DESPUÉS DEL ASESINATO
(Murder Being Once Done, 1972)
Ruth Rendell
Para Frits y Nelly Twiss
1
A
los enfermos... los atienden con gran afecto,
y nada en absoluto descuidan concerniente
a su medicación o a la dieta adecuada
para el restablecimiento de su salud.[1]
y nada en absoluto descuidan concerniente
a su medicación o a la dieta adecuada
para el restablecimiento de su salud.[1]
Cuando Wexford bajó por la mañana, su sobrino
ya se había marchado al trabajo y las mujeres, con el perverso deleite de
dietistas aficionadas, preparaban un desayuno de convaleciente. Lo mismo había
ocurrido cada día desde que él llegó a Londres. Le tenían en cama hasta las
diez; le preparaban el baño; una de ellas le esperaba al pie de la escalera,
con una mano tendida en previsión de su caída y una lunática sonrisa de aliento
en el rostro.
La otra (esta mañana era Denise, esposa de su
sobrino) presidía el mezquino ágape dispuesto sobre la mesa del comedor.
Wexford lo contempló con desconsuelo: dos bizcochos redondos compuestos
aparentemente de serrín y pegamento, una porción de alguna grasa no saturada,
medio pomelo sin azúcar, café y el colmo de los horrores: un vaso de una
sustancia pálida y temblorosa que supuso sería yogur. Su mujer, que le
acompañaba a sus espaldas tras abandonar su puesto de vigilante de la escalera,
le ofreció dos píldoras blancas y un vaso de agua.
–Esta dieta –dijo él– va a ser mi muerte.
–Oh, no es tan mala. Imagina si además fueras
diabético.
–¿Quién –citó Wexford– puede sostener un
fuego en su mano pensando en el helado Cáucaso?
Engulló las píldoras y, tras haber demostrado
su desdén por el yogur cubriéndolo con la servilleta, empezó a comer el ácido
pomelo ante los ojos solícitos de ambas mujeres.
–¿Por dónde irás a pasear esta mañana, tío
Reg?
Había ido a visitar la casa de Carlyle; había
explorado King’s Road, escudriñando con similar asombro las tiendas y la gente
que compraba en ellas; se había parado ante la puerta de entrada del campo de
fútbol de Stamford Bridge y visto a Alan Hudson en persona; había atravesado
todas las exquisitas placitas de Chelsea, admirando la grandeza de The Boltons
y los rincones pintorescos de Walham Green; sobre sus doloridos pies había
deambulado por las Chenil Galleries y el mercado de antigüedades. A ellas les
gustaba que pasease. Por las tardes le animaban a que las acompañara en taxi y
metro al Museo de Historia Natural, al Brompton Oratory o a Harrods. Con tal
que no pensara demasiado o abrumara su cerebro haciéndose montones de
preguntas, o se acostara tarde o intentase meterse en algún pub, le alentaban
alegremente, con una especie de indulgencia humorística.
–¿Que adónde iré esta mañana? –dijo él–.
Quizá baje hasta el Embankment.
–¡Oh, sí, hazlo! ¡Qué buena idea!
–He pensado echarle un vistazo a aquella
estatua.
–Santo Tomás Moro –dijo Denise, que era
católica.
–Sir Thomas –dijo Wexford, que no lo era.
–Santo Thomas, tío Reg. –Denise retiró la
grasa no saturada antes de que Wexford engullese demasiado–. Y esta tarde, si
no hace demasiado frío, iremos todos a ver a Peter Pan en los jardines de
Kensington.
Pero hizo frío, un frío mordiente, y niebla.
Él se alegró de que su mujer le hubiera envuelto el cuello con un pañuelo,
aunque habría preferido que ella no le mirase a los ojos tan lastimosamente
mientras lo hacía, como si temiera que la próxima vez que le viese él estuviera
tendido en un depósito de cadáveres. No se sentía enfermo, sólo aburrido. Esa
mañana ni siquiera abundaban a su alrededor las personas habituales, con sus
cabellos desordenados, sus abalorios, su quincalla medieval, sus botas con
flores pintadas y sus chaquetas peludas, a juego con sus peludos perros
afganos. Los numerosos jóvenes que generalmente pasaban indiferentes por su
lado, se habían congregado ese día en los pequeños cafés con nombres como
Friendly Frodo y The Love Conception.
Theresa Street, donde estaba situada la casa
de su sobrino, se encontraba en los límites del Chelsea elegante, o más allá si
se considera que King’s Road termina en Beaufort Street. Wexford empezaba a
recopilar aquellos fragmentos de información sofisticada. Necesitaba algo para
mantener en funcionamiento la mente. Cruzó King’s Road por el World’s End y
prosiguió su camino hacia el río.
El río estaba color plomo aquella mañana del
29 de febrero. La niebla robaba al Embankment su colorido, e incluso el Albert
Bridge, cuya esbeltez blanca y azul tanto le gustaba, había perdido su aspecto
Wedgwood y asomaba vagamente entre brumas como un esqueleto sepia. Wexford
continuó más allá del puente, luego retrocedió y volvió a cruzar la calle,
guiñando y restregándose un ojo. Nada había en su ojo excepto un pequeño punto
ciego. Él suponía que era sólo una sensación que perduraría para siempre.
La estatua que tenía delante, una figura
sentada, le devolvió la mirada con sombría benevolencia. Parecía preocupada por
asuntos de Estado, cuestiones teológicas y problemas utópicos. Debido a su ojo
y a la niebla, Wexford tuvo que acercarse más para asegurarse de que era, de
hecho, una estatua coloreada; no bronce o piedra desnudos, sino tintados de
negro y oro.
Nunca la había visto antes, por supuesto,
pero había visto retratos del filósofo, estadista y mártir, particularmente el
dibujo de Holbein que representaba a sir Thomas con su familia. Hasta aquel
momento, sin embargo, el estrecho parecido entre el rostro reproducido y un
rostro conocido y vivo no le había llamado la atención. Bastaba sustituir
aquella virtuosa gravedad por un destello de picardía, pensó, aquellos
apacibles y resignados labios por la curva de la ironía, y sería el doctor
Crocker en carne y hueso.
Sintiéndose como Ajab en la viña de Nabot,
Wexford se dirigió a la estatua en voz alta:
–Has vuelto a encontrarme, enemigo mío.
Sir Thomas continuó reflexionando sobre un
Estado ideal, o acaso sobre los peligros de la Reforma. Su faz, acaso por un
truco de las brumas que pasaban a la deriva, parecía haberse hecho más grave
aún, por no decir conminatoria. Tenía ahora precisamente la misma expresión que
la cara de Crocker aquel domingo en Kingsmarkham, cuando diagnosticó una
trombosis en el ojo de su amigo.
–Reg, Dios sabe que te he prevenido
suficientes veces. Te dije que perdieras peso, te dije que te tomaras las cosas
con más calma, ¿y no he insistido una y otra vez en que te olvidaras del
alcohol?
–Está bien. ¿Y ahora qué? ¿Tendré otra
trombosis?
–Si la tienes, el coágulo puede tocar tu
cerebro, no tu ojo. Mejor será que te retires a alguna parte y hagas reposo
absoluto. Sugiero un mes de descanso.
–¡No puedo marcharme todo un mes!
–¿Por qué no? Nadie es indispensable.
–Oh, sí, hay quien lo es. ¿Qué me dices de Winston Churchill? ¿Qué me dices de Nelson?
–El problema contigo, aparte la tensión
arterial alta, son tus delirios de grandeza. Llévate a Dora a algún lugar de la
costa.
–¿En febrero? De
todos modos, detesto el mar. Y no puedo marcharme al campo porque ya vivo en el
campo.
El médico sacó de su maletín el esfigmómetro
y, tras arremangarle en silencio un brazo a Wexford, le aplicó el instrumento.
–Quizá lo mejor –dijo Crocker, sin revelar
sus descubrimientos– será enviarte a la granja de salud que mi hermano tiene en
Norfolk.
–¡Dios! ¿Qué haré yo allí a lo largo del día?
–Cuando lleves tres días a régimen de zumo de
naranja y sesiones de sauna –dijo Crocker, con aire soñador–, no tendrás
fuerzas para hacer nada. El último paciente que envié a la granja estaba
demasiado débil para levantar el teléfono y llamar a su esposa. Hacía sólo un
mes que se había casado y la quería con locura.
Wexford lanzó al médico una torva mirada de
amenaza.
–Que Dios me proteja de mis amigos. Te diré
lo que voy a hacer: me iré a Londres. ¿Qué tal me sentaría? Mi sobrino nos pide
constantemente que vayamos. Ya sabes a quien me refiero, el chico de mi
hermana, Howard, el que está de superintendente en la Met, quiero decir en la
Policía Metropolitana. Tiene una casa en Chelsea.
–Me parece bien. Pero nada de acostarse
tarde. Nada de participar en la juerga londinense. Nada de alcohol. Te pasaré
por escrito una dieta de mil calorías diarias. Parecen muchas, pero, créeme, no
lo son.
–Son la muerte por inanición –dijo ahora
Wexford a la estatua.
Había empezado a tiritar, parado allí, sumido
en sus cavilaciones. Era ya hora de regresar para el descanso de antes del
almuerzo y el zumo de tomate que le obligaban a tomar. Pero, eso sí, más tarde
no se sumaría a ninguna expedición en busca de Peter Pan. No creía en las
hadas, y una estatua al día era suficiente. Un paseo en autobús, quizá. Aunque
no en el que veía ascender por Cremorne Road, con destino final en Kenbourne
Vale. Howard, con su gentil estilo negativo, había dejado bien claro que aquél
era el único distrito de Londres donde su tío no sería bien recibido.
–Y no estés ya barruntando que vas a hablar
de trabajo con ese sobrino tuyo –fueron las palabras de despedida de Crocker–.
Debes alejarte de todas esas cosas por una temporada. ¿Dónde dijiste que está
su feudo? ¿En Kenbourne
Vale?
Wexford asintió.
–Mal barrio, según he oído decir.
–No lo hay peor. Allí hice yo mis prácticas,
en el hospital de St. Biddulph. –Como siempre que hablaba a los provincianos de
sus años en la gran ciudad, Crocker adoptó su aire de erudito mundano y el tono
de su voz se hizo amablemente protector–. Hay un enorme cementerio, más grande
que Kensal Green y más extravagante que Brompton, con tumbas enormes, donde se
ha enterrado a unos pocos miembros secundarios de la realeza. Los pabellones
geriátricos del hospital tienen vistas al cementerio, supongo que para mostrar
a los pobres viejos cuál será su próxima parada. Aparte de esto, el barrio
consiste en varios kilómetros de habitáculos mohosos que contienen dos clases
de personas: delincuentes irredimibles y pobres indignos.
–Sospecho –aventuró Wexford– que algo habrá
cambiado en los últimos treinta años.
–Nada que a ti te interese, de todos modos
–replicó secamente el médico–. No quiero que andes metiendo las narices en los
círculos criminales de Kenbourne Vale, así que ya puedes hacer oídos sordos a
las invitaciones de tu sobrino.
¡Invitaciones! Wexford rió amargamente para
sí. Pocas ocasiones iba a tener de hacer oídos sordos: en los diez días
transcurridos desde la llegada de su tío, Howard no había pronunciado siquiera
una sola palabra que indicase que era policía, ni mucho menos que sugiriese una
visita a Scotland Yard o una presentación a su inspector. Y no porque fuera
desatento. Howard era la cortesía personificada, el más considerado de los
anfitriones y, en lo que concernía a conversación, capaz de abordar muchos
temas, como por ejemplo de literatura, a pesar del título que había conseguido
en Cambridge. Sólo con respecto al tema más cercano al corazón de su tío (y
presumiblemente al suyo propio) se mostraba desalentadoramente silencioso.
El motivo era obvio. Los superintendentes que
ocupaban altos cargos en la policía criminal de Londres, estaban por encima de
las charlas de trabajo con los inspectores jefes de Sussex. Los hombres que han
heredado casas en Chelsea no condescienden demasiado con los hombres que ocupan
villas de tres dormitorios en provincias. Así es la vida.
Howard era un presuntuoso. Un presuntuoso
amable, atento, considerado, pero presuntuoso al fin. Y éste era el motivo, más
que cualquier otro, de que Wexford deseara ahora haberse marchado a la costa o
a la granja de salud. Cuando entraba en Theresa Street se preguntó si sería
capaz de soportar otra velada en la elegante sala de estar de Denise, con las
mujeres hablando de trapos y de cocina, mientras él y Howard intercambiaban
naderías sobre el tiempo y las vistas de Londres entremezcladas con citas de
Eliot.
–Deberías aprovechar para ver algunas de las
iglesias de la City mientras estás aquí.
–¿Saint Magnus Martyr, blanca y dorada?
–¡Saint Mary Woolnoth, que toca las horas con
un sonido como de muerte en la campanada final de las nueve!
Casi otra quincena de lo mismo.
No irían a ver la estatua de Peter Pan sin
él. Otro día, dijeron, resignándose sin excesiva pena a asistir al desfile de
modas de Harvey Nichols en sustitución del paseo aplazado. Wexford engulló sus
píldoras, se comió el pescado hervido y la macedonia de frutas, y presenció su
salida de la casa, cada una convenientemente ataviada como correspondía a sus
respectivas edades, treinta y cincuenta y cinco años: Denise en terciopelo
púrpura, plumas y pamela; Dora en el visón de granja que él le había regalado
con motivo de sus bodas de plata. Congeniaban bien, esas dos. Además de su
determinación conjunta de tratarle como si fuera un niño de seis años,
retrasado y con una enfermedad congénita, parecían tener en común todos los
gustos femeninos.
Todos estaban satisfechos excepto él: Crocker
con sus setenta centímetros de cintura; Mike Burden, en el puesto de policía de
Kingsmarkham, sosteniendo a gusto el peso de la responsabilidad heredado del
propio Wexford; Howard partiendo cada día hacia su trabajo supersecreto, que
más parecía desarrollarse en Whitehall que en Kenbourne Vale, por mucho que le
dijera lo contrario a su tío.
Compadecerse de uno mismo nunca conduce a
ninguna parte. Tenía que olvidarse del concepto «vacaciones» y asumir el de
«cura de reposo». Era hora de borrar todas aquellas visiones placenteras que
tuvo en el tren camino de la estación Victoria, imágenes de sí mismo ayudando a
Howard en sus investigaciones, incluso dándole (se ruborizó al recordarlo)
algún que otro pequeño consejillo. Crocker tenía razón: padecía delirios de
grandeza.
Y sus delirios habían sufrido un buen
correctivo, por supuesto. La casa misma bastaba para meter en cintura a
cualquier provinciano. No era una casa grande, pero tampoco es muy grande el
Taj Mahal. Lo que a él le preocupaba y le hacía andar con pasos de gato eran
los exquisitos enseres y elementos decorativos que había por doquier; el frágil
mobiliario, las piezas de porcelana china en equilibrio sobre mesas livianas,
los biombos que constantemente estaba a punto de derribar, los arreglos
florales de Denise. Extraños, exóticos, heterogéneos, le trastornaba que casi
diariamente apareciese una nueva composición. Nunca estaba seguro de si un
capullo de rosa debía intencionadamente descansar con negligente elegancia
sobre la superficie de mármol de una mesa o si, por el contrario, una mano torpe
(la suya propia) lo había inadvertidamente desalojado del jarrón de mayólica
donde estaban sus compañeros.
La temperatura de la casa, como solía decir
para sus adentros, exagerando ligeramente, era la de una playa griega en un
mediodía de agosto. Alguien que hubiera tenido la figura adecuada, podría haber
deambulado alegremente en bikini. Le sorprendía que Denise, que la tenía, no lo
hiciera. ¿Y cómo sobrevivían las flores, los narcisos, tan incómodos entre las
plantas de aguacate?
Cuando terminó su hora de reposo con los pies
en alto, tomó los dos boletos de la biblioteca que le había dejado Denise y se
marchó caminando en dirección a Manresa Road. Cualquier cosa, con tal de salir
de aquella casa. El silencio, hermoso, cálido, embotado, le deprimía.
¿Por qué no regresar a su hogar?
Dora podía quedarse en Londres si quería.
Pensó en su hogar con un dolor en el vientre que sólo en parte era debido al
hambre. Su hogar. Las verdes praderas de Sussex, el bosque de pinos, la High
Street llena de personas que conocía y que le conocían a él, el puesto de
policía y Mike contento de verle de vuelta; su propia casa, fría como debe ser
una casa inglesa, excepto frente al fuego rugiente en la chimenea; comida
decente y pan decente, y en la nevera las secretas latas de cerveza.
Sin embargo, no estaría de más sacar un par
de libros de la biblioteca. Algo que leer en el tren y que podría devolver a
Denise por correo. Eligió una novela, y luego, porque tenía la sensación de
conocer al autor y de hecho había sostenido una especie de conversación con él,
la Utopía de Moro. Después de esto no tenía absolutamente nada más que hacer, de
modo que pasó largo rato sentando en la biblioteca, sin ni siquiera abrir los
libros y pensando en su hogar.
Eran cerca de las cinco cuando se levantó y
salió. Compró un diario de la tarde, más por hábito que por tener ganas de
leerlo. Súbitamente descubrió que estaba cansado, con la perpleja cautela de
quien no tiene nada que hacer pero debe de un modo u otro llenar las horas
entre levantarse e irse a la cama.
El camino de regreso a Theresa Street se le
antojó muy largo para recorrerlo a pie, demasiado largo. Paró un taxi, se
acomodó en el asiento y desplegó el periódico.
Desde el centro de la primera página, el
huesudo, casi cadavérico rostro de su sobrino le miraba fijamente.
2
Plantaron un pilar de piedra con los
títulos
del muerto grabados en él.
del muerto grabados en él.
Las mujeres no habían regresado aún.
Combatiendo el calor soporífero que le había recibido con un estallido tropical
en cuanto entró en la casa, Wexford buscó un lugar donde sentarse, sacó sus
gafas nuevas y leyó el epígrafe de la fotografía: «El superintendente Howard
Fortune, jefe del DIC de Kenbourne Vale, encargado del caso, a su llegada al
cementerio de Kenbourne Vale, donde se encontró el cuerpo de la muchacha.»
El fotógrafo había tomado a Howard saliendo
de su coche, totalmente de frente. Debajo había otra foto, una foto macabra que
atraía la mirada. Wexford, rehusando dejarse arrastrar, se fijó en el relato
del caso, que constituía la información principal del periódico, la noticia del
día. Lo leyó lentamente.
«El cadáver de una muchacha fue descubierto
esta mañana en una cripta del cementerio de Kenbourne Vale, West London. Más
tarde fue identificado como el de la señorita Loveday Morgan, de unos veinte
años de edad, residente en Garmisch Terrace, W.15.
»Su descubrimiento se debe al señor Edwin
Tripper, de Kenbourne Lane, un empleado del cementerio, que se disponía a
realizar la inspección mensual de la cripta. El superintendente Fortune ha
declarado: “Es seguro que se trata de un caso de juego sucio. No puedo añadir
nada más por el momento.”
»El señor Tripper nos ha dicho: “La cripta es
propiedad de la familia Montfort, en otro tiempo personas importantes en
Kenbourne. Existe una suma de dinero procedente de un legado reservado al
cuidado de la cripta, pero la cerradura de la puerta se rompió hace ya muchos
años.
»”Esta mañana, como hago todos los últimos
martes de mes, he ido a limpiar la cripta y colocar flores sobre el féretro de
la señora Viola Montfort. La puerta estaba completamente cerrada y atascada. He
necesitado herramientas para forzarla. Cuando la he abierto, he bajado los
peldaños y he visto el cuerpo de esta chica tendido entre los féretros de la
señora Viola Montfort y el capitán James Montfort.
»”He sufrido una terrible impresión. Era el
último lugar donde uno esperaría encontrar un cadáver.”»
Wexford rió entre dientes al leer aquello,
pero la foto de la cripta le heló la risa. Era un mausoleo monstruoso, erigido
aparentemente en pleno esplendor de las reminiscencias góticas. En su techumbre
se veían dos enormes leones muertos y, rampante y triunfante por encima de
ellos, la estatua de un guerrero, todo el conjunto realizado en hierro negro.
Quizá uno de los Montfort se había dedicado a la caza mayor. Debajo de esta
pieza escultórica, la puerta, adornada enteramente con frescos de temas
heroicos, aparecía medio abierta, descubriendo una impenetrable oscuridad. Unas
encinas, árboles predilectos de los arquitectos ingleses de cementerios,
proyectaban su polvoriento follaje por encima de la cripta y envolvían la
cabeza del guerrero.
Era una buena fotografía. Ambas fotografías
eran buenas: la de Howard mostraba en sus ojos la perspicacia y la apasionada
determinación que todo buen funcionario de policía debe poseer, pero que
Wexford nunca había visto en su sobrino. Ni las vería nunca, pensó, doblando el
periódico con un suspiro. No tenía ánimo para leer el resto de la historia.
Estaba seguro de que Howard comparecería a la hora de cenar, besaría a su
esposa, preguntaría a su tía qué había comprado y se interesaría por la salud
de su tío, como si no hubiera pasado nada. Si alguien era capaz de hacer como
si aquel periódico de la tarde no existiera, era él. El periódico sería
subrepticiamente escamoteado y el statu quo volvería a la casa de forma
aparentemente natural.
Sólo que esta vez las cosas irían peor.
Howard no estaría en condiciones de seguir fingiendo, y su persistente silencio
probaría lo que Wexford ya sospechaba: que consideraba a su tío un viejo
inútil, o por lo menos una gloria pasada, capaz quizá de atrapar todavía a
algún ladrón pueblerino o desarticular una banda de pequeños maleantes como las
que organizaban riñas de gallos clandestinas en los South Downs.
Debió de quedarse dormido un tiempo
considerable. Cuando despertó, el diario había desaparecido y Dora estaba
sentada frente a él con su cena en una bandeja: pollo frío, los malditos
bizcochos, el maldito yogur y dos píldoras blancas.
–¿Dónde está Howard?
–Acaba de llegar, querido. En cuanto termine
de cenar vendrá a tomar contigo su café.
–¿Y a hablar del tiempo?
Efectivamente, fue del tiempo de lo que
empezó a hablar:
–Es mala suerte que tengamos esta ola de frío
justamente ahora, Reg.
Nunca llamaba tío a su tío, y muchas cejas se
habrían enarcado si lo hubiese hecho, pues Howard Fortune, a los treinta y seis
años, aparentaba cuarenta y cinco. La gente tendía a deplorar la diferencia de
edad entre él y su esposa, sin sospechar que era sólo de seis años. Era un
hombre excepcionalmente alto, extravagantemente flaco y tenía la enjuta y
huesuda cara llena de arrugas, pero cuando sonreía resultaba encantador y casi
guapo. Se notaba que eran tío y sobrino. Los rasgos Wexford estaban presentes
en ambos, la misma estructura ósea, aunque en el caso del más joven sobre los
huesos apenas había carne, mientras que en el más viejo aquéllos se
desdibujaban bajo las bolsas y los recios carrillos. Ahora, Howard sonreía.
–Veo que tienes ahí la Utopía.
No era la observación que uno esperaba de un
hombre que había dedicado el día a las primeras diligencias de la investigación
de un asesinato. Y encima Howard no tenía aspecto de haber desarrollado
semejante actividad. Su traje gris plata y su camisa Beale and Inman de color
limón eran, por descontado, las ropas que se había puesto por la mañana, y sin
embargo aparecían tan impecables como si salieran de las manos de un ayuda de
cámara. De sus dedos delgados y suaves, que ahora acariciaban la encuadernación
en piel de la obra clásica de Moro, se habría dicho que nunca habían tocado
nada más áspero que viejos libros. Tras colocar un cojín en el respaldo del
sillón de su tío para que éste apoyara la cabeza, inició una diserción sobre Utopía, sobre la traducción de Ralph Robinson de 1551, sobre la amistad de
Moro con Erasmo, haciendo pausas ocasionales para intercalar corteses
comentarios del estilo de: «Lo cual, por supuesto, tú ya sabes, Reg.» Habló de
otras sociedades ideales en la literatura, de la Christianopolis de Andreae, la Ciudad del sol de Campanella y la Erewhon de Butler. Habló agradablemente y con
erudición. De vez en cuando se interrumpía para permitir a Wexford algún
comentario, pero Wexford no dijo nada.
Éste, mientras tanto, hervía de cólera.
Howard no era meramente un esnob, era monstruosamente cruel, un sádico. Capaz
de plantarse allí a disertar como un profesor de filosofía idealista cuando su
corazón debía de estar lleno de todo lo contrario, cuando sabía que su tío no
sólo había traído a casa la Utopía, sino también aquella Distopía sobre la
cual el periódico informaba extensamente. ¡Y aquél era el mismo niño a quien
él, Wexford, había enseñado a tomar huellas digitales!
Sonó el teléfono y, allá en el vestíbulo,
Denise atendió la llamada. Wexford pudo ver que Howard se ponía inmediatamente
alerta. Observó que la expresión del rostro de su sobrino se endurecía cuando
Denise vino a decirle que la llamada era para él; vio la señal silenciosa qué
se cruzaba entre ellos, una leve sacudida de cabeza por parte de Howard,
indicativo de que la llamada y todo cuanto implicaba debían mantenerse en
secreto ante su huésped. Naturalmente, sería uno de los subordinados de Howard
comunicándole por teléfono alguna nueva incidencia. A despecho de su
mortificación, Wexford estaba ansioso por saber qué clase de incidencia sería.
Escuchó el murmullo de la voz de Howard en el vestíbulo, pero no pudo
distinguir las palabras. No había otra cosa que hacer, salvo levantarse y abrir
descaradamente la puerta, o bien, cuando Howard regresara, preguntarle sin
ambages. Pero sabía cuál sería la respuesta: «No querrás complicarte la vida
con esas cosas.»
No esperó el retorno de Howard. Tomó el
volumen de Utopía y se encaminó a la escalera, dedicándole un breve «Buenas noches» a
Denise y saludando con la cabeza a su sobrino cuando pasó cerca de él. La cama
era el lugar más adecuado para un vejestorio. Se introdujo entre las sábanas y
se caló las gafas. Luego abrió el libro. Sus ojos eran un cascajo, pero sin
duda no serían sus ojos los que le jugaban tan mala partida... Cerró el libro
de un manotazo.
Estaba en latín.
Aquella noche soñó mucho. Soñó que Howard se
había ablandado y le conducía personalmente al cementerio de Kenbourne Vale
para examinar con él la cripta Montfort, y al despertar se le antojó imposible
que pudiese un día volver a casa sin ni siquiera haber visto aquel sepulcro.
Por algún tiempo, el asesinato, sería tema de conversación incluso en
Kingsmarkham. ¿Cómo iba a explicarle a Mike que le habían excluido de cuanto se
relacionara con el crimen? ¿Cómo justificaría el haber convivido con el policía
encargado del caso y no haberse enterado de nada que no supiera cualquier
lector de periódico? ¿Tendría que mentir? ¿Diría que el asunto no le había
interesado? Su temperamento se sublevaba contra ello. No tendría otro remedio
que contar la verdad: Howard se había negado a confiar en él.
A las diez bajó por la escalera para
participar en la pantomima cotidiana. Ese día fueron cereales tostados y zumo
de naranja y Denise quien esperaba al pie de la escalera, pero lo demás no
cambió con respecto a las otras mañanas.
Sin que necesitara decírselo. Dora había
descubierto que la edición de Utopía era en latín y las dos mujeres
planeaban ya conseguirle una traducción inglesa. La cuñada de Denise trabajaba
en una librería y localizaría alguna edición de bolsillo; para mayor seguridad,
ella misma se encargaría de especificar que la traducción debía ser la de Ralph
Robinson.
–No es necesario que te tomes tantas
molestias por mí –dijo Wexford.
–¿Adónde irás de paseo esta mañana, tío Reg?
–A la Estación Victoria –dijo él, y no añadió
que iba a informarse sobre horarios de trenes ni le importó que se
sorprendieran de que pretendiese caminar una distancia tan larga.
Por supuesto, no pensaba recorrerla a pie.
Probablemente habría un autobús. El once, se dijo; había siempre docenas de
onces, excepto cuando necesitabas uno. Hoy los onces y los veintidós parecían
estar en huelga, mientras que los autobuses con destino a Kenbourne Vale
pasaban en bandadas por la King’s Road y por Gunter Grove.
Le urgía terriblemente ver el cementerio,
sólo eso. Los hombres de Howard ya habrían finalizado su trabajo allí, y a los
cementerios podía ir cualquiera. Luego, cuando volviese a casa, podría por lo
menos describirle a Mike la cripta y decirle que había sido mala suerte tener
que marcharse en aquel momento preciso. La Estación Victoria podía esperar.
¿Por qué no telefonear, de todos modos?
El rótulo del siguiente autobús indicaba
Estación Kenbourne Lane. Wexford no quiso preguntar por el cementerio, por si
acaso el sonriente conductor (un nativo de la Indias Occidentales) le tomaba
por un turista morboso (en Londres se sentía poco seguro de sí mismo, como si
hubiera perdido parte de su identidad). Dijo sencillamente: «Hasta el final,
por favor», y se instaló en un asiento simulando seguir el trillado consejo que
se da a los turistas de que la mejor manera de ver Londres es desde el piso
alto del autobús.
La ruta subía hasta Holland Park Avenue y
después seguía por Ladbroke Grove. Desde el momento en que el autobús giró en
Elgin Crescent, Wexford perdió sus puntos de referencia. Se preguntó cómo
sabría que habían dejado atrás North Kensington, o Notting Hill, o lo que
fuera, y entrado en Kenbourne Vale. El barrio se ajustaba ya a la descripción
de Crocker de kilómetros de habitáculos mohosos, pero habían transcurrido
treinta años y también se encontraban bloques de altos edificios modernos y no
pocos inmuebles municipales.
Entonces vio una indicación: London Borough of Kenbourne,
Copeland Hill. Todas las placas con nombres de calles,
Copeland Terrace, Heidelberg Road, Bournemouth Grove, llevaban la dirección
postal W.15.
Debía de estar muy cerca. La humillación fue
dando paso a la excitación. El autobús había avanzado pesadamente en torno a
una especie de circo y entrado en Kenbourne Lane, una amplia avenida sin
árboles, en pendiente, con comercios dedicados a comida asiática, casas de
empeño y pequeñas tabaquerías. Se estaba preguntando cómo encontraría el
cementerio cuando, al llegar el autobús a lo alto de la loma, vio alzarse a su
izquierda un enorme pórtico de pilares de amarillenta piedra arenisca. Las
puertas, de hierro forjado, tan vastas como las de alguna ciudad amurallada del
Oriente, estaban abiertas. Comparativamente, el operario que retocaba la pintura
negra de sus barrotes parecía un enano.
Wexford hizo sonar la señal de parada y se
apeó en cuanto el autobús se detuvo. En aquel lugar desprotegido, el viento
cortante le pilló desprevenido y le obligó a levantar el cuello de su chaqueta.
El cielo, plomizo y pesado, parecía cargado de nieve. No había curiosos por los
alrededores, ni coches de la policía, y ni el operario ni una especie de
conserje que se encontraba a la puerta de una casita (¿el señor Tripper,
quizá?) le dirigieron la palabra cuando pasó bajo el arco de entrada.
Apenas entrar en el cementerio recordó lo que
Crocker había dicho a propósito de lo grande y extravagante que era. No se
trataba de una exageración, pero el médico había omitido que acaso debido a su
tamaño o a la escasez de personal, el lugar estaba terriblemente descuidado.
Wexford se detuvo y contempló el irregular y selvático panorama.
Inmediatamente frente a él se hallaba situado
uno de esos edificios que todos los cementerios grandes poseen y cuya utilidad
ofrece serios interrogantes. No era una capilla, tampoco un crematorio, sino
posiblemente albergaba las oficinas del personal y los lavabos para los
visitantes. Su estilo imitaba al de San Pedro de Roma. No tan grande, por
supuesto, pero tenía un tamaño considerable. Para desdicha de los habitantes de
Kenbourne Vale, su arquitecto no había sido un Bernini: la cúpula era demasiado
pequeña, las columnas demasiado gruesas y todo el edificio había sido
construido con la misma arenisca amarillenta del pórtico.
De este material estaban hechas asimismo las
dos columnatas que brotaban del costado derecho del edificio de San Pedro como
brazos circundantes y se unían a un centenar de metros de distancia en un arco
que sostenía una Victoria alada. Entre ellos y los muros exteriores, por encima
de los cuales podía verse el Hospital de St. Biddulph, se extendían franjas de
terreno silvestre, una jungla de árboles y arbustos que mostraban acá y allá,
sobresaliendo de la masa de vegetación, las partes altas de unas tumbas
deterioradas por la acción del tiempo y los elementos.
En el espacio entre las columnatas se había
hecho algún intento de adecentar el lugar. El hirsuto césped había sido segado,
podados los arbustos para revelar monumentos incrustados de mugre, ángeles con
espadas, cureñas, columnas rotas, Niobes llorosas, obeliscos egipcios, e
inmediatamente junto a San Pedro, dos tumbas del tamaño de casas pequeñas.
Forzando la vista, Wexford averiguó que una era la de la princesa Adalberta de
Mecklenburgh-Strelitz y la otra correspondía a su Alteza Serenísima el gran
duque Waldemar de Retz.
El lugar era ridículo, una grandiosa
necrópolis devorando la tierra que mejor servicio habría hecho a las gentes sin
hogar de Kenbourne Vale. Era también profundamente siniestro. Inspiraba pavor.
Nunca antes, ni en un depósito de cadáveres, ni en el escenario de un
asesinato, había sentido Wexford tan intensamente el opresivo escalofrío de la
muerte. La Victoria alada refrenaba a sus impetuosos caballos contra un cielo
casi negro, y bajo los arcos y columnatas se vislumbraban lóbregos pozos. Pensó
que por nada del mundo habría caminado entre aquellos arcos y las columnas que
tenía enfrente para leer las placas de bronce fijadas en sus húmedas paredes
amarillentas. Ni siquiera a cambio de recobrar la salud y la juventud habría
pasado la noche en aquel sitio.
Había dado los pasos necesarios para ver el
cementerio, y lo había visto. Era suficiente. Por fortuna, la cripta Montfort
debía de encontrarse entre el muro y la columnata. Lo supuso porque únicamente
allí crecían encinas, y se sintió estúpidamente aliviado ante el hecho de que
no tendría que explorar el recinto interior, donde se encontraban las más
monstruosas y disparatadas sepulturas y donde la Victoria alada lo dominaba
todo como un siniestro ángel caído.
Pero tan pronto descendió por un sendero que
conducía al flanco derecho del cementerio descubrió que los niveles inferiores
no eran menos desagradables que los superiores. Cierto, los árboles ocultaban
la Victoria alada y las columnatas; no obstante, los propios árboles, que
crecían apiñados y desatendidos y pertenecían casi todos a especies de hoja
perenne, proyectaban su amenaza particular. Hacían el sendero muy oscuro. Sus
troncos estaban cubiertos hasta la altura del hombro por un entramado de hiedras
y zarzales, y entre los zarzales empezaron a aparecer primero los contornos de
losas sepulcrales y luego, a medida que el sendero discurría paralelo al muro
exterior, las formas de tumbas cada vez más grandes.
Wexford trató de reír ante algunas de las
pomposas inscripciones, pero la risa se le agarrotó en la garganta. El absurdo
de todo aquello era superado con creces por lo siniestro, por las figuras de
bronce o piedra a las que el musgo invasor y muchas décadas de acumular mugre
daban un aspecto furtivo y repugnante, como si acecharan entre ramas y zarzas o
incluso, cuando el viento se colaba entre las hojas y la mampostería arruinada,
como si se movieran. Por encima de su cabeza Wexford no veía más que un
estrecho, corredor de cielo, y éste era un cielo a lo Turner, negro y
tempestuoso. Pero continuó andando, mirando al frente, como si avanzara por un
desfiladero.
Justo cuando empezaba a pensar que aquello
era casi todo lo que su cuerpo podía aguantar, llegó a la cripta Montfort.
Tenía el tamaño de una casa de campo pequeña y era mucho más aviesa en la
realidad que en fotografía. El fotógrafo no había captado el mohoso hedor que
salía por la puerta medio abierta, ni siquiera el efecto peculiarmente
desagradable del musgo ajado que reptaba por el rostro del guerrero y por las
garras de los leones muertos.
En el periódico tampoco aparecía la
inscripción. Era distinta a todas las demás que Wexford llevaba vistas en el
cementerio, pues no daba ninguna información sobre los muertos que yacían en la
cripta. La placa de cobre había adquirido un color verde brillante por causa
del cardenillo, pero las letras, hechas de algún metal inalterable (¿pan de
oro?), se conservaban claras y austeras:
Necio
es quien hace preguntas.
Quien
las responde, más necio es aún.
¿Qué
es la verdad? Lo que el hombre decide que sea.
¿Qué
es la belleza? La belleza está en los ojos del hombre.
¿Qué
son el bien y el mal? Hoy una cosa, mañana otra.
Sólo
la muerte es real.
El
último de los Montfort te invita a que leas y sigas tu camino.
Sin
comentarios.
Este epitafio (si se le podía llamar
epitafio) provocó hasta tal punto el interés de Wexford que sacó del bolsillo
un trozo de papel y un lápiz y lo copió. Luego empujó la puerta, esperando oír
algún crujido o chirrido que no se produjo. Quizá el señor Tripper había
aceitado las bisagras. Un crujido habría en cierto modo resultado
tranquilizador. De pronto, Wexford se dio cuenta de que parte del temor y el
desasosiego que sentía era debida al profundo silencio. Desde que entrara en el
cementerio no había oído otra cosa que el crepitar de las hojas secas bajo sus
pies y el susurro del viento.
El interior de la cripta no estaba totalmente
a oscuras. La completa oscuridad habría sido menos desagradable. Un poco de luz
grisácea, procedente de un estrecho vitral de la pared del fondo, alcanzaba los
peldaños de la entrada. Wexford los bajó y se encontró en una cámara de unos
doce metros cuadrados. Los difuntos Montfort no reposaban en féretros
corrientes, como habría podido deducirse de las palabras del señor Tripper,
sino en sarcófagos de piedra asentados sobre repisas. En el centro de la cámara
había una pila de mármol absurdamente parecida a un baño para pájaros, que
contenía un poco de agua. Wexford no supo explicarse para qué serviría. Se aproximó
a los sarcófagos y observó que se ordenaban en dos hileras separadas por un
espacio angosto. Seguramente fue allí, en aquella pileta, sobre el húmedo suelo
de piedra, donde fue encontrado el cuerpo de Loveday Morgan.
Se estremeció ligeramente. La cripta olía a
podredumbre. Probablemente no por los restos de los Montfort, convertidos en
polvo hacía mucho tiempo, sino por las flores podridas, el agua estancada y la
falta de ventilación. Un antro espantoso. La muchacha tenía veinte años, pensó,
y él confiaba en que hubiera muerto rápidamente y no en ese lugar. ¿Qué son el
bien y el mal? Hoy una cosa, mañana otra. Sólo la muerte es real.
Regresó hacia los peldaños y, al hacerlo, oyó
un sonido a cierta distancia, una pisada en el exterior, sobre la grava del
selvático sendero. Algún empleado, sin duda. Puso un pie en el peldaño inferior
y miró hacia arriba, hacia el rectángulo de la luz difusa entre la puerta y su
marco. Y entonces, cuando estaba a punto de anunciar su presencia, apareció en
la abertura, flaco y severo, el rostro de su sobrino.
3
En tu mente concibes, o bien ninguna, o
bien una
imagen muy falsa a semejanza de tal.
imagen muy falsa a semejanza de tal.
Todos estamos familiarizados con ese deseo de
que la tierra nos trague cuando nos sorprenden en circunstancias embarazosas. Y
no habría otra porción de tierra más apropiada, pensó Wexford, desconcertado.
Aquellas parcelas atiborradas de muertos sin duda acogerían con indiferencia
uno más. Pero no quedaba otra opción que subir el resto de los peldaños y
afrontar el destino.
Howard, que escudriñaba en la semioscuridad,
no había reconocido en el primer momento al intruso. Cuando lo hizo, cuando
Wexford, cohibido y sacudiendo las telarañas de su chaqueta, emergió al
sendero, su cara expresó la más simple y llana estupefacción.
–Santo cielo, Reg –dijo.
Miró a su tío de arriba abajo, luego volvió
la mirada a la cripta como si temiera ser víctima de un delirio espantoso. O el
aparecido no era Wexford, sino cualquier vecino disfrazado para asemejarse a
él, o en caso contrario aquello no era el cementerio de Kenbourne Vale. Le
costó unos minutos recuperarse de la sorpresa, y a continuación dijo:
–Pensé que querías tomarte un descanso de
este tipo de cosas.
Era estúpido quedarse allí pasmado como un
colegial. En general, Wexford no se turbaba fácilmente y rebosaba confianza en
sí mismo. Entonces se dijo que él estaba ya atrapando criminales cuando aquel
hombre todavía usaba chupete, y preguntó con frialdad:
–¿Eso pensabas? No puedo imaginarme por qué.
–Nunca te excuses, nunca des explicaciones–. Bien, no quiero distraerte de tu
trabajo. Tengo que tomar el autobús.
Howard entornó los ojos.
–No –dijo–, no te marcharás así. –Hablaba
siempre pausadamente, en tono mesurado–. No lo toleraré. Si querías ver la
cripta, ¿por qué no lo dijiste anoche? Te hubiera traído conmigo esta mañana. Y
si te interesaba conocer las interioridades del caso no tenías más que pedirlo.
Por muy absurdo y muy indigno que fuera
ponerse a discutir con aquel frío cortante y entre tumbas ruinosas, Wexford no
podía dejar así la cuestión. Todo su resentimiento afloró a la superficie.
–¿Pedirlo? –exclamó–. ¿Pedírtelo cuando te
has esmerado en excluirme de todo cuanto tenga la menor relación con tu
trabajo? ¿Cuando tú y Denise habéis conspirado para guardar silencio sobre el
tema, como los padres que cierran la televisión delante de los niños cuando
empieza la película erótica? Sé bien cuándo no se me necesita. ¡Pedirlo!
La expresión del rostro de Howard se había
hecho displicente al iniciarse el discurso, pero ahora una débil sonrisa curvó
sus labios. Buscó algo en el bolsillo de la chaqueta mientras Wexford, apoyado
en el muro de la cripta, cruzaba los brazos en actitud de desafío.
–Toma, lee esto. Lo recibí dos días antes de
que llegaras tú. –Satisfecho de aportar una evidencia, Howard hablaba con
firmeza–. Léelo, Reg.
Wexford tomó la carta con recelo. Sin gafas
apenas podía leerla, pero entendió lo suficiente. La sola firma, «Leonard
Crocker», era significativa. «...Creo poder confiar en su prudencia... Su tío,
buen amigo y paciente mío... Lo que más desea es apartarse completamente de
cualquier cosa relacionada con el trabajo policial... Mejor será que no le deje
entrar en contacto con...»
–Creíamos actuar con buena fe, Reg.
–¡Buen amigo! –estalló Wexford–. ¿Quién ha
autorizado a Crocker a interferir en mis asuntos?
Aunque habitualmente era respetuoso con la
limpieza y el orden, olvidó sus principios y, arrugando la carta hasta formar
una bola, la arrojó entre los arbustos y los restos de mampostería.
Howard se echó a reír.
–Hablé de ello con mi médico –dijo–, le conté
lo que te ocurría y él me dijo, ya sabes lo diplomáticos que son los médicos,
me dijo que existen al respecto dos opiniones, pero que él no creía que te
perjudicase... esto, ceder a tus inclinaciones habituales.. Sin embargo, Denise
insistió en que respetáramos el criterio de tu médico. Y sinceramente creímos
que eso era lo que deseabas.
–Te he tomado por un presuntuoso –dijo su
tío–. Rango profesional y demás zarandajas.
–¿De veras? Jamás se me habría ocurrido.
–Howard se mordió el labio–. No sabes con cuánta ansiedad he deseado una
verdadera conversación en lugar de tanto charloteo literario, especialmente
ahora que estoy falto de hombres y hundido hasta el cuello en problemas.
–Frunciendo el entrecejo, todavía preocupado, añadió–: Debes de estar helado.
Aquí viene mi sargento, de modo que podemos alejarnos de este paisaje tan poco
ameno.
Un hombre corpulento, de unos cuarenta años,
se acercaba a ellos desde San Pedro. Tenía el aire jubiloso y práctico de
alguien totalmente insensible a la atmósfera, tanto a la del cementerio como a
la que aún subsistía entre tío y sobrino. Howard le presentó como el sargento
Clements, y a Wexford como inspector jefe, sin mencionar su parentesco ni
tratar de justificar su inesperada y sin duda insólita aparición en la escena
del crimen.
En tan augusta compañía, el sargento se
guardó bien de hacer preguntas, o quizá había leído el epitafio-precepto de los
Montfort.
–Encantado de conocerle, señor.
–Mi tío –dijo Howard, cediendo un poco– está de
vacaciones. Viene de Sussex.
–Un gran cambio, señor, si se me permite
decirlo. Ni verdes campiñas ni vacas ni nada que se le parezca en estos
contornos. –Dedicó a Wexford una respetuosa y en cierto modo indulgente sonrisa
antes de volverse hacia el superintendente–. He tenido otra charla con Tripper,
señor, pero no le he sacado nada nuevo.
–Está bien. Regresemos al coche. El señor
Wexford almorzará conmigo, y después del almuerzo trataré de persuadirle de que
nos conceda el beneficio de su talento.
–Nos será de utilidad, ciertamente –dijo el
sargento, y se retrasó –unos pasos para permitir que los dos hombres le
precedieran camino de la salida del cementerio.
Howard llevó a su tío al Grand Duke, un
pequeño y viejo pub en la esquina de una callejuela de Kenbourne Lane.
–Ignoraba que en Londres quedaran lugares así
–comentó Wexford.
Estaba admirando los artesonados, los bancos,
los antiguos maineles de las ventanas. Era como estar en casa, el tipo de pub
que uno se encontraba en Pomfret o en Stowerton.
–No hay otro por los alrededores. Kenbourne
no es Utopía. No lo creerás si miras por la ventana, pero en un poema inédito
Hood escribió: «¡Oh, pasear en carreta entre los bancales de prímulas de
Kenbourne Lane!» ¿Qué vas a comer, Reg?
–Se supone que prácticamente no como nada.
–¿Digamos un poco de pato frío y algo de
ensalada? La comida aquí es muy buena.
Wexford se sentía al borde del aturdimiento,
pero no podía permitirse quebrantar totalmente la dieta. Era ya un triunfo de
la comunicación sobre el malentendido el simple hecho de que él estuviera allí
con Howard y a punto de volver a hincar los dientes en una porción de auténtico
trabajo policial, y acaso sería excesivo hincarlos también en una porción de
pato. Los diversos platos expuestos en el bufete le hacían a uno la boca agua.
Eligió el menos calórico: rojas lonchas de buey, muy delgadas, y ratatouille froide, y se sentó a comer con un suspiro de satisfacción. Ni siquiera el vaso
de zumo de manzana que le ofreció Howard, con la garantía de que era un producto
de la Cox’s Oranges de Suffolk, empañó su placer.
Desde el momento de su llegada a Londres
había experimentado aquella parcial pérdida de identidad que es común a cuantos
están de vacaciones, con excepción de los viajeros más curtidos. Pero en lugar
de recuperar su propio ego, aquel wexfordismo característico, a medida que se
acostumbraba a la ciudad, la pérdida de identidad se iba acentuando, hasta que
finalmente, en el cementerio, había sentido por un instante que la pérdida era
completa. El momento había sido terrorífico. Ahora, en cambio, se sentía más él
mismo de lo que se había sentido en muchos días. Esto era lo más parecido a
estar con Mike en el Olive and Dove, donde en tantas y tan gratas ocasiones
ambos habían estudiado un caso mientras almorzaban, sólo que ahora Howard era
el instructor y él desempeñaba el papel de Mike. Descubrió que el cambio de
roles no le importaba en absoluto. Podía incluso contemplar con ecuanimidad lo
que comía Howard: un enorme plato de pudding de carne y riñones, con patatas de
Jersey y courgettes
au gratin.
Durante los primeros cinco minutos comieron y
bebieron mientras hablaban un poco más de aquel malentendido suyo, y luego
Howard, abordando el tema de la forma más clara y directa, depositó sobre la
mesa una fotografía.
–Ésta es la única foto que tenemos de ella.
Pueden aparecer otras, por supuesto. Estaba en su bolso. No es muy corriente
que las personas lleven consigo fotos de sí mismas; quizá tenía para ello una
razón sentimental. Dónde y cuándo fue tomada la fotografía, no lo sabemos.
La foto era demasiado pálida y confusa para
reproducirla en un periódico. Mostraba a una chica rubia y delgada vestida con
una bata de algodón y calzada con unos zapatos pesados, nada adecuados. Su cara
era un glóbulo pálido y ni siquiera su madre, según Wexford pensó, la habría
reconocido. Al fondo se veían unos arbustos polvorientos, una sección de pared
coronada por una albardilla y algo que tenía la apariencia de un poste de
madera.
Wexford devolvió la fotografía después de
examinarla.
–¿Está Garmisch Terrace cerca de aquí?
–La parte trasera de las casas da al
cementerio, pero por el lado contrario a donde estábamos. Es un sitio
abominable. Casas monstruosas, construidas hacia 1870 para comerciantes de la
ciudad que no disponían de las mil quinientas libras anuales que les habría
costado un palacio en Queen’s Gate. En su mayoría las alquilan ahora por
habitaciones, o apartamentos como los llaman eufemísticamente. Ella tenía una
habitación. Llevaba viviendo en ella un par de meses.
–¿De qué vivía?
–Trabajaba como telefonista en un
establecimiento de alquiler de televisores. La tienda se llama Sytansound y
está en Lammas Grove. Es la calle que sale hacia la izquierda de Kenbourne
Circus y también bordea el cementerio. Al parecer cuando iba a trabajar
atravesaba el cementerio para atajar. ¿Por qué pones esa cara?
–Pensaba en lo que puede representar
atravesar aquel lugar cada día.
–La gente de aquí está acostumbrada. Ya no le
prestan atención. Te sorprendería ver en verano cuántas madres jóvenes llevan
allí a sus críos por la tarde a que tomen un poco el aire.
–¿Cuándo y cómo murió? –preguntó Wexford.
–Probablemente el viernes pasado. Todavía no
he recibido el informe del forense completo, pero sabemos que fue estrangulada
con su propio chal de seda.
–¿El viernes pasado y nadie denunció su
desaparición?
Howard se encogió de hombros.
–¿En
Garmisch Terrace, Reg? Loveday Morgan no vivía en una casa
de la zona alta. La gente va y viene en Garmisch Terrace, se ocupan de sus
propios asuntos, no hacen preguntas. Aguarda a oír lo que el sargento Clements
cuenta sobre este particular.
–¿Qué hay de novios?
–No tenía ninguno, que nosotros sepamos. El
cuerpo fue identificado por una muchacha llamada Peggy Pope que es la portera
del 22 de Garmisch Terrace y dice que Loveday no tenía amigos. Vino a Kenbourne
Vale en enero, pero nadie parece saber de dónde procedía. Cuando tomó la
habitación dio a la señorita Pope una dirección de Fulham. Lo hemos
investigado. La calle que mencionó, y la casa, existen realmente, pero nunca
vivió allí. Los propietarios de la casa son un matrimonio joven que no alquilan
ni han alquilado habitaciones. Por tanto, no sabemos todavía de dónde vino ni
tampoco, en cierto modo, quién era en realidad.
Tras haber acrecentado la intriga de una
forma que Wexford reconoció, pues era la misma que él había usado en
incontables ocasiones, Howard se marchó en busca de queso y bizcochos. Regresó
con más zumo de manzana para su tío, quien estaba tan contento que lo bebió
obedientemente.
–Vivía en Garmisch Terrace, sola y con la
mayor discreción –continuó Howard–, hasta que el pasado viernes, veinticinco de
febrero, fue a trabajar como de costumbre, regresó, cosa que hacía
ocasionalmente, durante la pausa del almuerzo, y la señorita Pope supuso que
después había vuelto al trabajo, aunque de hecho no fue así. Telefoneó al
gerente de Sytansound para decirle que estaba enferma, y esto es lo último que
se ha sabido de ella. –Calló un momento–. Pudo haber ido directamente al
cementerio, o no. Las puertas del cementerio se cierran a las seis de la tarde,
y el viernes se cerraron a la hora de siempre. Clements algunas veces lo
atraviesa cuando se dirige a casa. Lo hizo el viernes, habló con Tripper, y
Tripper cerró las puertas detrás de él a las seis en punto. Es innecesario
decir que Clements no vio nada durante el trayecto, nada que se saliera de lo
corriente. Su recorrido pasa lejos de la cripta Montfort.
Cuando Howard volvió a callar, Wexford
interpretó el silencio como una invitación a que hiciera alguna pregunta
inteligente, así que dijo:
–¿Cómo supiste quién era?
–Su bolso estaba a su lado en la cripta,
rebosante de información. Contenía la factura de una lavandería, donde constaba
su dirección, además de esa foto. También una hoja de papel de notas con dos
números de teléfono.
Wexford enarcó inquisitivamente una ceja.
–Llamaste a esos números, por descontado.
–Por descontado. Fue una de las primeras
cosas que hicimos. Uno correspondía a un hotel de Bayswater, un hotel bastante
grande, perfectamente respetable. Allí nos dijeron que habían puesto un anuncio
en un periódico ofreciendo un empleo de recepcionista y que Loveday había
contestado el anuncio. Por teléfono. Les dio la impresión de no ser la persona
que necesitaban, demasiado tímida y torpe, dijeron, y sin la experiencia
necesaria para el empleo.
»El otro número era de una empresa del West
End llamada Notbourne Properties, particularmente conocida en Notting Hill y
Kenbourne Vale. De ahí su nombre. También ellos ofrecían un empleo, esta vez de
telefonista. Loveday solicitó el puesto y llegó hasta celebrar una entrevista.
La entrevista tuvo lugar a finales de la semana antepasada, pero no tenían
intención de contratarla. Al parecer iba muy mal vestida y, de todos modos, no
estaba familiarizada con el particular sistema telefónico que la empresa
utiliza.
–¿Quería cambiar de empleo? ¿Sabe alguien por
qué?
–Más dinero, imagino. Posiblemente obtengamos
algo más de información sobre esto y sobre sus circunstancias en general de la
señorita Pope que he mencionado.
–¿La mujer que la identificó? ¿La portera?
–Sí. ¿Esperamos y tomamos café, o prefieres
ir directamente a Garmisch Terrace?
–Saltémonos el café –dijo Wexford.
4
Algo mas allá de aquello, todas las cosas
empiezan poco
a poco a hacerse placenteras; el aire es suave, templado
y gentil sobre los verdes céspedes.
a poco a hacerse placenteras; el aire es suave, templado
y gentil sobre los verdes céspedes.
Garmisch Terrace era recta, gris y repulsiva,
un cañón cuyas paredes estaban constituidas por casas de seis pisos. Todas las
casas eran iguales, todas estaban unidas; tenían fachadas lisas, aunque con
prominentes porches de columnas, y además, como en el edificio del cementerio,
sus proporciones eran de un modo u otro erróneas. La época de su construcción
fue un periodo desdichado para la arquitectura, un periodo en que los
arquitectos que no habían adoptado aún el neogótico trataban de mejorar el
georgiano.
Esto habría tenido menos importancia si se
hubiera hecho algún esfuerzo por mantener aquellas casas en buen estado, pero
Wexford, contemplándolas con el corazón encogido, no pudo ver ni una sola
fachada pintada recientemente. El yeso estaba resquebrajado y las columnas
manchadas por el agua y la suciedad. La basura invadía las zonas de los
sótanos, separados de la acera por barandas rotas y sembradas de parches de
tela metálica. En lugar de árboles había una hilera gris de parquímetros,
trazando una avenida que conducía a un callejón sin salida cerrado por una
iglesia de ladrillo rojo.
Había poca gente por los alrededores: un sikh
con turbante que arrastraba un cubo de basura, una vieja empujando un
cochecillo de niño aparentemente lleno de despojos varios, una muchacha negra
embarazada, cuyo impermeable azul ponía en la calle la única nota de color. El
viento extraía papeles del cubo de basura del sikh, fragmentos de periódico
que subían revoloteando hacia el cielo gris; alborotaba el cabello lanudo de la
chica, quien, en un patético intento de integrarse, de estar a la moda,
pretendía llevarlo largo. Wexford reflexionó tristemente sobre aquellas
personas de color que sin duda un día buscaron la Tierra Prometida y en su
lugar encontraron la amarga indecencia de Garmisch Terrace.
–¿Viviría alguien aquí por gusto? –dijo al
sargento Clements, quien, mientras Howard estudiaba un informe en el coche, se
había constituido en su mentor, guía y posiblemente en su protector.
–No me extraña que lo pregunte, señor
–respondió el sargento, con gesto aprobatorio. Su actitud no difería mucho de
la de un maestro de escuela dirigiéndose a un alumno prometedor. El rango y la
edad de Wexford recibían reconocimiento y respeto, pero se le hacía notar la
ancestral superioridad del ciudadano sobre el novato venido del pueblo. La
rolliza cara de Clements, una cara que no parecía haber cambiado mucho desde
sus tiempos de colegial de gruesos carrillos y boquita de piñón, tenía una
expresión mezcla de complacencia y descontento–. Este lugar les gusta, ya ve
–explicó–. Les gusta mucho la inmundicia, y vivir cuatro en el mismo cuarto y
asestarse cuchilladas unos a otros, y parrandear toda la noche y dormir todo el
día. –Contempló ceñudo a un hombre y una mujer jóvenes que cruzaron la calle
cogidos del brazo y se sentaron en la acera frente a la iglesia, donde se
dedicaron a comer patatas fritas que sacaban de una bolsa–. Les gusta irrumpir
en casa de sus amigos a medianoche y echarse a dormir en el suelo entre
colillas de cigarrillo porque han perdido el último autobús. Pregúnteles y se
encontrará con que la mayoría de ellos no sabe dónde vive, esta semana aquí, la
otra allá, saca lo que puedas y lárgate. No viven como usted o como yo, señor.
Viven como esos topos que tienen ustedes en el campo, siempre escondiéndose en
la oscuridad.
Wexford reconoció en el sargento a un tipo de
policía sumamente común. Los agentes de policía ven casi siempre el lado más
degradado de la vida y, faltos de la instrucción especializada que, por
ejemplo, recibe un asistente social, muchos de ellos se vuelven cruelmente
cínicos en lugar de adquirir una perspectiva más compasiva. Su propio Mike
Burden estaba a veces peligrosamente próximo a ser uno de ellos, pero su
inteligencia le salvaba. Wexford no esperaba mucho de la inteligencia del
sargento; sin embargo, no podía evitar, que le agradase como persona.
–La pobreza y la miseria no suelen propiciar
una vida ordenada –dijo, sonriendo para suavizar la admonición.
Clements no tomó sus palabras como un
reproche, sino que sacudió la cabeza ante tanta inocencia.
–Yo me refería a los jóvenes, señor, la joven escoria como la pareja que tiene usted allí. Pero ya
aprenderá. Un par de semanas en Kenbourne Vale y se le abrirán los ojos. Mire,
cuando yo llegué aquí creía que el chocolate era una golosina y una ETS algo
relacionado con la radio[2].
Pese a estar perfectamente enterado del
significado de aquellos términos, Wexford no dijo nada, pero lanzó una mirada
hacia el coche. Empezaba a sentir frío, y a una señal de Howard fue a cobijarse
bajo el porche del número 22. Estaba seguro de que una conferencia dedicada a
contrastar las costumbres de la juventud moderna y el celo, la ambición y la
impecable moralidad de los contemporáneos de Clements en sus tiempos juveniles
comenzaría de un momento a otro, y confiaba en poder evitarla. Pero el sargento
le siguió, plantando los pies en los sucios peldaños de acceso, y se embarcó
precisamente en la diatriba que más temía Wexford. Durante un par de minutos le
dejó disfrutar, y luego le interrumpió.
–Respecto a Loveday Morgan...
–Así llamada –dijo Clements, sombrío–. Ése no
era su verdadero nombre. Bien, pregunto, ¿tiene aspecto de serlo? Lo
comprobamos en Somerset House. Abundan las mujeres apellidadas Morgan, pero
ninguna Loveday Morgan. Era un nombre que se daba a sí misma. ¿Por qué? Ya
puede usted preguntarlo. Las muchachas adoptan hoy en día toda clase de
nombres. Permítame, supongamos que le doy un ejemplo de lo que quiero decir...
Antes de que llegara el ejemplo, Howard se
unió a ellos y enmudeció a Clements con una mirada excepcionalmente fría. A un
lado de la puerta de la casa había una hilera de timbres con números
indicativos en lugar de las usuales placas con nombres.
–La portera vive en el sótano –dijo Howard–
así que podemos probar el número uno.
Oprimió el timbre y, en el interfono, una voz
ladró algo que sonaba como «Teal».
–Perdone, ¿cómo dice?
–Soy Ivan Teal, apartamento uno. ¿Quién es
usted?
–Policía, superintendente Fortune. Deseo
hablar con la señorita Pope.
–Ah –dijo la voz–. Es el apartamento quince.
El chisme para abrir la puerta está estropeado. Bajo.
–¡Apartamentos! –dijo el sargento mientras
esperaban–. Vaya risa. Aquí no hay un solo apartamento. Son cuartos con un
grifo de agua corriente y un contador de gas, pero nuestra jovencita pagaba
siete libras semanales por el suyo, con sólo dos retretes en todo el edificio.
¡Qué mundo este! –Palmeó el hombro de Wexford–. Prepárese para lo que se
avecina, señor. Quienquiera que sea ese Teal, no tendrá apariencia humana.
Pero sí la tenía. La única sorpresa de
Wexford, aunque relativa, fue encontrarse ante un hombre casi tan viejo como
él, un hombre bajito y bien musculado, de espeso cabello gris que llevaba
bastante largo.
–Lamento haberles hecho esperar –dijo–. Bajar
hasta aquí requiere algo de tiempo. –Miraba a los tres visitantes sin sonreír,
con una insolencia en cierto modo calculadora. La suya era una mirada que
Wexford había visto anteriormente en otras caras, pero casi siempre en caras
jóvenes. Teal hablaba, además, con un fluido acento de clase alta. Vestía una
camiseta inmaculadamente blanca y olía a Aphrodisia de Fabergé–. Supongo que
ahora nos van a procesar a todos.
–Nosotros no procesamos a la gente, señor
Teal.
–¿No? Entonces han cambiado. Antes solían
procesarme.
Asumiendo que Howard le había dado carta
blanca para interrogar a posibles testigos si lo deseaba, Wexford dijo:
–¿Conocía usted a Loveday Morgan?
–Aquí conozco a todo el mundo –respondió
Teal–, lo mismo a los residentes más antiguos que a los buques que pasan en la
noche. Yo que me he sentado al pie de los muros de Tebas... –Sonrió
súbitamente–. Apartamento uno si me necesitan.
Les condujo a la escalera del sótano y se
marchó sin decir una palabra más.
–Curioso carroza –dijo Howard–. Quince años
en este agujero... ¡Dios! Vamos, es ahí abajo.
La escalera era estrecha y lucía los restos
gastados y deshilachados de una antigua alfombra. Descendía hasta un zaguán
amplio y pretencioso que en otro tiempo estuvo pintado de color carmesí oscuro,
pero la pintura se había desprendido en buena parte, dejando espacios blancos
que tomaban forma de continentes fantástico, de modo que las paredes podían
haber sido mapas de algún otro mundo desconocido, una Utopía cartografiada. Los
muebles parecían demasiado grandes para subirlos por la escalera, a pesar de
que por ella debían de haber bajado; un vetusto aparador y un voluminoso
armario-librería atestado de volúmenes polvorientos ocupaban una porción
considerable del espacio. Había tres puertas cerradas, cada una con un cubo de
basura rebosante en el umbral, y el lugar olía a basura descompuesta.
Wexford no había visto nunca nada comparable
a aquello, pero el interior del apartamento quince le resultó menos extraño. Le
recordó ciertas casitas que había visitado en Kingsmarkham. La misma mugre,
omnipresente donde las cosas comestibles y las lavables se dejan por ahí en
yuxtaposición, latas de conserva abiertas entre calcetines sucios, y en una
cuna destartalada uno de esos bebés con restos de comida en la cara que lo
mismo la ciudad que el campo producen. Era deplorable, por supuesto, que
aquella joven y su hijo tuvieran que vivir en una caverna subterránea,
perpetuamente con luz artificial; por otra parte, la luz diurna habría puesto
todavía más en evidencia las ruinosas sillas de brazos y la indescriptible
alfombra. Esta última, en cierto modo, era una obra de arte, tan cuidadosamente
había sido reparada por algún pariente femenino del propietario. Wexford no podía
decir si era una alfombra azul remendada en rojo o una pieza de tejido rojo con
parches azules. El conjunto estaba cubierto de manchas, de fragmentos de comida
pisada y de mechones de cabellos de la portera.
Ella era lo único de cuanto el cuarto
contenía que habría resistido la crudeza de la luz del día. Sus ropas eran
horribles, tan sucias y maltrechas como la tapicería de las sillas, y el polvo
se adhería a su grasiento cabello negro, pero era hermosa. Era probablemente la
mujer más bella que Wexford había visto desde que llegó a Londres. Poseía el
encanto de aquellas estrellas de cine que él recordaba de su juventud, de los
días anteriores a que las actrices parecieran mujeres corrientes. En sus rasgos
exquisitos vio algo de Carole Lombard, algo de Loretta Young. Por sucia y
abandonada que estuviera, no pudo apartar los ojos de ella.
Ni Howard ni Clements parecían impresionados
en absoluto. Sin duda eran demasiado jóvenes para compartir sus recuerdos. O
acaso demasiado eficientes para que la belleza les afectara. Y los modales de
la joven no concordaban con su atractivo. Sentada en el brazo de una silla, se
mordía las uñas y les miraba con ceñudo resentimiento.
–Sólo unas pocas preguntas, por favor, señora
Pope –dijo Howard.
–Señorita Pope. No estoy casada. –Su voz era
grave y áspera–. ¿Qué quieren saber? No puedo entretenerme mucho. Tengo que
sacar la basura si Johnny no viene.
–¿Johnny?
–El amigo con quien vivo. –Señaló con el
pulgar al bebé–. Su padre. Ha dicho que vendría cuando hubiera cobrado lo de la
Seguridad Social, pero siempre se hace el remolón los días de basura. Dios, no
sé por qué no me relaciono con personas normales, sólo trato con escoria.
–Loveday Morgan no era escoria.
–Tenía un empleo, si es eso lo que quiere
decir. –El bebé había empezado a lloriquear. Peggy Pope recogió un chupete del
suelo, lo limpió restregándolo contra su cardigan y se lo metió a la niña en la
boca–. Dios sabe cómo lo conservaba, con lo espesa que era. Incapaz de hacer
funcionar el chisme del gas, y teniendo que recurrir a mí para saber dónde
comprar una bombilla nueva. Cuando llegó aquí tuve incluso que enseñarle cómo
llamar por teléfono. Oh, todos recurren a mí, pero no hasta el extremo en que
lo hacía ella. Y encima tuvo la frescura de intentar quitarme a Johnny.
–¿De veras? –dijo Howard en tono alentador–.
Creo que debería contarnos eso, señora Pope.
–Señorita Pope. Mire, tengo que sacar la
basura. De todos modos, no hubo nada de particular, al menos por parte de
Johnny. Loveday actuaba de modo más descarado, siempre bajando aquí a charlar
con él cuando yo no estaba, y la cosa empeoró las dos últimas semanas. Yo
llegaba y la encontraba ahí sentada, mirando a Johnny o fingiendo que quería
mucho a mi niña. Le pregunté a él qué era lo que buscaba. ¿De qué habláis, por el
amor de Dios?, le dije. De nada, dijo él. Apenas ha abierto la boca. ¡Era una
chica tan infeliz!
Peggy Pope suspiró como si ella, un dechado
de gracia y jovialidad, tuviera derecho a compañías igualmente exuberantes.
–¿Sabe usted la causa de que fuera tan
infeliz?
–Para la mayoría es el dinero. Es de lo único
que hablan, como si a mí me sobrase. Me preguntó si podía encontrarle otro
cuarto más barato, pero le dije que no, que no podía. No tenemos apartamentos
de menos de siete libras por semana. Pensé que iba a echarse a llorar. Dios
mío, pensé, ¿por qué no creces, niña?
Howard dijo:
–¿Podemos hablar del viernes pasado, señora
Pope?
–Señorita Pope. Cuando quiera ser señora me buscaré un hombre que tenga un empleo y pueda ofrecerme algo mejor
que un agujero en el suelo donde vivir, se lo aseguro. No sé nada del viernes
pasado. La vi llegar hacia la una y diez y volver a salir a eso de las dos
menos diez. Oh, y también hizo una llamada telefónica. No sé nada más del
asunto.
Wexford cruzó su mirada con la de Howard y se
inclinó hacia adelante.
–Señorita Pope –dijo–, queremos que nos hable
de todo eso con mucho más detalle. Cuéntenos exactamente lo que estaba usted
haciendo, dónde la vio, qué dijo ella, todo.
–Está bien, lo intentaré. –Peggy Pope se sacó
de la boca un fragmento de uña y lo examinó con disgusto–. Pero en cuanto
termine tendrán que dejarme que me ocupe de la basura.
El cuarto estaba bastante frío. Peggy Pope
movió el mando del calefactor eléctrico para encender su segunda resistencia.
Era evidente que no la usaba nunca, porque cuando se puso al rojo comenzó a
oler a polvo quemado.
–Era poco después de la una, quizá la una y
diez –empezó–. Johnny había salido, como de costumbre, a buscar trabajo, según
decía, pero supongo que estaba en el Grand Duke. Yo estaba ahí fuera, haciendo
un poco de limpieza, y Loveday entró. Me dijo «Hola», o algo así, y yo dije
«Hola», y se marchó escaleras arriba. Yo sacaba el aspirador cuando volvió a
bajar y me preguntó si tenía cambio de diez peniques porque necesitaba dos
peniques para llamar por teléfono. Debería habérsele ocurrido que no llevo
dinero encima mientras hago la limpieza, pero, de todos modos, le dije que iría
a buscarlo y bajé aquí para coger el bolso. No tenía cambio, aunque sí una
moneda de dos peniques. Bien, le di la moneda y ella entró en la cabina
telefónica.
–¿Dónde está?
–Debajo de la escalera. Han pasado por
delante al bajar aquí.
–¿Sabe a quién llamó?
Peggy se calentó los roídos dedos ante el
calefactor y arrugó su bello rostro en una mueca de ferocidad.
–¿Cómo voy a saberlo? La cabina tiene puerta.
Ella no dijo que fuera a hablar con su madre ni a llamar a su novio, si es a
eso a lo que se refiere. Loveday nunca decía gran cosa. Esto se lo reconozco,
no era una charlatana. Bien, salió de la cabina y se volvió arriba y luego yo
bajé a ver si la niña estaba bien, y cuando salí con la cuna para lavar la ropa
en el autoservicio ella también salía por la puerta principal, la mar de
compuesta con un traje verde de chaqueta y pantalones. Me fijé porque era la
única cosa decente que tenía. No dijo nada. ¿Puedo ahora seguir con mi trabajo?
Howard asintió, y él y Clements, tras unas
breves palabras de agradecimiento, se dirigieron a la escalera. Wexford se
quedó atrás. Contempló a la muchacha, de hombros débiles y bastante delgada,
levantar uno de los malolientes cubos, y entonces dijo:
–Le echaré una mano.
Ella pareció más que sorprendida. El mundo en
que vivía la había hecho incapaz de aceptar una ayuda con amabilidad, de modo
que se encogió de hombros y torció la boca en una fea mueca.
–Deberían encargarle esto a un hombre –añadió
Wexford.
–Deberían, pero no lo hacen. ¿Qué hombre
cuidaría de esta pocilga y se ocuparía de esta guarrada de trabajo por ocho
libras a la semana y la habitación que yo tengo? ¿Lo haría usted?
–No si pudiera evitarlo. ¿No encontraría usted un trabajo mejor?
–Mire, amigo, está la niña. Necesito un
empleo que me permita cuidarla. No se preocupe por mí. Algún día aparecerá mi
príncipe, y entonces me largaré de aquí y le dejaré la basura a Johnny. –Sonrió
por primera vez, una gloriosa y comunicativa sonrisa que evocó para Wexford los
viejos cines oscuros y las resplandecientes pantallas–. Muchísimas gracias.
Éste es el último cubo.
–No hay de qué –replicó Wexford.
El esfuerzo, al que no estaba acostumbrado,
había hecho que le palpitaran las sienes. Acababa de cometer una tontería, y
aquellas palpitaciones le acobardaron. Howard y el sargento no se encontraban a
la vista, de manera que, a fin de aclararse la cabeza mientras les esperaba, anduvo
hasta el extremo de Garmisch Terrace. Empezó a lloviznar. Al final de la calle
llegó a lo que en su tierra habría pasado por una calle mayor. Vio un miserable
centro comercial donde, entre un pub y una peluquería, una tiendecilla barata
ostentaba el rótulo de Loveday. De modo que era de allí de donde ella
había sacado su nombre. Había tenido otro, quizá más insulso pero que podía
identificarla, quién sabe si comprometerla, un nombre que quiso ocultar...
–¿Respirando un poco de aire fresco, señor?
–dijo el sargento cuando él regresó junto a sus dos acompañantes–. ¿O lo que
aquí consideran aire fresco? ¡Diantre, el hedor de esos cubos debe de llegar
hasta el cielo!
Howard sonreía.
–Devolveremos al sargento al puesto, y luego
quiero mostrarte algo diferente. No debes marcharte con la idea de que todo
Kenbourne es como estas ratoneras.
Dejaron a Clements en el puesto de policía,
un edificio oscuro con un farol azul que colgaba del centro de un arco situado
sobre un solemne tramo de escaleras. A continuación, Howard se puso al volante
y giró hacia un barrio de casitas pobres, calles tortuosas con comercios en las
esquinas y pubs y parches de terreno baldío que alguna vez fueron el centro de
plazoletas ajardinadas y que ahora estaban rodeados de tela metálica como
pistas de tenis y sembrados de bidones de aceite y herrumbrosos restos de
bicicletas.
–Clements vive allá arriba. –Howard señalaba
hacia un punto en lo alto, aparentemente a través del techo del coche, y
Wexford, retorciéndose para mirar por la ventanilla, vio un altísimo bloque de
apartamentos, quizá de unos mareantes treinta pisos–. Estupenda vista, según
creo. Puede ver el río y, en los días claros, se distingue un buen trecho del
estuario del Támesis.
Ahora los altos bloques se hacían más
frecuentes a su alrededor, un bosquecillo de monolitos alzándose por encima de
una triste y degradada jungla. Wexford se preguntaba si sería aquél el
contraste que se suponía debía admirar, cuando una curva de la carretera les
llevó de súbito a un amplio espacio abierto. El cambio casi le sobresaltó. Un
segundo antes estaba en una de las regiones más deprimentes que jamás vieron
sus ojos, y ahora, como si el decorado de un escenario hubiera variado
rápidamente, descubría un triángulo verde, unos árboles que sin duda eran
plátanos, un panorama de casas georgianas dispersas. Así era Londres, supuso,
siempre versátil, una sorpresa constante.
Howard detuvo el coche ante una de las casas
más grandes, pintada de color crema, con largos ventanales acristalados y
columnas aflautadas que soportaban la marquesina del porche. Se veían parterres
de flores y, a cada lado de la casa, cuidadosamente diseñados, cipreses y bien
recortados setos. Un rótulo fijado a la pared decía: «Vale Park. Estrictamente
privado. Aparcamiento reservado a los residentes. Por orden de Notbourne
Properties Ltd.»
–La antigua mansión de los Montfort –explicó Howard–, hoy propiedad de
la empresa donde Loveday solicitó un empleo.
–Los senderos de gloria –dijo su tío– sólo
conducen a la tumba. ¿Qué ha sido de los Montfort, aparte de terminar en su
cripta?
–No lo sé. El hombre que te lo contará será
Stephen Dearborn, presidente de Notbourne Properties. Se le considera una
autoridad en cuanto se refiere a Kenbourne Vale y su historia. La empresa ha
comprado gran número de fincas en Kenbourne y ha hecho un buen trabajo de
embellecimiento.
Por desgracia, pensó Wexford, la benemérita
empresa no había actuado en el puesto de policía de Kenbourne Vale. Éste se
encontraba urgentemente necesitado de restauración, de una mano de pintura de
color claro que alegrase el aspecto de las paredes verde botella, del maderamen
de caoba y de los oscuros pasillos. Uno de estos pasillos abovedados conducía
al despacho de Howard, una vasta pieza, con una alfombra de color rojo ciruela,
archivadores metálicos y una ventana que daba a una destilería. La única nota
alegre de la habitación era humana y de sexo femenino: una muchacha de cabello
cobrizo y con las piernas seguramente más largas de Londres.
La joven levantó la mirada del fichero, que
estaba examinando cuando ellos entraron, y dijo:
–La señora Fortune le ha llamado, señor. Ha
pedido que por favor la llame usted. Es urgente.
–¿Urgente, Pamela? ¿Qué pasa?
Howard se dirigía ya al teléfono.
–Al parecer, su... –la muchacha titubeó–, su
tío, el que reside en su casa, ha desaparecido. Salió hace cinco horas y no ha
regresado. La señora Fortune parecía sumamente preocupada.
–¡Dios mío! –exclamó Wexford–. Dije que iría
a la Estación Victoria. Me he metido en un buen berenjenal.
–Nos hemos metido los dos –dijo Howard, e
inmediatamente ambos se echaron a reír.
5
Escuchan gustosamente también a los hombres
jóvenes,
y a propósito les provocan para que hablen...
y a propósito les provocan para que hablen...
–Tía Dora –dijo glacialmente Denise– está acostada. Cuando se le alivie
el dolor de cabeza iremos a casa de mi hermano a jugar al bridge.
Wexford hizo un último intento para
aplacarla:
–Lamento mucho todo esto, querida. No tenía
intención de trastornarte, pero se me olvidó por completo.
–Por favor, no te preocupes por mí. Es tía
Dora quien está trastornada.
–Los hombres a trabajar y las mujeres a
llorar –dijo Howard con franca desconsideración–. Y ahora, ¿dónde están mi cena
y su tentempié?
–Temo que no he preparado nada especial para
tío Reg. Compréndeme, pensábamos que como parece dispuesto a menospreciar todas
las advertencias del médico...
–¿Le castigaréis dándole una comida decente?
Pobre Reg. Al parecer habremos de tratarte como Moro trataba a los niños en Utopía, teniéndoles de pie y comiendo del mismo plato del maestro.
La actitud de Dora, cuando bajó, era entre
distante y dolida, pero el inspector jefe llevaba treinta años casado y raras
veces había tolerado la tiranía femenina. Así pues, al observar el brillo de
determinación que asomaba a sus ojos. Dora se contentó con un lastimero: «Oh,
querido, ¿cómo has
podido?», antes de emprender la ruta de su partida de
bridge.
–Vamos a mi estudio. –dijo Howard cuando
terminaron su arroz pilaf–. Quiero hablarte de esa llamada telefónica.
El estudio era mucho más agradable que el
despacho de Howard en Kenbourne Vale y su recinto menos vulnerable que la parte
de la casa que se encontraba bajo el dominio de las mujeres. Wexford tomó
asiento frente a una ventana a través de la cual podía verse, gracias a un
angosto espacio libre entre las partes traseras de los edificios, el destello
de los faros que pasaban ininterrumpidamente por King’s Road. No se había
acostumbrado aún a vivir en un lugar donde nunca oscurecía y donde el cielo
tenía durante toda la noche un fulgor rojizo.
–Tienes mucho mejor aspecto, Reg –dijo
Howard, sonriendo–. Aseguraría que has rejuvenecido diez años en el espacio de
una tarde.
–No me extrañaría. A uno no le gusta
colocarse en la última fila y vivir de prestado. –Wexford suspiró–. La tragedia
de envejecer no consiste en que uno es viejo, sino en que es joven.
–Siempre he considerado Donan Gray una obra muy tonta, y ese epigrama uno de los pocos rasgos que la
redimen. Y aparece prácticamente en la última página.
–¿Amenidades literarias, Howard?
Su sobrino rió.
–Ni una palabra más –dijo–. En cuanto a esa
llamada telefónica que Loveday hizo desde Garmisch Terrace...
–Fue a Sytansound, ¿no? Dijiste que llamó a
Sytansound para comunicar que estaba enferma.
–Lo hizo, en efecto, pero esa llamada fue a
las dos de la tarde y la de Garmisch Terrace a la una y cuarto. ¿A quién llamó?
–¿A su madre? ¿A una tía? ¿A una amiga? Quizá
contestaba a uno de aquellos anuncios. –Como Howard sacudía la cabeza al oír
aquello, Wexford añadió–: ¿Estás seguro de que la llamada a Sytansound no se
produjo antes?
–El gerente se puso al aparato, un hombre
apellidado Gold, y afirma que Loveday no llamó antes de las dos. Tenía que
volver a las dos, y él empezaba a preguntarse dónde estaría cuando sonó el
teléfono.
–¿Ella llamó una vez desde la casa y otra desde
un teléfono exterior? ¿Por qué?
–Oh, seguramente porque no tenía más dinero
suelto. ¿No recuerdas que esa chica Pope dijo que Loveday le pidió cambio, pero
todo lo que tenía era una moneda de dos peniques? Loveday debió de conseguir
cambio fuera, compró cigarrillos o una barra de chocolate y luego fue a una
cabina telefónica.
–Sí, la primera llamada fue la decisiva, la
importante. Del resultado de ella dependía que volviera o no al trabajo. Llamó
a su asesino. –Wexford se restregó un ojo, se sorprendió a sí mismo haciéndolo
y se distendió. Era fácil relajarse ahora que había sido admitido en el
santuario secreto de la casa de Howard y, mejor aún, en el santuario de sus
pensamientos–. Háblame de la gente de Sytansound –dijo.
Creyendo que las luces que se movían en la
calle molestaban a su tío, Howard corrió las cortinas.
–Gold es un sexagenario –empezó–. Tiene un
apartamento encima de la tienda y estuvo en ésta toda la tarde del viernes. A
las cinco y media conectó el contestador automático y se marchó arriba, donde
permaneció toda la noche. Esto ha sido debidamente corroborado. En Sytansound
hay también dos dependientes y dos operarios. Los dos dependientes y uno de los
operarios están casados y viven lejos de Kenbourne. El otro es un chico de
veintiún años. Sus movimientos están siendo investigados, pero si asumimos que
quien recibió la llamada es el asesino de Loveday, no fue ninguno de los tres
hombres de más edad. Los tres estuvieron en el Lammas Arms desde la una hasta
las dos menos diez y ninguno dejó la mesa para atender una llamada telefónica.
El de veintiún años estaba colocando una pieza nueva en un aparato de
televisión, en una casa de Copeland Road. Es necesario comprobar si alguien
llamó a esa casa mientras él estaba allí, aunque parece poco probable. A juzgar
por lo que sabemos, Loveday apenas había hablado nunca con los dependientes.
Atiende, esto es de la declaración de Gold.
Howard había llevado al estudio su cartera de
mano. La abrió y eligió una hoja de papel de un pequeño pliego.
–«Era una persona muy callada y educada. Era
popular entre los clientes a causa de su cortesía y su paciencia. Uno no la
consideraría la clase de chica que se hace valer por sí misma. Era anticuada.
Cuando entró en la empresa ni siquiera se maquillaba y tuve que pedirle que lo
hiciera.» Según parece, también le pidió que se acortara un poco la falda y que
no llevara cada día la misma ropa.
–¿Qué sueldo le pagaba?
–Doce libras por semana. No mucho, ¿verdad?,
si recuerdas que la habitación le costaba siete libras. Pero el empleo no
exigía apenas pericia ni experiencia. Todo lo que tenía que hacer era mostrar a
los clientes dos o tres tipos de televisores y pedirles nombres y direcciones.
Los dependientes se ocupaban de los trámites del alquiler y de los
correspondientes cobros.
Wexford se mordió el labio. Le turbaba pensar
en aquella chica educada y silenciosa, una niña para él, viviendo entre las
Peggy Popes de este mundo y pagando más de la mitad de su sueldo por un cuarto
en Garmisch Terrace. Se preguntó cómo habría llenado sus veladas cotidianas
cuando, tras regresar a pie del trabajo atravesando el lúgubre paisaje del
cementerio, se encerraba en una celda de quizá cuatro metros cuadrados, una
cripta particular para vivos. Ni amigos, ni dinero que gastar, ni un amante
afectuoso, ni vestidos bonitos...
–¿Qué había en su cuarto? –preguntó.
–Pocas cosas. Un par de jerséis, unos jeans,
un vestido, un abrigo. Me parece que nunca he estado en una habitación ocupada
por una chica y encontrado tan pocas evidencias de que una chica la hubiera
ocupado. Los cuatro productos de maquillaje que tenía los llevaba en el bolso.
En el cuarto había una pastilla de jabón, una botella de champú, dos o tres
revistas femeninas y una Biblia.
–¿Una Biblia?
–Quizá no era suya, Reg. En ella no había inscrito ningún nombre y la
habitación la alquiló amueblada; o lo que llaman amueblada, como diría
Clements. Es posible que la Biblia la dejara allí algún inquilino anterior o
que, simplemente, fuera a parar al cuarto procedente de un montón de libros viejos.
Hay un armario-librería en el sótano, ya debiste de darte cuenta. Peggy Pope no
sabía si la Biblia era suya o no, no sabía de quién era.
–¿Tratarás de encontrar a sus padres?
–Tratamos de encontrarlos. Por supuesto, no
tenemos una fotografía válida, pero todos los diarios han publicado
descripciones detalladas. Si están vivos deberían presentarse espontáneamente
en los próximos dos o tres días. ¿Y por qué no habrían de estar vivos? Serán
gente de no mucho más de cuarenta años.
Wexford dijo cautelosamente:
–¿Te molestará si mañana meto un poco las
narices en Garmisch Terrace, hablo con algunas personas y todo eso?
–Mete las narices donde te apetezca –dijo
Howard cariñosamente–. Necesito tu ayuda, Reg.
A las siete y media de la mañana, Wexford ya
se había levantado y se preparaba para partir en coche con Howard, desafío que
puso frenéticas a las mujeres. Dora acababa de bajar y no había tenido tiempo
de prepararle un desayuno especial.
–Bastará con un huevo escalfado, querida
–dijo él a Denise, en un tono deliberadamente frívolo–. Y tomaré una taza de
café.
–Si ayer no nos hubieras casi matado de
angustia, habríamos salido a comprarte esos cereales austríacos que llevan
frutos secos y vitaminas extra.
Wexford hizo un gesto de indiferencia y se
agenció subrepticiamente una rebanada de pan blanco.
–Tus píldoras –dijo su esposa, procurando
mostrarse fría–. ¡Oh, Reg –añadió, suplicante–, llévatelas y por favor, por
favor, no te olvides de tomarlas!
–No me olvidaré –aseguró Wexford, metiéndose
el frasco en el bolsillo.
El tráfico, en hora punta, era densísimo, y
transcurrieron cerca de cuarenta minutos antes de que Howard le dejara frente
al número 22 de Garmisch Terrace. Las aceras estaban húmedas y tenían un brillo
oscuro. Al cerrar la portezuela del coche vio cómo una figura ataviada con una
capa negra salía de la iglesia y se escabullía en dirección a las tiendas.
La única criatura viviente que se encontraba
a la vista, aparte de un gato que a través de una rejilla escudriñaba la
profundidad de las cloacas, era un hombre joven sentado en el peldaño superior
de la entrada del número 22, quien leía un ejemplar de The Stage.
–El interfono no funciona –dijo cuando Wexford se le acercó.
–Lo sé.
–Le dejaré entrar, si quiere.
Hablaba con perezosa indiferencia. Parecía
capaz, caso de no existir manera de entrar en la casa, de seguir sentado allí
hasta el día siguiente. Pero tenía una llave, o dijo que la tenía, y procedió a
buscarla por los bolsillos de un maloliente chaquetón afgano. Según la moda de
la época, decidió Wexford, se le habría clasificado como miembro de la
Beautiful People, y si las apariencias no engañaban debía de tratarse de
Johnny.
–Creo que tenía usted cierta amistad con la
chica que ha muerto.
–No sé nada de amistades. La conocía, más o
menos. ¿Es usted policía?
Wexford asintió.
–A usted le llaman Johnny. ¿Cuál es su
apellido?
–Lamont.
Johnny no estaba dispuesto a ser más locuaz.
Encontró la llave, abrió e hizo entrar al inspector jefe. Una vez dentro, se
quedó mirándole malhumorado, con un rizo de cabello castaño oscuro caído sobre
una ceja. Era ciertamente muy apuesto; tenía el aire de un Lord Byron desaseado
y desnutrido.
–¿Con quién tenía ella amistad en la casa?
–No lo sé –dijo Johnny–. Aseguraba que no
tenía amigos. –Parecía aún más abatido e indiferente que Peggy Pope y bastante
menos comunicativo–. Nunca hablaba con nadie, excepto con Peggy y conmigo. –Con
una especie de lúgubre satisfacción, añadió–: Aquí nadie le dirá nada. Además,
a esta hora todos se han ido a trabajar.
Se encogió pesadamente de hombros, embutió la
revista en un bolsillo y se marchó arrastrando los pies hacia la escalera del
sótano.
Wexford tomó la escalera ascendente. Johnny
había vaticinado correctamente que la mayoría de los inquilinos habría salido
al trabajo. Esperaba encontrar sellada la puerta del cuarto de Loveday, pero
estaba abierta. Dos hombres de paisano y un agente uniformado se encontraban
ante la pequeña ventana de guillotina hablando en voz baja. Wexford se detuvo y
examinó con curiosidad la habitación. Era muy pequeña y estaba casi vacía:
contenía sólo una cama estrecha, una cómoda y una silla de madera. Un rincón
detrás de unas delgadas cortinas de cretona amarilla, constituía el único
espacio para guardar la ropa. La vista que ofrecía la ventana era una pared de
ladrillo, lisa y anónima, evidentemente el flanco de un patio de luces entre
aquella casa y la contigua. El patio actuaba como una caja de resonancia, y el
arrullo de una paloma situada en algún punto a mayor altura llegó a oídos de
Wexford como un bronco y retumbante rebuzno.
Uno de los hombres, tomándole por un intruso,
avanzó enérgicamente y cerró la puerta. Wexford continuó escaleras arriba. En
la tercera planta encontró a dos inquilinos en casa, un indio cuyo cuarto olía
a curry y a pebetero perfumado, y una muchacha que dijo trabajar en un club
nocturno. Ninguno de los dos había hablado nunca con Loveday Morgan, pero ambos
la recordaban como una chica retraída, silenciosa y triste. Ya bastante falto
de aliento, alcanzó el rellano de la cuarta planta, donde encontró a Peggy Pope
con un montón de ropa de cama entre los brazos, hablando con otra muchacha de
cara fea pero vivaz.
–Oh, es usted –dijo Peggy–. ¿Quién le ha
abierto la puerta?
–Su amigo Johnny.
–Oh, Dios, me ha dicho que estaría en el sindicato.
No se mueve de la cama hasta la hora en que abren los pubs. No entiendo lo que
le pasa últimamente, se está haciendo pedazos.
La otra muchacha soltó una risita.
–¿Conocía usted a Loveday Morgan? –le
preguntó Wexford incisivamente.
–La saludé una o dos veces. No era de mi
estilo. La única vez que realmente hablé con ella fue para invitarla a una
fiesta que yo daba. Es así ¿no, Peggy?
–Claro. –Peggy se volvió hoscamente hacia
Wexford–. Da una fiesta cada sábado por la noche, y menudo jaleo arman. Tengo a
la niña despierta y berreando hasta que amanece.
–Anda ya, Peggy. Ya sabes que tú y Johnny lo
pasáis en grande en mis fiestas.
–¿Aceptó Loveday su invitación? –preguntó
Wexford.
–Claro que no. Se quedó parada, como si la
hubiera invitado a una orgía. No vaya usted a creer, fue muy amable sobre el
particular. Dijo que no me preocupase por el ruido. Le gustaba oír que la gente
se divertía, aunque yo pensé, bueno, que era más como una tía solterona que una
cría de veinte años.
–No tenía ni una chispa de vida dentro –dijo
Peggy con un profundo suspiro.
Al subir al último piso experimentó Wexford
una sensación muy parecida a la que le produjo pasar de la miseria de Kenbourne
a la luz y el espacio que rodeaban la casa Montfort. El arco de la cima de la
escalera había sido cubierto con una puerta de vidrio encajada en un quicio de
madera pulimentada, y en este marco, suspendidas de un enrejado blanco, lucían
gran número de plantas de interior. Estaban tan exquisitamente distribuidas y
tan bien cuidadas que habrían complacido incluso a Denise.
El aire tenía un aroma más limpio, más
fresco. Wexford permaneció inmóvil un instante, recuperando el aliento, y luego
oprimió con el dedo el timbre situado sobre una plaquita en la que se leía: «Chez Teal».
6
Hay diversas clases de religiones no sólo
en las distintas
partes de la isla, sino también en diferentes lugares
de cada ciudad.
partes de la isla, sino también en diferentes lugares
de cada ciudad.
–Sabía que tarde o temprano aparecería usted –dijo Ivan Teal. La mirada
que fijaba en Wexford carecía de la insolencia de la víspera, aunque era
ligeramente burlona y denotaba una especie de diversión interior–. Entre.
Parece haberse quedado sin aliento. ¿Quizá no se atrevía a respirar por miedo a
inhalar algo nocivo? La escalera apesta lo suyo, ¿no es cierto? Tiene que haber
gérmenes extremadamente insólitos acechando en esas grietas. Serían una fuente
de fascinación para un bacteriólogo. –Cerró la puerta y continuó hablando en el
mismo tono ligero e indulgente–. Quizá se pregunte por qué vivo aquí. De hecho,
tiene sus ventajas. La vista, por ejemplo, y el disfrutar de mucho espacio por
un alquiler módico. Además, reconocerá usted que he convertido este apartamento
en un sitio bastante agradable.
Habría parecido más que agradable en
cualquier otro lugar. Allí era como una joya en una pocilga. Aparte de estar
escrupulosamente limpio, el apartamento había sido decorado con un gusto
exquisito en colores claros, las alfombras eran gruesas, de las paredes
colgaban acá y allá pinturas abstractas. Wexford precedió a Teal hasta un salón
que ocupaba en toda su longitud la pared trasera del edificio. Las pequeñas
ventanas de guillotina habían sido sustituidas por una lámina de vidrio de
cinco metros y medio de largo, a través de la cual podía verse, en toda su
crudeza, el desmantelado panorama del cementerio de Kenbourne. Desconcertado,
retrocedió y vio cómo se curvaban los labios de Teal.
–Nuestro huésped piensa que tenemos un gusto
malsano por lo macabro –dijo éste–. Quizá, niño, convendría que colocáramos
unas lindas cortinitas de encaje.
Wexford había estado tan fascinado por el
ventanal que no se percató de que un muchacho se hallaba arrodillado en el
suelo ante una biblioteca bien abastecida que cubría una de las paredes. Cuanto
Teal le interpeló, el chico, cohibido, se levantó y se puso a manosear el cinturón
del albornoz en que se envolvía. Aparentaba unos veintidós años, era esbelto,
rubio, de ojos grandes y expresión bastante lerda.
–Permítame presentarle a Philip Chell, el
otro adulto consenciente de esta casa. –La curva de los labios de Teal se convirtió
en una franca sonrisa–. No tiene usted idea del placer que proporciona decirle
esto abiertamente a un policía.
–¡Oh, Ivan! –protestó el muchacho.
–¡Oh, Ivan! –se burló Teal–. No hay motivo
para asustarse. No hacemos nada punible. A tu edad, seguro que apenas te
acuerdas de cuando sí era punible. –Todavía sonriendo, pero menos afablemente, dijo a
Wexford–: No como yo, que tanto sufrí por culpa de los policías. –Se encogió de
hombros en dirección al muchacho–. Pero lo pasado, pasado está. Ofrezcámosle un
café. Ve y tráelo, niño.
Philip Chell se retiró enfurruñado.
Teal miraba hacia el cementerio con la cabeza
un poco inclinada a un lado.
–Me ha quedado una verdadera obsesión por el
tema, ¿no cree? ¿Puedo contarle un chiste? Es bastante limpio, aunque no lo
parece por la forma en que empieza. –Desvió la mirada de la ventana para fijar
sus insolentes ojos gris pálido en el rostro de Wexford–. Tres hombres, un
inglés, un francés y un ruso. Cada uno cuenta a sus compañeros qué es lo que le
proporciona mayor placer. El inglés dice que un partido de cricket en el campo
de su pueblo, una bella tarde de sábado, en el mes de junio. Una buena
bullabesa preparada por une vraie Marsellaise, dice el francés. Es de
noche, dice el ruso. Estoy en mi casa. Llaman a la puerta. Fuera está la
policía secreta, sombreros de fieltro, impermeables que ocultan las pistolas. Y
mi mayor placer llega cuando preguntan por Ivan Ivanovitch y puedo decirles que
Ivan Ivanovitch vive en la casa de al lado.
Wexford reía.
–Pero ya ve, amigo mío –prosiguió Teal–, yo
no podía decirles eso, porque Ivan vivía aquí. Y en dos ocasiones tuve que
marcharme con ellos. –Su tono cambió, para añadir con ligereza–: Mi mayor
placer es ahora invitar a los policías a café. ¿Sabe usted? Una de las ventajas
del heterosexual sobre el homosexual es que en el hogar tiene a una mujer y las
mujeres son más diestras en las tareas domésticas. Ese chico es un caso
perdido. Póngase cómodo mientras voy a rescatarle.
Los anaqueles de la librería contenían obras
de Proust, Gide y Wilde, como Wexford esperaba, y muchas otras que no habría
esperado. Si había leído todos aquellos libros, Teal era realmente culto.
Tendió la mano para coger un volumen encuadernado en piel de becerro y, cuando
lo hacía, la voz del propietario sonó junto a su hombro:
–¿John
Addington Symonds? ¿No está ya un tanto pasado? Pobre
tipo. Swinburne le llamaba Soddington Symonds, ¿lo sabía?[3]
–No lo sabía –dijo Wexford, riendo–, y no me
interesa Symonds. Veo que tiene la traducción de Robinson de Utopía.
–Llévesela. –Teal sacó el libro de su sitio para entregarlo a Wexford–.
¿Toma leche con el café? ¿No? Mi amigo se ha retirado a su dormitorio. Sospecho
que teme que me disponga a hacerle a usted toda clase de revelaciones.
–Me gustaría que así fuera, señor Teal,
aunque no del género que pondría en apuros al señor Chell. Deseo que me hable
de Loveday Morgan.
Teal tomó asiento al pie de la ventana, con
el brazo apoyado en el antepecho de ésta. Wexford, desde el lugar donde a su
vez se sentó, no podía ver el cementerio. La cara de Teal, una de esas caras
morenas y bruñidas, a un tiempo juveniles y sin edad, quedaba enmarcada sobre
un fondo de cielo lechoso.
–La conocía muy superficialmente –dijo–. Era
una criatura extrañamente reprimida. Tenía todo el aire de la persona que ha
sido educada por unos padres anticuados y estrictos. Una o dos veces, el
domingo por la mañana, la vi dirigirse a la iglesia, andando con cautela, como
si estuviera haciendo algo malo pero a lo que no podía resistirse.
–¿A la iglesia?
Súbitamente recordó Wexford la Biblia. Debió
de haber sido de ella, a fin de cuentas.
–¿Por qué no? –exclamó Teal, con voz fuerte e
impaciente–. Algunas personas todavía van a la iglesia, incluso en estos
ilustrados tiempos.
–¿A qué iglesia?
–A la que hay al final de la calle,
naturalmente. Yo no habría sabido que iba a la iglesia si no hubiera visto
adonde se encaminaba.
–No es necesario que se exalte –dijo Wexford
sosegadamente–. ¿Que clase de iglesia es ésa? ¿Católica o anglicana? No parece
una cosa ni otra.
–Se llaman a sí mismos los Hijos de la
Revelación. Algo bastante parecido a los Exclusivos o a la Hermandad de
Plymouth. Existe esta capilla, o templo, como ellos lo llaman, y otra en algún
lugar más al norte, y creo que una tercera en el sur de Londres. Seguramente
usted, como policía, recordará el escándalo de hace un par de años, cuando uno
de sus ministros fue procesado por no sé qué indecencia. Pobre imbécil. Salió
en todos los periódicos. –Y añadió reflexivamente–: Siempre sale.
–¿Era Loveday una... eso, Hija de la
Revelación?
–Difícilmente. Trabajaba en un comercio de
televisores, y para ellos la televisión, los periódicos y el cine son sinónimos
de pecado. Probablemente iba allí porque era la iglesia que tenía más cerca y
necesitaba un poco de consuelo. Nunca hablé con ella de estas cuestiones.
–¿De qué hablaba con ella, señor Teal?
–A eso voy. ¿Más café? –Volvió a llenar la
taza de Wexford y estiró las piernas, bostezando–. Era una chica callada y
triste, como supongo ya habrá averiguado. No creo haberla visto nunca sonreír o
estar alegre, hasta un día, hace aproximadamente una quincena. Era el catorce
de febrero, si esto le sirve de alguna ayuda. Lo recuerdo –sonrió ácidamente–
porque a ese idiota de niño, Philip, se le había ocurrido enviarme una tarjeta
de San Valentín y tuvimos por ello una discusión. ¡Tonterías sentimentales!
Bien, en lugar de salir con él como habíamos convenido, me dirigía a tomar una
copa tranquila, en solitario, en el Queen’s Arms, y me encontré con Loveday,
que venía por Queen’s Lane, la calle que hay ahí al fondo, por si usted no la
conoce, con todo el aspecto de haber descubierto un tesoro. Era poco antes de
las seis y ella regresaba a casa desde el trabajo. Casi reía, como ríen los
niños, ya sabe usted, de alegría, de júbilo.
Wexford asintió.
–Continúe.
–Prácticamente tropezó conmigo. No sabía por
dónde andaba. Le pregunte si se sentía bien y me miró con verdadero pasmo. Por
un momento pensé que se desmayaba. «¿Se siente bien?», repetí. «No lo sé»,
contestó ella. «Me siento rara. Es decir, no sé lo que siento, señor Teal. Me
gustaría sentarme.» En conclusión, que la llevé al Queen’s Arms y la invité a
un brandy. Se mostró bastante reacia a beberlo, pero no parecía que le quedaran
muchas fuerzas para resistirse. No creo que hubiera probado el brandy antes. En
seguida le volvió el color a la cara, el poco color que tenía siempre, y tuve
el presentimiento de que me abriría su corazón.
–¿Y no lo hizo?
–No. Parecía desearlo. No podía. Años de
represión habían hecho imposible para ella el confiar en alguien. En cambio,
empezó a hacerme preguntas sobre Johnny y Peggy Pope. ¿Eran personas de fiar?
¿Consideraba yo que Johnny seguiría con Peggy? No supe qué decirle. Aquellos
dos llevaban aquí sólo cuatro meses, no mucho más tiempo que la propia Loveday.
Le pregunté: «¿En qué sentido, de fiar?», y me dijo simplemente que no lo
sabía. Ya ve usted. A continuación la acompañé hasta aquí, y la única vez que
volví a hablar con ella fue la semana pasada, cuando de nuevo me preguntó por
Johnny y Peggy. Quería saber si eran muy pobres.
–Extraña pregunta. No estaba en condiciones
de ayudarles económicamente.
–Ciertamente que no. No tenía ni un penique.
–¿De qué vive Lamont?
–Peggy me dijo que es albañil de oficio, pero
este tipo de trabajo estropea las manos, por favor, y nuestro Johnny tiene
ambiciones de actor. En una ocasión le emplearon brevemente como modelo y desde
entonces alienta ideas grandiosas sobre su futuro. Le asusta que Peggy pueda
abandonarle y llevarse a la niña, pero aparentemente su miedo no basta para que
se decida a buscar un trabajo con cara y ojos. Imagino que Loveday estaba un
poco enamorada de él, pero él no la habría ni mirado. Peggy es muy bonita, ¿no
cree?, a pesar de la suciedad.
Wexford asintió y dio a Teal las gracias por
el café y la información, pese a que no había aclarado gran cosa.
La puerta del dormitorio se movió ligeramente
cuando ambos hombres se dirigían al vestíbulo.
–¿No tenía amigos, no la visitaba nadie?
–preguntó Wexford.
–No sé nada más. –Teal miró la puerta
entornando los ojos y la abrió de un manotazo–. ¡Sal de ahí, niño! No me gustan
los espías.
–No estaba espiando, Ivan. –El muchacho,
entre tanto, se había vestido con una camiseta escarlata y unos pantalones de
terciopelo. Tenía un aspecto excelente y olía a agua de colonia–. Yo también vivo aquí –dijo, malhumorado–. Y no tienes por qué gritarme.
–Quizá el señor Chell pueda ayudamos –sugirió
Wexford, esforzándose en no reír.
–Pues realmente quizá pueda. –Chell volvió
coquetamente la espalda a Teal y dedicó al inspector jefe una sonrisa
triunfal–. Vi a una chica que preguntaba por Loveday.
–¿Cuándo fue eso, señor Chell?
–Oh, no lo sé. No hace mucho. Era una chica
joven. Vino en un coche, un Mini rojo. Yo salía en aquel momento, y esa chica
estaba en los escalones de la entrada mirando los timbres. Dijo que había
llamado al apartamento ocho pero que la joven señora parecía estar ausente. Es
una cosa rarísima para que una chica lo diga de otra, ¿no? ¿La joven señora?
Entonces apareció Loveday viniendo por la calle, saludó a la chica y se fue
escaleras arriba con ella.
Teal parecía irritado porque Chell le hubiera
dicho tanto a Wexford y tan poco a él.
–Bien, describe a esa chica, niño –dijo
displicentemente–. Descríbela. Ya ve, señor Wexford, que aquí tenemos a un
atento observador, dispuesto a atender las necesidades humanas.
Wexford no le hizo caso.
–¿Qué aspecto tenía?
–Pues muy poco gancho, si entiende usted lo
que quiero decir. –El muchacho soltó una risita–. Llevaba el cabello corto y
vestía una especie de chaquetón azul oscuro. Oh, y guantes –añadió, como si estos
últimos fueran parte de alguna parafernalia tribal poco menos que inaudita.
–Un retrato completo y detallado –se mofó
Teal–. No importa de qué color eran sus ojos, si medía uno cincuenta o uno ochenta.
Llevaba guantes. Lo único que hay que hacer ahora es encontrar a una señorita
convencional que usa guantes, y allí estará la asesina. ¡Rápido! Ahora, corre a
tu sitio habitual frente al espejo. ¡Sé bueno, niño, y deja hacer a las
personas inteligentes!
Hasta que se encontró en la calle, Wexford no
se dio cuenta de que había olvidado el ejemplar de Utopía sobre la mesa de Teal.
Bueno, que se quedase allí. No le agradaba la idea de subir de nuevo todas
aquellas escaleras para recogerlo, arriesgándose a interferir en la monumental
disputa que sospechaba habría estallado entre los dos hombres. En lugar de
ello, anduvo hasta el límite del callejón sin salida donde dos gruesos pilones
surgían del pavimento, y echó una mirada a la extraña iglesia.
Como ocurría con las ropas de Peggy Pope,
cada uno de los elementos utilizados en la construcción de aquel poco atractivo
conjunto parecía escogido con un deliberado gusto por lo feísimo. ¿Qué clase de
hombre, o de grupo de hombres, había diseñado aquel edificio y lo había
considerado adecuado para honrar a su Dios? Era difícil calcular cuándo se
construyó. No había rastro de estilos clásicos ni góticos en su arquitectura,
ninguna analogía con cualquier género familiar de edificación. Quizá en alguna
de las impresentables profundidades de su parte trasera existían ventanas, pero
aquí, en la fachada, lo único que había era un círculo de vidrio rojo no mayor
que una rueda de bicicleta situado bajo un gablete redondeado de ladrillos de
color vinoso. Esparcido por toda la fachada aparecía un motivo decorativo de
tres en raya formado por ladrillos de color ocre que destacaban entre los de
color rojo.
La puerta era pequeña, del tipo que uno
esperaría encontrar en el cobertizo de un jardín. Wexford trató de abrirla,
pero estaba cerrada con llave. Se inclinó para leer la placa de granito
contigua a la puerta: «Templo de la Revelación. Los elegidos se salvarán.»
La mano que descendió con un golpe seco sobre
su hombro le hizo darse media vuelta.
–Márchese –dijo un tipo barbudo vestido de
negro–. Nada de intrusos.
–Haga el favor de retirar su mano de mi
chaqueta –replicó Wexford enérgicamente.
No habituado quizá a ningún tipo de desafío,
el hombre hizo lo que le decía. Miró a Wexford con pálidos ojos de fanático.
–No le conozco.
–Eso no le da derecho a asaltarme. Yo sí le
conozco. Usted es el ministro de esta parroquia.
–El pastor. ¿Qué quiere usted?
–Soy un oficial de policía que investiga el
asesinato de la señorita Loveday Morgan.
El pastor ocultó las manos en el interior de
su capa negra.
–¿Asesinato? No sé nada sobre asesinatos.
Nosotros no leemos los periódicos. Nos mantenemos aparte.
–Muy cristiano, estoy seguro –dijo Wexford–.
La muchacha acudía a su iglesia. Usted la conocía.
–No. –El pastor sacudió la cabeza con
vehemencia. Parecía enfadado y ofendido–. He estado ausente por enfermedad y
otra persona se ocupaba de mi grey. Quizás a esa persona le pasó inadvertida.
Quizá, en su ignorancia, la tomó por uno de los quinientos.
–¿Qué quinientos?
–Tal es nuestro número, el número de los
elegidos sobre la faz de la Tierra. No hacemos adeptos. Para ser uno de los
Hijos se debe nacer de padres que sean ambos Hijos, y de este modo el número
aumenta y disminuye con las defunciones. Quinientos –repitió, y añadió con
menos altivez–: poco más o menos. –Recogiendo los pesados pliegues de su
vestidura en torno al cuerpo, murmuró–: Tengo trabajo. Muy buenos días.
Wexford le vio alejarse hacia Queen’s Lane.
Al cabo de un momento se puso él también en marcha, en dirección a la entrada
septentrional del cementerio. En aquel extremo del recinto, la tierra estaba
reservada a sepulturas católicas. Un entierro había tenido lugar el día
anterior y las flores depositadas por los asistentes se marchitaban al viento
de marzo. Por un camino en apariencia poco transitado fue a parar a una sección
de tumbas pertenecientes a antiguos miembros de la Iglesia Ortodoxa griega,
donde observó el epitafio de una princesa rusa. Su nombre y patronímico le
recordaron las novelas de Tolstoi, con aquella lista de personajes situada al
principio para orientar al lector. Intentaba descifrar la inscripción cirílica
cuando una sombra se proyectó sobre la tumba y se oyó una voz.
–Tatiana Alexandrovna Kratov.
Por segunda vez en el mismo día le habían
sorprendido leyendo una inscripción. ¿Quién sería ahora? ¿Otro cura intratable,
presto a regañarle y reprobar su ignorancia? Esta vez giró lentamente en
redondo y se encontró ante los ojos de un hombre corpulento, vestido con un
chaquetón de piel de cordero, que le sonreía alegremente, con las manos
hundidas en los bolsillos.
–¿Sabe usted quién era –preguntó Wexford– y
cómo vino a parar aquí?
El hombre asintió.
–Son pocas las cosas que no sé sobre este
cementerio –dijo–, o sobre el propio Kenbourne, dicho sea de paso. –Un cierto
entusiasmo juvenil borró la arrogancia de sus siguientes palabras–: Soy un
experto en Kenbourne Vale, una mina ambulante de información. –Se tocó el
costado de la cabeza–. Aquí dentro guardo libros enteros de historia y
geografía que nunca se han escrito.
–Entonces usted debe de ser... –¿Cuál era el
nombre que Howard le había dado?–. Usted es Notbourne Properties –dijo
absurdamente.
–El presidente. –La mano de Wexford sufrió un
fuerte apretón–. Stephen Dearborn. ¿Cómo está usted?
7
Se consideraba a sí mismo tan docto que no
aceptaba
consejos de otro hombre.
consejos de otro hombre.
Habían salido a un claro barrido por el
viento, y ahora que podía examinarlo con mayor atención Wexford vio que su
nuevo conocido era un hombre acaudalado. El atuendo de Dearborn procedía de una
franja de precios a la que Wexford nunca podría aspirar, sus zapatos parecían
hechos a mano, y la correa de su reloj se componía de anchos eslabones de oro.
–No es usted de aquí, ¿verdad? –le preguntó.
–Estoy de vacaciones.
–Y ha pensado que le gustaría visitar la
escena de un reciente crimen...
La voz de Dearborn seguía siendo amistosa y
amable, pero Wexford creyó detectar en ella aquella nota de disgusto que a
veces estaba presente en su propia voz cuando interpelaba a algún curioso
inoportuno.
–Me he enterado del asesinato, naturalmente
–replicó–, pero el cementerio es fascinante por sí mismo.
–¿No simpatizará usted con esa gente que
propugna desconsagrar el lugar y destinarlo a terreno edificable?
–No sabía que semejante iniciativa estuviera
en marcha. –Wexford observó que el hombre había fruncido el entrecejo–. ¿Se
opone usted a la edificación? –preguntó–. ¿A la renovación de la zona?
–Todo lo contrario –dijo Dearborn
enérgicamente–. Soy uno de los principales responsables de las mejoras de
Kenbourne Vale. Ignoro cuánto ha visto usted del distrito, pero las
reconversiones de Copeland Square, por ejemplo, son obra mía. Y la antigua casa
Montfort. El objetivo de mi empresa es rescatar todo lo posible de las muestras
de georgiano e inicios del Victoriano de la insensata demolición que se ha
puesto en marcha. No quiero ver cómo todos los lugares de interés, como este
cementerio, son arrasados para hacer... –abrió los brazos y concluyó
acaloradamente–: ¡junglas de hormigón sin personalidad!
–¿Vive usted en Kenbourne Vale? –preguntó
Wexford cuando tomaron juntos la senda que conducía a San Pedro y a la entrada
principal.
–Nací aquí. Amo cada milímetro de mi barrio,
pero vivo en Chelsea. En
Laysbrook Place. Kenbourne Vale no es lo más adecuado para
mi esposa. Lo será algún día, cuando se hayan realizado todos mis proyectos.
Quiero hacer de esto el nuevo Hampstead, el sucesor del elegante Chelsea. Y si
quiero, ¡puedo! –Dearborn agitó de nuevo los brazos, golpeando sin querer la
rama de una encina y haciendo volar una lluvia de gotas sucias de polvo–.
Quiero revelar a la gente lo que hay aquí realmente, escondido bajo un siglo de
mugre: las espléndidas fachadas, las magníficas plazoletas. Le mostraría todo
el cementerio, sólo que no creo que disponga usted de tiempo y... bien, preferiría...
no me veo con ánimos...
–¿El asesinato ha echado a perder el encanto
que tenía para usted? –dijo intuitivamente Wexford.
–En cierto modo, sí. Sí, por supuesto.
–Dirigió al inspector jefe una mirada de aprobación–. Muy inteligente al
comprenderlo. Mire, lo más insólito del caso es que aquella misma chica vino a
pedirme un empleo. La entrevisté personalmente. Que colocaran su cuerpo en
aquel mausoleo me pareció una especie de sacrilegio. –Se encogió de hombros–.
No hablemos de ello. Diga, ¿qué piensa usted de ese edificio? – continuó,
señalando la cúpula de piedra arenisca–. Es de 1855, y no hay ni rastro de
gótico, aunque por entonces ya se había perdido el arte de emular lo clásico y
estaban experimentando con lo bizantino. Mire las dimensiones de aquellas
columnas... –Apoyando su ancha mano en el brazo de Wexford, se embarcó en una
conferencia sobre estilos arquitectónicos sembrada de términos oscuros y de
expresiones que para el inspector carecían prácticamente de sentido. La educada
perplejidad de su oyente terminó por hacérsele evidente, y de pronto se
interrumpió diciendo–: Le aburro a usted.
–¡Oh, no, no me aburre! Sólo que temo ser
bastante ignorante. Encuentro este distrito maravilloso.
–¿De veras? –El presidente de Notbourne
Properties no estaba, evidentemente, acostumbrado a tener oyentes tan
complacientes–. ¿Por qué no se deja caer por allí y viene a vernos una tarde?
Me refiero a Laysbrook House. Le mostraré mapas de estos contornos tal como
eran hace ciento cincuenta años. Guardo escrituras de varias de las antiguas
mansiones que estoy seguro le interesarán. ¿Qué le parece?
–Me gustaría mucho.
–Veamos. Hoy es jueves. ¿Por qué no el sábado
por la tarde? Venga hacia las ocho y media y tomaremos una copa y examinaremos
esos mapas juntos. Y ahora, ¿puedo dejarle en alguna parte?
Pero Wexford rechazó esta última invitación.
El hombre se había mostrado amable y expansivo con él. Confesarle en aquel
momento que era un policía y que se dirigía al puesto de Kenbourne Vale podría
inducir a Dearborn a considerarle una especie de espía.
En lugar de regresar al puesto de policía,
sin embargo, se encaminó hacia el este por Lammas Grove, en busca de
Sytansound. El coche policial aparcado delante le indicó dónde estaba antes de
que pudiera leer el rótulo del establecimiento. El sargento Clements, al
volante, le dio la bienvenida con un jubiloso:
–¿Ha almorzado ya, señor?
–Se me ha ocurrido que podría probar la
cantina de ustedes –dijo Wexford, sentándose a su lado–. ¿Me la recomienda?
–Yo suelo comer en casa, si me es posible.
Vivo justo a la vuelta de la esquina. Me gusta ver al chico siempre que tengo
ocasión. Está acostado cuando llego por la noche.
–¿Su hijo?
Clements no contestó de inmediato. Prestaba
atención a un muchacho que descargaba algo de una furgoneta de Sytansound, pero
a Wexford le pareció que aquélla era una preocupación simulada, por lo cual
repitió la pregunta. El sargento se volvió a mirarle. El vivo color de sus
mejillas se había oscurecido hasta adquirir un tono carmesí. Se aclaró la garganta.
–De hecho –dijo– estamos en trámite de
adopción. Lo tenemos tres meses a prueba, pero la madre ha firmado el
consentimiento y hemos de recibir el oficio la semana próxima, una semana a
partir de mañana. –Deslizó lentamente las manos en torno al volante–. Si la
madre cambiara de opinión, podría matar a mi esposa.
La turbación y la incertidumbre habían pasado
del uno al otro, pero nada había que Wexford pudiera hacer al respecto.
–Seguramente, si ya ha consentido...
–Bien, señor, sí. Esto es lo que le digo yo
mismo a mi esposa. Tenemos un noventa y nueve por ciento de posibilidades. Se
han seguido los pasos necesarios, pero hay precedentes de que las madres
naturales cambian de idea en el último minuto, y la justicia se pone siempre de
su parte, incluso si han dado su consentimiento por escrito.
–¿Conocen ustedes a la madre?
–No, señor. Ni ella nos conoce a nosotros.
Para ella sólo somos un número de serie. El trámite se efectúa a través de lo
que se llama un guardián ad litem, un funcionario judicial que
representa un papel comparable al de quienes vigilan la libertad condicional de
los delincuentes. Cuando se cumpla el plazo, mi esposa y yo iremos juntos al
juzgado y ella se sentará con el niño en el regazo, un toque de delicadeza,
¿no?, y entonces se extenderá la orden y luego... luego el niño será nuestro
para siempre. Exactamente igual que si lo hubiéramos engendrado. –La voz de
Clements se hizo más espesa y sus labios temblaron–. Pero no puedes evitar el
tener en mente ese uno por ciento de posibilidades de que algo salga mal.
Wexford empezaba a lamentar haber tocado
aquel tema. El volante al que se habían aferrado las manos de Clements estaba
húmedo de sudor; podía verse latir el pulso en la sien del sargento. Cuando
éste pronunció las últimas palabras parecía a punto de romper a llorar.
–Deduzco que el señor Fortune se encuentra en
el interior del establecimiento –dijo el inspector en un esfuerzo por cambiar
de tema–. ¿Quién es el muchacho de la furgoneta?
–Es Brian Gregson, señor. Ya le ha oído usted
mencionar, digo yo. El que tiene buenos amigos que arden en deseos de
proporcionarle una coartada. –Clements iba calmándose a medida que su atención
se apartaba de sus problemas personales para volver al caso–. Es uno de los
operarios de Sytansound, el único joven soltero.
Wexford recordó entonces que Howard había
mencionado a Gregson, pero sólo de pasada y sin citar su nombre.
–¿Qué es eso de la coartada? –preguntó–. ¿Y
por qué necesita una?
–Es prácticamente el único hombre que tuvo
alguna relación con la llamada Loveday Morgan. Tripper, el guardián del
cementerio, le vio una vez acompañándola a casa en la furgoneta. Y uno de los
dependientes dice que Gregson solía conversar con ella en la tienda de vez en
cuando.
–Muy poco consistente, ¿no le parece? –objetó
Wexford.
–Bien, su coartada para el viernes por la
noche también es poco consistente, señor. Él dice que –estuvo en el Psyche
Club, en Notting Hill, que es una especie de bar, señor. Dios sabe lo que
ocurre allí dentro. Cuatro bribones aseguran que estuvo allí con ellos desde
las siete hasta las once. Pero tres tienen antecedentes, no merecen ni pizca de
confianza. Mírelo, señor. ¿No pensaría usted que tiene algo que ocultar?
Era un muchacho rubio que parecía más joven
de los veintidós años que Howard le había atribuido, con delgados brazos de
colegial aparentemente demasiado endebles para sostener las cajas que
transportaba de la furgoneta a la tienda. A Wexford se le antojó que tenía el
aire de alguien que piensa que si trabaja con ahínco, dando la impresión de
arrebatada entrega, podrá pasar inadvertido y escapar a la acción de la
justicia. Fuera o no fuera ésta la esperanza que le espoleaba a trotar de acá
para allá, tan atareado con sus cajas, su trabajo estaba destinado a ser
interrumpido. Cuando se acercaba de nuevo a la parte trasera de la furgoneta,
evitando deliberadamente que sus ojos se posaran en el coche policial, un
hombre de cabeza vivaz y rostro anguloso salió de Sytansound, le hizo una seña
y le llamó:
–¡Gregson! ¡Un minuto!
–Es el inspector Baker, señor –dijo
Clements–. Se las hará pasar moradas, ya lo creo, le dirá una o dos cosas que
su padre tendría que haberle dicho hace años.
Wexford suspiró, porque adivinaba lo que
seguiría y sabía que, a no ser que bajara del coche, se sentiría incapaz de
frenarlo.
–Vicioso, como todos los jóvenes de hoy
–seguía diciendo Clements–. Ahí tenemos a esas mocosas dando a luz hijos
ilegítimos sin más sentido de responsabilidad que... que las conejas.
–Pronunció la última palabra en un tono de triunfante satisfacción, pensando
quizá que el inspector jefe, dados sus rústicos antecedentes, estaría
familiarizado con el comportamiento de esos pequeños mamíferos–. Están
incapacitadas para cuidarlos –continuó–. Tendría usted que haber visto a
nuestro niño cuando entró por primera vez en casa, flaco, pálido, la nariz
siempre goleándole. No creo que hubiera respirado aire puro en su vida. No es
justo. –La voz de Clements se elevó apasionadamente–. No los desean, abortarían
si no fuera porque esperan demasiado y ya les resulta imposible, mientras que
una mujer decente, de vida limpia, una mujer religiosa como mi esposa, pierde
un hijo tras otro y se le destroza el corazón durante años. Los metería a todos
en la cárcel, les...
–Vamos, sargento...
Wexford no sabía qué decir para
tranquilizarle. Rebuscó en su mente frases de consuelo, pero antes de que
pudiera pronunciar ninguna se había abierto la portezuela del coche y Howard le
estaba presentando al inspector Baker.
Desde el momento en que se sentaron en el
Grand Duke se hizo evidente que el inspector Baker era de la clase de hombres
que, como ciertos filósofos y científicos obstinados, conciben una teoría y
luego fuerzan los hechos para que se ajusten a ella. Cualquier cosa que no
encaje en la pauta, aunque sea relevante, debe ser descartada, mientras que
otros datos insignificantes son exageradamente magnificados. Wexford
reflexionaba sobre esto en silencio, sin decir palabra, pues las conclusiones
del inspector no iban destinadas a él. Tras el obligatorio apretón de manos y
el murmullo de alguna frase insincera, Baker había hecho lo posible para
excluirle de la conversación, maniobrando diestramente para sentarle a un lado
de la mesa mientras que él y Howard se situaban frente a frente en el extremo
contrario.
Estaba claro que Gregson era el candidato
elegido por Baker como asesino de Loveday Morgan, asunción que se basaba en los
antecedentes del joven (una condena por hurto), sus amigos y lo que él llamaba
la «amistad del joven con Loveday».
–La rondaba en la tienda, señor. La llevaba
por ahí en su furgoneta.
–Sabemos que la acompañó una
vez –dijo Howard.
Baker tenía una voz áspera y desagradable; la
pésima gramática cockney de su infancia se había desvanecido ya, pero la
entonación persistía. Hacía que todo cuanto decía sonase amargo.
–No podemos esperar que aparezcan testigos de
todas las ocasiones en que estuvieron juntos. Ellos dos eran las únicas
personas jóvenes del establecimiento. No me dirá usted que una muchacha como la
Morgan no habría dado pie a sus atenciones.
Wexford mantenía la mirada fija en su plato.
Nunca le había gustado que se mentara a las mujeres únicamente por sus
apellidos, ni siquiera cuando se trataba de prostitutas, ni siquiera cuando
eran delincuentes. Loveday no había sido ninguna de ambas cosas. Levantó la
mirada cuando Howard dijo:
–¿Qué hay del móvil?
Baker se encogió de hombros.
–La Morgan le provocó y luego le echó un
jarro de agua fría.
Wexford se había propuesto no interrumpir,
pero no pudo contenerse.
–¿En un cementerio?
El inspector actuó exactamente como un padre
de familia Victoriano cuyo discurso en la mesa del comedor fuera interrumpido
por un niño, uno de aquellos seres que habían de ser vistos pero no oídos. La
única diferencia fue que parecía como si él hubiese preferido no ver tampoco a
Wexford. Fijó en éste una reprobativa y penetrante mirada, y le pidió que
repitiera lo que había dicho.
Wexford lo repitió.
–¿Le gusta a la gente hacer el amor en los
cementerios?
Por un momento pareció como si Baker fuera a
emular a Clements y decir que «ellos» harían cualquier cosa en cualquier parte.
Aparentemente le había desagradado la mención de Wexford de «hacer el amor»,
pero no se refirió a ello directamente.
–No dudo de que tendrá usted algo mejor que
sugerir –dijo.
–Bien, sólo tengo algunas preguntas –dijo
Wexford, vacilante–. Según creo, el cementerio se cierra a las seis. ¿Qué
estuvo haciendo Gregson aquella tarde?
Howard, que parecía apurado por la actitud de
Baker y procuraba contrarrestarla con una cortesía particularmente delicada
hacia su tío, atendiendo a sus deseos en la mesa y llenándole frecuentemente el
vaso con el frasco de zumo de manzana, se apresuró a decir:
–Estuvo con la señora Kirby Copeland Road
hasta aproximadamente la una y media, luego volvió a Sytansound. A continuación
fue a una casa de Mammouth Street, eso está cerca de Vale Park, Reg, y
finalmente efectuó una larga reparación en Queen’s Lane que le tuvo ocupado
hasta las cinco y media. Cuando terminó se fue a casa de sus padres, en
Shepherd’s Bush.
–Entonces no consigo ver...
Baker había estado desmigajando un panecillo
con el aire de un hombre sumido en sus propios pensamientos. Levantó la cabeza
y dijo, de un modo que usualmente es descrito como paciente, aunque de hecho
indica una exasperación apenas disimulada:
–Que el cementerio cierre a las seis no
significa que nadie pueda entrar o salir a partir de esa hora. Hay brechas en
los muros, una bastante importante al final de Lammas Road, y los vándalos no
paran de agrandarlas. Ese maldito lugar debería ser allanado y edificado. –Una
vez expuesta su opinión, en flagrante desacuerdo con el punto de vista de
Stephen Dearborn, sorbió su ginebra y dejó escapar una ligera tos–. Pero esto
es una cuestión aparte. Debe usted admitir, señor Wexford, que no conoce este distrito
como lo conocemos nosotros, y un paseo matinal no basta para hacerse cargo de
lo que es.
–Vamos, Michael –dijo Howard, incómodo–. El
señor Wexford está ansioso por informarse. Por eso ha preguntado.
A Wexford le acongojó oír que su nuevo
conocido, o mejor antagonista, llevaba el mismo nombre que Burden. Evocó con
amargura cuan diferente habría sido la respuesta de su estimado inspector. Pero
no dijo nada. Baker no pareció acusar el suave reproche de Howard más que con
un casi imperceptible alzamiento de hombros.
–Gregson pudo haber entrado y salido del
cementerio –dijo– con tanta facilidad como usted se bebe esa cosa que tiene en
el vaso.
Wexford tomó un sorbo de la «cosa» y volvió a
probar suerte, decidido a que Howard no viera en él signos de ofensa.
–¿Tienen ya ustedes un informe médico?
–Llegaremos a eso en un minuto. Gregson se
reunió con la mujer en Queen’s Lane a las cinco y media y fueron a un lugar
recogido del cementerio. Ella se asustó, quizá gritó, y él la estranguló para
silenciarla.
¿Por qué no habrían ido al cuarto de la
chica?, se preguntó Wexford. ¿Por qué no a su habitación en aquella casa donde
nadie hacía preguntas? ¿Y por qué había solicitado tener la tarde libre si no
pensaba ver a Gregson hasta después de las horas de trabajo? Éstos eran temas
que plantearía a Howard cuando estuvieran solos, pero no ahora. Veía que Baker
era un hombre cuyo concepto de la conversación consistía en que le invitasen a
exponer sus criterios mientras los otros presuntos interlocutores le admiraban,
le alentaban y asentían a sus palabras. Una vez hubo enunciado su propia y
limitada reconstrucción del caso, se volvió una vez más a Howard intentando
comentar con él, en un tono casi inaudible, los términos del informe médico.
Howard, sin embargo, estaba empeñado en no
excluir a su tío. Consciente de que Wexford gozaba de cierta reputación como
conocedor de las peculiaridades de la psicología humana, le urgió a que les
hablara de su labor de aquella mañana.
–Loveday Morgan era una muchacha muy inocente
–empezó Wexford. Notaba que en esto pisaba terreno firme, porque Baker
difícilmente pretendería conocer la personalidad de la chica muerta tan bien
como conocía la geografía de Kenbourne Vale–. Una muchacha muy tímida –dijo–,
temerosa de asistir a fiestas y reuniones, y que muy probablemente sólo una vez
en su vida había estado en un pub. –Le satisfizo ver una sonrisa que podía ser
de aprobación en la cara de Baker. Ello le alentó a ser más audaz, a preguntar
algo que incidía sobre la teoría del inspector–. ¿Seduciría a un hombre una
chica así, iría en compañía de un hombre que le era relativamente extraño a un
lugar tan solitario? Creo que tendría demasiado miedo.
Baker continuaba sonriendo tensamente.
–Existe otro punto que me ha llamado la
atención...
–Oigámoslo, Reg. Puede sernos útil.
–El martes era veintinueve de febrero. He
estado rumiando que si el asesino dejó el cuerpo de la muchacha en la cripta
Montfort pudo ser porque sabía que ésta era únicamente visitada el último
martes de cada mes, y dicho martes, pensó, ya había pasado.
Baker le miró incrédulo, pero Howard entornó
astutamente los ojos.
–¿Quieres decir que olvidó que este año, un año bisiesto, febrero tiene un martes extra?
–Es una posibilidad, ¿no? Me cuesta admitir
que un joven como Gregson conociera la existencia de la cripta y del legado
para su conservación. He pensado, en cambio, que el hombre que cometió el
crimen sí los conocía y que pudo dejar allí a Loveday porque ella sabía algo
que a él no le convenía que se revelase antes de transcurrida una semana.
–Interesante –dijo Howard–. ¿Qué opinión le
merece a usted, Michael?
El hombre que no era Burden, que compartía
con Burden sólo el nombre y un cierto aire de rasgos angulosos y enérgicos,
enarcó las cejas y dijo arrastrando las palabras:
–¿Se refiere al último punto expuesto por
su... tío, señor?
Fue astuto su ligero titubeo antes de
pronunciar la palabra «tío», justo lo imprescindible para subrayar la
insinuación de nepotismo. Pero se había excedido un poco. Su observación hizo
fruncir el ceño a Howard, generalmente tan amable, y le incitó a desahogar su
impaciencia repiqueteando con las puntas de los dedos en su copa de vino. Y
Baker comprendió que era amonestado. Se encogió de hombros, sonrió y habló con
fría cortesía.
–Usted ha calificado a la Morgan de inocente
y tímida, señor Wexford, pero estoy seguro de que sabe bien cuan engañosas
suelen ser las apariencias. Los resultados de un examen post mortem, en cambio, no engañan. ¿Le sorprendería oír que, de acuerdo con el
informe médico, la mujer dio a luz un niño en el curso del pasado año?
8
Marchan con paso cansino, lejos del hogar
que conocen
y al que están habituados, sin encontrar sitio
donde reposar.
y al que están habituados, sin encontrar sitio
donde reposar.
Después de la gentileza de Howard y de la
grata y franca bienvenida que le habían dispensado otros miembros del equipo de
su sobrino, Wexford encontró el antagonismo de Baker casi doloroso. Se sentía
curiosamente descorazonado. Su primer día allí (su primer día en cualquier
parte) como investigador privado había empezado de forma muy prometedora. La
intervención de Baker fue como una nube oscura que ocultara el sol.
Sabía que, de haberse hallado en plena forma
y lo bastante saludable, si su confianza no se hubiera debilitado ante el
recelo de que su viejo cuerpo pudiera de pronto traicionarle, habría encajado
aquel pequeño revés sin alterarse. Él no era, a fin de cuentas, un chiquillo al
que se podía apartar de su juego favorito porque otro niño más robusto se
entrometía y pretendía enseñarle cómo se colocaban las piezas del rompecabezas.
Pero ahora, en su interior, se sentía casi infantil, alterada una vez más su
audaz identidad de adulto. Y cuando volvía la mirada hacia su labor de aquella
mañana, le parecía cosa de aficionados. El ingrato pensamiento que Howard le
había enviado a una modesta partida de caza en solitario simplemente para
tenerle ocupado y hacerle feliz, era demasiado fuerte.
Tampoco le reconfortó el despacho privado que
Howard había habilitado para su uso y al cual el detective Dinehart acaba de
conducirle. Como todas las dependencias que Wexford había visto en aquel puesto
de policía, era oscuro, tristón y de techo enormemente alto. Tenía un trozo de
alfombra grisácea, sillas tapizadas de escurridizo cuero marrón, y la vista
desde la ventana ofrecía una completa perspectiva frontal de los depósitos de
gas de Kenbourne. No pudo evitar el recordar con nostalgia su propio despacho
de Kingsmarkham, luminoso y moderno, y al contemplar la monstruosa mesa de pino
plantada frente a él evocó su amado escritorio de palo de rosa, invariablemente
amenizado por su desorden personal.
Tomó asiento y, con severidad, se preguntó a
sí mismo qué era lo que le ocurría. La casa de Howard era demasiado lujosa para
él; este lugar, demasiado mísero. ¿Qué había esperado? ¿Que Londres fuera un
Kingsmarkham utópico y que todos aquellos policías londinenses tendieran una
alfombra roja para recibirle?
Fijó la mirada en el gasómetro, pensando en
qué iba a ocupar la tarde. «Husmea por ahí cuanto se te antoje», había dicho
Howard, pero ¿dónde tenía que husmear y qué autoridad le respaldaba? Estaba
calculando si no sería presionar demasiado a su sobrino o actuar contra el
protocolo salir en busca de Howard, cuando en aquel preciso momento su sobrino
llamó a la puerta con los nudillos y entró.
Howard parecía cansado: en su cara se
reflejaba fácilmente su estado anímico. Tenía bolsas bajo sus ojos grises, que
habían perdido brillo.
–¿Qué me dices de tu despacho?
–Está muy bien, gracias.
–Una vista horrible, me temo, pero había que
elegir entre el gasómetro, la destilería o la estación de autobuses. Quiero
disculparme por Baker.
–Vamos, Howard, por favor –dijo Wexford.
–No. Su forma de tratarte ha sido ruda, pero
no injustificable. Uno ha de ser tolerante con Baker. Últimamente ha estado
sometido a fuertes tensiones. Se casó con una chica a la que doblaba la edad.
Ella se quedó embarazada, lo cual le llenó de alegría hasta que se enteró que
el niño era de otro hombre y que su mujer le abandonaba para irse con él. Desde
entonces ha perdido la confianza en sí mismo y en los demás, y está
crónicamente asustado de no dar la talla del puesto que ocupa.
–Ya veo. Una historia desagradable.
Ambos guardaron silencio unos momentos.
Wexford se sorprendió anhelando desesperadamente que Howard no volviera a
marcharse y le dejara solo con los depósitos de gas y sus depresivos
pensamientos. Para retenerle un rato más, dijo:
–Por lo que respecta a ese hijo de Loveday
Morgan...
–En realidad, de esto he venido a hablarte
–dijo Howard–. No sé qué pensar. No sé siquiera si tiene importancia para el
caso, y necesito hablarlo con alguien. Contigo.
Wexford se sintió aliviado y distendido. Su
sobrino parecía sincero. Quizá, a fin de cuentas...
–El niño podría estar con sus abuelos –dijo,
y mientras hablaba notó que el caso empezaba a expulsar de su mente las ideas
de autocompasión–. ¿No has sabido nada de ellos?
–Hacemos todo lo posible por seguirles el
rastro. Entre otras cosas, habría que encontrarles antes de enterrar a la
chica, pero empiezo a sospechar que han muerto. Oh, ya sé que en estos tiempos
las muchachas tienen constantes diferencias con sus padres y abandonan el
hogar, pero con frecuencia esto sólo conduce a que los padres se angustien más
por ellas. ¿Qué clase de personas son las que no se pondrían en contacto con
nosotros teniendo una hija desaparecida, o por lo menos ausente, rubia, de
veintidós años, después de leer toda la información que los periódicos han
publicado en los últimos días?
–Gente muy simple y poco imaginativa, quizá,
Howard, o gente que, simplemente, no relaciona a su hija con Loveday Morgan
porque éste no es su verdadero nombre y no sabe que su hija vivía en Kenbourne
Vale.
Howard se encogió de hombros.
–Es como si la chica hubiera caído del cielo,
Reg, y hubiera aparecido hace dos meses en Kenbourne Vale sin pasado ni historia.
Déjame ponerte un poco más al corriente del asunto. Actualmente, como sabes,
aunque no tenemos estrictamente documentos de identidad como tienen en cierto
países europeos, tenemos una cartilla médica y un número del Seguro Nacional.
No se encontró ninguna cartilla en el cuarto de Loveday Morgan y ella no
figuraba en ninguno de los listados de los médicos locales. Es inconcebible que
hubiera recurrido a cualquier médico privado, pero quizá era tan saludable que
no necesitaba atenciones médicas. Sin embargo, tuvo un hijo,
Reg. ¿Donde? ¿Quién la atendió en el parto?
»Cuando entró a trabajar en Sytansound, Gold
le pidió su cartilla del Seguro Nacional. Ella le dijo que no la tenía y él la
envió a la Seguridad Social para que se la extendieran, cosa que hicieron a
nombre de Loveday Morgan.
–Para un minuto, Howard –dijo su tío–. Eso
significa que nunca había trabajado anteriormente. Una chica de clase obrera,
de veinte años, que nunca ha trabajado...
–Pudo, por descontado, haber trabajado antes
y tenido una cartilla con su nombre verdadero. No te piden el certificado de
nacimiento, ya sabes, sólo tu nombre y lugar de nacimiento y todo eso. No creo
que, de hecho, en este país exista nada que le impida a uno conseguir media
docena de cartillas y reclamar fraudulentamente subsidios de enfermedad o de
desempleo, salvo que algún día te descubran y te echen mano. Por otra parte,
hay ciertos trabajos que uno puede hacer sin necesitar una cartilla para nada.
La mayoría de las mujeres de hacer faenas no la tienen. Las prostitutas
tampoco. Y no digamos quienes se ganan la vida en el mundo de la delincuencia o
en el tráfico de drogas. Pero seguramente Loveday Morgan no desempeñaba ninguno
de esos oficios, ¿no crees?
Wexford sacudió la cabeza.
–Parece la última persona del mundo que
tendría un hijo ilegítimo.
–Ya sabes lo que se dice, que son las buenas
chicas las que tienen hijos. Ahora, además de a sus padres, estamos tratando de
localizar a su hijo o hija. No ha sido adoptado en Kenbourne Vale, esto ya lo
hemos comprobado. Puede estar en cualquier parte. ¿Sabes qué es lo que más me
cuesta comprender, Reg?
Wexford le miró inquisitivamente.
–Puedo entender que tuviera sólidas razones
para querer borrar su rastro, para querer ser anónima. Pudo, por ejemplo, haber
tenido unos padres posesivos que pretendieran privarle de una vida propia. Pudo
haber estado ocultándose de algún hombre que la amenazaba... Por cierto, ésta
es una posibilidad que debo recordar. Pero lo que no puedo concebir de ningún
modo es que aparentemente hubiera estado haciendo esto durante años.
Casi parece que años atrás eludiera ir al médico o conseguir una canilla del
Seguro Nacional para que un día, ahora, cuando encontrase una muerte violenta,
todos creyéramos que no había vivido más que dos meses o que había llegado de
otro planeta.
–¿Qué sabéis de esas dos señas de Fulham?
–preguntó Wexford.
–¿Las que Loveday dio a Peggy Pope?
Corresponden a una casa de Belgrade Road, como creo que ya te dije, pero ella
nunca estuvo allí.
–Los dueños de la casa...
–Supongo que es posible que mientan, que
estén jugando a algo, ellos sabrán a qué; pero no todos sus vecinos. Mi
hipótesis es que Loveday pasó un día por Belgrade Road en autobús y el nombre
se le quedó en la memoria. Hay que tener en cuenta, naturalmente, que cuando
uno da una dirección falsa, salvo que simplemente se invente el nombre, la
dirección que da es la de una calle que ha visto, ha leído, ha oído mencionar,
o que guarda con uno mismo alguna relación por la cual la recuerda. Pero la
mente es muy compleja, Reg, y a esa chica, desgraciadamente, ya no podemos
psicoanalizarla. Si pudiéramos, estaría viva y todo esto no tendría sentido.
–Por supuesto. Sólo pensaba que quizá conocía
a alguien en Belgrade Road.
–¿Quieres decir que por si acaso deberíamos
investigar casa por casa?
–Bien, yo lo haría –dijo Wexford.
Se pesó antes de acostarse y descubrió que
había perdido dos kilos. Pero por la mañana, en lugar de alegrarse por ello, se
despertó deprimido. Llovía. Como un policía novato iba a tener que deambular
sin descanso por Fulham bajo la lluvia. ¿Y dónde, de todos modos, estaba
Fulham?
Denise había instalado en el descansillo de
la escalera un adorno floral espeluznante, un adorno que era a la decoración
floral lo que Dalí a la pintura. Una rama de acebo le agarró cuando empezaba a
bajar, y al liberarse su mano entró en desagradable contacto con un clorofito.
–¿Dónde está Fulham? –preguntó mientras comía
su pomelo sin azúcar–. Confío en que no a muchos kilómetros de aquí.
–Está justo al final de la calle –dijo
Denise. Y añadió tristemente–: Algunas personas llaman Fulham a esto.
No le preguntó por qué quería saberlo. Ella y
Dora pensaban que iba a dar su paseo favorito por el Embankment, sin entender
que él detestaba el río cuando la lluvia lo cubría de un sarpullido tembloroso.
En ese momento, estaba lloviendo con firmeza, y no era la lluvia del campo, que
limpia, refresca y trae consigo aromas vegetales, sino la lluvia londinense,
sucia y con olor a hollín. Caminó en dirección oeste, cruzó el Stamford Bridge
y continuó más allá de las puertas del campo de fútbol. Junto a la estación,
los aficionados compraban bufandas y escudos del Chelsea en las tiendas de
artículos deportivos. Parejas jóvenes contemplaban con desconsuelo los muebles
de segunda mano, los apaleados tresillos que se mojaban en la acera. En la
North End Road el tráfico discurría entre los puestos de venta, salpicando a
los presuntos compradores. Pero a aquel tipo de cosas él estaba más
acostumbrado, eran un poco como Stowerton. Aquí no había signos de la ajada y
en cierto modo siniestra sofisticación de Kenbourne Vale. Las calles laterales
tenían aspecto residencial: se veían jardines, en ellas vivían familias. Las
amas de casa hacían la compra con cestas y bolsas decentes y prácticamente toda
persona que pasaba parecía pertenecer a un tipo de sociedad con el cual se
hallaba familiarizado.
Se rió de sí mismo por ser hasta tal punto un
viejo quisquilloso y convencional, y entonces vio Belgrade Road frente a él,
que desembocaba en ángulo recto desde la calle principal. Las casas tenían tres
pisos de altura y sesenta o setenta años de antigüedad. Al final, como en
Garmisch Terrace, había una iglesia, pero era gris y rematada en punta, como
toda iglesia debe ser. Wexford plegó su paraguas y emprendió su investigación
casa por casa.
Las casas que había en Belgrade Road sumaban
ciento dos. Se dirigió primero a aquella en que Loveday dijo haber vivido, una
casa bien cuidada que había sido pintada recientemente. Incluso habían pintado
el ladrillo visto, si bien habían elegido un color muy curioso para una casa
inglesa en una calle vulgar: rosa brillante. Era el número setenta. También
tenía un nombre, Rosebank, impreso en blanco sobre rosa, en un rótulo que se
balanceaba bajo la lluvia. ¿La habría Loveday escogido por el número? ¿Quizá
por el nombre? ¿La habría visto siquiera?
Allí vivía una pareja, según Howard había
dicho, y fue una mujer joven quien acudió a abrir la puerta. Le resultó
bastante embarazoso preguntar por una muchacha rubia, apacible y reservada, que
quizá había tenido un bebé, porque la mujer también era rubia y transportaba a
un niño pequeño en su cadera.
–Ya han venido y me lo han preguntado antes
–dijo–. Les respondí que nunca alquilamos pisos ni habitaciones. –Añadió con
orgullo–: Ocupamos toda la casa.
Wexford probó con los vecinos inmediatos,
avanzó hacia la calle principal, de donde partía la que estaba recorriendo,
luego continuó hasta la iglesia y regresó por la acera contraria. Mucha gente
en Belgrade Road alquilaba habitaciones, y habló con media docena de patronas
que a su vez le enviaron a otras patronas. En un determinado momento pensó que
iba a conseguir algo. Una enfermera oriunda de las Indias Occidentales que
trabaja en el turno de noche (a pesar de lo cual abrió la puerta de buen humor,
sin disgusto porque le hubieran interrumpido el sueño) recordaba a una joven
señora Maitland que había vivido en el piso alto del número 59 y cuyo marido
les había abandonado, a ella y a su bebé, en el mes de diciembre. La joven se
marchó también un par de semanas más tarde.
Wexford retrocedió al número 59, donde si ya
previamente había sido recibido con descortesía por la propietaria, ahora se
encontró con la más pura indignación.
–Le he dicho que mi hija vivía aquí. ¿Cuántas
veces habré de repetirlo, si puede saberse? ¿Quiere usted marcharse y dejarme
que haga la comida en paz? Se mudó en diciembre y vive camino de Shepherd’s
Bush. La vi anoche, y le aseguro que no estaba muerta. ¿Esto le satisface, o
todavía no?
Desalentado, Wexford continuó. No tenía
objeto dar el nombre de la chica. Estaba persuadido de que no se hizo llamar
Loveday Morgan hasta que fue a vivir en Garmisch Terrace. Todo lo que podía
hacer era repetir la descripción e inquirir acerca de alguien de quien se
supiera que se había ausentado a finales del año anterior. La lluvia caía con
mayor intensidad. ¡Qué estúpida invención era el paraguas, sobre todo para un
trabajo como aquél! Pero lo volvía a abrir, echándolo hacia atrás cuando se
encontraba debajo de los porches chorreantes.
Frente a la casa rosa y en la esquina de la
única calle lateral que salía de Belgrade Road había una tiendecita que vendía
artículos diversos, al estilo de las que se encontraban en los pueblos próximos
a Kingsmarkham. A Wexford le maravilló ver allí un establecimiento de aquella
clase, sólo a un centenar de metros de un gran centro comercial, y le maravilló
más aún observar que se trataba de un comercio floreciente. Una sola empleada
atendía a la cola de clientes, una mujer bajita y desaliñada, con un lobanillo
al lado de la nariz. Wexford le dirigió sus preguntas lo más escuetamente que
pudo, ansioso por no estorbarla en su trabajo. La mujer tenía una voz
curiosamente apagada, desprovista de acento cockney, y se mostró paciente con
él, pero ni ella ni la compradora situada a sus espaldas, residente en la calle
lateral, lograron recordar a nadie que respondiese a su descripción y se
hubiera marchado del barrio en diciembre.
Le quedaban unas veinte casas por visitar.
Las visitó todas, muerto de frío y calado hasta los huesos, y maquinando cómo
le explicaría a Dora qué había hecho para volver en ese estado. Entre unos y
otros estaban haciendo de él un hipocondríaco, pensó, y empezó a ponerse
nervioso, preguntándose cuáles serían para su salud las consecuencias de tanto
deambular y tanto mojarse. A Crocker le daría un ataque si pudiera verle ahora,
con el agua escurriéndosele del cabello, cogote y cuello abajo mientras emergía
de la última casa. Bien, Crocker no era omnisciente, y durante el resto del día
y todo el día siguiente, hasta la noche, él se tomaría las cosas con más calma.
Se detuvo y, volviéndose, contempló una vez
más la calle en toda su longitud. A través de la lluvia plateada que continuaba
cayendo, bajo las pesadas nubes que desfilaban por el cielo como surgidas de
detrás de la puntiaguda iglesia gris, Belgrade Road parecía absolutamente
vulgar. Con excepción de la iglesia y de la casa rosa, nada la distinguía de la
otra calle que salía de la principal en dirección contraria, y puestos a considerar,
la calle principal era mucho más interesante y propicia al recuerdo. Por ella
circulaban autobuses y en días despejados sus dos lados tendrían sol durante
horas. ¿Por qué, entonces, Loveday Morgan había elegido Belgrade Road?
Trató de imaginarse a sí mismo dando una
dirección falsa de Londres. ¿Qué calle escogería él? Ninguna en la que hubiera
residido o que conociera bien, porque ello daría una pista relativamente fácil.
Supongamos Lammas Grove, distrito postal W.15. ¿Número? El 43, por ejemplo.
Inmediatamente se preguntó el motivo, y razonó que había elegido la calle
porque allí estaba Sytansound, y el número únicamente porque se le había
ocurrido de pronto.
Así era, pues, cómo se hacía. Aquella era la
manera que Howard había sugerido, y una vez más debía de tener razón. Por tanto
era inútil pretender seguir el rastro de Loveday con aquellos procedimientos.
No le quedaba otro remedio que enfocar el asunto desde un ángulo distinto.
9
En ellos tienen... todo género de frutos,
hierbas aromáticas y flores, tan agradables,
tan bien dispuestos, y tan bellamente atendidos,
que nunca los vi más feraces ni mejor podados
en otro lugar.
hierbas aromáticas y flores, tan agradables,
tan bien dispuestos, y tan bellamente atendidos,
que nunca los vi más feraces ni mejor podados
en otro lugar.
Salir de noche era uno de los excesos a que
Crocker había aplicado la más estricta prohibición. Si la fe de Wexford en su
médico se había resquebrajado, no así la de su esposa. Ella sólo se resignó
ante la promesa de tomar un taxi hasta Laysbrook Place, de abstenerse de
bebidas fuertes y de no quedarse hasta muy tarde.
Él esperaba con interés la visita. Un corto
interrogatorio bien pensado podía extraer de Dearborn más información sobre el
cementerio. ¿Era, por ejemplo, tan fácil entrar y salir de él después de que
las puertas fueran cerradas, como Baker pretendía? Antes de marcharse a casa
cada noche, ¿efectuaban Tripper y sus compañeros alguna clase de inspección del
lugar? ¿O debió Loveday morir asesinada antes de las seis? Caso de ser así,
Gregson, ocupado en su trabajo, debía ser exculpado. ¿Y no podía incluso
Dearborn saber algo de la propia Loveday? La había entrevistado. Cabía en lo
posible que, en el curso de aquella entrevista, ella le hubiese contado algo de
su vida anterior.
Laysbrook Place es uno de aquellos rincones
campestres de Londres en los cuales el aire tiene un aroma más dulce, los
pájaros cantan de vez en cuando y además de plátanos crecen otros árboles. Un
arco cubierto por una planta trepadora de color pardo que Wexford supuso era
una wisteria, ocultaba desde Laysbrook Square la mayor parte de la pequeña
calle. Pasó por debajo del arco, a la luz de dos faroles adosados a las
paredes, y se encontró frente a una casa que podría perfectamente haber estado
en la High Street de Kingsmarkham. No era una casa antigua, pero en su
construcción se habían empleado madera y ladrillo que sí lo eran, y no se
parecía a ninguna de las casas londinenses que Wexford había visto hasta
entonces. En primer lugar, era de escasa altura y proporciones alargadas, con
ventanales de vidrieras reticuladas y gabletes; en segundo, tenía un verdadero
jardín, en el que había manzanos y unos arbustos que probablemente eran lilas.
En ese momento, principios de marzo, las forsitias florecían con amarilla
exuberancia a la luz de los faroles y, al entrar por la cancela, vio masas de
amarilis, densas y blancas como acumulaciones de nieve.
La puerta de la casa se abrió antes de que
llegase a ella y Stephen Dearborn bajó los peldaños de la entrada.
–Qué lugar más delicioso –dijo Wexford.
–Veo que coincide con mi esposa en que esto
es mejor que Kenbourne.
Wexford sonrió, conteniendo el suspiro que le
habían provocado los penetrantes recuerdos de la vida campestre. Súbitamente
tuvo conciencia de la paz y el silencio que le rodeaban. Ni siquiera en casa de
Howard había podido escapar al ruido incesante del tráfico, pero allí no había
otra cosa que oír sino un zumbido lejano, lo que los londinenses llaman el hum, presente
siempre en la ciudad y sus suburbios, aunque tan remoto a veces que más parecía
un sonido procedente del interior de la propia cabeza.
–Mi esposa está arriba con la niña –dijo
Dearborn–. No quiere dormirse, y no conviene que yo esté también con ella
porque la mimo demasiado, no paro de acariciarla y jugar con ella...
El ambiente, dentro de la casa, era cálido
pero ventilado: la calefacción suficiente para combatir el frío de marzo sin
agobiarle a uno. Aquélla era evidentemente la residencia de un hombre rico,
pero Wexford no alcanzó a ver ningún signo de ostentación, ninguna evidencia de
que se hubiese gastado el dinero con ánimo de impresionar. Ni siquiera estaba
muy aseada. Se veían migajas debajo de una mesa de té y sobre una manta, en
mitad de la alfombra, había un chupete infantil.
–¿Qué le apetece beber?
Wexford estaba harto de prestar tanta
atención a su salud y a su dieta.
–¿Tiene usted una cerveza? –preguntó.
–Por descontado. No pasaría el fin de semana
sin cerveza después de las restricciones a que debo someterme el resto del
tiempo. La bebo directamente de la lata. –Dearborn esbozó una sonrisa
infantil–. Pero será mejor que usemos vasos o mi mujer me matará en cuanto
usted se marche.
Guardaba la cerveza en un frigorífico con la
puerta recubierta de madera que Wexford, a primera vista, había tomado por un
pequeño armario.
–Mi juguete favorito –explicó Dearborn–.
Cuando Alexandra sea un poco mayor, lo tendré siempre lleno de helado y latas de
Coca-Cola. –Llenó los vasos conservando la misma sonrisa–. He conocido la
paternidad bastante tarde en la vida, señor Wexford, cumplí cuarenta y tres el
martes pasado, y mi esposa dice que esto me ha vuelto ñoño. Me gustaría darle a
mi hija la luna y las estrellas, pero, como no es posible, tendrá a cambio
todas las cosas buenas de este mundo.
–¿No teme malcriarla?
–Temo muchas cosas, señor Wexford. –La
sonrisa se desvaneció y Dearborn se puso serio–. Ser demasiado indulgente y
demasiado posesivo, entre otras. Me digo siempre que ella no es mía, que se
pertenece a sí misma. No resulta fácil ser padre.
–No, no es fácil. Y quizá sea mejor que la
gente no lo sepa, porque si se supiera muy pocos se atreverían a tener hijos.
Dearborn sacudió la cabeza.
–Yo nunca pensaría así. Soy un hombre
afortunado. He tenido suerte en el matrimonio. Y ya sabe usted lo que dicen,
que un hombre es feliz si puede ganarse la vida haciendo lo que le gusta,
entregándose a sus aficiones. Pese a todo ello, no he conocido la verdadera
felicidad hasta que tuve a Alexandra. Si la perdiese, me... me mataría.
–Oh, vamos, no debe decir eso.
–Es cierto. No finjo. ¿No me cree usted?
Wexford, que había oído a muchos hombres formular similares amenazas sin
habérselas tomado nunca muy en serio, le creyó. Había una especie de
desesperación grave y solemne en la actitud general de Dearborn, y se sintió
aliviado cuando la tensión cedió ante la entrada de su esposa.
La señora Dearborn dijo que se alegraba de
conocerle.
–Con tal que no dé alientos a Stephen para
que nos lleve a todos a cualquier lugar de los barrios bajos –añadió–. Los
sitios que no puede mejorar le aburren.
–Sería difícil mejorar Laysbrook House –dijo
educadamente Wexford.
No era una mujer bella y no hacía el menor
esfuerzo por aparentar menos años de los cuarenta que debía de tener. Su
cabello castaño estaba veteado de gris, su cuello anillado de arrugas. Wexford
se preguntó en qué consistía su atractivo. ¿En la cimbreante facilidad con que
se movía, pues era muy esbelta, o en el juego de sus largas y finas manos, o en
su extremada feminidad? En esto último, pensó. Llevaba las uñas esmaltadas, la
falda corta, incluso en aquel momento tomaba un cigarrillo de una caja de
madera de cedro, pero nada de ello impedía que tuviera la antigua gracia
femenina de una dama salida de alguna de las novelas de Trollope, de la esposa
de un aristócrata, de una castellana.
Que Dearborn estaba enamorado de ella saltaba
a la vista por la forma en que sus ojos la siguieron hasta el asiento que
ocupó, mirándola acomodarse y alisar la falda sobre las piernas cruzadas. Se
hubiera dicho que las manos que habían hecho aquel breve movimiento acariciante
eran por un momento las suyas y que, indirectamente, había sentido en ellas el
suave tacto de la seda y la piel.
Wexford cavilaba cómo abordar el tema del
cementerio de Kenbourne cuando Dearborn anunció que era hora de sacar los
mapas.
–Será un fastidio para ti, querida –se excusó
con su esposa–. Ya lo has oído infinidad de veces.
–Puedo soportarlo. Me entretendré haciendo
punto.
–Sí, por favor. Me gusta que hagas punto.
Resulta muy curioso, señor Wexford, considerar las cualidades que las mujeres
creen que nos atraen y las que nos atraen en realidad. Yo podría ver a Miss
Mundo haciendo un striptease
y me dejaría frío, pero espere a que vea a una mujer
con un delantal blanco bien limpio, amasando pasta, y me enamoraré de ella
antes de que pueda cerrar la puerta de la cocina.
La señora Dearborn se echó a reír.
–Es verdad –dijo–. Te enamoraste.
Así fue como se unieron, pensó Wexford.
Ocurrió realmente, y no mucho tiempo atrás. Debió de ser como una estampa
holandesa de interior, el hombre que visitaba la casa como invitado por primera
vez, la puerta de la cocina medio abierta y al otro lado esta mujer de cabello
castaño y rostro dulce levantando la mirada, sorprendida en sus tareas,
cohibida por llevar puesto el delantal y tener los brazos enharinados.
La señora Dearborn pareció adivinar lo que
pasaba por su mente, porque sus ojos encontraron fugazmente los de él y frunció
los labios para reprimir una sonrisa. Luego sacó de una bolsa un ovillo de lana
y una labor a medio terminar, tan blanca y esponjosa como la harina, y comenzó
a tricotar.
Contemplarla era extrañamente sedante. Todo
hombre de negocios atribulado, se dijo Wexford, debería tener un acuario de
peces tropicales a un lado de su despacho y una mujer haciendo calceta en el
otro. Él mismo estaba tan cansado que se habría dedicado a admirarla toda la
velada, pero tuvo que trasladar su atención a los mapas, fotografías y viejas
escrituras que Dearborn había traído a la sala y desplegado frente a él.
El entusiasmo de un cruzado se había adueñado
del hombre y, a medida que hablaba, se le iluminaban los ojos. Esto era
Kenbourne como había sido en la época de Jorge IV; aquí se levantaba la mansión
que un duque de sangre real había alquilado para la actriz que tenía por
amante; en el lado sur de Lammas Grove crecía una hilera de magníficos olmos.
¿Por qué no se podía despejar el terreno y plantar nuevos árboles? ¿Por qué no
convertir todo este tramo baldío en campos deportivos? Wexford no necesitó
preguntar por el cementerio. Antes de que tuviera ocasión de interrumpir se
enteró de cuál era su superficie, de la historia de todos los personajes
interesantes enterrados allí, y fue informado de que el estado de los muros del
flanco este era tan malo que pronto los vándalos entrarían y se entregarían al
pillaje impunemente.
Un punto a favor de Baker. Wexford trató de
distenderse y adoptar una actitud receptiva, pero se sentía abrumado.
Experimentaba una sensación que con frecuencia había sufrido antes, cuando le
endosaba una disertación alguien obsesionado por un tema. Todo era excesivo.
Debería hacerse por etapas, en cómodos plazos, pero el obseso era incapaz de
verlo así. Día tras día había vivido con su pasión y, cuando llegaba el momento
de instruir al profano, fracasaba porque no había aprendido a enseñar, a
esbozar unos antecedentes sencillos, despertar el interés y aplazar los
detalles complicados para otra ocasión. Hechos inconexos, anécdotas históricas,
ejemplos de iconoclastia salían atropelladamente de labios de Dearborn.
Mostraba mapas para confirmar esto, buscaba documentos para verificar aquello
de un modo tal que a Wexford comenzó a darle vueltas la cabeza.
Fue un inmenso alivio cuando llegó el momento
de volver a llenar de cerveza su vaso y pudo recostarse brevemente en el
asiento e intercambiar una sonrisa con la señora Dearborn. Pero cuando miró en
su dirección, esperando calmarse ante la visión de aquellos dedos moviéndose
rítmicamente, vio que tenía la labor abandonada en el regazo, los ojos con la
mirada muerta fijos en algún punto distante del salón, y que arrancaba
mecánicamente la trencilla del brazo de su butaca.
La trencilla había sido deshilachada hasta
tal punto que quedaba completamente al descubierto el cáñamo que había debajo,
y lo mismo ocurría en el otro brazo del sillón. Aquello no era resultado de una
velada de tensión nerviosa, sino de muchas. Y cuando desvió la mirada hacia las
otras cinco o seis butacas y el sofá que había en el salón, vio que todos,
inmaculados por otra parte, estaban en las mismas condiciones. En cada brazo se
distinguían lazadas de cáñamo que sobresalían de jirones plumosos.
La visión le perturbó, porque aparentemente
destruía la imagen que él tenía de la serena felicidad de aquella pareja.
Percibió una súbita tensión. Dearborn, en pie junto a la bandeja de las
bebidas, observaba a su esposa con rostro compasivo, aunque también con una
ligera mueca de exasperación.
Nadie hablaba. En el silencio sonó
abruptamente el teléfono, sobresaltándolos a los tres, pero a ninguno con tanta
intensidad como a la señora Dearborn. Antes del segundo timbrazo se había
levantado de la butaca y su cortante «¡Yo lo cogeré!» fue casi un grito. Había perdido
toda su gracia. Era como una médium que, despertada de una extraña y
trascendente comunión, necesitara recomponer los lazos que la unían a la
realidad y, al hacerlo, sufriese una intolerable opresión mental.
El teléfono estaba en el extremo opuesto del
salón, sobre una mesa y debajo del punto en que la mirada de la señora Dearborn
había permanecido fija largo tiempo. Ella tomó el aparato, dijo «Hola» y se
aclaró la garganta para que su voz fuera algo más que un susurro. Que esperaba
la llamada y no la temía fue evidente; que la persona que llamaba no era quien
debía llamar lo demostró en la forma de hundir los hombros.
–Está bien –dijo al aparato, y luego añadió
dirigiéndose a su marido–: Uno que se equivocaba de número.
–¡Se equivocan tantos! –dijo él, como si se
disculpara por una falta propia–. Estás cansada, Melanie. Deja que te sirva una
copa.
–Sí –accedió ella–. Sí gracias. –Apañó de su
frente un rizo de cabello y Wexford observó cuan delgadas tenía las muñecas–.
Es mi hija –prosiguió, como buena anfitriona que sabe que no debe haber
subterfugios ante los invitados–. ¡Estoy tan preocupada por ella! Los hijos,
hoy en día, la llenan a una de ansiedad, ¿no es así? Nunca sabes qué problemas
van a tener. Pero no quisiera estorbar... –Tomó el whisky que su marido le
entregaba–. Gracias, querido –suspiró.
Marido y mujer, en pie uno frente a otro,
mantuvieron un instante las manos unidas. Wexford estaba todavía más a oscuras
que antes. ¿Qué había querido ella decir a propósito de su hija, de que no
sabía qué problema iba a tener? Una niña lo bastante pequeña para usar chupete,
una niña a la que su madre había dejado en el piso de arriba una hora antes,
seguro que dormía apaciblemente en su cuna. A no ser que la esperada llamada
procediera de un médico porque la niña había estado enferma...
Wexford bebió su segundo vaso de cerveza con
un sentimiento de culpa. La falta de costumbre de tomar alcohol le producía un
ligero letargo y un poco de mareo, y se alegró cuando Dearborn recogió sus
papeles y dijo que era suficiente por una noche.
–Debe usted volver otra vez. O, mejor aún, le
llevaré a dar una vuelta por algunos de los lugares de los que hemos hablado.
Llevo a Alexandra a Kenbourne Vale. –Hablaba seriamente–. Realmente no tiene
todavía edad para entender, pero se le nota en los ojos que empieza a
interesarse. Es una niña muy inteligente. ¿Se quedará usted mucho tiempo en
Londres?
–Temo que sólo hasta el próximo sábado.
Luego, vuelta a Sussex y al trabajo.
–¿Qué clase de trabajo? –preguntó la señora
Dearborn.
–Soy policía.
–¡Qué interesante! No un policía corriente,
estoy segura.
–Inspector jefe de detectives.
Su rostro se avivó. Miró a su marido y en
seguida apartó la mirada. Podía haberse esperado de Dearborn que, en relación
con Kenbourne Vale, hiciera alguna referencia al asesinato, pero no fue así.
–Eso dificultará nuestra excursión –dijo–.
Usted se marcha a casa y yo tengo una convención de arquitectos en Yorkshire a
finales de la semana. ¿La próxima vez que venga usted a Londres, quizá?
Wexford asintió, pero toda conversación
posterior fue atajada por un grito sollozante procedente del piso de arriba. La
adorada, problemática, precoz y superinteligente niña se había despertado.
Melanie Dearborn, a quien tanto había
electrizado el timbre del teléfono, se comportó ahora como una mujer que
hubiera criado por lo menos seis hijos. Con un: «Ya está otra vez Alexandra en
marcha», se levantó indiferente de la butaca. Fue Dearborn quien armó el jaleo.
¿Estaba enferma la niña? ¿Habría que llamar al médico? No le había gustado la
roncha que tenía en la cara, aunque su esposa dijera que era sólo cosa de la
dentición.
Wexford aprovechó aquella pequeña crisis para
despedirse, dejándoles el número de teléfono de Howard y agradeciéndoles la
agradable velada. La señora Dearborn le acompañó a la puerta. Su marido ya
estaba escaleras arriba, anunciando a la niña que papá venía, que papá lo
arreglaría todo.
10
Pues si el amor es con frecuencia
conquistado
por la belleza, no se guarda, preserva y prolonga
sino con la obediencia y la virtud.
por la belleza, no se guarda, preserva y prolonga
sino con la obediencia y la virtud.
Mientras Wexford estaba con los Dearborn y
Howard en casa jugando al bridge, un robo con allanamiento de morada tuvo lugar
en Kenbourne Vale. Formaba parte de una serie, todos caracterizados por la
sustracción de objetos de plata o joyas y dinero, todos ocurridos en noches de
viernes o sábado.
–Tu amigo es en parte responsable de esto
–dijo Howard el lunes por la mañana.
–¿Dearborn?
–inquirió Wexford.
–Kenbourne se está poniendo de moda, ya ves,
Reg. Estoy a favor de mejorar el barrio, de reconvertir algunos de esos viejos
suburbios, etcétera, pero no cabe duda de que cuando entra dinero también entra
el crimen. Diez años atrás no había apenas un vecino, con excepción de los
tenderos, que tuviera algo que mereciese ser robado. Ahora, en las zonas
mejores encontramos a directores de empresas con patrimonios importantes y con
cajas fuertes que hasta un niño podría abrir. Ninguno de los robos se ha dado
todavía en lugares restaurados por Notbourne Properties, pero si no me equivoco
a continuación irán a por Vale Park.
–¿Alguna idea sobre quiénes son?
–Ideas las tiene uno siempre, eso ya lo sabes
–dijo Howard amargamente–. Casi todo el día de ayer lo pasé interrogando a un
hombre apellidado Winter que, por supuesto, tiene una bonita e indestructible
coartada. ¿Y quién creerás que se la proporciona? Nada menos que nuestro viejo
amigo Harry Slade.
Wexford se quedó perplejo.
–Viejo amigo mío no es, que yo sepa.
–Lo siento, Reg. ¿Aún no te hemos puesto al
corriente? Harry Slade es uno de los hombres que aseguran que Gregson estuvo
con ellos en el Psyche Club la noche del viernes veinticinco de febrero. No
tiene antecedentes, pero empiezo a sospechar que es un proveedor profesional de
coartadas.
–Pero seguramente...
–¿Seguramente su palabra no tiene ningún valor?
Lo tiene para un juez, Reg. Aquí aparece un ciudadano sin tacha, un lechero por
más señas, puro como la mercancía que suministra, que declara que Winter pasó
la velada del sábado con él, con su querida y anciana madre y con su novia, que
es mecanógrafa, jugando nada menos que al Monopoly, en casa de su madre.
–Eso por lo menos te da otra arma contra
Gregson –dijo Wexford, en el momento en que Baker entraba en el despacho.
Había hablado en tono conciliador, porque
compadecía a cualquier hombre temeroso de perder su posición en la vida, pero
Baker le miró con una cortesía glacial. Tenía cara de guepardo, pensó Wexford,
todo nariz y una boca pequeña y recortada, deprimida la frente y el pelo
exuberante creciendo en largas patillas hasta muy abajo de sus carrillos.
–Si va usted ahora a Sytansound, Michael
–dijo Howard–, podría llevarse consigo a mi tío.
–Nada me complacería más, señor –replicó
Baker–, pero el caso es que me llevo al sargento Nolan y he prometido enseñarle
al joven Dinehart algunos trucos. ¿No sería como usar un martillo para aplastar
una mosca?
A Wexford le costó dominarse, sonreír y
simular, en beneficio de Howard, que le complacía representar el papel del
espectador que se supone verá casi todo el partido. Se recordó a sí mismo la
infortunada historia de Baker, la crueldad de su joven esposa y el hijo que no
era suyo. Tout comprendre, c’est tout pardonner. Pero ¿en qué emplearía su tiempo durante el resto del día? ¿En
chismorrear con Howard y estorbarle en su trabajo? ¿En entretenerse con fruslerías
en Kenbourne? Empezaba a comprender a qué conducía el amable gesto de Howard de
incorporarle a su equipo en calidad de miembro honorario. No ocasionaba ningún
perjuicio, parecía divertirse, aportaba ideas para que las demolieran los
expertos; era, pensó, como el trabajador que ha llegado al término de su
utilidad, que normalmente debería estar jubilado, pero a quien un patrón
bondadoso encomienda una tarea que un ordenador haría con mucha mayor
eficiencia, suponiendo que se trate de una tarea realmente necesaria.
Mejor sería que se marchara a casa y llevase
a Dora al cine. En el vestíbulo del puesto encontró al sargento Clements.
–¿Ha tenido un buen fin de semana, señor?
–Muy agradable, gracias. ¿Cómo está ese chico
suyo?
–Magníficamente, señor. Ha hecho levantar a
mi mujer durante la noche, chillando desesperado, pero cuando ella ha ido a
verle lo único que quería era jugar. ¡Hay que ver cómo se ríe! Ya empieza a
gatear. Andará antes de cumplir el año.
¡Esos padres!
–¿Cómo piensan llamarle?
–Bien, señor, me da la impresión que su madre
debía de tener inclinaciones románticas, ser aficionada a los nombres
extravagantes. Le llamaba Barnabas, pero mi esposa y yo preferimos algo más
sencillo, así que hemos optado por James, como mi padre. Tan pronto se haya
resuelto el trámite de adopción celebraremos un bautizo como Dios manda.
–Sólo faltan cuatro días, ¿no?
Clements asintió. Su jovialidad se había
evaporado de repente ante la mención del corto plazo (angustiosamente corto,
pero también angustiosamente largo) que separaba la paternidad condicional de
la paternidad definitiva. ¿O de la denegación de la paternidad? Mirando la roja
y curtida cara del hombre, que a pesar de sus alardes de sapiencia mundana
seguía siendo la cara inmadura de un colegial, Wexford pensó en el viernes
siguiente con un leve escalofrío de temor. Supongamos que aquella joven madre,
aquella muchacha romántica que había dado a su hijo un nombre extravagante,
cambiaba otra vez de idea y acudía al juzgado para reclamar el niño. ¿Qué sería
entonces la vida para Clements y para su buena y paciente esposa, solos y
desolados en su apartamento en lo alto de un edificio gigante? Justa y honesta
era la ley que concedía prioridad a la madre natural con respecto a su hijo,
pero era una ley cruel para las parejas estériles que esperaban, anhelaban y
rezaban.
–Ha mostrado usted tanto interés por nuestro
chico, señor –dijo Clements, recuperando su sonrisa–, que mi esposa y yo hemos
comentado si le agradaría venir un día a almorzar con nosotros y... bien, ver
al pequeño James. Digamos mañana o el miércoles. Lo consideraríamos un honor.
Wexford se emocionó.
–Mañana sería perfecto –dijo, reflexionando
en que sería una buena manera de llenar el día. No pudo contener el impulso de
palmearle el hombro al sargento.
Denise y Dora habían terminado de almorzar
justo en ese momento. Ninguna de las dos manifestó sorpresa al verle, ni
sobresalto porque estuviera todavía vivo. En los ojos de su esposa había una
mirada que él no había visto en muchos años.
–¿A qué te has dedicado, tío Reg? –preguntó
Denise, por primera vez en su relación tratándole como a un hombre en lugar de
como a un anciano inválido.
–¿Yo? –dijo Wexford con fingida perplejidad–.
¿A qué te refieres? –Qué raro es, pensó, lo culpable que puede hacerse sentir a
un inocente. Era cierto que el telegrama: «Huye en seguida, todo se ha
descubierto», lanzaría a la mitad de la población a hacer las maletas y correr
hacia el aeropuerto más próximo–. ¿Por qué se te ocurre que me he dedicado a
algo?
–Bien, una mujer ha estado llamándote por
teléfono, una tal Melanie no sé qué. No he captado el apellido. Ha dicho que si
podrías llegarte un momento a su casa, durante el día, por favor, cuando su marido esté fuera. Debes llamarla antes, y dice que ya sabes el número.
Wexford estaba intrigado, pero de todos modos
se echó a reír.
–¿Quién es, Reg? –preguntó Dora, sin creerse
que su marido la traicionase, pero tampoco completamente tranquila.
–¿Melanie? –dijo él con aire frívolo–. Oh, Melanie. Simplemente, una mujer con la que tengo una relación al rojo vivo.
¿Sabes todas esas veces que tú pensabas que andaba por Kenbourne con Howard?
Pues la verdad es que estaba con ella. De un viejo violín también puede sacarse
una buena melodía, querida. –Se interrumpió para escudriñar el rostro de su
esposa, que expresaba una ligera alarma pero era, sobre todo, admonitorio–.
¡Dora! –exclamó–. Mírame, mírame. ¿Qué mujer en su sano juicio me
querría?
–Yo.
–Oh, tú. –Se sentía extrañamente conmovido.
Le dio un ligero beso–. Discúlpame. Voy a hacer una llamada a mi amante.
Dearborn figuraba en la guía telefónica,
Stephen T., con unas letras a continuación del nombre que Wexford supuso
indicaban su titulación como arquitecto. Marcó el número y Melanie Dearborn
respondió al segundo timbrazo. ¿Lo haría siempre? ¿O había estado sentada junto
al teléfono para saltar sobre él en cuanto sonase?
–Lamento mucho molestarle, señor Wexford.
Yo... yo... ¿sería demasiada exigencia pedirle que viniera en seguida a verme?
–¿Ahora mismo, señora Dearborn?
–Bien, sí, por favor. Ahora.
–¿Puede darme alguna idea de lo que se trata?
–¿Puedo aplazarlo hasta que nos veamos?
Sumamente intrigado, Wexford dijo:
–Diez minutos.
Cortó la comunicación e improvisó una
explicación para Denise y Dora, o mejor dicho les explicó todo lo que pudo,
puesto que no tenía más idea que ellas sobre el motivo de que Melanie Dearborn
quisiera verle en ausencia de su esposo. ¿Era verosímil que estuviese realmente
preocupada ante la obsesión de Dearborn por la transformación de Kenbourne Vale,
porque esta pasión le hubiera conducido a tener abandonada a su mujer o a
descuidar sus negocios? ¿O era la ansiedad causada por algo en la salud o el
bienestar de Alexandra lo que la trastornaba? Ninguna de ambas hipótesis
parecía probable.
–La biblioteca ya tiene tu libro, tío Reg
–dijo Denise–. Podrías recogerlo al pasar por allí cuando vuelvas.
Al tomar de manos de su sobrina el
cartoncillo azul, cuando se disponía a salir de casa, llegó a la conclusión de
que la señora Dearborn había recurrido a él porque era un policía.
El taxi se detuvo en una doble línea blanca,
y en la calle principal un Mini rojo les adelantó, procedente de la dirección
de Laysbrook Square. Wexford captó fugazmente la imagen del conductor, una
mujer joven con una chaqueta oscura. Sus manos enguantadas despertaron cierto
eco en su memoria, pero no extrajeron nada de sus recovecos, de modo que cuando
el taxi le dejó en el arco de la callecita y vio a Melanie Dearborn esperándole
en la cancela de Laysbrook House, Wexford ya se había olvidado de la joven de
los guantes.
Wexford le dedicó una convencional y, según
creyó, tranquilizadora sonrisa, a la que ella no correspondió. Tomó entre las
suyas la mano del policía y comenzó a recitar una serie de excusas y disculpas
por haberse atrevido a molestar a alguien a quien conocía tan poco.
La conclusión de Wexford había sido acertada.
–Lo he hecho porque es usted un policía –dijo
ella cuando entraron en la casa–. O más bien porque es usted un detective pero
en estos momentos no está exactamente trabajando. No sé si me entiende.
Wexford no lo entendió.
–Usted puede decirme lo que debo hacer
–añadió la mujer, dejándose caer en una butaca y dedicando inmediatamente ambas
manos a deshilachar la trencilla de los brazos.
–No estoy seguro de eso –objetó él. Era una
mujer tan encantadora y tan visiblemente alterada, que se permitió un consejo
que sólo un amigo íntimo le habría dado–: Trate de relajarse –dijo–. Sus
manos... ¿Puedo ofrecerle un cigarrillo?
Ella asintió, retirando las manos de los
brazos de la butaca y juntando una con otra.
–Tiene usted dotes sedantes, ¿verdad? –dijo
cuando él le encendió el cigarrillo–. Ya me siento un poco mejor.
–Eso es bueno. ¿De qué quería usted hablarme?
–De mi hija –declaró Melanie Dearborn–. Ha
desaparecido. No sé dónde está. ¿Debería denunciar su desaparición?
Wexford la miró atónito.
–¿La niña? ¿Me está usted diciendo
que alguien ha secuestrado al bebé?
–¡Oh, no, no, por supuesto que no! Alexandra está arriba. Me refiero a
mi hija mayor, Louise. Tiene veintiún años. –Fue patética la forma en que
esperó tímidamente que él pronunciara la galantería consiguiente. Pero Wexford
no pudo decirla. En aquellos momentos la señora Dearborn parecía lo bastante
vieja como para tener una hija adulta. Sin embargo ¿era Dearborn su padre? Él
habría jurado que aquella pareja no llevaba casada más de tres o cuatro años–.
Louise no es de Stephen –prosiguió la mujer–. Estuve casada antes. Tenía sólo
diecinueve años cuando Louise nació, y mi primer marido murió cuando ella tenía
diez.
–¿Qué le hace pensar que ha desaparecido?
¿Vive normalmente aquí?
–No. Nunca ha vivido aquí. Ella y Stephen no
se llevan bien, aunque no sé exactamente por qué. En otro tiempo era lo
contrario, y precisamente fue a través de Isa, como se llama a sí misma, que
conocí a Stephen. Supongo que tomó a mal que yo volviera a casarme.
Una vieja y conocida historia. Madre e hija
muy unidas, un amor interfiere en sus vidas y la hija que se queda fuera.
–Nos casamos hace tres años –agregó Melanie
Dearborn–. Isa estaba todavía en el colegio y esperaba entrar en la
universidad. Tenía ya una plaza provisional en Cambridge, pero cuando se enteró
de que íbamos a casarnos lo mandó todo a paseo y se marchó a vivir a un
apartamento con otra chica. –Los dedos de la señora Dearborn habían vuelto a su
destructiva tarea y el cigarrillo se consumía solo en el borde de un cenicero–.
Tiene una asignación que le dejó su padre, mil libras al año. No sé si además
trabaja.
–¿No volvió a relacionarse con ella?
–Oh, sí, en cierto modo superamos nuestras
divergencias. Sólo que la relación nunca volvió a ser lo que había sido. Ella
se mostraba siempre terriblemente reservada, estaba llena de secretos. Supongo
que esto era culpa mía. No voy a desahogarme compadeciéndome de mí misma, señor
Wexford, pero lo pasé muy mal en el primer matrimonio y la viudedad, después,
no fue nada fácil. Esto me llevó a influir bastante en Isa para que no se
arredrase ante las dificultades, a enseñarle a no ceder... bien, y a no
manifestar sus sentimientos.
Wexford asintió.
–¿Pero ella continuó en contacto con usted
por teléfono o por carta?
–Me llamaba de vez en cuando, pero nunca
quiso venir aquí y se negó a decirme dónde vivía después de haber dejado el
apartamento que compartía con la otra muchacha. Me llamaba desde cabinas,
telefónicas. Esto me entristecía mucho, y Stephen lo notó, y entonces...
entonces encargó a un detective privado que averiguase dónde estaba. ¡Oh, fue
terrible! Isa juró que nunca volvería a dirigirme la palabra. Dijo que yo había
arruinado su vida. Después de aquello procuré que Stephen no supiera que estaba
preocupada por ella, y por este motivo le he pedido a usted que viniera...
cuando él no está en casa.
–¿Cuándo supo de ella por última vez?
Melanie aplastó lo que quedaba del cigarrillo
y encendió otro a continuación.
–Mejor será que le cuente un poco más sobre
eso. Después de que Stephen la hiciera buscar como le he dicho y ella me
llamara y me acusara de haber arruinado su vida, estuve varios meses sin
noticias. Finalmente, hará cosa de un año, empezó otra vez a telefonearme con
bastante regularidad, pero no quiso decirme dónde vivía y siempre parecía
desdichada.
–Y usted se lo comentó.
–Naturalmente que lo hice. Ella me decía
siempre: «Oh, no es nada. El mundo no es un lugar muy alegre, ¿verdad? Tú me lo
has enseñado, y es cierto.» Señor Wexford, usted no la conoce. Usted no sabe
hasta qué punto es imposible sacarle algo. Se limita a decir: «Dejemos esto,
¿quieres?» Yo intentaba que viniera a verme por Navidad para hablarle de...
–Wexford enarcó casi imperceptiblemente las cejas–. Perdone que no le diga de
qué se trataba –añadió ella en seguida–. No tiene nada que ver con el hecho de
que haya desaparecido. Sea como fuere, le rogué que viniera, y vino. Vino al
día siguiente de Navidad. Era la primera vez que veía a mi hija en casi tres
años. Y después volvió a venir en dos o tres ocasiones, pero siempre en
ausencia de Stephen.
–¿Lo vio ella ese primer día, después de
Navidad?
Melanie Dearborn sacudió la cabeza.
–No, él pasó aquel día con su madre. Está en
una residencia de ancianos. Encontré a Isa muy delgada y muy pálida. Me alarmó.
No ha sido nunca una persona vivaz, ya me entiende, pero parecía como si la
vida hubiera escapado de su cuerpo. Sin embargo, empezó de nuevo a telefonearme
regularmente, más o menos una vez por semana. La última vez que hablé con ella,
porque eso es lo que a usted le interesa saber, ¿no?, la última vez fue el
viernes de la semana pasada. Viernes, veinticinco de febrero.
Wexford sintió un escalofrío. Confió en que
no se le notara.
–¿Llamó el viernes de la semana pasada?
–Sí, a la hora del almuerzo. Sabe que Stephen
nunca almuerza en casa así que siempre llamaba hacia la una y cuarto.
11
Otros escollos se encuentran allí, ocultos
bajo el agua,
lo que por consiguiente los hace peligrosos.
lo que por consiguiente los hace peligrosos.
Wexford continuó sentado, muy quieto. Sabía
que los ojos observadores de la mujer detectarían cualquier desasosiego que
dejara traslucir. Oyó el tictac de un reloj en el salón, un sonido que
anteriormente no había captado. Los dedos de la señora Dearborn producían otro
sonido adicional con su continuo rascar, mientras desgarraban medio centímetro
más de la trencilla de la butaca. Entregada febrilmente a aquella actividad,
siguió diciendo:
–El tono de voz de Isa sonaba tremendamente
feliz, tenía unas notas que yo no le había oído desde que era niña. Me preguntó
cómo estaba y cómo estaba Alexandra. Luego dijo que pronto pensaba tener
noticias que me alegrarían. Por supuesto, le pregunté qué noticias, y dijo que
a su entender aquello podía esperar una o dos semanas, pero que volvería a
llamarme al cabo de unos días. Bien, no pude soportar el dejar las cosas de
aquella manera, y le estaba suplicando que me explicase algo cuando los pips
comenzaron a sonar en el teléfono. Llegué a decirle que me diera su número y la
llamaría, pero antes de que respondiera se cortó la comunicación.
Todo encajaba. Encajaba horriblemente.
–¿Y no volvió a llamar? –preguntó Wexford,
sabiendo de antemano cuál sería la respuesta.
–No, fue una terrible desilusión. Casi me
volví loca de... bueno, de curiosidad, supongo que así habría que llamarlo, y
olvidé completamente las consecuencias que podría tener buscarla y traté de
avisar a Stephen para que se ocupase de nuevo de encontrarla si le era
posible... Pero estuvo ausente toda la tarde y cuando llegó a casa yo ya me
había calmado y pensaba que me conformaría con esperar a que Isa llamara otra
vez. Y desde entonces no lo ha hecho.
–¿Qué es lo que usted teme?
–Me da miedo que sea feliz. –Emitió una risa
un poco chillona–. ¿No le parece absurdo? Me pregunto continuamente si la
felicidad no le habrá hecho cometer alguna imprudencia, correr algún horrible
riesgo. –Con un estremecimiento, añadió–: ¿Qué debo hacer? Dígame qué puedo
hacer.
Acompañarme a Kenbourne Vale e identificar un
cadáver: no podía decirle aquello. De haber estado en Kingsmarkham y él
encargado del caso Morgan, le habría dicho algo parecido, aunque con el mayor
tacto posible, dando todos los rodeos necesarios. Pero no estaba en
Kingsmarkham y antes de hacer cualquier cosa debía hablar con Howard, o incluso
averiguar algo más antes de decirle nada.
Melanie Dearborn, según decía, había sufrido
mucho en sus cuarenta años de vida. Si lo que él sospechaba ahora era cierto,
todo el dolor que había soportado no sería nada comparado con la angustia que
tendría que soportar aún. No le desearía aquello ni a su peor enemigo, y
aquella mujer estaba muy lejos de ser enemiga suya. Le gustaba; le gustaban su
feminidad y su preocupación por los demás así como sus buenas maneras.
¿Qué mal había en darle aliento y abstenerse
por el momento de revolver las cosas? Él no tenía ningún deber que cumplir.
Estaba de vacaciones.
–Sólo ha pasado una semana, señora Dearborn
–dijo–. Recuerde que ha habido periodos en que no ha sabido de Isa durante
meses.
–Sí, es verdad.
–Si me lo permite, volveré a llamarla el
miércoles, y si por entonces no ha tenido noticias comunicaremos su
desaparición.
–¿Cree realmente que estoy haciendo una
montaña de un grano de arena?
–Lo creo –mintió.
¿Y qué? Podía equivocarse, ¿no? Isa,
cualquiera que fuese su apellido, podía estar viva y perfectamente bien,
paseándose por Europa con algún jovenzuelo, a juzgar por lo que él sabía. Algo
parecido ya le había ocurrido una vez anteriormente. Supo
que la muchacha estaba muerta, todas las evidencias lo señalaban, y luego había
aparecido, bronceada y sonriente, de regreso de unas vacaciones en Italia con
un poeta.
–¿Cuál es el apellido de su hija? –preguntó.
–Sampson –dijo la señora Dearborn–. Louise
Sampson, o Isa, o Lulú, o comoquiera que le llamen ahora.
¿O Loveday? No, sintió ganas de gritar (él,
que siempre había defendido las identificaciones precisas), no me ponga peor
las cosas, no las haga más concretas.
–Debo irme.
–¿Cómo? –preguntó ella–. ¿En taxi? ¿En
autobús?
–En lo que sea –sonrió.
–Le llevaré en mi coche. Ha sido usted muy
amable dedicándome de este modo su tiempo libre, y de paso aprovecharé la
salida para ir de compras.
Hubo la consiguiente discusión, que ganó la
señora Dearborn. Ésta se dirigió al piso de arriba para preparar a la niña, y
cuando reapareció en lo alto de la escalera Wexford subió a ayudarla con el
capazo. Con la cabeza apoyada en una almohada rosa pálido, la pequeña Alexandra
le miró con sus grandes y tranquilos ojos azules. Era una niña gordita,
exquisitamente limpia y vestida con una prenda de una sola pieza, de angora
rosa, que parecía sumamente cara.
La señora Dearborn la arropó con un cobertor
de pieles.
–La última extravagancia de mi marido –dijo–.
Compra regalos para su hija prácticamente cada día. Ella tiene mucha más ropa
que yo.
–Hola –dijo Wexford a la niña–. Hola,
Alexandra. –Ella se comportó como era de esperar, primero frunciendo
amenazadoramente el ceño, luego disolviendo la hostilidad en una deliciosa
sonrisa de amistad y confianza–. Es muy bonita –añadió.
La señora Dearborn no respondió al cumplido.
Estaba rebuscando en el ropero del vestíbulo.
–Mi chal de seda azul –explicó, medio para
Wexford, medio para sí misma–. Le tengo gran aprecio. Dios sabe dónde ha ido a
parar. Ahora que lo pienso, hace semanas que no lo veo. ¿Se lo daría Stephen a
la mujer de la limpieza que tenía antes de la que viene ahora? Cuando se
marchó, insistió en que se llevara montones de ropa. Es un hombre terriblemente
impulsivo. –La niña se puso a lloriquear–. ¡Oh, Alexandra, no empieces! Es igual que un perro –dijo la señora Dearborn, enojada–. Cuando sabe
que va a salir, no te deja en paz hasta que está en la calle. Tendré que coger
el chaquetón de Stephen. He llevado el abrigo de pieles a la lavandería y hace
bastante frío, ¿verdad?
Se envolvió en la chaqueta de piel de cordero
de Dearborn, exageradamente grande para ella, y ambos salieron corriendo hacia
el coche bajo un súbito chaparrón. Niña y capazo fueron abandonados en el
asiento trasero, como un equipaje que se deja donde no haya que ocuparse más de
él. Wexford se sorprendió bastante. Había creído ver en la señora Dearborn una
mujer profundamente maternal, entregada a su marido y a sus hijas. No era
demasiado vieja para tener un bebé, pero quizá sí lo era para disfrutar
cuidándolo. Sin embargo, no lo sería más que la esposa del sargento Clements,
quien incluso se divertía jugando con su niño cuando éste le despertaba en
plena noche. Debía de ser su preocupación por Louise, devastadora, lo que la
apartaba del resto de su familia.
–Dígame el nombre de la amiga con quien Isa
compartía el apartamento –solicitó.
–Verity Bate. Iban juntas al colegio y Verity
salió para graduarse como maestra en el St. Mark and St. John.
–¿Deduzco que eso está en Londres?
–En este momento lo tenemos a no más de un
kilómetro –dijo la señora Dearborn–. Está muy cerca de donde usted vive, en
King’s Road. Ya se lo mostraré. Verity debe de estar ahora en el último curso,
pero no sé si conserva el apartamento. Se encontraba por los alrededores de
Holland Park; he ido y llamado al timbre, pero no ha abierto nadie.
Habían cruzado ya King’s Road en dirección
norte. En el asiento trasero, Alexandra emitía suaves sonidos de gorgoteo.
Wexford miró por encima del hombro y vio que la niña contemplaba cómo la lluvia
salpicaba el cristal de la ventanilla, extendiendo una mano gordezuela como si
pensara que podía atrapar las brillantes gotas que se escurrían por el cristal.
Entraron en Fulham Road por Sidney Street, y cuando hubieron pasado el cine y
entrado en aquella parte de la calle que es tan estrecha como un camino rural,
la señora Dearborn le preguntó si le importaría que se retrasaran unos minutos.
–Siempre compro aquí el pan y los pasteles –
dijo–. ¿Soportará usted que le deje con Alexandra?
Wexford dijo que lo soportaría con mucho
gusto. Ella aparcó el coche en Gilston Road, frente a un parquímetro, lanzando
satisfecha una exclamación porque el anterior ocupante había dejado un margen
de diez minutos sin cubrir, y se encaminó a la pastelería sin una palabra de
despedida para el bebé. Wexford se volvió para hablarle. A la niña no parecía
afectarla quedarse a solas con un extraño, aunque levantó las manos para
explorar su rostro. La lluvia tamborileaba sobre el techo del coche y Alexandra
reía y se libraba a puntapiés del cobertor de pieles.
Jugando con la niña pasó el tiempo tan
agradablemente que Wexford casi se olvidó de la señora Dearborn y le sorprendió
comprobar que ya habían transcurrido los diez minutos. Alexandra, que había
perdido temporalmente el interés por él, mascaba un extremo del cobertor.
Wexford miró por la ventanilla y vio a la señora Dearborn enfrascada en una
conversación con otra mujer bajo cuyo paraguas se guarecían las dos. Ella captó
su mirada, articuló «Ya voy», y a continuación ambas mujeres se acercaron al
coche.
La señora Dearborn parecía estar señalándole
la niña a su amiga si es que era tal. Por lo que de ella pudo ver a través de
la lluvia cuando la mujer adosó su cara a la ventanilla trasera, Wexford pensó
que era una relación francamente insólita para la esposa de un presidente de
empresa. Su paraguas era de hombre, de un color negro indefinido, también era
negro su raído abrigo, y debajo de éste llevaba lo que parecía un mono de
trabajo. Un viejo sombrero de fieltro, rotundamente encajado en su cabeza, le
ocultaba parcialmente el rostro, pero no escondía el feo y desfigurante
lobanillo que tenía entre la mejilla y la ventana izquierda de la nariz. A
Wexford le dio la impresión de que ya la había visto antes en alguna otra
parte.
Cuando empezaba a preguntarse cuánto tiempo
resistirían las dos mujeres allí paradas y chismorreando bajo un chaparrón que
ya se convertía en tormenta, la desconocida vestida de negro se apartó y la
señora Dearborn saltó al interior del coche, sacudiéndose hacia atrás el
cabello mojado con las manos también mojadas.
–Lamento haberle hecho esperar. Estará
deseando haber tomado un taxi. Pero ya sabe usted lo que ocurre cuando una se
encuentra a una persona y hay algo muy... –Se interrumpió con cierta
brusquedad–. Sigamos ahora hasta su casa –concluyó.
–Iba
usted a enseñarme St. Mark and St. John.
–Oh, sí ¿Distingue esa especie de edificio
redondo, justo ahí enfrente, a la izquierda? ¿Antes de llegar al Stamford
Bridge? Eso es la biblioteca de St. Mark. Los terrenos escolares se extienden
hasta King’s Road. ¿Hablará usted con Verity?
–Eso espero –dijo Wexford–. En todo caso,
podrá decirme dónde fue Isa después de separarse de ella.
–También puedo decírselo yo –declaró
rápidamente Melanie Dearborn–. No olvide que allí fue donde la encontró
Stephen. Está en Earls Court. Le anotaré el número de teléfono. Llamaría yo
misma, trataría de hablar con Verity, sólo que... –titubeó, y añadió con
tristeza–: ninguno de sus amigos querrá decirme nada.
Se detuvieron ante la casa de Theresa Street
y la señora Dearborn anotó el número tal como había dicho. Durante media hora
sus pensamientos se habían alejado de su hija, pero Wexford notó ahora que al
escribir le temblaba la mano. Ella le miró, nerviosa otra vez, contraído el
rostro con un grave gesto de ansiedad.
–¿De veras va usted a intentarlo, va a
seguirle la pista por mí? Estoy un poco... No puedo olvidar lo que pasó cuando
Stephen...
–Seré discreto –prometió Wexford, e
inmediatamente se despidió, añadiendo que sin falta se pondría en contacto con
ella el miércoles.
La casa estaba vacía. Denise le había dejado
una nota apoyada contra un jarro de cristal que contenía fresias, comunicándole
que habían salido a comprar un poncho zarzamora. Wexford se quedó con la duda
de si aquello era algo de vestir o algo de comer.
Llamó al número de Holland Park, pero no
contestó nadie. Ahora le toca el tumo a la chica número dos, posible testigo de
la artimaña torpe y falta de tacto de Dearborn.
Respondió una voz de hombre joven.
–¿Quién ocupaba el apartamento antes que
usted? –preguntó Wexford, tras haber explicado quién era.
–No lo sé. Llevo aquí cuatro años.
–¿Cuatro años? Louise Sampson vivió ahí hace
un par.
–Exactamente. Conmigo. Lulú y yo vivimos aquí
juntos... Oh, cuatro o cinco meses.
–Ya veo. –Sin duda Dearborn había estimado
prudente no revelar a su esposa aquella pequeña porción de información–.
¿Podría ir a visitarle, señor...?
–Adams. Puede venir si quiere. No hoy, sin
embargo. ¿Digamos mañana, hacia las siete?
Wexford colgó el teléfono y consultó el
reloj. Las cinco. La lluvia se había convertido en simple llovizna. ¿A qué hora
terminarían las clases en aquella escuela? Con un poco de suerte, Verity Bate
estaría saliendo en aquel momento, o con mayor suerte se habría entretenido en
alguna dependencia.
Encontró sin dificultad las grandes puertas
de la escuela que los estudiantes llamaban Marjohn. Había unos cuantos chicos y
chicas en la entrada, maestros en potencia, que le dedicaron la clase de
miradas que su propia generación (pero no él) les dedicaba a ellos, las miradas
que preguntan: «¿Por qué viste esas ropas tan raras, por qué lleva ese corte de
pelo tan curioso, por qué tiene un aire tan extravagante?» Él estaba convencido
de que nadie en King’s Road vestía su tipo de trajes o era tan viejo como él.
Se dirigió sin mucha confianza hacia la garita del conserje y preguntó dónde
podría encontrar a la señorita Verity Bate.
–Hace un momento estaba aquí. Ha entrado a
ver si había alguna carta para ella, y luego se ha marchado a casa. ¿Es usted
su padre?
Wexford se sintió sumamente halagado: el
conserje no le había preguntado si era el abuelo de la chica.
–Le dejaré una nota –dijo.
Antes de seguir adelante necesitaba hablar
con Howard. Su sobrino contaba con un equipo, una fuerza bajo su mando,
personas que podrían localizar a Louise Sampson en cuestión de horas,
compararla con Loveday Morgan, quizá comprobar que las dos muchachas eran...
dos muchachas distintas. Pero cuánto más satisfactorio sería presentarle por su
cuenta a Howard un fait
accompli, con la localización y las comprobaciones ya
hechas...
12
La verdad saldrá antes a la luz... siempre
que él aporte
y sostenga su simple entendimiento contra los falsos y
maliciosos circunloquios de taimadas criaturas.
y sostenga su simple entendimiento contra los falsos y
maliciosos circunloquios de taimadas criaturas.
–Otra de tus mujeres al teléfono –anunció Denise con notable
perversidad.
Wexford estaba apenas terminando su desayuno.
Celebró que Howard, que había ido al estudio a recoger su portafolios, y Dora,
que hacía las camas, no hubieran oído la frase. Se dirigió al teléfono y una
voz de muchacha, sin aliento por la curiosidad, dijo que era Verity Bate.
Eran sólo las ocho y cuarto.
–No ha perdido usted el tiempo, señorita
Bate.
–Tuve que volver ayer tarde a Marjohn a
buscar una cosa y encontré su mensaje. –La muchacha continuó en tono relamido–:
Comprendí que debía ser muy importante, y como tengo conciencia social pensé
que debía ponerme en contacto con usted lo antes posible.
No podía esperar más para saber de qué se
trataba, pensó Wexford.
–Estoy tratando de localizar a una persona
que usted conocía.
–¿De veras? ¿Quién? Quiero decir, ¿cómo es
posible que usted...?
–¿Dónde y cuándo podemos vernos, señorita
Bate?
–Bien, tengo clase hasta las once y media. Me
gustaría que me dijese quién es la persona. –No parecía sospechar de la
identidad ni la autoridad de Wexford, quien podía haber sido un criminal
lunático tendiéndole una trampa–. Puede usted venir a mi apartamento... No,
tengo una idea mejor. Nos encontraremos a las doce menos cuarto en Violet’s
Voice, un café que está delante de Marjohn.
Howard no hizo comentarios ni preguntas
cuando le dijo que no se reuniría hasta después de su almuerzo con el sargento
Clements y su esposa. Quizá se alegraba de verse libre de la compañía de su tío
durante la mañana, o quizá sospechó que Wexford seguía su propia línea de
investigación; dicho de otro modo, que actuaba a su manera.
Llegó al Violet’s Voice diez minutos antes de
la hora convenida. Era un café pequeño, oscuro y casi vacío. El techo, el suelo
y el mobiliario eran todos del mismo color púrpura intenso, mientras que las
paredes, de estilo psicodélico, estaban pintadas con rizos violeta, lavanda,
plateados y negros. Wexford tomó asiento y pidió un té, que le fue servido en
un vaso, con limón y menta flotando en la infusión. Por la ventana veía las
puertas de St. Mark, y antes de que tuviera tiempo de llevarse el té a los
labios observó que una chica diminuta, de largo cabello rojo, salía de allí y
cruzaba la calle. También ella se anticipaba.
Entró en el café, se aproximó a la mesa sin
titubear y dijo en voz alta:
–Es sobre Lou Sampson, ¿no? Lo he pensado y
pensado, y tiene que ser Lou.
Él se puso cortésmente en pie.
–¿Señorita Bate? Siéntese y permítame
ofrecerle algo de beber. ¿Por qué está tan segura de que se trata de Louise?
–Porque es de las que desaparecen. Es decir, si hay alguien a quien conozca que sea capaz de meterse en
líos o hacer que la policía la busque, es Lou. –Verity Bate se sentó y apoyó
los codos en la mesa–. Gracias, tomaré un café. –Tenía unos modales agresivos,
casi teatrales, y una voz aguda que todos los presentes en el local podían
oír–. No tengo la menor idea de dónde está Lou, ni se lo diría si lo supiera.
Supongo que es la señora Sampson quien la busca otra vez. La señora Dearborn,
mejor dicho. Esa mujer nunca se da por vencida.
–¿No le gusta la señora Dearborn?
La muchacha era muy joven, muy estricta y muy
intolerante.
–No me gustan los engaños. Si mi madre me
hiciera lo que ella le hizo a Lou, nunca más volvería a dirigirle la palabra.
–Me agradaría oír algo más sobre eso –dijo
Wexford.
–Ya se lo contaré. No es ningún secreto, de
todos modos. –Verity Bate guardó silencio un momento y luego dijo con
seriedad–: Lo comprende, ¿no es así?, que si supiera dónde está Lou no se lo
diría. ¡No lo sé, pero si lo supiera no se lo diría!
Con la misma seriedad, Wexford replicó:
–Aprecio mucho su actitud, señorita Bate.
Hace usted honor a sus principios. Permítame aclarar la situación: usted no
sabe dónde está Louise, no tiene la menor idea, y no me lo dirá porque es
contrario a sus principios.
Ella le miró insegura.
–Así es. No haré nada por ayudar a la señora
Samp... Dearborn, ni a él.
–¿Al señor Dearborn?
La blanca tez de la muchacha se ruborizaba
fácilmente, pero ahora tomó un color rojo fuego. Con viveza, indignada, Verity
dijo:
–Era el mejor amigo de mi padre. Su socio.
Nadie debería rebajarse a hablarle nunca más. ¿No cree usted que el mundo sería
un lugar mucho mejor si simplemente nos negáramos a hablar con la gente que
obra mal? De este modo muchos aprenderían que una conducta repugnante no va a
servirles de nada, porque la sociedad no la tolerará. ¿No está de acuerdo
conmigo?
Parecía más una chica de quince años que de
veintiuno.
–Todos nos comportamos mal, señorita Bate.
–¡Oh, es usted igual que mi padre! Se ha
resignado. Como ustedes, los viejos, claudican, nosotros nos vemos metidos...
bueno, metidos en esta confusión. Le digo que deberíamos acabar con eso de
enviar gente a la cárcel por robar cosas y empezar a encerrar a quienes
destrozan la vida de otras personas. Como ese Stephen Dearborn de mierda.
Wexford suspiró. Una niña con alma de
predicador.
–A mí me pareció un hombre bastante agradable
–dijo–. Deduzco, sin embargo, que tampoco a Louise debe de gustarle demasiado.
–¿Gustarle? –Verity Bate retiró un poco su
silla y se inclinó hacia adelante hasta que su pequeña y afilada nariz y sus
grandes ojos azules quedaron a menos de diez centímetros del rostro de él–.
¿Gustarle? No sabe usted nada, ¿verdad? Lou adoraba a ese hombre. ¡Estaba tan
loca por Stephen Dearborn que parecía increíble!
Aquella declaración tuvo sobre Wexford el
efecto que la muchacha evidentemente había esperado. Le dejó profundamente
sorprendido, y aun así, cuando reflexionó, se preguntó por qué no habría
llegado a la verdad por sí solo. De que era la verdad no le cabía duda. Ninguna
chica de inteligencia normal abandona los estudios en una etapa crucial de su
carrera, arroja por la ventana una plaza en la universidad y rompe casi
enteramente con su madre, sólo porque ésta contrae un digno y del todo
conveniente matrimonio con un hombre que la propia chica le ha presentado.
–¿Estaba enamorada de él? –preguntó.
–¡Naturalmente que lo estaba! –Verity Bate
sacudió la cabeza hasta que su cara quedó medio oculta por una cortina de
cabello rojo, aunque Wexford no pudo dilucidar si lo había hecho maravillada de
su propia revelación o exasperada por la estupidez de él. Luego, con bruscos
manotazos, se echó el cabello atrás–. Será mejor que le cuente toda la
historia, y le aseguró que mi relato será imparcial. No tiene objeto que hable
usted con Stephen Dearborn, porque es un mentiroso. Se limitará a decirle que
nunca pensó de ese modo en Lou, que es lo que le dijo a mi padre. ¡Ooh, es repulsivo!
–¿Y ese... hum, relato imparcial, señorita Bate?
–Sí, bien, Lou y yo íbamos juntas a la
escuela, en Wimbledon. Allí era donde vivían mis padres, y Lou y la señora
Sampson vivían en la calle siguiente. Stephen Dearborn vivía en ese horrible
Kenbourne Vale y papá le traía de vez en cuando a casa con la excusa de que era
lo que él llamaba un pobre viudo solitario.
–¿Había estado casado anteriormente,
entonces?
–Su mujer murió y también murió su hijo. Esto
pasó hace siglos. Se suponía que Stephen adoraba a los niños y solía llevarme
de paseo. La Torre de Londres, el cambio de la Guardia, esa clase de tonterías.
Oh, y me arrastraba por Kenbourne Vale, enseñándome montones de arquitectura
antigua, un verdadero tostón. Fue una suerte que no me contagiara alguna
enfermedad asquerosa en aquella cloaca de barrio. Cuando hice amistad con Lou,
nos llevó a las dos.
–¿Qué edad tenía usted?
–Dieciséis, diecisiete. Tenía que llamarle
tío Steve. Pensarlo me pone enferma, físicamente enferma. –Las comisuras de su
boca dibujaron una mueca de asco–. Lou no es como yo, ¿sabe? Lo guarda todo
dentro, pero lo tiene todo revuelto y encerrado a presión, las emociones,
digamos, como en una... –la voz infantil bajó de tono, emocionada– ¡en una
caldera! El caso es que salimos un tiempo los tres juntos, pero yo estaba de
más. Stephen y Lou... bueno, era como la época en que las chicas llevaban dama
de compañía, o como lo llamaran. Yo era la dama de compañía. Y luego, una noche
que se había quedado en mi casa, Lou me dijo que estaba enamorada de él y me
preguntó si me parecía que él la quería. Me quedé helada, imagínese: ¡Lou
contándome algo de su vida personal! No supe qué decir, no lo entendía. Quiero
decir que ella tenía diecisiete años, quizá dieciocho en aquel momento, y él
era un tipo de mediana edad. ¿Concibe usted que una chica de dieciocho años se
enamore de un hombre de cuarenta? ¿Usted lo concibe?
–Es algo que ocurre.
–A mí me parece vomitivo –dijo Verity Bate,
con un escalofrío que semejaba auténtico–. A continuación ella le pidió que
fuera a su casa. Para presentarle –añadió lúgubremente– a su madre.
Wexford casi había olvidado que el propósito
de aquella conversación era descubrir el paradero de Louise Sampson. De nuevo
veía la sencilla escena doméstica añadiendo algunas variantes: el visitante que
entraba solo en la casa (porque una chica mal educada había dejado que se
presentara a sí mismo) y que a continuación, buscando a la madre de la
muchacha, había encontrado una puerta medio abierta y vislumbrado en la cocina
a una mujer ataviada con un delantal blanco y entregada a una secular tarea
femenina. La voz estridente de Verity le sacó de su ensoñación:
–Lou y yo nos preparábamos para los exámenes,
pero la semana antes de que empezaran ella no vino al colegio. Llamé por
teléfono a su casa y su madre me dijo que no estaba bien. Luego, una noche,
llegó mi padre y dijo a mamá: «Qué te parece, Steve va a casarse con la chica
Sampson.» Naturalmente, pensé que se refería a Lou, pero no era así. ¡Qué
fantasía, llamar «chica» a una mujer de treinta y siete años! Lou no se
presentó a los exámenes. Estaba enferma de verdad, sufrió una especie de
depresión nerviosa.
–Un caso de filia pulchra, mater pulchrior –dijo Wexford.
–No tengo ni idea, no he estudiado latín.
Enviaron a Lou junto a su abuela y después se casaron. Yo terminé el colegio y
entré en la Marjohn, y papá dijo que me pagaría la mitad del alquiler de un
apartamento si encontraba otra chica con quien compartirlo, y yo estaba más o
menos buscándola cuando Lou llamó desde la casa de su abuela y dijo que nunca
iría a vivir con aquellos dos en Chelsea y que si podía venirse a mi
apartamento.
–¿Cuánto duró eso?
–Casi un año. Lou estuvo más callada que
nunca. Acongojada. Su puñetera madre me llamaba a cada momento y pretendía que
el encaprichamiento de Lou por Stephen no eran más que bobadas. Finalmente,
harta de que la persiguieran, Lou se marchó a vivir con alguien en Battersea.
No le daré la dirección, recuérdelo.
–Ni yo soñaría con preguntársela, señorita
Bate.
–Después de aquello, en cierto modo, perdimos
el contacto.
–Usted no podía soportar el ver tanto
sufrimiento, ¿no es así?
–Exactamente. –Parecía aliviada ante una
solución tan oportuna, que quizá le evitaba la necesidad de explicar que no se
había molestado en telefonear y que nunca escribía cartas–. Louise Sampson
–dijo teatralmente– salió de mi vida. Es posible que haya encontrado la
felicidad, o es posible que no. Nunca lo sabré. –Levantó el mentón y miró con
intensidad en dirección a la cafetera, mostrando a Wexford un delicado y
vagamente tembloroso perfil. Él se preguntó si habría visto algunas o todas las
películas del Ciclo Greta Garbo que recientemente había ofrecido, según
información de Denise, el Classic Cinema, situado calle arriba–. Eso es todo
cuanto puedo decirle –concluyó ella–, pero si supiera algo más no añadiría ni
una palabra.
Con toda seguridad, la esposa del sargento no
se tomaría tanto trabajo –servicio de mesa completo, servilleta de lino, platos
auxiliares, de todo–, cuando su marido comparecía solo para tomar
apresuradamente un bocado. Wexford estaba convencido de ello, pero se comportó
como si aquella ceremonia fuera normal incluso prescindió de su dieta.
Era consciente de que le esperaban nuevas
representaciones con la entrada del niño, demorada hasta después del café, no
solamente para subrayar el golpe de efecto sino para probar la habilidad de la
señora Clements para ser a la vez una elegante anfitriona y una buena madre.
Era enternecedora, pensó, la forma en que se sumaba estoicamente al tema de
conversación (que inevitablemente, dado que intervenía el sargento, era la
decadencia general de la vida moderna), mientras subrepticiamente escuchaba por
si de la habitación contigua llegaba algún quejido infantil. Por último, cuando
Wexford y Clements se levantaron de la mesa y se situaron frente al ventanal para
contemplar Kenbourne Vale desde una altura de doce pisos, ella se retiró y
reapareció enseguida con el bebé en brazos.
–Le han salido dos dientes –anunció– sin el
menor problema.
–Un chico estupendo –dijo Wexford. Tomó el
niño de brazos de la mujer y le habló como había hablado a Alexandra Dearborn,
pero James respondió con menos alegría y sus brillantes ojos negros expresaron
cierto recelo. Un niño adoptado, reflexionó Wexford, era normal que diera
señales de inseguridad, habiendo pasado, como debía de haber ocurrido desde que
su madre biológica le dejó, de un extraño a otro–. Ha de ser un orgullo para
usted –añadió, y entonces, avergonzado, notó que se le velaba la voz con una
imprevista nota de emoción y optó por no seguir hablando.
Pero había dicho lo suficiente, o su
expresión había dado a entender lo que no podía decir. La señora Clements
rebosaba júbilo.
–He estado esperando esto durante quince
años.
Wexford le devolvió el niño.
–Y ahora le esperan quince años de dura
labor.
–Años y años de felicidad, señor Wexford. –La
sonrisa se apagó. Su cara llana y vagamente obtusa pareció enflaquecer en un
instante–. Si... si dejan que me lo quede.
–La mujer ha firmado una declaración jurada,
¿no? –dijo el sargento con vehemencia–. Ha prometido entregarlo.
Su esposa le dirigió una mirada afectuosa,
compasiva en parte y en parte de amable reproche.
–Ya sabes que estás tan preocupado por esto
como lo estoy yo, querido. Al principio, señor Wexford, estaba más preocupado
todavía. Quería... bueno, averiguar quién era la mujer y entregarle dinero.
Algo así como comprar a James, ya ve.
–No sé mucho de adopción –dijo Wexford–, pero
seguramente es ilegal que intervenga el dinero en el curso de esas
transacciones.
–Por supuesto que lo es –declaró irritado el
sargento. Parecía sentirse incómodo–. No hablaba en serio. –Sus siguientes
palabras más bien desmintieron lo que acababa de decir–: Siempre he sido
ahorrador, es posible que de una manera u otra haya guardado unas libras,
pero... ¿No pensará usted que pretendiera hacer eso, señor?
Wexford sonreía.
–Habría sido un tanto arriesgado, ¿no le
parece?
–¿Se refiere a quebrantar la ley, señor?
Quizá habría conseguido el niño, pero siempre me habría angustiado el temor a
ser descubierto.
Clements no era nunca muy rápido de entendederas,
pensó Wexford y dijo:
–Pero habría tenido el niño.
–Sí, lo tendría, señor. Se lo habría comprado
a su madre natural; es una manera de hablar, aunque no suena demasiado bien
dicho así. Le habría ofrecido mil libras, supongamos, para que no se opusiera a
la sentencia.
–Y suponga que ella tomara el dinero y
accediese, y se opusiera a la sentencia de todos modos. ¿Qué recurso le
quedaría a usted? Ninguno en absoluto. Usted no podría hacerle firmar un
acuerdo, no podría establecer un contrato, porque ese tipo de transacción en
materia de adopción sería ilegal.
–Nunca he pensado en eso. Una muchacha sin
escrúpulos podría ingeniárselas para conseguir dinero con que criar al niño.
–Claro que podría –dijo Wexford.
13
Pero en Utopía todo hombre es un hábil abogado...
Ella también había tenido un niño... En el
curso del último año, Loveday Morgan había dado a luz un hijo. Si Loveday
Morgan fue Louise Sampson, Louise había tenido aquel hijo. Una buena razón,
sumada al resto de buenas razones, para evitar que su madre la viera hasta
Navidad, cuando ya debía de estar completamente recuperada del parto.
Aquel nacimiento tuvo que ser inscrito en el
correspondiente registro, aunque, aparentemente, no como hijo de una madre
apellidada Morgan. Sin duda Louise no se habría atrevido a registrar al niño
bajo un nombre falso. Las sanciones aplicables a las inscripciones falsas
estaban claramente expuestas, como Wexford recordaba, en todas las oficinas de
registro. Eran más que suficientes para intimidar a una chica tan joven. Louise
habría hecho la inscripción bajo su verdadero nombre.
Esto, pues, era precisamente lo que debía
comprobar antes de seguir adelante. Significaba que no necesitaba ir más allá.
Pero sus planes estaban condenados a posponerse, porque apenas había llegado a
su despacho cuando Howard llamó para solicitar su presencia en una casa de
Copland Road.
–¿La casa de la señora Kirby? –preguntó
Wexford–. ¿Quién es?
–Gregson reparaba su televisor el día
veinticinco de febrero, a la hora de almorzar. Acaba de telefonear diciendo que
ha recordado algo que nosotros deberíamos saber.
–Bien, no me necesitarás.
Pero Howard opinaba lo contrario. Se mostró
hasta imperioso. Cuando Wexford se reunió con él en el coche y observó la
adusta presencia del inspector Baker, comprendió la situación. Baker había sido
presionado con más o menos tacto para incluir al inspector jefe en aquella
visita. Un martillo gigante, ciertamente, para aplastar una mosca, salvo que la
mosca se hubiera transformado súbitamente en un insecto mucho mayor.
Evidentemente, a Baker no le había gustado, y no sólo en aquel terreno. Dedicó
a Wexford una fría y penetrante mirada.
El propio Wexford estaba fastidiado. Se
habría sentido mucho más a gusto investigando por su cuenta. Howard había
organizado las cosas para evitar herir a su tío y Wexford se encontraba allí
para evitar herir a su sobrino, pero todo lo que habían conseguido actuando de
aquella manera era enojar a Baker. La parte de cogote que dejaban ver los pelos
que lo poblaban estaba encarnada de pura cólera.
Wexford trató de imaginar cómo sería su vida
privada, la solitaria existencia que llevaría en alguna parte, quizá en un
pulcro suburbio y en una de aquellas casitas unifamiliares adosadas que decoró
y amuebló para la joven esposa que había acabado por abandonarlo. A duras penas
podía concebir mayor humillación para un hombre de mediana edad que la que
Baker había sufrido. Habría penetrado hasta las mismas raíces de su virilidad y
sacudido lo que a su edad debería haber constituido una personalidad debidamente
formada.
Baker se sentaba junto al conductor, Wexford
en la trasera con su sobrino, y desde que salieron del puesto de policía nadie
había pronunciado una palabra. En aquel momento, intentando disminuir la
tensión, Howard preguntó al inspector cuándo se trasladaría de Wimbledon al
nuevo apartamento que había comprado en el noroeste de Londres.
–Confío que el mes próximo, señor –dijo Baker
brevemente; pero no volvió la cabeza.
La mención de Wimbledon reavivó en Wexford el
recuerdo de Verity Bate, quien había dicho que sus padres y, al mismo tiempo,
los Sampson habían residido en aquel barrio. De modo que era también allí donde
a Baker le había caído el problema encima. Sin desalentarse, Howard insistió
sobre lo mismo, pero Wexford tuvo la impresión de que el inspector sólo
contestaba porque Howard era un policía de rango superior al suyo. Y cuando el
superintendente habló a continuación de la semana, terminada el 27 de febrero,
que Baker había solicitado tener libre para consultar al procurador y ponerse
de acuerdo con los decoradores, su encogimiento de hombros fue casi rudo.
–Temo que sea usted una de esas personas que
nunca se toman unas verdaderas vacaciones, Michael –dijo Howard afablemente–.
Incluso cuando se supone que está usted libre de servicio pasea por Kenbourne
Vale prácticamente cada día. ¿Tan atractivo considera el lugar?
–Un sucio agujero –replicó Baker
abruptamente–. El hecho de que alguien pueda vivir allí me deja pasmado.
Por la forma en que se tensaron los hombros
del conductor, Wexford dedujo que éste era uno de los que vivían allí. Otra
demostración de cómo el inspector provocaba la hostilidad de la gente. Se hizo
un lúgubre silencio. Howard evitó deliberadamente que su mirada se cruzara con
la de su tío, y éste incómodo, se dedicó a mirar por la ventanilla.
Era un día frío y húmedo, y aunque la tarde
estaba apenas en sus inicios acá y allá se veían luces en las ventanas, que
dibujaban rectángulos de un brillo pálido en las fachadas grises. El aire mismo
parecía gris, no suficientemente denso como para que formara niebla pero
cargado de una humedad que ennegrecía las aceras. Kenbourne Vale tenía los
colores de una concha de caracol, rielaba tenuemente en los tonos pálidos y
tristones del caracol, bajo un cielo ceniciento que parecía dejarse caer y
descansar melancólicamente sobre el paisaje urbano. Torres y remates de
iglesias, un estadio, grandes e irregulares fábricas se alzaban delante del
coche, adquirían forma sólida y volvían a disolverse a su paso por aquel mundo
gris. Sólo los nuevos bloques de oficinas, estridentes columnas de luz, ponían
un toque de realidad positiva en la tristeza creciente del entorno.
Entraron en Copeland Hill, el distrito que,
casi una semana atrás, había sido para Wexford la vía de acceso a la mansión de
su sobrino. Muchas cosas habían ocurrido desde entonces. Se preguntó cómo se
habría sentido la semana anterior, a bordo de aquel autobús, de haber sabido
que hoy circularía en un coche policial con Howard, como investigador honorario
pero tratado con dignidad por su sobrino, camino de interrogar a un testigo
importante. Este pensamiento le regocijó, le hizo ver Copeland Road con
estimulante interés, y resolvió no permitir que Baker le desanimara o aminorase
su ardor.
Aquélla era una de las calles a las que
Dearborn había echado el ojo, y Wexford vio que una sección entera del flanco
izquierdo estaba siendo renovada. Los andamies la cubrían. Una cuadrilla de
operarios pintaba la parte superior de las fachadas de color crema, con el
resultado de que las molduras que remataban las ventanas revelaban el detalle
de sus guirnaldas, racimos de uvas, lazos. Nuevos barrotes de hierro forjado,
apoyados contra los andamios, esperaban ser colocados en los balcones.
El efecto de aquella conversión a medio hacer
era que las casas próximas pareciesen más miserables que antes. Pero ni las
huellas de la decadencia ni los inconfundibles signos de que todas estaban
habitadas por un puñado de inquilinos desheredados por la fortuna, en lugar de
por una próspera familia, llegaba a arruinar del todo su dignidad. Garmisch
Terrace era vil y vulgar y lo había sido en el espíritu de su concepción; aquel
lugar, en cambio, poseía una extraña e indestructible belleza porque, como la
anciana dama que fue en otro tiempo una muchacha bonita, su osamenta era de
primera calidad.
La señora Kirby, que ocupaba parte del piso
bajo de una casa cuya fachada estucada estaba surcada por grietas que parecían
largos ríos, también había sido bonita en el Yorkshire de su juventud. Su
acento la identificaba como nativa del East Riding, y Wexford se preguntó qué
combinación de circunstancias la habría llevado a Kenbourne Vale. Aparentaba
unos sesenta años. Al parecer tenía alquilada toda la casa, pero vivía
únicamente en tres habitaciones que mantenía tan limpias y relucientes como
joyas.
Wexford se maravilló de que fuera una persona
tan corriente. A él le parecía curioso aquel lugar, la ancha calle, las
mansiones como riscos ornamentados y llenos de ventanas, realmente fascinantes,
y pensó que a ella, dado su origen, debían parecérselo también. ¿Qué debía
pensar de la gente vestida de manera exótica, de las caras negras, de los
chicos y chicas de mirada desafiante que vivían en las madrigueras por encima
de su cabeza? Ella seguía su vida como si todavía residiera en alguna casita
campestre de Yorkshire, a juzgar por la descripción minuciosamente detallada
que les hizo de la forma en que había pasado el día 25 de febrero. Persona
madrugadora, se había levantado a las siete, hizo la limpieza de su vivienda,
conversó de casa a casa con una vecina. Sin parar de hablar, condujo a los tres
policías por todas las tiendas que había visitado para efectuar sus compras,
especificó los platos que había preparado para el almuerzo y llegó finalmente,
mientras Baker golpeaba impaciente el suelo con el pie, a la aparición de
Gregson a las doce y media en punto.
–Sí, eran las doce y media cuando se
presentó. Lo sé porque en aquel momento yo me había sentado a la mesa a comer
un poco y pensé que algunas personas no tienen consideración. Le dije: «¿Cuánto
tiempo necesitará?», y él contestó que media hora, así que guardé mi plato en
el homo porque no me gusta que los extraños me vean comer.
–¿Cuándo llamaron por teléfono? –preguntó
Howard.
–Tuvo que ser después de la una. Sí, porque recuerdo
haber pensado: «Tu media hora es un poco larga, muchacho.» Oí el timbre del
teléfono y respondí, y una chica dijo: «¿Puedo hablar con el señor Gregson?
Llamo desde la tienda.»
–¿Está segura de que dijo «la tienda»?
–No, no puedo asegurarlo. Igual dijo
Sytansound, a comoquiera que ellos se llamen. Avisé al joven y él habló con la
chica, sólo dijo sí y no y adiós. Después terminó su trabajo y se marchó.
–Trate de ser más precisa respecto a la hora
de llamada, señora Kirby.
Le encantaba ser precisa. Wexford pudo notar,
y vio que Howard también lo notaba, que para ella precisión y exactitud no eran
la misma cosa. La mirada de la mujer revoloteó, dubitativa. Quería impresionar,
hacerse merecedora de elogios, aunque tuviera que conseguirlo a través de una
precisa inexactitud.
Baker dijo entonces:
–Si pensó usted que la media ahora era un
poco larga, debió de ser un rato después de la una. Cinco, diez minutos...
A Wexford le hubiera gustado tener autoridad
para advertir, como un juez a un abogado: «No guíe usted a la testigo, señor
Baker.»
Guiarla dio sus frutos:
–Sí, hacia la una y diez –dijo la señora
Kirby, y añadió esperanzada–: Casi a la una y cuarto.
Baker sonrió en silencioso triunfo. «Sonríe,
sonríe», pensó Wexford. Loveday no había telefoneado a Gregson, llamó a su
madre. Por fin se decidió a hablar. La mirada alentadora de Howard le permitió
una pregunta:
–¿Reconoció usted la voz de la chica?
–No, ¿por qué iba a reconocerla?
–Bien, es de suponer que usted misma había
llamado a la tienda para decirles que su televisor necesitaba una reparación.
–Sí, lo hice, y más de una vez, pero no hablé
con ninguna chica. Siempre hablé con ese encargado, ese Gold.
–A ver con qué mentiras se saldrá de esto
–dijo Baker cuando entraban en Sytansound.
En una docena de pantallas iluminadas, una
tribu de gnomos hacía cabriolas para diversión de los menores de cinco años.
Detrás del escritorio que había sido de Loveday se encontraba una dama
cincuentona, con botas y pantalones de montar, que avanzó flotando hacia ellos seguida
por el obeso y pesado Gold.
–Aquel viernes no hubo en la tienda ninguna
chica a partir de la una menos diez –dijo él, disgustado por la frecuencia de
las visitas de los representantes de la ley.
–¿Dónde está Gregson? –preguntó Baker.
–Ahí detrás. Con la furgoneta.
Un alto muro de ladrillos oscurecía el
aparcamiento del vehículo. Al otro lado del muro, adivinó Wexford, estaba el
cementerio; por encima de aquél asomaban las copas de los árboles. En Kenbourne
Vale no podías alejarte del cementerio, que parecía ser alma y corazón del
lugar.
Gregson les había oído aproximarse. Estaba
apoyado en el muro, esperándoles con los brazos cruzados. Su actitud era de
desafío, pero su rostro expresaba temor.
–No habla, ¿sabes? –dijo Howard a su tío en
tono coloquial, mientras Baker se acercaba al muchacho–. Quiero decir que
literalmente no abre la boca. Le contó a Baker que no salía con la chica y
dónde estaba el viernes por la noche, y desde entonces, simplemente, no habla.
–La mejor defensa. ¿Quién se lo enseñaría?
–Ojalá lo supiera. Sólo deseo que su mentor
no esté dando lecciones a todos los golfos de Kenbourne.
Gregson había dejado caer los brazos a sus
costados porque Baker se lo había ordenado, y también se había separado unos
centímetros de la pared. Contestaba a las preguntas del inspector sólo
alzándose de hombros. Ataviado con su delgada chaquetilla parecía tener frío,
estar afligido y ser muy joven.
–Tú y yo vamos a tener una conversación, mozo
–dijo Baker finalmente–. Allá en el puesto.
Gregson se alzó de hombros una vez más.
En el puesto de policía le introdujeron en
una sala de interrogatorios. Wexford se retiró a su despacho y contempló las
instalaciones de la compañía de gas. El gasómetro había disminuido su volumen
lo suficiente para revelar, detrás, una fábrica de conservas, una iglesia y un
edificio que probablemente albergaba la alcaldía de Kenbourne. Pensó en las
chicas aficionadas a los nombres románticos, en los bebés que no se parecían a
sus padres, y a continuación, en Peggy Pope y su amante. No llegó a ninguna
conclusión.
Sonó el teléfono. La voz de Howard dijo:
–Gregson se muere de miedo con nosotros. ¿Qué
te parece si lo intentas tú?
–¿Por qué va a querer hablarme a mí?
–No lo sé, pero nada se perderá con probarlo.
Nada se ganó tampoco. Gregson fumaba sin
parar. No contestó a ninguna de las preguntas de Wexford. Éste le preguntó si
sabía qué clase de persona era Harry Slade, que su palabra no tenía ninguna
credibilidad (esto no del todo cierto), si se daba cuenta de las implicaciones
de la llamada telefónica que había recibido en casa de la señora Kirby. Gregson
no dijo nada. Fue, a su manera, una espléndida actuación. Un verdadero criminal
encallecido que le doblase la edad no habría podido superarla.
Wexford trató de presionarle, pese a que iba
contra sus principios. Plantado junto al muchacho, le gritó las preguntas al
oído. Gregson olía al sudor del miedo, pero continuó sin hablar. Se le habían
acabado los cigarrillos y apretaba los puños sobre la mesa que tenía delante.
Madera de mártir, pensó Wexford. En la época
de sir Thomas Moro le habrían aplicado el potro y el torniquete. Serenó su voz
y volvió una vez más a la llamada telefónica. ¿Quién era la chica? Él sabía que
no había ninguna chica en la tienda a aquella hora, ¿no? En aquel momento preciso
Loveday Morgan había hecho una llamada. Esta llamada fue para él, ¿no?
Wexford se inclinó a través de la mesa. Fijó
los ojos en Gregson, forzando al muchacho a mirarle, y entonces,
sorprendentemente, Gregson habló. Era la primera vez que el inspector jefe oía
su voz, un débil gemido cockney.
–Quiero un abogado –dijo.
Wexford salió del cuarto, hizo entrar al
agente Dinehart y fue a contarle a Howard lo que había ocurrido.
–Una maravilla –dijo Baker–. Eso es todo lo
que necesitamos.
–Si quiere un abogado habrá que facilitárselo
–declaró Howard–. Alguien le ha enseñado bien las normas.
–Quizá el señor Wexford –Baker apenas podía
contener la rabia–. Informándole de sus derechos, sin duda.
Wexford sacó una hoja del expediente de
Gregson, pero no dijo nada. Regresaron los tres a la sala de interrogatorios y
Howard preguntó al muchacho qué abogado quería.
–No tengo ninguno –dijo Gregson–. Tráigame la
guía telefónica.
14
Si un hombre ha preferido dedicar su vida a
sus propias
ocupaciones, ni se le permite ni se le prohíbe.
ocupaciones, ni se le permite ni se le prohíbe.
Eran más de las seis y media cuando Wexford
se marchó. Howard continuaba encerrado con un tal señor De Traynor, quien con
suavidad y simpatía se refería a Gregson como «mi juvenil cliente aquí
presente». Gregson le había elegido en la guía telefónica porque su apellido le
gustó.
El señor De Traynor tenía algo más que un
apellido. Sus sedosas cejas casi desaparecieron en su sedosa cabellera cuando
oyó que todavía no se habían presentado cargos contra Gregson y que, de hecho,
nadie estaba del todo dispuesto a presentarlos, por lo cual creyó oportuno
enseñarle leyes a Howard.
–¿Y debo entender que mi juvenil cliente aquí
presente lleva detenido de facto más de tres horas...?
Con objeto de evitar a Baker, Wexford se
deslizó al exterior por una puerta trasera que había descubierto y que le
condujo a un callejón adoquinado. A un lado había un edificio que parecía ser
una sección del puesto, al otro una hilera de garajes de reciente construcción
utilizados para guardar los coches y furgonetas de la policía. Era todo a
escala mucho mayor que cuanto había en Kingsmarkham, y pocos días antes habría
tenido sobre su ánimo un efecto deprimente, disuasivo incluso. Pero ahora, ni
las dimensiones del lugar ni la injusta actitud de Baker le turbaban demasiado.
La naturaleza humana era la misma aquí que en el campo, y era a través del
estudio de la naturaleza humana y sus pautas de comportamiento, más que
apoyándose exclusivamente en evidencias circunstanciales, como había conseguido
sus éxitos en el pasado. Se dijo, mientras caminaba ágilmente en dirección a
Kenbourne Lane, que tenía una ventaja sobre Baker, puesto que él nunca había
inventado ni inventaría la solución de un misterio y trataría luego de
manipular los hechos y la naturaleza humana para que encajaran. Lástima, pues,
que hubiera perdido la ocasión de ir a Somerset House.
En lugar de confiar en que encontraría un
autobús que le llevase a Earls Court, Wexford se encaminó a la estación de
metro que había visto desde el coche policial. La estación no llevaba el nombre
de Kenbourne Vale, sino el de Elm Green. ¿Tenía este último alguna relación con
los famosos olmos talados hacía mucho tiempo sobre los cuales había disertado
Dearborn? Ahora no había olmos, sólo una amplia acera gris llena de gente que
se precipitaba hacia la estación bajo luces fluorescentes, y dentro de un
laberinto de largos pasillos embaldosados.
Cuando le tocó transbordar en Notting Hill
Gate, se equivocó de tren. Media hora transcurrió antes de que por fin saliera
a la superficie en Earls Court y para entonces sentía una agobiante
claustrofobia y le palpitaban las sienes. ¿Cómo podían soportarlo los
londinenses?
Nevern Gardens resultó ser otra de aquellas
enormes casas, cuadradas y altas, que se miraban unas a otras a través de
hileras de parquímetros y plátanos cuyas ramas eran como amenazas oscilantes.
Encontró a Lewis Adams en el tercer piso de una de tales casas, en una
habitación absurdamente estrecha y larga con el añadido de una diminuta cocina,
y se preguntaba a qué se debería aquella forma tan curiosa cuando comprendió
que se trataba de un segmento de un cuarto mucho más grande, ahora dividido por
medio de tabiques en quizá cinco o seis cajas de zapatos similares a la que
albergaba a Adams.
Éste engullía su cena, un preparado chino de
brotes de soja y retoños de bambú y pequeñas semillas rojas revueltos en un
plato de sopa que sostenía en equilibrio sobre sus rodillas. En la mesa que
tenía delante había un vaso de agua, un frasco de salsa de soja y un plato de
pastitas que parecían trozos de gomaespuma color de rosa.
Si bien su forma de comer era bohemia, no lo
era el cuarto que había compartido con Louise Sampson. Cubría el suelo una
alfombra roja que se veía bien tratada por el aspirador, los libros que
llenaban los anaqueles de las paredes estaban, pese a ser ediciones de
bolsillo, limpios y cuidados, y un televisor de tamaño respetable descansaba
frente a dos butacas gemelas. Por la ventana se distinguían las copas de los
plátanos.
–Será mejor que me haga usted preguntas –dijo
Adams–. No sé qué es exactamente lo que quiere saber.
Hablaba de forma escueta. Su voz, educada y
controlada, tenía el tono del abogado en ciernes o del estudiante de medicina
que se prepara para el triunfante examen final. Pero parecía demasiado joven
para ambas cosas, tan joven como Gregson y no muy distinto de él. Pequeño y
pulcro, llevaba el cabello castaño claro cortado justo al nivel de los lóbulos
de las orejas. Diría estrictamente lo que quería decir, ni más ni menos, pensó
Wexford. Allí no habría reiteraciones, ni máximas grandilocuentes, ni
teatralidad juvenil.
–¿Dónde la conoció? –preguntó Wexford.
–Vino al restaurante donde yo trabajaba de
camarero. –Adams prescindió de la sonrisa de disculpa y de excusarse por su
pasada (quizá presente) humilde condición. Terminó los brotes de soja y dejó el
plato a un lado–. Hablamos. Ella dijo que compartía su apartamento con otra
chica, en Battersea, pero que no estaba cómoda porque había una sola habitación
y la otra chica recibía a su novio por las noches. Le pregunté si le gustaría
compartir mi casa. –Todavía sin sonreír, añadió–: El alquiler me resultaba un
poco caro.
–¿Y ella accedió?
–El mismo día. Recogió sus trastos y se mudó
aquella noche.
Wexford estaba bastante perplejo. ¿Así
ocurrían las cosas en la actualidad?
–Un poco a sangre fría, ¿no cree?
–¿A sangre fría? –Adams no le había
entendido, y cuando le entendió se quedó tan perplejo como Wexford momentos
antes. Su cara mostró disgusto–. No estará usted sugiriendo que vino para
acostarse conmigo, ¿verdad? ¿Verdad? –Sacudió la cabeza, se golpeó la
frente con la punta de un dedo–. No entiendo a su generación. Ustedes nos
acusan de promiscuos e informales y todo eso, pero son ustedes quienes tienen
la mente sucia. Le digo honestamente, y no me importa si lo cree o no, que Lulú
vivió aquí conmigo cuatro meses y nunca fuimos amantes. Nunca. Supongo que
ahora me preguntará por qué. La respuesta es que hoy en día, ocurriera lo que
ocurriese en su época, puede usted dormir en la misma habitación con una chica
y no querer hacer el amor con ella porque no está usted frustrado. Nadie tiene
ya poder para obligarle a mantener un celibato antinatural, es usted libre de
tener cuantas chicas desee. Lulú y yo no nos atraíamos mutuamente, eso es todo,
ni tampoco estábamos en la situación de necesitar un puerto para refugiarnos de
la tormenta. –Levantó una mano–. Yo no soy homosexual. Tengo varias amigas. Voy
a sus casas. Sin duda Lulú veía a sus amigos en las suyas.
–Le creo, señor Adams.
Por fin sonrió. Wexford vio que soltar su
pequeña conferencia le había distendido, y no se sorprendió cuando añadió:
–No me llame de ese modo. Mi nombre es Lewis.
La gente solía llamarnos Lew y Lulú.
–¿Trabajaba Lulú?
–Tenía algún dinero propio, pero a veces
trabajaba. Lo más frecuente era que se dedicase a la limpieza. ¿Por qué no? No
sea usted convencional. Está bien pagado por estos alrededores y todo lo que ganas te lo
quedas. Ni cartillas, ni cuotas sindicales, ni sellos, ni impuestos.
–¿Cómo era? ¿Qué clase de chica?
–Yo le tenía cariño –dijo Adams–. Era
callada, sensible y reservada. Eso me gusta. Uno se asquea del ruido y la
furia, ya sabe usted. Su padrastro –añadió–, en lo que concierne al ruido y la
furia era todo un personaje.
–¿Vino aquí?
–Ella llevaba conmigo cuatro meses. –Adams tomó
un sorbo de agua del vaso que tenía en la mesa–. Abrió la puerta, y cuando le
hizo entrar lanzó una especie de grito, yo estaba ahí al lado, en la cocina, y
oí que decía: «Stephen, querido Stephen, sabía que un día vendrías a buscarme.»
–Movió la cabeza con doble desaprobación, pensó Wexford: hacia la histérica
declaración y por el hecho de oírla en sus propios labios–. No era propio de
ella perder el control de aquel modo. Yo me quedé hecho polvo.
–Pero él sólo había venido a comprobar dónde
vivía, ¿no?
–Eso fue lo que explicó. Ya conoce usted
todas esas explicaciones interminables en que la gente se embarca. A mí me
tenía sin cuidado, era un tiparrón ostentoso, un extrovertido. Lulú apenas dijo
nada. Más tarde me contó que al verle había creído realmente que por fin la
amaba y que la conmoción de saber por segunda vez que no era así era demasiado
para ella. El tipo pensó lo que usted ha pensado, que yo era su amante. Se
quejó airadamente, armó un escándalo. Yo no negué nada ni me defendí. ¿Por qué
iba a hacerlo? Luego hubo una escena desagradable que es mejor olvidar, y él se
marchó.
–¿Qué provocó esa escena?
Adams había ahora adoptado una actitud en
franco contraste con su apariencia juvenil. Era como si el joven abogado se
hubiera convertido en el veterano y docto maestro que, conduciendo un caso poco
grato, revela los hechos desnudos porque es su deber para el bien de su
cliente, mientras se toma gran trabajo en omitir y dejar claro que omite todos
los detalles nauseabundos.
–¿En qué puede ayudarle saberlo?
–Todo, todo lo que se refiera a Louise puede
ayudar. No puedo obligarle a contármelo, pero considero que debería usted
hacerlo.
Adams se encogió de hombros.
–Supongo que conoce usted sus propios
asuntos. Ese padrastro, temo que no sé su nombre, Stephen Algo, le estaba
diciendo a Lulú con muy poco tacto lo felices que eran él y su madre, cuando
Lulú le interrumpió: «Te gustan mucho los niños, ¿no es cierto, Stephen?» Él
respondió que sí y que confiaba en tener unos cuantos hijos. Lulú se transformó
súbitamente, no sé, en una especie de central atómica. No quiero dramatizar las
cosas, pero daba la impresión de que dentro de ella estaba contenida una fuerza
irreprimible.
Centrales atómicas, pensó Wexford,
calderas... Una muchacha aterradora, intimidante como lo son tantas apasionadas
y turbulentas criaturas que carecen de vía de escape para su fiebre.
–¿Le dijo ella algo al hombre?
–Oh, sí. Ya le he comentado que fue muy
desagradable. Ella dijo: «Pues no los tendrás con mi madre, Stephen. Supongo
que no habrá olvidado contarte que le hicieron una histerectomía cuando yo
tenía quince años.» –El rostro de Adams se contrajo en una mueca de disgusto–.
Entonces les dejé y me volví a la cocina. El padrastro chilló y le gritó, y
Lulú tampoco se quedó corta chillando. Pero no me detalló lo que se habían
dicho y una semana después se marchó.
–¿Adónde?
–Tampoco quiso decírmelo. No estábamos en
buenas relaciones cuando nos separamos. Lástima, porque siempre habíamos
confiado el uno en el otro. Lulú ya no confiaba en mí. Yo le había recriminado
que le gritase a ese Stephen; de ello debió deducir que simpatizaba con sus
padres y que les revelaría adonde estaba si me lo decía.
–Pero tendrá usted alguna idea –sugirió
Wexford.
–Por varias cosas que dijo, creo que se
marchó a Notting Hill. Posiblemente a casa de un amigo.
–¿Su nombre?
–Había uno que acostumbraba a telefonearla.
Alguien llamado John. Generalmente preguntaba por ella y decía: «Soy John.»
Por la mañana Wexford solicitó ver todas las
prendas que Loveday Morgan vestía el día de su muerte, y le mostraron un
sujetador y unas mallas corrientes, unos zapatos negros, un bolso de plástico
negro, un jersey acrílico de color limón y un sobrio conjunto de chaqueta y
pantalón verdosos. Vio también el contenido del bolso y todos los objetos
personales encontrados en su cuarto.
–¿Ningún talonario de cheques?
–No debía de tenerlo, señor –dijo el sargento
Clements, con la mirada indulgente que reservaba a aquel ingenuo veterano que
pensaba que todo cadáver femenino pertenecía a la nobleza provinciana–. El
único dinero de que disponía era su sueldo.
–Me gustaría saber qué se hizo del
certificado de nacimiento de su hijo.
–Ha caído en manos de la abuela –dijo
Clements con firmeza–. Una abuela que está ciega o encerrada en un manicomio, o
de lo contrario ya se habría presentado. ¿Desea ver algo más, señor?
–El chal con que la mataron.
Clements lo trajo en una especie de bandeja.
–¿Se supone que llevaba esto? –inquirió
Wexford, sorprendido–. Es un chal muy caro. Impropio de una chica que ganaba
doce libras por semana.
–Tienen esta clase de extravagancias, señor.
Debió de pasarse tres o cuatro días sin cenar para comprarse un chal.
Wexford extendió pausadamente el cuadrado de
seda, mostrando la etiqueta.
–Ese chal es de Gucci, sargento. No cuesta
una libra, sino ocho o nueve veces más.
Clements se quedó boquiabierto. ¿Quién,
relacionado con el caso, pensó Wexford, a excepción de la señora Dearborn,
tendría un chal de seda tan caro? Melanie Dearborn no lo encontró cuando lo
buscaba porque su hija lo había cogido, sin decirle nada, como es corriente en
las hijas, con ocasión de su última visita a Laysbrook House.
15
La sensata gravedad y reverencia de los
mayores
debería reprimir en los jóvenes la desenfrenada
licencia en lenguaje y conducta.
debería reprimir en los jóvenes la desenfrenada
licencia en lenguaje y conducta.
Howard participaba en una conferencia de alto
nivel en Scotland Yard, debatiendo sin duda cuál debería ser la siguiente
acción a emprender ahora que Gregson se había escabullido bajo la protección
del genial señor De Traynor. Por muy omnipotente que Howard aparentara ser,
Wexford sabía que de hecho era responsable ante el jefe de su Brigada Criminal,
un jefe que a buen seguro no sabía nada de la aparición en escena de un
inspector jefe de provincias.
El gasómetro le miraba amenazante a través de
un velo de llovizna. Paseó de un lado a otro, inquieto, a la espera de que
Pamela le llamara por el teléfono interior para informarle de a qué hora
regresaría Howard. Tenía que hablar con Howard antes de volver a Laysbrook
House, y confiaba a medias en que no le tocase ir. Sus deseos en lo
concerniente a Louise Sampson estaban curiosamente divididos. Le agradaba la
señora Dearborn, y el lado humano de su carácter deseaba verla salir del
depósito de cadáveres sollozando con alivio en lugar de lívida por la impresión.
Pero tenía también un lado profesional, y su orgullo de policía había sufrido
recientemente algunos golpes. Había dedicado su considerable experiencia y
muchas horas de duro trabajo a identificar la muchacha desaparecida con la
muerta. Sabía que su deseo era ruin, pero para sus adentros admitía que
sentiría un escalofrío de placer si acreditaba su talento ante Baker y veía
cómo Howard entornaba los ojos con admiración. Y aquella chica, a fin de
cuentas, tenía que ser hija de alguien...
Se sobresaltó como Melanie Dearborn se había
sobresaltado cuando sonó el teléfono, pero la voz que oyó no era la de Pamela,
sino una voz de hombre que no recordaba haber oído antes.
–Soy
Philip Chell.
Wexford tardó unos segundos en identificar el
nombre.
–¡Oh, sí señor Chell!
–Ivan me dijo que le comunicara que tiene
algo para usted.
Aquella condenada Utopía, pensó Wexford. Pero se
equivocaba.
–Es algo que ha encontrado. Dijo que si
quiere usted que se lo lleve o si vendrá usted aquí.
–¿De qué se trata? –preguntó Wexford, impaciente.
–No lo sé. No me lo ha dicho. –La voz se hizo
quejumbrosa–. Nunca me dice nada.
–¿Estaría bien mañana por la mañana? ¿Hacia
las diez en su casa?
–Que sean las once –dijo Chell–. Si sabe que
vamos a tener visita me hará levantar al amanecer. Pamela asomó la cabeza por
la puerta.
–El señor Fortune estará libre a las doce,
señor.
Una hora de espera. ¿Por qué no aprovechar
aquella hora para llegarse a Garmisch Terrace, en lugar de esperar al día
siguiente? Lo que Teal tenía que decirle, fuera lo que fuese, podía establecer
otro lazo entre Loveday y Louise. Retiró la mano del micrófono del aparato y
dijo:
–¿Qué le parece si...?
Pero Chell ya había colgado.
La puerta principal estaba abierta y Wexford
entró directamente en el edificio. Por una vez encontró el vestíbulo lleno de
gente. Chell, en atractivos jeans y botas hasta la rodilla, apoyado en la
baranda, leía una tarjeta postal y emitía risitas de placer. Peggy estaba
sentada a un extremo de la ancha mesa del vestíbulo entre periódicos y botellas
de leche, arengando con voz aguda al indio y a la muchacha que celebraba
fiestas, mientras Lamont, con la niña en brazos y aire desconsolado, se
mantenía aparte.
Wexford dedicó a todos un «Buenos días»
general y se acercó a Chell, quien, al reconocerle, apagó su placentera sonrisa
como si hubiera accionado un interruptor.
–Ivan estará fuera todo el día –anunció.
Dirigió a la postal una última mirada afectuosa y se la guardó en el bolsillo–.
Yo no puedo decirle nada. Lo único que sé es que Ivan estaba hojeando sus
recortes cuando exclamó de repente: «Dios mío», y pensó en avisarle a usted.
–¿Qué recortes?
–Es diseñador, ¿no? Creí que usted lo sabía.
Bien, publican cosas sobre él en los periódicos, y cuando aparecen las recorta
y las pega en un álbum.
Consciente de que Peggy había callado y que
ahora todos les escuchaban ávidamente, Wexford dijo en tono más bajo:
–¿Podríamos subir y echar una mirada a ese
álbum?
–No, no podemos. ¿Y qué más? Ivan me mataría. Se ha portado horriblemente conmigo antes de marcharse, sólo porque
anoche dejé los platos sin lavar. No puedo evitar el tener esas migrañas
espantosas, ¿no le parece?
La muchacha de las fiestas ahogó una risa.
–Me siento muy deprimido –añadió Chell–. Voy
a retirar todo el dinero del mes y saldré a comprarme alguna ropa para
levantarme el ánimo.
Alzó el mentón y se marchó, cerrando la
puerta principal a su espalda con un golpe resonante.
–Algunos tienen suerte –dijo Peggy, pasándose
una mano sucia por la cara, con lo cual se llenó la hermosa frente de trazos
oscuros–. Es bonito ser un mantenido, ¿verdad, Johnny?
–Yo cuido de ella, ¿no? –murmuró Lamont,
dando a la niña un ligero apretón para indicar a quien se refería–. Lo he hecho
todo por ella prácticamente desde que nació.
–Excepto cuando estás en el pub.
–¡Tres malditas horas para almorzar! Y tú te
largas y me dejas con ella cada noche. Bueno, me vuelvo a la cama.
Recostó a la niña contra su hombro y se
dirigió a las escaleras del sótano, lanzando una mirada a Peggy que, a juicio
de Wexford, contenía más amor herido que resentimiento.
–Mire, señor Como-se-llame –dijo Peggy–,
¿cuándo van ustedes a terminar con el cuarto de Loveday para que podamos volver
a alquilarlo? Los propietarios ya han perdido catorce libras, y esto les quita
el sueño.
–¿Hay alguien que desea alquilarlo?
–Sí, ella. –Peggy señaló a la muchacha de las
fiestas, quien movió afirmativamente la cabeza–. Divertido, ¿no? De risa. Un
tipo como usted pagaría siete libras semanales por no vivir en ese cuarto.
–Son dos libras menos de lo que pago ahora –dijo
la muchacha.
–Bien, no quiero discutir en público los
negocios de los propietarios –dijo Peggy, enfurruñada. Saltó de la mesa al
suelo y se colocó una botella de leche debajo de cada brazo–. Será mejor que
venga usted conmigo al agujero subterráneo.
Wexford la siguió, murmurando vagamente que
la cuestión de dejar el apartamento disponible no dependía de él. En el sótano,
Lamont había vuelto efectivamente a tenderse en la cama y permanecía con la
mirada fija en el techo. Peggy no le hizo el menor caso. Se puso a rebuscar
entre las cartas depositadas en la repisa de la chimenea.
–Busco un trozo de papel –explicó– para que
me anote con quién tengo que hablar para recuperar el apartamento.
–¿Servirá esto?
«Esto» era una hoja de papel que Wexford
había tomado de un montón revuelto que había a los pies de la cama. Al
tendérsela a la muchacha vio que era un escrito de un agente de la propiedad
describiendo una casa en Brixton, ofrecida en venta por cuatro mil novecientas
noventa y nueve libras.
–¡No, no servirá! –dijo Lamont, saltando de
la cama para coger el papel, que arrugó y tiró a la cavidad negra de hollín que
se abría detrás del calefactor eléctrico, donde en otro tiempo debió de arder
el fuego auténtico del hogar.
Peggy se burló de él con una risa desagradable.
–¡Y decía que ibas a tirarlo todo a la
basura! Dios, hace casi dos semanas. ¿Por qué no te ocupas de ordenar el cuarto
en lugar de holgazanear en la cama todo el día? Ya es hora de que te levantes,
de todos modos, si ese tipo te ha de telefonear a propósito del famoso trabajo
en la tele. ¿Le diste el número del Grand Duke?
Lamont asintió. Se aproximó tímidamente a
Peggy y la rodeó con el brazo.
–Oh, eres un caso perdido –dijo ella, pero no
le apartó–. Aquí –añadió para Wexford–, puede escribir el número en el dorso de
este sobre.
Wexford anotó los números del puesto de
policía y de la extensión de Howard, y al consultar el reloj vio que ya había
transcurrido la hora.
El superintendente había extendido ante él
varias fotografías del rostro de Loveday Morgan, cuidadosamente retocado y
maquillado, tomadas después de su muerte. Los ojos eran azules, el cabello de
un rubio claro, la boca y las mejillas de color de rosa. Para quienquiera que
hubiese visto al cadáver, aquella era la versión moderna de una máscara
mortuoria, una envoltura pintada, sin alma.
–«La vida y estos labios hace mucho que se
separaron» –citó Wexford–. ¿No pretenderás mostrar eso a su madre?
–Hasta ahora no hemos encontrado una madre a quien mostrárselo.
–Yo sí la he encontrado –dijo Wexford, y
explicó lo que sabía.
Howard le escuchó, asintiendo para mostrar su
conformidad, aunque ligeramente indeciso.
–Es imprescindible traerla aquí –dijo–.
Necesitamos que identifique el cuerpo. Lo más adecuado es que vayas tú a
buscarla y te lleves a Clements y quizá a una agente femenina contigo. Creo que
deberías ir ahora mismo, Reg.
–¿Yo? –Wexford le miró fijamente–. No querrás
que yo me presente en su casa y...
Se sentía como Hassan, que acepta la idea de
que los amantes sean torturados hasta morir fuera de su vista, pero se revuelve
horrorizado cuando Harun Al Raschid le dice que deben ser torturados en su casa
y con él como espectador.
Howard no era un califa sádico. Pareció
turbarse y a su enjuto rostro asomó una sombra de pesar.
–Por supuesto, no puedo darte órdenes. Tengo
en cuenta que eres mi tío, pero...
–No hay peros que valgan –dijo Wexford–, ni
tampoco tíos. Iré.
Primero la telefoneó. Había prometido
llamarla. Una leve esperanza, una leve ilusión le indujo a preguntar:
–¿Ha sabido algo de Louise?
Miró el reloj. Justo después de la una, la
hora en que, con buena suerte, habría podido saber alguna cosa.
–Ni una palabra –dijo ella.
Ve con cuidado, sé considerado, prepara el
terreno.
–Creo que debo... –Acobardado por el jadeo de
ansiedad que le transmitió el teléfono, agregó–: Hay ciertas personas con
quienes me gustaría que hablase. ¿Puedo venir ahora mismo?
–Baker opina que nunca la identificaremos
–dijo Howard–. Esto le impresionará. No estés tan hundido, Reg. La chica ha de
ser hija de alguien.
Clements conducía el coche. Atravesaron Hyde
Park, donde ya asomaban los narcisos.
–Algo temprano, ¿no? –comentó Wexford con la
garganta seca.
–Les hacen cosas a los bulbos, señor. Los
tratan de manera que florezcan antes de la época que les correspondería.
–Clements siempre lo sabía todo, pensó Wexford con enfado, y hacía que todos
los hechos que exponía sonaran desagradables–. No sé por qué no pueden dejar
las cosas tranquilas en lugar de emplear tantos procedimientos antinaturales.
El próximo invento será tratar a los cucos e importarlos en diciembre.
En King’s Road todos los semáforos se ponían
en rojo cuando el coche se les acercaba. Esto hizo el viaje muy lento y, cuando
Clements viró hacia el arco de Laysbrook Place, Wexford se sentía tan mal como se
había sentido treinta años antes, el día que se presentó a los exámenes para
inspector. Bajo el sol la mampostería de Laysbrook House tenía un color ámbar
pálido y los árboles, que todavía no habían sido tocados por el verdor de la
primavera, eran de un gris plateado. Pero la forsitia constituía una
deslumbrante masa de oro, y las pequeñas amarilis plateadas que habría visto
entre las campanillas de invierno ahora se mostraban como matas de adelfas,
ramilletes de florecitas rosadas brotando entre el césped. Todo estaba muy
silencioso, muy tranquilo. La casa estaba bañada por la suave luz del sol y el
aire tenía un aroma fresco, libre de los humos del diesel a que Wexford ya
empezaba a acostumbrarse.
Una mujer de la limpieza, joven y de aspecto
despierto, le invitó a entrar y le dijo:
–La señora me ha avisado de que vendría
usted. Pase y acomódese. Ella está arriba con la niña, pero bajará en un
instante. –¿Era la nueva asistenta que hurtaba cosas, que pudo, pero no lo
hizo, coger el chal de Gucci? El coche policial llamó la atención de la mujer,
que lo miró atónita–. ¿Y ellos?
–Se quedarán allí –dijo Wexford, y se
encaminó a la sala donde Dearborn le había mostrado los mapas y su esposa le
había abierto su corazón.
16
Sé con cuánto esfuerzo y dificultad habría
creído yo
a un hombre que me contara aquellas mismas cosas,
si en realidad no las hubiera visto con mis propios ojos.
a un hombre que me contara aquellas mismas cosas,
si en realidad no las hubiera visto con mis propios ojos.
Wexford no se sentó, sino que paseó por la
sala, confiando en que Melanie no le hiciese esperar demasiado. Y luego,
súbitamente, en medio de su ansiedad por ella, se le ocurrió que una vez la
muchacha hubiera sido identificada, el caso estaría resuelto. A Stephen
Dearborn las cosas no sólo parecían ponérsele negras: Louise Sampson había sido
asesinada, ¿y quién podía ser su asesino sino Dearborn, su padrastro?
Ahora bien, el móvil. Convenía no perderlo de
vista. Y había una buena cantidad de móviles. Desde que habló con Verity Bate
no había dudado un momento de la sinceridad del amor de Louise por Dearborn,
pero había supuesto que Dearborn no mentía cuando dijo al señor Bate que él no
había correspondido a aquel amor. Quizá, por otra parte, sí se había
inicialmente enamorado de Louise o por lo menos había sentido por ella una
fuerte atracción, sentimientos que habían perdido vigor cuando conoció a su
madre. Por descontado, la preferencia de un hombre por una mujer mayor frente a
una muchacha joven era lo contrario de la pauta usual, pero a Wexford no le
costaba imaginarlo. En cualquier caso, un hombre podía amar a dos mujeres al
mismo tiempo. Supongamos que Dearborn se hubiera casado con la madre porque se
ajustaba mejor a sus gustos, mientras conservaba a la hija como amante porque
no era capaz de renunciar a ella. ¿O no habría empezado su relación hasta
después de que Dearborn la encontrara en el apartamento de Adams, en unos
momentos en que empezaba a cansarse de su esposa?
En este caso Dearborn era casi con certeza el
padre de su criatura. Wexford se dejó caer pesadamente en una butaca cuando se
le ocurrió que aquel bebé podía ser Alexandra. Hasta ahora no había apenas
pensado en la declaración de Louise, recogido por Adams, relativa a que su
madre no podía tener hijos. A fin de cuentas, Louise había dicho que en aquella
época sólo tenía quince años: pudo haberlo entendido mal y tomado alguna
intervención de cirugía menor por la mucho más seria operación definitiva. Si
lo que decía era verdad, en cambio, Melanie Dearborn no podía ser la madre de
Alexandra. Aunque sí pudo Stephen Dearborn haberse llevado a casa a su propia
hija (suya y de Louise) para constituirse, él y la madre de Louise, en sus
padres adoptivos. Y Melanie no habría tenido necesidad de saber de quién era
hija la pequeña, sino sólo que se trataba de una niña que Dearborn había
adoptado a través «de terceros». La adopción no debe hacerse forzosamente a
través de una institución.
Alexandra, una niña adoptiva... O mejor
dicho, adoptada por uno de sus progenitores. Esto explicaría la indiferencia de
su madre y la obsesiva pasión de su padre, su verdadero padre.
Pero ¿dónde estaría Melanie todo aquel rato?
¿Por qué no bajaba? Oía sus pasos desplazándose con ligereza sobre el techo,
pero ningún otro rumor. Louise podía haber amenazado a Dearborn, especialmente
si él empezaba a enfriarse respecto a ella, con revelarle a su madre la relación
que tenían y la identidad de la niña. Una amenaza muy grave, pensó Wexford.
Louise no sólo era más joven que su amante, sino que encima era su hijastra.
Melanie sin duda le habría abandonado si se hubiese enterado de todo. Un
poderoso motivo de asesinato.
Era una astuta explicación la que Dearborn
había dado al hecho de que el número de teléfono de su oficina se hubiese
encontrado en el bolso de Louise. ¡Cuánto más verosímil era, sin embargo, que
ella lo llevase consigo porque le telefoneaba habitualmente al trabajo! Quizá
era a él a quien llamó el 25 de febrero... Pero no, no podía ser, porque aquel
día y a aquella hora había llamado a su madre.
Quedaba, naturalmente, mucho trabajo por
hacer. Probablemente la señora Dearborn podría ayudarle si de una vez se
decidía a bajar. Wexford sintió que la angustia por ella volvía, más profunda
ahora debido a sus sólidas sospechas sobre la culpabilidad de su esposo. Los
pasos cesaron y Alexandra rompió a llorar, pero los sonidos que emitía eran los
de un bebé enojado, no afligido. Wexford comprobó en su reloj que llevaba allí
casi un cuarto de hora. Quizá si buscase a la mujer de la limpieza y le
preguntara...
Se abrió la puerta y entró la señora
Dearborn. Vestía con más elegancia que en las ocasiones anteriores en que él la
había visto, llevaba el cabello peinado y lacado y la cara cuidadosamente
maquillada. Sostenía en sus brazos a la niña.
–Oh, señor Wexford, lamento muchísimo haberle
hecho esperar. –Liberó una mano y se la tendió–. Mi pobre pequeña tiene hoy problemas
con los dientes. He intentado cambiarme de ropa y confortarla al mismo tiempo.
Veo que ha traído usted refuerzos. –Y añadió bromeando–: No se preocupe, le
habría acompañado sin resistirme.
¿Le habría acompañado? ¿Quería decir que
ahora no le acompañaría? Deseó fervientemente que no pareciera tan feliz y
despreocupada, acunando al bebé e inclinando la cabeza con una ternura que él
había creído que le faltaba.
–Señora Dearborn –comenzó–, desearía que
usted...
–Siéntese, señor Wexford. Puede sentarse un
momento, ¿verdad?
Incómodo, él apoyó las nalgas en el borde de
una de las mutiladas butacas. Ya era bastante duro comunicar malas noticias a
alguien en cualquier momento, pero hacerlo a una persona tan jovial y encantada
de la vida como Melanie Dearborn parecía en ese momento...
–Realmente no deberíamos entretenernos más
–dijo Wexford–. El coche espera y...
–¡Pero si no tenemos que ir a ninguna parte! Todo esta arreglado. Mi hija me ha telefoneado. Ha sido un instante después de que usted lo
hiciera.
El estómago pareció darle un vuelco, como a
veces le ocurría en los ascensores, y un leve sudor le humedeció las palmas de
las manos. No podía hablar, sólo mirar a la mujer como un pasmarote. Ella le
sonrió triunfante, la cabeza todavía inclinada a un lado. Parte de su alegría
se transmitió finalmente a Alexandra, quien dejó de llorar, rodó sobre sí misma
en el cojín del sofá donde su madre la depositara y emitió una sonora risa de
placer.
–¿Está usted segura? –preguntó él, con una
voz que sonó como el croar de una rana–. ¿Está segura de que ha sido su hija?
–¡Naturalmente que estoy segura! Usted mismo
la verá si espera un poco. Vendrá esta tarde. ¿No es maravilloso? ¿Qué me dice?
–Maravilloso –asintió Wexford.
–Ha sonado el teléfono y he pensado que era
usted, que volvía a llamarme por una cosa u otra. –Ella hablaba
apresuradamente, animada y locuaz, inconsciente de la conmoción que había
causado en él–. Al descolgar he oído los pips y al instante lo he adivinado. Luego, ella ha dicho: «Hola, mamá.» ¡Oh, ha sido estupendo! He querido
ponerme en contacto con usted, pero ya había salido. Así que me he sentado a la
mesa y he engullido un almuerzo enorme, no he comido como es debido durante
días y días, y después he subido arriba y me he arreglado y me he cambiado. No
sé por qué.
Wexford le dedicó una rígida y lánguida
sonrisa. Alexandra reía agitando las piernas en el aire.
–¿Se quedará a verla?
–No. No creo que nadie dude de su palabra en
esta cuestión, señora Dearborn. Iré a decirle al sargento que no espere más, y
luego, si le apetece contarme algunos detalles...
Clements estaba endosándole a la mujer
policía una de sus disertaciones, agitando las manos mientras pontificaba sobre
los cambios y la corrupción, utopías y distopías, glorias pasadas y decadencia
actual. Wexford introdujo la cabeza por la ventanilla.
–Dígale al señor Fortune que no tenemos nada
que hacer aquí. La chica ha reaparecido.
–¡Oh, magnífico! –exclamó la mujer policía
sinceramente. Clements balanceó la cabeza con una especie de amarga alegría. Puso
el motor en marcha.
–Tendrá una buena historia que contar, de eso
puede estar seguro, y traerá a casa un montón de problemas que a la madre le
tocará resolver.
–Vale ya, ¿no cree? –dijo rudamente Wexford.
Sabía que no debía hablarle así a un hombre
que había sido amable y hospitalario con él, y que le apreciaba, pero no había
podido contenerse. Vio cómo Clements enrojecía de indignación cuando ya daba
media vuelta para entrar de nuevo en la casa.
Alexandra mascaba vorazmente su chupete
mientras su madre sacaba salmón ahumado y una botella de asti spumante del elegante refrigerador de su marido y lo disponía todo sobre una
bandeja. Matar el novillo cebado, pensó Wexford.
–¿Dónde se había metido? ¿Qué ha sido esa
historia de su desaparición?
–Va a casarse. Con ese muchacho, John.
Supongo que ha estado viviendo con él. –La señora Dearborn suspiró–. Han tenido
sus más y sus menos, pero da la impresión de que se quieren. Él está casado,
pero separado de su mujer... Horrible, ¿no?, estar casado y separado antes de
cumplir veintiún años. Obtendrá el divorcio fácilmente según las nuevas leyes.
Isa ya lo sabía la última vez que me telefoneó, pero no quería decírmelo hasta
que él tuviera el edicto judicial por temor a que algo fallase. Muy propio de
Isa, siempre cautelosa, siempre llena de secretos. Ahora parece tan feliz...
Wexford sonrió rígidamente. Ella creía
probablemente que lo desaprobaba. Que creyera lo que más le conviniese. La idea
de que se había equivocado irremediablemente, con todo su impacto, empezaba
apenas a herirle donde de verdad dolía. Un deseo atroz de escapar se había
adueñado de él, el deseo de correr a la Estación Victoria y tomar un tren y
marcharse a casa. No recordaba haber cometido nunca un error tan monumental, y
el recuerdo de la vehemencia con que había hablado a Howard, casi hasta
convencerle, le producía una sensación de agobio indescriptible.
Ahora, mirando atrás, veía que, si bien
determinadas circunstancias de las vidas de ambas muchachas habían parecido
similares o coincidentes, Loveday nunca había sido realmente identificable con
Louise. Se preguntó si una chica rica, educada del modo en que lo fue Louise,
se habría horrorizado porque la invitaban a una fiesta o se resistiría a entrar
en un pub; si semejante muchacha se habría escabullido en busca de consuelo
hacia una iglesia innominada; si Louise, que había sido amiga de Dearborn antes
de que lo fuera su madre, habría necesitado llevar en el bolso el número de
teléfono de su oficina, un número que había tenido tiempo sobrado de aprenderse
de memoria. Wexford comprendió que todo aquello era imposible. ¿Por qué no se
había dado cuenta antes? Porque había querido desesperadamente probar sus
habilidades, y con este propósito sacrificó la probabilidad a la especulación
desenfrenada. Era culpable del mismo pecado de que había acusado a Baker:
formular una teoría y forzar los hechos para adecuarlos a ella. La fama había
sido para él más importante que la verdad.
–Adiós, señora Dearborn –dijo, y añadió
sordamente–: Me alegro mucho por usted.
Ella le estrechó la mano en el umbral de la
puerta, pero no le miro. Miraba más allá de él, en dirección al arco. Y no tuvo
que esperar mucho. Cuando cruzaba Laysbrook Square, Wexford vio la muchacha que
venía del lado de King’s Road, la vio desaparecer bajo las sombras del arco;
una muchacha rubia y delgada, pero por lo demás completamente distinta de la
fotografía que Howard tenía de la muerta.
Maldiciéndose amargamente a sí mismo por ser
tan idiota, recorrió al azar kilómetros enteros por Chelsea y sus alrededores.
Pronto tendría que enfrentarse a Howard. Por entonces Clements ya le habría
contado lo ocurrido y estaría reflexionando sobre lo insensato que había sido
permitiendo que los lazos familiares le indujeran a procurarse la colaboración
de su tío. Baker se enteraría y sacudiría la cabeza, mofándose interiormente.
Por último tomó Theresa Street y se marchó a
casa, esperando no encontrar a nadie. Pero en casa estaban las dos mujeres, y
con ellas una tercera, la cuñada de Denise, quien le preguntó por su salud, le
dijo que a su edad no podía esperar otra cosa y le aseguró que en su librería
podía conseguirle cuantos ejemplares de Utopía deseara.
–Todos cometemos errores, Reg –dijo
gentilmente Howard cuando se sentaron a cenar–. Y escucha, Reg... Aquí no
estamos compitiendo por una especie de Certificado Forense Nacional. Es un
trabajo como cualquier otro.
–¿Cuántas veces habré dicho yo eso mismo, o
algo muy parecido, a mis hombres? –Wexford suspiró e improvisó una sonrisa
torcida–. Puedes reírte si quieres, pero la semana pasada imaginaba más o menos
en serio que iba a hacer una entrada triunfal y resolver el desconcertante caso
que os llevaba a todos de cabeza. Un lord, Peter Wimsey de la tercera edad.
Vosotros estaríais sentados con la boca abierta, escuchando admirados mi
exposición.
–Mucho temo que la vida real y el auténtico
trabajo policial no vayan por ahí. –Howard pudo haber añadido, pensó Wexford,
que a pesar de todo su tío le había dado algunas pistas útiles, pero no lo hizo
porque no era cierto. En lugar de ello dijo, casi con la misma generosidad–:
Mis sentimientos serían iguales a los tuyos si un día entrase en tus dominios.
–Es asombroso, sin embargo, lo convencido que
estaba respecto a esa chica.
–Y me convenciste a mí, pero Baker nunca nos
habría seguido. Ya sé que no te gusta y admito que es un personaje peculiar,
pero el hecho es que raramente comete errores. Incluso cuando su esposa le
abandonó y hubo aquel torbellino en torno al hijo que esperaba, él se derrumbó
emocionalmente, pero su trabajo no se resintió de ello. Si dice que Gregson es
culpable, y Baker está obsesionado con la idea, lo más probable es que Gregson
lo sea.
Wexford comentó con acritud:
–No parece avanzar mucho en lo que se refiere
a demostrarlo.
–Está en mejor posición de lo que estaba.
Acabará invalidando esa coartada de Psyche Club. Dos de los hombres que
estuvieron allí con Harry Slade se han dado por vencidos y admiten que no
vieron a Gregson después de las ocho. Y otra cosa. La novia de Slade,
¿recuerdas?, la que se dijo que jugaba al Monopoly con él el sábado pasado,
tiene antecedentes. Baker la ha emprendido otra vez contra Gregson y esta vez
sin, confiamos, la moderadora presencia del señor De Traynor.
Wexford tomó dos de sus tabletas y observó
cuánto había bajado su nivel en el frasco. Nadie, bajo ningún concepto, podría
decir que se había equivocado en aquello.
–No creo que mañana vaya contigo, Howard
–dijo–. Nos marchamos el sábado y habrá que hacer el equipaje y...
–Déjalo. De eso se ocupará Dora. –Howard inspeccionó
la fornida figura de su tío–. Además, tu único equipaje es tu vigor.
Wexford pensó entonces en Lamont. ¿Habría
evitado una ulterior entrevista con éste porque estaba físicamente atemorizado?
Quizá. Súbitamente se percató de cuan profundamente le había desmoralizado la
enfermedad. Temor a fatigarse, temor a mojarse, temor a sufrir daño... Todos
aquellos temores habían contribuido a su fracaso. ¿No fue en realidad el miedo
a cansarse lo que le había hecho perder la mañana en Garmisch Terrace en lugar de
ir a Somerset House, donde un rápido examen de los archivos le habría ahorrado
el paso en falso de hoy? El puesto de policía de Kenbourne Vale no era lugar
para él, y Howard, a pesar de su extrema amabilidad, lo sabía.
–Bien, parece que por una vez tengo un poco
de tiempo disponible, Reg. Quizá lo aproveche para ponerme al día en mis
lecturas y profundizar en esos relatos cortos de autores rusos que trajo mi
cuñada. Curioso material, pero interesante, ¿no te parece? Un día de éstos me
gustaría escuchar tu opinión...
Había vuelto a la cháchara literaria.
Cuatro relatos cortos y dos horas más tarde,
Howard se levantó para atender el teléfono. Gregson había confesado, pensó
Wexford. El implacable Baker, el Baker obsesionado con una idea, había superado
los obstáculos.
Pero cuando Howard regresaba del teléfono
leyó claramente en la cara de su sobrino que las cosas no iban a ser tan
sencillas.
Howard no parecía ni remotamente complacido.
–Gregson se ha largado –dijo–. Baker hacía un
nuevo intento con él en ese famoso Psyche Club, Gregson por lo visto
representando su habitual papel de mudo, cuando de repente soltó los puños, ya
que no la lengua, contra Baker y escapó en un coche robado. Baker tuvo la mala
suerte de caerse del taburete del bar y se hizo un corte en la cabeza con, nada
menos, una copa de licor de aguacate.
–¡Oh, pobre señor Baker! –exclamó Denise, que
entraba procedente de la cocina portando un gran cuenco blanco lleno de
violetas africanas.
–No contaba con que estuvieras escuchando.
Vamos, déjame esa cosa, o dásela a Reg. Es demasiado pesada para ti.
–No creo que tardéis mucho en encontrar a
Gregson.
–Dios, no. Estará bajo llave por la mañana.
–¿Tienes que volver a Kenbourne, querido? –
preguntó Denise, todavía abrazada al recipiente.
–Yo no. Me voy a la cama. Mis días de
merodear en coches policiales persiguiendo pequeños delincuentes ya terminaron.
¿Quieres dejar eso, por favor?
Al unísono, Howard y su tío tendieron los
brazos para tomar el cuenco de plantas, que parecía pesar media tonelada. En parte
porque pensó que Howard ya lo había cogido, en parte por el súbito temor al
efecto que le causaría sostener algo tan pesado, Wexford retiró las manos en el
último instante. El cuenco se estrelló contra la alfombra con un golpe sordo y
ominoso. Una lluvia de tierra oscura, hojas rotas y pétalos rosa y malva salió
proyectada hacia la pared y se esparció por la hasta entonces inmaculada
alfombra.
Denise lanzó un grito tan agudo que Wexford
no oyó el sordo gruñido de Howard. Murmurando disculpas (aunque toda disculpa
era inadecuada), se arrodilló en medio del revoltijo e intentó recoger la
tierra con las manos, lo cual todavía empeoró las cosas.
–Por lo menos el tiesto no se ha roto –dijo
estúpidamente.
–Olvídate del maldito tiesto –dijo Howard–.
¿Y yo qué? –Se había derrumbado en una silla y se daba apresuradamente masaje
en el pie derecho–. Me ha caído de lleno encima.
Denise estaba deshecha en lágrimas. Lloraba
sentada en el suelo, en el centro del desastre.
–Lo lamento terriblemente –dijo Wexford con
voz ahogada–. Me gustaría... bueno, si hay algo que pueda hacer...
–Más vale que no intervengas –dijo Denise,
secándose los ojos–. Yo me ocuparé. Dejadlo. Tú ve a acostarte, tío Reg.
Siempre bien educado, aunque pálido por el
dolor, Howard intervino:
–Olvidémoslo. No has podido evitarlo, Reg. No
estás todavía en forma para manipular cosas como ésta, y no es raro que se te
haya escapado de las manos. ¡Dios, mi pie! Espero no tener ningún dedo roto.
Se quitó el zapato y se encaminó cojeando
hacia la puerta. Denise trajo un recogedor y una escoba y comenzó a rescatar
las plantas que habían salido intactas del desastre, mientras que Dora, atraída
por el estrépito, acudió desde el piso de arriba para limpiar de tierra el
papel de la pared.
Mirándolas con desconsuelo, Wexford
reflexionó sobre el último comentario de su sobrino y sobre el doble sentido
que encerraba.
17
No debes abandonar el barco en una
tempestad
porque no puedas gobernar ni calmar los vientos.
porque no puedas gobernar ni calmar los vientos.
Por la mañana, el pie de Howard había
empeorado, pero éste rehusó ver a un médico diciendo que le era imprescindible
llegar a tiempo a Kenbourne Vale.
–Pero no podrás conducir, querido. –Denise
había estado en vela hasta altas horas limpiando la alfombra y parecía agotada.
Trasladó su mirada desde una gran mancha irreducible al hinchado empeine de su
esposo y dijo–: Apenas puedes apoyar el pie en el suelo.
–No te preocupes. Llamaré pidiendo un chófer.
–A no ser que el tío Reg quiera...
Miraron a Wexford, Howard dubitativo, pero
Denise como si considerase que alguien capaz de rechazar el yogur en favor de
los huevos con tocino era también capaz de conducir un coche por Londres en la
hora punta. Wexford no deseaba ir. Había perdido todo su interés por el caso
Morgan, y una simple cobardía le abrumaba cuando pensaba en volver a
encontrarse con Clements y Baker, quienes estarían informados, ambos, del
descrédito de su teoría. ¿Por qué había sido tan incauto como para, en primer
lugar, meter las narices en la cripta Montfort? Mejor sería que Howard pidiera
un chófer.
Iba a alegar que le dolía el ojo (que por
primera vez en varios días notaba realmente que le escocía) cuando Dora dijo
inesperadamente:
–Por supuesto que Reg te llevará, querido. Es
lo menos que puede hacer después de haberte destrozado el pie. Luego volverá
directamente aquí y descansará un rato, ¿verdad, cariño?
–Dame las llaves –dijo Wexford, resignado–.
Espero que tengas en cuenta que nunca he conducido en medio del tráfico de
Londres.
Pero no fue tan malo como había temido, y
concentrarse en ser una más de aquellas bestias salvajes que tocaban
incansablemente el claxon, se empujaban unas a otras y cargaban en manada,
haciendo que los automovilistas de Kingsmarkham pareciesen mansos corderos, le
permitió olvidar su ojo y, en breve, aquella misma trepidación. Al llegar
encontraron a Gregson en la seguridad de una celda: le habían descubierto
refugiado en casa de su hermana, en Sunbury. Howard, seguro de sí mismo ahora
que tenía entre manos un caso de asalto a un funcionario de policía y de hurto
y conducción de un vehículo sin consentimiento de su propietario (dos
acusaciones que ni siquiera el señor De Traynor podría rebatir), se dirigió
cojeando a hablar con él. Wexford decidió emprender la retirada y regresar a
casa antes de que la lluvia que amenazaba empezase a caer, por lo cual buscó
aquella salida semisecreta que conducía a los garajes. Acababa de ocurrírsele
la feliz idea de que, si la lesión de Howard no bastaba para impedirle
trabajar, la de Baker sí se lo impediría a éste, y caminaba confiado por una de
aquellas cavernas verde botella, cuando tropezó cara a cara con el inspector,
que llevaba la cabeza envuelta en vendajes, visión que le dejó sumamente
desconcertado.
No había otro remedio que pararse y
preguntarle cómo se sentía.
–Sobreviviré –dijo Baker escuetamente.
La única respuesta educada que uno podía dar
a esta brusca declaración era un murmullo que significase más o menos: «Eso
espero.» Wexford produjo el murmullo, añadió que se alegraba de que las cosas
no hubieran empeorado y siguió adelante. Baker soltó entonces una tos seca.
–Oh, señor
Wexford... Tiene usted todavía algunos días de vacaciones,
¿no?
Aquello sonaba como el primer movimiento
hacia una tregua. Wexford tenía el ánimo tan por los suelos que agradecía el
menor signo de cordialidad.
–Sí, estaré en Londres hasta el sábado.
–Le gustará conocer Billingsgate, entonces.
Aunque allí se despista uno con facilidad sorprendente. Ah, y encontrará gansos
en Smithfield, ¿lo sabía?
Como si él mismo fuera un ganso, Baker
subrayó con un cloqueo su presunta broma. Su risa, que acompañó con una
palmadita protectora en el hombro, no mitigó el efecto insultante de sus
palabras, pero sí imposibilitó que Wexford se ofendiese. Inmensamente
satisfecho de su ingenio, el inspector entró en el ascensor y cerró con ruido
las puertas a su espalda. Wexford bajó por la escalera. Ya no tenía objeto
evitar la puerta principal.
Súbitamente le pareció todavía más inútil
evitar a Clements. Con éste, al menos, la deferencia debida al rango
imposibilitaría cualquier agudeza del género que Baker practicaba. Wexford bajó
el último tramo y percibió su propia imagen reflejada en una ventana que el
muro de ladrillos que había detrás transformaba en un oscuro espejo de gran
tamaño. Vio a un hombre corpulento y entrado en años, un hombre arrugado,
ataviado con un impermeable arrugado, cuyo rostro, en el que antaño se leían la
sagacidad y la sutileza de espíritu, mostraba ahora en cada línea la petulancia
frustrada de un niño malcriado y, al mismo tiempo, la amargura de la senilidad.
Enderezó la espalda, cuadró los hombros y dejó de fruncir el entrecejo. ¿Qué le
ocurría, por qué le hundía el más pequeño revés? ¿Y cómo podía rebajarse a
buscar refugio en su rango profesional? No sólo no debía eludir a Clements,
sino que estaba obligado a buscarle y excusarse por su conducta de la víspera
y, cosa más imperativa aún, despedirse de él. ¿De veras había pensando en
marcharse para siempre de Kenbourne Vale sin decirle formalmente adiós al
amable sargento?
El amplio vestíbulo exterior estaba desierto,
con excepción de dos agentes uniformados que atendían un largo mostrador y
resolvían las consultas. Uno de ellos se ofreció cortésmente a averiguar si el
sargento se encontraba en el edificio, y Wexford se sentó a esperarle en un
incómodo sillón de cuero negro. No eran aún más que las diez. La lluvia había
empezado a salpicar ligeramente las ventanas en arco que flanqueaban la
entrada. Quizá la oficina meteorológica había acertado en su previsión de que
una profunda depresión se asentaría en el sudeste de Inglaterra. Si el tiempo
hubiera sido más prometedor, habría telefoneado a Stephen Dearborn para
recordarle el recorrido por Kenbourne Vale que le había sugerido. Ello sería
hacerle al hombre un favor, más que pedírselo, y Wexford consideraba que debía
algo a Dearborn. No, en este caso, una disculpa (pues uno no se disculpa ante
un hombre por haber sospechado de él como culpable de asesinato), pero sí un
gesto amistoso en compensación por haber albergado tan absurdas e infundadas
sospechas. Wexford era plenamente consciente del sentimiento de culpa que le
acometía a uno sólo por haber pensado mal de otra persona, aunque tales
pensamientos no hubieran tenido nunca expresión verbal.
No supo con seguridad si fue este recuerdo de
su insensatez lo que le acaloró y le llenó de rubor el rostro al producirse la
repentina aparición de Clements a su lado. Se puso en pie y dejó de
compadecerse y recriminarse a sí mismo. Dentro de un par de horas Clements
almorzaría con su esposa y con James; sería su último almuerzo con James como
padre condicional. ¿O su último almuerzo con James, sin más?
–Sargento, deseo disculparme por la forma en
que le hablé.
–Está bien, señor. Ya lo he olvidado.
Seguramente lo había olvidado de verdad.
Tenía otras cosas en la mente. Wexford dijo con amable seriedad:
–Mañana es el gran día, ¿no?
Apenas lo hubo dicho se arrepintió de haber
sacado a relucir el tema. Hasta aquel momento no se había dado plena cuenta de
la tensión bajo la cual Clements vivía y trabajaba, la presión que cada día se
hacía más angustiosa. Ésta se notó ahora en el gigantesco esfuerzo que efectuó
para mantener su cara normal, civilizada, receptiva, curvando incluso la boca
en una sonrisa que era más un rictus nervioso. Wexford vio que no podía hablar,
que la ansiedad, invadiendo el último rincón de su mente y de sus pensamientos,
había finalmente secado aquel manantial de críticas censoras y moralizantes.
Ahora estaba vacío de todo cuanto no fuera la necesidad animal de agarrar bien
a su cachorro.
Se miraron el uno al otro, Wexford cada vez
más incómodo, el sargento, perdida su locuacidad, mudo de pánico ante la
amenaza del día siguiente. Por último, Clements habló con una voz gruesa y
seca:
–Me tomaré la mañana libre. Quizá el día
entero. –Hizo una pausa y tragó saliva–. Depende de... mi esposa... de lo que
ellos...
–Pues ya no volveremos a vernos. –Wexford
tendió la mano y el sargento se la estrechó con exagerada fuerza, como si fuera
una cuerda salvavidas–. Adiós, sargento Clements, y mis mejores deseos para
mañana.
–Adiós –dijo Clements.
Soltó la mano de Wexford y salió a la lluvia,
sin molestarse siquiera en levantar el cuello de su chaqueta. Un coche que
pasaba le salpicó, pero él pareció no enterarse. Pequeños incidentes así, que
en otro momento le hubieran inspirado una diatriba contra la educación moderna,
ya no tenían poder para penetrar más allá de la superficie de su mente.
Wexford se quedó en la entrada, viéndole
alejarse. También para él había llegado la hora de la partida, la hora de dejar
Kenbourne Vale y Loveday Morgan y olvidarlos si podía. Era extraño hasta qué
punto había estado absorto en tratar de descubrir quién era ella, vagando por
Fulham, elaborando fantasías. Ahora, volviendo la mirada atrás, a la semana
transcurrida, se daba cuenta de que no estaba más cerca de saber quién era,
quién la había matado y por qué, de lo que estuvo cuando Howard le había
encontrado en la cripta. Le parecía haber tenido unas pocas ideas inteligentes,
llegado a conclusiones firmes, que incluso sus desaciertos no invalidaban, pero
en aquel momento se habían difuminado y casi le resultaba imposible determinar
cuáles eran.
El agua que se había acumulado en los paneles
de vidrio azul del farol que tenía encima de su cabeza comenzó a escurrirse y a
mojarle. Bajó lentamente los peldaños, y al hacerlo le llegó el agua desde otro
ángulo. Una ola rompió contra sus pantalones y levantó la mirada indignado. El
taxi causante de la afrenta se detenía a un paso de él, delante mismo del
puesto de policía. Su puerta trasera se abrió y una visión vestida de seda
púrpura con una orquídea blanca en el ojal descendió a la encharcada acera.
–Menudo día para la boda de la honorable
Diana –dijo Ivan Teal después de pagar al taxista–. Ella, una muchacha de
naturaleza tan soleada. ¿Dónde están los lacayos que deberían salir corriendo a
recibirme con sus paraguas?
–Esto no es el Dorchester –dijo Wexford.
–¡Si lo sabré yo! Tengo cierta experiencia
sobre puestos de policía, principalmente el West End Central. ¿Salía usted para
hacerme una visita?
–¿Una visita? –Para Wexford, dado su presente
estado de ánimo, Garmisch Terrace y el asesinato de Loveday parecían pertenecer
a otro mundo–. ¿Se supone que le debo una visita?
–Naturalmente que me la debe. Dije a Philip
que viniera usted a las diez. Él sabía que hoy tengo una boda en Saint George.
El vestido de la novia es una de mis creaciones, así que debo estar allí en el
momento culminante. Cuando he visto que usted no aparecía, he venido en su
busca. La boda es a las once y media.
–Oh, eso –dijo Wexford, recordando entonces
cómo Chell le había desorientado con su charla sobre recortes de prensa–. Ahora
ya no importa. No pierda usted el tiempo conmigo.
Teal le miró fijamente. Llevaba el cabello
cuidadosamente ondulado, y de éste y de su traje emanaban aromas de Aphrodisia.
–¿Quiere decir que ya ha averiguado quién era
la chica? –preguntó.
Wexford estuvo a punto de preguntarle a él lo
mismo. Luego recordó que para algunas personas la muerte de Loveday Morgan era
importante, y dijo:
–Si tiene usted alguna información, será
mejor que vea al superintendente Fortune o al inspector Baker.
–Con quien quiero hablar es con usted.
–El caso nunca ha sido de mi incumbencia. Yo
estoy aquí de vacaciones y me vuelvo a casa el sábado. ¿Sabe que se está
mojando mucho?
–Esta seda no es precisamente de secado
rápido –dijo Teal, colocándose bajo el arco del cual colgaba el farol azul–.
Tendría que haber ido directamente a Hanover Square –refunfuñó–. Pescar un taxi
en Kenbourne es siempre un infierno. ¿Distingue usted si ese de allá abajo
lleva la luz encendida?
Wexford no se molestó en mirar.
–Dice que quiere hablar con el
superintendente.
–No, lo ha dicho usted. Yo no siento excesivo
amor por los policías, ¿recuerda? Usted es diferente. Si no puedo hablar con
usted seguiré mi camino. –Teal agitó un brazo enfundado en seda púrpura–.
¡Taxi! –gritó.
El taxi circulaba en sentido contrario.
Esperó que un semáforo se pusiera en verde y, desafiando las normas, inició un
giro en U. Detrás, como una mole escarlata borrosa por la lluvia, apareció el
autobús que iba a Chelsea.
–Ha sido muy agradable conocerle –dijo Teal,
bajando de nuevo a la acera–. Nunca imaginé que le diría esto a...
El taxi se detuvo, el autobús pasó de largo.
–Será preferible que entre usted un minuto
–dijo Wexford con un suspiro–. Puedo disponer de media hora.
La actitud amistosa de Teal nunca duraba
mucho rato.
–Pues yo no dispongo de tanto tiempo –dijo,
recuperando su aspereza–. Es usted inconsistente de veras. ¡Oh, qué sitio tan
atroz! No me extraña que los policías sientan tanta inquina por el resto de la
humanidad. ¿Qué es esto? ¿Una especie de anexo al depósito de cadáveres?
–Una sala de interrogatorios.
Wexford le vio sacudir el polvo de una silla
antes de sentarse. Supuso que debía sentirse halagado. Por alto que uno valore
su profesión, siempre es un cumplido que alguien te diga que tú eres mejor, más
humano, más simpático, menos convencional que la generalidad de tus colegas.
Pero el tedio que ahora le provocaba aquel asunto le hacía impenetrable al
halago.
–¿Está cómodo? –preguntó sarcásticamente.
–¡Vamos, no empiece con eso! –replicó Teal
con brusquedad–. No usted. Usted no es uno de esos patosos que consideran que,
por el hecho de ser gay, uno tiene mentalidad de colegiala melindrosa. Voy a
asistir a una boda y no quiero enguarrarme la ropa más de lo que querría usted
en mi caso.
Wexford le miró con franco disgusto.
–Bien, señor Teal, ¿qué es lo que quiere
decirme?
–Aquel ministro del cual hablamos...
¿Recuerda? Se apellida Morgan.
18
Los clérigos cuyas vidas se juzgan
excesivamente
viciosas son excomulgados de tener cualquier
participación en materias divinas.
viciosas son excomulgados de tener cualquier
participación en materias divinas.
Era como dejar de fumar, pensó Wexford, que
lo había logrado con cierta dificultad años antes. Los malditos cigarrillos te
ponen enfermo, te resistes a ellos, incluso te hastían, pero en cuanto alguien
saca uno (o peor, lo enciende bajo tus narices), te enganchas de nuevo,
añorando, ansioso de volver al antiguo hábito. Teal le había hecho aquello,
aunque no hubiese todavía encendido el cigarrillo. Wexford trató de dominar la
excitación que sentía, aquella odiosa e irritante excitación, y dijo:
–¿Qué ministro?
Con actitud exasperante, Teal empezó a
divagar:
–Por supuesto, es una observación
retrospectiva –dijo–, pero había algo raro en la voz de ella. Lo noté entonces,
y sin embargo no lo noté, no sé si sabe a qué me refiero. Hablaba sin ningún
acento especial.
–Yo hablo sin acento especial –dijo Wexford
irreflexivamente.
Teal rió sin disimulo.
–Querrá decir que eso es lo que usted cree.
No puede oír las erres ligeramente guturales de Sussex, como yo no oigo mis
amaneramientos a no ser que me lo proponga. Piense en ello un momento. Johnny
habla a lo RDA, Peggy como se habla en el sur de Londres, Phil un cockney
reprimido con toques gay, su superintendente, Trinity puro. Uno no necesita ser
un Henry Higgins para diferenciarlos. Todos tenemos un acento que hemos
adquirido de nuestros padres, de la escuela, de la universidad o de la sociedad
en que nos movemos. Loveday no tenía ninguno.
–¿Qué tiene eso que ver con un ministro?
–Allá voy. Lo he pensado mucho. Me he
preguntado quiénes son esas raras criaturas que hablan inglés sin acento. Un
ejemplo serían los criados de la vieja escuela, el servicio doméstico
tradicional. Supongo que cuando el servicio constituía una clase bien definida
todos hablaban así: inglés llano, sencillo, sin inflexiones ni entonación. Sus
padres les educaron para ello, pues no en vano ellos mismo eran sirvientes y
sabían que una doncella que hablara cockney lo tenía mal para encontrar empleo.
¿Otros ejemplos? Los niños educados en instituciones, quizá. Personas que han
pasado años enteros de sus vidas en hospitales, o cuya vida ha transcurrido
siempre en comunidades cerradas.
Wexford se impacientaba por momentos.
–¿Educados en instituciones...?
–Oh, vamos. El detective es usted.
¿No recuerda que le conté cómo iba Loveday al templo de los Hijos de la
Revelación?
–Pero no podía ser uno de ellos. Trabajaba en
un comercio de televisión. Esa gente no admite la televisión ni lee periódicos.
–Ahí tiene la razón de que sus padres no
hayan dado señales de vida. ¿No se le había ocurrido? Por otra parte, su padre
poco podría hacer. Está en la cárcel.
Hubo una pausa dramática. Wexford había
pensado que no volvería a preocuparse jamás de aquel caso, que no
experimentaría por segunda vez la ansiedad y la emoción del cazador que tiene
su presa a la vista. Y ahora notaba el hormigueo de la adrenalina en sus venas
y que un escalofrío le recorría la espina dorsal.
–Tengo un álbum de recortes de prensa
–continuó Teal–. Es decir, guardo los periódicos que publican algo referente a
mí, pero con frecuencia estoy hasta un año sin recortarlos y los periódicos se
acumulan. Bien, hace un par de noches no sabía cómo matar el tiempo y me puse a
recortar y en el dorso de una foto de uno de mis diseños leí un reportaje sobre
el tal Morgan cuando le llevaron ante los jueces.
–¿Ha traído el recorte consigo?
–¡Por favor!, voy camino de una boda muy
elegante. Como Wilde dice... –Teal manoteó aquí con afectación (adrede para fastidiar,
pensó Wexford) y declamó en un falsete afeminado–: «Un traje bien hecho no
tiene bolsillos.» –Rió descaradamente de la confusión del inspector jefe–. De
todos modos, pegué el recorte en mi álbum con la información sobre Morgan en el
lado de abajo, por supuesto. Ahora tendrá usted que trabajar un poco.
–¿Cuándo tuvo lugar ese juicio, señor Teal? –
preguntó Wexford sin perder la calma.
–El pasado mes de marzo. Morgan fue acusado
de bigamia, de abusos deshonestos con cinco mujeres, ¡qué coraje debía
de tener el hombre!, y de conocimiento carnal con una chiquilla de catorce
años. No sé lo que eso significa exactamente, pero espero que usted sí. Fue
juzgado por la Audiencia de Surrey. –Teal miró su reloj–. Dios mío, sólo
faltará que llegue tarde y me toque sentarme en el último banco. Quiero tener
una buena vista de la honorable Diana envuelta en toda mi gloria.
–Señor Teal, ha sido usted una gran ayuda. Se
lo agradezco. Sólo queda una cosa más. Usted me dijo que Loveday le había
preguntado si Johnny y Peggy le parecían dignos de confianza. ¿Qué sería lo que
quería confiarles?
–Confiarle a él, querrá usted decir. Su
propia persona, supongo, si se había enamorado de Johnny.
Wexford hizo un gesto de duda.
–Una mujer de cincuenta años quizá pensaría
de ese modo, pero una chica joven no lo creo. Me pregunto qué cosa de valor
tendría que necesitara confiarla a alguien.
–Entonces habrá de seguir preguntándoselo,
señor Wexford, porque yo debo marcharme.
–Sí, claro. Gracias por venir.
La sala de interrogatorios volvió a ser un
pequeño agujero lúgubre cuando Teal se hubo marchado. Wexford salió al corredor
y comenzó a subir las escaleras. Se percató de pronto de que ahora podía
subirlas sin perder el aliento.
Haber obtenido aquella información de Teal
era realmente un golpe de suerte, porque transmitirla inmediatamente le
reivindicaría ante los ojos de Howard y Baker. Aunque él no hubiera hecho otra
cosa que escuchar, y aun de mala gana. No importaba. Contaría simplemente lo
que Teal le había dicho y les dejaría a ellos que continuasen. A no ser... A no
ser que demorase la comunicación media hora y emplease aquella media hora
efectuando una pequeña investigación por su cuenta en la biblioteca del puesto
de policía.
Si tenían biblioteca. En lo alto de las
escaleras encontró a alguien que pensó era el sargento Nolan, y se lo preguntó.
La tenían. Un piso más abajo, señor, la tercera puerta a su derecha.
En la biblioteca encontró a Pamela y al
agente Dinehart, ocupado cada uno en un archivo y mostrando en sus rostros la
seria y absorta expresión de los estudiantes en el Museo Británico. Ambos
levantaron la vista para saludarle con la cabeza y a continuación prescindieron
de él. No le costó más de diez minutos encontrar lo que quería: las crónicas
del proceso de Morgan en la Audiencia.
En News of the World el caso había sido tratado
lascivamente, aunque con el acostumbrado tono de ultrajada virtud; The People había hallado en el juicio ocasión para un venenoso artículo sobre la
corrupción entre los ministros de la religión en general; The Observer, desdeñoso como siempre, lo había relegado a un lugar secundario, bajo
otra información sobre el chantaje a un consejero del condado. En función de
los hechos relatados y las fotografías, Wexford seleccionó The Sunday Times y el Sunday
Express.
Alexander William Morgan llevaba varios años
separado de su esposa antes de la comisión de los delitos; él vivía en la casa
contigua a su iglesia de la Artois Road, en Camberwell, y ella continuaba
residiendo en el que fuera domicilio conyugal, en la cercana Ivy Street.
Aparentemente, la desavenencia se había producido cuando Morgan recibió una
llamada y pasó a ser pastor del Templo de Camberwell. Había intentado, muy
gradualmente, insuflar en el amargo y negativo credo de los Hijos de la Revelación
un cierto liberalismo, aunque, debido a la oposición de los ancianos
intransigentes, no había llegado más allá de convencer a unos pocos de que la
televisión y la radio, disfrutadas en la intimidad del hogar, no eran
pecaminosas.
En materia sexual había tenido mucho más
éxito. Un éxito en realidad pasmoso. Una procesión de mujeres jóvenes había
testificado en el juicio, incluida una tal Hannah Peters con la que se había
casado («celebrado una forma de matrimonio» era la acusación) en una ceremonia
inventada por él, en la que representó el doble papel de novio y de sacerdote
oficiante. Las demás muchachas, incluida la de catorce años, se consideraban a
sí mismas sus esposas según la curiosa filosofía que el pastor les había
imbuido. Él las había tratado afectuosamente. Dijeron que esperaban, como
resultado de sus prédicas y en razón de su relación con él, alcanzar un grado
de vida eterna más dichoso que el de las Hijas que gozaban menos de sus
favores. Sólo cuando sus requerimientos amorosos se dirigieron a mujeres de más
edad salieron a la luz sus debilidades. Morgan fue condenado a tres años de
cárcel y entró en ésta protestando todavía de que era únicamente responsable de
conferir a aquellas mujeres una gracia peculiar.
Wexford anotó los nombres de todas las
testigos. A continuación estudió las fotografías, pero una sola retuvo su
atención. Era una foto del templo de la Artois Road. Levantó la vista y,
observando que Pamela había terminado su rebusca, le hizo seña de que se
acercase.
–¿Va usted a volver al despacho del señor
Fortune? –Ella asintió–. El superintendente tiene una instantánea de Loveday
Morgan...
–Sí, señor, sé a cuál se refiere.
–¿Le importaría preguntarle si es tan amable
de enviármela aquí?
No había, pues, otra cosa que hacer. Era la
única vía. El mismo Howard, por supuesto, vendría con la instantánea, vería por
la información de los periódicos que Morgan tenía dos hijas, y el caso saldría
de las manos de Wexford. Éste se sentía ligeramente frustrado por el hecho de
haberlo descubierto de manera tan poco dramática.
Mientras esperaba que Howard apareciese,
examinó las restantes fotografías: Morgan, de cara redonda, con gafas, cuarenta
y seis años, un sátiro de suburbio; Morgan con su esposa y dos niñas gorditas,
cualquiera de las cuales podía ser Loveday en la infancia; Hannah Peters,
vulgar, sonriente, una novia entre sus damas de honor, con el encrespado
cabello recogido hacia atrás por una cinta.
Percibió el perfume floral de Pamela, se
volvió y la encontró a su lado.
–El señor Fortune ha tenido que ir al
juzgado, señor Wexford, y ha dejado recado que de allí irá directamente al
hospital de St. Biddulph para que le hagan una radiografía del pie.
–Pero ha traído usted la foto –dijo Wexford
lentamente.
–Estaba encima de su escritorio, señor, y puesto
que usted la necesita no creo que él...
–Muchísimas gracias. Pamela.
La mano le temblaba extrañamente cuando tomó
la instantánea y la depositó junto a la foto del Sunday Express que mostraba el
templo de Morgan en la Artois Road. Sí, era tal como lo había pensado. En la
foto del periódico se veía la iglesia entera, en la instantánea sólo un ángulo,
pero en ambas aparecían los mismos arbustos polvorientos rozando una pared de
ladrillo, la misma arista de albardilla, y lo que en la instantánea parecía un
poste de madera se revelaba como un segmento de una puerta.
En la foto del periódico no había ninguna
muchacha. Morgan, Wexford estaba seguro, había colocado a la chica (¿su hija?,
¿una de sus «novias»?) delante del templo y tomado la fotografía él mismo.
Devolvió la instantánea a Pamela y salió de la biblioteca sumido en sus
cavilaciones.
¿Ahora qué? Seguir a Pamela y dejar un
mensaje para Howard, le dijo la parte más sensata de su mente. O hablar con
Baker. El inspector regresaría pronto del juzgado. Wexford se revolvía contra
la idea de confiarse a él y ver aquella boca de estrechos labios curvarse en
una mueca de «este viejo quisquilloso no aprenderá nunca la lección».
La última vez se había equivocado. Sabía que
esta vez no se equivocaría. Nadie se habría enterado de su desliz si no hubiera
alertado a Howard antes de tener pruebas. No importaría que fallase esta vez,
porque nadie lo sabría excepto él mismo. Pensarían que había salido a dar uno
de sus paseos solitarios, quizá por Smithfield o por Billingsgate, siguiendo el
consejo de Baker.
Podía ser lo que en ocasiones son los
policías retirados, un detective privado. Pero esta idea tenía un sabor amargo
y la descartó al instante. Retirado no, viejo tampoco, sino libre para tomar su
propio camino sin depender de otras personas. Sin un chófer que le llevase, sin
un sargento que le acompañara, sin un jefe a quien informar al regreso. Pero no
iba a retener una información crucial durante mucho tiempo, pues si aquella
noche no había conseguido nada se limitaría a contárselo a Howard y a dejarlo
correr.
Eran apenas las once y media. La lluvia caía
uniformemente. No cabía duda de que iba a ser uno de aquellos días en que la
lluvia no cesa un momento. Él se había dejado el paraguas en Theresa Street.
Cediendo a una extravagancia poco habitual, compró uno nuevo y echó a andar con
desenvoltura, como un hombre joven, hacia la estación de metro de Elm Green.
19
Pero si los habitantes... no quieren
amoldarse
a ser regidos por sus leyes, entonces los echan fuera
de aquellas fronteras que por sí mismos
han establecido y delimitado.
a ser regidos por sus leyes, entonces los echan fuera
de aquellas fronteras que por sí mismos
han establecido y delimitado.
Aquel distrito del sur de Londres que no era
ni Camberwell ni Kensington, sino un área miserable situada entre ambos y
llamada Wilman Park, se parecía un poco a Kenbourne Vale. El parecido residía
en la grisura barriobajera del lugar, en la ausencia de árboles, más que en las
casas, porque las de Wilman Park eran pequeñas y estaban apretujadas en calles
que formaban ángulo recto unas con otras. Wexford supuso que el tercer templo
de los Hijos de la Revelación se encontraría probablemente en un distrito
similar de alguna ciudad industrial del norte de Inglaterra. Las sectas
extravagantes no abundan entre los ricos, quienes tienen su cielo aquí y no
necesitan confiar en bienaventuranzas futuras.
Encontró la Artois Road, que dividía en dos
Wilman Park, y la recorrió a buen paso entre los charcos de agua de lluvia,
cruzándose con las mujeres que volvían de la compra. Eran sobre todo madres e
hijas, la mayoría con los retoños de las segundas protegidos de la lluvia en
cochecitos con capota. Reconoció en ello la pauta de la clase obrera: madre e
hija yendo a todas partes juntas, comprando juntas, sin que el matrimonio de la
hija hubiera significado una separación. En alguna parte, por allí, debía de haber
una madre que caminaba sola por que su hija había sido violentamente arrancada
de su lado. ¿O estaban las Hijas excluidas de tales costumbres, como parecían
estarlo de todo lo demás, regidas por hábitos propios y rechazando la sociedad
que las rodeaba?
El templo era tan pequeño y la lluvia tan
torrencial que casi pasó de largo sin verlo. Retrocedió para contemplarlo,
agradecido a su paraguas. Era hermano, si no gemelo, del que había en Garmisch
Terrace. El círculo de vidrio rojo era más pequeño, el gablete menos profundo,
la puerta como de cobertizo de jardín estaba pintada de un verde lastimoso,
pero una placa idéntica señalaba la naturaleza del lugar, empotrada en la
mampostería, en este caso pintada de un rojo vulgar y tristón. Los arbustos
junto a los cuales había posado Loveday eran ahora una maraña sin hojas que
goteaba agua sobre la acera.
Como en Garmisch Terrace, el templo era el
nexo de unión entre dos hileras de casas, aquí pobres casitas acurrucadas de
ladrillo amarillo con entrepaños de piedra. Una de las casas contiguas a la
iglesia la había ocupado Morgan. ¿Cuál? Los periódicos publican los nombres de
las calles donde viven testigos y acusados, pero no el número de las casas. No
era difícil deducirlo, sin embargo. Una de ellas tenía un testero en la ventana
donde florecían los narcisos y una antena de televisión en el tejado, así como
cortinas amarillas, y rojas; la otra se agazapaba, las ventanas cubiertas por
celosías verde oscuro, detrás de Un diminuto jardín cuyo piso estaba oculto
bajo una capa de cemento.
Una de las celosías se movió un poco cuando
él llamó a la puerta con el puño (no había timbre ni picaporte, sólo un buzón),
pero volvió a quedar inmóvil. Las actividades de los detectives privados están
limitadas. No pueden exigir la entrada ni conseguir mandamientos judiciales.
Wexford llamó de nuevo, y esta vez nada se movió en la ventana. Desde el
interior de la casa no le llegaba el menor ruido, pero sí captó un efluvio
inmaterial de hostilidad, como si las personas que estaban dentro le desearan
algún mal. Extraño. Incluso suponiendo que tuvieran algo que ocultar, no podían
saber quién era él. Podía ser el hombre del gas, podía ser portador de un
mensaje importante o querer entregar alguna cosa. Una voz a su espalda le hizo
girar en redondo. Un cartero con paquetes se apeaba de una furgoneta roja.
–No entrará usted ahí, amigo. Nunca dejan
entrar a nadie.
–Por el amor de Dios, ¿cómo es eso?
–Exactamente –dijo el cartero con una
sonrisa–: por el amor de Dios. Son demasiado religiosos, ya ve, para hablar con
gente como usted o como yo. Se llaman a sí mismos Hijos de la Revelación.
Muchos de ellos viven por estos alrededores y ninguno deja entrar a nadie en su
casa.
–¿Pero ni siquiera abren la puerta?
–Algunos sí –admitió el cartero–, pero no
dejan entrar.
–¿Puede decirme dónde viven los demás?
–Un lote vive en el 56, otro lote en el 92.
En el lote 56 le hablan a uno, tienen eso a su favor.
Así pues, la negativa a admitirle por parte
de los ocupantes de la casa contigua al templo carecía de implicaciones
específicamente siniestras. Se dirigió al número 56, otra casita lúgubre con
malezas en lugar de cemento en el jardín anterior, y su llamada a la puerta fue
atendida muy a regañadientes por un hombre de avanzada edad que vestía un traje
negro.
–Lo siento. Sé que llueve, pero no puedo
permitirle la entrada. ¿Qué quiere usted?
Era una voz llana, fría, casi mecánica. Las
palabras eran necesarias para la rutina de vivir, pensó Wexford, no para
favorecer la vida, no para elegirlas con cuidado a fin de allanar caminos,
expresar sentimientos, complacer a quien las escuchaba. Le vino a la memoria lo
que Teal había dicho.
–Estoy escribiendo un libro sobre las sectas
cristianas –mintió sin avergonzarse–. Me gustaría saber si puede usted
proporcionarme...
En el mismo tono uniforme y aburrido el
hombre recitó una lista de fechas, nombró los tres templos e informó a Wexford
de que había quinientos elegidos sobre la faz de la tierra.
–¿Y su pastor? –interrumpió él.
–Tiene una habitación en la casa contigua al
templo, pero allí no le abrirán a usted la puerta. –Exhaló un suspiro, como
alguien que ha porfiado en vano contra las tentaciones del mundo–. Son personas
que han seguido una vía más pura y recta que la mía. Yo me casé fuera.
–¿Y en el número noventa y dos? –empezó Wexford.
No llegó más allá, porque la puerta se cerró
con firmeza en sus narices. La única opción que le quedaba era ir a Ivy Street,
y si esto fallaba emprender una pesquisa casa por casa en busca de las
«novias».
Comió un sandwich en un pub y, sintiéndose
tan culpable como un Hijo de la Revelación que abriese la puerta a uno de los
desechados por Dios, bebió una pinta de cerveza. Luego llamó a Dora para que no
se preocupase, contándole que estaba haciendo un recorrido con Dearborn y no
sabía cuándo regresaría a casa. La lluvia había amainado. Preguntó al barman el
camino de Ivy Street y se dispuso a dejar la Artois Road.
La casa era una pequeña villa aislada, con
gnomos y un rebosante bebedero para pájaros en el jardín delantero. Parecía
estar cerrada. Nadie contestó a su llamada al timbre, e iba a retirarse cuando
tropezó una vez más con el servicial cartero.
–La señora Morgan ha salido. Su hija casada
está enferma y ha ido a cuidar de su yerno. Un segundo, mientras entrego este
paquete ahí al lado.
Decidido a sonsacarle cuanto pudiera, Wexford
esperó con impaciencia el regreso del cartero. Lo que éste había llamado «un
segundo» se convirtió en una charla de diez minutos con el destinatario del
paquete, pero al fin regresó, silbando alegremente.
–¿Qué ha hecho la otra hija?
–Hoy tenía el día libre en el trabajo. La he
visto salir hace cosa de media hora.
–Entiendo. –Otra decepción, si se podía
llamar decepción a encontrar a la hija de alguien viva en lugar de muerta–.
¿Conoce usted a Morgan?
–No puedo decir que le conozca –respondió con
prudencia el cartero–. Sé cosas de él. Solía verle por aquí.
–¿Alguna vez le vio con una muchacha?
El cartero se echó a reír. Al parecer, poco
le importaba saber quién era Wexford o por qué le hacía aquellas preguntas.
–Morgan era una caja de sorpresas –dijo–. La
mayoría de los revelacionistas no supieron lo que tenía entre manos hasta que
el asunto se destapó. Excepto las muchachas, naturalmente. Una o dos de ellas
se hacían llamar «señoras Morgan», recibían cartas dirigidas a la «señora
Morgan», una completa desvergüenza.
–¿Recuerda usted quiénes eran?
–Recuerdo perfectamente a Hannah Peters. Fue
con ella con quien montó aquella falsa boda. Así fue como sus jueguecitos
salieron a la luz. La joven Hannah recibió una carta a nombre de «señora
Morgan», su padre sospechó y luego estalló la bomba. Varias mujeres más
empezaron a quejarse. Figúrese, su esposa le había plantado hace años, pero no
están divorciados. Ella dice que no se divorciará nunca de él. Esta señora Morgan
es especialmente vengativa, cosa que no puede reprochársele.
–¿Puede decirme dónde vive la señorita
Peters?
–Trabaja usted en un periódico, ¿no?
–Algo parecido –dijo Wexford.
–Sólo lo pregunto –dijo el cartero– porque
esto parece duro para un tipo de su edad, especialmente con este tiempo.
Primero exprimen bien exprimidos a los viejos, ¿eh?
Wexford se tragó la humillación lo mejor que
pudo y forzó una sonrisa triste. El cartero le dio la dirección de Hannah
Peters.
–Apostaría a que a esta hora está trabajando
–insinuó el inspector jefe.
–Perdería la apuesta. Los revelacionistas no
dejan trabajar a sus hijas, aunque esto no significa que la vaya usted a ver.
No le permitirán la entrada.
Pero quizá abrirían la puerta. La propia
Hannah podía hacerlo. Lo que ahora necesitaba él era un golpe de suerte, uno de
aquellos milagros a medias que le habían sucedido en el pasado, una luz que le
mostrase el camino que debía seguir. Y pensó que, efectivamente, el milagro
había ocurrido cuando, al tomar Stockholm Street, vio a la chica de cabello
crespo, que aparecía en la foto del periódico, salir de la casa de la esquina
donde vivía la familia Peters.
La joven llevaba en la mano una carta, que
guardó en un bolsillo de su largo impermeable oscuro para protegerla de la lluvia,
y se detuvo recién traspasado el umbral para lanzar rápidas miradas a su
alrededor. Tímidamente, se aventuró a tomar la calle. Ésta era sólo una pobre
calle secundaria en la que ella había probablemente vivido desde que nació y
que, con excepción de él, estaba desierta, pero la escudriñó y titubeó como lo
haría una colegiala separada de su grupo y perdida en una ciudad extranjera.
Luego anduvo rápidamente hacia el buzón con la cabeza baja, escondiendo sus
ojos como una monja.
Wexford la siguió, y súbitamente se sintió
tímido él también. Tenía la idea, aunque totalmente infundada, de que la carta
era para Morgan. La muchacha se sobresaltó violentamente cuando él le dirigió
la palabra, dio un respingo y levantó la mano para taparse la boca.
–Señorita Peters, soy un policía. Le hablo en
la calle únicamente porque temo que no sería admitido en su casa.
¿A qué escuela habían ido aquellas criaturas?
¿Acaso tenían los revelacionistas escuelas especiales para sus hijos? ¿No
trataban nunca a extraños? Le sorprendería ser el primer extraño que Hannah
encontraba, dado que había pasado por el terror de los tribunales de justicia,
experiencia que debió de ser para ella una tortura, lo bastante dura como para
dañarle la razón. ¿Hablar? ¿Hablaría quizás ahora?
Tenía una cara vulgar, de rasgos poco
definidos, todavía cubierta a medias por su mano. Ni maquillaje ni anillos en
los dedos. Un cuerpo aparentemente plano, bajo el rígido y pesado abrigo
impermeable.
–Señorita Peters...
Rápidamente y con mucha torpeza, porque ella
no le prestaba ninguna ayuda, Wexford le dijo lo que quería y por qué estaba
allí, abordándola bajo la lluvia. No pensó que le inspirase temor, aunque quizá
se lo inspiraba Dios. La joven exploró de nuevo la calle con la mirada,
restregándose la mejilla con la mano ahora cerrada, pero antes de hablarle bajó
la mirada a sus propios pies. Cualquier cosa menos buscar sus ojos.
–Mi padre me echaría de casa si me viera. Iba
a echarme después... después de... Mi madre le convenció para que me quedara.
Lo más raro de todas aquellas rarezas, pensó
Wexford era que ella hubiese querido quedarse. Pero quizá no era tan raro.
Captura un pájaro silvestre, críalo en una jaula, y cuando le dejes libre
perecerá o será destruido por sus congéneres. Inclinando el paraguas hacia la
chica de modo que les protegiera a ambos, Wexford se puso a hablar en tono
tranquilizador, excusándose, explicando cuan importante era para él saber
determinadas cosas. Todo el tiempo, sin embargo, estuvo pensando en el mundo
que existía más allá de los límites de la experiencia de aquella infeliz, en
las muchachas como Louise Sampson y Verity Bate, que chasqueaban los dedos ante
las narices de sus padres, que vivían donde querían, como querían y con quien
querían, para quienes un padre tiránico, dotado de verdadero poder, era un
monstruo de ficción sobre el cual habían leído quizá relatos en libros escritos
en un pasado distante. Era prácticamente increíble que personas tan opuestas
como ellas y Hannah Peters pudieran coexistir en la misma ciudad y el mismo
siglo.
Sin alzar la vista, ella dijo:
–Nunca he oído mencionar a una chica que se
llamara Loveday. –Se estremeció–. No tuvo que asistir al juicio. ¿Cuál es su
verdadero nombre?
Wexford sacudió la cabeza, coartado por su
voz lenta y opaca, su bovina aceptación de la opresión ajena.
–¿Podría ser que hubiera dejado de pertenecer
a su congregación en los últimos doce meses?
–Mary se marchó para trabajar de maestra;
también Sarah se marchó, y Rachel. Edna se casó fuera. Todas ellas se
marcharon. –No hablaba con añoranza o con anhelo, sino como si relatara una
horrenda enormidad–. Mi padre me castigará si no vuelvo a casa enseguida.
–¿Sus direcciones? –suplicó él.
–Oh, no. No, no. Mary estuvo en el juicio.
–Le había costado mucho decir aquello, pensó Wexford. Mary había sido también
una de las novias de Morgan. La joven se debatía contra una emoción que nadie
le había enseñado nunca que existiera o que pudiese ser controlada. Había
lágrimas en su rostro, porque no parecían simples gotas de lluvia–. Debe usted
acudir al pastor –dijo, y se escabulló de debajo del paraguas.
–¡No me dejarán entrar en la casa!
Ella le gritó algo sobre una plegaria en
comunidad que se celebraba aquella noche. Luego echó a correr hacia su hogar a
través de la lluvia, la criatura enjaulada que huía de los predadores y del ser
humano que le daría la libertad. De vuelta a la jaula, a la seguridad de una
muerte en vida.
A Wexford le había conmovido la entrevista.
Hannah Peters no mostraba el menor parecido físico con Loveday Morgan, y sin
embargo él tenía la impresión de haber hablado con esta última. Aquí, viva y
dentro de una piel distinta, estaba la muchacha muerta, la muchacha tímida,
asustada y mal vestida que no sabía cómo hacer amigos y apenas era apta para
desempeñar un empleo. Al fin se le había revelado, la paseante del cementerio,
la lectora de la Biblia. Teal la había conocido y visto su rara y titubeante
sonrisa; Lamont había conversado con ella, testigo de sus torturados silencios;
con un gesto de desdén, Dearborn había despachado su fea torpeza. Y ahora él
también la había visto, o visto quizá su fantasma.
La calle volvía a estar vacía, el fantasma se
había marchado. Pero ella le había dejado un mensaje. Debía tomar la única vía
que tenía abierta ahora para atrapar a su gente fuera de sus hogares-prisión.
20
En la incierta y mortecina luz se reunían
para
concentrarse más intensamente en la devoción
y la religión.
concentrarse más intensamente en la devoción
y la religión.
La oscuridad llegó temprano, después de aquel
día de lluvias torrenciales. Sentado en un pub frecuentado por camioneros,
mientras su impermeable despedía vapor ante el rojo resplandor de un calefactor
eléctrico, Wexford presenció cómo las luces fluorescentes se iban encendiendo
en Artois Road. Las aceras mojadas devolvían reflejos azules, escarlata y
anaranjados de los tubos de neón. El cielo era rojo y neblinoso, y si en él
brillaba alguna estrella el fulgor urbano la hacía invisible. Se preguntó
cuándo empezaría la plegaria en comunidad. No antes de las siete, sin duda.
Hambriento a pesar del té y la rosquilla que había ingerido, ordenó una comida
de obrero, una prohibida y pecaminosa combinación de salchichas, patatas y
huevos fritos.
Según Crocker, Dora y sus lóbregos
discípulos, a estas alturas él ya debería estar muerto, puesto que había
quebrantado todas sus reglas. Había trabajado cuando le correspondía descansar,
comido grasas saturadas cuando debía ayunar, salido de noche; se había
preocupado y, en todo ese día, olvidado por completo sus píldoras. ¿Por qué no
quebrantar una regla más y completar el lote?
La última fruta prohibida sería volver a
aquel pub que había visitado a la hora del almuerzo y beber alcohol. Lo
encontró y pidió un scotch doble. En lugar de dejarle fuera de combate, la
bebida le llenó de bienestar, y tomó la decisión, allí y entonces, de desafiarlos
a todos. Nadie salvo un perfecto estúpido seguiría un régimen que le
debilitara, en tanto que una moderada indulgencia le hacía sentirse bien.
Mientras él bebía, el chaparrón había cesado.
Su olfato captó el olor de Londres después de la lluvia, humeante, gaseoso, con
otros olores infiltrados acá y allá: comida frita y platos orientales, el aroma
fugaz de un cigarrillo francés. Todos se desvanecieron a medida que se
adentraba en las profundidades residenciales de Artois Road, donde el alumbrado
blanquiazul resultaba demasiado elegante para el entorno. Otra luz iba
apareciendo delante de él, una luz redonda y roja como el ojo de un cíclope,
que le indicó que se había demorado en exceso: la plegaria en comunidad había
empezado. Se detuvo frente al templo y oyó las voces de los Hijos, entonando
unas veces cánticos al unísono, otras cediendo el protagonismo a una única voz
que se alzaba en una oración espontánea o quizá en una enérgica conminación.
¿Cuántas horas tardaría aquella gente en salir? ¿Y le hablarían cuando lo
hicieran?
La casa donde vivía el pastor, donde residió
Morgan, parecía ahora totalmente desierta, sin ni rastro de luces en los
resquicios de las celosías. Una lámina de agua cubría el jardín de cemento, y
el agua era negra porque no tenía luz que reflejar. Había probablemente
cincuenta casas como aquella en Wilman Park, sepulcros de seres vivos. Rachel y
Mary y Sarah se habían marchado... Confiaba en que ahora usarían perfumes y
pestañas postizas y se adornarían con plumas y flores, se sentarían en
cualquier parte a comer patatas fritas o palomitas de maíz de una bolsa de
papel.
Morgan debió de citarse con sus novias en
algún lugar, no bajo aquel severo techo. ¿Paseaba con ellas, se escabullía para
entregarse al amor clandestino en el templo? Wexford hizo una mueca de
disgusto. En cualquier caso, algún vecino tendría indudablemente que haberle
visto, incluso podía haberle visto paseando con la elegida del momento.
La siguiente casa rebosaba luz y ni siquiera
tenía corridas las cortinas. Wexford oprimió el timbre, que campanilleó en el
interior, pero cuando la puerta se abrió le encogió el corazón. La mujer
sonreía inquisitivamente. Tenía los ojos azules y vacuos y se apoyaba en un
bastón blanco.
Era una anciana, probablemente de más de ochenta
años, que conservaba la suficiente vista, dedujo Wexford, para distinguir su
silueta en el umbral. Para no alarmarla, explicó de inmediato quién era y por
qué estaba allí, y se dispuso a retirarse. Aquella persona no le sería de
ninguna utilidad, aunque no podía decírselo tan bruscamente. Su propia ceguera
la descalificaba.
–Me disponía a preparar un poco de té –dijo
ella–. ¿Le apetecería una taza? Mi marido también fue policía. Habrá oído
hablar de él: Wally Lyle.
Wexford movió negativamente la cabeza, luego
recordó que ella no podía verle.
–No pertenezco a esta demarcación –se
excusó–. No quiero entretenerla, señora Lyle. ¿Quizá podría darme el nombre de
los vecinos de al lado?
–Vickers. –La mujer ahogó una risita–. Pero
allí no entrará usted. La única persona que entra es el revisor del contador
eléctrico. No tienen gas.
Su jovialidad le emocionó. Estaba sola, era
ciega, muy vieja, pero aún podía bromear, todavía le encontraba gusto a la
vida. Cuando ella insistió: «Mejor será que tome ese té; sé bien lo que es
estar de servicio todo el día», cedió a un impulso espontáneo y aceptó. La
mujer no podía ver que él no vestía uniforme. Deseaba charlar de su marido y de
los viejos tiempos. ¿Por qué no? De un modo u otro tenía que esperar a que los
fieles salieran del templo.
En el vestíbulo, al igual que en las pequeñas
habitaciones, estaban encendidas todas las luces. La abundancia de luz debía de
ayudarla, dedujo Wexford al ver la forma en que se orientaba hacia la lámpara
de la cocina, que brillaba con mayor intensidad, como lo habría hecho una
mariposa nocturna. Pero fue él quien finalmente preparó el té y llevó sus dos
tazas a la habitación delantera. Ella permaneció todo el rato a su lado, muy
cerca, y cuando Wexford se sentó junto a la ventana para poder ver el momento
en que las puertas del templo se abriesen y enviaran un rayo de luz a la acera,
la mujer se sentó también muy cerca y colgó el bastón del brazo de la butaca.
La pequeña y modesta sala de estar se
encontraba llena de muebles, sobrecargada de objetos de adorno. Wexford se
maravilló de que ella pudiera moverse entre tantas cosas sin sufrir daño ni
derribar nada, y aquello le recordó su propia torpeza en casa de Howard.
Mientras la señora Lyle le contaba anécdotas de la carrera de su esposo, observó
la destreza con que manejaba su taza de té y se maravilló de nuevo.
–¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí, señora
Lyle? –preguntó amablemente.
–Cuarenta años. Los Vickers ya estaban
viviendo aquí cuando yo vine.
–¿Son personas de avanzada edad, entonces?
–Los de ahora, no: los padres de él. Yo les
llamo los Vickers jóvenes.
–Escudriñó el rostro de Wexford–. Supongo que para
usted serían viejos... Él tiene unos cincuenta años; pero de tal palo, tal
astilla, ya sabe.
–¿Y no ha estado usted nunca en su casa?
A ella le gustaba hablar del difunto Wally
Lyle y volvió a él.
–Mi marido trató de entrar una vez, años y
años atrás. El Vickers joven y su hermana eran todavía dos colegiales, y la
escuela envió un médico debido a que Rebeca, la hermana, tenía la escarlatina.
Ellos no querían médicos, ¿entiende? Los revelacionistas no creen en los
médicos, prefieren que sus hijos se mueran a que los visite uno.
–¿De modo que su esposo tuvo que intervenir
como policía? –Wexford sentía interés, pese a la irrelevancia de todo ello–.
¿Hizo que admitieran al médico?
La señora Lyle emitió una risa aguda.
–Ni soñarlo. Llamó a la puerta, no cesó de
llamar hasta que el Vickers viejo salió, y el Vickers viejo le maldijo. Te
helaba la sangre oírle. Mi marido dijo que no quería volver a saber nunca de
ellos. Lo cumplió.
–¿Y éste fue el único contacto que ustedes
tuvieron?
La mujer pareció avergonzarse un poco.
–El único contacto que tuvo él.
Nunca le conté que yo había ayudado a Rebeca a huir y casarse. Se habría
enfurecido conmigo, quizá con razón, siendo policía como era.
Rebeca, una muchacha que había huido...
Wexford preguntó con voz tensa.
–¿Cuándo fue eso, señora Lyle?
Ella arruinó su débil esperanza:
–Debe de hacer treinta años. Es su hermano
quien vive allí ahora. Se casó y tiene hijos, y todos se marcharon también.
Dios sabe dónde.
La mujer suspiró y guardó silencio. Wexford
fijó la mirada en la oscura acera, sintiéndose por momentos más impaciente. La
señora Lyle terminó su té y depositó correctamente la taza sobre el plato. Sus
azules y apagados ojos estaban vueltos hacia él, de tal modo que le indujeron a
pensar que ella deseaba hacer una especie de confesión.
–Mi acción –dijo, con un guiño casi travieso–
se me ocurre a veces que fue contraria a la ley, pero nunca me atreví a
preguntárselo a mi esposo, nunca se me escapó una palabra.
–¿Qué hizo usted?
Wexford procuraba dar a su voz un tono entre
humorístico y alentador, puesto que lo que expresara su rostro de poco
serviría.
–Contárselo a usted ya no hará daño a nadie,
después de tantos años. –La mujer parecía contenta y complacida–. Rebeca quería
casarse con un muchacho que había conocido, un muchacho llamado Foster que no
era uno de ellos, y su padre se puso firme y la encerró en casa. Simplemente, la tuvo
prisionera, no podía ni salir de su habitación. Acostumbraba a escribir notas y
me las tiraba por la ventana. En aquella época yo veía y podía leerlas. Estaba
dispuesta a estropearles la jugada a aquellos revelacionistas, y me traje aquí
al joven Foster, y le animé a intervenir, y un día, cuando todos estaban en la
iglesia, cogimos una escalera y la apoyamos en la ventana y ella bajó. Fue como
en el teatro.
Los muros del huerto son altos y difíciles de
escalar y el lugar es la muerte, considerando quién sois vos, si algunos de mis
parientes os encuentra aquí...
–Debió de serlo –dijo él.
–Desde entonces no he dejado de reírme cuando
lo pienso. Figúrese, habría sido mejor aún si de algún modo hubiese averiguado
lo que ellos pensaron de la fuga, pero no lo he sabido nunca. Me habría gustado
ver la cara del Vickers viejo cuando descubrió que el pájaro había volado.
Rebeca se casó y me escribió durante algún tiempo contándome pequeñas cosas,
pero esto ya se acabó. Es tonto recibir cartas si una no puede leerlas ni tiene
quién se las lea, ¿no cree? –La señora Lyle rió burlonamente ante la penosa
situación que ella misma había descrito–. Vickers, me refiero al hijo, se casó
y tuvo hijos a su vez, pero se han marchado todos uno tras otro. No podían
soportar la vida en aquella casa. Y ahora se han quedado allí los dos solos,
marido y mujer. El Vickers joven, yo le llamo así aunque debe de tener más de
cincuenta años, jamás me dirige la palabra. Deduzco que sabe lo que hice por
Rebeca. Y yo me río a gusto cuando pienso en ella y en aquella escalera y en el
joven Foster como un bendito Romeo. Fue un golpe de suerte para la chica
encontrarle, vaya que sí. Ella no era precisamente una belleza, y encima tenía
un lobanillo así de grande junto a la nariz...
La puerta del templo debía de haberse abierto,
porque una pálida franja de luz se extendía a través del húmedo enlosado y en
la acera empezaba a aparecer gente. Wexford, a pesar de que había estado
esperando que aquello ocurriese, no hizo caso y se volvió de cara a la señora
Lyle sin importarle que ella no pudiera verle.
–¿Un lobanillo junto a la nariz?
–Plantado entre la nariz y la mejilla. –La
señora Lyle tocó con la yema del índice un punto de su cara de manzana–. Mi
marido solía decir que podía habérselo hecho quitar, pero esa gente no cree en
los médicos...
–¿Adónde fue cuando se marchó?
–Su distrito postal era el sudoeste Diez.
Guardo sus cartas en alguna parte. Tendrá que buscarlas usted mismo. Pero le
diré una cosa: Rebeca no le servirá para entrar en esa casa de ahí al lado. Se
necesitaría una máquina excavadora para lograrlo.
Wexford, desde la amplia ventana que daba a
la calle, contempló cómo la congregación se dispersaba. Las mujeres vestían
insulsas prendas que nada tenían que ver con la moda presente ni pasada,
abrigos, chaquetones y sombreros negros, grises o pardos; los hombres, incluso
los más jóvenes, trajes negros cubiertos por impermeables oscuros. Entre ellos,
como un cuervo, se movía el pastor con su negra túnica, estrechando manos,
murmurando despedidas, hasta que todos excepto dos se hubieron alejado. La
pareja, evidentemente un matrimonio, esperaron cogidos del brazo al pastor. Los
tres, lentamente, entraron a continuación en la casa vecina. Wexford percibió
una fugaz imagen del trío, su oscuro reflejo en el charco de agua; tres
personas extrañas cruzando la laguna Estigia para entrar en su infierno
particular. La puerta de la casa se cerró tras ellos con mucha fuerza.
–¿Está mirando a los Vickers jóvenes?
–preguntó la señora Lyle, que tenía la hipersensibilidad de los ciegos–. Me
gustaría que mi nieto estuviera aquí para silbarles. Todos los chicos del
barrio lo hacen, dicen que trae buena suerte.
–¿Le parece que busquemos ahora esas cartas,
señora Lyle?
Subieron al piso de arriba, la anciana señora
mostrando el camino. Le condujo a su dormitorio, donde reinaba el sucio
desorden propio de las habitaciones ocupadas por personas viejas que además han
envejecido allí. Aparte del mobiliario usual había cajas de madera y de mimbre,
apiladas unas sobre otras, baúles debajo de la cama y baúles cubiertos por
telas, y encima de éstos montones de revistas antiguas y viejos álbumes. Dos de
aquellas cómodas en miniatura características de la época victoriana se
alineaban con un voluminoso ropero, y en la pared, por encima de ellas, había
un estante repleto de cartas y papeles, cajitas, plumas viejas, tarros y
horquillas para el cabello.
–Pueden estar aquí –dijo la señora Lyle– o
pueden estar en los otros cuartos.
Wexford echó una mirada a los otros cuartos.
Ninguno de ellos aparentaba descuido, pero tampoco eran habitaciones vividas.
Eran almacenes para el fruto de sesenta años de atesoramiento, y sus expertos
ojos se percataron de que algún disparatado sistema de clasificación se había
aplicado en la época en que la señora Lyle todavía podía ver.
Ella pareció notar que su visitante estaba
desconcertado. En su voz hubo una nota no exactamente malévola, pero sí
vagamente vengativa:
–Le espera un largo trabajo.
Quería decir: «Usted ve y yo no, así que esto
es problema suyo.»
Él asumió la tarea, empezando por el
dormitorio. Quizá fue el olor de aquellos recuerdos, meramente mohoso para
Wexford, pero evocador para ella de las ocasiones que conmemoraban, lo que hizo
que la cara de la anciana se tornase extraña, soñadora, aunque no apesadumbrada,
y que le temblara un poco la mano al tocar las postales y fotografías que él
sacaba de cajas y cajones. Wexford tomó la antigua lámpara de latón de la mesa
de noche y la situó encima del ropero para que le alumbrase, y bajo su luz
amarillenta, moteada de polvo, exploró los archivos de la larga vida de la
señora Lyle.
Había tenido una copiosa correspondencia y
guardado cada carta y cada tarjeta de cumpleaños y de Navidad que recibió. Un
pariente masculino fue filatélico, por lo cual guardó también los sobres, pero
el coleccionista en cuestión no había acudido a recoger sus sellos, que se
acumulaban en miles de sobres y fragmentos de sobre. Las cartas de amor del
difunto policía también estaban allí, atadas con una cinta procedente de un
pastel de boda que aún tenía adheridos restos de almíbar petrificado. Cada año
él le había enviado una felicitación por San Valentín. Encontró cinco en el
ropero, y cuando pasó a las cajas apiladas encontró siete más.
–Nunca he tirado nada –dijo la señora Lyle,
encantada.
Wexford no pronunció en voz alta la frase
cruel, pero se la dijo a sí mismo: ¿Por qué no tirarlo? ¿Por qué conservar
aquellas postales, aquellas cajas de bombones, aquellos bucles de cabello
infantil, aquellos telegramas de felicitación y aquellos montones de recortes
de periódico? Era ciega: nunca podría volver a verlos. Sabía, sin embargo, que
la mujer los guardaba por otra razón. ¿Qué importaba que nunca más leyese los
amorosos escritos del policía ni contemplase su retrato ni revisara textos y
fotos del pasado? Aquellas cosas eran los ladrillos de su identidad, la
mampostería de las paredes que la conservaban intacta y las ventanas por donde,
aunque ciega, podía aún mirar al mundo. La identidad del inspector jefe Wexford
había recibido demasiadas sacudidas violentas en las últimas semanas para que
él se atreviese a criticar a alguien que recogía y guardaba y atesoraba lo que
fuera, con tal de preservar la suya.
Y él gozaba del don de la vista. Su ojo
averiado no le molestaba en absoluto. Incluso bajo aquella luz débil y
polvorienta podía leer la más descolorida caligrafía y distinguir los rostros
en las difuminadas fotos de color sepia. A estas alturas, pensó, habría sido ya
capaz de escribir la biografía de la señora Lyle. Todo estaba allí, cada día de
su larga existencia, manteniéndola viva, definiendo su entidad como persona
individual, en espera de que algún nieto lo quemase cuando ella ya no lo
necesitara.
Pasaron a la habitación contigua. Wexford no
sabía qué hora era; no se atrevía a mirar el reloj. Tenía que haber un medio
más sencillo de encontrar a Rebeca Foster. Si consiguiera recordar dónde la
había visto por primera vez...
Más tarde deseó haber empezado por el
dormitorio más pequeño, porque fue allí donde lo descubrió. Soltó la correa que
cerraba una maleta, abrió los cierres, levantó la tapa. La maleta únicamente
contenía cartas, algunas todavía dentro de sus sobres, otras sueltas, hojas
dispersas y entremezcladas. Y allí estaba al fin: «36 Biretta Street, S.W.10.
26 junio, 1954. Querida Mary: lamento saber que tienes problemas con tus
ojos...»
–Bueno, no ha costado mucho, ¿verdad? –dijo
la señora Lyle–. Espero que haya usted vuelto a colocar todas mis cosas en su
sitio, sin revolverlas. Me gusta saber dónde están. Si ha terminado, le
acompañaré a la puerta y creo que después me iré enseguida a la cama.
21
Hizo verdad el proverbio que dice: Quien
dispara
con frecuencia, al final dará en el blanco.
con frecuencia, al final dará en el blanco.
Su último día. No pensaba en él como el
último día de sus vacaciones, sino como su última oportunidad de resolver aquel
caso. Y era la primera vez que sabía lo que significa que a uno le fijen un
límite de tiempo. En otras épocas, por supuesto en Kingsmarkham, el jefe de
policía le había dado prisa, y en ocasiones había oído amenazas de llamar a
Scotland Yard, pero nadie le había dicho: «Tienes veinticuatro horas:
transcurrido este plazo, el caso será retirado de tus manos.» Y nadie se lo
decía ahora, salvo él, que se lo decía a sí mismo.
Howard había dejado de hacerle partícipe de
la investigación. Puestos a ser realistas, tampoco en ningún momento le había
dicho: «Éste es tu caso; resuélvelo por mí.» ¿Cómo habría podido, dada su
posición? Lo único que había pedido eran las ideas y el consejo de su tío, y
ante el fracaso de Wexford había renunciado incluso a aquello. Cierto que no
había dado la menor señal de desencanto, pero ahora depositaba su fe en Baker y
era de Baker de quien había hablado la noche anterior.
Wexford estaba demasiado fatigado para
enterarse de muchas cosas y retuvo solamente que Gregson había quedado bajo
custodia acusado de agresión a un funcionario de policía. Baker seguía
considerándole su principal sospechoso, a pesar de lo cual investigaba también
en otras direcciones. En aquel momento le interesaba el chal y estaba muy
preocupado por una conversación que había sostenido con uno de los inquilinos
de Garmisch Terrace. Wexford no pudo reunir la energía suficiente para hacer
preguntas, y Howard también estaba cansado y le dolía el pie, por lo cual dejó
que su tío se fuera a acostar, deseándole buenas noches con la optimista
declaración de que el caso podía muy bien haberse resuelto antes de que los
Wexford se marcharan el sábado.
Quizá podía haberse resuelto, reflexionó
Wexford la mañana de su último día, pero no por Baker.
Las mujeres habían renunciado hacía tiempo a
esperarle al pie de la escalera, y en cuanto al desayuno tomó lo que encontró.
Se sentía perfectamente bien. El ejercicio de la víspera le había hecho perder
peso, mientras que las comidas no se lo restituyeron e incluso la indecisa y
solícita Dora tuvo que reconocer que las vacaciones habían tenido efectos
positivos. A él le resultaba difícil hacerse a la idea de que aquel viernes era
para ella simplemente el último día de sus vacaciones, momento de preparar el
equipaje y salir a comprar los regalos de última hora. Su mayor preocupación
era si se había o no acordado de encargar al lechero que dejara la leche el
sábado y si la tiendecita de la esquina le vendería un poco de pan.
–¿Qué has dicho? –preguntó su esposo.
–El pan, Reg. Decía que confío en que los
Dixon me hayan guardado algo de pan.
–No, hablabas de la tienda de la esquina...
¡Allí era donde la había visto! Naturalmente,
no en la tienda de los Dixon, a cuatro pasos de su casa, en Kingsmarkham, sino
en un pequeño establecimiento que podía haber sido el hermano gemelo de
aquélla, situado frente a una casa pintada de rosa, en Fulham. ¡Tantas horas
perdidas rebuscando entre los recuerdos de la vida entera de una mujer!
–Lástima que no lo mencionaras antes –dijo
abruptamente.
Le miraron como si estuviera loco, cosa que
Denise hacía con frecuencia.
–¿A qué te dedicarás hoy, tío Reg?
–Estaré perfectamente.
–¿Irás a ver a san Thomas por última vez?
–Sir Thomas –replicó él, dedicándole una
sonrisa pues le gustaba su perfumada belleza, pero también porque le alegraba
pensar que pronto estaría lejos de su irreprochable gobierno de la casa así
como de sus peligrosísimas plantas–. No te preocupes por mí. Tengo cosas que
hacer. ¿Howard se ha marchado sin inconvenientes?
–Alguien ha venido a buscarle.
Wexford esperó hasta que ambas salieron a
comprar juguetes para sus nietos y entonces partió a su vez. Al pasar ante el
St. Mark and St. John vislumbró una cabellera roja detrás de las puertas, que
probablemente pertenecía a Verity Bate. La visión le recordó su fracaso
anterior. No volvería a fallar, ahora no. Todo encajaba bellamente en su sitio.
Sabía incluso por qué Loveday había elegido Belgrade Road y aquella casa rosa
que se alzaba frente a la tienda cuando le dio una dirección a Peggy Pope. Allí
se encaminaba directamente. ¿Por qué entretenerse en Biretta Street, lejos de
su ruta, en aquella península delimitada, por el río que, siendo Chelsea, tiene
el aspecto de Wilman Park o Kenbourne Vale?
La tienda se encontraba ahora delante de él, con
anuncios de rebajas garabateados en el escaparate, cajas de verduras expuestas
en el exterior y un perro mestizo atado al pie de una farola. Entró. El modesto
local estaba lleno de gente, una larga cola de mujeres blandiendo sus listas de
compra. Dos personas atendían a la clientela, una chica joven y una mujer con
un lobanillo rosado en la cara que le desviaba ligeramente la nariz.
No quedaba otro remedio que esperar a que la
tienda se vaciara, suponiendo que llegara a vaciarse en viernes, cuando los compradores
adquirían provisiones para todo el fin de semana. Paseó arriba y abajo por la
calle, sintiendo que el tiempo pasaba con desesperante lentitud. Muchos, muchos
años atrás, cuando él era joven, había sentido algo similar si llegaba con
demasiada antelación a la cita con una muchacha: la espera interminable. La
humedad glacial le produjo un estremecimiento y notó que los dedos se le
entumecían. Por desgracia, no se le había ocurrido ponerse guantes. Guantes...
En todas aquellas indagaciones suyas no debía olvidarse de la chica que usaba
guantes.
Cuando por cuarta vez se acercó a la puerta
de la tienda, todas las dientas menos una se habían marchado, y a la última la
despachaba la muchacha. La otra mujer, su tan anhelada cita, estaba en el
escaparate construyendo una pirámide con paquetes de jabón en polvo.
–¿Señora Foster? –dijo con la garganta seca.
Ella retrocedió un paso, sorprendida, y
asintió. El lobanillo, que en otro tiempo había quizá estropeado una cara
bonita, sólo era un rasgo feo en medio de una fealdad general. La mujer
aparentaba unos cincuenta años. Ah, los muros del huerto son altos y difíciles
de escalar...
–Soy un oficial de policía. Me gustaría
hablar con usted.
Cuando ella replicó a sus palabras, Wexford
oyó la voz de una Hija de la Revelación, una voz sin acento, opaca, frugal.
–¿Hablar de qué? –dijo.
–De su sobrina –respondió Wexford–, la hija
de su hermano.
La mujer no discutió ni puso objeciones, sino
que encomendó a la chica que cuidase de la tienda y condujo a Wexford a un
pequeño cuarto en la parte de atrás.
–He estado hablando con la señora Lyle –dijo
él.
Su cara enrojeció y oprimió fuertemente una
contra otra sus descuidadas manos. Era imposible imaginarla como la jovencita,
la Julieta, que había bajado por una escala a los brazos de su amado.
–La señora Lyle... ¿Todavía vive allí? ¿En la
puerta de al lado de mi hermano?
–Ahora está ciega. No sabía nada, solamente
la dirección de usted.
–Ciega –dijo la señora Foster–. Ciega. Y yo
soy viuda, y Rachel... –Para horror de Wexford, rompió a llorar. Lloraba como
si se avergonzase de sus lágrimas, restañándolas apenas brotaban–. El mundo
está muy mal hecho. Deberíamos cambiarlo.
–Quizá. Hábleme de Rachel.
–Le prometí...
–Sus promesas ya no significan nada, señora
Foster. Rachel ha muerto.
Lo había soltado sin preámbulos, pero no lo
lamentaba porque habría asegurado que su sobrina tenía poco o nada que ver con
su pena. Lloraba por ella misma, quizá un poco también por la señora Lyle.
¿Quién había derramado una lágrima por Loveday Morgan?
–Muerta –dijo la mujer, tal como había dicho
«ciega»–. ¿Cómo? ¿Muerta?
Wexford se lo explicó, y a medida que hablaba
el rostro de la señora Foster se endurecía.
–Ahora es su turno –concluyó Wexford.
–Vino a mi casa en julio, el pasado julio.
–Aquella voz irritaba los nervios a Wexford: llana, monótona, sin
entonaciones–. Mi hermano la echó cuando descubrió que estaba esperando. Era
esmirriada y comía poco, y no se le notó hasta casi el final. Mi hermano le
dijo que se fuera.
Lo había sospechado, pero a duras penas podía
creerlo. ¿En los tiempos que corrían? ¿En el Londres de los años setenta? Pese
a haberse emancipado de su antiguo ambiente, la señora Foster tenía un aire
victoriano y, efectivamente, victoriana era la situación, reflejada en mil
novelas, que estaba describiendo.
–¿Le parece mentira? –prosiguió–. Usted no
sabe lo que son los Hijos. Ella recurrió a mí porque no conocía a nadie más.
Nunca había oído hablar de personas, de sociedades ni de instituciones que
cuidaran de muchachas con problemas como el suyo. Habría pensado que era una
pobre retrasada si yo misma no hubiera sido como ella en otros tiempos.
–¿Y el niño?
–No la había visto ningún médico. Le dije que
acudiera a uno, pero no quiso. No había ido al médico en su vida. Los Hijos no
tienen médicos. Tampoco quiso ir a la Asistencia. Me la quedé yo. Tenía este
empleo y dos trabajos de limpieza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Un día volví a
casa del trabajo y me encontré con que había tenido el niño, sola, en mi
dormitorio.
–¿Sin ninguna ayuda?
La señora Foster asintió.
–Entonces la obligué a aceptar un médico.
Llamé al mío. Se indignó muchísimo conmigo, pero ¿qué iba a hacer? Nos envió
cada día a una comadrona y yo inscribí a la criatura en Chelsea, en el Registro
de King’s Road.
–¿Morgan era el padre?
–Sí. Ella decía que era su esposa y que
cuando él saliera de la cárcel se casarían oficialmente. Yo sabía que esto era
un engaño. Él tenía una esposa legal y que no había muerto. Entre Rachel y yo
cuidamos de la criatura y cuando ella consiguió trabajo, faena por horas, unas
veces la llevaba consigo y otras me la llevaba yo.
–¿Y después?
La señora Foster titubeó. La muchacha la
llamó desde la tienda, y replicó:
–¡Voy enseguida! ¡Un minuto! –Se volvió
cansadamente hacia Wexford–. La criaturita fue adoptada. Rachel la quería, pero
accedió. Sabía que para nosotros solas era imposible hacernos cargo de ella.
Ambas teníamos que trabajar y a la gente no le gusta que una se presente con un
bebé en brazos. Pero, de todos modos, Rachel no servía para el trabajo. No
estaba acostumbrada. Le fascinaba la televisión, que para ella era algo
completamente nuevo, ¿entiende usted? Todo lo que quería era pasar el día
entero sentada, mirando la televisión con la criatura en el regazo. Decía que
le gustaría vivir en alguna parte donde pudiese ver la televisión sin parar.
Luego se marchó el bebé, y estar en mi casa sin él la hundió, así que terminó
por dejarme y alquilar una habitación. No supe más de ella. Llegué a pensar que
quizá mi hermano la había vuelto a acoger, porque, a pesar de cuanto había
soportado, Rachel no renunciaba a la idea de ser uno de los Hijos...
La voz de la señora Foster se apagó
melancólicamente.
–¿Quién adoptó a la criatura? ¿Fue a través
de una sociedad?
–Eso no puedo decírselo. Lo prometí. Ni la propia
Rachel lo sabía. Pensamos que era mejor que no lo supiese.
–Yo sí debo saberlo.
–No por mí. Lo prometí.
–Entonces tendré que averiguarlo en el
departamento correspondiente.
La guía telefónica le informó de que
encontraría el departamento en Holland Park y esperó un taxi que le llevara
allí. Mientras aguardaba en la acera empezó a ordenar cuidadosamente en su
memoria la secuencia completa de acontecimientos desde la llegada de Rachel
Vickers a Biretta Street hasta su muerte como Loveday Morgan en el cementerio
de Kenbourne Vale.
Pobre Baker. Sólo por una vez se vería
privado del triunfo, aventajado por aquel pomposo vejestorio pueblerino.
Wexford se divirtió inocentemente pensando en aquellos sabihondos de Kenbourne,
extraviados siguiendo pistas que llevaban a callejones sin salida, desviándose
por tangentes, aferrándose obstinados a su necesidad de culpar a un joven
conductor de furgoneta. Aquellos sabihondos reunidos en el puesto de policía...
con excepción del sargento Clements. Éste estaría en el juzgado, recibiendo su
dictamen. O quizá, incluso en aquellos momentos, sin haberlo conseguido...
Howard y Baker se habían marchado a Scotland
Yard. Todos sabían que Clements tenía el día libre y conocían el motivo. Pamela
comunicó a Wexford que no esperaba que el superintendente volviese a aparecer
en el resto del día.
La instantánea que Pamela había encontrado en
el escritorio de Howard ya no estaba allí. Alguien se la había llevado o la
había guardado. En su lugar podía verse el chal azul de la señora Dearborn,
metido en una caja de plástico transparente. Habría tenido el aspecto de un
regalo de Navidad, de no ser por la etiqueta oficial pegada en un costado de la
caja.
Wexford se encogió de hombros, dio las
gracias a Pamela y salió. Para llegar a la estación de metro de Elm Green
efectuó un largo rodeo a través del cementerio. En la niebla que estaba
formándose, la Victoria alada se alzaba como un fantasma y los caballos negros,
velados por el vapor, semejaban precipitarse al vacío, sin soporte, sin base. Por
debajo de ellos, las tumbas de la realeza habían perdido su solidez, lo mismo
que los árboles inmóviles, más bien espectros de árboles, espectros grises que
flotaban sin raíces que los amarrasen a la tierra. Gotas de agua, humedad
condensada, se adherían a los filamentosos zarzales. Obeliscos, columnas
truncadas, ángeles con espadas, un guerrero con dos leones muertos a sus
pies...
«Necio es quien hace preguntas.
Quien las responde, más necio es aún...»
Wexford sonreía.
22
Después del asesinato, es menor su temor y
mayor
su esperanza de que el hecho sea delatado o conocido,
visto que la única parte que podría revelarlo
y divulgarlo esta ahora muerta y ha sido
apartada del camino.
su esperanza de que el hecho sea delatado o conocido,
visto que la única parte que podría revelarlo
y divulgarlo esta ahora muerta y ha sido
apartada del camino.
Un último día bien aprovechado. Wexford era
mal mecanógrafo, pero se habría alegrado de disponer en aquel momento de una
máquina de escribir. Tenía que escribir el asunto entero en una hoja tras otra,
utilizando la vieja pluma estilográfica de Dora. Eran más de las siete cuando
terminó, y entonces descendió al piso de abajo para esperar a Howard.
Su plan era entregar a Howard el informe
después de la cena, y calculaba que lo comentarían tranquilamente en el
estudio, pero su sobrino telefoneó diciendo que se retrasaría y cortó la
comunicación antes de que Wexford tuviera ocasión de hablar con él.
–Deberías acostarte, cariño –dijo Dora a las
diez.
–¿Por qué? ¿Para recuperar fuerzas y poder
mañana sentarme en el tren? Tengo intención de pasar levantado toda la noche.
Abrió el libro que Denise, desesperada por la
demora, le había traído al fin de la biblioteca. «Al muy honorable y su propio
y único buen señor, maestro William Cecil Esquire... Ralph Robinson desea
continuidad en la buena salud con diario incremento en la virtud y el honor.»
Aquella dedicatoria, sustituyendo los nombres, lo mismo podía haber servido
como introducción a su propio informe que a la obra maestra de sir Thomas.
Apenas había leído el primer párrafo cuando el teléfono sonó otra vez.
–Quiere hablar contigo, tío Reg. Le he dicho
que estabas a punto de acostarte.
Wexford tomó el aparato con una mano que
temblaba ligeramente.
–¿Howard?
La voz de Howard sonaba dura, un poco
desdeñosa.
–Si ibas a acostarte no tiene importancia.
–No iba a acostarme. Te estaba esperando
levantado. –Ahora que el momento había llegado, Wexford se sentía extrañamente
receloso, la voz indecisa–. Hay unos cuantos puntos... Bien, he escrito una
especie de informe... ¿Te importaría...? Quiero decir que mis conclusiones...
–Podrían ser similares a las nuestras.
–Howard terminó la frase por él–. ¿El chal? Sí, eso creo. Baker y yo acabamos
de ver a una amiga tuya, y lo que realmente necesitamos ahora es un poco de
ayuda por tu parte. Si esperas un instante te pasaré a Baker.
–Howard, espera. Yo podría llegarme al
puesto.
–¿Cómo? ¿Ahora? ¿Venir a Kenbourne Vale?
Wexford decidió mostrarse firme y no
discutir. Veía fría y claramente que estaba fallando por segunda vez, pero no
cedería sin luchar de un modo u otro, no dejaría que Baker le robase su última
idea.
–Tomaré un taxi –dijo.
El previsible lamento llegó de Dora:
–¡Oh, cariño! ¿A estas horas de la noche?
–He dicho que iba a pasar toda la noche en
pie.
Para su sorpresa, algunas tiendas continuaban
abiertas a las doce menos diez y la gente seguía comprando provisiones para
insólitos festines nocturnos. En las lavanderías, las luces blanquiazules
estaban encendidas y funcionaban las máquinas. El taxi le condujo a través de
North Kensington, donde los noctámbulos paseaban conversando distraídamente,
sin rumbo fijo, como si fuera pleno día. En Kingsmarkham, quienquiera que se
encontrase fuera de casa se apresuraría a regresar y meterse en la cama. Aquí
el cielo tendía su fulgor rojizo, sin estrellas, sobre las luces flotantes y la
ciudad insomne. Entraron en Kenbourne Lane. El cementerio era como una nube negra,
sólo visible porque su masa era más oscura que el cielo. Wexford notó que se le
contraían los músculos del pecho al advertir que ya casi habían llegado. Pronto
se enfrentaría a Baker. Con sólo que tuviera la oportunidad de que Howard
leyese primero su informe...
Había tenido, la absurda suposición de que
habría una especie de comité de recepción esperándole, pero excepto los agentes
de servicio, no había nadie en la entrada. Y cuando intentó actuar como si el
lugar estuviera más familiarizado con él que él con el lugar, avanzando
tranquilamente hacia el ascensor, un sargento le hizo retroceder para
preguntarle su nombre y el motivo de su visita.
–El señor Wexford, ¿no es así? El
superintendente le espera, señor.
Aquello estaba un poco mejor. Su ánimo se
levantó cuando salió del ascensor y vio a Howard aguardándole en el pasillo,
solo, ante la puerta de su despacho.
–Has sido muy rápido.
–Howard, sólo quiero decir...
–Quieres saber qué hay de nuevo sobre
Gregson. Sí, lo imaginaba, e iba a contártelo por teléfono. ¿Dónde te parece
que estaba el día veinticinco? Dedicado a cometer aquel robo con fractura, nada
menos. La chica que le llamó a casa de la señora Kirby era la amiguita de Harry
Slade, y le comunicó que el asunto estaba en marcha y le dio todos los
detalles. Pero entra y habla con Baker. ¿Quieres que pida café abajo?
Wexford no contestó. Entró en el despacho,
encontró los ojos de Baker y, en silencio, sacó su informe del bolsillo. Las
hojas manuscritas parecían la obra de un aficionado, de un provinciano.
Howard, incómodo, dijo:
–De hecho sólo necesitamos alguna información
interior, Reg. Cuatro o cinco preguntas...
–Está todo ahí. No tardaréis más de diez
minutos en leerlo.
Wexford sabía que estaba hipersensible, pero
un hombre habría tenido que ser incapaz de la menor percepción para no captar
la indulgente y resignada mirada que Baker y Howard intercambiaron. Tomó
asiento, sacó los brazos de las mangas del impermeable y dejó que éste colgara
del respaldo de la silla. Luego escudriñó la ventana sin cortinas, el espeso
cielo rojo y la negra mole de la destilería. Mientras Howard telefoneaba para
pedir café, Baker dejó correr los ojos, pues no parecía que leyera, por las
páginas del informe.
Las páginas eran diez. Llegó a la página
cinco, y entonces dijo:
–Todo este material sobre los antecedentes y
el ambiente de donde procedía la chica es muy edificante, sin duda, pero
difícilmente... –buscó la palabra adecuada– aplicable a esta indagación.
–Déjeme ver. –Howard se situó detrás de Baker
y leyó rápidamente–. Vaya cantidad de trabajo has invertido en esto, Reg.
Enhorabuena. Parece que has llegado a las mismas conclusiones que nosotros.
–Consideradas todas las evidencias –dijo
Wexford–, son las únicas conclusiones posibles.
Howard le lanzó una mirada fugaz.
–Sí, bien... Quizá lo más apropiado es que
usted nos haga un resumen, Michael.
Las hojas del informe se habían arrugado
bastante. Baker las dobló y las dejó caer con ostensible desprecio encima del
escritorio. Pero cuando habló no lo hizo despectivamente. Se aclaró la garganta
y, con el aire de incomodidad propio del hombre no acostumbrado a gentilezas,
dijo:
–Creo que le debo a usted una excusa, señor
Wexford. No debí decir lo que dije sobre gansos y despistes y todo aquello.
Pero al principio parecía una pista falsa, ¿no cree?
Wexford sonrió.
–Parecía una complicación innecesaria.
–Ni mucho menos innecesaria –dijo Howard–.
Sin ella nunca habríamos determinado a quién pertenecía el chal. Oh, aquí está
nuestro café. Déjelo ahí, sargento, gracias. ¿Bien, Michael?
–Durante un tiempo –empezó Baker– anduvimos
completamente desorientados debido a la confusión entre Rachel Vickers y la
hijastra de Dearborn. Descuidamos considerar las evidencias circunstanciales y
entonces, por supuesto, no sabíamos que aquella niña, Alexandra, no era
realmente hija suya.
Wexford revolvía su café, pese a que era café
solo y sin azúcar.
–¿Cómo lo saben ahora? –interrumpió.
–La propia señora Dearborn nos lo ha dicho
esta noche. Se ha mostrado muy franca, muy abierta. Cuando ha comprendido la
importancia de la investigación, ha declarado libremente que Alexandra, nombre,
según cree, que le pusieron a la criatura por su padre natural, es una niña que
ella y su esposo han adoptado por su cuenta. Dos sociedades de adopción
rehusaron atender su demanda por la cuestión de la edad, y cuando surgió la
ocasión, poco antes de Navidad, de quedarse con aquella pequeña, la
aprovecharon inmediatamente. Dearborn actuó con mucha limpieza. Quería una
adopción legal y por las vías establecidas. Tan pronto como recibieron a la
niña en su casa, a finales de diciembre, él informó al Departamento y al
juzgado de su intención de adoptarla. ¿Iba usted a decir algo, señor Wexford?
–Sólo que hace usted que todo suene muy frío.
Dearborn ama a esa niña apasionadamente.
–No creo que debamos mezclar en esto nuestras
emociones. Naturalmente, todo el asunto es muy doloroso. Permítanme resumirlo.
La señora Dearborn nunca había visto a Rachel Vickers. Todo lo que sabía de
ella procedía de la tía de la muchacha, que hacía en su casa faenas de
limpieza, la señora Foster, y de la funcionaria judicial ad lítem.
–La muchacha de los guantes –comentó Wexford.
Baker no prestó atención al comentario.
–La funcionaria y la señora Foster conocían a
la chica como Rachel Vickers, no como Loveday Morgan. Hasta el catorce de
febrero, Dearborn también la conocía sólo por su verdadero nombre, nunca la
había visto y suponía que todo sería muy sencillo. Un día llegó a casa y contó
a su mujer que mientras estaba mostrándole a Alexandra una finca que pretendía
comprar en Lammas Grove, Rachel Vickers salió de una tienda y reconoció a su
hija. –Baker hizo una pausa–. Debo admitir que no acabo de entender eso, un
hombre enseñándole casas a un bebé, pero lo considero irrelevante. –Miró a
Wexford, y Wexford no dijo nada–. Según el señor Dearborn –prosiguió–, Rachel
le preguntó si podría volver a ver a Alexandra, y él accedió, aunque a
regañadientes, dándole el número de teléfono de su oficina. La señora Dearborn
declara, y creo que dice la verdad, que no sabe de otros encuentros entre
Rachel y su marido. A su entender, la joven, después de aquello, ya no demostró
más interés por la niña.
–Nosotros, sin embargo –intervino Howard–,
fuimos informados al principio de la investigación de que Rachel sostuvo una
entrevista en las oficinas de la Notbourne Properties en fecha posterior al
catorce de febrero, y pienso que podemos deducir que aquella entrevista no tuvo
relación con una solicitud de empleo. ¿Cuál es tu punto de vista, Reg?
–Dearborn –dijo Wexford lentamente– quería
conservar a la niña y Rachel, con la misma intensidad, quería recobrarla. En
aquella entrevista en su despacho ella le dijo que se opondría a la sentencia
de adopción y él dio el paso, altamente ilegal, de ofrecerle cinco mil libras
para que no se opusiera.
–¿Cómo es posible que sepas eso?
Wexford se encogió de hombros.
–Termina de leer mi informe y sabrás cómo.
Aun sin leerlo, seguramente entenderás que por este motivo Dearborn no le contó
nada más a su esposa. Él no tiene escrúpulos, pero la señora Dearborn sí. Nunca
le habría apoyado en cualquier maniobra destinada a comprar a la niña. ¿Cuándo
esperaban conocer la sentencia?
–El veinticuatro de marzo –dijo Baker, con
cierto tono de triunfo–. Si no sabe usted esto, señor Wexford, no veo de qué
manera... Pero déjenme continuar con mis ideas sobre lo que ocurrió a
continuación. Rachel accedió a tomar el dinero, una determinada cantidad, no
sabemos cuánto, y prometió llamar a Dearborn para convenir la fecha de la
transacción. La fecha que ella eligió fue el veinticinco de febrero, y
telefoneó a Dearborn desde Garmisch Terrace a la una y cuarto de aquel día. Se
encontraron casi una hora después en el cementerio.
–¿Han identificado el chal como perteneciente
a la señora Dearborn?
–Ciertamente. Éste fue el primer motivo de
que la visitáramos. Nos dijo que se pone con frecuencia el chaquetón de piel de
cordero de su marido y que probablemente dejó el chal en un bolsillo de aquella
prenda. Dearborn encontró a la chica según lo convenido, pero cuando estaba a
punto de entregar el dinero se le ocurrió que sería mucho más fácil, mucho más
seguro, guardarse el dinero y matar a la chica. De otro modo no estaría seguro
de que ella no se opondría igualmente a la sentencia. Por lo tanto, la
estranguló con el chal y colocó su cuerpo en la cripta Montfort.
–En esto nos volviste a ayudar, Reg –dijo
Howard–. Fuiste tú quien mencionó lo del año bisiesto. Dearborn lo olvidó.
Supuso que el último martes del mes ya había pasado y que nadie visitaría la
cripta hasta después del veinticuatro de marzo, cuando ya tendría la sentencia en su poder.
Wexford recogió su informe, lo acarició con
los dedos, indeciso, y luego lo volvió a dejar.
–¿Dearborn ha confesado todo eso? Ustedes han
hablado con él y... ¿Le han inculpado?
–No está en casa –dijo Baker–. Ha ido a no sé
qué lugar del norte, a una conferencia de arquitectos.
–Queríamos conocer tu opinión, Reg –dijo Howard con extrema sequedad–. En esto hay demasiadas
conjeturas. Como tú has dicho, es la única conclusión posible, pero pensamos
que quizá podrías ofrecernos algo más concreto.
–¿Yo he dicho eso?
–Bien, seguramente. Yo he entendido que...
Wexford se levantó con brusquedad, apartó la
silla y casi la derribó. De repente se había asustado, pero no de sí mismo, no
de la eventualidad de otro fracaso.
–¡Su esposa se pondrá en contacto con él!
–Naturalmente que lo hará. Dejémosla.
Dearborn ha de regresar mañana por la mañana. –Howard echó una mirada al
reloj–. Esta mañana, para ser exactos. En cuanto sepa que corre el riesgo de no
obtener la adopción, puesto que su mujer va a decirle que el juez suspenderá
toda acción hasta que el asunto se aclare, vendrá al galope a nuestro
encuentro. Dios mío, Reg, ella no sabe que sospechamos de él como asesino.
–¿Pero Dearborn sabe en estos momentos que no
tiene ninguna posibilidad de continuar siendo el padre de Alexandra? –Las manos
de Wexford se crispaban aferradas al respaldo de la silla. Estaba tembloroso–.
¿Su esposa le habrá dicho esto?
–Salvo que sea una mujer mucho más flemática
de lo que yo la considero, sí.
Trató de recobrar la calma. Sabía que su cara
había palidecido, pues notaba los escalofríos que le recorrían la piel. El
rostro de Baker tenía una expresión avinagrada y desdeñosa; el de Howard
traslucía su confusión.
–Queríais mi consejo. Supongo que es esto lo
que queréis, ya que evidentemente mi opinión no os interesa. Mi consejo es que
llaméis al hotel donde se aloja Dearborn ahora mismo, inmediatamente.
Wexford volvió a tomar asiento de cara a la
pared.
–Está en su habitación –anunció Baker,
colgando el teléfono–. No veo la necesidad de tanto melodrama. El hombre está
en su habitación, durmiendo, pero de todos modos han ido a comprobarlo y nos
llamarán. Supongo que la idea del señor Wexford es que encontrarán un bulto de
ropas debajo de las sábanas y que el pájaro habrá volado.
Wexford no hizo ningún comentario. Tenía las
manos fuertemente entrelazadas, los nudillos blancos por la presión. No las
relajó, pero sí procuró relajar su voz y darle un tono coloquial.
–¿Qué ha ocurrido con Clements? –preguntó,
procurando que su voz sonara informal.
–Ha recibido la sentencia favorable –dijo
Howard–. Telefoneó para comunicárnoslo. Ninguna dificultad.
–Enviaré unas flores a su esposa –dijo
Wexford–. Recuérdamelo.
Se sirvió más café sin molestarse en pedir
permiso, pero su mano insegura derramó una parte sobre el escritorio. Howard no
abrió la boca.
El teléfono emitió el clic
que habitualmente se produce una fracción de segundo antes de que suene. Y
antes de que sonase, Wexford se enderezó sobresaltado. Tres manos se
precipitaron hacia el aparato, contagiados los otros hombres por su ansiedad.
Fue Howard quien lo cogió, Howard quien dijo:
–Ya veo. Sí. ¿Han avisado al médico? ¿A la
policía local? –Cubrió el aparato con la mano. Había palidecido visiblemente–.
Un médico reside en el mismo hotel. Ahora está con Dearborn.
–Ha intentado matarse –dijo Wexford, y no
como una pregunta sino como la constatación de un hecho.
–Piensan que está muerto. No lo saben. Alguna
clase de sobredosis, al parecer.
Baker, adoptando el adecuado aire de
tristeza, dijo:
–Quizá haya sido lo mejor. Horrible, por
supuesto, pero cuando uno piensa en la alternativa, años y años encerrado... En
su situación, yo habría optado por la misma salida.
Howard hablaba de nuevo, formulando a través
del teléfono preguntas cortantes.
–¿Qué situación? –dijo Wexford–. No creerá
usted todavía que él cometió el asesinato, ¿verdad?
23
Si por ninguno de tales medios la cuestión
avanza
como debería hacerlo, entonces propician
ocasiones para el debate.
como debería hacerlo, entonces propician
ocasiones para el debate.
Wexford había visto muchos amaneceres en
Kingsmarkham, pero hasta aquel momento ninguno en Londres. Separó las cortinas
de la ventana de Howard y presenció cómo el añil del cielo forcejeaba para
colar entre las plúmbeas nubes unos rayos de luz verdosa. Una ligerísima brisa,
demasiado débil para mover las copas de los árboles del cementerio, alcanzó a
hacer flamear una bandera en el tejado de un edificio distante. Las palomas
habían empezado a arrullarse, a desplegar las alas y a revolotear perezosamente
frente a las fachadas de los altos bloques de pisos, que ellas, lerdas
criaturas de aprendizaje lento, todavía tomaban por los acantilados del sur de
Italia, de donde los romanos las habían traído dos mil años antes. El rugido
del tráfico, a medias silenciado durante las breves horas de la noche, volvía a
alcanzar la plenitud de su volumen diurno.
Con excepción de él, el despacho estaba
vacío. Cuando la gran bola roja del sol inició su ascenso, abriéndose paso
entre capas rojinegras de vapor, los faroles públicos de Kenbourne Vale se
apagaron gradualmente. Wexford atravesó el cuarto para accionar el interruptor
de la luz, pero apenas se encontró en la grata y acogedora semioscuridad, la
luz volvió a encenderse y Howard entró cojeando en el despacho, acompañado de
Melanie Dearborn.
La mujer tenía el rostro macilento, el
entorno de los ojos sombreados de púrpura por la fatiga y el temor. Vestía
pantalones y un jersey, además del chaquetón de piel de cordero de su esposo.
Pero, incluso en su dolor y su ansiedad, no había olvidado las buenas maneras.
–Lamento mucho –comenzó a decir– que volvamos
a encontrarnos de este modo, en estas terribles circunstancias...
Él sacudió la cabeza, tomó una silla y la
invitó a sentarse. Entonces encontró la mirada de Howard y éste le hizo una
leve, casi imperceptible señal afirmativa y frunció los labios.
–Su esposo...
–Se recuperará –respondió Howard por ella–.
Está en el hospital, muy abatido, pero consciente. Se pondrá bien.
–Gracias a Dios –dijo sinceramente Wexford.
Ella le miró y esbozó una débil y diluida
sonrisa.
–¿Por qué fui tan estúpida de llamarle
anoche? Me entró pánico, entiéndame. No pude soportar la idea de que él
volviese a casa y quizá encontrase que Alexandra ya no estaba con nosotros.
Stephen me contó todo lo que había hecho para no perderla.
Wexford acercó una silla a la de ella y se
sentó.
–¿Qué había hecho, señora Dearborn?
–Me da miedo decírselo –susurró la mujer–.
Porque si sale a relucir... ellos podrían... Es decir, podrían llevarse a
Alexandra y no permitirnos...
Wexford miró a Howard, pero su sobrino no
movió ni un músculo.
–Mejor será que nos lo cuente –dijo–. Siempre
es mejor contar la verdad. Y si el soborno no fue aceptado...
Se oyó una tos recriminatoria procedente de
Howard y Melanie Dearborn exhaló un profundo suspiro. Se arrebujó más
estrechamente en el interior del chaquetón como si, por ser de su marido y
haberlo usado él, la reconfortara como si fuera parte de su persona.
–El... soborno fue ofrecido –dijo.
–¿Cuánto? –preguntó Howard, amable pero
sucintamente.
–Cinco mil libras.
Wexford asintió.
–¿Ella iba a prometer no oponerse a la
sentencia a cambio del dinero?
–Lo había prometido ya. Cuando acudió a la
oficina de mi marido. Allí convinieron en encontrarse en el cementerio de
Kenbourne Vale el veinticinco de febrero a las dos y cuarto.
–¿Por qué cambió ella de idea?
–No cambió exactamente. Según Stephen, era
una persona de muy cortos alcances. Cuando aquel día se encontraron rompió a
hablar de cómo emplearía el dinero, de que pagaría a alguien para que cuidase a
Alexandra mientras ella iba a trabajar. No se daba ni cuenta de lo que estaba
diciendo. Stephen le explicó: «Pero usted no tendrá consigo a Alexandra. Si le
doy el dinero es para tenerla yo.» Entonces ella se cubrió la boca con la mano,
imagínelo, y dijo: «Oh, señor Dearborn, no, yo he de seguir teniéndola. Ella es
lo único que tengo en el mundo, y usted no echará de menos el dinero.»
Simplemente, no se había enterado.
Wexford movió afirmativamente la cabeza, pero
no dijo nada. Él había visto, si no a la chica, a su fantasma, su contrafigura,
su doppelgänger. Ambas habían sido educadas en una moralidad estricta, pero una
moralidad que excluía lo que los seres humanos corrientes llaman ética.
–Stephen se quedó... bueno, consternado –continuó
la señora Dearborn–. Dijo que le daría más dinero, que le daría cualquier cosa
que le pidiese. Estaba dispuesto a subir hasta... oh, no sé... cincuenta mil,
supongo. Pero ella no era capaz ni de imaginar aquella suma.
–¿No le dio nada?
–Por supuesto que no. Ella continuaba
divagando sobre cómo le daría mil libras a alguien para que cuidase a Alexandra
y se guardaría cuatro mil para el futuro, y él vio claro que no llegarían a
ninguna parte y, sencillamente, dio media vuelta y se marchó. Aquella noche
estuvo muy callado, de muy mal humor; pensé que sería porque se había cansado
de que yo me inquietase tanto a propósito de Louise. A mediados de la semana
siguiente estaba otra vez lleno de euforia. Ahora sé por qué: había comprendido
quién era la chica asesinada.
Howard lo había escuchado todo sin
intervenir, pero entonces dijo con voz firme y fría:
–Si desea usted ver a su marido, señora
Dearborn, deberíamos ocuparnos de su medio de transporte.
–Muchísimas gracias. Temo que les estoy
ocasionando a todos un sinfín de molestias. –Melanie Dearborn titubeó, y luego
añadió–: ¿Qué le voy a decir a Stephen sobre... sobre Alexandra?
–Eso dependerá del desarrollo de este caso y
de lo que decida el juez.
–Pero nosotros la queremos –suplicó–. Podemos
darle un excelente hogar, Stephen... ha intentado matarse. El soborno no se
produjo. En la mente de esa chica no era en absoluto un soborno, sino un
regalo, algo parecido a las ropas que le dábamos a su tía.
–¿Y bien? –dijo Wexford a Howard, después de
que ella hubiera abandonado el despacho lanzándoles por encima del hombro una
última mirada implorante.
–La justicia podrá, supongo, considerarlo
bajo ese punto de vista. Pero cuando la evidencia aportada por la acusación de
Dearborn...
–¿De qué vas a acusarle, Howard? ¿De hacerle
un obsequio en dinero a una muchacha agobiada por la pobreza, sobrina de una ex
sirvienta suya, a fin de que pudiera criar a una niña hacia la cual él sentía
últimamente un honesto afecto? ¿De retirar acto seguido la oferta porque los
cuidadores elegidos para la criatura no eran a su juicio los adecuados?
–Las cosas no fueron así, Reg, no te
comportes al estilo jesuítico. Dearborn la mató. El chal era de su esposa,
estaba en el bolsillo de ese chaquetón que los dos usaban. Tenía abundantes
motivos, que por otra parte no tenía nadie más. Y encima sabía determinadas
cosas. La ocultó adrede en una cripta que nadie visitaría hasta después de
haberse producido la sentencia sobre la adopción.
–¿Adrede? ¿Porque sabía lo del último martes
del mes? –dijo Wexford–. Howard, él no habría olvidado que estamos en un año
bisiesto. El veintinueve de febrero era el día de su cumpleaños.
–No le entiendo a usted, señor Wexford –dijo
Baker, que acababa de entrar y había oído las últimas palabras–. De acuerdo con
su informe, usted coincide enteramente con nuestros criterios.
–¿Cómo lo sabe? No se ha molestado usted en
leerlo hasta el final.
Howard miró a su tío con una media sonrisa,
como si entendiera que aquello era el triunfo, aquello era el desenlace que
había deseado y más de lo que Wexford habría esperado alcanzar. Cogió las dos
últimas hojas del informe y, haciendo a Baker seña de que se aproximara, las
leyó rápidamente.
–No deberíamos estar aquí –dijo al terminar–.
Deberíamos estar en Garmisch Terrace.
–Deberíais –corroboró Wexford. Consultó su
reloj y bostezó–. Yo tengo que tomar el tren a las diez.
Baker dio un paso hacia él. No tendió la
mano, ni pretendió retractarse de nada, ni sonrió siquiera. Dijo:
–No sé lo que pensará el señor Fortune, pero
yo consideraría un favor personal que viniera usted con nosotros.
Wexford comprendió que aquello era una franca
y completa disculpa.
–Hay otros trenes –dijo, y se puso el
impermeable.
A primera hora de la mañana, en Garmisch
Terrace, la fina y pálida luz del sol descubría las casas en toda su
degradación. Alguien había garabateado «Dios ha muerto» en la fachada de la
iglesia, y el pastor se hallaba entregado a la tarea de borrarlo con un cepillo
de fregar y un balde de agua. Frente al número 22, Peggy Pope, recogido el cabello
en un pañuelo, cargaba pequeñas piezas de mobiliario en una furgoneta.
–¿Se traslada a otra parte? –preguntó
Wexford.
Ella alzó los hombros.
–La semana próxima –dijo–. He pensado que era
justo avisar a los propietarios con una semana de antelación. –Su rostro mal
lavado, sin pintar, grasiento, tenía una curiosa belleza espiritual, como la de
una joven santa–. Sólo estoy despachando algunas de mis cosas.
Wexford echó una ojeada al conductor. Era el
inquilino indio.
–¿Se marcha con él?
–Me marcho sola, con la niña, por supuesto.
Él se limita a prestarme la furgoneta. Me marcho a casa de mi madre. No tengo
otro sitio adonde ir, ¿sabe?
Metió en la furgoneta un deteriorado
tocadiscos, se limpió las manos en los jeans y entró en la casa. Los tres
policías la siguieron.
Los estantes de viejos libros seguían allí,
así como el incómodo y miserable mobiliario. De la pared se había desprendido
un poco más de pintura, ampliando el mapa de aquel fantástico, utópico
continente. Lamont estaba en la cama, con la niña acunada en el hueco del
brazo.
Peggy no exhibía ni remotamente el ultrajado
decoro que en aquellas circunstancias habría demostrado un ama de casa
respetable. Ella no era un ama de casa respetable sino una chica errante a
punto de abandonar a su amante. Recordando quizá el modo en que Wexford la
había ayudado una vez a trasladar objetos pesados, pareció interpretar su
presencia como signo de que era para desempeñar este mismo papel para lo que
había reaparecido, y le plantó entre los brazos un canasto de la compra lleno
de utensilios de cocina. Wexford lo rechazó moviendo negativamente la cabeza.
Se acercó a la cama y miró fijamente a Lamont, quien reaccionó primero
hundiendo la cabeza en la almohada y después enderezándose lenta y
desesperadamente hasta quedar sentado.
Howard y Baker se aproximaron asimismo a la
cama. Peggy les observaba. Se había dado cuenta ya de que algo andaba mal, de
que ellos no estaban allí meramente para hacer preguntas. Pero no dijo nada. Se
marchaba de Garmisch Terrace y de cuanto contenía, y quizá no le importara.
–Levántese,
Lamont –ordenó Baker–. Levántese y vístase.
Lamont no le contestó. Debajo de la sucia
sábana estaba desnudo. Sus ojos tenían una mirada vacía, una expresión de total
fracaso, de escandalosa pobreza, de falta de amor, de serenidad y de
imaginación. Tú eres la misma cosa, pensó Wexford; un hombre sin acomodo no es
más que un pobre animal.
–Vamos, ya sabe por qué estamos aquí.
–No conseguí el dinero –murmuró Lamont. Dejó
caer la sábana, tomó la niña en sus brazos y la entregó a Peggy. Era la
renuncia final–. Ahora tendrás que ocuparte de ella –dijo–. Tú sola. Lo hice
por ti y por ella. ¿Te habrías quedado si hubiese conseguido el dinero?
–No lo sé –dijo Peggy, y rompió a llorar–. No
lo sé.
–Me gustaría –dijo cansadamente Howard–
sentirme tan bien como tú aparentas. Aseguran que cambiar es tan bueno como
descansar, y tú no has hecho ni una cosa ni otra, pero tienes un aspecto
excelente.
–Que corresponde a la realidad. –Wexford
pensó, aunque no lo dijo en voz alta, que ello no disminuía sus ganas de volver
a casa–. Es grato ser capaz de leer de nuevo sin la sensación de que vas a
perder la vista.
–Lo cual me recuerda –dijo Howard– que tengo
algo para que leas en el tren. Un regalo de despedida. Pamela se llegó al West
End y lo trajo.
Era un elegantísimo ejemplar de Utopía, cuidadosamente encuadernado en piel de becerro de color ámbar con
estampaciones en oro.
–Así que al final lo tengo. Muchísimas
gracias. Si ahora volvemos a Chelsea, ¿te parece que podríamos desviamos un
poco para que me despida de él?
–¿Por qué no? Y en el trayecto, Reg, quizá
tengas un minuto para aclararme ciertos puntos dudosos.
Iba a ser un bonito día, el primer día
realmente bonito de las vacaciones de Wexford, ahora que éstas habían
terminado. Pidió a Howard que bajara el cristal de la ventanilla del coche para
disfrutar de la suave caricia del aire en su rostro.
–Después de mi primera metedura de pata
–dijo–, se me ocurrió que Dearborn no profanaría su cementerio, y además
recordé que me había dicho que cumplía años el veintinueve de febrero. Un
hombre no se olvida de su cumpleaños cuando la fecha está a punto de llegar,
especialmente si la fecha llega sólo cada cuatro años. Lamont ocultó a la
muchacha en la cripta porque fue junto a ésta, fuera, donde la encontró... y la
mató.
–¿Qué fue lo primero que te llevó a sospechar
de él?
–La forma en que Loveday... Bien, yo siempre
pienso en ella como Loveday, quizá porque bajo este nombre trataba de salir de
sus tinieblas y encontrar un poco de luz. La forma en que Loveday bajó a hablar
con Lamont y quiso confiarle algo. No tenía nada que confiarle, excepto Alexandra. Recurrió a él y
no a Peggy en parte porque Peggy la intimidaba y en parte porque era Lamont
quien casi siempre se ocupaba de su propia hija. –Entraron en Hyde Park, un mar
de narcisos precoces. «Diez mil vi de una mirada...»–. Ella le dijo que iban a
darle cinco mil libras, y debió de convencerle porque, a pesar de lo
inverosímil que aquello resultaba, él consultó con algunas agencias inmobiliarias.
Yo mismo vi la descripción que tenía de una casa que costaba un poco menos de
cinco mil.
–Ella sólo iba a entregarle mil.
–Lo sé. Supongo que no pensaría entonces en
recurrir a la violencia, pero seguro que se proponía timarle el resto.
–En consecuencia, la chica telefoneó a
Dearborn –dijo Howard cuando pasaban ante los museos, atestados de visitantes
aquel sábado por la mañana–. Le telefoneó el veinticinco de febrero, a la una y
cuarto, para concertar la cita.
–No, la cita ya la habían concertado en su
oficina. Fue a Lamont a quien llamó. Él estaba en el Grand Duke y siempre
recibía sus llamadas allí. La chica le dijo que le entregarían el dinero
aquella tarde, en el cementerio. Él debió de estar esperándola y la vio
separarse de Dearborn y, por descontado, sacó la conclusión de que ya había
conseguido el dinero.
–Entonces la abordó –dijo Howard–. Le pidió
sus mil libras para empezar, pero ella no se las dio. No tenía nada que darle.
Wexford asintió.
–Lamont quería desesperadamente retener a
Peggy y a su hija. Nada se interpondría en su camino. Estranguló a Loveday con
su propio chal.
–No, Reg, eso no. Era el chal de la señora
Dearborn.
–Lo fue en otro tiempo –dijo Wexford–.
Dearborn se lo dio, entre varias cosas, a la tía de la muchacha.
La superficie del río se había llenado de
rizos pardos y dorados; un río que era como un hermano mayor, más sucio, más
ancho y más robusto, del Kingsbrook. Esta noche, pensó Wexford, cuando hayamos
deshecho el equipaje y nuestros nietos hayan recibido sus regalos, esta noche
bajaré a ver mi propio río. Salió del coche y, despacio, se aproximó a sir
Thomas. Aquella mañana el gorro dorado y la cadena dorada brillaban tanto que
uno apenas lo podía mirar.
Wexford se volvió a Howard, que le había
seguido cojeando. Se tocó el bolsillo donde guardaba su nuevo libro.
–Hace más de cuatrocientos años que escribió
esto –dijo–, pero no creo que las cosas hayan cambiado mucho para mejor, no de
la forma que él habría esperado que mejorasen. Es una suerte que no se entere.
Se levantaría de su asiento y volvería a la Torre[4].
–¿No vas a leer tu libro? –preguntó Dora
cuando estuvieron en el tren y los suburbios de la periferia, las calles
grises, los rojizos conjuntos residenciales, los blancos bloques de
apartamentos, los árboles como incontables soplos de humo en la neblina dorada,
desfilaban por la ventanilla.
–Dentro de un minuto –dijo Wexford–. ¿Qué
tienes ahí, más regalos?
–Casi lo olvidaba. Son para ti. Han llegado
esta mañana.
Dos paquetes, uno grueso y uno delgado.
¿Quién se los enviaría? La caligrafía de las señas escritas en el papel que los
envolvía no le dijo nada. Desanudó el cordel del más delgado y apareció un
ejemplar de Utopía, una edición de bolsillo que contenía una tarjeta en la que se veía un
conejo rodeado de un paisaje rústico y que estaba firmada, con cariño, por la
cuñada de Denise. Wexford dejó escapar un bufido.
–¿Estás bien, querido? –dijo Dora, ansiosa.
–Naturalmente que estoy bien –gruñó él–. No
empecemos de nuevo con eso.
El otro paquete también contenía un libro. No
le sorprendió en absoluto tropezarse con otra Utopía, de segunda mano esta vez
pero muy bien conservada. La tarjeta correspondiente tenía un reborde violeta y
el nombre impreso en oro. «Olvidó usted esto», leyó Wexford. «Algo para leer en
el tren. Puede quedárselo. Uno no encuentra cada día policías humanos. I.M.T.»
Algo para leer en el tren... El cansancio le
acometió como una presencia física, pero él se esforzó en permanecer despierto,
apretando en las manos sus tres nuevos libros, mirando por la ventanilla. Los
verdes campos comenzaban ahora, sus dedos tanteaban el terreno y se insertaban
entre cuñas de ladrillo. Pronto viajarían por la grupa de Inglaterra, entrarían
en las praderas ondulantes. Por fin camino de Utopía. Por fin.
Dora se inclinó y, en silencio, recogió los
libros del suelo del vagón. Su esposo dormía.
[1] Las citas con que la autora encabeza los capítulos de esta
novela, así como el título de la misma, están tomados de Utopía, de sir
Thomas Moro, según la traducción inglesa de Ralph Robinson (1551). La
traducción castellana procede de este texto, no de la Utopía original,
que fue escrita en latín. (N. del T.)
[2] ETS, en inglés STD, siglas de Subscriber Trunk Dialling
[abonado a conferencias interurbanas] y también de Sexually Transmitted
Disease [enfermedad de transmisión sexual]. (N. del T.)
[3] En inglés coloquial, sod significa, entre otras cosas,
estúpido, desgraciado, pero también sodomita. (N. del T.)
[4] Sir Thomas Moro murió decapitado tras un año de prisión en la
Torre de Londres por su oposición a Enrique VIII de Inglaterra; «no por lo que
había dicho o hecho, sino por lo que se suponía que había pensado» (De Lancy
Ferguson). Fue beatificado por el Papa León XIII el 29 de diciembre de 1886
y canonizado por Pío XI el 19 de mayo de 1935. (N. del T.)

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