LA SENDA DE LA MALDAD
Y OTROS RELATOS
(Means of Evil and Other Stories, 1979)
Ruth Rendell
A Jane
Bakerman
Nota de la autora
De estos cinco relatos, cuatro han sido
publicados con anterioridad en Ellery Queen’s Mistery Magazine. El único
nuevo es «Ginger y el círculo de tiza de Kingsmarkham», escrito especialmente
para esta selección.
Todas las historias corresponden a casos del
inspector jefe Wexford y forman parte de las crónicas de Kingsmarkham. Los
hechos referentes a la vida personal de Wexford, Burden y sus respectivas
familias son tan «verídicos» como cualquier otra circunstancia en las novelas
de Wexford. Cada relato debe leerse como una pequeña novela de la serie.
La senda de la maldad
(Means
of Evil)
–Mucídula viscosa –dijo el inspector Burden–,
lepiota, cornucopia, morilla y boleto. ¿Significan algo para usted?
El inspector jefe Wexford se encogió de
hombros.
–Parece un acertijo de los que aparecen en
las revistas. ¿Qué tienen en común? A ver; me arriesgaré a adivinar y diré que
son crustáceos o anémonas de mar. ¿Qué tal?
–Son hongos comestibles –respondió Burden.
–¿De veras? ¿Y qué tienen que ver los hongos
comestibles con el hecho de que Hannah Kingman se arrojara, o la arrojaran, por
la ventana?
Los dos hombres estaban en el despacho de
Wexford, en la comisaría de Kingsmarkham, condado de Sussex. Aunque corría el
mes de noviembre, Wexford acababa de regresar de sus vacaciones. Y durante su
ausencia, mientras él disfrutaba en Cornualles de un octubre más veraniego que
el propio verano, Hannah Kingman se había suicidado. O eso había pensado Burden
al principio. Ahora se encontraba ante un dilema, y en cuanto Wexford atravesó
la puerta aquella mañana, Burden empezó a relatarle los hechos.
Wexford se acercaba a los sesenta y era un
hombre alto, desgarbado y bastante feo que si bien en otro tiempo había rayado
en la obesidad, había adelgazado hasta la flacura extrema por razones de salud.
Burden, casi veinte años más joven, era uno de esos individuos de constitución
delgada y siempre había tenido un cuerpo enjuto. Su cara era ascética,
interesante, con una expresión imperturbable. El mayor de los dos, pese a tener
una esposa que cuidaba devotamente de él, siempre iba vestido como si acabara
de coger su ropa al azar de una tienda de artículos de segunda mano; mientras
que el más joven, un viudo, tenía un aspecto impecable. Parecían un mendigo y
un dandy, pero el dandy dependía del mendigo, confiaba en él, era consciente de
su competencia y perspicacia. En secreto, prácticamente lo veneraba.
Sin su jefe se había sentido perdido en aquel
caso. Al principio todos los indicios hacían pensar que Hannah Kingman se había
suicidado. Era una maníaca depresiva, profundamente consciente de sus
problemas. Al parecer, había sido infeliz en su breve matrimonio y también
había fracasado en uno anterior. Pese a la falta de una nota aclaratoria o de
amenazas previas, Burden habría tomado su muerte por un suicidio... de no ser
porque el hermano de la víctima había mencionado los hongos comestibles en su
declaración. Y Wexford no estaba allí para hacer lo que tan bien se le daba:
separar el trigo de la paja.
–La cuestión –dijo Burden desde el otro
extremo de la mesa– es que no estamos buscando una prueba de asesinato, sino
una prueba de intento de asesinato. Axel Kingman pudo haber arrojado a su esposa por la
ventana, pues carece de coartada para el momento de la muerte, pero no tenía
razones para sospechar de él hasta que me hablaron de un intento de asesinato
sucedido dos semanas antes.
–¿Y dicho intento tiene algo que ver con los
hongos comestibles?
Burden hizo un gesto afirmativo.
–Por lo visto añadieron una sustancia
venenosa a un guiso preparado con hongos comestibles. Aunque si lo hizo el
marido, sólo Dios sabe cómo se las apañó, porque tres personas más, él
incluido, comieron el guiso sin presentar síntoma alguno de intoxicación. Creo
que será mejor que le cuente todo desde el principio.
–Sería conveniente –dijo Wexford.
–Los hechos son los siguientes –comenzó Burden
como si fuera un fiscal en los tribunales–: Axel Kingman tiene treinta y cinco
años y es propietario de una tienda de productos dietéticos, Harvest House,
situada en la calle principal. ¿La conoce? –Wexford asintió con un gesto y
Burden continuó–: En otro tiempo era maestro en Myringham, y antes de mudarse
aquí convivía con una mujer llamada Corinne Last. La abandonó, dejó su empleo,
invirtió todo su dinero en la tienda y se casó con Hannah Nicholson.
–Que, según creo adivinar, comparte su
afición por la gastronomía naturista.
–Una manía estúpida y esnob –dijo Burden
arrugando la nariz–. ¿Alguna vez se ha fijado en el aspecto pálido y demacrado
que tienen los fanáticos de la comida sana? Por el contrario, las personas que
se alimentan con carne, grasas, whisky y pasteles están llenas de energía y
vitalidad.
–¿Kingman es pálido y demacrado?
–En mi opinión es un endeble, ¿cómo se dice?,
un asceta, eso. En fin, la cuestión es que Hannah y él abrieron la tienda
naturista y se mudaron a un piso en esa especie de rascacielos que nuestros
geniales arquitectos construyeron encima de ésta. Corinne Last, según su propia
declaración y la de Kingman, aceptó la situación después de un tiempo
prudencial y todos continuaron tan amigos.
–Hábleme de ellos –dijo Wexford–. Deje a un
lado los hechos por el momento y hábleme de ellos.
Para Burden no era tarea fácil. Solía
describir a la gente como «corriente» o «nada fuera de lo común», un hábito que
exasperaba a Wexford. De modo que se esforzó por ser más preciso.
–Kingman parece la clase de persona incapaz
de matar a una mosca. Si no fuera porque empiezo a sospechar que podría ser un
despiadado asesino de mujeres, diría que es un hombre agradable. Es un abstemio
a quien le horroriza la posibilidad de tomar alcohol. Su padre se arruinó y
finalmente murió como consecuencia del alcoholismo; de modo que nuestro Kingman
es un fanático detractor de ese vicio.
»La muerta tenía veintinueve años. Su primer
marido la abandonó después de seis meses de matrimonio para largarse con una
amiga de ella. Hannah volvió a vivir con sus padres y tenía un trabajo de media
jornada en el comedor del colegio donde enseñaba Kingman. Se conocieron allí.
–¿Y la otra mujer? –preguntó Wexford.
Burden frunció el entrecejo. El sexo fuera
del matrimonio, aunque aprobado por la opinión pública y las costumbres
modernas, le parecía escandaloso. El hecho de que en el curso de su trabajo se
encontrara casi a diario con casos de relaciones ilegítimas no había
contribuido a mitigar su desaprobación. Como decía a veces Wexford, a los ojos
de Burden todo el sufrimiento del mundo, y desde luego todos los crímenes,
obedecían de un modo u otro a la ignominiosa costumbre de algunos hombres y
mujeres de acostarse juntos fuera de los sagrados vínculos del matrimonio.
–Vaya a saber por qué no se casaron –dijo
Burden–. En mi modesta opinión, las cosas iban mejor cuando las autoridades
educativas prohibían las conductas inmorales a los maestros.
–Por el momento, dejemos de lado su modesta
opinión sobre esos asuntos, Mike –dijo Wexford–. No creo que Hannah Kingman
haya muerto porque su marido no era un hombre puro y virgen.
Burden se ruborizó levemente.
–Bien, le hablaré de Corinne Last. Es una
mujer muy atractiva para aquellos que prefieran las morenas de aspecto
apasionado. Su padre le dejó algo de dinero y la casa donde vivía con Kingman y
donde todavía vive ella. Es una de esas mujeres competentes en todo lo que se
proponen. Pinta y vende sus cuadros, confecciona su propia ropa, es algo así
como la estrella principal de la compañía de teatro local y toca el violín en
un trío de cuerdas. También escribe para revistas naturistas y ha publicado un
libro de cocina.
–Entonces da la impresión de que Kingman la
abandonó porque la consideraba demasiado para él. Luego se enamoró de una humilde
asistenta del comedor escolar. Una mujer que difícilmente podría competir con
él.
–Supongo que tiene razón. De hecho, alguien
formuló esa teoría con anterioridad.
–¿Quién? –preguntó Wexford–. ¿De dónde sacó
la información, Mike?
–De un hombre furioso, el cuarto miembro del
cuarteto, que es el hermano de Hannah. Se llama John Hood y creo que aún tiene
mucho que decir. Pero me parece que es hora de dejar la descripción de los
involucrados en el caso y continuar con los hechos.
»Nadie vio a Hannah caer del balcón. Ocurrió
el jueves pasado, alrededor de las cuatro de la tarde. Según su esposo, él se
encontraba en una especie de despacho situado en el fondo de la tienda haciendo
lo que suele hacer antes de cerrar: comprobar las existencias y etiquetar botellas
y paquetes.
»La mujer cayó en un aparcamiento situado en
la parte trasera del edificio, y un par de horas más tarde la descubrió una
vecina. Nos llamaron, y Kingman parecía desolado. Le pregunté si temía que su
mujer pudiera haberse quitado la vida y me respondió que nunca había amenazado
con hacerlo, aunque en los últimos tiempos sufría una depresión y discutían con
frecuencia, sobre todo por cuestiones económicas. El médico le había recetado
tranquilizantes, con lo que Kingman no estaba en absoluto de acuerdo. El propio
médico, el viejo doctor Castle, me contó que la señora Kingman había ido a
verlo porque estaba deprimida; decía que la vida no valía la pena y que era una
carga para su marido. Estábamos convencidos de que se trataba de un suicidio
provocado por un desequilibrio emocional, cuando apareció John Hood y me dijo
que Kingman había intentado matar a su esposa en otra ocasión.
–¿Usó esas mismas palabras?
–Ésas u otras similares. Está claro que
Kingman no le cae bien y que quería mucho a su hermana. También parece admirar
a Corinne Last. Me contó que un sábado por la noche, a finales de octubre, los
cuatro cenaron juntos en el apartamento de los Kingman. Se trataba de una cena
vegetariana, preparada por Kingman, que siempre se encargaba de la cocina, y
uno de los platos consistía en lo que ellos llaman setas y yo hongos, quizá
porque soy un anticuado o un intolerante. Todos comieron lo mismo sin
problemas, excepto Hannah, que estuvo vomitando durante horas y parecía
bastante enferma.
Wexford alzó las cejas.
–Ahora sus hipótesis, por favor –dijo.
Burden se reclinó, apoyó los codos sobre los
brazos del sillón y juntó la punta de los dedos.
–Pocos días antes de esa cena, Kingman y Hood
se encontraron en el club de squash del que ambos son socios. Kingman le dijo a
Hood que Corinne Last le había prometido llevarle unas setas comestibles,
llamadas barbudas, que cultivaba en su propio jardín, es decir el jardín de la
casa que compartían en el pasado. Por lo visto, cada otoño brotan unos cuantos
hongos semejantes debajo de un árbol. Yo mismo los he visto, pero volveré a eso
más adelante.
»A Kingman le gusta cocinar con hierbas y
cosas por el estilo; hace ensaladas de diente de león y acedera, y jura que esa
porquería de hongos tienen unas cualidades excelentes y mucho más sabor que los
champiñones normales y corrientes. Yo prefiero cualquier plato envuelto en
plástico del supermercado, pero, como dicen, hay de todo en la viña del Señor.
A propósito, el libro que publicó Corinne Last se titula Cocina económica y todas las recetas se preparan con ingredientes que uno puede
arrancar del campo o de los setos del jardín.
–¿Y alguna vez habían cocinado esas barbadas
o verruguientas o como quiera que se llamen?
–Barbudas –dijo Burden con una sonrisa–, o
más precisamente Coprinus
comatus. Claro que sí; todos los años. Cada año
Corinne y él comían el guiso en cuestión. Kingman le dijo a Hood que este año
iba a cocinarlas otra vez y Hood dijo que parecía muy agradecido con Corinne
por mostrarse tan..., bueno, tan generosa.
–Sí, supongo que tuvo que ser doloroso para
ella. Como escuchar su «tema favorito» en compañía del ex amante y la
usurpadora. –Wexford hizo una mueca de desagrado–. «¿Cómo puedes comer nuestros
hongos con otra?»
–Fuera de bromas, debe de haber sido algo semejante
–dijo Burden con seriedad–. La cuestión es que Kingman invitó a Hood a probar
esas delicias el sábado siguiente y dijo que Corinne también estaría presente.
Quizá haya aceptado ir precisamente por eso. En fin, cuando llegó el día
señalado, Hood pasó a ver a su hermana a la hora de comer y ella le enseñó el
guiso que Kingman había preparado con antelación. Dijo que lo había probado y
que estaba delicioso. También le mostró media docena de barbudas que habían
sobrado y que, al parecer, freirían al día siguiente para el desayuno. Eso es
lo que le enseñó.
Burden abrió un cajón del escritorio y sacó
una de las bolsas de plástico, que según sus propias palabras, le inspiraban
confianza. Pero el contenido de esa bolsa en particular no procedía de ningún supermercado.
Desenroscó el pequeño alambre que la mantenía cerrada y dejó caer sobre la mesa
cuatro objetos blanquecinos y escamosos. Tenían forma de huevos o más bien de
óvalos alargados, con tallos cortos y gruesos.
–Los recogí esta mañana –dijo–. Del jardín de
Corinne Last. Cuando crecen, la parte superior se abre como un paraguas, o más
bien como una pagoda, y abajo aparece una especie de membrana negra. Por lo
visto, hay que comerlos cuando se encuentran en este estadio.
–Supongo que habrá comprado un libro sobre
setas –dijo Wexford.
–Aquí está –respondió Burden sacando del
mismo cajón un libro titulado Setas británicas comestibles y venenosas–. Y
aquí tenemos a las barbudas.
Burden había abierto el libro en la sección
de setas comestibles, donde se veía un diagrama de la especie de hongos que
tenía en las manos. Se lo pasó al inspector.
–«Coprinus comatus –leyó Wexford en voz alta–:
especie común que alcanza entre cinco y doce centímetros al completar su
desarrollo. Estas setas se encuentran a finales de verano y otoño en campos,
setos silvestres y jardines. Deben comerse antes de que el sombrero se abra y
vierta un fluido similar a la tinta, pero son inofensivas en cualquier
estadio.» –Wexford apoyó el libro sobre la mesa, pero no lo cerró–. Continúe, Mike
–dijo.
–Hood pasó a buscar a Corinne y llegaron
juntos a casa de los Kingman poco después de las ocho. A las ocho y cuarto se
sentaron a la mesa y comenzaron con el entrante: aguacate a la vinagreta. El
plato siguiente sería el guiso, seguido de albóndigas de frutos secos con
ensalada y, para terminar, tarta de manzana. Naturalmente, no se sirvieron
vinos ni licores debido a los prejuicios de Kingman hacia cualquier bebida
alcohólica. Bebieron mosto de uva de la tienda.
»La cocina da directamente al salón comedor.
Kingman trajo el guiso en una sopera grande y lo sirvió en la mesa, empezando,
por supuesto, por Corinne. Las barbudas estaban cortadas por la mitad y
flotaban sobre una salsa espesa a la que Kingman había añadido zanahorias,
cebollas y otras verduras. Al parecer, desde el día en que lo habían invitado a
la cena, Hood había manifestado su aprensión hacia las setas, pero Corinne lo
había tranquilizado, y cuando vio que los demás las comían tranquilamente dejó
de preocuparse. De hecho, tomó una segunda ración.
»Kingman retiró los platos y los lavó de inmediato en el fregadero. Tanto Hood como Corinne destacaron ese detalle,
aunque Kingman afirma que siempre hace lo mismo, pues es muy meticuloso con la
limpieza.
–Seguramente su ex novia podrá confirmar o
negar ese hecho –apuntó Wexford–, puesto que vivieron juntos mucho tiempo.
–Debemos preguntárselo. La cuestión es que no
quedaron rastros del guiso. A continuación, Kingman sirvió las albóndigas de
frutos secos y la ensalada, pero antes de que empezaran a comerlas, Hannah se
levantó cubriéndose la boca con la servilleta y corrió hacia el cuarto de baño.
»Después de unos minutos, Corinne fue tras
ella. Hood la oyó vomitar, pero permaneció en la sala, mientras Kingman y
Corinne estaban con ella en el baño. Después de esto, nadie fue capaz de probar
bocado. Cuando Kingman regresó, dijo que Hannah debía de haber pillado algún
virus y que la había mandado a la cama. Hood fue a la habitación, donde Hannah
estaba tendida en la cama, con Corinne a su lado. La cara de Hannah estaba
amarillenta y cubierta de sudor. Además, era evidente que sufría dolores porque
estaba doblada sobre sí misma y gemía. Se levantó para ir al lavabo por segunda
vez, y en esta ocasión Kingman tuvo que cargarla en brazos.
»Hood sugirió que llamaran al doctor Castle,
pero Kingman se negó en redondo. Es uno de esos tipos que desconfía de los
médicos y que cree en el poder curativo de las hierbas. Ya sabe; pastillas de
hojas de frambueso, manzanilla y cosas por el estilo. Además, Kingman formuló
la absurda teoría de que Hannah ya había tenido bastante con los médicos y de
que si aquello no se debía a un virus intestinal, seguramente sería un efecto
secundario de los «peligrosos» tranquilizantes que tomaba.
»Hood tenía la impresión de que Hannah estaba
muy mal y los dos hombres se enfrascaron en una acalorada discusión, durante la
cual el hermano de la chica insistió en que llamaran a un médico o la llevaran
al hospital. Kingman se negó y Corinne se puso de su parte. Hood es uno de esos
hombres débiles que ladra pero no muerde, y aunque podría haber llamado al
médico él mismo, no lo hizo. Supongo que habrá sido nuevamente por la
influencia de Corinne. Lo que sí hizo fue decirle a Kingman que era un
imprudente por cocinar productos cuya peligrosidad era sobradamente conocida, a
lo que Kingman le respondió que si fuera así ellos también habrían enfermado.
Por fin, alrededor de la medianoche, Hannah dejó de vomitar, los dolores se
aliviaron y se quedó dormida. Hood acompañó a Corinne y volvió a casa de los
Kingman donde durmió en el sofá.
»A la mañana siguiente, Hannah estaba en
perfectas condiciones, aunque algo débil, lo que contradecía la teoría de
Kingman sobre el supuesto virus intestinal. Las relaciones entre los cuñados
seguían algo tensas. Kingman dijo que no le habían gustado las insinuaciones de
Hood y que preferiría que en adelante visitara a su hermana cuando él estaba
fuera o en la tienda. Hood se marchó y no ha vuelto a ver a Kingman desde
entonces.
»Al día siguiente de la muerte de su hermana,
entró aquí hecho una furia, me contó lo que acabo de decirle y acusó a Kingman
de intentar envenenar a Hannah. Aunque estaba muy enfadado, al borde de la
histeria, me pareció que no debía tomar su declaración como los desvaríos de un
loco. Había demasiadas circunstancias extrañas en el caso: los problemas del
matrimonio, la rapidez con que Kingman lavó los platos, su negativa a llamar al
médico. ¿No cree que tengo razón?
Burden se detuvo, esperando la aprobación de
su jefe, que se manifestó en un gesto de asentimiento poco entusiasta. Después
de unos instantes, Wexford habló:
–¿Es posible que Kingman la arrojara por el
balcón, Mike?
–Era una mujer menuda y débil, de modo que es
físicamente posible. La parte trasera de los pisos no está a la vista. Da al
aparcamiento y más allá sólo hay campo. Kingman pudo subir y bajar por las
escaleras, en lugar de usar el ascensor. Dos de los pisos de la planta inferior
están deshabitados. Debajo del de los Kingman vive una mujer que está postrada
en la cama y cuyo marido estaba trabajando en esos momentos. La inquilina del
piso inferior a éste, una joven casada, estaba en casa, pero no oyó nada. La
inválida dice haber oído un grito a media tarde, pero no hizo nada al respecto.
De todos modos, ¿qué probaría ese grito? Supongo que en esas circunstancias una
suicida puede gritar tanto como una víctima de asesinato.
–De acuerdo –dijo Wexford–. Ahora volvamos a
esa curiosa cena. Podríamos suponer que Kingman intentó matarla, pero que
fracasó porque lo que le dio no era lo bastante tóxico. Sufrió una
indisposición grave, pero no murió. En tal caso, habría escogido ese medio y
esa compañía para contar con testigos de su inocencia. Todos comieron el guiso
de la misma sopera, pero sólo Hannah resultó afectada. ¿Por qué insinúa
entonces que intentó envenenarla?
–Yo no lo insinúo –dijo Burden con
franqueza–, pero otros sí. Hood es bastante tonto y al principio aseguraba que
las setas eran peligrosas y que el guiso entero estaba envenenado. Sin embargo,
cuando le señalé que eso era imposible, sugirió que Kingman podría haber puesto
algo en el plato de Hannah cuando nadie lo veía o que podía tratarse de la sal.
–¿La sal?
–Dice que nadie, excepto Hannah, le puso sal
al guiso. Pero eso es absurdo, porque Kingman no podía prever que fuera a
hacerlo. A propósito, hay otro punto que podemos dejar claro: los aguacates
eran inofensivos. Kingman los cortó en la mesa y sirvió la salsa vinagreta en
una jarrita. El pan era integral y casero. Si había algún veneno, tenía que
estar en el guiso.
»Corinne Last niega la posibilidad de que
Kingman sea culpable. Pero cuando la presioné, reconoció que no estaba sentada
a la mesa en el momento en que éste sirvió el guiso. Había ido a buscar su
bolso al vestíbulo, de modo que no vio a Kingman servir a Hannah. –Burden cogió
el libro que Wexford había dejado abierto en la descripción de las barbudas.
Pasó varias páginas hasta la sección de setas venenosas y devolvió el libro a
su jefe–. Eche un vistazo.
–Ah, sí –dijo Wexford–, nuestra vieja amiga
la falsa oronja o seta mortal. La bonita seta roja con manchas blancas, tan
apreciada por los ilustradores de cuentos infantiles. Suelen dibujar una rana
encima y un gnomo debajo. Por lo que veo, si se come produce náuseas, vómitos,
convulsiones, coma irreversible y finalmente la muerte. Hay muchas variedades
de estas amanitas, ¿verdad? La púrpura, la coronada, la verrugosa, la
verdigrís... todas más o menos letales. ¡Aja! El hongo asesino, la oronja verde
o Amanita
phalloides. ¡Qué desagradable! Aquí dice que es el hongo
más peligroso que se conoce. La ingestión de una pequeña cantidad puede
provocar intensos dolores y a menudo la muerte. Pero ¿adónde nos conduce todo
esto?
–Según Corinne Last, la seta mortal es
bastante común en esta zona. Lo que no dice, aunque puede deducirse, es que
Kingman podría haber cogido uno con facilidad. Supongamos que cocinó sólo un
espécimen separadamente y que lo dejó caer dentro del guiso antes de salir de
la cocina. Cuando llega el momento de servirle a Hannah, deposita dicho espécimen
o sus trozos en el plato de la mujer, como cuando alguien selecciona una pieza
concreta del pollo para un invitado en particular. La salsa era espesa, no se
trataba de una sopa líquida.
Wexford no parecía muy convencido.
–Bueno, consideremos esa teoría. Si Kingman
hubiera contaminado el resto del guiso y otras personas hubieran enfermado,
habría parecido un accidente, lo cual sin duda era lo que él pretendía. Pero
veo un inconveniente, Mike. Si deseaba que Hannah muriera y no le importaba que
Corinne o Hood enfermaran en el intento, ¿por qué lavó los platos? Debería
haber guardado los restos del guiso para probar que había sido un
accidente cuando llegara el momento de hacer los análisis oportunos, pues
dichos análisis habrían demostrado la presencia de hongos venenosos y no
venenosos y todo habría quedado como una simple imprudencia.
»Pero vayamos a hablar con estas personas,
¿de acuerdo?
La tienda llamada Harvest Home estaba
cerrada. Wexford y Burden bajaron por una callejuela lateral, más allá de la
entrada principal, y se dirigieron a una puerta con un cartel que rezaba escaleras y salida de emergencia. Entraron
en un pequeño vestíbulo embaldosado y comenzaron a subir las empinadas
escaleras.
En cada planta había una puerta principal,
además de la correspondiente al ascensor. No se cruzaron con nadie. En caso de
haberlo hecho, si hubieran deseado pasar inadvertidos, les habría bastado con
esconderse en el recodo de la escalera hasta que la persona en cuestión subiera
al ascensor. Debajo del timbre de la puerta de la quinta planta, un cartel
anunciaba el nombre de los propietarios: «A. y H. Kingman.»
El hombre que les abrió la puerta era más
bien pequeño, de aspecto amable y triste. Le enseñó a Wexford el balcón por
donde había caído su mujer, uno de los dos que tenía el piso. El segundo era
más grande y abarcaba toda la extensión de las ventanas de la sala. Éste, en
cambio, daba al exterior de la puerta de cristal de la cocina; un sitio para
tender la ropa o cultivar plantas en macetas. Había varios tiestos con hierbas
y en uno especialmente largo quedaban restos de una tomatera con las hojas
semimarchitas a causa del frío. La pared que rodeaba el balcón tendría un metro
de altura, protegiendo a los moradores de la casa del abrupto abismo que
acababa en el duro suelo de cemento.
–¿Le sorprendió que su esposa se suicidara,
señor Kingman? –preguntó Wexford.
Kingman no respondió directamente.
–Mi mujer tenía un concepto muy pobre de sí
misma. Cuando nos casamos creí que era como yo, una persona sencilla que no le
pide mucho a la vida, fácil de satisfacer. Pero no fue así. Esperaba más apoyo,
consuelo y aliento del que yo podía darle, sobre todo durante los tres primeros
meses de matrimonio. Luego pareció volverse contra mí. Tenía un humor variable,
lleno de altibajos. La tienda no iba muy bien y ella gastaba más de lo que
podíamos permitirnos. Yo no entendía adonde iba a parar el dinero y discutíamos
con frecuencia. Luego comenzó a deprimirse, a decir que no servía para nada y
que estaría mejor muerta.
Wexford pensó que le había dado más
explicaciones de las que había pedido, pero era lógico que en un momento como
aquél emergieran a la superficie esa clase de pensamientos, defensivos y al
mismo tiempo culpables.
–Señor Kingman –dijo–, como ya sabrá, tenemos
razones para pensar que en este caso podría haber algo extraño. Me gustaría
hacerle algunas preguntas sobre una cena que usted preparó el veintinueve de
octubre, después de la cual su mujer sufrió una indisposición.
–Puedo imaginar quién les ha hablado de eso.
Wexford hizo caso omiso de esa observación.
–¿Cuándo trajo la señorita Last esas...,
eh..., setas barbudas?
–El veintiocho por la tarde. Yo preparé el
guiso a la mañana siguiente, siguiendo una receta del libro de Corinne.
–¿Había alguna otra clase de setas en el piso
en ese momento?
–Quizá champiñones.
–¿En algún momento añadió usted alguna
sustancia nociva al guiso, señor Kingman?
–Claro que no –respondió él en voz baja y
cansina–. Mi cuñado es un ignorante lleno de prejuicios. Se resiste a creer que
aquel guiso, que anteriormente ya había cocinado muchas veces, es tan saludable
como, por ejemplo, un guiso de pollo. En mi opinión, mucho más saludable.
–Muy bien. No obstante, su esposa sufrió una
indisposición grave. ¿Por qué no llamó a un médico?
–Porque mi esposa no sufrió una indisposición
«grave». Tenía diarrea y dolores, eso es todo. Quizá ustedes ignoren cuáles son
los síntomas de una intoxicación por setas venenosas. La víctima no tiene
simples dolores y vómitos, sino que pierde la visión y suele tener convulsiones
similares a las del tétanos. A Hannah no le ocurrió nada semejante.
–Fue una pena que lavara los platos. Si no lo
hubiera hecho y hubiera llamado al médico, los restos del guiso habrían sido
analizados. Si el guiso era inofensivo, como usted dice, ahora podríamos
ahorrarnos esta engorrosa investigación.
–El guiso era inofensivo –repitió Kingman,
imperturbable.
Una vez en el coche, Wexford dijo:
–Me inclino a creerle, Mike, y a menos que
Corinne Last o Hood tengan algo realmente coherente que decirnos, dejaré las
cosas como están. ¿Vamos a ver a la mujer?
La casa que Corinne había compartido con Axel
Kingman estaba en una calle solitaria, en las afueras del pueblo de Myfleet.
Era un chalet de piedra, con tejado de pizarra, rodeado de un jardín bonito y
cuidado. En el sendero de acceso había un Ford Escort verde, aparcado frente a
un garaje cubierto de tablas de chilla: Debajo de un viejo y monumental
manzano, cuyas hojas comenzaban a caer, crecían las barbudas –fácilmente
reconocibles– en tres grupos compactos.
La dueña de casa era alta, con una hermosa
cara de barbilla cuadrada y pómulos prominentes y una espesa mata de pelo
negro. Aunque llevaba jersey y tejanos, a Wexford le recordó de inmediato a un
retrato de Klimt de una mujer de labios rojos y aspecto lánguido, con un collar
de oro y semicubierta con telas doradas. Su voz era grave y comedida. Wexford
tuvo la impresión de que sería imposible turbarla u obligarla a bajar la
guardia.
–Tengo entendido que ha publicado un libro de
cocina –dijo.
A modo de respuesta, la mujer le entregó un
libro que sacó de la estantería: Cocina económica. Platos preparados con hierbas silvestres y malezas. Wexford miró el índice y buscó la receta que le interesaba. En la
página opuesta, había una fotografía de seis personas comiendo algo similar a
una sopa marrón. La receta incluía zanahorias, cebollas, hierbas, crema de
leche y otros ingredientes inofensivos. La última frase decía: «Las barbudas
guisadas son deliciosas servidas muy calientes con pan integral. (Para las
bebidas más apropiadas, véase página 171.)» Wexford echó un vistazo a la página
indicada y le pasó el libro a Burden.
–¿Éste es el plato que preparó el señor
Kingman?
–Sí. –Cuando hablaba, Corinne se inclinaba
ligeramente hacia atrás y entornaba sus grandes párpados satinados. Era una
actitud turbadora y algo desdeñosa–. Yo misma recogí las setas del jardín y no
entiendo cómo pudieron afectar a Hannah, pero debe de haber sido así, porque
estaba perfectamente cuando llegamos. No sufría ninguna infección
gastrointestinal. Eso son tonterías.
Burden dejó el libro a un lado.
–Pero todos comieron de la misma sopera.
–Yo no vi a Axel sirviendo a Hannah. Estaba
fuera de la habitación. –Parpadeó y entrecerró los ojos.
–¿Es verdad que el señor Kingman tiene la costumbre
de lavar los platos inmediatamente después de comer?
–No puedo responder a esa pregunta –dijo
encogiéndose de hombros–. No lo sé. Lo único que sé es que Hannah se indispuso
poco después de comer el guiso. A Axel no le gustan los médicos y quizá hubiera
sido..., bueno, embarazoso para él llamar al doctor Castle en esas
circunstancias. Hannah veía puntos negros y comenzaba a ver doble. Yo estaba
muy preocupada por ella.
–¿Pero no se le ocurrió llamar al médico,
señorita Last? ¿Ni tampoco apoyar la declaración de Hood?
–Dijera lo que dijera John Hood, yo sabía que
las setas barbudas no podían ser las causantes del estado de Hannah. –Al
nombrar a Hood, su voz cobró un tono despectivo–. Además, estaba muy asustada.
No podía dejar de pensar que hubiera sido horrible que Axel se viera complicado
en una investigación o algo por el estilo.
–Ahora hay una investigación en curso,
señorita Last.
–Bueno, pero es diferente, ¿no cree? Hannah
ha muerto. Ya no se trata de sospechas o de conjeturas.
Luego, los acompañó a la salida y cerró la
puerta antes de que hubieran llegado al portalón del jardín. Junto a la calle y
debajo de los setos había más setas barbudas y otros hongos que Wexford no pudo
identificar: una especie de champiñones pequeños con membranas rosadas, un
grupo de diminutas lepiotas amarillas y, sobre el tronco de un viejo roble, una
serie de protuberancias grisáceas y bulbosas que Burden definió como amanitas.
–Esa mujer es una maestra de las
insinuaciones veladas. Condenó a Kingman con cada palabra que dijo, pero en
ningún momento formuló una acusación directa. –Sacudió la cabeza–. Supongo que
el cuñado de Kingman estará trabajando, ¿verdad?
–Eso creo.
Pero John Hood no estaba trabajando, sino
esperándoles en la comisaría, furioso por la demora y amenazando con hablar
directamente con el jefe de la policía o incluso con el ministro del Interior
si no se hacía algo de inmediato en el caso de su hermana.
–Ya estamos haciendo algo –dijo Wexford–. Me
alegra que haya venido, pero le ruego que intente mantener la calma.
Wexford advirtió que John Hood tenía una
formación cultural distinta de la de Kingman y Corinne Last. Era un hombre
corpulento de veintisiete o veintiocho años, de ojos azules llenos de confusión
y resentimiento y cara regordeta y rubicunda. Un hombre muy capaz de hacer
acusaciones sin fundamento y dejarse influir hasta estallar en compañía del ex
maestro y la astuta y sutil Corinne.
Comenzó a hablar con voz atemperada pero
todavía frenética, repitiendo todo lo que le había dicho a Burden, reiterando,
sin ofrecer prueba alguna, que su cuñado había intentado asesinar a su hermana
la noche de la cena. Según él, Hannah había sobrevivido de milagro. Kingman era
un hombre cruel que habría hecho cualquier cosa para deshacerse de ella. Él,
Hood, jamás se perdonaría por no haberse puesto firme y llamar al médico.
–Sí, sí, señor Hood, pero ¿qué síntomas tenía
su hermana exactamente?
–Vómitos y dolores de estómago, unos dolores
muy fuertes.
–¿Se quejaba de algo más?
–¿No le parece suficiente? Es lo que siente
una persona cuando alguien le sirve basura envenenada.
Wexford se limitó a levantar las cejas. Luego
dejó los sucesos de aquella noche a un lado y preguntó:
–¿Qué iba mal en el matrimonio de su hermana?
Antes incluso de que Hood respondiera,
Wexford intuyó que ocultaría algo. Una fugaz expresión de recelo cruzó por sus
ojos.
–Hannah tenía problemas y necesitaba
comprensión. No era...
–¿Qué problemas?
–No tiene nada que ver con esto –murmuró
Hood.
–Eso lo juzgaré yo. Usted hizo acusaciones
graves y empezó todo este asunto. Ahora no puede escatimarnos información.
–Inspirado por un impulso súbito, Wexford preguntó–: ¿Eran problemas
relacionados con el dinero que gastaba?
Hood guardó silencio con expresión
malhumorada y Wexford repasó rápidamente las cosas que le habían contado: el
fanatismo de Axel Kingman sobre un asunto en particular, la imperiosa necesidad
de Hannah por cierta clase de apoyo durante los primeros meses de su
matrimonio, los altibajos de humor y, finalmente, el dinero; las sumas de dinero
que gastaba semanalmente y que no podía explicar.
El inspector alzó la vista y preguntó sin
rodeos:
–¿Su hermana era alcohólica, señor Hood?
Hood no supo apreciar su estilo directo. Se
ruborizó, puso cara de ofendido e hizo lo posible para evitar una respuesta
franca. Sí, bebía. Sufría mucho por disimular su vicio. Todo había empezado
poco después de la ruptura de su primer matrimonio.
–Era una alcohólica –dijo Wexford.
–Supongo que sí.
–¿Y su cuñado no lo sabía?
–¡Cielos, no! Axel la habría matado. –De inmediato
cayó en la cuenta de lo que acababa de decir–. Quizá fuera eso. Tal vez se
enteró.
–No lo creo, señor Hood. Supongo que durante
los primeros meses de matrimonio su hermana habrá hecho un esfuerzo para dejar
de beber. En esa época necesitó mucho apoyo pero no pudo o no quiso explicarle
al señor Kingman por qué. Sus esfuerzos fracasaron y poco a poco comenzó a
beber otra vez porque no podía pasar sin alcohol.
–No era tan grave como en otros tiempos
–repuso Hood con patética vehemencia–. Sólo bebía por las noches. Me dijo que
jamás tomaba una copa antes de las seis y que a partir de esa hora bebía unas
pocas, siempre a escondidas para que Axel no la descubriera.
–¿Había bebido su hermana la noche de la
cena? –terció Burden.
–Supongo que sí. Lo necesitaría para afrontar
una cena en compañía, aunque sólo se tratara de Corinne y de mí.
–¿Había alguien más, aparte de usted, que
estuviera al tanto del problema de Hannah con el alcohol?
–Mi madre. Ella y yo teníamos una especie de
pacto para ocultarlo de los demás, de modo que Axel no pudiera descubrirlo.
–Vaciló y luego añadió con tono desafiante–: Claro que también se lo dije a
Corinne. Es una mujer maravillosa, muy inteligente. Estaba preocupado y no
sabía qué hacer. Ella me prometió que no se lo contaría a Axel.
–Ya veo.
Wexford tenía sus propias razones para
suponer que la mujer había cumplido la promesa. Abstraído en sus pensamientos,
se levantó, se dirigió al otro extremo de la habitación y permaneció allí largo
rato, mirando por la ventana. Las preguntas posteriores de Burden y las
respuestas de Hood le llegaban como un confuso rumor de voces. Luego oyó que
Burden alzaba la voz:
–Es todo por ahora, señor Hood, a menos que
el inspector jefe tenga algo más que preguntarle.
–No, no –dijo Wexford con aire ausente, y
tras la despedida algo intempestiva de Hood, añadió–: Son las dos y media; hora
de comer. Por cierto, evitaré cualquier plato que contenga setas, aunque sean Psalliota campestris.
Después de que Burden mirara esa especie en
su libro y la identificara como champiñones comunes, comieron y recorrieron
todas las tiendas de licores de Kingsmarkham abiertas a aquellas horas. En el
Wine Basket no tuvieron suerte, pero la dependienta del Vineyard les dijo que
una mujer que respondía a la descripción de Hannah Kingman había sido dienta
regular y que el pasado miércoles, el día anterior a su muerte, había comprado
una botella de coñac Courvoisier.
–No había ninguna bebida alcohólica en el
piso de los Kingman –dijo Burden–. Aunque quizá hubiera una botella vacía en la
basura –añadió con expresión triste–. No la registramos porque no lo
consideramos necesario. Pero no iba a beberse una botella entera en un día, ¿o
sí?
–¿Por qué está tan interesado en el tema de
la bebida, Mike? ¿No creerá en serio que es un móvil de asesinato y que Kingman
mató a su mujer porque descubrió, o le contaron, que bebía a escondidas?
–Fue un medio, no un móvil –dijo Burden–. Sé
cómo ocurrió. Sé cómo intentó matarla Kingman la primera vez –añadió con una
amplia sonrisa–. Es toda una novedad que encuentre la solución a un caso antes
que usted, ¿verdad? Pero, si no le importa, seguiré su ejemplo y no desvelaré
el misterio por el momento. Con su permiso, volveremos a comisaría, recogeremos
las setas barbudas y haremos un pequeño experimento.
Michael Burden vivía en una bonita casa en
Tabard Road. Había convivido allí con su esposa hasta la temprana muerte de
ésta y seguía viviendo allí con una hija de dieciséis años. Su hijo mayor
estaba en la universidad. Pero esa noche, Pat Burden había salido con su novio,
dejando una nota para su padre en la puerta del frigorífico: «Papá, he cenado
la carne fría que sobró de ayer. ¿Podrás apañarte con alguna lata? Volveré a
las 10.30. Un beso, P.»
Burden releyó la nota varias veces y su
expresión de desasosiego creció con cada nueva lectura. Wexford podría haber
definido con precisión las distintas causas del recelo que se reflejaba en los
ojos de Burden, en su entrecejo fruncido, en la mueca de su boca. Debido a la
ausencia de una madre, la chica tenía que comer no sólo comida fría, sino
también del día anterior; en lugar de vivir su vida despreocupadamente tenía
que preocuparse por su padre, y la soledad la empujaba fuera de casa hasta una
hora tan tardía como las diez y media de la noche. No eran más que tonterías,
por supuesto; los hijos de Burden eran felices y se habían recuperado de la
pérdida de su madre, pero ¿cómo convencer de ello a Burden? Llevaba su viudez
como si se tratara de una minusvalía física. Alzó la vista de la nota, la
arrugó y miró en derredor con desesperación. Wexford conocía bien esa expresión
de angustia. La veía en la cara de Burden cada vez que lo acompañaba a su casa,
y le provocaba exasperación, además de lástima.
Hubiera querido decirle a Burden –como ya
había hecho en una o dos ocasiones– que dejara de tratar a John y a Pat como si
fueran retrasados mentales. Sin embargo, dijo en voz baja:
–El otro día leí en algún sitio que si no
volviéramos a comer otra comida caliente en lo que nos resta de vida, no
sufriríamos ningún daño. De hecho, parece que cuanto más fría y cruda esté, más
saludable.
–Habla como la brigada de Axel Kingman –dijo
Burden con tono burlón y rió, que era precisamente lo que pretendía Wexford–.
De todos modos, me alegro de que Pat no cocinara. No habría podido comérmelo y
no me gustaría que ella lo tomara como una ofensa.
Wexford decidió pasar por alto el comentario.
–¿Le importa que llame a mi esposa mientras
usted piensa en la información que desea compartir conmigo sobre su
experimento?
–Siéntase como en su casa.
Eran casi las seis. Cuando Wexford regresó,
se encontró a Burden pelando cebollas y zanahorias. Los cuatro especímenes de Coprinus comatus, que comenzaban a acartonarse, estaban sobre una tabla de cocina. Una
olla con caldo hervía sobre el fogón.
–¿Qué demonios hace?
–Guiso de setas barbudas. Tengo la teoría de
que este guiso es inofensivo si no se acompaña de bebidas alcohólicas, pero
tóxico o ligeramente tóxico si la persona que lo ingiere ha bebido antes. ¿Qué
le parece? Dentro de unos instantes, cuando el guiso esté listo, beberé un poco
de alcohol y lo probaré. Ya sé, ahora me dirá que soy un estúpido.
Pero Wexford se encogió de hombros.
–Estoy impresionado por su valor y por su
generosa devoción a la labor que le debe a los contribuyentes. Sin embargo,
¿está seguro de que Hannah fue la única que bebió aquella noche? Sabemos que
Kingman no lo hizo, pero ¿qué hay de los otros dos?
–Se lo pregunté a Hood mientras usted soñaba
despierto. Fue a recoger a Corinne a las seis, tal como ella le había indicado.
Recogieron manzanas para la madre de él y luego ella lo invitó a café. Al
parecer, Hood sugirió que tomaran una copa de camino a casa de los Kingman,
pero Corinne tardó tanto en arreglarse que no tuvieron tiempo.
–De acuerdo. Entonces, adelante. Pero ¿no
sería más sencillo llamar a un experto? Tiene que haberlos. Seguro que en la
Universidad del Sur alguien dicta una cátedra de fungología o comoquiera se
llame.
–Es muy probable. Podemos llamar después de
hacer la prueba. Quiero saberlo con seguridad ahora mismo. ¿Usted también
quiere probar?
–Por supuesto que no. ¿No dijo que me
sintiera como en mi casa? Bien, puesto que le he dicho a mi mujer que no
volvería a cenar, le estaría muy agradecido si me preparara algo sencillo, como
unos humildes huevos revueltos.
Siguió a Burden al salón, donde el inspector
abrió la puerta de un aparador.
–¿Qué quiere beber?
–Vino blanco, si tiene, o si no vermut. Ya
sabe que tengo que cuidarme con el alcohol.
Burden sirvió un vermut con soda.
–¿Hielo?
–No, gracias. ¿Y qué piensa beber usted?,
¿coñac? Al parecer, era la bebida favorita de Hannah Kingman.
–No tengo –dijo Burden–. Tendrá que ser
whisky. Podemos suponer que tomó dos coñacs dobles antes de la comida, ¿no le
parece? Pero yo no soy tan valiente y no quiero ponerme tan mal como ella.
–Miró a Wexford a los ojos–. ¿Cree que alguna gente podría ser más sensible a
los efectos de las setas que otra?
–Es muy probable –dijo Wexford con tono
jovial–. ¡Salud!
Burden comenzó a beber su whisky diluido en
agua a pequeños sorbos y luego apuró el resto de un trago.
–Tengo que echar un vistazo al guiso.
Siéntese y encienda la tele.
Wexford lo hizo. En la pantalla apareció la
imagen de un bosque otoñal, con un pálido cielo azul y hojas doradas de haya.
Luego la cámara enfocó un grupo de falsas oronjas, rojas con manchas blancas.
Wexford rió y apagó el aparato en el preciso momento en que Burden se asomaba
por la puerta de la cocina.
–Creo que está casi listo.
–Será mejor que se tome otro whisky.
–Supongo que sí. –Burden volvió a llenarse el
vaso–. Con esto debería ser suficiente.
–¿Y qué hay de mis huevos?
–Caramba, lo había olvidado. No soy un buen
cocinero, ¿sabe? Nunca he entendido cómo hacen las mujeres para tener un montón
de platos cociéndose al mismo tiempo, con una sincronización perfecta.
–Es un misterio, ¿verdad? Si no le importa,
creo que tomaré un poco de pan con queso.
La pócima marrón estaba en un cuenco para
sopa. Sobre la salsa flotaban cuatro barbudas cortadas longitudinalmente.
Burden bebió el resto del whisky.
–¿Qué solían decir los cristianos al
emperador romano antes de enfrentarse con los leones?
–Morituri, te salutant –dijo Wexford–. Los que
van a morir te saludan.
–Bueno... –Burden hizo un esfuerzo para
recordar el latín que había aprendido de los deberes escolares de su hijo–. Moriturus, te saluto. ¿Lo he dicho bien?
–Supongo; pero no va a morir.
Burden no respondió. Cogió la cuchara y
comenzó a comer.
–¿Le importaría servirme más soda? –pidió
Wexford.
Debe de haber pocas situaciones tan difíciles
de soportar como el desprecio ajeno ante el heroísmo propio. Burden le dirigió
una mirada fulminante.
–Sírvase usted mismo. Estoy ocupado.
Wexford lo hizo.
–¿Qué tal está? –preguntó.
–Bien. Tiene sabor similar a champiñones.
Comió estoicamente y luego rebañó el plato
con un trozo de pan. Después se sentó erguido, esperando con expresión tensa.
–Ahora sí podemos ver la tele –dijo Wexford–.
Ya habrá pasado lo peor. –Volvió a encenderla. Esta vez no aparecieron las
falsas oronjas, sino un zorro corriendo por una colina, con fondo musical de
Vivaldi–. ¿Cómo se encuentra?
–Bien –dijo Burden con aire sombrío.
–Anímese. Es probable que pronto empeore.
Pero no fue así. Quince minutos después,
Burden seguía en perfecto estado. Parecía asombrado.
–Soy un maldito optimista. Estaba seguro de que iba a acabar vomitando. Ni siquiera guardé el coche en el
garaje, porque pensé que tendría que llevarme al hospital. –Wexford se limitó a
alzar las cejas–. Debo decir que usted se ha mostrado muy tranquilo. No dijo
una sola palabra para detenerme, ¿verdad? ¿No pensó que si me hubiera ocurrido
algo usted se habría encontrado en una situación bastante comprometida?
–Sabía que no sería así. Le dije que debíamos
llamar a un fungólogo. –Al ver la expresión ofendida de Burden, Wexford soltó
una carcajada–. Mi querido Mike, tendrá que perdonarme, pero me conoce bien.
¿Cree que hubiera permitido que arriesgara su vida comiendo esa porquería?
Estaba seguro de que el guiso era inofensivo.
–¿Puedo preguntarle por qué?
–Puede. Aunque usted también lo sabría si se
hubiera molestado en examinar con atención el libro de Corinne Last. A
continuación de la receta del guiso de barbudas pone: «Para bebidas
recomendadas, véase la página 171.» Bien, yo lo hice y allí la señorita Last
daba una receta de vino de prímula y ginebra de endrinas, dos bebidas de alto
contenido alcohólico. ¿Cree que habría recomendado ese vino y ese licor si
hubiera la mínima posibilidad de que resultaran tóxicos al combinarse con las
setas? No; a menos que quisiera exponerse a costosas demandas judiciales o a
recibir centenares de cartas furibundas.
Burden se ruborizó ligeramente y luego
también se echó a reír.
Poco después, mientras bebían café, Wexford
dijo:
–Creo que se impone un poco de razonamiento
lógico. Esta mañana me dijo que no buscábamos pruebas de un asesinato, sino de
un intento de asesinato. Axel Kingman podría haber arrojado a su esposa por el
balcón, pero nadie la vio caer y nadie oyó que él, o cualquier otra persona,
subiera al piso por la tarde. Sin embargo, si aceptamos la posibilidad de que
hubieran intentado matarla dos semanas antes, la presunción de asesinato
resulta más coherente.
–Ya hemos hablado de eso antes –dijo Burden
con impaciencia–. Ya lo sabemos.
–Un momento. El intento fracasó, pero ¿hasta
qué punto su estado era grave? Según Kingman y Hood tuvo fuertes dolores de
estómago y vómitos. A medianoche dormía pacíficamente y al día siguiente estaba
bien.
–No entiendo adonde nos conduce todo esto.
–A un punto muy importante, que podría ser la
clave de este caso. Usted cree que Axel Kingman intentó asesinarla. Para
conseguirlo, tendría que haber elaborado un minucioso plan con antelación:
organizar la cena, invitar a dos testigos, asegurarse de que su mujer probara
el guiso con anterioridad el mismo día y preparar un hábil juego de manos para
el momento de servir la comida. ¿No le parece extraño que el plan fracasara de
manera tan estrepitosa? ¿Y qué habría ocurrido si no hubiera fracasado? La
autopsia habría revelado la sustancia tóxica causante de la muerte. ¿Cómo se habría
salvado de la justicia, si, como sabemos, ninguno de los testigos le había
visto servir la ración de Hannah y uno de ellos ni siquiera estaba en el
comedor?
»Lo que pretendo sugerir es que nadie intentó
matarla, sino hacerla enfermar, de modo que el hecho, asociado con la siniestra
reputación de los hongos, la reconocida suspicacia de Hood hacia ellos y las
conocidas desavenencias del matrimonio, pareciera un intento de
asesinato.
Burden lo miró sin comprender.
–Kingman jamás habría hecho algo semejante.
Hubiera querido que su plan funcionara o que no pareciera en absoluto un
intento de asesinato.
–Exactamente; ¿y adonde nos conduce ese
postulado?
En lugar de responder, Burden, todavía
molesto por su reciente humillación, dijo con tono triunfal:
–Se equivoca en un punto. Su estado fue realmente grave. No sufrió sólo dolores y vómitos. Aunque Kingman y Hood no lo
hayan mencionado, Corinne Last dijo que veía puntos negros y que comenzaba a
ver doble... –Se interrumpió–. ¡Caray! ¿No querrá insinuar que...?
Wexford hizo un gesto de asentimiento.
–Corinne Last es la única que mencionó esos
síntomas. Sólo ella, teniendo en cuenta el tiempo que convivió con Kingman,
está en posición de confirmar si éste tenía la costumbre de lavar los platos en
cuanto los retiraba de la mesa. Pero ¿qué dice? Que no lo sabe. ¿No es curioso?
¿Y no es curioso que haya escogido precisamente ese momento para ir al
vestíbulo a buscar su bolso?
»Sabía que Hannah bebía porque Hood se lo
había contado. La noche de la cena, Hood pasó a buscarla a petición de ella.
¿Por qué? Tiene su propio coche y estoy convencido de que una mujer así es
incapaz de sentir otra cosa aparte de desprecio por un hombre como Hood.
–Le dijo que su coche estaba averiado.
–Le pidió que pasara a recogerla a las seis,
aunque no tenían que ir a casa de los Kingman hasta las ocho. Le sirvió café.
Una bebida curiosa para esa hora, sobre todo antes de comer. ¿Y qué ocurrió
cuando él sugirió que se detuvieran a tomar una copa en el camino? No dijo que
no, o que no era aconsejable beber antes de conducir; sencillamente, tardó
tanto en arreglarse que no tuvieron tiempo para hacerlo.
»No quería que Hood bebiera alcohol, Mike, y
estaba decidida a evitarlo. Ella, desde luego, no bebería y sabía que Kingman
jamás lo hacía. Pero también sabía que Hannah acostumbraba a beber su primera
copa del día a eso de las seis.
»Ahora analicemos su móvil, mucho más
consistente que el de Kingman. Esa mujer da la impresión de ser violenta,
apasionada y decidida. Hannah le había robado a Kingman y éste la había
rechazado. ¿Por qué no vengarse de los dos matando a Hannah y asegurándose de
que Kingman fuera encontrado culpable de esa muerte? Si se limitaba a matar a
Hannah no conseguiría que Kingman se convirtiera en sospechoso; pero si
simulaba que éste había atentado antes contra su vida, todos los indicios
apuntarían hacia él.
»¿Dónde estaba el jueves por la tarde? Podría
haber subido las escaleras con tanta facilidad como Kingman. No hay duda de que
Hannah la habría dejado entrar. Y si Corinne, con su gran afición por la
jardinería, le hubiera pedido que le enseñara las macetas con hierbas que tenía
en el balcón, Hannah lo habría hecho de buen grado. Por otra parte, tenemos el
misterio de la botella de coñac desaparecida con parte de su contenido. Si
Kingman la hubiera matado, la habría dejado a la vista para reforzar la teoría
del suicidio. Imagine lo que habría dicho: «Aquella noche mi mujer se
descompuso a causa de la bebida. Sabía que yo le había perdido el respeto por
su problema con el alcohol. Se suicidó porque su mente estaba trastornada por
la bebida.»
»Corinne Last se llevó la botella porque no
quería que se supiera que Hannah bebía y confiaba en que Hood nos lo ocultara,
como se lo había ocultado a tanta gente antes. Y no quería que nadie lo supiera
porque el falso intento de asesinato que ella misma preparó dependía de que la víctima
hubiera bebido alcohol.
Burden suspiró y sirvió las últimas gotas de
café en la taza de su jefe.
–Pero ya hemos intentado probar esa teoría
–dijo–, o mejor dicho, lo he intentado yo, y no tuvimos suerte. Usted sabía que
no la tendríamos por el libro. Es verdad que cogió las setas de su jardín, pero
no podría haber añadido ninguna venenosa porque Axel Kingman lo habría notado
de inmediato. Y si no lo hubiera hecho, habrían enfermado todos, tanto si
habían tomado alcohol como si no. No estuvo a solas con Hannah antes de la cena
y en el momento en que se sirvió la comida estaba fuera del comedor.
–Lo sé. Pero volveremos a visitarla por la
mañana y le haremos unas preguntas más. –Wexford vaciló y luego citó en voz
baja–: «Hallar en el bien medios que al mal conduzcan.»
–¿Qué?
–Es lo que hizo Corinne, ¿no cree? El guiso
era bueno para todos excepto para Hannah. A usted parece haberle sentado de
maravilla, pero a ella no. Ahora me marcho, Mike; ha sido un día muy largo. No
olvide guardar el coche. No necesitará que lo lleven al hospital.
Fueron incapaces de hacerle perder el dominio
de sí misma. Esa mañana, el lánguido rostro de Corinne estaba cuidadosamente
maquillado y ella vestía un atuendo digno de la violinista, la actriz o la
escritora. Al recibir la noticia de la visita policial, había abandonado su
imagen de jardinera. Sus manos suaves, de largos dedos, no parecían haber
tocado la tierra ni arrancado una maleza jamás.
¿Dónde había estado la tarde de la muerte de
Hannah Kingman? Alzó las cejas gruesas y bien delineadas. En casa, pintando.
¿Sola?
–Los pintores no solemos trabajar con público
–dijo con cierta insolencia y se inclinó hacia atrás, entornando los párpados
con aquel gesto tan característico. Encendió un cigarrillo y le pidió un
cenicero a Burden chasqueando los dedos, como si se dirigiera a un camarero.
–Tengo entendido, señorita Last –dijo
Wexford–, que el veintinueve de octubre por la noche su coche tenía una avería.
La mujer asintió con un gesto perezoso.
Wexford la interrogó sobre la naturaleza de
la avería, convencido de que la pillaría por sorpresa; pero no fue así.
–Me rompieron el foco de la luz delantera
izquierda mientras el coche estaba aparcado –dijo, y aunque el inspector jefe
pensó que podría haberlo hecho ella misma, se reservó sus sospechas para sí. La
mujer añadió con el mismo tono imperturbable–: ¿Quiere ver la factura del
mecánico?
–No es necesario. –Si no la hubiera tenido,
no se habría ofrecido a enseñársela–. Me han dicho que le pidió al señor Hood
que pasara por aquí a las seis.
–Sí. No es que disfrute especialmente de su
compañía, pero le había prometido unas manzanas para su madre y teníamos que
recogerlas antes de que oscureciera.
–Le sirvió café, pero no tomaron ninguna
bebida alcohólica. Tampoco lo hicieron de camino a la casa de los Kingman. ¿No
es desconcertante ir a cenar a una casa donde no le ofrecerían ni un simple
vaso de vino?
–Conozco las costumbres de Axel. –«Aunque no
lo suficiente para decir si es normal o no en él lavar los platos
inmediatamente después de comer», pensó Wexford. La mujer frunció los labios en
una mueca casi delatora–. No me preocupaba. No soy una esclava del alcohol.
–Me gustaría volver al tema de las setas
barbudas. Las recogió el día veintiocho y las llevó a casa de Kingman esa misma
tarde. Es lo que dijo. ¿Verdad?
–Así es. Las cogí de mi jardín.
Pronunció las palabras con claridad y abrió
mucho los ojos, mirándolo con aparente sinceridad. Esas palabras, o quizá su
estilo inusualmente directo, hicieron germinar una idea muy vaga en la mente de
Wexford. Aunque si no hubiera dicho nada más, es probable que aquella idea se
hubiera desvanecido con la misma rapidez con que había aparecido.
–Si quieren analizarlos o examinarlos, llegan
un poco tarde. La temporada casi ha terminado. –Miró a Burden y le sonrió con
simpatía–. Pero usted se llevó los últimos ayer, ¿no es así?
Naturalmente, Wexford no mencionó el
experimento de Burden.
–Si no le importa, echaremos un vistazo al
jardín.
No pareció importarle, pero se equivocaba con
respecto a los hongos. Aunque durante las últimas veinticuatro horas la mayoría
de las setas había crecido hasta convertirse en pagodas con membranas negras,
dos nuevas asomaban la cabeza blanca entre la hierba húmeda. Wexford las
recogió, aunque a Corinne tampoco pareció importarle. ¿Por qué, entonces, había
pretendido hacerles creer que la temporada había terminado? Le dieron las
gracias y la mujer volvió a la casa. Cuando la puerta se cerró, Wexford y
Burden se dirigieron a la calle.
La temporada no había terminado. Se diría que
duraría al menos dos semanas más, a juzgar por la abundancia de esa especie de
setas junto al camino. Había barbudas por todas partes, aunque algunas más
pequeñas y grises que las que crecían en el cuidado jardín de Corinne Last. Se
veían agáricos verdes y púrpuras, hongos con forma de cuernos y champiñones
pequeños dispuestos en círculos.
–No parece importarle que los analicemos
–dijo Wexford con aire pensativo–, pero por lo visto prefiere que usemos los
que usted recogió ayer y no los de hoy. ¿Es así o son ideas mías?
–Si son ideas suyas, debo decir que las
comparto. Pero ese razonamiento carece de toda lógica. Sabemos que su efecto no
se potencia, o como quiera que se diga, por la ingestión de alcohol.
–De todos modos, cogeré algunos más –dijo
Wexford–. Por casualidad, ¿no tendrá una bolsa de papel?
–Tengo un pañuelo limpio. ¿Le sirve?
–Tendrá que servirme –dijo Wexford, que jamás
tenía el pañuelo limpio.
Recogió media docena más de barbudas, grandes
y pequeñas, blancas y grises, inmaduras y totalmente desarrolladas. Luego
subieron al coche y Wexford indicó al conductor que los llevara a la biblioteca
local. Una vez allí, entró al edificio y reapareció poco después con tres
libros bajo el brazo.
–Cuando volvamos –dijo a Burden–, quiero que
vaya a la universidad y averigüe si hay algún experto en fungología.
Wexford se encerró en su despacho con los
tres libros y una cafetera llena. Cerca de la hora de comer, Burden llamó a su
puerta.
–No se dice fungólogo sino micólogo –anunció
Burden con tono triunfal–, y en la universidad no hay ninguno. Pero sí hay un
toxicólogo que acaba de publicar un libro de divulgación sobre setas y plantas
silvestres venenosas.
–¿Cómo se titula? –preguntó Wexford con una
sonrisa–. ¿El
asesinato económico? Parece que puede servirnos.
–He quedado con el toxicólogo a las seis.
Esperemos que nos aclare el panorama.
–Lo hará –dijo Wexford mientras cerraba el
libro más gordo–. Necesitamos confirmación –añadió–, aunque ya he encontrado la
solución.
–¡Cielos! ¿Y por qué no ha empezado por ahí?
–Porque no me lo preguntó. Siéntese. –Wexford
le señaló la silla al otro lado del escritorio–. Estaba bien encaminado, Mike.
El problema es que su bibliografía no era la más apropiada. Su libro tiene una
sección sobre los hongos comestibles y otra sobre los venenosos, pero ninguna intermedia. Quiero decir que no menciona hongos que no son buenos para la salud,
aunque no provoquen la muerte ni problemas graves. No hace referencia a
aquellas setas que pueden tener efectos nocivos en circunstancias concretas.
–Pero sabemos que comieron barbudas –dijo
Burden–. Y si por «circunstancias concretas» se refiere a la ingestión de
alcohol, hemos demostrado que esta sustancia no produce ningún efecto sobre las
barbudas.
–Mike –dijo Wexford con calma–, ¿cómo sabemos
que comieron barbudas? –Extendió sobre el escritorio las setas que había cogido
en la calle y en el jardín de Corinne Last–. Mire éstas con atención, ¿quiere?
Burden observó la docena de setas con
expresión de asombro.
–¿Qué se supone que debo buscar? –dijo,
señalándolas.
–Diferencias –respondió Wexford sucintamente.
–Algunas son más pequeñas que otras y las más
pequeñas son grises. ¿Se refiere a eso? Pero también los champiñones son
diferentes entre sí. Hay algunos grandes y planos, otros más pequeños y
redondeados...
–No obstante, en este caso una pequeña
diferencia puede resultar crucial. –Wexford distribuyó las setas en dos
grupos–. Las más pequeñas y grises proceden de la calle; algunas de las más
grandes y blancas, del jardín de Corinne, y otras también de la calle.
Cogió uno de los últimos especímenes entre el
pulgar y el índice.
–Esta no es una barbuda, sino un coprino
entintado. Ahora escuche –dijo abriendo el libro gordo en la página señalada–:
«El coprino entintado, o Coprinus atramentarius, no debe confundirse
con la barbuda, Coprinus
comatus. Es más pequeña y grisácea, pero aparte de
este detalle, guarda una gran semejanza con la barbuda. Aunque el Coprinus atramentarius suele resultar inofensivo una vez cocido, contiene una sustancia
química similar al principio activo del Antabuse, un fármaco empleado en el
tratamiento de los alcohólicos, y si se ingiere en combinación con bebidas
alcohólicas, provoca náuseas y vómitos.»
–Nunca podremos probarlo.
–No lo sé –dijo Wexford–, pero podemos
comenzar por demostrar que Corinne Last mintió al decir que había recogido las
setas de su jardín.
Cotilleos de viejas
(Old
Wives Tales)
Se les veía escandalizados, ofendidos y en
cierto modo avergonzados; pero, por encima de todo, se les veía viejos. Wexford
pensó que, según las leyes de la naturaleza, una mujer de setenta años debería
haber sido huérfana durante los últimos veinte años. Pero aquélla apenas
llevaba veinte días de orfandad. Su marido, sentado frente a ella retorciendo
su bigote ralo, sacudiendo mecánica y lentamente la cabeza, parecía mayor que
ella, prácticamente tan viejo como su difunta suegra. Llevaba una chaqueta de
lana marrón con un pequeño y pulcro zurcido en un codo, zapatillas de piel de
cordero, y resollaba al hablar. Su mujer repetía que no podía creer lo que oía;
no podía creerlo. ¿Cómo era posible que la gente fuera tan maliciosa? Wexford
no respondió. No podía hacerlo, aunque a menudo se hacía la misma pregunta.
–Mi madre murió de un derrame cerebral –dijo
la señora Betts con voz trémula–. Consta en el certificado de defunción. El
doctor Moss lo firmó.
Betts resopló e inspiró con un silbido. A
Wexford le recordaba a un conejo viejo, quizá un conejo con mixomatosis, en
parte por la chaqueta parda y las zapatillas peludas, y en parte por el bigote
y la cerdosa barbilla sin afeitar.
–Tenía noventa y dos años –dijo con voz grave
y acatarrada–. Noventa
y dos. Deben de estar chiflados.
–¿Acaso sugieren que el doctor Moss, un
médico, mintió?
–¿Por qué no hablan con él? Mi esposa y yo
somos gente corriente, sin educación. El doctor dijo que fue una apoplejía
–dijo Betts, pronunciando las últimas palabras con dificultad–, lo que en
lenguaje popular se llama derrame cerebral. ¿Pretenden insinuar que mi esposa o
yo le produjimos una apoplejía? ¿De veras creen eso?
–No he acusado a nadie, señor Betts. –Wexford
se sentía incómodo. Hubiera deseado estar en cualquier otro sitio, en lugar de
en aquella casa recientemente decorada y pintada–. Me limito a interrogarlos
porque hemos recibido cierta información que me obliga a hacerlo.
–Cotilleos –dijo la señora Betts con
amargura–. Este barrio es un nido de cotillas. Es una pena que no tengan nada
mejor que hacer. Sé muy bien lo que dicen. La mayoría fruncen la nariz y miran
hacia otro lado cuando paso junto a ellos. Todos excepto Elsie Parrish, desde
luego.
–Ha sido muy leal –dijo su esposo–. Elsie es
muy leal. –Miró a Wexford con tímida cólera–. ¿No tienen nada mejor que hacer
que escuchar a un hatajo de cotillas? ¿Qué me dice de los verdaderos crímenes?
¿De los gamberros que entran a robar en las casas?
Wexford suspiró, pero continuó
interrogándolos con estoicismo, recordando las palabras de la enfermera y del
doctor Moss, manteniendo fresco ese motivo más importante que la intención de
quitar de en medio a un viejo progenitor. Si no hubiera sido un policía con un
profundo respeto por las leyes y la vida humana, habría creído que las dos
personas que tenía delante, o al menos una de ellas, no había podido resistir
la tentación de cometer un asesinato.
¿Uno de ellos?, ¿los dos?, ¿o ninguno? O la
muerte de Ivy Wrangton obedecía a causas no naturales, o se habían producido
una serie de coincidencias e incidentes inexplicables que rayaban en lo
increíble.
Todo había empezado tres días antes, cuando
la enfermera había ido a verlo. Lo que sugería era tan grave que el sargento
Martin la había llevado ante él. Wexford la conocía, la había visto alguna vez
haciendo su ronda de visitas y se había preguntado cómo hacían las enfermeras
del distrito para soportar su trabajo, la implacable rutina diaria, la
miserable paga, las labores desagradables. Quizá ella se preguntara lo mismo
sobre su trabajo. Era una mujer rubia, guapa, de unos treinta y cinco años, con
manos rojas y grandes. Siempre parecía cansada. También entonces parecía
cansada, aunque acababa de tomarse dos semanas de vacaciones. Llevaba el
uniforme de verano: una bata a cuadros azules y blancos, delantal blanco,
chaqueta oscura, una pequeña cofia y los toscos zapatones que las enfermeras
usan por igual en invierno y verano. Era la enfermera Radcliffe, Judith
Radcliffe.
–¿Señor Wexford? –preguntó–. ¿Inspector jefe
Wexford? Creo que solía visitar a su hija poco después de que diera a luz a su
hijo. Entonces era comadrona. No recuerdo su nombre, pero el pequeño se llamaba
Benjamín.
Wexford sonrió y le recordó el nombre de su
hija mientras miraba los apagados ojos azules, la rigidez del cuello y los
hombros de la enfermera, y se preguntaba hasta qué punto era inteligente,
perspicaz y sincera. Le acercó una de las pequeñas sillas amarillas. Su
despacho era alegre y luminoso, incluso cuando no brillaba el sol; muy distinto
de las típicas dependencias policiales.
–Siéntese, por favor, enfermera Radcliffe
–dijo–. El sargento Martin me ha informado someramente sobre el motivo de su
visita.
–Me siento bastante incómoda. Es probable que
crea que estoy haciendo una montaña de un grano de arena.
–Yo no me preocuparía por eso. Si lo creo se
lo diré y nos olvidaremos del asunto. Nadie más se enterará. Todo quedará entre
los dos y estas cuatro paredes.
La mujer soltó una risita.
–Cielos, me temo que el rumor ya ha llegado
bastante lejos. Tengo tres pacientes en Castle Road y los tres han mencionado
el asunto. La muerte de la pobre señora Wrangton es el tema central de todos
los cotilleos de la calle y yo pensé, bueno..., no puede haber tanto humo sin
fuego, ¿verdad?
Montañas y granos de arena, humo y fuego.
Wexford pensó que aquello prometía convertirse en un auténtico volcán.
–Creo que será mejor que me lo cuente todo
–dijo con tono autoritario.
–Me pareció conveniente que escuchara la
historia por boca de una profesional –comenzó la enfermera con aire
dramático. Apoyó los pies en el suelo bastante separados entre sí, y se inclinó
con las manos sobre las rodillas–. La señora Wrangton era una anciana; tenía
noventa y dos años. Sin embargo, a pesar de su edad, estaba fuerte como un
toro. Era una mujer delgada, enérgica, sin problemas de incontinencia y con un
corazón a toda prueba. Murió el mismo día que me marché de vacaciones, pero
estuve con ella el día antes para bañarla, cosa que hacía una vez por semana
porque la pobre no podía entrar o salir de la bañera sola, y recuerdo que pensé
que tenía mejor aspecto que nunca. Cuando volví de mis vacaciones y me enteré
de que había muerto de apoplejía, me quedé atónita.
–¿Cuándo volvió, señorita Radcliffe?
–El dieciséis; el viernes pasado. Hoy es
jueves. En fin, el caso es que el lunes, cuando me reincorporé al trabajo en mi
zona, lo primero que oí fue la noticia de la muerte de la señora Wrangton,
seguida de insinuaciones de que alguien..., bueno..., de que alguien le había
prestado cierta ayuda. –Hizo una pausa para contar algo con los dedos–. Yo me marché
el dos de junio, el día de su muerte, y el entierro fue el siete.
–¿Entierro?
–Bueno, en realidad fue una cremación –dijo
la enfermera Radcliffe alzando la vista. Wexford suspiró–. La atendió el doctor
Moss. En realidad era paciente del doctor Crocker, pero él también estaba de
vacaciones. Mire, señor Wexford, ignoro qué ocurrió exactamente el dos de
junio; sólo sé lo que dicen las mujeres de Castle Road. ¿Quiere escucharlo?
–Todavía no me ha dicho de qué murió la
anciana.
–Según el doctor Moss, de apoplejía.
–No sé qué hay que hacer para provocarle una
apoplejía a una persona –dijo Wexford con sequedad–. ¿Hay que darle un susto,
inyectarle aire con una jeringuilla vacía, provocarle un ataque de furia, o
qué?
–No lo sé. –La enfermera Radcliffe pareció agraviada,
como si hubiera querido decir, de haberse atrevido, que era Wexford y no ella
quien debía averiguar ese punto. Abandonó el tema de la muerte–. La señora
Wrangton y su hija, es decir la señora Betts, Doreen Betts, se odiaban
mutuamente, como un perro y un gato. Y tengo entendido que el señor Betts
llevaba más de un año sin dirigirle la palabra a la anciana. Teniendo en cuenta
que la casa pertenecía a la señora Wrangton, igual que cada mueble que había en
su interior, me parecía una ingratitud de parte del matrimonio. Nunca me gustó
la forma en que la señora Betts hablaba de su madre y mucho menos la forma en
que le hablaba a ella, pero no podía decir nada. El señor Betts se jubiló de su
trabajo en correos y vivían en la casa de la anciana sin pagar alquiler. Es una
casa muy bonita, ¿sabe? Victoriana. Y en aquellos tiempos las casas se
construían para durar. En más de una ocasión pensé que la casa necesitaba un
buen trabajo de restauración y que era una pena que el señor Betts no le diera
una mano de pintura. Sin embargo, un buen día la señora Wrangton me dijo que
habían contratado a profesionales y que iban a redecorar por dentro y por
fuera...
Wexford interrumpió aquel torrente de
comentarios, en apariencia irrelevantes:
–¿Por qué se llevaban tan mal los Betts con
la señora Wrangton?
La enfermera lo miró como si nunca hubiera
conocido a nadie tan ingenuo.
–Por triste que parezca, señor Wexford, es
evidente que alguna gente vive más de lo que sus familiares consideran
prudente. Para decirlo con brusquedad, el señor y la señora Betts no veían la
hora de que le ocurriera algo a la señora Wrangton. –Su voz vaciló al usar el
eufemismo–. No llevan muchos años de casados, ¿sabe? Apenas cinco o seis. La
señora Betts era una solterona que vivía con su madre y conoció a su marido en
una de esas asociaciones para la tercera edad. La señora Wrangton solía decir
que podía haber escogido mucho mejor, un comentario que tiene cierta gracia
tratándose de una persona de esa edad, y que el señor Betts iba detrás de su dinero
y su casa.
–¿Se lo dijo a usted, personalmente?
–No sólo a mí; a todo el mundo –respondió la
enfermera, mancillando de manera involuntaria la reputación de una mujer a
quien pretendía defender–. Estaba convencida de ello. Creo que no le gustaba
nada tenerlo en su casa.
Wexford se movió en la silla con impaciencia.
–Si tuviéramos que investigar todas las
muertes de las personas que no se llevaban bien con sus familiares...
–Pero no es sólo eso, en absoluto. La señora
Betts llamó al doctor Moss el veintitrés de mayo, cuatro días después de que el
doctor Crocker se marchara. ¿Por qué lo hizo? La señora Wrangton se encontraba
bien. Yo la estaba vistiendo, después del baño, y me sorprendió ver al doctor
Moss. La señora Wrangton dijo: «No sé qué hace aquí. Yo no le he pedido a mi
hija que lo llamara. Todo porque esta mañana dormí un poco más de lo habitual.»
La pobre estaba muy orgullosa de su buena salud. No había estado enferma en
toda su vida, excepto una vez, pero aquello fue más bien una alergia. Le diré por
qué llamaron al doctor Moss, señor Wexford: para que cuando la señora Wrangton
muriera, él pudiera firmar el certificado de defunción. Aunque no era su
médico, podía hacerlo si la había visitado en las últimas dos semanas. Es la
ley. Todo el mundo dice que la señora Betts esperó a que el doctor Crocker se
marchara porque sabía que éste no habría aceptado la muerte de la anciana con
tanta naturalidad. Habría pedido una autopsia y las cosas se habrían
complicado. –La enfermera Radcliffe no especificó cómo, pero Wexford se lo
pensó mejor antes de volver a interrumpirla–. La última vez que vi a la señora
Wrangton fue el primero de junio. Cuando salía, intercambié unas palabras con
el pintor. Había dos, pero éste era un joven de unos veinte años. Le pregunté cuándo
pensaban terminar con las obras y me contestó que antes de lo que esperaban, a
la semana siguiente, porque la señora Betts les había dicho que acabaran la
cocina y el exterior de la casa y dejaran el trabajo. Me pareció extraño. La
señora Wrangton no me había dicho nada al respecto. Al contrario, me había
dicho que cuando las paredes del baño estuvieran embaldosadas, no tendría que
preocuparme por las salpicaduras mientras la bañaba.
»Señor Wexford, es posible que la señora
Betts hiciera parar las obras porque sabía que su madre moriría al día
siguiente. Ella no quería redecorar toda la casa y no tenía intenciones de
pagar las obras con el dinero que le dejara su madre.
–¿Mucho dinero? –preguntó Wexford.
–Supongo que tendría tres o cuatro mil libras
en el banco. Pero también estaba la casa, por supuesto. Sé que la anciana había
hecho testamento porque fui testigo junto con el doctor Crocker. En presencia
de los herederos, como marca la ley –añadió con tono solemne–. Sin embargo, no
leí el contenido del testamento. La señora Wrangton me comentó que le dejaría
la casa a su hija y algo a su amiga Elsie Parrish. Aparte de eso, no sé nada.
Claro que la señora Parrish es incapaz de aceptar que haya habido algo sucio de
por medio. Me la encontré en Castle Road y me dijo que la gente estaba haciendo
comentarios horribles.
–¿Quién es Elsie Parrish?
–Una vieja y buena amiga de la señora
Wrangton. Tiene casi ochenta años, pero es ágil como una gacela. Y eso me lleva
a la peor parte. El dos de junio, aquel mismo viernes por la tarde, el señor y
la señora Betts salieron a jugar una partida de cartas. La señora Parrish sabía
que iban a salir y se había comprometido a quedarse con la señora Wrangton. De
vez en cuando lo hacía, pues no era conveniente dejarla sola a su edad. Se
suponía que la señora Betts iría a buscarla antes de salir, pero al ver que
ésta no iba, creyó que los Betts habían cambiado de planes. Sin embargo,
salieron, y no fueron a buscar a la señora Parrish adrede. Dejaron a la señora
Wrangton sola con el joven pintor, y nunca habían hecho algo así con
anterioridad. Jamás.
Wexford asimiló toda la información en
silencio. Lo que oía no le gustaba, pero tampoco tenía razones para pensar que
estaba ante un caso de asesinato. La enfermera Radcliffe se reclinó en la
silla, aparentemente exhausta.
–¿Ha mencionado usted una alergia?
–Caray, sí, pero eso fue hace más de
cincuenta años. Creo que se trató de un caso leve de fiebre del heno. Hay
antecedentes de asma en la familia. El hermano de la señora Betts sufrió de
asma toda su vida y ella coge onidosis de vez en cuando, o sea urticaria.
Wexford asintió en silencio. Tenía la
impresión de que la enfermera aún le reservaba una bomba o que el volcán estaba
a punto de entrar en erupción.
–Si es cierto que el matrimonio no estaba
presente –dijo–, ¿cómo es posible que uno de ellos provocara la muerte de la
anciana?
–Cuando la señora Wrangton murió, llevaban
dos horas en la casa. La anciana estaba en coma y esperaron una hora y veinte minutos antes de llamar al doctor Moss.
–¿Tú habrías firmado el certificado de
defunción, Len? –preguntó Wexford al doctor Crocker.
Estaban en una casa pequeña, especialmente
construida para albergar dos consultorios y una sala de espera. El último
paciente se había largado con una receta y unas palabras tranquilizadoras y el
médico había terminado con sus visitas vespertinas. Crocker miró a Wexford con
expresión desafiante.
–Claro que sí; ¿por qué no iba a hacerlo? La
señora Wrangton tenía noventa y dos años. Es absurdo que Radcliffe diga que su
muerte la pilló por sorpresa. Cuando una persona llega a los noventa y dos,
nadie se sorprende de que muera. Espero que nadie haya puesto en tela de juicio
la opinión de mi excelente colega.
–Yo no –dijo Wexford–. Nada me gustaría tanto
como que esto resultara un montón de humo. Pero tengo que interrogarte, y
también tendré que interrogar a Jim Moss.
El doctor Crocker parecía ofendido. El
inspector Wexford y él eran viejos amigos, habían ido al colegio juntos y ambos
habían vivido casi toda su vida en Kingsmarkham, donde Crocker tenía una
consulta y Wexford era jefe del Departamento de Investigación Criminal. Pero,
por muy amigos que fueran, el médico creía que Wexford no tenía derecho a
insinuar que él, o cualquiera de sus colegas, había cometido una negligencia.
En consecuencia, volvió a ponerse a la defensiva cuando Wexford preguntó:
–¿Cómo puede saber que era una apoplejía sin
haber hecho una autopsia?
–¡Que Dios me dé paciencia! La vio antes de
morir, ¿verdad? Llegó allí una media hora antes de que se produjera la muerte.
Una apoplejía tiene síntomas inconfundibles, Reg, y cualquier médico con un
poco de experiencia los reconoce. El paciente está inconsciente, con la cara
roja y el pulso débil. Respira de forma entrecortada e hincha las mejillas al exhalar.
Es un cuadro que sólo puede confundirse con una intoxicación etílica, pero en
este último caso las pupilas del paciente se encuentran muy dilatadas, mientras
que en la apoplejía están contraídas. ¿Te parece suficiente?
–Muy bien; fue una apoplejía. Pero ¿no es
posible que una apoplejía se produzca a consecuencia de otra cosa, por ejemplo
de una operación? O, en el caso de una mujer joven, de un parto? ¿Incluso de
las úlceras por decúbito en las personas mayores que permanecen mucho tiempo
postradas?
–La vieja Ivy Wrangton no tenía úlceras y
hacía más de setenta años que no daba a luz. Sufrió una apoplejía porque tenía
noventa y dos años y sus arterias estaban viejas. «Nuestra vida es de setenta
años –citó el médico con solemnidad–, ochenta años la vida de los fuertes; la
gloria de los mismos, afanes y miseria.» La anciana había llegado a los noventa
y se había quedado sin savia vital. –Había estado paseándose de un extremo al
otro de la habitación, pero por fin se sentó en el borde del escritorio, su sitio
favorito–. Me alegro de que la hayan cremado. Eso nos ahorra el desagradable
deber de exhumarla y cortarla en trocitos. Era una anciana extraordinaria,
¿sabes, Reg? Fuerte como un toro. Una vez me habló de su primer parto. Tenía
dieciocho años y cuando sintió los primeros dolores estaba limpiando los
escalones de la puerta. Entró en la casa, mandó a su madre a buscar a la
comadrona y se tendió en la cama. El niño nació después de dos contracciones
más, y el parto de su hija fue aún más fácil.
–Sí, me dijeron que había tenido otro niño.
–Wexford tuvo que admitir que era absurdo llamar «niño» a alguien que ya habría
superado los setenta años–. De modo que la señora Betts tiene un hermano –se
corrigió.
–Lo tenía. Murió el invierno pasado.
Era viejo, Reg, y había sufrido de los bronquios toda su vida. Setenta y cuatro
años son muchos años, a menos que los compares con la edad de la señora
Wrangton. La vieja estaba orgullosa de su buena salud, se jactaba de no haber
estado enferma nunca. Yo solía visitarla cada dos o tres meses, por una simple
cuestión de rutina, y cuando le preguntaba cómo se encontraba, me respondía:
«Estoy espléndida, doctor. Rebosante de salud.»
–Sin embargo, tengo entendido que en algún
momento sufrió una alergia. –Wexford se agarraba a un clavo ardiendo–. Me lo
dijo la enfermera Radcliffe. Me preguntaba si algo similar podría haber
contribuido...
–Claro que no –interrumpió el médico–. ¿De
qué modo? Eso sucedió hace muchos años y su supuesta «enfermedad» consistió en
un ataque de asma, con hinchazón de ojos y algunas molestias gástricas. Creo
que solía exagerarlo, como suele hacer la gente saludable cuando habla del
único trastorno físico que ha sufrido en su vida... Aquí viene Jim. Me pareció
oír que se marchaba su último paciente.
El doctor Moss, pequeño, moreno y delgado, se
acercaba por el pasillo que unía las dos consultas. Sonrió a Wexford mostrando
los treinta y dos dientes blancos y grandes que el inspector nunca había
conseguido averiguar si eran postizos o auténticos. Eran unos dientes demasiado
grandes para la cara del doctor Moss, pequeña, tersa y ligeramente bronceada.
Sin embargo, sus diminutos ojos negros no sonreían en absoluto.
–Aquí llega el médico villano –dijo– que
aparentemente se ha confabulado con las ambiciosas herederas y con un loco
empleado de correos. ¿Qué prueba puedo ofrecerle? ¿El número de mi cuenta
corriente en Suiza?, ¿o prefiere que le enseñe el martillo con que golpeé a la
víctima para provocarle una hemorragia subaracnoidea?
Es difícil responder a esa clase de
comentarios ingeniosos. Wexford sabía que si lo hacía, o si intentaba
tranquilizar a Moss diciéndole que en ningún momento había sospechado de él,
sólo oiría más ocurrencias necias, ironías y confesiones absurdas. De modo que
se limitó a sonreír con sequedad, tamborileando los pies contra la pata del
escritorio de Crocker, mientras el doctor Moss se recreaba en su fantasía de
hombre corrupto, una especie de William Palmer de nuestros tiempos, siempre
dispuesto a envenenar a alguien o a satisfacer con su hipodérmica las
expectativas de familiares impacientes. Por fin, incapaz de soportarlo más,
Wexford interrumpió su interminable perorata y se dirigió a Crocker:
–Tengo entendido que fuiste testigo de su
testamento.
–Sí, junto con la cotilla de Radcliffe.
Dejaba la casa y tres mil libras a su hija y el resto a otra paciente mía, la
señora Parrish. Según me dijo la propia señora Wrangton, el resto ascendía a
unas mil quinientas libras, pero teniendo en cuenta que tenía el dinero puesto
a interés y que conseguía ahorrar algo de su pensión, supongo que ahora será
bastante más.
Wexford asintió. A esta altura, el doctor
Moss había dejado de hablar, presumiblemente porque había agotado sus reservas
de ironía e ingenio. Los dientes le iluminaban la cara como si fueran una
farola callejera, de modo que cuando tenía la boca cerrada cobraba un aspecto
malhumorado y siniestro. Wexford decidió abordarlo con una táctica simple y
directa, y comenzó por disculparse.
–En ningún momento he pretendido insinuar que
usted actuó con negligencia, doctor Moss. Pero póngase en mi lugar...
–Imposible.
–Muy bien. Pongámoslo de otro modo. Intente
comprender que en mi posición, no tengo más remedio que investigar el caso.
–Es probable que la señora Betts presente una
demanda por calumnias y contará con todo mi apoyo. Los Betts no tuvieron ni
oportunidad ni razón alguna para matar a la señora Wrangton, pero de todos
modos se permite que un hatajo de viejas cotillas ensucien su reputación con
total impunidad.
–Me temo que sí tenían una razón –dijo
Wexford con delicadeza–: la de desembarazarse de la anciana, que se había
convertido en una carga para ellos, y quedarse con la casa.
–Tonterías –dijo y sus dientes
resplandecieron fugazmente–. De todos modos iban a librarse de ella y a
quedarse con la casa. La señora Wrangton iba a ingresar en un geriátrico. –Hizo
una pausa para disfrutar del efecto de sus palabras–. Hasta el final de sus
días –añadió con dramatismo.
Crocker se apartó del escritorio.
–No lo sabía.
–¿No? Pues fuiste tú quien le habló de una
residencia nueva en Stowerton, al menos eso dijo. Me lo contó todo el día en
que me llamó la señora Betts, cuando tú estabas fuera. Se marcharía a finales
de mayo. Pero antes quería redecorar la casa para su hija y su yerno.
–¿También le dijo eso?
–No; pero era evidente. Si lo desea, puedo
relatarle exactamente lo que sucedió durante aquella visita. Esa arpía
entrometida, la enfermera Radcliffe, acababa de darle un baño y se marchó
después de vestirla. Gracias a Dios. Yo no conocía a la señora Wrangton y la
encontré bien, a pesar de su edad y de que tenía la tensión un poco alta. Me
extrañó que la señora Betts me hubiera llamado. Sin embargo, la anciana me
explicó que su hija se poma nerviosa cuando se despertaba más tarde de lo
habitual, y eso era lo que había sucedido aquella mañana y el día anterior. La
señora Wrangton dijo que no era extraño, pues se había quedado hasta muy tarde
viendo los mundiales de fútbol en la tele. Pero el señor y la señora Betts no
lo sabían y me pidió que no les dijera nada. En fin, los dos reímos de esa
pequeña conspiración. Me caía bien, era una viejecilla encantadora. Luego me
habló de la residencia geriátrica... ¿cómo se llama? ¿Campo de Primavera? ¿El
Paraíso del Sol?
–Jardines de Verano –dijo el doctor Crocker.
–Le dije que le costaría mucho dinero y ella
me contestó que pronto recibiría una suma importante y que no podría llevársela
consigo cuando muriera. Supuse que se trataba de una renta anual. Hablamos
durante unos cinco minutos y me dio la impresión de que llevaba meses dándole
vueltas a la idea de la residencia. Le pregunté qué opinaba su hija y dijo...
–¿Sí? –preguntó Wexford con impaciencia.
–¡Cielos! La gente como ustedes hace que uno
acabe viendo indicios siniestros en los comentarios más inocentes. Dijo: «Cualquiera
diría que Doreen estaría contenta de deshacerse de mí, ¿verdad?» Fue como si
quisiera insinuar que no le gustaba la idea. No sé qué quiso decir y no se lo
pregunté, pero puedo asegurarle de que la señora Betts no tenía motivo para
matar a su madre. Incluso dejando a un lado sus sentimientos, para ella era lo
mismo que la anciana viviera o muriera. Los Betts se quedarían con la casa de
cualquier modo y, después de su muerte, con el capital. Cuando volví a verla
estaba inconsciente, moribunda. Murió el dos de junio a las siete y media.
Los padres de Wexford habían muerto antes de
que él cumpliera los cuarenta. La madre de su esposa llevaba veinte años
muerta, y su padre, quince. Ninguno de ellos había superado los setenta; de
modo que Wexford no tenía ninguna experiencia en los problemas geriátricos. Sin
embargo, le parecía que no era mal destino para una mujer como la señora
Wrangton acabar sus días en una residencia donde le ofrecieran compañía y
atención en un entorno agradable. También era una bendición para la hija y el
yerno, cuyo afecto por la anciana quizá pudiera resurgir cuando se limitaran a
verla una o dos veces por semana. No. Doreen Betts y su marido no tenían ningún
motivo para acelerar la muerte de la anciana, pues su retiro a Jardines de
Verano no haría ninguna mella en las tres o cuatro mil libras de su capital. Su
pensión y su renta anual bastarían para cubrir los gastos. Wexford se preguntó
a cuánto ascenderían dichos gastos y recordó que unos años antes alguien le
había comentado que esas instituciones cobraban unas veinte libras semanales.
Había sido la tía vieja de alguien, quizá de alguna amistad de su esposa. Por
supuesto, habría que sumarle el aumento del costo de la vida, pero de cualquier
modo no podía ser más de treinta libras. Con una jubilación de unas dieciocho
libras y una renta semanal de otras veinte, la señora Wrangton podía permitirse
perfectamente vivir en Jardines de Verano.
Sin embargo, había muerto antes... de causas
naturales. Ya no importaba que ella y Harry Betts no se dirigieran la palabra,
que no hubieran ido a buscar a Elsie Parrish, que hubieran llamado al doctor
Moss para que visitara a una mujer perfectamente saludable, que la señora Betts
hubiera ordenado detener las obras. No había motivo. En consecuencia, con el
tiempo las malas lenguas callarían, se leería el testamento y los Betts podrían
retirarse a disfrutar de la casa recién decorada.
Wexford apartó el caso de su mente, aunque
antes se preguntó si debería darse una vuelta por Castle Road para intentar
detener los cotilleos. Sin embargo, de inmediato comprendió que sería inútil,
pues todo el mundo negaría las calumnias. Además, no creía que esa tarea
estuviera incluida entre sus obligaciones. No. Era mejor dejar que los rumores
murieran de muerte natural, igual que la señora Wrangton.
El lunes por la mañana, mientras desayunaban,
su esposa leía una carta de una hermana que vivía en Gales.
–Frances dice que la madre de Bill por fin ha
ingresado en una residencia geriátrica. –Bill era el cuñado de Wexford–. Si no
lo hubiera hecho, Fran habría tenido que ocuparse de ella, lo que en realidad
no era justo.
Desde detrás del periódico, Wexford pronunció
un par de interjecciones que pretendían demostrar su comprensión y apoyo hacia
la actitud de Frances.
–Noventa libras a la semana –dijo Dora.
–¿Qué has dicho?
–Hablaba sola, cariño. Sigue leyendo el
periódico.
–¿Has dicho noventa libras a la semana?
–Sí. No creo que Fran y Bill puedan
permitírselo mucho tiempo. Son unas cinco mil al año.
–Pero... –balbuceó Wexford–. Creí que hace un
par de años me habías dicho que a..., ¿cómo se llama?, sí, a la tía de Rosemary
le cobraban veinte libras semanales donde quiera que la llevaran.
–Cariño –dijo Dora con afecto–, para empezar,
eso no fue hace un par de años, sino por lo menos doce. Y en segundo lugar, ¿no
has oído hablar del aumento del coste de la vida?
Una hora más tarde estaba en el despacho de
la encargada de Jardines de Verano. Aunque no había ocultado su identidad,
supuestamente se había presentado allí con el fin de averiguar las condiciones
para ingresar a una parienta vieja de su esposa, la tía Lilian. Aquella mujer
había existido de verdad, quizá incluso todavía existiera en la remota aldea de
Westmorland, desde donde habían recibido noticias suyas en 1959.
La encargada, una tal señora Corrigan, era
irlandesa, y aparentaba la misma edad que la enfermera Radcliffe. Junto a ella
había un niño de unos seis años, y en el suelo, jugando con un tractor, otro de
tres. Por la ventana vio tres niñas intentando convencer a un gato de que
saliera de su refugio, debajo de un coche. De no ser por la media docena de
ancianas sentadas en semicírculo en el jardín, dormitando, murmurando para sí o
simplemente mirando al vacío, cualquiera hubiera dicho que se trataba de una residencia
para niños. El jardín estaba lleno de flores; lilas malvas y blancas por todas
partes, y algunos pimpollos de rosas. Desde el otro lado de un seto se oía el
ruido de una cortadora de césped, empujada, seguramente, por el prolífico señor
Corrington.
–Nuestra tarifa es de noventa y cinco libras
a la semana, señor Wexford –dijo la encargada–. Y con los extras para
lavandería y tintorería, seguramente podríamos redondear la cifra a unas cinco
mil al año.
–Ya veo.
–Las huéspedes sólo tienen que compartir la
habitación con otra persona. Las bañamos y les cambiamos de ropa una vez a la
semana. Y por favor, sería conveniente que su tía trajera sólo prendas de telas
sintéticas, pues, como comprenderá, metemos toda la ropa junta en las
lavadoras. Si le parece bien, tendrá que entregar un mes adelantado y el resto
en cuotas mensuales domiciliadas en un banco.
–Me temo que no me parece bien –dijo
Wexford–. La tarifa es más alta de lo que esperaba. Tendré que buscar otra
solución.
–Bien. Entonces no tenemos nada más que decir
–dijo la señora Corrigan con una sonrisa casi tan luminosa como la del doctor
Moss.
–Sólo por curiosidad, señora Corrigan, ¿cómo
hacen sus..., eh..., huéspedes para permitirse esos gastos? Mucha gente gana
menos de cinco mil libras al año.
–Desde luego; pero son viudas, señor Wexford,
y sus maridos les han dejado la casa. La mayoría de las ancianas venden su
vivienda, y tal como están los precios de las propiedades hoy día, tienen
suficiente para mantenerse cuatro o cinco años en Jardines de Verano.
La señora Wrangton pretendía vender su casa y
la estaba redecorando por dentro y por fuera para obtener un precio más alto.
Intentaba vender el único techo de los Betts... No era extraño que la anciana
hubiera sugerido al doctor Moss que Doreen se había alegrado de no verla más.
¡Qué mujer! ¡Cuánta malicia a los noventa y dos años! ¿Quién iba a negarle el
derecho moral y legal para vender? Al fin y al cabo, la casa era suya. Doreen
Wrangton podría haberse mudado a una casa propia hacía tiempo, quizá debería haberlo hecho, y acaso había esperado que su marido se la
proporcionara cuando se convirtió en la señora Betts. Todo el mundo sabe que no
hay que calzarse los zapatos de los muertos antes de tiempo. Pero, por otra
parte, qué monstruosa venganza la de la anciana contra un yerno hostil y una
hija poco solidaria. La sutileza del plan despertaba cierta admiración en
Wexford, mientras su crueldad le provocaba disgusto. Por fin tenía un motivo; y
muy bueno, por cierto.
De modo que poco después se encontraba en
Castle Road, en el salón de los Betts, interrogando a la vieja huérfana y a su
marido. La estancia estaba empapelada en un tono ostra argénteo y la
carpintería pintada de color marfil. Estaba seguro de que la puerta jamás había
lucido un tono más claro que el marrón chocolate, igual que las paredes del
vestíbulo, que, hasta su reciente decoración en color magnolia, tenían un
siniestro recubrimiento de tejido oscuro.
Cuando el matrimonio dejó de protestar por
los cotilleos y la manifiesta incapacidad de la policía para establecer sus
prioridades, Doreen Betts accedió sin demasiada reticencia a responder a las
preguntas de Wexford. Ante la primera, reaccionó con vehemencia.
–Mi madre jamás habría hecho algo así. Estoy
segura de que era sólo un farol. Ni siquiera mi madre podía ser tan cruel.
El marido se estiraba el bigote mientras
arrastraba los pies calzados con zapatillas. Su furia se materializó en una
lágrima en el extremo de la nariz, que permaneció allí unos instantes,
temblorosa.
Doreen Betts dijo:
–Supe que no pensaba hacerlo cuando le
pregunté si podía decirle a los obreros que dejaran la planta alta como estaba
y ella me contestó algo así como que le daba igual una cosa que otra. Estoy
segura de que no se hubiera marchado. En ese sitio ni siquiera habría tenido
una habitación para ella sola. ¡Noventa y cinco libras a la semana! Le dije que
la meterían en la cama a las ocho y que no podría ver la televisión hasta las
tantas.
–Así es –fue el ambiguo comentario de Harry
Betts.
–Si hubiéramos sabido que mi madre pensaba
hacer algo así, nos habríamos quedado a vivir en el piso de Harry cuando nos
casamos. Tenía un bonito piso en la calle principal, encima de la tienda de
congelados. No era una sola habitación, como decía mi madre, sino un piso de
verdad, ¿no es cierto, Harry? ¿Qué habría sido de nosotros si mi madre hubiera
hecho algo semejante? Nos habríamos quedado en la calle.
De repente, los gestos de asentimiento del
marido, sus incansables pies y la temblorosa gota en la nariz parecieron
sacarla de sus casillas.
–Creo que será mejor que tenga una pequeña
charla con el inspector a solas, cariño –dijo con tono de desolación.
Wexford la siguió a la habitación donde la
señora Wrangton había dormido durante los últimos años de su vida. Estaba
situada en la parte trasera de la planta baja y quizá en un principio hubiera
estado destinada al comedor. Un par de ventanas daban a una estrecha galería de
cemento y a un jardín largo y estrecho. Aquella parte de la casa no había sido
redecorada. Las paredes estaban empapeladas con un papel de capuchinas
descoloridas y la carpintería barnizada imitando el nogal. La cama de
matrimonio de la señora Wrangton seguía en su sitio, con el colchón a la vista
y una pila de mantas dobladas encima. Había un televisor situado de forma que
pudiera verse desde la cama.
–Mi madre ocupó esta habitación durante unos
años –dijo la señora Betts–. Hay un lavabo al otro lado del pasillo. No podía
subir escaleras, a menos que la ayudara la enfermera. –Se sentó en el borde del
colchón y señaló con nerviosismo un objeto con barrotes metálicos, similar a
una jaula–. Tendré que ponerme en contacto con la Seguridad Social para
devolver su andador. –Apoyó las manos sobre él y añadió con tristeza–: Mi madre
odiaba a Harry. Solía decir que no era lo bastante bueno para mí. Hizo lo
imposible para evitar que me casara con él. –La voz de la señora Betts cobró un
tono de rebeldía pueril–. Es terrible tener que pedir permiso a tu madre para
casarte a los sesenta y cinco años, ¿no le parece?
Wexford pensó que de cualquier modo lo había
hecho sin su consentimiento. Miró con ojo crítico a aquella mujer delgada y
cana de setenta y cinco años, que hablaba de sí misma como si fuera la princesa
de un cuento de hadas.
–Durante años estuvo diciendo que cambiaría su
testamento y le dejaría la casa a mi hermano. Cuando él murió, empezó a hablar
de la residencia. No paraba de discutir con Harry. Un día, delante de Elsie
Parrish, acusó a Harry de haberse casado conmigo para quedarse con la casa.
Harry no volvió a dirigirle la palabra, y con razón. Yo le dije a mi madre que
era una arpía, porque me había prometido la casa hacía años y ahora pretendía
echarse atrás. Le dije que no se podía ir por la vida embaucando a la gente de
esa manera.
Era evidente que la hija había heredado la
lengua de su madre. Wexford podía imaginarlas discutiendo en presencia de
amigos y vecinos, lo que seguramente había contribuido a propagar los rumores
presentes. Se volvió para mirar una fotografía situada sobre una cómoda de
caoba. Era una foto de boda de los años treinta. La novia estaba sentada, con
un ramo de lirios sobre el regazo, debajo de un abultado canesú ribeteado con
perlas y puntillas. El novio estaba de pie junto a ella, con esmoquin y un
bigote negro con las puntas hacia arriba. Wexford calculó que Ivy Wrangton
tendría unos dieciséis años, una cara vulgar, regordeta, joven y una figura a
la moda, de paloma buchona, y un peinado de lo más desfavorecedor con forma de
pan de granja. Aunque según la enfermera Radcliffe era una anciana delgada, en
aquel tiempo se la veía bastante rechoncha.
–Señora Betts –dijo Wexford en voz baja,
aparentemente despreocupada–, ¿por qué llamó al doctor Moss el veintitrés de
mayo? Su madre no se encontraba enferma.
La mujer sostenía el andador, arrastrándolo
hacia delante y hacia atrás.
–¿Por qué no iba a hacerlo? El doctor Crocker
estaba fuera. Elsie vino a visitarla a las nueve y mi madre aún dormía. Elsie
dijo que no era normal que durmiera tanto. Nos preocupamos porque no podíamos
despertarla, a pesar de que la sacudimos. ¿Cómo podía imaginar que se
despertaría en perfectas condiciones diez minutos después de llamar al médico?
–Hábleme del día de la muerte de su madre,
señora Betts, el viernes dos de junio –pidió Wexford y de inmediato reparó en
el hecho de que nadie le había dado mucha información sobre ese día.
–Bueno... –Le tembló la boca, pero se
apresuró a decir–: No creerá que Harry le hizo algo a mi madre, ¿verdad? Le
juro que jamás haría algo así.
–Hábleme de ese viernes.
La mujer apretó la barra metálica con las
manos e hizo un esfuerzo evidente para controlarse.
–Queríamos salir a jugar una partida de
cartas. Elsie vino por la mañana y dijo que podía quedarse con mi madre y yo le
respondí que llamaría a su puerta antes de salir. –Suspiró y consiguió
controlar la voz–. Elsie vive a dos casas de aquí. Mi madre y ella habían sido
amigas durante años y a menudo venía a hacerle compañía cuando yo salía. Aunque
no es cierto que estuviéramos siempre fuera –dijo con un brillo juvenil en los
ojos–. Salíamos muy de tarde en tarde.
Los ojos de Wexford pasaron de la cara
regordeta de la chica de la foto al estrecho y largo jardín con la tierra
removida. ¿Por qué tenía la sensación de que Betts había removido la tierra y
había arrancado las flores? Luego se giró otra vez hacia la mujer menuda y
nerviosa sentada en el borde del colchón.
–Después de comer, mi madre se sentó en el
salón a hacer punto. Fui a buscar a Elsie y le toqué el timbre, pero no debió
de oírme porque no salió. Llamé varias veces, y al ver que no aparecía, pensé
que se había olvidado de nuestros planes y había salido. Harry dijo que
podíamos marcharnos de todos modos. El pintor estaba allí, y aunque no es más
que un crío de veinte o veintidós años, se llevaba bien con mi madre. Mucho
mejor que yo, se lo aseguro. De modo que salimos y la dejamos con el pintor.
¿Cómo se llamaba? ¿Ray?
¿Raff? No, Roy. Bueno, Roy estaba pintando el vestíbulo y
mi madre estaba bien, como una rosa. Era un día bonito, así que dejé las
ventanas abiertas porque la pintura tenía un olor muy fuerte. Nunca olvidaré la
forma en que me habló antes de salir. Fue lo último que me dijo: «Doreen,
deberías tener suerte en el juego, ya que nunca has sido afortunada en el
amor.» Después rió y estoy segura de que Roy también lo hizo.
«Se está elaborando sin ayuda una buena lista
de móviles, señora Betts», pensó Wexford, pero se limitó a decir:
–Continúe.
La mujer procedió a facilitarle más pruebas,
pero Wexford no la interrumpió:
–El tal Roy cerró la puerta para evitar que
le llegara el olor, pero se asomó varias veces para ver si mi madre se
encontraba bien. Dijo que luego tuvieron una pequeña charla y que le ofreció
una taza de té, pero que mi madre no la aceptó. Más tarde, alrededor de las
tres y media, mi madre dijo que le dolía la cabeza. Era el principio de la
apoplejía, pero ella no lo sabía y lo atribuyó al olor a pintura. Le pidió que
le trajera un par de tabletas de paracetamol del baño. El chico le llevó las
pastillas con un vaso de agua y ella dijo que dormiría siesta en el sillón.
Pero poco después apareció en el vestíbulo con su andador y dijo que se
recostaría en la cama.
»Harry y yo volvimos a las cinco y media,
cuando Roy se preparaba para marcharse. Dijo que mi madre estaba durmiendo la
siesta y me asomé por la puerta de la habitación para comprobar que estuviera
bien. Había echado las cortinas. –La señora Betts hizo una pausa y luego
añadió–: Para serle franca, no me acerqué demasiado. Pensé: «Gracias a Dios;
tendremos media hora de tranquilidad para tomar una taza de té antes de que
empiece a meterse otra vez con Harry.» Cuando volví a verla eran las siete
menos cuarto o menos diez. Me di cuenta de que algo iba mal por la forma en que
respiraba, como si hinchara las mejillas, y porque tenía la cara muy roja y
sangre en los labios. –Por primera vez miró a Wexford a los ojos con expresión
temerosa–. Le limpié la sangre antes de que viniera el médico. No quería que la
viera así.
»El doctor vino de inmediato. Pensé que iba a
llamar a una ambulancia, pero no lo hizo. Dijo que había sufrido una apoplejía
y que en esos casos era mejor no mover al paciente. El médico y yo nos quedamos
junto a ella y murió poco antes de las siete y media.
Wexford asintió. Tuvo la impresión de que
había algo que no encajaba en el relato de la mujer. Lo intuía. No es que
creyera que había mentido, aunque podría haberlo hecho, pero había notado una
incongruencia, el uso de un término culto en lugar de uno coloquial... Intentó
repasar su declaración, pero cuando creyó estar a punto de descubrir la incongruencia,
oyó pasos en el pasillo, se abrió la puerta y se asomó una persona.
–Ah, aquí estás, Doreen –dijo la mujer, muy
hermosa teniendo en cuenta su edad–. Iba a... Ay, lo siento. Les he
interrumpido.
–No te preocupes –dijo la señora Betts–.
Puedes pasar, Elsie. –Miró a Wexford con expresión ausente y sus ojos
recobraron su apariencia vieja y cansina–. Ésta es la señora Parrish.
Wexford pensó que la señora Parrish tenía el
aspecto que deberían tener todas las ancianas. Olía a polvos de talco, a perfume
de lilas y a cremas de belleza; un aroma que podría asociarse muy bien con el
de un bebé acicalado. Las piernas largas y torneadas, enfundadas en medias
grises, guantes blancos con pequeños zurcidos en las puntas de los dedos, y un
abrigo azul marino sobre un vestido plisado con florecillas. Sus mejillas
pintadas con colorete parecían pétalos de rosa ajados. La melena de cabello
platino era tan espesa que de lejos podía confundirse con un turbante de seda
blanco. Wexford la acompañó a la calle y caminaron juntos hacia las tiendas. La
anciana llevaba una bolsa de red de nilón de color rosado.
–Los cotilleos son espantosos. No entiendo
cómo puede haber gente tan maliciosa. Como ya se habrá dado cuenta, nadie es
capaz de explicar cómo hizo Doreen para provocarle una apoplejía a su madre
cuando ni siquiera estaba presente. –La señora Parrish soltó una risita
irónica–. Quizá crean que sobornó al joven pintor para que le diera un susto a
Ivy. Recuerdo que mi madre siempre decía que un susto podía provocar una apoplejía
o un derrame a la cabeza, como decía ella. También decía que se podía producir
por una emoción fuerte, por beber demasiado o incluso por comer en exceso.
Para sorpresa de Wexford, ya que las señoras
elegantes no suelen o no deberían hacer algo semejante, la señora Parrish abrió
su bolso, sacó un paquete de cigarrillos y se llevó uno a la boca. Rechazó el
que le ofreció la mujer y la miró encender el suyo con una cerilla sacada de
una cajetilla negra brillante. Elsie Parrish exhaló el humo con delicadeza.
Wexford pensó que nunca había visto fumar a nadie con guantes blancos.
–¿Por qué no se quedó con la señora Wrangton
aquella tarde? –preguntó.
–¿Se refiere al día de su muerte?
–Sí.
Wexford tuvo la impresión de que no quería
responder porque temía comprometer a Doreen Betts. Por fin, la mujer habló con
cautela:
–Es verdad que me estoy quedando sorda. –El
inspector jefe no lo había notado. Había respondido a todas sus preguntas en la
ruidosa calle sin que él hubiera tenido que alzar la voz una sola vez–. No
siempre oigo el timbre. Doreen debió de llamar, pero no la oí. Es la única
explicación posible.
–¿Eso cree?
–Pensé que ella y Harry habían decidido
quedarse en casa. –Elsie Parrish cogió el cigarrillo entre el pulgar y el
índice y se lo llevó a los labios–. Daría cualquier cosa por hacer retroceder
el reloj. Esta vez no vacilaría en ir a ver a Ivy, tanto si Doreen me lo
hubiera pedido como si no.
–Quizá su presencia no hubiera cambiado las
cosas –dijo Wexford y enseguida añadió–: La señora Betts le había dicho a los
obreros que no hicieran ningún cambio en la planta alta.
–Quizá no fuera necesario –interrumpió la
señora Parrish–. No puedo asegurárselo porque nunca he subido a la planta alta.
Además, es probable que cuando vendiera la casa los nuevos habitantes quisieran
decorarla a su gusto, ¿no le parece?
Se habían detenido en una esquina, desde
donde tomarían caminos opuestos. La anciana dejó caer la colilla del cigarrillo
y la aplastó con el tacón. Luego sacó un pañuelo de puntillas del bolso y se
limpió la nariz. Daba la impresión de que intentaba contener las lágrimas.
–La pobre Ivy me dejó dos mil libras. Era tan
buena y generosa... Sabía que me dejaría algo, pero nunca pensé que fuera
tanto. –Elsie Parrish esbozó una sonrisa picara e infantil, pero de todos modos
pilló por sorpresa a Wexford con lo que dijo a continuación–: Me voy a comprar
un coche. –El inspector alzó las cejas–. He ido actualizando mi carnet. No he
conducido desde la muerte de mi esposo, hace veintidós años. Entonces tuve que
vender nuestro coche y siempre he soñado con comprarme otro. –Era evidente que
era así, pues su cara adquirió una expresión de añoranza, arrugando aún más los
pétalos de rosa de las mejillas–. ¡Por fin voy a tener mi coche! –Parecía a
punto de ponerse a bailar en plena calle–. Y todo gracias a la querida Ivy. No
creerá que soy demasiado vieja para conducir, ¿verdad? –preguntó con ansiedad.
A Wexford se lo parecía, pero se limitó a
decirle que ese tema estaba fuera de su jurisdicción. La mujer asintió, volvió
a sonreír y giró con asombrosa rapidez hacía la calle del supermercado. Por
pura casualidad, el inspector bajó la vista y vio la caja de cerillas en el
suelo. Entonces recordó que le había parecido verla arrojar algo
accidentalmente al sacar el pañuelo del bolso.
Pero la señora Parrish no estaba en la
tienda. Debía de haber salido por la otra puerta, que daba a la calle
principal, y no se la veía por ningún sitio. Wexford llegó a la conclusión de
que a nadie le importa perder una caja de cerillas, se la metió en el bolsillo
y se olvidó de ella.
–¿Quiere hablar con Roy?
–Así es –respondió Wexford.
El capataz, encargado, propietario del
negocio o lo que fuera, no preguntó por el motivo.
–Lo encontrará construyendo una empalizada
para la nieve en el bloque de pisos de Sewingbury Road.
Wexford condujo hasta allí. Roy era un joven
enorme, musculoso, de hombros anchos, y con una aureola de cabello rubio y
rizado. Bajó de la escalera y dijo que precisamente era la hora de tomarse un
descanso para el té. Por suerte, había una cafetería muy cerca de allí. Roy
encendió un cigarrillo y apoyó los codos sobre la mesa.
–No me enteré hasta el día siguiente, cuando
volví a trabajar.
–Pero la señora Betts le habrá preguntado
cómo estaba su madre cuando regresó de la partida.
–Claro. Y le dije la verdad, que a la vieja
le dolía la cabeza y que me había pedido que le diera unas píldoras. Después
dijo que estaba cansada y que quería echarse un rato. Pero no podía suponer que
iba a morirse. ¡Cielos! No se me cruzó por la cabeza.
Wexford pensó que un dolor de cabeza podía
ser uno de los primeros síntomas de una hemorragia cerebral. Roy pareció leerle
el pensamiento, porque se apresuró a decir:
–Mientras estuve trabajando allí, tuvo varios
dolores de cabeza. Las pinturas plásticas que no gotean hacen bastante olor. Al
principio, me colocaban un poco. Quiero decir que no tenía nada de raro que se
tomara una aspirina y se acostara. Eso pasó dos o tres veces en el tiempo que
trabajé allí. La vieja era capaz de coger cuatro aspirinas y tomárselas todas
de una vez.
–Hábleme de esa tarde –dijo Wexford–. ¿Entró
alguien en la casa mientras los Betts estaban fuera?
–No –dijo Roy sacudiendo la cabeza–. Yo me
habría enterado. Estaba trabajando en el vestíbulo, ¿sabe? La puerta principal
estaba abierta por el olor. Nadie pudo entrar sin que yo lo viera. La otra
vieja, o sea la señora Betts, cerró la puerta trasera con llave antes de salir
y yo no tuve necesidad de abrirla. ¿Qué más quiere saber?
–Lo que ocurrió exactamente. De qué habló con
la señora Wrangton. En fin, todo.
Roy sorbió ruidosamente su té y encendió otro
cigarrillo con la colilla del anterior.
–Me llevaba bien con ella, ¿sabe? Me
recordaba a mi abuela. Tiene gracia, porque la vieja me caía bien, pero su hija
y el marido no. El viejo es un plasta, ¿no cree? Me da grima. Bueno, volviendo
a lo que me preguntaba, la verdad es que no hablamos mucho. Estaba pintando,
¿sabe?, y la puerta del salón estaba cerrada. Me asomé un par de veces y vi a
la vieja haciendo punto y mirando un partido de criquet en la tele. Recuerdo
que me dijo que estaba haciendo un buen trabajo en la casa y que era una pena
que no fuera a estar allí para disfrutarlo. Pensé que se refería a que iba a
morir pronto, ya sabe cómo hablan los viejos, y le dije: «Venga, señora Wrangton,
no diga esas cosas.» Entonces rió y me contestó: «No me refería a eso,
jovencito, es que pienso vender la casa y mudarme a una residencia. ¿No lo
sabías?» Le dije que no, pero que seguro que sacaría un montón de pasta por una
casa como ésa; por lo menos veinte mil. La vieja dijo que ojalá tuviera razón.
Wexford asintió. De modo que la señora
Wrangton estaba decidida a seguir adelante con su plan, y la negativa de la
señora Betts obedecía a su interés por convencerlo de que no tenía motivos para
matarla o a la intención de dulcificar el carácter de su madre. Pues sin duda
había sido maliciosa. Había que serlo para dejar a su propia hija y a su yerno
en la calle. Volvió a mirar a Roy.
–¿Le ofreció una taza de té?
–Sí. Bueno, la hija, la señora Betts, me dijo
que si quería me preparara una taza para mí y otra para la vieja, pero ella no
quiso. Me pidió que apagara la tele y que fuera a buscarle unas aspirinas al
cuarto de baño. Yo nunca lo había hecho antes, pero se lo había visto hacer a
la señora Betts muchas veces...
–¿Está seguro de que le pidió aspirinas? –De
repente, Wexford descubrió la incongruencia que le preocupaba en la descripción
de la señora Betts de la última tarde de su madre. Doreen Betts no había
hablado de aspirinas, sino de paracetamol–. ¿Está seguro de que usó esa
palabra?
–Bueno, ahora que lo dice, creo que dijo algo
así como mis píldoras o las píldoras para la cabeza. Uno normalmente dice
aspirinas, ¿verdad? Es lo que toma todo el mundo. La cuestión es que le llevé
el frasco con un vaso de agua y dijo que iba a dormir un rato en el sillón.
Pero un minuto después apareció apoyándose en ese andador que la Seguridad
Social le da a los viejos. Me dijo que se había tomado cuatro píldoras, pero
que la cabeza todavía le dolía mucho y que estaba mareada. No le di mucha
importancia. A esa edad están siempre mareados, ¿no es cierto? Recuerdo que mi
abuela decía que le zumbaban los oídos. Le ofrecí acompañarla a la habitación,
se apoyó en mi brazo y se tumbó en la cama con la ropa puesta. Había mucha luz,
así que eché las cortinas y volví a pintar. No oí nada más hasta que la señora
Betts y el viejo volvieron a las cinco y media...
Wexford cerró el Manual práctico de medicina forense, de Francis E. Camps y J. M. Cameron y regresó a Castle Road. Había
decidido no volver a discutir la cuestión con la señora Betts. La presencia de
su marido, que arrastraba silenciosamente las zapatillas peludas como si fueran
las patas de un viejo animal en hibernación, lo ponía nervioso. La mujer no
hizo ninguna objeción cuando le pidió los analgésicos que guardaba en el
botiquín del baño. El frasco tenía una etiqueta que rezaba: «Señora Wrangton.
Paracetamol.»
La consulta de la tarde acababa de empezar.
Wexford se marchó a cenar a casa después de enviar dos objetos al laboratorio
para investigar las huellas dactilares. Regresó al consultorio a las ocho y
media y, una vez más, el doctor Crocker acabó primero. Al ver a Wexford, soltó
un gruñido.
–¿Y ahora qué pasa, Reg?
–¿Por qué le prescribiste paracetamol a la
señora Wrangton?
–Porque me pareció conveniente para ella,
desde luego. Era alérgica a las aspirinas.
Wexford miró a su amigo con desolación.
–¿Y me lo dices ahora? Acabo de enterarme,
pero tendrías que habérmelo dicho antes.
–¡Cielos! Ya lo sabías. Me dijiste que te lo
había contado la enfermera Radcliffe. Tú mismo comentaste...
–Creí que se trataba de asma.
Crocker se sentó en el borde del escritorio.
–Mira, Reg, creo que ha habido un
malentendido. En la familia de la señora Wrangton había vanos casos de asma. La
señora Betts sufre de urticaria y su hermano era un asmático crónico. La gente
que padece asma, o en cuya familia hay asmáticos, suele tener alergia al ácido
acetilsalicílico, o sea a la aspirina. De hecho, se supone que el diez por
ciento de esas personas sufren esa clase de alergia. Los ataques de asma son
una de las reacciones de las personas hipersensibles a la aspirina. Por eso la
señora Wrangton tuvo un ataque a los cuarenta y tantos años, además de una
hematemesis. Lo que significa –añadió con cortesía para que lo comprendiera el
profano– un vómito de sangre producido por una hemorragia interna.
–Ya lo sé, no soy ningún ignorante
–interrumpió Wexford–. He estado leyendo sobre la hipersensibilidad al ácido
acetilsalicílico...
–La señora Wrangton no murió por tomar
aspirinas –se apresuró a decir el doctor–. No había aspirinas en la casa. La
señora Betts era muy estricta en ese sentido.
Les interrumpió la llegada del sonriente
doctor Moss. Wexford se volvió hacia él.
–¿Cuál sería el resultado de la ingestión de
aproximadamente poco más de un gramo de aspirina en una sola dosis en una mujer
de noventa y dos años con hipersensibilidad al ácido acetilsalicílico?
Moss lo miró con cautela.
–¿Debo entender que se trata de una pregunta
puramente teórica? –Wexford no respondió–. Bien, todo dependería del grado de
hipersensibilidad de la paciente. Náuseas, quizá diarrea, mareos, tinnitus, es
decir zumbido en los oídos, hemorragia gástrica, edema de la mucosa gástrica,
posible perforación de esófago. Supongo que una persona de esa edad, como
consecuencia del choc y las hemorragias localizadas, podría sufrir una
hemorragia cerebral... –Se detuvo al tomar conciencia de lo que acababa de
decir.
–Muchas gracias –dijo Wexford–. Creo que
acaba de describir con precisión lo que le ocurrió a la señora Wrangton el dos
de junio, después de ingerir cuatro tabletas de aspirina de trescientos
miligramos cada una.
El doctor Moss estaba atónito. Daba la
impresión de que no volvería a sonreír jamás. Wexford le entregó un sobre a Crocker.
–¿Son aspirinas?
Crocker miró las tabletas y rozó una con la
punta de la lengua.
–Supongo que sí, pero...
–He mandado a analizar el resto, para
asegurarme. Había cincuenta y seis en el frasco.
–Reg, eso es inconcebible. El farmacéutico no
puede haber cometido un error semejante, pero aun suponiendo que lo hubiera
hecho, la señora Wrangton no podría haberse tomado cuarenta y cuatro aspirinas
sin sufrir ningún daño. Ni siquiera en el transcurso de varios meses.
–Eres un poco lento –dijo Wexford–. Tú le
prescribiste cien tabletas de paracetamol, y eso es lo que pusieron en el
frasco en la farmacia Fraser. Entre el momento en que escribiste la receta y el
día anterior a su muerte, quizá incluso unos días o una semana antes, se tomó
cuarenta pastillas de paracetamol, dejando sesenta en el frasco. Pero el día
dos de junio, tomó cuatro aspirinas o, para decirlo con más crudeza, poco antes
del dos de junio alguien sustituyó las sesenta tabletas de paracetamol por
aspirinas.
El doctor Moss recuperó el habla:
–Pero eso sería un asesinato.
–Bien... –dijo Wexford con voz vacilante–. La
hipersensibilidad no tenía por qué producirle una apoplejía. Quizá intentaran
provocarle una enfermedad más o menos grave, como una úlcera de estómago. En
tal caso, habrían tenido que ingresarla en un hospital de la Seguridad Social.
De ese modo no habría producido gastos importantes, no habría tenido necesidad
de tocar el capital y no habría podido vender la casa. Más tarde, en el caso de
que sobreviviera, la habrían trasladado a un pabellón geriátrico en la misma
clínica. Todo el mundo sabe que las residencias privadas no aceptan enfermos
crónicos.
–¿Cree que la señora Betts...? –comenzó el
doctor Moss.
–No. No lo creo por dos razones. En primer
lugar, no habría necesitado hacerlo de ese modo. Si hubiera querido matar a su
madre o provocarle una enfermedad grave, ¿para qué cambiar las sesenta tabletas
del frasco, cuando podría haberle dado las aspirinas directamente en la mano? Y
en caso de que lo hubiera hecho, ¿no cree que habría vuelto a sustituirlas por
paracetamol una vez muerta su madre?
–Entonces ¿quién fue?
–Lo sabré mañana –respondió Wexford.
Crocker fue a verlo a la comisaría.
–Lamento llegar tarde. Acabo de perder a un
paciente.
Después de pasearse un momento por la habitación
y de mirar las dos sillas vacías, el médico decidió sentarse en el borde del
escritorio de Wexford.
–Ayer –comenzó el inspector jefe– tuve una
charla con Elsie Parrish. –Observó el gesto de sorpresa del médico y su súbito
salto hacia adelante–. Un momento, Len. Antes de despedirnos se le cayó una
caja de cerillas. Era una de esas cajetillas con cubierta brillante, donde las
huellas dactilares se marcan con facilidad. Hice comparar esas huellas con las
del frasco de paracetamol. En el frasco en cuestión había huellas de la señora
Betts, otras de la señora Wrangton, un par de huellas de la mano de un hombre
que seguramente correspondían a las del pintor, y unas huellas idénticas a las
de la caja de cerillas.
»La que cambió las tabletas fue Elsie
Parrish, Len. Lo hizo porque sabía que la señora Wrangton estaba decidida a
mudarse a Jardines de Verano y que el primer dinero que gastaría, quizá antes
de vender la casa, sería el capital que debían heredar ella y Doreen Betts.
Elsie Parrish llevaba años esperando ese dinero, porque quería comprarse un
coche. Dentro de unos años, si es que sobrevivía, sería demasiado mayor para
conducir. Además, para entonces las facturas de la residencia geriátrica
habrían reducido considerablemente su legado.
–¿Una viejecita encantadora como ésa? –dijo
Crocker–. Las huellas no constituyen ninguna prueba fehaciente. Sin duda habría
ido a buscar el frasco muchas veces a la pobre Ivy.
–No. Me dijo que nunca había estado en la
planta alta de la casa de Ivy Wrangton.
–¡Dios mío!
–No creo que intentara cometer un asesinato.
Después de todo, nadie habría considerado el simple acto de cambiar unas
tabletas de un frasco como un asesinato, un homicidio premeditado o un atentado
grave contra la salud. –Wexford se sentó y arrugó la frente. Luego añadió con
tono malhumorado y triste–: No sé qué hacer, Len. No tenemos forma de probar
que la señora Wrangton murió como consecuencia de la ingestión de aspirinas. No
podemos exhumar su cadáver ni analizar los dos puñados de polvo que quedan en
una urna metálica. Pero incluso si pudiéramos hacerlo, sería tan inhumano
juzgar a una mujer de..., ¿cuántos años tiene Elsie Parrish?
–Setenta y ocho.
–Bueno, pues juzgar a una mujer de setenta y
ocho años por asesinato. Aunque, por otra parte, ¿debemos permitirle que se
beneficie de su crimen? ¿Debemos permitirle que aterrorice a los peatones en un
elegante Ford Fiesta?
–No lo hará –dijo Crocker.
Hubo algo en su tono que hizo levantar a
Wexford de la silla.
–¿Por qué? ¿Qué quieres decir?
El médico bajó con suavidad del borde del
escritorio y se puso de pie.
–Acabo de comentarte que perdí un paciente.
Elsie Parrish murió anoche. Una vecina la encontró y me llamó.
–Quizá haya sido lo mejor. ¿De qué murió?
–De una apoplejía –respondió Crocker y se
marchó.
Ginger y el círculo de tiza de
Kingsmarkham
(Ginger
and the Kingsmarkham Chalk Circle)
–Abajo hay una mujer, señor –dijo Polly
Davies–, y dice que alguien le robó a su bebé del cochecito.
El inspector jefe Wexford contemplaba una
carta escrita de su propio puño y letra, donde, alegando motivos de prevención
criminal, solicitaba amablemente a las autoridades locales que retiraran los
andamies de unos pisos de alquiler. Dichos andamies se habían levantado nueve
meses antes de la fecha prevista para el comienzo de las obras de restauración,
y gracias a ellos ya había habido dos robos y un asalto a una mujer joven. Alzó
la vista del papel, intentó desviar el curso de sus pensamientos y suspiró.
–Siempre hacen lo mismo –dijo–. Me refiero a
dejar a los niños en la puerta de las tiendas. Jamás harían algo así con sus
bolsos.
–No fue en una tienda, señor, sino en la
puerta de su casa. Y lo más curioso es que quienquiera que se llevara a la
criatura dejó a otra en su lugar.
Wexford se incorporó despacio. Dio la vuelta
al escritorio y miró a Polly con el entrecejo fruncido.
–Oficial Davies, creo que me está tomando el
pelo.
–No, señor. Sabe que nunca haría algo así. La
mujer es una tal señora Bond y dice que cuando bajó a buscar a su bebé, éste
había desaparecido y había otro en su lugar.
Wexford siguió a Polly a la planta baja. En
una de las salas de interrogatorios había una mujer joven, sentada ante la
sórdida mesa rectangular con recubrimiento de plástico, bebiendo té y
sollozando. Tenía el pelo largo, de color pajizo, y una cara infantil, ingenua
y asustada. Llevaba tejanos y una camiseta con manzanas, naranjas y cerezas
estampadas en la parte delantera. No tenía aspecto de madre. Pero en la sala
también había un bebé, vestido con una camiseta blanca corta, un abrigo de lana,
pañales y calcetines de algodón, durmiendo en los inexpertos brazos del
detective Loring.
Mientras bajaba las escaleras, Wexford había
recordado que las mujeres que acaban de dar a luz pueden sufrir –o al menos eso
se dice– perturbaciones mentales, y que era probable que la señora Bond
simplemente creyera o dijera que el niño no era suyo.
–Bien, señora Bond –comenzó–, este caso es
muy extraño. ¿Quiere contarme lo sucedido?
–Ya lo he contado todo –dijo.
–Sí, lo sé, pero no a mí. ¿Por qué no empieza
por decirme dónde vive y dónde estaba su pequeño?
La mujer tragó saliva y apartó la taza de té.
–Vivo en Greenhill Court, en el quinto piso.
No tenemos balcón ni nada parecido. Tengo que bajar en el ascensor para sacar a
Karen en el cochecito. La niña necesita aire fresco. Y una vez allí, no puedo
vigilarla todo el tiempo. Ni siquiera puedo verla desde el salón, porque da al
aparcamiento.
–De modo que esta tarde la sacó en el
cochecito –dijo Wexford–. ¿A qué hora, aproximadamente?
–Eran las dos. Puse el cochecito en el
jardín, cubierto con una red para evitar que suban los gatos, y cuando bajé a
recogerla, a las cuatro y media, el cochecito y la red seguían allí, y había un
bebé durmiendo dentro, ¡pero no era Karen! –Emitió pequeños sonidos plañideros
que por fin se transformaron en sollozos–. No era Karen, sino el bebé que tiene
él.
El bebé despertó y también se echó a llorar.
Loring arrugó la nariz y apartó el brazo izquierdo de sus nalgas. Miró a Polly
con expresión suplicante. Ésta hizo un gesto de asentimiento y salió de la
habitación.
–¿Qué hizo entonces? –preguntó Wexford.
–Ni siquiera volví a subir a mi piso. Cogí el
cochecito y vine corriendo hasta aquí.
A Wexford le conmovió su fe infantil. Ante un
problema real o imaginario, en un momento de desesperación la chica, educada en
un pueblo pequeño y seguro, había corrido a buscar a aquellos en quienes le
habían enseñado a confiar, los bondadosos hombres de casco y uniforme azul, los
defensores de la ley. Era evidente que la joven no compartía la imagen cínica y
desdeñosa que tenían sus coetáneos de la ciudad, que veían a los policías como
individuos brutales y corruptos.
–Señora Bond –dijo–, ¿cuál es su nombre de
pila?
–Philippa, pero me llaman Pippa.
–Entonces yo también la llamaré así, si no le
importa. Descríbame a su hija, Pippa. ¿Es morena o rubia? ¿Cuánto tiempo tiene?
–Tiene dos meses..., bueno, nueve semanas.
Tiene los ojos azules y llevaba un vestidito blanco. –Su voz se quebró y volvió
a balbucear–. Y tiene el pelo de un maravilloso color rojizo dorado. Seguro que
nunca ha visto nada igual.
Wexford no pudo evitar mirar a la criatura
que Loring sostenía en brazos y comprobó que la descripción encajaba a la
perfección.
–¿Está segura de que no son imaginaciones
suyas? –preguntó con delicadeza–. Si es así, no nos enfadaremos. Lo
comprenderemos. Quizá estuviera preocupada o se sintiera culpable por dejar a
Karen fuera tanto tiempo, y cuando bajó tuvo la impresión de que parecía
diferente...
Lo interrumpió un gemido de indignación y
angustia. La chica rompió en largos y desgarradores sollozos. Polly Davies
regresó con una toalla pequeña que había encontrado en el lavabo de señoras.
Cogió al bebé de brazos de Loring, lo apoyó boca arriba sobre la mesa y retiró
el alfiler que sujetaba los pañales. Pippa Bond se apartó como si la criatura
pudiera contagiarle alguna enfermedad.
–¡No son imaginaciones mías! –gritó–. ¡Claro
que no! ¿Me considera incapaz de reconocer a mi propia hija?
Polly, que había doblado la toalla en forma
de triángulo, se apartó un poco para que Wexford pudiera ver las piernecillas
de la criatura y su pubis desnudo.
–Sea quien sea este bebé –dijo–, no puede
llamarse Karen. Compruébelo usted mismo: es un niño.
Enviaron a buscar a Trevor Bond a la
inmobiliaria de Stowerton donde trabajaba. Parecía apenas un poco mayor que su
esposa. Pippa lo abrazó, llorando y balbuceando de manera incomprensible, y el
muchacho miró a la policía con desesperación por encima de la cabeza de su
mujer.
Había llegado en un coche conducido por una
joven que, según dijo, era su cuñada, la hermana de Pippa, quien también vivía
en Greenhill Court con su marido. La mujer sentada ante el volante tañía una
postura rígida, y cuando Pippa salió de la comisaría del brazo de Trevor, la
saludó apenas con una inclinación de cabeza, encogiendo los hombros con
aparente exasperación. Se llamaba Susan Rains y un cuarto de hora después, ella
misma enseñó a Loring y al sargento Martin el sitio exacto donde había estado
el cochecito del bebé, entre los bloques de apartamentos y el camino que unía
Kingsmarkham con Stowerton. Mientras la joven delgada y pelirroja criticaba la
negligencia de su hermana y elaboraba sus propias teorías sobre el paradero de
Karen, llegó el doctor Moss para administrar un sedante a Pippa, aunque ésta se
había tranquilizado bastante al comprender que nadie la obligaría a hacerse
cargo de la criatura que había suplantado a su hija.
De hecho, el niño iría a parar al orfanato
municipal y quedaría bajo la custodia de las autoridades locales.
–Pobrecillo –dijo la asistente social que
habló con Wexford–. Espero que Kay le permita ingresar en Bystall Lane. Sin
embargo, nadie puede ir a recogerlo ahora. Tienen que bañar y meter en la cama
a otros diez niños.
Wexford había comenzado a llamarlo Ginger.
Era un niño bonito, con ojos grandes, cara regordeta y cabello de un extraño
color rojo claro, similar al de una zanahoria recién cogida del huerto. A los
ojos inexpertos de Wexford, era mayor que la desaparecida Karen y aparentaba
cuatro meses en lugar de dos. Sus ojos ya eran capaces de enfocar detenidamente
a una persona, cosa que en ese momento hizo con Wexford, sólo para romper a
llorar acto seguido con evidente desesperación. El pequeño Ginger escondió la
carita en el regazo poco desarrollado de Polly, buscando alimento.
–Es imposible saber lo que piensan, ¿verdad,
señor? –dijo Polly–. Como no recordamos nada de nuestra infancia, solemos creer
que los bebés no se dan cuenta de nada. Pero supongamos que lo que sienten es
tan horrible que simplemente lo borran de la mente para no tener que recordarlo
más tarde. Imagine lo doloroso que puede llegar a ser que a uno lo separen de
su madre, cuando es incapaz de decir... Ay, no lo sé. ¿Acaso a alguien le
preocupan esas cosas?
–Sí; a los psiquiatras –dijo Wexford–, y
supongo que también a los psicólogos, pero no a las personas como nosotros.
Tendrá que recordarlo cuando tenga sus propios hijos. Ahora llévelo a Bystall
Lane, ¿quiere?
Minutos después, el inspector Burden entró en
el despacho de Wexford. Había oído la historia en la planta baja, pero no
acababa de creérsela. Lo que no podía creer, según le explicó a Wexford, era
que alguien hubiera puesto a otro bebé en el lugar de Karen. Su jefe le explicó
que al principio a él le había pasado lo mismo, pero que era verdad.
–No se me ocurre ningún motivo para que
alguien haga algo semejante –dijo Burden–. Ni siquiera un perturbado mental
tendría razones para hacerlo.
–Pues a mí se me ocurren vanos motivos –dijo
Wexford–. En primer lugar, hay que dar por sentado que quienquiera que lo haya
hecho no está muy bien de la cabeza. La gente normal no va por ahí robando
niños y mucho menos intercambiándolos. Se trata de una mujer. De una mujer que
quiere deshacerse de un niño en particular, pero que de todos modos quiere
tener una criatura. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –respondió Burden–, pero ¿por
qué?
–Tiene que enseñárselo a otra persona –dijo
Wexford pensando en voz alta–, a alguien que espera ver a una criatura de la
edad, la apariencia, o incluso el sexo de Karen. Podría ser una mujer que tiene
varios niños varones y cuyo marido estaba fuera cuando dio a luz al último.
Podría haberle dicho que ha tenido una niña y ahora debe enseñársela porque
teme su reacción. También podría haberle dicho a su novio o ex novio que el
niño es más pequeño para convencerlo de su paternidad.
–Me alegro de que haya aceptado la premisa de
la perturbación mental –dijo Burden con sarcasmo.
–También es probable que esté harta de cuidar
a un niño que llora sin parar, y el pequeño Ginger tiene buenos pulmones, de
modo que lo cambia por otro creyendo que no va a llorar. O quizá le hayan dicho
que Ginger sufre una enfermedad o algún defecto congénito, así que desea
deshacerse de él, pero aun así necesita una criatura para enseñársela a su
marido, a su madre o a quien sea.
Burden escuchaba el derroche de inventiva de
su jefe con relativa admiración, pero poco entusiasmo.
–¿Qué piensa hacer al respecto? –preguntó.
–He puesto a todos nuestros oficiales a
trabajar en el caso. Iremos a todos los hospitales y consultas médicas de la
zona, al Registro Civil y a las clínicas especializadas en bebés. Creo que
tiene que tratarse de una persona del pueblo; quizá alguien que sabía que el
cochecillo estaba allí porque lo había visto antes.
–¿Alguien que había visto antes a la niña que
había en su interior? –preguntó Burden alzando una ceja.
–No necesariamente. Un cochecillo con una red
para protegerlo de los gatos delata la presencia de un bebé pequeño. –Wexford
vaciló–. Esto es mucho más preocupante que un simple secuestro.
–¿Porque Karen Bond es demasiado pequeña?
–aventuró Burden.
–No, no es por eso. Piense un poco, Mike. La
típica ladrona de bebés es una mujer que ama a los niños, que sueña con tener
uno propio, y por eso coge el de otra mujer. Pero en este caso, ella ya tenía
un niño y por lo visto no lo quería lo suficiente, puesto que lo dejó en manos
de extraños. Uno puede dar por sentado que la típica ladrona de niños cuidará
bien del bebé. Pero, ¿será así en este caso? Si no se preocupa por su propio
hijo, ¿lo hará por el de otra? Digo que es un caso preocupante porque es
evidente que la mujer en cuestión ha cogido a Karen con un propósito concreto.
¿Qué pasará cuando haya cumplido ese propósito?
El bloque de pisos donde vivían los Bond no
era uno de los que preocupaban a Wexford, y por cuya segundad había estado
escribiendo una carta, sino un edificio privado de cinco pisos que se alzaba en
lo que poco antes había sido un prado. Había tres bloques similares, Greenhill,
Fairlawn y Hillside Courts, intercalados con casas particulares recubiertas de
madera. Cada bloque estaba separado de la carretera que conducía a Stowertown
por un largo y estrecho jardín de unos nueve metros de ancho. Allí, a una
pequeña distancia del camino comarcal, había dejado el coche la señora Bond.
Wexford y Burden hablaron con el encargado de
los tres bloques. A la hora señalada, el hombre había estado lavando su coche
en el aparcamiento y no había visto nada. Mientras subían en el ascensor de
Greenhill, Wexford le comentó a Burden que era una pena que no se permitiera jugar
a los niños en los jardines, pues éstos habrían servido de protección, o al
menos de testigos. En aquel edificio, ocupado principalmente por matrimonios
jóvenes, había infinidad de niños. Entre las dos y las cuatro y media de
aquella tarde, los niños habían estado jugando en sus habitaciones, paseando
con sus madres o, los mayores, en el colegio.
La señora Louise Pelham había recogido a su
hijo y a los dos hijos de una vecina del colegio y, al regresar, había pasado a
pocos centímetros del cochecito de Karen. Eran las cuatro y media. La mujer
declaró que había echado un vistazo al coche, como tenía por costumbre, y que
había pensado que Karen tenía un aspecto extraño. El bebé parecía tener la cara
más grande y el pelo más rojo que la niña que había visto media hora antes, de
camino al colegio. Wexford creyó encontrar una pista en ese detalle, un indicio
de la hora de la desaparición, hasta que descubrió que Susan Rains se había
encontrado poco antes con la señora Pelham y le había contado lo ocurrido con
lujo de detalles.
Tanto Susan Rains como su hermana Pippa se
habían casado a los dieciocho años, pero Pippa ya tenía una criatura, mientras
que Susan, siete años mayor, no tenía ninguna. Al parecer, tampoco tenía
trabajo, y aunque aún le faltaban tres años para cumplir los treinta, ya
llevaba la vida de una ama de casa madura y cotilla. Parecía ansiosa por
decirles a Wexford y a Burden que, en su opinión, tanto su hermana como su
cuñado eran demasiado jóvenes para tener una hija y demasiado irresponsables
para cuidar de ella. Decía que Pippa le llevaba la niña con frecuencia para que
se la cuidara, y sólo entonces Wexford comprendió por qué en el impecable
mostrador de su cocina había un par de pañales doblados, una cucharilla de
plástico y un biberón lleno de zumo de naranja.
–¿Le gustan los niños, señora Rains?
–preguntó Wexford, provocando una reacción airada de la mujer.
–Si no me gustaran no sería una mujer normal,
¿no cree?
Lo que quiera que fuera a decir después –¿una
defensa?, ¿una explicación?– fue interrumpido por la entrada de una mujer de
cerca de cincuenta años que Susan presentó en un murmullo como su madre.
Wexford supo entonces que se trataba de la señora Leighton, que había dejado a
Pippa sedada y dormida y a Trevor intentando responder a la segunda ronda de
preguntas del sargento Martin.
La señora Leighton parecía tranquila y
despreocupada.
–Los bebés que desaparecen de sus coches
siempre acaban apareciendo sanos y salvos, ¿no es así?
Tenía el cabello teñido en un rojo mucho más
llamativo que el color natural de su hija. Iba de camino a la casa de su hijo y
su nuera, a cuidar a su nieto de seis meses, y había pasado antes por la de
Pippa para recoger una libra y veinte peniques que ésta le debía de la
tintorería. Ya podían imaginarse cómo se había sentido al encontrar la casa
llena de policías y al enterarse de que Karen había desaparecido. Pensaba que
Trevor o Susan deberían haberla llamado para darle la noticia, y ahora no sabía
si debía ir a cuidar al niño de Mark o no.
–Pero seguro que la encontrarán, ¿verdad?
–preguntó a Wexford.
Éste respondió que eso esperaba y luego él y
Burden se marcharon, dejando a madre e hija discutiendo qué era más correcto,
si cumplir el compromiso con su hijo o quedarse a cuidar a su desolada hija.
El mundo, o al menos aquel pequeño rincón del
mundo, parecía lleno de bebés. Desde el otro lado de las dos puertas de la
primera planta se oían los tercos sollozos de unas criaturas acostadas en sus
cunas contra su voluntad. Cuando atravesaban la puerta de cristal de la salida,
se cruzaron con una joven de aspecto atlético, vestida con tejanos y jersey,
llevando a un niño pequeño apretado al pecho en una mochila de lona. El
aparcamiento se había llenado con los coches de los maridos que regresaban del
trabajo, muchos de ellos desde Londres. De un coche rojo salió una pareja
llevando a un bebé en una cesta. Wexford se preguntó cuántos niños menores de
dos años vivirían en aquellos bloques y en las casitas circundantes. Quizá
tantos como adultos, pensó mientras se hacía a un lado para dejar paso a una
joven que empujaba un cochecito con mellizos.
No creía que pudiera hacer nada más aquella
noche, excepto volver a enfrascarse en otra discusión con Burden sobre los
motivos del secuestro. Burden hizo unas cuantas sugerencias absurdas. Aunque
con anterioridad había declarado que no veía una sola razón coherente, ahora
sugería que tal vez la secuestradora debiera llevar a vacunar a su hijo contra
la tos ferina al día siguiente. Seguramente había leído en los periódicos que
esa vacuna podía provocar lesiones cerebrales, pero como era demasiado tímida
para negarse a vacunar a su hijo, había decidido llevar un sustituto.
–El problema con las personas con tan poca
imaginación como usted –dijo Wexford–, es que cuando fantasean se vuelven
locas. Quiere proteger a su hijo de un riesgo de lesión cerebral de los que se
produce un caso entre un millón, pero no le preocupa dejarlo en manos de
extraños que podrían hacerle mucho más daño.
–Pero seguramente sabía que no le harían
daño. Sabía que todo iba a suceder tal como ha sucedido. Que los Bond
entregarían el niño a la policía y que nosotros lo pondríamos al cuidado de las
autoridades locales.
Burden aguardó alguna señal de entusiasmo de
parte de su jefe, y cuando no la obtuvo, regresó a su casa. Sin embargo, a las
once de la noche volverían a llamarlo, aunque no por el caso de Karen Bond.
En circunstancias normales, el sargento
Willoughby, que salía de servicio, no habría prestado la menor atención al Ford
Transit aparcado debajo de unos arbustos, al final de la Ploughman’s Lane. Pero
aquella noche el sargento, como todos los miembros de la policía de Mid-Sussex,
estaba obsesionado con la desaparición de niños. Pensó que el coche podía
servir de caravana y evocó antiguas historias de su infancia sobre niños
robados por gitanos, de modo que aparcó su motocicleta y bajó a investigar.
El joven sentado al volante puso el coche en
marcha y se largó de allí como si lo persiguiera el diablo. No atropello al
sargento Willoughby, ni parecía tener intención de hacerlo, pero pasó a menos
de un metro de él en dirección al centro de la ciudad.
El teléfono más cercano estaba en Queen
Street, en la casa del propio sargento, y éste se había apresurado a llegar
allí.
Sin embargo, pronto se descubrió que el Ford Transit
no había tenido nada que ver con el caso de Karen Bond. Pertenecía a dos
hombres que habían aprovechado la ausencia de un agente de bolsa local y de su
esposa para vaciar la caja fuerte.
Ploughman’s Lane era la calle de los
millonarios de Kingsmarkham, y la casa de Stephen Pollard, que ostentaba el
pretencioso nombre de el Alcázar del Barón, no era ni la más pequeña ni la más
modesta del barrio. Se trataba de un palacete de ladrillos rojos de los años
treinta, con rejas guarnecidas de plomo y chimeneas curvas de estilo neo-Tudor.
Todas las ventanas de la planta baja estaban protegidas con fuertes rejas, pero
no había ninguna en la puerta ventana que comunicaba la habitación trasera más
grande con el espacioso balcón. Cuando Wexford y Burden llegaron allí,
descubrieron las huellas de dos hombres que habían trepado al balcón y, sin
preocuparse por el pesado candado que protegía la puerta, habían extraído uno
de los cristales del marco con un cortavidrio.
En el estudio de la planta baja encontraron
un hueco donde había estado la caja fuerte. Se decía que aquella estancia era
una réplica exacta de la biblioteca, escritorio o refugio de la reina María
Estuardo, en el palacio de Holyrood, y la caja fuerte estaba oculta detrás de
una puerta corredera en los paneles recubiertos de madera. Los ladrones la
habían extraído del nicho con un cincel y se la habían llevado entera. Burden
pensó que debía de pesar una barbaridad, lo que explicaba la necesidad de
aparcar la furgoneta tan cerca.
Aunque el tiempo era bueno, acababan de salir
de una temporada de lluvia, de modo que encontraron huellas claras de zapatos
en el macizo de flores situado debajo del balcón. Las huellas correspondían a
un par de zapatos del número cuarenta y dos y a otro del cuarenta y cinco. Las
mismas huellas cruzaban el jardín trasero, hasta el portalón de la alta valla
de mimbre, flanqueadas por surcos paralelos de unos cuatro centímetros de
ancho.
–Supongo que llevaban una carretilla de esas
que se usan para transportar objetos pesados. Así es como sacaron la caja
fuerte. ¡Sinvergüenzas!
Loring encendió la linterna.
–La dejaron aquí, señor, frente al portalón.
Deben de haberse llevado un buen susto al ver que la furgoneta había
desaparecido y que tenían que continuar el viaje a pie.
Registraron infructuosamente la calle, las
cunetas y el seto que bordeaba un lado del camino. No encontraron la caja
fuerte, como tampoco huellas en el alféizar de la ventana o en el estudio del
Alcázar del Barón. Era obvio que los ladrones llevaban guantes.
–Y Pies Grandes debe de haber usado zapatos
para la nieve –dijo Burden por la mañana. No hay muchos delincuentes por los
alrededores con semejantes pies.
–El primer nombre que me viene a la cabeza es
el de Lofty Peters –dijo Wexford–, pero lo tenemos encerrado.
–Pues no. Lo cierto es que salió en libertad
la semana pasada. Pero fuimos a su casa a medianoche, despertando a todos los
vecinos, y no nos quedó duda de dónde había estado. Estaba borracho perdido,
totalmente fuera de sí. Creo que los ladrones vinieron de Londres. El viejo
Pollard habrá estado haciendo ostentación de los maravillosos diamantes de su
esposa por toda la ciudad, y ahora tendrá que pagar las consecuencias.
–La furgoneta era robada –dijo Wexford–.
Acabo de recibir una llamada del superintendente de Myringham. La encontraron
abandonada en un bosque, sin la matrícula.
–¡Qué días tan animados! –exclamó Burden y
miró por la ventana los geranios que rodeaban el pequeño jardín de la
comisaría, las tiendas que abrían, los toldos a rayas que se desenrollaban
gradualmente, los coches de los clientes que llegaban, el sol de julio
extendiendo una enorme lámina de luz y calor sobre Pomfred Road... y la pequeña
figura de un transeúnte vestido de negro, un color completamente inadecuado
para la época.
–¡Cielos! –dijo–. No puedo creerlo. Otro más.
Wexford se levantó y se acercó a la ventana.
El pequeño y regordete hombre de negro ahora estaba en el jardín, caminando
entre los tiestos de geranios. El bulto que llevaba en los brazos era, sin
lugar a dudas, un bebé. Lo sostenía con confianza y segundad, como podía
esperarse de alguien que administra con frecuencia el sacramento del bautismo.
Wexford lo miró en silencio y estiró el cuello para seguir los movimientos del
cura debajo de la bóveda de ramas en dirección a la entrada de la comisaría.
–Mike, no creerá que ésta es la última moda,
¿verdad? –dijo con tono especulativo–. Quiero decir, empezamos con los
intercambios de pareja y ahora comienzan los intercambios de niños. Quizá las
amas de casas jóvenes y aburridas hayan decidido dedicarse a esta actividad en
lugar de asistir a clases nocturnas o jugar con sus congeladores.
–O puede que haya un maníaco suelto que se
entretiene cambiando a los niños y confundiendo a las madres.
–Como el juego de las sillas –dijo Wexford–.
Bajemos a ver qué pasa. –Bajaron en ascensor hasta el vestíbulo–. Buenos días,
padre. ¿Quién es el pequeño que trae consigo?
El cura párroco de la iglesia católica
Nuestra Señora de Loreto estaba apoyado contra el largo mostrador semicircular
que atendía el sargento Camb. El niño que dormía en sus brazos estaba envuelto
en una mantilla azul cielo, como si fuera un capullo de mariposa. El padre
Glanville, que sostenía al pequeño con tierna firmeza, abandonó su conversación
con el sargento para dedicar una sonrisa beatífica a Wexford, mientras Polly
Davies acariciaba los diminutos dedos del bebé con el índice.
–Usted sabe tanto como yo, señor Wexford.
Entré en la iglesia poco antes de las nueve y cuando regresé me encontré a este
niño en los escalones de la rectoría. Mi asistenta, la señora Bream, había
entrado por la puerta trasera y no había reparado en su presencia.
–¿Lo encontró así? ¿Envuelto en esa mantilla
sobre el escalón de la puerta?
–No exactamente. Estaba envuelto en esta
mantilla dentro de una caja de cartón. La caja –dijo el sacerdote con una
sonrisa– es una de esas que se encuentran en las tiendas o los supermercados.
Ésta en particular tenía la inscripción «Patatas fritas saladas Smith. Diez
paquetes tamaño familiar». Me temo que no la he traído conmigo –añadió con aire
compungido.
Wexford no pudo contener la risa.
–Bueno, no la tire a la basura. Es probable
que sea una prueba importante. –Se aproximó al niño, que dormía a pesar de la
conversación y de la presencia de cuatro desconocidos.
–¿Y usted nos trajo el paquete directamente
aquí?
–Traje al niño directamente aquí
–respondió el padre Glanville con un dejo de reproche en la voz. Wexford se
dijo que debía de haber imaginado que un sacerdote jamás se referiría a un alma
humana, por joven que fuera, como si se tratara de un objeto inanimado.
–¿Está seguro de que es un niño? Las
mantillas azules ya no son un signo indiscutible de masculinidad, ¿no es
cierto?
Por alguna razón, los tres hombres miraron
simultáneamente a Polly Davies, y ésta, reconociendo que le atribuían la
función de esclarecer el sexo del pequeño, lo cogió de los brazos del cura, se
volvió y comenzó a quitarle la mantilla. La criatura despertó de inmediato y
comenzó a llorar a pleno pulmón. Polly volvió a envolverlo en la mantilla y
apoyó al bebé sobre su hombro, sosteniéndole la pequeña espalda con una mano.
–Es una niña, señor. –Apoyó la mejilla contra
la de la pequeña–. ¿No cree que podría tratarse de Karen Bond? Estoy segura de
que así es. –Su voz se quebró y, muy a su pesar, sus ojos se llenaron de
lágrimas–. ¡Pensar que alguien fue capaz de dejarla abandonada en un portal
dentro de una caja de cartón!
–Bueno, ese alguien no pudo escoger un sitio
mejor –dijo Wexford sonriendo al sacerdote–. Vamos, oficial Davies, una mujer liberada
no se comporta de esa forma. Contrólese y vaya a telefonear a la señora Bond.
Trevor y Pippa Bond llegaron juntos,
nuevamente en el coche de Susan Rains. Era evidente que el joven marido temía
que la criatura no fuera Karen y que aquel viaje no significara más que una
esperanza cruel y vana, por eso no había querido traer a su esposa. Pero la
mujer no se había dejado convencer. Nadie habría sido capaz de detenerla,
aunque seguía aturdida y atontada a consecuencia de los sedantes que le había
recetado el doctor Moss.
Sin embargo, en cuanto vio a la criatura
recuperó las facultades y sus ojos perdieron el aspecto vidrioso. La cogió en
brazos, estrechándola con fuerza contra su pecho, hasta que Karen gritó e
intentó defenderse con toda la energía de sus nueve semanas de vida. Susan
Rains observó impasible la dramática escena. Miró a su hermana arrojar al suelo
la mantilla azul, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas hasta
caer sobre la cabeza del bebé. Pippa comenzó a examinar frenéticamente la
camisita blanca, la pequeña chaqueta y los diminutos calcetines de la pequeña,
como si buscara algún germen visible.
–¿Por qué no quemas la ropa? –dijo Susan con
frialdad–. Entonces no tendrás motivo para preocuparte.
–Gracias, muchas gracias –dijo Trevor Bond
con rapidez y torpeza a los policías–. Llevaré a mis chicas a casa y me iré a
la oficina. Tenemos mucho trabajo, como siempre en esta época del año.
–Yo las acompañaré, Trev –dijo Susan–. Tú
vete a trabajar. También llamaré a mamá.
–Yo en su lugar haría que el doctor Moss
examinara a la niña. Parece estar bien, y estoy seguro de que así es, pero
siempre es mejor asegurarse.
Se marcharon. Susan Rains caminaba unos pasos
atrás, traumatizada por su papel de tía eterna. Sin saber por qué, Wexford pensó
en el sobrino de la chica, en el hijo de su hermano Mark. Luego recordó al
pequeño Ginger, el niño abandonado que estaba en Bystall Lane. Recogió la
mantilla azul –¿acaso pertenecería a Ginger?– y la examinó. Tras un meticuloso
escrutinio de la textura y la etiqueta, llegó a la conclusión de que era de
pura lana, confeccionada en Gales, vieja pero limpia y zurcida en un extremo
por una persona diestra con la aguja. Recogió unos cuantos pelos de la red de
ganchillo. La mayoría eran cabellos de bebé, finos filamentos de color rojo
dorado que podrían o no proceder de la misma cabecita, pero entre ellos había
varios pelos más gruesos de mujer, de una mujer pelirroja. Pensaba en las dos
pelirrojas que había conocido tras la desaparición de Karen, cuando alguien
llamó a su puerta.
Wexford dijo «adelante» y el sargento
Willoughby primero asomó la cabeza por la puerta y luego entró con cierta
timidez en la oficina, seguido de Burden.
–Se trata del joven que conducía la furgoneta
anoche, señor –dijo Willoughby–. Su cara me resultó familiar, sabía que lo
había visto antes y por fin he recordado de quién se trata. Era Tony Jasper,
señor, estoy seguro.
–¿Y se supone que yo debo conocer al tal Tony
Jasper?
–Conoce a su hermano –se apresuró a decir
Burden–. Es Paddy Jasper.
–Paddy Jasper se trasladó al norte.
–Eso dijeron y tal vez fuera cierto, pero su
novia ha vuelto a vivir aquí. Ya conoce a Leilie Somers. Paddy ha convivido con
ella varias veces en el transcurso de los años, desde que la chica dejó el
instituto de Stowerton a los dieciséis años.
–¿Sabe dónde vive?
–En uno de los apartamentos que hay encima de
las tiendas de Roland Road –dijo Burden.
Roland Road era una calle de Stowerton,
paralela a la avenida principal. Mientras el chófer de Wexford los conducía
hacia allí, Wexford vio a la madre de Pippa por la ventanilla. La mujer
caminaba por la calle principal, mirando escaparates y empujando un coche de
bebé más grande que el de su hija, de color verde oscuro. Sin duda, el ocupante
del coche era su nieto. La señora Leighton también vestía de verde y su cabello
parecía más rojo que nunca.
El coche giró a la izquierda y luego a la
derecha, en dirección a Roland Road. Las tiendas, ocho en total, estaban
coronadas por habitáculos cuadrangulares con techos absurdamente puntiagudos e
inútiles adornos de vigas verdes sobre las fachadas. Los edificios se habían
construido al mismo tiempo que el Alcázar del Barón, un período que Wexford
calificaba como el gran renacimiento del estilo Tudor. Le comentó a Burden que
el aspecto de la Inglaterra urbana y semirrural habría mejorado de forma
notable si en las últimas tres o cuatro décadas los arquitectos se hubieran
dedicado a reivindicar el estilo georgiano en lugar del isabelino.
–Imagínese –dijo–, amplias y elegantes
ventanas de guillotina en lugar de miserables ventanucos, columnas en lugar de
vigas de madera y frontones en lugar de faldones.
Burden no respondió. Empujó una puerta
situada entre la papelería y la tienda de alimentos para animales, y ésta cedió
con facilidad, balanceándose hacia el interior.
El pasillo estaba bastante oscuro. Al pie de
las escaleras una mujer joven sacaba a un niño de un cochecillo. Se giró al
notar la luz y dijo:
–Hola. Ahora pensaba volver a cerrar la
puerta. ¿Querían algo?
Burden tuvo una inspiración. Recordó la
información sobre la personalidad de Leilie Somers, e intentando adivinar sus
esperanzas y deseos dijo:
–Buscamos a la señora Jasper.
La joven supo de inmediato a quién se
referían.
–La puerta de Leilie es la de la derecha, en
lo alto de las escaleras. –Con el bebé apoyado sobre la cadera, aparcó el
cochecillo en el fondo del pasillo y lo cubrió con la capota.
–¿Sabe si su esposo se encuentra en casa?
Mientras subían las empinadas escaleras,
oyeron la respuesta inocente de la chica.
–No; a menos que haya vuelto. Le oí salir
poco después de las ocho de la mañana.
En lo alto de las escaleras había una puerta
a la derecha y otra a la izquierda. Burden llamó a la de la derecha y ésta se
abrió tan pronto que supuso que Leilie Somers debía de tener la oreja pegada a
ella. Y al parecer tenía la misma prisa porque entraran en el piso. Su vecina
ya subía por las escaleras y la chica no deseaba que oyera cómo se presentaban
los representantes de la ley o que los viera enseñándole sus placas. Era una joven
menuda, de veintiocho o veintinueve años, con cicatrices de acné en la cara y
el pelo teñido con henna. Durante toda su juventud había sido la amante de un hombre que vivía
del robo y la violencia y ella misma había estado en prisión. Sin embargo, no había
adoptado, como la mayoría de las mujeres en su situación, una actitud insolente
u hostil hacia la policía. Muy por el contrarío, siempre se comportaba con
cortesía y humildad; de modo que cuando Wexford dijo: «Así que ha regresado a
casa, Leilie», la chica asintió con un gesto, sonrió con nerviosismo y
respondió que sí, y que había tenido la suerte de recuperar su antiguo
apartamento.
–Y Paddy ha vuelto con usted, supongo.
–Bueno, va y viene. No puede decirse que viva
aquí.
–¿Qué puede decirse entonces, que viene sólo
de vacaciones?
Leilie no respondió. El apartamento consistía
en una sala, una habitación, un lavabo y una cocina que albergaba una tina para
el baño. Entraron en el salón. Los muebles eran viejos, feos y baratos, pero
todo estaba muy limpio y las paredes y la carpintería recién pintadas de
blanco. No haría más de una semana que habían redecorado la estancia y aún olía
a pintura.
–Estuvo aquí anoche –dijo Wexford– y se
marchó esta mañana alrededor de las ocho. ¿Cuándo volverá?
Wexford intuyó que Leilie se habría alegrado
de deshacerse de aquel hombre. Unos años antes había tenido la misma impresión.
Al parecer, un vínculo misterioso la unía a Paddy Jasper –amor o quizá simple
rutina–, pero suponía que la joven se habría sentido aliviada si las
circunstancias externas hubieran podido romper ese vínculo. Mientras tanto, le
guardaba una lealtad a toda prueba.
–¿Para qué quieren verlo?
Wexford pensó que si la chica quería jugar al
gato y al ratón, aceptaría el reto gustoso y respondió a su pregunta con otra
pregunta:
–¿Dónde estuvo anoche?
–Aquí. Invitó a un par de amigos a tomar una
cerveza y a jugar a las cartas.
–Por casualidad –dijo Burden–, ¿uno de esos
amigos no sería Tony, su hermano menor?
Leilie miró la alfombra, luego el techo y
finalmente la ventana con tanta fijeza que cualquiera habría dicho que había
descubierto un Concorde o un platillo volante en el cielo.
–Vamos, Leilie, ya conoce a Tony. El honrado
y joven inglés que pasó dos años en la cárcel por robar a una anciana.
La chica bajó la vista a sus manos y dijo en
voz baja:
–Claro que conozco a Tony. Creo que estuvo
aquí, pero no lo sé con seguridad porque yo estaba trabajando. –Levantó la
barbilla y alzó un poco la voz–. Tengo un trabajo de noche en el Andrómeda. Soy
la encargada de los lavabos, desde las ocho hasta medianoche.
Wexford definía al Andrómeda como un signo de
los tiempos. Era el casino de Kingsmarkham, un club de juego situado en una
casa victoriana restaurada en Sewinbury Road. Iba a preguntarle por qué un
trabajo de noche –la última vez que la había visto, Leilie trabajaba en la
peluquería del señor Nicholas– cuando sus ojos se fijaron en un objeto apoyado
sobre la repisa de la chimenea. Era un biberón con restos de leche.
–No sabía que tuviera un hijo, Leilie –dijo.
–Está en el dormitorio –respondió la chica y
entonces, como para confirmar sus palabras, se oyó un gemido al otro lado de la
puerta que fue creciendo en intensidad. La joven prestó atención. Cuando los
gritos se volvieron más agudos, sonrió, luego la sonrisa se transformó en una
risita y finalmente en una carcajada. Pero enseguida se mordió los labios y
dijo con su habitual tono monocorde–: Paddy y los muchachos se quedaron con el
niño. Estuvieron aquí toda la noche.
–Ya veo –dijo Wexford. Entonces supo sin ninguna
duda que Paddy Jasper y sus amigos no habían estado allí, sino en Ploughman’s
Lane, robando el Alcázar del Barón–. Ya veo –repitió. El bebé continuó
llorando, cada vez más angustiado o furioso–. ¿Paddy es el padre de la
criatura?
Por primera vez, Leilie reaccionó con una
actitud airada, rayando en la grosería.
–No tiene derecho a preguntarme eso, señor
Wexford. No es asunto suyo.
Wexford pensó que seguramente tenía razón,
que no tenía derecho a hacer esa pregunta. El hecho de que el noventa y nueve por
ciento de los policías también la hubieran hecho no lo justificaba.
–Es verdad, no es asunto mío –dijo–. Lo
siento, Leilie. Será mejor que vaya a ver qué le ocurre al bebé, ¿no le parece?
Pero justo en ese momento el llanto cesó y
Leilie Somers suspiró. En el piso de al lado sonaron pasos y una puerta al
cerrarse.
–Volveremos –dijo Wexford y se dirigió al
rellano. La chica se metió en el dormitorio y cerró la puerta.
Burden cerró la puerta de la calle.
–Es su segundo hijo, ¿sabe? –dijo mientras
bajaban las escaleras–. Tuvo un niño de Jasper hace dos años.
–Sí, lo recuerdo. ¿Dónde está ahora?
–Leilie Somers lo maltrataba, ¿sabe? No,
seguramente no lo sabe. El caso salió a la luz cuando usted estuvo enfermo y se
tomó tanto tiempo libre. –A Wexford no le gustó que describiera su
convalecencia de una trombosis como «tiempo libre», pero no dijo nada–. Me
sorprendió –añadió Burden con severidad– que se disculpara con ella, como si
fuera una mujer decente y respetable. ¡Una persona capaz de fracturarle un brazo
y el cráneo a un bebé inocente! Esas fueron las lesiones que sufrió el niño. ¿Y
qué obtuvo Leilie? Una condena condicional, la recomendación de que se
sometiera a tratamiento psiquiátrico y tonterías por el estilo.
–¿Qué ocurrió con el niño?
–Lo adoptaron –contestó Burden–. Estuvo mucho
tiempo en el hospital y luego Leilie aceptó entregarlo en adopción. Era lo
mejor para la criatura.
Wexford hizo un gesto de asentimiento.
–Sin embargo, es extraño –dijo–. Parece tan
dulce y tranquila. Puedo imaginar que sea incapaz de cuidar de un niño, que le
falte firmeza o que no se dé cuenta de que está enfermo, pero maltratarlo...
Parece impropio de ella.
–Usted siempre dice que la gente es muy
contradictoria, que las personas son extrañas y que no se puede saber con seguridad
qué harán en determinadas circunstancias.
–Supongo que es verdad –dijo Wexford.
Envió a Loring a vigilar el apartamento de
Roland Road y luego él y Burden fueron a comer a la cantina de la comisaría.
Cuando iban por el postre, se les acercó Polly Davies.
–He ido a Bystall Lane, señor, y he visto al
pequeño Ginger. Me preguntaron si se quedaría allí por un tiempo o si teníamos
otros planes para él.
–¡Caramba! Ni siquiera lo han tenido
veinticuatro horas.
–Eso es exactamente lo que les dije, señor.
Bueno, algo así. Creo que les falta personal.
–Y a nosotros también –dijo Wexford–. Supongo
que nadie vio a la persona que dejó a Karen Bond en el portal de la rectoría,
¿verdad?
–Me temo que no, señor. Ninguna de las
personas con quienes he hablado, y no ha venido nadie a prestar declaración. La
señora Bream, la asistenta del cura, dice que la caja de cartón, la de patatas
fritas Smith, ¿recuerda?, ya estaba allí cuando llegó a las nueve, pero que no
le dio importancia. Creyó que alguien había dejado algo para el padre y pensaba
entrarla una vez que limpiara la cocina e hiciera la cama. El padre Glanville
dice que salió a las nueve menos diez y que está seguro de que la caja no
estaba allí entonces, de modo que alguien debe de haberla puesto allí en esos
diez minutos. Tiene que tratarse de una persona que conoce los hábitos del cura
y de la señora Bream, ¿no cree, señor?
–¿Se refiere a alguien de la parroquia?
–Podría ser. ¿Por qué no?
–Si está en lo cierto –dijo Wexford con
sequedad–, quienquiera que sea podría estar confesándose en este momento, pero
el padre Glanville, naturalmente, tendrá que guardar su identidad en secreto.
Subió a su despacho a esperar noticias de
Loring. Sentado delante del escritorio, recordó que en casa de Susan Rains
había visto una estatuilla de cerámica de la virgen con lirios en las manos,
apoyada sobre un pequeño estante puesto allí especialmente con ese propósito.
Quizá los Leighton fueran una familia católica. Estaba a punto de regresar a
Greenhill Court para tener otra charla con Susan, cuando una llamada del
sargento Camb le anunció la llegada de Stephen Pollard.
El agente de bolsa y su esposa estaban de
vacaciones en Escocia y habían salido de allí a las seis de la mañana,
conduciendo los ochocientos kilómetros de vuelta sin una sola parada. Wexford
sólo había visto a Pollard una vez y lo recordaba como un hombre colérico.
Ahora, a pesar del cansancio por el viaje, gritaba y alborotaba con la misma
angustia que Pippa Bond había demostrado por la desaparición de su hija. Al
parecer, la caja fuerte contenía un collar y una pulsera de platino con
zafiros, cuatro anillos, tres camafeos y una cruz de diamantes que, según
Pollard, valía treinta mil libras. No; por supuesto que nadie sabía que
guardaba sus objetos de valor en una caja fuerte. Bueno, quizá lo supiera la
asistenta y la asistenta anterior y todas las chicas au pair que habían vivido con ellos y los obreros que habían pintado el
exterior de la casa y la compañía que había instalado las rejas...
–Es absurdo –dijo Burden–. Tanto alboroto
cuando sabe perfectamente que la compañía de seguros pagará por todo. Ya podría
volverse a Escocia. Nosotros tendremos que ocuparnos del trabajo sucio, y si
pescamos a esos delincuentes a él le dará exactamente lo mismo. Y le diré otra
cosa que me parece absurda –dijo con creciente furia–: es muy probable que los
contribuyentes de Sussex tengan que mantener al pequeño Ginger durante
dieciocho años porque su madre estará demasiado asustada para ir a recogerlo.
–¿Qué quiere que haga? ¿Que organice una
reunión de esposas jóvenes y dibuje un círculo de tiza? –Burden lo miró con
perplejidad–. ¿No ha oído hablar del círculo de tiza chino o del Círculo de tiza caucasiano de Brecht? Hay que dibujar un círculo de tiza en el suelo y poner al
niño en el interior. La mujer que sea capaz de sacarlo de allí será su
verdadera madre y podrá llevárselo.
–Eso está muy bien –dijo Burden después de
una pausa–, pero en este caso las madres no se disputan al niño. No parece
haber nadie que quiera llevárselo.
–Pobre
Ginger –dijo Wexford.
Cuando Wexford y Burden llegaron, Tony Jasper
también estaba allí. Los dos hermanos eran altos y corpulentos, pero Tony aún
tenía una figura juvenil y atlética, mientras que Paddy ya comenzaba a echar
barriga. Sin embargo, si algo estropeaba la apariencia apuesta de Tony era una
nariz rota por un golpe que nunca se había hecho arreglar y que le provocaba
dificultades para respirar. Su aire repulsivo, incluso siniestro, se debía en
gran parte a su necesidad de respirar por la boca. Paddy y él estaban sentados
frente a frente ante la mesa del comedor de Leilie. Ambos fumaban y el aire de
la habitación estaba cargado de humo. Tony barajaba un mazo de naipes. Wexford
supuso que los habían cogido en el último momento, cuando oyeron llamar a la puerta
de abajo.
–Deja los naipes. Tony –dijo Paddy–. Es de
mala educación jugar cuando tienes visitas. –Siempre manifestaba una clase de
cortesía que, por otra parte, era totalmente ofensiva–. Leilie nos ha dicho que
quieren saber dónde estábamos ayer por la noche. ¿A qué hora en concreto se
refieren?
Wexford se lo dijo y Paddy sonrió.
Misteriosamente, consiguió que la sonrisa pareciera paternal. Dijo que estaba
pasando unos días con Leilie y con el niño. No había tenido muchas
oportunidades de ver al pequeño porque tenía un buen trabajo en el norte,
aunque allí no podía conseguir una vivienda apropiada para una mujer y un niño.
De modo que había llegado el sábado anterior, a pasar sus vacaciones en el
pueblo, y entonces se había enterado de que Leilie trabajaba por las noches en
el Andrómeda. La chica se había tomado la noche del lunes libre y le había
cambiado el turno a una compañera el martes, pero la noche anterior no había
podido faltar otra vez al trabajo y él le había dicho que no se preocupara, que
él y Tony invitarían a unos amigos y cuidarían del niño. Habían estado bebiendo
cerveza y jugando a las cartas con Johnny Farrow y Pip Monkton.
–Eso es lo que hicimos, señor Wexford.
–Así es –ratificó Tony.
–Leilie acostó a Matthew y cuando llegaron
los muchachos nos sirvió algo de comer. Es una gran chica. Se fue a trabajar a
eso de las siete y media, ¿no es cierto, cariño? Luego fregamos los platos y
jugamos una partida. Ah, y la vecina de al lado vino a comprobar si cuatro
hombres adultos eran capaces de cuidar a un niño. Es muy amable. Pip se marchó
a casa a las once y media, porque su mujer se lo había mandado y es un
calzonazos, ¿sabe? Leilie volvió a las doce y cuarto. Llegó temprano porque la
trajeron en coche, ¿no es verdad, nena?
Leilie asintió con un gesto.
–Todo, menos lo de que lavasteis los platos.
Wexford no dejaba de mirar los enormes pies
del hombre, que ya no estaban debajo de la mesa, sino extendidos sobre la
alfombra barata y chillona. Se preguntó dónde estarían los zapatos que habían
dejado las huellas. Quizá los hubieran quemado. Los restos de la caja, una vez
abierta con explosivos y despojada de su contenido, estaría en cualquier laguna
o río de los alrededores de Londres. Johnny Farrow era un experto en
explosivos. Se volvió hacia Leilie y le hizo una pregunta que ninguno de ellos
esperaba:
–¿Quién cuida del niño cuando va a trabajar?
–Julie, mi vecina. La chica con la que
hablaron cuando vinieron antes. Solía llevárselo a mi madre, que vive en
Chartiers Road. No está muy lejos de aquí, pero el niño empezó a ponerse tonto
por las noches y a llorar cuando lo dejaba en un sitio extraño. –Wexford se
preguntó si le daba una respuesta tan detallada porque acostumbraba a dejar al
niño solo, quebrantando la ley. Recordó al otro niño, al de las fracturas en el
cráneo y en el brazo, y su actitud hacia ella se endureció–. Además, mi madre
tuvo que ingresar en el hospital y no salió hasta ayer. Así que Julie me dijo
que lo dejara allí, que ella le echaría un vistazo cada media hora, y que si el
niño lloraba lo oiría. Con estas paredes, se oye todo, hasta si se cae un
alfiler. Y como Julie también tiene un niño, no sale nunca. Se ha portado muy
bien conmigo, porque Matthew llora casi todas las tardes, y no es bueno
dejarlos llorar, ¿verdad?
–Me complace informarte, cariño –dijo Paddy
con absurda solemnidad– que anoche mi hijo no lloró ni una sola vez y que se
portó como un ángel. –Con esas palabras, dirigió una mirada fulminante a
Wexford y esbozó una sonrisa amplia y seca.
Julie Lang confirmó que Paddy Jasper, Tony
Jasper, Pip Monkton y Johnny Farrow estaban en el apartamento de al lado a las
ocho y media, cuando llamó para preguntar si el niño estaba bien. Tenía una
llave del apartamento de Leilie, pero no la había usado porque sabía que el
señor Jasper estaba allí. Jamás se le habría ocurrido abrir. Al fin y al cabo,
aquélla era la casa de Jasper, ¿verdad? De modo que había llamado y le había
abierto Jasper, que a decir verdad no había sido muy amable. La había hecho
sentirse incómoda, sobre todo cuando le dijo: «Pasa y míralo con tus propios
ojos, ya que ni siquiera confían en que sea capaz de cuidar a mi propio hijo.»
Había abierto la puerta de la habitación y ella había visto a Matthew durmiendo
tranquilamente en la cuna.
–Me sentí tan mal que le pregunté si quería
que le devolviera la llave. Y él me contestó que sí, que estaba a punto de
pedírmela, porque ya no necesitarían mis servicios. Fue muy grosero y me hizo
sentir incómoda.
Le había entregado la llave a Paddy Jasper y,
por lo que sabía, los cuatro hombres habían permanecido en el apartamento hasta
que regresó Leilie, a las doce y cuarto. Para entonces, su esposo había
regresado y los dos estaban durmiendo. No; no había oído pasos en la escalera,
ni siquiera los de Pip Monkton, cuando se había marchado a casa a las once y
medía. Claro que quizá no lo hubiera oído porque estaba viendo la televisión,
pero estaba segura de que no había oído llorar a Matthew en toda la noche.
A continuación, Wexford y Burden fueron a
casa de Pip Monkton. La confirmación de la coartada de Johnny Farrow no habría
servido de mucho, puesto que tenía un largo historial en abrir cajas fuertes,
pero Monkton nunca había estado en la cárcel ni tenía antecedentes penales. Era
un ex cantinero, aparentemente respetable, y la única mancha en su existencia
inocente era su conocida amistad con Farrow, un viejo compañero de colegio a
quien había apoyado durante las largas estancias en prisión y mantenido en
períodos de pobreza y holgazanería. Wexford sabía que si Monkton confirmaba que
los cuatro habían estado en el apartamento de Leilie toda la noche, ya podía
arrojar la toalla. El juez, el jurado, el tribunal, creerían a Pip Monkton
tanto como a Julie Lang.
Y Monkton lo confirmó. Miró a Wexford
directamente a los ojos –lo que convenció al inspector jefe de que mentía– y
declaró que él, Jasper y Johnny habían estado en Roland Road, jugando a las
cartas y bebiendo cerveza, hasta que se marchó a las once y media. Wexford lo
llevó a la comisaría y continuó interrogándolo, pero no consiguió hacerle
cambiar la declaración. Monkton parecía haberse aprendido su discurso de
memoria y lo repetía una y otra vez como un loro o un disco rayado.
A las seis de la tarde, Wexford le pidió a su
chófer que lo llevara al Andrómeda, donde un gerente ansioso por caerle bien a
la policía respondió a sus preguntas de buen grado. Luego regresó a la
comisaría y allí encontró a Burden y a Polly discutiendo la última información
que el primero había conseguido sobre Monkton: que éste acababa de ampliar su
casa. Para ello, había tenido que solicitar una segunda hipoteca, pero los
costos se habían disparado tres mil libras por encima del presupuesto original
del constructor.
–Seguramente Monkton recibirá una cantidad
similar por arriesgarse a una denuncia por perjurio –dijo Burden–. Será su
parte. Tony condujo la furgoneta, Paddy y Johnny hicieron el trabajo, y Monkton
se limitó a encubrirlos. Supongo que salieron de la casa de Leilie a eso de las
nueve y que llegaron a Ploughman’s Lane un cuarto de hora después. Tardaron una
hora en sacar la caja de seguridad y salieron por el portalón del jardín a las
diez y media, aproximadamente a la hora en que Willoughby vio la furgoneta.
Tony se largó, abandonó la furgoneta en Myringham, regresó a Stowerton en el
último autobús, que sale de Myringham a las once menos diez y que lo habrá
dejado en la calle principal de Stowerton a las doce menos diez. Sólo Dios sabe
cómo hicieron los demás para llevarse la caja fuerte, pero me imagino que no lo
hicieron. La escondieron en la pradera que hay detrás de Ploughman’s Lane y
regresaron a buscarla esta mañana, con el coche de Johnny Farrow. Luego Johnny
la abrió con explosivos. Usaron la carretilla otra vez y Johnny la abrió en
algún descampado.
Wexford, que llevaba varios minutos sin hablar,
dijo por fin:
–Cuando Leilie Somers fue acusada de
maltratar a su hijo, ¿se declaró inocente o culpable?
–Culpable –respondió Burden, sorprendido por
la aparente irrelevancia de la pregunta–. No había muchas pruebas contra ella,
aparte del testimonio del médico. Leilie dijo que estaba agotada y nerviosa y
que el llanto de su hijo la sacaba de sus casillas. Una excusa indigna y
absurda.
–Sí –confirmó Wexford–, una excusa indigna y
absurda. Las paredes de esos apartamentos son muy delgadas, ¿verdad? Tan
delgadas que se puede oír caer un alfiler en el piso de al lado. –Permaneció
callado y pensativo unos segundos–. ¿Cuál es el nombre de soltera de la madre
de Leilie Somers?
–¿Qué? –dijo Burden–. ¿Cómo demonios espera
que sepa algo así?
–Pensé que quizá lo supiera. Se me ocurrió
que podía tener un apellido irlandés, porque Leilie es el diminutivo de Eileen,
que es un nombre irlandés. Seguro que comenzó a hacerse llamar Leilie cuando
era tan pequeña que no podía pronunciar bien su propio nombre.
–Oiga –dijo Burden con impaciencia–, ¿podría
decirme adonde quiere llegar con todo esto?
–Claro, al arresto de Paddy y Tony Jasper y
de Johnny Farrow. Puede ir Roland Road y ocuparse de todo cuanto antes.
–Por todos los santos, sabe tan bien como yo
que no conseguiríamos encerrarlos. No pudimos hacer cambiar de idea a Monkton y
su coartada salvará a todos los demás.
–No –se preocupe –se limitó a decir Wexford–.
Confíe en mí. Créame, no tienen ninguna coartada. Y ahora Polly y yo
concentraremos toda nuestra atención en el pequeño Ginger y el círculo de tiza
de Kingsmarkham.
Wexford dejó a Polly esperando en el coche.
Eran las ocho de la noche, pero todavía no había oscurecido. Llamó al timbre de
Leilie Lang. Cuando ésta no apareció, pulsó el otro y salió Julie Lang.
–Está muy angustiada. La he invitado a tomar
una taza de té.
–Me gustaría verla, señora Lang, y a solas.
Esperaré unos minutos en el coche y luego, si ella...
Lo interrumpió la voz de Leilie Somers,
procedente de lo alto de las escaleras:
–Puede subir. Ya me encuentro mejor.
Wexford subió las escaleras, seguido de Julie
Lang. Al llegar arriba, Leilie se apartó para dejarlo pasar. Parecía más
menuda, delgada y tímida que nunca. Su cabello teñido con henna
tenía las raíces más claras y su cara pálida reflejaba una profunda tristeza.
Julie Lang le dio un apretón afectuoso en un brazo y entró rápidamente en su
apartamento. Leilie introdujo la llave en la cerradura del suyo, abrió la
puerta y se detuvo un momento a mirar el apartamento limpio y vacío. El
pasillo, las puertas abiertas de las habitaciones, todo había cobrado un
aspecto aún más melancólico a la luz del crepúsculo. Tenía los ojos llenos de
lágrimas y giró la cabeza para que Wexford no las viera.
–Paddy no vale la pena, Leilie –dijo Wexford.
–Lo sé. Sé muy bien lo que vale, pero no
conseguirá que lo traicione, señor Wexford. No diré una sola palabra.
–Sentémonos. –El inspector jefe se dirigió a
la mesa, el lugar más iluminado de la sala, y se sentó en la misma silla que
había ocupado Tony Jasper–. ¿Dónde está el niño?
–Con mi madre.
–¿No cree que es mucho esfuerzo para alguien
que acaba de salir del hospital? –Wexford miró su reloj–. Va a llegar tarde al
trabajo. ¿A qué hora entra?, ¿a las ocho y media?
–A las ocho; pero no pienso ir. No puedo ir
después de lo que le ha pasado a Paddy. Será mejor que se marche, señor
Wexford, porque no voy a decirle nada. Si fuera la esposa de Paddy, no podría
obligarme a hablar, y es como si lo fuera. He sido más buena con él que muchas
esposas con sus maridos.
–Ya lo sé, Leilie –dijo Wexford–, lo sé muy
bien –añadió con una voz tan insinuante que la chica lo miró con los ojos
llenos de miedo, brillantes en la oscuridad–. Leilie, cuando dibujaron el
círculo de tiza y pusieron al niño en el interior, la mujer que lo había criado
se negó a recogerlo porque sabía que podía hacerle daño. Y antes de hacerle
daño, prefería que se lo quedara otra persona.
–No sé de qué habla –dijo Leilie.
–Creo que sí lo sabe. No es una historia muy
distinta de la del juicio de Salomón, cuando el rey intentó cortar a un niño
por la mitad. La verdadera madre no podía permitirlo y prefirió que se lo
quedara otra mujer. Usted se declaró culpable de un delito contra su primer
hijo que nunca cometió. Fue Jasper quien maltrató al niño y fue él quien la convenció
de que se declarara culpable, porque sabía que obtendría una condena benévola y
él no. Después, permitió que adoptaran a su hijo, no porque no lo quisiera,
sino porque, como la mujer del círculo de tiza, prefería perderlo a ver cómo
volvían a hacerle daño, ¿no es verdad?
La chica lo miró fijamente e inclinó la
cabeza en un gesto de asentimiento prácticamente imperceptible. Wexford se
acercó a la ventana y la abrió. Agitó la mano, volvió a meterla dentro y cerró
la ventana. Leilie lloraba. Ya no intentaba disimular sus lágrimas.
–¿La educaron en la religión católica?
–preguntó.
–Me bautizaron –respondió la chica en un
murmullo–. Mi madre es católica. Ella y mi padre se casaron en Galway, su
pueblo, y mi padre le hizo prometer que educaría a sus hijos en la fe católica.
–Su voz se quebró en un sollozo–. Hace años que no voy a misa. Por favor, señor
Wexford, váyase y déjeme en paz. Sólo quiero estar sola.
–Lamento oír eso, porque le he traído una
visita. Alguien que va a quedarse a pasar la noche aquí.
Encendió la luz del comedor, la del pasillo y
la del vestíbulo. Luego abrió la puerta y Polly Davies entró con el pequeño
Ginger en brazos.
Leilie parpadeó, deslumbrada por la luz.
Cerró los ojos y agachó la cabeza. Cuando la alzó y volvió a abrir los ojos,
corrió hacia Polly con tal rapidez que estuvo a punto de llevarse a Wexford por
delante. Sin embargo, no cogió a Ginger. Miró a Polly, temblorosa, extendió los
brazos lentamente y con enorme ternura acarició el cabello dorado del pequeño.
–Matthew
–dijo–. Matthew.
El niño estaba sobre el regazo de Leilie. Al
principio había llorado un poco, pero ahora estaba tranquilo, relajado. Cogió
un dedo de su madre, y Wexford lo vio sonreír por primera vez desde que lo
conocía. Fue una hermosa sonrisa espontánea, fruto de la alegría del
reencuentro con su madre.
–Me lo contará todo, ¿verdad, Leilie?
La chica estaba irreconocible. Nunca la había
visto tan contenta y animada. No dejaba de reír de alegría y el bebé,
percibiendo su dicha, respondía con un simpático parloteo. Leilie lo abrazó
otra vez y lo llamó su pequeño, su amoroso cielito.
–Vamos, Leilie; lo ha recuperado sin que le
causáramos ningún problema, que es mucho más de lo que merece. Ahora puede
contarlo todo.
–No sé por dónde empezar –dijo Leilie riendo.
–Por el principio, sea cual fuere.
–Bueno, creo que todo empezó cuando adoptaron
a Patrick, mi primer hijo –dijo Leilie. Ya no reía y su cara había recuperado
parte de su antigua melancolía–. Fue hace cuatro años. Paddy se marchó al norte
y poco después me escribió pidiéndome que me reuniera con él. No sé por qué
acepté. En fin; supongo que siempre acabo diciéndole que sí a todo. Además, no
parecía haber otro futuro para mí, no tenía ninguna perspectiva. Al principio
todo fue bien con Paddy, pero luego, hace unos dos años, él se lió con otra
chica. Fingí que no sabía nada, confiando en que se cansaría de ella, pero no
lo hizo y empecé a sentirme sola, muy sola. No conocía a nadie allí, no tenía
con quien hablar, y Paddy desaparecía durante semanas enteras. Comencé a salir
con otros hombres; sólo por la compañía. No me importaba nada. –Hizo una pausa
y acomodó a Matthew sobre sus rodillas–. Cuando descubrí que estaba embarazada,
le dije a Paddy que no pensaba tener el niño allí, que volvía con mi madre.
Pero él me prometió que no vería a la otra chica y me pidió que me quedara, así
que le hice caso y me quedé hasta poco después de nacer Matthew. Sin embargo,
poco después me enteré de que seguía viendo a la otra y decidí volver a este
apartamento, cerca de mi madre. ¡Ya sé lo que va a decir, señor Wexford!
–No iba a decir nada.
–Pero lo estaba pensando. ¿Y qué? Es verdad.
No sé quién es el padre de Matthew, no podría decirlo con seguridad. Puede que
sea Paddy o cualquier otro. –Su expresión se agrió y le dedicó una mirada
fulminante–. Y me alegro de no saberlo. De esa forma es más mío que de nadie.
Nunca había salido con otro tío aparte de Paddy hasta que él me empujó a
hacerlo.
–De acuerdo –dijo Wexford–, de acuerdo. Así
que vino a vivir aquí con Matthew, consiguió un trabajo en el Andrómeda, Paddy
le escribió anunciando que venía y apareció por aquí el sábado. Usted se tomó
la noche del lunes libre para estar con él e intercambió el turno del martes
con una compañera. Así llegamos a ayer, miércoles.
Leilie suspiró. No parecía angustiada; sólo
algo triste.
–Paddy dijo que cuidaría del niño. Dijo que
había invitado a Tony, a Johnny y a un tal Pip Monkton y que estarían aquí toda
la noche. Le dije que no se preocupara, que podía llevar a Matthew a casa de mi
vecina Julie, pero Paddy se enfadó, dijo que Julie era una zorra entrometida y
que Matthew lloraba por culpa de ella. Paddy se salía de sus casillas cuando el
niño lloraba. Tenía miedo de que lo matara, y una vez que intenté detenerlo,
estuvo a punto de matarme a mí. Y, ya ve, señor Wexford, Matthew tenía la
costumbre de llorar al atardecer. En la clínica me dijeron que algunos niños
lloran por las tardes y otros por las noches, y que aunque es difícil saber el
motivo, todos dejan de hacerlo tarde o temprano. Sabía que Matthew empezaría a
llorar a eso de las ocho y pensé: «Dios mío, ¿qué le hará Paddy?» Se pone fuera
de sí, no sabe lo que hace, y Tony no lo detendría porque le tiene miedo, como
todos los demás. ¡Paddy es tan grande! Bueno, no sabía qué hacer. Mi madre
acababa de salir del hospital, donde le habían hecho una operación importante,
así que no podía llevarlo allí, ni esconderme allí de Paddy, y tampoco podía
llevármelo al trabajo. Una vez lo hice y se enfadaron muchísimo. No veía
ninguna salida.
»Paddy salió a eso de las once. Nunca decía
adonde iba y yo no se lo preguntaba. Yo también salí con Matthew en el
cochecito y di vueltas y vueltas mientras pensaba. Debo de haber caminado
kilómetros, preocupada, imaginándome montones de cosas malas, ya sabe. Solía darle
el pecho a Matthew y todavía lo hago una vez al día, así que paré en un parque
y le di de mamar detrás de un seto. Después caminé otro rato.
»Decidí volver por la carretera de Stowerton.
Sabía que debía volver a casa porque Matthew estaba mojado y pronto tendría
hambre otra vez. Entonces vi un cochecito. Lo había visto allí otras veces y
también había visto a la mujer que cogía el bebé en brazos. No sabía su nombre
ni nada por el estilo, pero una vez había hablado con ella en la cola del
supermercado. Hablamos de los niños y me dijo que la suya no lloraba nunca;
sólo muy rara vez, cuando tenía hambre a medianoche. Era una niña muy buena. No
tenían que alzarla en brazos en todo el día. Era un poco más pequeña que
Matthew pero, curiosamente, tenían un aire familiar y el mismo color de pelo.
»Eso, el pelo, fue lo que me dio la idea. Sé
que fue una locura, señor Wexford, ahora lo comprendo, pero no imagina el miedo
que le tenía a Paddy. Desenganché la red contra gatos, saqué al bebé y puse a
Matthew en su lugar.
Polly Davies, que hasta entonces había
permanecido en silencio en un rincón, no pudo contener una pequeña exclamación
de horror. Wexford respiró hondo y sacudió la cabeza.
–Es curioso –dijo con voz gélida– que al
principio creyera que la persona que se había llevado a Karen la quería a ella
y deseaba librarse de su propio hijo. Ahora parece que es al contrario. La
seguridad de la niña no le importaba en absoluto.
–¡Eso no es cierto! –exclamó Leilie con
vehemencia.
–No, tal vez no. Creo que luego se arrepintió.
Continúe.
–Puse a Matthew en el cochecito. Sabía que
estaría bien, que nadie le haría daño, pero cuando empezó a llorar me rompió el
corazón.
–¿No tenía miedo de que alguien la viera?
–preguntó Polly.
–No me habría importado. ¿No lo entiende? Ya no
me importaba nada. Si me descubrían, no tendría que volver a casa. Perdería mi
trabajo, pero nadie me quitaría a Matthew, ¿verdad? Sin embargo, no me vio
nadie. ¿Ha dicho que se llamaba Karen? Bueno, llevé a Karen a casa, le di de
comer y la bañé. Nadie puede decir que no cuidé de ella mientras la tuve en
casa.
–Salvo porque la dejó en manos de esa alimaña
de Paddy.
Leilie se estremeció, pero no pareció hacerle
mucho caso.
–Paddy volvió a las seis con Tony. Para
entonces, la niña estaba en la cuna de Matthew. Lo único que se le veía era el
pelo rojo, del mismo color que el de Matthew. Recordé que su madre había dicho
que nunca lloraba por las tardes, y pensé, rogué: «No llores esta noche,
pequeña, no llores porque estás en un sitio desconocido.» –Leilie alzó la
barbilla y comenzó a hablar más aprisa–: Freí unos huevos con patatas para los
muchachos y me marché a las siete y media. Volví a las doce y cuarto y la niña
estaba bien. No había llorado ni una sola vez.
–¿No olvida algo, Leilie? –preguntó Wexford con
suavidad.
La chica rehuyó su mirada. Había palidecido.
Cogió a Matthew en brazos y lo estrechó contra su cuerpo.
–Al día siguiente –dijo–, o sea esta mañana,
Paddy salió temprano y pensé que debía devolver a la niña. Se me ocurrió que
podía llevársela al cura. Conocía sus horarios y los de la asistenta por mi
madre. Así que cogí un autobús hasta Kingsmarkham, y justo al lado de la parada
hay una tienda donde dejan las cajas en la calle para que las recoja el
basurero. Cogí una caja, metí a la niña dentro y la dejé en el portal de la
casa del cura. Pero no sabía cómo recuperar a Matthew. Creí que nunca volvería
a verlo.
»Entonces vinieron ustedes y les dije que
Matthew estaba en la habitación. En ese momento el bebé de Julie se echó a
llorar y creyeron que era Matthew. No pude contener la risa, aunque me sentía
fatal. Eso es todo. Ahora pueden denunciarme por lo que sea que haya hecho.
–Sigue olvidando algo, Leilie.
–No sé a qué se refiere.
–Claro que lo sabe. ¿Por qué cree que hice
arrestar a Paddy, a Tony y a Johnny Farrow a pesar de que Pip Monkton les
ofrecía una coartada perfecta? ¿Por qué cree que estoy tan convencido de que
Monkton se dará por vencido, que me contará que la coartada era falsa y me dirá
dónde están las joyas de la caja fuerte? Esta tarde tuve una pequeña charla con
el propietario del Andrómeda, Leilie. –La chica le miró con frialdad–. La
echaron, ¿verdad, Leilie? Podía tomarse la semana de aviso y seguir trabajando
hasta entonces o marcharse de inmediato. De todos modos, iban a despedirla.
–Si lo sabe todo, ¿por qué pregunta?
–Porque quiero que me lo confirme.
La chica murmuró algo al oído de su hijo,
pero el niño estaba dormido.
–Si no me lo cuenta usted, se lo explicaré yo
–dijo Wexford–. Si me equivoco, dígamelo. Le diré por qué creo que se
arrepintió. Fue a trabajar, tal como dijo, pero se sentía intranquila. No podía
dejar de pensar en el otro bebé, en la niña que no lloraba nunca. Sabía que era
probable que no llorara porque estaba en su propia cuna, sana y salva en su
casa junto a su madre. Quizá fuera diferente si despertaba en un lugar
desconocido. Hizo lo habitual en esos benditos lavabos de señora donde trabaja.
Limpió, cambió el rollo de las máquinas de toallas de papel y cogió las
propinas que le dejaban, pero se estaba volviendo loca de preocupación por el
bebé que había dejado en casa. No dejaba de pensar en lo que haría el animal de
Paddy Jasper si la niña lloraba. Tal vez darle un puñetazo con sus enormes
manazas o estrellarla contra la pared. Entonces supo que no había hecho bien en
cambiarla por Matthew, porque en el fondo usted es una buena mujer, aunque un
poco tonta, y estaba tan preocupada por la niña como lo habría estado por su
propio hijo.
–Y usted es un demonio –murmuró Leilie,
mirándolo como si tuviera poderes sobrenaturales–. ¿Cómo sabe lo que pensaba?
–Lo sé –dijo Wexford–. Sé lo que pensaba y lo
que hizo. A las nueve y media no pudo resistir más. Se puso el abrigo, corrió a
coger el autobús de las nueve y treinta y cinco y llegó a casa a las diez menos
cinco. Las luces del apartamento estaban encendidas y Karen dormía en la cuna,
sana y salva.
Leilie esbozó una sonrisa. Fue la sonrisa
fugaz de un recuerdo agradable, pero se desvaneció de inmediato.
–No sé cómo lo ha averiguado –dijo–, pero es
verdad. La niña estaba dormida y bien. ¡Dios mío, me sentí tan aliviada! La
había imaginado en el suelo, cubierta de sangre.
–De modo que lo único que tenía que hacer era
explicarle a Paddy por qué había vuelto a casa.
–Le dije que me encontraba mal –dijo Leilie
con cautela–. Le dije que tenía una migraña y que me sentía fatal.
–No, no lo hizo, porque Paddy no estaba aquí.
–¿Qué quiere decir? Estaba aquí con Tony, Pip
y Johnny jugando a las cartas. Le dije a Paddy que me sentía mal y que iba a
echarme un rato. Fui a la habitación y me acosté.
–Leilie, cuando regresó a casa, el
apartamento estaba vacío. Sabe perfectamente que estaba vacío. También sabe que
Pip Monkton miente y que no podrá mantener su historia cuando sepa que usted
volvió a las diez menos cinco y encontró el apartamento vacío. Mire, Leilie, Paddy estará encerrado mucho tiempo por este asunto.
Entretanto usted y el pequeño Ginger... quiero decir Matthew, tendrán la
oportunidad de comenzar de nuevo. No querrá estar con él toda la vida, ¿verdad?
No querrá que siga amargándole la existencia y maltratando a sus hijos, ¿no es
así, Leilie?
La chica levantó al niño y comenzó a pasearse
por la sala, como si en lugar de estar dormido, el pequeño estuviera
intranquilo y necesitara que lo calmaran. Por fin se detuvo frente a Wexford y
lo miró fijamente. El inspector jefe se puso de pie.
–Vendré a recogerla por la mañana, Leilie
–dijo–, y la llevaré a la comisaría donde tendrá que hacer una declaración.
Mejor dicho, dos declaraciones. Una por haberse llevado a Karen y la otra para
testificar que Paddy no estaba aquí cuando regresó.
–No diré nada –replicó ella.
–Es probable que si lo hace, no la
denunciemos por llevarse a Karen.
–¡Eso me da igual!
Wexford se resistía a amenazarla, pero sabía
que no tenía más remedio que explicarle lo que sucedería.
–¿Qué cree que dirá el juez de una mujer que,
a pesar de saber lo que usted sabía de Paddy, deja a una criatura con él? ¿Qué
dirá cuando sepa que sigue viviendo con Paddy? ¿Y cuando estudie sus
antecedentes?
La joven palideció y estrechó al niño entre
sus brazos.
–No me lo quitarán, ¿verdad? No dictarán
una..., ¿cómo se llama?
–¿Una orden de custodia? Es muy probable.
–Ay, Dios mío. Le prometí a Paddy que estaría
a su lado toda la vida...
–Las promesas románticas no tienen mucho que
ver con la vida real, Leilie. –Wexford se apartó de ella y se dirigió hacia la
ventana–. En el Andrómeda me dijeron que volvió a las diez y media. Había
habido quejas de dientas, así que la despidieron.
–Volví –dijo la chica con vehemencia–. Le
dije a Paddy que me sentía mejor...
–¿Todo en cinco minutos o, como mucho, diez?
Se repuso muy pronto, Leilie. ¿Quiere que le diga por qué volvió?, ¿por qué se
atrevió a hacerlo? Tenía miedo de perder su trabajo, pero tenía todavía más
miedo de lo que Paddy pudiera hacerle a la niña. Si Paddy hubiera estado aquí,
usted no habría vuelto al trabajo; pero como no estaba, volvió aliviada. Creía
que sólo podría volver a entrar en el apartamento si usted estaba dentro. No
sabía que tenía la llave porque se la había pedido a Julie Lang.
Por fin dijo la palabra que Wexford esperaba.
–Sí –afirmó–. Es verdad. Si hubiera sabido
que él tenía la llave –dijo con un estremecimiento– no me habría marchado.
Habría sido mejor dejar al bebé en la jaula de los leones del zoológico.
–Ahora debemos irnos –dijo Wexford–. Vamos,
oficial Davies. Hasta mañana, Leilie.
La chica se acercó con el niño en brazos.
–He estado pensando en lo que me contó, señor
Wexford –dijo–, y no creo que yo fuera capaz de sacar al niño de otra, a cualquier niño, de ese círculo.
El talón de Aquiles
(Achilles
Heel)
Las murallas de la ciudad daban, de un lado,
al mar Adriático; del otro, a una multitud de techos con tejas de terracota
desgastada por la intemperie, y a las cataratas de calles empedradas que
descendían hacia la catedral y la Sradum Placa. Como consecuencia del sol
ardiente y el aire seco y claro, hacía mucho calor en las murallas. Entre los
tejados rojizos y las intrincadas pendientes y escalinatas, resplandecían los
colores más diversos: el púrpura de las buganvillas, el azul cielo de la
dentelaria y el brillante naranja del jazmín trompeta.
–Maravilloso –dijo Dora Wexford–. Increíble.
¿No te alegras de que te haya obligado a venir?
–No está mal para la gente de piel morena
como tú –gruñó su esposo–. Pero mi nariz ya parece un huevo frito.
Era el mediodía del sábado 18 de junio. El
calor sofocante mantenía a los yugoslavos lejos de las murallas, pero no a los
turistas. Los alemanes se paseaban con sus cámaras o se detenían y murmuraban: «Wunderschön!» Los vivaces italianos parloteaban sin parar, inmunes al sol del
verano. Pero algunos de los fragmentos de conversación que llegaban a oídos de
Wexford no eran sólo en lenguas incomprensibles, sino también imposibles de
identificar. Les sorprendió oír una frase en inglés:
–¡No insistas, Iris!
Al principio, no pudieron ver la cara del
hablante, pero luego, cuando salieron del estrecho desfiladero y aparecieron en
una de las amplias plazoletas en lo alto de un contrafuerte, se encontraron
cara a cara con el inglés. El joven alto y rubio estaba en un extremo de la
plazoleta, acompañado de una chica morena que contemplaba el mar de espaldas a
los Wexford. A juzgar por su forma de vestir, parecía que se habría sentido más
cómodo en el sur de Francia que en las murallas de Dubrovnik. Llevaba una
camiseta corta verde jade que le dejaba la cintura bronceada al descubierto y
una falda de seda verde y azul a media pierna, con un estampado de parábolas
rosa intenso. Sus sandalias de tacones altos también eran rosadas, atadas con
tiras a las piernas. Pero lo más llamativo de su persona era su cabello negro
azabache y muy corto, cortado con tres triángulos marcados en la nuca.
Seguramente habría contestado a su compañero,
aunque Wexford no alcanzó a oír su respuesta. Sin embargo, dio una patada en el
suelo sin volverse y el hombre dijo:
–¿Cómo vamos a ir a ese maldito lugar, Iris,
si no podemos encontrar quien nos lleve? No hay sitio para tomar tierra. Me
gustaría que te olvidaras del asunto.
Dora cogió a su marido del brazo y lo obligó
a seguir adelante. Wexford podía leer sus pensamientos: «No es de buena
educación escuchar conversaciones ajenas.»
–Eres tan cotilla, cariño –dijo cuando
llegaron a la escalinata y ya nadie podía oírlos–. Supongo que es por
deformación profesional.
Wexford rió.
–Me alegra que entiendas cuál era mi
intención. Cualquier otra mujer habría acusado a su esposo de mirar a la chica.
–Era preciosa, ¿verdad? –dijo Dora con la
añoranza propia de su edad–. No pudimos verle la cara, pero es evidente que
tiene una figura perfecta.
–Excepto por las piernas. Es una pena que no
tenga bastante sentido común para llevar pantalones.
–Vamos, Reg, ¿qué tenían de malo sus piernas?
Y tenía un bronceado tan bonito... Cuando veo a chicas como ésas me siento una
vieja sin esperanzas.
–No seas tonta –dijo Wexford enfadado–. Tú
estás muy bien. –Era sincero. Estaba orgulloso de su atractiva esposa que no
aparentaba sus cincuenta y tantos años, elegante y digna en su falda azul
marino y su impecable camisa blanca, y con la piel dorada después de apenas dos
días de vacaciones–. Además, para que sepas, le ganarías con ventaja en
cualquier concurso de tobillos.
Dora sonrió, halagada. Se sentaron a una mesa
en la terraza de un bar, en un sitio con sombra donde corría una suave brisa.
Tenían el tiempo justo para tomarse una cerveza y un zumo de naranja; después
cogerían el bote-taxi que los llevaría de regreso a la costa Mirna.
«Mirna», en serbocroata, significa pacífico.
Y así encontró Wexford aquel paraje después de un invierno y una primavera
agotadores en Kingsmarkham, una racha de delitos pequeños y grandes y por fin
un sórdido caso de asesinato que, a pesar de sus investigaciones, no había
resuelto él, sino un joven experto de Scotland Yard. Había sido precisamente
Mike Burden quien le había aconsejado dónde ir de vacaciones. Nada de Escocia o
Cornualles, sino la costa dálmata de Yugoslavia, donde él, Burden, había
llevado a sus hijos el año anterior.
–Vaya a Mirna –había dicho Burden–. Hay tres
hoteles buenos, pero el pueblo está casi intacto. Puede trasladarse de un sitio
a otro en bote. Hay dos o tres viejos que tienen un servicio de taxis
acuáticos. Mientras estaba allí no llovió una sola vez. Además, estará en
contacto con la naturaleza, siguiendo la última moda ecologista. La vida marina
es sorprendente y también hay flores y mariposas.
Precisamente aquel día, dos después de su
llegada, Wexford intentaba familiarizarse con esa vida marina. Había dejado a
Dora en un colchón de aire junto a la piscina del hotel, consciente de que su piel
anglosajona no resistiría los baños de sol. Ya tenía la nariz despellejada. De
modo que se untó la cara con crema solar, se puso una camisa de manga larga, y
bordeó la península arbolada en dirección al puerto de Mirna. El pequeño puerto
tenía un parapeto construido con la misma piedra de las murallas de Dubrovnik,
y cuando se arrodilló a mirar por encima de él, descubrió que debajo de la
superficie del agua las rocas estaban cubiertas por una gruesa alfombra de
anémonas marinas, diminutas caracolas, algas y estrellas de mar. El agua estaba
perfectamente limpia y cristalina. Podía ver claramente el fondo, unos cinco
metros más abajo. En aquel momento, un cardumen de peces pardos y plateados
surgió de atrás de una planta marina. Wexford se inclinó, fascinado, y
comprendió por qué tantos bañistas iban equipados con escafandras y
schnorchels. Un pez carmesí salió de detrás de una roca, seguido de otro
plateado con rayas negras.
–¿Le gustan? –preguntó una voz a su espalda.
Wexford se incorporó hasta quedar en
cuclillas. El hombre que le había hablado era mayor que él, muy delgado,
arrugado y con aspecto duro. Tenía cara de nuez, una sonrisa seca y dientes en
sorprendente buen estado. Vestía una gorra de marinero y una camiseta a rayas
azules y blancas, y Wexford lo identificó como uno de los conductores de los
botes-taxi.
–Me gusta mucho –respondió despacio–. Es muy
bonito. Precioso.
–Las costas de su país eran así en el pasado.
Pero en el siglo diecinueve un hombre llamado Gosse, un biólogo marino,
escribió un libro sobre ellas. Pocos años después, los coleccionistas de todo
el mundo habían despojado a las rocas de todos sus tesoros naturales.
Wexford no pudo contener la risa.
–¡Caramba! Le pido disculpas –dijo–, pero
pensé...
–¿Que un viejo marino sólo era capaz de decir
«por favor», «gracias»» y «son diez dinares»?
–Algo así. –Wexford se levantó y notó que era
unos cuantos centímetros más alto que su interlocutor–. Habla inglés a la
perfección.
–No tanto –respondió el hombre con una amplia
sonrisa–. Sólo he estado una vez en Inglaterra y eso fue hace muchos años.
–Extendió la mano–. Encantado, gospodine. Ivo Racic a su servicio.
–Reginald Wexford.
La mano era fuerte como un roble, pero
estrechó la de Wexford con delicadeza.
–No pretendía entrometerme –dijo Racic–. Le
he hablado porque es extraño encontrar a un turista interesado por la
naturaleza. La mayoría sólo quieren tomar el sol, comer y beber, ¿no es cierto?
O pescar y coger caracolas.
–¿Le apetece acompañarme a tomar algo? ¿O
está trabajando?
–Josip, Mirko y yo tenemos una pequeña
sociedad y no les importará que me tome media hora libre. Pero yo invito. Éste
es mi país y usted mi invitado.
Caminaron hacia la avenida rodeada de enormes
palmeras.
–Yo nací aquí, en Mirna –dijo Racic–. A los
dieciocho años me marché a la universidad, y cuando me retiré, más de cuarenta
años después, volví a mi pueblo. Las palmeras seguían igual, ni más grandes ni
diferentes en ningún sentido. Aquí no cambió nada hasta que construyeron los
hoteles.
–¿Qué hizo durante esos cuarenta años?
Supongo que no habrá conducido botes todo este tiempo.
–Era profesor de estudios anglosajones en la
Universidad de Belgrado, gospodin Wexford.
–Ah –dijo Wexford–, eso lo aclara todo. Y
cuando se retiró montó un servicio de botes-taxi con Josip y Mirko. ¿Eran
amigos de la infancia?
–Así es. Veo que es muy perspicaz. ¿Puedo
preguntarle cuál es su ocupación?
Wexford dijo lo que solía decir cuando estaba
de vacaciones:
–Soy funcionario público.
Racic sonrió.
–En Yugoslavia todos somos funcionarios públicos.
Pero vayamos a tomar esa copa. Hajdemo, drug!
Escogieron una terraza situada debajo de un
emparrado, a través del cual se filtraba el sol dibujando motas de luz sobre el
suelo empedrado. Racic bebió slivovic, pero aquel fortísimo coñac con sabor
a ciruelas le estaba vedado a Wexford, que debía controlar su tensión arterial.
Hasta se sintió culpable cuando el vino blanco llamado Posip que le pidió su
nuevo amigo llegó en un vaso largo, lleno hasta el tope.
–¿Vive aquí, en Mirna?
–Sí. Vivo aquí solo en la kucica que en otros tiempos habitó mi padre. Mi esposa murió en Belgrado.
Pero llevo una vida cómoda y tranquila. Tengo mi jubilación, mí bote, las uvas
y los higos que cultivo, y a veces un invitado como usted, gospodin Wexford, con quien practicar mi inglés.
Wexford hubiera querido interrogarlo sobre la
situación política, pero temió parecer indiscreto o incluso descortés. De modo
que hizo un comentario sobre la magnífica apariencia de una mujer vestida con
el traje típico nacional –cofia blanca y vestido negro profusamente bordado–
que había salido de una tienda con una cesta a rebosar. Racic asintió, pero
luego señaló con su pulgar curtido una mesa que había quedado fuera de la
sombra de la vid.
–Aquélla me parece más guapa. Tiene un
aspecto más saludable, ¿no cree? Y más independiente.
La joven morena del cabello cortado
geométricamente estaba sentada a pleno sol. Sólo llevaba un pantalón corto
blanco y la pequeña camiseta de color verde jade. Un hombre salió de la oficina
de cambio y la chica se levantó para ir a su encuentro. Wexford reconoció a la
pareja que había visto en las murallas de Dubrovnik. Se alejaron cogidos de la
mano y subieron a un Lancia Gamma aparcado debajo de las palmeras.
–La última vez que los vi estaban
discutiendo.
–Se hospedan en el hotel Bosnia –dijo Racic–.
Llegaron de Dubrovnik el domingo por la tarde y se quedarán una semana. No sé
el nombre de la chica, pero él se llama Philip.
–¿Puedo preguntarle de dónde sacó la
información, señor Racic?
–Salieron a dar un paseo en mi bote esta
mañana –respondió Racic con un brillo pícaro en los ojos–. Los dos solos. Un
paseo de ida y vuelta a Vrt. Pero permítame que le cuente una anécdota. Hace
aproximadamente un año, una joven pareja inglesa alquiló mi bote. Creo que
estaban de viaje de bodas, o, como dicen ustedes, de luna de miel, y era
evidente que estaban muy enamorados. No dejaban de mirarse y no tenían la menor
intención de hablar con el conductor del bote. Cuando llegábamos a la orilla, a
unos cien metros de aquí, el marido comenzó a decirle a su esposa cuánto la
amaba y que no veía el momento de llegar al hotel para hacerle el amor. Fue muy
gráfico y explícito... ¿Y por qué no, si la única persona que tenían delante
era un yugoslavo incapaz de hablar otro idioma que su estrafalaria jerga natal?
»No dije nada ni permití que mi cara me
delatara. Detuve el bote, me pagaron veinte denarios y subieron al muelle. De
inmediato descubrí que la mujer se había olvidado el bolso y la llamé. La chica
volvió, cogió el bolso y me dio las gracias. Entonces, gospodin Wexford, no pude resistir la tentación y le dije: «Tiene usted un
marido encantador, señora, pero está claro que lo merece.» ¡Cielos, cómo se
ruborizó! Sin embargo, no parecía ofendida, aunque no volvieron a subir a mi
bote.
Wexford rió y dijo:
–Pero la conversación que oyó entre Philip y
su esposa no fue similar a aquélla, ¿verdad?
–No –respondió Racic con aire pensativo–.
Aunque creo que es mejor que no le hable de ella. No es asunto nuestro. Y ahora
tendrá que disculparme, aunque espero que volvamos a vernos.
–En su bote, por supuesto. Debo llevar a mi
mujer a la playa de Vrt.
–Se me ocurre algo mejor. Traiga a su esposa
y les daré un paseo por las islas. ¿Le parece bien el miércoles? No crea que
estoy buscando clientela. Este viaje lo paga la casa. Iremos sólo usted, gospoda Wexford y yo.
–Esos alemanes tan agradables nos han
invitado a ir a Cetinje en coche el miércoles –dijo Dora.
–Mmm –respondió Wexford con aire ausente–.
Buena idea.
Eran sólo las nueve, pero estaba muy oscuro
fuera de la zona iluminada por las farolas de la costa. Después de cenar,
habían ido a Mirna andando, pues era muy tarde para los botes-taxi y ahora
tomaban café en la terraza de un restaurante del puerto. A sus pies, el
Adriático, un mar casi sin mareas, lamía las rocas de la costa con un rumor
suave y entrecortado.
–¡Vaya, no puedo! –dijo Wexford de repente–.
Le prometí al yugoslavo del que te hablé que haría un viaje por las islas con
él. Sería una grosería decirle que no. Pero tú ve a Cetinje con los alemanes.
–Me gustaría. Es probable que no tenga otra
oportunidad de ver Montenegro. ¡Mira, cariño! Es la pareja que vimos en
Dubrovnik.
Wexford vio la cara de la chica por primera
vez. El corte de pelo era tan espectacular por delante como por detrás, ya que
llevaba el flequillo recortado en forma de triángulo en el centro de la frente.
El inspector pensó que no parecía una mata de pelo, sino un gorro pintado. La
mujer llevaba gafas de sol, a pesar de la hora, y la misma falda que había
usado en las murallas.
Ella y su compañero habían llegado a la
terraza desde el paseo marítimo. Caminaban despacio, ella con cierta
reticencia, y el hombre llamado Philip mirando alrededor como si tuviera una
cita con amigos. Era imposible que buscara una mesa libre, pues la terraza
estaba medio vacía. Dora le propinó un puntapié por debajo de la mesa para
advertirle que disimulara su curiosidad y comenzó a hablar de sus amigos
alemanes, Werner y Trudi. Wexford notó por el rabillo del ojo que el hombre y
la mujer vacilaban un instante y por fin se sentaban a la mesa contigua. Le
respondió algo a Dora, consciente de la mirada curiosa de la pareja.
–Perdonen –dijo una voz que había oído
antes–, no tenemos cenicero. ¿Les importa si cogemos el suyo?
–En absoluto –respondió Dora pasándoselo casi
sin levantar la cabeza.
–¿Están seguros de que no lo necesitan?
–insistió el hombre.
–Completamente. No fumamos.
Wexford notó que no era la clase de hombre
que se da por vencido con facilidad, y en aquel momento, intrigado por algo que
había visto, no deseaba hacerlo. Otro puntapié de Dora por debajo de la mesa lo
obligó a doblar las piernas. Se giró hacia la otra mesa y oyó la pregunta
siguiente:
–¿Piensan quedarse mucho tiempo en Mirna?
–Dos semanas. Llevamos cuatro días aquí.
El efecto de esa simple respuesta fue
asombroso. El hombre no habría parecido más contento –y, sí, aliviado–, sí
Wexford le hubiera dado la noticia de que recibiría una importante herencia o
de que un amigo íntimo que creía en peligro se encontraba a salvo.
–¡Estupendo! Es fantástico. Es tan difícil
encontrarse con ingleses aquí. Debemos salir juntos alguna vez. Somos Philip e
Iris Nyman. ¿Ustedes también son de Londres?
Wexford se presentó a sí mismo y a Dora y
dijo que eran de Kingsmarkham, Sussex. Philip Nyman dijo estar encantado de
conocerlos y quiso invitarlos a una copa. ¿No?, ¿más café, entonces? Wexford
acabó aceptando otra taza de café y se preguntó qué le ocurriría a Iris Nyman,
que había respondido a la presentación con una breve inclinación de cabeza y
ahora parecía paralizada. ¿Acaso se avergonzaba de la actitud extrovertida de
su esposo? Sin duda sus modales efusivos habrían avergonzado a cualquiera con
un mínimo de sensibilidad. En cuanto pidieron las bebidas, el hombre se embarcó
en una larga reseña de su viaje desde Inglaterra, cómo habían atravesado
Francia e Italia, la gente que habían conocido, el tiempo que les había tocado,
su alegría y admiración al ver por primera vez la costa dálmata. Pero Iris
Nyman no parecía alegre. Se limitaba a contemplar el mar, mientras bebía slivovic a grandes sorbos, como si se tratara de una limonada.
–Nos ha encantado. Dicen que no hay otro
sitio igual en toda la costa mediterránea, y lo creo. A todos nos gustó
Dubrovnik. Bueno, me refiero a nosotros y a una prima de mi esposa que nos
acompañaba. Se marchaba de vacaciones con unos amigos que viven en Grecia, así
que voló a Atenas desde Dubrovnik el domingo y nosotros vinimos hacia aquí.
–Les vimos en Dubrovnik –dijo Dora–. En las
murallas.
El vaso de Iris Nyman rechinó contra sus
dientes y su marido se apresuró a decir:
–¿Nos vieron en las murallas? Sabe, creo que
les recuerdo. –Parecía ligeramente sorprendido, pero no desanimado–. De hecho,
creo recordar que entonces estábamos discutiendo.
Dora hizo un movimiento con las manos, como
para restar importancia al asunto.
–Sólo pasamos a su lado. Hacía un calor
espantoso, ¿verdad?
–Su discreción es conmovedora, señora
Wexford, ¿o puedo llamarla Dora? Verá, Dora, mi esposa quería escalar una de
las montañas del lugar, y yo intentaba convencerla de que era una tontería. Ya
sabe, con ese calor. ¿Y todo para qué? Para ver lo mismo que se veía desde las
murallas.
–De modo que consiguió disuadirla –dijo
Wexford.
–Así es, pero seguramente ustedes llegaron en
el punto culminante de la discusión. ¿Otra copa, cariño? ¿Y usted, Dora? ¿No ha
cambiado de idea?
Las mujeres respondieron simultáneamente
«Otro slivovic» y «No gracias, debemos marcharnos». Hacía mucho tiempo que Wexford no
veía a su esposa tan malhumorada e incómoda. Se maravilló de los constantes
esfuerzos de Nyman y de su sonrisa imperturbable.
–Permítame adivinarlo. Se alojan en el
Adriático. –Tomó el silencio como asentimiento–. Nosotros paramos en el Bosnia.
Esperen, ¿qué les parece si concertamos una cita para el miércoles? Podemos
hacer una excursión en mi coche.
Los compromisos previos de los Wexford les
permitieron declinar la invitación con la conciencia limpia. Se despidieron, y
Wexford asintió sin comprometerse a las insistentes sugerencias de Nyman de que
debían volver a verse y no perder el contacto después de haber tenido la suerte
de encontrarse. Cuando se marchaban, Wexford se volvió una vez y comprobó que
el muchacho los seguía con los ojos.
–¡Caramba! –exclamó Dora–, ¡qué mujer más
grosera!
–Creo que sólo estaba nerviosa –dijo Wexford
con aire pensativo. Le ofreció el brazo a su esposa y ambos caminaron por el
paseo marítimo. Estaba muy oscuro, el mar sereno tenía el color de la tinta y
la isla había desaparecido de la vista–. Hay que reconocer que ha sido una
situación bastante extraña.
–¿Tú crees? Ella se comportó como una
antipática y él con una efusividad que rayaba la impertinencia. Nos obligó a
escucharlo, a decirle nuestros nombres..., aunque era obvio que a ella no le
interesaban en absoluto. Cuando me llamó Dora me quedé helada.
–Ésa no es la parte más extraña. Al fin y al
cabo, así es como se conoce a la gente en vacaciones. Sin duda el encuentro con
Werner y Trudi fue similar.
–De eso nada, Reg. Para empezar, tenemos casi
la misma edad y nos hospedamos en el mismo hotel. Trudi habla bastante bien
inglés. Estábamos mirando a los niños que se bañaban en la piscina y ella
mencionó a sus nietos, que tienen edades similares a los nuestros. Así empezó
todo. Debes admitir que es muy distinto que aparezca un hombre de treinta años
en un bar y que se lance a hablar con una pareja con edad suficiente para ser
sus padres. Me pareció impertinente.
Wexford reaccionó con impaciencia.
–Es probable. Pero lo que nos parece haber
notado es que había un cenicero limpio en esa mesa antes de que se sentaran.
–¿Qué? –Dora se detuvo y lo miró en la
oscuridad.
–Allí estaba. Debió metérselo en el bolsillo
para tener una excusa para hablarnos. Eso sí que es extraño. Y también el hecho
de que nos diera tanta información gratuita. Además de mentirnos de una forma
deliberada. Vamos, cariño, no te quedes ahí parada, mirándome con la boca
abierta.
–¿A qué te refieres cuando dices que mintió?
–Cuando le dijiste que los habíamos visto en
las murallas, dijo que lo recordaba y que en ese momento estaba discutiendo con
su esposa. Eso sí que es raro. ¿Qué necesidad tenía de mencionar el tema? ¿Qué
nos importan a nosotros sus discusiones domésticas? ¿O quizá debería decir
«murales»? Dijo que habían discutido porque él no quería escalar una montaña,
pero en este sitio nadie escala en verano. Además, recuerdo perfectamente lo
que dijo en las murallas. Dijo: «No podemos encontrar quien nos lleve.» Ya sé,
podría haberse referido a un guía, pero luego añadió: «No hay sitio para tomar
tierra.» Estoy seguro. Nadie toma tierra en las montañas. Dora, a menos que
vayas en helicóptero.
–Me pregunto qué pretende. ¿Qué estará
tramando?
–Yo también me lo pregunto –dijo Wexford–, y
estoy seguro de que su intención no es robar ceniceros de los bares de la
costa.
Bordearon el promontorio y avistaron las
luces del hotel Adriático. Un poco más adelante podrían verse las caras. Dora
miró la de su marido y lo que vio la inquietó.
–¡Reg! ¿No pensarás ponerte a investigar?
–No puedo evitarlo, forma parte de mí
naturaleza. Pero no permitiré que este asunto nos estropee las vacaciones, te
lo prometo.
El martes por la mañana el bote-taxi de Racic
los esperaba en el embarcadero del hotel.
–Gospoda Wexford, es un placer conocerla.
Ayudó cortésmente a Dora a subir al bote,
cuya capota verde, ahora baja, le daba el aspecto de una góndola. Cuando el
hombre encendió el motor, Dora se disculpó por no poder acompañarlos al día
siguiente.
–Cetinje le gustará –dijo Racic–. Se lo
pasará bien. Gospodin Wexford y yo haremos una salida de solteros. Los chicos con los
chicos, ¿eh? ¿Está cómoda? Creo que esta embarcación es más apropiada para una
dama que aquélla –dijo señalando una barcaza inflable azul y amarilla. Un
hombre remaba y la joven que lo acompañaba llevaba un pequeño biquini. Eran los
Nyman.
–Si pudiera evitar pasar a su lado, señor
Racic –dijo Dora–, le quedaría muy agradecida.
Racic miró
a Wexford.
–¿Los conocen? –preguntó–. ¿Los han ofendido?
–No es eso. Los encontramos ayer en Mirna y
el hombre se puso algo pesado.
–Me mantendré cerca de la costa y cruzaré a
Vrt desde aquella pequeña península.
Durante la mayor parte de la mañana
estuvieron completamente solos en la estrecha cala cubierta de guijarros. Racic
les había dicho que Vrt significaba jardín. Las casas situadas detrás estaban cubiertas
de enredaderas con campanillas azules y entre las paredes se alzaban altos y
esbeltos cipreses. Wexford se sentó a la sombra mientras Dora tomaba el sol. La
barcaza inflable se aproximó una vez, pero los Wexford pasaron inadvertidos,
quizá porque llevaban sus trajes de baño. Iris Nyman se puso de pie y se arrojó
al agua con gran alboroto.
–Aunque sea una grosera –dijo Dora–, debo
admitir que tiene una magnífica figura. Y te equivocas con respecto a sus
piernas, Reg. Son perfectas.
–No me he fijado –dijo Wexford.
Josip los llevó de vuelta. Era un hombre
risueño y bronceado que guardaba cierto parecido con Racic, aunque su
vocabulario en inglés se reducía a unos rudimentarios «gracias» y «adiós».
Volvieron a contratarlo por la tarde para ir a Mirna, donde pasaron una velada
tranquila y agradable tomando café con Werner y Trudi Muller, en el balcón de
los alemanes.
El miércoles amaneció tormentoso y Wexford,
mirando los relámpagos y el mar turbulento, se preguntó si Burden no había sido
demasiado optimista en su pronóstico del tiempo. Pero a las nueve de la mañana
el sol había salido y el cielo estaba despejado. Acompañó a Dora al Mercedes de
los Muller y bajó al embarcadero. El bote de Racic se acercaba a la costa.
–He traído pan y salchichas para el almuerzo
y Posip en un termo para mantenerlo fresco.
–Entonces lo tomaremos como refrigerio,
porque pienso invitarlo a comer.
Finalmente comieron en Dubrovnik, después de
que Racic lo llevara a la isla de Lockrum. Wexford escuchó con profundo interés
las historias del profesor-barquero, que le explicó que la tranquilidad y la
riqueza de los comerciantes burgueses habían contribuido al renacimiento de la
literatura, que los barcos construidos en Dubrovnik habían formado parte de la
armada española, que un terremoto había devastado la ciudad y prácticamente el
estado. Luego visitaron Lopud, Sipan y Kolocep y regresaron sobre las aguas
calmas cuando el sol comenzó a hundirse en el mar.
–¿Esa pequeña isla tiene nombre? –preguntó
Wexford.
–Se llama Vrapci, que quiere decir
«gorriones». Dicen que allí hay miles de gorriones, pero sólo gorriones, porque
nadie va a visitarla. No se puede tomar tierra con un bote.
–¿Quiere decir que no puede acercarse en
barco porque las piedras son demasiado escarpadas? ¿Y qué me dice del otro
lado?
–Me acercaré y lo verá por sí mismo. Hay una
playa, pero nadie querría ir allí. Espere y verá.
La isla era muy pequeña, con una
circunferencia de unos setecientos metros, y estaba completamente cubierta de
pinos enanos. Entre las raíces, las rocas grises emergían perpendicularmente al
agua hasta alcanzar una altura de tres metros. Racic giró la lancha y se
dirigieron a la costa del Adriático. No se veían gorriones ni ninguna clase de
vida. Entre los terraplenes naturales de piedra había una pequeña e inaccesible
playa cubierta de guijarros, cubierta por la sombra de los pinos. Wexford miró
al cielo y luego a la cueva oscura y rocosa y comprendió que, fuera cual fuese
la altitud del sol, éste jamás penetraría en la playa. Donde el guijarral se
estrechaba, en la cima, había una grieta en las piedras apenas lo bastante
ancha para permitir el paso de un hombre.
–No es muy bonita –dijo–. ¿Quién iba a querer
venir aquí?
–Nadie, que yo sepa. Bueno, excepto... Quizá
sea por la nueva moda, gospodin Wexford, o señor Wexford.
–Llámeme Reg.
–Gracias, Reg –dijo con una inclinación de
cabeza. El nombre me gusta, aunque no lo había oído antes. Como le decía, se ha
puesto de moda bañarse desnudo. En Yugoslavia no lo permitimos, no es correcto
ni moral. Sin duda habrá visto inscripciones en las rocas que dicen (mucho me
temo que en inglés): «Playa no nudista.» Pero siempre hay alguien que quebranta
la ley, sobre todo en las islas pequeñas. Vrapci sería el sitio ideal, si los
interesados pudieran encontrar un bote y un barquero que los trajera.
–El bote podría atracar en las rocas y sus
ocupantes nadar hasta el otro lado.
–Si son buenos nadadores... Pero será mejor
que no lo intentemos, Reg. No tiene sentido arriesgar el pescuezo a nuestra
edad sólo para darnos un baño desnudos, ¿no cree?
Una vez más atravesaron el ancho mar. Wexford
volvió a mirar las murallas de la ciudad, esos despeñaderos construidos por la
mano del hombre para su defensa, y se atrevió a preguntar:
–¿Me contará la conversación que oyó entre la
pareja inglesa, Philip e Iris Nyman, mientras viajaban en su bote?
–¿Así que se llaman Nyman? –dijo intentando
rehuir la pregunta.
–Tengo buenas razones para preguntárselo.
–¿Puedo saber cuáles son?
–Soy policía –dijo Wexford con un suspiro.
La cara de Racic se tensó.
–Eso no me gusta. ¿Lo enviaron a vigilar a
esa gente? Debería habérmelo dicho antes.
–No, Ivo, no –dijo Wexford pronunciando el
extraño nombre con timidez–. Me ha entendido mal. No sabía nada de ellos hasta
el sábado pasado. Pero ahora que los he visto y oído, tengo el palpito de que
están metidos en un asunto ilegal. Si es así, tengo la obligación de hacer algo
al respecto. Son compatriotas míos.
–Reg –dijo Racic con delicadeza–, creo que lo
que oí no tiene nada que ver con ese asunto ilegal. Fue algo personal y
privado.
–¿No me lo contará?
–No. No somos unas viejas que intercambian
cotilleos por encima de las vallas de nuestros jardines, ¿no es verdad?
Wexford sonrió.
–Entonces, ¿hará algo por mí? ¿Se las
ingeniará para que esa gente se entere, sutilmente, claro, de que habla bien
inglés?
–¿Está seguro de que traman algo ilegal?
–Por completo. Debe de tratarse de drogas o
algún otro asunto sucio.
Hubo una larga pausa, durante la cual Racic
pareció consultar con el mar. Luego dijo en voz baja:
–Confío en usted, Reg. Sí; si tengo ocasión,
lo haré.
–Entonces vayamos a Mirna. Es muy probable
que estén tomando una copa en el paseo marítimo.
El barco de Mirko pasó junto a ellos y Mirko
saludó, agitando la mano y gritando: «Dobro vece!»
En el embarcadero había una cola de turistas
aguardando que los llevaran de vuelta al Adriático o al hotel de Vrt. Habría
una docena de personas y Philip e Iris Nyman estaban en último lugar. Todo
salió mejor de lo que Wexford había previsto. Los primeros cuatro se montaron
en el barco de Josip, que se dirigía a Vrt, y el segundo grupo subió en el de
Mirko, que, con una capacidad máxima de ocho personas, no podía coger a los
Nyman.
–Al hotel Adriático –dijo Nyman y entonces
reconoció a Wexford–. Bueno, volvemos a encontrarnos. ¿Ha pasado un buen día?
Wexford respondió que había ido a Dubrovnik.
Ayudó a subir a la chica, que parecía menos nerviosa que el día anterior y le
dio las gracias e incluso esbozó una sonrisa tímida. Racic puso en marcha el
motor y partieron. Racic era el taxista anónimo, la pieza del equipo sin la
cual el vehículo no funcionaría.
–Ayer los vi salir en una barcaza inflable
–dijo Wexford.
–¿Sí? –Nyman parecía agradecido–. Pero no
podemos usarla por las noches. No es segura en la oscuridad y para ir dentro
hay que llevar traje de baño. Vamos a cenar en el hotel con otra pareja inglesa
que conocimos ayer y pensábamos regresar andando. Será un paseo romántico por
la costa.
Estaban más elegantes de lo habitual. Nyman
llevaba un traje estilo safari color crema; su esposa, un vestido negro y
amarillo y sandalias negras con tacones. Wexford estaba alerta, esperando que
lo invitaran a unirse a la cena, y se sorprendió al comprobar que no lo hacían.
Los Nyman encendieron sendos cigarrillos.
Wexford notó que Racic se tensaba. Conocía bastante bien los principios y
costumbres del hombre para saber lo que opinaba de los agentes contaminantes.
Las colillas de cigarrillo seguramente acabarían en el mar. Si se enfadaba con
los pasajeros, quizá se sintiera más dispuesto a cumplir su promesa; pero por
el momento permaneció callado. Bordearon la península sobre un mar que el sol
parecía haber cubierto con una pátina de oro.
–¡Qué maravilla! –exclamó Iris Nyman.
–Es una pena que tengan que irse tan pronto.
–Nos vamos el sábado –dijo Nyman, aunque no
insistió en que los Wexford y ellos debían volver a verse.
La chica dio una última calada al cigarrillo
y arrojó la colilla por la borda.
–Bueno, ya hay tanta basura ahí dentro, que
un poco más no hará ningún daño –dijo Nyman y arrojó su colilla encendida en
las onduladas aguas doradas.
Se acercaban al embarcadero del hotel y Racic
paró el motor del bote. Nyman buscó monedas en el bolsillo. Wexford se puso de
pie en primer lugar y dijo al yugoslavo:
–He pasado un día estupendo. Muchísimas
gracias.
Aunque estaba de espaldas, imaginó la mirada
divertida que Nyman habría dirigido a su esposa ante la tópica convicción
inglesa de que todo el mundo, excepto los tontos, hablan inglés. Racic se
incorporó para responderle. Cualquier vestigio de acento extranjero y de sus
mínimas dificultades sintácticas desapareció en el acto. Habló como si hubiera
nacido en Kensington y estudiado en Oxford:
–Me alegro mucho de que haya disfrutado del
paseo. Yo también lo he hecho. Por favor, déle mis recuerdos a su esposa y
dígale que espero verla pronto.
Los Nyman no abrieron la boca. Cuando bajaban
de la embarcación, Racic dijo:
–Permítame que le ayude, señora.
Nyman sacó veinte denarios y dio las gracias
al barquero con voz ahogada. Ninguno de los miembros de la pareja dijo una sola
palabra a Wexford. Se marcharon sin mirar atrás y el inspector los siguió con
la vista.
–¿Lo he hecho bien, Reg? Su contribución a la
contaminación del mar me dio ánimos.
–Lo ha hecho muy bien –respondió Wexford con
expresión ausente, sin desviar la vista de la pareja.
–¿Qué mira con tanta atención?
–Unas piernas –respondió Wexford–. Gracias
otra vez y hasta mañana.
Caminó hacia el hotel y buscó a los Nyman,
pero no había señales de ellos. Una vez en la terraza, se volvió y los descubrió,
caminando a toda prisa por el paseo marítimo en dirección a Mirna. Por lo visto
se habían olvidado por completo de sus nuevos amigos y de la cita para cenar.
Wexford entró en el hotel y subió a su habitación en ascensor. Dora aún no
había regresado. Se tendió en una de las camas gemelas, sumido en la confusión.
El último episodio o descubrimiento iba más allá de lo que había imaginado.
¿Qué debía hacer? ¿Ponerse en contacto con la policía de Dubrovnik? Descolgó el
auricular para llamar a recepción, pero lo colgó enseguida al ver entrar a
Dora, que se acercó a él con cara de preocupación.
–¿Te encuentras bien, cariño?
Wexford imaginaba lo que pensaba. La tensión
arterial, el corazón, demasiado sol... No acostumbraba a tumbarse en la cama
durante el día.
–Claro que sí. Estoy bien. –Se sentó–. Dora,
ha sucedido algo de lo más extraño...
–Has vuelto a las andadas y estás
investigando otra vez. ¡Lo sabía! –Se quitó los zapatos de una patada y abrió
las puertas del balcón–. Ni siquiera me has preguntado si me lo he pasado bien.
–Ya veo que sí. Vamos, cariño, no te pongas
pesada. Me gusta pensar que eres la única mujer sin complicaciones que conozco.
–Ella lo miró con recelo–. Oye, ¿quieres hacer algo por mí? Descríbeme a la
mujer que viste en las murallas.
–¿A Iris
Nyman? ¿Para qué?
–Simplemente hazlo. Por favor.
–Estás loco. Creo que has sufrido una
insolación. Bueno, si eso te divierte... Estatura media, buena figura, unos
treinta años, corte de pelo geométrico. Llevaba una camiseta corta de color
verde jade y una falda azul, verde y rosa.
–Ahora describe a la mujer que vimos con
Nyman el lunes.
–No hay ninguna diferencia, excepto que esta
vez llevaba una camiseta negra y una pañoleta.
Wexford asintió. Se levantó de la cama, pasó
junto a ella y salió al balcón.
–No son la misma mujer –dijo.
–¿Qué diablos insinúas?
–Ojalá lo supiera –dijo Wexford–, pero estoy
seguro de que la Iris Nyman que vimos en las murallas no es la misma que vimos
en Mirna el lunes por la mañana ni la que yo vi esta tarde.
–Te estás dejando llevar por tu imaginación,
Reg. El pelo, por ejemplo, es inconfundible. Y la ropa. Además, estaba con
Philip Nyman.
–¿Te das cuenta de que has nombrado
exactamente las cosas que usaría para hacer creer a los demás que es la misma
mujer? Ninguno de los dos le vio la cara la primera vez. Tampoco oímos su voz.
Sólo reparamos en los detalles más llamativos.
–¿Y qué te hace pensar que no es la misma?
–Sus piernas. Son diferentes. Tú me indujiste
a fijarme en ellas. Hasta se podría decir que tú me has metido en este lío.
Dora se apoyó en la barandilla del balcón y
dejó caer los hombros.
–Si es así, ojalá no lo hubiera hecho. Reg,
tú nunca discutes tus casos conmigo cuando estamos en casa. ¿Por qué lo haces
ahora?
–Porque no tengo a ninguna otra persona cerca.
–Muchas gracias. Esta idea tuya de que no es
la misma mujer es absurda. Lo has soñado. ¿Por qué iban a querer fingir algo
así? Y a propósito, ¿cómo iban a hacerlo?
–Muy sencillo. Lo único que necesitas es una
cómplice de aspecto y edad similares. El sábado o el domingo, esta cómplice se
hizo cortar y teñir el pelo, se puso sus ropas y adoptó la personalidad de
Iris. Ahora me propongo averiguar por qué.
Dora volvió la espalda al cielo del atardecer
y lo miró con frialdad.
–No, Reg. No soy una pesada; sencillamente me
comporto como una mujer normal que sale de vacaciones y descubre que su marido
es incapaz de olvidarse del trabajo durante dos semanas. Estas son nuestras
primeras vacaciones en el extranjero en diez años. Si te hubieran enviado aquí
a vigilar a esa gente, si éste fuera un viaje de trabajo, no diría una palabra.
Pero es algo que has fantaseado porque no puedes relajarte y disfrutar del sol
y del mar como el resto de los mortales.
–De acuerdo, míralo de otro modo. –Wexford
amaba a su mujer, la apreciaba de verdad, y a menudo se sentía culpable por la
poca atención que le prestaba a causa de su trabajo. En este caso, la falta de
atención se debía al destino, a su profunda e inevitable necesidad de desvelar
misterios–. No pongas esa cara de Gorgona. Te dije que no permitiría que esto
te estropeara las vacaciones y no lo hará. –Le acarició una mejilla con
ternura–. Ahora voy a darme un baño.
Apenas doce horas después caminaba en
dirección a Mirna. El sol ya estaba ardiente y había una lancha en la bahía.
Los vendedores de alfombras habían desplegado su mercancía en el mercado
callejero y las cafeterías abrían para los madrugadores que querían tomar café
o, a pesar de la hora, aguardiente de ciruelas.
Visto de cerca, el hotel Bosnia
–afortunadamente oculto detrás de pinos y cipreses, con sus plantas circulares
y sus botareles con arbotantes– se asemejaba más a un platillo volante que
hubiera aterrizado en el bosque que a una residencia de vacaciones. Wexford
cruzó un jardín delantero tan amplio como un campo de fútbol y entró en un
vestíbulo digno del palacio de justicia de cualquier capital importante.
La recepcionista hablaba inglés a la
perfección.
–El señor y la señora Nyman se marcharon
anoche, señor.
–Pero pensaban quedarse tres días más.
–No lo sé, señor. Se fueron después de cenar.
Lamento no poder ayudarle.
De modo que así estaban las cosas.
–¿Qué piensas hacer ahora? –preguntó Dora
mientras tomaban un desayuno tardío–. ¿Protagonizar una absurda carrera de
ladrones y policías por la costa dálmata?
–Voy a esperar y ver qué pasa. Mientras
tanto, disfrutaré de mis vacaciones y me ocuparé de que tú hagas lo mismo. –La
vio relajarse y sonreír por primera vez desde la noche anterior.
Wexford disfrutó del resto de sus vacaciones,
aunque en ningún momento consiguió quitarse a los Nyman de la cabeza. Werner y
Trudi los llevaron a ver el Puente de los Turcos. Fueron a Budva en autocar y
los socios del pequeño servicio de taxis acuáticos los transportaron desde
Mirna a Vrt y Lockrum. Wexford compraba un periódico inglés a diario y en
secreto. Llegaba con un día de retraso y costaba el triple de lo normal. No
estaba seguro de por qué lo hacía, de lo que esperaba o temía. Sin embargo, la
última mañana no se molestó en comprarlo. Después de todo, estarían en casa en
menos de veinticuatro horas y entonces tendría que tomar medidas. Sin embargo,
al pasar junto al mostrador de recepción, cuando Dora ya había entrado en el
comedor a desayunar, un empleado le ofreció el periódico con naturalidad.
Wexford le dio las gracias y... allí estaba,
en los titulares de la primera página: «Desaparecida la hija de un magnate. El
rey de la ropa de baño teme que se trate de un secuestro.»
A continuación, se leía: «La señora Iris
Nyman, de 32 años, salió ayer de compras y no regresó a casa. Su padre, el
señor James Woodhouse, presidente de Sunsports Ltd. y uno de los principales
fabricantes de ropa de baño, teme que su hija haya sido secuestrada y espera
una solicitud de rescate. La policía está investigando el caso.
»Su esposo, el señor Nyman, de 33 años,
declaró hoy en su residencia de Flask Walk, Hampstead: “Mi esposa y yo
acabábamos de regresar de un viaje en coche por Italia y Yugoslavia. A la
mañana siguiente. Iris salió de compras y no regresó. Estoy desesperado.
Parecía feliz y contenta.”
»La compañía del señor Woodhouse, donde la
señora Nyman trabaja como gerente, realizó una importante adquisición este año,
absorbiendo a dos firmas importantes de ropa de baño. Los beneficios de la
empresa en el último ejercicio ascendieron a cien millones de libras.»
Había una fotografía de Iris Nyman con gafas
de sol y Wexford no habría podido precisar si se trataba de la mujer de las
murallas o de la que había visto en Mirna.
Aquella noche invitaron a Racic a una cena de
despedida en el restaurante Duvrovacka.
–No diga lo que dice todo el mundo, Reg, que
volverá el año próximo. Dalmacia ahora les parece maravillosa, pero dentro de
unos días se borrará de su memoria y de la de gospoda Wexford. Alguien le
propondrá San Marino o Ibiza para las próximas vacaciones y acabarán allí. ¿Me
equivoco?
–Dije que volvería y lo haré –dijo Wexford
levantando su copa de Posip–. Pero no será dentro de un año, sino antes.
Como señaló Racic, Wexford volvió trescientos
sesenta y dos días antes de lo previsto.
–Y aquí estoy, sentado en el vrt
de su kucica.
–Reg, tiene que mejorar su serbocroata.
–Me temo que no tendré tiempo. Debo regresar
a Londres mañana por la noche.
Estaban en el jardín de Racic, en la colina
con terraplenes situada detrás de Mirna, sentados en sillones de mimbre a la
sombra de la parra y de la higuera. Adelfas rosadas, blancas y rojas
proyectaban su trémulo resplandor a la luz del crepúsculo y, sobre sus cabezas,
pendían pequeños racimos de uvas entre los listones de un pabellón. Sobre la
mesa había una botella de Posip y los restos de una cena que había consistido
en gambas y patatas con mantequilla a la dálmata, ensalada, pan y grandes
melocotones maduros.
–Y ahora que ha acabado de cenar –dijo
Racic–, le ruego que me cuente qué lo ha traído de vuelta a Mirna tan pronto.
¿Tiene algo que ver con el señor y la señora Nyman?
–Usted sería un buen policía, Ivo.
Racic rió y volvió a llenar la copa de
Wexford. Luego se puso serio.
–Supongo que no tiene gracia. Debe de ser un
asunto desagradable.
–Desde luego. Si no me equivoco. Iris Nyman
ha muerto asesinada. Esta tarde acompañé a la policía de Dubrovnik a la bahía y
rescatamos su cuerpo de la cueva de Vrapci.
–Zaboga! No puede hablar en serio. ¿Se refiere
a la chica que se alojaba en el Bosnia y que subió a mi bote con su marido?
–Bueno, no exactamente. Esa mujer está viva
en Atenas, aunque supongo que conseguirán la extradición.
–No entiendo nada. Cuéntemelo todo desde el
principio.
Wexford se reclinó en el sillón y contempló
el cielo púrpura entre los resquicios del emparrado. Comenzaban a despuntar las
primeras estrellas.
–Tendré que comenzar con algunos antecedentes
históricos –dijo Wexford–. Iris Nyman era la única hija de James Woodhouse, el
presidente de una compañía llamada Sunsports Ltd. que confecciona ropa
deportiva y de baño y tiene una amplia red de exportación. Antes de cumplir los
veinte años se casó con un joven vendedor de la compañía de su padre. Después
de la boda, Woodhouse la nombró gerente de la empresa, le legó una importante
suma de dinero, le compró una casa y le cedió un coche de la empresa. Para
justificar los gastos de la compañía, la chica acostumbraba a viajar a
distintos parajes turísticos de Europa con su marido, supuestamente para lucir
las prendas de Sunsports, comprobar su aceptación entre el público, y estudiar
el éxito de las compañías rivales. Aunque lo más probable es que se limitara a
pasear.
»El matrimonio no era feliz. Al menos Philip
Nyman no lo era. Iris era la típica joven rica y arrogante, dispuesta a salirse
siempre con la suya. Además, el dinero, la casa y el coche eran suyos. Luego,
hace aproximadamente un año, se enamoró de una prima de Iris llamada Anna
Ashby. Al parecer ni Iris ni su padre se habían dado cuenta de nada.
–¿Entonces cómo puede...?
–Siempre hay alguien que se entera de estas
cosas, Ivo –interrumpió Wexford–. Una amiga de Anna ha testificado ante
Scotland Yard. –El inspector jefe hizo una pausa para beber un sorbo de vino–.
Ésos son los antecedentes del caso. Ahora le contaré qué sucedió hace un mes.
»Los Nyman habían planeado un viaje al sur de
Francia, como todos los años, pero esta vez pensaban cruzar el norte de Italia
y pasar una semana o diez días en la costa dálmata. Anna Ashby iba a veranear a
Grecia con unos amigos, de modo que, supuestamente invitada por Iris,
acompañaría a los Nyman a Dubrovnik, pasaría unos días con ellos y luego
volaría a Atenas.
»Después de unos días en Dubrovnik, a Iris se
le metió en la cabeza bañarse en Vrapci. Quizá quisiera bañarse desnuda, pues
estaba acostumbrada a las playas nudistas de Saint-Tropez. No lo sé. Philip
Nyman no ha admitido nada de esto. Hasta que yo salí de Londres, seguía
insistiendo en que su mujer había regresado con él a Inglaterra.
–¿Entonces fue usted quien descubrió que el
cuerpo de esa pobre mujer estaba en la isla de los gorriones? –preguntó Racic.
–No era más que una suposición –dijo
Wexford–. Había oído una conversación entre ellos, más tarde me dijeron una
mentira... Ya sabe, soy policía. No podría precisar si fueron a Vrapci el sábado
dieciocho de junio o el domingo diecinueve, pero basta con saber que lo
hicieron con esa barcaza inflable. Fueron tres, pero sólo regresaron dos: Nyman
y Anna Ashby.
–¿Mataron a la señora Nyman?
–Eso creo –respondió Wexford con aire
pensativo–. Naturalmente, siempre cabe la posibilidad de que se ahogara de
forma accidental. Pero en ese caso, ¿no cree que un marido normal habría
informado de inmediato a las autoridades locales? Si hubiera recuperado el
cuerpo, ¿no lo habría llevado con él? Estamos esperando los resultados de la
autopsia, pero incluso si no le encuentran heridas o señales de golpes, si sólo
tiene los pulmones llenos de agua, estoy convencido de que Nyman y Anna
contribuyeron a su muerte o simplemente la dejaron ahogarse sin socorrerla.
Ambos callaron un momento. Racic asentía
lentamente con la cabeza mientras asimilaba las palabras de Wexford. Por fin se
levantó y trajo un candelabro de la casa, pero luego lo pensó mejor y encendió
un farol eléctrico pegado a la pared.
–Cualquier luz atraería a los insectos, pero
al menos así no nos molestarán. Así que la mujer que vino a Mirna fue Anna
Ashby, suplantando la personalidad de la señora Nyman.
–Según el gerente del hotel donde se alojaron
en Dubrovnik, Nyman pagó la cuenta y se marchó a última hora de la tarde del
diecinueve. No lo acompañaba ninguna de las dos mujeres. Iris estaba muerta y
Anna había ido a la peluquería a hacerse teñir y cortar el pelo del mismo
estilo y color que el de su prima. La policía ya ha encontrado a la peluquera
que la peinó.
–Luego vinieron aquí –dijo Racic–. ¿Por qué
no volvieron a Inglaterra de inmediato? Además, ¿no pensarían seguir con la
farsa en Inglaterra? Incluso si las dos primas se parecían mucho, la tal Anna
nunca podría engañar al padre de Iris, a los amigos íntimos, a los vecinos.
–La respuesta a su primera pregunta es que si
hubieran regresado a Inglaterra una semana antes de lo previsto, todo el mundo
se habría extrañado. ¿Para qué volver? El tiempo era perfecto. Nyman quería dar
la impresión de que ambos estaban contentos y felices durante las vacaciones.
Su plan consistía en hacer creer al mayor número de personas posible que Iris
seguía viva después del día diecinueve. Por eso se intentó pegársenos como una
lapa y nos preguntó nuestros nombres y lugar de residencia. Quería tener
testigos por si llegaba a necesitarlos. Anna era menos atrevida y estaba
aterrorizada. Philip encontró a otros dos testigos, pero, gracias a su
intervención, no acudió a su cita con ellos.
–¿Gracias a mi intervención?
–Sí, y a su excelente inglés. Ahora quizá
acepte decirme lo que oyó en el bote.
Racic rió. Sus dientes blancos e inmaculados
resplandecieron a la luz del farol.
–Yo sabía que no era la señora Nyman, Reg,
aunque dudo que esa información le hubiera servido de algo en aquel momento.
Usted había visto a la mujer en las murallas, pero no su licencia de
matrimonio, ¿verdad? Me pregunté por qué tenía que contarle a un policía
entrometido los secretos de mis pasajeros. Pero ahora, como dicen ustedes
coloquialmente, le descubriré el pastel. La mujer dijo lo siguiente: «Me siento
tan culpable. Hemos hecho algo terrible.» A lo que él respondió: «Aquí todo el
mundo cree que eres mi esposa y en Inglaterra no sospecharán nada. Algún día
serás mi esposa de verdad y olvidaremos todo este asunto.» ¿Qué habría pensado
usted?, ¿que hablaban de un asesinato o de un romance ilícito?
–Nyman supuso que usted y yo hablaríamos del
asunto y llegaríamos a la primera conclusión. O quizá no recordara lo que había
dicho en el viaje. No parece tener muy buena memoria.
–¿Y qué ocurrió cuando se marcharon?
–Anna viajó con el pasaporte de Iris, con la
esperanza de que se lo sellaran al menos en una frontera. De hecho, lo sellaron
en dos; en la frontera entre Yugoslavia e Italia y nuevamente en Calais. En
Dover, seguramente se separó de Nyman y cogió el primer vuelo a Atenas. Nyman
regresó a casa el veintiocho por la noche, el mismo día en que tenían planeado
volver con Iris. Al día siguiente, por la tarde, anunció a su suegro y a la
policía que su esposa había desaparecido.
»Esperaba que la búsqueda de Iris o de su
cadáver se centrara en Inglaterra –dijo Racic–, ya que tenía pruebas
irrefutables de que había estado con ella en Mirna y de que la chica había
regresado a Inglaterra. A nadie se le habría ocurrido buscarla aquí, pues había
testigos de que había abandonado Yugoslavia sana y salva. ¿Pero qué pretendía
Nyman? Si las leyes británicas son como las nuestras, y supongo que en estos
casos todas se parecen, tardaría años en poder heredar su dinero o casarse otra
vez, a menos que se encontrara un cadáver.
–Recuerde que no se trató de un asesinato
premeditado. Sin duda fue fruto de un impulso. De modo que escondió el cuerpo
en un sitio donde nunca lo encontrarían o donde no podrían identificarlo, y
anunció la desaparición de su esposa en Inglaterra, despertando la compasión de
su poderoso suegro, que sin duda le dejaría vivir en la casa de Iris y usar su
coche. De este modo también conseguiría conservar su empleo, que seguramente
habría perdido si se hubiera divorciado, y hasta recibiría parte de la
asignación de Iris. Luego Anna se teñiría el pelo de su color natural, castaño,
por cierto, se lo dejaría crecer y volvería a su casa, donde ambos reanudarían
su amistad. Luego, el día en que se diera oficialmente por muerta a Iris,
podrían casarse.
Racic cortó una rebanada de pan y mordisqueó
una aceituna.
–Ya lo entiendo casi todo. Si no hubiera sido
porque usted estaba en Mirna, la conspiración habría resultado un éxito. Sin
embargo, no comprendo el motivo de sus sospechas, si esa mujer se parecía tanto
a la que vio en las murallas, si llevaba el mismo corte de pelo y las mismas
ropas... ¡Claro! ¡Qué tonto! Seguramente notó alguna diferencia en su cara.
–No había visto su cara ni había oído su voz.
Dora y yo la vimos de espaldas y muy fugazmente.
–Entonces no lo entiendo.
–Las piernas –dijo Wexford–. Sus piernas eran
diferentes.
–Pero, mí querido Reg, sin duda las piernas
de una joven morena y delgada se parecen mucho a las de otra joven de las
mismas características. ¿O acaso tenía una verruga, o una varice?
–No, que yo sepa. La única vez que vi a la
auténtica Iris, ella llevaba una falda que le llegaba a media pantorrilla. En
realidad apenas pude verle las piernas.
–Ya estoy hecho un lío otra vez.
–La clave está en los tobillos –dijo
Wexford–. Verá, en este mundo hay dos clases de tobillos, y la diferencia entre
ellos sólo se nota de espaldas. En el primer caso, la pantorrilla se estrecha y
se une al talón formando unan línea imprecisa. En el segundo, que corresponde
al ideal de belleza, el tendón de Aquiles forma una línea larga y delgada, con
profundas hendiduras a cada lado, debajo de los huesos del talón. Yo vi las
piernas de la auténtica Iris y el tendón de Aquiles no se notaba. Era un
defecto en su figura. Cuando vi por primera vez las piernas de Anna Ashby desde
atrás, mientras ella bajaba de su bote, observé la larga línea de su tendón que
se extendía hasta el músculo de una pantorrilla torneada. Sus piernas no tenían
ningún defecto. Su talón de Aquiles era perfecto.
–Zaboga! Conque era una cuestión de belleza,
¿eh? ¿Y sólo hay dos clases de tobillos en el mundo? –Racic extendió un pie y
se levantó la pernera del pantalón. Wexford también se inclinó, y a la luz del
farol, ambos contemplaron sus respectivos tobillos desde atrás–. Los suyos
están bien –dijo Racic–. Pueden incluirse en la categoría de los bellos.
–Y también los suyos, profesor y barquero.
Racic soltó una carcajada.
–Tesko meni! Dos hombres maduros, descubriendo
sus pantorrillas para competir en un concurso de tobillos. ¿Qué haremos luego?
–Bueno, aunque no debería –dijo Wexford–, le
propongo que nos terminemos el Posip.
Fin de boda
(When the Wedding Was Over)
–El matrimonio –dijo el inspector jefe
Wexford– empieza con amados fieles y acaba con perplejidad.
–¿Qué? –murmuró su esposa, sentada junto a él
en uno de los bancos de la iglesia reservados para los invitados del novio.
Wexford repitió la frase. Dora se acomodó el
aparatoso sombrero con flores que su marido consideraba elegante pero no precisamente
propicio para los comentarios sotto voce.
–¿Por qué demonios dices eso ahora?
–Thomas Hardy lo dijo antes que yo. Pero mira
tu breviario.
El novio esperaba, imperturbable, junto al
padrino.
Michael Burden, que estaba muy enamorado e
iniciaba su segundo matrimonio con una persona asombrosamente afín a él, había
acordado con la novia que una ceremonia religiosa era lo más apropiado para
ambos. Sin embargo, a sus cuarenta y cuatro años era quizá demasiado maduro
para lo que Wexford definía como «una ridícula boda de blanco». Había
doscientas personas en la iglesia. Burden, el padrino y los testigos vestían
trajes de etiqueta. Los bancos, el altar y la escalinata que conducía a éste
estaban adornados con azucenas, estefanotes y celindas. Era la clase de boda
apropiada para una persona veinte años más joven. Burden ya había pasado por
aquello, cuando de hecho tenía veinte años menos. Wexford rió para sus
adentros, mirando la cara nerviosa sobre el duro cuello blanco. Luego, después
de que Dora hojeara su breviario y dijera «Ya veo», el organista pasó de las
improvisaciones preliminares a la marcha de Lohengrin y Jenny Ireland apareció
en la puerta de la iglesia del brazo de su padre.
Era una novia preciosa. Siete años más joven
que Burden, rubia, dulce, discreta y risueña. El padre de Jenny entregó la mano
de la mujer a Burden y el párroco de St. Peter inició la ceremonia:
–Amados fieles, estamos aquí reunidos...
Mientras el sacerdote informaba a los novios
que la finalidad del matrimonio no era el placer carnal y que debían educar a
sus hijos en la fe cristiana, Wexford se dedicó a estudiar la concurrencia.
Delante de él y de Dora, estaba sentada Grace, la cuñada de Burden y la mujer
con quien todo el mundo había creído que se casaría tras la muerte de su primera
mujer. Pero Burden había buscado consuelo en una pelirroja, atrevida, dulce y
extraña –que sólo Dios sabía dónde se encontraría en esos momentos– y Grace se
había casado con otro. Ahora, entre Grace y ese otro había dos niños pequeños
que exigían toda la paciencia de sus padres para mantenerlos callados y
quietos.
Los padres de Burden habían muerto, pero
Wexford creyó reconocer a una tía anciana que había conocido en una fiesta diez
años atrás. Junto a ella estaban el doctor Crocker y su esposa, y detrás una
multitud a cuyos miembros apenas conocía de vista o no conocía en absoluto.
Sylvia, la hija mayor de Wexford, estaba sentada al otro lado, con sus nietos
situados entre ella y su esposo, y en el extremo del banco, junto al pasillo
central, se encontraba Sheila Wexford, de la Royal Shakespeare Company. La hija
actriz de Wexford, que había provocado codazos y murmullos a su entrada y
durante algunos instantes había sido el centro de atención, miraba con inusual
melancolía a Jenny Ireland, envuelta en velos blancos y coronada de perlas.
–Yo, Michael George, te tomo a ti, Janina,
como esposa, para amarte y protegerte...
Janina. ¿Janina? Wexford había supuesto
que la mujer se llamaba Jennifer. ¿Qué clase de padres serían capaces de llamar
Janina a su propia hija? ¿Turcos? ¿Forofos de Dumas? Wexford se inclinó hacia
adelante para estudiar a los peripatéticos padres. Parecían gente corriente: el
señor Ireland se veía exhausto por el esfuerzo de entregar la mano de la novia,
y la madre de Jenny hacía uso del diminuto pañuelo de puntillas confeccionado
especialmente para enjugar las lágrimas de alegría y pérdida. ¿Qué desvarío
romántico los había llevado a desdeñar los nombres de Elizabeth, Susan o Anne
en favor de... Janina?
–Que lo que Dios ha unido no lo separe el
hombre. Y en vista de que Michael George y Janina han consentido unirse en
sagrado matrimonio...
¿Habrían sido igualmente extravagantes al
nombrar a su hijo? Lo único que Wexford alcanzaba a ver de él era su espalda
ancha, una pequeña parte de su perfil y, ahora, una mano. La mano que pasaba un
pañuelo grande y blanco a su madre. Wexford sintió que Dora tiraba de él y se
levantó para entonar un himno religioso:
Oh, amor divino que trasciende
el pensamiento humano
humildemente nos arrodillamos en oración
a los pies de tu trono.
el pensamiento humano
humildemente nos arrodillamos en oración
a los pies de tu trono.
Aquellas palabras arrancaron sollozos
audibles de los labios de la señora Ireland. Su hijo –¿no le había comentado
Burden que era editor?– volvió la cabeza, avergonzado. Una mujer joven con un
curioso atuendo negro y sombrero naranja ocupó el sitio del editor y cubrió los
hombros de la llorosa madre en un ademán reconfortante.
–Oh, Dios, salva a tu siervo y a tu doncella,
que han depositado su fe en ti –dijo Dora con la mayoría de la congregación–.
Oh, Señor, auxílialos desde tu sagrada morada.
Wexford musitó un «amén», como para demostrar
su espíritu de camaradería, pero cuando todo el mundo añadió «Y ampáralos
eternamente», decidió no volver a abrir la boca.
La señora Ireland había dejado de llorar y
Wexford miró a sus hijas. Sheila cantaba con vehemencia, y Sylvia, la
feminista, con menos convicción, como si dudara sobre la ética de prestar su
apoyo a una ceremonia tan arcaica y machista. Sus nietos comenzaban a
inquietarse.
–Dios todopoderoso, que al principio del
mundo creaste a nuestros primeros padres, Adán y Eva...
«Mi querido Mike, ahora todo irá bien», pensó
Wexford en un rapto de sentimentalismo que le atacaba aproximadamente una vez
cada diez años. Se acabaría el conflicto entre sus deseos carnales y su
conciencia puritana, no volvería a sentirse solo, no tendría que preocuparse
por sus hijos egoístas y no sufriría la tentación de san Antonio. ¿Pues no
estaba acaso escrito que, como remedio contra el pecado y la fornicación,
aquellos que no gozaran del don de la continencia podían casarse para
mantenerse impolutos?
–Pues así fue como en los viejos tiempos las
mujeres sagradas que confiaban en Dios...
Le sorprendió que usaran la vieja liturgia.
La novia incluso había prometido obedecer a su marido. Wexford no pudo resistir
la tentación de mirar a Sylvia.
–... sometidas a sus esposos...
La cara de la chica era la viva imagen de la
incredulidad y la desolación, mientras murmuraba a su hermana «Increíble» y
«Obsoleto».
–... Así como Sara obedeció a Abraham,
llamándole señor, vosotras que sois sus hijas y lo seréis mientras viváis, no
sentiréis temor ni perplejidad.
En el hotel Olive and Dove, un pequeño comité
de recepción saludaba a los invitados. La señora Ireland, sonriente y
recompuesta; Burden, con el aspecto de alguien que tras someterse a una
operación ha sido informado de que sus perspectivas de recuperación son
excelentes, y Jenny, tan serena como cabe esperar de una novia.
Las bandejas estaban repletas de copas de
jerez y vino blanco. Nada de champán. Wexford recordó que faltaba una Ireland
más joven, ausente con su esposo en algún horrible lugar de la tierra.
¿Botswana?, ¿o quizá Lesotho? Sin duda se habrían gastado todos los fondos para
el champán en su boda. Era un buffet frío, pero muy bueno. Salmón ahumado, pato
y fresas. Wexford se dijo que nadie podía esperar nada mejor que salmón
ahumado, pato y fresas, excepto, claro está, caviar, urogallo y ponche de
leche, vino y azúcar. Mientras comparaba los dos menús posibles, debió decir
algo en voz alta sin darse cuenta, porque de repente oyó:
–Espárragos, trucha y pastel de manzana.
–Es probable –dijo Wexford–, pero a mí me
gusta la carne. La trucha es algo sosa, ¿no cree? Usted es el hermano de Jenny,
¿verdad? Lo siento, pero no recuerdo su nombre. Mucho gusto.
–Mucho gusto. Yo lo conozco, porque Mike me
ha hablado de usted. Mi nombre es Amyas Ireland.
De modo que aquella curiosa pareja se había
permitido otra extravagancia, además de la de Janina. Una vez más, el hombre
pareció leer los pensamientos de Wexford.
–Ya sé. Pero ¿qué me dice de mi otra hermana?
Su nombre es Cunegonde, aunque su marido la llama Queenie. Oiga, me gustaría
hablar con usted. ¿Cree que podemos escapar un momento de todo este gentío?
Mike iba a echarme una mano, pero no puedo pedirle nada ahora que está a punto
de marcharse de luna de miel. Es sobre un libro que vamos a publicar.
En ese momento desfilaron entre ellos la
mujer de negro y naranja, los sobrinos de Burden, Sheila Wexford, el padrino y
un montón de niños, todos con platos cargados de comida. Pasó al menos un
minuto antes de que Wexford pudiera preguntar:
–¿A quién se refiere con «vamos»?
Pasó medio minuto más hasta que Amyas Ireland
comprendió la pregunta.
–Carlyon Brent –dijo con la boca llena de
pato–. Trabajo para Carlyon Brent.
Wexford quedó impresionado. Era una de las
editoriales más grandes y prestigiosas.
–Publicaron a Vandrian y a De Coverley,
¿verdad?
Ireland asintió.
–Burden me ha dicho que es muy aficionado a
la lectura. Estupendo. ¿Le sirvo más pato? ¿No? Yo tomaré un poco más. Vuelvo
en un segundo.
Wexford miró con envidia cómo se llenaba el
plato de rodajas de pato ribeteadas de grasa. Luego cogió un panecillo, lo
pensó mejor y cogió otro. Para colmo, el tipo estaba en los huesos, flaco como
un palillo.
–Me encargo de los títulos policiacos –dijo
mientras volvía a sentarse–. Como le he dicho, Mike me había prometido...
Bueno, no se trata de ficción sino de un caso real. El caso Winchurch.
–Ah.
–Sé que tal vez sea demasiado pedir, pero ¿le
importaría leer un manuscrito y darme su opinión?
Wexford cogió una taza de café de una
bandeja.
–¿Para qué?
–Bueno, digamos que para hacer honor a la
verdad. Mike iba a darme su opinión. –Wexford lo miró con suspicacia. Sentía
gran respeto y profundo afecto por el inspector Burden, pero era la última
persona del mundo a quien consideraría como crítico literario–. Iba a decirme
lo que pensaba –reiteró el editor–. ¿Sabe? El asunto me preocupa. El autor ha
descubierto ciertos hechos que podrían probar la inocencia de la señora
Winchurch. –Vaciló un instante–. ¿Ha oído hablar de un escritor llamado Kenneth
Gandolph?
Unas palmadas procedentes de la cabecera de
la mesa, anunciando el momento de los discursos, lo salvaron de contestar. No
tuvo oportunidad de hacerlo hasta unos cuantos brindis después, la lectura de
varias docenas de telegramas y la despedida de los novios, que se marcharon a
cambiarse de ropa. Se alegró de la pausa, pues lo que sabía de Gandolph, aunque
sólo fuera de oídas, no era demasiado halagador.
–Escribe novelas policiacas, ¿verdad? –dijo
cuando le repitieron la pregunta–. Y alguna que otra reseña de crímenes reales.
Ireland asintió y dijo:
–Este manuscrito es muy bueno. Queremos
lanzarlo en primavera. Aunque se trata de un crimen sucedido hace ochenta años,
la gente sigue fascinada por él. Creo que esta nueva versión podría provocar un
gran revuelo.
–Florence Winchurch fue colgada –dijo
Wexford–, aunque siempre hubo dudas sobre su culpabilidad. ¿De dónde ha sacado
Gandolph las nuevas pruebas?
–¿Quiere que le envíe una copia del manuscrito?
Encontrará todos esos datos en la introducción.
Wexford se encogió de hombros y sonrió.
–De acuerdo –dijo–. Aunque supongo que es
consciente de que no podré hacer mucho, aparte de detectar errores en el
vocabulario forense. Y ni siquiera estoy seguro de eso. –Pero el editor había
conseguido despertar su curiosidad–. Florence se casó en St. Peter, ¿sabe?, y
dio su fiesta de boda en este mismo hotel.
–Y pasó parte de su luna de miel en Grecia.
–Aunque no cabe duda de que los paralelismos
acaban ahí –dijo Wexford al ver regresar a Burden y a Jenny.
Él llevaba un traje gris y ella un vestido de
muselina azul bordada. Wexford sintió una súbita y absurda oleada de ternura
hacia su subordinado, debida, en parte, al sombrero de Jenny. Nunca volvería a
usarlo –no tendría ocasión de hacerlo– y seguramente se lo quitaría en cuanto
subiera al coche, pero Burden jamás habría sido feliz con una mujer que no
llevara un sombrero como parte de su atuendo de viaje. Las ropas del inspector
también eran inapropiadas para volar a Creta en julio. Sin embargo, ambos
parecían felices, a pesar de su actitud tímida.
La señora Ireland estrechó a su hija en un
fuerte abrazo.
–Sólo estaré fuera dos semanas, mamá –dijo
Jenny–. No me voy para siempre.
–Bueno, en cierto modo sí –terció Burden.
Estrechó con seriedad la mano de su hijo, que había dejado la universidad para
pasar el fin de semana con su padre, y plantó un beso en la frente de su hija.
Wexford supuso que debía de haber estado leyendo novelas románticas y rió para
sus adentros.
–Buena suerte, Mike –dijo.
La novia le estrechó la mano y luego depositó
un beso suave y fresco en la comisura de la boca. «Dicen que estoy viejo, pero
Jenny me ha besado.» No lo dijo en voz alta, naturalmente. Inclinó la cabeza,
sonrió, cogió el brazo de su esposa e hizo una mueca severa a los traviesos
hijos de Sylvia, como correspondía al patriarca de la familia. Burden y Jenny
salieron y subieron a un coche con la inscripción «recién casados» en el parabrisas trasero y un zapato
colgado del guardabarros.
Luego, tras el tintineo metálico de los
broches de los bolsos femeninos y un revuelo de manos alzadas, se desató la
tormenta de confeti.
Era una casa aislada, situada a unos veinte
metros detrás de Myringham Road. En el centro de la fachada había una placa del
año 1896. Wexford estaba convencido de que los arquitectos de la última época
victoriana no habían escatimado esfuerzos en diseñar y construir casas que no
sólo eran horribles, complicadas e incómodas, sino también deliberadamente
siniestras. Las Limas, pese a su buen estado de conservación y al jardín en que
estaba emplazada –multicolor, espeso y florido como una colcha de cama–,
mantenía su apariencia siniestra. Los principales materiales empleados en su
construcción eran ladrillos de color caqui y tejas de pizarra gris. Aunque no
hubiera podido precisar por qué, Wexford intuía que las ventanas de guillotina
eran desproporcionadas para aquellas paredes. Dos torrecillas se erigían sobre
los extremos de la fachada y cada una de ellas estaba coronada con un techo
cónico, dando al lugar un aspecto intermedio entre el castillo de Balmoral y un
hotel de Kitzbuehl. Los árboles de lima que daban nombre a la casa habían sido
podados tantas veces desde su plantación, a principios de siglo, que se veían
enanos y deformes.
En tiempos de los Winchurch la vivienda se
llamaba Paraleash House, pero este nombre de significado histórico por su
referencia al señorío de Paraleash, se había cambiado deliberadamente tras la
muerte de Edward Winchurch. Así y todo, la mansión había permanecido vacía
durante diez años. Luego, uno o dos años antes de la Primera Guerra Mundial,
había encontrado comprador; un hombre que había muerto en esa misma guerra. Su
propietario actual la había adquirido unos doce años antes, y en el tiempo
transcurrido entre entonces y 1918, había sido sucesivamente hospicio para
ancianos, anexo de una escuela de agricultura y colegio privado. Cuando el
mentado propietario, un brigadier retirado, salió por la puerta principal con
dos terriers galeses, Wexford retrocedió hasta el coche y regresó a su casa.
Era lunes por la tarde y Burden llevaba
casado dos días. Dora estaba en su clase semanal de cerámica, cuyos frutos –de
aspecto mellado y no siempre simétricos– estaban desperdigados por la habitación
como si hubieran caído del cielo. Mientras buscaba en los estantes Cuando florece el verano de G. Hallam Saul y El juicio de Florence Winchurch, de la
colección Grandes Juicios Británicos, el inspector jefe estuvo a punto de tirar
al suelo uno de aquellos rotundos y desproporcionados objetos. Aliviado al ver
que la obra en cuestión no había sufrido daño alguno, recurrió a la ayuda del
clásico de la señorita Saul para refrescar su memoria sobre el caso Winchurch.
Florence May Anstruther tenía diecinueve años
cuando se casó con Edward Winchurch, y él, cuarenta y siete. Era una bonita
muchacha rubia, alta y elegante, hija del farmacéutico de Kingsmarkham, que
tenía su negocio en la calle principal. En 1895 ese detalle la excluía de los
círculos sociales importantes, y nadie hubiera imaginado que haría tan buen
matrimonio. Pero lo hizo. Winchurch era un abogado que a esa altura de su vida
ejercía su carrera más por vocación que por necesidad. Su padre, un
terrateniente de Sussex, había muerto tres años antes dejándole lo que para la
última década del siglo xix era
una auténtica fortuna: doscientas mil libras. Supuestamente, se había sentido
atraído por la juventud, la belleza y los buenos modales de Florence. La joven
había recibido la mejor educación que había podido permitirse el farmacéutico,
incluyendo seis meses en una escuela de señoritas. Según decían las malas
lenguas, para Florence, el único atractivo de Winchurch era su dinero.
Se casaron en junio de 1895 en la iglesia de
St. Peter, Kingsmarkham, y estuvieron seis meses de luna de miel en Italia,
Grecia y los Alpes suizos. A su regreso, Winchurch arrendó el Priorato de
Sewingbury mientras comenzaban las obras en Paraleash House, y es probable que
los techos cónicos de las torrecillas se inspiraran directamente en las
viviendas que Florence había visto en su viaje por los Alpes. Se mudaron a la
mansión lujosamente amueblada en mayo de 1896, y Florence adoptó el estilo de
vida de una dama victoriana con un marido rico y criados que vivían dentro y
fuera de la casa. Una vida insulsa, incluso si hubiera estado animada por unos
cuantos niños. Pero Florence no tenía hijos ni los tendría nunca.
Una o dos veces por semana, Edward Winchurch
tomaba el tren a Londres desde Kingsmarkham, como hacían y todavía hacen muchos
de los habitantes del pueblo que trabajan en la ciudad. Florence daba órdenes a
la cocinera, arreglaba las flores, hacía y recibía visitas, leía novelas y
dedicaba muchas horas del día a su cara, su cabello y sus vestidos. En ese
entonces, la opinión generalizada sobre la pareja era que parecía tan feliz
como cualquier otra, que Florence había tenido suerte y lo sabía y que a Edward
le había ido mejor de lo previsto.
En el otoño de 1896 un médico joven compró
una consulta en Kingsmarkham y se mudó allí con su hermana soltera. Se
apellidaban Fenton. Frank Fenton era un hombre muy apuesto, de metro ochenta,
cabello negro azabache, un aire a lord Byron y actitud arrogante. La hermana se
llamaba Ada y no era ni apuesta ni arrogante. De hecho, estaba parcialmente
tullida a consecuencia de una poliomielitis que le había dejado una pierna
deforme y paralizada.
Florence comenzó a visitar la casa de los
Fenton, en Queen Street, con la intención de hacer amistad con Ada Fenton. Le
demostraba un gran afecto, la llevaba de paseo en su coche y ponía éste a su
disposición cada vez que la joven tenía que ir a algún sitio, una ostensible
artimaña para convencer a Edward de que Frank Fenton se convirtiera en el
médico de la familia. Pocos meses después, la joven señora Winchurch se había
convertido en amante del médico.
Es muy probable que Ada no supiera nada o
casi nada al respecto. A finales del siglo pasado una joven podía ser –y
normalmente era– muy inocente. Durante el juicio se constató que el cochero de
Florence era enviado a la casa de los Fenton varias veces por semana para
llevar a Ada de paseo, y la doncella de los Fenton declaró que la señora
Winchurch llegaba poco después, a pie, y que el médico en persona la hacía
pasar por uno de los ventanales traseros. Se suponía que en el invierno de 1898
el doctor Fenton había practicado un aborto a la señora Winchurch, y que
durante los meses siguientes éstos sólo se encontraron en reuniones sociales y
en las ocasionales visitas de Florence a Ada. Pero lo que sentían el uno por el
otro era demasiado intenso para que pudieran resistir la separación y a partir
del verano siguiente volvieron a encontrarse en la casa de Fenton, cuando Ada
estaba fuera, e incluso en Paraleash House, cuando Winchurch se marchaba a los
tribunales.
En 1899 era difícil conseguir un divorcio,
pero no imposible o inaudito. Durante el juicio, Frank Fenton declaró que le
había rogado a Florence que pidiera el divorcio a su marido. Se habría casado
con ella a pesar de las desastrosas consecuencias para su carrera. Sin embargo,
según el médico, la mujer se negaba rotundamente pues se sentía incapaz de
afrontar la vergüenza de un divorcio.
En enero de 1900 Florence fue a pasar un día
a Londres y, entre otras muchas cosas, compró un par de latas de arenques en
salsa de vino blanco. En la casa de los Winchurch jamás se comían alimentos
enlatados, y cuando Florence sugirió que dichos arenques se usaran en la
preparación de un plato llamado filets de hareng marinés à la Rosette,
siguiendo una receta que le había pasado Ada Fenton, la cocinera, Eliza Holmes,
protestó, alegando que podía hacer lo mismo con arenques frescos. Pero Florence
insistió. Una de las latas se usó con tal fin y el plato se sirvió durante la
cena. Lo sirvió Alice Evans, la camarera, como broche final de una comida de
cuatro platos. Aunque Florence había demostrado tanto entusiasmo por esa
supuesta delicia, no la probó. Edward comió una cantidad moderada y el resto
fue a parar a la cocina, donde la compartieron entre la señora Holmes, Alice Evans
y la doncella Violet Stedman. Nadie sufrió ningún efecto adverso como
consecuencia de aquella cena, servida el 30 de enero de 1900.
Cinco semanas más tarde, el 5 de marzo,
Florence ordenó a la señora Holmes que cocinara el mismo plato con la lata sobrante,
pues a su marido le había gustado mucho. Esta vez la propia Florence comió una
ración de arenques marinados, pero cuando Alice se disponía a llevar los restos
a la cocina, le recomendó que no los comieran porque les había notado un sabor
extraño y quizá no estuvieran frescos. No obstante, aunque la señora Holmes y
Alice no probaron el plato, Violet Stedman comió una ración mayor que la que
habían tomado Edward y Florence juntos.
Florence, como de costumbre, dejó a Edward
solo mientras éste bebía su copa de oporto. Unos minutos después, se oyó un
grito ahogado y un estrépito de muebles en el comedor. Florence, Alice Evans y
la señora Holmes corrieron hacia allí y encontraron a Edward Winchurch en el
suelo, con la silla caída junto a él y la copa de oporto sobre la mesa. Cuando
Florence se acercó, su marido comenzó a sufrir convulsiones, arqueando la
espalda y mostrando los dientes, mientras se aferraba a la pata de la silla con
desesperación.
Enviaron al cochero, John Bastow, en busca
del doctor Fenton. Entretanto, Florence comenzó a quejarse de dolores de
estómago y apenas podía mantenerse en pie. Cuando Fenton llegó, hizo llevar
arriba a Edward y a Florence y le preguntó a la señora Holmes qué habían
comido. Ésta le enseñó la lata de arenques vacía y él reconoció la marca como
la que había causado botulismo a un paciente de un colega. El botulismo es una
enfermedad virulenta y a menudo mortal, provocada por una intoxicación
alimentaria. Fenton llegó a la conclusión de que la causa de la enfermedad de los
Winchurch era el Bacillus
botulinus, y tal es el poder de la sugestión, que
Violet Stedman comenzó a quejarse de náuseas y mareos.
El botulismo provoca parálisis, dificultades
respiratorias y trastornos de la visión. Florence parecía parcialmente paralizada
y se quejaba de ver doble. Pero los síntomas de Edward eran diferentes. Seguía
con convulsiones, entre las cuales su cuerpo se relajaba por completo, y aunque
tenía dificultad para respirar y otros síntomas del botulismo, la evolución de
la enfermedad parecía extraordinariamente rápida para cualquier clase de
intoxicación alimentaria. Sin embargo, Fenton nunca había visto un caso de
botulismo –una dolencia muy poco común–, y supuso que los síntomas podían
variar de una persona a otra. Prescribió raíz de jalapa y crémor tártaro como
purgante y, como ignoraba si Edward Winchurch tenía parientes, envió a buscar
al padre de Florence, Thomas Anstruther.
Sí Fenton no era tan inocente como se
suponía, cometió un grave error al enviar a buscar a Anstruther, pues el padre
de Florence insistió en que deseaba una segunda opinión y a las diez de la
noche acudió personalmente a la casa del colega de Fenton que acababa de
atender un caso de botulismo. Se trataba del doctor Maurice Waterfield, un
hombre que doblaba en edad a Fenton y era muy popular en la comunidad de
Stowerton. El médico examinó a Edward Winchurch, reparó en la mueca que le
desfiguraba el rostro, y mientras Edward se agitaba en sus últimas
convulsiones, declaró que había sufrido un envenenamiento, pero no por el Bacillus botulinus, sino por estricnina.
Edward murió pocos minutos después. El doctor
Waterfield le dijo a Fenton que ni Florence ni Violet Stedman corrían ningún
peligro. La primera sufría un ataque de «neurastenia», y la segunda una
indigestión provocada por el exceso de comida. Se informó a la policía, se puso
en marcha una investigación, y poco después Florence fue arrestada bajo el
cargo de asesinar a su marido introduciendo una sustancia venenosa,
presuntamente Strychnos
nux vomica, en una garrafa de oporto.
El juicio se llevó a cabo en el Juzgado
Central de Londres. Florence era una mujer hermosa de veinticuatro años y para
entonces todo el mundo sabía que había tenido una aventura amorosa con el
apuesto doctor Fenton. Naturalmente, el caso se convirtió en una atracción
pública. Para entonces, Fenton se había visto obligado a dejar su consulta y
había perdido toda esperanza de volver a ejercer la medicina en Gran Bretaña.
Antes de que acabara el juicio, su nombre y el de Florence se habían convertido
en objeto de escarnio y en fuente de inspiración para las coplillas burlescas
de los clubes nocturnos. Lejos de intensificar su lealtad por Florence, todo
aquello pareció decidirlo a desvincularse de ella. Declaró en el juicio como
testigo principal de la acusación y fueron sus acusaciones las que enviaron a
Florence a la horca.
Fenton admitió su relación con Florence, pero
dijo que él había insistido en ponerle fin. La única opción era el divorcio,
para que su amante pudiera casarse con él. A principios de enero de 1900,
Florence había ido a visitar a Ada y Fenton las había encontrado hojeando un
libro de cocina. Una de las recetas tenía como principal ingrediente arenques
marinados en salsa de vino blanco y Fenton comentó que un paciente del doctor
Waterfield había contraído botulismo después de comer una lata de dichos
filetes. Fenton mencionó la marca concreta de la lata y advirtió a su hermana
que no debía comprarla. Varias semanas más tarde, cuando lo llamaron para
atender al difundo Edward Winchurch, la cocinera le había mostrado una lata
vacía de esa misma marca. En su opinión, la señora Winchurch no había estado
enferma ni había sufrido una crisis nerviosa, sino que estaba fingiendo. El
juez le advirtió que no estaba allí para dar su opinión, pero la advertencia
llegó demasiado tarde. El jurado ya había captado el mensaje.
Cuando le preguntaron si sabía que la
estricnina poseía propiedades terapéuticas empleada en pequeñas dosis, Fenton
dijo que sí, pero que no la tenía en su botiquín. En cualquier caso, su
botiquín estaba cerrado con llave, así como los armarios interiores, de modo
que habría sido imposible que Florence entrara allí y se apoderara de cualquier
medicamento durante una de sus visitas a Ada. Ada Fenton no fue llamada a
declarar. Estaba enferma, víctima de lo que su médico, el doctor Waterfield,
definió como «fiebre cerebral».
El fiscal sostuvo la hipótesis de que
Florence Winchurch había intentado asesinar a su marido dándole pescado tóxico,
o presuntamente tóxico, para heredar su fortuna y casarse con Fenton. Cuando el
intento fracasó, se aseguró de que volviera a servirse el mismo plato y añadió
estricnina a la garrafa de oporto. Se formuló la hipótesis de que había cogido
la estricnina de la tienda de su padre, sin conocimiento de éste, que la vendía
para la eliminación de ratas y topos. Cuando su marido enfermó, ella simuló
síntomas de botulismo con la esperanza de que las convulsiones provocadas por
la estricnina se confundieran con la parálisis y las dificultades respiratorias
causadas por el bacilo.
La defensa intentó inculpar a Frank Fenton, o
al menos sugerir una confabulación de éste con Florence, pero no tuvo éxito. El
jurado tardó sólo cuarenta minutos en tomar su decisión. La encontraron
culpable, el juez la sentenció a muerte, y fue colgada veintitrés días más
tarde. Todo esto sucedió apenas veinte días antes de la institución del
tribunal de apelación.
Después de la ejecución, Frank y Ada Fenton
emigraron a Estados Unidos y se afincaron en Nueva Inglaterra. Pero la reputación
de Fenton lo persiguió y no pudo volver a ejercer la medicina. Trabajó como
representante de una empresa de productos farmacéuticos hasta su muerte, en
1932. Nunca se casó. Ada, por el contrario y sorprendentemente, contrajo
matrimonio. Ephraim Hurst se enamoró de ella a pesar de su salud endeble y de
su pierna tullida. Se casaron en el verano de 1902, y en la primavera de 1903
Ada Hurst murió al dar a luz.
Para entonces Paraleash House había pasado a
llamarse Las Limas, debido a los árboles plantados en el jardín para ocultar a
las miradas curiosas de los transeúntes la siniestra aunque fascinante fachada.
El paquete de Carlyon Brent llegó por la
mañana con una atenta nota de Amyas Ireland, agradeciendo anticipadamente a
Wexford su atención. El inspector jefe nunca había visto un libro en estado
embrionario. El manuscrito, de unas cien mil palabras, estaba encuadernado en
rojo, y en una etiqueta de la cubierta se leían el título provisional y el
nombre del autor: El
envenenamiento de Paraleash. Una revisión del caso Winchurch, por Kenneth Gandolph.
–¿Recuerdas el alboroto que se armó en torno
a un tal Gandolph? –preguntó Wexford a Dora mientras tomaban café–. Hace unos
cinco años.
–Alguien le confesó un crimen, ¿verdad?
–Bueno, quizá. Durante una visita a la
prisión de Wormwood Scrubs, habló con Paxton, el ladrón de bancos. Paxton murió
de cáncer pocos meses después y Gandolph publicó un artículo en un periódico,
donde afirmaba que el ladrón se había confesado autor del asesinato de
Conyngford, en 1962. La viuda de Paxton puso el grito en el cielo, algunos
diputados intentaron extender la condena por perjurio a quien calumniara a los
muertos y Gandolph se puso a predicar sobre el poder de la verdad. Por último,
el entonces retirado superintendente Warren de Scotland Yard puso punto final a
la polémica con una declaración a la prensa. Dijo que Paxton no podía haber
matado a James Conyngford porque el día de la muerte de éste en Brighton, el
sargento Warren y un oficial habían estado vigilando a Paxton en Londres. En
otras palabras, no lo habían perdido de vista en todo el día.
–¿Por qué crees que Gandolph inventó algo
semejante, Reg? –preguntó Dora.
–Quizá no lo hiciera. Puede que Paxton le
contara un cuento porque estaba aburrido. ¿Quién sabe? Por otra parte, a
Gandolph le gusta verse a sí mismo como el gran dilucidador de casos no
resueltos. Tengo entendido que hace unos años encontró una explicación
razonable y satisfactoria para un crimen cometido en Escocia, y es probable que
el éxito se le subiera a la cabeza. Marshall, Groves y Folliot solían publicar
sus libros. Me pregunto si habrán rechazado éste como consecuencia del
escándalo de Paxton, si es que se los envió.
–Pero la editorial de Ireland lo ha aceptado
–señaló Dora.
–Sí, pero no están muy entusiasmados, ¿no
crees? Ireland no me ha enviado este libro sólo para que revise los
procedimientos policiales. ¿Qué puedo saber sobre los procedimientos policiales
en el año 1900? Me lo ha enviado con la esperanza de que yo descubra si
Gandolph ha vuelto a las andadas.
La jornada de trabajo no le dejó ocasión para
hojear El
envenenamiento de Paraleash, pero aquella noche a las
ocho, Wexford lo abrió y leyó la larga introducción de Gandolph.
El autor comenzaba explicando que en su
condición de criminalista se había interesado por el caso Winchurch y por las
dudas existentes sobre la culpabilidad de Florence. Por consiguiente, dos años
antes, cuando visitaba a unos amigos en Boston, Massachusetts, y éstos le
hablaron de que conocían a una sobrina de uno de los implicados, pidió que se
la presentaran. Se trataba de la hija de Ada Hurst, Lina, todavía soltera a sus
setenta y cuatro años y víctima de una enfermedad terminal.
La señorita Hurst no demostró particular
interés por los hechos sucedidos en el año 1900. Había sido educada por su
padre y la segunda esposa de éste y apenas había conocido a su tío. Había
heredado todas las posesiones de su madre, incluido el diario que Ada Hurst
había llevado durante los tres años anteriores a la muerte de Edward Winchurch.
Lina Hurst le dijo a Gandolph que había guardado el diario por razones
sentimentales, pero que podía leerlo y que se lo legaría después de su muerte.
Pocas semanas después. Lina Hurst murió y su
hermanastro, que era su albacea, le envió el diario a Gandolph. Gandolph lo
había leído y había quedado impresionado con ciertos pasajes, que, en su
opinión, incriminaban a Frank Fenton y exculpaban a Florence Winchurch. En este punto, Wexford retrocedió varias páginas y releyó la
dedicatoria: «A la memoria de Lina Hurst, de Cambridge, Massachusetts, sin cuya
colaboración esta revisión del caso habría sido imposible.»
Wexford no tuvo tiempo para continuar leyendo
aquella noche, pero retomó la lectura al día siguiente. Era un diario para
cinco años. En la parte superior de cada página aparecía la fecha –por ejemplo,
1 de abril– y debajo cinco espacios que comenzaban con la cifra 18... El
propietario del diario tenía sitio para escribir unas cuarenta o cincuenta
líneas como máximo. En la página del 1 de enero, se había tachado el número
ocho y sustituido por un nueve. Lo mismo sucedía con todas las entradas, hasta
el 6 de marzo, cuando la autora había dejado varias páginas en blanco hasta
diciembre de 1900, en la época en que ella y su hermano estaban en Boston.
Wexford pasó a leer los primeros capítulos de
Gandolph. La historia era muy similar a la que contaba Saul, y hasta el
capítulo cinco, referido a las semanas anteriores al crimen, el autor no
comenzaba a concentrarse en la personalidad de Frank Fenton. Sugería que Fenton
sólo quería a Florence por las propiedades y el dinero que ésta heredaría tras
la muerte de su esposo. En lugar de alentar a su amante para que obtuviera el
divorcio, había intentado convencerla de que jamás le hablara a su marido de
sus relaciones con él. El divorcio habría dejado a Florence sin un céntimo y
sin casa, además de arruinar la carrera del médico. Fenton sabía que la única
forma de deshacerse de Winchurch era simular una muerte por causas naturales.
De ese modo se quedaría con el dinero, con su profesión y con Florence.
Gandolph afirmaba que sólo contaban con la
palabra de Fenton para creer que éste había mencionado el caso de botulismo a
Florence y que le había advertido sobre el peligro de una marca particular de
arenques enlatados. Naturalmente, nunca había creído que las latas en cuestión
fueran a intoxicar a Winchurch, pero era necesario que éste comiera su
contenido para que Fenton consumara sus planes. La noche anterior a la muerte
de Winchurch, después de cenar en Paraleash House con su hermana, había
introducido estricnina en la garrafa de oporto. Gandolph sugería que también
podía haber sacado el tema de la comida y las diversas recetas gastronómicas.
Entonces habría conseguido que Winchurch admitiera cuánto le habían gustado los filets de hareng marinés à la
Rosette y que le pidiera a Florence que volviera a
servirlos al día siguiente. Al parecer, Edward tomaba los consejos de su médico
muy en serio, incluso cuando gozaba de buena salud y aun tratándose de asuntos
tan nimios como qué comer como cuarto plato en la cena. La mujer de Edward, por
su parte, era capaz de hacer cualquier cosa para complacer a su amante.
Al día siguiente, Fenton no se sorprendió al
recibir la llamada de un hombre cuyos espasmos sólo él reconocería como síntomas
de la ingestión de estricnina. La llegada del doctor Waterfield había sido
inesperada y cuando éste identificó los síntomas como consecuencia de un
envenenamiento con estricnina, Fenton culpó a su amante. Gandolph sugería que
la declaración de Fenton de que la mujer había conseguido el veneno en la
tienda de su padre respondía a sus deseos de vengarse de Anstruther por haber
llamado al doctor Waterfield y fastidiado sus planes.
¿Y en qué se basaba Gandolph para asegurar
todo aquello? En ciertas anotaciones del diario de Ada Hurst. Wexford las leyó
lenta y atentamente:
El 27 de febrero de 1900, había escrito,
llenando todo el espacio disponible: «Hace mucho frío. La pierna me duele otra
vez. FW me envió el coche e hizo que John me llevara a Pomfret. Compton dice
que hay ratas en el sótano y en las cuadras. Comí en casa con F, que dice que
las ratas transmiten ictericia por leptospiras y que hay que eliminarlas.»
«28 de febrero: Fui a visitar a la señora
Paget en el coche de FW. Cuando volví, FW seguía aquí, tomando el té con F.
Espero que no signifique nada malo. ¿Debería advertir a F?»
«29 de febrero: F mató veinte ratas con
estricnina de su botiquín. ¡Qué alivio!»
«1 de marzo: La pobre señora Paget murió
mientras dormía. Una muerte piadosa. Compton volvió a protestar por las ratas.
Esta tarde hace calor y llueve.»
En el espacio correspondiente al 2 de marzo
no había ninguna anotación.
«3 de marzo: Annie anunció que se marcha
porque va a casarse. Lamentaré perderla. No voy a salir más en coche porque
temo dejar solos demasiado tiempo a FW y F. Me acosté temprano porque me dolía
la pierna.»
«4 de marzo: Es mi cumpleaños. Cumplo 26 y ya
soy una vieja solterona. FW vino a verme y me trajo un precioso mantón indio.
Siempre es muy amable. Nos ha invitado a F y a mí a cenar mañana.»
El día 5 no había ninguna anotación y la
última, antes de los nueve meses en blanco, correspondía al día 6:
«Anoche cenamos en Paraleash House. Había
seis invitados además de nosotros y los W. F se dejó la caja de cigarrillos en
el comedor y tuvo que volver a buscarla después de traerme a casa. Espero y
ruego que no sea por nada malo.»
Era obvio que Gandolph basaba toda su teoría
en las anotaciones de los días 29 de febrero y 6 de marzo. Fenton había mentido
al testificar que no tenía estricnina en su botiquín. Había tenido ocasión de
introducir estricnina en la garrafa de oporto al volver a Paraleash House a
buscar su caja de cigarrillos, cuando sin duda se habría asegurado de entrar
solo en el comedor.
Al día siguiente, Wexford releyó los
capítulos que revelaban datos nuevos y estudió con concentración la sección
referida al diario. A menos que Gandolph mintiera sobre la existencia del
diario o de las dos anotaciones en cuestión –cosa que difícilmente se atrevería
a hacer– no parecía haber razón alguna para discrepar con su tesis: que
Florence era inocente y Frank Fenton el asesino de Edward Winchurch. Sin
embargo, Wexford habría deseado que Burden estuviera allí para mantener una de
sus típicas discusiones, a menudo agresivas, pero siempre fructíferas. Intuía
que la oposición de Mike le habría servido para clarificar las cosas.
Por la mañana recibió noticias de Burden,
aunque en forma de una postal de Agios Nikolaios. El Egeo azul, una colina
escarpada, pinos verdes. Como Wexford señaló a Dora, sólo a alguien como Burden
podía ocurrírsele enviar postales durante su luna de miel. La correspondencia
también incluía un paquete de Carlyon Brent. Contenía una selección de libros
del catálogo de la editorial, un obsequio para Wexford, acompañados de una nota
de Amyas Ireland: «Estaré en Kingsmarkham con mi familia el fin de semana.
¿Podemos vernos entonces? A.I.»
Los libros eran la última novela de Camilla
Barnet sobre la regencia inglesa; Cómo llenarse los bolsillos, la autobiografía
del financiero Vassili Vandrian; las memorias de Sofya Bolsinska, la bailarina
del Bolshoi; unan trilogía de novelas rurales de Giles de Coverly; El libro universal de las
estrellas y los calendarios, y los relatos cortos de
Vernon Trevor, Despiértame,
Samuel. Wexford se preguntó si alguna vez tendría
tiempo para leer todos aquellos libros, pero disfrutó mirando sus elegantes
cubiertas brillantes y oliendo su fragancia aromática, agradable y ligeramente
acre. A las diez telefoneó a Amyas Ireland, le agradeció el regalo y le dijo
que había leído El
envenenamiento de Paraleash.
–¿Podemos hablar de él?
–Claro. Estaré en casa el sábado y el
domingo.
–Permítame invitarlos a cenar a usted y a su
esposa el sábado por la noche –dijo Ireland.
Pero Dora rechazó la invitación. Dijo que
sería un estorbo, que hablarían con más comodidad a solas y que se quedaría en
casa haciendo un pote de cerámica. De modo que Wexford fue solo a encontrarse
con Ireland en el bar del Olive and Dove.
–Supongo –dijo aceptando un vaso de vino de
Mosela– que podemos dejar de fingir que me pidió que leyera el libro para
comprobar los métodos policiales y los procedimientos judiciales, ¿no cree? Lo
cierto es que usted temía que Gandolph hubiera recurrido a uno de sus viejos
trucos, ¿verdad?
–Bueno –dijo Ireland, que parecía más delgado
que nunca. Miró alrededor, luego a Wexford e hizo una mueca frunciendo la nariz
y los labios–. Si quiere plantearlo de ese modo...
–Pero también es probable que no haya trucos.
Puede que Paxton no haya matado a James Conyngford, pero eso no significa que
no se lo dijera a Gandolph. Por otra parte, es una casualidad que la gente que
ofrece información a Gandolph muera tan oportunamente poco después. Sus fuentes
siempre son muertos. Primero Paxton y ahora Lina Hurst. Supongo que habrá visto
el diario con sus propios ojos.
–Desde luego. Incluiremos copias de las dos
páginas relevantes entre las ilustraciones.
–¿Hay alguna posibilidad de que lo haya
falsificado?
–Ada Hurst escribía con una letra estilizada,
lo que se denomina «caligrafía redonda» y que seguramente había aprendido sola
–dijo Ireland con tristeza–. Es una letra fácil de falsificar. Pero no puedo
hacerla examinar por calígrafos, ¿verdad? No soy policía, sólo un pobre editor
que quiere publicar esta revisión del caso Winchurch si es auténtica... y huir
de ella como de la peste si es falsa.
–Creo que es auténtica. –Wexford sonrió al
ver que la cara de Ireland se iluminaba–. Doy por sentado que era normal que
Ada Hurst dejara páginas en blanco, como hizo el 2 y el 5 de marzo.
Ireland hizo un gesto afirmativo.
–Muy normal. En cada mes había al menos media
docena de días en blanco. –Un camarero se acercó con dos grandes cartas de
menú–. Yo tomaré bouillabaisse, cordero en
croûte y patatas médaillon con judías verdes.
–Consomé y jamón de Parma –dijo Wexford con
austeridad. Cuando el camarero se marchó, sonrió a Ireland–. Es una pena que no
tengan filets de
hareng marinés à la Rosette. Podría haber creado una
atmósfera apropiada. –Hizo una pausa para saborear el delicado vino aromático–.
Doy por sentado que comprobó que el año 1900 fue realmente bisiesto.
–Todos los primeros años de un siglo lo son.
Wexford reflexionó un momento.
–Sí, desde luego, todos los años divisibles
por cuatro son bisiestos.
–Debo admitir me produce un gran alivio ver
que está tan entusiasmado con el libro.
–Yo no lo expresaría exactamente así –dijo
Wexford.
Entraron en el comedor y, a petición de
Ireland, los guiaron a una mesa apartada. El camarero trajo una botella de
Château de Portets de 1973. Wexford miró la cesta de panecillos, croissants, pequeños bollos redondos y hogazas en miniatura, pero se negó a
probarlos con una enérgica sacudida de la cabeza y aplacó su gula con unos
palitos italianos. Ireland cogió dos croissants.
–¿Qué ha querido decir? –preguntó.
–Me parece muy extraño que en la anotación
correspondiente al día veintinueve de febrero Ada Hurst diga que su hermano
mató veinte ratas con estricnina y que en la del primero de marzo ese tal
Compton, que supongo será el jardinero, siga quejándose de las ratas. ¿No le
habían hablado de la eficacia de la estricnina? ¿Fenton no comentó que había
envenenado a los animales? ¿O acaso veinte ratas eran un porcentaje muy bajo en
relación con el número que infestaba el lugar?
–Es cierto. Resulta extraño. ¿Qué más?
–No entiendo por qué el seis de marzo Ada
menciona que Fenton regresó a buscar la caja de cigarrillos. No era un detalle
demasiado interesante y la mujer tenía poco espacio para escribir. No menciona
el nombre de uno solo de los invitados a la cena, no comenta qué llevaban
puesto las mujeres, pero se molesta en señalar que su hermano se dejó la caja
de cigarrillos en el comedor de Paraleash House y que tuvo que volver a
buscarla. ¿Por qué lo hace?
–Seguramente porque le preocupaba que Frank
se encontrara a solas con Florence.
–Pero no hubiera estado a solas con ella.
Winchurch estaba allí.
Hablaron del manuscrito durante toda la
comida y más tarde brindaron por él, Ireland con su coñac, Wexford con su café.
Dora había hecho bien en no asistir a la cena. Pero el resultado era que los
datos nuevos eran realmente nuevos y que Carlyon Brent podría publicar el libro
en primavera.
Wexford regresó a su casa y encontró a Dora
enfrascada en la lectura de El libro universal de las estrellas y los calendarios, con un inestable pote de cerámica a medio terminar a su lado.
–Reg, ¿sabías que para los griegos el año
nuevo comenzaba el día del solsticio de verano? ¿Y que los calendarios chinos y
judíos tienen doce meses algunos años y trece otros?
–No, no lo sabía.
–Nosotros nos evitamos ese problema con el
calendario gregoriano y corregimos el error en un año bisiesto cada cuatro.
Tienes que leer este libro; es fascinante.
Pero Wexford prefería la biografía de Vassili
Vandrian y la trilogía de novelas rurales, aunque con tan poco tiempo
disponible para la lectura no había conseguido acabar ninguno de los dos cuando
regresó Burden, dos lunes después. Burden lucía un bronceado atractivo y
uniforme, excepto por la nariz despellejada.
–¿Lo ha pasado bien? –preguntó Wexford con
maquinal cortesía.
–Vaya pregunta para hacerle a un hombre que
acaba de regresar de su luna de miel –dijo el inspector–. Claro que lo he
pasado bien. –Se rascó la nariz con cuidado–. ¿Y qué ha estado haciendo usted?
–He visto a su cuñado un par de veces. Me
pidió que leyera un manuscrito.
–¡Ja! –dijo Burden–. Ya sé de qué se trata.
Me comentó algo al respecto, pero sabía que yo nunca le recomendaría publicar
un libro de Gandolph. Es un maldito embaucador. No entiendo qué clase de
satisfacción puede encontrar un hombre en ventilar historias que sabe que no
son ciertas. Lo que contó sobre Paxton fue una sarta de mentiras y estoy seguro
de que hará lo mismo en su revisión del caso Winchurch. La verdad no le
interesa en lo más mínimo. Lo único que pretende es que lo reconozcan como un
gran criminalista, como el genio capaz de descubrir los errores de la policía.
–Vamos, Mike, no exagere. Le dije a Ireland
que me parecía bien que publicara el libro.
La cara de Burden se convirtió en un retrato
caricaturesco y sofisticado de la astucia.
–Supongo que no puedo hablar, porque no lo he
leído. Sólo me baso en lo que escribió sobre el caso Paxton. Paxton nunca
confesó ningún crimen y Gandolph lo sabe.
–No puede estar seguro de eso.
Burden se sentó y dio un suave puñetazo en el
canto de la mesa.
–Claro que estoy seguro. Conocía a Paxton. Lo
conocía muy bien.
–No lo sabía.
–Fue hace muchos años, antes de venir aquí.
Lo conocí en Eastbourne, cuando él estaba con la banda de Garfield. En la
policía de allí sabíamos que era imposible obligarlo a hablar. Nunca
hablaba. Y no quiero decir con esto que se negara a dar información, sino que
directamente no respondía cuando le dirigían la palabra. Cada vez que
intentábamos interrogarlo, guardaba absoluto silencio. Un amigo de él me contó
que tenía por norma no hablar con policías, asistentes sociales, abogados o
cualquier persona que pudiera considerarse integrada al sistema. Sólo hablaba
con su mujer, sus hijos o sus compinches. Una vez estaba en el banquillo, en
los tribunales, y el juez se dirigió a él. Se negó en redondo a responder y el
juez, el viejo Clydesdale, lo hizo encerrar por desacato. Así que no intente
convencerme de que Paxton le hizo una confesión a Kenneth Gandolph.
Esa conversación despertó nuevamente las
dudas de Wexford. Confiaba en Burden, tenía su opinión en muy alta estima.
Deseó haberle aconsejado a Ireland que hiciera pruebas para determinar la
antigüedad de la tinta del diario en las anotaciones de los días 29 de febrero
y 6 de marzo, o que mandara a analizar la letra por un calígrafo. Sin embargo,
si incluso en la edad adulta Ada Hurst tenía una letra caligráfica que había
aprendido sola... Además, ¿para qué servían los calígrafos? En su experiencia,
para muy poco. Por otra parte, Ireland no podía sugerirle a Gandolph que iba a
someter la tinta a un análisis sin ofender al escritor, y como consecuencia,
éste podía negarse a publicar El envenenamiento de Paraleash en Carlyon
Brent. No obstante, Wexford tuvo el súbito presentimiento de que las
anotaciones en cuestión eran falsas y que Gandolph las había falsificado. Lo
había hecho con mucha sutileza y astucia, consciente de que el añadido de
apenas treinta y cuatro palabras al diario cambiaría por completo la evaluación
del caso y exculparía a Florence, implicando a su amante.
Treinta y cuatro palabras. Wexford había
copiado las anotaciones del diario y volvió a leer las del 29 de febrero: «F
mató veinte ratas con estricnina de su botiquín. ¡Qué alivio!» Y la del 6 de
marzo: «F se dejó la caja de cigarrillos en el comedor y tuvo que volver a
buscarla después de traerme a casa. Espero y ruego que no sea por nada malo.»
No había anacronismos. En efecto, los hombres
solían usar cajetillas para guardar sus cigarrillos en el 1900. El estilo
tampoco difería del habitual. La palabra «veinte» estaba escrita con letras en
lugar de cifras. Y el 6 de marzo, Ada no había escrito sobre los
acontecimientos de esa jornada, sino sobre los del día anterior. ¿Eso podía
significar algo? Wexford creía que no, pero no pudo dejar de pensar en ello
durante el resto del día.
Aquella tarde, cuando estaba enfrascado en la
lectura de Cómo
llenarse los bolsillos, sonó el teléfono. Era Jenny
Burden, para preguntarle si Dora y él querrían ir a cenar el sábado siguiente.
Sus padres y su hermano también acudirían.
Wexford dijo que Dora estaba en clase de
cerámica, pero que seguramente irían encantados. Luego le preguntó si se lo
había pasado bien en Creta.
–Gracias por su interés –dijo la flamante
esposa–. Nadie me ha preguntado nada al respecto. Sí, lo pasamos muy bien.
Aunque había sido sincero al decir que irían
encantados, lo cierto es que no estaba ansioso de volver a encontrarse con
Amyas Ireland. Tenía la impresión de que apenas se publicara el libro
aparecería un Warren o un Burden que lo denunciaría como falso, se burlaría y
se reiría de las flagrantes pistas falsas que ni él ni Ireland habían sido
capaces de detectar. Cuando volviera a ver a Ireland, debería decirle que no lo
publicara, que no corriera el riesgo, que si lo hacía estaría perdido. Pero
¿cómo hacer una advertencia semejante sin una razón de peso, aparte de un vago
palpito, de una de esas corazonadas que, en el pasado, le habían ayudado en
tantas ocasiones y tantas otras veces lo habían metido en líos? No; no podía
hacer nada. Suspiró, terminó el capítulo y pasó a las memorias ficticias de un
granjero.
Más tarde Wexford diría que había leído más
en el curso de esa semana que en muchos años. Quizá fuera una forma de evadirse
de sus molestos presagios, pero lo cierto es que se trató de una semana
tranquila, en que volvió a casa cada día a eso de las seis de la tarde. Leyó
incluso La red de
oro de Camilla Barnet, y el viernes por la noche no le
quedaba otra cosa más que El libro universal de las estrellas y los calendarios.
Era una reunión concurrida: la señora Ireland
y su hijo, Pat –la hija de Burden–, Grace y su marido, y, naturalmente, los
Burden. La cara de Jenny estaba radiante de felicidad y como consecuencia del
sol del Egeo. Saludó a los Wexford con besos y les sirvió una copa en los vasos
que ellos mismos le habían regalado para la boda.
El encuentro con Amyas Ireland no fue tan
embarazoso como temía Wexford; o al menos como había temido hasta minutos antes
de salir de casa con Dora. Ahora no podía esperar a después de la cena, a la
mañana siguiente o, peor aún, al lunes por la mañana. Le preguntó a su
anfitriona si le parecía una grosería que hablara cinco minutos a solas con su
hermano.
–En absoluto –dijo Jenny con una risita–.
Sospecho que tiene una idea brillante para una novela policiaca y que Amy se la
publicará. Aunque no se me ocurre dónde ponerlos, aparte de en la cocina. Y tú
–advirtió a su hermano– no comas nada.
–No podía esperar –dijo Wexford cuando se
quedaron solos en la cocina, donde inevitablemente toda superficie disponible
estaba atestada de las exquisiteces destinadas a una cena para diez–. Lo
descubrí esta tarde, poco antes de salir de casa.
–¿Se trata del libro sobre el caso Winchurch?
–No es demasiado tarde, ¿verdad? –preguntó
Wexford con ansiedad–. Me preocupaba que lo fuera.
–No, claro que no. No pensábamos mandarlo a
imprimir hasta el otoño. –Ireland, que había estado a punto de desobedecer a su
hermana y coger una pasta almendrada de una fuente de plata, perdió el apetito
de repente–. ¿Es algo grave?
–Espere a que se lo cuente. Estaba esperando
que mi mujer terminara de vestirse cuando... –Sonrió–. Debería tomarse la
costumbre de leer los libros que publica, ¿sabe? Eso es lo que estaba haciendo
yo, leyendo uno de los libros que me envió, cuando lo descubrí todo. No podrá
publicar El
envenenamiento de Paraleash. –La sonrisa se trocó en
una expresión casi furiosa–. No tengo el menor reparo en afirmar que Kenneth
Gandolph es un tramposo y un falsificador y que le convendría evitar cualquier
trato con él en el futuro.
Ireland arrugó la frente.
–Bueno, mejor descubrirlo ahora que más
tarde. ¿Qué ha hecho? ¿Y cómo lo descubrió?
Wexford sacó la copia del diario de Ada Hurst
del bolsillo de su chaqueta.
–No puedo probar que la última anotación sea
falsificada. Me refiero a la que corresponde al seis de marzo y dice «F se dejó
la caja de cigarrillos en el comedor y tuvo que volver a buscarla después de
traerme a casa». Insisto: no puedo probarlo, aunque creo que es falsa. Sin
embargo, estoy absolutamente convencido de que la anotación del veintinueve de
febrero es una falsificación.
–¿Es la que habla de la estricnina?
–«F mató veinte ratas con estricnina de su
botiquín. ¡Qué alivio!»
–¿Cómo sabe que es falsificada?
–Porque el día en cuestión no existió
–respondió Wexford–. En el año 1900 no hubo un veintinueve de febrero. No fue
año bisiesto.
–Claro que sí. Eso ya lo habíamos hablado.
–Ireland parecía aliviado e impaciente al mismo tiempo–. Todos los años
divisibles por cuatro son bisiestos. Los primeros años de un siglo son
divisibles por cuatro y el 1900 inició un siglo. Ada Hurst empezó el diario en
1897, un año después de 1896, que había sido bisiesto. Huelga decir que no hubo
veintinueve de febrero en 1897, 1898 o 1899. Por consiguiente, tuvo que haberlo
en 1900.
–No fue año bisiesto –repitió Wexford–. ¿Le
he dicho que lo descubrí en uno de sus libros: El libro universal de las estrellas y los calendarios? Contiene un montón de información útil y, entre otras cosas, dice que
el Papa Gregorio creó un calendario nuevo para corregir los errores del
calendario juliano. Una de sus innovaciones era que cada cuatro años debía
haber un año bisiesto, excepto en ciertos casos...
Ireland lo interrumpió:
–¡No puedo creerlo! –exclamó con el tono de
alguien que cree exactamente lo que oye.
Wexford se encogió de hombros y continuó:
–Los años que comienzan el siglo no serían
bisiestos a menos que fueran divisibles no por cuatro sino por cuatrocientos.
Por consiguiente, el año 1600 habría sido bisiesto si el calendario gregoriano
hubiera estado en vigor. También lo será el 2000, pero el 1800 y el 1900 no lo
fueron. En consecuencia, no hubo ningún 29 de febrero en 1900. y Ada Hurst dejó
esa página en blanco por la sencilla razón de que el día que siguió al
veintiocho de febrero fue el uno de marzo. Por desgracia para él, Gandolph, al
igual que usted y yo y tanta otra gente, ignoraba este hecho; de lo contrario
habría añadido la anotación sobre la estricnina en el espacio correspondiente
al dos de marzo, en cuyo caso es probable que nunca hubiéramos descubierto su
falsificación.
Ireland meneó lentamente la cabeza, pensando,
quizá, en la inventiva y la falsedad del género humano.
–Le estoy muy agradecido. Habríamos pasado
por idiotas, ¿verdad?
–Me alegra saber que Florence no fue colgada
por error –dijo Wexford mientras iban a reunirse con los demás invitados–. Su
matrimonio no comenzó de la mejor manera, pero si al final sintió temor no la
habrá pillado por sorpresa.

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