LA PLANTA CARNÍVORA Y
OTROS RELATOS
(The Fallen Curtain, 1976)
Ruth Rendell
A John Foster White
Todos estos relatos
(con la excepción de La gente no hace semejantes cosas, La madre
vinagre y Divididos resistiremos) fueron publicados por primera vez
en Ellery Queen’s Mystery Magazine.
La caída de la cortina
(The Fallen Curtain, 1974)
El incidente ocurrió en primavera, cuando ya
había cumplido seis años. Al referirse a él, su madre siempre decía «aquella
espantosa tarde», y siempre no es ninguna exageración. Hablaba muchísimo de
ello, sobre todo cuando él hacía algo bien, lo cual sucedía a menudo, puesto
que tenía facilidad para los estudios y los exámenes.
Al enseñar a sus amigas su certificado de
natación o el premio que había ganado por ser el mejor en geografía, su madre
decía: «Y pensar que podríamos haber perdido a Richard aquella espantosa tarde.
Sólo cabe creer que hay alguien velando por nosotros, ¿verdad?» Y al abrazarlo
añadía: «Podría haber muerto... o algo peor –un comentario curioso, este
último–. Me pongo mala sólo de pensar en ello.»
Al parecer, sí podía hablarse de ello. «Si no
se lo he dicho una vez, se lo he dicho mil: no hay que hablar con personas
desconocidas ni subir a ningún coche. Pero la juventud no conoce virtud, y se
olvidó de todo cuando llegó el momento. Le dieron caramelos, cómo no, y le
convencieron con mañas para que subiera al coche.» Llegado aquel momento, se
oían cuchicheos y él se convertía en blanco de significativas miradas.
«Amenazas e insinuaciones... le persuadieron para que hiciera Dios sabe qué...
No sé ni cómo pudimos recuperarlo vivo.»
Lo que Richard no alcanzaba a comprender era
por qué su madre sabía tanto al respecto. Ella no había estado allí. Sólo él y
el hombre habían estado allí, y él no se acordaba de nada absolutamente. Una
cortina había caído sobre la parte de su memoria que contenía los detalles de
aquella espantosa tarde. Sólo se acordaba de lo que había ocurrido justo antes
y después del incidente.
En aquel entonces vivían en un barrio del sur
de Londres, Upfield, en una casita adosada de Petunia Street, él, su madre y su
padre. Él había nacido cuando su madre contaba más de cuarenta años y no tenía
hermanos («Ése es el motivo por el que te queremos tanto, Richard»). No le
dejaban jugar en la calle con otros chicos («Has de aprender a estar solo,
cariño»). A la vuelta de la esquina, en Lupin Street, vivía su abuela, la madre
de su padre. La abuela nunca iba a su casa, aunque él pensaba que a su padre le
hubiera gustado que lo hiciera.
–Me gustaría que invitaras a mi madre a tomar
el té el domingo –había oído decir a su padre en una ocasión.
–Si esa mujer pone el pie en esta casa, Stan,
me marcho.
Así pues, la abuela nunca fue a tomar el té a
casa.
–Creo saber qué es lo acertado, Stan, y soy
consciente de que no conviene mantener al chico alejado de su abuela. Puedes
decirle que te acompañe a verla una vez por semana, a condición de que yo no
tenga que encontrarme con ella.
Eso significaba que eran tres las casas en
las que a Richard se le permitía entrar: la suya, la de su abuela y la casa
contigua de la calle Petunia, donde vivían los Wilson con su Brenda y su John.
A veces jugaba en el jardín con John, aunque no se lo pasaba muy bien, ya que
Brenda, que era mucho mayor, pues tenía casi dieciséis años, siempre estaba
intimidándolos y evitando que se ensuciaran. Él y John iban a la misma clase,
pero su madre no le dejaba ir al colegio solo con él, pese a que estaba a tres
calles de distancia. Ella, su madre, era muy prudente y recelosa en todo lo
relacionado con él, y siempre le esperaba a las puertas del colegio antes de
que acabaran las clases para llevarle a casa firmemente cogido de la mano.
Sin embargo, había un día de la semana en que
no volvía directamente a casa. Siempre esperaba con ilusión el miércoles, ya
que esa tarde la pasaba en casa de la abuela y el tiempo que transcurría desde
que se despedía de su madre hasta que llegaba a la casa de la abuela era el
único en que estaba libre y solo.
Así era como lo hacían. Su madre iba a
buscarlo al colegio, bajaban por Plumtree Grove hasta el comienzo de Petunia
Street. Lupin Street arrancaba de Plumtree Grove un poco más abajo, de modo que
su madre esperaba a que cruzara la calle y luego le decía adiós con la mano y
le sonreía alentadoramente hasta que le veía doblar la esquina de Lupin Street.
La casa de la abuela estaba a unos cien metros de distancia. Esos cien metros
eran su tiempo libre, el tiempo que podía estar a solas.
–No dejes de correr en todo el camino –le
gritaba su madre.
Pero cuando llegaba a la esquina siempre
dejaba de correr y empezaba a andar muy despacio, deteniéndose para jugar con
la gata que vagaba por el solar o para escalar a una pila de ladrillos con los
que los obreros nunca llegaban a construir nada. A veces la abuela, si no le
molestaba mucho la artritis, salía a esperarle a la puerta y a él no le
importaba tener que renunciar a la gata y a la escalada, porque le gustaba
mucho ir a casa de la abuela. La abuela tenía una televisión muy grande
(extraordinariamente grande para aquella época), y él la veía, comiendo
chocolate, hasta que su padre salía de la fábrica y acudía a tomar el té. El té
era estupendo: pescado con patatas fritas, que la abuela no compraba en la
tienda sino que preparaba ella misma, merengues de nata y chocolate,
melocotones de lata con nata..., y todo ello acompañado de limonada con gas.
(«Es una vergüenza cómo mima tu madre a este chico, Stan»). En teoría tenían
que estar en casa a las siete, pero todas las semanas, cuando se acercaba esa
hora, la abuela se acordaba de que ponían una buena película de vaqueros en la
televisión y decía que tenía cacao con galletas y patatas fritas para verla.
Era una suerte si llegaban a Petunia Street antes de las nueve.
–Luego no me eches la culpa –protestaba su
madre– si mañana le dicen que ha hecho mal los deberes.
Aquella espantosa tarde su madre le dejó como
de costumbre en la esquina y esperó a que cruzara la calle. De eso se acordaba,
como también de que había mirado para ver si la abuela estaba esperándole en la
puerta. Al ver que no había salido, siguió andando en dirección a la obra con
idea de hacerle mimos a la gata para conseguir que saliera de la guarida que se
había hecho entre los escombros. Era una tarde agradable de finales de marzo y
a las cuatro era todavía pleno día. Estaba acariciando a la gata, pensando en
lo delgada y huesuda que era y en lo bien que le sentaría algo del pescado con
patatas de la abuela, cuando... ¿qué? ¿Qué pasaba entonces? En aquel momento
caía la cortina. Tres horas más tarde se levantaba, y él se hallaba en Plumtree
Grove, andando con bastante tranquilidad («Corriendo aterrorizado con ese
hombre detrás de él»), y de pronto se encontró nada menos que con Brenda Wilson,
que salía a pasar la tarde con su novio. Brenda le había señalado con el dedo,
mirándole fijamente y gritando. Fue corriendo hasta él y le agarró y estrujó
hasta que se quedó casi sin respiración. ¿Era eso lo que le había asustado
hasta el punto de hacerle perder la memoria? Ellos decían que no. Ellos decían
que ya venía asustado («Estaba muerto de miedo») y que la forma en que le había
agarrado Brenda y el espantoso grito que había dado su madre al verle no tenían
nada que ver con ello.
Petunia Street se llenó de coches de policía
y delante de su casa se agrupó una multitud de gente. Brenda le metió en casa a
empellones, gritando: «¡Le he encontrado! ¡Le he encontrado!» Y ahí estaba su
padre, completamente pálido, hablando con la policía, y su madre, medio desvanecida
en el sofá, aceptando un poco de brandy, y –maravilla de maravillas– su abuela.
Ésa había sido una de las cosas más extrañas de aquella extraña tarde: que su
abuela hubiera puesto el pie en su casa y su madre no se hubiese marchado de
ella.
Todos se pusieron a hacerle preguntas. ¿Las
había respondido? Lo único que permanecía en su memoria era el grito de su
madre. Eso era lo que perduraba, aquel sonido apabullante, y la gran boca
abierta de la que había salido cuando ella se había precipitado sobre él. De
alguna manera, aunque no hubiera podido explicar por qué, relacionaba aquel
grito y la manera con que se había precipitado hacia él, como si quisiera
comérselo, con la caída de la cortina.
Nunca le permitieron quedarse solo a partir
de entonces, ni siquiera para jugar con John en el jardín de los Wilson, y
tampoco le permitieron olvidarse de aquellos acontecimientos, de los cuales no
lograba acordarse. Y ni hablar de ir a casa de la abuela, aunque fuera
acompañado; su artritis había empeorado tanto que la habían ingresado en el
pabellón geriátrico del hospital de Upfield. Al hombre no lo encontraron. Un
par de años más tarde una niña de Plumtree Grove fue secuestrada y asesinada.
Tampoco esta vez encontraron al hombre, aunque su madre estaba segura de que
había sido el mismo.
–Podría haberle ocurrido a nuestro Richard.
Me pongo mala sólo de pensar en ese hombre andando por las calles como un
animal salvaje.
–¿Qué hizo conmigo, mamá? –preguntó Richard
por probar.
–Si no lo recuerdas, mejor que mejor. Tienes
que olvidar todo lo relacionado con ello, borrarlo de tu vida.
Si al menos ella le dejara.
–¿Qué hizo, papá?
–No lo sé, Rich. Ninguno de nosotros lo sabe,
ni yo, ni la policía, ni tu madre, por mucho que diga. A las mujeres les gusta
aparentar que lo saben todo, pero estoy convencido de que a ella no le contaste
más de lo que nos contaste a nosotros.
Su madre lo llevó y lo fue a recoger al
colegio hasta que cumplió doce años. Los otros chicos se metían despiadadamente
con él. No tenía permiso para ir a sus casas o invitar a alguno de ellos a la
suya («Nunca se sabe a quién pueden conocer o qué tipo de relaciones tienen»).
Su madre sólo dejó de acompañarlo a todas partes cuando empezó a ser más alto
que ella y todo el mundo opinó que era demasiado grande para que un hombre
pudiese atacarlo.
El hecho de hacerse mayor no llevó aparejada
ninguna aclaración de lo ocurrido aquella espantosa tarde, pero sí, con la
adolescencia, una idea de lo que pudo haber sucedido. Y cuando por fin
comprendió que no eran sólo amenazas, golpes e historias de terror lo que el
hombre podía haberle infligido, se sintió como un extraño en su propio cuerpo o
como si ese cuerpo estuviese cubierto de una suciedad indeleble. Y es que no
había manera de averiguarlo ahora, no había nada que hacer salvo desear que su
madre se olvidara del asunto, evitar las confianzas con la gente y esforzarse
en el colegio.
Le fue muy bien con los estudios, porque era
inteligente por naturaleza y no tenía diversiones fuera de ellos. A nadie le
extrañó que le aceptaran en una buena universidad, no Oxford o Cambridge, pero
sí una que era casi tan buena como éstas («Imagínate, toda la capacidad
intelectual que tiene podría haber quedado desaprovechada si ese hombre se
hubiera salido con la suya»), en la cual empezó a estudiar una carrera de
ciencias. Era el primer miembro de la familia que iba a la universidad, y la
única nube que oscureció el cielo fue que su abuela, como comentó su padre, no
estuviera allí para ser testigo de su éxito.
Había muerto en el hospital cuando él tenía
catorce años y había dejado su casa a sus padres. La habían vendido junto con
la suya y habían comprado una más grande y bonita, con un jardín amplio y un
garaje, en un barrio situado a unos ocho kilómetros de Upfield. El poco dinero
que había ahorrado se lo había dejado a Richard, para que lo heredase cuando
cumpliera dieciocho años. Era suficiente para comprar un coche, por lo que
cuando llegaron las vacaciones de Semana Santa en la universidad y fue a casa
se compró un Ford de dos años de antigüedad, se presentó al examen de conducir
y lo aprobó.
–Este chico aprueba todos los exámenes que se
le ponen por delante –dijo su madre–. Parece como si no pudiera suspender ni
aun intentándolo. Aunque, claro, tiene un ángel de la guarda que vela por él,
lo ha tenido desde los seis años, cuando ocurrió lo que tú bien sabes y se
libró de ello. –Su marido le había reconvenido por tener una memoria demasiado
buena, por lo que ahora sólo se refería a aquella espantosa tarde de forma
indirecta.
Ella le miraba conducir con pericia por la
manzana, lamentando únicamente que no tuviera una simpática muchacha a su lado,
una novia juiciosa y trabajadora («No una de esas furcias con las que vas...»),
que estuviera ahorrando para la entrada de un piso y unos buenos muebles. En la
universidad había una chica que le gustaba y a la que, según creía, tal vez él
pudiera gustarle. Pero no le había pedido que saliera con él. Nunca estaba
seguro de si era capaz de suscitar el interés de una chica, y ya no digamos su
amor.
Al día siguiente de haber aprobado el examen,
decidió ir a Upfield en coche para visitar a John Wilson. En la decisión había
algo más, admitió ante sí mismo, que el deseo de recuperar una vieja amistad.
John era realmente el único amigo que había tenido, aunque siempre se había
sentido inferior a él, puesto que John había sido –y había tenido la
oportunidad de ser– una persona llana y sociable, y había tenido una chica con
la que salir cuando sólo contaba catorce años. Le agradaba la idea de llegar a
casa de los Wilson justo después de haber acabado su primer curso en la
universidad y conduciendo su propio coche.
Era una tarde de miércoles agradable y
templada de principios de abril, y a las cuatro era todavía, como es natural,
pleno día. Había elegido un miércoles porque éste era el día en que las tiendas
de Upfield cerraban temprano y John no estaría en la ferretería en la que
trabajaba desde que había dejado el colegio tres años atrás.
Sin embargo, cuando enfiló Plumtree Grove en
dirección sur para dirigirse a Petunia Street, pensó que le gustaría echar un
vistazo a la vieja casa de su abuela y ver si por fin habían construido algo en
aquel solar. Durante años y años, la mitad de su vida, habían estado allí
aquellos ladrillos, aunque la vieja y delgada gata habría desaparecido o muerto
mucho antes de que los padres de Richard se mudaran. Los ladrillos seguían
allí, cubiertos de hierbas y ortigas. Entró en Lupin Street y avanzó
lentamente, manteniéndose cerca de la acera hasta que tuvo a la vista la casa
de su abuela. Se parecía a su madre lo suficiente como para no aparcar justo
delante de la casa («Has de aprender a estar a solas y a no curiosear en lo que
no te incumbe»), de modo que se detuvo unos metros antes de llegar.
La habían pintado de un vivo tono rosa; la
madera de las ventanas, en cambio, era de color azul celeste para que
resaltara. Richard pensó que le gustaba más antes, paredes crema y madera
marrón, pero no se alejó. Le había invadido una sensación extraña, más extraña
que cualquiera que recordara haber experimentado, lo cual le hizo quedarse
donde estaba, mirando fijamente aquel lugar abandonado cubierto de cascotes y
hierbajos. Sólo era nostalgia, pensó, sólo el recuerdo de aquellos miércoles
que habían sido el punto culminante de sus semanas.
Fue curiosa la manera con que se quedó
mirando los escombros a la espera de que apareciera la vieja gata. Si estuviera
viva tendría la misma edad que él, y no eran muchos los gatos que vivían todo
ese tiempo. Sin embargo, siguió mirando y al cabo de un rato, en el momento en
que trataba de ahuyentar esa sensación como de ensueño y aturdimiento que le
había invadido al ir a casa de John, apareció efectivamente un ser vivo de
detrás de los hierbajos más altos. Era un chico de unos ocho años. Richard no
tenía intención de salir del coche y, sin embargo, se vio fuera de él, cerrando
la puerta con llave y avanzando a continuación hacia el solar.
Desde el coche no se podía distinguir mucho.
Ése debía de ser el motivo por el que había salido, para examinar de más cerca
el lugar en que se había divertido de pequeño. Parecía muy pequeño, no la gran
extensión de montículos de ladrillos y barrancos cubiertos de hierba que
recordaba, sino una pequeña parcela llena de maleza de unos seis metros de
ancho y quizá el doble de largo. Naturalmente le había parecido más grande
porque él era entonces más pequeño, más pequeño incluso que este chico que
ahora estaba sentado sobre una montaña de ladrillos, mirándole fijamente.
No se propuso hablar con el muchacho, puesto
que él ya no era un niño, sino un hombre. Y si hay una norma explícita según la
cual un niño no debe hablar con desconocidos, también hay una norma tácita
según la cual un hombre no habla con niños. Si se hubiera propuesto hablar, sus
palabras se habrían referido tal vez a que él también había jugado allí alguna
vez o que había vivido cerca. Las palabras que empleó acudieron a sus labios
como si las hubiera colocado en ellos una autoridad exterior (o profundamente
interior):
–Has entrado ilegalmente en una propiedad
privada, ¿lo sabías?
El muchacho empezó a bajar con cuidado.
–Todos los chicos juegan aquí, señor.
–Tal vez, pero eso no es disculpa. ¿Dónde
vives?
«En Petunia Street, pero iba a la casa de mi
abuela... No.»
–Upfield
High Road.
–Lo mejor será que subas a mi coche –dijo el
hombre– y que te lleve a casa.
Vacilante, el muchacho repuso:
–No habrá nadie. Los miércoles mi madre sale
tarde del trabajo, y no tengo padre. Tengo que ir del colegio directamente a
casa, tomar el té y esperar a que mi madre llegue a las siete.
«Directamente a la casa de mi abuela, tomar
el té y...»
–Pero eso no es lo que has hecho, ¿verdad? Te
has quedado por aquí para entrar ilegalmente en la propiedad de otras personas.
–¿Es usted un poli, señor?
–Sí –dijo el hombre–, lo soy.
El muchacho subió confiadamente al coche.
–¿Vamos a la casa de la poli, señor?
–Iremos a la comisaría más tarde. Antes
quiero hablar contigo. Vamos a... –¿Dónde podrían ir? En el sur de Londres hay
muchos espacios abiertos, los denominados commons. Wandsworth Common, Tooting Common,
Streatham Common... ¿Qué le hacía decidirse por Drywood
Common, con lo lejos que estaba, un lugar del que había oído hablar pero en el
que no había estado, que él supiera, en toda su vida? El hombre lo había
sabido, y él era el hombre ahora, ¿no?–. Vamos a ir a Drywood a hablar. Hay una
tableta de chocolate en la guantera. Coge un poco si quieres. –Arrancó el coche
y dejó atrás la vieja casa de su abuela–. Cógelo todo –dijo.
El chico lo cogió todo. Luego dijo que se
llamaba Barry. Tenía ocho años y no tenía hermanos ni hermanas ni padre, sólo
tenía a su mamá, que trabajaba para mantenerlos a los dos. Su madre le había
dicho que no debía subir al coche de un desconocido, pero un poli era distinto,
¿no?
–Muy distinto –dijo el hombre–. Completamente
distinto.
No le fue fácil encontrar Drywood Common
debido a la mala señalización de la zona. Lo extraño sin embargo fue que, una
vez allí, todo el trazado del parque le resultó conocido.
–Vamos a aparcar al lado del lago –dijo.
Encontró el lago con facilidad, conduciendo
por el camino principal que dividía el parque y doblando a continuación a la
izquierda para enfilar una calle más estrecha. Había patos en el estanque.
Estaba rodeado de árboles, aunque a lo lejos se podían ver unas casas y una
pequeña hilera de tiendas. Aparcó el coche al lado del agua y apagó el motor.
Barry estaba muy tranquilo y confiado.
Escuchó con atención el sermón que le soltó el policía sobre la necesidad de
portarse bien y no entrar en lugares prohibidos y no se mostró nervioso o
aburrido cuando el hombre cambió de tema y empezó a hablar sobre sí mismo. El
hombre había tenido una vida solitaria, algo así como si hubiera estado en la
cárcel, y nunca había recibido permiso para salir solo a la calle. Incluso
cuando se encontraba en su habitación haciendo los deberes le habían estado
vigilando. («Deja la puerta abierta, cariño. En esta casa no tiene que haber
ningún secreto.») Además no había tenido ningún amigo de verdad. ¿Iba a ser
Barry su amigo, aunque sólo fuera por unas horas, sólo por aquella tarde? Barry
le dijo que sí.
–Pero ahora usted es mayor –dijo.
El hombre asintió con la cabeza. Más tarde,
al recordar los detalles de lo que su madre denominaría una experiencia
repugnante (ya que él siempre podía recordar todos los detalles), Barry diría
que había sido en aquel momento cuando el hombre se había echado a llorar.
Una mano pequeña y algo sucia tocó la mano
del hombre y la cogió. Nadie le había cogido nunca de la mano de esa manera. No
era una manera posesiva o autoritaria («Cógeme fuerte, Richard, cuando crucemos
la calle»), sino suave, comprensiva y... ¿cariñosa? Sus manos permanecieron
unidas, la pequeña cubriendo la grande, y luego la grande cogiendo y cubriendo
la pequeña. Una cierta tensión, como si el tiempo se hubiera detenido, hizo que
los dos se mantuvieran inmóviles dentro del coche. El muchacho la rompió, y el
tiempo volvió a discurrir.
–Tengo hambre –dijo.
–¿De veras? Ya se te ha pasado la hora del
té... Te propongo una cosa, ¿por qué no comemos una ración de pescado con
patatas? La compraremos en una de esas tiendas que hay allí.
Barry hizo ademán de salir del coche.
–No, tú no –dijo el hombre–. Será mejor que
vaya yo solo. Tú espera aquí, ¿de acuerdo?
–De acuerdo –dijo Barry.
Sólo tardó diez minutos –porque antes de
llegar ya sabía exactamente cuál era la tienda–, y cuando volvió Barry le
estaba esperando. El pescado con patatas estaba bueno, casi tan bueno como el
que preparaba la abuela. Cuando acabaron de comer y se limpiaron los grasientos
dedos con su pañuelo, ya se estaba haciendo de noche. Habían empezado a
encender las luces en las tiendas y casas que había a lo lejos; allí, sin
embargo, al lado del lago, seguía estando oscuro debido a los árboles.
–¿Qué hora es? –preguntó Barry.
–Las seis y cuarto.
–Debería volver ya.
–¿No quieres jugar al escondite? Tu mamá no
habrá llegado a casa todavía. Puedo llevarte a Upfield en diez minutos.
–No sé... ¿Y si vuelve temprano?
–Por favor –dijo el hombre–. Por favor, sólo un rato. De pequeño solía jugar al escondite aquí.
–Pero si ha dicho que nunca jugaba en ninguna
parte. Usted ha dicho que...
–¿En serio? Es posible. Estoy un poco
confundido.
Barry le miró gravemente.
–Yo me escondo primero –dijo.
Vio a Barry desaparecer por entre los
árboles. Las personas mayores que juegan al escondite no respetan las reglas,
no se molestan en cumplir la parte en que hay que contar hasta cien. El hombre,
en cambio, sí lo hizo. Contó lentamente, con seriedad, y a continuación salió
del coche y empezó a rodear el estanque. Le costó mucho tiempo encontrar a
Barry, quien era habilidoso jugando al escondite. Cada vez estaba más oscuro, y
no había nadie más en el parque. Él y el niño estaban solos.
Barry había ido a esconderse. El hombre se
quedó en el coche contando: noventa y ocho, noventa y nueve, cien. Cuando acabó
advirtió el silencio que reinaba en el lugar, que sólo mitigaba el tenue y
lejano murmullo del tráfico de South Circular Road del mismo modo que el
arrebol con que la luz de Londres teñía el cielo mitigaba la oscuridad. La
última vez no había estado tan oscuro. El niño no estaba ni detrás de los
árboles ni entre los arbustos de la orilla, ni oculto tras las zarzas del
arroyo que corría paralelo a la carretera.
¿Dónde demonios se había metido ese niño
estúpido? Su cólera era irracional, porque había sido él quien había propuesto
el juego. ¿Estaba enfadado porque el niño había demostrado que jugaba mejor que
él? ¿O se trataba de algo más profundo y violento, una rabia ante el rechazo de
ese insignificante e ignorante pequeño rapaz?
–¿Dónde estás, Barry? Vamos, sal. Ya me he
cansado de esto.
No hubo respuesta. El viento susurró, y una
pequeña rama se precipitó de la copa de un árbol para caer a sus pies. «¡Por
Dios! ¡Vaya con el diablillo! ¿Qué voy a hacer si no logro encontrarle? ¿A qué
demonios se cree que está jugando? Cuando le encuentre, le voy a... le voy a
matar.»
Se estremeció. La sangre le palpitaba en la
cabeza. Arrancó una rama de un arbusto y empezó a dar golpes sin ton ni son,
enfurecido, rompiendo el oscuro silencio con sus gritos.
–¡Barry,
Barry! ¡Sal! Sal de una vez, ¿me oyes? –«No quiere estar
conmigo, no le importo, nadie querrá estar nunca conmigo...»
Entonces oyó una risilla encima de su cabeza,
en la copa de un árbol, y de repente un chasquido de ramas y el susurro de un
deslizamiento. No era exactamente encima de su cabeza, sino más allá. En la
risilla creyó percibir una nota de burla. ¿Pero dónde? ¿Dónde estaba? En la
orilla. Estaba subido al árbol que colgaba sobre el estanque. Oyó un golpe
sordo de pies pequeños en el suelo y de nuevo aquella exasperante risilla de
regocijo. El hombre se quedó quieto por un momento. Cerró las manos como si
estrangularan un cuello y las mantuvo apretadas, estrujándolo para arrebatarle
la vida. «Corre, Barry, corre... Corre, Richard, ve a Plumtree Grove, vuelve
con Brenda, a casa, con mamá, que sabe lo que son las espantosas tardes...»
El hombre se abrió paso bruscamente entre los
arbustos en dirección al estanque. El niño ya se habría alejado, aunque no
mucho. Sus piernas eran lo bastante largas y fuertes como para alcanzarle, y
sus manos lo bastante fuertes como para garantizarle que en el futuro no habría
dudas ni temores ni recuerdos ocultos tras una cortina.
Pero el niño no estaba en ninguna parte, en
ninguna. Y sin embargo... ¿qué era aquel ruido? ¿Unos pasos furtivos y
temerosos que se alejaban cautelosamente? Se giró sobre los talones y vio al
niño avanzar hacia él, andando con cierta timidez entre los grises troncos de
los árboles hacia él. Sintió un nudo en la garganta. Debió de ser algún gesto que hizo,
la expresión de amenazadora gravedad de su rostro, de aspecto aún más sombrío a
causa de la penumbra, lo que hizo que el niño se parara en seco. «Corre, Barry,
corre, vete a todo correr...»
Se miraron fijamente durante un momento,
durante una vida, durante doce largos años. Entonces el niño, confiado e
inocente, soltó una risa alegre. Echó a correr y se lanzó a los brazos del
hombre, y éste, sintiendo un gran alivio de dolor y angustia, lo levantó,
levantó riendo al niño para ver su cara risueña. Rieron, presa de un arrebatado
alborozo, por haberse encontrado finalmente el uno al otro, y en la oscuridad,
bajo los susurrantes árboles, se fundieron en un abrazo de afecto y amistad.
–Vamos –dijo Richard–, te llevaré a casa. No
sé cómo he podido traerte aquí. ¿En qué estaría pensando?
–En jugar al escondite –dijo Barry–. Nos lo
hemos pasado muy bien.
Regresaron al coche y cuando llegaron a
Upfield High Road ya pasaba de las siete.
–Creo que mi madre no ha vuelto todavía.
–Te dejo aquí. No voy a ir hasta tu casa.
–Richard abrió la puerta del coche para dejarle salir–. ¿Barry?
–¿Sí, señor?
–No vuelvas nunca a subir al coche de un
desconocido, ¿de acuerdo? ¿Me lo prometes?
Barry asintió con la cabeza.
–Muy bien.
–Una vez subí al coche de un desconocido y
durante años no pude acordarme de lo que había sucedido. Esta tarde, al
conocerte, ha sido como si me hubiera vuelto a la memoria. Ahora me acuerdo de
todo. Era un buen hombre, pero se sentía un poco solo, como yo. Comimos pescado
con patatas en Drywood Common y jugamos al escondite como hemos hecho nosotros;
luego me llevó hasta cerca de mi casa, como te he traído a ti. Aunque no
siempre es así.
–¿Cómo lo sabe?
–Lo sé, eso es todo –dijo–. Buenas noches
Barry, y... gracias.
Se alejó, volviendo la cabeza una vez para
ver que el niño entraba en su casa sano y salvo. Barry se lo contó todo a su
madre, que se alarmó e insistió en llamar a la policía. Como Barry no pudo
recordar la matrícula del coche y no tenía idea de cómo se llamaba el hombre,
no hubo mucho que pudieran hacer. Nunca encontraron al hombre.
La gente no hace semejantes
cosas
(People
Don’t Do Such things, 1976)
La gente no hace semejantes cosas.
Ésta es la última frase de Hedda Gabler, e Ibsen hace que un hombre la diga llevado por la perplejidad que le
invade al resultarle la verdad más extraña que la ficción. Conozco
perfectamente esa sensación. Me digo esta frase cada vez que me enfrento con la
dura realidad que supone que Reeve Baker tenga que cumplir quince años en la
cárcel por asesinar a mi esposa, y que yo tomara parte en ello y que nos
sucediera a los tres. La gente no hace semejantes cosas, pero aun así las hace.
Para mí la vida real nunca había sido más
extraña que la ficción. Siempre había sido maravillosamente prosaica, tranquila
y agradable, y toda la gente que conocía iba tirando buenamente. Es decir, toda
la gente excepto Reeve. Supongo que me hice amigo de Reeve y disfrutaba tanto
de su compañía debido al contraste que había entre su forma de vida y la mía,
de tal suerte que cuando él se iba a casa, yo podía decirle a Gwendolen: «Qué
aburridas deben de parecerle a Reeve nuestras vidas.»
Un conocido mío le había dado mi nombre al
enterarse de que tenía problemas con sus cuentas y estaba en un aprieto con Hacienda.
Como en mi calidad de contable tenía a varios escritores entre mis clientes,
estaba acostumbrado a su actitud irresponsable con el dinero (la manera con que
recurren a la excusa del temperamento artístico para encubrir lo que en
realidad es una calculada evasión de impuestos), de modo que podía resolverle
la papeleta a Reeve y enseñarle la manera de mantenerse más o menos solvente.
Con idea, supongo, de demostrarnos su agradecimiento, Reeve nos llevó a cenar a
Gwendolen y a mí; luego le invitamos a venir a nuestra casa, tras lo cual nos
hicimos buenos amigos.
Los escritores y su forma de trabajar son
algo fascinante para los tipos corrientes como yo. Para mí es un misterio no
sólo la manera que tienen de construir todo el asunto y crear los personajes y
hacerles hablar y todo eso, sino también cómo consiguen las ideas. Sin embargo,
a Reeve no le suponía ningún problema hacerlo y era capaz de ambientarlo todo
en la corte de Luis XV o en la Italia medieval o donde fuera. He leído sus
nueve novelas históricas y admirado lo que podríamos denominar su virtuosismo.
Sin embargo, lo que en realidad me animó a leerlas fue sólo el deseo de
complacerle. Lo que yo prefería eran las novelas policiacas y rara vez me
molestaba en leer otro tipo de obras de ficción.
Gwendolen me dijo una vez que era asombroso
que Reeve pudiera llenar sus libros de dramatismo cuando en realidad su vida
era una sucesión de episodios dramáticos. Lo normal sería que al escribir se
hubiera desentendido de sus problemas. En mi opinión, todos sus héroes eran él
mismo, sólo que convertidos en César Borgia o Casanova. Podías ver a Reeve en
todos ellos, altos, guapos y apuestos, y comportándose como diablos con las
mujeres. Reeve se había divorciado de su esposa aproximadamente un año antes de
que yo le conociera, y desde entonces había salido con una serie de mujeres:
modelos, actrices, chicas del mundo de la moda, secretarias, ejecutivas
emprendedoras e incluso una dentista. En una ocasión nos encontrábamos en su
casa y puso un disco de un aria de Don Giovanni, otro personaje con el que Reeve
se sentía identificado y sobre el que escribía. Se llamaba «la canción del
catálogo» y era una enumeración de todos los tipos de muchachas a las que don
Giovanni había cortejado –rubias, morenas, pelirrojas, jóvenes, viejas, ricas y
pobres–, que terminaba con una frase que sugería que si ella lleva enaguas ya
sabéis qué está haciendo él. Es curioso, hasta me acuerdo de la frase en
italiano, aunque es todo el italiano que sé: Purche porti la gonnella voi sapete quel che fa. El cantante se reía de una manera desagradable, siguiendo el compás de
la música y con el tono de mofa de un seductor, y Reeve se reía a su vez y
decía que al oírla tenía un sentimiento de afinidad.
Soy un hombre chapado a la antigua, lo sé.
Soy convencional. El sexo, en lo que a mí respecta, es para el matrimonio, y no
puedo evitar pensar que el sexo que se practica antes del matrimonio (poco en
mi caso) es algo secreto y vergonzante. Nunca he creído que la gente lo
practicara mucho fuera del matrimonio. Cosas que se dicen, fanfarronadas...
pensaba yo. Eso era realmente lo que pensaba, me engañaba al creer que cuando
Reeve hablaba de salir con una chica nueva lo único que quería decir era salir.
Invitarla a cenar, pensaba yo, bailar con ella y llevarla a casa en taxi y
darle tal vez un beso de despedida en el portal. Hasta que la mañana de un
domingo en que Reeve iba a venir a comer le telefoneé para preguntarle si
quería que quedáramos en el pub para tomar un aperitivo. Él parecía adormilado
y pude oír la risita de una muchacha al fondo. Luego él dijo:
–Ponte algo de ropa, encanto, y vete a
preparar una taza de té para los dos, por favor. La cabeza me va a estallar.
Luego se lo conté a Gwendolen.
–¿Y qué esperabas? –dijo ella.
–No sé –dije–. Pensaba que te sorprenderías.
–Es muy guapo y sólo tiene treinta y siete
años. Es algo natural. –Pero se había sonrojado un poco–. De todos modos, estoy
algo sorprendida –admitió–. Su vida no es como la nuestra, ¿verdad?
Sin embargo nos asomamos a ella, desde el
margen. A medida que fuimos conociendo mejor a Reeve, él fue prescindiendo de
las pequeñas evasivas que había empleado en un principio para no herir nuestros
sentimientos. Empezó a contarnos abiertamente anécdotas de su pasado y su
presente amoroso. La de la chica tan posesiva que aun habiendo terminado él con
la relación se había colado en su piso y la había encontrado desnuda en su cama
cuando aquella noche había llevado a otra chica a casa; la de la mujer casada
que le había ocultado durante dos horas en el armario hasta que su marido se
había ido; la de la chica que había ido a pedirle medio kilo de azúcar y se
había quedado toda la noche; chicas rubias, chicas morenas, rollizas, delgadas,
ricas, pobres... Purche
porti la gonnella voi sapete quel che fa.
–Es un mundo diferente –decía Gwendolen.
Y yo decía:
–Hay gente a la que le gusta vivir así.
Éramos muy dados a decir ese tipo de tópicos.
Nuestra vida era un tópico, la clase de vida
más común entre la gente de clase media del mundo occidental. Teníamos una
bonita casa independiente en un barrio «correcto», muebles sólidos y alfombras
de las que aguantan toda la vida. Yo salía para el despacho a las ocho y media
y volvía a las seis. Gwendolen limpiaba la casa, iba a la compra y se reunía
con las amigas para tomar el café y charlar. Por la noche nos gustaba quedarnos
en casa y ver la televisión, y por lo general nos acostábamos a las once. Creo
que yo era un buen marido. Nunca me olvidaba del cumpleaños de mi esposa, ni
dejaba de mandarle rosas por nuestro aniversario, ni de lavar los platos cuando
me correspondía. Y ella era una esposa excelente, más propensa al romanticismo
que a la sensualidad. En cualquier caso, nunca se mostró sensual conmigo.
Guardaba todas las felicitaciones de
cumpleaños que le enviaba y las tarjetas del día de San Valentín que le escribí
durante nuestro noviazgo. Gwendolen era una de esas mujeres que acumulan y
atesoran pequeños recuerdos. En un cajón de su mesilla guardaba el menú del
restaurante en que celebramos nuestro compromiso, una postal del hotel en que
pasamos nuestra luna de miel, todas las fotografías en que apareciéramos
nosotros y las fotos de la boda en un álbum de tapas de cuero. Sí, era una
romántica de las de verdad, y a la manera apocada que le caracterizaba, pero
con ademán atrevido, a veces le reprochaba a Reeve su crueldad.
–Pero no puedes hacerle eso a alguien que te
quiere –le dijo cuando anunció su insultante propósito de irse de vacaciones
sin decírselo a la chica con la que estaba saliendo–. Le vas a romper el
corazón.
–Gwendolen, querida, ella no tiene corazón.
Las mujeres no tienen corazón. Ella tiene otro tipo de máquina, una combinación
de telescopio, detector de mentiras, escalpelo y mecanismo de castración.
–Eres un verdadero cínico –dijo mi esposa–.
Si algún día te enamoras, descubrirás cómo se siente uno.
–No necesariamente. Como decía Shaw –Reeve
siempre citaba lo que decían otros escritores–: «No desees a los demás lo que
te gustaría para ti, puesto que todos no tenemos los mismos gustos.»
–Todos tenemos el mismo gusto en la medida en
que no queremos que nos traten mal.
–Ella debería haber pensado en eso antes de
intentar controlar mi vida. Voy a desaparecer discretamente durante una
temporada. Es posible incluso que no me vaya. Quizá le diga que me he marchado
y me oculte en casa durante un par de semanas. Llenaré el congelador y compraré
una buena provisión de alcohol. Ya lo he hecho antes en situaciones parecidas.
Resulta bastante agradable y me quito de en medio un montón de trabajo.
Gwendolen enmudeció al oír aquello y, a decir
verdad, yo también. Cabría preguntarse, tras estos ejemplos de su moral, qué
veía yo en Reeve. Ahora me resulta difícil recordarlo. Encanto, tal vez, y una
hospitalidad infalible; una manera lastimera de hablar de su propia vida como
si no pudiera esperar más de ella, mientras que la mía era el ideal al que
todos los hombres aspirarían; una impotencia con respecto a sus asuntos
económicos combinada con una admiración hacia mi dominio de ellos; una manera
de hablarme como si ambos fuéramos hombres de mundo por igual, con la salvedad
de que yo había elegido la mejor parte. Cuando le invitaba a una de nuestras
modestas y aburridas reuniones, siempre era el amigo interesante que daba
conversación trivial e ingeniosa, quien daba nueva vida a una fiesta condenada
al fracaso, además de camarero diligente... Sobre todo, era el único entre mis
amigos que no era contable, banquero, notario o ejecutivo de empresa. Teníamos
sus libros en nuestras estanterías. Nuestros amigos los pedían prestados y
decían a sus amigos que habían conocido a Reeve Baker en nuestra casa. Nos
proporcionó un toque de distinción que nos elevó lo suficiente por encima de la
burguesía para hacernos interesantes.
Tal vez, en aquel entonces, debería haberme
preguntado qué era lo que él veía en nosotros.
Fue aproximadamente hace un año cuando
advertí por vez primera una cierta frialdad entre Gwendolen y Reeve. Las
chanzas a las que se habían prestado, consistentes en confesiones irónicas o
cumplidos frívolos por parte de él y en reconvenciones tímidas y algo
maternales por parte de ella, cesaron casi por completo. Cuando nos reuníamos
los tres, ellos hablaban a través de mí, como si yo fuera su intérprete. Le
pregunté a Gwendolen si él le había hecho algo enojoso.
Ella me miró profundamente desconcertada.
–¿Por qué lo preguntas?
–Pareces enojada con él.
–Lo siento –dijo ella–. Procuraré ser más
amable. No me había dado cuenta de que le estaba tratando de forma diferente.
También me estaba tratando a mí de forma diferente.
A veces se encogía cuando la tocaba, y aunque nunca me rechazaba, había cierta
apatía en su forma de hacer el amor.
–¿Qué sucede? –le pregunté después de tener
un problema que nunca antes nos había ocurrido.
Ella me dijo que no era nada, y luego añadió:
–Nos estamos haciendo mayores. No puedes
esperar que las cosas sean igual que cuando nos casamos.
–Por amor de Dios –dije–. Tienes treinta y
cinco años y yo treinta y nueve. No somos unos vejestorios.
Ella suspiró y puso cara de infelicidad. Se
había vuelto susceptible y difícil. Aunque apenas abría la boca en presencia de
Reeve, hablaba mucho de él en su ausencia y aprovechaba prácticamente cualquier
excusa para hacer comentarios sobre él y especular acerca de su carácter. Y dio
la impresión de sentirse inexplicablemente molesta cuando, con motivo de
nuestro décimo aniversario de boda, llegó a casa una tarjeta de felicitación
para los dos firmada por él. Yo, por supuesto, le había regalado rosas a
Gwendolen. Al acabar la semana eché en falta el recibo de una cuenta que había
pagado (como gestor soy naturalmente cuidadoso con estas cosas) y miré en
nuestra papelera pensando que tal vez lo hubiera tirado. Lo encontré, y también
encontré la tarjeta que había enviado a Gwendolen junto con las rosas para felicitarle
por nuestro aniversario.
Reparé en todas esas cosas. Ése era el
problema que tenía: me fijaba en las cosas pero carecía de la necesaria
experiencia de la vida para sumarlas y obtener un resultado significativo. No
tenía conocimiento del mundo como para adivinar por qué mí esposa estaba
siempre fuera cuando le telefoneaba por la tarde o por qué estaba siempre
comprándose ropa nueva. Reparaba en ello y me extrañaba, eso era todo.
También reparé en cosas relacionadas con
Reeve. En primer lugar, que había dejado de hablar de las chicas con que salía.
–Se está haciendo adulto –le dije a
Gwendolen.
Ella reaccionó con efusión y entusiasmo.
–Estoy totalmente de acuerdo.
Pero estaba equivocada. Reeve sólo pasó tres
meses de lo que yo consideraba celibato. Y sólo me dijo a mí que estaba
saliendo con otra chica. Confidencialmente, mientras bebíamos algo en un pub
una noche de viernes, me habló de una «tía estupenda» de veinte años que había
conocido en una fiesta una semana atrás.
–No durará, Reeve –dije.
–Espero sinceramente que así sea. ¿Quién
quiere que dure?
Gwendolen no, desde luego. Cuando se lo
conté, se mostró primero incrédula y luego horrorizada. Y cuando le dije que
lamentaba habérselo contado ya que la reincidencia de Reeve le había disgustado
profundamente, ella me respondió con brusquedad que no quería hablar de él. A
partir de entonces se mostró más brusca y nerviosa que antes y también más
desanimada. Cada vez que sonaba el teléfono daba un respingo. En un par de
ocasiones al llegar a casa me encontré con que mi esposa no estaba y que la
cena no estaba preparada. Luego aparecía, ojerosa, y decía que había salido a
dar una vuelta. La convencí de que fuera a ver a nuestro médico y éste le
recetó tranquilizantes, lo cual no hizo más que desanimarla aún más.
Hacía mucho que no veía a Reeve cuando
inesperadamente me telefoneó al trabajo y me dijo que se iba tres semanas al
sur de Francia.
–¿Te has olvidado de cómo están de salud tus
cuentas? –le pregunté. Me había costado un gran esfuerzo conseguir que pagara
el plazo de enero del impuesto semestral sobre la renta y sabía que estaría
prácticamente sin blanca hasta mayo, que era cuando le iban a pagar el adelanto
de su nuevo libro–. ¿No te parece un poco caro el sur de Francia?
–Me las arreglaré –dijo–. El director de mi
banco es uno de mis lectores y me ha permitido estar en descubierto.
Gwendolen no pareció extrañarse mucho al
enterarse de que Reeve se iba de vacaciones. Él me había dicho que iba a ir
solo (la «tía estupenda» había desaparecido del mapa hacía cierto tiempo) y
ella me comentó que pensaba que le vendría bien el descanso, sobre todo
teniendo en cuenta, tal y como me dijo, que allí no le molestaría ninguna de
esas muchachas.
Cuando conocí a Reeve tenía un piso de
alquiler, pero yo le persuadí de comprarse uno, por seguridad y como inversión.
La propiedad que compró era conocida por el nombre eufemístico de
«piso-jardín», aunque en realidad se trataba de un sótano, la planta baja
inferior de una gran casa victoriana situada en Bayswater. El camino que solía
tomar para ir al trabajo no me llevaba a su calle, pero, a veces, cuando el
tráfico era intenso, iba por un atajo y pasaba por delante de su casa. Cuando
Reeve ya llevaba dos semanas fuera tuve casualmente que hacerlo y, como es
lógico, eché un vistazo a su ventana. Uno siempre mira la ventana de un amigo
incluso si sabe que el amigo no está en casa. Su dormitorio daba a la calle; la
mitad superior de la ventana resultaba visible y la mitad inferior quedaba
oculta por una parte elevada del jardín. Me fijé en que los visillos estaban
corridos. No muy prudente, pensé, una invitación para los ladrones, pero luego
me olvidé de ello. Dos mañanas después, sin embargo, fui de nuevo por ese
camino, muy lentamente esta vez a causa de un atasco, y volví a mirar la
ventana de Reeve. Los visillos ya no estaban corridos, del todo. Estaban
separados por una abertura de unos quince centímetros. Ahora bien, haga lo que
haga un ladrón, es muy poco probable que descorra unos visillos corridos. No
pensé en ladrones esta vez, sino en que Reeve habría adelantado su regreso.
Diciéndome que de todas formas iba a llegar
tarde al trabajo si seguía avanzando al ritmo de aquel atasco, aparqué en
cuanto pude. «Voy a llamar a la puerta del viejo Reeve –pensé–, y pedirle que
me invite a una taza de té.» No hubo respuesta. No obstante, cuando volví a
mirar la ventana tuve casi la absoluta certeza de que los visillos habían sido
movidos una vez más, y además durante los últimos diez minutos. Llamé al timbre
de la mujer que vivía en el piso de arriba. Bajó en bata.
–Siento molestarle –dije–, pero ¿sabe si el
señor Baker ha regresado?
–No vuelve hasta el sábado –dijo ella.
–¿Está segura?
–Claro que lo estoy –dijo con cierto
malhumor–. Le dejé un recado en el buzón el lunes, así que si hubiera vuelto
habría subido a buscar el paquete que le han traído.
–¿Sabe usted si se llevó el coche? –pregunté,
sintiéndome como el detective de una de mis novelas policíacas favoritas.
–Claro que se lo llevó. ¿Qué pasa? ¿Qué ha
hecho?
Le dije que no había hecho nada, que yo
supiera, y ella me cerró la puerta en las narices. Así pues, me acerqué a la
hilera de garajes de alquiler que había al final de la calle. No pude ver gran
cosa por el cristal esmerilado de la puerta del garaje de Reeve, aunque sí lo
suficiente para estar seguro de que el interior no estaba vacío y de que
aquella sombra verdosa era la carrocería de su Fiat. Entonces lo comprendí
todo. No se había ido. Me reí entre dientes mientras me lo imaginaba oculto en
su piso durante aquellas tres semanas, alimentándose con las reservas de su
congelador y pasando la mayor parte del tiempo encerrado en las habitaciones
interiores de la casa, las cuales, al estar cercadas por los muros del patio,
le permitirían mantener las luces encendidas día y noche. «Espera al sábado»,
pensé, y me imaginé preguntándole los pormenores de sus vacaciones, tendiéndole
pequeñas trampas hasta que se viera obligado a reconocer, a pesar de toda su
inventiva de escritor, que no se había marchado.
Gwendolen estaba poniendo la mesa para la
cena cuando llegué a casa. Había decidido que ella sería la única persona con
quien compartiría la broma. Me prestó toda su atención en cuanto mencioné el
nombre de Reeve, pero cuando llegué a la parte del coche y el garaje se quedó mirándome
de hito en hito y palideció completamente. Entonces se sentó, dejando caer en
el regazo el conjunto de tenedores y cuchillos que tenía en la mano.
–¿Qué sucede? –dije.
–¿Cómo puede ser tan cruel? ¿Cómo puede
hacerle eso a alguien?
–Oh, querida. Reeve es incorregible cuando se
trata de mujeres. Recuerda que nos dijo que ya lo había hecho antes.
–Voy a llamarle –dijo ella, y me fijé en que
estaba temblando. Marcó su número y oí las primeras notas del tono de llamada.
–No contestará –dije–. No te lo habría dicho
si hubiera sabido que te iba a disgustar.
Ella no dijo nada más. Había cosas al fuego y
la mesa estaba a medio poner, pero ella lo dejó todo y se fue al vestíbulo.
Apenas habían pasado unos segundos cuando oí cerrarse la puerta de la calle.
Sé que tardo en darme cuenta de las cosas
pero no soy estúpido. Incluso un marido que confía en su mujer como yo confiaba
en la mía (o, más bien, que jamás se haya parado a pensar en que la confianza
sea necesaria) adivinaría, después de aquello, que algo había pasado. «Bueno,
tampoco es para tanto», me dije. Un encaprichamiento tal vez por parte de ella,
un culto al héroe atizado por los halagos y las confidencias que él le había
hecho. Naturalmente, ella se sentiría defraudada e incluso traicionada cuando supiera
que él la había engañado al decirle dónde iba a estar después de haberle hecho
creer que ella era una amiga muy especial para él y que estaba enterada de
todos sus secretos. No obstante, subí al piso de arriba para mirar en el cajón
de la mesilla en que guardaba sus recuerdos y quedarme más tranquilo.
¿Deshonroso? No lo creo. Ella nunca lo había cerrado con llave ni había
intentado ocultarme su contenido.
Todos los pequeños recuerdos de nuestro
primer encuentro, de nuestro noviazgo y de nuestro matrimonio seguían estando
allí. Entre una tarjeta de cumpleaños y una de San Valentín vi una rosa
prensada; sin embargo allí también había, apartados en un nido hecho con un
pañuelo de encaje que yo le había regalado, un medallón y un botón. El medallón
se lo había dejado su madre; sin embargo la fotografía que guardaba en su
interior, la de algún familiar fallecido tiempo atrás y difícil de identificar,
había sido reemplazada por una instantánea recortada de Reeve. En el otro lado
había un mechón de pelo. El botón lo identifiqué como uno de los de la chaqueta
deportiva de Reeve, aunque me di cuenta de que no había sido cortado. Lo habría
perdido en nuestra casa y ella lo habría recogido. El pelo era de Reeve, negro,
ondulado, con alguna que otra cana; sin embargo, tampoco había sido cortado.
Ella lo habría cogido de su cepillo durante una de nuestras visitas a su piso y
habría formado con él un mechón. Pobre Gwendolen... Fugazmente sospeché de
Reeve. Por un espantoso momento, sentado en la cama después de que ella se
hubiese ido, me pregunté: ¿Y si él...? ¿Sería posible que mi mejor amigo
hubiera...? Pero no. Ni siquiera le había enviado una carta o una flor. Había
sido todo cuestión de ella, y por ese motivo –sabía a dónde se dirigía– debía
impedir que lo viera y se humillara.
Me metí las cosas en el bolsillo con la vaga
idea de utilizarlas para demostrarle a Gwendolen que se había comportado como
una chiquilla. Comprobé que no se había llevado el coche. A Gwendolen no le
gustaba conducir por el centro de Londres. Cogí el mío y me dirigí a la
estación del metro en la que sabía que ella bajaría.
Gwendolen salió un cuarto de hora después de
que yo llegara, andando con rapidez y mirando nerviosamente a derecha e
izquierda. Cuando me vio profirió un grito ahogado y se quedó completamente
inmóvil.
–Sube, querida –dije dulcemente–. Quiero
hablar contigo.
Subió pero no dijo nada. Fui por Bayswater
Road y entré en el parque. Allí, en la plaza, aparqué bajo los árboles, y como
ella aún no había dicho ni una palabra, dije:
–No creas que no lo entiendo. Llevamos diez
años casados y supongo que soy un hombre bastante aburrido. En cambio Reeve es
interesante, distinto y..., bueno, quizá sea algo totalmente natural que creas
que te has enamorado de él.
Ella me miró fríamente.
–Le quiero y él también me quiere a mí.
–Eso es absurdo –repuse, pero no fue el frío
de aquel atardecer primaveral lo que me hizo estremecer–. Sólo porque haya
utilizado ese encanto suyo contigo...
Me interrumpió.
–Quiero divorciarme.
–Por amor de Dios –dije–, Pero si apenas
conoces a Reeve. Nunca has estado a solas con él, ¿no?
–¿Que nunca he estado a solas con él? –Soltó
una risa frágil y desesperada–. Es mi amante desde hace seis meses. Y me voy a
ir con él. Le diré que ya no tiene que seguir escondiéndose de las mujeres
porque voy a estar con él todo el tiempo.
La miré boquiabierto en la semioscuridad.
–No te creo –dije, pero la creía. La creía–.
¿Me estás diciendo que eres como todas las demás...? ¿Tú? ¿Mi esposa?
–Voy a ser la esposa de Reeve. Soy la única
persona que lo entiende, la única con la que puede hablar. Me lo dijo antes...
antes de marcharse.
–Pero no se ha ido... –Había una enorme
mancha roja delante de mis ojos, como un lago de sangre–. ¡Estúpida! –le
grité–. ¿No comprendes que es de ti de quien se está escondiendo? ¡De ti! Lo ha
hecho para dejarte tal como ha dejado a todas las demás. ¿Y dices que te
quiere? Si ni siquiera te ha regalado nada, ni siquiera una foto. Si llamas a
su puerta no te abrirá. Eres la última persona a la que abriría la puerta.
–¡Me iré con él! –exclamó, y empezó a
forcejear con la puerta del coche–. Voy a vivir con él, y no quiero volver a
verte jamás.
Al final volví a casa solo. Su deseo se hizo
realidad y no volvió a verme jamás.
Al ver que daban las once y aún no había
vuelto, llamé a la policía. Aunque me pidieron que fuera a la comisaría para
cumplimentar el formulario de personas perdidas, no se tomaron mis temores muy
en serio. Al parecer, cuando una mujer de la edad de Gwendolen desaparece, dan
por hecho que se ha marchado con un hombre. Sin embargo, sí se lo tomaron en
serio cuando por la mañana el encargado de un aparcamiento la encontró
estrangulada entre los arbustos.
Aquello fue el jueves. La policía quería
saber a dónde pensaría ir Gwendolen alejándose tanto de su casa. Quería los
nombres y las direcciones de todos nuestros amigos. ¿Conocíamos a alguien que
viviera en Kensington, Paddington o Bayswater, o en algún lugar cercano al
parque? Les respondí que a nadie. Al día siguiente me volvieron a preguntar y les
dije, como si acabara de recordarlo:
–Sólo a Reeve Baker. Ya saben, el novelista.
–Les di su dirección–. Pero se ha ido de vacaciones. Lleva fuera tres semanas y
no vuelve hasta mañana.
Lo que ocurrió después lo sé gracias a los
testimonios que se dieron en el juicio de Reeve, su juicio por el asesinato de
mi esposa. La policía fue a verle el sábado por la mañana. No creo que en un
principio sospecharan de él. Mis lecturas de novelas policiacas me han enseñado
que le pedirían que les diese cualquier información que tuviera acerca de
nuestra vida privada.
Por desgracia para él, ya habían hablado con
algunos vecinos suyos. Reeve les había hecho pensar a todos que se había ido
realmente. El lechero y el repartidor de periódicos estaban convencidos de que
había estado fuera. Así pues, cuando la policía le interrogó al respecto y él
comprendió por qué le estaban interrogando, le entró pánico. No se atrevió a
decir que había estado en Francia. Podrían haber demostrado que era falso sin
el menor problema. Por tanto, lo que hizo fue contar la verdad y decir que se
había escondido para librarse de las atenciones de una mujer. ¿Qué mujer? No lo
dijo, pero la vecina del piso de arriba sí. Había visto repetidas veces a
Gwendolen visitarlo por la tarde. Les había oído reñir, ella afirmando su amor
hacia él y él gritando que no iba a permitir que le controlara y que era capaz
de cualquier cosa con tal de escapar a sus intentos de dominarle.
No tenía, por descontado, coartada para la
noche del miércoles, si bien el juez y el jurado no tardaron en descubrir que
había hecho lo posible por urdir una. Los novelistas son propensos a dejar
volar la imaginación y no se dan cuenta de lo astuta y concienzuda que es la
policía. Además había pruebas de su culpabilidad más contundentes incluso que
ésta. Las más importantes que se presentaron en la sala fueron tres: la
chaqueta deportiva de Reeve con un botón de menos en la manga, el botón y un
mechón de cabellos. El botón lo habían encontrado al lado del cadáver de
Gwendolen y el mechón de pelo en su abrigo...
Mi lectura de novelas policiacas no había
sido en vano, pese a lo cual no he leído ninguna desde entonces. Supongo que la
gente no lo hace después de suceder algo semejante.
Un corazón delicado
(A Bad
Heart, 1973)
Habían sido muy insistentes y al final, tras
pedírselo por tercera vez, había aceptado. Resignadamente, casi con fatalismo,
había accedido a cenar con ellos. No obstante, cuando emprendió el largo
trayecto para salir de Londres, pensó malhumoradamente que deberían haber tenido
el tacto de acabar con la relación de una vez por todas. Ninguno de los
empleados que había despedido le había tratado de aquella manera. Amenazas sí
que había tenido. Varios le habían amenazado y uno había intentado hacerle
chantaje, pero ninguno había tenido el descaro de invitarle a cenar. Eso no se
hacía. Un hombre prudente no lo habría hecho. Pero estaba claro que Hugo Crouch
no era un hombre prudente y ése era, entre otros, el motivo por el que le había
despedido.
Sabía por qué le habían invitado. Querían
llevar a cabo una especie de juicio para sacarlo todo a la luz. Consciente de
esto, había sugerido que se reunieran en un restaurante; él correría con los
gastos. No podían hostigar a un hombre en un restaurante público y además a sus
expensas. Sin embargo, ellos habían insistido en que fuera a su casa y al final
había cedido. Era un hombre mayor aquejado de una afección cardíaca y para
llegar de su piso a su casa había que realizar un pesado viaje de 25 kilómetros
(larguísimo tratándose de una desapacible noche de febrero como aquélla); sin
embargo, les demostraría que era capaz de hacerlo. Él solo podría con ellos. El
presidente de Frasers les demostraría que ningún engreído altruista como Hugo
Crouch iba a intimidarle, y haría frente a la situación del mismo modo que
había hecho frente al chantajista.
Cuando llegó a las afueras del parque llovía
con tal fuerza que tuvo que poner el limpiaparabrisas a máxima velocidad y se
alegró más que nunca de haberse comprado un coche nuevo con tantos artilugios
prácticos. Desde luego, la empresa no habría podido permitirse el gasto si él
no hubiera impedido que Hugo Crouch se quedara un solo día más. Si hubiese
aceptado todas las exigencias de Hugo, aún seguiría con el viejo Daimler y le
habría sido imposible pagarse el viaje en crucero que había realizado aquel
invierno. Hugo le había traído a mal traer con sus despilfarros y su decisión
de irse a vivir a una casa situada en medio de Epping Forest. Y estaba
realmente en el medio, totalmente aislada, ni siquiera en las afueras de uno de
los pueblos del parque. El director general de Frasers tenía que vivir en un
lugar de fácil acceso, un lugar donde se encontrara disponible. Recluirse en un
despoblado era ridículo.
Los potentes faros del coche le permitieron
ver un oscuro y tortuoso camino vecinal flanqueado de árboles grises que hacían
que se pareciera a un sombrío pasillo con columnas. Esta imagen se veía
interrumpida cada pocos segundos por una cortina de lluvia para reaparecer poco
después gracias a una barrida del limpiaparabrisas. Por suerte, no era la
primera vez que iba, porque de lo contrario podría haberse pasado el alto muro
de ladrillo y las puertas de madera tras las cuales se hallaba la casa Crouch,
una casa de campo victoriana de tejado puntiagudo, gris, en mal estado, y a su
modo de ver, feísima. Cualquiera que diera orden de demolerla le prestaría un
servicio al entorno, pensó. A continuación atravesó las puertas.
No se veía ni una sola luz. Se acordó de que
vivían en la parte trasera, aunque ya podían haber dejado una luz encendida
para recibirle. Si no hubiera sido por las luces del coche, no habría podido
ver el camino de ninguna manera. Agarrando con fuerza la caja de bombones de
menta que había comprado para Elizabeth Crouch, avanzó chapoteando por el
enlosado prácticamente inundado y por debajo de los aleros, de los que
chorreaba agua como si fueran una hilera de grifos, y se dirigió a la puerta
principal, la cual resultó estar –qué otra cosa cabía esperar– al otro lado de
la casa. Era difícil decir dónde acababa el jardín y dónde comenzaba el parque,
ya que no se veía ninguna demarcación. No se veía nada excepto unas ramas
negras y azotadas por la lluvia tenuemente iluminadas por la débil luminosidad
que dejaba salir el montante de la puerta.
Pulsó el timbre con fuerza, manteniendo el
dedo sobre el botón y confiando en que la lluvia no le hubiera calado el abrigo
y le hubiera mojado el traje de cien guineas que llevaba. Un chorro de agua
cayó sobre su nuca, haciendo que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo, y
entonces abrieron la puerta.
–¡Duncan! Debe de estar empapado. ¿Ha tenido
un viaje muy malo?
Con voz entrecortada, él respondió:
–Horrible, horrible... –Y se metió en el seco
refugio del vestíbulo–. ¡Vaya nochecita! –Le dio la caja de bombones
bruscamente y le tendió la mano. De pronto recordó que antaño siempre se
besaban. Bueno, a él nunca le había molestado besar a una mujer bonita y además
no había sido culpa de ella–. ¿Qué tal estás, Elizabeth? –dijo en cuanto se
hubieron rozado las mejillas.
–Bien. Permítame que le coja el abrigo, lo
llevaré a la cocina para que se seque. Hugo está en el salón. Conoce el camino,
¿verdad?
Por un largo pasillo, recordó, que nunca
estaba debidamente iluminado y no tenía ningún tipo de calefacción. Toda la
casa pedía a gritos una calefacción central. Duncan tenía un frío terrible y no
pudo evitar pensar en su piso, en el que los radiadores calentaban tanto que
tenías que abrir las ventanas incluso en febrero y donde, de haber estado ahora
allí, su ama de casa le estaría sirviendo una ración de pastel de carne
caliente y un poulet
San Josef. Elizabeth Crouch, por lo que recordaba,
dejaba bastante que desear como cocinera.
Antes de abrir la puerta del salón se detuvo
con idea de prepararse para el encuentro. No le había visto el pelo a Hugo
Crouch desde que se había largado malhumoradamente de la oficina después de que
él, Duncan Fraser, presidente de Frasers, le sugiriera que tal vez estaría más
contento en otro trabajo. Bueno, cuanto antes acabaran con las presentaciones,
mejor. Muy pocos hombres de su posición, pensó, permitirían que aquel asunto
les quitara el sueño o le darían la importancia que él le estaba dando. Muy
pocos, a decir verdad, habrían aceptado aquella invitación.
Lo mejor sería mostrarse simpático,
despreocupado, tal vez hasta algo paternal. Por encima de todo, tenía que
evitar el tema del despido de Hugo. No le harían hablar de ello si él estaba
decidido a no hacerlo; en último caso, la cortesía propia de un anfitrión hacia
su invitado levantaría una barrera protectora entre ellos. Abrió la puerta
sonriendo con afabilidad, logrando que sus ojos brillaran alegremente.
–Bueno, aquí me tienes, Hugo. He conseguido
llegar.
Hugo tenía un gesto desabrido en la cara, el
tipo de gesto que Duncan le había visto esbozar a menudo cuando quedaba
revocada alguna petición u orden suya por tener un coste más excesivo del
acostumbrado. Hugo no sonrió. Le tendió gravemente la mano y le preguntó si le
apetecía beber algo.
Duncan echó un vistazo a la habitación. No
había cambiado y seguía decorada con aquellos muebles Victorianos de aspecto
deprimente. Bueno, por lo menos en la chimenea habían encendido una buena
fogata.
–Ah, sí, algo para beber... –dijo frotándose
las manos. No se atrevió a pedir un whisky, que era lo que más le habría
gustado, porque el médico se lo había prohibido–. ¿Vermut seco?
–Me temo que no tenemos vermut.
Aquella contestación, pese a que había sido
proferida con cierta suavidad e incluso a que él ya se esperaba algo semejante,
le produjo cierta sorpresa. Le hirió el amor propio y al mismo tiempo le
consternó. Sabía, por supuesto, que arremeterían contra él, pero no había
previsto que lanzarían el primer ataque tan rápidamente. Muy bien, le daba
igual que le recordara que no podía permitirse comprar bebidas caras porque se
había quedado sin trabajo. Él, Duncan, se guardaría de hacer comentario alguno.
–Jerez, entonces –dijo–. ¿Tenéis jerez?
–Oh, sí, tenemos jerez –contestó Hugo–. Venga
a sentarse cerca del fuego.
En cuanto se hubo sentado enfrente de los
abrasadores troncos y empezó a sentirse más cómodo, decidió proseguir la
conversación charlando sobre el tiempo, pues era el único tema que se le
ocurría para romper el hielo hasta que llegara Elizabeth. Entre comentarios
acerca de las inundaciones de East Anglia y de los accidentes ocurridos en la
autopista debido a la niebla, estuvieron hablando hasta que apareció ella y se
sentó a su lado.
–No hemos invitado a nadie más, Duncan.
Queríamos estar con usted a solas.
Un comentario fuera de lugar, pensó, dadas
las circunstancias. Claro que no habían invitado a nadie más; la presencia de
otros invitados habría sido contraproducente. No obstante, tal vez no estuviera
después de todo tan fuera de lugar. Podría ser una estrategia inicial.
–Encantador –dijo.
–Tenemos mucho de que hablar y he pensado que
así sería más agradable –comentó ella.
–Entiendo. –¿Mucho de que hablar? Sólo podía
haberse referido a una cosa al decir aquello. Si pensaba que él iba a mover
siquiera un dedo para facilitarles las cosas, más le valdría olvidarlo (como lo
podía ir olvidando Hugo; había que verle, sentado en silencio y con gesto
severo y malhumorado). Si pensaban abordar el tema, tendrían que encargarse de
allanar el terreno por sí solos–. Estábamos hablando ahora mismo de lo trágicos
que son esos accidentes de la autopista. Ahora bien, yo creo que este problema
podría quedar solucionado empleando un método muy sencillo. –Explicó en
términos generales el sencillo método, pero saltaba a la vista que no estaban
interesados en él, por lo que no le sorprendió cuando Elizabeth le dijo:
–Es fascinante eso que dice, Duncan, pero
hablemos de usted. ¿Qué ha estado haciendo últimamente?
«Dirigiendo el negocio que tu marido estuvo a
punto de arruinar», pensó, y dijo:
–Oh, un poco de todo. Nada especial.
–¿Ha hecho un viaje en crucero este invierno?
–Eh... sí, en efecto. Al Caribe, para ser
exactos.
–Qué maravilla. Estoy segura de que el cambio
de aires le habrá sentado bien.
Con lo cual había querido decir que
necesitaba que algo le sentara bien, claro. Había sacado lo del crucero sólo
para señalar que había gente que no podía permitírselos.
–Ha sido un verdadero descanso –dijo Duncan
cordialmente–. Dejadme que os cuente algo divertidísimo que me sucedió durante
el regreso. –Lo contó, pero no parecía muy divertido y, aunque Elizabeth esbozó
una sonrisa, Hugo permaneció impasible–. Bueno, cuando me ocurrió me pareció
divertido –dijo.
–La cena estará lista dentro de cinco minutos
–anunció Elizabeth–. Dígame, Duncan, ¿ha comprado esa casa en el sur de Francia
que tanto le gustaba?
–Oh, sí, sí la he comprado. –Ella le miraba
con gran interés, con gran insolencia, a decir verdad. Estaría esperando a que
se disculpara por gastarse su propio dinero, supuso–. ¿Oís esa lluvia? –dijo–,
No ha amainado lo más mínimo.
Estuvieron de acuerdo en que no había
amainado y se hizo el silencio. Al ver la mirada que cruzaron, adivinó (era muy
astuto para esas cosas) que eran conscientes de que por el momento no habían
conseguido nada. Además los dos tenían cara de estar bastante hartos, pensó
triunfalmente. Pero ella volvió a la carga, y esta vez sin andarse por las
ramas.
–¿A que no se imagina a quién nos encontramos
la semana pasada, Duncan? A John Churchouse.
El hombre que había hecho una impresión para
Frasers un par de años atrás. Había recibido el encargo, recordó Duncan, en
torno a la época en que Hugo había conseguido la promoción. Duncan permaneció
inmóvil en su sitio, bebiendo lo que le quedaba del jerez.
–Nos dijo que había pasado varios meses en el
hospital y que había perdido muchos clientes. Me sentí...
–¿Podría lavarme las manos? –preguntó Duncan
con firmeza–. Si me decís dónde está el cuarto de baño...
–Desde luego. –Elizabeth puso cara de
frustración. Y con razón–. Es la puerta que se encuentra al subir las
escaleras.
Duncan se dirigió al cuarto de baño. No iban
a dejarle escapar tan fácilmente. Tendrían planeado arremeter de nuevo contra
él durante la cena. Seguramente pensarían que la mesa era el lugar adecuado
para discutir. Sin embargo, él estaría preparado para hacerles frente. Hasta
aquel momento no lo había hecho nada mal.
Cuando bajó, los dos le estaban esperando al
pie de la escalera para conducirle al comedor, y de nuevo le vio a ella lanzar
a su marido una de esas miradas que equivalen a un codazo de ánimo.
Probablemente Hugo había empezado a tener dudas. En tales casos son las mujeres
las más enérgicas, por supuesto. Duncan echó una ojeada a la mesa y al plato de
entremeses, sardinas, anchoas y alcachofas: lo menos adecuado para esa época
del año.
–¿Por qué te has tomado la molestia,
Elizabeth? –preguntó cortésmente.
Ella le lanzó una sonrisa deslumbrante.
Duncan se había olvidado de esa sonrisa suya, de cómo le iluminaba toda la cara
y sus ojos despedían destellos azules como el plumaje de un martín pescador.
–«El placer del trabajo nos compensa del
esfuerzo» –dijo ella.
–Ah, Macbeth. –Bien, un tema
excelente para hablar durante el primer plato–. ¿Sabéis que la única vez que
fuimos al teatro juntos fue para ver Macbeth?
–Lo recuerdo –dijo ella–. ¿Pan, Duncan?
–Gracias. La semana pasada vi una espléndida
representación de Macbeth a cargo de una compañía polaca. ¿No la habréis visto por casualidad?
–No hemos ido al teatro en todo el invierno
–dijo Hugo.
Ella probablemente le había dado una patada
por debajo de la mesa para animarle a decir eso. Duncan no hizo caso. Les
describió pormenorizadamente el Macbeth polaco, pero la tensión que sentía era
tal que no logró acordarse de los nombres de la mitad de los personajes ni de
los actores.
–Ojalá Keith pudiera haberla visto –dijo
ella–, Es la obra que tiene que estudiar para su examen.
Ella quería obligarle a que preguntara por
sus hijos y a oír que los habían tenido que sacar de ese internado tan
disparatadamente caro en el que estaban. Pues bien, él no iba a hacerlo. Por
grosero que pudiera resultar, no iba a preguntar por sus hijos.
–Creo que no conoce a nuestros hijos, Duncan.
–No, no los conozco.
–Vendrán a casa la semana que viene para las
vacaciones trimestrales. Estoy encantada de que sus vacaciones trimestrales
coincidan con las mías.
–¿Con las tuyas? –preguntó él suspicazmente.
–Elizabeth ha vuelto a la enseñanza –explicó
Hugo.
–¿De veras? –dijo Duncan. Y al ver que ella
iba a servirle más, dijo–: No, ya he comido bastante, gracias. Estaba
delicioso. Déjame que te eche una mano. ¿Quieres que lleve algo?
–Por favor, no se moleste. Puedo hacerlo yo,
–Parecía algo ofendida–. Si me disculpáis, voy por el plato principal.
Duncan se quedó a solas con Hugo en el frío
comedor. Cambió las piernas de postura debajo del mantel para acercarlas a la
estufa eléctrica de una resistencia. Hugo empezó a forcejear con el corcho de
una botella de vino. Incapaz de sacarlo, profirió un juramento entre dientes.
–Déjame probar a mí.
–Podré arreglármelas si deja de mirarme,
gracias –dijo Hugo con brusquedad, y a continuación, inoportunamente, añadió–:
Estoy siguiendo un curso de contabilidad.
–Como escanciador no se te da nada mal la
contabilidad –repuso Duncan–, ¿eh, Hugo? ¡Ja, ja!
Hugo no rió. Por fin sacó el corcho.
–Creo que me irá bien. Me manejaba bastante
bien con los números.
–Claro que sí. Yo diría que te manejabas más
que bien. –Era cierto. Con lo que se había manejado rematadamente mal había
sido con el personal, al darles a los ejecutivos subalternos y a las
mecanógrafas de categoría inferior ideas que estaban por encima de sus cargos–.
Estoy seguro de que te irá bien.
¿Por qué no volvería esa maldita mujer? Ya
debían de haber pasado diez minutos desde que se había ido por esos
interminables pasillos en dirección a la cocina. Su esposa, fallecida hacía
tiempo, habría dejado el plato principal preparado en fuentes de servicio antes
de sentarse a comer los entremeses.
–Conseguir un título, eso es lo que hay que
hacer –dijo. A lo lejos oyó acercarse las ruedas de la mesilla. Era un sonido
más grato que el de las ruedas del tren al que uno lleva esperando una hora en
un frío andén. No le gustaba aquella mujer, pero cualquier cosa era mejor que
estar a solas con Hugo. ¿Por qué no acabar con todo ahora, pensó, antes de
empezar a comer ese pollo asado tan asombrosamente pequeño que acababa de
aparecer ante sus ojos? Haciendo un esfuerzo sonrió y dijo–: Ya veo que habéis
caído de pie. Estoy convencido, Hugo, de que cuando hayas triunfado como
contable recordarás todo esto y darás gracias a Dios por haberte desligado de
Frasers.
Y eso debería dar por zanjado el asunto. Ya
le habían sometido al juicio que le habían preparado, así que ahora tal vez le
dejarían comer en paz el desastre recalentado que se suponía era la cena. Al
menos hablarían de otra cosa, ya que él había llevado la voz cantante hasta ese
momento.
Sin embargo, en lugar de una conversación lo
que se produjo fue un profundo silencio. Al parecer nadie tenía nada que decir.
Y aunque mientras luchaba valientemente con su ala de pollo Duncan se devanó
los sesos en busca de un tema, no logró encontrar ninguno. Aquella casa, su
piso, los trabajadores de Frasers, su coche, el coste de la vida, el trabajo de
Elizabeth, el curso de Hugo, la Navidad pasada, el próximo verano, todos
aquellos temas habrían de conducir directa e inevitablemente de vuelta al
despido de Hugo. Duncan comprendió con irritante desesperación que todos
los temas conducirían a ello porque él era él y ellos eran ellos y el despido
se interponía como un espectro ineludible en aquella desastrosa cena. De vez en
cuando levantaba la vista del plato con la esperanza de que ella esbozara su
famosa sonrisa, aquella sonrisa que estaba perdiendo espontaneidad por culpa de
una utilización hipócrita; sin embargo, cada vez que alzaba la cabeza veía que
lo estaba mirando de hito en hito, sin apenas probar bocado, con expresión
concentrada, desapasionada y en cierto modo tenaz. Y sus ojos habían perdido su
destello azul de martín pescador. Ahora se mostraban apagados e impenetrables
como el cristal ahumado.
De modo que no habían tenido bastante, ella y
su hosco y reservado marido. Querían que se humillara, no sólo que hablara con
toda franqueza del despido tal como había hecho, sino que les diera una
explicación y pidiera disculpas. Pues bien, les daría una explicación. No había
escapatoria. Con cuidado, colocó el cuchillo y el tenedor sobre el plato y
claramente pero con educación respondió de forma negativa cuando su anfitriona
le preguntó si quería más. Respiró hondo como a menudo hacía antes de comenzar
una reunión de la junta directiva y como tantas veces había hecho en las
reuniones de la junta directiva en que Hugo Crouch había pedido insistentemente
una subida de sueldo para el personal.
–Mi querida Elizabeth y mi querido Hugo
–comenzó–, sé por qué me habéis pedido que venga aquí esta noche y qué habéis
estado insinuando desde mi llegada. Y como quiero disfrutar de vuestra
encantadora compañía sin más incomodidades, voy a hacer aquí y ahora lo que
resulta evidente que queréis que haga, es decir, explicaros cómo fue posible
que le sugiriera a Hugo que estaría más contento trabajando en otro lugar.
–Espere, Duncan, escuche... –dijo Elizabeth.
–Podrás decir lo que tengas que decir dentro
de un momento. Quizá os sorprenda si digo que soy el único culpable de lo
ocurrido. Sí, lo admito, fue culpa mía. –Levantó una mano para acallar a Hugo–.
Espera, Hugo, déjame acabar. Como he dicho, fue culpa mía. Hice un juicio
equivocado. Oh, sí, lo hice. Debería aprender a juzgar a las personas. Debería
haber sido capaz de ver cuando te ascendí que no estabas capacitado para el
trabajo. Me culpo por no haber comprendido tus... bueno, tus limitaciones.
Guardaron silencio. Ni le miraron a él ni se
miraron el uno al otro.
–Las personas que ocupamos puestos de
responsabilidad –dijo– somos los culpables cuando las personas a las que
nombramos no están a la altura a la que hemos previsto que estarían. Carecemos
de visión, eso es todo. Cargo sobre mi espalda con todo el peso de la culpa.
Así pues, ¿por qué no nos perdonamos y olvidamos el asunto?
Rara vez había visto a alguien tan azorado y
avergonzado como Hugo y su mujer, lo cual sencillamente demostraba que no
podían enfrentarse con él en pie de igualdad. Sus palabras habían sido lo último
que se esperaban y eran incontestables. Entregó a Elizabeth su plato con su
pequeño cementerio de huesos de pollo rodeado de pieles de patata y cuando ella
lo cogió vio que en su cara se dibujaba un rictus de furia contenida.
–Bien, Elizabeth –dijo, incapaz de
resistirse–, ¿estoy perdonado?
–Ahora es demasiado tarde. Eso pertenece al
pasado –dijo ella con voz dura y gélida–. Es demasiado tarde para todo.
–Siento no haberte dado la explicación que
querías, querida. Te he dicho simplemente la verdad.
Ella no dijo nada más. Hugo tampoco. De
pronto Duncan se sintió muy incómodo. Sus expresiones de condena, la manera de
la que se diría que estaban retrocediendo ante él... Aquello ya empezaba a
pasar de castaño a oscuro. El corazón empezó a palpitarle y tuvo que decirse
que una taquicardia no significaba nada, que eran los dolores y no las
palpitaciones lo que debía preocuparle. Buscó una de sus pequeñas pastillas
blancas con gran aspaviento, esperando que se dieran cuenta de lo que habían
conseguido.
Al ver que no hablaban, dijo:
–Tal vez debería irme ahora.
–Pero sí aún no ha tomado café –dijo
Elizabeth.
–Da igual, quizá sea lo mejor...
–Por favor, quédese a tomar el café –insistió
ella con firmeza, casi con severidad. A continuación sonrió forzadamente–. Por
favor.
Al volver al salón le ofrecieron brandy. Él
rehusó porque tenía que conducir para volver a casa; cuanto antes se pusiera en
marcha, mejor. Hugo se sirvió un brandy doble y se lo bebió de un trago, la
manera con que nunca se ha de beber el brandy, a menos que uno haya sufrido una
conmoción o se esté armando de valor para hacer algo. Elizabeth había cogido el
periódico de la tarde y estaba hablando de un modo sumamente afectado acerca de
un caso de asesinato que aparecía en la primera página.
–He de irme, de veras –dijo Duncan.
–Tome un poco más de café. Aún no son las
diez.
¿Por qué querían que se quedara? O, más bien,
¿por qué quería ella que se quedara? Hugo había cogido de nuevo la botella de
brandy. Duncan pensó que su compañía debía de ser tan molesta para ellos como
la de ellos para él. Habían conseguido lo que querían, ¿no? Tras quemarse la
boca debido a la rapidez con que se tomó la segunda taza de café, se levantó.
–Voy por un paraguas. Le acompaño fuera –dijo
Hugo.
–Gracias. –Ya estaba. Iba a largarse de allí
y nunca más volvería a verlos. De pronto, sin embargo, tuvo la sensación de que
no lograría salir de aquella casa con la rapidez suficiente. Estaba claro que a
raíz del pequeño discurso que había pronunciado el ambiente se había enrarecido
por completo–. Buenas noches, Elizabeth –dijo. ¿A qué tópicos podía recurrir
que no fueran excesivamente ridículos?–. Gracias por la cena. Tal vez volvamos
a vernos algún día.
–Espero que así sea, Duncan, y pronto –dijo
ella, pero no le dio un beso en la mejilla. La lluvia que se coló por la puerta
abierta le mojó la larga falda que llevaba. Se quedó allí, viéndole salir con
Hugo, y encendiendo la luz exterior para guiarles por el sendero que rodeaba la
casa.
En cuanto doblaron la esquina, Duncan dio un respingo
de disgusto. Las luces de su coche lanzaban un tenue resplandor, los faros
estaban encendidos, pero las luces de posición arrojaban sólo una débil luz.
–¿Cómo es posible que haya hecho una cosa
así?
–Supongo que las dejó encendidas para llegar
hasta la puerta –dijo Hugo– y luego se olvidó de ellas.
–Estoy seguro de que no las dejé encendidas.
–Debe de habérselas olvidado. Sostenga el
paraguas, que voy a intentar arrancarlo. –Dejando a Duncan en el inundado
camino bajo el insuficiente paraguas, Hugo se sentó en el asiento del conductor
y metió la llave de contacto. Las luces parpadearon y se apagaron. No sucedió
nada más–. Ni una chispa. Tiene la batería descargada.
–No es posible.
–Me temo que sí. Pruebe usted mismo.
Duncan probó, mojándose considerablemente.
–Será mejor que volvamos dentro. Si nos
quedamos aquí nos vamos a calar hasta los huesos.
–¿Qué sucede? –dijo Elizabeth, que estaba
todavía en la puerta.
–Se le ha descargado la batería. El coche no
arranca.
No era culpa de ellos, por descontado, aunque
Duncan tenía la sensación de que sí lo era. Al fin y al cabo había ocurrido en
su casa, a la que le habían hecho ir con un propósito vergonzoso. No se molestó
en suavizar su cólera.
–Me temo que tendré que pedirte prestado el
coche, Hugo.
Elizabeth cerró la puerta.
–Ya no tenemos coche. No nos lo podemos
permitir. Tuvimos que elegir entre quedarnos con el coche o sacar a los chicos
del colegio, así que lo vendimos.
–Ya veo. Bueno, si no os importa que utilice
vuestro teléfono, voy a alquilar un coche. –Con mirarla a la cara le bastó para
saber que aquello tampoco iba a ser posible–. No me diréis ahora que habéis
cortado la línea. –¡Condenada mujer! ¡Condenados los dos!
–Podíamos pagarlo, desde luego, pero ya no
nos hacía falta. Lo siento, Duncan. No sé qué puede usted hacer. Lo mejor será
que vayamos a sentarnos donde se está más caliente.
–No quiero sentarme. –Casi había gritado–.
Quiero irme a casa. –Se zafó de la mano que ella había apoyado sobre su brazo y
con la que se diría que le estaba deteniendo a la fuerza–. Tengo que ir a la
casa más cercana que tenga un teléfono.
Hugo abrió la puerta. La lluvia era más un
muro de agua que una cortina de gotas.
–¿Con este tiempo?
–¿Qué se supone que he de hacer entonces?
–exclamó Duncan con impaciencia.
–Quedarse a pasar la noche –dijo Elizabeth
tranquilamente–. Realmente no se me ocurre qué otra cosa puede hacer.
La cama era justo como había esperado que
fuera una cama en la casa de los Crouch: dura, estrecha y fría. Elizabeth le
había dado una bolsa de agua caliente, un objeto que hacía diez años que no
veía. Hugo le había dejado un pijama. Y durante todo ese tiempo Duncan no había
dejado de protestar diciendo que no podía quedarse y que debía de haber alguna
solución. Sin embargo, al final había cedido. Y no porque ellos se hubieran
mostrado cordiales. Habían tratado todo aquel asunto como si... bueno, ¿cómo lo
habían tratado? Duncan se quedó tumbado a oscuras, con la bolsa de agua
caliente entre las rodillas, tratando de juzgar la actitud que habían adoptado.
Fatalista, pensó, ésa había sido su actitud. Se habían comportado como si
aquello fuera inevitable, como si no pudiera escapar de allí, como si tuviera
que quedarse inevitablemente.
Escapar era una palabra ridícula, desde
luego, pero era el tipo de palabra que uno empleaba cuando estaba atrapado para
toda la noche en la casa de unas personas que se mostraban claramente
indispuestas con uno, por no decir hostiles. ¿Por qué había cometido la
estupidez de dejar encendidas las luces del coche? No recordaba haberlo hecho
y, aun así, eso debía de haber ocurrido. Nadie podía haberlas encendido. ¿Por
qué habrían de haberlo hecho ellos?
Ojalá ellos también se fueran a la cama.
Sabía que no lo habían hecho por la luz, por la luminosa línea rectangular que
se veía en torno a la puerta de su dormitorio. Y podía oírles hablar, aunque no
distinguía las palabras, sólo el rumor de una conversación. Esas casas de fines
de la época victoriana estaban construidas de una forma atroz, se podía oír
absolutamente todo. La lluvia que tamborileaba sobre el tejado sonaba como si
estuviera golpeando cartón y no pizarra. No creía que fuera a dormir mucho.
¿Cómo iba a dormir con ese ruido y todo lo que tenía en la cabeza, con la
preocupación de conseguir arrancar el coche y de hallar la manera de llegar a
la oficina? Y que ellos siguieran levantados no hacía más que inquietarle,
sobre todo sí pensaba en lo que había dicho ella: «Entre usted primero en el
cuarto de baño. Duncan, nosotros entraremos después de usted.» ¡Después de usted!
Pero si ya había pasado más de media hora. Encendió la lámpara de la mesilla y
vio que eran las once y media. Hora de que se fueran a la cama si ella tenía
que ir a su escuela mañana y él a su maldito curso de contabilidad.
De nuevo a oscuras salvo por el rectángulo de
lados dorados. Era difícil estar seguro de nada cuando uno estaba tan
disgustado como él. Cómo no iba a estarlo. La presión que habían ejercido sobre
él había sido sencillamente horrible; y el peor momento, el que había pasado a
solas con Hugo mientras la mujer trataba de sacar del horno el pollo raquítico
que había servido al final. Desde luego, le había costado Dios y ayuda preparar
el plato principal para lo que luego resultó. ¿Y si ella...? Sólo una chiflada
haría algo semejante. ¿Además qué motivo tendría para hacerlo? Sin embargo, si
uno viviese en un lugar remoto y quisiera que una persona se quedara a pasar la
noche en la casa, si quisiera retenerla en ella, ¿qué mejor idea que
estropear el coche de esa persona? Aun diciéndose que tales suposiciones eran
absurdas, no pudo evitar sentir un escalofrío.
Fuera como fuese, ya estaban subiendo a su
habitación. Todas y cada una de las tablas de la casa crujieron y la escalera
interpretó una melodía como si fuera un violín viejo y roto. Oyó a Hugo
murmurar algo (ese hombre había bebido demasiado brandy) y luego a ella decir:
«Lo demás déjamelo a mí.»
Otro escalofrío, que no tuvo mucho que ver
con el frío, le hizo estremecerse. No acertaba a saber por qué lo había
sentido. ¿Era normal que una mujer dijera eso al irse a la cama? Seguramente
habría querido decir: «Vete a la cama, ya me ocupo yo de cerrar y apagar las
luces.» Y aun así se trataba de una frase que le resultaba familiar en un
contexto muy distinto. Volviéndose hacia el lado opuesto a la lámpara y
entrando en nuevas cavernas de sábanas heladoras, intentó recordar de qué le
sonaba. ¿Una cita? Sí, de Macbeth. Lady Macbeth dice la frase cuando
ella y su marido están tramando el asesinato del viejo rey. ¿Cómo se llamaba el
viejo rey? ¿Douglas? ¿Donal?
Uno de ellos había salido del cuarto de baño
y el otro había entrado. ¿Tardarían siempre una eternidad en acostarse? El agua
de la cisterna rugió y cayó como un torrente por las tuberías que al parecer
pasaban por debajo de su cama. Por lo visto aquellos dos dormían en la
habitación contigua. Dio media vuelta suspirando por que apagaran la luz. Era
una lástima que no hubiera una llave en esa cerradura, porque en ese caso
hubiera asegurado la puerta.
En cuanto la idea le vino a la cabeza y tomó
forma, se dio cuenta de lo estrafalaria que era. Pero ¿cómo iba a cerrar con
llave la puerta de su dormitorio estando como estaba en una casa particular? ¿Y
si su anfitriona apareciera por la mañana con una taza de té? Le parecería muy
extraño encontrar la puerta cerrada con llave. Y era muy posible que viniera.
Le había dejado la bolsa de agua caliente en la cama y un vaso de agua sobre la
mesilla. Era un verdadero disparate cerrar la puerta con llave. Además, ¿por
qué habría de querer hacerlo? Uno de ellos estaba de nuevo en el cuarto de baño.
De pronto se encontró pensando en uno de los
hombres a los que había despedido y que le había amenazado. El hombre le había
dicho: «No crea que se saldrá con la suya así como así. Si asoma su grotesca
cara a menos de un kilómetro de mi casa es posible que no viva para contarlo.»
Duncan se había salido con la suya, por descontado, y no tenía nada de que
arrepentirse. Sin embargo, no se había asomado a menos de un kilómetro de la
casa de aquel hombre... Por fin habían apagado la luz. Ahora a dormir, se dijo.
Olvídate de todo o piensa en algo agradable. Las vacaciones de verano en la
casa de campo, por ejemplo, piensa en eso...
Los jardines estarían preciosos con las
adelfas y las buganvillas. Y el sol calentaría sus ancianos huesos cuando se
sentara en su terraza y mirara por entre los pinos el triángulo azul del
Mediterráneo, de un azul más vivo y suave que el de los ojos de aquella
mujer... Quítate a esa mujer de la cabeza, olvídate de ella. Tal vez debiera
reformar la terraza, ampliarla y poner en ella la estatuaria (seguramente
romana) que había encontrado en el pinar. Le costaría mucho dinero, pero era
suyo. ¿Por qué no habría de gastarse su dinero? Debería dar menos importancia a
ese tipo de cosas, pensó, y preocuparse menos de esa absurda conciencia social
que por alguna razón había adquirido últimamente. Y eso que el problema no era
que le frenara a la hora de gastar dinero o divertirse, pensó riéndose entre
dientes. Era un fastidio, sin más.
Ampliaría la terraza y tal vez pusiera un
suelo de mármol negro en el salón. Parecía que las ganancias de Frasers iban a
alcanzar un nuevo máximo aquel año. ¿Y por qué no le decía a ese tal Churchouse
que les hiciera todas las impresiones? Si era cierto que estaba teniendo mala suerte
y se encontraba en un apuro, seguramente no tendría otro remedio que trabajar
por un precio reducido. Habría que apresurarse para aprovechar la oportunidad,
desde luego...
¡Maldita sea! ¡Aquello estaba pasando de la
raya! Estaban hablando en la habitación. Duncan podía oír los susurros, rápidos
y casi tensos, a través de la pared. Eran una pareja absurda, no tenían ningún
sentido del humor. Eran demasiado emotivos, como los personajes de una
tragedia.
«El placer del trabajo nos compensa del
esfuerzo.» Macbeth había dicho eso, Macbeth, que había matado al viejo rey. Y
ella se lo había dicho a él, Duncan, cuando se había disculpado por los
problemas que les estaba causando. El rey también se llamaba Duncan. Claro. Él
se llamaba Duncan, como el rey; y él, a su manera, también era un rey viejo, el
monarca del imperio Fraser. Susurros y más susurros que traspasaban las
paredes...
Se sentó y encendió la luz. Se sintió mejor.
Sin embargo, estaba seguro de que no había dejado las luces del coche
encendidas. «Lo demás déjamelo a mí.» ¿Por qué habría dicho ella eso? ¿Por qué
no habría dicho lo que dice todo el mundo: «Ya me ocupo yo»? Macbeth y su
esposa habían recibido al viejo rey en su casa y le habían asesinado en la cama
a pesar de que él no les había hecho ningún daño, no había hecho nada más que
ser rey. Pero no había paralelismo entre los dos casos, ¿no? Él, Duncan Fraser,
no había hecho nada, nada que mereciera una venganza de ese calibre. Había
despedido a Hugo Crouch y le había quitado el sustento. Nada más. No había
ningún paralelismo.
Apagó la luz, suspiró y volvió a tumbarse.
Todavía estaban susurrando. Oyó crujir el suelo: uno de ellos salió del
dormitorio. No había paralelismo, sino algo peor. ¿Cómo no se había dado
cuenta? Lady Macbeth y su marido no tenían motivos, pero ellos... La cara se le
cubrió de sudor y extendió la mano para coger el vaso de agua. Pero no bebió.
Era una estupidez no hacerlo, pero ¿y si...? Pronto amanecería. «¡Oh, nunca
verá el sol esa mañana...!» ¿De dónde procedía esa frase? ¿Era necesario
preguntarlo?
Quien hubiera ido al cuarto de baño ya había
salido de él y se había reunido con el otro. Pero sólo por un momento. De nuevo
oyó crujir las tablas, de nuevo había alguien moviéndose por ese oscuro
rellano. Oscuro, sí, completamente oscuro, porque esta vez no habían encendido
la luz. Duncan sintió entonces la primera punzada de auténtico miedo; no sentía
algo parecido desde que era un niño y le habían encerrado en el armario del
cuarto de los niños de la casa de su padre. No debía sentir miedo, no debía...
Tenía que pensar en su corazón. ¿Por qué querrían vengarse? Él les había dado
una explicación, les había contado la verdad y había asumido todo el peso de la
culpa.
La habitación estaba tan oscura que no vio
cómo giraban la manilla de la puerta. La oyó. Rechinó muy suavemente. El
corazón empezó a palpitarle a un ritmo uniforme. Se encogió, apretándose contra
la pared. Alguien, no sabía quién, había entrado en la habitación. Podía ver su
silueta, la de él o la de ella, como una mancha negra en la oscuridad.
–¿Qué...? ¿Quién...? –dijo con voz trémula y
la boca reseca.
La silueta retrocedió silenciosamente y la
puerta se cerró con suavidad. Querían saber si estaba dormido. Le matarían en
cuanto se durmiera. Se sentó, encendió la luz y se llevó las manos a la cara.
«¡Oh, nunca verá el sol esa mañana...!» Tendría que poner todos los muebles
contra la puerta, la cómoda, la cama, la silla... Tenía la boca reseca, de modo
que cogió el vaso de agua y bebió un largo sorbo. Estaba helada.
Habían dejado de susurrar. Estaban aguardando
en silencio. Duncan se levantó y se puso el abrigo. Sintiendo un frío glacial
se dedicó a arrastrar los muebles de las paredes y a levantar el armazón de la
cama, que era de hierro y pesaba como un muerto a pesar de que cuando se había
echado sobre él le había parecido estrecho y pequeño.
Irguiéndose tras realizar el segundo intento,
lo sintió: el dolor en el pecho y el brazo izquierdo. Fue como un cepo, un cepo
que estuvieran apretando y al mismo tiempo calentando lentamente para dejarlo
candente. Atrapó su cuerpo entre sus calientes dedos de hierro y le estrujó las
costillas. Empezó a sudar por todos los poros como si de pronto la temperatura
de la habitación hubiera subido escandalosamente. Dios, el agua del vaso...
Tendrían que conseguirle un médico, tendrían que hacerlo, no podían ser tan
despiadados. Duncan era viejo y estaba cansado y tenía el corazón delicado.
Se abrigó la zona que le dolía y salió con
paso inseguro al oscuro pasillo. Su puerta... ¿dónde estaba su puerta? La
encontró avanzando a tientas por la pared, arañándola como un animal herido, y
cuando la encontró, la abrió de una patada y se tambaleó en el umbral,
sujetándose el pecho con las dos manos.
Estaban sentados en la cama de espaldas a él,
no acostados, sino simplemente sentados, con sus figuras silueteadas por la
escasa luz de una pequeña lámpara de noche.
–Por favor –dijo–, por favor, ayudadme... No
me matéis, os ruego que no me matéis. Os lo pediré de rodillas si es preciso...
Sé que me he equivocado, que he hecho algo terrible. Hice un juicio equivocado.
Despedí a Hugo porque él quería demasiado para el personal, quería más dinero
para todo el mundo y yo no podía permitirlo... Quería mi coche nuevo y mis
vacaciones. Tenía que conseguir mi casa de campo, una casa preciosa... mi casa
y mi jardín. Oh, Dios, sé que he sido codicioso, pero llevo meses cargando con
la culpa, la tengo todos los días en mi conciencia, la culpa... –Se volvieron,
dos caras pálidas, implacables, inmisericordes. Se levantaron y cruzaron la
habitación a toda prisa–. ¡Tened piedad de mí! –gritó él–. No me matéis. Os
daré todo lo que tengo, os daré un millón...
Pero le habían cogido y ya era demasiado
tarde. Ella le había dicho que era demasiado tarde.
–¡En nuestra casa! –dijo ella.
–Calla –dijo Hugo–. Eso es lo que dice lady
Macbeth. ¿Qué importa que haya ocurrido en nuestra casa?
–Ojalá no le hubiera invitado.
–Bueno, fue idea tuya. Dijiste que podíamos
invitarle porque era viudo y estaba solo. Yo no quería. Ha sido horroroso cómo
ha insistido en hablar de mi despido cuando queríamos evitar el tema a toda
costa. Y el que se haya tenido que quedar a dormir ha sido la gota que colma el
vaso.
–¿Qué hacemos ahora? –preguntó Elizabeth.
–Llamar a la policía, supongo, o a un médico.
Ya ha dejado de llover. Me visto y voy.
–Pero si no estás bien. No has dejado de
vomitar.
–Ahora me encuentro mejor. He bebido
demasiado brandy. Ha sido una situación muy tensa, nadie sabía de qué hablar...
Dios, vaya lío... Estaba bien cuando has ido a su habitación, ¿no?
–Parecía medio dormido. Bueno, eso es lo que
he pensado. Iba a disculparme por el jaleo que estabas armando pero parecía
dormido. ¿Has entendido algo de lo que dijo cuando entró a nuestra habitación?
Yo no entendí nada.
–Estaba farfullando. No hemos podido hacer
nada, cariño. Hemos intentado cogerle antes de que se cayera.
–Ya lo sé.
–Tenía el corazón delicado.
–En más de un sentido... pobre anciano –dijo
Elizabeth, echando suavemente una sábana sobre Duncan a pesar de que ya había
dejado de sentir calor o frío o culpa o miedo o cualquier otra cosa.
La prudencia nunca está de más
(You
Can’t Be Too Careful, 1976)
Della Galway salió con un hombre por primera
–y casi por última– vez al cumplir los diecinueve años. Él aparcó el coche y,
cuando estaban entrando en el restaurante, ella le preguntó si había cerrado
con llave las portezuelas y el maletero. Cuando él volvió sobre sus pasos y le
dijo que sí, que se había olvidado pero que ya lo había arreglado, ella le
preguntó por qué no instalaba un sistema de bloqueo antirrobo en el volante.
Sus padres la habían educado para ser
prudente. Cuando abandonó aquel feliz hogar y aquella pequeña y segura ciudad
de provincias, se llevó las ideas de sus padres a Londres. Al principio sólo
pudo permitirse alquilar una habitación individual. Le molestaba que los otros
inquilinos a menudo volvieran tarde a casa y no cerraran la puerta principal
con llave. Aunque su habitación estaba en el último piso de la casa y no tenía
nada que mereciera la pena robar, se quedaba en la cama sudando de miedo. En el
trabajo ocurría lo mismo. Nadie se preocupaba por las medidas de seguridad.
Della siempre era la última en salir y en ocasiones volvía dos o tres veces
para comprobar que las puertas de la oficina y la puerta de entrada estaban
cerradas.
El director de personal le sugirió que fuera
a ver a un psiquiatra.
Della era muy ambiciosa. Tenía un título en
economía y un diploma en administración de empresas y había sido la número uno
de un curso de secretariado. Sabía que un psiquiatra le diría que algo le
fallaba en la cabeza (tenían que ganarse la vida como todo el mundo), y las
largas sesiones de tratamiento que ello supondría no le beneficiarían de cara a
alcanzar su objetivo: convertirse en la primera directora de la empresa. A la
gente siempre le reprochaban ese tipo de cosas.
–No será necesario –dijo con su
característica energía–. Lo que me preocupaba era la propiedad de la empresa.
Si prefieren arriesgarse a perder su valioso material, allá ellos.
Dejó de volver para comprobar si las puertas
estaban cerradas (el tema no le quitaba mucho el sueño mientras su propia
seguridad no se viera afectada) y dos semanas más tarde dos hombres entraron en
la oficina, robaron todas las máquinas de escribir eléctricas y estropearon el
ordenador de forma irreparable. El robo le daba la razón, pero ella no dijo
nada. La amenaza del psiquiatra la tenía tan asustada que nunca más sacaría a
relucir en el trabajo su obsesión por los ladrones.
Cuando la ascendieron y le subieron el
sueldo, decidió alquilar un piso propio. La propietaria era el tipo de mujer
que a ella le gustaba. La señora Swanson, a la que le cayó en gracia desde el
primer momento, le explicó, como si de un espíritu afín se tratara, las medidas
de seguridad.
–Éste es un barrio muy agradable, señorita
Galway, pero como el índice de criminalidad no deja de aumentar en Londres, yo
digo que la prudencia nunca está de más.
Della contestó que estaba completamente de
acuerdo con ella.
–Así que siempre tengo esa puerta lateral
cerrada con cerrojo por dentro. La puerta trasera por la que se entra al patio
también debe permanecer cerrada con llave y cerrojo. La ventana del cuarto de
baño da al jardín, como puede ver, de modo que por la noche suelo cerrar la
puerta del jardín y la del cuarto de baño con llave.
–Muy sensato –dijo Della al tiempo que
advertía que la ventana de su habitación tenía el marco atornillado para
impedir que se pudiera abrir más de quince centímetros–. ¿Cuánto ha dicho que
es el alquiler?
–Veinte libras a la semana. –La señora
Swanson tal vez fuera un espíritu afín, pero ante todo era una propietaria, por
lo que, al ver que Della vacilaba, dijo–: Es un piso con jardín, completamente
independiente, y dispone de teléfono propio. He quedado a las dos con otra
persona que quiere verlo.
Las vacilaciones de Della se desvanecieron.
Se trasladó al acabar la semana después de entregar a la señora Swanson varias
referencias, asegurarle que era silenciosa y prudente en lo tocante a cerrojos
y llaves y que no acostumbraba invitar a personas «no autorizadas» a pasar la
noche. Al decir personas no autorizadas se refería a hombres. Después del
episodio del coche que había vivido al cumplir los diecinueve años, Della había
trabado amistad con varios hombres a pesar de sus vacilaciones. Sin embargo,
ninguno la había invitado a salir en más de dos ocasiones o había llegado a
besarla. No sabía a qué se debía esto, ya que ella siempre se había mostrado
cortés y simpática, había insistido en que pagaría su parte, se había asegurado
de llevar su abrigo, bolso y paquetes para no importunar a su acompañante,
siempre había estado al tanto de la cartera y las llaves de éste hasta el punto
de ofrecerse a tener las entradas para el teatro bajo su custodia y se había
preocupado de no entretenerle mucho tiempo al salir. Que uno tras otro todos
los hombres la hubieran dejado le preocupaba muy poco. Jamás se había sentido
turbada por una chispa de deseo sexual y la perspectiva de compartir su
ordenada y rutinaria vida con un hombre (siendo como parecían todos, excepto su
padre, criaturas desordenadas, negligentes y despreocupadas) le resultaba poco
halagüeña. Quería llegar a la cima por sí sola. Algún día tal vez, cuando
tuviera treinta y cinco años y un sueldo de ejecutiva de alto nivel, si algún hombre
con talante parecido al suyo, tranquilo y prudente, se cruzaba en su camino...
Mientras tanto, la señora Swanson no tendría motivos para preocuparse.
Della estaba muy contenta con su piso. Se
trataba de un lugar realmente tranquilo, un rincón de quietud situado en la
parte trasera de la casa. Jamás oía a los vecinos que vivían en la casa y
ellos, por supuesto, nunca la oían a ella. Se los encontraba a veces cuando iba
de la puerta de su piso a la puerta de entrada de la casa. Era gente con cara
de ratón que se daba prisa en llegar a su madriguera tras dirigirle apenas un
movimiento de la cabeza y un «buenas noches». Como debía ser. El piso en su
conjunto también era como debía ser.
La habitación servía de salón durante el día,
ya que la cama era abatible y se guardaba en un hueco de la pared disimulado
con una cortina. Nunca descorría los cerrojos de la puerta lateral o de la
trasera ni, huelga decirlo, intentaba sacar los tornillos de la ventana para
abrirla más de quince centímetros.
Todas las noches, en cuanto terminaba de
lavar los platos y de limpiar todas y cada una de las superficies de su
completa e inmaculada cocina, se bañaba, preparaba la infusión que tomaba antes
de acostarse, bajaba la cama y hacía la ronda de seguridad tal como lo hacía su
padre en casa. En primer lugar descorría el cerrojo de la puerta trasera, abría
el pestillo y cruzaba el patio para comprobar que la puerta lateral estaba
debidamente cerrada. Siempre lo estaba, ya que nadie la utilizaba jamás, pero a
Della le gustaba asegurarse y a veces volvía varias veces por si la vista la
había engañado. Luego echaba el cerrojo y la llave de la puerta trasera, la del
jardín y la del cuarto de baño. Todas estas puertas se abrían desde un cuarto
de unos tres metros cuadrados (la señora Swanson lo llamaba el cuarto del
jardín) que a su vez podía aislarse cerrando una puerta que daba a la cocina.
Le causaba cierta molestia no poder asimismo cerrar con llave la puerta que
conducía de la cocina a su habitación, pero, debido a algún descuido de la
señora Swanson, no tenía pestillo. De todos modos, la puerta de entrada de su
habitación siempre quedaba asegurada con un cerrojo de cilindro. Por último,
antes de acostarse, echaba el cerrojo de la puerta de entrada.
Entonces se sentía segura. Aunque a veces se
levantaba para cerciorarse por tercera vez, por lo general conciliaba
felizmente el sueño en aquel momento, segura de que ni siquiera el ladrón más
habilidoso lograría entrar.
Sólo había un inconveniente: el alquiler.
–Este piso está pensado para dos personas
–decía la señora Swanson–. Antes de usted lo ocupó una pareja casada y, con
anterioridad, lo compartieron dos señoras.
–Yo no podría compartir mi cama –dijo Della
estremeciéndose–. Ni siquiera mi habitación, ya que hablamos de ello.
–Si encontrase a una amiga formal que
quisiera compartirlo con usted no me importaría poner una cama individual en el
cuarto del jardín. De ese modo su amiga podría entrar y salir por la puerta
lateral, a condición de que estuvieran dispuestas a mantenerla siempre cerrada
con cerrojo por la noche.
Della no iba a poner un anuncio para buscar
una compañera de piso. La prudencia nunca está de más. Sin embargo tenía que
encontrar a alguien si quería que le llegara el dinero para comprarse la ropa
de invierno y, aún más importante, para calentar el piso. Había de ser la
persona adecuada, alguien que cumpliera sus severas condiciones y satisficiera
a la señora Swanson...
–¡Ooh! ¡Qué maravilla! –dijo Rosamund Vine–.
¡Qué tranquilo y limpio...! Pero si tienes jardín y todo... Deberías ver la
casucha en que he estado viviendo. Estaba invadida por los ratones.
–Los ratones no aparecen –dijo Della– a menos
que dejes comida fuera.
–No lo haré. Tendré todo el cuidado del
mundo. Pagaré la mitad del alquiler y tendré la llave de la puerta trasera, ¿de
acuerdo? De ese modo no te molestaré cuando llegue tarde por la noche.
–Espero que no llegues tarde por la noche
–dijo Della–. La señora Swanson es muy quisquillosa con eso.
–No te preocupes. No tengo nada ni nadie que
me obligue a estar fuera hasta tarde. Además, el último autobús pasa por el
final de la calle a las doce menos cuarto.
Della desechó sus recelos, y no pareció que
la señora Swanson sintiera alguno al entrevistar a Rosamund. Hizo hincapié en
la explicación de las medidas de seguridad, que Rosamund escuchó sumisamente y
con vehementes gestos de asentimiento. Della se alegró de que aquel deber no le
hubiera tocado a ella, ya que no quería que Rosamund contara en el trabajo
ninguna historia exagerada sobre ella. Tanto mejor para ella si podía
achacárselo todo a la señora Swanson.
Rosamund Vine había sido elegida con la
prudencia que Della siempre ponía en cualquier elección que hacía. Había tenido
que observarla y aguzar el oído durante tres semanas para seleccionarla. Tenía
que evitar a las personas que tuvieran un sueldo muy bajo o que, por el
contrario, ocuparan un cargo demasiado importante en la empresa. No le gustaba
la idea de una muchacha espectacularmente bella, ya que éstas llevaban vidas
muy agitadas, ni demasiado lista, porque podría enredarla en discusiones
molestas. Una muchacha elegante llenaría los armarios de ropa y el cuarto de
baño de cosméticos. Una muchacha con talento metería en casa instrumentos
musicales o telares o pinturas o baúles llenos de libros. Rosamund era la única
entre todas las candidatas que reunía las condiciones necesarias: menuda,
discreta y tirando a guapa, secretaria (aunque no la suya) e hija de un
sacerdote que, casualmente, había asistido a la universidad en la misma época
en que lo había hecho su padre. Della, que tenía en buena medida la misma
actitud que los empresarios victorianos con respecto a los «seguidores» de sus
criadas, observó que nunca le había oído hablar de un novio ni se había
enterado de algún cotilleo de los que se contaban en los aseos que hiciera
referencia a su vida sentimental.
Las dos muchachas se organizaron juntas sin
ningún problema. Rara vez salían por la noche. Della se acostaba siempre a las
once en punto y hubiera mandado a Rosamund a su cuarto al llegar la hora si no
hubiera sido por una pequeña dificultad. Estando Rosamund en el cuarto del
jardín (y teniéndose que sentar necesariamente en la cama porque no había otro
lugar donde sentarse), Della no podía hacer sus rondas de seguridad. Sólo una
vez había intentado hacerlo en presencia de Rosamund.
–¡Por Dios! –había dicho ésta–. Este lugar
parece Ford Knox. Qué cantidad de cerrojos y pestillos. ¿De qué tienes tanto
miedo?
–A la señora Swanson le gusta tener la casa
cerrada a cal y canto –contestó Della.
La noche siguiente, sin embargo, preparó una
bebida caliente para las dos y dijo a Rosamund que la esperara en su habitación
para salir sigilosamente al patio y realizar una comprobación secreta.
Al volver, Rosamund estaba examinando su
mesilla de noche.
–¿Por qué ordenas todo de esta manera, Della?
Pones el libro en el mismo ángulo que la mesa, el paquete de cigarrillos en el
mismo ángulo que el libro y, mira, tienes el cenicero justo a un centímetro de
la lámpara, como si hubieras medido la distancia.
–Soy una persona ordenada por naturaleza.
–Me extraña que fumes. Nunca hubiera
imaginado que fumabas si no hubiese venido a vivir. No tienes aspecto de
fumadora. Y luego está el vaso de agua. ¿Bebes agua por la noche?
–No siempre –dijo Della pacientemente–. Pero
cabe la posibilidad de que me entren ganas y es mejor así para no tener que
levantarme, ¿no crees?
Las preguntas de Rosamund no le desagradaban.
Al hacerlas la muchacha demostraba que quería aprender a hacer las cosas bien.
Della le enseñó que había que quitar el polvo de una habitación todos los días,
descongelar el frigorífico una vez a la semana, poner la mesa antes de
acostarse, cerrar las ventanas y asegurar los cierres. Le hizo hablar sobre los
sitios en que había vivido previamente con vistas a contrastar la sordidez del
pasado con el bienestar del presente, y se sintió conmocionada cuando Rosamund
le dijo claramente que en algunos de aquellos áticos, habitaciones o garajes
habilitados había vivido con un hombre. Della no hizo ningún comentario pero se
quedó poco menos que paralizada, y Rosamund, gracias a Dios, pareció advertir
su desaprobación y no entró en detalles. Sin embargo, poco tiempo después
empezó a salir por la noche.
Della no quería saber a dónde iba o con
quién. Entre el trabajo que llevaba a casa, sus quehaceres domésticos, la
plancha y la colada, y el curso de español comercial que estaba siguiendo con
discos, le sobraban las cosas con las que pasar el tiempo antes de acostarse.
En realidad era un alivio no tener a Rosamund revoloteando alrededor de ella.
Además, así podía hacer sus rondas de seguridad sin que la molestase, aunque,
como es natural, no podía comprobar si la puerta lateral estaba cerrada hasta
que Rosamund volvía. No había más remedio que dejar esos cerrojos descorridos y
el pestillo de la puerta trasera, de la que Rosamund tenía la llave sin echar.
No obstante, a las doce menos diez como muy tarde, oía que Rosamund abría y
cerraba la puerta lateral y se detenía para correr los cerrojos. Luego la oía
andar de puntillas a través del patio, abrir la puerta trasera, cerrarla y
echar la llave. Después de eso Della podía dormir en paz.
El primer problema surgió cuando Rosamund
volvió una noche y se olvidó de echar los cerrojos de la puerta lateral. Della
aguzó el oído en la oscuridad, pero no le cupo duda de que los cerrojos no
habían sido corridos. Incluso estando la puerta trasera cerrada con llave, era
inadmisible dejar la puerta lateral cerrada únicamente con su endeble
picaporte. Se puso la bata y fue por la cocina al cuarto del jardín. Rosamund
se había metido en la cama dejando su ropa tirada sobre la colcha. Della la
recogió y la dobló. Cuando volvía del patio después de haber echado los
cerrojos, Rosamund se sentó en la cama y le preguntó:
–¿Qué ocurre? ¿No puedes dormir?
–La señora Swanson –dijo Della tras soltar
una risilla indulgente– no podría dormir si supiera que no has echado los
cerrojos de la puerta lateral.
–¿No los he echado...? Mira, Della, no sé lo
que hago la mitad de las veces. No puedo pensar más que en Chris. Es una
persona maravillosa y creo que está tan loco por mí como yo por él. Me siento
como si hubiera cambiado mi vida por completo.
Della dejó que Rosamund pasara prácticamente
toda la tarde siguiente describiendo al maravilloso Chris, lo brillante (aunque
en aquel momento no lograra encontrar un trabajo que se ajustara a su talento),
lo divertido y lo culto que era a pesar de que tenía tan poco dinero que se
había visto obligado a vivir de prestado en la habitación de un amigo mientras
éste estaba fuera. Aunque la escuchó, sonrió e hizo los comentarios adecuados,
Della no pudo evitar preguntarse cuándo había sido la última vez que se había
aburrido tanto. Cada vez que se levantaba para poner uno de sus discos de
español, Rosamund se ponía a describir una nueva faceta de la deslumbrante
personalidad de Chris, hasta que finalmente Della tuvo que decirle que le dolía
la cabeza y preguntarle si le importaría dejarla sola por un rato.
–De todos modos le vas a ver mañana –dijo
Rosamund–. Le he invitado a cenar.
Por desgracia, daba la casualidad de que
aquélla era la noche en que Della iba al otro extremo de Londres para cenar con
su tía. Evidentemente se habían divertido, a juzgar por lo desordenada que
habían dejado la cocina, pensó Della cuando llegó a casa. Había pocas cosas que
le disgustaran más que ver unos platos mojados en el escurridor. Rosamund
estaba dormida. Della salió sigilosamente al patio y comprobó que los cerrojos
estaban corridos.
–Te he oído deambular por el piso a altas
horas de la noche –le dijo Rosamund por la mañana–. ¿Estabas preocupada por
algo?
–Claro que no. Simplemente me ha costado
conciliar el sueño porque ya se me había pasado la hora de acostarme.
–Qué rara eres... –dijo Rosamund, tras lo
cual soltó una risilla.
La noche siguiente perdió el último autobús.
Della había pasado una tarde agradable,
estudiando en primer lugar el informe anual de la empresa y luego haciendo sus
ejercicios de español. A las once ya estaba en la cama, leyendo las memorias de
una directora de empresa. A las once y media apagó la luz y se quedó acostada a
oscuras esperando oír el ruido de la puerta lateral.
Su reloj tenía manecillas luminosas. Cuando
vio que pasaban las doce menos diez empezó a sentir una desagradable comezón
por todo el cuerpo. Encendió la luz e inmediatamente la apagó. No quería que
Rosamund irrumpiera en su habitación y empezara a hacerle sus estúpidas
preguntas y observaciones. Pero Rosamund no irrumpió en su habitación y las
manecillas del reloj se juntaron para marcar la medianoche. No cabía duda. El
último autobús ya había pasado y Rosamund no había venido en él.
Pues bien, que la muy tonta se enterara que
ella no iba a tolerar algo así. Cerraría la puerta lateral y Rosamund se
quedaría en la calle toda la noche. Aunque podría tocar el timbre de la puerta
de entrada, pues era lo bastante tonta y desconsiderada como para hacerlo, no
quedaba otro remedio. Della prefería que la despertaran a la una o las dos de
la madrugada a quedarse en la cama sabiendo que esa puerta lateral estaba
abierta a cualquier rufián que pasara por ahí. Se puso la bata y cruzó la
impoluta cocina en dirección al cuarto del jardín. Rosamund había colgado un
estúpido remedo de cortina encima de la puerta trasera; en realidad no era una
cortina sino una colcha india bastante raída. Della la apartó con cierta
repugnancia y entonces cayó en la cuenta. No podía echar los cerrojos de la
puerta lateral porque la puerta trasera que daba al patio estaba cerrada y
Rosamund tenía la llave.
Una persona práctica como ella no podía rendirse
ante eso. Saldría por la puerta de entrada y rodearía la casa para llegar a la
puerta lateral... pero, no, eso tampoco funcionaría. Si abría la puerta lateral
y echaba el cerrojo desde dentro, se quedaría encerrada en el patio. Lo único
que podía hacer era bajar por la ventana. Trató desesperadamente de sacar los
tornillos, pero se habían quedado fijos por los años de desuso y no pudo ni
moverlos. Temblando, se sentó en el borde de la cama y encendió un cigarrillo.
Por primera vez en su vida se encontraba por la noche en un lugar inseguro,
sola en un piso de Londres, sin nada que le separase de las hordas de rapaces
ladrones excepto un endeble pestillo en la puerta trasera que cualquier ratero
podría abrir en cinco minutos.
La imprudencia cometida por la señora Swanson
al no adquirir una llave para la puerta que daba de su habitación a la cocina
era inadmisible. No tenía ningún mueble pesado que pudiera colocar contra la
puerta. Eso sí, tenía el teléfono al lado de la cama. Sin embargo, si oyera
algún ruido y llamara a la policía, ¿qué probabilidades había de que ésta
llegara antes de que la asesinaran y desvalijaran el piso?
Lo que sí había adquirido la señora Swanson
era uno de los cuchillos del pan de aspecto más espantoso que Della hubiera
visto jamás. Aun así, lo cogió de la cocina y lo puso debajo de la almohada.
Eso le hizo sentirse algo mejor, pero ¿y si no se despertaba cuando entrara el
asesino? ¿Y si...? Aquello era una ridiculez, ya que no iba a dormir en toda la
noche. Agotada, temblorosa y sintiéndose enferma, se arrebujó bajo las mantas
y, tras concentrarse por un momento, apagó la luz. Quizá, si no había luz, el
asesino pasaría de largo, no sabría que estaba allí, seguiría andando en
dirección a la zona principal de la casa y si para entonces no se había muerto
de miedo...
A la una y veinte, cuando ya había llegado al
extremo de decidir llamar a un taxi para que la llevara a un hotel, oyó un
golpe seco en la puerta lateral y Rosamund entró en el patio. Della se recostó
sobre las almohadas con una sensación de alivio tan enorme que ni siquiera se
molestó en salir y comprobar si los cerrojos estaban echados. ¿Qué más daba si
no estaban echados? El hombre tendría que pasar primero por el cuarto de
Rosamund, tendría que matarla primero a ella. Della comprendió que no le
importaba lo que le pudiese suceder a Rosamund, sino su propia seguridad.
A las seis y media salió de su habitación a
hurtadillas para poner el cuchillo del pan en su sitio. Estaba desayunando
malhumoradamente con el piso inmaculado cuando a las ocho apareció Rosamund.
–Ayer perdí el último autobús. Tuve que venir
en taxi.
–Podrías haber llamado.
–Por Dios, pareces mi madre. Con lo que me
costó levantarme y... –Rosamund se ruborizó y se llevó la mano a la boca–,
mejor dicho, salir y encentrar un taxi... Bueno, tampoco llegué tan tarde
–musitó.
A Della no le había pasado inadvertido su
pequeño desliz, pero estaba demasiado cansada como para replicarle, por lo que
se limitó a decirle que la señora Swanson se enfadaría si se enteraba de lo
ocurrido y a pedirle por favor que le avisara con tiempo la próxima vez que
pensara llegar tarde.
Cuando se vieron aquella tarde Rosamund le
dijo que no podía avisarle con tiempo porque ni ella misma sabía cuándo iba a
llegar tarde. Della no dijo nada más. ¿De qué le servía al fin y al cabo saber
a qué hora iba a volver Rosamund si ella no podía echar los cerrojos de la
puerta lateral?
Tres mañanas más tarde perdió la paciencia.
En dos de las noches anteriores, Rosamund
había perdido el último autobús. Lo curioso era que no mostraba en absoluto
cara de cansancio o hastío, mientras que Della estaba agotada. La noche
anterior se había pasado tres horas empuñando el cuchillo del pan sin moverse
de la cama mientras la vieja casa crujía en torno a ella y la puerta lateral
daba golpes a merced del viento.
–No sé por qué te molestas en volver a casa.
–¿No te importará si no lo hago?
–En absoluto. Haz lo que quieras.
Sigilosamente, antes de que Rosamund saliera
del piso por la puerta de entrada, Della se escurrió al exterior y echó los
cerrojos de la puerta lateral. Naturalmente, Rosamund, siendo una verdadera
imprudente, no comprobó si la puerta lateral estaba cerrada antes de echar la
llave de la puerta trasera. Della se quedó profundamente dormida a las diez para
despertarse justo después de las dos por culpa de una serie de golpes en la
puerta lateral seguidos de un frenético timbrazo procedente de la puerta de
entrada.
–¡Me has dejado fuera! –dijo Rosamund entre
sollozos–. Ni mi madre ha sido capaz de hacerme esto. Me has dejado fuera y me
he quedado helada. ¿Qué te he hecho para que me trates de esta manera?
–Me dijiste que no ibas a volver...
–No iba a hacerlo, pero salimos y Chris se
olvidó de la llave. Ha tenido que dormir en casa de un amigo. ¡Ojalá me hubiera
ido con él!
Evidentemente, estaban hechos el uno para el
otro, pensó Della. Aunque eran casi las dos y media de la madrugada, aquél
parecía el mejor momento para poner las cartas sobre la mesa. Se dirigió a
Rosamund con su voz ligeramente afectada de maestra de escuela:
–Creo que tendremos que organizamos de otra
manera, Rosamund. No tenemos las mismas costumbres y no nos llevamos muy bien
que se diga, ¿no crees? Puedes quedarte aquí hasta que encuentres otro sitio,
aunque me gustaría que empezaras a buscar uno enseguida.
–¿Pero qué he hecho? –preguntó Rosamund
recalcando las palabras–. No he armado ningún jaleo ni he traído a mis amigos.
Tampoco he utilizado tu teléfono, ni siquiera una vez. Francamente, Della, me
he esforzado por mantener el piso limpio y ordenado. Me he dejado la piel
haciéndolo.
–Ya te he dicho lo que pienso. No somos de la
misma clase de personas.
–Me iré el sábado a casa de mi madre... No
será peor que esto. Vete a saber, tal vez entonces Chris y yo...
–Será mejor que te acuestes –dijo Della
fríamente.
Pero ella tampoco pudo dormir. Se preguntaba
por qué no había acertado con el carácter de Rosamund y también qué iba a hacer
a propósito del alquiler. Tendría que encontrar a otra persona, por descontado.
Una mujer mayor tal vez, una viuda o una soltera de mediana edad...
Lo que estaba decidida a no hacer era
revelarle a Rosamund, a esas alturas, la inquietud que sentía con respecto a la
puerta lateral. Si algo la consolaba todavía era saber que Rosamund la creía
fuerte, madura y sensata. Sin embargo, el hecho de no revelárselo le producía
una angustia casi intolerable. Rosamund debía de pensar que su mera presencia
era un estorbo para Della. Todas las tardes salía del piso antes de que ella
llegara a casa y siempre se olvidaba de echar los cerrojos de la puerta lateral
y de cerrar con llave la puerta trasera antes de irse. Della no tenía manera de
saber si iba a volver en el último autobús o si iba a coger un taxi o si Chris
iba a acompañarla a casa a altas horas de la noche. No sabía si Chris vivía
cerca o lejos y ahora deseaba haber escuchado con más atención las confidencias
de Rosamund y haberle hecho unas cuantas preguntas. Lo que había hecho, en
cambio, había sido pensar con un escalofrío lo repugnante que debía de ser
tener que dormir con un hombre y preguntarse si alguna vez cobraría el ánimo
suficiente para enfrentarse con semejante situación.
Todas las noches se llevaba el cuchillo del
pan a la cama, confirmada en su idea de que no estaba exagerando tras oír, de
boca de una de las personas con cara de ratón que solía encontrarse en el
vestíbulo, que en la casa de al lado habían entrado a robar y la anciana que
vivía en ella había recibido un golpe en la cabeza. Rosamund volvió una vez a
la una, otra a las dos y media y la tercera sencillamente no volvió. A Della le
salieron ojeras y la piel se le puso grisácea. Se quedaba dormida sobre el
escritorio en el trabajo, mientras que una Rosamund vivaz y de ojos brillantes
contaba a sus amigas en los aseos los encantos de su relación con Chris.
Pero ya sólo faltaba una noche más...
Rosamund había dejado una nota en la que
decía que no estaría en casa. Vería a Della la tarde siguiente cuando fuera a
recoger sus maletas para llevarlas a casa de su madre. Pero había dejado la
puerta lateral abierta. Della consideró seriamente la posibilidad de echar los
cerrojos y volver a entrar trepando por ella, pero era demasiado alta y lisa
para subir y no tenía una escalera. No habría otro remedio que comenzar su
vigilia con los cigarrillos, el vaso de agua, el teléfono y el cuchillo del
pan. Debería estar pasando la noche mejor que las otras, ya que era la última,
y sin embargo estaba siendo la peor de todas. Permaneció tumbada en la
oscuridad, pensando en la anciana a la que habían golpeado, en la casa, que era
exactamente igual que la de al lado, y en el ladrón, que ahora conocía la mejor
y más sencilla manera de entrar en ella. Intentó pensar en algo diferente,
cualquier cosa, pero el instinto más poderoso se impuso sobre todos sus débiles
intentos de concentrarse en la mañana, en el trabajo, en la ambición, en la
libertad y la paz que sentiría cuando esa puerta quedara sujeta de una vez por
todas para no volver a ser abierta jamás.
Rosamund había dicho que no regresaría a
casa. Pero era imposible fiarse de su palabra. Por consiguiente, no le
sorprendió (aunque sintió un alivio desbordante) oír el golpe seco de la puerta
lateral justo antes de que dieran las dos. Suspirando en una especie de
éxtasis, esperó a oír el ruido de los cerrojos al ser corridos. El ruido no se
produjo. Bueno, no tenía importancia. Los echaría ella misma en cuanto Rosamund
se acostara. Oyó unos pasos que avanzaban con sigilo y luego el sonido de la
puerta trasera al ser abierta. Le había costado más de lo habitual hacerlo; seguramente
estaría cansada o borracha o Dios sabe qué...
Silencio.
Entonces la puerta trasera crujió y empezó a
dar golpes como si Rosamund no se hubiera molestado en cerrarla. Cansada, Della
se levantó de la cama y se echó encima la bata. En aquel preciso momento se
encendió la luz de la cocina, que iluminó el contorno de la vieja puerta
formando un brillante y fosforescente rectángulo. Aquello no era propio de
Rosamund. Ella nunca entraba en la cocina, sino que se metía directamente en la
cama sin ni siquiera preocuparse de lavarse la cara. Della sintió un
escalofrío. Con el cuerpo tenso pero tembloroso, aguzó el oído. Unas pisadas
cruzaron la cocina y la puerta de la nevera fue abierta. Entonces oyó ruidos en
los armarios; un cajón fue abierto y la plata entrechocó. Le habría gustado
decir «¿Rosamund, eres tú?», pero se había quedado sin voz. Tenía la boca
reseca y no podía articular palabra. Entonces le vino a la cabeza algo en lo
que jamás se había parado a pensar, y le vino junto con un terrible sobrecogimiento:
¿cómo podía saber, cómo había podido saber en las anteriores ocasiones si era
Rosamund la persona que entraba en el piso por la puerta lateral y la endeble
puerta trasera?
Entonces oyó la tos.
Fue una tos débil, el ruido producido por
alguien al carraspear, pero una tos inequívocamente masculina. Había un hombre
en la cocina.
Della se olvidó del teléfono y se acordó de
la anciana de la casa de al lado. Ciega de terror, se puso en pie y metió la
mano debajo de la almohada para coger el cuchillo. Abrió la puerta de la cocina
y allí estaba, un hombre alto, joven y fuerte, de pie en el umbral con la plata
de la señora Swanson en una mano y una pesada sartén de hierro en la otra.
Della no vaciló. Clavó el cuchillo con fuerza y lo volvió a clavar una y otra vez
hasta que el rojo intenso de la sangre manchó las blancas paredes, la limpia
ropa planchada y la mesa que con tanto esmero había puesto para el desayuno.
El policía fue muy amable con Rosamund Vine.
La llamó por su nombre de pila y le dio una taza de café. Ella se lo bebió pese
a que en realidad no le apetecía, ya que se había tomado una taza en el
hospital cuando le habían dicho que Chris había muerto.
–Cuéntame lo que hiciste anoche, Rosamund.
–Salí con mi novio... Chris... Chris Maitland. Se había olvidado la llave y no tenía ningún sitio donde dormir, así
que le dije que viniera conmigo a casa. Iba a irse por la mañana antes de que
ella... de que Della se levantara. Íbamos a poner especial cuidado en que no se
nos pasara la hora. Y no hicimos el menor ruido. Llegamos a las dos
aproximadamente.
–¿No la avisasteis?
–No; creímos que estaba dormida. Por eso no
hablamos, ni siquiera en voz baja. Pero debió de oírnos. –La voz estuvo a punto
de quebrársele–, Yo me fui directamente a la cama pero Chris tenía hambre. Le
dije que si no hacía nada de ruido podía coger algo de la nevera, y le indiqué
dónde estaban los cubiertos y los platos. Poco después oí un grito espantoso,
salí corriendo de mi habitación y vi que Chris... Había sangre por todas
partes...
El policía esperó a que se tranquilizara.
–¿Por qué crees que le atacó con el cuchillo?
–le preguntó.
–No lo sé.
–Creo que sí lo sabes, Rosamund.
–Tal vez. –Rosamund bajó la vista–. No le
gustaba que saliera.
–¿Porque tenía miedo de quedarse sola?
–Della Galway no tenía miedo de nada –dijo
Rosamund–. La señora Swanson estaba inquieta por los ladrones; Della no. Todas
las personas que viven en la casa sabían que a la mujer de la casa de al lado
la habían atacado y estaban nerviosas. Todas excepto Della. Ni siquiera me
habló de ello, y estoy segura de que lo sabía.
–Entonces no pensó que Chris fuera un
ladrón...
–Claro que no. –Rosamund se echó a llorar–.
Vio a un hombre, a mi hombre. Ella no podía conseguirlos. Cada vez que
intentaba hablar con ella sobre él se volvía fría y distante. Anoche nos oyó
llegar y comprendió que... y se puso frenética. Perdió los estribos. En el
trabajo he oído decir que querían que fuera a ver a un psiquiatra, y ahora
entiendo por qué.
El policía sintió un leve escalofrío a pesar
de su larga experiencia. Podía comprender el miedo a los ladrones, pero esto...
–Ahora irá a ver a uno –dijo, y a
continuación mandó a la sollozante muchacha a casa de su madre.
La doble
(The Double, 1975)
Unas mujeres extrañas y despeinadas con aire
de brujas estaban sentadas en torno a la mesa del salón de la señora Cleasant.
Una de ellas, una notable médium, parecía estar haciendo algún tipo de
adivinación con una baraja de cartas del tarot. Más tarde, cuando anocheciera,
se sentarían en torno a la mesa para convocar a los espíritus. El objetivo era
entrar en comunicación con el señor Cleasant, muerto un año atrás, y quizá
también, pensó Peter con desagrado, darle a Lisa un susto de muerte.
–¿Adónde vas? –preguntó la señora Cleasant
cuando Lisa volvió con el abrigo puesto.
Peter contestó por ella:
–La voy a llevar a dar una vuelta por Holland
Park y luego iremos a comer a alguna parte.
–¿Holland Park? –dijo la médium. Si un
cadáver hubiera podido hablar, su voz habría sonado como la suya–. Tened
cuidado y estad atentos. Ese lugar tiene fama.
Las brujas la miraron con expectación, pero
la médium había vuelto a sus cartas y estaba observando la Emperatriz, que se
había acercado a un par de centímetros de la nariz. A Peter le desagradaba
aquel grupo de mujeres. Seis meses más, pensó, y se la llevaría de ese... de
ese aquelarre.
Era una tarde de domingo de primavera, y el
aire del parque era fresco y límpido, casi campestre. Peter lo aspiró a grandes
bocanadas, para limpiarse del ambiente del salón. Ojalá Lisa se relajase y se
sintiera menos nerviosa y tensa. La mano que no tenía cogida se alzaba una y
otra vez hasta el talismán que llevaba colgado al cuello de una cadena o se
desviaba para tocar madera cuando pasaban al lado de una valla.
De pronto ella dijo:
–¿A qué se refería esa mujer cuando ha dicho
que el parque tiene fama?
–Cualquier sandez relacionada con el
ocultismo –contestó él–, ¿Cómo voy a saberlo? No aguanto ese tipo de cosas.
–Yo tampoco –dijo ella–, pero me dan miedo.
–Cuando nos casemos no tendrás que preocuparte
más de ello. Ya me encargaré yo de que así sea. Dios, ojalá pudiéramos casarnos
ahora o vinieras a vivir conmigo hasta que podamos hacerlo.
–Sin el permiso de mi madre no puedo casarme
contigo hasta que cumpla dieciocho años, y si me voy a vivir contigo me pondrán
bajo la protección de un tribunal.
–¿Pero cómo es posible?
–De todos modos sólo faltan seis meses. A mí
también me resulta difícil. Ya sabes que prefiero vivir contigo que con mamá.
Lo infantil de la respuesta le hizo sonreír.
–Vamos, haz un esfuerzo y pon una cara más
animada. Quiero hacerte una foto. Si no puedo tenerte a ti, al menos tendré una
fotografía. –Habían llegado a un espacio abierto y soleado. Él le hizo sentarse
sobre un tronco y le dijo que sonriera. Entonces sacó la cámara de la funda–.
No mires a esas personas, querida. Mírame a mí.
Era mala suerte que el hombre y la joven
hubieran elegido aquel momento para sentarse en el banco de madera.
–¡Lisa! –exclamó bruscamente. Al ver la cara
de consternación que ponía, se arrepintió de haberlo hecho. Se acercó a ella y
dijo–, ¿Qué sucede ahora, Lisa?
–Mira a esa joven –dijo.
–¿Y bien? ¿Qué pasa con ella?
–Es exactamente como yo. Es mi doble.
–Tonterías. ¿Qué te hace decir eso? Tiene el
mismo color de pelo y tenéis la misma constitución, pero aparte de eso, no os
parecéis en nada. Ella es mayor que tú y tiene...
–Peter, ¿pero no lo ves? Podría ser mi
hermana gemela. Mira, el hombre que está con ella se ha dado cuenta. Antes me
ha mirado y le ha dicho algo a ella, y luego me han mirado los dos.
Él no veía más que una semejanza superficial.
–Bueno, pongamos que lo es, aunque a mí no me
lo parece, ¿qué más da? ¿Por qué te pones así?
–¿No sabes lo que pasa con los dobles? ¿No
sabes que sí ves a tu doble estás ante tu propia muerte y mueres antes de un
año?
–Oh, Lisa, por favor. Jamás he oído algo tan
estúpido. Ésa es otra sandez que has aprendido de esas viejas locas. No es más
que una superstición enfermiza. –Pero nada de lo que pudiera decirle iba a
calmarla. Se había puesto pálida y tenía una expresión de inquietud en los
ojos. Más preocupada por ella que enfadado, extendió la mano y le ayudó a
ponerse en pie. Ella se apoyó en él, temblando, y él vio que agarraba su
amuleto–. Vámonos –dijo él–. Vamos a buscar otro lugar donde podamos sacar la
foto. No la mires si te causa tanto apuro. Olvídate de ella.
Cuando se alejaron por el camino, el hombre
que estaba sentado en el banco de madera le dijo a su acompañante:
–¿Pero en serio no te ha parecido que esa
chica era tu viva imagen?
–Ya te lo he dicho. No.
–Desde luego tú pareces bastante mayor y más
fuerte que ella, lo admito.
–Gracias.
–Pero eres casi su doble. Si te quitaras de
encima doce años y doce aventuras amorosas, serías su doble.
–Stephen, si lo que quieres es comenzar otra
discusión, dímelo, que me voy a casa.
–No quiero comenzar nada. Lo que pasa es que
estoy fascinado por un fenómeno extraordinario. Holland Park es conocido por
ser un lugar extraño. Hay una leyenda según la cual, si uno viene aquí, puede
ver a su doble.
–Es la primera vez que oigo eso.
–Y sin embargo, mi querida Zoe, así es. «El
mago Zoroastro, mi hijo muerto, vio a su propia imagen andando por el jardín.»
–¿De quién es eso?
–De Shelley. Según la superstición, si ves tu
propia imagen, mueres antes de un año.
Ella se volvió lentamente hacia él para
mirarle.
–¿Acaso quieres que muera antes de un año,
Stephen?
Él rió.
–Oh, tú no morirás. No la has visto, aunque
ella a ti sí. Y se ha asustado. Él le iba a hacer una foto, ¿no te has fijado?
Debería haberle pedido que os hiciera una a las dos juntas. ¿Por qué no
intentamos alcanzarlos?
–¿Sabes una cosa? Tienes una imaginación
enfermiza.
–No; lo que tengo es sana curiosidad. Venga,
vamos, si nos damos prisa les daremos alcance antes de que lleguen a la puerta.
–Si eso te divierte, está bien.
Peter y Lisa no vieron acercarse a la pareja.
Iban andando abrazados, y Peter había conseguido distraerla del tema de su
doble hablándole de los planes para la boda. Cuando iban a llegar a la puerta
norte, alguien gritó: «¡Perdonen!». Peter se volvió y vio al hombre que se
había sentado en el banco de madera.
–¿Sí? –dijo con cierta frialdad.
–Supongo que pensarán que soy un
impertinente, pero es que les he visto antes y me he quedado verdaderamente...
bueno, impresionado por el parecido que guardan mi novia y esta joven señorita.
La semejanza es asombrosa, ¿no cree?
–A mí no me lo parece –dijo Peter sin
atreverse a mirar a Lisa. No podía haber sucedido algo peor. Estaba
consternado–. Francamente, no veo ningún parecido.
–Oh, pero cómo es posible que no lo vea...
Bueno, me gustaría pedirle un favor. ¿Le importaría fotografiarlas a las dos
juntas? Por favor.
Peter se disponía a negarse, y no
precisamente con educación, cuando Lisa dijo:
–Claro que sí. ¿Por qué no? Es una
coincidencia realmente sorprendente. Deberíamos guardar un recuerdo de ella.
–¡Buena chica! Será mejor que nos
presentemos. Yo me llamo Stephen Davidson. Y ella es Zoe Conti.
–Lisa Cleasant y Peter Milton –dijo Peter,
sin haberse sobrepuesto todavía de la impresión que le había causado la animada
respuesta de Lisa.
–Lisa, Peter, ¿eh? Encantado de conoceros.
Ahora, chicas, ¿por qué no os ponéis ahí, donde da el sol?
Así pues, Peter hizo la fotografía y les dijo
a Stephen y Zoe que les enviaría una copia cuando revelara la película. Ella le
dio la dirección del piso que compartía con Stephen y él reparó en que quedaba
a dos calles de la suya. Podrían haber ido hasta allí juntos, que era lo que
Stephen propuso en cuanto advirtió esta segunda coincidencia. Sin embargo, al
ver la expresión tensa y forzada de Lisa, Peter rehusó hacerlo, por lo que se
separaron al llegar a Holland Park Avenue.
–No te importa que no vayamos con ellos,
¿verdad?
–Claro que no. Prefiero estar a solas
contigo.
–Me alegro –dijo. Y a continuación agregó–:
Lo he hecho por ti.
Ahora lo comprendía. Lo había hecho por él,
para demostrarle que podía dominar el miedo que le infundía la superstición.
Por él, porque él así lo deseaba, ella había hecho el esfuerzo. La cogió entre
sus brazos y la besó.
Ella se apoyó contra él. Peter podía oír los
latidos de su corazón.
–No le voy a hablar a nadie de ello –dijo. Y
él supo que se refería a su madre y a aquellas brujas.
Cuando revelaron la película no le enseñó la
fotografía. Zoe y Stephen tendrían su copia y así quedaría zanjado el asunto.
Sin embargo, cuando la estaba metiendo en un sobre comprendió que tendría que
adjuntar una nota, lo cual era una pesadez, ya que no le gustaba escribir
cartas. Por otra parte, mejor que ir a correos, lo que podía hacer era ir a su
casa y entregarla personalmente. Y eso fue lo que hizo.
No tenía intención de entrar, pero cuando
estaba metiendo el sobre en el buzón, Zoe apareció detrás de él en los
escalones y le dijo:
–Entra y toma algo.
Como no se le ocurrió ninguna excusa, aceptó.
Ella le condujo por un par de tramos de escalera, mirando la fotografía
mientras subía.
–Esto pone fin a la fantástica historia del
parecido –dijo–. ¿A ti te parece que hay alguno?
Peter dijo que no, al tiempo que se
preguntaba cómo Lisa había podido ser tan tonta como para ver a su doble en
aquella mujer de treinta años, que aquella tarde tenía ojeras y cara de
cansancio.
–Principalmente fue producto de la
imaginación de su amigo –dijo cuando entraba en el piso–. A ver qué dice ahora
cuando vea la fotografía.
Por un momento ella no dijo nada. Cuando por
fin respondió lo hizo con brusquedad.
–Me ha dejado.
Peter se azoró.
–Lo siento. –La miró y se fijó en aquellos
ojos cuyas oscuras cuencas parecían moretones–. ¿Lo estás pasando muy mal?
–No me voy a meter una sobredosis, si a eso
te refieres. Llevábamos juntos cuatro años. Es difícil de aceptar. Pero no te
voy a aburrir con ello. Hablemos de otra cosa.
Peter tenía pensado quedarse sólo media hora,
pero la media hora se convirtió en una hora, y cuando Zoe le dijo que iba a
preparar la cena y le invitó a quedarse, aceptó. Era interesante hablar con
ella. Era una terapeuta musical; le habló de su trabajo y puso discos. Cuando
terminaron de comer, una cena sencilla pero excelente, volvió al tema de su
vida íntima y le contó algo de su larga y difícil relación con Stephen. Sin
embargo, se refirió a ella sin mostrar lástima de sí misma. Y sabía escuchar
además de hablar. Para él era importante poder confiar en una mujer madura y
equilibrada que supiera escucharle sin interrupciones, pensó mientras le
hablaba de su relación con Lisa y le contaba que se iban a casar en cuanto ella
cumpliera dieciocho años y heredase la mitad de la fortuna de su difunto padre.
No debía pensar, le dijo, que el dinero tuviera algo que ver con ello. Hubiera
preferido que ella no tuviera ni cinco. Todo lo que quería era sacarla del
ambiente malsano que rodeaba las prácticas ocultistas y de la casa de su madre,
que más bien parecía un convento y en la que la corrompían al tiempo que la
protegían.
–¿De qué tiene miedo ella? –preguntó Zoe
cuando él le dijo que Lisa solía tocar madera y tenía un amuleto sin el que no
podía pasar.
Él se encogió de hombros.
–¿Del destino? ¿De alguna furia vengadora que
no quiere que sea feliz?
–O de la muerte –dijo Zoe–, Ha perdido a su
padre. Tal vez tenga miedo de perderte a ti.
–Si hay algo de lo que no ha de tener miedo
es precisamente de eso –dijo él.
Pasaba la medianoche cuando él se marchó.
Al día siguiente pensó en contarle a Lisa
dónde había estado. No había secretos entre ellos. Sin embargo. Lisa estaba
nerviosa, pues había acompañado a la señora Cleasant a una reunión de
espiritismo, por lo que pensó que no sería prudente volver sobre un tema que,
más valía olvidar. Así pues, no dijo nada. Al fin y al cabo, no volvería a ver
a Zoe.
Aproximadamente un mes más tarde, un mes que
él y Lisa habían pasado felices y tranquilos, se encontró por casualidad a Zoe
en Portobello Road. Mientras hablaban, pensó que como le había invitado a cenar
en su casa estaba en deuda con ella. Él y Lisa la invitarían a cenar en un
restaurante. Dado el humor del que estaba en aquel momento, a Lisa le haría
ilusión. Además, después del tiempo que había transcurrido, sería una buena
oportunidad para que viera que su superstición le había hecho cometer un error.
Zoe vaciló en un principio, pero acabó aceptando la invitación cuando él le
dijo que serían tres. Cenarían, por tanto, dentro de dos semanas. Ellos la
llamarían.
–Me he encontrado con esa joven, Zoe, y la he
invitado a cenar con nosotros. ¿Te parece bien?
La mirada de niña asustada volvió al rostro
de Lisa.
–Oh, no, Peter. Creí que había quedado claro
que no quería volver a verla.
–¿Pero por qué no? Ya has visto la fotografía
y lo absurdas que son esas ideas que tienes. Además, Stephen no vendrá. Sé que
no te cayó bien, como a mí, pero no importa, porque ya no están juntos. Él la
ha dejado.
Ella se estremeció.
–No quiero que nos relacionemos con ella,
Peter.
–La he invitado –dijo él–. No puedo echarme
atrás ahora.
Cuando llegó la noche, Zoe abrió la puerta
vestida con un traje largo y con el pelo largo recogido. Tenía un aspecto
majestuoso, y pareció misteriosamente cambiada.
–¿Dónde está Lisa? –preguntó.
–No ha podido venir. Ella y su madre se van
este fin de semana de vacaciones a Grecia y está ocupada haciendo el equipaje.
–Aunque sólo una parte de aquello era cierto, él lo dijo con aplomo, como si lo
fuera todo. No podía apartar la mirada de la nueva Zoe, y se alegraba de haber
reservado una mesa en un restaurante selecto.
A la tenue luz de una lámpara, Zoe parecía
haber recuperado su juventud. Y por vez primera él se daba cuenta del parecido
que guardaba con Lisa. La hermana menor y la hermana mayor, debido a un efecto
de luz y cosméticos y tal vez a su melancólica imaginación, habían coincidido
en edad y se habían convertido en gemelas. Podría haber sido su Lisa quien le
estaba hablando desde el otro lado de la mesa, de la vajilla, la plata y la
solitaria rosa que había en un jarrón, pero una Lisa a quien la vida y la
experiencia habían hecho madurar. Lisa jamás habría podido hablar de libros,
música y viajes de ese modo, ni escucharle con tanto interés ni aconsejarle con
tanta sensatez. Sintió que la velada llegara a su fin y tuviese que despedirse
de ella tras acompañarla hasta la puerta de su casa.
Parecía que Lisa se había olvidado de su cita
para cenar con Zoe. No la mencionó, y él tampoco. A la mañana siguiente salía
con su madre para pasar el mes de vacaciones que el médico le había recomendado
a la señora Cleasant por cuestiones de salud.
–Ojalá no tuviera que irme –le dijo a Peter–.
No sabes cuánto te voy a echar de menos.
–¿Y yo no te voy a echar de menos?
–Cuídate. Voy a estar preocupada pensando en
que pueda pasarte algo. Ríete, pero cuando mi padre se iba de viaje yo solía
escuchar las noticias cuatro o cinco veces al día por si había ocurrido un
accidente de aviación o algún desastre.
–Eres tú quien se va de viaje. Lisa.
–Viene a ser lo mismo. –Se llevó la mano al
amuleto–. Yo tengo esto, pero tú... ¿Aceptarías mi trébol de cuatro hojas si te
lo diese?
–Creí que habías dejado todas esas tonterías
–dijo él. La decepción que le había causado Lisa empañó el momento del adiós.
El beso de despedida que le dio ella estuvo teñido de una especie de apasionada
tristeza.
–Escríbeme –dijo–. Yo te escribiré todos los
días.
Las cartas de Lisa empezaron a llegar a
finales de la primera semana. Eran las primeras que recibía de ella y eran como
trabajos escolares escritos por un estudiante de geografía en el que había
intercalados mensajes de amor para el profesor. Le dejaban insatisfecho y algo
malhumorado. Aunque se sentía solo en su ausencia, no podía evitar asustarse de
la imagen que tenía de ella. Necesitaba a alguien con quien pudiera hablar de
ello con tranquilidad y, al cabo de unos días de indecisión, telefoneó a Zoe.
Diez minutos más tarde ya estaba en su piso, bebiendo su café y escuchando su
música. Estar con ella era un consuelo mayor del que hubiera imaginado posible,
por cuanto en el modo que tenía de girar la cabeza, en la expresión que ponía
al sonreír y en la línea vertical que describía el nacimiento del pelo en su
frente veía fugazmente a Lisa.
Y sin embargo en aquella ocasión, en lugar de
hablarle de sus temores, le dijo:
–No entiendo cómo pude pensar que tú y Lisa
no os parecíais.
–A mí no me lo pareció.
–Es un parecido prodigioso, casi
subyugante...
Ella sonrió.
–Si venir a verme te sirve de ayuda para
pasar el tiempo que Lisa esté fuera, por mí estupendo, Peter. Puedo entender
que te recuerde a ella y que de ese modo las cosas te resulten más fáciles.
–No se trata sólo de eso –dijo él–. No quiero
que pienses que se trata sólo de eso.
Ella no dijo nada más. No era propio de ella
indagar, hacer interrogatorios o llamar excesivamente la atención sobre sí
misma. Sin embargo, la siguiente vez que se vieron, él le dio una explicación
sin que ella se la pidiera, una explicación que a él mismo le resultó espantosa
y cuyos términos se le antojaron más convincentes y reveladores que las ideas
de las que habían surgido.
–No es cierto que me recuerdes a Lisa. No se
trata de eso, sino de que veo en ti lo que ella podría llegar a ser y que sé
que nunca será.
–¿Pero quién podría querer ser como yo?
–Todo el mundo. Cualquier joven. Eres lo que
una mujer debería ser, Zoe, inteligente, sensata, bondadosa, independiente y...
bella.
–Si eso es verdad –dijo ella sin dar mucha
importancia a lo que acababa de oír–, aunque lo dudo, ¿por qué no habría de
llegar Lisa a ser así?
–Porque cuando cumpla dieciocho años será
rica, será una heredera. Nunca tendrá que ganarse la vida o esforzarse o
aprender. Viviremos en una casa cerca de la de su madre y acabará siendo como
ella, vanidosa y neurótica, se alimentará de somníferos, pasará todo su tiempo
con espiritistas y se meterá en cultos enfermizos. Cuando te veo a ti no veo al
doble de Lisa. La veo a ella, o a una alternativa de ella, si lo prefieres,
dentro de trece años si se le hubiera trazado otro camino en la vida. Y al
mismo tiempo te veo a ti tal como hubieras acabado siendo si hubieras vivido la
vida que ella debe y va a vivir.
–Si la quieres, puedes ayudarla para que no
viva esa vida –dijo Zoe.
Las cartas de Lisa dejaron de llegar. Pasó
una semana y no llegó ni una sola carta. A la vista de lo que le estaba
sucediendo, Peter había tomado la firme decisión de no volver a ver a Zoe. Pero
ella vivía tan cerca y él pensaba en ella tan a menudo que no pudo contenerse.
Fue a verla y le contó una mentira de la que él se había convencido que podía
ser verdad. Lisa era demasiado joven como para sentir un amor intenso y
verdadero por nadie. Sus cartas se habían vuelto frías y finalmente habían
dejado de llegar. Zoe le escuchó y atendió a sus apremiantes intentos de
persuasión, a la comparación entre su estado de desamparo y el suyo. Cuando él
la besó, ella reaccionó con dudas pero luego con un ardor nacido de su propia
soledad. Hicieron el amor. Más tarde, cuando él le preguntó si podía quedarse a
pasar la noche, ella le dijo que sí y él se quedó.
A partir de entonces pasó todas las noches
con ella. Apenas iba a casa. Cuando por fin lo hizo se encontró con que tenía
diez cartas esperándole en el felpudo. Lisa y su madre habían ido a una isla
del Egeo (el hogar de cierto místico que la señora Cleasant deseaba conocer) en
la que el correo funcionaba con precariedad. Leyó las infantiles cartas, los
«querido Peter, te echo de menos, jamás volveré a separarme de ti» con
impaciencia y sentimiento de culpa y luego volvió a casa de Zoe.
¿Por qué tenía que mencionarle las cartas?
Ojalá no lo hubiera hecho. Si se había sentido atraído por ella había sido por
su sensatez y honestidad, y ahora resultaba que esas mismas cualidades se
volvían en su contra.
–¿Cuándo vuelve a casa?
–El próximo sábado –dijo él.
–Peter, no sé qué tienes pensado hacer:
dejarme y casarte con ella o dejarla a ella y quedarte conmigo. Pero, decidas
lo que decidas, tienes que hablarle de lo nuestro.
–No puedo hacerlo –exclamó él.
–Debes hacerlo. Hagas lo que hagas, debes
decírselo. Y si proyectas quedarte conmigo, ¿qué otra alternativa tienes?
Quedarse con las dos hasta que estuviera
seguro, hasta que lo supiera con certeza.
–Ya sabes que no puedo estar sin ti, Zoe.
Pero tampoco puedo decírselo a ella, todavía no. Es una niña.
–Vas a casarte con una niña. La quieres.
–¿Que la quiero? Eso es lo que yo creía...
–No voy a ser cómplice de ningún engaño,
Peter. Quiero que lo sepas. Si no me prometes que se lo dirás, no seguiré
viéndote.
Tal vez cuando viera a Lisa... El domingo por
la tarde cruzó el parque para ir a la casa de su madre. La médium se encontraba
allí y también una mujer que parecía la participante de una misa negra,
escuchando con la mayor seriedad lo que la señora Cleasant les estaba contando
acerca del místico y sus investigaciones sobre los misterios de la Gran
Pirámide. Lisa se lanzó corriendo a sus brazos, llorando de felicidad.
–Esta niña ha soñado contigo todas las
noches, Peter –dijo la señora Cleasant con una de sus extrañas miradas
perdidas–. ¡No te puedes imaginar los sueños que ha tenido! Aunque no es de
extrañar, pues tiene poderes psíquicos como yo. Cuando nos enteramos de que el
correo llevaba retraso, le dije que te mandara un mensaje utilizando el poder
de la mente, pero ella se negó a hacerlo.
–Sabía que no te gustaría –dijo Lisa. Se
había sentado en sus rodillas, entre sus brazos.
Estaba claro que él no podía decírselo. Al
cabo de un tiempo, si conseguía aplazar la boda y que la calma volviera a...
Ahora sin embargo no podía ni pensar en contárselo.
Pero le dijo a Zoe que se lo había contado
todo a Lisa. Era lo único que podía hacer si quería seguir viéndola.
–¿Cómo se lo ha tomado?
–Oh, bastante bien –mintió–. Durante las
vacaciones se ha fijado en ella un montón de hombres. Creo que está empezando a
darse cuenta de que no soy el único hombre en el mundo.
–¿Y ha aceptado... lo nuestro?
¿Por qué tenía que insistir? ¿Por qué tenía
que ponérselo tan difícil? Le respondió con vehemencia, pero no pudo evitar
sentir asco de sí mismo.
–Creo que lo ve como una vía de escape para
su propia libertad.
Ella le creyó. La persona que tiene costumbre
de decir la verdad se muestra poco dispuesta a detectar la falsedad en las
palabras de los demás.
–Aunque es verdad que sólo la he visto una
vez, y únicamente durante cinco minutos, me pregunto si no te estarías
engañando, Peter, cuando decías que te quería tanto. No volverás a verla,
¿verdad?
Le dijo que no, que todo había acabado, que
se habían separado. Pese a ello, la enormidad de lo que había hecho le tenía
anonadado, y la siguiente vez que se encontró con Lisa se vio a sí mismo
diciéndole una vez más, y sinceramente, cuánto la quería y cuánto deseaba
sacarla de allí. ¿Iba a sacrificar este amor apasionado e infantil por una
mujer que era cinco años mayor que él? Eran, en tantos sentidos, tan
parecidas... ¿Y si con el tiempo se cansara de una y lamentara haber dejado a
la otra? Así y todo, aquella noche volvió a casa de Zoe.
Mediante hábiles pero peligrosas intrigas,
dividió su tiempo entre la una y la otra. No resultaba muy difícil. Lisa
siempre tenía compromisos de carácter social (y oculto) y Zoe le creía cuando
él decía que se había tenido que quedar en el trabajo hasta tarde. Llegó el
otoño y él continuaba llevando su doble vida. La necesidad, la dependencia que
sentía de Zoe aumentaba, y él había empezado a lamentar cada momento que pasaba
lejos de ella. Sin embargo. Lisa y su madre habían fijado la fecha de la boda
y, con fatalismo, él aceptaba el inexorable paso de los días.
Una tarde de octubre había quedado con Zoe
para verse en Holland Park, en la puerta norte. Lisa tenía que ir a probarse el
traje de boda y luego a cenar con su madre en lo que él llamaba la guarida de
la médium. Así pues, no había ningún problema. Estuvo casi una hora esperando
en la puerta. Al ver que Zoe no aparecía, fue a su piso, pero no recibió
ninguna respuesta cuando pulsó el timbre. Durante aquella tarde la llamó cinco
veces desde su casa, pero la única respuesta que obtuvo fue el silencio. Pasó
la noche en vela, la primera que pasaba a solas en los últimos cuatro meses.
Durante todo el día siguiente siguió
llamándola desde el trabajo; a Lisa, en cambio, no la llamó. Era la primera vez
que no lo hacía desde que se conocían. Sin embargo, cuando llegó a casa a las
seis, su teléfono estaba sonando. Sólo podía ser Zoe; tenía que ser ella. Cogió
el auricular y oyó la tensa voz de la señora Cleasant.
–¿Peter?
La decepción le dolió.
–¿Sí? –respondió–. ¿Cómo está usted? ¿Cómo
está Lisa?
–Peter, tengo que darte una mala noticia.
Creo que lo mejor será que vengas. Sí, ahora. Inmediatamente.
–¿Qué sucede? ¿Le ha ocurrido algo a Lisa?
–Lisa ha... ha fallecido. Anoche se tomó una
sobredosis de mis pastillas. La he encontrado muerta esta mañana.
Volvió a salir inmediatamente. En el parque,
al atardecer, las hojas estaban secas y lívidas, y algunas ya habían caído. En
aquel lugar, cuando éstas habían mostrado su primer verde primaveral, había
hecho la fotografía, y en aquel otro le había dicho que se sentara en un
espacio abierto y soleado y había visto a Zoe.
La señora Cleasant no estaba sola. La
acompañaban algunos miembros de su círculo mágico, pero parecía más relajada de
lo que la había visto jamás y él supuso que estaría drogada.
–¿Cómo ha sucedido? –preguntó.
–Ya te lo he dicho. Tomó una sobredosis.
–Pero... ¿por qué? –Apartó la mirada de los
ojos de la médium, los cuales, fijos como estaban en su persona, se diría que
veían fantasmas detrás de él.
–No tiene nada que ver contigo, Peter –dijo
la señora Cleasant–. Ella te quería, ya lo sabes. Y ayer estaba feliz. La cita
para probarse el vestido tuvo que ser cancelada. Dijo que quería tomar un poco
de aire fresco porque hacía un día maravilloso, y que luego iría a tu casa.
Había tirado su talismán, el amuleto que llevaba, porque decía que a ti no te
gustaba. Le dije que no lo hiciera, ya que era un objeto inofensivo que podía
servirle de ayuda. ¿Quién sabe? Si lo hubiera llevado puesto...
–Ah... si hubiera estado bajo la
«protección»... –exclamó la médium.
La señora Cleasant prosiguió.
–Íbamos a salir a cenar. Estuve esperándola
un buen rato, y al ver que no venía, me fui sola. Pensé que estaría contigo,
segura en tu compañía... Pero volví pronto y me la encontré en casa, con cara
de estar cansada y asustada. Me dijo que se iba a la cama. Le pregunté si
ocurría algo y me contestó que... –Se le quebró la voz y empezó a sollozar. Las
brujas acudieron alborotadamente a su lado y empezaron a tocarla y a hablar en
voz baja.
Fue la médium quien, con su voz de cadáver,
le explicó lo ocurrido.
–Le dijo que había visto a su doble en el
parque.
–Pero si eso sucedió hace seis meses –exclamó
él bruscamente–. En abril.
–No, vio a su doble ayer por la tarde. Era su
imagen andando por el jardín. Y se atrevió a hablar con ella. ¿Quién sabe lo
que puede decirte la muerte cuando te atreves a dirigirte a ella?
Peter salió presuroso de la casa, huyendo de
aquellas mujeres. Llamó un taxi y con un susurro trémulo pidió al taxista que
le llevara a casa de Zoe. Tocó el timbre, y lo volvió a tocar una y otra vez.
Entonces, viendo que las luces seguían encendidas pero que ella no bajaba,
empezó a aporrear la puerta con los puños, gritando su nombre. Cuando por fin
comprendió que no iba a bajar y que la había perdido a ella y a su imagen, a su
doble y a ella, para siempre, se dejó caer en el peldaño de la escalera y
lloró.
El taxista, que volvía por la calle en busca
de un pasajero, se imaginó que estaría borracho, y tras adivinar su dirección
entre los entrecortados murmullos que estaba profiriendo, le llevó a casa.
La planta carnívora
(The
Venus Fly Trap, 1972)
En cuanto Dafne se quitó el sombrero y lo
dejó sobre la cama de Merle, ésta lo cogió y se lo encasquetó en sus rubios
rizos. Era de fieltro rojo e iba casualmente a juego con el vestido rojo de
Merle.
–Por extraño que parezca, querida –dijo Merle
al tiempo que se miraba en el espejo del tocador–, lo cierto es que si alguien
nos viera... mejor dicho, alguien que no nos conociese, jamás pensaría que yo
soy la soltera y que tú eres quien ha tenido todos esos maridos e hijos.
–Sólo he tenido dos maridos y tres hijos
–dijo Dafne.
–Ya sabes a qué me refiero –dijo Merle, y
Dafne, que se encontraba al lado de su amiga, tuvo que admitir que lo sabía.
Merle era tan grande y rosada, tan desbordante y tan mujer, que ella, a su
lado... bueno, ya había dejado de fingir ser algo distinto de una viudita
arrugada de setenta años de edad que aparentaba todos y cada uno de los años
que tenía.
Merle se quitó el sombrero y lo dejó al lado
de la muñeca cuya falda de satén amarillo ocultaba su camisón y su bolsa de
rulos.
–Primero te enseño el piso y luego nos
tomamos un jerez y descansamos. Tengo un poco de ese de color nuez. Como verás,
después de cuarenta años aún no me he olvidado de tus gustos.
Dafne no le dijo que era jerez seco lo que
tomaba cuarenta años atrás y lo que todavía prefería. Siguió dócilmente a Merle
al trote. Estaba empezando a notar un gran sofoco. Parecía como si el papel en
relieve que cubría la pared y las lujosas y gruesas alfombras irradiaran
vaharadas de calor.
–No sabes la ilusión que me hace que vengas a
vivir a este edificio, querida. Éste es el cuarto de invitados. Me gusta pensar
que puedo decirle a una amiga que se quede a dormir si quiero. Aunque no vienen
muchas. Entre tú y yo, querida, a la gente no le hace ninguna gracia que las
cosas me hayan ido tan bien y además por iniciativa propia. Conforme me he ido
haciendo mayor, he ido comprendiendo que la gente es muy mezquina. Por eso me
hizo tanta ilusión que me dijeras que aceptabas venir aquí, es decir, que alguien siguiera mi consejo.
–Lo has dejado todo muy bonito –dijo Dafne.
–Bueno, siempre he dicho que el piso tenía
posibilidades y que yo tenía buen gusto. Evidentemente el tuyo es más pequeño
y, si quieres que te diga la verdad, yo no diría que se preste a una decoración
muy ambiciosa. Yo de ti, lo primero que haría sería instalar calefacción
central.
–Espero hacerlo si puedo permitírmelo.
–Dafne, ya sabes que hay cosas que hemos de
permitirnos porque son como un deber que tenemos con nosotras mismas. De todos
modos, tú ya sabes cómo arreglártelas y a mí no se me ocurriría interferir en
tus asuntos. Si el frío empieza a molestarte, aquí arriba siempre serás bien
recibida. Siempre, de veras. Mira, éste es mi salón, mi pièce de résistance.
Merle abrió la puerta con el ademán de una
muchacha que abre la tapa del joyero donde se encuentra el regalo de su amante.
–Qué cantidad de plantas –dijo Dafne
débilmente.
–Siempre me han encantado las plantas. Mi
primera aventura en el mundo de los negocios fue una floristería. Podría
haberla convertido en una mina de oro si mi socia no hubiera sido tan
terriblemente rencorosa. El primer día ya quería echarme. ¿Te gusta el sofá? Lo
tapicé todo el año pasado con satén perla y creo que ha sido todo un acierto.
El ambiente era similar al de un invernadero.
Las sillas, el sofá, las lámparas, las pequeñas mesas de madera tallada con su
enorme colección de pequeños objetos de adorno eran como una isla en el centro
del gran salón. Bueno, tal vez no fuera como una isla, pensó Dafne, sino como
un claro en medio de una selva tropical. Las estanterías, las repisas de las
ventanas, las artesas blancas con pies de hierro forjado pintados de blanco...
de todas ellas crecían unas exuberantes plantas trepadoras, verdes, lustrosas,
frondosas, todas perfectamente inmóviles y despidiendo un extraño perfume de
clorofila.
–Ocupan todo mi tiempo. No se trata sólo de
regarlas, vigilar la temperatura y todo eso. Las plantas saben cuándo se las
quiere y sólo florecen en un ambiente de cariño. Sinceramente, no creo que
puedas encontrar en Londres un ejemplar de opuntia mejor que el mío. Estoy
especialmente orgullosa de las pepperomias y también de las xygocacti, desde luego. Supongo que, a pesar de tus precipitadas idas y venidas
por todos esos países extranjeros, habrás tenido ocasión de verlas en su
hábitat natural.
–Pasamos la mayor parte del tiempo en
Estocolmo y Nueva York, Merle.
–¿De veras? Como pasaste tantos años sin
escribirme, ahora me resulta difícil acordarme. Pensé mucho en ti, eso sí.
Además, quiero que sepas que estaba contigo en todo momento, cada vez que te
mudabas de casa, cuando te divorciaste de ese hombre, no me acuerdo cómo se
llamaba... sería una experiencia terrible... y además tuviste que encargarte de
los niños; y luego te volviste a casar y todo lo demás... Me acuerdo que
pensaba en lo triste que era que yo le estuviese sacando tanto partido a la
vida mientras tú... ¿Qué ocurre?
–Esa planta se ha movido, Merle.
–Es que la has tocado. Cuando tocas una de
sus bocas se cierra. Se llama dionaea muscipula.
La planta era la única que había en un tiesto
de mayólica colocado sobre un primoroso pie de color blanco. Tenía un aspecto
muy lozano. Sus hojas eran delicadas y brillantes y de su tallo crecían cinco
flores de color rojo y dorado. Dafne se acercó para mirarlas y vio que, tal
como había dicho Merle, la forma de éstas guardaba más semejanza con la de una
boca que con la de una flor, una boca peluda, suave, madura, voraz... Una de
ellas estaba ahora cerrada.
–¿No tiene un nombre común?
–Claro que sí. Se llama Venus atrapamoscas. Muscipula significa comemoscas, querida.
–¿Pero qué estás diciendo?
–Que come moscas. Llevaba años cultivándola
sin suerte y no puedes imaginarte la ilusión que me hizo cuando por fin
conseguí que una sobreviviera.
–Sí, pero ¿qué quieres decir con eso de que
come moscas? No es un animal.
–Lo es en cierto modo. El problema es que
aquí no hay muchas moscas. La alimento con pequeños trozos de carne. Te has
puesto pálida. Dafne. ¿Te duele la cabeza? Vamos a tomar el jerez y luego
intentaré atrapar una mosca para que veas cómo se la come.
–Preferiría que no lo hicieras, Merle –dijo
Dafne al tiempo que se alejaba de la planta–. No quiero herir tus sentimientos,
pero, bueno... no sé, la idea de que cojas criaturas vivas para alimentar a...
a eso.
–¿Criaturas vivas? –preguntó extrañada–.
Estamos hablando de moscas–. Merle, grande y perfumada, cogió a Dafne por el
brazo y se la llevó de allí. Su vestido era de gasa roja y tenía unas mangas
holgadas y caídas. Llevaba las uñas a juego–. Tu problema es que eres un manojo
de nervios y que ahora estás mucho peor que cuando éramos jóvenes. Doy gracias
a Dios cada día que pasa por no saber qué significa ser una neurótica. Ten tu
jerez. Te he servido un vaso grande para que te animes. Voy a ocuparme
personalmente de cuidarte, Dafne. No conoces a nadie más en Londres, ¿verdad?
–Prácticamente a nadie –dijo Dafne sentándose
donde no pudiera ver la atrapamoscas–. Los chicos están en Estados Unidos y mi
hija en Escocia.
–Bien, será mejor que subas aquí todos los
días. No, ya te digo que no me molestarás. Cuando supe que ya era definitivo
que venías, me dije: Voy a ocuparme de que Dafne no se sienta sola. Aunque no
creas que podrás llevarte bien con el resto de los inquilinos de la casa. Los
que no son unos esnobs y unos ariscos son... bueno, no son la clase de personas
que te gustaría conocer. Pero no hablemos más de ellos, hablemos de nosotras. A
no ser, claro está, que hablar de tu pasado te resulte doloroso.
–Yo no diría...
–No, claro, no te gusta remover recuerdos
desagradables. Espera que te ponga una gotita más de jerez en tu vaso y te
cuento todo lo de la agencia, que ha sido mi última aventura.
Dafne reclinó la cabeza en un cojín, apartó
unas hojas de hiedra y se preparó para escuchar.
Merle estaba cortando tirillas de carne de un
pedazo de filete. Aquel día iba con ropa de un tono oro diáfano y llevaba una
cadena de ámbar al cuello. Tenía las galas medio ocultas debajo de un delantal
de volantes.
–Recuerdo que cuando mis hijos empezaron a
comer alimentos sólidos tomé la costumbre de hacer esto mismo –dijo Dafne.
–Hijos, hijos... Siempre estás a vueltas con
los hijos. Llevas aquí tres semanas y creo que no has perdido ni una ocasión de
hablar de tus hijos y tus hombres. Oh... lo siento, querida, no era mi
intención molestarte, pero es que una acaba cansándose de las mujeres como tú que
hablan de esa parte de la vida como si una se hubiera perdido realmente algo.
–¿Por qué estás troceando ese filete, Merle?
–Para alimentar a mi pequeña atrapamoscas.
Éste es su desayuno. Vamos. Tengo una mosca que he atrapado en un vaso de
jerez. No he podido atrapar más que una.
La mosca era muy pequeña. Estaba trepando por
el interior del vaso, pero cuando Merle se acercó, echó a volar y a zumbar bajo
la transparente cúpula de su cárcel. Dafne volvió la espalda. Entonces se
acercó al enorme mirador de la sala, que estaba lleno de plantas, y se asomó,
fingiendo interés en el paisaje. Oyó el deslizamiento del cristal y la ahogada
exclamación de triunfo de Merle. Merle pisaba pesadamente al andar. Las tablas
crujieron bajo la gruesa alfombra. Entonces empezó a hablarle a una planta con
una dulcísima voz maternal.
–Tienes una vista preciosa desde aquí –dijo
Dafne animadamente–. Se puede ver lo que hay a varios kilómetros de distancia.
Merle dijo:
–C’est Vénus toute entière à sa proie attachée.
–¿Qué dices?
–Nunca se te dieron bien los idiomas,
querida. Oh, no finjas que esa vista te vuelve loca. Estás demostrando una
susceptibilidad que raya en lo absurdo con respecto a lo que en realidad no es
más que jardinería. No soporto esa clase de pruritos. Además ya he acabado; ya
ha desayunado y tiene todas las bocas cerradas. ¿A quién estás saludando?
–A la pareja que vive al lado de mi piso. Son
muy simpáticos.
–Pues, por favor, no lo hagas. –Merle se
asomó y al erguirse movió el conjunto de doradas trenzas y rígidos bucles de
oro de su pelo–. No has tenido tiempo de enterarte, querida, pero esa parejita
se las trae. Para empezar, ni están casados ni son pareja ni nada, te lo digo
yo... Aunque, claro, eso no es asunto mío. Lo que sí es asunto mío, en cambio,
es el perro que tienen en casa. Mira, ese de ahí, es un cocker o como se
llame... Y en estos pisos está terminantemente prohibido tener animales.
–¿Y qué me dices de tu atrapamoscas?
–No digas tonterías, por favor... Bien,
tienen a ese perro en casa y le dejan que ponga el jardín perdido. Escribí a
los administradores hace tiempo, pero son unos negligentes y no hicieron nada.
Supongo que no me tienen respeto porque soy soltera. De todos modos, volví a
escribirles anteayer y según tengo entendido esta vez sí les van a echar.
Abajo, a diez metros de la ventana, en el
aparcamiento que había entre la casa y el jardín, un joven de vaqueros y
chaqueta de cuero cogió al perro y lo puso en el asiento trasero de un coche
destartalado. La joven que iba con él, que llevaba el pelo hasta la cintura y
de un color muy parecido al de Merle, se sentó en el asiento del pasajero. El
joven pareció indeciso por un momento, y cuando Merle acercó la cara al
cristal, alzó la vista y extendió el dedo medio.
–¡Bruto! –exclamó Merle–. Lo único que sirve
con ese tipo de gente es ignorarlos. ¿En qué cabeza cabe dejar a ese perro que
haga sus necesidades encima de un bellísimo ejemplar de cryptomeria japonica? Será mejor que nos olvidemos del asunto y tomemos una buena taza de
café.
–Merle, ¿cuánto tiempo viven las flores de
esa Venus tuya? Quiero decir, tardan poco en morir, ¿verdad?
–Pues no. Viven una eternidad. ¿Sabes una
cosa, Dafne? A pesar de todo lo que te aprecio, no te dejaría sola en este piso
en ninguna circunstancia. Le has tomado un odio personal a mi muscipula. Te gustaría destruirla.
–Voy a poner la cafetera.
Merle llamó un taxi por teléfono. Luego metió
su pequeña agenda telefónica roja en su bolso de charol escarlata junto con su
barra de labios, su polvera de oro y sus llaves, su talonario y cuatro billetes
de cinco libras.
–Podríamos ir andando.
–No, no podríamos, querida. Cuando salgo a
pasar el día de compras, me gusta sentirme relajada. No quiero ir andando y que
me ocurra algún percance. Espero que no sea el dinero lo que te preocupe,
porque ya sabes que pagaré yo. Soy consciente de lo diferentes que son nuestros
ingresos, Dafne, y si no me paso el día hablando de ello es porque procuro ser
discreta. Quiero comprarte alguna cosa, algo realmente bonito que puedas
ponerte. Me parece una verdadera desfachatez que todos esos hombres que has
tenido no se preocuparan de proporcionarte unos medios de vida adecuados.
–Tengo ropa de sobra, Merle.
–Sí, pero toda gris y negra. Lo único que
tienes de color es ese sombrero rojo y has dejado de llevarlo.
–Ya no tengo edad para eso, Merle, querida.
No quiero disfrazarme con ropa de color. Ya he tenido ocasión de hacer esa
clase de cosas en el pasado.
–¡Pues yo no! O sea, yo he... –Merle se
mordió el labio, manchándose los dientes de pintalabios escarlata. Cruzó la
habitación, cogió su abrigo de ocelote del respaldo del sofá y se detuvo
delante de la atrapamoscas. Sus bocas de color fuego estaban abiertas. Las rozó
con las yemas de los dedos y se cerraron de golpe. Merle soltó una risilla–, ¿Sabes
a qué me recuerdas, Dafne? A una mosca. Eso es exactamente a lo que te pareces
cuando te pones tu abrigo gris y ese curioso trozo de velo que llevas en el
sombrero. A una mosca.
–Ya ha llegado el taxi –dijo Dafne.
El taxi las dejó delante de unas galerías que
tenían la calefacción demasiado fuerte. Merle llevó a Dafne a rastras a la
sección de joyería y a la perfumería, pasando por delante de exhibidores
giratorios con cinturones y de maniquíes de plástico ataviados con ropa
interior. Subieron en el ascensor. Merle compró un traje sastre de gasa naranja
con lentejuelas en la falda. Luego bajaron en el ascensor y entraron en la
siguiente tienda. Merle compró una crema regeneradora para la cara, colonia y
una gargantilla dorada. Subieron en la escalera mecánica. Merle compró un
cinturón de eslabones de latón e intentó comprarle a Dafne un pañuelo de seda
azul y verde. Dafne accedió al final a que le obsequiara con un par de medias,
unas elásticas y resistentes para sus varices.
–Ahora vamos a comer al jardín de la terraza
–dijo Merle.
–Me gustaría tomar una taza de té.
–Y a mí una buena copa de jerez. Pero antes
tengo que lavarme. Me muero por gastarme un penique y arreglarme la cara.
Hicieron fila con los peniques en las manos.
El aseo de señoras tenía unos tocadores de mármol verde provistos de espejo a
un lado y lavabos verdes al otro. Dafne se sentó en una silla. Se le habían
empezado a hinchar los pies. Había unas veinte mujeres en el aseo, arreglándose
la cara y volviéndose a pegar las pestañas postizas. Una joven, cuya cara le
resultaba vagamente familiar, se estaba cepillando su larga y dorada cabellera.
Merle dejó su bolso en un espacio libre que había en el mármol. Se lavó las
manos, se echó un chorro de Calèche del pulverizador y volvió abriendo y cerrando
el abrigo para orearse. Hacía más calor incluso que en el piso.
Se sentó y arrimó la silla al espejo.
–¿Dónde está mi bolso? –chilló–. He dejado mi
bolso aquí. Alguien me lo ha robado. ¡Dafne, Dafne! ¡Alguien me ha robado el
bolso!
El sofá de satén perla se hundió bajo el peso
de Merle. Dafne apartó los dorados rizos y puso otra compresa de algodón
empapada en colonia sobre la ondulada y enrojecida frente.
–¿Te sientes mejor ahora?
–Estoy bien. No soy una de esas neuróticas
que pierden los nervios por una cosa así. Menos mal que le he dejado la segunda
llave al portero y que no he echado la cerradura de seguridad.
–Vas a tener que cambiar las dos cerraduras,
Merle.
–Por supuesto, pero a su debido momento. Me
ocuparé de ello la semana que viene. Nadie puede entrar aquí, ¿no? No saben
quién soy... es decir, no saben de quién son las llaves que han robado.
–Tienen tu bolso.
–Dafne, querida, me gustaría que dejaras de
decir obviedades. Ya sé que tienen mi bolso. Pero no había nada en él que les
permita saber quién soy.
–Has metido tu talonario, y en él viene tu
nombre.
–Mi nombre, querida, por si no te has dado
cuenta, es M. Smith. No me he pasado toda la vida cambiándome de nombre como
tú. –Merle se incorporó y bebió un trago del jerez de color nuez–. El gerente
de la tienda era encantador, ¿verdad?, y la policía también. Ya verás como lo
encuentran. Es un bolso de lo más llamativo, no como ese mamotreto negro que
siempre llevas por ahí a rastras. Podría haber metido el mío en él. Habría
cabido. Ojalá se me hubiera ocurrido hacerlo.
–Ojalá –dijo Dafne.
Llamaron al teléfono de Dafne. Eran las nueve
y media y estaba acabando de desayunar sentada delante de su estufa eléctrica.
Merle parecía muy emocionada.
–¿Qué te parece? ¿A que es maravilloso? El
gerente de la tienda me acaba de llamar para decirme que han encontrado mi
bolso. Bueno, no he hablado directamente con él, sino con su secretaria, una
mujer que por teléfono parece una estúpida. Hablaba con uno de esos tonillos
afectados. Pero bueno, ése no es asunto mío. Han encontrado mi bolso detrás de
un radiador del aseo. El dinero ha desaparecido, como es natural, pero han
dejado el talonario y las llaves. Me alegro de no haber seguido tu consejo de
cambiar las cerraduras ayer mismo. No sirve de nada hacer las cosas dejándose
llevar por los impulsos, Dafne.
–No, supongo que no.
–He quedado en ir a la tienda para recoger el
bolso a las once. En cuanto cuelgue, voy a llamar un taxi. Quiero que me
acompañes, querida. Antes de que llegue, voy a bañarme y a ver cómo están mis
plantas. A todo esto, he capturado una mosca azul para mi Venus.
–Me temo que no podré acompañarte –dijo
Dafne.
–¿Y se puede saber por qué no?
Dafne vaciló un momento y luego dijo:
–Aunque te dije que no conocía prácticamente
a nadie en Londres, conozco a un hombre, un... bueno, un amigo de mi segundo
marido. Ha enviudado y va a venir a comer a casa, Merle. Estará aquí a las doce
y tengo que quedarme para prepararlo todo.
–¿Un hombre? –exclamó Merle–. ¿Otro más?
–Estaré atenta por si viene el taxi, y cuando
te vea llegar, pasaré un momento para que me lo cuentes todo, ¿de acuerdo?
Lamento no poder...
–¿Que lo lamentas...? ¿Por qué habrías de
lamentar nada? Puedo ir a recoger mi bolso yo sólita. Estoy acostumbrada a
valerme por mí misma –le espetó y colgó bruscamente.
Merle se bañó y se puso el vestido naranja.
Aunque resultaba bastante chillón para llevarlo de día debido a los flecos y
lentejuelas que tenía, no podía comprarse un vestido nuevo y resistirse a
ponérselo enseguida. El abrigo de ocelote lo cubriría casi por completo. Regó
las pepperomias y puso un poco de abrillantador de hojas a la hiedra. La mosca azul había
muerto durante la noche, pero no pareció que a dionaea muscipula le importara
mucho. Abrió sus filamentosas bocas y devoró la mosca azul y las tirillas de
carne de filete que le ofreció Merle. Luego, Merle se puso el turbante de seda
color crema y un largo pañuelo de seda rojo fuego. La segunda llave de la
cerradura de seguridad estaba donde siempre, debajo de la maceta de la sansevieria. Echó la cerradura de cilindro y la de seguridad y el taxi la llevó a
la tienda. Entró en el despacho del gerente con resolución, y cuando éste le
dijo que no tenía secretaria y que no había llamado a su piso ni, por supuesto,
encontrado el bolso, se desinfló como un enorme globo naranja pinchado con un
alfiler.
–Ha sido víctima de una broma, señorita
Smith. Lo siento.
Merle recobró la compostura. Nunca tenía
problemas para hacerlo; poseía un espléndido dominio de sí misma. No quería ni
aspirinas, ni brandy, ni la policía ni ninguno de los medios que le ofreció el
gerente para que se tranquilizara. Una vez le hubo dicho al hombre que no sabía
hacer su trabajo y que si habían urdido una conspiración contra ella (de cuya
existencia estaba segura) sin duda él formaba parte de ella, bajó por las
escaleras a trompicones y llamó a un taxi gesticulando y moviendo los brazos
con aspaviento.
Cuando llegó a casa lo primero que le llamó
la atención fue que la puerta estaba cerrada únicamente con la cerradura de
cilindro. Habría jurado que también había echado la llave de la cerradura de
seguridad, aunque tal vez la memoria le estuviera fallando, lo cual no era de
extrañar, después de la conmoción que había sufrido. Había un poco de tierra
sobre la alfombra del vestíbulo. No le hizo ninguna gracia: ¡tierra sobre su
Wilton dorada! Tenía el abrigo de ocelote puesto y estaba sudando. Se lo quitó
y abrió la puerta del salón.
Dafne vio llegar el taxi y a Merle bajar a
toda prisa, una orquídea naranja surgiendo repentinamente de una sombrerera
negra. Llevaba el turbante torcido y parecía fuera de sí. Dafne sonrió para sí
y meneó la cabeza. Puso la mesa, terminó de preparar la ensalada que sabía que
a su amigo le gustaría para acompañar la comida y luego subió a ver a Merle.
Había un espejo en cada rellano. Dafne era
tan menuda y delgada que no se fatigaba demasiado cuando tenía que subir por
las escaleras. Cada vez que llegaba a un rellano, veía una mujercilla vestida
de gris que salía a su encuentro, una mujer de pelo cano y grandes ojos grises
y de mirada algo tímida que llevaba un vestido de lana gris parcialmente
cubierto por una oscura estola de encaje. Sonrió ante su imagen. Ahora era una
mujer mayor, pero había tenido sus buenos momentos, sus alegrías, sus gratificaciones,
sus grandes satisfacciones... Y pronto iba a tener otra satisfacción, un
enfrentamiento que llevaba semanas esperando con ilusión. ¿Quién sabía cómo
terminaría? Lanzando una última sonrisa a su gris y briosa imagen, Dafne empujó
la puerta abierta del piso de Merle.
En el jardín del Edén, el verde y paradisíaco
cenador, alguien había soltado una bomba. No, no podía haber sido una bomba,
por cuanto el techo seguía en su sitio, al igual que la alfombra y el sofá de
satén perla, que ahora estaban desgarrados y completamente cubiertos de tierra.
Todas las plantas estaban rotas y despedazadas. Las hojas se amontonaban aquí y
allá, como si fueran hojas de otoño, sólo que éstas eran verdes y gruesas,
aunque estaban estropeadas. En medio del estrago que había sufrido la
habitación, entre el desgarrado follaje, la savia que manaba como sangre de los
tallos y los fragmentos de loza, yacía la atrapamoscas, con las raíces
arrancadas de su maceta y sus bocas cerradas para siempre.
Merle soltó un grito pero el sonido que
emitió se quedó en un gorgoteo, el ahogado gorgor de un angustioso chillido de
pesadilla. Cayó sobre sus rodillas y empezó a gatear. Profiriendo murmullos
entrecortados, escarbó la tierra, cogiendo hojas desgajadas para intentar
reunirías como si fueran las piezas de un rompecabezas. Se acurrucó al lado de
la atrapamoscas y la meció en sus manos, emitiendo un quejido plañidero y
balanceándose con aire ausente.
No oyó el golpe sordo de la puerta al
cerrarse. Hasta pasado un buen rato no se dio cuenta de que Dafne estaba de pie
a su lado, en silencio, mirándola. Merle alzó una cara enrojecida y bañada en
lágrimas. Dafne se había llevado una mano a la boca, la mano en que llevaba sus
dos alianzas. Merle pensó que Dafne se cubría la boca para contener una
carcajada.
Lenta, pesadamente, se puso en pie. Tenía en
las manos su largo pañuelo naranja, tenso de la fuerza con que lo estaba
estirando y retorciendo, retorciendo... Al hablar, se sorprendió de lo firme,
ecuánime y sensata que sonó su voz.
–Lo has hecho tú –dijo–. Lo has hecho tú. Me
has robado el bolso para cogerme las llaves, sacarme de aquí, poder entrar y
hacerlo.
Dafne se estremeció y movió la cabeza en un
gesto de negación. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y la mano le tembló
sobre la boca. No supo a quién se dirigió Merle cuando se puso de nuevo a
hablar, si a sí misma o a ella, pero no le cupo duda de que lo que dijo era
cierto.
–¡Estás loca de celos! No has conseguido
nada, y yo he conseguido éxito, felicidad y amor. –Subió la voz–. ¡Es odio lo
que sientes por mí, nada más que odio...! –gritó Merle–. ¡Odio! ¡Odio
envenenado por los celos!
Enorme, roja y frondosa, Merle se abalanzó
sobre Dafne, sumergiéndola bajo unos almizclados pétalos naranjas, retorciendo
el pañuelo en torno a su frágil cuello de insecto, devorando a la mosca hasta
que la mosca se estremeció y quedó inerte.
Un hombre de edad avanzada tocado con un
sombrero de fieltro negro cruzó el antepatio y subió los escalones con un
ramillete de flores en la mano. El joven de la chaqueta de cuero no se fijó en
él. Se sacudió las manos para quitarse la tierra y los restos de hoja y le dijo
a la joven de la melena:
–Dulce venganza, cariño. –Luego arrojó el
bolso escarlata al asiento trasero del coche, subió a él junto con la joven y
el perro, y el coche se alejó lentamente.
La mujer absorbente
(The
Clinging Woman, 1974)
Una joven colgaba de un balcón agarrada con
las manos a la barandilla. El balcón estaba en el decimosegundo piso de una
torre situada enfrente de su casa. El piso del joven estaba en el noveno piso,
de modo que tenía que alzar la vista para verla. Eran las seis y media de la
mañana. Se había despertado a causa del ruido producido por un avión que pasó
peligrosamente cerca de su casa y se había levantado para mirar. La mirada
adormilada del joven descendió por el cielo azul, que estaba despejado de nubes
y de cualquier otra cosa excepto de la brillante y ya lejana estela del avión,
y fue a posarse, al principio con incredulidad, sobre la figura de la joven
colgada.
Pensó que debía de estar soñando, ya que el
amanecer es la hora de los sueños. Luego, cuando comprendió que ése no era el
caso, decidió que sería un especialista. Seguro que se trataba de la escena de
alguna película. Había cámaras abajo, y todo un equipo de filmación. Además,
habían tomado todas las medidas de seguridad necesarias. Probablemente la joven
no sería una joven de verdad, sino un muñeco. Abrió la ventana y miró hacia
abajo. El aparcamiento, los patios pavimentados, el césped que había entre los
edificios, todo estaba vacío. Una de las manos del muñeco se movió sobre la
barandilla del balcón para sujetarse con más fuerza, con más desesperación.
Pues bien, el joven tendría que creerse lo que estaba sucediendo, que si
resultaba increíble era sólo porque el melodrama, a pesar de ser una parte
importante de la vida, siempre lo es. La joven estaba intentando suicidarse.
Pero se había arrepentido y ahora intentaba salvar la vida. Todos estos
pensamientos y conclusiones le ocuparon a él unos treinta segundos. Entonces
pasó a la acción. Cogió el teléfono y marcó el número de urgencias para llamar
a la policía.
La llegada de los coches de policía y el
posterior rescate de la joven se convirtieron en el tema de conversación de los
inquilinos de los dos edificios. Uno de ellos averiguó que había sido él quien
había avisado a la policía, por lo que, sin desearlo, se convirtió en héroe.
Era un joven modesto y tranquilo y, como no le agradaba ser el centro de
atención, se sintió aliviado cuando los comentarios al respecto empezaron a
disminuir, la novedad dejó de ser tal y él pudo entrar y salir de su piso sin
que le señalaran como si fuera una especie de san Jorge y sin que le
felicitaran como le había ocurrido en alguna ocasión.
Unas dos semanas después de aquella mañana de
melodrama, cuando se estaba preparando para ir al teatro y se disponía a
ponerse el abrigo, llamaron a la puerta. No reconoció a la chica que vio al
abrir. Jamás le había visto la cara.
–Me llamo Lidia Simpson –dijo ella–. Fuiste
tú quien me salvó la vida, ¿verdad? He venido a darte las gracias.
Él se sintió azorado.
–No te preocupes –dijo con una sonrisa
nerviosa–. En serio. No era necesario que vinieras. Sólo hice lo que cualquiera
hubiera hecho.
Ella parecía tranquila. No respondía en
absoluto a la imagen que él tenía de una persona que ha fracasado en un intento
de suicidio.
–Ya, pero nadie lo hizo excepto tú –insistió.
–¿Por qué no pasas? ¿Quieres beber algo?
–Oh, no, gracias. Veo que estabas a punto de
salir. Sólo quería decirte lo mucho que te lo agradezco.
–No fue nada.
–¿Que no es nada salvar la vida de otra
persona? Siempre te estaré agradecida.
Una de dos: o que entrara o que se fuera. Si
la situación se prolongaba mucho, los inquilinos de los dos pisos de su planta
les oirían y saldrían, y se convocaría otra reunión del comité de heroicidades
del año.
–No fue nada en absoluto –repitió–. En serio,
ya casi se me había olvidado.
–Yo nunca lo olvidaré. Nunca.
La actitud de la chica, tranquila pero firme,
le hacía sentirse incómodo, por lo que cuando la vio dirigirse hacia el
ascensor, sonriendo pensativamente, sintió un profundo alivio. Afortunadamente,
era poco probable que volvieran a encontrarse.
Lo curioso, sin embargo, fue que sí volvieron
a encontrarse, la mañana siguiente en la parada del autobús. Ella no hizo
alusión al hecho de que le hubiera salvado la vida, sino que le habló de su
nuevo trabajo, que era el motivo por el que se encontraba en la parada del
autobús a aquella hora. Resultó que la empresa para la que ella trabajaba no
sólo tenía oficinas en la misma calle del centro de Londres en que se
encontraba la compañía en que trabajaba el joven, sino que además era cliente
de ésta. Fueron al trabajo juntos. Él se separó de ella con una sensación muy
distinta de la que había tenido la noche anterior. Era difícil admitir que
tuviera treinta años (dato que le habían proporcionado sus vecinos), ya que
parecía bastante más joven, era menuda y frágil y tenía la piel muy blanca y el
pelo muy rubio.
Se habituaron a tomar aquel autobús juntos
para ir al trabajo, y a veces ella le saludaba con la mano desde su balcón. Una
tarde se encontraron por casualidad cuando ella salía de la oficina. Llevaba un
montón de carpetas con trabajo para casa y admitió que no las habría cogido si
hubiera sabido que pesaban tanto. Naturalmente, él se ofreció a llevárselas
hasta el piso y cuando llegaron aceptó la invitación a una copa. Ella le dijo
que iba a preparar la cena y le preguntó si le gustaría quedarse. Se quedó.
Mientras ella estaba en la cocina, él salió con la bebida al balcón. Tuvo una
sensación extraña al imaginársela saliendo allí al amanecer presa de la
desesperación, colgándose de la barandilla pero perdiendo el valor al ver el
vacío que se abría bajo sus pies, donde la aguardaba la muerte. Cuando ella volvió
a la habitación, él se fijó de nuevo en lo pequeña y frágil que era, en lo
necesitada que parecía de protección.
El piso estaba ordenado e inmaculadamente
limpio. La mayoría de las chicas que conocía vivían prácticamente en el caos.
Criaturas liberadas, independientes, que realizaban trabajos de hombres y
despreciaban las habilidades femeninas por considerarlas degradantes. Como
había sido educado con esmero por una madre que mantenía todo como una patena,
a él le gustaban las casas limpias. Los muebles de Lidia brillaban que daban
gusto, y pensó que si alguna vez ella volvía a invitarlo tenía que acordarse de
llevarle unas flores a juego con aquellos relucientes jarrones.
Cuando acabaron la cena, consistente en unos
platos excelentes e incluso elaborados, él, esfumando sus inhibiciones por
efecto de la comida y la bebida, dijo de repente:
–¿Por qué lo hiciste?
–¿Que por qué intenté quitarme la vida?
–Hablaba suave y apaciblemente, con la misma serenidad que habría mostrado si
le hubiera preguntado por qué había cambiado de trabajo–. Estaba prometida y mí
novio me dejó por otra. No me pareció que hubiera muchas cosas por las que
valiera la pena vivir.
–¿Y ya te has sobrepuesto?
–Oh, sí. Me alegro de no haberlo conseguido.
¿O debería decir que tú no me permitiste conseguirlo?
–No vuelvas a intentarlo jamás, ¿me lo
prometes?
–Claro. ¿Por qué habría de volver a
intentarlo? Vaya pregunta.
Él sintió una extraña alegría al oír aquella
respuesta.
–Ahora tienes que permitir que te invite yo a
ti –le dijo antes de irse–. Veamos... El lunes no. ¿Qué te parece...?
–No tenemos por qué quedar ahora, ¿verdad?
Nos veremos por la mañana.
Tenía una sonrisa encantadora. A él no le
gustaban las mujeres enérgicas y demasiado seguras de sí mismas. Lidia no
llevaba pantalones ni minifaldas, sino faldas holgadas con estampados de
flores.
Cuando al cruzar la calle le puso la mano
bajo el codo para conducirla, ella le cogió del brazo y siguieron así.
–Pide por mí –le dijo ella cuando le dieron
el menú del restaurante.
No fumaba y sólo bebía vino blanco. No sabía
conducir. A veces él se preguntaba cómo se las arreglaba para hacer frente a un
trabajo arduo, pagar el alquiler y vivir sola. Y se sintió halagado cuando
debido al trabajo de la compañía él no pudo verla una noche y las lágrimas
asomaron a sus grandes ojos grises. Aquélla fue la primera noche en tres
semanas que no se vieron y él la echó tanto de menos que supo que se había
enamorado de ella.
Ella aceptó su petición de mano, que él hizo
formalmente y acompañó con un ramo de rosas rojas.
–Claro que quiero casarme contigo. Mi vida te
pertenece desde que la salvaste. Siempre he tenido la sensación de que era
tuya.
Se casaron discretamente, A Lidia no le
gustaba la idea de una boda por todo lo alto. Eran realmente el uno para el otro.
Tenían muchas cosas en común: el gusto por la tranquilidad y el orden, una
forma de hacer las cosas algo chapada a la antigua, la formalidad, las
costumbres regulares. También tenían los mismos objetivos: una casa en un
barrio del noroeste y dos niños. No obstante, por el momento ella seguiría
trabajando.
Para él era un motivo de asombro y
satisfacción ver lo bien que se las arreglaba para llevar la nueva casa y
tenerle preparada una camisa recién planchada todas las mañanas y una cena
perfectamente cocinada todas las noches. No le habían cuidado tan bien desde
que había dejado la casa de su madre. Así era como debía ser una mujer; eficaz
con discreción, dulce a la par que experta, femenina y encantadora pero sin
dejar de ser discreta y circunspecta. Llevaba la casa con la misma eficiencia
que si trabajaran en ella todo el día un par de silenciosas e invisibles
criadas.
Para realizar tales tareas, se levantaba
todos los días a las seis de la mañana. Él sugirió que contrataran a una
asistenta pero ella se negaba, oponiéndose no con brusquedad sino de un modo
sensato y agradable.
–No podría soportar que otra mujer se ocupara
de tus cosas, querido.
Era realmente una chica perfecta.
Iban al trabajo juntos, comían juntos,
regresaban a casa juntos, cenaban juntos, veían la televisión o escuchaban
música o leían en un agradable silencio juntos, y dormían juntos. Durante el
fin de semana estaban juntos todo el tiempo. Juntos habían decidido que su casa
debía estar equipada con lavadoras, secadoras, congeladores, batidoras y demás
electrodomésticos, y bellamente decorada con muebles modernos o con verdaderas
antigüedades. Así pues, los sábados iban de compras juntos.
Él estaba encantado. Aquello era lo que el
matrimonio debía ser, lo que se decía en misa: «Una carne, y renunciar a todas
las otras.» De hecho, él había renunciado a la mayoría de la gente que conocía.
Lidia no era una mujer muy sociable y no tenía amigas. Él le preguntó el
motivo.
–Las mujeres –le dijo ella– sólo quieren
conocer a otras mujeres para cotillear sobre hombres. Y yo no tengo ninguna
queja que formular sobre mi hombre, querido.
Los propios amigos de él parecían algo
intimidados ante la magnificencia y la clase con que ella los agasajaba, ante
los tazones para lavarse los dedos y los cuchillos para la fruta. O tal vez se
sintieran desconcertados ante sus largos silencios y sus constantes vistazos al
reloj. Era comprensible, por supuesto, que ella no quisiera que la gente se
quedase en casa hasta las tantas. Quería estar a solas con su marido. Podrían
haberlo comprendido y haberse mostrado indulgentes. En cambio sus clientes y
sus esposas no se sentían intimidados. Seguramente se habrían quedado
encantados. ¿En qué otra casa sin asistenta habrían sido obsequiados con una
cena de cinco platos exquisitamente preparados y servidos? Como era natural.
Lidia tenía que permanecer en la cocina hasta justo antes de comenzar la cena,
como también lo era que estuviese agotada cuando acababan y se mostrara algo
puntillosa con alguien que derramaba café sobre la alfombra nueva o aquel otro,
un agente de bolsa simpático aunque carente de tacto, que intentó persuadirla
de que permitiera que su marido le acompañara a pasar un fin de semana jugando
a golf y en la compañía exclusiva de hombres.
–¿Por qué se casan –le preguntó ella no sin
cierta razón– si todo lo que quieren es huir de sus esposas?
Él había cumplido los treinta y cuatro años,
por lo que ya deberían haberle ascendido en el trabajo. Llevaba cinco años en
la compañía y esperaba que le nombraran director. Sin embargo, ni él ni Lidia
lograban entender por qué tardaban tanto en ofrecerle el cargo.
–Me pregunto –dijo él– si será porque no me
quedo después del trabajo a tomar unas copas con los demás.
–¿Será posible que no comprendan que a un
hombre casado le gusta estar con su esposa?
–Sólo Dios lo sabe. Quizá debería haber ido a
la fiesta en barco que organizaron en el río. Pero ¿qué iba a hacer si las
esposas no estaban invitadas? Me di cuenta de que no te hacía gracia la idea de
que fuera solo.
Fuera como fuese, probablemente estaba
equivocado en cuanto al motivo por el que no le ascendían, puesto que, cuando
empezaba a preocuparse de veras, le nombraron director. Le subieron el sueldo y
le asignaron un despacho y una secretaria propios. Le preocupaban un poco los
gajes del trabajo y en concreto la posibilidad de que tuviera que realizar
viajes al extranjero. De todos modos, todavía no había necesidad de
comentárselo a Lidia. Lo que sí le comentó, en cambio, fue el hecho de que
tendría que escoger una secretaria.
–Eso es maravilloso, querido. –Habían ido a
un restaurante para celebrarlo con una cena íntima. A Lidia no le había
convencido su idea de organizar una fiesta–. En la empresa tengo que avisarlo
con dos semanas de antelación, pero no te importa esperar ese tiempo, ¿verdad?
Será maravilloso pasar todo el día juntos.
–No te comprendo –dijo él, pese a que sí la
comprendía.
–Querido, esta noche andas algo despistado.
¿Dónde vas a encontrar mejor secretaria que yo?
Llevaban cuatro años casados.
–¿No ibas a dejar el trabajo y a tener un
niño?
Ella le cogió de la mano y le miró fijamente
con una sonrisa en los labios.
–Eso puede esperar. No necesitamos niños para
estar más unidos. Tú eres mi esposo y mi hijo y mi amigo, y con eso me basta.
Él tuvo que decirle por qué no podía ser ella
su secretaria. Y aunque todo lo que dijo (acerca del problema de la política de
la empresa y el del favoritismo y el de la difícil posición en que él quedaría
si su esposa trabajara para él) era cierto, la forma en que lo explicó fue poco
menos que un desastre.
Finalmente ella le dijo con su suave y tenue
voz:
–¿Podemos irnos, por favor? ¿Puedes pedir la
cuenta? Me gustaría irme ahora.
En cuanto llegaron a casa se echó a llorar.
Él le expuso nuevamente sus razonamientos, pero ella siguió llorando. Él le
dijo que preguntara a otras personas. Todo el mundo le diría lo mismo. El
director de una pequeña empresa como la suya no podía permitir que su esposa
trabajase para él. Ella podía llamar al presidente si no le creía.
Ella no levantó la voz. Nunca perdía los
nervios ni se ponía histérica.
–No quieres que esté contigo –dijo como si
fuera una niña despechada.
–Sí quiero que estés conmigo. Te quiero. Pero
¿no lo comprendes? Estamos hablando de trabajo. Es algo distinto. –Sabía, antes
incluso de decir aquello, que no debía seguir–. No te gustan mis amigos y he
renunciado a ellos. He dejado de traer a mis clientes a casa. Sólo estamos
separados unas seis horas al día. ¿No te parece suficiente?
No hubo discusión. Ella se limitó a reiterar
que él no quería que ella estuviera a su lado. Se pasó prácticamente toda la
noche llorando y a la mañana siguiente se sentía demasiado cansada para ir a
trabajar. Él la llamó dos veces en el transcurso del día. Ella le respondió
llorosa pero tranquila. Parecía haberse resignado.
Lo primero que advirtió él cuando a las seis
llegó a la casa fue el intenso olor a gas. Estaba tumbada en el suelo de la
cocina, con su frágil y rubia cabeza apoyada sobre un cojín colocado en el
borde del horno. Tenía la cara encendida con un cálido arrebol rosa. Él abrió
las ventanas rápidamente y la llevó hasta una de ellas para hacerle respirar
aire fresco. Estaba viva. La cosa no había pasado a mayores. Cuando se le
regularizó el pulso y volvió a respirar con normalidad, él la besó
apasionadamente y le suplicó que no muriera, que viviese por él. Luego pensó
que lo mejor sería dejarla sola un momento, de modo que la reclinó en el sofá y
luego llamó al servicio de urgencias para pedir una ambulancia.
Estuvo internada en el hospital varios días y
se comento la posibilidad de que recibiera tratamiento psiquiátrico. Lidia se
negó de pleno.
–No lo he hecho nunca excepto cuando he
comprobado que no me querían –dijo.
–¿Qué quieres decir con «nunca», querida?
–A los diecisiete años tomé una sobredosis de
pastillas porque un chico me había defraudado.
–No me lo habías contado –dijo él.
–No quería preocuparte. Prefiero morir antes
que hacerte infeliz. Mi vida te pertenece y sólo quiero que la tuya sea feliz.
¿Y si él no hubiera llegado a casa a tiempo?
Se estremeció al pensar en aquella posibilidad. La casa se le caía encima y la
ausencia de Lidia le resultaba insoportable, por lo que decidió dedicarle más
tiempo y atención en el futuro.
A ella no le gustaba ir de vacaciones. Como
nunca se las tomaban, apenas invitaban a gente a casa y no tenían hijos, habían
conseguido ahorrar dinero. Vendieron la casa y se compraron una más grande y
nueva. La empresa quería que pasara tres semanas en Canadá y él no lo dudó.
Rehusó inmediatamente.
Un empleado subalterno joven y emprendedor
recibió el encargo de ir a Canadá. Él se sintió molesto cuando se enteró del
rumor que circulaba por la oficina en el sentido de que su esposa era una
especie de inválida porque había dejado de trabajar al comprar la nueva casa.
¿Lidia una inválida? Pero si era más feliz que nunca, llenando la casa con
cosas nuevas, redecorando las habitaciones y reformando el jardín. Si alguno de
los dos estaba enfermo era él. Últimamente no dormía bien y padecía crisis
depresivas. El médico le recetó unas pastillas para dormir y le recomendó que
cambiara de aires. Tal vez estuviera trabajando demasiado. ¿Podía arreglarlo de
tal forma que pudiera llevarse parte del trabajo a casa?
–Me he tomado la libertad –dijo Lidia
dulcemente– de llamar al medido y sugerírselo. Podrías trabajar dos o tres días
en casa y yo me ocuparía del trabajo de la secretaria.
El presidente de la empresa accedió a ello.
Hubo un atisbo de desdén en su sonrisa, pensó él, pero aun así le permitió
trabajar en casa y a veces incluso cuatro o cinco días seguidos. Aunque hablaba
con la gente por teléfono, no veía a nadie excepto a su esposa. Trabajando de
secretaria Lidia era, tal como él pudo comprobar, igual de perfecta que como
esposa. Él apenas tenía nada que hacer. Le redactaba los comunicados de prensa,
le escribía las cartas sin necesidad de que él se las dictara, respondía al
teléfono con eficiencia y amabilidad, concertaba sus citas... Y cuando
terminaban de trabajar le servía la cena sin dar muestras de cansancio. Para ellos
no existían las bandejas de comida. A la hora de comer y a la de cenar la mesa
estaba primorosamente puesta, y si a él le venía de pronto a la cabeza que
durante los dos últimos años sólo seis personas habían tocado aquella
cristalería, aquella cubertería y aquellos lujosos muebles, no lo decía.
La depresión no desaparecía, pese a que ahora
tomaba tranquilizantes además de las pastillas para dormir. Nunca hablaban de
sus intentos de suicidio, aunque él pensaba en ellos a menudo y se preguntaba
si semejante tendencia se le habría acabado contagiando a él. Cuando antes de
acostarse dejaba caer del frasco una pastilla sobre la palma de la mano, la
tentación de dejarlas caer todas y tragárselas a veces le resultaba sumamente
tentadora. No sabía a qué se debía, ya que tenía todo lo que un hombre puede
desear: un matrimonio perfecto, una casa preciosa, un buen trabajo, una
excelente salud física y ninguna atadura o restricción.
Como Lidia le había llegado a comentar: «Los
niños habrían sido una atadura, querido», o, cuando él sugirió que podían
comprar un perro, «Los animales domésticos son una verdadera atadura y además
te echan a perder la casa.» No podía negar que la casa y las comodidades que
tenía eran lo que siempre había deseado y, pese a ello, cuando estaba próximo a
cumplir los cuarenta, empezó a sufrir pesadillas, y en las pesadillas aparecían
cárceles.
Un día le dijo a Lidia:
–Ahora entiendo por qué intentaste
suicidarte. Es decir, entiendo por qué cualquier persona podría intentarlo.
–Creo que nos entendemos el uno al otro en
todos los sentidos –dijo ella–. Pero no hablemos de ello. Jamás volveré a
intentarlo.
–Y yo no respondo al tipo suicida, ¿verdad?
–¿Tú? –No se había alarmado. No le tomaba en
serio; sólo pensaba en él como persona en relación a sí misma. Inmediatamente
se lo reprochó a sí mismo. ¿Lidia, que le había entregado toda su vida, que
había dado prioridad a todos sus deseos y necesidades sobre los suyos?– No
tendrías motivo para hacerlo –dijo ella alegremente–. Sabes que te quiero. Además
te rescataría a tiempo, al igual que tú me rescataste a mí.
Su empresa se había expandido y estaba
planeando abrir una oficina en Melbourne. Después de que él negara airadamente
que su esposa fuera una inválida o que tuviese «algún pequeño problema» con
ella, el presidente le ofreció la oportunidad de pasar tres meses en Australia
para organizar la nueva sucursal. Una vez más lo dudó. Aceptó. La empresa le
pagaría el viaje, por descontado. Cuando llegó a casa, estaba calculando cuánto
costaría el billete de Lidia a Melbourne, su estancia en un hotel y sus gastos.
Los pensamientos suicidas se disiparon. Podía hacerlo, sabía que podía hacerlo.
Tres meses fuera, pensó, en un país nuevo, conociendo gente nueva. Además,
cuando cumpliera su tarea, le elogiarían en el trabajo y quizá le subirían el
suelo.
Ella salió al vestíbulo y le abrazó. Los
abrazos que le daba al despedirse y al recibirle (aunque estas ocasiones ya no
eran frecuentes) eran tan apasionados como cuando eran novios. Él preveía
alguna pequeña dificultad, ya que a ella no le apetecería mucho dejar la casa,
pero podría superarse. Lidia iría, como a menudo le había dicho, a cualquier
parte con él.
Entró en el amplio salón. Aunque estaba
inmaculado, como siempre, había en él algo distinto, algo que había
experimentado un profundo cambio. La alfombra roja había sido sustituida por
una nueva de un suave pelo aterciopelado de color crema.
–¿Te gusta? –le preguntó ella sonriendo–. La
he comprado y he encargado que la pusieran sin decirte nada para darte una
sorpresa. Oh, querido, ¿te gusta?
–Me gusta –dijo, y entonces preguntó–:
¿Cuánto ha costado?
Aunque ésta era una pregunta poco habitual en
él, ahora tenía motivos para hacerla. Ella le dijo el precio, que equivalía más
o menos a lo que habría costado su billete a Australia.
–Dijimos que estábamos ahorrando para comprar
algo para la casa –dijo ella ciñéndole con un brazo–. No es ningún despilfarro.
Nos va a durar para siempre. Además, salvo la casa, no tenemos nada en que
gastar el dinero.
Él la besó y dijo que no tenía importancia.
No era un despilfarro, cierto, y les duraría para siempre, para siempre...
Cenaron con porcelana de Copenhague, plata de Georgia y cristalería de
Waterford. La mesa estaba adornada con flores que malgastaban su fragancia en el
vacío. Debía ir a Australia, pero ella no podría acompañarle. Tenía miedo de
decírselo, se sentía intimidado, atenazado por el miedo.
Durante semanas evitó decírselo, y
traicioneramente le vino a la cabeza una idea: ¿Y si no se lo decía? Tenía
ganas de ir, debía ir... ¿No podía sencillamente escapar, llamarla desde el
primer lugar en que el avión hiciera escala, desde algún punto de Europa y
decirle que le habían ordenado hacer el viaje urgentemente, sin previo aviso?
Había intentado llamarla antes, pero no había logrado comunicar con ella. Lidia
no intentaría suicidarse si sabía que él estaba demasiado lejos como para
salvarla, de eso estaba seguro. Y como le amaba, le perdonaría. Sin embargo, el
plan presentaba demasiadas dificultades de tipo práctico, por ejemplo, la ropa
o el equipaje. ¿Cómo se le podía haber ocurrido semejante idea? Debía de estar
perdiendo el juicio. ¿Hacerle eso a Lidia? No se lo haría ni a su peor enemigo,
y mucho menos a su querida esposa.
Además, ni siquiera tuvo ocasión de ponerlo en
práctica. Era su secretaria, y para una secretaria un hombre no puede tener
secretos por muchos que le guarde a su esposa. La compañía aérea llamó para
confirmar un dato y Lidia se enteró.
–¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? –preguntó
con voz apagada.
–Tres meses.
Palideció. Retrocedió como si se sintiera mal
físicamente.
–Te escribiré todos los días y te llamaré.
–Tres meses... –repitió ella.
–No te imaginas el miedo que tenía de
decírtelo. Tengo que ir. Querida, has de comprender que tengo que hacerlo. Nos
costaría mucho dinero que me acompañaras y no disponemos de esa suma.
–No –dijo–. Claro que no.
Durante la noche lloró amargamente, pero a la
mañana siguiente no hizo alusión al viaje. Aunque trabajaron juntos con la
misma eficacia y el mismo buen ambiente de siempre, su cara estaba blanca como
el papel. Cuando acabaron de trabajar, empezó a hablar de la ropa que
necesitaría y de las maletas que tendría que comprarse. Con voz triste y
monótona. Lidia dijo que ella se ocuparía de todo y que no tenía que preocuparse
de los preparativos.
–¿Y te vas a preocupar de mí durante el
vuelo? –preguntó él.
Hubo algo en la manera con que ella dijo que
no, en la manera con que meneó la cabeza y sonrió, como si la pregunta fuera
absurda, que le permitió comprender qué sucedía: los muertos no pueden
preocuparse; Lidia había decidido morir. Entonces supo que había sido un
ingenuo al pensar que no intentaría suicidarse mientras él estuviera fuera.
Los días pasaron. Sólo faltaba uno para el
día de la partida, pero no se iba a ir. Lo sabía. Hacía más de una semana que
lo sabía, y tenía miedo de decirle al presidente de su empresa que no haría el
viaje, como lo había tenido de decirle a ella que sí lo haría. Esa noche volvió
a soñar con cárceles. Y al despertar pensó que su vida alternaba entre el miedo
y la cautividad, el miedo y el encarcelamiento...
La vía de escape entre las dos alternativas
estaba a su disposición. Y la tarde del último día decidió tomarla. No le había
dicho ni a su esposa ni a su presidente que no iba a ir a Australia. Ya había
hecho el equipaje; las maletas estaban ordenadas en el vestíbulo con una
precisión de la que sólo Lidia era capaz. Ella le había dicho que tenía que ir
a la tintorería a recoger su mejor traje ligero, el traje que iba a llevar el día
siguiente, y había oído el golpe de la puerta principal al cerrarse.
De eso hacía media hora. Lidia le había
pedido que, mientras ella estaba fuera, él fuese arriba para comprobar que no
se había olvidado de meter en él equipaje ningún objeto imprescindible.
Finalmente él subió, pero con otro propósito. Un objeto letal era lo que
quería: el frasco de pastillas.
La puerta del dormitorio estaba cerrada. La
abrió y se sorprendió de ver a Lidia tumbada en la cama. Lo había engañado. No
había salido. Llevaba media hora tumbada allí, sujetando débilmente el vacío
frasco de pastillas. Le tomó el pulso y sintió una irregular pulsación. Estaba
viva. La ambulancia tardaría un cuarto de hora, más o menos, en llevarla al
hospital. Cogió el teléfono supletorio y fue a marcar el número de las
urgencias. Se había salvado. Gracias a Dios, una vez más, él había llegado a
tiempo.
De pronto se detuvo y contempló el rostro de
Lidia. No parecía mayor que el día en que había llamado a su puerta para darle
las gracias por haberle salvado la vida. Poco a poco, casi involuntariamente,
él apartó el dedo del disco. Soltó un abrupto sollozo que a punto estuvo de
sofocarle y luego se oyó soltar un gemido. La cogió entre sus brazos y la besó
apasionadamente y repitiendo su nombre en voz alta.
Luego salió apresuradamente de la habitación
y de la casa. Subió a un autobús y compró un billete para un barrio lejano, uno
de la periferia. Allí, en un parque que no conocía y en el que jamás había
estado, se echó sobre la hierba y se quedó profundamente dormido.
Cuando despertó ya casi había anochecido.
Consultó su reloj y vio que había pasado tiempo más que suficiente. Enjugándose
las lágrimas, pues al parecer había llorado mientras dormía, se levantó y se
fue a casa.
La madre vinagre
(The
Vinegar Mother, 1976)
Todo esto sucedió cuando yo tenía once años.
Greñas Felton iba al colegio conmigo y en teoría era amiga mía. Digo «en
teoría» porque era una de esas amigas que al parecer todas las niñas tienen
pero que no caen del todo bien. Greñas nunca me había caído bien. Lo sabía
entonces como lo sé ahora, pero era mi amiga porque vivía en mi barrio, tenía
mi edad e iba a mi clase, y porque mis padres, aunque no eran lo que se dice
amigos íntimos de los Felton, así lo querían.
Greñas era una criatura nerviosa, tensa y
desmesurada, en ciertos aspectos mayor para su edad y en otros muy joven.
Retrospectivamente, creo que tenía de amor propio todo lo que le faltaba de
confianza en sí misma. Era hija única, y cuando le molestaban tanto le podía
dar un ruidoso arrebato de ira como una silenciosa rabieta. Era alta, muy
delgada y morena, y el motivo de su mote no era su pelo, fino y lacio. Su
verdadero nombre era Alice. No sé por qué la llamábamos Greñas, y si ahora veo
en este mote una oscura alusión a la expresión «muecas» (una descripción
shakesperiana que hubiera cabido aplicarle)[1]
o en el bisílabo una lejana referencia al familiar de una bruja (referencia,
por otro lado, tan pertinente como la mencionada alusión) nos estamos
atribuyendo un refinamiento intelectual que entonces no poseíamos.
Nos encantaba poner motes. Quizá sea ésta una
característica de todas las escolares. Sin embargo, no teníamos ni sutileza ni
ingenio al elegirlos. A mí, Margaret, me llamaban Margarina. A Rhoda Joseph,
tras azorarse y ponerse a balbucear durante su intervención en un recital
público de poemas de Wordsworth, se le quedó para siempre el apodo de Lucy.[2]
A Elizabeth Godwin, Cabra, porque éste era el apelativo que le había aplicado
una importante autoridad en el campo de hockey. Nuestros motes no eran
exclusivos, ya que podían ser sustituidos en cualquier momento y a voluntad por
nuestros nombres de pila. Nunca los utilizábamos en presencia de un padre o un
profesor y éstos, si hubieran sabido de su existencia, no se habrían atrevido a
utilizarlos con nosotras. De ahí que resultaba tanto más asombroso oírlos de
labios del señor Felton, el mayor y más rico de todos nuestros padres.
Al volver a casa del trabajo y entrando en la
habitación en que estábamos Greñas y yo, decía: «¿Qué tal está mi pequeña
Greñas?»; y a mí: «Pero bueno, si está aquí mi pequeña Margarina.»
Yo soltaba una risilla, como siempre que me
enfrentaba con una situación algo embarazosa que no alcanzaba a comprender. Era
una niña observadora pero poco sensible. Los niños, en cualquier caso, son poco
dados a la empatía. No recuerdo haberme compadecido de Greñas por tener un
padre que, pese a haber cumplido ya los cincuenta años, aparentaba con
frecuencia ser de su misma edad. En cambio, me satisfacía que mi propio padre,
al verla entrar, alzara la vista distraídamente de su libro y dijera entre
dientes: «Hola, eh... Alice. Te llamas Alice, ¿verdad?»
Los Felton se hallaban en un escalón social
algo más elevado que el nuestro, una circunstancia que conocíamos y aceptábamos
sin cuestionarla ni lamentarla. Su casa era más grande, tanto el señor como la
señora Felton tenían coche y por la noche se reunían para cenar. El señor
Felton solía dar a Greñas medio vaso de jerez para beber.
–No quiero que crezcas sin saber nada sobre vinos
–le decía en tales ocasiones.
Si yo estaba presente también me daban jerez.
Supongo que era manzanilla, ya que era muy seca y de un color amarillo claro,
el color de la piedra que tenía la señora Felton en un anillo que llevaba y que
ocultaba por completo su alianza.
Tenían una casa en el campo a la que iban a
pasar el fin de semana y a veces las vacaciones de verano. Una vez me llevaron
a mí a pasar el día. El verano después de que yo cumpliera los once años, el
señor Felton dijo:
–¿Por qué no le preguntas a la pequeña
Margarina si quiere ir contigo de vacaciones?
Ahora me parece extraño que hubiera querido
ir. Tuve una infancia muy feliz, y una relación apacible, incuestionada e
inmutable con mis padres y hermanos. Rhoda y Elizabeth me caían mejor que
Greñas, cuyos arrebatos de ira, fantasías y rabietas me molestaban, y la señora
Felton me desagradaba más que cualquier adulto que conociera. Con todo, deseaba
vivamente ir. Lo cierto es que ya entonces tenía una gran pasión por las casas,
una pasión que me ha llevado a ser delineante, y con un solo día en aquella
casa de campo me bastó para enamorarme de ella. Había pasado toda mi vida en
una casa adosada, construida hacia 1935, de un barrio de Londres. La casa de
campo de los Felton, que recibía el pretencioso nombre de Santuario, tenía
cuatro siglos de antigüedad, tejado de paja, entramado de madera y construcción
de cañizo y barro. Era el sueño de un fabricante de calendarios, el ideal de un
dibujante de postales de Navidad. Yo quería dormir entre aquellas paredes
centenarias, pisar unos suelos que habían sido hechos antes de la llegada de la
Armada Invencible, apoyar la mejilla contra unos cristales en que se habría
reflejado una gorguera o el cuello almidonado de un puritano.
Mi madre opuso cierta resistencia. Aunque le
parecía bien que fuera amiga de Greñas y quizá también que me relacionara con
una familia con una distinción social como la que tenían los Felton, yo ya
había advertido que no le hacía mucha gracia que estuviera al cuidado de la
señora Felton.
–Además, el señor Felton sólo va a estar allí
los fines de semana –dijo.
–Si Margaret no se encuentra a gusto –dijo mi
padre–, puede escribir a casa y nosotros podemos mandarle un telegrama para
decirle que te has roto una pierna.
–Muchas gracias –dijo mi madre–. Preferiría
que no acostumbraras a los niños a valerse de engaños.
Sin embargo, al final accedió. Si no me
encontraba a gusto, tenía que llamarles desde la cabina del pueblo para que me
escribieran y dijeran que mi abuela quería que fuera a hacerle compañía. Lo
cual, al parecer, no era lo mismo que acostumbrarme a usar engaños.
Resultó que no me sentí en absoluto a
disgusto, y hubo de pasar bastante tiempo antes de que empezara siquiera a
inquietarme. Había mucho que hacer. Era una región frutícola, y Greñas y yo nos
dedicamos a recoger fruta para el señor Gould, el granjero. Nos pagaba por
hacerlo, algo que al parecer la señora Felton consideraba infra dignitatem. Ella no se relacionaba con granjeros ni trabajadores del campo. Su
mejor amiga era una tal lady Elsworthy, una anciana cuyo título (más tarde me
enteraría de que era la viuda de un caballero del cuerpo de funcionarios) me
llevó a considerarla lo más granado de la aristocracia. Me quedaba sin habla
cada vez que ella y su hijo venían a Santuario, y prefería con mucho la
compañía de la vecina que vivía más cerca de nosotros, una tal señora Potter,
que seguramente estaría contenta de conocer a una joven entusiasta de la
arquitectura como yo. Fuera como fuese, gracias a ella conseguí entrar en
Residencia, una mansión estilo William and Mary, por cuyas enormes
habitaciones paseé de su mano, sobrecogida, perpleja y más que satisfecha.
Santuario tenía un pequeño cuarto de estar,
un gran salón comedor, una cocina y un cuarto de baño en la planta baja y dos
dormitorios en la de arriba. Los techos eran bajos e inclinados y estaban
provistos de una cantidad tan excesiva de vigas (algunas de ellas talladas) que
si los viera ahora probablemente los consideraría de mal gusto aun sabiendo que
son auténticos. Estoy segura de que incluso hoy consideraría los muebles de los
Felton de mal gusto, por cuanto con su escaso patrimonio no podían permitirse
adquirir verdaderas antigüedades. En lugar de éstas, tenían mesas de borde
tallado, mesas cajoneras estilo siglo xviii
y mesas escritorio que, ingeniosamente astilladas y rayadas en los
lugares adecuados, adornadas con un cuero convincentemente desgastado y
ligeramente embellecido, de color granate, verde oliva o ámbar, habían sido
manufacturadas en una fábrica de Romford.
Eso lo sabía porque el señor Felton, que
había ido a pasar el fin de semana, se lo anunciaba a cualquier persona que
estuviera presente.
–¿Y qué antigüedad cree usted que tiene esa
mesa, lady Elsworthy? –decía señalando con un dedo una de las engañosas mesitas
al tiempo que dejaba sobre ella un vaso de jerez color citrino para la dama–.
¿Ciento cincuenta años? ¿Doscientos?
Naturalmente, o no lo sabía o bien era
demasiado cortés como para decirlo.
–Un año es la respuesta. Fabricada el año
pasado, y reto a cualquiera que no sea un experto a que vea la diferencia.
Entonces Greñas se bebía su medio vaso de
jerez y yo el mío mientras los adultos nos miraban por si dábamos muestras de
embriaguez, que al parecer consideraban sumamente divertidas en los jóvenes y
escandalosas en los mayores. Luego, para cenar se bebía vino blanco o tinto,
pero a nosotras no nos daban nada esta vez. Siempre bebían vino, incluso
cuando, como a menudo ocurría, la comida consistía únicamente en bocadillos y
alguna cosa fría y tostadas. Los sábados el señor Felton solía traer una docena
de botellas, a veces en una caja de cartón. Me pregunto si sería buen vino
francés o el amargo vinazo barato de Argelia que mi padre llamaba aguapié. Si
algo me había enseñado la tolerancia del señor Felton con el jerez era a no
perder mi ignorancia con respecto al vino.
Pero el vino desempeña un papel en esta
historia, un papel importante, pues después de beber el líquido rojo oscuro que
contenía su vaso, un rojo tan oscuro que parecía sangre (¿o me lo estaré
imaginando?), con unas hojuelas de poso todavía más oscuras en el fondo, lady
Elsworthy dijo:
–Aunque sólo seas una moderada bebedora de
vino, querida, no puedes dejar de tener una madre vinagre.
En aquella ocasión no fui la única persona presente
que soltó una risilla. Hubo quien exclamó «¡Una qué!» y también quien se rió,
tras lo cual lady Elsworthy explicó que una madre vinagre era un cultivo de
bacterias acéticas que transforma el vino en vinagre. Su hijo, a quien los
mayores llamaban Peter, nos proporcionó los detalles técnicos, los Potter
hicieron preguntas y en más de una ocasión alguien dijo: «¡Una madre vinagre!
¡Vaya nombre!» Yo no estaba muy interesada, por lo que salí al jardín, donde al
cabo de unos minutos Greñas se reunió conmigo. Llevaba, como de costumbre, un
libro, pero en lugar de sentarse, abrir el libro y excluirme, que era lo que
solía hacer, se quedó mirando al horizonte del valle de Stour y las colinas
Lloronas (creo que se apoyó contra un árbol) y las facciones de su cara se
afilaron conformando esa expresión suya que anunciaba un arrebato de ira. Le
pregunté qué sucedía:
–He vomitado.
Sabía que no era cierto y, aun así, le
pregunté por qué.
–Por culpa de esa asquerosa vieja y la
asquerosidad de la que estaba hablando. Es como un pedazo de hígado dentro de
una botella, ha dicho. –Le tembló la boca.– ¿Por qué lo llama madre
vinagre?
–No lo sé –dije–. Quizá porque las madres
hacen niños y eso hace vinagre.
Al parecer con aquella respuesta lo único que
conseguí fue que su humor empeorara. Dio una patada a un árbol.
–¿Vamos al estanque o vas a leer? –pregunté.
No me contestó, así que fui al estanque sola y observé los murciélagos que
revoloteaban contra un cielo de color verde claro. Greñas había subido a
nuestro dormitorio. Cuando volví estaba en la cama leyendo. Pese a no ser
aficionada a los libros, me acuerdo de cuáles le gustaban a ella y también de
que mi madre pensaba que no deberían dejar que los leyera. Aquella noche estaba
absorta en Tío Sitas de Lefanu y acababa de terminar Cuentos de fantasmas de un anticuario del doctor James. No creo que entonces yo estableciera ningún nexo
entre sus gustos literarios y su reacción ante la historia de la madre vinagre,
ni tampoco que atribuyera esta última a alguna carencia que Greñas pudiera
tener en su relación con su madre. No pude hacerlo, pues era demasiado joven.
En cualquier caso, a mí no me había afectado la conversación de la cena y me
fui a la cama sin tener ningún presentimiento desasosegante acerca de lo que
iba a suceder.
A la mañana siguiente, cuando Greñas y yo
volvimos de misa (ahora creo que el señor y la señora Felton nos decían que
fuéramos porque deseaban causar impresión a sus vecinos y no porque se
interesaran en nuestra devoción), nos encontramos con que los Elsworthy estaban
de nuevo en Santuario. Lady Elsworthy, su hijo y la señora Felton estaban
observando un recipiente redondeado de cristal con la boca tapada que contenía
un líquido marrón en el que flotaba un grumo. Este grumo guardaba un enorme
parecido con un pedazo de hígado.
–Está vivo –dijo Greñas–. Es una especie de
animal.
Lady Elsworthy le dijo que no fuera tonta y
la señora Felton se echó a reír. Yo pensé que mi madre se habría enfadado si
alguien que viniera a visitarnos a casa me hubiera dicho que no fuese tonta, y
también que esta vez Greñas iba a vomitar de verdad.
–No vamos a quedárnoslo, ¿verdad? –dijo.
–Por supuesto que vamos a quedárnoslo –dijo
la señora Felton– ¿Cómo te atreves a hablar de esa manera después de que lady
Elsworthy haya tenido la amabilidad de dármelo? Ahora no tendremos que volver a
comprar el asqueroso vinagre de la tienda.
–El vinagre no cuesta mucho –dijo Greñas.
–¡Pero vaya con la niña! ¿Piensas que el
dinero nos cae del cielo?
Entonces lady Elsworthy empezó a explicar cómo
había que mantener aquella cosa. Había que tenerla en un ambiente templado:
–No lo pongas en esa cocina tan fría que
tienes, querida. –Había que alimentarlo con vino, con los posos de todas las
botellas que se consumieran–, Pero no le pongas vino blanco. Dile a la señora
Felton por qué no, Peter; ya sabes que a mí no se me da bien el aspecto
científico. No hay que tocarlo con un cuchillo o una cuchara de metal.
–Si se pone en contacto con el metal –dijo
Peter Elsworthy–, se contrae y muere. En cierto modo es como una planta
delicada.
Greñas había salido de la habitación a
escape. Lady Elsworthy se había vuelto a inclinar sobre el regalo, cogiendo el
recipiente y colocándolo de tal modo que su temperatura no fuera ni muy fría ni
muy caliente. En el jardín yo podía oír el zumbido del cortacésped, manejado
por el señor Felton. La señora Felton y Peter Elsworthy se habían apartado un
poco de la ventana y del rayo de luz bajo el cual les habíamos encontrado.
Mientras Peter Elsworthy hablaba de la delicada planta, vi que sus ojos se
posaban en los de la señora Felton y que cruzaban una mirada, misteriosa e
incomprensible para mí, a años vista de cualquier cosa que yo conociera. La
cara de Peter Elsworthy se volvió dulce y extraña. Me entraron ganas de reír
tal como a veces me reía en el cine, pero comprendí que no era conveniente que
lo hiciera allí, por lo que me fui al jardín y, entre risillas, dije: «¡Qué
tontos! ¡Qué tontos!», y di una patada a una piedra.
Pero no me encontraba sola. El señor Felton
estaba detrás de mí manipulando el cortacésped. Sudaba al ponerse al sol y
tenía la cara roja y húmeda como el interior de un filete de carne cuando se le
corta la parte marrón. Se parecía más a un abuelo que a un padre, pensé.
–¿Quién es tonto, mi pequeña Margarina?
Apártate de mi camino o te cortaré la coleta.
Estábamos en agosto y había comenzado la
temporada, de modo que los domingos por la tarde cogía la escopeta que guardaba
colgada en el armario de la cocina y salía a cazar conejos. Creo que lo hacía
más por la necesidad de mantener las buenas relaciones con los Elsworthy, que
disparaban a cualquier cosa desprotegida que volara o corriera, que por el
deseo de comer carne de conejo. Aun así, no tenía muy buena puntería y yo me
sentía aliviada cuando le veía volver con las manos vacías. Los domingos por la
tarde regresaba a Londres.
–El pobre papá tiene que volver a la rutina
diaria –decía–. Cuídate, mi pequeña Greñas. –Y a mí, con sentido del humor–:
Ten cuidado con este sol, Margarina, no te vayas a derretir.
Aquel domingo la señora Felton le hizo
prometer que traería una docena de botellas de vino cuando volviera el
siguiente fin de semana.
–Refuerzos para mi madre vinagre.
–Es una estupidez desperdiciar el vino
haciendo vinagre –dijo Greñas.
Yo me preguntaba por qué cuando llegaba el
momento de la despedida Greñas se ponía a dar vueltas alrededor de sus padres
hecha un manojo de nervios y mirándoles fijamente con los puños apretados.
Ahora, sin embargo, sé que esto se debía a que, por muy maleducada que fuera con
ellos y a pesar de que no parecía tenerles ningún afecto, ansiaba
desesperadamente ver entre ellos una muestra de cariño mayor que el indiferente
acercamiento de la mejilla de la señora Felton y el tenue besito que el señor
Felton depositaba sobre ella. Pero su espera era infructuosa, y cuando el coche
desaparecía se lanzaba a hacer una demostración aparentemente inexplicable de
malhumor o tristeza.
Así pues, dio comienzo otra semana, una
semana en que nuestras costumbres, hasta entonces plácidas y rutinarias, iban a
cambiar.
Como una escritora hecha y derecha, como
profesional, he hecho alusión a la señora Felton (y, espero, a la existencia de
apetitos aguzados) pero he esperado hasta ahora para describirla. Sin embargo,
una vez anunciada su entrada por boca de mis personajes (como en las mejores
obras de teatro) no voy a esperar más. El escenario está preparado para ella,
por lo que ya puede entrar en él, con sus atavíos y su toque de trompetas.
Era una mujer alta y delgada y tenía la piel
morena como la de un indio pálido. A mí me parecía vieja y feísima, y no podía
comprender un comentario de mi madre que había llegado casualmente a mis oídos
según el cual la señora Felton era «muy bella si a uno le gusta esa traza de
gitana». Creo que tendría unos treinta y ocho años. Su pelo era negro y
ensortijado, como una mata de brezo chamuscado por el fuego, y tenía el
nacimiento tan bajo que sus negras cejas saltaban a su encuentro dejando tan
sólo unos tres centímetros de piel en medio. Tenía la boca grande, con unos
labios abultados y marrones que nunca se pintaba, y unos ojos enormes cuyo
blanco era como una húmeda cáscara de huevo.
En el campo llevaba pantalones y camisa.
Parte de la ropa que se ponía se la hacía ella misma y hay que decir que era
espectacular. Me acuerdo de que tenía una capa con capucha de arpillera marrón
y un traje de noche de lino bordado. En aquella época las mujeres rara vez
llevaban capas o vestidos largos. Fumaba un pitillo tras otro y tenía los dedos
amarillos de nicotina.
A mí no me hacía ningún caso. Me daba de
comer y me decía que me limpiara debidamente, que me cambiara de ropa y que no
saliera después del anochecer. Pero, aparte de esto, apenas me dirigía la
palabra. Creo que tenía una feroz aversión hacia los niños, ya que con Greñas
no se comportaba mejor que conmigo. La señora Felton era una de esas mujeres
que acaban habituándose a dirigirse a sus hijos sólo para reprenderles. Por
mucho que se arreglara Greñas para estar presentable, por mucho que se
propusiera portarse bien en un momento dado (pues, según creo, hacía grandes
esfuerzos en esa dirección), la señora Felton no se prestaba a hacer elogios. Y
si se prestaba a ello, siempre hacía al final algún comentario desagradable:
«Ya, pero mira como tienes las uñas», o «Es muy bonito, pero podías haber
elegido otro momento para enseñármelo.» En sus labios, el nombre de Greñas,
como si hubiera sido escogido específicamente para tal fin, sonaba como un
susurro desabrido, como una culebrilla verde que saliera deslizándose de su nido,
cuando la sílaba líquida y la sibilante eran escupidas: «¡Alice!»
Sin embargo, a principios de la tercera
semana experimentó cierto cambio. No es que se mostrara más agradable o
cariñosa, sino más despistada, nerviosa y abstraída. Las travesuras de Greñas
le pasaban inadvertidas y yo, si llegaba tarde a alguna comida, no era objeto
de miradas envenenadas. Fue el martes por la tarde cuando encontramos la
primera botella de vino sobre la mesa de la cena.
Cenábamos (algo frío, aunque más sustancial
que un té) a las siete y media u ocho de la tarde, y a continuación nos
mandaban a la cama. Nunca se había insinuado siquiera que pudiéramos beber vino
para cenar. Ni aun siendo fin de semana se nos servía vino, con la salvedad de
los educativos vasitos de jerez. Sin embargo, aquella tarde, cuando ya se ponía
el sol (recuerdo que la habitación estaba toda naranja y silenciosa y a buena
temperatura), la señora Felton llevó a la mesa una botella de vino tinto en
lugar de la tetera y el hordiate con limón y sacó tres vasos.
–No me gusta el vino –dijo Greñas.
–Sí te gusta. Te gusta el jerez.
–No me gusta ese brebaje de color rojo. Sabe
amargo. Papá no me deja beber vino.
–Entonces no se lo diremos. Si te sabe amargo
puedes ponerle azúcar. Dios mío, cualquier niña creería estar en el paraíso si
le dieran vino para cenar. No sabes distinguir cuándo estás en una situación
ventajosa. Nunca lo has sabido. No sabes apreciar las cosas.
–Supongo que lo que quieres es que nos lo
bebamos para quedarte con lo que sobre y echárselo a esa asquerosidad del
vinagre –dijo Greñas.
–No es ninguna asquerosidad y no vuelvas a
hablarme de esa manera –replicó la señora Felton.
Sin embargo, su voz había traslucido cierto
tono de alivio. ¿O me engaña la memoria? ¿Realmente distinguí aquel tono en su
voz? No. Es ahora cuando me doy cuenta de ello, ahora, después de que han
pasado todos estos años y con su paso ha aumentado mi capacidad de comprensión.
Entonces no noté ningún alivio. No pensé que la insistencia de la señora Felton
tuviera un motivo más ruin. Consideré natural, por absurdo y de alguna manera
contrario al debido curso de las cosas, que tuviéramos que beber una sustancia
cara a fin de que el sobrante pudiera ser convertido en una sustancia barata.
Pero la infancia es un territorio de espejos en el que con frecuencia una se ve
obligada a creerse seis cosas imposibles antes de desayunar.
Me bebí mi vino y, de mala gana. Greñas se
bebió dos vasos llenos en los que previamente había echado azúcar. Lo demás se
lo bebió en su mayor parte la señora Felton, quien luego vertió los posos en un
recipiente de cristal para dárselo a la madre vinagre como refrigerio. Creo que
nunca había probado vino de mesa con anterioridad. Me subió a la cabeza y, en
cuanto me acosté a las nueve en punto, se apoderó de mí un profundo y pesado
sueño.
Greñas se quedó dormida antes que yo. Se
había lanzado a la cama sin lavarse y pude oír su honda respiración mientras me
ponía el camisón. Aquello era algo extraordinario. Greñas no era lo que se dice
una insomne, pero, tratándose de una niña, no dormía muy bien. La mayoría de
las noches, cuando yo ya me sentía transportada por las suaves nubes del sueño
y entraba en un delicioso amodorramiento que en cualquier momento daría paso a
la más absoluta inconsciencia, le oía dar vueltas en la cama e incluso
levantarse y moverse por la habitación. Sabía, además, que a veces bajaba a la
planta baja para tomar un vaso de agua o tal vez simplemente para buscar la
compañía de su madre, puesto que cuando llegaba la mañana y nos reuníamos para
desayunar, la señora Felton le pedía cuentas de sus actos, exigiendo duramente
a unos invisibles testigos que le explicaran por qué había sido condenada a
aguantar a aquella nerviosa y agitada niña, la cual no había conseguido dormir
una noche entera tranquilamente ni siquiera de pequeña.
La noche del martes, sin embargo, no tuvo
dificultades para quedarse dormida. Fue más tarde, ya avanzada la noche, cuando
se despertó y permaneció horas despierta, o al menos eso fue lo que me contó
por la mañana. Había oído el reloj de la catedral dar las dos y las tres, y
había tenido dolor de cabeza y un curioso temblor en las extremidades. No
obstante, no le dijo nada a su madre, que yo sepa, y el dolor de cabeza debió
de pasársele a media mañana, pues cuando salí de casa a la diez para ir con la
señora Potter a una subasta que se iba a celebrar en una mansión cercana,
estaba tumbada sobre una sábana en el césped de delante de la casa, leyendo el
libro que el señor Felton le había llevado el fin de semana: Cincuenta casas encantadas. Cuando volví a la una seguía con él, pues estaba absorta en la lectura
de El grabado o de algún relato de terror de Blackwood.
También debió de ser aquel día cuando empezó
a mostrar por la madre vinagre lo que yo ahora calificaría de obsesión. Varias
veces, tres o cuatro como mínimo, al entrar en el comedor me la encontraba al
lado de la antigüedad de la fábrica Romford sobre la que se encontraba el
regalo de lady Elsworthy, mirando el cultivo que contenía tan fascinada como
una persona que contempla un reptil encerrado. Para mí no se trataba de algo
repugnante o siniestro, ni siquiera de algo especialmente nuevo. Había visto en
la despensa de mi abuela un plato de compota que se habían olvidado de retirar
y estaba fermentando y, aparte del hongo de color verde claro que le crecía, se
diferenciaba poco de la costra de bacterias de la madre vinagre. La cara que
ponía Greñas, que parecía tan asqueada como asombrada, me hizo soltar una
risilla. Una equivocación, pues se volvió hacia mí y, moviendo airadamente un
delgado y nervudo brazo, me espetó:
–¡Cállate! Te odio.
No obstante, a la hora de cenar ya se había
calmado y había decidido volver a hablarme. Nos sentamos en el muro que daba a
la carretera y nos quedamos mirando cómo conducían las Hereford del señor Gould
por la vereda que llevaba del pastizal a la granja. Los cables del teléfono
servían de percha para las golondrinas y parecían tensos collares de cuentas
blancas y negras. El cielo estaba teñido de verde limón y unos pájaros lo surcaban
rumbo a casa.
–Me gustaría meterle una cuchara y ver cómo
se contrae y muere.
–Ella se enteraría –dije.
–¿Quién es ella?
–Tu madre, naturalmente. –La pregunta me
había sorprendido, pues la respuesta era obvia–, ¿Quién va a ser?
–No lo sé.
–No es más que un viejo hongo –dije–. No te
hace ningún daño.
–¡Alice! ¡Aliiiccce! –Un grito agudo, el
sonido de una imagen, la imagen de un chorro de vino o vinagre describiendo una
curva en el aire.
–Vamos, Margarina –dijo Greñas–. La cena está
lista.
Aunque aquella tarde no bebimos vino, la
siguiente volvimos a encontrarnos con unos vasos y una botella en la mesa. La
cena era más pesada de lo habitual: pastel de carne con patatas y ensalada. No
sé si el vino era más dulce esta vez o de una cosecha diferente, pero lo cierto
es que a mí me supo bien y me bebí dos vasos. No se me ocurrió preguntarme qué
habrían pensado mis padres, moderados y prácticamente abstemios, ante semejante
corrupción de su hija. Cómo se me iba a ocurrir. Para un niño las personas
mayores son omniscientes y sumamente juiciosas. Por poco que me gustase la
señora Felton, jamás supuse que pudiera desear hacerme daño o ser indiferente a
la posibilidad de que me lo hicieran.
Greñas también obedeció y bebió. Esta vez no
hubo reparos por su parte. Probablemente estaba buscando una nueva manera de
congraciarse. Nos fuimos a la cama a las nueve y creo que Greñas se quedó
dormida antes que yo. Yo dormí profundamente como de costumbre, aunque en el
transcurso de la noche sentí cierto movimiento, como si me hubieran despertado
y dicho algo. Me acordé de ello cuando me desperté por la mañana. Eran
aproximadamente las siete de una perlina mañana adornada por los cantos de los
pájaros, y Greñas estaba sentada en el asiento de la ventana en camisón.
Su aspecto era terrible, como si tuviese un
resfriado larvado o acabara de vomitar.
–He intentado despertarte esta noche –me
dijo.
–Ya me lo pareció –repuse. ¿Has tenido una
pesadilla?
Hizo un gesto de negación.
–Me desperté y oí que el reloj daba la una y
luego unos pasos en ese camino.
–En el jardín, querrás decir. ¿Iban o venían?
–No lo sé. Debían de estar viniendo.
–Ha sido un ladrón –dije. Ven, bajemos a ver
si ha robado algo.
–No ha sido un ladrón. –Greñas se estaba
enfadando conmigo. Tenía la cara cubierta de pecas. Ya he bajado yo. He estado
despierta un rato pero no he oído nada más. Como no conseguía dormirme y me
apetecía un vaso de agua, bajé.
–¿Y...? Sigue –dije.
Pero Greñas no podía seguir. Hasta yo,
insensible e indiferente a ella, me daba cuenta de que había sufrido un susto
de muerte y de que seguía asustada. Entonces me acordé de lo que me había
despertado durante la noche y de lo que había sucedido exactamente. Me acordé
de que en un fugaz momento de duermevela había oído las ahogadas y
entrecortadas exclamaciones de alguien que chilla en sueños. Greñas se había
despertado chillando y me había dicho: «¡La madre vinagre! ¡La madre vinagre!»
–Has tenido una pesadilla –le dije.
–Oh, cállate –repuso Greñas–. Nunca me
escuchas. No pienso volver a decirte nada nunca más.
Pero aquel mismo día, al cabo de un rato, me
lo contó. Creo que ya le había quitado algo de hierro al asunto, aunque todavía
se mostró muy asustada cuando llegó al momento culminante de lo que, según
insistió, no podía haber sido una pesadilla. Había bajado, me dijo, a la planta
baja aproximadamente media hora después de oír los pasos en el jardín. No había
encendido la luz porque había mucha luna. La puerta del comedor estaba
entreabierta, y al mirar dentro había visto una figura encapuchada acurrucada
en una silla al lado de la ventana. La figura iba toda de marrón. Greñas dijo
entonces que había visto cómo se le caía la capucha y quedaba su rostro al
descubierto. La cosa que le había hecho chillar como una loca era una cara que
no era una cara de verdad sino una informe masa de hígado.
–Lo has soñado –le dije–. Seguro. Estabas en
la cama cuando chillaste, así que debías de estar soñando.
–Pero si he bajado –insistió Greñas.
–Tal vez, pero el resto es un sueño. Tu madre
se habría levantado si te hubiera oído chillar abajo.
Después de aquella conversación no se dijo
nada más acerca del sueño o de lo que hubiese sido. El sábado llegó el señor
Felton y nos llevó a la Feria de Jóvenes Granjeros de Marks Tay. Mis padres le
habían dicho que me trasmitiera su cariño y la noticia de que mi hermano mayor
había aprobado su examen y recibido el suficiente en siete asignaturas, y me
puse contenta. El domingo por la tarde salió a cazar con Peter Elsworthy; Peter
volvió con él y prometió que el martes nos llevaría en coche a mí. Greñas y la
señora Felton a pasar el día en la playa.
El martes amaneció un día precioso, quizá el
mejor de los que pasé en el Santuario, de tal suerte que, aunque a raíz del
sueño de Greñas me había planteado la posibilidad de cometer el engaño que me
habían propuesto mis padres, pensé que podía quedarme allí y estar a gusto
hasta que acabaran las vacaciones. Comimos en la playa y nos bañamos en los
extensos bajíos del mar. La señora Felton, que se había alisado el pelo y
llevaba un característico traje de algodón blanco y azul gracias al cual su
morena piel parecía bronceada, sonreía y nos trataba con amabilidad, e incluso
llamó querida a Greñas en una ocasión. De pronto me sentí atraída por el señor
Elsworthy. Supongo que sentí uno de esos encaprichamientos que puede despertar
en una muchacha una sonrisa amable, el fortuito roce de una mano o un
comentario del tipo que se hace a una persona de la misma edad. En aquella
soleada playa, llevada por unos sentimientos inexplicables, sentí que me
atraía, que me invadía una pasión que su imagen nunca había inspirado hasta
aquel momento y que iba a extinguirse con la misma rapidez con que había nacido
en cuanto se pusiera el sol, el mar se perdiese a nuestras espaldas y él se
sentara en el asiento delantero del coche y volviera a ser el amigo de la
señora Felton.
Durante aquel día le había seguido como un
perrillo, así que tal vez fue mi abierta devoción lo que le indujo a dejarnos a
la puerta de casa y negarse incluso a entrar y ver el progreso que había
experimentado la madre vinagre. El pretexto que dio fue que tenía que acompañar
a su madre a casa de una tía para cenar. La señora Felton se puso de un humor
espantoso en cuanto se hubo ido y de cenar nos dio huevos revueltos poco hechos
y hordiate con limón.
Al ir a cenar al día siguiente nos
encontramos con una botella de clarete sobre la mesa. El teléfono sonó mientras
estábamos cenando, y cuando la señora Felton fue a contestar, tomé la atrevida
decisión de echar mi vino en la madre vinagre.
–Se lo diré –dijo Greñas.
–Me da igual –repuse. No puedo beberlo. Es un
brebaje amargo y horroroso. Me da asco.
–No deberías decir que el vino de mi padre es
horroroso cuando eres su invitada –dijo Greñas.
Sin embargo, no se lo dijo a la señora
Felton. Creo que habría echado su vino después del mío si no hubiese temido que
el nivel del líquido subiera en exceso. ¿O tal vez se debió a que a esas
alturas nada le habría animado a acercarse a menos de un metro del cultivo?
No me hizo falta vino para conciliar el sueño,
aunque si lo hubiese bebido quizá hubiera dormido más profundamente. Una tenue
luz de luna iluminaba la habitación cuando desperté y vi la cama de Greñas
vacía. Greñas estaba de pie al lado de la puerta, manteniéndola entreabierta.
Estaba temblando. Su larga sombra, saltando de aquí para allá sobre las
zigzagueantes vigas de la pared, daba a la habitación un algo extraño y
misterioso. Sin embargo, yo no oía ningún ruido.
–¿Qué ocurre ahora? –pregunté.
–Hay alguien ahí abajo.
–¿Cómo lo sabes? ¿Hay alguna luz encendida?
–He oído cristal –dijo ella.
¿Cómo se puede oír cristal?, me pregunté pese
a que sabía a qué se refería y no me hacía ninguna gracia. Me levanté, me
acerqué a la puerta y miré escaleras abajo. Por debajo de la puerta del comedor
salía luz, un resplandor blanco que podría ser de la luna o de un candil que a
veces usaban en la casa. Entonces yo también oí cristal, el rechinar de un
cristal al rozar otro, y luego un leve goteo.
Con voz entrecortada y nerviosa. Greñas dijo:
–¿Y si ella sale por la noche para ir a todos
los lugares donde tienen una? Sale para velar por ellas y hace que ocurra.
Ahora está ahí abajo haciéndolo. ¡Escucha!
Un cristal al rozar...
–Eso es un disparate –dije–. Son esos libros
que lees los que te hacen decir eso.
Ella no dijo nada. Cerramos la puerta y nos
acostamos en nuestras respectivas camas con las lámparas encendidas. Con la luz
se estaba mejor. Oímos el reloj dar las doce. Entonces pregunté: «¿Podemos
dormir ahora?» Vi que Greñas hacía un gesto de asentimiento y apagué la luz.
La luna había desaparecido, tal vez detrás de
las nubes. El oscuro silencio fue interrumpido por un prolongado grito. Aunque
ahora sé qué era, es imposible que una niña de once años lo supiera. Lo único
que supe entonces fue que no se trataba de un grito de pesar, dolor o miedo,
sino de triunfo, el grito de alguien que por fin había conseguido algo. Y sin
embargo, se trataba al mismo tiempo de un grito inhumano, más allá de los
límites de la moderación humana.
Greñas empezó a chillar.
Encendí la luz y me puse a saltar encima de
la cama y a pedirle a gritos que se callara, cuando de repente se abrió la
puerta y la señora Felton entró en la habitación con el pelo enmarañado como
una mata de brezo y un albornoz de seda acolchada y tono rojo oscuro como la
sangre, atado a la cintura. Rabia y violencia era lo que yo esperaba. Sin
embargo, la señora Felton no dijo nada e hizo lo que nunca le había visto hacer
y nunca hubiera imaginado que se sentiría empujada a hacer. Cogió a Greñas, la
abrazó y empezó a mecerla. Las dos estaban llorando, balanceándose sobre la
cama y llorando. Oí unos pasos en el camino del jardín, unos pasos suaves y
sigilosos que poco a poco fueron alejándose.
Al día siguiente Greñas no mencionó lo
ocurrido. Se recluyó en sus libros y su malhumor. Ahora creo que la aislada
muestra de cariño que le había dado su madre por la noche le había hecho creer
que pronto habría más. Sin embargo, la señora Felton se comportaba de una
manera extrañamente reservada, como si estuviera sumida en las profundidades de
un sueño. Advertí con infantil azoramiento que apenas se fijaba en Greñas, que
estaba dando vueltas en torno a ella mirándole a la cara e intentando llamar su
atención. Cuando por fin Greñas se rindió y se refugió en el jardín con los demonios
del doctor James, la señora Felton se quedó tumbada en el comedor, fumando y
con la vista clavada en el techo. Yo entré en una ocasión para coger mi rebeca
(pues la señora Potter iba a llevarme por la tarde a ver una ciudad medieval
situada en Lavenham) y todavía estaba allí, sonriéndose extrañamente y dejando
resbalar su collar de cuentas granates entre sus largos y morenos dedos.
El viernes por la tarde salió a pasear sola y
estuvo ausente varias horas. Hacía mucho calor, demasiado para estar en el
jardín a la sombra únicamente de un delgado manzano. Yo estaba sentada a la
mesa del comedor, ocupada con un álbum de fotos de casas de campo que la señora
Potter me había dicho que hiciera, y Greñas estaba leyendo, cuando llamaron al
teléfono. Greñas contestó, y yo, pese a encontrarme en el otro extremo del
pasillo, pude oír la sonora y cordial voz del señor Felton.
–¿Qué tal te va la vida, mi pequeña Greñas?
Lo oí todo. Iba a venir aquella misma noche
en lugar de por la mañana y llegaría sobre las doce. Podía decírselo a su
madre, aunque tampoco tenía que preocuparse, ya que tenía llave. Y muchos
recuerdos a la pequeña Margarina si todavía no se había derretido y convertido
en un charquito.
La señora Felton regresó a las cinco en el
coche de Peter Elsworthy. Tenía hojas en el pelo y briznas de hierba en la
espalda de la camisa. Observaron con detenimiento la madre vinagre y la
trasladaron a un rincón oscuro y fresco, entusiasmándose con el color del
líquido en el que flotaba la masa con forma de hígado.
–Es una planta delicada que no debe estar
expuesta al calor –dijo Peter Elsworthy, al tiempo que le quitaba una hoja del
pelo a la señora Felton y se reía. Me pregunté cómo era posible que me hubiera
llegado a gustar o le hubiese considerado simpático.
Aquella tarde a Greñas y a mí nos dieron de
beber el clarete de una botellita regordeta en cuya etiqueta se veía un
convento. La señora Felton debía de haberse dado cuenta que no me hacía falta
beber vino para dormir, ya que no insistió en que bebiera más de un vaso. El
recipiente de la madre vinagre estaba lleno en sus tres cuartas partes.
Ya estaba acostada y Greñas se estaba
desnudando cuando me acordé de la llamada de su padre.
–Se me ha olvidado decírselo a mi madre –dijo
Greñas bostezando y con ojos de sueño.
–Todavía puedes bajar a decírselo.
–Se enfadaría. Además papá me ha dicho que
tiene llave.
–Lo que pasa es que no te gusta bajar sola
cuando está oscuro –dije. Greñas no respondió. Se acostó y se cubrió la cabeza
con la sábana.
Nunca más volveríamos a hablarnos.
No fue al colegio cuando acabaron las
vacaciones, y cuando faltaba poco para que terminara el curso mi madre me dijo
que no volvería. Nunca supe lo que había sido de ella. Lo último que recuerdo
de ella es su delgado y amarillento rostro, que últimamente sólo había tenido
una expresión de asombro, y las oscuras ojeras que rodeaban sus ojos de
anciana. Recuerdo los libros que tenía sobre su mesilla de noche: Cincuenta casas encantadas, las Obras
de Sheridan Lefanu y Lo mejor de Montague Rhodes James; el pálido laqueado con que la luz de la luna bañaba aquella
habitación, con sus vigas y su techo inclinado; el silencio de la noche en una
antigua y encantada casa de campo; el aliento a vino en mi garganta y el pesado
sueño en que el amodorramiento del vino me sumía...
De aquel sopor me desperté a causa de dos
fuertes explosiones y el ruido de un cristal al romperse. Greñas había salido
del dormitorio antes de que yo me levantara de la cama, apenas consciente del
lugar en que me encontraba y con la impresión de que todo daba vueltas. Greñas
estaba gritando en algún lugar de la planta baja. Bajé. Toda la casa, la casa
llamada Santuario, estaba iluminada. Abrí la puerta del comedor.
El señor Felton estaba apoyado contra la mesa
con la escopeta todavía en las manos. Creo que estaba llorando. No recuerdo que
hubiera mucha sangre, sólo la desnudez, morena y sin vida, de la señora Felton
tendida en el suelo y el señor Peter Elsworthy inclinado sobre ella, cogiéndose
el brazo herido. Y el olor a pólvora como el de los fuegos artificiales y, aún
más fuerte, el repugnante hedor a vinagre por todas partes, y el cristal hecho
añicos, y Greñas llorando, hundiendo un cuchillo una y otra vez en una viscosa
y espesa masa con forma de hígado que había sobre la alfombra.
La caída de la moneda
(The
Fall of a Coin, 1975)
La encargada del hotel les hizo subir dos
pisos para llegar hasta su habitación. No había ascensor. Tampoco había
calefacción central; aunque estaban en abril, hacía mucho frío.
–Un poco pequeña, ¿no? –dijo Nina Armadale.
–Es una habitación doble y me temo que es lo
único que queda libre.
–Supongo que he de sentirme agradecida porque
no tenga cama de matrimonio –dijo Nina.
Su marido se estremeció al oír aquello y ella
se alegró de que lo hiciera. Se acercó a la ventana y al asomarse vio una
estrecha callejuela flanqueada por muros de ladrillo. El reloj de la catedral
dio las cinco. Nina se imaginó lo que supondría oír las campanadas cada hora
durante toda la noche y tal vez incluso cada cuarto de hora, y se alegró de
haber traído las pastillas para dormir.
La encargada todavía estaba disculpándose por
la falta de habitaciones.
–Mañana se celebra una gran boda en la
catedral. Se casa la hija de sir William Warrant. Van a venir quinientos
invitados y la mayoría se aloja en la ciudad.
–Nosotros también vamos a ir a la boda –dijo
James Armadale–. Por eso estamos aquí.
–Entonces se harán cargo del problema. El
cuarto de baño está al final del pasillo a la derecha. Es la tercera puerta de
la izquierda. La cena se sirve a las siete y medía y el desayuno de ocho a
nueve. Ah, señora Armadale, permítame que le explique cómo se maneja la estufa
de gas.
–No se moleste –dijo Nina con altanería–. Sé
manejar una estufa de gas. –Estaba forcejeando con la puerta del armario, que
en un principio no pudo abrir y, cuando por fin logró hacerlo, no acertó a
cerrar.
La encargada la miró, al parecer decidió que
no serviría de nada ayudarla y se volvió hacia James:
–En realidad me refería al contador del gas.
Funciona con monedas y sólo acepta de cinco peniques. Pensamos que para los
huéspedes es la manera más fácil de manejarlo.
James se acuclilló a su lado y observó el
cajetín de metal gris. Era un contador de gas antiguo con accesorios de latón,
un modelo que no veía desde los días de estudiante en que había vivido en una
habitación amueblada. La flecha roja que indicaba la cantidad de gas pagada
marcaba «vacío» en aquel momento.
–Gire esta palanca hacia la izquierda, meta
la moneda en la ranura y luego gire la palanca hacia la derecha...
Nina había dejado de prestar atención,
observó James con alivio. Tal vez, cuando comenzara la inevitable discusión (es
decir, en cuanto la encargada se fuera), hablasen de la gran equivocación que
suponía asistir a aquella boda, de la cual difícilmente se le podía culpar a
él, y no de las pésimas condiciones del hotel, de cuya elección sí se le podía
culpar.
–Gírela a la derecha y espere a oír caer la
moneda –concluyó la mujer–. ¿De acuerdo?
James asintió y le dio las gracias. En cuanto
la encargada del hotel hubo salido de la habitación, Nina, que no perdía el
tiempo, dijo:
–¿Puedes darme al menos una buena razón por
la que no podíamos venir mañana?
–Podría darte varias –dijo James
resignándose–, pero la principal es que no me apetecía conducir doscientos
cincuenta kilómetros vestido con chaqué y sombrero de copa.
–Querrás decir que no te apetecía conducir
con tu habitual resaca de los sábados por la mañana...
–No discutamos. Nina. Tengamos la fiesta en
paz aunque sólo sea por una noche. Sir William es el presidente de mi empresa.
He de tomarme como un honor que me haya invitado a esta boda, y si por ello
pasamos una tarde y una noche incómodos, no hay nada que se pueda hacer al
respecto. Forma parte del trabajo.
–Pero qué presuntuoso puedes llegar a ser...
–dijo Nina profiriendo lo que si se hubiera tratado de una mujer menos
atractiva se habría calificado de gruñido–. Me pregunto qué diría el puñetero
sir William Tarrant si pudiera ver a su director de ventas con una botella de
whisky entre pecho y espalda.
–No me ve –dijo James al tiempo que encendía
un cigarrillo. Como ella aún no le había hecho perder la paciencia, añadió–:
Ése es tu privilegio.
–¿Mi privilegio? ¡Ja! –Nina, que llevada por
la furia se había puesto a deshacer el equipaje y arrojar ropa sobre una de las
camas, se detuvo. Aquella actividad le minaba parte de la fuerza que necesitaba
para discutir. Se sentó en la cama y dijo bruscamente–: Dame un cigarrillo. ¿No
tienes modales, o qué? No te imaginas lo grosero que puedes llegar a ser. Vas a
estar muy cómodo en este hotel; es de tu estilo. Con contador de gas y el
retrete en el otro extremo del edificio, aunque mientras tengas un bar cerca no
creo que eso te moleste. Voy a tener el enorme privilegio de compartir mi
habitación con un asqueroso borrachín. –Respiró hondo como si fuera una
nadadora y volvió a lanzarse–. ¿Te das cuenta de que hace dos años que no
dormimos en la misma habitación? No te paraste a pensar en eso, ¿verdad?,
cuando dejaste el asunto de la reserva para el último momento. O tal vez...
¡Ah, claro! ¡Por Dios, eso es...! Tal vez sí te paraste a pensar en ello. Te
conozco tan bien. James Armadale... Pensaste que estando aquí conmigo,
desnudándote en mi presencia, conseguirías que yo cambiara de idea y... ¿cómo
es la expresión? ¿reanudaría las relaciones conyugales? Les has dicho que nos
den esta... esta celda a propósito. Maldita sea, lo tenías todo preparado,
¿verdad?
–No –dijo James con voz suave e incluso
débil, pues había experimentado en su interior un estremecimiento tan intenso
que apenas podía articular palabra.
–¡Embustero! ¿Piensas acaso que me he
olvidado de la que organizaste cuando te pedí que te fueras a dormir a la
habitación de los invitados? ¿Piensas que me he olvidado de esa mujer, de esa
Francés? Nunca me olvidaré y nunca te perdonaré. Así que desengáñate si piensas
que te voy a decir que lo pasado pasado está cuando cierren los bares e
intentes sobarme.
–No voy a hacer eso –dijo James, pensando que
dentro de un cuarto de hora abrían el bar–, No voy a volver a intentar hacer
eso que de forma tan encantadora has llamado «sobar».
–Claro que no, porque sabes que si lo
intentaras no conseguirías nada. Sabes que te llevarías un bofetón que no
olvidarías en tu vida.
–Nina –dijo él–, dejémoslo. Es hipotético; no
va a suceder. Si vamos a seguir viviendo juntos, y supongo que así es, aunque
sólo Dios sabe por qué, ¿no podemos intentar hacerlo en paz?
Ella enrojeció y dijo con voz apagada y
resentida:
–Deberías haber pensado en eso antes de serme
infiel con esa mujer.
–Eso ocurrió hace tres años –dijo él–. Tres años. No quiero irritarte y ya hemos hablado de esto suficientes veces, pero
sabes perfectamente por qué te fui infiel. Sólo tengo treinta y cinco años; soy
todavía joven. No podía soportar que me dejaras mantener relaciones conyugales,
o sobarte, si lo prefieres, unas seis veces al año. ¿Tengo que volver a
repetírtelo?
–Por mí no. Me da igual las excusas que me
des. –El humo que había en la diminuta habitación la hizo toser, por lo que
abrió la ventana y respiró el húmedo y frío aire del exterior–. Me has
preguntado por qué tenemos que seguir viviendo juntos –dijo volviéndose hacia
él–. Te lo voy a decir: porque estás casado conmigo. Tengo derecho a ti y no
pienso divorciarme jamás. Estarás conmigo hasta que la muerte nos separe. Hasta
la muerte, James, ¿de acuerdo?
No respondió. Una ráfaga de aire helado había
entrado en la habitación cuando ella abrió la ventana. Rebuscó en su bolsillo y
dijo:
–Si vas a quedarte aquí hasta la hora de la
cena –dijo–, imagino que querrás encender la estufa. ¿Tienes alguna moneda de
cinco peniques? Yo no tengo ninguna, a menos que vaya por cambio.
–Oh, seguro que consigues alguna en el bar. Y
para tu información, no he traído ningún dinero. Ése es tu
privilegio.
Cuando se quedó sola, permaneció unos minutos
sentada en la fría habitación con los ojos clavados en la pared de ladrillo.
Hasta que la muerte nos separe, le había dicho, y se lo había dicho en serio.
Ella nunca le dejaría ni le permitiría que él la dejara, pese a que quería que se
muriese. No era culpa suya si era frígida. Siempre había pensado que él lo
comprendía. Había supuesto que su belleza y su eficiencia como ama de casa y
anfitriona compensarían una carencia que no podía evitar. Y no sólo sentía eso
hacia él, sino hacia todos y cada uno de los hombres. Al parecer James lo había
aceptado y había sido feliz con ella. Y ella, a su asexuada manera, le había
amado. Entonces, cuando daba la impresión de que James era más feliz y estaba
más tranquilo que en otras épocas de su matrimonio, cuando había dejado de
hacerle esos dolorosos requerimientos y había empezado a mostrarse
extremadamente cariñoso con ella y generoso con los regalos, de pronto y sin
ninguna vergüenza se lo había confesado. A ella no le importaría, le había
dicho el muy descarado, no le molestaría que encontrara en otra parte lo que
resultaba evidente que a ella le disgustaba darle. Sin perjuicio de que él la
mantuviese, pasara la mayor parte de su tiempo libre con ella y la respetase
como esposa, ella se sentiría aliviada, desagradándole el sexo como le
desagradaba, de que hubiera encontrado a una mujer que lo satisfacía en ese
aspecto.
Después James le había dicho que era la
represión acumulada lo que la había llevado a abalanzarse sobre él, golpearle
con los puños y espetarle palabras que él no sabía que conociera. Hasta el día
de su muerte recordaría el asombro con que él había reaccionado. Había pensado
sinceramente que a ella no le importaría. Le había costado semanas de
discusiones, gritos y amenazas convencerle de que abandonara a Francés.
Entonces, tras expulsarlo de su dormitorio, había dado inicio a una amarga e
incesante discordia que mantendría hasta que la muerte les separara. Aunque
seguía sin saber en qué medida le había hecho daño. James no había conocido a
más mujeres y se había dado a la bebida. Ahora estaría bebiendo, pensó, y a las
nueve estaría tumbado, borracho como una cuba, en esa cama, a una distancia de
sólo medio metro de la suya.
La habitación estaba demasiado fría para que
una permaneciera sentada. Con idea de poner en marcha la estufa, abrió la llave
de forma que indicara «lleno», pero la cerilla que acercó a la mecha se negó a
encender el gas, por lo que al final bajó a la planta baja y se dirigió a una
pequeña sala en la que había una chimenea de carbón y gente viendo la
televisión.
Se volvieron a encontrar en la mesa del
comedor.
James Armadale había bebido casi un cuarto de
litro de whisky; para acompañar la sopa Windsor y el cordero asado recalentado
en que consistía la cena, pidió una botella de Borgoña.
–Sólo por mera curiosidad –dijo Nina–, ¿por
qué bebes tanto?
–Para ahogar mis penas –dijo James–, La razón
de siempre. En mi caso, sin embargo, da la casualidad de que es verdad. ¿Te
apetece algo de vino?
–Será mejor que tome un vaso, porque de lo
contrario te beberías toda la botella.
El comedor estaba lleno y la mayoría de los
comensales eran de mediana edad o mayores. Muchos, pensó él, serían invitados
de la boda como ellos. Se había dado cuenta de que su entrada había llamado la
atención y de que su presencia estaba siendo objeto de comentarios de
admiración en las mesas vecinas. Le hizo una cierta gracia, no exenta de
ironía, pensar que les considerarían una pareja elegante, bien avenida y quizá
feliz.
–Nina, no podemos seguir así –dijo–. No es
justo ni para ti ni para mí. Nos estamos destrozando el uno al otro y a
nosotros mismos. Tenemos que hablar de lo que vamos a hacer.
–Podías haber elegido un momento mejor, ¿no
crees? No pienso hablar de ello en un lugar público.
Había hablado en voz queda y tranquila, una
voz muy diferente al tono autoritario que había empleado en el dormitorio, y
ahora estaba lanzando miradas de nerviosismo a las mesas vecinas.
–Precisamente porque estamos en un lugar
público creo que tenemos más posibilidades de hablar de ello con sensatez.
Cuando estamos solos te pones histérica y ninguno de los dos consigue mostrarse
razonable. Si hablamos de ello ahora, creo que te conozco lo bastante bien como
para decir que no me gritarás.
–Pero podría levantarme y marcharme, ¿no?
Además, estás borracho.
–No estoy borracho, aunque, si te soy
sincero, lo más probable es que lo esté dentro de una hora, lo cual es otro
motivo para que hablemos aquí y ahora. Mira, Nina, tú no me quieres, lo has
dicho infinidad de veces, y aunque se te haya ocurrido la descabellada idea de
que tengo intenciones deshonestas contigo, yo tampoco te quiero a ti. Hemos
discutido los motivos de todo esto tantas veces que no hace falta que te los
explique ahora, así que, ¿podemos llegar a algún acuerdo de separación?
–¿Para que puedas irte por ahí con todas las
mujeres que quieras? ¿Para que metas a esa furcia en mi casa?
–No –dijo él–, puedes quedarte con la casa.
Si fuéramos a juicio probablemente me obligarían a darte un tercio de mis
ingresos, pero te daré más si quieres. Te daré la mitad. –Estuvo a punto de
añadir: «para librarme de ti», pero se contuvo por parecerle las palabras
demasiado provocadoras. Estaba empezando a articular mal y a comerse las
palabras.
Era desconcertante, pese a que era precisamente
lo que buscaba, ver cómo la inhibición obligaba a Nina a hablar en voz baja y
dominar las expresiones que ponía. Sin embargo, las palabras que empleó fueron
las mismas. Las había oído miles de veces.
–Si me dejas, te seguiré a todas partes. Iré a
tu oficina y se lo contaré todo a tus compañeros. Esperaré sentada en el portal
de tu casa. No me vas a abandonar así como así. Antes prefiero morirme. No me
voy a convertir en una mujer divorciada sólo porque te hayas cansado de mí.
–Si continúas así –dijo él con voz pastosa–,
acabarás convirtiéndote en viuda. ¿Te gustaría eso?
Si hubieran estado a solas, ella hubiera
dicho que sí a gritos. Pero como no lo estaban, le lanzó una mirada penetrante
y esbozó una sonrisa diáfana, una sonrisa que un observador podría haber
interpretado como la reacción de una esposa a la que le hubiera hecho gracia un
chiste íntimo contado por su esposo.
–Sí –dijo ella–. Me gustaría ser viuda. Tu
viuda. ¿Por qué no bebes hasta reventar? Eso es lo que te conviene hacer si
quieres librarte de mí.
La camarera acudió a su mesa. James pidió un
brandy doble y «café para mi esposa». Sabía que nunca se libraría de ella. Él
no pertenecía a la clase de hombres que pueden soportar escándalos públicos en
sus vidas, escenas en el trabajo, vejaciones, las habladurías de amigos y
empleados. Sabía que debían separarse amigablemente; de lo contrario no habría
manera. Y como ella no era capaz de atender a razones, de comprender o
perdonar, él tendría que seguir adelante a pesar de los pesares. «Con ayuda de
esto», pensó mientras el brandy extendía su turbia nube de euforia por su
cerebro. Apuró su vaso rápidamente, le musitó a ella un «con tu permiso» en
consideración a quienes estuvieran oyendo y salió del comedor.
Nina volvió a la sala de la televisión.
Estaban emitiendo una obra de teatro cuyo argumento giraba en torno a una
situación matrimonial casi análoga a la suya. Las señoras con su punto y los
señores con sus puros de sobremesa la veían apáticamente. Se le ocurrió coger
el coche y dar una vuelta por ahí. Daba igual por dónde, cualquier sitio
estaría bien mientras estuviera lejos de aquel hotel, de James y del reloj de
la catedral, cuyas campanadas dividían las horas en segmentos de quince minutos
mediante largos y desapacibles tañidos. Debía de haber algún lugar en aquella
ciudad en el que una pudiera tomarse una buena taza de café, algún cine quizá
en que se pudiese ver una película que no tratara de matrimonios o de lo que la
gente llamaba, pensó con un estremecimiento, relaciones sexuales. Subió a la
habitación para coger las llaves del coche y algo de dinero.
James estaba profundamente dormido. Se había
quitado la corbata y los zapatos, pero, por lo demás, estaba vestido, tumbado
boca arriba y roncando. Vaya estúpido: ni se había tapado. Se iba a quedar
helado. Tal vez se muriera de frío. Bueno, ella no iba a taparle, aunque sería
mejor que cerrara la ventana para cuando volviese. Las llaves del coche estaban
en el bolsillo de su chaqueta, entre un montón de monedas. Al sentir el calor de
su cuerpo a través de la tela se estremeció. El aliento le olía a alcohol y
estaba sudando a pesar del frío. Entre las monedas encontró dos de cinco
peniques. Lo mejor sería que se quedara una y la guardase hasta la mañana para
poner en funcionamiento el contador de gas. No quería ni imaginarse lo que
podía ser vestirse para la boda a cero grados. ¿Y si insertaba la moneda ahora?
De ese modo estaría preparada por la mañana, y además podría encender la estufa
y calentarse cuando volviera a medianoche.
La habitación estaba levemente iluminada por
la luz amarilla de una farola que había en la callejuela. Se agachó delante de
la estufa y observó que no había cerrado la llave después de intentar encender
la mecha con la cerilla. No podía echar la moneda al contador ahora si la llave
estaba abierta e indicaba «lleno». La habitación se llenaría con los cinco
peniques de gas. No podía hacerlo si la ventana estaba herméticamente cerrada y
aquella vieja y pesada puerta no tenía ni una sola rendija. Lentamente extendió
la mano para cerrar la llave.
La tocó con los dedos. Su mano permaneció
inmóvil, suspendida. Oyó que su corazón empezaba a palpitarle lenta pero
fuertemente e interrumpía el silencio que reinaba en la habitación: le había
asaltado una idea espantosamente genial. ¿Realmente no podía...? ¿Estaba loca?
¿Realmente no podía echar la moneda al contador si la llave estaba abierta?
¿Qué otra cosa sería tan eficaz y definitiva? Apartó la mano y se la cogió con
la otra para calmarse. Poniéndose en pie, contempló a su marido mientras
dormía. El sudor perlaba ahora su pálida frente. Roncaba rítmicamente, y tan
ruidosamente como los latidos de su corazón. Sería una viuda, pensó, sola y
libre en una casa que no tendría que compartir. En lugar de ser una divorciada,
despreciada, repudiada y víctima de las risas de jueces y abogados por su
paralizante frigidez y de las burlas de Francés y sus sucesoras, sería una
viuda a quien todo el mundo compadecería y respetaría. Y viviría con holgura
además, por no decir en la abundancia, ya que tendría el seguro de vida de
James y con toda probabilidad una pensión de sir William Warrant.
James no despertaría hasta medianoche. Se
corrigió: no se habría despertado hasta medianoche. Su propósito era que no despertara jamás.
La llave de gas todavía marcaba «lleno».
Cogió la moneda de cinco peniques y se acercó de puntillas hasta el contador.
Nada podía despertar a James, pero aun así anduvo de puntillas. La ventana
estaba herméticamente cerrada y detrás de ella no había más que una callejuela,
una luminosa farola y el elevado muro de la catedral. Se hincó de rodillas y
examinó el contador. Era la primera vez en su vida, una vida que había pasado
al abrigo, amparo y calor de los demás, que veía un contador de gas de monedas.
Si los imbéciles de los empleados del hotel y de las personas que se alojaban
en un lugar como ése podían hacerlo, ¿por qué no habría de poder hacerlo ella?
¿Qué importaba que no hubiera escuchado con atención las instrucciones que les
había dado la encargada? ¿Qué había dicho? Gire la palanca a la izquierda, meta
la moneda y luego gire la palanca a la derecha. Nina titubeó por un momento, el
tiempo necesario para que una serie de fugaces y fragmentarios recuerdos
acudiera a su cabeza. James el día de la boda; James mostrándose paciente,
amable y abnegado durante la luna de miel; James asegurándole que su frialdad
no tenía importancia, puesto que con tiempo y amor...; James confesando con una
sonrisa satisfecha y desafiante y nombrando a Francés para zaherirle; James
yéndose tres días de juerga porque ella no podía fingir que el daño que le
había hecho era sólo superficial; James borracho noche tras noche... No titubeó
por mucho tiempo. Se puso el abrigo y metió las llaves del coche en el bolso.
Luego volvió a arrodillarse, giró la palanca a la izquierda, metió la moneda de
cinco peniques, giró la palanca a la derecha y, sin volver la vista atrás,
abandonó la habitación cerrando la puerta al salir.
El reloj de la catedral anunció que faltaba
un cuarto de hora para las nueve.
Cuando el bar cerró a las once y media, el
grupo de gente que subió por las escaleras charlando en voz alta hubiera
despertado a la persona más dormilona del mundo. A James le despertó. Por un
momento no se movió y permaneció tumbado con los ojos abiertos hasta que oyó
que el reloj daba la medianoche. Cuando dejó de oírse el eco de la última
campanada, estiró el brazo para encender la lámpara de la mesilla. La luz le
sentó como si le hubieran clavado un cuchillo en la cabeza y, aunque soltó un
gemido, pensó que así se sentía la mayoría de las noches y que no merecía la
pena quejarse. ¿Quién iba a oírle o a preocuparse si lo hacía? Evidentemente
Nina todavía estaba abajo, en la sala. ¿No se le ocurriría quedarse allí toda
la noche por miedo a dormir a solas con él? No; subiría en cuanto apagaran la
televisión, se pondría a increparle por su borrachera y su infidelidad (y eso
que no había cometido ninguna desde que dejara a Francés) y estarían
discutiendo y amargándose hasta que la oscuridad fuera tiñéndose de amarillo y
el reloj de la catedral les anunciara el amanecer.
Y sin embargo tiempo atrás había sido
sumamente cariñosa, y su triste incapacidad le había hecho mostrar un lado
conmovedor y desesperado. Jamás se le había ocurrido reprochárselo, pese a todo
lo que había padecido físicamente. La solución que había encontrado al problema
y que le había confesado honestamente podría haber sido ventajosa para los tres
si ella hubiera reaccionado con sensatez. Por enésima vez, se preguntó
vagamente por qué había cometido la estupidez de confesárselo cuando, mediante
algún que otro embuste, podría ser ahora más feliz que en cualquier otro
momento de su vida matrimonial. Pero no estaba en condiciones de pensar. ¿Dónde
le había dicho la encargada que estaba el cuarto de baño? Por el pasillo a la
derecha y la tercera puerta a la izquierda. Siguió tumbado hasta que el reloj
dio y cuarto y comprendió que no podía aguantar más.
La corriente de aire frío del pasillo (Dios,
parecía que estuvieran en enero y no en abril) le despabiló un poco. Parecía
que la cabeza le iba a estallar. Era una locura seguir así. ¿Qué puñetas estaba
haciendo? Iba a convertirse en un alcohólico a los treinta y cinco años. No,
para qué negarlo, ya era un alcohólico, un verdadero borracho. Y si seguía con
Nina, sería un alcohólico muerto antes de llegar a los cuarenta. Pero ¿cómo
dejas a una mujer que no quiere dejarte? Podía renunciar al trabajo, huir, irse
a la otra punta del mundo... No era extraño que le vinieran a la cabeza ideas
tan descabelladas a medianoche. Sin embargo, cuando llegaba la mañana sabía que
tendría que seguir adelante a pesar de los pesares.
Permaneció en el cuarto de baño
aproximadamente diez minutos. Cuando regresaba por el pasillo, oyó unos pasos
en las escaleras y, consciente de que debía de tener un aspecto espantoso y
apestar a alcohol, se escondió detrás de la puerta de lo que resultó un armario
lleno de escobas. Pero se trataba sólo de su esposa. La vio acercarse a la
habitación lentamente, como si estuviera preparándose para hacer frente a algo,
a él, probablemente, pensó. ¿Tanto le detestaba que tenía que contener la
respiración y apretarse fuertemente las manos antes de encararse con él? Tenía
cara de sentirse enferma y asustada, y cuando abrió la puerta y entró en la habitación,
le oyó soltar una especie de chillido contenido que estuvo a punto de
convertirse en un grito.
La siguió y entró en la habitación; cuando
ella se dio media vuelta y lo vio, pensó que se iba a desmayar. Si antes la
había visto pálida, ahora estaba blanca como el papel. Antaño, cuando todavía
la quería y confiaba en que podría enseñarle a quererle, se habría preocupado.
Ahora le daba igual, y lo único que dijo fue:
–¿Qué? ¿Has visto algo desagradable en la
tele?
Ella no respondió. Se sentó en la cama y
apoyó la cabeza entre las manos. El se desnudó y se metió en la cama. Poco
después Nina se levantó y empezó a quitarse la ropa lenta y mecánicamente.
James había empezado a sentir contracciones en la cabeza y el cuerpo, como le
ocurría cuando se recuperaba de los efectos de una borrachera. Le desvelaban
por completo. Tardaría horas en dormirse. La observó con curiosidad pero sin
mostrar pasión; hacía tiempo que no obtenía el menor placer viendo cómo se
desnudaba. Lo que le fascinaba ahora era que, aunque saltaba a la vista que
estaba conmocionada y le temblaban las manos, seguía siendo incapaz de
renunciar a los pudorosos subterfugios que la caracterizaban, a la costumbre de
volver la espalda cuando se quitaba el vestido y de ponerse el camisón antes de
quitarse la ropa interior.
Nina se puso la bata y se fue al cuarto de
baño. Cuando volvió, estaba temblando y tenía la cara grasienta en las zonas
que se había desmaquillado.
–Será mejor que te tomes una pastilla para
dormir –sugirió él.
–Ya me he tomado una en el cuarto de baño.
Quería bañarme pero no hay agua caliente –al meterse en la cama, exclamó con su
habitual brusquedad–: ¡Nada funciona en este puñetero hotel! ¡Nada va bien!
–Apaga la luz y duerme. Cualquiera pensaría
que vas a pasar toda la vida en este hotel en lugar de una sola noche.
Ella no contestó. Nunca se daban las buenas
noches. Apagó la luz, pero la habitación no quedó totalmente a oscuras, ya que
la farola de la callejuela seguía encendida. Pocas veces había tenido menos
ganas de dormir, pensó James. Además, tenía una sensación que le extrañaba,
pues nunca había reparado en ella: no quería compartir el dormitorio con Nina.
Ese frío pudor, que en su día le había
resultado atractivo, ahora le repugnaba. Se apoyó sobre un codo y la miró.
Estaba tumbada en la postura de defensa de una mujer que teme que la ataquen,
boca abajo y con los brazos cruzados bajo la cabeza. Aunque la pastilla para
dormir había tenido efecto y estaba profundamente dormida, se diría que tenía
el cuerpo tieso, dispuesto a saltar y a adoptar una actitud violenta al menor
toque. Olía a frío. Una desabrida salinidad emanaba de ella como si tuviera
agua de mar en las venas en lugar de sangre. Pensó en las mujeres de verdad, de
sangre caliente, mujeres que se despertaban cuando tenían la cara de sus
maridos cerca, que no retrocedían, sino que sonreían y extendían los brazos.
Nina le mantendría alejado de esas mujeres hasta que la bebida o el tiempo lo
convirtieran en un hombre tan frío como ella.
De pronto comprendió que no podía permanecer
en aquella habitación. Si se quedaba podía cometer alguna barbaridad, darle una
paliza o incluso matarla. Y aunque si algo deseaba era librarse de su mujer y
dejar de perder tiempo y dinero con ella, la idea de matarla le parecía tan
absurda como grotesca. Se levantó y se puso la bata. Cogería una manta, se iría
a la sala donde ella había estado viendo la televisión y pasaría el resto de la
noche allí. Ella no despertaría hasta las nueve y entonces él ya habría vuelto,
dispuesto a vestirse para la boda. Qué curioso, a todo esto, que fueran a ir a
una boda, a ver cómo otras personas se embarcaban en la misma aventura que la
suya. Aunque no sería la misma aventura, ya que si cabía fiarse de los chismes
que circulaban por la oficina, la hija de sir William ya había abierto sus
cálidos brazos a muchos hombres...
El reloj de la catedral dio la una. A las
nueve la habitación estaría helada y tendrían que encender la estufa de gas. ¿Y
si echaba ahora una moneda de cinco peniques en el contador? Así podría poner
en marcha la estufa cuando quisiera.
Aunque la estufa no se podía ver, el contador
estaba perfectamente iluminado por la farola. James se arrodilló tratando de
recordar las instrucciones de la encargada del hotel. Lo mejor sería probarla
antes de meter la moneda, la única moneda de cinco peniques que tenía. Qué
extraño. Habría jurado que tenía dos cuando se había echado a la cama después
de cenar. ¿Qué le había dicho? Gire la palanca a la izquierda, meta la moneda
en la ranura, gire la palanca a la derecha y espere a oír caer la moneda. Sin
soltar la moneda (no quería perderla por si fuese verdad lo que había dicho
Nina y nada funcionara en aquel hotel) giró la palanca en primer lugar a la
izquierda y luego a la derecha hasta el tope.
Una moneda cayó produciendo un leve sonido
metálico y la flecha roja se movió en el indicador para señalar el pago. Bien.
Ni siquiera había tenido que gastarse la moneda. Probablemente el anterior
huésped había echado una pero se había olvidado de girar la palanca hasta el
tope.
James comprobó que la ventana estaba cerrada
para que no entrara el frío, miró por última vez a la mujer que estaba
durmiendo y abandonó la habitación cerrando la puerta al salir.
Casi humanos
(Almost Human, 1975)
Jefe estaba tumbado sobre el sofá, medio dormido. Monty
estaba sentado frente a él, tieso en su silla. Ninguno de los dos se movió
cuando Dick se sirvió una ginebra con agua. No les gustaban las bebidas
fuertes, y Jefe ni siquiera su olor, aunque no tenía costumbre de expresar sus opiniones.
De vez en cuando Monty bebía cerveza en George Tavern con Dick. Lo que le molestaba era el
humo del tabaco; cuando le llegó una bocanada del Capstan de Dick, estornudó.
–Jesús –dijo éste.
Sería mejor que se fumase el resto en la
cocina mientras les preparaba la cena. No sería justo que Monty
comenzase a toser a su edad por su culpa. Podía hasta contagiarle su
bronquitis. No había nada que Dick no estuviera dispuesto a hacer por el
bienestar de Monty. Sin embargo, cuando hubo sacado el filete de la nevera y volvió al
salón a coger su bebida, fue Jefe a quien se dirigió. Monty era su amigo y el mejor compañero del mundo. A Jefe
no se le podía considerar como tal, sino más bien como una autoridad a la que
respetar y obedecer.
–¿Tienes hambre, Jefe?
Jefe se levantó del sofá y entró en la cocina. Dick le siguió. Había
anochecido casi del todo, aunque todavía había luz suficiente para ver el
jersey de Monty, el viejo jersey de cuadros que todavía colgaba del tendedero. Lo mejor
sería recogerlo, no fuera a llover por la noche. Dick salió al patio con la
vana esperanza de que el viejo Tom, el vecino de la casa de al lado, no viera
la luz de la cocina y saliera. Pero ya podía tener las esperanzas que quisiera,
porque era inútil. En cuanto quitó la primera pinza, oyó que abría la puerta y
le decía con su cascada y quejumbrosa voz:
–Va a hacer frío esta noche.
–Mmm –gruñó Dick.
–No me extrañaría que helase.
¿Y qué más daba? Dick vio aparecer la sombra
de Jefe, grande y angulosa, en el rectángulo de luz. De pie, tal como estaba
ahora apoyado contra la cerca. Jefe le sacaba más de una cabeza al viejo Tom,
quien retrocedió, sonriendo nerviosamente.
–Vamos, Jefe –dijo Dick–. Es hora de
cenar.
–Son como niños, ¿verdad? –dijo el viejo Tom
con su quejumbrosa voz–. Casi humanos. Es extraordinario. Mire, mire, entiende
todo lo que usted dice.
Dick no respondió. Siguiendo a Jefe, entró en la cocina y cerró la puerta bruscamente. Si algo le molestaba
era que la gente pensara que al comparar a los animales con los seres humanos
les estaban haciendo un cumplido. Como si Jefe y Monty no estuvieran en todos los sentidos, tanto mental y físico como moral,
cien veces mejor que cualquier ser humano que él hubiera conocido jamás. Como
niños... Qué idiotez. Cuando los niños querían cenar, lloraban, se ponían
pesadísimos y no hacían más que estorbar. Sus perros, en cambio, pacientes,
estoicos y resueltos, aguardaban sentados, quietos y en silencio, mirando cómo
les llenaba los cuencos de barro con carne, harina y complementos vitamínicos.
Y cuando dejaba los cuencos en el suelo el uno al lado del otro, se acercaban a
ellos con plácida dignidad.
Dick observó cómo comían. A sus catorce años,
Monty tenía el mismo buen apetito de siempre, aunque tardaba más en comer
que Jefe. Sus colmillos ya no eran los de antaño. Cuando hubo rebañado el plato,
el viejo perro hizo lo que ya hacía cuando sólo era un cachorro: acercarse a
Dick y apoyar su gris hocico sobre la palma de su mano extendida. Dick le
acarició las orejas.
–Buen perro –dijo. Le parecía ridícula la
costumbre que tenía la gente de llamar a los perros «chico». Los perros no eran
chicos. Los chicos eran sucios, y ruidosos, olían mal y eran unos
incontrolados–. Eres una monada. Sí, eso es lo que eres, un buen perro...
Jefe tenía un porte más distinguido. Semejantes muestras de cariño y
agradecimiento habrían resultado incongruentes con su pedigrí y su prestancia.
Como sabían guardar las distancias, Dick y Monty se apartaron para dejar que Jefe atravesara majestuosamente la puerta y se echase de nuevo en el sofá.
Dick acercó la silla de Monty al radiador. Las seis y media. Acabó su
ginebra.
–Ahora tengo que salir –dijo–, pero volveré
antes de las diez como muy tarde, así que os podéis echar un sueñecito y cuando
vuelva saldremos a dar un buen paseo. ¿De acuerdo?
Monty le acompañó hasta la puerta. Siempre lo había hecho y siempre lo
haría, a pesar de que tenía las patas entumecidas por el reumatismo. Todos nos
hacemos viejos, pensó Dick, tengo que hacerme a la idea. Voy a perderle este
año o el siguiente... Se arrodilló al lado de la puerta e hizo lo que nunca le
había hecho a hombre, mujer o niño, esa asquerosidad que tanto le repugnaba
cuando veía a un ser humano hacérsela a otro. Cogiendo la cabeza de Monty
con las manos, apretó los labios sobre su arrugada cabeza. Monty
meneó la cola y emitió unos gruñidos de felicidad. Dick cerró la puerta y sacó
el coche del garaje.
Avanzó por la calle y, tras recorrer
trescientos metros, se detuvo al lado de la cabina. Para los negocios nunca
utilizaba su propio teléfono, sino una de las cabinas que había entre su casa y
George Tavern. Cinco minutos más y sonaría. A menos que algo volviera a salir
mal, por supuesto. Mejor dicho, a menos que, una vez más, las cosas no
estuvieran saliendo tal como ella las había planeado. Era una estúpida... ¿Una
estúpida qué? Dick detestaba la costumbre de utilizar nombres femeninos de
animales (perra, vaca, zorra...) para insultar a las mujeres. Cuando quería
expresar la aversión que tenía hacia el sexo, empleaba una de las sucintas
palabrotas que había para ello o la peor que se le podía ocurrir: mujer. Y ésta
fue la que utilizó en aquel momento, pronunciándola con énfasis: ¡No era más
que una estúpida, puñetera, codiciosa y maldita mujer!
Cuando vio que su reloj estaba a punto de marcar
las siete menos cuarto, entró en la cabina. Sólo tuvo que esperar sesenta
segundos. El teléfono sonó justo a menos cuarto. Dick cogió el auricular y dijo
la contraseña con la que indicaba que era él quien había respondido y no algún
entrometido metomentodo que respondía al teléfono porque le venía en gana.
Era la primera vez que oía su voz, una voz
nerviosa, de clase alta, que estaba a miles de kilómetros de cualquier mundo en
que él se hubiera movido jamás.
–Esta noche va a salir bien.
–Ya era hora. –Las operaciones previas habían
sido organizadas en su conjunto mediante el contacto que él empleaba y, sin
embargo, todos y cada uno de los planes habían fracasado por culpa de un
retraso sufrido por la otra parte. Hacía mes y medio que le habían dado el soplo
y la primera entrega–. A ver, ¿de qué se trata?
Ella se aclaró la garganta.
–Escucha. No quiero que sepas nada sobre
nosotros... Es decir, quiénes somos. ¿De acuerdo?
Como si a él le importara quiénes eran o qué
bajas pasiones habían llevado a esa mujer a llamar a ese teléfono y meterse en
esa conspiración. Aun así, dijo desdeñosamente:
–Saldrá en los periódicos, ¿no?
La mujer habló con un hilo de voz a causa del
miedo.
–¡No pretenderás hacerme chantaje!
–También podríais vosotros hacerme chantaje a
mí. Es un riesgo que tenemos que correr. Ahora cuéntame de qué se trata, venga.
–De acuerdo. No ha estado bien, aunque ahora
ya se encuentra mejor y ha empezado a dar su paseo como de costumbre. Saldrá de
esta casa a las ocho y media y tomará el camino de West Heath en dirección a
Finchley Road. No es necesario que sepas a dónde va o por qué motivo. No es
asunto tuyo.
–Me trae sin cuidado –dijo Dick.
–Lo mejor será que esperes en una de las
partes más solitarias del camino, lo más lejos de las casas.
–De eso me ocupo yo. Conozco la zona. ¿Cómo
sabré que es él?
–Es fornido, tiene cincuenta años, altura
media, pelo plateado y bigotillo. No llevará sombrero. Vestirá un abrigo negro
con cuello de piel negra sobre un traje de tweed gris. Seguramente llegue a la
mitad del camino de West Heath para las nueve menos diez. –La voz le tembló un
poco–. No será muy aparatoso, ¿verdad? ¿Cómo vas a hacerlo?
–¿Esperas que te lo diga por teléfono?
–No, será mejor que no. ¿Has recibido los
primeros mil?
–Hace mes y medio –dijo Dick.
–No pude evitar el retraso. No fue culpa mía.
Recibirás el resto en el plazo de una semana, del mismo modo que recibiste los
primeros...
–Por la vía de costumbre. ¿Eso es todo? ¿Es
todo lo que he de saber?
–Creo que sí –dijo ella–. Hay algo más... No,
da igual. –Vaciló–. No me fallarás, ¿verdad? Esta noche es la última
oportunidad. Si no sucede esta noche, ya no tendrá sentido que suceda. Toda la
situación cambiará mañana y yo voy a...
–Adiós –dijo Dick, colgando el auricular de
golpe para no oír más aquella voz que ya empezaba a ponerse histérica.
No quería conocer las circunstancias ni
enterarse de sus enfermizos sentimientos. Puñetera mujer... Y eso que él no tenía
ningún tipo de escrúpulos. Habría matado a cien hombres por lo que ella le
estaba pagando por matar a uno y sólo estaba interesado en el dinero. ¿Qué le
importaba quién era él o ella o por qué quería eliminarlo? Podría ser su esposa
o su amante. ¿Qué más daba? Ese tipo de relaciones le eran extrañas y la idea
de lo que implicaban le asqueaba: besos, abrazos y eso que hacían como... no,
como animales no. Los animales eran decentes, decorosos. Lo hacían como personas. Escupió en la esquina de la cabina y salió al frío aire de la noche.
Mientras se dirigía a Hampstead pensó en el
dinero. Entre esa suma y los ahorros que había reunido tendría suficiente para
el objetivo que se había propuesto. Llevaba años, desde que había sacado a Monty
de la tienda de animales, trabajando para este fin. Estafas, un par de
asesinatos por venganza, alguna que otra paliza, estudiar lugares para cometer
robos... Todo lo que había hecho había sido lucrativo y, como vivía
modestamente (la comida de perros era su mayor gasto), había conseguido casi lo
suficiente para comprarse una casa a la que había echado el ojo. Era una
pequeña granja situada en Escocia, en la costa noroccidental y a kilómetros de
distancia del pueblo más cercano, y tenía el suficiente terreno alrededor para
que Monty y Jefe pudieran correr libremente durante todo el día. Le gustaba imaginarse
cómo iban a reaccionar cuando vieran su parcela de brezales y los conejos que
tendrían para perseguir. Le sobraría bastante dinero para vivir sin trabajar
durante el resto de su vida, y tal vez pudiera comprarse más animales, un
caballo quizá, y un par de cabras... Eso sí, no tendría más perros mientras Monty
siguiera vivo. No sería justo, y le parecía mal, el colmo de la traición, hacer
planes para cuando muriera...
Lo que no habría en ningún lugar cercano a su
casa sería gente. Con suerte no tendría que oír una voz humana desde el final
de cada mes hasta el siguiente. La raza humana, y su repugnante rostro,
quedaría excluida para siempre. En aquellas colinas, con la compañía de Monty y Jefe, se olvidaría de los cuarenta años que había tenido que soportar la crueldad
y vileza de la gente; de su borracho y cruel padre; y de su madre, que sólo se
había preocupado de los hombres y de pasárselo bien. Luego había tenido que
soportar a la familia adoptiva, el reformatorio, a las chicas de la fábrica,
que se habían reído de su timidez y su cara llena de granos, y a los patrones,
que no le habían aceptado por tener antecedentes en lugar de un título. Por fin
iba a estar tranquilo.
¿Que tenía que matar a un hombre para
conseguirlo? No sería la primera vez que lo hiciera. Le mataría sin emoción ni
interés, con la misma facilidad con que el matarife acaba con un cordero y con
la misma poca compasión. En primer lugar le daría un leve golpe en la cabeza,
lo justo para atontarle (a Dick no le preocupaba hacer daño, sino mancharse la
ropa de sangre), y luego el apretón decisivo justo ahí, en el hioides...
Tocándose el cuello para localizar el punto,
Dick aparcó y entró en un bar para beber otra ginebra con agua y tomar un
sándwich. El gato del dueño se le acercó y se sentó sobre su rodilla. Dick
atraía a los animales como si fuera un imán. Ellos sabían quiénes eran sus
amigos. Era realmente una lástima que Jefe tuviera tanto odio a los gatos,
porque de lo contrario tal vez se hubiera planteado incluir un par en su casa
de fieras escocesa. Las siete y media. Dick siempre hacía los trabajos con
tiempo de sobra. Las cosas había que hacerlas con tranquilidad. Depositó al
gato suavemente en el suelo.
A las ocho ya había atravesado Hampstead,
conduciendo por Branch Hill a lo largo del lago de Whitestone, y había aparcado
el coche en West Heath Road. Hacía una bonita noche estrellada, aunque gélida,
tal como había pronosticado aquel viejo idiota. Se quedó unos minutos sentado
en el coche, cavilando si había alguna cosa, por lejana que fuera, por la que
se le pudiera relacionar con la mujer con que había hablado. No, no había nada.
Su contacto era tan digno de confianza como cualquier ser humano pudiera serlo
y el método de entrega del dinero seguro. En cuanto a que se le pudiera asociar
con el hombre al que iba a matar, Dick sabía que el único asesinato seguro era
el de un completo desconocido. Por suerte para él y para sus clientes, él era
un desconocido para todo el mundo de los hombres.
Lo mejor sería subir y ver el camino ahora.
Dejó el coche en Templewood Avenue lo más cerca posible del lugar en que el
camino se separaba de ésta para atravesar West Heath. No presentaba verdaderos
peligros, aunque siempre convenía asegurarse de que se disponía de una vía de
escape rápido. Entró en el camino. Se trataba de una empinada callejuela de
aproximadamente metro y medio de ancho flanqueada por cercas de jardines y
provista de escalones en aquellos lugares en que la inclinación era demasiado
pronunciada. En lo alto había una farola y otra unos cincuenta metros más
lejos, donde el camino estaba tapiado. Entre las luces había un tramo arenoso
de mayor extensión, salpicado de árboles y arbustos. Lo haría allí, decidió.
Aguardaría entre los árboles hasta que el hombre apareciese por la parte
tapiada y se alejara del primer círculo de luz. Antes de que llegase al
segundo, cuando se hallara en la parte más oscura, iría por él. No había
tejados a la vista, sólo las traseras de unos extensos jardines, selváticos y
oscuros, y aunque las estrellas brillaban, la luna era sólo una tenue curva
blanca que arrojaba poca luz.
Por suerte, la mayoría de la gente se había
quedado en casa a causa del penetrante frío. Cuando estaba pensando en esto,
oyó unos pasos a lo lejos y su mano apretó la almohadillada barra de metal que
llevaba en el bolsillo. No podía ser. Era demasiado pronto, ¿no? No podía venir
a las ocho y veinticinco. ¿O acaso esa mujer había cometido otra de sus
equivocaciones? No; era una muchacha. Lo supo por el taconeo que se oía.
Entonces la vio aparecer en el círculo de luz. Con una especie de curiosidad
malsana, observó cómo se acercaba. Se trataba de una muchacha alta y esbelta
con una de esas repugnantes protuberancias bajo el abrigo. Caminaba rápida y
nerviosamente por el solitario lugar, lanzando vistazos como de pajarillo a
derecha e izquierda. Todo su cuerpo estaba deformado a causa de la espantosa
ropa ajustada que llevaba y la rígida postura que le obligaban a adoptar los
tacones. No tenía ni el aplomo ni la elegancia de los animales. A Dick le habría
encantado darle un buen susto, perseguirla escalones abajo o abalanzarse sobre
ella y hacerle castañetear los dientes de miedo. Pero la idea de un contacto
innecesario con el género humano le asqueaba. Además, le había visto la cara y
lo reconocería cuando encontraran el cadáver y cundiera la voz de alarma. ¿Qué
les ocurriría a Monty
y Jefe si le atrapaban y encerraban? La idea le
hizo estremecer.
Dejó pasar a la muchacha y se puso de nuevo a
esperar. Una nubecilla pasó por delante de las estrellas. Mucho mejor si
oscurecía un poco... Las nueve menos veinte. Ya habría salido y estaría
acercándose por el lago de Whitestone.
Le habría gustado fumarse un cigarrillo, pero
decidió que no merecía la pena arriesgarse. Cabía la posibilidad de que el olor
tardara en irse y pusiera al hombre sobre aviso. Una vez más tocó la barra de
metal y el delgado rollo de cuerda. En un cuarto de hora, con suerte, todo
habría acabado. Entonces podría volver a casa y sacar a Jefe y Monty a dar el paseo de la noche; al día siguiente iría a la agencia
inmobiliaria cuyo anuncio había visto en el periódico del domingo. La casa
estaba completamente aislada, había leído. Tenía que estar completamente
aislada y tener un terreno extenso, y tal vez estar situada cerca del mar. Jefe disfrutaría
nadando, aunque era probable que no hubiera nadado en su vida, pues ésta la
había pasado en un sucio barrio bajo de la ciudad. Pero los perros sabían nadar
por naturaleza. No como los seres humanos, a los que había que enseñarles de la
misma manera que había que enseñarles cualquier estupidez que se propusieran
hacer...
Pasos. Sí, ya era la hora. Las nueve menos
diez; evidentemente era una persona que acostumbraba ser puntual. Peor para él.
Dick se quedó totalmente inmóvil, mirando con fijeza al espacio oscuro que
flanqueaban las tapias, hasta que la indefinida forma de su víctima surgió de
la boca del callejón. Al ver que el hombre se acercaba al círculo de luz, Dick
se puso tenso y apretó la mano en torno a la barra. La descripción que le había
dado la mujer era exacta. Un hombre bastante corpulento apareció a la luz de la
farola, la cual iluminó directamente su abundante pelo plateado y la lustrosa
piel negra del cuello de su abrigo. Si Dick hubiera tenido la menor duda acerca
de la moralidad de lo que se disponía a hacer, el aspecto de aquel hombre se la
habría disipado. ¿Se habría parado a pensar ese bruto en la agonía que pasaba
un animal cuando caía en una trampa y se le dejaba morir en ella sólo para que
su piel fuera a adornar el abrigo de algún rico malnacido? Dick acumuló saliva
en la boca y escupió en silencio pero con virulencia entre los matorrales. El
hombre avanzaba con naturalidad y confianza. La oscuridad le acogió. Dick salió
de entre los árboles y le golpeó con la barra. El hombre profirió un gemido, no
más alto que un hipido, y cayó pesadamente al suelo. Armándose de valor para
soportar el asco que le producía el contacto con un cuerpo cálido y carnoso.
Dick metió los brazos bajo sus axilas y lo arrastró al círculo de luz. Estaba
inconsciente y lo estaría durante cinco minutos más, si no fuera porque en
cinco minutos estaría muerto.
Dick no perdió el tiempo fijándose en la
cara. No tenía interés en verla. Se metió la cachiporra en el bolsillo y sacó
la cuerda. Se hace el nudo corredizo, se desliza alrededor del cuello y luego
se da un rápido apretón en el hioides...
Un leve ruido le detuvo cuando la cuerda
todavía estaba floja entre sus manos. No eran pasos lo que había oído, sino
unos golpes amortiguados. Con la cola erecta, el hocico cercano al suelo, del
callejón salió un perro de caza, un basset negro, blanco y canela. Era uno de
los perros más bonitos que Dick hubiera visto jamás. Pero ahora no quería
verlo. Dios, pensó, seguro que se le acercaba. Siempre se le acercaban.
En efecto, el perro salió de la oscuridad y
entró en el círculo de luz en que se encontraba Dick. Tras un momento de
vacilación, levantó la cabeza y se acercó a él meneando la cola. Dick maldijo
su suerte, no al perro, y extendió una mano.
–Buen perro –musitó–. Eres una monada. Sí,
buen perro... Pero ahora tienes que irte de aquí. Márchate a casa. –El perro
evitó la mano manteniendo una prudente distancia y acercó el hocico a la cara
del hombre inconsciente. A Dick no le hizo mucha gracia aquello. El tipo podría
recuperar el conocimiento.
–Vamos –dijo agarrando firmemente su pelaje
de tres colores–. No deberías estar aquí. Sigue con tu caza o con lo que sea.
Pero el basset no quería irse. Le temblaba la
cola. Tras soltar un gañido, miró primero a Dick y luego al hombre, y a
continuación empezó a hacer esos suaves sonidos de perro a medio camino entre
un lloriqueo y un silbido. Dick apartó las manos de su espeso y cálido pelaje.
Le había invadido una sensación espantosa, una mezcla de miedo y repugnancia.
Metió la mano en el bolsillo del abrigo de cuello de piel y sacó lo que se
temía encontrar: una correa de cuero trenzado para perro.
¡Esa maldita mujer! ¿Era esto lo que había
estado a punto de decirle pero al final se había guardado porque no tenía
importancia? ¿Que ese tipo pasaría por allí porque sacaba a su perro a pasear?
¡Pero cómo que no tenía importancia! ¡Por Dios! ¿Cómo no iba a tener
importancia que el pobre animal viera cómo asesinaban a su dueño y luego
tuviese que volver a casa a solas por una de las calles más transitadas de
Londres? Tal vez ella había pensado que de paso también iba a matar al perro.
Le hirvió la sangre al pensar en la flagrante muestra de inhumanidad que
aquello suponía. Tenía ganas de darle una patada a aquel hombre en la cara,
tumbado como estaba, pero por alguna razón no quería o no podía hacerlo con el
perro delante.
Sin embargo, no podía echarse atrás. Aquella
casa en Escocia le estaba aguardando. Tenía que comprarla. Se lo debía a Monty
y a Jefe. No iba a renunciar a todo ese dinero sólo porque aquella mujer hubiera
hecho las cosas mal una vez más. Había maneras de hacerlo. Por ejemplo, sujetar
al perro con la correa, cruzar la calle y llevarlo al lago Whitestone. De ese
modo estaría a salvo. Y para entonces, pensó Dick, también lo estaría su dueño,
quien ya había empezado a moverse y gemir. También podía ponerlo en el coche.
Sólo Dios sabía lo dócil y confiado que era aquel perro; ni siquiera sospechaba
lo que él había hecho, ni lo que se disponía a hacer... ¿Y luego qué iba a
hacer? ¿Matar al hombre y llevarse al perro a casa? ¿Arriesgarse a que le
vieran con el perro en el coche? Qué disparate. ¿Atarle a una farola? Jamás
había atado a un perro y no iba a hacerlo ahora.
Le embargó una fría desesperación. No estaba
enfadado con el perro, ni sentía ningún rencor hacia él, sino sólo la
impotencia y resignación de un padre cuyo hijo ha entrado en el dormitorio y le
ha interrumpido cuando está haciendo el amor. El hijo es, inevitablemente, lo
más importante.
Escondió la cuerda lentamente. Levantó con
brusquedad la cabeza de cabellos plateados. El hombre gimió. Al coger la correa
había notado que en el bolsillo también había un objeto duro y de metal, una
petaca de brandy. Dick la abrió y vertió parte de su contenido en la garganta
del hombre. El perro le observaba, meneando la cola.
–¿Dónde...? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha ocurrido?
Dick no se molestó en contestar.
–Me han dado un golpe en la cabeza. Dios,
cómo me duele. Me han robado, ¿verdad? –Se metió la mano en el bolsillo y, con
gesto impaciente, sacó una cartera–. Aún está aquí, gracias a Dios. A ver... a
ver si puedo sentarme. Dios, así está mejor. ¿Dónde está Bruce?
Ah, ahí está. Buen chico. Bruce. Me alegro de que estés bien.
–Es un buen perro –dijo Dick como ausente,
tras lo cual añadió–: Venga, será mejor que se agarre a mí. Tengo coche.
–Es usted muy amable, señor. Ha sido una
bendición que haya pasado por aquí precisamente ahora.
Dick no dijo nada. Cuando el hombre le agarró
del brazo y se apoyó en él, estuvo a punto de sentir náuseas. Sujetando a Bruce
con la correa, bajaron por los escalones en dirección al coche. Con el alivio
de dejar de sentir ese roce, ese peso muerto que olía al sudor causado por el
miedo, Dick puso a Bruce en el asiento trasero del coche y lo acarició, musitando unas palabras
para tranquilizarle.
La casa a la que el hombre le dijo que fuera
estaba en East Heath y era grande, casi del tamaño de una mansión. Las luces
brillaban en las ventanas. Dick sacó al hombre y le empujó hasta la puerta,
dejando que Bruce les siguiera. Llamó al timbre y una criada uniformada salió a la
puerta. Detrás de ella, en el vestíbulo, había una mujer joven y alta vestida
con un traje de noche.
Pronunció una única palabra: «¡Padre!», con
la voz destemplada por la consternación. Pero era la misma voz. Dick la
reconoció como ella reconoció la suya cuando, tras echar un vistazo y ver lo
lujoso que era el vestíbulo, él dijo:
–Tengo que irme.
Sus miradas se encontraron. Ella tenía el
semblante pálido y crispado, la viva imagen de la destrucción de sus
esperanzas. Dejó que su padre le cogiera del brazo y dijo bruscamente:
–¿Qué ha sucedido?
–Me han robado, cariño, pero ya estoy bien.
Afortunadamente este amable caballero pasaba por ahí en el momento oportuno.
Aún no le he dado las gracias como se merece. –Tendió la mano a Dick–. Pase,
por favor. Tiene que decirnos su nombre. No, insisto. Probablemente me ha
salvado la vida. Podría haber muerto de frío en ese sitio.
–No lo creo –dijo Dick–, teniendo a su lado a
su perro.
–¡Ya ve de lo que me ha servido! No tienes
mucho de guardaespaldas, que digamos, ¿eh, Bruce?
Dick se agachó y dio unas palmaditas al
perro. Luego se volvió y dijo:
–No se puede imaginar de cuánto le ha
servido.
Subió al coche sin mirar atrás. Antes de
alejarse, vio en el espejo que la mujer volvía a la casa mientras su padre se
quedaba aturdido en el camino de entrada haciendo unos grotescos gestos de
agradecimiento a su salvador.
Dick llegó a casa a las diez menos cuarto. Monty
le estaba esperando en el vestíbulo; Jefe, en cambio, seguía en el salón tumbado en
el sofá. Dick puso a Monty su mejor jersey, les ató a ambos las
correas y abrió la puerta principal.
–Primero vamos a tomar una cerveza antes de
que cierren el bar y luego iremos al parque, ¿de acuerdo, Monty?
–Tanto él como los perros olieron el aire cargado de polución. Monty
estornudó–. Jesús –dijo Dick–. Qué asco de sitio es éste, ¿verdad? Es una
verdadera pena que tengamos que esperar un poco más para irnos a Escocia.
Lentamente, pues Monty ya no podía correr, los
tres se dirigieron hacia George Tavern.
Divididos resistiremos
(Divided
We Stand, 1976)
Fue madre quien le habló a Marjorie del amigo
de Pauline, no ésta. Pauline no solía hablar mucho. Siempre había sido una
chica taciturna, aunque ya no se le podía seguir llamando una chica, pensó
Marjorie. Madre esperó a que saliera de la habitación para ir a buscar el té y
entonces, inclinándose en su silla y cerrando ambas manos sobre el mango de su
bastón, le dijo quedamente:
–Pauline ha hecho amistad con un caballero.
–¿Cómo se ha enterado, madre? –preguntó
Marjorie, una pregunta estúpida, ya que estando Pauline y ella siempre juntas
sólo había una manera en que madre pudiera enterarse.
–Estuvo aquí anoche. Vino después de que me
fuera a la cama, pero pude oírles hablar abajo. No se quedó mucho rato. Cuando
se disponía a irse, le oí decir: «Hablando como médico, Pauline...» Así que
supongo que le conoció cuando estuvo en aquel lugar.
A Marjorie no le gustaba que se hablara de
«aquel lugar». Era una estupidez (un prejuicio, decía George), pero un
manicomio seguía siendo un manicomio por mucho que ahora se le llamara hospital
psiquiátrico, y no quería pensar que su hermana hubiera estado en uno. Que
alguien hubiera sufrido una enajenación mental (¿por qué el especialista no
podía haberlo llamado una crisis nerviosa?) en el seno de la familia era algo
terrible.
–Tal vez viniera... bueno, como profesional
–dijo–, ¿No le ha preguntado usted?
–He preferido no hacerlo, querida. Ya sabes
cómo es Pauline.
Marjorie lo sabía. Pero ya no podían seguir
hablando de ello: Pauline había vuelto a la habitación con el té. Untó un bollo
con mantequilla para madre, lo troceó y puso a madre una servilleta al cuello,
todo ello sin pronunciar palabra.
–¿Por qué has sacado la porcelana buena?
–preguntó madre.
–¿Qué quiere decir, madre? –dijo Marjorie–.
Es la vieja porcelana azul que siempre utilizas.
–No, no lo es.
Marjorie empezó de nuevo a protestar, pero
Pauline le interrumpió.
–Déjalo. No puede verla. Ya sabes lo mal que
tiene la vista. –Entonces lanzó a su madre una de sus radiantes sonrisas de
enfermera–. Es cierto, he sacado la porcelana buena –dijo limpiándole a madre
las comisuras de los labios con una servilleta de papel.
Poco después de acabar el té, Marjorie se
fue. George y los niños eran una excusa perfectamente válida para hacerlo. No
podía quedarse mucho tiempo, madre lo comprendía. Además, había fregado antes
de irse, soportando las insistentes miradas de Pauline y su silencio, un
silencio que se le hacía más difícil de soportar que cualquier ruido.
El sábado por la tarde volvió de nuevo para
hacerles «una breve visita», como dijo, antes de ir de compras.
–Anoche vino otra vez –musitó madre.
–¿Quién?
–El amigo médico de Pauline. Se quedó hasta
muy tarde. Llamé a Pauline con mi timbre porque quería ir al baño. Ya eran las
once pasadas y todavía estaban hablando cuando volví a la cama.
Pauline estaba en el jardín, recogiendo la
ropa limpia de la cuerda para tender: sábanas, toallas, pañuelos y los
camisones de madre. Cuando entró en la habitación, Marjorie observó su aspecto
con inquietud. Su hermana parecía agotada. Era una mujer alta, morena y enjuta,
y ahora estaba tan delgada que los viejos pantalones deformados que llevaba
apenas se le sostenían sobre las caderas. Sus ojos, bordeados por unas oscuras
sombras, aparecían vidriosos, debido tal vez a las drogas que tomaba desde que
había salido de «aquel lugar».
–¿Tengo un grano? –dijo Pauline–. ¿O soy tan
bella que no puedes quitarme los ojos de encima?
–Perdona, estaba en las nubes. –Marjorie dijo
que tenía que irse antes de que cerraran las tiendas, y madre le dio las
gracias por haber venido a «ver a una vieja pesada como yo». Tras oír aquello,
Marjorie no se atrevió a mirar a Pauline de nuevo. Hizo las compras y regresó a
casa con el ánimo abatido, pero esperó a que los niños hubieran salido para
sincerarse con su marido. Cuando se hacía alguna alusión a madre, Brian, de
diecisiete años, y Susan, de dieciséis, solían decir, con la ignorancia de la
juventud, que la abuelita era un «verdadero encanto», que no les importaría en
absoluto que viniera a vivir a casa y que para tía Pauline era un «rollo» no
poder salir nunca.
–Pauline está viendo a un hombre, George.
–No me digas.
–En serio. Es un médico que conoció cuando
fue a aquel lugar de Hightrees. La ha visitado dos noches y se ha quedado hasta
muy tarde. Me lo ha dicho madre.
–Vaya con Pauline... –dijo George–. Ya debe
de tener cuarenta años por lo menos.
–Tiene cuarenta años –dijo Marjorie–. Sabes
perfectamente que es siete años más joven que yo.
–Sin embargo no lo parece, ¿no crees? La
gente siempre cree que tú eres la más joven de las dos. –George sonrió
cariñosamente a su esposa y cogió el periódico de la tarde.
–Préstame atención, George. No leas eso
ahora, que aún no he acabado. George, imagínate... imagínate que se casara.
–Las palabras salieron de su boca con precipitación, casi histéricamente–,
Imagínate que se casara con ese médico.
–¿Qué me dices? ¿Pauline?
–Sí, ¿por qué no? Ya sé que no es joven y que
no es ninguna belleza, pero cuando piensas en las mujeres que hay por ahí
casadas... ya me entiendes... La belleza no tiene mucho que ver con el
matrimonio; me da igual lo que la gente joven diga hoy en día. Si todas las
mujeres quieren casarse, ¿por qué no habría de querer hacerlo Pauline?
–Sí, pero no olvides que el hombre también
tiene que querer casarse.
–De acuerdo, pero míralo de esta manera. Él
es médico y Pauline siempre quiso ser médico, aunque madre no se lo permitió y
tuvo que conformarse con ser enfermera. Además Pauline tiene una mentalidad de
tipo masculino. Cuando quiere puede hablar de tal forma que no consigo
comprender ni jota. Es posible que tengan muchas cosas en común.
–Si así es, entonces le deseo buena suerte.
Desde que la conozco no ha salido con ningún hombre, así que si conoce a uno y
se casa... pues bueno, lo dicho, le deseo mucha suerte.
–Pero, George, ¿no lo comprendes? ¿Qué
pasaría entonces con madre? Lo normal es que un médico tenga una consulta, esté
cargado de trabajo y todas esas cosas. No querría quedarse con madre. Tú no
sabes lo que significa vivir con ella. Algunas noches llama a Pauline cinco o
seis veces para que suba a verla. Por cualquier nimiedad toca ese timbre que
tiene en la cabecera de la cama. Y cuando está levantada no la deja en paz: le
pide las gafas, la labor, las pastillas... Pauline no se queja, pero a veces
pienso que haría cualquier cosa por largarse de allí. Sé que no debería
decirlo, pero me pregunto si cuando madre sufrió el primer ataque no fingiría
la crisis que tuvo con la esperanza de no tener que volver nunca más...
–¿No crees que te estás poniendo nerviosa sin
motivo? –dijo George afablemente–. Por lo que sabemos, ese hombre sólo la ha
visitado en dos ocasiones. Tal vez no vuelva nunca más.
Sin embargo, ésta era la principal preocupación
que tenía Marjorie en su vida: que llegara el momento en que madre tuviera que
vivir con ella. Aún no acababa de comprender cómo había conseguido librarse de
ello hasta ese momento. Desde el comienzo de la enfermedad de su madre, ella
había sido la persona indicada para cuidarla. Por alguna razón, ella era y
siempre había sido la hija favorita de madre. Pauline debería haber sido el
chico. Todavía se acordaba de cuando tenía siete años y oyó a madre decir a sus
amigas: «Quiero tener más, pero esta vez será chico.» Paul. El nombre estaba
decidido, y ya tenían preparadas las ropitas azules para el niño. Madre nunca
se había sobrepuesto al hecho de que hubiera nacido niña. Marjorie recordaba
situaciones de cierta desatención y crueldad. Pauline había sido objeto de
duras palabras cuando había anunciado que quería estudiar medicina, y de
palabras crueles por no casarse. La casa de Marjorie era grande, lo bastante
como para que madre tuviera una habitación propia que le sirviera de dormitorio
y sala. No trabajaba y sus hijos se las arreglaban solos. Había tenido la gran
suerte de que Pauline no fuera Paul, ya que ningún hombre hubiera renunciado a
su trabajo, su piso y su modo de vida para cuidar de una madre que recibía tan
poco cariño como el que ofrecía...
No obstante, mientras madre viviera, nunca
sería demasiado tarde para que se produjese un cambio. Marjorie sabía que no
podía contar con el apoyo de George y los hijos. Incluso George se rendiría sin
ofrecer resistencia a la invasión de su casa a manos de una suegra, ya que no
sería él a quien madre haría levantar por la noche o daría la lata con las
corrientes de aire y el reumatismo y el colirio y la leche caliente... Él no
estaba obligado a escuchar sus interminables historias acerca de cómo eran las cosas
en 1910 o a atender cuando le formulase con tono lastimero la misma pregunta de
todos los días:
–¿Crees que llegaré al próximo invierno?
A pesar de ser la mayor, Marjorie siempre le
había tenido un poco de miedo a Pauline. De pequeña, su hermana había sido muy
reservada y. había pasado largas horas encerrada en su habitación. En aquel
entonces tenía un amigo imaginario, uno de esos personajes que a veces se
inventan los niños– (la hija de Marjorie, Susan, se había comportado de forma
muy similar). El problema era que el amigo de Pauline, Pablo, había sobrevivido
hasta el comienzo de su adolescencia y se había constituido en el pretexto para
la expresión de sus sentimientos: «Pablo dice que no quiere ir», decía cuando
se proponía una excursión a la que ella no quería ir; o «Pablo te odia», cuando
tenía necesidad de expresar el odio que ella misma sentía. Pablo había
desaparecido al llegar Pauline a la pubertad, y desde entonces Marjorie no
recordaba una sola ocasión en que su hermana hubiera expresado sus sentimientos.
No, no lo había hecho al morir padre ni al nacer muerto su primer hijo. Y
cuando le habían dicho que la única opción de que madre fuera internada en una
residencia que costaba sesenta libras a la semana era que ella dejara su casa y
su trabajo, había compuesto un gesto inexpresivo y se había limitado a
responder.
–Supongo que entonces no tengo elección.
Ni una vez había insinuado que Marjorie
también pudiera ser una opción y, sin embargo, la primera vez que ella había
visitado la nueva casa de madre y Pauline, ésta, que siempre le había dado un
beso cuando se reunían y otro al despedirse, había evitado discreta pero
inequívocamente hacerlo. Desde aquel día no habían vuelto a besarse. Ni cuando
madre había sufrido su segundo ataque, ni cuando madre había pasado una
temporada en el hospital y ella había ido a visitar a Pauline a Hightrees. Ni
una queja acerca de la dureza de sus obligaciones se había escapado de sus
finos y rígidos labios, ni una protesta le había dirigido a madre, por muy
exigente que ésta pudiera ser. Al contrario. Lo único que hacía era ofrecer de
vez en cuando con voz fría y monótona una relación de las tareas que había
llevado a cabo desde la noche anterior.
–Madre me ha despertado a medianoche, a las
cuatro y las cinco, y aun así tenía la cama mojada por la mañana. Para las ocho
ya lo tenía todo lavado. Luego he limpiado el salón y he ido de compras, pero
me he olvidado de la receta de madre, y he tenido que volver por ella.
Marjorie se quedaba encogida, presa de la
vergüenza y los sentimientos de culpa, al oír la enumeración, y se echaba a
temblar cuando al acabar Pauline le miraba con sus grandes ojos vidriosos, en
los que se diría que brillase una chispa de amarga ironía. Aquellos ojos le
decían lo que sus labios nunca dejaban escapar: «Quien tiene recibirá, pero a
quien tiene no se le podrá quitar nada, ni siquiera lo que tiene.» Marjorie
podría haberlo llevado mejor y habría estado menos inquieta y angustiada si
hubieran tenido una buena pelotera. Pero eso era imposible con Pauline. Si ella
se disculpaba por no haber hecho una visita, Pauline respondía: «Da igual. Haz
lo que quieras.» Si le decía que se animara, ella le espetaba: «Estoy bien.
Déjame en paz.» Si le expresaba su comprensión al tiempo que se excusaba por
tener que cuidar de su propia familia, ni siquiera obtenía respuesta, a menos
que una mirada de profundo desdén se considere una respuesta. Así pues,
Marjorie creía que no podía, al menos por ahora, abordar a Pauline para hablar
de su amigo el médico.
Una semana más tarde, sin embargo, se vio
obligada a hacerlo. En cuanto entró en la habitación de madre, se dio cuenta de
que había sucedido algo que la había molestado. Sus labios mostraban una
expresión de enfado y no dejaba de mirar a Pauline como si estuviera dolida y
de mal humor. Ésta se limitaba a permanecer sentada, decidida a no dejarlas
solas ni un momento, pese a que seguramente sabía que madre se moría por hablar
con Marjorie a solas. Sin embargo, a las tres llamó el hombre de la lavandería
y, por suerte para madre, Pauline tuvo que quedarse casi cinco minutos en el
portal discutiendo con él porque al parecer se había perdido la funda de una
almohada.
–Anoche volvió a venir el hombre del que te
hablé, Marjorie –dijo madre–, y entró en mi habitación para hablar conmigo.
Intentó intimidarme, Marjorie, y me dijo unas cosas terribles.
–Dios santo, madre, ¿qué me está usted
diciendo?
–Oh, querida, espero que Pauline tarde un
poco en volver... La oí hablar abajo. Anoche, a eso de las diez, más o menos.
Yo ya me había bebido mi vaso de agua y Pauline me había traído otro, pero no
podía conciliar el sueño. Tenía calor. Llamé a Pauline para que me quitara el
edredón. Tuve que tocar el timbre varias veces para que viniera y, claro, no
pude evitarlo..., para entonces ya se me saltaban las lágrimas, Marjorie.
–Madre aspiró por la nariz y tragó saliva–. Entonces, ese hombre, ese médico,
irrumpió en mi habitación y empezó a intimidarme.
–¿Pero qué le dijo?
–Fue muy grosero. No me dijo más que
impertinencias, Marjorie. Ojalá le hubieras oído, ojalá hubieras estado aquí
para salir en mi defensa. Además Pauline no vino, así que tuvo tiempo de sobra
para soltarme todos los gritos que quiso.
Marjorie estaba horrorizada.
–¿Pero qué le dijo, madre?
–Se pensará que porque es médico puede... Un
médico no tiene derecho a decirle lo que le dé la gana si no eres su paciente,
¿verdad?
–Madre, por favor, dígame qué le dijo antes
de que vuelva Pauline.
–Me dijo que era una mujer muy afortunada y
que debería hacerme cargo de ello, y que era egoísta y exigente y que había
conseguido que mi hija tuviera una depresión, y que si no dejaba de llamarla
por la noche tendría otra... Oh, Marjorie, fue horrible. Siguió hablando y
hablando con una voz muy profunda y autoritaria. Yo me eché a llorar y pensé
que me iba a agarrar para zarandearme, pero se quedó en la puerta, delante de
la luz, señalándome con el dedo y gritándome...
–Oh, por Dios –dijo Marjorie.
Ahora sí que tendría que hablar con Pauline.
Soltó un suspiro de consternación. ¿Por qué tenía que suceder eso? No le
importaba mucho lo que alguien pudiera decirle a madre (le vendría bien, ya
que, al fin y al cabo, era todo cierto), pero que una persona le hiciera ver a
Pauline una situación en la que posiblemente ella nunca se había parado a pensar.
Si volvía a suceder... Salió al vestíbulo y detuvo a Pauline en el momento en
que se despedía del hombre de la lavandería.
–Madre no ha dejado de hablar de ello desde
que ha abierto el ojo esta mañana –dijo Pauline.
–Bueno, no me extraña. Ya sabes que no me
gusta criticar lo que haces, pero no deberías permitir que nadie... bueno, que
cualquier desconocido moleste a madre.
Pauline dejó caer la pesada cesta de la
lavandería sobre la mesa de la cocina. Parecía más cansada que nunca. Tenía la
piel estropeada, como si se le hubiera ajado como consecuencia de la falta de
sueño, tranquilidad y diversión. Se encogió de hombros.
–¿Y le crees? ¿Te tragas todos esos
disparates como si fueran el evangelio?
–¿Qué quieres decir con eso? ¿Que no tienes
un amigo que es médico? ¿Que no entró anoche en la habitación de madre e
intentó intimidarla? ¿Que es todo fruto de su imaginación?
–Exacto –dijo Pauline lacónicamente mientras
llenaba la tetera–. Se lo ha imaginado todo; empieza a estar senil.
–Madre nunca ha tenido mucha imaginación. Le
oyó. Es más, le vio.
–Madre ya no puede ver –dijo Pauline–. O al
menos no mucho. Lo habrá soñado.
Por un momento Marjorie tuvo la certeza de
que estaba mintiendo. Aunque una nunca podía estar segura con Pauline. Además,
¿qué era más verosímil? ¿Que Pauline negara la existencia de un amigo con el
que sólo podía salir ganando tanto desde el punto de vista afectivo como el
práctico o que madre, que ya tenía ochenta años y estaba medio ciega y, como
decía Pauline, tal vez senil, convirtiera una pesadilla en realidad? ¿Sería
posible, se preguntó Marjorie, que las palabras de madre no fueran más que el
reflejo de su conciencia? Era algo descabellado, desde luego, o como decían sus
hijos, una «pasada», pero ¿y si resultaba cierto? La posibilidad era casi
demasiado desagradable como para planteársela. Tendría que hablar con George
para expresarlo con palabras.
–Vaya con Pauline... Siempre ha sido muy
enigmática. De todos modos, me puedo imaginar a qué está jugando. Va a mantener
a ese hombre en segundo plano hasta que se le declare.
–¡Oh,
George, no...! Aunque lo cierto es que, cuando me referí a
él, Pauline hizo un gesto muy curioso. ¿Sabes qué me da más miedo, George? Que
si piensa de esa manera y se casa con Pauline, ese hombre no querrá que madre
vaya a vivir con ellos.
A Marjorie empezó a dolerle la cabeza como
consecuencia de todo aquel engorro, de tal suerte que cuando llegó el día de la
visita de rigor, tuvo que llamar a casa de madre para decir que no podía ir. Le
respondió una voz de hombre.
–¿Dígame?
–Lo siento, creo que me he equivocado de
número. Quería hablar con la señorita Needham.
–La señorita Needham está acostada,
disfrutando de un merecido descanso.
La voz era profunda, culta, autoritaria.
–¿Es usted por casualidad la señora Crossley?
Marjorie dijo que sí con la respiración
contenida, pero estaba demasiado desconcertada como para interesarse por su
madre y preguntarle quién era él. No le preocupaba mucho la respuesta a la
primera pregunta y sabía la de la segunda. Además, el hombre le había
interrumpido profiriendo una serie de insolencias intimidatorias.
–Señora Crossley, en mi calidad de médico no
creo que traspase los límites del decoro si le digo que, en mi opinión, está
usted adoptando una actitud irresponsable con respecto a lo que está sucediendo
en esa casa. Estaba esperando la oportunidad para decírselo. Según me ha dicho
su hermana, no parece que haya ningún motivo para que usted no comparta la
responsabilidad de cuidar de la señora Needham.
–Yo no... no... –balbuceó Marjorie, atónita.
–No, usted no lo comprende, ¿verdad? Tal vez
no haya querido pararse a pensar en ello con detenimiento. Su madre es una
mujer extremadamente egoísta y exigente. He hablado con ella, aunque sé por
experiencia que es inútil decirle cuatro verdades a una persona que tiene esa
edad y se encuentra en su condición.
Así que era cierto. Marjorie sintió un
arrebato de auténtica ira hacia Pauline.
–Creo que eso le corresponde juzgarlo al
médico de mi madre –le espetó–. No creo que un desconocido...
–¿Un desconocido? –Marjorie podría haberle
soltado cualquier barbaridad–. Soy amigo íntimo de su hermana, señora Crossley,
tal vez el único amigo que tenga. Así que no me hable de desconocidos. Si
siente algo por su hermana, estoy seguro de que comprenderá...
–Prefiero no hablar de este tema –dijo
Marjorie casi a voz en grito. Estaba a punto de estallarle la cabeza–. No es
asunto suyo y no me interesa discutirlo con usted.
Se lo contó a George.
–Me ha dicho que es un amigo íntimo, su único
amigo de verdad. Lo están tramando juntos, George. Ese hombre tiene intención
de casarse con ella, pero antes quiere quitarse a madre de encima. Está
buscando la manera de que yo me encargue de ella para luego casarse con Pauline
y... Oh, George, ¿qué voy a hacer?
No ir a ver a madre o a Pauline, por de
pronto. Marjorie prolongó su dolor de cabeza hasta las fechas en que tenía que
hacer las dos visitas siguientes, tras las cuales medio inventó medio sufrió
una infección vírica. Naturalmente tuvo que llamar y dar una explicación, y
cuando marcó el número la mano le tembló por miedo a que fuera de nuevo ese
desagradable hombre quien contestara. Pero no ocurrió tal cosa. Pauline se
mostró más brusca que nunca. Ella no mencionó a su amigo el médico, aunque
cuando iba a colgar el auricular creyó oír un murmullo de fondo que identificó
como su voz. Estaba hablándole a madre.
Fueron George y Brian quienes finalmente
fueron a visitar a madre. Marjorie estaba en la cama cuando regresaron,
encogiéndose bajo las sábanas y manteniendo el termómetro debajo de la manta
eléctrica para intentar subirle la temperatura por encima de los 37 grados.
No habían visto, le dijeron, al amigo de
Pauline, pero la abuelita no había parado de hablar de él. Le parecía
encantador y estaba totalmente cautivada por él. Mientras hablaba, Pauline
había permanecido sentada, mostrando una gran reserva y lanzando de vez en
cuando una fugaz mirada de impaciencia.
–Tiene un nombre ruso –dijo George. Sin
embargo, no recordaba cuál, y Brian no dejaba de decir tonterías sobre perros y
reacciones y otras cosas que Marjorie no comprendía–. Vive en Kensington y
tiene una consulta muy grande. Una de esas casas grandes que hay en Campden
Hill. Ya sabes cuáles. Pauline trabajó de enfermera particular en una de ellas
hace unos años. Toda una coincidencia.
Marjorie no quería oír hablar de
coincidencias.
–¿Va a casarse con ella?
–Por la opinión que tiene abuelita de lo que
él dice –dijo Brian–, supongo que sí.
–¿Qué quieres decir?
–Bueno, tía Pauline ha ido a prepararnos café
y mientras lo hacía abuelita nos ha contado que él siempre le está diciendo lo
maravillosa e inteligente que es su hija y la cantidad de tiempo y
oportunidades que ha perdido y esa clase de cosas.
–Vaya. Abuelita ha debido de cambiar mucho.
Nunca ha dicho una palabra amable sobre tu tía.
–Ha cambiado, en efecto –dijo George–. Está
completamente de acuerdo en que Pauline se vaya de casa y viva su propia vida y
en que ella venga a vivir aquí con nosotros. Por lo visto, el médico... el
amigo de Pauline, le ha dicho que sería una buena idea. Y, francamente, Marje,
creo que a la larga tal vez sea lo mejor. Si abuelita vendiera la casa, nos
dejase parte del dinero y ampliáramos ésta...
–Además yo empiezo la universidad en otoño
–agregó Brian.
–Nunca me ha parecido demasiado justo –dijo
George– que la pobre Pauline cargue sola con toda la responsabilidad de cuidar
de abuelita. Ni siquiera se lleva bien con ella...
–Abuelita es un encanto con la gente con la
que se lleva bien –dijo Brian.
–¡No voy a hacerlo! ¿De acuerdo? –gritó de
pronto Marjorie– ¡Y nadie va a obligarme a ello!
Durante cierto tiempo nadie lo intentó.
Marjorie prolongó su enfermedad durante el tiempo que pudo, aumentándola con
dolores en la espalda y vagos síntomas de menopausia. Madre nunca utilizaba el
teléfono, y Marjorie podría haber contado con los dedos de una mano el número
de veces que Pauline la había llamado durante los dos últimos años. Ahora no
había comunicación entre las dos casas. Marjorie empezó de nuevo a salir, pero
evitó acercarse a casa de madre; su familia, George, Brian y Susan, deseando
tal vez impedir un nuevo ataque de histeria, había decidido no tocar el tema de
su madre. Hasta que un día George dijo:
–El amigo médico de Pauline me ha llamado al
trabajo.
–No quiero saberlo, George –dijo Marjorie–.
No es asunto suyo. Ya te he dicho que no quiero que madre venga aquí. Y no voy
a cambiar de opinión.
–El caso es que ya me ha llamado un par de
veces antes –confesó su marido–, pero viendo cómo te afecta el tema he evitado
decírtelo.
–Claro que me afecta. Estoy enferma.
–No, no lo estás –dijo George con inesperada
firmeza–. Estás perfectamente. Una mujer enferma no hubiera tomado una comida
como la que te acabas de tomar. Es Pauline quien está enferma. Marje... Está a
punto de sufrir una crisis nerviosa. Su amigo me lo ha dicho de la manera más
agradable posible. Es un hombre realmente amable. Tenemos que hacer algo al
respecto.
–Cualquier hombre –dijo Marjorie, llorosa– se
alegraría de tener una esposa que impidiera que su madre fuese a vivir con
ellos.
–Bueno, yo no soy cualquier hombre. No me
importan los problemas y los gastos añadidos que pueda acarrear. Todos haremos
nuestra parte, Brian y Susan también. ¿No lo comprendes? Ahora nos toca a
nosotros. Pauline lleva ya dos años encargándose de ello. El médico dice que va
a sufrir otra depresión si no lo hacemos, y sólo Dios sabe lo que eso puede
acarrear...
–Estáis todos en contra mía –dijo Marjorie
entre sollozos. Era su marido y no le importaba decir cualquier cosa en su
presencia–. Pauline tiene pastillas de cuando era enfermera, y morfina y no sé
qué más. Tiene que ser posible practicar... ¿cómo se dice?, la eutanasia. Tiene
que haber una manera de evitar que las personas como madre sufran.
Él la miró entornando los ojos.
–No la hay. Tal vez los perros tengan más
suerte que las personas. No hay un hospital geriátrico que pueda acogerla. No
hay nadie excepto nosotros, Marje, así que será mejor que dejes de llorar y te
vayas haciendo a la idea.
Podía imaginarse lo que aquello iba a
suponer. Madre tardaría meses en vender la casa y conseguir el dinero para
ampliar la suya, y seguramente pasaría un año antes de que la ampliación
estuviera acabada. Además, cuando estuviese acabada y madre se instalara, las
cosas serían difíciles, por lo que no quería ni pensar en cómo serían hasta que
llegara el momento... Su salón pasaría a ser un dormitorio, perdería todas las
noches acostando a madre, noches que serían más difíciles incluso que cuando
Brian y Susan eran pequeños... Además ya no tenía treinta años. Apenas podría
oír la televisión cuando madre se acostara, tendría que reducir el tiempo que
dedicaba a salir de compras, se acabarían las tardes de cine... Marjorie se
preguntó si tendría la valentía de arrojarse por las escaleras y romperse una
pierna para que comprendieran que era imposible traer a madre a casa. Pero
corría el riesgo de romperse el cuello...
Mientras tanto, Pauline viviría rodeada del
esplendor de Campden Hill, la señora de fulano de tal, con un nuevo marido, un
hombre rico, culto e importante, celebrando fiestas, recibiendo a eminentes
cirujanos, profesores y vete tú a saber... Y viajando al extranjero. Era
insoportable. Tal vez no tuviera el valor de arrojarse por las escaleras, pero
quizá lo tuviera para encararse con Pauline y decirle que no. No, no lo voy a
hacer. Tú te hiciste cargo, así que tienes que seguir hasta el final. Sufre una
crisis, una depresión, vuélvete loca, muérete... Sí, muérete antes de que
arruine mi vida por tu culpa.
Naturalmente, no se lo diría de esa manera.
Se mostraría firme y comprensiva. Incluso se ofrecería a quedarse con madre
cuando ella tuviera que salir. Cualquier cosa, lo que fuera menos un arreglo
permanente que la encadenaría de la misma manera que había encadenado a
Pauline.
Las cosas nunca son como las imaginamos.
Ninguna situación se parece a lo que prevemos. Cuando por fin llamó, Marjorie
esperaba encontrarse con una Pauline colérica y rencorosa, tal vez incluso
preocupada por los planes de la boda. Esperaba encontrarse a madre
desconcertada ante los cambios propuestos en su vida. Y la dos, pensaba,
estarían resentidas con ella por su larga ausencia. Sin embargo, madre se
mostró como siempre, contenta de verla, ansiosa de estar con ella a solas para
musitarle sus pequeñas confidencias y más ansiosa todavía por saber si estaba
mejor. Con sus débiles ojos buscó señas de debilidad en el rostro de Marjorie,
le cogió de la mano y la abrazó para que no se enfriara. Nada más lejos de la
imagen que tenía Marjorie de una futura esposa que la que ofrecía Pauline.
Parecía más delgada que nunca, y su cara, oscura como un moretón, manchada de
sombras y arrugada como una pasa, le trajo a la memoria unas fotografías que
había visto en la que aparecían unos mendigos indios. Cuando fue a preparar el
té, Marjorie la siguió hasta la cocina y, armándose de valor, dijo:
–¿Cómo sigues, Pauline?
–Bien. Como siempre. –Y aunque Marjorie no le
había preguntado nada, añadió–: Madre me ha hecho levantarme cinco veces esta
noche. Se ha caído en el pasillo y la he tenido que arrastrar hasta la cama.
Los de la lavandería no han venido, así que he tenido que lavar las sábanas. No
sabes lo que cuesta que se sequen cuando llueve tanto como hoy.
–Estaba pensando que podría venir dos tardes
por semana y quedarme con ella para que tú puedas salir. No hay razón por la
que no pueda llevarme parte de la colada y meterla en mi lavadora. Y ya
puestos, podría llevármela toda. Todas las semanas.
Pauline se encogió de hombros.
–Haz lo que quieras.
–Bien, puedes ofenderte así si lo deseas
–dijo Marjorie subiendo la voz al tono necesario–, pero ¿qué quieres que diga
si sigues quejándote de ese modo?
–No me quejo.
–Es posible, pero todos lo hacen... Sabes
perfectamente a quién me refiero. No puedo aceptar todas estas intromisiones y
fingir que no sucede nada.
–Yo no llamaría entremetido a un marido.
Por un momento Marjorie pensó que se refería
a George. El hecho de comprender lo que realmente había querido decir le dio el
acicate que necesitaba.
–Será mejor que te lo diga sin rodeos.
Pauline, no voy a permitir que madre venga a vivir con nosotros, y no hay más
que hablar. Haré todo lo que esté a mi alcance, pero eso no. Nadie puede
obligarme a hacerlo y no voy a hacerlo. –Pauline no respondió.
Tomaron el té sin abrir apenas la boca.
Marjorie no recordaba haberse sentido tan incómoda en toda su vida. En el
portal, antes de irse, dijo:
–Dime qué noches quieres que venga, y llámame
para avisarme cuándo quieres que George pase con el coche a recoger la colada.
–Me da igual –dijo Pauline–. Yo estoy siempre
en casa.
No llamó, por supuesto. Marjorie sabía que no
iba a hacerlo. ¿Qué sentido tenía entonces ir a casa de madre por la tarde si
Pauline no quería salir y estaba tan a gusto en casa con el médico?
–No vamos a quedarnos con madre –le dijo a
George–. Ya es definitivo. Lo he aclarado todo con Pauline. Ella es
perfectamente capaz de seguir cuidando de madre si yo le ayudo un poco.
–Eso no es lo que me han dicho.
–Pues es lo que yo te digo. –Marjorie no
aguantaba la manera con que George la miraba últimamente, con un aire frío y
distante, como de reproche–. Ya ha terminado la colada esta semana, y la
siguiente dejará las sábanas y las cosas más pesadas en la lavandería. He
pensado que podríamos ir el viernes a recoger las prendas pequeñas para
lavarlas en mi lavadora.
Así pues, Marjorie llamó el jueves. Lo hizo
por la mañana para evitar que le contestara aquel hombre. Los médicos no tienen
tiempo para hacer visitas de carácter social por la mañana. Fue Pauline quien
respondió.
–Vale. Mañana, si así lo prefieres.
–Es lo que tú prefieres, Pauline –dijo
Marjorie pensando que por lo menos podría haberle dicho gracias.
Añadió que pasarían a las siete. Sin embargo,
cuando llegó la hora George todavía no había regresado, de modo que Marjorie
tuvo que llamar a casa de su madre. Daba igual si era él quien respondía. Le
demostraría que no era la mujer indiferente que ella creía. Respondió él. Y se
mostró bastante cortés. ¿Que el señor y la señora Crossley no podrían pasar
hasta las ocho y media? No importaba. Todavía estaría allí y se sentiría
encantado de conocerlos.
–Por fin vamos a poder verle la cara –le dijo
Marjorie a George cuando éste llegó a la puerta–. Eso sí, que no se te olvide.
Espero que me apoyes si se habla del disparate ese de que nos tenemos que
quedar con madre y todo lo demás. Unidos resistiremos, divididos perderemos.
La casa de madre estaba a oscuras y la luz
del vestíbulo no se encendió hasta que Marjorie llamó al timbre. Llamó una vez
más y luego lo hizo George.
–¿Tienes llave? –dijo George.
–En el bolso. Oh, George, ¿piensas que...? Ya
sabes...
–No lo sé. Vamos, abre la puerta.
No había nadie en el vestíbulo ni en las
habitaciones de la planta baja. Marjorie, que había encendido las luces, empezó
a subir por las escaleras seguida de George. A mitad de camino oyó una voz de
hombre que hablaba con tono tranquilizador pero con autoridad. Venía de la
habitación de madre, cuya puerta estaba entreabierta.
–Ha sido lo mejor, Pauline. Le he dado
doscientos miligramos mezclados con la leche. No ha sufrido. Se ha quedado
dormida, Pauline, eso es todo. –La voz sonaba con un extraño timbre mecánico.
Marjorie soltó un gemido ahogado. Se agarró a
George, hundiendo los dedos en uno de sus hombros. Él la apartó a un lado para
seguir subiendo, y entonces volvió a oír la voz, las mismas palabras repetidas
con el mismo tono mecánico e hipnótico.
–Le he dado doscientos miligramos mezclados
con la leche. No ha sufrido. Era lo único que se podía hacer. Lo he hecho por
ti, Pauline, por nosotros...
George abrió la puerta del dormitorio de
golpe. Madre estaba tumbada boca arriba, con el rostro céreo e inerte de una
muerta y los ojos, incapaces ya de ver nada, totalmente abiertos. En la
habitación no había nadie más que Pauline.
Pauline se levantó en cuanto entraron, y
haciéndoles con la cabeza una señal de silenciosa dignidad, puso los dedos
sobre los ojos de madre y le bajó los párpados. Marjorie se había quedado
helada, paralizada de terror, como si estuviera en presencia de algo
sobrenatural. Entonces Pauline se apartó de la cama y avanzó hacia ella con la
mano derecha extendida, ofreciéndole el auricular.
Con voz profunda, culta y autoritaria, una
voz cuyo tono intimidatorio por teléfono quedaba ahora suavizado por la
condolencia ante la muerte, dijo:
–¿Qué tal está? Soy el doctor Pavlov. Es una
lástima que tengamos que conocernos en circunstancias tan tristes pero...
Marjorie empezó a chillar agudamente.
[1] Juego de palabras intraducible. El mote de Alice en el original
es Mop, voz que significa «trapo», «greñas» y «fregar». La descripción
shakesperiana a la que hace referencia el texto original es mopping and
mowing, expresión actualmente en desuso y que significa «hacer muecas». (N.
del T.)
[2] Nombre de un personaje que aparece en un poema de William
Wordsworth. (N. del T.)

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