba acertado... y también lo perturbaron. ¿Debía
preguntárselo? Burden lo estaba mirando.
Sonó el teléfono.
–Discúlpenme, por favor –dijo.
El teléfono estaba en la misma habitación,
junto a las ventanas. Cogió el auricular bruscamente y el efecto que produjo en
ella la voz de su interlocutor fue digno de compasión. Se ruborizó intensamente
y de algún modo resultó obvio que el rubor se debía a un intenso placer
temeroso, al mismo tiempo que a la vergüenza.
Dijo suavemente:
–Ah, Jean... ¿Volvemos a vernos esta noche?
Claro que está todo bien, es fantástico, muy bien. –Hizo un esfuerzo, en honor
a ellos o a su interlocutor, por mostrarse formal–. Será un gran placer verte
de nuevo.
Entonces él estaba aquí, hablando con ella.
¿Pero dónde estaba? Ahora ella les daba la espalda:
–Cuando hayas terminado tu trabajo, sí. Entends, Jean, iré a buscar... a recoger... a recogerte. ¿A las diez en punto?
–Repentinamente pasó a hablar en un francés rápido.
Wexford no logró entender una palabra pero la
comprendió a ella. Había hablado en inglés a un franco-parlante para que sus oyentes
supieran que tenía un novio, un amante. A pesar de su cara llena de marcas, de
su aspecto poco atractivo, de su edad, de su oscuro trabajo en ese apartado
lugar, tenía un amante del cual hablarle al mundo.
Colgó después de murmurar una o dos palabras
y de una excitada risa. Wexford se puso de pie y le hizo señas a Burden con la
cabeza.
–¿No quiere hacerme preguntas acerca de mi
tío y de mi cousine Natalie, monsieur?
–Ya no es necesario, mademoiselle.
El taxista se había quedado dormido. Wexford
lo despertó con un golpecito en el pecho.
–La Rose Blanche, s’il vous plaît.
El sol se estaba poniendo y proyectaba largas
sombras de color violeta; el aire era dulce y suave.
–El tipo sabe trabajar –opinó Burden.
–El material con que trabaja no podía ser más
maleable.
–¿Cómo? Oh, sí, entiendo lo que quieres
decir. Pobre muchacha. Es una terrible desventaja tener todas esas marcas en la
cara. ¿Crees que lo sabía? Antes de venir, quiero decir. La verdadera Natalie
debía saberlo... Ese tipo de acné suele salir durante la adolescencia, pero
Tessa Lanchester no debía de saberlo. A menos que se enterara mientras reunía
el resto de la información en Santa Xavierita.
–Mrs. Woodhouse debía de saberlo –dijo
Wexford–. De cualquier manera, él sabía que era soltera y una soltera rica, y
sin duda que trabajaba en el museo de aquí. Le resultó bastante fácil trabar
amistad.
–Algo más que amistad –lo corrigió Burden.
–Esperemos que todavía no haya prosperado
demasiado. Seguramente su intención es casarse con ella.
–Probablemente su intención era casarse con
la otra muchacha, pero al final ella no lo querría y por eso la asesinó.–Burden
pareció reconfortado por el gesto de aprobación de Wexford–. Una vez que lo
hizo, comprendió quién era la siguiente heredera y vino hasta aquí lo más
pronto que pudo. Pero aquí hay algo que no tiene sentido. Al colocar el cadáver
en ese cofre, parecía tener la intención de mantenerlo oculto durante meses,
tal vez años, pero la paradoja es que hasta que apareció el cadáver no se
habría supuesto que estaba muerta, y Thérèse Lerèmy no obtendría nada.
Wexford lo miró maliciosamente y dijo:
–Supongamos que, por uno u otro medio,
intentaba probar, como sólo él podía hacerlo, que era Natalie Arno y no Tessa
Lanchester la que se había ahogado en Santa Xavierita en 1976. Si eso se
probaba, Thérèse de inmediato se convertiría en heredera y en realidad habría sido la poseedora legítima de Sterries y del dinero de Camargue, desde seis
meses atrás.
–¿De veras crees que fue así?
–No, no lo creo. Habría sido demasiado audaz,
demasiado riesgoso y lleno de complicaciones. Creo que esto es lo que estaba en
su mente. No quería que el cadáver se descubriera de inmediato ya que si
empezaba a cortejar a Thérèse incluso una mujer tan desesperada como ella
habría sospechado que él sólo quería su dinero. Pero quería que lo encontraran
en algún momento no muy lejano, de lo contrario conquistar a Thérèse no le
habría servido de nada. ¿Qué mejor que la aparición del cadáver se hubiera
producido seis meses después? Y si no ocurría así, siempre tenía la posibilidad
de enviar una carta anónima a la policía.
–Es verdad –reconoció Burden–. Y no había
muchas cosas que lo relacionaran con ello. Si no hubieras ido a California, no
habríamos sabido de su existencia.
Wexford emitió una breve risa.
–Sí, sacamos algún provecho del viaje.
Entraron en el hotel. En la puerta de la
habitación de Burden –donde se habrían separado con el fin de vestirse, o al
menos de acicalarse para la cena–, Burden dijo:
–Entra un momento. Quiero preguntarte algo.
Wexford se sentó en la cama. Desde la ventana
se podía ver, no la plaza y la fuente, sino un laberíntico mosaico de pequeños
tejados contra el fondo de las murallas de la ciudad.
–Me gustaría saber de qué vamos a acusar a
los demás. Me refiero a
Williams, a Zoffany y a Mary Woodhouse. De conspiración,
supongo... ¿pero conspiración para un asesinato?
Wexford reflexionó; sonrió tristemente:
–No vamos a acusarlos de nada.
–¿Quieres decir que sus testimonios serán más
valiosos en calidad de testigos de cargo?
–En realidad, no. No creo que ninguno de
ellos sirva en absoluto como testigo. No fueron testigos de nada y no hicieron
nada. Parecen estar perfectamente libres de culpa, aparte de una mancha (y
calculo que una mancha muy pequeña), adulterio por parte de Zoffany. –Wexford
hizo una pausa–. Esa reconstrucción del caso que hiciste en el anfiteatro...
¿no se te ocurrió que había algo irreal en ella?
–¿Algo ilógico, quieres decir? Tal vez alguna
parte. Seguramente se debe a que se comportaron tan tortuosamente que hay
aspectos que no están claros y nunca lo estarán.
Wexford sacudió la cabeza:
–Irreal. No se puede comparar esto con lo que
se conoce de la naturaleza humana. Mira, por ejemplo, su previsión y su
paciencia. Asesinaron a Natalie en el verano de 1976 y Tessa se hizo pasar por
ella. Muy bien. ¿Por qué no ir directamente a Inglaterra, asegurarse de que Natalie
es la beneficiaría según el testamento de Camargue y luego asesinar a Camargue?
–Sé que es un error, ya lo dije.
–Es más que un error, Mike, es una enorme
barrera sangrienta atravesada en el camino. Piensa en lo que tú y yo creíamos
que hicieron; volver a Los Ángeles, correr el riesgo de resultar sospechosos
para los vecinos, descubiertos por Ilbert... regresar e instalarse en la ciudad
que para ellos era la más peligrosa del mundo. ¿Y para qué?
–Seguramente ella se quedó allí para vender
la casa.
–Pero nunca logró venderla, ¿no es así? No,
una demora de tres años y medio entre el asesinato de Natalie y el de Camargue
es demasiado como para que me lo crea. Sólo puedo sugerir un motivo débil:
estaban esperando que Camargue muriera de muerte natural. Pero, como digo, es
un motivo débil. Bien podría haber vivido otros diez años. –Wexford miró el
reloj–. Ahora te dejo para que te afeites y te duches. Yo tengo suficiente con
arreglarme un poco. Laquin no estará aquí antes de las siete.
Volvieron a reunirse en el bar, donde cada
uno bebió una Stelle Artois. Wexford dijo:
–Lo que tú sugieres es que Tessa vino
finalmente a Inglaterra porque, por intermedio de la cuñada de Zoffany, se
enteró de que Camargue iba a volver a casarse. ¿No te parece un poco inconsistente
que la hermana de Jane Zoffany llegara a saberlo simplemente porque vive en un
pueblo cerca de la Escuela Kathleen Camargue?
–No, en el caso de que los demás la
utilizaran a ella para vigilar a Camargue.
Wexford se encogió de hombros.
–Los demás, sí. Habría cinco: nuestra
protagonista y su amiguito, los Zoffany y la hermana de Jane Zoffany. Cinco
conspiradores trabajando para quedarse con el dinero de Camargue. ¿Correcto?
–Para empezar, sí –dijo Burden–. Finalmente
hubo más, unos ocho o nueve.
–Mary Woodhouse por proporcionar a Tessa
algunas clases particulares, Mavis Rolland por identificarla como una antigua
compañera de escuela, y Williams, el dentista. –Meneó levemente la cabeza–.
Dije que estaba sorprendido por su previsión y su paciencia, Mike, pero eso no
es nada comparado con el trabajo que se tomaron. Es lo que me hace vacilar.
Todos esos conspiradores auxiliares fueron convencidos de que mintieran,
estafaran o vendieran su integridad profesional. Tessa estudió las muestras
antiguas de la escritura de Natalie, tenía moldes de su dentadura, tomó
lecciones para perfeccionar el francés y el castellano de la escuela (aunque se
olvidó de pulir su italiano), mientras uno de lo otros hacía un reconocimiento
de la situación de los terrenos de Sterries y de los hábitos de Camargue. Antes
de esto, la cuñada de Zoffany enviaba información regular a Los Ángeles. Ah, y
no olvidemos, Jane Zoffany soborna a los vecinos para presentar una coartada
falsa. Y toda esta maquinaria fue puesta en marcha y mantenida en movimiento
implacablemente para obtener una casa no muy grande instalada en media hectárea
de terreno y una cantidad
desconocida de dinero que, cuando llegara el momento,
tendría que ser repartida entre ocho personas. No he dejado de pensar en ello y
no puedo creerlo. No podía entender por qué esos dos habían elegido a Camargue
como víctima. ¿Por qué no escoger un magnate? ¿O algún petrolero norteamericano
millonario? ¿Por qué un viejo músico que nunca había sido ni había pertenecido
a la clase de los magnates?
Burden dio una vacilante respuesta:
–Porque su hija cayó en sus manos, se supone.
De todas formas, no hay alternativa. Sabemos que hubo una conspiración, sabemos
que hubo un plan elaborado, y seguramente se puede argumentar que es imposible
comprender las motivaciones de la gente.
–¿Pero no hay alternativa? Dijiste que yo
estaba obsesionado, Mike. Creo que sobre todo me obsesioné por la complejidad
del caso, por la tortuosidad de la protagonista, por la sutileza de la red que
estaba tejiendo. Cuando vi cómo me había equivocado con respecto a eso,
entonces todo se me volvió claro.
–No te sigo.
Wexford bebió su cerveza. Dijo lentamente:
–Sólo entonces empecé a comprender que este
caso no era complicado, que no había tortuosidad, no había complot, ni planes,
ni conspiración, o lo que fuere, y que incluso los dos asesinatos ocurrieron
tan espontáneamente que en realidad no fueron premeditados. –Se levantó y
apartó la silla.
El commissaire Mario Laquin, de las Compagnies
Republicaines de Securité de Grasse, acababa de entrar y escudriñaba la sala.
Wexford levantó una mano. Mientras el commissaire avanzaba hacia la
mesa, él le dijo a Burden con expresión distraída:
–La complejidad estaba en nuestras mentes,
Mike. El caso, por sí sólo, era simple y claro y casi todo lo que ocurrió fue
el resultado de un accidente o del azar.
Para Wexford era una suerte que Laquin
hubiera sido trasladado de Marsella a Grasse unos seis meses atrás, ya que una
o dos veces habían trabajado juntos en diversos casos y desde entonces los dos
policías y sus esposas se reunían cada vez que monsieur y madame Laquin pasaban
sus vacaciones en Londres. De todas formas, en cierto modo le chocó que el
comisario lo abrazara y lo besara en ambas mejillas. Burden se quedó quieto,
intentando mostrar una seca sonrisa, pero sólo logró sentirse atónito.
Laquin hablaba un inglés casi perfecto.
–Escoges sitios encantadores para tus
investigaciones, mi querido Reg. Un pajarito me contó que has pasado dos
semanas en California. Me gustaría tener esa suerte. El año pasado, cuando
estaba a la caza de Honorat L’Eponge, ¿sabes adonde me llevó? A Dusseldorf.
–Bebe algo –invitó Wexford–. Me alegra verte.
No tengo idea de dónde está ese tipo. Ni qué nombre usa aquí.
–Ni siquiera qué aspecto tiene –añadió
Burden. Parecía animado por la presencia de Laquin, a quien esperaba oír hablar
con el acento de Peter Sellers.
–Yo sé qué aspecto tiene –dijo Wexford–. Lo
he visto.
Burden lo miró sorprendido. Wexford no hizo
caso y pidió las bebidas.
–Cenarás con nosotros, ¿verdad? –le preguntó
a Laquin.
–Será un placer. Aquí la comida es excelente.
Wexford sonrió irónicamente:
–Sí, no creo que mañana podamos disfrutarla.
Supongo que tendremos que cogerla en la Maison du Cirque, en casa de esa
desgraciada muchacha.
–No hace mucho que lo conoce, Reg; como
máximo una semana.
–Cuanto más pronto se pueda evitar el
desastre... Tienes razón, por supuesto.
–Para ella será una bendición que la libremos
de él, si quieres saber mi opinión. En un par de años también la habría quitado
de en medio –afirmó Burden.
–Ella dio a entender que él trabaja aquí...
–Reg, desde que Gran Bretaña ingresó en la
Comunidad Europea tus compatriotas ya no necesitan tener permiso de trabajo ni
registrarse. Por tanto, rastrear su paradero sería una larga y laboriosa tarea.
Y ya que sabemos que por la noche estará en la Maison du Cirque...
–Seguro, sí, ya lo sé. Me estoy poniendo
sentimental, Mario, soy un tonto. –Wexford lanzó una lúgubre risa–. Pero no
tanto como para prevenirla a ella y dejar que él se largue en el primer avión a
Suiza.
Después de la bouillabaisse una deliciosa cassoulet para continuar, y una copita de armagnac para cada uno, no eran más de
las nueve. Las diez y media era la hora que Wexford y Laquin habían fijado para
visitar la casa de al lado del anfiteatro. Laquin les sugirió ir a un sitio que
conocía, al otro lado de la Place aux Eaux Vives, donde a veces había baile
flamenco.
Por la noche, en la plaza había una modesta
iluminación de focos. Aparentemente, la fuente era alimentada por un manantial
natural. Mientras ellos cenaban, fueron instaladas varias filas de asientos
para el festival de música que debía empezar al día siguiente. Una cálida brisa
susurraba entre las hojas de los plataneros y los castaños, sobre sus cabezas.
El lugar flamenco se llamaba La Mancha.
Mientras bajaban las escaleras y entraban en una especie de patio o receptáculo
abierto y profundamente hundido, un camarero le informó a Laquin que esa noche
no habría baile. Las paredes eran de piedra amarilla de la cual colgaba una
buganvilla color púrpura intenso. En lugar de los bailarines, salió una chica
vestida de negro, que cantaba al estilo de la Piaf. Laquin y Burden bebieron
vino pero Wexford no pidió nada. Se sentía aburrido e inquieto. Las nueve y
media. Volvieron a subir las escaleras y bajaron por un callejón hasta el
pedregoso espacio enfrente de la catedral.
Había salido la luna, una enorme luna dorada
aplastada como una mandarina. Laquin se sentó en una mesa de la terraza de una
cafetería y pidió café para los tres. Desde aquí se podían ver las murallas de
la ciudad –en parte romanas y en parte medievales– y las toscas piedras
plateadas por la luz de la luna amarilla.
Pasaron unos adolescentes. Según Laquin, iban
camino de la discoteca de la Place de la Croix. Wexford se preguntó si alguna
vez, hacía años, Camargue se habría sentado en ese mismo lugar. ¿Y la mujer
muerta, cuando era una niña? Eran cerca de las diez. En algún lugar de St. Jean
ella estaría encontrándose con él en el pequeño Citroën verde. El Opel amarillo
descapotable probablemente había quedado en el aparcamiento de Heathrow. Sintió
una creciente tensión y al mismo tiempo cierto alivio cuando Laquin se levantó
y, con su estilo coloquial, dijo que debían largarse.
Subieron otra vez por el angosto y sinuoso
desfiladero apretándose contra las paredes de piedra para dejar paso a más
chicos y chicas. Wexford oyó la música mucho antes de que llegaran a la Place
aux Eaux Vives. Una serenata de Mozart. Pensó que era la serenata de Don Giovanni, que sería correctamente interpretada por una mandolina.
Giraron por última vez en el callejón y
enfilaron la amplia plaza. Varias chicas, sin duda también camino de la
discoteca, se agruparon alrededor de la fila más alta de asientos. Rodearon a
un hombre que estaba sentado, tocando la guitarra, y lo hicieron a la manera
anhelante y veneradora de las musas o ninfas de la peana de una estatua de
algún músico famoso. El hombre estaba sentado sobre la parte más alta, y ahora
tocaba un ritmo latinoamericano; no miraba a las chicas sino a través de la
plaza, con mirada errante, como si supiera que en cualquier momento llegaría la
persona a la que esperaba.
–Es él –informó Wexford.
–¿Estás seguro? –preguntó Laquin.
–Absolutamente. Sólo lo vi una vez, pero lo
reconocería en cualquier parte.
–Yo también lo conozco –dijo Burden con tono
incrédulo–. Lo he visto antes. No sé dónde, pero lo he visto.
–No perdamos tiempo.
El pequeño 2CV verde entraba en la place
y el guitarrista lo vio. Rascó las cuerdas con un floreo y saltó de su asiento,
casi atropellando a una de las chicas. No se volvió para mirarla ni se
disculpó; hizo señas hacia donde estaba el coche.
Entonces vio a los tres policías, y
comprendió de inmediato quiénes eran. Dejó caer el brazo. Era un hombre alto y
delgado, de casi cuarenta años, de tez oscura y pelo negro rizado. Wexford se
obligó a no mirar por encima del hombro y verla salir corriendo del coche. Se
limitó a decir:
–John Fassbender, debo advertirle que
cualquier cosa que diga podrá ser utilizada como prueba...
Estaban en Pearl of Africa, tomando lo que
Wexford llamó un almuerzo de celebración. Nadie podría sentir demasiada pena
por Fassbender, de modo que ¿por qué no celebrar su arresto? Burden dijo que
deberían llamarlo almuerzo de dilucidación, porque aún había un montón de cosas
que no había comprendido y quería que se las explicara. Llovía otra vez
torrencialmente. Wexford pidió a Mr. Haq una botella de vino, mosela o riesling
del bueno, nada de las aguas vivientes del lago Victoria. Durante su estancia en
Francia habían adquirido hábitos sibaríticos. Mr. Haq protestó mientras se
dirigía a lo que él llamaba su bodega, a través de la fronda de musgo español
de polietileno.
–¿Hablabas en serio cuando dijiste que no
había conspiración?
–Claro que sí –afirmó Wexford–; y si
hubiéramos tenido un momento después de eso, te habría dicho algo más, algo de
lo que me di cuenta antes de que fuéramos a Francia. La mujer que conocíamos
como Natalie Arno, la mujer que Fassbender asesinó, nunca fue Tessa Lanchester.
Tessa Lanchester se ahogó en Santa Xavierita en 1976, y no tenemos motivos para
suponer que Natalie o Fassbender la conocieran siquiera. La mujer que vino a
Londres en noviembre del año pasado lo hizo solamente porque Fassbender estaba
en Londres. Estaba enamorada de Fassbender y como él había sido deportado dos
veces de Estados Unidos, le resultaba difícil regresar.
–¿Cómo puede haber sido deportado dos veces?
–preguntó Burden.
–Eso es lo que me preguntaba, hasta que se me
ocurrió la posibilidad de la doble nacionalidad. Entonces todo lo referente a
Fassbender se volvió sencillo. Me había estado preguntando si ella tenía dos
amantes, uno inglés y uno suizo. En la mente de la gente había una gran
confusión con respecto a él. Era suizo. Era inglés. Hablaba francés. Hablaba
francés con acento suizo. Fue deportado a Londres. Fue deportado a Ginebra.
Bien, volveré a él dentro de un momento. Basta decir que después que lo
deportaron por segunda vez, ella lo siguió a Londres.
Se interrumpió. Mr. Haq –sonriendo, con los
dientes brillantes a punto de salírsele– trajo el vino, un medoc blanco de
aspecto bastante respetable. Le sirvió a Wexford medio vaso para que lo catara.
Éste bebió un sorbo, con expresión grave. En ocasiones había dicho que
perjudicaría su hígado antes que disgustar a Mr. Haq devolviéndole una botella.
De todos modos, el único defecto de ese vino era su temperatura: alrededor de
veinticinco grados centígrados.
–Excelente –dijo para alegría de Mr. Haq, y
se detuvo, para no agregar: «Delicioso y caliente.» Continuó hablando con
Burden, mientras Mr. Haq se retiraba. Durante la primera ausencia de
Fassbender, tuvo una breve aventura con Zoffany. Imagino que no se debía a otra
cosa que la soledad y que se lo quitó de la cabeza en cuanto Zoffany se marchó.
Pero mantuvo correspondencia con ella y cuando ella necesitó una casa en
Londres, le ofreció un piso. ¿No te dije que era simple y claro? Una vez allí,
se dio cuenta de que Zoffany estaba enamorado de ella y tenía la esperanza de
reanudar la relación (para citar textualmente a Jane Zoffany) en el punto en
que había quedado un año y medio atrás. Ella no lo quería. Zoffany no le
interesaba en absoluto de ese modo, lo que empeoraba las cosas. Si se llevaba a
Fassbender a vivir con ella, ¿Zoffany no se pondría tan celoso y furioso, como
para echarla? No podía vivir en casa de Fassbender, porque éste sólo tenía una
habitación. Lo más prudente era sin duda mantener a Fassbender discretamente en
segundo plano hasta el momento en que pudieran burlar a Zoffany e irse a vivir juntos.
Sabemos que Fassbender necesitaba trabajo y que ella intentó conseguirle algo
por intermedio de Blaise Cory. Lo que quiero señalar es que Zoffany nunca supo
que existiera Fassbender hasta que sorprendió a Natalie hablando por teléfono
con él el mes pasado. Sospecho, aunque no lo sé con certeza, que por parte de ella no había
urgencia en acercarse a Camargue. Probablemente pensaba poco en él. Fue el
anuncio de su compromiso lo que la llevó a ponerse en contacto con él... quizá
porque le recordó la existencia de su padre. Pero no hubo ningún plan
complicado con respecto a ese encuentro, ninguna preocupación por la escritura
ni por el estilo de la carta, ninguna corrección por parte de, digamos, Mrs.
Woodhouse...
Apareció el joven Haq con el primer plato,
langostinos Pakwach. Se trataba de una espantosa mezcla rosada en la que Burden
hundió valientemente la cuchara, antes de decir:
–Puede haber sido así. Es posible que nunca
se conozca la identidad de la mujer que encontramos en ese cofre, pero sabemos
muy bien que era una impostora y una demandante fraudulenta.
–Se conoce su identidad –aseguró Wexford–.
Era Natalie Arno, Natalie Camargue, la única hija de Camargue.
Luego de servirles más vino, Mr. Haq se
deshizo en floridas alabanzas de las diversas posibilidades para el segundo
plato. Había canetón Kioga (pechugas de pato salvaje adobadas en una suculenta
salsa de vino, crema y albahaca) o chuletón Toro (tiernos trozos de carne flambés). La expresión de Burden era de incredulidad y ligeramente
consternada. Por suerte, su irritado «Tráiganos un poco de ese maldito pato»
fue ignorado por Mr. Haq, que sólo respondió cuando Wexford pidió amablemente
dos porciones de canetón.
–No te entiendo –dijo Burden fríamente cuando
Mr. Haq se retiró–. ¿Estás diciendo que la mujer que Camargue se negó a
reconocer, la mujer que se cortó los dedos deliberadamente para no tener que
tocar el violín y cuyos antecedentes estuviste rastreando por todo Estados
Unidos... esa mujer fue en todo momento la hija de Camargue? Estábamos equivocados.
Ames tenía razón; Williams, Mavis Rolland, Mary Woodhouse y Philip Cory tenían
razón, pero nosotros estábamos equivocados. Camargue era un viejo senil medio
ciego que por casualidad cometió un error. ¿Es eso?
–No es eso lo que dije –respondió Wexford–.
Sólo dije que Natalie Arno era Natalie Arno. Camargue no cometió un error,
aunque sería legítimo decir que entendió mal –suspiró–. Fuimos unos estúpidos,
Mike; tú y yo. Ames y
Dinah Sternhold. Ninguno de nosotros vio la simple verdad:
la mujer que visitó a Camargue no fue su hija, pero no lo fue sólo por ese día.
»Verás –prosiguió–, se creó una ilusión, como
resultado de una ingeniosa broma. Sólo que fue una broma que nos hicimos a
nosotros mismos. Éramos los prestidigitadores y sosteníamos los espejos. Dinah
Sternhold me contó que, según Camargue, la mujer que fue a verlo no era su
hija. Yo llegué a la conclusión, igual que Dinah Sternhold y todos nosotros, de
que por lo tanto la mujer que nosotros conocíamos como Natalie Arno no era
su hija. Nunca se nos ocurrió que él pudiera estar en lo cierto y que sin
embargo ella pudiera ser su hija. Nunca se nos ocurrió que la mujer que él vio
podía ser la que pretendía convertirse en su heredera, vivir en su casa y
heredar su dinero.
–¿No era Natalie la que fue allí ese día,
pero era Natalie antes y después? –Burden puso la expresión que ponen las
personas cuando comprenden que han sido engañadas por una estratagema indigna
de su calibre–. ¿Es eso lo que estás diciendo?
–Claro que sí –Wexford sonrió burlonamente y
meneó la cabeza con pesar–. Más vale que te diga aquí y ahora que Natalie no
era la gran bribona que yo pensaba que era. Era cruel, tortuosa y malévola sólo
en mi imaginación. En realidad no estoy diciendo que fuera un ángel. Puede no
haber matado a su padre ni planeado su muerte, pero después hizo la vista gorda
y no tuvo escrúpulos en quedarse con una herencia obtenida por esos medios. Y
tampoco tuvo escrúpulos en apropiarse de los esposos de otras mujeres, ya fuera
transitoria o permanentemente. No era un dechado de virtudes, pero tampoco una
Mesalina. ¿Por qué alguna vez pensé que lo era? En gran medida, y me avergüenza
reconocerlo, porque Dinah Sternhold me lo dijo. Ahora bien, Dinah Sternhold es
una estupenda muchacha. Si ante mí enturbió la reputación de Natalie antes de
que yo la conociera, lo hizo involuntariamente. Verás, la cuestión con Dinah es
que, por extraño que parezca, no cabe duda de que estaba auténticamente
enamorada del viejo. Él era lo suficientemente viejo como para ser su abuelo, pero
ella estaba tan enamorada de él como si hubiera sido cincuenta años más joven.
¿Nunca has reparado que sólo los que sufren los celos más dolorosamente son
quienes dicen: «Yo no soy celoso»? Dinah me lo dijo. Estaba tan terriblemente
celosa de Natalie, y tal vez con motivos. Al casarse con ella, ¿Camargue acaso
no pretendía sustituir a su hija perdida? Entonces, ¿cómo puede haberse sentido
cuando la hija perdida apareció? Dinah estaba celosa y en sus celos,
inconscientemente, sin malicia, describió a Natalie como una intrigante
aventurera, y así enfocó el relato de la visita a Camargue para hacerla
aparecer como una demandante fraudulenta.
–Me gustaría oír tu versión de esa visita.
Wexford asintió. Llegó el pato, modestamente
cubierto con una gruesa salsa marrón. Wexford bebió un sorbo de su vino, ya que
luego de un examen de conciencia decidió que no era muy conveniente hacer traer
otra botella. Probó el pato, que no estaba del todo mal, y luego de unos
instantes dijo:
–Natalie no pudo asistir a la primera cita
que hizo con su padre. En el intervalo le ocurrió algo muy inquietante.
Descubrió un bulto en uno de sus pechos.
–¿Cómo lo sabes?
–Durante la autopsia se descubrió una
minúscula cicatriz en la parte donde se hizo la biopsia –explicó–. Natalie
acudió a su médico y fue enviada al Guy’s Hospital, donde la citaron para el
día en que había arreglado bajar a Sterries. No quería hablar con su padre por
teléfono... supongo que podemos considerarlo una abstención perfectamente
natural en esas circunstancias, y le pidió a Jane Zoffany que lo hiciera.
Permíteme agregar que Natalie era una ama de esclavos congénita y Jane Zoffany
una esclava de nacimiento. Bien, Jane hizo la llamada y acordó una nueva cita
para el día 19. Natalie se presentó en el hospital, donde no pudieron decirle
si el bulto era maligno o no. Debía ingresar en el Hedley Atkins Unit, en New
Cross, para someterse a una biopsia con anestesia. Ocurre que todos tememos al
cáncer, pero quizá Natalie tenía más motivos que la mayoría de nosotros. Había
visto a su joven esposo morir de cáncer, y también a su amiga Tina, pero lo más
traumático para ella era que su madre había muerto de esta enfermedad, y según
se suponía, como consecuencia del acto de su hija. Más aún, cuando ocurrió sólo
tenía unos pocos años más que Natalie. No es de extrañar que estuviera
aterrorizada. Entonces, sin duda debido a algún fallo por parte de la oficina
de correos, la carta en que le comunicaban que debía ingresar en el Hedley
Atkins Unit el 17 de enero no llegó hasta la mañana anterior. Eso significaba
que no podía ir a Kingsmarkham el 19. Imagino que la traía sin cuidado. En ese
momento; lo único que le importaba era no tener cáncer, no ver arruinada su
hermosa figura, no vivir con el pánico de que se reprodujera o de tener una
muerte prematura. Jane Zoffany podría encargarse de su padre por ella,
telefonearle o escribirle, o enviarle un telegrama.
Burden tenía la vista clavada en su plato
vacío; levantó la mirada y se irguió en su asiento.
–¿Fue Jane Zoffany la que bajó allí ese día?
–¿Quién, si no? –dijo Wexford.
–Ella también es delgada, tiene el pelo
oscuro y más o menos la misma edad... ¿Pero por qué? ¿Por qué hacerse pasar por
Natalie? ¿Con qué propósito?
–No fue deliberado –explicó Wexford con tono
malhumorado–. ¿Acaso no dije que en este caso apenas hubo algo deliberado,
planificado o premeditado? Simplemente fue la estúpida conducta embrollona
típica de Jane Zoffany. ¡Y los meses que me llevó descubrirlo! Ese lluvioso día
en el jardín de Sterries, creí tener una ligera idea de la verdad cuando Dinah
dijo qué extraño resultaba que Natalie lograra que los abogados y los viejos
amigos de Camargue le creyeran, y en cambio Camargue, que quería creer, que
estaba ansioso por creer, la vio en esa única ocasión y no creyó en ella
durante más de media hora. Y cuando Jane Zoffany dijo cómo la policía la había
confundido con su hermana, y luego se cubrió la boca con la mano... entonces lo
supe, no necesité que me dijera nada más.
–Pero te contó algo más...
–Claro. Anoche, cuando hablé con ella,
terminó aclarándomelo todo.
–¿Por qué fue a Sterries? –preguntó Burden.
–Por dos razones: quería ver al viejo con sus
propios ojos. Había sido una admiradora suya y no quería que sus sentimientos
quedaran heridos. Sabía que si le telefoneaba y le decía que Natalie tenía que
acudir otra vez al hospital, él pensaría que sólo eran excusas para no verlo y
se sentiría amargamente ofendido. Durante diecinueve años su hija había estado
separada de él, y ahora que había regresado y estaban a punto de reunirse, él
era engañado con una llamada telefónica, y luego con otra. De modo que decidió
ir ella misma a verlo. Pero por supuesto no con la intención de hacerse pasar
por Natalie, nada de eso entraba en su cabeza. Simplemente ella es una criatura
bastante tonta y embrollona que no siempre se muestra mentalmente estable.
–¿Quieres decir –arriesgó Burden– que fue
simplemente porque parecía más amable y más cortés hablarle personalmente? Fue
para explicarle por qué Natalie no podía ir y... bueno, en cierto modo a
confirmar el cariño que Natalie sentía por él. ¿Correcto?
–Algo muy parecido a eso. Y también a echar
una mirada al hombre que había sido aclamado como el flautista más grande del
mundo. –Wexford llamó a Mr. Haq y pidió el café–. Ahora bien –prosiguió–,
Camargue fue el primero que puso en duda la identidad de Natalie, fue él quien
empezó todo esto, fue él quien confundió a Jane Zoffany con su hija porque era a su hija a quien esperaba
ver. Había esperado durante diecinueve años... al fin
y al cabo sin muchas esperanzas. La esperanza se había reavivado en las cinco
últimas semanas y él se encontraba en un estado de tensión muy agudo. Le abrió
la puerta y la abrazó y la besó antes de que ella pudiera decir nada. ¿Intentó
entonces decirle que estaba en un error? Era sordo. Se sentía exaltado por la
emoción. Ella me dijo que se encontraba tan confundida y pasmada que fingió
mientras decidía qué hacer. Dijo que estaba incómoda y que tenía miedo de
desilusionarlo. Le siguió el juego hablándole de la flauta de oro de Cazzini,
que Natalie probablemente le había mencionado, pero que en modo alguno estaba
claramente rotulada... y como no tiene conocimientos de italiano, pronunció mal
el nombre. Sabemos lo que ocurrió después. Camargue la acusó de impostora. Pero
el hecho de que su visitante confesara no fue un sueño de Camargue ni una
fantasía senil. Jane Zoffany admitió abiertamente lo que desde hacía media hora
ansiaba admitir, pero no le sirvió de nada. Camargue estaba convencido de que
se trataba de un engaño para obtener la herencia de Natalie, y la echó de la
casa. Y ésa, Mike, fue la así llamada impostura a la que se llegó, un
malentendido de media hora entre una neurótica bienintencionada y un «viejo
tonto y cariñoso».
Mientras Burden hacía otro intento con el
helado Eau-de-Nil, Wexford se conformó con café. Continuó con su explicación:
–Natalie salió del hospital el 20 de enero y
estaba tan feliz de que la biopsia hubiera terminado que el bulto era benigno
que, en lugar de enfadarse por lo que Jane Zoffany había hecho, simplemente lo
consideró divertido. Como yo decía, ella tenía un claro sentido del humor.
Supongo que le habrá hecho gracia imaginar a ese par atrapado en un
malentendido, la desgraciada Jane Zoffany confesando y el furioso Camargue
poniéndola de patitas en la calle. Pero de todos modos, ¿qué importaba? Ella no
tenía cáncer, estaba sana y bien, en la gloria, y podría aclarar ese disparate
con su padre sin problemas. Sólo quería ver si podía conseguir un trabajo para
su Johnny a través de Blaise Cory y entonces vería a su padre y arreglaría
todo. Pero antes de que pudiera hacerlo, Camargue le escribió informándole que,
de acuerdo con el nuevo testamento que pensaba redactar, no heredaría nada.
–Lo que la llevó –concluyó Burden– a planear
asesinarlo.
–No, no, ya te lo dije. No hubo plan. Estoy
seguro de que incluso después de recibir la carta, Natalie confiaba en que
podría suavizar las cosas con su padre. Tal vez incluso pensó, tal como Dinah
dijo que ella haría, que sería mejor hacerlo después de la boda. Natalie no estaba
demasiado preocupada. Se divertía. El error fue contárselo a Fassbender.
Probablemente por primera vez Fassbender comprendió lo potencialmente rica que
era en realidad su novia.
–¿Por qué dices por primera vez?
–Si lo hubiera sabido antes –replicó
Wexford–, ¿por qué no se casó con ella cuando los dos estaban en California?
Habría sido un modo de asegurarse que no lo deportaran. Ella era ciudadana
norteamericana. En aquellos tiempos, sin duda ella habría estado bastante
dispuesta a casarse con él, de modo que si no lo hicieron debe de haber sido
porque él no consideraba que le sirviera de algo. Lo comprendió en ese momento.
Comprendió que era una ganga para el resto de su vida, sólo si ella no se
mostraba tan despreocupada y perezosa como para abandonarlo todo. Ese domingo,
Natalie asistió a una fiesta con Jane Zoffany. Asistió porque le gustaban las
fiestas, le gustaba divertirse, toda su vida se había dedicado alegremente a
divertirse. No había por qué establecer una coartada. Y estoy seguro de que no
sabía que Fassbender hubiera ido a Kingsmarkham a reconocer el terreno y a
echar un vistazo a la casa y a la opulencia hacia la que Natalie parecía
mostrarse indiferente. Fue por el impulso del momento, por un repentino
arrebato al ver que (literalmente) sus posibilidades se hundían, cuando cogió a
Camargue y lo arrojó al agua, bajo el hielo.
Durante un momento ambos guardaron silencio.
Por fin, Burden dijo:
–¿Le contó a ella lo que había hecho?
Wexford mostró una expresión extraña.
–Supongo que sí. De cualquier manera, ella lo
supo. En el momento de la investigación lo sabía. Pero no sé en qué medida la
preocupaba. Hacía diecinueve años que no veía a su padre, pero seguía siendo su
padre. No le interesaba demasiado delatar a Fassbender, eso es evidente. En
realidad, se podría decir que le interesaba tan poco que estaba dispuesta a
correr riesgos considerables para defenderlo. Sin duda le gustaba lo que lograba
con ello. La vida había sido bastante precaria en los últimos cuatro años, ¿verdad?
Una vez libre de Ilbert, se trataba de vivir al día, e imagino que mientras
estaba en De Beauvoir Place vivía únicamente gracias al alquiler de su casa de
Los Ángeles. Pero ahora tenía Sterries, y el dinero, y todo era maravilloso. Me
gustaría pensar que cuando Fassbender asesinó a su padre, comenzó el proceso en
que Natalie se cansó de él, pero no tenemos pruebas de ello.
–Lo que no entiendo es por qué, ya que era
Natalie Arno, jugaba así, casi fingiendo que no lo era. Corría un terrible
riesgo. Podría haberlo perdido todo.
–No había ningún riesgo –afirmó Wexford–. No
había el menor riesgo. Si no era Natalie, habría muchos modos de probar,
aparentemente, que lo era. Pero como era Natalie, jamás sería posible probar
que no lo era.
–¿Pero por qué? ¿Por qué lo hizo?
Burden nunca había tenido mucho sentido del
humor. Y últimamente, quizá desde que se casara, pensaba Wexford, esta limitada
facultad se había vuelto inactiva.
–Por diversión, Mike –dijo–, por pura
diversión. ¿No te parece que se divirtió enormemente con todo eso? En fin de
cuentas, en aquel momento ella creyó que no había posibilidades de que
asociáramos la muerte de Camargue con esa sucia jugada. ¿Qué daño podría
haberse hecho a sí misma o a Fassbender insinuando tan sutilmente que podía ser
la impostora que Dinah Sternhold afirmaba que era? Y probablemente fue
divertido, imagino. Debió de ser graciosísimo dejarnos sin habla cuando
respondía a las preguntas de Cory y luego me daba esperanzas cortándose los
dedos con un trozo de vidrio. Dije que fuimos unos tontos. Y supongo que yo fui
el tonto más grande. ¿Realmente creí que una impostora habría estado con su
instructora la misma mañana en que, como sabía, iríamos nosotros? ¿Realmente
creí en una coincidencia semejante, como que Mary Woodhouse saliera del piso
por casualidad en el momento en que nosotros entrábamos? Cómo debe de haberse
divertido Natalie pidiéndole a su antigua niñera, o lo que fuera, que pasara a
tomar un café y echándole cuando nuestro coche se detuvo en la puerta... Oh, sí,
todo fue una gran diversión; y, cuando las cosas llegaron demasiado lejos, sólo
tuvo que llamar a su dentista y probar su identidad más allá de toda duda.
Porque Williams, su dentista, es una persona de una integridad irreprochable y
conserva todos sus archivos, y ha ejercido durante mucho tiempo –Wexford llamó
a Mr. Haq–. ¿Quieres más café?
–Creo que no –respondió Burden.
–Entonces, más vale que pida la cuenta. –Mr.
Haq se deslizó a través de la jungla. Wexford prosiguió–: Una vez que probó que
era Natalie Arno, para satisfacción de Symonds, O’Brien y Ames, todo era coser
y cantar. Lo primero que debía hacer era vender Sterries, porque no convenía
que Fassbender se dejara ver demasiado por Kingsmarkham. Pero creo que ya
estaba empezando a cansarse de Fassbender. Tal vez se dio cuenta de que aunque
no había estado preparado para casarse con ella en Estados Unidos, ni siquiera
con el propósito de obtener la residencia legal, estaba ansioso por hacerlo
ahora que ella era rica. Tal vez, después de todo, simplemente decidió que no
tenía sentido casarse. No le habría servido de mucho, ¿no? Sólo se había casado
una vez y había sido viuda durante nueve años. ¿Y qué sentido tenía casarse
ahora que disponía de dinero propio y era dichosamente independiente? Sin embargo,
este tipo de especulación es inútil. Baste con decir que había intentado
casarse con Fassbender, pero cambió de idea. Discutieron por esta causa la
misma noche antes de irse juntos de vacaciones, y en su cólera al ver que se le
negaba el dinero por el que había matado al viejo y había ido a la cárcel, la
atacó y le cortó el cuello. Puso el cadáver en el cofre y le echó llave,
sabiendo que sería trasladado por Dorset al día siguiente. Entonces fue en el
Opel amarillo a Heathrow y utilizó uno de los dos billetes de avión que habían
comprado para irse de vacaciones al sur de Francia.
Wexford pagó la cuenta. Era modesta, como
siempre. Meses atrás tenía que haber detenido a Mr. Haq por infracción según la
ley de Calificaciones del Comercio. Ahora no lo haría. Salieron a High Street
donde, inexplicablemente, el sol empezaba a brillar. Las aceras estaban
completamente secas y las densas nubes grises se alejaban presurosas hacia el
horizonte.
El Kingsbrook se agitaba bajo el viejo puente
de piedra como un río durante una crecida invernal. Burden se inclinó sobre el
antepecho.
–Cuando caímos sobre Fassbender en ese lugar
de Francia, tú ya lo conocías –dijo–. ¿Cómo lo conociste? Lo habías visto en
Estados Unidos, ¿no es cierto?
–Por supuesto que no. Él no estaba en Estados
Unidos durante mi estancia allí. Para ese entonces, hacía más de un año que
había regresado.
–¿Entonces dónde lo habías visto?
–Aquí. Retrocedamos hasta el comienzo de este
caso. Allá por enero, después que Camargue murió. Él también estuvo en Sterries,
Mike. ¿No lo recuerdas? Tú también lo viste. Cuando lo detuvimos, dijiste: «Lo
he visto en algún sitio antes.»
Burden hizo un gesto, como descartando la
idea:
–Sí, sé que lo dije. Pero me equivocaba. No
pude haberlo visto, lo confundía con alguna persona. Nadie podría olvidar ese
nombre.
En lugar de responder a esto, Wexford añadió:
–El padre de Fassbender era un suizo que
vivió aquí sin nacionalizarse nunca. No sé qué era o qué es su madre, apenas
importa. John Fassbender nació aquí y tenía doble nacionalidad, la suiza y la
británica, algo que no es inusual. Ilbert lo hizo deportar a este país en 1976,
pero por supuesto no había nada que le impidiera volver a Estados Unidos con su
pasaporte suizo. Cuando Romero lo denunció tres años más tarde, fue enviado de
vuelta a Suiza, pero pronto regresó aquí. Probablemente le gustaba más estar en
este país. Tal vez, sencillamente prefería nuestras cárceles... había visto
bastantes.
–Grabó un disco, ¿es eso?
Wexford soltó una carcajada:
–¿Por casualidad no llevas encima tu
diccionario de alemán?
–Como imaginarás, no voy por ahí con
diccionarios a cuestas.
–Es una lástima. No sé por qué hemos venido
hasta aquí arriba. Será mejor que nos pongamos bajo techo; el cielo está
cargado.
Empujó a Burden hasta los escalones del
interior del Kingsbrook Precinct. Una enorme gota de lluvia salpicó la placa de
cobre de Symonds, O’Brien y Ames, y algunas otras el escaparate de la agencia
de viajes, desdibujando el cartel que aún invitaba a los clientes a la soleada
California.
–Aquí –dijo Wexford y empujó la puerta de la
librería. La sección dedicada a los diccionarios estaba en la parte de atrás,
al costado izquierdo. Wexford cogió un volumen con sobrecubierta verde y
amarilla–. Quiero que busques una palabra. Supongo que no te servirá de mucho
en tus estudios, pero si quieres saber dónde viste antes a Fassbender, deberás
averiguar qué significa su nombre.
Burden puso el diccionario encima del
mostrador y empezó por la letra F. Levantó la vista:
–Fassbender: fabricante de toneles, fabricante
de barriles...
–¿Y bien?
–Un tonelero...[3]
–vaciló y luego dijo lentamente–: John Cooper, treinta y seis años, Selden
Road, Finsbury Park. Entró a Sterries la noche anterior a la investigación de
Camargue.
Wexford devolvió el diccionario a su estante.
–Durante la guerra, su padre se puso Cooper
de apellido... en esos tiempos Fassbender no era generalmente bien aceptado...
pasaba lo mismo que con Beethoven y los pastores alemanes, se supone.
Fassbender conservó su pasaporte británico como Cooper y el suizo como
Fassbender. El robo fue el único plan que él y Natalie idearon, y fue hecho
irreflexivamente. Fue una medida desesperada, tomada en lo que ellos
consideraron una situación desesperada. Por supuesto, lo que alertó a Natalie
fue que Mrs. Murray-Burgess le dijera a Muriel Hicks que había visto un sujeto
de aspecto sospechoso en los terrenos de Sterries y que sin duda lo
reconocería. El único detalle era que no podía recordar exactamente qué noche
lo había visto. Natalie y Fassbender sabían de qué noche se trataba,
naturalmente. Sabían que era la noche que Camargue había muerto ahogado. De
modo que inventaron un robo. Natalie durmió en el dormitorio de su difunto
padre, no para mantenerse alejada del merodeador y enamorado Zoffany, menos aún
para herir los sentimientos de Muriel Hicks, sino para estar en una habitación
donde fuera verosímil que hubiera oído la rotura de vidrios y visto el número
de la matrícula de la furgoneta. Tenía que haberlo visto, para facilitarnos el
hecho de coger a Fassbender. Entonces Mrs. Murray-Burgess podía hacer lo que le
viniese en gana... era un ladrón lo que había visto, no un asesino. Como
resultado, lo condenaron a cuatro meses. Salió en junio, con una remisión de
dos meses por buena conducta.
–Sólo lo vi una vez –reflexionó Burden–; En
la comisaría, cuando lo acusamos...
–...de birlar seis cucharas de plata
–concluyó Wexford–. Vamos, ya no llueve.
Había vuelto a salir un sol brillante,
convirtiendo los charcos en deslumbrantes espejos.
Burden dijo vacilantemente:
–Fue un poco exagerado, ¿no te parece? Quiero
decir que la reacción de ellos fue desmesurada. En primer lugar supusieron que
Mrs. Murray-Burgess acudiría a nosotros y, en segundo lugar, que si lo hacía
relacionaríamos la presencia de un sujeto en el jardín de Sterries una noche
indeterminada con la muerte accidental de un viejo.
–Hubo algo más –especificó Wexford con una
sonrisa–. Ella me había visto, ¿sabes?
–¿Qué te había visto? ¿A qué te refieres?
–A la investigación de Camargue. En aquel
momento tú dijiste que la gente pensaría cosas, y tenías razón. Alguien debe de
haberle dicho a Natalie quién era yo, y fue suficiente. Yo fui sólo porque
nuestra calefacción se había averiado y estaba buscando algún lugar donde estar
abrigado, pero ella no lo sabía. Pensó que estaba allí porque desde el
principio sospechábamos la jugada.
Burden se echó a reír.
–Vamos –propuso Wexford–, guardemos los
títeres y cerremos la caja. Nuestra obra ha llegado a su fin.
Y bajo la brillante luz del sol, subieron por
la calle en dirección a la comisaría.
[1] Windy significa «ventoso», «expuesto al viento». (N. de
la T.)
[2] Juego de palabras entre Bayeux (tapiz de Bayeux) y Doomsday (día
del juicio final). (N. de la T.)
[3] En inglés, cooper significa tonelero, fabricante de
barriles. (N. de la T.)

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