LA SENDA DE LA MALDAD Y OTROS RELATOS (Means of Evil and Other Stories, 1979) Ruth Rendell




A Jane Bakerman

Nota de la autora

De estos cinco relatos, cuatro han sido publicados con anterioridad en Ellery Queen’s Mistery Magazine. El único nuevo es «Ginger y el círculo de tiza de Kingsmarkham», escrito especialmente para esta selección.
Todas las historias corresponden a casos del inspector jefe Wexford y forman parte de las crónicas de Kingsmarkham. Los hechos referentes a la vida personal de Wexford, Burden y sus respectivas familias son tan «verídicos» como cualquier otra circunstancia en las novelas de Wexford. Cada relato debe leerse como una pequeña novela de la serie.

La senda de la maldad

(Means of Evil)
–Mucídula viscosa –dijo el inspector Burden–, lepiota, cornucopia, morilla y boleto. ¿Significan algo para usted?
El inspector jefe Wexford se encogió de hombros.
–Parece un acertijo de los que aparecen en las revistas. ¿Qué tienen en común? A ver; me arriesgaré a adivinar y diré que son crustáceos o anémonas de mar. ¿Qué tal?
–Son hongos comestibles –respondió Burden.
–¿De veras? ¿Y qué tienen que ver los hongos comestibles con el hecho de que Hannah Kingman se arrojara, o la arrojaran, por la ventana?
Los dos hombres estaban en el despacho de Wexford, en la comisaría de Kingsmarkham, condado de Sussex. Aunque corría el mes de noviembre, Wexford acababa de regresar de sus vacaciones. Y durante su ausencia, mientras él disfrutaba en Cornualles de un octubre más veraniego que el propio verano, Hannah Kingman se había suicidado. O eso había pensado Burden al principio. Ahora se encontraba ante un dilema, y en cuanto Wexford atravesó la puerta aquella mañana, Burden empezó a relatarle los hechos.
Wexford se acercaba a los sesenta y era un hombre alto, desgarbado y bastante feo que si bien en otro tiempo había rayado en la obesidad, había adelgazado hasta la flacura extrema por razones de salud. Burden, casi veinte años más joven, era uno de esos individuos de constitución delgada y siempre había tenido un cuerpo enjuto. Su cara era ascética, interesante, con una expresión imperturbable. El mayor de los dos, pese a tener una esposa que cuidaba devotamente de él, siempre iba vestido como si acabara de coger su ropa al azar de una tienda de artículos de segunda mano; mientras que el más joven, un viudo, tenía un aspecto impecable. Parecían un mendigo y un dandy, pero el dandy dependía del mendigo, confiaba en él, era consciente de su competencia y perspicacia. En secreto, prácticamente lo veneraba.
Sin su jefe se había sentido perdido en aquel caso. Al principio todos los indicios hacían pensar que Hannah Kingman se había suicidado. Era una maníaca depresiva, profundamente consciente de sus problemas. Al parecer, había sido infeliz en su breve matrimonio y también había fracasado en uno anterior. Pese a la falta de una nota aclaratoria o de amenazas previas, Burden habría tomado su muerte por un suicidio... de no ser porque el hermano de la víctima había mencionado los hongos comestibles en su declaración. Y Wexford no estaba allí para hacer lo que tan bien se le daba: separar el trigo de la paja.
–La cuestión –dijo Burden desde el otro extremo de la mesa– es que no estamos buscando una prueba de asesinato, sino una prueba de intento de asesinato. Axel Kingman pudo haber arrojado a su esposa por la ventana, pues carece de coartada para el momento de la muerte, pero no tenía razones para sospechar de él hasta que me hablaron de un intento de asesinato sucedido dos semanas antes.
–¿Y dicho intento tiene algo que ver con los hongos comestibles?
Burden hizo un gesto afirmativo.
–Por lo visto añadieron una sustancia venenosa a un guiso preparado con hongos comestibles. Aunque si lo hizo el marido, sólo Dios sabe cómo se las apañó, porque tres personas más, él incluido, comieron el guiso sin presentar síntoma alguno de intoxicación. Creo que será mejor que le cuente todo desde el principio.
–Sería conveniente –dijo Wexford.
–Los hechos son los siguientes –comenzó Burden como si fuera un fiscal en los tribunales–: Axel Kingman tiene treinta y cinco años y es propietario de una tienda de productos dietéticos, Harvest House, situada en la calle principal. ¿La conoce? –Wexford asintió con un gesto y Burden continuó–: En otro tiempo era maestro en Myringham, y antes de mudarse aquí convivía con una mujer llamada Corinne Last. La abandonó, dejó su empleo, invirtió todo su dinero en la tienda y se casó con Hannah Nicholson.
–Que, según creo adivinar, comparte su afición por la gastronomía naturista.
–Una manía estúpida y esnob –dijo Burden arrugando la nariz–. ¿Alguna vez se ha fijado en el aspecto pálido y demacrado que tienen los fanáticos de la comida sana? Por el contrario, las personas que se alimentan con carne, grasas, whisky y pasteles están llenas de energía y vitalidad.
–¿Kingman es pálido y demacrado?
–En mi opinión es un endeble, ¿cómo se dice?, un asceta, eso. En fin, la cuestión es que Hannah y él abrieron la tienda naturista y se mudaron a un piso en esa especie de rascacielos que nuestros geniales arquitectos construyeron encima de ésta. Corinne Last, según su propia declaración y la de Kingman, aceptó la situación después de un tiempo prudencial y todos continuaron tan amigos.
–Hábleme de ellos –dijo Wexford–. Deje a un lado los hechos por el momento y hábleme de ellos.
Para Burden no era tarea fácil. Solía describir a la gente como «corriente» o «nada fuera de lo común», un hábito que exasperaba a Wexford. De modo que se esforzó por ser más preciso.
–Kingman parece la clase de persona incapaz de matar a una mosca. Si no fuera porque empiezo a sospechar que podría ser un despiadado asesino de mujeres, diría que es un hombre agradable. Es un abstemio a quien le horroriza la posibilidad de tomar alcohol. Su padre se arruinó y finalmente murió como consecuencia del alcoholismo; de modo que nuestro Kingman es un fanático detractor de ese vicio.
»La muerta tenía veintinueve años. Su primer marido la abandonó después de seis meses de matrimonio para largarse con una amiga de ella. Hannah volvió a vivir con sus padres y tenía un trabajo de media jornada en el comedor del colegio donde enseñaba Kingman. Se conocieron allí.
–¿Y la otra mujer? –preguntó Wexford.
Burden frunció el entrecejo. El sexo fuera del matrimonio, aunque aprobado por la opinión pública y las costumbres modernas, le parecía escandaloso. El hecho de que en el curso de su trabajo se encontrara casi a diario con casos de relaciones ilegítimas no había contribuido a mitigar su desaprobación. Como decía a veces Wexford, a los ojos de Burden todo el sufrimiento del mundo, y desde luego todos los crímenes, obedecían de un modo u otro a la ignominiosa costumbre de algunos hombres y mujeres de acostarse juntos fuera de los sagrados vínculos del matrimonio.
–Vaya a saber por qué no se casaron –dijo Burden–. En mi modesta opinión, las cosas iban mejor cuando las autoridades educativas prohibían las conductas inmorales a los maestros.
–Por el momento, dejemos de lado su modesta opinión sobre esos asuntos, Mike –dijo Wexford–. No creo que Hannah Kingman haya muerto porque su marido no era un hombre puro y virgen.
Burden se ruborizó levemente.
–Bien, le hablaré de Corinne Last. Es una mujer muy atractiva para aquellos que prefieran las morenas de aspecto apasionado. Su padre le dejó algo de dinero y la casa donde vivía con Kingman y donde todavía vive ella. Es una de esas mujeres competentes en todo lo que se proponen. Pinta y vende sus cuadros, confecciona su propia ropa, es algo así como la estrella principal de la compañía de teatro local y toca el violín en un trío de cuerdas. También escribe para revistas naturistas y ha publicado un libro de cocina.
–Entonces da la impresión de que Kingman la abandonó porque la consideraba demasiado para él. Luego se enamoró de una humilde asistenta del comedor escolar. Una mujer que difícilmente podría competir con él.
–Supongo que tiene razón. De hecho, alguien formuló esa teoría con anterioridad.
–¿Quién? –preguntó Wexford–. ¿De dónde sacó la información, Mike?
–De un hombre furioso, el cuarto miembro del cuarteto, que es el hermano de Hannah. Se llama John Hood y creo que aún tiene mucho que decir. Pero me parece que es hora de dejar la descripción de los involucrados en el caso y continuar con los hechos.
»Nadie vio a Hannah caer del balcón. Ocurrió el jueves pasado, alrededor de las cuatro de la tarde. Según su esposo, él se encontraba en una especie de despacho situado en el fondo de la tienda haciendo lo que suele hacer antes de cerrar: comprobar las existencias y etiquetar botellas y paquetes.
»La mujer cayó en un aparcamiento situado en la parte trasera del edificio, y un par de horas más tarde la descubrió una vecina. Nos llamaron, y Kingman parecía desolado. Le pregunté si temía que su mujer pudiera haberse quitado la vida y me respondió que nunca había amenazado con hacerlo, aunque en los últimos tiempos sufría una depresión y discutían con frecuencia, sobre todo por cuestiones económicas. El médico le había recetado tranquilizantes, con lo que Kingman no estaba en absoluto de acuerdo. El propio médico, el viejo doctor Castle, me contó que la señora Kingman había ido a verlo porque estaba deprimida; decía que la vida no valía la pena y que era una carga para su marido. Estábamos convencidos de que se trataba de un suicidio provocado por un desequilibrio emocional, cuando apareció John Hood y me dijo que Kingman había intentado matar a su esposa en otra ocasión.
–¿Usó esas mismas palabras?
–Ésas u otras similares. Está claro que Kingman no le cae bien y que quería mucho a su hermana. También parece admirar a Corinne Last. Me contó que un sábado por la noche, a finales de octubre, los cuatro cenaron juntos en el apartamento de los Kingman. Se trataba de una cena vegetariana, preparada por Kingman, que siempre se encargaba de la cocina, y uno de los platos consistía en lo que ellos llaman setas y yo hongos, quizá porque soy un anticuado o un intolerante. Todos comieron lo mismo sin problemas, excepto Hannah, que estuvo vomitando durante horas y parecía bastante enferma.
Wexford alzó las cejas.
–Ahora sus hipótesis, por favor –dijo.
Burden se reclinó, apoyó los codos sobre los brazos del sillón y juntó la punta de los dedos.
–Pocos días antes de esa cena, Kingman y Hood se encontraron en el club de squash del que ambos son socios. Kingman le dijo a Hood que Corinne Last le había prometido llevarle unas setas comestibles, llamadas barbudas, que cultivaba en su propio jardín, es decir el jardín de la casa que compartían en el pasado. Por lo visto, cada otoño brotan unos cuantos hongos semejantes debajo de un árbol. Yo mismo los he visto, pero volveré a eso más adelante.
»A Kingman le gusta cocinar con hierbas y cosas por el estilo; hace ensaladas de diente de león y acedera, y jura que esa porquería de hongos tienen unas cualidades excelentes y mucho más sabor que los champiñones normales y corrientes. Yo prefiero cualquier plato envuelto en plástico del supermercado, pero, como dicen, hay de todo en la viña del Señor. A propósito, el libro que publicó Corinne Last se titula Cocina económica y todas las recetas se preparan con ingredientes que uno puede arrancar del campo o de los setos del jardín.
–¿Y alguna vez habían cocinado esas barbadas o verruguientas o como quiera que se llamen?
–Barbudas –dijo Burden con una sonrisa–, o más precisamente Coprinus comatus. Claro que sí; todos los años. Cada año Corinne y él comían el guiso en cuestión. Kingman le dijo a Hood que este año iba a cocinarlas otra vez y Hood dijo que parecía muy agradecido con Corinne por mostrarse tan..., bueno, tan generosa.
–Sí, supongo que tuvo que ser doloroso para ella. Como escuchar su «tema favorito» en compañía del ex amante y la usurpadora. –Wexford hizo una mueca de desagrado–. «¿Cómo puedes comer nuestros hongos con otra?»
–Fuera de bromas, debe de haber sido algo semejante –dijo Burden con seriedad–. La cuestión es que Kingman invitó a Hood a probar esas delicias el sábado siguiente y dijo que Corinne también estaría presente. Quizá haya aceptado ir precisamente por eso. En fin, cuando llegó el día señalado, Hood pasó a ver a su hermana a la hora de comer y ella le enseñó el guiso que Kingman había preparado con antelación. Dijo que lo había probado y que estaba delicioso. También le mostró media docena de barbudas que habían sobrado y que, al parecer, freirían al día siguiente para el desayuno. Eso es lo que le enseñó.
Burden abrió un cajón del escritorio y sacó una de las bolsas de plástico, que según sus propias palabras, le inspiraban confianza. Pero el contenido de esa bolsa en particular no procedía de ningún supermercado. Desenroscó el pequeño alambre que la mantenía cerrada y dejó caer sobre la mesa cuatro objetos blanquecinos y escamosos. Tenían forma de huevos o más bien de óvalos alargados, con tallos cortos y gruesos.
–Los recogí esta mañana –dijo–. Del jardín de Corinne Last. Cuando crecen, la parte superior se abre como un paraguas, o más bien como una pagoda, y abajo aparece una especie de membrana negra. Por lo visto, hay que comerlos cuando se encuentran en este estadio.
–Supongo que habrá comprado un libro sobre setas –dijo Wexford.
–Aquí está –respondió Burden sacando del mismo cajón un libro titulado Setas británicas comestibles y venenosas–. Y aquí tenemos a las barbudas.
Burden había abierto el libro en la sección de setas comestibles, donde se veía un diagrama de la especie de hongos que tenía en las manos. Se lo pasó al inspector.
–«Coprinus comatus –leyó Wexford en voz alta–: especie común que alcanza entre cinco y doce centímetros al completar su desarrollo. Estas setas se encuentran a finales de verano y otoño en campos, setos silvestres y jardines. Deben comerse antes de que el sombrero se abra y vierta un fluido similar a la tinta, pero son inofensivas en cualquier estadio.» –Wexford apoyó el libro sobre la mesa, pero no lo cerró–. Continúe, Mike –dijo.
–Hood pasó a buscar a Corinne y llegaron juntos a casa de los Kingman poco después de las ocho. A las ocho y cuarto se sentaron a la mesa y comenzaron con el entrante: aguacate a la vinagreta. El plato siguiente sería el guiso, seguido de albóndigas de frutos secos con ensalada y, para terminar, tarta de manzana. Naturalmente, no se sirvieron vinos ni licores debido a los prejuicios de Kingman hacia cualquier bebida alcohólica. Bebieron mosto de uva de la tienda.
»La cocina da directamente al salón comedor. Kingman trajo el guiso en una sopera grande y lo sirvió en la mesa, empezando, por supuesto, por Corinne. Las barbudas estaban cortadas por la mitad y flotaban sobre una salsa espesa a la que Kingman había añadido zanahorias, cebollas y otras verduras. Al parecer, desde el día en que lo habían invitado a la cena, Hood había manifestado su aprensión hacia las setas, pero Corinne lo había tranquilizado, y cuando vio que los demás las comían tranquilamente dejó de preocuparse. De hecho, tomó una segunda ración.
»Kingman retiró los platos y los lavó de inmediato en el fregadero. Tanto Hood como Corinne destacaron ese detalle, aunque Kingman afirma que siempre hace lo mismo, pues es muy meticuloso con la limpieza.
–Seguramente su ex novia podrá confirmar o negar ese hecho –apuntó Wexford–, puesto que vivieron juntos mucho tiempo.
–Debemos preguntárselo. La cuestión es que no quedaron rastros del guiso. A continuación, Kingman sirvió las albóndigas de frutos secos y la ensalada, pero antes de que empezaran a comerlas, Hannah se levantó cubriéndose la boca con la servilleta y corrió hacia el cuarto de baño.
»Después de unos minutos, Corinne fue tras ella. Hood la oyó vomitar, pero permaneció en la sala, mientras Kingman y Corinne estaban con ella en el baño. Después de esto, nadie fue capaz de probar bocado. Cuando Kingman regresó, dijo que Hannah debía de haber pillado algún virus y que la había mandado a la cama. Hood fue a la habitación, donde Hannah estaba tendida en la cama, con Corinne a su lado. La cara de Hannah estaba amarillenta y cubierta de sudor. Además, era evidente que sufría dolores porque estaba doblada sobre sí misma y gemía. Se levantó para ir al lavabo por segunda vez, y en esta ocasión Kingman tuvo que cargarla en brazos.
»Hood sugirió que llamaran al doctor Castle, pero Kingman se negó en redondo. Es uno de esos tipos que desconfía de los médicos y que cree en el poder curativo de las hierbas. Ya sabe; pastillas de hojas de frambueso, manzanilla y cosas por el estilo. Además, Kingman formuló la absurda teoría de que Hannah ya había tenido bastante con los médicos y de que si aquello no se debía a un virus intestinal, seguramente sería un efecto secundario de los «peligrosos» tranquilizantes que tomaba.
»Hood tenía la impresión de que Hannah estaba muy mal y los dos hombres se enfrascaron en una acalorada discusión, durante la cual el hermano de la chica insistió en que llamaran a un médico o la llevaran al hospital. Kingman se negó y Corinne se puso de su parte. Hood es uno de esos hombres débiles que ladra pero no muerde, y aunque podría haber llamado al médico él mismo, no lo hizo. Supongo que habrá sido nuevamente por la influencia de Corinne. Lo que sí hizo fue decirle a Kingman que era un imprudente por cocinar productos cuya peligrosidad era sobradamente conocida, a lo que Kingman le respondió que si fuera así ellos también habrían enfermado. Por fin, alrededor de la medianoche, Hannah dejó de vomitar, los dolores se aliviaron y se quedó dormida. Hood acompañó a Corinne y volvió a casa de los Kingman donde durmió en el sofá.
»A la mañana siguiente, Hannah estaba en perfectas condiciones, aunque algo débil, lo que contradecía la teoría de Kingman sobre el supuesto virus intestinal. Las relaciones entre los cuñados seguían algo tensas. Kingman dijo que no le habían gustado las insinuaciones de Hood y que preferiría que en adelante visitara a su hermana cuando él estaba fuera o en la tienda. Hood se marchó y no ha vuelto a ver a Kingman desde entonces.
»Al día siguiente de la muerte de su hermana, entró aquí hecho una furia, me contó lo que acabo de decirle y acusó a Kingman de intentar envenenar a Hannah. Aunque estaba muy enfadado, al borde de la histeria, me pareció que no debía tomar su declaración como los desvaríos de un loco. Había demasiadas circunstancias extrañas en el caso: los problemas del matrimonio, la rapidez con que Kingman lavó los platos, su negativa a llamar al médico. ¿No cree que tengo razón?
Burden se detuvo, esperando la aprobación de su jefe, que se manifestó en un gesto de asentimiento poco entusiasta. Después de unos instantes, Wexford habló:
–¿Es posible que Kingman la arrojara por el balcón, Mike?
–Era una mujer menuda y débil, de modo que es físicamente posible. La parte trasera de los pisos no está a la vista. Da al aparcamiento y más allá sólo hay campo. Kingman pudo subir y bajar por las escaleras, en lugar de usar el ascensor. Dos de los pisos de la planta inferior están deshabitados. Debajo del de los Kingman vive una mujer que está postrada en la cama y cuyo marido estaba trabajando en esos momentos. La inquilina del piso inferior a éste, una joven casada, estaba en casa, pero no oyó nada. La inválida dice haber oído un grito a media tarde, pero no hizo nada al respecto. De todos modos, ¿qué probaría ese grito? Supongo que en esas circunstancias una suicida puede gritar tanto como una víctima de asesinato.
–De acuerdo –dijo Wexford–. Ahora volvamos a esa curiosa cena. Podríamos suponer que Kingman intentó matarla, pero que fracasó porque lo que le dio no era lo bastante tóxico. Sufrió una indisposición grave, pero no murió. En tal caso, habría escogido ese medio y esa compañía para contar con testigos de su inocencia. Todos comieron el guiso de la misma sopera, pero sólo Hannah resultó afectada. ¿Por qué insinúa entonces que intentó envenenarla?
–Yo no lo insinúo –dijo Burden con franqueza–, pero otros sí. Hood es bastante tonto y al principio aseguraba que las setas eran peligrosas y que el guiso entero estaba envenenado. Sin embargo, cuando le señalé que eso era imposible, sugirió que Kingman podría haber puesto algo en el plato de Hannah cuando nadie lo veía o que podía tratarse de la sal.
–¿La sal?
–Dice que nadie, excepto Hannah, le puso sal al guiso. Pero eso es absurdo, porque Kingman no podía prever que fuera a hacerlo. A propósito, hay otro punto que podemos dejar claro: los aguacates eran inofensivos. Kingman los cortó en la mesa y sirvió la salsa vinagreta en una jarrita. El pan era integral y casero. Si había algún veneno, tenía que estar en el guiso.
»Corinne Last niega la posibilidad de que Kingman sea culpable. Pero cuando la presioné, reconoció que no estaba sentada a la mesa en el momento en que éste sirvió el guiso. Había ido a buscar su bolso al vestíbulo, de modo que no vio a Kingman servir a Hannah. –Burden cogió el libro que Wexford había dejado abierto en la descripción de las barbudas. Pasó varias páginas hasta la sección de setas venenosas y devolvió el libro a su jefe–. Eche un vistazo.
–Ah, sí –dijo Wexford–, nuestra vieja amiga la falsa oronja o seta mortal. La bonita seta roja con manchas blancas, tan apreciada por los ilustradores de cuentos infantiles. Suelen dibujar una rana encima y un gnomo debajo. Por lo que veo, si se come produce náuseas, vómitos, convulsiones, coma irreversible y finalmente la muerte. Hay muchas variedades de estas amanitas, ¿verdad? La púrpura, la coronada, la verrugosa, la verdigrís... todas más o menos letales. ¡Aja! El hongo asesino, la oronja verde o Amanita phalloides. ¡Qué desagradable! Aquí dice que es el hongo más peligroso que se conoce. La ingestión de una pequeña cantidad puede provocar intensos dolores y a menudo la muerte. Pero ¿adónde nos conduce todo esto?
–Según Corinne Last, la seta mortal es bastante común en esta zona. Lo que no dice, aunque puede deducirse, es que Kingman podría haber cogido uno con facilidad. Supongamos que cocinó sólo un espécimen separadamente y que lo dejó caer dentro del guiso antes de salir de la cocina. Cuando llega el momento de servirle a Hannah, deposita dicho espécimen o sus trozos en el plato de la mujer, como cuando alguien selecciona una pieza concreta del pollo para un invitado en particular. La salsa era espesa, no se trataba de una sopa líquida.
Wexford no parecía muy convencido.
–Bueno, consideremos esa teoría. Si Kingman hubiera contaminado el resto del guiso y otras personas hubieran enfermado, habría parecido un accidente, lo cual sin duda era lo que él pretendía. Pero veo un inconveniente, Mike. Si deseaba que Hannah muriera y no le importaba que Corinne o Hood enfermaran en el intento, ¿por qué lavó los platos? Debería haber guardado los restos del guiso para probar que había sido un accidente cuando llegara el momento de hacer los análisis oportunos, pues dichos análisis habrían demostrado la presencia de hongos venenosos y no venenosos y todo habría quedado como una simple imprudencia.
»Pero vayamos a hablar con estas personas, ¿de acuerdo?

La tienda llamada Harvest Home estaba cerrada. Wexford y Burden bajaron por una callejuela lateral, más allá de la entrada principal, y se dirigieron a una puerta con un cartel que rezaba escaleras y salida de emergencia. Entraron en un pequeño vestíbulo embaldosado y comenzaron a subir las empinadas escaleras.
En cada planta había una puerta principal, además de la correspondiente al ascensor. No se cruzaron con nadie. En caso de haberlo hecho, si hubieran deseado pasar inadvertidos, les habría bastado con esconderse en el recodo de la escalera hasta que la persona en cuestión subiera al ascensor. Debajo del timbre de la puerta de la quinta planta, un cartel anunciaba el nombre de los propietarios: «A. y H. Kingman.»
El hombre que les abrió la puerta era más bien pequeño, de aspecto amable y triste. Le enseñó a Wexford el balcón por donde había caído su mujer, uno de los dos que tenía el piso. El segundo era más grande y abarcaba toda la extensión de las ventanas de la sala. Éste, en cambio, daba al exterior de la puerta de cristal de la cocina; un sitio para tender la ropa o cultivar plantas en macetas. Había varios tiestos con hierbas y en uno especialmente largo quedaban restos de una tomatera con las hojas semimarchitas a causa del frío. La pared que rodeaba el balcón tendría un metro de altura, protegiendo a los moradores de la casa del abrupto abismo que acababa en el duro suelo de cemento.
–¿Le sorprendió que su esposa se suicidara, señor Kingman? –preguntó Wexford.
Kingman no respondió directamente.
–Mi mujer tenía un concepto muy pobre de sí misma. Cuando nos casamos creí que era como yo, una persona sencilla que no le pide mucho a la vida, fácil de satisfacer. Pero no fue así. Esperaba más apoyo, consuelo y aliento del que yo podía darle, sobre todo durante los tres primeros meses de matrimonio. Luego pareció volverse contra mí. Tenía un humor variable, lleno de altibajos. La tienda no iba muy bien y ella gastaba más de lo que podíamos permitirnos. Yo no entendía adonde iba a parar el dinero y discutíamos con frecuencia. Luego comenzó a deprimirse, a decir que no servía para nada y que estaría mejor muerta.
Wexford pensó que le había dado más explicaciones de las que había pedido, pero era lógico que en un momento como aquél emergieran a la superficie esa clase de pensamientos, defensivos y al mismo tiempo culpables.
–Señor Kingman –dijo–, como ya sabrá, tenemos razones para pensar que en este caso podría haber algo extraño. Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre una cena que usted preparó el veintinueve de octubre, después de la cual su mujer sufrió una indisposición.
–Puedo imaginar quién les ha hablado de eso.
Wexford hizo caso omiso de esa observación.
–¿Cuándo trajo la señorita Last esas..., eh..., setas barbudas?
–El veintiocho por la tarde. Yo preparé el guiso a la mañana siguiente, siguiendo una receta del libro de Corinne.
–¿Había alguna otra clase de setas en el piso en ese momento?
–Quizá champiñones.
–¿En algún momento añadió usted alguna sustancia nociva al guiso, señor Kingman?
–Claro que no –respondió él en voz baja y cansina–. Mi cuñado es un ignorante lleno de prejuicios. Se resiste a creer que aquel guiso, que anteriormente ya había cocinado muchas veces, es tan saludable como, por ejemplo, un guiso de pollo. En mi opinión, mucho más saludable.
–Muy bien. No obstante, su esposa sufrió una indisposición grave. ¿Por qué no llamó a un médico?
–Porque mi esposa no sufrió una indisposición «grave». Tenía diarrea y dolores, eso es todo. Quizá ustedes ignoren cuáles son los síntomas de una intoxicación por setas venenosas. La víctima no tiene simples dolores y vómitos, sino que pierde la visión y suele tener convulsiones similares a las del tétanos. A Hannah no le ocurrió nada semejante.
–Fue una pena que lavara los platos. Si no lo hubiera hecho y hubiera llamado al médico, los restos del guiso habrían sido analizados. Si el guiso era inofensivo, como usted dice, ahora podríamos ahorrarnos esta engorrosa investigación.
–El guiso era inofensivo –repitió Kingman, imperturbable.
Una vez en el coche, Wexford dijo:
–Me inclino a creerle, Mike, y a menos que Corinne Last o Hood tengan algo realmente coherente que decirnos, dejaré las cosas como están. ¿Vamos a ver a la mujer?

La casa que Corinne había compartido con Axel Kingman estaba en una calle solitaria, en las afueras del pueblo de Myfleet. Era un chalet de piedra, con tejado de pizarra, rodeado de un jardín bonito y cuidado. En el sendero de acceso había un Ford Escort verde, aparcado frente a un garaje cubierto de tablas de chilla: Debajo de un viejo y monumental manzano, cuyas hojas comenzaban a caer, crecían las barbudas –fácilmente reconocibles– en tres grupos compactos.
La dueña de casa era alta, con una hermosa cara de barbilla cuadrada y pómulos prominentes y una espesa mata de pelo negro. Aunque llevaba jersey y tejanos, a Wexford le recordó de inmediato a un retrato de Klimt de una mujer de labios rojos y aspecto lánguido, con un collar de oro y semicubierta con telas doradas. Su voz era grave y comedida. Wexford tuvo la impresión de que sería imposible turbarla u obligarla a bajar la guardia.
–Tengo entendido que ha publicado un libro de cocina –dijo.
A modo de respuesta, la mujer le entregó un libro que sacó de la estantería: Cocina económica. Platos preparados con hierbas silvestres y malezas. Wexford miró el índice y buscó la receta que le interesaba. En la página opuesta, había una fotografía de seis personas comiendo algo similar a una sopa marrón. La receta incluía zanahorias, cebollas, hierbas, crema de leche y otros ingredientes inofensivos. La última frase decía: «Las barbudas guisadas son deliciosas servidas muy calientes con pan integral. (Para las bebidas más apropiadas, véase página 171.)» Wexford echó un vistazo a la página indicada y le pasó el libro a Burden.
–¿Éste es el plato que preparó el señor Kingman?
–Sí. –Cuando hablaba, Corinne se inclinaba ligeramente hacia atrás y entornaba sus grandes párpados satinados. Era una actitud turbadora y algo desdeñosa–. Yo misma recogí las setas del jardín y no entiendo cómo pudieron afectar a Hannah, pero debe de haber sido así, porque estaba perfectamente cuando llegamos. No sufría ninguna infección gastrointestinal. Eso son tonterías.
Burden dejó el libro a un lado.
–Pero todos comieron de la misma sopera.
–Yo no vi a Axel sirviendo a Hannah. Estaba fuera de la habitación. –Parpadeó y entrecerró los ojos.
–¿Es verdad que el señor Kingman tiene la costumbre de lavar los platos inmediatamente después de comer?
–No puedo responder a esa pregunta –dijo encogiéndose de hombros–. No lo sé. Lo único que sé es que Hannah se indispuso poco después de comer el guiso. A Axel no le gustan los médicos y quizá hubiera sido..., bueno, embarazoso para él llamar al doctor Castle en esas circunstancias. Hannah veía puntos negros y comenzaba a ver doble. Yo estaba muy preocupada por ella.
–¿Pero no se le ocurrió llamar al médico, señorita Last? ¿Ni tampoco apoyar la declaración de Hood?
–Dijera lo que dijera John Hood, yo sabía que las setas barbudas no podían ser las causantes del estado de Hannah. –Al nombrar a Hood, su voz cobró un tono despectivo–. Además, estaba muy asustada. No podía dejar de pensar que hubiera sido horrible que Axel se viera complicado en una investigación o algo por el estilo.
–Ahora hay una investigación en curso, señorita Last.
–Bueno, pero es diferente, ¿no cree? Hannah ha muerto. Ya no se trata de sospechas o de conjeturas.
Luego, los acompañó a la salida y cerró la puerta antes de que hubieran llegado al portalón del jardín. Junto a la calle y debajo de los setos había más setas barbudas y otros hongos que Wexford no pudo identificar: una especie de champiñones pequeños con membranas rosadas, un grupo de diminutas lepiotas amarillas y, sobre el tronco de un viejo roble, una serie de protuberancias grisáceas y bulbosas que Burden definió como amanitas.
–Esa mujer es una maestra de las insinuaciones veladas. Condenó a Kingman con cada palabra que dijo, pero en ningún momento formuló una acusación directa. –Sacudió la cabeza–. Supongo que el cuñado de Kingman estará trabajando, ¿verdad?
–Eso creo.
Pero John Hood no estaba trabajando, sino esperándoles en la comisaría, furioso por la demora y amenazando con hablar directamente con el jefe de la policía o incluso con el ministro del Interior si no se hacía algo de inmediato en el caso de su hermana.
–Ya estamos haciendo algo –dijo Wexford–. Me alegra que haya venido, pero le ruego que intente mantener la calma.
Wexford advirtió que John Hood tenía una formación cultural distinta de la de Kingman y Corinne Last. Era un hombre corpulento de veintisiete o veintiocho años, de ojos azules llenos de confusión y resentimiento y cara regordeta y rubicunda. Un hombre muy capaz de hacer acusaciones sin fundamento y dejarse influir hasta estallar en compañía del ex maestro y la astuta y sutil Corinne.
Comenzó a hablar con voz atemperada pero todavía frenética, repitiendo todo lo que le había dicho a Burden, reiterando, sin ofrecer prueba alguna, que su cuñado había intentado asesinar a su hermana la noche de la cena. Según él, Hannah había sobrevivido de milagro. Kingman era un hombre cruel que habría hecho cualquier cosa para deshacerse de ella. Él, Hood, jamás se perdonaría por no haberse puesto firme y llamar al médico.
–Sí, sí, señor Hood, pero ¿qué síntomas tenía su hermana exactamente?
–Vómitos y dolores de estómago, unos dolores muy fuertes.
–¿Se quejaba de algo más?
–¿No le parece suficiente? Es lo que siente una persona cuando alguien le sirve basura envenenada.
Wexford se limitó a levantar las cejas. Luego dejó los sucesos de aquella noche a un lado y preguntó:
–¿Qué iba mal en el matrimonio de su hermana?
Antes incluso de que Hood respondiera, Wexford intuyó que ocultaría algo. Una fugaz expresión de recelo cruzó por sus ojos.
–Hannah tenía problemas y necesitaba comprensión. No era...
–¿Qué problemas?
–No tiene nada que ver con esto –murmuró Hood.
–Eso lo juzgaré yo. Usted hizo acusaciones graves y empezó todo este asunto. Ahora no puede escatimarnos información. –Inspirado por un impulso súbito, Wexford preguntó–: ¿Eran problemas relacionados con el dinero que gastaba?
Hood guardó silencio con expresión malhumorada y Wexford repasó rápidamente las cosas que le habían contado: el fanatismo de Axel Kingman sobre un asunto en particular, la imperiosa necesidad de Hannah por cierta clase de apoyo durante los primeros meses de su matrimonio, los altibajos de humor y, finalmente, el dinero; las sumas de dinero que gastaba semanalmente y que no podía explicar.
El inspector alzó la vista y preguntó sin rodeos:
–¿Su hermana era alcohólica, señor Hood?

Hood no supo apreciar su estilo directo. Se ruborizó, puso cara de ofendido e hizo lo posible para evitar una respuesta franca. Sí, bebía. Sufría mucho por disimular su vicio. Todo había empezado poco después de la ruptura de su primer matrimonio.
–Era una alcohólica –dijo Wexford.
–Supongo que sí.
–¿Y su cuñado no lo sabía?
–¡Cielos, no! Axel la habría matado. –De inmediato cayó en la cuenta de lo que acababa de decir–. Quizá fuera eso. Tal vez se enteró.
–No lo creo, señor Hood. Supongo que durante los primeros meses de matrimonio su hermana habrá hecho un esfuerzo para dejar de beber. En esa época necesitó mucho apoyo pero no pudo o no quiso explicarle al señor Kingman por qué. Sus esfuerzos fracasaron y poco a poco comenzó a beber otra vez porque no podía pasar sin alcohol.
–No era tan grave como en otros tiempos –repuso Hood con patética vehemencia–. Sólo bebía por las noches. Me dijo que jamás tomaba una copa antes de las seis y que a partir de esa hora bebía unas pocas, siempre a escondidas para que Axel no la descubriera.
–¿Había bebido su hermana la noche de la cena? –terció Burden.
–Supongo que sí. Lo necesitaría para afrontar una cena en compañía, aunque sólo se tratara de Corinne y de mí.
–¿Había alguien más, aparte de usted, que estuviera al tanto del problema de Hannah con el alcohol?
–Mi madre. Ella y yo teníamos una especie de pacto para ocultarlo de los demás, de modo que Axel no pudiera descubrirlo. –Vaciló y luego añadió con tono desafiante–: Claro que también se lo dije a Corinne. Es una mujer maravillosa, muy inteligente. Estaba preocupado y no sabía qué hacer. Ella me prometió que no se lo contaría a Axel.
–Ya veo.
Wexford tenía sus propias razones para suponer que la mujer había cumplido la promesa. Abstraído en sus pensamientos, se levantó, se dirigió al otro extremo de la habitación y permaneció allí largo rato, mirando por la ventana. Las preguntas posteriores de Burden y las respuestas de Hood le llegaban como un confuso rumor de voces. Luego oyó que Burden alzaba la voz:
–Es todo por ahora, señor Hood, a menos que el inspector jefe tenga algo más que preguntarle.
–No, no –dijo Wexford con aire ausente, y tras la despedida algo intempestiva de Hood, añadió–: Son las dos y media; hora de comer. Por cierto, evitaré cualquier plato que contenga setas, aunque sean Psalliota campestris.
Después de que Burden mirara esa especie en su libro y la identificara como champiñones comunes, comieron y recorrieron todas las tiendas de licores de Kingsmarkham abiertas a aquellas horas. En el Wine Basket no tuvieron suerte, pero la dependienta del Vineyard les dijo que una mujer que respondía a la descripción de Hannah Kingman había sido dienta regular y que el pasado miércoles, el día anterior a su muerte, había comprado una botella de coñac Courvoisier.
–No había ninguna bebida alcohólica en el piso de los Kingman –dijo Burden–. Aunque quizá hubiera una botella vacía en la basura –añadió con expresión triste–. No la registramos porque no lo consideramos necesario. Pero no iba a beberse una botella entera en un día, ¿o sí?
–¿Por qué está tan interesado en el tema de la bebida, Mike? ¿No creerá en serio que es un móvil de asesinato y que Kingman mató a su mujer porque descubrió, o le contaron, que bebía a escondidas?
–Fue un medio, no un móvil –dijo Burden–. Sé cómo ocurrió. Sé cómo intentó matarla Kingman la primera vez –añadió con una amplia sonrisa–. Es toda una novedad que encuentre la solución a un caso antes que usted, ¿verdad? Pero, si no le importa, seguiré su ejemplo y no desvelaré el misterio por el momento. Con su permiso, volveremos a comisaría, recogeremos las setas barbudas y haremos un pequeño experimento.

Michael Burden vivía en una bonita casa en Tabard Road. Había convivido allí con su esposa hasta la temprana muerte de ésta y seguía viviendo allí con una hija de dieciséis años. Su hijo mayor estaba en la universidad. Pero esa noche, Pat Burden había salido con su novio, dejando una nota para su padre en la puerta del frigorífico: «Papá, he cenado la carne fría que sobró de ayer. ¿Podrás apañarte con alguna lata? Volveré a las 10.30. Un beso, P.»
Burden releyó la nota varias veces y su expresión de desasosiego creció con cada nueva lectura. Wexford podría haber definido con precisión las distintas causas del recelo que se reflejaba en los ojos de Burden, en su entrecejo fruncido, en la mueca de su boca. Debido a la ausencia de una madre, la chica tenía que comer no sólo comida fría, sino también del día anterior; en lugar de vivir su vida despreocupadamente tenía que preocuparse por su padre, y la soledad la empujaba fuera de casa hasta una hora tan tardía como las diez y media de la noche. No eran más que tonterías, por supuesto; los hijos de Burden eran felices y se habían recuperado de la pérdida de su madre, pero ¿cómo convencer de ello a Burden? Llevaba su viudez como si se tratara de una minusvalía física. Alzó la vista de la nota, la arrugó y miró en derredor con desesperación. Wexford conocía bien esa expresión de angustia. La veía en la cara de Burden cada vez que lo acompañaba a su casa, y le provocaba exasperación, además de lástima.
Hubiera querido decirle a Burden –como ya había hecho en una o dos ocasiones– que dejara de tratar a John y a Pat como si fueran retrasados mentales. Sin embargo, dijo en voz baja:
–El otro día leí en algún sitio que si no volviéramos a comer otra comida caliente en lo que nos resta de vida, no sufriríamos ningún daño. De hecho, parece que cuanto más fría y cruda esté, más saludable.
–Habla como la brigada de Axel Kingman –dijo Burden con tono burlón y rió, que era precisamente lo que pretendía Wexford–. De todos modos, me alegro de que Pat no cocinara. No habría podido comérmelo y no me gustaría que ella lo tomara como una ofensa.
Wexford decidió pasar por alto el comentario.
–¿Le importa que llame a mi esposa mientras usted piensa en la información que desea compartir conmigo sobre su experimento?
–Siéntase como en su casa.
Eran casi las seis. Cuando Wexford regresó, se encontró a Burden pelando cebollas y zanahorias. Los cuatro especímenes de Coprinus comatus, que comenzaban a acartonarse, estaban sobre una tabla de cocina. Una olla con caldo hervía sobre el fogón.
–¿Qué demonios hace?
–Guiso de setas barbudas. Tengo la teoría de que este guiso es inofensivo si no se acompaña de bebidas alcohólicas, pero tóxico o ligeramente tóxico si la persona que lo ingiere ha bebido antes. ¿Qué le parece? Dentro de unos instantes, cuando el guiso esté listo, beberé un poco de alcohol y lo probaré. Ya sé, ahora me dirá que soy un estúpido.
Pero Wexford se encogió de hombros.
–Estoy impresionado por su valor y por su generosa devoción a la labor que le debe a los contribuyentes. Sin embargo, ¿está seguro de que Hannah fue la única que bebió aquella noche? Sabemos que Kingman no lo hizo, pero ¿qué hay de los otros dos?
–Se lo pregunté a Hood mientras usted soñaba despierto. Fue a recoger a Corinne a las seis, tal como ella le había indicado. Recogieron manzanas para la madre de él y luego ella lo invitó a café. Al parecer, Hood sugirió que tomaran una copa de camino a casa de los Kingman, pero Corinne tardó tanto en arreglarse que no tuvieron tiempo.
–De acuerdo. Entonces, adelante. Pero ¿no sería más sencillo llamar a un experto? Tiene que haberlos. Seguro que en la Universidad del Sur alguien dicta una cátedra de fungología o comoquiera se llame.
–Es muy probable. Podemos llamar después de hacer la prueba. Quiero saberlo con seguridad ahora mismo. ¿Usted también quiere probar?
–Por supuesto que no. ¿No dijo que me sintiera como en mi casa? Bien, puesto que le he dicho a mi mujer que no volvería a cenar, le estaría muy agradecido si me preparara algo sencillo, como unos humildes huevos revueltos.
Siguió a Burden al salón, donde el inspector abrió la puerta de un aparador.
–¿Qué quiere beber?
–Vino blanco, si tiene, o si no vermut. Ya sabe que tengo que cuidarme con el alcohol.
Burden sirvió un vermut con soda.
–¿Hielo?
–No, gracias. ¿Y qué piensa beber usted?, ¿coñac? Al parecer, era la bebida favorita de Hannah Kingman.
–No tengo –dijo Burden–. Tendrá que ser whisky. Podemos suponer que tomó dos coñacs dobles antes de la comida, ¿no le parece? Pero yo no soy tan valiente y no quiero ponerme tan mal como ella. –Miró a Wexford a los ojos–. ¿Cree que alguna gente podría ser más sensible a los efectos de las setas que otra?
–Es muy probable –dijo Wexford con tono jovial–. ¡Salud!
Burden comenzó a beber su whisky diluido en agua a pequeños sorbos y luego apuró el resto de un trago.
–Tengo que echar un vistazo al guiso. Siéntese y encienda la tele.
Wexford lo hizo. En la pantalla apareció la imagen de un bosque otoñal, con un pálido cielo azul y hojas doradas de haya. Luego la cámara enfocó un grupo de falsas oronjas, rojas con manchas blancas. Wexford rió y apagó el aparato en el preciso momento en que Burden se asomaba por la puerta de la cocina.
–Creo que está casi listo.
–Será mejor que se tome otro whisky.
–Supongo que sí. –Burden volvió a llenarse el vaso–. Con esto debería ser suficiente.
–¿Y qué hay de mis huevos?
–Caramba, lo había olvidado. No soy un buen cocinero, ¿sabe? Nunca he entendido cómo hacen las mujeres para tener un montón de platos cociéndose al mismo tiempo, con una sincronización perfecta.
–Es un misterio, ¿verdad? Si no le importa, creo que tomaré un poco de pan con queso.
La pócima marrón estaba en un cuenco para sopa. Sobre la salsa flotaban cuatro barbudas cortadas longitudinalmente. Burden bebió el resto del whisky.
–¿Qué solían decir los cristianos al emperador romano antes de enfrentarse con los leones?
Morituri, te salutant –dijo Wexford–. Los que van a morir te saludan.
–Bueno... –Burden hizo un esfuerzo para recordar el latín que había aprendido de los deberes escolares de su hijo–. Moriturus, te saluto. ¿Lo he dicho bien?
–Supongo; pero no va a morir.
Burden no respondió. Cogió la cuchara y comenzó a comer.
–¿Le importaría servirme más soda? –pidió Wexford.
Debe de haber pocas situaciones tan difíciles de soportar como el desprecio ajeno ante el heroísmo propio. Burden le dirigió una mirada fulminante.
–Sírvase usted mismo. Estoy ocupado.
Wexford lo hizo.
–¿Qué tal está? –preguntó.
–Bien. Tiene sabor similar a champiñones.
Comió estoicamente y luego rebañó el plato con un trozo de pan. Después se sentó erguido, esperando con expresión tensa.
–Ahora sí podemos ver la tele –dijo Wexford–. Ya habrá pasado lo peor. –Volvió a encenderla. Esta vez no aparecieron las falsas oronjas, sino un zorro corriendo por una colina, con fondo musical de Vivaldi–. ¿Cómo se encuentra?
–Bien –dijo Burden con aire sombrío.
–Anímese. Es probable que pronto empeore.
Pero no fue así. Quince minutos después, Burden seguía en perfecto estado. Parecía asombrado.
–Soy un maldito optimista. Estaba seguro de que iba a acabar vomitando. Ni siquiera guardé el coche en el garaje, porque pensé que tendría que llevarme al hospital. –Wexford se limitó a alzar las cejas–. Debo decir que usted se ha mostrado muy tranquilo. No dijo una sola palabra para detenerme, ¿verdad? ¿No pensó que si me hubiera ocurrido algo usted se habría encontrado en una situación bastante comprometida?
–Sabía que no sería así. Le dije que debíamos llamar a un fungólogo. –Al ver la expresión ofendida de Burden, Wexford soltó una carcajada–. Mi querido Mike, tendrá que perdonarme, pero me conoce bien. ¿Cree que hubiera permitido que arriesgara su vida comiendo esa porquería? Estaba seguro de que el guiso era inofensivo.
–¿Puedo preguntarle por qué?
–Puede. Aunque usted también lo sabría si se hubiera molestado en examinar con atención el libro de Corinne Last. A continuación de la receta del guiso de barbudas pone: «Para bebidas recomendadas, véase la página 171.» Bien, yo lo hice y allí la señorita Last daba una receta de vino de prímula y ginebra de endrinas, dos bebidas de alto contenido alcohólico. ¿Cree que habría recomendado ese vino y ese licor si hubiera la mínima posibilidad de que resultaran tóxicos al combinarse con las setas? No; a menos que quisiera exponerse a costosas demandas judiciales o a recibir centenares de cartas furibundas.
Burden se ruborizó ligeramente y luego también se echó a reír.

Poco después, mientras bebían café, Wexford dijo:
–Creo que se impone un poco de razonamiento lógico. Esta mañana me dijo que no buscábamos pruebas de un asesinato, sino de un intento de asesinato. Axel Kingman podría haber arrojado a su esposa por el balcón, pero nadie la vio caer y nadie oyó que él, o cualquier otra persona, subiera al piso por la tarde. Sin embargo, si aceptamos la posibilidad de que hubieran intentado matarla dos semanas antes, la presunción de asesinato resulta más coherente.
–Ya hemos hablado de eso antes –dijo Burden con impaciencia–. Ya lo sabemos.
–Un momento. El intento fracasó, pero ¿hasta qué punto su estado era grave? Según Kingman y Hood tuvo fuertes dolores de estómago y vómitos. A medianoche dormía pacíficamente y al día siguiente estaba bien.
–No entiendo adonde nos conduce todo esto.
–A un punto muy importante, que podría ser la clave de este caso. Usted cree que Axel Kingman intentó asesinarla. Para conseguirlo, tendría que haber elaborado un minucioso plan con antelación: organizar la cena, invitar a dos testigos, asegurarse de que su mujer probara el guiso con anterioridad el mismo día y preparar un hábil juego de manos para el momento de servir la comida. ¿No le parece extraño que el plan fracasara de manera tan estrepitosa? ¿Y qué habría ocurrido si no hubiera fracasado? La autopsia habría revelado la sustancia tóxica causante de la muerte. ¿Cómo se habría salvado de la justicia, si, como sabemos, ninguno de los testigos le había visto servir la ración de Hannah y uno de ellos ni siquiera estaba en el comedor?
»Lo que pretendo sugerir es que nadie intentó matarla, sino hacerla enfermar, de modo que el hecho, asociado con la siniestra reputación de los hongos, la reconocida suspicacia de Hood hacia ellos y las conocidas desavenencias del matrimonio, pareciera un intento de asesinato.
Burden lo miró sin comprender.
–Kingman jamás habría hecho algo semejante. Hubiera querido que su plan funcionara o que no pareciera en absoluto un intento de asesinato.
–Exactamente; ¿y adonde nos conduce ese postulado?
En lugar de responder, Burden, todavía molesto por su reciente humillación, dijo con tono triunfal:
–Se equivoca en un punto. Su estado fue realmente grave. No sufrió sólo dolores y vómitos. Aunque Kingman y Hood no lo hayan mencionado, Corinne Last dijo que veía puntos negros y que comenzaba a ver doble... –Se interrumpió–. ¡Caray! ¿No querrá insinuar que...?
Wexford hizo un gesto de asentimiento.
–Corinne Last es la única que mencionó esos síntomas. Sólo ella, teniendo en cuenta el tiempo que convivió con Kingman, está en posición de confirmar si éste tenía la costumbre de lavar los platos en cuanto los retiraba de la mesa. Pero ¿qué dice? Que no lo sabe. ¿No es curioso? ¿Y no es curioso que haya escogido precisamente ese momento para ir al vestíbulo a buscar su bolso?
»Sabía que Hannah bebía porque Hood se lo había contado. La noche de la cena, Hood pasó a buscarla a petición de ella. ¿Por qué? Tiene su propio coche y estoy convencido de que una mujer así es incapaz de sentir otra cosa aparte de desprecio por un hombre como Hood.
–Le dijo que su coche estaba averiado.
–Le pidió que pasara a recogerla a las seis, aunque no tenían que ir a casa de los Kingman hasta las ocho. Le sirvió café. Una bebida curiosa para esa hora, sobre todo antes de comer. ¿Y qué ocurrió cuando él sugirió que se detuvieran a tomar una copa en el camino? No dijo que no, o que no era aconsejable beber antes de conducir; sencillamente, tardó tanto en arreglarse que no tuvieron tiempo para hacerlo.
»No quería que Hood bebiera alcohol, Mike, y estaba decidida a evitarlo. Ella, desde luego, no bebería y sabía que Kingman jamás lo hacía. Pero también sabía que Hannah acostumbraba a beber su primera copa del día a eso de las seis.
»Ahora analicemos su móvil, mucho más consistente que el de Kingman. Esa mujer da la impresión de ser violenta, apasionada y decidida. Hannah le había robado a Kingman y éste la había rechazado. ¿Por qué no vengarse de los dos matando a Hannah y asegurándose de que Kingman fuera encontrado culpable de esa muerte? Si se limitaba a matar a Hannah no conseguiría que Kingman se convirtiera en sospechoso; pero si simulaba que éste había atentado antes contra su vida, todos los indicios apuntarían hacia él.
»¿Dónde estaba el jueves por la tarde? Podría haber subido las escaleras con tanta facilidad como Kingman. No hay duda de que Hannah la habría dejado entrar. Y si Corinne, con su gran afición por la jardinería, le hubiera pedido que le enseñara las macetas con hierbas que tenía en el balcón, Hannah lo habría hecho de buen grado. Por otra parte, tenemos el misterio de la botella de coñac desaparecida con parte de su contenido. Si Kingman la hubiera matado, la habría dejado a la vista para reforzar la teoría del suicidio. Imagine lo que habría dicho: «Aquella noche mi mujer se descompuso a causa de la bebida. Sabía que yo le había perdido el respeto por su problema con el alcohol. Se suicidó porque su mente estaba trastornada por la bebida.»
»Corinne Last se llevó la botella porque no quería que se supiera que Hannah bebía y confiaba en que Hood nos lo ocultara, como se lo había ocultado a tanta gente antes. Y no quería que nadie lo supiera porque el falso intento de asesinato que ella misma preparó dependía de que la víctima hubiera bebido alcohol.
Burden suspiró y sirvió las últimas gotas de café en la taza de su jefe.
–Pero ya hemos intentado probar esa teoría –dijo–, o mejor dicho, lo he intentado yo, y no tuvimos suerte. Usted sabía que no la tendríamos por el libro. Es verdad que cogió las setas de su jardín, pero no podría haber añadido ninguna venenosa porque Axel Kingman lo habría notado de inmediato. Y si no lo hubiera hecho, habrían enfermado todos, tanto si habían tomado alcohol como si no. No estuvo a solas con Hannah antes de la cena y en el momento en que se sirvió la comida estaba fuera del comedor.
–Lo sé. Pero volveremos a visitarla por la mañana y le haremos unas preguntas más. –Wexford vaciló y luego citó en voz baja–: «Hallar en el bien medios que al mal conduzcan.»
–¿Qué?
–Es lo que hizo Corinne, ¿no cree? El guiso era bueno para todos excepto para Hannah. A usted parece haberle sentado de maravilla, pero a ella no. Ahora me marcho, Mike; ha sido un día muy largo. No olvide guardar el coche. No necesitará que lo lleven al hospital.

Fueron incapaces de hacerle perder el dominio de sí misma. Esa mañana, el lánguido rostro de Corinne estaba cuidadosamente maquillado y ella vestía un atuendo digno de la violinista, la actriz o la escritora. Al recibir la noticia de la visita policial, había abandonado su imagen de jardinera. Sus manos suaves, de largos dedos, no parecían haber tocado la tierra ni arrancado una maleza jamás.
¿Dónde había estado la tarde de la muerte de Hannah Kingman? Alzó las cejas gruesas y bien delineadas. En casa, pintando. ¿Sola?
–Los pintores no solemos trabajar con público –dijo con cierta insolencia y se inclinó hacia atrás, entornando los párpados con aquel gesto tan característico. Encendió un cigarrillo y le pidió un cenicero a Burden chasqueando los dedos, como si se dirigiera a un camarero.
–Tengo entendido, señorita Last –dijo Wexford–, que el veintinueve de octubre por la noche su coche tenía una avería.
La mujer asintió con un gesto perezoso.
Wexford la interrogó sobre la naturaleza de la avería, convencido de que la pillaría por sorpresa; pero no fue así.
–Me rompieron el foco de la luz delantera izquierda mientras el coche estaba aparcado –dijo, y aunque el inspector jefe pensó que podría haberlo hecho ella misma, se reservó sus sospechas para sí. La mujer añadió con el mismo tono imperturbable–: ¿Quiere ver la factura del mecánico?
–No es necesario. –Si no la hubiera tenido, no se habría ofrecido a enseñársela–. Me han dicho que le pidió al señor Hood que pasara por aquí a las seis.
–Sí. No es que disfrute especialmente de su compañía, pero le había prometido unas manzanas para su madre y teníamos que recogerlas antes de que oscureciera.
–Le sirvió café, pero no tomaron ninguna bebida alcohólica. Tampoco lo hicieron de camino a la casa de los Kingman. ¿No es desconcertante ir a cenar a una casa donde no le ofrecerían ni un simple vaso de vino?
–Conozco las costumbres de Axel. –«Aunque no lo suficiente para decir si es normal o no en él lavar los platos inmediatamente después de comer», pensó Wexford. La mujer frunció los labios en una mueca casi delatora–. No me preocupaba. No soy una esclava del alcohol.
–Me gustaría volver al tema de las setas barbudas. Las recogió el día veintiocho y las llevó a casa de Kingman esa misma tarde. Es lo que dijo. ¿Verdad?
–Así es. Las cogí de mi jardín.
Pronunció las palabras con claridad y abrió mucho los ojos, mirándolo con aparente sinceridad. Esas palabras, o quizá su estilo inusualmente directo, hicieron germinar una idea muy vaga en la mente de Wexford. Aunque si no hubiera dicho nada más, es probable que aquella idea se hubiera desvanecido con la misma rapidez con que había aparecido.
–Si quieren analizarlos o examinarlos, llegan un poco tarde. La temporada casi ha terminado. –Miró a Burden y le sonrió con simpatía–. Pero usted se llevó los últimos ayer, ¿no es así?
Naturalmente, Wexford no mencionó el experimento de Burden.
–Si no le importa, echaremos un vistazo al jardín.
No pareció importarle, pero se equivocaba con respecto a los hongos. Aunque durante las últimas veinticuatro horas la mayoría de las setas había crecido hasta convertirse en pagodas con membranas negras, dos nuevas asomaban la cabeza blanca entre la hierba húmeda. Wexford las recogió, aunque a Corinne tampoco pareció importarle. ¿Por qué, entonces, había pretendido hacerles creer que la temporada había terminado? Le dieron las gracias y la mujer volvió a la casa. Cuando la puerta se cerró, Wexford y Burden se dirigieron a la calle.
La temporada no había terminado. Se diría que duraría al menos dos semanas más, a juzgar por la abundancia de esa especie de setas junto al camino. Había barbudas por todas partes, aunque algunas más pequeñas y grises que las que crecían en el cuidado jardín de Corinne Last. Se veían agáricos verdes y púrpuras, hongos con forma de cuernos y champiñones pequeños dispuestos en círculos.
–No parece importarle que los analicemos –dijo Wexford con aire pensativo–, pero por lo visto prefiere que usemos los que usted recogió ayer y no los de hoy. ¿Es así o son ideas mías?
–Si son ideas suyas, debo decir que las comparto. Pero ese razonamiento carece de toda lógica. Sabemos que su efecto no se potencia, o como quiera que se diga, por la ingestión de alcohol.
–De todos modos, cogeré algunos más –dijo Wexford–. Por casualidad, ¿no tendrá una bolsa de papel?
–Tengo un pañuelo limpio. ¿Le sirve?
–Tendrá que servirme –dijo Wexford, que jamás tenía el pañuelo limpio.
Recogió media docena más de barbudas, grandes y pequeñas, blancas y grises, inmaduras y totalmente desarrolladas. Luego subieron al coche y Wexford indicó al conductor que los llevara a la biblioteca local. Una vez allí, entró al edificio y reapareció poco después con tres libros bajo el brazo.
–Cuando volvamos –dijo a Burden–, quiero que vaya a la universidad y averigüe si hay algún experto en fungología.
Wexford se encerró en su despacho con los tres libros y una cafetera llena. Cerca de la hora de comer, Burden llamó a su puerta.
–No se dice fungólogo sino micólogo –anunció Burden con tono triunfal–, y en la universidad no hay ninguno. Pero sí hay un toxicólogo que acaba de publicar un libro de divulgación sobre setas y plantas silvestres venenosas.
–¿Cómo se titula? –preguntó Wexford con una sonrisa–. ¿El asesinato económico? Parece que puede servirnos.
–He quedado con el toxicólogo a las seis. Esperemos que nos aclare el panorama.
–Lo hará –dijo Wexford mientras cerraba el libro más gordo–. Necesitamos confirmación –añadió–, aunque ya he encontrado la solución.
–¡Cielos! ¿Y por qué no ha empezado por ahí?
–Porque no me lo preguntó. Siéntese. –Wexford le señaló la silla al otro lado del escritorio–. Estaba bien encaminado, Mike. El problema es que su bibliografía no era la más apropiada. Su libro tiene una sección sobre los hongos comestibles y otra sobre los venenosos, pero ninguna intermedia. Quiero decir que no menciona hongos que no son buenos para la salud, aunque no provoquen la muerte ni problemas graves. No hace referencia a aquellas setas que pueden tener efectos nocivos en circunstancias concretas.
–Pero sabemos que comieron barbudas –dijo Burden–. Y si por «circunstancias concretas» se refiere a la ingestión de alcohol, hemos demostrado que esta sustancia no produce ningún efecto sobre las barbudas.
–Mike –dijo Wexford con calma–, ¿cómo sabemos que comieron barbudas? –Extendió sobre el escritorio las setas que había cogido en la calle y en el jardín de Corinne Last–. Mire éstas con atención, ¿quiere?
Burden observó la docena de setas con expresión de asombro.
–¿Qué se supone que debo buscar? –dijo, señalándolas.
–Diferencias –respondió Wexford sucintamente.
–Algunas son más pequeñas que otras y las más pequeñas son grises. ¿Se refiere a eso? Pero también los champiñones son diferentes entre sí. Hay algunos grandes y planos, otros más pequeños y redondeados...
–No obstante, en este caso una pequeña diferencia puede resultar crucial. –Wexford distribuyó las setas en dos grupos–. Las más pequeñas y grises proceden de la calle; algunas de las más grandes y blancas, del jardín de Corinne, y otras también de la calle.
Cogió uno de los últimos especímenes entre el pulgar y el índice.
–Esta no es una barbuda, sino un coprino entintado. Ahora escuche –dijo abriendo el libro gordo en la página señalada–: «El coprino entintado, o Coprinus atramentarius, no debe confundirse con la barbuda, Coprinus comatus. Es más pequeña y grisácea, pero aparte de este detalle, guarda una gran semejanza con la barbuda. Aunque el Coprinus atramentarius suele resultar inofensivo una vez cocido, contiene una sustancia química similar al principio activo del Antabuse, un fármaco empleado en el tratamiento de los alcohólicos, y si se ingiere en combinación con bebidas alcohólicas, provoca náuseas y vómitos.»
–Nunca podremos probarlo.
–No lo sé –dijo Wexford–, pero podemos comenzar por demostrar que Corinne Last mintió al decir que había recogido las setas de su jardín.

Cotilleos de viejas

(Old Wives Tales)
Se les veía escandalizados, ofendidos y en cierto modo avergonzados; pero, por encima de todo, se les veía viejos. Wexford pensó que, según las leyes de la naturaleza, una mujer de setenta años debería haber sido huérfana durante los últimos veinte años. Pero aquélla apenas llevaba veinte días de orfandad. Su marido, sentado frente a ella retorciendo su bigote ralo, sacudiendo mecánica y lentamente la cabeza, parecía mayor que ella, prácticamente tan viejo como su difunta suegra. Llevaba una chaqueta de lana marrón con un pequeño y pulcro zurcido en un codo, zapatillas de piel de cordero, y resollaba al hablar. Su mujer repetía que no podía creer lo que oía; no podía creerlo. ¿Cómo era posible que la gente fuera tan maliciosa? Wexford no respondió. No podía hacerlo, aunque a menudo se hacía la misma pregunta.
–Mi madre murió de un derrame cerebral –dijo la señora Betts con voz trémula–. Consta en el certificado de defunción. El doctor Moss lo firmó.
Betts resopló e inspiró con un silbido. A Wexford le recordaba a un conejo viejo, quizá un conejo con mixomatosis, en parte por la chaqueta parda y las zapatillas peludas, y en parte por el bigote y la cerdosa barbilla sin afeitar.
–Tenía noventa y dos años –dijo con voz grave y acatarrada–. Noventa y dos. Deben de estar chiflados.
–¿Acaso sugieren que el doctor Moss, un médico, mintió?
–¿Por qué no hablan con él? Mi esposa y yo somos gente corriente, sin educación. El doctor dijo que fue una apoplejía –dijo Betts, pronunciando las últimas palabras con dificultad–, lo que en lenguaje popular se llama derrame cerebral. ¿Pretenden insinuar que mi esposa o yo le produjimos una apoplejía? ¿De veras creen eso?
–No he acusado a nadie, señor Betts. –Wexford se sentía incómodo. Hubiera deseado estar en cualquier otro sitio, en lugar de en aquella casa recientemente decorada y pintada–. Me limito a interrogarlos porque hemos recibido cierta información que me obliga a hacerlo.
–Cotilleos –dijo la señora Betts con amargura–. Este barrio es un nido de cotillas. Es una pena que no tengan nada mejor que hacer. Sé muy bien lo que dicen. La mayoría fruncen la nariz y miran hacia otro lado cuando paso junto a ellos. Todos excepto Elsie Parrish, desde luego.
–Ha sido muy leal –dijo su esposo–. Elsie es muy leal. –Miró a Wexford con tímida cólera–. ¿No tienen nada mejor que hacer que escuchar a un hatajo de cotillas? ¿Qué me dice de los verdaderos crímenes? ¿De los gamberros que entran a robar en las casas?
Wexford suspiró, pero continuó interrogándolos con estoicismo, recordando las palabras de la enfermera y del doctor Moss, manteniendo fresco ese motivo más importante que la intención de quitar de en medio a un viejo progenitor. Si no hubiera sido un policía con un profundo respeto por las leyes y la vida humana, habría creído que las dos personas que tenía delante, o al menos una de ellas, no había podido resistir la tentación de cometer un asesinato.
¿Uno de ellos?, ¿los dos?, ¿o ninguno? O la muerte de Ivy Wrangton obedecía a causas no naturales, o se habían producido una serie de coincidencias e incidentes inexplicables que rayaban en lo increíble.

Todo había empezado tres días antes, cuando la enfermera había ido a verlo. Lo que sugería era tan grave que el sargento Martin la había llevado ante él. Wexford la conocía, la había visto alguna vez haciendo su ronda de visitas y se había preguntado cómo hacían las enfermeras del distrito para soportar su trabajo, la implacable rutina diaria, la miserable paga, las labores desagradables. Quizá ella se preguntara lo mismo sobre su trabajo. Era una mujer rubia, guapa, de unos treinta y cinco años, con manos rojas y grandes. Siempre parecía cansada. También entonces parecía cansada, aunque acababa de tomarse dos semanas de vacaciones. Llevaba el uniforme de verano: una bata a cuadros azules y blancos, delantal blanco, chaqueta oscura, una pequeña cofia y los toscos zapatones que las enfermeras usan por igual en invierno y verano. Era la enfermera Radcliffe, Judith Radcliffe.
–¿Señor Wexford? –preguntó–. ¿Inspector jefe Wexford? Creo que solía visitar a su hija poco después de que diera a luz a su hijo. Entonces era comadrona. No recuerdo su nombre, pero el pequeño se llamaba Benjamín.
Wexford sonrió y le recordó el nombre de su hija mientras miraba los apagados ojos azules, la rigidez del cuello y los hombros de la enfermera, y se preguntaba hasta qué punto era inteligente, perspicaz y sincera. Le acercó una de las pequeñas sillas amarillas. Su despacho era alegre y luminoso, incluso cuando no brillaba el sol; muy distinto de las típicas dependencias policiales.
–Siéntese, por favor, enfermera Radcliffe –dijo–. El sargento Martin me ha informado someramente sobre el motivo de su visita.
–Me siento bastante incómoda. Es probable que crea que estoy haciendo una montaña de un grano de arena.
–Yo no me preocuparía por eso. Si lo creo se lo diré y nos olvidaremos del asunto. Nadie más se enterará. Todo quedará entre los dos y estas cuatro paredes.
La mujer soltó una risita.
–Cielos, me temo que el rumor ya ha llegado bastante lejos. Tengo tres pacientes en Castle Road y los tres han mencionado el asunto. La muerte de la pobre señora Wrangton es el tema central de todos los cotilleos de la calle y yo pensé, bueno..., no puede haber tanto humo sin fuego, ¿verdad?
Montañas y granos de arena, humo y fuego. Wexford pensó que aquello prometía convertirse en un auténtico volcán.
–Creo que será mejor que me lo cuente todo –dijo con tono autoritario.
–Me pareció conveniente que escuchara la historia por boca de una profesional –comenzó la enfermera con aire dramático. Apoyó los pies en el suelo bastante separados entre sí, y se inclinó con las manos sobre las rodillas–. La señora Wrangton era una anciana; tenía noventa y dos años. Sin embargo, a pesar de su edad, estaba fuerte como un toro. Era una mujer delgada, enérgica, sin problemas de incontinencia y con un corazón a toda prueba. Murió el mismo día que me marché de vacaciones, pero estuve con ella el día antes para bañarla, cosa que hacía una vez por semana porque la pobre no podía entrar o salir de la bañera sola, y recuerdo que pensé que tenía mejor aspecto que nunca. Cuando volví de mis vacaciones y me enteré de que había muerto de apoplejía, me quedé atónita.
–¿Cuándo volvió, señorita Radcliffe?
–El dieciséis; el viernes pasado. Hoy es jueves. En fin, el caso es que el lunes, cuando me reincorporé al trabajo en mi zona, lo primero que oí fue la noticia de la muerte de la señora Wrangton, seguida de insinuaciones de que alguien..., bueno..., de que alguien le había prestado cierta ayuda. –Hizo una pausa para contar algo con los dedos–. Yo me marché el dos de junio, el día de su muerte, y el entierro fue el siete.
–¿Entierro?
–Bueno, en realidad fue una cremación –dijo la enfermera Radcliffe alzando la vista. Wexford suspiró–. La atendió el doctor Moss. En realidad era paciente del doctor Crocker, pero él también estaba de vacaciones. Mire, señor Wexford, ignoro qué ocurrió exactamente el dos de junio; sólo sé lo que dicen las mujeres de Castle Road. ¿Quiere escucharlo?
–Todavía no me ha dicho de qué murió la anciana.
–Según el doctor Moss, de apoplejía.
–No sé qué hay que hacer para provocarle una apoplejía a una persona –dijo Wexford con sequedad–. ¿Hay que darle un susto, inyectarle aire con una jeringuilla vacía, provocarle un ataque de furia, o qué?
–No lo sé. –La enfermera Radcliffe pareció agraviada, como si hubiera querido decir, de haberse atrevido, que era Wexford y no ella quien debía averiguar ese punto. Abandonó el tema de la muerte–. La señora Wrangton y su hija, es decir la señora Betts, Doreen Betts, se odiaban mutuamente, como un perro y un gato. Y tengo entendido que el señor Betts llevaba más de un año sin dirigirle la palabra a la anciana. Teniendo en cuenta que la casa pertenecía a la señora Wrangton, igual que cada mueble que había en su interior, me parecía una ingratitud de parte del matrimonio. Nunca me gustó la forma en que la señora Betts hablaba de su madre y mucho menos la forma en que le hablaba a ella, pero no podía decir nada. El señor Betts se jubiló de su trabajo en correos y vivían en la casa de la anciana sin pagar alquiler. Es una casa muy bonita, ¿sabe? Victoriana. Y en aquellos tiempos las casas se construían para durar. En más de una ocasión pensé que la casa necesitaba un buen trabajo de restauración y que era una pena que el señor Betts no le diera una mano de pintura. Sin embargo, un buen día la señora Wrangton me dijo que habían contratado a profesionales y que iban a redecorar por dentro y por fuera...
Wexford interrumpió aquel torrente de comentarios, en apariencia irrelevantes:
–¿Por qué se llevaban tan mal los Betts con la señora Wrangton?
La enfermera lo miró como si nunca hubiera conocido a nadie tan ingenuo.
–Por triste que parezca, señor Wexford, es evidente que alguna gente vive más de lo que sus familiares consideran prudente. Para decirlo con brusquedad, el señor y la señora Betts no veían la hora de que le ocurriera algo a la señora Wrangton. –Su voz vaciló al usar el eufemismo–. No llevan muchos años de casados, ¿sabe? Apenas cinco o seis. La señora Betts era una solterona que vivía con su madre y conoció a su marido en una de esas asociaciones para la tercera edad. La señora Wrangton solía decir que podía haber escogido mucho mejor, un comentario que tiene cierta gracia tratándose de una persona de esa edad, y que el señor Betts iba detrás de su dinero y su casa.
–¿Se lo dijo a usted, personalmente?
–No sólo a mí; a todo el mundo –respondió la enfermera, mancillando de manera involuntaria la reputación de una mujer a quien pretendía defender–. Estaba convencida de ello. Creo que no le gustaba nada tenerlo en su casa.
Wexford se movió en la silla con impaciencia.
–Si tuviéramos que investigar todas las muertes de las personas que no se llevaban bien con sus familiares...
–Pero no es sólo eso, en absoluto. La señora Betts llamó al doctor Moss el veintitrés de mayo, cuatro días después de que el doctor Crocker se marchara. ¿Por qué lo hizo? La señora Wrangton se encontraba bien. Yo la estaba vistiendo, después del baño, y me sorprendió ver al doctor Moss. La señora Wrangton dijo: «No sé qué hace aquí. Yo no le he pedido a mi hija que lo llamara. Todo porque esta mañana dormí un poco más de lo habitual.» La pobre estaba muy orgullosa de su buena salud. No había estado enferma en toda su vida, excepto una vez, pero aquello fue más bien una alergia. Le diré por qué llamaron al doctor Moss, señor Wexford: para que cuando la señora Wrangton muriera, él pudiera firmar el certificado de defunción. Aunque no era su médico, podía hacerlo si la había visitado en las últimas dos semanas. Es la ley. Todo el mundo dice que la señora Betts esperó a que el doctor Crocker se marchara porque sabía que éste no habría aceptado la muerte de la anciana con tanta naturalidad. Habría pedido una autopsia y las cosas se habrían complicado. –La enfermera Radcliffe no especificó cómo, pero Wexford se lo pensó mejor antes de volver a interrumpirla–. La última vez que vi a la señora Wrangton fue el primero de junio. Cuando salía, intercambié unas palabras con el pintor. Había dos, pero éste era un joven de unos veinte años. Le pregunté cuándo pensaban terminar con las obras y me contestó que antes de lo que esperaban, a la semana siguiente, porque la señora Betts les había dicho que acabaran la cocina y el exterior de la casa y dejaran el trabajo. Me pareció extraño. La señora Wrangton no me había dicho nada al respecto. Al contrario, me había dicho que cuando las paredes del baño estuvieran embaldosadas, no tendría que preocuparme por las salpicaduras mientras la bañaba.
»Señor Wexford, es posible que la señora Betts hiciera parar las obras porque sabía que su madre moriría al día siguiente. Ella no quería redecorar toda la casa y no tenía intenciones de pagar las obras con el dinero que le dejara su madre.
–¿Mucho dinero? –preguntó Wexford.
–Supongo que tendría tres o cuatro mil libras en el banco. Pero también estaba la casa, por supuesto. Sé que la anciana había hecho testamento porque fui testigo junto con el doctor Crocker. En presencia de los herederos, como marca la ley –añadió con tono solemne–. Sin embargo, no leí el contenido del testamento. La señora Wrangton me comentó que le dejaría la casa a su hija y algo a su amiga Elsie Parrish. Aparte de eso, no sé nada. Claro que la señora Parrish es incapaz de aceptar que haya habido algo sucio de por medio. Me la encontré en Castle Road y me dijo que la gente estaba haciendo comentarios horribles.
–¿Quién es Elsie Parrish?
–Una vieja y buena amiga de la señora Wrangton. Tiene casi ochenta años, pero es ágil como una gacela. Y eso me lleva a la peor parte. El dos de junio, aquel mismo viernes por la tarde, el señor y la señora Betts salieron a jugar una partida de cartas. La señora Parrish sabía que iban a salir y se había comprometido a quedarse con la señora Wrangton. De vez en cuando lo hacía, pues no era conveniente dejarla sola a su edad. Se suponía que la señora Betts iría a buscarla antes de salir, pero al ver que ésta no iba, creyó que los Betts habían cambiado de planes. Sin embargo, salieron, y no fueron a buscar a la señora Parrish adrede. Dejaron a la señora Wrangton sola con el joven pintor, y nunca habían hecho algo así con anterioridad. Jamás.
Wexford asimiló toda la información en silencio. Lo que oía no le gustaba, pero tampoco tenía razones para pensar que estaba ante un caso de asesinato. La enfermera Radcliffe se reclinó en la silla, aparentemente exhausta.
–¿Ha mencionado usted una alergia?
–Caray, sí, pero eso fue hace más de cincuenta años. Creo que se trató de un caso leve de fiebre del heno. Hay antecedentes de asma en la familia. El hermano de la señora Betts sufrió de asma toda su vida y ella coge onidosis de vez en cuando, o sea urticaria.
Wexford asintió en silencio. Tenía la impresión de que la enfermera aún le reservaba una bomba o que el volcán estaba a punto de entrar en erupción.
–Si es cierto que el matrimonio no estaba presente –dijo–, ¿cómo es posible que uno de ellos provocara la muerte de la anciana?
–Cuando la señora Wrangton murió, llevaban dos horas en la casa. La anciana estaba en coma y esperaron una hora y veinte minutos antes de llamar al doctor Moss.

–¿Tú habrías firmado el certificado de defunción, Len? –preguntó Wexford al doctor Crocker.
Estaban en una casa pequeña, especialmente construida para albergar dos consultorios y una sala de espera. El último paciente se había largado con una receta y unas palabras tranquilizadoras y el médico había terminado con sus visitas vespertinas. Crocker miró a Wexford con expresión desafiante.
–Claro que sí; ¿por qué no iba a hacerlo? La señora Wrangton tenía noventa y dos años. Es absurdo que Radcliffe diga que su muerte la pilló por sorpresa. Cuando una persona llega a los noventa y dos, nadie se sorprende de que muera. Espero que nadie haya puesto en tela de juicio la opinión de mi excelente colega.
–Yo no –dijo Wexford–. Nada me gustaría tanto como que esto resultara un montón de humo. Pero tengo que interrogarte, y también tendré que interrogar a Jim Moss.
El doctor Crocker parecía ofendido. El inspector Wexford y él eran viejos amigos, habían ido al colegio juntos y ambos habían vivido casi toda su vida en Kingsmarkham, donde Crocker tenía una consulta y Wexford era jefe del Departamento de Investigación Criminal. Pero, por muy amigos que fueran, el médico creía que Wexford no tenía derecho a insinuar que él, o cualquiera de sus colegas, había cometido una negligencia. En consecuencia, volvió a ponerse a la defensiva cuando Wexford preguntó:
–¿Cómo puede saber que era una apoplejía sin haber hecho una autopsia?
–¡Que Dios me dé paciencia! La vio antes de morir, ¿verdad? Llegó allí una media hora antes de que se produjera la muerte. Una apoplejía tiene síntomas inconfundibles, Reg, y cualquier médico con un poco de experiencia los reconoce. El paciente está inconsciente, con la cara roja y el pulso débil. Respira de forma entrecortada e hincha las mejillas al exhalar. Es un cuadro que sólo puede confundirse con una intoxicación etílica, pero en este último caso las pupilas del paciente se encuentran muy dilatadas, mientras que en la apoplejía están contraídas. ¿Te parece suficiente?
–Muy bien; fue una apoplejía. Pero ¿no es posible que una apoplejía se produzca a consecuencia de otra cosa, por ejemplo de una operación? O, en el caso de una mujer joven, de un parto? ¿Incluso de las úlceras por decúbito en las personas mayores que permanecen mucho tiempo postradas?
–La vieja Ivy Wrangton no tenía úlceras y hacía más de setenta años que no daba a luz. Sufrió una apoplejía porque tenía noventa y dos años y sus arterias estaban viejas. «Nuestra vida es de setenta años –citó el médico con solemnidad–, ochenta años la vida de los fuertes; la gloria de los mismos, afanes y miseria.» La anciana había llegado a los noventa y se había quedado sin savia vital. –Había estado paseándose de un extremo al otro de la habitación, pero por fin se sentó en el borde del escritorio, su sitio favorito–. Me alegro de que la hayan cremado. Eso nos ahorra el desagradable deber de exhumarla y cortarla en trocitos. Era una anciana extraordinaria, ¿sabes, Reg? Fuerte como un toro. Una vez me habló de su primer parto. Tenía dieciocho años y cuando sintió los primeros dolores estaba limpiando los escalones de la puerta. Entró en la casa, mandó a su madre a buscar a la comadrona y se tendió en la cama. El niño nació después de dos contracciones más, y el parto de su hija fue aún más fácil.
–Sí, me dijeron que había tenido otro niño. –Wexford tuvo que admitir que era absurdo llamar «niño» a alguien que ya habría superado los setenta años–. De modo que la señora Betts tiene un hermano –se corrigió.
–Lo tenía. Murió el invierno pasado. Era viejo, Reg, y había sufrido de los bronquios toda su vida. Setenta y cuatro años son muchos años, a menos que los compares con la edad de la señora Wrangton. La vieja estaba orgullosa de su buena salud, se jactaba de no haber estado enferma nunca. Yo solía visitarla cada dos o tres meses, por una simple cuestión de rutina, y cuando le preguntaba cómo se encontraba, me respondía: «Estoy espléndida, doctor. Rebosante de salud.»
–Sin embargo, tengo entendido que en algún momento sufrió una alergia. –Wexford se agarraba a un clavo ardiendo–. Me lo dijo la enfermera Radcliffe. Me preguntaba si algo similar podría haber contribuido...
–Claro que no –interrumpió el médico–. ¿De qué modo? Eso sucedió hace muchos años y su supuesta «enfermedad» consistió en un ataque de asma, con hinchazón de ojos y algunas molestias gástricas. Creo que solía exagerarlo, como suele hacer la gente saludable cuando habla del único trastorno físico que ha sufrido en su vida... Aquí viene Jim. Me pareció oír que se marchaba su último paciente.
El doctor Moss, pequeño, moreno y delgado, se acercaba por el pasillo que unía las dos consultas. Sonrió a Wexford mostrando los treinta y dos dientes blancos y grandes que el inspector nunca había conseguido averiguar si eran postizos o auténticos. Eran unos dientes demasiado grandes para la cara del doctor Moss, pequeña, tersa y ligeramente bronceada. Sin embargo, sus diminutos ojos negros no sonreían en absoluto.
–Aquí llega el médico villano –dijo– que aparentemente se ha confabulado con las ambiciosas herederas y con un loco empleado de correos. ¿Qué prueba puedo ofrecerle? ¿El número de mi cuenta corriente en Suiza?, ¿o prefiere que le enseñe el martillo con que golpeé a la víctima para provocarle una hemorragia subaracnoidea?
Es difícil responder a esa clase de comentarios ingeniosos. Wexford sabía que si lo hacía, o si intentaba tranquilizar a Moss diciéndole que en ningún momento había sospechado de él, sólo oiría más ocurrencias necias, ironías y confesiones absurdas. De modo que se limitó a sonreír con sequedad, tamborileando los pies contra la pata del escritorio de Crocker, mientras el doctor Moss se recreaba en su fantasía de hombre corrupto, una especie de William Palmer de nuestros tiempos, siempre dispuesto a envenenar a alguien o a satisfacer con su hipodérmica las expectativas de familiares impacientes. Por fin, incapaz de soportarlo más, Wexford interrumpió su interminable perorata y se dirigió a Crocker:
–Tengo entendido que fuiste testigo de su testamento.
–Sí, junto con la cotilla de Radcliffe. Dejaba la casa y tres mil libras a su hija y el resto a otra paciente mía, la señora Parrish. Según me dijo la propia señora Wrangton, el resto ascendía a unas mil quinientas libras, pero teniendo en cuenta que tenía el dinero puesto a interés y que conseguía ahorrar algo de su pensión, supongo que ahora será bastante más.
Wexford asintió. A esta altura, el doctor Moss había dejado de hablar, presumiblemente porque había agotado sus reservas de ironía e ingenio. Los dientes le iluminaban la cara como si fueran una farola callejera, de modo que cuando tenía la boca cerrada cobraba un aspecto malhumorado y siniestro. Wexford decidió abordarlo con una táctica simple y directa, y comenzó por disculparse.
–En ningún momento he pretendido insinuar que usted actuó con negligencia, doctor Moss. Pero póngase en mi lugar...
–Imposible.
–Muy bien. Pongámoslo de otro modo. Intente comprender que en mi posición, no tengo más remedio que investigar el caso.
–Es probable que la señora Betts presente una demanda por calumnias y contará con todo mi apoyo. Los Betts no tuvieron ni oportunidad ni razón alguna para matar a la señora Wrangton, pero de todos modos se permite que un hatajo de viejas cotillas ensucien su reputación con total impunidad.
–Me temo que sí tenían una razón –dijo Wexford con delicadeza–: la de desembarazarse de la anciana, que se había convertido en una carga para ellos, y quedarse con la casa.
–Tonterías –dijo y sus dientes resplandecieron fugazmente–. De todos modos iban a librarse de ella y a quedarse con la casa. La señora Wrangton iba a ingresar en un geriátrico. –Hizo una pausa para disfrutar del efecto de sus palabras–. Hasta el final de sus días –añadió con dramatismo.
Crocker se apartó del escritorio.
–No lo sabía.
–¿No? Pues fuiste tú quien le habló de una residencia nueva en Stowerton, al menos eso dijo. Me lo contó todo el día en que me llamó la señora Betts, cuando tú estabas fuera. Se marcharía a finales de mayo. Pero antes quería redecorar la casa para su hija y su yerno.
–¿También le dijo eso?
–No; pero era evidente. Si lo desea, puedo relatarle exactamente lo que sucedió durante aquella visita. Esa arpía entrometida, la enfermera Radcliffe, acababa de darle un baño y se marchó después de vestirla. Gracias a Dios. Yo no conocía a la señora Wrangton y la encontré bien, a pesar de su edad y de que tenía la tensión un poco alta. Me extrañó que la señora Betts me hubiera llamado. Sin embargo, la anciana me explicó que su hija se poma nerviosa cuando se despertaba más tarde de lo habitual, y eso era lo que había sucedido aquella mañana y el día anterior. La señora Wrangton dijo que no era extraño, pues se había quedado hasta muy tarde viendo los mundiales de fútbol en la tele. Pero el señor y la señora Betts no lo sabían y me pidió que no les dijera nada. En fin, los dos reímos de esa pequeña conspiración. Me caía bien, era una viejecilla encantadora. Luego me habló de la residencia geriátrica... ¿cómo se llama? ¿Campo de Primavera? ¿El Paraíso del Sol?
–Jardines de Verano –dijo el doctor Crocker.
–Le dije que le costaría mucho dinero y ella me contestó que pronto recibiría una suma importante y que no podría llevársela consigo cuando muriera. Supuse que se trataba de una renta anual. Hablamos durante unos cinco minutos y me dio la impresión de que llevaba meses dándole vueltas a la idea de la residencia. Le pregunté qué opinaba su hija y dijo...
–¿Sí? –preguntó Wexford con impaciencia.
–¡Cielos! La gente como ustedes hace que uno acabe viendo indicios siniestros en los comentarios más inocentes. Dijo: «Cualquiera diría que Doreen estaría contenta de deshacerse de mí, ¿verdad?» Fue como si quisiera insinuar que no le gustaba la idea. No sé qué quiso decir y no se lo pregunté, pero puedo asegurarle de que la señora Betts no tenía motivo para matar a su madre. Incluso dejando a un lado sus sentimientos, para ella era lo mismo que la anciana viviera o muriera. Los Betts se quedarían con la casa de cualquier modo y, después de su muerte, con el capital. Cuando volví a verla estaba inconsciente, moribunda. Murió el dos de junio a las siete y media.

Los padres de Wexford habían muerto antes de que él cumpliera los cuarenta. La madre de su esposa llevaba veinte años muerta, y su padre, quince. Ninguno de ellos había superado los setenta; de modo que Wexford no tenía ninguna experiencia en los problemas geriátricos. Sin embargo, le parecía que no era mal destino para una mujer como la señora Wrangton acabar sus días en una residencia donde le ofrecieran compañía y atención en un entorno agradable. También era una bendición para la hija y el yerno, cuyo afecto por la anciana quizá pudiera resurgir cuando se limitaran a verla una o dos veces por semana. No. Doreen Betts y su marido no tenían ningún motivo para acelerar la muerte de la anciana, pues su retiro a Jardines de Verano no haría ninguna mella en las tres o cuatro mil libras de su capital. Su pensión y su renta anual bastarían para cubrir los gastos. Wexford se preguntó a cuánto ascenderían dichos gastos y recordó que unos años antes alguien le había comentado que esas instituciones cobraban unas veinte libras semanales. Había sido la tía vieja de alguien, quizá de alguna amistad de su esposa. Por supuesto, habría que sumarle el aumento del costo de la vida, pero de cualquier modo no podía ser más de treinta libras. Con una jubilación de unas dieciocho libras y una renta semanal de otras veinte, la señora Wrangton podía permitirse perfectamente vivir en Jardines de Verano.
Sin embargo, había muerto antes... de causas naturales. Ya no importaba que ella y Harry Betts no se dirigieran la palabra, que no hubieran ido a buscar a Elsie Parrish, que hubieran llamado al doctor Moss para que visitara a una mujer perfectamente saludable, que la señora Betts hubiera ordenado detener las obras. No había motivo. En consecuencia, con el tiempo las malas lenguas callarían, se leería el testamento y los Betts podrían retirarse a disfrutar de la casa recién decorada.
Wexford apartó el caso de su mente, aunque antes se preguntó si debería darse una vuelta por Castle Road para intentar detener los cotilleos. Sin embargo, de inmediato comprendió que sería inútil, pues todo el mundo negaría las calumnias. Además, no creía que esa tarea estuviera incluida entre sus obligaciones. No. Era mejor dejar que los rumores murieran de muerte natural, igual que la señora Wrangton.
El lunes por la mañana, mientras desayunaban, su esposa leía una carta de una hermana que vivía en Gales.
–Frances dice que la madre de Bill por fin ha ingresado en una residencia geriátrica. –Bill era el cuñado de Wexford–. Si no lo hubiera hecho, Fran habría tenido que ocuparse de ella, lo que en realidad no era justo.
Desde detrás del periódico, Wexford pronunció un par de interjecciones que pretendían demostrar su comprensión y apoyo hacia la actitud de Frances.
–Noventa libras a la semana –dijo Dora.
–¿Qué has dicho?
–Hablaba sola, cariño. Sigue leyendo el periódico.
–¿Has dicho noventa libras a la semana?
–Sí. No creo que Fran y Bill puedan permitírselo mucho tiempo. Son unas cinco mil al año.
–Pero... –balbuceó Wexford–. Creí que hace un par de años me habías dicho que a..., ¿cómo se llama?, sí, a la tía de Rosemary le cobraban veinte libras semanales donde quiera que la llevaran.
–Cariño –dijo Dora con afecto–, para empezar, eso no fue hace un par de años, sino por lo menos doce. Y en segundo lugar, ¿no has oído hablar del aumento del coste de la vida?
Una hora más tarde estaba en el despacho de la encargada de Jardines de Verano. Aunque no había ocultado su identidad, supuestamente se había presentado allí con el fin de averiguar las condiciones para ingresar a una parienta vieja de su esposa, la tía Lilian. Aquella mujer había existido de verdad, quizá incluso todavía existiera en la remota aldea de Westmorland, desde donde habían recibido noticias suyas en 1959.
La encargada, una tal señora Corrigan, era irlandesa, y aparentaba la misma edad que la enfermera Radcliffe. Junto a ella había un niño de unos seis años, y en el suelo, jugando con un tractor, otro de tres. Por la ventana vio tres niñas intentando convencer a un gato de que saliera de su refugio, debajo de un coche. De no ser por la media docena de ancianas sentadas en semicírculo en el jardín, dormitando, murmurando para sí o simplemente mirando al vacío, cualquiera hubiera dicho que se trataba de una residencia para niños. El jardín estaba lleno de flores; lilas malvas y blancas por todas partes, y algunos pimpollos de rosas. Desde el otro lado de un seto se oía el ruido de una cortadora de césped, empujada, seguramente, por el prolífico señor Corrington.
–Nuestra tarifa es de noventa y cinco libras a la semana, señor Wexford –dijo la encargada–. Y con los extras para lavandería y tintorería, seguramente podríamos redondear la cifra a unas cinco mil al año.
–Ya veo.
–Las huéspedes sólo tienen que compartir la habitación con otra persona. Las bañamos y les cambiamos de ropa una vez a la semana. Y por favor, sería conveniente que su tía trajera sólo prendas de telas sintéticas, pues, como comprenderá, metemos toda la ropa junta en las lavadoras. Si le parece bien, tendrá que entregar un mes adelantado y el resto en cuotas mensuales domiciliadas en un banco.
–Me temo que no me parece bien –dijo Wexford–. La tarifa es más alta de lo que esperaba. Tendré que buscar otra solución.
–Bien. Entonces no tenemos nada más que decir –dijo la señora Corrigan con una sonrisa casi tan luminosa como la del doctor Moss.
–Sólo por curiosidad, señora Corrigan, ¿cómo hacen sus..., eh..., huéspedes para permitirse esos gastos? Mucha gente gana menos de cinco mil libras al año.
–Desde luego; pero son viudas, señor Wexford, y sus maridos les han dejado la casa. La mayoría de las ancianas venden su vivienda, y tal como están los precios de las propiedades hoy día, tienen suficiente para mantenerse cuatro o cinco años en Jardines de Verano.

La señora Wrangton pretendía vender su casa y la estaba redecorando por dentro y por fuera para obtener un precio más alto. Intentaba vender el único techo de los Betts... No era extraño que la anciana hubiera sugerido al doctor Moss que Doreen se había alegrado de no verla más. ¡Qué mujer! ¡Cuánta malicia a los noventa y dos años! ¿Quién iba a negarle el derecho moral y legal para vender? Al fin y al cabo, la casa era suya. Doreen Wrangton podría haberse mudado a una casa propia hacía tiempo, quizá debería haberlo hecho, y acaso había esperado que su marido se la proporcionara cuando se convirtió en la señora Betts. Todo el mundo sabe que no hay que calzarse los zapatos de los muertos antes de tiempo. Pero, por otra parte, qué monstruosa venganza la de la anciana contra un yerno hostil y una hija poco solidaria. La sutileza del plan despertaba cierta admiración en Wexford, mientras su crueldad le provocaba disgusto. Por fin tenía un motivo; y muy bueno, por cierto.
De modo que poco después se encontraba en Castle Road, en el salón de los Betts, interrogando a la vieja huérfana y a su marido. La estancia estaba empapelada en un tono ostra argénteo y la carpintería pintada de color marfil. Estaba seguro de que la puerta jamás había lucido un tono más claro que el marrón chocolate, igual que las paredes del vestíbulo, que, hasta su reciente decoración en color magnolia, tenían un siniestro recubrimiento de tejido oscuro.
Cuando el matrimonio dejó de protestar por los cotilleos y la manifiesta incapacidad de la policía para establecer sus prioridades, Doreen Betts accedió sin demasiada reticencia a responder a las preguntas de Wexford. Ante la primera, reaccionó con vehemencia.
–Mi madre jamás habría hecho algo así. Estoy segura de que era sólo un farol. Ni siquiera mi madre podía ser tan cruel.
El marido se estiraba el bigote mientras arrastraba los pies calzados con zapatillas. Su furia se materializó en una lágrima en el extremo de la nariz, que permaneció allí unos instantes, temblorosa.
Doreen Betts dijo:
–Supe que no pensaba hacerlo cuando le pregunté si podía decirle a los obreros que dejaran la planta alta como estaba y ella me contestó algo así como que le daba igual una cosa que otra. Estoy segura de que no se hubiera marchado. En ese sitio ni siquiera habría tenido una habitación para ella sola. ¡Noventa y cinco libras a la semana! Le dije que la meterían en la cama a las ocho y que no podría ver la televisión hasta las tantas.
–Así es –fue el ambiguo comentario de Harry Betts.
–Si hubiéramos sabido que mi madre pensaba hacer algo así, nos habríamos quedado a vivir en el piso de Harry cuando nos casamos. Tenía un bonito piso en la calle principal, encima de la tienda de congelados. No era una sola habitación, como decía mi madre, sino un piso de verdad, ¿no es cierto, Harry? ¿Qué habría sido de nosotros si mi madre hubiera hecho algo semejante? Nos habríamos quedado en la calle.
De repente, los gestos de asentimiento del marido, sus incansables pies y la temblorosa gota en la nariz parecieron sacarla de sus casillas.
–Creo que será mejor que tenga una pequeña charla con el inspector a solas, cariño –dijo con tono de desolación.
Wexford la siguió a la habitación donde la señora Wrangton había dormido durante los últimos años de su vida. Estaba situada en la parte trasera de la planta baja y quizá en un principio hubiera estado destinada al comedor. Un par de ventanas daban a una estrecha galería de cemento y a un jardín largo y estrecho. Aquella parte de la casa no había sido redecorada. Las paredes estaban empapeladas con un papel de capuchinas descoloridas y la carpintería barnizada imitando el nogal. La cama de matrimonio de la señora Wrangton seguía en su sitio, con el colchón a la vista y una pila de mantas dobladas encima. Había un televisor situado de forma que pudiera verse desde la cama.
–Mi madre ocupó esta habitación durante unos años –dijo la señora Betts–. Hay un lavabo al otro lado del pasillo. No podía subir escaleras, a menos que la ayudara la enfermera. –Se sentó en el borde del colchón y señaló con nerviosismo un objeto con barrotes metálicos, similar a una jaula–. Tendré que ponerme en contacto con la Seguridad Social para devolver su andador. –Apoyó las manos sobre él y añadió con tristeza–: Mi madre odiaba a Harry. Solía decir que no era lo bastante bueno para mí. Hizo lo imposible para evitar que me casara con él. –La voz de la señora Betts cobró un tono de rebeldía pueril–. Es terrible tener que pedir permiso a tu madre para casarte a los sesenta y cinco años, ¿no le parece?
Wexford pensó que de cualquier modo lo había hecho sin su consentimiento. Miró con ojo crítico a aquella mujer delgada y cana de setenta y cinco años, que hablaba de sí misma como si fuera la princesa de un cuento de hadas.
–Durante años estuvo diciendo que cambiaría su testamento y le dejaría la casa a mi hermano. Cuando él murió, empezó a hablar de la residencia. No paraba de discutir con Harry. Un día, delante de Elsie Parrish, acusó a Harry de haberse casado conmigo para quedarse con la casa. Harry no volvió a dirigirle la palabra, y con razón. Yo le dije a mi madre que era una arpía, porque me había prometido la casa hacía años y ahora pretendía echarse atrás. Le dije que no se podía ir por la vida embaucando a la gente de esa manera.
Era evidente que la hija había heredado la lengua de su madre. Wexford podía imaginarlas discutiendo en presencia de amigos y vecinos, lo que seguramente había contribuido a propagar los rumores presentes. Se volvió para mirar una fotografía situada sobre una cómoda de caoba. Era una foto de boda de los años treinta. La novia estaba sentada, con un ramo de lirios sobre el regazo, debajo de un abultado canesú ribeteado con perlas y puntillas. El novio estaba de pie junto a ella, con esmoquin y un bigote negro con las puntas hacia arriba. Wexford calculó que Ivy Wrangton tendría unos dieciséis años, una cara vulgar, regordeta, joven y una figura a la moda, de paloma buchona, y un peinado de lo más desfavorecedor con forma de pan de granja. Aunque según la enfermera Radcliffe era una anciana delgada, en aquel tiempo se la veía bastante rechoncha.
–Señora Betts –dijo Wexford en voz baja, aparentemente despreocupada–, ¿por qué llamó al doctor Moss el veintitrés de mayo? Su madre no se encontraba enferma.
La mujer sostenía el andador, arrastrándolo hacia delante y hacia atrás.
–¿Por qué no iba a hacerlo? El doctor Crocker estaba fuera. Elsie vino a visitarla a las nueve y mi madre aún dormía. Elsie dijo que no era normal que durmiera tanto. Nos preocupamos porque no podíamos despertarla, a pesar de que la sacudimos. ¿Cómo podía imaginar que se despertaría en perfectas condiciones diez minutos después de llamar al médico?
–Hábleme del día de la muerte de su madre, señora Betts, el viernes dos de junio –pidió Wexford y de inmediato reparó en el hecho de que nadie le había dado mucha información sobre ese día.
–Bueno... –Le tembló la boca, pero se apresuró a decir–: No creerá que Harry le hizo algo a mi madre, ¿verdad? Le juro que jamás haría algo así.
–Hábleme de ese viernes.
La mujer apretó la barra metálica con las manos e hizo un esfuerzo evidente para controlarse.
–Queríamos salir a jugar una partida de cartas. Elsie vino por la mañana y dijo que podía quedarse con mi madre y yo le respondí que llamaría a su puerta antes de salir. –Suspiró y consiguió controlar la voz–. Elsie vive a dos casas de aquí. Mi madre y ella habían sido amigas durante años y a menudo venía a hacerle compañía cuando yo salía. Aunque no es cierto que estuviéramos siempre fuera –dijo con un brillo juvenil en los ojos–. Salíamos muy de tarde en tarde.
Los ojos de Wexford pasaron de la cara regordeta de la chica de la foto al estrecho y largo jardín con la tierra removida. ¿Por qué tenía la sensación de que Betts había removido la tierra y había arrancado las flores? Luego se giró otra vez hacia la mujer menuda y nerviosa sentada en el borde del colchón.
–Después de comer, mi madre se sentó en el salón a hacer punto. Fui a buscar a Elsie y le toqué el timbre, pero no debió de oírme porque no salió. Llamé varias veces, y al ver que no aparecía, pensé que se había olvidado de nuestros planes y había salido. Harry dijo que podíamos marcharnos de todos modos. El pintor estaba allí, y aunque no es más que un crío de veinte o veintidós años, se llevaba bien con mi madre. Mucho mejor que yo, se lo aseguro. De modo que salimos y la dejamos con el pintor. ¿Cómo se llamaba? ¿Ray? ¿Raff? No, Roy. Bueno, Roy estaba pintando el vestíbulo y mi madre estaba bien, como una rosa. Era un día bonito, así que dejé las ventanas abiertas porque la pintura tenía un olor muy fuerte. Nunca olvidaré la forma en que me habló antes de salir. Fue lo último que me dijo: «Doreen, deberías tener suerte en el juego, ya que nunca has sido afortunada en el amor.» Después rió y estoy segura de que Roy también lo hizo.
«Se está elaborando sin ayuda una buena lista de móviles, señora Betts», pensó Wexford, pero se limitó a decir:
–Continúe.
La mujer procedió a facilitarle más pruebas, pero Wexford no la interrumpió:
–El tal Roy cerró la puerta para evitar que le llegara el olor, pero se asomó varias veces para ver si mi madre se encontraba bien. Dijo que luego tuvieron una pequeña charla y que le ofreció una taza de té, pero que mi madre no la aceptó. Más tarde, alrededor de las tres y media, mi madre dijo que le dolía la cabeza. Era el principio de la apoplejía, pero ella no lo sabía y lo atribuyó al olor a pintura. Le pidió que le trajera un par de tabletas de paracetamol del baño. El chico le llevó las pastillas con un vaso de agua y ella dijo que dormiría siesta en el sillón. Pero poco después apareció en el vestíbulo con su andador y dijo que se recostaría en la cama.
»Harry y yo volvimos a las cinco y media, cuando Roy se preparaba para marcharse. Dijo que mi madre estaba durmiendo la siesta y me asomé por la puerta de la habitación para comprobar que estuviera bien. Había echado las cortinas. –La señora Betts hizo una pausa y luego añadió–: Para serle franca, no me acerqué demasiado. Pensé: «Gracias a Dios; tendremos media hora de tranquilidad para tomar una taza de té antes de que empiece a meterse otra vez con Harry.» Cuando volví a verla eran las siete menos cuarto o menos diez. Me di cuenta de que algo iba mal por la forma en que respiraba, como si hinchara las mejillas, y porque tenía la cara muy roja y sangre en los labios. –Por primera vez miró a Wexford a los ojos con expresión temerosa–. Le limpié la sangre antes de que viniera el médico. No quería que la viera así.
»El doctor vino de inmediato. Pensé que iba a llamar a una ambulancia, pero no lo hizo. Dijo que había sufrido una apoplejía y que en esos casos era mejor no mover al paciente. El médico y yo nos quedamos junto a ella y murió poco antes de las siete y media.
Wexford asintió. Tuvo la impresión de que había algo que no encajaba en el relato de la mujer. Lo intuía. No es que creyera que había mentido, aunque podría haberlo hecho, pero había notado una incongruencia, el uso de un término culto en lugar de uno coloquial... Intentó repasar su declaración, pero cuando creyó estar a punto de descubrir la incongruencia, oyó pasos en el pasillo, se abrió la puerta y se asomó una persona.
–Ah, aquí estás, Doreen –dijo la mujer, muy hermosa teniendo en cuenta su edad–. Iba a... Ay, lo siento. Les he interrumpido.
–No te preocupes –dijo la señora Betts–. Puedes pasar, Elsie. –Miró a Wexford con expresión ausente y sus ojos recobraron su apariencia vieja y cansina–. Ésta es la señora Parrish.

Wexford pensó que la señora Parrish tenía el aspecto que deberían tener todas las ancianas. Olía a polvos de talco, a perfume de lilas y a cremas de belleza; un aroma que podría asociarse muy bien con el de un bebé acicalado. Las piernas largas y torneadas, enfundadas en medias grises, guantes blancos con pequeños zurcidos en las puntas de los dedos, y un abrigo azul marino sobre un vestido plisado con florecillas. Sus mejillas pintadas con colorete parecían pétalos de rosa ajados. La melena de cabello platino era tan espesa que de lejos podía confundirse con un turbante de seda blanco. Wexford la acompañó a la calle y caminaron juntos hacia las tiendas. La anciana llevaba una bolsa de red de nilón de color rosado.
–Los cotilleos son espantosos. No entiendo cómo puede haber gente tan maliciosa. Como ya se habrá dado cuenta, nadie es capaz de explicar cómo hizo Doreen para provocarle una apoplejía a su madre cuando ni siquiera estaba presente. –La señora Parrish soltó una risita irónica–. Quizá crean que sobornó al joven pintor para que le diera un susto a Ivy. Recuerdo que mi madre siempre decía que un susto podía provocar una apoplejía o un derrame a la cabeza, como decía ella. También decía que se podía producir por una emoción fuerte, por beber demasiado o incluso por comer en exceso.
Para sorpresa de Wexford, ya que las señoras elegantes no suelen o no deberían hacer algo semejante, la señora Parrish abrió su bolso, sacó un paquete de cigarrillos y se llevó uno a la boca. Rechazó el que le ofreció la mujer y la miró encender el suyo con una cerilla sacada de una cajetilla negra brillante. Elsie Parrish exhaló el humo con delicadeza. Wexford pensó que nunca había visto fumar a nadie con guantes blancos.
–¿Por qué no se quedó con la señora Wrangton aquella tarde? –preguntó.
–¿Se refiere al día de su muerte?
–Sí.
Wexford tuvo la impresión de que no quería responder porque temía comprometer a Doreen Betts. Por fin, la mujer habló con cautela:
–Es verdad que me estoy quedando sorda. –El inspector jefe no lo había notado. Había respondido a todas sus preguntas en la ruidosa calle sin que él hubiera tenido que alzar la voz una sola vez–. No siempre oigo el timbre. Doreen debió de llamar, pero no la oí. Es la única explicación posible.
–¿Eso cree?
–Pensé que ella y Harry habían decidido quedarse en casa. –Elsie Parrish cogió el cigarrillo entre el pulgar y el índice y se lo llevó a los labios–. Daría cualquier cosa por hacer retroceder el reloj. Esta vez no vacilaría en ir a ver a Ivy, tanto si Doreen me lo hubiera pedido como si no.
–Quizá su presencia no hubiera cambiado las cosas –dijo Wexford y enseguida añadió–: La señora Betts le había dicho a los obreros que no hicieran ningún cambio en la planta alta.
–Quizá no fuera necesario –interrumpió la señora Parrish–. No puedo asegurárselo porque nunca he subido a la planta alta. Además, es probable que cuando vendiera la casa los nuevos habitantes quisieran decorarla a su gusto, ¿no le parece?
Se habían detenido en una esquina, desde donde tomarían caminos opuestos. La anciana dejó caer la colilla del cigarrillo y la aplastó con el tacón. Luego sacó un pañuelo de puntillas del bolso y se limpió la nariz. Daba la impresión de que intentaba contener las lágrimas.
–La pobre Ivy me dejó dos mil libras. Era tan buena y generosa... Sabía que me dejaría algo, pero nunca pensé que fuera tanto. –Elsie Parrish esbozó una sonrisa picara e infantil, pero de todos modos pilló por sorpresa a Wexford con lo que dijo a continuación–: Me voy a comprar un coche. –El inspector alzó las cejas–. He ido actualizando mi carnet. No he conducido desde la muerte de mi esposo, hace veintidós años. Entonces tuve que vender nuestro coche y siempre he soñado con comprarme otro. –Era evidente que era así, pues su cara adquirió una expresión de añoranza, arrugando aún más los pétalos de rosa de las mejillas–. ¡Por fin voy a tener mi coche! –Parecía a punto de ponerse a bailar en plena calle–. Y todo gracias a la querida Ivy. No creerá que soy demasiado vieja para conducir, ¿verdad? –preguntó con ansiedad.
A Wexford se lo parecía, pero se limitó a decirle que ese tema estaba fuera de su jurisdicción. La mujer asintió, volvió a sonreír y giró con asombrosa rapidez hacía la calle del supermercado. Por pura casualidad, el inspector bajó la vista y vio la caja de cerillas en el suelo. Entonces recordó que le había parecido verla arrojar algo accidentalmente al sacar el pañuelo del bolso.
Pero la señora Parrish no estaba en la tienda. Debía de haber salido por la otra puerta, que daba a la calle principal, y no se la veía por ningún sitio. Wexford llegó a la conclusión de que a nadie le importa perder una caja de cerillas, se la metió en el bolsillo y se olvidó de ella.

–¿Quiere hablar con Roy?
–Así es –respondió Wexford.
El capataz, encargado, propietario del negocio o lo que fuera, no preguntó por el motivo.
–Lo encontrará construyendo una empalizada para la nieve en el bloque de pisos de Sewingbury Road.
Wexford condujo hasta allí. Roy era un joven enorme, musculoso, de hombros anchos, y con una aureola de cabello rubio y rizado. Bajó de la escalera y dijo que precisamente era la hora de tomarse un descanso para el té. Por suerte, había una cafetería muy cerca de allí. Roy encendió un cigarrillo y apoyó los codos sobre la mesa.
–No me enteré hasta el día siguiente, cuando volví a trabajar.
–Pero la señora Betts le habrá preguntado cómo estaba su madre cuando regresó de la partida.
–Claro. Y le dije la verdad, que a la vieja le dolía la cabeza y que me había pedido que le diera unas píldoras. Después dijo que estaba cansada y que quería echarse un rato. Pero no podía suponer que iba a morirse. ¡Cielos! No se me cruzó por la cabeza.
Wexford pensó que un dolor de cabeza podía ser uno de los primeros síntomas de una hemorragia cerebral. Roy pareció leerle el pensamiento, porque se apresuró a decir:
–Mientras estuve trabajando allí, tuvo varios dolores de cabeza. Las pinturas plásticas que no gotean hacen bastante olor. Al principio, me colocaban un poco. Quiero decir que no tenía nada de raro que se tomara una aspirina y se acostara. Eso pasó dos o tres veces en el tiempo que trabajé allí. La vieja era capaz de coger cuatro aspirinas y tomárselas todas de una vez.
–Hábleme de esa tarde –dijo Wexford–. ¿Entró alguien en la casa mientras los Betts estaban fuera?
–No –dijo Roy sacudiendo la cabeza–. Yo me habría enterado. Estaba trabajando en el vestíbulo, ¿sabe? La puerta principal estaba abierta por el olor. Nadie pudo entrar sin que yo lo viera. La otra vieja, o sea la señora Betts, cerró la puerta trasera con llave antes de salir y yo no tuve necesidad de abrirla. ¿Qué más quiere saber?
–Lo que ocurrió exactamente. De qué habló con la señora Wrangton. En fin, todo.
Roy sorbió ruidosamente su té y encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior.
–Me llevaba bien con ella, ¿sabe? Me recordaba a mi abuela. Tiene gracia, porque la vieja me caía bien, pero su hija y el marido no. El viejo es un plasta, ¿no cree? Me da grima. Bueno, volviendo a lo que me preguntaba, la verdad es que no hablamos mucho. Estaba pintando, ¿sabe?, y la puerta del salón estaba cerrada. Me asomé un par de veces y vi a la vieja haciendo punto y mirando un partido de criquet en la tele. Recuerdo que me dijo que estaba haciendo un buen trabajo en la casa y que era una pena que no fuera a estar allí para disfrutarlo. Pensé que se refería a que iba a morir pronto, ya sabe cómo hablan los viejos, y le dije: «Venga, señora Wrangton, no diga esas cosas.» Entonces rió y me contestó: «No me refería a eso, jovencito, es que pienso vender la casa y mudarme a una residencia. ¿No lo sabías?» Le dije que no, pero que seguro que sacaría un montón de pasta por una casa como ésa; por lo menos veinte mil. La vieja dijo que ojalá tuviera razón.
Wexford asintió. De modo que la señora Wrangton estaba decidida a seguir adelante con su plan, y la negativa de la señora Betts obedecía a su interés por convencerlo de que no tenía motivos para matarla o a la intención de dulcificar el carácter de su madre. Pues sin duda había sido maliciosa. Había que serlo para dejar a su propia hija y a su yerno en la calle. Volvió a mirar a Roy.
–¿Le ofreció una taza de té?
–Sí. Bueno, la hija, la señora Betts, me dijo que si quería me preparara una taza para mí y otra para la vieja, pero ella no quiso. Me pidió que apagara la tele y que fuera a buscarle unas aspirinas al cuarto de baño. Yo nunca lo había hecho antes, pero se lo había visto hacer a la señora Betts muchas veces...
–¿Está seguro de que le pidió aspirinas? –De repente, Wexford descubrió la incongruencia que le preocupaba en la descripción de la señora Betts de la última tarde de su madre. Doreen Betts no había hablado de aspirinas, sino de paracetamol–. ¿Está seguro de que usó esa palabra?
–Bueno, ahora que lo dice, creo que dijo algo así como mis píldoras o las píldoras para la cabeza. Uno normalmente dice aspirinas, ¿verdad? Es lo que toma todo el mundo. La cuestión es que le llevé el frasco con un vaso de agua y dijo que iba a dormir un rato en el sillón. Pero un minuto después apareció apoyándose en ese andador que la Seguridad Social le da a los viejos. Me dijo que se había tomado cuatro píldoras, pero que la cabeza todavía le dolía mucho y que estaba mareada. No le di mucha importancia. A esa edad están siempre mareados, ¿no es cierto? Recuerdo que mi abuela decía que le zumbaban los oídos. Le ofrecí acompañarla a la habitación, se apoyó en mi brazo y se tumbó en la cama con la ropa puesta. Había mucha luz, así que eché las cortinas y volví a pintar. No oí nada más hasta que la señora Betts y el viejo volvieron a las cinco y media...

Wexford cerró el Manual práctico de medicina forense, de Francis E. Camps y J. M. Cameron y regresó a Castle Road. Había decidido no volver a discutir la cuestión con la señora Betts. La presencia de su marido, que arrastraba silenciosamente las zapatillas peludas como si fueran las patas de un viejo animal en hibernación, lo ponía nervioso. La mujer no hizo ninguna objeción cuando le pidió los analgésicos que guardaba en el botiquín del baño. El frasco tenía una etiqueta que rezaba: «Señora Wrangton. Paracetamol.»
La consulta de la tarde acababa de empezar. Wexford se marchó a cenar a casa después de enviar dos objetos al laboratorio para investigar las huellas dactilares. Regresó al consultorio a las ocho y media y, una vez más, el doctor Crocker acabó primero. Al ver a Wexford, soltó un gruñido.
–¿Y ahora qué pasa, Reg?
–¿Por qué le prescribiste paracetamol a la señora Wrangton?
–Porque me pareció conveniente para ella, desde luego. Era alérgica a las aspirinas.
Wexford miró a su amigo con desolación.
–¿Y me lo dices ahora? Acabo de enterarme, pero tendrías que habérmelo dicho antes.
–¡Cielos! Ya lo sabías. Me dijiste que te lo había contado la enfermera Radcliffe. Tú mismo comentaste...
–Creí que se trataba de asma.
Crocker se sentó en el borde del escritorio.
–Mira, Reg, creo que ha habido un malentendido. En la familia de la señora Wrangton había vanos casos de asma. La señora Betts sufre de urticaria y su hermano era un asmático crónico. La gente que padece asma, o en cuya familia hay asmáticos, suele tener alergia al ácido acetilsalicílico, o sea a la aspirina. De hecho, se supone que el diez por ciento de esas personas sufren esa clase de alergia. Los ataques de asma son una de las reacciones de las personas hipersensibles a la aspirina. Por eso la señora Wrangton tuvo un ataque a los cuarenta y tantos años, además de una hematemesis. Lo que significa –añadió con cortesía para que lo comprendiera el profano– un vómito de sangre producido por una hemorragia interna.
–Ya lo sé, no soy ningún ignorante –interrumpió Wexford–. He estado leyendo sobre la hipersensibilidad al ácido acetilsalicílico...
–La señora Wrangton no murió por tomar aspirinas –se apresuró a decir el doctor–. No había aspirinas en la casa. La señora Betts era muy estricta en ese sentido.
Les interrumpió la llegada del sonriente doctor Moss. Wexford se volvió hacia él.
–¿Cuál sería el resultado de la ingestión de aproximadamente poco más de un gramo de aspirina en una sola dosis en una mujer de noventa y dos años con hipersensibilidad al ácido acetilsalicílico?
Moss lo miró con cautela.
–¿Debo entender que se trata de una pregunta puramente teórica? –Wexford no respondió–. Bien, todo dependería del grado de hipersensibilidad de la paciente. Náuseas, quizá diarrea, mareos, tinnitus, es decir zumbido en los oídos, hemorragia gástrica, edema de la mucosa gástrica, posible perforación de esófago. Supongo que una persona de esa edad, como consecuencia del choc y las hemorragias localizadas, podría sufrir una hemorragia cerebral... –Se detuvo al tomar conciencia de lo que acababa de decir.
–Muchas gracias –dijo Wexford–. Creo que acaba de describir con precisión lo que le ocurrió a la señora Wrangton el dos de junio, después de ingerir cuatro tabletas de aspirina de trescientos miligramos cada una.

El doctor Moss estaba atónito. Daba la impresión de que no volvería a sonreír jamás. Wexford le entregó un sobre a Crocker.
–¿Son aspirinas?
Crocker miró las tabletas y rozó una con la punta de la lengua.
–Supongo que sí, pero...
–He mandado a analizar el resto, para asegurarme. Había cincuenta y seis en el frasco.
–Reg, eso es inconcebible. El farmacéutico no puede haber cometido un error semejante, pero aun suponiendo que lo hubiera hecho, la señora Wrangton no podría haberse tomado cuarenta y cuatro aspirinas sin sufrir ningún daño. Ni siquiera en el transcurso de varios meses.
–Eres un poco lento –dijo Wexford–. Tú le prescribiste cien tabletas de paracetamol, y eso es lo que pusieron en el frasco en la farmacia Fraser. Entre el momento en que escribiste la receta y el día anterior a su muerte, quizá incluso unos días o una semana antes, se tomó cuarenta pastillas de paracetamol, dejando sesenta en el frasco. Pero el día dos de junio, tomó cuatro aspirinas o, para decirlo con más crudeza, poco antes del dos de junio alguien sustituyó las sesenta tabletas de paracetamol por aspirinas.
El doctor Moss recuperó el habla:
–Pero eso sería un asesinato.
–Bien... –dijo Wexford con voz vacilante–. La hipersensibilidad no tenía por qué producirle una apoplejía. Quizá intentaran provocarle una enfermedad más o menos grave, como una úlcera de estómago. En tal caso, habrían tenido que ingresarla en un hospital de la Seguridad Social. De ese modo no habría producido gastos importantes, no habría tenido necesidad de tocar el capital y no habría podido vender la casa. Más tarde, en el caso de que sobreviviera, la habrían trasladado a un pabellón geriátrico en la misma clínica. Todo el mundo sabe que las residencias privadas no aceptan enfermos crónicos.
–¿Cree que la señora Betts...? –comenzó el doctor Moss.
–No. No lo creo por dos razones. En primer lugar, no habría necesitado hacerlo de ese modo. Si hubiera querido matar a su madre o provocarle una enfermedad grave, ¿para qué cambiar las sesenta tabletas del frasco, cuando podría haberle dado las aspirinas directamente en la mano? Y en caso de que lo hubiera hecho, ¿no cree que habría vuelto a sustituirlas por paracetamol una vez muerta su madre?
–Entonces ¿quién fue?
–Lo sabré mañana –respondió Wexford.

Crocker fue a verlo a la comisaría.
–Lamento llegar tarde. Acabo de perder a un paciente.
Después de pasearse un momento por la habitación y de mirar las dos sillas vacías, el médico decidió sentarse en el borde del escritorio de Wexford.
–Ayer –comenzó el inspector jefe– tuve una charla con Elsie Parrish. –Observó el gesto de sorpresa del médico y su súbito salto hacia adelante–. Un momento, Len. Antes de despedirnos se le cayó una caja de cerillas. Era una de esas cajetillas con cubierta brillante, donde las huellas dactilares se marcan con facilidad. Hice comparar esas huellas con las del frasco de paracetamol. En el frasco en cuestión había huellas de la señora Betts, otras de la señora Wrangton, un par de huellas de la mano de un hombre que seguramente correspondían a las del pintor, y unas huellas idénticas a las de la caja de cerillas.
»La que cambió las tabletas fue Elsie Parrish, Len. Lo hizo porque sabía que la señora Wrangton estaba decidida a mudarse a Jardines de Verano y que el primer dinero que gastaría, quizá antes de vender la casa, sería el capital que debían heredar ella y Doreen Betts. Elsie Parrish llevaba años esperando ese dinero, porque quería comprarse un coche. Dentro de unos años, si es que sobrevivía, sería demasiado mayor para conducir. Además, para entonces las facturas de la residencia geriátrica habrían reducido considerablemente su legado.
–¿Una viejecita encantadora como ésa? –dijo Crocker–. Las huellas no constituyen ninguna prueba fehaciente. Sin duda habría ido a buscar el frasco muchas veces a la pobre Ivy.
–No. Me dijo que nunca había estado en la planta alta de la casa de Ivy Wrangton.
–¡Dios mío!
–No creo que intentara cometer un asesinato. Después de todo, nadie habría considerado el simple acto de cambiar unas tabletas de un frasco como un asesinato, un homicidio premeditado o un atentado grave contra la salud. –Wexford se sentó y arrugó la frente. Luego añadió con tono malhumorado y triste–: No sé qué hacer, Len. No tenemos forma de probar que la señora Wrangton murió como consecuencia de la ingestión de aspirinas. No podemos exhumar su cadáver ni analizar los dos puñados de polvo que quedan en una urna metálica. Pero incluso si pudiéramos hacerlo, sería tan inhumano juzgar a una mujer de..., ¿cuántos años tiene Elsie Parrish?
–Setenta y ocho.
–Bueno, pues juzgar a una mujer de setenta y ocho años por asesinato. Aunque, por otra parte, ¿debemos permitirle que se beneficie de su crimen? ¿Debemos permitirle que aterrorice a los peatones en un elegante Ford Fiesta?
–No lo hará –dijo Crocker.
Hubo algo en su tono que hizo levantar a Wexford de la silla.
–¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
El médico bajó con suavidad del borde del escritorio y se puso de pie.
–Acabo de comentarte que perdí un paciente. Elsie Parrish murió anoche. Una vecina la encontró y me llamó.
–Quizá haya sido lo mejor. ¿De qué murió?
–De una apoplejía –respondió Crocker y se marchó.

Ginger y el círculo de tiza de Kingsmarkham

(Ginger and the Kingsmarkham Chalk Circle)
–Abajo hay una mujer, señor –dijo Polly Davies–, y dice que alguien le robó a su bebé del cochecito.
El inspector jefe Wexford contemplaba una carta escrita de su propio puño y letra, donde, alegando motivos de prevención criminal, solicitaba amablemente a las autoridades locales que retiraran los andamies de unos pisos de alquiler. Dichos andamies se habían levantado nueve meses antes de la fecha prevista para el comienzo de las obras de restauración, y gracias a ellos ya había habido dos robos y un asalto a una mujer joven. Alzó la vista del papel, intentó desviar el curso de sus pensamientos y suspiró.
–Siempre hacen lo mismo –dijo–. Me refiero a dejar a los niños en la puerta de las tiendas. Jamás harían algo así con sus bolsos.
–No fue en una tienda, señor, sino en la puerta de su casa. Y lo más curioso es que quienquiera que se llevara a la criatura dejó a otra en su lugar.
Wexford se incorporó despacio. Dio la vuelta al escritorio y miró a Polly con el entrecejo fruncido.
–Oficial Davies, creo que me está tomando el pelo.
–No, señor. Sabe que nunca haría algo así. La mujer es una tal señora Bond y dice que cuando bajó a buscar a su bebé, éste había desaparecido y había otro en su lugar.
Wexford siguió a Polly a la planta baja. En una de las salas de interrogatorios había una mujer joven, sentada ante la sórdida mesa rectangular con recubrimiento de plástico, bebiendo té y sollozando. Tenía el pelo largo, de color pajizo, y una cara infantil, ingenua y asustada. Llevaba tejanos y una camiseta con manzanas, naranjas y cerezas estampadas en la parte delantera. No tenía aspecto de madre. Pero en la sala también había un bebé, vestido con una camiseta blanca corta, un abrigo de lana, pañales y calcetines de algodón, durmiendo en los inexpertos brazos del detective Loring.
Mientras bajaba las escaleras, Wexford había recordado que las mujeres que acaban de dar a luz pueden sufrir –o al menos eso se dice– perturbaciones mentales, y que era probable que la señora Bond simplemente creyera o dijera que el niño no era suyo.
–Bien, señora Bond –comenzó–, este caso es muy extraño. ¿Quiere contarme lo sucedido?
–Ya lo he contado todo –dijo.
–Sí, lo sé, pero no a mí. ¿Por qué no empieza por decirme dónde vive y dónde estaba su pequeño?
La mujer tragó saliva y apartó la taza de té.
–Vivo en Greenhill Court, en el quinto piso. No tenemos balcón ni nada parecido. Tengo que bajar en el ascensor para sacar a Karen en el cochecito. La niña necesita aire fresco. Y una vez allí, no puedo vigilarla todo el tiempo. Ni siquiera puedo verla desde el salón, porque da al aparcamiento.
–De modo que esta tarde la sacó en el cochecito –dijo Wexford–. ¿A qué hora, aproximadamente?
–Eran las dos. Puse el cochecito en el jardín, cubierto con una red para evitar que suban los gatos, y cuando bajé a recogerla, a las cuatro y media, el cochecito y la red seguían allí, y había un bebé durmiendo dentro, ¡pero no era Karen! –Emitió pequeños sonidos plañideros que por fin se transformaron en sollozos–. No era Karen, sino el bebé que tiene él.
El bebé despertó y también se echó a llorar. Loring arrugó la nariz y apartó el brazo izquierdo de sus nalgas. Miró a Polly con expresión suplicante. Ésta hizo un gesto de asentimiento y salió de la habitación.
–¿Qué hizo entonces? –preguntó Wexford.
–Ni siquiera volví a subir a mi piso. Cogí el cochecito y vine corriendo hasta aquí.
A Wexford le conmovió su fe infantil. Ante un problema real o imaginario, en un momento de desesperación la chica, educada en un pueblo pequeño y seguro, había corrido a buscar a aquellos en quienes le habían enseñado a confiar, los bondadosos hombres de casco y uniforme azul, los defensores de la ley. Era evidente que la joven no compartía la imagen cínica y desdeñosa que tenían sus coetáneos de la ciudad, que veían a los policías como individuos brutales y corruptos.
–Señora Bond –dijo–, ¿cuál es su nombre de pila?
–Philippa, pero me llaman Pippa.
–Entonces yo también la llamaré así, si no le importa. Descríbame a su hija, Pippa. ¿Es morena o rubia? ¿Cuánto tiempo tiene?
–Tiene dos meses..., bueno, nueve semanas. Tiene los ojos azules y llevaba un vestidito blanco. –Su voz se quebró y volvió a balbucear–. Y tiene el pelo de un maravilloso color rojizo dorado. Seguro que nunca ha visto nada igual.
Wexford no pudo evitar mirar a la criatura que Loring sostenía en brazos y comprobó que la descripción encajaba a la perfección.
–¿Está segura de que no son imaginaciones suyas? –preguntó con delicadeza–. Si es así, no nos enfadaremos. Lo comprenderemos. Quizá estuviera preocupada o se sintiera culpable por dejar a Karen fuera tanto tiempo, y cuando bajó tuvo la impresión de que parecía diferente...
Lo interrumpió un gemido de indignación y angustia. La chica rompió en largos y desgarradores sollozos. Polly Davies regresó con una toalla pequeña que había encontrado en el lavabo de señoras. Cogió al bebé de brazos de Loring, lo apoyó boca arriba sobre la mesa y retiró el alfiler que sujetaba los pañales. Pippa Bond se apartó como si la criatura pudiera contagiarle alguna enfermedad.
–¡No son imaginaciones mías! –gritó–. ¡Claro que no! ¿Me considera incapaz de reconocer a mi propia hija?
Polly, que había doblado la toalla en forma de triángulo, se apartó un poco para que Wexford pudiera ver las piernecillas de la criatura y su pubis desnudo.
–Sea quien sea este bebé –dijo–, no puede llamarse Karen. Compruébelo usted mismo: es un niño.

Enviaron a buscar a Trevor Bond a la inmobiliaria de Stowerton donde trabajaba. Parecía apenas un poco mayor que su esposa. Pippa lo abrazó, llorando y balbuceando de manera incomprensible, y el muchacho miró a la policía con desesperación por encima de la cabeza de su mujer.
Había llegado en un coche conducido por una joven que, según dijo, era su cuñada, la hermana de Pippa, quien también vivía en Greenhill Court con su marido. La mujer sentada ante el volante tañía una postura rígida, y cuando Pippa salió de la comisaría del brazo de Trevor, la saludó apenas con una inclinación de cabeza, encogiendo los hombros con aparente exasperación. Se llamaba Susan Rains y un cuarto de hora después, ella misma enseñó a Loring y al sargento Martin el sitio exacto donde había estado el cochecito del bebé, entre los bloques de apartamentos y el camino que unía Kingsmarkham con Stowerton. Mientras la joven delgada y pelirroja criticaba la negligencia de su hermana y elaboraba sus propias teorías sobre el paradero de Karen, llegó el doctor Moss para administrar un sedante a Pippa, aunque ésta se había tranquilizado bastante al comprender que nadie la obligaría a hacerse cargo de la criatura que había suplantado a su hija.
De hecho, el niño iría a parar al orfanato municipal y quedaría bajo la custodia de las autoridades locales.
–Pobrecillo –dijo la asistente social que habló con Wexford–. Espero que Kay le permita ingresar en Bystall Lane. Sin embargo, nadie puede ir a recogerlo ahora. Tienen que bañar y meter en la cama a otros diez niños.
Wexford había comenzado a llamarlo Ginger. Era un niño bonito, con ojos grandes, cara regordeta y cabello de un extraño color rojo claro, similar al de una zanahoria recién cogida del huerto. A los ojos inexpertos de Wexford, era mayor que la desaparecida Karen y aparentaba cuatro meses en lugar de dos. Sus ojos ya eran capaces de enfocar detenidamente a una persona, cosa que en ese momento hizo con Wexford, sólo para romper a llorar acto seguido con evidente desesperación. El pequeño Ginger escondió la carita en el regazo poco desarrollado de Polly, buscando alimento.
–Es imposible saber lo que piensan, ¿verdad, señor? –dijo Polly–. Como no recordamos nada de nuestra infancia, solemos creer que los bebés no se dan cuenta de nada. Pero supongamos que lo que sienten es tan horrible que simplemente lo borran de la mente para no tener que recordarlo más tarde. Imagine lo doloroso que puede llegar a ser que a uno lo separen de su madre, cuando es incapaz de decir... Ay, no lo sé. ¿Acaso a alguien le preocupan esas cosas?
–Sí; a los psiquiatras –dijo Wexford–, y supongo que también a los psicólogos, pero no a las personas como nosotros. Tendrá que recordarlo cuando tenga sus propios hijos. Ahora llévelo a Bystall Lane, ¿quiere?
Minutos después, el inspector Burden entró en el despacho de Wexford. Había oído la historia en la planta baja, pero no acababa de creérsela. Lo que no podía creer, según le explicó a Wexford, era que alguien hubiera puesto a otro bebé en el lugar de Karen. Su jefe le explicó que al principio a él le había pasado lo mismo, pero que era verdad.
–No se me ocurre ningún motivo para que alguien haga algo semejante –dijo Burden–. Ni siquiera un perturbado mental tendría razones para hacerlo.
–Pues a mí se me ocurren vanos motivos –dijo Wexford–. En primer lugar, hay que dar por sentado que quienquiera que lo haya hecho no está muy bien de la cabeza. La gente normal no va por ahí robando niños y mucho menos intercambiándolos. Se trata de una mujer. De una mujer que quiere deshacerse de un niño en particular, pero que de todos modos quiere tener una criatura. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –respondió Burden–, pero ¿por qué?
–Tiene que enseñárselo a otra persona –dijo Wexford pensando en voz alta–, a alguien que espera ver a una criatura de la edad, la apariencia, o incluso el sexo de Karen. Podría ser una mujer que tiene varios niños varones y cuyo marido estaba fuera cuando dio a luz al último. Podría haberle dicho que ha tenido una niña y ahora debe enseñársela porque teme su reacción. También podría haberle dicho a su novio o ex novio que el niño es más pequeño para convencerlo de su paternidad.
–Me alegro de que haya aceptado la premisa de la perturbación mental –dijo Burden con sarcasmo.
–También es probable que esté harta de cuidar a un niño que llora sin parar, y el pequeño Ginger tiene buenos pulmones, de modo que lo cambia por otro creyendo que no va a llorar. O quizá le hayan dicho que Ginger sufre una enfermedad o algún defecto congénito, así que desea deshacerse de él, pero aun así necesita una criatura para enseñársela a su marido, a su madre o a quien sea.
Burden escuchaba el derroche de inventiva de su jefe con relativa admiración, pero poco entusiasmo.
–¿Qué piensa hacer al respecto? –preguntó.
–He puesto a todos nuestros oficiales a trabajar en el caso. Iremos a todos los hospitales y consultas médicas de la zona, al Registro Civil y a las clínicas especializadas en bebés. Creo que tiene que tratarse de una persona del pueblo; quizá alguien que sabía que el cochecillo estaba allí porque lo había visto antes.
–¿Alguien que había visto antes a la niña que había en su interior? –preguntó Burden alzando una ceja.
–No necesariamente. Un cochecillo con una red para protegerlo de los gatos delata la presencia de un bebé pequeño. –Wexford vaciló–. Esto es mucho más preocupante que un simple secuestro.
–¿Porque Karen Bond es demasiado pequeña? –aventuró Burden.
–No, no es por eso. Piense un poco, Mike. La típica ladrona de bebés es una mujer que ama a los niños, que sueña con tener uno propio, y por eso coge el de otra mujer. Pero en este caso, ella ya tenía un niño y por lo visto no lo quería lo suficiente, puesto que lo dejó en manos de extraños. Uno puede dar por sentado que la típica ladrona de niños cuidará bien del bebé. Pero, ¿será así en este caso? Si no se preocupa por su propio hijo, ¿lo hará por el de otra? Digo que es un caso preocupante porque es evidente que la mujer en cuestión ha cogido a Karen con un propósito concreto. ¿Qué pasará cuando haya cumplido ese propósito?

El bloque de pisos donde vivían los Bond no era uno de los que preocupaban a Wexford, y por cuya segundad había estado escribiendo una carta, sino un edificio privado de cinco pisos que se alzaba en lo que poco antes había sido un prado. Había tres bloques similares, Greenhill, Fairlawn y Hillside Courts, intercalados con casas particulares recubiertas de madera. Cada bloque estaba separado de la carretera que conducía a Stowertown por un largo y estrecho jardín de unos nueve metros de ancho. Allí, a una pequeña distancia del camino comarcal, había dejado el coche la señora Bond.
Wexford y Burden hablaron con el encargado de los tres bloques. A la hora señalada, el hombre había estado lavando su coche en el aparcamiento y no había visto nada. Mientras subían en el ascensor de Greenhill, Wexford le comentó a Burden que era una pena que no se permitiera jugar a los niños en los jardines, pues éstos habrían servido de protección, o al menos de testigos. En aquel edificio, ocupado principalmente por matrimonios jóvenes, había infinidad de niños. Entre las dos y las cuatro y media de aquella tarde, los niños habían estado jugando en sus habitaciones, paseando con sus madres o, los mayores, en el colegio.
La señora Louise Pelham había recogido a su hijo y a los dos hijos de una vecina del colegio y, al regresar, había pasado a pocos centímetros del cochecito de Karen. Eran las cuatro y media. La mujer declaró que había echado un vistazo al coche, como tenía por costumbre, y que había pensado que Karen tenía un aspecto extraño. El bebé parecía tener la cara más grande y el pelo más rojo que la niña que había visto media hora antes, de camino al colegio. Wexford creyó encontrar una pista en ese detalle, un indicio de la hora de la desaparición, hasta que descubrió que Susan Rains se había encontrado poco antes con la señora Pelham y le había contado lo ocurrido con lujo de detalles.
Tanto Susan Rains como su hermana Pippa se habían casado a los dieciocho años, pero Pippa ya tenía una criatura, mientras que Susan, siete años mayor, no tenía ninguna. Al parecer, tampoco tenía trabajo, y aunque aún le faltaban tres años para cumplir los treinta, ya llevaba la vida de una ama de casa madura y cotilla. Parecía ansiosa por decirles a Wexford y a Burden que, en su opinión, tanto su hermana como su cuñado eran demasiado jóvenes para tener una hija y demasiado irresponsables para cuidar de ella. Decía que Pippa le llevaba la niña con frecuencia para que se la cuidara, y sólo entonces Wexford comprendió por qué en el impecable mostrador de su cocina había un par de pañales doblados, una cucharilla de plástico y un biberón lleno de zumo de naranja.
–¿Le gustan los niños, señora Rains? –preguntó Wexford, provocando una reacción airada de la mujer.
–Si no me gustaran no sería una mujer normal, ¿no cree?
Lo que quiera que fuera a decir después –¿una defensa?, ¿una explicación?– fue interrumpido por la entrada de una mujer de cerca de cincuenta años que Susan presentó en un murmullo como su madre. Wexford supo entonces que se trataba de la señora Leighton, que había dejado a Pippa sedada y dormida y a Trevor intentando responder a la segunda ronda de preguntas del sargento Martin.
La señora Leighton parecía tranquila y despreocupada.
–Los bebés que desaparecen de sus coches siempre acaban apareciendo sanos y salvos, ¿no es así?
Tenía el cabello teñido en un rojo mucho más llamativo que el color natural de su hija. Iba de camino a la casa de su hijo y su nuera, a cuidar a su nieto de seis meses, y había pasado antes por la de Pippa para recoger una libra y veinte peniques que ésta le debía de la tintorería. Ya podían imaginarse cómo se había sentido al encontrar la casa llena de policías y al enterarse de que Karen había desaparecido. Pensaba que Trevor o Susan deberían haberla llamado para darle la noticia, y ahora no sabía si debía ir a cuidar al niño de Mark o no.
–Pero seguro que la encontrarán, ¿verdad? –preguntó a Wexford.
Éste respondió que eso esperaba y luego él y Burden se marcharon, dejando a madre e hija discutiendo qué era más correcto, si cumplir el compromiso con su hijo o quedarse a cuidar a su desolada hija.
El mundo, o al menos aquel pequeño rincón del mundo, parecía lleno de bebés. Desde el otro lado de las dos puertas de la primera planta se oían los tercos sollozos de unas criaturas acostadas en sus cunas contra su voluntad. Cuando atravesaban la puerta de cristal de la salida, se cruzaron con una joven de aspecto atlético, vestida con tejanos y jersey, llevando a un niño pequeño apretado al pecho en una mochila de lona. El aparcamiento se había llenado con los coches de los maridos que regresaban del trabajo, muchos de ellos desde Londres. De un coche rojo salió una pareja llevando a un bebé en una cesta. Wexford se preguntó cuántos niños menores de dos años vivirían en aquellos bloques y en las casitas circundantes. Quizá tantos como adultos, pensó mientras se hacía a un lado para dejar paso a una joven que empujaba un cochecito con mellizos.
No creía que pudiera hacer nada más aquella noche, excepto volver a enfrascarse en otra discusión con Burden sobre los motivos del secuestro. Burden hizo unas cuantas sugerencias absurdas. Aunque con anterioridad había declarado que no veía una sola razón coherente, ahora sugería que tal vez la secuestradora debiera llevar a vacunar a su hijo contra la tos ferina al día siguiente. Seguramente había leído en los periódicos que esa vacuna podía provocar lesiones cerebrales, pero como era demasiado tímida para negarse a vacunar a su hijo, había decidido llevar un sustituto.
–El problema con las personas con tan poca imaginación como usted –dijo Wexford–, es que cuando fantasean se vuelven locas. Quiere proteger a su hijo de un riesgo de lesión cerebral de los que se produce un caso entre un millón, pero no le preocupa dejarlo en manos de extraños que podrían hacerle mucho más daño.
–Pero seguramente sabía que no le harían daño. Sabía que todo iba a suceder tal como ha sucedido. Que los Bond entregarían el niño a la policía y que nosotros lo pondríamos al cuidado de las autoridades locales.
Burden aguardó alguna señal de entusiasmo de parte de su jefe, y cuando no la obtuvo, regresó a su casa. Sin embargo, a las once de la noche volverían a llamarlo, aunque no por el caso de Karen Bond.
En circunstancias normales, el sargento Willoughby, que salía de servicio, no habría prestado la menor atención al Ford Transit aparcado debajo de unos arbustos, al final de la Ploughman’s Lane. Pero aquella noche el sargento, como todos los miembros de la policía de Mid-Sussex, estaba obsesionado con la desaparición de niños. Pensó que el coche podía servir de caravana y evocó antiguas historias de su infancia sobre niños robados por gitanos, de modo que aparcó su motocicleta y bajó a investigar.
El joven sentado al volante puso el coche en marcha y se largó de allí como si lo persiguiera el diablo. No atropello al sargento Willoughby, ni parecía tener intención de hacerlo, pero pasó a menos de un metro de él en dirección al centro de la ciudad.
El teléfono más cercano estaba en Queen Street, en la casa del propio sargento, y éste se había apresurado a llegar allí.
Sin embargo, pronto se descubrió que el Ford Transit no había tenido nada que ver con el caso de Karen Bond. Pertenecía a dos hombres que habían aprovechado la ausencia de un agente de bolsa local y de su esposa para vaciar la caja fuerte.
Ploughman’s Lane era la calle de los millonarios de Kingsmarkham, y la casa de Stephen Pollard, que ostentaba el pretencioso nombre de el Alcázar del Barón, no era ni la más pequeña ni la más modesta del barrio. Se trataba de un palacete de ladrillos rojos de los años treinta, con rejas guarnecidas de plomo y chimeneas curvas de estilo neo-Tudor. Todas las ventanas de la planta baja estaban protegidas con fuertes rejas, pero no había ninguna en la puerta ventana que comunicaba la habitación trasera más grande con el espacioso balcón. Cuando Wexford y Burden llegaron allí, descubrieron las huellas de dos hombres que habían trepado al balcón y, sin preocuparse por el pesado candado que protegía la puerta, habían extraído uno de los cristales del marco con un cortavidrio.
En el estudio de la planta baja encontraron un hueco donde había estado la caja fuerte. Se decía que aquella estancia era una réplica exacta de la biblioteca, escritorio o refugio de la reina María Estuardo, en el palacio de Holyrood, y la caja fuerte estaba oculta detrás de una puerta corredera en los paneles recubiertos de madera. Los ladrones la habían extraído del nicho con un cincel y se la habían llevado entera. Burden pensó que debía de pesar una barbaridad, lo que explicaba la necesidad de aparcar la furgoneta tan cerca.
Aunque el tiempo era bueno, acababan de salir de una temporada de lluvia, de modo que encontraron huellas claras de zapatos en el macizo de flores situado debajo del balcón. Las huellas correspondían a un par de zapatos del número cuarenta y dos y a otro del cuarenta y cinco. Las mismas huellas cruzaban el jardín trasero, hasta el portalón de la alta valla de mimbre, flanqueadas por surcos paralelos de unos cuatro centímetros de ancho.
–Supongo que llevaban una carretilla de esas que se usan para transportar objetos pesados. Así es como sacaron la caja fuerte. ¡Sinvergüenzas!
Loring encendió la linterna.
–La dejaron aquí, señor, frente al portalón. Deben de haberse llevado un buen susto al ver que la furgoneta había desaparecido y que tenían que continuar el viaje a pie.
Registraron infructuosamente la calle, las cunetas y el seto que bordeaba un lado del camino. No encontraron la caja fuerte, como tampoco huellas en el alféizar de la ventana o en el estudio del Alcázar del Barón. Era obvio que los ladrones llevaban guantes.
–Y Pies Grandes debe de haber usado zapatos para la nieve –dijo Burden por la mañana. No hay muchos delincuentes por los alrededores con semejantes pies.
–El primer nombre que me viene a la cabeza es el de Lofty Peters –dijo Wexford–, pero lo tenemos encerrado.
–Pues no. Lo cierto es que salió en libertad la semana pasada. Pero fuimos a su casa a medianoche, despertando a todos los vecinos, y no nos quedó duda de dónde había estado. Estaba borracho perdido, totalmente fuera de sí. Creo que los ladrones vinieron de Londres. El viejo Pollard habrá estado haciendo ostentación de los maravillosos diamantes de su esposa por toda la ciudad, y ahora tendrá que pagar las consecuencias.
–La furgoneta era robada –dijo Wexford–. Acabo de recibir una llamada del superintendente de Myringham. La encontraron abandonada en un bosque, sin la matrícula.
–¡Qué días tan animados! –exclamó Burden y miró por la ventana los geranios que rodeaban el pequeño jardín de la comisaría, las tiendas que abrían, los toldos a rayas que se desenrollaban gradualmente, los coches de los clientes que llegaban, el sol de julio extendiendo una enorme lámina de luz y calor sobre Pomfred Road... y la pequeña figura de un transeúnte vestido de negro, un color completamente inadecuado para la época.
–¡Cielos! –dijo–. No puedo creerlo. Otro más.
Wexford se levantó y se acercó a la ventana. El pequeño y regordete hombre de negro ahora estaba en el jardín, caminando entre los tiestos de geranios. El bulto que llevaba en los brazos era, sin lugar a dudas, un bebé. Lo sostenía con confianza y segundad, como podía esperarse de alguien que administra con frecuencia el sacramento del bautismo. Wexford lo miró en silencio y estiró el cuello para seguir los movimientos del cura debajo de la bóveda de ramas en dirección a la entrada de la comisaría.
–Mike, no creerá que ésta es la última moda, ¿verdad? –dijo con tono especulativo–. Quiero decir, empezamos con los intercambios de pareja y ahora comienzan los intercambios de niños. Quizá las amas de casas jóvenes y aburridas hayan decidido dedicarse a esta actividad en lugar de asistir a clases nocturnas o jugar con sus congeladores.
–O puede que haya un maníaco suelto que se entretiene cambiando a los niños y confundiendo a las madres.
–Como el juego de las sillas –dijo Wexford–. Bajemos a ver qué pasa. –Bajaron en ascensor hasta el vestíbulo–. Buenos días, padre. ¿Quién es el pequeño que trae consigo?
El cura párroco de la iglesia católica Nuestra Señora de Loreto estaba apoyado contra el largo mostrador semicircular que atendía el sargento Camb. El niño que dormía en sus brazos estaba envuelto en una mantilla azul cielo, como si fuera un capullo de mariposa. El padre Glanville, que sostenía al pequeño con tierna firmeza, abandonó su conversación con el sargento para dedicar una sonrisa beatífica a Wexford, mientras Polly Davies acariciaba los diminutos dedos del bebé con el índice.
–Usted sabe tanto como yo, señor Wexford. Entré en la iglesia poco antes de las nueve y cuando regresé me encontré a este niño en los escalones de la rectoría. Mi asistenta, la señora Bream, había entrado por la puerta trasera y no había reparado en su presencia.
–¿Lo encontró así? ¿Envuelto en esa mantilla sobre el escalón de la puerta?
–No exactamente. Estaba envuelto en esta mantilla dentro de una caja de cartón. La caja –dijo el sacerdote con una sonrisa– es una de esas que se encuentran en las tiendas o los supermercados. Ésta en particular tenía la inscripción «Patatas fritas saladas Smith. Diez paquetes tamaño familiar». Me temo que no la he traído conmigo –añadió con aire compungido.
Wexford no pudo contener la risa.
–Bueno, no la tire a la basura. Es probable que sea una prueba importante. –Se aproximó al niño, que dormía a pesar de la conversación y de la presencia de cuatro desconocidos.
–¿Y usted nos trajo el paquete directamente aquí?
–Traje al niño directamente aquí –respondió el padre Glanville con un dejo de reproche en la voz. Wexford se dijo que debía de haber imaginado que un sacerdote jamás se referiría a un alma humana, por joven que fuera, como si se tratara de un objeto inanimado.
–¿Está seguro de que es un niño? Las mantillas azules ya no son un signo indiscutible de masculinidad, ¿no es cierto?
Por alguna razón, los tres hombres miraron simultáneamente a Polly Davies, y ésta, reconociendo que le atribuían la función de esclarecer el sexo del pequeño, lo cogió de los brazos del cura, se volvió y comenzó a quitarle la mantilla. La criatura despertó de inmediato y comenzó a llorar a pleno pulmón. Polly volvió a envolverlo en la mantilla y apoyó al bebé sobre su hombro, sosteniéndole la pequeña espalda con una mano.
–Es una niña, señor. –Apoyó la mejilla contra la de la pequeña–. ¿No cree que podría tratarse de Karen Bond? Estoy segura de que así es. –Su voz se quebró y, muy a su pesar, sus ojos se llenaron de lágrimas–. ¡Pensar que alguien fue capaz de dejarla abandonada en un portal dentro de una caja de cartón!
–Bueno, ese alguien no pudo escoger un sitio mejor –dijo Wexford sonriendo al sacerdote–. Vamos, oficial Davies, una mujer liberada no se comporta de esa forma. Contrólese y vaya a telefonear a la señora Bond.

Trevor y Pippa Bond llegaron juntos, nuevamente en el coche de Susan Rains. Era evidente que el joven marido temía que la criatura no fuera Karen y que aquel viaje no significara más que una esperanza cruel y vana, por eso no había querido traer a su esposa. Pero la mujer no se había dejado convencer. Nadie habría sido capaz de detenerla, aunque seguía aturdida y atontada a consecuencia de los sedantes que le había recetado el doctor Moss.
Sin embargo, en cuanto vio a la criatura recuperó las facultades y sus ojos perdieron el aspecto vidrioso. La cogió en brazos, estrechándola con fuerza contra su pecho, hasta que Karen gritó e intentó defenderse con toda la energía de sus nueve semanas de vida. Susan Rains observó impasible la dramática escena. Miró a su hermana arrojar al suelo la mantilla azul, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas hasta caer sobre la cabeza del bebé. Pippa comenzó a examinar frenéticamente la camisita blanca, la pequeña chaqueta y los diminutos calcetines de la pequeña, como si buscara algún germen visible.
–¿Por qué no quemas la ropa? –dijo Susan con frialdad–. Entonces no tendrás motivo para preocuparte.
–Gracias, muchas gracias –dijo Trevor Bond con rapidez y torpeza a los policías–. Llevaré a mis chicas a casa y me iré a la oficina. Tenemos mucho trabajo, como siempre en esta época del año.
–Yo las acompañaré, Trev –dijo Susan–. Tú vete a trabajar. También llamaré a mamá.
–Yo en su lugar haría que el doctor Moss examinara a la niña. Parece estar bien, y estoy seguro de que así es, pero siempre es mejor asegurarse.
Se marcharon. Susan Rains caminaba unos pasos atrás, traumatizada por su papel de tía eterna. Sin saber por qué, Wexford pensó en el sobrino de la chica, en el hijo de su hermano Mark. Luego recordó al pequeño Ginger, el niño abandonado que estaba en Bystall Lane. Recogió la mantilla azul –¿acaso pertenecería a Ginger?– y la examinó. Tras un meticuloso escrutinio de la textura y la etiqueta, llegó a la conclusión de que era de pura lana, confeccionada en Gales, vieja pero limpia y zurcida en un extremo por una persona diestra con la aguja. Recogió unos cuantos pelos de la red de ganchillo. La mayoría eran cabellos de bebé, finos filamentos de color rojo dorado que podrían o no proceder de la misma cabecita, pero entre ellos había varios pelos más gruesos de mujer, de una mujer pelirroja. Pensaba en las dos pelirrojas que había conocido tras la desaparición de Karen, cuando alguien llamó a su puerta.
Wexford dijo «adelante» y el sargento Willoughby primero asomó la cabeza por la puerta y luego entró con cierta timidez en la oficina, seguido de Burden.
–Se trata del joven que conducía la furgoneta anoche, señor –dijo Willoughby–. Su cara me resultó familiar, sabía que lo había visto antes y por fin he recordado de quién se trata. Era Tony Jasper, señor, estoy seguro.
–¿Y se supone que yo debo conocer al tal Tony Jasper?
–Conoce a su hermano –se apresuró a decir Burden–. Es Paddy Jasper.
–Paddy Jasper se trasladó al norte.
–Eso dijeron y tal vez fuera cierto, pero su novia ha vuelto a vivir aquí. Ya conoce a Leilie Somers. Paddy ha convivido con ella varias veces en el transcurso de los años, desde que la chica dejó el instituto de Stowerton a los dieciséis años.
–¿Sabe dónde vive?
–En uno de los apartamentos que hay encima de las tiendas de Roland Road –dijo Burden.
Roland Road era una calle de Stowerton, paralela a la avenida principal. Mientras el chófer de Wexford los conducía hacia allí, Wexford vio a la madre de Pippa por la ventanilla. La mujer caminaba por la calle principal, mirando escaparates y empujando un coche de bebé más grande que el de su hija, de color verde oscuro. Sin duda, el ocupante del coche era su nieto. La señora Leighton también vestía de verde y su cabello parecía más rojo que nunca.
El coche giró a la izquierda y luego a la derecha, en dirección a Roland Road. Las tiendas, ocho en total, estaban coronadas por habitáculos cuadrangulares con techos absurdamente puntiagudos e inútiles adornos de vigas verdes sobre las fachadas. Los edificios se habían construido al mismo tiempo que el Alcázar del Barón, un período que Wexford calificaba como el gran renacimiento del estilo Tudor. Le comentó a Burden que el aspecto de la Inglaterra urbana y semirrural habría mejorado de forma notable si en las últimas tres o cuatro décadas los arquitectos se hubieran dedicado a reivindicar el estilo georgiano en lugar del isabelino.
–Imagínese –dijo–, amplias y elegantes ventanas de guillotina en lugar de miserables ventanucos, columnas en lugar de vigas de madera y frontones en lugar de faldones.
Burden no respondió. Empujó una puerta situada entre la papelería y la tienda de alimentos para animales, y ésta cedió con facilidad, balanceándose hacia el interior.
El pasillo estaba bastante oscuro. Al pie de las escaleras una mujer joven sacaba a un niño de un cochecillo. Se giró al notar la luz y dijo:
–Hola. Ahora pensaba volver a cerrar la puerta. ¿Querían algo?
Burden tuvo una inspiración. Recordó la información sobre la personalidad de Leilie Somers, e intentando adivinar sus esperanzas y deseos dijo:
–Buscamos a la señora Jasper.
La joven supo de inmediato a quién se referían.
–La puerta de Leilie es la de la derecha, en lo alto de las escaleras. –Con el bebé apoyado sobre la cadera, aparcó el cochecillo en el fondo del pasillo y lo cubrió con la capota.
–¿Sabe si su esposo se encuentra en casa?
Mientras subían las empinadas escaleras, oyeron la respuesta inocente de la chica.
–No; a menos que haya vuelto. Le oí salir poco después de las ocho de la mañana.
En lo alto de las escaleras había una puerta a la derecha y otra a la izquierda. Burden llamó a la de la derecha y ésta se abrió tan pronto que supuso que Leilie Somers debía de tener la oreja pegada a ella. Y al parecer tenía la misma prisa porque entraran en el piso. Su vecina ya subía por las escaleras y la chica no deseaba que oyera cómo se presentaban los representantes de la ley o que los viera enseñándole sus placas. Era una joven menuda, de veintiocho o veintinueve años, con cicatrices de acné en la cara y el pelo teñido con henna. Durante toda su juventud había sido la amante de un hombre que vivía del robo y la violencia y ella misma había estado en prisión. Sin embargo, no había adoptado, como la mayoría de las mujeres en su situación, una actitud insolente u hostil hacia la policía. Muy por el contrarío, siempre se comportaba con cortesía y humildad; de modo que cuando Wexford dijo: «Así que ha regresado a casa, Leilie», la chica asintió con un gesto, sonrió con nerviosismo y respondió que sí, y que había tenido la suerte de recuperar su antiguo apartamento.
–Y Paddy ha vuelto con usted, supongo.
–Bueno, va y viene. No puede decirse que viva aquí.
–¿Qué puede decirse entonces, que viene sólo de vacaciones?
Leilie no respondió. El apartamento consistía en una sala, una habitación, un lavabo y una cocina que albergaba una tina para el baño. Entraron en el salón. Los muebles eran viejos, feos y baratos, pero todo estaba muy limpio y las paredes y la carpintería recién pintadas de blanco. No haría más de una semana que habían redecorado la estancia y aún olía a pintura.
–Estuvo aquí anoche –dijo Wexford– y se marchó esta mañana alrededor de las ocho. ¿Cuándo volverá?
Wexford intuyó que Leilie se habría alegrado de deshacerse de aquel hombre. Unos años antes había tenido la misma impresión. Al parecer, un vínculo misterioso la unía a Paddy Jasper –amor o quizá simple rutina–, pero suponía que la joven se habría sentido aliviada si las circunstancias externas hubieran podido romper ese vínculo. Mientras tanto, le guardaba una lealtad a toda prueba.
–¿Para qué quieren verlo?
Wexford pensó que si la chica quería jugar al gato y al ratón, aceptaría el reto gustoso y respondió a su pregunta con otra pregunta:
–¿Dónde estuvo anoche?
–Aquí. Invitó a un par de amigos a tomar una cerveza y a jugar a las cartas.
–Por casualidad –dijo Burden–, ¿uno de esos amigos no sería Tony, su hermano menor?
Leilie miró la alfombra, luego el techo y finalmente la ventana con tanta fijeza que cualquiera habría dicho que había descubierto un Concorde o un platillo volante en el cielo.
–Vamos, Leilie, ya conoce a Tony. El honrado y joven inglés que pasó dos años en la cárcel por robar a una anciana.
La chica bajó la vista a sus manos y dijo en voz baja:
–Claro que conozco a Tony. Creo que estuvo aquí, pero no lo sé con seguridad porque yo estaba trabajando. –Levantó la barbilla y alzó un poco la voz–. Tengo un trabajo de noche en el Andrómeda. Soy la encargada de los lavabos, desde las ocho hasta medianoche.
Wexford definía al Andrómeda como un signo de los tiempos. Era el casino de Kingsmarkham, un club de juego situado en una casa victoriana restaurada en Sewinbury Road. Iba a preguntarle por qué un trabajo de noche –la última vez que la había visto, Leilie trabajaba en la peluquería del señor Nicholas– cuando sus ojos se fijaron en un objeto apoyado sobre la repisa de la chimenea. Era un biberón con restos de leche.
–No sabía que tuviera un hijo, Leilie –dijo.
–Está en el dormitorio –respondió la chica y entonces, como para confirmar sus palabras, se oyó un gemido al otro lado de la puerta que fue creciendo en intensidad. La joven prestó atención. Cuando los gritos se volvieron más agudos, sonrió, luego la sonrisa se transformó en una risita y finalmente en una carcajada. Pero enseguida se mordió los labios y dijo con su habitual tono monocorde–: Paddy y los muchachos se quedaron con el niño. Estuvieron aquí toda la noche.
–Ya veo –dijo Wexford. Entonces supo sin ninguna duda que Paddy Jasper y sus amigos no habían estado allí, sino en Ploughman’s Lane, robando el Alcázar del Barón–. Ya veo –repitió. El bebé continuó llorando, cada vez más angustiado o furioso–. ¿Paddy es el padre de la criatura?
Por primera vez, Leilie reaccionó con una actitud airada, rayando en la grosería.
–No tiene derecho a preguntarme eso, señor Wexford. No es asunto suyo.
Wexford pensó que seguramente tenía razón, que no tenía derecho a hacer esa pregunta. El hecho de que el noventa y nueve por ciento de los policías también la hubieran hecho no lo justificaba.
–Es verdad, no es asunto mío –dijo–. Lo siento, Leilie. Será mejor que vaya a ver qué le ocurre al bebé, ¿no le parece?
Pero justo en ese momento el llanto cesó y Leilie Somers suspiró. En el piso de al lado sonaron pasos y una puerta al cerrarse.
–Volveremos –dijo Wexford y se dirigió al rellano. La chica se metió en el dormitorio y cerró la puerta.
Burden cerró la puerta de la calle.
–Es su segundo hijo, ¿sabe? –dijo mientras bajaban las escaleras–. Tuvo un niño de Jasper hace dos años.
–Sí, lo recuerdo. ¿Dónde está ahora?
–Leilie Somers lo maltrataba, ¿sabe? No, seguramente no lo sabe. El caso salió a la luz cuando usted estuvo enfermo y se tomó tanto tiempo libre. –A Wexford no le gustó que describiera su convalecencia de una trombosis como «tiempo libre», pero no dijo nada–. Me sorprendió –añadió Burden con severidad– que se disculpara con ella, como si fuera una mujer decente y respetable. ¡Una persona capaz de fracturarle un brazo y el cráneo a un bebé inocente! Esas fueron las lesiones que sufrió el niño. ¿Y qué obtuvo Leilie? Una condena condicional, la recomendación de que se sometiera a tratamiento psiquiátrico y tonterías por el estilo.
–¿Qué ocurrió con el niño?
–Lo adoptaron –contestó Burden–. Estuvo mucho tiempo en el hospital y luego Leilie aceptó entregarlo en adopción. Era lo mejor para la criatura.
Wexford hizo un gesto de asentimiento.
–Sin embargo, es extraño –dijo–. Parece tan dulce y tranquila. Puedo imaginar que sea incapaz de cuidar de un niño, que le falte firmeza o que no se dé cuenta de que está enfermo, pero maltratarlo... Parece impropio de ella.
–Usted siempre dice que la gente es muy contradictoria, que las personas son extrañas y que no se puede saber con seguridad qué harán en determinadas circunstancias.
–Supongo que es verdad –dijo Wexford.
Envió a Loring a vigilar el apartamento de Roland Road y luego él y Burden fueron a comer a la cantina de la comisaría. Cuando iban por el postre, se les acercó Polly Davies.
–He ido a Bystall Lane, señor, y he visto al pequeño Ginger. Me preguntaron si se quedaría allí por un tiempo o si teníamos otros planes para él.
–¡Caramba! Ni siquiera lo han tenido veinticuatro horas.
–Eso es exactamente lo que les dije, señor. Bueno, algo así. Creo que les falta personal.
–Y a nosotros también –dijo Wexford–. Supongo que nadie vio a la persona que dejó a Karen Bond en el portal de la rectoría, ¿verdad?
–Me temo que no, señor. Ninguna de las personas con quienes he hablado, y no ha venido nadie a prestar declaración. La señora Bream, la asistenta del cura, dice que la caja de cartón, la de patatas fritas Smith, ¿recuerda?, ya estaba allí cuando llegó a las nueve, pero que no le dio importancia. Creyó que alguien había dejado algo para el padre y pensaba entrarla una vez que limpiara la cocina e hiciera la cama. El padre Glanville dice que salió a las nueve menos diez y que está seguro de que la caja no estaba allí entonces, de modo que alguien debe de haberla puesto allí en esos diez minutos. Tiene que tratarse de una persona que conoce los hábitos del cura y de la señora Bream, ¿no cree, señor?
–¿Se refiere a alguien de la parroquia?
–Podría ser. ¿Por qué no?
–Si está en lo cierto –dijo Wexford con sequedad–, quienquiera que sea podría estar confesándose en este momento, pero el padre Glanville, naturalmente, tendrá que guardar su identidad en secreto.
Subió a su despacho a esperar noticias de Loring. Sentado delante del escritorio, recordó que en casa de Susan Rains había visto una estatuilla de cerámica de la virgen con lirios en las manos, apoyada sobre un pequeño estante puesto allí especialmente con ese propósito. Quizá los Leighton fueran una familia católica. Estaba a punto de regresar a Greenhill Court para tener otra charla con Susan, cuando una llamada del sargento Camb le anunció la llegada de Stephen Pollard.
El agente de bolsa y su esposa estaban de vacaciones en Escocia y habían salido de allí a las seis de la mañana, conduciendo los ochocientos kilómetros de vuelta sin una sola parada. Wexford sólo había visto a Pollard una vez y lo recordaba como un hombre colérico. Ahora, a pesar del cansancio por el viaje, gritaba y alborotaba con la misma angustia que Pippa Bond había demostrado por la desaparición de su hija. Al parecer, la caja fuerte contenía un collar y una pulsera de platino con zafiros, cuatro anillos, tres camafeos y una cruz de diamantes que, según Pollard, valía treinta mil libras. No; por supuesto que nadie sabía que guardaba sus objetos de valor en una caja fuerte. Bueno, quizá lo supiera la asistenta y la asistenta anterior y todas las chicas au pair que habían vivido con ellos y los obreros que habían pintado el exterior de la casa y la compañía que había instalado las rejas...
–Es absurdo –dijo Burden–. Tanto alboroto cuando sabe perfectamente que la compañía de seguros pagará por todo. Ya podría volverse a Escocia. Nosotros tendremos que ocuparnos del trabajo sucio, y si pescamos a esos delincuentes a él le dará exactamente lo mismo. Y le diré otra cosa que me parece absurda –dijo con creciente furia–: es muy probable que los contribuyentes de Sussex tengan que mantener al pequeño Ginger durante dieciocho años porque su madre estará demasiado asustada para ir a recogerlo.
–¿Qué quiere que haga? ¿Que organice una reunión de esposas jóvenes y dibuje un círculo de tiza? –Burden lo miró con perplejidad–. ¿No ha oído hablar del círculo de tiza chino o del Círculo de tiza caucasiano de Brecht? Hay que dibujar un círculo de tiza en el suelo y poner al niño en el interior. La mujer que sea capaz de sacarlo de allí será su verdadera madre y podrá llevárselo.
–Eso está muy bien –dijo Burden después de una pausa–, pero en este caso las madres no se disputan al niño. No parece haber nadie que quiera llevárselo.
–Pobre Ginger –dijo Wexford.

Cuando Wexford y Burden llegaron, Tony Jasper también estaba allí. Los dos hermanos eran altos y corpulentos, pero Tony aún tenía una figura juvenil y atlética, mientras que Paddy ya comenzaba a echar barriga. Sin embargo, si algo estropeaba la apariencia apuesta de Tony era una nariz rota por un golpe que nunca se había hecho arreglar y que le provocaba dificultades para respirar. Su aire repulsivo, incluso siniestro, se debía en gran parte a su necesidad de respirar por la boca. Paddy y él estaban sentados frente a frente ante la mesa del comedor de Leilie. Ambos fumaban y el aire de la habitación estaba cargado de humo. Tony barajaba un mazo de naipes. Wexford supuso que los habían cogido en el último momento, cuando oyeron llamar a la puerta de abajo.
–Deja los naipes. Tony –dijo Paddy–. Es de mala educación jugar cuando tienes visitas. –Siempre manifestaba una clase de cortesía que, por otra parte, era totalmente ofensiva–. Leilie nos ha dicho que quieren saber dónde estábamos ayer por la noche. ¿A qué hora en concreto se refieren?
Wexford se lo dijo y Paddy sonrió. Misteriosamente, consiguió que la sonrisa pareciera paternal. Dijo que estaba pasando unos días con Leilie y con el niño. No había tenido muchas oportunidades de ver al pequeño porque tenía un buen trabajo en el norte, aunque allí no podía conseguir una vivienda apropiada para una mujer y un niño. De modo que había llegado el sábado anterior, a pasar sus vacaciones en el pueblo, y entonces se había enterado de que Leilie trabajaba por las noches en el Andrómeda. La chica se había tomado la noche del lunes libre y le había cambiado el turno a una compañera el martes, pero la noche anterior no había podido faltar otra vez al trabajo y él le había dicho que no se preocupara, que él y Tony invitarían a unos amigos y cuidarían del niño. Habían estado bebiendo cerveza y jugando a las cartas con Johnny Farrow y Pip Monkton.
–Eso es lo que hicimos, señor Wexford.
–Así es –ratificó Tony.
–Leilie acostó a Matthew y cuando llegaron los muchachos nos sirvió algo de comer. Es una gran chica. Se fue a trabajar a eso de las siete y media, ¿no es cierto, cariño? Luego fregamos los platos y jugamos una partida. Ah, y la vecina de al lado vino a comprobar si cuatro hombres adultos eran capaces de cuidar a un niño. Es muy amable. Pip se marchó a casa a las once y media, porque su mujer se lo había mandado y es un calzonazos, ¿sabe? Leilie volvió a las doce y cuarto. Llegó temprano porque la trajeron en coche, ¿no es verdad, nena?
Leilie asintió con un gesto.
–Todo, menos lo de que lavasteis los platos.
Wexford no dejaba de mirar los enormes pies del hombre, que ya no estaban debajo de la mesa, sino extendidos sobre la alfombra barata y chillona. Se preguntó dónde estarían los zapatos que habían dejado las huellas. Quizá los hubieran quemado. Los restos de la caja, una vez abierta con explosivos y despojada de su contenido, estaría en cualquier laguna o río de los alrededores de Londres. Johnny Farrow era un experto en explosivos. Se volvió hacia Leilie y le hizo una pregunta que ninguno de ellos esperaba:
–¿Quién cuida del niño cuando va a trabajar?
–Julie, mi vecina. La chica con la que hablaron cuando vinieron antes. Solía llevárselo a mi madre, que vive en Chartiers Road. No está muy lejos de aquí, pero el niño empezó a ponerse tonto por las noches y a llorar cuando lo dejaba en un sitio extraño. –Wexford se preguntó si le daba una respuesta tan detallada porque acostumbraba a dejar al niño solo, quebrantando la ley. Recordó al otro niño, al de las fracturas en el cráneo y en el brazo, y su actitud hacia ella se endureció–. Además, mi madre tuvo que ingresar en el hospital y no salió hasta ayer. Así que Julie me dijo que lo dejara allí, que ella le echaría un vistazo cada media hora, y que si el niño lloraba lo oiría. Con estas paredes, se oye todo, hasta si se cae un alfiler. Y como Julie también tiene un niño, no sale nunca. Se ha portado muy bien conmigo, porque Matthew llora casi todas las tardes, y no es bueno dejarlos llorar, ¿verdad?
–Me complace informarte, cariño –dijo Paddy con absurda solemnidad– que anoche mi hijo no lloró ni una sola vez y que se portó como un ángel. –Con esas palabras, dirigió una mirada fulminante a Wexford y esbozó una sonrisa amplia y seca.

Julie Lang confirmó que Paddy Jasper, Tony Jasper, Pip Monkton y Johnny Farrow estaban en el apartamento de al lado a las ocho y media, cuando llamó para preguntar si el niño estaba bien. Tenía una llave del apartamento de Leilie, pero no la había usado porque sabía que el señor Jasper estaba allí. Jamás se le habría ocurrido abrir. Al fin y al cabo, aquélla era la casa de Jasper, ¿verdad? De modo que había llamado y le había abierto Jasper, que a decir verdad no había sido muy amable. La había hecho sentirse incómoda, sobre todo cuando le dijo: «Pasa y míralo con tus propios ojos, ya que ni siquiera confían en que sea capaz de cuidar a mi propio hijo.» Había abierto la puerta de la habitación y ella había visto a Matthew durmiendo tranquilamente en la cuna.
–Me sentí tan mal que le pregunté si quería que le devolviera la llave. Y él me contestó que sí, que estaba a punto de pedírmela, porque ya no necesitarían mis servicios. Fue muy grosero y me hizo sentir incómoda.
Le había entregado la llave a Paddy Jasper y, por lo que sabía, los cuatro hombres habían permanecido en el apartamento hasta que regresó Leilie, a las doce y cuarto. Para entonces, su esposo había regresado y los dos estaban durmiendo. No; no había oído pasos en la escalera, ni siquiera los de Pip Monkton, cuando se había marchado a casa a las once y medía. Claro que quizá no lo hubiera oído porque estaba viendo la televisión, pero estaba segura de que no había oído llorar a Matthew en toda la noche.
A continuación, Wexford y Burden fueron a casa de Pip Monkton. La confirmación de la coartada de Johnny Farrow no habría servido de mucho, puesto que tenía un largo historial en abrir cajas fuertes, pero Monkton nunca había estado en la cárcel ni tenía antecedentes penales. Era un ex cantinero, aparentemente respetable, y la única mancha en su existencia inocente era su conocida amistad con Farrow, un viejo compañero de colegio a quien había apoyado durante las largas estancias en prisión y mantenido en períodos de pobreza y holgazanería. Wexford sabía que si Monkton confirmaba que los cuatro habían estado en el apartamento de Leilie toda la noche, ya podía arrojar la toalla. El juez, el jurado, el tribunal, creerían a Pip Monkton tanto como a Julie Lang.
Y Monkton lo confirmó. Miró a Wexford directamente a los ojos –lo que convenció al inspector jefe de que mentía– y declaró que él, Jasper y Johnny habían estado en Roland Road, jugando a las cartas y bebiendo cerveza, hasta que se marchó a las once y media. Wexford lo llevó a la comisaría y continuó interrogándolo, pero no consiguió hacerle cambiar la declaración. Monkton parecía haberse aprendido su discurso de memoria y lo repetía una y otra vez como un loro o un disco rayado.
A las seis de la tarde, Wexford le pidió a su chófer que lo llevara al Andrómeda, donde un gerente ansioso por caerle bien a la policía respondió a sus preguntas de buen grado. Luego regresó a la comisaría y allí encontró a Burden y a Polly discutiendo la última información que el primero había conseguido sobre Monkton: que éste acababa de ampliar su casa. Para ello, había tenido que solicitar una segunda hipoteca, pero los costos se habían disparado tres mil libras por encima del presupuesto original del constructor.
–Seguramente Monkton recibirá una cantidad similar por arriesgarse a una denuncia por perjurio –dijo Burden–. Será su parte. Tony condujo la furgoneta, Paddy y Johnny hicieron el trabajo, y Monkton se limitó a encubrirlos. Supongo que salieron de la casa de Leilie a eso de las nueve y que llegaron a Ploughman’s Lane un cuarto de hora después. Tardaron una hora en sacar la caja de seguridad y salieron por el portalón del jardín a las diez y media, aproximadamente a la hora en que Willoughby vio la furgoneta. Tony se largó, abandonó la furgoneta en Myringham, regresó a Stowerton en el último autobús, que sale de Myringham a las once menos diez y que lo habrá dejado en la calle principal de Stowerton a las doce menos diez. Sólo Dios sabe cómo hicieron los demás para llevarse la caja fuerte, pero me imagino que no lo hicieron. La escondieron en la pradera que hay detrás de Ploughman’s Lane y regresaron a buscarla esta mañana, con el coche de Johnny Farrow. Luego Johnny la abrió con explosivos. Usaron la carretilla otra vez y Johnny la abrió en algún descampado.
Wexford, que llevaba varios minutos sin hablar, dijo por fin:
–Cuando Leilie Somers fue acusada de maltratar a su hijo, ¿se declaró inocente o culpable?
–Culpable –respondió Burden, sorprendido por la aparente irrelevancia de la pregunta–. No había muchas pruebas contra ella, aparte del testimonio del médico. Leilie dijo que estaba agotada y nerviosa y que el llanto de su hijo la sacaba de sus casillas. Una excusa indigna y absurda.
–Sí –confirmó Wexford–, una excusa indigna y absurda. Las paredes de esos apartamentos son muy delgadas, ¿verdad? Tan delgadas que se puede oír caer un alfiler en el piso de al lado. –Permaneció callado y pensativo unos segundos–. ¿Cuál es el nombre de soltera de la madre de Leilie Somers?
–¿Qué? –dijo Burden–. ¿Cómo demonios espera que sepa algo así?
–Pensé que quizá lo supiera. Se me ocurrió que podía tener un apellido irlandés, porque Leilie es el diminutivo de Eileen, que es un nombre irlandés. Seguro que comenzó a hacerse llamar Leilie cuando era tan pequeña que no podía pronunciar bien su propio nombre.
–Oiga –dijo Burden con impaciencia–, ¿podría decirme adonde quiere llegar con todo esto?
–Claro, al arresto de Paddy y Tony Jasper y de Johnny Farrow. Puede ir Roland Road y ocuparse de todo cuanto antes.
–Por todos los santos, sabe tan bien como yo que no conseguiríamos encerrarlos. No pudimos hacer cambiar de idea a Monkton y su coartada salvará a todos los demás.
–No –se preocupe –se limitó a decir Wexford–. Confíe en mí. Créame, no tienen ninguna coartada. Y ahora Polly y yo concentraremos toda nuestra atención en el pequeño Ginger y el círculo de tiza de Kingsmarkham.

Wexford dejó a Polly esperando en el coche. Eran las ocho de la noche, pero todavía no había oscurecido. Llamó al timbre de Leilie Lang. Cuando ésta no apareció, pulsó el otro y salió Julie Lang.
–Está muy angustiada. La he invitado a tomar una taza de té.
–Me gustaría verla, señora Lang, y a solas. Esperaré unos minutos en el coche y luego, si ella...
Lo interrumpió la voz de Leilie Somers, procedente de lo alto de las escaleras:
–Puede subir. Ya me encuentro mejor.
Wexford subió las escaleras, seguido de Julie Lang. Al llegar arriba, Leilie se apartó para dejarlo pasar. Parecía más menuda, delgada y tímida que nunca. Su cabello teñido con henna tenía las raíces más claras y su cara pálida reflejaba una profunda tristeza. Julie Lang le dio un apretón afectuoso en un brazo y entró rápidamente en su apartamento. Leilie introdujo la llave en la cerradura del suyo, abrió la puerta y se detuvo un momento a mirar el apartamento limpio y vacío. El pasillo, las puertas abiertas de las habitaciones, todo había cobrado un aspecto aún más melancólico a la luz del crepúsculo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y giró la cabeza para que Wexford no las viera.
–Paddy no vale la pena, Leilie –dijo Wexford.
–Lo sé. Sé muy bien lo que vale, pero no conseguirá que lo traicione, señor Wexford. No diré una sola palabra.
–Sentémonos. –El inspector jefe se dirigió a la mesa, el lugar más iluminado de la sala, y se sentó en la misma silla que había ocupado Tony Jasper–. ¿Dónde está el niño?
–Con mi madre.
–¿No cree que es mucho esfuerzo para alguien que acaba de salir del hospital? –Wexford miró su reloj–. Va a llegar tarde al trabajo. ¿A qué hora entra?, ¿a las ocho y media?
–A las ocho; pero no pienso ir. No puedo ir después de lo que le ha pasado a Paddy. Será mejor que se marche, señor Wexford, porque no voy a decirle nada. Si fuera la esposa de Paddy, no podría obligarme a hablar, y es como si lo fuera. He sido más buena con él que muchas esposas con sus maridos.
–Ya lo sé, Leilie –dijo Wexford–, lo sé muy bien –añadió con una voz tan insinuante que la chica lo miró con los ojos llenos de miedo, brillantes en la oscuridad–. Leilie, cuando dibujaron el círculo de tiza y pusieron al niño en el interior, la mujer que lo había criado se negó a recogerlo porque sabía que podía hacerle daño. Y antes de hacerle daño, prefería que se lo quedara otra persona.
–No sé de qué habla –dijo Leilie.
–Creo que sí lo sabe. No es una historia muy distinta de la del juicio de Salomón, cuando el rey intentó cortar a un niño por la mitad. La verdadera madre no podía permitirlo y prefirió que se lo quedara otra mujer. Usted se declaró culpable de un delito contra su primer hijo que nunca cometió. Fue Jasper quien maltrató al niño y fue él quien la convenció de que se declarara culpable, porque sabía que obtendría una condena benévola y él no. Después, permitió que adoptaran a su hijo, no porque no lo quisiera, sino porque, como la mujer del círculo de tiza, prefería perderlo a ver cómo volvían a hacerle daño, ¿no es verdad?
La chica lo miró fijamente e inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento prácticamente imperceptible. Wexford se acercó a la ventana y la abrió. Agitó la mano, volvió a meterla dentro y cerró la ventana. Leilie lloraba. Ya no intentaba disimular sus lágrimas.
–¿La educaron en la religión católica? –preguntó.
–Me bautizaron –respondió la chica en un murmullo–. Mi madre es católica. Ella y mi padre se casaron en Galway, su pueblo, y mi padre le hizo prometer que educaría a sus hijos en la fe católica. –Su voz se quebró en un sollozo–. Hace años que no voy a misa. Por favor, señor Wexford, váyase y déjeme en paz. Sólo quiero estar sola.
–Lamento oír eso, porque le he traído una visita. Alguien que va a quedarse a pasar la noche aquí.
Encendió la luz del comedor, la del pasillo y la del vestíbulo. Luego abrió la puerta y Polly Davies entró con el pequeño Ginger en brazos.
Leilie parpadeó, deslumbrada por la luz. Cerró los ojos y agachó la cabeza. Cuando la alzó y volvió a abrir los ojos, corrió hacia Polly con tal rapidez que estuvo a punto de llevarse a Wexford por delante. Sin embargo, no cogió a Ginger. Miró a Polly, temblorosa, extendió los brazos lentamente y con enorme ternura acarició el cabello dorado del pequeño.
–Matthew –dijo–. Matthew.

El niño estaba sobre el regazo de Leilie. Al principio había llorado un poco, pero ahora estaba tranquilo, relajado. Cogió un dedo de su madre, y Wexford lo vio sonreír por primera vez desde que lo conocía. Fue una hermosa sonrisa espontánea, fruto de la alegría del reencuentro con su madre.
–Me lo contará todo, ¿verdad, Leilie?
La chica estaba irreconocible. Nunca la había visto tan contenta y animada. No dejaba de reír de alegría y el bebé, percibiendo su dicha, respondía con un simpático parloteo. Leilie lo abrazó otra vez y lo llamó su pequeño, su amoroso cielito.
–Vamos, Leilie; lo ha recuperado sin que le causáramos ningún problema, que es mucho más de lo que merece. Ahora puede contarlo todo.
–No sé por dónde empezar –dijo Leilie riendo.
–Por el principio, sea cual fuere.
–Bueno, creo que todo empezó cuando adoptaron a Patrick, mi primer hijo –dijo Leilie. Ya no reía y su cara había recuperado parte de su antigua melancolía–. Fue hace cuatro años. Paddy se marchó al norte y poco después me escribió pidiéndome que me reuniera con él. No sé por qué acepté. En fin; supongo que siempre acabo diciéndole que sí a todo. Además, no parecía haber otro futuro para mí, no tenía ninguna perspectiva. Al principio todo fue bien con Paddy, pero luego, hace unos dos años, él se lió con otra chica. Fingí que no sabía nada, confiando en que se cansaría de ella, pero no lo hizo y empecé a sentirme sola, muy sola. No conocía a nadie allí, no tenía con quien hablar, y Paddy desaparecía durante semanas enteras. Comencé a salir con otros hombres; sólo por la compañía. No me importaba nada. –Hizo una pausa y acomodó a Matthew sobre sus rodillas–. Cuando descubrí que estaba embarazada, le dije a Paddy que no pensaba tener el niño allí, que volvía con mi madre. Pero él me prometió que no vería a la otra chica y me pidió que me quedara, así que le hice caso y me quedé hasta poco después de nacer Matthew. Sin embargo, poco después me enteré de que seguía viendo a la otra y decidí volver a este apartamento, cerca de mi madre. ¡Ya sé lo que va a decir, señor Wexford!
–No iba a decir nada.
–Pero lo estaba pensando. ¿Y qué? Es verdad. No sé quién es el padre de Matthew, no podría decirlo con seguridad. Puede que sea Paddy o cualquier otro. –Su expresión se agrió y le dedicó una mirada fulminante–. Y me alegro de no saberlo. De esa forma es más mío que de nadie. Nunca había salido con otro tío aparte de Paddy hasta que él me empujó a hacerlo.
–De acuerdo –dijo Wexford–, de acuerdo. Así que vino a vivir aquí con Matthew, consiguió un trabajo en el Andrómeda, Paddy le escribió anunciando que venía y apareció por aquí el sábado. Usted se tomó la noche del lunes libre para estar con él e intercambió el turno del martes con una compañera. Así llegamos a ayer, miércoles.
Leilie suspiró. No parecía angustiada; sólo algo triste.
–Paddy dijo que cuidaría del niño. Dijo que había invitado a Tony, a Johnny y a un tal Pip Monkton y que estarían aquí toda la noche. Le dije que no se preocupara, que podía llevar a Matthew a casa de mi vecina Julie, pero Paddy se enfadó, dijo que Julie era una zorra entrometida y que Matthew lloraba por culpa de ella. Paddy se salía de sus casillas cuando el niño lloraba. Tenía miedo de que lo matara, y una vez que intenté detenerlo, estuvo a punto de matarme a mí. Y, ya ve, señor Wexford, Matthew tenía la costumbre de llorar al atardecer. En la clínica me dijeron que algunos niños lloran por las tardes y otros por las noches, y que aunque es difícil saber el motivo, todos dejan de hacerlo tarde o temprano. Sabía que Matthew empezaría a llorar a eso de las ocho y pensé: «Dios mío, ¿qué le hará Paddy?» Se pone fuera de sí, no sabe lo que hace, y Tony no lo detendría porque le tiene miedo, como todos los demás. ¡Paddy es tan grande! Bueno, no sabía qué hacer. Mi madre acababa de salir del hospital, donde le habían hecho una operación importante, así que no podía llevarlo allí, ni esconderme allí de Paddy, y tampoco podía llevármelo al trabajo. Una vez lo hice y se enfadaron muchísimo. No veía ninguna salida.
»Paddy salió a eso de las once. Nunca decía adonde iba y yo no se lo preguntaba. Yo también salí con Matthew en el cochecito y di vueltas y vueltas mientras pensaba. Debo de haber caminado kilómetros, preocupada, imaginándome montones de cosas malas, ya sabe. Solía darle el pecho a Matthew y todavía lo hago una vez al día, así que paré en un parque y le di de mamar detrás de un seto. Después caminé otro rato.
»Decidí volver por la carretera de Stowerton. Sabía que debía volver a casa porque Matthew estaba mojado y pronto tendría hambre otra vez. Entonces vi un cochecito. Lo había visto allí otras veces y también había visto a la mujer que cogía el bebé en brazos. No sabía su nombre ni nada por el estilo, pero una vez había hablado con ella en la cola del supermercado. Hablamos de los niños y me dijo que la suya no lloraba nunca; sólo muy rara vez, cuando tenía hambre a medianoche. Era una niña muy buena. No tenían que alzarla en brazos en todo el día. Era un poco más pequeña que Matthew pero, curiosamente, tenían un aire familiar y el mismo color de pelo.
»Eso, el pelo, fue lo que me dio la idea. Sé que fue una locura, señor Wexford, ahora lo comprendo, pero no imagina el miedo que le tenía a Paddy. Desenganché la red contra gatos, saqué al bebé y puse a Matthew en su lugar.
Polly Davies, que hasta entonces había permanecido en silencio en un rincón, no pudo contener una pequeña exclamación de horror. Wexford respiró hondo y sacudió la cabeza.
–Es curioso –dijo con voz gélida– que al principio creyera que la persona que se había llevado a Karen la quería a ella y deseaba librarse de su propio hijo. Ahora parece que es al contrario. La seguridad de la niña no le importaba en absoluto.
–¡Eso no es cierto! –exclamó Leilie con vehemencia.
–No, tal vez no. Creo que luego se arrepintió. Continúe.
–Puse a Matthew en el cochecito. Sabía que estaría bien, que nadie le haría daño, pero cuando empezó a llorar me rompió el corazón.
–¿No tenía miedo de que alguien la viera? –preguntó Polly.
–No me habría importado. ¿No lo entiende? Ya no me importaba nada. Si me descubrían, no tendría que volver a casa. Perdería mi trabajo, pero nadie me quitaría a Matthew, ¿verdad? Sin embargo, no me vio nadie. ¿Ha dicho que se llamaba Karen? Bueno, llevé a Karen a casa, le di de comer y la bañé. Nadie puede decir que no cuidé de ella mientras la tuve en casa.
–Salvo porque la dejó en manos de esa alimaña de Paddy.
Leilie se estremeció, pero no pareció hacerle mucho caso.
–Paddy volvió a las seis con Tony. Para entonces, la niña estaba en la cuna de Matthew. Lo único que se le veía era el pelo rojo, del mismo color que el de Matthew. Recordé que su madre había dicho que nunca lloraba por las tardes, y pensé, rogué: «No llores esta noche, pequeña, no llores porque estás en un sitio desconocido.» –Leilie alzó la barbilla y comenzó a hablar más aprisa–: Freí unos huevos con patatas para los muchachos y me marché a las siete y media. Volví a las doce y cuarto y la niña estaba bien. No había llorado ni una sola vez.
–¿No olvida algo, Leilie? –preguntó Wexford con suavidad.
La chica rehuyó su mirada. Había palidecido. Cogió a Matthew en brazos y lo estrechó contra su cuerpo.
–Al día siguiente –dijo–, o sea esta mañana, Paddy salió temprano y pensé que debía devolver a la niña. Se me ocurrió que podía llevársela al cura. Conocía sus horarios y los de la asistenta por mi madre. Así que cogí un autobús hasta Kingsmarkham, y justo al lado de la parada hay una tienda donde dejan las cajas en la calle para que las recoja el basurero. Cogí una caja, metí a la niña dentro y la dejé en el portal de la casa del cura. Pero no sabía cómo recuperar a Matthew. Creí que nunca volvería a verlo.
»Entonces vinieron ustedes y les dije que Matthew estaba en la habitación. En ese momento el bebé de Julie se echó a llorar y creyeron que era Matthew. No pude contener la risa, aunque me sentía fatal. Eso es todo. Ahora pueden denunciarme por lo que sea que haya hecho.
–Sigue olvidando algo, Leilie.
–No sé a qué se refiere.
–Claro que lo sabe. ¿Por qué cree que hice arrestar a Paddy, a Tony y a Johnny Farrow a pesar de que Pip Monkton les ofrecía una coartada perfecta? ¿Por qué cree que estoy tan convencido de que Monkton se dará por vencido, que me contará que la coartada era falsa y me dirá dónde están las joyas de la caja fuerte? Esta tarde tuve una pequeña charla con el propietario del Andrómeda, Leilie. –La chica le miró con frialdad–. La echaron, ¿verdad, Leilie? Podía tomarse la semana de aviso y seguir trabajando hasta entonces o marcharse de inmediato. De todos modos, iban a despedirla.
–Si lo sabe todo, ¿por qué pregunta?
–Porque quiero que me lo confirme.
La chica murmuró algo al oído de su hijo, pero el niño estaba dormido.
–Si no me lo cuenta usted, se lo explicaré yo –dijo Wexford–. Si me equivoco, dígamelo. Le diré por qué creo que se arrepintió. Fue a trabajar, tal como dijo, pero se sentía intranquila. No podía dejar de pensar en el otro bebé, en la niña que no lloraba nunca. Sabía que era probable que no llorara porque estaba en su propia cuna, sana y salva en su casa junto a su madre. Quizá fuera diferente si despertaba en un lugar desconocido. Hizo lo habitual en esos benditos lavabos de señora donde trabaja. Limpió, cambió el rollo de las máquinas de toallas de papel y cogió las propinas que le dejaban, pero se estaba volviendo loca de preocupación por el bebé que había dejado en casa. No dejaba de pensar en lo que haría el animal de Paddy Jasper si la niña lloraba. Tal vez darle un puñetazo con sus enormes manazas o estrellarla contra la pared. Entonces supo que no había hecho bien en cambiarla por Matthew, porque en el fondo usted es una buena mujer, aunque un poco tonta, y estaba tan preocupada por la niña como lo habría estado por su propio hijo.
–Y usted es un demonio –murmuró Leilie, mirándolo como si tuviera poderes sobrenaturales–. ¿Cómo sabe lo que pensaba?
–Lo sé –dijo Wexford–. Sé lo que pensaba y lo que hizo. A las nueve y media no pudo resistir más. Se puso el abrigo, corrió a coger el autobús de las nueve y treinta y cinco y llegó a casa a las diez menos cinco. Las luces del apartamento estaban encendidas y Karen dormía en la cuna, sana y salva.
Leilie esbozó una sonrisa. Fue la sonrisa fugaz de un recuerdo agradable, pero se desvaneció de inmediato.
–No sé cómo lo ha averiguado –dijo–, pero es verdad. La niña estaba dormida y bien. ¡Dios mío, me sentí tan aliviada! La había imaginado en el suelo, cubierta de sangre.
–De modo que lo único que tenía que hacer era explicarle a Paddy por qué había vuelto a casa.
–Le dije que me encontraba mal –dijo Leilie con cautela–. Le dije que tenía una migraña y que me sentía fatal.
–No, no lo hizo, porque Paddy no estaba aquí.
–¿Qué quiere decir? Estaba aquí con Tony, Pip y Johnny jugando a las cartas. Le dije a Paddy que me sentía mal y que iba a echarme un rato. Fui a la habitación y me acosté.
–Leilie, cuando regresó a casa, el apartamento estaba vacío. Sabe perfectamente que estaba vacío. También sabe que Pip Monkton miente y que no podrá mantener su historia cuando sepa que usted volvió a las diez menos cinco y encontró el apartamento vacío. Mire, Leilie, Paddy estará encerrado mucho tiempo por este asunto. Entretanto usted y el pequeño Ginger... quiero decir Matthew, tendrán la oportunidad de comenzar de nuevo. No querrá estar con él toda la vida, ¿verdad? No querrá que siga amargándole la existencia y maltratando a sus hijos, ¿no es así, Leilie?
La chica levantó al niño y comenzó a pasearse por la sala, como si en lugar de estar dormido, el pequeño estuviera intranquilo y necesitara que lo calmaran. Por fin se detuvo frente a Wexford y lo miró fijamente. El inspector jefe se puso de pie.
–Vendré a recogerla por la mañana, Leilie –dijo–, y la llevaré a la comisaría donde tendrá que hacer una declaración. Mejor dicho, dos declaraciones. Una por haberse llevado a Karen y la otra para testificar que Paddy no estaba aquí cuando regresó.
–No diré nada –replicó ella.
–Es probable que si lo hace, no la denunciemos por llevarse a Karen.
–¡Eso me da igual!
Wexford se resistía a amenazarla, pero sabía que no tenía más remedio que explicarle lo que sucedería.
–¿Qué cree que dirá el juez de una mujer que, a pesar de saber lo que usted sabía de Paddy, deja a una criatura con él? ¿Qué dirá cuando sepa que sigue viviendo con Paddy? ¿Y cuando estudie sus antecedentes?
La joven palideció y estrechó al niño entre sus brazos.
–No me lo quitarán, ¿verdad? No dictarán una..., ¿cómo se llama?
–¿Una orden de custodia? Es muy probable.
–Ay, Dios mío. Le prometí a Paddy que estaría a su lado toda la vida...
–Las promesas románticas no tienen mucho que ver con la vida real, Leilie. –Wexford se apartó de ella y se dirigió hacia la ventana–. En el Andrómeda me dijeron que volvió a las diez y media. Había habido quejas de dientas, así que la despidieron.
–Volví –dijo la chica con vehemencia–. Le dije a Paddy que me sentía mejor...
–¿Todo en cinco minutos o, como mucho, diez? Se repuso muy pronto, Leilie. ¿Quiere que le diga por qué volvió?, ¿por qué se atrevió a hacerlo? Tenía miedo de perder su trabajo, pero tenía todavía más miedo de lo que Paddy pudiera hacerle a la niña. Si Paddy hubiera estado aquí, usted no habría vuelto al trabajo; pero como no estaba, volvió aliviada. Creía que sólo podría volver a entrar en el apartamento si usted estaba dentro. No sabía que tenía la llave porque se la había pedido a Julie Lang.
Por fin dijo la palabra que Wexford esperaba.
–Sí –afirmó–. Es verdad. Si hubiera sabido que él tenía la llave –dijo con un estremecimiento– no me habría marchado. Habría sido mejor dejar al bebé en la jaula de los leones del zoológico.
–Ahora debemos irnos –dijo Wexford–. Vamos, oficial Davies. Hasta mañana, Leilie.
La chica se acercó con el niño en brazos.
–He estado pensando en lo que me contó, señor Wexford –dijo–, y no creo que yo fuera capaz de sacar al niño de otra, a cualquier niño, de ese círculo.

El talón de Aquiles

(Achilles Heel)
Las murallas de la ciudad daban, de un lado, al mar Adriático; del otro, a una multitud de techos con tejas de terracota desgastada por la intemperie, y a las cataratas de calles empedradas que descendían hacia la catedral y la Sradum Placa. Como consecuencia del sol ardiente y el aire seco y claro, hacía mucho calor en las murallas. Entre los tejados rojizos y las intrincadas pendientes y escalinatas, resplandecían los colores más diversos: el púrpura de las buganvillas, el azul cielo de la dentelaria y el brillante naranja del jazmín trompeta.
–Maravilloso –dijo Dora Wexford–. Increíble. ¿No te alegras de que te haya obligado a venir?
–No está mal para la gente de piel morena como tú –gruñó su esposo–. Pero mi nariz ya parece un huevo frito.
Era el mediodía del sábado 18 de junio. El calor sofocante mantenía a los yugoslavos lejos de las murallas, pero no a los turistas. Los alemanes se paseaban con sus cámaras o se detenían y murmuraban: «Wunderschön!» Los vivaces italianos parloteaban sin parar, inmunes al sol del verano. Pero algunos de los fragmentos de conversación que llegaban a oídos de Wexford no eran sólo en lenguas incomprensibles, sino también imposibles de identificar. Les sorprendió oír una frase en inglés:
–¡No insistas, Iris!
Al principio, no pudieron ver la cara del hablante, pero luego, cuando salieron del estrecho desfiladero y aparecieron en una de las amplias plazoletas en lo alto de un contrafuerte, se encontraron cara a cara con el inglés. El joven alto y rubio estaba en un extremo de la plazoleta, acompañado de una chica morena que contemplaba el mar de espaldas a los Wexford. A juzgar por su forma de vestir, parecía que se habría sentido más cómodo en el sur de Francia que en las murallas de Dubrovnik. Llevaba una camiseta corta verde jade que le dejaba la cintura bronceada al descubierto y una falda de seda verde y azul a media pierna, con un estampado de parábolas rosa intenso. Sus sandalias de tacones altos también eran rosadas, atadas con tiras a las piernas. Pero lo más llamativo de su persona era su cabello negro azabache y muy corto, cortado con tres triángulos marcados en la nuca.
Seguramente habría contestado a su compañero, aunque Wexford no alcanzó a oír su respuesta. Sin embargo, dio una patada en el suelo sin volverse y el hombre dijo:
–¿Cómo vamos a ir a ese maldito lugar, Iris, si no podemos encontrar quien nos lleve? No hay sitio para tomar tierra. Me gustaría que te olvidaras del asunto.
Dora cogió a su marido del brazo y lo obligó a seguir adelante. Wexford podía leer sus pensamientos: «No es de buena educación escuchar conversaciones ajenas.»
–Eres tan cotilla, cariño –dijo cuando llegaron a la escalinata y ya nadie podía oírlos–. Supongo que es por deformación profesional.
Wexford rió.
–Me alegra que entiendas cuál era mi intención. Cualquier otra mujer habría acusado a su esposo de mirar a la chica.
–Era preciosa, ¿verdad? –dijo Dora con la añoranza propia de su edad–. No pudimos verle la cara, pero es evidente que tiene una figura perfecta.
–Excepto por las piernas. Es una pena que no tenga bastante sentido común para llevar pantalones.
–Vamos, Reg, ¿qué tenían de malo sus piernas? Y tenía un bronceado tan bonito... Cuando veo a chicas como ésas me siento una vieja sin esperanzas.
–No seas tonta –dijo Wexford enfadado–. Tú estás muy bien. –Era sincero. Estaba orgulloso de su atractiva esposa que no aparentaba sus cincuenta y tantos años, elegante y digna en su falda azul marino y su impecable camisa blanca, y con la piel dorada después de apenas dos días de vacaciones–. Además, para que sepas, le ganarías con ventaja en cualquier concurso de tobillos.
Dora sonrió, halagada. Se sentaron a una mesa en la terraza de un bar, en un sitio con sombra donde corría una suave brisa. Tenían el tiempo justo para tomarse una cerveza y un zumo de naranja; después cogerían el bote-taxi que los llevaría de regreso a la costa Mirna.

«Mirna», en serbocroata, significa pacífico. Y así encontró Wexford aquel paraje después de un invierno y una primavera agotadores en Kingsmarkham, una racha de delitos pequeños y grandes y por fin un sórdido caso de asesinato que, a pesar de sus investigaciones, no había resuelto él, sino un joven experto de Scotland Yard. Había sido precisamente Mike Burden quien le había aconsejado dónde ir de vacaciones. Nada de Escocia o Cornualles, sino la costa dálmata de Yugoslavia, donde él, Burden, había llevado a sus hijos el año anterior.
–Vaya a Mirna –había dicho Burden–. Hay tres hoteles buenos, pero el pueblo está casi intacto. Puede trasladarse de un sitio a otro en bote. Hay dos o tres viejos que tienen un servicio de taxis acuáticos. Mientras estaba allí no llovió una sola vez. Además, estará en contacto con la naturaleza, siguiendo la última moda ecologista. La vida marina es sorprendente y también hay flores y mariposas.
Precisamente aquel día, dos después de su llegada, Wexford intentaba familiarizarse con esa vida marina. Había dejado a Dora en un colchón de aire junto a la piscina del hotel, consciente de que su piel anglosajona no resistiría los baños de sol. Ya tenía la nariz despellejada. De modo que se untó la cara con crema solar, se puso una camisa de manga larga, y bordeó la península arbolada en dirección al puerto de Mirna. El pequeño puerto tenía un parapeto construido con la misma piedra de las murallas de Dubrovnik, y cuando se arrodilló a mirar por encima de él, descubrió que debajo de la superficie del agua las rocas estaban cubiertas por una gruesa alfombra de anémonas marinas, diminutas caracolas, algas y estrellas de mar. El agua estaba perfectamente limpia y cristalina. Podía ver claramente el fondo, unos cinco metros más abajo. En aquel momento, un cardumen de peces pardos y plateados surgió de atrás de una planta marina. Wexford se inclinó, fascinado, y comprendió por qué tantos bañistas iban equipados con escafandras y schnorchels. Un pez carmesí salió de detrás de una roca, seguido de otro plateado con rayas negras.
–¿Le gustan? –preguntó una voz a su espalda.
Wexford se incorporó hasta quedar en cuclillas. El hombre que le había hablado era mayor que él, muy delgado, arrugado y con aspecto duro. Tenía cara de nuez, una sonrisa seca y dientes en sorprendente buen estado. Vestía una gorra de marinero y una camiseta a rayas azules y blancas, y Wexford lo identificó como uno de los conductores de los botes-taxi.
–Me gusta mucho –respondió despacio–. Es muy bonito. Precioso.
–Las costas de su país eran así en el pasado. Pero en el siglo diecinueve un hombre llamado Gosse, un biólogo marino, escribió un libro sobre ellas. Pocos años después, los coleccionistas de todo el mundo habían despojado a las rocas de todos sus tesoros naturales.
Wexford no pudo contener la risa.
–¡Caramba! Le pido disculpas –dijo–, pero pensé...
–¿Que un viejo marino sólo era capaz de decir «por favor», «gracias»» y «son diez dinares»?
–Algo así. –Wexford se levantó y notó que era unos cuantos centímetros más alto que su interlocutor–. Habla inglés a la perfección.
–No tanto –respondió el hombre con una amplia sonrisa–. Sólo he estado una vez en Inglaterra y eso fue hace muchos años. –Extendió la mano–. Encantado, gospodine. Ivo Racic a su servicio.
–Reginald Wexford.
La mano era fuerte como un roble, pero estrechó la de Wexford con delicadeza.
–No pretendía entrometerme –dijo Racic–. Le he hablado porque es extraño encontrar a un turista interesado por la naturaleza. La mayoría sólo quieren tomar el sol, comer y beber, ¿no es cierto? O pescar y coger caracolas.
–¿Le apetece acompañarme a tomar algo? ¿O está trabajando?
–Josip, Mirko y yo tenemos una pequeña sociedad y no les importará que me tome media hora libre. Pero yo invito. Éste es mi país y usted mi invitado.
Caminaron hacia la avenida rodeada de enormes palmeras.
–Yo nací aquí, en Mirna –dijo Racic–. A los dieciocho años me marché a la universidad, y cuando me retiré, más de cuarenta años después, volví a mi pueblo. Las palmeras seguían igual, ni más grandes ni diferentes en ningún sentido. Aquí no cambió nada hasta que construyeron los hoteles.
–¿Qué hizo durante esos cuarenta años? Supongo que no habrá conducido botes todo este tiempo.
–Era profesor de estudios anglosajones en la Universidad de Belgrado, gospodin Wexford.
–Ah –dijo Wexford–, eso lo aclara todo. Y cuando se retiró montó un servicio de botes-taxi con Josip y Mirko. ¿Eran amigos de la infancia?
–Así es. Veo que es muy perspicaz. ¿Puedo preguntarle cuál es su ocupación?
Wexford dijo lo que solía decir cuando estaba de vacaciones:
–Soy funcionario público.
Racic sonrió.
–En Yugoslavia todos somos funcionarios públicos. Pero vayamos a tomar esa copa. Hajdemo, drug!
Escogieron una terraza situada debajo de un emparrado, a través del cual se filtraba el sol dibujando motas de luz sobre el suelo empedrado. Racic bebió slivovic, pero aquel fortísimo coñac con sabor a ciruelas le estaba vedado a Wexford, que debía controlar su tensión arterial. Hasta se sintió culpable cuando el vino blanco llamado Posip que le pidió su nuevo amigo llegó en un vaso largo, lleno hasta el tope.
–¿Vive aquí, en Mirna?
–Sí. Vivo aquí solo en la kucica que en otros tiempos habitó mi padre. Mi esposa murió en Belgrado. Pero llevo una vida cómoda y tranquila. Tengo mi jubilación, mí bote, las uvas y los higos que cultivo, y a veces un invitado como usted, gospodin Wexford, con quien practicar mi inglés.
Wexford hubiera querido interrogarlo sobre la situación política, pero temió parecer indiscreto o incluso descortés. De modo que hizo un comentario sobre la magnífica apariencia de una mujer vestida con el traje típico nacional –cofia blanca y vestido negro profusamente bordado– que había salido de una tienda con una cesta a rebosar. Racic asintió, pero luego señaló con su pulgar curtido una mesa que había quedado fuera de la sombra de la vid.
–Aquélla me parece más guapa. Tiene un aspecto más saludable, ¿no cree? Y más independiente.
La joven morena del cabello cortado geométricamente estaba sentada a pleno sol. Sólo llevaba un pantalón corto blanco y la pequeña camiseta de color verde jade. Un hombre salió de la oficina de cambio y la chica se levantó para ir a su encuentro. Wexford reconoció a la pareja que había visto en las murallas de Dubrovnik. Se alejaron cogidos de la mano y subieron a un Lancia Gamma aparcado debajo de las palmeras.
–La última vez que los vi estaban discutiendo.
–Se hospedan en el hotel Bosnia –dijo Racic–. Llegaron de Dubrovnik el domingo por la tarde y se quedarán una semana. No sé el nombre de la chica, pero él se llama Philip.
–¿Puedo preguntarle de dónde sacó la información, señor Racic?
–Salieron a dar un paseo en mi bote esta mañana –respondió Racic con un brillo pícaro en los ojos–. Los dos solos. Un paseo de ida y vuelta a Vrt. Pero permítame que le cuente una anécdota. Hace aproximadamente un año, una joven pareja inglesa alquiló mi bote. Creo que estaban de viaje de bodas, o, como dicen ustedes, de luna de miel, y era evidente que estaban muy enamorados. No dejaban de mirarse y no tenían la menor intención de hablar con el conductor del bote. Cuando llegábamos a la orilla, a unos cien metros de aquí, el marido comenzó a decirle a su esposa cuánto la amaba y que no veía el momento de llegar al hotel para hacerle el amor. Fue muy gráfico y explícito... ¿Y por qué no, si la única persona que tenían delante era un yugoslavo incapaz de hablar otro idioma que su estrafalaria jerga natal?
»No dije nada ni permití que mi cara me delatara. Detuve el bote, me pagaron veinte denarios y subieron al muelle. De inmediato descubrí que la mujer se había olvidado el bolso y la llamé. La chica volvió, cogió el bolso y me dio las gracias. Entonces, gospodin Wexford, no pude resistir la tentación y le dije: «Tiene usted un marido encantador, señora, pero está claro que lo merece.» ¡Cielos, cómo se ruborizó! Sin embargo, no parecía ofendida, aunque no volvieron a subir a mi bote.
Wexford rió y dijo:
–Pero la conversación que oyó entre Philip y su esposa no fue similar a aquélla, ¿verdad?
–No –respondió Racic con aire pensativo–. Aunque creo que es mejor que no le hable de ella. No es asunto nuestro. Y ahora tendrá que disculparme, aunque espero que volvamos a vernos.
–En su bote, por supuesto. Debo llevar a mi mujer a la playa de Vrt.
–Se me ocurre algo mejor. Traiga a su esposa y les daré un paseo por las islas. ¿Le parece bien el miércoles? No crea que estoy buscando clientela. Este viaje lo paga la casa. Iremos sólo usted, gospoda Wexford y yo.
–Esos alemanes tan agradables nos han invitado a ir a Cetinje en coche el miércoles –dijo Dora.
–Mmm –respondió Wexford con aire ausente–. Buena idea.
Eran sólo las nueve, pero estaba muy oscuro fuera de la zona iluminada por las farolas de la costa. Después de cenar, habían ido a Mirna andando, pues era muy tarde para los botes-taxi y ahora tomaban café en la terraza de un restaurante del puerto. A sus pies, el Adriático, un mar casi sin mareas, lamía las rocas de la costa con un rumor suave y entrecortado.
–¡Vaya, no puedo! –dijo Wexford de repente–. Le prometí al yugoslavo del que te hablé que haría un viaje por las islas con él. Sería una grosería decirle que no. Pero tú ve a Cetinje con los alemanes.
–Me gustaría. Es probable que no tenga otra oportunidad de ver Montenegro. ¡Mira, cariño! Es la pareja que vimos en Dubrovnik.
Wexford vio la cara de la chica por primera vez. El corte de pelo era tan espectacular por delante como por detrás, ya que llevaba el flequillo recortado en forma de triángulo en el centro de la frente. El inspector pensó que no parecía una mata de pelo, sino un gorro pintado. La mujer llevaba gafas de sol, a pesar de la hora, y la misma falda que había usado en las murallas.
Ella y su compañero habían llegado a la terraza desde el paseo marítimo. Caminaban despacio, ella con cierta reticencia, y el hombre llamado Philip mirando alrededor como si tuviera una cita con amigos. Era imposible que buscara una mesa libre, pues la terraza estaba medio vacía. Dora le propinó un puntapié por debajo de la mesa para advertirle que disimulara su curiosidad y comenzó a hablar de sus amigos alemanes, Werner y Trudi. Wexford notó por el rabillo del ojo que el hombre y la mujer vacilaban un instante y por fin se sentaban a la mesa contigua. Le respondió algo a Dora, consciente de la mirada curiosa de la pareja.
–Perdonen –dijo una voz que había oído antes–, no tenemos cenicero. ¿Les importa si cogemos el suyo?
–En absoluto –respondió Dora pasándoselo casi sin levantar la cabeza.
–¿Están seguros de que no lo necesitan? –insistió el hombre.
–Completamente. No fumamos.
Wexford notó que no era la clase de hombre que se da por vencido con facilidad, y en aquel momento, intrigado por algo que había visto, no deseaba hacerlo. Otro puntapié de Dora por debajo de la mesa lo obligó a doblar las piernas. Se giró hacia la otra mesa y oyó la pregunta siguiente:
–¿Piensan quedarse mucho tiempo en Mirna?
–Dos semanas. Llevamos cuatro días aquí.
El efecto de esa simple respuesta fue asombroso. El hombre no habría parecido más contento –y, sí, aliviado–, sí Wexford le hubiera dado la noticia de que recibiría una importante herencia o de que un amigo íntimo que creía en peligro se encontraba a salvo.
–¡Estupendo! Es fantástico. Es tan difícil encontrarse con ingleses aquí. Debemos salir juntos alguna vez. Somos Philip e Iris Nyman. ¿Ustedes también son de Londres?
Wexford se presentó a sí mismo y a Dora y dijo que eran de Kingsmarkham, Sussex. Philip Nyman dijo estar encantado de conocerlos y quiso invitarlos a una copa. ¿No?, ¿más café, entonces? Wexford acabó aceptando otra taza de café y se preguntó qué le ocurriría a Iris Nyman, que había respondido a la presentación con una breve inclinación de cabeza y ahora parecía paralizada. ¿Acaso se avergonzaba de la actitud extrovertida de su esposo? Sin duda sus modales efusivos habrían avergonzado a cualquiera con un mínimo de sensibilidad. En cuanto pidieron las bebidas, el hombre se embarcó en una larga reseña de su viaje desde Inglaterra, cómo habían atravesado Francia e Italia, la gente que habían conocido, el tiempo que les había tocado, su alegría y admiración al ver por primera vez la costa dálmata. Pero Iris Nyman no parecía alegre. Se limitaba a contemplar el mar, mientras bebía slivovic a grandes sorbos, como si se tratara de una limonada.
–Nos ha encantado. Dicen que no hay otro sitio igual en toda la costa mediterránea, y lo creo. A todos nos gustó Dubrovnik. Bueno, me refiero a nosotros y a una prima de mi esposa que nos acompañaba. Se marchaba de vacaciones con unos amigos que viven en Grecia, así que voló a Atenas desde Dubrovnik el domingo y nosotros vinimos hacia aquí.
–Les vimos en Dubrovnik –dijo Dora–. En las murallas.
El vaso de Iris Nyman rechinó contra sus dientes y su marido se apresuró a decir:
–¿Nos vieron en las murallas? Sabe, creo que les recuerdo. –Parecía ligeramente sorprendido, pero no desanimado–. De hecho, creo recordar que entonces estábamos discutiendo.
Dora hizo un movimiento con las manos, como para restar importancia al asunto.
–Sólo pasamos a su lado. Hacía un calor espantoso, ¿verdad?
–Su discreción es conmovedora, señora Wexford, ¿o puedo llamarla Dora? Verá, Dora, mi esposa quería escalar una de las montañas del lugar, y yo intentaba convencerla de que era una tontería. Ya sabe, con ese calor. ¿Y todo para qué? Para ver lo mismo que se veía desde las murallas.
–De modo que consiguió disuadirla –dijo Wexford.
–Así es, pero seguramente ustedes llegaron en el punto culminante de la discusión. ¿Otra copa, cariño? ¿Y usted, Dora? ¿No ha cambiado de idea?
Las mujeres respondieron simultáneamente «Otro slivovic» y «No gracias, debemos marcharnos». Hacía mucho tiempo que Wexford no veía a su esposa tan malhumorada e incómoda. Se maravilló de los constantes esfuerzos de Nyman y de su sonrisa imperturbable.
–Permítame adivinarlo. Se alojan en el Adriático. –Tomó el silencio como asentimiento–. Nosotros paramos en el Bosnia. Esperen, ¿qué les parece si concertamos una cita para el miércoles? Podemos hacer una excursión en mi coche.
Los compromisos previos de los Wexford les permitieron declinar la invitación con la conciencia limpia. Se despidieron, y Wexford asintió sin comprometerse a las insistentes sugerencias de Nyman de que debían volver a verse y no perder el contacto después de haber tenido la suerte de encontrarse. Cuando se marchaban, Wexford se volvió una vez y comprobó que el muchacho los seguía con los ojos.
–¡Caramba! –exclamó Dora–, ¡qué mujer más grosera!
–Creo que sólo estaba nerviosa –dijo Wexford con aire pensativo. Le ofreció el brazo a su esposa y ambos caminaron por el paseo marítimo. Estaba muy oscuro, el mar sereno tenía el color de la tinta y la isla había desaparecido de la vista–. Hay que reconocer que ha sido una situación bastante extraña.
–¿Tú crees? Ella se comportó como una antipática y él con una efusividad que rayaba la impertinencia. Nos obligó a escucharlo, a decirle nuestros nombres..., aunque era obvio que a ella no le interesaban en absoluto. Cuando me llamó Dora me quedé helada.
–Ésa no es la parte más extraña. Al fin y al cabo, así es como se conoce a la gente en vacaciones. Sin duda el encuentro con Werner y Trudi fue similar.
–De eso nada, Reg. Para empezar, tenemos casi la misma edad y nos hospedamos en el mismo hotel. Trudi habla bastante bien inglés. Estábamos mirando a los niños que se bañaban en la piscina y ella mencionó a sus nietos, que tienen edades similares a los nuestros. Así empezó todo. Debes admitir que es muy distinto que aparezca un hombre de treinta años en un bar y que se lance a hablar con una pareja con edad suficiente para ser sus padres. Me pareció impertinente.
Wexford reaccionó con impaciencia.
–Es probable. Pero lo que nos parece haber notado es que había un cenicero limpio en esa mesa antes de que se sentaran.
–¿Qué? –Dora se detuvo y lo miró en la oscuridad.
–Allí estaba. Debió metérselo en el bolsillo para tener una excusa para hablarnos. Eso sí que es extraño. Y también el hecho de que nos diera tanta información gratuita. Además de mentirnos de una forma deliberada. Vamos, cariño, no te quedes ahí parada, mirándome con la boca abierta.
–¿A qué te refieres cuando dices que mintió?
–Cuando le dijiste que los habíamos visto en las murallas, dijo que lo recordaba y que en ese momento estaba discutiendo con su esposa. Eso sí que es raro. ¿Qué necesidad tenía de mencionar el tema? ¿Qué nos importan a nosotros sus discusiones domésticas? ¿O quizá debería decir «murales»? Dijo que habían discutido porque él no quería escalar una montaña, pero en este sitio nadie escala en verano. Además, recuerdo perfectamente lo que dijo en las murallas. Dijo: «No podemos encontrar quien nos lleve.» Ya sé, podría haberse referido a un guía, pero luego añadió: «No hay sitio para tomar tierra.» Estoy seguro. Nadie toma tierra en las montañas. Dora, a menos que vayas en helicóptero.
–Me pregunto qué pretende. ¿Qué estará tramando?
–Yo también me lo pregunto –dijo Wexford–, y estoy seguro de que su intención no es robar ceniceros de los bares de la costa.
Bordearon el promontorio y avistaron las luces del hotel Adriático. Un poco más adelante podrían verse las caras. Dora miró la de su marido y lo que vio la inquietó.
–¡Reg! ¿No pensarás ponerte a investigar?
–No puedo evitarlo, forma parte de mí naturaleza. Pero no permitiré que este asunto nos estropee las vacaciones, te lo prometo.

El martes por la mañana el bote-taxi de Racic los esperaba en el embarcadero del hotel.
Gospoda Wexford, es un placer conocerla.
Ayudó cortésmente a Dora a subir al bote, cuya capota verde, ahora baja, le daba el aspecto de una góndola. Cuando el hombre encendió el motor, Dora se disculpó por no poder acompañarlos al día siguiente.
–Cetinje le gustará –dijo Racic–. Se lo pasará bien. Gospodin Wexford y yo haremos una salida de solteros. Los chicos con los chicos, ¿eh? ¿Está cómoda? Creo que esta embarcación es más apropiada para una dama que aquélla –dijo señalando una barcaza inflable azul y amarilla. Un hombre remaba y la joven que lo acompañaba llevaba un pequeño biquini. Eran los Nyman.
–Si pudiera evitar pasar a su lado, señor Racic –dijo Dora–, le quedaría muy agradecida.
Racic miró a Wexford.
–¿Los conocen? –preguntó–. ¿Los han ofendido?
–No es eso. Los encontramos ayer en Mirna y el hombre se puso algo pesado.
–Me mantendré cerca de la costa y cruzaré a Vrt desde aquella pequeña península.
Durante la mayor parte de la mañana estuvieron completamente solos en la estrecha cala cubierta de guijarros. Racic les había dicho que Vrt significaba jardín. Las casas situadas detrás estaban cubiertas de enredaderas con campanillas azules y entre las paredes se alzaban altos y esbeltos cipreses. Wexford se sentó a la sombra mientras Dora tomaba el sol. La barcaza inflable se aproximó una vez, pero los Wexford pasaron inadvertidos, quizá porque llevaban sus trajes de baño. Iris Nyman se puso de pie y se arrojó al agua con gran alboroto.
–Aunque sea una grosera –dijo Dora–, debo admitir que tiene una magnífica figura. Y te equivocas con respecto a sus piernas, Reg. Son perfectas.
–No me he fijado –dijo Wexford.
Josip los llevó de vuelta. Era un hombre risueño y bronceado que guardaba cierto parecido con Racic, aunque su vocabulario en inglés se reducía a unos rudimentarios «gracias» y «adiós». Volvieron a contratarlo por la tarde para ir a Mirna, donde pasaron una velada tranquila y agradable tomando café con Werner y Trudi Muller, en el balcón de los alemanes.
El miércoles amaneció tormentoso y Wexford, mirando los relámpagos y el mar turbulento, se preguntó si Burden no había sido demasiado optimista en su pronóstico del tiempo. Pero a las nueve de la mañana el sol había salido y el cielo estaba despejado. Acompañó a Dora al Mercedes de los Muller y bajó al embarcadero. El bote de Racic se acercaba a la costa.
–He traído pan y salchichas para el almuerzo y Posip en un termo para mantenerlo fresco.
–Entonces lo tomaremos como refrigerio, porque pienso invitarlo a comer.
Finalmente comieron en Dubrovnik, después de que Racic lo llevara a la isla de Lockrum. Wexford escuchó con profundo interés las historias del profesor-barquero, que le explicó que la tranquilidad y la riqueza de los comerciantes burgueses habían contribuido al renacimiento de la literatura, que los barcos construidos en Dubrovnik habían formado parte de la armada española, que un terremoto había devastado la ciudad y prácticamente el estado. Luego visitaron Lopud, Sipan y Kolocep y regresaron sobre las aguas calmas cuando el sol comenzó a hundirse en el mar.
–¿Esa pequeña isla tiene nombre? –preguntó Wexford.
–Se llama Vrapci, que quiere decir «gorriones». Dicen que allí hay miles de gorriones, pero sólo gorriones, porque nadie va a visitarla. No se puede tomar tierra con un bote.
–¿Quiere decir que no puede acercarse en barco porque las piedras son demasiado escarpadas? ¿Y qué me dice del otro lado?
–Me acercaré y lo verá por sí mismo. Hay una playa, pero nadie querría ir allí. Espere y verá.
La isla era muy pequeña, con una circunferencia de unos setecientos metros, y estaba completamente cubierta de pinos enanos. Entre las raíces, las rocas grises emergían perpendicularmente al agua hasta alcanzar una altura de tres metros. Racic giró la lancha y se dirigieron a la costa del Adriático. No se veían gorriones ni ninguna clase de vida. Entre los terraplenes naturales de piedra había una pequeña e inaccesible playa cubierta de guijarros, cubierta por la sombra de los pinos. Wexford miró al cielo y luego a la cueva oscura y rocosa y comprendió que, fuera cual fuese la altitud del sol, éste jamás penetraría en la playa. Donde el guijarral se estrechaba, en la cima, había una grieta en las piedras apenas lo bastante ancha para permitir el paso de un hombre.
–No es muy bonita –dijo–. ¿Quién iba a querer venir aquí?
–Nadie, que yo sepa. Bueno, excepto... Quizá sea por la nueva moda, gospodin Wexford, o señor Wexford.
–Llámeme Reg.
–Gracias, Reg –dijo con una inclinación de cabeza. El nombre me gusta, aunque no lo había oído antes. Como le decía, se ha puesto de moda bañarse desnudo. En Yugoslavia no lo permitimos, no es correcto ni moral. Sin duda habrá visto inscripciones en las rocas que dicen (mucho me temo que en inglés): «Playa no nudista.» Pero siempre hay alguien que quebranta la ley, sobre todo en las islas pequeñas. Vrapci sería el sitio ideal, si los interesados pudieran encontrar un bote y un barquero que los trajera.
–El bote podría atracar en las rocas y sus ocupantes nadar hasta el otro lado.
–Si son buenos nadadores... Pero será mejor que no lo intentemos, Reg. No tiene sentido arriesgar el pescuezo a nuestra edad sólo para darnos un baño desnudos, ¿no cree?
Una vez más atravesaron el ancho mar. Wexford volvió a mirar las murallas de la ciudad, esos despeñaderos construidos por la mano del hombre para su defensa, y se atrevió a preguntar:
–¿Me contará la conversación que oyó entre la pareja inglesa, Philip e Iris Nyman, mientras viajaban en su bote?
–¿Así que se llaman Nyman? –dijo intentando rehuir la pregunta.
–Tengo buenas razones para preguntárselo.
–¿Puedo saber cuáles son?
–Soy policía –dijo Wexford con un suspiro.
La cara de Racic se tensó.
–Eso no me gusta. ¿Lo enviaron a vigilar a esa gente? Debería habérmelo dicho antes.
–No, Ivo, no –dijo Wexford pronunciando el extraño nombre con timidez–. Me ha entendido mal. No sabía nada de ellos hasta el sábado pasado. Pero ahora que los he visto y oído, tengo el palpito de que están metidos en un asunto ilegal. Si es así, tengo la obligación de hacer algo al respecto. Son compatriotas míos.
–Reg –dijo Racic con delicadeza–, creo que lo que oí no tiene nada que ver con ese asunto ilegal. Fue algo personal y privado.
–¿No me lo contará?
–No. No somos unas viejas que intercambian cotilleos por encima de las vallas de nuestros jardines, ¿no es verdad?
Wexford sonrió.
–Entonces, ¿hará algo por mí? ¿Se las ingeniará para que esa gente se entere, sutilmente, claro, de que habla bien inglés?
–¿Está seguro de que traman algo ilegal?
–Por completo. Debe de tratarse de drogas o algún otro asunto sucio.
Hubo una larga pausa, durante la cual Racic pareció consultar con el mar. Luego dijo en voz baja:
–Confío en usted, Reg. Sí; si tengo ocasión, lo haré.
–Entonces vayamos a Mirna. Es muy probable que estén tomando una copa en el paseo marítimo.
El barco de Mirko pasó junto a ellos y Mirko saludó, agitando la mano y gritando: «Dobro vece!»
En el embarcadero había una cola de turistas aguardando que los llevaran de vuelta al Adriático o al hotel de Vrt. Habría una docena de personas y Philip e Iris Nyman estaban en último lugar. Todo salió mejor de lo que Wexford había previsto. Los primeros cuatro se montaron en el barco de Josip, que se dirigía a Vrt, y el segundo grupo subió en el de Mirko, que, con una capacidad máxima de ocho personas, no podía coger a los Nyman.
–Al hotel Adriático –dijo Nyman y entonces reconoció a Wexford–. Bueno, volvemos a encontrarnos. ¿Ha pasado un buen día?
Wexford respondió que había ido a Dubrovnik. Ayudó a subir a la chica, que parecía menos nerviosa que el día anterior y le dio las gracias e incluso esbozó una sonrisa tímida. Racic puso en marcha el motor y partieron. Racic era el taxista anónimo, la pieza del equipo sin la cual el vehículo no funcionaría.
–Ayer los vi salir en una barcaza inflable –dijo Wexford.
–¿Sí? –Nyman parecía agradecido–. Pero no podemos usarla por las noches. No es segura en la oscuridad y para ir dentro hay que llevar traje de baño. Vamos a cenar en el hotel con otra pareja inglesa que conocimos ayer y pensábamos regresar andando. Será un paseo romántico por la costa.
Estaban más elegantes de lo habitual. Nyman llevaba un traje estilo safari color crema; su esposa, un vestido negro y amarillo y sandalias negras con tacones. Wexford estaba alerta, esperando que lo invitaran a unirse a la cena, y se sorprendió al comprobar que no lo hacían.
Los Nyman encendieron sendos cigarrillos. Wexford notó que Racic se tensaba. Conocía bastante bien los principios y costumbres del hombre para saber lo que opinaba de los agentes contaminantes. Las colillas de cigarrillo seguramente acabarían en el mar. Si se enfadaba con los pasajeros, quizá se sintiera más dispuesto a cumplir su promesa; pero por el momento permaneció callado. Bordearon la península sobre un mar que el sol parecía haber cubierto con una pátina de oro.
–¡Qué maravilla! –exclamó Iris Nyman.
–Es una pena que tengan que irse tan pronto.
–Nos vamos el sábado –dijo Nyman, aunque no insistió en que los Wexford y ellos debían volver a verse.
La chica dio una última calada al cigarrillo y arrojó la colilla por la borda.
–Bueno, ya hay tanta basura ahí dentro, que un poco más no hará ningún daño –dijo Nyman y arrojó su colilla encendida en las onduladas aguas doradas.
Se acercaban al embarcadero del hotel y Racic paró el motor del bote. Nyman buscó monedas en el bolsillo. Wexford se puso de pie en primer lugar y dijo al yugoslavo:
–He pasado un día estupendo. Muchísimas gracias.
Aunque estaba de espaldas, imaginó la mirada divertida que Nyman habría dirigido a su esposa ante la tópica convicción inglesa de que todo el mundo, excepto los tontos, hablan inglés. Racic se incorporó para responderle. Cualquier vestigio de acento extranjero y de sus mínimas dificultades sintácticas desapareció en el acto. Habló como si hubiera nacido en Kensington y estudiado en Oxford:
–Me alegro mucho de que haya disfrutado del paseo. Yo también lo he hecho. Por favor, déle mis recuerdos a su esposa y dígale que espero verla pronto.
Los Nyman no abrieron la boca. Cuando bajaban de la embarcación, Racic dijo:
–Permítame que le ayude, señora.
Nyman sacó veinte denarios y dio las gracias al barquero con voz ahogada. Ninguno de los miembros de la pareja dijo una sola palabra a Wexford. Se marcharon sin mirar atrás y el inspector los siguió con la vista.
–¿Lo he hecho bien, Reg? Su contribución a la contaminación del mar me dio ánimos.
–Lo ha hecho muy bien –respondió Wexford con expresión ausente, sin desviar la vista de la pareja.
–¿Qué mira con tanta atención?
–Unas piernas –respondió Wexford–. Gracias otra vez y hasta mañana.
Caminó hacia el hotel y buscó a los Nyman, pero no había señales de ellos. Una vez en la terraza, se volvió y los descubrió, caminando a toda prisa por el paseo marítimo en dirección a Mirna. Por lo visto se habían olvidado por completo de sus nuevos amigos y de la cita para cenar. Wexford entró en el hotel y subió a su habitación en ascensor. Dora aún no había regresado. Se tendió en una de las camas gemelas, sumido en la confusión. El último episodio o descubrimiento iba más allá de lo que había imaginado. ¿Qué debía hacer? ¿Ponerse en contacto con la policía de Dubrovnik? Descolgó el auricular para llamar a recepción, pero lo colgó enseguida al ver entrar a Dora, que se acercó a él con cara de preocupación.
–¿Te encuentras bien, cariño?
Wexford imaginaba lo que pensaba. La tensión arterial, el corazón, demasiado sol... No acostumbraba a tumbarse en la cama durante el día.
–Claro que sí. Estoy bien. –Se sentó–. Dora, ha sucedido algo de lo más extraño...
–Has vuelto a las andadas y estás investigando otra vez. ¡Lo sabía! –Se quitó los zapatos de una patada y abrió las puertas del balcón–. Ni siquiera me has preguntado si me lo he pasado bien.
–Ya veo que sí. Vamos, cariño, no te pongas pesada. Me gusta pensar que eres la única mujer sin complicaciones que conozco. –Ella lo miró con recelo–. Oye, ¿quieres hacer algo por mí? Descríbeme a la mujer que viste en las murallas.
–¿A Iris Nyman? ¿Para qué?
–Simplemente hazlo. Por favor.
–Estás loco. Creo que has sufrido una insolación. Bueno, si eso te divierte... Estatura media, buena figura, unos treinta años, corte de pelo geométrico. Llevaba una camiseta corta de color verde jade y una falda azul, verde y rosa.
–Ahora describe a la mujer que vimos con Nyman el lunes.
–No hay ninguna diferencia, excepto que esta vez llevaba una camiseta negra y una pañoleta.
Wexford asintió. Se levantó de la cama, pasó junto a ella y salió al balcón.
–No son la misma mujer –dijo.

–¿Qué diablos insinúas?
–Ojalá lo supiera –dijo Wexford–, pero estoy seguro de que la Iris Nyman que vimos en las murallas no es la misma que vimos en Mirna el lunes por la mañana ni la que yo vi esta tarde.
–Te estás dejando llevar por tu imaginación, Reg. El pelo, por ejemplo, es inconfundible. Y la ropa. Además, estaba con Philip Nyman.
–¿Te das cuenta de que has nombrado exactamente las cosas que usaría para hacer creer a los demás que es la misma mujer? Ninguno de los dos le vio la cara la primera vez. Tampoco oímos su voz. Sólo reparamos en los detalles más llamativos.
–¿Y qué te hace pensar que no es la misma?
–Sus piernas. Son diferentes. Tú me indujiste a fijarme en ellas. Hasta se podría decir que tú me has metido en este lío.
Dora se apoyó en la barandilla del balcón y dejó caer los hombros.
–Si es así, ojalá no lo hubiera hecho. Reg, tú nunca discutes tus casos conmigo cuando estamos en casa. ¿Por qué lo haces ahora?
–Porque no tengo a ninguna otra persona cerca.
–Muchas gracias. Esta idea tuya de que no es la misma mujer es absurda. Lo has soñado. ¿Por qué iban a querer fingir algo así? Y a propósito, ¿cómo iban a hacerlo?
–Muy sencillo. Lo único que necesitas es una cómplice de aspecto y edad similares. El sábado o el domingo, esta cómplice se hizo cortar y teñir el pelo, se puso sus ropas y adoptó la personalidad de Iris. Ahora me propongo averiguar por qué.
Dora volvió la espalda al cielo del atardecer y lo miró con frialdad.
–No, Reg. No soy una pesada; sencillamente me comporto como una mujer normal que sale de vacaciones y descubre que su marido es incapaz de olvidarse del trabajo durante dos semanas. Estas son nuestras primeras vacaciones en el extranjero en diez años. Si te hubieran enviado aquí a vigilar a esa gente, si éste fuera un viaje de trabajo, no diría una palabra. Pero es algo que has fantaseado porque no puedes relajarte y disfrutar del sol y del mar como el resto de los mortales.
–De acuerdo, míralo de otro modo. –Wexford amaba a su mujer, la apreciaba de verdad, y a menudo se sentía culpable por la poca atención que le prestaba a causa de su trabajo. En este caso, la falta de atención se debía al destino, a su profunda e inevitable necesidad de desvelar misterios–. No pongas esa cara de Gorgona. Te dije que no permitiría que esto te estropeara las vacaciones y no lo hará. –Le acarició una mejilla con ternura–. Ahora voy a darme un baño.
Apenas doce horas después caminaba en dirección a Mirna. El sol ya estaba ardiente y había una lancha en la bahía. Los vendedores de alfombras habían desplegado su mercancía en el mercado callejero y las cafeterías abrían para los madrugadores que querían tomar café o, a pesar de la hora, aguardiente de ciruelas.
Visto de cerca, el hotel Bosnia –afortunadamente oculto detrás de pinos y cipreses, con sus plantas circulares y sus botareles con arbotantes– se asemejaba más a un platillo volante que hubiera aterrizado en el bosque que a una residencia de vacaciones. Wexford cruzó un jardín delantero tan amplio como un campo de fútbol y entró en un vestíbulo digno del palacio de justicia de cualquier capital importante.
La recepcionista hablaba inglés a la perfección.
–El señor y la señora Nyman se marcharon anoche, señor.
–Pero pensaban quedarse tres días más.
–No lo sé, señor. Se fueron después de cenar. Lamento no poder ayudarle.
De modo que así estaban las cosas.
–¿Qué piensas hacer ahora? –preguntó Dora mientras tomaban un desayuno tardío–. ¿Protagonizar una absurda carrera de ladrones y policías por la costa dálmata?
–Voy a esperar y ver qué pasa. Mientras tanto, disfrutaré de mis vacaciones y me ocuparé de que tú hagas lo mismo. –La vio relajarse y sonreír por primera vez desde la noche anterior.
Wexford disfrutó del resto de sus vacaciones, aunque en ningún momento consiguió quitarse a los Nyman de la cabeza. Werner y Trudi los llevaron a ver el Puente de los Turcos. Fueron a Budva en autocar y los socios del pequeño servicio de taxis acuáticos los transportaron desde Mirna a Vrt y Lockrum. Wexford compraba un periódico inglés a diario y en secreto. Llegaba con un día de retraso y costaba el triple de lo normal. No estaba seguro de por qué lo hacía, de lo que esperaba o temía. Sin embargo, la última mañana no se molestó en comprarlo. Después de todo, estarían en casa en menos de veinticuatro horas y entonces tendría que tomar medidas. Sin embargo, al pasar junto al mostrador de recepción, cuando Dora ya había entrado en el comedor a desayunar, un empleado le ofreció el periódico con naturalidad.
Wexford le dio las gracias y... allí estaba, en los titulares de la primera página: «Desaparecida la hija de un magnate. El rey de la ropa de baño teme que se trate de un secuestro.»
A continuación, se leía: «La señora Iris Nyman, de 32 años, salió ayer de compras y no regresó a casa. Su padre, el señor James Woodhouse, presidente de Sunsports Ltd. y uno de los principales fabricantes de ropa de baño, teme que su hija haya sido secuestrada y espera una solicitud de rescate. La policía está investigando el caso.
»Su esposo, el señor Nyman, de 33 años, declaró hoy en su residencia de Flask Walk, Hampstead: “Mi esposa y yo acabábamos de regresar de un viaje en coche por Italia y Yugoslavia. A la mañana siguiente. Iris salió de compras y no regresó. Estoy desesperado. Parecía feliz y contenta.”
»La compañía del señor Woodhouse, donde la señora Nyman trabaja como gerente, realizó una importante adquisición este año, absorbiendo a dos firmas importantes de ropa de baño. Los beneficios de la empresa en el último ejercicio ascendieron a cien millones de libras.»
Había una fotografía de Iris Nyman con gafas de sol y Wexford no habría podido precisar si se trataba de la mujer de las murallas o de la que había visto en Mirna.
Aquella noche invitaron a Racic a una cena de despedida en el restaurante Duvrovacka.
–No diga lo que dice todo el mundo, Reg, que volverá el año próximo. Dalmacia ahora les parece maravillosa, pero dentro de unos días se borrará de su memoria y de la de gospoda Wexford. Alguien le propondrá San Marino o Ibiza para las próximas vacaciones y acabarán allí. ¿Me equivoco?
–Dije que volvería y lo haré –dijo Wexford levantando su copa de Posip–. Pero no será dentro de un año, sino antes.

Como señaló Racic, Wexford volvió trescientos sesenta y dos días antes de lo previsto.
–Y aquí estoy, sentado en el vrt de su kucica.
Reg, tiene que mejorar su serbocroata.
–Me temo que no tendré tiempo. Debo regresar a Londres mañana por la noche.
Estaban en el jardín de Racic, en la colina con terraplenes situada detrás de Mirna, sentados en sillones de mimbre a la sombra de la parra y de la higuera. Adelfas rosadas, blancas y rojas proyectaban su trémulo resplandor a la luz del crepúsculo y, sobre sus cabezas, pendían pequeños racimos de uvas entre los listones de un pabellón. Sobre la mesa había una botella de Posip y los restos de una cena que había consistido en gambas y patatas con mantequilla a la dálmata, ensalada, pan y grandes melocotones maduros.
–Y ahora que ha acabado de cenar –dijo Racic–, le ruego que me cuente qué lo ha traído de vuelta a Mirna tan pronto. ¿Tiene algo que ver con el señor y la señora Nyman?
–Usted sería un buen policía, Ivo.
Racic rió y volvió a llenar la copa de Wexford. Luego se puso serio.
–Supongo que no tiene gracia. Debe de ser un asunto desagradable.
–Desde luego. Si no me equivoco. Iris Nyman ha muerto asesinada. Esta tarde acompañé a la policía de Dubrovnik a la bahía y rescatamos su cuerpo de la cueva de Vrapci.
Zaboga! No puede hablar en serio. ¿Se refiere a la chica que se alojaba en el Bosnia y que subió a mi bote con su marido?
–Bueno, no exactamente. Esa mujer está viva en Atenas, aunque supongo que conseguirán la extradición.
–No entiendo nada. Cuéntemelo todo desde el principio.
Wexford se reclinó en el sillón y contempló el cielo púrpura entre los resquicios del emparrado. Comenzaban a despuntar las primeras estrellas.
–Tendré que comenzar con algunos antecedentes históricos –dijo Wexford–. Iris Nyman era la única hija de James Woodhouse, el presidente de una compañía llamada Sunsports Ltd. que confecciona ropa deportiva y de baño y tiene una amplia red de exportación. Antes de cumplir los veinte años se casó con un joven vendedor de la compañía de su padre. Después de la boda, Woodhouse la nombró gerente de la empresa, le legó una importante suma de dinero, le compró una casa y le cedió un coche de la empresa. Para justificar los gastos de la compañía, la chica acostumbraba a viajar a distintos parajes turísticos de Europa con su marido, supuestamente para lucir las prendas de Sunsports, comprobar su aceptación entre el público, y estudiar el éxito de las compañías rivales. Aunque lo más probable es que se limitara a pasear.
»El matrimonio no era feliz. Al menos Philip Nyman no lo era. Iris era la típica joven rica y arrogante, dispuesta a salirse siempre con la suya. Además, el dinero, la casa y el coche eran suyos. Luego, hace aproximadamente un año, se enamoró de una prima de Iris llamada Anna Ashby. Al parecer ni Iris ni su padre se habían dado cuenta de nada.
–¿Entonces cómo puede...?
–Siempre hay alguien que se entera de estas cosas, Ivo –interrumpió Wexford–. Una amiga de Anna ha testificado ante Scotland Yard. –El inspector jefe hizo una pausa para beber un sorbo de vino–. Ésos son los antecedentes del caso. Ahora le contaré qué sucedió hace un mes.
»Los Nyman habían planeado un viaje al sur de Francia, como todos los años, pero esta vez pensaban cruzar el norte de Italia y pasar una semana o diez días en la costa dálmata. Anna Ashby iba a veranear a Grecia con unos amigos, de modo que, supuestamente invitada por Iris, acompañaría a los Nyman a Dubrovnik, pasaría unos días con ellos y luego volaría a Atenas.
»Después de unos días en Dubrovnik, a Iris se le metió en la cabeza bañarse en Vrapci. Quizá quisiera bañarse desnuda, pues estaba acostumbrada a las playas nudistas de Saint-Tropez. No lo sé. Philip Nyman no ha admitido nada de esto. Hasta que yo salí de Londres, seguía insistiendo en que su mujer había regresado con él a Inglaterra.
–¿Entonces fue usted quien descubrió que el cuerpo de esa pobre mujer estaba en la isla de los gorriones? –preguntó Racic.
–No era más que una suposición –dijo Wexford–. Había oído una conversación entre ellos, más tarde me dijeron una mentira... Ya sabe, soy policía. No podría precisar si fueron a Vrapci el sábado dieciocho de junio o el domingo diecinueve, pero basta con saber que lo hicieron con esa barcaza inflable. Fueron tres, pero sólo regresaron dos: Nyman y Anna Ashby.
–¿Mataron a la señora Nyman?
–Eso creo –respondió Wexford con aire pensativo–. Naturalmente, siempre cabe la posibilidad de que se ahogara de forma accidental. Pero en ese caso, ¿no cree que un marido normal habría informado de inmediato a las autoridades locales? Si hubiera recuperado el cuerpo, ¿no lo habría llevado con él? Estamos esperando los resultados de la autopsia, pero incluso si no le encuentran heridas o señales de golpes, si sólo tiene los pulmones llenos de agua, estoy convencido de que Nyman y Anna contribuyeron a su muerte o simplemente la dejaron ahogarse sin socorrerla.
Ambos callaron un momento. Racic asentía lentamente con la cabeza mientras asimilaba las palabras de Wexford. Por fin se levantó y trajo un candelabro de la casa, pero luego lo pensó mejor y encendió un farol eléctrico pegado a la pared.
–Cualquier luz atraería a los insectos, pero al menos así no nos molestarán. Así que la mujer que vino a Mirna fue Anna Ashby, suplantando la personalidad de la señora Nyman.
–Según el gerente del hotel donde se alojaron en Dubrovnik, Nyman pagó la cuenta y se marchó a última hora de la tarde del diecinueve. No lo acompañaba ninguna de las dos mujeres. Iris estaba muerta y Anna había ido a la peluquería a hacerse teñir y cortar el pelo del mismo estilo y color que el de su prima. La policía ya ha encontrado a la peluquera que la peinó.
–Luego vinieron aquí –dijo Racic–. ¿Por qué no volvieron a Inglaterra de inmediato? Además, ¿no pensarían seguir con la farsa en Inglaterra? Incluso si las dos primas se parecían mucho, la tal Anna nunca podría engañar al padre de Iris, a los amigos íntimos, a los vecinos.
–La respuesta a su primera pregunta es que si hubieran regresado a Inglaterra una semana antes de lo previsto, todo el mundo se habría extrañado. ¿Para qué volver? El tiempo era perfecto. Nyman quería dar la impresión de que ambos estaban contentos y felices durante las vacaciones. Su plan consistía en hacer creer al mayor número de personas posible que Iris seguía viva después del día diecinueve. Por eso se intentó pegársenos como una lapa y nos preguntó nuestros nombres y lugar de residencia. Quería tener testigos por si llegaba a necesitarlos. Anna era menos atrevida y estaba aterrorizada. Philip encontró a otros dos testigos, pero, gracias a su intervención, no acudió a su cita con ellos.
–¿Gracias a mi intervención?
–Sí, y a su excelente inglés. Ahora quizá acepte decirme lo que oyó en el bote.
Racic rió. Sus dientes blancos e inmaculados resplandecieron a la luz del farol.
–Yo sabía que no era la señora Nyman, Reg, aunque dudo que esa información le hubiera servido de algo en aquel momento. Usted había visto a la mujer en las murallas, pero no su licencia de matrimonio, ¿verdad? Me pregunté por qué tenía que contarle a un policía entrometido los secretos de mis pasajeros. Pero ahora, como dicen ustedes coloquialmente, le descubriré el pastel. La mujer dijo lo siguiente: «Me siento tan culpable. Hemos hecho algo terrible.» A lo que él respondió: «Aquí todo el mundo cree que eres mi esposa y en Inglaterra no sospecharán nada. Algún día serás mi esposa de verdad y olvidaremos todo este asunto.» ¿Qué habría pensado usted?, ¿que hablaban de un asesinato o de un romance ilícito?
–Nyman supuso que usted y yo hablaríamos del asunto y llegaríamos a la primera conclusión. O quizá no recordara lo que había dicho en el viaje. No parece tener muy buena memoria.
–¿Y qué ocurrió cuando se marcharon?
–Anna viajó con el pasaporte de Iris, con la esperanza de que se lo sellaran al menos en una frontera. De hecho, lo sellaron en dos; en la frontera entre Yugoslavia e Italia y nuevamente en Calais. En Dover, seguramente se separó de Nyman y cogió el primer vuelo a Atenas. Nyman regresó a casa el veintiocho por la noche, el mismo día en que tenían planeado volver con Iris. Al día siguiente, por la tarde, anunció a su suegro y a la policía que su esposa había desaparecido.
»Esperaba que la búsqueda de Iris o de su cadáver se centrara en Inglaterra –dijo Racic–, ya que tenía pruebas irrefutables de que había estado con ella en Mirna y de que la chica había regresado a Inglaterra. A nadie se le habría ocurrido buscarla aquí, pues había testigos de que había abandonado Yugoslavia sana y salva. ¿Pero qué pretendía Nyman? Si las leyes británicas son como las nuestras, y supongo que en estos casos todas se parecen, tardaría años en poder heredar su dinero o casarse otra vez, a menos que se encontrara un cadáver.
–Recuerde que no se trató de un asesinato premeditado. Sin duda fue fruto de un impulso. De modo que escondió el cuerpo en un sitio donde nunca lo encontrarían o donde no podrían identificarlo, y anunció la desaparición de su esposa en Inglaterra, despertando la compasión de su poderoso suegro, que sin duda le dejaría vivir en la casa de Iris y usar su coche. De este modo también conseguiría conservar su empleo, que seguramente habría perdido si se hubiera divorciado, y hasta recibiría parte de la asignación de Iris. Luego Anna se teñiría el pelo de su color natural, castaño, por cierto, se lo dejaría crecer y volvería a su casa, donde ambos reanudarían su amistad. Luego, el día en que se diera oficialmente por muerta a Iris, podrían casarse.
Racic cortó una rebanada de pan y mordisqueó una aceituna.
–Ya lo entiendo casi todo. Si no hubiera sido porque usted estaba en Mirna, la conspiración habría resultado un éxito. Sin embargo, no comprendo el motivo de sus sospechas, si esa mujer se parecía tanto a la que vio en las murallas, si llevaba el mismo corte de pelo y las mismas ropas... ¡Claro! ¡Qué tonto! Seguramente notó alguna diferencia en su cara.
–No había visto su cara ni había oído su voz. Dora y yo la vimos de espaldas y muy fugazmente.
–Entonces no lo entiendo.
–Las piernas –dijo Wexford–. Sus piernas eran diferentes.
–Pero, mí querido Reg, sin duda las piernas de una joven morena y delgada se parecen mucho a las de otra joven de las mismas características. ¿O acaso tenía una verruga, o una varice?
–No, que yo sepa. La única vez que vi a la auténtica Iris, ella llevaba una falda que le llegaba a media pantorrilla. En realidad apenas pude verle las piernas.
–Ya estoy hecho un lío otra vez.
–La clave está en los tobillos –dijo Wexford–. Verá, en este mundo hay dos clases de tobillos, y la diferencia entre ellos sólo se nota de espaldas. En el primer caso, la pantorrilla se estrecha y se une al talón formando unan línea imprecisa. En el segundo, que corresponde al ideal de belleza, el tendón de Aquiles forma una línea larga y delgada, con profundas hendiduras a cada lado, debajo de los huesos del talón. Yo vi las piernas de la auténtica Iris y el tendón de Aquiles no se notaba. Era un defecto en su figura. Cuando vi por primera vez las piernas de Anna Ashby desde atrás, mientras ella bajaba de su bote, observé la larga línea de su tendón que se extendía hasta el músculo de una pantorrilla torneada. Sus piernas no tenían ningún defecto. Su talón de Aquiles era perfecto.
Zaboga! Conque era una cuestión de belleza, ¿eh? ¿Y sólo hay dos clases de tobillos en el mundo? –Racic extendió un pie y se levantó la pernera del pantalón. Wexford también se inclinó, y a la luz del farol, ambos contemplaron sus respectivos tobillos desde atrás–. Los suyos están bien –dijo Racic–. Pueden incluirse en la categoría de los bellos.
–Y también los suyos, profesor y barquero.
Racic soltó una carcajada.
Tesko meni! Dos hombres maduros, descubriendo sus pantorrillas para competir en un concurso de tobillos. ¿Qué haremos luego?
–Bueno, aunque no debería –dijo Wexford–, le propongo que nos terminemos el Posip.

Fin de boda

(When the Wedding Was Over)
–El matrimonio –dijo el inspector jefe Wexford– empieza con amados fieles y acaba con perplejidad.
–¿Qué? –murmuró su esposa, sentada junto a él en uno de los bancos de la iglesia reservados para los invitados del novio.
Wexford repitió la frase. Dora se acomodó el aparatoso sombrero con flores que su marido consideraba elegante pero no precisamente propicio para los comentarios sotto voce.
¿Por qué demonios dices eso ahora?
–Thomas Hardy lo dijo antes que yo. Pero mira tu breviario.
El novio esperaba, imperturbable, junto al padrino.
Michael Burden, que estaba muy enamorado e iniciaba su segundo matrimonio con una persona asombrosamente afín a él, había acordado con la novia que una ceremonia religiosa era lo más apropiado para ambos. Sin embargo, a sus cuarenta y cuatro años era quizá demasiado maduro para lo que Wexford definía como «una ridícula boda de blanco». Había doscientas personas en la iglesia. Burden, el padrino y los testigos vestían trajes de etiqueta. Los bancos, el altar y la escalinata que conducía a éste estaban adornados con azucenas, estefanotes y celindas. Era la clase de boda apropiada para una persona veinte años más joven. Burden ya había pasado por aquello, cuando de hecho tenía veinte años menos. Wexford rió para sus adentros, mirando la cara nerviosa sobre el duro cuello blanco. Luego, después de que Dora hojeara su breviario y dijera «Ya veo», el organista pasó de las improvisaciones preliminares a la marcha de Lohengrin y Jenny Ireland apareció en la puerta de la iglesia del brazo de su padre.
Era una novia preciosa. Siete años más joven que Burden, rubia, dulce, discreta y risueña. El padre de Jenny entregó la mano de la mujer a Burden y el párroco de St. Peter inició la ceremonia:
–Amados fieles, estamos aquí reunidos...
Mientras el sacerdote informaba a los novios que la finalidad del matrimonio no era el placer carnal y que debían educar a sus hijos en la fe cristiana, Wexford se dedicó a estudiar la concurrencia. Delante de él y de Dora, estaba sentada Grace, la cuñada de Burden y la mujer con quien todo el mundo había creído que se casaría tras la muerte de su primera mujer. Pero Burden había buscado consuelo en una pelirroja, atrevida, dulce y extraña –que sólo Dios sabía dónde se encontraría en esos momentos– y Grace se había casado con otro. Ahora, entre Grace y ese otro había dos niños pequeños que exigían toda la paciencia de sus padres para mantenerlos callados y quietos.
Los padres de Burden habían muerto, pero Wexford creyó reconocer a una tía anciana que había conocido en una fiesta diez años atrás. Junto a ella estaban el doctor Crocker y su esposa, y detrás una multitud a cuyos miembros apenas conocía de vista o no conocía en absoluto. Sylvia, la hija mayor de Wexford, estaba sentada al otro lado, con sus nietos situados entre ella y su esposo, y en el extremo del banco, junto al pasillo central, se encontraba Sheila Wexford, de la Royal Shakespeare Company. La hija actriz de Wexford, que había provocado codazos y murmullos a su entrada y durante algunos instantes había sido el centro de atención, miraba con inusual melancolía a Jenny Ireland, envuelta en velos blancos y coronada de perlas.
–Yo, Michael George, te tomo a ti, Janina, como esposa, para amarte y protegerte...
Janina. ¿Janina? Wexford había supuesto que la mujer se llamaba Jennifer. ¿Qué clase de padres serían capaces de llamar Janina a su propia hija? ¿Turcos? ¿Forofos de Dumas? Wexford se inclinó hacia adelante para estudiar a los peripatéticos padres. Parecían gente corriente: el señor Ireland se veía exhausto por el esfuerzo de entregar la mano de la novia, y la madre de Jenny hacía uso del diminuto pañuelo de puntillas confeccionado especialmente para enjugar las lágrimas de alegría y pérdida. ¿Qué desvarío romántico los había llevado a desdeñar los nombres de Elizabeth, Susan o Anne en favor de... Janina?
–Que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Y en vista de que Michael George y Janina han consentido unirse en sagrado matrimonio...
¿Habrían sido igualmente extravagantes al nombrar a su hijo? Lo único que Wexford alcanzaba a ver de él era su espalda ancha, una pequeña parte de su perfil y, ahora, una mano. La mano que pasaba un pañuelo grande y blanco a su madre. Wexford sintió que Dora tiraba de él y se levantó para entonar un himno religioso:

Oh, amor divino que trasciende
el pensamiento humano
humildemente nos arrodillamos en oración
a los pies de tu trono.

Aquellas palabras arrancaron sollozos audibles de los labios de la señora Ireland. Su hijo –¿no le había comentado Burden que era editor?– volvió la cabeza, avergonzado. Una mujer joven con un curioso atuendo negro y sombrero naranja ocupó el sitio del editor y cubrió los hombros de la llorosa madre en un ademán reconfortante.
–Oh, Dios, salva a tu siervo y a tu doncella, que han depositado su fe en ti –dijo Dora con la mayoría de la congregación–. Oh, Señor, auxílialos desde tu sagrada morada.
Wexford musitó un «amén», como para demostrar su espíritu de camaradería, pero cuando todo el mundo añadió «Y ampáralos eternamente», decidió no volver a abrir la boca.
La señora Ireland había dejado de llorar y Wexford miró a sus hijas. Sheila cantaba con vehemencia, y Sylvia, la feminista, con menos convicción, como si dudara sobre la ética de prestar su apoyo a una ceremonia tan arcaica y machista. Sus nietos comenzaban a inquietarse.
–Dios todopoderoso, que al principio del mundo creaste a nuestros primeros padres, Adán y Eva...
«Mi querido Mike, ahora todo irá bien», pensó Wexford en un rapto de sentimentalismo que le atacaba aproximadamente una vez cada diez años. Se acabaría el conflicto entre sus deseos carnales y su conciencia puritana, no volvería a sentirse solo, no tendría que preocuparse por sus hijos egoístas y no sufriría la tentación de san Antonio. ¿Pues no estaba acaso escrito que, como remedio contra el pecado y la fornicación, aquellos que no gozaran del don de la continencia podían casarse para mantenerse impolutos?
–Pues así fue como en los viejos tiempos las mujeres sagradas que confiaban en Dios...
Le sorprendió que usaran la vieja liturgia. La novia incluso había prometido obedecer a su marido. Wexford no pudo resistir la tentación de mirar a Sylvia.
–... sometidas a sus esposos...
La cara de la chica era la viva imagen de la incredulidad y la desolación, mientras murmuraba a su hermana «Increíble» y «Obsoleto».
–... Así como Sara obedeció a Abraham, llamándole señor, vosotras que sois sus hijas y lo seréis mientras viváis, no sentiréis temor ni perplejidad.

En el hotel Olive and Dove, un pequeño comité de recepción saludaba a los invitados. La señora Ireland, sonriente y recompuesta; Burden, con el aspecto de alguien que tras someterse a una operación ha sido informado de que sus perspectivas de recuperación son excelentes, y Jenny, tan serena como cabe esperar de una novia.
Las bandejas estaban repletas de copas de jerez y vino blanco. Nada de champán. Wexford recordó que faltaba una Ireland más joven, ausente con su esposo en algún horrible lugar de la tierra. ¿Botswana?, ¿o quizá Lesotho? Sin duda se habrían gastado todos los fondos para el champán en su boda. Era un buffet frío, pero muy bueno. Salmón ahumado, pato y fresas. Wexford se dijo que nadie podía esperar nada mejor que salmón ahumado, pato y fresas, excepto, claro está, caviar, urogallo y ponche de leche, vino y azúcar. Mientras comparaba los dos menús posibles, debió decir algo en voz alta sin darse cuenta, porque de repente oyó:
–Espárragos, trucha y pastel de manzana.
–Es probable –dijo Wexford–, pero a mí me gusta la carne. La trucha es algo sosa, ¿no cree? Usted es el hermano de Jenny, ¿verdad? Lo siento, pero no recuerdo su nombre. Mucho gusto.
–Mucho gusto. Yo lo conozco, porque Mike me ha hablado de usted. Mi nombre es Amyas Ireland.
De modo que aquella curiosa pareja se había permitido otra extravagancia, además de la de Janina. Una vez más, el hombre pareció leer los pensamientos de Wexford.
–Ya sé. Pero ¿qué me dice de mi otra hermana? Su nombre es Cunegonde, aunque su marido la llama Queenie. Oiga, me gustaría hablar con usted. ¿Cree que podemos escapar un momento de todo este gentío? Mike iba a echarme una mano, pero no puedo pedirle nada ahora que está a punto de marcharse de luna de miel. Es sobre un libro que vamos a publicar.
En ese momento desfilaron entre ellos la mujer de negro y naranja, los sobrinos de Burden, Sheila Wexford, el padrino y un montón de niños, todos con platos cargados de comida. Pasó al menos un minuto antes de que Wexford pudiera preguntar:
–¿A quién se refiere con «vamos»?
Pasó medio minuto más hasta que Amyas Ireland comprendió la pregunta.
–Carlyon Brent –dijo con la boca llena de pato–. Trabajo para Carlyon Brent.
Wexford quedó impresionado. Era una de las editoriales más grandes y prestigiosas.
–Publicaron a Vandrian y a De Coverley, ¿verdad?
Ireland asintió.
–Burden me ha dicho que es muy aficionado a la lectura. Estupendo. ¿Le sirvo más pato? ¿No? Yo tomaré un poco más. Vuelvo en un segundo.
Wexford miró con envidia cómo se llenaba el plato de rodajas de pato ribeteadas de grasa. Luego cogió un panecillo, lo pensó mejor y cogió otro. Para colmo, el tipo estaba en los huesos, flaco como un palillo.
–Me encargo de los títulos policiacos –dijo mientras volvía a sentarse–. Como le he dicho, Mike me había prometido... Bueno, no se trata de ficción sino de un caso real. El caso Winchurch.
–Ah.
–Sé que tal vez sea demasiado pedir, pero ¿le importaría leer un manuscrito y darme su opinión?
Wexford cogió una taza de café de una bandeja.
–¿Para qué?
–Bueno, digamos que para hacer honor a la verdad. Mike iba a darme su opinión. –Wexford lo miró con suspicacia. Sentía gran respeto y profundo afecto por el inspector Burden, pero era la última persona del mundo a quien consideraría como crítico literario–. Iba a decirme lo que pensaba –reiteró el editor–. ¿Sabe? El asunto me preocupa. El autor ha descubierto ciertos hechos que podrían probar la inocencia de la señora Winchurch. –Vaciló un instante–. ¿Ha oído hablar de un escritor llamado Kenneth Gandolph?
Unas palmadas procedentes de la cabecera de la mesa, anunciando el momento de los discursos, lo salvaron de contestar. No tuvo oportunidad de hacerlo hasta unos cuantos brindis después, la lectura de varias docenas de telegramas y la despedida de los novios, que se marcharon a cambiarse de ropa. Se alegró de la pausa, pues lo que sabía de Gandolph, aunque sólo fuera de oídas, no era demasiado halagador.
–Escribe novelas policiacas, ¿verdad? –dijo cuando le repitieron la pregunta–. Y alguna que otra reseña de crímenes reales.
Ireland asintió y dijo:
–Este manuscrito es muy bueno. Queremos lanzarlo en primavera. Aunque se trata de un crimen sucedido hace ochenta años, la gente sigue fascinada por él. Creo que esta nueva versión podría provocar un gran revuelo.
–Florence Winchurch fue colgada –dijo Wexford–, aunque siempre hubo dudas sobre su culpabilidad. ¿De dónde ha sacado Gandolph las nuevas pruebas?
–¿Quiere que le envíe una copia del manuscrito? Encontrará todos esos datos en la introducción.
Wexford se encogió de hombros y sonrió.
–De acuerdo –dijo–. Aunque supongo que es consciente de que no podré hacer mucho, aparte de detectar errores en el vocabulario forense. Y ni siquiera estoy seguro de eso. –Pero el editor había conseguido despertar su curiosidad–. Florence se casó en St. Peter, ¿sabe?, y dio su fiesta de boda en este mismo hotel.
–Y pasó parte de su luna de miel en Grecia.
–Aunque no cabe duda de que los paralelismos acaban ahí –dijo Wexford al ver regresar a Burden y a Jenny.
Él llevaba un traje gris y ella un vestido de muselina azul bordada. Wexford sintió una súbita y absurda oleada de ternura hacia su subordinado, debida, en parte, al sombrero de Jenny. Nunca volvería a usarlo –no tendría ocasión de hacerlo– y seguramente se lo quitaría en cuanto subiera al coche, pero Burden jamás habría sido feliz con una mujer que no llevara un sombrero como parte de su atuendo de viaje. Las ropas del inspector también eran inapropiadas para volar a Creta en julio. Sin embargo, ambos parecían felices, a pesar de su actitud tímida.
La señora Ireland estrechó a su hija en un fuerte abrazo.
–Sólo estaré fuera dos semanas, mamá –dijo Jenny–. No me voy para siempre.
–Bueno, en cierto modo sí –terció Burden. Estrechó con seriedad la mano de su hijo, que había dejado la universidad para pasar el fin de semana con su padre, y plantó un beso en la frente de su hija. Wexford supuso que debía de haber estado leyendo novelas románticas y rió para sus adentros.
–Buena suerte, Mike –dijo.
La novia le estrechó la mano y luego depositó un beso suave y fresco en la comisura de la boca. «Dicen que estoy viejo, pero Jenny me ha besado.» No lo dijo en voz alta, naturalmente. Inclinó la cabeza, sonrió, cogió el brazo de su esposa e hizo una mueca severa a los traviesos hijos de Sylvia, como correspondía al patriarca de la familia. Burden y Jenny salieron y subieron a un coche con la inscripción «recién casados» en el parabrisas trasero y un zapato colgado del guardabarros.
Luego, tras el tintineo metálico de los broches de los bolsos femeninos y un revuelo de manos alzadas, se desató la tormenta de confeti.

Era una casa aislada, situada a unos veinte metros detrás de Myringham Road. En el centro de la fachada había una placa del año 1896. Wexford estaba convencido de que los arquitectos de la última época victoriana no habían escatimado esfuerzos en diseñar y construir casas que no sólo eran horribles, complicadas e incómodas, sino también deliberadamente siniestras. Las Limas, pese a su buen estado de conservación y al jardín en que estaba emplazada –multicolor, espeso y florido como una colcha de cama–, mantenía su apariencia siniestra. Los principales materiales empleados en su construcción eran ladrillos de color caqui y tejas de pizarra gris. Aunque no hubiera podido precisar por qué, Wexford intuía que las ventanas de guillotina eran desproporcionadas para aquellas paredes. Dos torrecillas se erigían sobre los extremos de la fachada y cada una de ellas estaba coronada con un techo cónico, dando al lugar un aspecto intermedio entre el castillo de Balmoral y un hotel de Kitzbuehl. Los árboles de lima que daban nombre a la casa habían sido podados tantas veces desde su plantación, a principios de siglo, que se veían enanos y deformes.
En tiempos de los Winchurch la vivienda se llamaba Paraleash House, pero este nombre de significado histórico por su referencia al señorío de Paraleash, se había cambiado deliberadamente tras la muerte de Edward Winchurch. Así y todo, la mansión había permanecido vacía durante diez años. Luego, uno o dos años antes de la Primera Guerra Mundial, había encontrado comprador; un hombre que había muerto en esa misma guerra. Su propietario actual la había adquirido unos doce años antes, y en el tiempo transcurrido entre entonces y 1918, había sido sucesivamente hospicio para ancianos, anexo de una escuela de agricultura y colegio privado. Cuando el mentado propietario, un brigadier retirado, salió por la puerta principal con dos terriers galeses, Wexford retrocedió hasta el coche y regresó a su casa.
Era lunes por la tarde y Burden llevaba casado dos días. Dora estaba en su clase semanal de cerámica, cuyos frutos –de aspecto mellado y no siempre simétricos– estaban desperdigados por la habitación como si hubieran caído del cielo. Mientras buscaba en los estantes Cuando florece el verano de G. Hallam Saul y El juicio de Florence Winchurch, de la colección Grandes Juicios Británicos, el inspector jefe estuvo a punto de tirar al suelo uno de aquellos rotundos y desproporcionados objetos. Aliviado al ver que la obra en cuestión no había sufrido daño alguno, recurrió a la ayuda del clásico de la señorita Saul para refrescar su memoria sobre el caso Winchurch.

Florence May Anstruther tenía diecinueve años cuando se casó con Edward Winchurch, y él, cuarenta y siete. Era una bonita muchacha rubia, alta y elegante, hija del farmacéutico de Kingsmarkham, que tenía su negocio en la calle principal. En 1895 ese detalle la excluía de los círculos sociales importantes, y nadie hubiera imaginado que haría tan buen matrimonio. Pero lo hizo. Winchurch era un abogado que a esa altura de su vida ejercía su carrera más por vocación que por necesidad. Su padre, un terrateniente de Sussex, había muerto tres años antes dejándole lo que para la última década del siglo xix era una auténtica fortuna: doscientas mil libras. Supuestamente, se había sentido atraído por la juventud, la belleza y los buenos modales de Florence. La joven había recibido la mejor educación que había podido permitirse el farmacéutico, incluyendo seis meses en una escuela de señoritas. Según decían las malas lenguas, para Florence, el único atractivo de Winchurch era su dinero.
Se casaron en junio de 1895 en la iglesia de St. Peter, Kingsmarkham, y estuvieron seis meses de luna de miel en Italia, Grecia y los Alpes suizos. A su regreso, Winchurch arrendó el Priorato de Sewingbury mientras comenzaban las obras en Paraleash House, y es probable que los techos cónicos de las torrecillas se inspiraran directamente en las viviendas que Florence había visto en su viaje por los Alpes. Se mudaron a la mansión lujosamente amueblada en mayo de 1896, y Florence adoptó el estilo de vida de una dama victoriana con un marido rico y criados que vivían dentro y fuera de la casa. Una vida insulsa, incluso si hubiera estado animada por unos cuantos niños. Pero Florence no tenía hijos ni los tendría nunca.
Una o dos veces por semana, Edward Winchurch tomaba el tren a Londres desde Kingsmarkham, como hacían y todavía hacen muchos de los habitantes del pueblo que trabajan en la ciudad. Florence daba órdenes a la cocinera, arreglaba las flores, hacía y recibía visitas, leía novelas y dedicaba muchas horas del día a su cara, su cabello y sus vestidos. En ese entonces, la opinión generalizada sobre la pareja era que parecía tan feliz como cualquier otra, que Florence había tenido suerte y lo sabía y que a Edward le había ido mejor de lo previsto.
En el otoño de 1896 un médico joven compró una consulta en Kingsmarkham y se mudó allí con su hermana soltera. Se apellidaban Fenton. Frank Fenton era un hombre muy apuesto, de metro ochenta, cabello negro azabache, un aire a lord Byron y actitud arrogante. La hermana se llamaba Ada y no era ni apuesta ni arrogante. De hecho, estaba parcialmente tullida a consecuencia de una poliomielitis que le había dejado una pierna deforme y paralizada.
Florence comenzó a visitar la casa de los Fenton, en Queen Street, con la intención de hacer amistad con Ada Fenton. Le demostraba un gran afecto, la llevaba de paseo en su coche y ponía éste a su disposición cada vez que la joven tenía que ir a algún sitio, una ostensible artimaña para convencer a Edward de que Frank Fenton se convirtiera en el médico de la familia. Pocos meses después, la joven señora Winchurch se había convertido en amante del médico.
Es muy probable que Ada no supiera nada o casi nada al respecto. A finales del siglo pasado una joven podía ser –y normalmente era– muy inocente. Durante el juicio se constató que el cochero de Florence era enviado a la casa de los Fenton varias veces por semana para llevar a Ada de paseo, y la doncella de los Fenton declaró que la señora Winchurch llegaba poco después, a pie, y que el médico en persona la hacía pasar por uno de los ventanales traseros. Se suponía que en el invierno de 1898 el doctor Fenton había practicado un aborto a la señora Winchurch, y que durante los meses siguientes éstos sólo se encontraron en reuniones sociales y en las ocasionales visitas de Florence a Ada. Pero lo que sentían el uno por el otro era demasiado intenso para que pudieran resistir la separación y a partir del verano siguiente volvieron a encontrarse en la casa de Fenton, cuando Ada estaba fuera, e incluso en Paraleash House, cuando Winchurch se marchaba a los tribunales.
En 1899 era difícil conseguir un divorcio, pero no imposible o inaudito. Durante el juicio, Frank Fenton declaró que le había rogado a Florence que pidiera el divorcio a su marido. Se habría casado con ella a pesar de las desastrosas consecuencias para su carrera. Sin embargo, según el médico, la mujer se negaba rotundamente pues se sentía incapaz de afrontar la vergüenza de un divorcio.
En enero de 1900 Florence fue a pasar un día a Londres y, entre otras muchas cosas, compró un par de latas de arenques en salsa de vino blanco. En la casa de los Winchurch jamás se comían alimentos enlatados, y cuando Florence sugirió que dichos arenques se usaran en la preparación de un plato llamado filets de hareng marinés à la Rosette, siguiendo una receta que le había pasado Ada Fenton, la cocinera, Eliza Holmes, protestó, alegando que podía hacer lo mismo con arenques frescos. Pero Florence insistió. Una de las latas se usó con tal fin y el plato se sirvió durante la cena. Lo sirvió Alice Evans, la camarera, como broche final de una comida de cuatro platos. Aunque Florence había demostrado tanto entusiasmo por esa supuesta delicia, no la probó. Edward comió una cantidad moderada y el resto fue a parar a la cocina, donde la compartieron entre la señora Holmes, Alice Evans y la doncella Violet Stedman. Nadie sufrió ningún efecto adverso como consecuencia de aquella cena, servida el 30 de enero de 1900.
Cinco semanas más tarde, el 5 de marzo, Florence ordenó a la señora Holmes que cocinara el mismo plato con la lata sobrante, pues a su marido le había gustado mucho. Esta vez la propia Florence comió una ración de arenques marinados, pero cuando Alice se disponía a llevar los restos a la cocina, le recomendó que no los comieran porque les había notado un sabor extraño y quizá no estuvieran frescos. No obstante, aunque la señora Holmes y Alice no probaron el plato, Violet Stedman comió una ración mayor que la que habían tomado Edward y Florence juntos.
Florence, como de costumbre, dejó a Edward solo mientras éste bebía su copa de oporto. Unos minutos después, se oyó un grito ahogado y un estrépito de muebles en el comedor. Florence, Alice Evans y la señora Holmes corrieron hacia allí y encontraron a Edward Winchurch en el suelo, con la silla caída junto a él y la copa de oporto sobre la mesa. Cuando Florence se acercó, su marido comenzó a sufrir convulsiones, arqueando la espalda y mostrando los dientes, mientras se aferraba a la pata de la silla con desesperación.
Enviaron al cochero, John Bastow, en busca del doctor Fenton. Entretanto, Florence comenzó a quejarse de dolores de estómago y apenas podía mantenerse en pie. Cuando Fenton llegó, hizo llevar arriba a Edward y a Florence y le preguntó a la señora Holmes qué habían comido. Ésta le enseñó la lata de arenques vacía y él reconoció la marca como la que había causado botulismo a un paciente de un colega. El botulismo es una enfermedad virulenta y a menudo mortal, provocada por una intoxicación alimentaria. Fenton llegó a la conclusión de que la causa de la enfermedad de los Winchurch era el Bacillus botulinus, y tal es el poder de la sugestión, que Violet Stedman comenzó a quejarse de náuseas y mareos.
El botulismo provoca parálisis, dificultades respiratorias y trastornos de la visión. Florence parecía parcialmente paralizada y se quejaba de ver doble. Pero los síntomas de Edward eran diferentes. Seguía con convulsiones, entre las cuales su cuerpo se relajaba por completo, y aunque tenía dificultad para respirar y otros síntomas del botulismo, la evolución de la enfermedad parecía extraordinariamente rápida para cualquier clase de intoxicación alimentaria. Sin embargo, Fenton nunca había visto un caso de botulismo –una dolencia muy poco común–, y supuso que los síntomas podían variar de una persona a otra. Prescribió raíz de jalapa y crémor tártaro como purgante y, como ignoraba si Edward Winchurch tenía parientes, envió a buscar al padre de Florence, Thomas Anstruther.
Sí Fenton no era tan inocente como se suponía, cometió un grave error al enviar a buscar a Anstruther, pues el padre de Florence insistió en que deseaba una segunda opinión y a las diez de la noche acudió personalmente a la casa del colega de Fenton que acababa de atender un caso de botulismo. Se trataba del doctor Maurice Waterfield, un hombre que doblaba en edad a Fenton y era muy popular en la comunidad de Stowerton. El médico examinó a Edward Winchurch, reparó en la mueca que le desfiguraba el rostro, y mientras Edward se agitaba en sus últimas convulsiones, declaró que había sufrido un envenenamiento, pero no por el Bacillus botulinus, sino por estricnina.
Edward murió pocos minutos después. El doctor Waterfield le dijo a Fenton que ni Florence ni Violet Stedman corrían ningún peligro. La primera sufría un ataque de «neurastenia», y la segunda una indigestión provocada por el exceso de comida. Se informó a la policía, se puso en marcha una investigación, y poco después Florence fue arrestada bajo el cargo de asesinar a su marido introduciendo una sustancia venenosa, presuntamente Strychnos nux vomica, en una garrafa de oporto.
El juicio se llevó a cabo en el Juzgado Central de Londres. Florence era una mujer hermosa de veinticuatro años y para entonces todo el mundo sabía que había tenido una aventura amorosa con el apuesto doctor Fenton. Naturalmente, el caso se convirtió en una atracción pública. Para entonces, Fenton se había visto obligado a dejar su consulta y había perdido toda esperanza de volver a ejercer la medicina en Gran Bretaña. Antes de que acabara el juicio, su nombre y el de Florence se habían convertido en objeto de escarnio y en fuente de inspiración para las coplillas burlescas de los clubes nocturnos. Lejos de intensificar su lealtad por Florence, todo aquello pareció decidirlo a desvincularse de ella. Declaró en el juicio como testigo principal de la acusación y fueron sus acusaciones las que enviaron a Florence a la horca.
Fenton admitió su relación con Florence, pero dijo que él había insistido en ponerle fin. La única opción era el divorcio, para que su amante pudiera casarse con él. A principios de enero de 1900, Florence había ido a visitar a Ada y Fenton las había encontrado hojeando un libro de cocina. Una de las recetas tenía como principal ingrediente arenques marinados en salsa de vino blanco y Fenton comentó que un paciente del doctor Waterfield había contraído botulismo después de comer una lata de dichos filetes. Fenton mencionó la marca concreta de la lata y advirtió a su hermana que no debía comprarla. Varias semanas más tarde, cuando lo llamaron para atender al difundo Edward Winchurch, la cocinera le había mostrado una lata vacía de esa misma marca. En su opinión, la señora Winchurch no había estado enferma ni había sufrido una crisis nerviosa, sino que estaba fingiendo. El juez le advirtió que no estaba allí para dar su opinión, pero la advertencia llegó demasiado tarde. El jurado ya había captado el mensaje.
Cuando le preguntaron si sabía que la estricnina poseía propiedades terapéuticas empleada en pequeñas dosis, Fenton dijo que sí, pero que no la tenía en su botiquín. En cualquier caso, su botiquín estaba cerrado con llave, así como los armarios interiores, de modo que habría sido imposible que Florence entrara allí y se apoderara de cualquier medicamento durante una de sus visitas a Ada. Ada Fenton no fue llamada a declarar. Estaba enferma, víctima de lo que su médico, el doctor Waterfield, definió como «fiebre cerebral».
El fiscal sostuvo la hipótesis de que Florence Winchurch había intentado asesinar a su marido dándole pescado tóxico, o presuntamente tóxico, para heredar su fortuna y casarse con Fenton. Cuando el intento fracasó, se aseguró de que volviera a servirse el mismo plato y añadió estricnina a la garrafa de oporto. Se formuló la hipótesis de que había cogido la estricnina de la tienda de su padre, sin conocimiento de éste, que la vendía para la eliminación de ratas y topos. Cuando su marido enfermó, ella simuló síntomas de botulismo con la esperanza de que las convulsiones provocadas por la estricnina se confundieran con la parálisis y las dificultades respiratorias causadas por el bacilo.
La defensa intentó inculpar a Frank Fenton, o al menos sugerir una confabulación de éste con Florence, pero no tuvo éxito. El jurado tardó sólo cuarenta minutos en tomar su decisión. La encontraron culpable, el juez la sentenció a muerte, y fue colgada veintitrés días más tarde. Todo esto sucedió apenas veinte días antes de la institución del tribunal de apelación.
Después de la ejecución, Frank y Ada Fenton emigraron a Estados Unidos y se afincaron en Nueva Inglaterra. Pero la reputación de Fenton lo persiguió y no pudo volver a ejercer la medicina. Trabajó como representante de una empresa de productos farmacéuticos hasta su muerte, en 1932. Nunca se casó. Ada, por el contrario y sorprendentemente, contrajo matrimonio. Ephraim Hurst se enamoró de ella a pesar de su salud endeble y de su pierna tullida. Se casaron en el verano de 1902, y en la primavera de 1903 Ada Hurst murió al dar a luz.
Para entonces Paraleash House había pasado a llamarse Las Limas, debido a los árboles plantados en el jardín para ocultar a las miradas curiosas de los transeúntes la siniestra aunque fascinante fachada.

El paquete de Carlyon Brent llegó por la mañana con una atenta nota de Amyas Ireland, agradeciendo anticipadamente a Wexford su atención. El inspector jefe nunca había visto un libro en estado embrionario. El manuscrito, de unas cien mil palabras, estaba encuadernado en rojo, y en una etiqueta de la cubierta se leían el título provisional y el nombre del autor: El envenenamiento de Paraleash. Una revisión del caso Winchurch, por Kenneth Gandolph.
–¿Recuerdas el alboroto que se armó en torno a un tal Gandolph? –preguntó Wexford a Dora mientras tomaban café–. Hace unos cinco años.
–Alguien le confesó un crimen, ¿verdad?
–Bueno, quizá. Durante una visita a la prisión de Wormwood Scrubs, habló con Paxton, el ladrón de bancos. Paxton murió de cáncer pocos meses después y Gandolph publicó un artículo en un periódico, donde afirmaba que el ladrón se había confesado autor del asesinato de Conyngford, en 1962. La viuda de Paxton puso el grito en el cielo, algunos diputados intentaron extender la condena por perjurio a quien calumniara a los muertos y Gandolph se puso a predicar sobre el poder de la verdad. Por último, el entonces retirado superintendente Warren de Scotland Yard puso punto final a la polémica con una declaración a la prensa. Dijo que Paxton no podía haber matado a James Conyngford porque el día de la muerte de éste en Brighton, el sargento Warren y un oficial habían estado vigilando a Paxton en Londres. En otras palabras, no lo habían perdido de vista en todo el día.
–¿Por qué crees que Gandolph inventó algo semejante, Reg? –preguntó Dora.
–Quizá no lo hiciera. Puede que Paxton le contara un cuento porque estaba aburrido. ¿Quién sabe? Por otra parte, a Gandolph le gusta verse a sí mismo como el gran dilucidador de casos no resueltos. Tengo entendido que hace unos años encontró una explicación razonable y satisfactoria para un crimen cometido en Escocia, y es probable que el éxito se le subiera a la cabeza. Marshall, Groves y Folliot solían publicar sus libros. Me pregunto si habrán rechazado éste como consecuencia del escándalo de Paxton, si es que se los envió.
–Pero la editorial de Ireland lo ha aceptado –señaló Dora.
–Sí, pero no están muy entusiasmados, ¿no crees? Ireland no me ha enviado este libro sólo para que revise los procedimientos policiales. ¿Qué puedo saber sobre los procedimientos policiales en el año 1900? Me lo ha enviado con la esperanza de que yo descubra si Gandolph ha vuelto a las andadas.
La jornada de trabajo no le dejó ocasión para hojear El envenenamiento de Paraleash, pero aquella noche a las ocho, Wexford lo abrió y leyó la larga introducción de Gandolph.
El autor comenzaba explicando que en su condición de criminalista se había interesado por el caso Winchurch y por las dudas existentes sobre la culpabilidad de Florence. Por consiguiente, dos años antes, cuando visitaba a unos amigos en Boston, Massachusetts, y éstos le hablaron de que conocían a una sobrina de uno de los implicados, pidió que se la presentaran. Se trataba de la hija de Ada Hurst, Lina, todavía soltera a sus setenta y cuatro años y víctima de una enfermedad terminal.
La señorita Hurst no demostró particular interés por los hechos sucedidos en el año 1900. Había sido educada por su padre y la segunda esposa de éste y apenas había conocido a su tío. Había heredado todas las posesiones de su madre, incluido el diario que Ada Hurst había llevado durante los tres años anteriores a la muerte de Edward Winchurch. Lina Hurst le dijo a Gandolph que había guardado el diario por razones sentimentales, pero que podía leerlo y que se lo legaría después de su muerte.
Pocas semanas después. Lina Hurst murió y su hermanastro, que era su albacea, le envió el diario a Gandolph. Gandolph lo había leído y había quedado impresionado con ciertos pasajes, que, en su opinión, incriminaban a Frank Fenton y exculpaban a Florence Winchurch. En este punto, Wexford retrocedió varias páginas y releyó la dedicatoria: «A la memoria de Lina Hurst, de Cambridge, Massachusetts, sin cuya colaboración esta revisión del caso habría sido imposible.»
Wexford no tuvo tiempo para continuar leyendo aquella noche, pero retomó la lectura al día siguiente. Era un diario para cinco años. En la parte superior de cada página aparecía la fecha –por ejemplo, 1 de abril– y debajo cinco espacios que comenzaban con la cifra 18... El propietario del diario tenía sitio para escribir unas cuarenta o cincuenta líneas como máximo. En la página del 1 de enero, se había tachado el número ocho y sustituido por un nueve. Lo mismo sucedía con todas las entradas, hasta el 6 de marzo, cuando la autora había dejado varias páginas en blanco hasta diciembre de 1900, en la época en que ella y su hermano estaban en Boston.
Wexford pasó a leer los primeros capítulos de Gandolph. La historia era muy similar a la que contaba Saul, y hasta el capítulo cinco, referido a las semanas anteriores al crimen, el autor no comenzaba a concentrarse en la personalidad de Frank Fenton. Sugería que Fenton sólo quería a Florence por las propiedades y el dinero que ésta heredaría tras la muerte de su esposo. En lugar de alentar a su amante para que obtuviera el divorcio, había intentado convencerla de que jamás le hablara a su marido de sus relaciones con él. El divorcio habría dejado a Florence sin un céntimo y sin casa, además de arruinar la carrera del médico. Fenton sabía que la única forma de deshacerse de Winchurch era simular una muerte por causas naturales. De ese modo se quedaría con el dinero, con su profesión y con Florence.
Gandolph afirmaba que sólo contaban con la palabra de Fenton para creer que éste había mencionado el caso de botulismo a Florence y que le había advertido sobre el peligro de una marca particular de arenques enlatados. Naturalmente, nunca había creído que las latas en cuestión fueran a intoxicar a Winchurch, pero era necesario que éste comiera su contenido para que Fenton consumara sus planes. La noche anterior a la muerte de Winchurch, después de cenar en Paraleash House con su hermana, había introducido estricnina en la garrafa de oporto. Gandolph sugería que también podía haber sacado el tema de la comida y las diversas recetas gastronómicas. Entonces habría conseguido que Winchurch admitiera cuánto le habían gustado los filets de hareng marinés à la Rosette y que le pidiera a Florence que volviera a servirlos al día siguiente. Al parecer, Edward tomaba los consejos de su médico muy en serio, incluso cuando gozaba de buena salud y aun tratándose de asuntos tan nimios como qué comer como cuarto plato en la cena. La mujer de Edward, por su parte, era capaz de hacer cualquier cosa para complacer a su amante.
Al día siguiente, Fenton no se sorprendió al recibir la llamada de un hombre cuyos espasmos sólo él reconocería como síntomas de la ingestión de estricnina. La llegada del doctor Waterfield había sido inesperada y cuando éste identificó los síntomas como consecuencia de un envenenamiento con estricnina, Fenton culpó a su amante. Gandolph sugería que la declaración de Fenton de que la mujer había conseguido el veneno en la tienda de su padre respondía a sus deseos de vengarse de Anstruther por haber llamado al doctor Waterfield y fastidiado sus planes.
¿Y en qué se basaba Gandolph para asegurar todo aquello? En ciertas anotaciones del diario de Ada Hurst. Wexford las leyó lenta y atentamente:
El 27 de febrero de 1900, había escrito, llenando todo el espacio disponible: «Hace mucho frío. La pierna me duele otra vez. FW me envió el coche e hizo que John me llevara a Pomfret. Compton dice que hay ratas en el sótano y en las cuadras. Comí en casa con F, que dice que las ratas transmiten ictericia por leptospiras y que hay que eliminarlas.»
«28 de febrero: Fui a visitar a la señora Paget en el coche de FW. Cuando volví, FW seguía aquí, tomando el té con F. Espero que no signifique nada malo. ¿Debería advertir a F?»
«29 de febrero: F mató veinte ratas con estricnina de su botiquín. ¡Qué alivio!»
«1 de marzo: La pobre señora Paget murió mientras dormía. Una muerte piadosa. Compton volvió a protestar por las ratas. Esta tarde hace calor y llueve.»
En el espacio correspondiente al 2 de marzo no había ninguna anotación.
«3 de marzo: Annie anunció que se marcha porque va a casarse. Lamentaré perderla. No voy a salir más en coche porque temo dejar solos demasiado tiempo a FW y F. Me acosté temprano porque me dolía la pierna.»
«4 de marzo: Es mi cumpleaños. Cumplo 26 y ya soy una vieja solterona. FW vino a verme y me trajo un precioso mantón indio. Siempre es muy amable. Nos ha invitado a F y a mí a cenar mañana.»
El día 5 no había ninguna anotación y la última, antes de los nueve meses en blanco, correspondía al día 6:
«Anoche cenamos en Paraleash House. Había seis invitados además de nosotros y los W. F se dejó la caja de cigarrillos en el comedor y tuvo que volver a buscarla después de traerme a casa. Espero y ruego que no sea por nada malo.»

Era obvio que Gandolph basaba toda su teoría en las anotaciones de los días 29 de febrero y 6 de marzo. Fenton había mentido al testificar que no tenía estricnina en su botiquín. Había tenido ocasión de introducir estricnina en la garrafa de oporto al volver a Paraleash House a buscar su caja de cigarrillos, cuando sin duda se habría asegurado de entrar solo en el comedor.
Al día siguiente, Wexford releyó los capítulos que revelaban datos nuevos y estudió con concentración la sección referida al diario. A menos que Gandolph mintiera sobre la existencia del diario o de las dos anotaciones en cuestión –cosa que difícilmente se atrevería a hacer– no parecía haber razón alguna para discrepar con su tesis: que Florence era inocente y Frank Fenton el asesino de Edward Winchurch. Sin embargo, Wexford habría deseado que Burden estuviera allí para mantener una de sus típicas discusiones, a menudo agresivas, pero siempre fructíferas. Intuía que la oposición de Mike le habría servido para clarificar las cosas.
Por la mañana recibió noticias de Burden, aunque en forma de una postal de Agios Nikolaios. El Egeo azul, una colina escarpada, pinos verdes. Como Wexford señaló a Dora, sólo a alguien como Burden podía ocurrírsele enviar postales durante su luna de miel. La correspondencia también incluía un paquete de Carlyon Brent. Contenía una selección de libros del catálogo de la editorial, un obsequio para Wexford, acompañados de una nota de Amyas Ireland: «Estaré en Kingsmarkham con mi familia el fin de semana. ¿Podemos vernos entonces? A.I.»
Los libros eran la última novela de Camilla Barnet sobre la regencia inglesa; Cómo llenarse los bolsillos, la autobiografía del financiero Vassili Vandrian; las memorias de Sofya Bolsinska, la bailarina del Bolshoi; unan trilogía de novelas rurales de Giles de Coverly; El libro universal de las estrellas y los calendarios, y los relatos cortos de Vernon Trevor, Despiértame, Samuel. Wexford se preguntó si alguna vez tendría tiempo para leer todos aquellos libros, pero disfrutó mirando sus elegantes cubiertas brillantes y oliendo su fragancia aromática, agradable y ligeramente acre. A las diez telefoneó a Amyas Ireland, le agradeció el regalo y le dijo que había leído El envenenamiento de Paraleash.
¿Podemos hablar de él?
–Claro. Estaré en casa el sábado y el domingo.
–Permítame invitarlos a cenar a usted y a su esposa el sábado por la noche –dijo Ireland.
Pero Dora rechazó la invitación. Dijo que sería un estorbo, que hablarían con más comodidad a solas y que se quedaría en casa haciendo un pote de cerámica. De modo que Wexford fue solo a encontrarse con Ireland en el bar del Olive and Dove.
–Supongo –dijo aceptando un vaso de vino de Mosela– que podemos dejar de fingir que me pidió que leyera el libro para comprobar los métodos policiales y los procedimientos judiciales, ¿no cree? Lo cierto es que usted temía que Gandolph hubiera recurrido a uno de sus viejos trucos, ¿verdad?
–Bueno –dijo Ireland, que parecía más delgado que nunca. Miró alrededor, luego a Wexford e hizo una mueca frunciendo la nariz y los labios–. Si quiere plantearlo de ese modo...
–Pero también es probable que no haya trucos. Puede que Paxton no haya matado a James Conyngford, pero eso no significa que no se lo dijera a Gandolph. Por otra parte, es una casualidad que la gente que ofrece información a Gandolph muera tan oportunamente poco después. Sus fuentes siempre son muertos. Primero Paxton y ahora Lina Hurst. Supongo que habrá visto el diario con sus propios ojos.
–Desde luego. Incluiremos copias de las dos páginas relevantes entre las ilustraciones.
–¿Hay alguna posibilidad de que lo haya falsificado?
–Ada Hurst escribía con una letra estilizada, lo que se denomina «caligrafía redonda» y que seguramente había aprendido sola –dijo Ireland con tristeza–. Es una letra fácil de falsificar. Pero no puedo hacerla examinar por calígrafos, ¿verdad? No soy policía, sólo un pobre editor que quiere publicar esta revisión del caso Winchurch si es auténtica... y huir de ella como de la peste si es falsa.
–Creo que es auténtica. –Wexford sonrió al ver que la cara de Ireland se iluminaba–. Doy por sentado que era normal que Ada Hurst dejara páginas en blanco, como hizo el 2 y el 5 de marzo.
Ireland hizo un gesto afirmativo.
–Muy normal. En cada mes había al menos media docena de días en blanco. –Un camarero se acercó con dos grandes cartas de menú–. Yo tomaré bouillabaisse, cordero en croûte y patatas médaillon con judías verdes.
–Consomé y jamón de Parma –dijo Wexford con austeridad. Cuando el camarero se marchó, sonrió a Ireland–. Es una pena que no tengan filets de hareng marinés à la Rosette. Podría haber creado una atmósfera apropiada. –Hizo una pausa para saborear el delicado vino aromático–. Doy por sentado que comprobó que el año 1900 fue realmente bisiesto.
–Todos los primeros años de un siglo lo son.
Wexford reflexionó un momento.
–Sí, desde luego, todos los años divisibles por cuatro son bisiestos.
–Debo admitir me produce un gran alivio ver que está tan entusiasmado con el libro.
–Yo no lo expresaría exactamente así –dijo Wexford.
Entraron en el comedor y, a petición de Ireland, los guiaron a una mesa apartada. El camarero trajo una botella de Château de Portets de 1973. Wexford miró la cesta de panecillos, croissants, pequeños bollos redondos y hogazas en miniatura, pero se negó a probarlos con una enérgica sacudida de la cabeza y aplacó su gula con unos palitos italianos. Ireland cogió dos croissants.
¿Qué ha querido decir? –preguntó.
–Me parece muy extraño que en la anotación correspondiente al día veintinueve de febrero Ada Hurst diga que su hermano mató veinte ratas con estricnina y que en la del primero de marzo ese tal Compton, que supongo será el jardinero, siga quejándose de las ratas. ¿No le habían hablado de la eficacia de la estricnina? ¿Fenton no comentó que había envenenado a los animales? ¿O acaso veinte ratas eran un porcentaje muy bajo en relación con el número que infestaba el lugar?
–Es cierto. Resulta extraño. ¿Qué más?
–No entiendo por qué el seis de marzo Ada menciona que Fenton regresó a buscar la caja de cigarrillos. No era un detalle demasiado interesante y la mujer tenía poco espacio para escribir. No menciona el nombre de uno solo de los invitados a la cena, no comenta qué llevaban puesto las mujeres, pero se molesta en señalar que su hermano se dejó la caja de cigarrillos en el comedor de Paraleash House y que tuvo que volver a buscarla. ¿Por qué lo hace?
–Seguramente porque le preocupaba que Frank se encontrara a solas con Florence.
–Pero no hubiera estado a solas con ella. Winchurch estaba allí.
Hablaron del manuscrito durante toda la comida y más tarde brindaron por él, Ireland con su coñac, Wexford con su café. Dora había hecho bien en no asistir a la cena. Pero el resultado era que los datos nuevos eran realmente nuevos y que Carlyon Brent podría publicar el libro en primavera.
Wexford regresó a su casa y encontró a Dora enfrascada en la lectura de El libro universal de las estrellas y los calendarios, con un inestable pote de cerámica a medio terminar a su lado.
–Reg, ¿sabías que para los griegos el año nuevo comenzaba el día del solsticio de verano? ¿Y que los calendarios chinos y judíos tienen doce meses algunos años y trece otros?
–No, no lo sabía.
–Nosotros nos evitamos ese problema con el calendario gregoriano y corregimos el error en un año bisiesto cada cuatro. Tienes que leer este libro; es fascinante.
Pero Wexford prefería la biografía de Vassili Vandrian y la trilogía de novelas rurales, aunque con tan poco tiempo disponible para la lectura no había conseguido acabar ninguno de los dos cuando regresó Burden, dos lunes después. Burden lucía un bronceado atractivo y uniforme, excepto por la nariz despellejada.
–¿Lo ha pasado bien? –preguntó Wexford con maquinal cortesía.
–Vaya pregunta para hacerle a un hombre que acaba de regresar de su luna de miel –dijo el inspector–. Claro que lo he pasado bien. –Se rascó la nariz con cuidado–. ¿Y qué ha estado haciendo usted?
–He visto a su cuñado un par de veces. Me pidió que leyera un manuscrito.
–¡Ja! –dijo Burden–. Ya sé de qué se trata. Me comentó algo al respecto, pero sabía que yo nunca le recomendaría publicar un libro de Gandolph. Es un maldito embaucador. No entiendo qué clase de satisfacción puede encontrar un hombre en ventilar historias que sabe que no son ciertas. Lo que contó sobre Paxton fue una sarta de mentiras y estoy seguro de que hará lo mismo en su revisión del caso Winchurch. La verdad no le interesa en lo más mínimo. Lo único que pretende es que lo reconozcan como un gran criminalista, como el genio capaz de descubrir los errores de la policía.
–Vamos, Mike, no exagere. Le dije a Ireland que me parecía bien que publicara el libro.
La cara de Burden se convirtió en un retrato caricaturesco y sofisticado de la astucia.
–Supongo que no puedo hablar, porque no lo he leído. Sólo me baso en lo que escribió sobre el caso Paxton. Paxton nunca confesó ningún crimen y Gandolph lo sabe.
–No puede estar seguro de eso.
Burden se sentó y dio un suave puñetazo en el canto de la mesa.
–Claro que estoy seguro. Conocía a Paxton. Lo conocía muy bien.
–No lo sabía.
–Fue hace muchos años, antes de venir aquí. Lo conocí en Eastbourne, cuando él estaba con la banda de Garfield. En la policía de allí sabíamos que era imposible obligarlo a hablar. Nunca hablaba. Y no quiero decir con esto que se negara a dar información, sino que directamente no respondía cuando le dirigían la palabra. Cada vez que intentábamos interrogarlo, guardaba absoluto silencio. Un amigo de él me contó que tenía por norma no hablar con policías, asistentes sociales, abogados o cualquier persona que pudiera considerarse integrada al sistema. Sólo hablaba con su mujer, sus hijos o sus compinches. Una vez estaba en el banquillo, en los tribunales, y el juez se dirigió a él. Se negó en redondo a responder y el juez, el viejo Clydesdale, lo hizo encerrar por desacato. Así que no intente convencerme de que Paxton le hizo una confesión a Kenneth Gandolph.
Esa conversación despertó nuevamente las dudas de Wexford. Confiaba en Burden, tenía su opinión en muy alta estima. Deseó haberle aconsejado a Ireland que hiciera pruebas para determinar la antigüedad de la tinta del diario en las anotaciones de los días 29 de febrero y 6 de marzo, o que mandara a analizar la letra por un calígrafo. Sin embargo, si incluso en la edad adulta Ada Hurst tenía una letra caligráfica que había aprendido sola... Además, ¿para qué servían los calígrafos? En su experiencia, para muy poco. Por otra parte, Ireland no podía sugerirle a Gandolph que iba a someter la tinta a un análisis sin ofender al escritor, y como consecuencia, éste podía negarse a publicar El envenenamiento de Paraleash en Carlyon Brent. No obstante, Wexford tuvo el súbito presentimiento de que las anotaciones en cuestión eran falsas y que Gandolph las había falsificado. Lo había hecho con mucha sutileza y astucia, consciente de que el añadido de apenas treinta y cuatro palabras al diario cambiaría por completo la evaluación del caso y exculparía a Florence, implicando a su amante.
Treinta y cuatro palabras. Wexford había copiado las anotaciones del diario y volvió a leer las del 29 de febrero: «F mató veinte ratas con estricnina de su botiquín. ¡Qué alivio!» Y la del 6 de marzo: «F se dejó la caja de cigarrillos en el comedor y tuvo que volver a buscarla después de traerme a casa. Espero y ruego que no sea por nada malo.»
No había anacronismos. En efecto, los hombres solían usar cajetillas para guardar sus cigarrillos en el 1900. El estilo tampoco difería del habitual. La palabra «veinte» estaba escrita con letras en lugar de cifras. Y el 6 de marzo, Ada no había escrito sobre los acontecimientos de esa jornada, sino sobre los del día anterior. ¿Eso podía significar algo? Wexford creía que no, pero no pudo dejar de pensar en ello durante el resto del día.
Aquella tarde, cuando estaba enfrascado en la lectura de Cómo llenarse los bolsillos, sonó el teléfono. Era Jenny Burden, para preguntarle si Dora y él querrían ir a cenar el sábado siguiente. Sus padres y su hermano también acudirían.
Wexford dijo que Dora estaba en clase de cerámica, pero que seguramente irían encantados. Luego le preguntó si se lo había pasado bien en Creta.
–Gracias por su interés –dijo la flamante esposa–. Nadie me ha preguntado nada al respecto. Sí, lo pasamos muy bien.
Aunque había sido sincero al decir que irían encantados, lo cierto es que no estaba ansioso de volver a encontrarse con Amyas Ireland. Tenía la impresión de que apenas se publicara el libro aparecería un Warren o un Burden que lo denunciaría como falso, se burlaría y se reiría de las flagrantes pistas falsas que ni él ni Ireland habían sido capaces de detectar. Cuando volviera a ver a Ireland, debería decirle que no lo publicara, que no corriera el riesgo, que si lo hacía estaría perdido. Pero ¿cómo hacer una advertencia semejante sin una razón de peso, aparte de un vago palpito, de una de esas corazonadas que, en el pasado, le habían ayudado en tantas ocasiones y tantas otras veces lo habían metido en líos? No; no podía hacer nada. Suspiró, terminó el capítulo y pasó a las memorias ficticias de un granjero.
Más tarde Wexford diría que había leído más en el curso de esa semana que en muchos años. Quizá fuera una forma de evadirse de sus molestos presagios, pero lo cierto es que se trató de una semana tranquila, en que volvió a casa cada día a eso de las seis de la tarde. Leyó incluso La red de oro de Camilla Barnet, y el viernes por la noche no le quedaba otra cosa más que El libro universal de las estrellas y los calendarios.

Era una reunión concurrida: la señora Ireland y su hijo, Pat –la hija de Burden–, Grace y su marido, y, naturalmente, los Burden. La cara de Jenny estaba radiante de felicidad y como consecuencia del sol del Egeo. Saludó a los Wexford con besos y les sirvió una copa en los vasos que ellos mismos le habían regalado para la boda.
El encuentro con Amyas Ireland no fue tan embarazoso como temía Wexford; o al menos como había temido hasta minutos antes de salir de casa con Dora. Ahora no podía esperar a después de la cena, a la mañana siguiente o, peor aún, al lunes por la mañana. Le preguntó a su anfitriona si le parecía una grosería que hablara cinco minutos a solas con su hermano.
–En absoluto –dijo Jenny con una risita–. Sospecho que tiene una idea brillante para una novela policiaca y que Amy se la publicará. Aunque no se me ocurre dónde ponerlos, aparte de en la cocina. Y tú –advirtió a su hermano– no comas nada.
–No podía esperar –dijo Wexford cuando se quedaron solos en la cocina, donde inevitablemente toda superficie disponible estaba atestada de las exquisiteces destinadas a una cena para diez–. Lo descubrí esta tarde, poco antes de salir de casa.
–¿Se trata del libro sobre el caso Winchurch?
–No es demasiado tarde, ¿verdad? –preguntó Wexford con ansiedad–. Me preocupaba que lo fuera.
–No, claro que no. No pensábamos mandarlo a imprimir hasta el otoño. –Ireland, que había estado a punto de desobedecer a su hermana y coger una pasta almendrada de una fuente de plata, perdió el apetito de repente–. ¿Es algo grave?
–Espere a que se lo cuente. Estaba esperando que mi mujer terminara de vestirse cuando... –Sonrió–. Debería tomarse la costumbre de leer los libros que publica, ¿sabe? Eso es lo que estaba haciendo yo, leyendo uno de los libros que me envió, cuando lo descubrí todo. No podrá publicar El envenenamiento de Paraleash. –La sonrisa se trocó en una expresión casi furiosa–. No tengo el menor reparo en afirmar que Kenneth Gandolph es un tramposo y un falsificador y que le convendría evitar cualquier trato con él en el futuro.
Ireland arrugó la frente.
–Bueno, mejor descubrirlo ahora que más tarde. ¿Qué ha hecho? ¿Y cómo lo descubrió?
Wexford sacó la copia del diario de Ada Hurst del bolsillo de su chaqueta.
–No puedo probar que la última anotación sea falsificada. Me refiero a la que corresponde al seis de marzo y dice «F se dejó la caja de cigarrillos en el comedor y tuvo que volver a buscarla después de traerme a casa». Insisto: no puedo probarlo, aunque creo que es falsa. Sin embargo, estoy absolutamente convencido de que la anotación del veintinueve de febrero es una falsificación.
–¿Es la que habla de la estricnina?
–«F mató veinte ratas con estricnina de su botiquín. ¡Qué alivio!»
–¿Cómo sabe que es falsificada?
–Porque el día en cuestión no existió –respondió Wexford–. En el año 1900 no hubo un veintinueve de febrero. No fue año bisiesto.
–Claro que sí. Eso ya lo habíamos hablado. –Ireland parecía aliviado e impaciente al mismo tiempo–. Todos los años divisibles por cuatro son bisiestos. Los primeros años de un siglo son divisibles por cuatro y el 1900 inició un siglo. Ada Hurst empezó el diario en 1897, un año después de 1896, que había sido bisiesto. Huelga decir que no hubo veintinueve de febrero en 1897, 1898 o 1899. Por consiguiente, tuvo que haberlo en 1900.
–No fue año bisiesto –repitió Wexford–. ¿Le he dicho que lo descubrí en uno de sus libros: El libro universal de las estrellas y los calendarios? Contiene un montón de información útil y, entre otras cosas, dice que el Papa Gregorio creó un calendario nuevo para corregir los errores del calendario juliano. Una de sus innovaciones era que cada cuatro años debía haber un año bisiesto, excepto en ciertos casos...
Ireland lo interrumpió:
–¡No puedo creerlo! –exclamó con el tono de alguien que cree exactamente lo que oye.
Wexford se encogió de hombros y continuó:
–Los años que comienzan el siglo no serían bisiestos a menos que fueran divisibles no por cuatro sino por cuatrocientos. Por consiguiente, el año 1600 habría sido bisiesto si el calendario gregoriano hubiera estado en vigor. También lo será el 2000, pero el 1800 y el 1900 no lo fueron. En consecuencia, no hubo ningún 29 de febrero en 1900. y Ada Hurst dejó esa página en blanco por la sencilla razón de que el día que siguió al veintiocho de febrero fue el uno de marzo. Por desgracia para él, Gandolph, al igual que usted y yo y tanta otra gente, ignoraba este hecho; de lo contrario habría añadido la anotación sobre la estricnina en el espacio correspondiente al dos de marzo, en cuyo caso es probable que nunca hubiéramos descubierto su falsificación.
Ireland meneó lentamente la cabeza, pensando, quizá, en la inventiva y la falsedad del género humano.
–Le estoy muy agradecido. Habríamos pasado por idiotas, ¿verdad?
–Me alegra saber que Florence no fue colgada por error –dijo Wexford mientras iban a reunirse con los demás invitados–. Su matrimonio no comenzó de la mejor manera, pero si al final sintió temor no la habrá pillado por sorpresa.

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About Jhon D. Ticona Ruelas

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