EL ROSTRO DE LA
TRAICIÓN
(The Face of Trespass, 1974)
Ruth Rendell
Para Don
Ahora que todo acabó, tengo paz para medir tu valía;
aunque si mereces elogio o censura lo ignoro.
aunque si mereces elogio o censura lo ignoro.
Quien
desdeña al amado, desdeña al amante;
pero... ¿qué hombre elogia lo que de sí apañó?
pero... ¿qué hombre elogia lo que de sí apañó?
Si
eres, ciertamente, vana y necia, la nada en forma humana,
tanto más necio fui por adorarte.
tanto más necio fui por adorarte.
Pero
si eres la alta diosa por la que antaño te tuve,
cuanto más sublime tu divinidad sea, más terrible mi pérdida es.
cuanto más sublime tu divinidad sea, más terrible mi pérdida es.
Querida
necia, compadécete del necio que te creyó sabia;
querida sabia, no te burles del necio que te dejó escapar.
querida sabia, no te burles del necio que te dejó escapar.
Bien
justo: el ciego ha perdido para siempre tu rostro;
bien injusto: ¿cómo podía contemplarte mientras te besaba?
bien injusto: ¿cómo podía contemplarte mientras te besaba?
Por
tanto... el pobre amor del necio y el ciego te he demostrado,
pues,
vana o diosa seas, fue un necio quien te amó.
Rupert
Brooke
Antes
Tras la cena, el nuevo miembro del Parlamento
terminó su discurso de sobremesa y se sentó. Aunque estaba más que acostumbrado
a hablar en público, el aplauso de aquellos hombres que habían sido sus
condiscípulos, le produjo una ligera turbación.
El presidente de la asociación de ex alumnos
de Feversham le ofreció un cigarro, y la pausa para encenderlo le permitió
recuperar la compostura. Cuando exhaló la primera bocanada ya se sentía más a
gusto.
–¿Qué tal lo he hecho? –preguntó al
presidente.
–Has estado espléndido. Sin divagaciones ni
pamplinas. Es todo un cambio, escuchar a alguien clamar contra las injusticias
sociales. Casi da pena que ya no esté en vigor la pena de muerte: podrías
montar una espléndida cruzada para aboliría.
–Espero no haber resultado pomposo –dijo
sosegadamente el nuevo parlamentario.
–Querido Andrew, los de izquierdas siempre lo
sois, pero no te preocupes. ¿Te apetece otro brandy o prefieres... circular?
Andrew Laud rechazó el brandy y se dirigió a
una de las mesas, a la que se sentaba el director de su antiguo colegio. Pero
antes de llegar, alguien lo tocó en el hombro y dijo:
–Felicidades, Andy, por el discurso y por el
éxito en las elecciones.
Tras hacer rápidamente memoria, el
parlamentario dijo:
–Jeff Denman... Gracias a Dios que al fin
encuentro a alguien que conozco. Estaba temiéndome que no había venido nadie
más que el viejo Scrimgeour, y ese tipo tan desagradable, Francis Croy. ¿Cómo
estás? ¿A qué te dedicas?
Jeff sonrió.
–Estoy muy bien. Ahora que se me vienen
encima los treinta años, mi familia comienza a acostumbrarse a la vergüenza de
que me gane la vida conduciendo una camioneta, así que si alguna vez necesitas
mudarte a vivir entre tus electores, puedes contar con mis servicios.
–Quizá lo haga. ¿Te apetece una copa? Toda la
gente que veo aquí es tan joven... Apenas conozco a ninguno de los presentes.
Pensé que vendría Malcolm Merrimer o aquel tipo, David no sé cuántos, con quien
tenía aquellas discusiones tan feroces en el club de debates.
–Mal está en Japón –dijo Jeff, camino del
bar–. Por cierto que, de haber estado aquí, Mal habría sido uno de tus
electores. Lo cual me recuerda a alguien que no ha venido, pero que está
empadronado en Waltham Forest. ¿Recuerdas a Gray Lanceton?
El parlamentario, que estaba de espaldas a su
interlocutor, se volvió hacia éste con sendas jarras de cerveza en las manos.
–Debía de ser de un curso por debajo del
nuestro. Un tipo alto y moreno, ¿verdad? ¿No hubo un cierto jaleo cuando su
madre se volvió a casar y él amenazó con suicidarse? Tengo entendido que ha
escrito una novela.
–El vino del estupor –dijo Jeff–. Era una obra
evidentemente autobiográfica, propia de un Edipo hippy. Por un tiempo, vivió
conmigo y con Sally en mi piso de Notting Hill, pero no escribió nada más y
cuando comenzó a andar mal de dinero y necesitó un lugar en el que vivir
gratis, se instaló en casa de Mal. Al parecer, tuvo un grave desengaño amoroso.
–¿Y vive en mi distrito?
Jeff sonrió:
–Dices «mi distrito» como el novio dice «mi
esposa»: con timidez y gran orgullo.
–Ya. Llevo semanas pensando qué pasaría si
perdía las elecciones y tenía que venir de todos modos a hablar ante vosotros.
Me habría sentido como un perfecto estúpido. ¿Le gusta vivir allí?
–Dice que Waltham Forest le deprime. Estuve
allí y me llevé una gran sorpresa al ver que, a sólo veinticinco kilómetros de
Londres, aún existen rincones tan típicamente rurales. Vive en una cabaña de
madera, al extremo de un camino de grava y tierra llamado Pocket Lane.
–Creo que lo conozco –dijo reflexivamente el
parlamentario–. ¿Crees que votó por mí?
–Me sorprendería mucho que Gray supiese que
había una elección, y más aún que hubiera votado. Ignoro lo que le pasó; pero
se ha convertido en una especie de ermitaño y ya no escribe nada en absoluto.
En cierto modo, es una de esas personas que tú te has comprometido a defender.
Ya sabes: los marginales, los perdidos.
–Tendré que esperar a que solicite mi ayuda.
–Imagino que, Gray Lanceton aparte, ya tienes
bastantes problemas. Ahí viene Scrimgeour trayendo al director a rastras.
¿Desaparezco?
–Sí, supongo que será preferible. ¿Qué tal si
te llamo un día y almuerzas conmigo en la Cámara?
El parlamentario dejó la jarra y sus
facciones asumieron la expresión entre atemorizada y fatua que, aunque
generalmente reservada para los bebés y los ancianos, parecía igualmente
adecuada para enfrentarse a aquellos pedagogos que en tiempos lo habrían
aterrado, rebajándolo a la más absoluta de las sumisiones.
1
Era comienzos de mayo, alrededor del 5. Gray
nunca estaba seguro de la fecha. No tenía calendario, jamás compraba el
periódico, y había vendido la radio. Cuando deseaba saber el día en que estaba,
le preguntaba al lechero. El lechero siempre aparecía a las doce en punto,
aunque para saber la hora Gray no tenía problema, pues conservaba el reloj que
ella le regaló. Había vendido muchas cosas; pero no quería desprenderse de él.
–¿Qué día es hoy?
–Martes –dijo el lechero, entregándole medio
litro de leche homogeneizada–. Martes 4 de mayo y un día estupendo que te
reconcilia con la vida. –Dio una patada a los helechos que crecían a
centenares, curvados como pequeños signos de interrogación de color verde
pálido–. Si quiere librar a su jardín de estos yerbajos, plante matas anuales.
Los berros se dan bien aquí, y crecen como la maleza.
–Prefiero la maleza.
–Los helechos me ponen enfermo; pero sobre
gustos no hay nada escrito. El mundo sería absurdo si todos pensáramos igual.
–El mundo ya es absurdo tal cual está.
El lechero, que tenía la risa fácil, se echó
a reír estrepitosamente.
–Es usted tremendo, Mr. L. Bueno, debo
emprender el largo camino sin retorno. Hasta la vista.
–Hasta la vista –dijo Gray.
Los árboles del bosque, que llegaban hasta
muy cerca del jardín, aún estaban desnudos de hojas, pero sus pequeños brotes
formaban una brillante capa verde que contrastaba con el azul del cielo. El
tiempo era prematuro, absurdamente caluroso.
Bajo el sol, los troncos de las hayas
brillaban con el color de pieles de foca. Aquélla era una buena metáfora, pensó
Gray, diciéndose que, en el pasado, cuando era escritor, la habría anotado para
usarla en el futuro. Quizá algún día, cuando se hubiera repuesto, y tuviera
algún dinero, y hubiese olvidado a Drusilla, y... Era preferible no pensar en
ello.
Acababa de levantarse. Tras dejar abierta la
puerta principal para que entrara calor y aire en el húmedo interior, fue con
la leche hasta la cocina y puso la tetera al fuego. La pequeña cocina se
encontraba sucísima, y el suelo de piedra estaba cubierto por una lámina de
linóleo curvada por los bordes, como una rebanada de pan seco. Esperó a que el
agua hirviera. En torno a él había un mobiliario de cocina que debió de ser el
último grito a finales del pasado siglo: una pila de loza, una cocina económica
inutilizada, una bañera esmaltada con tapa de madera. El agua tardó un buen
rato en hervir, pues la tetera se encontraba cubierta de mugre y el quemador de
gas tampoco estaba demasiado limpio. Y el interior del horno estaba aún peor.
Cuando lo abría, era como asomarse a una negra caverna. Muchas veces, durante
el pasado invierno, sentado en la silla Windsor frente a la negra cueva del
horno, en cuyo interior bailaban doradas llamas, sintió la tentación de apagar
el fuego, meter la cabeza dentro y esperar. Esperar la muerte. «Hacer una
barbaridad», como habría dicho Isabel.
Ahora no deseaba hacerlo. El momento había
pasado. No se suicidaría por Drusilla, del mismo modo que no lo hizo ni por su
madre ni por Honoré, y llegaría a pensar en ella como pensaba en los demás: con
exasperada indiferencia. Pero aún no. El recuerdo de ella seguía ocupando un
lugar prominente de su cerebro, con él se acostaba por la noche, con él
despertaba por la mañana, y a él se aferraba a lo largo de los interminables y
vacíos días. Intentaba contrarrestarlo con tazas de té y libros de la
biblioteca, pero aún le quedaba mucho para exorcizarlo completa y
definitivamente.
El agua rompió a hervir y Gray preparó el té,
vertió leche sobre un par de tabletas de cereal Weetabix y se sentó en la tapa
de la bañera a desayunar. El sol estaba alto, y la cocina mal ventilada, ya que
hacía alrededor de un siglo que la ventana no se abría. Las motas de polvo que
flotaban en el chorro de sol, lo convertían en algo casi sólido que quemaba a
Gray en el cuello y los hombros. Desayunó bajo el azote que asola el mediodía.[1]
Era la hora a la que ella, antaño, solía
telefonearle. Aparte, naturalmente, de los jueves por la noche. Si bien había
logrado acostumbrarse más o menos a no verla, aún no había resuelto lo del
teléfono. El aparato lo ponía neurótico; es decir, más neurótico que el resto
de las cosas. Por un lado, no deseaba en absoluto hablar con ella; por otro, lo
deseaba fervientemente. Temía que ella lo telefonease, pero tenía la certeza de
que no lo haría.
Cuando la tensión del desear y el no desear
se hacía insoportable, dejaba el aparato descolgado. El teléfono vivía en la
pequeña y horrorosa estancia que Isabel llamaba «salón». Gray pensaba en el
aparato como en algo que «vivía» y no como en algo que «estaba» simplemente
porque, aunque podía pasarse días y días sin sonar, al mirarlo le parecía ver
algo vivo, vibrante, casi exultante. Y cuando los jueves por la noche quitaba
el receptor de la horquilla, le parecía mutilado, frustrado, humillado por su
desconexión, con la boca y el oído colgando inútilmente del cable. Sólo entraba
en el «salón» para contestar al teléfono –llamar era algo que, económicamente,
no podía permitirse– y a veces dejaba el aparato descolgado durante varios días
seguidos.
Terminó el desayuno y, mientras se servía una
segunda taza de té, se preguntó si seguiría descolgado. Abrió la puerta del
«salón» para verificarlo. El receptor estaba sobre la horquilla. El sábado o el
domingo debía de haberlo colgado, convirtiéndolo de nuevo en un pequeño Buda
que lo miraba inescrutablemente.
Desde el invierno, la memoria de Gray se
había deteriorado considerablemente. Como los viejos, recordaba el pasado pero
no el pasado inmediato; como los viejos, olvidaba la fecha y las cosas que
debía hacer. Y no es que estas últimas fueran muchas. No hacía casi nada.
Abrió la ventana que daba al verdeante y
soleado bosque y bebió el té, sentado en un sillón tapizado de viejo, viejísimo
plástico, quizá uno de los más antiguos prototipos del material, un tejido
marrón totalmente raído en los brazos y en el asiento. Sólo había otro sillón.
Entre ambos, una mesita baja con patas de hierro forjado y tablero moteado por
las quemaduras de los cigarrillos que Gray fumaba en los tiempos en que tenía
dinero para comprarlos, y marcado por los blancos círculos que dejó la base de
la caliente tetera. En el centro de la habitación había una sucia alfombra turca,
tan desgastada que se arrugaba al pisarla. Aparte de aquello, lo único que
contenía el cuarto eran los palos de golf de Mal, apoyados contra la pared,
bajo la repisa del teléfono, y el calefactor contra el que ella rompió la
botella de perfume y que, luego, durante el invierno, cada vez que se encendía
mezclaba el aroma de Drusilla, evocador y agónico, con el tufo del combustible.
Desechó el recuerdo. Terminó su té,
lamentando no tener un cigarrillo o, mejor aún, toda una cajetilla de veinte
cigarrillos. Casi completamente oculta por la bolsa de golf con la cual la
cubría, vio la tapa gris de su máquina de escribir. Desde que se instaló en
aquella cabaña que Mal llamaba choza, prácticamente no la había usado. O sólo
la usó para algo cuyo recuerdo le perturbaba aún más que el de Drusilla, aunque
uno y otro estaban inextricablemente unidos, y pensar en lo uno le llevaba a
pensar en lo otro. Era mejor fantasear sobre la fiesta de Francis, en largarse
de aquel agujero e ir a Londres, aunque sólo fuera por el fin de semana, y en
conocer a alguna muchacha que sustituyese a Drusilla... «con ojos igualmente
sabios, pero más amables; y labios igualmente suaves, pero más sinceros... Me
atrevo a decir que con una así me conformaría».[2]
Y también debía conseguir dinero, y una habitación alquilada, y salir de una
vez de aquella agobiante depresión, de aquel limbo. Quizá incluso volviera a
escribir...
El teléfono hizo el desagradable «clic» que
precedía en diez segundos al timbrazo de llamada. En diez segundos había tiempo
para pensar, para ansiar que sonase, deseando al mismo tiempo que el clic no
procediera del teléfono, sino del exterior, o de las viejas y semipodridas
tablas del suelo. El sonido del teléfono todavía le sobresaltaba. Aún no había
logrado controlar aquella reacción, aunque había aprendido a considerarla como
un convaleciente considera las jaquecas y los temblores que aún lo afligen.
Pasará. El médico y el sentido común se lo decían, así que, hasta entonces,
debía soportarlo como inevitable secuela de una larga enfermedad.
Naturalmente, no era Drusilla. La voz no era
ronca y suave, sino estridente. Isabel.
–Tienes voz de cansado, cariño. Espero que
comas como es debido. Sólo llamo para saber cómo te va.
–Como siempre –dijo él.
–¿Trabajas mucho?
Gray prefirió dejar sin respuesta aquella
pregunta. Isabel estaba al corriente de que, en los últimos tres años, él no
había trabajado ni un solo día. Todos lo sabían. No se le daba bien mentir.
Pero aunque mintiera y dijese que estaba trabajando, no servía de nada. Decían
qué estupendo y luego le preguntaban cuándo terminaría y de qué iba la novela.
Si respondía la verdad, o sea que no estaba haciendo nada, le decían que no
debía descorazonarse o le proponían buscarle un empleo. Por eso no dijo nada.
–¿Sigues ahí, cariño? –preguntó Isabel–. Ah,
vaya. Creí que se había cortado. Esta mañana he recibido una carta de Honoré.
Encantadora. Se porta maravillosamente con tu madre, ¿verdad? Parece que a un
hombre tiene que costarle más que a una mujer cuidar de un inválido.
–No veo por qué.
–Lo verías si tuvieras que hacerlo, Gray.
Para ti, ha sido una bendición que tu madre volviera a casarse, y con un hombre
tan estupendo. Imagina que fueras tú quien tuviese que cuidar de ella.
Aquello resultaba casi cómico. Él apenas era
capaz de cuidarse de sí mismo.
–Ésa es una hipótesis bastante inverosímil,
Isabel. Mamá se casó con Honoré cuando yo tenía quince años. Es como pedirme
que imagine que mi padre sigue vivo, o que mamá nunca tuvo una trombosis.
Como siempre que, a su juicio, la conversación
«se ponía seria», Isabel cambió de tema.
–¿Sabes una cosa? Me voy a Australia.
–Estupendo. ¿A hacer qué?
–Mi amiga Molly, aquella con la que tuve la
agencia de mecanógrafas, vive ahora en Melbourne y me ha escrito invitándome.
He decidido aceptar, ahora que aún puedo. Me iré a comienzos de la primera
semana de junio.
–Supongo que no nos veremos antes de que te
vayas –dijo Gray, deseando fervientemente que así fuera.
–Bueno, si tengo un ratito, quizá me pase por
ahí. Vives en un sitio tan bonito y tranquilo... No sabes cómo te envidio.
–Gray apretó los dientes. Isabel vivía en un piso situado en una concurrida
calle comercial de Kensington. Tal vez... Me encanta pasar la tarde
tranquilamente en tu jardín... quizá fuera más propio decir tu selva –Añadió
jovialmente.
–¿Vas a dejar desocupado tu piso?
–¡No, qué va! Saldré yo y entrarán los
decoradores. Les he encargado unas reformas monumentales.
Gray se arrepintió de haber hecho la
pregunta, porque a continuación Isabel se lanzó a una detallada descripción,
saturada de adjetivos, de los cambios y los trabajos eléctricos y de fontanería
que se realizarían durante su ausencia.
Depositando el receptor sobre la repisa, Gray
pensó que al menos aquello evitaba que Isabel lo sermonease o le recordara los
días en que su futuro parecía prometedor. No le había preguntado por sus
finanzas ni si se había cortado el pelo. Mientras en el auricular seguía
sonando el animado bla-bla-bla, él se miró en el espejo Victoriano, un cuadrado
de cristal sobre el que parecía como si alguien hubiera echado el aliento o
quizá escupido. Rasputín en su juventud, pensó. Entre una cabellera que le
llegaba hasta los hombros y la descuidada barba –había dejado de afeitarse por
Navidad– se veían unos ojos melancólicos; la tez estaba moteada a causa,
probablemente, de una alimentación que, a alguien menos saludable, le habría
producido escorbuto.
El rostro del espejo se asemejaba muy poco a
la foto que aparecía en la solapa de El vino del estupor, en la cual su aspecto era
el de un moderno Brooke.[3]
De Brooke a Rasputín en cinco meses, se dijo, y a continuación cogió el
receptor para escuchar el final de la perorata de Isabel.
–... y pondré cristales dobles en las
ventanas de todas las habitaciones –concluyó la mujer, ya con poco aliento.
–Me muero de ganas de verlo. Y, si no te
importa, ahora me despido, Isabel. Tengo que salir.
A la mujer, que habría podido seguir hablando
durante horas, siempre le fastidiaba que la interrumpieran.
–Sí, bueno, pero precisamente iba a
decirte...
A través del auricular, Gray escuchó el
ladrido de la perra de su tía.
–Adiós, Isabel –dijo, firme. Luego, cuando
ella hubo colgado, él hizo lo mismo, lanzando un suspiro de alivio. Metió en
una bolsa los libros de la biblioteca y partió hacia Waltham Abbey.
Cambiar un cheque por dinero constituía el
traumático momento estelar de la semana de Gray. Llevaba medio año viviendo de
lo que había cobrado en concepto de derechos de autor el noviembre anterior,
doscientas cincuenta miserables libras, extraídas a razón de cuatro libras
semanales. Pero eso no incluía las cuentas de gas y electricidad, ni los gastos
de Navidad en casa de Francis. Ya no podía quedar mucho. Probablemente, estaba
en números rojos, y ése fue el motivo de su nerviosismo mientras esperaba en el
banco, temiendo que el cajero, tras dirigirle una desdeñosa mirada, se
levantase y se perdiera en las entrañas del local para consultar con más altas
autoridades.
Aquello no había sucedido nunca, y tampoco
sucedió entonces. El cheque fue sellado, y Gray recibió cuatro billetes de una
libra. Gastó una comprando pan, margarina, y carne y pasta enlatadas. Luego se
encaminó a la biblioteca pública.
Como tantas personas hacen cuando deciden
retirarse temporalmente del mundo, al instalarse en la choza Gray decidió leer todos
los libros para los que no había tenido tiempo: a Gibbon y a Carlyle, La historia de Roma de Mommsen, El auge de la república holandesa, de
Motley... Pero al principio no tuvo tiempo, porque ella ocupó todos sus
pensamientos, y luego, cuando Drusilla se fue, cuando él la echó, Gray recurrió
a la anestesia de los títulos favoritos y más apreciados de siempre. Pensó que,
al cabo de cuatro meses de abstinencia, muy bien podría releer Lo que el viento se llevó, así que ése fue uno de los títulos que escogió, junto con Cuentos de fantasmas, de Montague R. James. La semana siguiente sería Jane Eyre, Sherlock Holmes y alguna de las novelas de Austin Freeman protagonizadas por el doctor
Thorndyke.
La bibliotecaria era nueva. Le dirigió el
tipo de mirada indicadora de que le gustaban los hombres desaseados y barbudos
que no tenían nada mejor que hacer que holgazanear en la biblioteca. Gray se
disponía a devolver la mirada, pero no llegó a hacerlo. Era inútil. Siempre lo
era. La chica tenía manos regordetas y se mordía las uñas. Un cinturón de grasa
le rodeaba las caderas y, mientras buscaba entre los libros, Gray había
escuchado su risa estridente. Sus labios eran suaves; pero no, él no se
conformaba con una mujer como aquella.
Los libros y las latas pesaban bastante, y el
camino de regreso hasta la choza era largo. Pocket Lane era un profundo túnel
que atravesaba el bosque, un túnel que no llevaba a ninguna parte. El letrero
indicador anunciaba que la distancia hasta Londres era de veinticinco
kilómetros, hecho que nunca dejaba de asombrarlo. Aunque vivía en pleno campo,
el corazón de Londres se encontraba sólo a veinticinco kilómetros. Y la
tranquilidad era mayor que en el campo propiamente dicho, ya que no había
hombres que trabajasen las tierras, ni pasaban tractores, ni rebaños de
corderos. El más profundo y nítido de los silencios lo rodeaba, roto sólo por
el trino de los pájaros. Le asombraba que hubiese gente que viviera allí
voluntariamente, que comprara casas o pagase alquileres, gente a la que le gustase la zona. Con la bolsa al hombro, pasó ante la primera de las casas, la
granja de los Willis, así llamada pese a que en ella no se hacía ninguna labor
agropecuaria, con sus exquisitas praderas y cuidados parterres en los que los
tulipanes uniformados de rojo y dorado formaban ordenadas filas, como en una
parada militar. Luego estaba la cabaña de Miss Platt, la hermana agraciada de
la choza, demostración palpable de lo que la pintura y los constantes cuidados
podían hacer por la madera vieja; por último, antes de que el sendero de tierra
comenzase y el bosque se cerrara en torno a él, estaba la hermética vivienda de
Mr. Tringham. Nadie acudía a visitarlo, ninguna cortina se movía. Quizá habían
muerto todos en aquella casa ¿quién podía saberlo? A veces se preguntaba cuánto
tardarían en encontrarlo a él si se moría. Bueno, siempre estaba el lechero...
Las matas de espinos, verdes y llenas de
retoños, terminaban al extremo del camino de grava, y los altos árboles se
cerraban sobre Pocket Lane. Sólo los helechos y las zarzas lograban crecer a la
sombra de aquellos árboles, en la mezcla de mantillo y arcilla que sus raíces
habían privado de nutrientes. En aquel preciso lugar era donde Drusilla dejaba
aparcado su coche, metiéndolo bajo las ramas bajas, escondiéndolo de las
miradas de los vecinos. La dominaba el permanente temor a los espías, a los
observadores ocultos que sólo existían en su imaginación, ansiosos de informar
a Tiny de todos sus movimientos. Nadie llegó a enterarse nunca. Pese a todas
las cicatrices que a él le quedaban de sus citas, de su amor, era como si nada
de ello hubiese ocurrido. La jugosa hierba primaveral había crecido sobre las
rodadas de los neumáticos de su coche, y las frágiles ramas rotas por el paso
del automóvil habían sanado y se encontraban cubiertas de hojas.
No tenía más que levantar el teléfono,
llamarla, y ella volvería a él. No quería pensar en ello. Pensaría en Lo que el viento se llevó, y en prepararse una taza de té, y en qué cenaría. Si iba a pensar en
llamarla, era mejor hacerlo después de las seis cuando Tiny estaba en casa y
sería imposible hacerlo, y no ahora, que la llamada era factible.
Dicen que los helechos son una cama
confortable, y es cierto. Gray se tumbó a leer sobre ellos, yendo de cuando en
cuando a la choza a por más té, y así estuvo hasta que el sol se ocultó y el
cielo, entrevisto a través de las ramas de los árboles, tomó un tenue tono
dorado. Los pájaros y sus trinos susurrados desaparecieron antes que el sol, y
el silencio se adueñó del bosque. Una ardilla avanzó hasta el extremo de una
rama y se puso a mordisquear un infortunado tallo. Hacía tiempo que Gray había
dejado de preocuparse por si era una locura hablar con las ardillas, con los
pájaros y, en ocasiones, hasta con los árboles. Poco le importaba estar loco o
cuerdo. ¿Qué más daba?
Dirigiéndose al animal, le dijo:
–Apuesto a que tú no andarías bebiendo té o,
en tu caso, comiendo plantas si supieras que, a menos de seis kilómetros, había
una hermosa ardilla hembra suspirando por ti. No: tú irías directamente a
telefonearla. No tienes la cabeza llena de líos, como los humanos, y no
permitirías que un montón de trasnochados principios se interpusieran entre ti
y la mejor hembra del Essex metropolitano. En especial, si la ardilla hembra
tuviese guardadas una tonelada de suculentas nueces. ¿Tengo o no tengo razón?
La ardilla quedó inmóvil, con el tallo entre
las mandíbulas. Luego saltó y comenzó a ascender por el tronco de una enorme
haya. Gray no se acercó al teléfono. Se abstrajo en el viejo Sur hasta que la
oscuridad le impidió leer y el frío seguir tumbado en el suelo. Por encima de
él, el cielo tenía un tono añil, pero hacia el suroeste, sobre Londres, era de
color rojo encendido. Permaneció junto a la puerta, mirando hacia el mudo
resplandor de Londres, como hacía siempre a aquellas horas cuando el tiempo era
bueno.
Al fin entró en la casa y abrió una lata de
espaguetis. Por la noche, parecía como si el bosque dormido se removiese en su
sopor y abrazase a la choza, tomándola entre sus enormes brazos cubiertos de
hojas. Gray se sentó en la silla Windsor de la cocina, bajo la desnuda bombilla
y estuvo dormitando y pensando en Drusilla muy a su pesar. Al final leyó un
tercio de Lo que el
viento se llevó y se quedó dormido. Lo despertó un
ratón al pasarle sobre el pie. Se levantó y, cruzando la oscuridad silenciosa,
subió a su dormitorio.
Acababa un día típico, que sólo se
diferenciaba de los ciento cincuenta y tantos que lo precedieron en que el
tiempo había sido cálido y soleado.
2
Gray pensaba que, realmente, los de Correos
deberían concederle una gratificación por el poco trabajo que les daba. El
cartero no tenía que hacer el largo recorrido de Pocket Lane hasta la choza más
de una vez a la semana, y lo que principalmente le llevaba eran las facturas y
la carta semanal de Honoré. Ésta había llegado el jueves anterior, junto con la
factura del gas de nueve libras que Gray no pagaría hasta conocer con exactitud
cuál era su situación económica. Se sentiría mucho más seguro cuando recibiese
de sus editores la liquidación de los derechos de autor, que, por cierto, se
estaba retrasando. Debía de ser ya el 12 o el 13 de mayo, y la liquidación
estaría sin duda a punto de llegar.
Ahora, debía escribir a Honoré; después
saldría a comprar. «M. Honoré Duval, Petit Trianon», Dios, no podía escribir
aquel nombre sin sentir retortijones. «Bajon», seguido por el número del
distrito postal, «France». Escribió primero el sobre, mientras pensaba qué
podía decirle, lo que siempre constituía una tarea difícil.
Consumió dos tazas de té antes de empezar a
escribir. «Cher
Honoré, je suis très content de recevoir votre lettre de jeudi dernier, et
inclus les nouvelles de maman...». Su francés era
malo, aunque no peor que el inglés de Honoré. Como su padrastro insistía en
escribirle en un idioma de cuya gramática y sintaxis no tenía ni la menor idea
–Gray estaba seguro de que únicamente lo hacía por molestar– él le pagaba con
la misma moneda. A continuación, unos cuantos comentarios sobre el tiempo. ¿Qué
más podía decirle? Ah, sí, lo de Isabel. «Imaginez-vous, Isabel va visiter Australie pour un mois
de vacances... Donnez mes bons voeux à maman, votre Gray.»
Con aquello su padrastro se quedaría contento
por un tiempo. Gray cogió Lo que el viento se llevó y los cuentos de
fantasmas y partió hacia el pueblo, donde echó la carta al buzón, compró
doscientos gramos de té, un paquete gigante de Weetabix (que era la oferta de
la semana) y dos latas de albóndigas suecas. Sólo tenían un ejemplar de Jane Eyre, y estaba prestado. Dirigió una furiosa mirada a la gruesa
bibliotecaria, sintiéndose ridículamente defraudado, al borde de la paranoia
¿Acaso no se daban cuenta de que él era uno de sus mejores clientes? De estar
viva, Charlote Brontë habría visto reducido sus ingresos a causa de la
incompetencia del personal de la biblioteca.[4]
Escogió El hombre de la máscara de hierro, de Dumas, y Herries el rufián, de Hugh Seymour Walpole,
dirigió una mirada de desagrado a la grisácea mole de la abadía y, malhumorado,
echó a andar por Pocket Lane. Un cigarrillo le habría venido de perlas para
hacer más llevadera la caminata. Quizá, reduciendo el consumo de leche y té,
ahorraría lo suficiente como para comprarse cuarenta cigarrillos a la semana.
Realmente, aquella vida era absurda. Y le sería tan fácil poner remedio a la
situación... Bueno, quizá no tanto, pero algo podría hacer. Conseguir un
trabajo manual, por ejemplo, o hacer un cursillo para obtener un puesto de
telefonista en Correos. La mitad de los telefonistas londinenses eran
escritores fracasados, amantes desdeñados, poetas incomprendidos, intelectuales
manques. Sólo hacía falta un poco de energía, una brizna de empuje...
El sol calentaba demasiado para la estación
y, sumado a la humedad del bosque, resultaba sofocante. En las sombras de entre
los arbustos zumbaban nubes de mosquitos. Los gorriones gorjeaban y, de cuando
en cuando, se escuchaba el grito de un arrendajo. El sendero era un lugar
silvestre, un ejemplo de naturaleza intacta, pero tenía algo de polvorienta
habitación cerrada. Y, fuera la época del año que fuese, el suelo estaba
siempre cubierto de una parda capa de hojas en descomposición.
Era viernes, día de pago, y el lechero, tras
completar su recorrido, apareció por el camino de regreso de la choza.
–Bonito día, Mr. L. Da gusto estar vivo. ¿Le
importaría abonarme cuarenta y dos peniques?
Gray le pagó, y se quedó con una libra
ochenta peniques que debían durarle hasta que a la semana siguiente volviera al
banco.
–Vaya par de buenos libros trae ahí –comentó
el lechero–. ¿Estudia usted en la universidad a distancia?
–No: en la universidad de las hojas secas
–dijo Gray.
–¡La universidad de las hojas secas! Es usted
tremendo. ¿No quiere saber qué día es hoy?
–Claro. Usted es mi calendario.
–Bueno, pues es viernes, 14 de mayo. Y, por
si no lo sabe, tiene usted visita. Frente a su casa hay aparcado un coche rojo,
uno de esos minis. ¿Espera a alguna chica guapa?
Isabel.
–Es mi hada madrina –dijo Gray, taciturno.
–Pues que haya suerte, ceniciento. Hasta la
vista.
–Hasta la vista. Y gracias.
Maldita Isabel. ¿Qué demonios querría? A una
dama de Kensington que contaba sesenta y dos años no podía ofrecérsele raviolis
ni Weetabix a las tres de la tarde. Hacía meses que no tenía dulces de ningún
tipo. Y lo más probable era que Isabel hubiese llevado a su perra labrador, Dido.
A Gray no le desagradaba en absoluto el animal –a decir verdad, le gustaba más
que su dueña–, pero Isabel tenía la molesta costumbre de olvidarse de llevar
merienda para su perra, y entonces saqueaba las escasas reservas de carne
enlatada de Gray.
La encontró acomodada en el asiento contiguo
al del conductor del Mini, con la portezuela abierta. La labrador estaba
escarbando entre los helechos, lanzando de cuando en cuando un mordisco a las
moscas que revoloteaban a su alrededor. Isabel fumaba un cigarrillo.
–Vaya, al fin apareces, cariño. He intentado
entrar por detrás, pero no dejaste ninguna ventana abierta.
–Hola, Isabel. Hola, Dido.
Cuando hayas terminado de hacer hoyos, puedes plantar berros. El lechero me lo
aconsejó.
Isabel le dirigió una mirada recelosa.
–A veces pienso que pasas demasiado tiempo
solo, cariño.
–Tal vez –dijo Gray. Dido
se le acercó, se alzó sobre los cuartos traseros y, poniéndole las patas llenas
de barro junto al cuello, le lamió la cara. Gray pensó que tenía una cara
bonita, mucho más agradable que la de la mayoría de los humanos (con una
excepción, siempre con una excepción). Tenía el rosado morro frío como el
hielo, y profundos ojos pardos. Ojos piadosos, pensó Gray, algo muy curioso
para pensarlo de un perro–. Voy a preparar té. Dido, que para las cosas de
comida era muy sensible, meneó la peluda cola.
Isabel siguió a su ahijado al interior de la
choza e hizo como si no viese los platos sucios ni las moscas, los ojos fijos
en Gray.
–No te preguntaré por qué no te cortas el
pelo –comentó jovialmente al tiempo que se sentaba en el escalón inferior, al
que previamente quitó el polvo con su pañuelo.
–Estupendo. –Gray puso la tetera al fuego.
–Aunque deberías dañe cuenta de que ya no
eres ningún adolescente. El pelo te llega por los hombros.
–Como no vas a preguntarme por qué no me lo
corto, ¿qué tal si hablamos de otra cosa? No tengo pastas de té; pero hay pan.
–Recordó que también tenía margarina y añadió–: Y Stork.
–No te preocupes: he traído una tarta.
Isabel se puso trabajosamente en pie y fue
hacia el coche. Gruesa y menuda, llevaba pantalones color turquesa y suéter
rojo. Gray pensó que se parecía a uno de los gnomos del jardín de Honoré.
Isabel regresó fumando un nuevo cigarrillo.
–No te ofrezco porque me dijiste que habías
dejado de fumar.
La experiencia debería haberle indicado a
Gray que la tarta no sería casera, helada y con mazapán, como la que él soñaba.
Sacó de su envoltorio el pastel, que era comprado. Como llevaba su propia
bandeja de papel de estaño, no se molestó en ir a por platos. La perra entró y
metió el morro entre las manos de Gray y la tapa de la bañera.
–Vamos, querida, no molestes. –Isabel siempre
llamaba a su perro de turno «querido», apelativo cariñoso que sólo utilizaba
para los caninos–. ¿Y si pasamos al salón? Me gusta tomar el té sentada como es
debido.
El teléfono seguía como lo dejó la noche
anterior: descolgado. Los jueves, Tiny iba a sus reuniones masónicas y, caso de
que Drusilla telefonease, lo más probable era que lo hiciera ese día. Quizá lo
hubiese intentado. Quizá lo intentaba muchos jueves por la noche. Gray depositó
el receptor sobre las rodillas de Buda, preguntándose qué haría o diría si
Drusilla telefonease en aquellos momentos, estando Isabel presente. Le dio la
sensación de que, quizá a causa del calor, olía tenuemente a Amorce dangereuse. Isabel lo observó manipular el teléfono. Guardó un silencio preñado de
curiosidad que resultaba casi tan difícil de aguantar como sus preguntas.
Advirtió que la mujer había llegado provista de una caja de pañuelos de
celulosa, como si padeciera un fuerte catarro. Isabel no lo padecía. Limpió el
asiento del sillón con un pañuelo, se puso otro sobre el regazo y, por último,
le preguntó a su ahijado cómo le iban las cosas.
Gray había renunciado a apaciguar a los
ancianos, pues ello requería de demasiadas mentiras, de subterfugios
excesivamente complicados. Quizá la vida le habría sido más sencilla de haber
mentido a Isabel y a Honoré, diciéndoles que estaba escribiendo otra novela,
que la casa estaba sucia porque no había encontrado asistenta, que vivía en
Pocket Lane porque le gustaba. Pero como poco le importaba la aprobación de
gente que él reprobaba, contestó que sus cosas, simplemente, no iban. Ni bien
ni mal.
–Pues qué lástima, cariño. De niño eras un
encanto, y siempre sacabas notas tan maravillosas... Y cuando acabaste los
estudios, tu madre y yo esperábamos grandes cosas de ti. No pretendo herirte,
pero... si por entonces alguien me hubiera pedido que predijese tu futuro,
habría contestado que, a estas alturas, ya estarías en la cima.
–No me hieres en absoluto –dijo Gray, sin
mentir.
–Y luego escribiste aquel libro. No es que a
mí me gustase. Los libros que no tienen un argumento concreto me horrorizan.
Pero todos los que saben de esas cosas te auguraron una espléndida carrera. Y,
dime, ¿en qué se han convertido esos presagios tan felices?
–En Pocket Lane y en albóndigas suecas
–replicó Gray.
Afortunadamente, Dido dio un lametón a su plato,
y eso distrajo a Isabel.
–Quita la cabeza de la mesa, querida. La
tarta no les sienta bien a los perritos. –Isabel encendió un nuevo cigarrillo
del que inhaló una larga bocanada–. Lo que necesitas es encontrar algo que te
interese de veras, que te saque de ti mismo.
–¿Como qué?
–Pues la verdad es que a eso he venido. No,
quiero serte sincera. He venido a pedirte un favor; pero es algo que también a
ti te hará bien. Admitirás que necesitas algo de lo que ocuparte, ¿no?
–No aceptaré un empleo, Isabel. Al menos, no
uno de los que tú recomiendas. No voy a convertirme en chupatintas, ni en
vendedor, ni en encuestador, quede eso claro desde el principio.
–No es nada de eso, cariño. No es una cosa
remunerada. En ese sentido, no es un empleo. Lo único que quiero es que me
hagas un favor. Será mejor que vaya al grano. Lo que quiero es que me cuides a Dido
mientras estoy en Australia.
Gray no dijo nada. Observaba una mosca posada
sobre una miga de pastel en la alfombra, comiendo o poniendo huevos. Dido
también estaba pendiente de ella y luego siguió con la mirada el vuelo del
insecto cuando éste comenzó a describir círculos en el aire.
–Compréndelo, cariño. Desde que era cachorra,
nunca la he dejado sola, y ya tiene cinco años. No podría meterla en una
residencia canina porque se pondría tristísima, y sabiendo que estaba tristísima,
yo no podría divertirme.
Londres, Kensington... Qué forma tan fácil de
escapar.
–¿Te refieres a que vaya a tu piso a
cuidarla?
–No, cariño. Ya te dije que iban a estar los
decoradores. Quiero que cuides de ella aquí. El sitio le encanta y, como tú no
trabajas, no estará sola. Puedes sacarla a pasear. Lo pasaréis divinamente.
A Gray la perspectiva no le desagradaba. Dido
le gustaba más que la mayoría de las personas. E Isabel pondría la comida y,
posiblemente, incluso algún dinero en efectivo.
–¿Por cuánto tiempo?
–Sólo cuatro semanas. Me marcho el lunes 7 de
junio. El avión sale de Heathrow a las tres y media. He pensado que puedo
traerte a Dido el domingo por la noche.
–¿El domingo, 6?
–Exacto.
–Lo siento, Isabel –dijo Gray, firme–. No
puedo. Tendrás que buscar a otro.
No pensaba renunciar a la fiesta de Francis,
y mucho menos por Isabel. La fiesta de Francis era lo único que le hacía cierta
ilusión, la única perspectiva que lo ayudaba a ir tirando. Lo tenía todo
planeado de antemano: iría el domingo por la mañana, pasearía alrededor del
parque y por el mercadillo de Bayswater Road, y llegaría a casa de Francis a
eso de las cuatro, con tiempo para ayudar a la preparación de la comida y a
subir las cajas de bebidas. No le importaba, ya que así tendría acceso a los
excelentes libros de Francis y se aseguraría de que le reservaban una cama para
pasar la noche. Bueno, no la noche, sino el período entre las cinco de la
mañana hasta que despertase, a eso del mediodía. Había fantaseado sobre la
fiesta. Personas reales con las que hablar, comida y cigarrillos en abundancia,
chicas nuevas... Quizá una de ellas fuese la mujer que le hiciera olvidar y con
la que incluso podría compartir la cama, o el sofá, o el pedazo de alfombra. La
idea de renunciar a aquello por algo que no fuese la más severa de las
enfermedades, o la muerte de su madre, o algo igualmente apocalíptico lo ponía
casi enfermo.
–Lo siento, pero ese domingo lo tengo
comprometido.
–¿En qué, si nunca haces nada?
Gray vaciló. Si bien había decidido no hacer
nada por tranquilizar a los ancianos, tampoco era cuestión de trastornarlos.
Podría decirle a Isabel que iba a cenar con sus editores, pero eso era poco
verosímil un domingo por la noche y, además, como él llevaba tres años sin
publicar nada, Isabel no se lo creería. Optó de nuevo por la verdad.
–Me voy a una fiesta.
–¿En domingo? Cariño, eso resulta de
lo más extraño, ¿no? A no ser que vayas a hablar con alguien que, no sé, pueda
echarte una mano.
–Sí, es posible que algo así suceda –dijo
Gray, pensando en la hipotética muchacha. Pero, no queriendo pecar de
jesuítico, añadió–: La fiesta es simplemente para divertirnos, sin más. Pero
quiero ir. Lo siento, Isabel. Comprendo que lo consideres egoísta e incluso
inmoral (sí, así es), pero ¿qué quieres que le haga? No renunciaré a la fiesta
por ti, ni por Dido, ni por nadie.
–Muy bien, cariño, como quieras. Me las
arreglaré para traer a Dido a. la mañana siguiente. Podemos estar
aquí a eso de las doce, y luego iré directamente al aeropuerto.
Cristo, pensó él, a aquello se le llamaba
insistir. No era extraño que Isabel hubiera amasado una fortuna convenciendo a
ejecutivos de que contrataran a sus mecanógrafas analfabetas. Pacientemente,
explicó:
–Isabel, no será un cóctel en el que
respetables personas de mediana edad comen canapés y beben martinis de seis a
ocho. Se tratará más bien de una orgía de toda la noche. No me acostaré antes
de las cinco o las seis y, naturalmente, no me apetecerá lo más mínimo
levantarme a las nueve para estar aquí cuando tu perra y tú lleguéis.
–¡Eres de lo más sincero! –Isabel volvió la
cabeza y carraspeó, intentando inútilmente ocultar su profundo sonrojo–. Creo
que para ciertas cosas no está de más un mínimo de decoro. No te habría costado
tanto poner una excusa.
Ni siquiera desean que seas sincero. Saben
que te gusta el sexo y la bebida –en realidad, creen que te gustan mucho más de
lo que en realidad te gustan–, pero parten de la base de que debes ocultar ese
hecho poniendo pretextos victorianamente respetables, convirtiendo una juerga
en Westbourne Grove en una conferencia en el hotel Hyde Park.
–¿Me invitas a un cigarrillo?
–Claro que sí. Te habría ofrecido, pero creí
que habías dejado de fumar. Mira, cariño, ¿qué te parece si, simplemente,
traigo a Dido a las doce y la dejo aquí, la encierro por ejemplo en la cocina hasta
que llegues?
–Muy bien, hazlo. –Evidentemente, no había
escapatoria–. Yo volveré a eso de las tres. Supongo que por estar tres horas
sola no le pasará nada.
–Nada en absoluto. Le dejaré agua y, a ti,
latas y dinero para aguantar todo el mes.
Isabel inició la interminable retahíla de
instrucciones para el mejor cuidado de Dido. Mientras tanto la perra,
sin que su ama la viese pero sí Gray, arrambló con los restos de la tarta que
quedaban sobre la mesa.
–¿Qué tal si me das una llave?
Cuando se instaló en la choza había tres
llaves. Una la llevaba consigo, la otra, colgaba de un clavo sobre la pila de
la cocina, y la tercera... Probablemente, Drusilla la había tirado, junto con
el resto de los recuerdos de su relación con él. Gray fue a la cocina y cogió
la llave de repuesto.
–La encerraré en la cocina porque, aunque normalmente es muy limpia, puede que al estar en un lugar desconocido tenga un
pequeño accidente.
Gray replicó que los pequeños accidentes
apenas afectarían el mugriento estado de la choza, pero aprobó la idea de
Isabel, pues la ventana de la cocina no se abría.
–No creo que le pase nada por estar sola;
pero cuando llegues, hazle mimitos y sácala a dar un buen paseo. Dejaré la
llave en el clavo ¿vale?
Gray asintió con la cabeza. Mientras Isabel
usaba varios pañuelos de celulosa para limpiarse los labios y el regazo, él
tendió la mano hacia la perra, que inmediatamente fue hasta él, le lamió los
dedos y se sentó a su lado, recostándose contra sus rodillas. Gray acarició su
suave y dorado pelaje como si fueran los hombros de una mujer. El contacto con
él y el pulso de la sangre, le producía una sensación extraña, en cierto modo
nueva. No eran carne ni sangre humanas; bajo aquel hermoso cráneo no existía ningún
universo intelectual. Pero el simple cálido, y la presión de lo que parecía
auténtico afecto, provocó en él una súbita y aguda sensación de dolor,
recordándole la angustiosa soledad en que vivía. En aquellos momentos Gray
estaba al borde de las lágrimas por su pérdida, por su invencible apatía, por
las posibilidades desperdiciadas, por su desdicha personal.
Sin embargo, cuando habló lo hizo con su voz
de siempre:
–Lo pasaremos estupendamente, ¿verdad, Dido,
preciosa?
Dido alzó la cabeza y le lamió la cara.
3
A muy temprana hora, quizá a las ocho, Gray
escuchó el sonido de una carta cayendo sobre la alfombrilla de la puerta
principal. No podía ser otra de Honoré, aún no. La factura eléctrica
–excesivamente reducida para hacer estragos en su cuenta bancaria– estaba
pagada; y aún era pronto para que le llegase el último aviso de cobro del gas.
No podía ser otra cosa que la liquidación de derechos enviada por sus editores.
Ya era hora. No se trataría de ninguna fortuna, pero, aunque sólo fueran cien
libras, o cincuenta... Un pequeño capital así constituiría el estímulo
suficiente para irse de Pocket Lane, alquilar una habitación en Londres,
conseguir un empleo en un bar, de lavaplatos o algo así, hasta que estuviera en
condiciones de volver a escribir.
Una pálida luz, que fluctuaba debido a las
ramas de las hayas agitadas por el viento, llenaba el dormitorio. Gray
permaneció tumbado, pensando en Londres, en Notting Hill, yendo con el
pensamiento de Landbroke Grove hasta Kensal Green, con gente en la calle durante
toda la noche. Nada de ramas, ni de barro, ni de hojas en descomposición por
doquier. No más días vacíos e interminables. Aunque no creía que fuera a
dormirse de nuevo, cayó en una especie de sopor y soñó; no con Londres, como
hubiera sido lógico, sino con ella. En las semanas siguientes a su separación,
Gray había soñado con Drusilla todas las noches, hasta el extremo de temer
dormirse a causa de aquellos sueños. Y seguía teniéndolos con frecuencia, una o
dos veces por semana. Ahora ella estaba con él en la habitación, en aquella
misma habitación, y el viento le agitaba el cabello, que no era dorado, ni
castaño, ni rojizo, sino una mezcla de los tres. Y sus ojos, del color del
cristal ahumado, le miraban fijamente. Drusilla tendió una mano llena de anillos
y dijo:
–Hablemos de ello. Hablando no hacemos nada
malo.
–Ni bueno.
Ella no lo escuchó. Quizá él no lo hubiera
dicho en voz alta. En los sueños, nunca se sabe.
–Son cosas que se hacen –dijo Drusilla–.
Montones de parejas en nuestra situación lo han hecho. Dirás que a todas las
atraparon. –Gray no replicó, limitándose a mirar aquellos ojos–. Así es, pero
de las que no fueron descubiertas no sabemos nada. Y a nosotros no nos
descubrirán.
–¿A nosotros?
–Sí, querido Gray, sí...
Ahora ella estaba más cerca, y su cabello le
rozaba la piel. Él la rodeó con los brazos, pero su carne estaba ardiendo y sus
cabellos eran llamas. Se estremeció, apartándose del fuego, gritando, y así
salió del sueño.
–No podría hacerlo... Soy incapaz de matar a
una mosca.
Después de aquello ya no pudo seguir en la
cama. Temblando debido a su presencia –¿acaso una mujer soñada es menos
auténtica que una real?– se levantó y se puso unos raídos vaqueros y una
camiseta. Poco a poco, su cuerpo fue dejando de temblar. Regresó a la realidad,
a la dura luz, la soledad y la triste y desesperanzada seguridad de estar sin
ella. Miró el reloj. Las once y media. Se preguntó de qué día.
Lo primero que vio al bajar fue el rostro
blanco y pardusco de una vaca, mirándolo a través de la ventana de la cocina.
Abrió la puerta trasera y salió al espacio lleno de maleza y plantas espinosas
que constituía el supuesto jardín. Estaba lleno de vacas que pastaban en torno
a la ropa grisácea que él había tendido el domingo. En el bosque no había
cercas, y los granjeros dejaban que el ganado pastara a su antojo, lo cual
constituía un permanente motivo de mortificación para aquellos propietarios que
se esmeraban en cuidar sus jardines. Gray se acercó a las vacas, acariciando
los morros de algunas, que al tacto eran parecidos al de Dido,
y les echó un discurso en voz alta sobre las virtudes de la anarquía y el
desdén hacia la propiedad. Entonces recordó la carta, la liquidación de
derechos, y fue a recogerla. Pero antes de hacerlo, el sello del sobre –la
maldita Marianne[5]
esparciendo flores o algo así– le indicó que no era lo que esperaba.
«Mi querido hijo... (Aunque estaba
acostumbrado, aquel tratamiento aún le producía escalofríos.) Mi querido hijo,
intenté llamarte por el teléfono la última noche, pero la línea estaba ocupada
y el viernes otra vez y también estaba ocupada. ¡Qué alegre es la vida que
llevas con los amigos tuyos! No tienes que tener inquietud, pero tu mamá otra
vez no está bien y el doctor Villon dice que tiene otro ataque de parálisis.
Aquí hay mucho trabajo para mí, aunque estoy acostumbrado a ser un pobre
enfermero y trabajar todo el día y toda la noche haciendo cuidados a tu mamá.
»Sería bueno que tú vinieras. No digo que
hoy, pero tienes que estar listo para venir si tu mamá sigue no bien. Cuando
ocurra eso yo hablaré contigo por el teléfono para decirte que ahora es cuando
tienes que venir, mi hijo. Dirás que no tienes dinero para pagar el tren o el
avión, pero yo te mandaré el dinero no en una carta porque eso está contra la
ley; pero a tu banco que está en Midland en Waltham Abbey como me has dicho y
podrás recogerlo cuando tú tengas que venir. Yo arreglaré todo. Tú dirás que es
cosa rara que Honoré te mande dinero cuando tiene tanto cuidado con los
pequeños ahorros suyos, pero el viejo Honoré rompe la costumbre de que no manda
dinero a un hijo que no trabaja nada, y haré los arreglos para que el banco
tuyo reciba treinta libras a tu nombre.
»No estés destranquilo. El doctor Villon dice
que el buen Dios, aún no se lleva a tu mamá y no hace falta que venga el padre
Normand, pero que es cosa mejor que yo te lo diga a ti porque eres el único
hijo que tiene ella. Ten calma, mi muchacho. Tu amante papá, Honoré Duval. P.
S. Le dejé al alcalde prestada la traducción francesa de tu libro que tú me
diste y lo leerá cuando tenga ocio. A ti te gustará tener la crítica de un
hombre con cultura y razón como el alcalde es. H.D.»
Gray sabía que los únicos méritos que el
alcalde de Bajon podía aducir como crítico literario era el hecho de que una
tía abuela suya había servido en casa de un primo de Baudelaire. Arrugó la
carta y la tiró detrás de la bañera. A Honoré le constaba que él sabía leer
francés sin la menor dificultad, pero se obstinaba en escribirle en el horrendo
inglés de comedor que aprendió siendo camarero en Chaumont. Gray no creía que
la vida de su madre corriera verdadero peligro, y no estaba dispuesto a confiar
en la palabra del doctor Villon que, como el alcalde, era amigo de Honoré, y
juntos frecuentaban la taberna de Bajon, el Écu d’Or.
No llegaba hasta el extremo de decir que le
era indiferente que su madre viviera o muriese, y desde luego estaba dispuesto
a volar a Francia caso de que ella se encontrase de veras al borde de la
muerte; pero lo cierto es que apenas sentía nada hacia ella. Resultaría falso
decir que aún la quería. Para él constituyó un gran golpe el hecho de que,
mientras recorría Francia con Isabel, su madre se encaprichase –Gray no estaba
dispuesto a admitir que se había enamorado– de uno de los camareros del hotel
de Chaumont. Por entonces él tenía quince años, su madre cuarenta y nueve y
Honoré, probablemente, unos cuarenta y dos. Ni siquiera ahora Honoré reconocía
su verdadera edad; fingía ser un pobre viejo al que le pesaban mucho las tareas
de enfermero. Se casaron a toda prisa, pues –a Gray le constaba– Honoré tenía
muy presente que el coche en que viajaba su novia era de su propiedad y, mucho
más importante, que la mujer poseía igualmente una gran casa en Wimbledon
Common. Dejando aparte lo que opinasen los parientes de la novia, el
matrimonio, aparentemente, había salido bien. Vendieron la propiedad de
Wimbledon Common y Honoré hizo construir una casa de campo en su Bajon-sur-Lone
natal, donde habían vivido desde entonces. Al casarse, Madame Duval se
convirtió al catolicismo, otro hecho que a Gray le resultaba difícil de
perdonar. Personalmente no se consideraba religioso, debido en gran medida a
que su madre le imbuyó el agnosticismo casi desde la cuna. Pero eso se terminó
cuando volvió a casarse. Ahora tomaba el té con el cura e iba a que le pusieran
ceniza en la frente el mercredi-des-cendres. Al menos, lo hizo
mientras estuvo bien. Sufrió el ataque hacía cuatro años. Entonces Gray fue a
visitarla, pagándose el viaje con el dinero que ganaba vendiendo cuentos, y
volvió cuando el segundo ataque, utilizando en aquella ocasión parte del
sustancioso anticipo que le habían dado por su novela. A veces se preguntaba
qué haría cuando el attaque
de paralyse se repitiera, quizá fatalmente. Ahora lo
sabía. Honoré le soltaría el dinero.
Honoré ya lo había soltado. Resultaba
agradable pensar que el dinero ya estaba allí, aguardándolo, haciendo que su
espera de la liquidación por derechos de autor fuera menos angustiosa. Se
preparó una sopa de sobre y se la tomó junto a la puerta principal, mientras
observaba a las vacas, que habían comenzado a alejarse en busca de mejores
pastos. A las doce en punto llegó el lechero.
–He puesto mi propia vaquería –dijo Gray,
sintiéndose obligado a estar a la altura de su reputación de gracioso–. Si no
se anda usted con ojo, se encontrará sin empleo.
–¿Su propia vaquería? Eso sí que tiene
gracia. Esos animales no son vacas, sino bueyes, ¿no se había dado cuenta?
–Soy un simple londinense, y a mucha honra.
–Bueno, de todo tiene que haber en el mundo.
Si todos fuésemos iguales, no tendría gracia. Ah, por si acaso: hoy es jueves
20 de mayo.
–Gracias –dijo Gray–. Hasta la vista.
–Hasta la vista –se despidió el lechero.
Gray hizo una limpieza a fondo, la primera en
cuatro o cinco días, leyó el último capítulo de Herries el rufián y luego echó
a andar hacia el pueblo. Al principio de la semana había llovido, y la tierra
estaba blanda y batida por las pezuñas de los veintitantos bueyes, que habían
dejado tras de sí humeantes bostas de un olor acre. Alcanzó a los bueyes cuando
éstos llegaban a la entrada de la granja. Apenas sabía nada de Willis, el
propietario, salvo que tenía una esposa con cara de hacha y un Jaguar rojo.
Pero los bueyes viven en granjas y, evidentemente, aquellos querían entrar en
esa granja; era obvio que se trataba del lugar adecuado. Abrió las puertas,
caprichosamente adornadas con ruedas de carreta, y observó como los cachazudos
animales abandonaban el camino de grava y se metían por el césped de Mr.
Willis, una inmaculada, brillante y cuidadísima alfombra verde sobre la cual el
sistema de aspersión lanzaba una fina lluvia de gotas de agua. Divertido, Gray
se recostó en la jamba de la puerta y siguió con interés las evoluciones de los
animales.
Tres de ellos comenzaron a comer tulipanes.
Por sus bocas asomaban tallos y flores color bermellón. A Gray le pareció
divertidísimo, propio de una película de Disney. El resto de los animales se
repartió por la pradera, y uno de ellos se dirigió a la parte posterior de la
casa. Gray iba a reanudar su camino, cambiándose los libros de mano, cuando se
abrió la ventana de un dormitorio y una voz le gritó:
–¿Ha abierto usted la puerta?
Mrs. Willis. Cara de hacha.
–Sí. Querían entrar. ¿No son de ustedes esos
animales?
–¿Nuestros? ¿Desde cuando tenemos ganado? ¿No se
da cuenta de lo que ha hecho, so estúpido? ¡Mire, fíjese!
Gray miró. Las ochenta pezuñas hendidas
habían causado enormes estragos en la exquisita pradera.
–Lo siento, pero no es más que hierba. Ya se
curará, o como se diga.
–¡Que se curará! –bramó Mrs. Willis, agitando
los brazos en su dirección–. ¿Está usted loco? ¿Sabe lo que le ha costado a mi
marido tener la pradera en condiciones? ¡Años y años de trabajo y cientos y
cientos de libras! ¡Tendrían que obligarlo a pagar por lo que ha hecho, maldito
melenudo! ¡Y lo hará, aunque para eso mi marido tenga que llevarlo ante los
tribunales!
–Váyase a la mierda –replicó Gray, dándose
media vuelta.
Echó a andar, seguido por los reproches, las
amenazas y el ultraje en respuesta de sus postreras y groseras palabras. Se
sentía disgustado y de mal humor, estado que no mejoró en absoluto cuando, al
llegar al banco cinco minutos antes de que cerraran, se encontró con que el
saldo de su cuenta era sólo de dos libras y cuarenta y cinco peniques. Retiró
la cantidad, recordando que las treinta libras de Honoré llegarían en cualquier
momento. Sin embargo, no era cuestión de derrochar dinero en exquisiteces
enlatadas. En la biblioteca, devolvió Herries el rufián y El hombre de la máscara de
hierro y cogió Anthony Absolute, El prisionero de Zenda y No hay
orquídeas para Miss Blandish, los tres títulos en
edición de bolsillo. Pesaban poco y, precisamente el día en que no necesitaba
que nadie lo llevase, se ofrecieron a hacerlo. Apenas había enfilado Pocket
Lane cuando el coche de Miss Platt se detuvo junto a él.
–Cómo me alegro de verlo, Mr. Lanceton.
Precisamente quería invitarlo a mi fiesta del martes de la semana que viene no,
la otra.
Gray montó en el coche.
–¿Su qué? –preguntó. No pretendía ser
descortés porque, aunque la conocía poco, Miss Platt le era simpática. Sin
embargo, la idea de que una septuagenaria fuera a dar una fiesta en aquellos
contornos era una noticia casi asombrosa.
–Irán unos cuantos amigos y vecinos.
Tomaremos unas copas y unos sandwiches. Será a eso de las siete, el 8 de junio.
Voy a mudarme, ¿sabe? He vendido la casa y el día 9 me marcho de aquí.
Gray murmuró que lo lamentaba. Pasaron ante
la granja, abandonada ya por las reses. Mrs. Willis estaba en la pradera,
pasando el rastrillo por el césped dañado.
–Sí, la vendí el mismo día que puse el
anuncio. La cantidad que el agente inmobiliario me aconsejó que pidiera me
pareció desmesurada: ¡quince mil libras por una cabaña! ¿Se lo imagina? Pero el
comprador las pagó sin pestañear.
–Es mucho dinero –reconoció Gray. Apenas daba
crédito a sus oídos. La casa de Miss Platt era como la choza, sólo que algo más
cuidada. Quince mil...
–En esta zona, el precio de las casas se ha
triplicado en los últimos años, puesto que ya no dejan construir, y está tan
cerca de Londres... He comprado el piso de encima del de mi hermana en West
Hampshire, porque ya no puede vivir sola. Pero me parecerá espantoso, después
de vivir en un lugar tan espléndido como éste, ¿no cree?
–Yo no diría tanto –replicó sinceramente
Gray–. Estará usted estupendamente.
–Esperémoslo. Pero ¿vendrá a mi fiesta?
–Me encantaría. –De pronto se le ocurrió
algo–. ¿Irán los Willis?
–No los he invitado. ¿Son amigos suyos?
–Creo que Mrs. Willis me la tiene jurada.
Dejé entrar unos bueyes en su jardín.
Miss Platt se echó a reír.
–No me extraña que no les caiga bien, amigo
mío. No, sólo seremos yo y mi hermana, y Mr. Tringham, y unos cuantos amigos de
Waltham Abbey. ¿Ha tenido usted noticias de Malcolm Warriner?
Gray replicó que por pascua había recibido
una postal con una foto del Fujiyama, le dio las gracias a Miss Platt por
llevarlo, y se apeó. Preparó té y se sentó en la cocina a leer El prisionero de Zenda comiendo pan con margarina. Hacía viento y el cielo se había
encapotado. La habitación, pese a la hora temprana, quedó en penumbra. Gray
encendió el homo y lo abrió para calentarse un poco.
Hasta que el teléfono comenzó a sonar no
recordó que el lechero había dicho que era jueves, la noche que él siempre
descolgaba el receptor. Su reloj marcaba las siete y diez. Tiny habría salido
hacia su reunión masónica hacía una hora. Todos los jueves por la noche, ella
intentaba llamarlo, pero no lo conseguía porque el teléfono siempre estaba
descolgado. Esta noche no lo estaba, y Drusilla al fin lo había logrado.
Porque, naturalmente, era ella. Ella le hablaría, él contestaría y, al cabo de
media hora, Drusilla estaría allí. Gray avanzó hacia el «salón», hacia el
teléfono, a paso lento y premeditado, como quien camina hacia un destino que le
horroriza, pero que desea. El corazón le latía atropelladamente, hasta causarle
dolor. Drusilla habitaba aquel teléfono como un genio dentro de una lámpara,
esperando ser liberada por su toque, para luego salir y llenar la habitación,
rojo-dorada, verde botella, Amorce dangereuse.
Tan seguro estaba que no dijo «Diga» ni dio
el número de Mal, sino que contestó con lo que siempre decía cuando sabía que
era ella quien llamaba.
–Hola. –Su tono era torvo, resignado,
añorante. Su voz, baja.
–¿Gray? –preguntó la voz de Francis–. Deseo
hablar con Graham Lanceton.
¿Alivio? ¿Frustración? Gray ignoraba lo que
sentía. Quizá fuera el aviso de un infarto.
–Soy yo, majadero. ¿Por quién me habías
tomado? ¿O crees que tengo mayordomo?
–No parecía tu voz.
–Pues lo era. Lo es.
–No sé, pero me da la sensación de que ese
chamizo en el que vives te está afectando a la cabeza. Mira, llamo por lo de la
fiesta. ¿Podrías venir el sábado?
Hacía diez minutos, la proposición le hubiera
entusiasmado.
–Como quieras –replicó.
–El sábado por la mañana tengo que ir a
recibir a una vieja pariente en la estación Victoria, y quiero que alguien esté
aquí cuando vengan los electricistas a montar la instalación para la fiesta.
Unos efectos de relámpago de lo más psicodélico.
–Estaré ahí a eso de las diez. –El corazón se
le normalizó.
Al colgar el teléfono, se sintió débil,
enfermo. Se sentó en el sillón tapizado de plástico, en la penumbra, y miró el
silencioso y hermético teléfono, el indiferente y presuntuoso aparato que ahora
se había encerrado en sí mismo como una anémona de mar, haciendo caso omiso de
Gray, sin devolver su mirada, como si durmiera.
Cristo, si empezaba a conferir personalidad a
los objetos, mal iba. A aquello se llamaba neurosis y sólo podía conducirlo a
un hospital mental y a la terapia de electroshocks o algo así. Y, antes que
eso, cualquier cosa. Era preferible marcar ahora mismo el número de Drusilla,
hablar con ella, dejar claro de una vez por todas que no volvería a haber
contacto alguno entre ellos.
Pero eso ya lo habían dejado claro en
Navidad, ¿no?
–Si me llamas, te colgaré el teléfono.
–Ya veremos –había replicado ella–. No serías
capaz de hacerlo.
–Entonces, no me pongas a prueba. Te lo he
dicho: estoy harto de ti. Si no puedes dejar de darme la lata con esa obsesión
tuya, y es evidente que no puedes, es imposible que sigamos.
–Hago lo que me da la gana. Siempre lo he
hecho.
–Me parece muy bien, pero yo no tengo por qué
hacer lo que a ti te dé la gana. Adiós. Lárgate de una vez, por favor. No volveremos a
vernos.
–En eso tienes toda la razón –dijo ella.
Así que habían llegado a un acuerdo, ¿no?
Durante poco menos de dos años, te he amado con pasión y lealtad y se
terminó... Pero, si habían llegado a un acuerdo, ¿a qué venían sus esperanzas y
miedos? ¿Por qué dejaba el teléfono descolgado? Porque Drusilla tuvo razón al
decir que, si ella lo llamaba, él no sería capaz de resistirse. Porque él tenía
la vanidosa certidumbre de que cinco meses no eran bastante para que ella
dejase de amarlo. Pero, siendo mujer, quizá no quisiera arriesgarse a la
humillación de telefonearlo y ser rechazada. Él sí podía telefonearla...
Tiny no regresaría antes de las once. Ella
estaba sola en casa; él solo allí. Era ridículo. Estaba enfermando, arruinando
su propia vida. Impulsivamente, se levantó del sillón y fue al teléfono.
Cinco-cero-ocho... Marcó los tres primeros
dígitos rápidamente; pero se detuvo antes de marcar el resto del número, las
otras cuatro cifras. Tras una larga pausa, marcó tres de ellas. Metió el dedo
en el orificio del nueve, lo dejó allí, temblando, y luego lo sacó murmurando
«Dios mío». Luego golpeó con el borde de la mano el receptor, que cayó contra
la bolsa de golf.
Era inútil. Si Drusilla volviese a él, quizá
durante una noche, o durante una semana, olvidaría su obsesión, pero luego todo
comenzaría de nuevo, las insinuaciones y pullas, el reiterado tema que llenaba
los intervalos entre una sesión de sexo y otra. Y él no podría darle largas
como durante el verano y el otoño pasados, porque al final tendría que
reconocer que no era capaz de algo así. Tendría que decirle que, si no había
otra alternativa que hacerlo o dejarla de ver, prefería no verla nunca más.
Salió por la puerta principal y permaneció
entre los helechos aplastados por los bueyes. Las negras ramas se recortaban
contra el cielo encapotado. Allí, a su espalda, estaba Loughton, Little
Cornwall, Combe Park. Resultaba irónico, pensó con cansancio, que él añorase a
Drusilla y Drusilla lo añorase a él, que sólo estuvieran separados por seis
kilómetros, que el teléfono pudiera ponerlos en contacto en un segundo; que
ninguno de ellos sintiera remordimientos por traicionar a Tiny ni por cometer
adulterio y, sin embargo, que pudieran volverse a ver, porque ella no dejaría
de exigir lo que él no estaba dispuesto a hacer, y él no podía, bajo ningún
concepto, acceder a hacerlo.
4
Aquella noche apenas durmió, debido
probablemente a que, al poner la cabeza sobre la almohada, no siguió su
habitual método de inducción del sueño, el recurso del escritor de contarse a
sí mismo una historia. En vez de ello, hizo lo que solía hacer durante las
insomnes noches de enero: pensar en Drusilla y en el día en que se conocieron.
Sin embargo, no había sido aquel su
propósito. Permaneció acostado, pensando en las extrañas consecuencias de los
hechos fortuitos, en cómo un pequeño cambio en la rutina diaria puede marcar
indeleblemente el curso de toda una vida. Así había ocurrido cuando su madre e
Isabel, despertadas de madrugada por una llamada telefónica –número equivocado,
naturalmente– e incapaces de dormirse de nuevo, partieron antes de lo previsto
y llegaron a Dover a tiempo de abordar el primer barco. A causa de ello, por la
noche ya habían llegado a Chaumont, aunque según sus planes debían haberlo
hecho la noche siguiente, en la cual Honoré hubiera estado fuera disfrutando de
su día libre. ¿Quién hizo aquella llamada telefónica? ¿Qué despistado y confuso
arbitro se había equivocado al marcar un número telefónico a las cuatro de la
mañana, dando así lugar a un matrimonio y a un cambio de nacionalidad?
En su propio caso, conocía la identidad de
tal arbitro. Jeff había cogido los últimos veinte folios de papel de escribir
–¿Para qué? ¿Para extender facturas de mudanzas? ¿Para hacer un inventario de
enseres domésticos?– y él, Gray, tuvo que ir a la papelería Ryman a comprar una
resma. En la tienda de Notting Hill se habían quedado sin folios. ¿Por qué no
se había limitado a cruzar el parque para ir a la tienda de Kensington High
Street? Porque en ese momento los semáforos se pusieron en rojo, el autobús 88
se detuvo y él subió a su interior. Así que fue el semáforo lo que decidió su
destino, o el encargado de compras que no había renovado el stock de folios, o
Jeff, o el cliente de la empresa de mudanzas de éste, que necesitaba un
inventario de mesas y sillas antes de poder trasladarse. ¿Quién podía saberlo?
Era inútil seguir, porque de aquel modo, remontándose y remontándose, llegaría
a Adán y Eva.
El 88 lo llevó Oxford Street abajo y él acabó
en la tienda de Ryman de Bond Street. Llevar una resma de papel en blanco bajo
el brazo siempre le hacía sentir bien. Lejos de ser un agobio, la perspectiva
de llenar aquellas constituía todo un reto. Y por estar enfrascado en tales
pensamientos y mirando al suelo y no hacia el frente, tropezó con ella sin
siquiera verle el rostro, embistió a la muchacha que caminaba hacia él e hizo
que los paquetes que llevaba cayeran al suelo y una botella de perfume se
rompiese contra el borde del escaparate de una tienda.
A Gray le parecía estar oliéndolo, el mismo
aroma que durante tanto tiempo había permanecido en la choza. Entonces se alzó
en una fragante nube que saturó el frío aire de enero.
–¿Por qué no mira por dónde va?
–Lo mismo le digo –replicó él, no muy
cortésmente. Luego, al advertir lo bella que era, se suavizó–: Lamento lo de su
perfume.
–Pues, además de lamentarlo, lo mínimo que
debería usted hacer es comprarme otro frasco.
Él se encogió de hombros.
–De acuerdo. ¿Dónde lo venden? –preguntó en
la creencia de que ella rechazaría su oferta diciendo que no tenía importancia.
Mientras ambos recogían los paquetes caídos, Drusilla le dio la sensación de
que le sobraba el dinero. Abrigo de zorro rojo, del mismo color que su cabello,
botas de cuero color crema –que no costarían menos de treinta libras– y el
bulto de diversos anillos bajo los finos guantes de piel.
–Ahí dentro –replicó ella.
A Gray no le importó. Por aquel entonces,
aunque no era rico, tenía más dinero del que había tenido nunca ni tendría
después. Con el paquete de folios bajo el brazo, entró con ella en la caldeada
tienda atestada de gente.
–¿Cuál es la marca del perfume?
Se encontraban ante una larga hilera de
mostradores de perfumería.
–Amorce dangereuse.
Costó casi seis libras. El precio era tan
exorbitante y ella aceptó el perfume de una forma tan natural e infantil
–humedeció con él no sólo su propia muñeca, sino también la de Gray– que él se
echó a reír. Pero su risa se cortó bruscamente cuando ella acercó su rostro al
suyo y, poniéndole una mano en el brazo, preguntó en un susurro:
–¿Sabe lo que significa el nombre de este
perfume?
–Cebo peligroso, atracción peligrosa.
–Muy bien. Aprobado.
–Vamos. La invito a un café, a una copa, o a
lo que quiera.
–No puedo. Tengo que irme. Consígame un taxi.
A Gray no le hizo demasiada gracia aquel modo imperioso de pedir las cosas,
pero detuvo un taxi e indicó al chófer una dirección de la City que ella le
había dado. Mientras sostenía la portezuela mirando con irónica expresión a la
joven que tan mandona se mostraba, ella se despidió diciendo con absoluta
naturalidad algo que a él lo dejó atónito:
–Mañana a las siete en New Quebec Street. ¿Le
parece bien?
A él no sólo le pareció bien, sino
fantástico, y también absurdo. El taxi se perdió entre el tráfico. La mano de
Gray olía a Amorce
dangereuse. Mañana a las siete en New Quebec Street.
Ignoraba dónde estaba New Quebec Street, pero lo averiguaría y acudiría a la
cita. No le vendría mal una aventura.
¿Era así como lo consideró al principio, como
una aventura? Recordaba que sí, y también pensó que lo más probable era que
ella no acudiese. Citas como aquella, que daban a los interesados treinta horas
para reflexionar, solían quedarse en nada... Pero así fue como sucedió. Jeff
había usado sus últimos folios y, al hacerlo, como por mandato divino, lo envió
a él a Bond Street y a conocer a Drusilla. El amable Jeff, incapaz de matar a
una mosca, le había destrozado la vida. Por consiguiente, en justicia debiera
ser también Jeff quien lo salvase; pero nadie más que el propio Gray podía
hacerlo.
Realmente, su vida había quedado destrozada.
Aunque llegó a empezar la resma, sólo utilizó unos cien folios. ¿Cómo podía
terminar una novela que exploraba el laberinto del amor tal y como él lo
conocía cuando, a mitad de la obra, había descubierto que todas sus ideas eran
equivocadas, que las ideas en que basaba su relato eran huecas y falsas, pues
acababa de comprender el pleno significado de la pasión?
Tras pasar toda la noche pensando y soñando
con ella, a la mañana siguiente Gray se sentía purgado de Drusilla. Pero sabía
que la catarsis no era completa. Al haberse adueñado otra vez de él, su súcubo
volvería a atosigarlo durante el día y en la siguiente noche.
Una impresionante tormenta rugía en el
exterior de la choza. Gray llevaba varios días sin recibir correo. Relegando a
Drusilla al fondo de una cabeza demasiado llena de problemas, Gray comenzó a
preocuparse por la liquidación de los derechos de autor. ¿Por qué no había
llegado aún? La última la había recibido a comienzos de noviembre, e iba
referida a sus ingresos desde el junio anterior, y el cheque estuvo en sus
manos antes de que el mes concluyera. En aquellos momentos ya tendría que estar
en su poder la liquidación de los derechos desde junio a diciembre. Quizá no haya liquidación
porque no hubo ingresos. En la época en que los
cheques eran por varios cientos de libras, nunca se detuvo a pensar si, caso de
no haber ingresos, se molestarían en comunicárselo. Quizá no. Quizá los
contables, o cajeros, o lo que fueran, se limitaran a repasar una lista y,
cuando llegasen a su nombre, dijeran, fría y despiadadamente: «¿Gray
Lanceton...? No, no hay nada para él. Olvidémoslo.»
Fue a buscar la liquidación de noviembre, que
guardaba en una caja de seguridad del dormitorio de invitados. En el membrete
había un número telefónico, el del departamento de cuentas, que se encontraba
en Surrey, a muchos kilómetros de la oficina de Londres. Gray sabía que
cualquier escritor con un mínimo de sentido común se limitaría a marcar aquel
número, pedir que le pusieran con la persona adecuada, y preguntar qué diablos
había ocurrido con su dinero. No le apetecía hacerlo. En aquellos momentos de
su vida, y después de la noche de perros que había pasado, no se sentía con
ánimos para escuchar la indiferente voz de un contable que tenía asegurado un
sueldo de tres mil libras anuales diciéndole que en su cuenta no había nada. Al
fin decidió que esperaría una semana más y luego, si el dinero aún no había
llegado, telefonearía a Peter Marshall. Peter, su editor, era un hombre muy
amable que se había mostrado encantador y magníficamente dispuesto cuando nació
El vino del estupor,
y que seguía siendo encantador y comprensivo cuando ya
resultaba evidente que El vino del estupor no tendría descendencia.
Naturalmente, le preguntaría a Gray si estaba escribiendo algo, y le recordaría
que ellos tenían una opción preferente sobre cualquier obra extensa de ficción
que él pudiera escribir, pero no eran de temer reproches ni pullas. Lo más
probable era que Peter, muy amablemente, le prometiera investigar el asunto, y
quizá incluso lo invitara a almorzar.
Tomada tal decisión, inspeccionó la despensa.
Evidentemente, ni siquiera él podría sobrevivir hasta fin de mes con dos latas
de carne, un paquete de gelatina de frambuesa, y un panecillo de Viena duro
como una piedra. Debía conseguir dinero. Pensó vagamente en pedírselo a Francis
(las posibilidades de éxito eran escasas) o en acudir a la Seguridad Social (de
optar por ello, haría las maletas y lo resolvería en Londres), o vender el
reloj en la tienda próxima a la abadía, donde ya le habían comprado el encendedor.
No le gustaba la idea de separarse del reloj. La única alternativa era usar el
dinero de Honoré total o parcialmente. La idea de dedicar a otros fines un
dinero que le habían enviado para acudir junto al lecho de muerte de su madre
le erizaba los cabellos, pero se dijo que no debía ser tan tiquismiquis. Ni
siquiera el propio Honoré querría que Gray se muriese de hambre.
Había comenzado a llover hacía un rato y
ahora el agua caía a cántaros. Gray se puso el impermeable de hule que Mal
guardaba en el sótano y, bajo el chaparrón, se encaminó hacia el banco. Al
llegar, sacó diez libras que se proponía gastar con sumo tiento. Si era
necesario, hasta que llegara el cheque, limitaría su dieta a leche, pan y
queso. Guardó el dinero en un bolsillo del impermeable y luego, al meter la
mano para sacar una libra extrajo también un arrugado papel. Al leerlo, Gray
apenas dio crédito a sus ojos. Hacía casi seis meses que no se ponía el
impermeable –cuando llovía solía quedarse en casa– y en diciembre debió de
meterse en el bolsillo la carta del gerente de contrataciones de su editorial.
Estaba fechada poco antes de Navidad–¡Oh, Drusilla, aquella Navidad!– y en ella
se le informaba de que habían vendido los derechos para la edición yugoslava de
El vino del estupor por cincuenta libras. Una suma ridícula; pero dinero al fin y al cabo.
Iba a recibir un cheque, no se habían olvidado de él. Bueno, por lo menos no
tendría que escatimar en comida. Compró carne fresca, verduras congeladas, pan,
mantequilla auténtica y cuarenta cigarrillos; nada más salir de la tienda
encendió uno.
El tabaco le produjo un leve mareo. Aparte
del cigarrillo al que Isabel le había invitado, aquel era el primero desde el
otoño.
Por entonces fumaba los king size de Drusilla.
–Tendré que dejar de fumar –había dicho
Gray–. Me produce remordimientos que Tiny me pague el tabaco; cosa que a fin de
cuentas es lo que ocurre.
–No tendría por qué ser así.
–No empieces. Dame al menos un día de
descanso.
–Quien ha sacado a relucir a Tiny has sido
tú.
En la primera ocasión, no hablaron de Tiny,
no hubo ni la menor alusión al ridículo diminutivo.[6]
Sólo se habló, vagamente, que en algún lugar había un marido.
–¿Mrs.
Harvey Janus? Dios bendito, si yo fuese Harvey Janus, esto
no me haría nada feliz; pero dado que no lo soy...
Mientras la esperaba en New Quebec Street,
que resultó estar detrás de Marble Arch, Gray ni siquiera conocía su nombre.
Ella llegó tarde, cuando él ya comenzaba a pensar que no acudiría. A las siete
y veinte, cuando Gray, a punto de irse, comprendía que era inútil devanarse los
sesos, preguntándose adonde la llevaría (si a dar un paseo, o a un pub, o qué),
un taxi se detuvo y por una de las ventanillas traseras asomó una mano que le
hizo seña de que se acercase. Drusilla ocupaba el centro del asiento posterior.
Llevaba pantalones blancos, chaquetón de piel, enorme sombrero negro y grandes
gafas de sol. Gafas de sol en enero...
–Hola. Sube.
Gray miró al taxista, que permanecía con cara
de palo y la vista al frente.
–Vamos, sube. –Drusilla golpeó el cristal de
separación–. Al hotel Oranmore, en Sussex Gardens. ¿No lo conoce? No me
sorprende, la verdad. Baje por Sussex Gardens, está a mitad de la calle, a la
derecha.
Decir que Gray se sintió estupefacto es
quedarse corto. Montó en el taxi, miró a la joven enarcando las cejas, y luego
cerró el panel de cristal que los separaba del chófer.
–¿Qué tal si me cuentas de qué va todo esto?
–¿Acaso no está claro? Los dueños son un
matrimonio ya mayor. Cuando lleguemos, te registras, y la señora te preguntará
si te importa pagar por adelantado, por si se te ocurre irte a primera hora de
mañana.
–Ya, claro. –Le era difícil acomodarse a la
situación, a la ausencia de preámbulos–. Pero no tendremos que irnos a primera
hora de mañana, ¿no?
–Nos iremos a las nueve y media de esta
noche, encanto. Sólo tenemos dos horas. Cuando nos vayamos, dejaremos la llave
sobre la cómoda. No parece que estés muy al tanto de cómo son estas cosas, ¿no?
–Mis amigas suelen tener pisos o apartamentos
propios.
–Bueno, pues, para tu información, yo soy
casada y a estas horas se supone que estoy en mi clase de yoga. –Lanzó una
risita en la que a Gray le pareció detectar una nota de infantil triunfo–. Y mi
clase de yoga no la sacrifico por cualquiera.
–Haré lo posible por que el sacrificio
merezca la pena.
El Oranmore resultó ser un edificio de
comienzos del siglo pasado que, probablemente, en el pasado habría sido un
burdel. En la fachada, en letras de neón azul, se leía su nombre, pero ambas
oes estaban apagadas. Se registraron como Mr. y Mrs. Brown. La vieja de
recepción se comportó exactamente según lo previsto.
Subiendo las escaleras, Gray dijo:
–¿Tienes nombre, Mrs. Brown?
–Me llamo Drusilla –replicó ella.
Él abrió la puerta. La habitación era pequeña
y tenía camas gemelas, mobiliario barato, un lavamanos y un infiernillo de gas.
Drusilla corrió las cortinas de la ventana.
–¿Drusilla, qué? –preguntó Gray,
acercándosele y poniéndole las manos en la esbelta y frágil cintura. Al notar
su contacto, ella echó la pelvis hacia adelante–. ¿Drusilla, qué?
–Janus. Mrs. Harvey Janus.
–¿Mrs.
Harvey Janus? Dios bendito, si yo fuese Mr. Harvey Janus,
esto no me haría nada feliz; pero, dado que no lo soy... –Gray le desabrochó el
chaquetón de pieles. Bajo él, Drusilla estaba desnuda. No sabía por qué, pero
aquello no le sorprendió. Ya comenzaba a intuir cómo era ella; el tipo de cosas
osadas, provocativas y directas, que era capaz de hacer. Pese a ello, se le
cortó la respiración y dio un paso atrás, para contemplarla.
Drusilla se echó a reír. Se quitó el sombrero,
la sana de perlas que llevaba al cuello, el chaquetón... a Gray le pareció que
la mujer creía tenerlo todo absolutamente bajo control, que las cosas iban a
ser a su manera. Pero él ya estaba harto de que Drusilla llevase la voz
cantante.
–Calla –ordenó. La tomó en sus brazos y ella
dejó de reír, pero sus labios permanecieron entreabiertos y sus opalinos ojos
entornados–. Así está mejor. ¿Has dicho dos horas?
Durante las dos horas, Drusilla apenas volvió
a hablar. En aquella ocasión no le contó nada sobre sí misma, y ni siquiera le
preguntó a él su nombre hasta que volvieron al vestíbulo y pasaron ante la
vieja que, fiel a su papel, les deseó buenas noches y les recordó que no se
olvidaran de la llave.
Gray la llevó hasta la estación de metro de
Marble Arch y allí, entre los vendedores de periódicos, Drusilla le preguntó:
–¿El jueves próximo, en el mismo sitio y a la
misma hora?
–¿Un beso?
–Tienes una fijación oral –replicó ella; pero
le ofreció los labios, finos, delicados y sin pintar.
Compró un paquete de cigarrillos, encendió
uno y regresó hasta Notting Hill andando. ¿Cómo le supo aquel cigarrillo? No lo
recordaba. El que estaba fumando ahora era fuerte y le sabía a ceniza. Lo
arrojó entre los helechos, casi esperando que la colilla iniciase un incendio en
el que terminara ardiendo todo Pocket Lane.
Aquel día no había visto al lechero, y
durante el fin de semana, no tuvo con quien hablar. No hubo paseantes ni
excursionistas que se adentraran tanto en el bosque. Sólo el viejo Mr. Tringham
pasó frente a la choza, en su habitual paseo de los sábados por la tarde,
aparentemente el único que daba durante la semana. Gray lo vio desde la
ventana, caminando pausadamente al tiempo que leía un libro de bolsillo, pero
no levantó la cabeza ni miró a los lados.
El teléfono, aún descolgado, permanecía mudo.
5
A mediados de semana recibió el último aviso
de pago de la compañía del gas y, en el mismo correo, le llegó una postal de
Mal: «Regresaré a casa en agosto. No te preocupes. Compartiremos la choza hasta
que encuentres otro sitio.» A Mal no le gustaría encontrarse al llegar con que
le habían cortado el gas, cosa que indudablemente ocurriría si no pagaba la
cuenta antes del fin de semana. Todavía no le había llegado su liquidación de
derechos.
El viernes por la mañana hacía un frío propio
de noviembre. Gray se había guardado un cigarrillo y lo encendió mientras
marcaba el número de Londres de su editor.
–Marshall estará fuera todo el día –dijo la
muchacha con quien le pusieron–. ¿Puedo ayudarlo en algo?
–No, realmente, no. Lo llamaré el lunes.
–Marshall empieza sus vacaciones el lunes,
Mr. Lanceton.
Y así estaban las cosas. Pasó el resto del
día preguntándose si debía llamar al departamento de Surrey, pero a las cinco y
media aún no lo había hecho y ya era demasiado tarde para hacerlo. Decidió que
era preferible escribirles, una excelente idea que no sabía cómo no se le había
ocurrido antes. Cuando hubo terminado de escribir la carta, con copia al
carbón, permaneció inmóvil, con los dedos sobre el teclado, recordando la última
vez que había usado la máquina. La cinta estaba casi totalmente gastada. La
había gastado escribiendo aquellas cartas a Tiny. Lo absurdo, lo grotesco de
aquel asunto, lo hacía estremecerse. ¿Cómo había podido ser tan loco? ¿Cómo
pudo permitir que Drusilla llegase al extremo de convencerlo de que
mecanografiase aquellas horribles cartas mientras ella permanecía a su lado,
mirándolo? Se prometió a sí mismo recordar aquello la próxima vez que sintiera
la tentación de telefonearla.
El teléfono se encontraba, sobre su
horquilla, pero parecía como si estuviese dormido. No había emitido un solo
sonido desde que, hacía más de una semana, Francis lo llamó, y Gray no había
vuelto a experimentar el deseo de marcar aquel número de Londres. Dejó la carta
en el alféizar de la ventana del vestíbulo. Al día siguiente la franquearía.
El sábado era día de baño. Antes de vivir en
la choza, raro era el día en que no se bañaba. Ahora comprendía por qué los
pobres olían, y era consciente de la insensibilidad de los poseedores de
cuartos de baño, que critican a los que no se asean diciendo que el agua y el
jabón son baratos. Cuando uno quería bañarse en la choza, había que calentar
agua en dos calderos y un cubo, lo cual apenas era suficiente para que le
cubriese hasta las rodillas. En el pasado, cuando Drusilla y él eran amantes.
Gray se sometía con gran frecuencia a tal rito, o bien se ponía frente a la
pila y se lavaba de arriba abajo con agua fría. Para hacer aquello era
necesario un incentivo y, tras la separación, éste desapareció. El lechero
nunca se le acercaba mucho, y lo que opinase la bibliotecaria le tenía sin
cuidado. Por consiguiente, se bañaba los sábados y se lavaba la cabeza en la
bañera. Luego utilizaba la misma agua para hacer la colada de sus vaqueros y su
camiseta.
Durante la semana, utilizaba la bañera como
almacén de sábanas sucias. Luego, al finalizar su baño, las ponía en el suelo y
las usaba como alfombrilla absorbente. Hacía siglos que no las llevaba a la
lavandería, y comenzaban a enmohecerse. Se lavó la cabeza y, cuando estaba
enjuagándosela, el teléfono emitió su clic previo a una llamada. Diez segundos
después comenzó a sonar. No podía ser Drusilla, pues ella los sábados iba de
compras con Tiny, así que Gray lo dejó sonar hasta que salió de la bañera y se
hubo envuelto en una toalla gris.
Al tiempo que maldecía y dejaba huellas
húmedas en el suelo de piedra del vestíbulo, fue hasta el «salón» y contestó.
Honoré.
–Creo que te desarreglo, mi hijo.
Por una vez, su elección de palabras fue
adecuada. Gray se envolvió en los pliegues de la toalla y, debido al
nerviosismo que la llamada le había producido, se olvidó de hablar en francés.
–¿Cómo está mi madre?
–Por eso es porque llamo. Mamá está mejor
ahora, así que me digo que mejor llamo a Gray y le doy esa noticia buena y así
él no estará inquieto.
«Lo más probable es que quiera que le
devuelva el dinero ya», pensó Gray.
–Que vous êtes gentil, Honoré. Entendez, votre argent est arrivé dans la
banque. Il paraît que je n’en aurai besoin, mais...
Con Honoré podía tenerse la certeza de que lo
interrumpiría antes de llegar a preguntar si podía conservar el dinero durante
un poco más de tiempo.
–Como tú dices, Gray, tú ya no necesitas más
mi dinero y el viejo Honoré te conoce a ti muy bien. –A Gray le pareció ver cómo
el otro sacudía admonitoriamente el índice mientras sus labios se curvaban en
una sonrisa de avaricia–. ¡Ah, tan bien! Mejor que me lo mandes de regreso, hein?
Antes de que tú te lo gastes en vino y mujeres.
–Esta llamada –dijo Gray, que no sabía
suficiente francés para lo que deseaba decir– te va a salir carísima.
–Sí, claro, así que digo adiós. Me lo
devuelves hoy y yo te lo mando otra vez si tu mamá vuelve a ponerse no bien.
–De acuerdo, pero no me telefonees el próximo
fin de semana, porque estaré en casa de Francis Croy. Vous comprenez?
Honoré dijo que comprendía muy bien, y colgó.
Gray vació la bañera. Era evidente que ni su madre iba a morir ni el dinero iba
a hacerle falta para viajar a Francia, pero resultaba absurdo que Honoré
quisiera recuperarlo inmediatamente. ¿Qué le importaba recibirlo ahora o, por
ejemplo, en el plazo de quince días? ¿Acaso su padrastro no tenía su propia
casa, y su propio coche, todo ello comprado con el dinero del seguro de vida
del padre de Gray? Ahora que sabía que su madre no estaba muñéndose, Gray se
permitió reflexionar sobre un tema que normalmente se vedaba a sí mismo: el
testamento. Según sus términos, Honoré y él se lo repartirían todo a partes
iguales. Cuando ella muriese... No, ya había caído lo bastante bajo y no debía
degradarse aún más. Su madre tardaría años en morir, y cuando eso ocurriera, él
ya tendría piso propio en Londres y una larga serie de novelas de éxito en su
haber.
Como había comenzado a llover, colgó sus
ropas mojadas en una cuerda que había tendido en el «salón» y estuvo leyendo Anthony Absolute sin demasiado interés hasta que llegó el lechero. Bajo la lluvia, el
sendero parecía amarillo, de color mimosa, y las ruedas de la camioneta estaban
llenas de barro.
–Buen tiempo para los patos. Lástima que no
seamos patos.
Furiosamente, Gray exclamó:
–¡Dios, cómo detesto este sitio!
–No sea así, Mr. L. Hay gente a la que le
gusta.
–¿Dónde vive usted?
–En Walthamstow –replicó estoicamente el
lechero.
–Ojalá yo viviese en Walthamstow. No
comprendo que nadie resida aquí por gusto.
–Pues ésta es una de las zonas residenciales
más buscadas. Las casas de la parte de Loughton se están poniendo a precios
astronómicos. Como si fueran mansiones de lujo.
–Cristo –murmuró Gray. No le gustaba ver al
lechero tan serio y cariacontecido, y mucho menos por culpa suya. Pero las
palabras del hombre habían sido como un cuchillo hurgando en una herida
abierta.
–¿Dónde vives? –había preguntado él,
recorriendo con el índice el cuerpo suave y blanco como pétalos de lirio,
surcado por venas azules–. No sé nada acerca de ti.
–En Loughton.
–Dios... ¿por dónde cae eso?
Drusilla hizo una mueca y, encogiéndose de
hombros, se echó a reír.
–Está en lo mejor de lo mejor de las zonas
residenciales. Coges la línea Central del metro y sigues y sigues y sigues...
–¿Te gusta ese sitio?
–Tengo que vivir donde vive Tiny, ¿no?
–¿Tiny?
–Es un apodo. Todos lo llaman así. –Drusilla tendió los brazos y los
cerró en torno al cuerpo de Gray–. Me gusta usted mucho, Mr. Brown. Sigamos
como estamos durante un tiempo más, ¿te parece?
–No, en este cuchitril no. ¿No puedo ir yo a
tu urbanización residencial?
–¿Para qué? ¿Para que en las partidas de
bridge todos se pongan a soltarle indirectas a Tiny?
–Entonces tendrás que ir tú a Tranmere
Villas. ¿Te importa que en el piso haya otras personas?
–No. Creo que me gustará.
Gray alzó las cejas.
–Eso no parece muy propio de una distinguida
ama de casa de Loughton.
–Maldita sea: me casé con él hace seis años,
cuando tenía dieciocho. Por entonces yo no sabía nada. Nada de nada.
–No tienes que seguir con él.
–Claro que tengo que hacerlo. Además, ¿quién
le ha pedido que critique mi vida, señor juez Brown? No es para eso para lo que
falto a mis clases de yoga, no para lo que me desnudo. Si no estás de acuerdo,
no tardaré mucho en encontrar a otro que sí lo esté.
La dureza y la sofisticación le sentaban a
Drusilla como el transparente vestido de una corista a una ingenua. Porque era
eso justamente lo que era, una ingenua, una muchacha sin apenas experiencia que
sólo había tenido un amante antes que él. No quería admitir que sólo conocía el
Oranmore por haber estado allí con él, y New Quebec Street porque había
comprado un jarrón en una tienda de cerámica de esa calle. Ella no lo
reconocía, pero Gray, siendo escritor, se daba cuenta. Percibía que su
desgarrada forma de hablar y sus sarcasmos los había sacado de los libros, que
compraba sus ropas en Harrod’s porque las había visto anunciadas en las
revistas de la peluquería, y sus bruscos modales eran imitación de lo que veía
en los cines de Essex. Gray deseaba encontrar a la muchachita enterrada bajo
aquella capa de simulación, y Drusilla estaba igualmente empeñada en evitar que
él conociera a la muchachita que habitaba dentro de ella.
Cuando Gray la recibió en la estación se dio cuenta
inmediatamente de que Drusilla nunca había estado antes en Notting Hill y, de
no haber sido por él, ella habría cruzado la calle en dirección a Campden Hill.
Por su aspecto, nadie habría adivinado la subyacente candidez de aquella
muchacha; llevaba un largo vestido rojo, cadenas de plata, y los labios
pintados de escarlata. Y es que aquella noche iba maquillada. Gray la llevó al
piso, y quien se molestó cuando alguien abrió y volvió a cerrar enseguida la
puerta de la habitación en la que estaban acostados fue él, no ella. Luego la
llevó de paseo por las anodinas, exóticas y viejas calles de North Kensington,
entrando en los pequeños pubs locales. Vieron a un joven, triste y esquelético,
pinchándose en el interior de una cabina telefónica. A ella no le pareció
triste; estaba ansiosa de conocer lo que para ella era «la vida», y su mundana
actitud resultaba tan convincente que Gray casi olvidó lo ingenua que era.
–En ese cine fuman –dijo el hombre–. El aire
está tan cargado de humo, que la película apenas se ve.
–¿Qué tiene eso de raro? En todos los cines
se fuma.
–Me refiero a hachís, Drusilla.
La muchachita se revolvió, furiosa.
–¡Maldito seas! No es culpa mía si no lo sé.
Quiero enterarme. Quiero libertad para conocer cosas y tú... Tú te ríes de mí.
Me voy a casa.
Fue entonces cuando él se rió realmente de
ella, de la pobre niña vestida de adulta que, simultáneamente, quería ser libre
y estar segura en su casa; una pobre niña que había pasado toda su vida entre
algodones. Fascinado por aquella inocencia que normalmente –pero no en aquel
caso– solía ir acompañada de una cierta gazmoñería, pensando sólo en el placer
que ella le otorgaba, Gray no reparó en todas las implicaciones que traía ser
una niña con cuerpo de adulta. Por entonces, él no receló de la mezcla
explosiva: poseer la sutileza, el dominio del lenguaje y la capacidad sensual
de los adultos; pero no su humanidad.
–No sabía que tuvieras una casa de campo –le
dijo Gray a Mal cuando, una noche, éste se pasó por Tranmere Villas un par de
semanas antes de salir hacia Japón.
–Es una simple choza, sin agua caliente ni
mobiliario a la moda. Hace cosa de cinco años recibí un dinero que no esperaba
y alguien me aconsejó que lo invirtiera en algún tipo de inmueble, pues la
vivienda era lo que más futuro tenía, así que la compré. Algún que otro fin de
semana voy por allí.
–¿Y dónde demonios está?
–En Epping
Forest, cerca de Waltham Abbey. Yo nací por aquellos
contornos. Te lo comento porque me preguntaba si te gustaría instalarte allí
mientras estoy fuera.
–¿Yo? Perdona, pero soy londinense. El campo
no es lo mío.
–Es el lugar ideal para que escribas tu obra
maestra. Aislado y silencioso. No quiero alquilarlo, pero me gustaría que
alguien lo habitase y evitara que se convirtiera en una ruina.
–Lo siento. Te equivocas de puerta.
–Quizá la puerta adecuada sería la de un
agente inmobiliario. Lo mejor será que intente venderla. Conseguiré un agente
en Enfield o Loughton.
–¿Loughton?
–Está a seis kilómetros de la choza. ¿Lo
conoces?
–En cierto modo, sí.
Así que aceptó instalarse en la choza porque
sólo estaba a seis kilómetros de Loughton...
–¿Es un pequeño sendero al este de Waltham
Abbey? –preguntó Drusilla cuando él se lo comentó.
–Creo que las camas son blandas.
–Las camas, el suelo, las escaleras, la mesa
de la cocina... a mí todo eso me da lo mismo... Iré por allí lo más
frecuentemente que pueda.
Las camas habían dejado de ser blandas. No
existe lecho más duro que el abandonado por tu amante. Por Drusilla se había
instalado allí, y ahora que ella ya no estaba, Gray sólo continuaba en la choza
por mera pobreza.
Pagó la cuenta del gas, fue a la biblioteca (El sol es mi perdición, El
sombrero verde, Las minas del rey Salomón), pero
olvidó comprar un sello. Bueno, ya lo haría el lunes, enviaría la carta y, en
cuanto le llegase el dinero –en cuanto se confirmase que iban a llegarle
fondos– se sacudiría para siempre el polvo de aquel lugar.
Mr. Tringham pasó a las seis y media, leyendo
su libro. Él podía llegar a convertirse en alguien así, pensó Gray, un ermitaño
que ha llegado a amar su soledad y que la defiende celosamente. Debía escapar.
6
Al fin mandó la carta el miércoles. Para
entonces, sólo le quedaban siete libras del dinero de Honoré, y quería
reservarlas para los pequeños gastos que tendría que hacer en Londres. Era de
prever que serían bastantes. Francis esperaría de él una botella, cigarrillos,
y quizá una invitación a almorzar. El lunes se encontraría sin blanca, pero
para entonces ya habría llegado la liquidación y el cheque. Se tomaría una
semana para asear la choza –limpiaría las manchas de la alfombra del
dormitorio, por ejemplo– y luego le diría a Jeff que se llevara sus cosas en la
camioneta. Si sabía pedírselo, probablemente Francis le permitiría quedarse con
él durante un par de semanas. Naturalmente, resultaría mucho mejor que en la
fiesta conociese a alguna chica con piso propio y a la que Gray le gustase lo
suficiente como para ponerse a vivir con él. Lo malo era que a él también
tendría que gustarle ella. Y, después de Drusilla, eso era sumamente difícil.
Como ella misma le había dicho:
–Después de mí, las demás mujeres te
parecerán cordero frío.
–Eso lo has sacado de un libro. Probablemente
de Maugham.
–¿Y qué? Es cierto.
–Puede. ¿Y qué te parecerán a ti los demás
hombres?
–¿Temes que vuelva con Ian?
Ian era su antecesor, un deportista
instructor de tenis o algo así, el hombre que le había hecho conocer las
delicias del Oranmore. Gray no podía permitirse jugar a hacerse el indiferente.
Drusilla le importaba cada vez más.
–Sí, temo perderte, Dru.
Al principio, ella hizo comentarios
desdeñosos sobre la choza. La recorrió, riendo con incredulidad, asombrada de
que no hubiese baño y ni siquiera retrete dentro de la casa.
Pero él le dijo que en los tiempos que
corrían no se estilaba ser esnob ante las cosas materiales. Drusilla fue buena
alumna y no tardó en mostrarse tan descuidada como él, usando platillos a modo
de ceniceros y dejando en el suelo la taza de té.
–¿A ti quién te limpia la casa? –le preguntó
un día a Drusilla.
–Viene una mujer todos los días –replicó
ella; pero él siguió sin darse cuenta de hasta qué punto Drusilla era rica.
En la primera ocasión en que fue a la choza,
Gray la acompañó por el camino hasta el coche.
Había esperado que fuese un Mini, y cuando
vio que se trataba de un Jaguar E, exclamó:
–Déjate de bromas. No me digas que es tuyo.
–¿No te lo crees? Pues mira: la llave encaja.
–¿De quién es en realidad? ¿De Tiny?
–Es mío. Tiny me lo regaló por mi último
cumpleaños.
–Dios, debe de estar forrado. ¿A qué se
dedica?
–Propiedades –replicó ella–. Consejos de
administración. Tiene metido el tenedor en un montón de pasteles sumamente
lucrativos.
Y entonces él comprendió que ella había sido
sincera al decir que sus vestidos eran de Dior, y que los anillos que se
quitaba antes de hacer el amor eran de platino y diamantes. Tiny no era un
simple hombre acomodado que vivía de forma desahogada con cinco mil libras al
año. Era rico se le mirase cómo se le mirase, rico incluso para los ricos. Pero
a Gray jamás se le ocurrió aprovecharse de aquella opulencia. En realidad,
eludió tocar el tema de la fortuna de Drusilla, de quien procuraba no aceptar
ni un céntimo. Le parecía feo que él, quien al menos temporalmente le había
robado la mujer a Tiny, se aprovechase también, por poco que fuera, de su dinero.
Drusilla leyó El vino del estupor y le gustó,
pero nunca instó a Gray a que escribiera otras obras. Esa era una de las cosas
que a él le gustaban de ella. No era moralista. Nada de «Tendrías que trabajar,
piensa en tu futuro, sienta la cabeza». Sermonear no era lo suyo. Era una
hedonista, disfrutaba tomando cuanto le ofrecían, pero también dando mucho a
cambio. Era por lo mucho que daba –todo su cuerpo, todos sus pensamientos, sin
reservarse nada, confesándole con infantil simplicidad todos sus deseos y
emociones, cosas que la mayoría de las mujeres habrían mantenido ocultas– por
lo que para Gray el asunto dejó de ser simple atracción física y se convirtió
en amor. Comprendió que estaba enamorado de ella una vez que Drusilla no lo
telefoneó. Gray se pasó el día pensando que había muerto, o regresado con Ian,
y no durmió en toda la noche. A la mañana siguiente, Drusilla telefoneó y el
mundo cambió para Gray.
Ella lo iba a visitar por la mañana y por la
tarde, pero el jueves era cuando se veían por la noche, pues era el único día
en que ella tenía la certeza de estar libre de Tiny, y no pasaba un jueves sin
que Gray pensara en ella, sola, descolgando quizá su propio teléfono, como él
hacía en aquellos momentos. Se quedó largo rato de pie, mirando el aparato
enmudecido. Alexander Graham Bell tenía muchas responsabilidades de que
responder. En los teléfonos había algo siniestro, estremecedor, terrible. A
Gray le daba la sensación de que la magia, que antaño se manifestó en
adivinaciones, en extrañas comunicaciones por tierra y mar, en hechizos
sobrecogedores, en fetiches y conjuros que mataban por el mero poder del
terror, se condensaban y concentraban actualmente en el cuerpo compacto y negro
de aquel artilugio. De él dependían noches de descanso, días de felicidad; su
timbre podía quebrar una vida o repartir dicha, levantar a los moribundos,
relajar el más tenso de los cuerpos. Y su poder era ineludible. Mientras uno
poseyera un aparato –o él le poseyera a uno– estaba bajo su dominio permanente,
ya que, aunque lo desconectase como Gray acababa de hacer, el teléfono no
estaba realmente mudo, sino sólo amordazado.
Una vez –cuando él todavía no amordazaba su
línea–, Drusilla advirtió que él, accidentalmente, había dejado descolgado el
teléfono. Armó una gran bronca.
–¿Haciéndote el difícil, encanto? No creas
que te librarás de mí tan fácilmente.
Pero se había librado de ella, consiguiendo
su miserable y autoimpuesta libertad, aunque no le resultaba fácil, nada
fácil... ¿llegaría alguna vez a serlo? Cerró la puerta al desorden, al polvo y
al teléfono inutilizado y fue al piso de arriba a buscar ropa para la fiesta de
Francis. Sus únicos pantalones decentes y su única chaqueta buena estaban
hechas un revoltijo en el suelo del armario del dormitorio, donde él los había
dejado tras aquel fin de semana en Londres con Drusilla. Sacó la camisa de seda
de color crema, sucia y arrugada, y se la acercó a la nariz. Amorce dangereuse. En el oscuro dormitorio de techo bajo, con la lluvia percutiendo sobre
el tejado, se arrodilló sobre la alfombra, sobre las manchas de té, y se apretó
la camisa contra la cara, embriagándose con el aroma de Drusilla.
–¿Qué te parece si me pongo tu camisa para
salir? ¿Me queda bien?
–Estupendamente –había contestado Gray.
Cabello rojo-dorado cerniéndose sobre la seda color crema, rojas uñas
repartidas como joyas sobre la camisa, sus desnudos pechos palpitando bajo el
tenue, casi transparente tejido–. ¿Y yo qué me pongo? ¿Tu blusa?
–Te compraré otra camisa, bobo.
–No. Con el dinero de Tiny, no.
Tiny se había ido en viaje de negocios a
España. Por eso tuvieron el fin de semana para ellos. Hasta entonces, Gray
nunca había pasado una noche entera con Drusilla. Él propuso Cornwall; pero
ella insistió en Londres y el Oranmore.
–Quiero ir a sitios extravagantes y hacer
cosas decadentes. Quiero adentrarme en el vicio.
–Doriana Grey –comentó él.
–Maldito seas, no entiendes nada. Llevas diez
años viviendo como te da la gana. A mí, mi padre me tenía en un puño, y de él
pasé a Tiny. Siempre ha habido algún puñetero guardián vigilándome. No puedo
salir sin decir adonde voy, o sin tener que inventarme una excusa. Dentro de un
momento, tendré que telefonearlo a Madrid para que esté tranquilo. Tú no sabes
lo que es nunca poder hacer nada.
Suavemente, él replicó:
–Cariño... En cuanto te acostumbras, esas
cosas no son nada. Resultan aburridas, normales y corrientes. Piensa en la
gente que considera que vivir en una casa como la tuya y tener todo lo que tú
tienes (ropas,... coche y vacaciones) es el colmo de la sofisticación. Sin
embargo, para ti eso es... normal y corriente.
Drusilla no le hizo el menor caso.
–Quiero ir a sitios terribles, y fumar porros
y ver shows eróticos en vivo y películas pornográficas.
Cristo, pensó Gray, es tan joven... Eso fue lo que se dijo entonces, que todo aquello no era más que ganas
de escandalizar, y se habían peleado porque el Londres de Gray no coincidía con
el que ella quería; porque él no la llevaba al Soho, ni al baile de travestís
que Drusilla había visto anunciado, sino a pequeños cines con decorado Kitsch
de los años treinta, a pubs eduardianos, al Orangery de Kensington Gardens, al
Teatro Mercury, a los Mews y al canal de Little Venice. Pero al final Drusilla
terminó pasándolo bien, e hizo reír a Gray con sus agudos comentarios y sus
atisbos de sorprendente sensibilidad. Pasado el fin de semana y de vuelta a la
choza, el hombre la había echado de menos desesperadamente, y no fue sólo la
pereza lo que le hizo dejar sin lavar la camisa. La conservó tal cual por el
aroma que la envolvía, pues incluso entonces, cuando su idilio contaba un año y
se encontraba en su cenit, él sabía que llegaría un momento en que necesitase
objetos que evocasen los recuerdos, objetos en los que la vida se encuentra
petrificada, y está más presente (como había leído en alguna parte) que en la
realidad cotidiana.
Bueno, pues había llegado el momento, el
momento de recordar y el momento de lavar los recuerdos. Se llevó la ropa a la
cocina, lavó la camisa, y bajó al sótano. No tenía plancha eléctrica, pero en
el sótano había una vieja de hierro, dejada por el inquilino anterior de Mal.
Las escaleras del sótano eran empinadas, y
descendían unos cinco metros por debajo del nivel del terreno. Se trataba de
una cámara con paredes de ladrillo y suelo de piedra en la que él almacenaba la
parafina y donde los anteriores propietarios habían dejado una bicicleta rota,
una antigua máquina de coser, maletas viejas y montones de periódicos húmedos y
amarillentos. La plancha estaba entre aquellos periódicos junto a algo que a Gray
le parecía que se llamaba trébedes. Llevó la plancha a la cocina y encendió el
gas para calentarla.
Una vez tomada la decisión de abandonar la
choza, Gray ya no tenía que engañarse, diciéndose que aquella cocina, en la que
había pasado casi dos años, era menos horrible y destartalada de lo que en
realidad era. En todo aquel tiempo, jamás la había limpiado realmente, y la
condensación de humos y gas se había acumulado en las paredes color verde
guisante. La pila estaba surcada por infinidad de grietas pardas, y bajo ella
había un dédalo de mugrientas cañerías, algunas de ella envueltas en sucios
trapos. Una desnuda bombilla, que colgaba de un mugriento techo lleno de
telarañas, lanzaba su sucia luz sobre el lugar, revelando las quemaduras de
cigarrillos y las manchas de té del linóleo. Mal le había pedido que cuidase de
que la choza no se le fuera abajo, así que era justo que se la devolviese
limpia. La semana siguiente haría limpieza general.
En el exterior, la noche era oscura como boca
de lobo y sólo la lluvia rompía el silencio reinante. Se levantó de la silla
Windsor y extendió sus pantalones de terciopelo sobre la tapa de la bañera.
Nunca había usado una plancha de hierro, sólo eléctricas con mangos que no
quemaban. Naturalmente, sabía muy bien que, para coger una plancha caliente,
hacía falta un trapo o un calcetín viejo, pero actuó instintivamente, sin
pensar. El dolor fue violento, de un rojo intenso, desgarrador. Soltó la
plancha con un grito, se maldijo aferrándose la mano quemada, y se dejó caer en
la silla.
Se miró la palma de la mano, cruzada por un
rojo verdugón. El dolor le pasó a la muñeca, al brazo, un dolor que sentía como
un rugido en el silencio. Tras unos momentos, se levantó y puso la quemadura
bajo el agua fría del grifo. La impresión fue tan grande que se le llenaron los
ojos de lágrimas, y una vez cerró el grifo y se secó la mano, las lágrimas no
cesaron. Lloró a moco tendido, abandonándose a la tempestad del llanto,
escondiendo el rostro entre los brazos cruzados. Sabía que no lloraba por la
quemadura, aunque eso era lo que había dado paso a las primeras lágrimas. Hasta
aquel momento, jamás se había desahogado por completo, jamás había dado rienda
suelta a toda la angustia acumulada en su interior. Lloraba por Drusilla, por
las obsesiones frustradas, por la soledad, por la miseria, por el fracaso.
La mano le dolía y estaba entumecida. La
notaba como una enorme masa de carne que le colgaba del extremo del brazo. Al
acostarse, la dejó fuera de la cama. Las sábanas sucias olían a sudor. Estuvo
removiéndose y dando vueltas en el lecho hasta que sonaron los primeros trinos
de los pájaros y una grisácea y acuosa luz comenzó a filtrarse por entre las
raídas cortinas. Entonces se durmió al fin, y comenzó a soñar con Tiny.
Nunca había visto al marido de Drusilla, ni
ella se lo había descrito. No hizo falta. Gray sabía perfectamente cuál podía
ser el aspecto de un empresario inmobiliario de cuarenta años, un hombre cuyos
caprichosos padres o sus envidiosos condiscípulos habían bautizado Tiny, «chiquitín»,
porque incluso de pequeño debía de ser alto y fornido. Un hombre enorme, de
negro cabello que comenzaba a clarearle, bebedor y fumador empedernido, vulgar,
lacónico y celoso.
–¿De qué habla? ¿Qué hacéis cuando estáis
juntos?
Ella rió malévolamente.
–A fin de cuentas, es un hombre, ¿no? ¿Tú qué
crees que hacemos?
–No me refería a eso, Drusilla. –Era
excesivamente doloroso pensar en ello, incluso ahora.– ¿Qué tenéis en común?
–Los vecinos vienen a tomarse unas copas de
vez en cuando. Los sábados vamos de compras, y después vamos a ver a su vieja
madre, lo cual es una auténtica lata. Ah, además Tiny colecciona monedas.
–No me digas.
–¿Qué quieres que yo le haga? Tiene su propio
coche, un Bentley rojo, y en él vamos a cenar al restaurante con sus aburridísimos
amigos de mediana edad.
Cuando Gray soñó con él, Tiny iba en aquel
coche, el Bentley rojo que él jamás había visto. Gray estaba en pie al borde de
la carretera, una de las que cruzaban la zona de Pocket Lane e iban a converger
en el pub Wake Arms. El coche llegaba procedente de la A 11. Tiny iba al
volante. Gray supo que era Tiny, porque era enorme y vestía ostentosamente.
Además, en los sueños, uno sabe esas cosas. El coche redujo velocidad desde los
130 por hora, y luego Tiny, en vez de rodear la rotonda, la embistió. El
Bentley, fuera de control, fue dando botes sobre la hierba para terminar
estrellándose y estallando en llamas.
Gray se adelantó hasta el corro de gente que
rodeaba el ardiente automóvil, en cuyo interior Tiny estaba quemándose, convertido
en una antorcha humana. Pero seguía consciente. Alzando su rostro abrasado,
miró a Gray y le gritó:
–¡Asesino! ¡Asesino!
Gray intentó acallarlo, tapándole con la mano
la boca al rojo vivo que iba convirtiéndose en cenizas, intentando arrancarle
las palabras, metiendo los dedos en aquella ardiente caverna. Despertó,
revolviéndose en la cama, y se miró la mano, en cuya palma se apreciaba la
huella de los ardientes labios de Tiny.
7
Una larga ampolla oval le cruzaba la palma de
la mano, desde el índice de la muñeca. Se pasó en la cama casi todo el jueves,
durmiendo intermitentemente, despertándose para mirarse de modo obsesivo la
mano herida. Tenía la mano marcada y, a causa de aquel vivido y terrible sueño,
le parecía que la quemadura había sido la venganza de Tiny.
Al fin, al atardecer, se levantó. Cogiendo
con cuidado el receptor entre el pulgar y el índice, descolgó el teléfono. En
el turbio y manchado espejo, su rostro parecía cadavérico y mostraba enormes y
oscuras ojeras. A su cabeza acudió el fragmento de una olvidada obra teatral,
quizá de Shakespeare, y lo recitó en alta voz:
–«Muéstrame mi transgresión en su propia faz.
Muéstrame mi transgresión...»
Había transgredido contra Tiny, contra ella,
y quizá, más violentamente aún, contra sí mismo.
Por la noche durmió pesadamente, pasando de
un sueño a otro sin volver en ningún momento a la conciencia, y por la mañana
la mano seguía latiéndole, pulsando como un corazón acelerado. La venda que se
había hecho con fragmentos de sábana no era ningún alivio, y tuvo que preparar
el té y plancharse la camisa y los pantalones con la mano izquierda. Los
pantalones tenían un pequeño agujero debajo de la rodilla derecha, hecho por
Drusilla al arrimársele demasiado mientras sostenía un cigarrillo, pero tendría
que quedarse así, pues no estaba en condiciones de hacer remiendos.
–No lo puedo arreglar –le había dicho
Drusilla–. No sé coser.
–¿Y qué haces cuando necesitan un remiendo?
–Las tiro. ¿Tengo aspecto de llevar cosas
zurcidas?
–Yo no puedo tirarlas, Dru. No me lo puedo
permitir.
Drusilla reaccionó haciendo algo insólito en
ella: lo besó. Acercó sus delicados labios, que realmente eran como los pétalos
de una flor, quizá de una orquídea, y lo besó en la comisura de la boca. Fue un
gesto de gran ternura, y algo en Gray, algo que había sido objeto de las burlas
de Drusilla con excesiva frecuencia, le hizo decir:
–Cuidado, Drusilla. Si sigues así, corres el
riesgo de enamorarte.
–¡Maldito seas! ¿Qué demonios me importa si
te mueres de hambre? Yo te daría dinero, pero tú no quieres aceptarlo.
–No, el dinero de Tiny, claro que no.
Los pantalones nunca fueron arreglados, ni
tampoco su reloj, que se paró la misma semana y se negó a funcionar de nuevo.
El jueves por la noche, después de hacer el amor en la choza, salieron a pasear
por el bosque a la luz de la luna y, cuando al fin volvieron a estar en el
«salón», frente a la chimenea, ella le regaló un reloj, el que ahora llevaba y
que, pasara lo que pasara, jamás vendería.
–Es precioso y me encanta; pero no puedo
aceptarlo.
–No lo ha pagado Tiny. Mi padre me regaló un
cheque por mi cumpleaños.
–Pues eso ha sido como echar agua al mar.
–Puede, pero esa agua no está sucia. ¿No te
gusta?
–Muchísimo. Me hace sentir como un mantenido;
pero me encanta.
Ojos opalinos, del color de una nube
transparente a través de la cual se ve el cielo; piel blanca, con azules venas
en las sienes; el cabello como las pálidas llamas que los calentaban.
–Me gustaría que fueses mi mantenido. Me
gustaría que Tiny muriese y todo su dinero fuera para nosotros.
–¿Quieres decir que te casarías conmigo?
–preguntó Gray, por cuya cabeza jamás había pasado la idea del matrimonio.
–¡A la mierda con el matrimonio! No hables de
eso. –Drusilla se estremeció. Hablaba del matrimonio como otros lo hacen del
cáncer–. Tú no quieres casarte, ¿verdad?
–Me gustaría vivir contigo, Dru, estar
contigo todo el tiempo. Que nos casemos o no me es indiferente.
–Sólo la casa vale una auténtica fortuna. En
el banco, Tiny tiene cientos de miles de libras, y acciones y de todo. Sería
estupendo que le diese un infarto, ¿no?
–Para él, no.
El reloj que Drusilla le había regalado diez
meses antes de que todo terminara le indicó ahora que eran las doce del
mediodía. Pero, por ser viernes, el lechero no llegaría hasta las tres. Fue a
Waltham Abbey, devolvió los libros en la biblioteca, pero no cogió otros, y
sacó siete libras del banco, dejando su cuenta a cero. Cuando regresaba se
encontró con el lechero, que lo llevó hasta la choza en su camioneta.
–Parece que mañana va a hacer una calor infernal
–dijo el lechero–. Si cuando yo llegue está usted fuera, le dejaré la botella a
la sombra, ¿vale?
–No necesitaré leche hasta el lunes, muchas
gracias. Y, pensándolo bien, en adelante no volveré a necesitar leche. La
semana que viene me mudo. –Aquello sería un acicate más para marcharse. Durante
los pocos días de la semana siguiente que seguiría en la choza, podría comprar
la leche cuando fuese a Waltham Abbey–. Me largo de aquí para siempre.
El lechero pareció contrito.
–Bueno, eso hará que yo tenga menos trabajo,
porque ya no deberé venir hasta aquí. Pero lo echaré de menos Mr. L. Por malo
que sea mi humor, usted siempre se las arregla para animarme.
Uno de los Pagliacci, pensó Gray, uno de los clowns tristes.
Durante todo aquel tiempo, mientras él estaba
sumido en la más profunda de las depresiones, el lechero lo había visto como un
simpático bromista. Le hubiera gustado hacer un último chiste, por malo que
fuese –el lechero era público agradecido–, pero no se le ocurrió nada.
–Sí, la verdad es que hemos pasado muy buenos
ratos juntos, ¿no?
El lechero asintió con la cabeza, convencido.
–Sí, los buenos ratos son lo único que merece
la pena. Este... Perdóneme por mencionarlo, pero me debe usted 42 peniques.
Gray le dio el dinero.
–¿Cuándo se marcha?
–Mañana, pero volveré y estaré aquí unos días
más.
Tras darle el cambio, el lechero,
inesperadamente, le tendió la mano. Gray tuvo que estrechársela, con lo cual la
quemadura de la mano le produjo un dolor brutal.
–Bueno, pues hasta la vista.
–Hasta la vista –replicó Gray, aunque lo más
probable era que nunca volvieran a verse.
No tenía nada para leer, y la quemadura de la
mano le impidió iniciar la limpieza general, así que se pasó el resto del día
revisando sus papeles, algunos de los cuales estaban en la caja de seguridad, y
los demás formaban un desordenado montón sobre la inutilizada cocina económica.
No era un trabajo que, previsiblemente, pudiera animarlo. Entre el montón de la
cocina encontró cuatro viejas liquidaciones de derechos, cada una por una cantidad
menor que su predecesora, una carta de Hacienda reclamándole unos impuestos
atrasados y –lo más inquietante– una docena de borradores de cartas dirigidas a
Tiny.
Releerlas lo hizo sentirse descompuesto. No
eran más que trozos de papel, arrugados, manchados, con huellas de dedos.
Algunos sólo contenían unas pocas líneas mecanografiadas, pero el motivo que
les dio origen había sido destructivo. Estuvieron destinadas a atraer a un
hombre a un holocausto que sólo llegó a tener lugar en sus flamígeros sueños.
Cada carta estaba fechada, y la serie
completa abarcaba el período de junio a diciembre del año anterior. Aunque en
ningún momento tuvo intención de enviarlas, aunque sólo las había
mecanografiado para seguirle la corriente a Drusilla, a Gray le dio la
sensación que estaba frente a una faceta de sí mismo que desconocía por
completo, un cruel y artero alter ego que yacía enterrado bajo capas de
pereza, talento, humanidad y cordura, pero que no por ello era menos real. ¿Por
qué no las había quemado hacía tiempo? Fuera cual fuera el motivo, ahora sí las
quemaría.
En un pequeño claro del patio posterior,
encendió una hoguera y echó a ella las cartas. Una tenue columna de humo se
elevó en el aire nocturno. Llamas, unas cuantas chispas, y en cinco minutos todo
se había consumido.
Gray nunca había visto el bosque cubierto por
la dorada capa de neblina matinal, pues era raro que él se levantase tan
temprano. La ardilla estaba sentada sobre los restos de la pequeña hoguera.
–Si te apetece, instálate en la casa –le dijo
Gray–. Te invito. Podrás guardar tus nueces en el sótano.
Se bañó y se puso una camiseta y los
pantalones de terciopelo, esperando que el agujero no se notase. Metió la
camisa de seda, que reservaba para el domingo por la noche, en su bolsa junto con
el cepillo de dientes y un suéter. No tenía necesidad de arreglar el «salón»
antes de irse, ni de cambiar sábanas, pero lo que sí hizo fue lavar los platos
y dejarlos escurrir. A las nueve ya se encontraba camino de la estación de
Waltham Cross.
El metro no llegaba hasta allí. Había que
coger el que iba desde Hertford (o desde algún lugar igualmente remoto) hasta
Liverpool Street. La gente se quejaba de que las autoridades hacían oídos
sordos a las necesidades de transporte de los residentes de Pocket Lane e
inmediaciones. Era posible ir a Londres, o a Enfield, o a lugares de
Hertfordshire a los que nadie en sus cabales desearía ir; pero resultaba
sumamente difícil llegar a Loughton ni a sus proximidades, salvo en coche o a
pie. La única vez que Gray había estado en Loughton, tuvo que caminar hasta el
pub Wake Arms, para tomar allí el autobús 20 procedente de Epping.
–No acabo de entender que te interese tanto
ver mi casa –le había dicho Drusilla–, pero si quieres ir, ve. Puedes hacerlo
el jueves por la noche. Pero sólo por una vez, recuérdalo. Si los vecinos te
ven, diré que eras un vendedor de enciclopedias. De todas maneras, piensan que
me acuesto con todos nuestros proveedores.
–Espero que lo hagas con este humilde
proveedor.
–Bueno, ya me conoces.
¿La conocía realmente? Escogieron un jueves
de comienzos de primavera, cuando los árboles del bosque aún estaban sin hojas,
pero mostraban ya sus brotes pardo dorados, y los endrinos habían florecido
aunque los acebos seguían rojizos. El autobús lo condujo hasta uno de los
estanques de las inmediaciones del bosque, un antiguo arenal inundado a que
daban las grandes casas que se alzaban en aquellas zonas del distrito... Se
veían árboles por doquier, de modo que, en verano, las casas debían de parecer
situadas en medio del bosque. Gray decidió que alguna de aquellas viviendas
sería la de Drusilla, una villa estilo Tudor de cuatro dormitorios.
Ella le había hecho un pequeño plano, y
además le había explicado cómo llegar. El sol ya se había puesto, pero aún
faltaba una hora para que fuera noche cerrada. Caminó por un sendero; a un lado
se extendía una pradera verde y moteada de arbustos, que concluía en un pequeño
valle más allá del cual se alzaban las arbóreas olas negroazuladas del bosque.
Al otro lado se levantaban viejas casas de madera y pizarra, similares a la
choza, construcciones nuevas, un pub... Se dirigía hacia el distrito conocido
como «el pequeño Cornwall», porque era excepcionalmente accidentado, y desde lo
alto de sus colinas, según ella le había dicho, se divisaba Loughton, situado
en una hondonada, y más abajo, allende Lougthon, el Essex metropolitano, los
suburbios «bien», los lejanos muelles y, a veces, las luces reflejadas en el
Támesis.
Cuando coronó la colina, estaba demasiado
oscuro para divisar nada, y las luces de las casas empezaban a encenderse. Gray
enfiló Wintry Hill y se encontró en un paseo bordeado de fincas con altas
verjas sobre las que asomaban las copas de los árboles, arcadas que se abrían a
amplias avenidas y que conducían a lejanas y ocultas mansiones. Tras ellas se
alzaba el bosque, densamente negro contra un cielo amarillo claro. Aquella zona
era muy distinta a la del estanque. Todo era grandeza, magnificencia; resultaba
impresionante. Su casa (la de Tiny) se llamaba Combe Park, un nombre que
Drusilla siempre pronunciaba con cierta pomposidad, y del que él,
considerándolo absurdamente pretencioso, se había mofado.
Pero no era pretencioso. Gray llegó al final
del paseo y se vio frente a unas enormes puertas abiertas de hierro forjado.
Sobre ellas se leía el nombre «Combe Park», y saltaba a la vista que no lo
habían puesto para dar realce a la casita de cuatro dormitorios. La finca era
enorme y contenía praderas y parterres, un huerto en el que se cultivaban sólo
narcisos, y un estanque del tamaño de una laguna en torno a la cual había
rocallas con cipreses de una altura dos veces la de un hombre, pero parecían
minúsculos comparados con los enormes sauces y cedros que los rodeaban. Los
vecinos habrían necesitado periscopios más que prismáticos para ver la casa a
través de aquella triple barrera. Y no porque la casa en sí no fuera grande. Se
trataba de un enorme edificio rectangular, con tejado plano y grandes
balconadas, cubierto por estuco blanco en unas zonas y de cedro en otras, con una
especie de solarlo acristalado en la parte alta, y una gran terraza de piedra
situada ante la puerta principal y las grandes ventanas panorámicas. En la
terraza había blancos muebles de metal y hornacinas de mármol con arbustos de
hoja perenne.
Al principio, Gray pensó que no podía ser la
casa de Drusilla, que él no podía conocer (ni, mucho menos, amar) a alguien tan
acaudalado. Pero eso era Combe Park, sin duda alguna. El garaje triple (¿o
cuádruple, o quíntuple?) tenía las puertas abiertas y en el interior se veía el
«E», que, debido a la inmensidad de su albergue, no parecía mayor que un Mini.
No lo acompañaba ningún Bentley rojo, pero pese a ello, Gray no se movió del
lugar en que se había detenido, frente a la arcada de acceso. No quería entrar,
no iba a hacerlo. Olvidó que se había autoinvitado, lo mucho que había
insistido, y sólo pensó en su pobreza y en la fortuna de Drusilla, en que si
echaba a andar por aquella avenida hacia la casa, se sentiría como un aldeano
al que la señora del castillo había mandado llamar. Y también podía comenzar a
sentir la comezón de la codicia, a desear, como deseaba Drusilla, que Tiny
muriese de un infarto.
Por consiguiente, regresó a la parada del
autobús, montó en él tras media hora de espera y regresó caminando a Pocket
Lane. Cuando apenas llevaba en la choza cinco minutos, sonó el teléfono.
–¡Maldito seas! Te vi en la puerta, bajé a
abrirte y habías desaparecido. ¿Tuviste miedo?
–Sólo de tu dinero, Drusilla.
–Dios –exclamó ella, con una voz entre
infantil y seductora–. Si Tiny sufriese un ataque al corazón o tuviera un
accidente de coche, todo sería tuyo. Tuyo y mío. Resultaría genial, ¿no crees?
–No perdamos el tiempo en fantasías inútiles
–replicó Gray.
En Liverpool Street hizo un transbordo a la
línea circular del metro, y se apeó en la estación de Bayswater. Queensway
parecía animadísimo, con sus tiendas de ropa y sus fruterías. En Whiteley’s
Cupola, el espectáculo que ofrecía la gente más a la última lo animó
considerablemente. Y el tiempo era perfecto. Bajo el resplandeciente cielo
azul, Porchester Hall ofrecía un aspecto casi de belleza clásica para los ojos
de Gray, hambrientos de Londres.
Francis vivía al norte de Westbourne Grove,
en una vieja calle de casas victorianas cada una de las cuales estaba separada
y era distinta del resto; todas tenían su jardín de arbustos londinenses y
desvaídas flores de ciudad. El piso de Francis se encontraba en el invernadero
de una de aquellas casas, una estructura de cristal roja y azul dividida en dos
habitaciones con cocina y baño añadidos.
Francis abrió la puerta de color rojo.
–Qué tal, llegas tarde. Menos mal que, a fin
de cuentas, no tendré que ir a recibir a mi tía. Podemos empezar a mover los
muebles. Ésta es Charmian.
Gray le dijo «Hola» y enseguida se
arrepintió, porque «Hola» era lo que siempre le decía a Drusilla. Charmian, que
de todos modos debía de ser la chica de Francis, no iba a convertirse en la que
lo libraría de Drusilla, pues era regordeta, desgarbada, y de nariz chata y
respingona. Su cabello era rubio y muy rizado, y vestía una falda muy corta que
dejaba al descubierto unos gruesos muslos. Mientras ella, sentada en el
alféizar de una ventana y comiéndose un plátano, los miraba, Gray ayudó a
Francis a trasladar al dormitorio un enorme aparador Victoriano y una cómoda.
Luego dispusieron camas para que sirvieran de divanes a los invitados
fatigados, libidinosos o borrachos. Gray se había puesto un grueso vendaje en
la mano, pero la herida latía, enviando mensajes de dolor brazo arriba.
Francis comentó, con un tono poco alentador:
–Traté de telefonearte para que no te
molestaras en venir hasta mañana, pero tu línea no dejaba de comunicar. Supongo
que dejas el aparato descolgado. ¿De quién tienes miedo? ¿De los acreedores?
Charmian lanzó una risa estridente. Gray se
dio cuenta de que su teléfono llevaba descolgado desde el jueves por la noche.
Al fin llegaron los técnicos encargados de
instalar las luces. Tardaron horas en hacerlo, mientras se bebían el mal té de
bolsitas que les preparó Charmian. Gray comenzaba a preguntarse cuándo
almorzarían, pues tanto Francis como la chica habían dicho que estaban a
régimen. Al fin los electricistas se fueron, y los tres bajaron al Redan, donde
Francis y Charmian, fíeles a su dieta, bebieron zumo de naranja, y Gray cerveza.
Eran cerca de las seis de la tarde.
–Espero que lleves dinero. Me he dejado el
mío en la otra chaqueta.
Gray asintió y pensó que Francis era
afortunado por tener otra chaqueta.
–Cuando te hayas tomado el zumo, ¿qué tal si
subes a buscarla, y luego nos vamos a comer a alguna parte?
–Pues... La verdad es que Charmian y yo vamos
a cenar con una gente a la que apenas conocemos para que comprendas que no
podemos presentarnos allí con un extraño.
–Quedaríamos fatal –dijo Charmian. La
muchacha, que había estado observando con fijeza a Gray durante largo rato, de
pronto comenzó a echarle un sermón–. Leí tu libro. Francis me lo prestó. Me
parece imperdonable que no hayas escrito nada más. Me refiero a lo de que no
trabajes en absoluto. Ya sé que no es asunto mío...
–No, no lo es...
–Tranquila...
Charmian hizo caso omiso de ambos.
–Vives en ese sitio espantoso, como una
especie de hippy rural, y estás mal de la azotea. Totalmente pirado. O sea:
dejas el teléfono desconectado durante días, y cuando estás con gente, la mitad
del tiempo es como si no estuvieras, no sé si me entiendes. Estás más colgado
que una lámpara. Conociéndote, nadie se creería que fuiste tú quien escribió El vino del estupor.
Gray se encogió de hombros.
–Me iré a comer algo y luego al cine –dijo–. Que
os divirtáis con esa gente a la que no conocéis.
Mientras iba camino de algún restaurante
chino barato, Gray se dijo que la muchacha tenía toda la razón. No era asunto
suyo, y era una muchacha estúpida y aburrida, pero tenía razón. Debía hacer
algo, y pronto.
La gente sentada a las mesas de su alrededor,
y lo que había dicho Charmian respecto a estar pirado, resucitaron unos
recuerdos que había esperado que Londres le ayudase a exorcizar. Cogió un
terrón del finísimo azucarero de porcelana que tenía delante. No era más que un
terrón, que no distorsionaría la realidad más de lo que él mismo podía hacerlo.
Drusilla en primavera. Drusilla antes de que
empezase lo de las cartas.
–Tú conoces a un montón de gente pirada,
pasada de rosca, ¿no? –le había preguntado–. Gente de Westbourne Grove y Portobello Road.
–A algunos conozco, sí.
–Gray... ¿Podrías conseguir LSD?
Estaba tan poco acostumbrado a oírlo llamar
por las iniciales que, aunque las monedas decimales llevaban más de un año en
uso,[7]
preguntó:
–¿Dinero? ¿Cómo?
–Por Dios: no hablo de dinero, sino de ácido
lisérgico. ¿Puedes conseguir algo de ácido?
8
Primero fue al cine Classic de Praed Street,
en el que vio una vieja película sueca de pálidos personajes strindbergianos en
bosques que parecían salidos de los cuentos de Grimm, y luego, como la noche
era clara y despejada, caminó hacia el sur, atravesando Sussex Gardens.
El Oranmore ya no existía. O, mejor dicho,
existía; pero lo habían pintado de un blanco reluciente y sobre el pórtico
había un nuevo nombre, esta vez en neón verde oscuro: «The Grand Europa». Combe
Park no era un nombre pretencioso; pero aquel sí. Un gran autocar alemán de
turistas se encontraba aparcado en el exterior, y de él se apeaban las que
parecían ser participantes del viaje organizado por el centro comunitario
femenino de Heidelberg. Las damas, gruesas y cansadas, todas con sombreros,
iban desfilando hacia el interior del hotel, conducidas por eficaces guías
políglotos. Gray se preguntó si la vieja de dentro les daría una llave a cada una,
aconsejándoles que la dejaran sobre la cómoda, por si se marchaban a primera
hora de la mañana. Se compadeció de aquellas alemanas, a quienes, sin duda, les
habían prometido alojamiento en el corazón del Londres más moderno, en un
elegante hotel a sólo unos pasos de Oxford Street y Hyde Park, y habían
terminado en el Oranmore. A fin de cuentas, para ellas el lugar carecía de los
recuerdos de pasado esplendor que para él tenía.
Un joven botones bajó por la escalinata para
ayudar a las alemanas, y tras él apareció una atractiva muchacha. Al parecer,
los viejos empleados del hotel habían desaparecido junto con el antiguo nombre.
Gray torció por Edgware Road, sintiéndose cansado por un gran dolor interno, el
ansia devoradora de escuchar la voz de Drusilla, aunque sólo fuera una vez más.
Las cartas fueron deslizándose hasta un
oscuro recoveco de su memoria. En las partes expuestas a la luz, brillante como
la resplandeciente calle en que se encontraba, refulgía todo el placer y la
felicidad que Drusilla había llevado a su vida. ¡Si pudiera tenerla sin
exigencias, sin complicaciones! Era imposible; pero... ¿lo era también escuchar
su voz de nuevo?
¿Y si la telefonease? Era casi medianoche.
Drusilla estaría en una de las camas del dormitorio que compartía con Tiny, la
habitación desde donde se dominaban las negras olas del bosque. Tiny también
estaría allí, probablemente dormido; o quizá leyendo uno de los libros a los
que tan aficionado era, las memorias de algún magnate o general retirado, y
ella tendría una novela en las manos.
Aunque Gray no conocía el dormitorio, podía
verlos: el hombre gordo y abotagado, con el negro pelo del pecho asomando por
el abierto cuello del pijama rojo y negro de seda; la esbelta muchacha con
camisón blanco y llameante cabello suelto. Y, en torno a ellos, todos los lujos
de un dormitorio de ricos: gruesas alfombras blancas, cortinas de brocado del
mismo color, mobiliario Pompadour oro y marfil. Entre ellos, el blanco,
silencioso y amenazador teléfono.
Podía telefonearla y no decirle nada. Así
escucharía su voz. Cuando Drusilla no sabía quién llamaba, cuando no era
alguien al que decir «Hola», contestaba con un simple «¿Sí?», frío e
indiferente. Contestaría «¿Sí?» y, al no obtener respuesta, «¿Quién demonios
es?». Pero no podía llamarla a medianoche.
Pasó frente al cine Odeon, en Marble Arch.
Los últimos de la cola estaban entrando para la sesión de medianoche. Aún había
mucha gente por la calle. Gray sabía que necesitaba telefonearla. Aunque aún no
había hecho nada, ni había dado ningún paso decisivo, y sólo había pensado en
ello, le daba la sensación de que ya era demasiado tarde para cambiar de idea.
Se metió en la estación de metro de Marble Arch y buscó una cabina telefónica.
Por dos peniques podía comprar su voz, un par de palabras, o incluso unas
frases completas si estaba de suerte y conseguía una ganga. El corazón le
martilleaba en el pecho y tenía las manos húmedas de sudor. ¿Y si quien
contestaba no era ella? ¿Y si se habían mudado? O quizá estarían fuera,
disfrutando de los dos o tres períodos anuales de vacaciones que, en el pasado,
habían supuesto para él postales y soledad. Alzó el receptor con la mano
sudorosa y colocó un dedo en el orificio del cinco del disco.
Cinco-cero-ocho, y luego el resto de los
cuatro dígitos, incluido el nueve fatal. Se recostó contra la pared, notando el
receptor frío como el hielo contra su mano marcada. Estoy un poco loco, pensó,
estoy viniéndome abajo... Quizá habían ido con unos amigos a una sala de
fiestas de las afueras, quizá... Escuchó la señal de llamada y, temblando,
apretó el botón que introducía la moneda. Ésta penetró en la maquinaria con un
seco clic.
–¿Sí?
Ni Tiny ni nadie desconocido: ella. Tras una
pausa, el monosílabo fue repetido con tono impaciente:
–¿Sí?
Gray se había propuesto no decirle nada, pero
no le hizo falta recordar su decisión. Era incapaz de hablar, y se limitó a
respirar como uno de esos individuos que telefonean a las mujeres por la noche
para intimidarlas. Drusilla no era fácil de intimidar.
–¿Quién demonios es?
Gray escuchaba; pero no como si ella hablase
con él –cosa que, evidentemente, no estaba haciendo–, sino como si aquello
fuese una grabación que alguien le estuviera pasando.
–Escuche –dijo Drusilla–, sea usted un
bromista o un cochino depravado, ya se ha divertido, así que váyase a hacer
puñetas, so cerdo.
El ruido del teléfono al ser colgado sonó
como un escopetazo. Con dedos temblorosos, Gray encendió un cigarrillo. Bueno,
había obtenido lo que buscaba: escuchar su voz, tener un último recuerdo suyo.
Drusilla no volvería a hablarle y él podría recordar por siempre sus últimas
palabras; la que, indudablemente, sería la última aparición de la prima donna: «Váyase a hacer puñetas, so cerdo.» Volvió a la calle, tambaleándose
como si estuviera borracho.
A eso de las diez de la mañana, Francis
apareció junto a su cama con una inesperada taza de té. Francis había dormido
en el dormitorio, Gray en una de las camas que habían trasladado a la sala
principal, donde el sol penetraba a través del cristal y sus rayos se teñían de
rojo, azul y dorado.
–Te debo una disculpa por lo de ayer en el
pub. Charmian es estupenda, pero un poco impulsiva.
–No tiene importancia.
–Hablé con ella al respecto –dijo
pomposamente Francis–. A fin de cuentas, lo que en un viejo camarada como yo
resulta admisible, no lo resulta en alguien a quien acabas de conocer. Pero es
una chica maravillosa, ¿no crees?
Gray sonrió neutramente.
–¿Tú y ella vais a...?
–Aún no hemos tenido ninguna relación sexual,
si te refieres a eso. Charmian se toma esas cosas muy en serio. El tiempo dirá.
Puede que dentro de poco me plantee la posibilidad de casarme.
–¿Dentro de poco? –preguntó Gray, alarmado
ante el posible desbaratamiento de sus planes–. ¿Charmian y tú pensáis casaros
pronto?
–No, por Dios. Puede que ni siquiera sea con
Charmian. Pero lo más probable es que el próximo acontecimiento trascendental
de mi vida sea el matrimonio.
Gray dio un sorbo de té. Había llegado el
momento, y era mejor que lo aprovechase.
–Francis, quiero volver a Londres.
–No me extraña. Llevo siglos aconsejándote
que lo hagas.
–Dentro de poco voy a cobrar un dinero, y
cuando lo haga... ¿podría instalarme aquí por un tiempo, mientras encuentro una
habitación?
–¿Aquí? ¿Conmigo?
–No sería más que un mes. Dos como mucho.
La idea no pareció entusiasmar a Francis.
–No me vendría demasiado bien. Necesitaría
ayuda con el alquiler. Este sitio me cuesta dieciocho libras a la semana...
El cheque, cuando llegase, sería por lo menos
de cincuenta...
–Yo pagaría la mitad.
Quizá fuera a causa del sermón que por culpa
suya había recibido Gray la noche anterior; pero el caso es que Francis no
mostró en esa ocasión el escepticismo con que solía acoger las promesas de
contribuciones monetarias de su amigo.
–Bueno, supongo que no habrá ningún problema
–dijo, no de muy buen grado–. Puedes quedarte hasta seis semanas. ¿Cuándo
piensas venir? Charmian y yo salimos mañana para Devon, a ver a su familia, y
estaremos fuera unos días. ¿Qué te parece el próximo sábado?
–El sábado me viene divinamente –replicó
Gray.
Tras darse un baño –en una bañera como es
debido, con agua caliente que salía del grifo– se acercó a Tranmere Villas.
Jeff seguía en la cama, y fue el inquilino de la antigua habitación de Gray –la
habitación en que, sólo una vez, hizo el amor con Drusilla– quien le abrió la
puerta.
–¿Sally no está? –preguntó Gray a Jeff cuando
éste apareció, soñoliento, taciturno, y sin gafas que corrigiesen su miopía.
–Me ha dejado. Se marchó hace unas semanas.
–Vaya por Dios, lo siento mucho. –Sabía cómo
Jeff se sentía–. Llevabais mucho tiempo juntos.
–Cinco años. Conoció a un tipo y se fue con
él a la isla de Mull.
–Lo lamento de veras.
Jeff preparó café y luego hablaron de Sally,
del tipo, de la isla de Mull, de un hombre que había sido condiscípulo de ambos
y que ahora era parlamentario por la jurisdicción de Gray, y luego de diversos
conocidos de los viejos tiempos, quienes en su mayoría parecían haberse
marchado a lugares remotos. Gray le contó a su amigo que pensaba mudarse a
Londres.
–Sí, podría hacer el traslado de tus cosas el
sábado. No son muchas ¿verdad?
–Libros, la máquina de escribir, ropa.
–¿Te parece entonces que lo hagamos a media
tarde? Si cambias de planes, dame un telefonazo. Por cierto: tengo una carta
para ti. Llegó hace cosa de un mes, cuando Sally se fue. Parecía una factura, y
con lo de la separación y todo eso, olvidé enviártela. Lo siento, pero estaba
hecho polvo. Afortunadamente, ya estoy casi repuesto.
A Gray le habría gustado poder decir lo
mismo. Cogió el sobre, seguro de su contenido antes de abrirlo. ¿Cómo podía
olvidarse de cosas tan importantes y recordar perfectamente todo lo que era
pasado, muerto e inútil? Drusilla lo había dejado y él se fue a Londres, a
pasar las Navidades con Jeff, resuelto a no volver a la choza, a no acercarse
ni a veinte kilómetros a la redonda. Y les había escrito a sus editores
solicitándoles que le enviasen la siguiente liquidación a Tranmere Villas, pues
era la única dirección que podía dar como permanente. ¿Cómo era posible que se
hubiese olvidado? ¿Acaso fue porque se sentía tan desesperado y confuso que
volvió a Pocket Lane, huyendo de los endurecidos miembros de su propia tribu
como un animal herido buscando el refugio de su madriguera?
Rasgó el sobre. El vino del estupor: Ventas
nacionales, £5; 75% ventas, Francia, £3,50; 75% ventas, Italia, £6,26. Total,
£14,76.
Ya que no haces nada, échame una mano con la
comida –dijo Charmian–. No será un almuerzo formal, sino que picaremos algo de
todo esto. –«Todo esto» era un montón de lechugas, tomates, queso envuelto en
plástico, sobres de chopped, y pan francés–. A no ser que prefieras invitarnos
a un restaurante.
–No seas así, cielo –dijo Francis.
Gray ni la escuchó. La liquidación le había
dejado demasiado sobrecogido para poder hacer caso de nadie. Camino de casa de
Jeff había comprado una botella de vino español para la fiesta. De las siete
libras ya sólo le quedaban dos.
–Tenemos comida de sobra –dijo amablemente
Jeff–. Vaya por Dios, otra vez el teléfono.
Desde que Gray había vuelto, el teléfono
estaba sonando incesantemente. La gente no podía ir, o quería saber si podía
acudir con amigos, o no recordaba la dirección de Francis.
–Así que piensas instalarte aquí –dijo
Charmian, mientras lavaba vigorosamente los tomates.
Gray se encogió de hombros. ¿Iba realmente a
hacerlo?
–Sólo por unas semanas.
–Una vez mi madre invitó a una amiga a pasar
el fin de semana y se quedó tres años. Estás muy neurótico, ¿no? He notado que,
cada vez que suena el teléfono, te sobresaltas.
Gray se sirvió un pedazo de queso. Estaba
pensando en escribir a sus editores una carta echándoles un buen rapapolvo por
lo de los derechos yugoslavos, cuando Francis regresó a la cocina, con
expresión preocupada. Se acercó a Gray y le puso una mano en el hombro.
–Es tu padrastro. Parece que tu madre está
muy mal. ¿Quieres hablar con él?
Gray fue a la sala. En el receptor sonó el
defectuoso inglés de Honoré:
–Mi hijo, intentaba encontrarte en la casa
tuya, pero el teléfono comunica y comunica, así que me he recordado de que ibas
a la casa de Francis y he encontrado el número... Muy difícil encontrarlo ha
sido...
–¿Qué ocurre, Honoré? –preguntó Gray, en
inglés.
–Es mamá. Ella muere, creo.
–¿Quieres decir que ha muerto?
–No, no, pas
du tout. Ella tiene gran paralyse y el doctor Villon está
con ella ahora, y él dice que ella morirá pronto. Quiere que ella vaya al
hospital de Jency, pero yo digo no, no mientras el viejo Honoré tenga fuerzas
para cuidarla a ella. Vendrás, hein? Hoy mismo.
–De acuerdo –replicó Gray, notando un vacío
en la boca del estómago–. Sí, claro que iré.
–¿Tienes el dinero, lo llevas contigo? Yo te
mandé dinero bastante para que vayas con el avión hasta París y luego con el
autobús hasta Bajon. Así que hoy tú vuelas desde el aeropuerto de Jizrou, y
esta noche yo te veo en Le Petit Trianon.
–Iré enseguida. Vuelvo a casa a recoger el
pasaporte, y me pongo en camino.
Regresó a la cocina. Los otros estaban
sentados a la mesa, silenciosos y con largas caras de circunstancias.
–Oye, siento muchísimo lo de tu madre –dijo
roncamente Charmian.
–Yo... Bueno, yo también... –dijo Francis–. O
sea, si hay algo que podamos hacer por ti...
Había algo que Francis sí podía hacer, pero
Gray esperó unos minutos para pedírselo. Sabía perfectamente que los que dicen
cosas semejantes cuando ocurre o está a punto de ocurrir una desgracia, rara
vez piensan ofrecer nada que no sea simpatía o, como máximo, una copa.
–No podré quedarme para la fiesta. Como antes
de ir al aeropuerto he de pasarme por la choza, mejor me marcho ahora mismo.
–Tómate un trago –ofreció Francis.
El whisky, como tenía el estómago más o menos
vacío, le dio a Gray el valor necesario.
–Hay algo que sí podrías hacer –dijo.
Sin preguntar de qué se trataba, Francis
lanzó un suspiro.
–Supongo que no tienes dinero para el viaje.
–Lo único que me separa de la miseria total
son dos libras.
–Vaya por Dios –comentó Charmian, aunque no
con un tono ofensivo.
–¿Cuánto necesitarías?
–Mira, Francis, estoy esperando un cheque en
cualquier momento. Será un préstamo a corto plazo, de veras. Estoy seguro de
que recibiré el dinero, porque he vendido los derechos para Yugoslavia.
–De los países comunistas no se puede sacar
dinero –dijo Charmian–. Ningún escritor lo consigue. Mi madre tiene un amigo
que es un escritor muy
famoso y dice que los editores tienen que pagar tantos
impuestos o no sé qué, que lo que hacen es dejar el dinero en bancos de detrás
del Telón de Acero.
Fue como un cubo de agua fría. Ni por un
momento dudó de la veracidad de las palabras de Charmian. Ahora recordaba
haberle oído comentarios muy similares a Peter Marshall en uno de sus cordiales
almuerzos, sólo que Peter añadió: «Si vendes por ejemplo en Yugoslavia,
dejaremos el dinero en nuestra cuenta de Belgrado y, cuando te apetezca, puedes
gastártelo en unas vacaciones allí.» Lamentablemente, Honoré no vivía en
Belgrado...
–Cristo... Estoy con el agua al cuello.
Francis repitió:
–¿Cuánto necesitas?
–Unas treinta y cinco libras.
–No pienses que no quiero ayudarte, Gray,
pero... ¿de dónde demonios crees que voy a sacar treinta y cinco libras en
domingo? En el piso no tengo más que cinco. ¿Tienes tú algo, cielo?
–Dos cincuenta o así –dijo Charmian que,
dando por concluido el período de duelo, había vuelto a comer chopped y
lechuga.
–Supongo que tendré que bajar al estanco y
pedirle al dueño que me cambie un cheque.
Gray telefoneó al aeropuerto, donde le
informaron de que había un vuelo a las ocho treinta. Estaba aturdido. ¿Qué
pasaría cuando volviera a Francia? Cuando le llegase el cheque tendría unas
dieciséis libras, pero le debería treinta y cinco a Francis, a parte de lo
otro, lo de tener que pagarle a Francis otras nueve libras a la semana por
compartir aquel maldito invernadero. Haciendo caso omiso de la presencia de
Charmian, apoyó la cabeza en las manos y cerró los ojos.
Sin querer se puso a pensar en lo diferente
que sería su situación de haber hecho lo que Drusilla había pedido un año
atrás. Sí, seguiría teniendo que ir a Bajon, y eso sería lo único que no habría
cambiado. Pero no habría tenido que depender de la caridad de otros, ni que ser
objeto del desprecio de Francis y aquella chica, ni habría estado
permanentemente obsesionado por el dinero...
Un toque en el hombro lo sacó de su
ensimismamiento.
–Ha habido suerte –dijo Francis–. Tengo tus
treinta y cinco.
–No sabes cómo te lo agradezco, Francis.
–No quiero meterte prisas en unos momentos
como éstos, pero lo cierto es que... bueno, no me queda mucho dinero, y además
he de pagar el viaje a Devon, y el alquiler, y todo, así que, cuanto antes
puedas...
Gray asintió con la cabeza. Resultaban
inútiles las promesas de pronto pago. Ni él sería capaz de hacerlas con
convicción ni, caso de lograrlo, Francis lo creería.
–Que os divirtáis en la fiesta.
–Brindaremos por ti –dijo Francis–. Por el
amigo ausente.
Charmian alzó la cabeza y le dirigió una
tibia sonrisa de despedida. Y la expresión de Francis era indulgente, pero
también de impaciencia. Ambos estaban deseosos de librarse de él. La puerta de
cristal rojo se cerró con un portazo de alivio antes de que él se hubiera
alejado cinco metros.
De haber hecho lo que Drusilla le pidió,
pensó Gray, ahora estaría en un taxi, procedente de su apartamento de lujo y
con un asiento de primera esperándole en un avión, con los bolsillos llenos de
dinero y sus maletas de piel de cerdo junto al conductor. Sería como Tiny, quien,
según Drusilla le había contado, siempre llevaba encima inmensas sumas de
dinero, dispuesto a pagar al contado todo lo que deseaba. Y en Bajon, las
camareras del Écu d’Or le estarían preparando el mejor dormitorio con baño. Y,
sobre todo, no tendría ninguna preocupación.
Mientras esperaba la llegada de su tren, Gray
tenía la sensación de que todos sus problemas tenían como origen el no haber
hecho lo que Drusilla le pidió: ayudarla a asesinar a su marido.
9
Aunque durante el largo trayecto Gray no
había dejado de pensar en sus problemas económicos, hasta que llegó a la choza
no se acordó del testamento de su madre, bajo cuyos términos él debía heredar
la mitad de sus propiedades. No iba a regocijarse por ello, sería demasiado
mezquino. Desechando aquel pensamiento, con todo el atractivo y toda la
sensación de culpabilidad que llevaba aparejados, metió una ropas en la maleta,
guardó en la caja de seguridad la liquidación de derechos y sacó de ella el
pasaporte. Como no tenía sentido cerrar con llave la caja, bajó la tapa y dejó
la llave en la cerradura. ¿Debía hacer algo más antes de partir hacia Francia,
aparte de dejar el teléfono colgado? Lo hizo, pero en el fondo de su memoria
había otra cosa. ¿Qué? No era cancelar su cita con Jeff. Para el siguiente sábado,
él ya estaría de vuelta, y Francis no pondría problemas para albergarlo una vez
que se enterase de que había heredado la mitad del dinero de su madre. No, se
trataba de algo que había prometido hacer... De pronto lo recordó: la fiesta de
Miss Platt. Cuando volviese hacia el pueblo, se detendría en casa de la mujer
para decirle que no le sería posible asistir.
Vista desde la entrada a la finca, la choza
tenía aspecto de llevar largo tiempo deshabitada. Sus maderas, empapadas por
años de lluvia, estaban blanqueadas y resquebrajadas por el sol y tenían la
textura de una concha de ostra. Cobijada en su nido de helechos, no era más que
un lastimoso chamizo tras cuyas ventanas colgaban descoloridas y ajadas
cortinas de algodón. Los abedules blancos y las hayas, de troncos grises como
el acero, se cerraban en torno a la choza como intentando ocultar su
decrepitud. Su aspecto de abandono hacía que pareciese uno más de los
desperdicios que los excursionistas dejaban en el bosque. Pero valía quince mil
libras. Miss Platt lo había dicho. Si Mal la pusiera en venta, se libraría de
ella inmediatamente por aquella enorme, exorbitante suma.
Encontró a la afortunada vendedora en su
jardín, cortando rosas tempranas.
–Tenemos un tiempo maravilloso, ¿no le parece
Mr. Lanceton? Hace que lamente tener que marcharme.
Gray dijo:
–Lo siento muchísimo; pero no podré asistir a
su fiesta. Tengo que ir a Francia. Mi madre vive allí y está muy enferma.
–Vaya, cómo lo siento. ¿Puedo hacer algo?
–Miss Platt dejó la podadera–. ¿Quiere que, durante su ausencia, le eche un ojo
a la Cabaña Blanca?
De no ser por las cartas a Tiny, Gray se
habría olvidado de cuál era el auténtico nombre de la choza.
–No, muchas gracias. No tengo nada digno de
ser robado.
–Como quiera, pero no sería ninguna molestia,
y estoy segura de que Mr. Tringham se avendría a echarle un ojo cuando yo me
vaya. Espero que encuentre usted a su madre mejor. No hay nadie como la propia
madre, ¿no? Y supongo que para los hombres, más aún.
Mientras se marchaba por el sendero, pasando
frente al césped pisoteado de los Willis y a la nueva finca, hasta llegar a
High Beech Road, pensó en las palabras de la mujer. Como la propia madre no
había nadie... Desde que recibió la llamada de Honoré, Gray había pensado en el
dinero, en Drusilla y en el dinero, en el dinero de su madre; pero en su madre,
en la persona de su madre, nada en absoluto. ¿Estaba preocupado por ella? ¿Le
importaba realmente que viviese o muriera? Para él era como si tuviese dos
madres, dos mujeres separadas y distintas, la que había renunciado a su hijo, a
su nacionalidad y a sus amigos por un menudo y feo camarero francés, y la mujer
que, desde la muerte de su primer marido, había atendido a su hijo, amándolo,
dando la bienvenida a sus amigos. Era esta última mujer –perdida, muerta para
él desde hacía catorce años– la que Gray intentaba ahora recordar. Más que una
madre, había sido una amiga y compañera, y Gray había llorado por ella con las
amargas lágrimas de un quinceañero incapaz de comprender algo que ahora comprendía
a la perfección: el poder de una pasión obsesiva. Pero la comprensión no
significa amor, sólo frío perdón.
Entonces lloró por ella. Pero, como su madre
no constituía dos mujeres, sino sólo una, no le podía llorar ahora por la
quebrantada y agonizante criatura que ya no era suya, sino de Honoré, propiedad
de Honoré y de Francia.
Para Tiny, volar a París era algo tan
habitual y sin importancia como conducir por Loughton High Road. El hombre
viajaba a América, a Hong Kong, a Australia; almorzaba en Copenhague y cenaba
en su casa. Gray recordaba que, en una ocasión, el marido de Drusilla había ido
a pasar el fin de semana a París...
–Podrás venir a la choza y quedarte conmigo
toda la noche, Dru –le había dicho él.
–Sí, y así tendré ocasión de probar el ácido.
–Creí que ya te habías olvidado de eso.
–Qué poco me conoces. Yo nunca me olvido de
nada. Puedes obtenerlo, ¿verdad? Dijiste que podías. Espero que no fuese una
simple fanfarronada para impresionarme.
–Sí, conozco a un tipo que puede conseguirme
ácido.
–¿Qué pasa? ¿Te vas a poner en plan moralista
y echarme un sermón sobre los males de la droga? ¡Maldita sea, me pones
enferma! ¿Qué daño hacemos? No es adictivo, sino antiadictivo. Me conozco de
memoria todas sus propiedades.
Gray pensó que las conocía por haber leído
libros pop con capítulos titulados «La hierba», y «Club del hachís», y «Nuevas
percepciones».
–Escucha, Dru: lo que pasa es que me parece
mal utilizar una droga como el LSD para divertirse y buscar sensaciones nuevas.
Usarla en psicoterapia y bajo supervisión es totalmente distinto.
–¿Tú lo has probado?
–Sí, una vez, hace cuatro años.
–¡Dios mío, qué bonito! O sea, eres como uno
de esos viejos santurrones que acuden a orgías todas las noches hasta que
cumplen los cuarenta y cambian de chaqueta y les dicen a todos que el sexo es
malo porque ellos ya no están en edad de disfrutarlo. ¡Dios!
–No fue una buena experiencia. Puede que para otros lo sea, pero no para
mí.
–¿Y por qué no voy a probarlo yo? ¿Por qué tú
sí y yo no? Nunca he hecho nada. En cuanto me apetece tener una experiencia, tú
me lo impides. Si no consigues el ácido, no pienso ir a la choza. Me iré a
París con Tiny y puedes estar seguro de que me divertiré mientras él está en su
estúpido seminario. Me iré con el primero que intente ligarme. –Se acercó a
Gray, zalamera–: Podríamos tomarlo juntos. Dicen que con él el sexo es
maravilloso. ¿No te gustaría que fuese aún más maravillosa de lo que soy?
Naturalmente, consiguió el ácido. Por ella
estaba dispuesto a hacer cualquier cosa... menos una. Pero a lo que se negó fue
a tomarlo él, pues resultaba peligroso. Uno lo tomaba y otro vigilaba, por si
hacía falta tomar algún tipo de medida. Y es que, si bien en una personalidad
estable la reacción puede ser limitarse a unas cuantas distorsiones (¿o
realidades?) y a experimentar la agudización de determinados sentidos, los
inestables pueden volverse agresivos, paranoicos e incluso violentos. Y
Drusilla, pese a sus muchos atractivos y pese a lo mucho que él la amaba, lo
era todo menos estable.
Fue a comienzos de mayo, hacía poco más de un
año, y soplaba un viento del este fuerte y frío. El sábado por la mañana,
mientras estaban en el dormitorio de Gray, éste le dio a Drusilla el ácido; el
viento ululaba en torno a la choza y mucho más arriba, en algún lugar del
cielo, el avión de Tiny se alejaba en dirección a Francia. El inmenso Tiny, con
su traje de ochenta guineas, retrepado en su confortable asiento de primera
clase, aceptando el whisky escocés doble que le tendía la azafata, abriendo su Financial Times, leyéndolo, sin tener ni la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo
ocho o diez mil metros más abajo. El sereno, inocente Tiny, que en ningún
momento había sospechado nada...
«Y existe más de un
hombre que, incluso en estos momentos,
mientras hablo, toma a su mujer del brazo,
sin sospechar que en su ausencia ha sido traicionado,
que un cercano vecino ha pescado en su estanque,
y que ese vecino ha sido Lord Sonrisa...»
mientras hablo, toma a su mujer del brazo,
sin sospechar que en su ausencia ha sido traicionado,
que un cercano vecino ha pescado en su estanque,
y que ese vecino ha sido Lord Sonrisa...»
Gray sintió que un estremecimiento recorría
su cuerpo. Expresada así, la cosa no podía resultar más desagradable, pues él
había sido vecino de Tiny tanto en un sentido geográfico como en uno ético, e
incluso había hecho hincapié en aquel hecho cuando escribió las cartas. Él
había sido Lord Sonrisa, el vecino de Tiny, quien, en ausencia de éste, había
pescado en su estanque –¡qué duras y cínicas resultaban aquellas metáforas
jacobinas!– y que apenas lo consideró como una persona, salvo a la hora de
trazar la línea qué marcaba el último límite.
Bueno, ya todo había pasado, y tal vez él y
Tiny, el perdonador y el perdonado, estuvieran siendo traicionados en su
ausencia por un vecino, por aquel sonriente instructor de tenis...
Gray bloqueó el paso a sus recuerdos. Ahora
podía ver, allá abajo, las luces de París. Se ajustó el cinturón, apagó el
cigarrillo y se preparó para las nuevas pruebas que lo esperaban.
El avión llegó con retraso, y el único
autobús que a esa hora quedaba lo llevó hasta Jency, a dieciséis kilómetros de
Bajon, pero Gray consiguió hacer el resto del camino en autostop. En Bajon, las
únicas luces que se veían eran las del Écu d’Or, lugar de reunión de Honoré, el
alcalde y M. Reville, el vidriero. Sin embargo, no era de esperar que Honoré
estuviese allí en aquellos momentos. Gray encendió una cerilla para consultar
su reloj y vio que era cerca de medianoche. Resultaba extraño pensar que hacía
sólo veinticuatro horas estaba en la estación de metro de Marble Arch
telefoneando a Drusilla.
Pasó junto a un grupo de castaños y una casa
llamada Les Marrons, enfiló el pequeño sendero que, tras las cabañas, se perdía
con la misma insignificancia de Pocket Lane en los campos, el bosque y en una
granja llamada Les Fonds. La cabaña de Honoré era la cuarta. Una de las
ventanas de la fachada estaba iluminada, y a su luz Gray vio la capa de cemento
verde que lo cubría todo, impidiendo el crecimiento de cualquier especie
vegetal, y la fuente de plástico y, en torno a la fuente, una especie de
carnaval de gnomos, ranas, querubines desnudos, leones de amarillentos ojos, y
gruesos patos, la colección de adornos de jardín que constituía el orgullo de
Honoré.
Por suerte, la luz era muy tenue y no
permitía ver que los ladrillos de la cabaña estaban pintados alternadamente de
rosa y verde.
No por primera vez, Gray reflexionó sobre el
extraordinario hecho de que la nación francesa, cuya contribución artística en
música, literatura y pintura era, probablemente, mayor que la de ninguna otra
raza, y había sido reconocida como arbitro del buen gusto, poseyera también una
burguesía con el peor gusto del mundo. Le maravillaba que la Francia de Gabriel
y Le Nôtre fuera también la de Honoré Duval. Llegó a la puerta y llamó al
timbre. Honoré acudió corriendo a la llamada.
–¡Ah, mi hijo, al fin tú llegas! –Honoré lo
abrazó y lo besó en ambas mejillas. Como siempre, olía notablemente a ajo–. ¿Tu
vuelo ha sido bueno? No estés inquieto ahora, ce n’est pas fini. Ella vive.
Ella duerme. ¿Tú la quieres ver?
–Sí, dentro de un rato, Honoré. ¿Hay algo de
comer?
–Yo te cocino –dijo el otro, todo
cordialidad. Gray sabía que la cariñosa acogida terminaría pronto, para ser
sustituida por el taimado recelo–. Yo te hago tortilla.
–Me conformo con un poco de pan con queso.
–Pero yo no te veo desde tres, cuatro años.
¿Tú crees que yo soy un mal padre? Ven a la cocina y yo te cocino.
Gray se arrepentía de haber mencionado la
comida. Honoré, aunque era francés y ex camarero, pese a que se había movido
durante gran parte de su vida en el ambiente y la tradición de la haute cuisine francesa, era un cocinero horrible. Sabedor de que la gastronomía gala
depende en gran medida del sutil uso de las hierbas aromáticas, se pasaba
increíblemente con el romero y la albahaca. También sabía que la crema
desempeña un papel muy importante en casi todos los guisos, pero era demasiado
tacaño para usarla. Esto habría sido menos grave si se hubiese limitado a
cocinar huevos y patatas fritas, o simples filetes, pero Honoré despreciaba
tales platos. Tenía que ser comida tradicional francesa, o nada; aquellas
deliciosas exquisiteces culinarias que el mundo venera e imita por doquier,
sólo que desprovistas de vino y de crema, y con hierbas a troche y moche.
–Extingue, por favor –dijo Honoré, cuando
Gray lo siguió cansadamente hacia la cocina. Aquel era el modo cómo Honoré le
indicaba que apagase la luz. Había que apagar la luz de cada habitación cuando
se salía de ella, a fin de que la factura de electricidad no subiese. Gray
extinguió y se sentó en una de las sillas azul brillante con asiento de
plástico rojo y azul. No se oía nada.
El silencio era tan absoluto como en la
choza.
En el centro de la mesa de la cocina había un
geranio rosa de plástico en un tiesto blanco del mismo material, y la repisa de
la ventana estaba cubierta de flores igualmente de plástico. El reloj de pared
era de cristal naranja, con manillas cromadas, y los platos de cerámica que lo
rodeaban reproducían chateaux en relieve y glorioso technicolor. En
aquella cocina estaban representados todos los colores de un pájaro tropical,
y, bajo la luz de un tubo fluorescente rosado todas las superficies aparecían
impolutas.
Honoré, que se había envuelto en un delantal,
comenzó a batir huevos y echar en ellos puñados de cebolleta y perejil secos,
hasta que la mezcla tomó un color verde oscuro. Cocinar exigía concentración y
un reverente silencio, y ninguno de los dos hombres habló durante un rato. Gray
contemplaba pensativamente a su padrastro.
Honoré era flaco y menudo, de estatura
inferior a la media, piel morena y cabello que había sido negro y comenzaba a
grisear. Siempre, incluso cuando se encontraba relajado, sus finos labios
formaban una sonrisa en forma de guadaña, pero los menudos ojos negros eran en
todo momento fríos y astutos. Parecía lo que era, un campesino francés, sólo
que exagerado, como si fuese el campesino francés de una farsa escrita por un
inglés.
Gray jamás había entendido lo que vio su
madre en Honoré; pero ahora, al cabo de tres años de separación, comenzaba a
comprender. Quizá fuese porque él ya era mayor, o quizá porque sólo en aquellos
años había llegado a comprender el poder del sexo. Para una mujer como su
madre, convencional, incluso refinada, aquel moreno y vital hombrecillo, con
sus penetrantes ojos y su calculadora sonrisa, debió de ser lo que Drusilla
había sido para él, Gray: la personificación del sexo. Honoré le recordaba a
uno de los vendedores ambulantes de Wimbledon Common, a quienes su madre
compraba cebollas cuando vivían allí. ¿Sería posible que Enid Lanceton,
exteriormente fría y civilizada, se hubiera sentido tan atraída hacia aquellos
menudos hombres morenos con ristras de cebollas en sus bicicletas, hasta el
punto de que ansiaba encontrar uno para ella? Bien, pues dio con él y pagó un
alto precio por su hallazgo, pensó Gray, mirando a Honoré, sus flores de
plástico y sus cortinas con cacharros de cocina amarillos estampados en ellas.
–Voilà! –dijo Honoré, poniendo la tortilla
sobre un plato a cuadros verdes y rojos–. Adelante, cómela a ella rápido,
porque si no se pondrá fría.
Gray la comió a ella rápido. La tortilla
parecía una hoja de col frita con manteca, pero sabía a abono y se la comió a
toda prisa, esperando evitar así las pausas en las que el sabor de la comida
era plenamente captado por el paladar. En la cabaña se oía un leve sonido que
subía y bajaba rítmicamente, como el rumor de una maquinaria en funcionamiento.
Gray no lograba discernir de qué se trataba, pero era el único sonido, aparte
del que hacía Honoré trajinando con los cacharros en la pila.
–Y ahora un café francés bien bueno.
Un buen café era lo último que podía
conseguirse en Le Petit Trianon. Honoré despreciaba el café instantáneo que
usaban casi todos sus vecinos, pero su tacañería le impedía hacer café cada vez
que se necesitaba. Así que, una vez a la semana, preparaba un caldero de café
con achicoria, y este mejunje, salado y amargo, se recalentaba y servía hasta
que no quedaba de él ni una gota. El estómago de Gray, que digería sin
problemas albóndigas suecas y raviolis y carne enlatados, se revolvía ante el
café de Honoré.
–No, gracias. No dormiría. Ahora entraré a
ver a mi madre.
El dormitorio de su madre –el de ambos– era
la única habitación que Enid había logrado salvar del peculiar gusto de su
marido. Las paredes eran blancas, los muebles de nogal, la alfombra y el
cobertor, azul claro. En la pared, sobre la cama, había una imagen pintada y
dorada de la Virgen y el Niño.
La agonizante yacía de espaldas, con los
brazos sobre el embozo. Roncaba estentóreamente, y Gray comprendió de dónde
provenía el sonido, como de maquinaria, que había escuchado antes: se trataba
del aparato respiratorio de Enid Duval. Gray se acercó a la cama y contempló el
demacrado e inexpresivo rostro. Había pensado en ella como en dos mujeres: su
madre y la esposa de Honoré; pero ahora ambas se habían fundido en esta tercera
y última.
Honoré lo animó:
–Bésala, mi hijo. Abrázala.
Gray no le hizo caso. Tomó entre las suyas
una de las manos de su madre. Estaba fría. La mujer no se movió ni se alteró su
respiración.
–Enid, aquí está Gray. Aquí está el hijo tuyo
al fin.
–Dejémoslo –dijo Gray–. No sirve de nada.
Abandonado por su inglés, Honoré estalló en
una encendida diatriba en francés. Gray sólo entendió el sentido general de sus
palabras: los anglosajones carecían de sentimientos.
–Me voy a la cama. Buenas noches.
Honoré se encogió de hombros.
–Buenas noches, mi hijo. Tú puedes encontrar
tu cuarto, ¿no? Todo el día yo estoy de arriba abajo, y el trabajo nunca
termina; pero yo encontré tiempo y he puesto vestidos limpios en la cama tuya.
Acostumbrado a la curiosa forma como Honoré
trasladaba los giros franceses al inglés, Gray comprendió que aquello
significaba que había cambiado las sábanas de su cama. Fue a «su» dormitorio,
que Honoré había amueblado adecuadamente para el hijo de la familia. El color
predominante era el azul –adecuado para un varoncito–, y había rosas color
magenta en la alfombra azul, narcisos amarillos en las cortinas azules. En el
único cuadro, que sustituía a una pietá que Gray detestaba, y así se lo había
dicho a su padrastro, reproducía a madame Roland, vestida de azul, en los
escalones de una guillotina roja y plateada diciendo, según la leyenda que
había al pie del grabado, su famosa frase: O liberté, que de crimes on commis en ton nom!
Aquellas palabras no podían ser más ciertas.
En nombre de la libertad se cometían múltiples crímenes, como por ejemplo la
boda de su madre. Los deseos de libertad habían hecho que Drusilla planease un
crimen mucho más horrible. Gray pensó que se quedaría largo rato despierto,
meditando sobre aquello, pero la cama era tan cómoda –lo mejor de todo Le Petit
Trianon, el lecho más confortable en que había dormido, inmensamente superior
al de la choza, o al de la casa de Francis, o al del Oranmore– que se quedó
casi inmediatamente dormido.
10
Á las siete de la mañana, Gray despertó a
causa de un estrépito tan fuerte que lo primero que pensó fue que su madre
debía haber muerto por la noche y Honoré había convocado a todo el pueblo para
que le rindiera su último homenaje. Nadie podía hacer tanto ruido preparando el
desayuno de tres personas. Luego, bajo el estruendo, escuchó el rítmico roncar
de Enid, y comprendió que era esa la forma en que el aparentemente infatigable
Honoré tenía para indicar a su hijastro que era hora de levantarse. Se dio la
vuelta y, aunque no pudo dormirse de nuevo, permaneció en el lecho hasta las
ocho en señal de rebeldía. Al fin la puerta se abrió y entró Honoré con el
aspirador, diciendo jovialmente:
–«Acostarse pronto y madrugar hacen que el
hombre sea rico, saludable y sabio.» ¿Tú te das cuenta? Yo conozco el proverbio
inglés.
Gray advirtió que su padrastro había puesto
el «rico» antes que el «saludable». Típico.
–Ayer me dormí muy tarde. ¿Puedo darme un
baño?
No podía contarse con que en Le Petit Trianon
hubiese agua caliente. Había cuarto de baño, con calcomanías de peces en las
baldosas y una funda de color melocotón en la tapa del inodoro; y también había
un gran calentador eléctrico de inmersión, pero Honoré lo tenía desconectado, y
calentaba el agua en calderos. Si uno quería un baño, tenía que encargarlo con
horas o incluso días de antelación.
–Después –dijo Honoré. Y, en francés
coloquial, siguió diciendo algo respecto a las cuentas de electricidad, lo
absurda que era la higiene excesiva y, ante la sorpresa de Gray, añadió que en
aquellos momentos no tenía tiempo para conectar el calentador.
–Perdona, pero eso no lo entiendo.
–¡Ajá! –Su padrastro lo señaló con un
acusador índice mientras pasaba enérgicamente el aspirador por la habitación–.
Yo creo que tú no sabes tanto francés como tú dices. Ahora puedes practicar con
él. El desayuno espera. Ven.
Gray se levantó y se lavó con el agua de un
cazo. El jabón barato, parecido a queso, que Honoré le facilitó, le escoció en
la mano tanto que estuvo a punto de gritar. En otro cazo había café, y sobre la
mesa media baguette. La costumbre francesa era comprar tales barritas todas las mañanas,
pero Honoré no hacía tal cosa. No soportaba tirar nada, y conservaba las viejas
baguettes hasta que se terminaban, aunque para entonces parecían esponjas
vegetales fosilizadas hasta en su sabor.
Apareció el doctor Villon y dictaminó que su
paciente no había experimentado cambio alguno. Luego Gray bajó al pueblo a por
pan tierno. Bajon apenas había cambiado desde su última visita. El Écu d’Or
continuaba necesitando una mano de pintura, los edificios agrícolas pardogrisáceos
seguían sesteando como pesados y viejos animales tras las tapias
pardogrisáceas. Los cuatro comercios principales –taberna, panadería,
carnicería y el colmado-estafeta de correos– seguían teniendo los mismos
propietarios. Fue hasta el extremo de la calle principal para ver si el anuncio
de sujetadores seguía allí. Seguía: un enorme cartel en una valla publicitaria
en el que aparecían dos redondeados montones cubiertos de encaje, y la leyenda Desirée, Votre Soutien-gorge. Volvió sobre sus pasos, dejó atrás la desviación que conducía a casa
de Honoré, dos nuevas tiendas, una peluquería con el ambicioso nombre de Jeanne Moreau, Coiffeur des
Dames, y llegó a la señal de tráfico que indicaba Nids de poule. La primera vez que estuvo en Bajon, Gray pensó que aquello significaba
que en la carretera había realmente nidos de gallina, no simples baches, pero
Honoré, riendo con suficiencia, lo sacó de su error.
El día transcurrió con lentitud, y el
sofocante calor continuó. Gray encontró unos libros que su madre había llevado
consigo desde Wimbledon, y se acomodó en el jardín trasero a leer Inmutable. El jardín trasero era una pradera de diez metros por ocho en la que
Honoré había erigido tres extraños objetos; cada uno de ellos era un trípode
formado por tres pequeños postes pintados de verde y coronados por una cara de
escayola. Tres cadenas colgaban de los postes, sustentando una especie de
recipiente o cubo lleno de caléndulas. Gray no lograba acostumbrarse a aquellos
recargados y espantosos chismes, diseñados con esmero y minuciosidad para
exponer diminutos grupos de flores, pero el calor del sol era agradable y
aquella era una forma placentera de pasar el tiempo.
A las ocho, Honoré anunció que un pobre viejo
que se pasaba en pie de sol a sol, haciendo de cocinero, enfermero y mayordomo,
se merecía un pequeño descanso por la noche. Estaba seguro de que Gray se
quedaría con Enid mientras él iba a tomarse un fine en el Écu. Durante el
día, varios vecinos habían aparecido ofreciéndose para cuidar a la enferma, pero
Honoré les dijo que no porque estaba seguro de que Gray preferiría quedarse con
su madre.
Mientras Gray permanecía sentado junto a
ella, Enid siguió roncando regularmente. Terminó Inmutable y empezó El lago azul. Honoré regresó a las once, oliendo a cognac y afirmando que el
alcalde ardía en deseos de conocer al autor de Le Vin d’Étonement.
A la mañana siguiente apareció el padre
Normand, un negro y taciturno personaje al que Honoré trataba como si fuese,
como mínimo, un arzobispo. Se encerró durante largo rato con la enferma, y sólo
abandonó el dormitorio a la llegada del doctor Villon. Ni el cura ni el médico
hablaron con Gray. No sabían inglés, y Honoré les había asegurado que Gray
desconocía el francés. El anfitrión les sirvió café añejo, y los dos viejos lo
bebieron con aparente placer, elogiando a Honoré por su altruista dedicación a
Enid y diciéndole (el padre Normand) que en el cielo encontraría su recompensa
y (el doctor Villon) que la encontraría en la tierra, en Le Petit Trianon y en
los ahorros de Enid. Como suponían que Gray no podía entender ni una palabra de
aquello, hablaron con toda libertad de la inminente muerte de Enid y de la
buena suerte de Honoré al haberse casado, si no por dinero, sí con alguien que
lo tenía.
Gray no desechaba en absoluto la posibilidad
de que, si la agonía de su madre se prolongaba más de la cuenta, Honoré
estuviera dispuesto a acelerar su final. No daba la menor muestra de dolor,
sólo de leve incomodidad ante la mención del dinero. El cura y el médico
ensalzaron su estoicismo, pero a Gray no le parecía que se tratase de
estoicismo. Cuando lavaba a Enid con la esponja o le daba de comer, y creía que
Gray no estaba mirándolo, en los ojos del hombre relucía algo muy similar al
odio.
¿Cuántos cónyuges son capaces de matar a su
pareja en determinadas circunstancias? Tal vez muchísimos. Desde su llegada a
Francia, Gray apenas había pensado en Drusilla. Allí no había nada que se la
recordase. Desde que la conocía, no había estado en Francia, así que ni
siquiera tenía el recuerdo de haberla echado de menos allí. Y Drusilla, desde
luego, jamás había estado en Bajon ni en sus proximidades. Ella y Tiny
veraneaban en St. Tropez y St. Moritz –los dos santos patronos del turismo– o
en lugares más apartados y exóticos. Pero ahora Gray pensó en Drusilla. Cuando
pensaba en los cónyuges como en potenciales asesinos, no podía evitar
recordarla.
¿Cuándo lo mencionó ella por primera vez? ¿En
marzo? ¿En abril? No, porque ella no probó el ácido hasta mayo...
Tardó una media hora en hacerle efecto. Luego
Drusilla comenzó a decirle lo que veía, el viejo dormitorio con vigas en el
techo inmensamente ensanchado y alargado, hasta adquirir las dimensiones de un
salón palaciego. Las luces que se veían por la ventana adquirieron tonos
púrpura y se hicieron inmensas, como ella jamás las había visto. Se levantó
para mirarlas con mayor detenimiento, y le desconcertó que la ventana, en vez
de estar a treinta metros de distancia, se encontrara a sólo dos.
Llevaba un anillo de amatista, cuya piedra
era un pequeño bloque de cristal rugoso; Drusilla se la describió como una
cordillera llena de cuevas. Dijo que veía a personas entrando y saliendo de las
cuevas. Él no deseaba hacer el amor –le parecía mal, inadecuado– y ella no dio
muestras de que le importara, así que fueron abajo y él le preparó el almuerzo.
La comida la asustó. Los vegetales de la sopa le parecían criaturas marinas
agitándose en una charca. Después de eso, permaneció largo tiempo sentada e
inmóvil, sin articular palabra hasta que, al fin, dijo:
–No me gusta. Me trastorna el cerebro.
–Claro. ¿Qué esperabas?
–No me siento sexy. Es como si mi libido se
hubiese esfumado. ¿Y si no regresa?
–Regresará. Los efectos desaparecerán muy
pronto y te quedarás dormida.
–¿Qué ocurriría si, estando así, condujese el
coche?
–¡Por el amor de Dios, te estrellarías!
Tienes el sentido de las distancias totalmente alterado.
–Quiero intentarlo. Sólo en el sendero.
Tuvo que retenerla a la fuerza. Sabía que
algo así podía ocurrir, pero ignoraba lo fuerte que era ella. Drusilla se
debatió, golpeándolo, pateándolo, pero al fin Gray consiguió quitarle las
llaves del coche y, cuando estuvo más calmada, salieron a caminar.
Pasearon por el bosque, vieron a gente
montada en ponis. Drusilla dijo que eran una tropa de caballería, y que sus
rostros eran crueles y tristes. Él se sentó bajo un árbol; pero los pájaros la
asustaron. Dijo que querían atacarla y hacerla pedazos. Al atardecer se quedó
dormida, despertándose en una ocasión para decirle que había soñado en que los
pájaros atacaban el avión de Tiny y lo derribaban. Uno de los pájaros era ella
misma, una harpía con plumas y cola, pero con pechos y rostro de mujer y larga
cabellera al viento.
–No entiendo cómo la gente puede tomar LSD por diversión –dijo la noche siguiente, cuando emprendía el regreso a su casa–. ¿Por
qué demonios me lo diste?
–Por lo muchísimo que tú insististe. Lamento
haberlo hecho.
Y había vuelto a lamentarlo muchas veces,
porque aquel no fue el fin de la insistencia de Drusilla, sino el comienzo.
Entonces empezó todo. Pero ahora ya no importaba; ahora daba lo mismo...
–Levántate, mi hijo. ¿Estás teniendo sueños?
Honoré lo dijo jovialmente, pero con una
sombra de reproche. Esperaba que los jóvenes –en especial los que carecían de
medios de subsistencia– se pusieran en pie de un salto cuando sus mayores
entraban o salían de una habitación. El doctor Villon y el padre Normand se
marchaban, aparentemente deslumbrados por las habilidades lingüísticas de
Honoré. Gray dijo cortésmente au revoir, pero no se movió de donde estaba.
Escuchó cómo, en el vestíbulo, Honoré se hacía modesto ante los cumplidos de
los otros, diciendo que cualquiera que, como él, hubiera pasado años ocupando
altos cargos en la industria hotelera internacional, tenía necesariamente que
dominar varios idiomas.
Tras la cena –crema de langosta en lata, con
langostinos en conserva y pedacitos de pescado blanco, bouillabaisse según Honoré –salió a dar un paseo y llegó hasta Les Fonds. Allí había
casi tantos mosquitos y moscas como en Pocket Lane. En realidad, y salvo los
insistentes ladridos del perro encadenado del granjero, el lugar era casi
exacto a Pocket Lane. Gray sabía que a los campesinos franceses les gustaba
tener a sus perros atados. Probablemente, los animales llegaban a
acostumbrarse; probablemente a aquél lo soltarían por la noche. Pero, por algún
motivo, la visión lo inquietó profundamente. Ignoraba la razón. No lograba
entender por qué aquel flaco perro pastor cautivo, que tiraba de su cadena y
ladraba incesantemente y en vano, provocó en él una especie de frío pavor.
Cuando regresó, Honoré ya tenía puesta la
chaqueta oscura, el pañuelo de cuello, y la boina, listo para partir hacia su fine.
–Recuerdos al alcalde.
–Mañana él vendrá aquí a visitar. Habla buen
inglés, no tan bueno como yo, pero bueno. Tú debes ponerte de pie cuando él
entra, Gray, pues es lo que debe hacer un hombre joven cuando entra un hombre
mayor, de cultura y razón. Ahora te dejo que le des el café a tu mamá.
Gray detestaba hacer aquello, detestaba
sostener con una mano a Enid, que olía mal y babeaba, mientras con la otra le
ponía entre los temblorosos labios el obsceno vaso de borde picudo. Pero no
podía protestar. Ella era su madre. Aquellos eran los labios que, hacía mucho,
muchísimo tiempo, le habían dicho «Qué estupendo que estés otra vez en casa,
cariño», aquellas manos que sostenían su rostro cuando le daba el beso de
despedida, que habían cosido en sus uniformes colegiales las etiquetas con su
nombre, que le habían llevado té cuando él, los días de fiesta, se despertaba
tarde.
Mientras le daba la leche caliente
ligeramente teñida de café, viendo como bebía la cuarta parte del líquido
mientras el resto se derramaba sobre el embozo, le pareció que Enid estaba más
débil que la noche anterior, sus ojos más vidriosos y distantes, su carne aún
más flácida. No reconocía a Gray. Probablemente, pensaba que era algún amigo de
Honoré. Y Gray no la reconocía a ella. No era la madre a la que había amado, ni
la madre a la que había odiado, sino una simple anciana francesa por la que no
sentía más que repulsión y piedad.
La relación madre-hijo es la más completa que
existe entre dos seres humanos. ¿Quién había dicho aquello? Freud, creía
recordar. ¿Sería también la que más fácilmente se destruía? Enid, y Honoré, y
la misma vida, la habían destruido, y ahora ya era demasiado tarde.
Retiró la taza y acomodó a su madre en las
almohadas. La cabeza se le torció hacia un lado y comenzó a roncar de nuevo,
irregularmente, entre jadeos. Gray nunca había visto morir a nadie; pero, pese
a lo que Honoré o el médico dijesen, a las falsas alarmas, los buenos augurios
y los anticlímax del pasado, sabía que su madre estaba a punto de expirar.
Podía ser hoy o mañana; pero moriría.
Se sentó junto a la cama y terminó El lago azul. Cuando Honoré regresó, Enid seguía viva, lo cual fue para Gray un
enorme alivio.
La agonía de Enid prosiguió durante el día
siguiente, miércoles. Hasta el mismo Honoré era consciente de que su esposa se
moría. Él y el doctor Villon permanecieron sentados en la cocina, bebiendo
café, esperando. Honoré no dejaba de decir algo que Gray interpretó como el
deseo de que la agonía no se prolongase, y eso le hizo recordar a Theobald
Pontifex en El
camino de la carne, quien empleaba aquellas mismas
palabras cuando su esposa, a la que no amaba, yacía en su lecho de muerte. Gray
encontró El camino
de la carne entre los libros de su madre y comenzó a
leerlo, aunque era una obra muy distinta a las que se había acostumbrado
últimamente, una gran novela, de las que antaño lo entusiasmaban.
Llegó el padre Normand y administró la
extremaunción a la enferma. Se marchó sin tomar café. Quizá la dosis del día
anterior había sido demasiado para él, o bien lo consideró una bebida frívola,
inadecuada para la ocasión. El alcalde no apareció. Todos en el pueblo sabían
ya que Enid estaba realmente en las últimas. Nunca la habían querido. ¿Cómo
iban a querer a una extranjera, a una inglesa? Pero todos apreciaban a Honoré,
quien había nacido entre ellos y, tras enriquecerse, había regresado
humildemente a su pueblo natal.
Aquella noche Honoré no fue al Écu, aunque
Enid dormía algo más tranquila. Pasó de nuevo el aspirador por toda la casa,
preparó más tortillas verdes y al fin conectó el calentador para que Gray se
bañase. Envuelto en un batín decorado con dragones, propiedad de su padrastro,
Gray salió del baño a eso de las once, esperando poderse ir directamente a la
cama. Pero Honoré lo interceptó en el vestíbulo.
–Ahora tendremos nuestra conversación, yo
creo. Hasta ahora nosotros no hemos tenido tiempo para la conversación, hein?
–Como quieras.
–Quiero, mi hijo –dijo Honoré y, mientras
Gray lo seguía en dirección a la sala, pidió–: Extingue, por favor.
Gray apagó la luz del vestíbulo a su espalda.
Su padrastro encendió un Disque Bleu, y tapó la botella de cognac, que había
estado apurando mientras su hijastro se bañaba.
–Siéntate, mi hijo. Ahora, Gray, yo creo que
es llegado el momento de hablar del testamento de tu mamá.
–Bueno –replicó receloso Gray.
–Mitad para ti y mitad para mí, ¿no?
–Prefiero no hablar de ello. Mi madre aún no
está muerta.
–Pero Gray, yo no hablo de tu mamá, yo hablo
de ti. Me pone no tranquilo pensar lo que pasará contigo si tú no tienes
dinero.
–Pero tendré dinero cuando ella... Si no te
importa, dejemos el tema.
Honoré dio una profunda bocanada a su
cigarrillo. Reflexionó, con expresión taimada e inquieta. De pronto, elevando
la voz, dijo rápidamente:
–Tú sólo necesitas escribir más libros. Y eso
tú lo puedes hacer, porque tú tienes talento. Yo sé eso. Yo, Honoré Duval. Tú
dirás que yo sólo soy un pobre camarero viejo, pero yo también soy un francés,
y todos los franceses saben esas cosas. –Se golpeó el pecho hundido–. Es algo
que tenemos de nacimiento. Incorporado.
–Innato –lo corrigió Gray–. Pero dudo mucho
que sea como dices. –Le parecía curioso que, cuando quería algo, Honoré no
fuera más que un pobre camarero viejo; pero cuando presumía, se convirtiera en
un experto en turismo internacional.
–Así que tú escribes más libros, y te haces
otra vez rico e independiente, hein?
–Puede – replicó Gray, preguntándose adonde quería ir el otro a parar y
decidido a cortar cuanto antes la charla–. Prefiero no hablar de este asunto.
Me voy a la cama.
–Muy bien, muy bien, nosotros hablaremos de
esto en otro momento. Pero yo te digo que es malo, muy malo, esperar que llegue
dinero por cosas que no sean lo que uno trabaja. Ése es el único dinero bueno
para un hombre.
Quienes tienen el tejado de vidrio no
deberían tirar piedras a casas ajenas, pensó Gray.
–Hablemos de otra cosa.
–Muy bien, muy bien, nosotros hablaremos de
Inglaterra. Una vez que yo visité Inglaterra llovía y hacía mucho frío. Pero yo
hice muchos amigos. Todos los amigos de tu mamá me aman. Así que dime, ¿cómo
están Mrs. Palmer, y Mrs. Arcurt y Mrs. Ouarrinaire?
Resignado, Gray replicó que, si bien ya no
tenía relación con ninguna de las dos primeras damas, la madre de Mal estaba,
por lo que él sabía, feliz y contenta en Wimbledon. Honoré asintió pensativo,
recuperada la compostura. Aplastó el cigarrillo, encendió otro y siguió preguntando:
–¿Y cómo sigue la buena de Isabel?
11
Gray encendió un cigarrillo a su vez. Tras
coger la cerilla que le dio Honoré, la volvió hacia abajo para estabilizar la
llama. Al escuchar la pregunta de su padrastro, la dejó en el cenicero y se
quitó el cigarrillo de entre los labios.
–¿Isabel? –preguntó.
–Pareces no tranquilo, Gray, como si hubieras
visto el fantasma. Quizá el agua de tu baño estaba muy demasiado caliente. Coge
una manta de tu cama, o a ti te dará reuma.
Automáticamente, sin que las palabras tuvieran
sentido ni significado para él, Gray replicó:
–No tengo frío.
Honoré se encogió de hombros ante la
insensatez de los jóvenes, que nunca aceptaban consejos. Hablando en francés,
comenzó a hacer grandes elogios de Isabel, ensalzando su fortaleza de carácter,
tan británico, su intrepidez de soltera d’un certain âge, yéndose sola a
Australia.
Rígidamente, Gray se puso en pie y dijo:
–Me voy a la cama.
–¿En el centro de nuestra charla? Ya yo veo.
Muy bien, Gray, haz lo que a ti te guste bien. Los modales hacen al hombre.
Otro proverbio inglés. Es extraño que esos proverbios ingleses sean tonterías
para las personas inglesas.
Gray salió, cerrando con un leve portazo y
haciendo caso omiso de la petición de Honoré de que extinguiera la luz del
vestíbulo. Se encerró en su cuarto y se sentó en la cama. Tenía frío y se le
había puesto carne de gallina.
Isabel. Cristo bendito, ¿cómo podía haberse
olvidado de ella? Había sido por los pelos. Cuando estaba saliendo de la choza,
casi lo recordó. Fue consciente de que olvidaba algo, y creyó que era la fiesta
de Miss Platt. Como si importara algo el que fuera o no a la fiesta. Lo que
subconscientemente le preocupaba era lo de Isabel. Por su cabeza, habían pasado
recuerdos difusos haciendo que se sintiera helado y débil, como cuando estuvo
paseando por la granja de Les Fonds. ¿Era posible que hubiese cometido otro
error, que se hubiera equivocado de fin de semana?
En la cocina estaba el ejemplar de Le Soir del viernes. Fue a buscarlo y lo encontró sirviendo de forro de basura
color rojo. Vendredi,
4 juin. Publicaba fotos de las inundaciones en un
remoto país de las antípodas que, indiscutiblemente, habían sido la noticia más
destacada del pasado viernes. Si el viernes fue 4, hoy, el miércoles siguiente,
era 9 de junio, y el lunes había sido 7. De todas maneras, eran inútiles las
verificaciones. El día en que había quedado con Isabel era el mismo en que él
debería haber regresado de la fiesta de Francis.
Se recostó en la mesa, apretándose las manos
contra la cabeza con tal fuerza que la palma quemada volvió a palpitarle. ¿Qué
demonios podía hacer, atrapado en Bajon, sin dinero y con su madre agonizando?
Intentó pensar fría y razonablemente sobre lo
que habría sucedido. El lunes, 7 de junio, al mediodía Isabel debió de llegar a
Pocket Lane en su Mini. Entró en la choza con la llave que él mismo le había
dado, abrió la puerta de la cocina, dejó sobre la tapa de la bañera una docena
de latas de carne, depositó en el suelo un cacharro con agua y, tras infinitos
besos y adioses, suaves caricias y promesas de regresar pronto, dejó a Dido,
la perra labrador, sola y esperando.
Gray volverá pronto, debió de decir Isabel.
Gray se ocupará de ti. Pórtate como una perrita buena y duerme hasta que
llegue. Y luego colgó la llave del clavo, cerró la puerta de la cocina, y se
marchó al aeropuerto de Heathrow donde tomó un avión con destino a Australia.
Era impensable, pero así debió de pasar. ¿Qué
podía haber ocurrido que lo evitase? Isabel sabía que iba a encontrar una casa
vacía, cerrada, abandonada, sucia. Así esperaba encontrarla. Él no había dejado
nada que indicase que se había marchado a Francia, no se lo había dicho a nadie
más que a Miss Platt. Y aunque ésta hubiera estado en su jardín, no conocía a
Isabel, y jamás se le habría ocurrido abordar a una desconocida para ponerse a
chismorrear con ella sobre sus vecinos.
La perra, eso era lo importante. Dido,
la perra de bonita cara y ojos que a él le parecían piadosos. Dios, después de
más de dos días encerrada en la cocina, sin comida y con sólo un cuarto de
litro de agua, no tendrían ya nada de piadosos. Serían ojos salvajes,
aterrorizados. Cerca de ella tenía comida, una comida irónicamente encerrada en
metal y que ni las más fuertes pezuñas o fauces podían alcanzar. En aquellos
momentos, aquellas pezuñas y fauces estarían intentando abrir la cerrada puerta
trasera, la de la despensa, la del sótano, hasta que, exhausto, el animal
comenzase a aullar y ladrar de modo mucho más angustioso y terrible que el
perro encadenado del granjero.
Nadie la escucharía. Nadie aparecería por el
camino hasta que, el sábado por la tarde, pasase Mr. Tringham... Gray se
levantó y volvió a la sala, en la que seguía Honoré, con la botella de cognac
de nuevo descorchada.
–Honoré..., ¿puedo telefonear?
Aquella era una petición de mucha mayor
envergadura que la mera solicitud de un baño. Honoré sólo usaba el teléfono
para hablar con su hijastro un par de veces al año, y siempre por asuntos
urgentes y, con la misma exigüidad, para llamar al doctor Villon. El aparato se
encontraba en el dormitorio matrimonial, entre la cama de Enid y la suya.
Ponerle las manos encima era más difícil que hacer uso del teléfono público de
un hospital atestado de gente.
Tras dirigirle una mirada de estupefacción y
reproche, Honoré dijo en un francés elemental, marcando las sílabas, que el
teléfono estaba en la habitación de Enid, que molestar a Enid sería un pecado,
que faltaban diez minutos para medianoche y, por último, que había creído que
Gray dormía.
–Es urgente –dijo Gray, sin más explicaciones.
Honoré no pensaba ponérselo tan fácil. ¿A
quién quería telefonear y por qué? Respondiendo a sus propias preguntas,
sugirió que debía tratarse de una mujer con la que Gray había quedado citado,
cita a la que ahora se daba cuenta de que no podría acudir. En cierto modo, eso
era cierto, pero Gray no lo dijo. Honoré pasó a informarle, primero, de que las
llamadas a Inglaterra tenían un coste formidable y, segundo, de que
ninguna mujer a la que se telefonease por la noche podía ser virtuosa y, por
consiguiente, la relación que tenía con Gray sólo podía ser de índole inmoral.
Él, Honoré Duval, jamás prestaría su apoyo a la inmoralidad, y a medianoche,
mucho menos.
Gray pensó, y no por primera vez, lo absurdo
que resultaba que los franceses, a quienes los ingleses consideraban
voluptuosos y depravados, fueran en realidad de una rigidísima moral, al tiempo
que consideraban a los ingleses voluptuosos y depravados. Tratando de no perder
la paciencia, dijo:
–Se trata de algo que, con las prisas por
venir, olvidé hacer, de algo que tiene que ver con Isabel.
–Isabel está en Australia –dijo Honoré–.
Anda, tú ve a la cama, Gray, y mañana ya veremos, hein?
Gray comprendió que era inútil. Y, de todas
maneras, ¿a quién iba a recurrir? Trastornado por el pánico, no había pensado
en aquello. A aquellas horas no podía llamar a nadie e, interiormente
descompuesto, tuvo que admitir que hasta la mañana siguiente no le era posible
hacer nada.
No logró dormir en toda la noche. Se agitó de
un lado a otro, levantándose y yendo a la ventana de cuando en cuando, hasta
que amaneció y el perro encadenado empezó a ladrar. Gray apretó la cara contra
la cama. A eso de las cinco se sumió en un sopor y tuvo el sueño recurrente en
que Drusilla le decía que deseaba casarse con él.
–¿Le pedirás a Tiny el divorcio? –había
preguntado Gray, como lo preguntaba ahora en su sueño.
–¿Cómo voy a hacer una cosa así? Además, él
no me lo daría.
–Si lo abandonas y te mantienes alejada de él
durante cinco años, tendrá que dártelo, lo quiera o no.
–¿Cinco años? ¿Dónde estaremos tú y yo dentro
de cinco años? ¿Quién me mantendrá? ¿T«?
–Los dos tendríamos que trabajar. Dicen que
hay desempleo, pero si no te importa hacer lo que sea, sobra trabajo.
Las blancas y enjoyadas manos de Drusilla,
que nunca habían hecho tareas más pesadas que poner flores en un jarrón, batir
crema, lavar seda... Ella lo miró. Tenía los finos y pálidos labios crispados.
–Gray, yo no puedo vivir sin dinero. Siempre
lo he tenido. Incluso antes de casarme, siempre tuve todo lo que quise. No
puedo imaginarme la vida sin poder entrar en una tienda y comprar todo lo que
me apetezca.
–Pues sigamos como estamos.
–Quizá se muera –dijo Drusilla–. Si él se
muere, todo será mío. Lo dice su testamento. Lo he visto. Sólo en acciones,
tiene cientos de miles de libras. No un millón, pero cientos de miles, sí.
–¿Y qué? Es dinero suyo. Y, de todas maneras,
¿qué harías con él si fuera tuyo?
–Dártelo –se limitó a decir ella.
–Éstas no parecen palabras de la dura
Drusilla.
–¡Maldito seas! ¡Maldito seas! Lo haría.
–¿Y qué puedo hacer yo por ti? ¿Matarlo?
–Sí –dijo ella.
Se despertó sobrecogido, bañado en sudor,
murmurando:
–No puedo matarlo... No puedo matar a nadie,
ni a una mosca, ni a una avispa...
Y entonces recordó. No podía matar a –nadie,
pero ahora, en aquellos momentos, estaba matando a un perro. De repente le
llegó un enorme alivio, la comprensión, súbita y tranquilizadora, de que todo
iba bien, de que Isabel, al final, no habría dejado a Dido
en la choza. Porque se habría encontrado con el lechero. Ella había quedado en
ir a las doce, y siempre era puntual, y el lechero también lo era y llegaba a
las doce, salvo los viernes, que se retrasaba. El lechero sabía que él estaba
fuera y se lo habría dicho a Isabel. Ella, probablemente, debió de sentirse molesta
e irritada, pero no habría dejado a la perra.
Inmediatamente, Gray cayó en un profundo y
pesado sueño del que despertó a eso de las ocho a causa de la pomposa y
mesurada voz del doctor Villon. Los ronquidos ya no eran audibles. Gray se
levantó y se vistió rápidamente, avergonzado por sentirse tan aliviado y feliz
con su madre agonizante, y quizá incluso muerta.
Enid no había muerto. Una chispa de vida
seguía ardiendo en su cuerpo yerto, manifestándose en el ligero subir y bajar
de su pecho bajo la ropa de cama. Gray hizo lo que su padrastro le había
instado a hacer, pero no en presencia de Honoré: besó suavemente a su madre en
la sumida y amarillenta mejilla. Luego entró en la cocina, donde Honoré le
estaba repitiendo al médico su deseo de que la agonía de su esposa no se
prolongase.
–Bonjour –saludó
Gray–. Je crois qu’il fera
chaud aujourd’hui.
El médico tomó aquello como una indicación de
que Gray había recibido el milagroso don de lenguas, y se lanzó a una larga
disquisición sobre el tiempo, la cosecha, el turismo, el estado de las
carreteras francesas, y la amenaza de sequía.
Gray dijo:
–Dispense: tengo que salir a comprar pan.
Su padrastro sonrió tristemente.
–Gray no entiende, mon vieux. Estas gastando saliva en balde.
Un sol de justicia caía sobre Bajon. El
camino era polvoriento y en la distancia, bajo el anuncio de sujetadores (Desirée. Votre Soutien-gorge) y por encima de los baches, se veían trémulos espejismos. Compró dos
barras de pan y emprendió el regreso. Se cruzó con un lechero que iba en carreta.
El hombre llevaba camiseta y boinas negras pero, pese a su aspecto galo, tenía
un cierto parecido con el lechero de Pocket Lane, y la similitud se hizo más
marcada cuando alzó una mano y, saludando a Gray con ella, dijo:
–Bonjour, Monsieur!
Gray devolvió el saludo. No había vuelto a
ver a su lechero y era el único al que echaba de menos de todo Pocket Lane.
Resultó agradable, y hasta enternecedor, el modo como el hombre le estrechó la
mano cuando se despidieron y...
¡Dios! Lo había olvidado. Isabel no habría
visto al lechero, porque éste ya había dejado de ir por la choza. Gray le había
pagado y despedido. Y el hombre ni siquiera se acercaría a ese extremo del
camino. Había dicho que lo bueno de perder a Gray como cliente era que ya no
tendría que ir hasta la choza. ¡Oh, Dios! Había conseguido dormir unas horas en
paz gracias a una falacia. Las cosas seguían como la noche anterior, sólo que
peor. Dido en la choza y ahora –eran pasadas las nueve– llevaba allí casi setenta
horas.
Inmóvil bajo el sol, con las baguettes bajo el brazo, se sentía a punto de desmayarse por la enormidad del
caso. Deseó correr a esconderse en alguna parte, irse al otro extremo del mundo
y quedarse allí durante años. Pero era ridículo pensar de ese modo. Tenía que
quedarse y telefonear a alguien ya.
Pero... ¿a quién? A Miss Platt, evidentemente. Era la que vivía más cerca, una mujer simpática y amable que,
probablemente, amaba a los animales, y no haría como una de esas viejas harpías
cuyo mayor deleite sería sermonearlo por su crueldad y luego contarles a todos
lo sucedido. Además, era una mujer práctica y segura de sí misma. No tendría
miedo a la perra que, en aquellos momentos, y a causa del hambre y el miedo,
habría perdido su docilidad y mansedumbre habituales. Fue un perfecto estúpido
al no aceptar la oferta de la mujer de echarle un ojo a la choza. Si le hubiera
dicho que sí, nada de aquello estaría ocurriendo. Pero era inútil recriminarse.
Lo único en que debía pensar era en encontrar el modo de conseguir el número de
Miss Platt.
–¡Qué pálida está tu cara! –le dijo Honoré,
cuando Gray dejó el pan sobre la mesa de la cocina. Y, al doctor Villon, en
francés–: Es por la impresión. Debe de sentirse indispuesto. ¿Qué voy a hacer,
si tengo que atender a dos enfermos?
–Necesito telefonear, Honoré, por favor.
–Supongo que tú quieres telefonear a la mala
mujer.
–La mujer en cuestión tiene setenta años y es
mi vecina. Quiero que le eche un vistazo a mi casa.
–Mais le téléphone se trouve dans la chambre de Madame Duval! –exclamó el doctor Villon, que había captado el sentido de sus palabras.
Gray dijo que ya sabía que el teléfono estaba
en el cuarto de su madre, pero el cable era largo y podía sacar el aparato al
vestíbulo. Rezongando acerca del gasto formidable, Honoré fue a por el
teléfono y lo dejó en el suelo del vestíbulo. Gray estaba haciendo indagaciones
en el listín telefónico cuando de pronto recordó que Miss Platt no estaría en
su casa. Era martes, y la mujer ya se habría mudado.
No debía desalentarse por aquel pequeño
inconveniente. Había otras personas. Francis, por ejemplo. No le haría ninguna
gracia, pero iría. Haría falta ser un monstruo para negarse. No, pensándolo
bien, Francis no podría ir, pues se había ido a Devon con Charmian. Entonces,
Jeff. Jeff podía llegar rápidamente a la choza en su camioneta. Espléndido.
Tras una larga pausa, Gray escuchó la lejana señal de llamada del teléfono de
Tranmere Villas. Jeff era la persona ideal para pedirle algo así, porque no era
criticón ni dado a los sermones, ni de los que requerían una larga retahíla de
razones, ni de los que se escandalizaban ante la idea de forzar una puerta,
cosa, que, quienquiera que fuese a la choza debería hacer, ya que él, Gray,
tenía una llave, la otra estaba colgada del clavo, y la tercera...
Sonaron veinte llamadas que no obtuvieron
respuesta, y Gray desistió. Era inútil perder más tiempo. Jeff debía de haber
salido con la camioneta. ¿Quién más había? Cientos de personas, David, Sally,
Liam, Bob... David estaría trabajando, sabía Dios dónde; Sally estaba en Mull;
Liam figuraba entre las docenas de amigos que, según Jeff, habían abandonado
Londres; Bob estaría dando clase. Siempre le quedaba Warriner. Había sabido de
ella por Mal, pero llevaba tres años sin verla. No, no podía telefonear a una
sexagenaria de Wimbledon que no tenía coche para pedirle que hiciera un viaje
de treinta kilómetros.
Hizo un repaso de toda la gente que conocía
en Pocket Lane. Lástima que no hubiese charlado con la joven bibliotecaria o
conocido a alguien de la finca. Tringham no tenía teléfono. Eso dejaba sólo a
los Willis. La perspectiva le desagradaba, pero no había otro remedio. Le bastó
imaginar a Dido derrumbada en el suelo, con la hinchada lengua entre los dientes
desnudos, para pedir a la telefonista que le buscase el número de los Willis.
–Uilis –repitió la telefonista. Difícilmente
podía haber otro nombre que resultase más complicado de pronunciar para una
francesa–. ¿Tiene la bondad de deletreármelo?
Gray lo deletreó, y a continuación escuchó
repentinamente la señal de llamada. Todo el mundo estaba fuera. Se sentó en el
suelo y se pasó una mano por la húmeda frente. Clic, respuesta.
–Pocket
Farm.
–Tengo una llamada de Bajon-Sur-Lone,
Francia.
–Bueno, muy bien. ¿Quién es?
–Mrs. Willis. Soy Graham Lanceton.
–¿Quién?
–Graham Lanceton. La última vez que nos vimos tuvimos una discusión...
Vivo en la Cabaña Blanca, y lo que ocurre es...
–¿Es usted la persona que cometió la tropelía
de dejar entrar a los bueyes en mi jardín? ¿Es usted el hombre que me insultó,
llamándome las cosas más soeces que he escuchado en mi...?
–Ya, ya... Lo siento muchísimo. Por favor, no
cuelgue.
Pero lo hizo. Tras un destemplado «¡Está
usted loco!», dejó bruscamente el receptor sobre la horquilla. Gray maldijo y
le dio un puntapié al teléfono. Volvió con Honoré y el médico y se sirvió un
café. Honoré lo miró sesgadamente.
–¿Qué? ¿Tú hablaste?
–No. –Ansiaba contarle a alguien lo que
ocurría, tener otra opinión, incluso la de una persona tan absolutamente
inadecuada como su padrastro. Honoré era limitado y burgués, pero a veces los
burgueses sabían qué hacer en los casos de apuro. Tomó asiento y le explicó a
Honoré lo sucedido y su incapacidad para resolver la situación.
El mayor de los desconciertos se extendió
sobre el rostro de Honoré. Por un momento quedó mudo de estupefacción. Luego le
tradujo al médico todo lo dicho por Gray. Durante unos instantes, los dos
hombres discutieron el asunto de un modo atropellado e incomprensible, meneando
la cabeza y sacudiendo los brazos. Al fin Honoré dijo en inglés:
–¿Tu mamá se muere y tú estas no tranquilo
por un perro?
–Ya te lo he dicho.
–¡Por un perro! –Honoré se llevó las manos a
la cabeza, soltó una risa cavernosa y, en francés más lento y fácilmente
comprensible, le dijo al doctor Villon–. Ya sé que es un tópico decirlo, pero
los ingleses están locos. Yo, que me casé con una, tengo que reconocerlo. Están
locos y quieren a los perros más que a las personas.
–Iré a atender a mi paciente –dijo el doctor
Villon, dirigiendo una reprobatoria mirada a Gray.
Gray regresó al vestíbulo. Pese al calor,
temblaba de frío. Debía salvar a la perra, telefonear a alguien que la salvase
por él. Sólo quedaba una persona.
Era la persona más adecuada y, extrañamente,
la mejor capacitada para la tarea. Ni vacilaría, ni sentiría miedo. Además,
tenía la llave y vivía lo bastante cerca como para estar en la choza en un
cuarto de hora.
Era jueves. Un jueves se hicieron amantes y
un jueves se separaron. El jueves siempre fue su día, el día de Júpiter, el más
poderoso de los dioses.
Se sentó en el suelo, sin atreverse aún a
tocar el teléfono, pero mirándolo, enfrentado a él como si fuera a batirse en
un duelo del que tenía la seguridad de salir derrotado. El aparato permanecía
inmóvil, a la expectativa, complaciente, esperando la rendición de Gray. Y,
aunque silencioso, el objeto parecía decirle: Soy el mago, el salvador, el que
rompe los corazones, el correveidile de los amantes, el dios que dará la vida a
una perra y hará que caigas de nuevo en la esclavitud.
12
Por los esmerilados cristales de la puerta
principal, se filtraba un torrente de sol que casi cegaba a Gray. Bajo una luz
igualmente brillante, de comienzos de verano, estuvo Drusilla aquella mañana en
la cocina de la choza, donde ahora se encontraba Dido. Ella era tan hermosa y la
luz tan radiante que el resplandor de una y otra casi dañaba la vista de Gray.
De espaldas a la luz, con ojos muy abiertos, ella dijo:
–Sí, ¿por qué no? ¿Por qué no matarlo?
–Bromeas. No puedes hablar en serio.
–¿Ah, no? Pues incluso tengo planeado cómo
hacerlo. Lo atraes hasta aquí, y le das una dosis de ácido como la que me diste
a mí, sólo que él no lo sabrá. Se lo pones en el té. Y luego, cuando se vaya
(tienes que calcular bien el tiempo) se estrellará. En cuanto llegue a la
glorieta de Wake se saldrá de la carretera y morirá.
–Aparte de que no voy a hacerlo, es absurdo.
Lo de darle alguien una dosis de ácido para que crea haberse vuelto loco es una
broma absurda y trasnochada.
–¡Maldita sea, no es ninguna broma! Daría
resultado.
Gray rió con la incomodidad con que uno se
ríe de las fantasías ajenas y, encogiéndose de hombros, dijo:
–Entonces, si ése es el tipo de cosas que te
atraen, hazlo tú misma. Tiny es tu problema. Le das el LSD y dejas que se
estrelle con su coche en Loughton High Road. Pero no esperes que yo te consiga
el ácido.
Ella le tomó la mano y acercó los labios a su
cuello, a su oído.
–Gray... Hablémoslo. Si quieres, como si se
tratase de una broma; pero veamos si se podría hacer. Planteémonoslo como
si fuera una de esas novelas de misterio en las que una casada infeliz y su
amante planean matar al marido. Hablemos, nada más.
Gray se puso en pie con dificultad y se
apartó de la luz deslumbrante en el momento en que el viejo médico de su madre
salía del cuarto de la enferma. El doctor Villon alzó las manos, suspiró, y
entró en la cocina. Gray se acuclilló, descolgó el teléfono, e inmediatamente
volvió a colgarlo. No podía hablar con ella. ¿Cómo podía habérsele ocurrido
siquiera la idea? Tenía que haber otras personas, tenía que haber alguien...
Pero ya había repasado todas las posibilidades, y no, no había nadie.
Lo único que podía hacer era plantear el
asunto en los términos más fríos y prácticos, olvidar fantasías y recuerdos, y
repasar mentalmente y con toda claridad lo ocurrido evaluando su situación,
como le ocurre a la mayoría de la gente en el curso de la vida. Había terminado
porque él y ella eran incompatibles. Pero no había motivo por el que no
pudieran seguir siendo amigos. Si iba a pasarse toda la vida temiendo
reencontrar a las mujeres con que había tenido una relación sentimental, su
porvenir era muy negro. Resultaba absurdo volverse neurótico ante la idea de
hablar con una antigua amiga.
¿Una antigua amiga? ¿Drusilla? ¿A qué engañarse...? Podía pasarse allí todo el día, discutiendo
consigo mismo y mientras tanto la perra seguía en la choza, muriéndose,
enloquecida por el hambre. Hablaría con Drusilla una vez más, sólo una vez. En
cierto modo, quizá le viniera bien hacerlo. Muy probablemente, oírla hablar
–hablar con él, no escuchar simplemente su voz, como en Marble Arch– y oír las
estupideces que diría lo curaría de ella de una vez por todas.
Con una media sonrisa, blasé, un tanto desdeñosa (el seductor haciendo, en recuerdo de los viejos
tiempos, una llamada a la amante abandonada) levantó el receptor y marcó el
número de Drusilla. El código y los siete dígitos. No podía ser más sencillo.
La mano le temblaba, cosa absurda. Carraspeó, escuchó la señal de llamada una
vez, dos veces, tres veces...
–¿Sí?
El corazón le dio un vuelco. Se llevó la mano
al pecho como si, estúpidamente, creyera poder calmar aquella agitación a
través de la carne y las costillas. E, inmediatamente, la tentación de repetir
lo que había hecho el sábado por la noche, de limitarse a respirar, a escuchar,
se hizo abrumadora. Cerró los ojos, y vio el sol convertido en un ardiente lago
de color rojo cruzado por meteoros.
–¿Sí?
De nuevo carraspeó. Notaba la garganta seca
como la yesca y, al mismo tiempo, llena de flemas.
–Drusilla. –Sólo consiguió articular aquella
palabra; pero fue suficiente. Suficiente para que, al otro extremo del hilo, se
produjera un profundo silencio que al final fue roto por un largo suspiro, que
sonó como una uña rozando la seda.
–Has tardado en decidirte –dijo lentamente
Drusilla, pronunciando cada palabra con sumo cuidado; luego, de golpe, volvió a
ser la de siempre y, yendo directamente al grano, le espetó–: ¿Qué quieres?
–Dru, yo... –¿Dónde estaba el seductor que,
por matar el tiempo, llamaba a la ex amante? Gray quería convertirse en el Don
Juan que jamás había sido, y como Donjuán intentó hablar–: ¿Cómo estás? ¿Qué
tal te ha ido en estos meses?
–De maravilla. A mí siempre me va de
maravilla. No habrás llamado sólo para preguntarme eso.
Don Juan replicó:
–Te llamo porque eres una vieja amiga.
–¿Una vieja qué? ¡Tendrás descaro!
–Dru... –Ahora con firmeza, pensando única y
exclusivamente en la perra–: Te llamo para pedirte un favor.
–¿Y por qué voy a hacértelo? Tú nunca me
hiciste ninguno.
–Escucha bien, Dru. Ya sé que no tengo
derecho a pedirte nada. Y no lo haría si no se tratase de algo... de gran
urgencia. No puedo recurrir a nadie más. –A fin de cuentas, una vez superado el
golpe inicial, no estaba resultando tan difícil–. Estoy en Francia. Mi madre...
Bueno, se está muriendo. –Y luego se lo contó todo, como se lo había contado a
Honoré, sólo que más sucintamente.
En el otro extremo de la línea sonó una
especie de vibrante gemido. Por un momento, Gray pensó que Drusilla estaba
llorando, no por el patetismo de la historia, sino por ellos, por lo que habían
perdido. Pero, no, Drusilla se estaba riendo.
–¡Qué desastre eres! ¡Todo lo que haces lo
estropeas!
–¿Irás a la choza, o no?
Una pausa; sonido de risa reprimida. Él
estaba hablando con ella normal y agradablemente y ella se estaba riendo normal
y agradablemente. Resultaba difícil creerlo.
–Iré –dijo al fin Drusilla–. ¿Qué otra
elección tengo? ¿Qué hago con la perra cuando la saque?
–¿Podrías llevarla a un veterinario?
–¡Como si conociera a alguno! Bueno, vale, ya
encontraré uno. Me da la sensación de que estás totalmente chiflado.
–Es muy posible Dru... ¿te importa llamarme
luego a este número? Yo no puedo llamarte, porque a mi padrastro le va a dar
algo si continúo usando el teléfono.
–Te llamaré. Esta noche, no sé a qué hora. Lo
de tu padrastro no me sorprende. Estás sin blanca, ése es tu problema. Y a los
que no tienen dinero, la gente los trata como si fueran niños. Así es la vida.
–Dru...
–¿Sí?
–Nada –dijo Gray–. No te olvides de llamarme.
–He dicho que lo haría y lo haré. –Colgó
bruscamente. Gray ni siquiera tuvo la oportunidad de decirle adiós. Ella nunca
lo decía. Gray no recordaba ni una sola vez en que Drusilla hubiese pronunciado
la palabra adiós.
Se puso en pie con gran dificultad, entró en
el baño y vomitó en el inodoro.
Enid roncaba irregularmente. Por lo demás, la
casa estaba en silencio. Gray se hallaba tumbado en su cama del cuarto azul,
donde las cortinas cerradas no lograban impedir el paso del resplandeciente
sol. Desde la pared, madame Roland, arrogante ante el cadalso, decía, sólo para
él: «¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!»
Bueno, ya lo había hecho y no había sido tan
malo. Las náuseas era el resultado natural de toda la tensión acumulada. Había
hablado con su amante abandonada, y la perra sería rescatada. Frío y práctico;
estaba convirtiéndose –o casi– en lo que Honoré o Isabel llamarían una persona
adulta y madura. Bien... C’est le premier pas qui conte, como diría
Honoré, y él ya había dado aquel primer paso que contaba. Sin embargo, en
aquellos momentos no corría ningún riesgo recordando los detalles del feo
asunto del que había escapado y los riesgos que seguían existiendo.
–Supongamos que la cosa va en serio –le había
dicho a Drusilla–. ¿Cómo conseguiríamos que Tiny viniese hasta aquí?
–Muy sencillo, escribiéndole una carta.
–¿Qué clase de carta? ¿«Querido Tiny: Si te
pasas por aquí una tarde, me encantará administrarte un poco de ácido para que
te estrelles con el coche. Atentamente, G. Lanceton»?
–No seas majadero. Él colecciona monedas,
¿no? Siempre anda poniendo anuncios en un periodicucho que se llama Noticias numismáticas. Anda, coge la máquina de escribir.
Así que, por seguirle la corriente, Gray se
sentó ante la máquina de escribir.
–Yo te dictaré. Pon tu dirección y la fecha,
6 de junio. –Drusilla se puso a mirar por encima del hombro de Gray, su cabello
contra la mejilla de él–. Ahora escribe: «Estimado señor, de numismático a
numismático...» No, eso no. «Estimado señor, en respuesta a su anuncio...» A
veces se anuncia en el Times. Cristo... pon un papel nuevo en el
rodillo.
¿Cuántos intentos tuvieron que hacer hasta
que ella estuvo satisfecha con la carta? ¿Tres? ¿Cuatro? Al fin, la carta
perfecta, definitiva: «Estimado señor, en respuesta a su anuncio del Times, creo tener justamente lo que usted busca. Como mi casa está cerca de
la suya, ¿tendría inconveniente en venir, para que se la muestre? Las cuatro de
la tarde del sábado sería perfecto. Atentamente...»
–¿Y cómo voy a firmarla?
–Es mejor que no pongas tu verdadero nombre.
La firmó como Francis Duval. Ella la dobló y
le hizo mecanografiar el sobre: «Harvey Janus, Combe Park, Wintry Hill, Loughton, Essex.»
Con una sonrisa de indulgencia convertida
casi en mueca de desagrado, Gray dijo:
–No tengo monedas antiguas, Dru.
–Yo te conseguiré una. Tiene una caja llena
de monedas sin valor, de las que compró al principio de su colección creyendo
que eran valiosas. Te daré un denario romano.
–Entonces se dará cuenta de que yo no voy en
serio.
–Claro. ¿Y qué? Pensará simplemente que no
sabes lo que te traes entre manos. Te dirá que no es lo que busca y tú
contestarás que lo sientes pero que, ya que está aquí, ¿por qué no se toma una
taza de té?
–Dru, empiezo a cansarme de este juego.
Oh, Libertad, cuántos crímenes... El timbre
de la puerta estaba sonando y, como nadie abría, Gray se levantó de la cama.
Sobre la mesa del vestíbulo había una nota: «Voy al pueblo a comprar. Tú cuida
a tu mamá. Honoré.» Abrió la puerta. En el umbral había un hombre corpulento y
entrado en años, con traje gris y sombrero de fieltro. Gray reconoció en él al
alcalde, a quien Honoré, en alguna ocasión anterior, le había señalado por la
calle.
–Entrez, Monsieur, je vous en prie.
En un inglés muy bien pronunciado, casi
perfecto, el alcalde dijo:
–¿Mr.
Graham Lanceton? Acabo de ver a su padrastro en el pueblo
y me ha pedido que viniera a verlo a usted. ¿Cómo se encuentra su pobre madre?
Gray replicó que sin novedad. Hizo pasar al
alcalde a la sala. Después de lo que Honoré había dicho de él, el dominio del
inglés del alcalde lo sorprendía. Pero era algo típico de Honoré que, con su
arrogancia característica, probablemente se había convencido de que, como
lingüista, le daba cien vueltas al primer edil. Advirtiendo su sorpresa, el
alcalde sonrió y dijo:
–Hace mucho tiempo pasé un año en su país,
trabajando para una empresa de Manchester. Hermosa ciudad.
Gray había escuchado opiniones totalmente
opuestas, pero se las calló.
–Creo que deseaba usted... bueno, darme su
opinión sobre mi libro. –Más valía acabar con aquello rápidamente.
–No pretendo ser un experto ni un crítico
literario, Mr. Lanceton. Me gustó su novela. Me trajo felices recuerdos de
Manchester.
Habida cuenta que El vino del estupor ocurría
exclusivamente en Notting Hill, Gray no terminó de entender aquello, pero le
alivió librarse de la sesión de crítica. El alcalde, que se había sentado,
permanecía en silencio, en apariencia totalmente a sus anchas.
–¿Le apetece un café? –preguntó Gray.
–No, prefiero un té, si no le importa.
¡Menuda petición!, pensó Gray. En Le Petit
Trianon jamás había entrado un paquete de té.
–Lo lamento pero no hay té.
–Carece de importancia. No he venido a tomar
café, ni té, ni a discutir sobre literatura contemporánea.
Entonces, ¿a qué había ido? El alcalde
permaneció tranquilamente en silencio durante casi un minuto. Luego, echándose
hacia adelante, dijo lentamente:
–Su padrastro es un caballero de gran
vitalidad. Exuberante, creo que es la palabra.
–Bueno, es una palabra.
–Un hombre impulsivo y, según creo poder
afirmar, propenso a nuestro vicio nacional, muy común entre los campesinos. Se
trata, triste es decirlo, de la codicia. Pero... ¿qué importancia tiene un
pequeño defecto entre tantas virtudes?
El inglés del alcalde se hacía más correcto,
y su vocabulario más complicado con cada frase. A Gray le recordaba los
parlamentos de los abogados de las novelas victorianas. Escuchó, intrigado y
fascinado a un tiempo.
–Se trata del deseo de conseguir algo por
nada o por casi nada, de arrojar migas a las aguas y cosechar hogazas de pan.
–No entiendo muy bien adonde pretende ir a
parar, monsieur.
–Bien, entonces quizá sea preferible que
abandone las metáforas y abrevie. Tengo entendido que usted espera que, cuando
a su madre le ocurra algo, usted la heredará.
Desconcertado, Gray replicó:
–Yo heredaré la mitad, sí.
–Pero... ¿la mitad de qué, Lanceton? Escuche,
tenga la bondad. Déjeme que le explique. La mitad de lo que su pobre madre deje
cuando pase a mejor vida (como ve, sé que a los ingleses no les gusta utilizar
el término frío y exacto), esa mitad, como digo, será simplemente la mitad de
esta cabaña.
Gray frunció el entrecejo.
–No entiendo. Cuando volvió a casarse, mi
madre tenía bastante dinero en inversiones, y...
Cortésmente, el alcalde lo interrumpió:
–«Tenía» es la palabra clave. Quiero ser
totalmente franco con usted. Monsieur Duval reinvirtió ese dinero o, si lo
prefiere, especuló con él. Creo que había una mina, un ferrocarril que debía
ser construido y no lo fue. Puede imaginárselo.
Gray se lo imaginaba. No sabía nada de la
bolsa de valores, salvo lo que todo el mundo sabe: que en ella es más fácil
perder que ganar. Pero no se sentía furioso, y ni siquiera defraudado. ¿Cómo
había podido esperar que, realmente, él iba a recibir dinero, fuera de la
procedencia que fuera?
El abogado Victoriano continuaba:
–En consecuencia, Mr. Lanceton, si usted
reclamase su herencia, como tiene pleno derecho a hacer, lo único que
conseguiría sería privar a un pobre anciano del techo que lo cubre. Y estoy
seguro de que usted no quiere eso.
–No –replicó tristemente Gray–. No sería
capaz de hacer algo así.
–Bien. Excelente. –El alcalde se levantó,
sonriente-. Estaba seguro de que mis palabras serían eficaces. –Y, con cierta
pomposidad, añadió–: A fin de cuentas, hablamos el mismo idioma.
–¿De qué vivirá Honoré? –preguntó Gray, estrechando
la mano del alcalde.
–El pobre hombre tuvo la previsión de meter
algún dinero en un fondo de pensiones, y le queda una pequeña cantidad.
Muy propio de Honoré.
–Adiós –dijo Gray.
–No seré tan optimista como para desear que
su madre se recupere, Mr. Lanceton. Sin embargo, espero que sus sufrimientos no
se prolonguen.
El alcalde y Honoré debían de haber quedado
en encontrarse en alguna parte para comentar el resultado de la entrevista, ya
que cuando Honoré volvió con la bolsa de la compra llena, su actitud era, por
utilizar la palabra que había usado el alcalde, exuberante. Incluso abrazó a
Gray.
–¡Mi hijo, mi muchacho! ¿Cómo está la mala
mujer? ¿Hablaste con ella? ¿Y el pobre animal?
Con una sensación de irrealidad, Gray replicó
que todo estaba ya arreglado.
–Entonces, yo preparo el almuerzo. Hoy
tenemos croque
monsieur.
–No, yo lo preparo. –Ni siquiera aquel sencillo (pese a su nombre
grandilocuente) plato resultaba seguro en manos de Honoré, quien, con toda
seguridad, añadiría hierbas y ajo al queso–. Tú ve a cuidar a mamá.
Pobre Honoré. Y realmente pobre. Cortando el
queso, Gray intentó analizar la extraña calma, incluso el alivio, que sentía.
Mientras lo tenía por rico, Honoré le había resultado odioso. Ahora que lo
sabía pobre, sentía hacia él una especie de camaradería. La tacañería con el
agua del baño, los gritos de «¡Extingue, por favor!», la obsesión por el gasto
telefónico... ¿no eran, a fin de cuentas, las mismas economías que él se veía
obligado a hacer? Lo divertía pensar en aquellos dos, Honoré y el alcalde,
intentando reunir valor para contarle la verdad, temerosos de su justa ira.
Pero él no se sentía furioso en absoluto. Probablemente, de haber sido Honoré,
él hubiera hecho lo mismo: perder el dinero en una inversión disparatada y luego
enviar a algún intermediario más valeroso para que se lo confesara todo a su
juez.
No, no estaba furioso, sino un poco
avergonzado de sí mismo por haber acusado mentalmente a Honoré de pretender
librarse de su esposa. No todos los cónyuges eran como Drusilla.
–Basta de fantasías –le había dicho a
Drusilla–. Es tan absurdo como hacer planes de lo que harías si te tocaran las
quinielas.
–No, no lo es, porque las quinielas no puedes
amañarlas. Pero esto sí. Déjame que envíe la carta. Aún la tengo.
–La fecha se ha quedado atrasada.
–Pues escribe otra. ¿A qué día estamos?
Primero de julio. «Estimado señor, en respuesta a su anuncio...»
–Me voy a dar un paseo. Si lo único que
quieres es jugar a ese estúpido juego, no me apetece estar contigo.
–No es ningún juego. Va en serio.
–Muy bien: digamos que va en serio. ¿Quieres
escucharme de una vez por todas? Aparte de la cuestión moral, no resultaría.
Probablemente, Tiny no moriría. Se sentiría raro, vería las cosas
distorsionadas, y detendría el coche. Luego pediría a algún automovilista que
pasara que llamase a la policía, y la primera persona a la que irían a buscar
sería a mí.
–No lo conoces. Siempre conduce muy deprisa.
No podría frenar a tiempo. Y nadie sabría nada de ti, porque yo conseguiría la
carta y la quemaría.
–Quémala ahora –dijo él.
Saliendo de su ensimismamiento, Gray miró a
Honoré, sentado a la mesa frente a él, comiendo tostadas con queso. Tenía los
ojos relucientes e inquisidores, pero de pronto Gray se dio cuenta de que no
eran los malignos ojos de un asesino potencial. A Honoré le faltaba
inteligencia para ser malvado. Y Gray reparó también en el hecho de que, desde
su llegada a Le Petit Trianon, era la primera vez que él ayudaba en algo.
Honoré se había encargado de todo y, en conjunto lo había hecho bien.
–¿Por qué no sales a dar una vuelta?
–preguntó a Honoré–. Necesitas distraerte. Llévate el coche.
El Citroën apenas se usaba. Vivía en el
garaje, bajo una funda de nailon de la que sólo salía una vez a la semana para
ser lavado y pulido. Pero ahora Gray también comprendía aquello.
–¿Adónde voy a ir?
–A visitar a un amigo. Al cine. No sé.
Honoré alzó las manos y sonrió con su
simiesca sonrisa.
–Yo también no lo sé, Gray.
Así que los dos se quedaron en el cuarto de
Enid, esperando que la mujer muriese. Gray leyó intermitentemente El camino de la carne. Sostuvo la mano de su madre, sintiéndose muy calmado, muy tranquilo.
Su madre estaba muriendo, pero él ya no tenía ningún motivo para desear que se
produjera el desenlace. No tendría dinero que le permitiera vivir sin trabajar,
que lo redujera a la seguridad del ocio. La perra ya debía de estar a salvo.
Drusilla no tardaría en llamarlo, él le daría las gracias, y luego se dirían un
digno adiós. Era maravilloso sentirse tan libre, saber que no hacía falta cometer
un crimen para garantizarse la libertad.
El cielo del anochecer estaba encapotado,
como si se fraguase una tormenta. Quizá no para ese día ni para el siguiente,
pero sería pronto. Honoré se había ido al Écu, pues Gray le había dicho que le
sentaría bien y que no servía de nada que se quedase con Enid.
Gray, que estaba tranquilo desde el mediodía,
como si al vomitar se hubiese librado de algo más que del malestar físico,
comenzó a sentirse cada vez más tenso. Le apetecía sentarse fuera, entre los
gnomos o trípodes. Si dejaba abiertas las puertas, escucharía el timbre del
teléfono, ya que había dejado el aparato en el suelo del vestíbulo, cerca de la
puerta de la cocina. Pero, aunque salió al jardín, no logró concentrarse en los
últimos capítulos del libro.
Era jueves, y los jueves a las seis, Tiny
tenía su reunión masónica. Drusilla podría haberle telefoneado a aquella hora.
¿Por qué no lo hizo? Se decía una y otra vez que lo único que a él le
interesaba era el bienestar de la perra. Sólo le preocupaba el animal e Isabel.
Drusilla no era más que una ex amante que sólo le interesaba como interesan los
viejos amigos: cuando pueden hacerle a uno un favor.
Era jueves. Muy probablemente, Drusilla
seguía sacando el máximo partido de las noches de los jueves. Probablemente las
pasaría con aquel tipo, el tenista, Ian no-sé-cuántos. Quizá en aquellos mismos
momentos estuviese con él y no telefonease hasta que el hombre se hubiera
marchado. Gray le dio vueltas a esa idea, que le resultó en extremo
desagradable, y entró de nuevo en la casa. El perro del granjero había dejado
de ladrar. Sin duda, le habían soltado. Ya estaba oscuro, y resultaba difícil
ver el teléfono, también atado a su traílla, un cordón que desaparecía por el
resquicio de debajo de la puerta.
Las diez. Entró a echarle un vistazo a su
madre, que había dejado de roncar y dormía con la boca abierta. ¿Y si Drusilla
no telefoneaba? ¿Y si, por venganza, había prometido ocuparse de la perra para
luego no hacer nada? Podía telefonearle él. Si iba a hacerlo, más valía que se
diera prisa, pues en media hora ya sería demasiado tarde. Pero ella lo
llamaría. Nunca cambiaba de idea, y siempre hacía lo que se proponía.
Se puso en pie frente al teléfono, dándole la
orden mental de que sonase de una vez. Apretó los puños, tensó los músculos y
ordenó:
–Suena, maldito. ¡Suena de una vez, so
cabrón!
El aparato obedeció inmediatamente y sonó.
13
Una vez hizo frente al chorro de francés
coloquial que surgió del teléfono, cuando le hubo dicho a monsieur Reville, el
vidriero, que su madre seguía igual y que Honoré había ido al Écu, Gray
descorchó la botella de cognac y se sirvió. A fin de cuentas, Honoré se
quedaría con todo lo demás, y no iba a regatearle una copa.
Si Drusilla no llamaba, él no podría dormir.
Sin embargo, aquello era ridículo, ya que, si ella no había ido a la choza,
ahora Dido estaría muerta, y seguir preocupándose era inútil. Bebió un poco de
cognac y guardó la botella. Le habría gustado saber exactamente cuál era la
causa de su preocupación. Honoré estaba fuera, y él podía telefonearla sin
problemas. Aún faltaba media hora larga para que llegase Tiny y hubiera
peligro. Ya la había telefoneado una vez, dos si contaba la llamada desde
Marble Arch, y lo que en realidad contaba era el primer paso.
¿No sería que seguía teniendo miedo de volver
con ella? ¿O tal vez lo que le daba miedo fuese no volver con ella? Recuerda
cómo es, se dijo, recuerda lo que quería que hicieses...
–«Estimado señor, en respuesta a su
anuncio...» Pon la fecha: 21 de noviembre. Pero venga, Gray... Levántate; ya lo
hago yo. Cualquier idiota puede escribir a máquina, digo yo. Dios, aquí hace un
frío siberiano. Cuando él haya muerto y estemos juntos para siempre, no
volveremos a pasar frío. Tendremos un piso en Kensington, y si la calefacción central
no sube la temperatura a veinticinco grados como mínimo, la cambiaremos por un
sistema nuevo.
–No vamos a estar juntos para siempre, lo
sabes perfectamente. Seguiremos como estamos hasta que uno de los dos se canse
del otro.
–¿Qué quieres decir con eso? Hace un rato,
cuando estábamos arriba, no me ha parecido ver indicios de cansancio por
ninguna parte.
Gray se apartó de ella y fue a calentarse las
manos en el calefactor, dirigiendo una cansada mirada a la ventana llena de
escarcha, por la que se veían la tierra helada y los árboles desnudos. En torno
a los hombros, Drusilla se había puesto su zorro rojo, más áspero y brillante
que su cabello.
–En la vida hay otras cosas, además del sexo
–dijo él.
–¿Como qué? ¿Como vivir en un tugurio helado?
¿Como agobiarte por los libros que no escribes y el dinero que no ganas? Pienso
mandar esta carta y para la primavera, pongamos en marzo, estaremos viviendo
juntos, con todo el dinero de Tiny en una cuenta conjunta. Dios, tengo los
dedos helados y no puedo escribir. Hazlo tú.
–Dru, acabas de decir que no ves indicios de
cansancio. Es cierto: no estoy cansado de hacer el amor. No creo que nunca me
canse de hacer el amor contigo. Pero estoy harto de que me des la lata con esa
majadería de matar a tu marido. Es grotesco.
Ella golpeó el teclado con ambas manos, de
modo que los tipos se levantaron y se encallaron unos con otros. Sus ojos
echaban chispas.
–¿Qué es lo que encuentras grotesco? ¿A mí?
–No he dicho eso; pero sí; cuando hablas de
hacer que ese pobre diablo se estrelle con su coche, me pareces no sólo
grotesca, sino también un poco loca.
–¡Maldito seas! ¡Maldito seas! –Gray tuvo que
sujetarla para evitar que le arañase el rostro. Ella se calmó, y el chaquetón
se le cayó de los hombros, quedándose sólo con el fino vestido tan poco
adecuado para la choza. Y luego, naturalmente, ocurrió lo inevitable. Porque
ella era Drusilla quien, desnuda, cálida y sinuosa bajo las mantas, lo era todo
menos grotesca, todo menos estúpida...
La grabación que su cerebro estaba reproduciendo
se cortó súbitamente. Alto, alto, recuerda los malos momentos. Olvida que,
hasta el último día, los malos momentos siempre terminaron en buenos momentos.
Las diez y veinte. Ella no iba a telefonear. El maldito aparato, amarrado al
extremo de su cable, no volvería a sonar aquella noche.
Se encontraba a mitad de camino de la alacena
en que estaba el cognac cuando el timbre sonó. Gray se sobresaltó de forma tan
violenta que le resultó hasta dolorosa. De un salto estuvo junto al teléfono,
acuclillado, jadeando:
–¿Sí, Dru, sí?
–Hola –dijo ella.
La frialdad de su tono congeló los recuerdos,
disipó la añoranza y el temor.
–¿Qué ha pasado? ¿Encontraste a la perra?
–La encontré. –Una larga pausa–. Dios
bendito, Gray –siguió, con un desagrado casi exquisito, totalmente impropio de
ella–, ¿cómo pudiste hacer una cosa así?
–¿Está muerta? –Gray se encontraba sentado en
el suelo, con la cabeza contra la pared.
–No, estaba viva; pero apenas.
Él lanzó un largo suspiro.
–¿Qué ha pasado? –repitió.
–Llevé un poco de leche y pollo. Me dio un
poco de miedo abrir la puerta de la cocina, pero fue un miedo infundado, porque
la pobre estaba demasiado débil para moverse. ¡Dios, no quieras saber la peste
y la suciedad que había en aquella cocina! Lo había puesto todo perdido de
heces y babas.
–Oh, Dru... –La cabeza comenzaba a zumbarle.
En parte era el cognac y en parte la conmoción, aunque debería sentirse
aliviado. Aquello era lo mejor que podía haber ocurrido.
Secamente, Drusilla comentó:
–Ojalá te encerraran durante tres días en una
celda sin comida ni agua, a ver qué tal te sentaba. Y, de todas maneras, ¿por
qué no llamaste a la policía?
¿Por qué no lo había hecho? Era lo obvio.
–No se me ocurrió.
–¿Hoy tampoco la has telefoneado?
–No, claro que no.
–¡O sea que lo dejaste en mis manos! Típico.
¿Quieres enterarte del resto? La llevé hasta el coche y no puedes figurarte lo
que pesaba... En el coche le di un poco de leche, pero el pollo no pudo
comerlo. Luego la llevé al veterinario.
–¿A cuál?
–A un tipo de Leytonstone.
–¿Leytonstone? ¿Por qué diablos...?
–Porque iba a la ciudad y me cogía de camino.
–Ya. –Cuando iba a Londres, Drusilla siempre
dejaba el coche en el parking de la estación de metro de Leytonstone. Pero
haber ido en aquellas circunstancias... Parecía un exceso de indiferencia, de
insensibilidad. Además, ¿a qué había ido? ¿A comprar ropa? ¿A encontrarse con
alguien?–. ¿Fuiste a Londres?
–¿Y por qué no? No es mi perra, como me
apresuré a decirle al veterinario, pues no quería que creyese que yo soy capaz
de hacer cosas así. Será mejor que apuntes su dirección y vayas a verlo en
cuanto regreses. Es el 21 de George Street. ¿Lo recordarás?
–Sí, claro. Te estoy muy agradecido, Dru.
Debí llamar a la policía, claro. Debí... –Se interrumpió, buscando las palabras
adecuadas para terminar la conversación. Ella le había hecho el favor que le
había pedido, y ahora había llegado el momento de la digna despedida. Gracias,
sin rencores, quizá algún día volvamos a vernos, y, hasta entonces,
gracias...–. Bueno, Dru, quizá después de todo este trauma podamos vernos un
día de estos y... Bueno, ya sabes lo que quiero decir. Nunca olvidaré lo que
tú... O sea que yo nunca...
Como si él no hubiese hablado, ella dijo:
–Al regresar de la ciudad me pasé por la
choza y limpié un poco.
–¿Que hiciste qué? –Alguna vez le había comentado
que la única limpieza que ella era capaz de hacer era una limpieza facial. Y
ahora Drusilla, con sus blanquísimas manos, había limpiado la inmunda cocina de
la choza. No daba crédito a sus oídos–. ¿Por qué lo hiciste?
–¿Por qué fui a por la perra? ¿Por qué hago
cualquier cosa por ti? ¿Acaso no lo sabes?
Adiós, Drusilla. Buenas noches, dulce dama,
buenas noches. Dilo, dilo de una vez, le susurró apremiantemente Don Juan. Pero
notaba un fuerte temblor en la garganta que le impedía articular palabra.
Apretó la mejilla contra la pared, intentando enfriar su recalentada cabeza.
–No lo sabes, ¿verdad? –La voz de Drusilla se
había hecho muy suave–. Maldito lo que te importan mis sentimientos. Cuando
necesitas que te saque de un lío, me usas y eso es todo. Por lo que a ti
respecta, lo demás está muerto y olvidado.
Él, en un susurro, replicó:
–Y tú sabes perfectamente por qué está muerto
y olvidado. –Aferrándose a la última hebra de cordura, añadió–: Teníamos que
separarnos. Yo no podía hacer lo que me pedías.
–¿Aquello? Bah, ya he desistido. No hubiera
resultado, ahora me doy cuenta. –Hizo una pausa y, en voz baja e infantil, como
a regañadientes, añadió–: Intenté llamarte un montón de veces.
El corazón le latía a toda prisa.
–¿Los jueves por la noche?
–Claro.
–Dejaba el teléfono descolgado.
–Pero... qué estúpido –suspiró ella–. No
tienes remedio. En enero quise decirte que había renunciado a mis planes. Dios,
me sentía tan sola y tenía tantas ganas de hablar contigo... Y tu línea siempre
estaba comunicando, siempre. Llegué a pensar que... No importa.
–¿Por qué no viniste a verme?
–¿Para encontrarte con otra chica?
–No ha habido otra chica. No ha habido nadie.
Yo también estaba solo.
–Entonces, somos dos estúpidos sin remedio,
¿no? Asustados el uno del otro mientras, en realidad, durante todo este
tiempo... Bah, ¿para qué seguir? Tú estás en Francia, yo estoy aquí, y Tiny
aparecerá en cualquier momento. Será mejor que lo dejemos antes de que digamos
demasiado.
Gray recuperó toda la potencia de su voz, y
casi gritó:
–¿Demasiado? ¿Cómo podríamos decir demasiado?
¿No te das cuenta de que llevamos todo este tiempo separados por un estúpido
equívoco? Nos hemos torturado por nada...
–Tengo que colgar. Llega el coche de Tiny.
–No cuelgues, por favor. No, debes hacerlo.
Claro que debes. Escucha: te llamo por la mañana, a las nueve, en cuanto Tiny
se haya ido. Dios, Dru, soy tan feliz...
Un silbante susurro lo interrumpió:
–Entonces, hasta mañana.
El teléfono se acalló delicadamente. En el oscuro
y caluroso vestíbulo, Gray permaneció sentado en el suelo, acunando el receptor
entre sus manos, escuchando el eco o el recuerdo de su voz. Se le aquietó el
corazón y el cuerpo se relajó como un resorte de muelle al quedarse suelto. La
felicidad, la alegría lo embargaban» produciéndole el deseo de salir y cantar,
abrazar a los trípodes, gritar al pueblo dormido de Bajon que había recuperado
a su amada.
En lugar de eso, se puso en pie y entró en el
cuarto de su madre. Enid yacía de espaldas, respirando dificultosamente, con
los ojos cerrados. En los tiempos en que él no tenía mucho que contar, había
podido contárselo todo, y ella escuchaba y entendía. Si ahora estuviera
consciente, ¿entendería a su hijo? ¿Acaso su propia experiencia de la pasión la
haría ser más accesible?
Se inclinó sobre ella y dijo:
–Mamá, soy muy feliz. Todo me ha salido bien.
Los arrugados y oscuros párpados de Enid se
movieron, dejando ver a medias los ojos. En su estado de euforia, Gray creyó
ver en ellos reconocimiento y comprensión y, en aquellos instantes, volvió a
amar a su madre, la perdonó por completo. Tomó su rostro entre las manos y la
besó en la comisura de los labios como no la había besado desde que era niño.
Madame Roland lo miraba sarcásticamente, y
Gray volvió su retrato contra la pared. Ya estaba cansado de que la mujer le
lanzase su grito previo a la decapitación. Él lo sabía todo acerca de
la libertad, durante los últimos seis meses había tenido libertad hasta
hartarse. Había escogido su libertad para evitar cometer un crimen, y ahora
pensaba que había cometido un crimen contra él y Drusilla. Que Madame Roland
hiciera lo que le diese la gana con su histriónica filosofía de salón.
Hacía tanto calor que se acostó desnudo.
¿Cuánto tiempo tendría que seguir allí? ¿Días? ¿Semanas? Si al menos tuviese
dinero, podría coger un avión, verla, y regresar a Francia. No era posible;
pero... Tener que permanecer allí, esperando y esperando, mientras ella estaba
en Inglaterra, ansiando estar con él como él ansiaba estar con ella. Pensó que
era una lástima que las sencillas alegrías durasen tan poco, que siempre
tuvieran que dejar paso a los planes y a las consideraciones prácticas. Por la
mañana, cuando la telefonease, tendrían que comenzar a hacer planes. Por la
mañana también telefonearía a Jeff y le diría que no fuese el sábado. Quizá, a
fin de cuentas, ya no tuviera que mudarse.
Dentro de un par de semanas, quizá menos,
Drusilla volvería a visitarlo en la choza, como antes de Navidad. Y hablarían
de esos meses muertos riéndose de su propia estupidez, reduciendo su
separación, vista retrospectivamente, a una rencilla no mayor que las otras
muchas que habían tenido, un ceño pasajero en el rostro del amor.
En el caluroso y sofocante dormitorio, en el
que no corría ni una brisa que agitase las cortinas de la ventana abierta, en
el que el aire era cálido y seco a medianoche, resultaba difícil imaginar la
nieve. Pero había nevado antes de Navidad, y la noche anterior a Nochebuena
Drusilla, la dama del zorro rojo, le había arrojado bolas de nieve, gritando,
riendo, mientras paseaban por el bosque helado. Él la tomó en sus brazos y, con
su boca apretada contra la de ella, los cristales de nieve fundiéndose sobre
los cálidos labios, hicieron el amor sobre la blanca alfombra, bajo las ramas de
las hayas, que parecían pieles de foca.
Aquel era un maravilloso recuerdo, que ahora
podía degustar, y que no habría sido capaz de evocar si ella no volviese a
estar con él. Pero... ¿y la pelea que tuvieron después? ¿Cuántas veces había
reproducido mentalmente aquella grabación, inmediatamente posterior a la última
ocasión en que hicieron el amor? La última pensó. La última vez. Pero ahora
dejaría de ser la última vez. Incluso aquel acto de amor dejaría de estar
asociado con la pelea, y la pelea en sí desaparecería por un desagüe del
embalse del tiempo.
Se revolvió, quedando boca arriba sobre la
arrugada sábana. Jueves, naturalmente. Aquella noche haría 24 semanas justas.
En la choza no había adornos navideños, pues pensaba pasar la Navidad en
Londres con Francis. Pero el regalo de ella estaba en la cocina, sobre la tapa
de la bañera, una cadena de plata de la que colgaba una Mano de la Fortuna
también de plata (vendida tiempo ha) y en torno al regalo, los envoltorios
rojos y dorados que él había roto con amor y gratitud. Él había sacado del
banco una cantidad absurda, mucho mayor de lo que podía permitirse, para
comprarle Amorce
dangereuse y ella rió, encantada, y se salpicó con
ella el zorro rojo, aunque podría haberse comprado litros y litros del perfume sin
que su economía se resintiera.
Entraron en la choza para que ella recogiese
el perfume antes de regresar en coche a Combe Park. Él se había puesto la
cadena para salir al bosque, y la notó fría sobre su piel, pero ahora, bajo la
camisa y la camiseta, se había caldeado por el calor de su propio cuerpo.
Naturalmente, quien había pagado el regalo era Tiny. El padre de Drusilla no
mandaba a su hija más de un cheque por año.
–¿Y qué? –había preguntado ella, y eso fue el
principio. O no, porque todo comenzó mucho antes. Sólo fue el principio de la
última pelea, el principio del fin–. Tengo derecho a parte de lo que él gana ¿o
no? Piensa que es mi sueldo. ¿Acaso no cuido su hogar, y cocino para él, y
duermo con él? Sólo me paga dos mil libras anuales, y a ese precio resulto muy
barata.
–¿Dos mil libras? –Un año, casi había logrado
ganar esa cantidad, pero nunca más.
–Venga, Gray, ¿vamos a discutir por una
cadenita de cinco libras? Además, sólo es un anticipo. Muy pronto, todo será
tuyo.
–No empieces de nuevo, Dru. Por favor.
No empieces de nuevo, se aconsejó a sí mismo,
tendiendo la mano hacia el vaso que había dejado junto a la cama. ¿Por qué
recordar aquella pelea ahora? Drusilla ya había desistido de su idea, lo había
dicho. Nunca volvería a oírle repetir aquellas cosas.
–Mira, Gray, siéntate y escucha. La verdad es
que nunca creíste que esto sólo fuera un jueguecito mío. Te lo tomaste tan en
serio como yo, pero te falta el valor que yo tengo.
–Por favor, déjate de hacer de Lady Macbeth
conmigo, Drusilla.
–Bueno, Macbeth terminó haciendo lo que ella
quería, ¿no? Y lo mismo ocurrirá contigo. Escribiremos otra carta y tú puedes
comprar el ácido mientras estás en Londres. Te daré el dinero.
–Gracias. Ese pobre diablo pagará hasta por
su propio veneno. Eso está bien. Parece cosa de los Borgia. El juez hará
maravillas con eso: «El infortunado Harvey Janus, asesinado por su esposa y el
amante de ella con un alucinógeno comprado con el dinero del propio difunto.»
Encantador.
Drusilla se sentó a escribir la carta. Gotas de
agua perlaban su zorro rojo. El calefactor de petróleo encendido, llama azul,
incandescente; la nieve espesa, silenciosa, tras los tiznados cristales de la
ventana.
–Dru, ¿quieres olvidar esa idea de una vez?
¿Me prometes que no volverás a mencionarla?
–No. Lo hago por ti. A la larga, me lo
agradecerás. Me estarás agradecido por el resto de tu vida.
El reloj que ella le había regalado marcaba
las diez y diez; la Mano de la Fortuna que ella le había regalado reposaba
cálidamente sobre su pecho; la nieve derretida formaba charcos en el suelo.
–Es inútil, Gray. Nunca renunciaré a mi idea.
–¿Renunciarás a mí?
Drusilla estaba doblando la carta, metiéndola
en un sobre.
–¿A qué viene esto?
–A que no puedo seguir así. Da lo mismo lo
que hagamos o de lo que hablemos. Contigo, todos los caminos conducen a matar a
Tiny.
–Eso se terminará en cuanto lo mates.
–No, hay otro modo. –Hablaba sin mirarla–.
Eso también se terminará si no vuelvo a verte.
–¿Estás diciendo que te has cansado de mí?
–No, no creo que haya hombre capaz de
cansarse de ti. De lo que estoy cansado es de esto. Estoy harto, Drusilla. En
estas circunstancias, nunca lograré pensar en lo que hubo entre nosotros sin
que la sombra de tu plan envenene ese recuerdo.
–¡No eres más que un cobarde, un gallina!
–Muy cierto. Soy demasiado cobarde para matar
a nadie, y demasiado cobarde para seguir siendo tu amante. Eres demasiado para
mí. Detesto que acabemos así, pero sabía que iba a ocurrir. Llevo semanas
sabiendo que no volveré a verte, Dru.
–¡Maldito hijo de puta, te odio! ¡Esto es lo
que pienso de tu cochino regalo de Navidad! –El frasco se rompió contra el
calefactor, volaron los cristales, se elevaron nubes de fragante vapor–.
Pensaba hacer de ti un hombre rico, darte cuanto quisieras.
–Adiós, Drusilla. Fue un placer... mientras
duró. El mayor placer que he tenido.
–¡Cochino mentiroso! ¡Ingrato de mierda!
Adiós, Drusilla, buenas noches, dulce, dulce
dama, buenas noches, buenas noches...
–Buenas noches, Drusilla –dijo en voz alta–.
Buenas noches, mi amor. Hablaremos mañana.
Se quedó dormido e inmediatamente comenzó a
soñar. Iba con Tiny en el veloz coche rojo. No tenía mucho espacio, pues Tiny
era inmenso y llenaba su propio asiento y la mitad del contiguo, y conducía
rápidamente, zigzagueando por el camino del bosque. Gray intentaba decirle que
fuera más despacio, pero la voz no le salía. Se había quedado mudo y cuando se
llevó los dedos a la lengua la notó –¡el horror!– hendida, bífida como la de
una serpiente, muda, inhumana... Luego, el verde redondel de la glorieta
apareció ante ellos, verde y cubierto de nieve, y Tiny iba a embestirlo. El
coche rojo y Tiny iban a estrellarse y él, Gray, iba con ellos. También él
estaba atrapado en el coche destrozado y en llamas, las cuales lo envolvían
mientras intentaba salir. Había alguien que daba golpes sobre el techo del
coche. Pero no era alguien que acudía a auxiliarlos, sino ella. Drusilla
golpeaba el techo del Bentley rojo para cerciorarse de que los dos estaban
muertos...
Jadeó:
–No, no... ya he tenido suficiente... déjame
en paz...
Y de pronto el sueño y las llamas y la nieve
desaparecieron, y la luz, los olores y el bochorno franceses. Volvieron a
materializarse a su alrededor.
–¿Qué...? ¿Quién es...? ¿Qué pasa...?
En el dormitorio la luz del día entraba a
raudales y alguien estaba llamando a la puerta. Gray se envolvió en la sábana
arrugada. Fue trabajosamente hasta la puerta y la abrió. En el umbral estaba
Honoré, con su bata de dragones y el rostro amarillento y demacrado.
–¿Qué...?
–C’est fini.
–¿Cómo...? No entiendo... Estaba dormido.
–C’est fini. Elle est morte.
–No puede haber muerto –dijo estúpidamente Gray–. Esto no ha terminado,
es sólo el principio...
Y fue entonces, y sólo entonces, cuando
comprendió que Honoré se refería a su madre.
Enid Duval había muerto al fin.
14
Con un hilillo de voz, Honoré preguntó:
–¿Tú entras a verla?
–Sí, como quieras.
De la tez de Enid había desaparecido el tono
amarillo, y la muerte había suavizado sus arrugas. Parecía de cera, y sus ojos
vidriosos eran como opacas canicas de porcelana azul.
–Deberías cerrarle los ojos –murmuró Gray, y
luego miró a Honoré, que estaba en el lado opuesto de la cama, mudo,
silencioso, con lágrimas en las mejillas–. ¿Estás bien, Honoré?
El otro no dijo nada. Se derrumbó sobre la
cama, se abrazó a la difunta y se quedó aferrado a ella, emitiendo tenues
sonidos animales.
–Honoré...
Suavemente, Gray lo hizo levantarse y luego
lo condujo hasta la sala. Su padrastro se derrumbó en un sillón, temblando, con
la cabeza gacha. Gray le dio cognac y al beberlo Honoré se atragantó. Entre
sollozos y en francés musitó:
–¿Qué voy a hacer? ¿Qué será de mí?
Y en aquel momento, Gray se dio cuenta de su
error: su padrastro había amado a Enid. No era cierto que todo el amor lo
hubiera puesto su madre, era evidente que fue plenamente correspondida. No se
trató de una cínica adquisición, sino de verdadero amor. ¿Y el odio, el
desagrado, que había visto reflejado en el rostro de Honoré cuando la
alimentaba? ¿Acaso no era lo que cualquier hombre hubiese sentido? El disgusto no
era hacia ella, sino hacia la vida, hacia el mundo en el que tales cosas
sucedían, en el que la mujer a la que amaba se convertía en un animal indefenso
y babeante. La había amado. No era una caricatura, ni un chiste morboso, sino
un ser humano con sentimientos humanos. Gray olvidó su rencor y su aversión
hacia Honoré. De pronto sentía enormes remordimientos por haberlo comprendido
tan mal, por reírse de él y despreciarlo. Y, por un momento, olvidó que no era
hijo de Honoré, y aunque nunca antes había hecho aquello con un hombre, abrazó
a su padrastro estrechamente, y lo olvidó todo menos el dolor del viudo.
–¿Qué voy a hacer sin ella, hijo mío?
–murmuró, en francés–. Sabía que estaba agonizando, que iba a morir, pero...
–Ya lo sé. Comprendo.
–La amaba tanto... Como a ninguna otra mujer.
–Sé que la amabas, Honoré.
Gray preparó café y telefoneó al médico.
Luego, a las nueve, hora en que abría la tienda de Marsella donde trabajaba,
telefoneó a la hermana de Honoré. Madame Derain accedió a ir. Entre las erres
vibrantes y las vocales guturales que le llegaban del otro extremo de la
ruidosa línea telefónica, Gray entendió que la mujer llegaría el lunes, una vez
se pusiera de acuerdo con sus jefes.
El día prometía ser agobiante y bochornoso,
pero menos caluroso, pues el sol estaba velado por las nubes. Llegó el médico,
y luego el padre Normand, y después una anciana, una viejecilla muy francesa
que parecía salida de una obra de Zola, que se ocupó de amortajar a Enid Duval.
Gray, que en aquella casa siempre había recibido el trato de un caprichoso
chiquillo de quince años, pues para Honoré se había quedado en la edad que
tenía cuando se conocieron, se vio obligado a ponerse al frente de todo. Fue él
quien recibió al alcalde y al matrimonio Reville, él quien habló con los de las
pompas fúnebres, quien preparó la comida, quien contestó al teléfono. Honoré
permaneció derrumbado en el sofá, deshecho, sollozando intermitentemente,
llamando de cuando en cuando a su hijastro para suplicarle que no lo dejase. Su
inglés, del que tan orgulloso se había sentido y que antes utilizaba como un
medio de retar a su hijastro y de demostrar su autoridad, lo había abandonado.
Y ahora que hablaba exclusivamente en su francés nativo, dejó de ser un
personaje de opereta. Era un afligido viudo, y como tal imponía respeto. De
pronto su padrastro le parecía a Gray una persona distinta, y comprendió que
jamás lo había conocido.
–¿Te quedarás conmigo, hijo? Ahora que ella
ya no está, eres lo único que me queda.
–Tienes a tu hermana, Honoré.
–¡Mi hermana! Han pasado cuarenta años desde
la última vez que los dos vivimos bajo un mismo techo. No significa nada para
mí. Quiero que te quedes, Gray. ¿Por qué no? Ésta es tu casa.
–Me quedaré hasta después del entierro
–prometió Gray.
Le sorprendía la intensidad de su propio
dolor. Incluso la noche anterior, cuando volvió a sentir cariño hacia su madre
y la perdonó totalmente, pensó que su muerte, cuando se produjera, no lo
afectaría. Pero mientras se ocupaba de las mil y una cosas que había que hacer,
sentía el peso de un sentimiento muy poco racional. Se daba cuenta de que,
durante todos aquellos años, en el fondo más recóndito, había deseado ajustar
cuentas con ella. Él expondría su caso, y ella el suyo, se darían
explicaciones, y en aquellas explicaciones se disolvería el dolor de ambos.
Ahora Enid había muerto, y él lloraba porque ese día ya nunca iba a llegar. Él
nunca podría decirle el gran daño que ella le había hecho, y ella nunca podría
explicarle el motivo de su conducta.
Drusilla parecía muy lejana. Gray no había
olvidado que debía llamarla, únicamente lo estaba retrasando. Más tarde, cuando
toda aquella gente se hubiese ido, cuando el teléfono dejara de sonar y él
hubiese terminado con las cartas a Inglaterra que Honoré le había pedido que
escribiese...
–Mrs. Arcoort y Mrs. Ouarrinaire, y nuestra
querida Isabel...
–Isabel está en Australia, Honoré. Yo
regresaré a Inglaterra antes que ella.
–Cambia de planes. Quédate conmigo.
–No puedo, pero me quedaré mientras me
necesites.
Cuando llevaba las cartas al correo comenzó a
llover. Los grandes camions que iban por la carretera de Jency le salpicaron de barro las piernas.
El entierro se celebraría el lunes, así que podría regresar a casa el martes y
quizá esa misma noche viera a Drusilla. Eran casi las cinco y media, se estaba
haciendo un poco tarde para llamarla, y el fin de semana se encontraba a punto
de comenzar. Quizá fuera preferible dejar lo de telefonearla para el lunes por
la mañana. Cuando le dijese lo de su madre, ella comprendería... ¿O no? Se
preguntó si su auténtico motivo para no llamarla era el temor a los sarcásticos
comentarios que probablemente haría Drusilla. «O sea que al fin se fue al otro
barrio», o «¿Cuánto te ha dejado?». No estaba de humor para oír aquellas cosas,
ni siquiera de labios de la mujer que amaba, su Dru, que había cambiado e iba a
ser suya para siempre.
Oyó el timbre del teléfono cuando estaba
entrando en la casa. Lo más probable era que fuese otro amigo de la localidad.
Honoré no estaba en condiciones de contestar. Gray fue rápidamente a la
habitación en que se encontraba el teléfono, evitando mirar la cama vacía con
la colcha azul tendida sobre el desnudo colchón. Por la ventana abierta entraba
la lluvia y salía el olor de la muerte. Descolgó.
–Hola.
–¿Dru? –preguntó él, como si pudiera ser
otra–. ¿Eres tú, Drusilla?
–No me has llamado –replicó ella, con una voz
que encerraba todo un mundo de desolación.
–No –Gray notaba que su tono era cortante;
pero no podía evitarlo. Estaba preparándose para replicar a las impertinencias
de Drusilla–. No me ha sido posible. Mi madre murió esta madrugada.
Ninguna impertinencia; sólo silencio. Luego,
como si hubiera recibido un shock, casi como si la muerta hubiera sido alguien
a quien ella conocía y apreciaba, exclamó:
–¡Oh, no!
Se sintió emocionado, enternecido por la
consternación de su voz. Extrañamente (habida cuenta de que estaban a punto de
reanudar su idilio), durante todo el día había sentido a Drusilla más lejos de
él, menos presente que en ningún momento desde la Navidad. Ella había sido
–ahora se lo podía confesar a sí mismo– casi una carga, un problema extra del
que ocuparse. Pero aquel desolado «¡Oh, no!», que parecía contener más
sentimiento y simpatía que un largo discurso de condolencia, lo enterneció e
hizo que su voz temblara un poco.
–Lamentablemente, sí, Dru. Mi padrastro está
afectadísimo, y yo...
Ella gimió:
–¡Vas a decirme que no podrás venir! –Parecía
descompuesta, desesperada–. Lo noto en tu voz, te quedarás para el entierro...
–Debo hacerlo, querida Dru. Intenta comprenderlo.
Hasta que llegue su hermana, Honoré me necesita. Le he prometido quedarme hasta
el martes.
–¡Pero yo te necesito! –exclamó la
chiquilla imperiosa cuyos deseos debían tener siempre prioridad.
–¿Y crees que yo no te necesito a ti? Pero si
hemos esperado seis meses, podemos esperar cuatro días más. Esto cambia las
cosas, compréndelo.
Dios, que no se ponga difícil, que no me haga
una escena en estos momentos. La felicidad que le había producido redescubrirla
aún no podía soportar tormentas. Era como si necesitase llevar aquella
felicidad consigo, intacta e incólume, durante los siguientes días, como un
talismán, como un refugio en el que protegerse cuando la tristeza y el dolor se
agudizaran, y cuando las consideraciones de tipo práctico se hicieran
exasperantes. Escuchó el ominoso silencio, que parecía preñado de protestas,
petulancia, resentimiento.
–Por favor, Dru, no me pidas que incumpla mi
promesa.
Temió que colgara bruscamente el teléfono.
Pero no, ni le colgó ni estalló en protestas, y cuando rompió el silencio su
voz tenía el mismo tono cortante del miércoles por la mañana.
–Pues no me queda otro remedio. Aún no te he
dicho por qué he telefoneado.
–¿Acaso alguna vez necesitamos razones para
hacerlo?
–No, pero resulta que esta vez hay una. El
doctor quiere verte.
–¿Qué doctor? –preguntó él, sin comprender.
–El veterinario, ¿ya no te acuerdas?
Dido. No era que se hubiese olvidado de la perra, sino que, como ya la
habían rescatado de la choza, alimentado y atendido, pensaba que el problema ya
no existía.
–¿Para qué quiere verme?
–Lo telefoneé hoy para ver cómo iba todo.
Dice que la perra tiene el hígado mal, algo grave, y que su estado es crítico.
Antes de operarla necesita hablar con el amo o con alguien que actúe en su
representación. Gray, yo no puedo ocuparme de eso, no puedo asumir la
responsabilidad, ¿comprendes?
Gray se sentó pesadamente en la cama de
Honoré, recordando la última vez que vio a Dido: vigorosa, vital, rebosante
de salud. Le resultaba horrible pensar que su falta de responsabilidad había
destruido todo aquello.
–¿Cómo es posible que tenga el hígado mal?
–preguntó–. Quiero decir que si se tratase de desnutrición podría comprenderlo,
pero... ¿una lesión de hígado? ¿Qué puedo hacer respecto a eso? ¿De qué servirá
que yo vaya?
–El doctor quiere verte mañana –insistió
ella–. Yo le dije que vendrías. No veo por qué no. A fin de cuentas, Londres no
está tan lejos. Muchas veces, Tiny va a París y viene en el mismo día.
–Pero Dru, ¿no te das cuenta de lo absurdo
que es esto? Tú misma puedes decirle que bueno, que opere, que haga lo
necesario para salvar a la perra. Yo pagaré. Conseguiré dinero de algún modo, y
pagaré.
–Pero tienes que venir a ocuparte
personalmente del asunto. Escucha, si vienes, te prometo que luego me reuniré
contigo en la choza.
La mano de Gray se crispó en torno al
receptor, y un largo escalofrío, casi doloroso, le recorrió el cuerpo. Pero
aquello era imposible...
–No puedo permitirme volar con esa facilidad.
No soy de la jet-set, y lo único que tengo son tres libras.
–Yo te pago el billete. No, no digas que no
estás dispuesto a aceptar nada de Tiny, porque no será dinero suyo. He vendido
mi anillo de amatista, que no me lo regaló Tiny, sino mi padre.
–Dru, la verdad, no sé...
–Le dije al veterinario que estarías allí a
eso de las tres. Pregúntale a tu padrastro si no le importa que le dejes por un
día. Te espero.
Notando la boca seca, Gray dejó el receptor
sobre la almohada y entró en la sala.
–Honoré, mañana tengo que volver a
Inglaterra. Me iré por la mañana y regresaré por la noche.
Se produjo una agria y desagradable
discusión. ¿Por qué tenía que irse? ¿De dónde iba a sacar el dinero? ¿Qué haría
Honoré si se quedaba solo? Y, finalmente, ¿por qué Gray no conseguía un empleo,
sentaba la cabeza (preferiblemente en Francia), se casaba y se olvidaba de las
malas y locas mujeres inglesas que amaban a los animales más que a las
personas?
–Te prometo que volveré a medianoche y me
quedaré hasta después del entierro. Tus amigos te acompañarán. Le pediré a
madame Reville que venga y se quede contigo todo el día.
Gray lo dejó, sintiéndose fatal, pues Honoré
había vuelto a llorar. Se puso de nuevo al teléfono.
–De acuerdo, Dru, iré.
–¡Lo sabía! ¡Dios, no puedo creerlo! Mañana
te veré. ¡Mañana mismo!
–Primero tengo que ver al veterinario, lo
cual no será nada agradable. Anda, cuéntame cuál es la situación.
–Ya tienes las señas. Ve allí a las tres y
habla con él.
–¿Y cuándo y cómo nos vemos?
–Si fuera un día entre semana, iría a
recogerte al aeropuerto; pero, siendo sábado, es imposible. Sin embargo, por la
tarde, Tiny va a ir a ver una casa que quiere comprarle a su madre. Pondré una
excusa para no acompañarlo, y me reuniré contigo en la choza a las cinco. ¿De
acuerdo?
–¿No podríamos vernos en la consulta del
veterinario?
–Lo intentaré, pero no cuentes con ello. Lo
que sí haré será llevarte a Heathrow por la noche.
–Pero... ¿tú y yo...? –No encontraba las
palabras adecuadas para que ella comprendiera lo que él deseaba–. ¿Podremos
pasar un rato juntos?
Ella comprendió y rió significativamente.
–Bueno, ya me conoces –dijo.
–¡Te adoro, Dru! Recorrería miles de
kilómetros por estar contigo. Di que me quieres y todo lo sucedido carecerá de
importancia.
Contuvo el aliento, pendiente del silencio de
Drusilla. Un largo, interminable silencio. La escuchaba respirar
entrecortadamente, como él había respirado la noche que la llamó desde Marble
Arch. De pronto habló, fría, firmemente:
–Te amo. Y he decidido que, si aún me
quieres, dejaré a Tiny y me iré a vivir contigo.
–Amor mío...
–Mañana hablaremos –dijo ella.
La comunicación se interrumpió al colgar
Drusilla, con un golpe seco. Gray se quedó con el vacío en la mano, saboreando
la plenitud, sin atreverse a creer lo que ella había dicho. Pero lo había
dicho, sí. E iba a verla al día siguiente.
Estaría esperándolo al final del sendero. Él
llegaría a la carrera por Pocket Lane. Entraría por la puerta principal, y su
aroma estaría esperándolo, Amorce dangereuse. Y ella saldría a recibirlo
con los brazos extendidos, el cabello como una dorada aureola, su blanca mano
desprovista del anillo que había vendido para tenerlo junto a ella...
Honoré había dejado de llorar, pero parecía
muy triste.
–Lo he estado pensando, y debes coger el
coche –dijo, en francés–. Si, si, j’insiste. Es la manera más rápida de
que vuelvas pronto.
–Gracias, Honoré, eres muy amable.
–Pero debes recordar que en Francia se
conduce por el lado correcto de la carretera...
–No te preocupes, cuidaré bien tu coche.
–Seigneur! Lo que me preocupa no es el coche,
sino tú, hijo mío, eres lo único que me queda.
Gray sonrió y le dio una palmada en el
hombro. Sí, debía dejar de pensar lo peor de todo el mundo, de atribuir a la
gente los peores motivos. Debía hacer lo posible por comprender el poder del
amor. Drusilla habría matado por amor, iba a dejar a Tiny por amor, lo mismo
que él abandonaba a Honoré por amor. Oh, amor, cuántos crímenes se cometen en
tu nombre...
–Tomemos una copita de cognac –dijo Honoré.
15
El avión llegó a Heathrow a la una y cuarto.
Gray compró una guía de Londres, lo cual le dejó sólo con el dinero suficiente
para pagar el billete de metro hasta Leytonstone y el del tren hasta Waltham
Abbey. A las tres menos diez estaba en la parada de Leytonstone, una de esas
estaciones desvaídas y desiertas que abundan en los tendidos del extrarradio.
Drusilla ni siquiera había mencionado la
posibilidad de ir a recibirlo a la estación, y Gray no la esperaba, pero no
pudo evitar inspeccionar los coches aparcados junto al bordillo en la esperanza
de ver entre ellos al Jaguar «E». Naturalmente, no estaba allí. Se preguntó
cuántas veces habrían pisado los pies de ella ese lugar, cuántas veces habría
pasado por allí camino de Londres. Luego, guía en mano, echó a andar por la
larga calle de mansiones de fines de la época victoriana.
Tras meterse por el dédalo de callejones que
había entre la calle de la estación y los aledaños de Epping Forest, dio con
George Street, una pequeña calle situada a la sombra de un enorme hospital de
estilo gótico. En el número 21 no había ninguna placa que anunciase una
consulta veterinaria, pese a lo cual Gray ascendió por la escalinata y tocó el
timbre. Temía que la puerta se abriese en cualquier momento y apareciese un
agresivo individuo de mediana edad, con chaqueta blanca y bolsillos llenos de
jeringuillas y peines de acero, y se viera bombardeado por una andanada de
amenazas relacionadas con denunciarlo a la Real Sociedad Protectora de
Animales. Gray ensayó mentalmente su defensa; pero cuando –tras dos nuevas
llamadas– se abrió la puerta, de ella no emanó el habitual olor a perros y
desinfectante, ni salió ningún viejo veterinario dispuesto a reprocharle su
conducta. En lugar de todo eso se encontró con el olor a pasteles recién
horneados y a una muchacha con un bebé en brazos.
–Tengo una cita con el veterinario a las
tres.
–¿Qué veterinario? –preguntó la joven.
–¿No es esto la consulta de un veterinario?
–No. Lo que busca está más arriba, en esta
misma acera. No sé el número; pero verá la placa.
Estaba casi seguro de que Drusilla había
dicho el 21, aunque tal vez se equivocaba. A fin de cuentas, no había anotado
la dirección. Quizá hubiese dicho 49, el número en que la consulta del
veterinario se encontraba realmente. Estaba acostumbrado a olvidarse de cosas,
y su falta de memoria ya no le preocupaba. Tenía la convicción de que sus
lapsus se debían a bloqueos psicológicos, que eran defensas alzadas por su
subconsciente, y que todo ello desaparecería pronto. Las cosas realmente
importantes nunca las olvidaba. Nada le habría hecho olvidar su cita con
Drusilla a las cinco.
El olor a perros era penetrante, un denso
aroma animal. Como la puerta estaba abierta, entró sin llamar, y se quedó en la
sala de espera, contemplando los ejemplares de The Field y Our Dogs, y preguntándose cuál sería la forma correcta de actuar; enseguida
apareció una mujer con bata color caqui y le preguntó qué deseaba.
–Mr. Greenberg no tiene consulta los sábados
por la tarde –dijo lacónicamente la mujer–. Sólo hacemos lavados y cortes de
pelo.
El hecho de que tales operaciones estaban
teniendo lugar en aquellos momentos lo atestiguaban lejanos gemidos y gruñidos
procedentes de las alturas.
–Me llamo Lanceton –anunció Gray,
preparándose para la expresión de odio y desagrado que despertaría en la mujer
al darse cuenta de que se hallaba frente a un torturador de perros–. Mi
perra... Bueno, una perra que yo cuidaba... La tienen ustedes aquí. –No hubo
ningún cambio en la expresión de la otra, que se limitó a seguir mirándolo–.
Una labrador amarilla llamada Dido. Se la trajeron a Mr...., sí, Greenburg,
el miércoles pasado.
–¿La trajeron aquí? Pero nosotros no alojamos
perros.
–Es que la mía estaba enferma. Se quedó aquí.
Había que operarla.
–Iré a ver.
La mujer regresó al cabo de más de cinco
minutos.
–En nuestros libros no consta nada de lo que
usted dice. ¿A qué hora del miércoles fue?
–A la hora de comer.
La mujer sonrió triunfalmente.
–El miércoles, el señor Greenberg se marchó
de aquí a las doce.
–¿No podría telefonearle?
–Podría, pero sería molestar al doctor
inútilmente. Ya le digo que no estaba aquí.
–Por favor –insistió Gray.
Se sentó a hojear The Field. Las tres y
veinticinco. Tendría que salir de allí en cinco minutos si quería estar en la
choza a las cinco. Escuchó cómo la encargada llamaba desde la habitación
contigua. ¿Sería posible que no sólo se hubiera confundido de número, sino
también de calle? Cuando al fin regresó, la mujer parecía exasperada.
–El señor Greenberg no sabe nada del asunto.
Gray tuvo que aceptarlo. Volvió a la calle,
totalmente desconcertado. El «E» no estaba allí. A Drusilla no le había sido
posible ir a buscarlo. ¿O quizá en esos mismos momentos se encontraba
aguardándolo en otra calle, frente a la consulta de otro veterinario? En
Leytonstone debía de haber docenas de veterinarios. Bueno, docenas quizá no;
pero sí varios. Mientras iba por la calle desandando lo andado, tenía la
sensación de encontrarse en un sueño, una de esas pesadillas en las que uno
está llegando tarde a una cita de crucial importancia, y todo le sale al revés.
Surgen retrasos u otros problemas en el transporte, la gente se muestra hostil,
las direcciones están equivocadas y los lugares más próximos se convierten en
inaccesibles.
Lo más obvio era intentar telefonear a
Drusilla. Tiny estaría fuera, buscando casa, y quizá ella se encontrara sola.
Marcó el número, pero nadie cogió el teléfono, así que miró las páginas
amarillas en busca de consultas veterinarias. Inmediatamente comprendió el
error que había cometido, un error sólo posible cuando dos barrios suburbanos
contiguos tienen nombres muy similares. Greenberg era un veterinario del 49 de
George Street, Leytonstone; Cherwell, un veterinario del 21 de George Street,
Leyton. Dido estaba en Leyton, no en Leytonstone.
Las cuatro menos veinte. Bueno, había ido a
Londres por la perra, ¿no? Aquel había sido el auténtico motivo de su viaje, y
no podía desistir simplemente porque se estuviera haciendo tarde. Además,
aunque se diera por vencido en ese momento, no lograría llegar a la choza antes
de las cinco y cuarto. Notaba esa presión, cercana al pánico, que uno siente
cuando sabe que va a llegar tarde a una cita ansiada y crucial. El aire parece
oscilar, la tierra se aterra a nuestros pies, la gente y los objetos inanimados
conspiran para retrasarnos.
Abrió su guía de Londres. La George Street de
Leyton estaba lejísimos, casi en Hackney Marshes. Ignoraba cómo llegar hasta
allí, pero sabía que hacerlo le llevaría, por lo menos, media hora. Lo cual
resultaba impensable, teniendo en cuenta que en aquellos momentos Drusilla
estaría vistiéndose para él, perfumándose, mirando el reloj. Así que marcó el
número de Cherwell por si acaso. No ocurrió nada, nadie contestó.
Evidentemente, los sábados, los veterinarios no trabajaban hasta tarde.
Pero la perra... Sin duda el tal Cherwell
actuaría por su propia cuenta. Seguro que, si hacía falta operar, operaría con
o sin consentimiento. Todo lo que Gray podía hacer era llamarlo desde Francia a
primera hora del lunes. Así pues, concluida la cuestión del veterinario, debía
apresurarse para llegar cuanto antes a Liverpool Street.
Pensó que debía de haber una forma más rápida
de efectuar aquel viaje transforestal de diez o doce kilómetros sin tener que
regresar a Londres y salir de nuevo hacia los suburbios septentrionales. Tenían
que existir autobuses; pero él no sabía ni sus rutas ni sus lugares de parada.
De tener dinero, podría haber telefoneado pidiendo un microtaxi. Pero apenas
llevaba lo suficiente para pagar el tren.
El metro se desplazaba a una velocidad
absurda, y cuando lo dejó tuvo que esperar quince minutos a que llegase el tren
de Waltham Cross. Cuando al fin llegó y él entró en el vagón, su reloj, que
había verificado con los de las diversas estaciones para asegurarse de que no
adelantaba, marcaba las cinco menos veinticinco.
Sólo en una ocasión Drusilla había llegado
tarde a una cita con él, y fue aquella primera vez en New Quebec Street. Ahora
no llegaría tarde. Ya debía de llevar esperándolo media hora, desconcertada,
inquieta, yendo de una habitación a otra, corriendo a la ventana, abriendo la
puerta principal para mirar camino arriba. Luego, al ver que no llegaba, se
diría a sí misma: no voy a mirar más, me apartaré, contaré hasta cien y, cuando
haya terminado, él ya estará aquí. O bien iría al piso de arriba, desde donde
no podía ver el camino, y se volvería a mirar en el espejo, peinándose de nuevo
la exuberante cabellera, aplicándose perfume en el cuello, pasándose con
sensual anticipación las manos por el cuerpo que había preparado para él.
Cuenta hasta cien otra vez, baja lentamente las escaleras, acércate a la ventana,
levanta la cortina, cierra los ojos. Cuando los abras, lo verás corriendo hacia
ti...
A las cinco y media, Gray se encontraba en
Waltham Abbey en el otro extremo de Pocket Lane. En el cruce había habido un
accidente, las señales de tráfico colocadas por la policía seguían puestas, y
se veían varios coches patrulla. En el centro de la carretera, un par de
huellas negras del frenazo terminaban en un montón de arena, esparcida quizá
para cubrir la sangre y el horror. Gray no se detuvo a mirar ni a preguntar,
sino que aceleró el paso, diciéndose que un hombre de su edad debería ser capaz
de recorrer tres kilómetros en veinte minutos.
Corrió por la dura superficie del camino de
grava, evitando los bordes de hierba húmeda. Pocket Lane nunca le había
parecido tan extenso. Sus vueltas y recodos, sus largos tramos rectos, con los
que tan familiarizado estaba, parecían haber aumentado desmesuradamente, como
si el sendero estuviese hecho de goma y un gigante hostil lo hubiera estirado
sólo para fastidiarle. Cuando llegó al punto en que la grava daba paso a la
tierra, la sangre le latía con fuerza en la cabeza y notaba la boca seca como
la yesca.
Bajo los árboles, donde debería haber estado
el Jaguar «E», había un gran Mercedes verde oscuro. O sea que Drusilla había cambiado
de coche. Tiny le había comprado uno nuevo. Gray estaba agotado por la carrera,
pero la visión del coche le dio nuevos ánimos, y siguió corriendo, con los
pantalones cubiertos de barro amarillento. La lluvia caída al otro lado del
canal también había caído allí, y en las profundas rodadas, el cieno era casi
líquido. Aquel último trecho del camino, que tan corto le parecía cuando
acompañaba a Drusilla de regreso a su coche, ¿había sido siempre tan largo como
ahora lo encontraba? Pero ya podía ver la choza, su pálida estructura, blanca
como el cielo encapotado. La puerta de la finca estaba abierta y se movía
levemente a impulsos de la brisa que hacía temblar los millones de hojas de los
árboles. Se detuvo un momento en la puerta del jardín para recuperar el
aliento. Tenía el rostro cubierto de sudor y le costaba respirar, pero lo había
conseguido, había tardado menos de veinte minutos.
Abrió la puerta principal y, antes de entrar,
gritó:
–Dru, Dru, lamento llegar tan tarde. He
venido corriendo desde la estación. –La puerta se cerró por la fuerza del
viento–. ¿Estás arriba, Dru?
No se produjo el menor sonido, nadie
respondió, pero a Gray le pareció detectar su aroma, Amorce dangereuse. Por un segundo, estuvo seguro de haberlo olido, y luego el perfume se esfumó
entre los olores de polvo y madera descompuesta. Respirando más pausadamente,
dejó en el suelo el maletín y la chaqueta. El «salón» estaba vacío, al igual
que la cocina. Naturalmente, ella estaría arriba, quizá hasta en la cama,
esperándolo. Aquello era muy propio de Drusilla, inquietarlo, aguardarlo en
silencio, riendo bajo las sábanas, y luego, cuando él entrase en el dormitorio,
estallar en un torrente de carcajadas.
Subió de dos en dos los peldaños de la
escalera. La puerta del dormitorio estaba cerrada. Él recordaba haberla dejado
abierta –siempre lo hacía–; en ese momento el corazón comenzó a golpearle el
pecho. Al llegar a la puerta, vaciló, no por timidez, ni por miedo, ni por que
dudara, sino para paladear debidamente la alegría y felicidad que llevaba todo
el día reprimiendo. Ahora, cuando al fin había alcanzado su meta, podía
rendirse a tales emociones. Podía permanecer allí durante diez segundos, con
los ojos cerrados, regocijándose por haber vuelto con Drusilla; mantenerse en
el umbral de su encuentro, saborearlo, en todo su maravilloso significado, para
luego abrir la puerta.
Primero abrió los ojos y luego la puerta, sin
decir nada.
La cama estaba vacía, las sábanas sucias
retiradas, como él las había dejado; una taza de té vacía sobre la mesilla de
noche, como él la había dejado... La brisa meció los jirones de tela que
servían de cortinas e hizo estremecerse una polvorienta telaraña. Notando un
doloroso vacío en el lugar que antes ocupara su galopante corazón, miró el
cuarto desierto, sin dar crédito a sus ojos.
El dormitorio de invitados también estaba
vacío. Fue a la planta baja y salió al jardín, en el que los helechos habían
alcanzado la altura de un hombre, y donde la hierba había comenzado a crecer
sobre las cenizas de su hoguera. Ni un rayo de sol atravesaba el blanco techo
de nubes. El único sonido que escuchaba era un murmullo de pájaros sin trino.
Una ráfaga de viento hizo estremecerse los altos helechos.
Pero ella tenía que estar allí, pues allí
estaba su coche. Quizá, cansada de esperar, había salido a dar un paseo. La
llamó una vez más y luego volvió al camino, chapoteando en el barro
amarillento.
El coche seguía allí, aún vacío. Se acercó y
miró a través de los cristales. En el asiento posterior había un ejemplar del Financial Times y, sobre él, una funda de gafas. Drusilla no llevaría cosas así en su
coche. No llevaría un reposacabezas negro en el asiento del pasajero, ni un par
de guantes de conducir masculinos en la repisa del salpicadero.
No era su coche. Drusilla no había acudido.
«Si vienes, te prometo que luego me reuniré
contigo en la choza.»
Le había dicho Drusilla.
«¡Dios, no puedo creerlo! Mañana te veré.
¡Mañana mismo!»
Gray contuvo la tentación de darle una patada
al coche, el inocente objeto inanimado que nada tenía que ver con ella y que
probablemente pertenecía a un arqueólogo u ornitólogo. Arrastrando los pies,
con la cabeza gacha, Gray no vio a Mr. Tringham hasta que el viejo se encontró
casi a su altura y ambos estuvieron a punto de tropezar.
–¡Mire por dónde va, joven!
Gray se hubiera marchado sin responder; pero
Mr. Tringham, que por una vez no iba con un libro y que en apariencia había
salido de su cabaña especialmente para hablar con él, dijo, en un tono casi
acusador:
–Ha estado usted en Francia.
–Sí.
–Hace rato había un hombre en su jardín. Un
tipo menudo y bajo, merodeando alrededor de la casa, mirando por las ventanas.
Pensé que debía usted saberlo. Quizá pretendía forzar la entrada.
¿Qué demonios le importaba que alguien que no
fuese Drusilla hubiese intentado entrar?
–Me da lo mismo –dijo.
–Hmm. Salí temprano a dar mi paseo porque
pensé que llovería más tarde. Había un tipo de aspecto desastrado y cabello
largo sentado bajo un árbol y el otro estaba en su jardín. Habría llamado a la
policía, pero no tengo teléfono.
–Ya. –dijo hoscamente Gray.
–Hmm. Debo decir que ustedes los jóvenes se
toman estas cosas muy a la ligera. Personalmente, pienso que deberíamos usar su
teléfono (o, mejor dicho, el de Mr. Warriner) para llamar a la policía.
Gray replicó, en un tono irritado y
descortés:
–No quiero que venga la policía a ponerlo
todo patas arriba. Lo único que deseo es que me dejen en paz.
Se alejó hoscamente. Mr. Tringham, muy en el
estilo de Honoré, gruñó algo respecto a la decadencia de la juventud actual.
Gray cerró la puerta de la choza de un portazo y entró en el «salón». Lanzó una
patada a la bolsa de golf, que se derrumbó con estrépito.
Drusilla no había ido. Él viajó cientos de
kilómetros para verla, cubrió el último trecho corriendo hasta casi reventarse
los pulmones. Y ella no había ido.
16
El teléfono hizo clic, y luego comenzó a
sonar. Gray alzó lentamente el receptor, sabiendo que sería Drusilla; no quería
su voz ni ninguna otra parte de la mujer, sino toda ella.
–Hola.
–¿Qué ha pasado? –preguntó él con cansancio.
–¿Qué ha pasado contigo?
–Llegué a las seis menos cinco, Dru. Corrí como un loco. ¿No podrías
haberme esperado? ¿Dónde estás?
–En casa. Acabo de llegar. Tiny dijo que
regresaría a las seis, y no se me ocurrió ninguna excusa para no estar. Me quedé
todo el rato que pude, y luego tuve que irme. Ahora él está en el jardín, así
que más vale que abreviemos.
–Dios mío, Dru, me lo prometiste. Me
prometiste que estarías aquí. Ibas a llevarme en el coche hasta el aeropuerto.
No es que me importe, pero si contabas con tener tiempo para hacerlo, yo creo
que podrías... Te deseaba tanto...
–No pude evitarlo. Hice lo que pude. Debí
haberlo pensado, recordar que siempre llegas tarde, y siempre metes la pata.
Seguro que ni siquiera encontraste al veterinario, ¿a que no?
–¿Cómo lo sabes?
–Porque llamé a Mr. Cherwell para ver si
habías estado allí.
–¿O sea que era Cherwell...?
–Pues claro. El 21 de George Street, Leyton.
Te lo dije, ¿no? De todas maneras, ya no importa. Hay que sacrificar a la
perra.
–¡Oh, Drusilla, no!
–¡Oh, Gray, sí! Aunque hubieras visto a Cherwell tampoco habrías podido hacer nada, o
sea que no merece la pena que te preocupes. ¿Qué vas a hacer ahora?
–Creo que morirme. He venido hasta aquí para
nada, y estoy sin blanca. Si alguna vez alguien ha hecho un viaje inútil, éste
soy yo. Llevo todo el día sin comer, y no tengo para el pasaje de vuelta. Y me
preguntas qué voy a hacer...
–O sea que no has visto el dinero.
–¿Dinero? ¿Qué dinero? Sólo llevo aquí diez
minutos. Estoy cubierto de barro y muerto de cansancio.
–Pobre Gray. No importa. Yo te diré lo que
debes hacer. Te cambias de ropa, coges el dinero que te he dejado –está en la
cocina–, sales pitando de ese agujero y regresas a Francia. Simplemente,
olvídate de este día, no pienses en él. Oye, tengo prisa, Tiny vuelve del
jardín.
–¿Tiny? ¿Qué demonios nos importa Tiny en estos
momentos? Si la próxima semana te vienes a vivir conmigo, ¿qué más da lo que
piense Tiny? Cuanto antes se entere, mejor. –Se aclaró la voz–. No habrás
cambiado de idea, ¿verdad, Dru? Dentro de una semana te vienes conmigo, ¿no?
Ella dio un suspiro tenue y fugaz. El sentido
de sus palabras fue firme; pero su voz no tanto.
–Yo nunca cambio de idea.
–Dios, sólo pensar que después de hacer este
viaje no voy a verte me pone enfermo. ¿Cuándo estaremos juntos?
–Pronto. En cuanto regreses. El martes. Ahora
voy a colgar.
–No, por favor. –Si ahora le colgaba el
teléfono, si Drusilla terminaba como siempre, sin despedirse... Pero sabía que
ella siempre terminaba así–. ¡Drusilla, por favor!
Por primera vez, ella lo dijo:
–Adiós, Gray. Adiós.
Sobre la tapa de la bañera encontró la
factura de la electricidad, la del teléfono y el cheque de sus editores. Las
dos primeras anulaban el tercero. También había una postal de Mal y,
extrañamente, otra de Francis y Charmian, desde Lynmouth. Drusilla había dejado
el dinero junto a la correspondencia, en un desordenado montón. No parecía
haber mucho, pero cuando miró mejor vio que todos los billetes eran de diez, y
en total había diez. Había dejado treinta libras y se encontraba con cien.
No había ninguna nota de amor. Drusilla había
dejado cien libras como quien deja calderilla; había vendido su anillo de
amatista para que él tuviera dinero, y Gray sentía una cálida y profunda
gratitud, pero habría agradecido una carta. Sólo unas letras en las que le
dijese que lo amaba, que le angustiaba no poder verlo. En todo el tiempo que
habían estado juntos, jamás había recibido una carta de ella y ni siquiera
conocía su letra.
Pero a partir de la semana siguiente, ya no
necesitaría canas ni nada que se la recordase. Eran casi las seis y media y
debía ponerse en camino. De pronto se fijó en que su camisa y sus vaqueros
sucios estaban en el respaldo de la silla del dormitorio, lavados y planchados,
junto con su camiseta. Ella había hecho aquello por él. Había limpiado la
cocina y lavado sus ropas. Mientras se cambiaba rápidamente, Gray se preguntó
si Drusilla habría hecho aquello para demostrarle de lo que era capaz, para que
viera que, cuando se fuese a vivir con él, no sería la niña rica e inútil que
sin dinero no era nadie. Hizo un revoltillo con sus pantalones manchados de
barro y los dejó en la bañera. Los cristales de la ventana estaban limpios, y
la madera había sido lavada en parte. Drusilla lo había hecho todo por él,
además de vender su precioso anillo. Debería estar exultante de felicidad, pero
la desilusión por no haberla visto pesaba más. Nada de lo que ella pudiera
darle o hacer por él lo compensaba por su ausencia.
Pero en cuanto volviese de Francia, la
telefonearía y le pediría que el martes por la noche, cuando él regresase, ella
lo estuviera esperando. Drusilla aún tenía su llave. La que en aquellos
momentos colgaba sobre la pila debía ser la de Isabel. La habría dejado allí
cuando llevó a Dido...
Los remordimientos por la muerte de la perra se
arremolinaron en su interior. Por culpa de una distracción había cometido un
error que se tradujo en un acto casi criminal. Pero en cuanto Drusilla
estuviese con él, todo cambiaría.
Haría planes, recordaría, tomaría decisiones.
Antes de emprender el regreso a la estación
sólo quedaba tiempo para tomarse un té sin leche y unas galletas. El teléfono
estaba colgado, su correspondencia examinada, la puerta trasera cerrada con
llave. ¿Había algo más que debiera recordar?
Quizá fuera mejor que se llevase con él la
llave de repuesto. Si el hombrecillo que había visto Mr. Tringham era realmente
un ladrón, la llave resultaba muy accesible. Bastaba con romper el cristal de
la ventana, meter una mano, coger la llave del clavo, y la choza, la choza de
Mal, quedaría a disposición de cualquiera, para que hiciese con ella lo que le
diera la gana. A Mal no le haría ninguna gracia que desaparecieran sus palos de
golf o aquellos desvencijados muebles que, a fin de cuentas, era cuanto tenía.
Felicitándose por aquellas cautelas tan raras
en él, Gray descolgó la llave y, cuando iba a echársela al bolsillo, advirtió
con sorpresa lo nueva y reluciente que estaba. ¿Seguro que le había dado a
Isabel la llave de repuesto que Mal había dejado? Aquella llave era más
parecida a la copia que había hecho hacer especialmente para Drusilla cuando
las visitas de ésta eran tan frecuentes que cabía la posibilidad de que llegase
mientras él estaba haciendo compras. Pero quizá no le hubiese dado la nueva.
Quizá Drusilla tuviese la vieja, y la nueva hubiera quedado como llave de
repuesto. Gray no lograba recordarlo con exactitud, y no le dio más
importancia.
Se bebió el té y dejó los cacharros en el
escurridor. Recogió las cien libras y las dos llaves y cerró a su espalda la
puerta principal. Caía una lluvia fina, no mayor que una llovizna, y de las
hojas empapadas de los árboles se desprendían gotas más gruesas. Fue caminando
sobre la hierba mojada para evitar mancharse de barro amarillento.
El coche verde continuaba allí. Quizá fuese
robado, y habían escogido aquel lugar apartado para abandonarlo. O bien su
dueño había ido a dar un paseo para disfrutar de la naturaleza en la
profundidad del bosque. Los Willis se encontraban en su jardín delantero, que estaba
como nuevo, hablando o tal vez lamentándose de algo, quizá de un caso de mildiu
u otra enfermedad de las plantas. Al ver a Gray, se volvieron dignamente,
dándole la espalda.
En el cruce, los coches patrulla habían
desaparecido, al igual que el montón de arena. Gray caminó rápidamente hacia la
estación.
La luna brillaba sobre Francia. ¿Se habría
despejado el cielo de Inglaterra, y brillaría aquella misma luna sobre Epping
Forest y Combe Park? Ella y Tiny estarían en la cama, el grueso hombre de
negocios con su pijama negro y rojo leyendo las memorias de algún financiero
notable, o quizá el f
manual Times; la esbelta joven con camisón blanco,
enfrascada en una novela. Pero en aquella noche de sábado no habría llamadas
telefónicas de un desconocido que no decía nada y sólo respiraba pesadamente. Y
ella ya no se sentiría sola, sino que estaría pensando en cómo le diría a su
marido, al hombre de la cama contigua, que lo iba a abandonar la semana
siguiente. Sueña conmigo, Drusilla.
Tras dejar atrás la señalización de nids de poule, entró en el dormido Bajon, sorteando el castañar y la casa llamada Les Marrons. La luna iluminaba lo suficiente para ponerle de nuevo la funda de
nailon al coche sin necesidad de encender otra luz. Pero el vestíbulo de Le
Petit Trianon estaba tan oscuro como la boca de lobo. Buscó a tientas el
interruptor y tropezó con algo que se encontraba frente a la puerta, un ramo de
lirios funerarios metido en un jarrón de plástico. Temiendo que el ruido
hubiese despertado a su padrastro, Gray abrió la puerta del dormitorio, que
Honoré había dejado entornada.
La pálida luna, que había transformado el
circo de gnomos en un ballet fantasma, bañaba de plata los muebles y creaba
tenues formas geométricas sobre la alfombra. Honoré, con el entrecano cabello
despeinado y revuelto, yacía hecho un ovillo en su propia cama, pero vuelto
hacia la que había sido de Enid, salvando con un brazo la distancia entre ambas
y con la mano metida bajo la almohada contigua. Dormía profunda, serenamente,
casi sonriendo. Gray supuso que siempre habían dormido así, la mano de Honoré
estrechando la de Enid, y pensó que, dormido, con la fea realidad anulada por
el sueño, su padrastro seguía acompañado por Enid, y que ella seguía con la
mano de él bajo su mejilla.
Emocionado por aquella imagen, Gray pensó que
él y Drusilla dormirían así, sólo que en la misma cama, siempre juntos. Y
durante toda la noche, hasta las ocho, cuando el ladrido del perro del granjero
lo despertó, soñó con ella, y sus sueños fueron dulces y tranquilos. Luego se
levantó y le llevó café a Honoré, que por las mañanas ya no estaba ni sonriente
ni sereno, y cuyo hábito de madrugar parecía haber muerto con Enid.
Apareció Madame Reville y se llevó a Honoré a
misa. Gray se quedó solo en casa, con el teléfono a su disposición. ¿Qué hacían
Drusilla y Tiny los domingos? Intentó evocar algo que ella le hubiera dicho al
respecto, pero no recordó nada. Desde luego, a la iglesia no iban. ¿Jugaría
Tiny al golf o bebería con amigotes igualmente acaudalados en el pub que coronaba
la cima de Little Cornwall? Cabía la posibilidad de que Drusilla estuviera
sola, o incluso de que ya se lo hubiera dicho todo a Tiny. En este último caso,
Drusilla agradecería que él la llamase, para darle ánimos y confianza.
Sin dudarlo más, marcó el número. Sonó y
sonó, pero no contestó nadie. Una hora más tarde, cuando volvió a intentarlo,
el coche de madame Reville se detuvo en el exterior y Gray tuvo que colgar el
teléfono. Bueno, había dicho el lunes y, desde luego, podría esperar hasta entonces.
El día transcurrió lentamente. Cada hora que
pasaba sin ella se le hacía eterna. No dejaba de pensar en la escena que, en
aquellos mismos momentos, podía estar teniendo lugar en Combe Park: Drusilla
manifestando su intención de abandonar a Tiny y éste su decisión de evitarlo a
toda costa. Quizá el hombre hasta hiciese uso de la violencia. O quizá la
echara de casa. Pero Drusilla tenía su llave y, en caso de necesidad, podría
refugiarse en la choza.
Honoré estaba tumbado en el sofá, leyendo las
cartas que Enid le había escrito durante el breve período que medió entre el
conocimiento de ambos y su boda. Llorando a lágrima viva, Honoré, le leyó en
francés algunos fragmentos a Gray.
–¡Ah, cómo me amaba! Pero tenía tantas dudas,
mi pequeña Enid... Aquí me dice: ¿qué será de mi hijo, de mis amigos? ¿Cómo
aprenderé a vivir en tu mundo, yo, que sólo hablo el francés que aprendí en el
colegio? –Honoré se incorporó y señaló a Gray con un índice–. Yo ahuyenté todas
sus dudas con mi gran amor. Ahora mando yo, le dije. Tú harás lo que yo diga, y
yo digo que te amo y que todo lo demás no importa. ¡Ah, y cómo se adaptó!
Aunque ya era mayor –dijo, con franqueza gala–, enseguida habló francés como
una francesa, hizo nuevos amigos, lo abandonó todo por estar conmigo. El verdadero
amor, Gray, todo lo vence.
–Estoy seguro de que así es –replicó Gray,
pensando en Drusilla.
–Tomemos un poco de cognac, hijo mío. –Honoré
ató las cartas y se secó los ojos con la bocamanga–. Mañana estaré mejor.
Después del entierro, me recuperare.
Después del entierro, mientras los invitados
bebían vino y comían pastel en la sala, Gray se escabulló para telefonear a
Drusilla. Ella estaría aguardando impacientemente su llamada, y quizá hasta
hubiera intentado llamarlo antes, mientras se encontraban en la iglesia.
Seguramente estaría sentada junto al teléfono, sintiéndose sola y asustada
porque había tenido una terrible pelea con Tiny y, al no recibir noticias de
Gray, temía que su amante también la hubiese abandonado. Marcó el código y el
número y escuchó la señal de llamada.
A los seis timbrazos se produjo la respuesta.
–Combe Park.
La ronca voz, de marcado acento cockney, una
voz que evidentemente no era la de Drusilla, lo dejó estupefacto. Luego
comprendió que debía de tratarse de la mujer de la limpieza. Él y Drusilla
habían acordado que si contestaba la sirvienta, colgaría sin decir nada. Pero
el acuerdo ya no estaba en vigor, naturalmente.
–Combe Park –repitió la voz–. ¿Quién es?
Era preferible volver a llamar más tarde, no
hacer nada que pudiese complicar una situación ya de por sí delicada. Colgó el
receptor silenciosamente y con todo cuidado, como si de ese modo se convenciera
de que no había hecho la llamada, y luego volvió a la sala en la que todos
hablaban en susurros, bebiendo Dubonnet y comiendo Chamonix oranges.
Inmediatamente, el alcalde lo llevó aparte y le interrogó concienzudamente
sobre su visita a Inglaterra. ¿Había tenido oportunidad de asistir a algún
partido interesante de criquet o, mejor aún, de hacer una visita a Manchester?
Gray respondió que no a ambas preguntas, al tiempo que se percataba de que la
mirada de madame Derain no se apartaba de él. Tenía los ojos pequeños, redondos
y brillantes, como su hermano, y su misma piel morena, pero en su caso, los
pequeños huesos de los Duval quedaban ocultos por una montaña de grasa, y sus
facciones estaban abotagadas por el exceso de carne.
Como leyendo el letrero de una tienda, la
mujer comentó:
–Ici on parle français, n’est ce pas?
Madame Derain se había puesto al frente de la
casa. Era evidente que tenía intención de quedarse, de cambiar su trabajo y su
piso sobre la pescadería de Marsella por el relativo lujo y la tranquilidad de
Le Petit Trianon. Aún más tacaña que Honoré, ya estaba haciendo planes para
realquilar una habitación y hablando de quitar los trípodes y las caléndulas
para convertir el patio trasero en una huerta. Y los hijastros ingleses que no
contribuían para nada a los gastos de la casa no le resultaban nada simpáticos.
Una copa de Dubonnet por cabeza era todo lo
que la mujer permitía y luego los invitados al entierro tuvieron que irse. Gray
intentó de nuevo llamar a Drusilla y otra vez contestó la mujer de la limpieza.
Su tercera intentona tuvo lugar a las cinco y media, la última segura para
llamar, pero no prosperó, ya que madame Derain le arrancó literalmente el
teléfono de la mano. No lloriqueó ni habló del formidable gasto. Se limitó a
afirmar categóricamente que en cuanto pudiera, pediría que les desconectasen el
teléfono.
Tendría que volverlo a intentar por la mañana,
mientras la hermana de Honoré estaba comprando, pero cuando se hizo de día, y
mientras Honoré bebía café en la cocina, Gray entró en el dormitorio y madame
Derain ya estaba allí. En apariencia, retirando del cuarto todo lo que pudiera
resultarle doloroso a su hermano, pero Gray pensó que lo que en realidad hacía
era ver qué ropas de Enid podía aprovechar para su propio uso. A Gray le daba
la sensación de que a Honoré le hubiese gustado conservar intacto el cuarto de
su difunta esposa, convertido en una especie de templo al recuerdo de la
felicidad que compartieron. Pero no era así como madame Derain veía las cosas.
Había permitido que su hermano se quedase con la alianza de Enid, aunque no
pudo evitar comentar de pasada que sería más juicioso venderla. Honoré sujetaba
el anillo en sus callosas y morenas manos, pues era tan pequeño que no le cabía
en ninguno de los dedos.
–Quiero devolverte el dinero que me mandaste
–dijo Gray–. Aquí tienes: las treinta libras.
Honoré las rechazó, pero sólo de boquilla y por
poco tiempo. Gray auguró a su padrastro una vida de mezquinos engaños para
conseguir sacarle a su hermana algún dinero, en la que todos los ingresos extra
deberían ser cuidadosamente ocultados. Aquél sería el primero de ellos. Honoré
se metió el dinero al bolsillo, no sin antes echar una subrepticia y temerosa
mirada a la puerta.
–Quédate otra semana, Gray.
–No puedo. He de hacer un montón de cosas. La
primera de ellas, cambiarme de casa.
–Ah, te mudarás, y te olvidarás de decirle al
viejo Honoré tu dirección, y ya no sabré más de ti.
–No me olvidaré.
–¿Vendrás por vacaciones?
–Cuando tengáis a vuestro realquilado, ya no
habrá sitio para mí.
De pronto, Gray se preguntó si debía hablarle
a Honoré de Drusilla, contarle una versión censurada de su historia, explicarle
que había una chica con la que esperaba casarse en cuanto ella consiguiera el
divorcio. Lo cual era cierto. Algún día se casarían. Ahora deseaba que todo
fuera así; abierto, claro, visible para todo el mundo, sin más secretos. Miró a
Honoré, que comía y bebía mecánicamente, enfrascado probablemente en el
recuerdo de su esposa. No, de momento era mejor que todo siguiera en secreto.
Pero le resultó extraño que se le hubiese ocurrido sincerarse con su padrastro,
con su viejo enemigo. Durante todos aquellos años en que habían podido tener
una relación satisfactoria, ambos se obstinaron en llevarse mal, insistiendo
cada uno en hablar el idioma del otro. Y ahora, cuando la relación ya concluía,
cuando resultaba probable –y ambos lo sabían– que no volvieran a verse, Honoré
hablaba en francés y él en inglés, y se comprendían mutuamente, y algo similar
al afecto había surgido entre los dos.
Aunque quizá algún día volviese. Él y
Drusilla podían pasar la luna de miel en Francia, pasar por Bajon –probablemente,
harían el viaje en autostop– y visitar a Honoré...
¿Debía intentar llamar a Drusilla desde el
pueblo? ¿Iría a Écu y usaría el teléfono público? Así concretarían una hora
para su encuentro y él podría tenerle lista una cena y abrir una botella de
vino cuando ella acudiera al fin a su nuevo hogar y a su nueva vida.
Pero su historia resultaría difícil de
explicar a Honoré, que vivía con la idée fixe de que su hijastro tenía un idilio
con una criadora de perros entrada en años. Además, ¿para qué tomarse tantas
molestias si en tres o cuatro días ya estaría en Londres?
–Perderás el avión –dijo madame Derain,
entrando con una de las bufandas de Enid al brazo. Al verla, Honoré hizo una
mueca–. El autobús sale dentro de diez minutos.
–Yo te llevaré en coche hasta Jency, hijo.
–No, Honoré, tú no estás para eso. Iré solo.
Quédate aquí y descansa.
–J’insiste. ¿Acaso no soy tu padre? Haz lo que
te digo.
Así que volvieron a quitarle al Citroën la
funda de nailon y Honoré lo llevó a Jency. Allí esperaron, bebiendo café en una
terraza, y cuando el autobús llegó, Honoré lo abrazó afectuosamente, besándolo
en ambas mejillas.
–Escríbeme, Gray.
–Descuida, lo haré.
Gray saludó desde el autobús hasta que la
figura del menudo hombrecillo tocado con boina, el vendedor francés de cebollas,
el camarero, el ladrón de su feliz adolescencia, el asesino de su sueño, no fue
más que una simple mota negra en la amplia y polvorienta plaza.
17
En Londres, la humedad pesaba y resultaba
casi irrespirable. Como en noviembre, pensó Gray, sólo que con calor. El cielo
era de un uniforme gris pastel, y parecía haber caído sobre los tejados y
árboles como una capa de muselina. No había ni un soplo de viento que moviera
una hoja, ni hiciera ondear una bandera, ni moviera un pelo de su sitio a una
mujer. Era la atmósfera de un invernadero, sólo que sin flores.
Desde la terminal aérea, Gray llamó a
Drusilla y no obtuvo respuesta. Probablemente, había salido de compras. No iba
a quedarse todo el día en casa, esperando su llamada. La telefoneó de nuevo
desde Liverpool Street, y otra vez desde Waltham Cross, siempre con el mismo
resultado. En una ocasión o en dos, ella podría haber estado de compras o en el
jardín; pero... ¿en todas las ocasiones? Él no le había dicho que la llamaría,
pero seguro que Drusilla esperaba que lo hiciera. De todas maneras, no tenía
sentido volverse loco y andar metiéndose en cada cabina telefónica que
encontraba en su camino. Era preferible esperar llegar a casa.
Pocket Lane había atraído a sus húmedos
confines a lo que parecía ser la totalidad de los insectos zumbadores de Essex,
que revoloteaban perezosamente sobre la vegetación. Gray se espantó numerosos
insectos del rostro y de la bolsa de comida que había comprado en una boutique
del gourmet de Gloucester Road: ternera asada y ensalada para la cena, y una
botella de vino. Quizá Drusilla no estuviera en casa porque había hecho lo que
él ansiaba: huir de Tiny y refugiarse en la choza. No se le había ocurrido
llamar a la choza. Drusilla podía estar allí, esperándolo. Pero no, no iba a
caer otra vez en lo mismo, en la espantosa pesadilla del sábado de matarse a
correr hacia su encuentro para que luego Drusilla no estuviera allí.
Hasta que llegó a la casa y la hubo recorrido
palmo a palmo, no logró librarse de la esperanza, que no muere porque uno,
racionalmente, se diga que es absurda. Dejó la comida sobre la mesa de patas de
hierro y levantó el teléfono. Antes de marcar se dio cuenta de que los palos de
golf estaban de pie apoyados de nuevo contra la pared. Pero él le había dado una
patada a la bolsa y los había dejado esparcidos por el suelo... ¡Ella había
estado allí! Cinco-cero-ocho, y luego los cuatro dígitos. Dejó que la llamada
sonase veinte veces antes de colgar el receptor. Decidió tomárselo con calma,
actuar razonablemente, y no marcar de nuevo aquel número hasta al menos dos
horas después.
Drusilla había dicho el martes, pero no que
se pondría en contacto con él antes de ir a la choza. Y había todo tipo de
razones que justificaban su ausencia dé Combe Park. Quizá incluso hubiese ido
al aeropuerto a recibirlo, y no hubiera logrado encontrarlo entre la multitud.
Salió al jardín delantero y se tumbó sobre los helechos. Allí el bochorno era
menor que dentro de la casa, algo menos claustrofóbico. Pero la atmósfera,
densa y caliente, estaba cargada de la tensión característica de ese tipo de
clima. Era como si el propio tiempo atmosférico estuviese esperando a que
ocurriera algo.
Los pájaros no trinaban. El único sonido era
el zumbido de densas nubes de moscas que evolucionaban de un lado a otro. Y en
los árboles, cuyos troncos parecían pilares de piedra, no se movía ni una hoja.
Gray permaneció tumbado, pensando en ella, desechando las dudas según iban
surgiendo, recordándose a sí mismo lo decidida y puntual que era Drusilla;
aparte del hecho de que nunca cambiaba de idea. Había dejado la puerta
principal entornada para poder oír el teléfono cuando sonase. Se tumbó de
costado, y miró por entre los tallos de los helechos, por entre aquel bosque en
miniatura, hacia el camino, de modo que pudiera ver la plateada carrocería del
Jaguar «E» cuando éste se detuviera bajo los árboles y entre la vegetación. Al
cabo de un rato, como hacía calor y ya había logrado tranquilizarse, Gray se
quedó dormido.
Cuando despertó, cerca de las cinco y media,
el aspecto del bosque seguía siendo el mismo, y la luz tampoco había cambiado.
No había llegado ningún coche, ni había sonado el teléfono. Las cinco y media
era la última hora segura para llamarla. Regresó lentamente a la casa y marcó,
pero siguió sin obtener respuesta. Drusilla llevaba todo el día fuera, se había
pasado fuera todo el día en que debía abandonar a su marido por su amante. Las
excusas reconfortantes que había buscado para explicarle su ausencia y su
silencio y que le habían permitido dormirse, comenzaron a hacerse cada vez más
débiles, y fueron sustituidas por una creciente aprensión. «Yo nunca cambio de
idea», le había dicho. Iba a dejar a Tiny para irse a vivir con él. El martes,
cuando él, Gray, regresara. Pero también dijo adiós, cosa que nunca antes había
hecho. Habrían hablado por teléfono doscientas o trescientas veces; se habían
visto en centenares de ocasiones, pero ella nunca concluyó sus charlas ni sus
reuniones con una auténtica despedida. Nos vemos, cuídate, hasta mañana, pero nunca
adiós...
Sin embargo, dondequiera que estuviese, e
independientemente de lo que hubiera estado haciendo durante el día, por la
noche regresaría. Tiny exigía que estuviera en casa todas las noches salvo los
jueves, cuando él salía. Bueno, volvería a llamar a las seis y media y al
demonio con Tiny. Lo intentaría a cada media hora durante la noche. Si ella no
llegaba, naturalmente. Siempre existía la posibilidad de que Drusilla le
hubiese prometido a Tiny no irse hasta que él regresara.
Aunque no había comido nada desde que
abandonó Le Petit Trianon, Gray no tenía hambre y no le hacía gracia empezar la
botella de vino que había comprado. Ni siquiera le apetecía un té. Se retrepó
en la silla, observando el inescrutable teléfono, fumando sin parar. En el transcurso
de una hora encendió, consumió y aplastó cinco cigarrillos.
Tiny ya debía de llevar media hora en casa.
Inexorablemente, a no ser que estuviera de viaje –y en ese caso ella se lo
habría dicho–, el marido de Drusilla cruzaba las puertas de Combe Park en su
Bentley rojo poco antes de las seis. Quizá fuera él quien contestara al
teléfono. Bueno, daba igual. Él, Gray, se identificaría, daría su nombre y
pediría hablar con Drusilla, y si Tiny quería saber por qué, él le diría por
qué, se lo contaría todo. El tiempo de la discreción había pasado.
Cinco-cero-ocho... Debía de haberse equivocado al marcar, porque lo único que
escuchó fue un agudo zumbido. Lo intentó de nuevo. Probablemente, su pulso no
había sido muy firme la primera vez. Cinco-cero-ocho...
Sonó la llamada, dos veces, tres, veinte.
Combe Park estaba vacío, los dos habían salido. Pero aquello era imposible.
¿Cómo iba Drusilla a salir con su marido, el marido que estaba a punto de
abandonar, el mismo día en que él y ella iban a comenzar a vivir juntos?
«Te amo. Si aún me quieres, dejaré a Tiny y
me iré a vivir contigo. En cuanto regreses. El martes.»
Se acercó a la ventana y se quedó ante ella,
mirando a través de la maraña de ramas inmóviles. Pensó: «No volveré a mirar
por la ventana hasta que haya contado hasta cien.» No: me haré una taza de té,
fumaré dos cigarrillos, contaré hasta cien, y entonces ella estará aquí. Hizo
lo mismo que había pensado que Drusilla estaba haciendo el sábado, mientras lo
aguardaba a él.
Pero, en vez de ir a la cocina, volvió a
sentarse y, con los ojos cerrados, empezó a contar. Hacía años que no contaba
hasta tan alto; desde que, de pequeño, jugaba al escondite no había vuelto a
hacerlo. Y no se pararía al llegar a cien, sino que seguiría adelante
obsesivamente, como si contase los días de su vida o los árboles del bosque. Al
llegar a mil se interrumpió y abrió los ojos, asustado de lo que le estaba
ocurriendo a su cabeza, a él mismo. No eran más que las siete. Levantó el
teléfono, marcó el número –que ya le resultaba más familiar que el suyo propio–
con unos movimientos que, a esas alturas, eran tan automáticos que podría
haberlos hecho a oscuras. Y la llamada sonó una y otra vez, incesante, vacía,
inútilmente.
Tiny debía de habérsela llevado. Drusilla se
lo habría contado todo y él, estupefacto y furioso, había cerrado la casa y se
había llevado a su esposa lejos de la atracción de un joven y ávido amante. A
St. Tropez o St. Moritz, a los santuarios turísticos en los que sucedían
milagros y donde, en el glamour de la buena vida, las mujeres olvidan
las cosas que habían dejado atrás. Colgó el teléfono y se pasó una mano por los
ojos y la frente. ¿Y si se pasaban fuera semanas, meses? No se le ocurría
ninguna forma de averiguar su paradero. No sería lógico interrogar a los
vecinos, e ignoraba el número de la oficina de Tiny y la dirección del padre de
Drusilla. Se le ocurrió la horrible idea de que si ella moría él no se
enteraría; nadie podía darle la noticia de su enfermedad ni de su muerte ya que
nadie del círculo de la joven sabía de la existencia de él, y ninguna de las
amistades de Gray conocía a Drusilla.
No podía hacer nada salvo esperar..., y
cruzar los dedos. A fin de cuentas, aún era martes. Ella no había dicho en qué momento del martes. Quizá hubiese dejado para el último minuto contárselo todo
a Tiny, puede que se lo estuviera diciendo en ese mismo instante y la disputa
fuera tan intensa y los ánimos estuviesen tan exaltados que apenas oyeran el
teléfono y mucho menos se entretuvieran en contestarlo. En unos momentos,
Drusilla habría dicho todo lo que tenía que decir, y luego saldría de la casa
como una exhalación, metería sus maletas –listas de antemano– en el coche, y
conduciría a toda velocidad por las carreteras del bosque...
Le parecía que lo estaba viendo todo,
siguiendo las fases de la pelea de aquellas dos personas, solas en su hermoso
hogar sin amor, cuando aquel teléfono yerto y silencioso, y que parecía que no
volvería a sonar nunca, lanzó su hipo preliminar. El corazón le dio un vuelco.
Antes de que finalizara el primer timbrazo ya tenía el auricular pegado a la
oreja. Cerró los ojos, contuvo el aliento...
–¿Mr.
Graham Lanceton?
Tiny. ¿Podía ser Tiny? La voz era gruesa,
ordinaria, pero muy firme.
–Sí –dijo Gray, con la mano libre crispada.
La voz dijo:
–Me llamo Ixworth, detective inspector
Ixworth. Quisiera hablar con usted, si no tiene inconveniente.
El anticlímax fue tan grande, tan espantoso
–mucho peor que cuando había contestado al teléfono de Honoré y era madame
Reville– que Gray apenas pudo hablar. Le era tan difícil encontrar palabras
como dar con la saliva necesaria en su seca y constreñida garganta para
articularlas. Con un hilo de voz, replicó:
–No... no entiendo... ¿Quién... quién dice
que es?
–El detective inspector Ixworth, Mr.
Lanceton. ¿Le parece que me pase por ahí sobre las nueve?
Gray no respondió nada. Colgó el teléfono y
se quedó estremecido, temblando. Hasta cinco minutos después no se repuso del
shock de que la llamada no hubiera sido de Drusilla.
Luego, secándose el sudor de la frente, se
dirigió a la cocina donde al menos, pensó, no vería el teléfono.
En el umbral se detuvo en seco. La ventana
estaba rota y forzada, y la puerta del sótano entreabierta. Todos sus papeles
amontonados en una pila tan ordenada que parecía una resma de folios nuevos.
Alguien que no era Drusilla había estado allí. Alguien había entrado a la
fuerza en la casa. Sacudió la cabeza, intentando recuperar la cordura y el
sentido de la realidad. Comenzó a comprender vagamente el motivo de la llamada
del detective. La policía había descubierto un robo.
Como algo tenía que hacer mientras ella no
telefoneaba o llegaba, decidió echar un vistazo para ver si faltaba algo. Así
se distraería. La máquina de escribir continuaba allí, aunque le daba la
sensación de que la habían movido. No lograba recordar dónde había dejado la
caja fuerte. Tras registrar las habitaciones de la planta baja, subió a los
dormitorios. Olía a humedad, a cerrado. Según iba hacia su dormitorio, fue
abriendo las ventanas, pero no hacía viento como para expulsar el aire viciado
y hacer entrar el fresco. Ansiaba llenarse los pulmones con grandes bocanadas
de oxígeno, algo que le aliviase la tensión que notaba en el pecho. Pero cuando
asomó la cabeza por la ventana, la atmósfera cargada le irritó aún más la
garganta.
La caja fuerte no estaba en ninguno de los
dormitorios. Aunque Gray había perdido la confianza en su propia memoria, tenía
la certeza de haberla dejado en algún sitio de la casa. ¿Qué otra cosa podía
haber hecho con ella? Si no estaba allí, el intruso debía de habérsela llevado.
Registró de nuevo el «salón» y la cocina, y luego bajó por la escalera al
sótano.
Alguien había revuelto los trastos allí
almacenados, y la plancha había desaparecido. Las trébedes estaban sobre un
montón de periódicos viejos, pero la plancha que le produjo la quemadura y le
había dejado una cicatriz claramente visible en la mano, ya no estaba. Pateó
unos trozos de carbón, estupefacto por un robo tan extraño, y vio que a sus
pies, sobre las baldosas húmedas, había una mancha parda.
La mancha parecía de sangre. Recordó de nuevo
a Dido y pensó que quizá la perra, tras conseguir meterse en el sótano, se
habría caído por las escaleras o herido al chocar contra uno de los bidones de
combustible o contra la bicicleta inservible. Era una idea desagradable, que le
hizo fruncir el entrecejo. Subió rápidamente las escaleras. En cualquier caso,
la caja fuerte no estaba allí.
En el jardín, la creciente neblina,
algodonosa y opresiva, se pegaba a la vegetación. La ventana rota daba a la
cocina un aspecto aún mayor de abandono. Puso la tetera al fuego y, mientras
esperaba a que el agua hirviese, salió de la cocina. Tras lo ocurrido, no
volvería a serle posible permanecer en ese lugar mucho rato, pues veía el
fantasma de Dido por todas partes. Le parecía escuchar sus tenues pisadas, o notar el
contacto del frío morro contra su mano.
Tembloroso, de nuevo echó mano al teléfono y
marcó con cuidado pero a la vez rápido. Sabía que si se marcaba demasiado
despacio o se hacía una pausa excesiva entre dos de los dígitos, la conexión
podía ser incorrecta. Sabía que un grano de arena en un mecanismo... ¿Y si
durante todo el tiempo hubiera estado marcando un número incorrecto? Podía
ocurrir, provocado por algún extraño acto fallido freudiano. Colgó el receptor,
lo alzó de nuevo, y marcó con una precisión deliberada, diciendo en voz alta
cada uno de los números. Comenzó a sonar la señal; pero, desde el primer
timbrazo, Gray supo que iba a ser inútil. Desiste hasta las diez, y entonces
inténtalo de nuevo, y otra vez a medianoche. Si entonces no hay nadie, será
seguro que están fuera.
Tras servirse una taza de té, fue con ella al
«salón» –pese a la firmeza de su resolución, no soportaba alejarse más de un
metro del teléfono– y entonces escuchó el tenue sonido de un coche. Al fin. Al
fin, a las ocho y veinte, una hora perfectamente razonable, Drusilla había
llegado. La larga y terrible espera había concluido y, como todas las esperas
largas y terribles, ahora que lo esperado había llegado al fin, la olvidaría
inmediatamente. No correría a la puerta, y ni siquiera miraría por la ventana.
Esperaría a que sonase el timbre y entonces iría a la puerta lentamente.
Esperaba poder mantener su fachada de tranquilidad incluso cuando tuviera a
Drusilla –blanca, rubia y llena de vida bajo la luz del anochecer– ante él.
Esperaba ser capaz de dominar sus turbulentas emociones hasta tenerla entre sus
brazos.
Sonó el timbre. Gray dejó la taza de té. Otro
timbrazo. ¡Oh, Drusilla, al fin...! Abrió la puerta y se quedó rígido y
estupefacto; abrió los ojos como platos, pues ante él estaba Tiny. Hasta en el
último de los detalles imaginados, aquel hombre era el marido de Drusilla.
Desde el corto cabello negro y rizado que coronaba un rostro tosco y surcado de
rojas venillas, hasta los zapatos de ante, aquél era Tiny Janus. Llevaba una
gabardina blanca, anudada sobre un protuberante estómago fruto de la buena
vida.
Se miraron en silencio durante lo que pareció
una eternidad pero que, probablemente, sólo duró unos segundos. Al principio
Gray, más por instinto que por reflexión, pensó que el otro iba a golpearlo.
Pero de pronto vio que la boca, que tan torva y beligerante le había parecido,
se curvaba en una burlona expresión que a duras penas podía llamarse sonrisa.
Gray retrocedió un paso, porque las palabras que estaba escuchando eran
inadecuadas, las últimas que podían esperarse en aquellas circunstancias.
–Llego un poco temprano. –Un pie en el
umbral, un portafolios pendiente de su brazo–. Espero no importunarlo.
Todo era absurdo, demencial.
–Yo... no esperaba... –comenzó Gray.
–Pero si le telefoneé. Me llamo Ixworth.
Gray reaccionó al fin, no sin mucha
dificultad, asintió con la cabeza y abrió la puerta del todo para que el
policía entrase. Hay un límite más allá del cual los anticlímax dejan de ser
anticlimáticos. Uno llega a aceptarlos como parte constitutiva e inseparable de
la pesadilla. Probablemente, era preferible que aquel hombre fuese cualquiera
menos Tiny, pero seguía siendo intolerable que el recién llegado no fuera Drusilla.
–Acaba usted de llegar de Francia, ¿no? –Sin
que Gray pudiera decir muy bien cómo, habían pasado al «salón», e Ixworth
actuaba con toda naturalidad, como si estuviese familiarizado con la casa.
–Sí, estuve en Francia. –Lo dijo
mecánicamente, limitándose a contestar a la pregunta, pero en su réplica debió
de percibirse una nota de sorpresa.
–Hemos hablado con sus amigos y vecinos, Mr.
Lanceton: es parte de nuestro trabajo. Todo contribuye a la investigación de
este tipo de asuntos. Viajó usted a Francia para ver a su madre antes de que
muriese, ¿no es así?
–Sí.
–Su madre murió el viernes, y usted vino
aquí, en un viaje relámpago el sábado, regresando a Francia aquella misma
noche. Debió de tener un buen motivo para realizar ese viaje.
De repente Gray recordó el shock importante y
significativo del día y replicó:
–Pensé que venía a hablarme del ladrón que
entró en mi casa.
–¿Su casa? –Las pobladas y negras cejas
ascendieron–. Tenía entendido que esta cabaña era propiedad de un tal Mr.
Warriner, que en estos momentos está en Japón.
Gray se encogió de hombros.
–Vivo aquí. Él me prestó la casa. De todas
maneras, no falta nada. –¿Para qué mencionar la caja fuerte, en cuyo caso sólo
conseguiría que el hombre se quedase más tiempo?–. No vi a nadie, yo no estaba aquí.
–Pero el sábado por la tarde sí estuvo.
–Sólo durante cosa de media hora. Entonces
aún no había entrado nadie. La ventana no estaba rota.
–Quienes rompimos la ventana fuimos nosotros,
Mr. Lanceton –dijo Ixworth, tras un leve carraspeo–. Ayer entramos en esta casa
con una orden judicial y encontramos el cuerpo de un hombre al pie de las
escaleras del sótano. Llevaba cuarenta y ocho horas muerto. Su reloj de pulsera
se había parado, y las manecillas marcaban las cuatro y cuarto.
Gray, que se sentía cansado pero había
permanecido en pie con una suerte de indiferencia impaciente, se sentó
lentamente en el sillón marrón. O más bien fue como si el sillón subiera y lo
recibiese en su abultada y desigual superficie. Lo que Ixworth acababa de decir
le había dejado totalmente estupefacto, con el cerebro en blanco, pero, como
entre brumas, rememoró la visión de un hombrecillo merodeando por el jardín de
la choza.
El ladrón o ladrones, la mancha marrón...
¿Quiénes habían sido esos intrusos que se colaron en la pesadilla de Gray y
aportaron una incongruente historia secundaria convirtiéndola en una pesadilla
aún mayor?
Como algún comentario tenía que hacer, Gray
dijo:
–Ese hombre debió caerse por las escaleras.
–Se cayó, sí. –Ixworth lo miraba fijamente,
como si esperara de él mucho más de lo que Gray podía dar–. Se cayó después de
haber sido golpeado en la cabeza con una plancha de hierro.
Gray se miró la amarillenta y callosa ampolla
de la mano derecha. La volvió hacia abajo cuando advirtió que también Ixworth
la estaba mirando.
–¿Quiere decir que a ese hombre lo mataron
aquí? ¿Quién era?
–¿No lo sabe? Venga conmigo un momento.
El policía lo condujo a la cocina, como si la
casa fuera suya, como si Gray nunca hubiera estado en ella con anterioridad.
Abrió la puerta del sótano, sin quitar ojo a Gray. El interruptor de la luz del
sótano no funcionaba, así que observaron la mancha marrón a la tenue luz
procedente de la cocina.
Era absurdo que se sintiera tan amenazado,
tan a la defensiva, cuando todo aquello no tenía nada que ver con él. ¿O sería
que John Donne tenía razón cuando escribió que «la muerte de cualquier hombre
me disminuye»? Todo lo que se le ocurrió decir fue:
–Se cayó por las escaleras.
–Sí.
De pronto, Gray se dio cuenta de que no le
gustaba nada el tono inquisitivo del hombre, la nota acusatoria que contenía.
Parecía como si Ixworth intentara sacarle algún tipo de confesión, como si, de
alguna forma grotesca, la policía no pudiera hacer nada si él no asumía algún
tipo de responsabilidad en el asunto. Por ejemplo, no haber tomado las
adecuadas precauciones contra los intrusos, u ocultarles deliberadamente
información vital.
–Yo no sé nada. Ni siquiera puedo imaginar
por qué vino aquí.
–¿No? ¿No le aparece atractiva una bonita
cabaña situada en un bosque prácticamente virgen?
Gray se apartó, irritado por una descripción
tan inexacta. No quería saber nada más de algo que le era totalmente ajeno. La
identidad del intruso, o lo que se trajese entre manos, no eran asunto suyo, y
su muerte era un desagradable suceso que Ixworth parecía usar únicamente como
una excusa para dedicarle sus miradas inquisitivas y sus frases crípticas.
Ixworth se había mostrado tan amable, tan
discretamente inquisitivo, que Gray sintió un sobresalto cuando, tras un breve
silencio, el policía le soltó de golpe:
–¿Por qué volvió a Inglaterra el sábado?
–Por una perra –dijo Gray.
–¿Una perra?
–Sí. ¿Le importa que pasemos al otro cuarto?
–Se preguntó por qué pedía permiso. El policía asintió con la cabeza y cerró la
puerta del sótano–. Al irme a Francia me olvidé de que alguien había dejado
encerrada en mi cocina a una perra labrador. Al darme cuenta de lo que había
hecho, telefoneé desde Francia a unos amigos para que rescataran a la perra y
la llevasen al veterinario. Fue un error absolutamente estúpido por mi parte.
–De pronto se dio cuenta de lo realmente estúpido que debía de sonarle todo
aquello a un tercero–. La perra ha muerto –siguió–, pero... Bueno, antes de
eso, el sábado, el veterinario quiso verme. Se llama Cherwell y vive en Leyton,
en el 21 de George Street.
Ixworth anotó la dirección.
–¿Habló usted con él?
–No pude encontrarlo. Hable con una mujer en
el 49 de George Street, Leytonstone. Debió de ser a eso de las tres.
–No acabo de entender lo que dice, Mr.
Lanceton. ¿Por qué fue a Leytonstone?
–Por error.
–Parece que comete usted muchos errores.
Gray se encogió de hombros.
–No creo que eso sea un delito. El caso es
que no llegué aquí hasta las seis.
–¿Las seis? ¿Qué hizo en todo ese
tiempo? ¿Almorzó, o se vio con alguien? Si salió de Leytonstone a las tres y
media, en autobús habría tardado tres cuartos de hora en llegar hasta aquí.
Con un tono algo seco, Gray replicó:
–Es una distancia larga y no puedo permitirme
tomar taxis. Lo que hice fue volver a Londres y coger el tren.
–¿Estuvo con algún amigo, o habló con
alguien?
–No, no creo. No. Al llegar aquí hablé con un
viejo llamado Mr. Tringham, que vive más arriba.
–Hemos interrogado a Mr. Tringham. Habló con
usted a las seis y cinco, lo cual no lo ayuda a usted mucho.
–¿Ah, no? Pues lo siento.
–¿No tiene usted ninguna teoría respecto a lo
ocurrido?
–Bueno, había dos hombres, ¿no? Mr. Tringham
dijo que vio a otro individuo merodeando.
–Sí, ya nos lo contó. –Ixworth había vuelto a
su actitud, indiferente, lacónica. De nuevo parecía no tomarse a Gray demasiado
en serio–. En esta época del año, el bosque está lleno de excursionistas –dijo.
–Supongo que deben estar buscando al otro
hombre.
–Claro que sí, Mr. Lanceton. –Ixworth se puso
en pie–. Estamos en ello, pierda cuidado. Mientras tanto, supongo que no
pensará marcharse otra vez a Francia, ¿no?
–No, claro que no –replicó Gray, sorprendido.
Acompañó al policía hasta la puerta. Cuando
los faros de su coche hubieron desaparecido, el bosque quedó oscuro como boca
de lobo. El cielo sin luna era de color negro azabache, salvo en el horizonte,
donde las luces de Londres lo teñían de un sucio tono rojizo.
Eran casi las diez. Gray preparó té y,
mientras lo bebía, la entrevista con Ixworth, más irritante y humillante que
alarmante, comenzó a difuminarse, dejando de ser un recuerdo próximo para
convertirse en lejano. Ahora le parecía menos real que sus propios sueños, pues
lo que constituía su mayor ansia y obsesión había vuelto a apoderarse de él.
La bombilla del «salón», una de las pocas de
la choza que aún funcionaban, parpadeó, brilló breve e intensamente, y se
apagó. Tuvo que marcar el número a oscuras, pero no le costó: los dedos
encontraban con facilidad los orificios adecuados.
Nadie contestó, ni tampoco a medianoche,
cuando lo intentó por última vez. El martes había terminado.
18
Gray, Tiny y Drusilla viajaban juntos en un
turismo por una carretera que atravesaba un denso y oscuro bosque. El
matrimonio se sentaba delante, y Gray detrás. Ella llevaba el vestido camisero
color crema, y en un dedo el anillo de amatista. Su cabello era una flor roja,
un crisantemo de pétalos puntiagudos. Él le tocó en el hombro y le preguntó
cómo era que llevaba el anillo que había vendido, pero ella no le hizo caso, no
podía oírlo.
El bosque quedó atrás, y entraron en una
llanura. Por las señales de tráfico, Gray se daba cuenta de que estaban en
Francia, pero al llegar a Bajon no se detuvieron frente al Écu, sino ante el
Oranmore de Sussex Gardens. En una mano, Tiny llevaba la caja que contenía su
colección de monedas, y con la otra enlazaba a la pasiva y mansa Drusilla, y la
conducía escalinata arriba. Pasaron bajo el letrero de neón y entraron en el
hotel. Él iba a seguirlos, pero las puertas correderas de cristal se cerraron
en sus narices. Gray las golpeó con los puños, suplicando que lo dejasen
entrar.
Antes de desaparecer escaleras arriba,
Drusilla volvió la cabeza y dijo:
–Adiós, Gray. Adiós.
En ese momento se despertó y ya no pudo
volver a dormirse. Un sol tenue y difuso bañaba la habitación. Eran las ocho y media.
Se levantó y miró por la ventana. La neblina, un velo diáfano atravesado por
dorados destellos que cubría un cielo azul y limpio, se estaba disipando.
Poco a poco, lo ocurrido la noche anterior
fue volviendo a su memoria. Lo ocurrido y lo no ocurrido. Se desperezó. Las
ocho horas de inquieto sueño lleno de pesadillas no lo habían descansado. Bajó
al otro piso. La cocina comenzaba a llenarse de la luz del sol tamizado por las
ramas de los árboles y, por primera vez, no olía a cerrado. Por la ventana rota,
además de sol entraba aire fresco. Gray puso la tetera al fuego. Pensó cuan
extraño resultaba que, desde Navidades, los días se hubieran sucedido con una
terrible monotonía, sin que nunca ocurriese nada, y luego, en una semana, había
pasado todo tipo de cosas desagradables y violentas. ¿No fue Kafka quien dijo
que, por mucho que uno se enclaustre en su habitación, la vida acudiría a
buscarlo, a ofrecérsele a sus pies en éxtasis? Bueno, mal podía llamársele
éxtasis a aquello, tan distante del tipo de vida y de felicidad que él había
previsto.
No conseguía entender cómo lograron meterse
en la casa los intrusos. Las puertas estaban cerradas, y la llave de repuesto
colgando sobre la pila. Probablemente, la policía no volvería a molestarlo
ahora que sabía que él no había estado allí y no podía ayudarlos. Era extraño
recordar la decepción que había sentido al no encontrar allí a Drusilla. Ahora
se alegraba, le daba gracias a Dios de que ella no estuviese allí cuando los
intrusos aparecieron.
La telefonearía una vez más y si no recibía
contestación, pensaría en el modo de ponerse en contacto con ella. Podía
incluso preguntar a sus vecinos. Alguno sabría dónde se habían marchado
Drusilla y Tiny. La asistenta iría a Combe Park estuvieran ellos o no, y ella
debía saberlo. Marcó el número poco antes de las nueve, escuchó el inútil
sonido de llamada sin sentirse excesivamente decepcionado ni sorprendido, colgó
el teléfono y preparó té. Mientras comía el pan que había comprado untado con
mantequilla, sonó el teléfono.
Debía de ser ella. ¿Qué otra persona sabía
que él estaba en casa? Se tragó un bocado de pan y fue a contestar.
Una voz femenina, una voz que no terminó de
reconocer, dijo:
–¿Mr.
Lanceton? ¿Mr. Graham Lanceton?
–Sí –replicó él con voz opaca.
–Ah, hola, Graham. No parecías tú. Soy Eva
Warriner.
La madre de Mal. ¿Qué querría?
–¿Hola, Mrs. Warriner, cómo está usted?
–Muy bien; pero me llevé un gran disgusto al
enterarme de lo de tu madre. Fuiste muy atento al escribirme. No tenía ni idea
de que estuviese tan enferma. En tiempos, ella y yo estuvimos muy unidas, y
siempre la consideré una de mis mejores amigas. Espero que no sufriera.
Gray no sabía qué decir. Tuvo que hacer un
enorme esfuerzo para hablar, para recuperarse de la decepción de que no fuese
Drusilla.
–Algo sí sufrió –consiguió decir–. No me
reconoció.
–Vaya por Dios, qué triste debió de
resultarte. Como me decías que ibas a regresar a comienzos de semana, pensé en
telefonearte y decirte que te acompaño en el sentimiento. Ah, llamé a Isabel
Clarion y le conté lo ocurrido. Me dijo que no había tenido noticias tuyas.
–¿Isabel? –preguntó, casi en un grito–. ¿Es que
Isabel ha regresado ya de Australia?
–Pues sí, Graham, debe de haber vuelto
–replicó Mrs. Warriner–. No dijo nada de Australia, pero sólo hablamos un par
de minutos. Los obreros que están remodelándole el piso hacían tanto ruido que
apenas lográbamos oírnos.
Gray se sentó pesadamente, pasándose una mano
por la húmeda y ardiente frente.
–Espero tener noticias suyas –dijo
débilmente.
–Seguro que sí. Mal regresa en agosto, ¿no te
parece espléndido?
–Sí. Sí, es magnífico. Este... Mrs. Warriner... ¿no le dijo nada Isabel acerca de...? Déjelo, no tiene importancia.
–Apenas me dijo nada, Graham. –Mrs. Warriner
comenzó a evocar su vieja amistad con Enid, pero Gray la interrumpió lo antes y
lo más cortésmente que pudo y se despidió de ella. No colgó el receptor, sino
que lo dejó colgando, como solía hacer en el pasado. Aquello detendría por
algún tiempo a Isabel, que apenas había estado en Australia una semana.
Probablemente, se habría peleado con su antigua asociada, o no le agradó el
clima, o algo así. Recordó vagamente que, la terrible noche en que se percató
de que Dido estaba en la choza, había leído en el periódico de Honoré algo
respecto a unas inundaciones en Australia. Aquél debía de ser el motivo. A
Isabel le habían intimidado las inundaciones y regresó en el primer avión que
pudo. Probablemente, habría regresado el día anterior, y ahora querría
recuperar a su perra...
Bueno, contaba con tener que decírselo tarde
o temprano, así que más valía que fuera cuanto antes. Pero no hoy. Hoy tenía
que arreglar su vida y la de Drusilla, averiguar dónde estaba ella, y
rescatarla. Miró el receptor, que seguía oscilando como un péndulo. Merecía la
pena hacer un nuevo intento. A esta hora la asistenta ya habría llegado.
Cinco-cero-ocho y los cuatro dígitos. Comenzó
a sonar la señal de llamada. A la quinta alguien descolgó. Gray contuvo el
aliento, crispando los dedos de la mano derecha, cuyas uñas se le hundieron en
la palma. No era ella. Pero era alguien, una voz humana que al fin surgía de
aquel silencioso lugar.
–Combe
Park.
–Mrs.
Janus, por favor.
–La señora no está. Soy la asistenta. ¿Quién
habla?
–Un amigo –dijo Gray–. ¿Han salido los
señores de vacaciones?
Tras un leve carraspeo, la mujer dijo:
–Bueno, pues... No sé si debo... –Y, al fin–:
Mr. Janus ha fallecido.
No registró la noticia. La cabeza se le quedó
en blanco y, tras unos instantes, preguntó:
–¿Cómo ha dicho?
–Mr. Janus ha fallecido.
Las palabras parecieron tardar largo rato en
llegarle al cerebro, como ocurre con las palabras que anuncian sucesos
inimaginables.
–¿Quiere decir que ha muerto?
–No es asunto mío hablar de eso. Lo único que sé es que el señor ha
muerto y la señora se ha ido con sus padres.
–Muerto... –murmuró Gray, y luego, con voz
más firme–: ¿Sabe dónde viven los padres de Mrs. Janus?
–No. ¿Quién es usted?
–No importa –dijo Gray–. Olvídelo.
Lentamente fue hasta la ventana. Estaba medio
ciego y, en vez del bosque, vio un difuso resplandor moteado de sombras azules.
Tiny Janus ha muerto, dijo su cerebro. Las palabras viajaron hasta sus labios y
las pronunció, pasmado. Harvey Janus, el rico, el otro, está muerto. El marido
de Drusilla ha muerto. Las frases, los pensamientos, fueron tomando forma y
significado a medida que el primer impacto iba pasando. Comenzó a considerarlas
como hechos. Tiny Janus, el marido de Drusilla, está muerto.
¿Cuándo habría ocurrido? ¿El domingo? ¿El
lunes? Quizá incluso el martes, el día en que ella debía haberse reunido con
él. Ahora comprendía su ausencia, e incluso el hecho de que no hubiese
telefoneado. Ofuscado, pero asimilando ya la realidad, intentó imaginar lo
ocurrido. Probablemente, Tiny había sido víctima de un infarto. Los hombres
gruesos y voluminosos como Tiny, que bebían en exceso y vivían demasiado bien,
los hombres de la edad de Tiny, eran propensos a los infartos. Quizá la cosa
sucedió en su oficina, o mientras conducía el Bentley, y se lo habían dicho a
Drusilla por teléfono, o bien la policía había ido a verla. Aunque no amaba a
Tiny, la noticia debió de trastornarla, y más si estaba sola cuando se enteró.
Habría recurrido a sus padres, al padre al
que adoraba, y a la madre que jamás mencionaba. Era difícil imaginarse a
Drusilla con madre, pues parecía nacida de un hombre. Los padres debieron de
llevársela a su casa, dondequiera que estuviese. Se dio cuenta de que no
conocía el apellido de soltera de Drusilla, ni tenía idea de dónde vivían sus
padres, salvo que era un lugar de Hertfordshire. Pero el hecho de que no le
telefonease quedaba explicado. Él, simplemente, tendría que esperar.
«–¿No sería estupendo que se muriese? –había
dicho ella–. Podría ocurrir. Podría sufrir un infarto, o estrellarse con el
coche.»
Bueno, sus deseos se habían hecho realidad.
Tiny estaba muerto y Combe Park y la totalidad del dinero eran suyos. Recordó
que ella le había dicho que, cuando recibiera la herencia, le daría a él el
dinero, se lo repartirían, lo pondrían en una cuenta conjunta y vivirían
felices por siempre jamás. Y él lo había deseado, siempre que pudiera ser suyo
más o menos legítimamente. Aquel deseo alcanzó su cenit la pasada primavera,
cuando se encontró a las puertas de Combe Park y vio los narcisos, que parecían
hechos de oro puro. Era extraño que ahora que lo imposible había ocurrido y
Tiny estaba muerto, ahora que todo sería para él y Drusilla, ya no le importaba
poseerlo.
Analizó sus sentimientos. No, no se sentía
feliz, alegre de que un hombre hubiese muerto. Naturalmente, él no tenía nada
que ver con la muerte de Tiny, lo mismo que no tenía nada que ver con la del
hombre que cayó por las escaleras del sótano. Sin embargo, sentía sobre sus
hombros un peso descomunal, algo similar a la desesperación. ¿Se debía aquello
a que, en el fondo, había deseado que Tiny muriese? ¿O era por otra razón que
no lograba definir? Las dos muertes parecían aunarse e interponerse entre él y
Drusilla como un único fantasma.
Su cuerpo olía al sudor de la tensión.
Regresó a la cocina y puso agua a calentar para darse un baño. Esperaba que el
alivio y la felicidad por lo ocurrido disipasen su depresión, pero sólo podía
pensar en los reiterados shocks que había sufrido. Ya se encontraba al límite.
Otra impresión similar, y perdería la cabeza.
Levantó la tapa de la bañera y sacó el
revoltijo de sábanas y toallas sucias que olían a humedad. Los pantalones
manchados de barro que dejó allí el sábado habían desaparecido; pero no se
preocupó por ello, pues eran demasiadas las cosas extrañas que le estaban
sucediendo. Echó el agua caliente en la bañera, y luego añadió un cubo de agua
fría. Se metió en la bañera y comenzó a enjabonarse, pensando en Tiny. ¿Habría
muerto quizá al volante de su coche? Había soñado tantas veces con que el
hombre se estrellaba en su coche, sangre y llamas sobre la verde hierba... ¿O
habría muerto en la cama, tras beber de más, mientras Drusilla dormía a un
metro de él, soñando con su amante?
Había otras muchas posibilidades. Pero la
única que Gray lograba imaginar con gran viveza, la única que podía ver como si
fuese una imagen real, era la de Tiny muerto al pie de un tramo de escaleras.
Si salía al camino a eso de las doce, quizá
pudiera comprarle al lechero una botella de medio litro. El té era lo único que
se consideraba capaz de tragar. La comida de la bolsa tenía un olor
desagradable, y su visión le produjo náuseas. El piso bajo de la choza parecía
saturado de muerte: la del intruso, la de Tiny, la de la perra y, sin embargo,
las habitaciones resplandecían de sol. Gray no recordaba la casa tan luminosa y
aireada. Pero ansiaba salir de ella. Si salía, ¿tendría el valor de regresar?
¿O se pondría a vagar incesantemente por el bosque, hasta que el agotamiento lo
hiciera tumbarse a dormir... o a morir?
Las posibilidades de que Drusilla telefonease
le parecían remotas. Podían pasar días antes de que tuviera noticias de ella.
No sería capaz de soportar aquellos días vacíos, sin hacer otra cosa que
esperar y esperar, cada vez más desquiciado. Antes de que ella llamara, él se
derrumbaría.
Fue arriba y se puso la camisa sucia que se
había quitado la noche anterior. El lejano sonido del motor de un coche
acercándose por el camino hizo que Gray, que se estaba peinando, se quedara
inmóvil. Con el peine en el aire, esperó a que el tenue rumor se convirtiese en
el potente zumbido de un Jaguar «E». La llegada de Drusilla ya no lo alegraba.
Todos aquellos anticlímax, muertes, shocks, y golpes a su cordura lo habían
incapacitado para sentir alegría por reunirse con ella. Cuando Drusilla
llegase, él se limitaría a tomarla en sus brazos y a estrecharla fuertemente y
en silencio, aferrándose a ella.
Pero eso aún no iba a ocurrir. El sonido se
había convertido en el ruido del motor de un coche más pequeño. Se acercó a la
ventana y miró. Gran parte del camino quedaba oculto por las ramas, pero entre
ellas había espacio suficiente para distinguir la forma y el color de un
automóvil. El pequeño Mini, de color rojo brillante, avanzaba cautelosamente
por el aún embarrado camino y, tras un leve patinazo, se detuvo.
Isabel.
Lo primero que se le ocurrió fue,
simplemente, esconderse, meterse en el dormitorio de invitados, tirarse al
suelo y quedarse inmóvil hasta que Isabel se fuese. Dentro de cada uno de
nosotros existe un niño asustado que intenta salir, y medimos el grado de
nuestra madurez por nuestra capacidad de mantener tranquilo, oculto y dominado
a ese niño. En aquellos instantes, el niño que habitaba en Gray estuvo a punto
de soltarse de sus ataduras, pero el hombre próximo a los treinta años lo
sujetó. Isabel podía irse; pero volvería. Si no hoy, mañana; y si no mañana, el
viernes. Pese a sentirse débil y tembloroso, debía enfrentarse a ella y
confesarle lo que había hecho. Ni ocultarse, ni asumir una actitud retadora y
desafiante reduciría la magnitud de su crimen.
Por entre las ramas de los árboles, Gray vio
el soleado trecho en que el Mini se había detenido, y a Isabel, vestida con una
blusa rosa y pantalones azul claro, apearse del coche. Llevaba gafas de sol de
montura tornasolada. Las negras lentes se volvieron hacia arriba, hacia la
ventana, de la cual Gray se apartó a toda prisa.
Retrocedió hasta la puerta, junto a las
escaleras, y se quedó allí, intentando dominarse, con los puños crispados.
Seguía siendo un niño. Llevaba más de la mitad de su vida arreglándoselas solo;
había destacado en los estudios, escrito un libro de éxito, fue el amante de
Drusilla, pero continuaba siendo un niño. Y lo era más que nunca con aquellos
adultos: con Honoré, con la fallecida Enid, con Mrs. Warriner, con Isabel.
Incluso cuando se decía que no iba a ceder a sus presiones, ni hacer las cosas
como ellos querían, sino que sería honrado consigo mismo, seguía siendo un
niño, porque su actitud rebelde y desafiante era tan infantil como la mansa
obediencia. Fue consciente de aquello como nunca antes lo había sido. Un día,
se dijo, cuando el presente y todos sus horrores fueran ya pasado, cuando
hubiera superado su actual situación, recordaría y maduraría...
Descompuesto, notando en la boca el sabor de
la náusea, bajó las escaleras y, lentamente, abrió la puerta principal. Isabel,
aún junto al coche, estaba inclinada, sacando de la maleta la leche y la
comida. Alzó la cabeza y le dirigió un saludo. Gray echó a andar hacia ella.
Cuando apenas había recorrido la mitad de la
distancia que los separaba, algo surgió de entre los crecidos helechos y saltó
sobre él. La enorme y dorada perra le puso las patas sobre los hombros, y la
violencia de su embestida fue mitigada por la cálida humedad de su lengua y el
feliz brillo de sus ojos.
19
El límpido aire se estremeció. Le pareció que
los miles de hojas, de todos los colores, formas y tamaños, se arremolinaban, y
la tierra temblaba bajo sus pies. Gray a duras penas consiguió mantener el
equilibrio. Cerró los ojos al deslumbrante resplandor, y pasó los dedos por el
pelo cálido del animal, estrechándolo contra su tembloroso cuerpo.
–¡Dido!
–exclamó Isabel–. Deja a Gray en paz, querida.
Gray, se había quedado mudo de estupefacción.
Todo lo que sentía y pensaba se condensaba en una sola e increíble frase: está
viva, la perra está viva. Pasó las manos sobre la cabeza de Dido,
sobre sus finos huesos, como un ciego pasa los dedos sobre el rostro de su
amada.
–¿Te encuentras bien, Gray? Tienes mala cara.
Supongo que ahora empiezas a comprender lo que significa tu pérdida.
–¿Pérdida? –repitió él.
–Tu madre, cariño. Mrs. Warriner me
lo dijo anoche, y decidí venir a verte hoy a primera hora. Deberías sentarte.
Pareces a punto de sufrir un desmayo.
Gray no se sentía de otro modo. Incluso
pasada la primera impresión, no lograba recuperarse. Mientras seguía a Isabel
al interior de la casa, intentaba aclarar sus pensamientos, comprender lo que
estaba ocurriendo. Pero se estrellaba contra un muro. La experiencia y el
recuerdo se habían convertido en un territorio desconocido. La lógica se había
esfumado y, con ella, los procesos mentales por los que uno dice: puesto que
ocurrió tal cosa, sucedió esta y luego la otra. Su cerebro era una página en
blanco sobre la que se leía una sola frase: la perra está viva. Y, poco a poco,
una segunda frase iba formándose junto a la primera: la perra está viva, Tiny
Janus está muerto.
Isabel estaba acomodándose en el «salón»,
soltando un torrente de lugares comunes sobre la vida, la muerte y la
resignación. Gray tomó lentamente asiento en el otro sillón. Debía dirigir con
cuidado no sólo su mente, sino también su cuerpo. En ese momento, la
precipitación podía ser peligrosa ya que en su interior sentía un alarido
pugnando por salir a la superficie. Pasó las manos sobre el pelo de la perra.
Era real, de eso no cabía la menor duda. Quizá fuese lo único real en un mundo
caótico y vuelto del revés.
–Según como se mire –decía Isabel–, fue una
piadosa liberación. –Gray volvió los ojos hacia ella, hacia aquel difuso borrón
rosa y azul que era su madrina, y se preguntó de qué estaría hablando–. Veo que
ya no tienes el teléfono descolgado. La verdad es que resulta absurdo tener
teléfono si lo dejas siempre descolgado.
–Totalmente absurdo –asintió cortésmente
Gray. Le sorprendió ser capaz de articular palabras e incluso de formar frases.
Siguió hablando sin ton ni son, sólo para demostrarse que podía hacerlo–. A
veces me pregunto por qué tengo teléfono. De veras me lo pregunto. En realidad,
me daría igual no tenerlo.
Isabel replicó con suspicacia:
–El sarcasmo sobra. No tienes derecho a estar
molesto, Gray. Lo primero que hice fue intentar telefonearte. En cuanto decidí
que era preferible no viajar a Australia: o sea, cuando leí la noticia de las
inundaciones y Molly me telegrafío para decirme que su casa prácticamente había
sido arrastrada por la riada, traté de telefonearte. Eso fue el viernes. Y
luego me pasé el sábado intentando comunicar contigo, hasta que al fin me di
por vencida. Supuse que, al no presentarme aquí con Dido, comprenderías que había
cambiado de planes.
–Sí –dijo Gray–. Sí, claro.
–Bueno, la verdad es que fue una suerte que
no fuera a visitar a Molly, porque toda la responsabilidad de atender a Dido
habría caído sobre tus hombros, y bastante tuviste con los de tu pobre madre.
(Túmbate, querida, sólo conseguirás acalorarte.) Hoy mismo escribiré al pobre
Honoré, y le contaré que te he visto y que estabas muy trastornado. A la gente
le anima saber que existen otros que tampoco son felices, ¿no crees?
Aquella muestra de cínica sinceridad, que en
el pasado hubiera hecho reír a Gray, ahora le pasó totalmente inadvertida, como
el resto de las palabras de Isabel. Mientras ella seguía parloteando, él
permaneció sentado, pétreamente inmóvil; ya no acariciaba a la perra, que
soñolienta se había hecho un ovillo a sus pies. La memoria comenzaba a
regresar, produciéndole dolorosos aguijonazos.
–¿Está muerta? –le había preguntado Gray a
Drusilla, confiando en ella, totalmente en sus manos.
–No, estaba viva; pero apenas.
Bajó la mano para tocar a la perra, para
sentir su realidad. Y Dido volvió la cabeza, abrió los ojos y le
lamió la mano.
–Llevé un poco de leche y pollo. Me dio un
poco de miedo abrir la puerta de la cocina pero fue un miedo infundado, porque
la pobre estaba demasiado débil para moverse. Ojalá te encerraran durante tres
días en una celda sin comida ni agua, a ver qué tal te sentaba.
Oh, Drusilla, Drusilla...
–De todas manera, ya da lo mismo. Hay que
sacrificar a la perra.
Oh, Dru, no...
–El caso es que ahora ya te puedo devolver la
llave –dijo Isabel–. Aquí está. Iré a colgarla de su clavo.
–No, dámela.
Una vieja y ennegrecida llave, gemela de la
que él llevaba siempre consigo.
–Y pon la tetera al fuego, Gray. He traído
algo de leche por si tú no tenías. Tomaremos un té y luego iré a Waltham Abbey
a comprar algo para almorzar. Por lo que veo, no estás en condiciones de cuidar
de ti mismo.
No estaba en condiciones...
–Al regresar de la ciudad me pasé por la
choza y limpié un poco –había dicho Drusilla.
–¿Por qué lo hiciste?
–¿Por qué hago cualquier cosa por ti? ¿Acaso
no lo sabes?
La brillante llave que fuera de Drusilla
colgaba del clavo y relucía al sol como si fuese de oro. Había dejado su llave
y dicho adiós. A solas, libre de Isabel por un momento, apoyó la frente contra
la fría y húmeda pared y el muro de piedra absorbió el mudo alarido de agonía e
incomprensión.
–Te amo. Si aún me quieres, dejaré a Tiny y
me iré a vivir contigo.
Te amo... No, susurró él, no, no. Adiós,
Gray, adiós... Yo nunca cambio de idea. Puntual, implacable... Una vez decidía
el curso a seguir, nada en el mundo lograba apartarla de él. Pero... ¿aquello?
Abrigo de zorro, cabello flameante, el perfume alzándose como una nube de humo,
su risa ronca y gutural... Los recuerdos giraban en torbellino, cristalizándose
en una última imagen de Drusilla, tan dura e impenetrable como la piedra contra
el rostro de Gray.
–Puchero vigilado nunca cuece, cariño –dijo
animadamente Isabel, desde el umbral. Escrutó inquisitivamente el demudado
rostro de su ahijado–. Acababa de parar un coche frente a la puerta. ¿Esperas a
alguien?
Había sido tan absurdamente optimista, al
suponer con inquebrantable fe que todo coche que se acercara podía ser el de
Drusilla, que cada llamada telefónica sería de ella... Ahora ya no podía
hacerse ilusiones y, en su profunda desesperación, comprendió que aquélla y no
otra era la realidad. Nunca volvería a verla. Había dejado su llave y dicho
adiós. Después de traicionarlo fría y sistemáticamente, quizá para vengarse de
algo, Drusilla lo había llevado hasta ese extremo. Sin decir nada, pasó junto a
Isabel y le abrió la puerta a Ixworth. En silencio, pero sin sombra de desmayo
ni sorpresa, miró al policía, cuya aparición parecía ser el siguiente paso
natural en aquella secuencia de acontecimientos. No habló porque no tenía nada
que decir, porque hacerlo sería gastar saliva en balde. ¿Para qué decir nada,
si las cosas iban a sucederse unas a otras según lo planeado por Drusilla?
Ixworth miró los aplastados helechos.
–¿Ha estado tomando el sol?
Gray negó con la cabeza. O sea que en eso
consistía el derrumbamiento mental que había temido padecer durante todos
aquellos meses. Nada de histeria, ni de desquiciamiento, ni de dolor
insoportable, sino la tranquila y ofuscada aceptación del propio destino. Tras
el silencioso alarido liberador, la simple aceptación. Quizá en algunos
momentos se sintiera incluso feliz... Contuvo a la perra con suavidad para
evitar que saltara sobre Ixworth para hacerle fiestas.
–¿Otro perro labrador, Mr. Lanceton? ¿Acaso los cría?
–Es la misma perra.
Gray ni siquiera se molestó en considerar las
implicaciones de sus palabras. Giró sobre sus talones, sin molestarse en mirar
si Ixworth lo seguía o no, y casi tropezó con Isabel que, toda cordialidad,
preguntó:
–¿No nos presentas?
Isabel miraba al inspector con una actitud
juvenil que resultaba grotesca. Gray anunció:
–Miss Clarion, Mr. Ixworth. –Vagamente, Gray
deseaba que ambos desaparecieran. Que se marchasen y lo dejaran solo con la
perra. Tenía ganas de meterse en algún sitio con la amable Dido,
rodearla con sus brazos y pegar el rostro a su cálido pelaje, que olía a heno.
Ixworth hizo caso omiso de la presentación.
–¿Este animal es suyo?
–Sí, ¿a que es preciosa? ¿Le gustan los
perros?
–Ésta parece simpática. –Los ojos de Ixworth
se volvieron hacia Gray–. ¿Se trata de la perra que, supuestamente, estaba
usted cuidando?
–Estoy segura de que lo hará cuando al fin me
vaya. –Isabel parecía encantada de que la conversación tomase aquel rumbo tan
agradable–. No pude hacer mi viaje, y la pobre Dido se quedó sin sus vacaciones
en el campo.
–Ya. Había esperado encontrarlo solo, Mr.
Lanceton.
A Isabel le costaba tan poco ponerse digna
como estar simpática. Ofendida, levantó la cabeza, y aplastó furiosamente su
cigarrillo.
–Dispense, no era mi intención molestar. Lo
último que quiero es inmiscuirme. Me voy a Waltham Abbey a por nuestro
almuerzo, Gray. Líbreme Dios de estorbaros a tu amigo y a ti.
Ixworth sonrió levemente ante aquellas
palabras. En paciente silencio, aguardó a que el Mini se alejase.
Gray observó como el coche desaparecía por el
camino. Dido comenzó a gemir, las patas sobre el alféizar y el morro contra el
cristal de la ventana. Gray pensó que así debió de ocurrir cuando Isabel la
dejó sola aquel lunes... Sólo que, en realidad, nunca había sucedido tal cosa.
Nada de todo aquello había ocurrido.
–Nada de lo que me contó sucedió realmente,
¿verdad? –estaba diciendo Ixworth–. La historia de la perra fue un invento.
Como es natural, ya estamos enterados de que el jueves no llevaron a la
consulta de Mr. Cherwell ningún animal que respondiera a la descripción de
éste.
Suavemente, Gray hizo que la perra se
apartara de la ventana. El brillo del sol le hirió los ojos, y apartó el sillón
de los oblicuos y cegadores rayos.
–¿Acaso importa? –preguntó.
En un tono a la vez intrigado e irónico,
Ixworth preguntó:
–Para usted, ¿qué es lo que importa
realmente?
Prácticamente, ya nada, pensó Gray. Quizá
sólo un par de menudencias, preguntas a las cuales él mismo podía encontrar
respuesta. A medida que la mente se le despejaba, dejaba al descubierto frías
realidades que no provocaban en él ninguna reacción emocional. La perra nunca
estuvo allí. Partiendo de aquel dato, el recuerdo de ciertas frases de Drusilla
a la luz de aquel nuevo contexto –«Yo nunca cambio de idea, Gray»– le dio la clave
para desentrañar la trama que ella había tejido. La estudió sin sentir dolor,
objetiva, casi científicamente. Con lentitud, dijo:
–Creía que Harvey Janus era un hombre
corpulento, pero la verdad es que jamás lo vi, y creí que seguía teniendo un
Bentley, no el Mercedes que dejó en el camino. Es extraño. Supongo que lo
llamaban Tiny porque realmente era pequeño. ¿Le apetece un té?
–En estos momentos, no. Prefiero que siga
usted hablando.
–No había necesidad de drogarlo, claro. Ahora
lo comprendo. Lo único necesario era atraerlo hasta aquí. Y eso no era difícil,
porque estaba buscando una casa en el bosque para comprársela a su madre. Y
dominar a un hombre tan menudo resultaba fácil. Cualquiera podría haberlo
hecho.
–¿Ah, sí?
–Entonces ella tenía su llave. Pero lo que no
acabo de entender... –Hizo una pausa, vacilando ante la idea de traicionarla,
pese a que ella lo había traicionado a él–. Supongo que habrán ustedes hablado
con la esposa de Janus, ¿no? Puede que incluso la hayan... –Suspiró, aunque sin
sentir apenas nada–. Puede que incluso la hayan arrestado.
La expresión de Ixworth cambió, y se hizo
dura, como la de un policía de película. Echó mano a su cartera, la abrió y
sacó un papel de una fina carpeta. El papel resplandeció al sol cuando el
hombre se lo tendió a Gray. Las palabras mecanografiadas bailaban ante sus
ojos, pero pudo leerlas, pues él mismo las había escrito.
Su membrete estaba en la parte alta: La
Cabaña Blanca, Pocket Lane, Waltham Abbey, Essex. Debajo estaba la fecha: 6 de
junio. Sin año. Y al pie, bajo aquellas terribles palabras que había creído no
volver a ver: Mr Harvey Janus, Combe Park, Wintry Hill, Loughton, Essex.
–¿La ha leído? –preguntó Ixworth.
–Sí, conozco su contenido.
No obstante, Ixworth la leyó en voz alta:
–«Estimado señor, en respuesta a su anuncio
del Times, creo tener justamente lo que usted busca. Como mi casa está cerca de la
suya, ¿tendría inconveniente en venir, para que se la muestre? Las cuatro de la
tarde del sábado sería perfecto. Atentamente, Francis Duval.»
Se trataba de la primera carta que habían
escrito.
–¿Dónde la encontraron? –preguntó Gray–.
¿Aquí? ¿En su casa?
–Estaba en el bolsillo del muerto –replicó
Ixworth.
–No puede ser. Esa carta nunca se envió. Mire,
intentaré aclararle...
–Ojalá lo consiga.
–Es algo complicado de explicar. Mrs.
Janus... –Se interrumpió, intentando encontrar la mejor forma de decir lo que
deseaba. Comenzó de nuevo, preguntándose a qué venía el ceño de Ixworth–. La
esposa de Mr. Janus ya le habrá dicho que ella y yo fuimos amigos íntimos. En
determinado momento, ella quiso que yo la ayudara... –¿Cómo explicarle a aquel
severo e inescrutable juez lo que Drusilla había querido? ¿Cómo hacerle
comprender dónde terminaba la fantasía y comenzaba la realidad?–. Quiso que la
ayudara a hacerle una jugarreta a su marido –siguió, mintiendo torpemente–. Era
para conseguir sacarle dinero. Ella no tenía fortuna propia, y yo estoy
permanentemente arruinado.
–Sabemos cuál es su estado financiero.
–Sí, parece que lo saben ustedes todo. Yo
escribí esa carta, es cierto. Escribí un montón más que nunca fueron enviadas,
y aún las tengo en mi poder. Están...
–¿Sí?
–Ahora recuerdo que las quemé. Pero ésa debió
de... ¿Por qué me mira así? Mrs. Janus...
Ixworth recuperó la carta y la volvió a
doblar.
–Mientras no mencionó el nombre de la esposa
de Mr. Janus, pensé que realmente íbamos a alguna parte, Lanceton. No la meta
en esto. Ella no lo conoce. Nunca ha oído hablar de usted, ni como Duval, ni
como Lanceton.
La perra se apartó de él, y el hecho le
pareció simbólico. Dido se tumbó y comenzó a roncar suavemente. Ixworth no había dejado de
hablar, y estaba exponiendo metódicamente los detalles de lo sucedido el sábado
por la tarde. Eran detalles circunstanciales sumamente precisos, que incluían
la llegada de Gray a la choza poco antes de las cuatro para recibir a Tiny
Janus, el posterior recorrido que ambos hicieron por la casa, hasta lo alto de
las escaleras del sótano. El relato no tenía el menor defecto, salvo que era
inexacto en todos sus detalles.
Pero Gray no lo negó, limitándose a decir:
–Ella no me conoce.
–Olvídese de ella. Mrs. Janus se pasó toda la
tarde del sábado jugando al tenis con su instructor.
–Fuimos amantes durante dos años –dijo Gray–.
Tiene la llave de esta casa. –No, aquello ya había dejado de ser cierto...–. ¿Y
ella dice realmente que ni siquiera me conoce?
–¿Tiene algún testigo de que no sea así?
Gray quedó en silencio. No tenía ninguno.
Nadie los había visto juntos, así que la cosa nunca había sucedido. Su amor no
había existido, lo mismo que la muerte de la perra no se había producido. Y sin
embargo... sin acalorarse, sin sentir la más mínima emoción, preguntó:
–¿Por qué, si no por su esposa, iba yo a
matar a Janus?
–Por dinero, naturalmente –replicó Ixworth–.
No somos niños, Lanceton. Ni nosotros, ni usted. Concédanos un mínimo de
inteligencia. Él era muy rico y usted muy pobre. La policía francesa nos ha
informado de que con la muerte de su madre no obtuvo usted herencia alguna.
Las cien libras... ¿Habría habido más dinero
escondido en la casa?
–Trajo el depósito –murmuró Gray.
–Desde luego. Y usted contaba con ello. Janus
tenía la pésima costumbre de llevar encima grandes sumas de dinero, y esas
cosas se saben, ¿no? Aún sin verla, estaba casi seguro de que le gustaría esta
casa, y quería asegurársela... Dejando una paga y señal en efectivo. –Ixworth
se encogió desdeñosamente de hombros–. Dios bendito, y la casa ni siquiera era
de su propiedad... Supongo que averiguó cuál era su precio de mercado mirando
los anuncios de las agencias inmobiliarias.
–Sé cuál es su precio.
–Diga más bien que sabía cuánto podría
sacarle a Mr. Janus. Y también sabía lo que son la codicia y la necesidad
humanas. Encontramos las tres mil libras que traía Mr. Janus dentro de la caja
de seguridad de usted, junto con un ejemplar del Times en el que aparecía el
anuncio, marcado con un círculo. La caja estaba cerrada con llave, pero la
forzamos.
Suave, desesperanzadamente, Gray murmuró:
–Dios...
–Quizá le interese saber cómo dimos con
usted. Se trata de algo obvio. La esposa de Mr. Janus sabía dónde iba su marido
y cuánto dinero llevaba. Nos informó de su desaparición, y encontramos su
Mercedes en el camino.
Gray asintió con la cabeza. Un plan limpio,
inexorable. «Ojalá le encerraran en una celda», le había dicho Drusilla. Y
quizá en todo aquel asunto hubiera un elemento de justicia, de pura justicia.
Se sabía excesivamente débil e indefenso para discutir, y no iba a hacerlo.
Debía resignarse. Cuando escribió aquellas cartas, debió prever cómo terminaría
todo, pero no supo, no pudo... o no quiso. Había ansiado la muerte de Tiny y,
atrapado en la red de Drusilla, hizo tanto como ella por que aquella muerte se
produjera. ¿Quién manejó los hilos del destino? ¿Fue aquel semáforo, o Jeff, o
él, que compró los últimos folios? ¿Quién decidió el matrimonio de Honoré, sino
la anónima persona que llamó, por teléfono de madrugada? ¿Y quién fue el
responsable de la muerte de Tiny sino el mismo Gray, cuando conoció a Drusilla
aquel día de invierno? ¿Quién, sino lord Sonrisa, su vecino?
–Tiene usted que prestar declaración –dijo
Ixworth–. ¿Nos vamos?
Gray sonrió, de nuevo en su pacífico limbo.
–¿Le importa que esperemos a que Miss Clarion
regrese?
–Déjele una nota, y la puerta sin cerrar. –El
tono de Ixworth, carente de ironía, era comprensivo, casi de simpatía. Miró a
la perra durmiente–. Si le parece, podemos encerrarla en la cocina.
Después
En el pabellón Alexander Fleming sólo había
seis camas. El parlamentario vaciló en la entrada y luego se dirigió a la cama
en torno a la cual las cortinas estaban corridas, pero antes de llegar a ella,
una enfermera le salió al paso.
–Mr. Denman no puede recibir visitas de más
de diez minutos. Aún está muy delicado.
Andrew Laud asintió con la cabeza.
–No me quedaré mucho rato.
La enfermera levantó una de las cortinas y él
pasó aprensivamente bajo la tela, preguntándose qué se encontraría. ¿Un rostro
horriblemente desfigurado? ¿Una cabeza envuelta en vendas?
Jeff Denman dijo:
–Gracias a Dios que has venido. Llevo todo el
día sobre ascuas...
El parlamentario lo miró al fin. Jeff estaba
como siempre, aparte de su palidez y el cabello, cortado casi al cero.
–¿Cómo te encuentras, Jeff?
–Mucho mejor, y me recuperaré del todo.
Resulta muy extraño despertarte una mañana y encontrarte con que ayer fue hace
seis meses.
La cama estaba cubierta de periódicos, que la
enfermera amontonó en una ordenada pila antes de desaparecer tras las cortinas.
Andrew Laud vio cómo su propio rostro le miraba desde una de las primeras
planas, y leyó: «Miembro del Parlamento interviene en la apelación del
asesinato del bosque.»
–La verdad es que mi intervención ha sido
mínima –dijo–. Me han permitido ver a Gray un par de veces, pero ese muchacho
parece sufrir una especie de amnesia. O no puede, o no quiere recordar nada de
lo ocurrido. Sólo habla de salir y de comenzar de nuevo a escribir, aunque,
claro, eso depende de que su apelación...
Jeff lo interrumpió:
–Aunque resulte sorprendente, yo no sufro de
amnesia. –Se removió en la cama, alzando dolorosamente la cabeza de la
almohada–. Pero quizá sea mejor que primero te cuente cómo he llegado hasta
aquí.
–Me lo explicabas en tu carta.
–Tuve que pedirle a la monja que me la
escribiera, y yo aún no tenía las ideas muy claras. No puedes imaginarte la
impresión que me llevé al recuperar la conciencia y leer los periódicos. No
podía creer que a Gray lo hubiesen condenado a quince años por asesinato, y
dicté la carta de modo muy incoherente. Recé por que me tomaras en serio y
vinieses. Dame un poco de agua, por favor.
Andrew Laud le puso el vaso en los labios y
cuando Jeff hubo bebido, dijo:
–Ya sé que tu camioneta se estrelló contra un
camión en Waltham Abbey el 12 de junio y resultaste gravemente herido. En
cuanto leí tu carta, comprendí que tal vez tuvieras algo importante que
decirme, pero no me explicabas lo que hacías allí.
–Mi trabajo –dijo Jeff–. Hacía una mudanza, o
lo intentaba. –Tosió, llevándose las manos a las costillas–. El domingo
anterior, Gray me había pedido que trasladase sus cosas el sábado siguiente.
Dijo que si había contraorden me telefonearía (al pobre las cosas suelen
complicársele) y, como no lo hizo, fui hasta allí en la camioneta, como había
prometido. Fue el día después de recibir la carta en la que me invitabais a
cenar. Debió de extrañarte que no aceptase la invitación de tu esposa.
–Eso no importa. Cuéntame qué sucedió.
Lenta, pero clara y coherentemente, Jeff
continuó:
–Llegué allí a eso de las tres. Dejé la
camioneta en la parte del camino con gravilla, porque todo estaba lleno de
barro y temí quedarme atascado. Cuando llegué a la cabaña, la llave estaba en
la cerradura de la puerta principal, y también había una nota. Estaba escrita
con la máquina de Gray. Yo la conozco. Pero no estaba firmada. Decía algo así
como «He salido un momento. Pase y eche un vistazo.» Pensé que era para mí,
aunque me extrañó que me tratara de usted.
»Entré y tomé nota mental de las cosas que
había que trasladar (pensé que la nota se refería a eso), y luego me senté a
esperarlo. Ah, y recorrí toda la casa. Si tienes alguna duda sobre si Gray
estaba o no en ella, yo te puedo asegurar que no estaba.
–Lo recuerdas todo con gran claridad.
–El accidente, no –dijo Jeff, con una leve
mueca–. De él no recuerdo nada. Pero lo ocurrido antes lo tengo clarísimo.
–Tras una pausa, continuó–: En la casa hacía mucho calor y olía a cerrado, así
que, cerca de las cuatro, decidí salir a airearme, dejando la llave y la nota
donde estaban. Había pensado en sentarme en el jardín, pero la vegetación
estaba tan crecida que opté por ir al bosque y caminar un rato. Lo importante
es que en ningún momento perdí de vista la cabaña. Me sentía harto de Gray, y
quería acabar lo antes posible, en cuanto él regresara.
–¿No apareció?
Jeff negó con la cabeza.
–Me senté al pie de un árbol. Decidí que si
en diez minutos Gray no llegaba, me iría. El caso es que, mientras estaba allí
sentado, vi llegar a dos personas por el camino.
El parlamentario se acercó más a la cama.
–¿Cómo llegaron? ¿En coche o a pie?
–A pie. Un tipo menudo, de unos cuarenta
años, y una mujer mucho más joven. Llegaron a la puerta, leyeron la nota, y
entraron en la casa. No me vieron, de eso estoy seguro. Entonces comprendí que
la nota no iba dirigida a mí, sino a ellos. Y aquello me pareció sumamente
extraño, Andy. Me quedé sin saber qué hacer.
–No entiendo a qué te refieres –dijo el
parlamentario.
–Identifiqué a la chica. La conocía. Era una
antigua novia de Gray. Y no lograba entender qué hacia allí con un fulano que
tenía todo el aspecto de ser su esposo. Tenía pinta de marido. Pensé que tal
vez hubieran ido a armarle una escena a Gray. No, no me interrumpas, Andy,
déjame que te cuente el resto. –Su voz comenzaba a flaquear. Jeff se recostó
contra las almohadas y de nuevo carraspeó dolorosamente–. Te puedo decir con
toda precisión cuándo y dónde la vi por primera vez. Gray la llevó a Tranmere
Villas. Por entonces, Sally vivía conmigo. Gray la había avisado de antemano, y
ella se quedó en su habitación y no los vio cuando llegaron. Pero yo había
estado trabajando, no sabía nada y, cuando llegué, abrí la puerta de su cuarto
sin llamar. En el periódico de la tarde salía una crítica de su novela, y
estaba tan contento, que tenía prisa por enseñársela. Se encontraban en la
cama, haciendo el amor. Gray estaba tan... Bueno, supongo que absorto, que ni
siquiera advirtió mi entrada. Pero ella sí. Ella alzó la cabeza y me dirigió
una sonrisita, como diciéndome «fíjate lo moderna y lo liberada que soy». Salí
tan rápida y silenciosamente como pude.
La cortina se descorrió y, sin volverse,
Andrew Laud dijo:
–Un par de minutos más, enfermera. Le prometo
que no será más.
–Mr. Denman no debe ponerse nervioso.
Cuando volvieron a quedarse solos, el
parlamentario dijo:
–El que se está poniendo nervioso soy yo.
Volvamos al 12 de junio, si te parece.
–¿Dónde estaba? Ah, sí, sentado al pie del
árbol. Al cabo de un rato, apareció un viejo leyendo un libro por el camino, y
luego el tipo que había visto entrar en la cabaña salió y rodeó la casa,
mirando las ventanas. Pensé que se marchaban, y esperé a que ella también
saliera. Pero no, el tipo volvió a entrar en la casa y unos diez minutos más
tarde salió la chica. Sola. La llave ya no estaba en la cerradura, y la nota
había desaparecido. Me pareció que la mujer estaba nerviosa, Andy, y su paso
era un poco vacilante. Estuve a punto de llamarla y preguntarle si se sentía
bien, pero no lo hice, aunque comenzaba a darme la sensación de que todo
aquello era bastante extraño. Se alejó por el bosque y al cabo de un rato de
irse ella, yo también me fui. Pensé en acercarme a Waltham Abbey, por si podía
encontrar a Gray y contarle lo que había presenciado. Cerca de mi camioneta
había aparcado un gran coche verde. No me fijé en la marca ni en la matrícula.
»Debió de ocurrir a eso de las cuatro y
media, porque, por lo visto, tuve el accidente a las cinco menos veinte. Y eso
es todo. Desde entonces he estado en coma, y lo que acabo de contarte ha
dormido conmigo. Cristo... ¿qué habría pasado si yo hubiese muerto?
–Ni moriste, ni vas a morir. Tienes que
ponerte bien cuanto antes, para que puedas testificar ante el tribunal de
apelaciones. Es una lástima que no conozcas la identidad de la chica.
–Pero sí la conozco. ¿No te lo había dicho?
–Jeff parecía exhausto, y su rostro ceniciento, pero su voz, aunque débil, era
firme–. Hubiera reconocido su rostro en cualquier parte, y ayer volví a verlo.
En el periódico había una foto de Mrs. Drusilla Janus, o Mrs. McBride, que es
su nombre actual porque, según el Standard hace un mes se casó con un instructor
de tenis. Ahora es mejor que te vayas, Andy. Manténme informado.
Sonriendo y sintiéndose algo obnubilado, el
parlamentario se puso en pie. Jeff sacó el brazo de debajo de las sábanas y, de
un modo silencioso y formal, los dos hombres se dieron la mano.
[1] Referencia a Salmos 91.3. (N. del T.)
[2] La cita corresponde a The Chilterns, de Rupert Brooke. (N.
del T.)
[3] Poeta británico (autor de los versos que encabezan esta novela y
de los que se citan unas páginas atrás), nacido en 1887 y muerto en 1915. Su
gran y precoz talento, su atractivo físico, su brillante y aventurera vida, y
su prematura muerte durante la Primera Guerra Mundial lo convirtieron en el
período de entre guerras en un héroe romántico, símbolo de la juventud
británica inmolada en la contienda. (N. del T.)
[4] En Gran Bretaña y otros países, los autores cobran un canon por
cada vez que en una biblioteca pública se hace uso de un libro suyo. (N. del
T.)
[5] Marianne es la joven, vestida de rojo, blanco y azul, símbolo de
la República francesa. (N. del T.)
[6] Tiny significa «pequeño», «chiquitín». (N. del T.)
[7] LSD son también las iniciales del antiguo sistema monetario
inglés: librae, solidi, denarii: Libras, chelines y peniques. (N. del
T.)

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