LA MUJER DE PIEDRA (A Judgement in Stone, 1977) Ruth Rendell







Para Gerald Austin, con amor

1

Eunice Parchman asesinó a la familia Coverdale. Lo hizo porque no sabía leer ni escribir.
No hubo motivo ni premeditación reales; no buscaba dinero ni seguridad. De resultas de su crimen, la minusvalía intelectual de Eunice Parchman fue conocida no sólo por una simple familia o un grupo de aldeanos sino por todo el país. Con su acto, no obtuvo más que el desastre para ella y, desde el principio, en el fondo de su extraña mente, supo que nada obtendría. Sin embargo, aunque su compañera y cómplice estaba loca, Eunice no lo estaba, pues poseía la terrible cordura práctica del atávico primate disfrazado de mujer del siglo xx.
La capacidad de leer y escribir es una de las piedras angulares de la civilización. Ser analfabeto es ser deforme. Y las burlas de que en tiempos fueron blanco los lisiados físicos las sufren en la actualidad, quizá con mayor justicia, los analfabetos. Si uno de ellos logra llevar una vida discreta entre los incultos, puede que nada ocurra, pues en el país de los cegatos, al ciego no se le rechaza. Para Eunice Parchman y sus víctimas fue una tragedia que las personas que la contrataron, y en cuya casa vivió durante nueve meses, fueran peculiarmente cultas. De haberse tratado de una familia más prosaica, probablemente sus miembros seguirían hoy con vida, y Eunice continuaría disfrutando de su oscura y misteriosa libertad formada por sensaciones, instintos y total ausencia de letra impresa.

La familia pertenecía a la clase media alta, y llevaba una vida convencional, adecuada a su estatus, en una mansión rural. George Coverdale era licenciado en filosofía y letras, pero desde los treinta años dirigía la fábrica de conservas que heredó de su padre, la Tin Box Coverdale, en Stantwich, Suffolk. Junto con su esposa y sus tres hijos, Peter, Paula y Melinda, habitó una gran casa construida en los años treinta, en las afueras de Stantwich. Vivieron allí hasta que, contando la hija menor doce años, la madre murió de cáncer.
Dos años más tarde, en la boda de Paula con Brian Caswall, George conoció a Jacqueline Mont, que a la sazón contaba treinta y siete años y también había estado casada, hasta que se divorció de su marido por abandono de hogar y quedó a cargo de su único hijo. George y Jacqueline se enamoraron más o menos a primera vista y se casaron tres meses más tarde. George compró una casa solariega a quince kilómetros de Stantwich y se instaló en ella con su nueva esposa, Melinda y Giles Mont. Peter Coverdale llevaba por entonces tres años casado.
Cuando contrataron a Eunice Parchman como ama de llaves, George tenía cincuenta y siete años, y Jacqueline cuarenta y dos. Participaban activamente en la vida social del pueblo y, de modo natural, asumieron los papeles de terratenientes rurales. Su matrimonio era idílico y Jacqueline se llevaba bien con sus hijastros:
Peter, profesor de economía política en una universidad del norte; Paula, que, convertida también en madre, vivía en Londres, y Melinda, que a los veinte años estudiaba literatura inglesa en la Universidad de Norfolk, en Galwich. El hijo de Jacqueline, Giles, de diecisiete años, seguía en el instituto.
Cuatro miembros de esta familia, George, Jacqueline y Melinda Coverdale y Giles Mont, murieron en el lapso de quince minutos el 14 de febrero, día de San Valentín. Eunice Parchman y la prosaicamente llamada Joan Smith los mataron a tiros una noche de domingo mientras presenciaban una ópera por televisión. Dos semanas después Eunice fue detenida por el asesinato que cometió porque no sabía leer ni escribir.
Pero detrás de todo ello hay una larga historia.


2

Hoy, los jardines de Lowfield Hall están descuidados, y la maleza crece por entre la gravilla de la avenida que conduce a la casa. Una de las ventanas del salón, rota por un muchacho del pueblo, está entablada, y la glicinia, muerta a causa de la sequía veraniega, cuelga sobre la puerta principal como una vieja y seca red. El silencio de las ruinas impera allí donde antes sonaba el dulce trino de los pájaros.
Se ha convertido en un lugar sombrío, nido adecuado para los pájaros que Dickens llamó Esperanza, Alegría, Juventud, Paz, Descanso, Vida, Polvo, Cenizas, Desolación, Penuria, Ruina, Desesperación, Locura, Muerte, Astucia, Necedad, Palabras, Pelucas, Harapos, Pergamino, Pillaje, Precedente, Jerga, Embuste y Patraña.
Antes de que Eunice dejara la desolación a su paso, Lowfield Hall no era así. Estaba tan bien cuidada como sus casas vecinas, y era tan cómoda, cálida, elegante y en apariencia segura como ellas. Sus habitantes se sentían a salvo y felices, y estaban indudablemente destinados a tener vidas largas y tranquilas.
Pero un día de abril admitieron a Eunice bajo su techo.

Una ligera brisa racheada mecía los narcisos de la huerta, olas en un mar dorado. Las nubes se abrían y volvían a cerrarse, de modo que en el jardín tan pronto era invierno como titubeante verano. Y en los intervalos de oscuridad, lo que blanqueaba las matas daba la sensación de ser nieve, y no la flor del endrino.
El invierno no atravesaba las ventanas. El sol aportaba destellos estivales acordes con la grata temperatura de la casa, tan cálida que permitía a Jacqueline Coverdale desayunar llevando un vestido de manga corta.
Sostenía una carta con la mano izquierda, en la que lucía su alianza de platino y la sortija de brillantes que George le regaló el día que se comprometieron.
–No me apetece absolutamente nada entrevistarla –dijo Jacqueline.
–Más café, por favor, cariño –dijo George, a quien le encantaba que su esposa lo atendiera, siempre y cuando el trabajo no fuera excesivo. Sólo mirarla le encantaba. Su Jacqueline era bella, rubia, esbelta, una Lizzie Siddal[1] madura. Al cabo de seis años de matrimonio aún no se había acostumbrado a la maravilla, al milagro de haberla encontrado–. Dispensa. ¿Así que no te apetece entrevistarla? Pues es la única contestación que hemos recibido. No puede decirse que haya una cola de mujeres esperando para trabajar en nuestra casa.
Ella sacudió la cabeza con rápido y atractivo movimiento. Tenía el cabello muy rubio, corto y fino.
–Podríamos seguir intentándolo. Dirás que soy absurda, George; pero tenía la descabellada esperanza de que conseguiríamos... no sé, a alguien como nosotros. O, en el peor de los casos, una persona razonablemente educada dispuesta a encargarse de las tareas domésticas de una bonita casa.
–Una «chica como es debido», que solía decirse.
Jacqueline sonrió, un poco avergonzada.
–Hasta Eva Baalham escribiría una carta mejor que ésta. ¡E. Parchman! ¡Qué modo de firmar tan poco adecuado para una mujer!
–Los victorianos lo consideraban un uso correcto.
–Quizá; pero nosotros no somos Victorianos. Y ojalá lo fuéramos, cariño. Imagínate que tuviéramos a una doncella atendiéndonos y a una cocinera en la cocina. –Y, lo pensó pero no lo dijo, a Giles en la obligación de tener buenos modales y de no leer en la mesa. ¿Habría el muchacho oído hablar siquiera de la urbanidad? ¿Sentiría el más mínimo interés por ella?–. Nada de impuestos –siguió–, m de horribles casas nuevas estropeando el paisaje.
Tocando el radiador que tenía tras él, George replicó:
–Y nada de electricidad, ni de agua caliente, y quizá Paula hubiera muerto al dar a luz.
–Ya. –Jacqueline volvió a su tema inicial–: Pero esa carta, cariño, y la voz tan zafia que tenía por teléfono... Estoy segura de que es una mujer desagradable y vulgar que romperá la vajilla y esconderá el polvo debajo de las alfombras.
–Segura no puedes estar, y no me parece justo que la juzgues por una simple carta. Lo que buscas es un ama de llaves, no una secretaria. Ve a verla. Tú misma has concertado la entrevista. Paula te espera y, si dejas pasar la oportunidad, lo lamentarás. Sí te produce mala impresión, le dices que no, y ya veremos qué se hace luego.
En el reloj de pie del vestíbulo sonó el primer cuarto de las ocho. George se levantó.
–Vámonos ya. Giles; creo que ese reloj atrasa algo.
Mientras George besaba a su esposa. Giles, muy lentamente, cerró el ejemplar del Baghavad Gita que tenía apoyado en el frasco de mermelada y, con aletargada concentración, se desplegó cuan largo, flaco y huesudo era. Murmurando entre dientes algo que, por lo que Jacqueline sabía, podía ser lo mismo griego que sánscrito, permitió que su madre lo besara en la granujienta mejilla.
–Un beso a Paula –dijo George, y se fueron en el Mercedes blanco: George a la Tin Box Coverdale; Giles al instituto Magnus Wythen.
El silencio reinó en el coche después de que George, que no cesaba en sus intentos, hubo comentado que el día era muy ventoso. Giles dijo «Mmm» y, como siempre, continuó con su lectura. George pensaba: Ojalá esa mujer reúna las condiciones necesarias, porque no puedo permitir que Jackie siga llevando todo el peso de esa enorme casa, no es justo. Tendríamos que trasladarnos a. Dios no lo quiera, un bungalow o algo así, o sea que ojalá esa tal E. Parchman sea satisfactoria.

En Lowfield Hall hay seis dormitorios, un salón, un comedor, una salita íntima, tres baños, una cocina y las habitaciones auxiliares habituales que, en este caso, son la antecocina y el cuarto armero. Aquella mañana de abril la casa no estaba exactamente sucia, pero tampoco limpia. Una azulada pátina cubría los cristales de las treinta y tres ventanas, y en la pátina se veían multitud de huellas y manchas de dedos: los de Eva Baalham y, probablemente, incluso tras dos meses, los de la última y más desastrosa de las au pairs. Jacqueline lo había calculado una vez, y llegó a la conclusión de que unos quinientos sesenta metros cuadrados de alfombra cubrían los suelos. Éstos, sin embargo, se encontraban bastante limpios. A la vieja Eva le encantaba pasar el aspirador mientras cotorreaba sobre amigos y parientes. También pasaba el plumero, hasta donde le alcanzaba la vista. Lo malo era que sus ojos estaban separados del suelo por apenas metro y medio.
Jacqueline metió los cacharros del desayuno en el lavavajillas y la leche y la mantequilla en la nevera. Ésta no había sido descongelada desde hacía seis semanas. En cuanto al horno, ¿lo habrían limpiado alguna vez? Subió al otro piso. Era espantoso, debería avergonzarse de sí misma, era consciente de ello. La mano le quedó manchada por el grisáceo polvo de la barandilla. El baño pequeño, el que llamaban de los niños, estaba hecho un asco: el último remedio de Giles contra el acné, una pasta verdosa, había dejado su reseca huella en el lavabo. No había hecho las camas. Rápidamente, retiró la sábana rosada, las mantas, el cubrecamas de seda y los dejó al pie del colchón de metro noventa de ancho que compartía con George. La cama de Giles podía quedarse como estaba. Probablemente, el muchacho ni siquiera lo advertiría, como tampoco se daría cuenta si las sábanas se volviesen rojas o si en la cama, en vez de una manta eléctrica, hubiera un brasero.
Lo que no había desatendido Jacqueline era su propio cuidado. Muchas veces se reprochaba no sentirse tan orgullosa de su casa como de su persona, pero así eran las cosas y así era ella. Baño, cabello, manos, uñas, un vestido más abrigado, pantis transparentes, los zapatos verdes nuevos, rostro maquillado au naturel. Se puso el visón que George le había regalado por Navidades. Luego bajó a la huerta, a recoger un ramo de narcisos para Paula. Al menos, el jardín lograba mantenerlo agradable, y en él no se veía ni una mala hierba. Y nunca se vería, ni siquiera en pleno verano.
Olas en un mar dorado. Copos de nieve bajo los blancos brotes. Ya dos veces, en aquella seca primavera, había cortado el césped, que estaba verde y exuberante. Soy una mujer de campo, qué duda cabe, pensó Jacqueline, con el viento en el rostro y embriagada por el tenue y delicioso aroma de las flores primaverales. Podría quedarme aquí horas y horas, mirando el río, los álamos de las charcas, las colinas de Greeving, con las sombras de las nubes cruzando sobre ellas... Pero tenía que ver a aquella mujer, a la tal E. Parchman. Hora de irse. Ojalá a ella le gusten los trabajos domésticos tanto como a mí la jardinería.
Volvió a entrar en la casa. ¿Eran imaginaciones suyas o realmente la cocina no olía del todo bien? Salió por el cuarto armero, que estaba hecho un desastre, y echó la llave a la puerta. Que Lowfield Hall siguiera acumulando polvo y olor a cerrado.
Jacqueline dejó los narcisos en el asiento trasero del Ford e inició el trayecto de ciento diez kilómetros hasta Londres.

George Coverdale era un hombre excepcionalmente atractivo, de facciones clásicas y tan espigado como cuando, en 1939, formó parte del equipo de remo de su universidad. De sus tres hijos, sólo una había heredado su aspecto, y ésa no era Paula Caswall. La dulce expresión y los amables ojos la salvaban de la vulgaridad, pero el embarazo no le sentaba bien, y ya estaba en el octavo mes de su segunda preñez. Tenía un hijo pequeño, travieso y vital, del que cuidar, una casa de buen tamaño en Kensington que gobernar, y estaba muy gorda, cansada, y con los tobillos hinchados. También tenía miedo. El nacimiento de Patrick había sido una dolorosa pesadilla, y esperaba con aprensión el inminente parto. Hubiera preferido no ver a nadie y que nadie la viese. Pero comprendía que su casa era el lugar perfecto para una entrevista con aquella posible ama de llaves residente en Londres y, con la proverbial amabilidad de los Coverdale, recibió afectuosamente a su madrastra, le agradeció los narcisos, y elogió el vestido de Jacqueline. Almorzaron, y Paula escuchó con simpatía las dudas y prevenciones de su madrastra respecto a lo que ocurriría a las dos de la tarde.
Sin embargo, había decidido no participar en la entrevista. Patrick estaba durmiendo su habitual siesta, y cuando, a las dos menos dos minutos, sonó el timbre de la puerta. Paula se limitó a conducir a la mujer del abrigo azul marino a la sala. La dejó con Jacqueline y subió a tumbarse. Pero en los breves segundos que pasó con Eunice Parchman, experimentó un violento rechazo hacia ella. Eunice la afectó como con tanta frecuencia afectaba a otras personas. Era como si de ella emanase un gélido hálito. Allá donde iba, la frialdad la acompañaba. Posteriormente, Paula recordaría aquella primera impresión y, entre agónicos remordimientos, se reprochó no haber advertido a su padre, no haberle comentado la absurda corazonada que luego resultaría estar trágicamente justificada. No hizo nada. Subió a su dormitorio y cayó en un pesado e inquieto sueño.
La primera reacción de Jacqueline fue muy distinta. En un par de minutos, su actitud hacia la mujer, que había sido de total oposición, dio un giro de ciento ochenta grados. Dos factores fueron decisivos o, más bien, sus dos principales flaquezas decidieron por ella: la vanidad y el esnobismo.
Se levantó al entrar la mujer en el cuarto y le tendió la mano.
–Buenas tardes. Es usted muy puntual.
–Buenas tardes, señora.
Salvo por los dependientes de las pocas tiendas a la antigua que aún quedaban en Stantwich, a Jacqueline no la habían llamado «señora» desde hacía años. Le encantó, y sonrió ampliamente.
–¿Miss o Mrs. Parchman? –preguntó.
–Miss Parchman. Eunice Parchman.
–Siéntese, por favor.
Jacqueline no experimentó ningún escalofrío de repulsión, ni tampoco «malas vibraciones», como hubiera dicho Melinda. Ella fue la última de la familia en sentirlas, quizá porque no quería, porque casi desde el primer momento decidió contratar a Eunice Parchman y luego, en los meses que siguieron, mantenerla a su servicio. Lo que vio fue a una persona de plácido aspecto, con la cabeza un poco pequeña, facciones pálidas y firmes, pelo castaño entrecano, ojos pequeños de firme mirada, enorme cuerpo que parecía carecer tanto de huecos como de protuberancias, manos grandes y bien formadas, muy limpias y de uñas cortas, piernas grandes y bien proporcionadas embutidas en grueso nailon marrón, pies grandes calzados con zapatos de vestir negros algo deformados. En cuanto Eunice Parchman se hubo sentado, se desabrochó el botón superior de la gabardina, dejando ver el cuello del suéter cerrado color azul pálido que llevaba debajo. Quedó tranquilamente sentada, mirándose las manos, posadas sobre el regazo.
Aunque ni siquiera ante sí misma lo admitía, a Jacqueline Coverdale le gustaban los hombres atractivos y las mujeres anodinas. Se llevaba bien con Melinda; pero no tan bien como con la menos atractiva Paula ni como con Audrey, la jolie laide esposa de Peter. Sufría lo que podía llamarse complejo de Gwendolen, ya que, como la Miss Fairfax[2] de Wilde, prefería a las mujeres con «cuarenta y dos años cumplidos y mal llevados». Eunice Parchman era, como mínimo, de su propia edad, probablemente mayor, aunque resultaba difícil discernirlo pues, evidentemente, llevaba muy mal los años. De haber pertenecido a su propia clase, Jacqueline se hubiese preguntado por qué la otra no llevaba maquillaje, se ponía a dieta y se teñía el canoso pelo. Pero, tratándose de una sirvienta, su aspecto era impecable.
Ante el respetuoso silencio y la humilde actitud de la mujer, Jacqueline olvidó las preguntas que se había propuesto hacer. Y, en vez de examinar a la candidata, en vez de intentar averiguar si aquella era la mujer adecuada para trabajar en su casa, de discernir si convenía o no a los Coverdale, Jacqueline intentó convencer a Eunice Parchman de que ellos le convenían a ella.
–La casa es grande, pero sólo somos tres, salvo cuando mi hijastra pasa el fin de semana en casa. Tres veces a la semana viene una asistenta y, naturalmente, yo me encargaré de cocinar.
–Yo sé cocinar, señora –dijo Eunice.
–No será necesario que lo haga. Tenemos lavavajillas y congelador. Mi marido y yo nos encargamos de la compra. –Jacqueline se sentía impresionada por la átona voz de aquella mujer que, aunque inculta, carecía de todo acento cockney. Casi temerosamente, añadió–: Recibimos mucho: parientes, amigos... ya sabe.
Eunice movió los pies, aproximando uno a otro. Lentamente, asintió con la cabeza.
–Estoy acostumbrada. Soy trabajadora.
En este punto, Jacqueline debió preguntar por qué Eunice dejaba su actual empleo, o al menos algo sobre su situación del momento. Quizá ésta fuera inexistente. No preguntó nada. Estaba deslumbrada por aquellos «señora», por el contraste entre la mujer y Eva Baalham; entre la mujer y la última y excesivamente bonita au pair. Era todo tan distinto a lo que Jacqueline había esperado...
Apresuradamente, preguntó:
–¿Cuándo puede empezar?
El inexpresivo rostro de Eunice reflejó una tenue y justificada sorpresa.
–Querrá referencias, ¿no?
–Sí, claro –dijo Jacqueline, que las había olvidado–. Desde luego.
Eunice sacó de su gran bolso negro una tarjeta que tendió a la otra. Estaba escrita con la misma caligrafía de la carta que tan mala impresión produjo inicialmente en Jacqueline y decía: «Mrs. Chichester, 24 Willow Vale, Londres, S.W. 18», y añadía un número telefónico. La dirección era la misma del remite de la carta de Eunice.
–Es en Wimbledon, ¿no?
Eunice asintió con la cabeza, alegrándose de aquella errónea conclusión. Hablaron del salario, de cuándo podía empezar, de cómo se desplazaría hasta Stantwich. Siempre y cuando, añadió apresuradamente Jacqueline, las referencias fueran satisfactorias.
–Estoy segura de que nos llevaremos divinamente.
Eunice sonrió al fin. Sus ojos permanecieron fríos e inmóviles, pero sus labios se movieron. Indiscutiblemente, fue una sonrisa.
–Mrs. Chichester dijo que por favor la llame usted esta noche antes de las nueve. Es una señora mayor, y se acuesta temprano.
Aquella manifestación de inquietud por los deseos y peculiaridades de su patrona no podía sino ser indicio de buen corazón.
–Lo tendré en cuenta, no se preocupe –dijo Jacqueline.
No eran más que las dos y veinte y la entrevista había concluido.
–Gracias, señora –dijo Eunice–. Yo misma encontraré la puerta.
Aquello indicaba –o así lo pensó Jacqueline– que la mujer conocía su puesto. Salió de la habitación con paso lento y firme, sin volverse.

Si Jacqueline hubiese conocido mejor el Gran Londres, se habría dado cuenta de que Eunice Parchman le había contado ya una mentira o, al menos, se había abstenido de corregir un equívoco. Y es que el distrito postal de Wimbledon es S.W. 19, y no S.W. 18. Este último designa una zona mucho menos elegante del distrito de Wandsworth. Pero ella ni se dio cuenta ni lo verificó y, cuando entró en Lowfield Hall a la seis, cinco minutos después que George, Jacqueline ni siquiera le enseñó la blanca tarjeta. Entusiasmada, dijo a su marido:
–Estoy segura de que será perfecta, cariño. Realmente, creo que se trata de una de esas sirvientas a la antigua que ya creíamos extintas. No te haces idea de lo amable y respetuosa que se ha mostrado. Ni asomo de impertinencia. Lo único que temo es que sea demasiado humilde. Pero estoy segura de que trabajadora sí lo es.
George rodeó a su esposa con los brazos y la besó. No comentó nada respecto a su volte face, no dijo el consabido «Ya te lo dije». Estaba acostumbrado a los prejuicios de Jacqueline, que frecuentemente eran sucedidos por el ferviente entusiasmo, y la amaba por su impulsividad que, a ojos del hombre, la hacía más joven, dulce y femenina. Lo que dijo fue:
–Mientras te ahorre trabajo, no me importa lo humilde o lo impertinente que sea.
Antes de hacer la llamada telefónica, Jacqueline, cuya imaginación era muy viva, se había formado una imagen mental del tipo de casa en que Eunice Parchman trabajaba y del tipo de mujer que la tenía a sus órdenes. Pensó que Willow Vale debía de ser una tranquila calle arbolada próxima a Wimbledon Common, y el número 24 una gran mansión victoriana. En cuanto a Mrs. Chichester, la suponía una añosa matrona, con rígidas nociones de conducta, exigente y autocrática, pero justa. Y su criada dejaba la casa porque, dada la inflación, la vieja señora ya no podía permitirse pagarle un salario adecuado.
A las ocho en punto marcó el número. Contestó la propia Eunice Parchman, pronunciando lenta y correctamente el prefijo y los cuatro dígitos. Llamando de nuevo «señora» a Jacqueline, le pidió que aguardase un momento, mientras ella iba a por Mrs. Chichester. Jacqueline la imaginó cruzando un vestíbulo penumbroso y más bien frío, y entrando en un gran y recargado salón en el que una vieja dama escuchaba música clásica o leía la sección de Necrológicas de un periódico de calidad. Allí, en el umbral, Eunice se detendría y, con deferente tono anunciaría:
–Mrs. Coverdale desea hablar por teléfono con usted, señora.

La realidad fue muy distinta.
El teléfono en cuestión se encontraba en la pared del primer descansillo de una pensión de Earsfield, al final de un tramo de escaleras. Eunice Parchman llevaba esperando pacientemente junto a él desde las cinco, no fuera a ser que, cuando sonase, respondiera otro de los huéspedes. Mrs. Chichester era una operaría fabril cincuentona cuyo verdadero nombre era Annie Cole y que ocasionalmente prestaba pequeños servicios a Eunice a cambio de que ella se abstuviera de informar al servicio de Correos de que Annie había seguido cobrando la pensión de su madre durante un año después de la muerte de ésta. Fue Annie quien escribió la carta y la tarjeta. Eunice fue a buscarla a su habitación amueblada, la número 6 del 24 de Willow Vale, S.W. 18 y, una vez al teléfono, la mujer dijo:
–No se hace usted idea de lo mucho que siento perder a Miss Parchman, Mrs. Coverdale. Durante siete años ha llevado mi casa a las mil maravillas. Es una trabajadora espléndida, una cocinera maravillosa, y está apegadísima a la casa. Si tiene algún defecto es ser excesivamente concienzuda.
Hasta a Jacqueline le pareció que la mujer se pasaba en sus elogios. Y en la voz, excesivamente animada –Annie Cole no veía el momento de perder de vista a Eunice–, el refinamiento brillaba por su ausencia. Jacqueline tuvo el suficiente buen sentido como para preguntar cómo era posible que Mrs. Chichester dejara escapar tal joya. En la respuesta no hubo ni un titubeo:
–Es que me voy del país. Iré a reunirme con mi hijo en Nueva Zelanda. Aquí la vida se está poniendo por las nubes, ¿no le parece? Me encantaría que Miss Parchman me acompañase; pero ella está muy apegada a esto y prefiere quedarse. Me encantaría dejarla acomodada en una buena familia como la de ustedes.
Jacqueline quedó satisfecha.
–¿Lo confirmaste con Miss Parchman? –preguntó George.
–Vaya por Dios, me olvidé. Tendré que escribirle.
–O llámala de nuevo.
¿Por qué no vuelves a telefonear, Jacqueline? Marca otra vez ese número. En estos momentos, un joven que vuelve a su habitación, contigua a la de Annie Cole, está poniendo el pie en el último peldaño del tramo de escaleras. Si llamas, será él quien se ponga, y cuando preguntes por Miss Parchman, te contestará que nunca ha oído hablar de ella. Y tampoco sabrá nada de Mrs. Chichester, pues tal mujer no existe: sólo existe un Mr. Chichester, que es el casero y a cuyo nombre está el teléfono, pero que vive en Croydon. Levanta el teléfono ya, Jacqueline...
–Creo que será mejor confirmarlo por escrito.
–Como digas, cariño.
Pasó el momento, se perdió la oportunidad. George cogió el teléfono, pero lo hizo para llamar a Paula, pues el informe que sobre su salud le había hecho su esposa lo había inquietado. Mientras él hablaba con su hija, Jacqueline escribió la carta.
¿Y las otras personas destinadas por el azar, el destino y sus propias decisiones a morir juntas el 14 de febrero? Joan Smith estaba haciendo proselitismo en la puerta de una casa de campo. Melinda Coverdale se encontraba en sus habitaciones de Galwich, intentando desentrañar Sir Galvan y el Caballero Verde, una novela caballeresca del siglo xiv. Giles Mont estaba recitando mantras para ayudarse en su meditación.
Pero ya todos estaban unidos. En el momento en que Jacqueline decidió no hacer la llamada telefónica, una invisible soga los enlazó, los ató a unos con otros, con un vínculo más fuerte que el de la sangre.


3

George y Jacqueline eran personas discretas y no se dedicaron a pregonar su buena suerte. Pero Jacqueline lo mencionó a su amiga Lady Royston, la cual lo mencionó a Mrs. Cairne cuando surgió el sempiterno tema de lo difícil que resultaba encontrar buen servicio. La noticia se extendió por las ramificaciones de los Higgs, Meadows, Baalham y Newstead, y en el pub Blue Boar se convirtió en el principal tema de conversación, desplazando el de los últimos excesos de Joan Smith.
En su sesgada forma habitual, Eva Baalham no perdió tiempo en hacer saber a Jacqueline que estaba enterada del asunto.
–¿Le pondrá tele?
–¿Le pondré... televisión, a quién? –replicó Jacqueline, sonrojándose.
–A la que viene de Londres. Porque, si se la va a poner, puedo conseguirle un aparato a muy buen precio a través de mi primo Meadows, el que tiene una tienda de electrodomésticos en Gosbury. Sospecho que el televisor se cayó de la parte de atrás de un camión, pero ya sabe: no haga preguntas y no tendrá que oír mentiras.
–Muchas gracias –replicó Jacqueline, más que algo molesta–. Vamos a comprarnos uno en color para nosotros, y ella podrá quedarse con el antiguo.
–Parchman –dijo Eva, escupiendo sobre el cristal de una ventana antes de frotarlo con su delantal–, ¿Es ése un apellido londinense?
–Pues no lo sé, Mrs. Baalham. Cuando haya terminado lo que esté haciendo con esa ventana, quizá pueda usted ir arriba conmigo y empezaremos a prepararle la habitación.
–Sí, claro –replicó Eva, con su fuerte acento de East Anglia.
Nunca llamaba «señora» a Jacqueline; jamás se le había pasado por la cabeza hacerlo. A sus ojos, la única diferencia entre ella y los Coverdale radicaba en el dinero. En otros aspectos, ella era superior a sus patronos, ya que éstos eran unos recién llegados, y ni siquiera pertenecían a la aristocracia, sino al comercio, mientras que los antepasados de ella, granjeros todos, llevaban quinientos años en Greeving. Eva tampoco les envidiaba el dinero, pues tenía el suyo propio y, además, prefería su pequeña y acogedora casa a una gigantesca mansión como Lowfield Hall, a la que sólo calentarla debía de costar una fortuna. No le gustaba Jacqueline que, en su opinión, no hacía sino pintarse y emperifollarse y que se daba demasiados aires para no ser más que la esposa del dueño de una fábrica de conservas. Siempre con el «tendrá usted la bondad» y el «no sabe cómo se lo agradezco» en la boca. ¿Qué tal se llevará con la tal Parchman? ¿Y qué tal me llevaré yo? Bueno, a mí siempre me queda el recurso de irme. Mrs. Jameson-Kerr lleva ni se sabe el tiempo pidiéndome que vaya a su casa, y paga sesenta peniques la hora.
–Dios se apiade de sus piernas –dijo Eva, subiendo las escaleras.
En lo alto de la casa, un laberinto de diminutas buhardillas había sido transformado en dos grandes dormitorios y un baño, desde cuyas ventanas se podía ver uno de los más espléndidos panoramas de East Anglia. Naturalmente, el paisajista Constable lo había inmortalizado en uno de sus lienzos aunque, como hacía hacer frecuentemente, había cambiado de lugar las agujas de unas cuantas iglesias para mejorar la composición del lienzo. Con las iglesias en sus sitios correctos, la vista seguía siendo encantadora: un panorama de bosquecillos y dehesas en el que, a comienzos de mayo, se daban cita todas las deliciosas variedades del verde.
–¿Piensa ponerle aquí la cama? –preguntó Eva, entrando en el más amplio y soleado de los dormitorios.
–No, qué va. –Jacqueline sabía que Eva pensaba presentarse al cargo de secretaria del raquítico sindicato del servicio doméstico–. Esa habitación es para cuando los nietos de mi marido vengan a casa.
–Pues si quiere que esa mujer se quede, tendrá que hacer que se sienta cómoda. –Eva abrió una ventana–. Bonito día. Vamos a tener un verano caluroso. El Señor está de nuestro lado, como dice siempre mi primo el de la granja. Ahí va el jovencito Giles, llevándose el coche de usted sin siquiera pedirle permiso.
Jacqueline se sintió furiosa. Eva debería llamar a Giles «Mr. Mont» o, al menos, «su hijo». Sin embargo le alegró ver que Giles, pese a estar a mitad de curso, abandonaba al fin su voluntario enclaustramiento para irse a tomar un poco el aire.
–Si le parece, Mrs. Baalham, podemos comenzar a trasladar los muebles.

Por entre los castaños de indias que bordeaban la avenida, Giles condujo hasta Greeving Lane, un sendero rural apenas lo bastante ancho para que pasen dos automóviles muy despacio. Los endrinos dieron paso a las matas espinosas, cuyas flores color crema endulzaban el aire con su aroma. Diáfano cielo azul, verdes trigales, la voz de un cuco –que en mayo canta todo el día– y un bullicio de pájaros reclamando su espacio territorial desde cada árbol.
Haciendo caso omiso de todo aquello, negándose, a pesar de sus creencias, a entrar en comunión con la naturaleza circundante. Giles cruzó el puente sobre el río. Su propósito era respirar la mínima cantidad posible de aire fresco. Detestaba el campo. Le aburría. No había nada que hacer. Cuando le decía aquello a la gente, ésta parecía escandalizada, posiblemente porque nadie se daba cuenta de que ninguna persona en sus cabales podía pasar más de una hora como máximo contemplando las estrellas, caminando por los campos o sentado a la orilla de un río. Además, cuando no hacía frío, había fango. Le disgustaba la caza, la pesca, la equitación y el galopar tras el zorro. George, que había intentado animarlo a hacer todo aquello, parecía haber desistido al fin, comprendiendo lo imposible de la tarea. Giles no iba nunca, lo que se dice nunca, a pasear por el campo. Cuando se veía obligado a caminar los ochocientos metros que separaban Lowfield Hall de la parada del autobús escolar, lo hacía manteniendo la mirada en el suelo. Había intentado hacer el recorrido con los ojos cerrados; pero se dio de bruces contra un árbol.
Londres le encantaba. Retrospectivamente, pensaba que en Londres había sido feliz. Se empeñó en ir a un internado de una gran ciudad; pero su madre no quiso porque un psicólogo opinó que era un muchacho inestable, necesitado de la protección familiar. Ser inestable no lo molestaba en absoluto, y más bien tendía a exagerar su actitud de joven intelectual ausente, distraído y preocupado. Y, ciertamente, era todo un intelectual. El año anterior había conseguido tantas matrículas de honor que un periódico nacional publicó un artículo sobre él. Tenía asegurada una plaza en Oxford, y sabía tanto latín, y probablemente más griego que el profesor que, supuestamente, le enseñaba tales asignaturas en el Magnus Wythen.
No tenía amigos en el instituto y despreciaba a los chicos del pueblo, interesados sólo en las motos, la pornografía y el pub Blue Boar. Ian y Christopher Cairne y otros de similar catadura fueron designados amigos suyos por edicto paternal, pero Giles apenas los veía, pues siempre estaban en sus escuelas públicas. Ni los chicos del pueblo ni los del instituto se habían peleado nunca con él. Medía más de metro ochenta y aún no había parado de crecer. El acné hacía terribles estragos en su rostro y su pelo, al día siguiente de lavárselo, volvía a estar grasiento.
En aquellos momentos iba camino de Sudbury para comprar tinte color naranja. En seguimiento de su religión, pensaba teñir de ese color todos sus vaqueros y camisetas. Su religión era, más o menos, el budismo. Cuando hubiera ahorrado lo suficiente, se proponía marcharse a la India y, con la excepción de Melinda, no volvería a ver a ninguno de los suyos. Bueno, quizá a su madre, sí. Pero no a su padre, ni al pomposo George, ni al santurrón de Peter, ni a aquella caterva de aldeanos. Todo eso, si al final no decidía convertirse al catolicismo. Acababa de leer Retorno a Brideshead[3], y comenzaba a preguntarse si ser católico en Oxford y quedarse en casa quemando incienso no sería preferible a lo de la India. De todas maneras, por si acaso, teñiría los pantalones y las camisetas.
Al llegar a Greeving se detuvo en el garaje Meadows para poner gasolina.
–¿Cuándo llega de Londres esa mujer? –preguntó Jim Meadows.
–¿Mmm? –dijo Giles.
Jim quería saberlo para poder contárselo a todos en el pub aquella noche. Lo intentó de nuevo. De mala gana. Giles, tras considerar la pregunta, quiso saber:
–¿Hoy es miércoles?
–Claro que sí. –Y, como se tenía por ingenioso, Jim añadió–: Todo el día.
–Dicen que el sábado –replicó al fin Giles–. Me parece.
Quizá sí y quizá no, pensó Jim. Con Giles nunca se sabía. No le vendría mal que le examinasen la cabeza. Era pasmoso que su madre lo dejara solo al volante de un coche tan espléndido como aquel.
–Creo que Melinda vendrá a echarle un vistazo a la nueva ama de llaves, ¿no?
–Mmm –dijo Giles, y se alejó con el coche, sin aceptar los bonos de descuento por la compra de gasolina.
Melinda iría a casa. Giles no sabía si esto era agradable o inquietante. En apariencia, su relación con ella era superficial e incluso fría, pero en su fondo íntimo, el muchacho se veía a sí mismo como Poe o Byron, consumido por una incestuosa pasión. Esto no se había producido de modo natural, sino forzado por Giles hacía unos seis meses. Hasta entonces, Melinda no había sido más que una especie de casi hermana. Naturalmente, él sabía que, como no era su hermana, y ni siquiera su media hermana, no había razón que les impidiera enamorarse y, con el tiempo, incluso contraer matrimonio. Aparte de la diferencia de edad, de tres años, que en poco tiempo dejaría de tener importancia, nadie podía poner reparos contundentes a su relación. A su madre le gustaría, y George acabaría aviniéndose a razones. Pero no era esto lo que Giles deseaba ni lo que veía en sus sueños. En ellos, Melinda y él eran un Byron y una Augusta Leigh[4] que se confesaban su mutua pasión caminando por un paisaje a lo Cumbres borrascosas en las colinas de Greeving, pasatiempo al que por nada del mundo se hubiera dedicado Giles en la realidad. Poco de real había en todo aquello. En las fantasías del joven, Melinda tenía incluso un aspecto distinto: más pálida y delgada, tirando a tísica, como salida de otro mundo. Enfrentados el uno al otro, sin aliento en el oscuro páramo azotado por el vendaval, se decían que su amor debía permanecer por siempre oculto y que, naturalmente, jamás sería consumado. Y aunque se casaran con otras personas, su pasión perduraría como algo profundo, indefinible y secreto.
Compró el tinte, dos sobres de la marca Nasturtium Flame. También compró un póster de una muchacha prerrafaelista de rostro verde pálido y cabello rojo, asomada a un balcón, presumiblemente para suspirar por un amante perdido o infiel, pero, por su aspecto y el nauseabundo tono de su tez, más parecía como si, alojada en un hotel durante unas vacaciones en Italia, hubiera sufrido un empacho de pasta y estuviese en pleno ataque de arcadas. Giles compró el póster porque la muchacha que en él aparecía tenía un aspecto similar al que tendría Melinda en los estados finales de la tuberculosis.
Cuando regresó al coche se encontró con una multa de estacionamiento en el parabrisas. Nunca utilizaba el aparcamiento. Eso hubiera significado caminar cien metros. Cuando llegó a casa, Eva no estaba, ni tampoco su madre, que le había dejado una nota en la mesa de la cocina. La nota comenzaba con «Cariño» y terminaba con «besos de mamá», y entre lo uno y lo otro había un montón de información innecesaria respecto al almuerzo que le había dejado en la nevera, y a que ella había tenido que asistir a la reunión de un club femenino. Aquello desconcertó a Giles. Sabía donde encontrar su almuerzo, y ni en sueños se le habría ocurrido dejar una nota a nadie. Como todos los verdaderos excéntricos, a Giles la demás gente le parecía sumamente extraña.
Al cabo de un rato, llevó abajo todas sus ropas y las puso con el tinte y agua en un par de calderos que su madre utilizaba para hacer mermelada. Mientras hervían, él permaneció sentado a la mesa de la cocina, leyendo las memorias de un místico que en un ashram de Poona, en la India, había permanecido treinta años sin decir una sola palabra.

El viernes por la tarde, Melinda Coverdale llegó a casa. El tren la llevó de Galwich a Stantwich, y el autobús hasta un lugar llamado Gallows Corner, a tres kilómetros de Lowfield Hall. Allí se apeó y quedó en espera de que pasara alguien que la llevase. A aquella hora siempre había algún amigo que iba o volvía de Greeving, así que Melinda se encaramó a la tapia del jardín de Miss Cotleigh y se quedó aguardando al sol.
Llevaba unos vaqueros excesivamente largos remangados hasta las rodillas, raídas botas de vaquero, una camisa india de algodón y un sombrero amarillo de los que, en 1920, utilizaban las damas para ir en automóvil. Pese a todo ello, entre Stantwich y King’s Lynn no había visión más bonita que pudiera contemplarse sobre la tapia de un jardín. Melinda era la hija que había heredado el atractivo de George. Tenía su recta nariz y despejada frente, su sensible boca y sus brillantes ojos azules, así como la rubia melena de su difunta madre, del mismo color de las flores que se encaramaban al muro de Miss Cotleigh.
Una energía aparentemente inagotable, excepto en lo referido al inglés medieval, la mantenía en constante movimiento. Dejó su saco guárdalotodo en la tapia, junto a ella, sacó una sarta de abalorios, se la probó, hizo una mueca a los libros de texto que llevaba consigo más por sentido del deber que por ganas de estudiarlos, y luego tiró el saco sobre la hierba y saltó tras él. Cruzada de piernas en la cuneta, vio pasar el autobús en dirección contraria, y comenzó a coger amapolas, las encendidas amapolas rojas de Suffolk, que abundaban en aquel lugar en el que, antaño, se alzó el cadalso.
Cinco minutos más tarde apareció la camioneta de la granja avícola, y Geoff Baalham, primo segundo de Eva, la llamó:
–¡Eh, Melinda! ¿Te llevo?
Ella, con sombrero, saco y amapolas, montó.
–Debo de llevar ahí media hora –dijo Melinda, que llevaba allí diez minutos.
–Bonito sombrero.
–¿De veras te gusta, Geoff? Eres un encanto. Lo conseguí en la tienda de Oxfam[5]. –Melinda conocía a todos los del pueblo, y a todos, incluso a los más viejos, los llamaba por el nombre de pila. Conducía tractores, recogía fruta y asistía a los partos de las vacas. En presencia de su padre, hablaba de modo más o menos cortés con los Jameson-Kerr, los Archer, los Cairne, y con sir Robert Royston, pero su opinión sobre ellos no era buena, pues los consideraba reaccionarios. En una ocasión en que en Greeving Green estaba teniendo lugar la caza del zorro, se presentó allí agitando una pancarta contra los deportes sangrientos. En su temprana adolescencia, había ido con los chicos lugareños de pesca, y a observar como las liebres salían de sus madrigueras al anochecer. Más adelante, bailó con ellos en las fiestas de Cattingham, y los besó junto a los muros del ayuntamiento. Le gustaba el chismorreo tanto como a las comadres del pueblo.
–¿Qué ha pasado en el viejo Greeving durante mi ausencia? Cuéntamelo todo. –Llevaba tres semanas fuera de casa–. ¿Es cierto que Mrs. Archer se lió con Mr. Smith?
Geoff Baalham negó con la cabeza, sonriendo ampliamente.
–Ese pobre diablo demasiado tiene ocupándose de su esposa. Pero aguarda, vamos a ver... Sí, Susan Meadows, o sea Higgs, dio a luz. Es una niña y la van a llamar Lalage.
–¡No me digas!
–Sabía que te quedarías de piedra. Tu madre ha ingresado en el consejo parroquial, aunque supongo que eso ya lo sabes y, agárrate, tu padre ha comprado una tele en color.
–Pues anoche hablé por teléfono con papá y no me dijo nada.
–Bueno, el aparato lo han recibido hoy mismo. Mi tía Eva me lo contó hace menos de una hora. –Los de Greeving son muy elásticos a la hora de utilizar términos familiares. Una madrastra es tan «madre» o «mamá» como la madre natural, y una prima segunda, si tiene edad suficiente, se convierte automáticamente en «tía»–. Le dejarán la tele vieja a la sirvienta que os llega de Londres.
–¡Dios bendito, qué mezquindad! Papá es un fascista horroroso. ¿No te parece que es la cosa más antidemocrática y dictatorial que has oído en tu vida?
–Así es el mundo, querida Melinda. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Y no deberías llamarle esas cosas a tu padre. Yo, en su lugar, te daría unos azotes que te pondrían el trasero como un tomate.
–¡Geoff Baalham! Oyéndote, nadie diría que sólo eres un año mayor que yo.
–Pero recuerda que ya soy un hombre casado, y eso te enseña lo que es la responsabilidad. Aquí esta Lowfield Hall, señora, y aquí la dejo. Ah: dile a tu madre que le enviaré los huevos con tía Eva a primera hora del lunes.
–Lo haré. Muchas gracias por traerme, Geoff. Eres un ángel.
–Hasta la vista, Melinda.
Geoff se marchó en dirección a su granja avícola y a Barbara Cole, con la que se había casado en enero, pero pensando en lo simpática y bonita que era Melinda Coverdale –¡y qué sombrero llevaba, Dios!– y recordando también los paseos que antaño dio con ella por las orillas del río Beal, y los inocentes besos cambiados al rumor del agua del molino.
Melinda subió por la larga avenida bordeada de castaños en flor, rodeó la casa y entró por la puerta del cuarto armero. Giles estaba sentado a la mesa de la cocina, leyendo el último capítulo del libro sobre Poona.
–Hola, Step.[6]
–Hola –replicó Giles. Ya no usaba el apodo que en tiempos utilizaron ambos para dirigirse el uno al otro, pues era incompatible con sus fantasías byronianas, aunque éstas siempre se derrumbaban en cuanto Melinda aparecía en carne y hueso. La muchacha tenía la cantidad justa de carne, una excelente osamenta, mejillas sonrosadas y un agresivo aspecto de salud. Y, además, era pizpireta. Giles suspiró, se rascó el acné y se imaginó a sí mismo en la India, con un cuenco de mendigo en la mano.
–¿Te has manchado los vaqueros de tinta roja?
–No me los he manchado. Los teñí; pero el tinte no ha prendido.
–Chiflado –dijo Melinda. Siguió su camino, buscó a su padre y a su madrastra, los encontró en el piso alto, dando los toques finales a la habitación de Miss Parchman–. Hola, preciosos. –Cada uno recibió un beso, George primero–. Papá, estás bronceado. De haber sabido que estarías aquí tan temprano, te habría telefoneado al despacho desde la estación. Geoff Baalham me trajo. Dijo que su tía Eva traerá los huevos el lunes por la mañana y que le vas a dar a nuestra nueva ama de llaves la vieja tele. Yo dije que era lo más fascista que había oído en mi vida. Lo próximo que se te ocurrirá es que tiene que comer sola en su cuarto de la cocina.
George y Jacqueline se miraron.
–Pues claro.
–¡Qué espanto! No es raro que la revolución se acerque. A has les aristas. ¿Te gusta mi sombrero, Jackie? Lo compré en la tienda de Oxfam. Cincuenta peniques. Dios, me muero de hambre. Supongo que esta noche no vendrá ninguno de vuestros horribles invitados, ¿verdad?
–Bueno, Melinda, ya está bien. –Las palabras fueron admonitorias, pero el tono cariñoso. George era incapaz de enfadarse realmente con su hija favorita–. Debes aceptar a nuestros amigos como nosotros aceptamos a los tuyos. Y, sí: esta noche los Royston cenan con nosotros.
Melinda lanzó un gruñido de desagrado. Rápidamente, se abrazó a su padre antes de que éste la reprendiera.
–Iré a telefonear a Stephen, o a Charles, o a alguien, y lo obligaré a que me invite a salir. Pero descuida, Jacqueline: volveré a tiempo para ayudarte a recoger. Consuélate pensando que a partir de mañana, cuando llegue Cara de Parche, ya no tendrás que hacerlo más.
–Melinda... –comenzó George.
–La verdad: el mote no es del todo inadecuado –dijo Jacqueline y, sin poder evitarlo, se echó a reír.

Así que Melinda fue al cine de Nunchester con Stephen Crutchley, el hijo del médico. Los Royston cenaron en Lowfield Hall, y Jacqueline les dijo:
–Esperad a mañana y veréis. ¿No me envidias, Jessica?
Pero ¿cómo sería la nueva sirvienta? ¿Estaría a la altura de las expectativas suscitadas? Quien se lo preguntaba era George. Quiera Dios que esa mujer resulte ser el tesoro que Jackie cree.
La maldita envidia hizo que tanto sir Robert como lady Royston desearan secretamente que no fuera así, y que la mujer estuviese cortada por el mismo patrón de su Anneliese, su Birgit y aquel matrimonio español de abominable recuerdo.
El tiempo dirá. Esperad a mañana.


4

Los Coverdale habían especulado sobre Eunice Parchman en cuanto a su potencial como trabajadora y a cuál sería su actitud, respetuosa o no, hacia ellos. Le prepararon un baño privado y un televisor, unas butacas cómodas y una buena cama, de igual modo que uno se cerciora de que una casa de labranza posea un establo y unos pesebres adecuados. Querían que se sintiese feliz, porque si ella lo era, ellos lo serían. Sin embargo, para nada pensaron en ella como en una persona. Y cuando se levantaron aquel sábado 9 de mayo, aniversario de la victoria sobre los nazis, no tuvieron ni el más mínimo pensamiento sobre cuál habría sido su pasado, si estaría nerviosa ante el nuevo trabajo, si sentía las mismas esperanzas e incertidumbres que ellos. En aquellos instantes, pensaban en Eunice como se piensa en una máquina, y el funcionamiento satisfactorio de aquella máquina dependía de que estuviese adecuadamente engrasada y que no tuviese reparos en subir y bajar escaleras.
Pero Eunice era una persona, la persona más extraña que jamás conocerían. Y, de haber sabido lo que encerraba su pasado, hubieran huido de ella o atrancado sus puertas contra Eunice como contra la peste... por no mencionar lo que encerraba su futuro, ya inextricablemente unido al de ellos.
Su pasado se hallaba en la casa que en aquellos momentos se disponía a abandonar; un viejo edificio que formaba parte de una larga hilera de casas semejantes de Rainbow Street, Tooting, cuya puerta se abría al mismo nivel de la calle. Había nacido allí hacía cuarenta y siete años, hija única de un trabajador ferroviario y de su esposa.
Desde el principio, la suya fue una existencia restringida. Parecía una de esas personas destinadas a pasar su vida en los confines de unas cuantas calles. Su colegio, Rainbow Infants, quedaba al lado de su casa, y los familiares a quienes visitaba vivían a tiro de piedra. Su destino fue temporalmente alterado por la Segunda Guerra Mundial. Antes de que hubiese aprendido a leer, con otros miles de escolares londinenses, fue enviada al campo. Pero sus padres aunque eran personas obtusas, insensibles y de estrechísimas miras, se inquietaron porque les dijeron que la mujer que la tenía recogida no la trataba bien, y fueron a buscarla, devolviéndola a las bombas y a la ciudad rota por la guerra.
Después de eso, Eunice sólo cursó estudios esporádicamente. Fue de un colegio a otro, sin parar en ninguno más que semanas o, como mucho, meses. Siempre que entraba en una clase nueva, el resto de los alumnos iba muy adelantado con respecto a ella. La habían dejado atrás, y ningún maestro se tomó nunca la molestia de descubrir el fallo fundamental de su formación ni, menos aún, de remediarlo. Confusa, aburrida y apática, se sentaba al fondo del aula, contemplando lo incomprensible en los libros o la pizarra. O bien faltaba a clase, estratagema en la que recibía toda la ayuda de su madre. Por consiguiente, para cuando abandonó definitivamente la escuela, un mes antes de su decimocuarto cumpleaños, era capaz de firmar con su nombre, de leer «Mi mamá me mima» o «El niño tiene un gato», y eso era todo. La escuela sólo le enseñó múltiples subterfugios y estratagemas para disimular el hecho de que no sabía leer ni escribir.
Comenzó a trabajar en una pastelería, también en Rainbow Street, donde aprendió a distinguir por el color del envoltorio una chocolatina Mars de una Crunchie. A los diecisiete años, la enfermedad que venía minando la salud de su madre la redujo a la invalidez. Se trataba de esclerosis múltiple, aunque pasó algún tiempo antes de que el médico de los Parchman lo descubriese. A los cincuenta años, Mrs. Parchman se vio confinada a una silla de ruedas, y Eunice abandonó su empleo para cuidar de ella y de la casa. Sus días comenzaron a discurrir en un encerrado mundo crepuscular, ya que el analfabetismo es una especie de ceguera. De haber tenido noticias de ello, los Coverdale, no hubiesen creído posible la existencia de un mundo así. Hubieran preguntando cosas como: ¿Por qué no buscó el modo de educarse a sí misma? ¿Por qué no fue a clases nocturnas, consiguió un trabajo, contrató a alguien para que cuidara de su madre, se afilió a un club, conoció gente? Y, realmente, ¿por qué no lo hizo? Entre los Coverdale y los Parchman existía un enorme abismo. El propio George comentó con frecuencia el hecho, sin pararse a considerar todas sus implicaciones. Para él, cualquier muchacha era una versión de Paula o Melinda, querida, admirada, educada, criada para formar parte del diez por ciento superior de la sociedad. No era ése el caso de Eunice Parchman, una muchacha gruesa y anodina de ojos sumisos y sombríos. Jamás había oído una pieza musical, salvo los himnos o los fragmentos de operetas de Gilbert y Sullivan que su padre silbaba al afeitarse. Nunca había visto un cuadro famoso, salvo por las reproducciones de La ronda nocturna y La Gioconda que decoraban el vestíbulo del colegio. Tan sumida en la ignorancia estaba que si le hubiesen preguntado quién era Napoleón o dónde estaba Dinamarca, hubiera permanecido muda y con la mirada en blanco.
Eunice sabía hacer ciertas cosas. Poseía una notable destreza manual. Sabía limpiar a conciencia, cocinar, coser y empujar por la calle la silla de ruedas de su madre. ¿Resulta acaso sorprendente que, sabiendo hacer tales cosas, prefiriese la tranquilidad y la paz de hacerlas, sin más? ¿Alguien puede extrañarse de que optara por chismorrear con sus vecinas de mediana edad, eludiendo la compañía de sus coetáneas, que sabían leer y escribir y hablaban cosas que estaban más allá de su limitada comprensión? Tenía sus propios placeres: comer chocolate, su golosina favorita, que la convirtió en obesa, planchar, limpiar la plata y el bronce, aumentar los ingresos familiares tejiendo para las vecinas. Llegó a los treinta años sin haber ido a un pub, ni asistido a un teatro, ni entrado en un restaurante de cierta categoría, ni viajado al extranjero, ni tenido un novio, ni llevado maquillaje, ni visitado una peluquería. Había ido dos veces al cine con Mrs. Samson, la vecina de al lado, y vio la boda y la coronación de la reina en el televisor de la misma Mrs. Samson. Entre los siete y los doce años, viajó cuatro veces en un tren de larga distancia. Ésa era la historia de su juventud.

La virtud pudo ser, pero no fue, el resultado natural de una existencia tan encerrada. Eunice tuvo pocas oportunidades para hacer el mal; sin embargo, las pocas que tuvo las aprovechó.
Su madre solía decir: «Si hay algo que le he enseñado a Eunice es a distinguir entre el bien y el mal.» Era un manido tópico, tan automático como el croar de una rana; pero con menos significado. Los Parchman no eran aficionados a pensar antes de hablar. En realidad, no eran aficionados a pensar, punto.
Lo único que sacaba a Eunice de la apatía eran sus impulsos. De pronto, le acometía el ansia de dejarlo todo y caminar. O de cambiar los muebles de una habitación. O de descoser un vestido para coserlo de nuevo con minúsculos cambios. Siempre hacía caso de tales impulsos. Se abotonaba hasta el cuello el ajado abrigo, se ponía una bufanda sobre su aún lustroso cabello negro, caminaba kilómetros y kilómetros, cruzando calles y puentes, y llegando hasta el West End. Aquellos paseos constituyeron su educación. En ellos vio cosas que no se aprenden en la escuela, ni aun sabiendo leer. Y los instintos, sin el control ni la represión de la lectura, le hicieron comprender lo que aquellas imágenes significaban o implicaban. En el West End vio a prostitutas, en el parque a parejas haciendo el amor, en las calles apartadas a homosexuales esperando furtivamente en la sombra para abordar a los que pasaban. Una noche vio a un hombre que vivía en Rainbow Street poniéndose a hablar con un muchacho e irse con él tras unos arbustos. Eunice jamás había oído la palabra chantaje. Ignoraba que exigir dinero con amenazas es un popular pasatiempo castigado por la ley. Pero, probablemente, tampoco Caín había oído la palabra asesinato antes de matar a su hermano. En el hombre existen deseos ancestrales para cuya satisfacción no es necesaria cultura ni experiencia. Es muy probable que Eunice creyese estar inventando algo. Esperó a que el muchacho se fuese y le dijo a su vecino que, o le daba media libra a la semana, o se lo contaría todo a su esposa. Aterrado, el hombre accedió y, durante años, le pagó diez chelines a la semana.
Su padre había sido religioso en su juventud. Puso a su hija el nombre de un personaje del Nuevo Testamento, y a veces se refería burlonamente a este hecho, pronunciando su nombre a la griega:
–¿Qué me has preparado para esta noche, Eunicea, madre de Timoteo?
Esto irritaba a Eunice hasta sacarla de quicio. ¿Pensaba acaso en las pocas probabilidades que tenía de llegar a ser madre? Los pensamientos del analfabeto se registran en imágenes o en palabras muy simples. El vocabulario de Eunice era reducido. Hablaba con los tópicos y lugares comunes que escuchaba de su madre y de su tía y vecina, Mrs. Samson. ¿Sintió envidia cuando se casó su prima? ¿Fue el rencor, aparte la codicia, lo que la impulsó a sacarle otra media libra semanal a una mujer casada que engañaba a su marido con un viajante? Jamás le explicó a nadie cuáles eran sus sentimientos ni sus opiniones sobre la vida.

Mrs. Parchman murió cuando Eunice tenía treinta y siete años y su viudo pasó a convertirse en el inválido de la casa. Quizá pensó que los servicios de Eunice eran demasiado valiosos para desperdiciarlos. Siempre había tenido problemas renales, y ahora cultivó su asma, y decidió encamarse. «No sé dónde estaría sin ti, Eunicea, madre de Timoteo.» Entre los vivos, probablemente, y residiendo en Tooting.
Los impulsos de Eunice la movían a coger un autobús e irse a pasar el día a Brighton, o bien a sacar todos los muebles de la sala de estar para pintar las paredes de rosa. De cuando en cuando, su padre pasaba una quincena en el hospital. «Principalmente es para darle a usted un respiro, Miss Parchman –decía el médico–. Su padre puede írsenos en cualquier momento, o durar años.» Pero el hombre no manifestaba el menor indicio de irse a morir. Eunice le preparaba pescado frito y pastel de carne con riñones. Mantenía encendida la estufa de su dormitorio y le llevaba agua caliente para que se afeitase silbando himnos o fragmentos de operetas. Una resplandeciente mañana de primavera, el hombre se incorporó en la cama y, fuerte y rubicundo, con la clara voz de quien tiene los pulmones en perfecto estado, dijo: «Abrígame y llévame a dar un paseo en la silla de ruedas de mamá, Eunicea, madre de Timoteo.»
Sin contestar, Eunice cogió una de las almohadas de la cama y la apretó contra el rostro de su padre. Éste se resistió y debatió por unos momentos, no mucho. A fin de cuentas, sus pulmones no eran fuertes. Eunice no tenía teléfono. Salió a buscar al médico. Éste no hizo preguntas y firmó inmediatamente el certificado de defunción.

Al fin libre.
Contaba cuarenta años y, ahora que la tenía, no sabía qué hacer con la libertad. Termina de una vez con esa ridícula cuestión de no saber leer ni escribir, le hubiera dicho George Coverdale. Aprende un oficio. Toma realquilados. Búscate algún tipo de vida social. Eunice no hizo nada de eso. Se quedó en la casa de Rainbow Street, cuyo alquiler ya era poco más que nominal, y con sus ingresos procedentes del chantaje, que ya ascendían a dos libras semanales. Como si los pasados veintitrés años, la mejor parte de su juventud, no hubieran sido más que un parpadeo, volvió a trabajar tres días a la semana en la pastelería.
En uno de sus paseos vio a Annie Cole entrando en una estafeta postal de Merton con una cartilla de pensiones en la mano. Eunice sabía lo que era aquella cartilla. Su padre le había enseñado a firmar la suya en calidad de representante autorizada. Y conocía de vista a Annie Cole, pues la había visto salir del crematorio antes de que llegaran los asistentes a la incineración de Mrs. Parchman. Era la madre de Annie Cole la que había muerto, y ahora allí estaba Annie Cole cobrando la jubilación de la difunta y contándole al empleado lo mal que había pasado el día su pobre madre. La ventaja de los analfabetos es que desarrollan una excelente memoria visual y una capacidad de recuerdo pasmosa.
A partir de aquel momento, Annie se convirtió en víctima y amanuense de Eunice, pagándole un tercio de la pensión y haciendo pequeños trabajos para ella. Además, como no sentía rencor alguno, puesto que consideraba que la conducta de Eunice era la natural en un mundo en el que cada uno iba a lo suyo, se convirtió en lo más parecido a una amiga que Eunice tuvo hasta que conoció a Joan Smith. Sin embargo, Annie consideraba que ya había llegado el momento de matar oficialmente a su madre, pues comenzaba a temer que la descubrieran, sólo que Eunice, la cobeneficiaria, no se lo permitió. La mujer decidió librarse de Eunice, y fue ella quien, tras elogiar desmesuradamente los talentos domésticos de su chantajista, mencionó el anuncio de los Coverdale.
–Cobrarías treinta y cinco libras a la semana, y tendrías todos los gastos pagados. Siempre he dicho que en la pastelería malgastas tu talento.
Eunice dio un mordisco de chocolatina rellena Cadbury.
–No sé –dijo. Era una de sus respuestas favoritas.
–Tu casa se cae a pedazos, y dicen que van a echar abajo todos los edificios de esa zona, con lo que no se perderá gran cosa, la verdad. –Annie echó un vistazo al anuncio que aparecía en el ejemplar del Times que había recogido de una papelera pública–. Suena muy bien. ¿Por qué no les escribes y pruebas a ver? Si no te gusta, no hay compromiso.
–Bueno, si quieres, escríbeles –dijo Eunice.
Como todos sus íntimos, Annie sospechaba que Eunice era analfabeta o semianalfabeta, pero nadie consiguió nunca tener la plena certeza. A veces Eunice parecía leer revistas, y sabía firmar. A fin de cuentas, hay mucha gente que nunca lee ni escribe, aunque sepa. Así que Annie escribió la carta a Jacqueline, y cuando llegó el momento de la entrevista, fue Annie quien aleccionó a Eunice.
–Sobre todo, llámala «señora», Eun, y habla sólo cuando te pregunte. Mi madre, de joven, fue sirvienta y sabía todo lo que había que saber. Te puedo decir muchas cosas que ella me contó y que te serán muy útiles. –Pobre Annie. Había sentido un enorme cariño hacia su madre y el fraude de la pensión lo perpetró tanto por la ganancia como por mantener la ilusión de que la anciana continuaba viva–. Te puedo prestar unos zapatos de vestir de mi madre. Tenía más o menos tu mismo pie.
Dio resultado. Antes de que Eunice pudiera volvérselo a pensar, ya estaba contratada como ama de llaves de los Coverdale, y aunque las libras a la semana no fueron treinta y cinco, sino veinticinco, la cantidad seguía pareciéndole una fortuna. Sin embargo, ¿por qué una mujer que estaba tan apegada a su madriguera, y a su territorio como un animal silvestre se dejó convencer tan fácilmente?
No por conocer nuevos lugares, ni por deseo de aventura, ni por las ventajas pecuniarias, y ni siquiera por alardear de lo único que sabía hacer bien. En grandísima medida, aceptó el empleo por eludir responsabilidades.
Mientras vivió su padre, aunque las cosas eran malas en múltiples aspectos, habían tenido una gran ventaja. Él asumía la responsabilidad del alquiler, los impuestos y las facturas, de rellenar los formularios y de leer lo que había que leer. Eunice iba a las oficinas del ayuntamiento y pagaba los impuestos en efectivo, y lo mismo hacía con las facturas del gas y la electricidad. Pero no podía alquilar ni comprar un televisor, pues para eso hacía falta rellenar formularios. Por correo le llegaban cartas y circulares; no podía leerlas. Lowfield Hall resolvería todo aquello y, por lo que le era dado prever, allí recibiría cuanta atención y cuidados necesitaba.

La casa le fue devuelta a un asombrado y encantado casero, y Mrs. Samson se ocupó de la venta de los muebles. Eunice observó con inescrutable expresión como el quincallero, con absoluta indiferencia, evaluaba sus enseres domésticos. Luego metió todas sus posesiones en dos maletas que Mrs. Samson le prestó. Con su falda azul, su suéter de punto y su gabardina, se despidió, muy a su modo, de aquel barrio, y de aquella mujer que era casi su madre y que había estado presente cuando la suya verdadera la alumbró.
–Bueno, me voy –dijo Eunice.
Mrs. Samson la besó en la mejilla, pero no le pidió que la escribiera, porque era la única persona en el mundo que estaba al corriente de su situación.
En la estación de Liverpool Street, Eunice vio trenes –trenes auténticos, no del metro– por primera vez en cuarenta años. Pero... ¿cómo saber cuál debía tomar? En el tablero de salidas, las letras, blancas sobre negro, eran jeroglíficos para ella.
Aunque detestaba preguntar, no le quedó otro remedio que hacerlo.
–¿Cuál es el andén para Stantwich?
–En el tablero lo pone.
Y, a otra persona:
–¿Cuál es el andén para Stantwich?
–Ahí lo pone. El número trece. ¿Es que no sabe leer?
No, no sabía, pero no se atrevía a decirlo. De todas maneras, al fin estaba en el tren, y debía de ser el adecuado, porque ya once personas se lo habían dicho así. El tren la llevó al campo y al pasado. Volvía a ser una niña, yendo con su colegio a Taunton y la seguridad, y tenía todo su futuro ante ella. Ahora como entonces, las estaciones pasaron de largo, anónimas y desconocidas.
Pero reconocería Stantwich cuando llegase, porque ni el tren ni ella iban más allá.


5

Estaba destinada al fracaso. Carecía de capacitación y experiencia. Los Coverdale no tenían nada que ver con la gente que ella conocía, y no era mujer acomodaticia ni adaptable. Nunca había ido a fiestas ni, mucho menos, dado una; nunca había llevado más casa que la de Rainbow Street. En su familia no existía tradición de servicio y nadie que ella conociese había tenido nunca criados, ni siquiera una asistenta. Estaba escrito que Eunice fracasaría abismalmente.
Triunfó más allá no sólo de sus parcas esperanzas, sino de los más optimistas ensueños de Jacqueline.
Naturalmente, en realidad Jacqueline no quería un ama de llaves, alguien que organizase y dirigiera la casa, sino una obediente criada para todo. Y Eunice estaba acostumbrada a la obediencia y al trabajo. Era lo que los Coverdale necesitaban: aparentemente sin personalidad ni conciencia de sus derechos, y carente de esa curiosidad que hace chismosos a los sirvientes. Callada y respetable, nada paranoica salvo a un respecto, y sin el menor deseo de ponerse en el mismo nivel social de sus patronos. Su apreciación estética sólo se dirigía hacia los objetos domésticos. Para Eunice, una nevera era hermosa, mientras que una flor era una simple flor; la tela de una cortina le resultaba encantadora, mientras un pájaro o un animal silvestre era, como mucho «mono». En cuanto a valor estético, no establecía diferencias entre un jarrón de porcelana china y una sartén de teflón. Ambos eran objetos «bonitos», que recibirían de ella idénticos cuidados y atención.
Ese mismo fue el motivo de su éxito. Desde el principio produjo una impresión excelente. Tras comerse la chocolatina Bounty que había comprado en Liverpool Street, se apeó del tren, ya sin nervios, pues no había nada que descifrar. Podía leer Salida, eso no era problema. Jacqueline no le había dicho cómo reconocería a George, pero George la reconoció a ella por la no muy caritativa descripción que le había hecho su esposa. Melinda iba con él, lo cual desorientó a Eunice, que buscaba a un hombre solo.
–Mucho gusto en conocerlos –dijo, estrechando manos, sin sonreír ni mirarlos; pero sin quitar ojo al gran coche blanco.
George la invitó a sentarse en el asiento delantero.
–Así se dará usted cuenta de lo bonito que es eso, Miss Parchman.
La muchacha se pasó el trayecto hablando por los codos, haciendo ocasionales preguntas a Eunice. ¿Le gusta el paisaje, Miss Parchman? ¿Había estado alguna vez por aquí? ¿No tiene calor con esa gabardina? Espero que le gustan las hojas de parra rellenas. Mi madrastra las ha preparado para esta noche. Eunice se limitó a contestar con simples monosílabos. No sabía si las hojas de parra rellenas se comían, se miraban, o se utilizaban para sentarse. Pero respondió con discreta cortesía, sonriendo tenue y mecánicamente de cuando en cuando.
A George le agradó aquella respetuosa discreción. Le gustó la forma como Eunice se sentaba, con las rodillas juntas y las manos cruzadas sobre el regazo. Le gustaron incluso sus ropas que, a un observador menos parcial le hubieran parecido similares a las que reciben las vigilantes de las prisiones. Ni él ni Melinda detectaron en Eunice nada frío ni repulsivo.
–Ve dando el rodeo que cruza Greeving, papá. Así Miss Parchman verá el pueblo.
De este modo, Eunice vio la casa de su futura cómplice antes que la sus futuras víctimas. Estafeta y Tienda General de Greeving, Prop. N. Smith. Sin embargo, no vio a Joan Smith, que estaba repartiendo propaganda de los epifánicos de puerta en puerta.
Pero aunque Joan hubiera estado allí, Eunice no se habría fijado en ella. La gente no le interesaba. Ni el paisaje, ni uno de los pueblos más bonitos de Suffolk. Greeving, para ella, no era más que un cúmulo de casas viejas, paja y escayola, y muchos árboles que debían de tapar la luz. Pero no se preguntó qué haría cuando de pronto le apeteciese pescado frito o tuviera el súbito antojo, como frecuentemente le ocurría, de comprarse una caja de medio kilo de bombones.
Lowfield Hall. Para Eunice lo mismo podría haber sido el palacio de Buckingham. Ignoraba que la gente normal viviera en casas así, que ella creía reservadas para la reina o las estrellas de cine. En el vestíbulo, los cinco se reunieron por primera vez. Jacqueline, que aprovechaba cualquier ocasión para engalanarse, recibió a su nueva sirvienta con unos pantalones de terciopelo verde esmeralda, blusa de seda roja, y un pañuelo Gucci. Incluso Giles hizo acto de comparecencia. Pasaba por allí en aquellos momentos, buscando su manual de hinduismo, y su madre lo atrapó y lo hizo quedarse.
–Buenas tardes, Miss Parchman. ¿Tuvo buen viaje? Este es mi hijo. Giles.
Giles, ausente, le dirigió una inclinación de cabeza y se encaminó al piso de arriba sin volverse. Eunice apenas se fijó en él. Su atención estaba prendida en la casa y en su contenido. Era casi excesivo para ella. Se quedó sin aliento, como la reina de Saba cuando contempló las riquezas del rey Salomón. Pero su pasmo no se reflejó en su expresión ni en sus palabras. Se quedó plantada en la gruesa alfombra, entre las antigüedades, los jarrones con flores, mirando primero el reloj de pie, luego a sí misma reflejada en un enorme espejo de dorado marco. Se sentía aturdida. Los Coverdale interpretaron su actitud como respeto, la muda discreción de la buena sirvienta.
–La llevaré a su cuarto –dijo Jacqueline–. Esta noche no tiene usted nada que hacer. Iremos arriba y luego ya subirá alguien sus maletas.
Eunice se encontró con una espaciosa y agradable habitación. La moqueta era de color verde oliva, y el papel de la pared amarillo con franjas verticales blancas. Había dos sillones de color amarillo más oscuro, un sofá tapizado de cretona, una cama con colcha del mismo material, y un espacioso armario empotrado. Desde las ventanas se contemplaba mejor que desde ningún otro lugar de la casa el espléndido paisaje.
–Espero que todo sea de su agrado.
Una librería vacía (y destinada a quedarse así), un jarrón con blancas lilas sobre una mesita baja, dos lámparas con pantallas color naranja, dos reproducciones enmarcadas de Constable, «La cabaña de Willy Lott» y «Caballo saltando». Los sanitarios del baño eran de color verde pálido, y había toallas color verde oliva colgando de un toallero calefactado.
–Tendrá la cena lista en la cocina dentro de media hora. Es la puerta al final del pasillo, detrás de las escaleras. Bueno, supongo que deseará quedarse sola un rato. Aquí viene mi hijo con su equipaje.
George había atrapado a Giles y lo había obligado a subir las dos maletas. Las dejó en el suelo y se marchó. Eunice le hizo tan poco caso como le había hecho a Jacqueline. Tenía la vista fija en el único objeto de las dos habitaciones que realmente le interesaba: el televisor. Aquello era lo que siempre deseó y que nunca pudo comprar ni alquilar. Cuando la puerta se cerró tras Jacqueline, Eunice se aproximó al aparato, lo miró y luego, como quien se enfrenta a un artilugio capaz de estallar o de producir un fuerte calambre, pero que es imprescindible conectar y usar, lo encendió.
En la pantalla apareció un hombre con una pistola. Amenazaba con ella a una mujer refugiada tras un sillón. Sonó un disparo y la mujer echó a correr por un pasillo, gritando. Por consiguiente, el primer programa que Eunice vio en su propio televisor trataba de violencia y armas de fuego. ¿Fue aquel telefilme y los muchos que lo sucedieron los detonantes de su agresividad latente? ¿Plantó en el alma de la analfabeta la semilla de violencia que tan terribles frutos llegaría a dar?
Quizá. Pero aunque la estimulase a matar a los Coverdale, la televisión no tuvo nada que ver con el asesinato de su padre. Cuando cometió éste, Eunice sólo había visto en ella una boda real y una coronación.
Sin embargo, aunque terminaría convirtiéndose en una teleadicta, encerrándose con el televisor y echando las cortinas para aislarse de la luz estival, en aquella primera ocasión sólo estuvo viéndolo durante diez minutos. Comió cautelosamente su cena, pues constaba de cosas que jamás había probado, y luego Jacqueline la llevó a recorrer la casa al tiempo que le indicaba cuáles serían sus obligaciones. Eunice lo pasó muy bien desde el principio. Sólo cometió unos cuantos errores naturales. Annie Cole le había enseñado a poner una mesa, así que eso lo hizo bien, pero en la primera mañana hizo té en lugar de café. Eunice sólo había preparado café instantáneo. No inquirió cómo se hacía. Muy raramente hacía preguntas. Jacqueline supuso que la mujer estaba acostumbrada a las cafeteras eléctricas –Eunice no la contradijo– y ellos usaban una de filtro, así que le enseñó cómo se utilizaba. Eunice se fijó bien. Con observar una operación de tal tipo una sola vez le bastaba para aprender cómo se hacía.
–Entiendo, señora –dijo.
Jacqueline se ocupaba de cocinar. Jacqueline o George hacían la compra. En aquellos primeros días, mientras Jacqueline estaba ausente, Eunice examinó minuciosamente todos los objetos que albergaba Lowfield Hall. La casa, según su criterio, estaba sucia. Le produjo un intenso placer limpiarla a fondo. Las encantadoras alfombras, las colgaduras, el palisandro, el nogal y el roble, el cristal, la plata y la porcelana... Pero lo mejor de todo era la cocina, con sus paredes de pino y sus alacenas, una pila doble de acero, una lavadora, una secadora, un lavavajillas. Para ella, no era suficiente pasarle el plumero a la porcelana del salón. Había que lavarla.
–No es necesario que haga usted eso, Miss Parchman.
–Me gusta –replicó Eunice.
El temor a las roturas, más que el altruismo, fue lo que hizo protestar a Jacqueline. Pero Eunice jamás rompió nada, ni dejó de reponerlo todo en el lugar exacto de donde lo había cogido. Su memoria visual imprimía fotos casi permanentes en alguna parte de su cerebro.
Lo único de Lowfield Hall que no le interesaba y que nunca tocó ni estudió fue el contenido del escritorio de la salita, los libros, y las cartas de George que Jacqueline guardaba en su tocador. Aquellas cosas y, de momento, las dos escopetas.
Los Coverdale estaban encantados.
–Es perfecta –dijo Jacqueline. Mientras preparaba las camisas de George para la lavandería, había aparecido Eunice y se las había quitado de entre las manos para lavarlas primorosamente mientras descongelaba la nevera y cambiaba las sábanas–. ¿Sabes lo que me dijo, cariño? Me miró con esa mansedumbre suya y dijo: «Démelas. Me gusta planchar.»
¿Mansedumbre? ¿En Eunice Parchman?
–Sí que es muy eficiente –reconoció George–. Y me encanta verte tan feliz y tranquila.
–Lo cierto es que apenas tengo nada que hacer. Aparte de haber puesto una vez las sábanas verdes en nuestra cama, y de no haber hecho caso de una nota que le dejé, no he encontrado en ella ningún defecto. Y resulta absurdo llamar a esas cosas defectos después de la vieja Eva y de la espantosa Ingrid.
–¿Qué tal se lleva con Eva?
–No le hace ni caso. Ojalá yo fuera capaz de imitarla. ¿Sabías que, además, Miss Parchman cose divinamente? Cuando intentaba meterle el dobladillo a la falda verde, ella me la quitó y lo hizo divinamente.
–Hemos sido muy afortunados –dijo George.

Así pasó el mes de mayo. Las flores de la primavera se marchitaron, y los árboles se cubrieron de hojas. Los faisanes llegaron a los campos a picotear el maíz verde, y el ruiseñor cantó en la huerta. Aunque no para Eunice. Las liebres, nerviosas y alerta, aparecieron entre los arbustos, y la luna se alzó lentamente tras las colinas de Greeving, roja y extraña como otro sol. Aunque no para Eunice. Ella cerraba las cortinas, encendía las luces y luego la televisión. Las noches eran suyas, y las dedicaba a hacer lo que más le gustaba. Y lo que le gustaba era aquello. Hacía punto. Pero gradualmente, según la serie o el evento deportivo o la película de policías y ladrones, la iba ganando, ovillos y agujas quedaban sobre el regazo y ella se echaba hacia adelante, infantilmente absorta.
Se sentía feliz. De haber sido capaz de analizar sus ideas, sensaciones y motivos, habría dicho que aquella vida de pasiva contemplación era mil veces mejor que todo lo por ella vivido directamente. Pero, de haber sido capaz de tal análisis, es improbable que se hubiera contentado con una forma de invertir su ocio tan estéril. Su adicción da pie a una pregunta. ¿No hubiera sido inmensamente beneficioso para la sociedad –y salvado las vidas de los Coverdale– que alguna organización social se hubiese ocupado de satisfacer los inofensivos deseos de Eunice Parchman? Bastaba con darle una habitación, una pensión y un televisor, y luego dejarla allí como feliz espectadora durante el resto de su vida. Ningún servicio social se puso en contacto con ella hasta que fue demasiado tarde. Ningún psiquiatra la examinó nunca. De haberlo hecho, sólo habría descubierto la raíz de su neurosis si Eunice le hubiese permitido descubrir su analfabetismo. Y la mujer había sido una experta en ocultarlo desde el momento en que, supuestamente, debió superarlo. Su padre, que leía perfectamente bien, que en su juventud se leyó la Biblia de principio a fin, fue su principal cómplice, ayudándola a ocultar su incapacidad. En vez de alentarla a aprender, conspiró con ella para ayudarla en la tarea, mucho más molesta y complicada, de no aprender.
Cuando algún vecino se pasaba por su casa con un periódico y se lo tendía a Eunice, el padre decía:
–Déjamelo a mí; tú no fuerces la vista.
En el estrecho círculo en que se movían, llegó a darse por hecho que Eunice tenía mal los ojos. Esta es la solución que generalmente adoptan los analfabetos para ocultar su deficiencia.
–¿Que no lo lee? ¿Acaso está ciega?
De pequeña, nunca quiso leer. Al hacerse mayor, intentó aprender, pero... ¿quién iba a enseñarle? Conseguir un maestro, o simplemente buscarlo, hubiera significado que otras personas se enterasen. Optó por eludir a la gente, toda la cual parecía ansiosa de ponerla en evidencia. Al cabo de algún tiempo, las ocultaciones y el aislamiento se convirtieron en automáticos, y la causa de su misantropía quedó casi en el olvido.
Los objetos no podían hacerle daño –los muebles, los ornamentos, el televisor–, y a los objetos se entregó, pues suscitaban en ella lo más parecido al afecto que Eunice había experimentado, mientras que a la familia Coverdale la trataba con absoluta frialdad. Pero no se mostró más pétrea hacia ellos que hacia los demás; con ellos fue como siempre había sido con todos.
George fue el primero en darse cuenta. De todos los Coverdale era, con mucho, el más perceptivo y, por consiguiente, también fue el primero en detectar un defecto entre tantas excelencias.


6

El domingo por la mañana acudieron a la iglesia y Mr. Archer comenzó con su sermón. Del evangelio de san Mateo tomó este fragmento:
–«Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré.»
Jacqueline sonrió a George y le acarició el brazo. Él le dirigió una satisfecha sonrisa.
Al día siguiente, recordando aquel intercambio de sonrisas, George pensó que había sido fatuo y autocomplaciente.
–Paula está en el hospital –anunció Jacqueline cuando su marido volvió a casa–. Es espantosa la forma como actualmente se organiza el nacimiento de un hijo. Te citan, te ponen una inyección y ¡hale hop!
–Bebés instantáneos –dijo George–. ¿Ha telefoneado Brian?
–Desde las dos, no.
–Voy a llamarlo.
Como frecuentemente hacían cuando estaban solos, iban a cenar en la salita. Apareció Eunice para poner la mesa. George marcó el número; pero no obtuvo respuesta. Un instante después de colgar, el teléfono sonó. Tras responder con monosílabos al esposo de Paula, se despidió con un:
–Vuelve a llamarme cuanto antes. –George colgó, se acercó a Jacqueline y le cogió la mano.
–Hay complicaciones. Aún no han tomado una decisión; pero Paula está exhausta y, probablemente, tendrán que hacerle una cesárea de urgencia.
–¡Qué complicación, cariño, cómo lo lamento! –No le pidió que no se preocupase, y él se lo agradeció–. ¿Por qué no llamas al doctor Crutchley? Quizá te tranquilice.
–Lo haré.
Eunice salió de la sala. George agradeció su discreto silencio. Llamó al doctor, y éste le dijo que no podía opinar sobre un caso del que no sabía nada, y sólo confortó a George hasta el extremo de decirle que, por lo general, las mujeres ya no solían morir de parto.
Cenaron. Es decir: Giles cenó, Jacqueline apenas tocó la comida, y George dejó la suya intacta. Dada la seriedad de las circunstancias y la inquietud de los otros. Giles hizo la pequeña concesión de, en vez de leyendo, permanecer toda la cena con la vista perdida en el espacio. Después, una vez pasada la angustia, Jacqueline le comentó en broma a su marido que en Giles tal actitud equivalía a unas palabras de ánimo acompañadas de una botella de brandy en cualquier otro.
La angustia no duró mucho. Brian llamó dos veces, y media hora después de la segunda llamada lo hizo de nuevo para decir que Paula estaba perfectamente tras alumbrar por cesárea a un niño de tres kilos doscientos.
Eunice estaba retirando la mesa y forzosamente lo oyó todo: el «¡Gracias a Dios!» de George, el «Qué estupendo, cariño, cómo me alegro por ti», y el «Bien» que murmuró Giles antes de volver a su habitación. La mujer tuvo que advertir el alivio y la alegría; pero, sin denotar la más mínima emoción, salió de la salita y cerró la puerta.
Jacqueline se acercó a su marido y lo abrazó. George, en aquellos momentos, no pensó en Eunice. Sólo al acostarse, cuando oyó el lejano sonido del televisor de la sirvienta, comenzó a pensar que el comportamiento de la mujer había sido extrañamente frío. Ni una vez expresó preocupación durante los momentos de ansiedad, ni tampoco alivio cuando el peligro hubo pasado. Conscientemente, George no había creído que fuera a hacerlo. En su momento, no esperó oír «No sabe cómo me alegro de que su hija esté bien, señor», pero luego reflexionó sobre tal omisión. Le preocupó. La ausencia de preocupación por una mujer con un parto difícil y por la gente en cuyo hogar vivía resultaban poco naturales en cualquier mujer. Bien, buen siervo y fiel... Pero aquello no había estado bien.
Por nada del mundo hubiera mencionado George su inquietud a Jacqueline, que tan contenta y satisfecha estaba con su ama de llaves. Además, a él tampoco le hubiese gustado una criada locuaz, que se entrometiera en los asuntos familiares y pecase de confianzuda. Decidió no pensar más en el tema.
Lo cual hizo sin el menor problema hasta el bautizo del bebé, que tuvo lugar un mes más tarde.

El bautizo de Patrick se celebró en Greeving; Mr. Archer era amigo de los Coverdale y en verano es más agradable un bautizo en el campo que en la ciudad. Paula, Brian y sus dos hijos llegaron a Lowfield Hall un sábado de fines de junio y se quedaron hasta el domingo. El sábado por la tarde celebraron una fiesta bastante concurrida a la que asistieron los padres y la hermana de Brian, así como los Royston, los Jameson-Kerr, una tía de Jacqueline que vivía en Bury, y unos primos de George que llegaron de Newmarket. El ágape, servido por Eunice bajo la dirección de Jacqueline, fue perfecto. La casa jamás tuvo mejor aspecto, ni las copas de champán estuvieron más relucientes. Jacqueline ignoraba que tuviesen tantas servilletas blancas de hilo, pues nunca las había visto todas juntas ni tan bien almidonadas. En el pasado, se había visto ocasionalmente obligada a recurrir a las de papel.
Antes de salir para la iglesia, Melinda fue a la salita para enseñarle a Eunice el niño, al que iban a llamar Giles. Antes de que Giles Mont se diera cuenta de lo que ocurría, lo habían convencido de que fuera el padrino, y ahora el muchacho se sentía anonadado. Melinda llevó al niño con el mismo largo vestido de cristianar bordado que usaron ella, su hermano y su hermana y, naturalmente, el propio George. El bebé era precioso, grande, sonrosado y lustroso. Sobre la mesa, junto al pastel, estaba el libro de bautizos de los Coverdale, un tomo en el que figuraban los nombres de cuantos habían usado el vestido, cuándo y cómo fueron bautizados, etcétera. Estaba abierto, listo para recibir la última anotación.
–¿A que es precioso, Miss Parchman?
Eunice permaneció gélida y rígida. George notó que de ella emanaba una frialdad que parecía contrarrestar el calor el sol. La mujer ni sonrió, ni se inclinó sobre el niño, ni tocó siquiera sus ropas. Lo miró. No fue una mirada de entusiasmo como las que el hombre le había visto dirigir a las cucharillas de plata al colocarlas junto a los platos. Tras echarle un vistazo, dijo»
–Dispense, señorita. Tengo cosas que hacer.
Durante el curso de la tarde, mientras entraba y salía con bandejas, ni George ni Jacqueline escucharon de Eunice una sola palabra sobre lo hermoso que era el niño, la suerte que ellos tenían por disfrutar de un día tan magnífico, ni la felicidad de los jóvenes padres. Fría, pensó George, anómalamente fría. ¿O se trataría, quizá, de simple y paralizante timidez?
Eunice no era tímida. Ni tampoco se había apartado del bebé porque el libro le diese miedo. No directamente. Simplemente, el niño no le interesaba. Pero no resultaría del todo desatinado decir que los niños no le interesaban porque en el mundo existían libros.
La palabra escrita le resultaba abominable, la consideraba una amenaza personal. Había que mantenerse lejos de ella, eludirla y eludir a cuantos deseaban ponérsela delante. Estaba tan imbuida por el hábito de escabullirse que había dejado de ser consciente de él. Era algo que, desde mucho tiempo atrás, había secado todas sus fuentes de cordialidad y afecto. Para ella, aislarse era lo natural, y no se daba cuenta de que todo había comenzado al aislarse de la tierra impresa y manuscrita.
El analfabetismo había marchitado en ella la simpatía y atrofiado su imaginación. Ambas cosas, unidas a lo que los psicólogos llaman afecto, la capacidad de preocuparse por los sentimientos ajenos, no tenían cabida en su personalidad.
En un intento de elevar la moral de los sitiados habitantes de Jartum, el general Gordon les dijo que cuando Dios estaba repartiendo miedo entre los habitantes del mundo, llegó al fin ante él. Pero, para entonces, a Dios se le habían terminado sus reservas de miedo, así que Gordon nació sin él. Esta elegante parábola se puede aplicar a Eunice: cuando Dios llegó a ella, ya se le habían terminado sus reservas de imaginación y afecto.

Los Coverdale eran unos entrometidos. Se entrometían con la mejor intención, la de hacer felices a otras personas. Si no fuese algo tan espantoso para decirlo de alguien (por citar a uno de los autores favoritos de Giles Mont), podría afirmarse que sus intenciones eran buenas. Temían ser egoístas, porque nunca comprendieron lo que Giles, instintivamente, sabía: que el egoísmo no es vivir como uno desea vivir, sino pedir a otros que vivan como uno desea vivir.
–Me preocupa Cara de Parche –dijo Melinda–. ¿No crees que lleva una vida terrible?
–No sé –dijo Giles. Melinda estaba haciendo una de sus raras visitas a la habitación del muchacho, y se había sentado en la cama, lo cual hacía que él se sintiese a un tiempo feliz y aterrado–. No me he fijado.
–Bah, tú nunca te fijas en nada. Pero yo te digo que lo de la pobre es espantoso. Ni una vez ha salido en todo el tiempo que lleva aquí. Lo único que hace es ver la tele. Escucha, ahora la tiene puesta.
Melinda hizo una dramática pausa y alzó la vista al techo. Giles siguió con lo que había estado haciendo cuando ella entró en el cuarto, clavando cosas en las placas de corcho con que había cubierto la mitad de una de las paredes.
–Debe de sentirse espantosamente sola –siguió Melinda–. Echará de menos a sus amigos. –Agarró a Giles por un brazo y lo hizo girar hacia ella–. ¿Es que no te importa?
Al notar la mano de Melinda, Giles respingó y se sonrojó.
–Déjala en paz. Está perfectamente.
–No lo está. No puede estarlo.
–Hay gente a la que le gusta estar sola.
Al decir esto. Giles miró vagamente en torno: los montones de ropa color naranja, el revoltijo de libros y diccionarios, las resmas de ensayos inconclusos sobre temas ajenos al programa de estudios del Magnus Wythen. Le encantaba su cuarto. Era el mejor lugar del mundo con la posible excepción de la biblioteca londinense a la que le llevó en una ocasión un pariente erudito. Pero en las bibliotecas públicas no alquilan habitaciones. Si lo hiciesen, el nombre de Giles habría figurado en primer lugar en la lista de aspirantes a inquilinos.
–A mí me gusta estar solo –dijo el muchacho.
–Si es una indirecta para que me vaya...
–No, no, en absoluto –se apresuró a decir él y, tomando la decisión de declararse, con voz ronca y algo desentonada comenzó–: Melinda...
–¿Qué? ¿De dónde has sacado ese póster tan espantoso? ¿Es normal que esa chica tenga la cara verde?
Giles lanzó un suspiro. El momento había pasado.
–Lee mi «cita del mes».
Estaba escrita con tinta verde en un papel clavado en la pared de corcho.
–«¿Por qué deben las generaciones apilarse unas sobre otras? ¿Por qué no podemos ser enterrados como huevos en pequeñas celdillas, envueltos en diez o veinte mil libras en billetes del Banco de Inglaterra y, al despertar, encontrarnos, como les ocurre a ciertas avispas, con que papá y mamá no sólo dejaron tras de sí y bien a mano amplias provisiones, sino que también fueron devorados por las golondrinas hace unas semanas?»
–¿A que es buena? De Samuel Butler.
–No puedes poner eso en la pared, Step. Si papá o Jackie lo ven, les da un infarto. Además, yo creía que tú estabas con los clásicos al retortero.
–Quizá no esté con nada –dijo Giles–. Quizá me vaya a la India. –Y, tras hacer acopio de osadía–: ¿Te vendrías conmigo?
Melinda le hizo una mueca.
–Seguro que no irás. Sabes que no irás. Lo único que intentas es escabullirte de algo que no te apetece. Iba a pedirte que bajaras conmigo, que nos enfrentáramos a papá y, entre los dos, lo obligásemos a hacer algo respecto a Cara de Parche. Pero dirás que no, claro.
Giles se pasó una mano por el pelo. Le hubiera gustado complacerla. Era la única persona del mundo a la que le importaba complacer. Pero había límites. Ni siquiera por ella violaría él sus principios ni iría en contra de su propia naturaleza.
–No –dijo. Y engolada, casi tétricamente, con expresión de impotencia, concluyó–: No puedo hacerlo.
–Chiflado –dijo Melinda, y se fue.
Su padre y Jacqueline estaban en el jardín, disfrutando del atardecer estival y supervisando lo hecho por Jacqueline en el día. En el aire se notaba el dulzón aroma de las primeras flores de las plantas de tabaco.
–He estado pensando, queridos. Tendríamos que hacer algo por la pobre Cara de Parche: sacarla, darle algún interés a su vida...
Su madrastra le dirigió una fría sonrisa. En ciertos aspectos, Jacqueline respondía al papel de esnob que su hijo le había repartido.
–No todo el mundo es tan extravertido como tú, cariño –dijo.
–Y deja de llamarla Cara de Parche, Melinda –dijo George–, Ya no eres la niña más graciosa de la escuela.
–No te salgas por la tangente.
–No lo hago. Precisamente Jackie y yo estábamos hablando de eso. Nos damos perfecta cuenta de que Miss Parchman no ha salido, pero quizá no sepa adonde ir y, además, resulta difícil moverse sin coche.
–¡Pues prestémosle uno! Tenemos dos.
–Eso es lo que vamos a hacer. Lo más probable es que sea demasiado tímida para pedirlo. A mí me parece una mujer muy apocada.
–Reprimida por la clase dirigente –puntualizó Melinda.
La encargada de transmitir la oferta a Eunice fue Jacqueline.
–No sé conducir –dijo Eunice. Reconocer aquello no le importaba. Sólo había dos ignorancias que se negaba a admitir. Apenas ninguno de sus conocidos había sabido llevar un coche, y en Rainbow Street a las mujeres conductoras se las consideraba bichos raros–. Nunca aprendí.
–¡Lástima! Iba a decirle que podía usted coger mi coche. La verdad es que no sé cómo se las arreglará para ir de un lado a otro sin coche.
–Puedo coger el autobús. –Vagamente, Eunice suponía que los caminos rurales eran transitados por ómnibus de dos pisos como el 88, que pasaba por Tooting.
–No, no puede. La parada más cercana está a tres kilómetros, y sólo pasan tres autobuses al día.
Lo mismo que George había notado un fallo en su ama de llaves, ahora Eunice detectó una pequeña nube que amenazaba su pacífica existencia. Aquella era la primera ocasión en que un Coverdale había manifestado intención de cambiarla. Esperó con inquietud el próximo acontecimiento. No tuvo que esperar mucho.
Progenitor de los Coverdale, George era el más entrometido de todos. Los empleados de la Tin Box Coverdale eran frecuentemente llamados a su oficina para recibir consejo sobre sus matrimonios, sus hipotecas, o la educación superior de sus hijos. Las señoras Meadows, Higgs y Carter estaban acostumbradas a verlo aparecer por sus casas para aconsejarles cómo combatir la carcoma o qué vegetales debían plantar en sus huertas. Mr. Coverdale siempre tan simpático; pero no hay que hacer caso de todo lo que dice, ¿no? En tiempos de mis abuelos las cosas eran distintas. El señor, entonces, era el señor, pero aquellos tiempos pasaron, gracias a Dios. George siguió entrometiéndose: por el bien de los demás, claro.
Se metió en la boca del lobo. El lobo parecía muy manso y estaba femeninamente ocupado, planchando una de las camisas de vestir de George.
–¿Sí, señor? –Eunice tenía el canoso pelo cuidadosamente peinado, y llevaba un vestido de algodón a cuadros blancos y azules.
Durante toda su vida, a George lo habían mimado las mujeres, pero ninguna de ellas emprendió jamás la formidable tarea de planchar una de sus camisas de pechera rizada. George, si alguna vez pensaba en el tema, suponía que para tales operaciones existía una liturgia especial que sólo podía celebrarse en una tintorería mediante sofisticadísimos aparatos. Sonrió aprobatoriamente.
–Parece que estoy interrumpiendo una tarea sumamente delicada. Está haciendo usted un magnífico trabajo, Miss Parchman.
–Me gusta planchar –dijo Eunice.
–Me alegro de oírlo, pero lo que no creo que le guste es pasarse el tiempo encerrada en Lowfield Hall, ¿verdad? De eso vengo a hablarle. Me ha dicho mi esposa que, en su atareada vida, nunca encontró usted el tiempo necesario para aprender a conducir. ¿Es así?
–Sí –dijo Eunice.
–Ya... Bueno, pues habrá que remediarlo. ¿Qué le parecería tomar clases de conducir? Estaré encantado de pagárselas. Usted nos está haciendo un gran servicio, y nos gustaría corresponderle de algún modo.
–Yo no podría aprender a conducir –dijo Eunice. Y, tras pensarlo bien, recurrió a su excusa favorita–: No tengo la vista bien.
–Pero no lleva gafas.
–Debería. Estoy esperando que me las tengan listas.
Un interrogatorio a fondo reveló que Eunice necesitaba gafas nuevas desde antes de llegar a Greeving, lo había «dejado pasar» y, ni siquiera con gafas, podía leer un número de matrícula ni un rótulo de calle. George dijo que debía graduarse inmediatamente la vista. Él se ocuparía de todo, y la llevaría en coche hasta Stantwich.
–Me siento un poco avergonzado –le dijo luego a Jacqueline–. No nos habíamos dado cuenta de que la pobre mujer era ciega como un topo. Ahora que ya sabemos la razón, no me importa decírtelo: la verdad es que su modo de ser, tan reservado, comenzaba a molestarme.
En los ojos de Jacqueline brilló la alarma.
–No, George, no debes decir eso. Tenerla en casa ha cambiado totalmente mi vida.
–No digo nada, cariño. Me doy cuenta de que es muy corta de vista y de que la avergonzaba reconocerlo.
–La gente humilde es de lo más absurdo para esas cosas –dijo Jacqueline, que hubiera sufrido cualquier agonía que las lentes de contacto le produjeran, o hubiera ido tropezándose con las paredes antes que ponerse gafas. Ambos se sintieron inmensamente satisfechos por el descubrimiento de George, y a ninguno de los dos se le ocurrió que una mujer tan cegata hubiera podido limpiar las ventanas hasta darles brillo diamantino, ni ver la televisión tres horas cada noche.


7

A los cuarenta y siete años, Eunice tenía mejor vista que Giles Mont a los diecisiete. Sentada en el coche junto a George, se preguntaba qué hacer si el hombre insistía en entrar en la óptica con ella. No lograba urdir una excusa para evitar que aquello sucediese, y su limitada experiencia le impedía darse cuenta de que los terratenientes conservadores de mediana edad no suelen acompañar a sus amas de llaves de mediana edad a lo que, a fin de cuentas, no dejaba de ser una consulta médica. En el interior de Eunice comenzaba a formarse un sordo resentimiento. El último que intentó complicarle la vida acabó con una almohada sobre la cara.
Se animó un poco cuando, al fin, vio tiendas, aquellos maravillosos y entrañables locales llenos de tesoros, que parecían pertenecer a un remoto pasado. Y se animó aún más cuando George no manifestó el menor deseo de acompañarla a la consulta del oculista. La dejó en la óptica, con la promesa de regresar en media hora y la indicación de que la factura se la pasasen a él.
En cuanto el coche se hubo ido, Eunice dobló la esquina y entró en una dulcería que había visto al pasar. Compró dos Kit-Kats, una Mars, y una bolsa de bombones, y luego entró en un salón de té, donde tomó una taza de té, un bollo relleno de grosella y otro de chocolate, lo cual constituía un agradable cambio respecto a las cassoulets y las hojas de parra y todos los absurdos platos que se comían en Lowfield Hall. Aquel sábado por la tarde, Eunice era la viva imagen de la respetabilidad, sentada a su mesa, muy erguida, con su vestido azul marino, sus medias de nailon, los zapatos de vestir de la madre de Annie Cole, y una red «invisible» recogiéndole el cabello. Nadie hubiera supuesto que estaba intentando tramar engaños; esos engaños que tan fáciles son para quienes saben leer y escribir y poseen coeficientes intelectuales de 120. Pero al fin se le ocurrió un plan. Cruzó la calle hasta la óptica Boot’s y compró dos pares de gafas de sol, no muy oscuras, con sólo un ligero tinte, un par con montura de cristal azul, y el otro de imitación de concha. Las guardó en el bolso, para no sacarlas hasta una semana más tarde.
A los Coverdale les sorprendió que las gafas estuvieran listas tan pronto. En la segunda ocasión, Eunice fue a Stantwich con Jacqueline, la cual, afortunadamente, no entró con ella en el óptico para no estacionar en línea amarilla. Ya era suficiente con las multas de aparcamiento de Giles. Eunice compró más chocolatinas y consumió más pasteles. Mostró las gafas a Jacqueline y llegó hasta el extremo de ponerse las de montura azul. Con ellas se sentía como una estúpida. ¿Tendría que llevarlas siempre, ella, que era capaz de ver, a treinta metros de distancia, el plumaje de un gorrión posado en un árbol de la huerta? ¿Y esperarían los Coverdale de ella que leyese?
En realidad, nadie vive en el presente. Pero Eunice lo hacía más que la mayoría de los mortales. Para ella, cinco minutos de retraso en la cena del día eran más importantes que el gran dolor de hacía una década y, en cuanto al futuro, jamás había pensado en él. Pero ahora, poseedora ya de unas gafas que incluso a veces llevaba sobre la nariz, tomó plena conciencia de las muchas palabras impresas que la rodeaban y ante las cuales, en algún momento del futuro, quizá tuviera que reaccionar.
Lowfield Hall estaba lleno de libros. A Eunice le daba la sensación que había tantos como en la Biblioteca Pública de Tooting, a la que fue una vez, sólo una vez, para devolver una novela que Miss Samson había cogido de la sección circulante. Veía los libros como pequeñas cajas planas llenas de amenazadores misterios. Una de las paredes de la salita íntima estaba ocupada por estanterías; en el salón, a ambos lados de la chimenea se alzaban grandes librerías con puertas de cristal. Había libros en las mesitas auxiliares, y diarios y revistas por doquier. Y todos se pasaban el tiempo leyendo. A Eunice le parecía que leían para provocarla, pues nadie, ni siquiera los maestros, podían leer tanto y sólo por gusto. A Giles nunca le faltaba un libro en las manos. Incluso llevaba su lectura a la cocina y allí permanecía absorto, con los codos sobre la mesa. Jacqueline leía todas las novelas de éxito, y ella y George estaban releyendo a los novelistas Victorianos, y la unión entre ambos se fortalecía por el hecho de que frecuentemente leían al mismo tiempo alguna obra de Dickens, Thackeray o George Eliot, para poder luego cambiar impresiones sobre un personaje o una escena. Paradójicamente, la estudiante de literatura inglesa era la que menos leía, pero también era frecuente verla en el jardín o tumbada en el suelo de la salita, con un libro de gramática ante ella. No lo hacía por gusto, sino por la amenaza de su tutor –«Si queremos aprobar el curso, más vale que nos metamos de una vez en la cabeza esos pronombres anglosajones, ¿no te parece?»–. Pero ¿cómo iba a saber aquello Eunice?
Había sido feliz; pero las gafas destruyeron su dicha. Había estado encantada con la casa y las maravillas que contenía. Los Coverdale apenas habían existido para ella, tan poco atención les había prestado. Y ahora no veía el momento de que emprendieran aquellas vacaciones estivales de las que no paraban de hablar y para las que siempre estaban haciendo planes.
Pero antes de que se marchasen, cosa que no harían hasta comienzos de agosto, antes de que su desaparición dejase a Eunice libre para estar a sus anchas, explorar y conocer a Joan Smith, ocurrieron tres cosas desagradables.
La primera no fue nada en sí misma; pero condujo a algo que sí preocupó a Eunice. Se le cayó al suelo de la cocina uno de los huevos de Geoff Baalham. Jacqueline, que estaba allí, se limitó a decir «¡Vaya por Dios!», y Eunice lo limpió en un santiamén. Pero a la mañana siguiente subió a hacer el dormitorio de Giles, lo cual siempre era una tarea formidable, y por primera vez le echó un vistazo a la pared de corcho. ¿Por qué? Eunice nunca hubiese creído que aquello iba dirigido a ella, pero en aquella ocasión lo creyó, quizá porque ya estaba supuestamente equipada para leer y era, por así decirlo, vulnerable a la lectura, y porque había tomado conciencia de la opresiva cantidad de libros que había en la casa. Junto a un feísimo cartel, en la pared había un mensaje. Comenzaba diciendo «Por qué». Esas dos palabras podía leerlas con facilidad. Y también sabía leer «huevos». Evidentemente, Giles había escrito la nota para ella, y estaba furioso porque había roto uno de los huevos. Que Giles estuviera furioso poco le importaba, pero... ¿y si rompía su silencio –jamás le dirigía la palabra– para preguntarle por qué? ¿Por qué no había hecho caso de lo que le decía en su mensaje que empezaba «Por qué»? Quizá se lo dijera a su padrastro, y Eunice siempre se sentía sobre ascuas cuando George la miraba y ella iba sin gafas.
Al fin el mensaje desapareció, pero sólo para ser sustituido por otro, ante el cual Eunice se sintió paralizada de terror. Durante una semana se limitó a estirar las sábanas y abrir las ventanas de la habitación de Giles. A ella, aquellos papeles de la pared de corcho le inspiraban el mismo pánico que a otras mujeres les hubiese producido que Giles tuviera serpientes en el dormitorio.
Pero el tercer incidente desagradable, la nota de Jacqueline, la asustó aún más. Se la dejó sobre la mesa de la cocina una mañana mientras Eunice estaba en el piso alto, haciendo su propia cama. Cuando bajó, Jacqueline ya se había marchado a Londres, a ver a Paula, cortarse el pelo y comprar ropas para las vacaciones.
Jacqueline ya había dejado notas con anterioridad, y se sintió muy desconcertada porque la por lo demás obediente Miss Parchman jamás hiciera caso de lo que en ellas le decía. Sin embargo, todo quedó explicado por sus problemas de visión. Pero ahora Eunice tenía gafas, aunque no solía llevarlas. Estaban arriba, metidas en el fondo de su bolsa de tejer. Contempló la nota, que tenía tanto significado para ella como una en griego hubiese tenido para Jacqueline: exactamente la misma, pues Jacqueline reconocía una alfa, una omega o una pi lo mismo que Eunice conocía ciertas letras mayúsculas y unos cuantos monosílabos. Pero conectar las palabras, descifrar las más largas, extraer de ellas algún sentido, estaba fuera de su alcance. En Londres, hubiera tenido la ayuda de Annie Cole. Allí sólo estaba Giles, que cruzó distraídamente la cocina camino de la puerta, para ver de conseguir que alguien lo acercase a Stantwich, donde mataría el rato husmeando en las tiendas o se metería en algún oscuro cine en el que pasaría la tarde. No dirigió ni una mirada a Eunice, y ella por nada del mundo le hubiese pedido ayuda.
Aquél no era uno de los días en que a Eva Baalham le tocaba ir por Lowfield Hall. ¿Y si simulaba haber perdido la nota? La inventiva no figuraba entre sus virtudes. Ya le había costado un portentoso esfuerzo de imaginación convencer a George de que la factura del oculista no había llegado porque ella ya la había pagado: le gustaba ser independiente, hacer frente a sus propios gastos.
Y entonces entró Melinda.
Eunice había olvidado que la muchacha estaba en casa, le costaba recordar que los estudiantes comenzaban sus vacaciones de verano en junio. Melinda apareció al mediodía, bonita, saludable y alegre, con unos vaqueros demasiado ceñidos y una camiseta de Mickey Mouse, pelo rubio recogido en coletas, y pies descalzos. El sol brillaba, soplaba la brisa, y toda la cocina estaba inundada por una alegre luz. Melinda se marchaba a la playa en una camioneta amarilla con dos muchachos y otra chica. Cogió la nota y la leyó en voz alta:
–«Por favor: si tiene un momento, acuérdese de planchar mi vestido amarillo de seda, el de falda plisada. Quiero ponérmelo esta noche. Está en mi armario, a la derecha. Muchísimas gracias. J.C.» Debe de ser para usted, Miss Parchman. Y, ya puesta, ¿podría planchar también mi falda roja? ¿Eh?
–Sí, claro, cómo no –replicó la aliviadísima Eunice, con lo que, procediendo de ella, era una resplandeciente sonrisa.
–Es usted un ángel –dijo Melinda.

Llegó agosto, y con él una ola de calor, y Mr. Meadows, el granjero cuya propiedad lindaba con la de George, comenzó a recoger su trigo. La nueva cosechadora fue dejando balas de heno que eran como enormes dados de paja. Melinda ayudó a las mujeres del pueblo a recoger frutas en las huertas; Giles colocó en la pared una nueva cita del mes, también de Samuel Butler; Jacqueline limpió el jardín de maleza y encontró entre las zinnias un arbusto de espinos venenoso pero con una preciosa flor blanca con forma de trompetilla. Y, al fin, llegó el día de la marcha, 7 de agosto.
–Le mandaré una postal –dijo Melinda, recordando como hacía ocasionalmente que tenía el deber de animar a la vieja Cara de Parche.
–Los números y direcciones que necesite los encontrará en el listín de junto al teléfono.
Lo anterior fue dicho por Jacqueline. En cuanto a George:
–En caso de urgencia, no dude en mandarnos un telegrama.
Poco sabían lo inútiles que eran tales recomendaciones.
Eunice los despidió en la puerta principal, llevando sus gafas azules por si acaso. Una tenue neblina flotaba sobre Greeving a aquella temprana hora, una neblina a la que se sumaba el humo de la quema de maleza que estaba haciendo Mr. Meadows en sus campos. Eunice no se quedó a disfrutar de las grandes dalias púrpura, cuajadas de rocío, ni a escuchar los últimos cantos del cuco antes de su emigración. Se metió rápidamente en la casa para disfrutar de lo que tanto había anticipado.
Sus planes no incluían desatender la casa, y cumplió con su habitual rutina de los viernes, aunque con ciertas tareas adicionales. Quitó las ropas de cama, tiró los arreglos torales –que, de todas maneras, ya estaban marchitas y eran un fastidioso engorro que lo ponía todo perdido de pétalos– y escondió lo mejor que pudo todos los libros, revistas y diarios. Le apetecía cubrir las librerías con sábanas, pero únicamente los locos llegan a esos extremos, y Eunice no estaba loca.
Luego se preparó la comida. Los Coverdale no tenían ni la menor idea de lo mucho que su ama de llaves había echado de menos un contundente y sólido almuerzo. Eunice frió (frió, no puso a la plancha) un gran filete que sacó del congelador e igualmente frió patatas, mientras en una olla cocían alubias, zanahorias y chirivías. Completaron el almuerzo pudín de manzanas, natillas, unos bollos, queso y café fuerte. Lavó los cacharros, los secó y los guardó. Era un alivio no tener que usar el lavavajillas. No había logrado acostumbrarse a la idea de que los platos y cacharros sucios, llenos de migas y grasa, se pasaran el día allí metidos, tras la cerrada puerta del aparato.
Mrs. Samson solía decir que el trabajo de una casa nunca termina. Ni la más afanosa doméstica hubiera encontrado nuevos trabajos que hacer aquel día en Lowfield Hall. Al día siguiente Eunice se ocuparía de retirar las cortinas de la salita, pero no hoy, no ahora. Ahora tocaba una desenfrenada bacanal... de televisión.
El 7 de agosto quedaría en los anales como el día más caluroso de aquel año. A eso de las dos de la tarde, la temperatura llegó a los treinta grados. En Greeving, las amas de casa dejaron de preparar mermeladas y salieron de las cocinas para tomar el sol en los porches traseros; el pantano del río Beal se convirtió en una piscina para los pequeños Higgs y Baalham; los perros de las granjas se pasaron el día con la lengua fuera; Mrs. Cairne, olvidando toda discreción, se tumbó en bikini en la pradera de frente a su casa; Joan Smith dejó abierta la puerta de su tienda y se abanicó con un matamoscas. Pero Eunice subió a su cuarto, echó las cortinas y, feliz y contenta, se acomodó ante el televisor con su labor de punto en el regazo. Para que su felicidad fuera completa, sólo necesitaba una chocolatina, pero hacía tiempo que se le habían terminado las que compró en Stantwich.
Primero, deportes. Gente nadando y gente corriendo alrededor de estadios. Luego una serie con personajes muy parecidos a los que Eunice conoció en Rainbow Street, un programa infantil, las noticias, la predicción del tiempo. Las noticias no le importaban gran cosa, y bastaba con asomarse a la ventana para saber qué tiempo hacía e iba a hacer. Bajó a la cocina, se preparó unos sandwiches de jalea y cogió un bloque de helado de chocolate. A las ocho comenzaba su programa semanal favorito, una serie policial que ocurría en Los Angeles. Resulta difícil saber por qué a Eunice le gustaba tanto. Ciertamente, su caso era un mentís a las teorías de los especialistas en formas de evasión que afirman que el público debe identificarse con lo que ve. Mal podía identificarse Eunice con el joven teniente de policía, ni con su veinteañera y rubia novia, ni con los gángsters, millonarios, estrellas de cine, prostitutas de lujo, tahúres y alcohólicos que poblaban cada telefilme. Quizá lo que le gustaba era la incesante acción, la inevitable persecución de coches y el sempiterno tiroteo. En el pasado, le había producido gran irritación tener que perderse algún capítulo, cosa nada infrecuente, pues los Coverdale parecían escoger adrede los viernes para tener invitados.
Ahora no habría nadie que la molestase. Hizo a un lado las agujas y el ovillo para concentrarse mejor. La de aquella noche iba a ser una buena historia, lo notaba por la secuencia inicial, un cadáver y una persecución automovilística en los cinco primeros minutos. El coche del pistolero se estrelló, casi montándose en un farol. La portezuela se abrió, el forajido saltó a la calle, disparando su arma, esquivando las balas de la policía, y corrió a refugiarse en un portal, sujetando ante sí, como escudo, a una asustada muchacha. Luego apuntó su pistola... De pronto, falló el sonido y la imagen comenzó a oscilar, a encogerse, hasta ser absorbida hacia un pequeño punto luminoso del centro de la pantalla, como agua negra vaciándose por un desagüe. El punto brilló como una estrella, una brillante mácula de luz que, tras unos momentos, se extinguió.
Eunice apagó el aparato y lo volvió a encender. Nada. Accionó los mandos de la parte delantera e incluso los de la parte de atrás, ésos que, según las instrucciones, nunca deben tocarse. No pasó nada. Desarmó el enchufe y verificó que los cables estaban adecuadamente conectados. Sacó el fusible y lo sustituyó por el de su lamparilla de noche.
La pantalla permaneció negra o, más bien, se convirtió en un oscuro espejo, reflejando sólo el desalentado rostro de Eunice y la luz del rojizo atardecer, que se filtraba por entre las corridas cortinas.


8

En ningún momento se le ocurrió utilizar el aparato en color de la salita. Sabía que podía usarlo, pero era de ellos. Un curioso rasgo del carácter de Eunice Parchman era el de que, aunque no se detuvo ante el asesinato ni el chantaje, jamás robó nada, y ni siquiera lo tomó prestado sin el consentimiento de su dueño. Los objetos, como los estadios de la vida, estaban señalados, predestinados para determinadas personas. A Eunice no le apetecía más que a George alterar el orden de las cosas.
Por algún tiempo, esperó que el aparato se arreglase solo, comenzara a funcionar tan espontáneamente como había fallado. Pero cada vez que lo conectaba, permanecía oscuro y mudo. Naturalmente sabía que cuando las cosas se estropeaban había que llamar al hombre que las reparaba. En Tooting las llevaba al quincallero o al ferretero. ¿Pero allí? ¿Con sólo un teléfono y una ininteligible lista de números y nombres, un listín inútil e incomprensible?
Sábado, domingo, lunes. Aparecieron el lechero y Geoff Baalham con los huevos. ¿Por qué no les pides que busquen tal y tal número en la guía telefónica? Se sentía angustiosamente aburrida y frustrada. No había vecinas con las que pasar el rato, ni calles concurridas por las que pasear, ni autobuses, ni salones de té. Descolgó las cortinas, las lavó y planchó, limpió las alfombras... Cualquier cosa para llenar el lento y fatigoso tiempo muerto.
Fue Eva Baalham la que, el miércoles, al llegar, descubrió lo sucedido como consecuencia de haberle preguntado a Eunice si había visto el gran combate de la noche anterior. Eva únicamente lo preguntó por tener algo de qué hablar con Miss Parchman, tarea siempre ardua.
–¿Estropeado? –preguntó Eva–. Tendrás que hacer que lo miren. Mi primo Meadows, el que tiene la ferretería en Gosbury, podría encargarse. Ya sé lo que haré: dejaré para el viernes limpiar la plata y le telefonearé.
Siguió un largo diálogo con alguien llamado Rodge, en el que Eva preguntó por Doris y mamá y por «el niño» y «la niña» (estos últimos, jóvenes casados que tenían ya hijos propios) y al fin obtuvo una promesa de ayuda.
–Dice que se pasará por aquí cuando termine el trabajo.
–Espero que no tenga que llevárselo –dijo Eunice.
–Con los aparatos viejos nunca se sabe. En lugar de ver la tele tendrás que conformarte con leer el periódico.
La capacidad de leer y escribir la llevamos en las venas, como la sangre. Es casi imposible mantener una auténtica conversación (a diferencia de un intercambio de órdenes y asentimientos), sin hacer referencias a la palabra escrita, aludir a algo que se ha leído.
Cuando Rodge Meadows acudió, dijo que, efectivamente, debía llevarse el aparato.
–Quizá tardaré un par de días en arreglarlo, puede que una semana. Si tía Eva no le dice nada antes, déme un telefonazo. Estoy en la guía.
Dos días más tarde, en la soledad, el silencio y el tedio de Lowfield Hall, Eunice fue presa de un súbito impulso. Sin tener idea de adonde ir ni por qué, se encontró a sí misma cambiándose de vestido e iniciando su primera incursión al mundo exterior. Cerró las ventanas, echó el cerrojo a la puerta principal y a la del cuarto armero, y comenzó a andar avenida abajo. Era el 14 de agosto. Si el televisor no se hubiese estropeado, jamás lo habría hecho. Tarde o temprano, por propia voluntad o por imposición de los Coverdale, habría terminado saliendo de la casa, pero por la noche, o un domingo por la tarde, cuando la Estafeta y Tienda General de Greeving, Prop. N. Smith, habría estado cerrada. Si, si... Si hubiera sabido leer, probablemente la televisión la hubiese fascinado igual, pero hubiese podido mirar el número de reparaciones en la guía el sábado por la mañana, y para el martes o el miércoles ya habría tenido el aparato de nuevo en su poder. En realidad, Rodge le devolvió el televisor el sábado 15. Sin embargo, para entonces era tarde y el daño ya estaba hecho.

Ignoraba adonde se dirigía. Incluso en aquellos momentos dependió del azar que terminase en Greeving, ya que torció a la derecha en la primera esquina de la avenida, y tres kilómetros y tres cuartos de hora más tarde, se encontraba en Cocklefield St. Jude. Cocklefield St. Jude es una pequeña aldea con una enorme iglesia, pero sin tiendas. Eunice llegó a un cruce. Los carteles señalizadores eran inútiles para ella, pero no temía perderse. Dios mitiga la desgracia de los inválidos, y, quizá para compensar su peculiar tara, la había dotado de un sentido de la orientación comparable al de cualquier animal. Por consiguiente, tomó por el más angosto de los caminos que surgían del cruce, que la condujo a un apartado sendero, tan estrecho que, para permitir el paso de dos coches, uno de ellos tenía que meterse casi por completo en la cuneta.
Eunice nunca había estado en un lugar así. Una vaca de cara blanca y fantasmal la miró por encima de un seto. En un soleado claro, un faisán desplegó las alas y echó a volar. Ella siguió adelante, con la cabeza alta, algo preocupada, pero segura de que iba en la dirección correcta.
Así llegó al fin al centro de Greeving, pues el sendero terminaba frente al Blue Boar. Eunice torció a la derecha y, tras pasar ante viviendas habitadas por diversos Higgs, Newstead y Carter, y dejada atrás la pequeña mansión georgiana de Mrs. Cairne, y la discreta gasolinera, sobriamente decorada y sin tubos de neón, que regentaba Jim Meadows, se encontró en la pequeña pradera triangular de frente a la tienda del pueblo.
La tienda tenía dos escaparates y ocupaba el piso bajo de una vieja y espaciosa casa rural, cuyo tejado necesitaba una urgente reparación. Tras ella había un jardín que descendía hasta las orillas del Beal que, en aquel punto, describía una curva tras la cual estaba el puente de Greeving. La Tienda General de Greeving la dirige en la actualidad, muy eficientemente, un matrimonio apellidado Mann, pero en aquellos días los dos grandes escaparates únicamente mostraban una polvorienta selección de paquetes de cereales, tarros de mermelada, y cestos de tomates y calabazas que no parecían nada frescos. Eunice se aproximó a uno de los escaparates y miró hacia el interior. La tienda, cosa nada insólita, estaba vacía, pues los Smith cobraban caro y, además, necesariamente, la cantidad y variedad de productos que ofrecían era limitada. Los residentes en Greeving que tenían coche preferían los supermercados de Stantwich y Nunchester, y de la tienda de su pueblo sólo utilizaban la parte de estafeta postal.
Eunice entró. La parte izquierda del local estaba dispuesta como autoservicio, con cestos de alambre a disposición de los compradores. A la derecha, un típico mostrador de estafeta, con su habitual reja y, junto a ella, un expositor de dulces y cigarrillos. En tiempos, en la puerta hubo una campanilla que sonaba cada vez que entraba un cliente, pero se había estropeado y los Smith nunca se ocuparon de arreglarla. Por consiguiente, nadie escuchó entrar a Eunice. La mujer examinó con interés los estantes, advirtiendo la presencia en ellos de varios productos que conocía de sus expediciones de compras por el sur de Londres. Aunque no sabía leer, en un paquete o lata nadie lee el nombre de un producto ni el de su fabricante. Tanto un profesor de etimología como un analfabeto se guían por el color, la forma y la presentación.
Llevaba un mes sin probar una golosina. Ahora le parecía que lo más deseable del mundo era tener una caja de bombones. Así que se dirigió al mostrador de la izquierda de la reja y, tras esperar unos segundos en vano, carraspeó. Su tos hizo que una puerta se abriese en la trastienda y que apareciera una mujer algo mayor que Eunice.
Joan Smith contaba por entonces cincuenta años, era pajarilmente flaca, de huesos menudos y piel marchita. Su cabello era del mismo color que el de Jacqueline Coverdale, aunque ambas pretendían conseguir por medios artificiales el dorado tono que en Melinda era natural. Jacqueline tenía más éxito porque se podía gastar más dinero. El pelo de Joan Smith, tieso, encrespado y lleno de brillos, parecía uno de los dorados ovillos de estropajo metálico que se vendían en la tienda. Iba descuidadamente maquillada, tenía las manos enrojecidas, bastas y descuidadas. Con una aguda voz, en la que el acento cockney se mezclaba con pretensiones de refinamiento, y que no era muy distinta a la de Annie Cole, le preguntó a Eunice qué podía hacer por ella.
Las dos mujeres se miraron. Por primera vez, los menudos ojos azules se encontraron con los escrutadores ojos grises.
–Una caja de medio kilo de Black Magic, por favor –dijo Eunice.
¿Cuántas personas que posteriormente han formado pareja para la pasión, el dolor, la victoria o el desastre, habrán comenzado su relación con unas palabras tan prosaicas?
Joan sacó los bombones. Siempre se mostraba simpática, animada, parlanchina, juvenil. Le era imposible limitarse a entregar un artículo a alguien y cobrarlo. Primero había que hacer un florilegio, sonreír, dar un saltito que casi la sacaba de sus zapatos a lo Minnie Mouse, ladear coquetamente la cabeza. Su actitud era siempre jovial y desenfadada, incluso cuando hablaba de religión. El Señor era amigo suyo, brutal hacia los irredentos, pero cordial y lleno de camaradería hacia los elegidos, como uno de esos amigos con los que uno va al cine y luego, entre charlas y risas, se toma unas copas.
–Ochenta y cinco peniques, tenga la bondad –dijo Joan, marcando la venta en la caja registradora. Y, mirando a Eunice con afable sonrisa–: Bueno, ¿qué tales vacaciones están teniendo? ¿O no ha sabido usted de ellos?
Eunice quedó asombrada. Ni sabía, ni llegaría nunca a saber realmente, que en un pueblecito inglés pocas son las cosas que pueden mantenerse en secreto. No era sólo que todo Greeving supiera adonde se habían ido los Coverdale, cuándo regresarían y cuánto les había costado más o menos el viaje, sino que ya todos habían tomado buena nota de que aquella tarde la propia Eunice había hecho su primera visita al pueblo. Nellie Higgs y Jim Meadows la habían visto, el tam-tam ya estaba funcionando, y su aspecto y el motivo de su visita serían motivo de discusión y especulación aquella noche en el Blue Boar. Sin embargo, para Eunice, el hecho de que Joan Smith la reconociese y supiera donde trabajaba le pareció poco menos que adivinación mágica y suscitó en ella una especie de pasmada admiración. Esto fue la base en que se cimentó su dependencia hacia Joan y su convicción de que cuanto la mujer dijese tenía que ser cierto.
Pero lo único que en aquellos momentos replicó Eunice fue:
–No he sabido nada.
–Bueno, aún es pronto. Estupendo, lo de marcharse por ahí tres semanas, ¿no? Quién pudiera. Una familia maravillosa, ¿verdad? Mr. Coverdale es lo que yo llamo un auténtico caballero de la vieja escuela, y ella es toda una dama. Nadie diría que tiene cuarenta y ocho años, ¿a que no? –De este modo, Joan le puso seis años de más a la pobre Jacqueline sin otro motivo que la simple malicia. En realidad, detestaba a los Coverdale porque nunca compraban en su tienda, y George se había quejado más de una vez del funcionamiento de la estafeta. Pero no tenía ni la más mínima intención de admitir tales sentimientos ante Eunice. No sin antes tantear el terreno–. Tiene usted suerte al trabajar para ellos; pero, según he oído, también ellos han tenido suerte encontrándola a usted.
–No sé –dijo Eunice.
–Vamos, no sea modesta, que todo se sabe. Un pajarito me contó que Lowfield Hall nunca ha estado más limpio y primoroso. Todo un cambio, porque, desde hace años, la pobre Eva, de limpiar de veras, poco. Aunque debe de sentirse usted un poco sola, ¿no?
Eunice comenzó a abrirse:
–Tengo la tele. Además, nunca falta trabajo.
–Muy cierto. Yo misma, con la tienda, no paro un momento. No va usted a la iglesia, ¿verdad? No, claro que no, si hubiese ido a St. Mary con la familia, la habría visto.
–No soy religiosa. Nunca he tenido tiempo.
–Pues no sabe lo que se pierde –dijo la proselitista Joan, sacudiendo un índice en dirección a la otra–. Pero nunca es tarde, recuérdelo. La paciencia del Señor es infinita, y los novios siempre están dispuestos a aceptarnos en la boda.
–Tengo que volver –dijo Eunice.
–Si Norm no se hubiese llevado la camioneta, yo misma la llevaría. –Joan acompañó a la puerta a Eunice y volvió el cartel por el lado de «Cerrado»–. ¿Lleva sus bombones? Estupendo. Bueno, y no se olvide que, si alguna vez tiene un rato libre, aquí estoy para lo que quiera. Me encantará recibirla. Para una amiga siempre tengo una taza de té y una palabra de ánimo.
–Muy bien –dijo Eunice, sin comprometerse.
Joan le hizo un vivo saludo de despedida. Eunice cruzó el puente y enfiló el sendero hacia Lowfield Hall. Sacó la caja de bombones de la bolsa, tiró ésta a unos arbustos y comenzó a mordisquear una chocolatina rellena de naranja. No le desagradaba haber tenido una charla. Joan Smith era el tipo de persona con el que mejor se llevaba, aunque lo de que debía ir a la iglesia no terminaba de gustarle porque era meterse en su vida. Pero en la conversación había habido un elemento sumamente tranquilizador: ni por asomo se había mencionado la palabra escrita ni a nada relacionado con ella.
Pero Eunice ya había recuperado su televisor, que estaba como nuevo, y jamás se le hubiera ocurrido ir a buscar a Joan Smith. Tuvo que ser Joan Smith quien la fuese a buscar a ella.

Aquella pajaril criatura, de brillante pelo y exuberante carácter sentía hacia sus semejantes una devoradora curiosidad que contrastaba con la absoluta indiferencia de Eunice. Además, sufría de una peculiar paranoia. Rebotaba sus sentimientos en el Señor. Como una mujer devota debe ser caritativa, rara vez manifestaba su desagrado hacia la gente en la forma de maliciosos chismorrees. No era ella quien encontraba defectos en las personas y las odiaba por ello, sino Dios; no era a ella, sino a Dios a quienes «ellos» ofendían. Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Joan Smith no era más que Su humilde y enérgica herramienta.
Llevaba tiempo deseando saber más sobre Lowfield Hall y las vidas de sus ocupantes; es decir: más de lo que ocasionalmente averiguaba abriendo al vapor la correspondencia familiar. Ahora veía llegada su oportunidad. Había conocido a Eunice, su charla inicial resultó de lo más satisfactoria, y había una postal procedente de Creta, escrita por Melinda Coverdale y dirigida a Miss E. Parchman. Joan la retiró de la correspondencia que sería repartida por el cartero, y el lunes la llevó personalmente a Lowfield Hall.
Al verla, Eunice se sintió sorprendida y algo desconcertada. Retrocedió ante la postal como si ésta fuera un insecto con aguijón y murmuró su habitual excusa:
–Sin gafas, no veo.
–Si le parece, y no lo toma como una intrusión, yo se la leo. «Este sitio es fantástico y la temperatura ideal. Hemos estado en el palacio de Cnosos donde Teseo mató al Minotauro. Hasta pronto. Melinda». Qué amable. ¿Quién será ese Teseo? A saber. En los periódicos no he visto nada. Por esos sitios siempre hay peleas y muertes, ¿no cree? ¡Qué maravilla de cocina! Y la tiene como los chorros del oro. Se podría comer en el suelo, ¿eh?
Aliviada y halagada, Eunice salió lo suficiente de su concha como para decir:
–Estaba apunto de poner la tetera.
–No, no, muchas gracias, no puedo quedarme. He dejado solo a Norma. Está bien eso de que firme así, «Melinda». Hay que reconocer que no es una esnob, aunque hay cosas de ella que el Señor no aprueba. –Joan dijo esto último como si nada, como si Dios se lo hubiese comentado durante la sobremesa. A través de la abierta puerta, miró hacia el pasillo–. Qué amplio es esto, ¿no? ¿Le importa que eche un vistazo al salón?
–Si quiere... –dijo Eunice–. A mí no me importa.
–Bueno, ellos tampoco pondrían ningún reparo. En el pueblo, todos somos amigos. Y, habiendo sido yo misma una pecadora, jamás se me ocurriría mirar por encima del hombro a los que aún no han encontrado el camino recto. No, a mí nunca me oirá decir: «Gracias a Dios que no soy una farisea, como otros» Qué adornos tan bonitos, ¿no? Y de qué buen gusto...
El resultado de aquella charla fue que Eunice llevó a Joan en una gira de inspección por Lowfield Hall. El ama de llaves, impresionada por la culta charla de su nueva amiga, quería demostrarle lo que ella era capaz de hacer, y Joan la gratificó con frecuentes exclamaciones de delicia. Rebasaron considerablemente los límites de la corrección, pues Eunice abrió los armarios para mostrar los trajes de noche de Jacqueline. En el cuarto Giles, Joan contempló la pared de corcho.
–Excéntrico –dijo.
–No es más que un chiquillo –dijo Eunice.
–El acné que tiene es terrible: lo desfigura. Su padre está en un sanatorio para alcohólicos, como indudablemente usted ya sabe. –Eunice no lo sabía, ni tampoco nadie, ni siquiera Jeffrey Mont–. Se divorció de ella y Mr. Coverdale apareció en el juicio como corresponsable, aunque su esposa apenas llevaba seis meses muerta. A mí no me gusta juzgar a nadie, pero sé leer la Biblia: «Aquel que se case con una mujer divorciada cometerá adulterio». ¿Para qué pone ese pedazo de papel?
–Siempre está ahí –replicó Eunice. ¿Iría al fin a descubrir lo que Giles le decía en su mensaje?
Así era.
Con voz aguda y escandalizada, Joan leyó en voz alta.
–«Un amigo de Warburg le dijo a Warburg, sobre su esposa, que estaba enferma: si Dios desea que uno de los dos desaparezca, prefiero ser yo quien se marche, a vivir en París».
Aquella cita de Samuel Buttler no tenía ninguna relación en absoluto con la vida de Giles, pero al muchacho le gustaba y cada vez que la leía se echaba a reír.
–Blasfemo –dijo Joan–. Supongo que son cosas que le enseñan en el instituto. Lástima que los maestros no piensen más en las almas de sus alumnos.
Así que era una cosa del colegio. En aquellos momentos, Eunice sentía ya una cálida afabilidad hacia Joan Smith, a quien veía como enviada por un benigno poder para ilustrarla y tranquilizarla.
–Ahora no me dirá usted que no a esa taza de té, ¿verdad? –preguntó Eunice cuando, tras mostrarle a la otra su habitación, alfombra, baño y televisor incluidos (que, según Joan, estaban bien; pero no eran bastante para un ama de llaves de primera como ella), volvieron a la cocina.
–No debiera, porque el pobre Norm está solo; pero si insiste...
Joan Smith se quedó una hora más, tiempo durante el cual le contó a Eunice una serie de mentiras sobre la vida privada de los Coverdale, e intentó sin éxito sacarle a su anfitriona detalles sobre la suya propia. Eunice apenas se mostró un poco más abierta de lo que había sido en su primera entrevista. No iba a contarle a aquella mujer, por amable que fuese, lo de su madre, su padre, Rainbow Street, la pastelería y demás... Ni tampoco estaba aún lista para acompañar a Joan a la reunión religiosa que se celebraría en Nunchester el domingo siguiente, ¿qué pretendía, que renunciase a su serie de espías de los domingos por la noche para cantar himnos con un montón de chiflados?
Joan no se lo tomó a mal.
–Bueno, pues muchísimas gracias por el recorrido turístico y por su generosa hospitalidad. Y ahora tengo que irme, o Norm creerá que he sufrido un accidente.
Ante la posible inquietud de su marido, Joan se echó a reír y, tras una cordial despedida, se alejó de Lowfield Hall en la camioneta.


9

La relación entre Eunice Parchman y Joan Smith jamás tuvo carácter lesbiano. En nada se parecían a las hermanas Papin que, siendo cocinera y doncella de una madre y una hija en Le Mans, asesinaron a ambas en 1933. Eunice no tenía nada que ver con ellas, salvo que también era mujer y criada. Era un ser prácticamente asexual, sin deseos normales ni anómalos, cuya vaga incomodidad por lo de «Eunicea, madre de Timoteo» se había tranquilizado tiempo atrás. En cuanto a Joan Smith, había agotado su capacidad sexual. Es posible que, como, según la anécdota, le ocurría a la reina Victoria,[7] Eunice, pese a sus errabundos paseos, no supiese lo que era el lesbianismo. Joan Smith, indiscutiblemente, lo sabía y es muy probable que, como con tantísimas otras cosas, hubiese experimentado con él.
Durante sus primeros dieciséis años de vida, Joan Smith, o Skinner, su apellido de soltera, llevó una existencia que, a cualquier psicólogo le hubiera parecido que la conduciría a convertirse en un valioso miembro de la sociedad, bien ajustado y responsable. No fue maltratada, ni desatendida ni abandonada, sino, por el contrario, querida, cuidada y alentada. Su padre era un vendedor de seguros bastante próspero. La familia vivía en una casa de su propiedad en uno de los mejores barrios de Kilburn, los padres estaban felizmente casados, y Joan tenía tres hermanos mayores, todos los cuales querían y mimaban a su hermana pequeña. El matrimonio Skinner había deseado durante largo tiempo una niña, y se sintió felicísimo cuando al fin nació una. Como raramente la dejaron sola y, casi desde su nacimiento, sus familiares hablaron y jugaron con ella, aprendió a leer a los cuatro años, comenzó a asistir felizmente a la escuela antes de cumplir los cinco, y para cuando tenía diez prometía ser más inteligente que sus hermanos. Obtuvo una beca y fue a la escuela superior, donde posteriormente se graduó con la insólita distinción de quedar exenta de matrículas, dados sus excelentes resultados académicos.
Estaban en guerra y Joan, como Eunice Parchman, se alejó de Londres con su escuela, sólo que a ella le correspondieron unos padres adoptivos tan bondadosos y considerados como los suyos propios. Sin razón aparente, y de buenas a primeras, Joan se dirigió a la comisaría de Wiltshire y acusó a su padre adoptivo de violarla y maltratarla. Para demostrar esta acusación, mostró magulladuras y, además, un examen demostró que Joan no era virgen. El padre adoptivo fue acusado de violación y absuelto debido a que tenía una coartada perfectamente constatable. Los padres de Joan se la llevaron a casa, convencidos de que se había cometido una terrible injusticia con su hija. Pero Joan sólo se quedó con ellos una semana, tras la cual se fugó con el responsable de sus magulladuras, el repartidor de una panadería de Salisbury. Era un hombre casado, pero abandonó a su esposa y Joan se quedó con él durante cinco años. Cuando el hombre fue a la cárcel por no pagarles la pensión a su esposa y sus dos hijos, Joan lo abandonó y volvió a Londres. Pero no con sus padres, cuyas cartas jamás contestó.
Pasaron otros dos años, durante los cuales Joan trabajó de camarera hasta que la despidieron por coger dinero de la caja. Después la joven se deslizó hacia una especie de prostitución urbana. Ella y otra muchacha compartían habitaciones en Shepherd’s Bush, donde se hicieron con una clientela proletaria que pagaba tarifas absurdamente bajas por sus servicios. Cuando contaba treinta años, Joan fue rescatada de tal vida por Norman Smith.
Individuo débil e inocente, Norman conoció a Joan cuando ésta acudió a una peluquería de Harlesden para teñirse y hacerse la permanente. Una parte del local era para las mujeres, y la otra era una barbería, pero los clientes se movían libremente de un sector a otro, y Norman solía detenerse a charlar con Joan cuando ésta se encontraba bajo el secador. Era casi la primera mujer a la que había mirado y, desde luego, la primera a la que invitó a salir. Pero ella se mostró tan amable, dulce y amistosa, que él no se sintió en absoluto intimidado. Se enamoró violentamente de Joan y, la segunda vez que estuvieron a solas, le pidió que se casase con él. Joan aceptó inmediatamente.
Norman no tenía ni idea de cómo ella se ganaba la vida, y creyó la historia de Joan acerca de que era mecanógrafa y ocasionalmente hacía de secretaria. La pareja vivió con la madre del marido. Tras un par de años de pelearse furiosamente y a diario con Mrs. Smith, Joan descubrió que la mejor forma de que su suegra la dejara en paz era fomentando su hasta el momento controlada afición a la bebida. Paulatinamente, consiguió que Mrs. Smith llegara a gastarse sus ahorros en media botella de whisky diaria.
–Si Norman se enterase, se moriría del disgusto –le decía Joan a su suegra.
–No se lo digas, Joanie.
–Pues más vale que esté usted acostada cuando él vuelva a casa. El pobre la adora, la tiene en un pedestal. Le rompería el corazón saber que se pasa el día emborrachándose.
Así fue como la vieja Mrs. Smith, alentada por Joan, se convirtió, por propia iniciativa, en una inválida. Se pasaba casi todo el día en la cama con su whisky, y Joan contribuía a su «descanso» poniéndole en el té tres o cuatro de las pastillas tranquilizantes que el médico que había recetado para sus propios «nervios». Encontrándose su suegra más o menos comatosa, Joan volvió durante el día a su vieja vida en el piso de Shepherd’s Bush. Con ello ganaba muy poco dinero, y aquellos encuentros sexuales llegaron a resultarle desagradables. En Joan se daba el peculiar hecho de que, aunque tuvo relaciones íntimas con cientos de hombres, así como con su propio marido, nunca hizo el amor por placer ni conoció más relación ilícita «convencional» que la que tuvo con el repartidor de la panadería. Resulta difícil saber por qué continuó ejerciendo de prostituta. Quizá fuese por mera perversidad, o por contravenir los extremados valores de respetabilidad proletaria tan queridos por su esposo.
De ser así, fue una secreta contravención, ya que él nunca lo descubrió. Fue ella la que terminó confesándoselo todo, retadora y ostentosamente.
La cosa se produjo como resultado de su conversión. Contaba por entonces cuarenta años, y desde los catorce no había pensado ni una vez en la religión. Pero lo único necesario para convertirla en una fanática de la Biblia fue la llamada a su puerta principal de un hombre que representaba a una secta llamada de los epifánicos.
–No, gracias, no me interesa –dijo Joan.
Pero, no teniendo otra cosa que hacer aquella tarde, echó una vistazo a la revista o panfleto que el hombre le había dejado en la puerta. Por una de esas coincidencias que tan frecuentemente suceden, al día siguiente Joan se encontró pasando ante la puerta del templo de los epifánicos. En realidad no se trató de una coincidencia. Había pasado por allí centenares de veces, y nunca se fijó en lo que era. Estaba comenzando una sesión de plegarias. Movida por la curiosidad, Joan entró... y encontró la salvación.

Los epifánicos eran una secta fundada en California, en los años veinte de este siglo, por un empresario de pompas fúnebres retirado llamado Elroy Camps. La Epifanía, naturalmente, se celebra el 6 de enero, fecha en que supuestamente los reyes magos (u «hombres sabios») llegaron a Belén para rendir pleitesía y ofrecerle regalos a Jesús. Elroy Camps y sus seguidores se consideraban «sabios» que habían recibido una especial revelación: es decir que ellos y sólo ellos habían presenciado la manifestación divina y, por consiguiente, sólo ellos y una selecta colección de elegidos alcanzaría la salvación. El propio Elroy Camps se creía la reencarnación de uno de los Magos, y en la secta era conocido como Baltasar.
Imperaba la más estricta de las morales, los miembros de la secta debían acudir al templo, hacer un mínimo de cien visitas anuales de proselitismo yendo de casa en casa, y todos tenían la ciega creencia de que en breve plazo se produciría una segunda Epifanía en la que ellos, los nuevos «sabios», serían elegidos, y el resto de la humanidad arrojado a las tinieblas exteriores. Sus reuniones eran dramáticas y vociferantes, aunque también alegres, con té, pasteles y proyecciones. Se pedía a los nuevos miembros que hicieran pública confesión de sus pecados, tras lo cual el resto de la congregación estallaba en espontáneos comentarios seguidos por himnos. La mayoría de los himnos los había compuesto el propio Baltasar.
El siguiente es un ejemplo:

Así como los Magos acudieron a Él en el pasado,
nosotros vamos hacia Jesús con corazones levantados;
ellos llevaron regalos, nosotros, nuestros pecados,
que por su santa esencia serán blanqueados.

En principio, resulta extraño que todo aquello atrajese a Joan. Pero a ella siempre le gustó el melodrama, y más aún el escandalizar a la gente. Escuchó a una mujer confesar sus pecados, proclamando estentóreamente faltas tan minúsculas como ir en el metro sin billete, sisar del dinero de la compra, e ir al teatro. ¡Ella podía superar aquello con creces! Tenía cuarenta años y hasta ella misma reconocía que, con su marchito cabello y su pálida piel, no llevaba bien su edad. ¿Qué esperanza le quedaba? Podía elegir entre una anodina existencia doméstica en Harlesden, con la vieja Mrs. Smith, y la gloriosa publicidad que los epifánicos podían otorgarle. Además, todos los dogmas de la secta podían ser ciertos, cosa de la cual no tardó en estar plena y absolutamente convencida.
La suya fue la confesión del año. En ella lo contó absolutamente todo. La congregación se quedó atónita por la revelación de los excesos de Joan, pero se le había prometido el perdón, y perdón recibió, lo mismo que la mujer que había viajado en metro sin billete.
Joan, la esposa infiel, abrió su corazón a un estupefacto y desilusionado Norman. Joan, la evangelista, iba de casa en casa por Harlesden, Wood Lane y Shepherd’s Bush, no sólo distribuyendo panfletos, sino contando a su auditorio con todo detalle que, hasta que el Señor la llamó, había sido una «ramera» y una mujer escarlata[8].
–Yo estaba vestida de púrpura y escarlata, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de mis fornicaciones. En mí se cobijaban todos los espíritus impíos y tenían su nido los más rastreros pájaros de la inmundicia y el odio.
Al cabo de poco tiempo, los graciosos comenzaron a hacer bromas en la barbería sobre los pájaros de la inmundicia y el odio. En vano pidió Norman a su esposa que cortase con aquello. Ya había sufrido bastante al enterarse de su antigua vida sin necesidad de que, además, Joan la fuese pregonando. La historia era la comidilla del pueblo y los chiquillos le gritaban cosas por la calle al infeliz marido.
Pero, ¿cómo se hacen reproches a una mujer que se ha reformado y que replicaba a todas las censuras admitiendo su culpa?
–Lo sé, Norm. Soy consciente de que estaba hundida en la iniquidad y la inmundicia. Pequé contra ti y contra el Señor. Era un alma perdida, entregada a las más terribles y execrables abominaciones.
–Sí; pero no hace falta que vayas contándoselo a todo el mundo –replicaba Norman.
–Baltasar dice que la expiación privada no existe.
Entonces murió la vieja Mrs. Smith que, como Joan nunca estaba en casa, se pasaba el día en un frío y sucio dormitorio. Se levantó de la cama, se cayó y se quedó en el suelo durante siete horas cubierta sólo por un fino camisón. Murió en el hospital aquella misma noche, poco después de que su hijo la encontrase. Causa del fallecimiento, hipotermia: había muerto de frío. De nuevo se desataron los rumores, y no fueron únicamente los chiquillos quienes gritaron cosas a Norman por la calle.
Su madre le dejó en herencia la casa y mil libras. Norman pertenecía a esa legión de personas cuya máxima ambición consiste en tener un pub o una tienda rural. Jamás había vivido en el campo ni sido tendero, pero aquello era lo que deseaba. Asistió a unos cursillos de capacitación del servicio de Correos y, por la misma época en que los Coverdale compraron Lowfield Hall, él y Joan se convirtieron en propietarios de la Tienda General de Greeving, y escogieron precisamente Greeving porque el único templo epifánico sito en el campo se encontraba muy próximo, en Nunchester.
Los Smith llevaron la tienda con desastrosa ineficacia. A veces abrían a las nueve, otras veces a las once. La estafeta, naturalmente, permanecía abierta durante el horario prescrito, pero Joan (pese a todas las aseveraciones de abnegación que le hizo a Eunice) dejaba a Norman durante horas a cargo de la estafeta, y el hombre no podía abandonar su cubículo tras la reja para atender a otros clientes. Los que habían sido parroquianos habituales dejaron de frecuentar la tienda. Los que, por no tener coche, debían seguir comprando allí, se sentían sumamente descontentos. Joan inspeccionaba la correspondencia. Según decía, era su deber identificar a los pecadores que la rodeaban. Abría los sobres con vapor y luego volvía a pegarlos. Norman presenciaba aquello con desesperación e impotencia, intentando reunir ánimos para golpear a su esposa, y esperando contra toda esperanza –pues la violencia no estaba en su naturaleza– conseguirlos algún día.
No habían tenido hijos y ahora Joan atravesaba lo que, según sus palabras, era «un temprano cambio». Teniendo en cuenta el hecho de que ya contaba cincuenta años, es de pensar que su menopausia no fue temprana ni tardía, sino que llegó en el momento justo.
–Norm y yo siempre quisimos tener niños –solía decir–. Pero nunca llegaron. Sin duda, el Señor sabe lo que es mejor para nosotros, y no debemos poner en tela de juicio Sus decisiones.
Indiscutiblemente, así era. Cabe preguntarse qué habría hecho Joan Smith con sus hijos, caso de tenerlos. Quizá se los hubiese comido.


10

George Coverdale llevaba largo tiempo sospechando que uno de los Smith le abría la correspondencia. Sólo una semana antes de irse de vacaciones notó una mancha de pegamento bajo la solapa de una carta de su hijo Peter. Además, en un paquete que Jacqueline recibió de su club del libro se notaban claros indicios de que había sido abierto y vuelto a atar. Pero no se atrevía a tomar ninguna medida hasta tener pruebas concluyentes.
En realidad llevaba tres años sin comprar en la tienda ni usar los servicios de la estafeta, desde el día en que, frente a un interesado público de esposas de granjeros, Joan le reprochó descaradamente vivir con una divorciada y lo exhortó a abandonar su vida de pecado y volver al Señor. Después de eso, George franqueó sus cartas en Stantwich y, cuando se cruzaba con Joan por el pueblo, se limitaba a dirigirle una rígida y mínima inclinación. Le hubiese abrumado enterarse de que la mujer había estado en su escritorio, manoseado sus ropas y hecho un recorrido turístico de su casa.
Pero cuando él y su familia regresaron de vacaciones no encontraron ningún indicio de que Eunice hubiera cambiado sus habituales normas de conducta.
–No creo que ni siquiera haya salido de la casa, cariño –dijo Jacqueline.
–Sí que salió. –Los chismorrees del pueblo siempre les llegaban a través de Melinda–. Geoff me lo dijo, y a él se lo contó Mr. Higgs, la de la bicicleta, que es nuera de su abuela. La vio por Greeving dando un paseo.
–Espléndido –dijo George–, Si se contenta con salir a caminar por el pueblo, no insistiré en lo de las clases de conducir. Pero, si a través del tam-tam te enteras de que le apetece aprender, no dejes de decírmelo.
Fines de verano, comienzos de otoño, y la vegetación pareció quedar fuera de control natural o humano. Las flores crecieron desmesurada y desordenadamente, los arbustos estaban cargados de hojas, bayas y zarcillos. Melinda iba a recoger moras, Jacqueline preparaba mermelada. Eunice nunca había visto hacer mermelada. Por lo que a ella respectaba era algo que, si no caía del cielo como el maná, al menos sólo se conseguía en los tarros que se vendían en las tiendas. Giles, ni fue a recoger moras ni asistió a la fiesta de la cosecha en St. Mary. En la pared de corcho clavó una cita propia, una frase que parecía escrita exclusivamente para él: «Dicen que la vida es lo único importante: yo prefiero leer», y siguió intentando desentrañar los Upanishad, los textos sagrados hindúes.
Comenzó la caza del faisán. Eunice vio entrar a George en el cuarto armero, coger las escopetas colgadas de la pared y, dejando abierta la puerta que daba a la cocina, las abrió, limpió y cargó. Ella observó la maniobra con inocente interés, ignorante de que, en un futuro, le sería útil.
George limpió y cargó ambas armas, pero no porque abrigase la menor esperanza de que Giles lo acompañara en sus excursiones cinegéticas. Había comprado la segunda escopeta para su hijastro, lo mismo que compró el equipo de pesca y el gran caballo blanco que ahora pastaba ociosamente en la pradera. Tres otoños de apatía seguidos por la más abierta oposición por parte de Giles habían hecho que George abandonase la esperanza de convertir al muchacho en un deportista. Por consiguiente, prestaba la segunda escopeta a Francis Jameson-Kerr, el corredor de bolsa hijo del brigadier.
Los faisanes abundaban y, primero desde la ventana de la cocina y luego desde la huerta, a la que fue a cortar una col, Eunice observó como los tres cazadores cobraban nueve piezas. Dos fueron para los Jameson-Kerr, un par para Paula y otro para Peter. El resto de los faisanes quedaron para Lowfield Hall. Eunice se preguntó cuánto tiempo tendrían que permanecer colgadas las ensangrentadas piezas en la parte posterior de la cocina antes de que ella tuviera oportunidad de probar aquel hasta entonces desconocido manjar. Pero no lo preguntó: era incapaz. Una semana más tarde, Jacqueline los asó, y cuando Eunice clavó el tenedor en el trozo de pechuga que tenía en su plato, tres pequeños perdigones cayeron en la salsa.

Jacqueline era la que se encargaba de la compra. O bien la hacía personalmente, o telefoneaba a una tienda de Stantwich y les leía un pedido que luego George recogía. Eunice vivía con la permanente inquietud de que un día le pidieran que telefonease para leer la lista del pedido, cosa que, un martes de fines de septiembre, sucedió al fin.
El teléfono sonó a las ocho de la mañana. Era Lady Royston para decir que se había caído y creía haberse roto un brazo: ¿podría llevarla Jacqueline en el coche hasta el hospital de Nunchester? Sir Robert se había llevado un auto, y su hijo el otro, y luego, habiéndose metido en la cabeza comenzar tempranamente a recoger la cosecha de manzanas, a las siete y media la mujer se subió a una escalera y resbaló en uno de los peldaños.
Los Coverdale aún estaban desayunando.
–La pobre Jessica parecía tener unos dolores tremendos –dijo Jacqueline–. Iré a recogerla ahora mismo. Ya he preparado la lista de la compra, George. Que Miss Parchman llame a la tienda cuando abra y luego tú, si te parece, pasas a recoger el pedido. ¿Vale?
George y Giles terminaron su desayuno en un silencio sólo roto por George para comentar que un comienzo tan brillante de la jornada sólo podía indicar que posteriormente llovería. Giles, que estaba pensando en un anuncio de Time Out solicitando un décimo pasajero para un microbús que se dirigía a Poona, se limitó a decir «¿Ah, sí?», añadiendo que no sabía nada de meteorología. Entró Eunice para recoger la mesa.
–Mi esposa ha tenido que salir para hacer una obra de caridad –dijo George, a quien la inquietante presencia de Eunice lo volvía pomposo–, ¿Tendrá usted la bondad de llamar a este número y pedir lo que está en la lista?
–Sí, señor –dijo automáticamente Eunice.
–En cinco minutos nos vamos. Giles. Llame usted después de las nueve y media, ¿eh, Miss Parchman? Las tiendas ya no abren tan temprano como en nuestra juventud.
Eunice contempló la lista. Podía leer el número telefónico, y eso era todo. George ya había desaparecido, para sacar el Mercedes del garaje. Giles estaba arriba. Melinda había ido a pasar la última semana de sus vacaciones con unos amigos, en Lowestoft. Comenzando a sentir los aguijonazos del pánico, Eunice pensó en pedirle a Giles que le leyera la lista –dada su memoria, con oírla una vez tendría suficiente– so pretexto de que tenía las gafas en su cuarto. Pero la excusa era demasiado inconsistente, pues disponía de una hora para ir a buscarlas ella misma. De todas maneras, ya era tarde, pues Giles estaba cruzando con sus andares de sonámbulo el vestíbulo. Salió de la casa, cerrando la puerta a su espalda. Desesperada, la mujer se sentó en la cocina, entre los platos sucios.
Dedicó todos sus esfuerzos a intentar sacar alguna chispa de un órgano atrofiado: su imaginación. Una mujer de recursos ya habría encontrado el modo de solucionar el problema, diciendo que se le habían roto las gafas de cerca (y, para demostrarlo, previamente las habría pisado), o se habría fingido enferma, o se hubiese inventado una llamada de Londres que la obligase a acudir junto al lecho de un pariente enfermo. A Eunice sólo se le ocurrió llevar personalmente la lista a la tienda de Stantwich y entregársela en mano al encargado. Pero ¿cómo llegar hasta allí? Sabía que existía un autobús, pero no dónde estaba la parada: sólo que se encontraba a más de tres kilómetros; también desconocía el horario y el itinerario. Incluso ignoraba la dirección exacta de la tienda. Al cabo de un rato, la fuerza de la costumbre la impulsó a meter los platos en el lavavajillas, limpiar las repisas, y subir a hacer las camas. Contempló hoscamente la «cita del mes» de Giles que, caso de entenderla, hubiera constituido un irónico comentario sobre su situación. Las nueve y cuarto. Eva Baalham no iba los martes, el lechero ya había pasado. Aunque tampoco Eunice se hubiese atrevido a correr el riesgo de solicitar la ayuda de tales personas. Tendría que decirle a Jacqueline que se le había olvidado telefonear, y si Jacqueline volvía a tiempo para hacerlo ella misma... Miró de nuevo a la pared de corcho y entonces a su mente acudió el recuerdo de que había estado allí con Joan Smith.
Joan Smith.
No trazó un plan demasiado claro. A Eunice le apetecía tan poco que Joan supiera su secreto como que lo conocieran Eva, el lechero o Jacqueline. Pero Joan tenía una tienda de comestibles, y una vez la lista estuviese en sus manos, quizá la solución surgiera sola. Se puso su mejor cardigan sobre la bata rosa y salió hacia Greeving.
–¡Cuánto tiempo sin verla! –exclamó Joan, resplandeciente–. ¡Apenas la reconozco! Éste es Norman, mi media naranja. Norm: ésta es Miss Parchman, de Lowfield Hall. Ya te he hablado de ella.
–Encantado de conocerla –dijo Norman Smith desde detrás de la reja. Rodeado de barrotes, parecía un animal enjaulado, un macho cabrío o una llama que, de tanto estar en cautiverio, había olvidado lo que era la libertad; pero que seguía removiéndose inquieto en los confines de su jaula. Era de rostro triangular, pálido y huesudo, y tenía el pelo canoso. Se pasaba el día chupando pastillas de menta, pues Joan aseguraba que tenía mal aliento.
–Bueno, ¿a qué debemos el placer de su visita? –preguntó Joan–. No me diga que Mrs. Coverdale va a convertirse al fin en cliente nuestra. Eso sí que sería todo un acontecimiento.
–Tengo esta lista. –Mirando vagamente los estantes que la rodeaban, Eunice tendió el papel a Joan.
–Veamos... Trigo y avena tenemos, eso seguro. Pero, Dios bendito... ¡fríjoles, hojas de albahaca y ajo! –Las excusas de la mala tendera fueron una ayuda para Eunice–. Todo eso lo estamos esperando. Mire, le diré lo que haremos: usted me lee la lista, y yo miro lo que tengo.
–No; léala usted y yo la miraré.
–Vaya, he vuelto a meter la pata. Me olvidaba de que usted no ve bien. Bueno, comencemos.
Eunice sólo encontró dos de los productos que figuraban en la lista, pero estaba salvada. Joan leyó el pedido con voz lenta y clara. Fue suficiente. Compró la harina y la avena. Tendría que pagar una y otra con su propio dinero, para luego ocultarlas, pero ¿qué importaba? En el interior de Eunice se formó una sensación de cálido agradecimiento hacia Joan, que la había salvado de nuevo. Difusamente recordaba haber sentido algo similar hacía años, casi siglos, hacia su madre, antes de que enfermase y se convirtiera en una inválida. Sí, tomaría la taza de té que Joan le ofrecía, y se sentaría diez minutos a descansar.
–No tiene más que telefonear a la tienda de Stantwich –dijo Joan, creyendo comprender que Eunice había ido a la tienda del pueblo por propia iniciativa–. Llame, ande. Aquí está su lista. ¿Tiene las gafas?
Eunice las tenía, las de imitación de concha. Mientras Joan servía el té, hizo la llamada, casi ebria de felicidad. Simulando leer en voz alta lo que en realidad estaba recordando le produjo un placer similar al del viajero que logra introducir oportunamente en su conversación un modismo en francés sin que su interlocutor note nada raro. Rara vez le era posible demostrar que sabía leer. Al colgar el teléfono sintió hacia Joan lo que sentimos hacia aquellos en cuya presencia hemos demostrado nuestro dominio sobre aquello que más ignoramos: agradecimiento, cordialidad, cariño, expansividad. Elogió la «encantadora habitación», ignorando el descuido y la suciedad que reinaba en ella, y llegó al extremo de alabar el peinado de Joan, su vestido floreado, y la calidad de sus pasteles de chocolate.
–Supongo que los Coverdale esperaban que volviera usted a casa a pie, cargada con toda la compra, ¿no? –preguntó Joan, segura de que no era así–. Bueno, dicen que él es un hombre duro, que siega donde no sembró y recoge donde no esparció. Si le parece, yo la acerco en la camioneta.
–No quisiera molestarla.
–Nada de molestia, será un placer.
Llevando a Eunice por el brazo, Joan cruzó la tienda, haciendo caso omiso de su marido, que miraba desconsoladamente el interior de una saca como si fuera un morral. La vieja camioneta verde arrancó tras algunas maniobras con el starter y el acelerador.
–¡Adelante, James, fustigue a los caballos! –exclamó alegremente Joan.
La camioneta ascendió trabajosamente por el sendero y llevó a Eunice hasta la misma puerta de Lowfield Hall.
–Bueno, favor con favor se paga, y aquí tengo un librito que me gustaría que leyese. –Sacó un panfleto titulado Dios te quiere sabio–. Y me acompañará usted a la próxima reunión, ¿verdad? El domingo por la noche. No vendré a buscarla, pero esté en el sendero a las cinco y media y la recogeré, ¿vale?
–Muy bien –dijo Eunice.
–Estoy segura de que le encantará. No tenemos libros de rezos, como otras iglesias, sino que simplemente cantamos, nos amamos, y decimos lo que nos brota del corazón. Y luego tomaremos el té y charlaremos con los de la congregación. Dios nos quiere alegres, Eunice, pues a Él se lo damos todo. Pero para los que de Él reniegan sólo habrá llanto y crujir de dientes. ¿Se hizo usted misma ese cardigan? Es fantástico. No se olvide de la harina y la avena.
Muy satisfecha, Joan regresó a la tienda y a Norman. Aunque en apariencia poco podía ganar haciéndose amiga de Eunice Parchman, lo cierto era que necesitaba imperiosamente un satélite en el pueblo. Desde que reveló cómo habían sido en realidad los primeros años de su matrimonio, su marido se había encerrado en su concha y apenas se dirigían la palabra. Joan ya había dejado de simular ante sus amistades que formaban la pareja ideal. Muy al contrario, le decía a todo el mundo que Norman era su cruz, una cruz que, como esposa, tenía el deber de soportar; pero él le había dado la espalda a Dios y no podía ser adecuado compañero para ella. Dios estaba insatisfecho de Norman y por consiguiente, ella, su sierva, debía compartir esa insatisfacción. Tales manifestaciones, hechas públicas junto con otras que implicaban que Joan era la infalible asesora personal de Dios, echaron para atrás a los Higgs, Baalham y Newstead que podrían haber sido amigos suyos. La gente la saludaba, pero, por lo demás, le hacía el vacío. La tomaban por loca y, probablemente, ya entonces lo estaba.
A Eunice la veía inmadura y maleable y también –es de justicia reconocerlo– como a una oveja descarriada que ella podía conducir hasta el rebaño de Nunchester. Sería un agradable triunfo para ella tener una fiel admiradora a la que presentar ante los epifánicos y a la que los irredentos de Greeving vieran como su muy especial amiga.
Eunice, sofocada por el éxito, le dio la vuelta a la salita íntima, y estaba fregando la pintura color marfil de las paredes cuando Jacqueline regresó.
–¡Jesús, qué ajetreos! La pobre lady Royston sufre fracturas múltiples en el brazo izquierdo. ¿Limpieza general en septiembre? Es usted incansable, Miss Parchman. Casi ni me atrevo a preguntarle si se acordó de mi lista de compras.
–Claro que sí, señora. Mr. Coverdale recogerá el pedido a las cinco.
–Magnífico. Y ahora me voy a tomar una copa de jerez antes del almuerzo. ¿Por qué no hace una pausa y me acompaña?
Eunice no aceptó la oferta. Dejando aparte algún vasito de vino en la boda o el entierro de algún pariente, nunca había probado el alcohol. Aquella era una de las pocas cosas que tenía en común con Joan Smith que, aunque en sus tiempos de Shepherd’s Bush no despreciaba una ginebra ni una cerveza, al firmar el juramento de los epifánicos renunció totalmente al alcohol.
Eunice, excusado es decirlo, no leyó Dios te quiere sabio, pero lo que sí hizo fue ir a la reunión, en la que no se esperaba de ella que leyese nada. Disfrutó del recorrido en la camioneta de Joan, de los cánticos y del té, y para cuando regresaron a Greeving había quedado en cenar con los Smith el miércoles. Las dos mujeres ya se hablaban de tú y por los nombres de pila. Eran amigas. En la estéril existencia de Eunice Parchman, Mrs. Samson y Annie Cole habían encontrado una sucesora.

Melinda regresó a la universidad; George cazó más faisanes; Jacqueline plantó bulbos, podó los arbustos e intentó animar a Lady Royston; Giles se llevó la decepción de enterarse de que la décima plaza del microbús a Poona ya la habían ocupado. Las hojas pasaron del verde oscuro al dorado, se recogieron las manzanas, y maduraron las avellanas. El cuco había emigrado hacía tiempo, y ahora las golondrinas también partieron hacia el sur.
En Greeving Green se formó la partida para la caza del zorro, que se culminó con la muerte del animal dos horas más tarde en Marleigh Wood.
–Buenos días, maestro –dijo George, en la puerta de su casa, a sir Robert Royston, a quien en cualquier otro momento George hubiera llamado Bob.
–Buenos días, señor –replicó Bob, con su casaca roja y su gorra de montar.
Octubre, con su falso verano, su cálida tristeza, su tiempo cambiante y su tenue sol convertía en oro la neblina que flotaba sobre el río Beal.


11

Melinda se hubiese enterado de que cuando Eunice salía, como ahora solía hacer, iba a visitar a Joan Smith, y de que, cuando abandonaba la casa los domingos al atardecer, la camioneta de los Smith la aguardaba al extremo de la avenida. Pero Melinda había vuelto a la universidad y, en el mes siguiente a su marcha sólo regresó a casa de su padre en una ocasión. Y en esa ocasión se mostró insólitamente tranquila y preocupada. En vez de a salir, se dedicó a oír discos o a permanecer enfrascada en sus pensamientos. Y es que Melinda se había enamorado.
De este modo, aunque todos los habitantes de Greeving, salvo los niños y los senectos, seguían con gran interés la alianza Parchman-Smith, los Coverdale no sabían nada de ella. Frecuentemente, ni siquiera sabían que Eunice no estaba en casa pues, cuando estaba, su presencia apenas era perceptible. Tampoco sabían que cuando ellos estaban fuera, Joan Smith iba a Lowfield Hall y pasaba agradables veladas con Eunice en la parte alta de la casa, bebiendo té y viendo la televisión. Giles, naturalmente, nunca salía. Pero las dos mujeres se cuidaban de no hablar en las escaleras, cuya gruesa alfombra amortiguaba el ruido de sus pasos. Sin ser vistas ni oídas por el muchacho, pasaban ante su cuarto y se dirigían al dormitorio de Eunice, donde el incesante sonido del televisor ahogaba el rumor de su charla.
Y sin embargo, por Eunice, aquella amistad habría naufragado en su etapa inicial. La cálida cordialidad que sintió hacia Joan se enfrió al mitigarse su delicia por el hecho de que la otra hubiera descifrado la lista de la compra, y comenzó a mirar a Joan como siempre miraba a la gente: como a alguien a quien usar. En esta ocasión no se trataba de extorsionarla por dinero, sino más bien de dominarla como dominó a Annie Cole, de modo que siempre pudiera confiar en ella como intérprete, en la seguridad de que, caso de descubrirlo, jamás divulgaría su secreto.
Por breve tiempo creyó que Eva Baalham había puesto a Joan en sus manos.
Eva estaba por entonces disgustada porque, aunque ahora tenía un empleo mejor pagado con Mrs. Jameson-Kerr, sus horas de trabajo en Lowfield Hall se habían reducido a una mañana semanal. Para ella, la culpable de tal reducción era Eunice, que hacía con toda facilidad y muchísimo mejor los trabajos que ella efectuaba mal y sin dejar de quejarse. En cuanto a Eva se le ocurría una forma de mortificar a Eunice, no dejaba de ponerla en práctica.
–Parece que te has hecho muy amiga de esa Joan Smith.
–No sé –dijo Eunice.
–Siempre andáis de visiteo, y yo a eso le llamo ser amigas. Mi primo Meadows, el del garaje, te vio la semana pasada en su camioneta. Quizá haya cosas de esa mujer que tú no sabes.
–¿Cuáles? –preguntó Eunice, rompiendo su habitual hermetismo.
–Pues, por ejemplo, lo que era antes de venir aquí. Una mujer de la calle, una prostituta vulgar y corriente. –Eva no iba a estropear lo que para la otra era una primicia admitiendo que se trataba de algo del dominio público–. Se dedicaba a ir con hombres, y su marido, pobre diablo, jamás se enteró.
Aquella noche los Smith invitaron a cenar a Eunice. Comieron lo que a ella le gustaba y nunca probaba en Lowfield Hall: huevos con beicon, salchichas y patatas fritas. Después, Eunice se comió una chocolatina de la tienda. Norman permaneció sentado a la mesa en silencio y luego se fue al Blue Bar, donde, por lástima, algún Higgs o Newstead se avendría a jugar a los dardos con él. Mientras bebían tazas colmadas de té, Joan se inclinó confiadamente sobre la mesa y comenzó a predicar el evangelio según Mrs. Smith. Eunice, que acababa de terminar su chocolatina, vio llegada su oportunidad. Con la más fuerte y firme de sus voces, comentó:
–Me han contado cosas de ti.
–Espero que sean buenas –replicó Joan, sonriente.
–No tan buenas. Dicen que ibas con hombres por dinero.
Una especie de divino éxtasis animó el excesivamente maquillado rostro de Joan. Se golpeó el liso pecho con un puño.
–¡Sí, fui una pecadora! –proclamó–. El pecado me convirtió en una mujer escarlata y me revolqué en el más inmundo fango. Iba por la ciudad como una ramera, pero Dios me llamó y, ¡aleluya, lo escuché! Nunca olvidaré el día en que confesé mis pecados ante toda la congregación y le abrí el alma a mi esposo. Con la mayor humildad, desnudé mi conciencia ante cuantos me quisieron oír, de modo que la gente supiera que aún los más abyectos pueden obtener la salvación. ¿Otra taza de té, querida?
Eunice quedó estupefacta. Nunca una potencial víctima de chantaje se había comportado así. Sintió hacia Joan un respeto casi sin límites y, derrotada, tendió mansamente su taza.
¿Sospechó Joan las intenciones de Eunice? Quizá. Era una mujer astuta y de gran experiencia. Si lo sospechó, el que a Eunice le estallara en las narices su propio petardo debió de divertirla enormemente. No es probable que sintiese ningún rencor hacia su amiga. A fin de cuentas, esperaba que todos fueran pecadores. No en vano era una sabia.

Las amarillentas hojas de robles, fresnos y olmos caían ya, así como el rojizo follaje del cornejo. Las primeras heladas habían ennegrecido las flores que aún quedaban, y crecían hongos bajo los matojos y sobre los árboles caídos. Utilizando el rubio heno de la cosecha, que llenaba su jardín. James Newstead comenzó a cambiarle la paja al techo de su casa.
George, de etiqueta, y Jacqueline, con una roja túnica de seda recamada en oro fueron al Covent Garden a ver La clemencia de Tito, y pasaron la noche en casa de Paula. La «cita del mes» era de Mallarmé: «La carne, ay, es triste, y ya he leído todos los libros.» Pero Giles, lejos de haber leído todos los libros, estaba enfrascado en Poe. Si, como parecía muy probable, nunca llegaría a la India, una vez hubieran completado ambos su educación podía pedirle a Melinda que compartiese con él un piso. Pensaba en una vivienda gótica en, digamos, West Kensington, una especie de diminuta Casa de Usher, con suelos negros como el ébano y tenues rayos de sol atravesando el enrejado de las ventanas.
Pero, aunque él no lo sabía, Melinda estaba enamorada. El elegido se llamaba Jonathan Dexter y estudiaba lenguas vivas. Aunque nunca había hablado de ello ni con Jacqueline, George Coverdale se había preguntado con frecuencia si su hija menor era tan inocente como su madre lo había sido a su edad. Pero lo dudaba, y estaba resignado a que la muchacha hubiera seguido la moderna moda de permisividad. En realidad, le habría sorprendido agradablemente enterarse de que Melinda seguía siendo virgen, aunque también le hubiese inquietado saber lo cerca que estaba de cambiar tan irrecuperable condición.

Ahora que, por así decirlo, ya había tomado confianza, Eunice se dedicó a pasear. Lo mismo que había vagado por Londres, vagó por los pueblos, yendo de Cocklefield a Marleigh, de Marleigh a Cattingham, por los caminos cubiertos de hojas y, mientras el veranillo de san Martín daba paso al otoño, ella se adentraba en los aún secos senderos que cruzaban los campos y rodeaban los bosques. Caminaba abstraída, sin detenerse a mirar por entre los árboles el espléndido panorama de colinas arboladas y pequeños valles, ni apenas darse cuenta de que estaba en el campo. Allí le ocurría lo que en Londres. Caminaba para satisfacer sus ansias internas de libertad y para gastar las energías que no agotaban las labores domésticas.
Ella y Joan nunca se comunicaban por teléfono. Joan llegaba en la camioneta cuando estaba segura de que en Lowfield Hall sólo estaba Eunice. Cuando iba de visita, Jacqueline no tenía más remedio que cruzar Greeving, y rara vez pasaba sin que Joan la observase desde su tienda. Entonces Joan iba a Lowfield Hall, entraba sin llamar por el cuarto armero, y a los dos minutos Eunice ya tenía la tetera en el fuego.
Refiriéndose a Jacqueline, Joan comentaba:
–Su vida no es más que una sucesión de diversiones. Esta mañana ha ido a tomarse un jerez con la tal Mrs. Cairne. Imagino lo que pensará Dios cuando ve estas cosas. Los impíos florecerán como las malas hierbas, pero de igual modo se extinguirán. Esta mañana tengo que hacer cuatro visitas en Cocklefield, cariño, así que no me –entretendré más que un minuto. –Joan no se refería a entregas de pedidos ni correspondencia, sino a visitas de proselitismo. Como de costumbre, iba provista de un montón de folletos, incluido uno nuevo que imitaba a un cómic y se titulaba Sigue mi estrella.
Tan ferviente epifánica era que muchas veces, cuando Eunice iba a verla a la tienda en uno de sus paseos, sólo encontraba a Norman que, desde detrás de los barrotes de su jaula, sacudía lúgubremente la cabeza.
–Joan anda por ahí.
Pero a veces Eunice llegaba a tiempo de acompañar a Joan en sus visitas y, desde el asiento de la camioneta, observaba a su amiga predicando en las puertas de las casas.
–Si tiene usted unos momentos, quizá pueda echarle un vistazo a este pequeño folleto...
O bien recorrían las viviendas municipales que bordeaban cada pueblo, casas de ladrillo rojo separadas de los viejos centros urbanos por una barrera de coníferas. De cuando en cuando, una ingenua ama de casa dejaba entrar a Joan, que permanecía ausente por algún tiempo. Pero lo más frecuente era que le cerrasen la puerta en las narices y que Joan volviera a la camioneta rodeada por el aura del martirio.
–No sabes cómo admiro lo bien que te lo tomas –decía Eunice–. Yo los mandaría a hacer gárgaras.
–El Señor requiere humildad de sus siervos, Eun. Recuerda que algunos serán llevados por los ángeles al seno de Abraham, y otros sufrirán el tormento de las llamas. Que no se nos olvide parar en Meadows: estamos casi sin gasolina.
Las dos mujeres constituían una extraña pareja para el ama de casa que las veía alejarse al tiempo que arrojaba a la basura el ejemplar de Sigue mi estrella. Pese a su exacerbada religiosidad, Joan, enjuta y huesuda como esos niños hambrientos que aparecen fotografiados en las campañas de caridad, seguía con la costumbre, que ya en ella debía de ser una segunda naturaleza, de vestir como una cualquiera: falda corta, medias negras «de cristal», zapatos de tacón alto, bolso grande y reluciente, y una suelta chaquetilla blanca de grandes hombreras. Su pelo era como un nido vuelto del revés, en el caso de que los pájaros usen alguna vez alambre de espino dorado, y en el maquillaje que le cubría el marchito rostro se combinaban el rosa, el azul y el escarlata.
Eunice era el polo opuesto. Desde su llegada a Lowfield Hall, sólo había añadido a su guardarropa las prendas tejidas por ella misma, y en aquellos fríos días otoñales llevaba una boina de lana y una oscura bufanda gris-azulada. Con su grueso gabán castaño y sacándole una cabeza a su compañera, el contraste entre ambas era más perceptible cuando caminaban la una junto a la otra: Joan, menuda y de rápidos andares pajariles; Eunice, rubensiana, de erguido porte y majestuoso caminar.
En el fondo, ambas consideraban que la otra parecía un mamarracho, pero esto no las separaba. Muchas veces, la amistad prospera cuando ambas partes están seguras de su superioridad sobre la otra. Eunice consideraba sinceramente que Joan era muy inteligente, y que podía confiar en ella para que la ayudase en todo lo relativo a leer; pero, por lo demás, la tenía por un vejestorio emperifollado y por una pésima y desastrada ama de casa. Por su parte, Joan veía a Eunice como una persona eminentemente respetable y como una posible guardaespaldas para el caso de que Norman intentara alguna vez llevar a cabo su débil amenaza de darle una paliza; pero... ¿por qué tenía que vestirse como una policía femenina?
Siempre que Eunice iba por su tienda, Joan le regalaba chocolatinas; Eunice, por su parte, le había tejido a su amiga unos guantes de su color favorito: rosa salmón, y estaba pensando en comenzar un jersey para ella.

El 1 de noviembre, día de Todos los Santos, Jacqueline cumplió cuarenta y tres años. George le regaló una chaqueta de piel. Giles un disco de arias de concierto de Mozart. Melinda le mandó una postal con la promesa de regalarle «algo bonito cuando pueda ir por casa». Era evidente que el paquete mandado por Peter y Audrey, que contenía un libro, había sido abierto y vuelto a cerrar. George se dirigió a la Estafeta y Tienda General de Greeving y presentó su queja a Norman Smith; pero ¿qué decir ante la excusa de Norman, de que el libro llegó casi desenvuelto, y que su esposa lo arregló por razones de seguridad? De momento, George sólo pudo asentir y decir que no estaba dispuesto a seguir aceptando tales irregularidades.
Aquella semana, George fue a la consulta del doctor Crutchley a hacerse el reconocimiento anual, y el médico le dijo que tenía la tensión alta, nada preocupante, pero era mejor que siguiera tomándose sus pastillas. George no era aprensivo ni se asustaba con facilidad, pero decidió que era mejor hacer testamento de una vez, algo que llevaba años demorando. Fue aquel testamento lo que luego provocó el litigio, que aún continúa, debido al cual Lowfield Hall permanece desocupado y sin dueño, que ha amargado las vidas de Peter Coverdale y Paula Caswall, y mantiene la tragedia fresca en el recuerdo de ambos. Sin embargo, fue cuidadosamente redactado, previendo casi cualquier contingencia. ¿Quién podría haber imaginado lo que sucedería el día de san Valentín? ¿Qué abogado, por concienzudo que fuese, habría adivinado que en el pacífico Lowfield Hall tendría lugar una matanza?
Cuando Jacqueline regresaba de una reunión del consejo parroquial, su marido le mostró copia del testamento y ella lo leyó en voz alta:
–«Lego a mi amada esposa, Jacqueline Louise Coverdale, el total de mi propiedad conocida como Lowfield Hall, sita en Greeving, condado de Suffolk, sin gravámenes y para que sea suya y de sus herederos y sucesores a perpetuidad.» ¡Oh, cariño, «amada esposa»...! Cómo me alegro de que lo hayas puesto así.
–¿Cómo, si no? –replicó George.
–Pero... ¿no debería ser un legado simplemente de por vida? Tengo el dinero que me dejó papá, y lo que me dieron por mi casa, y luego está tu seguro de vida.
–Ya, y por eso he legado todas mis inversiones a las chicas y a Peter. Pero, como la adoras, quiero que tú te quedes con la casa. Además, me disgustan esos mezquinos arreglos en los que la viuda sólo consigue el usufructo de por vida. Eso la convierte en una inquilina gratuita a la que un montón de personas le desean que se muera cuanto antes.
–No creo que tus hijos se portasen de ese modo.
–Ni yo, pero el testamento se queda así. Caso de que tú mueras antes que yo, he dispuesto que Lowfield Hall se venda y lo que se saque se divida entre mis herederos.
Jacqueline lo miró fijamente.
–Espero que así sea.
–¿Que así sea el qué, cariño?
–Que yo muera antes. Eso es lo que me preocupa de que tú seas mayor que yo, que es casi seguro que mueras primero. No soporto la idea de pasar años y años de viudez. Vivir un solo día sin ti me parece un infierno.
George la besó.
–Dejemos de hablar de testamentos, tumbas y epitafios –dijo, así que se pusieron a hablar de la reunión parroquial, de la colecta de fondos para el nuevo ayuntamiento, y Jacqueline olvidó la esperanza que había manifestado.
Sus deseos no se harían realidad, aunque sólo sería viuda durante quince minutos.


12

El Templo Epifánico de Nunchester se encuentra en North Hill, pasado el mercado de ganado. Por consiguiente, cuando se va allí desde Greeving no es necesario cruzar el pueblo, y Joan Smith hacía el trayecto en veinte minutos. A Eunice le gustaban las reuniones nocturnas dominicales. Se repartían hojas de himnos, pero como sabe todo aquel que ha intentado dar la impresión de que se conoce de memoria los servicios religiosos de la Iglesia de Inglaterra (el mero hecho de usar el libro de oraciones delata una imperdonable ignorancia), resulta sumamente fácil mover la boca al unísono con los demás y ocultar la propia ignorancia uniendo las manos y llevándoselas a los labios. Además, Eunice sólo necesitaba oír un himno una vez para aprendérselo de memoria y muy pronto estuvo cantando como los más entusiastas con su fuerte voz de contralto:

De nuestro Señor en las alturas el oro es el color,
e incienso es el aroma que perfuma Su amor;
mirra es el ungüento que, con Su inmensa bondad
nos envía desde el cielo para nuestros males sanar.

Como autor de himnos, Elroy Camps no era un Herbert ni un Keble.
Tras los himnos y las confesiones espontáneas –estas últimas, casi tan amenas como la televisión– la congregación tomaba té y pasteles y veía películas sobre epifánicos negros o cobrizos afanándose en lugares remotos (o sea, in partibus infidelium), o leyéndoles la Epístola de Baltasar a personas demasiado hambrientas para oponer resistencia. También se chismorreaba, principalmente sobre los mundanos que aún no habían visto la luz; pero se hacía de forma piadosa y dejando claro que las críticas y las censuras eran en nombre de Dios. Ciertamente, la congregación cumplía el precepto de «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar».
En conjunto eran, y siguen siendo, un alegre grupo. Cantan y ríen y participan con gusto en sus propias confesiones y en las de los nuevos conversos. Hablan de Dios como si fuese un jovial director de escuela al que le gusta que los chicos mayores lo llamen por Su nombre de pila. Sus himnos no difieren gran cosa de las canciones pop, y sus folletos se asemejan a cómics. La idea de que los elegidos sean sabios que siguen a una estrella no es mala. A la secta Camps hubiesen acudido infinidad de jóvenes del tipo de los «locos de Jesús» de no ser por dos rémoras insuperables para cualquier menor de cuarenta años y, en el fondo, también para cualquier mayor de tal edad. Una es el total embargo de la actividad sexual, aun dentro del matrimonio; la otra es el énfasis en la venganza contra el infiel –entendiéndose por infiel a cualquier no epifánico–, una venganza que no necesariamente se deja a la voluntad de Dios, sino que, en Su representación, pueden llevarla a cabo Sus elegidos. Naturalmente, en la práctica, los miembros de la congregación no van por el mundo apaleando a sus vecinos heréticos, pero la impresión general es de que si lo hicieran recibirían más elogios que críticas. A fin de cuentas, si Dios es el director, todos ellos son prefectos.
Eunice apenas absorbió nada de aquella doctrina que, en cualquier caso, era más implícita que explícita. Le agradaba la vida social, casi la primera de que había disfrutado. Los hermanos de la congregación eran gente de su edad o mayor; nadie la interrogó, ni intentó meterse en su vida, ni la colocó en situaciones en las que se viese obligada a leer. Eran cordiales, zalameros y generosos con el té, los bollos y el pastel de frutas porque, naturalmente, la tenían por una futura epifánica. Pero Eunice ya había decidido que nunca se convertiría, y esto por su razón habitual para no hacer algo. No le habría importado la confesión pública, ya que no hubiese confesado más que rutinarios malos pensamientos y deseos; pero una vez hubiera dado aquel paso se vería obligada a hacer proselitismo. Y, por sus visitas acompañando a Joan, sabía lo que eso suponía. Leer. Llamar la atención del visitado sobre puntos de Sigue mi estrella, escoger citas apropiadas de la Biblia, argumentar con frecuentes referencias a la palabra escrita.
–Lo pensaré –le decía solemnemente a Joan cuando ésta insistía–. Es un gran paso.
–Es un paso hacia Belén que jamás lamentarás haber dado. El Señor vendrá como un ladrón en la noche, pero la virgen necia dejará que su lámpara se extinga. Recuérdalo, Eun.
Aquella charla tuvo lugar una desapacible tarde lluviosa en la que Eunice caminó hasta la tienda para tomar el té, charlar y recoger su provisión semanal de chocolatinas, que de nuevo constituían parte indispensable de su dieta. Cuando salieron juntas de la tienda, Jacqueline se estaba marchando de la casa de Mrs. Cairne, a la que habían llevado asuntos del Instituto Femenino. Ellas no advirtieron su presencia, pero Jacqueline las vio y, aunque Joan sólo salió hasta el triángulo de césped, resultaba evidente que lo que se estaba produciendo no era una simple despedida entre tendera y parroquiana. Joan reía con su aguda risa al tiempo que daba a Eunice uno de esos empujoncitos con la mano que las mujeres de su clase dan a las amigas cuando, medio en broma, les reprochan algo. Luego Eunice se alejó en dirección a Lowfield Hall, volviéndose dos veces para saludar a Joan, que respondió a ambos saludos con entusiasmo.
Jacqueline montó en su coche y llegó a la altura de Eunice cuando ésta acababa de cruzar el puente.
–No sabía que Mrs. Smith y usted fueran amigas –dijo una vez Eunice, no de muy buena gana, montó junto a ella.
–A veces nos vemos –dijo Eunice.
Ante aquello, no había mucho que responder. Jacqueline pensó que no podía decirle a su ama de llaves cuáles debían ser sus amistades. No en estos tiempos. No era la tarde libre de Eunice; pero, tras el regreso de la familia de vacaciones, todos habían echado al olvido lo de las tardes libres prescritas. La mujer salía cuando le apetecía. A fin de cuentas, ¿por qué no, teniendo en cuenta que para nada descuidaba su trabajo en Lowfield Hall? Pero Jacqueline, que hasta el momento no le había encontrado un solo defecto a su ama de llaves y que se mostró pasmada cuando George, hacía cinco meses, manifestó alguna duda, se sintió súbitamente incómoda. Eunice permanecía junto a ella, comiendo chocolate. No lo hacía ruidosa ni groseramente, pero el simple hecho de que lo comiera, abstraída y sin ofrecerle la bolsa, ya resultaba extraño. Jacqueline por nada del mundo hubiera comido chocolate; pero sin embargo... Y lo de charlar tan amistosamente con Mrs. Smith... Como sospechaba que si le mencionaba algo de aquello a George a él le haría tan poca gracia como a ella, se abstuvo de decirle nada.
En vez de ello, haciendo alarde de su peculiar perversión femenina, aquella noche encomió entusiásticamente a Eunice por lo bien que había limpiado la cubertería de plata.

En Galwich, Melinda Coverdale, acertada o equivocadamente, le había entregado su virginidad a Jonathan Dexter. La cosa ocurrió tras compartir una botella de vino en el cuarto del muchacho, y después de que ella hubiese perdido el último autobús. Naturalmente, ni lo del vino ni lo del autobús fueron accidentes. Ambos se habían pasado el día especulando interiormente al respecto; pero al día siguiente Melinda tuvo dos excelentes excusas. Aunque la joven no necesitara excusas ni justificaciones, pues era muy feliz, viendo a Jonathan todos los días y pasando en su cuarto la mayor parte de las noches. El anglosajón de Sweet y la historia del idioma inglés de Baugh quedaron relegados durante toda una semana, y en cuanto a Goethe, Jonathan había encontrado sus intereses opcionales en otra parte.
En Lowfield Hall, Jacqueline había preparado cuatro pudines navideños, uno para enviarlo a los Caswall, que, debido a sus dos niños, no se veían con fuerzas para ir a Greeving a pasar las fiestas. Se preguntó qué podía regalarle a George quien, como ella, tenía de todo. Eunice la observó glasear el pastel de Navidad y colocar sobre el pastel el acebo y el Papá Noel de yeso. Jacqueline esperó de ella algún comentario, añorante o sentimental, pero Eunice se limitó a expresar la esperanza de que el pastel fuera suficientemente grande, y aun esto sólo lo dijo porque Jacqueline le preguntó.
Desilusionado por la India, Giles había roto con las religiones orientales que, de todas maneras, jamás habrían encajado con sus planes respecto a sí mismo y Melinda. Se imaginaba compartiendo con ella un piso, devotos católicos ambos, y sufriendo terribles agonías para mantenerse puros y castos. Quizá él se hiciese cura, y si Melinda entraba en un convento, quizá ambos recibieran dispensa –un par de veces al año, no más– para verse y, sobriamente vestidos, tomar juntos el té en algún humilde local, sin siquiera cogerse las manos. O, como Lanzarote y Ginebra, aunque sin placeres previos, verse desde extremos opuestos de una nave catedralicia, mirarse larga y apasionadamente, y luego separarse sin cambiar palabra. Esta fantasía incluso a él mismo le parecía un poco exagerada. Antes que cura, debía hacerse católico, y andaba buscando por Stantwich a alguien que lo orientase. El latín y el griego serían útiles, así que repasó a Virgilio y a Sófocles. Puso en la pared de corcho una cita de Chesterton y se dedicó a leer los escritos del cardenal Newman.
El invierno había dejado sin hojas los árboles y arbustos, y alborotadoras gaviotas seguían el arado de Mr. Meadows. La mágica luz de Suffolk se hizo tenue y opalescente, y el cielo, al alejarse la tierra hasta la máxima distancia del sol, asumió un tono casi verde, con salpicaduras de blancas nubes. De las chimeneas de las cabañas ascendía el humo de los leños que se consumían en el hogar.

–¿Qué planes tienes para la Natividad de nuestro Señor? –preguntó Joan, en el tono de quien invita a un amigo a una fiesta de cumpleaños.
–¿Cómo? –preguntó Eunice.
–¿Qué harás en Navidad?
–Me quedaré en Lowfield Hall. Habrá invitados.
–Es terrible que debas celebrar el nacimiento del Señor entre un montón de pecadores. Ni uno de ellos se salva. Mrs. Higgs, la de la bicicleta, le dijo a Norm que Giles anda por ahí con curas católicos. Dios no desea que gente así te contamine, cariño.
–No es más que un chiquillo –dijo Eunice.
–De su adúltero padrastro no se puede decir lo mismo. ¡Venir aquí y acusar a Norm de abrirle el correo! ¡Hasta qué extremos llegan los impíos en la persecución de los elegidos! ¿Por qué no te vienes con nosotros? Será una cosa tranquila, claro, pero te garantizo buena comida y la compañía de entrañables amigos.
Eunice aceptó. Se encontraban bebiendo té en la cochambrosa salita de Joan, y el tercer entrañable amigo, en la persona de Norman Smith, apareció preguntando por su cena. En vez de servírsela, Joan se lanzó a una repetición de su confesión, como hacía siempre que oía mencionar a alguien que hubiese pecado de forma similar o que a ella le pareciese que así era.
–Tú has llevado una vida pura, Eun, así que no puedes ni imaginar cómo ha sido la mía, entregando mi cuerpo, el templo del Señor, a la escoria humana de Shepherd’s Bush. Prestándome sin recato a los más nauseabundos deseos de los hombres, cosas que ni siquiera se me ocurriría mencionar delante de una mujer soltera. Y a todo ello accedí por dinero, el dinero que mi marido no sabía ganar.
Norman encontró al fin el valor que hasta entonces le faltó. Se había tomado un par de whiskies en el Blue Boar. Avanzó hacia Joan y la golpeó en la cara. Su menuda esposa se cayó del sillón, sollozando.
Eunice se puso amenazadoramente en pie. Fue hasta Norman, lo agarró por la garganta con una mano y le puso la otra sobre el hombro.
–Déjela en paz.
–¿Y tengo que seguir oyendo esas cosas?
–O despídase de la vida. –Uniendo la palabra a la acción, zarandeó al hombre, lo cual resultó para ella una experiencia muy agradable, hasta el extremo de preguntarse por qué no lo habría hecho antes. Norman, temeroso, se dejó zarandear con los ojos desorbitados y la boca abierta.
La confianza de Joan en Eunice como guardaespaldas había estado plenamente justificada. Poniéndose en pie, la mujer proclamó melodramáticamente:
–¡Dios santo, me has salvado la vida!
–¡Sandeces! –dijo Norman. Se soltó de Eunice y se pasó las manos por el cuello–. Me ponéis enfermo. Par de brujas.
Joan volvió a sentarse en el sillón y examinó los daños: una carrera en una media y un ojo que se le pondría algo morado. La verdad era que Norman no le había hecho daño, pues era excesivamente débil y sentía demasiado temor hacia su esposa. Joan no se había golpeado la cabeza al caer. Pero algo le sucedió a causa del ligero golpe y la caída. Quizá más psicológico que físico, y relacionado probablemente con los cambios glandulares de la menopausia. Fuera lo que fuera, el caso es que alteró a Joan. Se trató de algo gradual, desde luego, y que de momento sólo se manifestó en un aumento del brillo de sus ojos y de la agudeza de su voz. Pero aquella noche fue el comienzo de todo. Joan había llegado al borde de un abismo en cuyo fondo la esperaba la locura total, y se quedó allí, oscilando junto al precipicio hasta que, dos meses más tarde, el desenfrenado fanatismo la hizo caer en la sima.


13

–Entraremos por delante –dijo Eunice, al regresar de la reunión epifánica. Percibía que Joan no sería bien recibida en Lowfield Hall, aunque su amiga nunca le había dicho tal cosa, sino que, muy al contrario, durante su primera visita dijo que los Coverdale no se opondrían a que ella viera su casa porque «en el pueblo todos somos amigos». Eunice nunca había oído a George ni Jacqueline comentar sus sospechas acerca de la correspondencia, pero de un modo u otro, debido a su peculiar y no siempre fiable intuición, lo sabía, del mismo modo que sabía que, de haber llegado acompañada de «Mrs. Higgs, la de la bicicleta, o de Mrs. Jim Meadows, tales damas hubieran sido amablemente acogidas por cualquiera de los Coverdale.
Joan no pensaba quedarse mucho. Sólo había ido a que Eunice le tomara medidas para algo secreto relacionado con un regalo de Navidad. Se encontraban ya en el último tramo de las escaleras cuando se abrió la puerta del dormitorio de Giles y por ella salió el muchacho.
–A mí me parece un poco retrasado –dijo Joan en la habitación de Eunice. Se quitó el blanco abrigo–. Tirando a subnormal, no sé si me entiendes.
–No dirá nada –replicó Eunice.
Pero se equivocaba.
Giles no hubiese dicho nada si no le hubiesen preguntado. Así era el muchacho. Había bajado a buscar su diccionario de griego, que creía haber dejado en la salita íntima. Allí encontró a su madre sola, viendo en la televisión un concierto de música de cámara. George había salido un rato a discutir con el brigadier cómo oponerse a una propuesta para construir cuatro casas nuevas en un solar próximo al puente.
Jacqueline alzó la vista y sonrió.
–¿Qué hay, cariño? –dijo.
–Mmm –replicó Giles, buscando el diccionario bajo un montón de periódicos dominicales.
–Me pareció oír a alguien en las escaleras, pero supuse que era Miss Parchman que llegaba.
De cuando en cuando, a Giles le pasaba por la mente la idea de que quizá una vez al día o así debería decirle a su madre una frase completa en vez de un monosílabo. En realidad, la quería bastante. Así que hizo un esfuerzo. Se enderezó, con el pelo de punta, la cara llena de granos, miope, un joven profesor excéntrico lastrado por el peso de un erudito diccionario.
–Era ella –dijo, abstraído–. Con la vieja de la tienda.
–¿Qué vieja? ¿De qué demonios hablas, Giles?
Giles no sabía el nombre de ninguno de los del pueblo pues, si podía evitarlo, jamás iba por allí.
–La chiflada del pelo rubio –dijo.
–¿Mrs. Smith?
Giles asintió y fue distraídamente hacia la puerta, con el diccionario ya abierto, murmurando algo que a Jacqueline le pareció que era «anatema, anatema». La paciencia de la mujer se agotó y, por un momento, olvidó lo dicho por el joven y su significado.
–Pero Giles, cariño, no debes llamar chiflada a la gente. Giles, aguarda un momento, por favor. ¿No podrías pasar al menos un rato con nosotros por las noches? Quiero decir que no puedes tener tantos deberes, y además, eres capaz de hacerlos con los ojos cerrados. Estás convirtiéndote en un ermitaño, como aquel que se pasó años en lo alto de una columna...
El muchacho asintió de nuevo. La admonición, la petición, el halago, le pasaron inadvertidos. Reflexionó seriamente, frotándose uno de los granos y al fin dijo:
–San Simeón Estilita –y salió parsimoniosamente, dejando la puerta abierta.
Exasperada, Jacqueline la cerró y, habiendo terminado su concierto, se quedó un rato pensando en lo mucho que quería a su hijo, lo orgullosa que estaba de sus hazañas académicas, las grandes ambiciones que en ella suscitaba... y lo mucho más feliz que ella habría sido si Giles se pareciese más a los hijos de George. Luego, como era inútil darle vueltas a lo de Giles que, tarde o temprano, seguro que terminaría convirtiéndose en un ser normal y educado, recordó lo dicho por el joven. Joan Smith. Pero antes de que pudiera reflexionar sobre ello, regresó George.
–Bueno, creo que tendremos que pararles los pies. O bien ese sitio está declarado parque natural, o no. Si hay una encuesta pública, tendremos que reunir al consejo. Dices que los de la parroquia se oponen totalmente, ¿no?
–Sí –replicó Jacqueline–. George: Mrs. Smith, la de la tienda, está arriba. Ha venido con Miss Parchman.
–Ya me pareció ver la camioneta de los Smith aparcada en la avenida. Qué desagradable.
–Cariño: no la quiero en casa. Ya sé que parece una tontería, pero me enferma la idea de pensar que estamos bajo el mismo techo. Va por ahí diciéndole a la gente que Jeffrey se divorció de mí y te citó como corresponsable, y que es un alcohólico, y cosas de todo tipo. Y estoy segura de que abrió la última carta que me mandó Audrey.
–No parece ninguna tontería. Esa mujer es una amenaza. ¿Le has dicho algo?
–Ni siquiera la he visto. Giles me lo ha dicho.
George abrió la puerta en el preciso momento en que Eunice y Joan bajaban sigilosamente las oscuras escaleras. Él encendió la luz, dio unos pasos y quedó frente a ambas.
–Buenas noches, Mrs. Smith.
Eunice se sintió muy incómoda; Joan, no.
–Ah, hola, Mr. Coverdale. Cuánto tiempo. Hace un frío tremendo, ¿no? Pero claro, ¿qué vamos a esperar en esta época del año?
George abrió la puerta principal.
–Buenas noches –dijo escuetamente.
–¡Adiós! –Joan salió riéndose como una colegiala sorprendida en una travesura.
George cerró cuidadosamente la puerta y, cuando se volvió, Eunice había desaparecido. Pero a la mañana siguiente, antes del desayuno, fue a buscarla a la cocina. Esta vez la mujer no estaba haciendo prodigios con una camisa de etiqueta, sino simples tostadas. George la consideraba tímida, y atribuía todas sus rarezas a esa timidez, pero ahora percibió, como percibiera seis meses atrás, la desagradable atmósfera que prevalecía allí donde ella estaba. La mujer se volvió a mirarlo como lo hizo una malhumorada vaca en una ocasión en que él se acercó demasiado a su ternero. No dijo ni buenos días, pues sabía por qué estaba allí George. El hombre fue presa de un súbito y violento desagrado hacia ella, y deseó que la cocina volviera a su anterior desorden, con los cacharros de la noche anterior aún sucios y una torpe au pair trabajando chapuceramente.
–Como lo que debo decirle es desagradable, Miss Parchman, intentaré ser lo más breve posible. Mi esposa y yo no deseamos entrometernos en su vida personal, y es usted libre de elegir las amistades que quiera. Pero Mrs. Smith no debe poner los pies en esta casa.
El pobre George fue pomposo; pero... ¿quién no lo habría sido, dadas las circunstancias?
–No hace ningún daño –dijo Eunice. Algo la impidió llamarlo «señor». No volvería a llamar señor a George ni señora a Jacqueline.
–Permítame que sea yo quien juzgue eso. Tiene derecho a saber lo que tengo en contra de esa mujer. No creo que se pueda decir seriamente que una persona no hace ningún daño cuando va por ahí difamando a la gente y abusando de la posición de su marido como jefe de estafeta. Eso es todo. Naturalmente, no puedo impedirle que visite a Mrs. Smith; ésa es otra historia. Pero aquí no la quiero.
Eunice ni hizo preguntas ni intentó defender a su amiga. Con un encogimiento de sus enormes hombros, se dio media vuelta y retiró del fuego la parrilla sobre la que se habían quemado tres rebanadas de pan.
George no esperó; pero, al alejarse de la cocina, tuvo la seguridad de oírla decir:
–¡Mira tú lo que me ha hecho hacer!
Una vez en el coche, el hombre comentó con Giles lo sucedido, en parte porque Giles estaba allí y a él le preocupaba el asunto, y también porque siempre estaba devanándose los sesos buscando algo de lo que hablar con su hijastro.
–Aunque detesto admitirlo, en esa mujer hay algo francamente desagradable. Quizá no debiera decírtelo, pero ya eres un adulto y también debes sentirlo, notarlo. No sé con qué palabra describir a Miss Parchman.
–Repulsiva –dijo Giles.
–¡Exacto! –A George no sólo le encantó dar con el adjetivo exacto, sino también que Giles se lo sugiriese con tanta naturalidad. Apartó la vista del camino y luego tuvo que girar bruscamente para no atropellar al viejo perro labrador de Mr. Meadows, que estaba en mitad del camino–. ¡Mira por donde andas, viejo chucho! –exclamó, con afectuoso alivio–. Repulsiva es la palabra. Sí, me produce escalofríos. Pero... ¿qué podemos hacer, querido Giles? Aguantarnos, supongo.
–Mmm.
–Creo que me ha puesto un poco nervioso. Quizá esté exagerando. Esa mujer le ahorra un montón de trabajo a tu madre.
Giles volvió a decir «Mmm», abrió su cartera y comenzó a murmurar fragmentos de Ovidio. Defraudado, pero dándose cuenta de que la locuacidad de su hijastro no se repetiría, lanzó un suspiro de resignación. Pero una idea muy desagradable se le había metido en la cabeza. Si Eunice hubiera sabido conducir y hubiera estado al volante de aquel coche cinco minutos atrás, no hubiese dado un volantazo para esquivar al perro. Y, si hubiera sido un niño, tampoco.

Jacqueline dejó una nota en la cocina diciendo que pasaría el día fuera. No le apetecía ver a Eunice, que estaba arriba, limpiando el baño «de los niños». Ahora pensaba que había sido una lástima que Giles le contara lo de que había visto a Joan Smith, y una lástima aún mayor que ella, impulsivamente, se lo hubiera dicho a George. Eunice podía despedirse, o amenazar con hacerlo. Jacqueline cruzó el pueblo hasta la casa de los Jameson-Kerr, y cuando vio las tiznadas ventanas, el polvo por todas partes, y las enrojecidas manos de su amiga, se dijo a sí misma que debía conservar a toda costa a su ama de llaves, y que la ocasional presencia de Joan Smith era una insignificante molestia.
Joan vio pasar el coche y se puso el abrigo.
–Supongo que te largas a Lowfield Hall –dijo Norman–. No sé por qué no te quedas allí a vivir con Miss Frankenstein.
Aunque en tiempos lo hizo, Joan ya había dejado de abrumar a su marido con palabrería bíblica. De todos cuantos la mujer conocía, el único que se libraba era él.
–No digas ni una palabra contra Eunice. De no ser por ella, yo estaría muerta.
Chupando una pastilla de menta. Norman miró el interior de una de las sacas de correo.
–Tanto escándalo por un golpecito de nada.
En un repentino acceso de ingenio, Joan gritó:
–Si no fuese por ella, en vez de mirar sacas de correo, estarías cosiéndolas.
Se montó en la camioneta y cruzó el puente. Eunice estaba en la cocina, cargando la lavadora con sábanas, camisas, y manteles.
–Vi a la Coverdale irse en el coche, así que pensé en pasarme por aquí. ¿Tuviste una pelea anoche?
–Ninguna pelea. –Eunice cerró la puerta de la lavadora y fue a poner la tetera sobre el fogón–. Él dice que no puedes volver por aquí.
La reacción de Joan fue ruidosa y violenta.
–¡Lo sabía! ¡Lo veía venir desde lejos! No es la primera vez que los siervos de Dios sufren persecución, Eun, y no será la última. –Lanzó un acusador dedo hacia delante y estuvo a punto de tirar la jarra de leche–. ¡Mira todo lo que haces por ellos! ¿Acaso el trabajador de la viña no se gana su jornal? Tendría que pagarte el doble de lo que te paga si no tuvieras ese cuartucho de arriba, pero ese hombre no piensa en ello. No es más que tu casero y, ¿desde cuándo tiene un casero el derecho de meterse con los amigos de sus inquilinos? –Su voz se convirtió en un trémulo grito–. Hasta su propia hija va por ahí llamándolo fascista. Hasta los suyos se apartan de él. ¡Ay de aquel a quien el Señor desprecia!
Como quien oye llover, Eunice permaneció con la vista fija en la tetera. No sintió una ola de cariño hacia Joan, ningún impulso de lealtad la dominó. No la asaltó la pasión que suele dominar a las personas cuando ven amenazados sus derechos básicos. Simplemente sintió, como venía sintiendo desde la noche anterior, que estaban metiéndose en su vida. Al fin, con su habitual voz firme y opaca, dijo:
–No haré ningún caso.
Joan, enormemente satisfecha, lanzó una aguda risa.
–¡Estupendo, ésta es mi Eunice! Dales una buena lección. Demuéstrales que no vas a bailar al son que te toquen.
–Prepararé té –dijo Eunice–. Échale un vistazo a la nota que me ha dejado esa mujer, ¿quieres? Me he dejado las gafas en el cuarto.


14

Durante el curso, Melinda sólo había ido por su casa dos veces, pero ahora, terminado el trimestre, Jonathan se iba a Cornwall y estaría allí con sus padres hasta pasado año nuevo. A ella también la habían invitado; pero era necesario algo más que un enamoramiento para mantener a Melinda lejos de Lowfield Hall por Navidad. Se separaron con promesas de telefonear todos los días y de escribir frecuentemente, y Melinda cogió el tren de Stantwich.
Geoff Baalham volvió a recogerla en Gallows Corner. Esto no fue una gran coincidencia, ya que era la hora en que Geoff solía regresar de su ronda de reparto de huevos. El 18 de diciembre, a las cinco de la tarde ya había oscurecido, las ventanillas de la camioneta estaban subidas y la calefacción puesta, y Melinda llevaba un abrigo afgano bordado y un gran sombrero de piel. Sólo las botas eran las mismas de la anterior ocasión.
–¿Qué hay, Melinda? Cuantísimo tiempo. No me digas que lo único que te ha retenido en Galwich han sido los estudios.
–¿Qué, si no?
–Un novio nuevo, según me han dicho.
–Realmente, éste es un pueblo de chismosos... Bueno, cuéntame qué novedades hay.
–Barbara está embarazada. En julio habrá otro pequeño Baalham. ¿Me imaginas siendo padre, Melinda?
–Serás maravilloso. Me alegro muchísimo, Geoff. Dale un abrazo muy fuerte a Barbara de mi parte.
–Lo haré –dijo Geoff–. A ver qué más... Mi tía Nellie se cayó de la bicicleta y tiene un pie fastidiado. ¿Sabías que tu padre echó de vuestra casa a Mrs. Smith?
–¡No me digas!
–Como oyes. La pescó bajando las escaleras con vuestra ama de llaves, le dijo que no quería volverla a ver por allí y luego la echó de mala manera. Creo que Mrs. Smith tiene un costado lleno de moretones.
–Qué espantoso. Mi padre es un fascista terrible.
–Pues no sé qué decirte. Hay que tener en cuenta lo que esa mujer dice de tu madre y, además, por lo que he oído, se dedica a abrir vuestro correo. Bueno, aquí te quedas. Dile a tu madre que el lunes a primera hora os dejaré los huevos.
Geoff se marchó a casa, hacia Barbara y las gallinas, pensando en lo estupenda que era Melinda –¡qué sombrero de piel!– y en la suerte que tenía su novio.
–¿Es cierto que echaste a patadas a Mrs. Smith y que la pobre tiene el cuerpo lleno de moretones? –preguntó Melinda, irrumpiendo en la salita íntima, donde George, tras cubrir la alfombra con una sábana, estaba limpiando sus escopetas, pues en el cuarto armero hacía demasiado frío.
–Bonita forma de saludar a tu padre al cabo de un mes sin verlo. –George se levantó y besó a su hija–. Estás estupenda. ¿Qué tal ese novio? ¿A qué viene eso de que ataqué a Mrs. Smith?
–Geoff Baalham me lo contó.
–Bobadas. Jamás toqué a esa mujer. Ni siquiera le dirigí la palabra, salvo para decirle buenas noches. A estas altura ya deberías saber lo que son los chismorrees locales, Melinda.
Melinda tiró el sombrero sobre un sillón.
–¿Pero le dijiste que no volviera por aquí, papá?
–Desde luego.
–¡Pobre Miss Parchman! Lo de meterse con qué amigas tiene es feudalismo puro y duro. Tanto que nos preocupábamos porque no conocía a nadie ni iba a ninguna parte, y ahora que tiene una amiga, tú la echas de casa. Qué vergüenza.
–Melinda... –comenzó George.
–Voy a ser encantadora con ella. La trataré con amabilidad y cariño. No soporto la idea de que la pobre no tenga ni una sola amiga.
De este modo, Melinda emprendió aquella tarde un desastroso camino que la conduciría directamente a la muerte, lo mismo que a su padre, a su madrastra y a su hermanastro. Lo hizo porque estaba enamorada. No es tanto que todo el mundo ame a los enamorados como que los enamorados aman a todo el mundo. Por su amor, Melinda se sentía impulsada a repartir amor y felicidad, pero fue trágico que eligiese como objeto de sus atenciones a Eunice Parchman.
Después de la cena se levantó de la mesa y, para asombro de Jacqueline, ayudó a Eunice a recoger. También Eunice se asombró... y se sintió exasperada. Quería acabar con los platos a tiempo de ver la serie de policías de Los Angeles a las ocho, y ahora tenía a aquella niña zangolotina trasteando por la cocina, mezclando los platos manchados de salsa con los vasos de agua. No le diría ni una palabra, a ver si así espabilaba y la dejaba en paz.
Una especie de delicadeza, de sentido del buen gusto, yacía tras la extroversión de Melinda, y la muchacha comprendió que sería desleal hacia su padre mencionar los acontecimientos del domingo anterior. Así que escogió un tema de conversación distinto. Su elección fue pésima: sólo podría haber escogido un tema peor.
–Su nombre de pila es Eunice, ¿verdad, Miss Parchman?
–Sí –dijo Eunice.
–Es un nombre bíblico, aunque usted, claro, ya lo sabe. Pero yo creo que es de origen griego. Eunicea, o quizá Eunikea. Se lo preguntaré a Giles. En mi colegio no dábamos griego.
Un plato golpeó violentamente contra el lavavajillas. Como Melinda era una atropellaplatos habitual, no le dio importancia. Se sentó en la mesa.
–Lo miraré. Creo que está en la Epístola de Timoteo. ¡Claro que sí! «Eunicea, madre de Timoteo.»
–Se ha sentado sobre el paño del té –dijo Eunice.
–Oh, perdón... Lo tengo que verificar; pero creo que dice algo acerca de «tu madre Eunicea y tu abuela Loida»... No creo que su madre se llame Loida, ¿verdad?
–Edith.
–Eso es anglosajón. Los nombres son fascinantes, ¿no? El mío me encanta. Creo que mis padres tuvieron muy buen gusto al llamarnos Peter, Paula y Melinda. Peter llegará la semana que viene, le gustará a usted. Si hubiese tenido un hijo, ¿lo habría llamado Timoteo?
–No sé –dijo Eunice, preguntándose el motivo de aquella persecución. ¿Le habría encargado George Coverdale que la interrogase? ¿O eran sólo ganas de tomarle el pelo? Si no, ¿por qué no dejaba aquella marisabidilla de sonreír y reír? Frotó los platos con encono y vació la pila.
–¿Cuál es su nombre favorito? –siguió su inquisidora.
Eunice nunca había pensado en ellos. Los únicos nombres que sabía eran los de sus parientes, los de sus escasos conocidos, y los que había oído por televisión. Desesperada, escogió de esta última el nombre del protagonista de la serie cuyo episodio de aquella noche iba a perderse como no se diera prisa:
–Steve –dijo y, colgando el paño del té, salió de la cocina. El esfuerzo intelectual la había dejado exhausta.
Melinda no quedó del todo insatisfecha. La pobre Parchman seguía dolida por el asunto de Joan Smith, pero se repondría. El hielo estaba roto, y Melinda tenía la esperanza de que, antes de que las vacaciones finalizaran, se hubiera establecido una sintonía entre ambas.
–Eu-ni-kia –replicó Giles cuando ella le preguntó. Luego el muchacho añadió–: Había un tipo que se emborrachó en una fiesta y cuando, a las tres de la mañana se encaminaba a trompicones hacia su casa, se detuvo en un portal. Miró los nombres de junto a los timbres y se fijó en uno llamado S. T. Paul[9]. Llamó a ese timbre, y cuando el tipo bajó, malhumorado, soñoliento y en pijama, el borracho le dijo: «Perdone... ¿alguna vez le contestan a sus epístolas?» –Rió de buena gana su propio chiste y, de pronto, se cortó. Quizá, teniendo en cuenta su próxima conversión, no debería gastar bromas con aquellas cosas.
–Estás loco, Step –dijo Melinda. Ni valoraba ni nunca valoraría el hecho de que era la única persona a la que su hermanastro le dirigía algo que no fuesen frases aisladas. La joven estaba pensando en Eunice a la cual buscó, armada con la Biblia, y al día siguiente con un diccionario de nombres propios. Le prestó revistas, le llevó el periódico vespertino que compraba George y, obsequiosa, subió a buscar las gafas cuando Eunice dijo, como siempre, que no las llevaba encima.
Eunice se sentía insoportablemente agobiada. Ya era un fastidio que Melinda y Giles estuvieran todo el día en la casa, con lo que Joan Smith no podía ir a visitarla. Pero ahora Melinda se pasaba el tiempo en la cocina o, como le dijo a Joan, siguiéndola «como un perro» por toda la casa. Además, aunque eso no lo comentó con Joan, los libros y periódicos que la joven no dejaba de llevarle la tenían fuera de quicio.
–Supongo que sabes a qué viene todo eso, ¿no, Eunice? Se avergüenzan de su terrible comportamiento e intentan congraciarse.
–No sé –dijo Eunice–. Esa chica me tiene hasta la coronilla.
Aquella situación estaba exasperando a Eunice como nada antes lo había hecho. Pero no había forma de librarse de Melinda, pues la muchacha era tan cordial como infatigable. Un par de veces, mientras la joven la arengaba sobre nombres bíblicos, la Navidad o historias familiares, se preguntó qué ocurriría si cogiese uno de aquellos grandes cuchillos de cocina y lo utilizase. Siendo como era, Eunice no le preocupó de lo que harían los Coverdale ni de qué ocurriría con ella, sino simplemente, de las consecuencias inmediatas: aquella lengua silenciada, la sangre manando de la garganta y tiñendo de rojo aquel blanco cuello.

El día 23 llegaron Peter y Audrey Coverdale.
Peter era un hombre alto, de plácido aspecto, más parecido a su madre que a su padre. Había cumplido treinta y un años. Él y su esposa no tenían hijos, probablemente por elección, ya que Audrey era una mujer emancipada, bibliotecaria jefe en la universidad en la que él era profesor de economía política. Audrey, que sentía un particular cariño hacia Jacqueline, era una mujer elegante, bien vestida, de aire intelectual, cuatro años mayor que su marido, lo cual la hacía sólo siete años más joven que Jacqueline. Antes de estudiar para bibliotecaria, había pasado por el Real Conservatorio de Música, al que Jacqueline también asistió antes de su primer matrimonio. Las dos mujeres leían el mismo tipo de libros, compartían idéntica pasión por la ópera mozartiana y premozartiana, y les encantaba la moda y hablar de ropas. Se carteaban regularmente, estando las cartas de Audrey entre las examinadas por Joan Smith.
Cuando apenas llevaban diez minutos en la casa, Melinda se empeñó en llevarlos a la cocina para que conocieran a Eunice.
–A fin de cuentas, forma parte de la familia. Es de lo más fascista tratarla como si fuera un electrodoméstico.
Eunice estrechó las manos de los recién llegados.
–¿Pasará usted las Navidades fuera, Miss Parchman? –preguntó Audrey que, como Jacqueline, se ufanaba de saber hablar a las personas de todas las clases sociales.
–No –dijo Eunice.
–Qué lástima. No para nosotros, desde luego. Su pérdida será nuestra ganancia. Pero en Navidad siempre gusta estar con la familia, ¿no?
Eunice se dio la vuelta y sacó las tazas de té.
–¿De dónde has sacado a esa espantosa mujer? –preguntó luego Audrey a Jacqueline–. Pone los pelos de punta. No parece humana.
Jacqueline se sonrojó como si hubiera recibido un insulto personal.
–Eres como George. No quiero hacerme amiga de mi criada, quiero que sea como es, maravillosamente eficiente y discreta. Y te garantizo que sabe hacer su trabajo.
–Las boas constrictor, también –dijo Audrey.
Y así llegó Navidad.
George y Melinda adornaron Lowfield Hall con acebo, y de la lámpara del salón colgaba un ramo de muérdago, regalo de Mrs. Meadows, en cuyos robles crecía. Los Coverdale recibieron más de un centenar de felicitaciones navideñas, que fueron decorativamente colgadas de hilos por Melinda. Giles sólo recibió dos christmas: uno de su padre y otro de un tío, y ambos, en su opinión, eran tan espantosos que optó por no ponerlos en la pared de corcho, donde la cita del mes rezaba: «El amor hacia uno mismo es el comienzo de un idilio perpetuo.» Melinda hizo guirnaldas de papel, en tonos rojos brillante, esmeralda y azul eléctrico, exactamente las mismas que preparaba todos los años desde hacía quince. Jacqueline opinaba de ellas lo mismo que Giles de sus christmas, pero por nada del mundo lo hubiese reconocido.
Llegado el Día, el salón se convirtió en una gran fiesta. Los hombres iban de oscuro y las mujeres de largo. Jacqueline llevaba un vestido de terciopelo color crema, Melinda un conjunto al estilo de los años veinte, en crêpe de Chine, repujado con cuentas compradas en la tienda de Oxfam. Abrieron los regalos, esparciendo por la alfombra cintas y papeles de colores. Mientras Jacqueline desenvolvía la pulsera de oro regalo de George, y Giles miraba con algo próximo al entusiasmo la versión completa, en seis volúmenes, de La caída del Imperio romano, de Gibbon, Melinda abrió el regalo de su padre.
Era un magnetófono.


15

Todos bebían champán, incluso Giles, al que su madre había convencido de que bajase de su dormitorio, y se sentía hoscamente resignado a pasar abajo toda la jornada. Y sería peor al día siguiente, cuando se celebrase la fiesta. En esto, Melinda estaba de acuerdo y, sentada en el suelo junto a él, se explayó sobre lo maravilloso que era Jonathan, lo cual a Giles no le hizo ninguna gracia. A fin de cuentas, Byron nunca tuvo que soportar apologías del coronel Leigh, el esposo de su media hermana. De todas maneras, las Navidades serían soportables si tales cónclaves con Melinda fuesen la norma. Se imaginaba que los demás habían advertido lo unidos que estaban y se sentían estupefactos por tan misterioso vínculo.
Lejos de notar nada raro en su hijo, salvo el hecho de que por una vez estaba presente, Jacqueline pensaba en la única persona de la casa que estaba ausente.
–Realmente, creo que deberíamos pedirle a Miss Parchman que almorzara con nosotros.
Todos, menos Melinda, manifestaron su parecer con gestos de desagrado.
–Es como una versión femenina de Banquo[10] –dijo Audrey, y su marido comentó que las Navidades eran fiestas de alegría.
–Y de paz y buena voluntad –dijo George–. Como bien sabéis, esa mujer no me es demasiado simpática, pero la Navidad es la Navidad, y no me gusta pensar en ella almorzando sola en la cocina.
–Me alegro de que estés de acuerdo conmigo, papá. Iré a buscarla y le pondremos un puesto a la mesa.
Pero Eunice no estaba. Tras limpiar la cocina y preparar las verduras se había ido a la tienda del pueblo. Allí, en la salita, carente de guirnaldas y de acebo, ella, Joan y un hosco y taciturno Norman comieron pollo asado, guisantes congelados, patatas en conserva y un pudín navideño de la tienda. A Eunice le encantó la comida, aunque echó de menos las salchichas. Joan las había preparado, pero se olvidó de servirlas y una semana más tarde Norman, alertado por un sospechoso olor, las encontró en la bandeja del horno. Bebieron agua y luego té fuerte. Norman había comprado cerveza, pero Joan la tiró en el contenedor poco antes de que aparecieran los de la basura. Estaba extasiada con el jersey salmón que le había tejido Eunice. Se apresuró a probárselo, dedicándose luego a asumir grotescas poses de modelo frente al tiznado espejo. Eunice recibió una enorme caja de bombones y un pastel de frutas, todo ello de la tienda.
–Contamos contigo para mañana, ¿verdad, querida? –preguntó Joan.
Y así fue como Eunice pasó el Boxing Day[11] con los Smith, dejando que Jacqueline atendiera sola a los treinta invitados que acudieron por la noche. Aquello tuvo en ella un curioso efecto doble. Fue como volver a los viejos días en que todo el peso de la casa recaía sobre sus hombros. La ausencia hizo que Jacqueline apreciase a Eunice casi aún más que cuando estaba presente. Sí la mujer se iba, así serían las cosas permanentemente. Y sin embargó, por primera vez vio a su ama de llaves a la misma luz que George, Audrey y Peter, como a una mujer hosca y cerril, que iba y venía a su antojo y que, debido al grado en que habían llegado a depender de ella, creía tener a los Coverdale en la palma de la mano.

Pasó año nuevo y Peter y Audrey volvieron a su casa. Le propusieron a Melinda que los acompañara y pasase con ellos la última semana de sus vacaciones; pero la muchacha se negó. Melinda estaba muy preocupada, y su preocupación aumentaba con el paso de cada día. Perdida la chispa, vagaba por la casa como un alma en pena, y rechazó todas las invitaciones de sus amigos del pueblo. George y Jacqueline pensaron que echaba de menos a Jonathan y, con sumo tacto, se abstuvieron de hacerle preguntas.
Melinda se lo agradeció enormemente. Si lo que temía era cierto –y a aquellas alturas tenía que serlo– ya se enterarían. Quizá fuera posible pasar por el trance, o salir de él, sin que George llegara a enterarse. Los hijos entienden a los padres tan poco como los padres a los hijos. Melinda había tenido una infancia feliz y un padre cariñoso y comprensivo, pero su modo de pensar estaba influido por la actitud de sus amigos hacia sus respectivos padres, a los que consideraban mojigatos, anticuados, y llenos de moralina. Por consiguiente, así debían ser los suyos, y la experiencia personal no pudo nada contra aquella convicción. Se sabía la favorita de George, y aquello empeoraba las cosas, pues, de enterarse, él se sentiría tanto más disgustado y decepcionado y su idealizado cariño hacia ella se convertiría en inquina. Imaginaba el rostro del hombre, severo al tiempo que incrédulo, si alguna vez sospechase algo así de su hija menor, de su pequeña. Pobre Melinda. Se hubiese quedado de piedra de saber que George lleva tiempo sospechando que su relación con Jonathan era plenamente sexual. Lo lamentaba, pero lo aceptaba filosóficamente en tanto en cuanto pudiera creer que entre ellos existía amor y confianza.
Como era natural, todos los días había tenido largas conversaciones telefónicas con Jonathan –George tendría que pagar una contundente factura–, pero hasta el momento ella no le había mencionado para nada su preocupación. Sin embargo, llegado el 4 de enero, comprendió que debía decírselo. No era tan duro como contárselo a su padre; pero tampoco resultaba plato de gusto. Su experiencia acerca de tales revelaciones procedía de las novelas y las revistas, y de los comadreos del pueblo. Cuando se lo contabas al hombre, él se desentendía de ti, te dejaba plantada, no quería saber nada o, como máximo, hacía frente a su responsabilidad; pero dejando bien claro que la culpa era tuya. Pero debía decírselo. No podía seguir ni un día más soportando sola el peso de aquel terrible secreto. Aquella misma mañana, al despertarse, había tenido un violento ataque de náuseas.
La joven esperó a que George se marchase a trabajar y Jacqueline y Giles se fueran a Nunchester en el otro coche. Jacqueline suponía que mientras ella iba de compras, su hijo visitaría a algún amigo –¡al fin tenía un amigo!– aunque, en realidad, a lo que iba el muchacho era a recibir la primera sesión de catequesis del padre Madigan. Eunice estaba arriba, haciendo las camas. En Lowfield Hall había tres teléfonos: uno en la salita íntima, un supletorio en el vestíbulo y otro junto a la cama de Jacqueline. Melinda decidió llamar desde la salita, pero mientras reunía valor para hacerlo, sonó el teléfono. Era Jonathan.
–Un momento, Jon –pidió la muchacha–. Voy a cerrar la puerta.
En aquel preciso momento, mientras Jonathan dejaba un momento el teléfono sobre la mesa para encender un cigarrillo y Melinda cerraba la puerta de la salita, Eunice descolgó el supletorio del cuarto de Jacqueline. No fue por espiar, ya que no sentía ni el menor interés por Melinda, y sus atenciones la sacaban de quicio. Levantó el microteléfono porque sin hacerlo no se puede quitar adecuadamente el polvo del aparato. Pero en cuanto escuchó las primeras palabras de Melinda comprendió que no estaría de más seguir escuchando.
–¡Ocurre algo terrible, Jon! Aunque me aterra decírtelo, tengo que hacerlo. Estoy embarazada. Seguro. Ya llevo dos semanas de retraso, y esta mañana me he despertado con náuseas. Sería espantoso que papá o Jackie se enterasen. Para él sería un golpe terrible, me odiaría... Dios, ¿qué puedo hacer?
Estaba al borde del llanto, ahogada por lágrimas que no tardarían en aflorar. Aguardó en temeroso silencio hasta que, con toda calma, Jonathan dijo:
–Bueno, hay dos posibilidades, Mel.
–Sí. Pues cuenta. A mí lo único que se me ocurre es huir y morirme.
–No exageres, cariño. Si es lo que realmente quieres, aborta...
–Entonces seguro que se enteran. Si no pudiera hacerlo por la Seguridad Social y necesitase dinero, o bien querrán saber el nombre de mi pariente más próximo...
En aquellos momentos, Melinda era presa de la histeria. Como casi todas las mujeres en su situación, sentía un pánico ciego e irrazonable, debatiéndose contra las rejas de la celda en que se había convertido su propio cuerpo. Eunice arrugó la nariz. No soportaba aquello, tanto alboroto y tanta estupidez. Y quizá en su reacción hubiese otro elemento, un inconsciente aguijonazo de envidia o rencor, que fue lo que le hizo dejar el teléfono. Dejarlo, no colgarlo, ya que hacer esto último antes de que la conversación concluyese habría sido imprudente. Siguió con su trabajo y fue a quitarle el polvo a la cómoda, y de este modo se perdió el resto de la conversación.
–La idea del aborto no me gusta –dijo Jonathan–. Procura tranquilizarte y tener un poco de calma, Mel. Escucha: sea como sea, quiero casarme contigo. Esperaba que lo hiciéramos cuando terminásemos de estudiar, tuviéramos trabajo y todo eso. Pero no importa. Casémonos cuanto antes.
–¡Oh, Jon, cómo te quiero! ¿De veras quieres que nos casemos? Tendré que decírselo, aunque los dos somos mayores de edad; pero, Jon...
–Pero nada. Nos casaremos, tendrás a nuestro hijo, y todo irá a las mil maravillas. En vez de la semana que viene, vete a Galwich mañana. Yo me reuniré contigo. Estaremos juntos y haremos planes. ¿De acuerdo?
Melinda estuvo totalmente de acuerdo. De las lágrimas de desesperación había pasado a la exultante alegría. Al día siguiente partiría para reunirse con Jonathan, y le diría a George que pensaba quedarse con su amiga de Lowestoft. Mentirle no estaba bien, desde luego, pero era por una buena causa. Resultaba preferible que se enterase de que iba a ser abuelo cuando se hicieran públicas las amonestaciones o sacaran la licencia.
Pero el 5 de enero no se sintió indispuesta. Antes de terminar de hacer su maleta supo que sus temores habían sido infundados: los síntomas los provocó la inquietud y, una vez desaparecida ésta, cesaron. No obstante, se fue igual. Desde la estación cogió un taxi que la condujo hasta el piso de Jonathan, tan impaciente estaba de comunicarle que, a fin de cuentas, no iban a tener un hijo.

Lo de encontrarse en posesión de un secreto ajeno le recordó a Eunice los días en que hacía chantaje al homosexual y, naturalmente, a Annie Cole. Se trataba de una noticia de la que a Joan Smith le hubiese encantado enterarse. A la mujer le dolía que Eunice nunca le contase nada sobre las vidas privadas de los Coverdale.
Pero Eunice tampoco iba a mencionarle aquello. Un secreto compartido deja de ser un secreto, en especial cuando se comparte con alguien como Joan Smith, que en un santiamén se lo habría susurrado a todos los clientes que seguían acudiendo a su tienda. No: Eunice se guardó aquello en el almacén de su memoria, porque nunca se sabe. Podía llegar un momento en que le resultara útil. Así, la noche siguiente, cuando montó en la camioneta que la esperaba en Greeving Lane, no soltó prenda.
–Me han dicho que la chica Coverdale volvió ayer a la universidad –dijo Joan–. Un poco temprano, ¿no? Supongo que se dispone a pasar una semana de sexo desenfrenado con ese novio suyo. Esa chica terminará mal. Mr. Coverdale es uno de esos hombres sin entrañas, capaz de arrojar de su casa a la carne de su carne y sangre de su sangre si se enterase de que se había dado a la fornicación.
–No sé –dijo Eunice.
La duodécima noche, 6 de enero, festividad de la Epifanía, es la mayor fiesta en el calendario de los discípulos de Elroy Camps. La reunión fue sensacional: dos confesiones realmente espectaculares, una de ellas casi tanto como la de Joan; una improvisada plegaria rezada a voz en cuello por Joan, y cinco himnos.

¡Sigue la estrella!
¡Sigue la estrella!
Los Magos no retrocedieron.
¡Por desiertos, los montes y el mar,
la estrella los conducirá al hogar,
blanco, cobrizo o negro sea el lugar!

Comieron pastel de sésamo y bebieron té. Joan se mostró cada vez más y más excitada hasta que al fin tuvo una especie de ataque. Se derrumbó en el suelo agitando brazos y piernas, murmurando profecías como una posesa. Dos de las mujeres tuvieron que llevársela a una habitación contigua para que se calmara, aunque en conjunto los epifánicos se sintieron más exaltados que alarmados por el incidente.
Sólo la esposa de Elder Barnstaple, una mujer sensata que acudía a las reuniones por acompañar a su marido, pareció inquieta. Pero supuso que Joan estaba «haciendo comedia». Nadie de la congregación sospechó la verdad: que Joan Smith estaba cada vez más y más loca, al borde de perder todo contacto con la realidad. Era como un debilitado nadador precariamente aferrado a una roca. Ahora los dedos se estaban escurriendo inexorablemente por su superficie, y las corrientes de la locura la llevaban hacia la vorágine.
Mientras conducía la camioneta, de regreso a casa, Joan apenas habló, pero de cuando en cuando sufría incontrolables ataques de extraña hilaridad que parecían proceder de inhumanos seres que merodeasen por aquellos caminos, oscuros como boca de lobo.


16

Pleno invierno y el viento ululaba. Eva Baalham decía que las noches comenzaban a acortarse, y era cierto; pero prácticamente imperceptible. En Greeving cayó la primera nevada, una alfombra de copos que se deshelaron y volvieron a helarse.
En la pared de corcho, cita de san Agustín: «Muy tarde te amé, oh Belleza a un tiempo antigua y nueva, demasiado tarde accedí a tu amor.» Ocurría que el camino de Giles hacia Roma no estaba resultando plenamente satisfactorio, ya que el padre Madigan, acostumbrado a los rústicos campesinos, esperaba del muchacho idéntica ignorancia e idéntica fe ciega. Aparentemente, no comprendía que Giles sabía más griego y latín que él y que, antes de los dieciséis años ya se había leído a Aquino de cabo a rabo. En Galwich, Melinda era extáticamente feliz con Jonathan. Seguían con el proyecto de casarse, pero no hasta cuando ella terminase sus estudios quince meses más tarde. A tal fin, y como necesitaría un buen empleo, la muchacha, entre hacer planes y hacer el amor, trabajaba duro en Chaucer, Gower y otros poetas medievales.
El sol, frío y pálido, describía un bajo arco en el despejado cielo color aguamarina, o aparecía como difuso borrón de luz en una grisácea extensión de nubes.

El 19 de enero Eunice cumplió cuarenta y ocho años. Ella recordó el aniversario, pero no se lo dijo a nadie, ni siquiera a Joan. Hacía años que nadie la felicitaba ni le hacía un regalo por tal fecha.
Estaba sola en la casa. A las once sonó el teléfono. A Eunice no le gustaba ponerse al teléfono: no estaba acostumbrada a él y le ponía nerviosa. Tras preguntarse si no sería preferible hacer caso omiso del timbre, contestó de mala gana.
La llamada era de George. Recientemente, la Tin Box Coverdale había cambiado de asesores de imagen, y un ejecutivo de la nueva compañía iba a almorzar con él, para efectuar luego un recorrido de la fábrica. George había preparado una breve historia de la empresa, fundada por su abuelo... y se había dejado las notas en casa.
Estaba resfriado y tenía la voz tomada y ronca.
–Los papeles que necesito están sobre el escritorio de la salita, Miss Parchman. No sé exactamente dónde, pero las páginas están grapadas y tienen escrito en mayúsculas el título: «Empresa Coverdale, de 1895 al presente.»
Eunice no dijo nada.
–Le agradecería que fuera a buscarlos. –George lanzó un explosivo estornudo–. Dispense. ¿Qué le estaba diciendo? Ah, sí. Un chófer va de camino a recogerlos. Póngalos en un sobre grande y déselos cuando llegue.
–Muy bien –dijo Eunice, sin saber qué hacer.
–Vaya a echar un vistazo, ¿le parece? Cuando los encuentre, vuelva y dígamelo.
El escritorio estaba lleno de papeles, muchos de ellos grapados, y todos con encabezamientos en mayúsculas. Tras vacilación, Eunice colgó el teléfono sin decirle nada a George. Inmediatamente, el teléfono volvió a sonar. No contestó. Fue arriba y arregló su cuarto. El teléfono sonó otras cuatro veces, y luego el timbre de la puerta, al que Eunice tampoco respondió. Aunque no celebrase el cumpleaños, le pareció muy desagradable que el incidente ocurriese precisamente aquel día. Los cumpleaños debían ser agradables y pacíficos, sin que cosas como aquella los amargaran.
George no lograba entender lo que sucedía. El chófer volvió con las manos vacías, y el ejecutivo tuvo que marcharse sin la historia de la empresa Coverdale. George hizo una sexta llamada y logró hablar con su esposa, que había ido a Nunchester a teñirse el pelo. No, Miss Parchman no estaba enferma y acababa de salir a dar una vuelta. Cuando volvió a casa, George buscó los papeles y los encontró en lo alto del montón que había sobre el escritorio.
–¿Qué ocurrió, Miss Parchman? Esos papeles me hacían muchísima falta.
–No los encontré –dijo Eunice, sin mirarlo, mientras ponía la mesa de la cena.
–Pero si estaban a la vista. No entiendo cómo no los vio. El chófer perdió una hora viniendo hasta aquí. Y, aunque no los encontrase, podría habérmelo dicho.
–Se cortó la línea.
George sabía que aquello era mentira.
–Llamé otras cuatro veces.
–Aquí no sonó –dijo Eunice, volviendo hacia él su pequeño rostro, que parecía haber aumentado de tamaño, hinchado por el rencor. Varias horas rumiando el problema la habían dejado irascible y de pésimo humor, y para dirigirse a George usó el mismo tono que con tanta frecuencia escuchó su padre en sus últimas semanas de vida–. De todo eso, yo no sé nada de nada. –Para ella, aquello era ser sumamente locuaz–. Es inútil que me pregunte, porque no sé nada. –La sangre se le subió a la garganta y le encendió el rostro. Sin más, le dio la espalda a George.
Él salió de la habitación, impotente ante aquella negativa a asumir responsabilidades, a disculparse, e incluso a discutir el asunto. Tenía la cabeza embotada por el resfriado, como llena de lana húmeda. Jacqueline estaba maquillándose, sentada frente al espejo del tocador.
–No es una secretaria, cariño –dijo, repitiendo las palabras que su marido había usado cuando ella tenía dudas acerca de si debía contratar o no a Eunice–. No debes esperar demasiado de Miss Parchman.
–¡Demasiado! ¿Acaso es demasiado pedirle que coja cuatro hojas de papel claramente marcadas y se las entregue a un chófer? Además, lo importante no es eso. Hasta ahora no sabía lo que era la auténtica desfachatez; pero acabo de averiguarlo. Cuando responde al teléfono no da ni el número ni nuestro nombre. Si un burro pudiera decir «Dígame», sonaría igualito que Miss Parchman.
Jacqueline se echó a reír y su marido siguió.
–¡Y lo de colgarme el teléfono! ¿Por qué no contestó cuando llamé de nuevo? Porque el teléfono sonó, claro que sonó, es una majadería decir que no. Y cuando hablé con ella del asunto, se mostró francamente grosera.
–Me he dado cuenta de que no le gusta hacer cosas que están... bueno, fuera de lo que ella considera su jurisdicción. Siempre es lo mismo. Si le dejo una nota, hace lo que en ella le digo, pero me da la sensación de que es como de mala gana, y no le gusta hacer llamadas telefónicas ni contestarlas. –Lo dijo en tono ligero, como echando a risa un berrinche masculino, siguiéndole la corriente e intentando calmarlo porque el resfriado de su esposo era peor que el que ella misma tenía.
Tras una vacilación, George le puso una mano sobre el hombro.
–Es inútil, Jackie: tiene que irse.
–¡Oh, no, George! –Jacqueline se volvió hacia él–. No puedo prescindir de ella. No puedes pedir que la despida sólo porque te falló con lo de los papeles.
–No es sólo eso, sino también su insolencia y la forma como nos mira. ¿Te has dado cuenta de que jamás nos llama por nuestros nombres? Y ha dejado de usar el «señor» y el «señora». No es que yo le dé importancia ni que sea un esnob –dijo George, que se la daba y lo era–, pero no soporto los malos modos ni las mentiras.
–Por favor, George: dale otra oportunidad. ¿Cómo me las arreglaría sin ella? No puedo ni imaginármelo.
–Hay otras sirvientas.
–Sí, como la vieja Eva y las au pairs –dijo hoscamente Jacqueline–. En la fiesta de Navidad pude hacerme idea de cómo serían las cosas sin ella. No sé a ti; pero a mí no me hizo ninguna gracia. Me pasé el día preparando la comida y toda la noche yendo y viniendo. No pude hablar: sólo preguntarles si querían otra copa.
–¿Y por eso he de cargar con un ama de llaves que no desentonaría en el cuerpo de servicio de Auschwitz?
–Dale otra oportunidad, cariño, por favor.
George capituló. Jacqueline siempre lograba convencerlo. ¿Acaso algún precio era demasiado alto por conseguir que su esposa fuera feliz y estuviese bella y relajada? ¿O por tener paz y comodidad en una casa elegante y bien gobernada? ¿Había algo que él no fuese capaz de sacrificar por conservar todo aquello?
Sólo mi vida, podría haber respondido, sólo mi vida.
George se propuso tomar medidas, asumiendo una firme actitud con Eunice, controlando y dirigiendo a la mujer. No era un hombre ni débil ni cobarde, y nunca había estado de acuerdo con la máxima de que más vale hacer caso omiso de las cosas desagradables, simulando que no existen. Debía reprenderla cuando devolviese su sonrisa y su «Buenos días» con un fruncimiento de cejas y un gruñido, o bien tendría una razonable charla con ella, intentando averiguar cuál era el problema o qué quejas tenía de ellos.
Sólo la reprendió una vez, y bienhumoradamente:
–¿Tanto le cuesta sonreírme cuando le hablo, Miss Parchman? No sé qué le he hecho para que mire usted tan mal.
Jacqueline le dirigió una mirada suplicante. Eunice no reaccionó más que con un leve encogimiento de hombros. Después de eso, George no volvió a decir nada. Sabía lo que ocurriría si intentaba tener un tête-à-tête con ella. «No pasa nada. No hay nada que decir, porque no pasa nada.» Pero, a diferencia de Jacqueline, él se daba cuenta de que estaban consintiéndole demasiado a Eunice Parchman, permitiendo que fuera ella quien los controlara y dirigiese. En bien de Jacqueline y para su propia mortificación, se encontró a sí mismo dirigiendo untuosas sonrisas a su ama de llaves siempre que se cruzaban, preguntándole si la calefacción de su cuarto funcionaba bien, si disponía de bastante tiempo libre, y en una ocasión, si le importaría quedarse determinada noche en que tenían invitados a cenar. Su cordialidad no fue ni por asomo correspondida.

Febrero comenzó con una tormenta de nieve.
Hasta entonces, Eunice sólo había visto en fotos y en televisión una nevada en el campo, a diferencia del blancuzco barro que llenaba las calles de Tooting. Nunca se le había ocurrido que la nieve fuese algo que trastornase a la gente ni cambiara sus vidas. El lunes 1 de enero por la mañana, George se levantó antes que ella y, con un soñoliento y desganado Giles, se puso a limpiar dos pistas en la larga avenida para que pasara el Mercedes. Al amanecer, Mr. Meadows salió al camino con el quitanieves. Tras echar en el maletero del coche una pala, botas y sacos, George y Giles partieron hacia Stantwich en actitud de exploradores árticos.
Los copos formaban remolinos contra un violáceo cielo, y una blanca manta cubría el paisaje, salvo por las negras formas de los setos de demarcación y por algún aislado y desnudo árbol. Jacqueline no salió aquel día, ni al siguiente, ni al otro. Telefoneó para cancelar una cita con el peluquero, un almuerzo con Paula y los compromisos para cenar. Eva Baalham no se molestó en telefonear para decir que no iría. Simplemente, no fue. En los febreros de East Anglia ciertas cosas se dan por descontadas.
De este modo, Jacqueline se quedó encerrada con Eunice Parchman. Lo mismo que ella no se atrevía a usar el coche, sus vecinos tampoco se animaban a visitarla. En tiempos hubiera visto en la nevada un posible tema de conversación entre ella y Eunice; pero ya había llegado a la conclusión de que era inútil. Eunice aceptaba la nieve como aceptaba la lluvia, el viento y el sol. Limpió la escalinata principal y el pavimento frente a la entrada del cuarto armero sin hacer el menor comentario y siguió con su trabajo en idéntico silencio. Cuando Jacqueline, incapaz de contenerse, lanzó una exclamación de alivio el escuchar el coche de George que regresaba sano y salvo después de atravesar la tormenta, Eunice no hizo comentario alguno, como si se tratase de un día como cualquier otro.
Y Jacqueline empezó a comprender el punto de vista de George. Encontrarse aislada por la nieve junto a Eunice era más que incómodo: resultaba opresivo, casi siniestro. La mujer recorría silenciosamente las habitaciones, con su plumero y sus gamuzas. En una ocasión, cuando Jacqueline estaba sentada al escritorio, escribiendo una carta para Audrey, Eunice, sin decir palabra, levantó la cuartilla escrita a medias que Jacqueline tenía delante, pasó lentamente el plumero por la superficie de cuero repujado y palisandro. Como posteriormente comentó a su marido, fue como si ella, Jacqueline, hubiera sido la paciente de un asilo para inválidos y Eunice una de las encargadas de la limpieza. E incluso cuando el trabajo ya estaba hecho y Eunice subía a su habitación para ver las teleseries nocturnas, a Jacqueline le daba la sensación que no era sólo el peso de la nieve lo que oprimía la parte alta de Lowfield Hall. Se encontraba a sí misma caminando casi de puntillas, cerrando las puertas con todo cuidado y, muchas veces, permaneciendo inmóvil a la extraña y pálida luz que la nieve refleja y que confiere a todo un aspecto brillante, marmóreo y frío.
Nunca supo, ni por asomo se le ocurrió, que Eunice se sentía más intimidada por ella que ella por Eunice; que el incidente de los papeles que contenían la historia de la empresa Coverdale había hecho que la mujer se escondiese totalmente en su concha, ya que si hablaba a los Coverdale o permitía que ellos la hablaran, su archienemiga, la palabra escrita, se alzaría para atacarla. Leyendo en un sillón arrimado a un radiador, leyendo para dejar tranquila a Eunice y mantenerse alejada de ella, Jacqueline nunca llegó a sospechar que difícilmente hubiera podido hacer algo que incomodase más a su ama de llaves ni que suscitara en ella una mayor inquina.
Todas las noches de aquella semana, Jacqueline tuvo que doblar su habitual dosis de jerez a fin de relajarse antes de la cena.
–¿Crees que realmente merece la pena? –le preguntó George.
–Hoy he hablado por teléfono con Mary Cairne. Me ha dicho que estaría dispuesta a soportar no ya muda insolencia, sino auténticos insultos, a cambio de tener una sirviente como Miss P.
George besó a su esposa, pero no logró contener una pequeña pulla.
–Pues que lo pruebe. Siempre es agradable saber que Miss P. tendrá un sitio adonde ir cuando yo la ponga de patitas en la calle.
Pero no la despidió, y el jueves 4 de febrero ocurrió algo que los distrajo de su descontento con el ama de llaves.


17

La situación comenzaba a ser insostenible para Norman Smith. Él también se encontraba aislado por la nieve junto a un ser humano hostil, sólo que en su caso el ser humano era su esposa.
En el pasado, Norman le había dicho con frecuencia a Joan que estaba loca, aunque de modo similar a como Melinda Coverdale se lo decía a Giles Mont, sin pretender implicar que estaba mal de la cabeza. Pero ahora el hombre tenía la certeza de que Joan había perdido totalmente la razón. Aún compartían el lecho. Eran de esos matrimonios que duermen en la misma cama aun cuando no se dirigen la palabra. Pero ahora ocurría con frecuencia que Norman se despertaba a mitad de la noche y se encontraba con que Joan no estaba a su lado, y luego la oía en otra parte de la casa, riéndose sola, cantando himnos epifánicos o recitando poesías con voz chillona y destemplada. Había dejado totalmente de limpiar la casa y de quitarles el polvo a los artículos e incluso al suelo de la tienda. Y cada mañana se engalanaba con estrafalarias prendas de sus días de Shepherd’s Bush, y se maquillaba como un clown.
Tenía que verla un médico. Para Norman era evidente que Joan debía someterse a tratamiento mental. El tipo de doctor que necesitaba era un psiquiatra, pero ¿cómo llevarla a uno? ¿Cómo se hacía? Dos veces a la semana, el doctor Crutchley pasaba visita en el ambulatorio de Greeving, instalado en un par de habitaciones de una casa de campo reconvertida. Norman era consciente de que Joan nunca iría por propia iniciativa, e ir él solo resultaba absurdo. ¿Qué haría? ¿Sentarse en la sala de espera rodeado de tosientes y estornudantes Meadows, Baalham y Eleigh, y luego explicarle a un médico cansado y agobiado que su esposa se ponía a cantar por la noche, arengaba a los clientes de la tienda con fragmentos de la Biblia y llevaba calcetines hasta las rodillas y faldas cortas como una chiquilla?
Además, Norman no podía confesar a nadie la peor manifestación de la locura de su esposa.
Últimamente, Joan parecía convencida de que Dios la había elegido como censora y tenía derecho a investigar toda la correspondencia que pasaba por la estafeta de Greeving. Era imposible conseguir proteger las sacas de su escrutinio. Intentó encerrarlas en el retrete exterior, pero ella rompió la cerradura con un martillo. A estas alturas, además, ya era una experta abriendo cartas al vapor. A Norman le daban temblores y escalofríos cuando la escuchaba decirle a Mrs. Higgs que Dios había castigado a Alan y Pat Newstead matando a su único nieto, información que Joan había sacado de una carta del desconsolado padre. Y cuando le informó a Mr. Meadows, el del garaje, que George Coverdale tenía una gran deuda con su bodeguero, Norman esperó a cerrar la tienda y luego la golpeó en el rostro. Joan se puso a darle gritos. Dios se tomaría venganza en él, Dios lo convertiría en un leproso y en un proscrito que no se atrevería a mostrar su rostro ante la sociedad humana.
Esta última era una de sus escasas profecías que resultaría lamentablemente cierta.
El viernes 5 de febrero, cuando ya se había iniciado el deshielo y el camino entre Greeving y Lowfield Hall podía transitarse sin dificultades, George Coverdale entró en la tienda del pueblo a las nueve de la mañana. Es decir, entró después de golpear perentoriamente en la puerta principal y conseguir que Norman, que estaba desayunando, se levantase para abrirle.
–Temprano llega usted, Mr. Coverdale –dijo nerviosamente Norman, Hacía mucho que George no trasponía aquel umbral, y Norman era consciente de que su aparición no presagiaba nada bueno.
–A mi entender, a las nueve de la mañana no es temprano. Es la hora a la que normalmente llego a mi trabajo, y si esta mañana no ha sido así es porque debo discutir con usted un asunto muy serio que no admite demoras.
–¿Ah, sí? –quizá Norman hubiese plantado cara a George, pero se acobardó cuando en el umbral apareció Joan, con rulos en el amarillo pelo y el esquelético cuerpo envuelto en una sucia bata roja.
George sacó un sobre de la cartera.
–Esta carta ha sido abierta y vuelta a cerrar –dijo, e hizo una pausa. Le producía horror pensar que Joan Smith andaba diciendo por el pueblo que su bodeguero amenazaba con demandarlo. Y resultaba aún más indignante por el hecho de que la carta era producto de un fallo de ordenador, y George, que había pagado la factura a comienzos de diciembre, o sea en su momento, se lo explicó telefónicamente a su bodeguero y éste se disculpó cumplidamente por su error. Pero no se rebajó a darles explicaciones a aquellas personas–. Hay manchas de goma en la solapa –dijo–, y en el sobre he encontrado un pelo que, o mucho me equivoco, o procede de la cabellera de su esposa.
–No sé de qué me habla –murmuró Norman. Malhadadamente, usó una de las frases favoritas de Eunice Parchman, y esto sacó de quicio a George.
–Quizá el delegado postal de Stantwich lo sepa. Pienso escribirle hoy mismo. Le expondré el asunto de cabo a rabo, sin omitir las ocasiones previas en que he tenido motivos para sospechar, y exigiré una investigación oficial.
–No puedo evitar que lo haga.
–En efecto. Simplemente, me pareció que debía decirle lo que iba a hacer para que no lo cogiera a usted de sorpresa. Buenos días.
Joan lo había presenciado todo sin decir palabra. Pero cuando George, tras echar un desdeñoso vistazo a los polvorientos paquetes de cereales y a las arrugadas verduras de los cestos, se dirigía hacia la puerta, la mujer se lanzó hacia delante como una araña o un cangrejo sobre su presa. Se interpuso entre George y la puerta, pegada a esta última, con los esqueléticos brazos extendidos sobre el cristal, las rojas mangas de lana colgando de carne en la que el tejido subcutáneo estaba marchito. Alzando la cabeza, espetó a George:
–¡Generación de víboras! ¡Perdulario! ¡Bestia adúltera! ¡Ay de los impíos y fornicadores!
–Déjeme pasar, Mrs. Smith –dijo George, sin alterarse. No en vano había prestado servicio bajo el fuego en el Desierto Occidental.
–¿Qué castigo caerá sobre ti, embustero calumniador? Las saetas del Todopoderoso y las brasas del infierno. –Joan agitó un puño frente al rostro de George–. Dios castigará al rico que priva al pobre de su medio de vida. Dios lo destruirá en el palacio en que mora. –Tenía el rostro congestionado y los ojos desorbitados.
–Tenga la bondad de apartar a su esposa de mi camino, Mr. Smith –dijo George, exasperado.
Norman se encogió de hombros, impotente. Su mujer le producía un miedo paralizador.
–Entonces lo haré yo. Y si desean denunciarme por agresión, que les aproveche.
Apartó a Joan y abrió la puerta.
Giles, que aguardaba en el coche y era la menos curiosa de las personas, contemplaba el suceso con interés.
Joan, sólo momentáneamente derrotada, corrió tras George y le agarró el abrigo, lanzando ininteligibles gritos, con la roja bata agitándose a impulsos del gélido viento. A estas alturas, Mrs. Cairne ya estaba asomada a su ventana, y Mr. Meadows los miraba desde sus surtidores de gasolina. George jamás se había encontrado en una situación tan grotesca, y temblaba de desagrado y repulsión. Todo aquello le daba náuseas. De haberlo presenciado en la calle –un hombre furioso, una mujer semivestida sujetándolo por el abrigo– habría dado media vuelta y desaparecido cuanto antes. Y allí estaba, convertido en uno de los protagonistas.
–¡Cállese y quíteme las manos de encima! –gritó–. ¡Esto es vergonzoso!
Al fin Norman Smith salió de su pasividad y fue hasta su esposa, la sujetó y la arrastró hacia la tienda. Según contó Meadows, el del garaje, luego la abofeteó. George no esperó a ver qué ocurría. Con la dignidad que aún le quedaba, montó en el coche y se alejó. Por una vez, agradeció el hermetismo de Giles. El muchacho sonreía, distante.
–Lunática –dijo, antes de volver a enfrascarse en sus misteriosos pensamientos.
El incidente tuvo trastornado a George durante todo el día. Pero cuando escribió la carta al delegado postal de Stantwich, no mencionó el altercado de la mañana y ni siquiera dijo que tenía fundados motivos para sospechar de los Smith.
–Esperemos que al menos el fin de semana sea tranquilo –le dijo a Jacqueline–. Entre el batallar todos los días con la nieve para ir al trabajo, y la gresca de esta mañana, creo que ya he tenido suficiente. Espero que no tengamos que salir, ni ningún compromiso.
–Lo único, que mañana por la tarde vamos a visitar a los Archer, cariño.
–Tomar el té con el rector –dijo George–, es un subacontecimiento muy sedante. Creo que podré soportarlo.
No esperaban a Melinda, y Giles era Giles. A veces Jacqueline pensaba con tristeza que era como tener por inquilino permanente a un fantasma. Merodeaba por el lugar, pero ni molestaba ni hacía estropicios y, en conjunto, se limitaba a permanecer tranquila y silenciosamente en los confines de la habitación embrujada. Jacqueline se preguntó de quien sería el texto que su hijo había escogido como «cita del mes»: «Espero no volver a cometer un pecado mortal; y si me es posible, tampoco venial.»
Era la última cita que Giles pondría en la pared de corcho, y quizá resulte adecuado que las que eligió fueran las últimas palabras del rey Carlos VII de Francia.

Al fin resultó que Melinda sí fue por su casa. Llevaba cinco semanas sin aparecer por Lowfield Hall, desde el 5 de enero, y eso le producía remordimientos. Estaría allí para el día 13, cumpleaños de George. Además, tenía que resolver lo del magnetófono. El regalo de George era su más preciada posesión y, también, la envidia de sus amigos de la universidad. A Melinda no le gustaba decirle que no a los que se lo pedían prestado, pero cuando alguien lo llevó a un concierto folk y posteriormente lo dejó toda la noche en un automóvil abierto, la joven consideró llegado el momento de poner el aparato a buen recaudo.
Sin haberle anunciado a nadie que iba, llegó a Stantwich cuando el rojizo sol se ponía, y a Gallows Corner ya anochecido. Geoff Baalham había pasado por allí hacía diez minutos, y fue Mrs. Jameson-Kerr quien la recogió y le dijo que George y Jacqueline habían ido a tomar el té en la Rectoría.
Melinda entró en la casa por el cuarto armero e inmediatamente subió a buscar a Giles. Pero Giles tampoco estaba. Había cogido el Ford y, tras una sesión con el padre Madigan, se metió en el cine. La casa estaba caliente, inmaculada, exquisitamente limpia y silenciosa. Es decir: silenciosa salvo por el tenue murmullo, que llegaba a través del techo del primer piso, del televisor de Eunice Parchman. Melinda guardó el magnetófono en su cómoda. Se cambió, poniéndose una bata que se había hecho con una colcha india, se puso un chal sobre los hombros y un collar de conchas en torno al cuello y, satisfecha con el resultado, bajó a la salita. Allí encontró un montón de revistas nuevas que se llevó a la cocina. Diez minutos más tarde Eunice, que bajó a sacar del congelador un guisado de pollo para la cena de los Coverdale, la encontró sentada a la mesa con una revista abierta frente a ella.
Melinda se levantó cortésmente.
–Hola, Miss Parchman. ¿Cómo está? ¿Le apetece una taza de té? Acabo de prepararlo.
–Está bien –dijo Eunice, y eso fue lo más cerca que llegó a una amable aceptación de algo. Frunciendo el ceño, añadió–: No la esperaban.
«Yo vivo aquí. Ésta es mi casa», pudo haber contestado Melinda, pero no era ni suspicaz ni agresiva. Además, tenía la oportunidad de seguir siendo amable con Miss Parchman a la que, como a su familia, tenía olvidada desde año nuevo. Así que sonrió y dijo que lo había decidido sobre la marcha, preguntando a continuación si Miss Parchman tomaba el té con leche y azúcar.
Eunice asintió con la cabeza. La revista de encima de la mesa la intimidaba tanto como una araña hubiese intimidado a otra mujer. Esperó que Melinda se concentrase en ella y estuviera calladita mientras ella se tomaba un té que ya lamentaba haber aceptado. Pero era evidente que Melinda sólo se concentraría en la lectura con la participación de ella. Fue comentando el contenido de las páginas según las pasaba, alzando la cabeza para sonreír de cuando en cuando a Eunice, e incluso tendiéndole la revista para que mirase alguna foto.
–No me gustan estas faldas que llegan por media pantorrilla, ¿y a usted? ¡Fíjese cómo se ha arreglado los ojos esta chica! Le debe de haber llevado horas, yo no tendría tanta paciencia. Vuelve la moda de los años cuarenta. ¿La gente vestía realmente así cuando era usted joven? ¿Usaba usted lápiz de labios rojo brillante y medias? Yo jamás he tenido un par de medias.
Eunice, que aún las llevaba y jamás había tenido unos pantis, dijo que la moda no le interesaba mucho. Era una tontería, añadió.
–Ah, pues a mí me divierte. –Melinda pasó la página–, Mire, un cuestionario. «Veinte preguntas para averiguar si está usted realmente enamorada.» Lo voy a hacer, aunque sé que lo estoy. Veamos. ¿Tiene usted un bolígrafo o algo?
Eunice replicó negando enérgicamente con la cabeza.
–Yo tengo una pluma en el bolso. –Melinda había dejado su viejo saco guárdalotodo, hecho con los restos de una alfombra, en el cuarto armero. Viendo como lo recogía, Eunice albergó la esperanza de que la muchacha, con revista, pluma y saco, se fuese a otra parte; pero no. Volvió a la mesa y comenzó–: Bueno, primera pregunta: ¿Prefiere estar con él a estar...? Vaya, las respuestas aparecen al pie de la página y puedo verlas, y eso no vale. Verá lo que haremos: usted me hace las preguntas y va anotando si consigo tres puntos, dos, uno, o ninguno, ¿vale?
–No tengo las gafas –dijo Eunice.
–Sí que las tiene: ahí, mire.
Y allí estaban, asomando por el bolsillo de su bata. Las de imitación de concha, que, para los Coverdale, eran las que Eunice utilizaba para leer. La mujer no se las puso. No hizo nada, porque no sabía qué hacer. No podía decir que estaba muy ocupada –ocupada, ¿en qué?– y en la taza que Melinda le había llenado aún quedaba casi un cuarto de litro de té caliente.
–Tenga. –Melinda le tendió la revista–. Hagámoslo. Será divertido.
Eunice la cogió con ambas manos y, de memoria, repitió la primera línea.
–¿Prefiere estar con él a estar...? –Se cortó.
Melinda tendió el brazo y le sacó las gafas del bolsillo. Eunice estaba en un callejón sin salida. Sonrojándose intensamente, miró a la muchacha y los labios le temblaron.
–¿Qué pasa?
Había escapatorias; pero a Eunice le faltaba imaginación. Y es que, instantáneamente, Melinda llegó a una apresurada conclusión. Miss Parchman había reaccionado anteriormente de forma parecida, cuando le preguntó qué nombre le habría puesto a un hijo de haberlo tenido. Evidentemente, algo había en su pasado que aún le resultaba doloroso, y ella, sin el menor tacto, había tocado de nuevo la cicatriz de aquel viejo mal de amores. La pobre Miss Parchman, que en tiempos amó a alguien y que ahora era una solterona.
–No era mi intención incomodarla –dijo suavemente la joven–. Si en algo la he molestado, lo siento.
Eunice no respondió. Ignoraba de qué estaba hablando Melinda. Pero ésta interpretó su silencio como tristeza, y de ella se apoderó el deseo de hacer algo por arreglar las cosas, por distraer a Eunice de sus amargos recuerdos.
–Lo siento de veras. Hagamos el test de la otra página, ¿eh? Es para averiguar qué tal ama de casa es una. Usted me lo hace a mí y así se dará cuenta de que soy un caso perdido, y luego yo le pregunto a usted. Seguro que consigue la máxima puntuación. –Melinda tendió las gafas para que Eunice las cogiese.
En aquel momento Eunice podría haber aprovechado el error de interpretación de la joven. Hubiera bastado decir que sí, que efectivamente Melinda la había incomodado, para abandonar luego la habitación con aires de gran dignidad. Tal conducta le hubiese ganado las simpatías de todos los Coverdale, y dado a George la respuesta que necesitaba. ¿Cuál era la causa de la hosquedad y la depresión de Miss Parchman? Un femenino pesar, un amor perdido. Pero Eunice nunca fue capaz de manipular a las personas porque no entendía lo que pensaban, ni las conclusiones a que llegaban. Sólo entendía que su minusvalía estaba a punto de ser descubierta, y debido precisamente al incapacitador peso de aquella minusvalía, creía que la situación era más desesperada de lo que en realidad era. Pensó que Melinda ya lo sospechaba y que por eso, tras burlarse de ella diciéndole que lo sentía, ahora intentaba ponerla a prueba para verificar su presunción.
Las gafas, sostenidas por Melinda entre el pulgar y el índice, colgaban entre las dos mujeres. Eunice no hizo intención de cogerlas. Trataba de pensar. ¿Qué podía hacer, cómo podía salir de aquello, qué escapatoria le quedaba? Desconcertada, Melinda bajó el brazo y, al hacerlo, miró de cerca los cristales de las gafas y vio que no estaban graduados. Sus ojos fueron al sonrojado rostro de Eunice, a su vacua mirada, y las piezas del rompecabezas que hasta entonces había sido inexplicable –el hecho de que nunca leyese un libro, ni mirase un periódico, ni dejara una nota, ni recibiera una carta– cayeron en su lugar. Casi en un susurro, preguntó:
–Miss Parchman, ¿es usted disléxica?
Eunice pensó vagamente que aquel debía de ser el nombre de alguna enfermedad de la vista.
–¿Cómo? –preguntó, con una débil esperanza.
–Dispense. Quiero decir que no sabe usted leer, ¿no? No sabe leer ni escribir.


18

El silencio se prolongó durante un largo minuto. Melinda también se había sonrojado. Pero, aunque era lo bastante despierta para haber comprendido al fin, su sensibilidad no llegaba a entender lo terrible que su descubrimiento era para Eunice. Sólo tenía veinte años.
–¿Por qué no nos lo dijo? –preguntó, al tiempo que Eunice se levantaba–. Lo habríamos comprendido. Muchísimas personas son disléxicas, millares de ellas. Durante mi último año en el instituto, hice un trabajo sobre ese tema. Miss Parchman, ¿quiere que la enseñe a leer? Estoy segura de que podría. Sería divertido. Podríamos empezar en las vacaciones de Pascua.
Eunice cogió las dos tazas y las llevó a la pila. Permaneció inmóvil, de espaldas a Melinda. Echó los restos de té por el desagüe. Luego giró lentamente y, sin denotar en absoluto que el corazón le latía rápida y pesadamente, escrutó a Melinda con mirada pétrea e implacable.
–Si le cuentas a alguien que soy lo que has dicho, esa palabra, yo le diré a tu padre que te acuestas con ese chico y que vas a tener un hijo.
Lo dijo de modo tan calmado y firme que al principio Melinda no entendió nada. Había llevado una vida protegida y, hasta aquel momento, nadie la había amenazado.
¿Qué ha dicho?
–Lo que has oído. Si cuentas lo mío, cuento lo tuyo. –Insultar no era el fuerte de Eunice, pero lo intentó–. Una puerca putilla, eso es lo que eres. Una puerca putilla y una metomentodo.
Melinda palideció. Se puso en pie y salió de la cocina tropezando con su larga falda. Ya en el vestíbulo, las piernas apenas la sostenían, tan violentos eran sus temblores. Se sentó junto al reloj de pie. Permaneció allí, con los puños contra las mejillas, hasta que el reloj dio las seis y la puerta de la cocina se abrió. La simple idea de ver de nuevo a Eunice Parchman le produjo náuseas, y corrió a la salita, donde cayó sobre el sofá y rompió en sollozos.

Allí la encontró George minutos más tarde.
–¿Qué tienes, cariño? ¿Qué ha ocurrido? Por favor, no llores. –La tomó en sus brazos y la estrechó. Pensó que se había peleado con aquel muchacho, y por eso había vuelto a Lowfield Hall, encontrando la casa fría y vacía–. Cuéntaselo a papá. –Olvidaba que Melinda tenía veinte años–. Dímelo todo y te sentirás mejor.
–Será mejor que os deje solos –fue lo único que dijo Jacqueline. George nunca interfería entre ella y Giles, y ella nunca interfería entre él y sus hijos.
–No, Jackie, no te vayas. –Melinda se incorporó y se frotó los ojos–. Soy una perfecta estúpida. Os contaré lo que ha ocurrido; pero es espantoso...
–Mientras no estés herida ni enferma, no es espantoso –dijo George.
–Dios bendito... –Melinda tragó saliva y aspiró hondamente–. Cómo me alegro de que hayáis vuelto...
–Por favor, Melinda: dinos de una vez qué ocurre.
–Pensé que estaba embarazada, pero no lo estoy –dijo aturulladamente Melinda–. Llevo durmiendo con Jon desde noviembre. Sé que no te gusta, que te sientes decepcionado, pero lo quiero y él me quiere, y todo va bien, y no voy a tener un hijo.
–¿Eso es todo? –preguntó George.
Su hija lo miró fijamente.
–¿No estás enfadado conmigo? ¿No te escandalizas?
–Ni siquiera me sorprendo, Melinda. ¿Crees que vivo en las nubes y que no he advertido que, desde mi juventud, las cosas han cambiado? No diré que me guste, ni negaré que preferiría que no lo hubieras hecho, y lamentaría que fueras promiscua. Pero no estoy escandalizado. En absoluto.
–Eres un cielo. –Melinda le rodeó el cuello con los brazos.
–Bueno, ¿y si ahora nos explicas por qué llorabas? –dijo George, soltándose del abrazo–. Supongo que no era porque lamentas no estar embarazada.
Melinda sonrió entre las lágrimas.
–Fue esa mujer... Miss Parchman. Parece increíble, papá, pero es cierto. Lo averiguó. Debió de oírme hablar por teléfono con Jon en Navidad, y cuando yo... Bueno, cuando averigüé una cosa sobre ella, ella me dijo que te lo diría. Me amenazó. Hace un momento. Me dijo que te contaría que yo estaba embarazada.
–Pero... ¿qué estás diciendo?
–Ya he dicho que era increíble.
–Claro que te creo, Melinda. O sea que esa mujer intentó hacerte chantaje.
–Si eso es chantaje, sí.
–¿Cuáles fueron sus palabras exactas?
Melinda se las repitió.
–Y me llamó putilla. Fue espantoso.
Jacqueline rompió el silencio que había guardado hasta aquel momento:
–Tiene que irse, eso está claro. Ahora mismo. Ya.
–Me temo que así es, cariño. Sé lo que para ti significa tenerla, pero...
–No significa nada. En mi vida he escuchado cosa más abyecta y repugnante. ¡Atreverse a amenazar a Melinda! Hay que despedirla. Tendrás que hacerlo tú, George, porque no me fío de mí misma.
George la miró, emocionado por su lealtad.
–¿Qué averiguaste de ella, Melinda?
Pregunta fatal. Fue una lástima que George no la hiciese después de despedir a Eunice. Porque la respuesta de Melinda suscitó en él una reacción que en su hija no se produjo: la compasión. Y eso lo suavizó.

Eunice creía que su amenaza había tenido éxito, y un cierto orgullo por tal logro mitigó en gran medida su inquietud. Había metido el miedo en el cuerpo a aquella sabelotodo. No delataría a Eunice, pues, como Joan había dicho, su padre la echaría de casa.
Cuando llevaba un cuarto de hora ante el televisor, viendo un programa de variedades al tiempo que tejía, sonó una llamada en la puerta de su cuarto. Melinda. Después de la primera impresión, siempre vuelven para suplicarte que no digas nada. Y aunque se lo prometas, siguen insistiendo para tranquilizarse. Así había ocurrido con la mujer casada y con Annie Cole. Eunice abrió la puerta.
El que entró fue George.
–Supongo que sabe a qué he venido, Miss Parchman. Como es natural, mi hija me ha contado lo ocurrido entre ustedes. Lo lamento, pero no puedo tener en mi casa a una persona que amenaza a un miembro de mi familia, así que debo pedirle que se marche lo antes posible.
Aquello fue un tremendo golpe para Eunice, que no dijo nada. El programa de variedades se había interrumpido para una pausa publicitaria, y el anuncio que estaban emitiendo constaba principalmente de palabras escritas, una lista de tiendas de East Anglia. George dijo:
–Si no le importa, apaguemos el aparato. De todas maneras, no creo que lo que están emitiendo sea de gran interés para usted.
Eunice comprendió. George estaba en el secreto. Ella, que carecía de sensibilidad para casi todo, se sentía enormemente afectada por aquello. Y él, observándola, lo comprendió. La mujer estaba sofocada, y su rostro contorsionado por una mueca de angustia. George se dio cuenta de que, pese a que la provocación había sido enorme, él había ido demasiado lejos, cometiendo el más grosero de los pecados: burlarse de la chepa del jorobado. Rápidamente, añadió:
–Como no tiene usted contrato, podría decirle que se marchase inmediatamente; pero, dadas las circunstancias, tómese una semana. Eso le dará tiempo para buscar otro empleo. Pero, hasta que se marche, tenga la bondad de permanecer en su habitación. Mi esposa y Mrs. Baalham se ocuparán de las tareas domésticas. Estoy dispuesto a darle referencias en lo relativo a su profesionalidad, pero no respecto a su integridad personal. –Salió, cerrando la puerta tras de sí.
Se hace difícil imaginar a Eunice Parchman llorando, y en aquellos momentos no lo hizo. Sola en un lugar en el que podría haber dado rienda suelta a sus sentimientos, pareció como si no los tuviera. Ni tembló, ni sollozó, ni se mareó. Encendió la televisión y se puso a verla, aunque algo más hundida en el sillón que de costumbre.
Sólo tres personas habían estado en el secreto de su analfabetismo, pero para ninguna de ellas fue una revelación súbita ni sorprendente. Sus padres no le dieron importancia. Poco a poco Mrs. Samson había llegado a aceptarla como aceptaba el nacimiento de un nuevo niño mongólico en Rainbow Street: como algo que no se comentaba con los demás y, mucho menos, con la propia Eunice. Nadie había discutido jamás aquel tema con ella; nunca un grupo de personas se había enterado a la vez de su condición. En los días que siguieron, durante los cuales la mujer estuvo más o menos confinada en su dormitorio, ni una sola vez pensó adonde iría ni qué haría, qué empleo podía encontrar ni dónde podría vivir. El mañana le importaba muy poco, ya que tanto Mrs. Samson como Annie Cole la acogerían si se presentaba ame ellas con las maletas. En lo que pensaba, y exhaustivamente, era en el descubrimiento de los Coverdale que, estaba convencida, a estas alturas ya debía de ser de conocimiento general en todo Greeving. Debido a ello, dejó de salir, y de ir a la tienda del pueblo. En una ocasión, habiendo salido Jacqueline, Joan la llamó, y ella, en vez de responder a sus voces, permaneció oculta en su habitación.
Pensaba que los Coverdale debían de pasar todo el tiempo hablando de su incapacidad y riéndose de ella con sus amigos. Estaba parcialmente equivocada y parcialmente en lo cierto, ya que George y Jacqueline se abstenían de hacer lo último por mero buen gusto y también porque les habría hecho quedar en ridículo no haberse dado cuenta antes de que su ama de llaves no sabía leer. Decían a la gente que la habían despedido por insolentarse. Pero entre ellos sí hablaban frecuentemente de la cuestión, e incluso la tomaban a broma. Ansiaban que llegara el viernes siguiente y, mientras tanto, se encerraban en el salón mientras Eunice bajaba a comer.
Insensible a cualquier sentimiento de afecto o lealtad hacia su amiga, Eunice pensó que lo mejor sería eludir a Joan y escapar de Greeving sin volverla a ver. La situación ya era bastante mala sin tener que soportar los consuelos, la solicitud y las tediosas preguntas de Joan que, a estas alturas, ya debía de saberlo todo. Y, en efecto, Joan lo sabía. O, mejor dicho, sabía que la habían despedido, ya que la Mrs. Higgs que no iba en bicicleta, se lo había dicho el martes. Esperó que Eunice fuera a verla, hizo lo posible por entrar en Lowfield Hall y, al no lograrlo, tomó el único camino que tenía abierto –hasta Joan temía telefonear– y le envió un mensaje.
Aquel año el día de san Valentín cayó en domingo, así que las felicitaciones debían llegar el sábado. Los Coverdale no recibieron ninguna, pero una llegó a Lowfield Hall entre las felicitaciones por el cumpleaños de George. Iba dirigida a Eunice, y Jacqueline se la entregó con un lacónico:
–Esto es para usted, Miss Parchman.
Ambas se sonrojaron, ambas conscientes de que Eunice no sabía leer. La mujer se llevó la tarjeta arriba y contempló, desconcertada a los dos querubines que sostenían una guirnalda de rosas rojas en torno a un corazón azul. Había también unas palabras manuscritas. Eunice tiró la tarjeta.
George cumplió cincuenta y ocho años el 13 de febrero, y recibió tarjetas de felicitación de su mujer y de todos sus hijos. «Con todo mi amor, cariño. Jackie. Muchas felicidades y abrazos. Paula, Brian, Patrick y el pequeño Giles». «Nuestros mejores deseos, Audrey y Peter». «Toneladas de amor, Melinda (nos veremos el sábado por la tarde)». Incluso Giles envió una felicitación que, inadecuadamente (o muy adecuadamente) era una reproducción de Adán y Eva arrojados del paraíso, de Masaccio. No llegó al extremo de añadir un regalo, aunque George recibió de Jacqueline un reloj para sustituir al que tenía desde hacía veinticinco años; un disco y un libro, respectivamente de su hijo casado y de su esposa. Aquella noche iban a cenar en familia en el hotel Ángel de Cattingham.
George fue en el coche hasta Stantwich y recogió a Melinda en la estación. La muchacha le regaló una horrible bufanda que, aunque no era así, parecía salida de la tienda de Oxfam. George le agradeció profusamente el regalo.
–A mi avanzada edad –dijo–, me gustaría olvidar todas estas tonterías; pero vosotros no me dejáis.
Cuando entraron en Lowfield Hall, Melinda miró inquisitivamente a su padre, y George comprendió.
–Está arriba.
Melinda sonrió:
–¿La habéis puesto bajo arresto?
–En cierto modo. El lunes por la mañana se marcha.
Se vistieron para salir, Jacqueline con el conjunto de terciopelo color crema, Melinda con su vestido azul de lentejuelas. Cuando entraron en el comedor del hotel, constituyeron una imagen digna de ser vista. Una familia muy atractiva, incluido Giles, que, alto y delgado, vistiendo su único traje, y con el acné muy mitigado, también tenía un excelente aspecto.
Posteriormente, los camareros y el resto de comensales lamentaron no haberse fijado más en aquella feliz familia, en aquella familia condenada a muerte. Desearon haberlo sabido, y entonces hubieran escuchado la animada conversación de los Coverdale, y prestado más atención al aspecto de Jacqueline, a las manifestaciones de la extraordinaria inteligencia de Giles, al encanto de Melinda, y a la distinción de George. Pero no lo sabían, y cuando los periodistas los interrogaron tuvieron que confesar su ignorancia, o bien –cosa más frecuente– inventar, a posteriori, todo tipo de sombrías premoniciones, llegando a convencerse de que realmente las habían sentido. La policía también interrogó a algunos, cuya ignorancia quedó demostrada por el hecho de que ninguno de ellos recordó una discusión entre los Coverdale que hubiera permitido resolver el caso antes de lo que fue resuelto.
La conversación versó sobre un programa de televisión que se emitiría la noche siguiente, una filmación del Don Juan de Mozart representado en Glyndebourne,[12] y que duraría desde las siete hasta pasadas las diez.
–¿Tienes que volver imprescindiblemente mañana, Melinda? –preguntó George–. Es una lástima que te lo pierdas. Según dicen, será el espectáculo televisivo del año. Podría llevarte en el coche a Stantwich a primera hora del lunes.
–El lunes no tengo ninguna clase hasta las dos de la tarde.
Echándose a reír, Jacqueline comentó:
–Lo que le pasa a tu padre es que necesita apoyo moral para cuando lleve a la Parchman en el coche hasta la estación.
–En absoluto. Giles vendrá conmigo.
Jacqueline y Melinda se echaron a reír. Giles alzó seriamente la mirada de su plato. Algo lo conmovió. ¿Su conversión? ¿El hecho de que fuera el cumpleaños de George? Por lo que fuera, el caso es que, por una vez, su respuesta fue la perfecta:
–Nunca abandonaré a Mr. Micawber.[13]
–Gracias, Giles –dijo suavemente George. Se produjo una breve y extraña pausa en la que, sin hablar ni mirarse, Giles y su padrastro llegaron a estar mucho más cerca de lo que nunca habían estado. Con el tiempo, quizá hubieran llegado a ser amigos. Pero no dispondrían de tiempo. Tras un leve carraspeo, George dijo–: Hablando en serio, Melinda: ¿por qué no te quedas a ver el programa?
A Melinda no le preocupaban sus estudios, sino el estar un día más sin ver a Jonathan. Llevaban semanas pasando el tiempo juntos, todos los días y casi todas las noches. Aquella misma noche ya lo echaría muchísimo de menos, ¿debía pasar por idéntico sacrificio la siguiente? Aunque negarse resultaría egoísta. Quería mucho a su padre. ¡Qué espléndidamente se habían portado él y Jacqueline la semana anterior con aquel odioso asunto, qué leales y compresivos habían sido! Y a ella no le hicieron ni un reproche, y ni siquiera la aconsejaron que tuviese cuidado. Pero Jonathan...
Había llegado a una bifurcación. Frente a ella, el camino se separaba en dos: uno hacia la vida, la felicidad, el matrimonio, los hijos; el otro, callejón sin salida, cul-de-sac, vía muerta. Vaciló. Decidió.
–Me quedaré –dijo.

Desde la puerta de la tienda, Joan Smith vio pasar el Mercedes camino del hotel Ángel. Cinco minutos más tarde la mujer estaba en Lowfield Hall, en el interior de la casa, ya que, actuando de la absurda forma que venía siendo habitual en ella, se coló por el cuarto armero y sorprendió a Eunice, que se disponía a dar cuenta de unos huevos con patatas fritas y un pastel de queso.
–Querida Eun... Debes de estar destrozada. Qué ingratitud tan despreciable, después de todo lo que has hecho por ellos... Y todo por una cosilla de nada...
Eunice no se alegraba de verla. La «cosilla de nada» debía de ser su incapacidad para leer. Perdido el apetito, frunció el entrecejo y esperó lo peor. Al final, lo que se produjo no fue lo peor, sino lo mejor; pero tuvo que esperar para oírlo.
–Supongo que ya habrás hecho las maletas, ¿no, cariño? Sin duda, tienes tus propios planes. Una persona tan capacitada como tú no necesitará buscar mucho para encontrar un excelente trabajo, pero ten presente que si te quieres venir con nosotros serás bienvenida. Mientras Joanie tenga una cama libre y un techo sobre su cabeza, mi casa es la tuya. Aunque sólo el Señor sabe por cuanto tiempo la tendré, con ese impío acusándonos de todo tipo de abominaciones... –Joan se interrumpió, jadeante a causa de sus esfuerzos. En un súbito cambio, preguntó volublemente–: ¿No has recibido nada en el correo de hoy?
Las mejillas de Eunice enrojecieron.
–¿Por qué?
–¡Ay, pero si se ha puesto colorada! ¿Creías que en el pueblo alguien te admiraba en secreto, Eun? Bueno, pues así es. ¡Yo! ¿Qué pasa, es que no has leído lo que ponía en la parte de atrás? Como sabía que los Coverdale no estaban, decidí pasarme a verte.
Eunice había supuesto que era Melinda la que le había gastado la broma de mandarle una tarjeta de san Valentín. Pero el motivo de su inmenso alivio no era aquél. Joan no lo sabía, a Joan no le había llegado la noticia. El alivio hizo que se desmadejase, enervada y débil, en su silla. En aquellos momentos lo que sentía por Joan era casi amor, y habría hecho cualquier cosa por ella. Recuperada y casi jubilosa, preparó té, a fin de satisfacer la curiosidad de Joan, utilizó todos los recursos de su raquítica imaginación para pergeñar detalles sobre los motivos por los que la habían despedido. Criticó acremente a los Coverdale, y le prometió a Joan asistir la noche siguiente, la última que pasaría en el pueblo, al templo de Nunchester.
–Será la última vez que estemos juntas, Eun. Y yo que contaba contigo para que cenaras el miércoles con nosotros y los Barnstaple. Pero de Dios nadie se burla, cariño. Tú te alzarás en toda tu gloria mientras él caerá al abismo de llamas en el que su iniquidad será debidamente castigada... Sí, claro que sí: la venganza del Señor los alcanzará, que no te quepa duda.
Aunque prestando muy poca atención a los místicos desvaríos de Joan, Eunice la atendió con solicitud, sirviéndole té y pastel de queso, y prometiéndole infinidad de cosas, como volver a visitarla en cuanto tuviese una oportunidad, escribirle (nada menos) y, de modo absolutamente insólito en ella, jurándole eterna amistad.
Joan tenía un sexto sentido para saber hasta cuando quedarse y cuando irse, pero aquella noche, tan entusiasmadas y parlanchinas estaban, que apenas la camioneta hubo desaparecido por la avenida cuando llegó el Mercedes. Eunice subió cansinamente hacia su dormitorio.
–El lunes, vuelta al purgatorio –dijo Jacqueline, tras pasar un dedo sobre la superficie del tocador y dejar en la fina película de polvo que lo cubría un pálido rastro–. Me siento como si hubiera tenido nueve meses de vacaciones. En fin... todo lo bueno se acaba.
–Y lo malo también –dijo George.
–No te preocupes. Cuando la perdamos definitivamente de vista, me alegraré tanto como tú. ¿Has pasado un buen día, cariño?
–Ha sido un día encantador. Pero, contigo, todos lo son.
Ella se puso en pie, sonriéndole, y él la tomó en sus brazos.


19

En la iglesia el domingo por la mañana, su última mañana, los Coverdale murmuraron que habían hecho cosas que no debieron haber hecho y dejado de hacer otras que debieron hacer. Murmuraron esto de modo reverente y sincero, pero lo cierto era que no prestaban atención a lo que decían. El sermón de Mr. Archer versó acerca de que se debe ser bondadoso con los ancianos, con los parientes viejos, lo cual no tenía nada que ver con la vida de los Coverdale, pero sí, y mucho, con las de Eunice Parchman y Joan Smith. Al salir de la iglesia tomaron un jerez con los Jameson-Kerr, y almorzaron tardíamente, cerca de las tres.
El tiempo era anodino, sin viento, húmedo, con el cielo encapotado, pero ya habían aparecido los primeros indicios de primavera, que no son verdes, sino rojos, y cada brote de los arbustos asume un tono escarlata causado por la savia revitalizada por el sol. En el jardín de Lowfield Hall aparecieron las primeras flores, las últimas que los Coverdale verían.
Antes de salir hacia la iglesia, Melinda había telefoneado a Jonathan y habló con él por última vez. Por última vez. Giles contempló la consagración en misa. Aunque aún no había sido recibido en el seno de la Iglesia, el amable padre Madigan lo había oído en confesión, absolviéndolo luego, así que probablemente Giles se encontraba en estado de gracia. Por última vez, George y Jacqueline durmieron la siesta el domingo por la tarde, y a las cinco George trasladó el televisor al salón, conectando la antena al enchufe de entre las ventanas.
Al despertar, Jacqueline leyó el artículo que sobre Don Juan publicaba el Radio Times, y luego fue a la cocina a preparar el té. Eunice cruzó la cocina a las cinco y veinticinco, con su abrigo rojo y su gorra y bufanda de lana. Las dos mujeres simularon no verse, y Eunice salió de la casa por el cuarto armero, cerrando silenciosamente la puerta tras ella. Melinda cogió su magnetófono y, asomando la cabeza al sanctasanctórum de Giles, le dijo que pensaba grabar la ópera, añadiendo:
–Supongo que tú ni siquiera bajarás a oírla.
–No sé.
–Anda, anímate. Me gustaría.
–Muy bien –dijo Giles.
Sin que, aparentemente, hubiera existido la transición del ocaso, el oscuro día invernal se había convertido en oscura noche invernal, sin viento, lluvia ni estrellas. Parecía como si la Luna hubiera muerto, tantas noches llevaba sin aparecer. En torno al aislado Lowfield Hall se extendían los ondulantes campos, los desiertos caminos vecinales, y los pequeños bosques, envueltos todos ellos en la más absoluta oscuridad. Aunque no del todo absoluta ya que, desde la carretera de Stantwich, el viajero hubiera podido distinguir Lowfield Hall como una brillante ascua de luz. ¡Cuan lejos alcanza el resplandor de tan pequeña vela! Así resplandece una buena acción en un mundo perverso.[14]

Joan y Eunice llegaron al templo epifánico a las seis menos cinco, y Joan actuó discretamente, quizá con una amenazadora tranquilidad, durante los himnos y las confesiones. Luego, mientras comían el pastel de sésamo y Joan daba detalles de su pecador pasado a un nuevo converso, Mrs. Barnstaple se acercó a ella y le dijo, con marcada frialdad que ni ella ni su marido podrían visitar a los Smith el miércoles por la noche. Ahora bien: los Barnstaple vivían en Nunchester y, pese a su gran eficacia y alcance, el tam-tam no llegaba hasta Nunchester. Mrs. Barnstaple había tomado la decisión porque, aunque sabía que Joan era una buena epifánica a la que el Señor había perdonado, no soportaba (como le había dicho a su marido) oír durante la cena más detalles acerca de las correrías de Joan por Shepherd’s Bush. Pero Joan tomó su negativa como una reacción a la denuncia hecha por George Coverdale ante las autoridades postales, y se puso en pie de un salto al tiempo que lanzaba un estridente grito.
–¡Ay del malvado que susurra falsos testimonios al oído del inocente! –Las citas de Joan no eran necesariamente de la Biblia. La mayor parte de las veces utilizaba el lenguaje bíblico para decir cosas que, a su parecer, deberían estar en la Biblia–. El Señor lo golpeará en sus ingles, y en sus caderas, y en sus muslos. ¡Alabado sea el Señor, que escogió a Su sierva como Su arma y mano derecha!
El cuerpo de Joan parecía cargado de una frenética energía. Chilló y comenzó a salirle espuma por la boca. Por unos segundos, la congregación disfrutó del espectáculo, pero como no estaban locos, sino que eran simplemente confundidos fanáticos, cuando Joan puso los ojos en blanco y comenzó a mesarse los cabellos, arrancándose unos cuantos, Mrs. Barnstaple intentó sujetarla. Joan le dio un tremendo empujón, y la mujer cayó de espaldas en brazos de su marido. Eunice también quedó estupefacta, pero no quería hacer nada que la pusiera a mal con Joan, que ahora acaparaba la atención de toda la concurrencia, mascullando palabras incomprensibles al tiempo que su cuerpo oscilaba hacia delante y hacia atrás.
El ataque cesó tan bruscamente como había comenzado. El cambio que se produjo en ella tuvo algo de mediúmico. En un momento parecía poseída por un enfurecido espíritu, y al siguiente se había desmoronado desmadejadamente en un sillón. En voz baja le dijo a Eunice:
–Cuando quieras nos vamos, Eun.
Salieron del templo a las siete y veinte. Joan llevó la camioneta con cautela de conductora primeriza.

Reunidos a seis metros del televisor, George y Jacqueline estaban sentados en el sofá, Melinda, en el suelo, a los pies de su padre, y Giles repantigado en un sillón. El magnetófono estaba funcionando. Melinda había trasteado con él durante la obertura, moviéndolo de un lado a otro y observándolo con toda atención. Luego, según la ópera avanzaba, olvidó su presencia. Iba identificándose con cada personaje femenino. Era Ana, sería Elvira y, cuando llegara el momento, también Zerlina. Apoyó la cabeza en el brazo de su padre, sobre el sofá, ya que George, a sus ojos, se había convertido en el Comendador, luchando en duelo y muriendo por salvar el honor de su hija, aunque Melinda no terminaba de ver a su Jonathan como a don Juan.
La elegante Jacqueline, con pantalones de terciopelo verde y blusa dorada de seda, garrapateó un par de notas críticas en el margen del Radio Times. Sotto voce, murmuró, con Octavio «¡Halla en mi esposo y padre!», y dirigió una cariñosa mirada a George. Pero George, siendo hombre, atractivo y con éxito entre las mujeres, no pudo evitar identificarse con el Burlador. No deseaba conquistar a una pléyade de mujeres, le bastaba con su Jacqueline, y sin embargo...
«¡Le arrancaré el corazón!», cantó Elvira, todos rieron apreciativamente. Todos, menos Giles, que sólo estaba allí por Melinda. La época de la Ilustración y los buenos modales nunca le había resultado atractiva. Él fue el único que escuchó unos pasos sobre la gravilla a las ocho menos veinte, cuando terminaba la relación de las conquistas y el cuadro segundo, ya que él era el único que no estaba concentrado en la música. Pero, naturalmente, no hizo nada al respecto. Otra cosa hubiera sido impropia de él.
Con indignada expresión, Jacqueline hizo una anotación más en el margen del periódico al comenzar el cuadro tercero. Eran las ocho menos cinco. Mientras donjuán cantaba «O, guarda, guarda! ¡Mirad, mirad!», la camioneta de los Smith avanzó por la avenida de Lowfield Hall con sólo las luces de posición encendidas, y fue a detenerse casi ante la puerta principal. Pero los Coverdale ni vieron ni oyeron nada extraño. Esta vez, ni siquiera Giles escuchó nada.

El modo de conducir de Joan se había hecho errático, zigzagueando caprichosamente de la pista lenta a la rápida, y consiguiendo asustar a la normalmente flemática Eunice.
–Si no quieres que nos matemos, será mejor que te calmes.
Las admoniciones de los que rara vez se quejan suelen ser más eficaces que las de los protestones. Pero Joan, totalmente desquiciada, no estaba en condiciones de actuar sensatamente, fue de un extremo al otro y llegó a Greeving a paso de tortuga.
–Entra a tomar algo –ofreció Eunice.
–Eso sería como Daniel entrando en la fosa de los leones –dijo Joan, con chillona risa.
–Pero entra, ¿por qué no vas a hacerlo? Una taza de té te calmará.
–Me gusta tu actitud, Eun. Bueno, ¿por qué no? No creo que me maten, ¿verdad?
Joan se metió por la avenida a saltos de canguro, pues llevaba la camioneta en una velocidad demasiado alta. Fue Eunice, la no conductora, la que tuvo que pisar el embrague y bajar la marcha,, de modo que pudieran acercarse a Lowfield Hall más silenciosamente. Dejaron la camioneta estacionada en la gravilla de frente a la casa, a cierta distancia de las ventanas del salón, por entre cuyas cortinas salía un chorro de luz.
–Están viendo la tele –dijo Eunice.
Puso la tetera al fuego mientras Joan fisgoneaba en el cuarto armero.
–Pobrecillos pájaros –dijo–. Es una crueldad matarlos. Qué le han hecho a ese hombre.
–¿Y qué le he hecho yo? –preguntó Eunice.
–Muy cierto. –Joan descolgó una de las escopetas y, en broma, la apuntó contra Eunice–. ¡Bang, bang, estás muerta! ¿Nunca jugaste a vaqueros e indios de pequeña, Eun?
–No sé. Ven, el té está listo. –Pese a sus retadoras palabras, le daba miedo que la histérica voz de Joan llegase hasta el salón y los Coverdale la oyeran por encima del sonido de la música. Subieron el primer tramo de escaleras con Eunice llevando la bandeja, pero no llegaron al ático. Joan Smith no volvería a entrar en los dominios de Eunice, y entre ambas no llegaría a cruzarse una despedida. La puerta del dormitorio de Jacqueline estaba abierta. Joan entró y encendió la luz.
Eunice advirtió que sobre todas las superficies pulidas había una ligera pátina formada por talco y pelusa, y que la cama estaba peor hecha que cuando ella la arreglaba. Dejó la bandeja en una de las mesillas de noche y dio un estirón al cubrecama. Joan recorrió de puntillas la habitación sin dejar de lanzar espasmódicas risitas, como alguien que tratase de imitar el sonido de una locomotora de vapor. Al llegar junto a la mesilla de Jacqueline, cogió la foto de George y la puso boca abajo.
–Se darán cuenta de quién lo ha hecho –dijo Eunice.
–¿Qué importa? No pueden hacerte nada, tú misma lo has dicho.
–No. –Tras breve vacilación, Eunice puso igualmente boca abajo la foto de Jacqueline–. Venga tomemos el té.
Joan dijo:
–Yo sirvo.
Cogió la tetera y vertió un largo chorro sobre el centro del cubrecama. Eunice, llevándose una mano a la boca, retrocedió un paso. El líquido formó un pequeño charco y luego comenzó a filtrarse por las ropas de cama.
–Ahora sí que la has hecho buena –dijo Eunice.
Joan salió al corredor y quedó a la escucha. Regresó. Cogió una caja de talco, quitó la tapa, y arrojó la caja sobre la cama. Se alzaron blancas nubes de polvo haciendo toser a Eunice. Luego Joan abrió el guardarropa.
–¿Qué vas a hacer? –susurró Eunice.
Joan no respondió. Tenía en las manos el vestido de noche de seda roja, dio un tirón y se quedó con la parte delantera en una mano y con la trasera en la otra. Eunice estaba asustada, horrorizada, pero también excitada. El creciente frenesí de Joan se le había contagiado. También ella metió las manos en el guardarropa del que sacó el vestido verde plisado que tantas veces planchó y lo desgarró con las tijeras de uñas de Jacqueline. Toan le arrancó éstas de las manos y, jadeando de placer comenzó a rasgar indiscriminadamente las ropas. Eunice pisoteó pesadamente el montón de rotas prendas rompió con el tacón los cristales de las fotos enmarcadas, sacó los cajones, esparciendo joyas, cosméticos y cartas, que volaron al soltarse de su roja cinta. Las dos mujeres estallaron en risas, guturales las de Eunice, vesánicas las de Joan. Las dos tenían la tranquilidad que abajo la música estaba lo bastante alta como para amortiguar cualquier otro ruido.
Lo estaba, al menos de momento. Mientras Eunice y Joan se dedicaban al vandalismo sobre sus cabezas, los Coverdale escuchaban uno de los más vibrantes solos de toda la ópera, el «aria del champán». Jacqueline acabó de oírla y luego salió del salón para preparar café, eligiendo ese momento porque no le gustaba la cantante que interpretaba a Zerlina y temía que hiciera un estropicio del Batti, batti. En la cocina, advirtió que la tetera aún estaba caliente, o sea que Eunice debía de haber regresado, y también se fijó en la escopeta que había sobre la mesa, aunque supuso que, antes de ponerse ante el televisor, George la había dejado allí por algún motivo.
El sonido de la puerta del salón al abrirse y de unas pisadas cruzando el vestíbulo hizo que Joan y Eunice se calmaran. Se sentaron en la cama, mirándose con burlón pesar, las cejas enarcadas, los dientes superiores mordiendo el labio inferior. Joan apagó la luz, y permanecieron sentadas en la oscuridad hasta que oyeron a Jacqueline cruzar el vestíbulo y entrar de nuevo en el salón.
Eunice golpeó con el pie un montón de nailon mezclado con cristales rotos y seriamente, sin unirse a las risas de Joan, dijo:
–Esto ha sido demasiado. Quizá llamen a la policía.
–No saben que estamos aquí. –Los ojos de Joan relucían–. ¿Sabes dónde hay unos alicates, Eun?
–No sé. Quizá en el cuarto armero. ¿Para qué los quieres?
–Ya verás. Me alegro de lo que hemos hecho, Eun. Hemos atacado al impío en su alta torre, hemos golpeado el lecho de su lujuria. ¡Yo soy el instrumento de la venganza del Señor! ¡Soy la espada de Su mano derecha y la lanza de Su mano izquierda!
–Sigue así y acabarán oyéndonos –dijo Eunice–. Yo también me alegro de lo que hemos hecho.
Dejaron la bandeja sobre la mesa, y la tetera de loza en el centro de la cama. Las luces del vestíbulo estaban encendidas. Joan fue directamente al armero y rebuscó en la caja de herramientas de George.
–Voy a cortar los cables del teléfono.
–Como hacen en la tele –dijo Eunice, que ya había dejado de protestar y asentía aprobatoriamente–. La línea entra por encima de la puerta principal. Así no podrán llamar a la policía.
Joan regresó, con reluciente sonrisa.
–¿Qué hacemos ahora, cariño?
A Eunice no se le había ocurrido que fueran a hacer algo más. Si se ponían a romper cosas allí abajo, seguro que en el salón se oirían y, con policía o sin ella, dos mujeres –una de ellas escuálida– podían ser fácilmente dominadas por cuatro vigorosos adultos.
–No sé –dijo. Esta vez en su habitual respuesta había una nota de frustración, pues quería que la diversión continuara.
–Igual te ahorcan por un ternero que por un cordero –dijo Joan, cogiendo la escopeta y mirando por uno de los cañones–. Si disparase esto, les daría el susto de sus vidas.
Eunice descolgó de la pared la otra escopeta.
–Así no –dijo–. Así.
–Realmente, sabes de todo, Eun. Ni que hubieras sido gángster...
–Me fijé en cómo lo hacía. Yo lo puedo hacer tan bien como él.
–¡Voy a probar!
–No está cargada –dijo Eunice–. En ese cajón hay cartuchos. Le he visto hacerlo muchas veces. Estas escopetas cuestan un dineral, más de doscientas libras cada una.
–Podríamos romperlas.
–Eso es lo que se dice cuando se las abre para cargarlas. Se llama romper la escopeta.
Quedaron mirándose y Joan lanzó una aguda risa de cotorra.
–La música ha parado –dijo Eunice.
Eran las nueve menos veinticinco. En la ópera y en la cocina el primer acto había terminado.


20

En la pausa del entreacto, Jacqueline sirvió segundas tazas de café a todos. Melinda se desperezó y puso en pie.
–Maravillosa –dijo George–. ¿A ti qué te parece, cariño?
–Zerlina es un espanto. Demasiado vieja y chillona. George... durante el minué, ¿no te pareció escuchar ruidos arriba?
–No. Probablemente, sería nuestra bête noire entrando a hurtadillas.
–Esa mujer no entra a hurtadillas: se desliza –dijo Melinda–. ¡Vaya por Dios, me he olvidado de apagar el magnetófono!
–Lo que he oído no han sido pasos, sino ruidos de cristales rotos.
Melinda apagó el magnetófono.
–Estaban en una fiesta –dijo, refiriéndose a la ópera–. Serían efectos especiales... –Lo que iba a añadir quedó cortado por un amortiguado chillido que sonó fuera de la estancia.
–¡George! –exclamó Jacqueline–. ¡Esa es Mrs. Smith!
–Tal parece –replicó lenta y amenazadoramente George.
–Está en la cocina con Miss Parchman.
–Pues dentro de un momento estará en la cochina calle –dijo George, poniéndose en pie.
–Pero papá, vas a perderte el principio del acto segundo. Probablemente, la vieja Cara de Parche estará celebrando una reunión de despedida.
–Sólo serán dos minutos.
George fue a la puerta, en cuyo umbral se detuvo y miró a su esposa por última vez. De haber sabido que era la última vez, aquella mirada hubiera expresado la gratitud por seis años de paz y felicidad, pero, como no lo sabía, se limitó a arrugar el entrecejo y fruncir los labios antes de cruzar el vestíbulo y enfilar el pasillo que conducía a la cocina. Por un momento, Jacqueline consideró la posibilidad de acompañarlo; pero decidió que no y se retrepó en los cojines del sofá. Comenzó el acto segundo con la discusión entre Leporello y su señor. El magnetófono estaba conectado. «Ma che ho ti fatto, che voui lasciarmi? (Pero ¿qué te he hecho para que quieras dejarme?). O, niente affato; quasi ammazzarmi! (Oh, apenas nada, casi matarme...).»
George abrió la puerta de la cocina y se detuvo en el umbral, estupefacto. Su ama de llaves se encontraba en pie a un lado de la mesa, con el canoso pelo revuelto y el rostro congestionado, enfrentada a la esquelética figura de Joan Smith, vestida de verde y rosa salmón. Cada una de ellas sostenía una de las escopetas de George, apuntándola contra la otra.
–Esto es monstruoso –dijo George cuando recuperó la voz–. ¡Dejen inmediatamente esas escopetas!
Joan lanzó un inarticulado chillido.
–¡Bang, bang! –dijo, y a su mente acudió el recuerdo de la guerra o de alguna película de guerra–. Hande hoch! –gritó, apuntando el arma al rostro del hombre.
–Por suerte para usted, no está cargada. –Sin alterarse, el comandante Coverdale, de El Alamein, miró su nuevo reloj–. Usted y Miss Parchman tienen treinta segundos para dejar las escopetas sobre la mesa. Si no lo hacen, se las quitaré por la fuerza, y luego llamaré a la policía.
–Eso es lo que usted cree –dijo Eunice.
Ninguna de las dos se movió. George permaneció inmóvil durante todo el medio minuto. No sentía miedo. Las escopetas no estaban cargadas. Cuando concluían los treinta segundos y mientras Joan seguía apuntándolo, él escuchó tenuemente que en el televisor del salón Elvira comenzaba el bello y vibrante O, tan ingiusto core! (¡Oh, calla, corazón injusto!). El suyo propio latía rítmicamente, sin alterarse. Fue hasta Joan, aferró la escopeta y lanzó un sordo grito cuando Eunice le disparó contra el cuello. George se derrumbó sobre la mesa, agitando los brazos en un vano intento de aferrarse al borde, con la sangre manándole a borbotones por la rota yugular. Joan se apretó contra la pared. Conteniendo el aliento, Eunice disparó el segundo cañón contra la espalda del hombre.

Al escuchar los dos estampidos, Jacqueline se puso en pie, lanzando un grito de alarma.
–Cristo bendito, ¿qué ha sido eso?
–Un petardeo de la camioneta de Mrs. Smith –dijo Melinda. Y, bajando la voz a causa del magnetófono–: Lo hace siempre. Tiene mal el escape.
–Parecían disparos.
–El petardeo de los coches suena así. Siéntate, Jackie, o nos perderemos la pieza más bonita de toda la ópera.
¡Oh, calla, corazón injusto! No latas así en mi pecho. Elvira se asomó a la ventana, Leporello y el burlador aparecieron bajo ella, y los dos barítonos y la soprano entonaron el magistral trío. Jacqueline se sentó y miró hacia la puerta.
–¿Por qué no vuelve tu padre? –preguntó nerviosamente.
–Le habrá pegado un tiro a esa lunática y no se atreve a decírnoslo –comentó Giles.
–Pero Giles... Anda, ve a ver, ¿quieres? No oigo nada.
–Claro que no, Jackie –dijo ásperamente Melinda–. ¿Cómo quieres oír nada con el televisor puesto? ¿Tanto te interesa oír a George echándole la bronca a Miss Parchman? Lo que más me fastidia es que todas estas pamplinas quedarán grabadas en la cinta...
Jacqueline alzó las manos y las movió en leve ademán de disculpa, aunque también de inquietud, y Giles, que había comenzado a levantarse lánguidamente de su sillón, volvió a retreparse en él. En el televisor sonaron las armoniosas notas de la mandolina de don Juan. Dei vieni alla finestra. Ah, ven a la ventana... Jacqueline obedeció la orden. Súbitamente, se levantó, fue a la ventana de la izquierda del televisor y separó las cortinas. Olvidándose del magnetófono, exclamó:
–¡La camioneta de Mrs. Smith está fuera! Lo que oímos no fueron petardees.
Jacqueline se volvió a mirar a la disgustada Melinda y al apático y exasperado Giles. El rostro de la mujer era una máscara de aprensión, y hasta Giles se dio cuenta de la tensión y la creciente inquietud de su madre.
–Iré a ver –dijo el muchacho, comenzando a levantarse muy lentamente, como un viejo con artritis. Se dirigió a la puerta.
En aquellos momentos, Joan Smith y Eunice Parchman salían de la cocina al pasillo.
–Ahora tendremos que matar a los otros –dijo Eunice, en el tono que usaba para hablar de algo necesario y que no podía aplazarse, como fregar un suelo.
Joan, que no necesitaba que la animasen, volvió la vista hacia George. El hombre estaba muerto; pero su reloj funcionaba, y desde su muerte el minutero había pasado de las diez a casi las doce. Eran las nueve de la noche. Joan miró a Eunice con una sonrisa que le iba de oreja a oreja. Tenía sangre en las manos, en el rostro y en el jersey que Eunice le había tejido.
Cuando llegaron al vestíbulo la música sonaba altísima, y en ella se mezclaban las voces de barítono con el punteo de la mandolina. Giles abrió la puerta del salón y, al ver la sangre, gritó «¡Cristo bendito!» y dio media vuelta un segundo antes de que Joan se lo ordenase.
–Vuelve dentro. Vamos armadas.
Eunice entró en el salón tras Giles. En su cabeza resonaron estruendosamente las voces masculinas que cantaban. Experimentó una sensación de poder. Al fin había llegado su ocasión de mandar y de vengarse. Sintió en las manos la fuerza que momentos antes, en la cocina, le había fallado. Ahora eran seguras y diestras y sostenían con firmeza la recargada escopeta. Para ella, el pálido y demudado rostro de Jacqueline no era más que el rostro que hacía poco la había mirado con desdén al entregarle la tarjeta de san Valentín. La voz de Jacqueline, llamando a gritos a su marido, seguía siendo la voz de una mujer que leía libros y que alzaba la vista de la carta que estaba escribiendo para murmurar sarcásticas fórmulas corteses. En aquellos momentos, las palabras y las súplicas que se gritaron le pasaron casi inadvertidas, y mediante una extraña metamorfosis producto del cerebro de Eunice, aquellos tres seres dejaron de ser personas para convertirse en la palabra escrita. Eran aquellas cosas de las librerías, aquellas manchas negras sobre el blanco papel, sus eternas enemigas, a un tiempo odiadas y deseadas.
–Sentaos –dijo Eunice–. Os lo estabais buscando.
La risa de Joan se sobrepuso a sus palabras. Tras gritar algo de la Biblia, Joan disparó su escopeta. Eunice respingó. No por los gritos ni por la sangre, sino porque su amiga se le hubiese anticipado, le hubiera impedido hacerlo a ella. Avanzó, con la escopeta enfilada. Disparó ambos cañones, recargó mientras otra detonación ensordecía sus oídos, y luego vació ambos cañones en lo que yacía sobre la alfombra china.
La música ya no sonaba. Joan debía de haber apagado el televisor. Los tiros y los gritos habían cesado. Un profundo silencio, apaciguador de mente e instintos, llenó el salón como un espeso y tangible bálsamo, inmovilizando a Eunice, convirtiendo en piedra a aquella mujer de la edad de piedra. Cerró los ojos y comenzó a respirar tranquila y sosegadamente. Un observador casual hubiera supuesto que la mujer se había quedado dormida de pie.
Aquello era Eunice, y siempre lo había sido: una piedra que respiraba.


21

La exultante serenidad de quien ha cumplido una sagrada misión se apoderó de Joan Smith. Contempló lo que había hecho y vio que era bueno. Había abatido a los enemigos de Dios, siendo purificada por ello. De haber sido sometida a la prueba del detector de mentiras, la habría superado con éxito, pues, aunque sabía lo que estaba haciendo, no sabía que era algo malo.
Era inocente en el sentido literal de la palabra. Y ahora se iría en la camioneta a Greeving y le contaría a todo el pueblo lo que había hecho, lo proclamaría en las calles y lo gritaría en el Blue Boar. Era una lástima haber cortado los cables del teléfono, pues de no ser así hubiera alzado el receptor para explicarle a la telefonista su hazaña. Sosegada, majestuosamente, dejó la escopeta y cogió el magnetófono, que seguía funcionando. Oprimió algo y la lucecita roja que relucía en el aparato se apagó. En el interior había una grabación sonora de su hazaña, e indicio claro de hasta qué punto estaba loca Joan es el hecho de que en aquellos momentos se imaginó, en un futuro, pasando la cinta ante la congregación epifánica para edificación de sus componentes.
A Eunice apenas le hizo caso. La mujer permanecía inmóvil, escopeta en manos, contemplando fríamente los cadáveres de Giles y Melinda, que yacían el uno junto al otro, más cerca del abrazo de lo que nunca estuvieron en vida. Pero Joan había olvidado quién era Eunice. Había olvidado su propio nombre, y el pasado, y Shepherd’s Bush, y a Norman. Estaba sola, titánica, angélica, y el único temor que sentía era el de que algún espíritu maligno se alzase en defensa de los Coverdale y le impidiera proclamar ante todos la buena nueva.
La sangre de George le manchaba el jersey, las manos y el rostro. La dejó secar. Con lento y majestuoso paso, insólito en ella, se encaminó a la puerta del vestíbulo, sacando a Eunice de su trance contemplativo.
–Será mejor que antes de irte te laves la cara –dijo.
Joan hizo caso omiso de ella. Abrió la puerta principal y escrutó la oscuridad en busca de demonios. La avenida y el jardín estaban vacíos, y a Joan le resultaron atractivos. Montó en la camioneta.
–Como quieras –dijo Eunice–. Lávate bien antes de acostarte. Y no se te ocurra decirle nada a nadie. Mantén la boca cerrada.
–Yo soy la lanza del Señor de los ejércitos.
Eunice se encogió de hombros. Aquello tenía poca importancia. Joan siempre andaba a vueltas con lo mismo, y los del pueblo pensarían simplemente que estaba más loca que de costumbre. Volvió al interior de la casa, donde tenía cosas de las que ocuparse.
Con sólo las luces de posición puestas, Joan condujo eufóricamente la camioneta, saliendo de los terrenos de Lowfield Hall. Iba con la cabeza alta, mirando a la derecha, a izquierda, o a cualquier lado que no fuera hacia delante, y sonreía graciosamente, como si una muchedumbre la aclamase. Fue un milagro que llegase hasta las puertas de la finca. Pero llegó a ellas y siguió por casi medio kilómetro, hasta un punto en el que el camino torcía pronunciadamente para eludir el alto muro de ladrillo que rodeaba el jardín delantero de la granja de Mr. Meadows. Allí Joan vio un búho blanco echando a volar desde uno de los árboles, y aletear pesadamente frente a ella, a la altura del parabrisas. Joan pensó que era un demonio enviado contra ella por los Coverdale. A fin de arrollarlo, apretó a fondo el acelerador, y lo que consiguió fue chocar violentamente contra el muro. La parte delantera de la camioneta se arrugó como una concertina, y Joan salió lanzada de cabeza a través del cristal y fue a estrellarse contra una masa de hormigón de treinta centímetros revestida de ladrillos.
Eran las nueve y media. El matrimonio Meadows había ido a Gosbury, a visitar a su hija casada, y en el edificio no quedaba nadie que pudiera escuchar el ruido del choque. Norman Smith se encontraba en el Blue Boar, donde también habían ocurrido interesantes sucesos, aunque hasta el día siguiente nadie se dio cuenta de lo interesantes que realmente habían sido. Llegó a casa a las diez y cuarto. La camioneta no estaba aparcada junto a la tienda, pero el hombre supuso que Joan estaría en algún sitio con Eunice, ya que era la última noche que ésta pasaría en Greeving, lo cual era toda una suerte. Nadie pasó por Greeving Lane (o, al menos, nadie informó del accidente) hasta que los Meadows volvieron a su casa a las diez y veinticinco. Cuando vieron su arruinado muro y la camioneta, con Joan yaciendo inconsciente medio dentro y medio fuera del vehículo, llamaron primero a una ambulancia y luego a Norman Smith. Joan, que estaba viva, aunque muy grave, fue conducida al hospital, donde no se preocuparían de si la enorme cantidad de sangre que la cubría era toda suya o no.
De este modo Joan Smith, que debía de haber sido recluida en una institución psiquiátrica hacía meses, terminó en una unidad de vigilancia intensiva para los físicamente lesionados.

Aquélla fue la segunda vez en la noche que Norman tuvo que ver sangre. Unas tres horas antes de que lo condujeran al lugar en que su esposa había sufrido el accidente, dos jóvenes entraron en el Blue Boar, y el más menudo y joven de ambos preguntó al encargado, Edwin Carter, dónde estaban los servicios de caballeros. Deseaba lavarse las manos, pues tenía la izquierda herida, y la sangre había empapado el pañuelo que la vendaba.
Mr. Carter le indicó dónde estaban los servicios, y su esposa preguntó si podía hacer algo como primeros auxilios. Su oferta fue rechazada, y ninguno de los jóvenes explicó el origen de la herida. Cuando el muchacho regresó del lavabo se había vuelto a vendar la mano con un pañuelo más limpio. Ni los Carter ni ninguno de los parroquianos recordaban haber visto realmente la mano herida; sólo que en el primer vendaje había habido sangre. Los otros testigos eran Jim Meadows, el del garaje, Alan y Pat Newstead, Geoff y Barbara Baalham, el hermano de Geoff, Philip, y Norman Smith.
Mrs. Carter recordaría que el hombre de la mano herida había bebido un brandy doble, y su compañero cerveza. Sentados a una mesa, consumieron sus bebidas en menos de cinco minutos y se fueron sin hablar con nadie salvo para preguntar dónde podrían conseguir gasolina a aquellas horas, en las que el garaje Meadows se encontraba cerrado. Geoff Baalham les indicó que en la carretera principal, más allá de Gallows Corner, había una gasolinera de autoservicio. Explicándoles cómo llegar salió con ellos a la calle, donde pudo ver su coche, un viejo Morris Minor Traveller de color marrón. En lo que, sin embargo, no se fijó fue en el número de la matrícula.
Salieron del pueblo por Greeving Lane, ruta que inevitablemente les obligaría a pasar ante Lowfield Hall.
Al día siguiente, todos aquellos testigos dieron a la policía descripciones de los desconocidos. Jim Meadows dijo que los dos jóvenes llevaban el negro pelo largo, vestían ropas vaqueras azules, y que el de la mano herida medía más de metro ochenta. Los Carter estuvieron de acuerdo en que el alto tenía el pelo largo y oscuro, pero su hija. Barbara Baalham, aseguró que ambos tenían pelo y ojos castaños. Según Alan Newstead, el de la herida tenía el cabello corto y rubio y penetrantes ojos azules, pero su esposa dijo que, aunque penetrantes, los ojos eran castaños. Geoff Baalham afirmó que el más bajo tenía el pelo rubio y llevaba pantalones vaqueros de pana gris, mientras que para su hermano los dos vestían vaqueros azules y el alto se mordía las uñas. Norman dijo que el rubio tenía un arañazo en el rostro, y que el moreno no medía más de metro setenta y cinco.
Todos ellos desearon haberse fijado mejor en su momento; pero... ¿cómo podían haberlo sabido?

Al quedarse sola, Eunice, que se había propuesto «ocuparse de cosas», al principio no se ocupó de nada. Se sentó en las escaleras. Tenía la curiosa sensación de que si no hacía nada, de que si a la mañana siguiente se iba con sus maletas a la parada del autobús, cuya ubicación había averiguado hacía tiempo, y se marchaba a Londres, todo estaría arreglado. Quizá pasaran semanas antes de que descubriesen a los Coverdale, y para entonces ya nadie sabía donde estaba ella. ¿O no?
Un té le vendría bien, pues el anterior no lo había probado, al haber vaciado Joan la tetera sobre la cama de Jacqueline. Preparó el té, pasando y volviendo a pasar ante el cadáver de George. El reloj de su muerta muñeca le indicó a la mujer que eran las diez menos veinte. Debía hacer el equipaje. Durante aquellos nueve meses, había añadido muy poco a sus pertenencias, aparte de dulces, chocolate, y pasteles, consumidos ya en su totalidad. Su guardarropa sólo había tenido el incremento de unas cuantas prendas tejidas a mano. Todo lo metió en las maletas de Mrs. Samson, en orden casi idéntico al de cuando llegó.
Allí arriba, en su dormitorio, parecía como si nada hubiese ocurrido. Realmente, era una lástima tener que irse, pues ahora ya no había nadie que la molestase y la casa le gustaba, siempre le había gustado. Y, sin que hubiese intromisiones en su vida, le habría gustado aún más.
Era temprano para acostarse, y Eunice no creía poder conciliar el sueño. Esto era excepcional, ya que la mujer se quedaba dormida en cuanto ponía la cabeza sobre la almohada. Por otra parte, se daba cuenta de que también las circunstancias eran excepcionales, pues ella nunca había hecho algo semejante. Era consciente de que probablemente el nerviosismo la mantendría despierta, así que se sentó mirando en torno, mirando su equipaje, sin ganas de ver la televisión y lamentando haber metido la labor de punto en el fondo de la maleta grande.
A las once menos cuarto seguía allí sentada, preguntándose a qué hora pasaría el autobús por la mañana, y diciéndose que ojalá no lloviese. Entonces, desde Greeving Lane le llegó el penetrante gemido de una sirena. La sirena pertenecía a la ambulancia que había ido a recoger a Joan Smith, pero eso lo ignoraba Eunice. Pensó que tal vez fuese la policía y súbitamente, por primera vez en toda la noche, se sintió alarmada. Bajó al primer piso, fue al dormitorio de Jacqueline y miró por la ventana para averiguar qué ocurría. No vio nada y el ruido de la sirena ya se había extinguido. Cuando soltó la cortina, la sirena volvió a sonar y, tras unos momentos, un vehículo del que sólo pudo ver las luces se dirigió ululando hacia Lowfield Hall, pasó de largo, y se perdió en dirección a la carretera principal.
A Eunice no le gustó aquello. Era de lo más insólito en Greeving. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaban allí? La televisión le había enseñado algo acerca de cómo actúa la policía. Encendió una de las lamparitas de cama y recorrió el dormitorio, limpiando en actitud ausente cuantos artículos sólidos había tocado Joan, los cristales rotos, los ornamentos y la tetera. Steve, en la serie, cuando no estaba pegándole tiros a la gente o persiguiéndola en coche, era un as con las huellas dactilares. Aunque ya no se escuchaba la sirena, la policía no tardaría en presentarse allí. Fue abajo, entró en el salón y de nuevo encendió una luz. Ahora comprendía que había sido tonta al pensar que las autoridades no se enterarían de nada. Si no llegaban aquella noche, llegarían al día siguiente, pues por la mañana Geoff Baalham aparecería con los huevos y, si no le abrían, miraría por la ventana y vería el cuerpo de George. Para evitar que sospechasen de ella, debía hacer un montón de cosas. Borrar de los alicates las huellas de Joan, por ejemplo, y limpiar las escopetas.
Examinó detenidamente el salón. Sobre el sofá, salpicado de sangre, había un ejemplar abierto del Radio Times, y junto con las manchas de sangre había unas palabras manuscritas que a Eunice le produjeron muchísima mayor repulsión que la sangre. Lo primero que debería haber hecho era destruir aquel ejemplar del Radio Times, quemándolo, o rompiéndolo y enterrándolo, o haciéndolo pedazos y echando éstos al triturador de basura. Pero no sabía leer. Cerró el periódico y, en un intento de dejarlo todo ordenado, lo dejó en el montón de diarios dominicales que había sobre la mesita de café. Le molestaba dejar allí las tazas sucias, pero se dijo que sería un error lavarlas. Devolver el televisor a la salita íntima aumentaría también la sensación de orden, y lo arrastró a través del vestíbulo, dándose cuenta al fin de que se encontraba muy fatigada.
No parecía que hubiese ninguna otra cosa por hacer, y el coche de la policía no había vuelto. Ahora, por primera vez desde que desencadenó la tragedia, miró larga y fijamente el cadáver de George y luego, volviendo al salón, los de su esposa, su hija y su hijastro. Ni por asomo sintió piedad ni remordimientos. No reflexionó sobre al amor, la alegría, la paz, el descanso, la esperanza, la vida, el polvo, las cenizas, la necesidad, la ruina, la locura ni la muerte. No pensó en el amor que había matado, ni en las vidas arruinadas, ni en las esperanzas desbaratadas, ni en el potencial intelectual desperdiciado, ni en la alegría aniquilada, pues ignoraba el significado de todos aquellos conceptos. No pensó en que había convertido a unos seres humanos en carroña para los gusanos. Se dijo que era una lástima que una buena alfombra quedase en tan mal estado, y le alegró que la sangre no la hubiese salpicado a ella.
Tras invertir tanto tiempo y esfuerzos en hacer que todo pareciese en orden, le apeteció que alguien viera el resultado de su eficiente trabajo. Siempre le había gratificado que el fruto de sus esfuerzos fuese admirado, si bien nunca denotó su satisfacción ni con palabras ni con sonrisas. ¿Por qué dejar que la policía descubriese lo ocurrido cuando ella ya no estuviera presente? Difusamente, pensó que la ley estaba cerca, que no tardaría en llegar. Lo mejor sería que ella misma, sin más demora, notificase lo ocurrido. Levantó el teléfono y, cuando ya había comenzado a marcar, se acordó de que Joan había cortado los cables. No importaba, porque un paseo le vendría bien: el aire frío la ayudaría a espabilarse.
Eunice Parchman se puso el abrigo rojo y la gorra y la bufanda de lana. Cogió una linterna del cuarto armero y echó a andar hacia Greeving y la cabina telefónica que había en el exterior de la tienda del pueblo.


22

El superintendente William Vetch, jefe de detectives, llegó a Greeving procedente de Scotland Yard el lunes por la tarde para ponerse al frente de la investigación del asesinato de los Coverdale, la matanza del día de san Valentín.
Acudió a un sitio del que muy poca gente del ancho mundo había oído hablar, pero cuyo nombre estaba ahora en todas las primeras planas y en todas las pantallas de televisión. Encontró un pueblo donde, en aquel primer día, los habitantes permanecían en sus casas, como temerosos de la intemperie, como si el aire hubiese cambiado de la noche a la mañana, convirtiéndose en algo salvaje, hostil y amenazador. En las calles del pueblo había gente, pero esa gente eran policías. Había coches, coches patrulla; todo el día y toda la noche el acceso a Lowfield Hall estuvo atestado de automóviles y furgones de las fuerzas del orden, y por doquier se veían fotógrafos de la policía y expertos forenses. Pero a los habitantes de Greeving no se los veía, y en aquella fecha, 15 de febrero, sólo cinco hombres fueron a trabajar y sólo siete niños acudieron al colegio.
Vetch ocupó el edificio del ayuntamiento, instalando en él un «centro de investigación». Allí, con sus agentes, interrogó a los testigos, examinó las pruebas, recibió e hizo llamadas telefónicas, habló con la prensa... y tuvo su primera entrevista con Eunice Parchman.
Era un policía de gran experiencia. Llevaba veintiséis años en el cuerpo y su carrera en la brigada de homicidios estaba llena de actos de valor. Él arrestó personalmente a James Timson, el asesino bancario de Manchester, y encabezó el grupo de policías que asaltaron el piso que tenía en Brixton Walter Eksteen, un hombre armado al que se buscaba por el asesinato de dos guardas de seguridad.
Quienes trabajaban a sus órdenes sabían que, en cada caso del que se ocupaba, Vetch tenía por costumbre concentrar sus esfuerzos en torno a un testigo en particular, cuya amistad llegaba incluso a procurarse. En el caso Eksteen, tal sistema había funcionado, y quien lo condujo hasta el asesino fue la antigua amante de Eksteen, cuya confianza se había ganado. En el caso Coverdale, la testigo que escogió para desempeñar tal papel fue Eunice Parchman.
En realidad, Eunice nunca le había gustado a nadie. Sus padres la quisieron a su manera, pero eso era distinto. Mrs. Samson se compadeció de ella, Annie Cole la temió, Joan Smith la usó. A Bill Vetch le gustó realmente, porque Eunice no malgastaba palabras, ni titubeaba, ni hacía alardes de sentimentalismo, y no sentía reparo en admitir que no sabía algo.
La respetaba por la forma como, al encontrar cuatro cadáveres en circunstancias que habían dejado horrorizados a los primeros policías que acudieron, caminó más de kilómetro y medio en la oscuridad para llegar a una cabina telefónica. Apenas sospechó de ella, y las tenues dudas que sentía antes de verla se desvanecieron cuando Eunice le dijo con toda franqueza que los Coverdale no le agradaban, y que la habían despedido por insolencia. Además, aquel asesinato no era propio de una mujer de mediana edad, ni podría haberlo cometido una sola persona. Por otra parte, antes incluso de ver a Eunice, ya había organizado la búsqueda del hombre de la mano herida y su compañero.
Esto es lo que Eunice declaró ante los agentes de Suffolk la noche anterior:
«Fui a Nunchester con mi amiga Joan Smith a las cinco y media. Asistimos a una función religiosa en el templo epifánico de North Hill. Mrs. Smith me llevó en su coche de vuelta a Lowfield Hall, y llegué a las ocho menos cinco. Miré el reloj del vestíbulo cuando entré por la puerta principal, y marcaba las ocho menos cinco. Mrs. Smith no entró conmigo. No se encontraba bien y le dije que se fuera derecha a casa. Había luz en el vestíbulo y en el salón. Las luces se veían desde fuera. Yo no entré en el salón. Cuando salía de noche, nunca lo hacía, a no ser que los señores me llamasen. Tampoco entré en la cocina, porque en Nunchester, después del servicio religioso, ya había tomado el té. Subí directamente a mi cuarto. La puerta del dormitorio del matrimonio Coverdale estaba abierta, pero no miré dentro. Estuve un rato tejiendo, y luego hice el equipaje.
»Los domingos, el matrimonio Coverdale solía acostarse a eso de las once. Giles casi siempre estaba en su cuarto por la noche. No supe si estaba allí, porque cuando subí la puerta estaba cerrada. No pensé mucho en ello. Estaba preocupada por lo de irme al día siguiente, y no volví a salir de mi dormitorio hasta eso de las once y media.
»No necesitaba ir abajo para asearme, porque tenía mi propio baño. Me acosté a las once. Las luces del rellano del primer piso y de las escaleras siempre se quedan encendidas, y el señor o la señora las apagan cuando suben a acostarse. Cuando vi por debajo de mi puerta que las luces seguían encendidas a las once y media, me levanté y fui a apagarlas. Como para hacerlo tenía que bajar al primer piso, me puse la bata. Luego vi ropas tiradas en el suelo del dormitorio de los Coverdale, y cristales rotos. Cuando subí no me había fijado porque iba de espaldas a la puerta. Lo que vi me alarmó, así que bajé al salón. Allí encontré los cuerpos de Mrs. Coverdale, Melinda Coverdale, y Giles Mont. A Mr. Coverdale lo encontré muerto en la cocina. Quise llamar a la policía, pero no conseguí línea, y luego vi que los cables del teléfono estaban cortados.
»Entre la hora en que llegué y la hora en que los encontré no escuché nada. No vi a nadie saliendo de Lowfield Hall cuando llegué. Camino de allí, quizá nos cruzáramos con coches, pero no me fijé.»
Eunice se atuvo a aquella declaración, sin cambiar un solo detalle. Sentada frente a Vetch, manteniendo calmadamente su mirada, insistió en que había llegado a casa a las ocho menos cinco. El reloj de pie se había parado a las diez del domingo porque George ya no estaba allí para darle cuerda. ¿Marcaba aquel reloj puntualmente la hora? Eunice replicó que a veces atrasaba, en ocasiones hasta diez minutos. Eso fue confirmado por Eva Baalham y posteriormente por Peter Coverdale. Pero en los días que siguieron Vetch deseó con frecuencia que las postas hubieran alcanzado el reloj de George, parándolo, ya que la incertidumbre acerca del momento en que se cometió el asesinato, y la dificultad de encajar hechos y horas iba a ser fuente de múltiples frustraciones.

Según los expertos forenses, los Coverdale y Giles Mont habían muerto entre las siete y media y las nueve y media. Un cuarto de hora después de medianoche, cuando los cuerpos fueron examinados por vez primera, el rigor mortis ya había comenzado. El calor acelera el proceso, y en el salón y la cocina lo hacía, pues en pleno invierno la calefacción central de Lowfield Hall funcionaba durante toda la noche. Otros múltiples factores fueron tenidos en cuenta: contenido del estómago, lividez post mortem, cambios en el líquido cerebro-espinal, pero Vetch no logró que sus expertos admitieran la posibilidad de que las muertes se hubiesen producido antes de las siete y media. No, si se tenía en cuenta el calor, una temperatura de casi veintiséis grados; no, porque lo que, según Eunice, los Coverdale habían comido a las seis –té, sandwiches y pastel– ya estaba completamente digerido. Y al propio Vetch le resultaba extraño que una familia que había comido a las seis tomara café a, digamos, las siete.
No obstante, era posible hacer que todo encajase. Los dos jóvenes en ropas vaqueras habían entrado en el Blue Boar a las ocho menos diez. Eso les daba quince minutos para matar a los Coverdale... ¿por qué motivo? ¿Por diversión? ¿Por venganza hacia la clase social que los Coverdale representaban? Luego, cinco minutos para salir de Lowfield Hall y conducir hasta Greeving. Para cuando Eunice llegó a las ocho menos cinco (o y cinco), ellos ya se encontraban a un par de kilómetros de distancia, tras dejar muerte y silencio a su paso.
En aquellos quince minutos también tenían que haber hecho los destrozos del dormitorio, aunque Vetch no lograba imaginar por qué habían vertido té en la cama. Debía tratarse de vandalismo sin más, ya que no habían cogido ninguna de las joyas de Jacqueline. O quizá lo que buscaban fuese dinero y alguno de los Coverdale los sorprendió in fraganti. En algún momento, el hombre de la mano herida debía de haberse quitado uno de los guantes, pues la ausencia de huellas dactilares indicaba que se habían usado guantes, a no ser que el guante estuviera puesto cuando una posta alcanzó la mano. Aunque por los pelos, quince minutos eran suficientes para romper, desgarrar y matar.
Vetch pasó muchas horas interrogando a los clientes del Blue Boar, Norman Smith incluido, que habían visto a los dos jóvenes y hablado con ellos. El lunes por la mañana, toda la policía del país estaba buscando aquel coche y a sus ocupantes.
Joan Smith permanecía en coma en el Hospital General de Stantwich. Pero Vetch estaba persuadido de que aquella noche la mujer no había entrado en Lowfield Hall. En cuanto a ella, sólo se ocupó de verificar que Eunice decía la verdad al decir que las dos habían salido del templo epifánico a las siete y veinte. La congregación lo confirmó, aunque nadie dijo a los agentes de Vetch que Joan Smith había amenazado de muerte a George Coverdale poco antes de irse. Los hermanos ignoraban que era a él a quien la mujer maldecía, y aunque lo hubieran sabido: la conducta y los deseos de los epifánicos no debían ser del conocimiento de policías, gente que no figuraba entre los elegidos.
Se permitió a Eunice quedarse en Lowfield Hall. Por un lado, no tenía otro sitio adonde ir, y por otro Vetch la quería en el lugar de autos. La mujer tenía libre acceso a la cocina, pero el salón, con aquel ejemplar del Radio Times en su interior, estaba sellado.
–No sé –contestó Eunice cuando Vetch le preguntó si los Coverdale tenían enemigos–. Tenían muchos amigos. Nunca oí que nadie amenazase a Mr. Coverdale.
Luego le preparó una taza de té y le dio detalles sobre la vida, los amigos, los hábitos, los gustos y los caprichos de los Coverdale. La asesina y el investigador bebieron té sentados a la mesa, escrupulosamente fregada por Eunice, sobre la cual George Coverdale se había derrumbado al morir.

Lo ocurrido en Lowfield Hall hizo enorme impacto en los habitantes de Greeving, que reaccionaron con incredulidad, horror y, algunos de ellos, con indecible pesar. Excusado es decir que no se hablaba de otra cosa. Conversaciones que se iniciaban con temas triviales –qué comerían de cena, cómo estaba alguien de la gripe, el frío que hacía o la lluvia que caía– acababan teniendo la matanza como tema. ¿Quién podía haber hecho algo así? Yo aún no me lo creo, de veras. Hace que una se pregunte adonde va el mundo. Jessica Royston lloró, inconsolable. Mary Cairne hizo que la constructora Eleigh le instalara rejas en las ventanas del piso bajo. Los Jameson-Kerr pensaron que ya nunca volverían por Lowfield Hall, y el brigadier se estremecía al recordar sus partidas de caza de faisanes con George. Geoff Baalham, inmensamente contrito por la muerte de Melinda, sabía que tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que él volviera a pasar por Gallows Corner un viernes o un sábado por la tarde.
Peter Coverdale y Paula Caswall fueron a Greeving, y a las pocas horas de llegar, Paula, que se había quedado con los Archer, sufrió un colapso nervioso a causa de la emoción y el dolor. Peter se alojó en el hotel Ángel de Cattingham. Allí, en las frías y húmedas veladas, en su mal caldeada habitación, se sentó a beber con Jeffrey Mont, que se hospedaba en el hotel Bull de Marleigh. No le agradó Jeffrey, a quien no conocía y que se bebía una botella de whisky por noche, pero reconocía que se hubiera vuelto loco de no haber tenido a alguien con quien hablar, y Jeffrey dijo que, sin su compañía, él se habría suicidado. Fueron juntos a casa de los Archer a ver a Paula, pero el doctor Crutchley había dado orden de que la sedasen.
En Norwich, Jonathan Dexter se enteró de la muerte de Melinda por los periódicos. No hizo nada. Ni lo verificó, ni habló con sus padres, ni intentó ponerse en contacto con Peter Coverdale. Se encerró en su cuarto y permaneció en él cinco días, alimentándose de té y pan rancio.
Norman Smith cumplió con el deber de visitar a su esposa todas las tardes. No le apetecía hacerlo. Se daba cuenta, de modo más o menos consciente, que a él la muerte de Joan le vendría muy bien, pero jamás lo hubiera reconocido ante sí mismo, del mismo modo que jamás se le hubiese ocurrido dejar de ir a verla. Era lo que hacía un marido cuando su mujer estaba enferma, y eso hizo. Pero como Joan ni se movía, ni hablaba, ni oía, él no pudo comentar con ella las noticias, así que lo hizo con otros maridos que estaban igualmente de visita, y disertó largamente sobre el suceso en el Blue Boar, donde ahora podía pasar todo el tiempo que le apetecía.
De Stantwich no habían dicho nada acerca de una investigación sobre las irregularidades de Joan con la correspondencia. Norman que, pese a todo lo que había pasado, aún conservaba algo de optimismo, supuso que aquello se debía a que el principal testigo había muerto. O bien el delegado postal había sabido del accidente de Joan y no deseaba importunarlo estando su esposa enferma.
Habían remolcado la camioneta hasta un garaje dé Nunchester. Norman fue allí en autobús, y el dueño del garaje le dijo que el siniestro era total. Llegaron a un acuerdo respecto a las partes aún utilizables de la camioneta. Al finalizar, el del garaje le dijo:
–Por cierto, esto estaba debajo del asiento posterior. –E hizo entrega a Norman de un objeto que el hombre tomó por una radio de transistores.
Se lo llevó a casa, lo dejó en un estante, al lado de un montón de ejemplares de Sigue mi estrella y, por unos días, se olvidó totalmente de él.


23

El miércoles 17 de febrero todos los periódicos nacionales publicaron retratos robot de los dos hombres buscados, aunque Vetch no tenía gran fe en tal medida. Si un testigo no logra recordar si el cabello de un hombre es rubio o castaño, resulta poco probable que recuerde la forma de su nariz o frente. El encargado de la gasolinera situada a cien metros de Gallows Corner recordaba al más alto y moreno de ambos. Pero se trataba de una gasolinera de autoservicio, el joven moreno había puesto combustible él mismo y sólo se acercó a la encristalada cabina para pagar. El encargado ni siquiera había visto al otro hombre, no sabía a ciencia cierta si lo había habido, y sólo recordaba el coche porque el marrón es un color poco habitual para un Morris Minor Traveller.
Los retratos robot se hicieron mediante lo que recordaba el de la gasolinera, así como Jim Meadows, Geoff Baalham y los otros parroquianos que estaban en el Blue Boar la noche del domingo. La publicación de los retratos robot hizo que el centro de investigación instalado en el ayuntamiento de Greeving recibiera centenares de llamadas de gente que aseguraba haber visto Minor Travellers de color gris, verde o negro, o de algunos poseedores de coches de tal modelo y color marrón que estaban respetablemente encerrados en garajes. Pero, antes de desecharla como inútil, había que verificar cada una de las comunicaciones.
Se hizo una llamada a todos los hoteleros y caseros del país para que informasen sobre si alguno de sus huéspedes o inquilinos poseía un coche como el descrito por Geoff Baalham y el encargado de la gasolinera. ¿Estuvo el domingo el coche fuera de su lugar de estacionamiento habitual? ¿Dónde se encontraba ahora? Tal llamada se tradujo en varios centenares más de llamadas telefónicas y en cientos de interrogatorios inútiles que continuaron a lo largo del miércoles y el jueves.
Pero el jueves una mujer que no era ni casera ni hotelera llamó a Vetch y le dio información sobre un coche que respondía a la descripción del vehículo buscado. La mujer vivía en un parking de caravanas sito en la costa de Essex, a unos sesenta y cinco kilómetros de Greeving. Al cabo de menos de una hora, Vetch ya estaba en la roulotte de la mujer, hablando con ésta.
Los automóviles de los residentes se encontraban aparcados en un solar junto a la entrada del parking. Mrs. Burchall, aunque no poseía coche propio, se había fijado en que en el estacionamiento había un Traveller marrón, ya que era el vehículo más sucio de todos y porque, debido a una rueda pinchada, el coche parecía hundido en el barro y desequilibrado. El viernes anterior el vehículo estaba en su lugar de costumbre, pero la mujer no recordaba haberlo visto desde entonces. Y, en cualquier caso, en aquellos momentos, no estaba allí.
El propietario del coche resultó ser, o haber sido, un hombre llamado Dick Scales. Scales, un camionero que hacía viajes de largo recorrido, no se encontraba en casa cuando los policías fueron a la roulotte en que vivía, y Vetch y sus hombres hablaron con una italiana de mediana edad que decía llamarse Mrs. Scales; pero que posteriormente admitió no estar casada. Vetch no logró sacarle mucho más que unos cuantos «Mamma mia!» y encendidas aseveraciones de que ella no sabía nada de ningún coche y de que todo era culpa de Dick. Mientras hablaba, no dejaba de mover la coja silla en que se sentaba, sosteniendo en los brazos un pequeño terrier mestizo de fiero aspecto. ¿Cuándo regresaría Dick? No lo sabía. Mañana, o al día siguiente. ¿Y el coche? A ella que no le preguntaran de coches, no sabía nada de ellos, ni siquiera tenía permiso de conducir. Había estado en Milán con sus padres desde antes de Navidad, regresó la semana anterior y ahora deseaba no haber regresado nunca a aquel horrible país frío, lluvioso y ateo.
La policía esperó a Dick Scales en la carretera MI. Por un motivo o por otro, no lo localizaron. Mientras, Vetch, en Clacton, sentía serias dudas acerca del asunto. Si el culpable era Scales, ¿cómo podían los Carter, los Baalham, los Meadows y el encargado de la gasolinera haber tomado a un hombre de cincuenta años por un joven alto y moreno?

En Lowfield Hall, el salón seguía clausurado y varias veces al día, en sus idas y venidas a la cocina, Eunice pasaba ante la sellada puerta. Nunca se le ocurrió intentar meterse en la estancia, aunque, de haberlo deseado, no le habría sido difícil. Las puertas ventana estaban cerradas, pero las llaves que las abrían colgaban de un gancho del cuarto armero. La policía suele tener pequeños descuidos así. Pero en aquella ocasión, su falta de celo ni perjudicó el caso ni benefició a Eunice, ya que ésta no tenía ni idea de que la única prueba que podía incriminarla se ocultaba en el interior del salón, y aquella prueba –o lo que la policía había visto de ella– ya había sido examinada y considerada un simple papelote.
¿La única prueba? Sí, porque, de hacerla visto, de haber sido capaz de leer lo que allí estaba escrito, hubiera podido contrarrestar y anular la otra evidencia acusatoria. Más precisamente, Eunice hubiera sabido cuál era esa otra prueba y, llegado el momento, no la hubiera desestimado con irreflexiva indiferencia.
Estaba tranquila y se sentía segura. Veía la televisión y entraba a saco en el congelador para prepararse sustanciosas comidas, y entre comida y comida consumía chocolate, más de su cuota habitual, ya que, aunque no era consciente de la más mínima tensión nerviosa, le resultaba un poco inquietante encontrarse cotidianamente con policías. Para mantener sus reservas de chocolate, iba caminando hasta la tienda del pueblo, ahora presidida únicamente por Norman Smith, que, por la fuerza de la costumbre, seguía masticando pastillas de menta.
Aquella mañana el hombre recibió una llamada telefónica de Mrs. Elder Barnstaple para anunciarle que se pasaría por allí a recoger los ejemplares de Sigue mi estrella que Joan no había tenido tiempo de repartir. Norman los cogió del estante y, con ellos, el objeto que se halló en la parte posterior de su camioneta. Pero no se lo mostró a Eunice, sino que sólo lo mencionó mientras le vendía tres chocolatinas Mars.
–¿Le prestó usted un aparato de radio a Joan?
–No tengo radio –replicó Eunice, renunciando así a su futuro y su libertad. Salió de la tienda sin preguntar por Joan ni enviarle recuerdos. Tenuemente interesada por el hecho de que parecía haber menos policía de la habitual, observó que el coche de Vetch no se encontraba en su lugar habitual frente al ayuntamiento. Mrs. Barnstaple, al llegar, estacionó allí su automóvil, y Eunice le dirigió una inclinación de cabeza y una de sus herméticas sonrisas.
Norman Smith hizo entrar en la salita a su segunda visitante.
–Bonito magnetófono tiene usted ahí –dijo Mrs. Barnstaple.
–¿Es un magnetófono? Pensaba que era una radio.
Mrs. Barnstaple volvió a afirmar que se trataba de un magnetófono y, si no pertenecía a Norman, ¿de quién era? Él replicó que no lo sabía, que lo habían encontrado en la camioneta tras el accidente de Joan. Quizá fuera de alguno de los epifánicos. Mrs. Barnstaple no consideró esto probable, pero prometió indagar al respecto.
Una vez descubierto el tipo de aparato que era, cualquiera con un mínimo de curiosidad hubiera intentado hacerlo funcionar. Norman, no. Estaba totalmente seguro que sólo conseguiría escuchar himnos o confesiones, así que lo devolvió al ya vacío estante, y regresó a la tienda para venderle a Barbara Baalham un sobre de correo aéreo.

Unas horas antes, mientras un preocupado Dick Scales iniciaba el trayecto desde Hendon, en el noroeste de Londres, hacia su casa en Clacton, un joven de largo cabello negro entró en la comisaría de Hendon y, por así decirlo, se entregó.

Viernes, día del entierro.
Se celebró a las dos de la tarde, y los asistentes fueron muchos. Acudió la prensa, junto con unos cuantos policías cuidadosamente escogidos. Brian Caswall llegó desde Londres, y Audrey Coverdale desde el distrito de Potteries. Jeffrey Mont también estaba allí, dando la infortunada (o afortunada, para él) sensación de haber bebido. Igualmente presentes se encontraban Eunice Parchman, los Jameson-Kerr, los Royston, Mary Cairne, y diversos Baalham, Meadows, Higgs y Newstead. Bajo un cielo azul, tan radiante como el del día del bautizo de Giles Caswall, los amigos más íntimos siguieron al rector desde la iglesia, por un serpenteante sendero, hasta un apartado rincón del patio de la iglesia. Un ligero viento del este agitaba las copas de los viejos olmos y tejos. George Coverdale había comprado una tumba bajo aquellos tejos, y en ella reposarían sus restos, junto con los de su esposa e hija.
Mr. Archer leyó unas palabras sacadas de El libro de la sabiduría:
–«Pues aunque hayan sufrido a manos de los hombres, su esperanza está pictórica de inmortalidad, y en compensación a sus dolores, serán generosamente recompensados...»
Por deseo de su padre. Giles fue incinerado en Stantwich, y no hubo flores en el breve servicio que se celebró por él. Pese a lo decidido por Peter, las coronas enviadas para los Coverdale nunca llegaron a su destino final, el hospital de Stantwich –¿para decorar la habitación de Joan?–, sino que, en menos de una hora, el frío de febrero ya las había marchitado. Por sugerencia de Eva Baalham, Eunice envió un ramo de crisantemos, pero nunca pagó la cuenta que el florista le envió una semana más tarde.
Peter llevó de vuelta en su coche a Eunice hasta Lowfield Hall, y la aconsejó que subiera a su dormitorio y se tumbara, sugerencia contra la que Eunice, que pensaba en el televisor y en las chocolatinas Mars, no tuvo nada que decir. En ausencia de la mujer y de la policía, en el terrible silencio y bajo el gélido frío, Peter sacó la mesa de la cocina, la hizo astillas y la quemó junto al macizo de endrinos mientras el rojo y frío sol se ponía.
Vetch no asistió al entierro, pues se encontraba en Londres. Allí, Keith Lovat le explicó la historia que ya le había contado a la policía de Hendon y, acompañado por Lovat, fue a la casa de West Hendon en la que Michael Scales tenía alquilada una habitación con muebles, y Lovat otra. Al final del jardín había tres garajes rodeados de una alta cerca. En el pavimento de detrás de la cerca, junto a los garajes, Vetch vio un coche cubierto por una lona. Lovat retiró ésta y dejó al descubierto un Morris Minor Traveller marrón que, según dijo a Vetch, le había comprado al padre de Michael, Dick Scales, el domingo anterior.
Según Lovat, el automóvil había estado en venta por ochenta libras, y él y Michael fueron hasta Clacton en tren para echarle un vistazo. Llegaron a las tres y comieron en la roulotte con Dick Scales y la italiana, a la que Lovat llamaba María y que, según él, era la madrastra de Michael.
–María tenía un perrillo –siguió Lovat–. Lo había traído con ella desde Italia metido en un cesto cerrado, y pasó la aduana sin que nadie se diera cuenta. Como era un bicho con muy mal genio, yo lo dejé en paz, pero Mike se pasó el rato jugando con él y haciéndolo rabiar. –Miró a Vetch–. Por eso luego pasó lo que pasó.
Tras cambiar la rueda pinchada por la de repuesto, a las siete él y Michael Scales decidieron emprender el regreso, pero no por la A12 desde Nunchester, una carretera rápida que los hubiera conducido a East London. En vez de ello, se proponían ir en dirección oeste hasta Gosbury, y luego al sur, hacia Dunmow y Ongar, entrando en Londres por la A11 y el tramo norte de la carretera de circunvalación, hasta Hendon. Pero antes de marcharse, Michael se puso a jugar de nuevo con el perro, ofreciéndole un pedazo de chocolate y quitándoselo cuando el animal iba a por él. Como consecuencia de ello, el perro le mordió en la mano izquierda.
–De todos modos, nos marchamos. María vendó la mano de Mike con un pañuelo, y yo dije que sería mejor que cuando llegase a casa se hiciera examinar la herida. A Dick y María les entró miedo pues el perro había entrado ilegalmente en el país, y Dick dijo que, si los descubrían, podían multarlos con cientos y cientos de libras. El caso es que Mike prometió que no iría al médico, ni a un hospital, ni nada, aunque en aquellos momentos la sangre ya empapaba el vendaje. Emprendimos camino y la verdad es que me perdí. Los caminos estaban muy oscuros y pensé que se me había escapado la carretera de Gosbury, aunque luego resultó que estábamos en ella. Mike no sabía nada de que la gente no podía meter perros en el país sin ponerlos antes en cuarentena, y cuando se lo conté me preguntó por qué, le dije que era para evitar la rabia. Eso lo asustó de veras, y fue el comienzo de todo.
Se metieron por lo que, evidentemente, era Greeving Lane. ¿La hora? Alrededor de las ocho menos veinte, según Lovat. En el Blue Boar de Greeving, Michael se lavó la mano herida y tomó un brandy doble. Les dijeron cómo llegar a una gasolinera de autoservicio situada en la carretera de Gosbury que, Lovat pudo darse cuenta, era la que habían abandonado por error media hora antes.
–Para entonces, Mike estaba preocupadísimo. Temía tener la rabia, y no se atrevía a acudir al hospital por no meter a su padre en líos. Como no conseguí que el coche fuera a más de sesenta por hora, regresamos a casa a eso de las once, y al llegar dejé el Morris estacionado abajo y le eché una lona por encima.
Vetch le preguntó por Lowfield Hall. Debían haber pasado dos veces ante la mansión, al entrar y salir de Greeving.
Lovat titubeó por primera vez. Mientras conducía por Greeving Lane no se había fijado en ninguna casa. A Vetch aquello le pareció extraño, pues recordaba la granja Meadows situada en alto y dominando la única curva digna de tal nombre que había en la carretera. Pero, de momento, lo dejó pasar, y Lovat continuó, diciendo que el martes se dio cuenta de que él y Michael eran los dos hombres que la policía buscaba. Suplicó a Michael que lo acompañase a la comisaría local, pero Michael, que había hablado por teléfono con Dick Scales, se negó. Tenía la mano hinchada y tumefacta, y a partir del miércoles no fue a trabajar.
El jueves por la mañana Dick Scales telefoneó a la casa de Hendon desde un teléfono público del norte de Inglaterra, y al enterarse del estado de su hijo, prometió pasar a visitarlo en su trayecto hacia el sur. Llegó a Hendon a las nueve de la noche, y él y Michael y Keith Lovat se pasaron toda la noche discutiendo qué hacer. Dick quería que Michael fuese a un médico y le contase que un perro vagabundo lo había mordido, sin mencionar para nada el coche ni la visita a la roulotte, y Michael se mostró de acuerdo. Lovat había sido incapaz de hacer que los otros comprendieran su punto de vista: con todo aquello estaban empeorando su situación y podían ser acusados de obstruir la acción de la justicia. Además, le prohibieron que hiciera reparaciones en el coche y, a esa conclusión llegó, también que lo usara durante meses. Al fin, decidió actuar por su cuenta. Cuando Dick se hubo ido, él salió de la casa y se dirigió a la comisaría de Hendon.
La historia que Vetch consiguió sacarle al fin a Michael Scales no era del todo consistente con la de Lovat. Scales yacía en cama, en un sucio y destartalado cuarto, con el brazo hinchado hasta el codo y surcado por rojas líneas. Cuando vio aparecer a Vetch y al sargento que lo acompañaba se puso a sollozar. Una vez Vetch le hubo dicho que lo sabía todo respecto al coche, al perro posiblemente rabioso y a la visita al Blue Boar de Greeving, lo admitió todo... incluso algo que, evidentemente, Lovat había omitido. Camino de Greeving se detuvieron en la entrada de la avenida que conducía a una gran y bien iluminada mansión, y Lovat fue hacia la puerta principal para preguntar por el camino a Gosbury. Sin embargo, antes de llegar a la puerta, le falló el valor debido, según Scales, a las ropas que llevaba y a lo sucio que iba a causa de sus trasiegos con el coche.
Tras algunas evasivas, Lovat admitió aquello:
–No llegué a llamar a la puerta –dijo–. No quise asustar a aquella gente de noche y en un sitio tan solitario.
Podía ser cierto. A Vetch, Lovat y Scales le parecían dos tipos de lo más pusilánime e indeciso. Le pidió que describiera la casa y Lovat dijo que era una gran mansión, con dos altas ventanas a cada lado de la puerta principal, añadiendo que, mientras vacilaba en la avenida de acceso, había oído que dentro de la casa sonaba música. ¿A qué hora? Lovat dijo que a las ocho menos veinte, y Scales que a menos cuarto.
Vetch hizo que a María Scales la acusasen de infringir las leyes de cuarentena, y a Michael Scales lo trasladaron a un hospital, en el que fue colocado bajo aislamiento. ¿Qué hacer con Lovat? Aún no había pruebas suficientes para acusarlos de los asesinatos; pero, moviendo influencias, Vetch consiguió que el médico residente admitiera a Lovat en el hospital para tenerlo en observación. Así, los dos quedaban de momento a buen recaudo y Vetch tuvo tiempo de reflexionar sobre lo que le habían contado acerca de la hora y la música.

¿Qué música? El tocadiscos, la radio y el televisor de los Coverdale estaban en la salita íntima. Por consiguiente, lo de la música muy bien podría haber sido una mentira de Lovat, aunque no parecía haber ningún motivo para inventarse algo así. Era más probable que él y Scales hubieran llegado a Lowfield Hall mucho antes y hubieran asesinado a los Coverdale... ¿por qué motivo? No era incumbencia de Vetch encontrar el motivo. Pero podían haberse metido en Lowfield Hall para lavarse, para beber, para telefonear, y quizá George Coverdale y su hijastro opusieran resistencia física. Encajaba. Y la hora, caso de que Lovat estuviese mintiendo, también encajaba. Sin embargo, como primera medida, tenía que indagar sobre lo de la música.
Buscando ayuda, recurrió a los jóvenes Coverdale, e inmediatamente Audrey Coverdale le mencionó algo que la tenía perpleja, pero que no parecía tener relación alguna con el descubrimiento de los autores de los asesinatos.
–No logro explicarme cómo es posible que no estuvieran viendo el Don Juan. Jacqueline no se lo hubiera perdido por nada del mundo. Es tan absurdo como que un fanático del fútbol se pierda la final de la liga.
Pero el televisor se encontraba en la salita, y los Coverdale no pudieron estar en ella de las siete en adelante, ya que habían tomado café en el salón, y por muchos tejemanejes que se hicieran con la hora, resultaba imposible que hubieran tomado el café antes de la siete. Por otra parte, culpable o no, Lovat decía haber oído música. El domingo por la tarde, Vetch rompió los sellos del salón y examinó de nuevo el escenario del crimen. Buscaba indicios de que el televisor hubiera estado en aquella estancia y, no encontrando ninguno, se le ocurrió verificar la hora de comienzo de la ópera. A Vetch no le hubiera costado nada conseguir un ejemplar del Radio Times de aquella semana en un distribuidor de prensa. Hoy es el día en el que aún no sabe explicar qué le hizo coger el Observer de la mesita de café en la esperanza de que debajo hubiera un ejemplar del Radio Times. Y allí estaba. Lo abrió por la página adecuada y advirtió que tal página estaba manchada de sangre. Si alguien había advertido aquello antes, a Vetch no se lo habían notificado. En el margen, entre las manchas de sangre, había tres anotaciones garrapateadas:
«Obertura cortada. Sin duda falta séptima ascendente en el último compás de La ci darem. Verificar con grabación de M.»
Vetch había visto suficientes muestras de la caligrafía de Jacqueline como para darse cuenta de que aquellas notas las había escrito ella. Y, evidentemente, lo hizo mientras presenciaba aquella emisión en particular. Por consiguiente, vio la ópera, en su totalidad o en parte. Y era indiscutible que el programa comenzó a las siete. La única experta que tenía a mano –y Vetch no podía discernir hasta qué punto la mujer era experta, pues él no tenía ni idea de música– era Audrey Coverdale. Hizo que volvieran a sellar la puerta del salón y se entretuvo diez minutos bebiendo el té que Eunice Parchman le había preparado. Charlando con ella, Eunice le comentó que no había oído música cuando llegó a las ocho menos cinco (o y cinco), que el televisor siempre estaba en la salita íntima, y allí estaba cuando ella descubrió los cadáveres. Durante toda esta conversación, el Radio Times se encontraba a escasos palmos de ella, metido en la cartera de Vetch.
Audrey Coverdale estaba apunto de marcharse, ya que a la mañana siguiente debía reincorporarse a su trabajo. Confirmó que la caligrafía de las notas correspondía a Jacqueline, y se estremeció al ver las manchas de sangre, alegrándose de que su marido no estuviera allí para verlas.
–¿Qué significa? –preguntó Vetch.
–La ci darem es un dúo del tercer cuadro del primer acto. –Audrey se sabía todas las arias del Don Juan y podría haberle dicho a Vetch el momento exacto en que se cantaba cada una–. Si quiere saber a qué momento de la ópera corresponde, debe de ser... Veamos... Sí: más o menos, a los cuarenta minutos del comienzo.
Las ocho menos veinte. Vetch, simplemente, no la creyó. Era una pérdida de tiempo consultar con aficionados. El lunes por la mañana envió a su sargento a Stantwich para comprar una grabación completa de la ópera. Consiguieron un tocadiscos prestado y la hicieron sonar en el centro de investigación instalado en el ayuntamiento. Para asombro y decepción de Vetch, La ci darem sonaba casi exactamente cuando Audrey había dicho, cuarenta y dos minutos después del comienzo de la obertura. «Obertura cortada», escribió Jacqueline. Quizá hubiera cortes en toda la ópera. Vetch recurrió a la BBC, donde le facilitaron la grabación de lo emitido. La ópera había sido cortada, pero sólo tres minutos de los primeros tres cuadros del primer acto, y La ci darem sonaba en la grabación a las siete y treinta y nueve. Por consiguiente, Jacqueline Coverdale, a las siete y treinta y nueve, estaba viva, tranquila y en calma, concentrada en un programa de televisión. Era imposible, descabellado, suponer que sus asesinos estaban en el interior de la casa a aquella hora. Sin embargo, a Lovat y Scales los habían visto diez testigos distintos en el Blue Boar a las ocho menos diez. Alguien más había entrado en Lowfield Hall después de la marcha de Lovat y antes de las ocho menos... No, ahora tenía que ser a las ocho y cinco.
Vetch estudió a fondo las notas de Jacqueline, casi la única prueba concreta que poseía.


24

Mirando la sección de anuncios por palabras del East Anglia Daily Times, Norman Smith encontró el de un hombre que deseaba comprar un magnetófono de segunda mano. Apenas vaciló antes de echar mano al teléfono. Pese a sus indagaciones, Mrs. Barnstaple no había dado con el propietario del magnetófono, y, en cuanto a Joan, seguía en coma, incapaz de comunicarse. A Norman ni se le pasó por la cabeza llevar el aparato a la policía. O, mejor dicho, sí se le ocurrió, pero lo desechó, pues era algo demasiado trivial y, evidentemente, la policía estaba ocupada por asuntos de mayor envergadura. Además, podía sacar cincuenta libras por él, cantidad que le vendría de perlas dada su penosa situación de hombre sin vehículo. Cincuenta libras, más la ridícula suma por la que la camioneta estaba asegurada, apenas le bastarían para comprar un vehículo de la misma cosecha del accidentado. Marcó el teléfono. El anuncio lo había puesto un periodista independiente llamado John Plover, que le dijo a Norman que se acercaría por Greeving al día siguiente.
Cosa que hizo. No sólo compró inmediatamente el magnetófono, sino que también llevó en su coche a Norman hasta Stantwich, a tiempo para hacer su habitual visita a Joan.

Mientras tanto, Vetch intentaba sacar más información de las notas del margen del Radio Times. Lo de «Verificar con grabación de M» parecía carente de sentido. Él ya había escuchado dos grabaciones –aunque no en busca de una séptima ascendente espuria, fuera eso lo que fuera– y nada podía mover aquel aria ni ponerla diez minutos antes de su momento. A no ser que Jacqueline hubiera escrito la nota antes de oír el aria por televisión, por haber estado escuchando durante la tarde un disco de Melinda, y deseara verificarlo con la ópera televisada. Pero lo que había escrito era justamente lo contrario. Además, le fue imposible encontrar ni un disco del Don Juan en ninguna parte de Lowfield Hall.
–No creo que mi hermana tuviera discos de música clásica –dijo Peter Coverdale. Y añadió–: Pero mi padre le regaló un magnetófono por Navidad.
Vetch lo miró fijamente. Por primera vez comprendió que una grabación no necesariamente tenía que ser un disco.
–En la casa no hay ningún magnetófono.
–Supongo que Melinda se lo llevaría a la universidad.
La posibilidad que aquello abría para Vetch iba más allá de los más fantásticos sueños de cualquier policía: quizá Melinda Coverdale hubiera estado haciendo una grabación cuando los asesinos entraron en la casa. De ser así, no sólo se podría fijar la hora con absoluta precisión, sino que se podrían oír las voces de los intrusos. Se negó a especular sobre aquella posibilidad. Lo primero que hubieran hecho los asesinos habría sido sacar la cinta y destruirla, para luego deshacerse del propio magnetófono. La valiosísima Eunice, testigo estrella, fue llamada a consulta y reconoció:
–Recuerdo que su padre se lo regaló por Navidad. Estaba en su cuarto, en un estuche de cuero. Yo le quité el polvo varias veces. Cuando regresó a la universidad en enero, se lo llevó con ella, y nunca volvió a traerlo.
Eunice decía la verdad. No había visto el magnetófono desde la mañana en que escuchó la conversación telefónica de Melinda. Joan, que era mil veces más sofisticada de lo que Eunice llegaría a ser nunca, se había llevado el aparato cuando salió de la mansión, y Eunice ni siquiera se fijó en que su amiga llevase algo en la mano.
Mientras los hombres de Vetch recorrían Galwich en busca del magnetófono, interrogando a cuantos habían conocido a Melinda, Eunice recorrió a pie los tres kilómetros hasta Gallows Corner y allí cogió el autobús de Stantwich. En una apartada habitación del Hospital General encontró a Norman Smith, sentado junto a la cama de su esposa. Eunice no se había molestado en avisar al hombre de su visita. Había ido por idéntica razón que él, porque era lo correcto. Lo mismo que se iba a las bodas y a los entierros de los conocidos, uno iba a visitarlos cuando estaban enfermos. Joan estaba muy enferma. Yacía boca arriba, con los ojos cerrados, y de no ser por el rítmico subir y bajar de las ropas de cama, hubiera pasado por muerta. Eunice le miró el rostro. Le interesaba ver qué aspecto tenía aquella piel de pergamino sin una capa de maquillaje. Parecía justamente eso: pergamino, amarillento, estriado. No le dijo nada a la comatosa paciente.
–La tienen limpia, ¿no? –comentó para Norman, tras cerciorarse de que no había polvo bajo la cama. La mujer se refería a la habitación; pero Norman pensó que hablaba de su esposa, a la que también «tenían limpia», anclada a su gota-a-gota, metida bajo una impoluta sábana. El hombre no contestó. Por diferentes motivos, ambos deseaban que Joan siguiera así por siempre y, cuando regresaban a casa en el autobús, los dos expresaron el santurrón deseo de que tal existencia vegetal no se prolongase indefinidamente.

Esperando contra toda esperanza, Vetch ordenó un registro de Lowfield Hall, incluyendo el sótano, que llevaba largo tiempo en desuso. Como con ello no se consiguió nada, comenzaron a cavar en los nevados parterres del jardín.
Eunice no sabía qué buscaban, y bien poco le importaba. Preparaba té y se lo servía, convertida en la amiga de los policías. De mucha mayor importancia para ella era su sueldo o, mejor dicho, la ausencia del mismo. George Coverdale siempre le había pagado su mensualidad el último viernes del mes. El último viernes, 26 de febrero, sería al día siguiente, pero hasta el momento Peter Coverdale no había dado el menor indicio de tener la intención de hacer honor a las obligaciones heredadas de su padre, cosa que a Eunice le parecía fatal. Como no era amiga de telefonear, fue andando hasta Cattingham y preguntó por él en el hotel Ángel; pero Peter no estaba. Había ido a llevar a su hermana de regreso a Londres, con su marido e hijos.
A la mañana siguiente, cuando Vetch apareció por Lowfield Hall, Eunice decidió que él debía ser su intermediario. El superintendente William Vetch, jefe de detectives de Scotland Yard, accedió de bonísimo grado. Claro que se pondría en contacto con Peter Coverdale y le pondría al corriente del dilema de Miss Parchman.
–He preparado tarta de chocolate –dijo Eunice–. ¿Quiere que le traiga un pedazo con el té?
–Es usted amabilísima, Miss Parchman.
Luego resultó que no fue un pedazo, sino todo el pastel lo que tuvo que sacrificar Eunice, ya que Vetch había escogido las once de la mañana como hora para celebrar una conferencia en la salita con tres altos mandos de la policía de Suffolk. Eunice salió tras decir «Gracias, señor», y regresó a la cocina para prepararse su propio almuerzo. A mediodía, cuando estaba comiendo sobre una repisa, en ausencia de la mesa quemada por Peter, el sargento de Vetch entró por el cuarto armero seguido por un joven al que Eunice jamás había visto.
El sargento llevaba un gran sobre marrón con algo voluminoso dentro. Dirigió a Eunice una amable sonrisa y le preguntó si Mr. Vetch andaba por allí.
–Está en la salita –replicó Eunice, que sabía perfectamente a quien debía llamar «señor» y a quien no–. Está reunido con varios caballeros.
–Gracias. Encontraremos el camino.
El sargento se dirigió hacia la puerta, pero el joven se quedó inmóvil, contemplando fijamente a Eunice. De su rostro había desaparecido totalmente el color. Tenía los ojos muy abiertos y, al oír la voz de la mujer había respingado como si, en vez de saludarlo con toda corrección, ella lo hubiese insultado. Le recordaba a Melinda, en aquella misma cocina, hacía tres semanas. Eunice se sintió muy aliviada cuando el sargento dijo «Por aquí, Mr. Plover» y ambos salieron al pasillo.
Eunice lavó los platos a mano y comió su última chocolatina. Y, efectivamente, sería la última. Se preguntó si Vetch le habría comentado algo a Peter Coverdale respecto al sueldo. Fuera, los agentes seguían cavando en el jardín, bajo ocasionales ráfagas de nieve. Aquella noche emitían su serie favorita, con las aventuras del teniente Steve en Hollywood o tal vez en Malibu Beach, pero ella la disfrutaría muchísimo más si pudiera tener la certeza de que iba a cobrar su sueldo. Salió al vestíbulo y escuchó música.
Sonaba tras la puerta de la salita, así que allí dentro no debían de estar haciendo nada importante, nada que la impidiera interrumpirlos cortésmente. La música le era familiar; la había oído antes. ¿Cantada por su padre? ¿En la televisión? Alguien cantaba en idioma extranjero, así que no podía ser una de las canciones de su padre.
Eunice alzó la mano para llamar a la puerta, y la dejó caer de nuevo cuando una voz dentro de la salita gritó, por encima de la música:
–¡Cristo bendito!
No identificó la voz, pero sí la que sonó a continuación, una voz silenciada ya por una masiva lesión cerebral.
–Vuelve dentro. Vamos armadas.
Y luego las voces de los otros. Y después, la suya propia. Todas mezclándose con la música, compitiendo con ella, ahogándola en un frenesí de pánico.
–¿Dónde está mi esposo?
–En la cocina. Muerto.
–¡Es usted una demente, una loca! ¡Quiero ver a mi marido, déjeme salir! ¡Giles, el teléfono! ¡No... no...! ¡Giles!
A través del tiempo, Eunice habló a Eunice:
–Sentaos. Os lo estabais buscando.
La cascada risa de Joan.
–¡Soy el instrumento del Todopoderoso!
Un disparo. Otro. Entre la música y los gritos, el sonido de algo pesado cayendo.
–¡Por favor... por favor! –gritó Melinda, y las recargadas escopetas dispararon por última vez. Música, música. Silencio.
Eunice pensó que debía ir arriba y hacer de nuevo las maletas antes de que le llegara el castigo de manos de la persona que, de un modo para ella totalmente inexplicable, estaba reconstruyendo las muertes de los Coverdale. Sin embargo, una nube parecía ofuscarle el cerebro, y le era totalmente imposible razonar. Echó a andar hacia las escaleras, confiando en su robusto cuerpo, que jamás le había fallado. Y de pronto aquel cuerpo, que era cuanto tenía, le falló. Al pie de las escaleras, en el mismísimo sitio en el que se detuvo nueve meses atrás, cuando entró por primera vez en Lowfield Hall y se vio reflejada en el enorme espejo, las piernas le fallaron y Eunice Parchman se desmayó.
Vetch escuchó el ruido de la caída cuando intentaba reunir ánimos para pasar de nuevo la cinta a los policías que lo acompañaban, y que ahora estaban pálidos y rígidos en sus sillas. El inspector salió y encontró a Eunice en el suelo, pero no fue capaz de levantarla, y ni siquiera de ponerle las manos encima.


25

Joan Smith sigue muda e inmóvil en el Hospital General de Stantwich. Está conectada a un aparato que mantiene en funcionamiento su corazón y sus pulmones. En la actualidad, las autoridades médicas intentan decidir si no sería más piadoso desconectar de una vez la máquina. Su marido trabaja en una estafeta de Gales, y sigue usando el apellido Smith. A fin de cuentas, hay muchísimos Smith.
Peter Coverdale sigue dando clase de economía política en el distrito de Potteries. Su hermana Paula no se ha recuperado de las muertes de su padre y Melinda, y en los dos últimos años se ha sometido por tres veces a terapia electroconvulsiva. Jeffrey Mont bebe copiosamente y está a punto de terminar como Joan Smith dijo la segunda vez que habló con Eunice Parchman. Los tres se encuentran metidos en constantes litigios, pues no ha llegado a establecerse quién murió antes, si Jacqueline o su hijo. Si ella murió primero, Giles, por unos instantes, heredó Lowfield Hall y, por tanto, la casa debe pasar a su pariente más próximo, o sea su padre. Pero si murió antes que su madre, entonces Lowfield Hall debe pasar a manos de los herederos naturales de George. Sombría mansión.
Jonathan Dexter, que esperaba graduarse con los máximos honores, consiguió unas notas simplemente medianas. Pero eso fue en los primeros días. En la actualidad de clase de francés en un instituto de Essex, casi ha olvidado a Melinda, y sale con una profesora de ciencias.
Barbara Baalham dio a luz una niña a la que bautizaron con el nombre de Anne, pues llamarla Melinda como inicialmente propuso Geoff, parecía algo morboso. Eva va a limpiar en casa de los Jameson-Kerr por setenta y cinco peniques la hora. En Greeving todavía se habla de la matanza del día de san Valentín, sobre todo en el Blue Boar durante las noches de verano, cuando hay afluencia de turistas.
A Eunice Parchman la juzgaron en el Old Bailey, el juzgado criminal central, ya que en la audiencia criminal de Bury St. Edmonds no pudieron reunir un jurado imparcial. Fue sentenciada a cadena perpetua, pero en la práctica puede que no cumpla más de quince años de la sentencia. Hay quien dice que fue un castigo ridículamente inadecuado. Pero Eunice recibió el más doloroso de los castigos. El golpe demoledor lo recibió antes que el veredicto o la sentencia. Le llegó cuando su abogado le dijo al mundo, al juez, al fiscal, a la policía, a la galería pública, a los periodistas que tomaban notas en la sección de prensa, que ella no sabía leer ni escribir.
–¿Analfabeta? –preguntó el juez Manaton–. ¿No sabe leer?
El magistrado tuvo que insistir, pero al fin Eunice contestó, con el rostro enrojecido y el cuerpo tembloroso, y vio como los que no eran anormales ni estaban incapacitados tomaban nota de sus palabras.
Se ha intentado reformar a Eunice animándola a remediar su defecto básico. Ella se niega en redondo a intentarlo. Es demasiado tarde. Demasiado tarde para cambiar, para deshacer lo que hizo y lo que provocó.
Polvo, Cenizas, Desolación, Penuria, Ruina, Desesperación, Locura, Muerte, Astucia, Necedad, Palabras, Pelucas, Harapos, Pergamino, Pillaje, Precedente, Jerga, Embuste y Patraña.



[1] Elizabeth Siddal, esposa del pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti, fundador y principal impulsor del movimiento prerrafaelista. Murió muy joven a causa de una sobredosis de láudano, y su viudo la tomó como musa póstuma, reproduciéndola en varios de sus cuadros más famosos, como Beata Beatrix y La bienamada. (N. del T.)
[2] Gwendolen Fairfax, protagonista de La importancia de llamarse Ernesto. (N. del T.)
[3] Evelyn Waugh, con Graham Greene y Chesterton, forma parte de la «trinidad» de escritores católicos británicos. (N. del T.)
[4] El escándalo que produjo el rumoreado idilio entre Byron y su media hermana Augusta Leigh fue lo que impulsó al poeta a abandonar definitivamente Inglaterra. (N. del T.)
[5] Organización altruista fundada en Oxford en 1942 cuyos fines son similares a los del Ejército de Salvación. (N. del T.)
[6] Diminutivo de setpbrother o stepsister, hermanastro(a). (N. del T.)
[7] El lesbianismo nunca fue delito en Gran Bretaña porque, cuando en el Parlamento se iba a aprobar una ley contra la homosexualidad, tanto masculina como femenina, la reina Victoria excluyó esta última pues, según ella, las mujeres no hacían tales cosas. (N. del T.)
[8] Referencia al libro del Apocalipsis, cap. 17. (N. del T.)
[9] S. T. Paul se lee como St. Paul, San Pablo. (N. del T.)
[10] General del rey, asesinado por Macbeth, cuyo espectro se aparece a éste en un banquete. (N. del T.)
[11] En Gran Bretaña, el 26 de diciembre se celebra el Boxing Day, día festivo en el que es costumbre repartir los aguinaldos. (N. del T.)
[12] Propiedad privada y teatro público de ópera, fundado en 1934 por John Christie y su esposa la cantante Audrey Mildmay en su casa de Glyndebourne (Sussex), a fin de efectuar representaciones de ópera en óptimas condiciones. (N. del T.)
[13] Referencia a uno de los protagonistas de David Copperfield. En la novela, la frase la pronuncia la esposa de Micawber. (N. del T.)
[14] Las dos últimas frases son de El mercader de Venecia, acto V, escena 1. (N. del T.)
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About Jhon D. Ticona Ruelas

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