UNA VIDA DURMIENTE
(A Sleeping Life, 1978)
Ruth Rendell
Para Elaine y Lesley Gray,
con afecto y gratitud
con afecto y gratitud
Son aquellos que tienen el poder de
herirnos a quienes más queremos;
reposamos en sus brazos nuestras vidas
durmientes.
¡Oh!, tú te llevaste al mal,
encontrando así a quien culpar.
reposamos en sus brazos nuestras vidas
durmientes.
¡Oh!, tú te llevaste al mal,
encontrando así a quien culpar.
Beaumont y Fletcher: La tragedia de la doncella
1
Por una vez llegaba a casa temprano. Tal vez
a partir de ahora, y durante todo el mes de agosto, el mes tonto, como él lo
llamaba, podría acabar unas horas antes. Tanto los criminales como la gente
honrada se toman las vacaciones en agosto. Al girar y entrar en su calle,
Wexford recordó que sus nietos estarían allí. Bien. Todavía faltaban tres horas
para que anocheciera, de modo que se llevaría a Robin y a Ben al río. Robin
había mostrado deseos de ir desde que su madre le leyera El viento en los sauces, y uno de sus mayores anhelos consistía en ver nadar a una rata de agua.
El coche de Sylvia estaba aparcado frente a
la casa. Extraño, pensó Wexford. Había entendido que Dora se encargaría de los
chicos toda la tarde y que pasarían la noche con ellos. Cuando sobrepasó el
coche de su hija y se metió por el caminito que conducía hasta la casa, ella
salió corriendo, con Ben gritando en sus brazos y Robin, que ya tenía seis
años, pisándole los talones con una extraña expresión en el rostro. Apenas vio
a su abuelo, Robin se arrojó a sus brazos.
–¡Nos prometiste que iríamos a ver la rata de
agua!
–Por mí no hay problema. Mientras haya
alguna, claro. Creí que os quedaríais a pasar la noche.
La cara de Sylvia estaba congestionada, por
la irritación o tal vez sólo por cansancio; hacía mucho calor.
–Bueno, pues no. Gracias a mi querido esposo
nadie irá a ninguna parte, aunque sea nuestro aniversario de boda... ¡Cállate,
Ben! En vez de eso, va a traer a un cliente a cenar, y como es normal tengo que
ser yo la que cocine y recoja a los niños.
–¿Por qué no los dejas aquí? –preguntó
Wexford.
–Sí, déjanos aquí –gritó Robin–. ¡Por favor,
mamá!
–Oh, no, eso no vamos a discutirlo. ¿Por qué
tienes que animarlos, papá? Está decidido, me los llevo a casa para que por una
vez Neil tenga el placer de acostarlos.
Empujó a los niños al coche, arrancó y se
fue. Las ventanillas estaban bajadas, y los chillidos de los dos pequeños
rivalizaban con el estrépito del maltrecho motor; Robin había logrado excitar a
su hermano. Wexford se encogió de hombros y entró en la casa. Evidentemente, un
cierto alboroto había tenido lugar allí, pero conocía a su mujer lo suficiente
para suponer que eso no la habría afectado en absoluto. Y efectivamente, allí
estaba, plácidamente sentada frente al televisor contemplando el final de un
programa infantil. Los niños habían sacado un montón de libros de las
estanterías y sobre una pila de ellos había un osito de peluche sentado.
–¿Qué le pasa a Sylvia?
–La liberación de la mujer –respondió Dora
Wexford–. Si Neil quiere traer a un cliente a cenar debería ser él quien
hiciera la comida. Lo lógico sería que llegase más temprano, limpiara la casa y
pusiera la mesa. Ella se ha llevado a los niños pensando que será él quien los
acueste, pero antes los ha excitado bien para asegurarse de que no le sea fácil
hacerlo.
–¡Por Dios! Siempre la tomé por una chica
sensata.
–Ha estado obsesionada con eso desde hace
algún tiempo, varios meses, de hecho. Ya sabes: «Los hombres sois las personas;
nosotras estamos siempre aparte; vosotros sois los señores de la casa, nosotras
los muebles.»
–¿Por qué no me habías hablado de ello?
Dora apagó el televisor.
–Últimamente has estado muy ocupado. Al
llegar a casa no habrías querido oír todas estas cosas sin sentido. Cada día
intenté hacerlo, pero no encontraba la ocasión.
Wexford enarcó las cejas.
–¿Sin sentido?
–Bien, no totalmente, desde luego. En este
mundo los hombres aún lo pasáis mejor que las mujeres; todavía es vuestro
mundo. Comprendo que a ella no le guste pasarse todo el día cuidando de los
niños y malgastando su vida, como ella misma dice, mientras Neil tiene cada día
más éxito en su carrera. –Dora sonrió–. Y dice que llegó a sacar más
sobresalientes que él. Puedo comprender que le fastidie que los colegas de Neil
hablen con él de arquitectura mientras sus mujeres sólo saben hacerlo del
pulido de los muebles del dormitorio. ¡Oh! ¡Ya lo creo que la entiendo!
–¿También tú sientes lo mismo? –le preguntó
Wexford mirándola fijamente.
–Eso no te importa –dijo Dora, riéndose–.
Olvidémonos de nuestra aburrida hija. Has llegado tan temprano que podríamos
comer e ir luego a algún sitio. ¿Te gustaría?
–Me encantaría. –Dudó un momento; luego dijo
rápidamente–: Su matrimonio no corre peligro, ¿verdad? Siempre he creído que
eran tan felices juntos...
–Ya se le pasará. Cualquier cosa que hagamos
o digamos no hará sino empeorarlo todo, ¿no lo crees?
–Desde luego. Bien, ¿adónde vamos? ¿Al cine?
¿Por qué no al teatro al aire libre de Sewingbury?
Antes de que ella pudiera responder a su
propuesta, el teléfono sonó.
–Será Sylvia –predijo–. Debe de haberse dado
cuenta de que Ben se ha dejado su osito, ya lo verás. ¡Oh! ¿Y si nos pide que
se lo dejemos al pasar por allí? Esta noche no podría resistir otra sesión de
esposas maltratadas.
Wexford cogió el auricular; no era su hija.
Dora lo supo antes de que él hablara, conocía su expresión. Todo lo que dijo
fue «sí» y «seguro, lo haré», pero ella ya lo sabía. Colgó y dijo:
–No todos se van de vacaciones. Un cadáver en
un descampado, a algo más de medio kilómetro de aquí.
–¿Es alguien...?
–Ninguna «persona» –dijo secamente su
marido–, Es de las otras. –Se ajustó la corbata que acababa de aflojar y se
bajó las mangas–. Tengo que irme inmediatamente. ¿Qué harás tú? ¿Dar vueltas a
los mandos de la tele para que después me pase dos horas tratando de
sintonizarla? Debiste arrepentirte de haberte casado conmigo.
–No, pero estoy empezando a considerarlo.
Wexford rió, la besó y salió de la casa para
volver por donde había venido.
Kingsmarkham es una villa mediana situada en
el centro de Sussex, muy edificada por los lados de Stowerton y Sewingbury, aunque
hacia el norte todavía se extiende una gran área de campo abierto. Allí High
Street se convierte en Pomfret Road, y más allá los pinares de Cheriton Forest
cubren las colinas.
Forest Road es la última calle que todavía
pertenece a Kingsmarkham. Desemboca directamente en Pomfret Road, pero para
llegar hasta allá a pie la mayoría de los pocos residentes cogen un atajo, que
desde el final de High Street discurre a través de un campo. Wexford aparcó el
coche en el punto de Forest Road donde esta senda se convertía en una pequeña
callejuela, cerca de una valla que marcaba los límites de un par de casas
llamadas Carlyle Villas. Se metió por allí y caminó bordeando un alto seto que
marcaba el límite de unas parcelas. A unos cien metros delante de él pudo ver
un grupo de hombres reunidos en torno a algo.
El inspector Michael Burden estaba entre
ellos. También vio al doctor Crocker, el médico de la policía, y a un par de
fotógrafos. Cuando Wexford se acercó, Burden fue hacia él y le dijo algo en voz
baja. Wexford afirmó. Sin mirar el cadáver se aproximó al detective Loring, que
estaba en un lugar apartado con un hombre joven, pálido y al parecer aturdido.
–¿Señor Parker?
–Así es.
–Debo entender que fue usted quien encontró
el cuerpo. ¿No es así?
Parker afirmó con la cabeza.
–Bien, en realidad lo encontró mi hijo.
No podía tener más de veinticinco años.
–¿Un niño? –preguntó Wexford.
–Él no se da cuenta de nada, o al menos eso
espero; sólo tiene seis años.
Se sentaron en un banco de madera que el
ayuntamiento había instalado allí para los jubilados del lugar.
–Cuénteme lo que pasó.
–Le había llevado a casa de mi hermana para
darle un respiro a mi mujer mientras metía en cama a los otros dos. Vivimos en
uno de los bungalows de Forest Road, en Bella Vista, el que tiene el tejado de
color verde. Volvíamos por el camino. Nicky jugaba con su pelota y ésta fue a
parar a las hierbas altas que hay bajo el seto. El niño fue a buscarla,
entonces me dijo: «Papá, hay una mujer aquí debajo.» De alguna manera supe que
algo iba mal, no me pregunte cómo. El caso es que fui, miré y... bien, sé que
no debí hacerlo, pero le cubrí el pecho con su chaqueta. Nicky..., sabe usted,
sólo tiene seis años. Había... bien, sangre, y estaba todo revuelto.
–Ya veo –dijo Wexford– ¿No tocó usted nada
más?
Parker sacudió la cabeza.
–Le dije a Nicky que la mujer estaba enferma
y que teníamos que ir a casa para llamar al médico. Le aseguré que se pondría
bien. Creo que no se dio cuenta de lo que pasaba en realidad... espero que no.
Lo llevé a casa y les llamé a ustedes. Créanme, de haber ido solo no la habría
tocado.
–Fue una excepción, señor Parker. –Wexford le
sonrió–. Yo en su lugar habría hecho lo mismo.
–¿Tendré que...? Me refiero... habrá unos
interrogatorios, ¿no? Quiero decir que tendré que ir, ya lo sé, pero...
–No, no, por Dios, no. Ahora váyase a su
casa, ya lo veremos más tarde. Gracias por su colaboración.
Parker se levantó, echó una ojeada a los
fotógrafos, al grupo alrededor del cuerpo y se dio la vuelta.
–No es de mi incumbencia pero... bien, quiero
decir que sé quién es ella. Tal vez usted no...
–No, todavía no lo sabemos. ¿De quién se
trata?
–Es la señorita Comfrey. En realidad ella no
vivía aquí, sino su padre. –Parker señaló hacia abajo, en la dirección del
camino–. Carlyle Villas, la que está pintada de azul. Ella debió de venir a
visitar a su padre, que está en el hospital con una cadera rota.
–Gracias, señor Parker.
Wexford cruzó la arenosa senda y Burden se
apartó un poco para permitirle ver el cadáver. Era una mujer de mediana edad, corpulenta
y de aspecto demacrado. Iba muy maquillada, con los labios pintados de
escarlata, los párpados de azul y una pálida capa de ocre en la frente y las
mejillas. Los ojos grises estaban muy abiertos, como fijos en algo, y en ellos
Wexford vio –aunque debió de ser su imaginación–, un brillo sardónico, una
mirada que, aunque muerta, rezumaba desprecio.
Un ligero flequillo de pelo negro era todo el
cabello que dejaba ver un pañuelo azul, firmemente atado a la cabeza. El cuerpo
estaba embutido en un vestido estampado azul y rosa, confeccionado con algún
material sintético, y la chaqueta que hacía juego con él, que debió ser
desabrochada, había sido colocada encima. Uno de sus zapatos de tacón alto
colgaba de unas zarzas; sobre la cadera yacía un gran bolso escarlata. Las
manos no mostraban anillos ni reloj, llevaba un pesado collar de cuentas rojas
alrededor del cuello, y las uñas, aunque cortas, lucían el mismo tono escarlata
de los labios.
Wexford se arrodilló, se cubrió los dedos con
un pañuelo y abrió el bolso. Dentro había un llavero con tres llaves, una caja
de cerillas, un paquete de cigarrillos del cual faltaban cuatro, un lápiz de
labios, unos polvos para la cara ya pasados de moda, una cartera, y en el fondo
algunas monedas. No apareció ningún monedero, ni cartas, ni documentos de
ninguna especie. La cartera, que era nueva y parecía cara, contenía cuarenta y
dos libras. Era obvio que no había sido asesinada por dinero.
No había nada que pudiera darle alguna pista
sobre su dirección, su ocupación o incluso sobre su identidad; ni tarjetas de
crédito, ni talonario de cheques.
Cerró el bolso y apartó la chaqueta. El
vestido mostraba restos de sangre coagulada. En medio de toda aquella masa
enmarañada había dos grandes cortes claramente visibles, que evidenciaban que
el arma homicida había sido un puñal.
2
Wexford se hizo a un lado, dejando que el
médico se arrodillara junto a él.
–Ni rastro del arma, ¿no es así? –preguntó
dirigiéndose a Loring.
–No, señor, pero todavía no hemos realizado
una búsqueda a fondo.
–Bien, pues háganlo. Usted, Gates y Marwood.
Es algún tipo de cuchillo. –Las posibilidades de que estuviera por los
alrededores, pensó con pesimismo, eran muy pocas–, Y si no lo encuentran, vayan
a Forest Road y revisen casa por casa. Entérense de todo lo posible acerca de
ella y de sus movimientos, pero dejen a Parker y Carlyle Villas para mí y el
señor Burden. –Se volvió hacia el doctor Crocker– ¿Cuánto hace que murió, Len?
–Por el amor de Dios, no esperes que sea muy
preciso en esto. Los músculos están ya muy rígidos, pero hace mucho calor, de
modo que eso debe de haber acelerado el proceso. Yo diría que por lo menos
dieciocho horas. Tal vez más.
–De acuerdo. –Wexford se volvió hacia
Burden–. Aquí no hay nada más que nos pueda interesar, Mike. Creo que lo que
procede es ir a Carlyle Villas y hablar con Parker.
Michael Burden tenía un rango demasiado
elevado para acompañar al inspector jefe en este tipo de diligencias. Lo hacía
porque era su forma de trabajar, la manera en que allí se hacían las cosas.
Siempre habían actuado así, y seguirían haciéndolo en el futuro, a pesar de las
murmuraciones desaprobatorias del policía jefe.
Dos hombres altos. Los separaban casi veinte
años, y en un tiempo habían sido tan distintos que la yuxtaposición de tal
disparidad había llegado a resultar cómica. Pero Wexford había perdido su
obesidad y ahora estaba muy delgado, mientras que Burden siempre lo había sido.
De los dos, este último era el que conservaba un mejor aspecto, con rasgos que
le habrían hecho atractivo de no haber sido erosionados por la cruda
experiencia. Wexford era feo, pero su rostro resultaba extrañamente atractivo,
incluso para las mujeres, porque de su expresión se desprendían una
inteligencia viva y una disposición vigorosa a pesar de ser un hombre ya
maduro, toda la esencia de la juventud.
Anduvieron por la senda el uno al lado del
otro hasta llegar al camino y entraron en Forest Road sin cruzar una sola
palabra, simplemente porque todavía no tenían nada que comentar. La mujer
estaba muerta, pero en cierto sentido la muerte por asesinato no es un final,
sino un principio. A los fallecidos de muerte natural se los entierra junto a
sus vidas. Ahora, la vida de aquella mujer quedaría expuesta al público. Hecho
tras hecho, por muy oscuros que éstos fueran, como en la biografía de un
personaje célebre.
Desde el camino giraron a la derecha y se
detuvieron ante las dos casas de estilo campestre, frente a las cuales Wexford
había aparcado el coche. Las casas compartían el aguilón, y en su vértice había
una placa de yeso con su nombre y la fecha de construcción: «Carlyle Villas,
1902.» Wexford golpeó la puerta de la entrada de color azul, con pocas
esperanzas de obtener respuesta. Nadie acudió a abrir, y lo mismo ocurrió
cuando hizo sonar el timbre de la puerta de al lado, hecha de hierro forjado y
vidrios alargados.
Con un sentimiento de frustración cruzaron la
calle. Forest Road era un callejón sin salida que terminaba en un muro de
piedra, tras el cual se extendían prados y arboledas. Aparte de Carlyle Villas
había aproximadamente una docena de casas, un grupo de pequeños chalés en el
extremo cercano al muro, dos o tres bungalows más nuevos, y una pequeña caseta
de guardas construida con piedra gris, que antaño había estado junto a las
verjas de una gran mansión, desaparecida hacía ya tiempo. Uno de los bungalows,
construido en la época en que la influencia de Hollywood había llegado incluso
a ese rincón de Sussex, lucía vidrios esmerilados en sus ventanas y un techo de
tejas verdes: Bella Vista.
Nicky todavía estaba despierto, sentado junto
a su madre en el salón, que parecía tan desordenado como el que Wexford había
dejado una hora antes. Si Parker no hubiese dicho que esa mujer era su esposa,
Wexford la habría tomado por una adolescente. Tenía la frente suave y las
mejillas sonrosadas típicas de un niño, el cabello sedoso e inocentes los ojos.
Debió casarse a los dieciséis años, aunque ahora no aparentaba muchos más.
–Este señor es médico –dijo Parker
dirigiéndose a su hijo al tiempo que les guiñaba el ojo–. Ha venido a decirnos
que esa pobre mujer ya está bien.
Nicky hundió la cabeza en el hombro de su
madre.
–Así es –mintió Wexford–. Se pondrá bien.
–Será mejor que vayas a la habitación de
Nanna, Nicky. Ella te dejará ver la televisión.
Cuando el niño finalmente se fue, todos se
sintieron más relajados.
–Gracias –dijo Parker–. Espero que todo esto
no tenga un efecto negativo sobre él.
–No se preocupe, es muy joven para leer los
periódicos, pero tendrá que tener cuidado en lo concerniente a la televisión.
Ahora, señor Parker, creo que usted dijo que el padre de la señorita...
Comfrey, estaba en el hospital. ¿Sabe en cuál?
–En el de Stowerton. Tuvo un accidente...
¿Cuándo dirías que ocurrió, Stell?
–Debió de ser en mayo –respondió Stella
Parker–. La señorita Comfrey bajó a verlo, cogió un taxi en la estación, y
cuando él la vio salió de su casa precipitadamente, cayó en el camino y se
rompió la cadera. Así es como fue. El taxista y ella lo llevaron al hospital en
el mismo taxi, y desde entonces ha estado allá. Ella no venía con mucha
frecuencia, ¿no es así, Brian?
–No más de una o dos veces al año –respondió
Parker.
–Supe que vendría ayer, la señora Crown me lo
dijo. La vi en la oficina de Correos y me contó que Rhoda había telefoneado
para decir que vendría, porque su padre había tenido un ataque. Pero nunca la
vi, nunca llegué a hablar con ella.
–¿Quién es la señora Crown? –preguntó Burden.
–La tía de la señorita Comfrey. Vive en la
casa que linda con la del señor Comfrey. Es a ella a quien tienen ustedes que
ver.
–Sin duda, pero no hay nadie.
–Les diré algo –dijo Stella Parker, que
parecía poseer el doble de inteligencia y entendimiento que su marido–. No
quiero ser aventurada, pero suelo leer novelas de detectives, y si lo que
quieren es conocer bien todo el ambiente de aquí, no podrían hacer nada mejor
que hablar con la abuela de Brian. Ha vivido aquí toda la vida; de hecho, nació
en una de aquellas casas.
–¿Vive su abuela con ustedes?
–Nos ayudó a comprar este lugar con sus
ahorros –explicó Parker– y se vino a vivir con nosotros. Está perfectamente,
¿no es así, Stell? Mi abuela es una auténtica maravilla.
Wexford sonrió y se puso en pie.
–Podría querer hablar con ella, pero no esta
noche. Ya le notificaremos lo de la investigación, señor Parker. No será un
gran interrogatorio. ¿Saben ustedes cuándo estará la señora Crown en su casa?
–Cuando cierre el pub –dijo Parker.
–Creo que nuestra siguiente visita es al
hospital, Mike –dijo Wexford–. Por el margen aproximado de tiempo que Crocker
nos dio, está empezando a parecerme que Rhoda Comfrey fue asesinada cuando
volvía de ver a su padre. Tal vez cortó camino por ese sendero desde la parada
del autobús.
–El horario de visitas en Stowerton es de
siete a ocho por las tardes –dijo Burden–. A partir de este dato podríamos
fijar el momento de la muerte con más precisión que si nos basamos en los
resultados de la autopsia.
–Esa tía suya tan aficionada a los pubs
podría ayudarnos en eso. Si el señor Comfrey está en condiciones quizá nos dé
la dirección de su hija en Londres.
–También tendremos que darle la noticia –dijo
Burden.
Los visitantes que salían guardaban cola en
la parada del autobús, fuera del hospital de Stowerton. ¿Había hecho lo mismo
Rhoda Comfrey la noche anterior? Eran las ocho y diez.
El portero les dijo que James Albert Comfrey
estaba en la sala Lytton. Siguieron por un pasillo y subieron dos pisos. Las
puertas de doble cristal que daban acceso a aquella sala estaban cerradas.
Cuando Wexford las empujó, una joven enfermera de origen tailandés se interpuso
en su camino y les susurró que en ese momento no podían entrar.
–Policía –dijo Burden–. Queremos ver a la
monja encargada.
–Por favor, Mike –atajó Wexford, y antes de
marcharse la chica le dirigió una amplia sonrisa–, ¿por qué tienes que ser tan
odiosamente rudo?
La enfermera volvió con la hermana Lynch, una
irlandesa de cabello oscuro que ya debía de rondar los treinta.
–¿Qué puedo hacer por ustedes, caballeros?
Escuchó y chasqueó la lengua cuando Wexford
le explicó los detalles del caso.
–Es terrible. Una mujer ya no puede andar
sola por ahí. Y la señorita Comfrey vino la pasada noche sólo para ver a su
padre.
–Tendremos que verlo, hermana.
–No, esta noche no, inspector jefe. Lo siento
de verdad, pero no puedo permitirlo, no con todos los ancianos ya preparados
para acostarse. Ni uno lograría pegar ojo, y dentro de diez minutos todos los
asistentes se irán, yo entre ellos. Si quiere, yo misma se lo diré mañana,
aunque dudo que él lo comprenda.
–¿Está senil?
–Esa es una palabra, inspector jefe, cuyo
significado nunca he entendido. Tiene ochenta y cinco años, y ha sufrido un
grave ataque. Se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo. Si eso es estar
senil, sí, lo está. Desperdiciará usted su valioso tiempo viéndolo. Le daré la
mala noticia lo mejor que pueda. ¿Algo más?
–Sí. La dirección de la señorita Comfrey, por
favor.
–Desde luego –hijo una seña a una chica de
piel oscura que había aparecido empujando un carrito con medicinas–, ¿Podría ir
a los archivos y traerme la dirección de la señorita Comfrey, enfermera Mahmud?
–¿Habló usted con la señorita Comfrey la
pasada noche, hermana?
–Únicamente para saludarla y decirle que su
padre seguía igual; también me despedí de ella. Hablaba con la señora Wells; se
fueron juntas. El marido de la señora Wells está en la cama contigua a la del
señor Comfrey. Aquí está la dirección que buscan. Gracias, enfermera. Carlyle
Villas, número uno de Forest Road, Kingsmarkham. –La hermana Lynch estudió la
ficha que le había entregado la enfermera–. Por lo que veo, no tiene teléfono.
–Me temo que esta es la dirección del señor
Comfrey –corrigió Wexford–. Es la de su hija la que queremos.
–Pero es también la de su hija, la de los
dos.
Wexford sacudió la cabeza.
–No. Ella vivía en Londres.
–Es la única que tenemos –replicó la hermana
Lynch, dando un tono especial a su voz–. Por lo que sabemos, la señorita
Comfrey vivía en Kingsmarkham con su padre.
–Entonces me temo que están confundidos.
Suponga que hubiera tenido que ponerse en contacto con ella, por ejemplo en el
caso de que su padre hubiera empeorado súbitamente, ¿cómo lo habría hecho?
–Notificándoselo por carta, o enviando un
mensajero. –La hermana Lynch comenzaba a parecer irritada. Estaban cuestionando
su eficacia–. Pero eso no habría sido necesario, pues la señorita Comfrey
telefoneaba casi a diario. El jueves pasado, por ejemplo, el mismo día en que
su padre tuvo el ataque, también llamó.
–¿Y dice usted que no tenía teléfono?
Hermana, necesito esa dirección. Tendré que ver al señor Comfrey.
Los ojos de la hermanase posaron sobre el
reloj. Entonces dijo muy bruscamente:
–¿No se lo he dicho? ¡El pobre hombre no es
más que un vegetal!
–Muy bien. A falta de la dirección de la
señorita Comfrey tendrá que darme la de la señora Wells, por favor. –Wexford
dio esto por supuesto y añadió–: Volveremos mañana.
–Hagan como les convenga. Ahora debo irme.
–No podría hacer nada mejor –murmuró Wexford
mientras se marchaban. Miró a Burden, que tenía un aspecto presumido, como si
su rudeza anterior hubiera quedado justificada y esperase que su superior se hubiera
dado cuenta–. Hablaremos con la tía. Es extraño, sin embargo, que ella no
dejara su dirección en el hospital, ¿no es así?
–¡Oh! No lo sé. Poco honesto, pero no
extraño. Esos viejos pueden llegar a convertirse en una auténtica carga. Y
siempre se espera que sean las mujeres las que cuiden de ellos. Quiero decir,
dentro de poco el viejo Comfrey será dado de alta y ya no podrá ser capaz de
vivir solo. Una mujer soltera y una hija pueden ser de gran ayuda para los
médicos y asistentes sociales con exceso de trabajo; se agarrarán a ellas. No
espere lo mismo de un hijo, por ejemplo. Si ella les hubiese dado su verdadera
dirección, los del hospital habrían considerado su casa como el lugar donde el
viejo podría vivir su convalecencia y el resto de sus días.
–Es usted la última persona a quien habría
imaginado hablando a favor de la liberación de la mujer – dijo Wexford–. No
dejaremos de hacernos preguntas, pero ¿no cree que su teoría sólo aumenta las
posibilidades de que se hubiera sentido más unida a su padre? Ellos piensan que
todavía vive con él.
–Habrá una explicación. No es importante,
¿verdad?
–Se sale de la norma, y eso lo hace
importante a mis ojos. Veamos ahora a la señora Wells, Mike, y volvamos luego a
Forest Road a esperar a la tía.
La señora Wells tenía setenta años, hablaba
lentamente y confundía las palabras. Había hablado con Rhoda Comfrey dos veces,
en visitas previas al hospital, una en mayo y la otra en agosto. La noche
anterior habían subido juntas al autobús a las ocho y cuarto. ¿De qué habían
hablado? La señora Wells recordaba que durante la mayor parte del tiempo
trataron de la operación de cadera de su esposo. La señorita Comfrey no había
dicho mucho; parecía nerviosa e intranquila. La señora Wells pensó que estaba
preocupada por su padre. No, ella no conocía su dirección de Londres, también
creía que vivía en Forest Road, adonde ella le había dicho que volvía. La
señora Wells se había apeado en Kingsbrook Bridge, pero Rhoda había seguido,
tenía billete hasta la parada siguiente.
Volvieron a la comisaría. El arma aún no
había sido encontrada y las preguntas puerta a puerta hechas por Loring,
Marwood y Gates no habían dado resultados positivos. Nadie en las casas ni en
los bungalows había visto ni oído nada anormal durante la noche anterior. Los
habitantes de la caseta habían estado fuera por tener fiesta ese día, y nadie
había trabajado en las parcelas. Todos los que fueron interrogados por los tres
agentes conocían ligeramente a Rhoda Comfrey, pero sólo uno la había visto el
día anterior, cuando ella salió de la casa de su padre hacia las seis y veinte
para tomar el autobús de Stowerton. Nadie en Forest Road conocía su dirección
de Londres.
–Quiero que vuelva allá –ordenó Wexford a
Loring–, y que espere a la señora Crown. Me voy un rato a casa a comer algo.
Cuando ella llegue, llámeme.
3
Dora había estado cosiendo, pero después de
un rato lo había dejado y cuando él llegó la encontró leyendo una novela. Se
levantó inmediatamente y le trajo un plato de sopa, pollo con ensalada y algo
de fruta. Rara vez hablaban de su trabajo en casa, a menos que las cosas se
pusieran difíciles. El hogar era como un refugio para él –¡Oh!, ¿qué saben
ellos de los muelles si no han navegado los mares?– y se había enamorado de la
mujer capaz de proporcionárselo. ¿Pero le importaba a ella? ¿Se veía a sí misma
como la persona que lo esperaba para servirle mientras él hacía su vida? Nunca
había pensado mucho en ello. Esto hizo que renaciera en él la ansiedad que
había permanecido aletargada durante las tres últimas horas, desplazada por
urgencias mayores.
–¿Has sabido algo más de Sylvia? –preguntó.
–Neil vino a buscar el osito de peluche. Ben
no quería irse a dormir sin él. –Dora le tocó el brazo, y luego descansó la
mano en su muñeca–. No te preocupes por ella, ya es mayor. Tiene que
enfrentarse a sus propios problemas.
–Tu hijo es hijo tuyo mientras no se case
–replicó su marido–, pero tu hija seguirá siendo tu hija el resto de tu vida.
–Otra vez el teléfono –dijo ella,
bostezando–. Podría medir mi vida por llamadas telefónicas.
–No me esperes levantada –dijo Wexford.
Ya era tarde, las once menos diez, y el cielo
estaba absolutamente tachonado de estrellas. La luz de la luna era lo
suficientemente brillante para proyectar las sombras de los árboles, verjas y
buzones en toda la longitud de Forest Road. Junto al muro de piedra había una
farola y en el número dos, Carlyle Villas, las luces seguían encendidas,
mientras los vecinos de las otras casas ya las habían apagado. El policía pulsó
el timbre de la puerta de hierro y cristal.
–¿Señora Crown?
Esperó una respuesta negativa, porque la
mujer que tenía delante era más joven de lo que él había imaginado. Tendría tan
sólo unos años más que él. Pero le dijo que sí, que era ella, y le preguntó qué
quería. Desprendía un fuerte olor a ginebra y transmitía ese aire de
suficiencia –desprovisto de cualquier miedo o preocupación– que sólo el alcohol
proporciona. Pero esto parecía habitual en ella. Una vez que él se hubo
presentado, ella lo dejó pasar. Entonces, una vez dentro de aquella extraña y
desordenada habitación, él le dio la noticia, midiendo sus palabras con
amabilidad y consideración, pero dándose cuenta de que tantos miramientos
resultaban absolutamente innecesarios.
–Bien, es curioso –dijo ella–. ¡Qué cosas
pasan! Y de todo el mundo, tuvo que pasarle precisamente a Rhoda. Eso me ha
impresionado, necesito beber algo, ¿quiere un trago?
Wexford negó con la cabeza. Ella se sirvió de
una botella que había en un aparador de roble pulido cuya superficie estaba
marcada de gotas, manchas y círculos brillantes.
–No le haré una escena de dolor, no éramos
íntimas. ¿Dónde dijo que ocurrió? ¿En el sendero? No me verá nunca por allí, se
lo aseguro.
Ella era como la habitación en la que
estaban: pequeña, vestida con colores chillones y no demasiado limpia. Las
fundas de nylon de las sillas mostraban un amarillo más desvaído que el del
vestido que llevaba y, a diferencia de éste, estaban repletas de quemaduras de
cigarrillos. Y a su vez, todo aparecía salpicado con las mismas manchas de licor
o comida. El cabello de la señora Crown era del mismo color y textura que las
hierbas secas que había por doquier –en jarrones verdes y amarillos–, era fino
y pálido, pero todavía tenía un tono dorado desafiante. Encendió un cigarrillo
y lo dejó colgando de sus labios, cuya pintura hacía juego con la de las uñas;
igual que su sobrina.
–Todavía no he podido informar a su hermano
–dijo Wexford–. Supongo que sigue sin saberlo.
–Mi cuñado, si no le importa –corrigió la
señora Crown–. Ese viejo diablo no es mi hermano.
–¡Ah, sí! –exclamó Wexford–. Señora Crown, se
está haciendo tarde y no quiero entretenerla mucho, pero me gustaría oír todo
lo que tenga que decirme acerca de los movimientos de la señorita Comfrey en el
día de ayer.
Ella lo miró fijamente, echando humo por la
nariz.
–¿Qué tiene eso que ver con el maníaco que la
apuñaló? La mató por el dinero, ¿no es así? Rhoda era así, siempre llevaba
grandes cantidades encima. –Entonces añadió, en un tono horripilante, algo
extraído de una vieja canción–: Seguro que no lo hicieron por sexo.
Wexford decidió ignorarlo.
–¿La vio ayer? –preguntó con tono
autoritario.
–Me telefoneó el viernes para decirme que
venía. Creyó que me extrañaría ver luces en la puerta de al lado, ya que nunca
suele haber nadie allí. Sólo Dios sabe por qué me lo dijo, yo me quedé
sorprendida. «Hola, Lilian, ¿sabes quién soy?», desde luego que lo supe, habría
reconocido esa voz y ese exagerado acento en cualquier parte. No lo aprendió de
sus padres. Pero usted no ha venido aquí para que le cuente todo esto. Llegó en
taxi, hacia la una. Iba muy bien vestida, pero tenía el aspecto de una
pecadora. La deprimía el tener que venir aquí, nunca ocultó que odiaba el
lugar, y su voz era muy diferente que cuando me hablaba por teléfono, tan
presuntuosa, ya sabe usted a lo que me refiero. ¿Seguro que no quiere tomar
algo? Creo que yo me serviré unas gotitas más.
Se sirvió bastante más que unas gotitas de
ginebra; acto seguido se sentó en un brazo del sofá, comenzó a mecer las
piernas. Las pantorrillas estaban deformadas por las varices, pero todavía
conservaba el empeine y el pie acostumbrados al baile de quien ha tenido una
juventud desenfrenada.
–Nunca venía aquí antes de las seis y cuarto.
«¿Quieres venir conmigo, Lilian?», me dijo, sabiendo que no lo haría. Le
expliqué que tenía que verme con un caballero, lo cual era la pura verdad, pero
eso no pareció gustarle, siempre ha sido una celosa. «¿Cuándo volverás?» –me
preguntó–, «Me gustaría verte para decirte cómo se encuentra.» «De acuerdo»
respondí yo, haciendo lo posible por mostrarme agradable, aunque la verdad es
que después de que mi pobre hermana se marchara no le dediqué demasiada
atención. «Llegaré hacia las diez», le dije, pero ella ya no regresó y las
luces no se encendieron. Pensé que había vuelto directamente a Londres, no
sospeché nada malo.
Wexford afirmó con la cabeza.
–Lo más probable es que tenga que volver a
verla, señora Crown. ¿Le importaría darme la dirección de la señorita Comfrey
en Londres?
–No la tengo.
–¿Quiere decir que no la conoce?
–Así es. Mire, yo vivo en la puerta contigua
a la de ese viejo diablo, cierto, pero sólo por conveniencia. Vine aquí por mi
hermana y cuando ella se fue yo me quedé. Pero eso no significa que
estuviéramos muy unidos; la verdad es que no nos hablábamos. Y en lo que se
refiere a Rhoda... bien, yo nunca hablo mal de los muertos. Era la hija de mi
hermana, pero nunca congeniamos. Se fue de casa hará unos veinte años, y desde
entonces no la vi más de una docena de veces. No me llamó para darme su
dirección o su número de teléfono, y estoy segura de que nunca se los habría
pedido. Mire, si la tuviera se la daría, ¿por qué no?, no tendría motivos para
no hacerlo.
–¿Sabe por lo menos a qué se dedicaba?
–Estaba metida en negocios –respondió Lilian
Crown–. Tenía el suyo propio. –Su cara adoptó una expresión amarga–, A Rhoda le
encantaba el dinero, siempre fue así, y a él le dedicó todo su tiempo. Pero ni
un solo centavo fue a parar a mí o a él... Es un viejo diablo, pero era su
padre, ¿no?
Y eso que había dicho que no hablaba mal de
los muertos...
Wexford regresó a casa haciéndose un retrato
mental de Rhoda Comfrey. Una mujer de mediana edad, con dinero, éxito y empresa
propia; una mujer que había renegado de su ciudad natal porque le traía
recuerdos dolorosos; a quien le gustaba la intimidad y que guardó, durante todo
el tiempo que pudo, la dirección en que vivía; inteligente, cínica y dura,
indiferente a la opinión de quienes la rodeaban y que dedicaba mínimos cuidados
a su padre. Pero aun así era muy pronto para esta clase de especulaciones. Por
la mañana conseguirían una autorización legal para registrar la casa del señor
Comfrey, y podrían averiguar la dirección de la fallecida y en qué trabajaba.
De esta forma, la vida de Rhoda Comfrey quedaría desvelada. Wexford tenía el
presentimiento, una de esas intuiciones que tanto desagradaban al policía jefe,
de que el móvil del asesinato estaba en la vida que llevaba en Londres.
La comisaría de Kingsmarkham había sido
construida hacía quince años, y los conservadores habitantes de la ciudad se
habían escandalizado ante la apariencia de esa enorme caja blanca de tejado
plano y anchas ventanas. Pero tras una década y media los árboles habían
crecido de tal forma que la severidad de aquellas formas había quedado
suavizada por las de los abedules y codesos. La oficina de Wexford estaba en el
segundo piso: paredes amarillentas con mapas clavados, un decorativo calendario
con vistas de Sussex, una alfombra nueva de color azul y una mesa de palisandro
de su propiedad. La gran ventana le proporcionaba una amplia vista de High
Street, de los desordenados tejados y de los prados verdes en la distancia. En
esta mañana del miércoles 10 de agosto la ventana estaba totalmente abierta y
el aire acondicionado permanecía apagado. Otro día encantador, exactamente como
la noche anterior prometieran la claridad del cielo, las estrellas y la
brillante luna.
Desde que había pasado fugazmente por el
despacho para volver al hospital de Stoweton, alguien había depositado sobre su
mesa las ropas de Rhoda Comfrey. Wexford arrojó junto a ellas las primeras
ediciones de los periódicos vespertinos que acababa de recoger. Las solteronas
de mediana edad no parecían ser noticia aunque hubieran sido salvajemente
acuchilladas, y ningún periódico había dedicado a este asesinato más de un par
de párrafos en las páginas interiores. Se sentó junto a la ventana para
refrescarse, ya que la parte delantera del edificio todavía permanecía en la
sombra.
James
Albert Comfrey. Habían corrido las cortinas de cretona
estampadas con flores que colgaban alrededor de su cama. Sus manos, nudosas y
arrugadas, se movían como cangrejos a través de la sábana. De vez en cuando
alguna enfermera venía y le volvía a cubrir con la manta roja, luego se iba
como arrastrándose, con la dura perspectiva de otro día de trabajo. El señor
Comfrey respiraba en estertor. En la cara, robusta pero ya algo debilitada,
Wexford había visto los rasgos de su hija: la nariz grande, el largo labio
superior y la barbilla prominente.
–Ya se lo he dicho –explicó la hermana
Lynch–; cuando le di la noticia, no le afectó en absoluto. Tiene una
comprensión muy escasa de la realidad.
–Señor Comfrey... –dijo Wexford, acercándose
a la cama.
–Estoy segura de lo que le he dicho, ahórrese
la saliva.
–Me gustaría echar una ojeada a ese armario.
–No puedo permitirlo –replicó la hermana
Lynch.
–Tengo autorización para registrar su casa.
–Wexford estaba empezando a perder la paciencia–. ¿Cree que no podría conseguir
una para registrar un simple armario?
–¿Ha pensado usted en mi situación en el caso
de que él vuelva en sí?
–¿Quiere decir que se quejará ante la
dirección del hospital? –dijo él, y sin perder más tiempo abrió el cajón
inferior del armario. Sólo contenía un par de zapatillas y una bata enrollada.
Mientras la ira irlandesa arreciaba a sus espaldas con fuertes resoplidos,
sacudió la bata y miró en los bolsillos. Nada. Volvió a enrollarla. ¿Estaba
violando la intimidad del anciano? La bata era de felpa roja con el nombre
«Hospital de Stowerton» cosido en el dobladillo con letras de algodón blanco.
Tal vez James Comfrey ya no poseía nada en el mundo.
Pero no. En el cajón superior del armario
había una caja de plástico, y en su interior un par de dentaduras postizas y
unas gafas. Era imposible imaginar a ese hombre con un libro de direcciones;
todo lo que había en el cajón era un pañuelo doblado.
De modo que a Wexford no le quedó más remedio
que marcharse, frustrado y lleno de dudas. Pero estaba seguro de que esa casa
le daría la ansiada dirección, y de no ser así, las noticias de los periódicos,
por muy exiguas que fueran, citarían a los amigos y conocidos que la víctima
tenía en Londres, jefes o empleados que ya debían de estar echándola de menos.
Dirigió su atención a las ropas. Iba a ser un
día dedicado a fisgar en las propiedades ajenas: ¡tantos armarios que
registrar, tantas habitaciones que examinar! El vestido y la chaqueta de Rhoda
Comfrey, así como los zapatos y la ropa interior, eran de lo más normal;
prendas ni caras ni baratas, típicas de la mujer que había conservado el gusto
por los colores brillantes y los adornos recargados. Los zapatos habían sido
deformados por los pies, que se habían hinchado con el tiempo. Ni la ropa ni la
combinación desprendían olor a perfume alguno. Examinó las marcas, pero lo
único que éstas le dijeron fue que los zapatos procedían de unos grandes
almacenes muy conocidos desde hacía un cuarto de siglo, y que las ropas podían
haber sido adquiridas en cualquier tienda de Oxford Street o Knightsbridge. En
ese momento alguien llamó a la puerta.
Apareció la cabeza del doctor Crocker.
–¿Cuál es el problema? –preguntó el médico
despreocupadamente.
Eran amigos de toda la vida, se conocían
desde los días de colegio, cuando Leonard Crocker se sentaba en el primer banco
y Reginald Wexford en el sexto. Y a veces le habían encomendado a Wexford el
odioso trabajo de acompañar a casa, contigua a la suya, a ese pícaro de armas
tomar. Con el paso de los años habían llegado a congeniar, pero la picardía
permanecía. Esa mañana Wexford realmente no estaba de humor para soportarla.
–¿Qué crees? –gruñó–. Adivínalo.
Crocker se acercó al escritorio y cogió uno
de los zapatos.
–Ese viejo es paciente mío, ¿sabes?
–No, no lo sabía. Y ruego a Dios que no hayas
venido para hacerte el interesante. Ya me lo has dicho otras veces: «Secreto de
confesión», o «el médico es como el sacerdote», y todas esas tonterías.
Crocker hizo oídos sordos.
–El viejo Comfrey venía a mi consulta cada
martes por la tarde. No tenía nada que no fuera típico de su edad, hasta que se
rompió la cadera. ¡Esos viejos! Les gusta ir a verte sólo para charlar un rato.
Bueno, creí que podías estar interesado.
–Desde luego que lo estoy, siempre que de
verdad sea interesante.
–Bien, es su hija la que ha muerto, y a él le
gustaba hablar de ella. Hablaba de cómo le había dejado solo tras la muerte de
su madre y de lo poco que se preocupaba por él. También se quejaba porque no lo
venía a ver más que una vez al año. Estaba realmente decepcionado. ¿Cómo la
describía...?
–¿Como un tormento antinatural?
El médico levantó las cejas.
–Eso ha estado bien, pero no es del estilo
del viejo Comfrey. Lo había oído antes en alguna parte.
–Sin duda lo has oído –dijo Wexford–. Pero no
nos inmiscuyamos en las rencillas del viejo y su inconsciente hija. Supongo que
sabrás la dirección de ella.
–Londres.
–¿De verdad? Si esto me lo hubiera dicho otra
persona, la habría denunciado por obstrucción. ¿Quieres decir que tampoco tú
conoces la dirección de Londres? ¡Por el amor de Dios, Len, ese viejo tiene
ochenta y cinco años! Supón que te hubieran llamado y lo hubieses encontrado en
las mismas puertas de la muerte. ¿Cómo habrías podido ponerte en contacto con
su familiar más próximo?
–No estaba a las puertas de la muerte. Y
además, Reg, los lechos de muerte ya no existen. La gente enferma, y si su
dolencia persiste es ingresada en el hospital. Actualmente, la mayoría muere en
el hospital. Durante ese largo y doloroso proceso habríamos conseguido la
dirección.
–Sí, pero no lo hicisteis –le espetó
Wexford–. El hospital no la tiene, ¿qué me dices de esto? Necesito esa
dirección.
–La hallarás en la casa del viejo Comfrey
–dijo Crocker tranquilamente.
–Así lo espero. Ahora iré para allá, a ver si
la encuentro.
El médico saltó del extremo de la mesa. Con
uno de esos impulsos propios de la juventud que a Wexford lo retrotraían a los
días del colegio, preguntó con ansiedad:
–¿Puedo ir yo también?
–Supongo. Pero no quiero verte jugueteando
con todo y estorbando a mis agentes.
–Muchas gracias –dijo Crocker en tono
burlón–. ¿Quiénes crees que son los miembros más respetados de una comunidad
según las encuestas? Los médicos.
–Estaba seguro de que no eran los policías
–dijo Wexford.
4
Tal como había imaginado, la casa desprendía
ese olor entre animal, vegetal y mineral propio de una persona vieja. A sudor,
alcachofas y alcanfor.
–¿De qué vivían las polillas antes de que el
hombre llevara ropa de lana?
–De las ovejas, supongo –respondió el médico.
–Sólo Dios lo sabe. Este lugar es un
auténtico basurero, ¿no es así?
Estaban dando la vuelta a los cajones en las
dos habitaciones del piso de abajo. Bolígrafos y lápices rotos, frascos de
tinta secos, pegamento, vasitos de cristal llenos de agujas, cerillas usadas,
clavos, tuercas y tornillos, carretes de hilo; un gran surtido de llaves, un
par de calcetines viejos llenos de agujeros, monedas de tres peniques fuera de
circulación, trozos de cuerda, un reloj de pulsera roto, algunos trozos de
mármol y hasta guisantes secos; un enchufe de cinco amperios, tapones de
botellas de leche, la tapa de una lata de pintura manchada con el azul de la
puerta principal, paquetes de cigarrillos, colgadores de clavos y una antigua
brocha de afeitar.
–Son un buen caldo de cultivo para el ántrax
–dijo Crocker, y se embolsó una docena de frascos de medicinas que estaban en
lo alto de una cómoda–. Me quedaré con esto, no hay forma de que las tiren, por
mucho que uno se lo diga. Nunca entenderé por qué son tan ahorrativos cuando
pueden conseguirlas gratis en cualquier momento.
En el exterior resonaron las pisadas de
Burden, Loring y Gates. Wexford se arrodilló y abrió el cajón inferior. Bajo
una gran cantidad de bolitas de naftalina, más calcetines que olían a queso
rancio y un paquete medio vacío de semillas para pájaros, encontró un retrato
oval del revés. Lo giró y vio que se trataba de una joven de pelo moreno corto,
mandíbula robusta, labio superior realmente pronunciado y nariz bastante
grande.
–Supongo que es ella –le dijo al doctor.
–No podría asegurarlo, no la vi hasta que
murió, y no se parecía mucho a ésta. No obstante, es el vivo retrato del viejo.
–Se parecen, sí. Lo que ocurre es que ha
pasado tanto tiempo... –dijo Wexford, pensativo y con un punto de tristeza al
recordar la gruesa capa de maquillaje que llevaba cuando la encontraron. Y sin
embargo, no le había visto una expresión triste: aquella cara parecía, por
decirlo de alguna manera, satisfecha consigo misma–. Echemos un vistazo arriba
–propuso.
No había un solo baño en toda la casa, el
único lavabo estaba fuera, en el jardín. Las escaleras no estaban enmoquetadas,
sino cubiertas con una capa de linóleo. Burden salió del dormitorio delantero,
el que ocupaba James Comfrey.
–¡Vaya un pozo de ciencia! No hay un solo
libro en toda la casa; tampoco cartas ni postales.
–Nos falta ver qué hay en la habitación de
los invitados –recordó Crocker.
Era pequeña y fría, las paredes estaban
empapeladas con un estampado rosa y malva descolorido, las baldosas se habían
vuelto marrón oscuro y también había unas livianas cortinas ya blanqueadas,
pero que aún mostraban restos del mismo tono rosa. Sobre la colcha de algodón
blanca que cubría la cama había una falda recién planchada confeccionada con
material sintético, una blusa de nylon azul y un par de tirantes todavía dentro
de su bolsa. Aparte de un armario empotrado y una pequeña cómoda con cajones,
no había más muebles. Encima de la cómoda había una pequeña maleta. Wexford
miró en su interior y encontró un par de pijamas de seda de color crema, de
mejor calidad que la ropa de día de Rhoda Comfrey, y un par de sandalias de las
que sólo tienen una suela de goma y una correa del mismo material. Eso era
todo. El armario estaba tan vacío como los cajones de la cómoda.
Habían registrado el resto de la casa en
vano.
Wexford se dirigió a Crocker y a Burden con
tono irritado.
–Esto es increíble –dijo–. No le da su
dirección ni a su tía, ni al hospital en que está su padre, ni al médico de
éste. Ni siquiera a los vecinos. No está en esta casa y el médico no la tiene
en el hospital. Sin duda su padre debía retenerla en su memoria, pero en eso no
podemos confiar por el momento. ¿A qué diablos jugaba esa mujer?
–A hacerse la muerta –respondió el médico.
Wexford resopló.
–Salgo a la calle –dijo tras una pausa–.
Dejen este lugar como lo encontraron. Eso significa que tendrán que desordenar
todo lo que acaban de poner en orden. –Sonrió a Crocker con afectación. Le
gustaba que por una vez fuera él el que mandase sobre el médico–. Y hagan que
la señora Crown vaya a identificar el cadáver, Mike. Espero que disfrute de su
compañía.
Nicky Parker abrió la puerta de Bella Vista,
y su madre la cerró tras él. El niño necesitaba que le prestasen atención y
Wexford pasó a su lado con el aire de seguridad e indiferencia típico de los
médicos. Bueno, ¿por qué no? ¿No eran ellos los miembros más respetados de una
sociedad? Otro crío lloraba en alguna parte de la casa, Stella Parker parecía
muy agobiada.
–¿Sería posible –empezó a decir Wexford
amablemente– tener una conversación con su... con su abuela política?
Ella le contestó que desde luego, y lo
condujo a una habitación de la parte trasera de la casa. Sentada en un sillón y
pelando los guisantes que llenaban un colador que tenía sobre su regazo,
Wexford encontró a una de las personas más viejas que había visto en su vida.
–Nana, éste es el inspector jefe.
–¿Cómo está, señora...?
–El apellido de Nana es Parker, como el
nuestro.
Sin duda la anciana estaba haciendo
preparativos para la hora de la comida. En el suelo, junto al sillón, había un
cazo de patatas en agua, y al lado de éste otro con las mondas, también en
agua. Cuatro manzanas aguardaban su turno, y en otro plato la pasta ya estaba
hecha y amasada. Esta era una de las formas en que ella, a su avanzada edad,
contribuía a las tareas domésticas. Wexford recordó que Parker había dicho que
su abuela era una verdadera maravilla, y ahora comprendía el porqué.
Por un momento no le prestó atención, tal vez
haciendo valer los privilegios de la edad. Stella Parker los dejó y cerró la
puerta tras de sí. La vieja mujer abrió la última de las vainas y se dirigió al
policía como si se conocieran de toda la vida:
–Cuando era niña solían decir que si una
encontraba nueve guisantes en una vaina y la ponía en la puerta de la casa, el
primer hombre que entrara sería el amor de toda su vida.
Dejó caer los nueve guisantes en el colador y
se secó los verdes dedos en el delantal.
–¿Lo hizo alguna vez? –preguntó Wexford.
–¿Qué ha dicho? Hable más alto.
–¿Lo hizo alguna vez?
–Yo no. No lo necesitaba. Estaba prometida
con el señor Parker desde que teníamos quince años. Siéntese, joven, es demasiado
alto para estar mucho rato de pie.
Wexford se sentía divertido y absurdamente
halagado.
–Señora Parker... –empezó a gritar, pero ella
lo interrumpió con lo que parecía su tema favorito.
–¿Cuántos años diría que tengo?
En la vida de toda mujer sólo hay dos épocas
en que les gusta que las tomen por mayores de lo que en realidad son: antes de
los dieciséis y después de los noventa. En ambos casos la confusión implica un
halago. Pero quería ser prudente y no supo qué decir.
Ella no esperó la respuesta.
–Noventa y dos –dijo–. Y todavía pelo
guisantes, me hago la cama y arreglo mi cuarto. Y cuidé de Brian y Nicky cuando
Stell tuvo a Katrina. Claro que entonces sólo tenía ochenta y nueve. He traído
once hijos al mundo, y los he criado a todos; seis de ellos ya se han ido. –Sus
ojos azules estaban rodeados de arrugas, pero todavía eran los de una niña–,
–No es bueno ver morir a los hijos de una.
Su cara tenía el blanco de los huesos, y su
piel estaba apergaminada.
–El padre de Brian era el pequeño de la
familia; en noviembre hará dos años que murió. Sólo tenía cincuenta años. Pero
Brian y Stell siempre han sido encantadores conmigo. Son una maravilla, los
dos. –Su mente, que navegaba por el pasado y por los orígenes de su familia,
volvió a la realidad, a ese desconocido que acababa de venir–. ¿Pero qué quería
usted? Stell dijo que era policía. –Se echó hacia atrás, puso el colador en el
suelo y cruzó las manos–. Rhoda Comfrey, ¿no es así?
–¿Se lo dijo su nieto?
–Por supuesto, antes que a usted. –Se sentía
orgullosa de merecer la confianza de los jóvenes. Sonrió, aunque brevemente–.
Fue malévolamente asesinada –dijo pomposamente.
–Sí, señora Parker. Usted la conocía bien,
¿no?
–Como a mis propios hijos. Solía visitarme
cada vez que venía a la ciudad. Estaba mejor conmigo que con su padre.
Por fin, pensó el policía.
–¿Podría decirme entonces cuál era su
dirección en Londres?
–Más alto, por favor.
–¡Su dirección en Londres!
–No lo sé. ¿Para qué querría saberlo? Hace
diez años que no escribo una carta, y sólo he estado dos veces en Londres.
Había perdido el tiempo yendo allí y eso era
algo que el inspector jefe no podía permitirse.
–Sin embargo, puedo decírselo todo sobre ella
– siguió la señora Parker–. Todo lo que quiera saber. Y también de su familia.
Nadie le podrá contar tanto como yo, ha dado usted con la persona apropiada.
–Señora Parker, no creo que...
¿Le interesaba? ¿Era realmente importante? Lo
que quería averiguar era la dirección de la víctima, no su biografía,
especialmente si ésta era contada entre divagaciones y digresiones. ¿Pero cómo
cortar sin ofender a una mujer de noventa y dos años, cuya sordera hacía
imposible cualquier interrupción? Tendría que seguir escuchando, esperaba que
no por mucho rato. Sin embargo, ella no había hecho más que empezar.
–Ellos venían cuando Rhoda era sólo una
chiquilla. Solía jugar con los dos pequeños. Agnes Comfrey estaba muy débil,
casi no podía tenerse en pie, y el señor Comfrey era un auténtico ogro. No
estoy diciendo que las maltratase, a ella o a Rhoda, pero siempre les mandaba
como si llevara una barra de hierro. ¿Ha visto ya a la señora Crown? –preguntó
súbitamente.
–Sí –respondió Wexford–. Pero...
«¡Oh, no! –pensó–, que no se meta con la tía,
que no siga por ese camino.» Ella no lo había oído.
–Ya se la encontrará, es el escándalo de todo
el vecindario. Solía venir a visitar a su hermana cuando su primer marido aún
vivía. Antes de la guerra, eso es, y ya en aquel entonces era pájaro de noche,
aunque no se dio a la bebida hasta que a él lo mataron en Dunkerque. Tres meses
más tarde tuvo un hijo; concedámosle el beneficio de la duda y aceptemos que
era de él, pero nació mongólico el pobrecillo. Lo llamaron John. Los dos
vinieron a vivir aquí, con los Comfrey. Agnes solía venir a mí en un estado de
gran preocupación por lo que Lilian hacía, e intentaba mantenerlo en secreto, y
James Comfrey siempre la amenazaba con echarla.
»Bien, el resultado de todo esto es que en el
momento oportuno ella conoció a ese tal Crown, y después de casarse se
instalaron en la casa de al lado debido a que había permanecido vacía toda la
guerra. ¿Y sabe lo que hizo entonces?
Wexford sacudió la cabeza y miró fijamente la
pirámide de guisantes, que estaba empezando a tener un cierto poder hipnótico
sobre él.
–Se lo contaré: ingresó al pequeño John en
una especie de asilo. ¿Ha oído alguna vez de una madre que se haya comportado
de esa forma? Él era muy cariñoso, como suelen serlo los mongólicos, y adoraba
a Rhoda, pero ella se lo quitó de encima sin la menor vergüenza.
–¿Cuántos años tenía ella entonces? –preguntó
Wexford por decir algo. Esto fue un error, porque en realidad no le interesaba
y tuvo que volver a gritar dos veces antes de que ella le entendiera.
–Tenía doce años cuando él nació, y dieciséis
cuando Lilian se lo llevó. Estudiaba en la escuela del condado, y el señor
Comfrey quería sacarla de allí cuando cumpliera los catorce años, tal como
solía hacerse en aquellos días. La propia directora, creo que se llamaba
Fowler, fue personalmente a su casa para pedirle que dejara que Rhoda continuara
los estudios, ya que era muy inteligente. Bien, él la dejó seguir un tiempo,
pero no pensaba permitir que continuara sus estudios. Dejó de asistir a clase a
los dieciséis años porque él quería que trabajara, el muy tacaño.
Wexford tenía calor, y las palabras estaban
empezando a resbalarle, sólo tenía un oído abierto. El clásico cuento del padre
de clase media que aprecia más el dinero contante y sonante que el futuro de
sus hijos.
–...Encontró trabajo en un taller, quería
mejorar, y se encerraba en aquella habitación y aprendía francés sin nadie que
la ayudara... también asistió a clases de mecanografía...
¿Cómo diablos iba a hacerse con esa
dirección? ¿Siguiendo el rastro a partir de sus ropas, de esos viejos zapatos?
Ni idea. Pero aquella voz aguda seguía cacareando.
–...No tenía nada con qué distraerse, nunca
salió con ningún chico, Lilian siempre le decía: «¿Cuándo te conseguirás novio,
Rhoda?» Quería ser secretaria... y solía vestirse con los mismos colores
chillones que Lilian, llevaba tacones altos e iba muy pintarrajeada. De esta
forma conseguía cambiar su aspecto por completo. Agnes contrajo un cáncer, no
la vio un médico hasta que ya fue demasiado tarde; la operaron, pero no había
nada que hacer. Murió y la pobre Rhoda se quedó con el viejo.
Bien, él no pensaba permitir que publicasen
fotos de la muerta, nunca lo había hecho y nunca lo haría. ¡Si la señora Parker
terminara de una vez! ¡Si no le quedaran todavía veinte años que contar!
–...Y se habría quedado, estoy convencida;
era como una esclava para él, se habría quedado de no haber conseguido todo ese
dinero... estaba atada a él de pies y manos...
–¿Qué ha dicho?
–Soy yo la que está sorda, joven –protestó la
señora Parker.
–Lo sé, lo siento. Pero, ¿qué ha dicho acerca
de que heredó mucho dinero?
–Haga usted el favor de escuchar, no se
distraiga cuando le hablo. Ella no heredó ningún dinero, sino que lo ganó en
uno de esos juegos... ¿cómo se llama?
–¿Quinielas?
–Eso mismo. El viejo James Comfrey creyó que
a partir de entonces viviría a cuerpo de rey. «Pon fin han llegado las vacas
gordas», le dijo a mi hijo mayor. Pero en eso se equivocaba totalmente; Rhoda
se emancipó y no contó con él a la hora de comprarse la casa, el coche y todo
lo demás...
–¿Era una gran cantidad?
–¿Cuál? ¿La que ganó? Miles y miles de
libras. Nunca me lo dijo, y la verdad es que yo tampoco se lo pregunté. Vino a
verme una tarde, entonces yo vivía más arriba, en esta misma calle, y me enseñó
un gran paquete. Tenía treinta años, de esto ya hace veinte. Su cumpleaños
coincidía con el mío, el 5 de agosto, pero nos separaban cuarenta y dos años.
«Me voy a Londres, tía Vi», me dijo. «A hacer una fortuna.» Me dio la dirección
de un hotel y me pidió que le mandara allá todos sus libros. Es como una broma
pesada: James Comfrey quemó la mayor parte de ellos en su jardín. La recuerdo
como si hubiera sido ayer mismo, con aquellos tacones altos que no la dejaban
caminar con soltura y un vestido de flecos, con collares rodeando su cuello, y
las uñas que parecía que hubiera metido los dedos en un pote de pintura, y...
–No la vio ayer, ¿verdad? –la interrumpió
Wexford, gritando–. Anteayer, quiero decir.
–No, no sabía que estuviera aquí. Habría
venido a verme, de no ser por ese malvado...
–¿Qué hacía ella en Londres, señora Parker?
–Era reportera, trabajaba para un periódico.
Eso era lo que le gustaba. Era la secretaria del editor del Gazette y también escribía artículos en él. Se lo he dicho antes, pero usted
no me escuchaba.
–Pero la señora Crown me dijo que estaba
metida en negocios –dijo Wexford, confundido.
–Todo lo que le puedo decir es que si le cree
a ella ya lo puede creer todo. Rhoda quería ser periodista y todo le iba muy
bien, tenía una bonita casa, me dijo alguna vez, y con el dinero que había
ganado y su sueldo...
–¿Qué periódico? ¿Sabe usted cuál era? ¿Dónde
estaba esa casa suya? –volvió a gritar Wexford.
La señora Parker se incorporó con la dignidad
de una duquesa.
–Espero que nunca sea usted sordo, joven
–dijo con frialdad–. Pero si lo fuera tal vez podría comprenderme. La mitad de
las cosas que le digo le resbalan, y no puede dejar de interrumpir para hacer
preguntas. Pensarán que se está volviendo chalado. Rhoda solía decirme que
había escrito esto y aquello, que había visitado tal o cual sitio, comprado
cosas para su casa... hasta lo simpáticos que eran sus amigos. Me gustaba oírla
hablar, me gustaba que fuera agradable con una anciana como yo, pero estoy
segura de que la mitad de las cosas que decía no eran ciertas.
Derrotado, abatido, apaleado y aturdido,
Wexford se levantó.
–Debo irme, señora Parker.
–No le pediré que se quede –dijo ella
cáusticamente y sin señal de cansancio–. Me ha fatigado, bramándome todo el
tiempo como un toro salvaje. –Le dio el colador y las patatas–. Haga algo útil
y déle esto a Stell. Y dígale que me traiga un plato para poner la tarta.
5
¿Había sido periodista?
En la conferencia de prensa que Wexford dio
por la tarde le hizo esta pregunta a Harry Wild, del Kingsmarkham. Courrier, y al otro reportero, el único que los periódicos nacionales se habían
molestado en enviar. Ninguno de los dos había sabido de ella, aunque Harry
recordaba vagamente a una chica de facciones marcadas llamada Comfrey, que
veinte años antes había sido la secretaria del editor del desaparecido Gazette.
–Y ahora –dijo Wexford a Burden–, dejaremos
por un momento el trabajo para regalarnos un merecido trago. Mire si puede
encontrar a Crocker. Estará por ahí, muriéndose por comentar con alguien el
informe médico.
Encontraron al doctor y fueron al Olive and
Dove, sentándose en una mesita del pequeño jardín. Había sido un verano raro
para tratarse de Inglaterra, del tipo que los extranjeros creían que nunca
hacía, pero los ingleses de mediana edad podían asegurar con toda certeza que
recordaban dos o tres parecidos en su vida. Meses enteros de buen tiempo habían
hecho que los geranios crecieran grandes y coloridos como en un invernadero.
Ninguno de los tres hombres llevaba chaqueta, pero el médico lucía una camiseta
de manga corta muy juvenil, que utilizaba para hacer sus visitas y hechizar a
sus pacientes femeninos.
Wexford bebía vino blanco seco, tan frío como
era capaz de ofrecerlo el Olive, es decir, tan caliente como la misma sangre.
La cerveza la dejaba para cuando Crocker, severo a la hora de aconsejar, no
estuviera cerca. Ya hacía tiempo que el inspector jefe había sufrido una ligera
trombosis, y cualquier exceso, como el doctor nunca se cansaba de decirle,
podía producirle otra.
Comenzó felicitando a su amigo por el
acertado cálculo a ojo del momento de la muerte. El patólogo que dirigía la
autopsia la había establecido entre las siete y las nueve y media.
–La hora más probable son las ocho y media,
de camino a casa desde la parada del autobús. –Dio un sorbo al caliente vino–.
Era una mujer fuerte... hasta que alguien con un cuchillo la atacó. Una
puñalada le perforó un pulmón y la otra le seccionó el ventrículo izquierdo. No
tenía señales de enfermedad, ni de nada anormal. Excepto una cosa, que supongo
que hoy en día puede considerarse anormal.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Crocker.
–Era virgen.
Burden, el puritano, levantó la cabeza.
–¡Por Dios! Era soltera, ¿no? ¡A qué punto
hemos llegado si consideramos que una situación perfectamente normal en una
mujer soltera es considerada como anormal!
–Supongo que tiene usted razón, Mike –dijo
Wexford bostezando–, pero desearía que no fuera así. Estoy de acuerdo en que
hace cien años, cincuenta, incluso veinte, esa cosa no sería inusual en una
mujer de cincuenta años, pero ahora sí lo es.
–Hasta en una mujer de quince, si quieren mi
opinión –intervino el doctor.
–Mírelo de este modo. Sólo tenía treinta años
cuando se fue de casa, en los albores de una sociedad más permisiva. Tenía
dinero y probablemente vivía sola. De acuerdo, nunca fue muy atractiva, pero
tampoco era repulsiva, ni deforme. ¿No le resulta muy extraño que durante esos
primeros diez años, por lo menos, no tuviera ninguna aventura amorosa, aunque
sólo fuera por tener esa experiencia?
–Frígida –sentenció Crocker–. Hoy por hoy
parece que a todo el mundo le guste saltar de cama en cama, pero se
sorprenderían de saber la cantidad de gente a la que el sexo parece no
interesarle, especialmente a las mujeres. Algunas de ellas pretenden aparentar
lo contrario, lo disimulan muy bien, pero en muchas ocasiones preferirían pasar
la noche mirando la televisión.
–Así que el viejo Acton tenía razón ¿no? «Una
mujer púdica raramente desea satisfacción sexual para sí misma. Se somete al
marido sólo para ser agradable con él, y por el deseo de maternidad llegaría a
renunciar a sus atenciones.»
Burden vació su vaso e hizo una mueca
parecida a la del que acaba de ingerir una medicina repugnante. Había sido
policía durante más tiempo que el que permaneció Rhoda libre de las ataduras de
su padre; había conocido los aspectos más sórdidos de la naturaleza humana y
aun así su actitud en lo referente a la cuestión sexual no había cambiado en
absoluto. Era de esas personas cuyos sentimientos hacia el sexo son
ambivalentes: para él, era sagrado y sucio a la vez. Nunca había leído ese
curioso manual Victoriano del doctor Acton, Funciones y desórdenes de los órganos reproductivos – machista, puritano, represivo y biológicamente inexacto–, que había
sido escrito para personas como él. Ahora, cuando el doctor y Wexford –que por
alguna razón que no alcanzaba a comprender parecían conocer bien la obra– lo
recordaban entre risas y miradas de complicidad, él los interrumpió
bruscamente:
–En mi opinión, esto no tiene nada que ver
con el asesinato de Rhoda Comfrey.
–Probablemente no, Mike. Parece un detalle
insignificante, si tenemos en cuenta que no sabemos ni dónde ni cómo vivía, ni
tan siquiera quiénes eran sus amigos. Pero espero que para mañana todo esto
esté resuelto.
–¿Qué se supone que tiene que pasar mañana?
–Creo que este insulso y trivial asesinato
dejará de figurar en las páginas interiores para convertirse en noticia de
primera plana. He sido muy sincero con los periodistas, especialmente con Harry
Wild, que va a publicar un largo artículo sobre el tema. Creo que les he dado
la carnaza que suelen buscar, y también esa fotografía, para lo que pueda
servir. Me sorprendería mucho si mañana por la mañana no viéramos titulares
como: «La mujer asesinada llevaba una doble vida», o «¿Cuál era el secreto de
la mujer apuñalada?
–¿Quiere usted decir que algún vecino suyo, o
el chico que le dejaba la leche cada mañana la verá y nos lo hará saber?
–preguntó Burden.
Wexford afirmó con la cabeza.
–Algo así. Les he dado a los de la prensa un
número de teléfono para que cualquiera que tenga información nos llame. Mire
usted, ese vecino o repartidor puede haber leído la noticia del asesinato esta
mañana sin sospechar que todavía ignoramos la dirección de la víctima.
El médico fue por bebidas frescas.
–Nos llamará toda clase de chalados –dijo
Burden–. Todos los maridos cuyas esposas se fugaron en 1956, todos los
paranoicos y parlanchines.
–Eso es inevitable. Tenemos que separar la
oveja de las cabras. Ya lo hemos hecho en otras ocasiones.
Los periódicos le dieron la razón. Como
siempre, se excedieron con los titulares, más estrafalarios aún que los que él
había predicho. Si la fotografía publicada con fines de reconocimiento
resultaba de lo más normal, estaba claro que el texto motivaría a la gente.
Todo el pasado de Rhoda Comfrey estaba allí: las circunstancias de su vida en
Kingsmarkham, su relación con el viejo Gazette, los detalles de la
enfermedad de su padre. Después de todo, las visitas a las señoras Parker y
Crown no habían sido inútiles.
Hacia las nueve comenzó a sonar el teléfono.
El teléfono personal de Wexford había estado
sonando toda la noche, pero siempre se trataba de periodistas pidiendo más
información y asegurándole que Rhoda Comfrey nunca había trabajado para ellos.
Parecía ser una absoluta desconocida en Fleet Street.[1]
Wexford llegó a la comisaría temprano, mandó
a Loring a ocuparse de los periódicos de Londres, mientras él esperaba en la
línea reservada. Por ella le pasaban todas las llamadas que parecieran
confiables.
Por supuesto, Burden había tenido razón:
todos los chalados estaban llamando. Un espiritista cuya hermana había muerto
hacía quince años y que aseguraba que Rhoda Comfrey era su reencarnación; un
niño cuya madre lo había abandonado cuando tenía doce años; un marido recién
salido de un centro psiquiátrico, cuya mujer desaparecida lo había llamado por
teléfono para deshacerse en disculpas; un vidente que se ofrecía para adivinar
la dirección de la muerta a partir del aura desprendida por sus ropas. Ninguna
de estas llamadas llegó al despacho de Wexford, pero tuvo noticia de ellas.
Atendió personalmente la llamada de George Rowlands, anterior editor del Gazette, quien sólo le dijo que Rhoda había sido una buena secretaria con
ciertas dotes de novelista. Se hizo cargo de todas las llamadas aparentemente
honradas y bien intencionadas, pero transcurrió el día sin nada que justificara
su optimismo. Por fin llegó el viernes, y con él los interrogatorios.
La sesión fue levantada rápidamente sin haber
dado mucho de sí, a excepción de la reprimenda que un juez de instrucción muy
poco comprensivo dio a Brian Parker. «Esto es un tribunal, no una escuela»,
había dicho, dando a entender que la lentitud en los resultados de la autopsia
se había debido a que Parker había tocado las ropas de Rhoda Comfrey. Las
llamadas telefónicas continuaron de forma esporádica durante todo el sábado,
pero en ninguna los interlocutores decían conocer a Rhoda Comfrey, vivir en la
puerta contigua a la suya o haber trabajado con ella. No llamó ningún director
de banco que afirmara tener una cuenta abierta a su nombre, ni un casero que la
reconociese como inquilina suya.
–Esto es ridículo –exclamó Wexford–.
¿Tendremos que creer que vivía en una tienda de campaña en medio de Hyde Park?
–Debió de usar una identidad falsa –explicó
Burden, de pie junto a la ventana. En ese momento vio que el autobús de Stowerton
llegaba a la parada, dejaba a una mujer no muy diferente a Rhoda Comfrey y
reanudaba su trayecto hacia Forest Road–. Creí que los periódicos se estaban
comportando con su típico histerismo cuando publicaron todas esas cosas acerca
de su vida secreta. –Miró a Wexford levantando las cejas–. Pensé que usted
estaba haciendo lo mismo.
–Supongo que quiere decir que mi actitud era
típicamente histérica. Muchas gracias.
–Melodramática –lo corrigió Burden, como
tratando de suavizar el reproche–. Pero no lo era. ¿Por qué se comportaría así
esa mujer?
–Por alguna razón típicamente melodramática.
Porque no quería que la gente que la conocía supiera a qué se dedicaba.
Espionaje, tráfico de drogas, mafia, prostitución... acabará siendo una cosa de
estas.
–Escuche, no he querido decir que usted suela
exagerar. He admitido que estaba equivocado, ¿no? De hecho, la idea de la
prostitución ya se me ocurrió, lo que pasa es que ya era un poco mayor para
eso; y tampoco era gran cosa y..., bien...
–¿Bien qué? Era la única prostituta virgen de
Londres, ¿no? Una nueva moda, Mike, esto sí que es una buena idea; un cambio
refrescante en estos tiempos disolutos. En un momento se me ocurren todo tipo
de fascinantes posibilidades, pero no las digo porque herirían sus castos oídos.
¿Por qué no somos un poco más realistas?
–Siempre lo soy –afirmó Burden con pesimismo.
Se sentó y apoyó los codos en el escritorio de Wexford–. Está muerta desde el
lunes por la noche, hoy es domingo y ni siquiera hemos averiguado su dirección.
Es para desesperarse.
–Eso no es ser realista, sino derrotista. Si
no podemos seguirle la pista a partir de su nombre y descripción, lo haremos
por otros medios. Visto de otra manera, todo esto nos ha enseñado algo: que su
asesinato está conectado con la otra faceta de su vida. Una vida secreta casi
siempre está basada en algo ilícito o ilegal, y en el transcurso de esta
actividad ella hizo algo que dio motivos a alguien para matarla.
–¿Quiere decir que no podemos dejar de lado
su vida secreta y concentrarnos en la evidencia circunstancial?
–¿Cuál? No hay arma, ni testigos, ni idea del
móvil. –Wexford dudó y habló más lentamente–. Ella venía poco por aquí, pero lo
hacía regularmente, una o dos veces al año. La gente del lugar la conocía de
vista, sabía quién era. Por lo tanto, este no es el caso típico del que vuelve
a casa tras una larga ausencia y es reconocido, para ponerlo
melodramáticamente, por un antiguo enemigo. Su vida real, sus intereses y
relaciones no estaban aquí, sino en Londres.
–¿No cree que las circunstancias apuntan a la
gente de aquí?
–No. Digo que su asesino sabía que vendría y
que la siguió, aunque probablemente no con la idea de matarla. Él, o ella, vino
de Londres, donde estaba al tanto de su otra vida, así que no se preocupe de
los locales. Tenemos que conocer esa vida que llevaba en Londres, y se me
ocurre cómo hacerlo: por la cartera que llevaba en el bolso.
–Lo escucho –dijo Burden bostezando.
–La tengo aquí. –Wexford sacó la cartera de
un cajón de su escritorio–. Vea el nombre en letras doradas en la parte
inferior, Silk and Whitebeam.
–Perdone, pero esto no me dice nada.
–Es una de esas tiendas caras de objetos de
cuero, en Jermyn Street. La cartera es nueva, de modo que tal vez recuerden a
quién se la vendieron. A primera hora de la mañana enviaré a Loring a que lo
averigüe. El cumpleaños de Rhoda Comfrey fue la semana pasada, y si no se la
compró ella misma, me pregunto qué posibilidades hay de que alguien se la
regalara.
–¿A una mujer?
–¿Por qué no, si la necesitaba? Las mujeres
también llevan billetes, ya han pasado los días en que sólo se les obsequiaba
con un broche o un frasco de perfume, Mike. Cada vez se parecen más a las
«personas». Sic
transit gloria mundi.
–Sic
transit gloria domingo, si me permite –replicó Burden.
Wexford rió. Su subordinado y amigo todavía
era capaz de sorprenderlo.
6
Tan pronto como Wexford entró en su casa, su
mujer salió de la cocina, lo hizo entrar y cerró la puerta tras ella.
–Sylvia está aquí.
No es raro que una hija casada visite a su
madre un domingo por la tarde, y Wexford así se lo hizo notar.
–¿Qué quieres decir? ¿Qué hay de extraño en
eso?
–Ha dejado a Neil. Se fue después de comer y
vino aquí.
–¿Quieres decir que ha dejado a Neil? ¿Tal
como suena? ¿Se ha escapado de su casa para venir con su madre? No puedo
creerlo.
–Es verdad, cariño. En setiembre él le
prometió que se la llevaría a París una semana, ya habían arreglado que su
hermana se quedaría con los niños, pero ahora dice que no puede ser, que tiene
que viajar a Suecia por negocios. Comenzaron a discutir y Sylvia le dijo que no
podía soportar más estar todo el día con los niños, y que tenían que buscar una
au pair que le dejara tiempo libre para poder estudiar algo. Según ella,
aunque en esto creo que exagera, él respondió que no iba a pagar a nadie por un
trabajo que debía hacer su esposa, y que estudiar algo no le serviría de nada
porque actualmente hay mucho paro. Fuera lo que fuere, esto la llevó a hacer un
análisis profundo de su matrimonio, del papel que los hombres hacían desempeñar
a las mujeres y en cómo estaba echando a perder su vida. Ya puedes
imaginártelo. Así que esta mañana le dijo a Neil que si sólo la consideraba una
criada y un ama de casa prefería hacer este trabajo en casa de sus padres... y
aquí la tenemos.
–¿Dónde está ahora?
–En la sala. Robin y Ben están en el jardín.
No sé hasta qué punto se dan cuenta de la situación. Por favor, querido, no
seas duro con ella.
–¿Cuándo he sido duro con alguno de mis
hijos? La verdad es que nunca lo fui lo suficiente, siempre he dejado que hicieran
todo lo que les venía en gana. Debí haberme puesto duro entonces y no permitir
que se casara cuando no tenía más que dieciocho años de edad.
Ella estaba de pie, dándole la espalda. Se
volvió y lo saludó:
–Hola papá.
–Esto no me gusta nada, Sylvia.
Wexford quería mucho a sus dos hijas, pero
Sheila, la más joven, era su favorita. Ella tenía una carrera, había optado por
la vida dura y la había soportado sin perder su suavidad y dulzura. Y se
parecía a él, aun cuando él fuera feo y a ella todos la vieran guapa. A
diferencia de Sheila, Sylvia habría heredado las marcadas facciones de su
suegra, y tenía el clásico porte majestuoso británico. Había llevado una vida
cómoda en la ciudad que la había visto nacer. Pero mientras que Sheila habría
corrido hacia él para abrazarlo y llamarlo «papi», Sylvia se había quedado
mirándolo fijamente con una especie de calma trágica, con su marmóreo brazo
extendido sobre el mantel.
–Supongo que no me queréis aquí, papá –dijo–.
Pero no tenía otro sitio adonde ir. No os molestaré mucho tiempo, encontraré un
trabajo y un lugar en que podamos vivir los niños y yo.
–No me hables de esta forma, Sylvia, por
favor. Esta es tu casa. ¿Qué te he hecho para que me digas esto?
Ella no se movió. En sus ojos aparecieron dos
grandes lágrimas que resbalaron lentamente por las mejillas. Su padre se acercó
y la abrazó, preguntándose cuándo había sido la última vez que la había cogido
entre sus brazos. Hacía años, mucho antes de que se casara. Al final ella
reaccionó y lo apretó con tanta fuerza que casi le cortó la respiración. Dejó
que sollozara sobre su hombro, cogiéndola con energía y susurrando las mismas
palabras que había utilizado veinte años antes, cuando ella se cayó y se hizo
un corte en la pierna.
El lunes por la mañana le aguardaban más
resultados negativos. A medida que pasaba el tiempo las llamadas que recibían
eran cada vez más descabelladas. Ningún periódico del país tenía noticias de
que Rhoda Comfrey trabajara como periodista independiente o de que estuviera
empleada en alguno de ellos. Ninguna agencia de prensa ni revista la conocía, y
tampoco figuraba en los archivos de la Unión Nacional de Periodistas.
El detective Loring había salido rumbo a
Londres muy temprano para ir a la marroquinería de Jermyn Street. Ahora Wexford
se arrepentía de no haber ido él mismo, pues aquella inactividad forzosa y los
pensamientos de lo que había dejado en casa estaban empezando a irritarlo.
Sentía ternura por Sylvia, pero era incapaz de comprenderla. A Robin y a Ben
les habían dicho que su padre estaba de viaje de negocios y que mientras tanto
ellos se quedarían con sus abuelos, pero aunque Ben parecía aceptar esto bien,
era posible que Robin sospechara algo. Ya tenía edad para que le afectaran las
discusiones de sus padres y entender mucho de lo que se habían dicho: sin las
ataduras que él y Ben representaban, su madre habría podido llevar una vida
libre e independiente. El pequeño iba por la casa con un rostro apesadumbrado.
Esa maldita rata de agua podía haberles proporcionado alguna diversión, pero la
bestia se mostraba tan evasiva como siempre.
Y Neil no había venido. Wexford había estado
seguro de que su yerno aparecería, aunque sólo fuera para echarle más cosas en
cara a su mujer. Pero no había venido ni telefoneado. Y Sylvia, que en un
principio dijo que no quería que viniera, que no quería verlo más, empezó a
lamentarse por su ausencia, y después culpó a sus padres por haber dejado que
se casara sin poner ninguna traba. Wexford había pasado una mala noche porque
Dora casi no durmió, y había oído a Sylvia deambular por la casa hasta altas
horas.
Loring llegó lo antes que pudo, hacia las
doce, y Wexford se había sorprendido a sí mismo deseando perversamente que se
retrasara para poder descargar su descontento sobre él. Pero esa no era forma
de actuar; le habló con amabilidad:
–¿Consiguió algo?
–En cierto modo, señor. Reconocieron la
cartera inmediatamente. Era la última de un lote que habían recibido. El
cliente la compró el jueves, 4 de agosto.
–¿Y a eso lo llama usted tener suerte en
cierto modo? Yo lo calificaría de descubrimiento maravilloso.
Loring pareció contento, aunque dudaba de que
se tratara de un elogio hacia él.
–No fue Rhoda Comfrey sino un hombre, señor –
dijo precipitadamente–. Un tal Grenville West. Les ha comprado muchas cosas en
el pasado.
–¿Tiene su dirección?
–Número veintidós de Elm Green, Londres, 15
Oeste –respondió rápidamente Loring.
A pesar de no ser un experto en la metrópoli,
Wexford conocía bien el barrio londinense de Kenbourne. Y ahora visualizó Elm
Street, a algo más de medio kilómetro del gran cementerio. Aproximadamente
medio acre de césped plagado de olmos, una valla blanca a ambos lados y, justo
enfrente, una hilera de casas del más reciente estilo georgiano, muchas de las
cuales habían convertido la planta baja en tienda. Un bonito lugar en medio del
pobre Kenbourne en el que, como en el resto de los barrios de Londres, tenía
lugar una desordenada amalgama de bellos rincones junto a otros menos
atractivos.
Fue una suerte para él que este conocido que
Rhoda Comfrey tenía en Londres, y que sin duda debía de ser un buen amigo suyo,
viviera ahí. Wexford obtendría ayuda de su sobrino, el hijo de su fallecida
hermana, que era el jefe del Departamento de Investigación Criminal de
Kenbourne. Lamentablemente, el superintendente jefe Howard Fortune estaba de
vacaciones en las Canarias, pero no era un problema insalvable. Ya conocía a
algunos de los miembros del equipo de Howard. Eran viejos amigos.
Hacia las dos de la tarde, Stevens, su
chófer, lo llevó a Londres. Wexford estaba más tranquilo, había recobrado su
confianza, Sylvia y sus problemas yacían adormecidos en el trastero de su mente
y se sentía excitado ante las nuevas perspectivas que se abrían frente a él.
Pocos después, Stevens lo dejó frente a la
comisaría de Kenbourne.
–¿Está el inspector Baker?
Era verdaderamente divertido. Si alguien le
hubiera dicho años atrás que llegaría el día en que pediría ver a Baker, se
habría reído desdeñosamente. Porque Baker no había sido nada agradable con él
cuando, aún convaleciente de su trombosis, en compañía de Howard y Denise,
había ayudado a resolver el asesinato del cementerio. Pero Wexford pensó que
Howard habría rechazado la palabra «ayuda», para acabar admitiendo que su tío
lo había hecho todo solo. Eso había marcado el comienzo del respeto y la
amistad de Baker. Desde entonces no se le había ocurrido arremeter contra los
policías rurales y su desconocimiento de los criminales de Londres.
Su petición fue atendida, y dos minutos
después estaba siendo conducido hacia el despacho del inspector por un pasillo
cubierto con una moqueta verde botella que le daba un aspecto de cervecería.
Baker se levantó y se dirigió hacia él con expresión encantada y los brazos
extendidos.
–¡Qué agradable sorpresa, Reg!
Ya habían pasado casi dos años desde que
Wexford lo viera por última vez. En ese tiempo, pensó, habían tenido lugar
importantes cambios, aparte de la actitud que ahora mostraba hacia él. Parecía
unos cuantos años más joven, y feliz. Lo único que permanecía inmutable era
aquella voz cascada, con el acento típico de los barrios bajos de Londres.
–Es bueno volver a verlo, Michael. –Baker
tenía el mismo nombre de pila que Burden. ¡Qué nervioso lo había puesto esta
circunstancia hacía tiempo!–. ¿Cómo está? Tiene buen aspecto. ¿Qué hay de nuevo?
Bien, ya sabrá usted que el señor Fortune está en Tenerife. Por aquí las cosas
están tranquilas por el momento, gracias a Dios. Su viejo amigo el sargento
Clements se alegrará de verlo. Siéntese y haré que traigan algo de té.
Sobre el escritorio había un retrato de una
bella mujer de cabello rubio. Baker vio que Wexford se fijaba en él.
–Mi esposa –dijo algo cohibido, pero también
con orgullo–. No sé si el señor Fortune le comentó que me había casado... –dudó
ligeramente– ...otra vez.
Sí, era cierto, Howard se lo había dicho,
pero él ya lo había olvidado. Ahora comprendía aquella expresión jovial y
espontánea. Michael Baker había estado casado con una chica que quedó
embarazada de otro hombre y que lo había dejado por éste. Cuando Wexford se
enteró de esto por boca de Howard comenzó a tolerar la rudeza de Baker y sus
pocos disimuladas ofensas.
–Felicidades. Me alegro por usted.
–Sí, bien... –Lo molesto de la situación hizo
que Baker recobrara su vieja acritud–. Pero usted no ha venido para hablarme de
mi felicidad conyugal. Usted está aquí por esa Rose... no Rhoda... Comfrey. ¿No
es así?
En un rapto de esperanza, Wexford preguntó:
–¿La conoce? ¿Sabe algo de...?
–¿No cree que de ser así le habría dicho
algo? No, pero leo los periódicos. Creo que este asesinato no le deja tiempo
para otra cosa, ¿verdad?
«Sylvia, Sylvia», pensó Wexford.
–No, no mucho.
Por fin vino el té, y le contó a Baker lo de
Grenville West y la cartera.
–Lo conozco; aunque conocer tal vez no sea la
palabra apropiada. Él es lo que podríamos llamar nuestra contribución al arte.
Suelen aparecer artículos sobre él en los periódicos locales. Vamos, Reg,
siempre lo consideré un maldito intelectual, no me diga que nunca ha oído
hablar de Grenville West.
–Bueno, pues no. ¿A qué se dedica?
–En realidad no es tan famoso. Escribe
libros, novelas históricas. Nunca lo he visto; pero sí he leído alguna de sus
obras, que por cierto estaba un poco por encima de mis posibilidades, y también
puedo contarle algo de lo que he leído en los periódicos. Debe de tener unos
cuarenta años, es moreno y fumador de pipa; su foto aparece en las solapas de
sus libros. ¿Conoce esas casas que hay frente a los jardines? Vive en una de
ellas, en un piso que tiene un bar debajo.
Después de rechazar amablemente toda la ayuda
que Baker le ofreció, pedirle que transmitiera sus recuerdos al sargento
Clements y prometerle que volvería, salió hacia la calle principal de
Kenbourne. El mismo calor que hacía tan agradable el aire en el campo convertía
ese barrio de Londres en un auténtico horno que quemaba residuos malolientes.
Una niebla grisácea velaba el sol. Wexford se preguntó por qué la hierba le
parecía diferente, como desprovista de algo, y más grande. Entonces los grandes
troncos cortados captaron su atención: la enfermedad del olmo holandés había
afectado tanto a Londres como al campo...
Cruzó la hierba por donde un grupo de niños,
de los cuales sólo uno era blanco, jugaba a la pelota. Dos mujeres indias
envueltas en vistosos saris y con largas trenzas caminaban lenta y graciosamente,
como si llevaran tinajas sobre sus cabezas. El bar había sido diseñado para no
estropear la amplia y elegante fachada, de la misma forma que el resto de las
tiendas de la acera. El letrero que había sobre el dintel de la ventana
anunciaba en desvaídas letras doradas: Vivian’s Vineyard. El típico arbolillo
crecía a un lado de la acera, y muchas de las casas lucían geranios y petunias
en sus ventanas. Fuertemente agarradas a la casa contigua al bar trepaban las
enredaderas de una ipomea, con sus atrompetadas flores abiertas, y de un azul
brillante. Ese lugar podía pertenecer perfectamente a Chelsea o Hampstead. E
incluso si uno mantenía sus ojos fijos en las casas, si no miraba hacia el sur,
donde estaba la compañía de gas, o hacia el este, en dirección al hospital de
St. Biddulph, y si no olía el fuerte hedor mezcla de humo y gasolina, podía
pensar fácilmente que se encontraba en el mismo Kingsmarkham. Llamó
insistentemente a la puerta que había al lado de la ventana del bar, pero nadie
acudió. Grenville West no estaba en casa. ¿Qué se podía hacer? Eran casi las
cinco y según la nota que había en la puerta, el bar abriría en seguida. Se
sentó en uno de los bancos de la calle en espera de ese momento.
Poco después, una chica de facciones
negroides pero de piel clara salió para entrar otra vez después de dar la
vuelta al letrero que ahora anunciaba «Abierto». Wexford la siguió y se
encontró en una oscura cueva, cuya única iluminación procedía de unas lámparas
al otro lado de la barra, y del interior de unas oscuras botellas de Chianti
que habían colocado sobre cada mesa. Las cortinas de la ventana eran de color
marrón y plateado y estaban totalmente corridas. La chica estaba sentada en un
taburete hojeando una revista bajo la lámpara más potente.
Le pidió un vaso de vino blanco y preguntó si
se encontraba el dueño o el encargado.
–¿Se refiere a Vic?
–Supongo que sí, si él es el jefe.
–Iré a buscarlo.
Volvió acompañada de un hombre de unos
cuarenta años.
–Victor Vivian. ¿Qué se le ofrece?
Wexford le mostró su tarjeta y procedió a
explicarle el motivo de su presencia. Vivian parecía contento de la inesperada
visita, y la chica miraba boquiabierta.
–Siéntese en uno de esos bancos –dijo Vivian
no del todo desacertadamente, porque el lugar tenía la penumbra de una capilla
dedicada a algún culto esotérico. Pero en este propietario no había nada que
pareciera sacerdotal. Llevaba téjanos y algo que estaba a medio camino entre
una camiseta deportiva y un jersey, en el que aparecían un grupo de campesinas
en la vendimia–. Gren no está. Se fue de vacaciones a Francia, ¿sabe usted?
Veamos, esto fue el domingo de la semana pasada.
–¿Es usted el propietario de la casa?
–No sería propio decir que soy el
propietario. Quiero decir que el dueño es Notbourne Properties. Yo sólo soy el
subarrendatario.
Se presentaba como el clásico tipo que no
deja de recurrir al «quiero decir» y al «¿sabe usted?» Wexford los conocía
bien. Sin embargo, tales personas son de las que hablan por los codos y sin
ninguna discreción.
–¿Lo conoce bien?
–Gren y yo somos viejos amigos, ¿sabe usted?
Ha vivido catorce años aquí y es un inquilino muy bueno, quiero decir que él
mismo se hace todas las reparaciones. Además, siempre es bueno tener a alguien
en casa cuando el bar está cerrado. Muchas tardes baja a tomar algo ¿sabe
usted?, y también muy a menudo subo a beber a su piso y, quiero decir, nos
quedamos toda la noche ¿sabe usted?, y entonces...
Wexford cortó esta inútil parrafada.
–En realidad no es en el señor West en quien
estoy interesado. Estoy intentando encontrar la dirección de alguien que pudo
ser amigo suyo. ¿Ha leído usted algo sobre el asesinato de Rhoda Comfrey?
Vivian silbó como un colegial.
–¿La mujer que fue apuñalada? ¿Se refiere a
que era amiga de Gren? Oh, lo dudo, quiero decir, lo dudo de veras. Quiero
decir, ella tenía cincuenta años ¿no? Y Gren tiene cuarenta, quiero decir, tal
vez menos, treinta y ocho o treinta y nueve. Más joven que yo, ¿sabe usted?
–No me refería a una relación sexual, señor
Vivian. Puede que sólo fueran amigos.
Esta posibilidad no entraba dentro de la
comprensión de Vivian, y la ignoró.
–Gren tiene novia. Ella lo adora, ¿sabe
usted?, besa por donde pisa. –Guiñó ligeramente a Wexford–. El viejo Gren es un
pájaro astuto, sabe mantenerla a una cierta distancia, supongo que por miedo a
que se lo lleve al altar. Se llama Polly, o algo así, es rubia, y no tendrá más
de veinticuatro o veinticinco años. Vino a trabajar como mecanógrafa y ha
acabado pegándose a él como una lapa. ¿Quiere beber algo más? La casa invita,
por supuesto.
–No, gracias. –Wexford sacó la fotografía y
la cartera–. ¿Ha visto usted alguna vez a esta mujer? Me temo que había
cambiado mucho y no se parecía demasiado a como aparece en la foto.
Vivian sacudió la cabeza y su barba se meció
con ella. Tenía muchas maneras de mover la cabeza, todas ellas estereotipadas y
similares a las que recurriría un actor exagerado para expresar asombro,
sagacidad, reconocimiento o sospecha.
–Nunca la he visto por aquí o en compañía de
Gren, ¿sabe usted? –dijo al fin, utilizando la expresión apropiada para mostrar
una gran decepción–. Es curioso, sin embargo, que la cara me resulte tan
familiar, quiero decir... hay algo, ¿sabe usted?, pero no sé qué es. Tal vez lo
recuerde más tarde. –Tan pronto como renacían las esperanzas de Wexford, Vivian
se encargaba de frustrarlas–. Esta foto no salió en los periódicos, ¿verdad?
Quiero decir, ¿podría ser que hubiera visto antes a esa mujer?
–Podría ser.
Dos personas entraron en el bar, y con ellas
un destello momentáneo del sol, antes de que la puerta se cerrara de nuevo.
Vivian les hizo una seña y volvió a darse la vuelta. Entonces silbó suavemente.
–Esta no es la cartera del viejo Gren,
¿verdad?
Esto trajo a la memoria de Wexford las clases
de latín en el colegio, el modo de formular las preguntas para que la respuesta
a las mismas fuera negativa. Todas las preguntas que Vivian hacía parecían
esperar el «no», tal vez para darle una excusa para emitir un silbido y poner
cara de sorprendido cuando la respuesta era «sí».
–¿Lo es o no?
–Espere un segundo. Esta es nueva, ¿no? Ya lo
tengo, Gren tiene una como ésta, pero un poco desgastada por las puntas. Es
igual, pero está algo más tronada. Quiero decir que no es nueva.
Y seguro que se la ha llevado con él a
Francia, pensó Wexford. Sus progresos eran lentos, pero siguió intentándolo.
–Casi con toda seguridad esta mujer vivía
bajo una identidad falsa, señor Vivian. No preste demasiada atención al nombre
o a la cara. ¿Le habló alguna vez el señor West de una amiga mayor que él?
–Estaba su agente... ¿cómo lo llaman? El
agente literario. No puedo recordar su nombre. Tenía un marido, estoy seguro,
quiero decir que no sería ella, ¿verdad?
–Me temo que no. ¿Puede darme la dirección
del señor West en Francia?
–Está viajando constantemente, ¿sabe? Está en
el sur, es lo único que puedo decirle. Volviendo a esa mujer, estoy
estrujándome el cerebro, pero no consigo recordar. Quiero decir, en este tipo
de negocio la gente viene y te habla de muchas cosas, y mucho de lo que te
dicen te entra por un oído y te sale por el otro. Al viejo Gren le gusta mucho
caminar, adora la cerveza y suele darse un paseo por el Soho casi cada noche.
Quiero decir que frecuenta los pubs, pero no hace nada indecente, ¿sabe usted?
Tiene amigos con los que suele beber, y puede que me haya hablado de alguna
mujer, pero no tengo ni la más remota idea de su nombre o de dónde vivía. Lo
siento, me temo que no soy una gran ayuda. Pero usted ya sabe lo que quiero
decir, uno no retiene estas cosas en la memoria porque cree que nadie le preguntará
sobre ellas, ¿entiende?
Wexford se levantó para marcharse.
–Sé lo que quiere decir –dijo sin poder
resistir la tentación.
7
–Veo que no está teniendo mucha suerte –dijo
Baker mientras tomaban el té–. Le diré lo que voy a hacer. Haré que alguien
mire en el registro electoral de Kenbourne. Si él la conocía, la mujer debía de
vivir a un tiro de piedra.
–No aparecerá como Rhoda Comfrey. Pero es muy
amable por su parte, Michael.
Stevens lo estaba esperando, pero al poco de
andar por la calle principal de Kenbourne Wexford reparó en una gran biblioteca
pública en la acera de enfrente. Pensó que tal vez cerrarían a las seis, y sólo
faltaba un cuarto de hora. Le dijo a Stevens que lo dejara allá y aparcara como
mejor pudiera en medio de la jungla de autobuses, contenedores y dobles líneas
amarillas. Entonces se apeó y cruzó la calle corriendo, cosa que un policía no
debía hacer jamás.
En la entrada había una estatua que
representaba a un caballero de mediados del siglo xix vestido con levita. Una placa a sus pies rezaba: «Edward
Edwards.» Y nada más, como si el nombre tuviese que resultar tan familiar como
Victoria R. o William Ewart Gladstone. A Wexford no le resultó familiar, y no
quería perder el tiempo preguntándose acerca de ello.
Entró en la biblioteca y se dirigió a la
sección de ficción. Allí, embutidas entre Rebecca y Morris, halló tres de las
novelas de Grenville West: Asesinada con amabilidad, El cortesano veneciano y Brisa en Alicante, cada una de las cuales mostraba una «H» en el lomo para indicar que eran
novelas históricas. El primer título fue el que más le agradó a Wexford. Lo
tomó de la estantería y leyó la solapa de la portada:
«Una vez más el
señor West nos sorprende con su virtuosismo al retomar la trama y los
personajes de un drama isabelino y envolvernos en su fina prosa. En esta
ocasión es la señora Nan Frankford, del libro de Thomas Heywood Una mujer asesinada con
amabilidad, la que sube al escenario. Encantadora y
fiel esposa en un principio, es seducida después por un íntimo amigo de su marido.
Lo que le da gran originalidad y atractivo al libro es el posterior
arrepentimiento de ella y la comprensión demostrada por Frankford. El señor
West se ciñe fielmente al argumento de Heywood, pero nos describe lo que éste
no tenía necesidad de contar en su tiempo: cómo era aquella sociedad, en un
vivo retrato de la vida diaria de finales del siglo xvi, con todas sus pasiones, crueldades, convenciones y
costumbres. Ante nosotros se presenta un mundo diferente, pronto nos
apercibimos de que estamos siendo guiados a través de sus salones, sus
laberínticos jardines y sus ambientes pastoriles y virginales de la mano de un
auténtico maestro.»
Si Asesinada con amabilidad había surgido de la
obra de teatro de Heywood de título casi idéntico, El cortesano veneciano estaría
muy probablemente basado en El demonio blanco, de Webster. ¿En qué obra
anterior se basaría Brisa
en Alicante? Wexford echó una rápida ojeada a la
solapa de este último libro y vio que el original era El niño cambiado, de Middleton y Rowley.
«Una idea inteligente», pensó, para aquellos
a quienes les gustase este tipo de cosas. El autor no parecía muy interesado en
el aspecto intelectual, sino más bien en la sangre, la violencia y la pasión,
lo cual, mirado desde el punto de vista de las ventas, era lo mejor que podía
hacer. Había muchas obras de teatro isabelinas y jacobinas, tal vez cientos,
así que las posibilidades de que West siguiera trabajando sobre ellas parecían
ilimitadas. Asesinada
con amabilidad había sido escrita tres años antes. Wexford
miró la solapa trasera. Allí estaba Grenville West, vistiendo una chaqueta de tweed y con una pipa en la boca. Llevaba gafas y lucía un grueso flequillo de
cabello moreno. El rostro no resultaba particularmente atractivo, pero el
efecto de luz conseguido por el fotógrafo era magistral.
Bajo la fotografía figuraba su biografía:
«Grenville West
nació en Londres. Se licenció en Historia. Su variada carrera le llevó desde
ser profesor de periodismo a mensajero, barman y comerciante de antigüedades,
hasta llegar a convertirse en un exitoso escritor de temas históricos. En los
doce años transcurridos desde la aparición de su primer libro, La elegancia de Amalfi, ha publicado nueve novelas, algunas de las cuales han sido traducidas
al francés, el alemán y el italiano. Sus novelas se publican también
regularmente en los Estados Unidos en edición de bolsillo.
»Monos en el infierno fue llevada a la televisión con gran suceso, y se ha hecho una serie
radiofónica de La
mujer de Arden.
»El señor West es un
francófilo que pasa la mayor parte de sus vacaciones en Francia, posee un coche
francés y disfruta con la comida francesa. Tiene treinta y cinco años, vive en
Londres y es soltero.»
Después de leer esto, Wexford pensó que el
hombre tenía poco en común con Rhoda Comfrey, pero la verdad es que no sabía
demasiado de ésta. Tal vez ella también había sido amante de todo lo francés.
La señora Parker había dicho que cuando era joven se había dedicado a aprender
francés sola. Y también estaba claro que le gustaba escribir y que había
intentado hacer carrera en el periodismo. Era posible que West la hubiese
conocido en una de esas sociedades literarias llenas de aficionados que aspiran
a ver sus trabajos publicados, y que ella lo hubiera invitado a dar una
conferencia allí. Pero ¿por qué motivo mantener oculta esa relación? Al decir
que no había nada desagradable en el secreto que acompañaba a West, Vivian
consiguió dar la impresión de que sí lo había.
La biblioteca estaba a punto de cerrar.
Wexford salió y le hizo una mueca a Edward Edwards, quien a su vez le dirigió
una mirada arrogante. Stevens lo estaba esperando, y juntos caminaron hacía el
coche, el cual con toda seguridad debía de estar aparcado a no menos de cinco
manzanas de allí.
Había tomado nota mental de los editores de
West: Carlyon Brent, de Londres, Nueva York y Sidney. ¿Le dirían algo si los
llamaba? Tenía el presentimiento de que serían muy discretos.
–De todas formas, no veo qué espera conseguir
–dijo Burden por la mañana–. No creo que ese escritor les cuente a sus editores
a quién le hace regalos de cumpleaños, ¿no?
–Estoy pensando en esa chica... Polly, o como
se llame –dijo Wexford–. Si trabaja de mecanógrafa en el piso de él, que es lo
que parece, es probable que también atienda el teléfono. De hecho será como una
secretaria. Por lo tanto es lógico que alguno de sus editores haya hablado con
ella. O, de cualquier modo, es posible que West les haya dicho su nombre.
Sus oficinas estaban en Russell Square. Marcó
el número y le pasaron a alguien que era, como le dijeron, el editor del señor
West.
–Al habla Oliver Hampton.
Era una voz seca, producto tal vez de un
colegio público. Escuchó mientras Wexford se explicaba algo torpemente. Tal
torpeza no era causada por las interrupciones de Hampton –no interrumpió en
ningún momento– sino por una percepción que iba más allá del oído, que venía a
través de setenta y cinco kilómetros de cable, y que le decía que el hombre al
otro lado de la línea parecía sorprendido, incrédulo ante lo que le decían e
incluso enfadado.
–La verdad es que me es imposible darle
cualquier información de esa naturaleza sobre uno de mis autores –dijo Hampton
finalmente. La información «de esa naturaleza» había sido simplemente una
dirección a la cual dirigirse para contactar con West, o en su defecto, la de
su mecanógrafa–. Francamente, no sé quién es usted. Sólo sé quién dice que es.
–En ese caso, señor Hampton, le daré un
teléfono para que pueda hablar con el jefe de la policía y compruebe la
veracidad de mi llamada.
–Lo siento, pero estoy extremadamente
ocupado. De hecho, no tengo ni idea de dónde se encuentra el señor West en este
momento, lo único que sé es que está en el sur de Francia. Lo que puedo hacer
es darle el número de su agente, si eso le sirve de algo.
Wexford dijo que probablemente y anotó el
número. Señora Brenda Nunn, de Field and Bray, agentes literarios. Tal vez
fuera la mujer casada y de mediana edad a quien Vivian se refería. La señora
Nunn se mostró más locuaz y menos suspicaz, y se convenció de la buena fe de
Wexford llamándolo a la comisaría de Kingsmarkham.
–Bien –dijo– me temo que no podré serle de
gran ayuda. No tengo la dirección del señor West en Francia y nunca oí hablar
de Rhoda Comfrey hasta que la vi en los periódicos. Tampoco conozco el nombre
de esa chica que trabaja para él, aunque he hablado con ella por teléfono.
Es... bien, es Polly Flinders.
–¿Cómo?
–Sí, en realidad se llama Pauline Flinders,
pero Grenville... es decir el señor West, siempre la llama Polly. No tengo ni
idea de dónde vive.
Después Wexford llamó a Baker. La búsqueda en
el registro electoral no había arrojado luz sobre ningún Comfrey en toda la
demarcación de Kenbourne Vale. Wexford le preguntó si le molestaría hacer lo
mismo, pero esta vez con la señorita Pauline Flinders. Desde luego, Baker lo haría
gustosamente. Enviaría a un hombre a Kenbourne Green para que preguntara por
todas las tiendas, y también a los vecinos de Grenville West.
–Es todo tan poco preciso –dijo el doctor
Crocker cuando se reunió con ellos en el Carrousel Café–. Incluso en el caso de
que la señora Comfrey viviera bajo nombre supuesto, esa chica la habría
reconocido por la descripción de los periódicos. La fotografía le habría dicho
algo, se habría puesto en contacto con nosotros después de leer todas las
peticiones de colaboración.
–¿No parece como si no lo hubiera hecho
porque tenía algo que ocultar?
–Lo que a mí me parece –intervino Burden– es
que no la conocía.
Mientras esperaba noticias de Baker, Wexford
intentó hacerse una idea convincente de todo el asunto. Rhoda Comfrey, que por
alguna razón se había hecho llamar de otra forma en Londres, había sido una
gran admiradora de Grenville West y se había hecho amiga suya. Tal vez ella le
hiciera ciertos servicios relacionados con su trabajo. Podía, y a Wexford le
atraía esta idea, tener un negocio de fotocopias, lo cual encajaría con lo que
la señora Crown le había contado. ¿No podría ser que le hiciera a West copias
de sus trabajos sin cobrarle nada y que él, en muestra de gratitud, le hubiera
hecho un obsequio especial el día de su cumpleaños? Después de todo, y según la
vieja señora Parker, ella había cumplido los cincuenta el 5 de agosto. Wexford
recordó que en algunos países esa edad estaba considerada un hito importante en
la vida de toda persona, un aniversario digno de celebración especial. Él había
comprado la cartera el día 4, se la había regalado el 5 y se fue de vacaciones
el 7; por su parte, ella había bajado a Kingsmarkham el día 8. Pero nada de
esto le acercaba un ápice a la identidad del asesino, y pensó con pesimismo que
todavía le quedaba un largo camino por recorrer.
En medio de estas reflexiones sonó el
teléfono.
–La hemos encontrado –dijo la voz de Baker–,
o al menos el lugar donde vive. Estaba en el registro. Vive en el oeste de
Kenbourne, en All Souls Grove, número quince, primer piso. Patel, Malina N., y
Flinders, Pauline J. Ninguna de las dos tiene teléfono, así que envié a
Dinehart a investigar, y la mujer que vive en el piso de arriba le dijo que la
Flinders estaría allí en media hora. ¿Quiere que vayamos a verla por usted? No
nos costaría hacerlo.
–No, gracias, Michael. Ya voy yo.
La satisfacción por este descubrimiento no
había hecho mella en la naturaleza agria de Baker. Era rápido a la hora de
percibir un desprecio cuando nadie pretendía hacérselo, y siempre esperaba que
su trabajo fuera efusivamente reconocido.
–Haga lo que quiera –dijo con brusquedad–.
¿Ya sabe cómo encontrar All Souls Grove? –Con esta pregunta venía a sugerir que
ese patán de campo podía ser capaz de localizar un pajar o incluso una aguja
dentro de él, pero nunca hallaría una calle aunque estuviera señalada en la
guía de Londres–, Gire a la derecha después de pasar la estación de metro de
Kenbourne Lane y llegará a Magdalen Hill; otra vez a la derecha hasta Balliol
Street, y es la segunda a la izquierda, después de Oriel Mews.
Wexford prefirió olvidar que por su rango
tenía derecho a coche y chófer, y se limitó a decir:
–Estoy muy agradecido, Michael, es usted muy
bueno...
Pero dijo esto demasiado tarde.
–Y todo en un solo día de trabajo –lo
interrumpió Baker, y colgó bruscamente.
Wexford se había preguntado algunas veces por
qué una mujer que no posee el menor atractivo a menudo elige la compañía de
otra más bella para vivir o compartir el piso. Tal vez no haya tal elección, es
posible que la presión proceda del otro lado, de la bella, que ve en el
contraste sus atractivos, mientras que la menos guapa es tímida, humilde y está
ya muy acostumbrada a su situación para resistirse a ella.
En este caso, el contraste era muy acentuado.
La belleza le había abierto la puerta, la belleza vestida con un sari de color
verde pavo con pequeños adornos dorados, y de una finura y delicadeza que no
eran normales en las mujeres occidentales. Sus muñecas no debían tener más de
ocho centímetros de ancho, y de ellas colgaban pulseras de oro y marfil.
Aquella cara pequeña y exquisita, cuya tez era de un tono dorado, lo miraba
desde una nube de sedoso cabello moreno.
–¿Señorita Patel?
Afirmó con la cabeza, y volvió a hacerlo
cuando él le enseñó su tarjeta.
–Me gustaría ver a la señorita Flinders, por
favor.
El apartamento, en el primer piso, estaba
amueblado de manera corriente. Las grandes habitaciones estaban divididas por
delgados tabiques de madera, con viejos muebles de desecho y objetos femeninos
por todas partes: vestidos y revistas, posters clavados en las paredes,
collares de cuentas colgando del mango de una puerta y velas medio consumidas
en varios platillos. La otra chica, la que él había ido a ver, se giró
lentamente abandonando la mecanografía. A su lado había un cenicero rebosante
de colillas. Wexford se sorprendió a sí mismo pensando:
«La
pequeña Polly Flinders
se sentó entre las cenizas,
calentándose sus lindos pies...»
se sentó entre las cenizas,
calentándose sus lindos pies...»
Y en verdad sus pies estaban descalzos, bajo
una larga falda de algodón. Tenía unas bonitas piernas, largas y torneadas.
Wexford pensó que no le habría parecido tan poca cosa de no haber visto antes a
Malina Patel. No le habría parecido desagradable de no ser por esa espalda tan
horriblemente encorvada debido a la postura que adoptaba para disimular su
talla –aunque ésta fuera menor que la de su hija Sylvia–, y por los dos
prominentes incisivos de la mandíbula superior. Esto último le pareció extraño
en alguien de su edad, una niña criada en plena era de la ortodoncia.
Se acercó a él en actitud seria y cautelosa,
y Malina Patel desapareció a sus espaldas sin haber dicho una sola palabra. Él
fue directamente al grano.
–Sin duda ha leído usted los periódicos,
señorita Flinders, y se habrá enterado del asesinato de la señorita Rhoda Comfrey.
Esta es la fotografía que apareció en ellos. Trate de imaginársela con veinte
años y utilizando otro nombre.
Wexford la observó mientras miraba la
fotografía. Su cara no delataba nada, de hecho era absolutamente inexpresiva.
–¿Cree que la ha visto alguna vez? ¿En,
digamos..., la compañía del señor Grenville West?
De pronto su cara se ruborizó. Victor Vivian
la había descrito como «una rubia», pero esta palabra evocaba demasiado,
implicaba belleza y un femenino glamour, algo así como Marilyn Monroe. Pauline
Flinders no era así. Su belleza consistía en una ausencia de color, los ojos
eran de un gris pálido, y su cabello casi blanco. El rubor era vivido y
desigual bajo la pálida piel; él supuso que había sido la mención de aquel
nombre la que lo había causado. Sin embargo no se trataba de un conocimiento
culpable, sino de amor.
–Nunca la había visto –dijo. Luego,
preguntó–: ¿Por qué cree que Grenville la conocía?
Todavía no iba a responder a esto. Ella no
dejaba de mirar hacia la puerta, como si temiera que la otra chica apareciese
en cualquier momento. ¿Se habría burlado de ella debido a sus sentimientos
hacia el novelista?
–Usted es la secretaria del señor West, ¿no
es así?
–Inserté un anuncio en el periódico local
ofreciéndome como mecanógrafa. Él me telefoneó; de esto hará unos dos años. Le
pasé un manuscrito a máquina, le gustó y empecé a trabajar para él a media
jornada.
Hablaba con gracia, con una voz baja y
monótona. Wexford siguió preguntando:
–Y seguro que también atendía el teléfono y
recibía a sus amistades. ¿Recuerda a alguna de ellas que se pareciera a esa
mujer?
–Oh, no. Ninguna. –Parecía sincera, más allá
de toda duda, y añadió fatuamente, con la obsesión del que ama–: Grenville está
en Francia, tengo una postal de él.
¿Por qué no la tenía sobre la mesa? Cuando
sacó la postal de debajo de una pila de papeles que había junto a la máquina de
escribir, Wexford pensó que también tenía la respuesta a eso: no quería ser
objeto de burlas por ello. Era una fotografía de Annecy, y, aunque borroso, el
nombre de la localidad podía leerse en el sello. «Recuerdos desde Francia,
pequeña Polly Flinders, recuerdos del sol, de la comida, del aire y del bel aujourd’hui. Me dará mucha pereza cuando tenga que volver, pero no me quedará más
remedio. Ya nos veremos. G.W.»
«Típico de un literato», pensó Wexford, pero
no era la postal de un enamorado. ¿Por qué se la había enseñado con la mención
de su nombre? ¿Por qué era todo lo que ella tenía de él?
Sacó la cartera y la puso al lado de la
postal. Lo que pretendía era que ella gritase, se pusiera pálida y dijera: «¿De
dónde la ha sacado?», para derribar ese muro de ignorancia tras el cual parecía
parapetarse. Pero no hizo nada, a excepción de mirarla fijamente con la misma
reserva.
–¿Ha visto esto antes, señorita Flinders?
Ella la examinó por fuera y por dentro.
–Parece la cartera de Grenville –respondió–.
La que perdió.
–¿La perdió? –preguntó Wexford.
Ella pareció recobrar la confianza en sí
misma y su voz se animó.
–Regresaba de la parte oeste de la ciudad en
autobús, y al llegar dijo que debió de dejársela en el asiento. Creo que esto
ocurrió el jueves o el viernes. ¿Dónde la encontró?
–En el bolso de la señorita Rhoda Comfrey –
contestó Wexford con lentitud y gravedad.
De modo que ésa era la respuesta. No había
ninguna conexión, ninguna relación entre el autor y su admiradora, ningún
regalo de cumpleaños. La había encontrado en un autobús y se la había quedado.
–¿Informó de la pérdida el señor West?
Cuando no decía nada, ella intentaba cubrir
sus prominentes incisivos, como suelen hacer las personas que tienen este
defecto, tapándolos con el labio inferior. Ahora volvieron a aparecer los
dientes, que la hacían cecear un poco.
–Me lo encargó, sí, pero al final no lo hice.
No es que me olvidara, es sólo que alguien me dijo que a la policía no le gusta
que se la moleste continuamente con cosas perdidas o halladas. Un policía
conocido de mi madre le dijo en una ocasión que eso trae mucho papeleo.
Él la creyó. Sabía mejor que nadie que los
policías no son ángeles de uniforme que se pasan la vida sacrificándose en aras
del bien público. Dejó que ella volviera a su máquina de escribir y se dirigió
al oscuro salón de la casa. La gran puerta se abrió tras él y apareció Malina
Patel, con su aspecto más brillante que un martín pescador. El acento de
aquella mujer, tan correcto y bonito como el de su hija Sheila, le sorprendió
casi tanto como lo que le dijo.
–La noche del 8 de agosto Polly estuvo aquí
conmigo. Me ayudó a hacer un vestido, se encargó de cortarlo. –Su sonrisa era
maliciosa y sus dientes perfectos–. Es usted detective, ¿verdad?
–Así es.
–¡Qué profesión más curiosa! Nunca había
visto ninguno, excepto en la televisión, claro. –Hablaba de él como de algún
raro animal, como de un antílope africano–. ¿Les pagan mucho? ¿Los contratan
diciéndoles: «Le daré cincuenta mil dólares por encontrar a mi hija, ella lo es
todo para mí»? ¿Esa clase de cosas?
–Me temo que no, señorita Patel.
Podía haber jurado que se reía de la aburrida
ingenuidad de su amiga. Su hermosa cara se tornó cándida, los ojos se abrieron
enormemente.
–Cuando apareció en la puerta –dijo–, pensé
que era usted el administrador. Una vez vino uno, cuando dejamos de pagar el
alquiler.
8
La tarde era calurosa en Kenbourne Vale, el
sol poniente parecía una gran brasa roja. Un fuerte aroma a comino le llegaba
desde el Kemal’s Kebab House, así como el olor a cerveza y a sudor procedente
del pub Waterlily. Todos los establecimientos de comidas y bebida estaban
abiertos. Niños de todas las edades, colores, razas o mestizajes, estaban
sentados en los tramos de escaleras o iban arriba y abajo en bicicletas o
triciclos por el pavimento de los atestados callejones. Una anciana enferma o
simplemente borracha permanecía sentada a la puerta de un local de apuestas. No
había nada verde ni con un mínimo aspecto orgánico, a menos que uno reparara en
las lechugas, apiñadas dentro de cajas del exterior de una tienda de
comestibles, y que parecían estar hechas del mismo plástico que las envolvía.
Una cosa que Wexford podía agradecer era el
no tener que volver a Kenbourne Vale nunca más si no quería. Después de lo
ocurrido ese día, la pista se había enfriado. Sentado en el coche que lo
llevaba de regreso a Kingsmarkham, pensó en todo ello. En un principio el
comportamiento de Malina Patel lo había confundido. ¿Por qué había roto
voluntariamente su silencio para darse, tanto a sí misma como a Polly Flinders,
una coartada que nadie le había pedido? Porque era una bromista pensó, y
combinaba este rasgo de su carácter con su belleza. Todo lo que le dijo había
sido calculado para hacerle reír; recordó que ella también se había reído tras
esa perorata sobre detectives de televisión y administradores. Viniendo de esa
bonita chica, todo era muy divertido y encantador. Pero no era extraño que
Polly mantuviera la postal escondida y temiera que ella escuchase la
conversación. El policía podía imaginar los comentarios posteriores de la joven
india.
Pero si no había estado escuchando tras la
puerta, ¿cómo demonios supo a qué había ido? Fácil: la mujer del piso de arriba
se lo había contado. Uno de los hombres de Baker, probablemente ese poco fiable
Zinehart, había pasado antes por allí y les había dicho que la policía de
Kingsmarkham no sólo quería hablar con Polly, sino también con ella. Malina se
habría enterado de la fecha de la muerte de Rhoda Comfrey por los periódicos.
Wexford recordó con cuánto reconocimiento y complacencia ella había observado
su tarjeta. Era una mala chica que jugaba a detectives e intentaba liarlo todo
con el fin de desorientarlo a él y burlarse de su compañera de piso.
En fin, todo eso ya había terminado. Rhoda
Comfrey había encontrado esa cartera en el autobús o en la calle, y él estaba
como al comienzo.
Entró en su casa poco antes de las nueve.
Dora estaba fuera, como ya le había avisado, cuidando a los hijos de la cuñada
de Burden, y no había señales de Sylvia. Robin estaba sentado en la escalera
con el pijama puesto.
–Hace mucho calor para dormir. Tú no estás
cansado, ¿verdad abuelo?
–En realidad, no –mintió Wexford.
–Granny me dijo que lo estarías, pero yo te
conozco, ¿verdad? Le dije que te gustaría tomar un poco de aire fresco.
–¿Aire del río? Vístete entonces, y dile a
mamá adónde vas.
El crepúsculo había llegado a los prados
próximos al río.
–La oscuridad les gusta mucho a las ratas de
agua –dijo Robin. La oscuridad, parecía gustarle la palabra y la fue repitiendo
mientras flanqueaban el río. Cerca de la superficie del lento Kingsbrook, los
mosquitos revoloteaban formando perezosas nubes. Pero el calor ya no era tan
opresivo y corría una brisa agradable que aliviaba el calor de Londres.
–Creo que ya hemos tenido suficiente por esta
noche –dijo Wexford cuando la oscuridad se hizo más profunda.
Robin lo cogió de la mano.
–Sí, es mejor que volvamos porque mi padre va
a venir. Creía que estaba en Suecia, pero no. Espero que mañana regresemos a
casa; esta noche no, porque Ben está durmiendo.
Wexford no supo qué responder. Y cuando
entraron en el vestíbulo oyó detrás de la puerta cerrada de la sala las voces
reprimidas pero airadas de su hija y su yerno. Robin no hizo nada por ir al
encuentro de sus padres. Sólo miró y desvió su atención, frotándose sus ojos
cansados con los puños.
–Iré a verte a la cama –le dijo su abuelo,
cogiéndolo entre sus brazos con más ternura que nunca.
Por la mañana lo llamaron del hospital de
Stowerton. Pensaron que a la policía podía interesarle saber que el señor James
Comfrey había fallecido durante la noche y, puesto que su hija estaba muerta,
preguntaron con quién tenían que ponerse en contacto.
–Con la señora Lilian Crown –dijo Wexford,
pero luego pensó que podía ir a verla él mismo. No había mucho más que hacer.
Estaba fuera. En Kingsmarkham, los pubs abren
a las diez los días de mercado. A Bella Vista, entonces. Ese día el nombre de
la casa, con su tejado verdoso y las soleadas ventanas, estaba más justificado
que nunca. La luz y el calor tenían su origen en un cielo tan azul como la
puerta principal de la vivienda del señor Comfrey.
–Así pues, se ha ido –dijo la vieja mujer.
Durante la hora que había transcurrido desde que le dieran la noticia a
Wexford, la señora Crown también se había enterado y había informado a su vez a
algunos de sus vecinos–. Morir es terrible, joven, y más cuando no se tiene a
nadie que derrame una lágrima por uno.
Estaba quitando las hebras de las judías,
cortándolas en tiras largas y delgadas como pocas amas de casa se molestarían
en hacer.
–Me atrevería a decir que habría sido un
alivio para la pobre Rhoda. ¿Qué habría hecho, me preguntaba a menudo, en caso
de que él hubiera sido dado de alta y ella hubiera tenido que cuidarlo? Cuidó
de su madre con dedicación, robando tiempo de su trabajo para ella; eso sí que
era amor. Sin embargo, nunca le dirigió una sola palabra de afecto al viejo
Jim. –Los ojos vitales y jóvenes parecían penetrar en los del policía–. ¿Quién
se quedará con el dinero?
–¿El dinero, señora Parker?
–El dinero de Rhoda. Sé que habría ido a
parar a él, que era el familiar más próximo. ¿Quién se lo va a quedar ahora? Me
gustaría saberlo.
Esto no se le había ocurrido a Wexford.
–Tal vez no haya ningún dinero, cada vez es
menos la gente que ahorra.
–Hable más alto, ¿quiere?
Wexford repitió lo que había dicho, y la
señora Parker le dedicó un cacareo de desdén.
–Por supuesto que existe ese dinero. Lo
consiguió con las quinielas, ¿no? No lo habrá malgastado, Rhoda no era una
manirrota. De no haber estado mano sobre mano durante tanto tiempo ya lo habría
descubierto. En algún lugar habrá una casa amueblada elegantemente, y también
una bonita suma en acciones. ¿Quiere saber lo que pienso? Que todo irá a parar
a Lilian Crown.
No sin desgana consideró lo que la señora
Parker acababa de decir. Pero, ¿iría todo a la señora Crown? Posiblemente,
gracias a la intervención del heredero James Comfrey. Si ella tuviera algo que
dejar y hubiese muerto sin dejar testamento, James Comfrey habría sido durante
esos nueve días el legítimo propietario de la herencia. Pero una hermana
política no heredaría de él automáticamente..., aunque su hijo, el mongólico,
si todavía viviera... ¿Un sobrino por matrimonio? No conocía mucho la ley en lo
relativo a herencias, y la verdad era que no le parecía demasiado importante.
–Señora Parker –dijo elevando el tono de
voz–, tiene usted razón cuando dice que no hemos conseguido mucho. Pero sabemos
que la señora Comfrey vivía bajo nombre supuesto, un nombre falso, ¿me sigue?
–Ella afirmó impacientemente–. La gente que hace esto suele escoger un nombre
que le es familiar, el apellido de soltera de su madre, por ejemplo, o el de
algún pariente o amigo de la infancia.
–¿Por qué tendría que hacer algo así?
–Tal vez porque su nombre tenía connotaciones
desagradables para ella. ¿Sabe usted cuál era el apellido de soltera de su
madre?
La señora Parker ya estaba preparada para
esto.
–Crawford. Ellas se llamaban Agnes y Lilian
Crawford. Cambiaron el nombre, pero no la letra, de modo que fue un cambio para
peor. La pobre Agnes no lo hizo bien, y lo mismo pasó con Lilian, aunque en un
principio la «C» no aparecía. Crown la dejó y juraría que en la actualidad vive
con otra mujer en algún sitio, aunque ella diga que está muerto.
–¿Así que pudo hacerse llamar Crawford? –Él
pensaba en voz alta–. O Parker, ya que usted le era tan simpática. O Rowlands,
como el editor del viejo Gazette.
Todas estas especulaciones habían sido inaudibles
a la señora Parker, y él gritó su última sugerencia:
–¿Tal vez Crown?
–No, Crown no. Nunca tuvo tiempo para esa
Lilian. Ni lo piense, siempre se estaba burlando de ella y le decía que se
procurara un hombre. –La vieja cara se contorsionó y la señora Parker levantó
los puños como suelen hacerlo las personas mayores, recordando tal vez la
lejana niñez–. ¿Por qué tendría que utilizar otro nombre que no fuera el suyo?
Rhoda era una buena mujer, nunca en su vida habría hecho nada malo o habría
tratado de ocultar algo.
¿Se podría decir esto de alguien sin mentir?
No, ciertamente, de Rhoda Comfrey, quien había robado algo que debía de suponer
era precioso para su propietario, y cuya biografía era la obra maestra de una
vida secreta.
–Saldré por aquí, señora Parker –dijo Wexford
al tiempo que abría la ventana francesa que daba al jardín. No quería
encontrarse con Nicky.
–Ciérrela bien después. Ya pueden decir que
hace mucho calor, pero mis pies y manos están siempre fríos, como lo estarán
los suyos, joven, cuando llegue a mi edad.
No había señal de la señora Crown. El no
había investigado sus movimientos de la noche en cuestión, pero ¿cabía dentro
de lo posible que hubiera matado a su sobrina? El motivo era muy endeble, a
menos que conociera la existencia de un testamento. Sin duda, debía de haber
uno, depositado en el despacho de unos abogados que ignoraban la muerte del
testador, pero Rhoda Comfrey nunca le habría dejado nada a la tía que tanto le
desagradaba. Por otro lado, esa flaca mujer nunca habría tenido la suficiente
fuerza física para...
Su coche, con las ventanillas subidas y el
seguro de las puertas echado por seguridad, era un auténtico horno, el volante
casi no se podía tocar de lo caliente que estaba. Mientras volvía se alegró de
ser un hombre delgado, porque al menos las gotas de sudor no le hacían parecer
un cerdo asado.
Antes que el sol diera de lleno, cerró las
ventanas de su oficina y bajó las persianas. En alguna parte había leído que no
es justamente lo que hacen en los países cálidos, en vez de dejar las ventanas
abiertas para que corra el aire. Y hasta cierto punto funcionó. Dejando de lado
el breve descanso que se tomó para comer en la cantina, se pasó todo el día
dándole vueltas al problema. No podía recordar un caso en toda su carrera en el
que, después de nueve días, no tuviera ningún sospechoso, ni idea del móvil y
tan poco conocimiento de la vida privada de la víctima. Después de horas de
meditación tuvo que concluir que el asesinato había sido salvajemente absurdo,
aunque pareciera un crimen pasional, que no había sido premeditado y que la
señora Parker había sido muy cariñosa al describir el carácter de Rhoda
Comfrey.
–¿Dónde está tu madre? –preguntó Wexford a su
hija, a la que acababa de encontrar sola.
–Arriba, leyendo cuentos a los niños.
–Sylvia –dijo– he estado ocupado, y, de
hecho, todavía lo estoy, pero nunca lo estaré suficiente como para dejar de
pensar en mis hijos. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar? Mira, para esto
estoy cuando no trabajo de policía.
Ella bajó la cabeza. Su cara, grande y
escultural, parecía diseñada a partir de nobles virtudes, como el coraje y la
fortaleza. Parecía un monumento a la paciencia que se reía del dolor. Sin
embargo, ella nunca había conocido el dolor, y en su vida raramente había
tenido necesidad de coraje y fortaleza.
–¿Quieres que hablemos de ello?
Ella encogió los robustos hombros.
–No podemos cambiar los hechos, soy una
mujer, y eso significa ser un ciudadano de segunda clase.
–Antes no solías pensar así.
–¡Oh, papá! ¿Qué quieres? La gente cambia;
nadie permanece toda la vida con las mismas opiniones. Si yo te dijera que he
leído libros y que he ido a reuniones, me dirías lo mismo que Neil: que nunca
debí leer eso y que tampoco debí hablar con nadie.
–Tal vez lo dijera, y estaría en lo cierto si
lo que has leído te ha convertido en una infeliz y está logrando romper tu
matrimonio. ¿Te crees menos de segunda clase aquí, con tus padres, que en casa
con tu marido?
–Lo seré si consigo un trabajo, si me pongo a
estudiar algo.
Su padre obvió decirle que no podía
imaginársela yendo a la universidad o asistiendo a algún cursillo mientras su
madre cuidaba de Robin y Ben. En vez de esto le preguntó si no creía que ser
mujer implicaba algunas ventajas.
–Sí se te pincha una rueda –explicó–, lo más
probable es que algún tipo se pare antes de cinco minutos y te la cambie, sólo
por tu bonita figura y tu sonrisa encantadora. Si fuera yo, en cambio, podría
pasarme las veinticuatro horas del día haciendo señales sin que la gente se
detuviera y me prestara el cric.
–¡Porque soy bonita! –dijo con fiereza, y él
por poco se ríe, porque el adjetivo era muy poco apropiado. Sus ojos
centelleaban, parecía una Medea–. ¿Sabes lo que significa eso? Que te silben,
sí, pero ningún respeto. Cumplidos estúpidos, pero ni una observación un poco
cuerda de igual a igual.
–Vamos, estás exagerando.
–No, papá. Mira, te daré un ejemplo. Hace un
par de semanas Neil abolló el coche con el buzón de casa y tuve que llevarlo al
taller para que lo arreglaran. Después de que los mecánicos me hubieran
silbado, ¿sabes qué me dijo el encargado? «Las mujeres... ¿qué le dijo su
marido cuando lo vio?», ¡Él dio por sentado que había sido yo quien abolló el
coche, sólo porque soy una mujer! Cuando lo corregí no me creyó. Se comportó
con tonta galantería y me dijo que le dijera a Neil esto y aquello, que su
motor... y que le dijera... pero ese coche es tan mío como de él. –Dejó de hablar y se
puso roja–. Bueno, ¡pues a pesar de todo no lo parece! De la misma forma que la
casa parece más suya que mía. Ni siquiera mis hijos son tan míos como suyos, él
es quien tiene la potestad sobre ellos. ¡Dios mío! ¡Incluso mi vida es más suya
que mía!
–Creo que es mejor que bebamos algo
–recomendó su padre–, y tú cálmate y limítate a decirme cuáles son exactamente
las quejas que tienes que hacerle a Neil. ¿Quién sabe?, podría llegar a hacer
de intermediario.
De esta forma, un par de horas más tarde se
encontraba hablando de hombre a hombre con su yerno, en una casa que en un
tiempo le había encantado visitar, porque en ella siempre había bullicio, era
cálida y estaba llena de amor, o al menos eso le había parecido. Ahora había
polvo por todas partes, hacía frío y estaba en silencio. Neil le dijo que ya
había cenado, pero, a tenor de la evidencia, Wexford supuso que la «cena» había
consistido únicamente en tomar algunas copas.
–Por supuesto que quiero que vuelva, Reg;
ella y los niños. La quiero, tú ya lo sabes, pero no puedo estar de acuerdo con
sus condiciones. Se supone que debo contratar a una au pair, lo cual significa pagar
un sueldo que a duras penas puedo permitirme, y esto sólo para que Sylvia pueda
salir y aprender alguna profesión para la que ya no deben de quedar vacantes.
Es una excelente madre y esposa, ya lo creo que sí. Simplemente, no veo qué
sentido tiene contratar a alguien para que haga las cosas que ella sabe hacer
tan bien, mientras se prepara para algo en lo que tal vez no será tan buena.
¿Quieres beber algo?
–No, gracias.
–Bien, pues yo sí, y no tienes que decirme
que ya he bebido mucho porque ya lo sé. El caso es ¿por qué no puede seguir
haciendo su trabajo mientras yo hago el mío? Su labor no es menos importante,
yo no la considero inferior, y cuando me dice que otros sí lo piensan le
respondo que todo el problema está en su cabeza. Pero no voy a pagarle un
sueldo por algo que las mujeres han hecho gratis desde tiempo inmemorial,
¿verdad? No pienso poner mi carrera en peligro cancelando viajes al extranjero,
ni tampoco me agotaré limpiando la casa y bañando a los niños cada día al
volver del trabajo. Secaré los platos, de acuerdo, y procuraré que disponga de
todo aquello que pueda ahorrarle trabajo, pero me gustaría saber quién
necesitará la liberación cuando yo esté trabajando todo el día y ella se esté
paseando por una universidad durante Dios sabe cuántos años. Me gustaría ser
mujer, te lo aseguro, y no tener problemas de dinero ni responsabilidades, ni
tener que fichar en una oficina día tras día durante cuarenta años.
–No lo desees tanto.
–Pues esta semana lo pensaba de verdad. –Neil
hizo un gesto con la mano hacia el caos que le rodeaba–. No sé hacer los
trabajos de casa, no sé cocinar, pero puedo ganarme la vida decentemente. ¿Por
qué demonios no podrá ella dedicarse a una cosa y yo a la otra como siempre
hemos hecho? Te aseguro que sería capaz de estrangular a esas condenadas
«liberadores de la mujer». La quiero, Reg, siempre hemos sido el uno para el
otro. Discutimos, desde luego, eso es saludable en un matrimonio, pero nos
queremos y tenemos dos hijos estupendos. ¿No te parece una locura que algo tan
político e impersonal pueda separar a dos personas como nosotros?
–Para ella no es impersonal –replicó
tristemente Wexford–. Neil, ¿no podéis llegar a un compromiso? ¿Por qué no
cogéis una mujer sólo durante un año? Hasta que Ben vaya a la escuela...
–¿No podría ser ella la que esperase hasta
entonces? Muy bien, o sea que como el matrimonio es dar y tomar, yo soy el que
tiene que darlo todo y ella tiene que tomarlo.
–Ella dice que ocurre lo contrario. Me voy,
Neil. – Wexford apoyó su mano en el hombro de su yerno–. No bebas demasiado,
eso no soluciona nada.
–¿No? Lo siento, Reg, pero esta noche tengo
la intención de hacerlo hasta perder el conocimiento.
Wexford no le dijo nada a su hija cuando
llegó a casa; ella tampoco le preguntó nada. Estaba sentada en el alféizar de
la ventana francesa con Ben en sus brazos, pues el pequeño se había despertado
y lloraba, mientras leía concentradamente un libro titulado La mujer y el complot sexista.
9
Ben se pasó la noche quejándose de su
garganta. Cuando Wexford se marchó a trabajar, Sylvia y su madre estaban
discutiendo si debían llamar al doctor Crocker o al dispensario. Lo último que
se imaginaba era que él también pasaría la mañana en un dispensario, ya que
preveía el día como la repetición calcada del anterior, condenado a pasar
impacientemente las horas tras las persianas bajadas.
Llegó un poco tarde; Burden ya lo esperaba en
su despacho, caminando de un lado a otro con evidente gesto de impaciencia.
–Hemos tenido suerte. Acaba de llamar un
médico. Tiene su consulta en Londres y dice que recuerda a Rhoda Comfrey. Era
una de sus pacientes.
–¡Por Dios, al fin! ¿Por qué no nos llamó
antes?
–Porque estaba de vacaciones, como tantos de
ellos. En el sur de Francia, curiosamente. No sabía nada del asunto hasta que
anoche llegó y vio un periódico de la semana pasada.
–Supongo que le dijo que queríamos verlo,
¿no?
Burden afirmó.
–Nos espera alrededor de las once, que es
cuando termina con el último de sus pacientes.
Se remitió a las notas que había tomado:
–Este doctor es un tal Christopher Lomond y
trabaja en un lugar llamado Midsomer Road, en Parish Oak, Londres, 19 Oeste.
–Nunca oí mencionar ese sitio –dijo Wexford–.
Aunque la verdad es que sólo he oído hablar de Strod Green, Nunhead y
Earlsfield. Todos esos pueblos fueron tragados por la... ¿pero de qué se está
riendo?
–Yo sí sé dónde está, lo acabo de mirar. El
19 Oeste corresponde a su rincón favorito, el barrio londinense de Kenbourne.
–De nuevo ese lugar –dijo Wexford con voz de
resignación–. Debí haberlo imaginado. Y lo que es peor, Stevens está de baja
con gripe, ¡gripe en agosto! Así que a menos que disfrute con los autos de
choque es mejor que tomemos el tren.
A pesar de que con toda probabilidad aquel no
era el rincón favorito de nadie, el lugar en el que ahora se encontraban los
dos policías era sin duda lo mejor de Kenbourne. Estaba a unos tres kilómetros
al norte de Elm Green, en la calle mayor de Kenbourne y de su biblioteca, y era
uno de esos «bonitos» barrios que surgieron en campo abierto entre las dos guerras
mundiales. La estación de metro se llamaba Parish Oak, y allí mismo cogieron un
autobús que les llevó por una elevada avenida flanqueada de casas señoriales,
cuyos jardines delanteros habían sido eliminados hacía tiempo para ensanchar la
calle. En la parte más alta de esta avenida desembocaba Midsomer Road, una
calle con una hilera de casas dobles de aspecto confortable, no como la de
Wexford, y en las que los coches dormían en garajes, los portales disponían de
unas limpias cajas de plástico para las botellas de leche y los perros eran
confinados tras artísticas verjas forjadas.
La consulta del doctor Lomond estaba en el
edificio de tejado plano, al lado del número sesenta y uno. Nada más llegar, la
recepcionista los hizo pasar. El doctor ya los esperaba; era un hombre de cara
sonrosada y alegre, bajo y con aires juveniles.
–No pude reconocer a la señorita Comfrey por
la fotografía del periódico –explicó–, pero creí recordar el nombre y cuando la
volví a mirar advertí el parecido. Consulté los archivos. Rhoda Agnes Comfrey,
número seis de Princevale Road, Parish Oak.
–Eso significa que no la visitaba a menudo.
–Sólo vino una vez, en setiembre. Es como se
suele comportar la gente, ¿sabe usted? No se molestan en ir al médico hasta que
algo va mal. Me pidió hora y vino.
–¿Le importaría decirnos qué le pasaba?
–preguntó Burden con cierta indecisión.
El doctor se rió despreocupadamente.
–No, no me importa. Después de todo, esa
pobre mujer está muerta. Ella creía que tenía apendicitis porque sentía dolores
en la parte derecha del abdomen. La examiné, pero no encontré nada extraño;
tampoco mostró otros síntomas, así que pensé que probablemente sería una
indigestión y le aconsejé que no tomara alcohol ni comidas fritas. Le dije que
volviera a visitarme si el dolor continuaba, que le haría una carta para el
hospital. Pero a ella no pareció gustarle esa idea y no me sorprendió que no
volviera. Miren, aquí tengo un informe de ella; siempre los hago con mis
pacientes. – Cogió una tarjeta y leyó–: Rhoda Agnes Comfrey. Cuarenta y nueve
años. No tiene historial de enfermedades, aparte de las típicas de la infancia.
No ha sido sometida a operaciones. Fumadora, por cierto, le dije que lo dejara,
bebe sólo en reuniones sociales, lo cual puede significar cualquier cosa, y anteriormente
estaba en la consulta del doctor Castle, de Glebe Road, Kingsmarkham, Sussex.
–Y él murió el año pasado –añadió Wexford–.
Ha sido usted de gran ayuda, doctor. ¿Podría decirle a este ignorante forastero
dónde está Princevale Road?
–A medio camino de la misma avenida por la
que han subido. Se bifurca en este mismo lado, un poco más arriba del grupo de
tiendas.
Wexford y Burden anduvieron lentamente por la
avenida, ahora en sentido contrario, y vieron que su nombre era Montfort Hill.
–Es curioso, ¿no? –dijo Wexford–. Sabemos que
la gente de aquí la conocía por un nombre supuesto, excepto el doctor. Me
pregunto por qué.
–¿Demasiado arriesgado?
–¿Cuál es el riesgo? Según la ley inglesa,
cada cual puede hacerse llamar como quiera. El nombre de uno es el que utiliza
para nombrarse a sí mismo. La gente cree que para cambiárselo es necesario ir a
un notario, pero esto no es así en realidad. Yo podría hacerme llamar Waterford
mañana mismo y usted Fardel sin infringir un solo precepto de la ley.
Burden parecía confundido.
–Supongo que sí. Escuche..., comprendo lo de
Waterford, pero... ¿por qué Fardel?
–Usted gruñe y suda debido a su vida
fatigosa, ¿no? No se preocupe, olvídelo. No iremos a Princevale Road
directamente, antes quiero presentarle a algunos amigos.
Baker parecía haber olvidado su ofensa y
saludó a Wexford con efusión.
–Michael Baker, éste es Mike Burden. Y éste,
Mike, es el sargento Clements.
En una ocasión, aunque sólo por unas pocas
horas, Wexford había sospechado que ese rubicundo sargento de cara de niño
había llegado a matar para obtener la custodia de su hijo adoptivo. Siempre que
lo recordaba se sentía culpable, a pesar de que tal sospecha nunca había sido
expresada en palabras. ¿Cómo había llegado a pensar semejante cosa de aquel
modelo de integridad? Recordarlo hacía que obrara con cautela cada vez que
hablaba con él, mostrándose amable y procurando no caer nunca en el error de
preguntarle acerca del pequeño James y de la hermanita escogida para él. Sin
embargo, el sargento era demasiado consciente de su rango subordinado como para
comentarle sus asuntos familiares, de lo cual Wexford se alegraba por otras
razones. Y éstas eran básicamente que, a cambio, él habría sido interrogado por
sus nietos, cuestión bastante delicada en estos momentos.
–¿Princevale Road? –dijo Baker–. Es una zona
muy bonita. A menos que me equivoque, el número seis pertenece a un grupo de
viviendas típicas de ciudad, muy modernas, con mucho cristal y madera de
chilla.
–Perdone señor –dijo Clements con
impaciencia–, pero creo que hace unos meses nos llamaron de allí porque se
había producido un robo en una de las casas. Iré a comprobarlo.
A Baker parecía gustarle tener invitados que
le ayudasen a romper el tedio de agosto en Kenbourne Vale.
–¿Qué le parece si vamos a comer al Grand
Duke, Reg? Después, si no tiene objeción, podríamos marchar los dos juntos para
allá.
Procurando no hacer nada que pudiera
contrariar al quisquilloso policía, que era un hombre enormemente susceptible,
Wexford le dijo que él y Burden estarían muy complacidos si lo hiciera, y que
no sabrían cómo seguir sin su ayuda, con lo cual Baker se sintió inmensamente
satisfecho.
El sargento regresó cargado de noticias.
–La ocupante es una tal señora Farriner
–dijo–. Está de vacaciones. No fue su vivienda la que robaron, sino la contigua
a la suya, pero al parecer tiene objetos valiosos y vino a la comisaría antes
de marcharse, el sábado pasado, para pedirnos que vigiláramos la casa mientras
estuviera fuera.
–Podía haberlos puesto en una caja fuerte
–refunfuñó Baker–. ¿Qué sentido tiene hacernos...?
–¿Cuántos años tiene ella, sargento? –lo
interrumpió Wexford sin poder evitarlo–. ¿Cómo es?
–Nunca la he visto, señor. De mediana edad,
creo, y viuda, o divorciada. Dinehart la conoce.
–Haga entonces que Dinehart vea la foto, ¿de
acuerdo?
–Señor, supongo que no querrá decir que la
señora Farriner y la señorita Comfrey son la misma mujer.
–¿Por qué no? –preguntó Wexford.
Pero Dinehart no fue capaz de decidirse en
uno u otro sentido. Ciertamente la señora Farriner era una mujer alta y morena,
y vivía sola. Pero con respecto a un posible parecido con la mujer de la
fotografía... bien, la gente cambia mucho en veinte años. No quería
comprometerse a asegurar nada.
Wexford estaba tenso de excitación. ¿Por qué
no había pensado antes en ello? Durante toda la investigación se había
encontrado con el obstáculo de personas que se habían ido de vacaciones, pero
nunca pensó en la posibilidad de que los vecinos y amigos de Rhoda Comfrey no
la hubieran echado en falta precisamente porque se imaginaban que estaría de
vacaciones. Si pensaban que la señora Farriner se hallaba descansando en algún
pintoresco lugar, ¿por qué relacionarla con una tal señorita Comfrey que había
sido encontrada asesinada en una oscura ciudad de Sussex?
En el Grand Duke, un viejo restaurante que
probablemente había sido una hostería en el pasado, se sirvieron una comida
fría. Wexford estaba demasiado excitado para comer mucho. Tratar a gente como
Baker con diplomacia podía ser una obligación social, pero implicaba una gran
pérdida de tiempo. Los otros parecían contemplar con una calma desesperante lo
que él consideraba un gran descubrimiento. Incluso Burden mostraba una
acentuada falta de entusiasmo.
–¿No le parece extraño –preguntó– que alguien
como la señora Farriner, con el suficiente dinero para vivir en ese lugar y
poseer tantos objetos valiosos, se quedara con una cartera que supuestamente
encontró en un autobús?
–No hay nada más extraño que la gente
–respondió Wexford.
–Tal vez, pero fue usted quien me dijo que
cualquier salida de la norma era importante. Puedo imaginarme a Rhoda Comfrey
haciendo eso, pero no a la señora Farriner que conocemos. Por lo tanto me
parece poco probable que sean la misma persona.
–Bueno, lo que es seguro es que no lo
averiguaremos si nos quedamos aquí sentados llenándonos la boca –replicó
malhumoradamente Wexford.
Para su sorpresa, Baker estuvo de acuerdo con
él.
–Tiene usted razón. Vacíe su vaso y
vayámonos.
Mientras subía Montfort Hill en autobús,
Wexford no había reparado en la fila de cinco a seis tiendas que había a la
izquierda. Esta vez, dentro del coche, se fijó en ellas al advertir que Burden
las examinaba con curiosidad. Pero no le comentó nada; estaba irritado con él.
El nombre de la calle figuraba en un cartel negro con letras blancas:
«Princevale Road, 19 Oeste», y Burden lo miró con cierto interés, girando la
cabeza cuando lo dejaron atrás.
En el final mismo de la calle, o al comienzo,
de acuerdo a la numeración, había una hilera de seis casas adosadas.
Aparentaban menos de diez años y su estilo era totalmente diferente al Tudor,
cada una de ellas con un amplio jardín al frente, característico de Princevale
Road. Wexford pensó que debían de haber sido construidas en el solar que quedó
tras la demolición de alguna vieja casa. Eran un signo de los tiempos, de la
escasez de la tierra y de la avaricia de los constructores. Pero aun así eran
bonitas, de tres pisos y con madera de cedro rojo entre las anchas ventanas de
cristal. Cada una tenía su propio garaje, que formaba parte de la planta baja,
y cada puerta de entrada era de diferente color: naranja, verde aceituna, azul,
marrón chocolate, amarillo y blanco. El número seis, a un extremo de la hilera,
presentaba el típico aspecto de reclamo a los ladrones que adquiere una vivienda
cuando su orgulloso y adinerado propietario está ausente. Las ventanas estaban
cerradas y las cortinas corridas, en una simetría perfecta. Junto a la puerta
vieron una caja de leche vacía, sin botellas a su lado. Embutido en el
rebosante buzón había un puñado de cartas y circulares en sobres marrones.
«Para que lo examine la policía», pensó Wexford.
No había aceptado de buena gana ceder una
parte de la investigación a Baker y Clements, aunque conocía de sobra la
eficiencia del primero. El inspector y su sargento llamaron a la puerta del
número uno. Por su parte, Wexford y Burden se acercaron a la casa contigua a la
que se encontraba vacía.
La señora Cohen, del número cinco, era una
atractiva judía de unos cuarenta años. Su casa estaba atiborrada de adornos, el
papel de la pared era de franjas carmesí sobre otras doradas, y éstas a su vez
sobre otras color crema. Había fotografías de sus hijos, ya mayores, y entre
ellas destacaba la de una rolliza niña vestida de dama de honor.
–La señora Farriner es una persona
encantadora. Lo que yo llamo una mujer valiente e independiente, ¿sabe usted?
Sí, está divorciada. Creo que se casó con alguien que no se portó bien con
ella, aunque nunca me contó los detalles y yo tampoco se los pregunté. Tiene
una pequeña boutique allá abajo, en Montfort Circus. Le he comprado cosas verdaderamente
hermosas y siempre me las ha dejado a precio de coste. Eso es lo que yo llamo
buena vecindad. –Miró la fotografía–, ¡Oh, no! es imposible, no pueden haberla
asesinado. Y nunca utilizaría un nombre falso, no es propio de Rose. Rose
Farriner, así se llama. Quiero decir, lo que ustedes me están contando es
ridículo. Desde luego que sé dónde está; primero se fue a ver a su madre, que
está en una residencia en el campo, luego pensaba ir a Lake District. No, no he
recibido ninguna postal de ella, no creo que me escriba.
La siguiente casa era la que había sido
robada. Cuando se presentaron, la señora Elliot pensó que se había cometido
otro robo. Tenía por lo menos sesenta años, era una mujer nerviosa y vivaracha
que nunca había estado en casa de Rose Farriner y que no se preocupaba mucho de
ella. Pero conocía la boutique, sabía que estaba de vacaciones y que
se ausentaba algunos fines de semana, lo cual era peligroso teniendo en cuenta
la cantidad de ladrones que rondaban por aquel lugar. Cuando le mostraron la
fotografía pareció atemorizada. No, no podía decir si la señora Farriner se
habría parecido a la de la foto cuando era joven. Estaba claro que la sola idea
de identificarla la aterrorizaba, y actuaba como si al hacerlo estuviera
poniendo en peligro su propia vida.
–Rhoda –le explicó Wexford a Burden– es rosa
en griego. Le dice a la gente que va a visitar a su madre a una residencia.
¿Qué posibilidades tenemos de que haya cambiado los hechos, que su madre sea su
padre y que tal residencia sea un hospital?
Baker y Clements se reunieron con ellos en la
verja del número tres. También les habían hablado de la madre, de la residencia
y de la tienda, y también habían encontrado duda y desconcierto en los rostros
de aquellos a quienes enseñaron la fotografía. Juntos, los cuatro se dirigieron
a la última puerta, la de color marrón chocolate.
La señora Delano era muy joven, una rubia
pálida y de aspecto frágil con un bebé también rubio y frágil, que dormía en su
cochecito bajo el porche.
–Rose Farriner debe de tener entre cuarenta y
cincuenta años –dijo, como si ambas edades fueran casi idénticas. Miró con
atención la fotografía y se volvió aún más pálida–. Leí los periódicos, pero
nunca se me ocurrió que pudiera tratarse de ella. Ahora no me explico por qué
no me di cuenta antes.
En el escaparate de la izquierda de la boutique estaba la ropa de moda para los muy jóvenes: téjanos, camisetas
deportivas y calcetines a rayas. Pero a Wexford le interesó más el otro
escaparate, porque las prendas expuestas en él eran del mismo tipo que llevaba
Rhoda Comfrey el día en que había sido asesinada. Rojo, blanco y azul marino
eran los colores predominantes. Los vestidos y chaquetas iban dirigidos a un
público adinerado de mediana edad. Eran «elegantes», una palabra que, estaba
seguro, jamás utilizarían sus hijas o nadie de menos de cuarenta y cinco años.
Y entre ellos, formando una senda desde una manga abierta hasta un frasco de
perfume, suspendidas de un recipiente hasta el cuello de un jersey carmesí,
brillaban varias tiras de cuentas de cristal.
Una mujer de unos treinta años salió a
atenderlos. Dijo ser la señora Moss y estar a cargo de la tienda mientras la
señora Farriner permaneciese fuera. Se mostró estupefacta, suspicaz y
precavida, lo cual era perfectamente comprensible dadas las circunstancias. Una
vez más, la fotografía fue estudiada, y también una vez más volvió a suscitar
dudas. Sólo hacía seis meses que trabajaba para la señora Farriner y su relación
era estrictamente laboral.
–¿Sabe usted de qué lugar es originaria la
señora Farriner? –preguntó Burden.
–Nunca me comentó cosas de su vida privada.
–¿Diría usted que es una persona reservada?
La señora Moss inclinó la cabeza.
–En realidad no lo sé. No nos pasamos el rato
cotilleando la una con la otra, si esto es lo que quiere decir. Ella no sabe
más de mí que yo de ella.
–¿Ha sufrido alguna vez apendicitis?
–preguntó Wexford repentinamente.
–¿Cómo dice?
–¿Le han extraído el apéndice? Esas cosas
suelen saberse.
Parecía que la señora Moss fuera a replicar
que lo ignoraba, pero algo en la mirada seria de Wexford pareció persuadirla de
lo contrario.
–No debería decirle estas cosas, sería una
infidencia de mi parte.
–Usted sabe quién era o es la señora Farriner,
y está obstruyendo nuestra investigación.
–¡Pero no puede ser la misma mujer! Está en
Lake District, volverá a la tienda el lunes.
–¿De veras? ¿Ha recibido alguna postal de
ella? ¿Una sola llamada telefónica?
–Desde luego que no. ¿Por qué tendría que hacerlo
si sé que llegará a su casa el sábado?
–Seré tan franco con usted –dijo Wexford–,
como espero que usted lo sea conmigo. Si a la señora Rose Farriner le
extrajeron el apéndice no puede ser la señorita Rhoda Comfrey, puesto que no
había cicatrices de operaciones en su cuerpo. Por otro lado, si no la operaron,
las posibilidades de que haya sido la señorita Comfrey son muchas. Y tenemos
que saberlo.
–De acuerdo –aceptó la señorita Moss–. Se lo
diré. Debió de ser hace unos seis meses, hacia febrero o marzo. La señora
Farriner se ausentó del trabajo unos días. Sufrió una simple intoxicación, pero
cuando volvió dijo que al principio había pensado que era el apéndice,
porque... bueno... porque ya había sentido ese dolor antes.
10
El calor danzaba en espejismos flotantes
sobre la blanca calzada. El tráfico se arremolinaba incesantemente en torno a
Montfort Circus en un estrépito colosal, y dondequiera que uno dirigía la
mirada se encontraba con el cegador reflejo del sol en los cristales y en los
cromados de los coches. Wexford y Baker se refugiaron en el automóvil que
Clements había aparcado despreciando la doble línea amarilla.
–Tendremos que entrar en esa casa, Michael.
–Tenemos la llave, por descontado...
–respondió Baker pensativamente. Su mirada se encontró con la de Wexford–.
Necesitaremos una autorización. Déjemelo a mí, Reg, veré qué puede hacerse.
Burden y Clements estaban en la calle,
conversando. Aunque era consciente del puritanismo de Burden y de la profunda
desaprobación que sentía Clements por todas las personas menores de veinticinco
años, cosa que era un mal presagio para James y Angela, Wexford había supuesto
que los dos tendrían poco en común. Pero se había equivocado. Estaban
discutiendo, como si fueran viejecitas, el indecente aspecto de la joven ama de
casa que había abierto la puerta del número dos de Princevale Road, ataviada
únicamente con un bikini. Wexford le dio al inspector una informal y
autoritaria palmadita en el hombro.
–Vamos,
John Knox. Quiero volver a mi querido hogar de Sussex en
el tren de las 4.35.
Burden parecía ofendido, y tras despedirse y
cruzar la plaza hasta la estación de Parish Oak comentó que Clements era un
tipo muy agradable.
–Ya lo creo que sí –dijo Wexford con sorna–,
y el día es precioso y estamos dando un bello paseo.
Sin tener ni idea de lo que decía pero
sospechando que se estaba burlando de él, Burden decidió ignorar esto y dijo
que nunca conseguirían la autorización para registrar la casa basándose sólo en
una evidencia.
–¿Qué quiere decir, con «una» evidencia? Para
mí es definitiva. Supongo que no pretenderá que esas mujeres vengan a contarnos
toda la historia, ¿verdad? «Oh, sí, Rose me confió que su verdadero nombre era
Comfrey.» Considere los hechos. Una mujer de unos cincuenta años acude a un
médico con los síntomas de lo que ella supone es apendicitis. Le da el nombre
de Comfrey y su dirección, número seis de Princevale Road, Parish Oak. La única
ocupante de esa casa es una mujer de unos cincuenta años llamada Rose Farriner.
Seis meses después, la tal Rose Farriner vuelve a hablar de una posible
apendicitis. Rhoda Comfrey disfrutaba de una posición desahogada, probablemente
tuviera su propio negocio. Según la señora Parker, estaba interesada en la
moda. Rose Farriner también tiene dinero, y es propietaria de una tienda de
ropa. Rose Farriner tiene a su madre enferma en una residencia en el campo.
Rhoda Comfrey tuvo a su padre enfermo en un hospital, también en el campo. ¿No
le parece concluyente?
Burden iba de un lado a otro de la
plataforma, mirando con aire sombrío los carteles de las películas picantes
expuestos allí.
–No lo sé. Solamente creo que tendremos
problemas para conseguir la autorización.
–Hay algo más que le preocupa, ¿no es así?
–Sí, es una cosa nueva. Mire, es el tipo de
cosa que suele preocuparle a usted, no a mí. Es algo de lo que suelo reírme, si
quiere que le diga la verdad.
–¿Bien? ¿Y qué demonios es? Al menos podría
decírmelo.
Burden se golpeó la palma de la mano con el
puño. Su expresión era la del hombre escéptico, práctico, que toca con los pies
en el suelo, y que duda en decir que ha visto un fantasma por temor a que la
gente se burle de él.
–Fue cuando subíamos por Montfort Hill y
pasamos junto a esas tiendas. Pensé que no había valido la pena coger el
autobús, ya que la consulta del médico no estaba tan lejos de la estación.
Entonces me fijé en las tiendas y el nombre de la calle de enfrente y... mire,
es estúpido, cuanto más pienso en ello más me doy cuenta de que estaba
buscándole tres pies al gato. Olvídelo.
–¿Olvidarlo? ¿Después de toda esa perorata?
¿Está loco?
–Lo siento, señor –dijo Burden con rigidez–,
pero no me gusta que el trabajo de la policía esté basado en absurdas
conjeturas y en toda esa basura que las mujeres llaman intuición. Como usted
dice, tenemos hechos sólidos y concluyentes sobre los que seguir trabajando.
Sin duda he sido muy pesimista en lo que se refiere a la autorización del
registro. La conseguiremos.
En el rostro de Wexford se dibujó una
expresión de ira, acompañada de una nueva erupción de sudor.
–Es usted un auténtico dolor de muelas
–profirió, pero el estruendo del tren que pasaba ahogó sus palabras.
Su humor no mejoró cuando el viernes por la
mañana leyó el periódico: «Inspector de policía desconcertado por el caso
Comfrey», rezaba un titular encima de cuatro columnas en el pie de la primera
página. Y allí, en medio del texto, estaba su propia fotografía, una antigua
instantánea de archivo de los días en que estaba más obeso. Sobre una enorme
papada había unos rasgos auténticamente porcinos. Se miró en el espejo del
baño, pero al aparecer Robin, corriendo y gritando que el abuelo salía en el
periódico, se cortó con la cuchilla de afeitar aquella piel de pollo en que se
había convertido su antigua papada.
Fue a Forest Road y entró en casa de James
Comfrey utilizando la llave de Rhoda. Había otras dos llaves en el llavero, y
estaba seguro que una de ellas abriría la puerta principal de la casa de Rose
Farriner. Por el momento la guardaba consigo para compararla con la que estaba
en posesión de la policía de Kenbourne, en caso de que la autorización se
retrasara. Porque si no fueran idénticas –y, teniendo en cuenta el extremo
secreto de Rhoda Comfrey en lo concerniente a su vida de campo en la ciudad y a
su vida de ciudad en el campo, era probable que no lo fueran–, ya podía
despedirse de la autorización desde ese mismo momento. Después meditó acerca de
la tercera llave. ¿Sería la de la puerta de la tienda? Tal vez. Entró en el
salón, en el que aún persistía aquel insoportable olor a humedad que Crocker
había descrito como de basurero, y abrió la ventana.
De los cajones que habían sido llenados de
nuevo con aquel desordenado y aparentemente inútil surtido de cordeles, agujas,
bolas de naftalina y monedas, Wexford separó todas las llaves que encontró.
Contó un total de quince. Tres de la marca Yale, una Norlond, una RST, una FGW
Ltd., siete más oxidadas, de las que abren candados de puertas traseras o de
puertas del jardín, una llave de contacto de un coche y otra más pequeña, que
debía de ser del maletero del mismo. En estas dos últimas estaba grabado el
logotipo de Citroën. No habían estado en el mismo cajón y ninguna de ellas
tenía atada la típica correa de cuero.
Un fuerte golpe en la puerta principal le
hizo dar un respingo. Se dirigió hacia ella, la abrió y vio que se trataba de
Lilian Crown.
–¡Oh!, es usted –dijo–. Pensé que eran los
críos, que al fin habían logrado colarse, o squatters. Nunca se sabe, en
estos días, ¿verdad?
Llevaba pantalones rojos y una camiseta que
le habría sentado mucho mejor a Robin. La temeridad es una característica que
no suele asociarse con las mujeres de edad, en especial con las de su estrato
social. La timidez, el miedo a la autoridad y la necesidad de pasar
inadvertidas suelen aparecer después del climaterio –como Sylvia le había hecho
saber con lastimosos ejemplos–, pero en el caso de la señora Crown no habían
acabado por imponerse. Tenía la audacia propia de la juventud, que con toda
seguridad no había sido animada por un trago de ginebra a las diez de la
mañana.
–Entre, señora Crown –dijo Wexford, y luego
cerró la puerta con firmeza. Ella entró precipitadamente olfateando a uno y
otro lado.
–¡Qué desastre! No había estado aquí en los
últimos diez años. –Escribió algo en el polvo de una cómoda y dejó escapar una
risita de niña.
Con las manos llenas de llaves, Wexford le
preguntó:
–¿Significa algo para usted el nombre de
Farriner?
–No puedo decirlo. –Se echó el cabello hacia
atrás y encendió un cigarrillo. Había venido para comprobar que la casa no
había sido invadida por los vándalos, pero había traído consigo sus cigarrillos
y una caja de cerillas. ¿Para tener una charla con ellos? Era verdaderamente
sorprendente.
–Supongo que su sobrina tenía coche –dijo él
levantando las dos pequeñas llaves.
–Si eso es verdad, nunca lo trajo. Y seguro
que lo habría hecho; nunca perdía la oportunidad de llamar la atención.
Su hábito de omitir los pronombres en una
conversación en la que, por otro lado, no economizaba opiniones, le irritó.
Habló con cierta dureza:
–¿A quién pertenecen entonces estas llaves?
–No me lo pregunte a mí. Si tiene un coche en
Londres, ¿para qué se deja las llaves aquí? Oh, no, ese coche habría estado
expuesto ahí fuera para que todo el mundo lo viese. Como no podía conseguir un
hombre, se pasó la vida demostrando lo que era capaz de conseguir. ¿Quién se
quedará con el dinero? Yo probablemente no, aunque no es del todo seguro.
Le lanzó una bocanada de humo a la cara y él
retrocedió tosiendo.
–Me gustaría saber algo más sobre la llamada
que la señorita Comfrey le hizo el viernes por la tarde.
–¿Como qué? –preguntó la señora Crown,
sacando el humo por los orificios de la nariz como si fuera un dragón.
–Exactamente todo lo que se dijeron la una a
la otra. Usted cogió el teléfono y ella dijo: «Hola Lilian, ¿sabes quién soy?»,
¿entiende? –La señora Crown afirmó–, ¿Qué se dijeron después? –preguntó
Wexford–. ¿Qué hora era?
–Sobre las siete. Le dije «hola» y ella me
respondió lo que usted acaba de decir, con una voz afectada, profunda y
presuntuosa. «Desde luego que lo sé», respondí. «Si quieres saber algo de tu
padre», añadí, «será mejor que vayas al hospital.» «Ya sé todo eso», replicó,
«me voy de vacaciones, pero antes bajaré un par de días.»
–¿Está segura de que mencionó lo de las
vacaciones? –la interrumpió Wexford.
–Por supuesto que sí. Mi memoria funciona
perfectamente. Le diré otra cosa, ella me llamó cariño. Yo estaba sorprendida.
«Bajaré antes un par de días, cariño», dijo. También noté que había otra mujer
con ella, debía de querer que su acompañante creyera que estaba hablando con un
hombre.
–Pero a usted la llamó Lilian.
–Eso no significa que no hubiera otra mujer
presente desde el principio de la conversación, ¿no? Mi opinión es que,
dondequiera que estuviese, ella tenía a alguna amiga cerca, y cuando ésta
entró, Rhoda metió ese «cariño» para hacer ver que estaba citándose con un
hombre. Estoy segura, conocía a Rhoda. Lo volvió a decir, o algo parecido,
«cariño mío». «Creí que te preocuparías si veías las luces encendidas, cariño
mío. Pasaré a verte al volver del hospital.» Y entonces, quienquiera que fuera
debió marcharse de nuevo, pues oí un portazo. Su voz se hizo más baja y acabó
de decir en su manera usual: «Nos veremos el lunes, entonces. Adiós.»
–¿No le deseó feliz cumpleaños?
Si las arañas tuvieran hombros serían parecidos
a los de Lilian Crown. Los subió y volvió a bajarlos un par de veces como si
fuera una marioneta.
–La vieja Parker me dijo después que era su
cumpleaños. No esperará usted que me acuerde de una cosa como esa. Sabía que
era en agosto. ¡Tenía cincuenta años y nunca la habían besado!
–Eso es todo, señora Crown –dijo Wexford con
desagrado, y la condujo de vuelta a la puerta principal. A veces pensaba en lo
bueno que debía de ser hacer de juez y poder acusar públicamente a la gente.
Con la manga borró el corazón y la flecha que ella había escrito «B ama a L»,
preguntándose mientras lo hacía si «B» no sería el hombre con quien ella se
había ido a beber algo, y también en los espíritus adolescentes escondidos en
viejas sarnosas carcasas.
Llamó desde su casa.
–Se lo puedo decir ahora mismo –dijo Baker–.
Dinehart me lo mencionó. Rose Farriner tiene un Citroën. ¿Le es de alguna
ayuda?
–Creo que sí, Michael. ¿Alguna noticia de la
reunión de mi jefe con su superintendente?
–Tendrá que ser un poco más paciente, Reg.
Wexford se lo prometió. Las cosas poco se
aclaraban: Rhoda Rose Comfrey Farriner había llamado a su tía desde Princevale
Road la noche de su cumpleaños y, como era natural, estaba con una amiga. ¿Una
mujer, como Lilian Crown había supuesto? No, pensó él, un hombre. Por fin había
encontrado a un hombre, a quien había intentado poner celoso. Pero ¿por qué?
Era igual, ese hombre, quienquiera que fuese, se había puesto celoso y había
oído suficiente para saber dónde iría Rhoda Rose Comfrey Farriner el lunes.
Wexford no dudaba de que quien escuchó esa conversación había sido el asesino.
Se trataba de un crimen pasional. Los
espíritus de adolescentes permanecen en los cuerpos viejos, la señora Crown se
lo había demostrado. No todo el mundo sienta la cabeza. Aun cuando había
tratado de ser un buen marido, ¿no había deseado más de una vez experimentar
nuevamente la emoción de volver a enamorarse? Lo había anhelado, en efecto, y
murmuró para sí las palabras de Stendhal: «Aunque fuera con la cocinera más fea
de París, con tal de que ella lo amara y le devolviera su ardor...»
La chica sentada en el vestíbulo de la
comisaría de Kingsmarkham estaba atrayendo considerablemente la atención. El
sargento Camb le había dado una taza de té, otros dos policías le habían preguntado
si se sentía cómoda y si estaba segura de que no podían hacer nada para
ayudarla. Loring llegó a preguntarse si el hecho de llevarla a la cantina a
tomar un bocadillo o una tostada con queso –lo que su jefe Wexford llamaba «la fondue del poli»– podía costarle el empleo. La chica parecía nerviosa y
triste, llevaba consigo el periódico y miraba todo con expresión de miedo, pero
no le dijo a nadie lo que quería; sólo quería ver a Wexford.
Su color era exótico. Existe una orquídea,
que no es rosa, ni verde ni dorada, sino de un beige como la cera y que tiene
tonos sepia; la cara de esta chica tenía el color de esa orquídea. Sus
facciones parecían un dibujo al carboncillo y su cabello, graciosamente
revuelto, era como la seda negra. Para este tipo de mujeres había sido pensado
el sari; caminaba como si estuviera acostumbrada a llevarlo, aunque esta vez
vestía ropas occidentales, una falda azul y una camisa blanca de algodón.
–¿Por qué tarda tanto? –preguntó.
Loring, que era un joven romántico, creyó oír
en ese mismo tono de voz a la Shunamita preguntando a los vigilantes: «¿Habéis
visto a aquel a quien mi alma ama?»
–Es un hombre ocupado –respondió–, pero estoy
seguro de que ya no falta mucho para que llegue.
Y por primera vez deseó ser el feo y viejo
Wexford para poder atender a esa reservada visitante. Por fin, a las doce y
media, Wexford entró.
–Buenos días, señorita Patel.
–¡Se acuerda usted de mí!
Loring se explicaba esto perfectamente,
¿quién que la conociera podría olvidarla? Wexford le explicó que la recordaba
porque tenía buena memoria para las caras, y el pobre Loring fue despachado con
la advertencia de que si no tenía nada que hacer, el inspector podía remediarlo
pronto. La bestia miró a la bella y desapareció por el ascensor.
–¿Qué puedo hacer por usted, señorita Patel?
Se sentó en la silla que le ofreció.
–Se va usted a enfadar mucho conmigo, he
hecho algo terrible. En realidad tengo miedo de decírselo, he tenido mucho
miedo desde que leí el periódico. Vine en el primer tren... han sido ustedes
tan buenos conmigo, todos lo han sido..., me temo que esto va a cambiarlo todo.
Wexford la observó con atención. La recordaba
como una bromista y una molesta, pero ahora su ingenio parecía haberla
abandonado. Estaba triste de veras, él intentó tranquilizarla con un toque de
humor.
–Hace ya meses que no me como a ninguna joven
–dijo–, y créame, me he propuesto no hacerlo nunca en viernes.
Pero ella no sonrió. Tragó saliva y se echó a
llorar.
11
Le habría costado mucho consolarla de la
misma forma en que lo hacía con sus hijas Sylvia y Sheila, a quienes habría
terminado abrazando. Así que cogió el teléfono y pidió que les subieran café y
bocadillos, y dejó claro, tanto a sí mismo como a ella, que no solía enfadarse
cuando tenía la boca llena.
El llanto no estropeó su rostro en absoluto.
Se limpió los ojos, aspiró sonoramente y por fin habló:
–Usted es bueno. ¡Y yo he sido tan idiota!
–¿Quiere empezar o se tomará primero el café?
–Lo dejaré para después.
¿Debía decirle que ya no estaba interesado en
Grenville West, puesto que debía de ser por él que ella había acudido, o dejar
que hablase? Decidió que oiría lo que tenía que decirle.
–Le mentí deliberadamente –dijo.
Él levantó las cejas.
–No es usted la primera. Mi nombre podría
figurar en el Libro
Guin como la persona a quien han mentido más veces.
–Pero esta vez fui yo. Estoy tan
avergonzada...
Llegó el café y un plato de bocadillos de
jamón. Ella cogió uno, pero no comió.
–Era acerca de Polly –dijo–. Ella nunca sale
sola por las noches, nunca. Si va a ver a Grenville él siempre la acompaña a
casa o le pide un taxi. Hace un año ocurrió una cosa horrible; caminaba por una
calle oscura cuando un hombre se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella
gritó, lo golpeó y huyó corriendo, pero a partir de entonces tuvo miedo de ir
sola cuando oscurecía. Me dijo que si en este país dejaran llevar armas ella
tendría una.
–¿Y su mentira, señorita Patel? Está usted
dando demasiados rodeos –dijo Wexford con amabilidad.
–Sí, lo sé, ¡oh! Bien, yo le dije que Polly
estaba en casa conmigo aquel lunes por la noche, pero no era verdad. Salió
antes de que yo regresase del trabajo y volvió sola no sé a qué hora, pero
después de que me acostara. No importa, la cuestión es que al día siguiente le
pregunté dónde había ido, porque sabía que Grenville estaba fuera, y ella me
respondió que se había hartado de Grenville y que había salido con otro. Bien,
yo sabía que hacía tiempo que no era feliz con él, con Grenville, quiero decir.
Quería irse a vivir con él, en realidad quería casarse con él, pero él ni
siquiera la besaba. –Malina Patel se estremeció–. ¡Oh, qué poco me habría
gustado que ese hombre me besara! Hay algo extraño en él, algo misterioso;
bueno, no me refiero a que sea homosexual, al menos yo no lo creo, pero sí algo
difícil de...
–¡Por favor, señorita Patel, siga con su
historia!
–Lo siento. Lo que iba a decir era que Polly
se encontró con ese otro hombre, que estaba casado, y que el lunes pasaron la
noche en un motel. Y me dijo que ese hombre tenía miedo de que su esposa lo
descubriera, que había hecho que un detective lo siguiese, y que si ese
detective aparecía le dijera que había estado conmigo en casa.
–¿Pensó usted que yo era un detective
privado?
–¡Sí! Ya le dije que yo estoy loca. Le
prometí a Polly hacer lo que me dijo si venía un detective, y vino. No parece
tan terrible, porque dormir con el marido de otra no es un crimen, ¿verdad? No
es muy bonito, pero no es un crimen. Quiero decir, no va contra la ley.
Wexford tuvo que esforzarse para no lanzar
una carcajada. Los comentarios que ella le había hecho aquel día, y que él
había considerado ingeniosos y calculados para confundirlo, provenían en
realidad de la inocencia más pura. Si no fuera tan guapa y dulce, y aunque
pareciera un sacrilegio, se habría inclinado a llamarla estúpida.
Ella acabó su bocadillo y dio un sorbo al
café.
–Me alegré de que Polly encontrara a alguien,
después de haberse sentido tan miserable con Grenville. Creía que los
detectives privados eran personas horribles a las que se les pagaba para que
fisgonearan y se entrometieran en la vida de los demás. Así que pensé que no
tenía importancia mentirle a alguien capaz de hacer cosas tan sucias.
Esta vez Wexford no pudo reprimir la risa.
Ella lo miró dubitativamente por encima de su taza de café.
–¿Ha conocido alguna vez a un detective
privado, señorita Patel?
–No, pero los he visto en las películas.
–Y por eso le costó tan poco pensar que yo
era uno de ellos, ¿verdad? Hablemos seriamente. –Dejó de sonreír–. La señorita
Flinders sabía quién era yo. ¿No se lo dijo más tarde?
Ésa era la pregunta crucial, y de su
respuesta dependía que la acompañara de inmediato a Kenbourne Vale o que la
dejase marchar sola.
–¡Desde luego que sí! Pero yo era demasiado
estúpida para darme cuenta. Me dijo que usted no había venido por nada
relacionado con el hombre ni el motel ni nada de eso, sino que era algo
relacionado con Grenville y con la cartera que había perdido. Iba a contármelo
todo, pero yo no la escuchaba. Me iba, ¿sabe?, tenía prisa, y ya estaba harta
de oírla hablar de Grenville. Intentó decírmelo al día siguiente, pero yo le
dije que no me hablara más de él, que prefería que me contase algo de su nuevo
compañero, y desde entonces no me ha vuelto a hablar de Grenville.
Él se aferró a un punto.
–Entonces, ¿sabía usted que la cartera había
sido extraviada?
–¡Oh, sí! Ya me había hablado de ello. Mucho
antes de que me contara lo del motel, el nuevo hombre y el detective privado.
El pobre Grenville perdió la cartera en un autobús y le pidió que lo comunicara
a la policía, pero ella no lo hizo porque se figuró que no serían capaces de
hacer nada. Eso ocurrió unos días antes de que fuera al motel.
Él la creyó. Su teoría de que Rhoda Comfrey
era Rose Farriner se hacía cada vez más sólida. Las preguntas posteriores que
le hizo a Malina Patel sólo fueron por diversión.
–¿Puedo preguntar qué le hizo venir y
contarme esta terrible verdad?
–Su fotografía en el periódico. La vi esta
mañana y la reconocí inmediatamente.
¿En esa fotografía? Las preguntas
frívolas pueden llevar tanto a la humillación como a la diversión.
–Polly ya se había ido. Ojalá la hubiera
escuchado antes. De pronto me di cuenta de que todo tenía que ver con la mujer
asesinada, y me di cuenta quién era usted y de todo lo demás. Me sentí tan
terriblemente mal que no fui a trabajar. Les telefonee y les dije que tenía
gastroenteritis, lo cual fue otra mentira, y le dejé una nota a Polly
diciéndole que me había ido a ver a mi madre porque estaba enferma, cogí el
tren y aquí estoy. Han sido tantas mentiras que ya he olvidado lo que he dicho
a cada persona.
–Cuando tenga más práctica aprenderá a evitar
esto. Asegúrese de decir siempre la misma mentira.
–No hablará en serio, ¿verdad?
–No, señorita Patel, desde luego que no. Y no
le mienta a la policía, ¿de acuerdo? Acabamos descubriéndolo todo. Supongo que
también habríamos descubierto esto, solo que ya no estamos en esa línea de
investigación.
–Ha sido usted tan bueno conmigo...
–Por esta vez no la encerraremos –dijo
Wexford–. Es lo que llaman una sentencia en suspenso. Venga conmigo abajo y
veré si alguien puede llevarla a la estación. Creo que el policía Loring va en
esa dirección.
Los grandes ojos de conejo se cruzaron con
los suyos.
–Creo que estoy siendo una terrible carga
para usted.
–En absoluto –dijo Wexford despreocupadamente–.
Él la soportará con suma entereza, créame.
Una vez más llegó temprano a casa con la
perspectiva de pasar la tarde libre. No había otra cosa que hacer sino esperar
a ver qué pasaba. Resultaba imposible seleccionar o descartar sospechosos, pues
no tenía ninguno: tampoco intentar detectar contradicciones y falsedades
premeditadas en las declaraciones de los testigos, porque, sencillamente, no
tenía testigos. Lo único que tenía eran cuatro llaves, un coche desaparecido,
una cartera que había sido extraviada en un autobús y la historia de un hombre
que, contra todo pronóstico, había amado a Rhoda Comfrey, y a quien, tras oír
una conversación telefónica, había matado por celos.
No era una colección muy prometedora de
objetos, contradicciones y conjeturas.
El río había adquirido una tonalidad dorada
con la luz de la tarde, y en su superficie ondulada se había formado una pátina
como en una antigua estatua de bronce. Libélulas de armaduras azules y moteadas
revoloteaban sobre el agua y el sauce dejaba ir sus hojas blancas por la
vidriosa corriente.
–¿No sería bueno que el río pasara por tu
jardín? –dijo Robin.
–Mi jardín tendría que ser medio kilómetro
más largo –respondió Wexford.
Como las ratas de agua tampoco pensaban
aparecer, los pequeños se habían quitado las sandalias y los calcetines y
estaban chapoteando. Era raro que Wexford, reacio en un principio a la idea,
consintiera en quitarse los zapatos y arremangarse los pantalones para unirse a
ellos. Ben estaba jugando a barcos con un tronco de sauce, pero se apoyó
demasiado en el extremo y acabó cayendo al agua mientras intentaba agarrarse
del cuello de su abuelo. Este lo cogió antes de que le diera tiempo a gritar.
–Tienes suerte de que haga tanto calor. Te
secarás mientras volvamos.
–Llévame, abuelo.
–Te espera una gran reprimenda –dijo Robin,
que no parecía demasiado triste por lo que le esperaba a su hermano.
–No cuando les digas que tu valiente abuelo
saltó y le salvó la vida –dijo Wexford.
–Vamos, no tiene más de veinte centímetros de
profundidad. Tendrá problemas, y tú también. Ya sabes cómo son las mujeres.
Pero no hubo reprimenda, al menos a causa del
chapuzón. Wexford no sabía cómo había empezado, pero cuando él y los niños se
acercaron a las ventanas francesas de la casa pudo oír a su esposa hablando
ásperamente, lo cual no era normal en ella.
–Personalmente, creo que tienes mucho más de
lo que te mereces, Sylvia. Un buen marido, una casa encantadora y dos hijos
guapos y sanos. ¿Crees que has hecho algo en tu vida para merecer más?
Sylvia saltó. Wexford pensó que iba a
replicar a su madre gritando, pero entonces, al ver a su hijo cubierto de
barro, lo cogió y se lo llevó al piso de arriba corriendo. Robin se quedó
mirando en silencio y acabó siguiéndola con el pulgar en la boca, un hábito que
Wexford creía que habría abandonado años antes.
–¡Y eras tú la que me decías que no fuese
dura con ella!
–No es agradable –dijo Dora sin mirarlo– oír
a tu propia hija decir que una mujer sin carrera es un estorbo cuando llega a
los cincuenta años y ya no resulta atractiva para nadie. Que su marido sólo le
hace compañía cuando no trabaja porque alguien tiene que cargar con ella.
Estaba estupefacto. Ella se había vuelto
porque sus ojos estaban bañados en lágrimas. Se preguntó cuándo la había visto
llorar por última vez. Nunca desde que muriera su padre, hacía ya quince años.
Era la segunda mujer que lloraba en su
presencia en el mismo día. En este caso difícilmente tendrían efecto el café y
los bocadillos, pero quizá sí un abrazo. En lugar de ello dijo lacónicamente:
–A veces pienso que si yo fuera un solterón
con la misma edad de ahora y si tú estuvieras soltera todavía, cosa desde luego
imposible, te pediría que te casaras conmigo.
–¡Oh, señor Wexford, esto es tan repentino!
–dijo ella, tratando de sonreír–. ¿Me dejará pensarlo?
–No –respondió él–. Lo siento, hemos de salir
a celebrar nuestro compromiso. –Le rodeó el hombro–. Vamos, iremos a cenar a
algún bonito sitio y después al cine. No tienes que decírselo a Sylvia,
escabullámonos.
–¡No podemos!
–Nos vamos.
De modo que cenaron en el Olive and Dove,
ella con un viejo vestido de algodón y él con su ropa para observar ratas de
agua. Y después vieron una película en la que nadie era asesinado ni se casaba,
ni tenía hijos ni nietos, sino que todos los personajes vivían en París y
bebían mucho y se pasaban el día amándose. Cuando volvieron eran las once y
media, y cuando Sylvia salió para recibirlos Wexford tuvo la curiosa sensación
de que eran una pareja de jóvenes enamorados y que ella era el padre. Era como
si fuera a decir: «¿Dónde habéis estado? ¿Creéis que éstas son horas de
llegar?» Pero, naturalmente, no dijo nada de eso.
–Ha llamado el jefe de policía, papá.
–¿A qué hora? –preguntó Wexford.
–A las ocho y a las diez.
–No puedo llamarlo ahora, tendrá que esperar
a mañana.
Compartiendo las iniciales y, hasta cierto
punto, la apariencia del viejo general De Gaulle, Charles Griswold vivía en una
granja restaurada en el pueblo de Millerton –Millerton les-deux-églises, como Wexford lo llamaba–. Wexford estaba lejos de ser su mejor
oficial, pues lo consideraba un excéntrico que utilizaba métodos como los que
había denunciado Burden en la plataforma de la estación de Parish Oak.
–Intenté hablar con usted la pasada noche
–dijo fríamente cuando Wexford se presentó en Hightrees Farm a las nueve y
media de la mañana del sábado.
–Salí con mi esposa, señor.
Griswold no era de los que pensaban que los
policías no deberían tener mujer. El mismo estaba casado, su esposa estaría por
allí, aunque había quien decía que hacía décadas que ya no se preocupaba por
ella. Pero que las mujeres fueran intrusas hasta el punto de que se las tuviese
que sacar de vez en cuando lo contrariaba extraordinariamente. No hizo
comentarios, pero su amplia frente se arrugó.
–Quería comunicarle que la autorización ya ha
sido firmada. El asunto está en manos de la policía de Kenbourne. El
superintendente Rittifer prevé entrar mañana por la mañana, y por cortesía
suya, usted y otro oficial podrán acompañarlo.
«Es mi caso –pensó Wexford, ofendido–. La
mataron en mi feudo. ¡Oh, Howard! ¿Por qué tienes que estar en Tenerife ahora?»
–¿Por qué no hoy? –preguntó con cierta
rudeza.
–Porque creo que hoy aparecerá esa condenada
mujer, como es lógico.
–Seguro que no, señor. Ella es Rhoda Comfrey.
–Rittifer es de la misma opinión. Y le diré
que si sólo fuera por usted no habría dado mi apoyo a la petición de esa
autorización. Lo conozco, se pasa todo el tiempo basando sus investigaciones en
absurdas intuiciones y presentimientos.
–Esta vez no, señor. Hay una mujer que ha
identificado a Rhoda Comfrey como Rose Farriner. Tiene la misma edad y
desaparecieron al mismo tiempo. Se quejaba de síntomas de apendicitis sólo unos
meses después de que Rhoda Comfrey fuera al doctor con los mismos síntomas.
Ella...
–De acuerdo, Reg. –El jefe de policía soltó
la única cosa de la que era capaz–. No diré que conoce usted mejor el trabajo
porque no pienso que sea así.
12
La cortesía del superintendente Rittifer no
incluía su presencia en Princevale Road. Wexford no lo culpó de ello; si él
hubiese sido el superintendente tampoco lo habría hecho en una tarde tan
hermosa como aquélla.
Cuando Baker, Clements, Burden y él se
presentaron, ya eran las dos. Habían subido en el coche de Burden y como era
domingo no encontraron mucho tráfico. Ahora que había llegado el momento,
estaba empezando a sentir remordimientos, las semillas de los cuales habían ido
sembrando Burden y el inspector jefe. Se sentía preocupado por lo mismo que lo
había puesto en la pista de Rose Farriner. ¿Por qué le había dicho al médico
que se llamaba Rhoda Comfrey cuando todos allí la conocían por Rose Farriner? Y
con la agravante de que era el médico local, que vivía a poca distancia y que
de una manera inocente habría podido mencionar ese nombre a cualquiera. Por
otro lado estaban las ropas que llevaba Rhoda Comfrey el día de su muerte.
Wexford supuso que su esposa jamás se las habría puesto, ni siquiera en los
días en que no tenían dinero. Eran de los mismos colores que las expuestas en
la boutique de Montfort Circus, pero ¿seguían también el mismo estilo? ¿Las habría
comprado la señora Cohen a precio de coste considerándolas «hermosas»? ¡Qué
curiosa forma de describirlas! Pero no era extraño, viniendo de una joven mujer
de aspecto anémico y neurótico, que parecía estar sufriendo algún tipo de
histeria.
¿Tenía razón Burden en lo referente a la
cartera? Salió del coche y miró la casa. Incluso desde lejos se dio cuenta de
que las cortinas eran de las caras, de las de cien libras el juego. Las
ventanas eran dobles y la capa de pintura naranja y blanca era reciente. Junto
a la entrada había un laurel plantado en un cubo. Había visto una vez un laurel
como aquel en un centro de jardinería; pedían por él veinticinco libras. ¿Cómo
podía robar una cartera una mujer que poseyera todo aquello? Tal vez bajo aquel
demacrado cuerpo escondía dos personalidades distintas. Además, la cartera
había sido robada, y de un autobús que hacía el trayecto de Kenbourne Vale...
Antes de que Baker introdujera la llave que
la señora Farriner había encargado a Dinehart, Wexford comprobó las dos que
había en el llavero de Rhoda Comfrey. Ninguna abrió.
–Es significativo –dijo Burden.
–No necesariamente. Debí traer todas las
llaves que encontré en el cajón.
A Baker no le gustó esto, pero abrió la
puerta y entraron.
En el interior, el ambiente estaba cargado y
el calor era sofocante. La temperatura en la entrada debía de superar los
veinticinco grados y el aire tenía un aroma peculiar. No de bolitas de
naftalina, de polvo o sudor, sino de ambientadores de pino, pulimentos y demás
productos que en vez de eliminar los olores añaden el suyo propio. Wexford
abrió la puerta del garaje: estaba vacío. En el cuarto de baño amarillo y
blanco colgaban toallas nuevas, y en el lavabo había una pastilla de jabón por
estrenar. La otra habitación tenía una alfombra negra, y de sus ventanas
colgaban cortinas de geométricos diseños blancos. En ella no había más que dos
sillones negros, una mesa baja de cristal y un televisor.
Subieron hasta la parte más alta, dejando de
lado por el momento la primera planta. Su distribución era de tres dormitorios
y un baño. Uno de los dormitorios estaba totalmente vacío, y el otro estaba
amueblado con una cama, un armario y un tocador. Todo parecía extremadamente
limpio, como si lo hubieran esterilizado, las papeleras vacías y los floreros
secos. De nuevo vieron toallas limpias, y un botiquín que contenía aspirinas, spray
nasal, esparadrapo y un pequeño frasco de antiséptico.
Wexford estaba empezando a preguntarse si
Rhoda Comfrey había transmitido su personalidad a sus cosas, pero cambió de
opinión cuando vio el dormitorio principal.
Era grande y lujoso. Mirándolo se acordó de
aquella habitación de huéspedes en Carlyle Villas; esa mujer había progresado
mucho desde entonces. La cama era oval, el cubrecama estaba hecho con un tejido
peludo de color beige y con almohadones del mismo material en la cabecera. La
alfombra, de color chocolate y muy tupida. Una de las paredes no era más que un
gran espejo y otra un cristal que daba a la calle; otra mostraba varios armarios
empotrados y un tocador, y de la cuarta colgaban cuentas marrones ensartadas
que iban desde el techo al suelo. Sobre el tocador de cristal, había varios
frascos de perfume francés, una almohadilla perfumada y una bandeja de cristal
con cepillos de plata.
Miraron los vestidos de los armarios. Había
toda una variedad de ellos, así como de abrigos y batas, pero no sólo eran
diferentes a los llevados por Rhoda Comfrey, sino también de mejor calidad que
los de la tienda de la propia señora Farriner.
La salita de la primera planta tenía forma de
«L», y la cocina ocupaba el espacio entre sus brazos. Un frigorífico en marcha
se ocupaba de conservar un kilo de mantequilla, algunos vegetales empaquetados
en plástico y una docena de huevos.
En la habitación principal, la alfombra era
de color crema, las paredes marrón café con pinturas abstractas y los muebles
de cuero rojo oscuro; de auténtico cuero, no de imitación. Los adornos,
ausentes en todo el resto de la casa, abundaban: numerosas piezas de porcelana china,
un jarrón que Wexford pensó que debía de ser Sung, una pintura de caminantes y
pájaros amarillos con pinceladas rojas y púrpura, que con toda seguridad no era
un Chagal auténtico –¿o tal vez sí?–.
–No me extraña que nos pidiera que
vigiláramos la casa –dijo Baker.
Entonces Clements inició un monólogo,
innecesario en la compañía en que se encontraba, sobre la imprudencia de los
propietarios, la debilidad de las cerraduras y la inconsciencia de la gente que
tiene tal cantidad de dinero que no sabe qué hacer con él.
–Es esto lo que me interesa –lo interrumpió
Wexford, y señaló una cómoda de teca de cuatro cajones sobre la que había un
teléfono. Se imaginó a Rhoda Comfrey llamando desde allí a su tía, y a su
compañero viniendo en ese preciso momento de la cocina, tal vez con bebidas
frescas. El doctor Lomond le había aconsejado que dejara el alcohol, pero a un
lado de la cómoda había botellas, una variedad realmente exótica: Bacardi,
Pernod, Campari, junto a los obligados whisky y ginebra. Abrió el cajón superior.
En el interior de una carpeta en la que había
escrita la palabra «coche» encontró la póliza de seguros del Citroën, el
documento de matriculación y el manual del conductor. Ni rastro del permiso de
conducir. En otra carpeta titulada «casa» había otra póliza y gran cantidad de
recibos de reparaciones domésticas. Todavía halló una tercera carpeta, con el
título de «finanzas», pero sólo contenía un talonario del Barclays Bank de
Montfort Circus, 19 Oeste.
–Y sin embargo no llevaba encima ningún
talonario ni tarjeta de crédito –dijo Wexford más para sí que a sus colegas.
En el segundo cajón había papel de escribir,
con la dirección de la casa inscrita entre adornos de dudoso gusto. Y bajo los
papeles una libreta de teléfonos. Wexford buscó la «C» de Comfrey, la «P» de
padre, la «H» de hospital y la «S» de Stowerton, para volver de nuevo a la «C»,
por si aparecía Crown. Pero nada...
–Aquí hay algo –dijo Burden en un tono
anormalmente alto.
Había abierto el cajón de una mesita situada
bajo la ventana. Wexford se acercó a él. Desde el exterior les llegó el sonido
de la portezuela de un coche cerrándose.
–Debería ver esto –le dijo Burden, mostrando
un documento. Pero antes de que Wexford pudiera cogerlo volvieron a oír algo,
esta vez en la planta baja. Alguien estaba abriendo la puerta principal.
–No esperan a más agentes, ¿verdad? –preguntó
Wexford a Baker.
Este no respondió; en lugar de ello se acercó
con el sargento a la barandilla de la escalera. Se movían como ladrones
sorprendidos in
fraganti, y «ladrones» fue la primera palabra que
pronunció la mujer que subió corriendo las escaleras y que se paró ante ellos.
–¡Ladrones! ¡No me digan que me han robado!
Miró alrededor, a los cajones abiertos, a los
adornos desordenados.
–La señora Cohen me ha dicho que la policía
estaba en mi casa. No puedo creerlo, ¡en el mismo día de mi vuelta! ¡Oh,
Bernard, mira este estropicio! –exclamó dirigiéndose a un hombre que la
acompañaba–. Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado?
–Todo está perfectamente, señora –dijo Baker
con voz grave–, no ha habido ningún robo. Me temo que le debemos una disculpa.
Era una mujer alta pero proporcionada, y
aunque tal vez era mayor no aparentaba más de cuarenta años. Era guapa, morena
e iba muy maquillada; vestía unos caros pantalones vaqueros de corte, un
chaleco y una camisa de seda roja. El joven que iba con ella era fornido, rubio
y de facciones marcadas.
–¿Qué está haciendo usted con mi partida de
nacimiento? –le preguntó a Burden.
El se la devolvió mansamente, junto a un
certificado de divorcio. Su cara expresaba muchas cosas, principalmente
incredulidad y desconcierto. Era el turno de Wexford:
–¿Es usted
Rose Farriner?
–Desde luego que sí. ¿Quién pensó que era? El
se presentó y le explicó por qué estaban allí.
–Esto no tiene ningún sentido –dijo el tal
Bernard– Si quieres demandarlos por esto, Rosie, cuentas con todo mi apoyo.
Nunca había oído nada semejante.
La señora Farriner se sentó, miró la
fotografía de Rhoda Comfrey y después el periódico que Wexford le dio.
–Creo que me tomaré algo, Bernard. Un whisky,
por favor. Pensé que estaban aquí porque creían que yo era esa mujer que
asesinaron. ¿Cómo ha dicho que se llamaba? ¿Wexford? Bien, señor Wexford, tengo
cuarenta y un años, no cincuenta, hace ya nueve años que mi padre murió, y en
mi vida he estado en Kingsmarkham. Gracias, Bernard, esto ya es otra cosa. Me
ha dado un susto, ¿sabe? ¡Por Dios! No comprendo cómo ha podido cometer un
error tan grande. –Le pasó los documentos a Wexford y éste los leyó en
silencio.
Rosemary Julia Golbourne, nacida cuarenta y
un años antes en Northampton. El otro documento, que era una sentencia firme,
certificaba que el matrimonio habido entre Rosemary Julia Golbourne y Godfrey
Farriner en Christ Church, Lancaster Gate, en abril de 1959, había sido
disuelto catorce años después por el tribunal del condado de Kenbourne.
–De haberse retrasado otra semana –prosiguió
la señora Farriner–, habría podido mostrarle mi segundo certificado de
matrimonio. –El hombre le puso la mano sobre el hombro mientras dirigía a
Wexford una mirada furiosa.
–No me queda otro remedio que presentarle mis
más sinceras excusas, señora Farriner, asegurarle que no hemos causado ningún
daño y que lo dejaremos todo tal como estaba.
–Eso está muy bien, pero fíjese en lo que ha
hecho –protestó Bernard–. Entra en el hogar de mi futura esposa, forzándolo, y
registra sus documentos privados, todo porque...
Pero la señora Farriner se había puesto a
reír:
–¡Oh, es todo tan ridículo! Una vida secreta,
una mujer misteriosa. ¡Y esa fotografía! ¿Quieren ver qué aspecto tenía a los
treinta? Por el amor de Dios, hay una fotografía en este cajón. –La cogió.
Mostraba una bella chica de rizos morenos, cara sonriente, ojos enormes y cuya
tez era apenas un poco más suave y lisa que la de ahora–. ¡Oh!, no debería reírme,
¡cómo he cambiado! Pero mira que confundirme con una vieja solterona que fue
asaltada en un caminito campestre...
–Veo que te lo estás tomando muy bien, Rosie.
La señora Farriner miró a Wexford y dejó de
reír. El policía pensó que, aunque poco comprensiva, era una bella mujer.
–No emprenderé ninguna acción legal, si eso
es lo que le preocupa –dijo–. No me quejaré al ministro del Interior. Ahora que
ya me he recuperado del susto, no dejemos que pase de una simple anécdota, ¿de
acuerdo? Prepararé café para todos.
Wexford no se había recuperado del golpe, y
rechazó el ofrecimiento de Baker de dejarlo en Victoria. Burden y él caminaron
lentamente por la calle. Muchos vecinos de la señora Farriner, de idéntica
apariencia, habían salido para ver cómo se marchaban. Lo que muchos de ellos
llamarían más tarde «una redada de la policía», se había convertido en la
comidilla del fin de semana, y los miraban mientras fingían que podaban sus
setos.
En Kenbourne Tudor el sol brillaba con toda
su fuerza sobre las superficies graciosamente pintadas y en las igualmente
gráciles flores de colores, petunias de franjas o cuarteadas como si fueran
banderas, y verdes jardines afelpados de donde emergían los aspersores. Wexford
sentía un vacío dentro de sí. Experimentaba esa sensación enfermiza que sigue a
un monstruoso planchazo o a un faux pas.
–Nos espera una gran reprimenda –dijo Burden
desesperadamente, utilizando las mismas palabras que había pronunciado Robin
dos días antes.
–Supongo que sí. Debí escucharlo.
–Bueno... yo tampoco le dije mucho. Era
simplemente que durante todo el tiempo tuve ese presentimiento, y usted ya sabe
cómo desconfío de ellos.
Wexford permaneció en silencio. Habían
llegado al final de la calle, al punto en que convergía con Montfort Street.
Una vez ahí preguntó:
–¿Cuál era el presentimiento? Supongo que
ahora ya me lo puede decir.
–Me lo ha preguntado usted en el lugar
adecuado. De acuerdo, se lo diré. Se me ocurrió la primera vez que pasamos por
este lugar. –Burden condujo a Wexford un poco más abajo de Montfort Hill, lejos
de la parada de autobús–. Supongamos que Rhoda Comfrey va a la consulta del
doctor Lomond, cuyo nombre acaba de hallar en el listín telefónico. No sabe muy
bien dónde está Midsomer Road, de modo que no toma el autobús, sino que viene
caminando desde la estación de Parish Oak. Por alguna razón que desconocemos no
quiere darle al doctor Lomond su verdadera dirección, así que tiene que darle
una falsa, que esté en el área en que él trabaja. Hasta ese momento no ha
pensado ninguna, pero pasa por delante de estas tiendas y mira el estanco, ¿qué
es lo primero que ve?
Wexford miró hacia donde Burden le indicaba.
–Un cartel que anuncia helados Wall. Por
favor, Mike, un rótulo colgante de cigarrillos Player’s Número Seis. ¿En eso
consistía su presentimiento? ¿Fue por este motivo que miró hacia atrás la
primera vez que vinimos en coche? Ella ve el número seis, y luego ese letrero
de Princevale Road, ¿no?
Burden afirmó tristemente.
–Creo que tiene razón, Mike, es la forma en
que se comporta la gente. Pudo incluso ser algo inconsciente. La recepcionista
del doctor Lomond le pide su dirección y ella sale con el número seis de
Princevale Road. –Se golpeó la frente con la mano–. ¡Debí darme cuenta! Me
encontré con algo parecido aquí mismo, en Kenbourne Vale, hace años. Una chica
se hacía llamar Loveday porque había visto el nombre en una tienda. –Se volvió
hacia Burden–. Mike, debió usted decirme eso, debió decírmelo la semana pasada.
–¿Me habría hecho caso?
Wexford poseía un temperamento caliente, pero
era también un hombre justo.
–Posiblemente no. Pero de todas formas habría
querido entrar en esa casa.
Burden se encogió de hombros.
–Estamos de nuevo en la casilla número uno,
¿verdad?
13
No tenía sentido retrasarlo, fue directamente
a Hightrees Farm. Griswold lo escuchó con disgusto creciente, y en mitad del
relato se sirvió un brandy con soda, sin ofrecerle nada a su subordinado.
–¿Lee usted de vez en cuando los periódicos?
–preguntó a Wexford cuando éste terminó.
–Sí, señor. Desde luego.
–¿No se ha dado cuenta de que desde hace unos
diez años la prensa se ha dedicado a meterle en la cabeza a la gente que sus
libertades más elementales están bajo amenaza constante? ¿Y a quién se ataca
más? A la policía. Lo que usted ha hecho es servirles una excusa en bandeja
para seguir haciéndolo. Ya nos podemos preparar para mañana por la mañana.
–No creo que la señora Farriner se lo diga a
la prensa, señor.
–Pero se lo dirá a sus amigos, ¿no? Alguno de
esos sabuesos acabará enterándose. –El jefe de la policía, que se refería a
Sussex como De Gaulle cuando hablaba de «la belle France», con celo y
reverencia, prosiguió–: Entiéndame, no quiero que la prensa amarilla se cebe en
el hasta ahora intachable historial de la policía de Sussex. No pienso ponerlo
en peligro por culpa de un tonto que basa su actuación en la psicología y no en
la evidencia circunstancial.
A Wexford le escoció eso de «tonto». Era
difícil de encajar. Y le pesó más cuando Griswold continuó, aunque ahora lo
llamara Reg, lo cual significaba que, al menos por el momento, no habría
castigo.
–Esa mujer ha muerto hace ya dos semanas,
Reg, y teniendo en cuenta lo que usted ha averiguado, podría haber venido de
Marte. Es como si se diera una vuelta por el espacio cada vez que se iba a
Kingsmarkham.
Estoy empezando a creer que así era, pensó
Wexford.
–Usted ya sabe que no me gustaría llamar a
los de Scotland Yard, pero si para el fin de semana mis mejores hombres no son
capaces de más, tendré que hacerlo. Me parece –y dirigió a Wexford una mirada
más profunda que la de un toro– que lo único que sabe usted hacer es exhibir su
retrato en los periódicos como si fuera un actor de cine.
Sylvia estaba en el comedor, con la mesa
cubierta de impresos de solicitudes de trabajo y cursillos.
–Has escogido la peor época del año –le dijo
su padre al tiempo que cogía una solicitud de ingreso en la universidad de
Londres–. El curso comienza el mes que viene.
–Mi idea es encontrar un trabajo hasta fin de
año y empezar a estudiar a partir del que viene. Tengo que conseguir una beca.
–Pero, querida, tú no tienes posibilidades.
Dirán que dispones del sueldo de Neil, él es tu marido.
–Tal vez para entonces ya no lo sea. Oh,
¡estoy tan cansada de que los hombres mandéis el mundo! No es justo dar por
sentado que mi marido me va a entender como si fuera su hija y no su esposa.
–Tan justo como dar por sentado que los
inspectores de Hacienda también lo harán. Ya sé que mis ideas o las de tu madre
no te interesan en absoluto, pero te lo volveré a decir. De la manera en que
está organizado el mundo, las mujeres tienen que demostrar que son tan capaces
como los hombres. Bien, demuéstralo tú también. Sácate un título en cualquier
facultad, o sigue un curso por correspondencia, probablemente eso te ayudará a
encontrar un buen trabajo. Te costará cinco años y para entonces tus hijos ya
se te habrán escapado de las manos. Entonces, cuando tengas treinta y cinco
años, tú y Neil seréis dos profesionales con mucho trabajo y una criada a la
que pagaréis. Nadie te tratará como si fueses un mueble, ya lo verás.–
Ella meditó con aspecto malhumorado. Comenzó
a rellenar lentamente un impreso, en el apartado titulado «Calificaciones».
Wexford vio con tristeza que la lista era escasa. Encabezó su nombre con la
palabra «señorita» y alzó la cabeza haciendo que su cabello saltara hacia
adelante.
–Me encanta tener niños, estaría desesperada
si fueran niñas. ¿Tú no habrías preferido tener hijos varones?
–Supongo que sí, antes que Sheila naciera.
Pero después dejé de pensar en ello.
–¿No pensaste en lo que nos tocaría sufrir?
Papá, tú eres una persona comprensiva y sensible. ¿No se te ocurrió pensar en
el modo en que seríamos explotadas y utilizadas por los hombres?
Eso ya era demasiado. Allí estaba ella,
esbelta y poderosa, rebosante de salud, con la juventud a flor de piel como el
rocío en las plantas, con un diamante brillando en su mano y su pelo perfumado
con Rive Gauche de Saint Laurent. Su hermana, considerada por los críticos como
una de las actrices más prometedoras de su generación, poseía un gran
apartamento en St. John’s Wood, donde, como su padre solía pensar, se dedicaba
a explotar y a utilizar dulcemente a todos los hombres que a menudo la
visitaban.
–No puedo enviarte de vuelta, ¿sabes?
–espetó–. No puedo darle a Dios tu billete y decirle que en tu lugar prefiero
un varón. Entiendo perfectamente lo que sentía Freud cuando dijo que había una
cosa que siempre le había intrigado: «¿Qué buscan las mujeres?»
–Ser personas normales –respondió ella.
Él gruñó y salió del comedor. Los Crocker y
un par de vecinos más entraban a tomar algún refresco. El doctor empujó a
Wexford hacia arriba y sacó el esfigmomanómetro.
–Tienes mala cara, Reg. ¿Qué te pasa?
–Esto lo tienes que decir tú. ¿Cómo va mi
presión?
–No está mal. ¿Es por Sylvia?
Odiaba tener que explicar por qué su hija y
los niños estaban viviendo en casa. La gente tiende a etiquetar a los demás en
categorías, dentro de los limitados compartimentos que su imaginación produce.
Debían estar suponiendo que Sylvia o su marido habían sido infieles, o que Neil
la había maltratado. No pudo decirlo y tuvo que conformarse con soportar
aquella mirada de extrañeza y aceptar su compasión.
–En parte –aceptó–. Y también por el caso
Comfrey. Sueño con ella, Len. Me estrujo los sesos pensando en ella, y acabo de
cometer un error fatal. Griswold ha estado a punto de crucificarme esta mañana;
me llamó tonto.
–Todos nos equivocamos, Reg –dijo Crocker con
aire de director de colegio liberal.
–Sus ojos tenían un brillo sardónico cuando
la encontramos, no sé si te diste cuenta. Me siento como si se estuviera riendo
de mí desde su tumba. Un histérico, ¿eh? Eso es lo que dice Mike que soy.
Pero Mike no volvió a decirlo, sabía cómo
tratar al inspector jefe, aunque Wexford no estaba de tan mal humor puesto que
en los periódicos del lunes y el martes no había aparecido nada que se
refiriera al fiasco cometido con la señora Farriner.
–Pero no todo ha sido vanidad y vejación
–dijo–. Hemos aprendido algo de ello. La desaparición de Rhoda Comfrey, o como
quiera que se hiciera llamar, pudo no haber sido tenida en cuenta por sus
vecinos porque suponían que estaba de vacaciones. De modo que sólo tenemos que
esperar a que pase el tiempo y alguien acuda a nosotros.
–¿Por qué harían una cosa así a estas alturas
del caso?
–Exactamente por eso, porque ya hemos llegado
a cierto punto. ¿Cuánto tiempo suele irse la gente de vacaciones?
–Quince días –respondió Burden rápidamente.
Wexford afirmó con la cabeza.
–Así que quienes la conocen la habrán
esperado para el sábado pasado. No se habrán preocupado mucho al ver que no
llegaba ese día, pero, ¿y cuando no respondió el teléfono el lunes? ¿Y cuando
no apareció por el trabajo, cualquiera que fuera? ¿Y cuando hoy tampoco la han
visto?
–Esto ya tiene más sentido.
–Todo aquel que lee los periódicos sabe que
todavía no conocemos la identidad de Rhoda Comfrey en Londres. La prensa se ha
encargado de decirlo repetidamente. ¿No sería fantástico, Mike, que en este
mismo momento algún servicial ciudadano estuviera entrando en algún periódico o
comisaría de Londres, para decir que está preocupado porque su jefe o su vecina
no ha vuelto de Mallorca?
Burden siempre se tomaba las fantasías de
Wexford al pie de la letra.
–No pudo ir allá, con un nombre supuesto no
habría podido conseguir un pasaporte.
–Si viajaba como Rhoda Comfrey, sí. Aparte de
esto, hay cantidad de trucos para manipular pasaportes. No me diga que una
mujer que nos ha estado trayendo de cabeza durante dos semanas no habría sido
capaz de hacerse con una docena de pasaportes falsos de haberlo querido.
–De todos modos, no viajó a Mallorca. Vino
aquí y la apuñalaron. –Burden se dirigió a la ventana y dijo con preocupación–:
Hay una nube allá arriba.
–Apostaría a que no es más grande que la mano
de un hombre.
–Sí, mayor aún –respondió Burden sin
reconocer la cita de El libro de los reyes–. De hecho, hay muchas.
–E hizo el comentario típico de los ingleses, con más aspereza que sorpresa–:
Va a llover.
La habitación se oscureció y tuvieron que
encender las luces. En el fondo del bosque, un rayo quebró el cielo púrpura; el
trueno que siguió los hizo retroceder; Burden cerró las ventanas.
Por fin empezó a llover, perezosa e
intermitentemente, como suele hacerlo tras semanas de sequía. Wexford recordó
que cuando Sylvia era niña creía que la lluvia era almacenada en una bolsa en
el cielo, hasta que alguien la rajaba. Se sentó y volvió a llamar al
departamento de personas desaparecidas, pero ninguna de las que obtuvo
información se parecía a Rhoda Comfrey.
A media tarde el cielo se calmó. Demasiado
tiempo para confiar en la ansiedad del servicial ciudadano..., ese día
necesariamente tenía que ocurrir algo. La bolsa se rompió de nuevo y la lluvia
se precipitó como una catarata contra los vidrios, trayendo con ella un súbito
descenso de temperatura. Wexford estaba temblando; tenía frío por primera vez
en semanas y se puso la chaqueta. Se sorprendió contemplando la tormenta como
si fuera una profecía, como si ese cambio en el tiempo anunciara otra
intuición. No tenía sentido, desde luego, pues sólo sería la intuición de un
tonto. Pensó que ya había tenido dos antes, y que ambas habían acabado en nada.
A las seis no había recibido llamadas
relativas a Rhoda Comfrey, pero siguió esperando, aunque a esa hora nada lo
obligaba a seguir en su despacho. Esperó hasta las siete, hasta las siete y
media, cuando ya había concluido la pirotecnia de rayos y truenos y sólo la
lluvia seguía cayendo monótona y firmemente. A las ocho menos cuarto, cuando ya
había perdido la fe en sus presagios, en la importancia de ese día sobre todos
los demás –y que había sido uno de los más aburridos de su vida–, cogió el
coche y se fue a casa cortando la lluvia gris.
14
Era como una tarde de invierno. Desde finales
de julio sólo cerraban por las noches, y ya estaban a veintitrés de agosto. Esa
noche no sólo las habían cerrado, sino que las largas cortinas de terciopelo
permanecían corridas.
–Pensé en encender el fuego –dijo Dora, que
ya había conectado una estufa eléctrica.
–Tienes muchas cosas que hacer, aparte de
eso. – Cuidar de los niños, cocinar para cinco y no sólo para dos, pensó–,
¿Dónde está Sylvia?
–Creo que ha ido a ver a Neil. Dijo algo
sobre presentarle un ultimátum.
Wexford hizo un gesto de impaciencia. Empezó
a caminar nerviosamente por la habitación, pero finalmente se sentó porque
sabía que con eso sólo conseguía que quienes lo rodeaban se sintiesen
irritados.
–¿De qué se trata, querido? –preguntó Dora–,
Odio verte así.
Él se encogió de hombros.
–Debería superarlo. Cuentan una anécdota de
san Ignacio de Loyola. Alguien le preguntó qué haría si el Papa decidiese
disolver la Compañía de Jesús de la noche a la mañana, y él respondió: «Después
de diez minutos de plegaria me daría igual.» Ojalá yo fuera como él.
–No te pediré que hablemos si no quieres
–dijo ella con una sonrisa.
–No nos haría ningún bien. He pensado en ello
hasta la saciedad, me refiero al caso Comfrey. Y en lo que respecta a Sylvia...
¿hay algo que no hayamos dicho? Supongo que se divorciarán y que ella se
quedará a vivir aquí, con los niños. Le dije que ésta era su casa, y desde
luego, así lo considero. Leí en alguna parte que uno de cada tres matrimonios
acaba yéndose a pique; el suyo será uno de esos, y la idea no me hace muy
feliz.
Sonó el teléfono, Dora se levantó para
atenderlo.
–Yo lo cogeré –dijo Wexford, alcanzando el
auricular. Reconoció la voz de la hermana de Dora, que llamaba desde Gales,
como solía hacer cada semana. Contestó que sí, que había habido una tormenta, y
que todavía estaba lloviendo, tras lo cual le pasó el teléfono a su esposa. Dos
semanas antes, aunque algo más temprano por la tarde, había recibido la llamada
comunicándole el descubrimiento del cuerpo de Rhoda Comfrey. Entonces se había
sentido confiado, lleno de optimismo, pues le había parecido un caso sencillo.
A través de toda una serie de hechos
irrelevantes, información sobre gente a la que nunca más volvería a ver y a
quien nunca necesitó preguntar, tras un desconcertante revoltijo de
banalidades, una cara demacrada surgía de su memoria, y sus ojos mantenían
aquella expresión indefinible. Tenía cincuenta años, era fea, gorda y vestía
sin gusto, pero había sido víctima de un crimen pasional, de una venganza.
Algún hombre que la amaba debió de creer que había ido a Kingsmarkham para
encontrarse con otro. Parecía inconcebible, pero no podía ser de otra manera. El
apuñalamiento apunta casi siempre a un crimen pasional, a la culminación de los
celos, la rabia o la angustia que emergen en un momento. Nadie suele apuñalar
para heredar de su víctima, o para conseguir cualquier otro beneficio...
–En Pembroke han tenido la tormenta esta
mañana –dijo Dora cuando volvió.
–Fantástico –repuso su marido. Pero luego,
rápidamente, rectificó su postura–. Perdón, no debí decir eso. ¿Qué hay en la
televisión?
Ella consultó el periódico.
–Creo que a estas alturas ya conozco tus gustos.
Sí te sugiriera algún programa de éstos me tirarías un vaso a la cabeza. ¿Por
qué no lees algo?
–¿Qué libros hay?
–Unos de la biblioteca, de Sylvia y míos. Los
tienes al lado de tu silla.
Wexford puso una pila de ellos sobre su
regazo. Era fácil distinguir los de Sylvia. Junto a La mujer y el complot sexista,
estaban El segundo
sexo, de Simone de Beauvoir, y La reivindicación de los
derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft. Los
libros de Dora eran una novela de detectives, una biografía de María Antonieta
y el libro de Grenville West Monos en el infierno. Su reacción al ver este
último fue de rechazo inmediato; le recordaba demasiado su primer error. En su
lugar habría preferido un libro sobre la liberación de la mujer vista por la
suegra de Shelley. Pero ese comportamiento era lo que Burden llamaba
«histérico».
–¿Qué tal es?
–No está mal –respondió Dora–. Está bien
documentado, pero el título no tiene demasiado sentido.
–Probablemente se refiere a una idea que los
isabelinos tenían sobre las mujeres solteras. Según ellos, su destino era guiar
monos en el infierno.
–¡Qué extraño! Léelo. Está basado en una obra
de teatro titulada La
tragedia de la doncella.
Pero tras mirar la fotografía del autor, pipa
en boca, en la segunda solapa, Wexford escogió el de María Antonieta. Durante
una hora estuvo intentando concentrarse en la niñez y juventud de la reina de
Francia, pero lo encontraba todo demasiado real, demasiado verídico. Eran
hechos auténticos, pertenecían a la historia, y lo que él necesitaba era evasión.
Por otro lado, por muy imaginativa que fuera una novela de detectives, por muy
fantásticos que sus investigadores pudieran ser, era la última cosa que le
apetecía leer en ese momento. Cuando Dora trajo la bandeja con el café, volvía
a tener Monos en el
infierno entre sus manos.
La biografía de Grenville West ya no le
interesaba, pero Wexford era de aquellos a quienes antes de leer una novela les
gusta familiarizarse con la trama y leen la sinopsis que los editores suelen
colocar en las solapas o en las primeras páginas. Después de todo, si este
resumen augura una obra terriblemente aburrida uno no tiene por qué seguir
leyendo. Pero en este caso la solapa estaba tapada por la cubierta de la
biblioteca, de modo que recurrió a las primeras páginas.
Al parecer se trataba de la tercera obra de
West y había sido precedida de La elegancia de Amalfi y La mujer de Arden. El resumen del libro informaba que estaba inspirado en La tragedia de la doncella, de Beaumont y Fletcher, un drama situado en la Rodas clásica. West,
sin embargo, había cambiado el emplazamiento a su Inglaterra favorita, la de
los bosques y jardines laberínticos, y con su «maestría omnipotente» –esto era
parte del panegírico del editor– había transformado a reyes y princesas en
aristócratas del siglo xix. No era
una mala idea, pensó Wexford, que los mismos Beaumont y Fletcher habrían podido
elaborar de no haber sido porque escribir sobre los propios nacionales no
estaba bien visto en su época.
Podía incluso echarle un vistazo. Volvió la
página, y sus dedos se quedaron inmóviles. Contuvo un momento la respiración y
abrió la boca, atónito.
–¿Qué ocurre? –preguntó Dora.
Él no respondió. En la página que miraba
estupefacto, dos líneas en cursiva rezaban:
«Para
Rhoda Comfrey, sin la cual nunca habría podido escribir este libro.»
15
–Nuestra primera teoría –dijo Burden.
–Sólo que no era una simple teoría. Si esto
no prueba que West la conocía, ya no sé qué pensar. La conoce desde hace
tiempo, Mike, este libro fue publicado hace diez años.
Era un día fresco y claro. La lluvia había
limpiado tejados y calles, dejando tras de sí una tenue neblina, y el
termómetro de pared de Wexford marcaba unos agradables dieciocho grados. Burden
vestía un traje ligero, y estaba de pie junto a la ventana, cerrada para evitar
la neblina. Examinaba Monos en el infierno con severa expresión de
censura.
–¡Cuánta basura! –fue su veredicto tras leer
el resumen– Hace diez años, sí –dijo– Ese Hampton, el editor, ¿por qué no le
dijo a usted que West había dedicado un libro a esa mujer?
–Debió de olvidarlo, o tal vez nunca lo supo.
No sé nada de editoriales, Mike. Hampton es el editor de West, pero por lo que
sé un editor no tiene por qué conocer las dedicatorias que hacen sus
escritores. En cualquier caso, me niego a creer que una persona perfectamente
respetable y desinteresada como Hampton haya podido ocultarme deliberadamente
la amistad de West con Rhoda Comfrey. Y lo mismo digo de su agente literario,
de Vivian y de Polly Flinders. Simplemente, todos ellos desconocían la dedicatoria.
–Es curioso lo de la cartera, ¿no? –dijo
Burden tras una pausa–. Él debió de dársela; la alternativa resulta
inconcebible.
–¿La alternativa de que él la perdiese y de
que fuera encontrada por una amiga suya que decidió no devolvérsela? Es
imposible, pero entre estas dos hay una tercera posibilidad: que se la dejara
donde ella vivía y que ella, sabiendo que iba a estar un mes fuera, se la
guardara hasta su regreso.
–¿Y que la usara? No me parece probable.
Además, esas dos chicas dijeron que él la había perdido, y que le dijo a esa
tal Polly que informara a la policía.
–¿Están las dos mintiendo? –dijo Wexford–.
¿Por qué iban a hacerlo?
–Hará usted que vuelva ahora, ¿no? –preguntó
Burden, sin responder a la pregunta que le acababan de hacer.
–Lo intentaré. Me he puesto en contacto con
la policía francesa y he hablado con el comisario Laquin, de Marsella.
Trabajamos juntos en un caso, ¿lo recuerda? Es un buen tipo.
–Me habría gustado oír esa conversación.
–Habla un inglés excelente –replicó Wexford
con frialdad–. Si West está en el sur de Francia, lo encontrará. No será muy
difícil, aunque se mueva de hotel en hotel. Allá donde vaya tendrá que mostrar
su pasaporte.
Burden se frotó la barbilla y dirigió a
Wexford la mirada de soslayo que precede a una atrevida y hasta ofensiva
sugerencia.
–Es una lástima que no podamos entrar en el
piso de West.
–¿Está loco? ¿Quiere verme de nuevo
vilipendiado, o trabajando de administrador de fincas, como me creyó Malina
Patel? Por Cristo, Mike, ya me imagino la escena, nosotros dos registrando los
papeles de West mientras éste entra en casa.
–De acuerdo, de acuerdo. ¿Le pedirá a ese
Laquin que haga que West vuelva? ¿Y si no lo hace? No creo que sea un argumento
lo bastante convincente para hacer que interrumpa sus vacaciones sólo porque
alguien a quien él conocía ha sido asesinado.
–Laquin lo llevará a una comisaría y me
telefoneará para que pueda hablar con él, así empezaremos. Si West me da la
dirección de Rhoda Comfrey en Londres puede que no sea necesario que regrese,
ya veremos. No podemos forzarlo a nada, Mike. No ha cometido ningún delito que
nosotros sepamos, y es probable que no haya leído periódicos ingleses desde que
está en el continente. En realidad, es mucho más que probable, si de verdad es
tan francófilo.
–¿Por qué no habría podido ser escrito este
libro sin ella? –preguntó Burden.
–Sólo significa que lo ayudó de alguna
manera, investigando para él, por ejemplo, lo que significaría que trabajaba de
bibliotecaria. Y también revela que West no tenía intención de ocultar a nadie
su amistad con ella.
–Esperemos que no. De modo que piensa usted
vivir pegado a ese teléfono durante los próximos días, ¿no?
–No –replicó Wexford–, Será usted quien lo
haga. Yo debo ocuparme de otras cosas.
Lo que procedía era interrogar a esas dos
chicas, pero eso tendría que esperar hasta que volvieran a casa por la noche.
Después habría que visitar Silk and Whitebeam, en Jermyn Street, y averiguar
todos los detalles acerca de la compra de la cartera. Y una vez encontraran a
West, ¿no quedaría todo aclarado? Wexford tenía el presentimiento –que al jefe
de policía le habría parecido un anatema– de que no iban a encontrar a West
fácilmente.
Mandó de nuevo a Loring a la marroquinería y
a Bryant a todas las bibliotecas de Londres, para saber si alguna empleada
había faltado al trabajo después de las vacaciones. Él fue a Forest Road.
La joven señora Parker, con su bebé en
brazos, y la anciana, que pelaba patatas, miraron Monos en el infierno como si más
que de una novela histórica se tratara de una novedad histérica. Sus días
estaban ocupados por bebés y judías, no por libros.
–¿Un amigo de la señorita Comfrey? –dijo
finalmente Stella Parker. Le parecía incomprensible que alguien que ella
conociera o hubiese conocido estuviera relacionada con algún famoso. Para ella,
Grenville West era famoso simplemente porque su nombre estaba escrito en letras
de imprenta, igual que sus escritos. Repitió lo que ya había dicho, esta vez
sin el tono interrogativo, aceptando lo increíble de la misma forma que
aceptaba la fisión nuclear o el que las patatas hubieran subido a quince
peniques la libra–. Un amigo de la señorita Comfrey. ¡Qué bueno!
Su abuela política no pareció tan
sorprendida.
–Rhoda era ambiciosa. No me extrañaría que
hubiera conocido al primer ministro.
–¿Sabe si era amiga de Grenville West?
–Hable más alto.
–Quiere saber –intervino Stella Parker– si tú
sabías que ella lo conocía, yaya.
–¿Yo? ¿Cómo iba a saberlo? A la única West
que he conocido en mi vida es a esa Lilian.
Wexford se inclinó hacia adelante.
–¿La señora Crown?
–Así es. El apellido de su primer marido era
West. Se llamaba West cuando vino a vivir aquí con Agnes. Y al pobrecillo John
también lo llamaban West. Creí que ya se lo había dicho, joven, cuando hablamos
de los nombres aquella vez.
–No se lo pregunté entonces –dijo Wexford.
«West es un apellido bastante común», pensó
mientras espera en el coche a que Lilian Crown volviera del pub. Pero si
Grenville West tuviera lazos de familia con Rhoda Comfrey, la relación entre
los dos sería más que probable. Sí, por ejemplo, ellos se llamaran el uno al
otro «primo», como hace mucha gente sin un vínculo de sangre que justifique el
trato, el afecto que sentían el uno por el otro quedaría explicado. ¿Y por qué
no se había hecho llamar West, apellido cuya eufonía es más común que la del
rebuscado Comfrey?
Lilian Crown llegó a casa del brazo de un
hombre ya mayor a quien no presentó a Wexford. Ninguno de los dos estaba
borracho, si por ello se entiende tropezar al andar o hablar tartamudeando,
pero ella apestaba a licor y él a cerveza. Tenían un aspecto húmedo, debido sin
duda al clima, pero que invitaba a pensar que se habían bañado en sus cócteles
favoritos.
La señora Crown quería hacer pasar a su amigo
y a Wexford, pero aquél rechazó la invitación con protestas y frenéticas
negativas con la cabeza. Encogió sus hombros delgados y le hizo una mueca.
–De acuerdo, como quieras. –No se despidió de
él y se limitó a entrar en la casa, dejando que Wexford la siguiera. Se sentó
en el sofá lleno de manchas de comida y abrió un paquete de cigarrillos–. ¿Qué
hora es? – preguntó.
Se daba cuenta de que estaba siendo demasiado
sensible con ella, que parecía totalmente insensible. Pero incluso a su edad y
con toda su experiencia le era difícil imaginar la vida de Lilian Crown, cuyo
único hijo estaba tullido y era idiota; una vida arruinada por el infortunio. Y
aunque se dio cuenta de que podría responderle con total indiferencia cualquier
pregunta referente a su hijo, él prefirió no hacérselas. Quizá no lo hacía por
ella sino por él mismo, quizá seguía siendo, incluso ahora, vulnerable a la
inhumanidad del hombre... o de la mujer.
–Tengo entendido que antes de que usted se
casara por segunda vez su apellido era West, ¿verdad?
–Así es. Ron, el señor West murió en
Dunkerque. –Lo dijo como si su primer marido se hubiera puesto deliberadamente
delante de un fusil o un avión alemán–. ¿Qué tiene eso que ver con Rhoda?
–Se lo explicaré dentro de un momento, si no
le importa. ¿Tenía parientes el señor West?
–Desde luego, ¿o piensa usted que su madre lo
encontró bajo un arbusto de grosellas? Tenía dos hermanos y una hermana.
–Señora Crown, estoy interesado en cualquiera
que esté relacionado con su sobrina y que se apellide West. ¿Tenía hijos esa
gente? ¿Sabe dónde están ahora?
¿Cómo iba a saberlo, si incluso ignoraba la
dirección de su propia sobrina? Pero lo más probable era que ellos no tuviesen
motivos para ocultarse.
–Ethel, la hermana, nunca volvió a dirigirme
la palabra después de que me casara con Ron. Se daba aires de grandeza, pero su
padre no era más que un granjero. Se casó con un tal Murdoch, un pobre diablo,
y si no han muerto ya deben de tener más de ochenta años. Los hermanos se
llamaban Len y Sidney, pero a este último lo mataron en la guerra, como a Ron.
Len era bueno, me llevaba bien con él –dijo esto con cierto asombro, como si le
sorprendiera admitir que había congeniado con alguien a quien estaba unida por
lazos de sangre o por matrimonio–. El y su mujer todavía me envían tarjetas de
felicitación en Navidad.
–¿Tienen niños?
La señora Crown encendió una colilla y
Wexford recibió una bocanada de humo en la cara.
–Yo no los llamaría niños; ya deben de tener
cuarenta años. Sus nombres son Leslie y Charley. –El trato de favor otorgado a
sus padres no se extendió a ellos–. Me invitaron a la boda de Leslie, pero ella
me trató como a la basura, actuó como si no supiera quién era yo. Ignoro si
Charley se ha casado, no me molesté en averiguarlo. Es profesor, y se cree
superior a los suyos.
–Así que no existe ningún Grenville West
entre ellos, ¿verdad?
Como la señora Parker, Lilian Crown estaba
empezando a considerarlo un estúpido. Ambas eran del tipo de personas que
piensan que la autoridad es omnisciente, que está obligada a conocer de
antemano todos los detalles oscuros de las familias de los demás, tan bien como
los de la suya propia. Este agente de la autoridad no conocía tales detalles,
por lo tanto era estúpido. La señora Crown levantó la mirada.
–Desde luego que sí. Todos se llaman
Grenville, es como un apellido, aunque nunca sabré qué derecho tiene un
granjero a ponerles a sus hijos un colgajo como ése.
–Señora Crown –dijo Wexford, a quien la
cabeza ya le daba vueltas–, ¿qué quiere decir con eso de que todos se llaman
Grenville?
Rápidamente ella desgranó toda una lista de
nombres:
–Ronald
Grenville West, Leonard Grenville West, Sidney Grenville West, Leslie Grenville
West, Charley Grenville West.
–¿Y su sobrina Rhoda, los conocía? –preguntó
Wexford, aturdido.
–Puede que conociera a Leslie y a Charley
cuando eran niños. Ella era mucho mayor.
Había anotado los nombres y miró la lista.
Ahora necesitaba las direcciones, y la señora Crown, sorprendentemente, fue
capaz de darle unas cuantas. Los padres vivían en Myfleet, un pueblo no lejano
de Kingsmarkham; el hijo de Leslie, en Kent. Desconocía el paradero de Charley,
pero su escuela estaba en South London, eso le había dicho su padre, por lo
tanto era posible que viviera cerca de allí, al menos.
Y por fin, con todo el tacto que pudo, tuvo
que preguntar si esos eran los únicos varones de la familia West...
–¿Y eso es todo? –dijo tímidamente– ¿No hay
nadie más que se llame Grenville West?
–Creo que no. No que yo recuerde. –Lo miró
con dureza– Excepto mi hijo, naturalmente, pero éste no cuenta, él no es
normal. Ha permanecido en una residencia especial desde pequeño. Para lo que
pueda servirle, se llama John Grenville West.
16
Ese día el comisario Laquin no telefoneó,
pero las investigaciones de Loring resultaron provechosas, y el asunto de la
cartera quedó totalmente aclarado.
–Esas chicas no mintieron –le explicó Wexford
a Burden–. West perdió una cartera en un autobús, pero se trataba de la vieja.
Eso es lo que le comentó a la dependiente de Silk and Whitebeam cuando fue el
jueves, 4 de agosto, a comprar otra.
–Y sin embargo fue la nueva la que
encontramos en posesión de Rhoda Comfrey.
–Me inclino a pensar que acabó encontrando la
vieja y que regaló la nueva a Rhoda, tal vez el sábado, cuando ya era tarde
para decírselo a Polly Flinders. Ella debió de decirle que había cumplido
cincuenta años el día anterior y tal vez él aprovechó la ocasión para
regalársela.
–¿Cree que eran primos?
–Sí, aunque no veo en qué puede esto
ayudarnos. Hemos investigado a la gente de esa lista. Dos de ellos están
muertos. Uno es toda una institución en Myringham, en el hospital Abbotts
Palmer; otro tiene setenta y dos años; otro más emigró a Australia con su
mujer; y el último, Charles Grenville West, es profesor, hace cinco años que se
casó y vive en Carshalton. El padre, que se llama John Grenville West, habla de
primos carnales y segundos con ese mismo apellido, pero ya chochea y es
impreciso, no podrá darnos el paradero de ninguno de ellos. Intentaré encontrar
a ese Charles.
Prácticamente lo primero que llamó la
atención de Wexford cuando entró en la sala de estar de Charles Grenville West
fue una estantería con títulos que le eran familiares: La mujer de Arden, La
elegancia de Amalfi, Brisa en Alicante y Asesinada con amabilidad. Los habían colocado en un lugar preferente y estaban muy bien
cuidados, al igual que el resto de la habitación, que el resto de la casa, tan
simpática como el sonriente matrimonio West.
Cuando hablaron por teléfono, el inspector le
había dicho a Charles West que le gustaría hablar con él sobre la muerte de una
persona a la que lo unían vínculos de familia. West le dijo que nunca había
conocido a Rhoda Comfrey, o que tal vez la viera cuando él no era más que un
niño, pero que aun así lo recibiría. Y ahora, Wexford, tras aceptar una cerveza
y responder a las preguntas de rigor sobre el viaje, miró los libros, los
señaló y dijo:
–Parece ser que su tocayo también es su autor
favorito.
–Fue el nombre lo que me
atrajo al principio –dijo West después de coger un ejemplar de Brisa en Alicante–, pero luego me gustaron por sí mismos. Me pregunto si entre nosotros dos
hay alguna relación. –Miró la fotografía de la solapa–. Llegué a creer que nos
parecíamos, pero supongo que sólo era fruto de mi imaginación, la foto no es
muy clara. Y también esas cosas en sus libros... me refiero a los ambientes en
Inglaterra.
–¿Qué cosas? –preguntó Wexford con crudeza.
No utilizó este tono para ofender, sino para hacerle entender que estas
cuestiones podían tener que ver con el asesinato.
–Bien, por ejemplo, en Asesinada con amabilidad, describe una casa claramente inspirada en Clythorpe Manor, que está
cerca de Myringham. Se describen el laberinto y la larga galería. Yo he estado
en la casa, la conozco bien. Mi abuela sirvió en ella antes de casarse.
–Charles West sonrió–. Mis ascendientes eran todos humildes campesinos, las
mujeres tenían que servir, pero vivieron en esa parte de Sussex durante
generaciones. Esto hizo que me preguntara si Grenville West era pariente
nuestro, primo lejano, por ejemplo, ya que conocía tan bien aquellos parajes.
Le pregunté a mi padre, pero me dijo que la familia era enorme, que tenía
muchísimas ramas.
–¿Por qué no escribió a Grenville West para
preguntárselo? –quiso saber Wexford.
–¡Oh, claro que lo hice! Sus editores me
proporcionaron su dirección. Él me respondió con una carta muy simpática. ¿Le
gustaría verla? Debe de estar por alguna parte... –Fue a la puerta y gritó–:
¡Querida!, ¿podrías encontrarme esa carta de Grenville West? Pero no hay
ninguna relación –dijo, dirigiéndose a Wexford–. Verá lo que dice en la carta.
La señora West la trajo. El papel tenía la
dirección de Elm Green en su encabezamiento. La carta decía:
«Querido señor West:
»Gracias por su
carta. Estoy encantado de que le hayan gustado mis novelas, y espero que
también disfrute con Sir Bounteous, que será publicada el mes que
viene, y que está basada en la conocida obra de Middleton Maestros míos, el mundo está
loco.
»Esta novela también
está ambientada en Inglaterra, más concretamente en Sussex. Me encanta su
condado natal, pero siento decirle que no es el mío, y que no puedo adivinar
ninguna relación posible entre su ascendencia y la mía. Yo nací en Londres; la
familia de mi padre es original de Lancashire y la de mi madre de West Country.
Grenville era el apellido de soltera de mi madre.
»Así que, aunque me
hubiera gustado mucho tener primos, como hijo único de dos hijos únicos, apenas
tengo parientes. Eso constituye una verdadera desilusión para mí y tal vez
también para usted.
»Con mis mejores
deseos, sinceramente suyo,
Grenville West.»
A excepción, naturalmente, de la firma, la
carta estaba escrita a máquina. Wexford se encogió de hombros y la devolvió a
su dueño. La información, o la falta de ella, proveniente tanto del autor como
de Charles West le había decepcionado mucho. Pero había algo extraño en esa carta,
algo de lo que no podía estar seguro. El estilo era pretencioso, con visos de
arrogancia, y en sus medidos párrafos había detectado la elegante elisión del
escritor profesional. Pero eso no era extraño, en absoluto... aunque ya se
estaba cansando de sus intuiciones, de sus presentimientos, corazonadas y de la
fingerspitzengefühl que parecía haber perdido. No recordaba ningún otro caso tan lleno de
pistas que no llevaban a ninguna parte. Se despreciaba a sí mismo por no ser
capaz de oírlas y entenderlas, pero por mucho que Griswold pudiera decir, él
sabía que eran sólidas y verdaderas.
–Una carta muy amable –concluyó
desilusionadamente. «Lástima –le habría gustado añadir–, que toda ella sea una
sarta de mentiras.»
Todavía quedaba un Grenville West por visitar,
el que consumía los últimos días de su vida en el hospital Abbotts Palmer.
Wexford trató de imaginarse cómo sería ahora ese hombre, pero se sentía
mareado. Además, era consciente de que había pensado ir al hospital para evitar
tener que volver pronto a la comisaría, donde a buen seguro ese Laquin no
tendría nada para él, y donde también se enteraría de que Griswold había pasado
por encima de él para llamar a Scotland Yard. Era jueves, el fin de semana
estaba muy próximo, y con él el plazo dado por su superior.
Pero ésa no era la actitud propia de un
oficial de policía responsable. Entró en la comisaría, donde el ambiente volvía
a ser caliente y bochornoso. Cuando vio a Malina Patel esperándolo, le pareció
como si hubiera retrocedido una semana en el tiempo.
Una pequeña y delicada mano le tocó la manga,
y cuando se giró vio un par de ojos claros que lo miraban ingenuamente. Parecía
más pequeña y frágil que nunca.
–He traído a Polly conmigo.
Wexford recordó sus anteriores encuentros. La
primera vez la había considerado una persona molesta; la segunda, una tonta
encantadora. Pero ahora comenzaba a afectar su susceptibilidad. Aquella
muchacha parecía querer que la vieran como una buena chica, que actuaba a
impulsos locos pero en todo caso deliciosos. ¿Pero era una locura compatible
con aquella cuidada manera de vestir, calculada para deslumbrar? ¿Podría ser
esa candidez natural? El policía maldijo su propia sensibilidad cuando con voz
suave y galante preguntó:
–¿De veras? ¿Dónde está?
–En el lavabo. Dijo que estaba mareada y uno
de los policías le indicó el camino.
–De acuerdo, alguien les informará dónde está
mi despacho cuando se encuentre mejor. Burden había llegado antes que él.
–Parece que, según su amigo, están batiendo
toda Francia para encontrar a nuestro autor. No ha estado en Annecy, a pesar de
lo que le hayan dicho.
–Ya suben, a ver si lo ponemos todo en claro.
Las dos chicas entraron. La cara de Pauline
Flinders tenía el tono verdoso típico del mareo, su labio inferior temblaba
bajo los incisivos dientes. Llevaba unos téjanos descoloridos y deshilachados,
y una camisa que tenía toda la apariencia de haber sido escogida al azar de un
montón de ropa sucia. Malina llevaba téjanos de color marrón cosidos con hilo
blanco, un jersey, y una larga cadena de medallones dorados.
–Le he pedido que venga –dijo Malina–. La
encontré mal, creí que estaba enferma.– Después de dirigir una tímida mirada de
soslayo a Burden, se sentó.
–¿De qué se trata, señorita Flinders?
–preguntó Wexford, amablemente.
–Díselo, Polly, me lo prometiste. Es tonto
haber venido hasta aquí para nada.
Polly Flinders levantó la cabeza. Habló con
rapidez y sin fluctuaciones en la voz:
–No recibí ninguna postal de Grenville. La
que le enseñé era del año pasado. El sello estaba emborronado y pensé que usted
no se daría cuenta. Y así fue.
La esperada explosión de ira no sobrevino.
Wexford sólo afirmó con la cabeza.
–Usted –dijo– pensó que yo no sabía que él
conocía a Rhoda Comfrey. Pero la conocía desde hacía años, ¿no es así?
–Ella le ayudaba con sus libros –admitió
Polly entre jadeos–. Pasaba muchos ratos en su piso, pero no sé dónde vivía.
Acerca de la postal, yo...
–No se preocupe por la postal. ¿Estaban usted
y la señorita Comfrey en el piso del señor West la tarde del 5 de agosto?
La respuesta a esto fue una afirmación y un
sollozo.
–¿Y la oyeron las dos mientras telefoneaba
desde allí, diciendo dónde iría el lunes?
–Sí, pero...
–Dile la verdad, Polly. Dísela y todo se
arreglará.
–Ya me encargaré yo de que hable, señorita
Patel –dijo Wexford sin apartar los ojos de la otra muchacha, a quien siguió
preguntando–: ¿Tiene usted alguna idea del paradero actual del señor West? ¿No?
Creo que me contó esa mentira de la postal porque tenía miedo de él, porque
creía que tenía algo que ver con la muerte de Rhoda Comfrey.
Ella volvió a afirmar patéticamente, con las
manos apretadas.
–Creo que no tenemos mucho más que decirnos
por ahora –concluyó Wexford–. Iré a verla mañana por la tarde, eso le dará
tiempo para calmarse. –Malina parecía decepcionada, pero él prosiguió–: Le
preguntaré el nombre del hombre con quien pasó la noche del lunes. ¿Pensará en
ello?
Volvió a afirmar con un monosílabo
desesperado, y Burden se las llevó. Cuando volvió le dijo:
–Rhoda Comfrey chantajeaba a West. Me
pregunto por qué no pensamos antes en eso.
–Porque no es una idea muy brillante –dijo
Wexford–. Puedo explicarme que alguien intentara hacerle chantaje a ella,
porque llevaba una vida que quería mantener oculta, ¿pero a West?
–West es, casi con toda seguridad, homosexual
– dijo Burden en tono contenido–. ¿Por qué si no rechazó a Polly?, ¿por qué
vagaba por el Soho casi todas las noches?, ¿por qué se iba de copas con esos
tipos?, ¿y por qué la mayoría de ellos suele tener una vieja amistad, puramente
platónica, con mujeres mayores? Es lo que esos maricas suelen hacer. Les gusta
relacionarse con mujeres, pero tienen que ser «seguras», es decir, que ya estén
casadas o sean mucho mayores que ellos.
Wexford se preguntó por qué no se le había
ocurrido antes. Una vez más había topado con el aplastante sentido común de
Burden. ¿No era eso lo que sospechó cuando leyó la carta que le envió a Charles
West?
Se rió sin importarle mucho.
–Así que esa vieja amiga no tiene mejor idea
que hacerle chantaje, pero... ¿después de diez años? Sí, después de todo ese
tiempo, y amenaza con dar a conocer su inclinación homosexual. –Nunca le había
gustado la palabra «marica», ¿pero de qué se preocupaba? En estos días esto ya
no era ningún escándalo–. Tal vez incluso se anunciara en Gay News.[2]
–¿Sí? Entonces, ¿por qué lo ignora su amiga
india? ¿O Vivian?, ¿o Polly? No le haría mucho bien que sus lectores, gente
decente, se enteraran de lo que iba a hacer al Soho por las noches. A mí no me
gustaría enterarme, se lo aseguro.
–¿Desde cuándo es usted lector suyo?
Burden pareció tan avergonzado como siempre
que cometía un lapsus, por leve que fuera.
–Desde ayer por la mañana –admitió–. Tengo
que hacer algo mientras me paso el día pegado al teléfono, ¿no? Le dije a
Loring que me trajera dos o tres libros suyos en edición de bolsillo. Pensé que
estarían más allá de mi comprensión, pero no fue así. Eran emocionantes,
realmente ingeniosos, la última cosa que uno podría pensar es que el autor es
homosexual.
–Pero usted dice que lo es.
–Sí, y que quiere mantenerlo en secreto. Es
marica, pero aun así piensa vivir con Polly, que es lo que suelen hacer cuando
llegan a cierta edad, y es posible que a Rhoda no le guste la idea de
encontrarse con otra mujer cada vez que vaya a su casa. Así que lo amenaza con
decirlo todo, a menos que renuncie a Polly. Ahí tiene el motivo.
–Pero esto no explica que tenga el mismo
apellido que toda esa tribu de parientes de su tía.
–Mire –explicó Burden–, Charles West le
escribió pensando que tal vez fuese primo suyo. ¿Por qué Rhoda no pudo hacer lo
mismo años antes, después de leer su primer libro, por ejemplo? Charles West no
se preocupó más del tema, pero tal vez ella sí. Esa pudo ser la razón de que se
hicieran amigos, amistad que debió fortalecerse cuando Rhoda se puso a trabajar
para él en ese libro que le dedicó. El nombre es relevante sólo en la medida en
que fue lo que los unió.
–Ya –aceptó Wexford–. Sólo espero que mañana
sepamos algo de West.
Cuando llegó, Robin fue hacia el coche y le
abrió la puerta.
–Muchas gracias –dijo Wexford–. Eres el nuevo
portero, ¿no? Supongo que ahora querrás una propina. –Le dio los helados que
había comprado en el camino–. Uno es para tu hermano, ¿eh?
–Ya no podré hacer más de portero –dijo
Robin.
–¿Por qué? ¿Empiezas el colegio?
–Volvemos a casa, abuelo. Papá nos vendrá a
buscar a las siete.
Wexford no pudo expresar lo que sentía. A
pesar de que había deseado con ganas volver a estar solo con Dora, no pudo
evitar decir:
–Te voy a echar mucho de menos.
–Sí –dijo Robin con complacencia.
«Los niños felices suelen tener un alto
concepto de sí mismos –pensó Wexford–, esperan que los quieran y que los echen
de menos.»
–Pero al final no pudimos ver la rata de
agua.
–Ya tendremos ocasiones, no te vas al Polo
Norte.
El pequeño se rió ante la ocurrencia de su
abuelo. Wexford lo envió a buscar a Ben para darle el helado y entró en la
casa. Sylvia estaba en el piso de arriba haciendo las maletas. Subió, se acercó
a ella y la abrazó. Su hija se volvió hacia él.
–Bien, cariño –dijo Wexford–, así que al
final tú y Neil habéis resuelto vuestras diferencias, ¿no es así?
–No exactamente. Pero se ha comprometido a
darme todo el apoyo que necesite para obtener un título; empezaré el año que
viene. Y además... ¡ha comprado un lavavajillas! –Rió medio avergonzada–.
Claro, ése no es el motivo de que vuelva.
–Creo que ya sé por qué lo haces.
Ella se separó de él al tiempo que volvía el
rostro. A pesar de su altura y de su porte majestuoso, era tímida y torpe en su
trato con las personas.
–No puedo vivir sin él, papá –confesó–. Lo he
echado terriblemente de menos.
–Ésa es la razón, ¿verdad?
–La otra cosa... bien, tú puedes decir que
las mujeres somos iguales que los hombres, pero la verdad es que no podéis
darnos vuestra posición en el mundo. Esto está muy metido en la cabeza de los
hombres, una tendría que practicar el eonismo para cambiarlo.
¿Qué había estado leyendo? Antes de que
pudiera preguntárselo entraron los niños.
–¿Podríamos intentar por última vez ver la
rata de agua, abuelo?
–¡Oh, Robin! –dijo Sylvia–. El abuelo está
cansado y papá vendrá a buscarnos dentro de una hora.
–¡Una hora! –exclamó su hijo con la
concepción que tienen los niños del tiempo–. Es más que suficiente.
De modo que los tres salieron por la pequeña
colina hasta el meandro del Kingsbrook. Estaba calmado, el ambiente era húmedo
y neblinoso, los sauces proyectaban amorfas sombras azuladas y en cada brizna
de hierba brillaba una gota de agua. El río había aumentado su caudal y
discurría con rapidez; era lo único que se movía en aquel remanso de paz.
–Llévame, abuelo –pidió Ben antes de lo
previsto.
Pero en el mismo momento en que Wexford se
agachó para subírselo a la espalda, algo se movió a un lado del río. Un poco a
su derecha, en la otra orilla, un par de ojos brillantes emergió por la boca de
un agujero.
–Sssh...
–susurró Wexford–. ¡Quietos!
La rata de agua salió lentamente. No se
parecía a una rata común; era pequeña y bonita, con el pelaje erizado color
foca y un rostro redondo y vigilante. Se acercó al agua con rapidez y sigilo y
comenzó a nadar, extendiendo y estirando su cuerpo, hacia la orilla en que
ellos estaban. Cuando llegó se detuvo y los miró sin aparentar ningún miedo,
antes de escabullirse en la espesura de juncos verdes.
Robin esperó hasta que hubo desaparecido.
Entonces empezó a bailar con alegría.
–¡Hemos visto la rata de agua! ¡Hemos visto
la rata de agua!
–¡Ben quiere ver a papá! ¡Ben quiere volver a
casa! ¡El pobre Ben tiene frío en los pies!
–¿No estás contento de haber visto la rata de
agua, abuelo?
–Sí, mucho –respondió Wexford, deseando que sus
propios problemas se resolvieran de un modo igual de simple y satisfactorio.
17
La ausencia de Grenville West no podía ser
producto de la casualidad. Había huido, y con toda seguridad llevaba tres
semanas haciéndolo. Todo apuntaba a que él había sido el asesino de Rhoda
Comfrey, y el viernes por la mañana Wexford pensó que el caso se estaba
haciendo demasiado grande y que se le escapaba de las manos. Lejos de intentar
convencer al policía jefe para que no llevase a cabo su amenaza, comprendió que
era inevitable llamar a Scotland Yard, incluso a la Interpol. Pero la llamada
de su superior lo dejó bastante deprimido, pues la áspera voz de Michael Baker,
hablándole desde Kenbourne Vale, le hizo pensar que debía comenzar a admitir su
fracaso.
Baker le preguntó cómo se encontraba, se
refirió a su fiasco con lo de la señora Farriner y dijo:
–Supongo que ya no está interesado en ese
Grenville West, ¿verdad?
A Wexford le parecía que todo el mundo estaba
detrás de él, y ahí tenía a Baker, hablándole como si el auténtico culpable
fuera todavía una pista falsa, alguien que había sido investigado sin motivo.
–Pues sí, todavía estoy interesado, ¿por qué?
–¡Ah! –exclamó Baker–, Entonces será mejor
que venga por aquí. Me tomaría demasiado tiempo darle todos los detalles por
teléfono, pero lo importante es que el coche de West ha aparecido en el garaje
de un hotel, no lejos de aquí, y que su dueño lo dejó el lunes de hace dos
semanas, sin pagar la cuenta.
Wexford no necesitó preguntar nada más. No
olvidó darle su más efusivo agradecimiento y antes de que pasase una hora
estaba sentado frente a él en la comisaría de Kenbourne Vale; Stevens ya se
había recuperado de su gripe, o de su antipatía al tráfico de Londres.
–Le haré un resumen global –dijo Baker–, y
luego iremos al hotel Trieste, a ver al director. Recibimos una llamada de él
esta mañana y envié a Clements. West se inscribió en el registro el domingo 7
de agosto por la tarde, y aparcó su coche, un Citroën rojo, en una de las
plazas de parking del hotel. Cuando el miércoles por la mañana no apareció para
pagar la cuenta, una empleada de habitaciones le dijo a Hetherington, el
director, que hacía dos noches que nadie dormía en la habitación de West.
–¿Y qué hizo él entonces? –preguntó Wexford.
–En ese momento, nada. Afirma que conocía a
West, que tenía su dirección y que no hallaba motivos para desconfiar de él.
Además, había dejado una maleta con ropa en la habitación y el coche en el
garaje. Pero al llegar el fin de semana telefoneó a casa de West, y al no
obtener respuesta envió a alguien a Elm Green. Puede seguir a partir de aquí,
sargento, usted fue quien habló con ese hombre.
Clements, que había entrado mientras Baker
hablaba, saludó a Wexford con una graciosa semireverencia.
–Bien, señor, ese tal Hetherington, que es un
poco zalamero, aunque tampoco nada anormal, lo descubrió por la chica del bar
sobre el que está el apartamento de West. La cosa no lo puso muy contento, pero
pensó que West le escribiría desde Francia.
–Lo cual no ocurrió.
–No, señor. Hetherington no recibió una sola
noticia y comenzó a sentirse molesto. Entonces, según él, se acordó de que la
chica le había hablado de un viaje, y esto le pareció sospechoso, puesto que el
coche todavía estaba en el Trieste. West se había llevado la llave de la habitación
y no había dejado las llaves de contacto. Hetherington empezó a preocuparse,
sospechó algo turbio, pero no nos dijo nada. En lugar de ello rebuscó en la
maleta de West y encontró una libreta de direcciones. Encontró la de los
editores de West, la de su agente y la de la señorita Flinders, y les
telefoneó. Pero ninguno pudo ayudarle, todos le dijeron que West estaba en
Francia. De modo que esta mañana por fin decidió llamarnos.
Los llevaron por North Kenbourne, Montfort
Circus y después bajaron por una calle de casas altas. Wexford vio que Undine
Road estaba a poca distancia a pie de la estación de metro de Parish Oak,
cercana a Princevale Road y a la consulta del doctor Lomond. El hotel Trieste
había sido una gran mansión familiar, pero sus balcones, torretas y salientes
aguilones estaban ahora ocultos bajo tablas de chilla y un nuevo enladrillado;
sus ventanas habían sido ampliadas y acristaladas con vidrio liso. El señor
Hetherington también parecía remozado, con su alisado pelo rubio, su piel
sonrosada y un traje en el que era imposible hallar una sola arruga. La
comparación que podía hacerse entre él y los policías era análoga a la que
existía entre el hotel y su vecindario. El cuidado acicalamiento de aquel
hombre le recordó a Wexford la quisquillosidad de Burden, aunque el inspector
nunca se había puesto laca.
Los condujo hasta su lujoso despacho, al que
se llegaba por un pasillo alfombrado de blanco y paredes revestidas con maderas
rojas, a lo largo de las cuales se alternaban grandes plantas que recordaban
los capiteles corintios.
Ni Baker ni Clements eran aficionados a las
cortesías grandilocuentes ni a los cumplidos.
–Tendrá que volver a contarnos toda la
historia, señor –dijo Baker de una manera bastante ruda–. Estamos interesados
en ella.
–Será un placer para mí –aceptó Hetherington
con una resplandeciente sonrisa que delató su uso diario de dentífrico y que
mantuvo como si estuviera posando ante las cámaras–. Yo también estoy
interesado en el señor West. Estoy convencido de que le ha pasado algo malo.
Pero, por favor, siéntense. –Miró el impermeable de Wexford con extrañeza y le
señaló una silla de tapizado marrón, distinta a la que iba a ocupar–. Estará
más cómodo aquí –le dijo como dirigiéndose a una persona de rango inferior–.
¿Por dónde debo comenzar?
–Por el principio –dijo Wexford con
rotundidad–. No se pare hasta el final.
La expresión de Hetherington volvió a ser de
extrañeza.
–El principio... –dijo–. Fue el sábado, el
sábado 6. El señor West telefoneó y preguntó si podía disponer de una habitación
para tres noches, las del domingo, lunes y martes. Habría sido imposible
atender esta petición, pero dio la casualidad de que una encantadora dama de
Minneapolis, que suele venir cada año, canceló su reserva por... –observó a
Wexford, cuya mirada censuraba la digresión–. Sí, bien, como decía, resultó que
fue posible y le dije al señor West que podría disponer de la habitación de la
señora Gruber. Llegó a las siete del domingo y firmó en el registro. Aquí lo
tengo.
Wexford y Baker lo miraron. Firmaba como
Grenville West, y a su lado figuraba la dirección de Elm Green.
–Ya había estado antes aquí, ¿verdad?
–preguntó Wexford.
–¡Oh, sí! Una vez.
–Señor Hetherington, ¿no le sorprendió que un
hombre que vive a pocos pasos de aquí quisiera alojarse en el hotel?
–¿Si me sorprendí? –dijo Hetherington–. Desde
luego que no, ¿por qué había de hacerlo? Eso no me interesaba. No me
sorprendería si mi vecino quisiera hospedarse en el hotel.
Cogió el registro y lo apartó de ellos.
Mientras se giraba, Clements murmuró con indulgencia:
–Ocurre a menudo, señor. Los hombres suelen
pelearse con sus mujeres, o se olvidan las llaves de casa.
«Tal vez –se dijo Wexford–, pero entonces no
reservan habitación con quince horas de antelación.» Aunque los otros no lo
encontraran extraño, él sí. Le preguntó a Hetherington si West había traído
mucho equipaje consigo.
–Sólo una maleta. Tal vez también llevaba un
bolso de mano.
Aunque Hetherington había empleado esta
palabra con toda normalidad, Wexford a punto estuvo de repetir la pregunta de
Lady Bracknell: «¿Un bolso?» Pero en vez de ello se limitó a levantar las
cejas.
–Preguntó si podía guardar el coche en el
garaje – prosiguió Hetherington–, pero no quería dejarlo en el parking
superior, así que le asigné la plaza número cinco, que estaba libre. Aparcó el
coche él mismo. –Dudó un momento–. Ahora que pienso en ello, me parece extraño.
Le pedí las llaves para que alguien le aparcase el coche, pero insistió en
hacerlo él mismo.
–¿Cuándo lo vio por última vez?
–Ya no lo vi más. El lunes por la mañana
pidió que le llevaran el desayuno a la habitación, y nadie lo vio marcharse. El
miércoles al mediodía esperé a que desalojara la habitación, pero no apareció
para pagar la cuenta.
Hetherington hizo una pausa, y siguió
relatando la historia tratando de resumir. Cuando terminó, Wexford le preguntó
qué había pasado con la llave de la habitación de West.
–¡Dios sabe! Nos cansamos de avisar a
nuestros clientes de que entreguen las llaves en recepción cuando dejen el
hotel, incluso las hacemos pesadas para que resulte incómodo llevarlas en un
bolsillo, pero es inútil, muchos acaban llevándoselas. Así perdemos centenares
de ellas. Tengo su maleta aquí, me imagino que querrán examinar su contenido.
Wexford había reparado en una maleta que
estaba bajo el escritorio de Hetherington y que supuso debía de ser el equipaje
de West. Era de cuero marrón, y aunque no parecía nueva, sí de buena calidad;
bajo la cubierta tenía inscrito el nombre y el escudo de Silk and Whitebeam, de
Jermyu Street. Baker la abrió. Dentro había un par de pantalones de pana, una
camisa de cuello amarilla, un jersey ligero de color gris, un par de
calzoncillos blancos, un par de calcetines marrones y unas sandalias de cuero.
–Esto era lo que llevaba cuando vino –explicó
Hetherington, cuya preocupación por West había sido sustituida temporalmente
ante la desagradable visión de aquellos pantalones con el trasero brillante y
el jersey de mangas deshilachadas.
–¿Y la libreta de direcciones?
–Aquí está.
Los nombres, direcciones y teléfonos eran
escasos. Field and Bray, agentes literarios; la dirección personal de la señora
Brenda Nunn y su número de teléfono; varios nombres y extensiones de los
editores de West; los de Vivian, Polly Flinders, el ayuntamiento de Kenbourne,
el número de emergencia de la Compañía de Gas North Thames; el de la compañía
eléctrica de Londres; el de la biblioteca de Londres y el de la de Kenbourne,
en High Road; también algunos nombres, lugares y números de teléfono de
Francia. Y también la dirección de Lilian Crown, con el teléfono de la tía de
Rhoda Comfrey en Kingsmarkham.
–¿Dónde está el coche ahora? –quiso saber
Wexford.
–Todavía en el parking en la plaza número
cinco. No pude sacarlo de ahí, no hallé forma de hacerlo.
«Me pregunto si yo podré», pensó Wexford. Fueron
hacia allí. El Citroën rojo estaba perfectamente conservado. La matrícula
indicaba unos tres años de antigüedad. Las puertas y el maletero estaban
cerrados con llave.
–Lo abriremos –aseguró Baker–. Encontraremos
una llave que entre, no nos llevará mucho tiempo.
Wexford rebuscó entre el desorden de su
bolsillo: dos llaves con un doble galón.
–Pruebe con éstas –dijo.
Las llaves entraron.
En el interior del coche no había nada, a
excepción de unos planos y mapas de Europa occidental sobre el salpicadero. El
contenido del maletero fue más prometedor: aparecieron otras dos maletas de
cuero marrón, más grandes que la que West había dejado en su habitación, y que
lucían la inscripción «Grenville West, Hotel Casimir, Rué Victor Hugo, París».
Ambas estaban cerradas, pero abrir maletas es un juego de niños.
–Al diablo con las autorizaciones –murmuró
Wexford procurando que Hetherington no lo oyera–. ¿Podemos llevárnoslas?
–Claro –dijo Baker. Y se dirigió a
Hetherington en el áspero tono de amonestación que lo había hecho tan impopular
entre sus colegas–. Ha hecho usted que perdiéramos nuestro tiempo y el de los
contribuyentes al demorar tanto tiempo en contarnos esto. Para serle sincero,
no tiene usted la menor posibilidad de cobrar esa cuenta.
De regreso condujo Loring; Baker iba a su
lado y, detrás, Wexford y Clements. El embotellamiento del mediodía los retuvo,
cosa que aprovechó el sargento para disertar sobre la falta de cooperación
ciudadana, la negligencia y la obstrucción. Y también sobre el cabello de Hetherington,
que aseguraba se había blanqueado. Al final Wexford pudo librarse de aquella
perorata –resulta agotador escuchar a alguien que no deja de acusar a la gente–
y consiguió que le hablara de James y Angela. Cuando llegaron a la comisaría,
ambas maletas habían sido abiertas y yacían en el suelo del lóbrego y modesto
despacho de Baker.
Las maletas estaban llenas de ropas, algunas
de las cuales habían sido compradas recientemente, probablemente para las
vacaciones. En una bolsa de cuero encontraron una máquina de afeitar eléctrica,
un tubo de crema bronceadora y un aerosol para mosquitos, pero ni rastro del
cepillo de dientes, de pasta ni de jabón; ninguna esponja o guante; y tampoco
había agua de colonia.
–Si es homosexual –dijo Wexford–, resulta
extraño que, falten todas estas cosas. Lo mínimo que podemos esperar es un
interés por su aspecto físico. ¿Ni siquiera se limpia los dientes?
–Tal vez utilice dentadura postiza.
–¿Que limpia cada noche con un cepillo de
uñas y el jabón del hotel?
Baker había sacado un gran sobre marrón,
cerrado.
–¡Ah!, los documentos.
Pero en su interior había algo más que
papeles. Baker rasgó el sobre con sumo cuidado y extrajo una llave atada a una
etiqueta de madera y metal, cuya parte metálica tenía grabado el nombre del
hotel Trieste y el número de la habitación que West había ocupado.
–¿Qué me dice de esto? –preguntó Baker–. No
está en Francia, en realidad nunca dejó el país.
Lo que entregó a Wexford era un pasaporte,
cuyo titular, según la cubierta, era el señor J. G. West.
18
Wexford abrió el pasaporte por la primera
página.
El nombre del titular era John Grenville
West, ciudadano del Reino Unido y sus colonias. La segunda página certificaba
que la profesión de West era la de novelista, siendo su lugar de nacimiento
Myringham, Sussex, y la fecha del mismo el 9 de septiembre de 1940. Su país de
residencia era el Reino Unido, su talla, 1,79 centímetros y el color de los
ojos, gris. En el espacio destinado a la firma del titular aparecía «Grenville
West».
La fotografía que había junto a esta
descripción era la clásica de pasaporte y presentaba una persona de cierta
apariencia lunática, con un mechón de pelo moreno que caía desagradablemente
sobre las gafas de montura negra. Cuando fue tomada, West llevaba bigote.
La página cuatro le dijo a Wexford que el
pasaporte había sido expedido cinco años antes en Londres, y en las siguientes
muchos sellos certificaban entradas y salidas de Francia, Bélgica, Holanda,
Alemania, Italia, Turquía y los Estados Unidos. También habían estampado el visado
de este último país. En esos cinco años, West había abandonado su país al menos
en doce ocasiones.
–También pensaba irse esta vez –dijo Baker–
¿Por qué no lo hizo? ¿Dónde está ahora?
Wexford no respondió. En vez de ello ordenó a
Loring:
–Quiero que vaya lo más rápido que pueda al
registro civil y que busque a ese West. Mire en el volumen del año 1940, en la
sección correspondiente a septiembre, todos los que se llamen West. ¿Ha
entendido? Habrá muchos, pero no es probable que más de un John Grenville West
haya nacido el día 9 de ese mes. Quiero el nombre de su padre, y también el de
su madre.
Loring obedeció. Baker estaba echando un
vistazo al resto del contenido del sobre.
–Un talonario de cheques –dijo–, una tarjeta
Eurocard y otra de American Express, cheques de viajero firmados por West y mil
francos, aproximadamente. Es de suponer que tendría la intención de regresar a
recoger todo este equipaje.
–Desde luego. Bajo estas ropas hay una
cámara, una Pentax.
De pronto, Wexford deseó que Burden estuviera
con él. Había llegado a uno de esos momentos en un caso en que, para aclarar su
mente y olvidar su frustración, necesitaba la presencia de su colega junto a
él. Para una discusión cruda pero sin acritud, para un libre intercambio de
insultos sin que nadie se ofendiera al aparecer expresiones tales como
«histérico» o «puritano». Baker era un pésimo sustituto. A Wexford le intrigaba
saber cómo reaccionaría ante algún comentario subido de tono, o cuando lo
tildara de «dolor de muelas». Midiendo sus palabras y bajando el tono natural
de su voz, le refirió a Baker la teoría de Burden.
–Esto no está relacionado con nuestra
investigación –dijo Baker, y Wexford recordó el año en que conoció al
inspector, cuando él había empleado esas mismas palabras–. Deje en paz el
móvil, no se preocupe de si West era el primo segundo de esa Comfrey o el
cuñado de su abuela. –Se rió de su propio ingenio enseñando sus enormes
dientes–. Es irrelevante, y si me deja decirlo así, Reg –como todos los que se
ofenden fácilmente, a Baker no le importaba ofender a los demás; lo hacía sin
darse cuenta–, los árboles no le dejan ver el bosque. Debió usted ser novelista
ya que los hechos concretos no le dicen nada en absoluto.
Wexford encajó el insulto, porque es
insultante que le digan a uno que habría sido mejor en cualquier profesión
diferente a la que ha ejercido durante cuarenta años... sin decir ni una
palabra. Se rió de las metáforas de Baker, las encontraba pastoriles. ¿Era
pastoril la palabra adecuada? Había otra que tenía que consultar con el
diccionario, la tenía en la punta de la lengua. Necesitaba un buen diccionario,
no el insignificante Conciso Oxford, del cual Sheila se había
apropiado hacía tiempo...
–Los hechos tal como son, Reg –estaba
diciendo Baker–. Y el hecho es que West desapareció el mismo día en que mataron
a Rhoda. A eso lo llamo yo prueba de culpabilidad. Su intención era volver al
Trieste y partir rumbo a Francia, pero ocurrió algo que lo previno de hacerlo.
–¿Como qué?
–Como haber sido visto por alguien donde no
debía, o algo parecido. Mire el pasaporte; West no nació en Londres, sino en un
poblado, de modo que cualquiera podría reconocerlo... –Baker hablaba como si el
gran condado de Sussex sólo fuera un pequeño punto en la geografía de
Inglaterra. Su última frase parecía sacada de El viento en los sauces, como si
West hubiera sido el tipo del relato, sujeto a la vigilancia de ojos brillantes
que escudriñaran desde los agujeros de los árboles–... como primos segundos o
abuelos. Alguno de ellos debió de verlo y por eso se escondió.
–¿Bajo la protección, naturalmente, de otro
de ellos?
–Podría ser –respondió Baker con seriedad–.
Pero dejemos de especular y vayamos a comer algo. Ni usted ni yo podemos hacer
más. Dejaremos el asunto en manos de Scotland Yard. ¿Qué le parece si vamos a
tomar un bocado al Hospital Arms?
–¿Le importaría si en vez de allí fuéramos a
Vivian’s Vineyard, Michael?
Baker accedió, no sin fruncir ligeramente el
entrecejo. Era la expresión del hombre que tolera el último trago o cigarrillo
a un amigo. De camino a Elm Green, Wexford se propuso discutir el asunto
consigo mismo. Parecía evidente que West había reservado una habitación en el
Trieste para proveerse de una coartada, pero ésta era muy débil, ya que había
firmado en el registro con su propio nombre. A esto, Baker habría respondido
que lo criminales son tontos. Wexford sabía que esto no era siempre cierto, en
especial cuando el sospechoso es autor de libros alabados por la crítica debido
a su exactitud histórica, su visión amplia y su fidelidad a los modelos. No
había querido matarla, no había sido un crimen premeditado. En apariencia, la
reserva en el Trieste parecía un intento de crear una coartada, pero no era
así. West había ido al hotel por otro motivo, y también a Kingsmarkham. ¿Cómo
habían ido a parar las llaves de su coche a Rhoda Comfrey? ¿Y quién era él?
¿Quién era él? Para Baker todo esto era irrelevante, pero ahora Wexford sabía
que la solución estaba en la verdadera identidad de West y en sus lazos
familiares.
Era cierto que los árboles no le dejaban ver
el bosque, pero eso no quería decir que tan sólo viera árboles. Para él, los
árboles sólo formarían un bosque cuando él los tuviera delante de sí
individualmente y pudiera juntarlos después. Caminaba por un bosque susurrante,
rodeado de voces que provenían de todas partes, indicándole y preguntándole:
«¿Todavía no lo ves? ¿No eres capaz de entender lo que él, ella y yo estamos
intentando decirte?»
Wexford se agitó. No estaba en un bosque
susurrante, sino cruzando Elm Green, donde los árboles habían sido cortados
tiempo atrás. Baker lo miraba como si hubiera leído en una revista médica que
quedarse fijo en la nada, como Wexford ahora, era un síntoma inequívoco de
epilepsia.
–¿Está bien, Reg?
–Perfectamente –respondió Wexford,
bostezando. Acto seguido penetraron en la marrón oscuridad del Vivian’s
Vineyard. La chica pálida estaba sentada en el taburete tras la barra, meciendo
sus largas piernas y charlando con tres jóvenes en mono azul, aunque en ese
lugar parecían marrones. Semejaba una fotografía en sepia.
Baker ya había pedido la comida cuando Victor
Vivian apareció por la parte trasera con una botella de vino en cada mano.
–Hola, hola, hola. –Se acercó a la mesa y se
sentó en la silla que quedaba libre. Llevaba una camisa estampada con un mapa
de los viñedos de Francia, con la zona de Borgoña sobre su corazón–. ¿Qué ha
pasado con el viejo Gren? No supe nada, ¿sabe usted?, hasta que Rita me lo
contó. Quiero decir, me dijo que ese tipo del hotel lo estaba buscando, ¿sabe?
Baker no le había hecho el menor caso, pero
Wexford respondió:
–El señor West no marchó a Francia. Todavía
está en el país. ¿Tiene usted idea de dónde puede encontrarse?
Vivian silbó como si fuera el capitán de un
equipo de fútbol.
–¡Sí! Corríjanme si me equivoco, pero creo que
ya sé a qué se refieren. Quiero decir, es algo serio, ¿verdad? No soy tonto, no
nací ayer.
Desde un punto de vista físico esto era
evidente, aunque no cuando se consideraba la capacidad intelectual de Vivian.
No era la primera vez que Wexford se preguntaba cómo una persona de la
inteligencia y educación de West había soportado más de dos minutos su
compañía, a menos que se hubiera visto obligado a ello. ¿Qué había visto el
escritor en él? ¿Qué vio en Polly Flinders, desaliñada y desesperada, o en la insulsa
y poco atractiva Rhoda Comfrey?
–¿Creen que el viejo Gren ha escapado?
La chica les sirvió dos platos de ensalada,
una canastilla con bollos y un par de vasos de vino.
–Usted me dijo que el señor West vino hace
catorce años. ¿De dónde? –quiso saber Wexford.
–No se lo podría decir, ¿sabe? Quiero decir,
de hecho hace sólo cinco años que estoy aquí; Gren ya estaba.
–¿Nunca le habló de su pasado? ¿De su vida
anterior?
Vivian sacudió la cabeza.
–No suelo meterme donde no me llaman, ¿sabe
usted? Gren nunca me habló de su familia. Bueno, quiero decir, puede que me
dijera algo como que perdió a sus padres. Sí, creo que fue eso lo que me dijo.
–¿Nunca le dijo dónde había nacido?
Baker parecía impaciente. Si fuera posible
tomar jamón con tomate exasperadamente, él lo estaba haciendo. Su silencio era
totalmente desaprobador.
Vivian seguía divagando.
–La gente no suele hacer eso, ¿sabe usted?
Quiero decir, creo que Rita nació en Jamaica, pero no lo sé, no estoy seguro,
¿entiende? Yo no me dedico a ir por ahí diciéndole a todo el mundo dónde nací.
Es posible que Gren naciera en Francia, ¿sabe usted?, no me sorprendería en
absoluto. –Se golpeó el pecho–. El viejo Gren me trajo esta camisa de sus
últimas vacaciones, siempre pensaba en los demás. Quiero decir, no puedo creer
que un tipo como él pueda haberse metido en problemas...
–¿Lo vio cuando se fue de vacaciones este
año? Quiero decir... –¡qué fácil era adquirir el hábito!– cuando se fue de
aquí, el domingo 7.
–Desde luego, entró en el bar. Serían las
seis y media, ¿sabe? «Me voy, Vic», me dijo. No quiso tomar nada porque tenía
que conducir muchas horas. Quiero decir, su coche estaba aparcado fuera, en la
calle. Salí y vi que se marchaba. «Volveré el 4 de septiembre», me dijo, y
recordé que su cumpleaños era por aquellas fechas, el 8 o el 9, y me hice el
propósito de recordarlo para comprarle una botella de champán.
–¿Puede recordar cómo iba vestido?
–Gren no es precisamente elegante, ¿sabe?
Quiero decir que le gusta llevar prendas de cuello alto, pero nunca camisas y mucho
menos corbata, si puede evitarlo. Llevaba esa amarilla vieja, sí, eso era lo
que llevaba, y un suéter y unos pantalones oscuros. No era la clase de ropa que
me gustara, ¿sabe? Estaba seguro de que se iba a Francia, habría apostado por
ello. Pero la verdad, eso no puedo saberlo. Cuando pienso que me dijo «estaré
en París a medianoche, Vic» con ese tono de voz alto que tenía, y que nunca
llegó allá, bueno, siento escalofríos por todo el cuerpo. Quiero decir que no
sé qué pensar.
Baker no podía resistirlo más.
–La cuenta por favor –pidió bruscamente.
–Sí, claro, un momento. ¡Rita! Cuando
aparezca, bueno... si hay algo que yo pueda hacer, algo en lo que pueda ayudar,
no duden en consultarme. Esto me ha afectado mucho.
Estaba claro que Baker quería que los policías
de Sussex volvieran a su madriguera lo antes posible. Incluso había consultado
en el horario de trenes uno que saliera de la estación Victoria a una hora
apropiada, y les había ofrecido un coche para llevarlos allí. Wexford ya era
insensible a las indirectas –¡habría encajado tantas de haberse dado cuenta!–,
y volvió resueltamente a la comisaría, donde Loring lo estaba esperando
pacientemente.
–¿Bien?
–Bueno, señor, lo he encontrado. –Loring
consultó sus notas–. El nacimiento se registró en Myringham, en el condado de
Sussex –dijo ingenuamente–, el 9 de septiembre de 1940. John Grenville West. El nombre de su padre era Ronald Grenville West, y el de su madre,
Lilian West, nacida Crawford.
19
El pequeño John. Dulce y cariñoso, como
suelen serlo los mongólicos... La voz de la señora Parker resonaba entre los
susurrantes árboles. Podía oírla claramente, y también oía a Lilian Crown,
insolente, dura y descuidada. Desde pequeño había estado en una residencia para
retrasados...
–También busqué a los abuelos, señor, para
asegurarme. Los padres de Ronald West eran John Grenville West y Mary Ann West,
y el nacimiento de Ronald también se registró en Myringham, en 1914. La madre,
Lilian West, era hija de William y Agnes Crawford, y nació en Canterbury en
1917. Ronald y Lilian West se casaron en Myringham en 1937.
–¿Está seguro de que ese mismo día no nació
otro John Grenville West en Myringham?
¿Cómo podía ser? Tal coincidencia sería casi
sobrenatural.
–Totalmente seguro, señor –contestó Loring.
–Sé quién es ese hombre: un retrasado mental.
Ha pasado la mayor parte de su vida en una residencia especial. –Wexford ya no
sabía a quién le estaba hablando. Ni a Baker ni a Loring, ni siquiera al
estupefacto Clements. Tal vez sólo a sí mismo–. ¡No puede ser! –exclamó.
–Es así, señor –dijo Loring sin comprenderlo,
pretendiendo únicamente que su integridad no fuese puesta en duda.
Wexford se dio la vuelta y se llevó las manos
a la cabeza. Burden habría calificado este gesto de «histérico» o quizá tan
sólo «melodramático». Pero para Wexford, en este momento, representaba la única
forma de estar solo. A su mente acudieron imágenes fantásticas de una madre
internando a su hijo normal en una residencia para anormales, y así poder
celebrar un matrimonio por interés. También acudieron a su mente las imágenes
de ese niño adquiriendo una educación, siendo adoptado pero conservando su
verdadero nombre. ¿Por qué lo había escondido entonces Lilian Crown?
Dio un respingo.
–Michael, ¿puedo utilizar su teléfono?
–Desde luego, Reg.
Baker ya no le lanzaba indirectas, había
abandonado ese impaciente movimiento de manos. Wexford sabía lo que estaba
pensando. Era como si alguien hubiera puesto delante de él un manual de
consejos para policías ambiciosos: «Tómese con humor los raptos del tío de su
jefe, aunque crea que el viejo está chalado. El nepotismo sólo aparece en la
mente de los ambiciosos.»
La voz de Burden, desde el verde campo,
sonaba saludable y animosa.
–Mike, ¿podría ir al hospital Abbotts Palmer?
Vaya, no llame por teléfono, eso ya podría hacerlo yo. Han tenido, o todavía
tienen, a un interno que se llama John Grenville West. Si puede, véalo.
–Así lo haré –respondió Burden–. ¿Me dejarán
verlo? Quiero decir, ¿será uno de esos casos desesperados, incapaz de
comunicarse?
–Si es quien creo, es más que capaz de
comunicarse, y en ese caso ya no estará allá. Pero no lo estoy enviando sólo
para que lo vea. También quiero que averigüe cuándo ingresó, cuándo dejó la
residencia y en qué estado. Todo lo que pueda saber de él, ¿de acuerdo? Y si descubre
que no está allá porque se curó y regresó al mundo cotidiano, pregunte a su
madre. Tal vez tenga que ser duro con ella. Séalo. Averigüe si ella sabía que
él era Grenville West, el autor, y por qué demonios no nos lo dijo.
–¿Debo investigar sobre la identidad de su
madre?
–Es la señora Lilian Crown. Carlyle Villas,
número dos, Forest Road.
–De acuerdo –dijo Burden.
–Yo permaneceré aquí. Si pudiese, iría pero
quiero esperar a que Polly Flinders vuelva a su casa esta tarde.
Baker aceptó eso último tan filosóficamente
que bajó a buscar café. Wexford sintió lástima por él.
–Gracias, Michael, pero prefiero ir a dar un
paseo. –Y dirigiéndose a Loring, dijo–: Usted puede ir al All Souls Grove y
enterarse a qué hora esperan a Polly Flinders en casa. Si la señorita Patel
tiene otro de sus días, apostaría a que su trabajo no será muy arduo.
Salió al sol, medio oculto por la niebla. La
gente caminaba y holgazaneaba en las esquinas. Como suele ocurrir cuando
alguien se siente turbado por algo, le resultaba extraño que todos fueran
totalmente indiferentes a sus preocupaciones. El que está mareado piensa que es
el mundo el que da vueltas a su alrededor. Estaba mareado, sí, pero era algo
mental, y anduvo lenta y firmemente a lo largo de High Road. Cuando llegó a la
puerta del cementerio entró en la gran necrópolis. Caminó a lo largo de sus
callejuelas, entre las apretadas tumbas, y por fin se sentó sobre una lápida
caída. En los cálidos días de verano no es fácil encontrar la soledad en
parques o jardines, pero uno siempre puede estar seguro de que la hallará en un
rincón de un cementerio. Los muertos parecen ordenar el silencio, mientras que
la atmósfera del lugar y su propia naturaleza suelen repeler a la mayoría de la
gente.
Fue desgranando los hechos metódica y cuidadosamente,
apartando los susurros. West había sido cauteloso en lo que se refería a su
pasado; había hecho nuevas amistades, todas ellas de un nivel intelectual que
no se correspondía con el suyo. A sus editores y lectores les decía que había
nacido en Londres, aunque su pasaporte y registro de nacimiento demostraban que
lo había hecho en Sussex. Su amplio conocimiento del campo de Sussex y de sus
grandes casas denotaba también cierta familiaridad con este condado. Nadie
parecía saber nada acerca de su vida hasta los catorce últimos años, cuando fue
por vez primera a Elm Green, dos años antes de escribir su primer libro. No
habló de sus orígenes ni siquiera con su vecino y amigo íntimo, y le había
negado cualquier posible vínculo familiar a otra persona llamada Grenville
West.
¿Por qué?
Porque tenía algo que esconder, mientras que
Rhoda Comfrey se había mostrado igualmente secreta para ocultar sus prácticas
chantajistas. ¿Qué se obtenía al unir ambas cosas? La amenaza de un chantajista
de desvelar algo. Tal vez no el hecho de que West fuera homosexual –Wexford no
podía convencerse de que en estos días eso fuera importante–, sino quizá el de
que nunca había ido a la universidad (como su biografía afirmaba), o que nunca
había sido profesor, o mensajero, o periodista independiente, o que no había
sido nada hasta los veinticuatro años, edad en que había salido de una
residencia para retrasados mentales.
Como prima suya, Rhoda Comfrey debía de saber
esto; a ella no resultaba tan fácil ocultárselo como a los demás. ¿Había
utilizado esta arma –en este punto la teoría de Burden era sólida– cuando
advirtió que estaba perdiendo a su primo a manos de Polly Flinders? West había
oído la conversación telefónica de Rhoda con su madre, aunque ella hubiera
llamado a Lilian Crown «cariño» para despistarlo. ¿Había supuesto que iba a ver
a su madre? ¿Le sonsacó los detalles de su infancia, las opiniones de los
médicos, todo lo que la señora Crown sabía acerca del confinamiento del niño y
de su posterior liberación?
Ése podía ser muy bien un móvil para el
asesinato. West había reservado habitación en el hotel Trieste para que Polly
Flinders y Victor Vivian creyesen que todavía estaba en Francia. Pero el que
hubiese reservado la habitación con su nombre verdadero y por tres noches significaba
que nunca había tenido la intención de matar a su prima. Y también era
improbable que pensara utilizar esos tres días para discutir con Rhoda y
disuadirla de sus intenciones.
Pero, ¿cómo lo había hecho? No el asesinato,
eso parecía muy claro, ya que no había sido premeditado ni el resultado de un
rapto de furia desesperada. ¿Cómo había planeado la fuga y aguantado semejante
metamorfosis? Admitiendo el hecho de que hubiera sido ingresado injustamente en
el Abbotts Palmer, ¿cómo había superado todas las dificultades con las que de
seguro se encontró? Debió de vivir allá toda su niñez y su juventud temprana, y
si en un principio no sufría ningún retraso mental, durante años se le habría
supuesto tal deficiencia, de forma que le habrían negado la educación normal y
su intelecto habría quedado frustrado por el propio entorno, concebido para
retrasados. Sin embargo, a los veinticinco o veintiséis años había escrito y
publicado una novela que revelaba un gran conocimiento del drama isabelino, de
la historia y de las costumbres inglesas de la época.
En el caso, naturalmente, de que fuera él.
Como Wexford había dicho a Loring, no podía
ser; y sin embargo, no había alternativa. Porque aunque John Grenville West
pudiera no ser el verdadero nombre del autor, aunque se hubiera inventado otro,
había ciertos aspectos que sobrepasaban la pura coincidencia. Cierto, el uso de
este nombre al azar (en lugar, por ejemplo, del suyo auténtico, que tal vez
fuese ridículo o tuviera una eufonía desagradable), pudo hacer que él y Rhoda
se conocieran, y que ella supusiera en un primer momento que eran primos, como
sucedió después con Charles West. Pero era difícil que hubiera escogido,
también por casualidad, la misma fecha de nacimiento de su primo. No había
alternativa: el John Grenville West autor de novelas, francófilo y viajero era
el mismo John Grenville West retrasado mental que su madre había abandonado
cuando tenía seis años. A partir de esta precaria situación, a partir de esta
posición en el mundo...
Se detuvo. Las palabras que había utilizado
hicieron sonar una campana en su interior. Estaba de nuevo en la habitación de
huéspedes, en su casa, y Sylvia le estaba hablando de hombres y mujeres,
comentándole algo sobre la posición del hombre en el mundo. Después de eso le había
dicho que tal posición sólo podrían conseguirla las mujeres practicando el...
¿Qué cosa? ¿Deísmo? No, desde luego que no. ¿Eolismo? ¿Qué quería decir esa
palabra? No importaba, de todas formas no era eso, no había dicho eso. ¿Qué
palabra había pronunciado?
Intentó engarzar una letra con otra, y al
final dio con la palabra buscada «Eonismo», que debía tener algo que ver con
los eones. Tal vez había querido decir que todos los que quisieran conseguir la
igualdad sexual tendrían que superar el curso normal del tiempo.
Se sintió decepcionado porque con esa
corazonada había encontrado la solución al problema. La palabra no era nueva
para él; creía haberla oído antes, mucho antes de que Sylvia la pronunciara, y
no significaba nada parecido a trascender en el tiempo.
Pero dándole vueltas a esto no llegaría muy
lejos. Eran más de las cinco, hora de regresar y ver si Burden había conseguido
algo. Dejó el cementerio en el momento en que iban a cerrarlo. El guarda, que
no lo había visto entrar, le dirigió una mirada de desconfianza. Pero una vez
cerca de la biblioteca volvió a pensar en esa palabra. Wexford tenía un amplio
vocabulario, debido a que desde joven se había hecho el propósito de consultar
en el diccionario cada palabra con que se encontrara y no entendiese. Había
sido una buena idea, impropia de un joven.
Era un lugar que Grenville West conocía bien,
y en donde el policía había visto sus obras por primera vez. Ahora, antes de
buscar un diccionario, les echó otra ojeada. Había cuatro, incluyendo Monos en el infierno, bajo cuyas cubiertas se escondía el nombre de Rhoda Comfrey con tanta
inocencia...
La biblioteca sólo tenía un diccionario de
inglés, el Shorter
Oxford, en dos gruesos volúmenes. Wexford tomó el
primero, se sentó a una mesa y lo abrió por la «A». «Eolismo»[3]
no aparecía, pero encontró «Eolístico», que significaba lo que él ya sabía y
que era una invención de Swift. Bajo «Eón» decía: «Una era, o la duración de la
vida de la Tierra, o de todo el Universo; período de tiempo inmensurable;
eternidad.» También aparecían «Eoniano» y «Eonial», pero no la que buscaba.
¿Podía ser que Sylvia se la hubiera
inventado, o era sólo el resultado de la infantil etimología de esas escritoras
liberales que ella leía? Pero eso no ligaba con la certeza que tenía de haberla
oído antes. Devolvió el pesado tomo y volvió a la comisaría al otro lado de la
calle.
Cuando entró Baker estaba al teléfono
hablando con tanta ternura y dedicación que Wexford dedujo que su interlocutor
sólo podía ser su mujer. La conversación, aunque sólo parecía tratar acerca de
qué prefería para cenar, si patatas cocidas o fritas, o de si llegaría a casa a
las seis o a menos diez, hizo que Wexford se pusiese de buen humor. Pero no
había habido ninguna llamada para él. Loring todavía no había vuelto, y Baker
creyó que sería una buena idea que los dos fueran al Grand Duke. Siempre, por
supuesto, que esto no les impidiera regresar a casa a las seis.
–Prefiero quedarme aquí, Michael –dijo
Wexford con cierto apuro–. Si no le importa.
–Sea mi invitado, Reg. Aquí viene su joven
colega.
El sargento Clements hizo pasar a Loring.
–Ella entró a las cuatro y media, señor. Le
dije que usted iría a verla a partir de las seis y media.
No tenía ni idea de qué decirle a esa mujer,
pero lo sabría si Burden llamara. Esa palabra todavía le embrujaba.
–¿Le importaría que hiciera una llamada?
–preguntó a Baker.
Baker había optado por tomárselo con humor.
–Le he pedido que sea mi invitado, Reg, haga
lo que quiera –su mujer y sus patatas fritas parecían atraerle irresistiblemente–,
pero para entonces ya me habré ido. –Y añadió con estoica resignación–: Juraría
que usted y yo nos vamos a ver mucho en los próximos días.
Wexford marcó el número de Sylvia. Respondió
Robin.
–Papá ha llevado a mamá a Londres para ver a
la tía Sheila en una función.
El
Mercader de Venecia, en el Teatro Nacional. Ella
interpretaba el papel de Jessica, su padre ya la había visto un mes antes. Otro
susurro le sobrevino cuando recordó esa obra: «Pero el amor es ciego, y los
amantes no pueden ver las preciosas locuras que hacen...»
–¿Quién está con vosotros? ¿La abuela?
–preguntó Wexford.
–Tenemos una niñera –respondió Robin, y
añadió–: Para Ben.
–Ya nos veremos –dijo Wexford lacónicamente,
y colgó.
Clements todavía estaba allí, con una
expresión que a él se le antojó odiosamente sentimental.
–Sargento –le dijo–, ¿por casualidad hay en
la comisaría un diccionario?
–Muchos, señor. De urdu, bengalí, hindi, el
que usted quiera. Solemos interrogar a esos emigrantes. También contratamos
intérpretes, que se lo saben cobrar, pero no llegan a conocer todas las
palabras. Y para serle sincero, prefiero que sea así. Tenemos diccionarios de
francés, alemán e italiano para los súbditos de países del Mercado Común. ¡Oh,
sí!, tenemos más diccionarios que los que pueda encontrar en la biblioteca.
Wexford controló el impulso de arrojarle el
teléfono.
–¿No tendrán por casualidad un diccionario de
inglés?
Estaba casi seguro de que Clements le diría
que no era necesario, ya que todos ellos hablaban inglés. Pero para su sorpresa
le dijo que sí, y que lo iría a buscar encantado.
El sargento no llevaba ni medio minuto fuera
cuando sonó el teléfono, y tras una retahíla de rutinarias preguntas de
control, Wexford reconoció la voz de Burden. Aquella voz revelaba más angustia
que cansancio.
–Siento haber tardado tanto tiempo en llamar.
¡Oh!, no soy tan duro como creía. Pero ¡por Dios! ¡En esos sitios se ve cada
escena! Después de todo lo que he descubierto parece que John Grenville West
dejó el Abbotts Palmer cuando tenía veinte años...
–¿Qué?
–No se entusiasme –dijo Burden con voz
cansada–. Sólo fue porque no disponían de los medios para cuidar de él
adecuadamente. No es mongólico, aunque se lo dijera la señora Parker. Nació con
lesiones cerebrales graves y una pierna más corta que la otra. Leyendo entre
líneas, a partir de lo que me han dicho y de lo que me han ocultado, deduzco
que esos daños fueron causados por su madre, al intentar abortar.
Wexford no dijo nada. De la voz de Burden
todavía emanaba el horror.
–Que nadie me diga nunca –dijo
emocionadamente el inspector– que fue un error legalizar el aborto.
Wexford prefirió no recordarle que le había
dicho lo contrario muchas veces.
–¿Dónde está ahora?
–En un lugar cercano a Eastbourne. Fui allá.
Ha vivido como un vegetal durante dieciocho años. Creo que esa mujer, la señora
Crown, estaba demasiado avergonzada para decírnoslo. Acabo de verla, me dijo
que era todo tan triste... y me ofreció una ginebra.
20
Los diccionarios que Clements le trajo,
tambaleándose bajo su peso, eran el Shorter Oxford, en un extenso y viejo volumen,
y el Webster’s
International en dos tomos.
–Hay una enorme cantidad de palabras en estos
dos, señor. Me pregunto si alguien les habrá echado una ojeada desde aquel
desagradable caso de magia negra que tuvimos hace un par de años, en que no
podía recordar cómo se deletreaba la palabra «medioevo».
Había sido una pura asociación la que había
llevado a Rhoda Comfrey a decirle al doctor Lomond que vivía en el número seis
de Princevale Road, y ese mismo proceso el que había hecho pronunciar a Sylvia
aquella extraña palabra, que volvía a ocupar la mente de Wexford. Ahora
retumbaba dentro de él con más fuerza que nunca, mientras consultaba los
añadidos y correcciones del Shorter Oxford.
–¿Medioevo? –preguntó–. ¿Quiere decir que no estaba seguro de que se
escribiera con triptongo? –La cara de confusión del sargento hizo que hablara
precipitadamente–. ¿No estaba seguro de las vocales?
–Exactamente, señor. –La necesidad de
arreglar el mundo que Clements sentía se extendía también a los críticos del
léxico–. No sé por qué no podemos simplificar las palabras, librarnos de esas
letras innecesarias. Sólo sirven para confundir a los escolares, como me
confundieron a mí. Recuerdo que cuando tenía doce años...
Pero Wexford ya no lo escuchaba. Clements
continuó hablando, era de la clase de personas que nunca interrumpirían a nadie
mientras estuviera hablando, pero cuando se trataba de asaltar los oídos de una
persona que estaba leyendo no se lo pensaba dos veces.
–...y me hacían quedar en el colegio hasta
tarde por confundir «ello» con «ellos», ya sabe a qué me refiero, y mi padre
decía...
«Diptongos y triptongos», pensó Wexford. Esa
«e» inicial de «eonismo» no era más que transposición de la partícula griega
«ae», o tal vez derivaba del latín, que tenía muchas «ae», ¿no era así? Cada
vez más las combinaciones de vocales tendían a eliminarse; se había pasado de
«medioevo» al práctico «medievo». Así que esa palabra, la que Sylvia empleó,
eonismo[4],
posiblemente apareciera en el diccionario por la letra «E», no por la «A».
Abrió el pesado fajo de páginas por la «E». «Eoliano: cierto dialecto de la
lengua griega...» «Eolo: dios de los vientos...»
Tal vez la palabra que había pronunciado
Sylvia nunca hubiera ido con diptongo, tal vez procediera del latín o del
griego, sino que fuera un nombre propio o un lugar. Y de bien poco le iba a
servir si no aparecía en los diccionarios. Se le ocurrieron ideas peregrinas,
como llamar un taxi, cruzar el río hasta el Teatro Nacional y encontrar a su
hija antes de que comenzara la función, podría estar allá en tres cuartos de
hora... Pero todavía le quedaba otro diccionario.
–Confunden a los pobres escolares con tanta
letra –se quejaba el sargento–. Hay una palabra que nunca supe escribir,
«Psicología». ¿A qué diablos viene esa «p»?
El Webster’s International. No necesitaba que fuera internacional, sólo lo
suficientemente comprensible. La «E». ...«Eoceno»... «Eoliano»... y por fin,
allí estaba.
–¿Encontró lo que buscaba, señor?
Wexford se echó hacia atrás con un gran suspiro
y dejó que el pesado volumen se cerrara de golpe.
–Lo he encontrado, sargento, he encontrado lo
que llevaba tres semanas buscando.
Malina Patel los hizo pasar al apartamento no
sin cierta cautela. ¿Se había vestido con esos pantalones de harén y esa
brillante blusa bordada para deslumbrar a Loring? El moreno cabello estaba
recogido en complicados rizos y sostenido con agujas doradas.
–Polly se siente fatal –dijo
confidencialmente–. No puedo hacer nada. Cuando le dije que ustedes venían creí
que iba a desmayarse, pegó un grito terrible. Y no supe qué hacer.
«Tal vez –pensó Wexford– podía haberse
comportado como una auténtica amiga tratando de consolarla, en vez de pasarse
el rato arreglándose como si estuviera en un salón de belleza.»Ya no era momento
de hipocresías, de comportarse como si uno, aun en situaciones graves,
permaneciera inmutable como pilar de virtud y arquetipo de belleza.
Utilizando aquellos bonitos ojos (¿sería
capaz de llorar deliberadamente?), ella dijo con dulzura:
–Supongo que no es conmigo con quien quieren
hablar, ¿verdad? Polly está esperándolos. Le dije que todo iría bien si se
limitaba a decir la verdad, y que ustedes no la asustarían. No lo harán,
¿verdad?
La magia estaba comenzando a hacer efecto en
Loring, que parecía debilitarse por momentos. Pero a Wexford ya no le afectaba
en absoluto.
–Creo que es a usted a quien vamos a asustar,
señorita Patel –dijo. Ella lo miró aleteando las pestañas–. Y si cree que no
quiero hablar con usted está muy equivocada. Entremos aquí.
Abrió una puerta al azar. Al otro lado había
una cocina pequeña de la que emanaba un fuerte olor a especias y a podrido,
como si alguien hubiera estado condimentando con curry carne y vegetales en mal
estado. El fregadero estaba repleto de platos sucios. Malina Patel se quedó
frente a la pila, pero era demasiado delgada para tapar todo aquel caos, y les
dirigió una sonrisa sincera pero intranquila.
–Sus consejos son muy buenos –dijo Wexford–.
¿Suele hacerle caso la gente?
–Sólo quería ayudar –arguyó ella volviendo a
su papel de chiquilla–. Era un buen consejo, ¿no?
–Pero usted no hizo caso del mío.
–No sé a qué se refiere.
–Que no mintiera a la policía. El ámbito de
la verdad, señorita Patel, se expresa perfectamente en el juramento que se toma
a los testigos en un juicio: «Juro decir la verdad, toda la verdad y nada más
que la verdad.» Después que yo le advirtiera usted hizo, que yo sepa, lo
primero y lo tercero. Pero se dejó una parte vital de la verdad.
–¡Pero yo no soy su testigo! ¡Y no estoy en
ningún juicio!
–Y cuando la señorita Flinders se enteró de
que el coche del señor West había sido encontrado, usted le dijo que la policía
acabaría descubriéndolo todo. ¿Le aconsejó que nos lo dijera? ¿Recuerda el
consejo que le di? No. Le sugirió que acudiese a nosotros y que nos dijera que
sentía remordimientos.
Ella cambió de postura, y el movimiento hizo
que algunos platos cayeran por el borde de la pila.
–¿Cuándo se enteró de los hechos, señorita
Patel?
De su interior fluyó un torrente de
autojustificación. Su voz perdió toda dulzura y adquirió un acento
barriobajero. Hablaba estridentemente.
–¿De qué? ¿De que Polly nunca había estado en
un motel con un hombre casado? No lo supe hasta la noche pasada, se lo aseguro.
Estaba muy mal, se había pasado el día llorando, y me dijo que no les podría
dar a ustedes la dirección de ese hombre porque no existía. Me eché a reír,
porque desde que la conozco no he sabido que Polly tuviera ningún novio, y le
dije: «¿Te lo inventaste?» Y ella me respondió que sí. Y le volví a decir: «Apuesto
a que Grenville ni tan siquiera te ha besado.» Y ella siguió llorando más y más
y... –Las caras de los hombres revelaban que aquella chica ya había llegado
demasiado lejos. Por un momento pareció recordar la personalidad que quería
aparentar y se aferró a ella–. Supe que tarde o temprano lo descubrirían; la
policía siempre lo hace. Le advertí que ustedes vendrían, ¿qué les diría
entonces?
–Lo que he querido decir es –dijo Wexford–,
¿cuándo se enteró usted de dónde estuvo realmente la señorita Flinders aquella
noche?
Ya sin aquella ansiedad –él no estaba
verdaderamente enfadado, los hombres nunca podrían estarlo con ella–, Malina
Patel sonrió, con la expresión sorprendida de quien acaba de tener una
revelación.
–¡Qué cosa más rara! Nunca había pensado en
ello.
No, nunca había pensado en ello. Había
pensado en sus atractivos, en sus arrebatadores encantos, en dejar clara su
ascendencia y en poner a su amiga en ridículo, en su pretendida conciencia.
Pero nunca en el propósito de todas estas preguntas. ¡Qué inapropiado había
resultado el término acuñado por Freud, «conciencia de superego»!
–¿No se le ocurrió pensar que una chica que
nunca salía después de oscurecer debía de tener una buena razón para hacerlo
sola la tarde y parte de la noche? ¿No pensó en ello? ¿Había olvidado que esa
fue la tarde en que mataron a Rhoda Comfrey?
Ella sacudió la cabeza cándidamente.
–No, no pensé en ello. No tenía que ver
conmigo o con Polly.
Wexford la miró fijamente, y ella le devolvió
la mirada al tiempo que se pellizcaba nerviosamente los bordados dorados de su
blusa, tan blanca que resaltaba el tono broncíneo de su piel. La seriedad con
que él la miraba terminó por afectarla y la obligó a hacer uso de toda su
capacidad de aguante. Aquella fachada, tonta y dulce, se rompió y profirió un
grito quebrado.
–¡Cristo! –exclamó Loring.
Ella empezó a gritar histéricamente, con la
cabeza echada hacia atrás. «La heroína –pensó Wexford con desagrado– enloquece
en su blanco satén.»
–¡Oh! ¡Haga algo, déle una bofetada! –dijo, y
salió al salón.
Aparte de los chillidos, toses y sollozos que
venían de la cocina, el resto del apartamento estaba en silencio. A Wexford se
le antojó que Pauline Flinders debía de ser presa de una gran emoción, o que
estaría aturdida ante aquellos gritos. Avanzó con desagrado ante la tarea que
tenía por delante.
Las otras puertas estaban cerradas. Dio unos
golpecitos en la que daba a la sala de estar, donde había hablado con Polly la
primera vez. Ella no respondió, sólo abrió la puerta y lo miró con
desesperación. El mundo parecía estar desplomándose alrededor de ella: hombros
caídos, la blusa suelta y la falda larga; todo hacía que quien la observase
tendiera a mirar hacia abajo.
No había manuscritos sobre la mesa, ni papel
en la máquina de escribir. Ni libros ni revistas. Había permanecido sentada
–¿durante cuántas horas?–, esperando, incapaz de hacer nada.
–Siéntese, señorita Flinders –le dijo
Wexford. Era horrible tener que torturarla de esa forma, pero no tenía otro
remedio si quería obtener lo que quería–. No busque excusas para evitar decirme
el nombre de la persona con quien pasó la noche del 8 de agosto. Sé que ese
hombre no existe.
Al oír esto, ella se puso rígida y lo miró
con terror. El policía sabía por qué, pero lo dejó estar por el momento. Aparte
de la lástima por ella, su mente estaba trabajando rápidamente, examinando lo
que todavía era nuevo para él, intentando decidir si debía decirle toda la
verdad. Pero incluso a estas alturas, en que todavía desconocía gran parte de
los hechos, sabía que no podía consolarla con aquella verdad.
Ella se encorvó en una silla; su pálido
cabello le cubría la frente como una cortina.
–Le daba miedo salir sola por las noches
–dijo–, y por una buena razón. Una vez fue atacada por un hombre en la
oscuridad, ¿no es así? Y se asustó mucho.
El cabello tembló, y ella afirmó doblando su
cuerpo hacia adelante.
–Usted deseaba que en este país fuera legal
portar armas, para que la gente pudiera protegerse. También está prohibido
llevar navajas, pero son más fáciles de conseguir. ¿Cuánto tiempo hace,
señorita Flinders, que lleva usted una en el bolso?
–Casi un año –murmuró.
–Me imagino que era una de esas plegables, de
resorte. ¿Dónde la tiene ahora?
–La tiré al canal, al Kenbourne Lock.
Nunca había deseado con tantas ganas dejar a alguien
en paz. Abrió la puerta e hizo entrar a Loring. La chica se cubrió los dientes
con los labios y enderezó los hombros; tenía la cara muy pálida.
–Pongámonos cómodos –dijo Wexford, y la hizo
sentar junto a él en un sofá, mientras Loring lo hacía en la silla que había
quedado libre–. Le voy a contar una historia. –Escogió las palabras
cuidadosamente–. Le voy a contar mi versión de los hechos.
–Érase una mujer de treinta años llamada
Rhoda Comfrey que vino de Kingsmarkham, Sussex, a Londres, donde vivió durante
cierto tiempo gracias a un premio que ganó en las quinielas, premio que según
mis cálculos debió de ser de unas diez mil libras.
»Cuando el dinero comenzó a agotarse lo
completó con los ingresos procedentes de un chantaje, y se hizo llamar West, señora
West, porque tanto el nombre de Comfrey como su soltería le desagradaban. Algún
tiempo después conoció a un joven, un extranjero, que vivía ilegalmente en el
país, pero que, como Joseph Conrad, quería quedarse a vivir aquí y escribir sus
libros en inglés. Rhoda Comfrey le ofreció una identidad y una historia, una
madre y un padre, una familia y una partida de nacimiento. Adoptaría el nombre
de alguien que nunca necesitaría concertar un seguro o tener un pasaporte,
porque estaba en una institución para retrasados mentales. Su primo, John
Grenville West; y así lo hicieron.
»El secreto los unió en una larga y nada
fácil amistad. Él le dedicó a ella su tercera novela, porque indudablemente sin
ella ese libro nunca habría sido escrito; no habría estado aquí para
escribirlo. ¿Era ruso? ¿De alguna raza eslava? Cualquiera que fuese su
nacionalidad, estaba buscando asilo, y ella le dio la identidad de una persona
real que estaba en otro asilo, aunque muy diferente.
»¿Y qué obtenía ella a cambio? Un hombre
joven y bien parecido que fuera su acompañante y su compañero. Era homosexual,
y ella lo sabía. Mucho mejor, ya que Rhoda Comfrey tampoco era una mujer de
muchos encantos. No era satisfacción lo que buscaba, sino un hombre que le
sirviese para dar una imagen al exterior.
»¡Cómo debió de sufrir ella cuando él
contrató a una mecanógrafa, y cuando ésta se enamoró de él...!
Polly Flinders emitió un sonido de dolor, un
suave «¡ah!» que quizá no pudo reprimir. Wexford hizo una pausa y continuó:
–Él no estaba enamorado de ella, pero se iba
haciendo mayor, había llegado a la madurez. ¿Qué fruto puede tener un
homosexual que ha llegado a los cuarenta años sin cambiar de estilo de vida?
Decidió casarse, establecerse con alguien, al menos para cubrir las
apariencias, para añadir otra línea a su biografía en las solapas de sus
libros.
»Quizá no reparó en el efecto que esto
tendría en la mujer que tanto lo había ayudado. No era ella, doce años mayor,
con quién él quería casarse, sino con una chica que tenía la mitad de su edad.
Para disuadirlo de sus intenciones, Rhoda Comfrey lo amenazó con desvelar su
verdadera nacionalidad, su situación ilegal y su homosexualidad. Y él no tuvo
más remedio que matarla.
Wexford miró a Polly Flinders, que lo miraba
fijamente.
–Pero no es así como ocurrió en realidad,
¿verdad? –preguntó.
21
Mientras él hablaba, en Polly Flinders estaba
teniendo lugar un cambio gradual; todavía sufría, pero el miedo ya no la
atormentaba. Había adquirido una especie de tranquilidad resignada hasta que,
al oír la última frase del policía, retornó la aprensión. No dijo nada, sólo
movió la cabeza hacia adelante y la agitó como si deseara contenerla, pero
dudando al mismo tiempo si lo que él quería era un sí o un no.
–Él tenía elección, desde luego –prosiguió
Wexford–. Pudo haberse casado y dejar que ella cumpliera sus amenazas. Sus
lectores sólo habrían mostrado simpatía hacia un hombre que había buscado asilo
en este país, aunque para hacerlo se hubiera servido de medios poco honestos.
No tenía la menor posibilidad de ser deportado. Y en lo que se refiere a su
homosexualidad, ¿a quién iba a importarle, aparte de a dos o tres puritanos?
Además, la noticia de su boda habría echado por tierra semejantes calumnias. ¿Y
dónde y cómo habría publicado tales cosas Rhoda Comfrey? ¿En alguna oscura
revista que los lectores de su protegido nunca compraban? ¿En las páginas del
cotilleo, donde para evitar el libelo habría tenido que escribir con confusos
circunloquios? Incluso en el caso de que él no creyera que cualquier publicidad,
buena o mala, es buena, le quedaba una alternativa: podía haber cedido a sus
presiones, porque el matrimonio no era para él un asunto sentimental sino un
mero expediente.
La chica no pareció afectada por estas
palabras. Escuchaba tranquilamente, con las manos cruzadas sobre el regazo. Era
como si estuviera escuchando lo que deseaba, pero sin haberlo esperado. Su
palidez, sin embargo, era más acentuada de lo normal en ella. Tanto, que a
Wexford le recordó aquel cuento de hadas en que una muchacha era tan rubia y
tenía la piel tan transparente, que cuando bebía vino se podía ver cómo bajaba
por su garganta. Pero Polly Flinders no era un hada de leyenda –ni tan siquiera
de una canción de cuna–, y sus labios, cerrados y secos, parecían sedientos de
vino y amor.
–Fue por esta razón –dijo Wexford– que la
chica cuya boda estaba en juego se alarmó. Ella lo amaba y quería casarse con
él, pero se daba cuenta de que esa mujer tenía más influencia sobre él que ella
misma.
»El 5 de agosto fue el cumpleaños de Rhoda
Comfrey. Grenville West le demostró lo resentido que estaba con ella
regalándole una cartera. ¿Para indicar, seguramente, que aceptaba su autoridad
sobre él? Esa noche estuvieron los tres en el piso de Grenville West, y Rhoda
Comfrey quiso hacer una llamada. Cuando un invitado hace tal cosa, el
anfitrión, si es educado, lo deja solo para que pueda hablar con total
intimidad. Usted y el señor West abandonaron la habitación, ¿verdad, señorita
Flinders? Pero quizá la puerta quedó abierta.
»Sólo estaba telefoneando a su tía, para
decirle que iría a visitar a su padre al hospital de Stowerton el lunes, pero
para impresionarlos a usted y al señor West hizo ver que hablaba con un hombre.
A usted esto no le interesaba, pero tenía interés en saber dónde pensaba ir el
lunes. Tal vez a un lugar donde poder encontrarla sola, como nunca podría hacer
en Londres.
Hizo una pausa y decidió omitir el hotel
Trieste y la desaparición de West, adivinando que ella agradecería que no
mencionase al escritor.
–En la tarde del lunes 8 de agosto –continuó
Wexford–, usted fue a Stowerton, después de averiguar las horas de visita. Vio
a la señorita Comfrey subir al autobús con otra mujer, y sin dejar que ella la
viera, usted también subió. Bajó en la misma parada y la siguió por aquel
camino... ¿con qué intención? No para matarla. Creo que sólo quería quedarse a
solas con ella para preguntarle por qué estaba obrando así, y para disuadirla
de interferir entre usted y el señor West.
»Pero sólo consiguió que se riera de usted.
Dijo algo ofensivo y cruel, usted no pudo soportarlo más y le clavó esa navaja.
¿Estoy en lo cierto, señorita Flinders?
Loring estaba rígido en su silla, abrazándose
a sí mismo y tal vez esperando más gritos. Polly Flinders se limitó a afirmar.
Parecía tranquila y pensativa, como si le hubieran pedido una confirmación
verbal de alguna acción suya, no reprensible, que había cometido años antes.
Entonces suspiró.
–Sí, es verdad, la maté. La apuñalé y limpié
la navaja en la hierba. Luego tomé otro autobús y el tren para volver a casa.
Arrojé la navaja al Kenbourne Lock cuando regresaba, lo hice exactamente como
usted ha dicho. –Después de dudar un instante, añadió con firmeza–: Y por los
motivos que usted ha dicho.
Wexford se levantó. Todo se estaba
desarrollando de manera muy sencilla y civilizada. Sabía lo que Loring estaba
pensando. Había mediado provocación, no premeditación, y la chica lo sabía.
Sabía que saldría libre después de tres o cuatro años de cárcel, por eso
confesó en ese momento, poniendo fin a la ansiedad que había estado a punto de
volverla loca. Quería pasar por ello de una vez y quedar en paz, sin que
Grenville West se viese involucrado.
–Pauline Flinders –dijo Wexford–, se le
imputa el asesinato de Rhoda Agnes Comfrey, el 8 de agosto. Puede permanecer en
silencio, pero cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra.
–No quiero decir nada. ¿Debo acompañarlo?
–Parece un camelo –comentó Burden cuando
Wexford le telefoneó.
–¿Quiere más melodrama? ¿Más histeria?
–No es eso exactamente. ¡Oh!, no lo sé, pero
hay demasiadas cosas raras en este caso..., y al final resulta que esa chica lo
hizo sola. Mató a esa mujer sólo porque se entrometió entre ella y West.
–Wexford no dijo nada–. ¿Debemos suponer que fue ella la asesina? ¿Realmente no
estará tratando de proteger a West?
–Ella fue quien la mató, no lo dude. En su
declaración ha relatado los hechos con total precisión; la geografía de Forest
Road, las ropas que llevaba la víctima cuando la mató e incluso el hecho de que
el tren de Londres, el de las 9.24 de Kingsmarkham a Victoria, llevaba esa
noche diez minutos de retraso. Mañana, Rittifer dragará el Kenbourne Lock y
encontraremos la navaja.
–¿Y West? ¿No tuvo nada que ver?
–Sí, todo. Sin él no habría habido ningún
problema. Él fue la causa de todo. Estoy cansado, Mike, y todavía tengo que
hacer otra llamada. Mañana le contaré el resto, después de la audiencia
especial.
Tras esto llamó a Michael Baker. Respondió al
teléfono una mujer de voz suave y ligero acento norteño.
–Es para ti, querido –le oyó decir.
–Ya voy, cariño –dijo Baker. Su voz se hizo
más gruesa y fuerte a través del auricular cuando supo quién era, como si en
esa actitud estuviese implícita la pregunta: «¿Sabe qué hora es?» Pero cuando
Wexford le hubo relatado los hechos concretos adoptó un aire engreído, dándole
a entender que él ya lo había predicho hacía tiempo.
–Sabía que estaba perdiendo el tiempo con
todos esos hombres, fechas y partidas de nacimiento, Reg. Ya se lo dije.
–Wexford nunca había oído a nadie pronunciar esas palabras en serio, y de no
haberse sentido tan cansado se habría reído–. Bueno, bien está lo que bien
acaba, ¿no?
–Sí, claro. Buenas noches, Michael.
Baker colgó sin más, quizá porque Wexford se
había olvidado de agradecerle eternamente la ayuda prestada por la policía de
Kenbourne. O tal vez sí había dicho algo, como «ya voy, corazón», palabras que
difícilmente habrían ido dirigidas a él.
Dora estaba en la cama, sentada y leyendo el
libro de María Antonieta. Se sentó a su lado y se quitó los zapatos.
–Así que todo ha terminado, ¿no?
–Hoy me he comportado muy mal –dijo Wexford
entre dientes–. He cogido a esa chica, le he contado una sarta de mentiras y he
aceptado las suyas. Únicamente para conseguir su confesión. Es un trabajo
horrible. Y debe de estar pensando que ha conseguido lo que quería.
–Querido –dijo Dora suavemente–, ¿sabes que
no tengo la menor idea de qué estás hablando?
–Perdona, sólo pensaba en voz alta. Tal vez
estar casado consista en hacer esto mientras la pareja escucha.
–Es una de las cosas más bonitas que me has
dicho nunca.
Wexford entró en el cuarto de baño y
contempló su fea cara en el espejo: las bolsas bajo sus ojos cansados, las
arrugas y la barba blanca que le confería un aspecto de viejo.
–Soy un canalla –le dijo a la cara en el
espejo–, el mayor canalla del mundo.
En la audiencia del sábado por la mañana,
Pauline Flinders fue acusada del asesinato de Rhoda Comfrey, citada a juicio y
puesta bajo custodia.
Cuando acabó, Wexford evitó al policía jefe
–¿era sábado, no?, su día libre–, dio esquinazo a Burden y disimuló cuando vio
al doctor Crocker. Subió al coche y se dirigió a Myringham. Lo que tenía que
hacer, que le ocuparía casi todo el día, sólo se podía hacer allí.
Pasó por el puente del Kingsbrook y se
dirigió al centro a través del casco viejo. Aparcó en la planta más alta del
edificio del aparcamiento –Myringham era absolutamente intransitable porque los
sábados acudía gente de todas partes a comprar–, y bajó con el ascensor para
entrar en el edificio al otro lado de la calle.
Esta vez en mármol, y con un libro en las
manos, Edward Edwards lo miró vagamente. Wexford se detuvo para leer las
palabras grabadas en la peana y entró; las puertas de cristal le permitieron el
paso automáticamente.
22
Durante años, siglos incluso, antes de que se
convirtiera en hotel, el Olive and Dove había sido una posada donde el viajero
no encontraría una habitación o una cama, pero en donde podía estar seguro de
que conseguiría un reservado. Muchos de estos saloncitos, cubículos de techo
bajo forrados con madera de roble, permanecían como entonces, y daban a
pasillos que partían del bar y del salón restaurante. Su único defecto
consistía en que en la actualidad ya no eran privados, sino que estaban a
disposición del primero que llegara. En el más pequeño, en el que había sólo
una mesa, dos sillas y un banco de madera, estaba sentado Burden, a las ocho en
punto de la tarde del domingo, dispuesto a asistir a la cita que su propio jefe
había concertado. Además, él no llevaba chaqueta, hacía demasiado calor.
Entonces, a las ocho y diez, cuando sólo
quedaban unos centímetros de bitter en el vaso de Burden, Wexford entró con una
jarra de cerveza en cada mano.
–Tiene usted suerte de que lo haya
encontrado, escondido así –le dijo–. Este lugar es más apropiado para una cita
de enamorados.
–Pensé que preferiría algo de intimidad.
–Quizá tenga razón.
Burden levantó su jarra y exclamó:
–¡Salud! Así que por fin va a hablar. Quiero
que me diga dónde está West, por qué se alojó en ese hotel, quién es, y por qué
me mandó el viernes por la tarde a inspeccionar hospitales mentales. Y esto
sólo para empezar, también quiero saber por qué le contó a esa chica dos
historias absolutamente falsas y dónde estuvo ayer.
–No eran totalmente falsas –replicó Wexford
cortésmente–. Había parte de verdad. Sabía que ella había matado a Rhoda
Comfrey, porque nadie más pudo hacerlo. Pero también sabía que de haberle dicho
toda la verdad habría sido incapaz de responderme, y no sólo no habría obtenido
su confesión, sino que muy probablemente habría incurrido en incoherencias, y
quizá habría acabado por derrumbarse. Lo que era verdad es que estaba enamorada
de Grenville West, que quería casarse con él, que oyó una conversación
telefónica y que la tarde del 8 de agosto mató a puñaladas a Rhoda Comfrey. El
resto, es decir, el motivo, lo que la llevó al asesinato y los caracteres de
los protagonistas, eran en gran medida falsos. Pero ante sus ojos era una
versión aceptable, y nunca habría imaginado que me la había inventado. Lo
triste para ella es que la verdad tendrá que saberse y, de hecho, ya la he
revelado en el informe que escribí para Griswold.
»Ayer me pasé el día en la nueva biblioteca
pública de Myringham, en la sala de consultas, leyendo una biografía del
Caballero de Éon escrita por Havelock Ellis, y también fragmentos de las vidas
de Isabel Eberhardt, James Miranda Barry y Marta Jane Burke. ¿Le dicen algo
estos nombres?
–No hay necesidad de fingir –respondió
Burden–. No, no me dicen nada.
Wexford no se sentía muy alegre, pero aun en
las presentes circunstancias no podía evitar molestar a Burden, que ya parecía
irritado y ofendido.
–¡Oh!, y también Edward Edwards –dijo–. ¿Sabe
quién era Edward Edwards? «El padre de las bibliotecas públicas», leí bajo su
estatua. Según parece, su intervención fue decisiva para que en 1850 el
parlamento dictara un decreto por el cual...
–¡Por el amor de Dios! –estalló Burden–. ¿No
se puede centrar en West? ¿Qué tiene que ver ese Edwards con West?
–No mucho. Está en la entrada en las
bibliotecas, mientras que los libros de West están en su interior.
–¿Dónde está West entonces? ¿O va usted a
decirme que aparecerá mañana, cuando lea en los periódicos que una de sus
novias ha asesinado a la otra?
–No aparecerá.
–¿Por qué no? –preguntó Burden lentamente–,
¿Acaso intenta decirme que en el asesinato de Rhoda Comfrey estaban
involucradas dos personas? ¿West y la chica?
–No. West está muerto. Nunca volvió al hotel
Trieste porque estaba muerto.
–Necesito otro trago –decidió Burden. Cuando
iba a salir se giró y dijo cáusticamente–: Supongo que también fue Polly
Flinders quien lo mató, ¿no?
–Sí –afirmó Wexford–. Desde luego.
El lugar estaba empezando a llenarse y Burden
tardó más de cinco minutos en volver con las cervezas.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¿Sabe quién está ahí
fuera? Griswold. No me ha visto; bueno, al menos eso creo.
–Entonces será mejor que ésta sea la última
cerveza, no quiero correr el riesgo de toparme con él.
Burden volvió a sentarse, con un ojo puesto
en la entrada del reservado. Se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos en
ella.
–Es imposible. ¿Qué pasó con el cuerpo?
Wexford no le respondió directamente.
–¿Le dice algo la palabra eonismo?
–No más que todos esos nombres que acaba de
citar. Pero espere un momento..., un eón significa mucho tiempo, una era. Un
eonismo será... déjeme ver,... será alguien que estudia los cambios a través de
largos períodos de tiempo.
–No. Al principio yo también pensé eso. Pero
no tiene nada que ver con los eonistas a los que yo me refiero. Fue Havelock
Ellis quien acuñó la palabra, en un libro publicado en 1928 titulado Estudios de psicología sexual,
eonismo y otros estudios. Tomó el nombre del Caballero
de Éon, Charles Éon de Beaumont, que murió en este país a principios del siglo xvii... –Wexford hizo una pausa y
continuó–: Haciéndose pasar por una mujer durante treinta y tres años. Rhoda
Comfrey se hizo pasar por hombre durante veinte años. Cuando le he dicho que
Pauline Flinders asesinó a Grenville West, lo que he querido decir es que lo
mató en el cuerpo de Rhoda Comfrey. Rhoda Comfrey y Grenville West eran la
misma persona.
–Es imposible –repitió Burden–. La gente lo
habría sabido, o habría sospechado algo. –Al mirar fijamente a Wexford, no
había advertido la gran sombra alargada que se proyectaba sobre la mesa y sobre
su propia cara.
Wexford se giró.
–Buenas noches, señor –dijo, y sonrió
agradablemente.
Ante la presencia del policía jefe, Burden se
puso en pie de inmediato.
–Siéntese, Mike, siéntese –dijo Griswold
mirando a Wexford, como si le hubiera gustado darle también a él permiso para
sentarse–. ¿Puedo unirme a ustedes? ¿O ya está el inspector jefe dando rienda
suelta a su hábito de contar una historia con el mínimo de celeridad y el
máximo de suspense? Odiaría haber interrumpido antes de llegar al clímax.
–Alcanzamos el clímax justo cuando usted
entró – dijo Burden con voz ahogada–. ¿Quiere que le pida alguna bebida?
–Gracias, ya estoy bebiendo –respondió, y
sacó un vasito de jerez de detrás de sus pantalones, donde por alguna razón lo
había escondido–. Y ahora a mí también me gustaría oír esa maravillosa
disertación, aunque tengo una ventaja sobre usted, Mike, y es que ya he leído
la versión condensada. He oído sus últimas palabras. ¿Podría repetirlas?
–He dicho que no habría podido salirse con la
suya. Todos sus amigos y conocidos se habrían enterado.
–¿Bien, Reg? –Griswold se sentó en el
banquillo contiguo al de Burden–. Espero que mi presencia no le resulte
incómoda. ¿Piensa continuar?
–Claro, señor. –Wexford estuvo a punto de
responder que su presencia no le era incómoda en absoluto, pero se lo pensó
mejor y siguió con su relato–. Creo que la respuesta a esta pregunta es que
ella se tomó mucho cuidado, como hemos visto, en que sus amigos no fueran
personas muy sensibles o inteligentes. Pero incluso así, Malina Patel había
notado algo extraño en Grenville West, y comentó que no le habría gustado que
él la besara. Incluso Victor Vivian habló de «una voz extrañamente aguda»
mientras que, casualmente, la señora Crown dijo que la voz de Rhoda era
profunda. Creo probable que personas como Oliver Hampton y la señora Nunn
sospecharan que Grenville West era bisexual, hermafrodita u homosexual. Pero,
¿me lo habrían dicho? Cuando hablé con ellos sospeché que West y Rhoda Comfrey
sólo eran conocidos. Son gente discreta, y su relación con West era puramente
profesional. Y en lo que se refiere a esos hombres con los que Rhoda se veía en
los bares, no creo que fueran precisamente gente puritana o conservadora. La
habrían aceptado como una rareza más de este mundo caprichoso.
»Antes de que usted entrara, señor, he
mencionado tres nombres. Isabel Eberhardt, James Miranda Barry y Marta Jane
Burke. Lo que tenían en común es que los tres eran eonistas, Isabel Eberhardt
llevaba una vida nómada en el desierto del norte de África, donde tenía la
costumbre de hacerse pasar por hombre de vez en cuando. James Barry estudió en
una facultad de medicina en los días en que a las chicas no les era permitido,
y sirvió toda su vida como médico de campaña en las colonias británicas. Sólo
después de muerta se descubrió que era mujer, y que incluso había tenido un
hijo. El último de los personajes que he citado fue más conocido como Calamity
Jane, que vivió entre hombres como uno más de ellos, masticaba tabaco y era muy
hábil en el uso de las armas. No se descubrió que era una mujer hasta una
campaña militar contra los sioux en la que tomó parte.
»El Caballero de Éon era un hombre
físicamente normal, que se hizo pasar por mujer durante treinta años sin que
nadie se diera cuenta. Por espacio de quince años vivió con una mujer llamada María
Cole, que nunca dudó del sexo de su compañera. La cuidó en el curso de la
enfermedad que la llevó a la muerte y no se dio cuenta de que era un hombre
hasta que falleció. Les citaré la reacción de Marie Cole ante su descubrimiento
según las palabras del notario, un tal señor Commons, en 1810: «No se recobró
de la conmoción en muchas horas.»
»Así que ya ven ustedes que lo que hizo Rhoda
Comfrey tenía precedentes, y que las vidas de sus predecesores muestran que
vestir ropas del otro sexo da resultado. Engaña a mucha gente, otros especulan
o dudan, pero el verdadero sexo no se descubre hasta que él o ella sufren
heridas, enferman o, como es el caso de Rhoda Comfrey, mueren.
El policía jefe sacudió la cabeza, más como
quien se pregunta que como quien niega.
–¿De dónde sacó esa idea, Reg?
–De mis hijas. Una me dijo que la mujer
tendría que practicar el eonismo si quería conseguir los mismos derechos que el
hombre; la otra, viste como un hombre en escena. ¡Oh!, y aquella carta de
Grenville West a Charles West tenía todas las trazas de haber sido escrita por
una mujer. Y también las uñas de Rhoda, pintadas pero cortas. Y el hecho de que
Rhoda tuviera un cepillo de dientes en Kingsmarkham, pero en el equipaje de
West no hubiera ninguno. Me temo, señor, que no eran más que presentimientos.
–Todo esto está muy bien –dijo Burden–. Pero
¿qué me dice de la edad? Rhoda Comfrey tenía cincuenta años, y West sólo
treinta y ocho.
–Tenía una excelente razón para fijar su edad
en doce años menos que la que tenía en realidad. Dentro de un momento hablaré
de esto. Pero también deben recordar ustedes que ella era consciente de que
había perdido su juventud; ésta era una manera de recuperar el tiempo perdido.
Ahora piensen en lo que hace joven a una mujer o a un hombre. La grasa subcutánea
de una mujer comienza a deteriorarse a los cincuenta años más o menos, pero los
hombres casi no tienen. De modo que un hombre joven puede presentar facciones
marcadas, con arrugas bajo los ojos, sin que eso le haga parecer mayor de lo
que es. El aspecto juvenil de una mujer, por otra parte, depende en gran medida
de la ausencia de arrugas. Esto quiere decir que aplicamos un modelo diferente
de juventud para cada sexo. ¿Cuántos años tiene usted, Mike? ¿Cuarenta? Póngase
una peluca y un poco de maquillaje y logrará la apariencia de una vieja bruja;
pero córtele el cabello a una mujer de su edad, vístala con ropas de hombre y
podrá pasar muy bien por un joven de treinta años. Mi hija Sheila tiene
veinticuatro, pero cuando se pone el jubón y las medias para interpretar a
Jessica en El
mercader de Venecia parece que tenga dieciséis.
Curiosamente, fue el policía jefe el que le
dio la razón.
–Es cierto. Piense en la amante de Crippen,
Ethel Le Nevé. Era una mujer madura, pero cuando escapó cruzando el Atlántico
vestida de hombre la tomaron por un joven. Y por ciento, Reg, debió usted
añadir a su lista a María Marten, la víctima de Red Barn. Abandonó la casa de
su padre disfrazada de campesino, aunque creo que en esa época el travestismo
estaba prohibido.
–En cualquier caso –corroboró Wexford–, en la
Francia del siglo xvii ejecutaban
a los hombres por eso.
–Hmmm... ha hecho usted bien los deberes –
bromeó Griswold–. Siga con su historia.
Wexford procedió:
–La naturaleza no se había portado bien con
Rhoda en cuanto a mujer. Su cara era vulgar, su nariz grande. Tenía hombros
anchos y escaso pecho. Era lo que la gente llamaría «hombruna», aunque en este
caso nadie lo comentó. Cuando era joven llevaba vestidos muy femeninos para
resultar más atractiva. Seguía el ejemplo de su tía porque a ella le daba
resultado. Sin embargo, ella no tenía éxito, y debió de considerar su feminidad
como una gran desventaja. El hecho de ser mujer la había privado de una
educación y haría que acabara sus días como una esclava. Ser mujer era el
origen de todas sus desgracias y, en su caso, ni siquiera le reportaba las
ventajas propias de su sexo. Mi hija Sylvia se queja de que los hombres son
amables con ella sólo por su atractivo físico, pero que no la respetan como
persona. Como Rhoda no era atractiva, y por ser mujer, nunca recibió amabilidad
ni respeto, estaba condenada a quedarse en casa y convertirse con el tiempo en
una solterona amargada. Pero tuvo un golpe de suerte: ganó una gran cantidad de
dinero en las quinielas. El hecho de si sus primeros años en Londres los vivió
como hombre o como mujer no debe importarnos mucho. El caso es que comenzó a
escribir. ¿Fue entonces cuando dejó de llevar esos incómodos vestidos y comenzó
a usar pantalones, jerseys y chaquetas? ¿Quién sabe? Tal vez en alguna ocasión,
vestida de esa forma, la confundieron con un hombre, y eso fue lo que le dio la
idea. O lo que es más probable, decidió vestirse como hombre, porque, como dice
Havelock Ellis, ese cambio de indumentaria satisfacía una profunda necesidad de
su naturaleza.
»Debió de ser entonces cuando buscó un nombre
masculino, tal vez cuando entregó su primer original a un editor. Era en ese
momento o nunca. Si pensaba hacer carrera como escritora y presentarse ante el
público no podía haber dudas en cuanto al sexo.
»Pasando por hombre tenía todas las de ganar:
el respeto de sus compañeros, la certeza de que tal respeto era auténtico, la
libertad de ir adonde quisiera, de hacer lo que se le antojara y de codearse
con los hombres tratándolos como a iguales. Y tenía poquísimo que perder.
Solamente la posibilidad de hacer amigos íntimos, pero no se atrevería a
tanto... a excepción de personas tontas y poco observadoras como Vivian.
–Bien –lo interrumpió Burden–. Ya me he
recuperado de la conmoción. Y a diferencia de Marie Cole, no he necesitado
varias horas. Pero se me antoja que tenía algo más que perder.
Wexford miró con cierta molestia al policía
jefe, y éste, sin esperar a que lo dijera su subordinado, vociferó:
–¡Su sexualidad! ¿Qué me dice de ella?
–Al principio de este caso, Len Crocker me
comentó que algunas personas sienten su sexo de manera muy leve. Y si me
permiten que cite de nuevo a Havelock Ellis, los eonistas suelen tener una
conducta casi asexual. Según él «en las personas que presentan esta anomalía
psíquica, el deseo sexual es mínimo». Rhoda Comfrey, que nunca había tenido
experiencias sexuales, debió de pensar que valía la pena renunciar a la
posibilidad, en realidad, a la remotísima posibilidad, de tener algún día una
relación sexual satisfactoria, por todo lo que tenía que ganar. Estoy seguro de
que decidió sacrificarla y de que así se convirtió en una mujer rara a los ojos
de los demás.
»Y se esforzó por aparecer tan masculina como
le fuera posible. Vestía sencillamente, no utilizaba colonias ni perfumes,
llevaba consigo una máquina de afeitar, eléctrica, aunque podemos suponer que
nunca la utilizó. Para disimular la falta de una prominente nuez,
características de los hombres, solía llevar jerseys y camisas de cuello cisne,
y por no tener la «M» en la frente, siempre se dejaba un mechón de pelo
colgando sobre ella.
–¿Qué quiere decir con eso de la «M»?
–preguntó Burden con curiosidad.
–Míreme en el espejo –respondió Wexford.
Los tres hombres se levantaron y se miraron
en el decorado espejo que había en la pared.
–Observen –dijo Wexford, llevándose las manos
a su escaso cabello, y los otros dos vieron cómo se lo echaba hacia atrás
dejando al descubierto dos triángulos sobre las sienes–. Todos los hombres los
tienen –explicó–, más o menos grandes. Las mujeres no, el nacimiento de su
cabello tiene forma oval. Pero para Rhoda Comfrey éstos eran pequeños detalles
fácilmente subsanables. Sólo en una ocasión, cuando tuvo que ir a visitar a su
padre en Kingsmarkham, se vio obligada a volver a su verdadero papel de mujer.
¡Oh!, sí, y en otra ocasión. No me extraña que la gente dijera que ella era
feliz en Londres y desgraciada en el campo. Para ella, tener que vestir de
mujer equivalía a lo que para un hombre supone ir disfrazado de tal.
»Pero lo resolvió utilizando su antigua forma
de ser, vistiendo con colorido, utilizando mucho maquillaje, pintándose las
uñas, que tampoco debía dejar crecer mucho. Para estas visitas se puso ropa
interior femenina y zapatos de tacón de aguja. Si lo piensan un poco, verán que
ella podía comprarse un vestido de mujer a ojo, sin necesidad de probárselo;
pero nunca un par de zapatos.
–Pero usted ha dicho –intervino Griswold–,
que hubo otras ocasiones en las que volvió a ir de mujer.
–He dicho que hubo una, señor. Podría engañar
a sus amigos y conocidos, puesto que ellos no la someterían a un examen físico.
Había sido paciente del viejo doctor Castle, de Kingsmarkham, aunque me imagino
que, como mujer fuerte y sana que era, raramente necesitaba de su atención
médica. El año pasado, sin embargo, el doctor murió, y cuando ella sospechó que
tenía apendicitis, tuvo que acudir a uno nuevo. Incluso el más superficial
examen habría revelado que no era un hombre, así que de mala gana tuvo que
volver a su sexo original para visitar al doctor Lomond, dándole un nombre
verdadero y una dirección que se inventó mientras iba hacia allá. De ahí vino
la confusión que sufrimos con la señora Farriner.
»De esto hace ya un año. Para entonces Rhoda
había conocido a Polly Flinders, y ésta se había enamorado de ella.
23
–Todo apunta a que Rhoda Comfrey conocía los
sentimientos de la chica –prosiguió Wexford– y que los animó hasta cierto
punto. La dejó trabajar como secretaria en vez de como mecanógrafa ocasional,
le pedía que la acompañase a tomar vinos por los bares, la llevaba a casa si se
quedaban en Elm Green hasta tarde y le escribía postales traviesas. Lo que no
hizo, supongo que porque debió de sentir que no era erótico, aunque yo creo que
de todas formas no quería hacerlo, fue mostrarle la menor señal de afecto.
–Da igual, de todos modos fue algo cruel e
injustificable –sentenció Burden.
–Yo lo veo como algo natural –replicó Wexford
con tono de duda–. Es más, considero que era muy humano. Después de todo,
mírelo desde el punto de vista de Rhoda. Cuando tenía veinticinco años no había
sido ni remotamente atractiva. ¿No debió de sentirse enormemente satisfecha al
ver que a los cincuenta años había enamorado a una persona de veinticinco? Era
quizá una pobre y obtusa criatura, pero era joven, y se había enamorado de
ella. Debió de pensar: «Una persona poco favorecida, pero mía.» ¿Quién más la
había querido? Su madre, hacía ya mucho tiempo. ¿La señora Parker? Pero el de
ahora era una clase de amor muy distinto, de los que uno tiene una sola vez en
la vida.
Griswold comenzó a impacientarse.
–De acuerdo, Reg, de acuerdo. Vaya a los
hechos. Recuerde que es policía, no psiquiatra.
–Bien, para ir a los hechos he de remontarme
un mes, aproximadamente. Rhoda estaba planeando ir de vacaciones, pero su padre
acababa de tener un ataque. Esto no entorpecería sus planes, naturalmente, pero
tal vez pensó que antes debía visitar al viejo y tantear el terreno.
–¿Qué quiere decir con eso?
–Quiero decir que si él estaba verdaderamente
grave, ella habría supuesto que su temor más grande, que algún día tuviera que
encargarse de él, carecía de fundamento, y se podría ir a Francia más
tranquila. Pero tenía que ir a averiguarlo, aunque eso significase posponer sus
vacaciones un día o dos. De todos modos, no significaba un gran inconveniente
para ella. Telefoneó a su tía para decirle que iría, y Polly Flinders estaba en
el apartamento, aunque no permaneció en la habitación todo el tiempo.
»Polly ya sabía que Grenville West había
desaparecido una o dos veces misteriosamente en fines de semana. Podemos
suponer que a Rhoda le gustaba mantener esto en secreto, podemos incluso
presumir que disfrutaba provocando los celos de Polly Flinders. Probablemente,
ese viernes por la tarde Polly se había puesto pesada, tal vez porque quería que
West se la llevara de vacaciones con él, y Rhoda descargó su enojo llamando a
Lilian Crown «cariño». Polly lo oyó, como Rhoda había planeado, y creyó que
West se veía con otra mujer que vivía en el campo. Le hizo preguntas, sin duda,
pero Rhoda debió de contestarle que no era asunto suyo, de manera que decidió
ir a Stowerton el lunes y descubrir por sí misma lo que ocurría allí.
Burden lo interrumpió:
–¿Por qué Rhoda,... o West,... o como quiera
que la llamemos, no fue ese mismo día a Kingsmarkham? Así no habría tenido
necesidad de posponer sus vacaciones. ¿Cómo encaja el hotel Trieste en todo
esto?
–Piénselo –dijo Wexford–. ¿Salir de Elm Green
con maquillaje, tacones altos y vestida de mujer?
–Podía utilizar los lavabos públicos...
–Burden se detuvo ante el monumental planchazo que acababa de cometer, pero ya
era tarde, Griswold lanzó una sonora carcajada.
–¿Cómo habría hecho para entrar en el lavabo
de hombres y salir por el de mujeres, Mike?
Wexford no tenía ganas de reír. Nunca le
había divertido la idea de jugar con el sexo, y los detalles humorísticos de
este peculiar caso de travestismo habían sido contrarrestados por sus
consecuencias.
–Solía utilizar hoteles para cambiarse –dijo
fríamente–. Y que estuvieran distantes de su barrio. Pero en esta ocasión
estábamos en plena temporada turística y había dejado para demasiado tarde la
reserva de una habitación. Ese sábado debió de llamar a numerosos hoteles sin
éxito. El único que encontró fue el Trieste, que había utilizado ya en una
ocasión, cuando visitó al doctor Lomond. Puede usted imaginarse, Mike, cómo
salió del hotel aquel día. Cruzó Montfort Circus, subió por Montfort Hill y
escogió la dirección que daría a partir del nombre de una calle y de un
anuncio.
–O sea que volvió al Trieste, con el coche preparado
para las vacaciones en Francia y después de hacerle creer a Vivian que se iba
directamente. Dejó el coche en el parking del hotel, con el pasaporte y dinero
francés en el maletero cerrado con llave. Se llevó consigo las llaves del coche
y su nueva cartera, que pasaron a su bolso cuando al día siguiente dejó el
hotel como Rhoda Comfrey.
–Eso era tan malo como salir de Elm Creen.
Imagínese que la hubieran visto.
–¿Quién? ¿Un empleado del hotel? Podría
haberle dicho que había ido a ver a su amigo, el señor West. Habría resultado
muy fácil mezclarse entre los demás huéspedes, o esconderse en los servicios,
en el caso de que Hetherington apareciera. Nadie habría sospechado que aquella
respetable dama escondía propósitos inmorales.
–Actualmente los hoteles no se fijan
demasiado en estas cosas –dijo despreocupadamente el policía jefe. Olvidando,
tal vez, que había sido él quien le había dicho a Wexford que fuera
directamente a los hechos, añadió–: Este pasaporte, sin embargo... Hay algo en
él que todavía no entiendo. Comprendo que ella necesitara una identidad y un
nombre masculinos, pero ¿por qué ese precisamente? Podía haberse cambiado el
nombre legalmente, o quedarse con el de Comfrey y utilizar uno de esos nombres
de pila que sirven para cualquiera de los dos sexos. Leslie, por ejemplo, o
Cecil.
–Los procesos legales siempre implican algo
de publicidad, señor. Pero no creo que ésa fuera la única razón. Ella
necesitaba un pasaporte. Desde luego, podía haber utilizado un nombre
ambivalente, como los que acaba de citar. Y junto con su partida de nacimiento
y el documento que certificaba el cambio de nombre, podía haber acudido a la
oficina de pasaportes con una fotografía en la que no quedara claro si era
hombre o mujer.
–Exactamente –corroboró Griswold–. En el
pasaporte británico no se requiere la dirección del titular, ni su estado civil
–y acabó triunfalmente–, ni su sexo.
–No, señor –dijo Wexford–. Si es un pasaporte
compartido, del titular y su hijo, por ejemplo, se debe constatar el sexo del
niño, pero no el del titular. Sin embargo, tanto en la cubierta como en la
primera página aparece el tratamiento del titular. No le habría servido de
mucho poner un nombre y una fotografía de hombre para que lo describieran luego
como «Señorita Cecil Comfrey», ¿no?
–Es usted muy agudo, Reg –observó el policía
jefe.
–Gracias –dijo Wexford lacónicamente. Y
recordó que no hacía mucho esa misma voz lo había llamado tonto–. En vez de
esto decidió adueñarse de la partida de nacimiento de un hombre que nunca
necesitaría un pasaporte porque jamás, bajo ninguna circunstancia imaginable,
sería capaz de salir del país. Asumió la identidad de su tullido y retrasado
primo, y a cambio, tal como descubrí ayer, le dejó todas las posesiones que
tuviera en el momento de su muerte, junto con los derechos de sus obras
mientras devengasen derechos de autor.
–No le servirán de mucho al pobre John West
–dijo Burden–. ¿Qué pasó cuando Polly se encontró a Rhoda aquel lunes por la
tarde?
Sin importarle demasiado la reacción de sus
interlocutores, Wexford dijo:
–Al principio de Monos en el infierno se citan
tres líneas de la obra teatral de Beaumont y Fletcher:
Son
aquellos que tienen el poder de herirnos a quienes más queremos;
reposamos en sus brazos nuestras vidas durmientes.
reposamos en sus brazos nuestras vidas durmientes.
»Rhoda escribió este libro mucho antes de
conocer a Polly. Me pregunto si pensó alguna vez lo que significaban en
realidad esas palabras, o si volvió a recordarlas. Posiblemente lo hiciera.
Posiblemente entendió que Polly había guardado aquella vida durmiente entre sus
brazos, pero que tendría que acabar repudiando a la chica, pues ella nunca
debía saber la verdad. Porque los eonistas, como Ellis dice, son «educados,
sensibles, refinados y reservados».
»Ese lunes por la tarde Polly llegó a las
verjas del hospital de Stowerton preparada para ver algo que la entristecería.
Esperaba encontrar a West acompañado de otra mujer, o en cambio verla. Al
principio no lo vio. Se puso en la cola del autobús, mirando a una mujer de
mediana edad que estaba hablando con otra más vieja. ¿Cuándo se dio cuenta? No
lo sé. Es probable que en un principio tomara a Rhoda por alguna familiar de
West, tal vez incluso una hermana suya. Pero una de las cosas que no se pueden
esconder es la manera de andar. Rhoda tampoco intentó nunca disimular su voz. Polly
subió al autobús, al piso de arriba, creyendo que algo increíble estaba
sucediendo. Pero siguió a Rhoda y se encontraron en ese sendero.
»Lo que vio cuando se miraron cara a cara
debió de bastar para que perdiera momentáneamente la razón. Recuerde que ella
había ido dispuesta a sufrir, pero no estaba preparada para eso. Seguro que el
susto de Marie Cole no fue nada comparado con el que debió de darse ella. Vio a
un travestido, en el auténtico sentido de la palabra. Y presa del asco y la
repugnancia, la apuñaló hasta matarla.
Griswold parecía incómodo.
–Es una lástima que no lo considerara como lo
que era: una liberación para ella.
–Creo que debió de considerarlo como el fin
del mundo –replicó Wexford sombríamente–. Creo que después pensó que cualquier cosa
sería preferible antes que se supiera que había estado enamorada de un hombre
que no tenía nada de tal. Y por este motivo aceptó la historia que yo le conté.
–¡Salud, Reg! –exclamó el policía jefe–.
Estamos acostumbrados a que rompa usted las reglas. Siempre lo hace. –Se rió–.
El fin justifica los medios –añadió, como si este aforismo hubiera sido
aceptado como una verdad absoluta desde el principio de los tiempos, y nunca
hubiese sido motivo de controversia–. Bebamos algo más antes de que cierren.
–Beban ustedes, yo tengo que irme –dijo
Wexford–. Buenas noches.
Y se adentró en la oscuridad para ir a su
casa, dejando a su superior planeando futuras represalias y a su subordinado en
un estado mezcla de irritación y afecto.

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