LOS HILOS DEL AZAR
(No More Dying Then, 1971)
Ruth Rendell
1
La ola de
calor que acostumbra sacudir Inglaterra a mediados de octubre se conoce como
veranillo de San Lucas. Lo de «veranillo» no precisa explicación; lo de San
Lucas se debe a que coincide con el 18 de octubre, esto es, el día del santo en
cuestión. Asoleándose bajo el cálido sol otoñal, el sargento Camb comunicó esa
interesante pero inútil información a Harry Wild y sonrió como dando por
zanjada la cuestión.
–¿De
veras? Tal vez escriba un artículo sobre el tema. –Wild chupó su pipa vieja y
hedionda, apoyó sobre el mostrador los codos con remiendos de cuero y bostezó–.
¿No tienes nada más sugerente?
Camb
absorbió el bostezo y bostezó a su vez. Comentó por tercera vez lo bochornoso
que resultaba aquel calor y abrió el libro.
–Colisión
de dos vehículos en Kingsmarkham, en el cruce de las calles High y Queen
–leyó–. No hay heridos. Ocurrió el domingo pasado. Pero ésa no es noticia para
el Courier, ¿me
equivoco? Muchacha de diecisiete años desaparecida, pero ya hemos averiguado su
paradero. Ah, y un mandril escapó de la tienda de animales... –Wild levantó la
mirada con expresión vagamente interrogativa–. Finalmente lo hallaron en la
terraza de la tienda, hurgando en el cubo de la basura.
–Vaya
porquería –protestó Wild al tiempo que guardaba la libreta–. En todo caso, yo
he optado por la vida tranquila. Si quisiera, mañana mismo me instalaba en
Fleet Street. Una sola palabra y estaría ya en la capital, donde ocurren las
cosas importantes.
–No lo
dudo. –Camb sabía perfectamente que Wild era reportero jefe del Kingsmarkham Courier porque su haraganería y su ineptitud, a las que ahora se añadía su
avanzada edad, lo convertían en personaje no apto para un periódico más
ilustre. Wild llevaba más años visitando asiduamente la comisaría de los que
Camb quería recordar, y en cada ocasión hablaba de Fleet Street como si él
hubiese rechazado el puesto y no el puesto a él. Con todo, él y sus compañeros
le seguían la corriente por simpatía y para mantener la fiesta en paz–. Mi caso
es semejante al tuyo –afirmó el sargento–. La de veces que el señor Wexford me
ha rogado que considerara mi incorporación al Departamento de Investigación
Criminal. Pero no. Aunque desde luego estoy capacitado para el puesto, no soy
hombre ambicioso.
–No lo
dudo –dijo Wild, devolviendo fielmente el cumplido–. ¿Adónde lleva la ambición?
Mira al inspector Burden, por ejemplo. Aún no ha cumplido los cuarenta y ya
está destrozado.
–Sí, pero
no hay que olvidar que el hombre ha sufrido mucho. Perder a su mujer de ese
modo, y con dos hijos que criar.
Wild
suspiró con pesar.
–Aquello
sí fue una tragedia. Murió de cáncer, ¿no?
–En
efecto. El año pasado por estas fechas estaba sana como una manzana, y para
Navidad ya había muerto, con sólo treinta y cinco años. Son cosas que te hacen
reflexionar.
–Murió en
la plenitud de la vida. Y por lo que parece él no levanta cabeza. Imagino que
la adoraba.
–Más que
marido y mujer parecían tortolitos. –Camb carraspeó y se puso firme en el
instante en que el ascensor se abrió y emergió de él el inspector jefe Wexford.
–¿Otra
vez cotilleando, sargento? Buenas tardes, Harry. –Wexford echó un vistazo a las
dos tazas de té vacías que descansaban sobre el mostrador–. Este lugar se
asemeja cada vez más a una tertulia de la asociación de madres de familia.
–Estaba
explicando al señor Wild el caso del mandril –se defendió dignamente Camb.
–¡Caray,
menudo notición! Seguro que puedes sacarle jugo, Harry. Un mandril aterroriza a
la población, las madres no pierden de vista a sus hijos. ¿Alguna mujer puede
estar a salvo mientras esa bestia salvaje ronda por nuestras praderas?
–Lo han
encontrado, señor. Estaba en un cubo de basura.
–Sargento,
si no le creyera incapaz de ello, diría que está tomándome el pelo –espetó
Wexford, sonriendo para sus adentros–. Cuando venga el inspector Burden, dígale
que he salido. Quiero disfrutar del veranillo indio por unas horas.
–Veranillo
de San Lucas, señor.
–¿No me
diga? En fin, admito mi error. Ojalá dispusiera de tiempo para profundizar en
tan fascinante rama de la meteorología. Te llevo a donde quieras, Harry, si ya
has acabado con tus intrigas.
Camb
sonrió con disimulo.
–Gracias
–aceptó Wild.
Eran más
de las cinco, pero el calor todavía apretaba. El sargento se desperezó y deseó
que Peach llegara pronto para poder enviarlo a la cantina por otra taza de té.
Media hora más y sería hombre libre.
En ese
momento sonó el teléfono.
Una voz
femenina, grave y sonora; como de actriz, pensó Camb.
–Lamento
molestarlo, pero mi pequeño... Está... estaba jugando en la calle y... ha
desaparecido. Tal vez esté haciendo una montaña de un grano de arena, pero...
–No es
ninguna molestia, señora –la tranquilizó Camb amablemente–. Para eso estamos,
para que nos molesten. ¿Cómo se llama?
–Lawrence.
Vivo en el 61 de Fontaine Road, Stowerton.
Camb
vaciló por un instante. Entonces recordó que Wexford había ordenado que todos
los casos de niños desaparecidos se notificaran al Departamento de
Investigación Criminal. No querían otra Stella Rivers...
–No se
preocupe, señora Lawrence. Le pasaré con alguien que podrá ayudarla. –Conectó
la centralita y oyó la voz del sargento Martin. Luego colgó el auricular.
El
sargento Camb suspiró. Era una lástima que el viejo Harry se hubiera marchado
tan deprisa, justo cuando surgía la primera noticia importante de las últimas
semanas. Podría darle un telefonazo... Al día siguiente sin falta. Seguro que
el niño aparecería tarde o temprano, como el mandril. En Kingsmarkham las
personas y las cosas extraviadas casi siempre aparecían, y en condiciones más o
menos satisfactorias. Camb volvió la cabeza hacia el sol como quien hace girar
una tostada sobre la luz encarnada de una hoguera. Las cinco y veinte. A las
seis estaría sentado a la mesa de su casa de Severn Court, en Station Road.
Después de cenar, un paseo con su mujer hasta el Dragón y luego un poco de
televisión...
–¿Echando
un sueñecito, sargento? –preguntó una voz fría y afilada como una cuchilla de
afeitar sin estrenar. Camb se sobresaltó.
–Lo
siento, señor Burden, pero este calor es soporífero. El veranillo de San Lucas
lo llaman, porque...
–¡Déjese
de tonterías, maldita sea! –Antes de la tragedia, Burden jamás blasfemaba. En
la comisaría se mofaban de él porque nunca mencionaba el nombre del Señor en
vano, ni maldecía ni recurría a las palabrotas que todos los demás empleaban.
Camb prefería los viejos tiempos. Notó que el rubor le subía por las mejillas,
y no era por el sol. Burden espetó–: ¿Algún mensaje?
Camb miró
al inspector con tristeza. Sentía verdadera lástima por su afligido colega, y
por eso le perdonaba que lo humillase y avergonzara delante de Martin y Gates,
e incluso de Peach. Camb no alcanzaba a imaginar lo que significaba perder una
esposa, la madre de tus hijos, el vivir solo y apesadumbrado. Burden estaba muy
delgado. Los pómulos, prominentes y afilados, le tensaban la piel, y su mirada,
de un brillo inquietante, se hacía insufrible cuando se ahondaba en ella. En
tiempos había sido un hombre bastante atractivo, típicamente inglés, rubio y
coloradote, pero ahora el color y la vida lo habían abandonado y todo en él era
gris. Aún lucía corbata negra, con el nudo tan apretado que parecía estar a
punto de ahogarse.
Recién
ocurrida la tragedia el sargento expresó al inspector Burden su condolencia
como todos los demás, y estuvo bien, era lo correcto. Luego, con el tiempo,
intentó decirle algo más sincero, más personal, y Burden arremetió contra él
como una espada afilada. Le dijo cosas horribles. Resultó más duro oírlas de
aquellos labios templados y fríos que de las bocas de los ignorantes de
Kingsmarkham que habitualmente las utilizaban. Era como pedir en la biblioteca
un escrito por un autor que uno aprecia y al abrirlo leer una palabra que antes
se imprimía con una p y un guión.
Así pues,
a pesar de que Camb deseaba decirle algo amable –¿acaso no tenía edad
suficiente para ser su padre?–, se limitó a suspirar y contestar con tono
solemne:
–El señor
Wexford ha salido. Dijo que...
–¿Eso es
todo?
–No,
señor. Ha desaparecido un niño y...
–¿Por qué
demonios no lo ha dicho antes?
–El
asunto está bajo control –espetó Camb–. Martin ha sido informado y se ha
encargado de telefonear al señor Wexford. Mire, señor, no es mi intención
entrometerme en sus asuntos, pero, en fin... ¿por qué no se va a casa y
descansa?
–Cuando
necesite su consejo se lo pediré. El último niño que desapareció aún no ha sido
encontrado. No pienso irme a casa. –«No tengo un motivo por el que ir a casa.»
No lo dijo, pero las palabras estaban ahí, y el sargento las oyó–. ¿Le
importaría ponerme con mi casa?
Camb
obedeció. Al oír la voz de Grace Woodville, pasó el auricular a su cuñado.
–¿Grace?
Soy Mike. No me esperes a cenar. Ha desaparecido un niño. Llegaré a eso de las
diez.
Burden
colgó el auricular con violencia y se encaminó hacia el ascensor. Camb quedó
abstraído, contemplando las puertas, hasta que diez minutos más tarde el
sargento Mathers llegó para sustituirlo en el mostrador.
La casa
de Tabard Road se conservaba tal como en vida de Jean Burden. Los suelos
relucían, las ventanas deslumbraban y en las macetas de cerámica había flores,
crisantemos en esta época del año. En esa casa se servía sencilla comida
inglesa y los niños gozaban del aspecto cuidado de los niños que tienen una
madre cariñosa y atenta. Las camas estaban hechas a las ocho y media, el turno
de la colada era a las nueve y una voz alegre daba la bienvenida a los que
volvían al hogar.
Grace
Woodville se había encargado de que así fuera. Para ella la única forma de
dirigir la casa y comportarse con los niños era como lo hacía su hermana.
Incluso se parecía a ésta tanto como es posible entre dos mujeres que no son
gemelas. Y había funcionado. A veces pensaba que John y Pat casi habían
olvidado a Jean. Acudían a ella cuando se hacían daño, los acuciaba algún
problema o tenían algo interesante que contar, exactamente como hacían con
Jean. Parecían felices, recuperados de la herida sufrida en Navidad. Había
funcionado con ellos y con la casa y con la forma de dirigir las cosas, pero no
había funcionado para Mike. Por supuesto que no. ¿Acaso llegó a creer que
funcionaría?
Grace
colgó el auricular, se miró en el espejo y vio el rostro de Jean. Cuando Jean
aún vivía su cara nunca había sido como la de ella, sino muy diferente, más
firme y cuadrada, denotaba más satisfacción y –¿por qué no decirlo?–
inteligencia. Ahora se parecía a la de Jean. Había perdido vida, ingenio, y no
le sorprendía, dado el modo en que transcurrían sus días, siempre cocinando y
limpiando, consolando y aguardando en casa a un hombre que lo daba todo por
hecho.
–¿John?
–dijo Grace–, era tu padre. No regresará hasta las diez. Creo que deberíamos
cenar, ¿qué te parece? –La hermana de John estaba en el jardín, recogiendo
orugas para la colección que guardaba en el garaje. Al contrario de otras
mujeres, Grace temía más a las orugas que a los ratones o las arañas, pero
tenía que fingir que le gustaban e incluso recrearse en su contemplación,
porque ella era todo lo que Pat tenía como madre–. ¡Pat! La cena está lista. No
tardes.
La niña
tenía once años. Entró y abrió la caja de cerillas que llevaba en la mano.
Grace se estremeció cuando vio la enorme cosa verde que había dentro.
–Preciosa
–dijo con voz débil–. Es una oruga del tilo, ¿verdad? –Se había documentado y
Pat, como todos los niños, valoraba a los adultos que mostraban interés.
–Mira que
carita tan dulce tiene.
–Espero
que se convierta en crisálida antes de que las hojas comiencen a caer. Papá no
viene a cenar.
Pat se
encogió de hombros con gesto de indiferencia. Últimamente no quería demasiado a
su padre. Él había amado más a su esposa que a su hija, lo sabía, pero también
sabía que ahora su padre debería quererla más que nunca para paliar la pérdida
de su madre. Un profesor de la escuela le había asegurado que pronto lo haría,
que todos los padres lo hacían. Ella esperó, pero él no reaccionó. Su padre
siempre había trabajado hasta muy tarde, pero últimamente estaba fuera de casa
casi todo el tiempo. Ella había volcado su amor básico e instintivo en su tía
Grace. Íntimamente deseaba que John y su padre desaparecieran y la dejasen sola
con su tía. Entonces lo pasarían en grande recogiendo orugas cada vez más raras
y leyendo libros de ciencia e historia natural y del ballet Bolshoi. Se sentó a
la mesa, al lado de Grace, y atacó el pastel de pollo y jamón, que sabía
exactamente como el que hacía Jean.
–Hoy en
la escuela hemos tenido un debate sobre la igualdad de sexos –dijo John.
–¡Qué
interesante! –exclamó Grace–. ¿Y tú que dijiste?
–Dejé que
fueran los demás quienes hablaran. Sólo dije que el cerebro de la mujer pesa
menos que el del hombre.
–Eso no
es cierto –intervino Pat.
–Sí que
lo es. Pesa menos, ¿verdad, tía Grace?
–Me temo
que sí –admitió Grace, que había sido enfermera–. Pero eso no significa que la
mujer sea menos inteligente.
–Seguro
que mi cerebro pesa más que el tuyo –dijo Pat mirando a su hermano con rencor–.
Tengo la cabeza más grande. De todos modos, los debates me aburren, demasiada
charla.
–Come,
cariño.
–Cuando
sea mayor –continuó Pat, iniciando su tema favorito–, no hablaré ni discutiré
ni haré cosas aburridas. Obtendré el título. No, esperaré a sacarme el
doctorado, y entonces viajaré a Escocia y realizaré un importante estudio sobre
los lagos y encontraré los monstruos que viven en ellos y después...
–En los
lagos de Escocia no hay monstruos –le dijo John–. Jamás han encontrado ninguno.
Pat
ignoró el comentario de su hermano.
–Tendré
submarinistas y un barco especial y una tripulación y tía Grace estará en la
estación cocinando y cuidando de nosotros.
John y
Pat comenzaron a discutir furiosamente. Podía ocurrir, pensaba Grace. Eso era
lo terrible, que podía ocurrir. A veces se imaginaba viviendo en esa casa hasta
que los niños fueran mayores y ella una vieja, y siguiendo a Pat en calidad de
criada. ¿Qué otra cosa sabría hacer para entonces? ¿Y qué importaba si su
cerebro pesaba más, menos o lo mismo que el de un hombre si estaba atrapada en
una casita de Sussex, atrofiándose?
Cuando
Jean falleció, ella trabajaba de enfermera en un gran hospital pedagógico de
Londres, y había recurrido al permiso de seis semanas que le debían para cuidar
de Mike y sus hijos. Sólo serían seis semanas. Uno no invierte varios años de
su vida estudiando, sufriendo recortes salariales para obtener títulos
superiores, viviendo dos años en Estados Unidos a fin de profundizar en los
últimos avances de la obstetricia en una clínica de Boston, para luego
renunciar a todo. La junta del hospital le aconsejó que no lo hiciera, y ella
rió. Pero las seis semanas se convirtieron en seis meses, en nueve, en diez, y
ahora su puesto en el hospital lo ocupaba otra persona.
Contempló
pensativa a los niños. ¿Cómo podía abandonarlos ahora? ¿Cómo podía siquiera
pensar en abandonarlos en los siguientes cinco años? Y para entonces Pat sólo
tendría dieciséis.
El
culpable de todo era Mike. Resultaba duro decirlo, pero era la verdad. Muchos
hombres perdían a sus esposas, y se adaptaban. Con el salario y las dietas de
Mike podían permitirse una sirvienta. Pero no era sólo eso. Un hombre de la
inteligencia de Mike tenía que darse cuenta de lo que estaba haciéndoles a ella
y a los niños. Ella había llegado a esa casa atendiendo las súplicas
desesperadas de Mike, convencida de que contaría con su apoyo, de que él haría
un esfuerzo por estar en casa por las noches, por sacar a los niños los fines
de semana y compensarles por la pérdida de su madre. Pero no había hecho nada
de eso. ¿Cuánto hacía que no pasaba una tarde en casa? ¿Tres semanas? ¿Cuatro?
Y no siempre era a causa del trabajo. Una tarde, cuando Grace ya no pudo
soportar el rostro amargo y díscolo de John, telefoneó a Wexford, quien le
comunicó que Mike se había marchado a las cinco. Una vecina le dijo más tarde
dónde estaba. Lo había visto sentado en el coche, en uno de los senderos del
bosque de Cheriton, con la mirada fija en los árboles rectos, paralelos,
interminables.
–¿Os
apetece mirar la televisión? –propuso Grace, tratando de infundir ánimo a su
voz–. Creo que dan una buena película.
–Tengo
muchos deberes –se excusó John–, y no podré hacer los de matemáticas hasta que
mi padre regrese. ¿Has dicho que llegaría a las diez?
–Alrededor
de las diez.
–Entonces
me voy a mi habitación.
Grace y
Pat se sentaron en el sofá y miraron la película. Trataba de la vida familiar
de unos policías y se correspondía muy poco con la realidad.
Burden
condujo hasta Stowerton cruzando el barrio nuevo y la antigua High Street.
Fontaine Road discurría paralela a Wincanton Road, y allí, muchos años atrás,
él y Jean habían alquilado un piso por seis meses poco después de casarse. Cada
vez que recorría Kingsmarkham y sus alrededores, tropezaba con algún lugar
donde había estado o había visitado con Jean por algún motivo especial. No
podía evitarlos, y cada vez que los veía se le abría una nueva herida cuyo
dolor no decrecía. Desde el fallecimiento de su esposa había evitado Wincanton
Road, pues allí habían sido particularmente felices, una pareja de jóvenes
amantes que descubría el significado del amor. Había tenido un mal día, por
algún motivo estaba especialmente sensible e irritable, e intuía que la visión
del edificio donde habían vivido sería la gota que colmaría el vaso.
Probablemente perdería el control y se quedaría clavado delante de la puerta,
llorando.
Ni
siquiera miró el nombre de la calle cuando pasó, y en todo momento mantuvo la
mirada al frente. Dobló a la izquierda para coger Fontaine Road y se detuvo
ante el número 61.
La casa
era realmente fea, construida ochenta años atrás y rodeada de un jardín salvaje
y descuidado, repleto de árboles frutales cuyas hojas cubrían la hierba. La
vivienda, una construcción de ladrillos verde caqui, mostraba un tejado de
pizarra casi plano. En comparación con las minúsculas ventanas de guillotina,
la puerta principal resultaba enorme, desproporcionada, un armatoste grande y
pesado con vidrieras rojas y azules. Estaba entreabierta.
Burden no
entró. El automóvil de Wexford estaba aparcado junto a otros coches patrulla
frente a la valla que separaba el fin de la calle de la explanada que el
Ayuntamiento de Stowerton había convertido en parque infantil. Más allá había
más prados, árboles, el campo ondulante.
Wexford
estaba dentro del coche, estudiando un mapa del Estado Mayor. Observó a Burden
mientras se acercaba y dijo:
–No te
esperaba tan pronto. Acabo de llegar. ¿Hablas tú con la madre o hablo yo?
–Hablaré
yo –dijo Burden.
Del
portal del número 61 pendía una aldaba pesada que representaba una cabeza de
león con una anilla en la boca. Burden acarició la aldaba y empujó la puerta
hacia adentro.
2
En el
vestíbulo había una mujer joven con las manos cruzadas sobre el regazo. Lo
primero que llamó la atención de Burden fue su cabello, del color de las hojas
muertas del manzano que habían irrumpido para posarse sobre las baldosas del
suelo del pasillo. Ni liso ni rizado, era de un tono cobrizo, ardiente,
voluminoso y fulgurante, como alambre fino o hilo devanado que destacaba sobre
su rostro menudo y pálido y le caía hasta media espalda.
–¿Señora
Lawrence?
La mujer
asintió.
–Soy el
inspector Burden, del Departamento de Investigación Criminal. Antes que nada
necesito una fotografía de su hijo y alguna prenda que haya utilizado
recientemente.
La señora
Lawrence contempló al inspector con mirada atónita, como si tuviera delante a
un clarividente capaz de intuir el paradero de su hijo desaparecido sólo con
tocar sus ropas.
–Para los
perros –aclaró amablemente Burden.
La mujer
subió al primer piso y él la oyó abrir y cerrar enfebrecidamente los cajones.
Naturalmente, pensó Burden, tenía que tratarse de una casa desordenada, donde
nada estaba en su debido lugar. La mujer bajó corriendo con una chaqueta del
colegio color verde botella y una fotografía ampliada. Burden contempló el
retrato mientras salía rápidamente a la calle. Mostraba un muchacho fuerte y
robusto, no demasiado limpio ni aseado, pero indudablemente bello, de cabello
rubio y espeso y grandes ojos oscuros.
Los
hombres que habían acudido para participar en la búsqueda aguardaban dispersos
en grupos, unos en el parque, otros en torno a los coches patrulla. Había unos
sesenta o setenta entre vecinos, amigos, parientes de los vecinos y otros que
habían llegado desde más lejos en bicicleta. Burden siempre se sorprendía de la
velocidad con que se propagaban las noticias de esa índole. Apenas eran las
seis. Hacía sólo media hora que la policía había sido alertada.
Se acercó
al sargento Martin, que parecía inmerso en una riña con uno de los hombres, y
le entregó la fotografía.
–¿Qué era
todo ese jaleo? –preguntó Wexford.
–Ese tipo
me dijo que me metiera en mis asuntos porque le advertí que necesitaba unos
zapatos más gruesos. Eso pasa por recurrir a la población civil, señor. Siempre
se creen que lo saben todo.
–No
podemos pasar sin ellos, sargento –le recordó Wexford–. En momentos como éste
necesitamos a todos los hombres disponibles, tanto policías como civiles.
La pareja
de rastreadores más eficaz y experta no pertenecía, por decirlo de algún modo,
a ninguna de esas categorías. Sentados a cierta distancia, observaban a los
hombres con receloso desdén. El pelaje de la perra alsaciana brillaba como el
raso bajo el sol agonizante, en tanto que el del pastor alemán era mate y
áspero, como el de un lobo. Después de aconsejar al hombre que había sufrido el
altercado con el sargento Martin que no se acercara a los perros –le pareció
que se disponía a acariciar al pastor alemán–, Wexford entregó la chaqueta al
cuidador de la perra alsaciana.
Mientras
los perros olfateaban la prenda con sus hocicos afilados, Martin formó a los
hombres en pelotones de doce y puso un guía al frente de cada uno de ellos.
Faltaban linternas y Wexford maldijo la estación en que se hallaban por el
engañoso calor diurno y la rapidez con que caía la fría noche. Por el cielo
rojizo aparecían ya espigas de nubes oscuras y amenazaba una helada.
Oscurecería antes de que las partidas de búsqueda alcanzaran el bosque, que se
inclinaba como un oso negro y peludo sobre los confines de los campos.
Burden
observó los minúsculos ejércitos cruzar el parque infantil e iniciar la larga
cacería que los llevaría más allá de Forby. Una luna glacial en fase menguante
asomó entre los árboles. Si la nube negruzca que flotaba ante ella se disipaba
y le permitía brillar, valdría más que todas las linternas juntas.
Las
mujeres de Fontaine Road, que habían salido a la puerta de sus casas para ver a
los hombres partir, comenzaron a recogerse con paso lento. Habría que
interrogar a cada una de ellas. ¿Habían visto algo o a alguien? ¿Sucedió algo
fuera de lo normal ese día? Por orden de Wexford, Loring y Gates iniciaron una
investigación casa por casa. Burden regresó con la señora Lawrence y la siguió
hasta la sala de estar, una estancia enorme repleta de horribles muebles
Victorianos que hacían juego con la casa. Había juguetes, libros y revistas
esparcidos por toda la habitación, y ropas, chales y fulares colgando de los
muebles. De la moldura de una pared pendía una percha con un vestido largo de
retazos multicolores.
El lugar
reveló un aspecto mucho más sucio y desaliñado cuando la señora Lawrence
encendió la lámpara. Incluso ella se tornó más extraña; lucía pantalón tejano,
una camisa de raso y collares de cuentas deslustradas alrededor del cuello.
Burden no necesitaba admirarla, pero habría deseado sentir compasión por ella.
Enseguida presintió que esa mujer de pelo alborotado y ropas extrañas no era la
persona adecuada para cuidar de un niño, y que incluso su apariencia y todo lo
que Burden asociaba a ella podía haber contribuido a su desaparición. Entonces
se dijo que no debía precipitarse en sus conclusiones.
–¿Cómo se
llama el niño y qué edad tiene?
–John.
Tiene cinco años.
–¿No fue
hoy a la escuela?
–Para las
escuelas primarias son las vacaciones de mitad de trimestre –explicó la mujer–.
¿Le cuento lo que ocurrió esta tarde?
–Adelante.
–John y
yo almorzamos juntos y alrededor de las dos de la tarde vino a buscarlo su
amigo de la casa de al lado. Se llama Gary Dean y tiene su misma edad. –Estaba
muy serena, pero ahora tragaba saliva y se aclaraba la garganta–. Salieron a la
calle con sus triciclos. Es un lugar tranquilo y saben que no deben bajar de la
acera.
»Cuando
John sale a jugar, cada media hora miro por la ventana para asegurarme de que
está bien, y eso mismo hice hoy. Desde la ventana del rellano diviso toda la
calle y el parque. Jugaron durante un rato en la acera con otros chicos del
vecindario, pero a las tres y media, cuando miré de nuevo, vi que estaban en el
parque.
–¿Podía
ver a su hijo desde esta distancia?
–Llevaba
un jersey azul marino y es muy rubio.
–Continúe,
señora Lawrence.
La mujer
respiró hondo y entrelazó los dedos.
–Habían
dejado los triciclos en la acera. Cuando miré por la ventana todos estaban en
los columpios y distinguí a John por el pelo y el jersey. O eso creía. Había
seis niños. Cuando miré por última vez el parque estaba desierto y bajé a abrir
la puerta a John. Pensé que venía a merendar.
–Pero no
vino.
–No. Su
triciclo estaba solo en la acera. –La mujer se mordió el labio inferior y ahora
tenía la cara pálida–. No quedaba ningún niño en la calle. Entonces supuse que
John había ido a casa de algún amigo. Lo hace algunas veces, aunque sabe que
antes debe pedirme permiso, de modo que esperé cinco minutos. Luego fui a casa
de los Dean para ver si estaba allí. Fue entonces cuando comencé a preocuparme
–susurró–. Gary estaba merendando con un chico de pelo rubio que llevaba un
jersey azul, pero no era John. Era su primo, que había venido a pasar la tarde.
Entonces comprendí que el chico que desde las tres y media había pensado que
era John en realidad era el primo de Gary.
–¿Qué
hizo entonces?
–Pregunté
a Gary dónde estaba John y contestó que no lo sabía. Mi hijo se había marchado
unas horas antes, eso dijo, unas horas antes, e imaginaron que estaba conmigo.
Luego fui a casa de otro niño, Julian Crantock, que vive en el número 59, y la
señora Crantock y yo conseguimos hacerle hablar. Dijo que Gary y su primo
habían molestado a John, cosas de niños, pero ya sabemos cómo son, cómo hacen
daño y se hacen daño. Se burlaron del jersey de John, dijeron que era de niña
por la forma en que se abotonaba. Julian aseguró que mi hijo estuvo un rato
sentado solo en el tiovivo y después se encaminó hacia la carretera.
–¿Esta
carretera? ¿Fontaine Road?
–No. La
calle que transcurre entre el parque infantil y los campos de cultivo, desde
Stowerton hasta Forby.
–La
conozco –dijo Burden–. Se llama Mill Lane. Tiene una pendiente que acaba en una
loma rodeada de árboles.
La señora
Lawrence asintió, y hablando para sí, dijo:
–Pero
¿por qué fue allí? ¿Por qué? Le he dicho mil veces que no debe alejarse del
parque.
–Los
niños no siempre obedecen, señora Lawrence. ¿Fue entonces cuando nos telefoneó?
–No. –La
mujer alzó los ojos y tropezó con la mirada de Burden. De un verde grisáceo,
reflejaban un tremendo aturdimiento, pero la voz era queda y serena–. En
compañía de la señora Crantock, visité la casa de cada niño. Al ver que todos
repetían lo de la pelea y la marcha de John, mi vecina sacó el coche y
recorrimos Mill Lane hasta Forby. Encontramos a un hombre cuidando vacas, un
cartero y un repartidor de verduras, y a todos preguntamos por John, pero
ninguno lo había visto. Entonces fue cuando telefoneé a la policía.
–Así
pues, John desapareció alrededor de las tres y media.
Ella
asintió.
–Hace
cerca de tres horas. Está oscureciendo. A John le asusta la oscuridad.
Conservaba
la calma, pero Burden temía que una palabra o un gesto inadecuado por su parte,
o incluso un ruido repentino, atravesaría esa calma y liberaría un grito de
terror. No sabía qué pensar de la señora Lawrence. Parecía una mujer peculiar,
perteneciente a un mundo que él sólo conocía por los periódicos. Había visto
fotografías de ella o de mujeres muy parecidas a ella, saliendo de los juzgados
de Londres, acusadas de posesión de hachís. Mujeres como ella aparecían muertas
en habitaciones amuebladas por una sobredosis de barbitúricos y alcohol. ¿Como
ella? El rostro era el mismo, demacrado y pálido, y también lo era el pelo
alborotado y la horrenda indumentaria. El dominio de sí misma era lo que
confundía a Burden, esa voz dulce y suave que no encajaba con la conducta
excéntrica y la vida poco ortodoxa que le había atribuido.
–Señora
Lawrence, a lo largo del año nos llegan muchos casos de niños desaparecidos y
más del noventa por ciento aparece sano y salvo. –No pensaba mencionar la
muchacha que nunca fue encontrada. Ya se encargaría otro de hacerlo, un vecino
entrometido, por ejemplo, pero quizá para entonces el niño estuviera de nuevo
con su madre–. ¿Sabe lo que le ocurre a la mayoría de esos niños? Que escapan a
causa de una riña o de una mera travesura y acaban perdiéndose. Después, una
vez agotados, se tumban a dormir en algún lugar recogido.
Los ojos
de la mujer lo consternaban. Eran tan grandes, tan abiertos, y apenas
parpadeaban. Al fin percibió en ellos un tenue brillo de esperanza.
–Le
agradezco su amabilidad –dijo con voz grave–. Confío en usted.
–Estupendo
–respondió torpemente Burden–. Deje que nosotros nos ocupemos de todo. ¿A qué
hora regresa su marido a casa?
–Estoy
divorciada. Vivo sola.
Burden no
se sorprendió. Tenía que estar divorciada. Apenas aparentaba veintiocho años y
para cuando alcanzara los treinta y ocho probablemente se habría casado y
divorciado otras dos veces. Sólo Dios conocía la conjunción de circunstancias
que la habían llevado al corazón de Sussex desde Londres, su verdadero lugar,
para vivir en la miseria y causar con su negligencia problemas indecibles a la
policía.
La voz
serena de la mujer, algo más temblorosa ahora, interrumpió el ensimismamiento
severo y tal vez injusto de Burden.
–John lo
es todo para mí. No tengo a nadie más en este mundo.
¿Y de
quién era la culpa?
–Lo
encontraremos –le aseguró Burden con firmeza–. Buscaré una mujer para que le
haga compañía. ¿Qué tal la señora Crantock?
–¿Lo
haría? Es una mujer encantadora. Casi toda la gente de por aquí es encantadora,
aunque... –titubeó–. Algo diferente de la gente con la que solía tratar.
«De eso
estoy seguro», pensó Burden. Miró el vestido de retazos multicolores. ¿Para qué
acontecimiento social respetable elegiría una mujer un vestido como ése?
La señora
Lawrence no lo acompañó hasta la puerta. Burden la dejó con la mirada perdida
en el vacío, jugueteando con el largo collar de cuentas que le pendía del
cuello. Pero ya en la calle, el inspector volvió la cabeza y vio el pálido
rostro de la mujer en la ventana, una ventana sucia y pringosa que esas finas
manos jamás habían limpiado. Sus miradas se encontraron y Burden se vio
obligado a sonreír. Ella no le devolvió la sonrisa, sólo lo miró, la tez pálida
y macilenta como la luna entre nubes de espeso pelaje.
La señora
Crantock era una mujer pulcra y alegre. Tenía el cabello rizado y cano, y un
collar de perlas cultivadas caía sobre su conjunto rosa. Después de hablar con
Burden acudió de inmediato a casa de la señora Lawrence para hacerle compañía.
Su marido había partido con los pelotones de búsqueda y en la casa sólo
quedaban Julian y su hermana de catorce años.
–Julian,
cuando viste que John se alejaba hacia Mill Lane, ¿observaste algo más? ¿Habló
alguien con él?
El chico
negó con la cabeza.
–No,
sencillamente se marchó.
–¿Qué
hizo luego? ¿Se detuvo bajo los árboles o siguió andando?
–No lo
sé. –Julian se agitó inquieto y bajó la mirada–. Yo estaba en los columpios.
–¿Miraste
hacia el camino? ¿Miraste para ver dónde estaba John?
–Sí, pero
ya no estaba –respondió Julian–. Gary dijo que se había ido y nos alegramos,
porque no nos gustan los bebés.
–Comprendo.
–No sabe
nada, de verdad –intervino su hermana–. Le hemos preguntado una y otra vez pero
no sabe nada.
Burden se
dio por vencido y se dirigió a casa de los Dean, en el número 63.
–No
permitiré que sigan presionando a Gary –protestó la señora Dean, una mujer
joven de aspecto duro y modales agresivos–. Los niños se pelean continuamente.
Gary no tiene la culpa de que John Lawrence sea tan sensible que una broma
inocente lo hace salir corriendo. Ese niño está trastornado. He ahí el origen
del problema. Procede de un hogar roto. ¿Qué otra cosa puede esperarse?
Burden
compartía la opinión de la señora Dean. –No estoy culpando a Gary –repuso–.
Sólo quiero hacerle algunas preguntas.
–No
permitiré que lo intimide.
Últimamente,
la menor resistencia hacía estallar al inspector Burden.
–Señora
–respondió bruscamente–, está usted en su derecho de denunciarme al inspector
jefe si intimido a su hijo.
El chico
estaba en la cama, pero no dormía. Bajó en pijama, con un mohín de enfado en el
rostro.
–Gary, no
estoy enojado contigo, nadie lo está –dijo Burden–. Sólo queremos encontrar a
John. Lo entiendes, ¿verdad?
El niño
no respondió.
–Está
cansado –intervino la madre–. Ya ha dicho que no vio a nadie y con eso basta.
Burden
ignoró el comentario de la mujer y se inclinó hacia el chico.
–Mírame,
Gary. –Tropezó con unos ojos llenos de lágrimas–. No llores. Podrías ayudarnos,
Gary. ¿No te gustaría que la gente hablara de ti como el muchacho que ayudó a
la policía a encontrar a John? Sólo quiero que me digas si viste a alguien, a
alguna persona mayor en la calle cuando John se marchó.
–Hoy no
estaba –respondió Gary. Entonces, volviéndose hacia su madre, gritó–: ¡No
estaba! ¡No estaba!
–¿Satisfecho?
–espetó la señora Dean–. Esto no quedará así, se lo advierto.
–¿Y bien,
Mike? –preguntó Wexford.
–Al
parecer, un hombre ha estado rondando ese parque. He pensado que podría probar
suerte con los inquilinos de las casas situadas al final de la calle, las que
dan al parque.
–De
acuerdo. Yo visitaré a los vecinos de Wincanton.
¿Acaso
recordaba Wexford que él y Jean habían vivido en esa calle durante un tiempo?
Burden pensó que probablemente estaba atribuyendo al inspector jefe una
excesiva sensibilidad. Un policía no tiene vida privada cuando está
investigando un caso. Llegó al final de Fontaine Road. El campo estaba oscuro,
pero a lo lejos vislumbraba el brillo ocasional de una linterna.
Las dos
casas estaban situadas frente por frente. La primera era una vivienda de una
sola planta construida en 1935, y la otra un edificio Victoriano alto y
estrecho. Ambas tenían ventanas laterales que daban al parque. Burden llamó a
la puerta de la primera casa. Abrió la puerta una muchacha.
–Acabo de
llegar del trabajo –explicó– y mi marido todavía no está en casa. ¿Ha ocurrido
algo malo?
Burden le
contó lo sucedido.
–El
parque se ve desde mi ventana –dijo la joven–, pero nunca estoy en casa.
–En ese
caso no le haré perder más tiempo.
–Espero
que encuentren al niño.
La puerta
de la casa victoriana se abrió antes de que Burden alcanzara a tocarla. En
cuanto vio la cara de la mujer que lo aguardaba, supo que tenía algo que
contarle. Era una mujer mayor, ágil, de mirada penetrante.
–No fue
ese hombre, ¿verdad? Si ha sido él, nunca podré perdonármelo...
–¿Le
importa que entre un minuto? ¿Puede decirme su nombre?
–Soy la
señora Mitchell –contestó, y condujo al inspector a una habitación ordenada y
recientemente empapelada–. Debí acudir a la policía antes, pero ya sabe cómo
son estas cosas. Nunca hizo nada malo, ni siquiera hablaba con los niños.
Advertí de su presencia a la joven señora Rushworth, porque su Andrew juega en
el parque, pero siempre está muy ocupada, trabaja mucho. Más tarde, puesto que
no volví a verlo y los niños comenzaron la escuela...
–Empecemos
por el principio, señora Mitchell. Dice que solía ver a un hombre rondar por el
parque. ¿Cuándo fue la primera vez que lo vio?
La señora
Mitchell se sentó y respiró profundamente.
–En
agosto, durante las vacaciones escolares. Siempre limpio las ventanas de la
planta superior los miércoles por la tarde. Uno de esos miércoles estaba
sacando brillo a la ventana del rellano cuando vi a ese hombre.
–¿Dónde
lo vio?
–En Mill
Lane, cerca de la calle Forby, bajo los árboles. Estaba de pie, mirando a los niños.
Déjeme recordar... Estaban Julian Crantock y Gary Dean, y el pobre John
Lawrence, y Andrew Rushworth y los gemelos McDowell. Jugaban en los columpios y
ese hombre los observaba. ¡Cielo santo, debí informar a la policía!
–Habló
con una de las madres, señora Mitchell. No debe reprocharse nada. ¿De modo que
vio a ese hombre en varias ocasiones?
–Oh, sí,
el miércoles siguiente. Y el jueves volví a mirar por la ventana y allí estaba.
Fue entonces cuando hablé con la señora Rushworth.
–Por lo
tanto, durante las vacaciones de agosto vio a ese hombre con frecuencia.
–Después
de eso hubo varios días lluviosos, los niños no podían salir a jugar al parque,
y luego empezaron las clases. Entonces me olvidé por completo del hombre, hasta
ayer.
–¿Lo vio
ayer?
La señora
Mitchell asintió.
–Era
miércoles y estaba limpiando la ventana del rellano. Vi a los niños entrar en
el parque y luego apareció ese hombre. Me sobresaltó verlo nuevamente después
de dos meses. Decidí quedarme en la ventana y observar qué hacía. Pero no hacía
nada. Deambuló por la explanada y recogió algunas hojas caídas, ya sabe, y
después contempló un rato más a los niños. Había pasado media hora, y justo
cuando decidí ir a buscar una silla porque las piernas me flaqueaban,
desapareció por la pendiente.
–¿Iba en
coche? –preguntó rápidamente Burden–. ¿Lo había aparcado en la calle?
–No pude
verlo. Creo que oí un coche que arrancaba, pero pudo ser el de otra persona.
–¿Ha
visto hoy al hombre, señora Mitchell?
–Debí
mirar, lo sé. Pero ya había hablado con la señora Rushworth y era su
responsabilidad. Además, nunca vi a ese hombre hacer nada malo. –La mujer
suspiró–. Hoy salí de casa a las dos. Fui a visitar a mi hija casada que vive
en Kingsmarkham.
–Descríbame
al hombre, señora Mitchell.
–Cómo no
–respondió complacida la mujer–. Era joven, casi un muchacho, muy delgado, ya
sabe, y algo frágil. No tan alto como usted, desde luego. Un metro sesenta y
cinco o setenta, diría yo. Siempre vestía uno de esos... ¿cómo los llaman...?,
abrigos de tres cuartos, eso es, negro, o gris muy oscuro, y un pantalón
lejano. Pelo moreno, no demasiado largo para los tiempos que corren, pero mucho
más largo que el suyo. Desde esta distancia no podía verle la cara, pero tenía
manos muy pequeñas. Y cojeaba.
–¿Cojeaba?
–Cojeaba
cuando paseaba por el parque –explicó muy seria la señora Mitchell–. Observé
que arrastraba un pie, muy ligeramente. Era una cojera apenas perceptible.
3
La
siguiente calle paralela a Fontaine Road era Chiltern Avenue, y a ella se
accedía por un camino que bordeaba la fachada lateral de la casa de la señora
Mitchell, entre su jardín y el parque. Burden visitó casa por casa. La familia
McDowell vivía en el número 38, y los gemelos, Stewart e Ian, aún estaban
levantados.
Stewart
nunca había visto al hombre, pues había pasado la mayor parte del mes de agosto
confinado en casa con amigdalitis y esa tarde había estado con su madre en el
dentista. Pero Ian sí lo había visto, e incluso habló de él con Gary Dean, su
mejor amigo.
–Siempre
estaba bajo los árboles –explicó Ian–. Gary decía que era un espía. Un día Gary
se acercó a él para hablarle, pero el hombre salió huyendo.
Burden
pidió al chico que describiera al sujeto, pero Ian carecía de la capacidad de
observación de la señora Mitchell.
–Un
hombre –dijo–. Casi tan grande como mi hermano. –El hermano en cuestión tenía
quince años. Burden le preguntó si cojeaba.
–¿Qué
quiere decir «cojear»?
El
inspector se lo explicó.
–No lo sé
–repuso el niño.
Unas
viviendas más abajo, en una casa del mismo estilo que la de la señora Lawrence,
encontró a la familia Rushworth. El señor Rushworth, al parecer, era agente
inmobiliario en Kingsmarkham y había salido con los pelotones de búsqueda, pero
su esposa se encontraba en casa con sus cuatro ingobernables hijos, y todos
seguían levantados. ¿Por qué no había acudido a la policía en agosto, después
de hablar con la señora Mitchell?
La señora
Rushworth, una mujer rubia y menuda cuyos altos tacones y largas uñas, junto
con la cresta de firme pelo en lo alto de la cabeza, le conferían el aspecto de
un gallo de pelea, rompió a llorar.
–Pensaba
hacerlo –sollozó–. Estaba decidida. Trabajo todo el día en el despacho de mi
marido. ¡No tengo tiempo para nada!
Eran
cerca de las ocho y John Lawrence llevaba cuatro horas y media desaparecido.
Burden se estremeció, no tanto por el crudo frío de la noche como por la
sensación de que se avecinaba una tragedia, un suceso que proyectaba una sombra
larga y gélida sobre ellos. Llegó hasta el coche y tomó asiento al lado de
Wexford.
El chófer
del inspector jefe se había ido y Wexford estaba sentado en el asiento trasero
del coche negro oficial. Ya no tomaba apuntes ni estudiaba el mapa, sólo
meditaba. Envuelto en la tenue penumbra –no había encendido la luz interior– y
sumergido entre las sombras, bien podía confundírsele con una estatua de
piedra. Wexford era un hombre gris de la cabeza a los pies: pelo ralo gris,
gabardina vieja gris, zapatos siempre cubiertos de polvo gris. También el
rostro, surcado de arrugas, parecía gris en la débil oscuridad. Cuando Burden
subió al coche, Wexford volvió ligeramente la cabeza y lo miró fijamente con
sus ojos grises, el único aspecto luminoso de su persona. Burden no dijo nada y
permanecieron callados durante un rato. Al cabo, Wexford dijo:
–Un
penique por tus pensamientos, Mike.
–Pensaba
en Stella Rivers.
–Naturalmente.
¿Y quién no?
–También
eran sus vacaciones de mitad del trimestre –le dijo Burden–. Era hija única de
padres divorciados. También desapareció en Mill Lane. Son muchas coincidencias.
–Y muchas
discrepancias. Para empezar, era mujer, y mayor que John. Sabes muy poco acerca
del caso Rivers. Estabas de baja cuando ocurrió.
Creyeron
que Burden se hallaba al borde de un colapso. En febrero había sufrido el
primer ataque por la muerte de Jean, víctima del dolor, el pánico y la
angustia. Estaba en la cama, dormido, cuando el doctor Crocker lo drogó. Al
recobrar el conocimiento, empezó a gritar que sólo era una gripe, que tenía que
levantarse y volver al trabajo. Pero llevaba fuera de servicio tres semanas, y
cuando finalmente mejoró había adelgazado doce kilos. Con todo, seguía vivo, en
tanto que Stella Rivers había muerto o desaparecido de la faz de su pequeña
tierra.
–Stella
Rivers –prosiguió Wexford– vivía con su madre y su padrastro. El jueves 25 de
febrero asistió a su clase de hípica en Equita, la escuela de equitación de
Mill Lane próxima a Forby. Normalmente iba los sábados, pero había decidido
tomar clases suplementarias aprovechando las vacaciones. El padrastro, Ivor
Swan, la acompañó en coche, pero no dejaron claro cómo volvería a casa.
–¿Qué
quiere decir con eso?
–Tras la
desaparición de la muchacha, Ivor y Rosalind Swan declararon que Stella había
dicho que volvería a casa en el coche de una amiga, como hacía otras veces,
pero por lo visto Stella no pensaba lo mismo y creía que Swan la recogería.
Cuando dieron las seis (la clase terminaba a las cuatro y cuarto), Rosalind
Swan habló con la amiga de su hija y acto seguido nos telefoneó.
»Primero
fuimos a Equita y hablamos con la directora de la escuela, la señorita
Williams, y con su ayudante, una tal señora Fenn. Ambas aseguraron que Stella
se había marchado a las cuatro y media, sola. En ese momento diluviaba, pero
había empezado a llover a las cinco menos veinte. Finalmente dimos con un
hombre que había visto a Stella a las cinco menos veinte y se había ofrecido a
acompañarla en coche hasta Stowerton. La muchacha caminaba por Mill Lane en
dirección a Stowerton. Stella rechazó la invitación, lo cual indicaba que era
una chica sensata que no aceptaba ofertas de extraños.
–Tenía
doce años, ¿no es cierto? –preguntó Burden.
–Doce, en
efecto. Una muchacha delgada y rubia. El hombre que se ofreció a acompañarla se
llama Walter Hill y dirige la sucursal del Midland Bank en Forby. Es un hombre
perfectamente respetable y no tuvo nada que ver con la desaparición de la
muchacha. Lo comprobamos dos veces. Ninguna otra persona apareció diciendo que
había visto a Stella. Por lo visto, la muchacha salió de Equita convencida de
que su padrastro la recogería y luego se desvaneció en el aire.
»Ahora no
puedo extenderme con detalles, pero naturalmente investigamos a Ivor Swan con
sumo detenimiento. Dejando a un lado el hecho de que no poseía una verdadera
coartada para aquella tarde, no había motivos para pensar que deseara hacer daño
a su hijastra. Ella estaba encantada con Swan, hasta se diría que lo adoraba.
Ningún familiar o amigo de los Swan tenía conocimiento de que existieran
problemas familiares. Y sin embargo...
–¿Y sin
embargo qué?
Wexford
titubeó.
–Ya
conoces esa sensación, Mike, ese presentimiento casi sobrenatural de que
algo... en fin, de que algo falla.
Burden
asintió. Sabía de qué hablaba Wexford.
–El caso
es que tuve ese presentimiento, pero no fue más que eso, un presentimiento. La
gente hace alarde de su intuición porque se obstina en recordar únicamente los
casos en que ha acertado. Yo nunca me permito olvidar las numerosas ocasiones
en que mis premoniciones han sido erróneas. No hallamos un solo indicio que nos
permitiese detener a Swan. Mañana tendremos que resucitar el caso. ¿Adónde vas?
–A casa
de la señora Lawrence –respondió Burden.
La señora
Crantock abrió la puerta al inspector con expresión angustiada.
–Me temo
que no estoy siendo de gran ayuda –susurró en el vestíbulo–. La señora Lawrence
y yo nos conocemos poco, ¿comprende? Sólo somos vecinas cuyos hijos juegan
juntos. No sé qué decir. Generalmente hablamos de nuestros pequeños, pero
ahora, en fin... no me pareció... –Se encogió de hombros en un gesto de
impotencia–. Con ella no puedo charlar de temas corrientes, como la casa o lo
que ocurre en el barrio. Es imposible. –Frunció el entrecejo, en un esfuerzo
sobrehumano por explicar lo inexplicable–. Tal vez si yo pudiera hablar de
libros... o algo así. Es muy diferente de las personas que conozco.
–Estoy seguro
de que lo ha hecho muy bien –la tranquilizó Burden, y pensó que él sí sabía qué
temas podían interesar a la señora Lawrence. Su idea de la conversación sería
un análisis interminable de las emociones.
–En fin,
por lo menos lo he intentado –dijo la señora Crantock, y alzando la voz,
agregó–: Me voy, Gemma, pero volveré más tarde si lo deseas.
Gemma. Un
nombre curioso. Burden pensó que era la primera vez que topaba con ese nombre.
Por fuerza había de tener un nombre extravagante, ya fuera por decisión de unos
padres igualmente excéntricos o –lo que parecía más probable– porque ella misma
lo había elegido por su originalidad. Súbitamente impaciente consigo mismo, se
preguntó por qué seguía especulando sobre esa mujer de forma tan irritante, por
qué cada nuevo dato que descubría acerca de ella daba lugar a una pregunta.
«Porque está, o pronto lo estará, involucrada en un caso de asesinato», pensó
Burden. Abrió la puerta de la sala de estar obsesionado por la imagen
rimbombante, salvaje y escandalosa que había elaborado de ella y se detuvo en
seco, desconcertado por la estampa que tenía ante sus ojos. Y, con todo, era la
misma estampa que había dejado antes, una muchacha pálida y asustada, encogida
en una silla, esperando, esperando...
La señora
Lawrence había encendido una estufa eléctrica que a duras penas conseguía
caldear la estancia, y estaba envuelta en uno de los chales que él ya conocía,
una cosa negra y dorada, gruesa, con largos flecos. Burden no podía imaginarla
con un niño o leyendo cuentos antes de dormir o vertiendo cereales en un
cuenco. Sentada en algún club nocturno, cantando y tocando la guitarra, sí, eso
sí.
–¿Le
apetece una taza de té? –preguntó la señora Lawrence, volviéndose hacia él–.
¿Unos emparedados? Puedo hacerlos en un momento.
–No se
moleste por mí.
–¿Tendrá
su mujer algo que darle cuando llegue a casa?
–Mi
cuñada –puntualizó Burden–. Mi mujer ha muerto. No le gustaba decirlo. La gente
enseguida se sentía incómoda, se sonrojaba o incluso retrocedía levemente, como
si padeciera una enfermedad contagiosa. Después descargaban el torpe aluvión de
falsas condolencias, palabras vacías pronunciadas atropelladamente y al
instante olvidadas. A nadie parecía importarle realmente, al menos hasta ese
momento.
Gemma
Lawrence habló suave y pausadamente.
–Lo
siento mucho –dijo–. Debía de ser muy joven. Una terrible tragedia para usted,
sin duda. Ahora comprendo qué le ha enseñado a ser tan amable con la gente que
tiene problemas.
Burden se
avergonzó de sí mismo, y la vergüenza le hizo balbucir.
–Yo... en
fin... creo que aceptaré esos emparedados, si no es mucha molestia.
–¿Molestia?
–preguntó sorprendida, como si esa fórmula convencional fuera nueva para ella–.
Es natural que desee compensarle por todo lo que está haciendo por mí.
La señora
Lawrence apareció a los pocos minutos con los emparedados. Era obvio que su
elaboración no había exigido demasiado tiempo. El jamón aparecía torpemente
embutido entre gruesas rebanadas de pan de molde y para servir el té había
prescindido de platos en que apoyar las tazas.
Las
mujeres habían mimado a Burden durante toda su vida. Comía en platos de
porcelana y le servían de bandejas adornadas con encajes. Cogió un emparedado
sin demasiado entusiasmo, pero cuando dio el primer bocado comprobó que el
jamón era sabroso y no demasiado salado, y el pan era del día.
Gemma se
sentó en el suelo, frente a Burden, y recostó la espalda en el sillón. El
inspector había dicho a Wexford que tenía muchas preguntas que hacer a la
señora Lawrence y se aventuró a formular algunas. Preguntas de rutina acerca de
las personas adultas que John conocía, sobre los padres de sus compañeros de
escuela, sobre sus propios amigos. La mujer respondía con serenidad e
inteligencia, y el policía que había en Burden registraba las respuestas
automáticamente. Pero algo extraño estaba sucediéndole. Con curiosa inquietud,
se vio asimilando un hecho que cualquier otro hombre habría observado nada más
poner los ojos en ella. La señora Lawrence era hermosa. La palabra lo impulsó a
apartar la mirada, pero llevándose, como impresa en la retina, una imagen
nítida de ese rostro pálido de huesos bien formados y, lo que resultaba aún más
perturbador, de esas largas piernas y esos pechos firmes y turgentes.
Su
cabello adquiría un tono bermejo a la luz de la estufa, los ojos poseían el
verde diáfano y acuoso de las joyas que reposan bajo el mar. El chal le
confería un toque exótico, como si fuese la imagen de un retrato
prerrafaelista, quieta, irreal, inadecuada para las tareas cotidianas. Y sin
embargo había en ella algo absolutamente natural e impulsivo. Demasiado
natural, pensó Burden súbitamente alarmado, demasiado real. Más real,
consciente y natural de lo que cabría esperar de cualquier mujer.
Rápidamente
dijo:
–Señora
Lawrence, estoy seguro de que advirtió a John que no hablara con extraños.
El rostro
de ella palideció.
–Oh, por
supuesto.
–Pero
¿comentó él alguna vez que un hombre le había hablado?
–No,
nunca. Yo misma lo acompaño a la escuela y lo recojo todos los días. Únicamente
lo dejo solo cuando sale a la calle a jugar, y entonces está con los demás
niños. –Levantó la cabeza. El recelo había desaparecido–. ¿Adónde quiere ir a
parar?
¿Por qué
tenía que ser tan directa?
–Nadie me
ha contado que viera a un extraño hablando con John –repuso Burden–, pero debo
asegurarme.
–La
señora Dean –dijo Gemma con el mismo tono inflexible– me ha contado que en
febrero se perdió un niño en Kingsmarkham y jamás fue encontrado. Vino a
decírmelo cuando la señora Crantock estaba aquí.
Burden
quiso olvidar que alguna vez había sido aliado de la señora Dean. Sin tiempo
para reflexionar, dijo con tono poco oficioso:
–¿Qué
demonios les cuesta mantener el pico cerrado a esas entrometidas? –Se mordió
los labios, preguntándose por qué las palabras de Gemma Lawrence habían
generado tanta violencia en su interior y el deseo de presentarse en la casa de
al lado y asestar un puñetazo a la señora Dean–. No era un niño, sino una niña
–dijo–, y mucho mayor que John. Esa clase de... mmm... pervertido que necesita
atacar a jovencitas no está interesado en niños pequeños. –¿Era eso verdad?
¿Quién podía comprender los misterios de una mente sana, y no digamos de una
mente enferma?
La señora
Lawrence se arrebujó en el chal y dijo:
–¿Qué va
a ser de mí esta noche?
–Buscaré
un médico. –Burden apuró el té y se levantó–. Me pareció ver una placa en
Chiltern Avenue.
–Sí, es
el doctor Lomax.
–Bien, le
sacaremos unos somníferos a ese tal Lomax y encontraré una mujer para que pase
la noche con usted. No se preocupe, no estará sola.
–No sé
cómo darle las gracias –Gemma Lawrence bajó la cabeza y Burden advirtió que por
fin lloraba–. Usted pensará que sencillamente está cumpliendo con su deber,
pero está haciendo más que eso. Le... le estoy muy agradecida. Cada vez que lo
miro pienso: «Nada malo puede ocurrirle a John mientras él esté aquí.»
Lo miraba
del mismo modo que una niña debía de mirar a su padre, y sin embargo Burden no
recordaba que sus hijos lo hubiesen mirado alguna vez así. Semejante confianza
constituía una responsabilidad tremenda, y sabía que no debía fomentarla.
Existía más de un cincuenta por cien de probabilidades de que el niño estuviera
muerto, y él no era Dios para devolver la vida a los muertos. Debería haberle
dicho que no se preocupara, que no pensase más en ello –¡qué cruel, qué
estúpido e insensible!–, pero todo lo que alcanzó a decir a esos ojos fue:
–Iré a
ver al médico y me aseguraré de que pase una buena noche. –No era preciso
añadir nada más, pero lo hizo–: No duerma demasiado. Volveré mañana a las
nueve.
Después
se despidió. No quería mirar hacia atrás, pero algo lo impulsó a hacerlo. Ella
estaba de pie en el umbral, envuelta en una aureola ambarina, y el chal dorado
con que se cubría y el cabello tan brillante que parecía de fuego, le conferían
un aspecto tan curioso como extravagante. Gemma se despidió alzando una mano
tímida, mientras con la otra se enjugaba las lágrimas que surcaban sus
mejillas. Burden había visto fotografías de mujeres como ella, pero nunca había
conocido o conversado con ninguna. Por un instante se preguntó si deseaba
encontrar al niño, porque eso significaba que no volvería a verla. Se volvió
bruscamente y partió en busca del doctor Lomax.
La enorme
luna flotaba sobre los campos, pálida y brumosa, como sumergida en un remanso
de agua. Burden aguardó el regreso de los pelotones de búsqueda. Era medianoche
y no habían encontrado nada.
Grace le
había dejado una nota: «John te esperó hasta las once para que lo ayudaras con
los ejercicios de matemáticas. ¿Puedes echarles un vistazo? Estaba muy
nervioso. G.»
Burden
tardó unos segundos en asimilar el hecho de que su hijo también se llamaba
John. Ojeó los deberes y, según pudo comprobar, los ejercicios de álgebra
estaban correctos. Tanto alboroto para nada. Grace comenzaba a pasarse con sus
fastidiosas notitas. Abrió la puerta del dormitorio de su hijo y advirtió que
dormía. Grace y Pat descansaban en la habitación que él había compartido con
Jean –le había resultado imposible seguir durmiendo allí después de su muerte–
y no tuvo valor para abrir la puerta. Ya en su dormitorio, el dormitorio de
Pat, un espacio reducido con bailarinas danzando en las paredes, muy apropiado
para una niña de once años, se sentó en la cama y notó que el cansancio
menguaba y lo dejaba tan despierto como a las ocho de la mañana. Lo lógico
habría sido caer exhausto, pero cuando se quedaba solo lo asaltaba de inmediato
esa necesidad espantosa, degradante.
Hundió la
cabeza en las manos. Todos pensaban que echaba de menos a Jean como compañera,
como la persona con quien hablaba y compartía los problemas. Y así era, con
toda su alma. Pero lo que realmente atormentaba sus días y sus noches, sin
tregua, era ese deseo carnal que no había liberado en diez meses y que se había
transformado en una obsesión secreta y torturadora.
Sabía
perfectamente lo que todos pensaban de él. Que era frío como una piedra,
intolerante con el libertinaje, que lloraba la muerte de Jean sólo porque se
había acostumbrado al matrimonio y era lo que Wexford llamaba un bragazas
incurable. Tal vez lo imaginaban, si alguna vez se habían detenido a pensar en
ello, haciendo el amor una vez cada quince días con la luz apagada. Eso piensa
la gente de los hombres como Burden que huyen de los chistes picantes y
consideran inmunda esta sociedad permisiva.
No eran
capaces de imaginar que uno podía odiar la promiscuidad y el adulterio porque
había experimentado el matrimonio hasta tal grado de excelencia que todo lo
demás era una parodia, una pobre imitación. Fuiste afortunado, pero... ¡oh,
Dios, desafortunado también!, un ser desorientado y enfermo cuando todo
terminó. Jean era virgen cuando se casaron, y él también. La gente decía –las
cosas estúpidas que dice la gente estúpida– que el matrimonio era penoso al
principio, pero no había sido así para él y para Jean. Ellos fueron pacientes y
generosos, rebosaban de amor, y se sintieron tan generosamente recompensados
que, cuando miraba hacia atrás desde su actual desierto, apenas podía creer que
hubiese sido tan fantástico casi desde el comienzo, sin fracasos, sin
decepciones. Pero podía creerlo porque sabía, y recordaba y sufría.
¿Y si
ellos lo supieran? Estaba seguro del consejo que le darían. Búscate una chica,
Mike. Nada serio, sólo una chica fácil y simpática con la que divertirte un
poco. Quizá le resultaría fácil si estuviera acostumbrado a sacar los pies del
plato. Pero jamás había sido amante de nadie salvo de Jean. Para él, el sexo
era Jean. La gente no comprendía que aconsejarle que se buscase otra mujer era
como decirle a Gemma Lawrence que se buscara otro hijo.
Se
desvistió y se tumbó en la cama boca abajo, con los puños concienzudamente
cerrados bajo la almohada. Sabía perfectamente cómo transcurriría la noche.
Todas las noches eran iguales. Primero el deseo, el dolor puramente físico,
como si su cuerpo fuera un enorme aullido que no encuentra salida, y luego ese
sueño orgiástico, generoso, que lo embestía justo antes del alba.
4
Grace
decidió que si advertía en Mike el menor intento de disculpa, no diría una
palabra. Naturalmente, su cuñado tenía que trabajar, y a veces no podía
desaparecer sin poner en peligro su trabajo. Conocía esa clase de situaciones.
Antes de ocupar el puesto de su hermana salía con amigos del sexo opuesto;
algunos eran sencillamente eso, amigos, y otros, unos pocos, eran amantes, y
muchas veces se veía obligada a cancelar la cita debido a una emergencia en el
hospital. Pero al día siguiente siempre telefoneaba o escribía una nota
explicando el motivo.
Mike no
era su amante, sino su cuñado. ¿Significaba eso que no le debía nada, ni
siquiera un mínimo gesto de educación? ¿Acaso tenía derecho a dar plantón a sus
hijos sin ofrecerles una explicación, incluso cuando John, llegada la
medianoche, seguía temblando de nervios porque no creía que hubiera hecho bien
los ejercicios de álgebra y sabía que en caso contrario el viejo profesor
Parminter lo obligaría a quedarse después de clase?
Preparó
huevos con tocino para todos y extendió un mantel limpio sobre la mesa del
comedor. Como tantas otras veces, deseó que su hermana no hubiese sido un ama
de casa tan pulcra y correcta, tan perfecta en casi todo lo que hacía, que por
lo menos hubiese consentido en servir el desayuno en la cocina. Vivir de
acuerdo con Jane podía resultar una carga.
El
semblante de Grace se tensó cuando Mike entró en el comedor, saludó a los niños
con un gruñido y se sentó a la mesa sin decir palabra. Evidentemente, su cuñado
no tenía intención de mencionar el suceso del día anterior. Pero ella sí.
–Los
ejercicios de álgebra estaban más que correctos, John.
La cara
del muchacho se iluminó, como ocurría siempre que Burden se dirigía a él.
–Eso
pensé yo. No es que me importe, pero si estuviesen mal el Cara de Menta me
obligaría a quedarme después de clase. Supongo que no piensas acompañarme a la
escuela.
–No puedo
–dijo Burden–. El paseo te sentará bien. –Sonrió sin demasiado entusiasmo a su
hija–. Y eso también va por ti, señorita. Debéis iros ya, son casi las ocho y
media.
Grace no
tenía por costumbre acompañar a los niños hasta la puerta, pero esta vez lo
hizo para contrarrestar la frialdad de su padre. Cuando regresó al comedor,
Burden iba por su segunda taza de té. Antes de poder detenerse, Grace estalló
en una larga diatriba sobre los nervios de John y el desconcierto de Pat y lo
abandonados que los tenía.
Burden
escuchó y luego dijo:
–¿Por qué
a las mujeres... –comenzó, pero rectificó enseguida, haciendo la inevitable
excepción–. Por qué a la mayoría de las mujeres les cuesta tanto comprender que
el hombre tiene que trabajar? Si yo no trabajara, Dios sabe qué sería de
vosotros.
–¿Estabas
trabajando cuando la señora Finch te vio sentado en el coche en el bosque de
Cheriton?
–¡La
señora Finch debería mantener las narices en sus propios asuntos! –estalló
Burden.
Grace se
volvió y se encontró contando lentamente hasta diez.
–Mike
–dijo–, entiendo cómo te sientes.
–Permíteme
que lo dude.
–Bien,
creo que puedo entenderlo. Pero John y Pat no pueden. John te necesita, y te
necesita alegre y relajado, como... como antes. Mike, ¿no podrías llegar a casa
más temprano? Hay una película que los niños desean ver. Empieza a las siete y
media, de modo que bastaría con que llegaras a las siete. Podríamos ir todos
juntos. Significaría mucho para ellos.
–De
acuerdo, lo intentaré –dijo Burden–. No pongas esa cara, Grace. Estaré en casa
a las siete.
A Grace
se le iluminó el semblante, e hizo algo que no hacía desde la boda de su
cuñado. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Después, se apresuró a
recoger la mesa. Estaba de espaldas a Burden, de modo que no vio su
estremecimiento ni la forma en que se llevó la mano a la cara, como alguien que
acaba de recibir una picadura.
Gemma
Lawrence se había puesto unos téjanos limpios y un jersey grueso, también
limpio. Llevaba el pelo recogido con una cinta y olía a jabón, como una niña
buena y aseada.
–He
dormido de un tirón.
Burden
sonrió.
–Un hurra
por el doctor Lomax –dijo.
–¿Todavía
están buscando?
–Naturalmente.
¿Acaso no le di mi palabra? Hemos reunido todo un ejército de policías de los
distritos vecinos.
–El
doctor Lomax es un hombre muy amable. Me contó que cuando vivía en Escocia,
antes de trasladarse aquí, su hijo pequeño desapareció y lo encontraron dormido
en la choza de un ovejero, abrazado al perro pastor. Había vagado durante
kilómetros y el animal lo encontró y cuidó de él como de una oveja extraviada.
Me recordó a la loba de Rómulo y Remo.
Burden
nunca había oído hablar de Rómulo y Remo, pero dejó escapar una carcajada.
–¿Lo ve?
–No tenía intención de desanimarla señalando que no estaban en Escocia, tierra
de montañas solitarias y perros amistosos–. ¿Qué planes tiene para hoy? No
quiero que esté sola.
–La
señora Crantock me ha pedido que almuerce con ella, y los vecinos me visitan
continuamente. Son muy amables conmigo. Ojalá tuviera algún amigo íntimo por
aquí. Todos mis amigos viven en Londres.
–El
trabajo es el mejor remedio contra las preocupaciones. Distrae la mente.
–Por
desgracia, no tengo trabajo.
Él se
refería al trabajo doméstico, a limpiar, ordenar, coser, tareas que consideraba
esencialmente femeninas, y al respecto había mucho que hacer en esa casa. Pero
no podía decírselo a Gemma.
–Supongo
que me sentaré y escucharé un poco de música –dijo ella mientras recogía una
taza sucia de encima del tocadiscos y la dejaba en el suelo–. O quizá lea.
–Vendré a
verla en cuanto tengamos alguna novedad. No telefonearé, vendré.
Los ojos
de la señora Lawrence se iluminaron.
–Si fuera
primera ministra lo nombraría comisario de policía.
Burden
condujo hasta el bosque de Cheriton, donde se concentraba la búsqueda, y
encontró a Wexford sentado sobre el tronco de un árbol. Era una mañana nebulosa
y el inspector jefe llevaba puesta su vieja gabardina y un sobado sombrero de
fieltro hundido hasta las cejas.
–Tenemos
una pista sobre el coche, Mike.
–¿Qué
coche?
–Ayer por
la noche uno de los rastreadores explicó a Martin que había visto un coche
aparcado en Mill Lane. Al parecer en agosto tuvo una semana de vacaciones y
cada día paseaba a su perro por Mill Lane. En tres ocasiones advirtió la
presencia de un automóvil aparcado cerca del lugar donde la señora Mitchell
solía ver al hombre. Se fijó en el vehículo porque ocupaba un carril entero y
entorpecía el tráfico. Un Jaguar rojo. Pero obviamente no anotó el número de la
matrícula.
–¿Vio al
dueño del coche?
–No vio a
nadie. Necesitamos encontrar a alguien que utilice asiduamente esa carretera.
Un panadero, por ejemplo.
–Déjemelo
a mí –dijo Burden.
A lo
largo de la mañana el inspector dio con un repartidor de pan que pasaba
diariamente por esa calle y con el conductor de una furgoneta de refrescos que
la cruzaba los miércoles y viernes. El panadero se acordaba del automóvil
porque una tarde, al doblar la esquina, casi se estrelló contra él. Un Jaguar
rojo, declaró, pero tampoco anotó la matrícula. El día anterior había pasado
por delante del parque infantil a las dos, pero el coche ya no estaba. A las
cuatro y media dos mujeres en un automóvil le preguntaron si había visto a un
niño, pero para entonces ya estaba cerca de Forby. Quizá el Jaguar rojo lo
adelantó, quizá llevaba un niño dentro, pero no podía recordarlo.
El hombre
de los refrescos era menos observador. Nunca advirtió nada extraño en la
carretera, ni en agosto ni últimamente.
Burden
regresó a la comisaría y tomó un almuerzo ligero en el despacho de Wexford.
Pasaron la tarde interrogando a un triste tropel de hombrecillos sospechosos,
la mayoría de estatura inferior a la media, que en alguna ocasión habían hecho
proposiciones deshonestas a niños. Entre ellos se encontraba el joven retrasado
de diecinueve años cuya especialidad consistía en aguardar frente a la entrada
de las escuelas; el profesor maduro de enseñanza primaria despedido muchos años
atrás; el ayudante de mercería que gustaba de entrar en los compartimientos de
los trenes ocupados por niños solitarios; el esquizofrénico que violó a su hija
pequeña y más tarde fue dado de alta del hospital psiquiátrico.
–Que
trabajo tan encantador el nuestro –ironizó Burden–. Tengo la piel de gallina.
–Deberías
estar agradecido –replicó Wexford–. Podrías haber sido uno de ellos si tus
padres te hubiesen rechazado. Yo podría ser uno de ellos si hubiese respondido
a las insinuaciones de que era objeto en los lavabos de la escuela. Esa gente
vive en la penumbra, nace, como bien dijo Blake o algún listillo, a una noche
interminable. La compasión no cuesta dinero, Mike, y es mucho más edificante
que clamar por palizas, ahorcamientos y castraciones.
–No
clamo, señor. Sencillamente creo que el autodominio es algo que debe
cultivarse. Y toda mi compasión es para la madre y el pobre niño.
–De
acuerdo, pero la verdadera piedad no hace diferencias. El problema contigo es
que eres un colador atascado y tu compasión se cuela por un par de agujeritos
miserables. En cualquier caso, ninguno de estos pobres desgraciados estuvo ayer
cerca de Mill Lane. Tampoco imagino a ninguno de ellos corriéndose una juerga
con un Jaguar rojo.
Para
quien no ha salido de noche una sola vez en diez meses, la perspectiva de un
viaje al cine en compañía de su cuñado y los dos hijos de éste puede parecer
una ostentación. Grace Woodville entró en la peluquería a las tres y salió de
ella más eufórica que el primer día que Pat se acercó a darle un beso de motu proprio.
Había un bonito jersey de color marrón en el escaparate de Moran, y Grace, que
llevaba meses sin comprarse nada, decidió en un impulso adquirirlo.
Esa noche
Mike tendría una cena especial: pollo al curry. Jean nunca cocinaba ese plato
porque no le gustaba, pero Mike y los niños lo adoraban. Compró un pollo y para
cuando John y Pat regresaron del colegio, la casa estaba inundada de los
generosos aromas de la salsa de curry y la pina ácida.
Preparó
la mesa para las seis y se puso el jersey nuevo. A las siete menos cinco todos
estaban sentados en la sala, acicalados y algo encogidos, más como personas que
aguardan para asistir a una fiesta que como una familia que planea ir al cine
local.
Las
llamadas telefónicas habían comenzado. Llegaban a la comisaría de Kingsmarkham
procedentes no sólo del distrito de Sussex, sino también de Birmingham y
Newcastle, y hasta del norte de Escocia. Todas aseguraban haber visto a John
Lawrence solo o en compañía de un hombre, o de dos hombres, o de dos mujeres.
Una mujer de Carlisle dijo que lo había visto con Stella Rivers. Un tendero de
Cardiff le había vendido un helado. Un camionero llevó al muchacho y a su
acompañante, un hombre de mediana edad, hasta Grantham. Había que verificar
todas las historias, aunque parecieran infundadas.
La gente
acudía en tropel a la comisaría con relatos de sujetos misteriosos y coches
aparcados en Mill Lane. Para entonces no sólo los Jaguar rojos eran
sospechosos, sino también los negros y los verdes, y las furgonetas oscuras y
los coches de tres ruedas. Y entretanto, la ardua búsqueda continuaba.
Trabajando sin descanso, el equipo de Wexford proseguía su investigación
sistemática casa por casa, interrogando principalmente a los varones mayores de
dieciséis años.
Las siete
menos cinco pillaron a Burden fuera del hotel Olive y Dove de la calle High
Street de Kingsmarkham. En la acera de enfrente estaba el cine, y recordó su
cita con Grace y los niños, y recordó, también, que debía ver a Gemma Lawrence
antes de terminar la jornada.
La cabina
situada frente al hotel estaba ocupada y había una cola de gente esperando.
Burden estimó que para cuando llegara su turno ya habrían pasado más de diez
minutos. Miró la cartelera del cine y comprobó que aunque la sesión comenzaba a
las siete y media, la película en cuestión no se proyectaba hasta una hora más
tarde. No había necesidad de telefonear a Grace. Sin duda disponía de tiempo
para ir a Stowerton, ver cómo se encontraba la señora Lawrence y llegar a casa
para las ocho menos cuarto. Grace lo conocía bien y no esperaba que fuese
puntual. Además, seguro que Pat y John preferían ahorrarse el documental sobre
la Anglia oriental, el noticiario y los avances.
Esta vez
encontró el portal cerrado. La calle aparecía desierta y todas las casas
estaban generosamente iluminadas. Era como si el día anterior no hubiese
sucedido nada capaz de perturbar la paz de esa calle tranquila. Las horas
pasaban, hombres y mujeres reían, hablaban, trabajaban, miraban la televisión y
decían: «¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.»
No había
luz en casa de Gemma Lawrence. Burden llamó a la puerta, pero nadie acudió.
«Tal vez ha salido», pensó. ¿Con su hijo desaparecido, tal vez incluso muerto?
Recordó su forma de vestir, el estado de la casa. Una chica alegre, pensó,
inadecuada para el papel de madre. Probablemente estaba por ahí con algún amigo
londinense que había venido a verla.
Volvió a
llamar y esta vez oyó algo, unos pies arrastrándose, unos pasos que alcanzaban
la puerta y vacilaban.
–¿Señora
Lawrence? –preguntó Burden alzando la voz–. ¿Se encuentra bien?
A sus
oídos llegó algo semejante a una respuesta, mitad sollozo, mitad gemido. La
puerta se abrió lentamente. Gemma tenía la cara desfigurada, hinchada y bañada
en lágrimas. Estaba llorando. El inspector cerró la puerta y encendió una luz.
–¿Qué le
ocurre?
Gemma se
volvió de espaldas, se abalanzó contra la pared y comenzó a golpearla con los
puños.
–¡Oh,
Dios! ¿Qué va a ser de mí?
–Sé que
es duro –musitó tímidamente Burden–, pero estamos haciendo todo lo humanamente
posible. Estamos...
–Sus
hombres –dijo Gemma entre sollozos– se han pasado el día entrando y saliendo de
mi casa, inspeccionando y... y haciéndome preguntas. ¡Han registrado mi casa!
La gente no para de llamar, gente horrible. ¡Oh, Dios! Una mujer dijo que John
estaba muerto y... y me describió cómo había muerto y dijo que era culpa mía.
No puedo soportarlo más. Abriré el gas... me cortaré las venas...
–¡Basta!
–gritó Burden. La mujer se volvió hacia él y comenzó a gritar. El inspector
alzó una mano y le dio una bofetada en la mejilla. Entonces ella calló, tragó
saliva y se desplomó sobre él. Para evitar que cayera, Burden la rodeó con sus
brazos y por un momento ella se aferró a él, como en un abrazo de amantes, y
hundió el rostro húmedo en su cuello. Luego retrocedió y sacudió la cabeza,
dejando volar su roja melena.
–Lo
siento –se disculpó. Tenía la voz ronca a causa del llanto–. Creo que estoy
volviéndome loca.
–Cuéntemelo
todo. Antes parecía más optimista.
–Eso era
esta mañana. –Se había serenado y hablaba con voz suave y quebrada. Poco a
poco, y sin demasiada coherencia, contó al inspector cómo el policía había
registrado los armarios y revuelto los desvanes y cómo habían arrancado la
maleza que asfixiaba las raíces de los añosos árboles de su agreste jardín.
Respirando entrecortadamente, habló de las llamadas y de las cartas obscenas,
inspiradas en la crónica publicada en el periódico de la tarde del día
anterior, que habían llegado en el correo de la tarde.
–No debe
abrir ninguna carta a menos que reconozca la letra –advirtió Burden–. Primero
la examinaremos nosotros. En cuanto a las llamadas...
–El
sargento dijo que ustedes se encargarían de intervenir mi línea telefónica.
–Más tranquila, Gemma dejó escapar un profundo suspiro, pero las lágrimas aún
surcaban sus mejillas.
–¿Hay
algo de brandy en este... lugar?
–En el
comedor. –Gemma consiguió esbozar una sonrisa–. Pertenecía a mi tía abuela.
Este... lugar, como usted lo llama, era suyo. El brandy aguanta muchos años,
¿no es cierto?
–De
hecho, mejora con los años –aseguró Burden.
El
comedor, cavernoso y frío, olía a polvo. Burden se preguntó qué mezcla de
circunstancias había conducido a Gemma Lawrence hasta esa casa y por qué seguía
en ella. El brandy dormitaba en un aparador que más que un mueble parecía una
mansión de madera, debido a los pilares labrados, las arcadas, hornacinas y
balcones que lo adornaban.
–¿No me
acompaña? –preguntó Gemma.
El
inspector vaciló.
–De
acuerdo –dijo él por fin.
Burden
regresó al sillón que había ocupado antes de visitar el comedor y Gemma se
sentó en el suelo, con las piernas recogidas y contemplando al inspector con
extraña fe ciega. La única lámpara encendida creaba una aureola dorada detrás
de su cabeza.
Gemma
bebió de su brandy y durante largo rato ambos permanecieron en silencio. Cuando
entró en calor, ya más tranquila, comenzó a hablar del hijo perdido, de las
cosas que decía y le gustaba hacer, de su inteligencia precoz. Habló de Londres
y de lo extraño que a ambos les resultaba Stowerton. Después calló y miró
fijamente a Burden, pero éste había perdido el azoramiento que al principio
había provocado en él esa mirada infantil y confiada, y ese azoramiento no
resucitó siquiera cuando ella, inclinándose impulsivamente, le estrechó la mano
con fuerza.
No estaba
azorado, pero el contacto de su mano fue como una descarga eléctrica. Se sentía
tan agitado que en lugar de reaccionar como un hombre normal que sostiene la
mano de una mujer bonita, tuvo la impresión de que todo su cuerpo se abrazaba
al cuerpo de ella. El efecto de semejante ilusión lo estremeció. Retiró la mano
y, rompiendo el silencio ahora pesado y lánguido, dijo bruscamente:
–Usted es
londinense y le gusta Londres. ¿Entonces, por qué vive aquí?
–Es
espantosa, ¿verdad? –Su voz volvía a ser suave y sonora. Aunque Burden había
esperado una respuesta a su pregunta, el sonido de su hermosa voz, bastante
normal ahora, lo perturbó casi tanto como el contacto de su mano–. Esta casa es
como un elefante enorme y decrépito.
–Si usted
lo dice –murmuró el inspector.
–No es
ningún secreto. Ni siquiera sabía que tenía una tía abuela. Falleció hace tres
años y dejó esta casa a mi padre, que estaba muy enfermo de cáncer. –Con gesto
particularmente garboso y natural, alzó una mano y se echó hacia atrás la
abundante cabellera. Al hacerlo, la manga ricamente bordada de su extraña
túnica se deslizó hasta el hombro, revelando una piel blanqueada por la luz de
la lámpara–. Traté de venderla, pero nadie la quería, y luego mi padre murió y
Matthew, mi marido, me abandonó. No tenía otro lugar a donde ir. No podía pagar
el alquiler del apartamento de Londres y ya me había gastado el dinero que
Matthew me había dado. –Parecía que habían pasado horas desde que esos ojos se
posaron en Burden cuando al fin desvió la mirada–. La policía –añadió en un
susurro– piensa que Matthew pudo haberse llevado a John.
–Lo sé.
Es algo que debemos comprobar cuando desaparece un niño de padres... mmm...
enemistados o divorciados.
–La
policía fue a verlo, o por lo menos lo intentó. Está ingresado en el hospital,
a la espera de que le extirpen el apéndice. Creo que hablaron con su esposa. Ha
vuelto a casarse, ¿comprende?
Burden
asintió. Impulsado por algo más que la curiosidad natural de un policía, deseaba
ardientemente saber si ese Matthew se había divorciado de ella o ella de él,
cómo se ganaba la vida, qué había provocado la ruptura de su matrimonio. No
podía preguntárselo. Sentía que se le hacía un nudo en la garganta.
Gemma se
acercó un poco más a él, pero esta vez no buscó su mano. El cabello le cubría
la mitad del rostro.
–Quiero
que sepa –comenzó– que me ha ayudado mucho y ha sido un gran consuelo para mí.
Esta noche me habría hundido si usted no hubiese aparecido. Estaba dispuesta a
cometer una locura.
–No debe
permanecer sola.
–Tengo
los somníferos, y la señora Crantock vendrá a las diez. –Se levantó lentamente
y encendió la lámpara de pie–. Pronto llegará, sólo faltan cinco minutos para
las diez.
Las
palabras de Gemma Lawrence y el súbito resplandor devolvieron a Burden a la
realidad. El inspector parpadeó y se enderezó.
–¿Las
diez menos cinco? Acabo de recordar que debía llevar a mi familia al cine.
–¿Lo he
entretenido? ¿Quiere telefonear? Utilice mi teléfono, se lo ruego.
–Me temo
que es demasiado tarde.
–Lo
lamento terriblemente.
–Creo que
mi presencia aquí era más importante, ¿no le parece?
–Lo ha
sido para mí. Pero ahora debe irse. ¿Volverá mañana?
Burden
estaba de pie al lado de la puerta. Gemma posó una mano suave sobre su brazo.
Sus rostros estaban muy próximos, apenas separados por unos centímetros.
–Yo...
esto... claro –tartamudeó el inspector–. Por supuesto que vendré.
–Inspector
Burden... No, no puedo seguir llamándolo así. ¿Cuál es su nombre de pila?
–Creo que
sería mejor si... –comenzó Burden, y luego, casi con desesperación, dijo–:
Michael. La gente me llama Mike.
–Mike
–dijo ella, y en ese instante, mientras repetía el nombre en voz baja, la
señora Crantock llamó a la puerta.
Burden
encontró a Grace acurrucada en el sofá y advirtió que había estado llorando.
Por un momento, la enormidad de lo que había hecho superó la otra enormidad, el
deseo de su cuerpo.
–Lo
siento mucho –se disculpó, acercándose a ella–. La cabina estaba ocupada y
después...
Grace
levantó la cabeza.
–Estuvimos
aquí sentados, esperándote. A las ocho, al ver que no llegabas, cenamos, aunque
la comida se había estropeado. Dije: «Vayamos de todos modos», pero John
contestó: «No podemos ir sin papá. No podemos dejar que llegue a casa y no
encuentre a nadie.»
–He dicho
que lo siento –insistió Burden.
–¡Podrías
haber telefoneado! –le increpó vehementemente Grace–. Si hubieses llamado, lo
habría comprendido. Si sigues por ese camino, acabarás destrozando a tus hijos.
Grace
salió y cerró la puerta a sus espaldas, dejando a Burden sumido en unos
pensamientos que nada tenían que ver con su cuñada y sus hijos.
5
Burden
examinó la hoja que Wexford acababa de entregarle. Escritos en letra clara y
enérgica pero infantil, aparecían los nombres de cada hombre, cada mujer y cada
niño que Gemma Lawrence había conocido en los últimos diez años.
–¿Cuándo
escribió todo esto?
Wexford
lo miró con suspicacia.
–Esta
mañana, con ayuda de Loring. No eres su detective privado.
Burden se
sonrojó. ¡Esa mujer conocía a cientos de personas, y menudos nombres tenían!
Artistas, modelos y actores de teatro, supuso, súbitamente malhumorado.
–¿Tenemos
que interrogarlos a todos?
–La
policía de Londres nos ayudará. Solicité a la señora Lawrence que anotara todos
los nombres porque quiero mostrárselos a los Swan.
–¿Cree
que existe relación entre ambos casos?
Wexford
no respondió inmediatamente. Recuperó la lista y entregó a Burden otro papel.
–Ha
llegado esto. Hemos buscado huellas dactilares, pero naturalmente no hemos
hallado ninguna, de modo que puedes tocarlo tranquilamente.
–«John
Lawrence está conmigo, sano y salvo –leyó Burden–. Está feliz en la granja
jugando con mis conejos. Para demostrarles que no es ningún truco, incluyo un
mechón de su cabello.» –La nota, redactada en mayúsculas en una hoja de papel
rayado, estaba escrita y puntuada correctamente–. «Su madre podrá recuperarlo
el lunes. Dejaré a John en el extremo sur de Myfleet Ride, en el bosque de
Cheriton, a las nueve de la mañana. Si alguien intenta recogerlo antes de las
nueve y media, dispararé contra el chico. Hablo en serio. Mantendré mi promesa
si cooperan.»
Burden
soltó la hoja de papel con aversión. Aun cuando estaba acostumbrado a esa clase
de notas, todavía no podía leerlas sin estremecerse.
–¿Incluía
un mechón de pelo? –preguntó.
–Ahí lo
tienes.
Había
sido retorcido hasta formar un círculo uniforme, como un rulo de mujer. Burden
lo alzó con unas pinzas y apreció la delicadeza de cada hebra dorada, la
ausencia de las arrugas y pliegues que caracterizan el pelo de un adulto.
–Es
cabello humano –confirmó Wexford–. Lo primero que hice fue llevárselo a
Crocker. Asegura que es pelo de niño, pero evidentemente hay que someterlo a
pruebas más sofisticadas.
–¿Se lo
has contado a la señora Lawrence?
–Gracias
a Dios que está bien –dijo Gemma después de leer las primeras líneas. Luego
apretó la carta contra su pecho, pero no lloró–. Está sano y salvo en una
granja. ¡Dios mío, con la angustia que he pasado! Imagínese, todo para nada.
Volveremos a estar juntos el lunes.
Burden
estaba horrorizado. Le había advertido que no depositara sus esperanzas en esa
carta, que en el noventa y nueve por ciento de los casos esas cartas
constituían una trampa cruel. Para el caso que le había hecho, más le hubiera
valido callarse.
–Déjeme
ver el mechón de pelo.
De mala
gana, Burden extrajo de su maletín el sobre que contenía el cabello de John. La
señora Lawrence se sobresaltó cuando vio el ricito dorado. Hasta ese momento
había sido cuidadosamente manipulado con ayuda de unas pinzas. Ahora ella lo
cogía, lo acariciaba y lo apretaba contra sus labios.
–Acompáñeme
arriba.
Burden la
siguió hasta el dormitorio de John y observó que la cama del muchacho seguía
deshecha desde su desaparición. Era, sin embargo, una habitación agradable,
llena de juguetes, con las paredes empapeladas con un papel bonito y costoso
que reproducía en acuarelas los animales de Durero. A pesar de lo descuidada
que tenía el resto de la casa, se había preocupado de esa habitación y
probablemente la había empapelado ella misma. La opinión que Burden tenía de la
señora Lawrence como madre mejoró.
Gemma se
acercó a una cómoda azul y cogió el cepillo de pelo de John. Había algunos
cabellos finos y rubios atrapados entre las cerdas. Con fervorosa
concentración, Gemma los comparó con el mechón que tenía en la mano. Después se
volvió hacia el inspector y esbozo una sonrisa radiante.
Era la
primera vez que Burden la veía sonreír de verdad. Hasta ese momento sus
sonrisas habían sido breves y amargas, recordándole, pensó de pronto, un sol
brumoso asomando después de la lluvia. Semejantes metáforas no eran frecuentes
en él, no eran su estilo. Pero ahora lo pensaba, mientras absorbía el poderoso
brillo de la sonrisa de Gemma y comprobaba una vez más lo hermosa que era.
–Es el
mismo pelo, ¿verdad? –preguntó con un tono casi suplicante, mientras la sonrisa
se desvanecía–. ¿Verdad?
–Lo
ignoro. –El parecido era enorme, desde luego, pero Burden no sabía si deseaba
que ese pelo fuera el mismo. Si ese hombre tenía realmente a John y había
cortado realmente un mechón de su pelo, ¿qué probabilidades había de que dejara
ir ileso al chico? ¿Se arriesgaría a que John lo identificase? Por otro lado,
no había exigido dinero...–. Usted es su madre –murmuró–. Prefiero no opinar.
–Sé que
mi hijo está bien –declaró Gemma–. Lo presiento. Sólo debo esperar dos días
más.
A Burden
le faltó valor para seguir hablando. Sólo un salvaje, pensó, habría sido capaz
de destruir semejante felicidad. Deseaba arrebatarle la carta para que no
leyera las últimas líneas, pero Gemma la leyó hasta el final.
–Sé cómo
actúa la policía en casos como éste –dijo con voz nuevamente temblorosa–.
¿Ustedes no harán... no harán lo que este hombre dice que no hagan? No
intentarán atraparlo, ¿verdad? Porque en ese caso, John...
–Le
prometo –dijo Burden– que no haremos nada que pueda poner en peligro la vida de
John. –Entonces reparó en que Gemma Lawrence no había mostrado rencor hacia el
autor de la carta. Otras mujeres en su situación habrían gritado y clamado
venganza. Ella simplemente estaba feliz–. Acudiremos el lunes por la mañana, a
las nueve y media, y si John está en el lugar convenido, se lo traeremos.
–Estará
–dijo ella–. Confío en ese hombre. Tengo la sensación de que es sincero. Le
creo, Mike, de veras. –Burden se ruborizó al oír su nombre de pila. Notaba que
las mejillas le ardían–. Probablemente está muy solo –continuó la mujer con voz
suave–. Sé lo que es sentirse solo. Si John ha conseguido aliviar su soledad
por unos días, no le guardaré rencor.
Era
increíble, y Burden no podía entenderlo. Si hubiese raptado a su hijo, a su
John, habría deseado acabar con ese hombre, verlo morir lentamente. De hecho,
sus sentimientos hacia el autor de la carta eran tan vehementes que se asustó.
«Dejádmelo a mí –pensó–. Dejadme cinco minutos a solas con él en la celda y por
Dios que aunque pierda mi puesto...» Se interrumpió bruscamente y tropezó con
la mirada amable, tierna y compasiva de Gemma.
En su
premura por ver a Gemma Lawrence se había olvidado de los Swan, y de repente
recordó a Wexford diciendo que la nota ayudaría a establecer una conexión entre
ambos casos. El inspector jefe estaba todavía en su despacho.
–Swan
vive en una granja –explicó Wexford–. He telefoneado pero no volverá antes de
las tres.
–¿Tiene
conejos?
–No me
hables de conejos. Acabo de pasar una hora con la secretaria de la asociación
de criadores de conejos local. ¡Conejos! El lugar está plagado de esos bichos.
Conejos de Brasil, conejos de Angora, díganos su nombre y lo tendrá. Como dicen
los apócrifos, «los conejos son criaturas frágiles, pero construyen sus moradas
en las rocas».
–¿Están
investigando a todos los criadores de conejos? –preguntó Burden sin sonreír.
Wexford
asintió.
–Y a
pesar de todo sé que esa maldita nota es una trampa –dijo–. Tendré que pasar el
fin de semana, como muchos otros, cazando conejos y granjeros, verificando
licencias de armas y mostrándome amable con expertos en cabello humano, aun a
sabiendas de que es una trampa y que lo que hago es una completa pérdida de
tiempo.
–Pero
debe hacerse.
–Por
supuesto que debe hacerse. Vamos a almorzar.
En el
café Carousel sólo quedaba ensalada y jamón. Sin excesivo entusiasmo, Wexford
picó de la ensalada de lechuga parsimoniosamente complementada con tiras de col
y zanahoria.
–No puede
uno escapar de los conejos –musitó–. ¿Quieres que te hable de Swan y su mujer?
–Alguien
tiene que ponerme en antecedentes.
–Por
regla general –comenzó Wexford–, uno tiende a sentir excesiva compasión por los
padres de un niño extraviado, a dejarse implicar emocionalmente. –Levantó los
ojos del plato, miró a Burden y apretó los labios–. Y esa tendencia es
perjudicial –continuó–. Yo no sentí especial lástima por los Swan, y ahora te
explicaré por qué. –Se aclaró la garganta y prosiguió–. Después de que Stella
desapareciera, realizamos sobre la vida y el pasado de Ivor Swan la
investigación más minuciosa que recuerdo haber llevado a cabo en toda mi vida.
Podría escribir su biografía.
»Nació en
la India, hijo de un tal general sir Rodney Swan. Cuando alcanzó la edad
escolar fue enviado a Inglaterra y más tarde se matriculó en Oxford. Puesto que
poseía lo que él llamaba unos pequeños ingresos privados, jamás se decantó por
una carrera concreta y se dedicó a picar de aquí y de allá. Durante un tiempo
administró unas propiedades, pero no tardó en ser despedido. Luego escribió una
novela que vendió trescientos ejemplares, de modo que desistió de repetir el
experimento. Después de eso pasó una temporada en Puerto Rico y en tres meses
consiguió que su firma perdiera un cliente que suponía unos ingresos de veinte
mil libras anuales. Una apatía innata y absoluta es lo que caracteriza a Ivor
Swan. Es la indolencia en persona. Ah, y para colmo es un hombre atractivo.
Espera a verlo.
Burden se
sirvió un vaso de agua pero no dijo nada. Estaba observando cómo la expresión
de Wexford se encendía y animaba a medida que avanzaba en su relato. También él
en otros tiempos había sido capaz de involucrarse en el carácter de los
sospechosos.
–Swan no
disponía de una residencia fija –explicó Wexford–. Unas veces vivía con su
madre viuda en su casa de Bedfordshire, otras con un tío que al parecer había
ocupado un cargo importante en el ejército. Y ahora llegamos a un punto
interesante de la historia. Dondequiera que vaya, siembra el desastre. No por
lo que hace, sino por lo que no hace. Estando en casa de su madre se produjo un
grave incendio. Por lo visto se había dormido con un cigarrillo encendido entre
los dedos. Después vino la pérdida de un buen cliente debido a lo que no hizo,
y su despido como administrador de la propiedad (en esa ocasión dejó un
verdadero revuelo tras él), todo a causa de su desidia.
»Hace
aproximadamente dos años desembarcó en Karachi. En aquella época trabajaba de
periodista independiente y el propósito de su visita era investigar el supuesto
contrabando de oro por parte de personal aéreo. Cualquier historia que hubiese
pergeñado habría sido calificada de difamatoria, pero en cualquier caso no
llegó a escribirla, o ningún periódico se la publicó.
»Peter
Rivers era empleado de una compañía aérea en Karachi. Su trabajo consistía en
recibir los aviones, facturar los equipajes y cosas por el estilo, y vivía con
su mujer y su hija en una casa de la compañía. Durante sus furtivas
indagaciones, Swan entabló amistad con los Rivers. Bueno, para ser exactos,
entabló amistad con la esposa de Rivers.
–¿Quiere
decir que le robó la mujer? –aventuró Burden.
–¿Te
imaginas a Swan haciendo algo tan emprendedor como robarle alguien o algo a
otra persona? Más bien diría que la hermosa Rosalind se abalanzó sobre Swan y
se agarró con fuerza. Al final, Swan regresó a Inglaterra con Rosalind y Stella
y un año más tarde Rivers obtenía el divorcio.
»La nueva
familia vivía en un apartamento minúsculo que Swan había alquilado en Maida
Vale, pero después de contraer matrimonio, Swan, o mejor dicho Rosalind,
decidió que el lugar no era lo bastante grande y se mudaron a la granja Hall
Farm.
–¿De
dónde obtuvo el dinero para comprar una granja?
–Bueno,
en primer lugar ya no es una granja, sino una casa remodelada con pésimo gusto
y un terreno arrendado. En segundo lugar, no la compró. Era parte de los bienes
familiares conservados en fideicomiso. Swan se cameló a su tío y consiguió que
le cediera Hall Farm por un alquiler simbólico.
–La vida
es tremendamente fácil para algunos, ¿no cree? –dijo Burden, pensando en las
hipotecas, las compras a plazos y los créditos concedidos a regañadientes–. Sin
problemas de dinero, sin problemas de vivienda...
–Se
instalaron en la granja el pasado octubre, hace ahora un año. Stella ingresó en
el colegio de monjas de Sewingbury (el tío sufragaba el gasto) y su padrastro
permitió que tomara clases de equitación. A Swan le gusta montar a caballo y
cazar. No se dedica a ello en exceso, pero a fin de cuentas ese hombre nunca se
excede en lo que hace.
»Entretanto,
Rivers había estado saliendo con algunas azafatas y finalmente se casó. Swan,
Rosalind, Stella y una chica au pair se habían instalado cómodamente en Hall
Farm y de repente, en pleno éxtasis, Stella desapareció. No hay duda de que la
muchacha está muerta. Asesinada.
–No me
parece evidente que Swan esté implicado en el caso opinó Burden.
–Carece
de coartada –protestó obstinadamente Wexford–. Y hay algo más, algo menos
tangible, algo relacionado con la personalidad de ese hombre.
–Parece
demasiado apático para cometer un acto agresivo.
–Lo sé,
lo sé –admitió Wexford casi con un gemido–. Y a los ojos de la justicia siempre
ha llevado una vida intachable. No presenta antecedentes de violencia,
inestabilidad mental o simple mal genio. Ni siquiera tenía fama de mujeriego.
Salía con chicas, desde luego, pero antes de Rosalind jamás estuvo casado ni
comprometido ni vivió con ninguna mujer. Sin embargo, su vida está marcada por
el desastre. Hay un soneto bastante siniestro que dice: «Ellos, que tienen el
poder de hacer daño y no lo hacen.» No creo que signifique que no hacen daño
sino que no hacen nada. Ese es Swan. Si él no cometió el asesinato, sin duda se
produjo debido a él o a través de él, o porque él es lo que es. ¿Crees que
estoy exagerando?
–Sí
–respondió firmemente Burden.
El
veranillo de San Lucas se mantenía en su esplendor, por lo menos durante el
día. Los setos eran de un delicado verde oro y las heladas aún no habían
ennegrecido los crisantemos y las margaritas de otoño. El año envejecía con
orgullo.
Una
carretera estrecha, salpicada de hojas muertas, flanqueada por setos de
crespillo y bañada por las semillas vaporosas de la clemátide silvestre,
conducía a la granja, y aquí y allá, detrás de esas masas plumosas, crecían
pinos escoceses cuyos troncos se tornaban de un rosa coralino cuando el sol se
posaba en ellos. Un edificio bajo y alargado de piedra y pizarra se levantaba
al final del camino, si bien casi todos sus muros quedaban ocultos bajo la
enredadera de tonos amarillentos y escarlata.
–Du coté de chez Swan –citó suavemente Wexford.
Burden no
entendía de referencias proustianas. Estaba observando al hombre que acababa de
asomar por detrás de la casa guiando un caballo de color castaño.
Wexford
bajó del coche y se acercó al hombre.
–Llegamos
un poco pronto, señor Swan. Espero que no le moleste.
–En
absoluto –respondió Swan–. Hemos vuelto antes de lo previsto. Pensaba dar un
paseo con Sherry, pero eso puede esperar.
–Le
presento al inspector Burden.
–¿Cómo
está usted? –saludó Swan al tiempo que le tendía una mano–. Un maravilloso día
de sol, ¿verdad? ¿Les importa que entremos por la puerta de atrás?
Era, en
efecto, un hombre sumamente apuesto. Burden lo decidió sin alcanzar a precisar
en qué residía su atractivo, pues Ivor Swan no era ni alto ni bajo, ni moreno
ni rubio, y sus ojos poseían ese color indefinido que la gente llama gris por
falta de un término más exacto. Las facciones no eran especialmente uniformes,
la figura, aunque estilizada, no mostraba signos de desarrollo muscular
atlético. Pero se movía con una gracia absolutamente masculina, exudaba una
suerte de hechizo indolente y era, además, un hombre seductor, capaz de hacerse
notar de inmediato.
Con voz
dulce y bella, articulaba pausadamente cada palabra. Parecía tener todo el
tiempo del mundo, un indolente que siempre dejaba para mañana lo que no podía
hacerse hoy. Debía de tener poco más de treinta años, pensó Burden, pero bien
podía pasar por un hombre de veinticinco para un observador menos perspicaz.
La pareja
de inspectores siguió al señor Swan hasta una especie de vestíbulo o cocina
trasera donde un par de pistolas y un completo surtido de aparejos de pesca
descansaban suspendidos sobre botas de montar y de goma ordenadas en hileras.
–¿Cría
conejos, señor Swan? –preguntó Wexford.
Swan negó
con la cabeza.
–Cazo
conejos, o eso intento, si se acercan a mis tierras.
En la
cocina propiamente dicha había dos mujeres ocupadas en labores femeninas. La
más joven, una muchacha morena y desgarbada, estaba preparando –si las pilas de
verduras, los botes de hierbas secas, los huevos y la carne picada esparcidos
sobre el mostrador tenían algún objetivo común– lo que Burden, de modo por
demás chovinista, juzgó de mejunje continental. Bien lejos del picadillo y las
salpicaduras, una rubia menuda planchaba camisas. Iba por la quinta o sexta y
le quedaban por lo menos otras tantas. Burden observó que la mujer ponía sumo
cuidado en no provocar el pliegue horizontal debajo del canesú de la camisa que
la ocupaba en ese momento, error en que las mujeres impacientes o descuidadas
suelen caer y que abochorna a su portador cuando llega el momento de quitarse
la chaqueta.
–Buenas
tardes, señora Swan. ¿Le importaría dedicarnos unos minutos?
Rosalind
Swan poseía un aire juvenil. Lucía un corte de cabello desenfadado y nada en su
semblante o en su porte revelaba que ocho meses atrás había perdido a su única
hija. Vestía mallas blancas y zapatos rosados con hebilla, pero Burden le
calculó su misma edad.
–Me gusta
cuidarme personalmente de la ropa de mi marido –declaró con un tono que Burden
sólo podía calificar de jovial–, y naturalmente es imposible que Gudrun dé ese
toque excepcional de la esposa, ¿no creen?
Burden
sabía por experiencia que si un hombre está teniendo una aventura con otra
mujer y en presencia de esa mujer la esposa hace una observación más coqueta y
absurda de lo normal, instintivamente el marido y la amante intercambiarán una
mirada de disgusto. Aunque el inspector carecía de motivos para sospechar que
Gudrun fuese algo más que una empleada –saltaba a la vista que no era ninguna
belleza–, se dedicó a observarlos mientras la señora Swan hablaba. La muchacha
no alzó la vista y Swan miraba fijamente a su esposa. Era una mirada
agradecida, cariñosa, y al parecer el hombre no veía nada ridículo en el
comentario de su mujer.
–Puedes
dejar mis camisas para más tarde, Rossy.
Burden
intuyó que Swan acostumbraba hacer observaciones de esa índole. Todo podía
dejarse para otro día, para otro momento. El ocio o la plática primaban sobre
cualquier otra actividad. El inspector se sobresaltó cuando la señora Swan
propuso alegremente:
–¿Vamos
al salón, mi amor?
Wexford
miró a Burden con expresión impasible.
El
«salón» estaba amueblado con sillas de oropel y antigüedades dudosas, y de las
paredes colgaban algunos utensilios de bronce sin utilidad aparente para una
familia moderna o incluso anticuada. No reflejaba un gusto concreto, carecía de
individualidad, y Burden recordó que Hall Farm, y todo su contenido, había sido
cedido a Swan por un tío porque no tenía otro lugar donde vivir.
Cogiendo
a su marido del brazo, la señora Swan lo condujo hasta el sofá, se sentó a su
lado, retiró el brazo y le tomó la mano. Swan aceptaba semejante manipulación
pasivamente, y parecía admirar a su esposa.
–Estos
nombres no me dicen nada, inspector –dijo después de examinar la lista–. ¿Y a
ti, Rossy?
–Creo que
no, mi amor.
Su amor
prosiguió:
–He leído
en el periódico la noticia del niño desaparecido. ¿Cree que ambos casos están
relacionados?
–Es muy
probable, señor Swan. Si no conoce a nadie de la lista, ¿conoce por lo menos a
la señora Gemma Lawrence?
–Apenas
nos relacionamos con la gente de por aquí –explicó Rosalind Swan–. Podría
decirse que todavía estamos en plena luna de miel.
Burden
juzgó la observación de mal gusto. La mujer rondaba los treinta y ocho años y
llevaba un año casada. Aguardó a que dijese algo sobre la muchacha que nunca
fue hallada, que mostrase algún sentimiento por ella, pero la señora Swan
estaba mirando a su marido con un orgullo voraz. Pensó que le había llegado el
turno de hablar y espetó:
–¿Puede
explicarnos qué hizo la tarde del pasado jueves, señor Swan?
El hombre
no era muy alto, tenía manos pequeñas y cualquiera podía fingir una cojera.
Además, Wexford había dicho que carecía de coartada para aquella otra tarde de
jueves...
–Decididamente
me han asignado el papel de secuestrador, ¿verdad? –preguntó Swan dirigiéndose
a Wexford.
–La
pregunta se la ha formulado el señor Burden –repuso Wexford sin inmutarse.
–Nunca
olvidaré el modo en que me atosigó cuando desapareció la pobre Stella.
–Pobre
Stella –repitió lánguidamente la señora Swan.
–No te
entristezcas, Rossy. Sabes que no soporto verte triste. Veamos, ¿qué hice el
jueves por la tarde? Imagino que cada vez que añada un nuevo nombre a su lista
de personas desaparecidas me someterá a esta clase de interrogatorio. El jueves
estuve aquí. Mi mujer se hallaba en Londres y Gudrun tenía la tarde libre.
Estuve aquí solo. Pasé un rato leyendo y dormí la siesta. –Un conato de mal
genio deformó su cara–. Ah, y a eso de las cuatro fui en coche hasta Stowerton
y maté a un par de críos que no encajaban con el entorno.
–¡Ivor,
cariño!
–No tiene
gracia, señor Swan.
–No, y
tampoco la tiene el que me crean capaz de secuestrar a dos niños, entre ellos
la hija de mi esposa.
Fue
imposible sacarle algo más.
–Hace
rato que quería preguntarle algo –dijo Burden de regreso a la comisaría–.
¿Siguió Stella llamándose Rivers cuando su madre volvió a casarse?
–A veces
sí y a veces no, por lo que he podido deducir. Cuando desapareció, para
nosotros se llamaba Stella Rivers, porque ése era su verdadero apellido. Swan
explicó que deseaba cambiarle el apellido por cuestiones legales, pero no había
iniciado ni un solo trámite. Típico en él.
–Hábleme
de esa coartada inexistente –dijo Burden.
6
Martin,
Loring y sus ayudantes seguían interrogando a criadores de conejos; Bryant,
Gate y otros seis continuaban rastreando Stowerton casa por casa. En ausencia
del inspector jefe, el agente Peach había traído una zapatilla deportiva de
niño que había encontrado en un campo cerca de Flagford, pero no era del mismo
número y, en cualquier caso, John Lawrence no calzaba zapatillas deportivas en
el momento de desaparecer.
Wexford
leyó los mensajes que se apilaban en su escritorio, pero la mayor parte eran
negativos y no exigían una atención inmediata. Después de examinar nuevamente
la nota anónima, la devolvió al sobre con un suspiro.
–En el
caso de Stella Rivers nos llegaron cartas suficientes para empapelar esta
oficina –dijo–, y comprobamos cada una de ellas. Recibimos ciento veintitrés
llamadas telefónicas. No tienes idea de las fantasías que pasan por las mentes
de esas gentes, Mike, del poder de su imaginación. La mayoría actuaba de buen
corazón. El noventa por ciento creía realmente que había visto a Stella Rivers
y...
–Hábleme
de la coartada de Swan –lo interrumpió bruscamente Burden.
–Swan
acompañó a Stella a Equita a las dos y media. Qué nombre tan absurdo, ¿no te
parece? Nunca sabré si se refiere a que todos los alumnos son iguales o que lo
único que allí se enseña es equitación.
Semejantes
digresiones tenían el don de impacientar a Burden.
–¿Qué
clase de vehículo conduce el señor Swan?
–Desde
luego no conduce un Jaguar rojo. Tiene una vieja furgoneta Ford. Dejó a Stella
delante de la escuela, convencido de que sus amigos la devolverían a casa, y
regresó a la granja. A las tres y media montó en ese caballo, Sherry, y
cabalgó hasta Myfleet con el fin, lo creas o no, de hablar con un hombre acerca
de un perro.
–¿Bromea?
–¿En un
caso como éste? Hay un tipo en Myfleet llamado Blain que cría pointers. Swan
fue a ver algunos cachorros con la intención de regalarle uno a Stella.
Naturalmente, no compró ninguno, del mismo modo que nunca le regaló el pony que
le había prometido ni le cambió el apellido. Swan siempre «está a punto de hacer
algo».
–Pero
¿visitó a ese hombre?
–Blain
aseguró que estuvo con él desde las cuatro menos diez hasta las cuatro y
cuarto, pero Swan no regresó a Hall Farm hasta las cinco y media.
–¿Dónde
dijo que estuvo durante esa hora y cuarto?
–Sencillamente
montando a caballo. El animal, según él, necesitaba ejercicio. Posiblemente
también necesitaba un baño, pues tanto el jinete como el caballo tuvieron que
llegar a casa empapados. Pero por extraño que parezca, ésa es la clase de cosas
que Swan haría: cabalgar durante horas bajo la lluvia. El paseo, dijo, lo
condujo hasta el interior del bosque de Cheriton, pero no hay una sola persona
que pueda corroborarlo. Por otro lado, en ese intervalo de tiempo bien pudo
acercarse hasta Mill Lane y matar a Stella. Pero si lo hizo, ¿por qué lo hizo?
Y ¿qué hizo con el cuerpo? Su esposa también carece de coartada. Asegura que
estaba en Hall Farm, y no puede conducir. O por lo menos no tiene permiso de
conducir.
Burden
asimiló la información lentamente. Luego decidió que quería saber más acerca
del momento en que Stella había salido de Equita. Deseaba conocer los detalles
que Wexford no había tenido tiempo de contarle cuando estuvieron aparcados
dentro del coche en Fontaine Road.
–Los
niños –prosiguió Wexford– tenían una hora de clase y otra hora que dedicaban a
ocuparse de los caballos. La señorita Williams, propietaria de Equita, vive en
la casa contigua a los establos y vio a Stella esa tarde, pero asegura que no
habló con ella, y no hay razón para dudar de su palabra. La señora Margaret
Fenn fue quien sacó a los niños a cabalgar. Es una viuda de unos cuarenta años,
que vive en lo que antes era la rectoría de Saltram House. ¿Conoces el lugar?
Burden lo
conocía. La ruinosa Saltram House y sus terrenos abandonados habían constituido
en otro tiempo uno de los parajes predilectos de él y de Jean, un entorno de
novela, un paraíso perdido que elegían para sus paseos al anochecer en los
albores de su matrimonio y al que muchas veces regresaron en compañía de sus
hijos.
En todo
el día apenas había pensado en Jean y en los momentos felices que había pasado
a su lado. El dolor permanecía suspendido a causa de los turbulentos sucesos
presentes. Pero ahora volvía a ver su cara y la oía pronunciar su nombre
mientras exploraban los jardines aquel día que habían quedado desiertos y,
cogidos de la mano, penetraban el caparazón frío y sombrío de la casa. Burden
se estremeció.
–¿Te
encuentras bien, Mike? –Wexford contempló preocupado a su compañero y
prosiguió–: Stella se despidió de la señora Fenn y le dijo que como su
padrastro (por cierto, siempre se refería a él como su padre) no había llegado,
caminaría por Mill Lane hasta encontrarse con él. A la señora Fenn no le gustó
la idea de que fuese sola, pero aún había luz y no podía acompañarla porque le quedaba
otra hora y media en Equita para poner orden. Observó cómo Stella salía por la
puerta de Equita y fue, por lo tanto, la penúltima persona que vio a la
muchacha antes de su desaparición.
–¿La
penúltima?
–No
olvides al hombre que se ofreció a acompañarla. En Mill Lane sólo hay tres
casas entre Equita y Stowerton, y muy alejadas entre sí. Saltram Lodge y dos
viviendas más. Antes de que Hill se ofreciera a acompañarla, Stella pasó por
delante de una de las casas, una que sólo era habitada los fines de semana y,
dado que era jueves, estaba vacía. Ignoramos qué fue de ella después de que
Hill la viera, pero en caso de haber proseguido su camino sin ser molestada,
tuvo que llegar hasta la otra casa. El inquilino, un hombre soltero, estaba
trabajando y no regresó hasta las seis. Nos ocupamos de comprobarlo porque esa
casa y Saltram Lodge tienen teléfono y se me ocurrió que Stella pudo pedir que
le dejaran telefonear a Hall Farm. La tercera y última casa, Saltram Lodge,
también permaneció vacía hasta que la señora Fenn regresó a eso de las seis.
Tenía alojados a unos familiares, pero éstos habían partido hacia Londres en el
tren de las cuatro menos cuarto que sale de Stowerton. Un taxista confirmó que
los había recogido a las tres y veinte.
–¿Y eso
es todo? –preguntó Burden–. ¿No hay más pistas?
Wexford
negó con la cabeza.
–El resto
no son exactamente pistas. Como ocurre en estos casos, la gente comenzó a
llegar con pruebas inservibles. Una mujer recogió un guante de niño frente a
una de las casas, pero no era de Stella. Uno de esos serviciales conductores
aseguró que a las cinco y media había recogido a un hombre mayor cerca de
Saltram Lodge y lo había acompañado hasta Stowerton, pero enseguida tuve la
impresión de que el sujeto era un cuentista poco fiable.
»El
conductor de una camioneta vio a un muchacho salir por la puerta trasera de la
casa alquilada, y probablemente fuera verdad. Por aquí todo el mundo deja
abiertas las puertas traseras. Creen que en el campo no hay delincuencia. Ese
mismo conductor afirmó que oyó gritos procedentes de detrás del seto que hay
justo a la entrada de Equita, pero nosotros sabemos que Stella estuvo sana y
salva hasta que rechazó la invitación de Hill. Dudo que algún día averigüemos
qué ocurrió realmente.
Wexford
parecía cansado, con el rostro más abotagado de lo normal.
–Mañana
me tomaré un par de horas libres, Mike, y tú deberías hacer lo mismo. Ambos
estamos exhaustos. Quédate en la cama hasta tarde.
Burden
asintió distraídamente. No dijo que era absurdo quedarse en la cama cuando no
se tiene a nadie con quien compartirla, pero lo pensó. Mientras se dirigía a su
automóvil con paso cansino, lo asaltó el recuerdo de aquellas infrecuentes pero
deliciosas mañanas de domingo en que Jean, generalmente madrugadora, accedía a
permanecer en la cama con él hasta las nueve. Abrazados, oían a Pat preparar el
té en la cocina y luego se incorporaban de golpe, separándose a empujones,
cuando entraba en el dormitorio con la bandeja. Aquellos fueron días felices,
pero entonces Burden no era consciente de ello, no supo apreciar ni atesorar
cada uno de esos momentos, como debería haber hecho. Y ahora habría dado diez
años de su vida por una de aquellas mañanas.
Los
recuerdos lo sumieron en una torpe tristeza, y su único consuelo era saber que
pronto estaría en compañía de alguien tan abatido como él, pero cuando alcanzó
esa puerta siempre abierta advirtió que ese alguien gritaba jovialmente su
nombre y lo trataba con la intimidad propia de dos viejos amigos.
–Estoy
hablando por teléfono, Mike. Entre y póngase cómodo.
El
teléfono debía de estar en el comedor, pensó Burden. Se sentó en la sala de
estar, incómodo por el desorden, que siempre lo ponía nervioso. No entendía
cómo una mujer tan hermosa y encantadora podía vivir entre tanta confusión, y
todavía lo entendió menos cuando la vio entrar, porque parecía otra mujer, una
mujer elegante con una amplia sonrisa en el rostro.
–No era
necesario que colgara por mí –dijo él, procurando no mirar con demasiada
insistencia el corto vestido azul que la cubría, las largas cadenas de plata,
la peineta púrpura sujetando el pelo recogido.
–Era
Matthew –explicó Gemma Lawrence–. Le instalaron un teléfono en la habitación y
me llamó desde la cama. Está muy preocupado por John, pero traté de
tranquilizarlo. Le he dicho que el lunes se solucionaría todo. Tiene tantas
preocupaciones, el pobrecillo. Está enfermo, no tiene trabajo, su mujer espera
un hijo y ahora... esto.
–¿No
tiene trabajo? ¿A qué se dedica?
Gemma
tomó asiento frente a él y cruzó el mejor par de piernas que Burden había visto
en su vida. El inspector clavó la mirada en el suelo, a unos centímetros de los
pies de ella.
–Es actor
de televisión, por lo menos cuando tiene trabajo. Sueña con ser famoso, pero el
problema es su cara. Oh, no me refiero a que no sea bien parecido, pero nació
en la época equivocada. Es igualito que Valentino y hoy día eso no se lleva.
John será como él. De hecho, ya se le parece mucho.
Matthew
Lawrence... el nombre le sonaba.
–Creo que
he visto su foto en los periódicos –le dijo Burden.
Gemma
asintió vehementemente.
–Acompañando
a Leonie West, supongo. Esa mujer siempre estaba rodeada de fotógrafos.
–La
conozco. Es bailarina clásica. Mi hija adora el ballet. Ahora que lo dice, creo
que es ahí donde he visto a su ex marido, en las fotos de Leonie West.
–Matthew
y Leonie fueron amantes durante muchos años. Después me conoció a mí. Yo era
estudiante de arte dramático y tenía un pequeño papel en una serie de
televisión en la que trabajaba Matthew. Cuando nos casamos dijo que no volvería
a ver a Leonie, pero en realidad sólo se casó conmigo porque quería un hijo.
Leonie no podía tenerlos, por eso no se casó con ella.
Hasta ese
momento Gemma había empleado un tono frío y práctico, pero de repente suspiró y
calló. Burden esperó, olvidándose del cansancio, más interesado que nunca por
la vida de otra persona, una vida que, no obstante, le perturbaba extrañamente.
Al cabo,
la mujer continuó:
–Intenté
mantener a flote nuestro matrimonio y cuando John nació pensé que aún teníamos
una oportunidad de ser felices. Entonces averigüé que Matthew seguía viendo a
Leonie. Finalmente me propuso el divorcio y cedí. El juez aceleró el proceso
porque había un niño en camino.
–Pero
acaba de decir que Leonie West no podía...
–Oh, no
era de Leonie. Matthew no se casó con ella. Leonie era mucho mayor que él.
Ahora debe de rondar los cuarenta y pico. Se casó con una joven de diecinueve
años que conoció en una fiesta.
–Cielo
santo –dijo Burden.
–La
muchacha tuvo el bebé, pero murió dos días después. Por eso ahora cruzo los
dedos, para que esta vez todo salga bien.
Burden no
pudo seguir ocultando su parecer.
–¿Es
posible que no les guarde rencor? Lo lógico sería que odiara a su marido, a su
esposa y a esa Leonie West.
Gemma
Lawrence se encogió de hombros.
–Pobre
Leonie. Resulta demasiado patética para odiarla. Además, siempre me cayó bien.
Tampoco odio a Matthew ni a su mujer. No pudieron evitarlo. Hicieron lo que
debían hacer. No esperará que arruinaran sus vidas por mí, ¿verdad?
–Me temo
que para algunas cosas soy algo anticuado –admitió Burden–. Creo en la
autodisciplina. Ellos arruinaron su vida.
–¡Oh, no!
Tengo a John, y eso me hace muy feliz.
–Señora
Lawrence...
–¡Gemma!
–Gemma
–repitió torpemente Burden–, he de advertirle que no debe abrigar demasiadas
esperanzas con respecto al lunes. De hecho, no debe esperar nada en absoluto.
Mi jefe, el inspector Wexford, no cree en la veracidad de esa carta. Está
convencido de que es una trampa.
La mujer
palideció levemente y dio una palmada.
–Nadie
escribiría una cosa así si no fuera en serio –repuso inocentemente–. No puede
existir alguien tan cruel.
–La gente
es cruel y usted lo sabe.
–Sé que
John estará allí el lunes. Por favor, no lo estropee. Sólo la esperanza me
ayuda a seguir adelante.
Indeciso,
el inspector sacudió la cabeza. Ella lo miraba con ojos suplicantes, implorando
una palabra de ánimo. De repente, para su horrible sorpresa, la mujer cayó de
rodillas frente a él y le cogió las manos.
–Se lo
ruego, Mike, dígame que todo saldrá bien. Diga al menos que existe una posibilidad.
La hay, ¿no es cierto? Por favor, Mike.
Gemma
clavó las uñas en sus muñecas.
–Siempre
existe una posibilidad...
–Necesito
algo más, algo más. Sonría, demuéstreme que existe una posibilidad. –Burden
sonrió, casi con desesperación. Gemma se levantó de un salto–. No se mueva de
ahí. Voy a preparar café.
Caía la
noche. Muy pronto la oscuridad lo envolvería todo. Burden sabía que era el
momento de partir, de seguir a Gemma y decirle enérgicamente: «Bien, si ya no
me necesita, me voy.»
Permanecer
por más tiempo en esa casa era un error, una completa extralimitación de sus
funciones. Si Gemma necesitaba compañía, debía llamar a la señora Crantock o a
alguno de sus extraños amigos.
No podía
irse. Era imposible. Menudo hipócrita estaba hecho con su perorata sobre la
autodisciplina. Pensó en Jean. Si hubiese estado esperándolo en su casa no
habría sentido el deseo de quedarse, la necesidad de dominarse.
Gemma
regresó con el café, que juntos saborearon en la penumbra. Pronto Burden apenas
pudo verla, y sin embargo notaba su presencia con más fuerza. Por un lado
deseaba que encendiera la luz, pero al mismo tiempo rogaba que no lo hiciera,
que no destruyera la atmósfera cálida y crepuscular perfumada con su aroma, esa
tensión y, sin embargo, esa paz.
Le sirvió
más café y sus manos se rozaron.
–Hábleme
de su mujer –dijo ella.
Nunca
hablaba de su mujer. No era la clase de hombre que abría su corazón y se
sinceraba. Grace había intentado hacerle hablar. Ese idiota de Camb también lo
había intentado y, de un modo más sutil y discreto, el propio Wexford. Y no
obstante le habría gustado hablar si hubiese tropezado con el confidente
adecuado. Esa hermosa mujer no lo era. ¿Cómo podía ella, con ese extraño
pasado, esa peculiar permisividad, comprender su concepto de la monogamia, su
consagración a una sola mujer? ¿Cómo podía hablarle de la sencilla y tierna
Jean, de su callada existencia y su abominable muerte?
–Ella
pertenece al pasado –respondió Burden con aspereza–. Prefiero olvidarlo.
–Comprendió demasiado tarde la impresión que habían causado sus palabras.
–Aunque
no haya sido muy feliz –repuso ella–, no es tanto la persona lo que se echa de
menos, sino el amor.
Burden
sabía que era cierto. Incluso para él era cierto. Pero amor no era exactamente
la palabra. No había amor en esos sueños suyos, en los que Jean nunca
intervenía. Como si tratara de rechazar sus propios pensamientos, dijo
bruscamente:
–Dicen
que es fácil encontrar un sustituto, pero yo no puedo. No puedo.
–Sustituto
no es la palabra. Acaso otra persona para otra forma de amar.
–No estoy
seguro. Debo irme. No encienda la luz. –La luz revelaría demasiado de él, su
dolor contenido y, peor aún, el deseo que sentía por ella y que ya no podía
ocultar–. ¡No encienda la luz!
–No
pensaba hacerlo –dijo ella suavemente–. Acérquese.
Fue un
beso leve en la mejilla, como el de una mujer a un hombre que conoce desde hace
años, el marido de una amiga, quizá. Rozando la mejilla de ella, Burden quiso
besarla del mismo modo, con la confianza de un camarada. Pero sintió el latido
de su corazón, y el de ella detrás, como si poseyera dos corazones. Sus bocas
se encontraron y el autodominio de Burden se hizo pedazos.
La besó
con todo su ser, estrechándola en sus brazos y aprisionándola contra la pared,
hundiendo la lengua hasta lo más profundo de su boca.
Cuando la
soltó y se apartó tembloroso, Gemma permaneció inmóvil, con la cabeza ladeada,
sin decir palabra. Burden abrió la puerta y huyó de ella sin mirar atrás.
7
El
domingo por la mañana era su momento de reposo. Había pasado una noche
horrible, colmada de sueños tan repugnantes que si hubiese leído acerca de
ellos en algún tratado de psicología –de la clase con que Grace no paraba de
marearlo– habría asegurado que eran producto de una mente enferma y pervertida.
Sólo de pensar en ellos se estremecía de vergüenza.
Si uno
yace despierto en la cama cuando ya ha amanecido, no puede evitar pensar. Pero
¿en qué? ¿En Jean, que se había ido para siempre? ¿En sueños que le hacían
sospechar que dentro de él se ocultaba un ser tan perturbado como todos esos
pervertidos locales? ¿En Gemma Lawrence? ¡Menudo imbécil había sido al besarla, al
permanecer sentado con ella en la penumbra, al implicarse!
Se
levantó rápidamente. Apenas eran las siete y media cuando entró en la cocina.
El resto de la casa dormía. Preparó té y subió una taza a los demás. Se trataba
de otro día hermoso y despejado.
Grace se
sentó en la cama y aceptó la taza. Llevaba puesto un camisón como el de Jean.
Tenía la cara hinchada, y estaba amodorrada, despistada, exactamente como lo
habría estado Jean. La odiaba.
–Debo
irme –anunció Burden–. Tengo trabajo.
–No he
oído el teléfono –dijo Grace.
–Estabas
dormida.
Los niños
ni siquiera se agitaron cuando entró a dejar el té sobre la mesita de noche.
Solían dormir profundamente y era lo más natural. Burden lo sabía, y aun así
tuvo la impresión de que él ya no les importaba. Su madre estaba muerta, pero
ahora tenían una madre suplente, un facsímil. Les daba igual, pensó Burden, que
su padre estuviera o no.
Subió al
coche y arrancó sin rumbo fijo. Quizá fuese al bosque de Cheriton, para
sentarse, pensar y torturarse. Pero en lugar de tomar la carretera de Pomfret,
se sorprendió conduciendo hacia Stowerton. Hubo de recurrir a todo el
autodominio que le quedaba para desviarse de la dirección de Fontaine Road y
doblar por Mill Lane.
Ésa era
la calle en que había sido visto el Jaguar rojo. Detrás de aquellos árboles, el
joven con abrigo de tres cuartos y manos menudas había deambulado recogiendo
hojas. ¿Existía alguna relación entre el coche y el muchacho? ¿Y era posible,
en este mundo malvado y cínico, que el recogedor de hojas criara conejos –tal
vez recogía hojas para sus animalitos– y necesitara un niño sólo por el placer
de su compañía y la visión de su rostro feliz cuando la mano pequeña y entusiasta
acariciara el pelo suave y abundante?
En
mañanas como ésa hasta una idea tan improbable y fantasiosa resultaba
verosímil. Delante, a lo lejos, repicaban las campanas de San Judas de Forby
llamando a la primera comunión. Ahora ya sabía adonde se dirigía. Giró por una
curva de la carretera y Saltram House apareció súbita y esplendorosamente ante
sus ojos.
¿Quién
podía imaginar, contemplándola desde esa distancia coronando orgullosamente la
colina, que sus ventanas no estaban vidriadas, que sus habitaciones no estaban
habitadas, que el gran edificio de piedra no era más que un caparazón, el
esqueleto, por así decirlo, de un palacio? Construida a finales del siglo xviii, la casa palatina lucía bajo el
sol de la mañana un tono gris dorado, y envuelta en sus espléndidas
proporciones parecía sonreír y al tiempo fruncir el entrecejo ante el valle que
se extendía a sus pies.
Todos en
Kingsmarkham conocían la historia de su destrucción, ocurrida cincuenta años
atrás. Fue durante la Primera Guerra Mundial. El propietario, cuyo nombre ya ha
sido olvidado, celebraba una fiesta en su casa y los invitados habían subido a
la azotea para admirar el paso de un dirigible. Uno de los comensales lanzó la
colilla de su cigarro por la balaustrada y prendió fuego a los arbustos de
abajo. Nada quedaba ya tras las elegantes y vacías ventanas salvo árboles y
arbustos que habían brotado de los escombros calcinados para impulsar sus ramas
por donde antaño damas ataviadas según la moda de París paseaban admirando
cuadros y agitando sus abanicos.
Puso
nuevamente en marcha el coche y se dirigió lentamente hacia la verja de hierro
donde comenzaba el paseo de Saltram House. A la izquierda de la verja se alzaba
una casita blanca con tejado de paja. En el jardín, una mujer recogía champiñones.
La señora Fenn, supuso Burden. No vivía allí cuando él y Jean acudían a
merendar al lugar. La casa había estado deshabitada durante años.
Obviamente,
los pelotones de búsqueda habían rastreado palmo a palmo esos mismos terrenos
en febrero, así como el pasado jueves por la noche y el viernes. Pero ¿conocían
el lugar tan bien como él? ¿Conocían sus secretos rincones tan bien como él?
Burden
abrió la verja y los goznes chirriaron.
Wexford y
su amigo el doctor Crocker, médico forense, acostumbraban jugar a golf los
domingos por la mañana. Amigos desde la infancia, aunque Wexford era siete años
mayor, el doctor era un hombre delgado y ágil que parecía bastante joven visto
desde lejos, en tanto que el inspector, un hombre enorme, estaba envejecido y
tenía la tensión arterial peligrosamente alta.
Esa
hipertensión era la razón por la que Crocker le había recetado las sesiones de
golf dominicales y un régimen riguroso. Wexford burlaba el régimen una media de
dos veces por semana, pero no oponía excesiva resistencia al golf, aunque su
hándicap rozara un vergonzoso treinta y seis. Lo libraba de ir a misa con su
esposa.
–¿No te
apetece una gotita de algo? –preguntó sin demasiadas esperanzas el inspector en
el bar del club.
–¿A estas
horas? –repuso el disciplinario Crocker.
–No es la
hora lo que cuenta sino el efecto.
–Si mi
esfigmógrafo no fuera el mejor del mercado –dijo el médico–, habría estallado
la última vez que te tomé la tensión. En serio, habría explotado de pura
desesperación. No osarías poner un termómetro bajo el grifo del agua caliente,
¿verdad? Lo que necesitas no es una copa sino unos cuantos golpes enérgicos
bajo la supervisión de un profesional.
–No, por
favor –suplicó Wexford–. Todo menos eso.
Llegaron
al primer tee. Con expresión inescrutable, Crocker
observó a su amigo revolver torpemente en la bolsa y acto seguido, sin mediar
palabra, le entregó un hierro del cinco.
Wexford
golpeó con fuerza. La pelota desapareció, pero en dirección muy diferente de la
del primer hoyo.
–¡Maldita
sea, no es justo! –protestó–. Llevas en este pasatiempo absurdo toda tu vida y
yo soy un simple novato. Me estás creando un complejo de inferioridad de mil
demonios. No obstante, si pudiera meter a alguien en esto, a Mike Burden, por
ejemplo...
–Seguro
que le haría mucho bien.
–Me
preocupa Mike –dijo Wexford, agradeciendo el respiro antes de tener que
presenciar otro de los golpes perfectos del doctor–. A veces me pregunto si no
va camino de un colapso nervioso.
–Muchos
hombres pierden a sus mujeres y lo superan. ¿Sabes qué pienso? Que Mike acabará
casándose con su cuñada. Tiene todas las cartas a su favor. Se parece a Jean,
actúa como Jean... Si Mike se casara con ella casi seguiría monógamo. Bueno, se
acabó la charla. Hemos venido a jugar, no lo olvides.
–No debo
alejarme del club. Si surge alguna novedad sobre el caso del muchacho
desaparecido, intentarán localizarme.
No era
una excusa sino una inquietud genuina, pero el inspector jefe había gritado
«que viene el lobo» demasiadas veces en el campo de golf. El doctor sonrió maliciosamente.
–Pues que
vengan a buscarte. Algunos socios de este club saben correr. Ahora observa con
atención. –Crocker cogió su hierro del cinco y golpeó con hermosa precisión–.
En el green, creo –dijo complacido.
Wexford
recogió su bolsa, suspiró y caminó valientemente por la calle. Con la mirada
clavada en la espalda del doctor, murmuró con voz queda:
–No
matarás, pero habrás de luchar oficiosamente por sobrevivir.
El lado
de la casa que miraba a la carretera, y frente al cual Burden aparcaba ahora el
coche, constituía la fachada posterior o, más exactamente, la parte frontal del
jardín. A esa distancia saltaba a la vista que Saltram House era un esqueleto.
Burden se encaramó a una de las ventanas de piedra y a través de ella vislumbró
el fondo sereno, turbio y silencioso. Saúcos y robles jóvenes –¿qué edad tiene
un roble maduro?– emergían entre la tierra y los cascotes. Las cicatrices del
incendio se habían desvanecido, las lluvias de cincuenta inviernos había
arrastrado el negror. Las hojas amarilleaban con rapidez, cubriendo la piedra
rota y los escombros apilados. La casa estaba igual que cuando él y Jean la
habían visitado por primera vez, con la única diferencia que ahora los árboles
eran más altos y la naturaleza se mostraba más arrogante en su conquista.
Burden, sin embargo, sintió que esa destrucción era personal, un símbolo
propio.
Nunca
leía poesía. De hecho, apenas leía nada. Pero como ocurre a la mayoría de la
gente que no lee, tenía buena memoria y a veces recordaba las frases que
Wexford le citaba. Sorprendido, musitó:
–«La
destrucción me ha enseñado así a rumiar que la hora llegará y a mi amada
arrastrará.»
Ignoraba
quién lo había escrito, pero quienquiera que fuera sabía lo que decía. Se alejó
del muro posterior de la casa. No se podía entrar por allí. «Entraste por
delante, gateando por lo que había sido un jardín italiano.»
A derecha
e izquierda, la tierra desatendida agonizaba. ¿A quién pertenecía? ¿Por qué
nadie la labraba? Ignoraba la respuesta, sólo sabía que se hallaba en un desierto
tranquilo y hermoso donde la hierba crecía alta y salvaje y los árboles que el
hombre, no la naturaleza, había plantado –cedros y encinas, y el esbelto gingko biloba, el culantrillo chino– emergían del suelo extraño en la forma de
troncos orgullosos y ramas aún más orgullosas. Era un yermo dolorosamente
triste, pues había sido diseñado para recibir cuidados, pero aquellos que
amaban cuidarlo habían desaparecido con el tiempo. Abriéndose paso entre las
ramas y zarzales, Burden llegó hasta la fachada principal de Saltram House, sin
duda mucho más hermosa.
Un
frontón gigantesco con un friso de figuras clásicas coronaba la fachada y más
abajo, sobre la puerta, había un reloj de sol azul cielo, con números dorados
que el viento y la lluvia habían marcado pero no destruido. Desde donde estaba
vislumbraba, a través de la osamenta de la casa, fragmentos de cielo tan azules
como el reloj de sol.
Era
imposible, y lo había sido durante años, llegar al jardín italiano o subir
hasta la casa sin trepar. Burden escaló una pared pedregosa de metro y medio de
altura, por cuyas grietas zarzas y brionas extendían sus zarcillos.
Nunca
había visto los surtidores en funcionamiento, pero sabía que en ese lugar, en
otros tiempos, había surtidores. Doce años atrás, la primera vez que él y Jean
se aventuraron hasta tan adentro, dos figuras de bronce con sendas vasijas en
lo alto de la cabeza presidían los extremos de la avenida. Pero desde entonces
los vándalos habían arrancado las estatuas de sus plintos, codiciando acaso el
plomo de las tuberías de la fuente.
Una
figura representaba un niño y la otra una muchacha envuelta en delicados
ropajes. El niño había desaparecido, pero la muchacha yacía entre los
hierbajos, y una enredadera envolvía con sus tallos el brazo y la combadura de
su cuerpo. Burden se inclinó y levantó la estatua. Estaba rota y medio comida
por el verdín. El suelo de debajo aparecía desnudo, una superficie de tierra
pelada con la forma extraña e inquietante de un cuerpecito humano.
Devolvió
a su lugar la figura de metal que en otra época había hecho de surtidor y subió
por los peldaños rotos que conducían a la puerta principal. En cuanto alcanzó
el umbral, el lugar donde los invitados tendían sus capas a los criados,
comprobó que era imposible ocultar un cuerpo allí, aunque se tratara del
cuerpecillo de un niño de cinco años.
Todo en
Saltram House, armarios, puertas, escaleras y hasta gran parte de los tabiques,
había desaparecido. Apenas quedaba algo de la mano del hombre. Los altos y
siniestros muros de la casa se cernían sobre Burden, pero incluso éstos, en
otros tiempos pintados y adornados con frescos, aparecían cubiertos de hiedra y
protegían del viento un joven soto de rica vegetación. Saúcos y robles,
pimpollos de abedul y haya se abrían paso por la fértil tierra calcinada y
ahora competían en altura con los muros. Burden estaba mirando un bosquecillo
suavemente mecido por la brisa que entraba a través de las ventanas. Veía las
raíces de los árboles y veía también que nada yacía en torno a ellas.
Echó otra
rápida mirada y se volvió. Bajó por los escalones y regresó al jardín italiano,
recordando con una súbita punzada la vez que habían merendado en ese mismo
lugar y Pat, que apenas tenía seis años, le preguntó por qué no podía poner en
marcha los surtidores. «Porque están rotos, porque no tienen agua», explicó él.
Nunca había vuelto a pensar en ello, nunca se lo había preguntado hasta ahora.
Porque
esos surtidores tuvieron que funcionar en otros tiempos. ¿De dónde procedía el
agua? Obviamente no llegaba directamente de las cañerías, aunque el suministro
de agua hubiese alcanzado alguna vez Saltram House. Para esa clase de cosas,
como fuentes y surtidores ornamentales, siempre se empleaban depósitos. Y
aunque la casa hubiese gozado de agua corriente en la época en que se incendió,
evidentemente no era así cuando se instalaron los surtidores, en mil
setecientos y pico.
Por lo
tanto, tenían que almacenar el agua en algún lugar. De repente, Burden tuvo
miedo. Era una idea estúpida, se dijo. Fantástica. Los rastreadores habían
examinado dos veces el terreno. ¿Se le había ocurrido a alguno de ellos la
misma idea? «Probablemente no, si no conocían el lugar tan bien como yo –se
dijo–. Si no sabían que la estatua era un surtidor.»
Sabía que
si se marchaba en ese momento no descansaría, no tendría un segundo de paz.
Descendió por los escalones y se sumergió hasta las rodillas en los hierbajos y
zarzales. Los depósitos, si existían, no estarían junto a la casa sino lo más
cerca posible de los plintos de la fuente.
Pero los
plintos no resultaban fáciles de encontrar. Burden cortó un brote de saúco con
su navaja, podó las ramitas y procedió a quitar la vegetación muerta y
agonizante. En algunas zonas la maraña se mostraba impenetrable. Estaba a punto
de desistir cuando el palo tropezó con algo acerado y emitió un leve sonido
metálico. Empleando ahora sus manos desnudas, Burden arrancó primero la hiedra
y acto seguido un brezo obstinado hasta descubrir un disco de bronce con un
orificio en el centro. Cerró los ojos y recordó que la estatua del niño había
estado allí, en posición análoga a la de la muchacha.
Y ahora,
¿dónde estaba el depósito? Seguramente no se encontraba entre el plinto y la
avenida, sino al otro lado. Se ayudó de nuevo con la rama. No había llovido en
dos o tres semanas y el suelo bajo la jungla de hierbajos estaba duro como una
piedra. Sólo podía guiarse por el tacto de sus pies. Así pues, procedió a
arrastrarlos lentamente por el vago pasadizo que iba abriendo con ayuda del
bastón.
Tenía la
mirada fija en el suelo, pero aun así se tambaleó cuando su pulgar izquierdo
tropezó con lo que parecía un escollo o un peldaño de piedra. Tanteando con el
palo, encontró el escollo y trazó un rectángulo. Se arrodilló y retiró la
vegetación con las manos hasta dejar al descubierto una losa de pizarra del
tamaño y la forma de una lápida. El depósito del surtidor, tal y como había
sospechado. ¿Podría levantar la losa? Lo intentó y ésta salió fácilmente sin
darle tiempo a prepararse para la sorpresa que podía encontrar en su interior.
El
depósito estaba vacío. Seco, pensó, desde hacía medio siglo. Ni siquiera una
araña o una cochinilla había logrado penetrar la fortaleza de piedra.
Bien,
debía de haber otro depósito, el que alimentaba el surtidor del extremo
opuesto. No tendría problemas para dar con él. Se encaminó al otro lado y
despejó la segunda losa. ¿Era su imaginación o la vegetación parecía aquí más
fresca? No había zarzas, sólo las hierbas jugosas y blandas que mueren en
invierno. La losa era exactamente igual que su compañera, de un negro acerado y
reverdecida en algunas zonas por el liquen.
Burden
tenía los dedos ensangrentados y llenos de arañazos. Se limpió con el pañuelo,
levantó la losa y aspirando una desapacible bocanada de aire, miró en su
interior y vio el cuerpo.
8
Harry
Wild vació la pipa en el cenicero que descansaba sobre el mostrador de Camb.
–¿Piensas
contármelo o no?
–No sé
nada, Harry, de veras. Llamaron a Wexford al club de golf y hace unos instantes
que llegó. Tendrás que esperar a que disponga de un minuto libre. Nadie sabe
qué está pasando. No recuerdo un domingo como éste desde que ingresé en el
cuerpo.
Sonó el
teléfono. Camb descolgó el auricular.
–¿Dice
que ha visto a John Lawrence en Brighton, señora? Espere un momento, le pasaré
con los agentes encargados de recoger esa clase de información. –Suspiró–. Con
ésta ya son treinta y dos las personas que han llamado hoy diciendo que han
visto a ese niño.
–Está
muerto. Mi informante, un hombre de fiar, asegura que está muerto. Burden
encontró su cuerpo esta mañana y por eso estoy trabajando en domingo. –Wild
esperó a ver la reacción de Camb y agregó–: Sólo deseo la confirmación de
Wexford. Luego iré a casa de la madre para hablar con ella.
–¡Qué
horror! –exclamó Camb–. No te cambiaría el trabajo ni por todo el té de China.
Insensible
al comentario, Wild encendió de nuevo su pipa.
–Hablando
de té, ¿no tendrás una tacita para mí?
Camb no
respondió. El teléfono estaba sonando otra vez. Tras hablar con un hombre que
había encontrado un jersey azul que correspondía a la descripción del de John
Lawrence, levantó la vista en el momento en que las puertas del ascensor se
abrían.
–Ahí van
el señor Wexford y el señor Burden camino del depósito de cadáveres para
averiguar qué ha descubierto el doctor Crocker.
–Ah,
señor Burden –saludó Wild–, justo el hombre que deseaba ver. ¿Es cierto que han
encontrado el cuerpo del niño desaparecido?
Burden lo
miró con frialdad y giró sobre sus talones.
–¿Para
qué demonios quieres saberlo? –espetó Wexford–. Tu periodicucho no sale hasta
el jueves.
–Disculpe,
señor –intervino Camb–, pero el señor Wild quiere enviar la noticia a los
periódicos de Londres.
–Ah,
comprendo, un trabajito extra. Bien, no seré yo quien impida a un periodista
ganarse honradamente unos peniques en domingo. Esta mañana el señor Burden
encontró un cadáver en el depósito de un surtidor de Saltram House. El
cuerpo... –Wexford guardó silencio por un instante para luego proseguir con
celeridad– pertenece a una niña de unos doce años, hasta ahora no identificada.
–Se trata
de Stella Rivers, ¿verdad? –preguntó ansiosamente Wild–. Venga inspector, dé
una oportunidad a un honrado trabajador. Ésta podría ser la noticia más
importante de mi carrera. Niña hallada muerta en unas ruinas. No hay pistas del
niño desaparecido. ¿Es Kingsmarkham otro caso Cannock? Parece que lo estoy
viendo, puedo...
Wexford
tenía un gran dominio de sí mismo. También tenía dos hijas y un nieto. Le
gustaban los niños con locura y el dominio de sí mismo estalló en pedazos.
–¡Fuera
de aquí, gacetillero de pacotilla! –bramó–. ¡Reportero de tres al cuarto!
¡Fuera de aquí!
Wild
desapareció.
Cuando
aparece el cadáver de un niño, una especie de tristeza y pesimismo se apodera
de los policías y la comisaría toda. Luego, esos mismos policías se lanzan con
ardor a la caza del asesino, pero antes, cuando se descubre el crimen, están
horrorizados y deprimidos. Pues se trata del peor crimen concebible, el más
cruel y el menos perdonable.
Satisfecho
de la reprimenda infligida a Harry Wild, Wexford se encaminó al depósito de cadáveres.
Burden y el doctor Crocker flanqueaban el cuerpo cubierto con una sábana.
–He
enviado a Loring a buscar al señor Swan, señor –le informó Burden–. Es
preferible que lo haga él y no la madre.
Wexford
asintió.
–¿Cómo
murió?
–El
cuerpo estuvo en ese depósito muchos meses –dijo Crocker–. Los expertos tendrán
que examinarlo. En mi opinión, la muchacha murió de asfixia. Una presión
violenta en la tráquea. No presenta lesiones ni heridas y no fue estrangulada.
Tampoco hay signos de agresión sexual.
–Sabíamos
que estaba muerta –musitó Wexford–. No debería resultar tan horrible. No
debería sorprendernos tanto. Sólo confío en que la muchacha no sufriera.
–Desvió la mirada del cuerpo–. Quiero pensar que fue algo rápido.
–Ésa es
la clase de comentario que uno esperaría oír de los padres de la víctima –dijo
Crocker–, no de un tipo duro como tú, Reg.
–Oh,
cierra el pico. Quizá lo he dicho porque sé que los padres no lo dirán. ¿Y tú,
curandero de poca monta? Se diría que te trae totalmente sin cuidado.
–Tranquilízate...
–Ahí
viene el señor Swan –dijo Burden.
El hombre
llegó acompañado de Loring. El doctor Crocker levantó la sábana. Swan miró el
cadáver y palideció.
–Es
Stella –dijo–. El cabello, la ropa... ¡Dios mío, qué horror!
–¿Está
seguro?
–Desde
luego. Necesito sentarme. Es la primera vez que veo un cuerpo sin vida.
Wexford
lo condujo a una de las salas de interrogatorios de la planta baja.
Swan
pidió un vaso de agua y no habló hasta que hubo bebido un poco.
–¡Qué
horror! Me alegro de que Ros no haya venido. Creí que iba a desmayarme. –Se
enjugó la cara con un pañuelo y su mirada se perdió en el vacío, como si
todavía estuviera contemplando el cuerpo de la muchacha. Wexford pensó que su
conmoción no era provocada por un dolor genuino sino por los estragos que ocho
meses bajo tierra habían infligido a Stella Rivers, impresión que mantuvo casi
intacta cuando Swan añadió–: La quería, ¿sabe?, no tanto como se quiere a una
hija propia, pero estábamos muy unidos.
–Ya hemos
hablado de eso, señor Swan. ¿Conoce Saltram House?
–¿Fue
allí donde la encontraron? Ni siquiera sé dónde está ese lugar.
–Sin
embargo, tenía que pasar por delante cada vez que acompañaba a Stella a Equita.
–¿Se
refiere a esas ruinas que se ven desde la carretera?
Wexford
asintió mientras observaba al hombre con detenimiento. Swan miraba a todas
partes menos al inspector jefe. Entonces, con el tono que emplea un hombre cuyo
automóvil se avería constantemente, dijo:
–No
entiendo por qué han de ocurrirme estas cosas.
–¿Qué
quiere decir con «estas cosas»?
–¿Qué?
Oh, nada. ¿Puedo irme ya?
–Nadie lo
retiene, señor Swan –dijo Wexford.
Media
hora después Wexford y Burden estaban sentados sobre una pared derruida
mientras media docena de hombres trabajaba en el depósito tomando fotografías,
midiendo y analizando. El sol aún apretaba y su luz confería al lugar un aire
de antigüedad clásica. Columnas partidas asomaban entre la larga hierba y los
rastreos habían desenterrado fragmentos de cerámica.
En lugar
de la búsqueda de pistas de un caso de asesinato, cualquiera hubiera dicho que
estaban supervisando una excavación arqueológica. No había ni rastro de la
estatua masculina, pero la figura de la niña yacía donde Burden la había
dejado, inerte, con la cara enterrada en la hiedra, el cabello labrado
brillando al sol, tan dorado como el pelo de Stella Rivers cuando vivía.
–Sé que
me tienes por un viejo fantasioso –dijo pensativamente Wexford–, pero no puedo
evitar ver la analogía. Es como un presagio. –Señaló la estatua y miró
interrogativamente a Burden–. La muchacha está muerta. El niño ha desaparecido,
alguien se lo ha llevado. –Se encogió de hombros–. Vivo. De bronce. Y quizá el
ladrón se ha preocupado de colocar al niño en un entorno agradable. Me refiero
a la estatua, claro.
–Claro,
¿y qué más? Probablemente utilizó lo que era utilizable y desechó el resto.
–Dios...
–Wexford comprendió que Burden no había captado su idea y se rindió. Sabía por
experiencia que con Mike era inútil fantasear–. La persona que metió a la
muchacha ahí dentro –dijo con mayor pragmatismo–, conocía el lugar mejor que
tú. Ni siquiera sabías que esos depósitos existían.
–Sólo he
visitado este lugar en verano. La vegetación que cubre las losas es menos densa
en invierno.
–Me
pregunto... –Wexford llamó a Peach–. Cuando los pelotones de búsqueda
exploraron el lugar en febrero, ¿vieron los depósitos?
–Examinamos
el terreno al día siguiente de que Stella desapareciese, señor. Era viernes. La
víspera había diluviado y todavía llovía cuando llegamos. El lugar era un
lodazal. Habría sido prácticamente imposible intuir siquiera la existencia de
estos depósitos.
–Creo que
debemos tener unas palabras con la señora Fenn.
La señora
Fenn, una mujer menuda y pálida, estaba consternada por el descubrimiento
realizado a menos de cuatrocientos metros de su casa, y se mostró deseosa de
ayudar.
–Stella
era la pupila más prometedora de mi clase –dijo con voz queda y algo temblorosa
por la impresión–. Me gustaba alardear de ella delante de mis amigos. Stella
Rivers, solía decir, o Stella Swan, nunca sabía muy bien cómo llamarla, será
algún día una saltadora de primer orden. Pero todo ha terminado. Dios mío, qué
tragedia. Nunca podré perdonarme el haberla dejado marchar sola aquel día. Debí
telefonear al señor Swan. Sabía que el hombre era un poco despistado. No era la
primera vez que se olvidaba de recoger a su hija.
–No debe
culparse de nada, señora Fenn –dijo Wexford–. Y ahora dígame, ¿sabía que esos
surtidores tenían depósitos? Si lo sabía, es probable que también lo supieran
otros vecinos.
–Claro
que lo sabía –respondió sorprendida la señora Fenn. Luego, relajando la frente,
dijo–: Oh, ¿lo dice porque en verano se cubren de hierbajos? Cuando el tiempo
es seco, me gusta cabalgar por los alrededores y dar paseos con mis invitados.
Suelo mostrarles los surtidores porque esas estatuas me parecen preciosas. –Con
un ligero temblor en la voz, añadió–: Ya nunca podré volver a ese lugar.
–Sacudió la cabeza–. Después de una fuerte lluvia, las losas quedan ocultas
bajo la tierra que el agua ha arrastrado de la ladera.
Los hombres
estaban introduciendo la losa en la furgoneta para trasladarla al laboratorio,
donde sería sometida a un análisis exhaustivo.
–Si el
asesino dejó huellas –dijo Wexford–, el lodo y el agua las habrán borrado. El
tiempo estaba de su lado, ¿no crees? ¿Qué sucede? ¿Se te ha ocurrido algo?
–Me temo
que no. –Burden observó la tranquila vereda y los prados circundantes. No se
volvió a contemplar la casa, pero sintió sobre las espaldas su mirada ciega y
vacua–. Pensaba en la señora Lawrence. Quizá debería ir y...
–Martin
fue a verla –lo interrumpió Wexford con aspereza–. Lo envié a Fontaine Road en
cuanto me enteré de tu descubrimiento. No queríamos que averiguara que habíamos
encontrado un cuerpo sin estar seguros de su identidad.
–Eso
pensé yo.
–Así
pues, no necesitas preocuparte por ella esta noche. No creo que desee verse
todo el día rodeada de policías. Necesita un respiro. Además, dijo que hoy
llegaba una amiga suya de Londres.
No
necesitaba preocuparse por ella esa noche... Burden se preguntó quién era esa amiga.
¿Una actriz? ¿Una artista? Quizá alguien que escucharía ávidamente mientras
Gemma le hablaba del modo en que un policía sediento de sexo la había besado.
No, en realidad no necesitaba ir esa noche ni ninguna otra noche. El caso de
Stella Rivers le absorbería todo el tiempo y era mejor así. Mucho mejor, se
dijo con firmeza.
Periodistas
de todo el país llegaron en tropel el domingo por la tarde y Wexford se vio
obligado a celebrar una rueda de prensa. Detestaba a los periodistas, pero
tenían su utilidad. En general, creía que la publicidad que concedían al dolor
y el horror era más provechosa que contraproducente. Las crónicas sobre el
suceso serían inexactas, la mayoría de los nombres estarían mal escritos –en
una ocasión, un diario nacional se había referido a él repetidas veces como
jefe de policía Waterford–, pero la población sería alertada y tal vez
apareciese alguien con alguna pista útil. Evidentemente, recibirían cientos de
llamadas telefónicas y cartas anónimas como la que esa mañana había enviado a
Martin, Gates y Loring a una cita en el bosque de Cheriton.
Wexford
había salido de casa antes de que llegara el periódico de la mañana, y ahora, a
las nueve, entraba en Braddon’s dispuesto a comprar todos los diarios. La
tienda acababa de abrir, pero alguien se le había adelantado. Wexford suspiró.
Conocía esa cabeza redonda y gris, esa figura achaparrada y enjuta. Incluso en
ese momento, mientras compraba inocentemente el diario deportivo, tenía un aire
sospechoso.
–Buenos
días. Mono –saludó amablemente Wexford.
Mono
Matthews no dio un brinco. Quedó inmovilizado un instante y luego se volvió.
Cuando se lo miraba cara a cara era fácil comprender de dónde le venía el
apodo. Elevó su prognata mandíbula, arrugó la nariz y dijo sombríamente:
–Qué
pequeño es el mundo. Entro con Rube para comprar un billete de autobús sin
meterme con nadie, y antes de que me atiendan ya tengo a la pasma pisándome los
talones.
–Cómo
eres –dijo afablemente Wexford. Compró los diarios y condujo a Mono hasta la
calle.
–No he hecho
nada. –Mono siempre hacía esa observación a la policía, incluso cuando
tropezaba con ella por casualidad, como ahora. En una ocasión, Burden le
respondió: «Dos negaciones hacen una afirmación, de modo que algo habrás
hecho.»
–Cuánto
tiempo sin verte.
Wexford
sabía que a Mono le irritaba esa clase de comentarios. Para ocultar su
turbación, el hombre encendió un cigarrillo y dio una profunda calada.
–He
estado en el norte, en Liverpool –respondió vagamente–, trabajando en el
negocio textil.
Wexford
decidió que más tarde lo comprobaría. Entretanto, se dejaría llevar por su
instinto.
–Has
estado en Walton.
Al oír el
nombre de la prisión. Mono se sacó el cigarrillo de la boca y escupió.
–Yo y mi
compañero –dijo–, un hombre honrado como la copa de un pino, teníamos una
especie de puestecillo y un cadete hijo de perra nos colocó cincuenta docenas
de medias de red. Se suponía que iban a quitárnoslas de las manos, pero la
mitad no tenía entrepierna. El agente sangró un poco.
–No me
cuentes historias –dijo Wexford, y suavizando el tono, agregó–: Has vuelto con
Ruby, ¿no es cierto? ¿Cuándo piensas hacer de ella una mujer decente?
–¿Con mi
esposa todavía en este mundo? –Sin pretenderlo, Mono citó el refrán picaresco
del rey Lear–: La bigamia, señor, es un crimen. Disculpe, pero ahí llega mi
autobús. No puedo pasarme el día charlando con usted.
Sonriendo
abiertamente, Wexford lo observó alejarse hacia la parada del autobús del
puente de Kingsbrook. Entonces echó un vistazo a la portada del primer
periódico, leyó que Stella había sido encontrada por un tal sargento Burton en
una cueva próxima al pequeño villorrio de Stowerton, y su sonrisa se convirtió
en una mueca de disgusto.
9
Mono
Matthews había nacido durante la Primera Guerra Mundial en el East End de
Londres y fue educado esencialmente en reformatorios para menores. Cuando
cumplió veinte años se casó y se mudó a Kingsmarkham, la ciudad natal de su
esposa, con quien vivía –cuando no estaba en la cárcel– en casa de los padres
de ésta. La violencia no formaba parte de su carácter, pero más por cobardía
que por principio. Lo suyo era robar. Robaba en casas privadas, robaba a su
propia esposa, a sus suegros ancianos y a las pocas personas que cometían la
imprudencia de contratarlo.
Cuando
estalló la Segunda Guerra Mundial ingresó en el ejército, donde robaba
provisiones, uniformes de oficiales y pequeños aparatos eléctricos. Viajó a
Alemania con el ejército de ocupación, devino un experto en el mercado negro y,
de regreso a casa, se convirtió en el que seguramente fue el primer
estraperlista de Kingsmarkham. Pacientemente, su esposa lo recogía cada vez que
salía de la cárcel.
Pese a su
aspecto, las mujeres lo encontraban atractivo. Había conocido a Ruby Branch en
los juzgados de Kingsmarkham cuando ella salía con la libertad provisional bajo
el brazo y él entraba flanqueado por dos agentes de policía. No se hablaron,
evidentemente. Pero Mono la buscó cuando recuperó la libertad y se convirtió en
asiduo visitante de su casa de Charteris Road, en Stowerton, especialmente cuando
el señor Branch trabajaba en el turno de noche. Mono convenció a Ruby de que no
sacaba suficiente provecho de su trabajo en la fábrica de ropa interior, y al
poco tiempo, siguiendo su consejo, la mujer fichaba casi todos los viernes del
trabajo con tres sostenes, seis enaguas y seis ligueros bajo el vestido. Amante
apasionado, Mono esperaba impaciente su regreso de Holloway.
Desde
entonces Wexford había arrestado a Mono por atraco a comercios y hurto como
criado, por intentar cargarse a una rival de Ruby con una bomba casera y por
robo mediante timo. Mono casi tenía la edad de Wexford y le quedaba tanta vida
como a éste a pesar de que fumaba sesenta cigarrillos diarios, carecía de
medios legítimos para mantenerse y, desde que su mujer lo había echado definitivamente
de casa, no poseía un domicilio fijo.
Camino de
la oficina, Wexford reflexionó sobre Mono Matthews. Era incapaz de permanecer
libre mucho tiempo sin meterse en problemas. Pese a lo ocupado que estaba,
decidió realizar la comprobación que había acordado frente al kiosco.
Muy
pronto confirmó sus sospechas de que Mono había pasado una temporada en Walton.
Liberado en septiembre, había sido condenado por aceptar, a sabiendas de que
era mercancía robada, una cantidad exorbitante de medias, bragas de nailon,
enaguas y otras prendas que, de haberlas vendido, habrían alcanzado para vestir
a toda la población adolescente femenina de Liverpool durante meses.
Sacudiendo
la cabeza, pero sonriendo con ironía, Wexford apartó a Mono de sus pensamientos
y se concentró en la pila de informes que aguardaban su atención. Iba por la
lectura del tercero cuando el sargento Martin entró.
–Está
claro que nadie acudió a la cita, ¿verdad? –dijo el inspector jefe levantando
la cabeza.
–Eso me
temo, señor. Nos separamos, tal como usted nos indicó que hiciéramos. El bosque
en esa zona es muy denso, de modo que es imposible que el hombre nos haya
visto. La única persona que apareció por la carretera resultó ser el
recepcionista del hotel Cheriton Forest y nadie asomó por la vereda. Esperamos
hasta las diez.
–Sabía
que era una pérdida de tiempo –dijo Wexford.
Burden
compartía la antipatía de su jefe por Ivor y Rosalind Swan, pero le resultaba
imposible verlos con el mismo cinismo. Esa pareja tenía algo, poseía esa
relación especial entre dos personas que se aman casi exclusivamente y
pretenden que su amor perdure hasta que la muerte los separe. ¿Volvería él a
encontrar un amor así? ¿Tendría alguna vez todo lo que un hombre puede desear,
sabiendo que muy pocos lo alcanzaban? Rosalind Swan había perdido a su única
hija de un modo horrible, pero podía soportar el dolor de su pérdida mientras
tuviera a su marido. Burden presentía que esa mujer habría sacrificado a una
docena de niños por conservar a Swan. ¿Cómo había encajado Stella en tan
prolongada luna de miel? ¿Había sido un estorbo para ellos, una tercera persona
molesta e inoportuna?
Wexford
llevaba media hora interrogando a la pareja. La señora Swan estaba cansada y
pálida, pero parecía sentir la enormidad del interrogatorio de su marido con
mayor intensidad que la causa del mismo.
–Ivor
quería a Stella –repetía una y otra vez–, y Stella le correspondía.
–Venga,
señor Swan –prosiguió Wexford, ignorando las palabras de su mujer–, seguro que
desde entonces ha meditado sobre su paseo a caballo y pese a todo no puede
nombrarme una sola persona, aparte del señor Blain, que lo hubiese visto
aquella tarde.
–He
meditado poco sobre el asunto –repuso Swan, sosteniendo con fuerza la mano de
su esposa–. Quería olvidarlo. En cualquier caso, recuerdo que tropecé con
algunas personas, pero no me fijé en su aspecto ni en la matrícula de sus
coches. No esperará que vaya por ahí anotando las matrículas de los coches,
¿verdad? Ignoraba que iba a necesitar una coartada.
–Te
prepararé una copa, cariño. –La señora Swan actuó con el mismo esmero que otra
mujer habría empleado en preparar la comida de su bebé. Lustró el vaso con una
servilleta de papel y pidió a Gudrun un poco de hielo–. Aquí la tienes. ¿He
puesto demasiada soda?
–Eres tan
buena conmigo, Rossy... Soy yo quien debería cuidarte.
La mujer,
advirtió Burden, enrojecía de satisfacción. Luego tomó la mano de su marido y
la besó como si en la sala no hubiese nadie más.
–Haremos
un viaje –decidió la señora Swan–. Partiremos mañana mismo e intentaremos
olvidar todo este horrible asunto.
La
escena, que había despertado la envidia de Burden, no enterneció en absoluto a
Wexford.
–Es
preferible que no se muevan de aquí hasta que tengamos una idea más clara sobre
el caso –advirtió el inspector jefe–. Además, pronto se celebrará una encuesta
judicial y, probablemente –añadió con inflexible sarcasmo–, un entierro.
–¿Una
encuesta judicial? –preguntó horrorizado Swan.
–Naturalmente.
¿Qué esperaba?
–Una
encuesta judicial –repitió Swan–. ¿Tendré que asistir?
Wexford
se encogió de hombros y respondió impaciente:
–Eso lo
decidirá el juez. Pero, sí, estoy seguro de que requerirá su presencia.
–Bébete
la copa, mi amor. Todo irá bien si estamos juntos.
–¡Parece
usted su madre! –explotó Wexford.
Burden no
dijo nada. Estaba preguntándose si su concepto del amor de madre era una
falacia. Hasta ese momento creía que para una madre la muerte de un hijo
constituía algo intolerablemente doloroso, pero tal vez estuviese equivocado.
Las personas eran muy adaptables. Se recuperaban rápidamente de las tragedias,
sobre todo si tenían alguien a quien amar, sobre todo si eran jóvenes. Rosalind
Swan tenía a su marido. ¿A quién tendría Gemma Lawrence cuando la llevaran al
depósito de cadáveres para identificar el cuerpo de un niño?
Habían
transcurrido tres días desde su último encuentro, pero no había dejado de
pensar en ella ni por un instante. Cada vez que revivía el beso se estremecía
de excitación. Todos sus esfuerzos por no recrearse en ella y en ese beso eran
inútiles, y no digamos la posibilidad de apartarla de su mente y de sus ojos.
La imagen de Gemma casi se le aparecía más vivida en su ausencia que en su
presencia, el cuerpo más suave y turgente, el cabello más espeso y brillante,
más enternecedora su dulzura infantil. Con todo, Burden presentía que mientras
se mantuviese a distancia estaría a salvo. El tiempo se encargaría de borrar el
recuerdo, siempre y cuando tuviera el coraje suficiente para mantenerse
alejado.
Una vez
en el coche, Burden sintió la mirada interrogativa de Wexford y se vio obligado
a decir algo.
–¿Qué se
sabe del señor Rivers, el padre de Stella? –preguntó finalmente–. Imagino que
habló con él en febrero, señor.
–Así es.
Apenas obtenido el divorcio volvió a casarse y la compañía aérea lo destinó a
San Francisco. Hicimos algo más que hablar con él, le seguimos la pista.
Siempre cabía la posibilidad de que hubiese asomado por aquí y se hubiese
llevado a su hija a Estados Unidos.
–¿Así de
sencillo? ¿Bajó del avión, cogió a la niña y salió otra vez volando? El señor
Rivers no es un hombre rico.
–Lo sé
–replicó Wexford–, pero pudo hacerlo con la misma facilidad que un millonario
con avión privado. No olvides que trabaja en una compañía aérea y, como
cualquier empleado, viaja por una décima parte de la tarifa normal, descuento
del que también se benefician, dentro de lo razonable, los familiares que lo
acompañan. Además, está autorizado a subir a cualquier avión que disponga de
una plaza libre. Gatwick está a menos de cincuenta kilómetros de aquí, Mike.
Una vez conociera los movimientos de la muchacha, sólo le quedaba conseguirle
un pasaporte y un billete.
–Pero no
lo hizo.
–No, no
lo hizo. El 25 de febrero estuvo todo el día trabajando en San Francisco.
Naturalmente, vino cuando le comunicaron la desaparición de Stella, y no hay
duda de que volveremos a verlo muy pronto.
Durante
la ausencia de Wexford habían llegado informes detallados del departamento
forense que confirmaban el diagnóstico de Crocker y que, teniendo en cuenta la
experiencia de los investigadores, añadían poco más. Habían transcurrido ocho
meses desde la muerte de la muchacha, pero se llegó a la conclusión de que
había muerto a causa de una presión manual sobre la garganta y la boca. Sus
ropas mohosas y harapientas no ofrecían pista alguna, como tampoco la losa que
cubría el depósito.
Existían
más llamadas telefónicas de gente que aseguraba haber visto a John, que
aseguraba haber visto a Stella en septiembre, que aseguraba haberlos visto
juntos. Una mujer que estaba de vacaciones en la isla de Mull escribió para
decir que una muchacha que respondía a la descripción de Stella habló con ella
en la playa y le preguntó por la carretera que llevaba a Tobermory. El pequeño
que la acompañaba era rubio y la niña dijo que se llamaba John.
–Ojalá no
nos hicieran perder tanto tiempo –se lamentó Wexford, consciente de que la
carta tenía que verificarse, y cogió el siguiente sobre–. ¿Qué es esto? Parece
otro comunicado de nuestro criador de conejos.
Le advertí que no me aguardaran. ¿Realmente creyó que ignoraba lo que se
traían entre manos? Lo sé todo. Sus hombres no son muy hábiles en el arte de
ocultarse. A John le entristeció no poder volver a casa el lunes. Lloró durante
toda la noche. Sólo se lo devolveré a su madre. La señora Lawrence deberá estar
sola el
viernes a las doce en el mismo lugar. Recuerde lo que hice con Stella Rivers y
no intente más trucos. Enviaré una copia de esta carta a la madre de John.
–Afortunadamente
no la verá. Martin recoge cada día su correo. Si no atrapamos a ese tipo antes
del viernes, una de nuestras agentes tendrá que ponerse una peluca pelirroja.
A Burden
le desagradaba profundamente la idea de una caricatura de Gemma esperando a un
niño que no iba a aparecer.
–No me ha
gustado eso último que ha dicho sobre Stella Rivers –murmuró.
–No
significa nada, seguramente lo ha sacado de los periódicos. Por Dios, Mike, no
me digas que has picado. No es más que un farsante. Ahí llega Martin con el
correo de la señora Lawrence. Démelo a mí, sargento. Gracias. Ah, aquí está la
copia del desahogo de nuestro amigo.
Burden no
pudo reprimirse.
–¿Cómo
está? –preguntó.
–¿La
señora Lawrence, señor? Parecía algo desmejorada.
Las
mejillas de Burden enrojecieron.
–¿Qué
quiere decir?
–Estuvo
bebiendo, señor. –Martin titubeó, permitiendo que su rostro mostrara parte de
su exasperación. El inspector tenía la mirada helada, las facciones rígidas, un
rubor mojigato en las mejillas. ¿Cuándo dejaría de ser un maldito puritano?
¿Acaso no era comprensible que una mujer angustiada ahogara sus penas en un
poco de alcohol?–. No debería extrañarle, señor. Quiero decir que...
–Muchas
veces me pregunto qué quiere usted decir, Martin –espetó Burden–. Créame, no le
entiendo.
–Lo
siento, señor.
–Imagino
que habrá alguien con ella, ¿no? –Wexford levantó la vista de la carta y de la
copia que estaba leyendo.
–La amiga
de la señora Lawrence no apareció –explicó Martin–. Parece ser que se ofendió
cuando la policía de Londres se presentó en su casa preguntando si ella o su
novio habían visto últimamente a John. Me temo que no fueron muy diplomáticos,
señor. El novio posee antecedentes penales y está sin trabajo. Ella enseña en
una escuela de arte dramático y actúa de vez en cuando. Dijo que si se difundía
el rumor de que la policía había estado interrogándola, la perjudicaría en su trabajo.
Me ofrecí a buscar algún vecino, pero la señora Lawrence se negó en redondo.
¿Cree que debería volver y...?
–¡Me trae
sin cuidado adonde vaya siempre y cuando desaparezca de mi vista!
–Ya basta
–dijo Wexford con tono conciliador–. Gracias, sargento.
Cuando
Martin se hubo marchado, el inspector jefe miró a Burden.
–Desde
que dejamos Hall Farm pareces nervioso, Mike. ¿Qué te ha hecho Martin para
tratarlo de ese modo?
Si Burden
hubiese sido consciente del modo en que su rostro reflejaba todo su dolor y sus
turbulentos pensamientos, no habría levantado la cabeza para mirar al inspector
jefe. Pensativo, Wexford le devolvió la mirada, pero ambos guardaron silencio.
«¿Por qué no te buscas una mujer? –pensaba el inspector jefe–. ¿Quieres
provocarte un colapso nervioso?» Pero a Mike Burden no podía decirle esas
cosas.
–Me voy
–musitó Burden–. Averigüe si necesitan ayuda para rastrear el bosque.
Wexford
lo dejó marchar. Sacudió la cabeza con tristeza. Burden sabía tan bien como él
que el rastreo del bosque de Cheriton había finalizado el lunes por la tarde.
10
La
encuesta judicial sobre el caso Rivers se abrió y se aplazó hasta la aparición
de nuevas pruebas. El matrimonio Swan asistió e Ivor efectuó su declaración con
voz entrecortada, impresionando al juez con su imagen de padre destrozado. Era
la primera muestra de dolor real que Wexford percibía en el padrastro de
Stella, y se preguntó por qué necesitó la encuesta para sacarlo a la luz. Swan
había escuchado la noticia del descubrimiento de Burden con estoicismo e
identificó el cuerpo de Stella sin desfallecer. ¿Por qué se derrumbaba ahora?
Porque estaba derrumbado. Mientras Wexford abandonaba la sala del tribunal,
advirtió que Swan, aferrando el brazo de su mujer, lloraba como un alma en
pena.
El
inspector jefe tenía ahora la oportunidad de comprobar que efectivamente
Rosalind Swan no podía conducir. Impaciente, observó a la pareja entrar en la
furgoneta. Y fue ella quien se instaló en el asiento del conductor. Pero al
cabo de un rato, luego de susurrarse unas palabras y juntar brevemente las
mejillas, se intercambiaron los asientos. «Qué extraño», pensó Wexford.
Swan tomó
cansinamente el volante y partieron en dirección a Myfleet Road.
Rosalind
lo ayudaría a entrar en casa y lo consolaría con sus cócteles, sus besos y su
cariño, pensó Wexford. «Acércate, acércate, dame tu mano –se dijo–. Lo hecho,
hecho está. A la cama, a la cama, a la cama.» Rosalind Swan no era una Lady
Macbeth capaz de inducir al asesinato o siquiera planearlo. O al menos eso
creía. Pero sí la veía capaz de encubrir cualquier crimen cometido por Swan,
incluido el asesinato de su hija, con tal de mantenerlo a su lado.
El tiempo
había empeorado. Una fina llovizna dispersaba la neblina que se había
aposentado sobre Kingsmarkham desde primera hora de la mañana. Wexford se subió
el cuello de la gabardina y recorrió a pie los escasos metros que separaban los
juzgados de la comisaría. Nadie en la sala del tribunal había mencionado el
nombre de John Lawrence, pero la idea de que otro niño seguía desaparecido
impregnaba, pensó él, todo lo que allí se había dicho. No existía un solo
habitante en Kingsmarkham o en Stowerton que no relacionara ambos casos, ni un
solo padre que dudara de que un asesino de niños rondaba la región. Hasta los
rostros de los policías que flanqueaban las puertas de los juzgados reflejaban
la convicción de que un loco, un psicópata que mataba niños sencillamente por
el hecho de ser niños, seguía libre y podía atacar de nuevo. Wexford no
recordaba ninguna otra encuesta judicial en que esos hombres curtidos se
hubiesen mostrado tan hoscos y alicaídos.
El
inspector jefe se detuvo y contempló High Street en toda su longitud. Las
vacaciones de las escuelas primarias habían tocado a su fin y los alumnos más
pequeños volvían a sus tareas. Las vacaciones de los mayores aún no habían
comenzado. Pero ¿era su imaginación o un hecho real que esa mañana apenas veía
niños acompañados de sus madres o mujeres empujando cochecitos? En ese preciso
instante divisó a una madre que dejaba un cochecito junto al supermercado. La
mujer levantó al pequeño y lo sostuvo entre sus brazos mientras se llevaba por
delante a la hermanita mayor, que apenas daba sus primeros pasos. Que semejante
precaución debiera ejercerse en la ciudad de la que él era guardián lo deprimía
profundamente.
¿Por qué
no Ivor Swan? ¿Por qué no? Que careciera de antecedentes penales no significaba
nada. Tal vez no los tenía porque nunca lo habían cogido con las manos en la
masa. Wexford decidió que revisaría de nuevo la vida de Swan, poniendo especial
atención en los distritos donde había vivido desde que había abandonado Oxford.
Averiguaría si algún niño había desaparecido mientras Swan se hallaba por la
zona. Se juró que si Swan había cometido ese crimen, le echaría el guante.
Pero
antes de ahondar en los antecedentes del padrastro tenía que ver al verdadero
padre de Stella. La cita era a las doce, y cuando Wexford llegó a su despacho
Peter Rivers ya le aguardaba.
Una mujer
generalmente se siente atraída por una misma clase de hombre, y Rivers no era
distinto de su sucesor. El hombre poseía su misma gallardía, el mismo aspecto
acicalado, la cabeza pequeña y proporcionada, las facciones distinguidas, casi
elegantes, unas manos casi femeninas. No obstante, a Rivers le faltaba el aire
indolente de Ivor Swan, pues daba la impresión de que sexualmente lo era todo
menos indolente. Rivers emanaba movimiento, una agitación nerviosa mezclada con
modales desasosegados que probablemente no eran del agrado de una cursi
romántica como Rosalind Swan.
Rivers se
sobresaltó cuando Wexford entró en el despacho, y se embarcó en una explicación
interminable sobre el motivo por el que no había asistido a la encuesta
judicial, seguida de un informe acerca de lo fatigoso que resultaba el viaje
desde Estados Unidos. Wexford lo interrumpió ásperamente.
–¿Piensa
ver a su mujer mientras esté aquí?
–Supongo
que sí. –Aunque domiciliado en Estados Unidos desde hacía menos de un año, ya
hablaba como un estadounidense–. Supongo que no tendré más remedio. Huelga
decir que no soporto a ese Swan. Nunca me gustó la idea de que Stell viviera
con él.
–Imagino
que no pudo hacer nada para evitarlo.
–¿De
dónde ha sacado esa idea? Si nunca me opuse a que mi ex esposa asumiera la
custodia de Stell fue por Lois, la actual señora Rivers. No quería cargar con
una niña tan mayor. A Rosalind tampoco le enloquecía la idea de quedarse con su
hija, pero Swan insistió. No me pregunte por qué.
Asqueado,
Wexford se limitó a asentir con la cabeza.
–Swan
sabía que no le quedaría un penique después de pagar las costas, ni siquiera un
lugar donde vivir, nada. Los tres se instalaron en un apartamento de mala
muerte en Paddington. Entonces su tío les ofreció Hall Farm con la condición de
que Rosie se quedara con Stell. Es cierto, la propia Rosie me lo contó.
–Pero
¿por qué? ¿Qué interés podía tener el tío en la niña?
–Quería
que Swan sentase la cabeza, que sacara adelante a una familia e hiciera algo
provechoso. Swan se apuntó a un curso de agricultura en la universidad local
para aprender a cultivar la tierra. En cuanto se instaló en Hall Farm, arrendó
el terreno a un granjero que le tenía puesto el ojo. No comprendo por qué el
tío no los echa de una patada. Tiene mucho dinero y nadie a quien dejárselo
excepto Swan.
–Por lo
que veo, sabe usted muchas cosas, señor Rivers.
–Me
preocupé de que así fuera. Rosie y yo nos escribimos con regularidad desde la
desaparición de Stell. Le diré otra cosa. Antes de que aterrizara en Karachi y
destrozara mi matrimonio, el señor Ivor Swan vivía con su tío y la esposa de
éste. Pero ella falleció mientras él estaba en la casa. Comprenderá a qué me
refiero si le digo que murió de manera... inesperada.
–¿Eso
cree?
–Usted es
detective. Pensaba que semejante información le daría en qué pensar. Swan creía
que iba a caerle algún dinero, pero todo fue a parar a manos de su tío.
–Creo que
no le robaré más tiempo, señor Rivers –dijo Wexford, quien empezaba a creer que
Rosalind Swan tenía un gusto pésimo con los hombres.
La
aversión que sentía por Swan era una nimiedad comparada con el asco que le
inspiraba Peter Rivers. Lo observó abotonarse la gabardina y esperó a que
dijera algo acerca del dolor que sentía por la pérdida de esa niña que nadie
parecía haber querido. Las palabras finalmente llegaron y de forma algo
curiosa.
–La
muerte de mi hija me impresionó –aseguró enérgicamente Rivers–, pero en cierto
modo Stell ya había muerto para mí dos años antes. Siempre supuse que no
volvería a verla. –Caminó hacia la puerta, indiferente a la mirada desdeñosa de
Wexford–. Un periódico me ha ofrecido dos mil libras por la exclusiva de mis
declaraciones.
–Oh, yo
en su lugar las aceptaría –le aconsejó fríamente Wexford–. Será una especie de
compensación por la trágica pérdida que ha sufrido.
Se acercó
a la ventana. Seguía lloviendo. Los niños que comían en casa comenzaban a
asomar por Queen Street, donde estaba la escuela primaria. Normalmente, en los
días lluviosos llegaban a casa como podían. Sin embargo, ese día, el primero de
la segunda mitad del trimestre, todos iban acompañados, todos disfrutaban de la
protección de un paraguas, lo cual, para Wexford, tenía un significado más
profundo que el mero deseo de proteger sus cabecitas de la lluvia.
Burden
pasó la tarde ocupado en inspecciones rutinarias. Llegó a casa poco después de
las seis. Casi por primera vez desde la muerte de Jean ansiaba estar en casa,
en compañía de su hijo y especialmente de su hija. Había pensado en ella todo
el día, su imagen apartaba la imagen de Gemma, y a medida que se familiarizaba
con las circunstancias de la vida y la muerte de Stella, imaginaba una y otra
vez a su hija Pat sola, asustada, cruelmente subyugada y... muerta.
Fue ella
quien corrió a abrirle la puerta sin apenas darle tiempo de introducir la llave
en la cerradura. Y Burden, percibiendo en sus ojos un desconcierto inusual, una
necesidad inusitada de consuelo, se inclinó al instante y la rodeó con sus
brazos. Ignoraba, sin embargo, que Pat había reñido con su tía y natural aliada
y buscaba el apoyo de la única persona adulta disponible aparte de ella.
–¿Qué
ocurre, cariño? –Burden vio un coche detenerse, una mano que hacía señas y una
figura que apretaba el paso en la húmeda penumbra–. Cuéntame qué ha sucedido.
–Tienes
que decirle a tía Grace que no venga a buscarme a la escuela. Estoy en la
secundaria y ya no soy una niña. Ha sido humillante.
–¿Eso es
todo? –preguntó Burden aliviado y agradecido. Se rió de la expresión de
malhumor de su hija, le tiró de la coleta y fue a la cocina para agradecer a
Grace la precaución. ¡Qué estúpido había sido de preocuparse tanto cuando
contaba con tan estupenda guardiana!
Pero esa
noche sentía la necesidad de estar cerca de su hija. Durante la cena y después,
mientras ayudaba a John con la geometría –el teorema de Pitágoras en su tercera
forma que el «viejo Cara de Menta» insistía en que memorizaran para el día
siguiente–, sus pensamientos y sus ojos vagaban hacia Pat. Había fallado a su
hija. Arrastrado por su dolor egoísta había dejado de preocuparse por ella y de
interesarse por sus cosas. ¿Qué habría ocurrido si la hubieran arrancado de su
lado como habían hecho con Stella Rivers, que tenía su misma edad?
–En un
triángulo rectángulo –dijo mecánicamente Burden– el cuadrado de la hipotenusa
es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.
Grace no
le había fallado. La observó furtivamente mientras John trazaba un diagrama.
Estaba sentada en un rincón en sombras de la sala. Una lámpara de mesa
proyectaba un estrecho foco de luz sobre la carta que estaba escribiendo. De
repente, pensó que probablemente su cuñada había adoptado una postura similar
centenares de veces, frente al escritorio de una sala de hospital larga y
silenciosa, para redactar el informe de la noche, sin olvidar en ningún momento
que estaba rodeada de seres que dependían de ella, pero a la vez recluida y
desvinculada de todos ellos. Escribía y de hecho todo lo hacía con movimientos
parsimoniosos, sin aspavientos ni revuelo. Su formación le había enseñado esa
eficiencia, esa confianza casi pasmosa que en lugar de malograr su feminidad,
la realzaba. Fueron sabios y profetas, pensó, esos suegros suyos, cuando le
pusieron el nombre de Grace.
Ahora su
mirada abarcaba a su hija y a su cuñada. La pequeña, que se había acercado a su
tía, estaba de pie detrás de ella, envuelta en el mismo halo de luz. Eran muy
parecidas. Poseían el mismo rostro firme y apacible, el mismo cabello claro y
nebuloso. Ambas se parecían a Jean. La imagen de Gemma Lawrence adquirió, en
comparación con ellas, un color agresivo, rojo y blanco, tenso. Luego se
desvaneció, dejando un hueco que su hija y su cuñada llenaron con esa saludable
belleza que él entendía.
Grace,
advirtió Burden, representaba la clase de mujer que él admiraba. Reunía la
hermosura delicada que amaba y las aptitudes que necesitaba. Se preguntó si
podría convertirse en otra Jean. ¿Por qué no? ¿No podía ser ella tan amante y
devota para con él como Rosalind Swan, pero sin la estúpida afectación de ésta?
Normalmente, cuando llegaba la noche Grace sencillamente se levantaba de su
butaca, cogía su libro y decía: «Buenas noches, Mike, que duermas bien», y él
respondía: «Buenas noches, Grace. Ya cerraré yo.» Eso era todo. Sus manos nunca
se tocaban, sus cuerpos nunca se aproximaban, sus miradas nunca se encontraban.
Pero esa
noche, cuando llegara el momento de separarse, ¿por qué no le tomaba la mano y
le decía lo mucho que apreciaba su bondad? ¿Por qué no la rodeaba suavemente
con sus brazos y la besaba? La miró de nuevo y esta vez Grace y Pat se
volvieron hacia él y sonrieron. El corazón de Burden se colmó de una felicidad
serena y cálida, muy diferente de la tormenta de sentimientos que Gemma
Lawrence despertaba en él. Aquello había sido una especie de locura, simple
lujuria provocada por la frustración. ¡Qué ridículo le parecía ahora!
Pat amaba
a su tía. Si él se casara con Grace, recuperaría a su hija por completo. Burden
le tendió la mano y ella, olvidándose de su enojo, se acercó y se acurrucó
contra él en el sofá al tiempo que le echaba los brazos al cuello.
–¿Quieres
ver mi álbum de recortes?
–¿Qué
guardas en él? –preguntó John con la mirada fija en la comprobación de su
teorema–. ¿Fotografías de orugas?
–Las
orugas son mi afición del verano –repuso dignamente Pat–. Eres tan ignorante
que ni siquiera sabes que en invierno se meten en su crisálida.
–Y tú no
serías capaz ni de coleccionar fotos de crisálidas. ¡Déjamelo ver!
–¡Ni lo
sueñes! ¡Es mío!
–Déjala
en paz, John. Devuélvele el álbum.
–Sólo
tiene bailarinas, viejas bailarinas clásicas –dijo John con asco.
–Ven aquí
y enséñamelas, cariño.
Pat
reanudó el acoso de su padre.
–¿Puedo
apuntarme a clases de ballet, papá? Es la gran ilusión de mi vida.
–No veo
por qué no.
Grace
había terminado la carta y miró a su cuñado. Ambos sonrieron como padres
afectuosos, felices e ilusionados al hablar del futuro de sus hijos.
–El caso
es que si no empiezo ya –dijo Pat–, luego será demasiado tarde. Sé que tendré
que trabajar mucho, pero no me importa porque es mi gran ambición, y tal vez
consiga una beca e ingrese en la compañía del Bolshoi y me convierta en la prima ballerina assoluta, como Leonie West.
–Pensaba
que querías ser investigadora científica –intervino su hermano.
–Oh, eso
era hace años, cuando era una niña.
Una
sombra fría rozó a Burden.
–¿Quién
has dicho?
–Leonie
West. Vive absolutamente retirada en su apartamento y en su casa de la playa.
Se rompió una pierna esquiando y tuvo que abandonar la danza, pero era la
bailarina más maravillosa del mundo. –Pat reflexionó–. O por lo menos, eso
pienso yo. Tengo un montón de fotografías de ella. ¿Quieres verlas?
–Desde
luego, cariño.
Efectivamente,
había fotografías por doquier. Pat las había recortado de revistas y
periódicos. No todas eran de Leonie West, pero sí la mayor parte.
En los
planos largos Leonie West resultaba una mujer hermosa, pero el paso del tiempo,
y quizá los sacrificios de una vida al servicio de la danza, mostraba su huella
en los planos cortos. Aunque Burden no hallaba magia alguna en esa cara en
forma de corazón excesivamente maquillada, con esa melena negra y lacia, le
dedicó comentarios elogiosos para complacer a su hija a medida que volvía las
páginas.
Había
fotogramas de películas de ballet, retratos de la estrella en casa, en actos
sociales, interpretando a todos los grandes personajes clásicos. Se acercaba al
final cuando dijo:
–Es un
álbum muy bonito, cariño –y volvió la última página.
Un
entusiasta de Leonie West sólo habría tenido ojos para ella, para esa magnífica
figura que lucía una larga capa ricamente bordada en oro. Burden apenas reparó
en la bailarina. Estaba observando, mientras el corazón le latía cada vez más deprisa,
la muchedumbre de amigos de la que había emergido. Justo detrás de la
bailarina, cogida del brazo de un hombre y sonriendo lánguidamente, había una
mujer pelirroja envuelta en un chal negro y dorado.
No
necesitaba leer el pie de la fotografía, pero lo hizo. «Retratada en el estreno
de La Fille Mal Gardée, en el Covent Garden, aparece la señorita Leonie West con el actor
Matthew Lawrence (derecha) y su esposa Gemma, 23.» No dijo nada, pero cerró
rápidamente el álbum y se recostó en el sofá, con los párpados cerrados, como
si hubiese sentido un dolor repentino.
Nadie se
fijó en él. John estaba memorizando su teorema. Pat se había llevado el álbum
para devolverlo al baúl de sus tesoros secretos. Eran las nueve.
–Es hora
de acostarse, queridos –anunció Grace.
Sobrevino
la discusión habitual. Burden pronunció las palabras severas que todos
esperaban de él, pero sin entusiasmo, sin importarle realmente que sus hijos
durmieran o no lo suficiente. Cogió el periódico de la tarde, que aún no había
leído. Las palabras no eran más que dibujos en blanco y negro, jeroglíficos que
le resultaban tan indescifrables como le resultarían a un analfabeto.
Grace
regresó después de haber dado un beso de buenas noches a Pat. Se había
cepillado el pelo y renovado la pintura de los labios. Burden lo notó y
experimentó una profunda aversión. Esa era la misma mujer que media hora antes
había pensado en cortejar con vistas a convertirla en su segunda esposa. Debió
de haberse vuelto loco. De pronto comprendió que todas sus figuraciones de esa
noche habían sido una locura, una fantasía creada por él mismo, y lo que éstas
habían hecho parecer una locura era, sencillamente, su realidad.
Jamás
podría casarse con Grace, pues mientras la estuvo observando, estudiando y
admirando, había olvidado lo que cualquier matrimonio feliz debía tener, lo que
Rosalind Swan claramente tenía. Le agradaba Grace, estaba cómodo a su lado,
incluso constituía su ideal de mujer, pero no sentía por ella el menor deseo.
Sólo la idea de besarla, de ir más allá de ese beso, le ponía la carne de
gallina.
Grace
había acercado su butaca al sofá donde él estaba sentado, y dejando a un lado
su libro, lo miró expectante, aguardando esa conversación, ese intercambio
adulto de ideas que le había sido negado durante el día. Los sentimientos de
Burden hacia ella eran tan frágiles, la aceptación de ella como un ser feliz
con el mundo que él le había proporcionado tan inmensa, que nunca se le ocurrió
que a ella pudiera dolerle algo de lo que él hiciera.
–Me voy
–dijo.
–¿Ahora?
–Tengo
que salir, Grace.
Ahora lo
comprendía. «¿Tan aburrida soy? –preguntaba Grace con la mirada–. Lo he hecho
todo por ti. He llevado tu casa, he cuidado de tus hijos, he soportado tus
malos humores. ¿Tan aburrida soy que no puedes sentarte tranquilamente conmigo
una sola noche?»
–Como
quieras –dijo ella en voz alta.
11
La lluvia
había cesado y una niebla densa envolvía los campos. Gruesas gotas de agua se
adherían a los árboles y caían lenta pero regularmente, ofreciendo la impresión
de que aún llovía. Burden dobló por Fontaine Road y de inmediato efectuó un
giro de ciento ochenta grados. No quería que los vecinos vieran su coche
estacionado de noche frente a la casa de ella. Probablemente toda la calle
estaba al acecho, presta a propagar rumores y chismorrees.
Finalmente
se detuvo al final de Chiltern Avenue. Un sendero que bordeaba al parque
infantil unía esta calle sin salida con la vecina Fontaine Road. Burden aparcó
bajo una farola cuya luz la niebla había reducido a un nimbo de vago
resplandor, y se dirigió al sendero. Esa noche el comienzo del camino semejaba
la entrada de un túnel tenebroso. No había luces en las casas adyacentes y el
único sonido que llegaba era el del agua goteando.
Caminó
flanqueado por arbustos cuyas ramas, de follaje empapado y moribundo, le
golpeaban la cara y se aferraban suavemente a sus ropas. A medio camino extrajo
la linterna que siempre llevaba consigo y la encendió. Cuando pasaba por
delante de la verja de la señora Mitchell que daba al camino, oyó el chacoloteo
pesado de unos pies. Burden se volvió, dirigiendo la linterna hacia el tramo
que acababa de dejar atrás. La luz tropezó con una cara pálida, encuadrada en
una melena revuelta y mojada.
–¿Qué
ocurre?
La
muchacha debió de reconocerlo, porque casi se arrojó a los brazos. Él también
la reconoció. Era la hija de la señora Crantock, una jovencita de catorce años.
–Pareces
asustada –dijo Burden.
–Un
hombre –jadeó la muchacha–, de pie junto a un coche. Me dijo algo y salí
corriendo.
–No
deberías ir sola por la calle a estas horas de la noche. –El inspector se
disponía a acompañarla hasta Fontaine Road pero cambió de parecer–. Acompáñame
–dijo. La joven vaciló–. Conmigo estás a salvo.
Retrocedieron
por el negro túnel. Los dientes de la muchacha castañeteaban. Burden alzó la linterna
y a modo de proyector enfocó la figura de un hombre que estaba de pie junto al
capó de su coche. El abrigo de tres cuartos, con la capucha echada hacia
adelante, le confería un aire suficientemente siniestro para asustar a la
muchacha.
–Oh, es
el señor Rushworth –exclamó avergonzada la muchacha.
Burden
había reconocido al hombre y advirtió que él también lo reconocía. Frunciendo
ligeramente el entrecejo, se acercó al marido de la mujer que no notificó a la
policía las advertencias de la señora Mitchell.
–Ha dado
a esta jovencita un pequeño susto.
La luz de
la linterna hizo parpadear a Rushworth.
–Le dije
hola y comenté que hacía una noche de perros. La muchacha salió disparada como
si le persiguieran todos los demonios del infierno. No lo entiendo. Me conoce
de vista.
–Todo el
vecindario está un poco nervioso últimamente, señor –razonó Burden–. Conviene
no hablar con gente a la que no se conoce realmente. Buenas noches.
–Imagino
que estaba paseando a su perro –dijo la niña mientras entraban en Fontaine
Road–. Aunque de hecho no lo vi. ¿Vio usted el perro?
Burden no
había visto ningún perro.
–No
deberías ir sola por la calle a estas horas de la noche.
–Estaba
en casa de una amiga escuchando discos. El padre quiso acompañarme pero no lo
dejé. Mi casa está sólo a dos pasos y nada podía sucederme.
–Pero te
sucedió, o eso creíste.
La
muchacha digirió esas últimas palabras en silencio. Luego dijo:
–¿Va a
casa de la señora Lawrence?
Burden
asintió, y advirtiendo que ella no podía ver el gesto, dijo escuetamente:
–Sí.
–Está
desesperada. Mi padre dice que no le sorprendería que cometiese una locura.
–¿Qué
clase de locura?
–Bueno,
ya sabe, un suicidio. La vi después de la escuela, en el supermercado. Estaba
en medio de la tienda, llorando. –Y como buena hija de la burguesía, añadió con
tono reprobador–: Todo el mundo la miraba.
Burden
abrió la verja del jardín de los Crantock.
–Buenas
noches –dijo–. No vuelvas a salir sola cuando ya ha oscurecido.
No había
luz en casa de Gemma y por una vez la puerta principal estaba cerrada.
Probablemente se había acostado después de tomar uno de los somníferos del
doctor Lomax. Miró por la vidriera y vislumbró una estela de luz procedente de
la cocina. Eso significaba que seguía levantada. Pulsó el timbre.
Al ver
que no se encendía otra luz y nadie acudía a su llamada, pulsó nuevamente el
timbre y golpeó la puerta con la aldaba. De las ramas de los árboles
abandonados que tenía a su espalda le llegaba el incesante goteo del agua.
Recordó el comentario de Martin sobre la bebida y las palabras de la hija de
los Crantock, y tras pulsar el timbre por tercera vez, rodeó la casa en busca
de la entrada posterior.
El camino
estaba casi tan cubierto de malas hierbas como los jardines de Saltram House.
Apartó los acebos y la babosa enredadera, y en el proceso se empapó de agua el
pelo y la gabardina. Tenía las manos tan mojadas que apenas podía hacer girar
el pomo, pero la puerta no estaba atrancada y la abrió.
La señora
Lawrence estaba desplomada sobre la mesa de la cocina, con la cabeza entre los
brazos extendidos, y frente a ella descansaba una botella sin abrir cuya
etiqueta rezaba: «Vino tinto. Producto de España. Oferta de la semana. Siete
peniques de descuento.» Burden se aproximó lentamente y posó una mano sobre su
hombro.
–Gemma...
La mujer
no contestó ni se movió. Burden arrastró una silla, se sentó a su lado y la
rodeó dulcemente con los brazos. Ella se apoyó en él, sin oponer resistencia,
respirando entrecortadamente, y Burden, presa de una felicidad abrumadora,
olvidó toda la angustia de los últimos días, su batalla contra la tentación.
Podría haber permanecido toda la vida abrazado a ella, pensó, cálida y
calladamente, sin pasión ni deseo ni la necesidad de un cambio.
Gemma
alzó la cabeza. Tenía el rostro irreconocible, hinchado a causa del llanto.
–No ha
venido –dijo–. Le esperé durante días y días pero no ha venido. –Su voz era
velada, extraña–. ¿Por qué?
–No lo sé
–respondió Burden. Era verdad, no lo sabía, pues ahora su resistencia se le
aparecía como la culminación de una locura absurda.
–Tiene el
pelo empapado. –Le acarició el cabello y las gotas de lluvia que le surcaban el
rostro–. No estoy borracha –aclaró–, pero lo he estado. Ese líquido es
repugnante pero alivia un poco. Esta tarde salí a comprar comida. Hace días que
no pruebo bocado. Pero no compré nada. No podía. Cuando llegué al mostrador de
dulces recordé el modo en que John solía suplicarme que le comprara chocolate y
yo me negaba porque era malo para sus dientes. Y entonces deseé haberle
comprado todo el chocolate del mundo, porque ahora ya no habría importado,
¿verdad?
La señora
Lawrence miró interrogativamente a Burden. Tenía la cara bañada en lágrimas.
–No
debería decir esas cosas –la reprendió el inspector.
–¿Por qué
no? Está muerto. Usted sabe que está muerto. No puedo dejar de imaginar que me
enfado con él y le pego y me niego a comprarle los dulces que le gustan... Oh,
Mike, ¿qué debo hacer? ¿Beberme el vino y tomar todos los somníferos del doctor
Lomax? ¿O salir a la calle y caminar bajo la lluvia hasta morir? ¿Qué sentido
tiene vivir? Estoy completamente sola.
–Me tiene
a mí –replicó Burden.
Gemma
respondió aferrándose a él, pero esta vez con más fuerza.
–No se
vaya. Prométame que no me dejará sola.
–Debería
acostarse. –Aquello resultaba una ironía repugnante, pensó Burden. ¿Acaso no
había sido ésa su intención cuando estacionó el coche a una manzana de
distancia de la casa? ¿Que él y ella se acostaran? Había imaginado que esa
mujer atormentada por la angustia agradecería que él le hiciera el amor. Menudo
imbécil, se reprendió severamente.
–Acuéstese
y entretanto le prepararé una bebida caliente –alcanzó a decir con serenidad–.
Tómese la pastilla. Me quedaré con usted hasta que se haya dormido.
Ella
asintió. Burden le enjugó las lágrimas con un pañuelo que Grace había planchado
con el mismo esmero que Rosalind Swan planchaba las camisas de su marido.
–No me
deje sola –repitió ella, y se fue arrastrando ligeramente los pies.
La cocina
era un completo caos. Hacía varios días que Gemma Lawrence no fregaba ni
ordenaba un solo utensilio y se percibía un olor rancio y dulzón. Burden
encontró cacao y leche en polvo e hizo lo que pudo con tan insatisfactorios
ingredientes. Los mezcló y calentó el preparado en un cacharro embadurnado de
grasa chamuscada.
La
encontró sentada en la cama, con el chal negro y dorado sobre los hombros.
Había recuperado parte de ese exotismo mágico compuesto de color, originalidad
y falta de inhibición. Su cara había recuperado la serenidad, sus enormes ojos
volvían a brillar. El dormitorio era un completo desorden, casi caótico, pero
un caos intensamente femenino. Las ropas desparramadas aquí y allá desprendían
un suave aroma.
Burden
extrajo un somnífero del frasco y se lo ofreció a Gemma junto con el cacao
caliente. Esbozando una triste sonrisa, ella le cogió la mano, se la llevó a
los labios y la estrechó con fuerza.
–Prométame
que no volverá a alejarse tanto de mí.
–No valgo
como sustituto, Gemma –dijo él.
–Es otra
clase de amor lo que necesito –repuso ella suavemente–. Un amor que me haga
olvidar.
Burden
comprendía qué quería decir, pero no supo qué responder, de modo que permaneció
callado, sosteniéndole la mano, hasta que finalmente la mano perdió fuerza y
Gemma se hundió en los almohadones. El inspector apagó la lámpara de la mesita
de noche y se tumbó junto a ella, pero encima de la colcha. Por su respiración
regular supo que dormía.
La esfera
luminosa de su reloj marcaba las diez y media. Parecía mucho más tarde, como si
toda una vida hubiera pasado desde que había dejado a Grace para conducir hasta
la casa de Gemma a través de la niebla húmeda y lluviosa. La habitación estaba
fría, perfumada y fría. La mano de ella descansaba lánguidamente sobre la de
Burden. El inspector retiró suavemente la mano y se deslizó hasta el borde de
la cama para levantarse e irse.
Recelosa
incluso en sueños, Gemma murmuró:
–No me
dejes sola, Mike. –Alelada por el sopor, su voz expresaba el miedo a verse
nuevamente abandonada.
–No lo
haré. –Burden tomó una decisión rápida y tajante–: Me quedaré contigo toda la
noche.
Tembloroso,
se desvistió y se tumbó a su lado. Le resultaba bastante natural yacer como
acostumbraba hacerlo con Jean, con el cuerpo acurrucado contra el de ella, el
brazo izquierdo en torno a su cintura, apretando la mano que se tornaba
nuevamente posesiva y exigente. Aunque sentía frío su propio cuerpo, a ella
debió de parecerle cálido, porque dejó escapar un suspiro y se aferró
relajadamente a él.
Burden
pensó que no podría dormir o que, si lo hacía, caería inmediatamente en uno de
esos sueños suyos. Pero la postura en que yacían, el uno al lado del otro, era
la que siempre había adoptado en sus años felices y la que había añorado
amargamente en su desdicha de los últimos tiempos. Despertaba el deseo en él,
pero al mismo tiempo lo arrullaba. Mientras se preguntaba cómo podría soportar
esa constante continencia, se durmió.
Comenzaba
a amanecer cuando despertó para hallar el otro lado de la cama vacío pero
todavía caliente. Gemma estaba sentada junto a la ventana, envuelta en su chal,
con un álbum de anillas doradas abierto sobre el regazo. Burden imaginó que
miraba, bajo el primer fulgor de la aurora, fotografías de su hijo, y fue presa
de unos celos malévolos.
La
contempló durante largo rato, casi odiando al niño que se interponía entre
ellos y arrastraba a su madre con mano sutil y fantasmal. Gemma giraba las
páginas pausadamente, deteniéndose a veces para mirar con ardiente pasión. Un
resentimiento que Burden sabía del todo injusto le hizo desear que ella
volviese la cabeza hacia él, que olvidara al niño y recordara al hombre que
ansiaba ser su amante.
Gemma
levantó finalmente la vista del álbum y sus miradas se encontraron. Ella guardó
silencio y Burden hizo lo mismo, pues sabía que si hablaba sólo diría cosas
crueles e inexcusables. Se miraron en la pálida luz grisácea de la mañana y al
cabo Gemma se incorporó y corrió las cortinas. Eran de un bordado viejo y
deshilachado que, no obstante, conservaba un rico color ciruela. Filtrándose a
través de ellas, la luz de la habitación parecía púrpura. Gemma dejó caer el
chal y permaneció de pie, envuelta en esa luz sombría, para que él pudiera
contemplarla.
El
cabello pelirrojo parecía ahora purpurino, pero el color apenas rozaba su
cuerpo, que era de un blanco deslumbrante. Burden la contempló admirado, satisfecho
por el momento de no hacer nada salvo contemplar. Esa dama de marfil, inmóvil y
ahora sonriente, nada tenía que ver con la mujer lasciva de sus sueños ni con
la criatura turbada y abatida a quien había consolado la noche anterior. El
niño casi había desaparecido de sus pensamientos y creía que también de los de
ella. Era imposible imaginar que ese cuerpo firme y hermoso hubiera dado a luz
alguna vez.
Sólo le
quedaba una duda.
–Que no
sea por gratitud, Gemma, por compensarme.
Ella se
acercó a él.
–Esa idea
ni siquiera cruzó mi mente. Sería un engaño.
–¿Para
olvidar entonces? ¿Es eso lo que quieres?
–¿No es
el amor una forma de olvido? –dijo ella–. ¿No es siempre una hermosa huida
del... odio?
–No lo
sé. –Burden extendió los brazos–. Ni me importa. –Jadeando ante el contacto de
ella, a un lado la esbeltez, al otro la hinchazón de la carne, dijo
entrecortadamente–: Te haré daño, no podré evitarlo. Hace tanto tiempo.
–Para mí
también. Será como la primera vez. Oh, Mike, bésame, hazme feliz. Hazme feliz por un rato.
12
–¿Alguna
mala noticia? –preguntó el doctor Crocker–. Me refiero al chico Lawrence.
–¿A qué
viene esa pregunta? –replicó Wexford, contemplando malhumoradamente la pila de
papeles que tenía sobre el escritorio.
–¿Entonces
no hay nada? Estaba seguro de que algo sucedía cuando vi a Mike abandonar en
coche Chiltern Avenue a las siete y media de esta mañana. –El doctor Crocker
exhaló sobre una de las ventanas de Wexford y se dispuso a trazar uno de sus
consabidos dibujos. Con aire pensativo, añadió–: Me pregunto qué hacía allí.
–¿Por qué
me lo preguntas? No soy su guardián. –Wexford contempló irritado al médico y el
dibujo que había hecho de un páncreas humano–. Si a eso vamos, también podría
preguntarte qué hacías tú allí.
–Fui a
ver a un paciente. Los médicos siempre tenemos una excusa.
–Los
policías también –replicó Wexford.
–Dudo que
Mike estuviera atendiendo a un tipo que acababa de sufrir una apoplejía. Es el
peor caso que he visto desde la vez que me llamaron para ayudar a aquel pobre
vejete que se desplomó en la plataforma de la estación de Stowerton. Ocurrió el
febrero pasado. ¿Te he hablado de ello? El tipo había estado allí de vacaciones
y cuando llegó a la estación se dio cuenta de que se había dejado una maleta en
el lugar donde se alojaba. Regresó a buscarla, se puso algo nervioso y al
rato...
–¿Y a mí
qué demonios me cuentas? –bramó Wexford–. Se supone que los problemas de tus
pacientes son confidenciales. Si sigues así, seré yo quien sufra una apoplejía.
–Es
justamente esa posibilidad la que ha inspirado mi breve relato –repuso
dulcemente Crocker, y marcó los islotes de Langerhans con el dedo meñique–.
¿Quieres otra receta para tus pastillas?
–No,
gracias, todavía me queda un montón.
–Pues no
debería ser así –lo reprendió Crocker, señalándolo con el dedo húmedo–.
Significa que no las tomas con regularidad.
–Sal de
aquí ahora mismo. ¿No tienes nada mejor que hacer aparte de ensuciar mis
ventanas con tus asquerosos estudios anatómicos?
–Ya me
voy. –El doctor salió con paso danzarín y se detuvo en el umbral de la puerta
para obsequiarlo con un guiño que Wexford calificó de grotesco.
–Payaso
–increpó Wexford a la habitación vacía. La visita de Crocker, no obstante,
había logrado inquietarlo. A fin de serenarse, procedió a leer los informes que
le había enviado la policía de Londres sobre los amigos de Gemma Lawrence.
La
mayoría trabajaba en profesiones relacionadas con el teatro, pero apenas le
sonaban los nombres. La menor de sus hijas acababa de finalizar la carrera de
arte dramático, y a través de ella oía hablar de numerosos actores y actrices
cuyos nombres jamás figuraban en grandes letras ni en el Radio Times.
Pero ninguno de esos nombres estaba en la lista, y el inspector jefe únicamente
sabía lo que hacían porque junto al apellido aparecía la palabra «actor» o
«director de escena adjunto» o «modelo».
Era gente
itinerante, la mayoría –según la terminología oficial de Wexford– carente de
domicilio fijo. Seis de ellos habían sido detenidos bien por posesión de
drogas, bien por permitir bajo su techo el consumo de hachís. Dos más habían
sido multados por perturbar el orden público. Por manifestarse o desnudarse en
el Albert Hall, supuso Wexford. Ninguno escondía a John Lawrence. Ninguno
revelaba por su pasado o sus actuales tendencias una inclinación a la violencia
o gustos depravados. Leyendo entre líneas llegó a la conclusión de que esa
gente, antes que desear la compañía de un niño, haría cualquier cosa por evitar
tenerlos.
Sólo dos
nombres de la lista le resultaban familiares. Una bailarina clásica muy famosa
en otros tiempos, y un actor de televisión cuyo rostro asomaba con tal
monotonía en la pantalla del televisor que Wexford se ponía enfermo sólo de
verlo. Se llamaba Gregory Devaux y había sido amigo de los padres de Gemma
Lawrence. La policía mostraba especial interés en ese hombre porque cinco años
antes había tratado de quitar la custodia de su hijo de seis años a su esposa
enajenada y sacarlo del país. El informe aseguraba que vigilarían de cerca a
ese tal Gregory Devaux.
De
acuerdo con el conserje del edificio Kensington, donde Leonie West poseía un
apartamento, la bailarina vivía en el sur de Francia desde agosto.
Ni una
sola pista. Nada que indicara algo más que una amistad casual entre esa gente y
la señora Lawrence y su hijo. Nada que sugiriera una relación entre alguno de
ellos e Ivor Swan.
A las
diez, Martin se presentó en el despacho con la agente Polly Davies. Wexford
apenas la reconoció debido a la peluca pelirroja que lucía.
–Está
usted horrible –dijo el inspector jefe–. ¿De dónde demonios ha sacado eso? ¿De
un rastro?
–De
Woolworth, señor –respondió Martin algo ofendido–. Siempre anda diciendo que
hay que economizar.
–Daría
más el pego si Polly no tuviera esos ojos negros y ese... en fin, ese aspecto
tan galés. De todos modos tendrá que cubrirse la cabeza. Está lloviendo a
cántaros.
El
sargento Martin siempre mostraba un interés achacoso por la climatología y sus
caprichos. Después de borrar el páncreas del doctor, abrió la ventana y sacó
una mano.
–Creo que
pronto parará, señor. Veo un rayo de sol.
–Ojalá no
se equivoque –dijo Wexford–. Les ruego que disimulen su consternación lo mejor
posible. He decidido acompañarlos. Estoy harto de esta vida ociosa.
Mientras
recorrían el pasillo en fila de a uno, Burden, que estaba abriendo la puerta de
su despacho, los detuvo. Wexford lo miró de arriba abajo con expresión severa.
–¿Qué te
ocurre? ¿Te ha tocado la lotería?
Burden
sonrió.
–Menos
mal –prosiguió Wexford con sarcasmo –que a alguien le da por aportar un poco de
alegría a esta ciudad terrorífica. ¿Qué quieres?
–Supongo
que todavía no ha leído el periódico de hoy. Publica una historia interesante
en primera página.
Wexford
le arrebató el periódico y leyó la historia mientras bajaba en el ascensor.
Bajo el titular «Terrateniente ofrece dos mil libras. Nueva acción para cazar
al asesino de Stella», leyó: «El jefe de escuadrilla Percival Swan, rico
terrateniente y tío del señor Ivor Swan, padrastro de Stella Rivers, me confió
ayer por la noche que ofrecía dos mil libras de recompensa por cualquier
información que condujera al descubrimiento del asesino de Stella. “Es un caso
diabólico”, declaró mientras charlábamos en el salón de su centenaria mansión
de Tunbridge Wells. “Quería mucho a Stella, aunque apenas la veía. Dos mil
libras es mucho dinero, pero no representa un sacrificio excesivo si es por el
bien de la justicia.”»
Se decía
mucho más en esa misma línea. «No me parece tan interesante», pensó Wexford
mientras subía al coche.
Fiel a la
predicción del sargento Martin, la lluvia cesó. Una niebla blanca y densa
velaba el bosque de Cheriton.
–Si lo
desea puede quitarse esa cosa –dijo Wexford a Polly Davies–. Aunque nuestro
hombre aparezca, no podrá verla.
Pero
nadie acudió a la cita. Ningún coche pasó por la carretera ni nadie bajó por el
camino de Myfleet Ride que empalmaba con ella. Sólo la bruma se movía
perezosamente, y también el agua que goteaba de las ramas de los abetos.
Wexford fue a sentarse sobre un tronco mojado entre los árboles, mientras
recordaba que Ivor Swan solía cabalgar por ese bosque, que lo conocía bien, que
cabalgó por él el día en que había muerto su hijastra. ¿Realmente creía que
Swan podía aparecer por el camino, a pie o montado en un caballo castaño, con
el niño encaramado a la espalda o cogido de su mano? Una burla, una burla, una
cruel quimera, se dijo una y otra vez, y cuando pasó una hora de la hora
convenida, abandonó su escondite, temblando de frío, y llamó a sus compañeros
con un chiflido.
Si Burden
conservaba el buen humor de la mañana, por lo menos gozaría de un almuerzo en
buena compañía. No vio a nadie al otro lado del mostrador del vestíbulo de la
comisaría, lo cual constituía una negligencia inaudita. Enfurecido, contempló
el taburete vacío sobre el que debería estar sentado el sargento Camb y a punto
estaba de pulsar el timbre que nunca, en todos sus años de existencia, había
sido preciso pulsar, cuando el sargento salió presuroso del ascensor con la
inevitable taza de té en la mano.
–Lo
siento, señor. El personal anda tan atareado con todas esas llamadas que tuve
que ir yo mismo por mi taza de té. No me he ausentado ni medio minuto. Ya me
conoce, señor. Me moriría sin mi té.
–La
próxima vez muérase –espetó Wexford–. Recuerde, sargento, que el centinela ha
de perecer antes que rendirse.
El
inspector jefe fue en busca de Burden.
–El señor
Burden salió a almorzar hace diez minutos –le informó Loring.
Wexford
blasfemó. Deseaba ardientemente enfrascarse con Burden en una de esas diatribas
mordaces pero provechosas, que fortalecían su amistad y favorecían el trabajo
de ambos. Un almuerzo a solas en el Carousel resultaría deprimente. Abrió la
puerta de su despacho y se detuvo en seco.
Sentado
en su sillón giratorio frente al escritorio de palisandro, con un cigarrillo
entre los dedos esparciendo la ceniza sobre la moqueta de color limón, estaba
Mono Matthews.
–Podrían
haberme dicho que he sido destituido –dijo Wexford con frialdad–. Me huele a
uno de esos tejemanejes que se fraguan tras el Telón de Acero. ¿Qué se supone
que voy a hacer ahora? ¿Dirigir una central eléctrica?
Mono
sonrió abiertamente, tuvo la deferencia de dejar libre la silla de Wexford, y
dijo:
–Nunca
imaginé que resultara tan fácil colarse en una comisaría. Llegué a pensar que
el viejo Camb la había palmado y todos habían ido a su entierro. Me deslicé sin
topar con una sola alma. Es mucho más fácil entrar en este antro que salir de
él.
–Hoy no
te será difícil abandonarlo. Puedes irte ahora mismo. Y deprisa, antes de que
te denuncie por allanamiento con fines delictivos de un edificio oficial.
–Ah, pero
mis fines son legales. –Mono examinó complacido la habitación–. Es la primera
vez que estoy en una comisaría por motu proprio. –Una sonrisa ensoñadora iluminó su
rostro, pero se vio bruscamente interrumpida por un ataque de tos.
Wexford
aguardaba con cara de pocos amigos en el hueco de la puerta del despacho.
–Le
aconsejo que cierre la puerta –dijo Mono cuando se hubo recuperado–. No querrá
que todo el mundo se entere de nuestra conversación, ¿verdad? Poseo información
sobre el caso Lawrence.
Wexford cerró
la puerta, pero fue la única muestra de que la observación de Mono había
despertado su interés.
–¿Tú?
–Bueno,
un amigo.
–Ignoraba
que tuvieras amigos. Mono, con excepción de la pobre Ruby.
–No debe
juzgar a la gente tan a la ligera –replicó Mono ofendido. Tosió y apagó el
cigarrillo para inmediatamente encender otro y mirar la colilla desechada con
rencor, como si su repentino ahogo se debiera a un fallo de elaboración o
fabricación del cigarrillo y no al tabaco que contenía–. He hecho muchos amigos
a lo largo de mis viajes.
–¿Te
refieres a tus estancias en la cárcel? –atacó Wexford.
Hacía
mucho tiempo que Mono no se ruborizaba, pero Wexford supo por su mirada
circunspecta que había puesto el dedo en la llaga.
–Mi amigo
–dijo Mono– llegó ayer para pasar unas vacaciones conmigo y con Rube. Algo así
como un descanso. Está algo mayor y su salud ya no es lo que era.
–Será la
humedad de los patios.
–Déjelo
ya, ¿quiere? Mi amigo posee interesante información sobre los antecedentes de
ese tal Ivor Swan.
Wexford
ocultó su asombro.
–El señor
Swan no tiene antecedentes –repuso fríamente–, o por lo menos lo que tú
consideras como tales.
–Escritos
en papel no, desde luego. Pero no todas nuestras faltas quedan registradas,
señor Wexford, ni mucho menos. He oído decir que por las calles cada vez hay
más asesinos de personas que todo el mundo cree que han muerto de forma
natural.
Wexford
se frotó el mentón y miró pensativo a Mono.
–Tráeme a
tu amigo y escucharé lo que tenga que decir. Podría ganarse unos chelines.
–Quiere
una compensación.
–No lo
dudo.
–Ha
insistido mucho en ese punto –dijo Mono con tono familiar.
Wexford
se levantó y abrió la ventana para que saliera el humo.
–Soy un
hombre muy ocupado, Mono. No puedo pasarme el día jugando a las adivinanzas.
¿Cuánto?
–Quinientas
–respondió sucintamente Mono.
Con voz
amable aunque fría, teñida de incrédula indignación, Wexford dijo:
–Estás
chiflado si crees que el gobierno va a pagar quinientas libras a un viejo
presidiario por una información que puede obtener gratuitamente de los archivos
policiales.
–Quinientas
–repitió Mono–, y si todo sale bien, las dos mil libras de recompensa que
ofrece el tío. –Tosió ligeramente. Luego, con voz dulce, añadió–: Si no le
interesa, mi amigo hará una visita al comisario jefe. Se llama Griswold, ¿no es
cierto?
–¡No me
vengas con amenazas! –exclamó Wexford.
–¿Amenazas?
¿Quién lo amenaza? Se trata de una información en beneficio del interés
público.
–Tráeme a
tu amigo –replicó Wexford con firmeza– y veremos qué puedo hacer. Quizá valga
un par de libras.
–Mi amigo
no es como yo, jamás acudiría voluntariamente a una comisaría. Pero hoy a las
seis en punto estaremos en el Pony, y me atrevo a decir que aceptaría encantado
un pequeño adelanto en forma de licor.
Cuando
Mono se hubo marchado Wexford se preguntó si realmente habría algo valioso en
esa historia. De inmediato recordó las insinuaciones de Rivers sobre la muerte
de la tía de Swan. ¿Y si Swan hubiese acelerado la partida de la vieja? Con
veneno, por ejemplo. Eso encajaba en el estilo de Swan, una muerte lenta,
indolente. ¿Y si ese amigo de Mono había trabajado en su casa como criado o
incluso como mayordomo? Tal vez hubiese visto u oído algo, y lo hubiera
mantenido en secreto durante años...
Wexford
regresó a la tierra y, sonriendo, recordó uno de sus pasajes predilectos de
Jane Austen: «Consultad vuestro propio entendimiento, vuestro propio sentido de
lo probable, vuestra propia observación de lo que ocurre alrededor. ¿Nos
prepara la educación que recibimos para semejantes atrocidades? ¿Hacen nuestras
leyes la vista gorda? ¿Es posible quebrantarlas y quedar impunes en un país
como éste, donde el intercambio social y literario es tan intenso, donde cada
ciudadano vive rodeado de una comunidad de espías voluntarios y donde las
calles y los periódicos todo lo descubren?»
Había
memorizado esas líneas muchos años atrás. Le prestaban un gran servicio, y cada
vez que le asaltaba la tentación de dejar volar su imaginación, se ocupaban de
mantenerle los pies firmemente plantados en la tierra.
Era demasiado
tarde para salir a almorzar. El personal del Carousel miraba mal a quienes
acudían a comer después de la una y media. Wexford ordenó que le trajeran un
emparedado del restaurante y ya había engullido la mitad cuando el informe del
mechón de pelo llegó del laboratorio. El cabello, leyó Wexford, era de niño,
pero no pertenecía a John Lawrence. Lo habían cotejado con las hebras obtenidas
de su cepillo. Como apenas si comprendía la cuarta parte de la jerga técnica,
Wexford se esforzó por discernir al menos cómo podían estar tan seguros de que
el pelo del cepillo difería del pelo del mechón, y al fin hubo de conformarse
con saber que sencillamente eran distintos.
Sonó el
teléfono. Era Loring desde la sala donde se atendían y comprobaban todas las
llamadas relacionadas con los casos Lawrence y Rivers.
–Creo que
ésta le interesará, señor.
Wexford
pensó enseguida en Mono Matthews, pero al instante desechó la posibilidad. Mono
nunca utilizaba el teléfono.
–Grabe la
llamada, Loring –ordenó el inspector jefe–. ¿Procede de una cabina?
–Me temo
que no, señor. No podemos localizarla.
–Pásemela.
En cuanto
escuchó la voz supo que el sujeto trataba de disfrazarla. Un par de piedras en
la boca, dedujo Wexford. Pero había algo en ella, quizá el timbre, imposible de
disimular. Reconocía la voz, pero no a su propietario. Tampoco podía recordar
dónde lo había visto antes ni qué había dicho. Pero estaba seguro de que
reconocía la voz.
–Todavía
no puedo darle mi nombre –dijo–. Le envié dos cartas.
–Las he
recibido. –Wexford se había levantado para atender la llamada y desde donde
estaba divisó High Street y una mujer que sacaba tiernamente a su pequeño del
cochecito para entrar en una tienda. Era tan inmensa su furia que podía sentir
la sangre bombeando peligrosamente en su cabeza.
–Hoy ha
intentado jugármela, pero mañana será distinto.
–¿Mañana?
–preguntó Wexford sin alterar el tono.
–Mañana
estaré junto a los surtidores de Saltram House a las seis en punto de la tarde,
con John. Quiero que la madre venga a buscarlo sola.
–¿Desde
dónde habla?
–Desde mi
granja –dijo la voz, cada vez más estridente–. Tengo una granja de trescientos
acres no lejos de aquí. Es una granja de pieles: visones, conejos, chinchillas
y demás. John no sabe que crío animales para comerciar con su pelo. Eso lo
pondría muy triste, ¿no cree?
Wexford
captó el tono característico de un trastornado mental. No sabía si eso lo
tranquilizaba o lo inquietaba. Estaba pensando en esa voz que ya había oído
antes, esa voz fina y aguda, la voz de una persona susceptible que veía el
insulto donde no lo había.
–Usted no
tiene al niño –dijo Wexford–. El pelo que envió no era de John. –Llevado por el
desprecio y la rabia, dejó a un lado la prudencia–. Es usted un ignorante. En
la actualidad es posible identificar el cabello con la misma precisión que la
sangre.
Del otro
lado de la línea llegó una respiración pesada. Wexford intuyó el triunfo.
Respiró hondo, preparándose para atacar con sus insultos, pero antes de poder
abrir la boca la voz dijo fríamente:
–¿Cree
que no lo sé? Obtuve el mechón de la cabeza de Stella Rivers.
13
El
Piebald Pony no es la clase de taberna que los conocedores de la Inglaterra
rural asocian con su campiña. De hecho, si uno accede al lugar desde Sparta
Grove con la mirada fija en el suelo para no vislumbrar las verdes colinas
circundantes, nunca imaginará que está en el campo. Sparta Grove y Charteris
Road, avenida con la que forma ángulo recto y en cuya esquina se erige el
Piebald Pony, semejan calles marginales de una ciudad industrial. Algunas casas
tienen estrechos jardines delanteros, pero la mayor parte de las puertas abren
directamente al pavimento, como es el caso de la cantina pública y el salón del
Pony.
Una de
las salas da a Sparta Grove y la otra a Charteris Road. De igual forma y
tamaño, lo único que diferencia a la cantina del salón es que en éste las
bebidas son más caras, una tercera parte de su suelo de piedra está cubierta
por una alfombra marrón de Axminster y los asientos incluyen un par de
maltrechos sotas tapizados en negro, como los que antaño decoraban las salas de
espera de las estaciones de tren.
En uno de
los sofás, bajo un cartel que anunciaba la Costa del Sol y exhibía la
fotografía de una muchacha luciendo un biquini húmedo y sonriendo impúdicamente
a un toro agonizante, estaba sentado Mono Matthews con un hombre mayor. Éste,
con el rostro severamente marcado por los años, parecía hallarse, en opinión de
Wexford, en estado casi tan precario como el toro. No es que fuera delgado o
pálido –de hecho, su cara de sapo era encarnada–, pero tenía el aire de una
persona que ha ido deteriorándose con los años a causa de una mala
alimentación, moradas húmedas e indulgencias repulsivas en cuya naturaleza
Wexford prefería no ahondar.
Ambos
sostenían una jarra de cerveza barata casi vacía y Mono estaba fumando un
cigarrillo minúsculo.
–Buenas
noches –saludó Wexford.
Mono, en
lugar de incorporarse, se limitó a señalar a su compañero con un movimiento de
la mano.
–Le
presento al señor Casaubon.
Wexford
dejó escapar un leve suspiro, el signo externo y audible de un grito interno y
desaforado.
–Lo dudo
–repuso lacónicamente–. Ahora me contarás que unos consabidos intelectuales
como vosotros conocéis a George Eliot.
El señor
Casaubon, lejos de responder a la descripción de Mono de hombre intimidado por
la policía, se había animado nada más oír hablar a Wexford y ahora replicaba
con voz pastosa:
–Yo lo vi
una vez, en 1929. Lo condenaron por robar unos lingotes de oro.
–Me temo
–repuso fríamente Wexford– que no hablamos del mismo hombre. ¿Qué desean beber,
caballeros?
–Oporto
con brandy –se apresuró a solicitar el señor Casaubon. Sin embargo Mono, para
quien lo aspirable siempre primaba sobre lo meramente bebible, empujó hacia
adelante el vaso de cerveza vacío y declaró que agradecería un paquete de Dunhill
International.
Wexford
pidió las bebidas y arrojó el paquete rojo y dorado sobre el regazo de Mono.
–Inauguraré
tan solemne acto –dijo el inspector jefe– comunicándoos que ya podéis olvidaros
de las quinientas libras. ¿Está claro?
El señor
Casaubon encajó la noticia como alguien acostumbrado a sufrir constantes
decepciones. La alegría que antes había iluminado sus ojos acuosos se
desvaneció, y emitiendo un zumbido sordo que bien podía interpretarse como un
bisbiseo, un asentimiento interminable o un intento de tonada, cogió su oporto
con brandy.
–Cuando
todo se solucione –dijo Mono– mi amigo y yo recibiremos la recompensa.
–Muy
amable de tu parte –replicó Wexford con sarcasmo–. Huelga decir que el dinero
sólo será desembolsado si la información conduce directamente al arresto del
asesino de Stella Rivers.
–No
nacimos ayer –se defendió Mono. La observación resultó tan atinada,
especialmente en el caso del señor Casaubon, que parecía que hubiese nacido en
1890, que el viejo interrumpió el bisbiseo para soltar una carcajada y mostrar
la dentadura más repugnante y pútrida que Wexford había visto jamás–. También
nosotros leemos la prensa –prosiguió Mono–. Y ahora pongamos las cartas sobre
la mesa. Si mi amigo le cuenta lo que sabe y lo demuestra con papeles, ¿se
asegurará de darnos lo que es nuestro una vez que Swan esté entre rejas?
–Puedo
buscar un testigo, si lo deseas. El señor Burden, por ejemplo.
Mono
expulsó el humo del cigarrillo por la nariz.
–Esa
bestia sarcástica me revuelve las tripas –protestó–. No, su palabra me basta.
Cuando mis colegas lo critican yo siempre digo: es cierto que el señor Wexford
no me deja en paz, pero...
–Mono –lo
interrumpió el inspector jefe–, ¿piensas contármelo o no?
–¿Aquí?
–preguntó atónito Mono–. ¿Cómo quiere que le sople una información que
encerrará a un hombre de por vida, en un local que parece el mercado municipal?
–En ese
caso, vamos a la comisaría.
–Al señor
Casaubon le desagrada ese lugar. –Mono miró fijamente al viejo, esperando acaso
alguna muestra de aversión por su parte, pero el señor Casaubon permanecía con
los párpados caídos, insistiendo en su monótono murmullo–. Iremos al
apartamento de Rube. Está fuera, haciendo de niñera.
Wexford
aceptó con un encogimiento de hombros. Complacido, Mono propinó un codazo al señor
Casaubon.
–Venga,
colega, despierta que nos vamos.
El señor
Casaubon necesitó largo rato para ponerse de pie. Wexford se dirigió con paso
impaciente hacia la puerta, pero Mono, que no era precisamente célebre por sus
atentos modales, permaneció solícito junto a su compañero y, tras ofrecerle el
brazo, lo ayudó amablemente a abandonar el local.
Era la
primera vez que Burden le telefoneaba. El corazón le latía con fuerza mientras
escuchaba el timbre del teléfono y la imaginaba corriendo hacia el aparato, con
el corazón igualmente palpitante porque intuía que era él.
La firme
voz de la mujer hizo que su excitación se desvaneciese. Burden pronunció su
nombre con tono suave e interrogativo.
–Soy yo
–respondió Gemma–. ¿Quién habla?
–Mike.
–No había reconocido su voz, pensó él, presa de una honda decepción.
En cuanto
se hubo identificado, Gemma preguntó ansiosamente:
–¿Hay
novedades? ¿Ha ocurrido algo?
Burden
cerró los ojos por un instante. Gemma sólo podía pensar en el niño. Incluso su
voz, la voz de su amante, no era para ella más que la voz de alguien que podía
haber encontrado a su hijo.
–No,
Gemma, no hay novedades.
–Es la
primera vez que me llamas por teléfono, por eso he pensado... –explicó con voz
suave.
–Anoche
también fue la primera vez.
Gemma
calló. Burden pensó que nunca había conocido silencio más largo, más
interminable; duró lo suficiente para que veinte coches desfilaran por delante
de la cabina telefónica, para que el semáforo pasara a verde y de nuevo a rojo,
para que una docena de personas entraran en el Olive y dejaran la puerta
bailando, bailando tras de sí hasta que se detuvo. Finalmente, ella dijo:
–Te
necesito, Mike. Ven pronto.
Pero
primero él debía hablar con otra mujer. La llamó.
–Me
espera trabajo en la calle, Grace –explicó el inspector, demasiado mojigato,
demasiado inocente para ver ese doble sentido que habría provocado la carcajada
de Wexford–. Estaré fuera varias horas.
Sus
mujeres eran propensas a los silencios elocuentes, vibrantes. Grace rompió el
que había creado con un golpe afilado y enérgico:
–No
mientas, Mike. He llamado a la comisaría y me han dicho que tienes la noche
libre.
–No
tenías derecho a hacer tal cosa –increpó Burden–. Jean jamás obró de ese modo,
y ella sí tenía derecho, era mi esposa.
–Lo
siento, pero los niños me preguntaron y pensé... Además, hay algo importante de
lo que quiero hablarte.
–¿No
puedes esperar hasta mañana? –Burden pensó que conocía muy bien las discusiones
de Grace. Siempre versaban sobre sus hijos, más exactamente sobre los problemas
psicológicos de sus hijos, o lo que Grace interpretaba como tales: la
mentalidad supuestamente frívola de Pat y el bloqueo mental de John para las
matemáticas. Como si todos los niños no tuvieran problemas intrínsecos al
crecimiento, problemas que él en su día, y sin duda Grace en el suyo, superaron
satisfactoriamente sin necesidad de someterlos a un continuo análisis. Por fin,
musitó–: Mañana procuraré cenar en casa.
–Siempre
dices lo mismo –replicó Grace.
La
conciencia apenas le remordió cinco minutos. El sentimiento había cesado mucho
antes de alcanzar las inmediaciones de Stowerton. Burden ignoraba aún que la
perspectiva del placer sexual era la réplica más aplastante contra la
conciencia. No comprendía por qué sentía tan poca culpa, por qué el reproche de
Grace sólo lo había afectado momentáneamente. Las palabras de su cuñada –o lo
que podía recordar de ellas– se transformaron en la amonestación vacua y
automática de un maestro de escuela pronunciada muchos años atrás. Grace ya no
representaba para él más que un obstáculo, una fuerza irritante que conspiraba
con otros inútiles como ella para mantenerlo alejado de Gemma.
Esa noche
ella lo recibió en la puerta. Burden estaba preparado para oírla hablar de su
pequeño, de sus angustias y su soledad, y dispuesto a expresar esas palabras
amables y esa ternura que a buen seguro lo embargarían después de una hora en
la cama con Gemma, pero que ahora el deseo convertía en tensas y bruscas. Ella
no dijo nada. Él la besó tentativamente, incapaz de intuir su estado de ánimo en
esos ojos enormes e inexpresivos.
Ella le
tomó las manos y las puso en torno a su cintura, que él notó desnuda cuando
levantó la blusa. La piel, cálida y seca, temblaba al contacto de sus manos.
Burden comprendió entonces que la necesidad que ella había expresado por
teléfono no era de palabras ni de aliento ni de ternura, sino la misma
necesidad que él sentía.
Si el
señor Casaubon hubiese sido capaz de inspirar la menor piedad, Wexford no
habría podido presenciar las pródigas atenciones de Mono sin sentir lástima.
Pero resultaba tan obvio que el viejo –tendría que averiguar su verdadero
nombre rebuscando en los archivos– era un tunante y un parásito, que se
aprovechaba de su edad y de una debilidad probablemente fingida, que Wexford no
pudo por menos que reír irónicamente por lo bajo mientras Mono lo instalaba en
una de las butacas de Ruby Branch y le colocaba un almohadón detrás de la
cabeza. Era evidente, tanto para el receptor de tales atenciones como para el
inspector jefe, que Mono no hacía otra cosa que mimar a la gallina que pronto
pondría un huevo de oro. Presumiblemente, el señor Casaubon había llegado a un
acuerdo económico con su socio o empresario, y sabía que tanto ajetreo de
almohadones no se debía al afecto ni al respeto por la tercera edad. Ronroneando
de satisfacción cual gato viejo, dejó que Mono le sirviera un whisky triple.
Pero en cuanto el agua apareció, el ronroneo se transformó en gemido y una mano
roja y nudosa tapó el vaso.
Mono
corrió las cortinas y colocó una lámpara sobre un extremo de la repisa de la
chimenea para que la luz cayera a modo de foco sobre la figura encogida del
señor Casaubon. Wexford fue consciente del espectacular efecto. El protegido de
Mono le recordaba a esos actores que disfrutan exhibiéndose en solitario sobre
los escenarios londinenses, entreteniendo a su audiencia durante más de dos
horas con monólogos o lecturas de algún escritor o diarista de renombre. El
constante asentimiento y bisbiseo del señor Casaubon no hacía más que alimentar
esa sensación. Wexford intuyó que la función estaba a punto de comenzar, que de
esos labios morados brotaría alguna ocurrencia o que el murmullo daría paso a
una conferencia sobre Nuestro común amigo. Sabedor, no obstante, de que todo
era una ilusión deliberadamente lograda por el ingenioso timador Mono Matthews,
espetó:
–Habla
ya, ¿quieres?
El señor
Casaubon rompió el silencio que mantenía desde que había abandonado el Piebald
Pony.
–Que
hable Mono. Tiene más labia que yo.
Mono
sonrió, complacido por el elogio, y encendió un cigarrillo.
–El señor
Casaubon y yo –comenzó– nos conocimos en el norte hace doce meses. –«En la
prisión de Walton», pensó Wexford–. De modo que el otro día, cuando leyó en el
periódico la historia del señor Ivor Swan y se enteró de que vivía en
Kingsmarkham, se desahogó conmigo.
–Comprendo.
En otras palabras, vio la oportunidad de ganarse un dinero y pensó que tú
podías ayudarlo. No entiendo por qué no acudió directamente a nosotros en lugar
de confabularse con un tiburón como tú. Cuestión de labia, imagino.
Conociéndote, me extraña que no decidieras chantajear primero a Swan.
–Si
piensa seguir insultando –dijo Mono, expulsando el humo de su cigarrillo con un
bufido de indignación–, más vale que lo dejemos. Mi amigo y yo iremos a ver al
señor Griswold. Le estoy haciendo un favor, para que progrese en su profesión.
El señor
Casaubon asintió solemnemente y murmuró como si fuese una mosca dormitando
sobre un corte de ternera. Mono, no obstante, estaba muy enfadado.
–Deja ya
de farfullar, ¿quieres? –espetó con el tono generalmente reservado a la señora
Branch, olvidando temporalmente el respeto obligado a la edad y a la gallina de
los huevos de oro–. Empiezas a chochear. Ahora comprenderá –dijo dirigiéndose a
Wexford– porqué este viejo bobo necesita mi ayuda.
–Sigue,
Mono. No volveré a interrumpirte.
–El caso
es que el señor Casaubon me contó, y me enseñó un papel que lo demuestra, que
hace catorce años su querido Ivor Swan, y ahora agárrese fuerte, mató a una
niña. Para ser más exactos, causó la muerte de una niña ahogándola en un lago.
¿Qué le parece? Sabía que la noticia le haría saltar de la silla.
En lugar
de saltar, Wexford se había derrumbado.
–Lo
lamento. Mono –dijo el inspector jefe pero eso es imposible. El señor Swan goza
de una reputación intachable.
–Querrá
decir que no ha pagado por su culpa. Le digo que es cierto. La sobrina del
señor Casaubon, la hija de su hermana, lo vio. Swan ahogó a la niña y fue
juzgado por ello, pero el juez tuvo que absolverlo por falta de pruebas.
–En aquel
entonces no tendría más de diecinueve o veinte años –murmuró Wexford–. Necesito
conocer los detalles. ¿Dónde está ese papel del que tanto hablas?
–Sácalo,
colega –ordenó Mono al señor Casaubon.
Tras
rebuscar entre sus incontables capas de ropa, el viejo sacó de las profundidades
de su abrigo de lana un sobre extremadamente sucio que contenía una hoja de
papel. Lo sostuvo con ternura por un instante, para luego entregarlo a su
intermediario, quien a su vez se lo pasó a Wexford.
El papel
era una carta sin fecha ni dirección.
–Antes de
leerla –advirtió Mono– debe saber que la joven de la que habla era camarera de
ese hotel del lago. Tenía un puesto importante, muchas chicas a su cargo. No sé
exactamente qué hacía, pero era la jefa.
–Hablas
de ella como si fuera la madam de un burdel –le dijo Wexford de mala
manera, y atajó las protestas de Mono con un rápido–: Calla y déjame leer.
La carta
había sido escrita por una persona poco instruida. Tenía faltas de ortografía y
carecía prácticamente de puntuación. Mientras el señor Casaubon mascullaba con
el orgullo de un hombre que muestra a un conocido la redacción premiada de
algún joven familiar, Wexford leyó lo siguiente:
Querido tío Charly.
A abido un escándalo aquí que estoy segura le interesará hay un joben
estudiante que vive en el hotel y que cree que a aogado a una niñita que estaba
nadando en el lago por la mañana antes de que su mamá y su papá se lebantaran y
lo han llevado a juicio Lily ya te he hablado de ella tubo que ir y contar lo
que sabía y me dijo que el juez se ensañó con él pero no pudo condenarlo porque
nadie le vio hacerlo. El tipo se llama ivor
lionel fairfax swan lo escribí cuando Lily lo dijo cuando habló con el
juez pensé que le gustaría saberlo.
En fin tío nada más por aora seguiré escriviendo espero como siempre
que la noticia le sirva de algo y que su pierna esté mejor. Su querida.
Sobrina.
Elsie.
La pareja
observaba a Wexford con impaciencia. El inspector jefe releyó la carta –la
ausencia de comas y puntos dificultaba la lectura– y se dirigió al señor
Casaubon:
–¿Qué le
hizo guardarla durante catorce años? Si no conocía a Swan, ¿por qué guardó esta
carta? El señor Casaubon no respondió. Sonriendo vagamente, como hace la gente
cuando alguien le habla en una lengua extranjera, tendió su vaso a Mono, que
enseguida se prestó a llenarlo para luego reanudar la tarea de intérprete.
–El señor
Casaubon conserva todas las cartas de su sobrina –dijo–. No tiene hijos, por
eso quiere tanto a Elsie.
–Comprendo
–dijo Wexford, y por curioso que parezca, decía la verdad. El rostro se le
encendió de rabia cuando cayó en la cuenta del negocio que se traían entre
manos el señor Casaubon y su sobrina. Sin mirar la carta, recordó algunas
frases significativas: «Un escándalo que le interesará... espero que la noticia
le sirva de algo.» «Una camarera –pensó–, una muchacha entre nosotros tomando
nota...» ¿A cuántas esposas adúlteras había pillado Elsie? ¿En cuántas
habitaciones habría irrumpido accidentalmente? ¿Cuántas intrigas homosexuales
habría descubierto cuando la práctica homosexual aún constituía un delito? Por
no mencionar otros secretos a los que sin duda habría tenido acceso, documentos
y cartas olvidados en cajones, intimidades de mujeres susurradas
confidencialmente y aireadas alegremente por la noche tras una ginebra de más. Wexford
estaba seguro de que la información acerca de Swan era uno más de los muchos
escándalos relatados a tío Charly, a sabiendas de que éste los emplearía para
exigir un dinero del que Elsie, en su momento, reclamaría su parte. Un plan
inteligente, pero sólo con mirar al señor Casaubon, se adivinaba que no había
funcionado.
–¿Dónde
trabajaba Elsie en aquel entonces? –preguntó Wexford.
–Mi amigo
no lo recuerda –respondió Mono–. Cerca del distrito de los Lagos. Se ganaba la
vida de muchas maneras.
–Se ganaba
la vida de una sola manera, una manera repugnante. ¿Dónde está ahora?
–En
Sudáfrica –murmuró el señor Casaubon, mostrando el primer signo de
nerviosismo–. Se casó con un judío rico y se fueron a vivir a El Cabo.
–Puede
quedarse la carta –dijo Mono con una sonrisa congraciadora–. Imagino que tendrá
que hacer algunas comprobaciones. Nosotros no somos más que un par de
ignorantes, para qué ocultarlo, y no sabríamos cómo dar con ese juez. –Arrastró
la silla hacia Wexford–. Lo único que queremos es el dinero por haberle puesto
sobre la pista. No deseamos agradecimientos, sólo la recompensa... –La voz de
Mono desfalleció y la hosca expresión de Wexford terminó de silenciarla. Mono
dio una larga calada a su cigarrillo y decidió que había llegado la hora de mostrarse
hospitalario con su invitado–. Tome un trago de whisky antes de irse.
–Ni lo
sueñes –repuso Wexford satisfecho. Mirando de soslayo al señor Casaubon,
añadió–: Cuando bebo, soy muy exigente con la compañía.
14
Éxtasis
nervioso, decidió Wexford, era lo que mejor definía el estado actual del
inspector Burden. Estaba abstraído, miraba ensimismado el vacío y cualquier
cosa lo sobresaltaba, pero al menos constituía un cambio con respecto a la
tristeza hosca e irritable con que todo el mundo había acabado por
relacionarlo. Probablemente la causa del cambio fuese una mujer, y Wexford,
cuando al día siguiente coincidió en el ascensor con su amigo y ayudante,
recordó las palabras del doctor Crocker.
–¿Cómo
anda la señorita Woodville estos días?
El
inspector jefe se vio premiado, no sin cierta satisfacción, con el repentino
sonrojo de Burden. Ello confirmaba sus sospechas de que últimamente algo
ocurría entre esos dos, algo mucho más excitante que las discusiones sobre si
Pat necesitaba o no una chaqueta nueva para el trimestre siguiente.
–Precisamente
ayer –prosiguió Wexford, insistiendo en el tema– mi mujer me comentaba que la
señorita Woodville había sido un valioso bastión para ti. –Al no recibir
respuesta, agregó–: Es una suerte que ese bastión tenga, además, un rostro
especialmente bonito, ¿no te parece?
Burden
atravesó con la mirada a Wexford, que de repente se sintió transparente. El
ascensor se detuvo.
–Estaré
en mi despacho si me necesita –dijo Burden.
Wexford
se encogió de hombros. «Hasta aquí hemos llegado –pensó–. Por mi parte, se
acabaron los acercamientos amistosos, mojigato estirado.» Además, ¿qué le
importaba a él la soporífera vida amorosa de Burden? Tenía otras
preocupaciones, y a causa de ellas últimamente casi no dormía. Había pasado
gran parte de la noche despierto, pensando en la carta, en Mono Matthews y en
el viejo tunante de su amigo, meditando el significado de toda aquella
historia.
Elsie era
astuta como un lince, pero también una completa ignorante. Para una mujer como
ella, todos los jueces de paz eran magistrados y seguramente desconocía la
diferencia entre una audiencia y un tribunal. ¿Era posible que tantos años
atrás el joven Swan hubiese comparecido ante un magistrado, acusado de
asesinato u homicidio, y obtenido la absolución?
La noche
es la hora para las conjeturas, los sueños y las conclusiones disparatadas. El
día es la hora de la acción. El hotel estaba en algún lugar del distrito de los
Lagos. Nada más entrar en el despacho, Wexford telefoneó a las comisarías de
Cumberland y Westmorland. Acto seguido investigó los antecedentes del señor
Casaubon, partiendo de que el hombre había coincidido en Walton con Mono,
suposición que le aportó grandes frutos.
Nacido en
Limehouse en 1897, su nombre era Charles Albert Catch. Satisfecho de que sus
conjeturas fuesen acertadas, averiguó que Catch había cumplido tres condenas
por exigir dinero con amenaza. A partir de los sesenta y cinco años, no
obstante, había corrido peor suerte. La última vez fue condenado por arrojar un
ladrillo contra la ventana de una comisaría, estratagema que el chantajista
venido a menos, reducido a la miseria, había empleado para asegurarse una cama
y un techo.
Wexford
no compadecía a Charly Catch, pero se preguntaba por qué la información de su
sobrina no lo había inducido a actuar contra Swan en su momento. ¿Porque
verdaderamente no había pruebas? ¿Porque Swan era inocente y no tenía nada que
ocultar ni de qué avergonzarse? El tiempo lo diría. Era inútil seguir
especulando, era inútil poner manos a la obra mientras no recibiera noticias
del distrito de los Lagos.
Con
Martin y Bryant vigilando desde una distancia prudencial, el inspector jefe
envió a Polly Davies y su peluca pelirroja a la cita de Saltram House. Llovía y
Polly se empapó hasta los huesos, pero nadie llevó a John Lawrence al parque de
Saltram House ni al jardín italiano. Decidido a no teorizar más sobre Swan,
Wexford se concentró en el hombre de la llamada, pero se veía incapaz de
identificarlo o recordar algo nuevo, salvo que había oído esa voz antes, en alguna
parte.
Tomándola
en sus brazos en medio de la penumbra, Burden dijo:
–Quiero
que me digas que te hago feliz, que la vida es menos horrible porque te amo.
Quizá
Gemma estuviese esbozando una de sus lánguidas sonrisas. Burden no podía verle
la cara, sólo un vago resplandor. La habitación olía al perfume que ella solía
usar cuando estaba casada y tenía algo de dinero. Las ropas reposaban
impregnadas de esa fragancia rancia y dulzona. Burden decidió que al día
siguiente le compraría un frasco de perfume.
–Gemma,
sabes que esta noche no puedo quedarme. Ojalá pudiera, pero prometí...
–Lo
comprendo –respondió ella–. Si fuera a reunirme con mi... mis hijos, nada me
detendría. Mi querido y tierno Mike, por nada del mundo te apartaría de tus
hijos.
–¿Podrás
dormir?
–Me
tomaré dos de los somníferos del doctor Lomax.
Un ligero
escalofrío recorrió el cuerpo caliente de Burden. ¿Acaso no era el deseo
satisfecho el mejor somnífero? Qué feliz le habría hecho escuchar que su acto
amoroso podía hacerle conciliar un dulce sueño, que la imagen de él lograba
apartarla de todos los miedos. Siempre el niño, pensó Burden, siempre ese chico
que se había asegurado toda la atención y el amor de su madre. Entonces imaginó
el milagro, imaginó que el niño desaparecido y muerto volvía a la vida y
regresaba a casa, irrumpía en el dormitorio ahora en penumbra y se arrojaba a
los brazos de su madre. Vio cómo ella olvidaba a su amante, olvidaba incluso
que había existido en ese pequeño mundo que sólo tenía cabida para una mujer y
un niño.
Se
levantó y se vistió. Besó a Gemma de una forma que pretendía ser tierna pero
que devino apasionada porque no podía contenerse. Y se vio recompensado con un
beso largo e igualmente apasionado. Eso debía bastarle, eso y el fular de gasa
arrugado que recogió cuando salía de la habitación.
«Ojalá no
haya nadie en casa –pensó ya en el coche. Luego, con remordimiento, se dijo–:
Sólo por esta noche.» Si pudiese entrar en el vacío y la soledad de su casa,
libre de las amables y enérgicas exigencias de Grace y de los castillos en el
aire de Pat y de las matemáticas de John... Pero si se dirigiese a una casa
vacía, no estaría dirigiéndose a su casa.
Grace
había dicho que quería hablar con él. La idea le resultaba tan desagradable y
tediosa que se abstuvo de especular al respecto. ¿Por qué soportar la angustia
por dos veces? Antes de entrar en casa apretó contra su cara la gasa perfumada,
en busca de consuelo, pero en lugar de consuelo lo asaltó nuevamente el deseo.
Su hijo
estaba inclinado sobre la mesa, manejando torpemente el compás.
–El viejo
Cara de Menta –comenzó cuando vio a su padre– nos dijo que «materna» significa
conocimiento y «paterna» sufrimiento, de modo que dije que podrían llamarlo
«patemáticas».
Grace
soltó una carcajada algo estridente. Tenía el rostro encendido, advirtió
Burden, como si estuviera excitada o agitada. Se sentó a la mesa junto a John,
trazó cuidadosamente el diagrama por él y lo envió a la cama.
–Yo
también me acostaré temprano –le dijo esperanzado.
–Concédeme
diez minutos, Mike –intervino Grace–. Quiero... quiero decirte algo. He
recibido carta de una amiga, una mujer que estudió conmigo. –Parecía sumamente
nerviosa, algo impropio de ella, lo cual provocó en Burden un ligero
desasosiego. Tenía la carta en la mano y fue a mostrársela cuando cambió de
idea y aferró el papel contra su pecho–. Ha heredado un dinero y quiere poner
una clínica... –Las siguientes palabras brotaron atropelladamente–: Me ha
pedido que la ayude en el proyecto.
–Oh,
estupendo –fue la respuesta aburrida de Burden, hasta que finalmente cayó en la
cuenta de lo que Grace estaba diciéndole. El golpe fue demasiado duro para
reaccionar de manera educada o prudente–. ¿Y los niños?
Grace no
respondió enseguida. Se derrumbó pesadamente en la silla, como una mujer vieja
y cansada.
–¿Cuánto
tiempo esperabas que me quedara?
–No lo sé
–repuso Burden, haciendo un gesto de impotencia con las manos–. Hasta que
fueran capaces de cuidar de sí mismos, imagino.
–¿Y
cuándo calculas que será eso? –Grace estaba ahora furiosa, enfadada, nerviosa
de indignación–. ¿Cuando Pat tenga diecisiete o dieciocho años? Para entonces
yo tendré cuarenta.
–No se es
viejo a los cuarenta –repuso débilmente su cuñado.
–Quizá no
lo sea una mujer con una profesión, con una vocación a la que siempre se ha
dedicado. Si me quedo aquí otros seis años, como mucho podría aspirar a un
puesto de enfermera en un hospital rural.
–Pero los
niños... –insistió Burden.
–Envíalos
a un internado –replicó duramente Grace–. Físicamente estarían tan bien
atendidos como aquí. En cuanto a los demás aspectos, ¿qué bien puedo hacerles
yo sola? Pat alcanzará pronto la edad de rebelarse contra su madre o la
sustituía de su madre. John nunca ha mostrado especial interés por mí. Si te
disgusta la idea de un internado, pide el traslado a Eastbourne. Allí podríais
vivir con mamá.
–No me
esperaba este golpe.
Grace
estaba a punto de romper a llorar.
–Recibí
la carta de Mary ayer. Quise hablar contigo, te supliqué que te quedaras en
casa.
–Cielo
santo, Grace, creía que te gustaba esto. Pensaba que querías a los niños.
–¡Mentira!
–replicó ella furiosamente, y su rostro se convirtió súbitamente en el rostro
colérico e indignado de Jean durante una de sus raras peleas–. Jamás pensaste
en mí. Me pediste que te echara una mano, y cuando vine me convertiste en una
especie de madre doméstica mientras tú adoptabas el papel de inspector
orgulloso que se digna a visitar a los pobres huérfanos un par de días a la
semana.
Burden no
tenía intención de replicar. Sabía que era cierto.
–Haz lo
que desees hacer.
–Eso no
es lo que deseo hacer, es lo que me has obligado a hacer. ¡Oh, Mike, las cosas
podrían haber sido tan diferentes! ¿No lo entiendes? Si hubieras permanecido a
nuestro lado, me habrías hecho sentir que estábamos construyendo algo que valía
la pena, juntos. Incluso ahora, si tú... Me cuesta mucho decirte esto, Mike...
Si pensara que todavía estamos a tiempo de... Mike, ¿por qué no me ayudas?
Volviéndose
hacia él, Grace le ofreció las manos, no de forma impulsiva ni amorosa como
Gemma, sino con una especie de modesta timidez, como si se avergonzara. Burden
recordó lo que Wexford le había dicho esa mañana en el ascensor y retrocedió.
La sensación de que era Jean quien lo miraba, quien le rogaba, quien estaba a
punto de decir cosas que para su mentalidad anticuada ninguna mujer debería
decir a un hombre, sólo empeoraba las cosas.
–¡No, no,
no! –musitó Burden.
Jamás
había visto a una mujer enrojecer tan vehementemente. La cara de Grace se tornó
carmesí para luego apagarse hasta quedar blanca como la nieve. Se levantó y
echó a correr precipitadamente, abandonando la elegancia precisa y controlada
que la caracterizaba. Cerró la puerta tras de sí sin decir palabra.
Burden
durmió mal. Trescientas noches no habían bastado para enseñarle a dormir solo y
dos noches de éxtasis le devolvían salvajemente toda la soledad de una cama
vacía. Como si fuese un adolescente inmaduro, apretó contra su cara el fular de
la mujer que amaba para aspirar su aroma. Permaneció así tumbado durante horas,
escuchando a través de la pared el llanto ahogado de la mujer que había
rechazado.
15
El mechón
de pelo tampoco pertenecía a Stella Rivers. A diferencia del resto de su
cuerpo, aún quedaban suficientes rizos rubios para cotejarlo. «Un brazalete de
fulgurante cabello en torno al hueso», pensó Wexford con un escalofrío.
Eso,
desde luego, no demostraba nada. Sencillamente era de imaginar, ya se sabía que
el «peletero» –así llamaba Wexford ahora al hombre de las cartas y las
llamadas– era un embustero. Sólo le quedaba esperar noticias del distrito de
los Lagos, pero su humor se agriaba por momentos. Hacía un par de días que
Burden estaba insoportable, apenas respondía cuando se le hablaba y nunca
estaba cuando más se lo necesitaba. Para colmo, seguía lloviendo. El personal
de la comisaría estaba irritable y los agentes, deprimidos a causa del mal
tiempo, se mordían los unos a los otros igual que perros rabiosos. El suelo
blanco y negro del vestíbulo aparecía constantemente cubierto de huellas de
barro y gotas de los impermeables empapados.
Al pasar
con paso enérgico por delante del mostrador para evitar un encuentro con Harry
Wild, Wexford casi se dio de narices con la cara encarnada del sargento Martin,
que estaba esperando el ascensor.
–No sé
adonde iremos a parar, señor. Ese joven, Peach, que parece incapaz de matar una
mosca, se puso como una fiera porque le dije que necesitaba unas botas más
resistentes. Tuvo el valor de increparme que me metiera en mis asuntos. ¿Qué
está ocurriendo, señor? ¿Qué he hecho?
–Acaba de
resolver algo por mí –dijo Wexford, y recuperando la calma, porque eso no era
más que el principio de una investigación y no una resolución, prosiguió–: La
noche que se efectuó la búsqueda de John Lawrence usted comentó a uno de los
hombres que necesitaba unos zapatos más gruesos. Parece una obsesión suya. El
hombre le dijo que se metiera en sus asuntos. ¿Lo recuerda?
–Francamente
no, señor.
–También
yo hablé con él. Intentó acariciar a los perros. –Pelo, pensó Wexford, pelo y
conejos. Intentó acariciar al pastor alemán, como si su mano sintiera una
atracción irresistible hacia la piel espesa y suave del animal–. No recuerdo su
cara, pero sí recuerdo esa voz. ¡Esa voz! Sargento, el hombre con quien habló,
el hombre que intentó acariciar a los perros, es el mismo que escribió los anónimos.
–Sigo sin
recordar a ese hombre, señor.
–No
importa. No será difícil dar con él.
Pero sí
lo fue.
Wexford
visitó primero al señor Crantock, el marido de la vecina de Gemma Lawrence, que
era jefe de caja de la sucursal del Lloyd’s Bank de Kingsmarkham. Por fuerza,
ese hombre tenía que conocer, ya fuera de vista o de nombre, a todos los
miembros de los pelotones de búsqueda. Wexford se desanimó cuando supo que no
todos los miembros provenían de las tres calles: Fontaine Road, Wincanton Road
y Chiltern Avenue.
–Se
apuntaron muchos tipos a los que nunca antes había visto –explicó Crantock–.
Quién sabe de dónde procedían o cómo en tan poco tiempo se enteraron de que el
niño había desaparecido. Pero toda ayuda era bienvenida, ¿no es cierto?
Recuerdo que un hombre llegó en bicicleta.
–Las
noticias de esta clase vuelan –dijo Wexford–. Cómo lo hacen es un misterio,
pero la gente se entera de las cosas antes de que aparezcan en la televisión,
la radio o los periódicos.
–Hable
con el doctor Lomax. Dirigió un pelotón hasta que lo llamaron para una
emergencia. Los médicos siempre conocen a todo el mundo, ¿no cree?
El
proveedor de somníferos de Gemma Lawrence tenía la consulta en su propia casa,
un edificio Victoriano cuyas dimensiones superaban en mucho las de sus vecinos
de Chiltern Avenue. Wexford llegó en el momento en que el doctor terminaba la
consulta de la tarde.
Lomax era
un hombrecillo nervioso, de voz chillona, pero sin llegar a la estridencia que
Wexford estaba buscando, y además su acento era vagamente escocés. Al parecer,
tampoco él iba a resultarle de gran ayuda.
–Señor
Crantock, señor Rushworth, señor Dean... –y enumeró una larga lista de nombres
al tiempo que los contaba con los dedos, acto al que Wexford no vio utilidad
alguna pues en ningún momento se había calculado la composición de los
pelotones. No obstante, cuando llegó al final de la lista, Lomax se mostró
convencido de que había tres extraños, entre ellos el ciclista.
–Cómo se
enteraron de la noticia es algo que no entiendo –dijo, coincidiendo con la
opinión de Crantock–. Yo me enteré porque mi mujer me lo contó mientras atendía
la consulta. Es mi enfermera, ¿comprende?, y oyó hablar a alguien en la calle
mientras ayudaba a una paciente anciana a bajar del coche. Entró directamente
en mi despacho y me lo contó. Cuando la última paciente se marchó, salí para
ver en qué podía ayudar y vi los coches de policía.
–¿A qué
hora fue eso?
–¿A qué
hora mi esposa me contó lo sucedido o a qué hora salí a la calle? Salí a eso de
las seis, pero mi mujer me informó del hecho a las cinco y veinte. Lo sé porque
la anciana que ayudó a bajar del coche siempre llega los jueves a las cinco y
veinte. ¿Por qué?
–¿Estaba
solo cuando su mujer se lo dijo?
–No,
claro que no. Estaba con una paciente.
El
interés de Wexford aumentó.
–¿Le
susurró la noticia al oído o la comentó en voz alta, de modo que la paciente
pudiera oírla?
–La
comentó en voz alta –respondió Lomax poniéndose rígido–. ¿Qué hay de malo en
ello? Ya le he dicho que es mi enfermera.
–¿Supongo
que recordará a la paciente?
–Supone
usted mucho. Tengo montones de pacientes. –Lomax reflexionó por un instante–.
No era la señora Ross, la anciana, porque todavía se hallaba en la sala de
espera. Debió de ser la señora Foster, o la señorita Garrett. Mi esposa lo
sabrá. Tiene mejor memoria que yo.
El doctor
llamó a su mujer.
–Era la
señora Foster. Tiene cuatro hijos y recuerdo que la noticia le impresionó
sobremanera.
–Pero su
marido no intervino en la búsqueda –dijo Lomax, que parecía seguir en la misma
línea de razonamiento que Wexford–. No conozco al señor Foster, no es paciente
mío. La señora Foster acababa de contarme que su marido se había fracturado el
dedo pulgar de un pie.
Salvo
para decir con voz queda y desazonada: «Naturalmente, me quedaré hasta que
encuentres una solución», Grace apenas se dirigía a Burden desde el día en que
le comunicó sus planes. En la mesa el único momento que estaban juntos–
mantenían una conversación educada por los niños. Burden pasaba sus noches con
Gemma.
Sólo a
ella le había contado que Grace pensaba dejarlo, y no comprendió cuando sus
enormes ojos tristes se iluminaron y declaró cuan afortunado era de tener los
niños para él solo, sin nadie que se interpusiera o tratara de compartir su
amor. Entonces estalló en uno de sus terribles llantos, golpeando los muebles
viejos y empolvados con las manos, sollozando hasta que los ojos estuvieron
hinchados y medio entornados.
Después
dejó que él le hiciera el amor, aunque en realidad no puede decirse que lo
«dejara». Cuando estaban en la cama, ella parecía olvidar temporalmente su
condición de madre afligida y se transformaba en una muchacha joven y sensual.
Él sabía que para ella el sexo era una forma de olvidar, una terapia –ésas
fueron sus palabras–, pero se decía que una mujer no podía mostrar tanta pasión
si realmente su implicación era sólo física. Siempre había creído que las
mujeres no estaban hechas de ese modo. Y cuando ella le dijo con tono suave y
casi tímido que lo amaba, experimentó una felicidad sin límites y todo el peso
de sus cuidados le pareció una nimiedad.
Se le
había ocurrido una idea fantástica. Pensó que había encontrado la solución a
las penas de ambos. Ella deseaba un hijo y ser una madre para los hijos de él.
¿Por qué no se casaba con ella? Podría darle otro hijo, pensó orgulloso de su
virilidad, de la potencia que a Gemma le proporcionaba tanto placer. Quizá ya
estuviese embarazada, al fin y al cabo él no había hecho nada para evitarlo. ¿Y
ella? Tenía miedo de preguntárselo, de mencionar el tema tan pronto. Se volvió
hacia ella, fortalecido y excitado por sus fantasías, ansioso de poseerla. En
ese mismo instante podían estar haciendo un niño. Burden deseó que así fuera,
porque en ese caso Gemma tendría que casarse con él...
Los
Foster vivían en una casita adosada en una hilera de doce viviendas de Sparta
Grove, a un tiro de piedra del Piebald Pony.
–No
expliqué a nadie lo del muchacho –aseguró la señora Foster–, salvo a mi marido.
Lo encontré estirado en una tumbona, descansando su pobre dedo, y enseguida le
conté la buena noticia.
–¿La
buena noticia?
–¡Oh,
cielo santo, qué va usted a pensar de mí! No me refiero a lo del niñito. Sí lo
mencioné, pero sólo de pasada. No, corrí a contarle lo que el doctor me había
dicho. Pobre hombre, se subía por las paredes, y yo también. Me refiero a mi
marido, no al doctor. Creíamos que había otro en camino, que habíamos vuelto a
meter la pata. Tenemos cuatro hijos, ¿comprende? Pero el doctor dijo que era el
comienzo del cambio. ¡No se imagina qué alivio! Di de merendar a los niños y
luego mi marido me llevó al Pony para celebrarlo. Le mencioné lo del pobre niño
en la taberna. A la gente le gusta hablar, ¿no cree?, sobre todo cuando está
contenta. Pero eran más de las siete cuando llegamos al Pony, de eso estoy
segura.
Lo que
parecía una pista prometedora no era otra cosa que un callejón sin salida.
Aún había
luz y Sparta Grove hervía de niños que jugaban en la calzada. Se diría que
nadie los vigilaba. Nadie asomaba por detrás de las cortinas para echar un
vistazo a ese niño angelical de rizos dorados o a aquella niña de piel oscura y
ojos color endrina que montaba su bicicleta. Pero seguro que sus madres los
observaban, vigilantes.
El Pony
estaba abriendo y tan cierto como que la tierra es redonda, Mono Matthews,
tirando de Charly Catch, alias señor Casaubon, apareció por Charteris Road.
Wexford huyó antes de que lo reconocieran.
Encontrar
a los tres extraños que habían colaborado en la búsqueda constituía la
principal misión del día, sobre todo después de la carta escrita con mayúsculas
que aguardaba a Wexford sobre el escritorio. Decía lo de siempre, y Wexford
apenas le prestó atención, pues sobre el escritorio también le aguardaba un
informe recopilado y firmado por el inspector Daneforth, de la comisaría de
Westmorland.
Después
de dar órdenes estrictas de que nadie lo molestara, Wexford leyó:
El 5 de agosto de 1957 fue rescatado del lago Fieldenwater el cadáver
de Bridget Melinda Scott, de 11 años. La autopsia determinó que la niña había
perecido ahogada y el 9 de agosto el juez de instrucción de Mid-Westmorland, el
doctor Augustine Forbes, celebró una encuesta judicial.
Una
encuesta. ¡Claro! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Elsie llamaba juicio a
una encuesta, y al juez de instrucción, juez a secas. Algo desalentado, Wexford
prosiguió:
En la encuesta declararon:
1) Lilian Potts, camarera empleada en el hotel Lakeside, donde Bridget
Scott se hospedaba con sus padres, el señor y la señora Scott. La señorita
Potts declaró al juez de instrucción que coincidió con Bridget en uno de los
pasillos del primer piso del hotel a las ocho de la mañana del 5 de agosto.
Bridget le dijo que iba a nadar al lago. Vestía un traje de baño y un albornoz
e iba sola. La señorita Potts le aconsejó que no se alejara de la orilla.
Bridget no contestó y la señorita Potts la observó bajar por las escaleras.
2) Ralph Edward Scott, de profesión fontanero, 28
Barrington Gardens, Colchester, Essex. El señor Scott afirmó ser el padre de Bridget Scott. Él, su esposa y su
hija estaban pasando dos semanas de vacaciones en el hotel Lakeside de
Fieldenwater. El 5 de agosto ya llevaban diez días alojados en el hotel.
Bridget era una nadadora entusiasta y cada día acudía a nadar al lago antes del
desayuno. El 5 de agosto, antes de que él y su mujer se levantaran, Bridget
entró en la habitación para comunicarles que se iba a nadar. El padre le dijo
que no se alejara de la orilla. No volvió a verla con vida.
3) Ada Margaret Patten, viuda, 72 años, 4
Blenheim Cottages, Water Street, Fieldenwater Village. Declaró que a las ocho y cuarto de la
mañana estaba paseando al perro, como era su costumbre, por la orilla norte del
Fieldenwater, la opuesta al hotel. Oyó gritos de auxilio y advirtió que había
una bañista en apuros. La señora Patten, que no podía nadar, vio a dos bañistas
en el extremo este del lago y a un hombre que estaba pescando en una barca de
remos a poca distancia de la nadadora que pedía auxilio. Cuando el juez de
instrucción le preguntó qué entendía por poca distancia, la señora Patten
respondió que unos veinte metros. La señora Patten llevaba bastón y lo agitó en
dirección a la barca. También intentó atraer la atención de los dos bañistas
que nadaban en el lado este del lago. Finalmente, éstos la oyeron y empezaron a
nadar en dirección norte. Los gritos de la señora Patten, sin embargo, no
parecían afectar al hombre de la barca. Al cabo vio que la embarcación avanzaba
hacia la nadadora, pero cuando llegó ésta ya había desaparecido. A la señora
Patten le extrañó que el pescador no oyese sus gritos dada la facilidad con que
el sonido corre sobre el agua. Ella había ido en barca muchas veces y sabía que
en el centro del lago los sonidos procedentes de la orilla eran perfectamente
audibles.
4) George Baleham, agricultor, 7 Bulmer Way,
New Estate, Fieldenwater Village. El señor Baleham declaró que ese 5 de agosto él y su hermano fueron a
nadar al lago a las siete y media de la mañana. Vio a una niña zambullirse en
el agua desde el hotel Lakeside hacia las ocho y diez. Cinco minutos más tarde
escuchó gritos que llegaban de esa dirección y también oyó gritar a la señora
Patten. Sin perder tiempo, él y su hermano comenzaron a nadar hacia la niña,
que se encontraba a unos doscientos metros de ellos. Cerca de la nadadora había
un hombre pescando en una barca. El señor Baleham le gritó: «Hay una niña en
apuros. Está más cerca de ella que nosotros», pero la barca no se movió. El
señor Baleham aseguró que el pescador no comenzó a avanzar hasta que él se
halló a diez metros de la embarcación. Para entonces la niña había
desaparecido. En su opinión, el hombre de la barca habría podido llegar
fácilmente hasta la niña antes de que ésta se ahogara. Desde donde estaba
resultaba imposible que no viese a la muchacha ni oyera sus gritos.
5) Ivor Lionel Fairfax Swan...
Ahí
estaba lo que tanto había esperado. El nombre escrito con letra de imprenta le
provocó un escalofrío. Wexford se sentía como un hombre que lleva meses
acechando a un ciervo y de repente, avanzando a tientas entre los arbustos y la
maleza de un coto inhóspito, divisa a su presa fría y confiada, cerca, ¡oh, tan
cerca!, sobre un risco. Pausada y sigilosamente, alza la escopeta...
5) Ivor Lionel Fairfax Swan, estudiante, 19 años, Carien Hall, Carien
Magna, Bedfordshire, y Christ’s College, Oxford. El señor Swan dijo que estaba
de vacaciones en el hotel Lakeside con dos amigos. Bridget Scott le habló
alguna vez en el salón del hotel y en la playa del lago. Aparte de eso, no la
conocía y nunca habló con sus padres. Le gustaba pescar y a veces alquilaba una
barca para salir al lago a primera hora de la mañana.
El 5 de agosto salió en barca a las siete. Estaba solo en el lago.
Hacia las ocho menos veinte vio a dos hombres nadar en la ribera este. Poco
después de las ocho, Bridget Scott bajó por las escaleras del hotel y se
zambulló en el agua. El señor Swan ignoraba su nivel como nadadora. Sabía muy
poco de ella.
Bridget le gritó algo pero él no respondió. No quería que se acercara y
le espantara los peces. Instantes después la muchacha volvió a gritarle y
tampoco esta vez le prestó atención. La semana anterior la niña había intentado
varias veces llamar su atención y pensó que era mejor no seguirle la corriente.
Oyó gritar a la señora Patten, pero creyó que llamaba a su perro.
Poco después dos nadadores lo alertaron y de repente comprendió que Bridget
estaba realmente en apuros. Retiró rápidamente el sedal y comenzó a remar hacia
el lugar donde había visto a la muchacha por última vez. Pero para entonces ya
no estaba.
En respuesta a las preguntas del juez de instrucción, el señor Swan
dijo que no se le ocurrió tirarse al agua y nadar. El sedal era muy caro y no
quería estropearlo. No sabía bucear y tampoco era buen nadador. En ningún
momento pensó que la muchacha estuviera realmente en apuros hasta que se
hundió. No, no podía decir que le disgustara la niña. Apenas la conocía. Cierto
que no le agradaban sus acercamientos. Lamentaba su muerte y le dolía no haber
hecho nada por salvarla. Sin embargo, dadas las circunstancias, no dudaba de
que actuó como habría hecho cualquier hombre en su situación.
6) Bernard Varney Frensham, 19 años,
estudiante, 16 Paisley Court, Londres, S.W. 7 y Christ’s College, Oxford. El señor Frensham dijo que era
amigo del señor Swan y estaba de vacaciones con él y su prometida (del señor
Frensham) en el hotel Lakeside. Bridget Scott enseguida se sintió atraída por
el señor Swan, fue algo así como un «flechazo», y tendía a importunarle.
Aseguró que nunca había ido en barca por el lago Fieldenwater. No le gustaba
pescar. Cuando el juez de instrucción le preguntó si el señor Swan era buen
nadador, el señor Frensham dijo: «¿Debo responder a esa pregunta?» El doctor
Forbes insistió y el señor Frensham contestó que desconocía el nivel del señor
Swan como nadador. Nunca nadó con su universidad. Tras insistirle, el señor
Frensham dijo que en una ocasión le mostraron un título de socorrista a nombre
del señor Swan.
Luego
venía una nota que explicaba que las pruebas médicas y policiales habían sido
suprimidas. El informe concluía así:
El juez de instrucción elogió la pronta actuación de los señores George
Baleham y Arthur Baleham para intentar salvar a la niña.
Después reprendió al señor Swan. Dijo que era el peor caso con el que
se había cruzado de crueldad hacia una niña que resultaba obvio que se estaba
ahogando. Calificó de mentiras deliberadas y cobardes las declaraciones del
señor Swan. Lejos de ser un nadador mediocre, era un experto en socorrismo.
Para él no había duda de que el señor Swan se había negado a escuchar a la niña
porque creyó, o eso dijo, que sólo quería molestarlo. Si se hubiese arrojado al
agua la primera vez que la oyó gritar, Bridget Scott estaría ahora viva. La
juventud del señor Swan no constituía una excusa, pues era hombre inteligente,
estudiante de Oxford y miembro de una familia privilegiada. El juez de instrucción
manifestó su pesar por el hecho de que la ley no le permitiera tomar medidas
severas. Acto seguido, expresó su condolencia al señor y la señora Scott.
El veredicto fue muerte accidental.
16
Cuando
Wexford ofreció a Burden un resumen de la vida de Swan, destacó la serie de
desastres que el hombre había dejado tras de sí. Se trataba de una muestra más
de esa naturaleza catastrófica, de ese talento o propensión a dejar huellas de
angustia, dolor y perturbación a su paso. En opinión de Wexford, Swan era un
catalizador que poseía el don de hacer daño sin proponérselo.
Resultaba
fácil imaginar aquella mañana en el lago, la sombra del sedal de Swan, el sol
reflejado en el agua plácida, parda, Swan entregado a una de sus ensoñaciones
que nada ni nadie debían perturbar. ¿Había pescado algo aquel día? ¿Alguna vez
hizo realmente algo? ¿Cazar un conejo? ¿Elegir un cachorro? ¿Comprar un pony?
Y ése era
el quid de la cuestión. Estaba claro que Swan había dejado morir a una niña.
Pero la palabra clave era «dejar». ¿Podía en realidad forzar la muerte de una
niña? ¿Poseía el nervio, el impulso, la energía necesarios?
A Wexford
le habría gustado ahondar en el caso con Burden. Resultaban muy reveladoras y
fructíferas esas largas conversaciones suyas en que examinaban el móvil y
analizaban el carácter del personaje. Pero Burden ya no era apto para
participar en tales discusiones. En la actualidad, podía esperar de él la misma
perspicacia e inteligencia que Martin. Empeoraba por momentos, cada día se
mostraba un poco más irritable y distraído, y Wexford, angustiado, comenzaba a
preguntarse cuánto tiempo podía seguir así. Por el momento conseguía cubrirlo,
hacía su trabajo, le allanaba el camino. Pero todo tenía un límite, pronto
estallaría la crisis, ese detalle que no debió pasarse por alto o la escena
histérica en público. ¿Y después? ¿El azoramiento de solicitar a Burden su
dimisión antes de que lo obligaran a marcharse?
Wexford
apartó de su mente tan tristes reflexiones para concentrarse en el informe. Un
misterio, cuando menos, estaba aclarado. Ya no necesitaba preguntarse por qué
Swan había mostrado semejante animadversión por la encuesta, concretamente una
encuesta sobre otra niña muerta.
El
siguiente paso a seguir era encontrar a Frensham, y eso sí resultó fácil. En catorce
años había pasado de estudiante a corredor de bolsa, había dejado a sus padres,
aunque seguía viviendo en Kensington, y permanecía soltero. ¿Qué había sido de
la prometida con quien había pasado aquellas vacaciones a orillas del lago?
No debía
preocuparse por ese aspecto, se dijo Wexford. Habló, como era obligado, con la
policía metropolitana y se dispuso a salir para Londres. En el vestíbulo
tropezó con Burden.
–¿Alguna
pista sobre los hombres del pelotón de búsqueda que aún no han sido
identificados?
Burden lo
miró con expresión de preocupación y musitó:
–El
asunto está en manos de Martin, ¿no?
Wexford
se adentró en la lluvia sin mirar atrás.
Se apeó
en la estación de metro de Gloucester Road, se perdió y tuvo que preguntar a un
policía cómo llegar hasta Verónica Grove. Finalmente la encontró; era una calle
pequeña y estrecha flanqueada de árboles que discurría desde Stanhope Gardens
hasta Queen’s Gate. De las ramas caían pequeñas gotas de agua y si no hubiese
sido porque los árboles eran plátanos en lugar de robles, Wexford se habría
sentido como en casa. Los arrabales del Piebald Pony respondían más a su idea
de Londres.
Rumiando
sobre tales anomalías, en pocos minutos se halló frente a la puerta de Bernard
Frensham. La casa, pequeña y con jardineras limpias pero desnudas, resultaba
sumamente modesta si uno ignoraba que semejantes inmuebles se vendían por
veinticinco mil libras.
Un criado
menudo, ágil y moreno, lo condujo hasta la única sala de estar de la casa. Se
trataba, con todo, de una estancia espaciosa dividida en tres niveles. El
mobiliario, más que un conjunto homogéneo, ofrecía texturas diversas, ceras
lustrosas, suaves terciopelos, delicadas filigranas y porcelanas relucientes.
Era evidente que allí se había invertido mucho dinero. Se diría que los años
desperdiciados por Swan habían sido muy provechosos para su amigo.
Frensham,
que se levantó de la butaca situada al fondo de la sala cuando Wexford entró,
había recibido previo aviso de la visita del inspector jefe. «Aviso», y no
«anuncio», parecía la palabra adecuada, pues era obvio que el hombre había
estado bebiendo. ¿Acaso le inquietaba la entrevista? Wexford no pudo por menos
que creer que así era. Un corredor de bolsa no podía gozar del éxito de
Frensham si cada día le daban las siete de la tarde en semejante estado de
embriaguez.
Y no
porque se le notara. En realidad, no fue más que el aliento a brandy y la
extraña mirada lo que indujo a Wexford a sospechar de su estado.
Tenía
poco más de treinta años y aparentaba cuarenta, con el pelo negro en vías de
extinción y el rostro salpicado de manchas oscuras. Por contra, Swan, de su
misma edad, parecía mucho más joven. El ocio y la tranquilidad preservan la
juventud; el trabajo duro y la angustia aceleran el envejecimiento.
Frensham
lucía un elegante traje de color marengo con un ligero brillo cobrizo, una
corbata en tonos negros y cobrizos, y un anillo con un ópalo en el dedo meñique
de la mano izquierda. Qué imagen de civilizada distinción habría dado el
hombre, pensó Wexford, si no hubiese sido por ese aliento a brandy que tiraba
de espaldas.
–Permítame
que le sirva una copa, inspector jefe.
Wexford
quiso rechazar la invitación, de hecho estaba a punto de hacerlo, pero había
tal urgencia contenida en su posterior «Se lo ruego», que acabó por aceptar.
Frensham
abrió la puerta y gritó un nombre que sonó a algo así como «Jaysus». El criado
apareció con el brandy y otras botellas. En cuanto se hubo marchado, Frensham
dijo:
–Extraños
los españoles, ¿no le parece? –Con una risita desconcertante, añadió–: Mire que
llamar a un niño Jesús. Me parece de lo más impropio. Sus padres, según él, se
llaman María y José.
Bebió de
su copa y siguió hablando del tema. Wexford, no obstante, estaba decidido a no
permitir que la nomenclatura ibérica lo desviara de su propósito. Era obvio que
Frensham trataba de aplazar la entrevista todo lo posible.
–¿Le
importa que hablemos del señor Ivor Swan?
Frensham
abandonó bruscamente el tema de los nombres españoles y dijo con voz áspera:
–Hace
años que no le veo, desde que dejamos Oxford.
–Eso no
importa. Yo sí le he visto. Imagino que sólo guarda un vago recuerdo de él.
–Lo
recuerdo perfectamente –dijo Frensham–. Nunca podré olvidarlo. –Se levantó y
cruzó la estancia. Wexford creyó en un principio que estaba buscando alguna fotografía
o documento, pero pronto se percató de que Frensham era presa de una fuerte
emoción. De espaldas al inspector jefe, permaneció inmóvil por un rato. Wexford
lo observaba desde la butaca. No era hombre que se dejara impresionar
fácilmente, pero tampoco estaba preparado para las posteriores palabras de
Frensham. Girando súbitamente sobre sus talones, el hombre miró de manera
extraña a Wexford y preguntó:
–¿Tiene
hojas de parra en el pelo?
–¿Cómo
dice?
–¿No ha
visto ni leído Hedda Gabler? No importa. Es algo que siempre pregunto
cuando se habla de Ivor. –El hombre estaba muy ebrio, con esa intoxicación que
suelta la lengua. Regresó a su asiento y, sin sentarse, apoyó los codos en el
respaldo–. Ivor era muy apuesto, un Antínoo de tez dorada. Sentía un gran
cariño por él. No, no es cierto. Lo amaba, lo amaba con toda mi alma. Era un
ser ocioso y tranquilo. Nunca sabía qué hora era y carecía de la noción del
tiempo. –Frensham hablaba como si hubiese olvidado la presencia o el cargo de
Wexford. Cogió su copa de brandy–. Esa indiferencia al tiempo, esa sublime
ociosidad, resulta muy atractiva. Muchas veces pienso que fue esa cualidad, más
que el celo religioso, lo que hizo que Cristo elogiara a María y censurara a
Marta, la hacendosa trabajadora.
Wexford
no estaba ahí para que le hablasen del carácter de Ivor Swan, que ya creía
conocer, pero no deseaba interrumpir el discurso de Frensham más de lo que un
espiritista estaría dispuesto a atajar la efusión de un médium en trance. En
cierto modo temía, como el espiritista, que fuera peligroso.
–Tenía
mucho éxito con las chicas –continuó Frensham–. Algunas eran hermosas y todas
ellas inteligentes. Estoy hablando, naturalmente, de las muchachas de Oxford.
Se acostaba con algunas pero jamás salía con ellas, ni siquiera a tomar una
copa. No deseaba que lo molestaran. Siempre decía que las mujeres inteligentes
le disgustaban porque trataban de hacerle hablar.
»Una vez
le describí la clase de mujer con que se casaría. Una cabeza de chorlito que lo
adoraría y colmaría de atenciones a cambio, únicamente, de su presencia. No
sería él quien se casaría con ella sino ella con él; ella, contra todo
pronóstico, conseguiría llevarlo al altar. Supe por la prensa que está casado.
¿Es ella así?
–Sí
–respondió Wexford–. Exactamente así.
Frensham
se derrumbó en la butaca. Parecía destrozado, como si lo asaltaran recuerdos
dolorosos. Wexford se preguntó si él y Swan habían llegado a ser amantes, pero
desechó la idea. Seguramente Frensham había estado dispuesto a ello, pero Swan
no habría permitido que se le «molestase».
–Yo, en
cambio, sigo soltero –dijo Frensham–. Estaba prometido a una chica, Adelaide
Turner, pero la cosa no funcionó. Recuerdo que Ivor no quería que ella nos
acompañara de vacaciones, y yo en realidad tampoco, no en aquel entonces. Dijo
que sería un estorbo. –Llenó su copa y añadió–: Me temo que no puedo dejar de
beber. Bebo poco, pero una vez que empiezo no puedo parar. Prometo no ponerme
en ridículo.
Algunos
opinarían que ya lo había hecho, pero Wexford fue más tolerante. Sintió lástima
por Frensham, y más aún cuando dijo:
–No creo
estar ofreciéndole una imagen real del carácter de Ivor. Aunque hace doce años
que no lo veo, sueño a menudo con él, hasta tres veces por semana. Le parecerá
ridículo. Nunca se lo he contado a nadie. Si lo menciono ahora es porque ya no
distingo entre el Ivor real y el Ivor creado por mis sueños. Ambas imágenes son
tan confusas que han acabado por fundirse en una sola.
–Hábleme
de las vacaciones –dijo Wexford con tono afable–. Hábleme de Bridget
Scott.
–Sólo
tenía once años –comenzó Frensham. Su voz sonaba más juiciosa y serena cuando
no hablaba de Swan–. Pero parecía mucho mayor, como de catorce. Resulta absurdo
decir que se enamoró de él a primera vista, pero así fue. Y claro, a esa edad
aún no sabía cómo ocultar sus sentimientos. Siempre estaba atosigando a Ivor
para que fuese a nadar con ella, para que se sentara a su lado en el salón. Un
día, Bridget llegó hasta el extremo de preguntar a su madre, en nuestra
presencia, si Ivor podía subir a su habitación para darle las buenas noches una
vez que se hubiese acostado.
–¿Y cómo
llevaba Swan el asunto?
–Simplemente
no hacía caso. A Adelaide le dispensaba igual trato, pero por lo menos
respondía cuando ella le hablaba. A Bridget, no obstante, apenas le dirigía la
palabra. Decía que era un estorbo y recuerdo que una vez incluso se lo dijo.
–Frensham echó el cuerpo hacia atrás y exhaló un hondo suspiro. Cerró los ojos
momentáneamente y luego los abrió con gran esfuerzo–. El juez de instrucción
–continuó– era un viejo buitre. Yo no quería traicionar a Ivor. Me obligaron a
hablar de su forma de nadar, no tuve elección. –Sus pesados párpados cayeron de
nuevo–. Me sentí como un Judas.
–¿Qué
ocurrió la mañana en que Bridget se ahogó?
Frensham
mantenía los ojos cerrados y ahora las palabras comenzaban a espesarse.
–Nunca
fui a pescar con Ivor. No soy madrugador como él. Sería lógico pensar que un
hombre como Ivor... gusta de acostarse tarde y levantarse tarde. Ivor solía
estar de pie a las seis. Naturalmente, luego echaba sus cabezadas durante el
día. Era capaz de dormir en cualquier sitio. Pero adoraba la luz del alba, el
campo, su paz. –Frensham hizo un ruidito extraño, semejante a un sollozo–.
Solía citar la famosa frase de W. H. Davies: «¿Qué clase de vida es ésta, llena
de inquietudes, si no tenemos tiempo de detenernos a mirar?»
–Siga
explicándome qué ocurrió aquella mañana.
Frensham
se inclinó, apoyó los codos en las rodillas y el mentón sobre las manos.
–No lo
sé, no estaba allí. Me despertaron unos gritos en el pasillo y gente que corría
de un lado a otro. Salí de la habitación y vi a la madre de la niña gritando y
al pobre viejo, Scott.
–¿Viejo?
¿El padre de Bridget?
–Bueno,
no tan viejo, tendría sesenta años. La madre era más joven. Tenían hijos mayores,
según me contaron. ¿Importa eso? Encontré a Ivor en el comedor bebiendo café.
Estaba muy pálido. «Yo no he hecho nada», dijo. «¿Por qué se empeñan en
implicarme?», y no volvió a pronunciar una palabra al respecto.
–¿Quiere
decir que no volvió a mencionar el tema de Bridget Scott? ¿Ni siquiera cuando
tuvieron que asistir a la encuesta?
–Estaba
disgustado porque tuvimos que quedarnos más días de lo previsto –recordó
Frensham, y sus ojos brillaron. ¿Cansancio? ¿Lágrimas? ¿O simplemente el efecto
del alcohol?–. Después... después del juicio no permitió que sacase el tema a
colación. Ignoro qué sentía él en aquellos momentos. –Muy suavemente ahora,
Frensham agregó–: Quizá indiferencia, o congoja, o tal vez todo lo que deseaba
era olvidar. Los periódicos dieron poca importancia al suceso y cuando
regresamos a Londres nadie sabía nada... Hasta que Adelaide habló.
–¿Por qué
cree que la dejó ahogarse? –le preguntó Wexford.
–Constituía
un estorbo –respondió Frensham, y comenzó a sollozar débilmente–. Cuando
alguien lo irritaba o empezaba... a aburrirle... sencillamente...
sencillamente... –Cada palabra iba sucedida de un sollozo–. Sencillamente
ignoraba a la persona, hacía ver que no existía... no le hablaba... no la
veía... del mismo modo que hizo conmigo poco después... –Agitó una mano y la
copa de brandy se volcó, derramando el contenido sobre la gruesa alfombra de
tonos pálidos.
Wexford
abrió la puerta.
–Jesús
–vociferó–, o como se llame. El señor lo necesita. Será mejor que lo acueste.
El hombre
entró en la sala, servil y sonriente. Colocó los brazos bajo las axilas de su
señor y le susurró algo. Frensham alzó la cabeza y con voz clara y nítida dijo:
–Hojas de
parra en el pelo. –Luego cerró los ojos y perdió el sentido.
17
La
edición del Kingsmarkham Courier del viernes publicaba en primera
página un anuncio de dos columnas requiriendo la comparecencia de los tres
hombres del pelotón de búsqueda que aún no habían sido identificados. «Muy
útil», pensó Wexford mientras lo leía. ¿No se le había ocurrido a Martin, cuando
habló con Harry Wild, que la publicación de semejante llamamiento sólo atraería
a los inocentes? Y ¿dónde demonios se encontraba Burden a todo eso? Burden, que
debía dirigir el lugar en su ausencia y que, no obstante, se mostró tan
sorprendido como él por el anuncio.
A su
regreso de Londres había telefoneado a casa de Burden. Necesitaba comentar la
entrevista con alguien y pensó, además, que ésa sería una forma de reavivar el
interés de su amigo. Pero Grace Woodville dijo que su cuñado no estaba y que ignoraba
su paradero.
–Probablemente
estará sentado en el coche, en algún lugar, pensando amargamente en Jean y... y
en todo.
–Sabe que
debe dejar un número de teléfono donde poder localizarlo.
–El
bosque de Cheriton no tiene teléfono –replicó Grace.
El sábado
por la tarde, dos hombres entraron en la comisaría de Kingsmarkham diciendo que
habían leído el Courier y creían ser dos de los sujetos no
identificados. Eran hermanos, Thomas y William Thetford, y vivían en casas
contiguas en Bury Lane, una calle medio suburbial, medio rural, situada a las
afueras de Stowerton, no lejos de Sparta Grove. Se enteraron de la noticia de
la desaparición de John Lawrence por la esposa de William, que trabajaba de
sirvienta para la señora Dean y que había llegado a casa a las cinco y media.
Los hermanos Thetford trabajaban en turnos rotativos y aquella tarde la tenían
libre. Seguros de que se organizaría un pelotón de búsqueda –deseosos de un
poco de emoción que les alegrara el día, pensó Wexford– subieron al coche de
William y fueron a Fontaine Road.
Ninguno
de ellos poseía una voz chillona o siquiera una voz que Wexford recordara haber
oído antes. Aseguraron que sólo habían comentado la noticia entre ellos.
Wexford decidió que el trabajo de rutina exigía una entrevista con la señora
Thetford. El lunes habría tiempo para ello.
–¿Jugamos
al golf mañana? –preguntó el doctor Crocker, irrumpiendo en el despacho cuando
los Thetford se hubieron marchado.
–No
puedo. Debo ir a Colchester.
–¿Para
qué? –inquirió Crocker de mal humor, y sin esperar respuesta, añadió–: Quería
hablar contigo acerca de Mike.
–No lo
hagas, por favor. Prefiero que le hables a él directamente, eres su médico.
–Creo que
ha encontrado mejor médico que yo –repuso maliciosamente Crocker–. Ayer por la
noche volví a ver su coche.
–Déjame
adivinar... En el bosque de Cheriton. Burden estaba dentro, meditando.
–Ni una
cosa ni la otra. Estaba aparcado al final de Chiltern Avenue. Era medianoche.
–Al
parecer eres omnipresente –gruñó Wexford–. Como el Espíritu Santo.
–Al final
de Chiltern Avenue, cerca de Fontaine Road, a medianoche. Venga, Reg. Sabía que
eras hombre de pocas luces –agregó el doctor al tiempo que se daba una
palmadita en la cabeza–, pero no hasta ese extremo.
–Es
imposible –respondió Wexford con sequedad–. Quiero decir... –titubeó–... que
Mike no... No quiero hablar del tema. –Miró furiosamente a Crocker y
abandonando su lógica habitual, añadió–: Si yo no estoy enterado, quiere decir
que no está ocurriendo.
–Sé que
parece un sueño –dijo Gemma–, pero si... si recuperara a John, vendería esta
casa, aunque sólo me dieran por ella el valor del terreno, y regresaría a
Londres. Podría vivir en una sola habitación, no me importa. Odio este lugar.
Odio estar aquí y odio salir a la calle y que todo el mundo me mire.
–Hablas
como una criatura –replicó Burden–. ¿Por qué hablas de algo que sabes que no va
ocurrir? Te he pedido que te cases conmigo.
Gemma se
levantó sin responder y comenzó a vestirse, pero no con las ropas que llevaba
cuando habían entrado en el dormitorio. Él la contempló anhelante pero confuso,
porque cada faceta de su conducta lo desconcertaba. Gemma acababa de ponerse
por la cabeza un vestido negro largo y muy ceñido. Burden no alcanzaba a
distinguir si era una antigualla de su tía o la última moda. En los tiempos que
corrían era imposible saberlo. Gemma se rodeó los hombros y la cintura con un
largo fular bordado en naranja, azul y verde, tan rígido y recargado que crujía
mientras lo manipulaba.
–A John y
a mí nos gustaba disfrazarnos –dijo Gemma– y representar personajes de El libro mágico. Podría haber sido un gran actor. –En ese momento estaba adornándose
con toda clase de joyas. Largos collares de cuentas le colgaban del cuello y
envolvían sus brazos–. Suele ocurrir cuando uno de los progenitores, o ambos,
son artistas de segunda fila. El padre de Mozart era un músico desconocido.
–Tenuemente iluminada por la luz rojiza, se balanceó con los brazos extendidos.
Sobrecargando sus finas manos, lucía un anillo en cada dedo. Sacudió la melena
y ésta ondeó como una ardiente cascada que la luz absorbió, del modo que lo
hacía con todas las piedras incrustadas en sus anillos de bisutería, y bañó en
destellos.
Burden
estaba deslumbrado, fascinado y consternado a la vez. Gemma danzó por toda la
habitación sosteniendo el fular en lo alto de la cabeza. Las joyas tintineaban
como diminutas campanas. De pronto se detuvo, soltó una carcajada breve y
sonora y corrió hacia él para arrodillarse a sus pies.
–«Bailaré
para ti, Tetrarch» –declaró–. «Sólo aguardo a que mis esclavos me traigan
perfumes, y los siete velos, y me quiten las sandalias.»
Wexford
habría reconocido las palabras de Salomé. Para Burden no eran más que otra
muestra de la excentricidad de Gemma. Angustiado y avergonzado, exclamó:
–¡Oh,
Gemma...!
Con el
mismo tono de voz, ella dijo:
–Me
casaré contigo si... si mi vida ha de continuar así, vacía, me casaré contigo.
–Deja de
actuar.
–No
estaba actuando.
–Preferiría
que te quitaras todo eso.
–Quítamelo
tú.
Burden se
estremeció ante la mirada fija de sus enormes ojos. Extendió las manos y alzó
el manojo de collares, sin hablar, sin apenas respirar. Ella levantó el brazo
derecho, curvándolo suavemente, y lo mantuvo en lo alto. Muy lentamente, Burden
arrastró los brazaletes por su muñeca y los dejó caer al suelo, luego retiró
uno a uno los anillos. Ni por un instante dejaron de mirarse. Burden pensó que
jamás en su vida había hecho algo tan excitante, tan abrumadoramente erótico,
como despojar a una mujer de su bisutería barata, aunque al hacerlo no había
rozado su piel una sola vez.
Nunca...
Ni siquiera se había imaginado capaz de una cosa así. Gemma extendió el brazo
izquierdo y él no intentó acercamiento alguno hasta que el último anillo se
hubo sumado a la pila de alhajas que descansaba en el suelo.
No fue
plenamente consciente de lo ocurrido hasta que despertó en medio de la noche.
Había propuesto en matrimonio y había sido aceptado. Se dijo que tenía que
sentirse exultante, en el séptimo cielo, pues había conseguido lo que deseaba y
ya no habría más congoja ni lucha ni soledad ni días de lenta agonía.
La
habitación estaba totalmente a oscuras, pero sabía perfectamente lo que las
primeras luces revelarían en ese piso y en el de abajo. La noche anterior el
desorden, el caos, apenas habían importado, pero ahora era muy distinto. Burden
trató de imaginarla como ama de casa en su propio hogar, cuidando de sus hijos
y cocinando, atendiéndolos como lo hacía Grace, pero no tenía imaginación
suficiente para evocar semejante imagen. ¿Qué ocurriría si Wexford se
presentaba una noche en casa para charlar o tomar una copa, como hacía algunas
veces, y Gemma aparecía con su extraño vestido y su chal y sus largos collares
de cuentas? ¿Acaso esperaba ella que él recibiera en casa a sus amigos, esos
actores de segunda fila itinerantes y drogadictos? Y sus hijos, ¡su Pat...!
Pero
cuando se casaran todo sería diferente, pensó Burden. Ella sentaría la cabeza y
se convertiría en una buena ama de casa. Quizá podría persuadirla de que
renunciara a la melena, ese cabello tan hermoso y provocativo, pero tan
impropio de la mujer de un policía. Tendrían un hijo, ella haría nuevos amigos
más convenientes, cambiaría...
No se
permitió ahondar en la sospecha de que tales cambios destruirían la
personalidad de su amada y deslustrarían el exotismo que lo había atraído en un
principio, pero la idea flotaba en los márgenes de su mente. Burden la espantó
casi con irritación. ¿Por qué buscar problemas donde no los había? ¿Por qué esa
manía de buscar defectos a la felicidad perfecta?
Gemma y
él tendrían amor, cada noche sería una orgía de a dos, una luna de miel
interminable. Se volvió hacia ella y apretó los labios contra la masa de pelo
que tenía previsto arrebatarle. A los pocos minutos estaba dormido, soñando que
encontraba al chico, que se lo entregaba y que ella, agradecida, se convertía
en todo lo que él quería que fuese.
–¿Kingsmarkham?
–preguntó la señora Scott, sonriendo apaciblemente a Wexford–. Naturalmente que
conocemos Kingsmarkham, ¿verdad, querido? –El marido, de rostro inexpresivo,
asintió levemente con la cabeza–. Tenemos una sobrina que vive en una casita
encantadora, construida en el siglo xviii,
cerca de Kingsmarkham. Solíamos visitarla durante nuestras vacaciones, pero
ahora...
Wexford,
que mientras la mujer hablaba había estado haciendo inventario de la sala y
contemplando con interés las fotografías enmarcadas de los hijos del matrimonio
que seguían vivos, ahora ya maduros y con hijos adolescentes, observó al señor
Scott.
No hacía
falta preguntarse por qué no iban a regresar a Kingsmarkham o suponer el motivo
por el que no volverían a hacer vacaciones. Scott, un hombrecillo de poco menos
de ochenta años, tenía la cara tremendamente torcida, sobre todo a la altura de
la boca. De las orejas de su sillón pendían dos bastones. Wexford dedujo que no
podía caminar sin ayuda de los mismos y, a juzgar por su silencio, comenzaba a
sospechar que Ralph Scott también había perdido la capacidad de habla. Por eso
se sobresaltó cuando la boca deforme se abrió y una voz áspera dijo:
–¿Qué tal
una taza de té, Ena?
–Estará
listo en un abrir y cerrar de ojos, cariño.
La señora
Scott se levantó y con un gesto imperceptible de los labios indicó a Wexford
que se reuniera con ella en la cocina, una estancia aséptica llena de chismes,
lo bastante moderna para satisfacer el amor propio de cualquier ama de casa
orgullosa. La señora Scott, no obstante, creía que necesitaba una disculpa.
–El señor
Scott sufrió una apoplejía el invierno pasado –explicó mientras enchufaba el
hervidor de agua eléctrico– y ha dado un bajón tremendo. No es el mismo de
antes, por eso nos trasladamos a las afueras de Colchester. Pero si fuera el
hombre de antes, lo tendríamos todo automático, él mismo lo habría hecho, no
habría dejado nada en manos de los constructores. Debería haber visto nuestra
casa del pueblo. La calefacción calentaba tanto que teníamos las ventanas
abiertas día y noche. El señor Scott la instaló sin ayuda de nadie.
Naturalmente, lo sabe todo sobre calefacciones, tuberías y esas cosas, es su
profesión. –La mujer se interrumpió y contempló el hervidor, que comenzaba a
silbar. Con voz que parecía a punto de quebrarse, agregó–: Leímos en el
periódico lo de la hija de ese Swan y la investigación que están llevando a
cabo. El señor Scott se sintió muy impresionado al leer el nombre.
–La niña
murió el invierno pasado.
–En aquel
entonces el señor Scott no leía el periódico. Estaba demasiado enfermo. No
sabíamos que Swan vivía cerca de nuestra sobrina. De haberlo sabido, no
habríamos ido a visitarla. En fin, ese hombre vivía allí la última vez que
fuimos, pero lo ignorábamos. –Se sentó en un banco y suspiró–. El señor Scott
ha vivido atormentado todos estos años por la pérdida de la pobre Bridget. Creo
que habría muerto si se hubiera encontrado cara a cara con ese Swan.
–Señora
Scott, siento tener que preguntárselo, pero en su opinión ¿cree que Swan
permitió que su hija se ahogara? ¿Cree que él sabía que estaba ahogándose y
dejó que ocurriera?
La mujer
no contestó. El dolor cruzó su rostro, se posó en los ojos y pereció. El
hervidor silbó por última vez y se desconectó solo.
La señora
Scott se levantó y procedió a preparar el té. Estaba bastante tranquila,
pesarosa pero con una tristeza agotada, marchita. Los dedos que sostenían el
asa del hervidor, la mano apoyada en la tetera, eran bastante firmes. En una
ocasión fue embestida por un gran dolor, el único dolor, según Aristóteles,
insoportable, pero ella lo había soportado, seguía preparando té, seguía
regocijándose por la calefacción. Así sería algún día para la señora Lawrence,
rumió Wexford. Aristóteles no lo sabía todo, no sabía que el tiempo cura las
heridas, convierte las penas en polvo y sólo deja una leve melancolía
intermitente.
–El señor
Scott la adoraba –dijo finalmente la madre de Bridget–. Para mí era diferente,
tenía a mis otros hijos. Ya sabe lo que una hija pequeña representa para un
padre.
Wexford
asintió mientras pensaba en su Sheila, la niña de sus ojos.
–Yo nunca
lo acepté como él. Las mujeres somos más fuertes, siempre lo digo, acabamos
aceptando las cosas. Pero yo lo llevé muy mal. Era mi única niña, ¿comprende?,
y la tuve muy tarde. En realidad no queríamos más hijos, pero el señor Scott se
moría por una niña. –Parecía como si tratara de recordar las emociones del
momento en lugar de los hechos, sin conseguirlo–. Fue un error ir a aquel
hotel. Las casas de huéspedes estaban más a nuestra altura. Pero al señor Scott
le iban muy bien las cosas y preferí no discutir cuando dijo que él era tan
bueno como cualquier otro y que por qué no un hotel si podíamos permitírnoslo.
Le aseguro que me sentí muy incómoda cuando vi la clase de gente con la que
teníamos que tratar. Estudiantes de Oxford, un abogado y un «sir». Naturalmente
Bridget no era consciente de la diferencia, para ella eran personas como
nosotros y se encaprichó con ese Swan. No sabe la cantidad de veces que he
deseado que nunca hubiera puesto los ojos en él.
»Un día,
en el salón del hotel, mi hija comenzó a rondar a ese hombre (intenté
detenerla, pero sin éxito) y él, sin mediar palabra, le propinó un empujón. Mi
hija cayó al suelo y se hizo daño en un brazo. El señor Scott se acercó a él y
le dijo que era un engreído y que su hija era tan buena o mejor que él. Nunca
olvidaré lo que ese hombre dijo: «Me trae sin cuidado de quien sea hija», dijo,
«me trae sin cuidado que su padre sea duque o basurero. No quiero que se
acerque a mí. Me estorba.» Pero eso no detuvo a Bridget. No dejaba en paz a ese
hombre. A veces pienso que mi hija nadó hasta la barca para poder estar a solas
con él. –La señora Scott cogió la bandeja, pero no hizo ademán de regresar a la
sala. Aguzó el oído y luego prosiguió–: No podía nadar muy lejos. Le advertimos
una y otra vez que no se alejara de la orilla. Swan lo sabía, nos había oído
decírselo. Dejó que se ahogara sencillamente porque le traía sin cuidado, y si
eso es matar, él la mató. Sólo era una niña. No hay duda de que él la mató.
–Es una
acusación muy grave, señora Scott.
–No más
que las palabras del propio juez. Cuando leí en el periódico lo ocurrido a la
hijita de ese hombre, no sentí lástima por él ni pensé que había recibido su
merecido. Ha hecho lo mismo con ella, eso fue lo que pensé.
–Las
circunstancias eran muy diferentes –señaló Wexford–. Stella Rivers murió
asfixiada.
–Lo sé.
Lo leí. No digo que lo hiciera deliberadamente, del mismo modo que tampoco digo
que ahogara a Bridget con sus manos. Creo que esa niña también representaba un
estorbo para él... y es lógico, teniendo en cuenta que sólo era su hijastra y
él acababa de casarse. Quizá ella dijo algo que le disgustó, o tal vez lo
adoraba demasiado, como Bridget, de modo que él la cogió, le apretó el cuello
y... y ella murió. Es hora de volver a la sala.
El hombre
estaba en la misma postura en que lo habían dejado, con los ojos casi ciegos
mirando el vacío. La señora Scott colocó una taza de té en sus manos y removió
el azúcar.
–Toma,
cariño. Siento haber tardado tanto. ¿Comerás un poco de tarta si te la corto en
trocitos menudos?
El señor
Scott no respondió. Estaba concentrado en Wexford y el inspector jefe
comprendió entonces que nadie le había explicado el motivo de su visita. Cierto
que habían hecho referencia a Kingsmarkham y su sobrina, pero Wexford no había
sido presentado ni por su nombre ni por su cargo.
Quizá
fuese la mirada de su esposa o tal vez algo que había oído mientras estaban en
la cocina lo que de repente le llevó a preguntar con tono monótono:
–¿Es
usted policía?
Wexford
vaciló. Scott era un hombre enfermo. Probablemente su único contacto real con
la policía se había producido con ocasión de la muerte de su amada hija. ¿Era
aconsejable o comprensible o incluso necesario devolver el recuerdo a ese
cerebro agotado y confuso?
No había
tomado una decisión cuando la señora Scott dijo brillantemente:
–¿De
dónde has sacado esa idea? Este caballero es amigo de Eileen. Vive cerca de
Kingsmarkham.
La mano
del anciano tembló y la taza traqueteó sobre el plato.
–No
volveremos allí, y menos en mi estado. No duraré mucho.
–¡Qué
cosas dices! –exclamó la señora Scott con una rudeza que no conseguía disimular
su angustia–. Ya queda poco para que seas el mismo de antes. –Articuló unas
palabras ininteligibles a Wexford y elevando el tono de voz prosiguió–: Debería
haberlo visto el pasado marzo, dos semanas después del ataque de apoplejía.
Estaba más muerto que vivo, peor que un recién nacido. Y sin embargo, mírelo
ahora.
Pero
Wexford no podía mirar. Cuando salió de la casa, pensó que la entrevista no
había sido del todo infructuosa. Por lo menos, a partir de ese momento tomaría
las pastillas del doctor Crocker con renovado entusiasmo.
18
La
impresión que Swan había producido en otra gente alteró sutilmente la imagen
que Wexford tenía de él, confiriéndole una frialdad cruel y una belleza
magnética, dándole el aspecto de un dios en apariencia y poder, de modo que
cuando volvió a encontrarse con él cara a cara experimentó una especie de
decepción y un ligero sobresalto. Pues Swan era sólo Swan, el mismo joven
ocioso y atractivo de existencia lenta y despreocupada. Resultaba extraño que
la mera mención de su nombre pudiese bastar para matar al señor Scott y que, a
manera de íncubo, viviese una vida aparte como el fantasma de los sueños de
Frensham.
–¿Es
necesario que Ros se entere? –preguntó Swan, y observando la sorpresa de
Wexford, prosiguió–: Casi lo había olvidado, hasta que esa encuesta lo
desenterró de nuevo. ¿Realmente tenemos que hablar de ello?
–Me temo
que sí.
Swan se
encogió de hombros.
–Nadie
nos molestará. Ros ha salido y me he deshecho de Gudrun. –Advirtiendo el
absurdo efecto de sus palabras en el semblante de Wexford, Swan soltó una
carcajada irónica–. Le dije que se fuera, la despedí. ¿Qué creía que había
hecho con ella? ¿Eliminarla? A sus ojos mi vida está sembrada de cadáveres, ¿no
es cierto? A Ros y a mí nos gusta estar solos y Gudrun era un estorbo, eso es
todo.
Otra vez
la frase. «Era un estorbo...» Wexford estaba empezando a sentir escalofríos
cada vez que la oía.
–¿Le
apetece beber algo? Tendrá que ser de botella. El té y el café son competencia
de Ros y, además, no sé dónde guarda las cosas.
–No
quiero beber nada. Quiero que me hable de Bridget Scott.
–Cielo
santo, hace tanto tiempo de eso. Imagino que ya dispone de una extensa gama de
testimonios parciales. –Swan tomó asiento lentamente y descansó el mentón entre
las manos–. ¿Qué quiere que le cuente? Fui a ese hotel con un hombre y una
mujer. Si me concede un minuto trataré de recordar sus nombres.
–Bernard Frensham y Adelaide Turner. –Pobre Frensham, pensó Wexford. Swan seguía vivo en sus sueños pero
él no tenía lugar en la memoria de Swan.
–Si ya ha
hablado con ellos, ¿por qué me pregunta?
–Quiero
escuchar su versión.
–¿De lo
que ocurrió en el lago? De acuerdo, dejé que la niña se ahogara, pero no sabía
que estaba ahogándose –explicó Swan con semblante malhumorado. Bajo la luz de
noviembre, vaga e intermitente, podía pasar por un muchacho de diecinueve años,
pero Wexford no veía hojas de parra en su pelo–. Era una pesada –prosiguió, con
mirada cada vez más hosca–. Siempre estaba rondándome. Quería que nadáramos y
paseáramos juntos y montaba escenas para atraer mi atención.
–¿Qué
clase de escenas?
–Un día
en que salí a nadar apareció en una barca de remos y empezó a gritar que se le
había caído la bolsa por la borda. Me pidió que la buscara, pero me negué. No
obstante... ¿cómo se llamaba...? Frensham, eso es, se sumergió y cuando ya
llevábamos diez minutos con el jaleo de la bolsa, la niña la sacó del fondo de
la barca. Todo había sido un engaño. Una tarde, a la hora de la siesta,
irrumpió en mi habitación y dijo que si no hablaba con ella empezaría a gritar
y cuando la gente acudiera diría que yo le había hecho cosas. ¡Sólo tenía once
años!
–De modo
que cuando la oyó pedir auxilio pensó que era otra de sus estratagemas para
atraer su atención.
–Por
supuesto. Aquella vez en que me amenazó con gritar le dije que lo hiciera. No me
dejo intimidar tan fácilmente. Luego en la barca, sabía que la muchacha estaba fingiendo.
Cuando me dijeron que se había ahogado no podía creerlo.
–¿Lo
lamentó?
–Estaba
algo desconcertado, impresionado, pero no fue culpa mía. Después de aquello, no
soportaba tener a niños de esa edad alrededor de mí. Y ahora, en realidad,
tampoco.
¿Se había
dado cuenta de lo que acababa de decir?
–Stella
tenía esa misma edad cuando se conocieron, señor Swan –puntualizó Wexford.
Pero Swan
no pareció captar la indirecta. Siguió hablando, sólo para empeorar más las
cosas.
–Stella,
de hecho, recurría a los mismos trucos para atraer mi atención. –La hosquedad
nubló nuevamente su rostro, casi afeándolo–. ¿Podía tener un perro? ¿Podía
tener un caballo? Siempre trataba de involucrarme. –Dirigió a Wexford una
mirada de furiosa aversión y añadió–: A veces pienso que el mundo entero
intenta interponerse entre yo y lo que quiero.
–¿Que
es...?
–Que me
dejen solo con Rosalind –dijo sencillamente Swan–. No quiero niños. Todo este
asunto me ha hecho aborrecerlos. Quiero vivir en el campo con Ros, los dos
solos, en paz. Es la única persona que conozco que me quiere por lo que soy. No
se ha creado una imagen de mí a la que debo dar vida, no trata de engatusarme
ni de animarme a ser de otro modo. Me ama, me conoce muy bien y soy lo primero
en su vida, el centro de su universo. En cuanto me vio, ya nada le importó, ni
siquiera Stella. La teníamos con nosotros porque yo insistí. Le dije a Ros que
si no lo hacíamos con el tiempo podría lamentarlo. Además, Ros es una mujer
celosa. No a todos los hombres les gusta eso, pero a mí sí. Cuando Ros asegura
que si yo mirara a otra mujer no se detendría hasta hacerle todo el mal de que
es capaz, experimento una maravillosa sensación de felicidad y seguridad. No se
hace una idea de lo que eso significa para mí.
Wexford
se preguntó qué significaría para él. No dijo nada pero mantuvo la mirada fija
en Swan, quien de pronto enrojeció.
–Hacía
años que no hablaba tanto con alguien –dijo–, salvo con Ros. Ya está aquí. No
le dirá nada sobre... ¿verdad? Si llegara a sospechar de mí, no sé lo que
haría.
Lo que
Swan había oído era el sonido de la furgoneta Ford en el camino de gravilla de
Hall Farm.
–Tenía
entendido que no podía conducir, señora Swan –dijo Wexford cuando ella entró.
–¿De
veras? Mi permiso caducó cuando vivía en el Este, pero pasé un nuevo examen el
mes pasado.
Había
estado de compras. Sin duda en Londres o en algún lugar más sofisticado que
Kingsmarkham. Los paquetes estaban envueltos en papel negro con letras blancas,
rojas y doradas. Pero no había estado comprando para ella.
–Te he
comprado una corbata, cariño. Mira la etiqueta. –Swan obedeció, y también
Wexford. La etiqueta rezaba «Jacques Fath»–. Y cigarrillos rusos y un libro
y... No parece mucho ahora que lo tengo en casa. ¡Oh, cómo me gustaría que
fuéramos ricos!
–¿Para
gastártelo todo en mí? –preguntó Swan.
–¿En
quién si no? ¿Te has acordado de llamar al electricista, cariño?
–No
encontraba el momento –dijo Swan–, y al final se me olvidó por completo.
–No
importa, mi amor, yo lo haré. Voy a prepararte un delicioso té. ¿Te has sentido
muy solo sin mí?
–Sí,
mucho.
Rosalind
apenas había reparado en Wexford. El inspector jefe estaba investigando el
asesinato de su única hija pero ella apenas había reparado en él. Sólo tenía
ojos para su marido. Fue él quien sugirió sin demasiado entusiasmo que Wexford
se quedara a tomar el té, ahora que había alguien para prepararlo.
–No,
gracias –dijo el inspector jefe–. No quiero estorbar.
El mechón
de pelo no pertenecía ni a John Lawrence ni a Stella Rivers, pero era pelo de
niño. Alguien lo había cortado de la cabeza de un niño. Eso significaba que la
persona que había escrito los anónimos tenía acceso a un niño rubio. Más que
acceso. Uno no podía acercarse a un niño en la calle y cortarle un mechón de
pelo sin meterse en un lío. Técnicamente, se consideraría una agresión. Por
tanto, el escritor de anónimos, «el peletero», gozaba de una relación con un
niño rubio lo bastante estrecha para poder cortarle un mechón de cabello bien
mientras dormía o bien con su consentimiento.
Pero
¿adónde conducía todo eso?, se preguntó Wexford. No podía interrogar a todos
los niños rubios de Sussex. Ni siquiera podía pedir a esos niños que se le
acercaran, pues esa persona «estrechamente relacionada» –¿un padre?, ¿un tío?–
impediría que la criatura respondiera a la llamada.
Aunque no
era la hora prescrita, Wexford se tomó dos pastillas para la tensión, que ayudó
a bajar con el resto del café. Las iba a necesitar si pretendía pasar el resto
del día rastreando Stowerton. Empezaría por la señora Thetford, para averiguar
si había difundido la noticia de la desaparición de John por toda la ciudad.
Luego tal vez los Rushworth. Si era necesario, se sentaría con Rushworth
durante horas, le haría recordar, le haría describir a sus compañeros de
búsqueda. Tenía que llegar al fondo del misterio ese mismo día.
El clima
en que Burden y su cuñada vivían ahora no era propicio para las confidencias.
Había pasado casi una semana desde que ella le sonriera o dijera algo como
«hace frío» o «pásame la mantequilla, por favor». Pero tarde o temprano él
tendría que hablarle de su inminente matrimonio, y también a los niños, y tal
vez pedirles su consentimiento.
Pensó que
su oportunidad había llegado cuando, algo más afable, Grace preguntó:
–¿Tendrás
el fin de semana libre?
–No estoy
seguro –respondió Burden con cautela–. Tenemos mucho trabajo.
–Mamá
quiere que vayamos a verla los cuatro este fin de semana.
–No creo
que... –comenzó Burden–. En fin, no creo que pueda. Mira, Grace, hay algo
que...
Grace se
levantó de un salto.
–Siempre
hay algo. Ahórrate las excusas. Iré sola con los niños, si no tienes
inconveniente.
–Por
supuesto que no tengo inconveniente –dijo Burden, y se marchó al trabajo, o lo
que habría sido trabajo si hubiese podido concentrarse.
Había
hecho la vaga promesa de que almorzaría en Fontaine Road. Pan con queso,
supuso, en aquella cocina repugnante. Pese a lo mucho que ansiaba pasar las
noches con Gemma, las comidas que le preparaba no eran de su agrado. Casi
prefería comer en la cafetería de la comisaría. Súbitamente cayó en la cuenta
de que en poco tiempo cada plato que comiese en casa estaría preparado por
Gemma.
Wexford
había salido. Hacía tiempo que el inspector jefe no salía sin dejarle una nota,
pero las cosas habían cambiado. Él había hecho que cambiasen, y en el proceso
había perdido el respeto de Wexford.
Mientras
bajaba en el ascensor deseó no encontrarse con él. Cuando la puerta se abrió,
sólo vio en el vestíbulo a Camb y a Harry Wild, que últimamente parecía formar
parte del mobiliario, como el mostrador o las sillitas rojas. Burden, de hecho,
lo trataba como a un mueble, aceptaba su presencia pero, por lo demás, lo
ignoraba. Se dispuso a franquear las puertas oscilantes cuando éstas se
abrieron bruscamente y apareció Wexford.
Salvo
cuando estaba con Gemma, el murmullo se había convertido en el modo habitual de
habla de Burden. Murmuró un saludo y habría seguido su camino si Wexford no lo
hubiese detenido con el «¡Señor Burden!» que solía emplear en presencia de
personas como Camb y Wild.
–¿Señor?
–respondió Burden con análoga formalidad.
–He
pasado la mañana con ese tal Rushworth –dijo Wexford, bajando el tono de voz–,
pero no he podido sacarle nada. Me parece que es un poco lerdo.
Con gran
esfuerzo, Burden trató de concentrarse en Rushworth.
–No lo sé
–dijo–. Yo jamás habría sospechado de él, aunque es cierto que lleva un abrigo
de tres cuartos, y luego está lo del susto de muerte que dio a la hija de los
Crantock.
–¿Qué?
–dijo Wexford extrañado.
–Ya se lo
conté –dijo Burden–. Redacté un informe al respecto. –Titubeando, murmurando de
nuevo, relató al inspector jefe la escena que había presenciado en Chiltern
Avenue–. Seguro que se lo dije –balbució–. Estoy convencido de que...
Wexford
se olvidó de Wild y de Camb.
–¡No lo
hiciste! –exclamó–. No redactaste ningún informe. ¿Estás diciéndome, ahora, que
Rushworth molestó a una niña?
Burden se
quedó sin habla. Notó que sus mejillas enrojecían. Era cierto, ahora lo
recordaba, no había redactado ningún informe, el suceso se había borrado
totalmente de su mente. El amor y la complicidad lo habían borrado, pues
aquella noche, mientras Stowerton dormitaba envuelto en la niebla, había sido
su primera noche con Gemma.
La crisis
entre Burden y Wexford habría estallado si no hubiese sido por la intervención
de Harry Wild. Ajeno al conflicto, incapaz de sospechar que estaba de más, se
volvió y dijo en voz alta:
–¿Significa
eso que Bob Rushworth integra la lista de sospechosos?
–Yo no he
dicho eso –espetó Wexford.
–No hace
falta que se ponga así. ¿No quiere que lo ayude en sus pesquisas?
–¿Qué
sabes tú?
–Conozco
a Rushworth –comenzó Wild, interponiéndose entre los dos policías–, y sé que es
un tipo detestable. Un amigo mío tiene alquilada una casita suya en Mill Lane,
pero Rushworth conserva una llave y entra y sale cuando le place. Un día
fisgoneó los papeles privados de mi amigo sin su permiso y el hijo entra y le
roba manzanas del jardín. En una ocasión le birló un cartón de leche. Podría
contarte cosas de Bob Rushworth que...
–Creo que
ya me has contado bastante, Harry –dijo Wexford. Sin proponer su habitual
invitación a almorzar, sin siquiera mirar a Burden, salió de la comisaría por
donde había venido.
Como
sabía que si iba al Carousel Burden lo seguiría y le amargaría la comida con
burdas excusas, Wexford se dirigió a su casa y sorprendió a su mujer, que raras
veces lo veía entre las nueve y las seis, con una exigencia imperiosa de algo
que comer. Hacía mucho tiempo que ella no lo veía tan malhumorado. Tenía
hinchadas las venas de las sienes. Alarmado, Wexford ingirió dos pastillas
anticoagulantes con la cerveza que su esposa había sacado de la nevera. Burden
debería saber que no podía alterarle de ese modo. Sólo le faltaba acabar como
el pobre Scott.
A las
tres, algo más sereno, fue a ver a la señora Thetford. Una vecina le dijo que
estaba limpiando en casa de la señora Dean. Wexford esperó a que regresara y no
halló motivos para rechazar una taza de té y un trozo de pastel de frutas. Los
Rushworth, después de todo, pasaban fuera de casa casi todo el día, y prefería
hablar con ambos antes que soportar otra entrevista con el hombre en su
despacho de agente inmobiliario, constantemente interrumpida por las llamadas
de clientes.
Pero té y
pastel fue todo lo que sacó de la señora Thetford. La mujer repitió la historia
que Wexford ya conocía de labios de su marido. La señora Dean le comunicó la
desaparición de John Lawrence a las cinco, pero aseguró que únicamente habló de
ello con su marido y su cuñado.
Conduciendo
parsimoniosamente, Wexford llegó a Sparta Grove. La paciente de Lomax, la
señora Foster, era su última oportunidad. Seguro que le había contado a alguien
lo que había oído en la consulta del doctor. O quizá alguien la oyó por
casualidad. Era una posibilidad, tal vez la única que quedaba. Vivía en el
número 14. Wexford aparcó y entonces vio al chico. Estaba balanceándose sobre
la verja de la casa de al lado, el número 16, y su pelo más bien largo era
rubio como el oro.
Para
entonces la escuela había concluido y Sparta Grove hervía de niños. Wexford
hizo señas desde el coche a una niña de unos doce años, quien se acercó con
escepticismo.
–No debo
hablar con extraños.
–Me
parece muy bien –dijo Wexford–. Soy policía.
–No lo
parece. Enséñeme su placa.
–Caray,
si sigues por ese camino llegarás lejos. –Wexford sacó la placa y la niña la
examinó con gran deleite–. ¿Satisfecha?
–Mmm
–murmuró–. Lo he aprendido de la tele.
–Muy
educativa, la tele. No entiendo por qué se molestan en mantener abiertas las
escuelas. ¿Ves a ese chico rubio? ¿Dónde vive?
–Ahí
mismo. En la casa de cuya verja está subido.
Gramaticalmente
incorrecto pero esclarecedor.
–No le
digas que te lo he preguntado. –Wexford extrajo una moneda que sabía que no le
sería reembolsada.
–Y si me
lo pregunta, ¿qué le digo?
–Seguro
que eres una chica de recursos. Di que era un tipo extraño.
Ése no
era el momento. Debía esperar a que todos los niños estuvieran acostados. En
cuanto el Piebald Pony abrió sus puertas, entró y pidió unos emparedados y una
jarra de cerveza. En cualquier momento, pensó Wexford, entrarían Mono y el
señor Casaubon. Encantados de verlo en el local, tratarían de sonsacarle si ya
estaban cerca de hacerse con esas dos mil libras, y él, igualmente encantado,
les diría que nunca habían estado más lejos. Puede que incluso se mostrara
indiscreto y les revelara su más secreta convicción: que Swan no era culpable
de ningún crimen salvo el de la indiferencia.
Pero
nadie apareció. Eran las siete cuando Wexford abandonó el Piebald Pony y caminó
tres cuartas partes de la tranquila y poco iluminada Sparta Grove.
Llamó a
la puerta del número 16. No se veían luces. Todos los niños del barrio debían
de estar acostados. Seguro que en esa casa el chico rubio dormía. A juzgar por
el aspecto externo –las cortinas no filtraban el brillo azulado de la pantalla
de televisión–, los padres debían de haber salido, dejándolo solo. Wexford
tenía muy mala opinión de los padres que hacían esas cosas, especialmente en
ese barrio. Volvió a golpear la puerta, esta vez con más fuerza.
Para una
persona astuta e intuitiva, la sensación que inspira una casa vacía difiere de
la de una casa que parece vacía pero en la que dentro hay alguien que no desea
abrir la puerta. Wexford sentía que había vida en algún lugar de esa oscuridad,
una vida atenta, consciente, algo más que un niño dormido. Había alguien,
tenso, escuchando el sonido de la aldaba, esperando que los golpes cesaran y el
visitante se alejara. Sigilosamente, Wexford rodeó la casa y llegó al patio
trasero. Había luz en la vivienda de los Foster, pero todas las puertas y
ventanas estaban cerradas. La luz amarilla procedente de la cocina de la señora
Foster revelaba que el número 16 era una casa bien cuidada, que el caminito
había sido barrido y el escalón de la puerta trasera relucía. El triciclo del
niño y una bicicleta de hombre estaban apoyados contra la pared y protegidos
con un plástico transparente.
Golpeó la
puerta con el puño. Acto seguido, accionó el picaporte, pero estaba cerrado con
llave. No podía entrar sin una orden, pensó, y le sería imposible obtenerla sin
disponer de más pruebas.
Con paso
cauteloso, comenzó a dar vueltas, sintiendo el césped húmedo bajo los pies. De
pronto, una luz lo iluminó por detrás y oyó a la señora Foster decir con tanta
claridad como si la tuviera junto a la oreja: «No olvides sacar la basura,
cariño. Ya sería la segunda semana que no lo haces.»
Justamente
lo que pensaba. Cada palabra pronunciada en el jardín del número 14 podía oírse
en el jardín contiguo. La señora Foster no había visto a Wexford. Esperó a que
regresara a la cocina y siguió andando.
Entonces
lo vio, un fino rayo de luz proyectado en el césped, más delgado que el de una
linterna de bolsillo, que provenía de una puerta cristalera. Se acercó de
puntillas al origen de la luz, un hueco minúsculo entre dos cortinas corridas.
No veía
nada. Entonces advirtió que en el centro justo de la puerta el borde de la
cortina había quedado enganchada a un tornillo. Wexford se agachó, pero seguía
sin ver nada. No tenía más remedio que tumbarse en el suelo. Afortunadamente,
nadie podía verlo ni observar lo difícil que le resultaba adoptar una de las
posturas más naturales del hombre.
Echado
sobre su vientre, acercó un ojo al triángulo abierto. La habitación se desplegó
ante él. Era un espacio reducido, ordenado, amueblado convencionalmente por un
ama de casa orgullosa, con un tresillo color burdeos y un juego de mesitas, y
adornado con gladiolos y claveles de cera cuyos pétalos frotaba cada día con un
trapo húmedo.
El hombre
que estaba sentado a la mesa, escribiendo, parecía bastante relajado y
concentrado en su labor. El visitante inoportuno se había marchado por fin,
devolviéndole la paz y la intimidad que precisaba. Sin duda su rostro reflejaba
esa concentración, ese terrible egotismo solitario, pero Wexford no alcanzaba a
verle la cara, sólo las piernas y los pies desnudos. Percibía el
ensimismamiento extático del hombre y sospechaba que bajo el abrigo de pieles
que lo cubría prácticamente no llevaba ropa.
Wexford
contempló al hombre durante largo rato, observó cómo de vez en cuando dejaba de
escribir para pasarse la manga de espeso pelaje por la nariz y la boca. Sintió
escalofríos, pues sabía que estaba presenciando algo más íntimo que una
conversación privada, un acto de amor o una confesión. Ese hombre no estaba
solo consigo mismo, sino con su otro ser, una segunda personalidad que
probablemente nadie conocía hasta ese momento.
Presenciar
ese fenómeno, esa intensa fantasía secreta en una habitación que destilaba
convencionalismo, era para Wexford una intrusión intolerable. Entonces recordó
las citas infructuosas y la esperanza y la desesperación de Gemma Lawrence. La
ira se impuso a la vergüenza. Se puso de pie y golpeó con fuerza el cristal.
19
Impaciente
por alcanzar el ascensor, Burden apartó de un empujón a Harry Wild.
–¡Vigila
esos modales! –protestó el reportero–. No hay necesidad de empujar. Tengo
derecho a entrar aquí y hacer preguntas si...
La puerta
del ascensor se cerró, interrumpiendo el resto de sus observaciones, que probablemente
habrían desembocado en que si no fuera por su modestia y por su amor por la
vida tranquila, estaría ejerciendo sus derechos en vestíbulos mucho más
elegantes que el de la comisaría de Kingsmarkham. Burden no quería oírlo. Sólo
quería la confirmación o la desmentida de la afirmación de Harry acerca de que
habían encontrado al chico.
–¿Qué es
eso de un juicio extraordinario? –preguntó Burden, irrumpiendo en el despacho
de Wexford.
El
inspector jefe parecía cansado esa mañana. Cuando estaba cansado su tez
adquiría un tono grisáceo y sus ojos parecían más pequeños que nunca, si bien
conservaban su brillo acerado bajo los párpados hinchados.
–Ayer por
la noche –dijo– di con nuestro escritor anónimo, un tal Arnold Charles Bishop.
–Pero
¿encontró al chico? –preguntó Burden casi sin aliento.
–Por
supuesto que no. –Burden detestaba a Wexford cuando empleaba ese tono
desdeñoso. Los ojos del inspector jefe parecían estar perforando dos limpios
orificios en su dolorida cabeza–. Ni siquiera lo conoce. Lo encontré en su casa
de Sparta Grove, ocupado en escribirme otra carta. La esposa estaba en la
escuela nocturna y los niños en la cama. Oh, sí, tiene dos hijos, dos varones.
El mechón de pelo correspondía a uno de ellos; se lo cortó mientras dormía.
–Cielo
santo –dijo Burden.
–Siente
una atracción especial por el pelo de animal. ¿Quieres que te lea su
declaración?
Burden
asintió con la cabeza.
–«No
conozco a John Lawrence ni a su madre. Jamás arrebaté el niño a su madre, su
tutora legal. El 16 de octubre, en torno a las seis de la tarde, oí a mi
vecina, la señora Foster, contar a su marido que John Lawrence había
desaparecido y que probablemente se formarían pelotones de búsqueda. Fui a
Fontaine Road en bicicleta y me uní a uno de los grupos.
»En tres
ocasiones consecutivas, entre octubre y noviembre, escribí una carta al
inspector jefe. No las firmé. Lo llamé una vez por teléfono. No sé por qué lo
hice. Un impulso se apoderó de mí y tuve que hacerlo. Soy un hombre felizmente
casado y tengo dos hijos. Jamás haría daño a un niño y no tengo coche. Hablé de
los conejos porque me gusta el pelo de los animales. Tengo tres abrigos de
pieles pero mi mujer no lo sabe. No sabe nada de lo que he hecho. Muchas veces,
cuando ella sale y los niños se van a la cama, me pongo uno de mis abrigos y
acaricio el pelo.
»Leí en
el periódico que la señora Lawrence era pelirroja y su hijo rubio. Corté un
mechón de pelo de la cabeza de mi hijo Raymond y lo envié a la policía. No
puedo explicar por qué lo hice, sólo puedo decir que tenía que hacerlo.»
–Como
mucho le caerán seis meses por obstrucción a la policía –declaró Burden con voz
ronca.
–¿De qué
quieres acusarlo? ¿De tortura mental? Ese hombre está enfermo. Yo también
estaba furioso anoche, pero ya se me ha pasado. A menos que seas un animal o un
imbécil, no puedes enfurecerte con un hombre que está obligado a vivir con una
enfermedad tan grotesca como la suya.
Burden
murmuró algo así como que eso sólo valía para la gente a quien el asunto no
afectaba personalmente, pero Wexford lo ignoró.
–El
juicio tendrá lugar dentro de media hora. ¿Vendrás?
–¿Y
escuchar de nuevo toda esa basura?
–Gran
parte de nuestro trabajo tiene que ver con esa basura, como tú la llamas. Es
nuestro deber retirarla, averiguar dónde está, dónde vive. –Wexford se incorporó
y se inclinó sobre el escritorio–. Si no vienes, ¿qué harás? ¿Mirar las
musarañas todo el día? ¿Delegar? ¿Escurrir el bulto? Mike, tengo que decírtelo
ya. Es hora de que lo sepas. Estoy harto. Estoy tratando de resolver este caso
yo solo porque ya no puedo contar contigo. No puedo hablar contigo. Antes
analizábamos juntos cada caso, escudriñábamos la basura, si lo prefieres.
Hablar contigo ahora... en fin, es como tratar de mantener una conversación
lógica con un autómata.
Burden
alzó la vista. Por un instante Wexford creyó que no iba a responder, que no iba
a defenderse. Sólo miraba, con una mirada muerta, vacía, como si lo hubieran
interrogado durante muchos días y muchas noches y ya no pudiera distinguir los
hilos retorcidos, dolorosos, que urdían su infelicidad. Pero por eso mismo
sabía que ya no podía seguir buscando excusas. Entonces lo expulsó todo con
frases breves y concisas.
–Grace se
va de casa. No sé qué hacer con los niños. Mi vida privada es un desastre. No
puedo hacer mi trabajo. –El llanto que había procurado contener, finalmente
estalló–. ¿Por qué tuvo que morir? –Y luego, porque no podía parar, porque las
lágrimas que nadie debía ver le quemaban los párpados, hundió la cabeza en las
manos.
La
habitación estaba en silencio. «Pronto tendré que levantar la cabeza –pensó
Burden–, y retirar las manos y observar su mueca burlona.» Sólo movió los
dedos, y lo hizo para apretarse los ojos con más fuerza. Entonces notó la mano
pesada de Wexford sobre su hombro.
–Mike, mi
querido y viejo amigo...
Una escena
emotiva entre dos hombres generalmente imperturbables suele concluir con una
amarga vergüenza. Cuando Burden se recuperó, se sentía terriblemente
avergonzado, pero Wexford no se lanzó a una efusiva diatriba ni hizo el torpe
intento de cambiar de tema.
–Este fin
de semana estás fuera de servicio, ¿verdad, Mike?
–¿Cómo
quiere que coja vacaciones ahora?
–No seas
loco. En el estado en que te encuentras no sirves para nada. Cógete un fin de
semana largo, empieza el jueves.
–Grace
piensa llevarse a los niños a Eastbourne...
–Ve con
ellos. Trata de convencerla de que se quede. Hay formas de conseguirlo, ¿no
crees? Y ahora... ¡Dios mío, mira qué hora es! Si no salgo pitando llegaré
tarde al juicio.
Burden
abrió la ventana y dejó que la delgada bruma de la mañana le refrescara el
rostro. Creía que con el arresto de Bishop se iba la última oportunidad –¿o su
último temor?– de encontrar a John Lawrence. No quería perturbar a Gemma con la
noticia, y ella nunca leía los periódicos locales. La dulce niebla, blanca y
traslúcida, lo humedecía y calmaba. Pensó en la bruma de la costa y en las
playas largas, yermas, desiertas en noviembre. Una vez allí hablaría a los
niños, a Grace y a su suegra de su intención de casarse con Gemma.
Se
preguntaba por qué la idea lo estremecía aún más que la fría caricia del aire
otoñal. ¿Por qué había ido a elegir como sucesora de Jean a la criatura más
extraña del mundo? En otros tiempos solía admirar a los hombres que, movidos
por su bondad o por un enamoramiento temporal, se casaban con mujeres cojas o
ciegas. ¿Acaso no pensaba él hacer lo mismo, casarse con una mujer cuyo corazón
y personalidad cojeaban? Él la conocía únicamente así. ¿Cómo sería cuando se
curara de su deformidad?
Era
ridículo, monstruoso, ver en Gemma a una mujer deformada. Con ternura y
nostalgia rememoró su belleza y sus noches de amor. Entonces, cerrando
bruscamente la ventana, supo que no iría a Eastbourne con Grace.
Bishop
estaba en prisión preventiva, pendiente de un examen médico. Los psiquiatras
pondrían manos a la obra, pensó Wexford. Quizá le hiciese algún bien, pero lo
dudaba. Si creyera en los psiquiatras, habría aconsejado a Burden que se
buscara uno. Con todo, su último enfrentamiento había contribuido a aclarar las
cosas. Wexford se sentía mejor y esperaba que Burden también. Ahora estaba
inevitablemente solo. Debía encontrar al asesino de la muchacha sin ayuda de
nadie... o recurrir a Scotland Yard.
Los
acontecimientos de las últimas veinticuatro horas habían desviado la atención
de Wexford del señor y la señora Rushworth. Volvió a centrarse en ellos.
Rushworth solía vestir un abrigo de tres cuartos, y era sospechoso de haber
molestado a una niña, pero si hubiese sido el merodeador del parque infantil,
la señora Mitchell lo habría reconocido. Además, tras la desaparición de John
la policía había investigado a todos los hombres, incluido Rushworth, que
vivían en un radio de quinientos metros de Fontaine Road.
Wexford
ahondó de nuevo en los informes. Rushworth aseguraba que la tarde del 16 de
octubre había estado en Sewingbury, donde tenía una cita con una cliente para
mostrarle una casa. La cliente, al parecer, no se presentó. En febrero,
Rushworth ni siquiera fue interrogado. ¿Y qué razón había para interrogarlo?
Nada lo relacionaba con Stella Rivers y nadie sabía entonces que era el
propietario del cobertizo alquilado en Mill Lane. En aquel entonces, la
identidad del propietario de la casa no pareció importante.
Visitaría
a Rushworth más tarde. Primero necesitaba indagar en la personalidad y la
veracidad del hombre.
–¡Salir
de esta casa! –exclamó Gemma–. ¡Desaparecer unos días! –Echó los brazos al
cuello de Burden–. ¿Adónde iremos?
–Elige
tú.
–Me
gustaría ir a Londres. Allí uno puede perderse, ser uno más en una enorme y
magnífica multitud. La ciudad ofrece luces y diversiones durante toda la noche,
y... –Se detuvo a mitad de la frase, quizá a causa de la mirada horrorizada de
Burden–. No, no te gustaría. No nos parecemos mucho, ¿verdad, Mike?
Burden no
respondió. No tenía intención de admitirlo en voz alta.
–¿Por qué
no vamos a la costa? –propuso.
–¿Al mar?
–Aunque no muy buena, Gemma había sido actriz, y vertió toda la soledad, la
profundidad y la inmensidad del mar en esas dos palabras. Burden se preguntó
por qué temblaba. Entonces, dijo–: Si a ti te parece bien, a mí también. Pero
no vayamos a un lugar concurrido, donde podamos ver... familias, gente con...
con niños.
–Estaba
pensando en Eastover. Es noviembre, de modo que no habrá niños.
–De
acuerdo. –Gemma se abstuvo de recordarle que él le había pedido que eligiera–.
Iremos a Eastover –dijo con voz temblorosa–. Será divertido.
–Todo el
mundo creerá que he ido a Eastbourne con Grace y los niños. Me ha parecido lo
más conveniente.
–¿Para
que no puedan localizarte? –Gemma asintió con un gesto de grave inocencia–.
Comprendo. Me recuerdas a Leonie. Siempre dice a la gente que va a un lugar,
pero en realidad va a otro. Lo hace para que no la atosiguen con cartas y
llamadas telefónicas.
–Ésa no
es la razón –confesó Burden–. En realidad, no quiero que nadie... No hasta que
estemos casados, Gemma.
Ella
sonrió con los ojos muy abiertos, sin comprender. Burden se percató de que
Gemma, efectivamente, no entendía su necesidad de respetabilidad, de salvar las
apariencias. No hablaban el mismo lenguaje.
Era
miércoles por la tarde y la rutinaria señora Mitchell estaba limpiando la
ventana del rellano. Mientras hablaba, en una mano sostenía un trapo rosa y en
la otra una botella con un líquido del mismo color, y como no había querido
sentarse Wexford tampoco pudo hacerlo.
–Por
supuesto que habría reconocido al señor Rushworth –dijo–. Su hijo pequeño,
Andrew, estaba jugando en el parque con los demás chicos. Además, el señor
Rushworth es bastante grande y el hombre que vi era bajo y menudo. Ya comenté
al otro agente que tenía unas manos pequeñas. Además, el señor Rushworth no se
habría puesto a recoger hojas.
–¿Cuántos
hijos tiene?
–Cuatro.
Paul, de quince años, dos niñas pequeñas y Andrew. No digo que sean unos buenos
padres. Esos niños están demasiado consentidos y la señora Rushworth no hizo
caso cuando le conté lo de ese hombre. ¡Pero hacer algo así...! No, inspector,
creo que apunta a la persona equivocada.
Quizá
estuviese en lo cierto. Wexford dejó a la señora Mitchell limpiando su ventana
y cruzó el parque infantil. El otoño estaba demasiado avanzado para que los
niños jugaran al aire libre, y ya no habría más veranillos sorpresivos. El eje
escarlata del tiovivo parecía que nunca había girado y el moho comenzaba a
acumularse en los columpios. Casi no quedaban hojas en los robles, fresnos y
sicómoros que crecían entre el parque y Mill Lane. Acarició las ramas más bajas
e imaginó que adivinaba las marcas de los brotes arrancados. Luego, con un
estilo indudablemente mucho más torpe que el del recogedor de hojas y su joven
compañero, descendió por la loma.
Anduvo
por la calzada con paso vigoroso, diciéndose que lo hacía tanto por motivos de
salud como de trabajo. No había esperado encontrar a nadie en la casita
alquilada, pero el amigo de Harry Wild se hallaba en cama con un resfriado.
Quince minutos más tarde, nuevamente en la calle, Wexford temió que su visita
sólo había servido para aumentar la fiebre del hombre, tanto le había acalorado
la conversación sobre Rushworth, su infame casero. A menos que el testimonio
del inquilino fuera exagerado, toda la familia Rushworth tenía por costumbre
irrumpir en la casa, hacerse con los productos del huerto y retirar de vez en
cuando pequeños muebles que sustituían por notas escritas a mano. Los Rushworth
conservaban una llave de la vivienda, pero el alquiler era tan bajo que el
inquilino no se atrevía a protestar. Por lo menos, Wexford averiguó la
identidad del niño al que habían visto salir de la casa aquella tarde de
febrero. Sin duda, se trataba de Paul Rushworth.
El día
había transcurrido gris y anubarrado, y aunque apenas eran las cinco comenzaba
a oscurecer. Wexford notó las primeras gotas de lluvia. En un día como ése y
aproximadamente a esa hora Stella había seguido esa misma carretera, acelerando
el paso quizá, lamentando no gozar de mayor protección que su chaqueta de
montar. ¿Realmente había llegado tan lejos? ¿Era posible que su trayecto y su
vida no hubiesen sobrepasado el cobertizo que acababa de dejar atrás?
Wexford
había estado tan absorto en Stella, transmutando mentalmente su cuerpo maduro,
masculino y corpulento en la figura delicada de una niña de doce años, que
cuando percibió el ruido retrocedió hasta el margen del césped y escuchó
esperanzado.
Era el
sonido de unos cascos. Un caballo avanzaba por la curva de la carretera.
Él ya no
era el viejo Reg Wexford sino Stella. Estaba sola y algo asustada y empezaba a
llover, pero Swan venía por fin... ¿A caballo? ¿Un caballo para dos personas?
¿Por qué no en coche?
El
caballo y su jinete aparecieron frente a él. Wexford regresó a su verdadero ser
y exclamó:
–Buenas
tardes, señora Fenn.
La
profesora de equitación tiró de las riendas del caballo gris.
–¿No es
una maravilla? –dijo–. Ojalá fuera mío, pero tengo que devolverlo a la señorita
Williams, a Equita. Hemos pasado una tarde estupenda, ¿verdad, Silver? –Acarició
el cuello del animal–. ¿Todavía no han cogido... al hombre que mató a la pobre
Stella Swan?
Wexford
negó con la cabeza.
–Debería
llamarla Stella Rivers –continuó ella–. No entiendo por qué me hago tanto lío.
Al fin y al cabo, yo también tengo dos nombres. La mitad de mis amigos me llama
Margaret y la otra mitad utiliza mi segundo nombre. No debería confundirme de
ese modo. Probablemente me esté haciendo vieja.
Wexford
no estaba de humor para cumplidos y sencillamente preguntó si alguna vez había
visto a Rushworth en las inmediaciones de Saltram House.
–¿Bob
Rushworth? Ahora que lo dice, él y su mujer venían con frecuencia por aquí el
pasado invierno, y ella incluso me preguntó si podía llevarse una de las
estatuas. La que estaba tirada en el césped, ya sabe.
–¿Por qué
no lo mencionó antes?
–¿Por qué
iba a hacerlo? –repuso la señora Fenn, inclinándose para acariciar la oreja del
caballo–. Conozco a los Rushworth desde hace años. Paul incluso me llama tía.
Supongo que querían la estatua para su jardín. Le contesté que yo no era quién
para decir si podía llevársela o no. –Se acomodó sobre la silla de montar–. Y
ahora, si me disculpa, debo irme. Silver está muy bien educado y se pone nervioso
cuando oscurece. –El caballo levantó la cabeza y comunicó su acuerdo con un
sonoro relincho–. No pasa nada, cariño –lo tranquilizó la señora Fenn– Pronto
estarás en casa con mamá.
Wexford
reanudó su camino. La lluvia era fina pero constante. Dejó atrás Saltram Lodge
y entró en el sendero ensombrecido por el espeso follaje de los árboles. Al
cabo de doscientos o trescientos metros, la arboleda se aclaraba, mostrando la
esplendorosa panorámica de la gran mansión.
Los
prados ofrecían un aspecto sombrío y la casa, asomando entre la niebla, parecía
un esqueleto negro salpicado de cuencas vacías. Wexford se alegraba de no
conocer el lugar ni de haber tenido la costumbre de visitarlo. Ya sólo veía en
él un cementerio.
20
No había
tenido el valor de reservar una habitación doble a nombre del señor y la señora
Burden. Un día Gemma se convertiría en la señora Burden y entonces sería
diferente. Entretanto, era el apellido de Jean. Jean conservaba el título como
una campeona a quien la muerte no podía despojarla de sus honores.
Su hotel
era la taberna del pueblo de Eastover que había sido ampliada después de la
guerra para alojar a media docena de huéspedes, y les habían dado dos
habitaciones contiguas que daban al mar inmenso y gris. Hacía demasiado frío
para bañarse, pero en las playas siempre hay niños. Mientras Gemma deshacía el
equipaje, Burden contempló a unos niños, cinco en total, que habían bajado a la
playa con sus padres. La marea era baja, la playa tenía un tono ocre acerado y
la arena estaba demasiado prieta, demasiado comprimida, para mostrar huellas
desde lo lejos. El hombre y la mujer caminaban separados, indiferentes. Casados
desde hacía largo tiempo, pensó Burden –la hija mayor aparentaba unos doce
años–, no precisaban el contacto ni la reafirmación del otro. Los niños,
persiguiéndose los unos a los otros, rodando en dirección a la orilla, eran
prueba suficiente de su amor. Los padres, separados ahora por un extenso banco
de conchas y guijarros, se miraron y Burden leyó en esa mirada un lenguaje
secreto de confianza mutua, esperanza y profundo entendimiento.
Algún día
sería así para él y para Gemma. Llevarían a sus hijos a una playa como aquélla
y pasearían entre el agua y el cielo, recordarían sus noches y sus días y
esperarían la noche con ilusión. Burden se volvió rápidamente para expresarle
sus pensamientos, pero de inmediato se dijo que no debía, porque con ello
desviaría la atención de Gemma hacia los niños.
–¿Qué
ocurre, Mike?
–Nada.
Sólo quería decirte que te quiero. –Cerró la ventana, y aunque corrió las
cortinas, siguió viendo a esos niños en la penumbra. Tomó a Gemma en sus brazos
y cerró los ojos, pero seguía viéndolos. Entonces le hizo el amor violenta y
apasionadamente para exorcizarlos, sobre todo a ese pequeño de pelo rubio al
que nunca había visto pero que era más real que los niños que jugaban en la
playa.
La casita
habitada los fines de semana era muy antigua, y había sido construida antes de
la guerra civil, antes de la partida del Mayflower, antes, tal vez, del último Tudor.
La de Rushworth era algo más moderna, del mismo período, dedujo Wexford, que
Saltram House y el cobertizo, aproximadamente de 1750. En ausencia de Burden
pasaba gran parte del tiempo en Mill Lane, observando las tres viviendas,
entrando en sus jardines y deambulando por ellos pensativamente.
En una
ocasión caminó desde el cobertizo de Rushworth hasta los surtidores de Saltram
House y volvió al punto de partida. Tardó media hora. Repitió el proceso, pero
esta vez se detuvo para simular que levantaba la losa del depósito e introducía
un cuerpo. Cuarenta minutos.
Fue en
coche hasta Sewingbury y vio a la mujer que se había citado con Rushworth
aquella tarde de octubre. Ésta ratificó que le había sido imposible acudir a la
cita. ¿Qué ocurrió aquella otra tarde, en febrero?
Una noche
fue a Fontaine Road para ver a los Crantock y en un impulso llamó primero al
número 61. No tenía nada que contar a la señora Lawrence, ninguna novedad, pero
sentía curiosidad por ver a esa mujer desamparada de la que se decía que era
tan bella, y sabía por experiencia que su presencia, flemática y paternal, en
ocasiones resultaba reconfortante. Nadie respondió a su llamada y esta vez tuvo
una sensación muy diferente de la que había sentido en el portal de Bishop. No
obtuvo respuesta sencillamente porque en la casa no había nadie.
Pensativo,
permaneció en medio de la calle por unos instantes y luego, desconcertado por
razones personales, se acercó a la puerta de los Crantock.
–Gemma no
está –le informó la señora Crantock–. Ha ido a pasar el fin de semana a la
costa sur.
–En
realidad quería hablar con usted y con su marido. Acerca de su hija y un hombre
llamado Rushworth.
–Comprendo.
Su inspector tuvo la amabilidad de acompañarla hasta casa. Le estuvimos muy
agradecidos. Pero en realidad fue una tontería. Dicen por ahí que el señor
Rushworth persigue a las jovencitas, pero yo confío en que sólo sean rumores, y
en cualquier caso mi hija sólo tiene catorce años, todavía no puede
considerársela una jovencita.
Crantock
salió al vestíbulo para conocer la identidad del visitante. Reconoció a Wexford
de inmediato y le estrechó la mano.
–De hecho
–dijo Crantock–, Rushworth vino al día siguiente para disculparse. Dijo que se
había acercado a Janet porque sabía que queríamos deshacernos de un piano.
–Crantock sonrió y levantó los ojos hacia el techo–. Le aclaré que en realidad
queríamos venderlo, y claro, enseguida dejó de interesarle.
–Fue una
tontería por parte de Janet asustarse de ese modo –dijo su esposa.
–No lo
sé. –Crantock ya no sonreía–. Todos estamos muy nerviosos, en particular los
niños con edad para comprender. –Miró fijamente a Wexford y añadió–: Y la gente
con hijos.
Wexford
se dirigió a Chiltern Avenue por el sendero flanqueado de arbustos. Tuvo que
utilizar su linterna, y a medida que avanzaba pensó, y no era la primera vez
que lo hacía, en la suerte que tenía de ser hombre, y además corpulento, en
lugar de mujer. Sólo a la luz del día y con un cielo claro podía una mujer
caminar por ese sendero sin temor, sin volver la cabeza, sin sentir que su
corazón se aceleraba. Era lógico que Janet Crantock se hubiera asustado. Luego
pensó en John Lawrence, cuya juventud lo hacía tan vulnerable como una mujer y
quien ya nunca crecería para hacerse un hombre.
Por las
noches, cuando la marea bajaba, paseaban a oscuras por la playa o se sentaban
en las rocas, a la entrada de una cueva que habían descubierto. La lluvia no
había hecho acto de presencia, pero era noviembre y por la noche el frío era
intenso. La primera vez se protegieron con gruesos abrigos, pero la ropa los
distanciaba, de modo que la segunda vez Burden llevó la manta del coche. Se
cubrían con ella, apretándose el uno contra el otro, cogidos de la mano,
envueltos por los gruesos pliegues de lana que los protegían del viento salobre
del mar. Cuando estaba a solas con ella en la oscuridad de la playa, Burden era
tremendamente feliz.
Eastover
se llenaba de gente incluso en esa época del año, y ella tenía miedo de la
gente. De modo que evitaban el pueblo y también Chine Warren, el poblado
vecino. Gemma lo conocía y quiso visitarlo, pero Burden no la dejó. Creía que
era de ese pueblo de donde venían los niños. Procuraba en todo momento mantener
a los chiquillos fuera de la vista de Gemma. A veces, compasivo ante su dolor
pero celoso de la causa del mismo, se encontraba deseando que apareciera un
flautista de Hamelín y se llevara con su tonada a todos los niños de Sussex,
para que no pudieran atormentarla con sus risas y juegos ni privarlo a él de
felicidad.
–¿Crees
que es una muerte rápida, el mar? –preguntó Gemma.
Burden se
estremeció mientras contemplaba el vaivén de la marea.
–No lo
sé. Nadie que haya muerto de ese modo ha vuelto para contarlo.
–Yo creo
que sí lo es –dijo Gemma con voz infantil, reflexiva–. Fría, limpia y rápida.
Por la
tarde, Burden le hacía el amor –nunca antes se había sentido tan consciente y
satisfecho de su virilidad como ahora, cuando comprobaba el modo en que su amor
la reconfortaba– y después, mientras ella dormía, bajaba hasta la playa o
recorría el acantilado hasta Chine Warren. Todavía quedaba algo del calor del sol
y los niños acudían a construir castillos de arena. Había descubierto que no
eran una familia, que la pareja no eran marido y mujer. Cuatro de los niños
pertenecían al hombre y el quinto era de la mujer. ¡Qué irónicas y engañosas
eran las primeras impresiones! Rememoró abochornado su romántica y sentimental
idea de que esa pareja, que probablemente sólo se conocía de vista, formaba un
matrimonio idílico. Ilusión y desilusión, rumió, lo que la vida es y lo que
creemos que es. Desde esa distancia ni siquiera podía distinguir si la criatura
solitaria era un chico o una chica, pues vestía como todos los niños, las
mismas botas, los mismos pantalones, el mismo gorro.
La mujer
se inclinaba continuamente para recoger conchas y en una ocasión tropezó. Al
incorporarse de nuevo, Burden observó que arrastraba una pierna y pensó en
bajar y cruzar la playa para ofrecerle su ayuda. Pero quizá eso significaría
dejarla en el hotel mientras iba en busca del coche, y que la voz del niño
despertara a Gemma...
La mujer
y el niño bordearon el pie del acantilado en dirección a Chine Warren. En su
veloz retroceso, la marea parecía querer arrastrar el mar hasta el corazón del
rojo ocaso, el ocaso de noviembre, el más hermoso de todo el año.
Ahora la
extensa franja de playa estaba desierta, pero los jóvenes visitantes habían
dejado rastros de su presencia. Tras asegurarse de que nadie lo observaba,
Burden bajó hasta la playa y fingió deambular sin rumbo fijo. Los dos castillos
de arena se erigían orgullosos, seguros de resistir hasta que el mar, en su
afán de conquista, regresara a medianoche para arrasarlos. Vaciló,
momentáneamente frenado por el hombre sensible y racional que había en él, y
luego derrumbó de un puntapié los torreones y pisoteó las almenas hasta que la
arena quedó tan rasa como la orilla circundante.
Una vez
más la playa les pertenecía, a él y a Gemma. Ni John ni sus delegados podrían
arrancarla de su lado. Él era un hombre y un rival perfectamente capaz de
compensar la muerte de un niño.
Rushworth
acudió a abrir la puerta con su abrigo de tres cuartos.
–Oh, es
usted –dijo–. Ahora mismo me disponía a pasear al perro.
–¿Le
importaría aplazarlo media hora?
Rushworth
se quitó el abrigo a regañadientes, colgó la correa y condujo a Wexford hasta
la sala de estar en medio de los gemidos del decepcionado terrier. Había dos
chicos mirando la televisión, una niña de unos ocho años sentada a la mesa
recomponiendo un rompecabezas y en el suelo, tumbado boca abajo, el benjamín de
la casa, Andrew, el amigo de John Lawrence.
–Desearía
hablar con usted en privado –puntualizó Wexford.
Era una
casa bastante grande que Rushworth, en una de sus propagandas de agente
inmobiliario, probablemente habría descrito como una vivienda con tres salones.
Esa noche ninguna de las estancias era apta para recibir a nadie que no fuese
tratante de muebles usados. Los Rushworth eran, al parecer, criaturas
codiciosas, dispuestas a hacerse con todo aquello que pudieran obtener de
balde, y Wexford, sentado en esa especie de galería-estudio-biblioteca, contempló
una colección de Dickens que seguramente había visto por última vez en la finca
Pomfret, antes de que los Rogers decidieran venderlo todo, y dos urnas de
piedra cuyo diseño hacía juego con los demás ornamentos de Saltram House.
–Me he
devanado los sesos, pero me temo que no puedo decirle nada más acerca de los
miembros del pelotón.
–No he
venido por eso –aclaró Wexford–. ¿Birló esas urnas de Saltram House?
–En mi
opinión no las birlé, como dice usted –protestó Rushworth, sonrojándose–.
Estaban tiradas en el suelo y nadie las quería.
–También
le puso el ojo a una de las estatuas, ¿no es cierto?
–¿Qué
tiene eso que ver con John Lawrence?
Wexford
se encogió de hombros.
–No lo
sé. Quizá tenga que ver con Stella Rivers. Hablemos claro. Estoy aquí para
averiguar dónde estuvo y qué hizo el 25 de febrero.
–¿Cómo
quiere que lo recuerde después de tanto tiempo? Ya entiendo, esto es obra de
Margaret Fenn, sólo porque me quejé de que mi hija no progresaba en sus clases
de equitación. –Rushworth abrió la puerta y gritó–: ¡Eileen!
Cuando no
estaba en la oficina tecleando presupuestos para su marido, la señora Rushworth
dirigía la casa sin ayuda de nadie, y se le notaba. La mujer tenía un aspecto
desgarbado, y el dobladillo de su falda comenzaba a descoserse por detrás. Tal
vez hubiese algo de cierto en los rumores de que su marido perseguía a las
jovencitas.
–¿Dónde
estabas aquel jueves? –inquirió la mujer–. Supongo que en el despacho. Yo sí sé
donde estaba. Lo repasé todo mentalmente cuando me enteré de que Stella Rivers
había desaparecido. Eran las vacaciones de mitad del trimestre y me había
llevado a Andrew al trabajo. Fuimos en coche hasta Equita para recoger a Linda
y... ah, sí... Paul, el mayor, nos acompañó y se bajó en el cobertizo. Había
una mesita que pensamos que nos iría bien aquí. Pero no vimos a Stella. Yo ni
siquiera la conocía de vista.
–¿Estaba
su marido en la oficina cuando usted regresó?
–Oh,
desde luego. Esperó a que yo llegara para llevarse el coche.
–¿Qué
coche tienen, señora Rushworth?
–Un
Jaguar granate. Su gente ya ha estado aquí examinándolo por eso de que es un
Jaguar y tiene un tono rojizo. Oiga, nosotros no conocíamos a Stella Rivers, ni
siquiera de vista. Hasta el momento de su desaparición sólo sabía de su
existencia por boca de Margaret, que no paraba de repetir lo fantástica jinete
que era.
Wexford
dirigió a la pareja una mirada severa y desdeñosa. Estaba meditando, encajando
las piezas del rompecabezas, poniendo a un lado los detalles intrascendentes.
–Cuando
Stella desapareció usted estaba trabajando –le dijo dirigiéndose a Rushworth–.
Cuando John desapareció se hallaba en Sewingbury, esperando a una cliente que
no se presentó. –Se volvió hacia la señora Rushworth–. Usted estaba trabajando
cuando John desapareció. Cuando Stella desapareció, estaba conduciendo por Mill
Lane después de pasar por Equita. ¿Vio a alguien por el camino?
–No
–respondió tajantemente la señora Rushworth–. Paul seguía en el cobertizo. Lo
sé porque encendió una luz y, en fin, para serle sincera, le diré que antes
había estado en casa de Margaret Fenn. Lo sé porque la puerta principal estaba
entreabierta. Sé que estuvo mal, aunque la señora Fenn suele dejar la puerta de
atrás abierta y cuando Paul era pequeño siempre le decía que podía entrar y
visitarla cuando quisiera. Pero, claro, ahora que se ha hecho mayor es
diferente, y se lo he dicho un montón de veces...
–Olvídelo
–espetó Wexford–. No importa.
–Si
quiere hablar con Paul... Si cree que eso puede aclarar algo...
–No
quiero ver a Paul. –Wexford se incorporó bruscamente. No quería ver a nadie.
Tenía la respuesta. Había comenzado a barajarla cuando el señor Rushworth llamó
a su mujer, y ahora sólo le quedaba sentarse en un lugar tranquilo y
elaborarla.
21
–Nuestro
último día –dijo Burden–. ¿Adónde te gustaría ir? ¿Te apetecería dar un paseo
en coche y parar a comer en alguna taberna?
–No me
importa. Lo que tú quieras. –Gemma le cogió la mano, la apretó contra su cara y
dijo, como si las palabras hubieran estado atrapadas en su interior durante
horas, carcomiéndola, quemándola–: Tengo el terrible presentimiento de que a
nuestro regreso oiremos que lo han encontrado.
–¿A John?
–Y... y al
hombre que lo mató –susurró.
–Nos lo
harían saber.
–No saben
dónde estamos, Mike. Nadie lo sabe.
Con tono
pausado y apacible, Burden dijo:
–Te
sentirás mejor cuando conozcas la verdad. El dolor, por muy desgarrador que
sea, siempre es preferible a la angustia. –¿Lo creía realmente? ¿Prefería saber
que Jean estaba muerta a temer su posible muerte?–. Te sentirás mejor –repitió
con firmeza–. Y entonces podrás empezar una nueva vida.
–Vámonos
–dijo Gemma–. Salgamos de aquí. Era sábado y nadie había sido arrestado
todavía.
–Se
respira una gran calma –dijo Harry Wild a Camb– en comparación con la actividad
de estos últimos días.
–No me
preguntes por qué. A mí nadie me cuenta nada –declaró Camb.
–La vida
se nos va de las manos, viejo amigo. Nuestro problema es que no somos
ambiciosos. Nos hemos conformado con vivir a la sombra.
–Habla
por ti –dijo Camb sorprendido, y suavizando el tono de voz, agregó–: ¿Te
apetece una taza de té?
Poco
después, el doctor Crocker irrumpía despreocupadamente en el despacho de
Wexford.
–Te veo
muy tranquilo. Espero que mañana estés libre para jugar al golf.
–No estoy
de humor para jugar al golf –refunfuñó Wexford–. Y en cualquier caso, no puedo.
–No
tendrás intención de volver a Colchester, ¿verdad?
–Ya he
ido. He estado allí esta mañana. Scott ha muerto.
El doctor
se acercó a la ventana y la abrió.
–Aquí
hace falta un poco de aire fresco. ¿Quién es Scott?
–Deberías
saberlo. Era paciente tuyo. Había sufrido una apoplejía y ahora ha tenido otra.
¿Quieres oír la historia?
–¿Por qué
razón? La gente sufre apoplejías todos los días. Vengo de visitar a un vejete
de Charteris Road que acaba de tener una. ¿Por qué iba a querer que me hables
de ese tal Scott? –Se inclinó sobre Wexford con expresión grave y dijo–: ¿Te
encuentras bien, Reg? Dios mío, quien en realidad me preocupa eres tú. Tienes
un aspecto lamentable.
–Es
lamentable. Pero no para mí. Para mí es sólo un problema. –Wexford se levantó
bruscamente–. Vamos al Olive.
Eran los
únicos clientes del empalagoso y recargado bar.
–Me
gustaría un scotch doble.
–Y lo
tendrás –respondió Crocker–. Por una vez seré yo quien te lo recete.
Wexford
pensó por un instante en la taberna, más humilde, donde Mono y el señor
Casaubon habían despertado su aversión al tiempo que su curiosidad. Apartó a la
pareja de su mente mientras el doctor llegaba con las bebidas.
–Gracias.
Ojalá tus pastillas vinieran en forma tan apetecible. A tu salud.
–A la tuya
–respondió deliberadamente Crocker.
Wexford
se reclinó en el sofá tapizado en terciopelo rojo.
–Durante
todo este tiempo –comenzó– pensé que había sido Swan, aunque no parecía haber
un móvil. Después, cuando Mono y el señor Casaubon me contaron la historia y
averigüé más sobre la encuesta judicial, creí ver el móvil: Swan sencillamente
se deshacía de la gente que le estorbaba. Eso, evidentemente, implicaba
enajenación mental. ¿Y qué? El mundo está lleno de gente que oculta una vena de
locura bajo su normalidad, como ese Bishop.
–¿Qué
encuesta judicial? –preguntó Crocker.
–Pero lo
estaba mirando desde un ángulo equivocado –prosiguió Wexford–, y tardé mucho en
verlo por el lado correcto.
–Explícame
entonces ese lado.
–Vayamos
por partes. Cuando un niño desaparece, lo primero que se nos ocurre es que un
coche lo recogió. He aquí otro de los perjuicios infligidos al mundo por el
inventor del motor de explosión, ¿o acaso antes los niños eran raptados en
carruaje? Pero no debo irme por las ramas. Sabíamos que era prácticamente
imposible que Stella hubiese subido al coche de un extraño porque ya sabíamos
que había rechazado la invitación de un primer conductor. Por lo tanto, lo más
probable era que la hubiese recogido algún conocido, como su madre, su padrastro
o la señora Fenn, o que hubiese entrado en una de las casas de Mill Lane.
El doctor
dio un sorbo a su copa de jerez.
–Sólo hay
tres –dijo.
–Cuatro,
si contamos Saltram House. Swan carecía de coartada. Pudo cabalgar hasta Mill
Lane, llevarse a Stella a Saltram House con algún pretexto y matarla. La señora
Swan tampoco tenía coartada. En contra de lo que yo creía, puede conducir. Por
lo tanto, pudo ir en coche hasta Mill Lane. Por muy monstruoso que resulte
imaginar a una mujer matando a su propia hija, había que tener en cuenta a
Rosalind Swan. Adora obsesivamente a su marido. ¿Creía tal vez que Stella, que
también adoraba a Swan, se convertiría en pocos años en una rival?
–¿Y la
señora Fenn?
–Poniendo
orden en Equita, dijo. Sólo contábamos con su palabra. Pero ni siquiera mi
mente ingeniosa o, si lo prefieres, retorcida, podía ver un móvil ahí.
Finalmente rechacé todas esas teorías y me concentré en las cuatro casas.
–Wexford bajó la voz cuando un hombre y una muchacha entraron en el bar–.
Stella salió de Equita a las cinco menos veinticinco. Primero pasó por el
cobertizo habitado los fines de semana, pero como era jueves no había nadie en
él. Además, data de 1550.
–¿Qué
tiene eso que ver? –preguntó extrañado Crocker.
–Enseguida
lo sabrás. Siguió andando y comenzó a llover. A las cinco menos veinte el
director del banco de Forby detuvo el coche y se ofreció a acompañarla, pero
Stella rechazó la invitación. Por una vez en la vida habría hecho bien en
subirse al coche de un extraño. –Los recién llegados se sentaron al lado de una
ventana apartada y Wexford recuperó su tono normal–. La siguiente casa
pertenece, aunque no la ocupa, a un hombre llamado Robert Rushworth, que vive
en Chiltern Avenue. Fue en ese momento cuando Rushworth comenzó a interesarme.
Conocía a John Lawrence, viste un abrigo de tres cuartos y es sospechoso, quién
sabe si justa o injustamente, de molestar a una niña. Su esposa sabía por la
señora Mitchell que un hombre había estado observando a los niños en el parque
infantil, pero no informó de ello a la policía. El 25 de febrero por la tarde
el señor Rushworth pudo muy bien hallarse en la casa de Mill Lane. Su esposa y
su hijo mayor estuvieron allí. Al parecer, esa familia tiene la costumbre de
entrar en sus inmuebles arrendados cuando les place, y el nombre de la señora
Rushworth es Eileen.
El doctor
miró a Wexford sin comprender.
–Estoy
perdido. ¿Qué importancia tiene que se llame Eileen?
–El
domingo pasado –prosiguió Wexford– fui a Colchester para hablar con el señor y
la señora Scott, los padres de Bridget Scott. En aquel entonces todavía no
sospechaba de Rushworth. Sencillamente abrigaba la vaga esperanza de que el
señor o la señora Scott, o ambos, pudieran aportar datos nuevos sobre el
carácter de Ivor Swan. Pero Scott, como bien sabes, está... mejor dicho
estaba... muy enfermo.
–¿Debería
saberlo? –preguntó Crocker.
–Por
supuesto que deberías saberlo –lo reprendió Wexford–. A veces eres realmente
torpe. –Al verse por una vez al mando de la situación, Wexford comenzó a
animarse. El que Crocker estuviese en desventaja constituía un cambio
agradable–. Temía interrogar a Scott. Ignoraba el efecto que mis palabras
podían causar en él. Además, creí que su mujer bastaría para satisfacer mis
propósitos. No me contó nada nuevo sobre Swan, pero inconscientemente me
proporcionó cuatro datos que me ayudaron a resolver el caso. –Se aclaró la
garganta–. En primer lugar, me dijo que ella y su marido solían pasar las
vacaciones con un familiar que vivía cerca de Kingsmarkham y que habían estado
allí por última vez el pasado invierno. Segundo, que el familiar vivía en una
casa del siglo xviii. Tercero, que
en marzo, dos semanas después de enfermar, la salud de su marido era sumamente
delicada. Y cuarto, que el nombre del familiar era Eileen. Ahora bien, al decir
marzo bien podía referirse a dos semanas después del 25 de febrero. –Wexford
hizo una pausa solemne para observar el efecto de sus palabras.
El doctor
ladeó la cabeza y finalmente dijo:
–Creo que
empiezo a comprender. Dios mío, cuesta creer que la gente pueda estar tan loca.
Los Scott se alojaban con los Rushworth. Eileen Rushworth era el familiar.
Scott indujo al señor Rushworth a deshacerse de Stella para vengarse de lo que
Swan le había hecho a su hija. Puede que a cambio de algún dinero. ¡Qué horror!
Wexford
suspiró. Era en momentos como ése cuando más echaba de menos a Burden, o al
Burden de antaño.
–Creo que
tomaremos otra copa –dijo el inspector jefe–. Esta vez invito yo.
–No
tienes que actuar como si fuera un completo idiota –replicó malhumoradamente el
doctor–. No estoy adiestrado para esta clase de diagnósticos. –En el momento en
que Wexford se levantaba, espetó vengativamente–: Zumo de naranja para ti, es
una orden.
Con un
vaso delante, no de zumo de naranja sino de cerveza rubia, Wexford prosiguió:
–Eres
peor que el doctor Watson. Y ya que hablamos del tema, y con todos mis respetos
hacia Sir Arthur, la vida no es como las historias de Sherlock Holmes, y dudo
mucho que antes lo fuera. La gente no alimenta sus deseos de venganza durante
años y años, ni soborna a agentes inmobiliarios o padres de familia más o menos
respetables para que cometan un asesinato.
–Pero has
dicho que los Scott se alojaban en el cobertizo de los Rushworth –replicó
Crocker.
–No, no
lo he dicho. Usa el cerebro. ¿Cómo iban a alojarse en una casa que ya tenía
inquilino? Todo ello me llevó a pensar en la casa que data de 1750. Me había
olvidado por completo de la pariente de los Scott llamada Eileen, pues sólo la
mencionaron de pasada, pero cuando oí a Rushworth llamar a su esposa, entonces
caí en la cuenta. Después de eso, ya sólo me quedaba hacer pequeñas
comprobaciones.
–Estoy
tan perdido –dijo Crocker– que no sé qué decir.
Wexford
saboreó por un instante la experiencia de ver al doctor totalmente
desorientado. Luego prosiguió:
–Eileen
es un nombre bastante corriente. ¿Por qué iba a ser la señora Rushworth la
única Eileen del distrito? En ese momento recordé a una mujer que me había
dicho que tenía dos nombres. La mitad de sus conocidos la llama por el primero
y la otra mitad por el segundo. No me molesté en interrogarla personalmente.
Fui a Somerset House y allí descubrí que la señora Margaret Eileen
Fenn era hija de un tal James Collins y de su esposa Eileen Collins, nacida
Scott.
»Por lo
tanto, el pasado febrero los Scott se alojaron con la señora Fenn, en Saltram
Lodge, que también data del siglo xviii.
El 25 de febrero se despidieron de la señora Fenn antes de que saliera hacia
Equita, tomaron un taxi y fueron a la estación de Stowerton para coger el tren
de las cuatro menos cuarto en dirección a Londres.
Crocker
levantó la mano para frenar a Wexford.
–Ahora lo
recuerdo. ¡Por supuesto que lo recuerdo! Scott fue el pobre hombre que sufrió
la apoplejía en la plataforma de la estación. Yo estaba allí, reservando un
billete, cuando me llamaron. Pero no fue a las cuatro menos cuarto, Reg, sino a
eso de las seis.
–Exacto.
El señor y la señora Scott no cogieron el tren de las cuatro menos cuarto.
Cuando llegaron a la estación, Scott se dio cuenta de que habían olvidado una
maleta en casa de la señora Fenn. Deberías saberlo, fuiste tú quien me lo dijo.
–Así es.
–En
aquella época Scott era un hombre sano y fuerte. O eso pensaba él. No había
taxis en la estación (bueno, ese detalle es de mi cosecha) y decidió regresar a
Saltram Lodge a pie. Tardó unos tres cuartos de hora en llegar, pero eso no le
preocupaba. El siguiente tren no salía hasta las seis y veinte. No tuvo
problemas para entrar en la casa, porque la señora Fenn siempre deja abierta la
puerta trasera. Quizá preparó una taza de té, quizá echó una cabezada. Nunca lo
sabremos. Y ahora es cuando aparece Stella Rivers.
–¿Llamó a
la puerta de Saltram Lodge?
–Naturalmente,
era lo más lógico. También ella sabía que la puerta de atrás siempre estaba
abierta y que la señora Fenn, su amiga y maestra, tenía teléfono. Llovía y
comenzaba a oscurecer. Entró en la cocina y tropezó con Scott.
–¿Y Scott
la reconoció?
–Scott la
conocía como Stella Rivers. Dudosa del nombre correcto, la señora Fenn hablaba
de ella a veces como Rivers, a veces como Swan. Y seguro que habló de la
muchacha a Scott, su tío, pues estaba orgullosa de ella.
»Cuando
se recuperó del susto, Stella solicitó permiso para utilizar el teléfono.
¿Cuáles fueron sus palabras? Quizá algo así como: «Me gustaría telefonear a mi
padre», se refirió a Swan como su padre, «el señor Swan de Hall Farm. En cuanto
llegue, le llevaremos en coche a la estación de Stowerton.» Scott odiaba el
nombre de Swan. No lo había olvidado y siempre le había horrorizado la
posibilidad de encontrarse con él. Probablemente se aseguró de que Stella se
refería a Ivor Swan y entonces comprendió que se hallaba cara a cara con la
hija, o eso creía, del hombre que había dejado morir a su pequeña cuando tenía
la misma edad que esa niña.
22
Cuando
regresaron a Eastover de su paseo en coche, el sol se había puesto, dejando
largas vetas de fuego que salpicaban las nubes purpúreas y cubrían el mar de
matices ocres. Burden estacionó el coche en el aparcamiento vacío de lo alto
del acantilado. Contemplaron en silencio el mar, el cielo y un barco
rastreador, lo único que se movía en el horizonte.
Gemma se
había retraído más y más a medida que pasaban los días, y a veces Burden tenía
la impresión de que era una sombra con quien caminaba, paseaba en coche y yacía
en la cama por la noche. Apenas hablaba. Parecía la personificación del dolor
o, peor aún, una mujer a las puertas de la muerte. Sabía que Gemma quería
morir, aunque no se lo había dicho directamente. La noche antes la había
encontrado sumergida en un baño frío, con los ojos cerrados y la cabeza hundida
en el agua, y aunque ella lo negó, sabía que había tomado somníferos media hora
antes. Y ese día logró por muy poco impedirle que cruzara la carretera cuando
venía un coche de frente.
Al día
siguiente regresarían a casa. En un mes estarían casados, pero antes Burden
solicitaría el traslado a una división metropolitana. Eso significaba buscar
nuevas escuelas para los niños y una casa. ¿Qué clase de vivienda conseguiría
en Londres por el precio de su casa de Sussex? Pero debía hacerse. La
ocurrencia, cruel e inadmisible, de que por lo menos sólo tendría que mantener
a dos niños en lugar de a tres, y que su esposa, en su estado, no lo aturdiría
con fiestas bulliciosas ni le llenaría la casa de amigos lo hizo enrojecer de
vergüenza.
Miró
tentativamente a Gemma, pero ella estaba contemplando el mar. Siguió su mirada
y reparó en que la playa ya no estaba vacía. Sin perder un minuto, puso en
marcha el coche, dio marcha atrás y tomó la carretera que conducía tierra
adentro. No volvió a mirar a Gemma, pero sabía que estaba llorando y que las
lágrimas bañaban sus pálidas y tersas mejillas.
–Probablemente
–dijo Wexford después de una pausa– el primer impulso de Scott haya sido dejar
actuar a Stella y huir de los Swan por donde había venido. Dicen que las
víctimas de asesinato, aunque éste no fue realmente un asesinato, se
autoeligen. ¿Comentó Stella que diluviaba, que ella y su padre lo acompañarían
en coche a la estación? ¿Dijo acaso: «Le telefonearé. Estará aquí en menos de
quince minutos»? Fue entonces cuando Scott comenzó a recordar. No lo había
olvidado. Debía evitar que la muchacha utilizara el teléfono, e intentó
detenerla. Sin duda, ella gritó. Cómo debió de odiarla, pensando que sabía lo
que ella significaba para el hombre que aborrecía. Creo que fue eso lo que le
dio fuerzas y lo indujo a apretar más de la cuenta, a rodear con sus manos de
viejo el cuello de la muchacha y presionar demasiado.
El doctor
estaba callado, mirando fijamente a Wexford.
–El
camino de ida y vuelta desde el cobertizo de Rushworth hasta Saltram House dura
media hora –continuó el inspector jefe–. Algo menos desde Saltram Lodge. Y,
naturalmente, Scott conocía la existencia de los surtidores y los depósitos. Le
interesaban. Era fontanero. Arrastró el cadáver de la muchacha hasta el jardín
italiano y lo introdujo en el depósito. Luego regresó a la casa y recogió su
maleta. Un automovilista que pasaba por allí lo acompañó hasta la estación de
Stowerton. Es fácil imaginar el estado en que se encontraba.
–Sabemos
–dijo quedamente Crocker– que sufrió una apoplejía.
–La
señora Fenn ignoraba lo ocurrido, y también su esposa. El miércoles pasado fue
víctima de otra apoplejía, y eso lo mató. Me temo que fue el hecho de verme e
imaginar quién era yo lo que provocó su muerte. Su mujer no comprendió las
palabras que le dijo antes de morir. Ella misma me las repitió: «Apreté
demasiado fuerte. Pensaba en mi Bridget.»
–¿Qué
demonios piensas hacer? No puedes acusar a un hombre muerto.
–Eso
queda en manos de Griswold –repuso Wexford–. Algún párrafo poco comprometedor
para la prensa, imagino. Los Swan ya han sido informados, y también su tío, el
jefe de escuadrilla no sé qué. No estará obligado a pagar porque no hemos
arrestado a nadie.
El doctor
reflexionó por un instante.
–No has
dicho una palabra de John Lawrence.
–Porque
no tengo nada que decir –replicó Wexford.
El hotel
no tenía puerta trasera, de modo que finalmente tuvieron que salir por la
entrada principal, que daba al paseo marítimo de Eastover. Para entonces,
Burden había deseado con toda su alma que en la playa no hubiera niños, pero la
pareja que había provocado las lágrimas de Gemma todavía estaba allí, el niño
corriendo por la orilla y la mujer caminando junto a él, arrastrando en una
mano una larga cinta de algas. De no ser por la leve cojera, Burden no habría
reconocido en ella, con esos pantalones y el abrigo de capucha, a la mujer que
había visto con anterioridad, o siquiera a una mujer. Absurdamente, intentó
desviar la mirada de Gemma hacia el interior de un cobertizo que habían visto
una docena de veces.
Ella
obedeció –siempre se mostraba conforme, deseosa de complacer–, pero en cuanto
hubo mirado volvió otra vez la cabeza hacia el mar. Su brazo rozaba el de
Burden y éste notó que temblaba.
–Detén el
coche –dijo ella.
–Pero si
no hay nada que ver...
–¡Detén
el coche!
Gemma
jamás daba órdenes. Era la primera vez que la oía emplear ese tono.
–¿Qué te
ocurre? Volvamos al hotel. Sólo conseguirás coger frío.
–Por
favor, Mike, detén el coche.
Burden no
podía protegerla para siempre. Detuvo el coche detrás de un Jaguar rojo, el
único vehículo estacionado en el paseo. No había apagado todavía el motor
cuando Gemma abrió la puerta del coche y corrió escaleras abajo.
Resultaba
ridículo recordar ahora lo que ella había dicho acerca del mar y de una muerte
rápida, pero lo recordó. Burden saltó del coche y la siguió, primero a grandes
zancadas, después corriendo. La melena brillante, encendida por el sol, ondeaba
detrás de ella. Cada paso era como una fuerte manotada sobre la arena. La mujer
se volvió para mirarlos y permaneció inmóvil, con la cinta de algas
balanceándose al viento como el fular de una bailarina.
–¡Gemma,
Gemma! –gritó Burden, pero el viento ahogaba sus palabras o ella estaba
decidida a no oírlas. Parecía empeñada en alcanzar el mar que se arremolinaba y
cedía en torno a los pies del pequeño. El niño, que había estado chapoteando en
la espuma hasta cubrirse las botas, se volvió y la miró, como hacen los niños
cuando los adultos se comportan de forma alarmante.
Iba a lanzarse
al mar. Ignorando a la mujer, Burden corrió tras Gemma y de pronto se detuvo en
seco, como si hubiera chocado contra un gran muro invisible. Estaba a menos de
tres metros de ella. Con los ojos bien abiertos, el niño se acercó a Gemma. Sin
vacilar, ella entró en el agua y cayó de rodillas.
Las olas
menudas acariciaban los pies de Gemma, sus piernas, su vestido. Burden vio que
la empapaban hasta la cintura. La oyó gritar –un grito, pensó, que bien pudo
oírse a varios kilómetros de distancia– pero no supo si ese grito le provocaba
alegría o tristeza.
–¡John, John, mi John!
Gemma
tendió los brazos y el niño se arrojó entre ellos. Todavía arrodillada en el
agua, retuvo al pequeño en un fuerte abrazo, apretando la boca contra su
cabello dorado.
Burden y
la mujer se miraron en silencio. Supo al instante quién era. Esa cara le había
mirado antes desde el álbum de recortes de su hija. Ahora, no obstante, la
encontraba muy desmejorada y envejecida. Mechones de pelo negro asomaban
descuidadamente por debajo de la capucha, como si el deterioro de su carrera
hubiese acelerado el de su aspecto.
Tenía
manos menudas. Parecía que coleccionaba especímenes botánicos y marinos, pero
ahora arrojó la cinta de algas. Desde cerca, pensó Burden, nadie podía
confundirla con un hombre, pero ¿y desde lejos? Desde lejos incluso una mujer
madura podía parecer un muchacho si era pequeña y poseía la agilidad de una
bailarina.
¿Acaso no
era natural que esa mujer quisiera a John, al descendiente de ese antiguo
amante que no había sido capaz de darle un hijo? Había estado enferma,
mentalmente enferma, recordó Burden. Al saber que era amiga de su padre, John
debió de seguirla voluntariamente, después de que ella lo convenciera de que su
madre lo había dejado temporalmente a su cargo. Y a la playa. ¿Qué niño no
desea ir a la playa?
Pero algo
tenía que ocurrir a continuación. Tan pronto superara su primera alegría, Gemma
se abalanzaría sobre la mujer y la haría pedazos. No era el primer abuso que
Leonie West cometía contra ella. ¿No había sido la bailarina quien le había
robado el marido cuando apenas llevaba unos meses casada? Y ahora le había
robado el hijo, lo cual constituía una iniquidad aún más monstruosa.
Burden
vio a Gemma levantarse lentamente, todavía cogida a la mano de John, y cruzar
la franja de arena que la separaba de Leonie West.
La
bailarina no se movió, pero levantó la cabeza con una audacia patética y apretó
sus manos pequeñas, esas manos que la señora Mitchell había visto recogiendo
hojas. Burden dio un paso hacia adelante y recuperó la voz.
–Escucha,
Gemma, lo mejor es que...
¿Qué
quería decir? ¿Que lo mejor era mantener la serenidad y discutir el asunto como
personas civilizadas? La miró fijamente. Jamás hubiera creído –¿acaso la
conocía de verdad?– que haría algo así, lo mejor de todo, lo que, en su
opinión, casi la convertía en una santa.
Tenía el
vestido empapado. Extrañamente, Burden recordó un cuadro que había visto en una
ocasión y que representaba el mar abandonándose a su muerte. Gemma miró
tiernamente al muchacho, le soltó la mano y cogió la de Leonie West. La mujer
la observó en silencio y Gemma, tras dudar por un instante, la abrazó.
23
–Nunca
habría funcionado, Mike, lo sabes tan bien como yo. No soy lo bastante
convencional para ti, lo bastante respetable, o, si lo prefieres, lo bastante
buena.
–Creo que
eres demasiado buena para mí –dijo Burden.
–Una vez
te dije que si John... que si John aparecía no me casaría contigo. Creo que no
lo comprendiste. Será mejor para ambos si sigo con mis planes y me voy a vivir
con Leonie. Está tan sola, Mike, y me da tanta pena... De esa forma podré
disfrutar nuevamente de Londres y de mis amigos, y ella podrá disfrutar de
John.
Estaban
sentados en el vestíbulo del hotel de Eastover. Burden nunca la había visto tan
hermosa. Su blanca tez brillaba de felicidad interior y el cabello le caía
sobre los hombros. Ni tampoco tan extraña, luciendo el vestido dorado que
Leonie West le había prestado porque el suyo estaba empapado. Su semblante era
más dulce y tierno que nunca.
–Pero yo
te amo –dijo él.
–Querido
Mike, ¿estás seguro de que lo que amas no es acostarte conmigo? ¿Te escandaliza
oírme hablar así?
Le
escandalizaba, pero mucho menos, muchísimo menos de lo que le habría
escandalizado en otro tiempo. Ella le había enseñado muchas cosas. Le había
dado una educación sentimental.
–Podemos
seguir queriéndonos. Puedes venir a verme a casa de Leonie, conocer a mis
amigos, hacer paseos juntos. Seré tan diferente ahora que soy feliz. Ya lo
verás.
Burden se
estremeció. ¿Ir a verla con su hijo allí? ¿Explicar a sus propios hijos que
tenía una... una amante?
–Nunca
funcionaría –repuso rotundamente Burden–. Sé que no funcionaría.
Gemma lo
miró con ternura.
–«Cortejarás
a otras mujeres –dijo medio cantando– y yo yaceré junto a otros hombres...»
Burden
sabía de Shakespeare tanto como de Proust. Salieron al paseo marítimo, donde
Leonie West esperaba en el Jaguar rojo con John.
–Ven a
decirle hola –propuso Gemma.
Pero
Burden negó con la cabeza. Sin duda era mejor así, sin duda algún día estaría
agradecido a ese niño que le había arrebatado la felicidad y el amor. Pero
ahora no, todavía no. Uno no saluda a su enemigo y ladrón.
Bajo las
luces del paseo, Gemma se volvió hacia Burden y luego hacia donde estaba John.
Dividida en dos, pensó él, pero era evidente quién había ganado el combate. A
él nunca lo había mirado con ese brillo en los ojos, que se desvaneció en
cuanto dejó de mirar el coche. Gemma estaba separándose de él, pero no con
pesar o dolor, sino con cortesía.
Siempre
considerada, siempre dispuesta a respetar los prejuicios de los demás –pues
estaban en un lugar público por donde pasaba gente–, le tendió la mano. Él la
aceptó, pero luego, olvidándose de los transeúntes, olvidándose de su querida
respetabilidad, la atrajo violentamente hacia sí y la besó por última vez.
Cuando el
coche rojo hubo partido, Burden se inclinó sobre la baranda para contemplar el
mar y entonces supo que era mejor así, y supo también, pues ya había pasado por
una experiencia similar, que no volvería a desear la muerte.
Wexford
se mostró afable, malicioso y casi divino.
–Qué
feliz coincidencia que tú y la señorita Woodville estuvierais en Eastbourne y
se os ocurriera ir a Eastover y os encontrarais a la señora Lawrence. ¡Caray,
cuántas coincidencias! –Recuperando la seriedad, agregó–: En conjunto, has
hecho un buen trabajo, Mike.
Burden no
dijo nada. No creía necesario aclarar que no había sido él sino Gemma quien
había encontrado al niño.
Wexford
cerró lentamente la puerta de su despacho y observó a Burden por unos
instantes. Al cabo, dijo:
–Pero en
realidad, no soy amigo de las coincidencias ni los melodramas. No creo que sea
ése tu estilo.
–Puede
que no, señor.
–¿Seguirás
haciendo un buen trabajo, Mike? Debo preguntártelo porque necesito saberlo.
Necesito saber que podré encontrarte cuando te necesite, y que cuando te
encuentre serás el de antes. ¿Piensas volver a trabajar conmigo? ¿Piensas
sobreponerte?
–El
trabajo es el mejor remedio, ¿verdad? –replicó lentamente Burden, recordando lo
que una vez había dicho a Gemma.
–Eso creo
yo.
–Pero el
trabajo serio, el trabajo hecho con el alma. No llegar automáticamente cada
mañana y esperar que todos te admiren por ser una víctima del deber. He
meditado mucho acerca de ello, señor, y he decidido valorar lo que tengo y...
–Está
bien –lo interrumpió Wexford–. Pero tampoco te vuelvas un santurrón, ¿de
acuerdo? Es difícil vivir así. Veo que has cambiado, pero no voy a preguntarte
quién o qué ha provocado ese cambio. Estoy seguro de que descubriré que tu
compasión es mucho menos rígida ahora. Vámonos a casa. –En el ascensor, Wexford
prosiguió–: ¿Dices que la señora Lawrence no quiere denunciar a la mujer? Me
parece muy bien, pero ¿qué ocurre con nuestro trabajo, con todos los gastos?
Griswold será duro de roer. Puede que hasta insista en denunciarla. Pero si es
cierto que está un poco pirada... Dios mío, el uno muerto y la otra loca.
El
ascensor se abrió y allí, inevitablemente, estaba Harry Wild.
–No tengo
nada para ti –dijo fríamente Wexford.
–¿Nada?
–exclamó iracundo Wild, dirigiéndose a Camb–. Sé de buena tinta que...
–Ha
habido bastante follón en Pump Lane –comentó Camb al tiempo que abría su
libro–. Una furgoneta de la policía y dos coches de bomberos llegaron a las
cinco de la tarde de ayer, domingo, para rescatar a un gato de lo alto de un
olmo... –La mirada furiosa de Wild le detuvo. Se aclaró la garganta y, con tono
congraciador, dijo–: Iré a ver si hay algo de té.
En el
patio de la comisaría, Wexford comentó:
–Casi me
olvidaba. El tío de Swan pagará la recompensa.
–Pero la
ofreció a cambio de información que condujera a un arresto.
–No. Eso
mismo creía yo, hasta que lo comprobé. La ofreció a cambio de información que
condujera a una resolución. El jefe de escuadrilla es un hombre justo, y no la
clase de hombre justo a que me refiero cuando hablo de su sobrino. Eso suponen
dos mil libras para Charly Catch, o lo supondrían si el hombre no estuviera tan
enfermo. –Wexford palpó distraídamente el bolsillo donde guardaba las pastillas
para la tensión–. Anoche, cuando Crocker llegó a Charteris Road, encontró a un
abogado en la cabecera de la cama del viejo y, en último término. Mono, porque
el beneficiario no puede, además, firmar como testigo. –El inspector jefe
guardó silencio por un instante y luego añadió–: Uno de estos días tengo que calcular
cuántos cigarrillos extra largos se pueden comprar con toda esa pasta.
–¿Estás
bien, Mike? –preguntó Grace–. Quiero decir si te encuentras bien. Hace una
semana que llegas cada día a casa a las seis en punto.
Burden
sonrió.
–Digamos
que he recuperado el juicio. Me cuesta expresar mis sentimientos con palabras,
pero supongo que me he dado cuenta de lo afortunado que soy por tener a mis
hijos y lo horrible que sería perderlos.
Grace no
respondió, sino que fue a la ventana y corrió las cortinas. De espaldas a su
cuñado, dijo bruscamente:
–No voy a
aceptar la oferta de la clínica.
–Espera
un momento... –Burden se levantó, se acercó a ella y la cogió del brazo casi
con violencia–. No debes sacrificarte por mí. No lo permitiré.
–¡Mi
querido Mike! –De repente, Burden comprendió que Grace no estaba preocupada ni
atormentada por el remordimiento, sino feliz–. No estoy sacrificándome. Yo...
–Se detuvo a mitad de la frase, quizá al recordar que su cuñado jamás
conversaba con ella salvo para tratar cuestiones domésticas.
–Cuéntamelo
–dijo Burden con una insistencia casi salvaje.
Grace
estaba atónita.
–Sí...
verás... mientras estaba en Eastbourne me encontré con un hombre, un hombre con
quien había salido hace años. Yo estaba... enamorada de él. Nos peleamos y...
¡oh, fue tan estúpido! Y ahora él quiere empezar de nuevo, venir aquí y salir
conmigo... Mike, creo que... –Guardó silencio y luego, con el frío desafío que
él le había enseñado, dijo–: No, no creo que te interese.
–¡Oh,
Grace, si tú supieras!
Grace lo
miraba como a un extraño, pero un extraño que comenzaba a gustarle y a quien
quería conocer mejor.
–¿Qué,
Mike?
Burden no
respondió. Estaba pensando que ahora tenía la oportunidad de darse cuenta de
que había encontrado a su confidente, esa amiga que podía entender, gracias a
su experiencia en diferentes ámbitos de la vida, la sencilla alegría cotidiana
que había constituido su matrimonio y también el fuego fulgurante, el
veranillo, que había encontrado en Gemma.
–Yo
también quiero hablar –dijo–. Tengo que contárselo a alguien. Si yo te escucho,
¿me escucharás tú a mí?
Grace
asintió, sorprendida. Burden pensó en lo bonita que era, en lo mucho que se
parecía a Jean y que, por eso mismo, sería una esposa maravillosa para ese
hombre que la amaba. Y puesto que ahora no había lugar para malentendidos, la
abrazó y apoyó su mejilla en la de ella.
Burden
percibió la felicidad de Grace en la calidez con que respondió a su abrazo, y
se contagió, y casi se sintió feliz. ¿Duraría? ¿Comenzaba finalmente a
encontrar un sentido de la medida? No estaba seguro, aún no. Pero su hijo y su
hija estaban a salvo, durmiendo al otro lado de esas puertas cerradas, él
volvía a trabajar, tenía una amiga que aguardaba, todavía entre sus manos, a
escuchar lo que él tenía que decir.
Grace lo
arrastró junto al fuego, se sentó a su lado y dijo, como si hubiese comenzado a
comprender:
–Todo irá
bien, Mike. –Se inclinó hacia él y con expresión grave y resuelta, añadió–:
Hablemos.

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