(1970) En la oscuridad del bosque - Ruth Rendell





EN LA OSCURIDAD DEL BOSQUE
(A Guilty Thing Surprised, 1970)

Ruth Rendell



Para mi primo Michael Richards, con afecto.

Elevados instintos, ante los cuales
nuestra mortal naturaleza temblaría
como una culpa arrebatada al vuelo.
...de los primeros afectos,
de los recuerdos sombríos,
que ahora son fuentes de luz de todos
nuestros días..
William Wordsworth

1

Cuando Quentin Nightingale salía cada mañana de su casa con destino a Londres, su mujer siempre se quedaba durmiendo. El ama de llaves le servía el desayuno, abría la puerta principal y le entregaba el sombrero y el paraguas, mientras la au pair iba a buscarle el periódico. Después, para darse ánimos, se cruzaba con los dos jardineros, quienes lo saludaban con un respetuoso «Buenos días, señor». Luego solía topar con su cuñado, que se encaminaba presuroso hacia el remanso de paz de su paraíso de escritor, en la Casa Vieja. Sólo faltaba Elizabeth, pero si eso preocupaba a Quentin, jamás lo había exteriorizado. Con paso firme y decidido caminaba hacia su coche, como un hombre feliz.
Aquella mañana de principios de septiembre todo era exactamente igual que siempre, salvo que Quentin no necesitaba el paraguas. Los jardines de la finca Myfleet quedaban semiocultos por una bruma dorada que auguraba un hermoso día. Quentin bajó los escalones de piedra de la puerta principal y se detuvo un instante junto a los arbustos, para recordarle a Will Palmer que los crisantemos que cuidaban para la exposición de Kingsmarkham requerían una dosis de fertilizante líquido. Después continuó por el sendero que conducía al patio, entre los viejos garajes, donde su coche, con el parabrisas recién lustrado por Sean Lovell, lo estaba esperando.
Quentin era más bien madrugador. En lugar de entrar directamente en su coche paseaba hasta el muro bajo y contemplaba el valle de Kingsbrook. El paisaje nunca había dejado de deleitarle. Apenas si se veía otra casa que los prados –verdes o de un dorado pálido si habían sido segados recientemente–, el río serpenteando a través de su pequeña ribera de sauces, las colinas –diminutas y romas– coronadas por anillos de árboles y, en aquel mismo lugar –a su izquierda, al otro lado de la carretera–, el majestuoso bosque de pinos que cubría toda una hilera de colinas y que aquella mañana, bajo la niebla, evocaba un manto de terciopelo oscuro extendido con desenfado a lo largo del paisaje. Quentin siempre pensaba en metáforas cuando contemplaba el bosque, lo comparaba a alguna cosa, lo hacía más romántico. En ocasiones no pensaba en él como un simple bosque o incluso un manto de terciopelo, sino como un animal recostado que velaba el sueño de los campos, y en su radiante vegetación veía sus enormes y poderosas zarpas protectoras.
Quentin volvió la vista hacia el jardín de su casa, después hacia el suelo más cercano; miraba el césped lustroso y empañado por la bruma y las rosas apiñadas, cuyos colores aparecían pálidos a causa de la niebla. Quentin consideraba qué rosa coger –si una iceberg o una super star–, cuando un dedo tocó de pronto sus hombros y una fría voz dijo:

A sus magnas obras la naturaleza unió
el alma humana que en mí latía
y mucho se afligió mi corazón pensando
lo que el hombre ha hecho del hombre.

Buenos días, Denys –dijo Quentin, cordial–. No es una cita precisamente alegre para comenzar con buen pie la mañana. Wordsworth, ¿no?
Denys Villiers asintió.
–Si no estoy alegre –replicó–, será porque el plazo concluye en un par de días, y después ya no tendré más trabajo hasta las Navidades. Por cierto, tengo una cosa para ti.
Denys abrió su maletín y extrajo un libro, nuevo y lustroso; saltaba a la vista que lo habían encuadernado recientemente.
–Es un ejemplar anticipado –dijo–, pensé que podría gustarte.
Quentin leyó el título con evidente satisfacción: Wordsworth enamorado, por Denys Villiers, y enseguida, con excitación torpemente controlada, dio lectura a la dedicatoria. Lo hizo en voz alta:
–«A mi cuñado, Quentin Nightingale, un auténtico amigo y mecenas.» ¡Oh, Denys, es fantástico! Hace que me sienta como en Southampton.
Villiers exhibió una de sus maliciosas y extrañas sonrisas.
–El único artífice de esta colección de ensayos, Mr. Q. N. –Villiers frunció el entrecejo, como molesto por su propia modestia–. Lo importante es que sea de tu agrado. En fin, como aún tengo trabajo y tú también...
–Sí; ya debería haberme marchado. Cuídate, Denys. Espero poder aguantar hasta llegar a casa para empezar con él. –Quentin golpeó varias veces el libro con la punta del dedo, dio una palmadita en el hombro de Villiers y se fue. Villiers abrió el portal de la Casa Vieja y se adentró en el patio sombreado, donde crecían limas y cipreses y jamás penetraba el sol. Sin abandonar su sonrisa, con el obsequio en el asiento de al lado, Quentin arrancó su automóvil con destino a Londres.

Elizabeth Nightingale pasaba una hora entera preparándose para presentarse ante los ojos del mundo. La imagen que perseguía era la de una simple muchacha, llena de frescor, discretamente maquillada y vestida con casual precisión, o acaso con precisa casualidad. La gente solía decir que no aparentaba más de veinticinco años. «¡Ah! –decía Elizabeth para sus adentros–. ¡Ellos no me conocían a los veinticinco!» Más de una vez pensaba que en la actualidad empleaba el doble de tiempo para estar sólo la mitad de bella.
Democrática a todos los efectos, Elizabeth tomaba el café de la mañana en la cocina, con el servicio. Los dos jardineros se sentaban en un extremo de la mesa y Elizabeth frente a Katje Doorn. La señora Cantrip bebía su café de pie mientras dictaba sus instrucciones.
–Si echas el ojo a ese Alf Tawney, Will, haz el favor de decirle que le encargué un pollo para esta noche y que lo quiero aquí esta mañana, no cinco minutos antes de la cena. Y tú. Sean, quita los codos de la mesa. ¡Sí no te lo he dicho una vez te lo habré dicho cincuenta! Y tú, chiquilla, cuando hayas terminado con tu café puedes subirle el suyo al señor Villiers; va a pensar que todos hemos muerto y no andará equivocado. Y por el amor de Dios, apaga ya esa radio. La señora no desea oír este jaleo, estoy segura.
–Déjela, señora Cantrip, me encanta la música pop –dijo Elizabeth.
Sean levantó la cabeza.
–Basta con echarle una mirada para ver que no es una carroza.
Sobresaltada, la señora Cantrip exclamó:
–¡Ésa no es forma de hablarle a la señora!
–Me lo he tomado como un gran cumplido –dijo Elizabeth.
El semblante oscuro de Sean se iluminó de regocijo y exhibió su sonrisa de granada: una blanca dentadura entre unos labios rojos. Azuzado por la osadía de su patrona, clavó primero la vista en la señora Cantrip y a continuación en Will Palmer. Katje dejó escapar una risita, pero el joven la ignoró.
–Todos vosotros sois iguales; una panda de anticuados –dijo Sean–, anclados en la misma rutina de siempre.
–Tu rutina es trabajar en el jardín; no lo olvides, jovencito. Tú nunca serás uno de esos cantantes.
–¿Y por qué no? –dijo Sean, pero su humor punzante tomó un cariz de desesperación–. Tengo que empezar a moverme, eso es lo que tengo que hacer. Le he dicho ya a mi vieja que el tiempo no espera. Cumpliré veintitrés años en abril. ¿Qué habría ocurrido si los Beatles hubieran esperado a cumplir los veintitrés para convertirse en estrellas?
–¿Que qué habría ocurrido? –dijo la señora Cantrip–. Pues que el mundo hubiera sido un lugar más tranquilo, y eso está claro.
–No te preocupes. Sean –intervino Elizabeth con su dulce sonrisa–. Ya sabes lo que te prometí. Y no voy a olvidarlo.
Sean asintió, contemplando a su patrona con ojos extasiados.
–Por cierto, Will –continuó Elizabeth–, han acabado un traje del señor Nightingale que tal vez te siente bien. Como que tengo la vena generosa he preparado un pequeño paquete para tu madre, Katje. Algunas de esas galletas no se encuentran en Holanda. Lo verás en la mesa del salón, con otro paquete mío. ¿Podrás llevarlos al correo?
–La señora Elizabeth es un ángel –dijo la señora Cantrip cuando aquélla se hubo marchado–. Es una auténtica vergüenza que no haya más como ella por aquí.
Katje dejó escapar una risa sofocada.

La niebla había remontado y las habitaciones de la finca Myfleet se hallaban repletas de luz, la rigurosa luz del verano tardío capaz de dejar al descubierto el menor rastro de polvo. Pero la señora Cantrip y Katje habían estado trabajando y el polvo brillaba por su ausencia. Elizabeth iba de una habitación a otra, caminando sobre las mullidas alfombras, comprobando que las flores de los tiestos y de los floreros estuvieran aún frescas, corriendo cuando era oportuno la cortina para proteger de los rayos del sol el antiguo y delicado raso. Desde la ventana de su habitación vio a Katje cruzar la calle de la finca, cargando en sus manos rollizas y rosadas los dos paquetes, uno para Holanda y el otro para Londres. Elizabeth suspiró. Casi todos sus amigos o sirvientes habrían dado por supuesto que lo hacía porque Katje había dejado abiertas las puertas, dos portales de hierro forjado con figuras de dragones alados rampantes, cuyos hocicos se unían en la cerradura. En la superficie blanca y reluciente de la carretera, la sombra de Katje era negra e intensa, y un poco deformada por las protuberancias que formaban los paquetes.
Elizabeth bajó, cerró las puertas y subió al Lotus. Pasó primero por Queens Waterford, para discutir con lady Larkin-Smith los preparativos del baile del club de campo, continuó después hasta Pomfret para recoger de la señora Rogers los beneficios de la colección Cancer Relief y, por fin, llegó a la peluquería de Kingsmarkham. Circulaba con las ventanillas del coche abiertas y la capota bajada, y sus rubios cabellos parecían flotar detrás de ella mientras conducía, como la melena suelta de una muchacha.

La señora Cantrip sirvió la comida en el comedor a la una y media. El rango de Katje le otorgaba derecho a comer en famille, pero en ausencia de Quentin Nightingale hablaba más bien poco. La mujer y la muchacha comieron espárragos, jamón y tarta de moras. El silencio sólo era roto de vez en cuando por los comentarios elogiosos de Elizabeth acerca de la comida. Cuando por fin terminaron, Katje dijo que habría preferido un púding chipolata.
Tienes que enseñárselo a hacer a la señora Cantrip –dijo Elizabeth.
–Puede que lo enseño esta tarde –respondió Katje, que tenía dificultades con los tiempos verbales.
–¡Qué buena idea!
–Cuando lo prueba, tal vez nunca volverá a desear las moras. –Katje hurgaba en su boca para liberar semillas de entre sus dientes.
–Eso habrá que verlo. Voy a subir un rato a descansar. Recuerda que no quiero que nadie me moleste.
–Lo recuerdo –dijo Katje.
–¿Adónde piensas ir esta noche?
–He quedado con un chico en Kingsmarkham. Tal vez iremos a las películas.
–Se dice al cine, Katje –la corrigió Elizabeth–. Si quieres puedes coger uno de los coches, pero es mejor que no elijas el Lotus. A tu madre no le gustaría imaginarte conduciendo un veloz deportivo.
–¿Puedo coger el Mini, por favor?
–Muy bien.
Katje limpió la mesa e introdujo la vajilla en el lavaplatos, con los vasos y los platos de la bandeja del almuerzo de Denys Villiers.
–Ahora voy a enseñarle a hacer el púding chipolata –le dijo a la señora Cantrip, que se había tomado una pausa de diez minutos para disfrutar de una taza de té y leer el Daly Sketch.
–¿Y cómo vas a hacerlo con lo que hay aquí? Ya sabes que la señora Elizabeth nunca tiene salchichas en casa.
–Nada de salchichas. Se hace con crema, gelatina y frutas. Tenemos crema, ¿no? Y huevos. Venga señora Cantrip, querida.
–No existe paz para el pecador, y eso va a misa –dijo la señora Cantrip al tiempo que se levantaba de la mecedora–. Aunque nunca llegaré a comprender qué hay de malo en un buen postre inglés. El señor Villiers no dejó ni una miga en el plato. Ya puedes imaginarte que con tanto escribir su apetito es voraz.
Katje fue a buscar huevos y crema a la nevera.
–A menudo me pregunto –dijo pensativa–, por qué no trabaja en su propia casa. Y más teniendo una esposa. Es raro... Es muy raro.
–¿Puedo preguntar qué tiene que ver eso contigo, jovencita? La cuestión es que el señor Villiers siempre ha trabajado allí. Hace ya unos catorce o quince años que el señor Nightingale habilitó la Casa Vieja para que el señor Villiers trabajara en ella. Mucho tiempo, ¿no? Y, además, el señor Nightingale tiene auténtica debilidad por el señor Villiers.
–¿Debilidad...?
–¡Señor, estos extranjeros! Quiero decir que lo aprecia, que lo quiere bien. Supongo que se siente orgulloso de tener un escritor en la familia. Enchufa la batidora, vamos...
Katje volcó la crema en un cuenco y dijo:
–A la señora Nightingale no le gustar nada. Durante las vacaciones él trabaja allí todo el día y nunca, ni una sola vez, la señora fue a verlo. Es muy extraño que no querer a su propio hermano.
–Tal vez no sea tan fácil quererlo –dijo la señora Cantrip–. Puedes tener la certeza de que si hay alguna disputa, y no estoy diciendo que la haya, no es culpa de la señora. Tiene unos modales bastante extraños, ese señor Villiers; un carácter desvergonzado, tirando a sarcástico. Entre nosotras, chiquilla, yo tampoco sería muy feliz si tuviera un hijo en esa escuela en la que da clases. Pero desconecta ya ese chisme o la crema se convertirá en mantequilla.
Elizabeth no apareció a la hora del té.
El cielo estaba despejado, como un típico cielo mediterráneo, y el sol, a las cinco, calentaba más que nunca. Fuera, en el terreno de la finca, Will Palmer encendió una hoguera junto a la puerta que daba a la carretera de Kingsmarkham, llenando de un humo agrio el aire cálido y perfumado. Will alimentaba el fuego con haces de hierba y, de vez en cuando, se valía también de unas gotas de parafína. Sudando y gruñendo, Sean puso en marcha la podadera de césped.
La señora Cantrip dejó una cena fría en la mesita de ruedas. Hiciera frío o calor, siempre se ponía el sombrero antes de partir hacia su domicilio, una casita de campo en la otra punta del pueblo.
En la Casa Vieja, Denys Villiers tecleó tres frases más de Wordsworth sobre la aparición de la naturaleza como fuente inspiradora de la creación artística; después, también él se fue a casa. Despacio y con precaución condujo hacia su bungalow de Clusterwell. La siguiente en salir fue Katje Doorn, cuyo Mini cruzó con estruendo los pueblos camino de Kingsmarkham.
Elizabeth reposaba tendida en la cama con paños de manzanilla en los ojos, para conservar su belleza. Cuando escuchó el ruido del Jaguar que entraba, comenzó a vestirse para la cena.

Elizabeth lucía una chaqueta color verde pálido con brocados de pedrería en el cuello y las muñecas.
–¿Cómo está mi bella esposa?
–Muy bien, querido. ¿Has tenido un buen día?
–No ha estado mal. Londres es como un invernadero. ¿Puedo ofrecerte un trago?
–Sólo un poco de zumo de tomate –dijo Elizabeth.
Quentin sirvió el zumo para su esposa y un whisky para él.
–Gracias, querido. Hace calor, ¿no?
–No tanto como en Londres.
–No, supongo que no tanto.
–Aquí hace un poco menos –dijo Quentin, tajante, y sonrió. Elizabeth también sonrió.
Luego permanecieron callados.
–¿No está Katje por aquí? –preguntó Quentin, rompiendo el silencio.
–Se ha ido a Kingsmarkham en el Mini, querido.
–Es decir que hoy estamos a nuestras anchas. ¿Vendrá alguien para el cóctel?
–Esta noche no.
Quentin suspiró y sonrió.
–La verdad –dijo–, es que eso de estar solos es una novedad de lo más grata.
Elizabeth no respondió. El silencio fue esta vez más intenso y prolongado. Quentin se dirigió hacia la ventana y miró el jardín.
–Podríamos cenar –dijo finalmente Elizabeth.
En el comedor, Quentin abrió una botella de poully fuissé. Elizabeth sólo bebió un vaso.
–Por fin va refrescando el tiempo –dijo Quentin mientras tomaba su vichysoisse–. Supongo que pronto se irán alargando las noches.
–Supongo que sí.
–No importa el calor que haga a estas alturas del año; siempre se siente ese leve frío en el aire. –Elizabeth comía su pollo frío en silencio. Quentin añadió de inmediato–: Pero en líneas generales hemos tenido un buen verano.
–En líneas generales.
Al rato regresaron a la sala de estar.
–¿Qué hora es? –preguntó Quentin, de pie junto a las puertaventanas.
–Las ocho en punto.
–¿De verdad? Pensaba que sería mucho más tarde.
Quentin salió a la terraza para echar un vistazo a sus crisantemos. Elizabeth hojeaba con indiferencia un ejemplar de Queen.
Me pregunto si Denys y Georgina aparecerán hoy por aquí –dijo Quentin.
–Yo diría que no.
–Creo que telefonearé a Denys, a ver si se acerca a echar una partida de bridge. ¿Qué te parece?
–Si te apetece, querido...
–No, no; tú tienes la palabra.
–La verdad que me da igual una cosa que otra, querido.
–Bien, pues, en ese caso voy a llamarlo –dijo Quentin, y expulsó en un largo suspiro el aliento contenido.

Los Villiers llegaron y juntos jugaron al bridge hasta las diez.
–No podemos irnos muy tarde, Georgina –dijo Villiers mientras miraba su reloj–. Me quedan un par de horas de trabajo en la biblioteca de la escuela antes de ir a dormir.
–¿Cómo? ¿Otra vez? –dijo Georgina.
–Ya te he dicho que tengo que buscar una referencia.
Georgina le lanzó una mirada feroz.
–Denys está dedicado en cuerpo y alma a su trabajo –dijo Quentin contemporizando, y sonrió afectuosamente a Georgina cuando las mujeres abandonaron la habitación.
–Y hablando de dedicar –dijo Quentin a su cuñado–, ¿escribirás una dedicatoria para mí en el libro?
Quentin echó mano de un viejo bolígrafo roto y escribió en la hoja blanca del libro:

El pensar en nuestros años pasados engendró en mí
La bendición perpetua.

Quentin leyó la anotación y un leve rubor de satisfacción coloreó sus mejillas. Puso su mano en los hombros de Villiers.
–Y ahora escribe tu nombre –dijo.
Villiers escribió junto a la dedicatoria: «Tu hermano, Denys Villiers.»
–No es propio de ti ser impreciso. Deberías haber puesto «Tu cuñado».
–No creo que haya necesidad de tanta precisión cuando de parientes se trata –dijo Villiers con perspicacia.
Las mujeres regresaron. Georgina llevaba un gran bolso en la mano.
–Muchísimas gracias por dejármelo, Elizabeth –dijo Georgina–. Ha sido un detalle maravilloso por tu parte.
–Tú eres más que bienvenida en esta casa, querida. Ya no iba a volver a usarlo –dijo Elizabeth, y la besó con afecto.
–Cuando terminéis con vuestros arrumacos quizá podamos marcharnos –dijo Denys Villiers en tono nada amistoso.

–Creo que me iré a la cama –dijo Quentin–. No puedo esperar más para empezar el nuevo libro. ¿Vas a quedarte un rato más?
–¡Es una noche tan hermosa...! –dijo Elizabeth–. Saldré a dar un paseo por el jardín antes de ir a dormir.
–Abrígate, querida. Bien, pues, te doy ya las buenas noches.
–Buenas noches, querido.
Elizabeth fue a buscar un abrigo, una prenda ligera de angora de un verde intenso. A la luz de la luna, su color era idéntico al de los cipreses que crecían en el «jardín italiano». Las rosas tardías, color albaricoque, rosa o amarillo, se veían blancas aquella noche. Elizabeth caminó por el césped entre las rosaledas –hexagonales, semicirculares, romboidales–, y siguió después por el camino asfaltado entre el seto de tejos, en dirección a la puerta en el muro de F ladrillos rojos. El olor de las rosas quemadas por Will formaba una pequeña columna ya no demasiado densa.
Elizabeth abrió el cerrojo de la puerta y se dispuso a salir a la herbosa cuneta que, junto con las hayas de la finca, separaba el muro de la carretera de Pomfret. Vio que unos faros se acercaban y retrocedió un momento a las sombras del jardín. Katje regresaba de Kingsmarkham en el Mini. La carretera volvió a quedar vacía, iluminada únicamente por la luna. Elizabeth cerró la puerta tras de sí, cruzó la carretera y se fue alejando por un sendero de arena que conducía al bosque de Cheriton.
Una vez la carretera se hubo perdido de la vista, Elizabeth se sentó en un tronco a esperar. Al rato encendió un cigarrillo, el tercero de los cinco que fumaría aquel día.

Los Nightingale dormían en habitaciones separadas, en la primera planta de la finca Myfleet, y las ventanas de ambas daban al frente de la casa. Quentin se desvistió y se fue deprisa a la cama, encendió la lámpara de su mesita y abrió su ejemplar de Wordsworth enamorado.
Tal como solía hacer con los libros de Villiers, antes que nada estudió con satisfacción y orgullo las palabras de elogio dedicadas por el editor al autor, y escrutó el retrato de su cuñado en la contraportada. Luego miró por riguroso turno las ilustraciones: las fotografías de Wordsworth, de su hermana Dorothy y del Fuerte del Laberinto visto desde el castillo de Stirling. Después comenzó por fin la lectura.
Quentin leía como un estudiante, consultando religiosamente cualquier referencia bibliográfica y leyendo cada nota del autor. Justo al llegar al encuentro del poeta con su prometida francesa, Quentin oyó unos pasos en las escaleras. ¿Era Elizabeth que regresaba de su paseo? Pero no...
Los pasos penetraron en la casa, cada vez más audibles, hasta que su sonido fue menguando justo encima de su cabeza. De modo que no se trataba de Elizabeth, sino de Katje, que dormía en el piso de arriba.
Eran las once y media y hacía cada vez más frío. El propio Quentin había dicho antes que notaba algo gélido en el aire. Elizabeth se enfriaría ahí fuera, en el jardín. El viento hacía sonar las ventanas en sus marcos. Quentin dejó el libro a un lado, se levantó y miró por la ventana.
La luna había desaparecido detrás de unas nubes. Quentin se puso la bata, abrió la puerta de su dormitorio y permaneció un instante parado y confuso antes de descender las escaleras.


2

Era el día libre del inspector Michael Burden. Estuvo en la cama hasta las nueve. Luego se levantó, tomó un baño y empezó el trabajo al que pensaba dedicar el día: pintar la fachada de su chalet.
Durante la noche se había levantado un fuerte viento originado por un huracán caribeño al que los americanos habían puesto por nombre Carolina. Burden no necesitaba escalera, el alero de su chalet estaba lo suficientemente bajo y además no tenía ganas de subir peldaños. Tampoco tenía intención de dejar que su hijo John, de once años y que ahora estaba de vacaciones de la escuela, se subiese a ningún lado.
–Puedes pintar la puerta principal, John –dijo Burden, sabiendo que le concedía un favor especial. Todos los pintores, en particular los aficionados, esperan el momento de aplicar la última capa, cuyo color siempre contrasta vivamente con la pintura vieja, en la puerta principal.
–¡Caray! ¿Me dejas? –pidió John.
–¿Cuántas veces tengo que repetir que no quiero que digas «caray»?; es un eufemismo irreverente.
John, que en cualquier otra ocasión hubiera empezado a discutir, corrió al garaje a buscar un bote sin abrir de pintura color rosa. Allí encontró a su hermana Pat alimentando con hojas de tilo un gusano de seda que tenía encerrado en una caja de zapatos. Estaba a punto de meterse con ella y de decirle algo relacionado con la estúpida ocurrencia de incrementar el número de bichos que invadían el jardín, cuando su madre lo llamó desde la puerta trasera.
–John, dile a papá que le llaman por teléfono.
–¿Quién es?
–A ver si lo adivinas –respondió la señora Burden con voz de resignación.
John lo adivinó. Con el bote de pintura en la mano volvió adonde estaba su padre, que acababa de dar la primera pincelada al marco de la ventana.
–Te llaman de la comisaría –le dijo.
Burden nunca blasfemaba, ni delante de sus hijos ni en ausencia de ellos. Con toda precaución metió el pincel en un tarro de mermelada lleno de aguarrás y entró en la casa.
Su chalet nunca le había parecido tan hermoso como esa mañana. Jarrones de cerámica de Poole con dalias rojas (elección del obispo de Llandaff) adornaban la entrada y el salón, las cortinas eran nuevas y de la cocina llegaba el delicioso aroma del pastel de carne que la señora Burden había preparado para el almuerzo. Burden suspiró y descolgó el impecable auricular de su teléfono blanco.
La voz del comisario Wexford espetó con rudeza:
–¡Tú y tu maldita parsimonia!
–Lo siento. Estaba pintando.
–Mala suerte, Picasso. Tendrás que terminar tu obra maestra en otro momento. El deber te reclama.
Burden sabía que no valía la pena recordarle que era su día libre.
–¿Qué ha pasado, señor?
–¿Conoces a Elizabeth Nightingale?
–De vista. Todo el mundo la conoce. Su marido es un asegurador de Lloyd’s. Tienen montañas de dinero. ¿Qué pasa con ella?
–Ha sido asesinada. Eso es lo que pasa.
–¡Caray...! –exclamó Burden, rompiendo su norma.
–Estoy en la finca Myfleet. Ven tan pronto como puedas, Mike.
–Y yo que he hecho este enorme pastel –dijo Jean Burden–. Intenta venir a comer.
–Imposible. –Burden se cambió de ropa y cogió las llaves del coche. John estaba sentado en el muro del jardín, esperando la orden de empezar–. Tendremos que dejar la puerta principal para otro día, John. Lo siento.
–Puedo hacerlo yo solo.
–Sé buen chico y obedece. –Buscó media corona en su bolsillo–. ¿Me dijiste no sé qué de unas pilas para tu nueva radio? Cómprate también algún caramelo. –Burden se metió en el coche–. ¡John, hijo! ¿No es profesor de tu colegio un tal señor Villiers, el hermano de la señora Nightingale?
–¿El villano romano? –dijo John–. No tengo ni idea de quién es hermano. Da clases de latín y griego. ¿Por qué me lo preguntas?
–Por nada –dijo Burden.

La casa, construida durante el reinado de la reina Ana, era de ladrillo rojo. Quedaba más arriba de la carretera y poseía un cierto aire misterioso producido por los cristales vigilantes de sus ventanas, que observaban la población desde lo alto, y por su base cubierta de espesos arbustos verdes que susurraban cuando soplaba viento. Burden aparcó el coche detrás del gran vehículo oficial en el que había venido Wexford. Abrió después la verja en la que se representaba un dragón alado y subió los peldaños de la entrada principal. El cabo Martin abrió la puerta antes de que llamara al timbre.
–El comisario está en... en lo que llaman el salón matinal, señor.
La casa estaba repleta de gente y aun así la inundaba un pesado silencio expectante, el silencio de lo increíble, de lo inesperado. Burden llamó a la puerta del salón matinal y entró.
Era una salita elegante, con artesonado pintado en tonos crema y azul. Una repisa ancha reseguía la línea de la moldura de la que colgaban varios platos de porcelana de Delft con ornamentos florales en tonos azulados. Había también unas cuantas acuarelas de delicadas escenas pastoriles como el molino de Myfleet, la iglesia de Forby o el puente sobre el río en Flagford.
Apretujado en un pequeño sillón tapizado de satén de color crema, Wexford parecía más corpulento de lo que era. La expresión de su rostro era grave, pero sus ojos atentos y vigilantes permanecían fijos en la mujer que estaba sentada al otro lado de la chimenea. Tenía el pelo blanco y bien peinado y la cara enrojecida y cubierta de lágrimas. Llevaba una bata limpia de nailon azul, y Burden pensó que se trataba de una vieja criada devota y fiel.
–Pasa –dijo Wexford–. Ésta es la señora Cantrip. Se ha ocupado de la casa de los señores Nightingale desde que se casaron hace dieciséis años.
–Así es, señor –dijo la señora Cantrip al tiempo que se enjugaba las lágrimas con un pañuelo–. Y la señora Nightingale era la persona más encantadora que he conocido jamás, más buena que el pan, la mejor de cuantas han contratado mis servicios. Tal vez parezca irrespetuoso de mí parte, pero a menudo pensaba que era una lástima que fuese yo y no ella quien podría necesitar una recomendación cualquier día de éstos. Se la habría escrito con muchísimo gusto, no lo duden.
Burden estaba sentado cautelosamente en otro de los sillones tapizados de satén. El mobiliario era espléndido y todo estaba inmaculado, desde la radiante porcelana a las pantallas de la chimenea decoradas con discos ovales.
–Sé lo que debe de pensar de nosotras –dijo la señora Cantrip, que había malinterpretado su expresión–. Todo está muy descuidado, pero es que esta mañana no hemos podido hacer nada. Ni Katje ni yo hemos tenido fuerzas para limpiar el polvo. Cuando he sabido la noticia me he sentido tan mal que he estado a punto de desmayarme. –La mujer se volvió hacia Wexford mientras sorbía sus lágrimas por la nariz–. En fin, señor, si quiere ver a todos los de la casa no quiero entretenerle más ahora que ha llegado este otro caballero. –Contando con los dedos callosos por el trabajo añadió–: Están aquí el viejo Will Palmer, que encontró el cadáver de la pobre difunta, Sean Lovell y Katje.
–¿Quién es Katje?
–La muchacha extranjera. Es lo que ahora llaman una au pair. La encontrará en su habitación, en la planta de arriba. Y también está el pobre señor Nightingale, que se ha encerrado en su estudio y se niega a recibir a nadie.
–Hablaré primero con el señor Palmer –dijo Wexford.
–¿Hace mucho que está aquí? –preguntó Burden en un susurro, tal como se lo sugería el silencio sepulcral del lugar.
–Desde las siete y media –respondió Wexford también en voz baja mientras veían alejarse a la señora Cantrip, por un pasillo largo que cruzaba la cocina y daba al jardín–. Gracias, señora Cantrip, me parece que ya veo al señor Palmer que viene a hablar con nosotros.
Algunos hombres de uniforme y otros vestidos de paisano registraban los jardines de la casa. Will Palmer salió de detrás de un seto y se detuvo malhumorado en medio del césped, mientras el agente Gates hurgaba entre las macetas de uno de los invernaderos y el agente Bryant, con la chaqueta arremangada, removía el fondo verdoso del estanque de nenúfares.
–Ya han fotografiado el cadáver y se lo han llevado –dijo Wexford–. Alguien le dio un golpe en la cabeza, sabe Dios con qué. En estos momentos están buscando el arma. Había muchísima sangre. –Wexford levantó la voz–. ¡Señor Palmer! ¿Quiere hacer el favor de acercarse?
Era un hombre mayor, alto y delgado, de rostro enjuto que el viento y el tiempo habían desgastado y teñido del color del palisandro. También de un tono rojo oscuro era la mancha calva que lucía en la coronilla, semejante a una margarita de centro encarnado y pétalos blancos.
–Supongo que quiere usted hablar conmigo –dijo en el tono grave de quien quiere darse importancia–. ¿Por qué están manoseando todos los rincones de mi jardín?
–Buscamos el arma con que mataron a la señor Nightingale –respondió Wexford con franqueza.
–No creo que la encuentren entre mis fucsias.
–Eso ya lo veremos. –Wexford señaló hacia una delgada columna de humo–. ¿Cuánto hace que está ardiendo esa hoguera?
–Pues desde ayer por la tarde, jefe.
–Bien. ¿Dónde podríamos hablar, señor Palmer? ¿Tal vez en la cocina, o estará ahí la señora Cantrip?
–Seguramente sí, jefe, y cuando quiere tiene muy buen oído. Podríamos ir al jardín italiano; allí estaremos a resguardo del viento.
Se sentaron en un banco de hierro decorado con volutas, al lado de un estanque artificial cuyas aguas estaban aún turbias debido a la exploración de los hombres de Wexford. En un extremo del estanque se alzaba una elaborada estructura barroca con una hornacina que contenía un niño de bronce que vertía agua de un jarro a un cuenco. El jardín debía de tener unos nueve metros de largo por cinco de ancho y estaba rodeado de cipreses que el viento agitaba.
–Lo que ocurrió fue lo siguiente –declaró Palmer–. Durante la noche se levantó un fuerte viento, y hacía tanto ruido que me desperté. Serían alrededor de las cuatro y media. Lo primero que pensé fue en los crisantemos del señor Nightingale, pues los estábamos preparando para la exposición de flores. Había dejado las macetas sin ninguna protección, y sabía que el viento no tardaría en volcarlas. Me monté en la bicicleta y vine tan rápido como pude.
–¿A qué hora llegó aquí, señor Palmer?
–Hacia las cinco. –Palmer hablaba de buena gana, tomándose su tiempo. Era evidente que empezaba a disfrutar de la situación–. Trasladé todos los crisantemos al invernadero pues, efectivamente, se hallaban a merced del viento. Entonces advertí algo extraño. No lo podía creer: una de las puertas correderas estaba abierta. «Ladrones», pensé. No sabía qué hacer. Tal vez había sido el viento, o alguien se había olvidado de cerrar. Aun así pensé que mi deber era avisar al señor Nightingale. Subí las escaleras y llamé a su puerta una y otra vez. Pues sí que tiene un sueño pesado, pensé, y me tomé la libertad de abrir y echar un vistazo.
–¿Estaba ahí?
–No. La cama estaba vacía. «Señor Nightingale, ¿está usted ahí?», pregunté por si acaso se encontraba en el cuarto de baño, ya que la puerta estaba cerrada...
–¿Se aseguró usted? –lo interrumpió Wexford mientras el viejo hacía una pausa para respirar.
–No podía hacerlo porque... –Palmer bajó la mirada hacia los parches brillantes de sus rodilleras–. Porque aunque dormían en habitaciones separadas, estaban casados y...
–Pensó que quizá había pasado la noche en la habitación de la señora Nightingale.
–Claro, jefe. Siempre he dicho que los ricos tienen manías extrañas que nosotros no entendemos. –Sin la menor turbación por haber rebajado a Wexford y a Burden a la categoría de vulgares plebeyos, Palmer continuó–: En vista de que no daba con el señor Nightingale, decidí llamar a la puerta de la señora. No contestó nadie y yo ya empecé a preocuparme. Tenía la mente bien despierta, si no les aseguro que, siendo como soy un simple criado, nunca me hubiera atrevido a entrar en la habitación de la señora. No estaba allí, y la cama estaba intacta.
–¿No se le ocurrió llamar a la au pair?
Por supuesto que no, jefe. ¿Qué podía hacer esa Katje que no pudiera hacer yo solo? Salí de nuevo al jardín y vi que la verja estaba abierta. «Deberías avisar a la policía, Will», pensé. Pero cuando entré de nuevo en la casa encontré al señor Nightingale levantado. Me dijo que se estaba dando un baño y que cuando acabó de secarse yo ya me había ido.
–¿Qué pasó después? –preguntó Burden.
Palmer se rascó la cabeza.
–El señor Nightingale dijo que tal vez le había ocurrido algo a la señora mientras paseaba por el jardín, pero yo le contesté que ya había mirado. Entonces –continuó el viejo aumentando el suspense como si fuese un narrador experimentado–, pensé en la verja abierta y en el bosque oscuro, y el corazón me dio un vuelco. «Seguro que ha salido al bosque y le ha sucedido algo malo», le dije al pobre señor Nightingale. Nos dirigimos los dos al bosque con el corazón en un puño. Yo caminaba delante y por eso la vi primero. Estaba boca abajo, con toda su melena rubia cubierta de sangre. Pero eso ya lo ha visto usted, jefe.
–Gracias, señor Palmer. Nos ha sido de gran ayuda.
–Siempre intento cumplir con mi deber, jefe. El señor Nightingale se ha portado muy bien conmigo y la señora también. Conozco a más de uno que hubiera aprovechado la ocasión, pero yo no, supongo que aún pertenezco a la vieja escuela.
Wexford levantó la mirada y vio entre los cipreses una figura apoyada en una pala.
–¿Aprovechó la ocasión alguna vez ese Sean como se llame? –preguntó con voz tranquila.
–Lovell, jefe. Sean Lovell. Pues la verdad es que en cierta manera sí. Los jóvenes de hoy en día ya no son como los de antes, y ese Lovell es de lo más ordinario. Su madre es tan vulgar como él y estoy convencido de que nunca tuvo padre. Si viesen ustedes dónde vive les entrarían náuseas. Pero él se consideraba igual a la señora. Tendrían que haberlo oído: Elizabeth esto, Elizabeth lo otro, decía a sus espaldas. «No hables así de la señora», le dije en más de una ocasión.
–Pero ¿cómo se aprovechó? –lo interrumpió Burden con impaciencia.
–Se jactaba de cantar en un grupo de música pop. La señora era demasiado buena y le sonreía y escuchaba pacientemente sus canciones. Le cantaba a menudo. –Palmer articulaba cada palabra exageradamente y con muecas de asco, exhibiendo su dentadura sucia y deteriorada–. Cuando ella tenía alguna ventana abierta, él venía a cantarle las estúpidas canciones que había escuchado en la tele, como si fueran grandes amigos. Un día lo sorprendí al lado de la señora, cerca de este mismo estanque; él no paraba de hablar y había pasado su repugnante brazo por encima del hombro de ella. Yo estaba seguro de que eso no era del agrado de la señora. De hecho, enseguida que le grité, ella dio un salto para separarse de él y se puso toda colorada. «¡Pero qué sinvergüenza!», le dije más tarde a solas. «Elizabeth y yo nos entendemos», me respondió. ¡Y qué! –Al viejo Palmer le crujieron los huesos cuando se levantó para mirar hacia donde estaba Lovell–. Sólo puedo decir que espero no estar aquí cuando toda esta igualdad empeore aún más las cosas.

Algunos cambios inteligentes y el uso de varios biombos habían convertido el ático de la casa en un apartamento sin paredes que ocupaba la au pair. Unas estanterías sencillas de madera de haya llenas de libros y algunas plantas de interior separaban el salón del dormitorio. Los muebles eran modernos. Había un sofá y dos sillones tapizados de lana roja, la moqueta era de color verde oscura y las cortinas de pana roja.
–Habla usted bien el inglés, ¿verdad, señorita Doorn? –preguntó Wexford mientras la joven los invitaba a pasar.
–Oh, no, ser muy mala –respondió la chica holandesa a la vez que reía–. Todo el mundo me dicen que soy muy muy mala. –Su risa se convirtió en carcajada.
Wexford se imaginó delante del arquetipo de holandesa, con zuecos y atuendo de campesina, rodeada de molinos y tulipanes, como las que aparecían fotografiadas en los anuncios de vacaciones en Holanda. Tenía el pelo rubio y largo, los ojos de un azul claro y brillante y la piel deslumbrante como un blanco tulipán de los jardines de Keukenhof. Cuando reía, y al parecer lo hacía continuamente, su rostro se iluminaba. Wexford calculó que debía de tener unos veinte años.
–¿Cuánto tiempo hace que vive con el señor y la señora Nightingale? –le preguntó.
–Un año, casi un año y medio.
–Entonces debía de conocerlos muy bien. ¿Era... digamos una más de la familia?
–Aquí no haber familia –respondió Katje irritada y haciendo una mueca con sus labios carnosos y rosados–, sólo él y ella. –Se encogió de hombros–. Y ahora ella estar muerta.
–Sí, por eso estamos aquí. Sin duda, tenía que ser muy buena amiga de la señora Nightingale, como una hija mayor.
Katje volvió a reír. Estaba sentada sobre las piernas y se balanceaba de un costado a otro. Después se tapó la boca con una mano, en un intento de sofocar sus risitas.
–No estar bien reír, con todo lo que ha sucedido. Pero es tan gracioso lo que usted dijo. ¡Una hija! A la señora Nightingale no le gustaría nada oír eso. No, ella se cree una jovencita, y muy guapa, y le gusta llevar minifalda y pintarse los ojos.
Burden la miró con cara de desaprobación y ella le devolvió una mirada clara y franca.
–Aun así, seguro que se tenían confianza –insistió Wexford, tenaz.
–¿Cómo?
Burden acudió en su ayuda:
–Que si le hablaba a usted de su vida.
–¿A mí? No, nunca, nada. Durante las comidas nos sentábamos así: ella allí y yo aquí. ¿Cómo está tu madre, Katje? ¿Crees que hoy va a llover? Voy a tumbarme y a descansar un rato. Pero hablar, no, nunca hablar.
–Se habrá sentido usted sola...
–¿Yo? –Soltó una carcajada–. Tal vez me he debido sentir sola... –Katje vaciló, luchando con los tiempos verbales–. Tal vez si me quedo en casa todo el día con ella y con él y por la noche también, entonces me siento sola. Pero tengo amigos en Kingsmarkham, muchos amigos, chicos y chicas. ¿Por qué quedarme yo aquí con gente vieja?
–¡Tienen sólo cuarenta y pocos años! –replicó Burden de inmediato, pensando en sus treinta y seis.
–Pues eso es lo que le digo –contestó Katje tranquilamente–. Yo joven y ellos viejos. El señor Nightingale me hace reír. Es simpático y procura verme contenta, pero es muy viejo. Es incluso más viejo que mi padre, que vive en Gouda.
Presumida, segura de sí misma y de su juventud radiante, Katje sonrió a Wexford y fijó largo rato sus ojos en Burden. Su mirada parecía especular acerca de si, en una situación más propicia, podría o no hacerlo suyo. Finalmente, volvió a reír.
Burden, ruborizado, prosiguió bruscamente:
–¿Qué es lo que vio cuando llegó a casa anoche?
–Bueno, yo voy al cine con mi amigo que trabaja de camarero en el Olive and Dove. Vemos una película sueca, muy sexy, y yo me pongo caliente, ¿me entienden?
–Sí, sí –dijo Burden, mirando al suelo.
–Son cosas que pasan cuando una es joven –agregó algo más seria.–Estiró a continuación sus largas piernas desnudas y movió los dedos de los pies que asomaban por unas sandalias blancas–. Después yo quiero ir con mi amigo a su habitación, pero él no, porque el director de su hotel no ser nada amable y no dejarlo llevar chicas. Estamos muy tristes y mi amigo me lleva al Café Carousel. Y nos tomamos un café y uno o dos pastelitos.
–¿A qué hora fue eso?
–Salimos del cine a las diez menos cuarto. Tomamos un café y luego estamos en el coche y nos damos besos y abrazos, pero tristes porque no podemos ir a su habitación. Por la mañana mi amigo levantarse muy temprano, así que se va a su hotel y yo vuelvo a casa. Creo que son las once.
–¿Vio a la señora Nightingale salir de los jardines de la finca?
Katje se mordió un mechón de pelo.
–La veo con los faros del coche, saliendo por la verja, cerca de la hoguera. Ella también me ve. Lo sé porque cierra la verja muy rápido y se esconde hasta que yo paso. Muy divertido, yo pienso. Sigo carretera arriba, aparco el coche y vuelvo a bajar sin hacer ruido, para ver si la veo salir otra vez. –Katje se levantó de repente y estiró de nuevo las piernas, enseñando sus muslos a un Burden ya nervioso–. ¡Vuelve a salir! –exclamó triunfal–. La veo cruzar la carretera y entrar en el bosque. Anda muy despacio, mirando así por encima del hombro. –Katje imitó a la víctima con un movimiento curioso, fugaz, como el de una bestezuela–. Sé perfectamente lo que está haciendo. Yo también lo estoy haciendo muchas veces cuando voy a encontrarme con mi amigo en el bosque porque el hombre nada amable no nos deja estar en su habitación. Yo también miro por encima del hombro para estar segura de que nadie me ve ni me sigue.
–Sí, sí –dijo Wexford secamente–. Comprendo lo que quiere decir. –No se atrevió a mirar a Burden. No le habría sorprendido en absoluto que el inspector como el hombre de La Casa Negra, hubiera desaparecido por completo, se hubiera esfumado en el acto por combustión espontánea. Con algo más que ironía en su tono, añadió–: Ha sido usted muy sincera con nosotros, señorita Doorn.
–Soy buena, ¿verdad? –dijo Katje de lo más satisfecha, mientras masticaba con afán su mechón de pelo–. ¿Les dije cosas muy útiles? Yo sé cómo hay que hablar a la policía. Cuando estoy en Amsterdam con los provos la policía me hace muchas preguntas, por eso sé cómo hay que hablar a la policía y no me asusta nada. –Katje volvió a reír sin recato y su gesto se volvió aún más radiante cuando miró de nuevo a Burden–. Si querer ahora yo preparo un café y le cuento cómo lanzamos las bombas de humo en Amsterdam, mientras este jefe de policía más viejo habla con el pobre señor Nightingale.
Burden ya había perdido su aplomo y balbuceó algo acerca de un café que ya había tomado.
–Gracias, quizá en otro momento –dijo Wexford en tono afable. No le importó que lo llamase jefe de policía, pero eso de «viejo» le había dolido en el alma–. Es probable que tengamos que volver a hablar con usted, señorita Doorn.
–No lo dudo –dijo Katje entre risita y risita, complacida al comprobar una vez más que casi todos los hombres deseaban volver a verla tras el primer encuentro. Se acurrucó después en el sillón y observó con ojos juguetones cómo los dos hombres se marchaban.
–Y ahora, Nightingale –dijo Wexford mientras bajaban por las escaleras–. Ya he cruzado unas palabras con él hace un rato, pero entonces aún no sabía lo de sus malditos baños nocturnos. Tendrá que salir de ese estudio, Mike. He enviado a Martin para que nos traiga una orden de registro.


3

Tenía el tipo de aspecto que las mujeres llaman distinguido. El pelo blanco, sin un solo cabello negro, y el pequeño bigote, también blanco, hacían que pareciese un embajador o un militar de alto rango. Era alto y tan delgado como Sean Lovell, la piel de su cuello era firme y su rostro no tenía arrugas, con todo, su cabello prematuramente cano le confería la apariencia de un hombre que ha pasado los cincuenta.
La gente espera que las mujeres hermosas tengan un marido guapísimo o millonario. De otro modo, un enlace semejante les parece inexplicable. Elizabeth Nightingale era extremadamente hermosa y su viudo, además de ser lo que se dice millonario, era lo suficientemente atractivo como para equipararla en belleza. Aquella mañana, sin embargo, su rostro ojeroso y exhausto le acercaba a la fealdad.
Había sido necesaria una buena dosis de persuasión y tenaz insistencia para conseguir que les dejase entrar en el estudio. Ahora por fin estaban dentro y el enojo de Wexford se había convertido en lastimosa impaciencia. Quentin Nightingale había estado llorando.
–Lo siento, señor. Debo interrogarlo igual que a todos los demás.
–Lo entiendo –dijo con voz débil y educada–. Ha sido un tanto infantil por mi parte encerrarme aquí dentro. ¿Qué desean preguntarme?
–¿Podemos sentarnos?
–Por supuesto. Lo siento, debería...
–No se preocupe, señor Nightingale. –Wexford se sentó en un sillón de cuero muy parecido al que tenía en la comisaría y Burden eligió un taburete alto de madera que había cerca de la librería–. Antes que nada, cuénteme qué hicieron ayer después de cenar. ¿Estaban solos usted y la señora Nightingale?
–No, mi cuñado y su mujer vinieron a jugar un rato al bridge. –Una levísima animación afloró en su voz al añadir–: Es el conocido autor de los ensayos sobre Wordsworth.
–¿De veras? –exclamó Wexford por pura cortesía.
–Llegaron hacia las ocho y media y se fueron a las diez y media. Mi cuñado dijo que debía terminar un trabajo en la biblioteca de la escuela.
–Muy bien. ¿Cómo estaba su mujer anoche?
–Mi mujer... –Quentin se estremeció al escuchar aquella palabra y tener que repetirla–. Mi mujer estaba normal, contenta y encantadora como siempre. –Su voz comenzó a temblar y tuvo que hacer un esfuerzo por calmarse–. La anfitriona perfecta. Recuerdo que estuvo especialmente amable con mi cuñada. Le hizo un regalo y Georgina se lo agradeció mucho. Elizabeth siempre fue infinitamente generosa.
–¿De qué regalo se trataba?
–No lo sé –respondió Quentin, nuevamente abatido–. Sólo oí que Georgina le daba las gracias.
Burden cambió de posición en el taburete.
–¿Por qué se dirigió al bosque su mujer, señor Nightingale?
–Tampoco lo sé. ¡Dios mío, qué más quisiera! A menudo salía a pasear por el jardín; por la noche, quiero decir. Pero nunca pensé que pudiese ir al bosque.
–¿Eran una pareja feliz, señor?
–Sí que lo éramos. Totalmente felices. Pregúntele a cualquiera de nuestros amigos. ¡Por Dios! ¿Creen que estaría así si no hubiéramos sido felices?
–No se aflija, por favor, señor Nightingale –intervino Wexford amablemente–. Quiero que medite bien sus respuestas. Ya sabe que Palmer lo buscó en su habitación esta mañana después de las cinco y no lo encontró. ¿Podría decirnos dónde estaba?
El rostro de Quentin se sonrojó de vergüenza. Se llevó las manos a las mejillas, con la esperanza de que el tacto frío restableciera la normalidad de su flujo sanguíneo.
–Estaba en el baño –aseguró tajantemente.
–Una hora curiosa para tomar un baño.
–De vez en cuando todos hacemos cosas curiosas, inspector. El viento me había despertado muy temprano y como no conseguía recuperar el sueño, decidí tomar un baño.
–Está bien, señor Nightingale. Quisiéramos registrar la casa, si a usted no le importa.
–Como gusten –respondió Quentin, condescendiente. Su aspecto era el de un condenado a muerte que acaba de recibir un indulto, pero que sabe que no es más que un aplazamiento de la sentencia–. Procederán ustedes con cuidado, ¿verdad? –dijo mientras sostenía en la mano un pisapapeles de piedra azul con incrustaciones de plata.
–No somos unos vándalos –protestó Wexford, ofendido–. Cuando acabemos ni siquiera notará que hemos estado aquí –concluyó un tanto más sosegado.
Para ser una casa de campo, la finca Myfleet no era excesivamente grande pero, utilizando las palabras del propio Burden, no era precisamente un pisito de protección oficial. Tenía en total quince habitaciones, todas ellas amuebladas con gusto y, aparentemente, también con amor; casi todas podían considerarse verdaderas galerías de arte. Nada estaba fuera de lugar, no había una sola alfombra manchada ni un solo cojín arrugado. Saltaba a la vista que a ningún niño, y menos aún a un perro, se le había permitido jugar allí. Sólo los pétalos caídos de los ramos delataban aquel medio día de negligencia.
Sin embargo, pese a los jarrones llenos de dalias y a los tímidos rayos de sol que el viento hacía temblar en los sillones de satén y en la madera pulida, el ambiente estaba presidido por un frío sepulcral. Daba la sensación –así lo observó Wexford al subir las escaleras–, de estar en el interior de una iglesia.
La vida de la finca, su movimiento y su única fuente de alegría estaban en la planta superior, en el apartamento de la au pair. Wexford dirigió una mirada pensativa a la parte alta de la escalera y entró en la habitación de Quentin, con Burden siguiéndole los pasos.
La cama estaba hecha. Encima de la mesita de noche había un libro en el que Wexford reparó sin hacer ningún comentario. Abrió después los cajones y examinó el bien provisto armario mientras Burden hacía lo propio en el cuarto de baño.
–La toalla de baño todavía está húmeda –gritó–, y eso que estaba sobre un radiador.
Wexford entró sin demora en el baño y encontró a Burden mirando su reloj.
–Después de siete horas debería estar seca, ¿no cree?
Wexford sacudió la cabeza.
–O bien tomó un par de baños –dijo–, o sólo uno entre las nueve o las diez de esta mañana.
–¿Quiere decir que la primera vez se trató de una auténtica operación de limpieza? En tal caso debería quedar algo de sangre en la toalla, y aquí no hay ni una sola mancha.
–Pediremos a la señora Cantrip que revise la ropa sucia. Pasemos a la habitación contigua.
La habitación de la víctima estaba empapelada de color lila y gris, con dibujos de capullos de rosa y rosas marchitas que se repetían en las cortinas de satén. Entre las dos ventanas había un tocador de tres espejos, con las patas forradas de tul blanco. La cama, blanca, grande y mullida, estaba flanqueada por sendas alfombras blancas que semejaban dos manchas de nieve en medio del prado esmeralda de la moqueta.
Mientras Burden registraba el tocador y levantaba la tapa de un escritorio, Wexford examinaba el armario. La señora Nightingale había tenido suficientes vestidos como para surtir a una boutique entera; la única diferencia entre una tienda de ropa y su colgador era que en éste todas las prendas eran de la misma talla, la talla treinta y ocho de una jovencita esbelta, y que todas ellas habían pertenecido a la misma mujer.
–No hay ningún diario –comentó Burden, que seguía ocupado en el escritorio–. Un par de facturas pagadas de la modista de una tienda de la calle Bruton, en Londres, un lugar llamado Tanya Tye... Las facturas son de doscientas y ciento cincuenta y tantas libras, y hay una tercera de noventa y cinco. Al parecer nada interesante...
Wexford se aproximó al tocador, cogió algunos potes de crema y botellas de loción y finalmente el frasco de un líquido que, según la etiqueta, servía para tonificar y reafirmar los músculos faciales.
–Elaborado con jugos gástricos de vaca –leyó Wexford sin cambiar de expresión–. O al menos eso dice. –Sus facciones se ablandaron y su rostro cobró un aire afligido–. «¿A qué tan grande gasto –declamó– con tu contrato efímero, en este hogar que has de perder muy pronto?»
–¿Cómo dice?
–Son sólo unos versos que me han venido a la cabeza.
–¿Ah, sí? –dijo Burden–. También yo estaba pensando que esto es tirar el dinero; la edad no perdona a nadie, y no creo que se tomara tantas molestias sólo por su marido.
–No. Había otro hombre.
Burden asintió con la cabeza.
–El hombre con quien fue a encontrarse anoche –dijo–. ¿Cuál es su teoría, señor? ¿Que Nightingale lo sospechaba, la siguió hasta el bosque, la mató y luego quemó sus ropas en la hoguera que encendió Palmer?
–Aún no tengo ninguna teoría –respondió Wexford.
Ambos bajaron lentamente. Era una larga escalera, con un amplio rellano a medio camino. En él había una ventana cuyas cortinas de terciopelo carmesí hacían juego con las rosas Étoile d’Hollande que había en los jarrones y que, sin duda, provenían del jardín. El viento era frío y mecía la hierba, que parecía la superficie de un río verde.
–Hay un candidato para el tercer lado del triángulo.
–¿Sean Lovell? –preguntó Burden, quien por el tono de voz no parecía aprobar semejante posibilidad–. ¿El jardinero? ¡Si no debe de tener más de veinte años! ¡Jamás oí algo así!
–¡Bah! ¡Tonterías! –exclamó Wexford–. Por supuesto que has oído casos semejantes. Al menos te ha de sonar lo de lady Chatterley, si es que no lo has leído.
–Pero eso es un libro –dijo Burden, aliviado porque su jefe había escogido un ejemplo literario y no otro tomado de la vida real, para apoyar lo que, a su juicio, era una monstruosa perversión–. Hace frío aquí, ¿no cree? Supongo que es por el viento.
–Entraremos en calor en el invernadero.
Sean Lovell les abrió la puerta y enseguida los rodeó un húmedo calor tropical. Orquídeas pálidas, verdes y de tono rosa limón, colgaban del techo en canastillas cubiertas de musgo. Los estantes estaban llenos de cactos con delicadas flores con aspecto de azucena. Un vapor perfumado se había condensado en el gélido cristal y se escuchaba un goteo suave y constante.
El olor, el calor y los colores de aquel lugar se adecuaban a la perfección con la apariencia exótica de Sean. Aunque seguramente eran herencia de antepasados gitanos, el pelo negro azabache y la piel morena le daban un aspecto de un hijo de griegos o italianos. Wexford pensó que en lugar de téjanos y jersey debería haber llevado una blusa de corsario calzones anchos, pañuelo rojo alrededor del cuello y aros de oro en las orejas.
–Era una buena mujer, lo que se dice una auténtica señora –dijo Sean bruscamente, mientras arrancaba con ademán de arrebato una enorme hoja de un xygocactus–. Siempre dispuesta a ayudar a todo el mundo. ¡Y ha tenido que morir asesinada! Mi pobre madre tiene razón, los primeros en irse siempre son los mejores.
–La señora Nightingale no era precisamente una chiquilla, Lovell.
Al muchacho se le encendieron las mejillas.
–No creo que tuviese más de treinta –objetó mordisqueándose el labio–. Tampoco era una vieja, digo yo.
Wexford no entró en discusión. Elizabeth Nightingale se había esforzado tanto con sus cremas y líquidos reafirmantes que, ahora que estaba muerta, parecía una injusticia desilusionar a sus admiradores.
–Nos gustaría saber qué hiciste ayer después de cenar. ¿A qué hora te marchaste de aquí y adonde fuiste?
–Salí de aquí a las cinco y me fui a casa a tomar el té –respondió Sean de mala gana–. Vivo en el pueblo con mi madre. Tomé el té y luego vi un rato la tele.
–¿No tienes novia?
En lugar de contestar directamente Sean dijo:
–¿No ha visto a las chicas de aquí? –La mirada de complicidad que le dirigió a Wexford hizo que pareciese aún más un corsario griego–. Algunas noches me quedo mirando la tele y otras voy a la ciudad a poner música en el tocadiscos automático del Carousel. ¿Qué más se puede hacer en este pueblucho?
–A mí no me lo preguntes, Lovell. Las preguntas las hago yo. ¿Así que viste la televisión hasta que te fuiste a dormir?
–Exactamente. Ayer no salí. Puede preguntárselo a mi madre.
–Y cuéntame, ¿qué programas viste?
–Pues, primero vi Panel Pop y luego un musical de Hollywood hasta las diez.
–¿Te acostaste a las diez?
–No me acuerdo. No me acuerdo bien de lo que vi ni a qué hora me fui a la cama. No estoy seguro, pero supongo que vimos la tele hasta más tarde. ¡Ah, sí! Un programa de Sammy Davis junior, eso es. –Su tez morena se encendió de repente con un respeto casi religioso–. ¡Dios mío! ¡Cómo me gustaría ser como él! Ser él. –Helado por la mirada de Wexford, el joven apartó rápidamente la suya y dijo–: Tengo que irme. Si no termino mi trabajo el viejo Will me arrancará la piel a tiras.
El joven pasó junto a Wexford y se escapó rápidamente rozando las hojas y las espinas de los cactos. En ese preciso instante la señora Cantrip gritó desde el umbral:
–Sean, tienes la comida en la cocina. Hace rato que te estoy buscando. Date prisa o la comerás fría.
Agradecido, Sean salió del invernadero y, tras comprobar que nadie lo llamaba para que regresase, corrió veloz hacia la cocina.
–Qué extraño –dijo Wexford–, Sammy Davis tenía que salir por la televisión anoche, pero cambiaron la programación en el último momento. En su lugar pusieron una de esas películas antiguas. Y ahora a comer, Mike –dijo dándole a Burden una palmadita en el hombro–. Me reuniré contigo en cuanto pueda.
Wexford se quedó mirando cómo Burden se alejaba y acto seguido, casi a la carrera, atrapó a la señora Cantrip.
–¿Queda algún empleado o inquilino de la casa con quien todavía no haya hablado?
–No, señor. –Su aspecto revelaba que continuaba aturdida por el disgusto y que aún no había podido volver a coger con decisión las riendas de la finca–. ¿Quiere comer algo? –preguntó con voz temblorosa–. Usted y su compañero.
–No, gracias. –Wexford cogió firmemente el codo de la mujer mientras ésta bajaba las escaleras de la terraza–. Dígame otra cosa: ¿quiénes eran los amigos de la señora Nightingale? ¿Quién venía a visitarla?
El ama de llaves sonrió complacida ante lo que interpretó como un tributo a su servidumbre leal y discreta.
–A la señora Nightingale no le gustaban los chismorrees ni se pasaba hablando por teléfono. Si veía a otras mujeres era para hablar de negocios, organizar subastas o gincanas y cosas por el estilo. –Hizo una pausa. Luego, con voz aún más triste, continuó–: Los amigos de ambos que venían a cenar eran sir George y lady Larkin-Smith, el señor y la señora Primero y otros aristócratas.
–¿Y amistades estrictamente masculinas? Por favor no se ofenda señora Cantrip, hoy en día una dama puede tener muchos amigos sin que eso signifique nada... malo.
La señora Cantrip sacudió la cabeza, airada.
–Los amigos de ella eran también los de él. ¿Hay algo más que quiera saber? –añadió con aire sarcástico.
–Sólo una cosa. Es acerca de la ropa sucia. ¿Quién se encarga de cambiar la ropa de la casa, las sábanas y las toallas?
–Yo, señor – contestó la señora Cantrip, sorprendida.
–¿Y ha retirado alguna toalla húmeda de la habitación del señor Nightingale esta mañana?
–No, señor. Seguro que no. Esta mañana no he trabajado demasiado. –La señora Cantrip echó la barbilla hacia adelante–. Además, hoy no toca cambiar las toallas –añadió–. Cambio las sábanas cada lunes y las toallas los lunes y los jueves. Desde que estoy aquí siempre lo he hecho así, año tras año.
–Suponga que alguien... –dijo Wexford en tono prudente.
–Imposible –lo interrumpió, tajante, la señora Cantrip–. La ropa sucia se guarda en un cesto en la parte trasera de la cocina y hoy nadie ha estado allí. Puede creerme. Ahora, si me disculpa, tengo que servir la comida. Tal vez el señor Nightingale no tenga apetito, pero tengo que llevarle la bandeja al señor Villiers, como siempre. ¡Oh, Dios mío! ¡El señor Villiers! ¡Se me había olvidado por completo!
Wexford la miró fijamente.
–¿Quiere decir que el cuñado del señor Nightingale también vive aquí?
–Lo que se dice vivir, no –respondió la señora Cantrip, con los ojos muy abiertos y la mano todavía en la mejilla–. Viene todos los días a escribir sus cosas en la Casa Vieja. ¡Dios mío! Seguramente nadie le ha contado lo ocurrido.
–Sin duda el señor Villiers nos habrá visto entrar y salir.
–No lo creo. No se ve nada desde la Casa Vieja. Los árboles tapan la vista, al tiempo que impiden que la casa sea observada desde fuera. Tengo que ir a decírselo. Es un consuelo que no fueran muy buenos amigos. Así no se lo tomará tan mal.
La mujer se marchó a toda prisa. Wexford la siguió con la mirada hasta que desapareció por debajo de un arco formado por las ramas de los limones. Por encima de éstos, se veía el tejado plano de la Casa Vieja bajo un cielo azul veteado de blanco.
Wexford le concedió cinco minutos y tomó a continuación el mismo sendero que ella había seguido hasta llegar a un patio empedrado de escasas dimensiones, en cuyo centro había un pequeño estanque cuadrado. Bajo las planas y brillantes balsas de hojas de nenúfar se entreveían algunas carpas nadando en el agua transparente y oscura.
El patio estaba en sombras debido a los árboles que lo rodeaban. Sus raíces habían minado la tierra de alrededor de los troncos y sólo algunas pocas plantas sin flores conseguían estirarse desesperadamente en busca de un rayo de sol. La señora Cantrip debió de entrar en aquella vieja casa –a Wexford le pareció que tendría unos cuatrocientos años–, por una puerta negra de madera de roble que estaba entornada. En el umbral había un limpiabarros de hierro forjado que representaba un gallo con las alas desplegadas. Wexford levantó la cabeza, observó las enredaderas que cubrían las ventanas, y encontró al compañero del gallo, esta vez en forma de veleta.
Al entrar en la Casa Vieja reparó en que el viento había amainado.


4

Era evidente que el lugar en el que Wexford acababa de entrar se utilizaba como almacén. Troncos de abedul se amontonaban contra la pared formando una pirámide. Estantes vacíos esperaban la cosecha de peras y manzanas de la finca. Todo estaba pulcro y en perfecto orden.
En la planta baja no parecía haber ninguna otra habitación, y como no se veía señal alguna de la actividad de Denys Villiers, Wexford decidió subir las escaleras. Estaban hechas de roble negro y ascendían por una especie de túnel estrecho y empinado, flanqueado por gruesas paredes. Al llegar al final no había más que una puerta, tras la cual se escuchaban comentarios en voz baja. Wexford llamó. La señora Cantrip abrió y susurró:
–Ya le he dado la noticia. ¿Me necesita para algo más?
–No, gracias, señora Cantrip. La mujer se marchó, sofocada, y, al salir, una tenue luz amortiguó la oscuridad de la planta baja. Wexford vaciló un instante antes de cerrar en el despacho de Villiers.
El profesor de lenguas clásicas permaneció sentado. Dirigió una mirada fría y grave a Wexford y dijo:
–Buenos días, inspector. ¿Puedo ayudarle en algo?
–Sé que es un momento delicado. No le robaré mucho tiempo. Tan sólo unas cuantas preguntas, si no le importa.
–Por supuesto que no. Siéntese, por favor. La estancia era grande y no demasiado acogedora. Las paredes estaban cubiertas de paneles oscuros y sólo la luz mortecina conseguía colarse a través de las hojas que tapaban las pequeñas ventanas. El suelo estaba cubierto por una alfombra rectangular. Los muebles –un sofá de piel de caballo, dos sillones Victorianos tapizados en piel y una mesa de alas abatibles–, debían de haber sido retirados de la residencia principal. La mesa de Villiers se hallaba repleta de papeles, libros de consulta abiertos, cajitas de clips, bolígrafos y paquetes de cigarrillos vacíos. En un rincón había una pila de libros nuevos, todos iguales, idénticos al que Wexford había visto en la mesita de noche de Nightingale: Wordsworth enamorado, por Denys Villiers, autor de Wordsworth en Grasmere y Todo por la belleza.
Antes de sentarse, Wexford cogió el primero de los libros de la pila, tal como anteriormente había cogido el del dormitorio, pero esta vez, en lugar de hojearlo, examinó el retrato de Villiers en la contraportada. O la fotografía había sido tomada hacía tiempo o había salido francamente favorecido.
Después de un breve examen, Wexford llegó a la conclusión de que el hombre que estaba frente a él debía de tener unos cincuenta años. Pensó que, probablemente, en el pasado había sido un hombre guapo y apuesto, muy parecido a su difunta hermana, pero el tiempo, o tal vez la enfermedad, había acabado con todo aquello. Sí, posiblemente alguna enfermedad. Villiers tenía el aspecto de los enfermos de cáncer. En los rostros de éstos Wexford había visto aquella misma mirada inerte y exhausta, aquellos mismos rostros demacrados de un gris amarillento, aquellos ojos azules, vidriosos y casi transparentes. Villiers estaba penosamente delgado y por sus labios no corría ni una sola gota de sangre.
–Comprendo que todo esto debe de suponer un duro golpe para usted –dijo Wexford–. Siento mucho que nadie le haya comunicado la noticia con anterioridad.
Villiers levantó tímidamente sus finas cejas descoloridas con expresión de desagrado y desdén.
–Francamente –dijo–, admito que no me ha afectado en exceso. Mi hermana y yo no teníamos una relación especialmente estrecha.
–¿Puedo preguntar las razones?
–Por supuesto, no tengo ningún inconveniente en contestarle. El motivo es que no teníamos nada en común. Mi hermana era una mujer frívola y superficial y yo... bueno, yo no soy un hombre frívolo ni superficial. –Villiers bajó la mirada hacia su máquina de escribir–. Aun así, no creo que sea muy apropiado continuar hoy con mi trabajo, ¿no lo cree así?
–Tengo entendido que usted y su esposa estuvieron en la finca anoche, ¿no es así, señor Villiers?
–En efecto. Jugamos al bridge. A las diez y media regresamos a casa y nos acostamos. –La voz de Villiers sonó brusca y seca, denotando un temperamento que se manifestaba con facilidad. A continuación tosió y se apretó la mano contra el pecho–. Tengo un apartamento cerca de Clusterwell. Tardamos unos diez minutos en llegar allí desde la finca. Mi mujer y yo fuimos directamente a la cama.
Wexford pensó que todo era demasiado coherente, como si hubiese sido ensayado de antemano.
–¿Cómo estaba su hermana anoche? ¿Normal? ¿O parecía nerviosa?
Villiers suspiró. Más por aburrimiento que por dolor, pensó Wexford.
–Se comportó como solía hacerlo, inspector, como la encantadora señora de la casa a la que todo el mundo quería. Jugaba espantosamente mal al bridge, y la noche pasada no fue una excepción.
–¿Estaba usted enterado de que solía hacer paseos nocturnos por el bosque?
–Sabía que le gustaba pasear por los jardines. Supongo que era lo bastante tonta para adentrarse en el bosque y encontrar el fin que encontró.
–¿Significa eso que no le sorprende que haya muerto?
–Por el contrario, me sorprende mucho. Naturalmente, estoy impresionado. Pero en realidad, y pensándolo bien, no, no me sorprende. Una mujer en un lugar solitario siempre corre peligros. O al menos eso he oído. Nunca leo los periódicos. Esa clase de cosas no me interesan.
–De sus palabras deduzco que no le agradaba demasiado su hermana. –Wexford paseó la mirada por la espaciosa estancia–. Dadas las circunstancias, es extraño que haya aceptado de ella el que le dejase trabajar en este lugar.
–Lo acepté de mi cuñado. –Villiers palideció, Wexford no sabía si de ira o de emoción, se puso de pie y dijo–: Adiós, inspector. –Abrió la puerta y la negra escalera abrió sus fauces detrás de él.
Wexford se levantó para marcharse. Se detuvo en medio de la habitación y miró a Villiers, que de pronto pareció perplejo. Era imposible que nadie tuviese más aspecto de enfermo que aquel hombre cuando el inspector lo vio por vez primera. Pero ahora, de pie en el umbral, con su delgadísimo brazo sobre el picaporte, todo vestigio de color desapareció de su rostro.
Alarmado, Wexford se acercó a él. Villiers comenzó a boquear y se desmayó en sus brazos.

–Veamos –dijo Crocker, médico de la policía y amigo de Wexford–, Elizabeth Nightingale era una mujer sana y estupendamente conservada que rondaba los cuarenta.
–Cuarenta y uno –precisó Wexford mientras se despojaba de su gabardina y la colgaba en la percha situada detrás de la puerta de su despacho. En un rincón de su mesa le esperaban un par de bocadillos de carne y un termo de café que le habían traído de la cantina. Se sentó en una aparatosa silla giratoria y, después de mirar con desgana uno de los bocadillos, cuyos extremos ya comenzaban a deformarse, lo cogió y dio el primer mordisco al tiempo que suspiraba.
–La muerte –informó el médico–, fue ocasionada por fractura de cráneo y heridas múltiples en el cerebro. Fue golpeada al menos una docena de veces con un objeto metálico más o menos afilado. No me refiero a un hacha o a un cuchillo, sino más bien a algún utensilio de bordes cortantes, más afilados que, pongamos por caso, los de un tubo de plomo o un atizador. La muerte ocurrió... bueno, ya sabes que esto es difícil de precisar, entre las once de la noche y la una de la madrugada.
Burden estaba sentado de espaldas a la pared. Sobre su cabeza colgaba el mapa oficial del distrito de Kingsmarkham, en el cual, el área oscura que representaba el bosque de Cheriton parecía dibujar la silueta de un gato agazapado.
–Todavía no hay ningún resultado de las investigaciones efectuadas en los jardines y en el bosque –dijo–. ¿En qué tipo de arma has pensado?
–Querido Mike, ése no es mi trabajo –respondió Crocker mientras se acercaba a la ventana para observar Hight Street desde arriba. Aquel paisaje tan familiar sin duda se le antojaba de lo más tedioso, ya que exhaló el aliento y sobre el cristal empañado comenzó a dibujar una figura que tanto podía ser una maceta como el aparato respiratorio del ser humano.
–No tengo ni idea. Podría haber sido un florero metálico o incluso un utensilio de cocina. O quizá un extraño cenicero, o unas tenazas para el carbón o tal vez una jarra.
–¿Quieres decir –preguntó Wexford con tono burlón y sin dejar de masticar–, que alguien puede asesinar a una mujer armado con un batidor de huevos o con una sartén? Un individuo ve a su esposa con otro hombre, saca el jarrón que casualmente llevaba en el bolsillo y le atiza con él en la cabeza.
–¿No estarás insinuando que Quentin Nightingale, pilar de nuestra sociedad, es el autor del asesinato? –preguntó el médico, sorprendido.
–Es humano, ¿no? Tiene sus pasiones. Aunque sinceramente, yo antes votaría por ese hermano suyo, Villiers. El único problema es que no tiene fuerzas ni para levantar siquiera un cuchillo o un tenedor, y menos aún una sartén. –Wexford apuró el segundo bocadillo y colocó la tapa en el termo. Luego giró sobre la silla, miró pensativamente al médico y agregó–: He estado hablando con Villiers y me ha parecido un hombre muy enfermo; entre otras cosas. Tiene la piel amarillenta y le tiemblan las manos. Hace un momento, cuando lo he dejado, ha perdido el conocimiento. Por un instante pensé que había muerto, pero enseguida volvió en sí y lo acompañé a la finca.
–Es un paciente mío –dijo Crocker a la vez que borraba su dibujo con la parte inferior de la palma de la mano y dejaba ver a Wexford su vista favorita, con los tejados de casas antiguas y los vetustos árboles de Sussex–. Los Nightingale van a un importante médico particular, pero los Villiers siempre han figurado entre mis clientes.
–Y tú –dijo Wexford con sarcasmo–, seguramente estarás pensando en comportarte como un verdadero sacerdote de la medicina, de modo que supongo que te negarás a revelarnos la enfermedad que padece. ¿Qué ocultas en tu pecho hipócrita y te niegas a revelarnos?
–Si de verdad estuviera ocultando algo, te lo diría. Pero Villiers está tan sano como tú. –Observó unos segundos al voluminoso inspector Wexford, y añadió–: Incluso más sano, diría yo.
No sin esfuerzo, el inspector Wexford encogió los músculos del abdomen y se sentó más erguido.
–Esto sí que es gracioso –dijo–. Pensé que se trataba de un cáncer, pero debe de ser alguna tortura interior que le ha absorbido la sangre de las mejillas, tal vez un sentimiento de culpa. ¿Cuántos años tiene?
–Mira... –dijo el médico agitándose nervioso en su silla.
–Vamos, haz un esfuerzo. Ningún hombre rodeado del verde aséptico de una sala de consulta ocultaría la edad a su matasanos.
–Tiene treinta y ocho años.
–¡Treinta y ocho! Parece diez años mayor y terriblemente enfermo. ¡Por Dios! A su lado Mike parece un chiquillo.
Dos pares de ojos que ya habían empezado a envejecer se fijaron en Burden, que, turbado, bajó la mirada, aunque no sin un cierto ademán vanidoso. Por fin, el médico añadió malhumorado:
–No logro entender por qué te empecinas en que tiene aspecto de enfermo. Trabaja demasiado, y eso es todo. Además, tampoco se le ve tan enfermo ni tan mayor.
–Hoy realmente lo parecía –replicó Wexford.
–¿Y eso te extraña? –preguntó el médico–. ¿Cómo esperas que reaccione alguien a quien acaban de comunicarle que su hermana ha sido asesinada?
–Sí, pero él odiaba a su hermana. Tendrías que haber oído los generosos y fraternales comentarios que dedicó a la difunta. Ese tal señor Villiers no va a ser duro de roer. Vamos, Mike, tenemos unas visitas por hacer a algunas damas que nos lo contarán todo derretidas ante tu sex-appeal y, si me permites, ante tu encanto juvenil.
Bajaron todos en el ascensor y el médico se despidió de ellos en la puerta de la comisaría. El viento había cesado por completo, pero Hight Street todavía estaba llena de papeles y basuras que el vendaval había llevado de un lado a otro: ramas rotas, un nido de pinzón vacío que había volado de la copa de un árbol y algunas tejas caídas de viejos techados.
Bryant los llevó en coche hasta las afueras de la ciudad, por la carretera de Pomfret, luego tomó la desviación de la izquierda hacia Myfleet. El camino los condujo por delante de la Kingsmarkham Boy’s School, más conocida como la King Edward o la Sexta Fundación para Hijos de Terratenientes, Burgueses y Otras Clases Altas. En la actualidad, los hijos pasaban las vacaciones de verano en sus casas y el edificio estilo Tudor de ladrillo rojo presentaba un aspecto más solitario y ordenado que durante el curso escolar. Hacía cinco años, una nueva y enorme ala, absolutamente monstruosa según las opiniones más conservadoras, había sido adosada a la parte trasera izquierda de la vieja escuela, ya que el número de terratenientes y burgueses había aumentado en los últimos tiempos de manera alarmante.
La escuela tenía el aspecto elegante y digno característico de los grandes edificios de la época, y la mayoría de padres de Kingsmarkham anhelaban conseguir una plaza en ella para sus hijos, rechazando con desdén las ventajas educativas y ambientales del Instituto de Stowerton. ¿Quién querría un magnífico laboratorio de ciencias construido en acero y cristal, un gimnasio con trampolines o una piscina olímpica, cuando en su lugar podían jactarse de cruzar portales de resonancia clásica y pisar las mismísimas escaleras de piedra (aunque fuera una sola vez) que había pisado en su día el hijo del rey Enrique VIII? Además, si un hijo iba al King Edward, no era difícil hacer creer a los que no conocían la institución que se trataba de un prestigioso colegio privado, ni esconder el hecho de que en realidad era un centro subvencionado por el estado.
Burden, cuyo hijo había sido admitido en la escuela hacía un año tras superar un riguroso examen de acceso, dijo:
–Ahí es donde da clases Villiers.
–Latín y griego, ¿verdad?
Burden asintió con la cabeza.
–Es profesor de latín de mi hijo John. Supongo que el griego es para los más mayores. John dice que siempre se queda mucho tiempo trabajando al concluir las horas de clase; haciendo no sé qué en la biblioteca. Eso de ahí es la biblioteca, en el ala nueva.
–¿Investigaciones para sus libros?
–La verdad es que se trata de una biblioteca fantástica. Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero estuve ahí una fiesta de fin de curso y quedé francamente impresionado.
–Y John, ¿está contento?
–Ya sabe cómo son los niños. Esos diablillos lo apodan el Villano Romano. Yo más bien diría que es disciplinado. –Burden, que aquella mañana había mimado a su hijo obsequiándole con media corona, añadió–: Siempre he dicho que hay que tratar a los niños con severidad.
Wexford cambió de tema.
–Hay tres preguntas para las que me gustaría hallar respuesta: ¿Por qué Quentin Nightingale fue a tomar un baño a las cinco de la mañana? O, si no, ¿por qué nos lo quiere hacer creer? ¿Por qué dijo Sean Lovell que había estado viendo un programa de televisión que en realidad fue anulado en el último momento? ¿Por qué Elizabeth Nightingale era amiga de todo el mundo excepto de su único hermano?
–Si a eso vamos, señor, ¿cómo es que no tenía amigos íntimos?
–Tal vez sí los tuviera. Tendremos que averiguarlo. Estamos entrando en Clusterwell, Mike. ¿Por casualidad no sabrás cuál es la casa de Villiers?
Burden se incorporó en su asiento y miró por la ventana.
–Está en las afueras, hacia la zona de Myfleet. Todavía no se ve. Un momento, ve más despacio, Bryant. Ahí está, ésa que está sola.
Wexford frunció ligeramente el entrecejo y observó aquella casita aislada. La construcción era desproporcionadamente baja, con la fachada doble y un par de tejados a dos aguas bajo los cuales había unas ventanas saledizas.
–No le iría mal una mano de pintura –comentó Burden, comparándola con su bonito chalet–. ¡Vaya casucha! Por lo menos podría tener un garaje más decente.
El jardín delantero estaba cubierto de margaritas de otoño, todas del mismo color. A un costado, un largo camino de hormigón agrietado y lleno de baches conducía al garaje de amianto prefabricado, con techo alquitranado.
Un Mini Morris negro se hallaba estacionado en el camino, justo delante de las puertas del garaje. Alguien lo había lavado hacía poco. La carrocería aún no se había secado y, bajo el parachoques trasero, se había formado un charquito de agua en uno de los baches.
–¡Qué extraño! –dijo Wexford–. Su hermana es asesinada, él se desmaya al poco de recibir la noticia y un par de horas más tarde tiene fuerzas suficientes para dejar el coche limpio y reluciente.
–Ese coche no es suyo –apuntó Burden–. El suyo es un Anglia. Ése es el de su mujer.
–¿Y el suyo dónde está?
–Estará todavía en la finca, supongo, o tal vez en esa ridiculez de garaje.
–No sabía que anoche hubiese barro en el bosque.
–Bueno, este fin de semana ha llovido, ¿recuerda? –dijo Burden–. Siga adelante, Bryant. Dejaremos que los Villiers disfruten un poco más de la tranquilidad del hogar.

La primera persona que vieron después de aparcar en el pueblo de Myfleet fue Katje Doorn, que salía del supermercado con una bolsa de frutas y una botella de champú. Al verlos les dedicó una más de sus risitas.
–¿Por casualidad conoce usted la casa de los Lovell, señorita Doorn? –preguntó Burden con gesto impasible.
–Sí, miren, es aquella de allí. –Katje señaló la casa con el dedo, mientras con la otra mano agarraba el brazo del servil inspector, quien, como Wexford aseguraría más tarde, quedó sumergido por un momento entre tan deliciosas curvas–. Ser la más sucia del pueblo.
Como representante de la nación más pulcra del planeta, la joven se estremeció y, por primera vez desde que la habían conocido, perdió su expresión amistosa.
–Están viviendo ahí como cerdos –continuó la muchacha–. Su madre es una vieja gruñona y sucia, muy muy gorda. –Con la mano libre esbozó en el aire la forma de un enorme violonchelo.
Wexford le sonrió y preguntó:
–¿Cree que esa señora muy gorda estará ahora en casa?
Katje no reparó en la sonrisa: sus ojos estaban fijos en Burden.
–Tal vez –respondió encogiendo sus hombros–. Yo no sé nada de lo que hacer estas sucias personas. ¿Te apetece tomar un té? Creo que estás trabajando mucho y te va bien tomar un té conmigo mientras tu jefe va a esa asquerosa casa.
–Mmm... no, muchas gracias –musitó Burden casi horrorizado.
–Tal vez mañana, ¿sí? –insistió Katje, mordisqueándose un mechón de pelo–. Estoy libre todas las noches y además mañana mi amigo trabajar y servir bebidas en un baile hasta muy tarde. No se te olvide, ¿eh? –recalcó apuntando su dedo índice hacia Burden–. Ahora tengo que decir adiós. Que no se les pegue ninguna cosa mala en este lugar podrido.
Con la espalda rígida y sacudiendo su cabellera, Katje se marchó a paso ligero, cruzó la carretera y, nada más llegar a la verja de la finca, se detuvo y se despidió con la mano, mientras sus pechos orondos se agitaban bajo un jersey de lana rosada.
Wexford le devolvió el saludo y dio media vuelta, sonriendo.
–¡Lo que hay que ver! Parece que le has caído en gracia –dijo Wexford.
–Es una muchacha de lo más desvergonzada –replicó Burden con frialdad.
–Pues a mí me parece un encanto.
–¡Santo cielo, si me enterase yo que mi hija...!
–Por el amor de Dios, Mike. Yo también soy un hombre casado y un marido fiel. –Wexford dejó de sonreír y comenzó a darse golpecitos en la barriga–. Tengo pocas posibilidades de cambiar en este sentido, pero a veces... –Suspiró–. ¡Qué no daría a veces por volver a tener treinta años! No me mires así, pedazo de besugo. Aquí estamos, en este sucio rincón, esperando que esta tarde de trabajo no nos traiga más que una nostalgie de boue.
¿Una qué? –preguntó Burden, que se esforzaba por abrir la verja sin pincharse la mano con las hojas de ortiga que la cubrían.
–No es más que una forma rimbombante de aludir a un cierto tipo de epidemia crónica –aclaró Wexford con una sonrisa. La expresión incrédula y suspicaz de Burden le hizo reír–. No te preocupes, Mike, no es nada contagioso y sólo afecta a los ancianos.


5

No sólo la verja, sino también la puerta principal estaba cubierta de ortigas y de su antídoto, la acedera. Antes de que tuvieran ocasión de levantar el picaporte, una cortina gris de encaje plagada de agujeros se alzó al otro lado de una ventana de celosía y dejó un rostro al descubierto.
La verja lateral cayó al suelo al ser empujada. Wexford se encogió de hombros y la dejó tumbada sobre unos frondosos matorrales. El descuidado jardín de detrás de la casa afeaba el paisaje que lo circundaba. El esplendor del bosque, como una hermosa capa de terciopelo oscuro, acentuaba la escasa belleza de los veinte metros cuadrados de hierbajos, dientes de león, planchas oxidadas de hierro corrugado y gallineros destartalados. En una de las esquinas del fondo había un cobertizo razonablemente ordenado cuya base quedaba oculta bajo montones de trapos viejos, botellas de cristal verde y un colchón que parecía haber sido utilizado para ejercitarse con la bayoneta. Camuflados entre los matojos se entreveían un orinal esmaltado y varias sartenes abolladas. Wexford observó que en la verja del fondo había una pequeña puerta que daba directamente al bosque.
La puerta trasera se abrió de repente y la mujer con quien habían hablado desde la ventana asomó la cabeza.
–¿Qué quieren?
–¿La señora Lovell?
–Sí. ¿Qué quieren?
–Desearíamos hablar un momento con usted, si es tan amable –dijo educadamente Wexford–. Somos oficiales de policía.
La mujer les lanzó una mirada de recelo.
–Es sobre lo que ocurrió en aquella casa, ¿verdad? Será mejor que entren. Ya me ha dicho su señoría que la policía andaba por ahí.
–¿Su señoría? –preguntó Burden, no fuera a resultar que aquella gente tan extraña se codeaba con personalidades de la nobleza.
–Mi hijo. Sean –aclaró la señora Lovell, desilusionándolo–. Entren. Pasen al salón si lo desean. Por aquí.
La habitación, por así llamarla, estaba un tanto menos sucia que la cocina, aunque olía a verduras, a escape de gas y, levemente, también a ginebra. Estaba decorada con un conjunto de muebles nuevos de color rosa, ya bastante sucios, y con un variado surtido de rústicas antigüedades combinadas con otras modernas y de pésima calidad. El rostro de la reina sonreía con reserva desde un calendario que colgaba de la pared, entre recortes de periódico de los Rolling Stones y un gran óleo enmarcado que representaba a una mujer romana suicidándose a punta de cuchillo.
Las facciones de la mujer del cuadro no eran muy distintas de las de la señora Lovell, aunque en voluminosidad no se podía equiparar a ella. El rostro aún hermoso de la señora Lovell presentaba los rasgos gitanos característicos: nariz aguileña, labios carnosos y curvados y ojos negros. Sobre sus hombros caía una melena de medusa, negra y enredada. Su gordura no se había extendido al rostro. Daba la impresión de que la grasa había ido subiendo hasta llegar al cuello, y allí se había detenido, acaso por la amenaza de su mentón terso y recio.
Su cuerpo era enorme, aunque no falto de un cierto atractivo; la grasa se había distribuido en considerables cantidades sólo en los lugares justos. Sus pechos, dignos de una diosa de la fertilidad, de metro y medio de perímetro y, aun así, visiblemente separados, se armonizaban por así decirlo, con unas caderas enormes y redondeadas. Como sucedía con la joven Katje, a la señora Lovell no le sobraba el pudor, siendo así que al sentarse, su ya nada desdeñable escote cedió unos cinco centímetros, al tiempo que su ceñida falda negra subía por encima de sus rodillas. Considerando que ya había habido suficiente dosis de carne femenina por aquella tarde –al margen de que la de la señora Lovell reclamaba a gritos un buen baño–, Wexford optó por apartar la mirada.
–Sólo unas cuantas preguntas de rutina, señora Lovell –dijo Wexford–. ¿Podría usted explicarnos qué hizo su hijo ayer por la noche?
–Tomó su té –dijo convencida–, y después se sentó a ver la televisión. A su señoría le gusta mucho la tele, ¿y por qué no?, digo yo para eso paga su cuota.
–¿Por qué no? Está claro. Pero no la estuvo viendo después de las nueve y media ¿no es cierto?
La señora Lovell miró primero a Wexford y acto seguido a Burden. Era evidente que dudaba entre mentir o decir la verdad, quizá únicamente porque decir la verdad siempre es más fácil. Su aspecto y el de su propia casa evidenciaban su absoluta holgazanería, su desidia total. Por fin se limitó a decir:
–Salió.
–¿Adónde fue?
–No se lo pregunté. No me meto en sus cosas –dijo mordiéndose un trozo de uña que ya tenía roto–. Ni él se mete en las mías. Nunca lo hemos hecho. Probablemente salió al cobertizo. Pasa mucho tiempo allí.
–¿Haciendo qué, señora Lovell?
–Su señoría guarda allí sus discos.
–También podría escucharlos en casa –intervino Burden.
–Podría si le diera la gana. –La señora Lovell masticó un padrastro que acababa de arrancarse–. A mí me da absolutamente igual. Yo no le hago preguntas y él tampoco a mí.
–¿A qué hora regresó?
–No lo oí. Mi amigo vino alrededor de las siete. Sean y él no se llevan bien. Supongo que por eso su señoría se largó al cobertizo. Todavía no había vuelto cuando mi amigo se fue, a eso de las diez y media. Siempre hemos hecho así: yo no me meto en sus asuntos y él tampoco en los míos.
–Sí, sí, entiendo. Creo que Sean era muy amigo de la señora Nightingale.
–Puede usted creer lo que quiera –La señora Lovell bostezó mostrando todos sus dientes bien afilados y bien dispuestos–. Vive y deja vivir, ése es mi lema. Ésa de la finca..., a ésa sí que le gustaba meterse en los asuntos de los demás. A su señoría le llenó la cabeza de ideas extrañas –dijo estirando los brazos por encima de la cabeza, tras lo cual volvió a bostezar y apoyó las piernas en el sofá. A Wexford le sugería un gato enorme y fofo que se lamía ronroneando, inconsciente de la inmundicia en que vivía.
–¿Qué clase de ideas? –preguntó Wexford.
–Eso de entrar en el mundo del espectáculo y cantar esas cosas raras... Yo nunca le hice caso. Tal vez a ella le gustaba. Nunca se lo pregunté.
–¿Le importaría que registrásemos la casa?
La señora Lovell sonrió por primera vez, revelando, de paso, una insospechada vena irónica.
–Registren lo que les venga en gana –contestó–. Mejor que lo hagan ustedes que no yo.

–Una experiencia deprimente –dictaminó Wexford mientras volvían al coche. Bryant, visiblemente pálido, los seguía a una cierta distancia.
–En todos los años que llevo trabajando en el Departamento de Investigación Criminal, nunca había visto nada semejante –dijo Burden, furioso–. ¡Me pica todo! –añadió rascándose la cabeza y agitándose como una culebra debajo de sus ropas.
–Tu joven amiguita te lo había advertido.
Burden ignoró el comentario.
–¡Esas camas! –exclamó asqueado–. El único lugar decente era el cobertizo. Es extraño, ¿no te parece, Mike? Una alfombra en el suelo, un par de sillones que no están mal, un tocadiscos... Podría ser un nidito de amor.
Burden se estremeció.
–Nadie me convencerá jamás de que una dama como la señora Nightingale pudiese frecuentar semejante lugar.
–Tal vez no lo hacía –dijo Wexford sin excesiva convicción–. En la práctica no hemos averiguado gran cosa. Un candelabro de bronce y una botella metálica de agua caliente. No estaban manchados de sangre y es evidente que nadie los había limpiado desde hacía por lo menos cincuenta años. Y la ropa que «su señoría» llevaba anoche casi que era elegante. Pero ¿qué hizo, Mike? Bryant preguntó en el pub y no había estado ahí. El último autobús sale de Myfleet a las nueve y veinte, así que tampoco pudo cogerlo. Un chico como Sean Lovell no se dedica a deambular sin rumbo admirando las bellezas de la naturaleza. Ya ve bastante naturaleza durante el día.
–Nadie –insistió Burden– podrá hacerme creer que había algo entre él y la señora Nightingale. Esa madre suya no es más que la marrana del pueblo. «Yo no me meto en sus asuntos.» Eso es tanto como decir que nunca se ha preocupado de su hijo. Sé que usted piensa que soy un anticuado, señor, y un puritano, pero es que no entiendo adonde irán a parar las mujeres de hoy en día. O son sucias, o son irreflexivas o son inmorales, o las tres cosas juntas. De entrada la señora Nightingale con todas esas bobadas de cremas reafirmantes y encuentros clandestinos, luego esa joven holandesa que quiere llevarse a todos los hombres a la cama, y ahora esta señora Lovell...
–Sé perfectamente cómo debes de sentirte –dijo Wexford con una amable sonrisa–, y por eso te tengo reservado alguien más respetable. Vamos a visitar a una esposa ejemplar, la señora Georgina Villiers, que nos informará, espero que sin desmayarse ni asegurarnos que la muerte de la señora Nightingale le ha roto el corazón, de quiénes eran los amigos de la difunta y de qué hizo para que su malvado hermano la odiase tanto.

–Mi marido ha vuelto a la finca –dijo Georgina Villiers–. Ya no puede tardar.
–Quisiéramos hablar con usted.
–¿Ah, sí? –dijo la señora Villiers sorprendida y bastante asustada, como si fuesen contadas las personas que habían querido hablar con ella alguna vez en exclusiva–. Está bien.
Georgina los condujo a través del recibidor empapelado de color marrón hasta el cuarto de estar empapelado del mismo color. Todo estaba tan desordenado y desprovisto de carácter como su propietaria, que se había quedado de pie en una posición no del todo elegante.
–¡Siéntense! –ordenó con el tono áspero de una mujer poco refinada.
–No la entretendremos mucho, señora Villiers. ¿Cómo se encuentra su marido después del susto de esta mañana?
–Ah, eso. Ya está bien. –De pronto se dio cuenta de que sus huéspedes no iban a sentarse antes de que ella lo hiciera y, con una breve risita dictada por los nervios, cruzó la habitación y se sentó en el brazo de un sillón.
–¡Oh, Dios mío! Me he dejado la puerta principal abierta. Discúlpenme. Enseguida estoy con ustedes.
Wexford observó que, pese a su evidente delgadez, se trataba de una mujer de complexión fuerte y atlética. Sus piernas eran musculosas y lucían un bonito moreno dorado.
–Y bien, ¿qué querían preguntarme? –Su voz sonó brusca e imperativa, como si estuviese acostumbrada a dar órdenes, pero no a que éstas fueran obedecidas. Su piel, blanca y vulnerable como la de todos los pelirrojos, estaba salpicada de cientos de pecas. Aparentaba poco menos de treinta años. Era la clase de mujer que intenta parecer bonita pero sin demasiado éxito. El broche de color marfil del cuello de su blusa y el pasador que llevaba en el pelo demostraban la veracidad de tal intento–. Sinceramente, pienso que deberían hablar ustedes con mi marido. Está a punto de llegar. –Echó un vistazo desesperado al reloj–. Quen..., mi cuñado, no lo retendrá demasiado. Pero ¿qué es lo que quieren preguntarme?
–En primer lugar, señora Villiers –comenzó Burden–, anoche, después de que visitaran a los Nightingale, ¿vinieron usted y su marido directamente a casa?
–¡Oh, sí!
–¿Y qué hicieron una vez aquí?
–Nos acostamos. Los dos nos fuimos derechos a la cama.
–He visto el coche fuera, ¿condujo usted? –intervino Wexford.
Georgina Villiers agitó la cabeza con tanta fuerza que su cabellera voló dejando al descubierto unos horribles pendientes.
–Fuimos en el coche de Denys. Tenemos dos coches. Cuando nos casamos el año pasado cada uno tenía el suyo. Los dos son viejos, pero los conservamos. No valen mucho, ¿saben? –Georgina forzó una sonrisa entre brillante y febril y concluyó–: Ahora se ha llevado su coche.
–Y el de usted, al parecer, está recién lavado –dijo Wexford con voz agradable y paternal–. ¿Suele lavar el coche todos los miércoles, señora Villiers? Usted debe de ser como mi mujer; cada trabajo tiene asignado un momento concreto. De ese modo no se le olvida nada.
–Me temo que no. No soy nada metódica. –Parpadeó, confundida por el rumbo que estaba tomando la conversación–. Sé que debería ser más organizada, a Denys le encantaría pero... ¿por qué lo pregunta?
–Muy sencillo, señora Villiers. Si fuese usted metódica y trabajase siempre según la misma rutina, le sería difícil cambiar de hábitos y resultaría comprensible que, a pesar de la violenta muerte de su cuñada, usted no se desviase de esa rutina. Pero puesto que no es nada metódica y, por lo tanto, comprendo que sólo lave su coche cuando le apetece o cuando lo considera necesario, no entiendo por qué ha escogido precisamente un día como hoy para hacerlo.
Georgina se sonrojó ostensiblemente. Un temor que rayaba en la angustia asomó en sus ojos, que volvieron a parpadear, mientras juntando sus manos se estrujaba los dedos.
–No sé a qué se refiere. No lo entiendo –balbuceó.
–No se ponga nerviosa. Tal vez lavó usted el coche debido precisamente a que se sentía muy afligida. ¿Fue ésa la causa?
O aquella mujer era extremadamente torpe, pensó Wexford, o estaba demasiado asustada para aprovechar el pretexto que le acababa de ofrecer en bandeja, de modo que volvió a planteárselo de un modo más explícito.
–Me imagino que, muy sabiamente, pensó usted que el trabajo es la mejor manera de olvidarse de las penas y de los problemas.
Aliviada por fin, asintió con la cabeza.
–Sí, eso es –dijo, pero de inmediato echó a perder el modestísimo acierto de su afirmación–. La verdad es que no me ha dolido mucho. Después de todo, ella no era mi hermana.
–Eso es cierto –dijo Wexford, quien acercó su silla adonde ella estaba y la miró a los ojos como si quisiera hipnotizarla. De repente Burden había quedado excluido de la conversación; era como si los dos estuviesen solos–. Era la hermana de su marido, claro, sólo su cuñada. –El rostro de la señora Villiers se endureció–. No eran lo que se dice amigos, ¿verdad?
–No, no lo eran. –Georgina dudó un instante y resbaló de manera aparentemente involuntaria del brazo al asiento del sillón, sin dejar de mirar a Wexford–. No se llevaban nada bien –continuó–. Si he de serle sincera, Denys no podía soportarla.
–Es extraño, ¿no? La señora Nightingale parecía congeniar con todo el mundo.
–¿Ah, sí? Querrá decir con otros aristócratas. –Georgina lanzó un suspiro y continuó hablando, bastante más deprisa–: Elizabeth no tenía verdaderos amigos. Mi marido cree que la asesinó algún maníaco, uno de eso hombres que atacan a las mujeres. Creo que tiene razón. Fue una locura ir al bosque de noche. La verdad es que ella se lo buscó.
–Tal vez –dijo Wexford, vacilante, y sonrió afablemente para relajar el ambiente. Georgina Villiers ya estaba mucho más tranquila. Ya no se retorcía los dedos; ahora tan sólo se los miraba, respirando de manera más pausada–. ¿Sabe por qué a su marido no le gustaba nada su hermana?
–No tenían nada en común.
«¿Y qué tienes tú en común, una mujer sosa, convencional y sin carácter, con un intelectual como Villiers, profesor de lenguas clásicas y experto en la poesía de Wordsworth?», se preguntó Wexford mentalmente.
–Supongo –prosiguió ella–, que la encontraba muy tonta y extravagante.
–¿Y lo era, señora Villiers?
–Bueno, tenía mucho dinero. No tenía ninguna otra razón para detestarla, si eso es lo que insinúa. Ella y Quen eran gente muy corriente, en el fondo. Aunque no el tipo de personas con las que yo estaba acostumbrada a tratar, por supuesto. Nunca me relacioné con esa clase de gente hasta que me casé.
–¿Y se llevaba bien con ellos?
–Quen siempre ha sido muy amable. –Georgina Villiers hizo girar su anillo de casada, deslizándolo arriba y abajo de su dedo–. Me aceptó porque era la mujer de Denys. Ellos dos son grandes amigos. –Miró el suelo, evidentemente nerviosa, y se mordió el labio–. Pero creo que luego aprendió a apreciarme por mí misma. En cualquier caso –dijo súbitamente airada–, ¿a mí qué me importa? La mujer de uno debe ser siempre lo primero. Él debería haberse preocupado más de su esposa y no tanto de los demás. Todos deberíamos ocuparnos de nuestros propios asuntos antes que de los ajenos.
–¿Cree que el señor Nightingale ejercía demasiada influencia sobre su marido, el señor Villiers?
–No me preocupan las intromisiones externas –aseguró Georgina. Se tiró de un pendiente y aflojó levemente el cierre que le molestaba–. Antes de casarme yo era profesora de educación física –informó con orgullo–, pero lo dejé para mejor. ¿No cree que una mujer debe quedarse en casa y cuidar de su marido? Eso es lo mejor que puede hacer la gente como nosotros: tener un hogar y una familia sin demasiados intereses externos.
Wexford miró con ceño a Burden, que asentía con gesto de aprobación, y preguntó:
–¿Tendría algún inconveniente en que registrásemos la casa?
Tras vacilar un instante, Georgina negó con la cabeza.
El bungalow tenía otro salón y dos dormitorios, el menor de los cuales no tenía muebles ni moqueta.
–Me pregunto qué hace con el dinero –susurró Wexford–. Tiene un buen trabajo y publica libros.
–Tal vez sea igual de extravagante que su hermana –dijo Burden encogiéndose de hombros–. Seguro que ahora cambiará. Tiene una buena esposa.
–¡Por favor!
–Para mí ha sido un cambio agradable poder hablar con una mujer decente y normal –dijo Burden con seriedad acentuada mientras registraba unos armarios medio vacíos.
–Tal vez sea decente y normal, pero también es bastante tonta. Aquí no hay nada, ni sangre ni nada que pudiese haber sido usado como arma homicida. –Cuando los dos entraron por fin en la cocina, Wexford levantó la tapa de una vieja caldera de carbón–. Esto sí que arde. Podrían haber quemado cualquier cosa aquí y les hubiera sobrado tiempo.
Georgina los esperaba en el cuarto de estar, sentada y mirando la pared con expresión de apatía.
–No entiendo por qué tarda tanto mi marido. Lo normal sería que hoy deseara estar aquí conmigo. Lo normal... –se calló de repente y escuchó con atención–. Ya está aquí –dijo levantándose de un salto del sillón. A continuación abrió la entrada y cerró dando un portazo.
Burden se esforzó por oír la conversación que marido y mujer mantenían en voz baja.
–Es un auténtico manojo de nervios –dijo–. Es como si temiera que encontrásemos algo. Me pregunto si...
–¡Chist! –lo interrumpió Wexford irritado.
Denys Villiers entró en la habitación, conversando con su mujer.
–No puedo estar en dos sitios a la vez, Georgina. Quen no está bien. Lo he dejado con Lionel Marriott.
Burden y Wexford se miraron. El inspector enarcó las cejas asombrado y se puso en pie con cara de satisfacción.
–¿Les he oído mencionar el nombre de Lionel Marriott? –preguntó.
–Me imagino que sí, si nos estaba escuchando –contestó Villiers rudamente. Continuaba aparentando más de treinta y ocho años, pero parecía menos enfermo que por la mañana en la Casa Vieja–. ¿Por qué? ¿Lo conoce?
–Da clases en el mismo colegio que usted –dijo Wexford–. De hecho, su sobrino está casado con mi hija mayor.
Villiers le lanzó una mirada ofensiva.
–¡Extraordinario! –exclamó con un tono que reflejaba a las claras su opinión de que Marriott, una persona culta y colega suyo, se había rebajado en extremo al emparentarse a través de un matrimonio con la familia de un vulgar inspector de policía.
Wexford consiguió tragarse su ira.
–¿Es amigo de su cuñado? –preguntó.
–Visita la finca de vez en cuando. –Villiers se separó bruscamente de su mujer, que lo agarraba con fuerza por el brazo, se dejó caer en un sillón y le dijo–: Tráeme algo de beber.
Los pendientes de Georgina continuaban meciéndose mientras ella intentaba recuperar la estabilidad perdida.
–Tiene que quedar media botella de ginebra en alguna parte. Búscala, ¿quieres?


6

Había sido una suerte enorme, pensaba Wexford mientras caminaba al atardecer por Hight Street, el que hubiere coincidido casualmente con uno de los amigotes de Quentin Nightingale y que, además, ese amigote resultara ser Lionel Marriott. Efectivamente, si de entre todos sus conocidos en la ciudad hubiese podido elegir a alguno para que le comentara los asuntos de los Nightingale, ese alguien habría sido el propio Marriott. No se le había ocurrido que el tío de su yerno pudiera tener nada que ver con la finca, aunque tal vez debería haberlo pensado, puesto que en toda la vecindad no había ninguna casa importante que no tuviese en todo momento las puertas abiertas para él. ¿Quién sino algún ermitaño negaría conocer al ciudadano más hospitalario y más chismoso de Kingsmarkham?
Wexford había estado con él una media docena de veces. Eso fue suficiente para que Marriott lo contara entre sus amigos íntimos, y le concediera un raro privilegio: muy pocas personas en Kingsmarkham conocían el nombre de pila del inspector y eran aun menos las que lo utilizaban. Marriott lo había hecho desde el día en que fueron presentados y, a cambio, exigía que Wexford lo llamase Lionel.
Su propia vida era un libro abierto. Tal vez a uno no le apeteciera leerlo, pero si se resistía, el propio Marriott se ofrecía a pasar las páginas, ávido de informar a sus interlocutores tanto de sus asuntos privados como de los de su nutrido círculo de amistades.
Debía de tener más o menos la misma edad que Wexford, pero era más ágil y delgado. Había estado casado una vez con una mujercilla más bien tediosa, que falleció muy oportunamente cuando el aburrimiento de Marriott casi tocaba fondo. Marriott solía referirse a ella como «mi pobre esposa», y sobre ella recreaba anécdotas de un mal gusto extremado, las cuales, sin embargo, producían siempre hilaridad en el oyente, ya que su gracia para reproducir episodios y su consumada habilidad para la digresión le permitían encontrar el lado divertido a cualquier situación. A continuación, el oyente podía tranquilizar su conciencia pensando que la pobre señora estaba mejor muerta que casada con Marriott, quien era incapaz de permanecer junto a la misma persona durante mucho tiempo y, como dijo Shelley, «dejar el resto, aunque bello y sabio, arrinconado en la frialdad del olvido».
La frialdad del olvido o, cuando menos, la soledad; ése parecía ser el mayor de los temores de Marriott. ¿Por qué, si no, atiborraba su casa de gente cada noche? ¿Por qué, si no, enseñaba literatura inglesa en el King Edward cuando tenía ingresos suficientes para cubrir sus necesidades, su filantropía y su hospitalidad?
Después de la muerte de su esposa no se había mantenido precisamente casto y puro. Todas las veces que Wexford lo había visto estaba acompañado de alguna atractiva y elegante mujer que rondaba los cuarenta. Seguramente, pensaba Wexford mientras caminaba por Hight Street rumbo a la casa de Marriott, su actual compañera estaría ahora mismo junto a él, arreglando las flores, prestando atención a sus ocurrencias y preparando canapés para la pequeña fiesta que sin duda se organizaría posteriormente.
Vivía al final de Georgian Terrace donde, a excepción de la casa de Marriott, todo eran tiendas, pisos y almacenes. Comparado con el aspecto gris y ruinoso de los edificios circundantes, su domicilio se excedía en motivos ornamentales. La impecable fachada blanca era pintada cada dos años; había bonitas jardineras en el alféizar de cada ventana y los seis balcones de la casa lucían rebosantes de plantas.
Quien no estuviera al corriente podría pensar que se trataba de la mansión de alguna solterona acomodada, con una extravagante inclinación por la horticultura. Con una sonrisa disimulada, Wexford subió las escaleras de la puerta principal, con la cabeza gacha para evitar engancharse el pelo con una cestita que colgaba, llena de lobelias multicolores y geranios rojos. Por una vez, la calle no estaba colapsada por los coches de los huéspedes de Marriott, aunque la verdad es que todavía era temprano; aún no habían dado las siete.
El propio Marriott abrió la puerta; iba impecablemente elegante, con chaqueta de terciopelo rojo y corbatín, y en la mano sostenía una lata de yemas de espárragos.
–¡Mi querido amigo, qué agradable sorpresa! Hace tan sólo cinco minutos que expresaba mi pesar por tu absoluto ostracismo, y ahora en cambio, he aquí la respuesta a los rezos de este pobre pecador. ¿No sería formidable que el viejo Reg Wexford nos obsequiara con su compañía esta noche?
Wexford pertenecía a la generación y al estrato social de los que casi palidecen cuando alguien los llama públicamente por su nombre de pila. No pudo disimular una expresión de disgusto, pero ni siquiera él podía negar que, cualesquiera que fueran los efectos de Marriott, era difícil imaginar un anfitrión con más clase.
–Pasaba por aquí –dijo Wexford–, y pensé que... también quería hablar contigo.
–Ya somos dos. Yo también tenía ganas de hablar contigo. Pasa, pasa. No te quedes ahí. Te quedarás a mi fiesta, ¿verdad? No es más que una pequeña celebración, pero tengo unos cuantos amigos que se mueren de ganas por conocer al gran inspector jefe después de lo que les he contado sobre ti.

Wexford se vio de repente arrastrado hasta el vestíbulo de entrada y empujado hasta el salón.
–¿Y... se puede saber qué celebras? –Wexford respiró hondo, tal vez por el esfuerzo que le suponía continuar con el tuteo–. ¿Qué es lo que celebras, Lionel?
–Quizá «celebrar» no sea la palabra adecuada –respondió Lionel–. Es más bien una reunión al estilo de «los que van a morir te saludan»; me entiendes, ¿no? –Miró fijamente a Wexford–. Algo me dice que no me has comprendido. Está claro; un hombre tan ocupado como tú no tiene tiempo para pensar que ésta es la última noche de vacaciones. Mañana tengo que volver con mis sucios diablillos.
–Cómo no –dijo Wexford al recordar que Marriott acostumbraba a organizar una fiesta de fin de vacaciones y que siempre se refería a sus alumnos del King Edward como «los sucios diablillos»–. Aunque me temo que no podré quedarme. Espero no haber interrumpido los preparativos de tu fiesta.
–¡En absoluto! No sabes cuánto me ha alegrado verte, pero tu mirada glacial me dice que el placer no es mutuo. –Marriott dejó caer los brazos con aire dramático–. ¿Qué es lo que he hecho? ¿Qué es lo que he dicho...?
Wexford se fijó en una barra de bar improvisada en una esquina del salón y, más allá del arco que conducía al comedor, observó una mesa repleta de manjares: aves asadas, entrantes fríos y un salmón entero, todo distribuido entre las rosas blancas esparcidas que adornaban la mesa.
–Ya veo –dijo Wexford–, que estaba equivocado al pensar que eras un buen amigo de Elizabeth Nightingale.
El rostro vivaracho de Marriott se apagó y cobró de repente –si bien, acaso, sin excesiva sinceridad–, un aspecto compungido.
–Si, ya sé que debería vestir de negro y echarme ceniza sobre la cabeza. Pero créeme, Reg, guardo el luto en mi corazón. ¿Qué arreglaría anulando las invitaciones de mis queridos amigos y regalando toda esta comida al criadero de cerdos de Pomfret? ¿Contribuiría así a que ella volviese? ¿Ayudaría a secar una sola lágrima de la mejilla de Quentin?
–Supongo que no.
–Querido Reg, no me censures, te lo ruego. Deja que te invite a una copa. ¿Un whisky, un Pernod, un cóctel de champán? ¿Y un poco de fiambre de pato para acompañarlo?
Abrumado, como en él era habitual, Wexford tomó asiento.
–Está bien, un whisky, pero nada de comer.
–Como quieras; rechaza mi comida si así lo deseas.
Marriott se dirigió hacia el bar meneando la cabeza. Cogió dos vasos de vidrio tallado y los llenó hasta el borde de Vat 69. Wexford sabía que de nada servía poner reparos. Mientras tanto, escrutaba la habitación, reprimiendo una sonrisa burlona; por más que supiera que la mayor parte de aquellas antigüedades no tenían precio, que los candelabros eran únicos y que el mobiliario era la envidia de todas las personas de gusto exquisito de la ciudad, el salón de Marriott no dejaba de antojársele una mezcla de la Wallace Collection y el restaurante italiano de Old Brompton Road. Espejos con marcos dorados, propios de un burdel, colgaban de las paredes empapeladas de color verde botella y estampadas con pequeños lunares de terciopelo esmeralda. Cada una de las mesas ofrecía un variado surtido de relojes, tabaqueras y otras bagatelas. Cualquier hijo de vecino no se habría atrevido siquiera a moverse en aquel lugar de no haber sabido que Marriott –ante cualquiera que fuera el desperfecto en cuestión–, se habría limitado a sonreír y a asegurar que no pasaba nada, y que su compañía, incluyendo su torpeza exasperante, era mucho más preciosa que cualquier objeto inanimado.
El sonido de unos pasos procedentes de la cocina le informó de la presencia de una tercera personas en la casa; una mujer hizo aparición mientras Wexford cogía un whisky triple. La mujer iba cargada con otra bandeja de comida. Era alta, rubia, de unos cuarenta y cinco años, y llevaba las muñecas llenas de pulseras que repiqueteaban como campanas mientras caminaba.
–Te presento a Hypatia, mi amanuense –dijo Marriott tomándola del brazo–. No sabes cómo me mira la gente cuando la presento de este modo. ¡Hay tanto ignorante en este mundo! Este es el inspector Wexford, querida, el guardián de nuestra paz.
Impasible ante los comentarios de Marriott, Hypatia extendió su mano larga y serena.
–No nos molestará –dijo Marriott, como si la mujer no estuviera allí–. Ahora mismo irá a tomar un baño y saldrá más bonita que nunca. Anda ve, Patty, cariño.
–¿Estás seguro de que habrá bastante comida? –preguntó Hypatia.
–Desde luego. No quiero que nadie tenga otro trastorno biliar como la última vez. ¿Y bien, Reg? Aún espero que empieces tu interrogatorio. Es una lástima que no hayas venido a hacerme una visita de cortesía. –Marriott levantó su copa–: ¡Por la cortesía!
–Mmm... salud –dijo Wexford, y esperó hasta que la mujer se hubo marchado, tras lo cual se empezó a escuchar el sonido del agua fluyendo por las tuberías–. Quisiera que me hablaras de los Nightingale. Todo lo que puedas decirme. Sé que no te dejarás inhibir por ningún escrúpulo estúpido sobre si es o no de buen gusto hablar mal de los muertos.
–Yo apreciaba mucho a Elizabeth –aseguró Marriott ligeramente ofendido–. Nos conocíamos de toda la vida. Habíamos crecido juntos, por así decirlo.
–Aunque no sea demasiado oportuno –lo interrumpió Wexford, ciertamente descortés–, te recuerdo que tú eras por lo menos quince años mayor que ella.
Marriott lo miró con desdén.
–Ya veo que esta mañana te has levantado con el pie izquierdo.
–No sé con qué pie me he levantado, pero te aseguro que me he levantado muy temprano... Así pues, la conocías desde que nació. ¿Y eso dónde fue?
–Aquí, claro. ¿No sabías que ella y Denys habían nacido aquí?
–No sé prácticamente nada sobre ellos.
–Eso es fantástico. La ignorancia total. Como les digo a mis sucios diablillos, «bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de conocimiento, pues serán satisfechos», aunque a ellos tenga que instruirlos a golpe de zapatilla. Pues sí, nacieron aquí mismo, en una pequeña y pobre casucha cerca de Kingsbrook Lock. Su madre era de una buena familia londinense, pero su padre había nacido y crecido en Kingsmarkham. Trabajaba de contable en unas oficinas municipales.
–Es decir que... no nadaba en la abundancia.
–Era más pobre que las ratas. Elizabeth y Denys fueron a una escuela pública. Todo habría continuado igual, y el talento del joven se habría desperdiciado, de no haber sido por aquella bomba.
–¿Qué bomba? –preguntó Wexford. De pronto, oyeron un portazo en el cuarto de baño, situado encima de sus cabezas, seguido del tedioso goteo del depósito del agua.
–Una de las muchas bombas que lanzó un avión alemán que volaba hacia la costa. Fue un impacto directo y el père y la mère de los Villiers se fueron los dos juntitos a aguardar el Día del Juicio Final.
–Y los niños ¿dónde estaban?
–Denys estaba fuera, pescando, y Elizabeth había ido a buscarlo para llevarlo a casa; a eso de las siete de la tarde. Elizabeth tenía entonces catorce años, y Denys once.
–¿Y qué fue de ellos después?
–La familia llegó a un trato bastante peculiar y absolutamente injusto –prosiguió Marriott–. Denys se marchó con el hermano de su madre y las cosas le fueron bien. Aquel tío suyo era un abogado de prestigio y envió a Denys primero a un colegio privado y luego a Oxford. La pobre Elizabeth tuvo que quedarse con su tía, la hermana de su padre, que la sacó de la escuela cuando tenía quince años y la puso a trabajar en Moran’s, la lencería.
La cara de Wexford reflejó la completa estupefacción que Marriott esperaba.
–¿La señora Nightingale hizo de ayudante en una lencería?
–Sabía que te sorprendería. Esa vieja bruja de Priscilla Larkin-Smith todavía anda por ahí hablando a sus amistades de cuando Elizabeth Villiers le ayudaba a vender corsés.
–¿Cómo conoció a Nightingale?
–Eso fue mucho más tarde –respondió Marriott–. Elizabeth trabajó en Moran’s durante mucho tiempo. Luego se marchó a Londres y encontró un trabajo. Era muy espabilada. ¿Quieres un poco más de whisky, querido?
–No, no, gracias... ¿Sabes, Lionel? Si no fuera por... ¿cómo se llama?, por esa amiguita que tienes arriba y por todas sus predecesoras, sospecharía que eres... ¿cómo te diría...?, que tienes ciertas tendencias un tanto desviadas. En ocasiones resultas algo afectado en tus expresiones.
Marriott sonrió satisfecho.
–A veces me gusta ser intencionadamente afeminado. La gente siempre me lo dice. Y lo hago a propósito, te lo aseguro. Deja que te llene el vaso.
–Como quieras. –La bañera ya se estaba vaciando y se oía el sonido de las pisadas de Hypatia en el suelo de la planta superior–. ¿Se encontraron los dos hermanos en Londres?
Marriott encendió un cigarrillo ruso y dibujó elegantes volutas de humo en el aire.
–Eso no lo sé –respondió algo decepcionado. Wexford sabía que Lionel detestaba admitir que ignoraba algún detalle de la vida privada de sus amigos, por mínimo que fuera–. No volví a saber de ellos hasta que me enteré de que Quentin había comprado la finca. –Sirvió un par más de vasos y volvió a sentarse en el sillón–. En cuanto supe que la finca tenía nuevos propietarios envié a mi mujer a que les hiciese una visita. Ya te imaginarás mi alegría cuando conocí la identidad de la señora Nightingale.
–No puedo imaginarlo, considerando que la última vez que os habíais visto ella tenía quince años y tú treinta –dijo Wexford.
–¡Tú y tus comentarios sarcásticos! Quiero decir que estuve encantado de volver a ver a una vieja conocida. Estar con Elizabeth siempre era un placer. Era preciosa y ¡qué estilo tenía! Me apasionan las típicas rubias inglesas.
–Deberías volver a casarte –le aconsejó Wexford.
Marriott echó una mirada hacia arriba y dijo a modo de sentencia:
–Un hombre que vuelve a casarse no merece haber perdido a su primera mujer.
–A veces me sorprendes –dijo Wexford–. Y hablando de matrimonios, ¿qué tal les fue a los Nightingale?
–Formaban una pareja bastante feliz. Si tú y tu esposa sólo habláis del tiempo, si todo el mundo se desvive por vosotros, si no tenéis hijos y ambos sois sexualmente apáticos, ¿de qué vais a discutir?
–De modo que era así. ¿Y tú cómo sabes que eran sexualmente apáticos?
Marriott se retrepó en el sillón.
–Bueno, sólo tienes que fijarte en Quentin y... hacer algunas conjeturas, Reg.
–Lo intentaré. Situémonos de nuevo en el pasado, quince o dieciséis años atrás. ¿Villiers vivía aquí entonces?
–No, volvió un par de años después. Era el primer día de otoño, hace casi catorce años. Aquel año ingresaron dos profesores nuevos, un hombre de ciencias y un profesor auxiliar de lenguas clásicas. Se trataba de Denys. El director nos los presentó a los más veteranos y, por supuesto, yo me alegré muchísimo de ver a Denys.
–Es natural –dijo Wexford.
Marriott le dirigió una mirada ofendida.
–Su comportamiento me pareció muy extraño, extremadamente peculiar. Pero luego pensé que Denys era un tipo raro, un misántropo incorregible. «Has tenido mucha suerte al conocerme, podré presentarte a toda la gente importante del lugar», le dije. Cualquiera habría pensado que mi amabilidad le alegraría, pero no fue así. Se limitó a dedicarme una de sus miradas enfermizas. En fin, debería ser más indulgente.
–¿Indulgente con qué?
–Después de todo, él es poeta y los poetas suelen ser gente excéntrica. De eso no hay duda. Ya veo que no lo sabías. Pues sí, sí. Algunos versos suyos, muy hermosos, salieron publicados por aquel entonces en el New Statesman; también leí su recopilación de ensayos sobre los poetas de la región de los lagos. Todo muy académico. Después como iba diciendo, le hice algunas concesiones.
»–Tal vez confías en que tu hermana te introduzca en sociedad –le dije–, pero no olvides que ella también es nueva aquí.
»–¿Acaso mi hermana está aquí? –preguntó, helado.
»–¡No me digas que no lo sabías! –le dije.
»–¡Dios mío! Creí que éste sería el último lugar donde se atrevería a mostrarse –dijo.»
–Y tú les procuraste una cita rápidamente –dijo Wexford.
–Naturalmente, querido. Esa misma noche lo arreglé todo para que Denys y su esposa visitaran la finca.
–¿Su esposa? –preguntó Wexford, casi gritando–. Pero si no hace más que un año que está casado.
–Tranquilo, querido. Su primera mujer... Ya veo que no bromeabas al decir que no sabías nada de esta gente. Su primera mujer. June era...
–Espera, no tan deprisa –protestó Wexford–. ¿Por qué se mostró Villiers tan contrariado al saber que su hermana estaba aquí?
–Eso mismo me pregunté yo entonces, pero pasamos mucho tiempo todos juntos después de aquello y enseguida se me hizo evidente que no se soportaban. Resulta un poco extraño si consideramos que con todos los demás Elizabeth era dulce como la miel. Francamente, Reg, se comportaba con él como si le hubiese hecho algún daño y, en cuanto a Denys, su rudeza hacia ella sobrepasaba el límite de lo descriptible. No creo que esto te sorprenda mucho. Denys se muestra huraño con todos menos con Quentin. Con él se conduce de modo muy distinto y, por supuesto, Quen lo adora; pero Elizabeth y Denys nunca se llevaron bien. Ya de niños no dejaban de pelearse. Todavía recuerdo a la señora Villiers y a mi pobre esposa hablando del tema. ¡Qué molesto era y qué inútil se sentía al respecto la señora Villiers! Si lo que te interesa es saber por qué no acabaron de una vez con esta enemistad, me temo que no puedo ayudarte. Elizabeth nunca hablaba de su hermano si podía evitarlo. ¿Si no confió en mí, en quién iba a confiar? Éramos muy amigos; íntimos diría yo.
–¿Ah, sí? –dijo Wexford, pensativo–. ¿Seguro? –Clavó en los ojos de Marriott una mirada perspicaz y habría continuado escrutándolo si en ese momento no hubiese entrado Hypatia, bañada, perfumada y vestida con unos pantalones dorados y una túnica negra y oro.
Hypatia dedicó una mirada gélida al inspector y otra dulcemente maternal a Marriott.
–¿Todavía de cháchara? Pam y Ian ya han llegado, Leo. Acabo de ver su coche entrar en el sendero –añadió sin ningún reparo, mirando a Wexford–. ¿De modo que no puede usted quedarse?
Wexford se puso de pie y estrechó la mano coercitiva de Marriott mientras le decía:
–¿Darás otra fiesta mañana por la noche?
–Pero, Reg, ¿tan sibarita crees que soy? Mañana por la noche me encontraré profundamente abatido después de bregar con hijos de terratenientes, burgueses y demás clases altas. Duelen los ojos tan sólo de mirarlos, te lo aseguro.
–En tal caso –dijo Wexford con sorna–, te recogeré al salir de la escuela y te llevaré a casa.
–Fantástico –dijo Marriott, que por primera vez parecía algo incómodo. Acompañó a Wexford a la puerta, lo dejó salir y abrió el paso a una pareja de elegantes ancianos–. ¡Cómo me alegro de veros, queridos! Tienes muy buen aspecto, Pam, luego no me digas que no tienes hambre. Dejadme que...
Wexford se marchó en silencio.


7

Los hijos de Burden también tenían que regresar a la escuela y desde el cuarto de baño de su casa llegaban los penosos estertores de un vómito provocado. La mañana del primer día de clase Pat siempre se sentía enferma. Sus padres estaban en la cocina, experimentando la tristeza impotente de las personas que empiezan a darse cuenta de que sus hijos también son seres humanos y llega un momento en el que ya no se los puede ayudar en todo. Pat vomitaba el primer día de clase del mismo modo que lo haría antes de una entrevista para un trabajo y seguramente también la mañana de su boda.
–Mike –dijo Jean Burden–, ¿no crees que deberíamos llamar al doctor Crocker? A veces incluso pienso que deberíamos llevarla a que la viese un psiquiatra.
–Pero si ya sabes que se repondrá en cuanto entre en la clase. No seas tan exagerada.
–Simplemente me gustaría ayudarla. Ni tú ni yo hemos sido excesivamente nerviosos. Nunca pensé que nuestra hija sería un manojo de nervios.
–Yo no soy nada nervioso –dijo John con su radiante carita matinal mientras entraba en la cocina cargado con la cartera–. Si algún día tengo hijos y hacen como que ella se ganarán unos buenos azotes.
Burden miró a su hijo con cara de pocos amigos. A pesar de que sus hijos sólo se llevaban dos años y de que habían sido educados por unos padres felices y cariñosos, de sólida clase media, nunca habían hecho buenas migas. Cuando John empezaba a andar, Pat ya le chillaba desde el cochecito; luego pasaron a las agresiones físicas y, en la actualidad, no había día en que no discutieran.
–No quiero volver a oírte hablar así de tu hermana. Estoy harto de repetírtelo –le dijo Burden severamente–. Imagínate... –añadió pensando en el caso en que estaba trabajando–, imagínate que tú y Pat os tuvieseis que separar y que no os volvieseis a ver hasta que fuerais adultos. ¿Cómo te sentirías, eh? Te arrepentirías de haber sido tan malo con ella. No sabes cómo la echarías de menos.
–No la echaría de menos ni un instante –aseguró John–. Ojalá yo fuera hijo único.
–No entiendo cómo podéis sentir tanta antipatía el uno por el otro –dijo Burden, consciente de que sus palabras no iban a surtir ningún efecto–. No es natural. –Burden alargó la mano hacia su hija, que entraba pálida y con la cabeza gacha y resguardada bajo el brazo de su madre. A continuación, dijo–: Te llevaré a la escuela, pequeña, y entraré contigo.
–A mí nunca me llevas a la escuela en coche –protestó John–. Y la mía está más lejos que la suya. ¡A un maldito kilómetro de aquí!
–No seas malhablado –lo riñó Burden maquinalmente–. Os llevaré a los dos, pero por favor no os peleéis dentro del coche.
El patio delantero del King Edward estaba lleno de niños. Burden subió al coche a la acera y vio cómo varios muchachos de la edad de John corrían apartándose de su camino, chillando y soltando alaridos como verdaderos energúmenos. Algunos alumnos más mayores que se habían agrupado cerca de la pared, con aire lánguido y con sus oprobiosas gorras arrugadas en los bolsillos, clavaron en Burden una mirada insolente y altanera. John saltó del coche mientras todavía estaba en marcha y fue inmediatamente absorbido por la escandalosa multitud.
–¿Lo ves? John no está nada preocupado –dijo Burden para infundir ánimos a su hija–. Os habéis aburrido como dos ostras tanto tiempo en casa, por eso él ahora se ha alegrado de volver a ver a sus amigos.
–Lo odio –dijo Pat.
–Ésa no es manera de hablar de tu hermano.
–Burden dio marcha atrás con cuidado y, a mitad de una maniobra de cambio de sentido que lo llevó justo delante de la puerta del colegio, se encontró cara a cara con Denys Villiers. Lo saludó con la cabeza y levantó la mano cortésmente. Villiers miró a través del cristal, se metió las manos en los bolsillos y se marchó en dirección al ala nueva.
–¡Detén el coche, papá! –dijo Pat en cuanto alcanzaron de nuevo la carretera–. Creo que voy a vomitar de nuevo.

Cuando por fin hubo dejado a sus hijos, Burden se dirigió entre el tráfico matinal hacia la comisaría de policía. Le había sorprendido encontrarse con Villiers. Había supuesto que, si no la pena, un mínimo de delicadeza le impediría ir a trabajar al menos durante esa semana. Era un hombre extraño, al que la opinión de la gente no parecía importarle en absoluto. Ignorar de ese modo al padre de un alumno de la escuela, al mismo policía que había estado en su casa el día anterior, había sido un hecho indignante, pensó Burden.
Sabía que llegaba veinte minutos tarde, así que corrió hacia el ascensor y entró sin aliento en el despacho de Wexford. El inspector jefe, que vestía un traje aún más raído y desaliñado que de costumbre, estaba sentado en su mesa de palo de rosa, revisando montones de papeles. Detrás de él, junto a la ventana, se encontraba el médico, que acababa de echar el aliento en el cristal y dibujaba con el índice algo confusamente parecido a un tubo digestivo. Burden ya había tenido suficientes tubos digestivos por una mañana.
–Siento llegar tarde –dijo–. Mi hija Pat siempre se marea el primer día de clase y he tenido que llevarla a la escuela. –Miró al médico, y añadió–: Jean quería que te llamásemos.
–Pero tú no te has atrevido a molestar a un hombre ocupado –dijo Crocker mientras sonreía perezosamente–. Pat lo superará algún día. Todos los seres humanos pasamos por dificultades, y tus hijos no van a ser la excepción, ¡malo sería si lo fuesen!
Wexford levantó la mirada y espetó enfurruñado:
–Ahórrate tus filosofías. Nos han llegado unos informes del laboratorio, Mike. Las cenizas de la hoguera de la finca demuestran que allí quemaron algunas prendas de lana. Todavía no ha aparecido ningún arma, y eso que nuestros hombres estuvieron registrando minuciosamente el bosque hasta muy tarde y siguen en ello esta mañana.
–Podría estar en cualquier parte –dijo Burden con tono desesperanzado–. En el río, tirada en el jardín de alguien. Ni siquiera sabemos de qué se trata.
–No, pero ahora mismo vamos a reflexionar a fondo sobre esta cuestión. En primer lugar tenemos que decidir si el asesino de la señora Nightingale había planeado el crimen o si, por el contrario, no fue premeditado.
El doctor Crocker borró su dibujo con la parte inferior de la palma de su mano y se sentó en una de las endebles sillas del despacho. La única sólida era la del comisario, de madera oscura y tapizada en piel, y parecía lo suficientemente fuerte y grande como para soportar el peso de Wexford, si bien crujió cuando éste se inclinó hacia atrás y estiró los brazos.
–Premeditado –afirmó el médico, que para entonces se hallaba plenamente concentrado–. De lo contrario no la habrían matado de ese modo y en ese lugar. Cuando la gente sale a pasear al campo no suele llevar consigo el tipo de objeto contundente con que fue asesinada, ¿no es cierto?
–¿Quieres decir que de no haber sido premeditado, lo normal sería que, pongamos por caso, hubiera muerto estrangulada?
–Más o menos. En un asesinato planeado, uno no tiene que llevar el arma consigo necesariamente, si sabe que luego tendrá los medios a su alcance. Por ejemplo: Y intenta asesinar a X en el salón de X, pero va desarmado porque ya sabe que el atizador estará donde siempre está, en la chimenea. En un espacio abierto, sin embargo, no va a encontrar nada similar, de modo que nuestro hombre tuvo que armarse de antemano. Eso es lo que hizo.
–¿Y tiene que ser un hombre? –preguntó Wexford.
–Un hombre o una mujer muy fuerte.
–Estoy de acuerdo contigo. Yo también pienso que fue premeditado, y eso no descarta que el móvil hayan sido los celos. El asesino la siguió porque esperaba ver lo que efectivamente vio. Llevaba el arma consigo, adivinaba lo que iba a ocurrir y sólo esperaba una confirmación. ¿Tú qué crees, Mike?
–Pues yo no creo que haya sido premeditado –dijo Burden, impertérrito–. Nuestro asesino llevaba consigo algo que podría ser utilizado como arma, pero cuyo propósito original era otro muy distinto. Imaginad una mujer que está cortando pan. Su marido le dice algo que le hace perder la razón y se abalanza sobre él con el cuchillo, cuya finalidad había sido, un primer momento, cortar el pan.
–Sigo prefiriendo las barras de pan que venden ya cortadas –dijo el médico en un alarde de humor.
Un gesto si cabe más constrictivo que el anterior fue la única señal que Wexford dio a entender de que permanecía a la escucha.
–Muy bien –dijo Wexford, que aunque parecía distraído escuchaba atentamente–, aceptemos por el momento la teoría de Mike. ¿Qué podía llevar consigo el asesino o la fornida asesina? ¿Qué lleva la gente normalmente cuando sale de noche a pasear por el bosque?
–Un bastón –propuso Burden de inmediato–, con el regatón de metal.
Crocker negó con la cabeza.
–Demasiado delgado. No fue con ese tipo de objeto. Tal vez fuera un bastón taburete, pero eso sería demasiado rebuscado. ¿Y un palo de golf?
Wexford lo miró con expresión sarcástica.
–¡Ya! ¿Acaso iba a lanzar algunos drives entre los árboles? ¿O alguien que intentaba mejorar su handicap? ¡Vamos, hombre!
–Era una noche de luna –recordó el médico–. Por lo menos hasta que comenzó el viento. ¿Quizá el tacón metálico de un zapato?
–En ese caso, ¿por qué no estaba sucia la herida?
–Tienes razón.
Wexford se encogió de hombros malhumorado y guardó silencio. Igualmente callado, Burden dejó de aprisionar los papeles que tenía bajo su mano y empezó a leerlos con rostro inexpresivo. De pronto, Wexford hizo chirriar su silla giratoria.
–¿Has insinuando antes que había luz?
–¿Yo?
Burden intervino con su falsete de oficial estirado:
–El doctor Crocker ha dicho que había luna hasta que empezó el viento. –El movimiento de su aseada cabeza en dirección al médico le dio todo el aspecto de un abogado.
–Ah, sí –dijo Crocker–. Lo recuerdo porque yo había salido. Estaba en Flagford atendiendo un paño. La luna era clara, pero a las once las nubes empezaron a encapotar el cielo y a las once y media la luna había desaparecido.
Una leve sonrisa que tenía poco que ver con el humor y mucho con el triunfo se dibujó en el rostro de Wexford.
–Entonces, ¿qué es lo que cualquiera hubiera llevado consigo al bosque?
–Un paraguas –contestó el médico.
–¡Una linterna! –exclamó Burden, olvidando su pose circunspecta y dejándose arrebatar por la emoción.

–¿Una linterna? –dijo Quentin Nightingale–. Todas las que tenemos están en el almacén del jardín. El contorno de sus ojos había adquirido un tono gris pardusco, debido, quizá, a su segunda noche sin dormir. Sus dedos temblaron nerviosamente mientras se tocaba la frente, luego se palpó la corbata y, finalmente, se puso las manos a la espalda y las apretó con fuerza–. Si cree... –balbuceó–, si espera usted que... Ayer sus hombres registraron toda la casa. ¿Qué puede entonces...?
Quentin parecía incapaz de concluir sus frases y las dejaba en el aire con una nota de desesperación en la voz.
–El curso de mi investigación ha cambiado –explicó Wexford con tono enérgico–. ¿Dónde se encuentra el almacén del jardín?
–Venga conmigo.
Se disponían a salir de la casa cuando sonó el timbre de la puerta principal. Quentin se quedó inmóvil mirando hacia la puerta como si esperase la visita de Némesis y sólo asintió lánguidamente con la cabeza cuando la señora Cantrip salió de la cocina.
–¿Y ahora quién será? –dijo la mujer, algo exasperada–. ¿Está usted en casa para las visitas, señor? –El hieratismo de Nightingale complació a la señora Cantrip más que impacientarla–. Puedo hacer que se marchen en menos de lo que canta un gallo.
–Será mejor que vaya a ver quién es –dijo Quentin.
Los recién llegados eran Georgina Villiers y Lionel Marriott. Ambos hacían una curiosa pareja: él era menudo y tenía ojos de lince; ella era una mujer joven, alta y huesuda e iba estrafalariamente emperejilada con joyas de bisutería. El rostro de Georgina reflejaba una mezcla de emociones varias: esperanza, timidez y una intensísima curiosidad. Llevaba consigo un bolso grande de lona, con la tira y las asas de plástico, más adecuado para un excursionista que para una mujer que va a visitar a alguien. Apenas si habían cruzado el umbral cuando de su boca brotó un torrente inconexo de disculpas y explicaciones.
–Pensé que tenía que venir a ver cómo estabas, Quen. Debes de estar destrozado. He traído algo de comida para que la señora Cantrip no tenga que molestarse preparándome nada. ¿Cómo estás? Tienes un aspecto horrible. Claro, todo ocurrió tan de repente. ¡Dios mío! Quizá no haya hecho bien en venir.
La cara de Quentin, contraída por el esfuerzo de disimular su ansiedad, revelaba a las claras que estaba de acuerdo con esta última afirmación, pero las reglas de la cortesía le prohibían decirlo en voz alta.
–No, no –dijo Quentin–. Te agradezco que te hayas tomado la molestia. ¿No queréis pasar al salón matinal? –Tragó saliva, se volvió hacia Wexford, y añadió–: Tal vez la señora Cantrip podrá enseñarle dónde se guardan las linternas. –La mano que puso sobre el hombro de su cuñada temblaba de manera ostensible. Seguidamente se trasladaron a la estancia donde Elizabeth Nightingale había pasado sus largas mañanas. Georgina no dejaba de excusarse.
–Un momento –dijo Wexford estirando el brazo para evitar que Marriott los siguiera. La puerta del salón matinal se cerró–. ¿Qué demonios haces tú aquí? –preguntó airado–. Pensaba que hoy irías a la escuela.
–He tenido una hora libre, querido, y ¿qué manera mejor de utilizarla que pasar a consolar al pobre Quen?
–Me gustaría saber cómo alguien que no tiene coche puede «pasar» por Myfleet procedente de Kingsmarkham y regresar en cuarenta minutos.
–Me ha traído Georgina –respondió Marriott, incapaz de reprimir una sonrisita triunfal–. Estaba de pie, en la puerta del colegio, meditando cómo iba a llegar hasta aquí, puesto que el autobús de Myfleet acababa de irse, cuando de pronto apareció ella, que venía hacia la finca. ¡Qué alivio! Hemos charlado un rato y pensado en las cosas que le íbamos a decir a Quen para animarlo.
–Pues ya puede ir y decírselas –le espetó Wexford, dándole un pequeño empujón–. Díselas y márchate. Estoy a punto de iniciar otro meticuloso registro del lugar y no quiero a un montón de charlatanes ruidosos merodeando entre mis hombres. Y no olvides –añadió– que tenemos una cita a las cuatro en punto. –Wexford suspiró y sacudió la cabeza–. Y ahora, señora Cantrip, ¿me acompañará al almacén del jardín?
–Es por esta galería, señor. Cuidado con el escalón. Ya sé que pensará que no debería haber escuchado, pero no he podido evitar oír lo que le ha dicho al señor Marriott. Es justo lo que necesitaba, tanto fisgonear por aquí. Y en cuanto a esa señora Villiers, ¿ha oído que se ha traído su comida? Seguro que es un montón de bocadillos nauseabundos. Como si yo no hubiese podido ofrecerle un buen plato. Bastaría que lo hubiese pedido educadamente.
–¿Es aquí, señora Cantrip? Está muy oscuro ahí abajo.
–Dígamelo a mí, señor. Estoy cansada de repetirle al señor Nightingale que hay que poner una luz. Ya hubo una desgracia hace cinco o seis años cuando ese Twohey tropezó con el escalón y pensó que se había roto una pierna aunque luego fue sólo un tobillo torcido. Había bebido demasiado de la botella de whisky del señor Nightingale, se lo digo yo.
–¿Quién es Twohey? –preguntó Wexford mientras daba un paso hacia atrás para que la señora Cantrip pudiese abrir la puerta–. ¿Un amigo de la familia?
–No, señor. Es un simple criado. Él y su mujer trabajaban aquí, sí es que a eso se le podía llamar trabajar. A mí no me aligeraban nada la carga, eso está claro. Nunca en la vida me he sentido tan aliviada como cuando el señor Nightingale los echó a la calle. Éste es el almacén del jardín. Ya ve usted que aquí hay un poco más de luz.
La luz provenía de una puerta de cristal que daba al jardín. Wexford observó impertérrito aquel cuarto pequeño y desprovisto de moqueta. Las paredes estaban encaladas. En una de ellas había una larga fila de bastones y palos de golf y, justo encima, dos escopetas colgadas. Había además dos raquetas de tenis, una bolsa de malla llena de pelotas de tenis, una cesta con astillas y unas tijeras de podar. Wexford observó el estante en el que había varias linternas: una con un cono rojo en la parte superior, como las que se utilizan para avisar a los conductores de la presencia de un coche averiado, un farol de seguridad para cuando hay tormenta, un bolígrafo-linterna y un faro de bicicleta.
–Es curioso –dijo la señora Cantrip–. Tendría que haber otra más, una grande plateada–. Su semblante se tornó lívido–. Una linterna con un foco grande –añadió–, un foco grande y una especie de tubo grueso para agarrarla; mediría unos veinte centímetros de largo.
–¿Y debería estar ahí, junto a las otras? –preguntó Wexford. La señora Cantrip asintió mordiéndose el labio–. ¿Cuándo la vio usted ahí por última vez?
–Hará dos o tres semanas. Estos sitios no se limpian con tanta frecuencia, ya sabe. Aquí nunca sacamos el polvo ni perdemos el tiempo abrillantando nada, el joven Sean pasa la escoba de vez en cuando.
–¿Ah, sí? –Wexford sacó de debajo de la hilera de palos de golf una escalerilla de tijera y se subió a ella para examinar el estante. Una gruesa capa de polvo cubría la madera sin barnizar. En la parte de delante, entre el faro de bicicleta y el farol de seguridad, había un círculo exento de polvo, de unos diez centímetros de diámetro. Wexford se chupó el dedo, tocó ligeramente el centro del círculo limpio, se observó a continuación la yema y dijo–: Alguien cogió esa linterna ayer o antes de ayer. –Se limpió el dedo con un pañuelo y comprobó que la tela no se había ensuciado en absoluto. Sus sospechas habían resultado ciertas.
La casa era enorme, pensó mientras salía por la galería y llegaba a la entrada una vez más, una gran casa de campo llena de armarios y escondites. Sus hombres habían recibido órdenes de buscar un arma, pero nadie les había dicho cuál podía ser el arma en cuestión. Tal vez uno de ellos vio la linterna que faltaba en la habitación de Nightingale, asomando quizá del bolsillo de un chubasquero. ¿Se le habría ocurrido anotar este hecho e informar de él a sus superiores? Wexford tenía sus dudas. Tendrían que empezar desde el principio, y esta vez la búsqueda se centraría en un objeto concreto.
Wexford llamó a la puerta del salón matinal y la abrió. No había nadie. Sólo un cigarrillo aún humeante en un cenicero de cerámica azul indicaba que Marriott había estado allí y que luego, cumpliendo las órdenes de Wexford, se había marchado.
Wexford se dio carta blanca para investigar libremente el resto de la casa. Miró en el salón y en el comedor; ambos estaban vacíos. Subió las escaleras hasta el primer rellano, pisó los pétalos de rosa esparcidos en el suelo y miró a través de las cortinas de terciopelo carmesí. Georgina Villiers estaba en el jardín, comiendo sus bocadillos y hablando con Will Palmer. No había rastro de Quentin Nightingale. Wexford volvió a bajar, entró en el estudio vacío y telefoneó a Burden para pedirle que se dirigiese a la finca con Loring, Bryant, Gates y cualquier otro hombre que estuviese disponible. Colgó después el auricular y escuchó. Al principio el silencio parecía sepulcral, luego, de muy arriba, le llegó el sonido agudo y casi imperceptible de una radio encendida que emitía música; tal vez fuera Katje. Pudo oír además el sordo tintinear de los platos que venían de la cocina, donde la señora Cantrip preparaba la comida. Finalmente, unos pasos cuya procedencia ignoraba precedieron la aparición de Quentin Nightingale.
–Falta una linterna del almacén del jardín –dijo Wexford con voz impasible–. Una linterna grande, más o menos de esta medida. –Wexford la dibujó en el aire con ambas manos–. ¿La ha visto usted recientemente?
–Estaba allí el domingo. Fui a buscar mis palos de golf y vi que estaba en su sitio.
–Pues ahora no está. Con esa linterna mataron a su mujer, señor Nightingale.
Quentin se apoyó en una librería y se llevó las manos a la cabeza.
–Le aseguro que no puedo aguantar más –musitó–. Ayer viví la jornada más terrible de mi vida.
–Lo entiendo. Pero me temo que no puedo prometerle demasiados progresos de un día para otro.
Quentin pareció no oírlo.
–Me estoy volviendo loco –dijo–. Tuve que estar loco para hacer lo que hice. Daría todo cuanto tengo para que volviera a ser el martes por la noche y empezar todo de nuevo.
–¿Intenta usted confesarme alguna cosa? –preguntó Wexford con severidad mientras se ponía de pie–. Porque si es así...
–No es lo que supone –dijo Quentin casi con un grito–. Se trata de una cuestión privada, algo que... –Se estrujó las manos y echó la cabeza hacia atrás. Luego, con voz ronca, añadió–: Enséñeme dónde cree que debería estar esa linterna. Tal vez... Enséñemelo.
–De acuerdo. Se lo enseñaré y entonces continuaremos hablando. Pero déjeme que antes le diga una cosa: nadie que esté involucrado en un asesinato puede tener vida privada. No lo olvide.
Quentin Nightingale no respondió, se inclinó hacia adelante y volvió a llevarse a la frente una mano temblorosa. Visiblemente confuso, Wexford comenzó a especular sobre los motivos de la profunda ansiedad que estaba destrozando los nervios de Nightingale. ¿Sería él quien mató a su mujer? ¿O su desesperación era el resultado de alguna otra acción, de algo necesariamente más venial pero que aun así hacía que sintiese el peso de la culpa?
Precedidos por Wexford, ambos atravesaron la oscura galería. Frente a ellos, un hilo de luz vertical indicaba que la puerta que daba al jardín estaba ligeramente entornada.
–¡Yo había cerrado esa puerta! –exclamó Wexford estupefacto al tiempo que la abría de un empujón. En el mismo estante donde, media hora antes, no había más que un círculo limpio de polvo, había ahora una gran linterna cromada con la cara anterior hacia abajo.


8

Alguien había limpiado a conciencia la linterna y, probablemente, la había sumergido en agua. Wexford la cogió cuidadosamente con su pañuelo y desenroscó la base. Las pilas habían sido retiradas y el cristal y la bombilla estaban enteros. Advirtió que aún había unas gotitas de agua en el interior del tubo que constituía el asa.
–Sólo usted, señor Nightingale –dijo muy lentamente–, sabía que yo había venido esta mañana a su casa en busca de una linterna. ¿Habló de ello con alguno de sus criados o con la señora Villiers o el señor Marriott?– Medio desvanecido, Quentin Nightingale negó con la cabeza. Wexford añadió–: Creo que esta misma linterna fue utilizada para asesinar a su esposa. No estaba aquí cuando inspeccioné por primera vez el almacén del jardín pero sí que está ahora. Alguien la ha devuelto a su sitio en la última media hora. Regresemos a su estudio.
El viudo parecía incapaz de pronunciar una sola palabra. Se dejó caer pesadamente en un sillón y se cubrió el rostro con las manos.
–¿Ha sido usted quien ha devuelto la linterna a su sitio, señor Nightingale? Vamos, quiero una respuesta y no pienso moverme de aquí hasta que la tenga.
En aquel mismo instante llamaron a la puerta y Wexford la abrió. Era Burden. Los dos policías se miraron brevemente, Burden levantó las cejas al ver al propietario de la finca tan deprimido y silencioso y luego se dirigió hacia la librería, fascinado por los volúmenes que albergaban sus estantes.
–Debe sobreponerse, señor Nightingale –continuó Wexford–. Estoy esperando su respuesta. –Con gusto habría sacudido a aquel hombre hasta obtener contestación–. Muy bien –dijo por fin–, como no me gusta perder el tiempo y parece que al inspector Burden le vendría bien entretenerse un rato, voy a contarle una historia. Tal vez encuentre algunos paralelismos con su comportamiento en los últimos días, ¿quién sabe? Érase una vez un hacendado –empezó– que vivía con su hermosa mujer en su finca. Eran muy felices juntos, pese a que algunos afirmaban que su matrimonio se había enfriado hasta el tedio con los años. –Quentin sacudió la cabeza y hundió aún más los dedos en su pelo canoso. En tono distendido, Wexford prosiguió–: Un día descubrió que su esposa le era infiel, que por las noches se encontraba con otro hombre en el bosque. Entonces, consumido por los celos, la siguió con una linterna porque la luna se había escondido y la noche era oscura. La vio con su amante, besándose y haciendo planes y promesas de futuro. Tal vez hasta oyó cómo lo insultaban. Cuando el hombre se marchó y su mujer se quedó sola, el marido se encaró con ella. Ésta lo desafió y él la golpeó con la linterna, una y otra vez, llevado por la ira de sus celos, hasta que la mató. ¿Decía usted algo, señor Nightingale?
Los labios de Quentin se movieron. Tras humedecérselos con la lengua, cambió de posición en el sillón y, por fin, consiguió decir con voz sofocada:
–Como... como fuera que ocurrió, no... no fue así.
–¿No? ¿No quemó el marido su jersey de lana manchada de sangre en la hoguera? ¿No anduvo por el jardín durante horas corroído por la angustia y se encerró finalmente en el cuarto de baño para terminar de limpiar de su cuerpo hasta el último rastro de la sangre de su esposa? Qué extraño. Sabemos que tomó un baño a una hora que más de uno juzgaría intempestiva.
–¡Basta! –gritó Quentin, agarrado con fuerza a los brazos del sillón–. ¡Todo es mentira! ¡Es una invención monstruosa! –Tragó saliva y se aclaró la garganta–. Yo no tomé ningún baño.
–Usted me dijo que sí –replicó Wexford.
–Un par de veces –intervino Burden, cuyas palabras cayeron como un jarro de agua fría.
–Lo sé. Mentí. –Quentin se ruborizó, cerro los ojos, y dijo–: ¿Pueden servirme una copa, por favor? Un whisky. Ahí lo tienen.
Burden miró a Wexford y éste asintió con la cabeza. El whisky estaba en un pequeño armario situado debajo de la ventana. Burden sirvió la bebida, puso el vaso entre los dedos temblorosos de Quentin y le cerró la mano. Mientras bebía, el cristal repiqueteaba entre los dientes.
–Les diré dónde estaba –dijo Quentin. Wexford se dio cuenta de que por fin se esforzaba en serio por calmar su voz–. Pero sólo a usted, inspector. Preferiría que el detective nos dejara a solas.
¿Y si estaba a punto de confesar que era el asesino? A Wexford no le hacía demasiada gracia, pero tampoco era momento para vacilaciones. Su decisión fue rápida.
–¿Puede usted esperar fuera, por favor, Burden?
Burden salió sin rechistar ni mirar atrás. Quentin suspiró.
–No sé por dónde empezar –dijo–. Podría ser muy breve, pero necesito justificarme. ¡Dios mío! Si supiese los remordimientos y la vergüenza que siento... Discúlpeme, estoy intentando controlarme. Veamos... por alguna parte tendré que empezar. –Apuró su whisky en un intento, pensó Wexford, por aplazar al máximo el momento fatal–. He de admitir que lo que ha dicho acerca de mi mujer y de mí es bastante correcto. Éramos felices, aunque es cierto que nuestro matrimonio se había hecho monótono con los años, lo acepto. Supongo que es inevitable en las parejas que llevan casadas tanto tiempo como llevábamos nosotros y que no tienen hijos. Nunca discutíamos. Sepa que si mi mujer se hubiera enamorado de otro hombre, yo no me habría enfadado. No le habría puesto ningún reparo. Supongo que habría sentido celos, pero nunca los hubiese exteriorizado con violencia, ¡Dios sabe que no!, ni de ningún otro modo. Querría que esto quedase claro desde el principio.
Wexford asintió sin hacer comentarios. Las palabras de aquel hombre eran sencillas y francas, pensó, y parecían sonar inequívocamente verdaderas.
–Antes ha dicho que nadie involucrado en un caso de asesinato tiene derecho a gozar de vida privada –continuó Quentin–. Tendré ciertamente que hablarle de mi vida privada si quiere comprender por qué hice lo que hice. –Se puso de pie súbitamente, caminó hacia la biblioteca y apretó las manos contra unas cubiertas de piel marroquí estampadas en oro. Miró los títulos de los libros, seguramente sin verlos y dijo–: Solía ir a su habitación una vez cada quince días, siempre el sábado por la noche. Ella retiraba las sábanas y siempre decía lo mismo: «¡Qué bien, cariño!» Más tarde, cuando me disponía a regresar a mi habitación se despedía: «Me ha encantado, cariño.» Nunca me llamaba por mi nombre. A veces pienso que lo había olvidado.
Hizo una pausa.
Wexford no era el tipo de policía que se impacienta e interrumpe con un: «¿Es esto de verdad relevante, señor?», de manera que continuó callado, escuchando con expresión grave.
–¡Me aburría tanto! –prosiguió Quentin mirando los libros–. Me sentía solo. En ocasiones era como si estuviera casado con una preciosa estatua animada, con una muñeca que sonreía y lucía costosos vestidos y que incluso poseía un cierto léxico, si bien limitado.
–¿Y aun así era feliz? –se permitió observar Wexford en voz baja.
–¿He dicho yo eso? Si lo hice tal vez haya sido porque todo el mundo creía que realmente era así, y supongo que me acostumbré a creer que efectivamente lo era. –Quentin se alejó de la librería y empezó a recorrer la habitación de un lado a otro. Por un momento pareció que iba a cambiar de tema cuando dijo–: Solíamos tener criados, un servicio en toda la regla, pero Elizabeth los despidió. Entonces comenzó un auténtico desfile de chicas au pair, dos francesas y una alemana. Creo que Elizabeth insistía en que fueran jóvenes y desprovistas de atractivo. –Se volvió y miró directamente a los ojos de Wexford–. Seguramente pensó que Katje tampoco era atractiva. En una ocasión llegó a tildarla de rechoncha y vulgar. Pero supongo que, a mí, Katje me gustó desde el principio, aunque nunca hice nada al respecto. Ella es una chica joven y yo... en fin, in loco parentis. Me convencí de que debía pensar en ella como si fuese mi hija. ¡Qué manera de engañarse! –Quentin volvió la cara–. Me resulta prácticamente imposible encontrar las palabras para explicarle...
–¿Se acostaba usted con ella? –preguntó Wexford con rostro inexpresivo.
–Sí.
–¿Antes de ayer por la noche?
–Y no era la primera vez. Inspector, en los dieciséis años que he estado casado, nunca le había sido infiel a mi mujer. Tuve mis oportunidades. ¿Qué hombre no las tiene? Yo quería bien a mi esposa. Durante todos estos años me mantuve esperando una mínima señal de cariño, una simple prueba espontánea de que me reconocía como a un ser humano. Y nunca dejé de esperarlo hasta que llegó Katje. Entonces, por primera vez, sentí que tenía a una mujer cerca de mí, una mujer que vivía bajo mi mismo techo y que se comportaba como lo que era. Aunque tal vez no como una dama. Tenía novios por todas partes y solía hablarme de ellos. Algunas noches, cuando Elizabeth estaba fuera paseando por el jardín o se acostaba temprano, Katje llegaba de alguna de sus citas y me explicaba lo que había hecho, con su simpática risita, hablando como si lo mejor del mundo fuera dar y recibir placer. Una noche, al concluir una de estas charlas, yo estaba tumbado en mi cama, esperando que Elizabeth entrara en el dormitorio. Le he dicho que ya no tenía esperanzas, pero no es cierto. Nunca dejé de tenerlas. No recuerdo haber sentido una soledad tan profunda como la de aquella noche. Pensaba que lo habría dado todo, esta casa, la fortuna que he amasado, sólo para que ella entrara en mi habitación, se sentara en la cama y me hablase.
Quentin se cubrió de nuevo el rostro. Cuando retiró las manos, Wexford esperaba verle las mejillas llenas de lágrimas, ya que las últimas frases las había pronunciado entre sollozos. Pero, por el contrario, se había calmado, incluso parecía aliviado ante su inminente confesión.
–Entonces la oí subir –continuó–. Deseaba intensamente que entrase. Ejercí todo el poder de mi voluntad. Sólo Dios sabe cómo me mordí la lengua para no llamarla. La puerta de su habitación se cerró y oí que se disponía a bañarse. En ese momento olvidé quién era, olvidé mi edad, mi posición, el deber para con mi esposa. Me puse la bata y me fui arriba. Sabía lo que iba a decirle a Katje: que había olido a gas y que pensaba que venía de su habitación. Por supuesto que la historia del gas era imposible, lo único que salía de su habitación era la débil musiquilla de su aparato de radio. Llamé a la puerta y su voz me invitó a pasar. Estaba sentada en la cama, leyendo una revista. No tuve que decir nada sobre el gas. Parece increíble, pero no dije nada. Ella me sonrió y alargó los brazos hacia mí.
De repente, se hizo el silencio. Aquello sonaba a novela decimonónica, pensó Wexford. Si hubiera estado escrito, en aquel momento habrían venido los asteriscos. Los asteriscos de Quentin Nightingale se manifestaron en un súbito enrojecimiento del rostro, que destacaba la blancura de su pelo y de su bigote, haciendo que pareciese mayor. Se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas y, al ver que no recibía ninguna ayuda del inspector, prosiguió:
–Hubo. En fin, hubo otras veces. No muchas. Antes de ayer por la noche subí a ver Katje a eso de las once y cuarto. No sabía si Elizabeth había entrado en casa; ya no pensaba en ella. Katje y yo... bueno, pasé con ella toda la noche. Los pasos de Palmer en el piso de abajo me despertaron. Presentí que algo no iba bien, me levanté, me vestí, me encontré con él en la terraza y...
–Lástima que no nos dijera todo esto antes –lo interrumpió Wexford, con expresión seria.
–Póngase en mi lugar. ¿Lo habría hecho usted?
Wexford se encogió de hombros.
–Eso no hace al caso –replicó sin saber cómo expresar sus sentimientos. Una coartada había sido eliminada y otra más convincente la había sustituido. Normalmente, cuando esto ocurría, se enfadaba por el tiempo perdido y se sentía aliviado por los progresos. En esta ocasión sintió una incomodidad desacostumbrada. Analizó sus pensamientos rápidamente y descubrió algo imperdonable: se estaba implicando de manera excesivamente personal en el caso. Lo que sentía por Quentin Nightingale era envidia. Se puso de pie absolutamente rígido y en tono grave y frío, añadió–: Todo eso habrá que comprobarlo, señor Nightingale.
Pálido nuevamente, Quentin dijo:
–Ya me imaginaba que querría cotejar mis palabras con las de Katje. No le dará vergüenza. Es una chica muy peculiar, es única. Es... Le estoy haciendo perder el tiempo. Perdóneme.
Wexford subió las escaleras. Al llegar a la primera planta se detuvo un instante delante de la puerta del dormitorio de Quentin Nightingale; continuó subiendo y no tardó en escuchar una melodía que provenía de arriba. Aquella música alimentaba y daba cierta verosimilitud al sueño prohibido que le había hecho envidiar a Nightingale. Una voz suave y gutural entonaba el número uno de los éxitos del pop, una canción de amor. Wexford se vio inundado por un anhelo apasionado, amargo y salvaje de recuperar por una hora la juventud perdida. Envejecer le pareció, de repente, la única verdadera tragedia de esta vida, un dolor que convertía en una nimiedad cualquier otra aflicción. Con toda su madurez, prudencia y filosofía hubiera querido gritar: «¡No es justo!»
Se acercó a la puerta y dio un golpe seco. La música tendría que haber cesado; pero en cambio la voz resonó y tembló con una nota alta. La joven fue hasta la puerta y abrió.
Llevaba un vestido de color rosa con puntillas blancas, similar a un camisón. Un amplio escote dejaba al descubierto los hombros y dos medias lunas blancas como la leche. Incluso sus propios huesos parecían ser blandos. La boca y los ojos azules como el mar de la joven sonrieron a la par. Quentin Nightingale había colmado su anhelo con facilidad, sin decir palabra. El camarero de Olive and Dove la había hecho suya. Y... ¿cuántos otros?
Por primera vez en su carrera profesional entendió lo que movía a aquellos hombres a quienes él había interrogado y llevado a los tribunales, aquellos hombres que olvidaban por un momento las normas de caballerosidad, los tabúes sociales y la represión sexual; a los violadores. Aunque aquí seguramente no sería necesaria la violencia, sólo hacía falta una sonrisa y extender una mano. Ça me donne tant de plaisir et vous si peu de peine. Sí, ¡pero cuánto placer! Wexford entró detrás de ella en la habitación; ambos pasaron por delante del espejo del tocador y sus reflejos los siguieron.
Una joven con su padre. No, más bien su abuelo. Era una de esas personas que hace que a su lado todos los demás parezcan inacabados, mal hechos. En un instante de amarga iluminación, Wexford se vio a sí mismo como un viejo montón de harapos. Ni siquiera era de mediana edad, era un anciano, un abuelo.
–Siéntese, por favor, señorita Doorn –dijo sorprendido al ver que su voz había sonado serena y formal–. Y apague la radio, si no le importa.
Ella obedeció, sin dejar de sonreír. Wexford continuaba sintiendo lo mismo: deseo; tal vez sólo el deseo de volver a ser joven, pero al pasar frente al espejo, había experimentado la sensación que separa al hombre cuerdo del loco. Entre la fantasía y la realidad hay un abismo gigantesco. Y lo que mentalmente parece posible, razonable y oportuno, se disuelve como el humo cuando su objeto está presente en palabras y en carne humana. Por un momento la había visto como algo encantador, pero un algo sin capacidad de discernir, sin derechos, sin inteligencia. Ahora volvía a contemplarla como a una chica joven que a su vez lo veía a él tal como era, es decir, como un viejo. En su interior, todo su cuerpo parecía mofarse de sí mismo sin piedad.
–Me gustaría hacerle algunas preguntas. –Wexford pretendía que Katje dejara de sonreír para así poder controlarse y dar la imagen que deseaba, entre un dios y un robot, templado y amistosamente genial–. Se trata de su relación con el señor Nightingale. –Resultaba penoso tener que hablar de sexo. Pero de no ser así, tal vez la fantasía nunca hubiera existido–. ¿Qué tipo de relaciones tienen ustedes?
–¿Relaciones?
–Sabe perfectamente a lo que me refiero –gruñó el inspector.
Katje se encogió de hombros.
–Trabajo para él y vivo en su casa –dijo. Cogió un mechón de pelo, lo contempló y se lo puso en la boca–. Es muy bueno y amable. Me gusta.
–Es su amante, ¿verdad?
–¿Lo ha dicho él? –preguntó con cautela, pero sin ninguna vergüenza ni temor.
–Sí.
–¡Vaya, pobre Kventin! –exclamó pronunciando el nombre a la holandesa–. No quiere que nadie lo supiese. Debería ser un secreto. Y usted lo descubre...
–Me temo que tendrá que contármelo todo.
Katje hizo un mohín y negó resueltamente con la cabeza.
–Vamos –insistió Wexford–. Él ya lo ha confesado. No querrá usted que lo metan en la cárcel, ¿verdad?
–¿Es cierto eso? ¿En Inglaterra puedes ir a la cárcel por hacer el amor? –dijo abriendo mucho los ojos.
–¡Claro que no! –casi vociferó Wexford–. Escúcheme bien: el señor Nightingale no irá a la cárcel si usted me dice toda la verdad. Cuénteme todo lo que pasó entre usted y... –Al ver que una sonrisa ingenua ensanchaba el rostro de la joven, dijo–: No, no, todo no. Sólo cómo empezó.
–De acuerdo –dijo Katje, y soltó una risita tonta de puro placer–. Siempre es bonito, pienso, hablar del amor. Me gusta hablar de esto más que de otras cosas. –Mientras ella hablaba Wexford no podía evitar mirarla con expresión de pretendido disgusto–. Fue hace cuatro o cinco semanas. Yo estaba en la cama y llamar a la puerta y es Kventin. Tal vez viene a decir que la radio está muy alta o el coche mal aparcado, pero no dice nada y enseguida sé que haremos el amor. Lo veo en su cara. Siempre lo veo en las caras.
«¡Dios mío!», pensó Wexford, con el corazón en un puño.
–Eso creo yo –continuó Katje–. ¿Y por qué no? Pienso que es amable, educado, de cuerpo delgado y olvido que es más viejo que mi padre de Holanda. También pienso que es un hombre solitario, casado con una mujer frígida y fría. Entonces hacemos el amor muy rápido y todo es diferente porque cuando está en mi cama ya no es viejo. –Hablaba en tono triunfal, señalando la cama. Su tema de conversación favorito había acabado con sus risas y ahora se mostraba seria y concentrada–. Mucho, mucho mejor que mi amigo el camarero. Porque Kventin tiene más experiencia y sabe bien cómo...
–Sí, sí, me lo imagino –la interrumpió Wexford. Respiró profundamente y añadió–: señorita Doorn, ahórrese los comentarios sobre técnicas sexuales y pase a los hechos. ¿Hubo otras ocasiones?
–¿Cómo? –preguntó sin comprender.
–Que si el señor Nightingale... ejem, hizo el amor con usted otras veces –le aclaró Wexford con desgana.
–Por supuesto. A él le gusta igual que a mí. La semana próxima y la próxima y antes de ayer por la noche.
–Continúe.
–Pero ya se lo he dicho. Salgo con mi amigo y el hombre nada amable no nos deja ir al hotel. Mi amigo quiere ir al coche, pero yo no. Eso no está bien. Kventin no haría eso. Vuelvo a casa y pienso que tal vez Kventin sube y hacemos el amor. Lo espero y lo espero y entonces llama y me siento feliz. Los dos somos felices.
–¿Cuánto tiempo estuvo con usted?
–Toda la noche –respondió Katje sin dar importancia a la pregunta–. Le digo que acabo de ver a la señora Nightingale ir al bosque y él dice muy triste: «Ya no me quiere.» Y yo le digo: «Yo sí que te quiero, Kventin», y se queda toda la noche. Pero se marcha por la mañana muy temprano porque oye al viejo jardinero abajo. Así que me quedo en la cama sola, pensando que quizá no deba volver a ver a mi amigo el camarero y estar sólo con Kventin y entonces me levanto para ver qué hace el viejo jardinero en casa. Y ya está, eso es todo.
Wexford guardó silencio un momento y luego preguntó:
–¿A qué hora vio a la señora Nightingale cruzar la carretera?
–A las once y dos minutos –dijo Katje sin dudarlo.
–¿Y a qué hora vino a hacerle su visita nocturna el señor Nightingale? –Ante la mirada ingenua e interrogante de la joven, Wexford aclaró–: Quiero decir que a qué hora vino a su habitación.
–A las once y cuarto. Cuando llego, subo directamente a la cama.
–¿Cómo puede estar tan segura de la hora?
–Porque llevo mi reloj nuevo y lo estoy mirando todo el tiempo. –Katje movió la mano y enseñó al comisario la muñeca izquierda. El reloj tenía una esfera de unos cinco centímetros de diámetro e iba abrochado con una correa de charol rosa y violeta–. Me lo ha regalado mi amigo por mi cumpleaños y yo lo miro siempre. –Levantó sus pestañas largas y doradas y miró al comisario–. ¿Estás enfadado conmigo?
–No, no, no estoy enfadado, señorita Doorn.
–Me gusta que llamar Katje, por favor.
–De acuerdo, Katje –dijo Wexford sin rastro de enojo.
De repente se convirtió en una joven de maneras correctas y le tendió su mano. Tenía los dedos suaves y cálidos.
–Usted recordarme a mi tío de Friesland, que unas veces es serio y otras amable, como usted –dijo al tiempo que lo señalaba con el índice.
«¡Dios mío! –pensó Wexford, que aún se resentía de esta última estocada–, qué atractivos son esos gestos ahora y qué horribles serán cuando tenga cuarenta años. ¿Continuará masticándose el pelo?» Una cierta tranquilidad acompañó a estas reflexiones.
–Y ahora –dijo Katje con la cabeza inclinada–, me parece que bajo a limpiar el polvo del estudio de Kventin.


9

Burden escuchó con desdén e incredulidad el informe resumido, y en cierto modo purificado, de los dos interrogatorios de Wexford. Una repugnancia gélida e indignada se iba apoderando de él. Cualquiera que no conociera al inspector jefe tan bien como él hubiera creído que Wexford se había dejado seducir por los encantos, invisibles para Burden, de esa joven holandesa descocada.
–No entiendo –dijo, mientras trataba de deshacer un nudo de la persiana veneciana de la oficina de Wexford–. ¿Por qué supone que todo lo que le han contado los excluye como sospechosos? –Desenredó la cuerda y la ató en un gancho formando un ocho; le gustaba que todo fuese nítido y transparente, incluso lo que atañía a otros–. Al contrario, tal vez lo planearon juntos. Sólo tiene la palabra de esa chica de que... se reunió con él a las once y cuarto. Pudo ser más tarde. Por supuesto, ella lo encubriría.
–¿Ah, sí? ¿Y por qué? ¿Qué sacaría de ser cómplice del asesinato de la mujer de su jefe?
Burden lo miró fijamente. El viejo era a veces un poco simplón.
–¿Que qué sacaría? Pues casarse con Nightingale, por supuesto.
–Deja de decir «por supuesto». No podemos dar nada por supuesto. Y deja la persianita en paz. Parece que estés obsesionado, siempre ordenándolo todo. Escucha, Mike, tienes que modernizar un poco tus ideas. Sólo tienes treinta y seis años, pero con lo anticuado que eres pareces del siglo pasado. En primer lugar quiero que sepas que creo a Nightingale. Creo lo que me ha contado porque tengo un instinto especial para reconocer la verdad cuando la oigo. No lo considero capaz de actos violentos. Si hubiese sabido que su mujer tenía un amante o, más exactamente, si le hubiese importado, se habría divorciado. En segundo lugar, Katje Doorn es una especie de Lady Macbeth. Es una joven muy moderna, que disfruta de la vida enormemente y, sobre todo, del sexo libre de prejuicios.
Burden pestañeó y empezó a ruborizarse. Intentó forzar una expresión de indiferencia, pero no lo consiguió.
–¿Qué razones tienes para suponer que quiere casarse con Nightingale? –prosiguió Wexford–. Para ella es un anciano –explicó con delicadeza–. Ella misma lo dijo. Y a pesar de toda su inmoralidad, como tú dices, es una chica simpática y normal que se negaría horrorizada a acostarse con alguien que acaba de asesinar a su esposa. Mike, tenemos que cambiar nuestro modo de plantear estos casos de asesinatos domésticos. Los tiempos han cambiado. Las chicas de hoy en día no ven en el matrimonio el objetivo último de sus vidas. Las jóvenes como Katje no contribuirían a asesinar a la esposa de un hombre sólo para que éste las convierta en mujeres decentes. Ellas no se consideran indecentes simplemente por no ser vírgenes. Y acerca de que Katje lo quisiese por su dinero, no creo que el dinero le interese demasiado. Tal vez más adelante. Por el momento sólo busca pasárselo bien sin preocuparse por nada.
–Me pregunto adonde irá a parar el mundo –dijo Burden como si fuera realmente un viejo.
–El mundo ya se cuida solo. Más vale que nosotros nos concentremos en nuestra pequeña parcela. Nos marcamos unas pautas y han resultado equivocadas. ¿Y ahora qué? Podemos elegir entre dos caminos: ¿quién era el amante de la señora Nightingale? y ¿quién cogió la linterna?
–¿Ya tiene el informe del laboratorio?
Wexford asintió.
–Se han encontrado restos de sangre en los cables de la base, en la rosca del foco y debajo del interruptor. La sangre era del mismo grupo que el de la señora Nightingale, AB negativo. No hay duda de que la linterna fue el arma utilizada para el crimen.
–¿Quién tenía acceso a ella? ¿Quién la ha podido devolver a su sitio esta mañana?
–Nightingale, Katje, la señora Cantrip, Will Palmer, Sean Lovell, Georgina Villiers, ¡ah! y Lionel Marriott. Una lista considerable. También podríamos incluir a Villiers, ya que Georgina podría haber devuelto la linterna en su lugar. ¿Qué hay de Sean Lovell? Confesó sentir admiración por la señora Nightingale. Es joven, impulsivo y, por lo tanto, celoso. Tal vez no había salido a reunirse con él sino con alguna otra persona. Su coartada es incoherente, tenía acceso a la linterna y, además, su jardín da directamente al bosque.
–La señora Nightingale tenía edad suficiente para ser su madre –dijo Burden.
Wexford soltó una carcajada.
–¡Por Dios, Mike! No tienes ni idea de lo que es la vida. Es precisamente porque Sean tenía veinte años y la señora Nightingale cuarenta que él quería tener una aventura con ella. Igual que... –Wexford se calló por un momento. Luego, con aparente objetividad, continuó–: Lo mismo ocurre con una mujer de mediana edad y un chico joven; es más que corriente. ¿Nunca te gustó alguna de las amigas de tu madre?
–¡Pues claro que no! –exclamó Burden visiblemente indignado–. Las amigas de mi madre eran como mis tías. Así me dirigía a ellas y así sigo haciéndolo. ¿Qué es tan divertido?
–Tú –respondió Wexford–. Y si no me riese significaría que estoy tan chiflado como tú.
Aunque Burden estaba acostumbrado a este tipo de comentarios, esta vez se ofendió de verdad. Le parecía injusto, un triste estigma de los tiempos, que se burlaran de un hombre porque tuviese principios nobles y un concepto decente de cómo se debía vivir. Burden tosió secamente y dijo:
–Iré a buscar a su sospechoso favorito, el joven Lovell, y tendremos una pequeña charla.
–Hazlo –dijo Wexford, y consultó a su reloj–. Tengo una cita a las cuatro. Una cita con alguien que me aclarará unas cuantas cosas sobre ciertas historias pasadas.

Wexford aparcó a unos noventa metros carretera arriba de las puertas del colegio, bastante atrás de los coches de los padres que esperaban a sus chiquillos. Una doble fila de jugadores de cricket, con uniformes blancos manchados de verde, salía de las pistas de deporte cuando el reloj de la torre de la escuela daba las cuatro. Tal vez los alumnos del King Edward no fueran puntuales para ninguna otra cosa, pero sí para guardar sus libros. Cuando sonó la última campanada salieron en tropel por las puertas, riendo, empujándose unos a otros y sin prestar la menor atención a las vallas que el encargado de seguridad les había enseñado a respetar. Sólo los arrogantes alumnos de los cursos superiores salían con parsimonia y encendían cigarrillos cuando llegaban a la sombra de los frondosos árboles.
Denys Villiers salió con su Anglia azul oscuro. Hizo sonar el claxon repetidas veces para que los niños se apartaran de la calzada, luego bajó la ventanilla y gritó algo que Wexford no logró entender. Su tono de voz fue suficiente. Si en aquel momento hubiera tenido a mano un látigo, lo habría utilizado. Wexford se volvió y vio a Marriott que salía por la puerta principal. Sin reparar en él, el hombre menudo pasó junto al coche y siguió de largo. El comisario bajó la ventanilla y dijo:
–«Un terrible monstruo sigue tus pasos de cerca.»
Marriott dio un respingo, se recuperó del susto y sonrió.
–Siempre he pensado que es un poema muy sobrevalorado.
–No lo sé. No he venido para hablar de poesía. Intentabas escaparte, ¿eh?
Marriott rodeó el coche por delante del capó y subió.
–Debo admitir que sí. Pensaba que ibas a soltarme un sermón por haber ido a la finca esta mañana. Por favor, no lo hagas. He tenido una tarde muy dura presentando El Paraíso Perdido a los de quinto grado. Ha sido más que suficiente.
–«La mente tiene su propio espacio y en su interior puede haber un infierno de cielo o un cielo de infierno» –citó Wexford.
–Sí, muy listo. Pero yo soy diferente. La mía guarda un infierno de infierno. Adelante, cariño, vayamos a tomar algo. Supongo que preferirás que continúe con el siguiente capítulo por el camino.
–Estoy impaciente –aseguró Wexford, mientras ponía el coche en marcha y se colaba entre los otros vehículos.
–¿Por dónde iba?
–Por la primera mujer de Villiers.
–June –recordó Marriott–. Yo no le caía bien. Nada bien. Un día me dijo que estaría mejor dando clases en un reformatorio. ¿Sabes lo que le dijo a Quentin el primer día que visitó la finca? «Lo encuentro escandaloso. Dos personas viviendo solas en esta barraca. Deberíais fundar una clínica mental aquí.» Al pobre Quentin eso no le hizo ninguna gracia. ¡Su preciosa casa! Pero la pequeña June siempre era así. Era licenciada en sociología y había trabajado de agente encargada de vigilar a los presos en libertad condicional. Ella y Denys tenían un piso horroroso encima una tienda de comida para animales en Queen Street. Ya conoces esa zona. Estuve allí una sola vez y no me quedaron ganas de volver. Olía a carne de caballo putrefacta y esos estúpidos amigos de June pululaban por todas partes. Montones de ellos los visitaban cada noche, todos muy serios y con intenciones de arreglar el mundo. Eran los tiempos de la campaña contra la bomba atómica y a June le gustaba celebrar reuniones en su piso para hablar del tema; y de las campañas contra el hambre, cuando eso aún no estaba de moda. June fue la primera manifestante. Cada vez que hay algún jaleo en Grosvenor Square, examino con atención las fotos de los periódicos, y no falla, ahí está ella. Seguro que la volveré a ver cualquiera de estos días.
–Entonces, ¿no está muerta? –preguntó Wexford mientras entraban en Hight Street.
–¡No, santo Dios! Denys se divorció de ella, o ella de él. Ya no me acuerdo. De hecho, nunca entendí por qué se casaron. No tenían nada en común. A ella no le gustaban Quen y Elizabeth y veía con muy malos ojos que Denys fuese tan a menudo a la finca, a relacionarse con elementos reaccionarios, como decía ella.
–Y si él no soportaba a su hermana, ¿por qué iba allí?
–El caso es que Denys y Quen se llevaban la mar de bien –explicó Marriott mientras Wexford se aproximaba al centro de la calle para girar a la izquierda–. Quen estaba encantadísimo de ver que su cuñado era un autor joven y prometedor, y supongo que en cierto modo se consideraba su mecenas. –El coche descendió lentamente por el sendero y Wexford se detuvo delante de la casa blanca cubierta de flores–. Al parecer Denys debió de quejarse de que no podía trabajar en el ambiente de aquella casa y Quen le ofreció la Casa Vieja para que escribiese allí. Pero no nos quedamos aquí, Reg, me muero de sed.
Las estancias donde se había celebrado la fiesta desprendían todavía un intenso olor a humo de cigarro. Alguien había lavado los platos y lo había ordenado todo. Hypatia, probablemente, pensó Wexford mientras Marriott abría las ventanas de par en par.
–La hora del cóctel, Reg. Un poco temprano, tal vez, pero en el campo todo se hace temprano. ¿Qué te sirvo? ¿Un whisky, un poco de ginebra?
–Preferiría una taza de té –dijo Wexford.
–¿Seguro? Qué raro, cariño. Pondré el agua a calentar. Debo decir que Hypatia lo ha dejado todo muy bien. Espero que no se me olvide agradecérselo la próxima vez que la vea.
Wexford lo siguió hasta la cocina.
–¿Quieres decir que no vive aquí?
–No, no. Eso no me gustaría. –Marriott hizo una mueca de desagrado–. Una vez se te meten en casa, ya ni siquiera tu propia alma es tuya. –Miró a Wexford de soslayo y con ojos maliciosos–. Además, así las cuentas están más seguras.
–Eres un demonio con las mujeres, Lionel –declaró Wexford riendo.
–Tengo mis éxitos –admitió Marriott con modestia. Puso a continuación tres cucharadas de té Earl Grey en la tetera y añadió el agua caliente con mucho cuidado–. ¿Quieres que continúe con la historia?
–Sí, por favor.
–Bien, como iba diciendo, a June no le hacía ninguna gracia que Denys trabajase en la finca. Se pasaba la mayor parte de las noches de charla con Quen e iba a escribir allí incluso en los días festivos. Ella quería que la acompañase a llevar pancartas y pintar paredes. Así que al final se debió de cansar.
–Y lo dejó con su ménage à trois.
Es una manera curiosa de definirlo. Pero sin duda tienes razón en que formaban una especie de triángulo, aunque no exactamente equilátero. La pobre Elizabeth se quedó con el ángulo menor. Siempre me fascinaba ir a la finca y observar a Denys y a Quen, sumergidos por completo el uno en el otro, entre libros, libros y más libros. Intercambiaban citas de Wordsworth y se quejaban de que sus pensamientos eran demasiado profundos para incitar el llanto. Y, mientras tanto, la pobre Elizabeth se sentaba a leer el Vogue, sin que nadie le dedicara una sola palabra.
–Seguro que tú encontrabas siempre algo que contarle –dijo Wexford mientras sorbía el té–. Nunca he conocido a nadie tan experto en... ¿cómo te diría? en anécdotas de salón contemporáneas.
–Mira que eres poco amable, Reg. Para que lo sepas, Elizabeth no era una casquivana. A su manera, era tan inteligente como Denys.
–Eso no es lo que él dice, pero no seré yo quien te lo discuta.
–Ahora que lo pienso, ¿qué hacemos sentados aquí? No me gustan las cocinas y yo sí que quiero un trago de ginebra. Por fin ha desaparecido el olor a tabaco.
Marriott cogió su bebida y acercó dos sillas a las puertas correderas. Las plantas de su pequeña terraza estaban llenas de mariposas que libaban néctar, disfrutaban del sol y revoleteaban sobre las piedras. Wexford se sentó donde podía sentir el calorcillo de aquel precioso mes de septiembre que pronto se iría. Notó que empezaba a sentirse perezoso y se obligó a mantenerse bien despierto.
–Así pues, Villiers pasaba una gran parte de su tiempo en la finca –dijo a modo de resumen.
–Créeme, era imposible ir allí y no cruzarse con él. Y si eso no era suficiente para que él y Quen acabasen hartos el uno del otro, también se acostumbró a ir de vacaciones con ellos.
–Eso debió de ser duro para la señora Nightingale. Sobre todo porque la excluían una y otra vez de sus conversaciones. ¿Qué temas le interesaban a ella?
Marriott se mordió el labio y pareció meditar.
–Veamos –dijo en tono profundamente reflexivo–. Ya sabes que participaba activamente en la vida del condado, organizaba actividades y presidía comités. Pasaba muchas horas al día preocupándose por su aspecto, también se ocupaba de las flores y un poco del jardín.
–¿Ah, sí? –dijo Wexford–. ¿En el invernadero, con el joven Sean Lovell?
–¿Qué insinúas, mi querido amigo?
–Como dijo un contemporáneo de Wordsworth: «Lo que los hombres llaman cortesía y los dioses adulterio, es mucho más común allí donde el clima es cálido.»
Marriott sonrió y abrió bien los ojos.
–¿Así que por ahí van los tiros?
–Bueno, no creo que tuviese encuentros furtivos en el bosque con el viejo sir George Larkin-Smith, ni con el párroco de Myfleet ni con Will Palmer. Claro que, podrían ser contigo, Lionel.
–Esperaba que me preguntases eso. –Marriott se desperezó lánguidamente bajo la luz del sol y se echó a reír–. Pues no. No era conmigo. Y si de veras lo dudas, Hypatia podrá decirte dónde estaba. Pero que conste que ya me habría gustado tener la oportunidad.
–Seguro que lo intentaste más de una vez.
–Quizá.
Esta vez fue Wexford quien se echó a reír.
–En fin, volvamos a Sean Lovell.
–Ella lo apreciaba mucho –dijo Marriott–. Una vez me la encontré cuando salía de una tienda de discos aquí en Hight Street. Acaba de comprar el single del número uno de las listas de éxitos de música pop. «Tengo que estar al día con mi pajarito cantarín. Mi marido tiene nombre de pájaro,[1] pero para mí, él es el único auténtico ruiseñor de Myfleet», dijo. Me hizo mucha gracia. Elizabeth no era estúpida en absoluto.
–Es curioso que dijera eso –comentó Wexford.
–No sé qué decirte. Creo que lees demasiado entre líneas. Los policías sois siempre muy salaces. Sean solía plantarse bajo las ventanas de Elizabeth y darle serenatas. Supongo que ella se sentía halagada y rejuvenecida. Por una parte era una especie de adoración a una heroína, y por otra una aceptación de las lisonjas.
–Háblame un poco más de Villiers –dijo Wexford cambiando de tema–. Pero antes, ¿no quieres ofrecer otra taza de té a este viejo policía salaz?

Myfleet era un pueblecito agradable incluso en los días de invierno. Ahora, bañado por la benigna luz del sol, yacía en la hondonada, más abajo del bosque, como una bella durmiente. Esa tarde parecía estar despoblado. Sólo las flores de los jardines estaban a la vista gozando del sol.
Burden fue en coche hasta el extremo del pueblo cercano a Kingsmarkham y decidió hacer el resto del trayecto andando. Era un día perfecto para pasear, para apreciar el aroma de la fruta madura y admirar las grandes dalias de muchos pétalos, dignas de cualquier muestra floral o fiesta de la cosecha.
Se había equivocado al pensar que el pueblo estaba desierto. A medida que se aproximaba a la finca, vio con más claridad a la señora Lovell, asomada a la verja de su horrible casa, hablando con un hombre moreno, que llevaba una gorra y dos conejos muertos y llenos de sangre colgados del hombro. Probablemente, la finca fuese a menudo el tema de sus conversaciones. Además, en estos momentos, era el máximo centro de interés de todo Myfleet. Aun así, las miradas disimuladas que aquel hombre dirigía a la propiedad de los Nightingale hacían que pareciese un cazador furtivo. La señora Lovell lo animaba con unas carcajadas sonoras y desinhibidas.
Burden encontró a Sean en la Casa Vieja, descargando las manzanas de un cesto y colocándolas en los anaqueles. Eran amarillas y de un rojo pálido, Bellezas de Bath, se llaman, y tienen la piel brillante y listada como la seda de antes. El chico estaba silbando, pero dejó de hacerlo en cuanto entró Burden.
–¿Vienes aquí a menudo? –le preguntó Burden con voz amable–. ¿Es aquí donde solías encontrarte con la señora Nightingale?
–¿Yo? –dijo Sean, y lanzó a Burden una mirada hosca; se sentó luego en un montón de troncos de abedul y empezó a liarse un cigarrillo–. Tal vez le sería de más ayuda si supiese qué está buscando. No, no vengo aquí a menudo. La verdad es que no he pisado este lugar desde el pasado abril. –Señaló con el pulgar la escalera que conducía al piso superior–. Gracias a él. –Con el entrecejo fruncido encendió el cigarrillo–. Tanto yo como el viejo Palmer tenemos órdenes estrictas de no venir aquí a molestarlo.
–Pero al almacén del jardín sí que vas con frecuencia, ¿no es cierto? Te encargas de barrerlo. ¿Y nunca has tomado prestada una linterna para no ir a oscuras a reunirte con la señora Nightingale en el bosque?
–¿Yo? –volvió a exclamar Sean–. ¿Está usted chiflado? –El cigarrillo se había apagado. Sean volvió a encenderlo. La llama prendió el papel arrugado y lo hizo pestañear. Tal vez la iluminación provocada por el fuego no fue sólo física, sino también mental, porque inmediatamente añadió–: Si cree que la señora Nightingale y yo éramos amantes, está usted loco de remate y tiene, además, una mente muy retorcida.
–Está bien, basta –lo interrumpió Burden, ofendido. La suprema injusticia de la acusación lo había herido más que la insolencia–. Vamos a ver –dijo controlando su temperamento–, si no me equivoco, teníais una relación muy amistosa.
–Si tanto le interesa, quería ayudarme en mi carrera profesional –contestó Sean.
–¿Ayudarte a hacer de jardinero?
El rostro del joven se sonrojó. Sin saberlo, Burden le había devuelto el golpe.
–La jardinería no es mi futuro –declaró Sean con amargura–. Es sólo un recurso provisional, mientras me preparo mi verdadera profesión.
–¿Y cuál será?
–La música –respondió Sean–. El mundo del espectáculo. En Londres. –Señaló de nuevo con el dedo, esta vez hacia el norte. Se quedó absorto y, como Dick Whittington, parecía estar experimentando alguna visión: una ciudad pavimentada de oro o algo por el estilo–. Tengo que ir allí. –La voz le tembló–. Lo recuerdo todo a la perfección, como si lo tuviese grabado en la cabeza. Me sé todas las listas de discos de hace años. Pasaría cualquier prueba. –Se estrujó las manos y el fanatismo de un místico religioso brilló de pronto en sus ojos–. No hay ni un sólo pinchadiscos que sepa la mitad de lo que yo sé. –De repente miró a Burden y le gritó–: ¡Quítese esa estúpida sonrisa burlona de la cara! Usted no es más que un ignorante, como todos los demás, como mi vieja, sus ridículos amigotes y su novio. La señora Nightingale era la única que me entendía y ahora está muerta. –Se frotó los ojos con la manga sucia de su camisa; su imagen era la del artista frustrado cuyo arte el mundo se empeña en pisotear.
Con algo más que gentileza, Burden dijo:
–¿Qué iba a hacer por ti la señora Nightingale?
–Tenía un conocido en Londres –explicó Sean más calmado–. Trabajaba en la BBC y la señora me había prometido solemnemente que le hablaría de mí. Tal vez para cantar, tal vez para trabajar de pinchadiscos. Algo sencillo para empezar y... –Sean hizo una pausa y luego, con humildad, agregó–: Los principios deberían ser siempre sencillos. –Suspiró–. No sé qué será de mí ahora.
–Lo mejor que puedes hacer es trabajar de jardinero, crecer un poco y olvidarte de todas esas fantasías –le aconsejó Burden. Al ver la mirada de odio que le lanzaba Sean, agregó algo enfadado–. Olvidemos tus ambiciones por un momento. ¿Por qué le dijiste al inspector jefe que estuviste viendo un programa de televisión, cuando ese programa ni siquiera fue emitido?
Más que asustado. Sean reaccionó con mal humor al ser descubierta su mentira.
–Estuve viendo la tele –dijo–, pero me cansé. Mi vieja tenía al amiguito en casa, ese tal Alf Tawney. Me miraban guasones y se reían de mí porque quería ver Panel Pop. –Sean agarró una manzana con la mano y la apretó hasta que los nudillos le quedaron blancos–. Desde que yo era pequeño mi madre ha tenido un amigo detrás de otro, y lo único que han querido todos ha sido deshacerse de mí. Una vez, cuando tenía diez años, vi a mi madre con uno de esos fulanos, besándose y manoseándose» cogí entonces un trinchante y fui a por ella. La habría matado si no hubiese sido porque aquel tipo me quitó el cuchillo y empezó a golpearme. ¡La habría matado! –repitió, furioso. En ese instante. Sean vio algo en los ojos de Burden que lo hizo callar. Luego añadió con dificultad–: Ya no me importa, no me importa nada de ella. Sólo estaba... harto. –Sean aflojó los dedos y dejó caer la manzana. Burden advirtió que había clavado las uñas en la rosada carne de la fruta y que le había dejado unas marcas profundas.
–Me da la impresión de que tus emociones te están robando lo mejor de ti mismo –dijo Burden con voz suave.
–Eso fue cuando tenía diez años. Ahora ya no soy así. No volvería a ponerle la mano encima, hiciera lo que hiciera.
–Supongo que sigues refiriéndote a tu madre –dijo Burden mientras Sean limpiaba la mano pegajosa en los téjanos.
–¿A quién si no iba a referirme?
Burden se encogió ligeramente de hombros.
–Sigamos. Estabas harto de tu madre y de Alf Tawney. ¿Adónde fuiste?
–A mi cobertizo –aseguró Sean–. Estuve allí solo, pensando. –Lanzó un profundo suspiro, se levantó, le volvió la espalda a Burden y continuó descargando manzanas–. Estuve pensando y... escuchando. –La fruta brillante que había estropeado con la mano acabó rodando en el anaquel. Muy bajito, empezó a silbar de nuevo, con el rostro de un color rojo intenso, como las manzanas. Sin saber muy bien por qué, Burden se puso de pie para marcharse.

–Denys siempre se iba de vacaciones con ellos –dijo Marriott–. Con los dos, quiero decir. Pero hace dos años tuvo que ir sólo con Elizabeth. El pobre Quen había pillado el sarampión. ¡Qué humillación! Elizabeth me confesó que le daba pánico tener que irse sola con Denys a Dubrovnik, pero Quen les había dicho que no se lo perdonaría si se quedaban en casa por su culpa, así que tuvieron que marcharse. Debieron de pasar todo el tiempo peleándose, porque cuando regresaron los dos tenían un aspecto horrible. La relación entre Denys y Quen se enfrió mucho y aquel invierno Denys casi no puso un pie en la finca. Más tarde, un día de junio de hace dos veranos, estaba yo en la finca cuando de pronto llegó Denys.
»–Ya casi no te conozco –le dijo Quen, aunque advertí claramente que se alegraba de verlo.
»–Sólo he venido a decirte que no podré ir a Roma contigo el mes que viene –dijo Denys–, pues le he prometido al director que acompañaría a los alumnos en el viaje de fin de curso.
»–¿Tú? ¿Te has vuelto loco? –casi le grité. No te imaginas lo que sería capaz de hacer cualquier profesor por librarse de un viaje así–. ¿Vas a renunciar a Roma para ir a esa horrible Costa Brava? –le pregunté.
»–Me voy –dijo–, ya está todo hablado.
»Debería haber visto la cara del pobrecito Quen. Hizo lo que pudo para convencer a Denys, pero fue inútil, se mostró absolutamente inflexible.
–¿Y este año, Lionel?
–Este verano ya estaba casado, si no me equivoco. Conoció a Georgina en la Costa Brava, pero eso te lo contaré más tarde. No, este año se fueron a las Bermudas ellos dos y creo que en el fondo se alegraron de no tener que ver siempre la cara triste de Denys. Por lo menos, eso es lo que me dijo Elizabeth cuando la acompañé para firmar como testigo de su testamento y...
–¿Su qué? –preguntó Wexford haciendo una pausa entre las dos palabras–. ¿Has dicho su testamento?


10

–¿Qué por qué no le había dicho que mi mujer había hecho testamento? Francamente, señor inspector, lo había olvidado por completo.
Quentin Nightingale se había quedado perplejo al principio, pero ahora exhibía una sonrisa sarcástica, como si se burlara de alguien que hace una montaña de un grano de arena. Él ya había escalado su montaña y había conseguido descender con sólo unas pocas magulladuras. ¿Por qué tenían que molestarlo ahora con nimiedades?
–Nunca he creído, ni por un instante, que eso fuese legal. Era una tontería más de las que solía hacer mi mujer, ya sabe.
–No, no lo sé –dijo Wexford al tiempo que declinaba la oferta de sentarse en un sillón de cuero y prefería continuar apoyado en la librería.
–Imagino que la gente como ustedes tiene sus propios abogados que le redactan los testamentos. ¿Quién es su abogado, señor Nightingale?
–No hubo ningún abogado implicado. Ya le he dicho que fue un simple capricho. No entiendo cómo ha podido enterarse. –Quentin hizo una pausa y aguardó expectante, pero al ver que Wexford no tenía la meno intención de revelar el nombre de su confidente, añadió con una nota de impaciencia en la voz–: Puedo explicarle lo que ocurrió.
–Será un placer escucharlo –afirmó Wexford con la cabeza recostada sobre las blandas cubiertas de La Caída de la República Holandesa, de Motley.
–Fue el verano pasado. Mi esposa y yo habíamos decidido ir a las Bermudas de vacaciones y, naturalmente, pensábamos tomar un avión. No era la primera vez que mi mujer volaba, ya habíamos estado en América siete años antes, pero a ella no le gustaban los aviones y normalmente siempre nos íbamos de vacaciones en barco y en coche.
–¿Le daba miedo volar?
–No exactamente; «miedo» es una palabra demasiado fuerte.
–Si hizo testamento, supongo que fue porque pensó que podría morir –dijo Wexford–. No creo que «miedo» sea una palabra fuerte para referirse a la previsión de una posible muerte.
–Está considerándolo usted todo desde un punto de vista excesivamente dramático –dijo Quentin, exasperado–. Tan sólo se hallaba algo intranquila, pero ella misma se reía de su preocupación. Ese testamento fue una especie de broma. Ya le he dicho que nunca lo consideré nada serio. –Quentin calló por un instante y prestó atención. Wexford aguzó el oído y oyó el sonido de la radio de Katje que llegaba de arriba. La mirada de Quentin se cruzó con la del inspector y el rostro de aquél se sonrojó levemente antes de proseguir sus explicaciones, desasosegado y con prisa–: Un buen día dijo que iba a hacer el testamento y la vi garabatear algo en un trozo de papel. La verdad es que ni siquiera lo miré. Lo tomé por una de esas manías románticas que suelen tener las mujeres. Recuerdo que cuando nació mi hermana pequeña, mi madre quiso hacerse una fotografía para que mi padre tuviera un recuerdo si ella moría como consecuencia del parto. También escribió cartas de despedida para todos sus hijos, pero claro está, no murió, como Elizabeth, que...
–Elizabeth sí que murió, señor Nightingale –lo interrumpió Wexford con voz pausada.
Quentin bajó la mirada y se apretó las manos con fuerza.
–Sí. Como le decía, nunca tomé en serio eso del testamento. Ni siquiera creo que hubiera ningún testigo.
–Por lo menos una persona firmó como testigo: Lionel Marriott –dijo Wexford. Quentin levantó la mirada. Sus ojos delataban sorpresa. El inspector continuó–: Señor Nightingale, no puedo pasar por alto esta cuestión. ¿Qué fue del pedazo de papel que «garabateó» su esposa?
–Me lo dio y me pidió que lo guardase en la caja fuerte.
–¿Y usted lo hizo?
–Pues sí, claro. Elizabeth insistió en que lo hiciera delante de ella. Todo aquello me parecía un poco estúpido, pero no quería hacerla enfadar.
–¿Y todavía está allí?
–Imagino que sí –contestó Quentin aún sorprendido–. Ya le he dicho que lo había olvidado por completo, y supongo que lo mismo le ocurrió a Elizabeth cuando regresamos sanos y salvos.
–Señor Nightingale, debo pedirle que abra esa caja fuerte ahora mismo, por favor –dijo Wexford con una formalidad extrema.

Quentin miró a Wexford como quien mira a un demente al que hay que llevarle la corriente y descolgó de la pared del estudio un pequeño óleo de Stubbs, que representaba un faetón con dos caballos. Una puerta de acero quedó al descubierto justo detrás del cuadro. Quentin murmuró la combinación y abrió la caja, que ocupaba más o menos el espacio de una caja grande de galletas. En su interior había un montón de lo que a Wexford le parecieron certificados y documentos personales, además de algunos joyeros forrados en piel. Quentin cogió unos cuantos papeles, los hojeó, todavía con expresión divertida y burlona, y alargó a Wexford un sobre rectangular marrón.
–Aquí lo tiene –dijo Quentin.
–¿Me permite? –El tono de Wexford no admitía una respuesta negativa. El comisario abrió el sobre y sacó una hoja de papel azul con la dirección de la finca en la parte superior. La letra era clara y parecía masculina. Wexford le dio la vuelta a la hoja, echó una ojeada al pie y dijo con voz sonora y oficial–: Este testamento es perfectamente legal. El hecho de que no se escribiera con el formato habitual de un testamento ni en presencia de un abogado no lo exime de validez.
–¡Santo cielo! –exclamó Quentin, y se sentó sin cerrar la caja fuerte.
–Constan correctamente la firma de su esposa y la de los testigos; veamos... Myrtle Annie Cantrip y Lionel Hepburn Marriott. Tendría usted muchos problemas si quisiera impugnarlo.
–No tengo ninguna intención de hacerlo.
–Antes de que se comprometa creo que será mejor que lo lea, señor Nightingale.
–¿Qué es lo que dice? –El rostro de Quentin reflejaba ahora un completo estupor, y cualquier atisbo de sonrisa había desaparecido de él–. Léalo usted, por favor, señor Wexford.
–Como quiera. –Wexford se sentó por fin, carraspeó y leyó el documento con la misma voz inexpresiva–: «Yo, Elizabeth Francés Nightingale, nacida Villiers, declaro en pleno uso de mis capacidades físicas y mentales, que ésta es mi última voluntad y testamento y revoca todos los testamentos que yo haya podido firmar con anterioridad. –Al parecer, el vocabulario jurídico de la señora Nightingale acababa aquí y la interesada decidió continuar escribiendo con un estilo más familiar, salpicado, eso sí, de algún que otro término burocrático–. Dejo todo mi dinero, incluido el que mi marido invirtió en mí, a Sean Arthur Lovell, residente en el número 2 de Church Cottages, en Myfleet, condado de Sussex, con la esperanza de que lo utilice para continuar persiguiendo su ambición...»
–¡Santo cielo! –volvió a exclamar Quentin–. ¡Santo cielo!
–«Y todas las joyas que poseo a mi cuñada, Georgina Villiers, residente en el número 55 de Kingsmarkham Road, Clusterwell... –Wexford hizo una pausa momentánea y levantó las cejas–. Cuyos infinitos esfuerzos por parecer bonita nunca tendrán demasiado éxito; aunque como mujer virtuosa vale mucho más que los rubíes.»
–¿Elizabeth escribió eso? –preguntó Quentin con voz hueca.
–Sí, señor.
Wexford pensó que los dos estaba sorprendidos, aunque por razones distintas. Por su parte, se había quedado atónito de pensar que una mujer que su propio hermano había descrito como frívola y estúpida hubiese tenido el coraje de redactar algo semejante y de añadirle ese toque mordaz y malévolo. Probablemente, la sorpresa de Quentin se limitaba tan sólo a la malevolencia. Se había quedado pálido.
–¿Eso es todo? –quiso saber.
–Sí. ¿Cuánto dinero ha dejado su mujer?
–Nada del otro mundo –respondió Quentin con una risa forzada–. De hecho, su cuenta privada tenía un saldo negativo. Deben de quedar unas trescientas libras que le ingresé hace años.
–Mmm. Estoy convencido de que no querrá escatimarle esa cantidad al joven Lovell. ¿Hay algo más que le preocupe?
–No, bueno...
–A la señora Villiers –dijo Wexford con aire pensativo–, parecen gustarle mucho las joyas, como su esposa... indica en el testamento. Esperemos que haya unas cuantas piezas bonitas para ella.
–¡Unas cuantas! –exclamó Quentin al tiempo que se levantaba de un salto–. Las joyas de mi mujer están en esos joyeros. –Introdujo las manos en la caja fuerte–. Haciendo una estimación aproximada, yo diría que su valor puede ascender a unas treinta mil libras.
Wexford había visto demasiadas piedras preciosas en su vida para dejarse impresionar por esa pequeña aunque excelente colección. Desde luego, no pensaba emitir ningún grito de asombro y, tranquilamente y con un leve indicio de taciturnidad, contempló cómo Quentin abría los tres joyeros.
Uno era de piel blanca, otro verde y el tercero de madera de teca con incrustaciones de ónice. Quentin los colocó encima del escritorio y los abrió. Dentro había varios estuches. Cofrecitos pequeños para anillos y pendientes y cajas más grandes para los collares y brazaletes.
Quentin sacó uno de los anillos y lo levantó hacia la luz; se trataba de un aro de platino con la semicircunferencia superior cubierta de brillantes.
–Era su anillo de compromiso. Lo llevaba algunas veces, cuando yo se lo pedía –dijo con la voz cada vez más ronca. A continuación miró a Wexford y añadió–: Tal vez Georgina querrá vendérmelo.
–¿Su esposa la apreciaba mucho?
–No lo sé –respondió Quentin con sinceridad mientras devolvía el anillo a su soporte de terciopelo–. Nunca pensé en ello. Pero parece ser que sí. Aunque es extraño, ¿no cree? Uno no puede apreciar mucho a alguien y luego dejar un mensaje tan cruel. No lo entiendo.
–Sabemos que la señora Nightingale no soportaba a su hermano, tal vez esta repulsión se extendió también a su mujer.
Quentin cerró el estuche del anillo.
–Al parecer, han corrido rumores de que mi mujer y su hermano se odiaban a muerte –dijo, meditando a conciencia sus palabras.
–¿Y no era así? –preguntó Wexford enarcando las cejas.
–Tal vez le parezca extraño que yo, su marido, diga esto, pero la verdad es que no lo sé. Denys nunca la criticó delante de mí y Elizabeth... Bueno, nunca intentó impedir que él viniera a nuestra casa, aunque sí es cierto que en ocasiones, cuando estábamos solos, hizo algunos comentarios un tanto ofensivos. Con todo, a mí me parecía que siempre que nos reuníamos los tres, ella lo miraba con compasión. Nunca advertí señal alguna de auténtico odio.
–Tal vez ocurra que a usted no le interesa demasiado lo que pueda pensar y sentir la gente que lo rodea.
–Eso es evidente –dijo Quentin con tristeza–. De lo contrario, me habría dado cuenta de que a Elizabeth no le agradaba la compañía de Georgina y también... también habría sabido de sus salidas secretas al bosque por las noches. Tal vez tenga razón, supongo que Elizabeth y Denys sentían una verdadera antipatía mutua y que yo no fui capaz de advertirlo. O tal vez no quise hacerlo. –Quentin hablaba en voz baja y con cierta turbación–. Uno siempre desea e intenta convencerse de que las personas que más quiere se quieran también entre ellas. Me repugna la mera idea de pensar que dos personas pueden ir por ahí diciendo a quien quiera oírlas que se odian.
Después de un breve silencio, Wexford dijo:
–Volvamos al testamento. Me imagino que usted no sabía nada de la amistad de su esposa con Sean Lovell.
–Sabía que sentía por él un interés maternal. No teníamos hijos. Tengo un amigo que trabaja en la BBC y ella me pidió que le procurase a Sean una especie de audición. Entonces la idea no me hizo mucha gracia, pero ahora sí que pienso hacerlo. Es lo menos... y lo último que puedo hacer por ella.
–Disculpe, pero ¿nunca sospechó que su interés pudiera ser algo más que maternal?
Quentin hizo una mueca de desagrado y sacudió enérgicamente la cabeza.
–¡Por Dios! –exclamó–. Eso es imposible. Además, de haber sido así... no tengo ningún derecho a juzgar su actitud. No cuando Katje y yo... Señor Wexford, no entiendo nada de todas estas tendencias ocultas. De veras que no.
–Yo tampoco –aseguró Wexford, inflexible.

Entretanto, Burden continuaba haciendo sus propios descubrimientos.
Justo cuando salía por la verja de la Casa Vieja y entraba en el patio que la circundaba, topó con la señora Cantrip que venía del jardín de la cocina con un ramillete de perejil en la mano.
–¡Caramba! Me ha asustado usted –dijo–. Anda con tanto sigilo. ¿Le apetece una tacita de té?
–Ya es un poco tarde para eso, ¿no cree? –dijo Burden después de consultar su reloj y ver que eran las cinco y media–. ¿A qué hora termina usted de trabajar?
–Se supone que a las cuatro, pero estos últimos días todo está un poco alterado. Vamos, hombre, entre conmigo. Le irá bien un té y además está Will esperándolo; creo que quiere hablar con usted.
–¿Y qué desea? –preguntó Burden mientras caminaban hacia la casa.
–No me lo ha dicho. Algo sobre un pañuelo, me parece.
Will Palmer estaba en la cocina, sentado al lado del hombre que Burden había visto antes conversando con la señora Lovell junto a la puerta de su casa. Los dos hombres bebían té en tazas de barro barnizadas. Sobre la mesa había dos conejos, cuatro palomas torcaces y una cesta de huevos, todo lo cual revelaba la presencia de aquel hombre en la cocina.
Tan pronto como vio a Burden, Palmer se puso de pie.
–Tengo algo que enseñarle, jefe.
–¿De qué se trata? –preguntó Burden al tiempo que cogía la taza de té que le ofrecía la señora Cantrip y se la llevaba lo más lejos posible de los animales muertos.
–¡Helo aquí! –exclamó con aire triunfal. Palmer sacó de debajo de la mesa una bolsa de polietileno húmeda, atada con un hilo de los que usan los jardineros. Burden deshizo el nudo y extrajo de la bolsa un pedazo de tela. Estaba húmedo, pero no mojado del todo. Se trataba evidentemente de un pañuelo de seda. El diseño art nouveau representaba unas hojas doradas exquisitamente estilizadas sobre un fondo amarillo pálido. En el centro del pañuelo había una mancha alargada de color marrón.
Burden frunció el entrecejo.
–¿Dónde lo ha encontrado? –preguntó.
–En un agujero, en el roble que hay en el camino de Cleever’s Vale.
–¿Y dónde está Cleever’s Vale?
El rostro de Palmer exteriorizó un profundo asombro. Era obvio que le parecía imposible que alguien, y mucho menos un policía, no conociera un lugar que, en Myfleet, formaba parte del paisaje tanto como el bosque mismo.
La señora Cantrip le contestó con impaciencia:
–Pertenece a la finca, señor, forma parte de los jardines. Es el primer trecho viniendo de Kingsmarkham.
–Estaba quitando esos hongos que crecen en los robles –explicó Palmer una vez recuperado de su desconcierto–, cuando de pronto vi ese agujero. Probablemente hecho por un mochuelo...
–Una ardilla –lo corrigió lacónicamente el otro hombre al tiempo que se pasaba la mano por la boca. Llevaba la barba de un día y su piel era muy morena.
–O una ardilla. Eso iba a decir ahora, Alf –dijo Palmer, molesto–. Un mochuelo o una ardilla, desde luego era demasiado grande para haber sido hecho por un pájaro carpintero.
–Puede ahorrarse la lección de ciencias naturales.
–Como quiera, jefe, no hace falta que se ponga usted sarcástico. –Palmer pareció darse aún más importancia cuando Sean abrió la puerta que daba al jardín, entró y se sentó en un rincón de la mesa–. El agujero debía de estar a poco menos de dos metros del suelo; aproximadamente a la altura de mi cabeza.
–¡Bobadas! –dijo el hombre moreno.
Palmer lo miró. Al parecer, creyó que aquella crítica se refería a la causa del agujero y no al contenido absurdo de sus explicaciones, y decidió continuar.
–Esos hongos rodeaban todo el agujero. Aquí los llamamos hongos ostra, jefe, porque tienen la parte superior como una ostra. También se les llama ostras del pobre. Fritos están deliciosos, puede creerme.
–En estofado.
–En estofado también, Alf –dijo Palmer con tono de indulgencia–. En resumidas cuentas, el caso es que metí la mano en el agujero y esto es lo que encontré. Lo que hay en la bolsa.
–¿Estaba ya dentro de la bolsa o lo ha guardado usted?
–No, no estaba en ninguna bolsa, jefe. Estaba hecho una bola y metido en el agujero.
–¿Lo había visto antes?
–Claro que sí –se anticipó la señora Cantrip–. Era de la pobre señora Nightingale. Acostumbraba a llevarlo en la cabeza cuando salía a pasear. –Dobló el pañuelo y preguntó con repugnancia–: ¿Cree que esta sangre es suya?
–Me temo que sí.
Sean Lovell se puso de pie de un salto.
–¡Voy a vomitar! –gritó.
La señora Cantrip corrió a abrir la puerta del jardín a una velocidad de la que Burden nunca la habría creído capaz.
–¡En mi cocina ni te atrevas!
Con la insensible hosquedad de los campesinos ingleses, el viejo jardinero y el proveedor de carne de caza observaron cómo el joven Lovell salía disparado y escucharon con apático interés los esfuerzos que hacía por vomitar. Alf, hasta ese momento más bien parco en palabras, aprovechó la ocasión para pronunciar lo que él consideraba un largo discurso.
–Son las entrañas que se quejan –dijo–. Poco estómago tiene. –Soltó una carcajada–. Claro que para ser un estúpido cantante... Éste sí que está como una cabra.
La señora Cantrip cogió su taza y su plato y los metió en el lavavajillas, y al ver que el hombre no tenía intención de marcharse añadió:
–Buenas noches, Alf. No hace falta que nos traigas más huevos hasta el lunes.

Wexford salió de la finca por la puerta principal y Burden por la trasera. Los dos policías se encontraron en una calle del pueblo. Intercambiaron sus últimos descubrimientos. Se encontraban ya a punto de entablar una de sus reñidas pero interesantes discusiones, cuando la señora Cantrip los alcanzó tras una carrera que la dejó sin aliento.
–Señor –dijo dirigiéndose a Burden–, me alegro de haberle dado alcance. Quería pedirle disculpas por el modo en que se comportaron el viejo Will y ese Alf. Will es tan charlatán... Y Alf Tawney tiene menos educación que un niño recién nacido. ¿Les importaría que los acompañase un ratito?
–En absoluto, señora Cantrip –contestó Wexford con amabilidad. Se detuvo un momento al lado del coche oficial y pidió a Bryant que regresara a la comisaría.
–¿Quién es este Alf Tawney?
–Un individuo que nos trae las verduras, los pollos y estas cosas. Vive en un remolque en un terreno que tiene en Clusterwell. –El rostro de la señora Cantrip adoptó la misma expresión que solía poner Burden cuando se abordaba algún tema que él consideraba «indecente»–. Pero a ustedes Alf no les interesa, ¿no es cierto? –añadió, melindrosa.
–Quién sabe... –respondió Wexford–. Cualquier persona que tuviera relación con la señora Nightingale nos puede interesar, aunque no fuera más que un simple proveedor de verduras.
–Pero la señora Nightingale nunca se relacionó con él –respondió la señora Cantrip, sorprendida–. Si alguna vez oyó hablar de Alf, fue únicamente por boca de Sean. –Suspiró como quien se dispone a tomar una decisión penosa y dijo–: Supongo que ya saben, puesto que es el escándalo y la comidilla de todo el pueblo, que Alf está liado con la madre de Sean.
–¡Vaya, vaya! –dijo Wexford–. Eso no está bien.
–La culpa no es de Alf. Después de todo, se quedó viudo cuando su hijo tenía doce años y no tiene a nadie que le cocine ni que se ocupe de sus cosas. Ella es la que no tiene perdón. Ya lo dice la Biblia, la mujer es una tentación para el hombre y nunca puede ser de otra manera.
–Cierto –admitió Wexford con pretendida convicción.
–Y que conste que a mí Sean no me preocupa para nada, pero reconozco que la señora Lovell lo ha tenido siempre abandonado de una manera vergonzosa. Podríamos decir que el chico nunca ha tenido una verdadera madre.
–Y la señora Nightingale nunca tuvo un hijo.
La señora Cantrip lo miró fijamente. Habían vuelto a entrar en terreno que ella consideraba prohibido y se mostró resentida y cautelosa a la vez:
–Sean no se habría atrevido a mirar así a la señora –aseguró–. Todo tiene sus límites. Además, la señora Nightingale era tan guapa y parecía tan joven... No le gustaba que la gente adivinara su edad. A menudo me daba la impresión de que quería que Sean y Katje creyesen que tenía la misma edad que ellos. Y cuando Sean decía, con muy poco respeto, eso sí, porque el pobre no da para más, cuando decía que ella no era nada anticuada y que era la mujer más guapa en muchos kilómetros a la redonda, ella se sentía feliz y complacida.
–Es un joven muy apuesto –dijo Wexford.
–A mí no me lo parece, pero cada cual tiene sus gustos. En fin, yo vivo aquí. Buenas noches. Espero que ese par de viejos no le hayan ofendido, señor.
Ambos la vieron entrar en una casita blanca recién pintada. Su jardín se asemejaba un precioso edredón multicolor, y era uno de los que Burden había antes admirado al pasar. La señora Cantrip cogió en sus brazos un gatito beige muy peludo que había salido a recibirla y cerró a sus espaldas la puerta principal.
–El pobre niño abandonado –dijo Wexford, pensativo–, acaba de heredar trescientas libras del testamento de la señora Nightingale. Me pregunto si lo sabía y si consideró que valía la pena matar por esa suma. Aunque, por el momento, lo dejaremos tranquilo y nos concentraremos en la principal beneficiarla.
–¿Quién es ella? –preguntó Burden al tiempo que le dirigía una mirada de curiosidad.
–Te lo diré en el coche –respondió Wexford con una amplia sonrisa–. «Qué bellos se avistan en la montaña los pies de aquél que nos trae buenas nuevas.»

Wexford se preguntaba cómo recibiría la noticia. ¿Como una agradable sorpresa? ¿O con miedo porque el testamento había llegado a manos de las autoridades? Tal vez desconociera por completo su contenido o incluso su existencia.
Le comunicó escuetamente que el testamento de la señora Nightingale la favorecía y observó su reacción, pero ésta resultó un tanto decepcionante. Georgina no hizo más que encogerse de hombros, después de lo cual, todo lo que comentó fue:
–Sí que es una sorpresa, no tenía ni idea.
Como siempre, llevaba un collar, varias pulseras y unos pendientes que para ella eran tan indispensables como las medias y el lápiz de labios lo podrían ser para otra mujer. Su rostro no revelaba el menor indicio de concupiscencia que hiciera sospechar que, en realidad, le encantaría poder lucir auténticas piedras preciosas. Su expresión era apática e indiferente, incluso soñolienta, como si recientemente se hubiera visto obligada a superar alguna terrible prueba que la había dejado insensible.
–¿No sabía que hubiera hecho testamento o no sabe qué le ha dejado?
–No a las dos preguntas –respondió Georgina, y se sentó en el brazo de un sillón. Vestía una blusa sin mangas y Wexford se fijó en sus bíceps y en los fuertes músculos de sus hombros. La única vez que había visto unos brazos de mujer tan recios había sido en un combate de lucha libre femenina.
–Ha heredado usted todas las joyas de la señora Nightingale –le notificó el comisario.
–Ya. Cuando ha dicho que su testamento me favorecía me he imaginado algo así. Elizabeth no tenía dinero propio; siempre se gastaba la paga del mes antes de cobrar la siguiente. Era bastante manirrota.
–Señora Villiers, esto da un giro considerable a las circunstancias que acompañaron la muerte de su cuñada.
–¿Ah, sí? No veo por qué.
–Se lo explicaré. –Wexford se calló un momento al oír que la puerta se abría y ver a Denys Villiers entrar con su último libro recién publicado en la mano.
–¡Ah, ya estás aquí! –Lo recibió su mujer poniéndose de pie. Con la voz todavía apagada e inexpresiva, añadió–: ¿Sabes? Elizabeth hizo testamento y me ha dejado todos sus anillos y collares.
Villiers situó el dedo pulgar entre las páginas de su libro y miró con regocijo los semblantes serios de los dos policías. Entonces, de repente, soltó una estrepitosa carcajada histérica.


11

La risa de su marido tuvo un efecto mucho más perturbador sobre Georgina que las noticias de Wexford. Algo había estado adormecido bajo su velo de apatía. La risa lo devolvió a la vida y se manifestó en sus ojos y en sus labios temblorosos como puro terror.
–No hagas eso, Denys. ¡Para de una vez! –Georgina lo cogió por el brazo y lo sacudió.
–¿Podemos compartir su alegría, caballero? –preguntó Wexford amablemente.
Villiers dejó de reír como lo haría alguien cuya risa no se deriva del regocijo sino de algún guiño irónico que ha observado con admiración. Se encogió de hombros y luego, con la cara cada vez más pálida, abrió nuevamente el libro y empezó a leer desde donde lo había dejado.
–Señora Villiers –dijo Wexford–, quisiera volver a hablar con usted acerca de los acontecimientos del martes por la noche.
–Pero ¿por qué? –Georgina apenas podía controlar su voz–. Pensaba que ya había terminado todo. Empezaba a dejar de pensar en ello y ahora... Dios mío, ¿qué tengo que hacer? –Se quedó quieta un instante, mirándolos con los ojos desorbitados y salió corriendo de la habitación.
Villiers esbozó una sonrisa, aparentemente por algo relacionado con su propio libro. Conocedor de la enorme vanidad de los escritores, Wexford nunca había sido capaz de comprender cómo alguien podía reírse de algo que había escrito él mismo.
–Por lo que veo tendré que leer yo también su libro.
Villiers levantó la mirada y, cerrando otra vez el libro, dejó los dedos en su interior a modo de punto, cogió de una estantería un ejemplar de Wordsworth enamorado y se lo entregó al inspector jefe.
–Puede quedárselo si tanto le interesa. –Sus cansados ojos grises se cruzaron con los de Wexford y éste le aguantó la mirada.
–Gracias. Seguro que me interesa. Siempre estoy deseoso de ilustrarme, y el principal motivo es que siento curiosidad por descubrir por qué se ha convertido usted en una autoridad en Wordsworth.
–Cuestión de gustos, señor Wexford.
–Pero siempre ha de haber algo que justifique los gustos.
Villiers se encogió de hombros nerviosamente.
–Bueno, ya nos ha traído las noticias y hemos tenido una pequeña charla literaria. ¿Alguna cosa más?
–Por supuesto. Estoy investigando un asesinato, señor Villiers.
–Con poco éxito, si me permite decirlo. –Villiers se sentó a horcajadas en una silla del comedor, con el pecho contra los barrotes y los brazos sobre el respaldo. Su cara cenicienta y repleta de arrugas volvió a darle a Wexford la impresión de que aquel hombre estaba enfermo, agonizando.
–Y de todas formas, ¿qué sentido tiene? –dijo–. Elizabeth está muerta y no se la puede resucitar. Usted descubre a quién la mató y lo mete en la cárcel durante veinte o treinta años. ¿Quién se beneficia? ¿Será alguien más feliz por eso?
–¿Está usted a favor de la pena capital, quizá? Me sorprende que su primera esposa no le hiciera cambiar de opinión.
Si a Villiers le sorprendió el que Wexford conociera su anterior matrimonio, no dio muestras de ello.
–¿La pena capital? –preguntó–. No, no estoy a favor. No me importa demasiado. Ni tampoco me importa que haya gente en la cárcel excepto porque tengo que pagarlo con mis impuestos.
–Me parece, caballero, que a usted nada le importa demasiado.
–Así es. Los denominados asuntos corrientes no me interesan, ni tampoco la opinión general. No me gusta la gente y a la gente no le gusto yo. La mayoría no son más que un hatajo de imbéciles –dijo el misántropo con cierta amargura–. Y yo no soporto a los imbéciles. El progreso me molesta y el ruido también. –Luego agregó muy tranquilamente–. Quiero que me dejen en paz para vivir en el pasado.
–Entonces hablemos del pasado –dijo Wexford–. Del pasado más reciente. Del martes por la noche, por ejemplo.

Sentada frente a Burden en la sala de estar, Georgina dijo preocupada:
–Le hablé del martes por la noche la última vez que estuvo aquí. Sí tiene mala memoria debería haber tomado apuntes.
–Mi memoria no viene al caso, señora Villiers. Cuéntemelo otra vez. Dejaron la finca a las diez y media en el coche de su marido. ¿Quién conducía?
–Mi marido. Siempre conduce él cuando salimos juntos. Siempre es el hombre quien ha de conducir, ¿no cree? –Georgina hizo una mueca y añadió–: El hombre ha de ser el cónyuge dominante en un matrimonio si quiere que su esposa le respete. Nosotros –dijo en tono desafiante–, somos un matrimonio muy feliz.
–Muy bien –dijo Burden–. ¿A qué hora llegaron a casa?
–Ya se lo dije. Sobre las once menos veinte. Entramos y nos fuimos a dormir inmediatamente. Eso es todo.
–No; eso no es todo. Nadie llega a casa después de haber salido por la noche y se va inmediatamente a dormir. Uno de ustedes debió de aparcar el coche y uno de ustedes debió de cerrar la puerta.
–Por supuesto, si es eso lo que quiere saber. Mi marido dejó el coche en la entrada. El mío estaba en el garaje.
–¿Entraron los dos juntos en casa?
–Naturalmente.
–¿Uno al lado del otro? ¿Apretándose para entrar al mismo tiempo?
–No sea estúpido –respondió Georgina sin poder reprimir su mal humor–. Yo entré primero y mí marido entró un minuto después. Cerró el coche con llave porque tenía que dejarlo en la entrada toda la noche. Siempre lo hace.
–Muy prudente por su parte. Ya que evidentemente son ustedes tan cuidadosos, no debieron de dejar fuera las botellas para el lechero antes de ir a la finca. ¿Quién lo hizo cuando llegaron a casa? ¿Quién comprobó que las ventanas y la puerta trasera estuvieran bien cerradas?
Georgina dudó, mirándolo con ceño. Se llevó la mano al cuello y sus dedos comenzaron a jugar nerviosamente con las cuentas del collar.
–Eso siempre lo hace mi marido –respondió–. Yo me acosté antes.
–¿Cuánto tiempo tardó en acostarse, señora Villiers? ¿Diez minutos? ¿Un cuarto de hora? Seguramente no se metió en la cama sin antes asearse y desvestirse.
–Por supuesto que no. Encendí la luz del dormitorio, me desvestí, fui al baño y después me acosté. Luego vino mi marido. Siempre lee durante una media hora antes de acostarse.
–¿Duermen en una cama de matrimonio, señora Villiers?
–No, dormimos en camas separadas. Pero no tiene por qué sacar ninguna deducción de este hecho. Somos un matrimonio muy feliz.
–Sí, ya me lo ha dicho antes. Ahora, dígame, ¿a qué hora fueron a la finca?
–Llegamos sobre las ocho y media.
–Creo –dijo Burden conciliadoramente–, que van a menudo a jugar al bridge. ¿Cuánto tiempo suelen quedarse allí?
–A veces hasta la medianoche; en vacaciones.
–El martes por la noche todavía eran vacaciones, ¿verdad? ¿Por qué volvieron tan temprano?
–Mi marido –dijo Georgina, poniendo como siempre lo hacía un énfasis consciente en el posesivo–, tenía algunas investigaciones que hacer en la escuela y... –Se llevó la mano a la boca pero demasiado tarde para reprimir un pequeño chillido agudo–. Cuando llegamos a casa –dijo tartamudeando–, cambió de idea y... Oh, ¿por qué no nos dejan en paz? ¡Seríamos tan felices si nos dejaran en paz!
La mirada de Burden era dura y penetrante. La observó sin pestañear y ella se echó a llorar.

–Dejé el coche en la entrada –le dijo Villiers a Wexford–. No, no comprobé las ventanas ni la puerta trasera. Eso es cosa de mi mujer. Fui directamente al dormitorio y me acosté.
Burden entró.
–¿Puedo pasar?
–Adelante –dijo Wexford.
–¿Qué me dice de esa investigación que tenía que hacer en la escuela? –preguntó Burden–. La investigación tan importante que hizo que se marcharan de la finca a las diez y media.
Villiers encendió un cigarrillo.
–¿Nunca da excusas para librarse de unos anfitriones aburridos, señor Burden? –preguntó sin inmutarse–. ¿Nunca dice que está esperando una llamada o que tiene que ir a buscar a su hijo?
Burden frunció el entrecejo, furioso de que su hijo John hubiera aparecido en la conversación. Era humillante descubrir que Villiers, que ostentosamente lo desconocía como persona privada, hubiera reconocido en él durante todo este tiempo a un padre.
–Por lo tanto era una falsa excusa –dijo, iracundo–. Una mentira deliberada.
–En ocasiones miento –dijo Villiers fumando con una especie de delicadeza frívola–. Se me da bien mentir.
–Es extraño en un hombre que se declara indiferente a las opiniones de los demás –comentó Wexford, y de repente, encontrándose con la mirada arrogante de Villiers, recordó unos versos. Lo citó, no sólo porque venía al caso sino porque sentía la necesidad apremiante e insaciable de demostrarle a Villiers que no era un imbécil, que no era el policía rural analfabeto que el escritor pensaba que era: «Ora se encumbra, ora se humilla el hombre, con quien se siente condenado a respirar.»
El efecto fue asombroso, pero nada parecido a lo que esperaba Wexford. Villiers no se movió, pero su cara se volvió febrilmente pálida. Inmóvil como una estatua, parecía estar esperando «¡No! –pensó Wexford–. No más palabras, sino acción, algún movimiento decisivo.» Y entonces, tal vez porque nadie se movió sino porque los dos policías se quedaron perplejos, Villiers se echó a reír.
La risa hizo que Burden montara en cólera.
–¿Qué es lo que pretende, señor Villiers? –dijo casi gritando–. ¿Qué es lo que intenta demostrar? ¿Por qué cree que está por encima del resto de los mortales?
–O por debajo, señor Burden. –Villiers no había apartado su mirada del rostro de Wexford, y ahora tenía los ojos muy abiertos y opacos.
–«Ora se humilla...», recuerde usted la cita. Y con respecto a lo que yo pretendo, es muy sencillo. –Villiers se levantó y se giró de espaldas–. Quiero morir.

–Me pregunto –dijo Wexford pensativo mientras volvían al coche–, qué demonios le vino a la cabeza cuando cité aquellos versos.
–¿Cómo quiere que lo sepa? –dijo Burden. Hizo un esfuerzo y agregó–: Por cierto... ¿de quién eran? ¿De Wordsworth?
–No creo. La verdad es que no sé de quién eran. Estaban flotando en mi mente.
Burden movió la cabeza con indiferencia. Estaba acostumbrado a oír versos que flotaban en la mente de su superior. Pedantería aburrida, eso le parecía, y le molestaba en extremo.
–Pero me gustaría saberlo –agregó Wexford–. Sería interesante descubrirlo. Inglaterra es un nido de poetas.
–Tenemos cosas más importantes de qué ocuparnos –dijo Burden, impaciente–. Lo que viene ahora al caso es si podremos encontrar a algún testigo que corrobore que Villiers no volvió a salir de casa esa noche.
–O que ella no salió.
–Lástima que la zona esté tan despoblada.
–Sí. Tenemos que encontrar a alguien que haya pasado por allí con el coche. Puede esperar a mañana. Envía la bufanda al laboratorio y luego puedes ir a casa con tus pinturas: el trabajo manual suele ser bueno para el cerebro, Mike, y puede ocurrírsete algo mientras manejas el pincel.
Con una mueca de alivio, Burden puso el coche en marcha.
–Por cierto, ¿de cuál de los dos sospechas?
–Mike, pensarás que estoy sacando conclusiones precipitadas, pero estoy casi seguro de que fue ella. Es una mujer fuerte, sana, y joven, físicamente capaz de derribar a otra mujer con una linterna. Es ella, y no su marido, la beneficiaría de la herencia. Estaba en la finca cuando volvieron a dejar la linterna. Conocía los alrededores de la casa de los Nightingale y pudo percatarse de la hoguera en el transcurso de la tarde. Si se manchaba la ropa de sangre, el jersey, por ejemplo, sabía que podría librarse de ella arrojándola al fuego.
–Todo esto huele a premeditación –dijo Burden–. Indica que escogió deliberadamente una linterna como arma homicida.
–Piensa en ello. Intenta ver qué puedes deducir de todo esto. Yo recogeré a Lionel Marriott y le llevaré al Olive a tomar una copa.


12

El nuevo bar del Olive and Dove estaba casi desierto, ya que los dueños lo habían vaciado para la gente que venía a cenar, mientras que los bebedores serios estaban en el salón. Wexford se llevó a Marriott a un rincón discreto y le puso delante un whisky doble. El bar comunicaba con el comedor por una puerta de cristal, pero Wexford se aseguró de que los comensales quedaban fuera del alcance visual de Marriott. No quería que nada interrumpiera su conversación y que Marriott no tuviera la tentación de saludar a amigos o de enviarles estúpidas sonrisas a las hermosas mujeres.
–Me gustaría –dijo Wexford–, que me hablaras de tus vacaciones en la Costa Brava.
–¡Vacaciones! –dijo Marriott cerrando momentáneamente los ojos–. Te juro que habría preferido pasar quince días en un campo de trabajo. Ya es suficientemente duro ir con esos diablillos a Londres, de modo que imagínate dos semanas encerrado con ellos en un cuchitril tórrido. Se vuelven locos, sabes. Ninguna chica del lugar está a salvo. Si normalmente parecen aquejados de un estado avanzado de satiriasis, cuando les toca el sol es que... Nunca dejó de sorprenderme que pudieran burlar los controles aduaneros; no podrías creer la ingenuidad maquiavélica de algunos de ellos. Todos son expertos contrabandistas, capaces incluso de vender la leche de su madre.
–Bueno, bueno –dijo Wexford, riendo–. ¿Y qué me dices de Villiers?
–Sabe Dios de dónde sacó el tiempo para irse a ligar. Pensarías que no le quedaba ni un solo minuto libre, con eso de que era aduanero y enfermero y oficial de guardia a la vez. Así y todo, consiguió verse con Georgina.
–¿También estaba allí de vacaciones?
–Lo estaba en el mismo sentido que él –dijo Marriott al tiempo que saludaba entusiasmado a una morena que llevaba un vestido largo de raso. Con ojos melancólicos vio cómo aquella hermosura pasaba junto a su mesa desaparecía por la puerta del comedor–. Georgina había ido con su propia expedición de la escuela –dijo–, una pandilla de ninfómanas adolescentes, según he sabido. Denys y ella coincidieron en una de sus rondas nocturnas por los bares del lugar, y por lo visto acabaron tirados por los suelos.
–Seguro que no fue tan desastroso como lo cuentas, Lionel.
–Tal vez exagero un poco –dijo Marriott, desenfadado–. Denys no me contó nada sobre ella. Ni siquiera se molestó en mandarme una carta. No, lo primero que supe de él fue el día anterior a que volviese. Una tarde me encontré con Elizabeth y Quen. «Tenemos buenas noticias para ti. Denys ha conocido a una chica y se van a casar», dijo Quen. «No pierde el tiempo», le contesté yo, y luego, por supuesto, tuve que decir que me alegraba mucho, aunque pensaba que la pobrecilla debía de estar loca de remate. Déjame invitarte a una copa, Reg.
–Esta noche soy yo el que invita –dijo Wexford con firmeza. No podía dejar que Marriott fuera al bar pues corría el riesgo de que se pusiera a charlar con sus amigos. Pidió dos whiskys más y, mientras los esperaba, observó detenidamente a los camareros del comedor, preguntándose cuál de ellos sería el rival de Quentin Nightingale. ¿El tipo alto con el rostro lleno de acné? ¿El jovencito delgado con el cabello negro engomado?
–El caso es que se casaron –prosiguió Marriott–, en la casa de Georgina, en Dorset. Quen bajó para la boda, pero Elizabeth no pudo. Tenía jaqueca. Por supuesto, ni tan siquiera Denys era capaz de llevar a su segunda esposa al cuchitril en el que vivía, de manera que Elizabeth les pidió que se quedaran en la finca mientras buscaban casa.
»Los Nightingale dieron una cena en honor de los recién casados. Todo el mundo que fuera alguien estuvo allí. La vieja Priscilla y sir George, los Rogers de Pomfret, los Primero de Forby y, por supuesto, este humilde servidor. –Con aspecto de cualquier otra cosa menos de un hombre humilde, Marriott bajó la voz para convertirla en un susurro lleno de suspense–: Georgina ya estaba en la casa, pero fue la última en llegar. Ah, la muy astuta quería hacer una entrada espectacular. Ninguno de los presentes la conocía, por eso, como es natural, todos estábamos ansiosos por verla. Todas las mujeres iban elegantísimas. Elizabeth estaba maravillosa, vestida de terciopelo blanco. El terciopelo siempre favorece a las mujeres. Lo creas o no, yo mismo vi que incluso Denys la miraba con una especie de admiración envidiosa. Entonces, cuando ya no podíamos más de impaciencia, entró Georgina con un collar de perlas de Woolworth y un... en fin, se lo suele llamar un vestido de tubo, aunque aquel ya había pasado por el tubo unas cuantas veces, puedes creerme. ¡Tenías que haber visto las miradas de las mujeres! Georgina no tuvo ningún pudor. De hecho era ella quien llevaba la voz cantante en la mesa. Nos contó sus planes como ama de casa, nos confió que pretendía darle un verdadero hogar a Denys y que iban a tener seis hijos. ¡Era una mujer posesiva! Llegó incluso a recriminar a Elizabeth que no la hubiera puesto junto a su marido.
»En honor a la verdad, he de decir que Elizabeth se mostró muy atenta con ella, hasta le hizo cumplidos sobre su vestido e intentó que fuera el centro de atención. Se mostraba muy alegre y nada parecía incomodarle.
–¿Daba Georgina señales de sentirse envidiosa? –preguntó Wexford.
–¿De aquella mise en scene? Si denigrar todo lo que te rodea e intentar asumir una ascendencia en aquellos campos del pensamiento propios de la clase media es sólo una máscara para la envidia, sí, supongo que sentía envidia. Claro que después la he visto docenas de veces y de lo único que sabe hablar es de su maravilloso matrimonio con Denys y de que son el uno para el otro.
–¿Y de verdad lo son?
–Él es todo cuanto ella necesita –dijo Marriott–, aunque por el momento no hay ni un indicio de los dichosos seis hijos. Y por lo que a él se refiere, creo que está tan aburrido de su segundo matrimonio como lo estaba del primero, porque a Denys Villiers sólo le interesa una cosa: su trabajo. Una vez se hubieron instalado en el bungalow, él volvió a merodear la finca como había hecho en los viejos tiempos.
–Tú también debes de haber merodeado por allí, si lo has visto –comentó Wexford maliciosamente.
Durante un instante Marriott se sintió un tanto ridículo. Luego comentó amablemente:
–Sí me perdonas un momento, quisiera entrar en el comedor a charlar un poco con...
Wexford soltó una carcajada.
–Te perdono todo lo que queda de noche –concluyó.

–Me imagino –dijo el doctor Crocker a la mañana siguiente–, que piensas que ella llevaba este pañuelo de seda cuando sucedieron los hechos. Pues bien, no lo llevaba. Estaría lleno de sangre si de verdad la hubiera llevado.
–Tal vez lo llevara en la mano.
El doctor resopló con ironía.
–¿Y cuando ya estaba muerta lo cogió y limpió con él su cabeza...? Al parecer lo utilizaron para eso, para limpiar la sangre de alguna persona o de algún objeto.
Wexford plegó el informe y lo guardó en una carpeta.
–Has dicho que estuviste asistiendo a un parto el martes por la noche –dijo–. ¿Me imagino que no pasarías por Myfleet vía Clusterwell, ¿verdad?
–Pues sí, ¿por qué?
–¿Conoces el bungalow de Villiers?
–Por supuesto. Es paciente mío. Pasé por allí sobre las once.
–¿Te fijaste en la casa? –dijo Wexford con impaciencia–. ¿Estaban las luces encendidas, o los coches en la entrada?
–No me fijé –dijo el doctor Crocker–. Pensaba en mi paciente y en la posibilidad de que el niño naciese con los pies por delante. Si lo hubiera sabido...
–Eso es lo que dicen todos –dijo Wexford, irritado–. Aquí llega Mike.
Burden parecía cansado.
–Tres de nosotros hemos interrogado casa por casa en Myfleet –dijo–. Al parecer, nadie acostumbra a salir por la noche. Toda la zona queda en silencio hacia las nueve y los que no se acuestan van al bar. Nadie pasó por allí excepto Katje Doorn. He vuelto a hablar con ella y todo lo que ha hecho es sonreír y hablarme de una aburrida película sueca. Aunque me ha parecido que no quería hablar de lo que había visto desde el coche.
Wexford carraspeó algo irritado.
–¡Tonterías! –exclamó, consciente de la jactancia que reflejaba su voz e intentando después disimularla–. Te repito que esa chica no tiene nada que ver con el asesinato de la señora Nightingale.
–Tal vez no. Pero no deja de ser curioso, ¿no le parece? No tienen ningún problema para charlar sobre las actividades sospechosas de la señora Nightingale con su marido y con ese camarero, pero calla como un muerto cuando intento que me explique su regreso a casa en coche. Y otra cosa, el Mini de los Nightingale estaba fuera, al lado de las caballerizas, y el joven Lovell lo estaba limpiando, haciendo todo lo posible para borrar un arañazo del parachoques.
–No sé dónde nos lleva todo esto, Mike. No estamos buscando un coche dañado sino un testigo que haya visto algo cuando pasó cerca del bungalow de Villiers.
–Me gusta atar todos los cabos –dijo Burden–. De todas formas, lo he comprobado abajo y no hay informes de ningún accidente el martes por la noche.
–Entonces olvídalo, ¿de acuerdo? –dijo Wexford, malhumorado–. Dile a Martin que vaya a Clusterwell y que averigüe si hay alguien que saque cada noche a pasear al perro. Aunque podría ir yo mismo –añadió–. Observad un poco la zona; es imposible que no haya pasado nadie por allí.
Las casas de Clusterwell estaban esparcidas por una red de caminos que tenían una forma parecida a la de una araña. El sargento Martin se encargó del cuerpo de la araña, y Wexford de las patas. Recordando el laborioso trabajo rutinario de su juventud, llamó a todas las puertas. Pero los habitantes de Clusterwell tenían un perverso orgullo por su peculiar forma de entender la respetabilidad. Al igual que los habitantes de Myfleet, por la noche se quedaban en casa. Según ellos, la virtud consiste en echar el cerrojo a la puerta, correr las cortinas y reunirse junto al televisor a las nueve de la noche. Y a juzgar por la cantidad de perros mestizos que vio Wexford por las calles, los perros hacían ejercicio por su cuenta.
Un perro grande y negro, que vigilaba lo que parecía un campo de sembrados, le ladró cuando se acercó al seto. Decidió no acercarse más a la caravana –que en cualquier caso estaba claramente abandonada– que había entre un sembrado de habichuelas y un gallinero. En lugar de eso, volvió atrás para leer lo que había escrito en una tabla mugrienta fijada a un poste: «A. Tawney. Huevos frescos, pollos asados, verduras.»
–A Myfleet –dijo secamente al conductor.
La señora Cantrip estaba en su mecedora, absorta en la lectura del periódico, un poco aturdida por el hecho de que la hubiera encontrado holgazaneando. Katje, que había abierto la puerta, desapareció en dirección al estudio.
–¿Alf Tawney? Si no está por ahí vendiendo pollos y huevos probablemente lo encuentre en casa de la señora Lovell.
–¿Cómo se desplaza de un sitio a otro?
–Con su bicicleta. Se puso uno de esos cestos grandes en el manillar de la bicicleta.
Wexford asintió.
–¿Se queda en casa de la señora Lovell toda la noche?
No era difícil escandalizar a la señora Cantrip, que representaba esa escuela de pensamiento que asegura que la fornicación sólo puede tener lugar entre la medianoche y el alba.
–Oh, no, señor –dijo sofocada y mirando el suelo–. Siempre se va antes de las once. Supongo que incluso la señora Lovell tiene una cierta idea de lo que es o no correcto.

Los amantes estaban cenando. Una sartén de judías cocidas humeaba en el centro de una mesa sin mantel.
La señora Lovell volvió a sentarse.
–¿Quería para algo a su señoría? –preguntó al tiempo que cortaba unas rebanadas de pan y apoyaba sus gigantescos senos en las migajas.
–Mi visita no tiene nada que ver con Sean. –Wexford se dio claramente cuenta de que no le ofrecerían té, pero después de echar un vistazo a las tazas agrietadas y a la botella de leche vacía llegó a la conclusión de que no se perdía nada–. Pensaba que tal vez podría tener el placer de hablar con el señor Tawney.
–¿Con Alf? ¿Qué pasa con Alf?
Wexford observó al proveedor de huevos y verduras, imaginando cómo interrogar a un hombre que aparentemente nunca abría la boca. Los pequeños ojos negros en la cara atezada le devolvían la mirada sin expresión alguna.
–¿Pasa usted bastante tiempo aquí con sus amigos, verdad, señor Tawney? –preguntó finalmente el inspector.
La señora Lovell lanzó una risilla sofocada.
–Mi Sean no es amigo suyo –dijo–. Es a mí a quien viene a ver, ¿verdad, Alf?
–Hum... –dijo Tawney con tono lúgubre.
–Tampoco está mal –dijo Wexford–. Un hombre necesita un poco de compañía femenina después de una dura jornada de trabajo.
–Y un poco de comida caliente. Alf se estaba consumiendo hasta que conseguí que viniera por aquí. ¿Una pastita de crema, Alf?
–Hum.
–¿A qué hora suele dejar a la señora Lovell para irse a su casa? –preguntó Wexford.
–Alf tiene que levantarse temprano –dijo la señora Lovell con un aspecto más agitanado de lo habitual–. Siempre se va a las once menos cuarto. –Su suspiro hizo notar a Wexford que el hecho de que se marchase temprano había sido en el pasado una manzana de la discordia entre ambos. Con inteligencia sorprendente añadió–: Supongo que quiere saber si él vio algo durante la noche en que se produjo el asesinato en la finca, ¿verdad?
–Exactamente. Quiero saber si mientras volvía en su bicicleta a Clusterwell el señor Tawney se fijó en el bungalow del señor Villiers. ¿Sabe de qué bungalow le hablo?
–No sé si se fijó. Pero llamó a la puerta, ¿verdad, Alf?
–Hum –dijo Tawney. Wexford esperaba en ascuas alguna explicación.
–Cuéntaselo, Alf. Este señor te ha hecho una pregunta. –Tawney se estremeció como si, debido a un esfuerzo sin precedentes, reuniera las palabras en las profundidades de su estómago. La señora Lovell miró a Wexford y dijo–: Estaba bastante fuera de sus casillas en aquel momento, y demasiado hablador para ser él. Cuéntaselo, Alf.
Tawney comenzó a hablar.
–No hubo suerte –dijo–. No estaban y la casa estaba cerrada.
–Dejemos las cosas claras –dijo Wexford, pensando en todos los detalles dignos de consideración y pidiendo disculpas mentalmente a Burden–. El señor Tawney iba a casa en bicicleta cuando un coche pasó por su lado y casi le hizo caer. –La mueca de la señora Lovell le indicó que no iba desencaminado–. Y él apuntó la matrícula del coche con intención de denunciarlo a la policía para que pudieran llevar a juicio al conductor.
–No tomó la matrícula. –La señora Lovell introdujo la mano en una bolsa de papel para coger la última pasta de crema–. Ya sabía quién era. La chica extranjera que vive en la finca.
–¿El señor Tawney llamó a la puerta del bungalow porque quería utilizar el teléfono? –Parecía increíble imaginar a Tawney explicando lo sucedido, disculpándose, telefoneando y explicando una vez más lo sucedido.
–El lugar estaba oscuro –dijo la señora Lovell con el entusiasmo con que una gitana asusta a los niños con sus cuentos alrededor del fuego–. Alf llamó una y otra vez, pero no salió nadie, ¿no es cierto?
–No –dijo Tawney.
«No podrá decir que no tengo pruebas», pensó Wexford.
–¿Qué hora era? –preguntó.
–Alf se marchó de aquí a las diez y media. Había estado llamando un buen rato cuando el reloj del campanario de Clusterwell dio las once. Sigue, Alf. Díselo. Tú estabas allí.
Tawney se acabó el té de un trago, tal vez para lubricar las cuerdas vocales que tan raramente utilizaba.
–Llamé y no salió nadie. –Tosió horriblemente y Wexford apartó la mirada.
–No están ni él ni ella, me dije.
–Muy bien, Alf –La señora Lovell le dio ánimos.
–Debí haberlo sabido. Las puertas del garaje estaban abiertas.
–¡Y allí no había ninguno de los dos coches! Así que Alf se marchó, y la mañana siguiente... Bueno, te habías calmado, ¿verdad? Y pensaste: «¿Para qué molestarse si no tengo nada roto? No importa, ya le diré a esa putilla extranjera lo que pienso si me la encuentro en el pueblo.»
Pobre Katje. Wexford pensó que tal vez debería avisarle enviándole una nota por su nombre de pila, aunque este privilegio sólo se lo atorgaba porque le recordaba a un tío suyo. ¿Hablarle como un viejo tío holandés...? Wexford rió para sus adentros: mejor olvidarlo y quedarse tranquilamente atado al mástil mientras la sirena canta a los demás.

En septiembre incluso los jardines mejor cuidados suelen tener un aspecto bastante silvestre. Este era una especie de isla árida entre los campos, un lugar estéril sin personalidad en el que todas las ramas revoltosas y todos los tallos desordenados habían sido podados. La hierba era dorada y muy corta y no había nada que diera un ápice de sombra.
Denys y Georgina Villiers estaban sentados en un par de tumbonas, del tipo barato e incómodo con estructura de metal y un par de brazos de madera. Wexford los observó durante un momento antes de dejar que advirtiesen su presencia. El hombre que aseguraba que nunca leía los periódicos ahora estaba leyendo uno, ignorando, al parecer, la presencia de su mujer. Esta, sin ningún libro o costura para distraerse, lo miraba con la profunda atención con que una fanática del cine mira la pantalla.
Wexford carraspeó y Georgina se puso inmediatamente de pie. Villiers levantó la mirada y con el tono desagradablemente glacial que acostumbraba a utilizar, dijo:
–Contrólate. No seas tan boba.
Wexford caminó hasta donde se encontraba la pareja. Por encima del hombro de Villiers miró el periódico y vio lo que había estado leyendo: la crítica a media página de su última obra publicada.
–Señor Villiers –dijo secamente–, ¿por qué me dijo que el martes por la noche vinieron directamente a casa desde la finca y se acostaron? A las once esta casa estaba vacía y oscura ¿Por qué no me dijo que volvieron a salir?
–Lo olvidé –dijo Villiers con calma.
–¿Lo olvidó... cuando se lo pregunté con tanto hincapié?
–Pese a todo, lo olvidé. –La expresión desapasionada de Villiers no exteriorizaba miedo ni turbación. Poseía una fortaleza remarcable, un autocontrol de hierro; parecía sencillamente imperturbable: ¿por qué entonces tenía esa extraña sensación de que su vida se había arruinado sin remedio en el pasado y que su fuerza nunca había sido lo suficientemente grande?
–De acuerdo. Olvidó usted que había salido. Muy bien. ¿Ha olvidado también adonde fue?
–Fui adonde ya había dicho que iría –respondió Villiers–, a la biblioteca de la escuela a consultar un libro.
–¿Qué libro?
Con un desdén insolente, Villiers dijo:
–¿Significará algo para usted si se lo digo...? –Se encogió de hombros–. En fin, quería encontrar la relación exacta entre George Gordon Wordsworth y William Wordsworth.
Sintiéndose humillado, Wexford pensó que, de hecho, esto tampoco significaba nada. Se giró hacia Georgina, que estaba acurrucada en su tumbona, con la piel de los brazos erizada y diminutas gotas de sudor en el labio superior. En esta ocasión no llevaba ninguna de sus joyas. ¿Tal vez había dejado de gustarle la bisutería barata y llamativa ahora que podría adornarse con gemas de verdad? ¿O había conseguido descubrir las desdeñosas palabras en que se expresaba el legado de su cuñada?
–¿Acompañó a su marido a la escuela, señora Villiers? –Wexford notó que la cabeza de la mujer se estremecía ligeramente–. De haberlo hecho, probablemente no habrían ido en dos coches separados. Pero usted salió. ¿Adónde fue?
Su voz brotó como un cuchillo estridente.
–Fui... fui a dar una vuelta con el coche por el campo.
–¿Puedo preguntarle por qué?
Villiers respondió por ella.
–Mi mujer –dijo pausadamente–, estaba enfadada conmigo porque yo me iba. Y hizo lo que hace muchas veces en tales ocasiones: cogió el coche y fue a dar una vuelta. –Dejó entrever una sonrisa mordaz–. Para calmarse –concluyó.
–Ninguna de estas explicaciones me convence –dijo Wexford lentamente. Echó a continuación una ojeada al jardín pelado–. La verdad, creo que podríamos hablar más sinceramente en la comisaría.
Georgina lanzó un grito y se echó en brazos de su marido. Wexford esperaba que él la rechazara, pero en lugar de eso la abrazó con una ternura digna de un amante. Los dos estaban de pie, y él acariciaba sus ásperos cabellos.
–Como usted quiera –dijo con indiferencia.
–No, no, no –balbuceó ella en su hombro–. Tienes que decírselo. ¡Díselo!
Wexford estaba seguro de que Villiers se disponía a mentir de nuevo.
–Lo que mi mujer quiere decirle –comenzó Villiers–, es que ha sido usted sumamente estúpido.
–Acarició a Georgina como quien acaricia a un perro y la apartó de su lado–. Déjeme que le dé un buen consejo, inspector jefe. La próxima vez que sospeche que alguien ha cometido un asesinato para enriquecerse, será mejor que compruebe antes el valor de las supuestas riquezas. Sé mentir muy bien –dijo cortésmente–, pero en esta ocasión no miento. Todas las joyas de mi hermana son imitaciones. Me sorprendería que se pudiese obtener más de cincuenta libras por ellas. Sería mejor que buscara usted en otra parte, señor Wexford. Sabe usted tan bien como yo que las acusaciones contra mi esposa sólo se sostenían en un supuesto móvil, y ahora, ¿dónde está ese móvil?
«Se ha esfumado», pensó Wexford mientras veía ponerse el sol tras los campos invadidos de niebla. De repente, se convenció que esta vez Villiers realmente no mentía.


13

No se veía a Katje en la casa y fue el propio Quentin Nightingale quien le abrió a Wexford la puerta de la finca. Pero el inspector sintió en el austero estudio la reciente presencia de Katje. Sintió que había estado allí de pie, con Quentin, abrazándolo, besándolo, y que se había ido al oír el timbre.
Quentin tenía un aire abstraído, el aspecto de un amante que sueña con el pasado, impaciente por el futuro más cercano. Las noticias de Wexford le hicieron volver bruscamente a una realidad poco grata.
–Todas las joyas que tenía Elizabeth se las compré yo –dijo–. Todavía conservo la mayor parte de las facturas, por si quiere usted verlas.
–Más tarde. Antes me gustaría volver a ver las piedras.
Quentin apartó los cuadros y abrió la caja fuerte. Luego sacó las joyas de sus estuches a puñados, dejándolas resbalar entre sus dedos, como un niño que en su primera visita al mar juega con las conchas y las piedras, y cuyo placer se mezcla con el asombro por lo desconocido.
Sacó de la funda la alianza de su difunta esposa y la acercó a la ventana, pero la oscuridad del crepúsculo le hizo retroceder, y encendió la lámpara de la mesilla.
–Mis gafas –dijo–. Junto a su codo. ¿Le importaría dármelas?
Wexford se las entregó.
–¡Pura imitación! –Se adivinaba un ligero temblor en la voz de Quentin–. Éste no es el anillo que le regalé a Elizabeth en nuestra boda.
–¿Cómo lo sabe?
–No soy muy entendido en piedras preciosas. Tendría que encontrar a un experto para que nos confirmara sobre el resto. ¿Hay alguno de ellos por aquí o tendría que llevarlo a Londres?
–Podemos encontrar a alguno aquí. No me ha dicho cómo sabe que este anillo es falso.
Quentin confesó con amargura:
–Cuando se lo regalé tenía algunas palabras grabadas en el interior. –Al tiempo que apartaba el anillo, Wexford supo con certeza que nunca le diría cuáles eran aquellas palabras.
–En el interior de éste no hay nada escrito.
–No.
Quentin se sentó. Con un gesto rápido, casi reflejo, apartó las piedras de delante de él, tirando involuntariamente al suelo un collar de brillantes –¿brillantes o estrás?–. Parecía una serpiente centelleante a los pies de Wexford.
–Me imagino –dijo Quentin–, que todos son copias. Copias perfectas por cierto, ¿no? Todos menos uno. Imitaciones exquisitas de los auténticos. Excepto uno. Copió la piedra y el platino pero no se molestó en copiar las palabras porque no debían de significar nada para ella. Qué profunda indiferencia sentía hacia mí...

¿Fue esta indiferencia, puesta de manifiesto de manera tan definitiva, lo que hizo decidir a Quentin? ¿Fue este descubrimiento el que lo llevó a dar en su vida aquel paso nuevo y, acaso, imprudente? Mucho después, cuando el caso ya estaba resuelto, Wexford se repetía con frecuencia estas preguntas. Pero a la mañana siguiente, cuando volvía a la finca después de haber pasado por la joyería, no había pensado en ello y la noticia le llegó por sorpresa.
Katje lo acompañó a la sala de dibujo y ya estaba desenvolviendo el papel marrón de las cajas del joyero mientras la seguía y cuando vio que Quentin no se encontraba solo. Denys Villiers estaba con él, junto a la puertaventana, asiendo las manos del esposo de su difunta hermana. Wexford escuchó el final de lo que parecía un largo discurso.
–...De todos modos, te felicito, Quen. Me alegro mucho por ti. –Villiers vio entonces a Wexford, soltó las manos de su cuñado y su expresión se tornó arrogante.
–¿Puedo saber cuáles son los motivos de felicidad, caballero?
Villiers se encogió de hombros y se giró de espaldas, pero Quentin, sonrojándose, le hizo una señal a Katje y la chica corrió a su lado.
–Tal vez yo sea indiscreto con usted, inspector. Puede sacar demasiadas conclusiones del hecho –dijo Quentin. Villiers emitió un soplido burlón–. Me gustaría que lo mantuviera en secreto. Katje y yo vamos a casarnos.
Wexford dejó a un lado el paquete.
–¿De verdad? –preguntó. Ahí de pie parecían padre e hija. Había incluso un cierto parecido entre ellos, el parecido familiar que aparentan las personas que pertenecen al clásico prototipo europeo del norte–. Permítame entonces que yo también lo felicite –dijo, y volvió a pedir disculpas en silencio a Burden, cuyas ideas, después de todo, tal vez no fueran tan anticuadas como parecían.
–Naturalmente, esperaremos seis meses. Aunque un año sería más...
–Pero yo no pienso esperar un año, Kventin. Medio año estar bien. No es justo que me hagas esperar un año para comprarme un piso en Londres y un coche deportivo nuevo y me lleves a dar la vuelta al mundo en nuestra luna de miel.
Así pues, Katje no era más que una buscadora de oro, pensó Wexford con tristeza. Se había equivocado. Al parecer, últimamente no hacía más que meter la pata.
–Ahora quisiera hablar con usted a solas, señor –dijo.
–Sí, por supuesto.
Villiers abrió la puertaventana sin delicadeza y salió de la habitación. Con una sonrisa deslumbrante, Katje lo siguió y se paró en el césped para mirar con inequívoca concupiscencia todo lo que la rodeaba.
–Se irá a casa de sus padres hasta la boda –dijo Quentin, y añadió rápidamente–: Quiero que todo se haga de la manera correcta. Quiero... ¿qué es lo que dice Antony? «Que el informe de mi vida sea intachable. No he sido honrado...»
–«Pero en el futuro quiero que todo se haga correctamente» –acabó Wexford. –«Quizá –pensó–, quién sabe.» Pero ¿cuál era «el futuro» para ella? Un futuro tan largo, con tanto dinero y tanto tiempo libre para disfrutar de todo tipo de tentaciones... Ella era la última para él, y él tal vez sólo uno de los primeros para ella. ¿Irían a cenar al Olive de vez en cuando y les serviría el camarero que antes había retozado con la señora de la finca entre los matorrales del bosque de Cheriton? Pobre «Kventin», pensó Wexford, imitando el acento de Katje. Ya no podía ser la envidia de nadie. Era un bonito juego el que jugaba, un juego que había llegado a parecer tentador para Wexford. Pero ya no lo era, no en esos términos, puesto que a tan exorbitante precio ya no valía la pena. Por fin, con tono lacónico, el inspector añadió–: Las joyas, son todas imitaciones. Las llevé a un viejo joyero de Queen Street. Me ha ayudado en otras ocasiones y es absolutamente fiable. Si dice que son imitaciones, puede estar seguro de que lo son. Ella debió de vender lo que usted le había comprado e hizo que le hicieran copias exactas.
–Pero ¿por qué razón, inspector? Le daba todo el dinero que pudiera necesitar. Si quería más sólo tenía que pedírmelo. Ella sabía que no se lo negaría.
–¿Le habría dado treinta mil libras?
–No soy millonario, señor Wexford. –Quentin suspiró y se mordió el labio superior–. Las joyas eran suyas y podía hacer con ellas lo que se le antojara. Eligió venderlas. Quizá no importe el motivo. –Sus ojos suplicantes toparon con la mirada de Wexford–. Me gustaría olvidar todo este asunto.
–Eso no es tan sencillo –dijo Wexford. Se sentó, indicándole imperiosamente con la mano a su anfitrión que hiciera lo mismo–. Su esposa vendió las joyas porque necesitaba dinero. Ahora me toca a mí preguntar por qué ¿Por qué necesitaba dinero, señor Nightingale, y qué hizo con él? Sabemos que se lo gastó. Su cuenta corriente estaba en números rojos. ¿Dónde fue a parar el dinero?
Quentin se encogió de hombros con tristeza.
–Era muy generosa. Tal vez lo dio para obras de caridad.
–¿Treinta mil libras? ¿Y por qué tendría que ocultárselo? No, señor Nightingale, creo que su mujer era objeto de chantaje.
Quentin se inclinó hacia adelante, perplejo.
–¡Eso es imposible! Sólo se puede hacer chantaje a alguien que haya hecho algo contra la ley. Mi mujer era... –Quentin agitó la mano, aturdido, abarcando la habitación. Wexford comprendió que estaba intentando encontrar las palabras para explicar que la mujer que había reinado en esa casa había estado completamente protegida por su posición y su riqueza contra la miseria de cualquier tentación criminal. «No formamos parte de ese mundo sórdido –decían sus ojos–. ¿Todavía no se ha dado cuenta de que estamos sólo un poco por debajo de los ángeles?»
–No tenía por qué ser algo ilegal –dijo Wexford–. Simplemente podía tratarse de algo... amoral.
Desconcertado, Quentin pareció considerar esa posibilidad. Entonces, como si por fin lo hubiese comprendido, preguntó:
–¿Quiere decir que tal vez me fue infiel y que alguien la descubrió?
–Más o menos...
–No, señor Wexford, creo que va desencaminado. Yo tampoco era de ese tipo de maridos. Cualquier cosa que hubiera hecho, se lo habría perdonado, y ella lo sabía. Habíamos hablado sobre este tema poco después de casarnos, como hacen las parejas jóvenes. Elizabeth me pidió mi punto de vista. Era una pregunta académica, entiéndame, para poder conocerme mejor. Estábamos... estábamos muy enamorados por aquel entonces.
–¿Y cuál fue su respuesta?
–Que si alguna vez me decía que había tenido... que había habido algún otro hombre, no la culparía, no me divorciaría de ella. No siempre que me lo dijera y confiara en mí. Le dije que creía que el perdón era una parte del amor, y que en tales circunstancias, si ella era infeliz, me necesitaría más que nunca. Y que esperaba que ella hiciera lo mismo por mí si se daba el caso. Yo no me habría divorciado de ella. Era mi esposa, y aun cuando estuviéramos tan alejados el uno del otro, yo seguía pensando que el matrimonio era para siempre.
Un hombre encantador, pensó Wexford, dejando de lado por un momento su cinismo habitual, una persona amable y altamente civilizada. Pero volvió el cinismo. ¿Un marido ideal o un hombre destinado a que las mujeres le pusieran los cuernos? Era, reflexionó, una gran cosa que Quentin Nightingale hubiera formado en su primer matrimonio principios tan admirables que seguramente podría poner en práctica en su segundo matrimonio.
–Hay algunas cosas –dijo–, que no pueden perdonarse. –De inmediato le vinieron a la cabeza varios ejemplos de su larga experiencia con malhechores: la mujer que había aceptado a su marido después de que lo hubieran encarcelado doce veces por robo, pero que había renunciado a volver a verlo cuando lo condenaron por exhibicionista; o el hombre que había soportado la infidelidad de su esposa durante veinte años, pero cuando la habían arrestado por sisar en una tienda la había repudiado–. Es usted un hombre inteligente y de mente abierta –dijo finalmente–, pero también muy convencional. Me pregunto si se conoce realmente a sí mismo. Usted sabe lo que le gusta, pero ¿sabe qué le disgustaría?
–Nada que pudiera haber hecho Elizabeth –contestó obstinadamente Quentin.
–Tal vez no, pero ella creía que le habría disgustado, y lo creía tan firmemente que llegó a pagar treinta mil libras para que usted no lo supiera.
–Si está tan seguro de ello... –dijo Quentin, dubitativo–. ¿A quién podría conocer que fuera capaz de extorsionarla económicamente?
–Esperaba que usted pudiera decírmelo. ¿Algún criado?
–¿La señora Cantrip, que nos consagró dieciséis años de su vida? ¿El viejo Will, que es el respeto personificado? ¿Sean, que adoraba cada palmo de terreno que ella pisaba? Ya ve cuan absurda es su teoría. ¿Y por qué tenía que ser un criado, de todas formas?
–Es más improbable que fuera uno de sus amigos, ¿no le parece? Un criado que viviera en esta casa podría haber accedido a documentos privados, podría haber sido testigo presencial, podría haber descubierto fotografías.
–¿Alguna evidencia de infidelidad? Le repito que ella sabía que yo lo habría comprendido. La habría perdonado, por mucho que me doliera.
Wexford lo miró fijamente, sin poder apenas contener su impaciencia. Aquel pobre hombre no sabía lo que era la vida. Hablaba de la infidelidad como si siempre fuera una preferencia temporal por alguna otra persona, algo parecido a una tentación, de amor y de culpa posterior. Era inocente. Pero Wexford no lo era. Había visto las cartas que incluso los amantes más refinados y cultos se escriben unos a otros, las fotografías para las que las mujeres más elegantes y refinadas se deleitan en posar. Treinta mil libras podría no ser una cifra demasiado elevada para evitar que cayeran en manos de su marido.
–Me dijo usted que tuvieron algunas au pairs.
Muchachas normales y corrientes –dijo Quentin–. Bastante sencillas y muy contentas de estar aquí. Adoraban a Elizabeth.
¿Igual que Katje?
–Antes de que vinieran las chicas –dijo Wexford–, tuvieron a un matrimonio. ¿Cómo me dijo que se llamaban?
–Los Twohey –respondió Quentin Nightingale.

El pequeño chalet estaba siendo fregado de arriba abajo. Cuando llegó Wexford, la señora Cantrip abandonó la limpieza que tenía que hacerse forzosamente el sábado, y se sentó con el gato en el regazo. La habitación desprendía un fuerte olor a abrillantador y bolas de naftalina.
–¿Twohey, dice? La señora Nightingale lo obligó a marcharse por insolente. Nunca, desde el principio, se mostró adecuadamente respetuoso, y jamás tuvo un trabajo honrado, por lo que pude ver. Siempre merodeaba por donde no tenía que estar, husmeando y escuchando, si entiende lo que le quiero decir.
–¿Y fue por eso que los echó?
El gato bajó al suelo y empezó a afilar sus uñas con la pata de una mesa.
–No hagas eso, Ginger –dijo la señora Cantrip–. Bueno, las cosas llegaron a un final, señor, y eso es un hecho. Un par de semanas antes de que los echaran se volvió tan irrespetuoso con la señora que era insoportable, y la señora siempre tan amable y sin defenderse nunca... –Cogió el gato del suelo y lo sacó por la ventana para dejarlo entre las zinnias y las dalias–. Lo pilló sirviéndose del whisky del señor Nightingale, y cuando le recriminó por ello, él dijo: «Hay mucho más en el lugar de donde proviene esta botella.» Si hubiera oído su tono de voz...
–¿Y su esposa?
–No era tan mala. Él la dominaba, si quiere que le diga la verdad. Me cogió bastante cariño. Me envió una postal por Navidad hace dos años.
–Conoce entonces su dirección, ¿no es así? –preguntó Wexford con insistencia.
–Nunca respondí a la carta –dijo la señora Cantrip, levemente indignada–. No eran la clase de personas con las que me gusta relacionarme. Observé que la postal tenía un matasellos de Newcastle.
–¿Continuaban sirviendo?
–Eso no lo sé, señor. Twohey andaba siempre fanfarroneando y jactándose, y decía que estaba harto de la vida. Decía que se iba a embarcar en un negocio de maquinaria, pero la señora Twohey me dijo, sin que él la oyera, que sólo eran castillos en el aire. ¿De dónde iban a sacar el capital? No tenían ni un miserable penique, eso seguro.
Después de encargarle al sargento Martin que empezara a buscar a Twohey, Wexford bajó con el coche hasta Tabard Road y aparcó frente a un chalet cuya puerta de entrada de color rosa hacía juego con los geranios del jardín. Dos niños estaban sentados sobre una tela impermeable en el césped, pero uno en cada extremo, como si hubiera dejado entre ellos el máximo espacio que les permitía la orden de su madre de no sentarse en la hierba. El niño estaba limpiando unos pinceles, y la niña sacaba gusanos de una jarra y los ponía en cajas de cerillas.
Wexford los saludó alegremente, y luego se acercó tranquilamente a su padre, que estaba pintado las puertas del garaje. Cuando advirtió que Burden no parecía precisamente encantado de verlo, no pudo evitar sonreír para sí.
–Sigue pintando –dijo Wexford–. Me gusta ver trabajar a la gente. No hace falta que lo dejes. Sólo quiero que me escuches mientras pintas. –Y le habló del tema de las joyas y de lo de Twohey.
Detrás de Wexford, los niños, que desde que había llegado habían permanecido callados, empezaron a pelearse.
–Me preguntaba si lo que descubrió el tal Twohey fue el secreto del profundo desprecio entre Villiers y la señora Nightingale. No hay duda de que Nightingale está unido a Villiers por gran amistad, y si descubría que su esposa había cometido algún daño horrible a su hermano...
–Pero ¿qué daño horrible, señor? –Burden metió el pincel en la pintura, restregando el fondo de la lata–. Mire a mis dos chicos– dijo amargamente–. Parece que realmente se odien el uno al otro, y no hay ningún motivo aparente para ello, por lo que yo he podido ver. Han sido como el perro y el gato desde que John era chico y Pat aún iba en cochecito.
–Será distinto cuando crezcan.
–¿Seguro? ¿Por qué no puede ser un caso similar al de Villiers y la señora Nightingale? Según parece se dan casos de hermanos y hermanas que son totalmente incompatibles.
–Estuvieron separados –dijo Wexford–. Nunca tuvieron la oportunidad de adaptarse el uno al otro durante su adolescencia y primera juventud. Si separaras a tus hijos, se volverían como Villiers y Elizabeth, porque tal vez en el interior de uno de los dos morase algún viejo agravio latente. Tus dos hijos crecerán más tolerantes por el contacto diario.
–No lo sé –dijo Burden–. A veces he pensado en mandar a uno de los dos a un internado.
–Pues ya puedes ver que la separación no funciona, Mike. –Wexford se sentó en la baja escalera de tijera–. Me pregunto si es posible que la matase el propio Twohey. Si fue él quien se encontró con la señora Nightingale en el bosque y la mató cuando ella le dijo que su fuente de ingresos se había agotado.
–En ese caso –dijo Burden–, ¿cómo consiguió hacerse con la linterna? Era la última persona que podía tener acceso a la habitación del jardín de la finca.
–Cierto. Ahora, veamos... Nuestra acusación contra Georgina cae por su propio peso puesto que sabemos que ella no tenía un móvil. Villiers sigue siendo una posibilidad. Podría haberla matado porque, cuando a ella se le acabó el dinero le dijo que iría a Nightingale con el cuento de ese maldito secreto, cualquiera que fuese. Sean podría haberla matado porque la vio con otro hombre.
–No, señor. Sabemos que fue premeditado. El asesino llevaba consigo la linterna. –Burden dejó el pincel sobre un trapo y puso cabeza abajo la lata ya vacía–. ¡John! –gritó–. ¡John! –gritó aún con más fuerza para que se oyera su voz por encima de la pelea de los niños–. Ve al cobertizo y tráeme otra lata de pintura color rosa.
–No puedo. Está muy oscuro y se ha fundido la bombilla.
–Pues coge la linterna. Venga, haz lo que te digo y deja de molestar a tu hermana.
–¡Que alimente las sabandijas del jardín! –dijo John mordazmente. A continuación se levantó suspirando, entró en el garaje y cogió una linterna que había en un estante.
Wexford lo observó, y dijo lentamente:
–Claro. ¿Cómo no se me ocurrió antes? Desde que somos pequeños sabemos que cuando vas a un sitio que está oscuro llevas una linterna contigo. Pero llevas tu propia linterna, ¿verdad? Todo el mundo tiene una linterna. John sabía dónde estaba su linterna y la ha cogido con toda naturalidad. Hemos sido un par de imbéciles, Mike. Sospechábamos de alguien que hubiera entrado en la finca y hubiera cogido la linterna de los Nightingale. Pero ¿por qué tenía que hacerlo? ¿Qué sentido puede tener procurarse un arma que sea propiedad de la mujer a quien se pretende asesinar? ¿Por qué no llevar un arma propia?
–Pero el asesino no llevó su propia arma –objetó Burden. Se golpeó la frente con la palma de la mano, dejando un amplio rastro de pintura rosa–. ¡No! ¡Qué estúpido soy! ¿Quiere decir que, si excluimos al propio Nightingale, la única persona que podía haber llevado esa linterna al bosque era la propia Elizabeth?
–Eso es justamente lo que quiere decir. ¿Y sabes qué más quiere decir? Nadie elegiría una linterna como arma homicida a menos que no tuviera nada más a mano. Por lo tanto, nadie planeó el asesinato. El asesino no actuó con premeditación. Él, o ella, fue dominado por un arrebato y golpeó a Elizabeth Nightingale con la linterna que ella misma llevaba.
Burden afirmó con la cabeza.
–Ella la llevaba –dijo–, pero alguien la devolvió a su sitio.
Además, se preguntó Wexford, ¿cómo sabía Villiers que las joyas eran falsas?


14

Wexford acompañó a su esposa a la iglesia y la dejó en la puerta. Aunque él no sentía nada por la religión, acudía a veces a la misa matinal para complacerla. Ese día la comisaría lo reclamaba tan perentoriamente como las campanas de la iglesia reclamaban a su esposa, pero más silenciosamente.
Burden ya estaba allí, hablando por teléfono, poniendo en marcha la búsqueda de Twohey.
–Nacido en Dublín hace unos cincuenta años –pudo escuchar Wexford–. Moreno, apariencia de irlandés, un quiste en la esquina izquierda de la boca a menos que se lo haya hecho quitar. Tiene antecedentes por apropiación ilícita mientras ejercía de gerente de un hotel en Manchester en 1954. Exacto, podría ser en Newcastle o en Newcastle-under-Lyme. Manténme informado. –Colgó y después sonrió forzadamente a su superior.
–Veo que has estado haciendo tus deberes –dijo Wexford cuando Burden le entregó una fotografía del hombre que había descrito–. Creía que te había dicho que te tomaras la tarde libre y acabaras de pintar la puerta del garaje.
–Ya terminé. De todas formas, no hice mis deberes ayer, sino que me he levantado temprano esta mañana. He estado hablando con la señora Cantrip.
–¿Tenía alguna idea sobre cómo le pagaban el dinero a Twohey?
Burden cerró la ventana. No soportaba el sonido de las campanas.
–No sabía nada sobre el tema. No creo que se lo haya acabado de creer. ¡Su señora Nightingale víctima de chantaje!
–Nunca había oído nada semejante –dijo Wexford burlonamente, ¿verdad?
–Algo así es lo que ha dicho. Está segura de que Twohey no ronda por aquí porque su mujer la habría ido a saludar.
Wexford se encogió de hombros; no le quedaba más remedio que sentarse en una de las sillas del despacho, pues la suya giratoria estaba ocupada por Borden.
–¿Por qué habría de merodear por aquí? –preguntó.
–Porque tal vez era él quien se reunía con la señora Nightingale en el bosque –respondió Burden.
–Es a los chantajistas a quien se mata, no a sus víctimas.
–Suponga que le dijo que no tenía más dinero. Podría haberla matado en un ataque de ira. Sabemos que no fue premeditado, ¿verdad? Gracias a Dios que han parado de tocar las campanas. –Volvió a abrir la ventana, corriendo la cortina de forma que el sol daba directamente a los ojos de Wexford. Éste, visiblemente enojado, cambió de posición en su silla–. De manera que Sean Lovell podría haberlos vistos juntos y a partir de ello deducir que era otro el motivo de su cita y...
–Veo que vuelves a pensar en la posibilidad del joven Lovell.
–He cambiado de idea respecto de él desde que me dijo que una vez, siendo un chiquillo, amenazó a su madre con un cuchillo cuando la sorprendió con uno de sus amantes. Además, está el tema del dinero que le dejó. Apostaría a que ella le dijo que le dejaba todo su dinero pero no le dijo cuánto. Él debió de pensar que se trataba de una suma muchísimo mayor de lo que era.
–¡Vamos, anda, Mike! O la mató por celos o por dinero. Las dos cosas juntas no cuadran. –Wexford se levantó–. Bueno, voy al Olive a tomar una copa con Lionel Marriott.
Burden volvió a descolgar el teléfono.
–Lamento no poder acompañarlo –dijo fríamente–, pero estoy ocupado.
–Tampoco te lo he pedido –replicó bruscamente Wexford. Luego soltó una risita–. Bendito aquél que no se sienta en la silla del desdeñoso.
–Bueno... ésa es su silla, jefe –dijo Burden en voz baja.

Era curiosa la forma en que Burden se había hecho cargo de todo esos últimos días, pensaba Wexford mientras paseaba por el puente de Kingsbrook, esperando a que abrieran el Olive and Dove y llegara Marriott. Cuando recordó las investigaciones de la semana anterior le pareció que Burden había hecho la mayor parte del trabajo mientras él perdía el tiempo escuchando las historias de Marriott. Tal vez exageraba, pero lo cierto era que Burden estaba demostrando la exactitud de sus teorías. Acerca de la falta de premeditación, por ejemplo, o de que Katje quería casarse con Nightingale o de que Georgina Villiers era simplemente una mujer hermosa y ordinaria. Pronto, sin duda, tendría una teoría acerca del secreto y otra acerca de la coartada inexistente de Sean. Cogió una piedrecita de la baranda del puente y la arrojó al agua. «Los jóvenes ven visiones –pensó–, y los viejos sueñan sueños...»
–Un penique por tus pensamientos –dijo Marriott dándole un golpecito en el hombro.
–Pensaba en que me estoy volviendo viejo, Lionel.
–¡Pero si tienes la misma edad que yo!
–Soy un poco más joven, me parece –dijo Wexford amablemente–. Lo que pasa es que se me ha ocurrido que este caso está lleno de gente que es demasiado vieja para otra gente. Me recuerda que soy más viejo que la mayoría de ellos. –Miró el cielo sereno de Sussex, brillante y despejado–. Un hombre viejo en un mes seco –dijo–. Un hombre viejo frente a un caso seco...
–En el Olive dejarás de estar seco –dijo Marriott–. Venga, abuelete, vamos a tomar una copa.
En los días soleados los clientes del Olive podían tomarse las copas en las mesas del jardín. Era un jardín pequeño y polvoriento, pero Wexford y Marriott, como la mayoría de los ingleses, consideraban prácticamente una obligación el sentarse fuera cuando lucía el sol, dado que el buen tiempo llega muy de tarde en tarde y apenas si dura.
–Ya te lo he contado todo, Reg –dijo Marriott–. No hay nada más.
–¿Estás seguro?
–Me temo que sí, a menos que quieras que lo adorne con mis propias ideas.
Wexford sacó una hoja de su vaso, miró con enfado al árbol del que había caído y dijo súbitamente:
–¿Crees que es posible que Villiers sea homosexual?
–¡Cómo se te ocurre! Yo nunca diría algo así, querido.
–Pero bien que afirmas que no tuvo amistad con ninguna mujer entre sus dos matrimonios.
–Tampoco tuvo amistad con ningún hombre.
–¿No? ¿Y qué me dices de Quentin Nightingale?
–Quentin seguro que no lo es. Tengo la ligera sospecha de que va detrás de esa chica holandesa. Se ha pasado de la raya con ella, si quieres que te lo diga. Los sentimientos de Denys por sus esposas siempre han sido poco entusiastas, pero Quen estaba enamorado de Elizabeth cuando la conoció y ahora vuelve a estar enamorado.
Wexford no quiso traicionar el secreto de Nightingale siquiera con un simple gesto.
–Me preguntaba –dijo–, si Elizabeth sabía que su hermano era homosexual y lo odiaba por ello, pero estaba decidida a pagar para que no se hiciera público.
–No veo por qué podrían matarla por eso.
Mientras se acababa su bebida, Wexford decidió no decirle una palabra a Marriott acerca del chantaje al que supuestamente había estado sometida Elizabeth Nightingale.
–No; es más probable que la vieran en el bosque con un hombre y que la persona que la vio la matara. –Y añadió pensativo: Mi pequeño pájaro cantor, el único verdadero ruiseñor[2] de Myfleet.
Con voz amable y apremiante, Marriott dijo:
–Tal vez fue el hijo natural de Quen. Will Palmer siempre va diciendo que nunca ha tenido un padre. ¿Qué me dices de esto?
–¿Qué has leído últimamente? –se burló Wexford–. ¿A la señora Henry Wood? ¿Las Bodas de Fígaro?
Disculpa. Era sólo una idea.
–Y bastante peregrina, por cierto. Tal vez seas un buen profesor de inglés, Lionel, pero como detective eres penoso... Peor incluso que yo –añadió Wexford, arrepentido. Después se levantó y pensó qué podía haber descubierto Burden durante su ausencia.
Marriott permaneció sentado un rato, pero alcanzó a Wexford mientras cruzaba el puente.
–He recordado una cosa –dijo sin aliento–. Elizabeth solía mandar muchos paquetes por correo. Paquetes pequeños envueltos en papel marrón. Muchas veces, cuando iba por su casa durante el día, veía algún paquete en la mesa del recibidor, pero siempre había alguna carta encima. ¿Tiene alguna utilidad para ti?
–No lo sé, pero gracias de todas formas.
–De nada, amigo –dijo Marriott. Se volvió, pero antes de marcharse giró la cabeza por encima del hombro y añadió en un tono bastante triste–: No me dejes colgado, Reg, ahora que ya me has exprimido toda la información.
–Incluso un maldito poli necesita amigos –dijo Wexford. Luego volvió por High Street hasta la comisaría de policía.
Burden estaba sentado en la mesa de palisandro, devorando un bocadillo.
–Limpia eso –dijo Wexford enfadado–. Estás llenando mi mesa de migas.
–Es usted quien siempre hace migas.
–Pero resulta que es mi mesa, y también, casualmente, mi oficina.
–Lo siento, señor –dijo Burden–. Pensaba que se había ido de copas.
Wexford sopló las migas de la mesa y se sentó con aire de dignidad.
–¿Alguna novedad?
–Todavía no. Ninguna pista en ninguno de los dos Newcastle. He hecho que investiguen en Dublín.
–En una cosa te equivocas, Mike –dijo Wexford–. Twohey no se encontró con la señora Nightingale en el bosque. Ella le enviaba el dinero en paquetes. No sé a qué dirección, pero podríamos intentar preguntarle a Katje. –Al ver la mueca que hacía Burden, añadió–: Tú ya has comido, así que sugiero que vayas de inmediato hacia allí.
Burden gruñó.
–¿Es necesario? –preguntó con una voz de colegial que recordaba la de su hijo.
–¿Bromeas? –rugió Wexford–. ¿Te has vuelto loco? No va a comerte.
–No es el que me pueda comer lo que me asusta –dijo Burden. Arrugó el papel del bocadillo, lo tiró a la papelera y salió, no sin antes lanzarle a Wexford una mirada de consternación fingida.
Wexford pensó que ya no le quedaba nada por hacer. Mandó a Bryant a la cantina por un par de bocadillos y después de habérselos comido empezó a sentir un profundo sopor. Decidió leer algo para mantenerse despierto y, puesto que lo único que tenía para leer, aparte de un montón de informes que se conocía de memoria, era el libro que le había dado Denys Villiers, lo leyó. O, para decirlo más precisamente, leyó los tres primeros párrafos puesto que al momento tuvo un gran sobresalto al oír el teléfono que sonaba.
–Mirad en las tiendas de maquinaria –dijo a su interlocutor–. En especial aquellas que hayan cambiado de propietario durante los últimos cuatro años. Puede que también hayan cambiado de nombre. –Con una chispa de inspiración añadió–: Me interesaría especialmente alguna ferretería que se llamara Nightingale o, por ejemplo. Almacén la Finca.
Volvió después a su lectura de Wordsworth enamorado, y se fijó en el árbol genealógico de la primera página, donde figuraba en negrita el nombre de George Gordon Wordsworth. Había sido, como observó Wexford, el abuelo del poeta. Y esta información, que ya aparecía en el libro recientemente publicado, era la que Villiers le había hecho creer que había ido a comprobar a la biblioteca de la escuela. Villiers tenía por lo visto una debilidad: la de infravalorar a su oponente.
Eran casi las seis cuando regresó Burden.
–¡Santo Dios!, sí que has tardado.
–Ella y el señor Nightingale habían salido. De picnic, me han dicho. He esperado hasta que han vuelto.
–¿Se acordaba de las direcciones de los paquetes?
–Ha dicho que sólo había mandado paquetes de cosas que la señora Nightingale enviaba a Holanda, excepto el último martes, el día que la mataron. Ese día mandó dos paquetes, uno a su madre en Holanda y otro, pero ni siquiera miró la dirección.
Wexford se encogió de hombros.
–En fin, merecía la pena intentarlo, Mike. Siento haberte hecho perder tu tarde del domingo. Aunque no creo que hayas encontrado un destino peor que la muerte, ¿verdad?
–Nightingale ha estado allí todo el rato.
–Lo dices como si fuera una enfermera en la consulta de un médico –dijo Wexford–. Está bien, voy a ir a Myfleet para hacer otro paseo por ese bosque y tal vez le haga una visita a la señora Cantrip. Te aconsejo que te vayas a casa. Ya cogerán las llamadas que puedan llegar.
Podría pasar días, podrían pasar semanas, pero finalmente encontrarían a Twohey. Y entonces, pensó Wexford mientras pasaba con el coche por delante del King Edward, hablaría. Se sentaría en la oficina de Wexford, mirando al cielo azul pálido a través de la venta como ya se han sentado y mirado centenares de maleantes sin escrúpulos antes que él, pero, al contrario que la mayoría de ellos, no tendría ningún motivo para morderse la lengua. Le esperaba una larga temporada en la cárcel tanto si hablaba como si no lo hacía. Probablemente hablaría con gusto para vengarse de la muerta y de toda su familia, puesto que ya no podía sacarles ni un penique más.
¿Y qué diría? ¿Que el amor de Villiers hacia su cuñado era de una clase que su sociedad de mente estrecha no aceptaría jamás? ¿Que Elizabeth había tenido una serie de amantes lo suficientemente jóvenes para ser sus hijos? ¿O que, hacía tiempo, Villiers y Elizabeth habían participado juntos en alguna conspiración criminal?
De repente, Wexford recordó la explosión de una bomba en la casa en la que habían muerto sus padres. Entonces sólo eran niños, pero se sabe que a veces los niños también cometen asesinatos... Dos personas enterradas entre los escombros pero todavía con vida, unos padres que tal vez representan un obstáculo para las ambiciones de sus hijos. Era cierto que Villiers se había beneficiado de su muerte. No así su hermana. ¿Sería ésta la clave?
Twohey debía saberlo. Resultaba terriblemente frustrante para Wexford pensar que tal vez Twohey fuese la única persona con vida que lo sabía y ahora estaba confortablemente escondido con su secreto. Y podrían pasar días, podrían pasar semanas...
Partió rumbo a Myfleet. Las campanas de la iglesia de Clusterwell tocaban a vísperas y, cuando su sonido se perdió en la lejanía, a sus espaldas, oyó las de Myfleet delante de él, ocho campanas sonando en el cielo de la tarde.
Había una nota en la puerta de la señora Cantrip: «He ido a misa. Volveré a las 7.30.» Una invitación para los ladrones, pensó Wexford, aunque no recordaba ningún caso de allanamiento de morada en Myfleet en los últimos diez años. Además, los árboles la ocultaban. Se volvió, y el gato de la señora Cantrip asomó la cabeza entre las flores, lamiéndose las patas.
Aspirando el aroma de los pinos que habían sido bañados por el sol durante todo el día, Wexford se adentró en el bosque. El camino que tomó era el mismo que había tomado Elizabeth Nightingale aquella noche, y lo siguió hasta llegar al claro en que Burden creía que se había encontrado con Twohey y en que creía... ¿qué?
Tal vez Burden volvía a tener razón, después de todo. Esos paquetes bien podían no haber sido enviados por correo sino entregados en mano. Difícilmente habría podido llevar tales sumas de dinero en el bolso. De todas maneras, no llevaba ningún bolso, sólo un abrigo y una linterna... Echó una ojeada al tronco lleno de liquen en que ella se había sentado. Los arañazos de cuatro zapatos todavía eran visibles en el seco terreno arenoso y en el lecho de agujas todavía se observaban las marcas de cuatro pies.
Si su acompañante era Twohey –observado tal vez por Sean, que confundió el motivo de su encuentro–, ¿cómo había llegado Twohey hasta allí? ¿Por la colina de pinos negros de Pomfret? ¿O por el camino que rodeaba los jardines de Myfleet y salía finalmente... dónde? Wexford decidió explorarlo.
Las campanas de la iglesia habían dejado de tocar y el lugar estaba sumido en el más profundo de los silencios. Anduvo entre los delgados pinos, observando alternativamente los claros de cielo de color plateado pálido, y el bosque, que era tan oscuro y, a la altura de la cabeza, tan estéril que no se oía en él el canto de un solo pájaro y la única forma de vida visible eran las moscas que danzaban en enjambres.
Fue por las moscas que se alegró al ver que los árboles que tenía a su izquierda se acababan y se encontró caminando junto a la cerca de la casa. En ese momento oyó delante de él un susurro musical. Era una melodía melosa y sentimental que Wexford pronto definió como música popular o de baile, y que le recordó esas canciones suaves y ligeramente sensuales que salían del transistor de Katje Doorn. Mientras pensaba en lo agradable que sonaba en ese tranquilo atardecer de verano, cesó y le sucedió una cacofonía estridente, el resultado furioso de varios saxofones, órganos, tambores y guitarras eléctricas sonando al mismo tiempo.
Wexford asomó la cabeza por encima de la cerca y miró el terreno mitad desierto y mitad vertedero de basuras, que era el jardín de los Lovell. De la puerta abierta de la cocina salían unos quince metros de cable eléctrico que llegaban hasta el cobertizo del cual provenía el ruido. Wexford retrocedió un poco, tapándose los oídos.
Luego bajo las manos.
Alguien hablaba en el cobertizo. El tono y el timbre de la voz eran inconfundibles, su acento deliberadamente culto.
Con creciente curiosidad, Wexford aguzó el oído.
Dirigiéndose a su audiencia invisible (e inexistente). Sean Lovell, con una suave voz profesional, hizo un pequeño comentario acerca del último tema y luego, con mayor entusiasmo, presentó la siguiente canción. Esta vez se trataba de una gran banda cuya composición era todavía más discordante que la que había obligado a Wexford a taparse los oídos.
Cuando terminó. Sean volvió a hablar y, cuando comprendió toda la implicación de sus palabras, Wexford sintió una profunda lástima. Tal vez, pensó, hay pocas cosas tan tristes como escuchar indiscretamente a un hombre solitario en sus sueños, a un hombre que se entrega a su solitario, privado y ridículo vicio.
«Y ahora –dijo la voz incorpórea–, lo que todos estabais esperando. Habéis venido desde muy lejos esta noche y os prometo que no os va a decepcionar. ¡Pido un gran aplauso para el auténtico Sean Lovell!»
Sin ningún acompañamiento empezó a cantar. Wexford se alejó, con delicadeza para no molestar a un hombre tan importante, e intentando no provocar el menor ruido al quebrar alguna de las ramas que había en el suelo del bosque.
Ahora ya sabía lo que había estado haciendo Sean aquella noche, lo que hacía todas las noches y tal vez seguiría haciendo durante años hasta que llegara alguna chica y le mostrara cómo mueren los sueños y que la vida consiste en cultivar el jardín de un hombre rico.


15

Wexford estaba tan agotado que se quedó dormido en cuanto apoyó la cabeza en la almohada. Como la mayoría de las personas que ya son mayores sin llegar a la vejez, también él empezaba a encontrar difícil dormir bien durante la noche. Bastantes años atrás, cuando aún era joven, había adquirido la sensata costumbre, al acostarse, de vaciar su mente de todas las especulaciones y problemas que lo habían preocupado durante el día, y de ocupar sus pensamientos con planes familiares para el futuro o con recuerdos agradables. A pesar de ello, nunca había podido controlar del todo su subconsciente y a menudo sus ansiedades diurnas lo asaltaban en sueños.
Esto mismo ocurrió aquella noche. Soñó que caminaba por Kingsbrook, uno de sus lugares de paseo predilectos, cuando vio a un chiquillo que pescaba río arriba. El niño era rubio, delgado y con un rostro de facciones marcadamente anglosajonas. Wexford se acercó a él, ocultándose entre las sombras de los árboles; por alguna razón inexplicable, no deseaba ser visto. Aquel atardecer de verano, después de un día largo y caluroso, la temperatura era agradablemente cálida cerca del río.
De repente, oyó que alguien llamaba y enseguida vio a una niña que se acercaba corriendo desde la cresta de la colina. Sus cabellos claros, casi amarillos, y la expresión de su cara revelaban que era hermana del niño. Era mayor que él, debía de tener unos catorce o quince años. Había venido a buscarlo y los oyó discutir porque el niño prefería quedarse y continuar pescando. Sabía que debía seguirlos. Los vio correr delante de él. El pelo de la niña se agitaba al viento. Un avión pasó por encima de sus cabezas haciendo mucho ruido y Wexford vio las bombas caer como pesadas plumas negras.
Parte de la casa quedó en pie. Paredes sin ventanas encerraban las ruinas humeantes que sofocaban los gritos de los que habían quedado enterrados vivos. Los niños no parecían impresionados ni asustados. En esta pesadilla, las emociones naturales habían sido suprimidas. Wexford contemplaba, como un observador externo, cómo la niña avanzaba a tientas hacia el interior de aquel infierno negro, seguida de su hermano. Entonces vio un brazo largo y macilento que salía de entre los escombros y oyó una voz que pedía auxilio y compasión. Los niños empezaron a escarbar con las manos y él se acercó para ayudarlos. Pronto descubrió que lo que pretendían no era desenterrar las caras agonizantes, sino sepultarlas aún más, se reían como demonios mientras se esmeraban en aquella tarea que las bombas habían empezado. Al gritarles para que se detuviesen, despertó sobresaltado.
Ya consciente, se dio cuenta de que estaba incorporado en la cama, y de que sus gritos no eran más que leves ronquidos ahogados. Su mujer continuaba acostada a su lado y ni siquiera se había movido. Wexford se frotó los ojos y consultó las manecillas luminosas de su reloj. Eran las dos y cinco.
Sabía muy bien que cuando despertaba a esa hora, ya no podía volver a conciliar el sueño; en esas ocasiones solía bajar a la salita, sentarse en un sillón y buscar algo que leer. Las imágenes soñadas permanecían claramente en su mente mientras se ponía la bata y se dirigía hacia las escaleras. Por la mañana llevaría a cabo las investigaciones necesarias para descubrir qué había ocurrido exactamente el día en que el hogar de los Villiers fue destruido. Buscó algo que leer.
De joven, cuando tenía más tiempo libre y menos responsabilidades, había sido un ávido lector, y los textos de crítica literaria y las biografías de autores siempre se habían contado entre sus lecturas favoritas. Su esposa nunca entendió estas preferencias y Wexford se acordó del día en que ella le preguntó por qué le interesaba tanto leer lo que otra persona opinaba sobre cierto libro. ¿Por qué no se limitaba a leer el libro en cuestión? No había sabido qué contestarle, cómo explicarle que en este campo no podía confiar en su propio juicio, ya que él era un simple policía sin carrera universitaria. Tampoco podía decirle que necesitaba instruirse y ampliar sus conocimientos porque el propósito de la educación es iluminar el alma del individuo.
Pensaba en todo esto y en el placer que había obtenido de aquellas lecturas, cuando su mirada fue a dar con el ejemplar de Wordsworth enamorado que había dejado sobre una mesita. Sólo había dormido cuatro horas, pero se sentía recuperado del cansancio y mucho más despierto que la primera vez que intentó leer el libro. Tal vez podría intentarlo de nuevo. Lástima que fuera sobre Wordsworth. Siempre lo había considerado un poeta más bien gris. Tanto aquella comunión con la naturaleza como los paseos por la región de los lagos le parecían bastante aburridos. Si hubiese sido sobre Lord Byron, por ejemplo, no lo habría dudado ni un instante y ya estaría devorando sus páginas. Ése sí que era un personaje interesante, un hombre romántico, exagerado en extremo, con un montón de amoríos sorprendentes, un matrimonio desastroso y una relación escandalosa con Augusta Leigh. Pero esto era algo muy distinto; se trataba de un libro sobre Wordsworth. Aun así, lo leería aunque lo aburriese y tal vez de ese modo llegara a hacerse alguna idea de por qué Villiers se sentía tan fascinado por aquel poeta de los lagos que lo había obsesionado hasta el punto de escribir sólo Dios sabía cuántos libros sobre su obra.
Empezó a leer y esta vez encontró el texto más agradable y fácil de seguir. No tardó mucho en desear haber leído más poemas de Wordsworth. No tenía ni idea de que aquel autor había estado enamorado de una joven francesa, ni de que había participado en la Revolución, ni de que casi perdió la cabeza. El libro era bueno e interesante y Villiers escribía bien.
A las seis se preparó una taza de té. Continuó leyendo, completamente absorto y considerablemente emocionado. La luz empezó a inundar la estancia. Lentamente, a medida que amanecía, la mente de Wexford también se iluminó. Terminó el último capítulo y cerró el libro.
Suspiró y se dijo fríamente a sí mismo:
–¡Viejo estúpido ignorante! –Se frotó las manos y añadió en voz alta–: ¡Si hubiese sido Byron, Dios mío, ya haría tiempo que tendría la respuesta!

–El primer lunes del curso –dijo John Burden mientras daba cuenta de la tercera rebanada de pan con mantequilla–, es peor que el primer día del curso. –Y mientras señalaba a su hermana con su dedo pegajoso, añadió–: Las cosas empiezan a ponerse feas. ¿Hoy no piensas vomitar?
–Pues claro que no, antipático.
–¿Y por qué no? Si es peor que el primer día. Mucho, mucho peor. Seguro que cuando vayas al instituto te pondrás aún más enferma. Si es que llegas. Nunca podrás hacer los exámenes porque estarás enferma.
–¡Mentira!
–¡Verdad!
–Callaos de una vez –dijo Burden–. En ocasiones creo que estoy más tranquilo en la comisaría que aquí. –Se levantó y se dispuso a marcharse al trabajo–. Debéis ser los hermanos más raros de todo Sussex –concluyó.
John parecía satisfecho de haber sido elevado a aquella categoría única.
–¿Me llevas, papi? El profesor de latín nos quiere llevar a misa y me pondrá a caldo si llego tarde.
–No hables así –lo riñó Burden, distraído–. Si quieres venir, espabila, porque hoy tengo mucho trabajo.
Burden creía que la tarea que tenía por delante sería como encontrar una aguja en un pajar. Cuando llegó a la comisaría topó en el vestíbulo con el sargento Martin.
–¿Se sabe algo de Twohey? –preguntó.
–No, señor –respondió Martin–. Que yo sepa no. Pero creo que Wexford tiene algo. Ha dicho que quería verlo en cuanto usted llegase.
Burden subió en el ascensor.
El inspector jefe estaba sentado detrás de su escritorio, tamborileando impacientemente con los dedos sobre una hoja de papel secante. Tenía ojeras y a Burden le pareció que estaba muy cansado. No obstante, había en su conducta un cierto aire triunfal, como si hubiese hecho un descubrimiento trascendental que no había mostrado hasta ese instante.
–Llegas tarde –dijo bruscamente–. He tenido que firmar la orden yo solo.
–¿Qué orden? ¿Quiere decir que ha encontrado a Twohey?
–¡Al cuerno Twohey! –exclamó Wexford al tiempo que se ponía de pie de un salto. Descolgó la gabardina de la percha y agregó–: ¿Cuándo te meterás en esa linda cabecita tuya que esto es un caso de asesinato? Vamos a Clusterwell. Hemos de arrestar a alguien.
Burden lo siguió. A Wexford no le gustaban los ascensores y, desde que una tarde quedó atrapado en uno durante más de dos horas, procuraba no utilizarlos demasiado. Esta vez, sin embargo corrió a apretar el botón sin dudarlo ni un instante.
–¿A casa de Villiers? –preguntó Burden. Cuando Wexford asintió con la cabeza, añadió–: No vamos a encontrarlo allí. Esta mañana se encargaba de llevar los alumnos a misa.
–¡Qué mala suerte! –Wexford soltó un bufido de enojo. El ascensor descendió lentamente y la puerta se abrió–. Será mejor que nos acompañe alguna mujer policía, Mike.
–¿Sí? ¿Cuándo va a decirme a quién vamos a arrestar y por qué?
–En el coche –respondió Wexford–. De camino.
–¿Cómo lo ha descubierto todo de repente?
Wexford sonrió radiante con aire de vencedor y con confianza renovada.
–No podía dormir –explicó mientras esperaban que la mujer policía se reuniese con ellos–. Entonces cogí un libro. Soy un viejo policía ignorante, Mike. No leo lo suficiente. Debería haber leído ese libro en cuanto su autor me lo dio.
–No sabía que era una novela policiaca, señor –dijo Burden ingenuamente.
–No seas estúpido –gruñó Wexford–. No quiero decir que el libro refleje el plan del asesinato. Además, no hubo ningún plan.
–Por supuesto que no. No fue premeditado.
–Sí, en esto tenías razón, y en muchas otras cosas –dijo Wexford, y añadió aún con más presunción que antes–: No me importa reconocerlo. Empezaba a creer que tenías razón en todo, que me estaba haciendo viejo y estaba perdiendo facultades.
–¡Oh, vamos, señor! –exclamó Burden sinceramente–. No son más que imaginaciones suyas.
–Lo son –aseguró el inspector jefe–. Todavía conservo mi olfato y mi excelente intuición. En fin, no podemos perder aquí todo el día. Tenemos un arresto por hacer.

Algún otro profesor debió encargarse de la misa y de ordenar a los niños que levantaran sus voces y sus almas, porque Denys Villiers estaba en casa.
–Me he tomado el día libre –le explicó a Wexford–. No me encuentro bien.
–Parece enfermo, señor Villiers –dijo Wexford con gravedad mirando fijamente al hombre que tenía delante–. Usted siempre parece enfermo.
–¿Sí? Tal vez tenga razón.
–¿No siente curiosidad por saber cuál es el motivo de nuestra visita?
–No. Sé perfectamente por qué están aquí –respondió Villiers.
–Me gustaría ver a su esposa.
–Lo sé. ¿Cree que pienso que han venido con una mujer policía simplemente por el placer de la compañía femenina? Subestima a su oponente, señor Wexford.
–Usted siempre ha subestimado al suyo.
Villiers esbozó una sonrisa dolorosa.
–Sí, hemos constituido una comunidad de denigración mutua. –Se dirigió hacia la puerta del dormitorio–. ¡Georgina!
La mujer salió, con los hombros caídos y la cabeza gacha. Wexford sólo había visto a alguien cruzar el umbral de una puerta de aquella manera una vez en su vida. Fue un hombre que había retenido a sus hijos a punta de pistola durante dos días. Por fin lo convencieron de que dejase el arma y se entregase. Cruzó el umbral para rendirse a los policías que lo esperaban y se derrumbó en los brazos de su esposa.
Georgina hizo lo mismo con su marido. Él la abrazó con fuerza y le acarició el pelo. Wexford oyó que le susurraba rogándole que no la abandonase. No llevaba más joyas que sus anillos de compromiso y de casada.
La escena era dolorosa, y al inspector jefe no le salían las palabras para exponer los cargos. Se quedó allí de pie, se aclaró la garganta y tosió, produciendo un sonido familiar al que ella había hecho al encerrarse en el lavabo. De repente, Georgina levantó la cabeza y miró a los policías por encima del hombro de su marido. Las lágrimas le bañaban las mejillas pecosas.
–Sí, yo maté a Elizabeth –dijo con voz ronca–. La linterna estaba en el suelo. La recogí y la maté. Y me alegro de haberlo hecho. –Denys Villiers, que aún la tenía abrazada, se estremeció violentamente–. Si lo hubiese sabido antes, ya haría tiempo que estaría muerta. La maté en cuanto lo supe.
En voz baja, Wexford hizo las acusaciones pertinentes.
–Puede tomar nota de lo que quiera –dijo Georgina–. Lo hice porque quería conservar a mi marido. Es mío. Nunca tuve a nadie que fuese mío. Ella lo tenía todo, pero yo sólo lo tenía a él.
Villiers escuchaba con la cara rígida.
–¿Puedo acompañarla? –dijo por fin.
–Por supuesto que sí –respondió Wexford, que nunca lo había oído hablar con tanta humildad.
La mujer policía puso el brazo alrededor de los hombros de Georgina y se la llevó hacia el coche que los esperaba. El brazo era sólo para ayudarla a caminar e impedir que tropezase, pero parecía estar ahí por amabilidad o por una especie de preocupación de hermana. Burden los siguió, a paso lento, como si siguiese a un cortejo fúnebre.
Villiers miró a Wexford y el inspector le devolvió la mirada.
–Ella no podrá decirles gran cosa –advirtió Villiers–. La única persona viva que sabe todo lo ocurrido soy yo.
–Sí, señor Villiers, también necesitaremos su declaración.
–He escrito algo. Algunas personas hablan o se lo guardan todo para sí, los escritores escribimos. No he dormido. No he podido cerrar los ojos en toda la noche.
El sobre los esperaba sobre el mueble de la entrada, apoyado en un jarrón. Wexford lo cogió, vio que estaba sellado y dirigido a su nombre.
–Si no hubiesen venido esta mañana, se lo habría enviado. Ya no podía soportar esta espera ni un día más. Ahora que ya lo saben, tal vez podré dormir.
–¿Nos vamos? –sugirió Wexford.
Condujo Burden. Villiers iba sentado delante. Nadie habló. Cuando llegaron a Kingsmarkham, Wexford abrió el sobre y observó brevemente la primera página escrita a máquina. El coche entró en el patio de la comisaría.
Salió del coche y abrió la puerta delantera. Villiers no se movió. Wexford le tocó el hombro para indicarle que había llegado y se dio cuenta de que Villiers estaba profundamente dormido. Por primera vez sintió compasión por aquel hombre.

A la atención del inspector jefe Wexford:
Supongo que no puedo contarme entre sus autores favoritos y, por lo tanto, procuraré ser lo más conciso posible. Escribo la presente por la noche, mientras mi mujer duerme. Sí, ella puede dormir, con el sueño del inocente, del que sólo es vengador.
Cuando me citó a Byron, estuve convencido de que sabía el porqué, si no sabía también el cómo. Pero desde entonces me he preguntado, ¿lo sabía? ¿sabía realmente lo que decía? Lo miraba, esperaba que arrestase a mi mujer y mi expresión debió de revelarle de qué tenía miedo. Miedo de que usted, para asustarme y obligarme a confesar, me había citado las palabras de un poeta que, como todo el mundo sabe, había sido amante de su hermana.
Creí haberme traicionado. Y sin duda volví a hacerlo cuando le di un ejemplar de mi libro. Pero entonces lo consideraba demasiado ignorante, demasiado poco brillante para que identificase un pequeño pasaje del libro como parte de mi vida. Ahora que empieza a amanecer y que ya hay luz veo las cosas de manera más fría y objetiva. Recuerdo lo maleducado y provocativo que fui con usted a pesar de su comportamiento civilizado; pienso en su perspicacia y me doy cuenta de que me equivocaba. Leerá el libro y lo verá todo claro. «Tú, el mejor filósofo; tú que ves entre los ciegos.»
Son palabras de Wordsworth, señor Wexford. Como usted ya sabe, Wordsworth también amó a su hermana, aunque como buen discípulo del deber (hija severa de la voz de Dios), la dejó. Ya no tendrá que preguntarse más por qué Wordsworth me fascinaba tanto, qué era lo que teníamos en común. A pesar de que en mi libro Dorothy sólo aparece como un breve interludio entre Annette y Mary, usted reparará en el paralelismo. Se dará cuenta de por qué cuando yo era joven y buscaba algún tema al que dedicar mi vida, me decidí por este poeta. Entenderá esto y otras cosas. Considero a Wordsworth sólo inferior a Milton, y estoy en absoluto acuerdo con Coleridge cuando dice: «Wordsworth es un gran hombre, él único respecto al que siempre y en todos los aspectos de la vida me sentiré siempre inferior.»
Evidentemente, también podría haber elegido a Lord Byron. Pero la obviedad de la elección me repugnaba. Además, tampoco quería desperdiciar mi inspiración con alguien a quien considero superficial, grandilocuente y fanfarrón, simplemente porque había cometido incesto (muy probablemente), con Augusta Leigh. Aun así, como Byron es más conocido por su incesto que por sus versos, me produce un efecto extraño, la sola mención de su nombre, las citas de sus poemas, me ponen los nervios de punta. Podría decirse que le tengo alergia.
Pero estoy olvidando mi propósito de ser breve.
Cuando éramos niños, yo no quería a mi hermana. Siempre nos peleábamos y nuestra separación no nos causó ninguna pena. Nos alegramos de librarnos el uno del otro. No volví a vela hasta mi último año en Oxford.
Nos encontramos en la fiesta de cumpleaños de un compañero mío de clase que cumplía veintiún años. El padre de aquel joven me presentó a su secretaria, una chica llamada Elizabeth Langham. Salimos juntos y pronto nos convertimos en amantes.
Le dije que era buen mentiroso, pero esto que le digo ahora es cierto. No la había visto antes de aquella fiesta y cuando empecé a salir con ella no tenía ni idea de quién era. Habían pasado nueve años y los dos habíamos cambiado mucho. Le pedí que se casase conmigo y entonces me lo confesó todo. Durante dos meses había sido el amante de mi propia hermana.

A lo largo de los años, ella había seguido mis pasos, quizá por envidia, quizá por resentimiento de la injusticia que se cometió cuando se decidieron nuestros caminos. Había huido a Londres con un hombre llamado Langham que le pagó un curso de secretariado. Consiguió un trabajo con el padre de este amigo mío, sabiendo que estudiábamos juntos en Oxford. Fue a la fiesta por curiosidad de verme y salió conmigo con un plan de venganza aún informe en la mente. Pero la situación se le escapó de las manos. A pesar de lo que sabía, se enamoró de mí. ¿Le preocupó? No lo creo. Ya hacía años que Elizabeth había traspasado los límites de la moralidad convencional, esto era sólo un paso más, aunque especialmente atrevido y desafiante para la sociedad.
Nos separamos. Ella se fue a América con su jefe y yo a Oxford. No daré detalles sobre lo que sentí aquellos días. Usted es un hombre sensible y seguramente podrá imaginarlo.
Contraje matrimonio en cuando me gradué. No por amor, nunca en la vida he amado a nadie más que a Elizabeth, sino por seguridad, por normalidad. Mi tío dejó de mantenerme en cuanto cumplí los veintiún años y, sabiendo que no podría ganarme el pan escribiendo poesía o dedicándome a la crítica literaria, solicité un trabajo en el King Edward.
¿No era arriesgado volver a Kingsmarkham? Elizabeth me había dicho que odiaba aquel lugar y creí haber encontrado el único sitio del mundo que mi hermana siempre procuraría evitar.
Fue Lionel Marriott, un entrometido mentiroso, quien me dijo que Elizabeth estaba aquí. Temía verla, y al mismo tiempo lo deseaba. Nos encontramos. Me presentó a su marido, el hijo de un millonario que pasaba las vacaciones en América mientras ella trabajaba allí. Compró la finca para darle una sorpresa, pensando que le gustaría vivir en su pueblo natal.
Nos sentamos a la mesa juntos, con su marido y mi mujer, y charlamos un poco. Nos encontramos a solas en cuanto tuvimos ocasión y ése, señor Wexford, fue el segundo principio.

Nuestro amor habría sido imposible sin el consentimiento inocente de Quentin Nightingale. Si yo no le hubiese caído bien, Elizabeth y yo difícilmente habríamos podido continuar con nuestra relación. Me habría resultado imposible vivir cerca de Elizabeth sin verla y, sin duda, me habría visto obligado a cambiar de trabajo y a mudarme de ciudad. En este momento deseo con todo mi corazón que eso hubiese ocurrido.
Las mujeres son más duras que nosotros, menos escrupulosas, menos víctimas del sentimiento de culpa. Supongo que Elizabeth estaba enamorada de Quentin cuando se casó con él y que tenía intenciones de ser una esposa honesta y fiel. Volví a formar parte de su vida inmediatamente y ella no dudó en olvidar todo aquello y en utilizarlo como herramienta. Su objetivo era tenerme a mí de amante y, al mismo tiempo, conservar su posición, su dinero y su reputación. Quería lo mejor de los dos mundos y lo consiguió. De todas maneras, de nada serviría ahora cargar las culpas sobre los demás. Yo fui tan culpable como ella. La diferencia entre nosotros era que yo tenía mala conciencia y ella no.
Manipuló a Quentin con métodos enrevesados y sutiles. Le explicó, fingiendo que se lo había dicho June, que yo era un hombre difícil y de personalidad perturbada. Y que sería muy amable por su parte si se mostraba amable conmigo. Sin pensarlo, me ofreció una habitación en la Casa Vieja para mi uso exclusivo.
Debíamos hacer que pareciese que todas las invitaciones que yo recibía para ir a la finca provenían de Quentin, porque se suponía que Elizabeth y yo no éramos demasiado buenos amigos. ¿Por qué? Ella creía que si en público mostrábamos el afecto fraternal normal, nuestros sentimientos nos delatarían y acabaríamos manifestando un amor más profundo del que está permitido entre hermano y hermana. En realidad no creo que éste fuese el verdadero motivo. Creo que, sencillamente, le gustaban las intrigas, y que nuestra mutua indiferencia pública añadía un encanto adicional a nuestro amor privado.
Si le digo que, a pesar de todo esto, también apreciaba mucho a Quentin, tal vez usted lo considere una vileza extremadamente cínica. ¿O es que la experiencia le ha enseñado que con frecuencia aquellos a quienes traicionamos, engañamos y deshonramos son a los que más queremos? Porque, al procurar que no descubran nuestra traición, también aprendemos a protegerlos de otros males además de éste, y las palabras amables que al principio utilizamos para confundirlos, pasan a ser habituales y, finalmente, sinceras. Sí, señor Wexford, yo quería a Quentin, y a Elizabeth. Ella siempre procuraba evitar que hiciese amigos, pues temía que llegase a confesarles nuestra relación. En cambio, éste sí que me permitió tenerlo. ¡Qué lejos estaba de imaginarse que de todos los hombres de la tierra, aquél a quien más anhelaba confesarme y cuyo perdón más habría valorado era Quentin!
Pasaré a hablarle de Twohey.
Le gustaba espiar a Elizabeth en las visitas que me hacía a la Casa Vieja y un día nos vio bajar la escalera juntos y abrazarnos. No se trataba de un abrazo entre hermanos, y Twohey nos tomó una fotografía desde la ventana. Comenzó a hacerme chantaje. Cuando me dejó sin nada, Elizabeth mandó hacer réplicas de sus joyas y vendió las auténticas.
Todavía no han encontrado a Twohey, ¿verdad? Le echaré una mano. Aparte de ahorrarle a Georgina todo el sufrimiento que me sea posible, el último deseo que me queda es ver a ese Twohey tan desdichado como Elizabeth y yo fuimos por su culpa. Encontrarán su dirección en las facturas de la modista que hay en el tocador de su habitación. Tanya Tye es el nombre, o más probablemente el seudónimo, de la mujer con quien vive en un lujoso piso encima de su tienda en Bruton Street. Todo estaba muy bien pensado y era muy simple. Cuando Twohey quería dinero, enviaba a Elizabeth una factura de Tanya Tye y la suma que tenía que pagar era la cantidad que aparecía en la factura con un cero añadido al final de la cifra. Por ejemplo, si la factura era de ciento cincuenta libras, Elizabeth debería enviarle mil quinientas libras. Le mandaba el dinero en paquetes envueltos en papel marrón. El último lo envió Katje el día que Elizabeth murió. Para hacerle saber que había recibido el dinero, le enviaba los recibos cobrados.
Buen sistema, ¿no le parece, señor Wexford?
Supongo que Marriott ya le habrá informado de todos los detalles superficiales de mi vida. Sabrá que los Nightingale y yo a menudo íbamos de vacaciones juntos y que, hace dos años, Quentin enfermó y Elizabeth y yo fuimos solos. Cuando regresamos de Dubrovnik, Marriott dijo que parecíamos cansados y que teníamos muy mal aspecto. Lo que no sabía era que estábamos terriblemente apenados, no porque hubiésemos reñido continuamente durante el viaje, sino porque habíamos sido felices.
Le pedí que dejase a Quentin y que se fugase conmigo, pero se negó. Si años atrás hubiésemos formado un hogar, nadie habría sospechado que éramos hermanos. En cambio, ahora, todo el mundo lo sabía, y el escándalo habría sido monumental. Eso es lo que me dijo, pero la conocía demasiado bien, soror mea sponsor. Sabía que su dinero y su posición significaban tanto para ella como yo mismo. Se había acostumbrado a los dos mundos, a nadar y guardar la ropa. Si se exceptúa el terror que le producía Twohey, era básicamente feliz.
Yo estaba acabado. Tenía treinta y seis años y había trabajado duro durante toda la vida, pero no tenía nada. Los frutos de todos mis esfuerzos habían servido para que el amante de una modista de Mayfair viviese lujosamente. No tenía esposa ni hijos ni amigos; sólo tres habitaciones donde vivir. Tenía a Elizabeth, cierto, pero ¿por cuánto tiempo? Llegaría el día en que, habiendo alcanzado una madurez tranquila, me sacrificaría a cambio de su otro mundo.
Decidí poner punto final a aquella situación de una vez por todas. Rehusé cada una de las invitaciones de Quentin para ir a la finca, sus ruegos casi irresistibles. Creía que podría trabajar y, sin embargo, me pasaba noche tras noche tumbado en la cama sin hacer nada, pensando, considerando algunas veces la posibilidad del suicidio. Fueron unos días terribles, comparables a la crisis que sufrió Wordsworth cuando tuvo que abandonar Francia y dejar a Annette atrás.
Ya no quería a Elizabeth; si echaba en falta a alguno de los dos, era a Quentin. Por fin, un día fui a la finca y les dije que no iría a Roma con ellos. Miré a Elizabeth y no sentí nada. No entendía cómo había podido malgastar los mejores años de mi vida amándola.
Me fui a España. No a la romántica y mágica España de Madrid y las Sierras, sino al acogedor rincón británico en que se había convertido la Costa Brava. Fui como vigilante de los niños de la escuela. Supongo que intenté convencerme de que sentir rabia, exasperación y un aburrimiento atroz era mejor que no sentir nada en absoluto.
Georgina se hospedaba en el mismo hotel que yo. Ya no soy un hombre atractivo, señor Wexford, y aparento mucha más edad de la que tengo. No soy muy hablador porque todas mis palabras se consumieron con Elizabeth. Hace muchísimos años que perdí la facultad de hablar a las muchachas con tono seductor. Estoy más preparado para estar en la celda de un monasterio que para juguetear en la alcoba con una señorita. Pero la pobre Georgina se enamoró de mí. En aquel horrible hotel, el amor de Georgina resultaba jocoso.
Yo había tenido de todo, riqueza e incluso talento, y todo lo había desperdiciado. Ella nunca había tenido nada. Era la hija menor de una familia numerosa pobre, me dijo que jamás había tenido nada que fuese exclusivamente suyo. Ningún hombre la había querido nunca, ni siquiera invitado a salir un par de veces. Era tímida, sosa y sin atractivo.
Una pobre desgraciada más bien fea, pero era mía.
Nos casamos. Llevé a Georgina a la finca. Quentin se desilusionó al verla, Elizabeth no. Llevaba un vestido de terciopelo blanco y lucía las joyas falsas. Su aire era triunfal. La miré, miré a Georgina. «¿Qué he hecho?», me pregunté al darme cuenta de que todavía estaba enamorado de mi hermana. Ése fue el tercer y último principio.

Quería instalarme. Tener hijos. Si no seis, sí algunos. Pero ignoré la severa voz de Dios e incluso la triste y temblorosa voz de mi esposa, que me pedía que fuera un auténtico marido y que la mimase y compensase todos los años solitarios que había vivido. Sólo escuché la voz de mi hermana.
Y así llegamos al día de la muerte de Elizabeth.
No, por supuesto que usted no me creyó cuando dije que fui a la biblioteca de la escuela para realizar unas consultas sobre mis investigaciones. Sólo alguien tan inocente y poco interesado en la literatura como Georgina creería una cosa así. Mis propios libros sobre Wordsworth son los únicos que hay en la biblioteca de la escuela, aparte de las colecciones Seleincourt y Darbyshire que ya tengo en casa. Fui al bosque a encontrarme con Elizabeth.
Habíamos pasado la tarde juntos pero eso no había sido suficiente. Las vacaciones de la escuela estaban a punto de finalizar. ¿Qué sucedería entonces? ¿Partidas semanales de bridge? ¿Discusiones literarias con Quentin en las que Elizabeth no era más que una espectadora? Deseábamos estar juntos y decidimos reunimos en el bosque a las once.
He dicho que Georgina aceptaba mis excusas, pero si esto siempre hubiera sido cierto, Elizabeth todavía seguiría con vida. Georgina empezaba a dudar y, como mujer posesiva que era, pronto sus dudas se convirtieron en acción.
Fuimos a la finca y jugamos una partida de bridge. Antes de marcharnos, Elizabeth le regaló un pañuelo de seda a Georgina. Solía darle ropa suya que ya no pensaba ponerse más. Supongo que le divertía ver a mi esposa con ropa prestada. Sabía que a Georgina le sentaría peor que a ella y que yo me daría cuenta y haría comparaciones tan obvias como injustas.
Llevé a Georgina a casa y salí de nuevo para encontrarme con Elizabeth. Llegó al claro del bosque justo antes de las once. Nos sentamos en un tronco, fumamos y charlamos. Elizabeth había cogido la linterna del almacén del jardín, porque la luna se había ocultado y la noche era oscura.
Alrededor de las once y veinte dijo que debía irse. La pequeña demostración de mal genio que Georgina había hecho después de la partida de bridge la había puesto nerviosa. Dijo que quedarse más tiempo en el bosque sería tentar a la Providencia.
Después de estos encuentros, yo solía esperar al lado del coche para ver que ella cruzara la carretera y entrase segura en los jardines de la finca. Así pues, nos dirigimos hacia mi coche abrazados. Mientras avanzábamos, vimos las luces de otro coche que pasaba por la carretera como si quisiese registrar el margen del bosque con sus faros. Pasó de largo y lo olvidamos.
Cuando llegamos a mi coche Elizabeth dijo que se había olvidado la linterna y que debía ir a buscarla, no fuese que alguien la encontrase y averiguase que había estado allí. Quise acompañarla, pero insistió en que podía ir sola. Después de todo, ¿qué podía ocurrirle? ¡Qué podía ocurrirle!
La estreché entre mis brazos y la besé de la misma manera que el día en que Twohey nos vio desde la ventana. Volví a casa. Ni Georgina ni su coche estaban allí cuando llegué. Volvió a medianoche, temblando, en mangas de camisa porque había quemado el jersey en la hoguera de Palmer. Sostenía en la mano la linterna manchada de sangre, envuelta en papel de periódico.
Me había seguido, señor Wexford, me vio besar a Elizabeth y esperó al lado del tronco a que mi hermana volviese a buscar la linterna. Sobre lo que ocurrió después sólo sé lo que me ha contado Georgina. Estaba tan impresionada por lo que había visto, tan horrorizada, que, como dirían los jueces, se encontraba extremadamente trastornada. Intentó comunicarle a Elizabeth lo que sentía, pero sus palabras fueran tan incoherentes, estaba tan histérica, que Elizabeth se rió. «¿Qué podía hacer?», se preguntó Georgina. No podíamos continuar siendo amantes para siempre. Tal vez debía esperar a que algún día volviese con ella. Estaba segura de que sería incapaz de hacer frente al escándalo que tendría lugar si montaba alguna escena o si se lo contaba todo a alguien.
Elizabeth se inclinó para recoger la linterna que, suponía, debía de haberse caído detrás del tronco. No era así. La tenía Georgina, y mientras Elizabeth le daba la espalda, la levantó y golpeó con ella fuertemente a mi hermana. La golpeó una y otra vez hasta que la mató.
Georgina llevaba el pañuelo que le había regalado. Se lo quitó y se limpió la sangre de las manos. Cruzó la carretera, metió el pañuelo en el agujero de un árbol y quemó su jersey en la hoguera de Palmer.
Eso es todo. Cuando Georgina llegó a casa y me confesó lo que había hecho, le conté toda la verdad. Le expliqué lo del chantaje y lo de las joyas.
Sé lo que se debe de estar preguntando. Siendo como era el mejor amigo y el amante de mi hermana, ¿por qué no entregué a mi esposa a la policía de inmediato? Pensará que temía que todo el mundo supiese lo de nuestra relación. No fue exactamente éste el motivo. Estaba aturdido por el horror y por la pena y, aun así, quería salvar mi vida. Ahora que Elizabeth ya no estaba, tal vez podría vivir tranquilo y ser feliz sin decir más mentiras.
El hombre es una extraña criatura, señor Wexford. Se ha alejado tanto de sus prójimos los animales que la teoría de Darwin le parece inverosímil, una calumnia monstruosa. Con todo, aún comparte con ellos su instinto básico, el de la conservación. El mundo entero podría derrumbarse encima de él, que el hombre continuaría aferrándose a la menor posibilidad de vida. No importa las bombas que caigan, nunca es demasiado tarde.
En aquel momento odié a Georgina. Podría haberla apaleado hasta matarla. Pero me di cuenta de que lo que había sucedido era culpa mía. Yo lo había hecho. Lo hice cuando fui a esa fiesta hace muchos años. En lugar de reaccionar con violencia, la abracé y olí la sangre de Elizabeth en su pelo y en sus uñas.
Limpié la linterna y tiré las pilas mojadas. Llené la bañera para Georgina y le dije que se lavara bien el pelo. La falda y la camisa que había llevado los quemé en la caldera de la cocina.
No veía razón alguna por la que se pudiese sospechar de Georgina. No tenía ningún motivo aparente, por eso me puse histérico cuando vinieron con el asunto del testamento. ¡Sólo faltaría que hubiesen arrestado y condenado a mi mujer por una causa equivocada! Eso sí que habría sido una ironía.
Estaba muy nerviosa y no sabía cómo responder a sus ataques. Cuando estuvimos solos me dijo que quería confesar porque usted o cualquier otra persona sensata acabaría deduciendo lo que había ocurrido. Se lo impedí. Creí que aún teníamos alguna posibilidad. Después de su cita de Lara, empecé a tomar notas pensando en esta confesión.
Ahora todo ha terminado.
Estoy seguro de que usted será amable con Georgina. Sé que durante el juicio todos los lectores de periódicos del condado estarán moralmente de parte de ella, al igual que los otros árbitros más importantes: el juez y el jurado. Irá a la cárcel dos o tres años, y algún día volverá a casarse y tendrá los hijos que necesita y la vida tranquila y normal que desea. June se volvió a casar hace años. Pronto Quentin convertirá a su jovencita holandesa en la dueña y señora de Myfleet y si ella le es infiel, será con una infidelidad natural sin importancia y mi amable cuñado lo soportará sin demasiado dolor. En cuanto a Elizabeth, murió cuando estaba en la cumbre del amor y del triunfo, justo a tiempo de evitar la amargura de la incipiente vejez.
Podríamos decir que, como en un libro de Oscar Wilde, los buenos terminaron felices y los malos infelices; de eso se trata en la ficción. Tal vez también sea así en la realidad. En otras palabras, me he llevado mi merecido. No tengo ni idea de lo que haré ahora. Después del juicio es poco probable que ninguna institución educativa quiera contarme entre sus profesores.
Eso no me preocupa en absoluto. Creo que soportaré el escándalo sin desesperarme demasiado. Si la gente me rehuye, prescindiré de la gente. La única persona de quien no podía prescindir se ha ido para siempre, y éste es el verdadero hecho insoportable al que tendré que hacer frente. Nunca más volveré a besarla en el bosque oscuro ni entre las sombras de la Casa Vieja. Nunca más la veré vestida de terciopelo blanco ni oiré su nombre pronunciado con admiración. Está muerta y su muerte es para mí la última e irreparable mutilación.
El señor Burden me preguntó qué quería. Nada ha ocurrido que me haya hecho cambiar de opinión: quiero morir.



[1] Nightingale en inglés significa «ruiseñor». N. del T.
[2] Nightingale, en inglés. N. del T.
Share on Google Plus

About Jhon D. Ticona Ruelas

This is a short description in the author block about the author. You edit it by entering text in the "Biographical Info" field in the user admin panel.
    Blogger Comment
    Facebook Comment

0 comentarios:

Publicar un comentario