UN DEMONIO PARA MÍ
(A Demon in My View, 1976)
Ruth Rendell
Para Margaret Rabbs, con amor
Desde la hora de la infancia
yo no he sido
como los otros eran; no he visto
como veían los otros; no podía extraer
mis pasiones de una fuente común.
No he tomado de la misma fuente
mi aflicción; no podía despertar
mi corazón a la alegría en el mismo tono;
y todo lo que yo amaba, lo amaba solo.
Entonces, en mi niñez, en el amanecer
de la vida más tempestuosa, se extrajo
de todas las profundidades del bien y el mal
el misterio que me ata aún...
Y la nube que adoptaba la forma
(cuando el resto del Cielo era azul)
de un demonio para mí.
como los otros eran; no he visto
como veían los otros; no podía extraer
mis pasiones de una fuente común.
No he tomado de la misma fuente
mi aflicción; no podía despertar
mi corazón a la alegría en el mismo tono;
y todo lo que yo amaba, lo amaba solo.
Entonces, en mi niñez, en el amanecer
de la vida más tempestuosa, se extrajo
de todas las profundidades del bien y el mal
el misterio que me ata aún...
Y la nube que adoptaba la forma
(cuando el resto del Cielo era azul)
de un demonio para mí.
Edgar Allan Poe
El sótano estaba dividido en habitaciones. Cada una de estas cavernas,
salvo la última, estaba atestada de los desperdicios que normalmente llenan las
bodegas de las casas viejas: bicicletas rotas, viejas maletas de cuero
cubiertas de moho, cajones, sillas sin patas y sin brazos, cacharros de
porcelana rotos, periódicos amarillentos atados con cuerdas y, en montones,
cilindros y tubos y varillas y argollas y espirales de metal, inidentificables,
que en otros tiempos, hacía mucho, habían unido o atornillado o fijado alguna
cosa. Toda esta basura estaba cubierta de la suciedad negra y gruesa que
siempre está presente en las bodegas. El lugar olía a carbonilla y moho.
Entre los montones de basura se había
despejado un paso desde las escaleras a la primera entrada sin puerta, luego
hasta la segunda entrada y después hasta la habitación vacía del fondo. Y en
esta habitación, invisible aún en la absoluta oscuridad, había una figura de
mujer apoyada contra la pared.
Él bajó las escaleras con la linterna en la
mano. No la encendió hasta después de haber cerrado la puerta y corrido el
cerrojo. Luego, guiado por su haz de luz, fue avanzando lentamente a lo largo
del pasillo bordeado de basura. Sólo se oía el roce de sus zapatillas sobre la
piedra mugrienta, pero cuando entraba en la segunda habitación le pareció oír
una respiración contenida, un leve gemido de miedo. Sonrió, pero estaba
temblando, hasta la mano que sostenía la linterna tembló un poco.
En la segunda entrada elevó el haz de luz, lo
desplazó del ángulo inferior izquierdo de la habitación hacia arriba y luego
hacia abajo, después lo movió lánguidamente hacia la derecha. Vio paredes
desconchadas, un techo fisurado del que colgaban telarañas. Vio viejos cables
eléctricos rotos y desechados, un hilo de agua viscosa que manaba de la fisura
de un ladrillo partido y luego, descendiendo en un arco hacia abajo, vio
aquella figura de mujer.
Su rostro blanco, bello, sin tacha alguna en
la piel ni en los rasgos, le miraba inexpresivo. Pero él imaginó, mientras la
linterna temblaba en su mano, que ella se había encogido y había apretado aún
más contra la pared su frágil cuerpo vestido con un traje negro corto. Él no
dijo nada. Nunca había sabido hablar con las mujeres. Sólo había una cosa que
sabía hacer a las mujeres y, avanzando ya, sonriendo, la hizo.
Dejó la linterna en un saliente de ladrillo
situado a la altura de sus rodillas, de modo que la mujer quedase en la sombra
y que la habitación adquiriese el aspecto de una calleja apenas iluminada.
Luego se aproximó a la mujer, que estaba paralizada, y, sin encontrar
resistencia (él habría preferido resistencia), le echó las manos al cuello.
Siguió sin haber resistencia, pero lo que
pasó después fue casi igual de satisfactorio. Cerró las manos hasta que los
dedos se juntaron, y cuando el índice apretó contra el pulgar, aquel blanco y
bello rostro cambió, se demudó, se retorció dolorosamente y se hundió. Cuando
la cabeza de ella cayó hacia un lado él lanzó un gemido ronco. La soltó,
tambaleándose por el terremoto que rugía en su interior, y la dejó caer, boca
abajo y tiesa sobre el hollín del suelo con huellas de pisadas.
Tardó en recuperarse unos minutos, se limpió
las manos y los labios con un pañuelo blanco. Cerró los ojos, los abrió,
suspiró. Luego levantó del suelo el maniquí de plástico y volvió a colocarlo
apoyado contra la pared. Seguía teniendo la cara hundida. La limpió de polvo
con el pañuelo y luego introdujo los dedos en la hendidura del cuello, una
hendidura que iba haciéndose mayor cada vez que la mataba, empujó hacia fuera
la nariz hundida y los ojos arrugados y la barbilla achatada hasta que aquella
cara volvió a ser lisa y bella.
Luego le arregló el vestido y volvió a
colocarle en el brazo el bolso que se le había caído. Estaba ya en condiciones
de volver a morir por él. Debía transcurrir una semana, o quince días, pero él
volvería. Era bueno, lo mejor de su vida: simplemente saber que ella estaba
allí, esperando hasta la próxima vez...
1
Las casas eran conejeras para personas,
pequeños hormigueros de incomodidad. Aunque casi todas habían sido construidas
para albergar a una sola familia, luego habían sido divididas en cuatro o cinco
unidades independientes. Lo desagradable del arreglo lo hacía patente una
hilera de timbres –siete en una casa de ocho habitaciones–, los cubos de basura
que habían sustituido a los rosales en los parterres de la entrada, el lento
deterioro de una ventana tapiada con tablas, la barandilla de un balcón
remendada con tela metálica, una puerta sin pestillo que golpeteaba continua y
monótonamente contra el quicio.
En la acera de los impares de Trinity Road
las casas eran altas y con sótanos elevados, de manera que los tramos de
escalera de las puertas de entrada parecían asaltar el centro mismo de aquellas
viviendas igual que máquinas de asedio. Las de la otra acera eran casas
adosadas de ladrillo marrón, de aspecto más humilde y de sólo tres plantas.
Delante del número 142 había aparcado un Jaguar verde grande y resplandeciente.
Por la parte interior de la ventanilla trasera cabeceaba un perro de juguete y
del centro del parabrisas colgaba una muñeca rubia ataviada con un biquini.
Aquel coche resultaba incongruente en Trinity
Road, por la que tantos vehículos solían pasar sin detenerse. Al otro lado del
muro bajo que delimitaba el parterre de fachada del número 142 había dos tilos
cortados, tocones que portaban en sus extremos excrecencias de hojas coriáceas
que les daban aspecto de vegetación prehistórica. Tras ellos había un pequeño
sector de turba marrón. En la planta baja había una galería, con cortinas de
color naranja; sobre ella dos ventanas con cortinas verdes de flores, raídas,
con un rasgón una de ellas; en el piso superior había cortinas de terciopelo
marrones que, abiertas, dejaban al descubierto un paño blanco con volantes como
el corpiño de un camisón de mujer.
Un tramo de escalones bajos, de gastado
granito color rosa, conducía a una puerta de madera que podría haber sido de
cualquier color, verde, marrón, gris, dado el mucho tiempo que había sido
pintada por última vez. Pero los cristales de la puerta conservaban su brillo
apagado de siempre, un verde ficus y el marrón oscuro del vino agrio, ese tipo
de vidriera tan frecuente en los ventanales de las capillas del siglo pasado.
Había cinco timbres, todos, salvo el de más abajo,
rotulados. Un psicólogo habría deducido muchas cosas de los variados y
distintivos rótulos de aquellos timbres. El de más arriba tenía debajo una tira
de papel escrita a máquina, encapsulada en un cuadradito de plástico claramente
diseñado con ese fin, y rezaba: «Piso 2, señor A. Johnson.» Debajo del timbre
siguiente, en un trozo de tarjeta sujeto con cinta adhesiva, se leía,
garrapateado a mano con letra audaz e irregular: «Jonathan Dean.» Debajo del
tercer timbre había dos etiquetas que parecían disputarse la preeminencia. Una
era de plástico marrón con letras en relieve: «Piso 1, B. Kotowsky.» Su rival,
que parecía intentar desplazarla, pegada a un extremo de ella con un grumo de
cola, proclamaba escrito con rotulador: «Señora V. Kotowsky.» Por último había
un frívolo óvalo de cartón anaranjado en el que, debajo de un par de caracteres
chinos hechos a pincel, el visitante podía leer: «Habitación 1, Li-li Chan.»
El espacio situado debajo del último de los
timbres estaba vacío, lo mismo que lo estaba la habitación 2, con la que se
hallaba conectado.
Entre la puerta de aquella habitación vacía y
la larga extensión diagonal de la parte inferior de la caja de escalera, en un
espacio sucio y sin ventanas, tenía su oficina Stanley Caspian, el casero.
Estaba amueblada con un escritorio y dos sillas. En la parte superior de unas
estanterías rebosantes de papeles que cubrían la pared del fondo había una
cafetera eléctrica y un par de tazas y platitos. En el vestíbulo no había más
muebles que una mesa rectangular de caoba adosada a las barandillas, enfrente
del cuarto de baño de la planta baja.
Stanley Caspian estaba sentado ante el
escritorio, como siempre que iba al 142 para su entrevista del sábado por la
mañana con Arthur Johnson. Arthur estaba sentado en la otra silla. Sobre la
mesa los libros de la renta y los cheques de los inquilinos estaban abiertos.
Cada libro tenía su propio sobre marrón con el nombre del inquilino impreso.
Esto había sido una innovación de Arthur, que se había encargado también de la
impresión. Stanley escribía laboriosamente en los libros de renta, apretando la
pluma y haciendo puntos innecesarios después de cada palabra y cada cifra.
–Me alegro de poder perder de vista a ese
Dean –dijo después de anotar los últimos cincuenta peniques y estampar el
último punto–. A mediados del mes que viene se habrá ido.
–Y de perder de vista su gramófono –dijo
Arthur–, y sus botellas de vino llenando nuestro pequeño cubo de basura. Estoy
seguro de que todos lo agradeceremos mucho.
–Kotowsky no. Ya no tendrá con quién
emborracharse. En fin, afortunadamente se va por iniciativa propia. Nunca
habría sido capaz de librarme de él con esta puñetera nueva ley de alquileres.
Pon la cafetera, mi buen Arthur. Siempre me apetece tomar algo a las once.
Y a las diez y a las doce, pensó Arthur.
Enchufó la cafetera eléctrica y sacó las tazas. A él nunca se le habría
ocurrido comer algo a aquella hora, pero Stanley, que estaba enormemente gordo
y tenía una barriga que casi reventaba los botones de su camisa, abrió uno de
los paquetes que había llevado consigo y empezó a devorar emparedados de
panecillos y queso fundido. Se derramaba migas por toda la camisa, pues comía
sin ningún recato, como una especie de bebé gordo jubilado. Arthur le observaba
impasible. Stanley ni le gustaba ni le disgustaba. Ni él, ni nadie, solían
inspirarle sentimiento especial alguno. Su único deseo era que la gente
respetable le considerara, estar en buenas relaciones con ella, saber cuál era
su sitio. Inclinó la cabeza hacia la puerta que había tras él y dijo:
–Me ha dicho un pajarito que has alquilado
esa habitación.
–Así es –contestó Stanley con la boca llena–.
Fue un pajarito chino, ¿a que sí?
–He de admitir que me sorprendió un poco que
se lo contaras a la señorita Chan antes de contármelo a mí. Tú me conoces,
siempre he sido partidario de hablar las cosas. Y me ofendió un poco. Después
de todo, soy el inquilino más antiguo que tienes. Llevo aquí veinte años y creo
que no te he causado nunca la menor molestia.
–Exacto. Ojalá fueran todos como tú.
Arthur llenó las tazas con café instantáneo,
agua hirviendo y un chorrito de leche fría.
–Supongo que tuviste tus razones. –Alzó unos
ojos fríos, de un azul tan desvaído que eran casi blancos–. No debería ser tan
susceptible.
–La verdad –dijo Stanley, mientras echaba
cucharadas de azúcar en la taza–, no sabía cómo ibas a tomártelo. Y es que ese
tipo nuevo, el que va a coger la habitación dos, se llama igual que tú.
Miró por el rabillo del ojo a Arthur y se
echó a reír.
–Tiene gracia. Qué casualidad, ¿eh? Yo no
sabía cómo ibas a tomártelo.
–¿Quieres decir que se llama Arthur Johnson?
–No, no es tan grave. Pero el asunto tiene su
gracia, sí. Se llama Anthony Johnson. Tendrás que ir con cuidado para que no
haya líos con la correspondencia. Supongo que no querrás que ese tipo lea tus
cartas de amor, ¿eh?
Los ojos de Arthur parecieron hacerse aún más
claros y los músculos de la cara se le crisparon, convirtiéndola en una
máscara. Cuando habló su acento adoptó un tono exquisito, aunque un tanto
pomposo.
–Yo no tengo nada que ocultar. Mi vida es un
libro abierto.
–A lo mejor la suya no lo es. Si no me
encontrase en una posición responsable yo diría que podrías buscarte un poco de
diversión por ese lado, mi buen Arthur. –Después de terminar con los
emparedados, sacó un donut de la segunda bolsa–. La conducta sexual del varón humano, ése es el tipo de libro abierto que será su vida. Es un diablo joven y
guapo, sí. Un auténtico atrapamoscas para las mujeres, estoy seguro.
A Arthur aquel tipo de conversación le resultaba
insoportable.
–Sólo espero que tenga buenas referencias
bancarias y un trabajo decente.
–Claro. Ha pagado la renta de dos meses por
adelantado y para mí eso es mejor que todas tus puñeteras referencias
bancarias. Se instalará el lunes. –Stanley se puso de pie laboriosamente. Las
migas cayeron en cascada sobre el escritorio, los sobres y los libros de la
renta.
–Ven, vayamos a echar un vistazo, Arthur. Mi
señora quiere un frutero que hay allí, y lo único que hará con él el joven
Anthony es romperlo.
Arthur asintió. Si en algo estaban de acuerdo
él y su casero era en el comportamiento generalmente destructivo de los demás
inquilinos. Por otra parte, le gustaba entrar en las habitaciones, normalmente
inaccesibles para él. Y en ésta tenía un interés especial.
Era pequeña y estaba amueblada con trastos
viejos. A Arthur esto le parecía propio de una habitación amueblada, pero
advirtió que no estaba aseada ni mucho menos. Se dirigió hacia la ventana.
Stanley, después de coger el frutero, que era de cristal veneciano rojo y
blanco, del montón de cacharros y cubertería que había en la fregadera, estaba
admirando el único objeto que había allí con menos de veinte años de
antigüedad.
–Este palanganero es magnífico, desde luego
que sí –subrayó, dándole una palmada al artefacto de porcelana y tono amarillo
pálido–. Me costó nada menos que quince libras. Fue la gente de tu empresa la
que lo hizo, si no recuerdo mal.
–Era un artículo de desecho –dijo Arthur con
aire ausente–. Tiene una tara en la jabonera.
Estaba mirando por la ventana que daba a un
patio estrecho de paredes de ladrillo. Sobre un ángulo de la pared se veían las
ramas más altas de un árbol. El patio tenía el suelo de hormigón, verdoso de
líquenes, pues por los dos desagües que había, uno a cada lado de él, corría (y
a veces se desbordaba) el agua de los dos pisos de arriba y de la habitación de
Jonathan Dean. En la pared de enfrente de la ventana había una puerta.
–¿Qué miras? –preguntó Stanley con un tono no
muy agradable, pues el comentario de Arthur sobre el palanganero parecía
haberle ofendido.
–Nada –dijo Arthur–. Sólo pensaba que no va a
tener una gran vista al exterior.
–¿Y qué se puede esperar por siete libras a
la semana? Creo que no necesito recordarte que tú pagas siete por un piso
entero debido a que este puñetero gobierno no me deja cobrar más por los pisos
sin amueblar. Tienes mucha suerte, conseguiste echarle el guante a ése cuando
yo no sabía lo que me traía entre manos. Oh, sí, desde luego que sí. Pero los
tiempos han cambiado, gracias a Dios, y ahora por siete libras a la semana la
única vista que puedes conseguir es a la puerta de un sótano.
–Bien –dijo Arthur–. Supongo que mi tocayo
estará mucho fuera, ¿no?
–Si tiene un poco de sentido común –dijo
Stanley, pues en aquel momento retumbaron a través del techo los coros
triunfales del tercer movimiento de la Octava de Beethoven–. Chaikovski
–observó cultamente Stanley–. Otra vez Dean. Me gustaría algo un poco más
moderno.
–A mí nunca me ha gustado gran cosa la música
–dijo Arthur dirigiéndose al pasillo–. Tengo cosas que hacer. Hoy es día de
compras, sabes. ¿Podrías darme por favor mi sobrecito?
Arthur, la cesta de la compra en una mano y
un carrito de plástico naranja que contenía su colada en la otra, iba por
Trinity Road hacia la lavandería de Brasenose Avenue. Podría haber utilizado el
Coinerama de Magdalen Hill, pero iba a trabajar a Magdalen Hill todos los días
laborables y los fines de semana le gustaba cambiar de itinerario. En realidad,
y por buenas razones, no salía mucho, y nunca después de oscurecer.
Así que en lugar de atajar por el callejón de
Oriel Mews, que quedaba después del bar Waterlily, y dirigirse al cruce, bajó
pasando por delante de la iglesia de All Souls, donde de niño pasaba dos horas
todos los sábados, su texto cuidadosamente encomendado a la memoria. Y a las
cuatro en punto tía Gracie estaba siempre esperándole, le parecía a él, bajo un
paraguas. ¿Había llovido invariablemente todos los domingos, dejando la casa
adosada de granito de enfrente velada siempre por un gris nebuloso? Pero
aquella casa adosada había desaparecido ya, sustituida por bloques de viviendas
de protección oficial estilo cuartel.
Siguió la ruta que él y tía Gracie habían
seguido para volver a casa, pero sólo durante un breve trecho. Experimentando cierta
satisfacción por el hecho de hacer parar al autobús K.12 sólo por él, Arthur
cruzó el paso de peatones de Balliol Street, alzando la mano en un gesto de
advertencia. Bajó luego por St. John’s Road, donde aún seguían en pie las casas
viejas, casas de principios de siglo que algún constructor emprendedor pero
equivocado había proyectado con fachadas holandesas, y donde se alternaban los
plátanos con postes de farolas de hormigón.
El empleado de la lavandería le dio los
buenos días y Arthur correspondió con un seco movimiento de la cabeza.
Utilizaba jabón propio en la máquina. No le inspiraba ninguna confianza aquel
material azul del paquetito que te daban por cinco peniques. Tampoco le
inspiraba ninguna confianza el empleado, y no le dejaba que introdujese su ropa
en la secadora, y tampoco confiaba en los otros clientes, que podían robársela.
Así que se sentó pacientemente en uno de los bancos, sin hablar con nadie,
hasta que concluyó el lavado de treinta y cinco minutos.
Le producía una satisfacción considerable el
comprobar lo superiores que eran sus sábanas, de un azul pálido, sus níveas
toallas, su ropa interior y sus camisas al revoltijo de saldo de las coladas de
las máquinas adyacentes. Mientras la ropa giraba en la secadora, se acercó a la
carnicería de al lado y luego a la verdulería. Arthur nunca compraba en los
supermercados de los hindúes, que abundaban en la zona de Kenbourne Vale.
Eligió cuidadosamente sus chuletas de cordero y su corte de lomo escocés. Tres
tajadas de asado para el domingo, el resto para picar y hacer el pastel del
lunes. Una libra de judías verdes, y escoja usted de las pequeñas, tenga la
bondad, porque no quería llenarse la boca de hilos.
Para volver a casa siguió una ruta distinta.
Con la ropa de cama tan meticulosamente doblada que no necesitaría planchado
(aunque de todos modos él siempre la planchaba), subió a buen paso por Merton
Street. Más casas de protección oficial, bloques enormes que parecían columnas
que sostuviesen el cielo, cubierto y encapotado. Los espacios de césped que la
separaban estaban prohibidos a los niños, como Arthur había observado a menudo
con satisfacción. Los niños jugaban en la calle o se sentaban tristes y
aburridos en las esculturas. A Arthur no le gustaban las esculturas, que le
parecían trozos arrancados a monstruos prehistóricos por mucho que se llamasen Primavera o Conciencia social u Hombre y
mujer, pero no creía que los niños debieran sentarse
encima de ellas ni jugar en la calle. A él tía Gracie nunca le había dejado
jugar en la calle.
El Jaguar de Stanley Caspian había
desaparecido, y también el Ford de cuarta mano de los Kotowsky. En el buzón
había un puñado de folletos que daban derecho a tres peniques de pasta de
dientes o jabón gratuito si comprabas un champú de tamaño gigante. Arthur cogió
los que podían serle útiles y subió las escaleras. Había un pequeño descansillo
después de los diez escalones del primer tramo, donde colgaba de la pared un
teléfono que funcionaba con monedas. Había luego cuatro escalones hasta la
primera planta. La puerta del piso de los Kotowsky quedaba a su izquierda; la
de la habitación de Jonathan Dean, enfrente; y la puerta del cuarto de baño que
compartían estaba situada entre ambas. La puerta de Dean estaba abierta, y la Quinta sinfonía de Shostakovich puesta lo suficientemente alto como para que se oyese
desde el ayuntamiento de Kenbourne. Al parecer, la intención era que la música
estuviese sólo lo bastante alta para que se oyese en el cuarto de baño, del que
salía en ese momento Dean, un hombre alto, pelirrojo, de cara colorada. Sólo
llevaba una toalla de color malva como un taparrabo.
–El cuerpo es algo más que simple vestimenta
–comentó al ver a Arthur.
Arthur se ruborizó ligeramente. Creía que
Dean estaba loco, una convicción que en parte se apoyaba en que todo lo que
aquel individuo decía parecía sacado de un libro. Volvió la cabeza hacia la
puerta abierta.
–¿Sería tan amable de bajar el volumen de la
música, señor Dean?
Dean repuso algo sobre los efectos mágicos de
la música para apaciguar el pecho del salvaje, y se aporreó su propio pecho
peludo y cubierto de pecas. Pero, tras cerrar de un portazo en el que había
violencia pero no hostilidad, bajó el volumen de Shostakovich y mientras Arthur
subía a la segunda planta sólo le llegaron vagos murmullos eslavos.
Además, ya estaba en su dominio exclusivo.
Ocupaba toda la segunda planta. Con un suspiro de satisfacción, tras dejar la
bolsa de la lavandería y el cesto de la compra sobre el felpudo, abrió la
puerta y entró.
2
Arthur se preparó la comida: dos chuletas de
cordero, puré de patata y judías verdes. No le gustaban esas porquerías
congeladas o enlatadas. Tía Gracie le había educado para que supiese apreciar
los alimentos frescos, bien cocinados. Puso fin a la comida con una rodaja de
la tarta de ciruelas que había hecho el jueves por la noche y luego, sin
dilación, lavó los platos. Una de las máximas de tía Gracie era que sólo las
amas de casa sucias y holgazanas dejaban platos sucios en el fregadero. Arthur
siempre los lavaba nada más terminar de comer.
Entró en el dormitorio. La cama estaba
deshecha. Puso sábanas limpias, de color rosa, y una funda de almohada del
mismo color. Era incapaz de dormir en una cama sucia. Una vez que había ido a
cobrarles la renta a los Kotowsky, había visto fugazmente su cama y después no
había podido cenar.
Luego limpió meticulosamente el polvo de los
muebles del dormitorio y frotó los tapones de plata de los frascos de perfume
de cristal tallado de tía Gracie. Todo su mobiliario era Victoriano tardío,
piezas bonitas pero un poco pesadas. Quedaban bien si las limpiabas con cera.
Arthur aún se sentía culpable por utilizar el limpiamuebles moderno de
pulverizador en lugar del antiguo de cera. Tía Gracie nunca había aprobado los
atajos. Examinó críticamente los visillos con volantes que cubrían todas las
ventanas del piso. Como eran demasiado frágiles para arriesgarse a lavarlos en
la lavandería, los lavaba él mismo una vez al mes y aún faltaba otra semana
para que tuviera que hacerlo. Aquél era un barrio muy sucio y no había nada que
acumulara mejor todo el polvo suspendido en el aire que un visillo blanco.
Empezó a descolgarlos. Por segunda vez aquel día se sorprendió mirando la
puerta del sótano.
Los Kotowsky no tenían ninguna ventana que
diese al patio. Sólo podía verse desde una de las suyas y desde la de la
habitación 2. Arthur lo sabía desde hacía mucho tiempo, casi desde que había
empezado a vivir allí. En aquellos veinte años su vida había cambiado muy poco.
La puerta de la bodega no la habían pintado nunca, aunque los ladrillos quizá
se hubiesen ennegrecido y el hormigón se hubiese hecho más verde y húmedo.
Nadie le había visto nunca cruzar aquel patio, pensaba mientras colocaba
cuidadosamente los visillos sobre una silla, nadie le había visto entrar jamás
en la bodega. Continuó mirando fijamente hacia abajo, cavilando, recordando.
Había asistido a la escuela con Stanley
Caspian (a Merton Street Junior), y Stanley era gordo y grosero y tosco ya por
aquel entonces. Siempre había sido un abusón.
«¡El niño de la tía! ¡El niño de la tía!
¿Dónde está tu papá, Arthur Johnson? –Y con una inventiva que nadie habría
sospechado dado el nivel de sus trabajos escolares–: ¡Merengue, merengue,
cobarde! ¡Johnson es un bastardo!»
Los años civilizan, o al menos inhiben.
Cuando se encontraron por casualidad en Trinity Road, con treinta y dos años de
edad ya los dos, Stanley se mostró afable, considerado incluso.
–Me enteré de que habías perdido a tu tía,
Arthur, lo siento. Era como una madre para ti.
–Gracias.
–Ahora supongo que querrás instalarte en
algún sitio. Un piso de soltero, ¿no? ¿Por qué no coges el piso de arriba del
ciento cuarenta y dos?
–No me importaría echarle una ojeada –dijo
remilgadamente Arthur. Sabía que el viejo señor Caspian le había dejado a su
hijo muchas propiedades en West Kenbourne.
La casa estaba hecha un desastre por aquel
entonces y el piso de arriba era horroroso. Pero Arthur se dio cuenta de las
posibilidades que tenía... y por dos libras diez a la semana. Así que aceptó la
oferta de Stanley y un par de días después, cuando había empezado ya a
redecorarlo, bajó hasta la bodega en busca de unas escaleras de tijera.
Ella estaba tirada en el suelo de la
habitación del fondo sobre un montón de sacos y cortinas de la época de los
bombardeos alemanes, restos de la guerra. Estaba desnuda y su carne blanca de
plástico era fría y reluciente. Nunca supo quién la había llevado allí. Al
principio sintió cierto embarazo, se quedó paralizado, igual que se quedaba
cuando veía otros maniquíes semejantes en los escaparates a la espera de que
los vistieran. Pero luego, como estaba solo con ella y no había nadie que les
viera, se acercó más. Así que aquél era el aspecto que tenían. Con
sobrecogimiento, miedo y repugnancia contempló los dos hemisferios del pecho,
el triángulo suave e hinchado de su entrepierna cerrada. Sintió el impulso de
vestirla. Había hecho tantas cosas secretas en su vida (casi todo lo que había
hecho porque quería hacerlo habían sido cosas encubiertas, clandestinas) que
ninguna inhibición le impidió bajar del piso un vestido negro, un bolso y
zapatos, que habían pertenecido a tía Gracie y él lo había cogido de la casa de
Magdalen Huí. Algunas personas le habían aconsejado que regalara las cosas de
su tía a una institución de beneficencia para que las distribuyesen, pero ¿cómo
podía hacer él eso? ¿Cómo podría haber soportado ver a alguna holgazana de West
Kenbourne presumiendo con la ropa de su tía?
Su dama blanca tenía extremidades largas y
delgadas y era tan alta como él. El vestido de tía Gracie le quedaba por encima
de las rodillas. El cabello era de nailon amarillo y se le rizaba sobre los
pómulos. Le puso los zapatos y le colgó el bolso del brazo. Para iluminarse
había puesto una bombilla de cien vatios en el sótano. Pero otro de aquellos
impulsos le hizo quitarla. A la luz de la linterna ella parecía real; la
habitación del sótano, con sus paredes de ladrillo visto, un callejón urbano.
Era un sacrilegio ponerle la ropa de tía Gracie, y sin embargo en el hecho
mismo del sacrilegio había cierta autenticidad indefinible, era un acicate...
La había estrangulado casi sin darse cuenta.
Con las manos desnudas sobre su garganta lisa y fría. El desahogo había sido
casi tan gratificante como si lo hubiese hecho de verdad. La apoyó de nuevo
contra la pared, limpió de polvo su bello rostro blanco. Por un asesinato así
no tienes que esconderte ni temer ni sudar; la ley te permite matar cualquier
cosa que no esté hecha de carne y hueso... La dejó y salió al patio. La actual
habitación número 2 estaba entonces sin alquilar, como casi toda la casa salvo
su piso. Y cuando llegó un inquilino fue, lo mismo que sería luego su sucesor,
un individuo que trabajaba de noche, por lo que salía cinco tardes por semana a
las seis. Pero antes de eso Arthur había tomado una decisión. Ella le salvaría,
ella sería (como dirían aquellos a quienes les gustaría apoderarse de él) su
terapia. La mujer que esperaba en las calles oscuras, buscando problemas, a él
le dejaba indiferente. Le preocupaba, sin embargo, su propio destino. Para no
ponerlo en peligro, mataría a mil mujeres en su persona, ella sería su
salvación. Y entonces ninguna amenaza podría preocuparle, siempre que tuviese
la precaución de no salir nunca después de oscurecer, de no probar el alcohol.
Al cabo de un tiempo empezó a sentirse bastante
orgulloso de su decisión. Parecía demostrar que eran absurdas las teorías
(había estudiado las obras de los especialistas en sus períodos de desasosiego)
de que los hombres que tenían problemas como los de él carecían de autodominio
y no podían someter sus propios impulsos a una disciplina. Él siempre había
sabido que aquello eran sólo tonterías. ¿Por qué no podía contar él con los
recursos de los miembros de Alcohólicos Anónimos, los drogadictos
rehabilitados?
Y ahora aquel Anthony Johnson... Arthur, que
había convertido en uno de sus deberes conocer los hábitos y el estilo de vida
de todos sus vecinos, tenía la esperanza de conocer a fondo los movimientos del
nuevo. Seguro que Anthony Johnson saldría dos o tres noches por semana. Tenía
que ser así. La alternativa era algo que Arthur se negaba a afrontar. Lo único
que podía hacer era esperar y ver. La posibilidad de subir a la dama blanca al
piso, instalarla allí, matarla allí, sólo se le ocurrió fugazmente. Le
desagradaba la idea de que sus encuentros con ella adquiriesen el aire de un
juego. Lo que le daba realidad al asunto era el aspecto mísero del sótano, la
oscuridad, el aproximarse a ella sigilosa y furtivamente. No, ella debía seguir
allí, pensaba, y él tenía que esperar y ver. Se apartó de la ventana y desechó
sus pensamientos, pues procuraba no cavilar demasiado sobre ella y lo que
significaba en realidad, prefiriendo que estuviese allá abajo olvidada y
perdida hasta que volviese a necesitarla. Mientras cogía los visillos para
ponerlos en remojo pensó que era la primera vez que pensaba en ella de aquella
forma en varios años.
Rechazándola como un hombre rechaza a una
amante sumisa y siempre disponible, Arthur entró en el salón. El sofá y los dos
sillones habían sido tapizados de nuevo tras la muerte de tía Gracie, sólo seis
meses después, pero Arthur los había cuidado tan bien que el tapizado aún
parecía nuevo. Frotó cuidadosamente la moqueta azul con un cepillo duro. Los
pañitos de gastados hilos en tono crema podría ponerlos también en el agua de
los visillos. Frotó la mesa oval de caoba, la cómoda alta de caoba, las patas y
los brazos de las sillas del comedor; sacudió los cojines de raso azules y
marrones, pasó el plumero por las dos pantallas de pergamino pintado a mano de
las lámparas, por los mandos del televisor, por la porcelana de Chelsea del
aparador. Luego fue en busca del aspirador. El cubrir todo el piso de moqueta
de un tono beige fuerte había significado una buena merma en sus ahorros, pero
había merecido la pena. Pasó el aspirador despacio, minuciosamente por cada
centímetro cuadrado de moqueta, tomándose su tiempo, de manera que Jonathan
Dean no se perdiese su zumbido atronador, aunque tenía poca esperanza de que
eso le sirviese de ejemplo. Por último, aclaró los visillos y los pañitos y los
colgó en el tendedero del cuarto de baño. No había necesidad de limpiar el
cuarto de baño y la cocina. Los limpiaba todas las mañanas como algo natural,
el cuarto de baño inmediatamente después de que se secaba al salir del baño, la
cocina en cuanto terminaba de desayunar.
Después, tras dejar todas las puertas
abiertas, se sentó en la silla que había junto a la ventana y examinó el piso
en toda su extensión inmaculada. Olía a limpiamuebles, a jabón y a grasa de
codo. Arthur recordaba cómo, cuando tenía once años y se le había olvidado
limpiar la ventana del dormitorio tan concienzudamente como exigía tía Gracie,
ésta le había enviado a Winter’s con tres peniques.
–Le pides al señor una libra de grasa de
codo, Arthur. Vamos. No te llevará ni cinco minutos.
Al hombre de la tienda casi le había dado un
ataque de risa. Pero no había explicado por qué no tenía grasa de codo, y
Arthur había tenido que volver a casa con la moneda de tres peniques.
–Espero que se riese mucho –dijo tía Gracie–
y espero que tú hayas aprendido la lección.
Frotó el brazo de Arthur por encima de la
camisa gris de franela y añadió:
–De aquí es de donde sale la grasa de codo.
No puedes comprarla, tienes que hacerla tú.
Arthur no le había guardado rencor por
aquello, sabía que lo había hecho por su bien. Él habría hecho lo mismo por
cualquier niño que estuviese a su cargo. A los niños había que educarles con
severidad, y así era como se había encarrilado él por el buen camino. ¿Se
alegraría tía Gracie si pudiese verle ahora? ¿Si pudiese ver lo bien que
llevaba su propia casa, su cuenta bancada, lo ordenada que era su vida, que no
había perdido ni un solo día de trabajo para Grainger en veinte años? Quizá.
Pero ella nunca se había sentido muy satisfecha con él, ¿verdad? Él nunca había
llegado a aquellas alturas de perfección que ella le señalaba como
imprescindible para alguien que necesitaba purificarse de la mancha de su
nacimiento y sus antecedentes.
Arthur suspiró. Tendría que lavar la
porcelana de Chelsea. Era inútil que se dijese que pasar el paño del polvo
equivalía a un lavado. Cansado ya, pero decidido a continuar a pesar de todo,
puso en una bandeja la pastora y el caballero de levita y los perros y los
cestitos de flores y fue con ellos a la cocina.
3
Arthur tenía el sueño pesado. Se quedaba
dormido a los cinco minutos de apoyar la cabeza en la almohada y casi nunca
despertaba antes de que sonara el despertador a las siete y media. Esta
capacidad para dormir era algo que habría desconcertado a aquellos críticos
silenciosos, a aquel ejército invisible de psiquiatras cuyas palabras había
leído pero aún no había oído y que le clasificarían desfavorablemente, según
sospechaba. Absurdo. La gente neurótica no duerme bien, ni los histéricos.
Arthur sabía que era un hombre perfectamente normal que tenía (como todos los
hombres normales) una pequeña rareza a la que controlaba perfectamente.
Siempre era el último que salía hacia el
trabajo y el primero que regresaba. Esto se debía a que los otros trabajaban
bastante más lejos de casa que él. Jonathan Dean era el primero en marchar.
Salía a las ocho y cinco, cuando Arthur estaba aún bañándose. Ese lunes por la
mañana cerró la puerta de su habitación de un portazo tan violento que el agua
de la bañera llegó a agitarse como el té en una taza cuando la balancean. La
puerta de la calle también la cerró de un portazo. Arthur se secó y, por pudor,
se puso el albornoz antes de limpiar la bañera, el lavabo y el suelo. Una vez
vestido, abrió la puerta del piso y la dejó con el pestillo puesto.
Los Kotowsky salieron de su casa cuando
Arthur estaba sirviéndose los copos. Discutían, como siempre.
–Está bien, ya lo he entendido –oyó decir a
Brian Kotowsky–. Me has repetido tres veces que no vendrás esta noche.
–Es que no quiero que telefonees a todas mis amistades
preguntándoles dónde estoy.
–Mira, Vesta, eso puedes resolverlo
diciéndome simplemente dónde vas a estar.
Bajaron ruidosamente las escaleras,
discutiendo aún, aunque Arthur no pudo oír la respuesta de Vesta Kotowsky. La
puerta de la casa se cerró bastante suavemente, lo que significaba que debía
haberla cerrado Vesta. Arthur se acercó a la ventana del salón y vio cómo
subían al coche que siempre estaba, lloviese, nevase o hiciese sol, aparcado en
la calle. Arthur se alegraba de no haber dado nunca el paso de casarse aunque,
en realidad, nunca hubiese dado un paso en serio para evitarlo.
Cuando regresaba a la cocina oyó a Li-li Chan
subir las escaleras hasta el descansillo donde estaba el teléfono. Li-li
hablaba inglés bastante bien, pero como podría hablarlo un pájaro parlante. Su
voz era aguda y cortada. Siempre estaba riendo, en general sin motivo.
Se reía ahora, al teléfono.
–¿Me recoges pronto? ¿Nueve menos cuarto? Oh,
eres un hombre amable, muy amable. ¿Que si te amo? No sé, sí, sí te amo. Amo a
muchísima gente, a muchísima. Adiós. –Li-li bajó las escaleras riendo sin
parar.
Arthur soltó un bufido, pero no lo
suficientemente fuerte para que ella lo oyera. La compañía municipal de
transportes no se haría rica con ella. No debía de gastarse ni un penique en
billetes de autobús o tren, pensó Arthur, y luego pensó lúgubremente qué sería
lo que tendría que hacer para conseguir aquello. Pero prefirió dejarlo, era
demasiado agradable.
La oyó salir a menos cuarto justo. Siempre
cerraba la puerta con suavidad, como si tuviese algo que ocultar. Estaba
esperándola un joven inglés muy bien plantado y de aspecto pulcro, en un coche
deportivo rojo. Era una vergüenza, pensó Arthur, pero los muchachos como aquél
no podían culpar a nadie, ellos eran los únicos culpables, ellos, que no sabían
lo que significaba el dominio de uno mismo.
Solo en la casa, terminó el desayuno, lavó
los platos y limpió todas las superficies. El correo llegaba a las nueve.
Mientras cepillaba la chaqueta de su segundo traje y elegía una corbata, oyó el
ruido sordo del buzón. Siempre era él quien recogía la correspondencia y
colocaba las cartas en la mesa del vestíbulo.
Pero primero tenía que ocuparse de su basura.
Sacó la bolsa del cubo, la cerró con un clic y bajó las escaleras, asegurándose
primero, con un rápido vistazo al espejo, de que tenía la corbata correctamente
anudada y un pañuelo blanco limpio en el bolsillo superior de la chaqueta.
Hubiese alguien en la casa o no, Arthur jamás bajaba impropiamente vestido. Ni
ponía el pie fuera de la casa sin cerrar las puertas, ni siquiera para ir al
cubo grande de la basura. Éste estaba una vez más atestado de judías verdes
amarillentas y podridas, ni siquiera envueltas. ¡Aquella derrochona de Li-li de
nuevo! Tendría que decirle claramente a Stanley Caspian que un solo cubo de
basura no bastaba para cinco personas... seis cuando llegase el nuevo.
Abrió la puerta, volvió a entrar en la casa y
recogió el correo. La carta semanal de siempre, con sello de Taiwán, del padre
de Li-li, que no había adoptado los hábitos occidentales y escribía el nombre
del remitente como Chan Ah Feng. Pobre hombre confiado, pensó Arthur, qué poco
sabía. Otra factura más para Jonathan Dean. No tardarían en empezar a aparecer
cobradores de morosos por allí, algo magnífico para la buena fama de la casa.
Dos cartas para los Kotowsky, una para ella y otra para los dos. Era siempre
así.
Recogió los folletos y la publicidad (no
sabía quién los esparcía por allí de aquella manera, por puro capricho) y luego
colocó las cartas, los bordes de los sobres alineados entre sí y con el borde
de la mesa del vestíbulo. Las nueve y diez. Con un leve suspiro, por lo
agradable que era tener la casa sólo para él, Arthur volvió a subir las
escaleras y recogió su cartera. En realidad no necesitaba cartera, pues nunca
se llevaba trabajo a casa. Tía Gracie le había regalado la primera cartera el
día de su veintiún aniversario y desde entonces la había sustituido tres veces.
Además, era de buen tono. Tía Gracie siempre decía que la persona que va a trabajar
sin cartera es como si fuese mal vestida o como una dama que no llevase
guantes.
Cerró la puerta y la tanteó para asegurarse
de que estaba bien cerrada. Bajó las escaleras una vez más y salió a la calle.
Era un día claro, espléndido, aunque un poco otoñal. ¿Qué otra cosa se podía
esperar a fines de septiembre?
Grainger, Proveedores de Contratistas y
Constructores, no abría hasta las nueve y media. Arthur se entretuvo mirando la
casa donde había vivido con tía Gracie. Estaba situada en la esquina de Balliol
Street y Magdalen Hill. En el punto en que la colina se convertía en Kenbourne
Lane, y era una casa estrecha y alta, condenada al derribo pero que aún
esperaba, lo mismo que sus inquilinos, que la demolieran. La puerta de la calle
y la galería de la planta baja estaban cerradas con plancha ondulada de un tono
plata resplandeciente para impedir la entrada de ocupantes ilegales y demás
maleantes. Arthur se preguntaba a menudo qué diría tía Gracie si pudiera ver su
casa ahora, pero estaba de acuerdo con el cierre. Se detuvo ante la puerta y
miró hacia el rectángulo tapiado de la fachada de ladrillo que en tiempos había
sido la ventana de su dormitorio.
Tía Gracie había sido muy buena con él. Nunca
podría pagarle lo que había hecho por él aunque se esforzase en hacerlo hasta
el día de su muerte. Sabía bien lo que ella había hecho porque, aparte de las
pruebas concretas de que disponía, ella nunca perdía ocasión de recordárselo.
–¡Después de todo lo que yo he hecho por ti!
Se lo había comprado a su madre, su propia
hermana, cuando tenía dos meses.
–Tuve que darle cien libras, Arthur, y cien
libras era un montón de dinero en aquellos tiempo. Nunca volvimos a verla. Se
largó como un relámpago engrasado.
¡Cómo le había gustado a tía Gracie la grasa,
grasa de codo, relámpago engrasado!
–Necesitas un poco de grasa debajo de los
talones, Arthur.
Tía Gracie le contó las circunstancias de su
nacimiento en cuanto lo consideró bastante mayor para entender.
Desgraciadamente, Stanley Caspian y otros de su calaña le habían considerado
bastante mayor unos meses antes, pero eso no era culpa de tía Gracie. Ella no
había mencionado jamás a la madre ni al padre de Arthur, quienquiera que fuese,
jamás. Pero en aquel dormitorio (con la puerta abierta, por supuesto; ella
insistía en que dejase siempre la puerta abierta) él había pasado muchas horas
de su infancia preguntándose. Qué tontos eran los niños y qué ingratos...
Arthur meneó la cabeza y emitió una
tosecilla. La gente empezaría a quedarse mirándole. Detestaba cualquier cosa
que pudiese atraer la atención hacia su persona. Y por qué demonios tenía que
quedarse soñando de aquel modo todos los días cuando pasaba por delante de la
casa, cuando no había ninguna circunstancia extraordinaria que justificase
aquel ensueño... Pero había una circunstancia extraña, por supuesto: el nuevo
inquilino que iba a ocupar la habitación 2. Era muy natural que Arthur se
dedicase a cavilar un poco sobre la vida pasada. Natural pero también
controlable. Se apartó bruscamente de la puerta en el momento en que el reloj
de la iglesia daba la media. Las oficinas de Grainger quedaban al lado, sólo
había una casa de por medio, junto a aquel medio acre, más o menos, de solar
lleno de escombros en el que los edificios habían sido ya demolidos y no se había
reconstruido todavía; seguía luego la estación de metro de Kenbourne Lane.
Arthur abrió la doble puerta y entró en la
cabaña de cristal y madera de cedro que era su despacho. El muchacho que
preparaba el té y barría y se encargaba de los recados y tenía la obligación de
abrir la oficina, no había llegado aún. Muy típico. No llegaría tarde como lo
hacía cada mañana si hubiese tenido una tía Gracie para ponerle un poco de
grasa bajo los talones.
Arthur subió las persianas para dejar entrar
la luz del sol en la pequeña y limpia habitación y luego retiró la funda de la
máquina de escribir. Había llegado mucha correspondencia desde el viernes,
principalmente facturas devueltas con cheques adjuntos. Había una carta curiosa
de un cliente que decía que Grainger le había instalado en la cocina un
fregadero azul pastel en lugar del modelo de acero inoxidable que él había
pedido. Arthur leyó la carta detenidamente pensando en qué palabras
diplomáticas utilizaría para la respuesta.
Siempre que tenía que explicar su ocupación,
decía que era supervisor. En realidad nunca había supervisado nada y tampoco
habría sabido hacerlo. Su trabajo consistía simplemente en estar sentado en
aquel escritorio desde las nueve y media hasta las cinco contestando al
teléfono, enviando facturas y rellenando los libros. Conocía ese trabajo
perfectamente, pero a pesar de eso le provocaba angustia, pues tenía siempre
ante sí las pautas y normas de tía Gracie.
«Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer
hoy, Arthur. Recuerda que si merece la pena hacer un trabajo, merece la pena
hacerlo bien. Tu patrón ha depositado su confianza en ti. Te ha colocado en un
puesto de responsabilidad y tú tienes la obligación de no decepcionarle.»
Estas palabras, u otras parecidas, había
utilizado ella al enviarle a trabajar a Grainger como chico de los recados una
semana después de que cumpliese catorce años. Así que él había barrido mejor
que nadie y había hecho el té mejor que nadie. A los veintiún años había pasado
a ocupar el cargo de responsabilidad que seguía ocupando ahora, encargándose de
procurar que todos los clientes de la empresa tuviesen sus tejados mejor
reparados que los de ningún otro y el suelo de la cocina mejor puesto que el
suelo de la cocina de ningún otro. Y había procurado hacerlo bien. Era un
hombre insustituible.
«Muy señor mío –escribió–; veo con pesar que
la unidad de fregadera Rosebud de lujo (tipo E/4283, azul pastel) no era en
realidad...»
Entraba en la oficina Barry Hopkins,
arrastrando los pies y mascando chicle.
–¿Qué hay?
–Buenos días, Barry. Un poco tarde, ¿eh?
¿Sabes qué hora es?
–Sobre las nueve y media –dijo Barry.
–Ya. Sobre las nueve y media. De todos los
holgazanes irresponsables que conozco...
A Arthur le habría gustado mandarle a buscar
una libra de grasa de codo, pero los jóvenes actuales eran muy espabilados. Así
que se limitó a mascullar:
–Quítate esa porquería de la boca.
Barry no hizo caso. Hizo un globo enorme,
como una pelota de un tono pálido de aguamarina. Luego, apoyándose
despreocupadamente en el alféizar de la ventana, dijo:
–Ahí viene el viejo Grainger.
Arthur cambió por completo de actitud. Adoptó
una expresión que sugería una mezcla de devoción al trabajo, amor propio y
servilismo bobo, y aplicó los dedos al teclado de la máquina de escribir.
4
Anthony Johnson no tenía ningún mueble. Sus
únicas posesiones eran unas cuantas prendas de ropa y un montón de libros.
Había llevado todo esto consigo al 142 de Trinity Road en una maleta grande y
vieja y en una bolsa de lona. Había otras de sociología, de psicología, un diccionario
de psicología y ese libro de texto esencial para todo estudiante del tema. El psicópata, de William y Joan McCord. Las demás obras de consulta que pudiese
necesitar podría obtenerlas en el Museo Británico y en la excelente biblioteca
de criminología (se decía que era la mejor de Londres) del Radclyffe College,
Kenbourne Vale. En esa biblioteca escribiría también la tesis, cuyo tema era
«Algunos aspectos de la personalidad psicopática»; Anthony tenía la esperanza
de que le proporcionase el doctorado en filosofía por la Universidad de
Londres.
Una parte de esa tesis, pensó, examinando la
habitación 2, había de escribirse allí. Probablemente en aquel sillón que
parecía remendado con fragmentos de una falda escocesa de mujer, en aquella
mesa de alas abatibles coja, bajo la lámpara que colgaba del techo y parecía
una monstruosa medusa de plástico. En fin, él quería hacer el doctorado y ése
era el precio que tendría que pagar por él. Doctor Johnson. No era, por
supuesto, que él se dijese doctor. Había sido Helen quien había comentado que
en Inglaterra, tierra de anómalas costumbres, al licenciado en medicina se le
llama doctor y al doctor en filología, señor. También ella había visto el
aspecto divertido de ser el doctor Johnson y había citado epigramas y había
hablado de Boswell, hasta que él, por fin, cayó en la cuenta. Pero siempre era
así. A veces él pensaba que pese a su sobresaliente de Cambridge y su diploma
de ciencias sociales del Ministerio del Interior, a su amplia experiencia de
trabajo con los pobres, los enfermos y los menesterosos, nunca había tomado
conciencia ni entendido las cosas hasta que conoció a Helen. Había sido ella
quien hizo volver los ojos de su alma hacia la luz.
Mientras pensaba esto, desvió sus ojos
físicos hacia el espejo lleno de marcas de dedos y salpicado de motas verdes de
Stanley Caspian y examinó su propia imagen reflejada. No era un hombre
vanidoso. Casi nunca se detenía a pensar en su apariencia física. El ser alto,
delgado y fuerte, de rasgos regulares y cabello rubio y abundante nunca había
significado gran cosa para él, salvo quizá por el hecho de que era un indicio
de salud. Pero últimamente había empezado a preguntarse qué le faltaba a él que
tuviese Roger; él era atractivo, fuerte y... bueno, simpático, ¿no?, e hiperinstruido,
con buenas expectativas de sueldo, mientras que Roger era un imbécil soso y
posesivo que sólo sabía ganar campeonatos de tiro con pistola. Pero Anthony
sabía muy bien que no se trataba de eso en realidad. Era sólo que Helen, pese a
toda su madurez, no se conocía a sí misma.
Precisamente para darle a ella una
oportunidad de saberlo, de elegir entre los dos, era por lo que Anthony se
había instalado allí. La biblioteca era una ventaja, por supuesto. Pero podría
haber escrito la tesis en Bristol sin ningún problema. La teoría era que la
ausencia haría crecer el anhelo de amor. Si se hubiese ido con sus padres a
York ella podría haberle telefoneado todas las noches. No pensaba darle el
número de teléfono de allí (él aún no lo sabía) ni comunicarse con ella más que
el último miércoles de cada mes, cuando Roger se iba a su club de tiro. Y no
podía escribirle porque Roger podría interceptar la carta. Le escribiría ella
una vez por semana. Anthony se preguntaba, mientras desempaquetaba sus libros,
cómo resultaría aquello, si habría hecho bien en dejar que ella dirigiera el
asunto e hiciese todos los arreglos. En fin, le daría un plazo. En noviembre
ella tenía que decidir. Seguir prisionera o salir con él al aire libre.
Abrió una ventana porque la habitación olía a
cerrado. Fuera había un patio estrecho. Toda la luz que recibía llegaba de un
trocito de cielo en cuyos bordes se agitaban las hojas de un árbol lejano. El
cielo era un trocito triangular porque la mayor parte de él quedaba bloqueado
por paredes de ladrillo que se unían en diagonal a unos cuatro metros de
altura. En una de esas paredes –festoneadas por tuberías en las que se
enredaban otras más pequeñas igual que lianas– había una puerta. Como no vio
ninguna ventana, Anthony dedujo que la puerta debía conducir a un sótano.
Las cinco. Sería mejor salir a comprar algo
que pudiese preparar en aquella cocina tan vieja y destartalada. El vestíbulo
olía vagamente a clavo y a ropa vieja sin lavar. Aquello debía de ser el cuarto
de baño, la puerta que había entre su habitación y la número 1, y que quedaba a
la derecha de la mesa del amigo Caspian, el retrete. Preguntándose qué clase de
mujer o chica sería la señorita Chan y si tomaría posesión del cuarto de baño
justo en el momento en que él quisiese usarlo, salió a la calle.
Trinity Road. Le condujo por Oriel Mews hasta
Balliol Street. Los nombres de las calles de Londres, pensó, requerían un
tratado histórico propio. Alguien debía saber por qué ese grupo de Hampstead
recibía nombres de poblaciones de Devon y ese de Cricklewood tenía nombres de
las islas Hébridas. ¿Fueron las Bárbara, Dorinda y Lesley, cuyos nombres
recibían las calles que quedaban al norte de la zona central de la ciudad,
antiguas beldades de Barnsbury? ¿Vivía un hechicero en Warlock Road, Kilburn
Park? ¿Quién había sido la Sylvia de Sylvia Gardens, Wembley, a la que todos
los planos ensalzaban? En aquella esquina de Kenbourne Vale, a la que el
destino había conducido a Anthony Johnson, alguien había bautizado las
arboledas y las míseras casas adosadas con nombres de colegios de Oxford.
No era posible que se tratase de un chiste
cruel. El consejero o urbanista o constructor debía haberse sentido inspirado
cuando bautizó Trinity Road, All Souls Grove, Magdalen Hill, Brasenose Avenue y Wadham Street. Él no había sido un hombre de Oxford, pensó Anthony, nunca había
paseado por los cuadriláteros encerrados de aquella ciudad ni había visto sus
capiteles soñolientos.
Este ensueño fantástico habría sido algo
impropio de él en otros tiempos. Helen le había enseñado a pensar de ese modo,
había aprendido a ver a través de los ojos de ella, a asociar, a comparar y a
soñar. Ella era todo imaginación; él, puro espíritu práctico. Recuperando el
espíritu práctico, reparó en cosas más mundanas. El café Vale para tentempiés
baratos y rápidos; Kemal’s Kebab House, que olía a comino, sésamo y vainilla,
para cuando se permitiese un pequeño exceso; había un bar que se llamaba
Waterlily. Abrían precisamente en aquel momento. Anthony vio sofás rojos de
felpa, un techo con molduras en tono marrón, biombos de cristal con grabados al
lado de la barra y detrás de ella.
Las aceras estaban llenas de bolsas negras de
basura. Una huelga de basureros, quizá. Los críos estaban fuera de la escuela.
Se preguntó dónde jugarían. ¿Siempre en aquellas aceras polvorientas de piedra
de portland? ¿O en aquel trocito de terreno lleno de escombros, vallado con
tela metálica rota y oxidada que había entre Grainger’s y la estación de metro?
Allí había casas señaladas para el derribo.
Cuanto antes las echaran abajo mejor, dejarían espacio para edificios de pisos
con ventanas grandes y espacios verdes alrededor. No se veía mucha gente
verdaderamente inglesa por allí. Mujeres morenas con bebés negros, mujeres de
aspecto agitanado de rostros duros y gastados, mujeres hindúes con jerséis de
lana de Marks y Spencers sobre saris dorados y turquesas. Coches aparcados por
todas partes, y furgonetas en doble fila en la calle cubierta de trozos de
papel, verduras machacadas y plateadas escamas de pescado donde un mercado
acababa de recoger los bártulos y desaparecer. Cinco y media. La tienda de la
esquina, Winter, estaba abierta. Entró, compró jamón, alubias, un poco de pan,
huevos, té, margarina y guisantes congelados. Arrastrado por una oleada de gente
que regresaba del trabajo a casa, volvió al 142 de Trinity Road. La casa ya no
estaba vacía.
Un hombre de unos cincuenta años estaba de
pie junto a la mesa del vestíbulo, con un puñado de folletos y anuncios en la
mano. Era alto, enjuto, de rostro delgado, rojizo, de piel áspera. Llevaba el
cabello, fino y rubio canoso, cuidadosamente peinado con fijador para ocultar
una calva incipiente. Vestía un traje gris oscuro inmaculado, camisa blanca y
corbata marrón con motitas plateadas. Su nariz era bastante larga, recta y
descarnada, y llevaba gafas de montura dorada. Se sobresaltó cuando vio a
Anthony.
–Esto estaba en el felpudo –dijo–. Llegan
todos los días. Nadie diría que hay escasez de papel en el mundo, ¿verdad?
Suelo recogerlos. Nadie más parece preocuparse. Pero en realidad no creo que
sea mi obligación hacerlo.
Arthur se preguntó por qué se molestaba en
dar aquellas explicaciones.
–Soy Anthony Johnson –dijo–. Me he instalado
hoy.
El hombre dijo «Ah» y alzó la mano. Tenía un
aire un tanto pedante, como si fuese el responsable del bautismo de aquellas
calles. Pero su voz no indicaba un hombre culto, bajo su pedantería se percibía
el tipo de argot específico de Kenbourne Vale.
–Se ha instalado usted en ese cuartito de
atrás, ¿no? Aquí llevamos una vida muy independiente. No usará usted el
teléfono después de las once, ¿verdad?
Anthony preguntó dónde estaba el teléfono.
–En el primer descansillo. Mi piso está en el
segundo. Yo tengo un piso, sabe, no una habitación.
De pronto lo comprendió.
–¿Es usted el otro Johnson?
El hombre emitió una risa severa, casi
reprobatoria.
–Creo que debería decir que el otro Johnson
es usted. Yo llevo aquí veinte años.
A Anthony no se le ocurrió ninguna respuesta
adecuada. Entró en su habitación y cerró la puerta. En aquel día aún suave y
veraniego, la habitación con sus murallas de ladrillo llenas de tuberías
empezaba a quedarse en penumbra a las seis. Encendió la lámpara de medusa y vio
cómo la luz iluminaba el pequeño patio. Se asomó a la ventana y miró hacia
arriba. En la extensión de ladrillo que había sobre él sólo se veía una ventana
más, en la última planta. Los limpios visillos que había tras los cristales se
movieron. Alguien había estado mirándole desde allí, pero Anthony aún tenía un
conocimiento insuficiente de la geografía de la casa y no podía saber quién era
ese alguien.
Durante el resto de la semana Arthur vigiló
atentamente todas las mañanas para ver cuándo salía a trabajar Anthony Johnson.
Pero Jonathan Dean y los Kotowsky hacían siempre tanto ruido al marcharse que
resultaba difícil saberlo. De todos modos, no había duda que Anthony Johnson se
quedaba en casa por las tardes y las noches. Atisbando desde la ventana de su
dormitorio, Arthur veía encenderse la luz de la habitación 2 todas las tardes
hacia las seis, y comprobaba, por los dos rectángulos amarillos divididos por
una barra oscura que se proyectaban sobre el hormigón, que Anthony Johnson no
echaba las cortinas. Era un poco pronto para que Arthur sintiese la necesidad
de volver a visitar el sótano, pero aun así empezaba a inquietarse. Él pensaba
que aquella inquietud se relacionaba en parte con la frustración, con el hecho
de saber que no podría bajar allí por mucho que lo deseara.
El viernes por la mañana, cuando manipulaba
el correo, vio salir a Anthony Johnson de la habitación 2 y entrar en el baño,
vestido sólo con unos pantalones vaqueros. ¿Es que aquel hombre no iba a trabajara ¿Iba a quedarse allí dentro todo el día y toda la noche?
Entre las cartas de aquel día figuraba la
primera dirigida a Anthony Johnson. Arthur supo que era para él cuando vio el
matasellos de York y leyó el nombre y la dirección de la remitente: «Sra. de R.
L. Johnson, West Highamgatef 22, York.» El sobre iba dirigido, un tanto
ambiguamente, a «A. Johnson Esq., 2/142 Trinity Road, Londres W15 6HD». Arthur
se mordió el labio con expresión irritada. Y cuando volvió a aparecer Anthony
Johnson, oliendo a dentífrico, Arthur le indicó las posibles consecuencias de
aquella imprecisión.
El joven se lo tomó con despreocupación.
–Es una carta de mi madre. Ya le diré que
ponga habitación 2, si consigo acordarme.
–Espero que se acuerde, señor Johnson. Estas
cosas podrían originar muchas molestias y conflictos.
Anthony Johnson sonrió, enseñando una hermosa
dentadura. Irradiaba salud y vigor y una especie de virilidad modesta que a
Arthur le hacía sentirse incómodo. Además, no quería contemplar pechos morenos
desnudos a las nueve y diez de la mañana, ni hablar, eso sí que no.
–Muchos conflictos –repitió.
–Bueno, no. No nos adelantemos a los problemas.
No espero recibir muchas cartas y las que reciba tendrán todas matasellos de
Bristol o de York.
–Está bien. Pensé que debía de comentárselo y
lo he hecho. Ahora ya no puede usted culparme si se produce una confusión.
–No lo culparé, descuide.
Arthur no dijo más. Los modales de aquel
hombre le desconcertaban. Era tan despreocupado, tan sereno, parecía tan seguro
de sí mismo. Una actitud defensiva o una disculpa adecuada no habrían sido
comprensibles, pero aquella fría aceptación (en realidad no era fría, sino
cordial y afable) de su reproche era algo desconcertante. Era casi como si
Anthony Johnson fuese el hombre de mayor edad y más sabio, que pudiese
permitirse tratar con indulgencia aquellos pequeños problemas domésticos.
Arthur se sintió irritado. A Anthony Johnson
le habría estado bien que cuando Arthur distribuyese el correo del martes
siguiente, abriese la carta de Bristol por error. No lo hizo, claro está,
aunque el matasellos era tan tenue que resultaba casi ilegible y en el dorso no
había ningún nombre de remitente, pero también ésta iba dirigida a «A. Johnson
Esq., 2/142 Trinity Road, Londres W15 6HD». El sobre era de un papel grueso de
un color gris malva, con textura áspera de aspecto caro.
Arthur lo dejó en la mesa en el extremo del
lado derecho, posición que había adjudicado a la correspondencia de Anthony
Johnson, y luego pasó al jardincito de la entrada para limpiar la basura de
dentro, de encima y de alrededor del cubo de basura. Los basureros llevaban ya
dos semanas en huelga. En aquella atmósfera cerrada y sin sol la basura emitía
un olor agrio y fétido. Cuando volvió a entrar en la casa había desaparecido el
sobre gris malva.
No hizo conjeturas sobre el contenido del
sobre ni sobre la identidad del remitente. Lo único que le interesaba de
Anthony Johnson era llegar a tener una idea clara de sus movimientos. A última
hora del día siguiente, el último miércoles del mes, recibiría simultáneamente
respuestas parciales a todas esas cuestiones.
Eran las ocho y ya había oscurecido. Arthur
hacía mucho que había terminado de cenar. Había lavado los platos y se disponía
a acomodarse ante el televisor. Pero recordó que se había dejado abierta la
ventana del dormitorio. Tía Gracie había sido siempre muy explícita sobre el
tema del aire de la noche y sus malignos efectos. Mientras bajaba la ventana,
procurando no enganchar el frágil borde del visillo, vio apagarse la luz que
iluminaba el patio de abajo. Rápidamente fue hasta la puerta de su piso, la
abrió y escuchó. Anthony Johnson, en lugar de abandonar la casa, estaba
subiendo por las escaleras.
Arthur oyó con toda claridad el disco del
teléfono al marcar. Muchos números, no sólo los siete de Londres. Y había
metido muchas monedas...
Luego oyó la voz de Anthony Johnson:
–Supongo que no hay moros en la costa, que él
no está escuchando esta conversación y que no aparecerá aquí y me pegará un
tiro por la mañana.
Una pausa. Luego:
–Por supuesto estoy bromeando, amor mío. Todo
este asunto es un asco. –Arthur escuchaba atentamente–, Recibí tu carta.
Querida, necesito aclaraciones. Debes de ser la única señora casada que ha
citado The Pilgrim’s
Progress en una carta a su amante. ¿Era Grace Abounding? Entonces no
necesito aclaraciones.
Una larga pausa. Arthur Johnson maldijo entre
dientes, evidentemente porque tenía que echar más monedas.
–¿Puedo pasarte el cargo? No, por supuesto,
no lo haré. Roger lo vería en la factura.
Silencio. Risa. Otro silencio. Luego:
–El curso empieza dentro de una semana, pero
sólo asistiré a las clases que se refieren a mi tema. Estoy aquí casi todo el
tiempo, trabajando y... bueno, pensando. ¿Que si salgo por las noches? Amor
mío, ¿adónde iba a ir y quién iría conmigo?
Arthur cerró la puerta de la forma
absolutamente silenciosa que había cultivado con una larga práctica.
5
El ambiente de West Kenbourne, nunca
agradable, hedía a basura. Sacos, bolsas y cajas de basura formaban un muro a
lo largo del bordillo entre el Waterlily y Kemal’s Kebab House. Desechos
fabriles y restos culinarios, que se derramaban de cajas de cartón rotas, atestaban
Oriel Mews, y en Trinity Road la basura de las casas se cocía, apestando, bajo
el sol.
–Y nosotros sólo tenemos un cubo de basura
–dijo Arthur quejumbrosamente a Stanley Caspian.
–Daría igual si tuviéramos diez, ya estarían
todos llenos. ¿No puedes meter tu basura en una de esas bolsas negras que envía
el municipio?
Arthur cambió de enfoque.
–Es el principio del asunto. Si esos
individuos insisten en hacer huelga, habría que tomar otras medidas. Yo pago
mis impuestos, tengo derecho a que mi basura se recoja. Escribiré a las
autoridades municipales. Es muy posible que atiendan a una carta redactada con
firmeza por un contribuyente.
–Los cerdos podrían volar sí tuviesen alas y
entonces ya no tendríamos carne de cerdo –dijo Stanley y se echó a reír–. Lo
que me recuerda que estoy desfalleciente de hambre. Pon la cafetera, mi buen
Arthur. –Y abrió una bolsa de cacahuetes y otra de patatas fritas con sabor a
hamburguesa.
–¿Qué tal se adapta el nuevo?
–A mí no me preguntes –dijo Arthur–. Ya sabes
que sólo me ocupo de mis asuntos.
Le preparó el café a Stanley, pidió su sobre
y se fue otra vez escaleras arriba. Le resultaba desagradable la idea de hablar
de Anthony Johnson, lo que se debía en parte a que cualquier conversación que
tuviera lugar en el vestíbulo podía oírse fácilmente desde la habitación 2. Eso
a Stanley Caspian le traía sin cuidado, claro está. Arthur pensó que ojalá le
trajese sin cuidado también a él, pero en los últimos días le había invadido
lentamente la impresión de que debía congraciarse con Arthur Johnson, no
ofenderle en modo alguno ni despertar su antipatía. Lamentaba ahora sus secas
palabras sobre lo impreciso de la dirección de las cartas. Estaba cavilando que
tenía que establecer una relación amistosa (la palabra misma le desazonaba) con Anthony
Johnson. Porque de ese modo quizá pudiese convencerse de que corriera las
cortinas cuando tuviese la luz encendida, o de que se proveyese de una persiana
para conservar el calor (Stanley Caspian no se la pondría nunca), o incluso
convencerle (y esto llevaría mucho trabajo sutil y pesado) de que él, Arthur,
tenía alguna ocupación en el sótano, revelando fotos, por ejemplo, o haciendo
labores de carpintería.
Recogió la colada, la metió en el carro de
plástico color naranja y sintió una consternación desazonante. No quería
relacionarse con aquel individuo, no quería relacionarse con nadie. ¡Qué
desagradable era conocer gente, y qué innecesario había sido durante veinte años!
«El psicópata es asocial; más aún, se halla
claramente en conflicto con la sociedad. Le guían deseos atávicos y un ansia de
emociones. Centrado en sí mismo, impulsivo, menosprecia los tabúes de la
sociedad...» Anthony había estado toda la mañana tomando notas, pero en aquel
momento, al oír que Stanley Caspian abandonaba la casa, posó la pluma. ¿Tenía
algún sentido empezar la tesis antes de haber asistido a aquella clase concreta
de criminología? Por otra parte, no tenía mucho más que hacer. La música del
piso de arriba, que había estado perturbando su concentración durante la última
media hora, cesó y se oyeron dos portazos. Hasta entonces sólo había conocido a
Arthur Johnson y, en cuanto oyó aquel ruido, salió al vestíbulo.
Había dos hombres sentados en las escaleras,
en apariencia para que uno de ellos, bajito y de oscuro cabello revuelto, se
atase los cordones de los zapatos. El otro canturreaba:
–Entonces confía en mí, no hay nada como
beber, / nada tan agradable a este lado de la tumba. / ¡Impide pensar al
desgraciado, / y hasta al valiente hace más bravo!
Anthony les saludó.
El individuo bajo y moreno, una vez atados
los cordones de los zapatos, bajó las escaleras, le tendió la mano y dijo con
aire festivo:
–El señor Johnson, supongo.
–Así es. Anthony. El «otro Johnson».
Esto provocó risas que no correspondían a la
supuesta gracia del comentario.
–Ponlo en el timbre, ¿por qué no lo haces?
Soy Brian Kotowsky, y éste es Jonathan Dean, el mejor amigo que haya podido
tener un hombre.
Brian le tendió una mano grande, peluda y
colorada.
–Estamos a punto de dar un poco de trabajo a
nuestros gaznates en un mesón conocido por sus habituales como «el Lily», y si
tú quisieses...
–Quiere decir que vengas a echar un trago.
Anthony sonrió y aceptó, aunque se preguntó
si lamentaría aquel encuentro. Al salir, Jonathan Dean cerró de un portazo la
puerta de la casa y comentó que esto haría estremecerse un poco los techos del
bueno de Caspian. Cruzaron Trinity Road y enfilaron Oriel Mews, un callejón
adoquinado cuyas casas habían sido todas transformadas en obradores y talleres
pequeños. Los adoquines estaban cubiertos de una olorosa capa de mondas de
patata y borras de café, derramadas de las bolsas de basura amontonadas.
Anthony arrugó la nariz.
–¿Lleváis mucho tiempo viviendo aquí?
–Desde siempre y un día más, pero yo me iré
muy pronto.
–Dejándome solo con esa diablesa –dijo
Brian–. Sin tu influencia moderadora ella me matará, me hará pedazos.
–Es lo que te mereces, hará muy bien. Los
mejores matrimonios son así. No lechos de rosas sino campos de batalla. Piensa
en Tolstoi, piensa en Lawrence.
Aún seguían examinando y discutiendo
acaloradamente los problemas de Tolstoi y Lawrence cuando entraron en el
Waterlily. Estaba atestado, lleno de humo y de calor. Anthony pagó la primera
ronda, la táctica más prudente si uno quería largarse enseguida. Su vacilante
pregunta había sido una tentativa de preámbulo para otra que formuló en la
primera pausa.
–¿Qué se puede hacer en este lugar?
–Beber –contestó Jonathan.
–No quiero decir aquí. Quiero decir en
Kenbourne Vale.
–Beber, discutir, hacer el amor.
–Está el Taj Mahal –dijo Brian–. Antes le
llamaban el Odeón pero ahora sólo exhiben películas hindúes. O si no, Radclyffe
Park. En Radclyffe Hall dan conciertos.
–Maldita sea –dijo Jonathan–. Es mejor que lo
tengas claro. Tony, lo único que se puede hacer aquí es beber. Aquí mismo, en
el Dalmatian, el Hospital Arms, el Gran Duke. ¿Qué más quieres?
Pero antes de que Anthony pudiese contestar
entró en el bar una mujer, se acercó y se inclinó sobre ellos, con las manos,
de uñas muy sucias, apoyadas sobre la superficie de la mesa. Se dirigió a
Brian.
–¿Qué demonios haces tú, viniendo aquí sin
mí?
–Estabas dormida –dijo Brian–. Estabas muerta
para el mundo.
–En el sudor rancio –añadió Jonathan– de una
cama revuelta.
–Cállate, zafío asqueroso.
Le lanzó una mirada burlona, una de esas
miradas que las mujeres suelen reservar a aquellos amigos de sus maridos que se
considera que ejercen una influencia corruptora. Porque Brian era su marido,
Anthony estaba seguro, antes incluso de que Brian alzase una débil mano y
dijese:
–Mi mujer, Vesta.
Vesta se sentó.
–Tu mujer Vesta quiere tomar algo también, un
gin-tonic de los grandes.
Luego sacó un cigarrillo y Dean otro, pero en
vez de darle fuego encendió su propio cigarrillo y se guardó otra vez el
encendedor. Ella encendió una cerilla, dándole la espalda, y dio una ruidosa
calada. Anthony la miraba con interés. Aparentaba unos treinta y tantos años y
parecía haber salido de casa sin intentar eliminar el «sudor rancio» mencionado
por Jonathan Dean. Se había dado alheña en su cabello negro, y los mechones de
sus bucles de Medusa (llevaba el cabello tan revuelto y despeinado como el de
su marido pero mucho más largo) tenían un brillo metálico bermejo. La piel de
la cara, bastante ajada, tenía un brillo grasiento. Labios finos. Ojos grandes
marrón rojizo, coléricos. Olía a aceite de pachulí. Llevaba un vestido largo de
algodón indio, oscuro y sucio, con cuentas y cadenitas y parcialmente oculto
bajo un chal rojo con flecos. Cuando Brian le llevó el gin-tonic, cogió el vaso
con ambas manos y contempló con mirada fija el líquido como una adivina con una
bola de cristal.
Brian había llevado también otra ronda de
cerveza. Jonathan, después de lanzar varios comentarios ofensivos, aunque en
esta ocasión ineficaces, contra Vesta (comentarios que parecían agradar más que
enojar a su marido), empezó a hablar de Li-li Chan. Menudo «bombón» era. Qué
bien entendía a aquellos pioneros del Imperio que habían abandonado a sus
pálidas y deshidratadas esposas por amantes orientales. Eran como florecillas.
Esperaba que Anthony se diese cuenta de la suerte que tenía de poder compartir
un cuarto de baño con Li-li. Y así sucesivamente. Anthony decidió que de
momento tenía bastante. Los años que llevaba viviendo en pensiones y
residencias le habían enseñado que era una necedad hacer amigos simplemente por
hacerlos. Tarde o temprano aparecerían los dos o tres que tú querías realmente
por amigos, y entonces se te planteaba el problema de librarte de aquellos
sustitutos.
Así que cuando Brian empezó a hacer planes
para la noche, un recorrido por bares, declinó su propuesta. Jonathan también
declinó, para sorpresa de Anthony Johnson, pues tenía un compromiso; y Vesta,
que parecía de pronto menos zombie, dijo que ella también tenía que salir.
Brian no tuvo necesidad de preguntar por qué o con quién y todo eso. Ella era
libre, ¿no? Ella no se había casado para que la acosasen constantemente en
público.
Anthony se compadeció de Brian, cuyo rostro
de perro de aguas adoptaba enseguida una expresión de triste desamparo.
–Otro día –dijo al marcharse, y lo decía en
serio.
Brillaba el sol y tenía por delante toda la
tarde. Radclyffe Park, pensó, y cuando llegó el autobús K.12 lo cogió. El
parque era grande y estaba ordenado casi como un jardín. En un espacio verde
donde las sombras de los tilos cubrían la hierba, se sentó y releyó la carta de
Helen.
«Querido Tony: Sabía que te echaría de menos
pero no sabía cuánto. Tengo ganas de preguntar de quién fue esta idea. Pero sé
que llegamos los dos a la misma conclusión simultáneamente y es la única
salida. Además, ninguno de nosotros somos de esa clase de personas a las que
puede hacer felices una cosa clandestina, una aventura. A ti ser discreto te
parece absurdo, ¿no?, un aburrimiento asqueroso. En cuanto a mí, siempre me ha
fastidiado mentirle a Roger. Cuando tú dijiste (¿o fui yo quien lo dijo?) que
tiene que ser todo o nada, yo, tú, nosotros, teníamos razón.
»Pero no debo de ser muy buena mintiendo
porque sé que Roger se ha dado cuenta de mi deserción. Ha sido siempre celoso
sin motivo pero nunca llegó a hacer cosas al respecto. Ahora ha empezado a
telefonearme al trabajo dos y tres veces al día y la semana pasada abrió dos
cartas a mi nombre. Una de ellas era de mamá y la otra era una invitación para
un desfile de modelos, pero no pude adoptar una actitud soberbia y de virtud
ofendida. ¿Cómo iba a poder hacerlo? Después de todo, tengo un amante, le he
engañado...»
Un niño que estaba jugando a cierta
distancia, dio una patada a su pelota y ésta llegó hasta los pies de Anthony.
Se la devolvió. Era curioso que la gente pensase que sólo las mujeres querían
casarse y tener hijos.
«Recuerdo todas las cosas que tú me
enseñaste, principios para regir la propia vida. Existencialismo aplicado. Me
digo que yo no soy responsable de ninguna otra persona adulta y que no estoy en
este mundo para cumplir con las expectativas de Roger. Pero me casé con él.
Tony. ¿Y al casarme con él no le prometí en cierto modo hacerme responsable de
su felicidad? ¿No dije, más o menos, que él tenía derecho a esperar mucho de
mí? Y ha tenido tan poco, pobre Roger. Nunca fingí amarle siquiera. Llevo seis
meses sin dormir con él. Sólo me casé con él porque me presionaba y no aceptaba
mi negativa...»
Anthony frunció el ceño. No soportaba la
debilidad de Helen, sus vacilaciones. Había facetas de su sensible personalidad
que no lograba entender. Pero allí estaba el pasaje de Bunyan, aquello tenía
sentido.
«Así pues, ¿por qué no se lo cuento todo y me
largo? Salto la escalerilla con los ojos vendados hacia la eternidad, me hundo
o nado, llego al cielo o al infierno... Por miedo, supongo, y por compasión.»
Pero se trataba de un sentido demasiado fugaz. «Pues en este momento estoy aquí
porque la compasión es más fuerte que la pasión, y tú estás solo en Londres...»
Anthony dobló la carta y volvió a metérsela en el bolsillo. No se sentía
abatido, sólo bastante solo, y aburrido. Al final ella vendría a él, lo que
sentía por él era demasiado fuerte para que pudiese rechazarlo. Había habido
cosas entre los dos que ella recordaría en su ausencia, y ese recuerdo, esa
esperanza de renovación, sería más fuerte que ninguna piedad. ¿Y entretanto? Le
devolvió otra vez la pelota al niño, se echó de costado en la hierba seca y
caliente y se quedó dormido.
El metro llevó a Anthony a una parada antes
de Kenbourne Lane. En la entrada de la estación le abordó un niño de unos diez
años y le pidió un penique para la hoguera del 5 de noviembre.
–¿En septiembre? Un poco prematuro,
¿no?
–Es que tengo que empezar muy pronto, señor
–dijo el chico–, de lo contrarío otro me ocupará el sitio.
Anthony sonrió y le dio diez peniques.
–No veo que tengas nada para la hoguera.
–Por eso mi amigo y yo estamos pidiendo. Para
hacer una.
Los niños, los del parque y aquellos dos de
la estación, le dieron una idea. Un trabajo para última hora del día y alguna
tarde del fin de semana, un trabajo para el cual estaba admirable y plenamente
adiestrado... Eran las seis de la tarde. Entró en su habitación, escribió una
carta, escribió la dirección en el sobre y puso el sello. Esta operación no le
llevó más de diez minutos, pero cuando terminó, la habitación estaba tan oscura
que tuvo que encender la luz de la medusa. Al salir se encontró en el vestíbulo
a Arthur Johnson, que llevaba también una carta en la mano. Anthony habría
pasado a su lado con una sonrisa y un «buenas noches», pero el «otro» Johnson
(¿o era él?) se giró, casi cortándole el paso, y le miró con una expresión
seria, anhelante y casi colérica.
–¿Puedo preguntarle si va a salir esta noche,
señor Johnson, o sólo va a echar la carta al buzón?
–Sólo voy al buzón –dijo Anthony,
sorprendido.
El brillo esperanzado de los ojos del otro
pareció apagarse. ¿Por qué le preocupaba el que él saliese o no? Quizá fuese
aquélla la respuesta que él esperaba, en realidad, pues le tendió la mano,
sonriendo con una especie de cordialidad forzada, y dijo afablemente.
–Entonces, permítame que tenga el honor de
echar su carta.
–Gracias –dijo Anthony–. Es usted muy amable.
Arthur Johnson cogió la carta y, sin más,
salió de la casa, cerrando la puerta silenciosamente y con sumo cuidado.
6
La huelga de basureros terminó el último
lunes de septiembre. Dos días después, el primer miércoles de octubre, Arthur
oyó el repiqueteo de las tapas de los cubos, el estruendo de la maquinaria y
las palabras excéntricas (según su modo de pensar) de los viandantes, que
decían que Trinity Road estaba por fin librándose de la basura. Podría haberse
ahorrado el trabajo de escribir a las autoridades municipales. Aun así,
aquellas quejas eran eficaces; habían contestado con bastante rapidez. El sobre
marrón rezaba: «Barrio de Kenbourne, Londres», e iba dirigido a «A. Johnson
Esq., 2/142 Trinity Road, Londres W15 6HD». Arthur se lo metió en el bolsillo.
El resto del correo, un anuncio de una tienda de zapatos para Li-li Chan y un
sobre gris malva, con matasellos de Bristol, para Anthony Johnson, los colocó
en sus respectivas posiciones en la mesa del vestíbulo.
Estaban todos fuera salvo él. Por la llamada
telefónica que había escuchado, Arthur sabía que Anthony Johnson iría a la
universidad aquel día, pero sintió alivio al comprobarlo por la visión del
«otro» Johnson; desde la ventana de su salón, le vio salir a las nueve y cinco
camino de la estación de metro. No es que esto fuese para él de gran ayuda
práctica, pues también debía ir a trabajar al cabo de diez minutos; resultaba
simplemente alentador saber que aquel hombre salía de casa alguna vez. Era un
principio.
Volvió a subir las escaleras y abrió la carta
con uno de los cuchillos de plata de fruta de tía Gracie. «Distrito de
Kenbourne, Londres, Departamento de Servicios Sociales.» Bueno, él había creído
que le contestaría un inspector de Sanidad, pero en estos tiempos uno nunca
sabe. «Muy señor mío: En respuesta a su carta del 28 del corriente, solicitando
información sobre la existencia de puestos de trabajo en centros recreativos
para niños dentro del barrio, hemos de informarle que tales centros se hallan
bajo los auspicios del Departamento de Educación de Londres y no es nuestro...»
Arthur comprendió lo que había pasado y se
sintió sobrecogido. ¡Que fuese él, precisamente él, de los dos, el que abriese
una carta por error! Habría importado menos si hubiese sido una carta para otro
inquilino, para aquella chinita risueña, por ejemplo, o aquel borracho de Dean.
Ahora tenía que devolver la carta. Arthur estaba tan alterado que no se sentía
capaz de escribir la nota obligada pidiendo disculpas. Además, le haría llegar
tarde al trabajo. Eran casi las nueve y cuarto. Metió el sobre y su contenido
en la cartera vacía y salió de casa.
Los obreros del equipo de derribo estaban
trabajando el salón de tía Gracie (empapelado color ocre, chimenea de mármol,
linóleo rosa), expuesto a la vista del público. Sobre el ocre del empapelado se
veía el pálido rectángulo que indicaba dónde había estado colocado el aparador,
aquel aparador en uno de cuyos cajones había encerrado al ratón. Su primera
víctima. En aquella habitación había muerto tía Gracie, y de ella había salido
él para matar... ¿Por qué pensaba en todo aquello ahora? Sintió un mareo. Abrió
la verja y se dirigió a su oficina, pensando que ojalá hubiese algún medio de
aislar el lugar del estruendo de los golpes y del estrépito de las paredes al
desplomarse, pero cuando Barry entró tranquilamente a las diez menos cuarto,
Arthur estaba ya redactando el primer borrador de una nota para Anthony
Johnson.
Afortunadamente había muy poca
correspondencia para Grainger aquel día, los libros estaban en buen orden y
absolutamente al día. A Arthur le parecía abrumadora la tarea que tenía ante
sí, y acabaron en la papelera un borrador tras otro. Pero a la una de la tarde,
la carta (manuscrita, pues las notas de disculpa mecanografiadas le parecían
una descortesía) era el ejemplo más perfecto de lo que Arthur era capaz de
conseguir.
«Querido señor Johnson: Le ruego acepte mis
sentidas disculpas por haber abierto su carta equivocadamente. Considerando la
gravedad de esta intromisión en sus asuntos personales, creo que es obligado
que le dé una detallada explicación. También yo estaba esperando una carta del
consejo del distrito de Kenbourne en respuesta a otra mía pidiendo que se
tomasen medidas en relación con la lamentable situación creada como
consecuencia del cese de la recogida regular de basuras. Al leer el nombre de
la autoridad local en el sobre, lo abrí sin más y me encontré con que iba
dirigido a usted. Ni que decir tiene que no leí más que lo estrictamente
necesario para informarme de que yo no era el destinatario. Esperando que sea
usted tan amable de pasar por alto lo que fue, en realidad, un verdadero error,
queda, suyo afectísimo, Arthur Johnson.»
¿Cómo saber a qué hora regresaría Anthony
Johnson? Arthur se pasó por el 142 a la una y cuarto. La casa estaba
silenciosa, vacía, y el sobre gris malva aún seguía encima de la mesa del
vestíbulo. Arthur colocó a su lado, limpiamente alineado con él, el de la carta
del consejo municipal de Kenbourne y su propia nota, unida con un clip. Cuando
regresó del trabajo poco antes de las cinco y media aún estaban allí todas las
cartas y la casa seguía vacía.
Una vez en su piso, empezó a cavilar sobre la
reacción de Anthony Johnson. Tal vez aquel incidente acabase teniendo
consecuencias positivas. Anthony Johnson leería la nota, su honradez y su
seriedad le conmoverían, y subiría inmediatamente a explicarle que entendía muy
bien lo sucedido y que no se preocupase de nada. Esa sería su oportunidad. Puso
la cafetera, preparó una bandeja con la mejor porcelana y dejó la puerta del
piso entreabierta y con la cadena pasada para que Anthony Johnson supiese que
se le esperaba y que era bienvenido. Porque, por muy molesto que fuese recibir
a alguien y charlar con él, en aquel momento era de importancia capital. Y qué
maravilloso sería si, en el curso de aquella conversación, Anthony Johnson
anunciase su intención de buscarse un trabajo por la tarde, como la carta
dejaba entrever.
Se sentó junto a la ventana, mirando hacia
abajo. La primera en llegar a casa fue Li-li Chan. Le acompañaba un joven en un
coche deportivo verde, y diez minutos después de que entrasen en la casa Arthur
la oyó al teléfono.
–No, no, te aseguro que lo siento mucho.
–Li-li casi había dicho «asegulo»–. Dale la entrada del teatro a otra chica
bonita. Yo me lavo la cabeza, me quedo en casa toda la noche. Oh, no seas tan
tonto. ¿No te voy a querer porque me lave la cabeza? Te digo que te quiero,
quiero mucha, mucha gente, así que ahora, adiós.
Arthur estiró el cuello para verla entrar en
el coche con su acompañante y salir en dirección a Kenbourne Lane. Esperó.
Vesta Kotowsky llegó sola, con cara de pocos amigos. «Ahí va una –pensó Arthur–
que no le vendría mal quedarse una noche en casa para lavarse ese cabello
grasiento y despeinado.» A las seis y cinco apareció Anthony Johnson por la
entrada de arco que daba al callejón de Oriel Mews. Y mientras le miraba
aproximarse, su figura alta y bien proporcionada, el rostro bello de rasgos
firmes, la mata de pelo coronando una cabeza armoniosa, Arthur sintió un
estremecimiento en parte de envidia y en parte de resentimiento. Sin embargo,
esto no le evocaba la buena pinta del «otro» Johnson (¿acaso no había tenido
él, Arthur, una cuota igual de grande de aquello?) o el hecho de que ocupase la
habitación 2. Era más bien que el destino, en el proceso de sus designios
misteriosos e injustos, había sido más amable con él. El destino no había
cargado a aquel hombre con una inclinación que pusiese en peligro constante su
vida y su libertad...
La puerta de la casa se cerró con un golpe a
medio camino entre el clic remilgado de Arthur y aquellos portazos de Jonathan
Dean que hacían temblar los techos. Pasaron diez minutos, un cuarto de hora,
medía hora. Arthur estaba sobre ascuas. Se hacía demasiado tarde para tomar el
té. Era hora de que empezase a preparar la cena. La idea de alguien simplemente
llamando a la puerta –no digamos ya entrando– mientras él estaba comiendo le
resultaba inadmisible. ¿Debería bajar él? Tal vez. Quizá debiese reforzar su
nota con una aparición personal y con una disculpa personal.
Sonó la puerta de un coche. Corrió de nuevo a
la ventana. Era el coche de los Kotowsky, y salían de él Brian Kotowsky y
Jonathan Dean. Siguió luego el estrépito de un portazo en la entrada. Una larga
pausa y luego unas pisadas subiendo las escaleras. ¿Era posible que por fin...?
Pero no. La puerta de Dean se cerró estruendosamente.
Arthur, muy inquieto, siguió junto a la
ventana. Y apareció de nuevo Brian Kotowsky. Arthur contuvo el aliento cuando
vio a Anthony Johnson salir también de la casa. Parecía renuente, irritado
incluso.
–Muy bien –le oyó decir–, pero tendrá que ser
uno rápido. Tengo que trabajar.
Cruzaron la calle camino del Waterlily.
Arthur bajó sigilosamente el primer tramo de escaleras. De la habitación de
Jonathan Dean llegaba un sordo murmullo de voces. Luego se oyó una risa suave y
gutural. Siguió bajando. Por encima del pasamanos vio que la mesa del vestíbulo
estaba vacía, salvo por los inevitables folletos publicitarios. La circular de
la zapatería de Li-li Chan y los dos sobres para Anthony Johnson habían
desaparecido. Arthur se detuvo junto a la mesa, perplejo. Luego reparó en un
montoncito de papeles retorcidos que había en la papelera de Stanley Caspian.
Los recogió. Eran la nota que él había escrito con tanto esmero y preocupación
a Anthony Johnson y el sobre de la carta del consejo municipal.
El Departamento de Educación de Londres había
comunicado a Anthony de que no le podían informar por teléfono sí tenían una
vacante para él o no. ¿Por qué no escribía? Lo hizo y recibió una respuesta con
mucho retraso llena de tácticas dilatorias que venían a significar que tenía
que presentar otra solicitud por Navidad. Por lo menos las autoridades
municipales de Kenbourne le habían contestado con diligencia. Arthur sonrió con
tristeza al recordar la noche que había recibido la respuesta. Había sido una
noche cargada de molestias.
En primer lugar había llegado aquella carta
de Helen, una carta que parecía más bien un ensayo sobre las desgracias de
Roger. «Me siento a leer literatura y cada vez que alzo la vista veo sus ojos
fijos en mí, mirándome acusadoramente, y a cada pequeño comentario inocente que
hago se lanza sobre mí (“¿Qué quiere decir eso? ¿Qué es lo que te propones?”),
de manera que me siento como una desdichada ladrona de tiendas a la que el gran
detective interroga. Anoche rompí a llorar y (¡oh, fue espantoso!) él empezó a
llorar también. Se arrodilló a mis pies y me suplicó que le amara...» A Anthony
aquella carta que, impulsado por la alegría de recibirla, había leído de pie en
el vestíbulo, junto a la mesa, le había irritado tanto que tardó varios minutos
en darse cuenta de que había otra para él. Y cuando se dio cuenta, cuando abrió
y leyó aquella nota ridícula de Arthur Johnson, su impaciencia llegó a un
extremo tal que la retorció y la arrojó a la papelera. En ese momento había
llegado Brian Kotowsky y, abandonado por el mejor amigo que haya podido tener
un hombre, insistió en que le acompañase al Waterlily. Allí Anthony se había
visto obligado a escuchar una disertación sobre los horrores del matrimonio, la
indeseable independencia que el tener un trabajo propio otorgaba a una esposa,
y la confesión de Brian de que no sabía lo que haría, sinceramente, cuando se
marchase Jonathan. Se había visto obligado a escuchar, pero no más de media
hora.
Cuando regresó solo al 142, Anthony consideró
la posibilidad de subir a tranquilizar a Arthur Johnson. Era evidente que el
hombre padecía una neurosis de angustia aguda. Una persona más equilibrada
habría garrapateado simplemente «perdone que abriera su carta». Los
circunloquios y el tono engolado de aquel hombre resultaban patéticos.
Revelaban una tensa necesidad de preservar un ego inmaculado, olían a paranoia,
miedo a la represalia, deseo de que todos los hombres pensasen bien de él,
incluso los desconocidos. Pero a esa clase de individuos, pensó, era imposible
tranquilizarles, su creencia profundamente arraigada en su propia
insignificancia e indignidad es demasiado grande y lleva enraizada demasiado
tiempo para que se pueda implantar en ellos la seguridad en uno mismo. Además,
a Arthur Johnson no le gustaba relacionarse y probablemente se sentiría más
nervioso con una intromisión en su intimidad. Era mejor esperar hasta que se
encontrasen en el vestíbulo por casualidad.
Durante la semana siguiente no se encontró
con Arthur Johnson, pero volvieron a acosarle los niños en la estación de
Kenbourne Lane.
–¿Un penique para la hoguera?
–¿Dónde vais a instalar la hoguera? –preguntó
Anthony–. ¿En Radclyffe
Park?
Les dio otra moneda de diez peniques.
–El guardia del parque no nos deja, es un
cabrón. Podríamos hacerlo en el patio trasero de casa, si mi padre nos dejase.
–La vieja –dijo el otro niño– llamó a los
polis la última vez que tu padre hizo una hoguera.
Anthony se alejó Magdalen Hill abajo. Los
críos y sus padres le llamaban Mag-da-lene, lo mismo que llamaban Bawlial a
Balliol Street. Qué estúpidos eran aquellos pseudointelectuales (Jonathan Dean
era uno de ellos) que se burlaban de la pronunciación defectuosa. Si la gente
que vivía allí no tenía derecho a llamar a las calles a su antojo, ¿quién lo
tenía? El solar lleno de escombros y cerrado por una red oxidada de tela
metálica atrajo su mirada. Las autoridades no le dejaban hacer trabajo social
oficial, pero ¿por qué no podía hacer algo de forma privada y por su propia
iniciativa? ¿Por qué no se planteaba organizar la fiesta del 5 de noviembre en
aquel solar? La idea le pareció atractiva. A través de la tela metálica miró
aquella extensión irregular cubierta de vegetación. A un lado quedaba el
descampado por el que bajaba hacia Londres el metro, al otro las montañas de
ladrillos marrones, madera rota y yeso amarillo desmoronado que era lo único
que restaba ya de las casas demolidas. Al fondo se alzaban las fachadas
posteriores grises y marrones de las casas de Brasenose Avenue, edificios de
viviendas de alquiler de los que colgaban escaleras metálicas. Cuando viesen a
un hombre preparando una hoguera allí todos los jóvenes del barrio acudirían. Y
podía además hacer participar a los padres, sobre todo a las madres, para
organizar una cena. La gran verbena del 5 de noviembre de Kenbourne Vale. En
fin, podría sentar un precedente y que luego ellos lo celebraran todos los
años.
Eran las seis de la tarde del viernes 10 de
octubre. Si quería hacerlo sería mejor que empezase a organizarlo al día
siguiente. Sin embargo aquella noche tenía trabajo. Sentado a la mesa de la
habitación 2, con la pata coja de ésta suplementada con El Yo intrapsíquico de Arieti, Anthony reunió y leyó sus notas.
«No debe clasificarse como esquizofrénico,
maníaco-depresivo o paranoico. Esa condición no puede en rigor asociarse a
ninguna de tales afecciones. El psicópata se caracteriza por ser incapaz de
establecer relaciones sentimentales. Si se forman (fugaz y esporádicamente), el
objetivo es la satisfacción inmediata de los propios deseos. No hay culpabilidad
ni amor. El psicópata ha aprendido muy pocas formas socializadas de enfrentarse
a las frustraciones. Las que ha aprendido (por ejemplo, un interés por la
pornografía dura) pueden ser en sí mismas, en el mejor de los casos, grotescas.
Por sus acciones...»
La luz de la lámpara de medusa se apagó con
un súbito bufido.
Anthony soltó una maldición. Durante unos
instantes siguió sentado en la oscuridad preguntándose si debía pedir ayuda a
Jonathan o a los Kotowsky. Pero eso le enredaría en otra sesión alcohólica. El
leve rumor de la puerta de la calle al cerrarse unos minutos antes indicaba que
Li-li se había ido. Tendría que salir y comprar otra bombilla. Afortunadamente
en Winter no cerraban hasta las ocho.
Al dirigirse a la puerta de la calle oyó
ruido de pisadas arriba, en el descansillo. Arthur Johnson. Pero cuando vaciló,
mirando escaleras arriba (aquélla podía ser la oportunidad para tranquilizarle)
vio retirarse a quien estaba arriba, del que sólo captó un vislumbre. Anthony
se encogió de hombros y salió en busca de la bombilla.
7
Arthur estaba seguro de que había ofendido
mortalmente a Anthony Johnson y echado a pique sus propias esperanzas. Ya no
podía hacer más que observar y esperar. El «otro» Johnson tendría que salir por
la noche, tarde o temprano. Salía durante el día los sábados y los domingos,
por supuesto, pero lo que Arthur necesitaba era la oscuridad que le
proporcionaba la ilusión de que el pasaje lateral, el patio, el sótano, eran la
calleja, el espacio en sombras y desierto que satisfacía sus deseos. Oscuridad
y ausencia de gente, de puertas de coches que se cierran, de interferencias...
Recordaba con toda precisión cuándo había
sentido por primera vez aquella necesidad. La necesidad de utilizar la
oscuridad. Tenía doce años. Tía Gracie había invitado a dos amigas a tomar el
té y estaban sentadas alrededor del fuego, utilizando aquellas mismas piezas de
porcelana que él había preparado inútilmente para Anthony Johnson. Hablaban de
Arthur. A él le habría gustado, como muchas otras veces, retirarse a su
dormitorio. Pero eso sólo le estaba permitido a la hora de acostarse, y en
cuanto estaba metido en la cama tía Gracie apagaba la luz y le prohibía volver
a encenderla. Siempre se dejaba encendida la luz del descansillo, así que
Arthur no tenía miedo. Habría preferido luz suficiente para leer, o de lo
contrario oscuridad total.
La señora Goodwin y la señora Courthope eran
las amigas de tía Gracie. Arthur tenía que sentarse y portarse bien, honrando a
su tía. Hablaban mucho sobre cierto niño innominado que Arthur suponía debía
ser él mismo por la forma encubierta y misteriosa con que hablaban y las
miradas significativas que cambiaban.
–Por supuesto, para un niño significa un
estigma que nunca puede quitarse –dijo la señora Goodwin.
En lugar de contestar, tía Gracie dijo:
–Ve a la otra habitación, Arthur, y tráeme
una cucharilla del aparador. Una con la inicial.
Arthur obedeció. No cerró la puerta pero lo
hizo una de ellas. La luz del vestíbulo estaba encendida, así que no encendió
la de la habitación delantera. Debido a ello abrió un cajón equivocado. Al
hacerlo surgió como un relámpago un ratón que cruzó la superficie del aparador
y se coló en el cajón abierto. Arthur lo cerró de golpe. Cogió una cucharilla
con la inicial grabada del otro cajón y se quedó allí, con ella en la mano y
con el corazón palpitante. El ratón corría dando vueltas dentro del cajón, en
círculos desesperados, dando golpes con la cabeza y con el cuerpo contra las
paredes de su prisión. Empezó a chillar agudamente como la cría de un pájaro,
pero eran chillidos de angustia. Arthur sintió una satisfacción intensa y
profunda, casi felicidad. Estaba oscuro y estaba solo y tenía suficiente poder
sobre algo para hacerlo morir.
Las mujeres, extrañamente, no parecieron
echarle de menos, aunque llevaba allí más de cinco minutos. Dejaron de hablar
bruscamente cuando él entró. Tras la marcha de la señora Goodwin y la señora
Courthope, tía Gracie lavó los platos y Arthur los secó. Luego le ordenó que
guardara la plata, lo que estuvo bien porque de haber sido ella habría oído al
ratón. Había dejado de chillar y provocaba ruidos indefinidos, como si rozase y
arañase, unos ruidos débiles. Arthur no abrió el cajón. Los oyó con placer.
A última hora del día siguiente cuando abrió
el cajón por fin, el ratón estaba muerto y el cajón, que contenía unos
servilleteros y una vinagrera de repuesto, estaba todo salpicado de sangre. A
Arthur no le inspiró ningún interés el cadáver. Dejó que tía Gracie lo
encontrara una semana después, lo que provocó bastantes chillidos.
Oscuridad. Arthur pensaba a menudo en el
ratón asustado y atrapado de la oscuridad y él mismo sintiéndose poderoso.
¡Cómo había ansiado que le dejasen salir a la calle después de oscurecer! Pero
incluso cuando empezó a trabajar y ganar dinero tía Gracie quería que volviese
directamente a casa. Y él tenía que complacerla, tenía que mostrarse digno de
ella. Además, enfrentarse a ella era una empresa demasiado formidable para
considerarla siquiera. Así que sólo salía de noche cuando ella le acompañaba, y
una vez por semana iban los dos al Odeon, que ahora era hindú y se llamaba el
Taj Mahal. Cierta noche, el viejo señor Grainger, que estaba trabajando en una
cosa, le llamó y le envió al otro lado de Kenbourne a recoger un taladro
eléctrico que un obrero se había dejado en una casa en la que estaba haciendo
un trabajo de instalación eléctrica. Él avisaría a la señora Johnson de camino
hacia casa, le dijo, y Arthur tenía que darse prisa.
Arthur fue y recogió el taladro. La oscuridad
(era mediados de invierno) resultaba aún más agradable de lo que había
supuesto. ¡Y qué oscura era entonces la noche, cuánto más oscura que hoy en
día! La oscuridad absoluta de la época de la guerra. Se rozaba en la oscuridad
con la gente, algunos llevaban linternas tapadas. Y en una callejuela
serpenteante, actualmente destruida y desaparecida, barrida por un complejo
inmobiliario gigantesco, se tropezó con una chica que corría. ¿Qué le había
impulsado a tocarla? Ah, si lo supiese tendría la solución de muchas cosas. Pero
la había tocado, extendiendo la mano, pues era ya tan alto como un hombre, y
había pasado un dedo por su cuello cálido. El grito de la muchacha al huir sonó
más bello a sus oídos que los chillidos del ratón. Corrió tras ella, en la
oscuridad, y la emoción surgía dentro de él como un hirviente líquido denso y
perfumado. Sabía lo que quería hacer, pero el pensamiento se interponía para
frenarle. Había leído los periódicos, escuchado la radio y sabía lo que le
ocurría a la gente que quería lo que él quería. Era mejor no salir de noche,
sin duda. Tía Gracie sabía lo que decía. Era casi como si ella hubiese sabido
el motivo, aunque eso era absurdo, pues ella jamás habría imaginado...
Estos últimos quince días, y a consecuencia
de la frustración, sus propios sueños le habían atribulado. Todas las noches a
las once, antes de irse a la cama, echaba un último vistazo desde la ventana de
su dormitorio para ver el patio de abajo inundado de luz de la habitación 2.
Parecía una afrenta personal, y en cierto modo una profanación del lugar.
Además, Anthony Johnson no se había acercado a él, había evitado todo contacto.
Arthur no habría sabido que Anthony estaba en la casa de no haber sido por la
llegada, y la subsiguiente retirada de la mesa del vestíbulo, de otra de aquellas
cartas de Bristol y por aquella luz siempre encendida.
El viernes por la noche, poco antes de las
ocho, la luz se apagó. Arthur bajó desde su piso, con la linterna, y descendió
silenciosamente por el primer tramo de la escalera. Había oído cerrarse la puerta
de la calle, pero eso podría haber sido Li-li Chan al salir. Tanto ella como
Anthony Johnson la cerraban con el mismo grado de moderada consideración. Y
debía de haber sido ella, pues cuando Arthur titubeaba en el descansillo vio
aparecer a Anthony Johnson en el vestíbulo. Arthur retrocedió y la puerta de
entrada se cerró inmediatamente. A través de sus cristales verdes y rojos podía
divisarse la figura de Anthony Johnson como una mancha que se desvanecía
mientras descendía por los escalones de mármol. Nadie, razonó Arthur, salía a
aquella hora si no se proponía estar fuera durante cierto tiempo. Bajó las
escaleras y, demorándose unos instantes para permitir que el inquilino de la
habitación 2 desapareciera, salió de la casa, cruzó el césped y entró en el
pasaje lateral.
No había luna. La oscuridad no era total sino
que había una vaga luminosidad de casas y farolas y el cielo; la semioscuridad
de cualquier rincón de un barrio pobre, en realidad. Y aquel pasaje recordaba,
coloreado por la imaginación de Arthur, cierta calleja que conducía de una
calle ancha a una red de calles míseras. El estruendo apagado del tráfico
potenciaba aún más su ilusión. Cruzó el pequeño patio, los músculos del cuerpo
tensos y hormigueantes, y abrió la puerta del sótano.
Hacía tres semanas que había estado allí, y
el volver a estar por fin después de tanto miedo y angustia le causó un placer
más voluptuoso de lo habitual. Resultaba casi tan bueno como la cosa auténtica,
aún más de lo normal, como Maureen Cowan y Bridget O’Neill. Avanzó despacio
entre la chatarra amontonada, las maderas y los periódicos, la linterna
emitiendo una luz temblorosa que culebreaba delante de él. Y allí, en la
tercera habitación, estaba ella esperando.
Sus reacciones ante ella variaban según su
estado de ánimo y sus tensiones. A veces ella era sólo el instrumento de su
terapia, un alivio rápido. Pero había veces, y ésta era una de ellas, en que la
tensión y el recuerdo le habían agobiado tanto y el anhelo había sido tan
intenso, que toda la escena y ella quedaban modificadas y agrandadas por la
fantasía. Eso le sucedía ahora. Aquello no era el sótano de Trinity Road sino
el patio desierto situado entre un almacén, por ejemplo, y el muro de un
cementerio; ella no era una muñeca de tamaño natural sino una mujer auténtica
que aguardaba a su amante. Cayó sobre ella la luz de la linterna. Iluminó sus
ojos en blanco, luego dejó que la luz trazase en su rostro sombras que
indicaban miedo. Arthur podría haber jurado que ella se movía. No tenía refugio
posible, no había escapatoria, sólo el muro de ladrillo que se alzaba detrás de
ella hacia un techo agrietado y lleno de telarañas. La linterna se convirtió en
una farola que brillaba desvaída en una esquina. La apagó. Silencio absoluto,
oscuridad total. Ella intentaba huir de él, así debía ser porque avanzó hacia
la pared y no pudo encontrarla.
Tocó los ladrillos húmedos y cayó entre sus
dedos un hilo de agua. Desplazó los dedos a lo largo de la pared, buscándola,
gruñendo, emitiendo roncos bufidos. Luego tocó por fin su vestido y fue
subiendo hasta el cuello frío. Pero para él era cálido y suave, como el de
Bridget O’Neill. ¿Había sido él o ella quien había lanzado un gemido ahogado?
Esta vez utilizó la corbata para estrangularla, retorciéndola hasta que le
dolieron las manos.
Arthur tardó mucho tiempo en recuperarse,
unos diez minutos, mucho más de lo habitual. Pero la experiencia había sido más
emocionante y satisfactoria de lo que solía, por lo que resultaba razonable que
hubiese tardado más en recuperarse. Volvió a colocarla en su posición habitual,
apoyada contra la pared, recogió la linterna y se dirigió hacia la puerta del
sótano. La abrió cautelosamente. La ventana de la habitación 2 aún seguía
oscura.
Salió al patio, se volvió para cerrar la
puerta. Y en ese momento, de pronto, todo el patio quedó inundado de luz. Una
luz tan aterradora como la linterna de un policía para un ladrón de pisos.
Quiso girar en redondo, pero se obligó a volverse despacio, esperando
encontrarse con los ojos de Anthony Johnson.
Al principio solamente vio el interior de la
habitación 2, las paredes moteadas de un verde pálido y aquella luz que
brillaba dentro de la pantalla de plástico rosa y verde que, por alguna razón,
se balanceaba como un péndulo. Luego apareció Anthony Johnson debajo de la
lámpara balanceante, cruzando la habitación; ahora, al fin, miraba fijamente
hacia él. Arthur no esperó. Cruzó el patio apresuradamente, la cabeza
inclinada, con un intenso rubor quemándole la cara y el cuello. Recorrió el
pasaje, entró en la casa y subió rápidamente las escaleras.
Una vez en su piso, se sentó torpemente.
Vesta Kotowsky había subido en su ausencia y había metido por debajo de la
puerta el sobre del alquiler, pero Arthur estaba tan alterado que no se molestó
en recogerlo. Le temblaban las manos. Anthony Johnson había regresado menos de
media hora después de haber salido. Parecía una conspiración para atrapar a
Arthur. Pero eso era ridículo. Probablemente estaba buscando algún medio de
vengarse de él por abrir aquella carta. En realidad, aquella carta no le había
parecido demasiado privada, no era como las que llevaban matasellos de Bristol,
pero nunca podías saber. Siempre existía la posibilidad de que aquella
universidad suya tuviese algún tipo de norma que prohibiese a los alumnos trabajar
(Arthur admitió que sabía muy poco sobre aquellas cosas) y que le expulsasen o
le degradasen, o como le llamasen a eso, por intentar hacerlo. Después de todo,
¿qué otra explicación podía tener aquel rechazo enfurecido de su nota, el que
le menospreciase deliberadamente, el que se escabullese de aquel modo y luego
lanzase la luz sobre el patio en el momento en que Arthur salía del sótano?
La euforia que sentía después de sus crímenes
quedó completamente enturbiada. Pasó muy mala noche. Sudaba mucho, tanto que
empezó a pensar que las sábanas rosas olían mal, y las retiró en un arrebato de
furia. Li-li había metido el sobre del alquiler por debajo de su puerta en
algún momento de la noche.
A las nueve y media Arthur había recogido ese
sobre, los de los Kotowsky (Vesta insistía en pagar su mitad del alquiler
independientemente de su marido) y el suyo, y estaba sentado en el vestíbulo
esperando a Stanley Caspian. No había ya alquiler de Jonathan Dean, que iba a
irse precisamente aquel día, gracias a Dios, y tampoco había que recoger
(también gracias a Dios) el de Anthony Johnson, que había pagado dos meses por
adelantado.
El vestíbulo estaba frío y húmedo. Era una
mañana de niebla, un heraldo prematuro del invierno que se aproximaba. Stanley
llegó a las diez y diez, caminando parsimoniosamente, ataviado con una cazadora
a cuadros que parecía hecha con la alfombrilla de un coche, y con una gran
bolsa de celofán que contenía ganchitos de queso. Arthur empezó a sentir
náuseas porque los ganchitos de queso, marrones y anaranjados, gordos y
curvados, le recordaban gusanos sobrealimentados.
Stanley abrió la bolsa antes incluso de
sentarse, y algunas de aquellas larvas de queso se derramaron sobre la mesa.
–Enchufa la cafetera, mi buen Arthur.
¿Quieres unos gusanitos?
–No, gracias –dijo quedamente Arthur, y
carraspeó–, Anoche estuve en el sótano. –Y, exponiendo la mentira
meticulosamente planeada con toda la despreocupación de que era capaz, añadió–:
Buscaba un destornillador, sabes. Se me habían enganchado los cables de uno de
mis pequeños enchufes eléctricos.
Stanley le miró malhumorado.
–Siempre andas alborotando últimamente,
Arthur. Primero era el cubo de la basura, ahora es la electricidad. Supongo que
es tu forma de decirme que debería repasar la instalación.
–Nada de eso. Sólo te explico que tuve que
bajar al sótano. Por si... bueno, por si alguien pudiese pensar que andaba
husmeando.
Stanley recogió migas de ganchitos de la
curva de su vientre, cuyas cordilleras parecían haber sido habilidosamente
proyectadas para retener todo lo que se le derramase a su propietario.
–Me trae sin cuidado que bajes al sótano o no
bajes, mi buen Arthur. Puedes celebrar un baile allí, si quieres. Tráete unas
cuantas chicas. Si te gusta pasar la velada en los sótanos es asunto tuyo.
En realidad, aunque lo dijese por burlarse,
Stanley se había aproximado mucho a la verdad. Arthur se ruborizó. Estaba casi
temblando. Apenas podía controlarse mientras Stanley escribía en su libro de
renta. Arthur volvió a meter el libro en su sobre y, musitando su excusa
habitual de que los sábados siempre tenía muchas cosas que hacer, se dirigió a
las escaleras. A medio subir, oyó salir de la habitación 2 a Anthony Johnson y
utilizar con Stanley (¿burlándose?, debía haber estado escuchando detrás de la
puerta) sus anteriores propias palabras.
–Anoche estuve en el sótano.
8
Como en Winter sólo había bombillas de
cuarenta vatios, Anthony se vio obligado a ir hasta el supermercado que estaba
abierto hasta medianoche, que quedaba en el extremo norte de Kenbourne Lane.
Esto le distrajo, haciéndole perder la concentración, y cuando vio a Arthur
Johnson salir del sótano sintió curiosidad y decidió echar un vistazo. Sólo
había entrado hasta la primera habitación pero había sido suficiente.
Stanley Caspian rompió a reír a carcajadas.
–Supongo que estuvo usted allí buscando un
destornillador...
Anthony se encogió de hombros. Aquella risa
grosera en un hombre de la edad de Caspian le incomodaba.
–Tiene usted ahí un montón de madera y
cartones y cosas parecidas –le dijo–. Sí no lo quiere para nada, ¿lo puedo
coger? Es para la hoguera del 5 de noviembre.
–Coja lo que quiera –dijo Stanley Caspian–,
De pronto todo el mundo se interesa muchísimo por mi sótano. ¿Supongo que no
pensará usted hacer la hoguera aquí en mi finca?
Anthony dijo que no, que no era lo adecuado,
lo que pareció no ser la respuesta que habría agradado a Caspian, y le dejó con
sus alquileres. Se dirigió a la estación, donde los niños estaban de nuevo en
su puesto; ahora le acompañaba un niño negro. Los niños blancos le conocían ya.
En lugar de pedirle dinero le saludaron.
–¿Por qué no hacemos una hoguera en ese solar
vacío? –les preguntó él. Pero enseguida le pareció impropio; ¿no era ése el
enfoque insinuante que utilizaría un pervertido con un niño?–. Si os gusta la
idea –se enmendó–, iremos y hablaremos con vuestros padres de ello.
Leroy, el chico de color, vivía con su madre
en un piso de planta baja de Brasenose Avenue. Linthea Carville trabajaba de
asistente social a media jornada, lo que le otorgaba afinidad con Anthony, que
pensó que de todos modos se habría sentido atraído por ella. No podía evitar
mirar a aquella esbelta hija de dioses africanos, con su rostro oscuro de
nacarada lozanía y su cabello negro, brillante y satinado, recogido en un grueso
moño. Anthony explicó su plan y al cabo de diez minutos se les habían unido
vecinos blancos, el presidente de la asociación de vecinos de Brasenose y la
madre del amigo de Leroy, que se llamaba Steve.
Al presidente le entusiasmó la idea de
Anthony. Su asociación había estado varios meses haciendo campaña para que el
consejo municipal convirtiese aquel solar en un terreno de juegos para niños.
Aquello significaba para él ponerse una medalla. Podrían celebrar una gran
fiesta el 5 de noviembre y quizá un representante del consejo estaría presente.
Linthea dijo que ella haría salchichas y consiguió la promesa de ayuda de otra
amiga, la madre de David, el tercer muchacho. Y cuando Anthony les explicó lo
de la madera, Steve dijo que su hermano mayor tenía una carretilla y que podría
ir al 142 el sábado siguiente.
Luego hablaron del muñeco que quemarían en la
hoguera y la madre de Steve dijo que ella misma lo vestiría con un traje viejo
de su marido. Linthea preparó bastante café fuerte y delicioso.
Cuando Anthony regresó a Trinity Road era
casi la hora de comer. Se había olvidado de que aquel día se iba Jonathan Dean.
El traslado, como pudo comprobar, ya estaba en marcha. Jonathan y Brian bajaban
cajones por las escaleras y los cargaban en el desvencijado coche de Brian.
Vesta no estaba por allí.
–Os echaré una mano –dijo Anthony, y lamentó
la oferta cuando Brian le palmeó la espalda y comentó que después de que
Jonathan se hubiese ido ya sabía dónde encontrar un amigo.
Jonathan, como Anthony, no poseía ningún mueble
propio, pero tenía centenares de discos y bastantes libros, el más grueso y
usado de los cuales era el Diccionario de citas Oxford. Mientras
trabajaban y comían el pescado con patatas fritas que había comprado Brian, el
tocadiscos sonaba a todo volumen y la secuencia de risas de la Electra de Strauss atronó tan demencialmente que Anthony temió que Arthur
Johnson apareciese para quejarse. Pero no apareció ni siquiera cuando Jonathan
dejó caer un cajón de provisiones en las escaleras y sufrió un acceso de risa
al ver yema de huevo y ketchup y leche condensada gotear por los escalones.
Tuvieron que hacer varios viajes. El nuevo
hogar de Jonathan era una habitación más pequeña que la que había ocupado en el
142, en una casa mísera y destartalada de la peor zona de South Kenbourne. Y el
que cambiase por aquello Trinity Road parecía asombrar a Brian tanto como a
Anthony. Qué mosca le había picado a Jonathan, se preguntaba una y otra vez.
¿Por qué no abandonaba la idea del traslado? Caspian le dejaría volver a disponer
de su vieja habitación si se lo pedía.
–No, no lo haría –dijo Jonathan–. Se la ha
alquilado a un negro. –Y luego añadió, como Cicerón pero menos oportunamente–: O tempora! O mores!
El tocadiscos fue lo último que se llevaron.
Se requería un cajón o una caja para transportarlo, así que Brian y Anthony
bajaron a la habitación de éste, que dijo que había una caja de cartón en el
armario. Los libros impresionaron a Brian y pronto se informó sobre todo lo
relativo a la tesis de Anthony, adoptando respecto a ella la misma actitud que
habría adoptado de haberse enterado de que Anthony estaba escribiendo una
novela policiaca.
–Hay un tema que sería muy apropiado para ti
–le dijo cuando ya dejaban atrás el cementerio–. Podrías utilizarlo en lo que
escribes. El mes pasado se cumplieron veinticinco años desde que el asesino de
Kenbourne estranguló a su primera víctima. Se llamaba Maureen Cowan.
–¿Aquí, en el cementerio?
–No, en ese camino que va por detrás del
cementerio. Lo utiliza mucha gente como atajo para ir desde Hospital Arms a la
estación de Elm Green. Ella era una furcia, estaba allí ejerciendo el oficio.
Yo era sólo un crío pequeño pero me acuerdo de todo perfectamente.
–¿Un crío pequeño? –dijo Jonathan–. Venga.
Tenías ya trece años.
Brian pareció ofenderse pero no contestó.
–Nunca cogieron al tipo. Volvió a golpear
–empleó el término periodístico de forma inconsciente, como sí fuese el término
apropiado– cinco años más tarde. En esa ocasión fue una estudiante de
enfermería, Bridget no sé qué. Una chica irlandesa. La estranguló en un pequeño
descampado que hay entre el hospital y el puente del ferrocarril. ¿Crees que
sería un psicópata, Tony?
–Supongo que sí. ¿Fue el mismo individuo las
dos veces?
–Los polis creían que sí. Sin embargo no
volvió a haber más asesinatos... sin aclarar, quiero decir. Pero dime. Tony,
¿por qué crees que sería?
–Se mudó del barrio –dijo Anthony, que
empezaba a aburrirse–. O murió –añadió, pues él tendría menos de un año cuando
se había cometido aquel primer asesinato.
–Podría estar en la cárcel –observó Brian–. O
en un manicomio. Me lo he preguntado muchas veces, y si alguna vez volvería a
las andadas.
Aparcó el coche delante de la nueva casa de
Jonathan.
–¡Vaya pocilga! –exclamó–. Aún podrías
cambiar de opinión, John. Ven con Vesta y conmigo, puedes quedarte con nosotros
una temporada. Dormirás en el sofá.
–Caray –dijo Jonathan–, cada instante nace
uno.
Soltó esta expresión enigmática como si se
tratase de una cita, pensó Anthony. Le invitaron a acompañarles al Grand Duke a
tomar algo, pero Anthony no aceptó. Eran casi las cinco.
Regresó a casa y leyó la tesis doctoral de J.
G. Miller: El
parpadeo condicionado de los psicópatas primarios y neuróticos, acordándose a las diez de atrasar el reloj y el despertador. Era el
final del verano británico.
Observando desde su aguilera, la ventana del
salón, Arthur vio llegar el sábado por la tarde al nuevo inquilino de la
habitación 3. Al principio lo confundió con algún visitante, algún amigo poco
recomendable quizá de Li-li o de Anthony Johnson, pues no recordaba que ningún
inquilino anterior hubiese llegado con tanto desparpajo. El hombre era tan
negro como el taxi del que se bajó, y no sólo negro de piel y de cabello:
llevaba una cara chaqueta de piel negra y dos grandes maletas negras de cuero.
El horrorizado Arthur creyó que se trataba de algún pez gordo haitiano, medio
mañoso medio político. Había visto personajes así en la televisión y no le
habría sorprendido enterarse de que debajo de aquella flamante chaqueta llevaba
un cuchillo y un par de revólveres.
Venía a la casa, era evidente, pero ¿como
invitado de quién? Arthur abrió la puerta de su piso y la dejó entreabierta con
la cadena puesta y permaneció a la escucha. La puerta de la calle se cerró
despacio, unas pisadas cruzaron el vestíbulo y subieron las escaleras. Arthur
atisbo a tiempo de ver cómo una mano color sepia, adornada con un sencillo
sello de oro, introducía una llave en la cerradura de la habitación 3. Se
enfureció. Una vez más, Stanley Caspian no se había molestado en decirle que
había alquilado una habitación. Otro nuevo desaire. Tenía que escribirle una
carta a Stanley, quejándose con firmeza de aquella ofensa. Pero ¿de qué
valdría? Stanley se limitaría a decir que no le había dado la oportunidad de
decírselo, y era inútil que refunfuñase por el color de la piel del nuevo
inquilino con aquella puñetera Ley de Relaciones Raciales que limitaba a los
caseros.
Arthur se enteró del nombre del nuevo
inquilino el martes. Recogió las cartas, que eran numerosas aquella mañana. Una
para Li-li de Taiwán, remitente Chan Ah Feng; dos para Anthony Johnson, una con
matasellos de York y la otra, en un sobre gris malva, de Bristol. Arthur se
había fijado en que las cartas de ella llegaban siempre un martes o un
miércoles, e iban aún dirigidas a A. Johnson Esq., 2/142 Trinity Road. Sin
embargo la señora de R. L. Johnson había tenido más sensatez y ponía ya
«habitación 2». El resto de la correspondencia, cinco sobres con aspecto
oficial, era para Winston Mervyn Esq., 3/142 Trinity Road. ¡Winston! ¡Qué
descaro que el antillano nieto de esclavos se atreviese a bautizar a su hijo
con el nombre del inglés más destacado del siglo! A Arthur le parecía una
afrenta el que aquel negro presuntuoso recibiese cartas tan poco tiempo después
de su llegada, cinco cartas que llenaban la mesa y le hacían parecer
importante.
Pero no vio al nuevo inquilino ni tuvo
noticia alguna de él, aunque por la noche esperó oír tambores de vudú.
Como Anthony había previsto, la marcha de
Jonathan Dean fue la señal para que Brian empezase a presionarle. Estaba
destinado a suceder a Jonathan y noche tras noche se oía una llamada en la
puerta de la habitación 2 y tras ella una invitación quejumbrosa a ir a tomar
algo al Lily.
–Tengo que trabajar –dijo Anthony cuando se
lo preguntó por cuarta vez–. Lo siento, pero las cosas son así.
Brian adoptó su expresión abatida de perro de
aguas.
–Creo que no te caigo bien. Te aburro. Vamos,
por qué no lo admites. Soy un pelma. Debería saberlo ya, Vesta no
hace más que decírmelo.
–Pues mira, ya que lo preguntas –dijo
Anthony–, sí, me aburriría salir y emborracharme todas las noches. Además, no
puedo permitírmelo. –Pero luego se ablandó un poco y añadió–: Mira, puedes
pasar por aquí un rato mañana o por la noche, si quieres. Traeré cerveza.
Brian contestó entusiasmado que era un
verdadero amigo, y apareció a las siete en punto el viernes con una botella de
vodka y otra de vermut francés que hicieron que las seis latas de cerveza de
Anthony parecieran patéticas.
Habló con tristeza de su trabajo (vendía
antigüedades en una tienda propiedad de un hermano de Vesta), de los horrores
de vivir siempre en habitaciones alquiladas, de la negativa de Vesta a tener
hijos aunque tuviesen una casa, de sus continuas ausencias por la noche
(aquella semana había sido peor que nunca), y del problema que tenía con la
bebida, ¿creía Anthony que él era un alcohólico?
Anthony le dejó hablar, contestando de vez en
cuando con monosílabos, mientras pensaba en la última carta de Helen. Estaba
muy bien hablar de que la ausencia aumentaba el anhelo, pero «ojos que no ven,
corazón que no siente» podría ser un tópico igual de cierto. Nunca había
esperado que las cartas de ella pudiesen llegar a concentrarse tanto en las
desdichas de Roger. Apenas se le había mencionado durante aquel verano de
encuentros furtivos, aquellos quince días clandestinos de amor en que un marido
fantasmal estaba fuera en viaje de negocios. Ahora todo era Roger, Roger,
Roger. «Me pregunto si no sería mejor para los dos que intentásemos olvidar.
Podríamos, Tony. Incluso yo, a quien has llamado hiperromántica, sé que la
gente no continúa amando sin esperanza durante años. La historia de Troilo y
Crésida puede ser hermosa pero ambos sabemos que no es real. Deberíamos
sobreponernos. Tú te casarías con alguien que no tuviese problemas y yo me
asentaría con Roger. No creo que pueda enfrentarme a su dolor y su violencia, y
no sólo durante unos días sino durante meses, años. No podría quitarme de la
cabeza en muchos años que había destrozado su vida...» Qué estupidez, pensó
Anthony, era absurdo. Él y ella no seguirían amándose sin esperanza durante
años, pero Roger sí. De todos los disparates irracionales...
Dijo «Sí» y «Comprendo» y «Eso es malo» unas
quince veces a Brian y luego, cuando ya no aguantaba más, le despidió con sus
dos botellas a medio vaciar debajo del brazo. Como él sólo había bebido un poco
de cerveza, se sentó a trabajar, y horas después aún estaba escribiendo. En ese
momento le desconcentró la voz grosera de Stanley Caspian hablando con la boca
llena, y esperó a que él y Arthur Johnson se fuesen para ir al cuarto de baño.
Casualmente estaba en el vestíbulo cuando llegaron Linthea Carville, su hijo y
Steve y David, que llamaron al timbre de Arthur Johnson. Anthony les vio
perfilados tras el cristal rojo y verde y, tomando nota mentalmente de que
tenía que poner de una vez su nombre completo debajo de su timbre, salió y fue
con ellos rodeando la casa en dirección al sótano. Linthea llevaba una linterna
y dos velas; y los muchachos, la carretilla. No llevaron la carretilla hasta
allí sino que transportaron la madera.
A Anthony le impresionó la fuerza de Linthea.
Tenía un cuerpo perfecto, musculoso, ágil y con curvas, y los pantalones
vaqueros y el jersey que llevaba no entorpecían aquellos graciosos movimientos
que él observaba con un placer un poco culpable.
–Hay más madera de la que esperaba –dijo
precipitadamente cuando advirtió que ella se había dado cuenta de sus miradas–.
Tendremos que hacer otro viaje.
Y empujó la puerta como para cerrarla.
–No te olvides de que mi hijo aún está allí
abajo –dijo Linthea–. Están todos. Y se han llevado tu linterna.
Su experiencia les había impedido caer en la
trampa en que suelen caer los adultos de hacer todo el trabajo considerando que
pueden hacerlo más deprisa y con mayor eficacia que los niños. Una vez llena la
carretilla, habían dejado a los pequeños explorar el resto del sótano. Pero se
demoraban en salir. Linthea gritó:
–¿Leroy, dónde estáis?
Le respondió un grito sordo y emocionado de
«¡Mamá!» en el que había una nota emocionada y traviesa.
David y Steve estaban sentados en una caja en
la primera habitación del sótano, con la linterna colocada entre los dos.
Cuando vieron a Linthea se echaron a reír. Ella atravesó la segunda habitación,
con la vela en la mano, caminando con cierta prevención entre los desperdicios
amontonados. Anthony la seguía de cerca y cuando, a la entrada de la última
habitación, con la vela formando un oasis de luz en aquella oscuridad, se
detuvo y lanzó un grito de terror, la sujetó poniéndole las manos en los
hombros.
El miedo sólo duró un instante. El grito se
apagó en un torrente de carcajadas antillanas y ella avanzó corriendo,
sacudiéndose las manos de Anthony, a coger al niño que se ocultaba en un
rincón. Entonces Anthony vio lo que la había asustado tanto. Mientras la luz de
la vela bailaba, mientras Linthea atrapaba al niño que seguía riéndose, la luz
de la linterna que sostenía Steve detrás de él permitió a Anthony ver la pálida
figura apoyada contra la pared, con un bolso negro colgando en un brazo rígido.
–Querías que tu pobre madre sufriera un
ataque al corazón, ¿eh? –dijo Linthea.
–Te asustaste, te asustaste de verdad –repuso
el muchacho.
–Vaya –dijo Anthony–, No entiendo qué hace
aquí este chisme.
Se acercó al maniquí, examinando con
curiosidad el rostro maltrecho y la gran incisión del cuello. Luego, sin saber
por qué, acarició sus hombros lisos y fríos. Su tacto pareció evocar el roce de
la carne cálida y delicada de Linthea y Anthony comprendió lo mucho que deseaba
acariciar a una mujer. Había algo indecente en el maniquí, aquella burla muerta
de la feminidad con su pálido y duro caparazón igual de frío que el de un
reptil y sus extremidades delgadas e irreales. Sintió deseos de derribar aquel
muñeco y dejarlo en el suelo mugriento, pero se contuvo, dio la vuelta y salió
de allí rápidamente. Los demás estaban esperándole, con las velas y la linterna
apagadas, en las escaleras.
9
En noviembre finalizaba el plazo que Anthony
concedió a Helen para decidirse. Estaban ya casi en noviembre y Anthony tenía
que hacer su llamada telefónica el miércoles 30. La carta que había recibido el
martes anterior hablaba menos de los sentimientos de Roger y más de los de ella
y Anthony. Hablaba del amor que sentía hacia él y de cuando habían hecho el
amor, de modo que, al leerla, Anthony había experimentado ese extraño hormigueo
en la boca del estómago que sólo se produce cuando la nostalgia evoca un acto
sexual concreto y bien recordado. Así pues, pensó que necesitaba referirse a
ello en su conversación telefónica, utilizarlo para aumentar la presión sobre
Helen, pero no quería que oyesen la conversación los Kotowsky, Li-li Chan ni el
nuevo inquilino al que había visto fugazmente un par de veces.
¿Por qué no le preguntaba a Linthea Carville
si le dejaba telefonear desde su casa? Esto parecía ofrecer una doble ventaja.
Dispondría de intimidad absoluta y, al mismo tiempo, el propio hecho de aquella
petición, que exigiría sin duda que explicase su situación con Helen,
reforzaría la amistad que estaba naciendo entre Linthea y él.
Pero el martes 29 esa situación había vuelto
a cambiar. Recogió la carta de Helen de debajo del montón de correspondencia
para Winston Mervyn que le había caído encima, abrió el sobre y enseguida se
sintió amargamente decepcionado.
«El miércoles cuando telefonees sé que me
preguntarás si he tomado una decisión. Tony, no lo he hecho, no puedo. Roger y
yo hemos tenido un fin de semana terrible. En primer lugar me preguntó qué
había hecho durante los quince días de junio que él estuvo fuera, en Estados
Unidos. Le había dicho que había pasado un fin de semana con mi hermana, pero
al parecer ahora se ha enterado por mi cuñado que no estuve allí. Me amenazó y
se mostró furioso y hosco, pero por la noche se puso terriblemente patético. Entró
en mi habitación después de que yo me había acostado y empezó a contarme todas
sus penas, que había estado durante muchos años queriendo casarse conmigo, que
me había servido siete años como Jacob (por supuesto no fue así, no soy tan
vieja) y que no podía soportar que ahora le expulsase de mi vida. Esto duró
varias horas. Tony. Sé que es chantaje pero la mayoría de la gente cede al
chantaje, ¿no?»
Se alegraba ahora de no haberle pedido
aquello a Linthea. ¿Quería compensar las apuestas? Quizá. Pero la muchacha
antillana le había resultado más atractiva que nunca cuando comió con ella y
con Leroy después de recoger la madera, y también cuando se volvieron a
encontrar en la asociación de vecinos el sábado anterior por la tarde. Y si,
como parecía, iba a perder a Helen, que prefirió a aquel zoquete tirador de
primera... ¿Acaso era tan ruin el no querer poner en peligro sus posibilidades
con Linthea (no se veía además por ninguna parte al marido de ésta) ocultándole
que era una sustituía, una segunda alternativa?
Anthony pensó con cierta amargura que ya no
le importaba demasiado quién pudiese oír su conversación telefónica, pues no
habría evocaciones de experiencias amorosas del pasado. Alguien que no lo
oiría, de todos modos, sería Vesta Kotowsky, que se cruzó con él apresurada,
ataviada con una larga capa negra con capucha, cuando él subía por las
escaleras de la estación de metro. Se acercó al quiosco y compró una caja de
cerillas con un billete de una libra, garantizándose así monedas de diez
peniques para la llamada telefónica. Iba a necesitarlas, todas.
Cuando Helen contestó su voz sonaba nerviosa,
pero era su voz. Hacía un mes que no la oía y momentáneamente disipó su cólera.
Era una voz tan suave, tan dulce, tan civilizada y elegante. Pensó en la boca
de la que procedía, acorazonada, con el labio inferior pleno, y, pensando en su
boca, se olvidó de lo que estaba diciéndole.
Luego recordó lo crucial que era aquella
conversación y lo que tenía que decir.
–Recibí tu carta.
–¿Estás enfadado?
–Claro que estoy enfadado, Helen. Estoy
harto. Creo que podría asumir incluso una decisión contraria a mí.
Probablemente sea verdad lo que decías en la otra carta, que con el tiempo nos
olvidaríamos uno de otro. Lo que no puedo aceptar es que alguien se una a mí
y...
Se interrumpió. Se abrió la puerta de los
Kotowsky y salió Brian. Empezó a hacerle señas, gestos ridículos que imitaban
el llevarse a los labios un vaso invisible.
–No puedo –masculló Anthony–. Dejémoslo para
otro día.
–¿Qué dices, Tony? –cuchicheó Helen.
–Estaba hablando con otra persona. Este
teléfono está en un lugar muy público. ¡Oh, maldita sea! –exclamó cuando
sonaron los pitidos.
Echó más monedas.
–Helen, ¿no podrías llamarme tú a este
número? Mira, te lo doy, es el...
Ella le interrumpió con miedo en la voz.
–¡No, por favor! Tendría que explicarlo luego
cuando llegase la factura.
Anthony guardó silencio por unos instantes.
Luego dijo:
–¿Así que piensas estar ahí aún cuando llegue
la factura?
–Tony, no lo sé. Pensé que si pudieses
venir por Navidad, instalarte aquí en un hotel, y pudiéramos vernos y hablar
como es debido y pudiese hacerte comprender lo difícil que es...
–¡Oh, no! –estalló él–. Ir a pasar una
semana, imagino, y verte media hora un día o quizá una noche si puedes escapar
de tu encierro... Y en Pascua otra vez, imagino. Y en el verano. Mientras tú
sigues dudando y yo intentando ser comprensivo. No seré el perrito faldero de
ninguna mujer casada, Helen.
Sonaron los pitidos. Echó más monedas.
–No me quedan monedas –dijo.
–Te quiero. Has de saberlo.
–No, no lo sé. Y deja de llorar, por favor,
porque esto es importante. Tu próxima carta será muy importante, puede que la
carta más importante que escribas en tu vida. Si te reunieras conmigo
encontraríamos un lugar para vivir y yo cuidaría de ti y no tendrías que temer
a Roger porque yo estaría contigo. Roger se divorciará de ti en cuanto vea que
no hay nada que hacer. Entonces nos casaremos. Pero tu próxima carta es tu
última oportunidad. Estoy harto, no soporto que me den largas, y pronto será
demasiado tarde. –La cólera le volvió imprudente, eso y la amenaza de los
pitidos, que volvió–. No olvides que hay otras mujeres en el mundo. Y cuando te
oigo explicarme que tu marido es tan importante para ti que temes que vea
facturas telefónicas dentro de tres meses, como si fueses un personaje de una
comedia francesa, me pregunto si no será demasiado tarde.
Le contestó un sollozo pero le cortaron los
agudos pitidos. Anthony colgó bruscamente, sin molestarse en decir adiós. Pero
en el silencio subsiguiente se apoyó contra la pared, respirando como si
acabase de disputar una carrera. Sostenía en la mano su última moneda de dos
peniques. La respiración se fue calmando y, dejándose arrastrar por un impulso,
llamó a Linthea.
Linthea, en cuanto supo quién era, le invitó
a tomar café. Anthony vaciló. Su conversación con Helen se había convertido en
una masa confusa en su pensamiento y no podía recordar si le había dado aquel
número o no. ¿Y si lo había hecho y ella le telefoneaba...? No, no iría a casa
de Linthea, pero ¿querría Linthea venir a su casa? Ella dijo que sí, que iría
en cuanto avisara a la vecina de arriba para que cuidase de Leroy.
Arthur lo había oído todo, o había oído tanto
de las dos llamadas como puede oír un tercero que no dispone de un receptor.
Como no había oído las respuestas no estaba seguro de si Anthony Johnson iba a
salir. «Que salga, por favor», se sorprendió rogando. Quizá a aquel dios cuyo
retrato con una corona de espinas estaba colgado en la sacristía de la iglesia
de All Souls donde había asistido de niño a la escuela dominical, aunque ni él
ni tía Gracie habían creído jamás en Él, en realidad. «Que salga, por favor.»
Pero la luz de la habitación 2 continuó
iluminando el patio cubierto de líquenes. Arthur oyó abrirse y cerrarse la
puerta de la calle y luego vio lo que nunca antes había visto: las sombras de
dos cabezas, una la de Anthony Johnson, la otra pulcramente coronada por un
moño atravesado por agujas, perfiladas sobre la piedra iluminada. Arthur se
apartó de la ventana con un temblor en todo el cuerpo. Apretó el edredón rosa
de flores y apretó los cojines uno tras otro entre las manos, estrangulándolos,
hundiendo los dedos en su blandura, tirándolos y recogiéndolos de nuevo con tal
furia que rompió una costura con las uñas. Pero eso no le proporcionó ningún
alivio y, tras un exceso de violencia inútil, se tumbó boca abajo en la cama,
derramando cálidas lágrimas.
Linthea vestía una larga falda de lana negra
bordada con flores anaranjadas. Llevaba el cuerpo cubierto con un poncho amarillo
y en el pelo lucía pequeños alfileres dorados.
–Me engalané –dijo– porque seguramente
esperas más invitados. Es una fiesta, ¿no?
Anthony se sintió un poco decepcionado porque
no se había engalanado para él.
–No espero a nadie. ¿Qué te hizo pensar eso?
Ella enarcó sus cejas perfectas, medias lunas
negras sobre lunas blancas.
–El que no quisieras venir a mi casa. Ah,
ahora entiendo. Te gusta tanto esta habitación elegante con sus antigüedades y su
vista maravillosa a un sótano que no puedes soportar la idea de abandonarla.
¿Sabes que la pantalla de esa lámpara parece exactamente una medusa?
Él se echó a reír.
–Lo mismo pensé yo. La razón es que es muy
probable que me llamen por teléfono.
–Ah.
–Nada de «ah». –Anthony puso agua a hervir y
sacó tazas–. Alguna vez te lo explicaré. Pero ahora háblame de ti.
–No hay mucho que contar. Tengo veintinueve
años, nací en Kingston, Jamaica. Vine aquí con mis padres a los dieciocho años.
Estudié para asistente social aquí en Kenbourne. Me casé con un médico. –Bajó
la vista hacia el regazo y recuperó un alfiler de oro dorado que se le había
caído–. Murió de cáncer hace tres años.
–Lo siento.
–Ya. –Cogió la taza de café que Anthony le
ofrecía y dijo–: Ahora te toca a ti.
–¿Yo? Soy el eterno estudiante.
Al decirlo recordó que había sido Helen quien
le había calificado así, citando al parecer una obra de Chejov. No iba a
llamarle por teléfono. Al menos en aquel momento. Empezó a contarle a Linthea
lo de su tesis, pero le quitó afablemente las notas cuando ella empezó a leerlas.
De aquellas cosas («Por sus acciones, su crueldad con los niños y con los
animales, que puede llevarle hasta el asesinato, siente poca culpabilidad, si
es que siente alguna. Es más probable que se sienta culpable por ser incapaz de
realizar acciones compulsivas o rutinarias que, en el marco de lo beneficioso
para la sociedad, son prácticamente intrascendentes») no quería hablar esa
noche. Lástima que no hubiese un sofá en la habitación, que sólo hubiese el
sillón tapizado con tela a cuadros escoceses y las sillas rectas y que parecía
un puf. Se sentó en este último porque podía ir acercándolo a ella
subrepticiamente y en apariencia sin malicia alguna. Había llegado a
aproximarse mucho, y estaba ya a punto de decidirse a hablarle de su decepción
por el asunto de Helen, cuando tocaron a la puerta.
Seguramente le llamaban por teléfono. La
verdad es que desde allí, desde su habitación, no habría podido oír el
teléfono... Abrió la puerta. Era el nuevo inquilino de la habitación tres, un
hombre alto y apuesto que se parecía bastante a Muhammad Alí.
–Lamento molestarle –dijo Winston Mervyn en
un inglés académico impecable, completamente distinto del inglés antillano de
Linthea, cálido y lleno de sol; le enseñó un vaso–. ¿Sería usted tan amable de
prestarme un poco de sal?
–Por supuesto –dijo Anthony–. Pase.
Nada de llamada telefónica. Pero claro, en
realidad no le había dado el número a Helen. Ahora lo recordaba con toda
claridad.
Winston Mervyn entró y se dirigió hacia
Linthea, que había palidecido, si eso es posible en una negra. Se incorporó.
Tendió la mano y le dijo:
–Esto es increíble. Es demasiada
coincidencia.
–No es pura coincidencia –dijo el visitante–.
La sal fue una excusa. Te vi entrar en la casa.
–Sí, pero el que estés viviendo aquí en esta
casa... –Linthea se interrumpió–. Nos conocimos en Jamaica, Anthony. Hacía doce
años que no nos veíamos.
10
En el felpudo había tres cartas para Winston
Mervyn, una factura para Brian Kotowsky y el sobre gris malva de Bristol
dirigido a Anthony Johnson. Arthur lo cogió y especuló brevemente sobre su
contenido. ¿Habría decidido aquella mujer abandonar a su marido o seguir con
él? Aquello no le interesaba mucho, pues estaba ciegamente obsesionado por su
necesidad de asegurarse una posesión íntima y absoluta del sótano.
La noche anterior al 5 de noviembre había
helado y una gruesa capa blanca de escarcha se adhería a las paredes, las
barandillas y los escalones. Las hojas amarillas amontonadas en los desagües
tenían todas un borde dorado. Tanteó con la mano la puerta de Grainger y
descubrió que estaba abierta. Barry había llegado por una vez antes que él. Le
vio junto a un montón de madera, a punto de aplicar una cerilla a un petardo.
–Pero ¿se puede saber qué haces? –dijo Arthur
con tono frío y severo–. ¿Quieres prender fuego a todo esto?
Entró en su despacho.
Barry acudió allí y se quedó a la puerta,
hosco y mohíno.
–Cuando yo tenía tu edad me habrían castigado
severamente si hubiese tocado un petardo.
Barry hizo un globo de chicle anaranjado y
dijo:
–Pero ¿qué tripa se te ha roto esta mañana?
–¿Cómo te atreves a utilizar ese lenguaje
conmigo? –bramó Arthur–. Lárgate de aquí. Ve a preparar una taza de té.
–¿A las nueve y media?
–Haz lo que se te dice. Cuando yo tenía tu
edad me habría considerado afortunado de poder tomar una taza de té por la
mañana.
«Cuando yo tenía tu edad...» Contemplando por
la ventana la blanca desolación, Arthur pensó en su infancia perdida. ¿Le
habrían castigado por tocar un petardo? Quizá sí, quizá a él le hubiesen
prohibido incluso a la edad de Barry hacer algo tan evidentemente banal. Sí, a
él le habían educado estrictamente, pero no veía motivo para oponerse a que se
educara a los niños bajo normas estrictas.
«Hasta que seas mayor, Arthur –solía decir
tía Gracie–, yo soy el ama de esta casa.»
Si su tía no hubiese sido tan estricta, él
podría haber acabado como uno de esos muchachos débiles y perezosos que no se
preocupan por el trabajo y la puntualidad. Y un régimen de mayor libertad
habría sido perjudicial para él. No había más que ver lo que había hecho con la
libertad cuando la había tenido... cosas que, si no hubiese sabido
controlarlas, le habrían privado totalmente de la libertad. Como el incidente
con el niño de la señora Goodwin... Pero antes de que pudiese pensar en eso,
Barry regresó con el té.
–¿Ha visto usted la hoguera que van a hacer
en el solar de ahí al lado?
–Prefiero beber el té en la taza, no en el
plato –dijo Arthur–. No, no la he visto. ¿Quiénes son los organizadores?
–Gente, chicos... no lo sé. Han reunido un
enorme montón de leña. Será la mejor hoguera de Kenbourne, desde luego. Desde
la ventana no se ve, está junto a las vallas de Brasenose.
Arthur bebió un sorbo de té.
–Esperemos que no haya ningún accidente.
Supongo que los bomberos tendrán mucho trabajo esta noche. Bueno, en cuanto
hayas terminado de servirte todo el azúcar del señor Grainger, ten la bondad de
vaciarme la papelera.
Le esperaba una voluminosa correspondencia.
Empezó por abrir los sobres meticulosamente. En una ocasión, por precipitarse,
había roto por la mitad un cheque por una considerable suma. Pero aquella
mañana le resultaba casi imposible conseguir una concentración adecuada. Sabía,
por las imágenes que desfilaban sin cesar ante los ojos de su mente (recuerdos
que brotaban de un pasado que había llegado a considerar borrado) y por la
presión y el zumbido que notaba en la cabeza, que estaba llegando al límite de
sus fuerzas.
En esas imágenes se incluían, claro está,
rostros muertos; el de tía Gracie, los de las dos chicas. Vio el ratón, tieso y
ensangrentado. Y luego vio al niño de pecho y volvió a oír sus gritos.
Tía Gracie había cuidado a aquel niño en
ausencia de su madre. Tenían un paciente enfermo, recordaba Arthur, al que la
madre, la señora Goodwin, estaba obligada a visitar.
«Si tengo que salir un momento a comprar algo
–había dicho tía Gracie– estará aquí Arthur. –Y había añadido con una mirada
cargada de intención–: A Arthur le vendrá bien que le asignen una
responsabilidad.»
En cuanto su tía salió de casa, Arthur se
acercó al niño y se dedicó a examinarlo con una curiosidad anhelante. Tenía
seis meses y era gordo y estaba profundamente dormido. Lo destapó y le levantó
la chaquetita de lana, pero el niño seguía sin despertar. Encima de los
pantalones había quedado al descubierto una especie de servilleta blanca y
lanuda, sujeta con un imperdible grande que parecía un arma peligrosa. Arthur
lo sacó y, tenso de alegría y por la sensación de poder, lo hundió hasta el
fondo en el vientre del niño. El niño se despertó con un grito estremecedor y
al retirar el imperdible Arthur vio brotar una burbuja de sangre escarlata.
Estuvo un rato quieto oyendo los chillidos del niño, observándole emocionado,
contemplando su boca grande y torturada y las lágrimas que corrían por su
rostro enrojecido. Miraba y escuchaba. Tía Gracie estuvo fuera de compras
bastante tiempo. Por fortuna. Arthur tenía que hacer las cosas bien para evitar
que su tía se enfadara. Por fortuna, también, el imperdible pareció no haber
afectado ningún órgano vital. Le cambió el pañal, que estaba empapado de orina
además de manchado de sangre, lo lavó (¡cómo le había felicitado tía Gracie por
aquello!) y cuando ella regresó el niño sólo lloraba quejumbrosamente, como
suelen hacer los niños tantas veces sin motivo aparente.
Al niño no le pasó nada. Ahora debía de ser,
suponía Arthur, un hombre de treinta y tantos años. Nadie les había culpado por
la herida nunca, ni a él ni a tía Gracie, si es que se había descubierto alguna
vez la herida. Pero Arthur se decía que afortunadamente sabía que tía Gracie no
estaría fuera mucho tiempo, porque ¿en qué otras zonas vulnerables habría
hundido aquel imperdible si el bebé hubiese estado varias horas en sus manos?
No, ella había sido su ángel guardián y su protectora, y después de su muerte
la había sucedido otra protectora, su paciente dama blanca, que vestía sus
ropas...
A la una no había contestado ninguna sola
carta. Quizá después de tomar un buen almuerzo... Se puso el abrigo de tweed
gris plateado, algo más claro que la corbata de seda gris acero, que se ajustó
bien hasta dejarla como un arco de metal. Cuando iba camino del café Vale se
detuvo un momento a mirar la madera amontonada. La pila de leña tenía unos
cuatro metros y medio de altura y alguien había colocado a los lados un par de
mesas de tijera. Arthur movió la cabeza en un vago gesto de desaprobación.
Luego caminó con paso vivaz hasta el café, pensando que el aire frío, inhalado
rítmicamente, despejaría su cabeza palpitante.
Cuando regresaba a la oficina le abordó una
joven vestida con un chaquetón tres cuartos que recogía información para una
encuesta. Arthur le dio su nombre y su dirección, le dijo que votaba al partido
conservador y que no estaba casado, pero se negó a revelar su edad, aunque sí
dijo su ocupación: supervisor. Ella lo anotó todo y él se sintió un poco mejor.
Aún le esperaba la correspondencia de
Grainger y, debido a su ociosidad de la mañana, supuso que tendría que quedarse
hasta muy tarde para liquidar todo aquello. Durante el invierno, cuando
empezaba a oscurecer a las cinco, le gustaba abandonar la oficina rápidamente a
aquella hora. Las calles estaban llenas de gente entonces y podía llegar a casa
seguro y protegido, antes de que cayese la noche. Pero se tranquilizó al pensar
que aquella noche las calles estarían llenas de gente hasta muy tarde. En el
cielo pálido y aún iluminado por el sol se veían relampagueos de cohetes
dorados, blancos y escarlatas.
Sin embargo, impulsado por un deseo perverso
de que se estropease la fiesta de la noche, pensó que ojalá lloviese y salió
varias veces a examinar el barómetro. Al mediodía había habido unas cuantas
nubes en el cielo. Pero luego las nubes se habían encogido y dispersado como si
el frío creciente las hubiese borrado de la existencia, pues la columna roja
del termómetro había descendido de 3 a 2 y a 1 y, por entonces, a las cinco y
media, marcaba ya -2 grados.
Apenas se ocultó el sol aparecieron las
estrellas en el cielo azul, duro y claro como una lámina de piedra. Y las
estrellas se mantuvieron, luminosas y eternas, mientras aquellos falsos
meteoros ascendían y estallaban en galaxias efímeras. Arthur bajó la persiana
para no verlos más, aunque oía las voces y las risas de los que llegaban para
la hoguera y la fiesta.
A las seis y diez terminó su última carta y
escribió la dirección. Luego, tras dejar sus respuestas en la bandeja de
«salidas» para que Barry las echara al correo por la mañana, se puso el abrigo,
volvió a ajustarse la corbata y salió de la oficina. Cerró la puerta. Los que
celebraban la fiesta provocaban lo que Arthur consideraba un estruendo
sumamente impropio. Salió a Magdalen Hill y se acercó a la valla de tela
metálica.
Había reunida allí una pequeña multitud de
curiosos, gente de la que iba a coger el tren para volver a casa. Arthur se
proponía pasar de largo, pero la curiosidad, mezclada con irritación y cierta
esperanza indefinida de desastre, le impulsó a unirse a ella.
Las mesas estaban puestas con manteles de
papel sobre los que se habían distribuido montañas de emparedados, bollos,
salchichas y cuencos de sopa. El humo de la sopa se elevaba en el aire. Arthur
calculó que había unas cien personas, principalmente niños, pero también muchas
mujeres, y quizá media docena de hombres. Todos llevaban cazadoras o abrigos
gruesos con bufandas. La hierba estaba cubierta de escarcha y las botas dejaban
huellas oscuras sobre la escarcha. Las luces de las casas del fondo derramaban
un resplandor anaranjado intenso sobre las figuras en movimiento, la hierba
plateada, la montaña de leña, sobre toda aquella escena bruegheliana.
Una mujer acercó a la pila de leña una
carretilla llena de patatas, a las que fue haciendo un pequeño corte. Arthur
supuso que iban a asarlas en las brasas de la hoguera. Tendrían un gusto muy
desagradable, pensó, al ver a un hombre (un negro, todos le parecían iguales)
verter petróleo sobre la leña y el cartón y el papel y luego sobre el propio
muñeco. Arthur tuvo que admitir que el muñeco era una obra maestra, si a uno le
interesaban cosas de ese género, una figura de tamaño natural, vestida con un
traje y con una máscara de cartón piedra por cara y un gran sombrero de paja a
la cabeza. Arthur estaba a punto de marcharse ya, harto y medio enfadado,
cuando vio algo, o a alguien, que le dejó paralizado y lleno de curiosidad. De
entre el grupo de gente había salido un hombre con una caja de cerillas en la
mano, un hombre alto con una gran mata de cabello rubio que le llegaba hasta el
cuello de la chaqueta de cuero. Era Anthony Johnson.
Arthur no se preguntó qué estaba haciendo
allí, o cómo había llegado a participar en aquella celebración infantil. Sólo
pensó que ningún hombre podía estar en dos sitios al mismo tiempo. Si Anthony
estaba allí (y era evidente, por cómo los niños vitoreaban, que estaba
oficiando de maestro de ceremonias), no podía estar también en el 142 de
Trinity Road. Todo daba para suponer que estaría allí varias horas, y durante
esas horas el sótano sería un lugar privado y sin observadores. Estaría oscuro
y muy frío, solitario pero, en aquella noche de ruidos violentos e irregulares,
suficientemente dentro del mundo para inundar su fantasía con una dosis de
realidad superior a la acostumbrada.
Le inundó entonces un tipo de alegría a la
vez intensa y lánguida. Hasta ese momento no había cobrado plena conciencia de
lo urgente e insistente que era su necesidad de la mujer del sótano. Ninguno de
sus sueños, ninguna de sus frustraciones, le había hecho entender eso como lo
había conseguido el ver allí a Anthony Johnson, encendiendo la primera cerilla
y aplicándola a la leña. Pero mientras saboreaba por anticipado su satisfacción
y la sentía crecer, sabía que debía dejar que alcanzase su cenit. Tenía tiempo,
muchísimo tiempo. La culminación y la liberación serían mayores si se aplazaban
sensualmente.
Estaba allí parado, temblando de nuevo, pero
ahora en éxtasis. Ya no tenía ningún miedo a la oscuridad ni a sus tentaciones.
Se sentía feliz y contento de ver cómo Anthony Johnson aplicaba una cerilla
tras otra a la pila de leña, hasta que empezaron a brotar las llamas, a
crepitar hacia lo alto de la pirámide. Una vez asentado el fuego, una lámina de
él lamió los pies del muñeco, y estallaron los primeros cohetes. Uno de ellos
se elevó en un clamor de chispas y junto a la valla, bajo la supervisión del
negro, un niño prendió la primera de una larga hilera de ruedas catalinas.
Giraron una tras otra en llameantes chorros rojos y amarillos. Y estas llamas
más fuertes y más pálidas ascendieron a lo largo de las piernas del muñeco,
lanzando varias lenguas por el traje negro con que estaba vestido, hasta saltar
a su rostro y a su cabeza, escupiendo chispas a través de sus cuencas oculares,
incendiando el sombrero de paja y aullando a través de su coronilla.
El sombrero cayó. El traje ardió y se
desprendió. Tenía algo de indecente y grotesco el espectáculo de aquellas
blancas extremidades, largas y lisas y brillantes, brotando de debajo de la
tela quemada. Hasta que el fuego se apoderó de ellas y empezó a consumirlas
también. Arthur se aproximó más a la tela metálica. Apoyó las manos contra su
superficie fría y oxidada. La máscara era ya una masa relumbrante, que de
pronto se desprendió del rostro y se elevó como un cohete también antes de
desmoronarse en chispas hacia el suelo. Un niño lanzó un grito y su madre le
apartó de allí.
Las llamas atormentaban la cara desnuda. No
era la cara de un hombre sino de una mujer, pálida, bella incluso en su
absoluta inexpresividad. Pareció moverse y acercarse más a Arthur, hasta que
éste no pudo ver nada más, ni a la gente ni los colores que se derramaban en
cascada ni el humo, nada más que aquel rostro amado y familiar. Luego el rostro
perdió su serenidad y su quietud. Se arqueó hacia atrás como si parodiase a los
quemados en la hoguera. Se abrió la gran hendidura que tenía debajo de la
barbilla, ancha como un corte hecho con una navaja, y el fuego se apoderó de
ella, irrumpiendo con un silbido a través de la abertura y quemando con una
especie de ansia ciega la cara retorcida.
Su dama blanca, su tía Gracie, su ángel
guardián...
11
La casa de Trinity Road 142 estaba a oscuras,
las ventanas que daban a la calle eran como un vidriado de negror entre masas
borrosas de cortinas. Los visillos del piso superior brillaban, blancos como
trajes de noche de encaje de mujeres que esperan en vano que las saquen a
bailar. Dentro de la casa había un silencio total, expectante. Arthur,
apoyándose contra la barandilla, la frente febril sobre la madera lisa y fría,
pensó que nunca había estado tan silenciosa... No se oía repiqueteo de tacones,
ni risillas apagadas ni murmullo de voces, ni silbar de teteras ni goteo de
agua, ni palpitar de corazones ni puertas que se cierran, ni los latidos de la
vida. Era como si la casa se hubiese retirado a dormir, pero con el sueño de un
animal que despierta ante el movimiento o el sonido más leves. Él podía
despertarla subiendo por las escaleras y poniendo en movimiento todos los
procesos de una noche normal. Podía encender las luces y llenar la tetera,
poner la televisión, abrir la cama, cerrar la ventana del dormitorio... y mirar
aquel patio, sin luz alguna al fin pero desposeído para siempre de su
atractivo.
La ira se apoderó de él. Encendió la luz del
vestíbulo y caminó unos pasos hacia la puerta de la habitación 2. Destruir
propiedades ajenas era algo contrario a su naturaleza, la propiedad era
precisamente lo que él respetaba, pero de haber podido entrar en aquella
habitación en ese momento hubiese destruido los libros de Anthony Johnson.
Abrió uno tras otro los cajones del escritorio de Stanley Caspian. Era sabido
que Stanley dejaba llaves de seguridad por allí, pero los cajones estaban
vacíos, sólo había en ellos trozos de papel retorcidos y pedazos de cuerda. Sin
embargo tenía que vengarse, pues estaba absolutamente seguro de que Anthony
Johnson había cometido un acto de represalia contra él. Había estado preparando
meticulosamente su venganza (¿acaso no lo demostraba claramente toda su
conducta?) por haber abierto aquella carta suya del consejo. Ahora le tocaba a
él, que había hecho todo lo posible por disculparse. Ahora debía ejecutar una
acción que tuviese una magnitud similar. Pero ¿cuál?
Arthur se apartó del escritorio y de la
puerta de la habitación 2 y sus ojos tropezaron con la mesa del vestíbulo. Algo
pareció aferrarse a su pecho, oprimiéndole las costillas. Aún estaban allí
todas las cartas, intactas; la factura para Brian Kotowsky, la correspondencia
de aspecto oficial para Winston Mervyn, el sobre gris malva para Anthony
Johnson. Nadie había vuelto a la casa desde aquella mañana, nadie había
retirado ninguna carta. Arthur cubrió con la mano el sobre de Bristol. Sintió
en ella un temblor leve y constante, un temblor que había estado presente,
electrizando su cuerpo con una palpitación delicada y frenética, desde el
momento en que había sido testigo de aquella hoguera y sus consecuencias. Le
latía la sangre en la cabeza como si estuviese alimentando un motor. Pensó
entonces en la llamada telefónica que había escuchado. «Tu próxima carta es
nuestra última oportunidad...» Su próxima carta. Allí estaba, bajo su mano
temblorosa. Arthur la levantó, sosteniéndola por el borde como si su centro
estuviese al rojo vivo. Cruzaron su cerebro palabras de tía Gracie: «La
correspondencia de otras personas es sacrosanta, Arthur. Abrir una carta de
otro es propio de un ladrón.»
Pero ella se había ido de su lado, ya no le
protegía, ya no le vigilaba y le salvaba... Abrió el sobre rasgándolo
salvajemente en dos trozos. Sacó la carta. Estaba escrita a máquina, no en
papel gris malva sino en uno más delicado, como el que se usa en las copias
mecanográficas, y la máquina era una Adler Standard como la de su oficina de
Grainger.
«Querido Tony: creo que he cambiado muchísimo
desde que hablé contigo. Quizá haya crecido. De pronto me di cuenta de que
tenías razón. No puedo seguir jugando este doble juego demencial más tiempo.
Comprendí claramente que tengo que elegir sin más dilación entre Roger y tú. Te
habría vuelto a llamar entonces, inmediatamente, pero no sé tu número...
¿verdad que es absurdo? Sólo sé que tu casero tiene un apellido como de un río
o un mar.
»He elegido. Tony. Te he elegido a ti,
absoluta y definitivamente. ¿Para siempre? Eso espero. Pero prometí para
siempre una vez ya, así que he de tener cuidado a la hora de hacer de nuevo esa
enorme y terrible promesa. Pero dejaré a Roger y me casaré contigo si me
quieres aún.
»No te enfades, aún no se lo he dicho a él.
Tengo miedo, por supuesto que lo tengo, pero no es sólo eso. No puedo decirle
que le dejo sin tener un sitio al que ir ni nadie a quien acudir. Lo único que
tienes que hacer para que yo se lo diga es escribir (escribirme al trabajo) y
decirme dónde y cuándo te encontraré. Si mi carta te llega el martes, tendrías
que hacer que la tuya me llegase el viernes como muy tarde. Por supuesto, lo
que quiero decir es que espero que me digas que no estás enfadado conmigo y que
sigues necesitándome. Yo haré lo que tú digas. Ordéname.
»Perdóname, Tony. He jugado contigo una y
otra vez como “una auténtica gitana” pero se acabó. Podríamos estar juntos el
sábado. Di que sí y saldré hacia Londres aunque tenga que escapar de Roger en
camisón. Seré otra María Estuardo y te seguiré hasta el fin del mundo en
camisa. Te amo. H.»
Arthur sintió una oleada de poder. Lo mismo
que el control de su destino y su paz habían estado en manos de Anthony
Johnson, ahora el destino de Anthony Johnson estaba en sus manos. Ojo por ojo y
diente por diente. Anthony Johnson le había arrebatado su dama blanca; ahora él
le quitaría su mujer, se la robaría lo mismo que a él le habían robado su última
oportunidad.
Dobló la carta y el sobre y se los metió en
el bolsillo. Se dirigió hacia las escaleras. ¡Qué terrible y qué bello era el
silencio! Pensó con una cierta angustia en el sótano, sin vigilancia, sin nadie
que lo guardara. ¿No sería posible aún obtener cierto alivio a través de él y
su atmósfera, que habían alimentado su fantasía, de una imaginación que aún
podía ayudarle quizá sustituyendo la ausencia de ella por una visión y el aire
vacío por carne? Apagó la luz, salió de la casa y recorrió el pasaje lateral.
Pero no tenía linterna, sólo una caja de cerillas en el bolsillo. Encendió una
mientras cruzaba las dos primeras habitaciones. Luego encendió otra y a la luz
de su llama vio el montón de ropa en el suelo, el vestido de tía Gracie, el
bolso, los zapatos, todo ello esparcido como basura, como sí nunca hubiesen
vestido una pasión.
Era la muerte de una fantasía. Su imaginación
se encogió y él se convirtió sólo en un hombre enfurecido en un sótano sucio
contemplando un montón de ropa vieja. La cerilla ardía entre sus dedos; la
llama prendió la caja, cuyo contenido se encendió con un fogonazo breve y
brillante. Arthur la dejó caer y la pisó. Contuvo el aliento en un sollozo y
retrocedió tambaleante en la densa oscuridad, avanzando con precaución.
Recorrió el pasaje lateral hasta el otro lado
de la casa. Giró a la derecha, cruzó el césped y puso el pie en el primer
escalón. Como otros antes que él, no habría tenido problemas de no haberse
parado y mirado hacia atrás. La oscuridad abría sus fauces y le llamaba. Las
mandíbulas de la oscuridad le recibieron, las calles le recibieron,
introduciéndole en sus arterias como un grano de veneno.
Las mesas estaban vacías, el fuego apagado, y
los únicos fuegos artificiales que quedaban eran esas bengalas tan seguras que
hasta los niños pueden manejarlas sin peligro. Sólo ellas y las estrellas
brillaban ahora sobre la tierra cubierta de escarcha y de restos esparcidos.
Linthea había cargado en la carretilla su vajilla y después, tras recoger a su
hijo y a Steve, les había abandonado con un gesto de adiós y una de sus
sonrisas radiantes. Anthony y Winston Mervyn empezaron a desmantelar las mesas
de tijera que devolverían a la sacristía de la iglesia de All Souls. Lo que
quedaba de la hoguera, un brillo desvaído que agonizaba entre puñados de
tierra, conservaba calor suficiente para calentarles mientras trabajaban.
Winston, que parecía preocupado, dijo algo en un idioma que Anthony reconoció,
aunque las palabras fuesen ininteligibles.
–¿Qué has dicho?
Winston se echó a reír y tradujo:
–Mira las estrellas, estrella mía. Ojalá
fuese yo el cielo para poder mirarte con otros tantos ojos.
–Eres un tío increíble, ¿eh? Supongo que
acabarás diciendo que eres profesor de griego.
–Pensé hacer eso –dijo Winston con toda
seriedad–, pero hay más dinero en los números que en Aristóteles. Soy contable.
Anthony enarcó las cejas pero se abstuvo de
preguntar por qué un contable estaba viviendo en aquel agujero de Trinity Road.
–Es fácil de hacer –dijo Winston–. Tú coges
de ese extremo y yo iré delante.
Subieron las mesas por Magdalen Hill y luego
siguieron por Balliol Street. Una candelilla, prendida a la entrada del
Waterlily, iluminó con un fogonazo verde el interior cavernoso del callejón de
Oriel Mews. Anthony, que iba detrás de Winston, comprendió que aunque Winston
le había traducido sus palabras, no le había dicho por qué había decidido
citarlas. El encargado de la iglesia de All Souls se ocupó de las mesas y
Winston propuso tomar algo en el Waterlily. Anthony dijo que muy bien pero que
primero quería ir a casa pues estaba esperando una carta importante.
El 142 era una mole oscura y vacía en una
calle de casas iluminadas. Winston entró el primero. Cogió su correspondencia
de la mesa. No había nada para Anthony. Bueno, la carta de Helen no siempre
llegaba el martes. Llegaría al día siguiente.
–Esto está mejor –dijo Winston–. Podría pasar
y echarle un vistazo mañana.
Le pasó a Anthony una hoja impresa. Era el
folleto de un agente inmobiliario que especificaba todos los datos de una casa
de North Kenbourne, una zona mejor. El precio era de veinte mil libras.
–Eres un misterio –dijo Anthony.
–No, no lo soy. Como soy de color supones que
soy inculto, y como vivo aquí supones que soy pobre.
Anthony abrió la boca para decir que ninguna
de las dos cosas era cierta ni justa, pero sabía que Winston tenía razón, así
que dijo:
–Lo reconozco, sí. Perdona.
–Vine a vivir aquí porque mi empresa se
trasladó a Londres y ahora estoy buscando una casa para comprarla.
–No estás casado, ¿verdad?
–Oh, no, no estoy casado –dijo Winston–,
Bueno, ¿vamos?
Al salir se encontraron con Brian Kotowsky
que entraba.
–Parecéis sedientos –dijo Brian–. Yo siempre
estoy sediento. ¿Qué os parece cruzar la calle y ver si podemos encontrar un
oasis?
No había modo de librarse de él. Trotó a su
lado, hablando con irritación de Jonathan Dean, al que dijo no haber visto
desde su traslado. Esto se debía a que Jonathan y Vesta se detestaban. Brian
estaba seguro de que Jonathan había telefoneado pero había sido Vesta quien
había contestado las llamadas y no había querido decírselo a él por puro rencor.
Recorrieron la calle, que olía a pólvora, y entraron en el Waterlily cuando
estaban a punto de dar la nueve.
En otro establecimiento público, el Gran
Duke, en una parte más alejada de Kenbourne, Arthur estaba sentado a una mesa,
solo, bebiendo coñac. Un coñac pequeño con una pizca de soda. Después de
decidir emprender aquel paseo nocturno había tenido miedo de sí mismo. Pero
poco a poco aquel miedo había sido vencido ya por el interés por las calles,
por los cambios que se habían producido en ellas, por su mismo resplandor, por
los lugares solitarios donde las entradas de las callejas y los arcos de las
callejuelas y pasajes conducían a patios pequeños que se insinuaban como
cuchicheos en la oscuridad. Había olvidado, después de veinte años, la geografía
del lugar donde había nacido. ¡Y cuántas de aquellas conejeras, aquellos
laberintos de callejas que se retorcían y se entrecruzaban, subsistían aún
detrás de las altas y nuevas fachadas! La atmósfera estaba cargada de humo, del
olor acre de los fuegos artificiales, pero a aquella hora, las nueve y media,
había poca gente por la calle. A Arthur le había producido cierto desasosiego
sentirse a menudo, durante aquel largo paseo, el único peatón en un espacio
amplio y vacío, iluminado por una luz lívida, barrido por luces de coches, pero
rodeado de sombras y bordeado de cavernas y pasadizos que atravesaban las
paredes altas y ceñudas.
Ya había experimentado dos veces aquella
misma pauta, que se estaba repitiendo sin su voluntad. En esas dos ocasiones
anteriores había caminado sin rumbo o con un objetivo inconfesado; en las dos
ocasiones había entrado en un bar, en la dos había pedido coñac porque era una
bebida alcohólica que conocía. Tía Gracie siempre tenía un poco en casa para
usos medicinales. Bebiendo a sorbos el coñac, sintiendo su calidez insólita
invadir su cuerpo, empezó a pensar en la repetición siguiente de aquella
pauta...
12
Había forasteros en el Waterlily, hombres con
acentos de North Country que llevaban bufandas de fajas verdes y amarillas
propias de los seguidores de los equipos de fútbol. Brian Kotowsky estableció
relaciones con uno de ellos, un individuo gordo de rostro carnoso que se
llamaba Potter y que le habría ido muy bien a Anthony, permitiéndole hablar de
casas y de su compra con Winston, si no fuera porque Brian no hacía más que
interrumpirle diciéndole «Tony, viejo» e intentando incluirle en la
conversación con Potter. Anthony, antes de las enseñanzas de Helen, no se
habría fijado en cómo a Potter le brotaban de las orejas y la nariz pelos de un
rojo verdoso, ni habría sido capaz de definir su olor, una mezcla de cebollas,
sudor, whisky y mentol. Pero se habría dado cuenta de que Potter estaba muy
borracho. Tenía un brazo apoyado sobre los hombros de Brian y, tras escuchar la
historia de la deserción de Jonathan Dean y de la habilidad de Vesta para
conseguir que su marido perdiese a todos sus amigos, dijo:
–Era desagradable con él, ¿verdad? –Tenía un
acento llano de West Riding–, ¿Y él era desagradable con ella? ¿La criticaba?
Ay, ya imagino el cuadro.
–Tú tienes una parecida a ella, ¿verdad?
–Alto ahí, camarada. Yo nunca cometí el error
de meter la cabeza en el lazo. Pero he tenido los ojos abiertos. Cuando una
mujer es desagradable con un hombre y él lo es con ella, sólo significa una cosa.
Que a él le gusta ella y a ella le gusta él.
–Venga ya –dijo Brian.
–De verdad, camarada. No olvides mis
palabras: no has vuelto a verle el pelo porque él y tu mujer están ahora en
alguna parte siendo desagradables el uno con el otro.
A continuación Potter lanzó una sonora
carcajada de borracho.
–Me voy –dijo Anthony–. Estoy harto de este
lugar.
Se levantó y miró a Winston, que metió otra
vez los informes en los sobres.
Entraron por la calleja y muy pronto se
dieron cuenta de que Brian y Potter les seguían a corta distancia. Eran poco
más de las diez.
–Esto va a ser espléndido –dijo Winston con
su tono frío y preciso–. Estarán bebiendo y armando jarana en la puerta de al
lado hasta el amanecer.
Pero en realidad Potter no era capaz de subir
las escaleras. Se sentó en el primer escalón y empezó a entonar una burda
balada campesina que hablaba de enseñarle a la hija de un granjero cómo
funcionaba su trilladora. Anthony se había fijado en que Li-li no estaba en
casa y en que todas las luces de arriba estaban apagadas. Eso debía de
significar que Arthur Johnson estaba ya en la cama. «Ojalá esté profundamente
dormido», pensó.
–Sería mejor que le sacaras de aquí –le dijo
a Brian–. Es tu amigo.
–¿Amigo? No le había visto en mi vida. Tony
–contestó Brian, que tenía una botella de vodka que había comprado en la
licorería y se la llevó a los labios bebiéndolo del gollete–. ¿Y adonde voy a
llevarle? ¿Quieres que le deje en la calle? Ha venido de Leeds.
–Pues entonces puede volver allí. En el
próximo tren que pase por King’s Cross.
Brian miró con aire desvalido a Potter, que
estaba tarareando y dirigiendo una orquesta imaginaria.
–No quiere volver allí. Ha venido para el
partido de mañana.
–¿De qué partido hablas, joder? –dijo
Anthony–. ¿Qué te propones?
Anthony no sabía nada de fútbol y no le
interesaba en absoluto.
–Leeds contra Kenbourne Kingmakers –explicó
Brian ofreciéndole la botella–. ¿Quieres un poco de matarratas ruso? De
acuerdo. No le hubiese traído aquí de haber sabido que estaba tan borracho.
¿Supongo que no podemos llevarle a tu...?
–No –dijo Anthony, pero cuando estaba a punto
de añadir algo desagradable y más contundente, Potter se puso de pie
tambaleante y agitó los brazos, moviendo la cabeza de un lado a otro.
–Quiere ir al lavabo –dijo Winston, y cogió a
Potter por el brazo y se lo llevó.
Anthony abrió la puerta de la habitación 2 y
Brian, sin esperar a que le invitaran, entró detrás de él y se sentó en la
cama. Estaba nervioso y malhumorado.
–No me gustó nada eso que insinuó sobre
Vesta.
–Él no la conoce –dijo Anthony–, ¿De qué
sirve hacer caso a generalizaciones estúpidas sobre el comportamiento? Siempre
son erróneas.
–Tú eres un verdadero amigo. Tony, el mejor
amigo que haya podido tener un hombre.
Sonó la descarga de la cisterna del lavabo, y
luego entró Winston con Potter, que estaba pálido y olía peor que en el bar. Se
sentó en el sillón y echó la cabeza hacia atrás con la boca abierta. Fuera
estalló un cohete que les sobresaltó a todos salvo a Potter, que empezó a
roncar.
–Démosle media hora –dijo Winston–. Luego le
meteremos en el cuerpo un litro de café cargado. En la época en que era
conductor de ambulancias vi a muchos así.
–Tú has hecho muchas cosas en la vida –dijo
Anthony–. Griego, contabilidad, un poco de práctica médica. Ahora me dirás que
eres abogado.
–Bueno, la verdad es que estudié derecho,
aunque no llegué a licenciarme –dijo Winston, y cogió de la mesita de noche Psicología y vida de Ruch y no tardó en sumergirse en él.
–No me gustó lo que dijo de mi mujer
–insistió Brian.
La botella de vodka estaba medio vacía. Brian
miró furioso a Potter y le zarandeó cogiéndole de los hombros. Potter se
incorporó, soltó un gruñido y se dirigió tambaleante hacia el lavabo.
–No debería haber dicho eso de Jonathan.
Jonathan es el mejor amigo que he tenido.
Winston le miró severamente por encima del
libro.
–Prepara un poco de café –masculló–. Venga,
anda. Lo necesitas tanto como él.
Brian obedeció, gimoteando como un perrito.
Encendió la cafetera mientras Anthony sacaba café y azúcar. Sintiéndose de
nuevo cansado, Anthony se sentó en el suelo, el único sitio donde sentarse, y
cerró los ojos. Lo último que vio antes de adormilarse fue que Brian sollozaba
y las lágrimas resbalaban por sus mejillas fofas y rojizas.
Arthur entró en el lavabo y rompió la carta
de Bristol en trocitos, los echó al inodoro y tiró de la cadena. Este acto
tenía un carácter irreversible y le complació y asustó al mismo tiempo. Ya no
podía volverse atrás, ya no había posibilidad de devolver la carta con otra
nota explicativa. La cosa estaba hecha y su venganza cumplida. ¿Sería
suficiente saber eso para aguantar hasta que volviese a casa? ¿Podría llegar a
casa sin contratiempos?
Cuando salió de nuevo al bar, empezó a
aflorar otra vez el miedo a sí mismo. Pero de todos modos pidió otro coñac.
Estaba aplazando su salida del Grand Duke hasta el último momento. Eran las
once menos veinte. Alguien había ocupado su asiento durante su ausencia y se
vio obligado a quedarse de pie en una esquina junto a la mampara de cristal que
separaba la barra del salón. El cristal estaba deslustrado pero tenía un dibujo
de flores de vidrio transparente. Mirando a través de la silueta de un pétalo,
Arthur vio a tres o cuatro metros de distancia el perfil de un rostro familiar.
Lo que vio fue (afortunadamente, pues estaba
seguro de que Dean no le había visto) el perfil de Jonathan Dean. Se alejó de
allí a toda prisa, abriéndose paso entre la gente. La boca de Dean batía como
el badajo de una campanilla de rápido repiqueteo, lo que indicaba que estaba
hablando con una persona a la que Arthur no había visto. Lo más probable era
que se tratase de Brian Kotowsky y quizá de Anthony Johnson y de aquel negro.
Las aves del mismo plumaje vuelan juntas. Tenía que marcharse de allí.
Hasta que estuvo en la calle no empezó a dudar
de aquel impulso que le había hecho abandonar el bar. Si se proponía ir
directamente a casa, qué importaba quién le viera o qué testigos hubiera de su
ausencia del 142 de Trinity Road. ¿O no se proponía ir directamente a casa,
sino vagar por las calles dando vueltas, la presión de la cabeza creciendo,
hasta que se cumpliese la última parte de la vieja pauta? Arthur se estremeció.
Había una parada de autobús unos metros más abajo del Grand Duke, en High
Street, pero no quería coger un autobús que sólo le llevaría hasta el
Waterlily, no hasta su casa. Un taxi, en cambio, le dejaría delante de la
puerta.
Los taxis bajaban por allí, lo sabía muy
bien, de regreso del West End después de dejar algún pasajero en North
Kenbourne. Pero pasaban los minutos y no aparecía ninguno. Once menos diez.
Pronto cerraría el Grand Duke y arrojaría sus parroquianos a la calle. Arthur
vio en la otra acera el borde de la masa de árboles de Radclyffe Park. La
puerta principal estaba cerrada, pero la puertecilla giratoria de hierro, que
daba acceso a un sendero que bordeaba el parque, no podían cerrarla. Vio pasar
a una mujer a través de aquella puerta y perderse en el oscuro sendero tras
cruzar la acera iluminada. Se le encogió el corazón y apretó las manos. Maureen Cowan, Bridget O’Neill...
Por fin apareció un taxi. Le hizo señas
febrilmente y cuando paró le dijo al taxista que le llevase a Trinity Road.
–¿Y dónde queda Trinity Road?
Arthur se lo explicó.
–Lo siento, amigo. Vuelvo al centro y luego
me iré a la cama. Llevo al volante de este trasto desde las nueve de esta
mañana. Estoy fatigado.
–Tomaré nota de su número –chilló Arthur–.
Está usted obligado a llevarme. Informaré de esto a las autoridades
correspondientes.
–Váyanse a la mierda usted y las autoridades
correspondientes –le espetó el taxista y arrancó dejándole allí.
El último autobús K.12 pasaría a las once
menos dos minutos. Arthur decidió que no tenía más elección que cogerlo, y que
luego en la parada del Waterlily evitaría el callejón e iría a casa por
Magdalen Hill, que estaría bien iluminada. Pero necesitó toda su fuerza de
voluntad para esperar en aquella parada de autobús y no lanzarse a caminar, a
seguir por la dirección que había tomado aquella mujer o por la ruta
serpenteante de Radclyffe Lane, la cual, tras un trecho entre acres de tierra
de casuchas derribadas tras otro entre casas adosadas y tiendecitas míseras, le
permitiría llegar por fin al hospital, el puente y el terraplén de hierba gris
del ferrocarril de Isambard Kingdom Brunel. Cuando la tentación se le hacía ya
insoportable, apareció el K.12 que llegaba de Radclyffe College.
Subió y el autobús se puso en marcha. Pero
aminoró de nuevo y se detuvo para recoger a una mujer que vestía una larga capa
negra con capucha y que había salido precipitadamente del Grand Duke para
cogerlo. Abajo había más asientos y la mujer subió al piso de arriba.
El autobús continuó deprisa porque a aquella
hora de la noche no había mucho tráfico. Pasó por el cementerio donde Maureen
Cowan había ejercido su oficio y donde descansaba tía Gracie en la sepultura de
la familia, al lado de sus padres. Giró por una calle de dirección única y
regresó brevemente a High Street antes de enfilar Kenbourne Lane. A lo largo de
la ruta se veían aún fogonazos rojos, verdes y plateados taladrar la fría y
oscura cortina del cielo, que estallaban al alcanzar su cenit y se
desparramaban en cascadas de chispas.
Giraron a la derecha en Balliol Street y
Arthur (que raras veces iba en autobús pero cuando lo hacía estaba siempre
preparado para bajarse unos cien metros antes de su parada) empezó a levantarse
de su asiento. La mujer de la capa negra y la capucha estaba ya esperando junto
a la puerta. Era como un monje o un gran pájaro, pensó Arthur. Fue la primera
en bajarse, como si estuviese nerviosa y deseando llegar a casa.
El Waterlily estaba cerrado, como todos los
establecimientos, y cuando contempló Balliol Street vio la luz del escaparate
de Kemal’s Kebab House apagada. Pero había luces en abundancia: cuadrados ámbar
salpicaban al azar las fachadas de las casas, luces de farolas que eran como
gotas de aceite de gaulteria, el edificio alto parecía un faro con cien ojos
parpadeantes. Por la acera había diseminados numerosos restos ennegrecidos de
petardos usados. Pero no había ni un alma, sólo él y la mujer de la capa, que
cruzó la entrada del callejón hacia Camera Street. De vez en cuando pasaba
algún coche.
Arthur se quedó inmóvil. Miró la acera del
Waterlily, pero por el rabillo del ojo espiaba a la mujer. Un coche frenó junto
a ella, haciéndola pararse. El conductor le dijo algo. Arthur pensó que
contaría hasta diez, y que entonces ella habría entrado ya en Camera Street o
se habría ido con aquel hombre, la habría perdido, él y ella estarían a salvo,
y entonces daría la vuelta y se dirigiría a Magdalen Hill. Pero antes de que
llegase a contar cinco vio que ella se apartaba bruscamente del coche y
desandaba corriendo el mismo camino. Le dio un vuelco el corazón, como si se le
dilatara y empezase a palpitar. Había tres postes blancos bajo el arco del callejón.
Ningún coche podría entrar en él por aquel lado. Pero ella sí entró. El coche
pareció encogerse de hombros antes de alejarse cuesta abajo, abandonándola por
una presa más fácil y más complaciente.
Arthur entró también en el callejón,
caminando tan silenciosamente como un gato. Estaba oscuro, con una oscuridad
sensual, bella. La mujer caminaba deprisa (apenas podía distinguir su forma
grotesca y aleteante) pero Arthur caminaba más deprisa aún, la adelantó y oyó
el rumor agudo de su respiración cuando rozó las faldas de su capa.
Luego aminoró el paso tras él, como él había
supuesto que haría. Se quedaría atrás hasta que viese la silueta de él
recortarse en la salida iluminada que daba a Trinity Road, hasta que le viese
desaparecer. Arthur dejó que le viese. Pero en vez de salir a la luz, se apegó
a los fríos ladrillos de la pared del callejón y retrocedió un metro, dos. La
olfateaba. No podía verla. Tenía el nudo de la corbata muy prieto y le costó
trabajo deshacerlo. En ese momento tenía tanta fuerza que, si la corbata
hubiese sido del metal al que se parecía, también habría sido capaz de deshacer
el nudo. Silbaban y estallaban cohetes en su cabeza. El último de ellos se
derramó en un millón de estrellas cuando aquella criatura aleteante y
encapuchada se acercó a él, y él a ella.
La mujer no gritó. El sonido que emitió llegó
sólo a los oídos agudos de Arthur, el gorgoteo del terror absoluto, y el olor
de su terror fue sólo para el olfato de Arthur. No llegó a tocarla siquiera con
las manos. Cayó sobre el suelo como un pájaro moribundo, y él, tambaleándose
con el tumulto interior, dejó que el cuerpo descansara pesadamente sobre sus
zapatos hasta que por fin, precisa y remilgadamente, apartó los pies.
13
Cuando Anthony abrió los ojos comprobó que
eran las once y veinte. Winston aún leía Psicología y vida y Potter
estaba dormido. La estufa eléctrica estaba encendida y hacía bastante calor en
la habitación.
–¿Dónde está Brian?
Winston cerró el libro.
–Se fue hace una media hora. Dijo que iba a
buscar a ese Dean y a aclarar las cosas con él.
–Oh, Dios mío –dijo Anthony–. Deshagámonos de
Potter.
–Cuando gustes –repuso Winston
tranquilamente–. Estuve mirándole los bolsillos mientras tú dormías. Tiene
dinero de sobra y se aloja en el Fleur Hotel de Judd Street.
–Bien hecho, sargento. Llegará usted muy
lejos –le dijo Anthony, y se le ocurrió una cosa– No habrás estado en la
policía, ¿verdad?
Winston sonrió.
–No, nunca. ¿Le metemos en un taxi?
Anthony asintió y consiguieron despertar a
Potter. Pero éste, como le sucedía siempre al despertar, sintió una exigencia
de la naturaleza o ganas de vomitar. Se dirigió al lavabo y Anthony y Winston
le esperaron en silencio. Diez minutos después, regresó pálido, vacilante y
babeando.
Arthur cruzó la puerta de entrada del 142 de
Trinity Road a las doce menos veinticinco. Llevaba el cuello del abrigo subido,
tapándose la garganta para que no se apreciase la ausencia de corbata. El frío
intenso hacía que eso resultase natural en alguien que pudiese padecer de la
garganta. Pero no había nadie que le viese y no tenía miedo.
Al principio la casa parecía tan oscura como
cuando la había abandonado horas antes. En la ventana de Li-li Chan no se veía
ninguna luz, ni tampoco en la de Winston Mervyn. El vestíbulo estaba a oscuras
y silencioso, pero se detuvo al pie de las escaleras y vio una línea de luz
bajo la puerta de la habitación 2, y que la puerta del lavabo que ajustaba mal
tenía un borde de luz en todo el perfil de su rectángulo. Anthony Johnson. No
podía ser otro, Arthur subió las escaleras silenciosamente, pero antes de
llegar al primer descansillo, oyó abrirse la puerta del lavabo y vio que en el
vestíbulo se derramaba un torrente de luz. Le pareció que Anthony Johnson se
había detenido, debía de estar mirando hacia arriba... ¿por qué si no iba a
pararse en el vestíbulo? Arthur no miró hacia abajo y cuando llegó al
descansillo oyó cerrarse la puerta de la habitación 2.
La luz inundaba el patio debajo de la ventana
de su dormitorio. Pero eso carecía de importancia. El único peligro que corría
era que le pillaran matando, pues no conocía de nada a la mujer a quien había
estrangulado, lo mismo que no había conocido a Maureen Cowan y a Bridget
O’Neill. Nadie se preocuparía por la hora a la que hubiese llegado a casa
Arthur Johnson aquella noche, porque nadie consideraría necesario investigar.
No tenía ningún motivo de preocupación. Quizá
eran los únicos momentos de su vida en que no tenía ningún motivo de
preocupación. Los saboreó, excluyendo el pensamiento, sintiendo una paz
deliciosa, un bienestar animal. Sin molestarse, por una vez, en lavar, se quitó
la ropa, dejando encima de todas las prendas amontonadas la corbata plateada
retorcida, y se echó debajo del edredón azul de flores. Al cabo de unos
segundos estaba dormido.
Era prácticamente imposible, como indicó
Winston, encontrar un taxi en Trinity Road, que no era un lugar de paso y cuyos
habitantes no solían permitirse coger taxis.
–Podríamos llevarle hasta la parada que hay
al lado de la estación.
–No, no llegaríamos hasta allí –dijo Anthony.
Ya había sido bastante difícil sacar al maloliente y soñoliento Potter de la
habitación 2 y bajarle a la calle. Debía pesar más de cien kilos. Ahora estaba
sentado donde le habían dejado, en el murete que separaba el cuadrado de césped
de la calle, con la cabeza apoyada contra el tocón de un tilo. La intensa
helada que les hacía temblar no parecía afectar a Potter, que empezó a roncar
de nuevo.
–Yo iré hasta la parada –dijo Winston–. Tú te
quedas aquí y vigilas que no se caiga al césped.
Pero mientras decía esto salió un taxi de
Magdalen Hill y se detuvo a la entrada del 142. Bajó de él Li-li Chan, que
vestía un mono verde de raso y una boa de plumas de color rosa, y entregó un
billete de libra al taxista.
–Noventa y ocho, señora –dijo el taxista devolviéndole
dos peniques.
–Quédese con el cambio –dijo Li-li, con un
gesto de despedida. Mientras el taxista la miraba con lúgubre incredulidad, la
joven se dirigió a Anthony y a Winston diciéndoles–: Hola, menudo frío hace. –Y
subió las escaleras.
–No me lo creería –dijo el taxista–, si no lo
hubiese visto con mis propios ojos.
Examinó el billete como sí temiera que
pudiese esfumarse en la estela de su donante.
Winston cogió a Potter por un brazo y Anthony
por el otro. Le metieron en el taxi.
–Este tipo está como una cuba y no está en
condiciones de discutir por la propina. Fleur Hotel, Judd Street, ¿de acuerdo?
–Con tal que no vomite –dijo el taxista.
La noche iba serenándose y hacía media hora
que no se oían ruidos de cohetes y petardos.
Hizo falta casi una hora para ventilar la
habitación 2. Anthony hacía ya bastante rato que tenía ganas de dormir y, como
consecuencia, se desveló.
Despertó a las ocho y media y no tuvo tiempo
de afeitarse ni de apenas lavarse, pues había decidido empezar a trabajar en la
biblioteca de la universidad a las nueve y media. En el vestíbulo había un
desconocido, un individuo indescriptible de mediana edad que le hizo un gesto
de saludo con la cabeza y le dio los buenos días de una forma que parecía
pensada y calculada. Anthony pensó que debía de ser un policía de paisano antes
incluso de ver el coche celular aparcado delante de la casa, e inmediatamente
se preguntó si aquella visita tendría relación con Brian Kotowsky. La noche
anterior, Brian había ido en busca de Jonathan Dean con el propósito de
discutir con él... ¿quizá de pelearse con él?
Pero ninguno de los ocupantes del coche
intentó hablar con él, así que cruzó la calle hacia el callejón de Oriel Mews.
Pero el paso estaba cortado. La entrada se hallaba bloqueada por una lona,
sujeta en un marco de unos dos metros y medio de altura, y no se podía ver nada
del interior del callejón.
La llamada despertó a Arthur poco antes de
que sonara el despertador. Alguien estaba llamando a una de las puertas, la de
los Kotowsky o la de Mervyn, del piso de abajo. Luego oyó voces, la de Mervyn y
la de otra persona, pero estaba habituado a todo tipo de ruidos injustificados
e innecesarios a horas impropias, así que no hizo mucho caso. Diez minutos
después, cuando el ruido había cesado, se levantó y se bañó. Limpió el baño y
el lavabo meticulosamente, fregó el suelo, esponjó los almohadones azules y
sacudió el edredón. Luego sacó una camisa limpia y ropa interior del armario.
Se oyó un rumor de pasos que subían y bajaban
las escaleras. Tal vez se estaba mudando algún otro. Stanley Caspian era muy
capaz de olvidar comunicárselo. Entró en la cocina y puso la tetera,
preguntándose si habrían encontrado ya el cadáver de aquella mujer. Sin duda
había sido una imprudencia de su parte, haberlo hecho tan cerca de su propia
casa, pero la prudencia, claro, no había tenido nada que ver con el asunto. El
periódico de la tarde le indicaría, como a cualquier otro ciudadano sin
relación con los hechos, qué se sabía. Y esta vez no se hundiría y enfermaría
debido a los traumas culminantes, sino que observaría con placer los esfuerzos
de la policía para hallar al asesino.
Un té fuerte, dos huevos, dos lonchas de
tocino, dos tostadas finas y muy calientes. Si hubiesen encontrado el cuerpo,
pensó luego mientras lavaba la vajilla, habrían acordonado ya el callejón. Su
entrada podía verse desde la ventana del salón. No pudo resistir la curiosidad
y fue a atisbar entre los visillos de encaje. Sí, habían acordonado el
callejón, su arcada estaba bloqueada por una gran lámina opaca. Probablemente
una furgoneta había entrado para cargar o descargar y el conductor había
encontrado el cadáver. Examinó la zona buscando coches celulares, pero no vio
ninguno; luego, mirando más cerca ya de la casa, vio uno donde menos lo esperaba:
justo debajo de la ventana, en el bordillo.
Le dio un vuelco el corazón y sintió
llenársele el pecho de un líquido hirviente. Pero no podían saberlo. Nadie le
había visto entrar en el callejón y no había nada que le relacionase con la
víctima. «Contrólate», se dijo, con el tono admonitorio que tía Gracie
reservaba para momentos como aquél. Aunque nunca había habido un momento como
aquél.
Se dejó caer en una silla y, mirándose las
manos, vio que sostenía el paño de secar los platos, cogido exactamente igual
que la corbata plateada la noche anterior: tenso, los dedos flexionados en los
extremos. Los relajó. ¿Era posible que el coche celular estuviese aparcado allí
por mera coincidencia? Miró por la ventana de nuevo. Anthony Johnson cruzaba la
calle hacia el callejón clausurado. El zumbido prolongado del timbre de su
puerta taladró los blandos tejidos de su cerebro como un cuchillo. Se tambaleó.
Luego acudió a la puerta.
–¿Señor Johnson?
Arthur asintió, la cara apergaminada por la
palidez.
–Me gustaría hablar un momento con usted,
¿puedo entrar?
El individuo no esperó a que le diesen
permiso. Entró en el piso y le mostró credenciales. Glass, inspector de
policía. Era un hombre alto y delgado con una nariz ancha y plana y una boca
fina que se entreabrió para mostrar unos dientes grandes y amarillentos.
–Se ha cometido un asesinato, señor Johnson.
Me gustaría que me explicase cuáles han sido sus movimientos durante la noche
anterior.
–¿Mis movimientos? –Arthur no había preparado
nada; le cogían completamente desprevenido–. ¿Qué quiere decir?
–Es muy sencillo. Me gustaría saber qué hizo
usted la noche anterior.
–Estuve aquí, en mi casa. Estuve aquí todo el
tiempo desde que llegué del trabajo a las seis y media. No salí.
–¿Estuvo solo?
Arthur asintió. Sentía mareos, náuseas. Aquel
hombre no le creía. Su expresión indicaba una incredulidad total, casi
irritada, y el labio se frunció sobre aquellos dientes repugnantes.
–De acuerdo con mi información, pasó usted la
noche en compañía del señor Winston Mervyn, el señor Brian Kotowsky y de un
individuo llamado Potter.
Y entonces Arthur lo comprendió todo.
Cruzaron por su mente fugaces imágenes del Grand Duke, del perfil de Dean... Y
entonces se hizo la luz.
–Creo que usted me confunde con el señor Anthony Johnson. Vive en la planta baja, habitación 2 –dijo con firmeza, pues
estaba claro que Glass había cometido un error; luego añadió–: Estuve en casa
solo toda la noche.
–Pues lo siento, señor Johnson. Una confusión
comprensible. ¿No puede ayudarnos a saber algo sobre el paradero del señor
Kotowsky?
–De eso no puedo decirle nada. Casi no le
conozco. Yo sólo me ocupo de mis asuntos. –Pero Arthur tenía que saber por qué
Glass había ido precisamente a aquella casa... ¿por qué aquí?–. Oiga, ese
asesinato... ¿relaciona al señor Kotowsky con él?
–Inevitablemente, señor Johnson –dijo Glass,
abriendo la puerta–. La víctima ha sido la señora Vesta Kotowsky.
14
Anthony pasó el día en la biblioteca de la
universidad. Cuando llegó a la estación de metro de Kenbourne Lane camino de
casa eran casi las cinco. En el quiosco de prensa leyó: «Mujer asesinada en
Kenbourne» y «¿El asesino de Kenbourne golpea de nuevo?». Aunque le interesaban
las razones que llevan a los hombres a matar, el asesinato en sí no le
fascinaba en absoluto, así que no compró el periódico. La carta de Helen
estaría esperándole, y desde que había salido de la biblioteca su mente se
hallaba concentrada en hacer conjeturas sobre el contenido de aquella carta.
La mesa del vestíbulo estaba llena de cartas,
y por una vez no estaban cuidadosamente colocadas. Anthony rebuscó entre las
cartas. Había tres folletos de agentes inmobiliarios para Winston, la carta de
Taiwán de Li-li, una factura para Brian, una factura para Vesta y una factura
que tendría que remitirse a la nueva dirección de Jonathan Dean. Pero no había
nada para él. Helen no había escrito. Por primera vez desde que vivía en el 142
de Trinity Road, había pasado un martes y un miércoles sin carta de ella. Pero
antes de que pudiese preguntarse por los motivos de aquel hecho (si habría sido
demasiado brusco con ella, si ella no se atrevería ya a escribirle), se abrió
la puerta de la calle y entraron en el vestíbulo Winston Mervyn y Jonathan
Dean.
–¿Cuándo te soltaron? –dijo Winston–. Te
echamos de menos.
–¿Soltarme? –dijo Anthony.
–Quiero decir que no te vimos en la comisaría
de policía.
Anthony pensó que nunca había visto a
Jonathan Dean con un aspecto tan horrible y agotado, y al mismo tiempo tan
normal, sin postura ni papel.
–No entiendo a qué te refieres.
–No lo sabe –dijo Jonathan–. No sabe nada de
nada. Vesta fue asesinada anoche, Tony, estrangulada, y Brian ha desaparecido.
Subieron a la habitación de Winston porque
era más grande y más aireada que la de Anthony. Jonathan contempló sus antiguos
dominios con ojos enfermizos, y al no encontrar ningún fragmento trillado de
poesía o de prosa apropiado para la situación, se tumbó en el viejo sofá rojo.
Se agolpaba humeante contra la ventana una niebla gélida y blanca. Winston
corrió las raquíticas cortinas.
–La policía estuvo aquí esta mañana a las
diez y media –dijo–. No encontraron a Brian en casa, así que vinieron a
interrogarme. Querían saber cuándo había visto a Brian por última vez y de qué
humor estaba. Les expliqué lo de anoche. Tuve que hacerlo.
–¿Quieres decir que les explicaste todo lo
que insinuó Potter?
–Tenía que hacerlo. Tony. ¿Qué habrías hecho
tú? ¿Decir que Brian estaba sobrio y tranquilo y que se fue a la cama tan
contento? Además habían localizado a Potter. Debe de haberse perdido el
partido. Es posible que después de eso pensaran que no valía la pena
interrogarte a ti. Y Potter debe de haber recordado, a pesar de la resaca,
porque me llevaron a la comisaría y me preguntaron si Brian estaba enloquecido
de celos. Tuve que decir que había ido en busca de Vesta y de él.
–Hizo un gesto con la mano señalando al yacente Dean.
–Pero era una tontería –dijo Anthony–. Era
una fantasía alcohólica de Potter. No tenía ningún fundamento, todos lo
sabemos.
–Sí lo tenía –dijo Jonathan Dean.
–Quieres decir que tú y Vesta...
–Oh, Dios, pues claro. Por eso me mudé. No
podíamos hacerlo aquí, ¿cómo íbamos a hacerlo? Con ese pobre desgraciado en la
habitación de al lado. Dios mío, ayer estuve con ella. Pasamos la tarde y la
mayor parte de la noche juntos y luego fuimos al Grand Duke a tomar algo. Se
marchó poco antes de las once para coger el último autobús.
Anthony se encogió de hombros. Se sentía
desconcertado, embotado.
–¿Dijiste que Brian había desaparecido?
Jonathan se pasó los dedos por el revuelto
cabello pelirrojo.
–No he estado viviendo en ese condenado
agujero la semana pasada. Huele a demonios y está plagado de ratones. Mí
hermana dijo que podía quedarme en su casa mientras ella estuviese fuera, en
Alemania. Tiene un piso en New Hampstead. Volví allí anoche desde Duke. Llegué
hacia la medianoche y Brian apareció media hora después. Estaba borracho
perdido y soltó toda clase de amenazas y acusaciones, pero luego se quedó
dormido y le metí en la cama.
–Pero ¿cómo supo que estabas allí?
–Sabe Dios. He estado allí antes, cuando mi
hermana estaba fuera –dijo Jonathan y se estremeció–. Podría habérselo dicho
Vesta antes de que él...
–Pero ¿dónde está ahora?
Jonathan meneó la cabeza.
–Yo le dejé allí y me fui a trabajar. Los
polis me cogieron hacia el mediodía y se lo conté todo, pero cuando llegaron a
casa de mi hermana Brian se había ido. Ahora le están buscando. No sirve de
nada que te lo tomes así. Tony, debe de haberlo hecho él. De lo contrario, ¿por
qué iba a esfumarse de este modo?
–Podría haber salido y haber visto un
periódico de la tarde y haberse asustado. No le creo capaz de matar.
–¿Crees que yo sí? ¿Crees que a mí me gusta
pensar eso de un buen amigo? Nosotros éramos... como dos rosas rojas en un
mismo tallo.
Quizá fuese la crasa impropiedad de esta
imagen, o el hecho de que Jonathan se hubiese atrevido a citar algo dadas las
circunstancias, lo que hizo lanzarse a Winston contra él.
–Si lo hizo fue por culpa tuya. No deberías
haberte liado con su mujer.
–¡Maldito negro! –exclamó Jonathan, y desvió
la cara hacia el brazo del sofá y todo su cuerpo se estremeció–, Me vendría
bien un trago, mierda.
Winston, al que los epítetos ofensivos no
habían afectado en absoluto, dijo tranquilamente:
–Me pregunto cuántos miles de veces habrán
oído esas palabras estas paredes. –Luego zarandeó vigorosamente a Jonathan y
añadió–: Nunca entenderé por qué no te dejé tirado en las escaleras de la
comisaría para que te recogieran los basureros. Levántate de ahí si quieres ese
trago. Pero no apareceremos por el Waterlily mientras no se resuelva todo este
lío.
–Dicen –dijo Barry– que esa pájara que
mataron vivía en su casa. ¿Es verdad eso?
–Sí –dijo Arthur.
–Es que en el periódico no dicen el número,
sólo Trinity.
Barry cogió una cucharada de azúcar del
cuenco y se la llevó a la boca.
–Mire –dijo, poniéndole delante de las
narices a Arthur el Evening
Standard.
«El cadáver de la señora Vesta Kotowsky, de
36 años, de Trinity Road, Kenbourne Vale, Londres Oeste, fue hallado en Oriel
Mews, Kenbourne Vale, esta mañana temprano. Había sido estrangulada. La policía
considera que se trata de un asesinato.»
Las letras bailaron ante sus ojos. Se
superpusieron a ellas otras letras:
«El cadáver de una mujer, Maureen Cowan, de
24 años, de Parsloe Street, Kenbourne Vale, Londres Oeste, fue hallado anoche
en un sendero contiguo al cementerio de Kenbourne Vale. La policía considera
que se trata de un... El cadáver de una mujer, Bridget O’Neill, de 20 años,
estudiante de enfermería...»
Desconocidas para él, absolutas desconocidas.
Ni siquiera les había mirado a la cara. ¿Había mirado a la cara alguna vez a
una mujer, salvo a tía Gracie y a Beryl?
Beryl era la hija de la señora Courthope.
Cuando llegó una noche a casa y se la encontró tomando el té con tía Gracie en
aquellas tazas de porcelana que él poseía ahora y cuidaba con tanto esmero, su
presencia le había despertado celos. ¿Quién era ella para irrumpir en su mundo
privado? Y después de eso había ido allí un día y otro y otro, unas veces con
su madre, otras veces sola. Era mejor cuando estaba su madre porque entonces
tía Gracie se quedaba en la habitación en lugar de dejarles solos a Arthur y a
ella. Él nunca había sabido qué decir cuando estaba a solas con Beryl, y no era
capaz de recordar si había llegado a pronunciar una sola palabra. No era capaz
de recordar si Beryl era guapa o fea, charlatana o reservada, y no estaba
seguro de si lo había llegado a saber. La muchacha le era absolutamente
indiferente.
Pero a ella le gustaba él, decía tía Gracie.
«Le gustas mucho a Beryl, Arthur. No es de
extrañar, claro. Eres formal, tienes un buen trabajo y, aunque no esté bien que
te lo diga, eres un muchacho muy guapo.»
Beryl empezó a ir con ellos al Odeon. Tía
Gracie siempre disponía las cosas de manera que Beryl se sentase entre ellos
dos. Arthur se atrevió a decir que le gustaba más como eran las cosas antes de
que conocieran a Beryl, cuando estaban siempre los dos solos.
«No hay ningún motivo para que tengamos que
separarnos, Arthur. Ésta es una casa grande. Siempre he pensado que algún día
te quedarías el piso de arriba para ti solo.»
Él no entendió qué había querido decir ella
ni por qué se dedicaba a acumular sus cupones de ropa, o a examinar tan
detenidamente la ropa de cama que había tenido guardada tanto tiempo, o a
hablar de lo difícil que era conseguir muebles en aquel período de posguerra.
No le gustaba que le dejaran con Beryl y que entre las amistades íntimas de tía
Gracie se hablara como si Beryl fuese amiga íntima de él.
La noche que sucedió aquello tía Gracie tenía
una jaqueca tan horrorosa que no podía ir al Odeon, a ver aquella película
sobre soldados estadounidenses en el Pacífico. Arthur dijo que entonces él
tampoco iría.
–Tienes que ir, Arthur. No puedes dejar
plantada a Beryl. Ha estado toda la semana pensando en salir contigo. ¿No te
das cuenta de lo mucho que te estima? Sé que tú también la estimas, sólo que
eres muy tímido. No has tenido amistad con ninguna chica, y me alegra poder
decirlo.
Amistad... Beryl llegó a la casa de Magdalen
Hill y salieron juntos en silencio. Pero en cuanto cruzaron la calle ella le
cogió del brazo y no le soltó en todo el trayecto hasta el cine. Su cuerpo era
cálido y pegajoso. Su charla era absurda. Arthur pensaba que debía de estar
loca.
–Nunca había salido con un chico hasta ahora,
Arthur. Mamá no me dejó salir con ninguno hasta que apareciste tú. Sé que no
soy muy atractiva, nada especial, pero podría haber salido con chicos. Ahora me
alegro de haber esperado. Mamá me lo dijo, sabes.
–¿Qué te dijo? –graznó él.
–Que yo te gustaba, pero que eras demasiado
tímido y no te atrevías a decírmelo. A mí me gustan los chicos tímidos. Llevaba
semanas y semanas esperando que me invitaras a salir contigo y ahora lo has
hecho.
–Mi tía no se encuentra bien. Por eso no ha
venido, porque no se encuentra bien.
–Oh, Arthur. No tienes por qué fingir más. Sé
que llevabas semanas y semanas intentando que ella no viniese.
Entraron en el cine. En las tiendas ya había
golosinas. Arthur le compró una bolsa de rizos de frambuesa y le dijo en un
murmullo que tenía que ir al lavabo. «Con permiso», le dijo, tal como se decía
en la escuela. Había una salida de emergencia entre el vestíbulo y los lavabos.
Arthur salió directamente a la calle. Caminó y caminó hasta poner tres
kilómetros entre él y Beryl. Y luego, por primera vez en su vida, entró en un
bar. Bebió coñac porque no sabía qué otra cosa pedir.
Poco después de las diez echó a andar camino
de casa siguiendo el sendero que bordeaba el cementerio. Había una chica cerca
del final del sendero, y cuando llegó junto a ella, la chica le dio las buenas
noches. Más tarde se había enterado de que era una prostituta, que esperaba
allí a que cerraran los bares, aunque en aquella época él apenas sabía nada de
prostitutas.
Se acercó a ella y metió la mano en el
bolsillo, donde había guardado la bufanda. Puede que ella pensase que estaba
buscando la cartera, pues avanzó hacia él y le apoyó una mano en el brazo.
Entonces él la estranguló, cogiéndola demasiado desprevenida para que pudiera
defenderse o gritar. Después, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, pensó
que le cogerían, le juzgarían, le ahorcarían... pero no ocurrió nada. La
policía nunca llegó a ir a la casa de Magdalen Hill, y si lo hubieran hecho no
habrían descubierto nada, pues Beryl no le contó ni a su tía ni a su madre que
Arthur la había dejado plantada en el Odeon. Les hizo creer que había sido ella
quien le había dado calabazas, que le había dejado definitivamente y no quería
volver a verle nunca más. Tía Gracie se enfureció con ella por su ingratitud e
inconstancia y comprendió, claro está, que Arthur, después de aquella decepción
amorosa, enfermara repentinamente de algún virus que los médicos no eran
capaces de diagnosticar y estuviese seis semanas sin ir a trabajar. No volvió a
ver a Beryl, pero más tarde se enteró de que había acabado casándose con un
verdulero y que tenía dos hijos...
–Creo que fue su propio fulano el que se la
cargó –dijo Barry.
Arthur no pudo reunir la energía necesaria
para reprender a Barry por aquel lenguaje impropio. Asimiló el sentido que
había tras las palabras. Supondrían que lo había hecho Kotowsky. Glass ya lo
suponía, evidentemente. Pero Arthur seguía incapaz de sacudirse la parálisis de
pánico que le embargaba desde las ocho y media. Era imposible superar el hecho
(e igual de imposible captar su plena significación) de que no sólo había
matado a una mujer a la que conocía, sino a una mujer que vivía en la misma
casa que él. Era imposible también olvidar o aceptar otra cuestión: había
mentido al inspector Glass, aquel hombre de cara de piraña; le había mentido
bajo la presión del pánico y no se había dado cuenta de que su mentira podría
descubrirse fácilmente.
Anthony Johnson podría demostrar a la policía
que él había mentido. Porque Arthur Johnson, al salir del lavabo a las doce
menos veinte, le había visto subir las escaleras a oscuras.
Por supuesto, él podía decir que sólo había
bajado a dejar la basura en el cubo. ¿Él? ¿A aquellas horas? ¿Con el abrigo
puesto? No, dijese lo que dijese de él, el testimonio de Anthony Johnson sería
suficiente para atraer hacia su persona la atención de la policía. Y,
naturalmente, Anthony Johnson se lo contaría. Debían de saberlo ya, quizá
estuviesen esperándole en el 142 de Trinity Road.
Arthur volvió allí porque no tenía otro sitio
a donde ir. No había ningún coche celular, ni policías en el vestíbulo. Se
detuvo allí y aguzó el oído, preguntándose si estarían arriba, en el
descansillo de la última planta. Oyó un portazo tremendo, como si hubiese
vuelto Jonathan Dean. Y en efecto era él. Arthur le miró con perplejidad.
Jonathan Dean estaba bajando las escaleras con aquel negro y con Anthony
Johnson.
Consiguió decir buenas noches. Winston Mervyn
le contestó, pero Jonathan Dean no dijo nada. Quizá estaba borracho. Parecía
borracho, apoyado en el brazo de Mervyn, la cara gris y tumefacta. Salieron a
la calle. Anthony Johnson dijo «Os alcanzaré en un minuto» y se dirigió a la
mesa del vestíbulo, donde empezó a rebuscar en el montón de cartas que Arthur
no se había sentido capaz de colocar metódicamente aquella mañana. No podía
permitir que hiciese aquello. Avanzó por el vestíbulo casi tímidamente, pero le
palpitaba de terror el corazón.
Anthony Johnson parecía malhumorado.
–Un crimen espantoso –le dijo a Arthur con
aire ausente.
Arthur encontró por fin un hilo de voz, que
brotaba de algún punto situado al fondo de la garganta.
–¿La policía... le ha interrogado a usted?
Anthony Johnson se giró en redondo para
mirarle con sus penetrantes ojos azules.
–No, no lo han hecho, es bastante extraño. Y
me sorprende, porque tengo cosas que contarles.
–Comprendo. –A Arthur le sonó extraña su
propia voz, ronca–. ¿E irá usted... irá a hablar con ellos por propia
iniciativa?
–No lo creo. Ellos pueden llamarme, si
quieren. Yo no me concibo como un instrumento de la justicia o un medio de
encerrar a un hombre para toda la vida. Salvo, quizá, en circunstancias muy
especiales. Quiero decir, si me causasen un perjuicio a mí o a los míos, por
ejemplo.
Arthur asintió. Sentía un alivio tan grande
que le inundó el sudor, sofocándole de calor. El sentido de las palabras de
Anthony Johnson era inconfundible, apenas disimulado. Y como para reforzarlo,
cuando Arthur empezó a alejarse, le llamó:
–Señor Johnson.
–¿Sí?
–Tenía pensado darle las gracias por esa nota
que me dejó. Fue hace semanas, pero no hemos tenido oportunidad de vernos desde
entonces. ¿Se acuerda usted? Cuando abrió mi carta por error.
–Sí.
–Fue muy considerado de su parte dejarme
aquella nota.
El tono de Anthony Johnson era amable,
educado. ¿Era imaginación suya el matiz de amenaza subyacente o había realmente
una amenaza?
–No querría que pensase usted que le guardo
rencor. No se trataba de una carta muy personal.
–Entiendo –tartamudeó Arthur–. No; claro, una
carta personal... eso sería una intromisión injustificable. –Carraspeó y
añadió–: Una ofensa.
15
Brian Kotowsky era el único hijo de unos
judíos polacos, ya fallecidos, que habían emigrado a Inglaterra en los años
treinta. Stanley Caspian le contó a Arthur que Jonathan Dean y el hermano de
Vesta eran las únicas personas con las que Brian había mantenido una amistad
íntima. En consecuencia, la policía les había interrogado a fondo intentando
descubrir su posible escondite. El cuñado recordaba haber oído a Brian hablar
de una tía suya, hermana de su madre, que vivía en Brighton, pero la policía
fue a su casa y comprobó que un día antes de la muerte de Vesta había ingresado
en el hospital para someterse a una operación de poca importancia.
–Yo no sé –dijo Arthur, queriendo indicar que
no sabía cómo podía saber tanto Stanley. Algún sistema de información confidencial
quizá, que había resultado digno de crédito a menudo en el pasado.
–Se habrá largado a Sudamérica –dijo Stanley,
marcando puntos en el libro de renta de Li-li Chan–. Debían de tener una
fortuna ahorrada, él y ella, considerando que trabajaban los dos y sólo me
pagaban una libra catorce por semana por ese piso.
–Por dos habitaciones –dijo Arthur con aire
ausente.
–Un piso de dos habitaciones, con nevera y
calentador de inmersión. Barato por ese precio. Pon la cafetera, Arthur, mi
buen amigo. La suegra de la hermana de mi señora tiene una amiga que conoce a
un individuo que lleva un quiosco en West End Lane, en West Hampstead, y éste
le dijo que el tipo había ayudado a la policía en las investigaciones porque
Kotowsky había ido allí el miércoles por la mañana a comprar cigarrillos y el
periódico. Lo identificó por las fotos. Y es el último ser viviente que le ha
visto. ¿Quieres un trozo de tarta?
–No, gracias –dijo Arthur.
–Dios sabe lo que estaba haciendo en
Hampstead. La verdad es que no puedo entenderlo, un tipo que mata a su propia
esposa. Yo y mi señora hemos sido un par de tórtolos durante toda nuestra vida
matrimonial. Le llaman crimen pasional. Gracias a Dios no fue debajo de mi
techo. No hay nada como eso para dar mala fama a un sitio. Lo que me preocupa
es cuándo podré alquilar otra vez el piso. Porque en este momento, no puedo
permitirme un vacío en los ingresos, te lo aseguro.
–No me extrañaría –dijo Arthur malévolamente–
que las autoridades lo precintasen durante varios meses. Bueno, ¿puedes darme
mi sobrecito?
Llevaba en el bolsillo otro sobre, un sobre
gris malva, con matasellos de Bristol, que había cogido del felpudo diez
minutos antes. ¿Quién podía imaginar que ella volvería a escribir después de
haber sido rechazada, y echar al correo una carta para que llegase el sábado?
Pero como Stanley Caspian estaba aparcando el
coche se la había metido en el bolsillo. Ahora se preguntaba por qué, ya que no
se proponía ninguna venganza más contra Anthony Johnson. Todo lo contrario. Lo
mismo que Anthony Johnson le había perdonado por abrir aquella carta del
consejo municipal, él le perdonaría a Anthony Johnson aquel acto de destrucción
por el fuego. Debía perdonarle, porque ahora Anthony Johnson le tenía completamente en sus
manos.
Dejó la carta de Bristol sobre la mesa de la
cocina e hizo un esfuerzo por pensar con claridad. Anthony Johnson había dicho
que no perdonaría el robo de una carta personal. Ninguna carta podía ser más
personal que la del martes anterior. Por tanto, no debía caber que Arthur la había
cogido. Iría a la policía y contaría lo que había visto si sospechaba que
Arthur se apoderaba de su correspondencia. Así que Anthony Johnson tenía que
recibir su carta. Pero ¿y si H. mencionaba que había escrito otra antes? Arthur
puso la tetera. El pegamento del sobre reaccionó al chorro de vapor y se abrió
sin problema. Arthur sacó con cuidado la hoja de papel.
«Querido Tony: ¿Por qué no he tenido noticias
tuyas? Al ver que el cartero no dejaba nada para mí, no podía creerlo. Las
cartas no se pierden, ¿verdad? Pero la alternativa es que tú no quisiste
escribir, que estás enfadado conmigo, que estás pagándome con la misma moneda.
¿O es que necesitas tiempo para pensar, para hacer planes de dónde vamos a
vivir, etcétera? Comprendo que necesites tiempo para adaptarte a una nueva vida
y modificar la que ya has emprendido. Pero si necesitas semanas, si quieres
esperar hasta que termine tu curso, ¿acaso no sabes que yo lo entenderé? Soy
tan totalmente tuya, Tony, que haré cualquier cosa que me pidas. Únicamente
quiero que no me dejes así, en suspenso, no me dejes con este miedo.
»Pero en realidad no hay por qué asustarse,
¿verdad? Sé que escribirás. ¿Es posible que uno de tus vecinos haya cogido mi
carta por error? Seguramente nadie se guardaría una carta como la mía, una
verdadera carta de amor. Y sin embargo, no hago más que pensar que ojalá sea
eso lo que pasó. O que, debido al crimen que se ha cometido en tu calle, del
que me he enterado por los periódicos, la policía haya retenido el correo.
»Como tengo que creer que no recibiste mi
carta, te repetiré lo que decía en ella: dejaré a Roger y me iré contigo en
cuanto quieras. Tu devotísima y amante H.»
Arthur la leyó varias veces. Le asombraba la
emoción que transmitía la carta. Resultaba curioso que alguien pudiese poner
sobre papel tales exageraciones, hacer tanto teatro. Pero lo que ella suponía
era acertado. La carta anterior la había robado alguien que vivía en la casa,
y, por tanto, Anthony Johnson no debía recibir tampoco esta carta. No debía
permitir que recibiese ni una sola carta que llegara en un sobre gris malva con
matasellos de Bristol.
Como no había llegado nada de Helen en el fin
de semana, la actitud de Anthony hacia ella vacilaba entre la cólera resentida
y la razonable convicción de que su carta se había perdido en el correo. En
cualquier caso, ya volvería a escribir la semana siguiente. Le provocó un
pequeño placer amargo pensar que ella le hubiese escrito para decir que se
decidía en su favor. Qué ironía si aquella carta se hubiera extraviado y ella
estuviese preguntándose ahora si él estaba pagándole con la misma moneda. Pero
en realidad no creía que ella se hubiese decidido por él. Lo más probable era
que le hubiese escrito con su ambivalencia habitual, que le hubiera dado la
carta a alguna amiga para que la echara al correo y que aún estuviera en el
bolsillo o el bolso de esa amiga.
El sábado por la noche telefoneó a Linthea,
pero había salido. Le contestó la chica que estaba cuidando a Leroy. Sin
embargo, el domingo por la noche Linthea estaba libre e invitó a Anthony al
piso de Brasenose Avenue.
Los periódicos del domingo publicaban
fotografías de Brian Kotowsky, la cara de perro de aguas de Brian con el pelo
revuelto y los ojos tristes. «La policía emprende una búsqueda exhaustiva del marido
de Vesta.» Vesta ya era para todos una palabra familiar, su nombre de pila en
los labios de los desconocidos bastaba para conjurar imágenes de violencia,
terror, pasión y muerte. Pero los periódicos menos amables del domingo,
intentando mantener abiertas todas las opciones, publicaban también artículos a
doble página titulados, en un caso, «¿Fue Vesta víctima del asesino de
Kenbourne?» Y en otro, haciéndose eco de las palabras del pobre Brian, «¿Golpea
de nuevo el asesino de Kenbourne?».
Linthea, que estaba en la cocina preparando
el pollo, hablaba del crimen con tono práctico y lógico, como el personaje de
una novela policiaca.
–Si Brian Kotowsky la mató, no es posible que
fuese directamente a buscar a ese Dean ya que salió de tu casa a las once menos
cuarto y ella no abandonó el Grand Duke hasta diez minutos después. Así pues,
dicen que estuvo esperando por la calle aquella noche gélida sólo porque
suponía que ella podría llegar por allí y a aquella hora. Cuando apareció, no
se fueron a casa a discutir, sino que se pusieron a discutir en un callejón
oscuro como boca de lobo, donde la mató. Y eso es ridículo.
–No sabemos qué dicen ellos.
–La policía siempre piensa que a las mujeres
las asesinan sus maridos, y considerando lo que yo veo en mi trabajo casi todos
los días, sé muy bien el motivo.
Anthony pensó cómo habría hablado de ello
Helen, con intuición, utilizando su rica imaginación para adornar aquella noche
y a los intérpretes del drama. Pero Linthea veía las cosas fría y
prosaicamente, como él. Linthea tenía más en común con él que Helen. Era
extraño que una chica dotada de una percepción delicada y una imaginación
apasionada pareciese tan fría y serena; y la tranquila y práctica, tan exótica.
Aquella noche Linthea llevaba el cabello largo y negro suelto. Del cuello le
colgaba una gruesa cadena de oro que proyectaba un resplandor dorado sobre la
garganta y la barbilla. Arthur se preguntó por su marido muerto y si ahora ella
viviría una vida célibe.
Más tarde, después de comer y de que ella
agotase el tema de los Kotowsky, de que completase su análisis de tiempos y
circunstancias y posibilidades, Arthur sintió un impulso de hacerle
confidencias sobre Helen. Pero eso le llevaba de nuevo a donde ya había estado
antes. ¿Puedes, cuando quieres hacer el amor con una mujer, confesarle tu amor
apasionado y actual por otra mujer? Desde luego no con su hijo en la
habitación, presionándote para que juegues con él una partida de Scrabble.
–Le dejas estar despierto hasta muy tarde
–dijo al fin.
–Está a mitad de curso. Mañana no tiene clase
y yo no trabajo.
Tenía una risa alegre, que brotaba
fácilmente, como les sucede a muchos antillanos.
–El Scrabble es bueno para él, mejora la
ortografía. ¿Cómo vas a hacerte un hombre –dijo dirigiéndose al niño y
abrazándole– y convertirte en un doctor importante, como Anthony, si escribes
con faltas de ortografía?
Jugaron al Scrabble hasta las doce y luego
Leroy se fue a la cama. Linthea dijo muy tajantemente:
–Ahora tengo que pedirte que te vayas a casa,
Anthony. Tienes que estar fresco para tus psicópatas por la mañana.
Anthony no se sentía muy fresco el martes por
la mañana porque se había despertado a las cuatro y no había conseguido volver
a dormirse. Se preguntó todo el día si encontraría una carta cuando llegara a
casa, aunque se negó a ceder al impulso de volver temprano para averiguarlo.
Pero cuando llegó a las cinco no había ninguna carta. No había llegado nada de
correo para los vecinos del 142 de Trinity Road y la mesa del vestíbulo estaba
vacía. Así pues, a la mañana siguiente, ya nervioso, esperó en casa a que
llegara el cartero y él mismo lo recibió a las nueve. Dos cartas, una para
Li-li y otra para Winston. Hacía dos semanas que no tenía noticias de Helen.
Era imposible que se hubieran extraviado dos
cartas suyas. Pensó en la posibilidad de quebrantar su norma y telefonear al
trabajo. Helen era ayudante del director de un museo de arte marino. Pero ¿por
qué darle lo que ella quería, un amante que se contentaba con esperar y
esperar, jugando al juego del amor cortés mientras ella no le daba nada? No,
no telefonearía. Y quizá tampoco telefonearía el último miércoles del mes. De
todos modos, para entonces quizá hubiese conseguido algún medio de consolarse.
Linthea, pensó. Linthea, que no tenía vínculos, que vivía en una sociedad que
comprendía y para la que trabajaba, que no estaba atiborrada de poesía y sueños
y metáforas, que no era sensiblera. Sobre todo, aquello no debía afectar a su
tesis. Había empezado a escribirla ya, afanosamente, y le iba muy bien. Después
de examinar en profundidad los datos de varias pruebas psicométricas, escribió:
«La investigación parecía indicar que casi
todos los psicópatas temían su propia agresividad y se sentían tan culpables y
angustiados por sus actos como los sujetos normales. En su forma de
relacionarse con las figuras femeninas y de autoridad se apreciaba un trastorno
mayor en los psicópatas que en los no psicópatas, pero mientras en los primeros
se apreciaban más sentimientos de culpa, un análisis más detenido reveló que
los sentimientos de culpa de los psicópatas eran indicio de su situación
difícil y desagradable más que de un auténtico remordimiento. El psicópata,
cuando se le presenta una elección entre formas egoístas de conducta y aquellas
que parecen altruistas, por tanto socialmente aceptable, puede ser lo
suficientemente astuto para elegir las últimas. Cuando se ve obligado a guiarse
exclusivamente por su propio criterio, lo que determina preferentemente su
elección es la necesidad personal...»
Llamaron a la puerta. Anthony acudió y se
encontró con Arthur Johnson, vestido como siempre, con uno de sus trajes de
tono plateado y una camisa tan blanca como la de un anuncio de detergente.
Emitió una tos leve y exculpatoria.
–Tengo que disculparme por esta intromisión,
pero debo molestarle por el pequeño asunto de la renta. Su... ejem, su primer
pago semanal por adelantado ha de hacerse efectivo mañana.
–Sí, claro –dijo Anthony–. ¿Servirá un
cheque?
–Perfectamente.
Mientras Anthony buscaba el talonario de
cheques, que estaba emparedado entre El reflejo condicionado de Sokolov y Papel del placer en la
conducta de Stein, Arthur Johnson le entregó, con un
gesto delicado, el libro rojo de la renta y un sobre marrón en el que se leía:
«Señor Anthony Johnson, Habitación 2, Trinity Road 142, Londres, W15 6HD.»
–Si tuviese usted la bondad de poner el
cheque dentro de su libro todos los viernes y el libro dentro de este
sobrecito... En ese caso ya lo recogería yo o podría dejarlo usted en la mesa
del vestíbulo.
Anthony asintió y rellenó el cheque.
–Gracias a Dios, la policía ha dejado de
molestarnos.
–A mí no me han molestado en absoluto –dijo
Anthony.
–Por supuesto, nadie puede dudar de que el
señor Kotowsky es culpable. Se sabe que está en Sudamérica, pero seguro que le
extraditarán.
–Bah, eso es mentira –dijo Anthony con más
aspereza de la que pretendía–. La verdad es que lo dudo. No creo que lo hiciera
él, sabe.
Arthur había estado bastante nervioso la
semana anterior al ver que otra persona había recogido el correo durante dos
mañanas, pero no había vuelto a suceder desde el sábado... gracias a que él
había vigilado desde la ventana del salón, a la espera de que llegara el
cartero por la esquina de Camera Street, y había procurado estar abajo en el
vestíbulo a tiempo. De todos modos, no habían llegado más sobres gris malva.
Aquella mujer no volvería a escribir. Había sido rechazada dos veces y no se
arriesgaría a que la rechazaran una tercera. Pasaron el martes 19 de noviembre
y el miércoles 20 de noviembre. Aquéllos eran días cruciales, pero Anthony
Johnson sólo recibió una carta de York, de su madre. Arthur se sentía más
tranquilo y relajado de lo que había podido sentirse en ningún momento desde la
noche del 5 de noviembre, y aunque le produjo cierta amargura darse cuenta,
ahora que era demasiado tarde y carecía de importancia, de que aquella semana
no había habido ya, por dos veces, ninguna luz de la ventana de la habitación 2
que iluminase el patio por las noches, la causa de la ausencia de Anthony
Johnson de la casa le complacía. A Arthur se le escapaba muy poco de lo que
pasaba. Había visto llegar a la casa a aquella negra con su hijo negro. La
había visto llegar también sola. A veces había visto los rostros de los dos
perfilados sobre las piedras verdes del patio. Y cuando vio que Arthur Johnson
salía con una botella de vino debajo del brazo, supo a casa de quién se
dirigía. Por mucho que Arthur deplorase la idea de que un inglés joven, pulcro
y rubio se liase con una negra, eso apartaría la atención de Anthony Johnson de
Bristol.
El viernes 22 de noviembre amaneció frío y
lluvioso. Arthur vio salir a Anthony Johnson de la casa a las ocho y media y
cinco minutos más tarde le siguió Winston Mervyn. Luego salió Li-li Chan. Se
detuvo en el vano de la puerta debajo de un paraguas de pagoda, pendiente de
los coches que llegaban a Trinity Road de Magdalen Hill. Luego se oyó un
portazo tipo Dean y oyó resonar los zapatos de plataforma de Li-li Chan
escaleras arriba. Arthur entreabrió la puerta y puso la cadena.
Li-li estaba al teléfono.
–Dices que vienes a las ocho y media. ¿Te has
dormido? ¿Por qué no te compras un despertador? Llego tarde al trabajo. ¿No te
dormirías si durmiese yo contigo? –Arthur chasqueó la lengua–. Quizá lo haga,
quizá no. Por supuesto que te quiero. Ahora ven rápido antes de que me echen
del trabajo.
El coche no llegó a recogerla hasta las nueve
menos cinco. Esta vez era una furgoneta azul. Arthur bajó en busca del correo.
No había nada en el felpudo, por lo que supuso que el cartero aún no había
llegado. Pero cuando volvía a entrar en el vestíbulo, vio que en la mesa había
un montón de sobres. El correo debía de haber llegado temprano, mientras él
estaba fisgando la conversación telefónica de Li-li. Y seguidamente lo había
recogido ella.
Su propia tarjeta de Barclay nueva, dos
circulares para Winston Mervyn e (increíble pero cierto) un sobre gris malva
con matasellos de Bristol. H. había escrito de nuevo. ¿Es que no había modo de
pararla? Arthur cogió el sobre con la punta de los dedos y lo alzó en el aire
con el brazo estirado, como si pudiese estallar. No tenía opción, no podía
permitir que le llegase a Anthony Johnson ninguna carta de Bristol. Lo mejor
era quemar aquella carta inmediatamente, como había quemado la anterior. Y sin
embargo... Sintió un estremecimiento de terror. Li-li había recogido aquella
carta y la había colocado con las demás en la mesa del vestíbulo. Quizá no
había reparado en ella o quizá sí. ¿Cómo podía saberlo Arthur? Si Anthony
Johnson empezaba a preguntar por qué no había recibido ninguna carta en tres
semanas y empezaba a investigar (siguiendo la sugerencia de H. aunque no
hubiese llegado a recibirla), entonces Li-li recordaría.
Volvió a abrir el sobre con vapor.
«Querido Tony: ¿Qué he hecho? ¿Por qué me
rechazas sin una palabra siquiera? Tú me pediste que me decidiera y te lo
comunicara lo más pronto posible. Te lo comuniqué el martes. Te dije que estaba
dispuesta a dejar a Roger en cuanto tuviese noticias tuyas y que me iría
contigo. Eso fue el 5 de noviembre y estamos a 21. Dime, por favor, qué hice y
en qué me equivoqué. ¿Es porque dije que no podía prometerte amor para siempre?
Ojalá no hubiese escrito nunca esas palabras, bien lo sabe Dios. ¿O es porque
dije que no se lo había contado a Roger? Se lo habría contado, debes creerme,
nada más recibir noticias tuyas.
»Creo que te he perdido. Pienso, en la medida
en que aún puedo pensar racionalmente, que nunca volveré a verte. Tony, te
compadecerías de mí si supieras qué sombría desesperación siento. Tengo la
sensación de que no voy a poder seguir viviendo ni un día más. Me reuniría
contigo si no fuese porque me aterra tu cólera. Dijiste que había otras mujeres
en el mundo. Me da miedo ir y encontrarte con otra. No podría soportarlo, me
moriría. Dijiste que yo era la única mujer por la que habías sentido verdadera
pasión, y que a las demás sólo las habías querido como amigas o para acostarte
con ellas. Dijiste que siempre habías pensado que “estar enamorado” era una
expresión anticuada y absurda, pero que la entendías por fin porque estabas
enamorado de mí. El que yo escribiese cosas estúpidas e imprudentes en mi
primera carta no puede haber destruido esos sentimientos. ¿O no siempre eran
sinceros?
»Roger ha marchado a Escocia por cuestiones
de negocios. Estará allí por lo menos quince días y quería que fuese con él,
pero no puedo conseguir que me den permiso en el trabajo hasta el miércoles
próximo. Tony, mientras esté sola aquí, ¿podrías telefonearme a casa, por
favor? A cualquier hora durante el fin de semana (no saldré de casa) o la
semana siguiente por las noches. Te ruego que lo hagas. Si alguna vez he
significado algo para ti en el pasado, aunque sea sólo por lo que fuimos en
tiempos el uno para el otro, te ruego que me llames. Por lo menos para decir
que no me quieres, que has cambiado de opinión, quiero oírte decirlo. No seas
tan cruel de dejarme esperando junto al teléfono todo el fin de semana. Si
dices que has cambiado de opinión puedo soportarlo, creo. Lo que no puedo
soportar es este horrible silencio.
»Pero, Tony, si no me telefoneases, y tengo
que afrontar la posibilidad de que no lo hagas, no volveré a escribirte. No sé
lo que haré, pero el poco orgullo que me queda me impedirá arrojarme a tus
pies. Así que, pase lo que pase, ésta es mi última carta. H.»
Eso, pensó Arthur releyendo la última frase,
era algo de agradecer. Pero si Anthony Johnson leía aquella carta, correría al
teléfono de inmediato. Y lo descubriría todo, las fechas en que ella había
escrito y lo que decía la carta. Sin embargo Anthony Johnson tenía que ver
aquella carta porque Li-li Chan la había visto también.
Eran casi las nueve y veinte. Arthur
consideró no ir al trabajo, telefonear al señor Grainger y decirle que había
contraído aquella afección gástrica que estaba haciendo estragos. Le pareció
ver a tía Gracie plantada ante él, meneando la cabeza y reprochándole su engaño
y su cobardía. Además, tendría que acabar yendo al día siguiente o al otro.
Temblando como si estuviese realmente enfermo, cogió el impermeable y el
paraguas de la percha del vestíbulo. ¿Qué iba a hacer con la carta de H.?
Llevarla al trabajo e intentar pensar alguna solución. De todos modos podría
volver a casa a la hora de comer, con tiempo para volver a colocarla en su
sitio si no encontraba más alternativa que entregarla y entregarse él mismo en
las manos de Anthony Johnson.
Llegaba tarde, llegaba tarde por primera vez
en muchos años. La llovizna salpicaba la ventana de la oficina, luego la lluvia
empezó a caer en capas por el cristal. En un estado de desazón y de nervios
crecientes y al mismo tiempo de apatía, Arthur fue abriendo la correspondencia
de Grainger, pensando que ojalá no tuviese que abrir otro sobre en su vida. La
letra de personas que querían que les retecharan la casa y les instalaran
calefacción central, le bailaba delante de los ojos. Logró mecanografiar dos
cartas de respuesta llenas de errores, pero al final no tuvo otro remedio que
sacar la carta de H. de la cartera y volver a leerla.
¿Debía correr el riesgo de suponer que Li-li
no se había fijado? Era probable que entre tantas cartas no hubiese reparado en
aquélla. Dado que no parecía haber alternativa, era un riesgo que tendría que
asumir. Destruir la carta y esperar que Arthur Johnson no se molestase en
preguntarle o que ella no se acordase. Había cerrado el puño ya sobre las dos
hojas de papel cuando comprendió, con terror, que aunque Anthony Johnson no
recibiese aquella carta de H., descubriría de todos modos la ofensa que le
habían hecho. Porque el miércoles 27 de noviembre, el próximo miércoles, el
último del mes, telefonearía a H. y lo descubriría todo.
Arthur introdujo dos hojas en la máquina de
escribir y se puso a redactar una respuesta a un tal señor P. Coleman que
quería asesoramiento de Grainger para transformar su cochera del siglo xix en
una vivienda para su suegra. La carta de H. tendría que estar otra vez en el
142 de Trinity Road a la una y eran ya las once. Se cerraría en banda, eso
haría. Negaría firmemente que hubiese tocado siquiera la correspondencia de
Anthony Johnson. De nada servía seguir dándole vueltas al asunto si no había
salida. Observó la hoja en que estaba escribiendo y vio que había puesto una H en
lugar de una P delante de Coleman y «encarcelar» en vez de «reformar». Sacó la hoja,
la rompió y colocó una nueva en la máquina. Arthur Johnson acudiría a la policía.
La policía dejaría de perseguir a Brian Kotowsky y se centraría en Arthur
Johnson, que nunca salía de noche pero que esa noche había estado fuera; que
era vecino de Kenbourne Vale en la época del asesinato de Maureen Cowan y en la
del de Bridget O’Neill; que les había mentido inexplicablemente... Arthur
flexionó las manos intentando evitar que temblaran.
Por fin, con una concentración y un esfuerzo
gigantescos, consiguió terminar una carta aceptable aconsejando al señor
Coleman que consultase a cierto despacho de arquitectos de Kenbourne Vale. Pero
en cuanto la releyó, cayó en la cuenta de que si aquella respuesta llegaba a
oídos del señor Grainger se enfadaría mucho. El señor Grainger esperaba de él
que, aunque mencionase a los arquitectos, indicara también que ellos mismos,
Grainger, tendrían mucho gusto en realizar el trabajo. Se alzaba ante él la
cólera del mundo entero, de todas las personas que importaban. Emitió un
suspiro estremecido. No tema más remedio que escribir otra carta muy diferente.
Colocó las hojas en la máquina antes de
comprender el significado de las palabras que había pronunciado entre dientes:
no tenía más remedio que escribir otra carta muy diferente...
16
H. usaba siempre el mismo papel fino que
utilizaba Grainger para las copias al carbón. Y usaba además una máquina de
escribir similar a la de Arthur. ¿Y si él mismo escribiese una carta a Anthony
Johnson y la introdujese en aquel sobre gris malva? El sobre sería el original,
el matasellos y la fecha serían correctos, y podría depositar la carta en la
mesa del vestíbulo a tiempo de que la encontrase Anthony Johnson. Lo único
diferente sería el contenido.
Arthur, que había pasado la mitad del día
redactando con miedo y tiento aquella nota de disculpa, se sentía sobrecogido
ante la magnitud y el peligro de la tarea que le esperaba. Sin embargo, la
carta no tendría que ser larga. Su objetivo, ya medio definido, era que fuese
lo más breve posible. Podía imitar el estilo histérico de H. (había visto
muestras suficientes de él) y cometer el tipo de errores que ella cometía,
apretar cierta tecla incorrectamente de manera que hiciese un ocho en vez de un
apóstrofo, apretar la otra demasiado tiempo para que también la segunda letra
fuese mayúscula. Y podría escribir la H. con su propio bolígrafo negroazulado.
Colocó dos hojas de papel fino en la máquina.
Primero la fecha: 21 de noviembre, la N y la O mayúsculas «Querido Tony...» No,
ella no le llamaría querido en una carta como aquélla. ¿Qué le llamaría? Las
únicas cartas personales que Arthur había escrito en su vida iban dirigidas a
cierto primo de tía Gracie que le había mandado giros postales de cinco
chelines por sus cumpleaños. «Querido tío Alfred: muchísimas gracias por el
giro. Guardaré el dinero en la hucha. Tuve un cumpleaños magnífico. Tía Gracie
me regaló una chaqueta nueva para la escuela. Abrazos de Arthur.» ¿Querido
Tony? Al final, como no tenía idea de si la gente escribía siempre de aquel
modo, Arthur mecanografió «Tony». Sólo «Tony».
¿Cómo empezar? Ella siempre suplicaba que la
perdonase. «Perdóname.» Eso estaba bien, era convincente. «Lo siento –continuó,
procurando que apareciese un ocho en vez de un apóstrofo– por no haberte
escrito antes como prometí.» ¿Por qué no había escrito? «Sabía que te
enfadarías si decía que me sentía incapaz de tomar una decisión.» Bien, estaba
haciéndolo bien. Pero tenía que llegar al meollo del asunto. «He tomado una
decisión. Seguiré con Roger. Soy su esposa y es mi deber seguir con él.» A
Arthur no le gustó mucho, no era el estilo de H., pero no podía mejorarlo y
hacerla decir al mismo tiempo lo que él quería que dijese. Tenía que haber algo
amoroso. Se estrujó los sesos buscando algo de la televisión o de las películas
antiguas. «Nunca te quise en realidad. Fue sólo un encaprichamiento.» Ahora lo
más importante, la razón de escribir aquella carta destinada a poner fin a toda
posterior comunicación entre H. y Anthony Johnson.
Antes de la una, Barry llegó
parsimoniosamente y dijo que ya había comido y que se quedaría a atender el
teléfono mientras Arthur estuviese fuera. Aún llovía a cántaros. Arthur abrió
el paraguas y se dirigió a Trinity Road a través del callejón. Pasó por el
lugar donde había estrangulado a Vesta Kotowsky, sintiendo un hormigueo de
nostalgia y un resentimiento displicente contra una sociedad que le había
provocado la necesidad de cometer aquellos actos y que sin embargo le
condenaría con desprecio por entregarse a ellos.
La casa estaba vacía. En la mesa del
vestíbulo seguía todo igual. Arthur comprobó que el sobre gris malva estaba
bien pegado y luego lo colocó en el centro de la relumbrante mesa de caoba.
Era una casa semiadosada con las líneas
desenvueltas de la arquitectura de los sesenta, de ladrillos rojo pálido y
ventanas grandes que dejaban entrar mucha luz. La familia que la había habitado
desde su construcción había plantado todos los años los árboles de Navidad en
el jardín de la entrada y había una hilera de piceas, diez en total, cada una
de ellas un poco más alta que su predecesora. Anthony, cuando abandonaba la casa
con Winston, pensó en Helen y en lo mucho que le habrían gustado aquellos
árboles de Navidad, viendo en su disposición, en la colocación casi ritual, una
prueba de armonía doméstica y serenidad y una sensación de futuro estable.
La calle era muy tranquila, un callejón sin
salida. Los niños podían jugar sin ningún peligro. Pero no había niños jugando
en aquel momento, porque estaba oscuro, como si fuera medianoche a las seis de
la tarde.
–¿Qué te parece? –dijo Winston.
–Muy bonita, si tienes las veinte mil libras.
Pero tendrás que casarte. No es casa para un soltero. Tienes que casarte, tener
hijos, y con suerte podrás plantar cuarenta árboles de Navidad más.
–Percibo una nota sarcástica.
–Perdona –dijo Anthony. El ver la casa le
había agriado el humor. No era su ideal, le parecía demasiado burguesa, sosa,
protegida, pero sin embargo... ¿podías encontrar un sitio mejor para iniciar un
matrimonio y formar una familia? Es difícil conseguir relaciones y una mujer
puede hacer a un hombre muy discriminatorio, muy selectivo. Anthony veía su
juventud desperdiciada con Helen, sus hijos soñados esfumarse en las
vacilaciones de su madre soñada.
–Creo que la compraré –dijo Winston–. Viviré
aquí con los grandes personajes.
Cuando doblaban la esquina y enfilaban una
calle más ancha, Winston señaló y dijo:
–Mira, Caspian vive en una de esas
minimansiones y todo a costa nuestra.
Se encaminaron hacia la parada del K.12. Caía
una llovizna leve y fría que esparcía una capa pegajosa por las aceras y por el
asfalto más oscuro de la calzada, que reflejaba luces amarillas y rojas de
farolas. El barrio cambiaba bruscamente como cambian los barrios de Londres.
Estaban una vez más entre las viviendas de alquiler, las hileras deprimidas de
casas adosadas sin jardines ni vallas, las tiendas de las esquinas, los nuevos
bloques de viviendas.
–Las viviendas que hace el municipio se
pueden reconocer por las ventanas tan pequeñas que tienen –comentó Anthony–.
¿No te has fijado?
–Y por su horrible estilo arquitectónico. Que
se debe a que se permite a arquitectos de segunda fila experimentar con gente
que no puede permitirse rechazarles.
–A diferencia de los afortunados como tú.
–Estás de muy mal humor esta noche, ¿eh?
Espera, voy a entrar a comprar un periódico.
Anthony esperó a la puerta de la tienda. ¿Por
qué se mostraba tan grosero y resentido con aquel nuevo amigo que le caía tan
bien? Parado bajo la lluvia, sintió cómo se asentaba en él la depresión.
Viernes por la noche, viernes 22 de noviembre. Tenía que aguantar otros cinco
días más, cinco días hasta el último miércoles del mes. Entonces telefonearía a
Helen, desde luego que sí. Pensó en su rostro, que hacía dos meses que no veía.
Aparecía ante sus ojos como un rostro espectral en la niebla, delicado,
sensible, triste, afligido. La última vez que había hecho el amor con ella...
recordaba aquellos ojos abiertos contemplando los suyos, aquella sonrisa que no
tenía nada que ver con la jovialidad. Ay, tener aquello de nuevo, aunque no
fuese permanente, aunque se aplazase, ¿no merecía la pena sacrificar su orgullo
por eso, sacrificar su ideal de sí mismo como individuo fuerte y decidido? Sí,
el miércoles rogaría y argumentaría de nuevo, empezaría de nuevo...
Winston salió con el periódico en la mano,
leyendo la primera página. Se acercó a Anthony y le enseñó el periódico.
–Mira.
Anthony vio la foto de Brian, la foto de
pasaporte que había aparecido tantas veces ya, día tras día, en todos los
periódicos. La mata de pelo, el rostro arrugado pero fláccido, los ojos que
parecían suplicar, implorar, irritar por su estupidez. Primero la foto, luego
el titular: «Hallado el marido de Vesta ahogado.» La información que había bajo
las grandes letras negras era breve.
«El cadáver de un hombre hallado en la playa
de Hastings, Sussex, fue identificado hoy como el de Brian Kotowsky, de 38
años, marido de Vesta Kotowsky, estrangulada el 5 de noviembre en Kenbourne
Vale, Londres Oeste. El señor Kotowsky llevaba desaparecido desde el día
siguiente al de la muerte de su esposa.
»Se sabía que Kotowsky, comerciante de antigüedades
en Trinity Road, Kenbourne Vale, tenía parientes en Brighton.
»Su tía, la señora Janina Shaw declaró que
hacía nueve años que no veía a su sobrino. “Tuvimos mucha relación en otros
tiempos –dijo–. Perdimos contacto cuando Brian se casó. No puedo saber si mi
sobrino visitó mi casa antes de su muerte porque he estado enferma en el
hospital.” Se realizará una investigación.»
Anthony miró a Winston, que se encogió de
hombros, la cara seria e inexpresiva. Caía la lluvia sobre el periódico,
oscureciéndolo con grandes y gruesas salpicaduras.
Apenas hablaron en el camino hasta casa. Por
cierto pudor, que no hizo falta que se comunicaran, evitaron la calleja y
fueron andando hasta Trinity Road por el camino más largo, dando un rodeo.
Cuando llegaban a la casa, Winston dijo:
–No debí dejarle marchar. Debí meterle en la
cama y entonces no habría sucedido nada de esto.
–Nadie es responsable de otra persona adulta.
–¿Puedes definir a una persona adulta? –dijo
Winston–. No es una cuestión de años.
Anthony no respondió. Entraron en el
vestíbulo y recordó que allí había conocido a Brian. Estaba sentado en las
escaleras atándose los cordones de los zapatos y se había acercado a él y le
había dicho: «El señor Johnson, imagino.» Ahora estaba muerto, se había adentrado
en el mar invernal y se había ahogado. Oyó decir a Winston, como desde muy
lejos, que tenía una cita a las siete y media, que debía darse prisa.
–Y yo tengo que trabajar un poco. Que te
diviertas.
–Lo intentaré. Pero ojalá no hubiese visto un
periódico hasta mañana por la mañana.
Winston se acercó a la mesa. Cogió tres
sobres.
–Ahora que he tomado una decisión sobre mi
casa, tengo que decirles a esos agentes que dejen de enviarme información.
Luego entregó a Anthony un cuarto sobre, uno
gris malva con matasellos de Bristol.
–Ten, ésta es para ti –dijo.
Por fin ella había escrito. ¿Para pedirle un
poco más de paciencia? ¿Que había estado enferma? ¿O, maravilla de maravillas,
que se reuniría con él? Abrió la puerta y encendió con el pie la estufa
eléctrica. Rasgó el sobre. Sacó la fina hoja. ¿Sólo una cuartilla? Eso debía de
significar que no tenía mucho que decir, que se había decidido en su favor.
Previendo una feliz transformación de su vida, una consumación final, leyó.
«Tony: perdóname. Siento no haberte escrito
antes como prometí. Sabía que te enfadarías si decía que no podía tomar una
decisión. He tomado una decisión. Me quedaré con Roger. Soy su esposa y es mi
deber seguir con él.
»En realidad nunca te quise. Fue sólo un
encaprichamiento. Debes olvidarme y pronto será como si no me hubieses
conocido.
»No me telefonees. No intentes establecer
contacto conmigo bajo ningún concepto. Nunca. Roger se pondría furioso si lo
haces. Así que no lo olvides, éste es el final. No volveré a verte nunca. H.»
Anthony leyó la carta de nuevo porque
simplemente no podía creerlo. Era como si hubiese introducido una carta para
otro y escrita por otra persona en uno de aquellos sobres cuyo color, forma y
textura había poseído siempre una magia propia. Aquella indecencia no podía ir
dirigida a él, no podía haberla escrito ella para él. Sin embargo, así había
sido. La máquina de escribir era la suya, aquellos errores distintivos eran los
suyos. Leyó por tercera vez, y entonces la cólera empezó a vencer a la
incredulidad. ¿Cómo se atrevía a escribirle a, él aquella basura plagada de
tópicos? ¿Cómo se atrevía a tenerle esperando tres semanas para luego escribir
aquello? El lenguaje le asombraba casi tanto como los sentimientos que
expresaba. ¡Su deber era seguir con Roger! Y luego aquella palabra de novelita
rosa, «encaprichamiento». Y también lo de «establecer contacto», jerga
periodística para indicar ponerse en comunicación o llamar. Examinó la carta,
la analizó como si un examen detenido de la semántica pudiese evitarle el dolor
que le causaba.
De pronto, en un relampagueo, lo comprendió.
Por supuesto. Ella había empezado la carta y el resto se lo había dictado
Roger. Esto le enfureció más. Ella se lo había contado a Roger y él le había
obligado a escribir de aquel modo. ¿Pero qué clase de mujer dejaba que un
hombre la dominara hasta ese extremo? Y ¿en qué época pensaba que vivía, ella,
que ganaba para mantenerse y tenía derecho al voto y estaba fuerte y sana?
¿Cien años atrás? Se apoderó de él una profunda sensación de humillación cuando
los imaginó a los dos redactando aquella carta; ella, abyecta y agradecida por
el perdón; él, dominador, relegando a Anthony a la condición de un gigoló.
«Dale a ese demonio presuntuoso la orden de
que se largue. Hazle saber la esposa de quién eres y cuál es tu deber. Y di
algo de que no establezca contacto contigo si estima su pellejo. Por el amor de
Dios, Helen, tienes que convencerle de que es definitivo...»
Definitivo.
Arrugó la carta, luego la desarrugó y la
rompió en tiras finas para prevenir cualquier posible tentación de volver a
leerla.
17
Arthur se enteró de la muerte de Brian
Kotowsky aquella noche a las nueve en punto a través de la televisión. El
presentador no dijo mucho sobre el asunto, sólo que se había identificado el
cadáver de un ahogado y que se efectuaría una investigación. Pero Arthur se
quedó satisfecho. Nunca había considerado la posibilidad de sentir sinceros
remordimientos de conciencia cuando juzgasen a Brian por el asesinato de Vesta.
Brian Kotowsky no significaba nada para él. Pero Kotowsky podría haber salido
absuelto. Ahora nada podía absolverle. Su suicidio le señalaba como el asesino
con la misma claridad que podría haberlo hecho una confesión o un juicio. La
policía consideraría el caso cerrado.
Lamentaba un poco la falsificación que había
hecho por la mañana. Todo ello en vano. Pero se consolaba con la idea de que no
había tenido elección. Era indudable que la muerte de Kotowsky no había
aparecido en las primeras ediciones de los periódicos vespertinos, así que, aunque
hubiese comprado uno, no lo habría sabido con tiempo para evitar la sustitución
de la carta. Pero ahora, si Anthony Johnson acabase descubriéndolo, no podría
emprender ninguna acción que le perjudicase a Arthur. La policía tenía un
culpable, muerto y mudo.
Animado, Arthur vio una película antigua
sobre la construcción del canal de Suez, en la que actuaban Loretta Young como
la emperatriz Eugenia y Tyrone Power como Lesseps, y que duró hasta las once.
Le gustó mucho, pues ya la había visto con tía Gracie cuando tenía trece años.
Qué espléndidos tiempos aquellos, pensó con euforia. Mañana era sábado. La
nueva empleada de la lavandería era la esposa del sobrino del señor Grainger,
que ganaba así un poco de dinero para pequeños gastos, y Arthur pensó que podía
dejarle a ella la colada mientras iba de compras. Quizá se obsequiase a sí
mismo con un pato para el domingo a modo de celebración.
Hay modos y modos de poner fin a una relación
amorosa. Anthony pensó en cómo lo había hecho en el pasado y en cómo se lo
habían hecho a él: frías discusiones, peleas, nobles renunciaciones, alegres
despedidas de «esto se acabó», pero nunca había sido con la actitud de Helen.
Nadie se había librado de él con una nota lapidaria. Sin embargo, las otras
chicas habrían tenido más justificación para hacerlo, pues él nunca había
afirmado que las amaba y no le había ofrecido a ninguna una relación estable.
Podría haber habido un último encuentro, una explicación final de Helen, o
incluso una carta sincera invitándole a telefonearla para una última
conversación. No obstante, aún quedaba el último miércoles de mes. Mañana. Le
pediría a Linthea que le dejase utilizar su teléfono para evitarse el engorro
de las monedas. Y Helen se enteraría de que no podía despedirle así, como si él
sólo fuese una aventura fugaz.
Cuando llegó a casa telefoneó a Linthea.
Leroy aún no había vuelto de la escuela.
–Eres bienvenido –dijo ella–, pero tengo que
irme hacia las ocho, así que cuando acabes con tu llamada, ¿querrás quedarte
con Leroy una hora o dos?
No era esto precisamente lo que había
previsto Anthony. Se había imaginado recibiendo un poco de consuelo después de
decirle a Helen lo que pensaba. No obstante, Linthea sabría a quién telefoneaba
y por qué. Y habría tiempo de sobras más tarde, en la misma semana, o en la
semana próxima o la siguiente, para consuelo. Todo el tiempo del mundo...
Linthea se disponía a salir cuando él llegó.
Leroy estaba jugando al Monopoly en su habitación con Steve y David. Como sólo
eran las ocho menos diez, Anthony pasó el rato leyendo las informaciones del
periódico de la tarde sobre la investigación de Brian Kotowsky. Se explicaba el
asesinato de la esposa de Brian tres semanas antes, su desaparición, pero no se
mencionaba que Brian hubiese sido el responsable del asesinato. El cadáver
había estado quince días en el mar y la identificación había resultado difícil.
No había restos de alcohol, pero los efectos acumulativos del alcohol se
manifestaban en las arterias y el hígado. El dictamen, al no haber nota de
suicidio de Brian ni pruebas de desesperación previa a su muerte, era de muerte
accidental. En un párrafo aparte el comisario jefe Howard Fortune, de Kenbourne
Vale, declaraba simplemente: «No tengo ningún comentario que hacer en esta
etapa.»
A las ocho, pensó que esperaría diez minutos
más. Steve y David se fueron a casa y Anthony le contó a Leroy historias de un
reformatorio en el que había trabajado en otros tiempos y donde ciertos
internos saltaban por la ventana y se dedicaban a robar coches. Leroy estaba
maravillado pero Anthony no ponía interés en ello. A las ocho y cuarto encendió
la televisión, le dio a Leroy leche y galletas y se dirigió al dormitorio de
Linthea, donde ésta tenía una extensión del teléfono.
Marcó el número de Bristol y lo dejó sonar
doce veces, hasta que se convenció de que Helen no iba a contestar. Después de
todo lo que había habido entre ellos, ¿estaría simplemente sentada dejando
sonar el teléfono? Tenía que saber que era él. Volvió a marcar, pero en vano.
Al cabo de un rato regresó junto a Leroy e intentó ver un concurso de la tele.
Llegaron las nueve y se olvidó de meter a Leroy en la cama como había
prometido. Marcó de nuevo el número de Helen. Se había ido, pensó, previendo
que Anthony telefonearía. Así era como ella se proponía actuar si él intentaba
«establecer contacto». Y cuando estuviese Roger en casa y sonase el teléfono
habrían acordado que contestaría él... Colgó y se sentó con un niño satisfecho
al que no mandaron a la cama hasta cinco minutos antes de que llegara su madre
acompañada de Winston Mervyn.
–No te debo nada por la llamada –dijo
Anthony–. No pude comunicar.
Se fue a casa poco después. Una vez allí, se
echó en la cama, pensando en diversas maneras de contactar con Helen. Podía ir
a su casa, por supuesto. Podía ir el sábado, sólo había dos horas a Bristol en
tren. Estaría Roger, pero él no le temía a Roger, ni a sus armas, ni a sus
arrebatos de furia. Pero Roger estaría allí, posiblemente sería él
quien abriese la puerta. Con Roger furioso y hostil, Helen asustada y sumisa,
según lo que ella había tenido el descaro de llamar «su deber», ¿qué podía
decir él? Y sería absolutamente imposible hablar, pues Roger no le dejaría
entrar en casa. Podría telefonear a la madre de Helen si supiese cómo se
llamaba o dónde vivía. ¿Y la hermana y el cuñado? No habían demostrado ser
dignos de confianza en el pasado.
Al final Anthony se sumió en un sueño
inquieto. Cuando despertó a las siete se le ocurrió telefonearle al museo.
Nunca lo había hecho a causa de la absurda paranoia de Helen con el ojo que
todo lo veía y el oído que todo lo oía de Roger, pero lo haría ahora y que
Roger se fuese al infierno.
Había previsto pasar el día en la biblioteca
del Museo Británico pero no importaba mucho a qué hora llegara allí. A las
nueve salió y compró un par de latas de sopa en Winter para procurarse monedas.
Cuando regresaba a casa se cruzó con Arthur Johnson, de abrigo gris plata y con
una cartera en la mano, el colmo de la respetabilidad. Arthur Johnson le dio
los buenos días y dijo que el tiempo correspondía a la estación a lo que
Anthony asintió distraídamente. El edificio estaba vacío y silencioso. Lo de
que el tiempo se correspondía con la estación lo demostraba un viento fuerte y
las manchitas de luz coloreada que atravesaban los cristales y bailaban en el
suelo del vestíbulo.
Subió hasta el teléfono y marcó. Contestó una
voz de mujer, pero no era Helen.
–Museo Frobisher. ¿En qué puedo servirle?
–Quiero hablar con Helen Garvist.
–¿Quién la llama?
–Es una llamada personal –dijo Anthony.
–Lo siento pero debe darme usted su nombre.
–Anthony Johnson.
Le pidió que esperase. Al cabo de un minuto
volvió.
–Lo siento pero la señora Garvist no está
aquí.
Anthony vaciló, luego dijo:
–Tiene que estar ahí.
–Lo siento pero no está.
Él lo comprendió. Helen habría acudido al
teléfono si él no hubiese dado su nombre. Pero como no quería hablar con él,
como estaba absolutamente decidida a no hablar con él, le había dicho a la
chica que mintiese.
–Quiero hablar con el director –dijo con
firmeza.
–Veré si está disponible.
Anthony echó más monedas.
–Norman Le Queuex al habla –dijo una voz
afable y decidida.
–Soy amigo de la señora Helen Garvist y estoy
llamando desde Londres. Desde una cabina telefónica. Necesito hablar con la
señora Garvist. Es muy urgente.
–La señora Garvist está disfrutando de quince
días de sus vacaciones anuales, señor Johnson.
Con qué facilidad había soltado el nombre...
Le habían prevenido.
–¿En noviembre? Eso no es posible.
–¿Perdón?
–Lo siento, pero no le creo. Ella le pidió
que dijese eso, ¿no es cierto?
Hubo un silencio atónito. Luego el director
dijo:
–Creo que será mejor que demos por terminada
esta conversación. –Y colgó.
Anthony se sentó en un peldaño de la
escalera. Es muy fácil convertirse en paranoico en ciertas situaciones, creer
que todo el mundo conspira contra ti. Pero ¿y si todo el mundo, o los miembros
significativos de él, realmente lo hacen? ¿Por qué iba a marcharse Helen en la
época más fría del año? Si hubiese previsto irse le habría comentado algo en su
última carta. No, no era paranoia, era perfectamente razonable: como no quería
más relación con él, había pedido a Le Queuex y al personal del museo que no le
pasaran ninguna llamada de un tal Anthony Johnson. Ellos cooperarían si ella
les decía que se trataba de un hombre que la importunaba...
–Hoy van a incinerar a Kotowsky –dijo Stanley
Caspian.
Arthur puso los sobres de la renta encima del
escritorio.
–¿Aquí mismo? –preguntó.
–En el cementerio. Supongo que no será lo que
tú llamarías un gran acontecimiento. Mi mujer dice que yo debería asistir, pero
todo tiene sus límites. ¿Dónde dejé mí bolsa de patatas fritas, Arthur?
–Ten –dijo Arthur, sacándola con repugnancia
del lugar al que había caído, la papelera.
–Un día bastante puñetero para un funeral.
Será a las once y media, me han dicho. Yo debería estar cariacontecido. Pero
las cosas van bien. He recibido dos buenas noticias. Una, que los polis dicen
que puedo volver a alquilar el piso 1 a mi conveniencia.
–No le iría mal una mano de pintura. Una
pequeña operación de cirugía estética, podríamos decir.
–Tampoco nos iría mal ni a ti ni a mí, mi
buen Arthur, pero no la tendremos ni la tendrá el piso. Aunque no me importaría
que el nuevo inquilino se dedique a darle a la brocha.
–¿Puedo saber cuál es tu otra buena noticia?
–Tienes todo el derecho a saberlo, pero no sé
cómo lo tomarás. Tu renta va a subir, Arthur. Todo es perfectamente legal y
correcto, así que no me mires así. Tendrás que meter dos libras más por semana
en ese sobrecito, si te importa.
Arthur había temido esto. Sabía que la ley de
alquileres preveía precisamente aquel aumento en tiempos difíciles. Pero no iba
a dejar a Stanley salirse totalmente con la suya.
–Supongo que tienes razón –dijo con tono
distante–, pero naturalmente tengo que investigar el asunto en defensa de mis
intereses. Cuando me entregues el nuevo contrato se lo pasaré a mis abogados
para que lo examinen.
Luego, como disparo de despedida, añadió:
–Creo que no te resultará fácil alquilar esas
habitaciones. Son dos muertes violentas, sabes. Esas cosas no le gustan a la
gente, la ahuyentan.
Cogió su sobre y subió al piso de arriba, con
su equilibrio mental (que había logrado mantener durante una semana) bastante
alterado. Ojalá apareciese un interesado en el piso de los Kotowsky estando él
en casa, porque entonces procuraría que se enterase bien de todo. Era un día
sombrío de fina niebla y lluvia fina. No llovía suficiente, sin embargo, para
llevar paraguas. Salió a la calle con la bolsa de plástico color naranja en una
mano y el cesto de la compra en la otra.
La mujer del sobrino del señor Grainger
prometió ocuparse de su colada y complació a Arthur con comentarios favorables
sobre la calidad de su ropa de cama. Arthur compró un lenguado de Dover para el
almuerzo, una libra de coles de Bruselas y un trozo del mejor cuello para el
domingo. El autobús K.12 paró al lado del Waterlily y Arthur subió siguiendo un
impulso. Se bajó a las puertas del cementerio.
Aquélla era la parte antigua, una necrópolis
de casitas, las casas grises de los muertos cubiertas de líquenes. Unos años
atrás había sido hallada muerta una chica en uno de aquellos panteones
familiares. Arthur se detuvo ante la puerta de hierro que sellaba la entrada
del panteón. Había estado allí antes, había estado dentro, pues la chica había
sido estrangulada y él se había preguntado si la policía la consideraría la
tercera víctima, aunque él por entonces estaba seguro con su dama blanca. El
asesino había sido capturado. Arthur pasó bajo la gran estatua de la victoria
alada, luego ante la tumba del Grand Duke, que había dado su nombre al bar, y
llegó al crematorio. La puerta de la capilla estaba cerrada. Arthur la abrió
tímidamente.
Dentro había dos hombres. El que hablaba era
un clérigo, y el que escuchaba era Jonathan Dean. Brian Kotowsky tenía sólo un
amigo para llorarle. Se empezó a oír música del hilo musical, como si la
grabación de un supermercado hubiese adquirido de pronto un tono religioso. El
ataúd, forrado con tela de bayeta morada, empezó a moverse, y las cortinas de
terciopelo beige se abrieron silenciosamente. Brian Kotowsky, como la dama
blanca de Arthur, fue entregado al fuego.
Arthur abandonó la capilla furtivamente. No
quería que le viesen. Regresó a la puerta de salida por otro sendero, cubierto
de hierba, con zarzas y hiedra reptante y matorrales de largas hojas que la
helada aún no le había matado. Gotitas de agua se aferraban a la piedra y
temblaban en hojas y ramas. Por fin llegó a la lápida de granito rojo en que
estaba grabado: «Arthur Leopold Johnson, 1855-1921, Maria Lilian Johnson, 1857-1918,
amada esposa del anterior, Grace Maria Johnson, 1888-1955, su hija. Benditos
los muertos que mueren en el seno del Señor.» No había sitio para él allí, no
había sitio para su madre, aunque quizá estuviese muerta también. quizá por eso
no había asistido al funeral de tía Gracie...
Arthur, con su mejor traje oscuro y una
corbata negra nueva, se había sentado en la habitación delantera de la casa de
Magdalen Hill y leía el periódico. El periódico incluía las hipótesis de cierto
periodista sobre el asesino de Kenbourne y su última víctima. Arthur lo había
leído mientras esperaba a la gente: tío Alfred, que le había enviado giros por
su cumpleaños; los Winter; la madre de Beryl, la señora Goodwin, la vecina de
al lado. Había sido ella precisamente quien le había comunicado la muerte de
tía Gracie.
Ocurrió en un frío lunes de marzo. El
dormitorio de Arthur estaba helado, pero nadie de su ámbito social en aquella
época pensaba en calentar los dormitorios. Tía Gracie le despertó a las siete y
media (él nunca se había preguntado por qué tenía que levantarse a las siete y
media cuando trabajaba prácticamente al lado y no tenía que estar allí hasta
las nueve y media) y le dejó en el frío cuarto de baño una jarra de agua
caliente para que se afeitase. Luego se puso ropa interior limpia porque era
lunes.
–Si te mantienes limpio, Arthur, sólo
necesitas cambiarte de ropa interior una vez por semana.
Pero sí necesitaba una camisa blanca limpia
cada día, porque la camisa se ve. Luego bajó a la cocina donde la caldera
estaba ya encendida y la mesa puesta para uno. Desde que se había convertido en
un hombre tía Gracie había retirado las cosas infantiles. Ella desayunaba antes
de que él bajase y luego le esperaba, porque ahora el amo de la casa era él. Un
cuenco de copos de cereal, un huevo, dos lonchas de tocino, siempre lo mismo.
Aquella mañana ella se había comportado exactamente igual que siempre, con el
cabello gris en prietos rizos que aún no se había peinado, falda oscura, jersey
lila, una bata cruzada negra y lila, zapatillas tan duras y sencillas e
inflexibles que parecían zapatos.
–Parece que va a llover.
Cuando él vaciaba un plato, ella lo cogía y
lo lavaba. Entre plato y plato, permanecía de pie junto a la ventana,
examinando el cielo por encima de los tejados de Merton Street.
–Será mejor que lleves el paraguas.
En cierta ocasión él había protestado
diciendo que no necesitaba paraguas para recorrer veinte metros con una lluvia
leve, ni sombrero para soportar el frío cinco minutos, ni una bufanda porque
nevase un poco. Pero ella sabía más. Él sabía que si se mantenía callado podía
ahorrarse el oír aquellas palabras que le causaban cólera impotente y
vergüenza:
–Y cuando te pongas malo como la última vez,
supongo que esperarás que yo me mate a trabajar cuidándote y ocupándome de ti.
Así que guardaba silencio y no intentaba
decir que podría haber estado una hora más en la cama en lugar de estar sentado
en un taburete delante de la caldera leyendo el periódico. Ella trajinaba por
la casa, diciéndole de vez en cuando: «Las nueve menos diez, Arthur», «Las
nueve, Arthur». Cuando él se iba, concediéndose diez minutos para andar hasta
su trabajo, ella le acompañaba a la puerta y le ponía la mejilla para que le
diera un beso. Arthur siempre evocaba aquellos besos cuando, en sus momentos
introspectivos, se recordaba a sí mismo lo felices que habían sido sus
relaciones. Y sentía una furia feroz contra la madre de Beryl por cierto
comentario insidioso que había hecho:
–Le ofreces la mejilla a ese muchacho como si
estuvieses enseñándole al médico un grano en el cuello, Gracie.
Aquella mañana la había besado del modo
habitual. Más tarde había pensado que ojalá hubiese dejado que sus labios se
demorasen o le hubiese dado un abrazo. Pero esos pensamientos eran una especie
de fantaseo, de identificación con los personajes de las películas, ya que él
no sabía cómo se besaba o se abrazaba. Y bloqueaba la imagen en este punto
porque, después de aquella intimidad inconcebible, el abrazo concluía
aterradoramente, del único modo en que él...
A las once, cuando estaba haciendo las
cuentas de Grainger en la caseta contigua a la obra (en aquellos tiempos no
había despachitos de cristal y madera de cedro) había entrado el señor Grainger
con la señora Goodwin. Los recordaba tan bien como si los estuviera viendo en
este momento: el señor Grainger carraspeando, la señora Goodwin con lágrimas en
los ojos. Y luego las palabras: «Ha fallecido... El corazón... Cayó delante de
mí... Ha muerto, Arthur. Nadie pudo hacer nada.»
Alguien había ido allí y la había amortajado.
Arthur no había dejado que los de la funeraria se llevaran el cadáver hasta el
día siguiente. Sabía qué era lo correcto, lo que había que hacer. La primera
noche había que velar al muerto. Y la había velado. Pensó en todo lo que ella
había hecho por él y lo que había significado: madre, padre, esposa, consejera,
ama de llaves, amiga. El rostro de rasgos marcados de tía Gracie se recortaba,
cerúleo y sereno, sobre un limpio almohadón blanco. Arthur la anhelaba, quería
que volviera... ¿Para qué? ¿Para ser mejor de lo que había sido? ¿Para
complacerla como nunca la había complacido? ¿Para darle explicaciones o
pedírselas? No creía que fuese por nada de eso y le daba miedo tocarla, le daba
miedo incluso posar un dedo en aquella fría mejilla. Sentía en la cabeza un
martilleo firme y apremiante.
Hacía casi seis años que no salía solo de
noche. Pero a las nueve y media salió, dejando sola a tía Gracie. Cruzó el
pasaje hasta Merton Street y luego anduvo y anduvo, hasta muy lejos, hasta un
bar donde sabía que no le reconocerían: el Hospital Arms.
Allí tomó dos copas de coñac. Una extensión
de terreno donde había el cráter de una bomba cubierto de hierba separaba el
hospital del terraplén, la línea férrea y el puente peatonal. Arthur no
necesitaba cruzar la línea férrea. Su ruta para llegar a casa era a través de
la larga calle que discurría entre edificios de viviendas y casas bajas y que
llevaba hasta High Street. Pero se dirigió hacia el cráter de la bomba y se
quedó entre los montones de escombros hasta que llegó la chica, caminando
apresurada por el puente.
Bridget O’Neill, veinte años, estudiante de
enfermería. Cuando le vio lanzó un grito incluso antes de que llegase a
tocarla, pero en aquel descampado no había nadie que la oyese. Pasó aullando un
tren, lanzando su pitido de dos notas. Ella intentó huir, pero tropezó con un
ladrillo y cayó. Arthur la estranguló con las manos desnudas y luego la dejó
allí, volviendo por aquellos caminos a oscuras hasta Magdalen Hill. Se durmió
enseguida, con un sueño casi tan profundo como el que tenía encerrada a tía
Gracie en su lecho final.
Nunca había visitado su tumba. A los lados de
la lápida crecía densa la hierba, y el nombre de la difunta estaba borrado por
zarcillos de hiedra. Le rodeaba la muerte, una muerte fría, rancia, mohosa, no
aquella muerte cálida que él anhelaba. Sabía que había empezado a desearlo de
nuevo, y sintiéndose asustado, agobiado por aquel ansia a la que sólo la propia
muerte podía poner fin, volvió al autobús, a la lavandería y a la eterna
limpieza de su piso.
El amor es la cura del amor. Anthony lo
sabía, entre él y Linthea sólo podía haber una distracción. Pero ¿qué tenían de
malo las distracciones? Su amor por Helen había sido profundo, precioso,
especial. Era absurdo suponer que eso podía reemplazarse a voluntad. Pero bajo
el rótulo del amor se encierran muchas actividades y muchas emociones capaces
de distraer por un tiempo la mente de la cosa real, verdadera y perfecta.
Así que se dirigió a Brasenose Avenue. No era
un pretendiente gozoso y emocionado, pero al menos sí resuelto y decidido. Le
habían rechazado muy pocas veces en su vida. Sus pensamientos, debido a la
amargura que sentía, adquirieron un sesgo ruin. ¿Cómo una viuda, sola y mayor
que él, podría rechazarle? Cuando pulsó el timbre respondió la propia Linthea,
que le hizo pasar sin decir palabra al piso y le echó los brazos al cuello.
Después Anthony daría gracias a Dios por no haber reaccionado como habría
querido hacerlo. Quizá percibió que era un beso que indicaba una felicidad tan
espontánea que incluía a otra persona.
Winston estaba en el salón. Habían estado
bebiendo champán. Anthony colocó su botella de Spanish Graves encima del
aparador donde nadie se fijaría en ella.
–Puedes ser el primero que nos felicite –dijo
Winston–. Bueno, no el primero, si contamos a Leroy.
–Os casáis. –Anthony lo formuló como
afirmación más que como pregunta.
–Sí, el sábado –dijo Linthea, volviendo a
abrazarle–. ¡Tienes que venir!
–Por supuesto –dijo Winston–. Deberíamos
habértelo dicho antes, lo decidimos hace una semana, pero queríamos
cerciorarnos de que no había problema con Leroy.
–¿Y no lo hubo?
Winston se echó a reír.
–Ninguno; lo único fue que cuando Linthea
dijo que iba a casarse conmigo él respondió que habría preferido que se casase
contigo.
Anthony tuvo que reírse. Luego bebió champán
y escuchó el relato romántico, pero no sentimental, de Winston: siempre había
querido a Linthea, la había perdido cuando ella se había casado y luego la
había seguido a través de medio mundo. En una ocasión Helen había mencionado a
Anthony que era amargo contemplar la felicidad a través de los ojos de otro
hombre. Él se dijo que las citas de Helen y toda su literatura le aburrían, era
tan mediocre como Jonathan Dean, y luego regresó a casa para seguir trabajando
en su tesis.
«Aunque el psicótico pueda padecer impulsos
compulsivos o una neurosis obsesiva, su condición está relacionada con un
estado aminorado de la excitación cortical y una necesidad crónica de
estimulación. Puede en consecuencia afrontar los elementos contradictorios de
una vida regida por la rutina y una incapacidad para soportar la rutina a falta
de estímulos excitantes...»
Lo dejó, incapaz de concentrarse. Aquello no
era lo que quería escribir. Quería –necesitaba– hacer algo que nunca había
hecho antes, escribirle una carta a Helen.
18
No se la enviaría a su casa, eso sería
inútil. ¿Al museo entonces? Aunque ella no tenía secretaria, Anthony recordaba
que había una chica que abría la correspondencia que llegaba para ella y para
Le Queuex. La madre de Helen serviría, pero no sabía su dirección. Intentó
recordar los nombres de amistades de las que Helen le hubiese hablado. Tenía
que haber alguien al que le pudiese confiar una carta personal para Helen.
Releer las viejas cartas de ella en busca de
un nombre, de una clave, fue un ejercicio doloroso. «Querido Tony: sabía que te
echaría de menos pero no sabía lo malo que iba a ser...» Era una carta que
mencionaba la invitación a un pase de modelos. Si supiese el nombre de la
tienda del pase... ¿La gente con la que había ido al colegio, a la universidad?
Sólo recordaba nombres de pila, Wendy, Margaret, Hilary. ¿Y si escribiese a su
antigua universidad? Las autoridades universitarias se limitarían a remitir la
carta a su domicilio, a menos que el sobre indicase expresamente que no lo
hicieran. Pero ¿podía llegar a hacer eso? Quizá sí, sobre todo teniendo en
cuenta que la carta que se proponía escribir no iba a ser una humilde súplica.
La escribió. No fue sencillo, tuvo que hacer
un borrador tras otro hasta que llegó un momento en que se preguntó si no
estaría tan inestable mentalmente como los enfermos a los que estudiaba. El
resultado final no le satisfizo pero se sentía incapaz de mejorarlo.
«Querida Helen: Te amo. Creo que te amé desde
el primer momento en que nos conocimos, y aunque daría muchísimo por borrar
este sentimiento y quizá verme libre de ti, no puedo. Eres toda mi esperanza
para el futuro y fuiste tú quien me dio un objetivo en la vida. Pero basta ya.
No quiero caer en la autocompasión.
»Esta carta es sobre ti. Tú me hiciste creer
que me amabas del mismo modo. Me dijiste que nunca habías amado a nadie como me
amabas a mí. Y que Roger no era para ti nada más que objeto de lástima. Hiciste
el amor conmigo muchas veces bellas e inolvidables, y tú no eres (puedo
decirlo, sabes) la clase de mujer que se acuesta con un hombre por pasarlo bien
o por distraerse. Casi prometiste venir a vivir conmigo. No, fue más que eso.
Fue una promesa firme, pospuesta sólo porque necesitabas tiempo.
»Sin embargo, me has despachado de una forma
tan fría y perentoria que ni siquiera ahora puedo creerlo. Cuando pienso en esa
última carta tuya me quedo sin respiración. No pretendo reprocharte el dolor
que me has causado, sólo quiero preguntarte qué te estás haciendo a ti misma.
¿Te has preguntado, en estas últimas semanas, qué clase de mujer puede vivir
ese tipo de doble vida que tú vives, fingiendo y mintiendo por igual a un
marido y a un amante? ¿Qué le sucede a esa mujer cuando se hace mayor y empieza
a perder la noción de la verdad? La vida no merece la pena si uno es un
cobarde, un mentiroso y ha perdido el respeto a sí mismo, sobre todo cuando la
persona es sensible, como bien sabe Dios que eres tú.
»Piensa en ello. No pienses en mí si no
quieres, pero piensa en el daño que el miedo y el desconcierto y esa clase de
confusión harán a lo que haya debajo de tu bello aspecto.
»Si quieres verme te veré. Pero no me
comprometo a más. Creo que heriría mi propio yo si volviese a establecer alguna
vez una relación con la clase de persona que eres. A.»
Pero ¿a quién podía enviársela? ¿Quién podría
ser su intermediario?
Fue el hablar sobre las Navidades con Winston
lo que le sugirió una posible solución. Helen le había hablado de unos amigos
de Gloucester con los que ella y su madre, y después de su boda también Roger,
pasaban siempre las Navidades. Nunca le había dicho su dirección y no se
acordaba del nombre, aunque Helen lo había mencionado. Le había dicho,
recordaba, que era la palabra latina para sacerdote...
–Linthea y yo –decía Winston– aún estaremos
de luna de miel. Es maravilloso pasar las Navidades en Jamaica, aunque me
siento un poco mal por Leroy. Quizá debiéramos llevarlo.
–¿Cómo se dice en latín sacerdote? –preguntó
bruscamente Anthony.
Winston le miró fijamente.
–Perdona si te estoy aburriendo.
–No me aburres. Ojalá tengáis una luna de
miel fabulosa. Ojalá tuviese yo tanta suerte. Llévate a toda la escuela
primaria de Merton Street si quieres, pero dime cómo se dice sacerdote en
latín.
–Pontifex,
pontificis, masculino.
Anthony supo que era el nombre correcto en
cuanto lo oyó. Pontifex. Iría a la biblioteca pública, a la central de High
Street, donde tenían guías telefónicas de todo el país.
–Gracias –dijo.
–De nada –repuso Winston–. Todo un
diccionario, eso es lo que soy.
Había tres Pontifex en la ciudad de
Gloucester. Pero era evidente que el que buscaba tenía que ser A. W. del 26 de
Dittisham Road, ya que la señorita Margaret y sir F. eran candidatos
improbables. Anthony preparó un sobre: «Señora Pontifex, 26 Dittisham Road,
Gloucester», y en la parte de atrás: «remitente, A. Johnson, 2/142, Trinity Road, Londres, W15 6HD». La carta dirigida a Helen la metió en un sobre más pequeño que iría
dentro. Pero tendría que haber una carta explicativa.
Anthony no podía escribir a una mujer a la
que nunca había visto diciéndole que le pasase un sobre cerrado a otra mujer
sin el conocimiento del marido de esa mujer. Pero no sería necesario. Helen y
Roger llegarían a casa de los Pontifex el día de Nochebuena. La señora Pontifex
le entregaría la carta a Helen bien cuando estuvieran solas las dos (quizá en
el dormitorio de la señora Pontifex inmediatamente después de su llegada),
bien, y esto era más probable, en público y a la vista de un grupo de parientes
de fiesta. ¿Importaba esto? A Anthony le pareció que no. De ese modo, aunque
Roger exigiese ver la carta, la vería primero Helen.
«Querida señora Pontifex: Sé que la señora
Garvist pasará las Navidades con ustedes y me pregunto si sería usted tan
amable de darle la carta adjunta. He extraviado su dirección actual.
Sinceramente suyo, Anthony Johnson.»
Resultaba extraño, pensó. Había extraviado la
dirección de alguien con el raro apellido de Garvist, alguien a quien
evidentemente conocía bien, pero disponía de la dirección de alguien con un
apellido igualmente raro y a quien no conocía en absoluto. Si podía encontrar
uno de los dos apellidos en la guía telefónica también podía encontrar el otro.
Puso un sello en el sobre. Contempló el resultado de un esfuerzo tan complejo.
¿Merecía la pena? ¿Mitigaría el desenlace la depresión que le abrumaba? No
tenía por qué echar la carta, de todos modos, hasta unos días antes de Navidad.
La dejó a un lado con un montón de libros, papeles y notas y se preguntó si al
final la echaría o desistiría.
Cuando Arthur hablaba de «mis abogados» se
refería a un bufete de Kenbourne Lane que había actuado en su nombre veinte
años atrás en relación con el magro testamento de tía Gracie. Desde entonces no
había vuelto a comunicarse con aquel bufete ni había visitado sus oficinas,
pero ahora fue allí y le costó quince libras que le dijeran que, a menos que
hubiese reparaciones pendientes que afectasen la estructura de su vivienda, no
tenía nada que alegar contra Stanley Caspian en el asunto del incremento de la renta.
Aunque, como se decía a sí mismo exageradamente, el resto de la vivienda se
estaba desmoronando, en realidad el piso estaba en buen estado. Arthur,
ansiando casi que empezasen a salir goteras, logró cierta pequeña venganza
explicando a una pareja joven, a la que encontró esperando en el vestíbulo
antes de la visita sabatina de Stanley Caspian, que el piso por alquilar tenía
una historia macabra y que si insistían podrían conseguir que le rebajaran el
alquiler a ocho libras por semana. La pareja discutió con Stanley, pero no se
quedó el piso de Kotowsky.
La policía no había vuelto a aparecer. Todo
el mundo daba por sentado que Brian Kotowsky había asesinado a su esposa. Pero
Arthur se acordaba del caso de John Reginald Halliday Christie. Christie había
asesinado, entre otras personas, a la esposa de otro hombre, y este hombre
había sido ahorcado por ello. Pero al final había acabado atribuyéndose el
asesinato a quien verdaderamente lo había cometido. Arthur nunca bajaba la
guardia respecto a la vigilancia del correo ni dejaba de entreabrir la puerta,
con la cadena puesta, cuando oía usar el teléfono. El miércoles 27 de noviembre
había sido un día malo pero había transcurrido sin que Anthony Johnson hiciese
su llamada. Hacía más de quince días que no llegaban cartas de Bristol. Ya no
habría más, estaba seguro. Arthur se dio cuenta de que Anthony Johnson entraba
y salía a sus horas irregulares un poco abatido, como si hubiese perdido aquel
vigor y brillo juveniles que había apreciado en él cuando le conoció. Pero
todos nos hacemos mayores y afrontamos la realidad y la seriedad de la vida,
pensaba Arthur. En cierta ocasión en que pasaba debajo de su ventana, Anthony
Johnson alzó una mano y le saludó. No fue un saludo particularmente entusiasta,
pero lo cierto es que Arthur habría desconfiado si lo hubiese sido. Para él
sólo significaba que Anthony Johnson no le guardaba rencor.
La mañana del sábado 7 de diciembre, escribió
una carta a sus abogados, lamentando el elevado coste de aquel consejo negativo
pero incluyendo, sin embargo, un cheque por quince libras. Siempre pagaba sus
facturas diligentemente, pues sentía un miedo indefinido a que cayese sobre él
el desastre si estaba en deuda con alguien. A las nueve vio que el cartero
cruzaba la calle y bajó a recoger el correo. Sólo había una reclamación de pago
de contribuciones para Stanley Caspian, que no debería haber llegado allí, a
Trinity Road.
El sobre de la renta de Li-li Chan estaba en
la mesa del vestíbulo, y también el de Winston Mervyn. Faltaba, sin embargo, el
de Anthony Johnson. Arthur escuchó junto a la puerta de la habitación 2.
Silencio, luego el tintineo de una taza de té en un platito. Llamó suavemente a
la puerta y emitió su tos exculpatoria.
–¿Sí?
–Soy el señor Johnson, señor Johnson –dijo
Arthur, dándose cuenta de que sonaba ridículo, pero sin saber expresarlo de
otro modo.
–Un momento.
Transcurrieron unos momentos y luego Anthony
Johnson abrió la puerta, en vaqueros y con un jersey que evidentemente se había
puesto precipitadamente. La habitación estaba helada, quizá sólo hiciese un
momento que había encendido la estufa eléctrica. Por el estado de la cama y la
presencia en la mesita de noche de una taza de té medio vacía era obvio que
Anthony Johnson acababa de levantarse. Y se proponía seguir en la cama, para
desaprobación extrema de su visitante, pues, tras ofrecer a éste una taza de té
que fue rechazada, volvió a meterse en la cama vestido y todo.
–Espero que perdone usted la intromisión,
pero se trata del asunto del alquiler.
–No tenía por qué molestarse. Lo habría
dejado fuera antes de que viniese Caspian –dijo Anthony Johnson, que terminó el
té y luego agregó despreocupadamente–: Está encima de la mesa, en medio de todo
ese lío.
«Todo ese lío» era un formidable montón (o
revoltijo, como decía Arthur) de libros, unos cerrados, otros abiertos y boca
abajo, folios desparramados, cuadernos con las esquinas de las hojas dobladas y
un manuscrito inconcluso.
–Con su permiso –dijo Arthur y buscó
melindrosamente entre aquel lío como si se tratase de un montón de basura
insalubre. Encontró el sobre marrón de la renta debajo del grueso volumen de Comportamiento humano y
procesos sociales.
–El libro de la renta y mi cheque están ahí
dentro.
Arthur no dijo nada. Debajo del sobre de la
renta había otro, sellado y con la dirección puesta, pero sin las gafas no
podía leer la dirección. Pensó que aquella carta podría ser para H. de Bristol.
Luego se le ocurrió repentinamente y dijo:
–Tengo que ir al correo a echar una carta.
¿Quiere que lleve la suya?
La vacilación de Anthony Johnson fue patente.
¿Estaría recordando la ocasión en que Arthur le había echado una carta y la
lamentable hostilidad a que había conducido aquella acción? ¿O sospecharía que
andaba manipulándole el correo? Anthony Johnson se acercó a la mesa. Cogió el
sobre y lo miró en silencio, indeciso. Arthur consiguió esbozar una sonrisa de
cortesía, pero interiormente estaba temblando. «Debe de ser para ella, sí.»
¿Por qué iba a vacilar de ese modo si no, preguntándose si echarla al correo
significaba arriesgarse a un enfrentamiento con el marido de esa mujer?
Por fin Anthony Johnson alzó la vista. Le
entregó la carta a Arthur con un gesto rápido y cómico, como si sólo pudiese
librarse de ella en un arrebato.
–De acuerdo –dijo–. Gracias.
Arthur, una vez en el vestíbulo, acercó el
sobre a sus ojos. Luego se puso las gafas. La carta iba dirigida a una tal
señora Pontifex de Gloucester. Cuando saboreaba su alivio irrumpió en el
vestíbulo Stanley Caspian, chupando un caramelo. Arthur puso la cafetera sin esperar
a que se lo pidiera y le entregó sus rentas. Stanley abrió el sobre de Winston
Mervyn.
–¡Vaya por Dios, hombre, al parecer ahora
también Mervyn se va! Me comunica que lo hará la primera semana de enero.
–Un pajarito me dijo que va a casarse.
Stanley mascó el caramelo con malhumor,
clavando la pluma tan fuerte en el libro de renta de Arthur que hizo un agujero
en la hoja.
–Eso significará toda la primera planta
vacía. Uno se pregunta qué está pasando en el mundo.
–Las ratas abandonan el barco que se hunde
–dijo Arthur.
–Pero tú no, ¿eh? Oh, no. Los que tienen
contratos de alquiler sin muebles no se van hasta que no se los llevan con los
pies por delante. Tú morirás aquí, mi buen Arthur.
–Por supuesto, eso espero –dijo Arthur–.
Ahora, ¿podrías darme mí sobrecito?
Lo cogió y salió con la colada, deteniéndose
junto a Kemal’s Kebab House para echar las dos cartas en el buzón.
19
Durante la semana siguiente Arthur tenía una
agobiante conciencia de la soledad del 142 de Trinity Road. Li-li nunca estaba
mucho en casa, y se iba a Taiwán por Navidad, y ahora Winston Mervyn salía
todas las noches. Pronto se iría él también. Luego, si la presión de la escasez
de viviendas en Londres no era bastante fuerte para vencer la repugnancia
semisupersticiosa de la gente hacia el 142, él y Anthony Johnson serían en
realidad los únicos inquilinos. En otros tiempos habría dado la bienvenida a
esa idea. En otros tiempos había disfrutado de tener la casa sólo para él. Él
había soñado con ser el único ocupante, con poder vivir allá arriba en la cima
de aquel vacío silencioso, mientras la que habitaba abajo en las profundidades
aguardaba las atenciones y caprichos de su amo.
Pero ahora aquel vacío silencioso le
perturbaba. Durante tres noches de las siete no caía sobre el patio ninguna
luz, y veía el pozo oscuro allá abajo cuando corría las cortinas y le traía
tentaciones a las que temía ceder. Sólo pensar en ellas le daba miedo, pero
estos pensamientos reprimidos retoñaban en los sueños como tubérculos que,
dejados en un rincón en la oscuridad, lanzaban brotes repugnantes como gusanos.
Desde que era joven no había soñado con aquel acto que había realizado tres
veces, pero ahora soñaba con él, y una mañana se despertó colgando de la cama,
con las manos cerradas como en un espasmo alrededor de una de las patas de la
mesita de noche.
El cartero había dejado de aparecer. En todos
los años que Arthur llevaba allí no había habido ninguna semana como aquélla,
sin una sola carta. Parecía que el servicio de correos estuviese en huelga. Era
fácilmente explicable, por supuesto. Winston Mervyn raras veces había recibido
correspondencia que no fuese de los agentes mobiliarios. El padre de Li-li no
escribiría si esperaba ver a su hija la semana siguiente; y para Anthony
Johnson apenas si había llegado más correspondencia que aquellos sobres gris
malva de Bristol. Sin embargo, también esto parecía contribuir a la sensación
de Arthur de que todas las fuerzas de la vida estaban desertando de la casa y
dejándola como una especie de mausoleo sólo para él.
Pero la mañana del sábado 14 de diciembre se
produjo en la casa una convulsión, una especie de estertor angustioso de
muerte. Le despertó el timbre del teléfono, que sonó –para Winston Mervyn– tres
veces antes de dar las nueve. Luego oyó a Winston Mervyn subir y bajar las
escaleras corriendo, a Anthony Johnson en la habitación de Mervyn, a Anthony
Johnson y a Mervyn hablando, riéndose. Bajó a ver si había, por casualidad,
algo de correo. Nada. La puerta de la habitación 1 estaba abierta, se oía
música por encima del zumbido del aspirador. Li-li había decidido, inoportuna e
insólitamente, hacer una limpieza general de su habitación. Y Stanley Caspian,
normalmente tan cuidadoso con su propiedad, aumentó el estrépito cerrando la
puerta de la calle con un portazo que hizo caer motas de yeso.
Stanley le entretuvo durante tanto tiempo con
quejas sobre los alquileres, la crueldad del gobierno con los caseros honrados
y los melindres de los candidatos a inquilinos, que Arthur acabó saliendo con
retraso para hacer las compras. Estaban ocupadas todas las máquinas de la
lavandería. Tuvo que dejar la colada al cuidado de la mujer del sobrino del
señor Grainger que se mostró distante con él y le exigió un extra de veinte
peniques por el servicio.
–Nunca había oído algo parecido –dijo Arthur.
–Lo toma o lo deja. Hay inflación.
A Arthur le habría gustado decir más, pero
temía que llegase a oídos del señor Grainger, así que se dio por satisfecho con
un severo:
–Volveré a recogerlo a las dos en punto.
–Sería mejor que volviera a las cuatro, no sé
por qué tiene tanta prisa –dijo la mujer, que no le hizo además ningún
comentario halagador sobre la calidad de su ropa blanca.
El cielo estaba como en junio, pero sin
ninguna bruma y más claro de lo que podría ser un día de junio, y un viento
afilado como una cuchilla hacía que la claridad resultase gélida. Arthur
increpó a los niños que trepaban por las estatuas. Ellos reaccionaron
gritándole una palabra que, aunque sobradamente conocida para cualquier
habitante de West Kenbourne, hizo ruborizar a Arthur.
Había un taxi a la puerta del 142 y Arthur
vio salir de la casa a Winston Mervyn y Anthony Johnson y subir a él. Pensó en
lo apurado y avergonzado que se sentiría si tuviese que decirle a un taxista lo
que le dijo Winston Mervyn: «Oficina del registro de Kenbourne, por favor.»
Lo dijo con una voz sonora y resuelta, como
orgulloso de sí mismo, y dedicó a todos una amplia sonrisa. A Arthur le habría
gustado subir las escaleras sin decir una palabra, pero era incapaz de pasar
por alto sus obligaciones sociales, sobre todo cuando Stanley Caspian le había
dicho que aquel tipo de color, evidentemente acaudalado, se compraba una casa
en North Kenbourne.
–Permíteme que haga votos por su futura
felicidad, señor Mervyn –dijo.
–Muchas gracias.
–Un magnífico día para su boda –agregó
Arthur–, aunque un poco frío.
Entró en la casa y se cruzó con Li-li, que
salía tras concluir o abandonar su inusual tarea de limpieza. Volvía a estar
solo. Se preparó la comida, fregó el piso y luego vio a Michael Redgrave en Corazón cautivo por la televisión. Hasta que empezó a caer la noche y se encendieron
las luces en las casas altas de enfrente no se acordó de que aún tenía que
recoger la colada.
Winston había alquilado uno de los comedores
del Grand Duke para celebrar la boda, y allí se sentaron a comer a la una y
media el novio y la novia, Leroy, Anthony, el hermano y la cuñada de Winston, y
la hermana y el cuñado de Linthea. Ésta le dio a Anthony una rosa del ramo que
llevaba.
–Ten, eso significa que serás el próximo en
casarte.
Él sintió que se le encogía dolorosamente el
corazón. Pero sonrió a la recién casada, que estaba muy guapa con su vestido de
seda verde manzana, y dijo:
–Esto es sólo para las damas de honor.
–También para los padrinos. Es una vieja
costumbre de las Antillas.
Estas palabras fueron recibidas con
exclamaciones desmintiéndolas y con risas. Anthony pronunció un discurso que le
pareció flojo, pero fue recibido con aplausos. Le resultaba casi insoportable
mirar a Winston y a Linthea porque las miradas que éstos intercambiaban y sus
furtivas y discretas sonrisas indicaban la felicidad que disfrutaban y
preveían.
A las cuatro fueron todos a Brasenose Avenue
a recoger el equipaje de Linthea y luego a Trinity Road en busca del de
Winston. Desde el teléfono del descansillo Winston llamó al aeropuerto de
Londres para comprobar a qué hora salía su vuelo de luna de miel para Jamaica y
le dijeron que se había retrasado tres horas. Por entonces a Leroy ya se lo
había llevado su tía, con la que iba a quedarse, y a Linthea no le apetecía
volver a su piso vacío. Como no tenían nada que hacer, hablaron de cómo podrían
ocupar el tiempo que les quedaba. De pronto, desde la puerta de la calle, que
habían dejado con el pestillo puesto, se oyó un ruido y una voz que gritaba:
–¡El testigo de la boda se golpea el pecho!
Jonathan Dean.
–Pensé que te alcanzaría antes de que te
fueras, amigo. Para desearte felicidad y todo eso.
Arthur no apreció en él indicio alguno de
dolor por la muerte de su amigo; Jonathan parecía más resuelto y saludable. Se
reunió con ellos, que ya bajaban, a mitad de las escaleras.
–¿Oí a alguien mencionar lo de matar el
tiempo? ¿Qué tal un trago rápido o unos cuantos lentos en el Lily?
–Aún no son las cinco –dijo Winston.
Jonathan dijo que sólo faltaban diez minutos
y que el tiempo corría presuroso. En ese momento salió Li-li de su habitación y
se encontró con una descarada mirada libidinosa de Johnson, que hizo un chiste
un poco grosero sobre su nombre y el del bar que provocó alegres chillidos de
la cuñada de Winston, y así, sin gran muestra de entusiasmo por parte de los
novios, todo el grupo, que había aumentado a siete miembros, se dirigió hacia
el Waterlily.
Cuando llegaron a la esquina de Magdalen Hill
y Balliol Street evitaron Oriel Mews por acuerdo tácito, y Anthony vio,
esperando al otro lado de la calle a que cambiara la luz del semáforo, una
figura flaca y familiar ataviada con un abrigo gris y con una bolsa de plástico
naranja en la mano. El rostro de aquel hombre tenía la expresión triste y torturada
que Anthony había percibido antes, y había algo malhumorado y resentido en su
porte, como si considerase el rojo persistente de la luz del semáforo y el
tráfico de vehículos como una afrenta dirigida personalmente contra él. En
aquella multitud de clase obrera londinense, marginados con atuendos hippies,
inmigrantes morenos, su ropa y su actitud le colocaban aparte y le encerraban
en la soledad. El paso del tiempo y los cambios habían dejado de lado a Arthur.
Era un anacronismo triste y amargo. Anthony tocó a Winston en el brazo.
–¿No deberíamos invitar al buen Johnson a que
nos acompañe a tomar algo? Es tu fiesta, pero me parece un poco desconsiderado
no...
Antes de que terminase la frase, Winston
había llamado ya a Arthur Johnson, que empezó a cruzar la calle.
–Me alegro de que lo vieras –le dijo a
Anthony–. Fue muy amable conmigo esta mañana, deseándome buena suerte.
Considerando que están aquí todos los demás de la casa, es lo menos que podemos
hacer. ¡Señor Johnson! –le gritó–, ¿Dispone de unos minutos para celebrarlo con
nosotros en el Waterlily?
A Anthony no le sorprendió que Arthur Johnson
se asombrara, se sobresaltara incluso, de aquella propuesta. Primero se
ruborizó y luego balbuceó un torrente de excusas.
–No podría, la verdad... es muy amable pero
no es posible... tengo mucho que hacer todavía... tendrán que prescindir de mí,
lo siento, señor Mervyn.
Parecía bastante definitivo. Pero Anthony (y
tampoco Arthur Johnson) no había contado con la hospitalidad y la presión
entusiasta antillanas. En una discusión Arthur Johnson quizá hubiese ganado,
pero no le dieron oportunidad de discutir, haciéndose cargo del asunto el
hermano de Winston, un hombre de cordialidad abrumadora. Y Anthony, a quien en
el pasado le había irritado y le había inspirado lástima Arthur Johnson, no
sintió ya ni cólera ni piedad. Tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse y no
reírse a carcajadas ante el espectáculo de aquel hombre melindroso y de aspecto
austero conducido hasta el interior del bar por Perry Mervyn y Jonathan Dean.
Arthur Johnson parecía desconcertado y asustado. Con la bolsa de plástico en la
mano, tenía el aspecto de un ladrón de novela detenido por policías de paisano,
la bolsa, por supuesto, llena del botín de su delito. Luego Li-li le quitó la
bolsa, sin hacer caso de sus protestas, y la metió debajo del sofá en el que
ella y Jonathan se sentaron con su víctima en medio.
Era una violación, un rapto casi, pensó
Arthur, demasiado enojado para hablar. Era la primera vez que entraba en el
Waterlily, local que cuando él era joven tía Gracie había calificado de antro
de perdición. Desconcertado, abrumado por la timidez, permaneció allí tieso y
silencioso mientras Jonathan Dean hacía cumplidos a Li-li por encima de él y
ésta respondía con su risilla habitual. Aquella corpulenta mujer negra que se
había sentado enfrente de él aumentó aún más su desasosiego, preguntándole en
rápida sucesión cómo se ganaba la vida, si estaba casado y cuánto hacía que
vivía en Trinity Road. Anthony Johnson le salvó de responder a la cuarta
pregunta (¿no le parecía a él que su nueva cuñada era absolutamente
encantadora?), preguntándole qué iba a beber. Arthur contestó que tomaría una
copita de coñac.
–El clarete es la bebida de los muchachos, el
oporto la de los hombres, pero aquel que aspire a ser un héroe debe beber
coñac. –Después de esta cita. Dean soltó una carcajada y dijo que era del
doctor Johnson.
Arthur no supo qué quería decir con aquello
pero creyó que iba dirigido a él personalmente y quizá también a Anthony
Johnson. Se preguntó cuánto tardaría en escapar de allí. Llegó el coñac y con
él una variedad de bebidas menos fuertes para los demás, lo que hizo
preguntarse a Arthur si no habría hecho una elección demasiado cara o incluso
cometido algún grave error social. En la mesa empezaron a desarrollarse dos
conversaciones independientes, una entre Li-li, Dean y la cuñada de Mervyn, y
la otra entre los recién casados y el hermano de Mervyn. Arthur se dio cuenta
de su propio aislamiento y del «otro» Johnson, que quedaron ambos al margen de
aquellos diálogos. Anthony Johnson tenía mala cara. Arthur supuso que había
bebido demasiado en la juerga y empezó a cavilar varios posibles inicios de una
conversación entre los dos.
Eran los únicos auténticos ingleses
presentes, pues aquel despreciable Dean no contaba y era muy probable que fuese
irlandés, y tenían el deber de formar algún tipo de alianza. Había abierto ya
la boca para mencionar la terrible helada que había anunciado la televisión
para aquella noche, cuando Dean, alzando el vaso en lo que llamó un brindis
nupcial, inició un discurso.
El discurso se escuchó durante unos instantes
en silencio, aunque Winston Mervyn parecía nervioso. No le gustaba que nadie le
quitase la palabra, pensó Arthur. Y Dean estaba claramente demostrando su
cultura, soltando ríos de palabras que no podían ocurrírsele sobre la marcha
sino que tenían que haber sido preparadas con antelación. Hablaba sobre el amor
y el matrimonio, y Arthur llegó a reírse cuando Dean centró su mirada en el
corpulento cuñado de Mervyn y dijo que en el matrimonio el hombre se hace
descuidado y egoísta y sufre una degeneración grasa de su yo moral. En ese
momento se dio cuenta de que por debajo de la mesa un pie groseramente calzado
tanteaba por encima de sus tobillos buscando otro pie calzado delicadamente.
Encogió las rodillas.
–Casarse –dijo Dean– es domesticar al ángel
salvaje. Una vez que te casas no te queda ninguna salida, ni siquiera el
suicidio, sólo ser bueno.
Sólo rió Li-li. Los parientes de Mervyn
miraban con los ojos en blanco. Winston Mervyn se levantó repentinamente y se
dirigió a la barra mientras Anthony Johnson, con una brusquedad que alarmó a
Arthur porque no podía entenderla, dijo:
–¡Cállate, maldita sea! ¿Es que no piensas en
lo que estás diciendo?
La expresión de Dean cambió bruscamente. Se
ruborizó. Pero se inclinó por delante de Arthur casi como si Arthur no
estuviese allí y cuchicheó con aliento cervecero en la cara de Li-li:
–A ti te agrado, ¿verdad, querida? Tú no eres
tan puñeteramente melindrosa.
Li-li rió entre dientes. Hubo unos torpes
desplazamientos por detrás de Arthur y éste comprendió que Li-li estaba besando
a Dean a sus espaldas.
–¿Quizá –dijo– quisiese usted cambiar el
asiento conmigo?
No pudo entender por qué esto tenía que
provocar tantas risas (hubo una carcajada general tras el momento de tensión),
pero pensó que podría aprovecharlo, que era su oportunidad para escapar. Y lo
habría sido de no haber vuelto Mervyn con otra tanda de bebidas que incluía una
segunda copita de coñac. Se deslizó a lo largo del sofá, dejando a Li-li y a
Dean amartelados.
En cierto modo, lo del coñac fue una lástima,
porque traía inevitablemente recuerdos y asociaciones. Pero sin él no podría
haber soportado la fiesta, no podría haber presenciado siquiera aquel
compañerismo alegre ni aguantado las tensiones incomprensiblemente hostiles.
Pero después de apurar la última, vaporosa y fiera gota de la segunda copa, se
puso en pie bruscamente y anunció con tono agudo que tenía que marcharse. No
podía abusar más de su hospitalidad, debía marcharse.
–No esperes la orden de irte, vete ahora
–dijo Dean.
Aquella grosería, aun en caso de que
procediese de un libro, no había por qué aguantarla. Arthur hizo una breve y
seca inclinación dirigida a Mervyn y a la nueva señora Mervyn, luego un breve y
seco cabeceo como respuesta a su despedida y huyó de allí.
La alegría de salir de aquel lugar le mareó.
Se dirigió apresuradamente hacia casa a través del callejón, aquella garganta
oscura donde, en otros tiempos, él había hecho que la muerte se tragase a una
mujer que revoloteaba como un gran pájaro negro. El ratón, un niño de pecho,
Maureen Cowan, Bridget O’Neill, Vesta Kotowsky... No. Ahora a casa, sin
encontrarse con nadie.
En el último piso de una casa vacía Arthur se
acomodó para ver a John Wayne cumpliendo una vez más los deberes de un coronel
de caballería. Se apoyó en el cojín marrón de raso, fresco, limpio, lujoso. La
película terminó a las ocho y media, un poco tarde para empezar a planchar,
pero mejor tarde que en domingo. Arthur llevaba veinte años planchando los
sábados.
Entró en la cocina a buscar la tabla de la
plancha y la ropa blanca doblada. Buscó en vano la bolsa de plástico color
naranja. No estaba allí. Se la había dejado en el Waterlily.
20
El primero que abandonó la fiesta fue
Jonathan Dean. Anthony, consciente de que durante la última media hora Jonathan
se había dedicado a enredar sus piernas con las de Li-li por debajo de la mesa,
supuso que se quedarían después de que él y los Mervyn se hubiese ido y que la
velada terminaría con Li-li convirtiéndose en sucesora de Vesta. Las cosas
sucedieron de otra forma. Li-li se dirigió al pasillo en que estaba el lavabo
de señoras. También había allí un teléfono y cuando regresó comunicó que debía
irse porque tenía una cita a las siete y media. Junia Mervyn, una mujer que
parecía disfrutar con el desasosiego general de los hombres, se echó a reír
alegremente.
–¿Y yo qué? –dijo Jonathan malhumorado.
Li-li rió entre dientes y dijo:
–¿Quieres venir también? Espera y llamo otra
vez a mi amigo.
–Sabes muy bien que no me refería a eso.
–Yo no sé lo que los hombres quieren decir.
Intento saberlo. Les quiero a todos un poquito. ¿Quieres que te incluya en mi
lista? Cuando vuelva de Taiwán te convertiré en el número seis, o siete.
Ella y Junia se abrazaron, riendo. Jonathan
se levantó y sin mirar atrás ni decir una palabra a sus anfitriones, salió del
bar dando un portazo.
Los hombres guardaron un silencio tenso y
desconcertado. En medio de su depresión, Anthony sintió un impulso de misoginia
furiosa. Y dijo antes de que le diese tiempo a reprimirse:
–Como especialista en mala conducta femenina,
te daría el primer premio.
Li-li hizo un mohín. Se acercó cautelosamente
a él, abriendo mucho los ojos, ensayando sus tretas. Anthony se preguntaría
después si le habría pegado, o al menos le había dado un buen empujón si
Winston no hubiese interrumpido para decir que era hora de que se pusiesen
camino del aeropuerto.
Interpuso su cuerpo y dijo suavemente:
–¿Te apetece acompañarnos, Anthony? Podrás
volver con mi hermano.
Anthony aceptó. Se disculpó con Linthea en
voz baja y le dio un beso en la mejilla.
–¿Se han comportado tan mal contigo las
mujeres realmente?
–Una sí. No importa. Olvídalo, Linthea, por
favor.
–¿No debo torturar mi bonita cabecita con
ello?
Anthony sonrió. Aquella descripción de su
cabeza, que era como la de una diosa con su corona de trenzas enrolladas, era
tan impropia que estuvo a punto de corregirla con un cumplido, pero el hermano
de Winston dijo:
–Vuestro amigo se ha dejado la bolsa de la
compra.
–No es nuestro amigo –dijo Li-li–, y no es la
bolsa de la compra, sino la de la colada.
La sacó de debajo del sofá, señalando entre
risas la prenda que había encima, unos calzoncillos.
–Devuélvesela –pidió Anthony.
–¿Y por qué no lo haces tú? Yo voy al
aeropuerto.
–¿Quieres que lleve la colada de ese viejo
repugnante a mi cita?
–Tienes tiempo para llevarla a casa –dijo
Winston–. No son más que las siete y cuarto.
Winston, siempre hábil en el control de
situaciones, colocó la manita blanca de Li-li en las asas de la bolsa de
plástico naranja y, con firmeza pero con suavidad, la hizo sentarse otra vez en
el sofá. Li-li, con un nuevo vaso de martini delante, guardó silencio con gesto
compungido.
–Buena chica –dijo Winston.
La noche era cruelmente fría, su claridad
convertía todas las luces en joyas de agudas aristas. Linthea cogió a Winston
del brazo y se estrechó contra él temblando como si, ahora que regresaba a su
tierra, pudiese permitirse por primera vez sentir el frío de un invierno
inglés. Cuando cruzaban la calle, Anthony vio un coche deportivo rojo familiar
aparcado a la salida del Waterlily.
El contenido de la bolsa debía valer,
calculaba Arthur, unas cincuenta libras: todas sus camisas de trabajo, la ropa
interior, la ropa de cama... era inaceptable haberlo dejado en aquel bar de
poco fiar y que se llenaría, un sábado por la noche, con Dios sabía qué clase
de gente. Pero ¿podía salir a aquellas horas de la noche?
Uno de ellos podría haberle llevado la bolsa
a casa. Salió al descansillo, y la luz de su propio recibidor iluminó hasta el
principio de las escaleras. Pero abajo se abría un pozo de oscuridad. No había
nada junto a su puerta, ni en las escaleras. Encendió las luces, bajó. Primero
llamó a la puerta de Li-li, luego a la habitación 2. Pero fue inútil.
Si pudiese olvidarlo, esperar a que abriesen
el Waterlily por la mañana. Pero no, no podía arriesgarse a perder tanta ropa
valiosa. Y el bar estaba a menos de cinco minutos andando. Volvió a subir a su
piso y se puso el abrigo.
Subió rápidamente por Camera Street, con la
vista baja. Pero Balliol Street estaba lleno de gente, cadáveres con prendas
formales, los rostros y el atuendo de un tono pálido o caqui a causa de las
farolas de sodio que borraban los colores. También aparecía entre marrón y
amarillo el coche deportivo aparcado junto a Kemal’s Kebab House, pero Arthur
lo identificó, pertenecía a uno de los jóvenes de Li-li. Sólo las luces de
tráfico eran lo suficientemente brillantes para competir con aquel resplandor
amarillento. Sus tonos verde y escarlata hirieron sus ojos y le hicieron
parpadear.
Entrar en el Waterlily le recordó aquellas
tres ocasiones anteriores en que había entrado por su cuenta en un bar. Rechazó
el recuerdo, pensando en lo cerca que estaba de Trinity Road. El bar estaba
atestado y Arthur tuvo que hacer cola. Pidió una copa de coñac, aunque no tenía
previsto tomar nada. Pero necesitaba la calidez y el consuelo del coñac para
combatir el desasosiego que le producía el tener que esperar a que el camarero
le preguntase al encargado y el encargado a la camarera (con gritos alegres)
por la bolsa de la colada de un tal señor Johnson.
–Estaba usted con los que se habían casado,
¿no?
Arthur asintió.
–¿Una bolsa naranja? Se la llevó la chica
china.
Arthur lanzó un suspiro de alivio. Li-li
estaba en el Kemal’s y su colada debía estar sin duda en aquel coche que había
visto aparcado a la puerta. Salió del Waterlily casi corriendo. Cruzó la
entrada del callejón. Había muchos coches aparcados en la calle y todos sus
colores quedaban reducidos a tonos de sepia. Pero el coche deportivo no estaba
entre ellos. Li-li y su acompañante se habían largado.
Arthur se detuvo a la puerta del restaurante
temblando y el olor picante que le llegó por la puerta brevemente abierta le
produjo una náusea con el picor cálido del coñac. Apoyó un brazo para
sostenerse en la superficie cubierta de escarcha del buzón. Lo único que
quería, se dijo, era recuperar su colada, quitársela a aquellos que, con una
malevolencia absurda, la habían cogido y le impedían recuperarla.
¿Adónde iba la gente cuando salía por la
noche? A bares, restaurantes, cines. Li-li ya había ido a un bar y a un
restaurante. Arthur caviló, empezaba a tamborilearle la cabeza. Luego cruzó la
calle en dirección a Magdalen Hill y al Taj Mahal.
Toda la esquina estaba bloqueada con tablas,
tanto el solar como la zona de las casas demolidas, donde había estado la casa
de tía Gracie. Estaba todo vallado con una hilera de esas puertas viejas que
los constructores conservan para ese fin. Al pasar al lado Arthur pudo ver a
través de la claridad amarilla que las puertas estaban pintadas en tonos pálido
de cuarto de baño, rosa, verde, crema. Cerradas, clavadas unas a otras,
parecían encerrar grandes épocas de su vida. Pasó por delante de Grainger y de la
estación. Un metro que pasó por debajo de la calle provocó fuertes vibraciones
que recorrieron todo su cuerpo.
La película que exhibían en el Taj Mahal no
era hindú sino del Extremo Oriente. Las caras de ojos rasgados y las cabezas
coronadas con enjoyados adornos en forma de pagoda del cartel así lo indicaban.
Y esto reforzó su convicción de que era allí donde estaba Li-li. Pero no había
ningún espacio de aparcamiento en Kenbourne Lane, con su doble raya amarilla
recorriendo el borde de la acera. ¿Y si estaba dentro? No podría encontrarla ni
sacarla de allí. De todos modos, se quedó parado al pie de las escaleras,
mirando casi melancólicamente hacia el vestíbulo, que era el mismo de siempre
pero sin embargo terriblemente cambiado. Había pasado cientos de veces por
aquellas puertas giratorias con tía Gracie, pero hacía más de veinte años que
no entraba en un cine.
No entraría allí. Detrás del cine había un
aparcamiento municipal. Entraría en el aparcamiento y buscaría el deportivo
rojo. Probablemente no estaba cerrado, pues los jóvenes son imprudentes y no
tienen conciencia del valor de las cosas. Bajó por la calle entre el cine y las
tiendas oyendo la música oriental que atravesaba las altas paredes de color
crema del Taj Mahal. Parecía un pálido e inmenso acantilado dominando el
aparcamiento. En un semicírculo había varias de aquellas luces amarillas y
también de las blancas plateadas. No había nadie en la caseta de la entrada, no
había nadie por ninguna parte. Arthur pasó al lado de la barrera que se levantaba
para dar paso a los vehículos.
Los coches estaban colocados en hileras
largas y regulares. El suelo no era de asfalto sino de un barro con grava que
empezaba a endurecerse con la helada. Caminó con pasos silenciosos. Fue
avanzando lenta y furtivamente, examinando los coches, deteniéndose a veces
para mirar a lo largo de las hileras los techos de los coches que brillaban con
tonos apagados, como animales acuáticos tendidos en alguna costa norteña
iluminada por la luna. Pero era una claridad lunar falsa, porque el cielo, de
un morado denso, estaba iluminado sólo por farolas.
Cuando llegó al extremo sur del gran cuadrado
irregular, empezó a experimentar la sensación de que estaba haciendo algo
absurdo. No iba a encontrar el coche deportivo, y si lo encontraba no se
atrevería a tocarlo. No tenía ninguna prueba de que Li-li estuviese en el Taj
Mahal. Además, él no había entrado en la semioscuridad solitaria del
aparcamiento con aquel propósito. Había ido allí por la razón por la que
siempre se aventuraba en la oscuridad y la soledad...
Pero allí no había ninguna mujer. No había
ninguna de aquellas criaturas que amenazaban su libertad, que constituían
siempre un peligro para él. Y sólo podría encontrar a una si abandonaba el
aparcamiento cruzando la estrecha puerta posterior que llevaba a un sendero que
desembocaba en Brasenose Avenue. Con una ansia dolorosa se imaginó aquel
pequeño desfiladero, pero le dio la espalda, se apartó de él y se obligó a
dirigirse hacia la caseta que se alzaba entre las hileras de coches.
Luego, cuando salió a un pasillo más ancho,
comprobó que ya no estaba solo. Un coche había entrado y estaba buscando sitio
para aparcar, uno de aquellos pequeños y frágiles Citroën. Arthur se irguió,
estirando y ajustando el cuerpo para ofrecer una apariencia respetable y
decorosa. Casi mayor que aquel deseo creciente que no debía permitirse era su
necesidad de aparentar ser el propietario de un vehículo respetuoso de la ley.
El Citroën entró en un pozo de oscuridad entre dos coches más grandes. Arthur
estaba sólo a unos metros de él. Vio salir al conductor. Era una mujer.
Una chica joven, alta y muy esbelta, con
téjanos y un chaquetón afgano con bordes peludos y bordados que brillaban
ligeramente a la luz de las pálidas y lejanas farolas. Su cabello era una
aureola dorada, una masa de filamentos de aspecto metálico que le llegaban
hasta por debajo de los hombros. Estaba inclinada hacia el interior del coche,
colocando un artilugio antirrobo. Arthur vio sus botas de tacones altos, las
arrugas del cuero sobre los delgados tobillos, y sintió un ahogo. Saboreó un
gusto bilioso a coñac.
Avanzó silenciosamente hasta quedar a un
metro de ella. La chica se incorporó y empujó la puerta del coche. Pero no
cerraba bien. La abrió del todo y la cerró de un portazo. El ruido fue como una
enorme explosión en los oídos de Arthur, que alzó las manos saltando sobre ella
por detrás y le hundió los dedos en la garganta.
La tierra se estremeció cuando Arthur asió
aquel cuello sorprendentemente fuerte y membrudo, y el inmenso cielo morado
llameó hacia él, quemándole los ojos. La chica ofrecía resistencia, parecía tan
fuerte como él, incluso más fuerte. Realizó un vigoroso giro y hundió un codo
en el diafragma de Arthur. Éste se tambaleó ante aquel dolor súbito, aflojando
la presa, y un puño le golpeó la cara. Arthur cayó hacía atrás contra el coche
contiguo con un gruñido ahogado y se deslizó por su carrocería resbaladiza. Vio
inclinada sobre él la cara de la mujer, crispada, y lanzó un grito, pues era la
cara de un joven de nariz aguileña, con una sombra de bigote en el labio
superior y cabello largo. El puño golpeó de nuevo, esta vez en un ojo de
Arthur, que cayó en el barro helado y quedó allí tendido, medio debajo del
chasis ennegrecido por el aceite de otro coche.
No se movía, aunque estaba consciente. Una
mano le dio la vuelta, una bota de punta afilada se hundió en sus costillas. No
emitió ningún sonido, se quedó quieto con los ojos cerrados. El joven estaba de
pie sobre él, respiraba dificultosamente, emitiendo jadeos de satisfacción y
triunfo. Luego, Arthur oyó las pisadas alejarse hacia la caseta y la barrera y
después Un terrible y profundo silencio.
Consiguió ponerse de pie apoyándose en los
dos coches. Tenía la cara empapada de la sangre que manaba del labio superior y
le palpitaba la cabeza dolorosamente. Forzó la vista hasta que consiguió
distinguir los coches que brillaban dormidos, el suelo relumbrante y helado. No
acudía ningún empleado, nadie. Se arrastró entre los coches, apoyándose en un
espejo retrovisor, en la asa de una puerta, hasta que por fin esa fuerza que
nace del terror le permitió enderezarse del todo. Avanzó tambaleante. El aire
gélido fue como un nuevo golpe en la cara. Saboreó la sangre que corría entre
sus dientes.
La caseta seguía vacía; la callejuela entre
el cine y las tiendas, desierta. Tapándose la cara con el pañuelo blanco que
llevaba siempre, bajó caminando despacio, a pesar de que quería correr y
gritar. Kenbourne Lane.
No había ya una multitud, no había transeúntes reunidos
mirando en la dirección que había corrido un muchacho de cabello dorado. Nadie
miraba a Arthur. Era la estación de los catarros, de las caras tapadas con
bufandas. Siguió, pasó la estación, y por fin llegó a la puerta de Grainger. No
habían echado el cerrojo, gracias a Dios. Sin soltar el pañuelo, abrió la
puerta, el supervisor leal que trabaja los sábados por la noche a pesar de
tener jaqueca. Entró y cerró la puerta y se apoyó pesadamente contra ella.
Pero tenía que llegar a su despacho. Allí
estaría seguro durante un rato. El despacho de cristal y madera de cedro era
una isla y un refugio en el gran patio desnudo. Se arrastró a duras penas, pues
las piernas, que tan bien le habían transportado cuando más las había
necesitado, ahora le flaqueaban y estaban medio paralizadas. Desde el suelo,
resbaladizo por la escarcha, consiguió erguirse y abrir la puerta.
Dentro hacía frío, más frío que en el
exterior. La máquina de escribir estaba en el escritorio, cubierta con la
funda; la papelera estaba vacía; había un vago olor a chicle. Arthur se
desplomó en el suelo y se quedó tendido, el cuerpo estremecido por sollozos
jadeantes. Restañó la sangre, que podía manchar la alfombra, primero con el
pañuelo y luego con la bufanda. De pronto oyó sonido de sirenas, lejano y
agudo, aullante luego en un sube y baja que destrozaba los oídos cuando los
coches celulares cruzaban el semáforo y enfilaban Magdalen Hill.
21
West Kenbourne estaba llena de policías. A
Anthony, que regresaba del aeropuerto en el coche de Perry Mervyn, le pareció
que todos los peatones de Balliol Street eran policías. Desde que había girado
en High Street y seguido Kenbourne Lane arriba, había contado cinco coches
celulares.
–Quizá alguien ha asaltado un banco –dijo
Junia. Eran las once y media, pero las luces del Dalmatian y el Waterlily aún
estaban encendidas. La policía había entrado en los locales y montaba guardia a
la salida de ellos, interrogando a los clientes cuando salían. Desde detrás de
la improvisada valla que cerraba el solar, las linternas de los policías cortaban
la oscuridad en largos haces pálidos y balanceantes.
–Debe de haber sido un banco –dijo Perry, y
él y su esposa expusieron sagaces opiniones sobre la inocencia de asaltar un
banco. En realidad no podía considerarse moralmente malo, no se perjudicaba a
nadie, etc.
Cuando llegaron al 142 de Trinity Road,
Anthony, agradecido de que le llevaran hasta casa, les dio las gracias e
intercambiaron promesas de no perder el contacto. Anthony supuso, y supuso que
ellos suponían, que no volverían a verse. Se despidió y vio cómo se alejaban;
le habían dicho que darían una vuelta con el coche para ver qué ocurría.
En Trinity Road no ocurría nada. El 142
estaba completamente a oscuras. Anthony entró y se dirigió lentamente a su
habitación. El despliegue policial no le inspiraba el menor interés. Nada podía
sacarle de aquella tristeza gris que había sucedido al escepticismo, la cólera
y el dolor. La boda, con la felicidad de Winston y de Linthea, sólo había
servido para sustituir su depresión por un nuevo dolor. Y en el vestíbulo del
aeropuerto, donde habían tomado café, se había hecho presente un aspecto
horrible de aquel dolor. Porque aquel lugar de ajetreo continuo, con sus idas y
venidas, se había poblado para él de diversas versiones de Helen. Toda cabeza
rubia podía volverse y mostrarle su rostro. Una chica que estaba lejos tenía
sus mismos andares; otra, que hablaba animadamente con un hombre que podía ser
Roger (¿cómo iba a saberlo él?), movía las manos con gestos de Helen, y su
risa, clara y suave, llegaba hasta él como la risa de Helen. En una ocasión
estuvo seguro de que era ella. Llegó incluso a ponerse de pie, mirando fijo,
conteniendo el aliento. Los otros debieron de pensar que estaba loco, que
alucinaba.
Introdujo la llave en la cerradura. Pero
antes de que pudiese entrar a su habitación se abrió la puerta de la calle y
entró Li-li, que llevaba en la mano la bolsa de la colada de Arthur Johnson.
–¿Has ido por ahí con eso toda la noche?
–preguntó Anthony hoscamente.
–No es toda la noche. Sólo son las doce. –Le
pasó la bolsa–. Ten, tendrás que llevársela tú. Se alegrará de recuperarla.
–Conociéndole, ha de haber padecido lo suyo
pensando en la bolsa. Llévasela tú misma, anda.
Pero cuando Li-li desaparecía, con un mohín y
una risilla, al doblar el primer tramo de escaleras, Anthony pensó que sería
mejor seguirla. La alcanzó al final del segundo tramo.
–Estará dormido. Siempre se acuesta temprano.
Déjasela en la puerta.
–Está bien. –Li-li depositó la bolsa en el
descansillo–, Horrible, ser viejo e irse a la cama a medianoche. –Le dirigió
una sonrisa provocativa y añadió–: ¿Te apetece un té chino?
–No, gracias. Yo también me acuesto a
medianoche.
Y se dirigió a su habitación. Entró y cerró
la puerta con firmeza. Tardó un rato en quedarse dormido, porque Li-li, que se
preparaba para su viaje del día siguiente, se vengó de él haciendo mucho ruido
con el equipaje y las maletas, dando portazos en el armario y lanzando, al
parecer, zapatos de un extremo a otro de la habitación, hasta pasadas las tres.
Arthur oyó a la policía abrir las puertas de
Grainger media hora después de haberse escondido en el despacho. Vio las luces
de las linternas recorrer el patio. Llegaron a la oficina y dieron una vuelta
alrededor de ella, pero como la puerta no estaba forzada no había ninguna
ventana con los cristales rotos, se fueron. Les oyó cerrar las puertas al
salir.
Había dejado ya de sangrar por los labios.
Cuando le pareció que podía levantarse del suelo, envolvió el pañuelo en una
hoja de papel y lo guardó en el bolsillo del abrigo. Disponía de muy poca luz,
sólo el brillo lejano de las farolas de Magdalen Hill. No se atrevía a encender
la luz del despacho, ni siquiera la estufa eléctrica, aunque hacía mucho frío.
Tenía manchas de sangre en la bufanda, pero podía ponérsela. Era muy importante
no dejar ningún rastro de sangre en la alfombra ni huellas dactilares. Pero la
media luz amarilla fue suficiente para mostrarle que no había ninguna mancha en
la alfombra. Se lamió los dedos hasta que dejaron de tener aquel regusto
salado.
Luego se echó de nuevo en el suelo, y dejó
que pasaran largas y lentas horas. Le dolían las costillas en el lado izquierdo
pero no creía que la patada hubiese fracturado ninguna. Rastrearían toda la
zona y luego seguirían buscando por otra parte. Quizá no llegasen siquiera a
Trinity Road.
¿Es que nunca iba a amanecer? La luz del día
mostraría a cualquier transeúnte su rostro herido (¡si tuviese al menos un
espejo para ver hasta qué punto lo estaba!), pero un hombre caminando en la
oscuridad de la noche atraería más la atención. Cuando el brillo amarillento se
convirtió en el gris lechoso del alba, se levantó trabajosamente y miró por la
ventana el patio desierto. Tenía el cuerpo agarrotado, le dolían todos los
miembros, y en el costado izquierdo le torturaba un dolor agudo y fluctuante.
Su reloj se había estropeado y las manecillas
aún indicaban las nueve y veinte. Debían de haber transcurrido unas once horas.
Las gafas seguían intactas en su estuche. Se las puso, aunque eran gafas para
leer que desenfocaban el mundo, le ayudarían a ocultar su ojo. En cuanto al
labio... lamió un extremo de la bufanda y se lo pasó por la herida, gimiendo
cuando las ásperas fibras rozaron la herida. Pero la mañana era muy fría y
empezaba a caer una fina aguanieve, granulitos de hielo que se fundían al tocar
el suelo. La clase de día, pensó, en que un hombre con la cara tapada no llama
la atención.
Controlando lo mejor que podía el temblor,
salió de la oficina y cerró la puerta con llave. No había dejado ninguna huella
de su presencia. Ya cerca de la puerta, el aguanieve se convirtió en una nieve
densa. Era la primera nevada del año, y los copos remolineaban en torno a él
picándole en el labio. Alzó la bufanda para taparse la boca y se lanzó con la
cabeza baja en una especie de zambullida por Magdalen Hill.
No se veía a nadie, sólo a un niño que
repartía los periódicos del domingo. Su enfrentamiento con la chica-chico en el
aparcamiento se había producido a una hora demasiado tardía para que pudiese
salir la noticia en los periódicos, y el niño, que llevaba un abrigo grueso y
un pasamontañas, ni siquiera le miró. Un hombre que paseaba un perro por
Balliol Street tampoco le miró, y tampoco la mujer de la limpieza que entraba
en el bar del Waterlily. También ella llevaba tapada la parte inferior de la
cara con una bufanda. Arthur enfiló el callejón cuando el reloj de la iglesia
de All Souls daba las ocho.
Alguien había dejado un periódico, el de la
noche anterior, encima del cubo de basuras del callejón. Lo cogió y se lo metió
debajo del brazo para aparentar que había salido a comprarlo. Li-li tenía las
cortinas echadas. Subió trabajosamente las escaleras de la casa dormida. En el
descansillo de arriba, apoyada contra su puerta, estaba la bolsa naranja de la
colada. Li-li debía de haberla subido durante la noche. ¿Había llamado a la
puerta? ¿Había supuesto que estaba dormido? ¿O la había dejado abajo y había
sido Anthony Johnson, la otra persona que quedaba en la casa, quien la había
subido hasta allí? No había modo de saberlo. Si Anthony Johnson estuviese
despierto se vería luz en su ventana en el patio, pues la habitación 2 estaba a
oscuras en invierno hasta las nueve. Pero ninguna luz iluminaba la piedra
verdosa del patio. Caía la nieve, golpeaba en la puerta del sótano y descendía
por ella formando arroyuelos.
Arthur rasgó el pañuelo y echó los trozos en
el inodoro. Lavó la bufanda y lavó también, separándolo del forro, el bolsillo
del abrigo. Sólo entonces se atrevió a contemplar su rostro en el espejo.
Alrededor del ojo tenía una mancha de un rojo
oscuro, y el párpado casi cerrado. Y el labio partido, un corte irregular en el
centro mismo. Su aspecto era completamente distinto, aquél no era su rostro,
con aquella boca hinchada y bulbosa. ¿Le quedaría una cicatriz? No parecía lo
suficientemente grave para necesitar puntos. Lavó la herida con agua caliente y
antiséptico. No podía ir a que le pusieran puntos. Los servicios de urgencias
de los hospitales de Londres habrían recibido ya aviso y estarían al tanto de
cualquier individuo que llegase con una herida en la boca.
No debía dejarse ver. Debía quedarse allí a
toda costa, escondido, hasta que el ojo y el labio curasen. Hacía horas que no
comía ni bebía nada, hacía muchas horas que no había dormido, pero sabía que no
podía dormir, y tampoco comer ni una miga de pan. Bebió un poco de agua y se
atragantó, porque su frialdad le quemó la garganta.
Protegido por los volantes de camisón de los
visillos, se apostó en la ventana. Sí la policía realizaba una batida casa por
casa estaba perdido. Observó a los viandantes, pendiente de ver aparecer la
cara de piraña del inspector Glass. Sonaron las campanas de la iglesia
anunciando el servicio matutino y pasaron varias mujeres mayores, con misales,
camino de la iglesia. A la hora de comer encendió la televisión y la última
noticia de un boletín informativo le comunicó, como sólo podía comunicárselo
aquella alta autoridad, lo que había hecho y cuál era la situación.
«Anoche fue atacado un hombre cerca de la
estación de metro de Kenbourne Lane en Londres Oeste...»
Y allí, en la pantalla, estaba el
aparcamiento del Taj Mahal. Arthur tembló, apretando las manos. Medio esperaba
verse salir de una hilera de coches, atrapado por las cámaras como un animal
perseguido.
«La policía cree, por las circunstancias del
ataque, que el agresor le confundió con una mujer y se pregunta si ese atacante
podría ser el mismo hombre que, durante un cuarto de siglo, ha sido conocido
como el asesino de Kenbourne. Un registro general de la zona no ha dado
resultado hasta el momento...»
Arthur apagó el televisor. Volvió al cuarto
de baño y contempló en el espejo la cara del asesino de Kenbourne. Nunca había
pensado, cuando consideraba las cosas que había hecho, que le correspondiesen a
él aquel título y aquel papel. Pero la televisión lo había dicho, así era.
Aquellas señales habían sido puestas en su rostro para que él y el mundo lo
supiesen. La contemplación de su imagen le hacía llorar, así que regresó a la
ventana donde los visillos velaban su rostro. La televisión seguía apagada, aunque
estaban emitiendo una película de Rogers-Astaire, y siguió apagada hasta las
noticias de las cinco.
A esa hora emitieron un retrato robot, un
rostro duro y frío, con arrugas profundas, malévolo, envejecido. El individuo
tenía el labio partido y un ojo cerrado. ¿Ésa había sido la impresión del
muchacho del Citroën sobre alguien tan pulcro y digno como Arthur? Sintió un
mareo cuando apareció el propio muchacho y pareció mirarle fijamente desde la
pantalla. Luego alzó una mano hasta aquel cabello engañoso y sonrió con cierto
orgullo.
«–Bueno, creo que el tipo pensó que era una
chica, sabe, como tengo el pelo largo y soy delgado.»
El entrevistador se dirigió a él con viva
aprobación.
«–¿Sería usted capaz de identificarle, señor
Harrison?
»–Claro, por supuesto. De todos modos, le
machaqué un poco la cara, ¿no? Cualquiera podría identificarle, no sólo yo.»
Y luego el propio inspector Glass. Arthur se
estremeció porque sus enemigos desfilaban ante él a través de aquel medio que
hasta entonces había sido tan amistoso, el proveedor de su segundo placer
principal.
El inspector entreabrió los labios y dejó al
descubierto unos dientes enormes.
«Puede usted dar por seguro que la policía no
descansará hasta que lo encontremos y le quitemos de la circulación. Es sólo
cuestión de tiempo. Querría decirle al público que este hombre es peligroso y
si alguien tiene la menor sospecha de su identidad, aunque crean que sólo se
basan en una intuición, deben llamar inmediatamente a este número.»
El número de teléfono ardió en letras blancas
sobre fondo negro y la voz del inspector Glass, la voz de un devorador de
hombres, volvió a sonar áspera y lúgubre.
«Pueden llamar a este número a cualquier hora
del día o de la noche. Y si dudan recuerden que la próxima vez podría ser usted
o su esposa o su madre o su hija.»
El ronroneo de un taxi convocó a Arthur a la
ventana. Li-li se iba de casa con dos maletas. Había empezado otra vez. Observó
cómo Li-li entraba en el taxi y se alejaba.
Ahora estaba solo en la casa con Anthony
Johnson.
22
Ese domingo Anthony no se levantó casi hasta
el mediodía. La habitación estaba helada y tuvo que utilizar leche en polvo
para el té porque se había quedado sin leche fresca. El patio estaba mojado,
aunque no llovía, y el triángulo de cielo tenía ese tono gris amarillento que
dan las nubes de nieve.
Estaba tan gris que tenía la lámpara
encendida todo el día. Se sentó bajo ella, hojeando el borrador de la tesis,
preguntándose si valdría algo, pero en su concentración, irrumpían imágenes
fragmentadas de Helen. Se dio cuenta de que estaba recordando conversaciones,
viendo falsedad en frases de ella que le habían parecido de una sinceridad
maravillosa. Y esta obsesión desplazaba todo lo demás. Miró fijamente la
pantalla verde y rosa de la lámpara, que se balanceaba a un ritmo lento y leve
por la corriente que penetraba por la fisura del marco de la ventana,
hipnotizado por él, sumido en la apatía. Poco después de las cinco, después de
oír irse a Li-li, se puso el abrigo y salió camino de Winter.
Allí se encontró con el ayudante del
encargado del Waterlily, que estaba hablando con Winter sobre la actuación de
la policía la noche anterior. Anthony se había olvidado totalmente de ello. Fue
entonces, mientras esperaba que le sirvieran, cuando se enteró de lo ocurrido.
–Un chaval joven de diecinueve años, que
estudia en Radclyffe College. Bien, si se visten de esa manera que parecen
chicas, es lo que están pidiendo. De todos modos, no es que no supiese
defenderse. Le machacó la cara. ¿Has visto las noticias?
El ayudante del encargado del Waterlily
asintió.
–Es curioso, la semana pasada yo también
tenía un ojo morado. Me dieron un golpe en la clase de judo. Si no lo tuviese
ya mejor, no me atrevería a salir a la calle.
–Pero no tienes también el labio partido,
¿verdad? Caramba, sería para enmarcarlo, toda la gente del barrio descubre de
pronto que ha estado sirviéndoles de beber el asesino de Kenbourne. –Winter se
echó a reír y se volvió hacia Anthony–. ¿Qué puedo hacer por usted, caballero?
–Sólo quiero una botella de leche, por favor.
–¿Homogeneizada, Jersey o Silver Top?
Al marcharse, Anthony pidió de la última, les
oyó decir algo de su pelo y de desconocidos merodeando y de que no se podía ya
distinguir a los chicos de las chicas y que quién podía culparles luego. La
nieve se había asentado entre los adoquines del callejón de Oriel Mews, donde
no había luz ni calor que la fundiese. Flotaba delicadamente sobre Trinity
Road, tendiendo una cortina aún más liviana sobre los visillos de la ventana de
Arthur Johnson, tras la cual a Anthony le pareció distinguir vagamente a un
observador.
Su habitación se había quedado helada durante
su ausencia. Encendió la estufa eléctrica, bebió un poco de leche directamente
de la botella. Estaba tan fría que le castañetearon los dientes. Se acuclilló
junto a la estufa y brotó en su mente una visión clara y dulce de Helen en el
verano, corriendo por el andén de Temple Meads, buscando el tren en que llegaba
él cuando había ido a verla desde York. Sentía, si cerraba los ojos, los brazos
de ella tendidos hacia él, el cálido aliento que brotaba de sus labios
entreabiertos unidos a los suyos. Y sintió dolor real, un dardo de dolor en el
costado izquierdo, como si le hubiesen pegado una patada en el corazón.
Luego se tumbó boca abajo en la cama, furioso
consigo mismo por su debilidad, preguntándose cómo iba a arreglárselas en lo
que le quedaba por delante, el largo y frío invierno de aislamiento con Arthur
Johnson como única compañía.
El teléfono empezó a sonar arriba, en el
descansillo.
Había alimentos suficientes en la nevera,
tenía incluso el cuarto de carne del domingo que no había podido preparar y
seguía sin poder hacerlo. La comida le duraría varios días. Consiguió tragar un
trocito de pan con mantequilla. Luego volvió a mirarse la cara, esta vez en el
espejo del cuarto de baño. Mientras se preguntaba si el hielo aliviaría la
hinchazón, si le creería alguien si decía que se había cortado afeitándose (y
también se había pegado un golpe en un ojo con la navaja de afeitar) empezó a
sonar otra vez el teléfono. Abrió la puerta y salió al descansillo en penumbra.
Tenía la vaga impresión de que, quienquiera que llamaba, era mejor que
contestase él mismo.
Descolgó y la voz de Stanley Caspian dijo:
–¿Eres tú, Arthur? Ya era hora. Te llamé hace
cinco minutos.
De pronto le inundó la luz del vestíbulo de
abajo. Se volvió, tapándose la boca con la mano izquierda, y dijo con voz
apagada:
–Es el señor Caspian que quiere hablar
conmigo.
–Está bien –dijo Anthony Johnson, y regresó a
su habitación.
Arthur deseó ardientemente que se apagase la
luz. Se encogió sobre el teléfono.
–Escucha, Arthur, tengo un tipo que irá a
echar un vistazo al piso 1 mañana hacia las cinco. ¿Puedes atenderle tú?
–No me encuentro bien –dijo Arthur, sintiendo
un mareo de pánico–. He contraído... una infección vírica. No iré a trabajar y
no puedo atender a nadie. Estaré todo el día en la cama.
–Pero por Dios, hombre, ¿cómo no vas a poder
levantarte de tu puñetera cama para abrir la puerta de la calle?
–Pues no, no puedo –insistió Arthur con voz
chillona–. Estoy enfermo. Debería estar en la cama en este momento.
–Magnífico. Después de todo lo que he hecho
por ti, Arthur, esto es muy fuerte. Supongo que tendré que citarme un poco
antes con ese tipo e ir yo personalmente.
–Lo siento. No me encuentro bien. Tengo que
ir a acostarme.
Stanley se limitó a colgar sonoramente.
Arthur se dirigió tambaleante hacia su puerta. Estaba casi cerrada. Una leve
corriente de aire, un pequeño impulso y se habría quedado fuera con la puerta
cerrada. Él, que nunca jamás olvidaba estas precauciones, se había olvidado de
poner el pestillo. Temblando ante la idea de lo que podría haber sucedido,
entró en el cuarto de baño para examinarse el labio y el ojo. Por su rostro
empezaron a resbalar lágrimas que le escocían la carne magullada.
La segunda vez que sonó el teléfono, Anthony
se levantó de la cama para contestar. Pero las esperanzas que había tenido,
esperanzas irracionales, las disipó una voz desde el descansillo: «Es el señor
Caspian que quiere hablar conmigo.»
Como la voz tenía un tono apagado y extraño,
Anthony, que en su decepción se habría limitado a volver a su habitación,
levantó la vista hacia el descansillo. Arthur Johnson estaba tapándose la boca
con la mano izquierda, y se volvió rápidamente, encogiéndose sobre el teléfono,
pero Anthony había visto que tenía un ojo hinchado y medio cerrado. La
conversación telefónica prosiguió por unos instantes. Arthur Johnson decía que
estaba enfermo, pero de una infección vírica, no de una herida en la cara.
Anthony cerró la puerta. Se sentó en la cama. Una hora antes habría dado mucho
por un tema que irrumpiera en su mente y expulsara de ella a Helen. Pero
aquello... ¿deseaba aquello y podría asumirlo?
Siguieron una serie de imágenes. Un hombre,
claramente nervioso, paranoico, reprimido, diciendo: «Usted es el otro
Johnson. Yo llevo veinte años viviendo aquí.» En el sótano, un maniquí de
escaparate con una hendidura en el cuello. El fuego quemando aquel maniquí y
esa misma noche, la del 5 de noviembre... Anthony miró por la ventana y levantó
la vista hacia arriba, hacia la otra ventana situada dos plantas por encima. No
se veía ninguna luz, a pesar de que aquél era el dormitorio de Arthur Johnson y
éste había dicho que estaba enfermo y que tenía que estar en cama. Quizá estaba
acostado y a oscuras. Anthony salió a la calle y miró hacia arriba. Había luz,
una luz anaranjada que convertía la tela de muselina de la cortina en oro y
detrás de aquella tela y del visillo percibió un movimiento leve, como un
parpadeo.
Regresó al interior de la casa y subió los
dos tramos de escalera. No había pensado ninguna excusa para llamar a la puerta
de Arthur Johnson. Pero después de lo que había visto, no necesitaba ninguna
excusa. Nadie contestó a su llamada, y siguió sin obtener respuesta cuando
llamó por segunda vez, lo que le indicó tanto como le habría indicado la cara
magullada si se hubiese presentado ante él, a pocos centímetros de la suya.
Llamar de nuevo, insistir, sería una crueldad que le repugnaba, pues en el
silencio tuvo la impresión de que podía percibir un terror de respiración
contenida detrás de la puerta.
Entonces lo comprendió. Se habría reído si
aquello hubiese sido cosa de risa, pero lo irónico era que precisamente él, que
estaba escribiendo una tesis sobre psicopatías, que sabía todo lo que había que
saber sobre los psicópatas, había vivido tres meses en la misma casa con un
psicópata y no se había dado cuenta. Tendría que acudir a la policía, claro.
¿Estaba seguro? ¿Debía hacerlo? Bueno, sí, por supuesto, estaba seguro. «Cuando
decimos eso –había dicho Helen– siempre queremos decir que no estamos seguros
del todo, que no tenemos una certeza absoluta.» Se estremeció.
Luego, en su habitación, se puso a investigar
en sus libros y encontró a Arthur Johnson o aspectos de él en cada caso
clínico, descubriendo lo que ya sabía: que si casi no se sabe nada sobre las
causas de la psicopatía, se ha descubierto aún menos sobre las formas de
curarla. Prisión perpetua para los locos criminales pues, encarcelamiento
perpetuo aplicado sin esperanza y soportado sin esperanza. No obstante,
acudiría a la policía por la mañana...
Por fin, se desvistió y se metió en la cama.
El triángulo de cielo era de un rojo humoso cruzado por negros copos de nieve.
Le resultaba imposible dormir y se preguntó sí el hombre del piso de arriba,
que estaba tumbado en la cama a unos seis metros por encima de él, también
yacía insomne bajo el peso, muchísimo mayor aún, de su preocupación.
A las ocho y media de la mañana Arthur
telefoneó al señor Grainger a su casa. No podría ir a trabajar, tendría que
tomarse tres días de descanso como mínimo. Y mientras estaba al teléfono oyó a
Anthony Johnson entrar en el cuarto de baño, pero no se acercó hasta el pie de
las escaleras. ¿Por qué había llamado a su puerta la noche anterior? ¿Para
pedir algo prestado, monedas para el teléfono? Aún le dolía en las costillas
magulladas aquel terror que le había causado la insistente llamada a su puerta.
Pero por nada del mundo habría permitido que Anthony Johnson entrara y le viera
la cara. Había permanecido varias horas inclinado sobre el alféizar de la
ventana, abandonando intermitentemente su puesto para examinar su rostro, para
escuchar junto a la puerta y ver sí Anthony Johnson telefoneaba a la policía,
vigilando por si Anthony Johnson salía y regresaba con la policía. A
medianoche, al ver que no había sucedido nada y que el patio se había quedado a
oscuras, se había tumbado, exhausto pero insomne.
Aquella mañana, un distinguido criminólogo
invitado daba la última de sus cuatro conferencias en la universidad. Anthony
había asistido a todas, y le habían desilusionado un poco porque eran más
elementales de lo que él esperaba. Ahora tomaba notas distraídamente. Se sentía
cansado e inquieto.
Aún dudaba respecto de acudir a la policía,
aunque se había fijado en la comisaría más cercana, al pasar por delante de su
alto portal y su lámpara azul caminó de la universidad en el K.12. A la una
estaba en el bar, dudando aún, pues le repugnaba la idea de traicionar a un
hombre que no le había hecho ningún mal. Los estudiantes eran todos más jóvenes
que él y le parecían casi unos niños, pero una chica que había estado sentada a
su lado en la conferencia se acercó con su bandeja a la mesa donde estaba
Anthony y señaló a un muchacho de cabello largo que había al fondo del comedor,
rodeado de ávidos oyentes.
–Aquél es Philip Harrison.
–¿Philip
Harrison?
–El tío al que atacaron en el aparcamiento el
sábado.
Anthony no le miró. Miró a las chicas que
formaban su público, una de las cuales se parecía inquietantemente a Helen. Si
aquella chica hubiese estado en el aparcamiento, no estaría allí ahora,
escuchando con placer inocente. Estaría muerta. Sólo tenía que acudir a la
comisaría de policía y decirles lo que sabía, lo poco que sabía, algo demasiado
inconsistente y, sin embargo, un indicio decisivo. Apartó el plato torpemente,
no había comido nada. Le invadió un inmenso cansancio, lo único que deseaba era
tumbarse y dormir. Pensó en Helen y en él, tumbados y abrazados en un campo de
West Country durante el verano pasado; él había dormido con el cabello de ella
sobre la mejilla y envuelto en el aroma de la hierba madura y el hinojo. Le
parecía que nunca había dormido tan dulcemente como en aquella ocasión. Pero el
verano era ya el pasado, en todos los sentidos, las horas dulces del sueño. Se
puso el abrigo, recorrió el largo vestíbulo, cruzó las puertas giratorias y
salió a la nieve.
La comisaría quedaba a unos diez minutos
andando. El recinto universitario estaba vacío y descarnado, como si el frío
hubiese afeitado la vegetación, salvo la hierba recortada, y hubiese barrido a
las personas. No había nadie más que él y una chica a la que vio acercarse y
cruzar las puertas de entrada. Continuó caminando hacia ella, y ella hacia él,
por aquel largo camino de grava.
Empezó a poner en orden las sospechas y las
cosas que sabía de Arthur Johnson para hacer una declaración coherente en la
comisaría. Pero le distraía la visión de aquella chica que se aproximaba. Debía
estar acostumbrado ya a los engaños que su mente y sus ojos le hacían. Esta vez
no estaba dispuesto a contener el aliento porque aquella chica desconocida
caminase como Helen, moviese la cabeza como Helen y, ahora que estaba ya más
cerca, tuviese el cabello dorado y rizado de Helen. Continuó caminando con la vista
fija en la grava, negándose a seguir mirando a la muchacha que estaba sólo a
unos veinte o treinta metros de él.
Pero se dio cuenta de que ella se había
parado. Se había parado y le miraba fijamente. Tragó saliva y aguzó la vista.
Se miraron a través de aquella extensión desnuda y fría. Cuando la vio tender
los brazos y empezar a correr hacia él, gritando su nombre, «¡Tony, Tony!»,
también él corrió hacia ella con los brazos abiertos.
Sintió sus labios fríos en los suyos, pero su
cuerpo era cálido. Al abrazarla comprobó que hacía semanas que no sentía
aquella calidez. Era una calidez maravillosa y lo era también sentirla a ella,
pero tenía miedo a mirarla a la cara.
–Helen –dijo–, ¿eres tú de verdad?
23
Se sentaron en un banco en College Green, sin
sentir el frío. Anthony cogió entre las manos el rostro de Helen. Le apartó un
bucle de cabello que le había caído sobre la frente, reaprendiendo su rostro y
el sentimiento que le producía.
–No lo creo –dijo–. Aún no puedo creerlo
realmente.
–Lo sé. Yo siento lo mismo.
–¿No te marcharás? Quiero decir, no me dirás
dentro de un momento que tienes que coger un tren o algo así...
–No tengo ningún sitio al que ir. He quemado
las naves. Tony, comamos algo, estoy hambrienta. Ya sabes que siempre quiero
comer cuando me siento feliz.
El Grand Duke estaba atestado. Entraron en un
café sencillo y pulcro que estaba casi vacío.
–No sé si sentarme enfrente o a tu lado.
Enfrente puedo mirarte, al lado puedo tocarte.
–Mírame –dijo ella–. Yo quiero mirarte a ti.
Helen se sentó y fijó sus ojos en el rostro
de Anthony. Tendió la mano por encima de la mesa y cogió la de él. Se quedaron
con las manos unidas sobre el mantel, la de ella cubriendo la de él.
–Tony, todo es perfecto ahora, siempre será
perfecto ahora, pero ¿por qué no contestaste a mis cartas?
–Porque me dijiste que no lo hiciera. Me
dijiste que nunca volviera a escribirte.
–No en mis últimas tres cartas. Te suplicaba
que me escribieras al museo. ¿No las recibiste?
Él negó con la cabeza.
–Desde finales de octubre sólo he recibido
una carta tuya, y fue la que decía que no querías volver a verme nunca más.
Helen se echó hacia atrás, luego se inclinó
hacia adelante, apretando la mano de Anthony.
–¡Nunca he escrito semejante cosa!
–Alguien lo hizo. ¿Roger?
–No sé. No creo... bueno, es posible, pero...
yo te escribí y te decía que le dejaba y me venía contigo. Pero ¿cómo iba a
venir si tú no contentabas? Estaba loca de dolor. Roger se fue a Escocia y yo
esperé en casa noche tras noche a que tú telefonearas.
–Telefoneé el último miércoles de noviembre.
–Por entonces me había ido a casa de mi
madre. Me debían quince días de vacaciones y fui allí porque no podía soportar
más estar sola, y estar con Roger en Escocia habría sido peor. Creí que no
volvería a verte nunca.
Precisamente cuando él había pensado otro
tanto. Pero ahora no tenía ningún deseo de resolver el misterio. Resultaba
insignificante frente a la alegría de estar con ella.
–Helen –dijo–, ¿por qué has venido?
–Bueno, eso lo sabes de sobra –dijo ella,
sorprendida–. Estoy aquí porque tú me escribiste.
–¿Aquella carta, estúpida?
–¿Lo era? Nunca me lo pareció. Yo sólo vi que
decías que me querías en la primera línea, así que... ¡aquí estoy!
Se inclinó por encima de la mesa y le besó.
La camarera emitió un leve carraspeo y, cuando se separaron, les colocó los
platos delante.
–Fui a trabajar esta mañana, el primer día
después de las vacaciones. En cuanto llegué sonó el teléfono y era Roger. Había
llegado una carta para mí con tu nombre y dirección en el sobre y él... la
abrió.
–¿Mi nombre y mi dirección en el sobre? Pero
yo... –Anthony explicó cómo había metido su carta dirigida a ella en otra
dirigida a la señora Pontifex.
–Ah, comprendo. No teníamos previsto ir allí
por Navidad este año. Ella debió de copiar tu nombre y tu dirección de la carta
dirigida a ella y enviarla. No sé. Ya te dije que no la vi. Salí antes de que
llegara el correo. Roger estaba... estaba tan furioso que daba miedo. Le he
visto y oído en accesos de cólera en que me ha amenazado con matarme y con
matarse, pero en ningún caso fue como esto. No hizo más que leer la primera
línea y estalló: «De tu amante –dijo–. Vas a bajar ahora mismo y esperarás en
la puerta a que llegue yo, Helen. Si no estás allí cuando llegue, subiré a por
ti, pero será mejor que estés allí si no quieres un escándalo público. Estoy
dispuesto a explicarles a todos los que trabajan en ese edificio lo que eres.»
»Dijo que tardaría cinco minutos en llegar,
Tony. Yo sabía que no podía escapar y me aterraba lo que pudiese hacer. Cogí el
abrigo y el bolso y bajé corriendo las escaleras. Recuerdo que dije a gritos
que había tenido malas noticias y que tendría que irme.
»Cuando llegué a la calle me dio miedo
esperar allí. Me dirigí a una calle lateral y vi un taxi. Sabía que lo que
tenía que hacer era venir a Londres contigo. Tú me amabas, lo habías dicho, así
que al final todo estaba bien.
»No me molesté en hacer cola para sacar
billete. Oí que anunciaban por un altavoz la salida inmediata de un tren con
destino a Londres. Así que subí a aquel tren. Tuve que comprar el billete al
revisor y me costó todo el dinero que llevaba, menos cinco peniques. No había
cogido talonario de cheques ni tarjeta de crédito ni nada. Oh, Tony, estoy
absolutamente sin blanca, sólo tengo lo puesto.
»Cuando llegué a Paddington cogí un autobús
que iba a Kenbourne Vale Garage pero sólo tenía dinero para ir hasta Kensal
Rise. Así que vine andando el resto del trayecto.
–¿Viniste andando? ¿Desde Kensal Rise
hasta aquí?
Ella sonrió en su agotamiento.
–Con la nieve y sin nada de dinero. Lo único
que me faltaba era un niño de pecho en los brazos. Entré en una librería y miré
el trayecto en una guía de la ciudad. Iba a ir a Trinity Road pero luego pensé
que podrías estar aquí. Así que vine aquí y aquí estoy.
Los ojos le brillaban y las pupilas eran
espejos en los que Anthony podía ver reflejado, al fin, su propio rostro.
–¿Te agrada que haya venido?
–Helen, estaba medio muerto de dolor y de
soledad y me preguntas si me alegro...
–Lo único que echo en falta –dijo ella– es no
haber podido leer tu carta. Había estado anhelándola tanto... ¿Puedes acordarte
de lo que decías en ella?
–No –mintió él–. No, sólo que era
disparatada. Lo único bueno era lo que había en la primera línea.
Ella suspiró de felicidad.
–Tony, ¿qué vamos a hacer? ¿Adónde iremos?
–¿Qué más da? A algún sitio, a cualquiera.
Sobreviviremos. De momento iremos a Trinity Road.
Al decir el nombre de la calle lo recordó.
Eran casi las tres y ya se había retrasado bastante.
–Vamos, amor mío, iremos a Trinity Road, pero
de camino haremos una cosa importante.
Arthur había estado todo el día sentado
detrás de los visillos, interrumpiendo la guardia cada media hora para examinar
su rostro en el espejo del cuarto de baño. A las tres vio aparcar delante de
una de las casas de la otra acera al coche de Stanley Caspian. Alguien quería
ver el piso 1. Al cabo de unos instantes Stanley le llevaría a la casa. Arthur
se estremeció y examinó el coche pero sólo vio en él a Stanley, sentado al
volante. Quizá estaba esperando a que el interesado acudiese a la cita. Arthur
volvió al cuarto de baño. A pesar de lo temprano que era ya estaba
desvaneciéndose la luz invernal. Si a Stanley se le ocurría subir a verle, si
Arthur tenía que enseñar la cara... quizá aquellas horribles señales pasasen
inadvertidas...
Cuando salía del cuarto de baño sonó el
timbre de la puerta. El sonido reverberó a través de su cuerpo y Arthur se
quedó paralizado en el recibidor. Era evidente lo que sucedía: Stanley había
olvidado la llave. Pues que volviese a su casa a recogerla. Volvió a sonar el
timbre, insistentemente, y Arthur imaginó el dedo gordo de Stanley pulsándolo
con fuerza e impaciencia. Hizo acopio de fuerzas y logró regresar al salón para
mirar por la ventana. El coche de Stanley estaba vacío. Debía de ser él, sin duda.
No se veía ningún coche celular, ningún vehículo aparte del de Stanley y un par
de furgonetas y un descapotable gris. Otro largo timbrazo le hizo volver al
recibidor. Tenía que contestar; si no lo hacía resultaría aún más sospechoso.
Pero teóricamente estaba enfermo y tenía que aparentar haberse levantado de la
cama. Rápidamente, aunque estaba temblando, se quitó la chaqueta y cogió la
bata de la percha de detrás de la puerta del dormitorio. Luego se puso un
pañuelo en la cara, salió del piso y bajó las escaleras.
Detrás de los cristales rojos y verdes se
perfilaba la silueta de un hombre grueso y corpulento. Debía de ser Stanley.
Arthur se colocó detrás de la puerta y la abrió hacia él. El individuo irrumpió
en el vestíbulo, miró hacia la derecha, luego hacia la izquierda, donde estaba
Arthur, cogió el borde de la puerta con ambas manos y la cerró tan
violentamente como solía hacerlo Jonathan Dean.
Era un individuo joven, moreno y dominado por
una emoción mayor aún que el miedo de Arthur. Éste no sabía de qué emoción se
trataba, pero sí que un policía no podía tener el aspecto de aquel sujeto que
temblaba y le miraba con ojos desorbitados y extraviados. Como el vestíbulo
estaba en penumbras, iluminado sólo por una claridad verderrojiza, Arthur se
retiró el pañuelo de la cara y retrocedió.
–¿Usted es Johnson?
–Sí –dijo Arthur.
–¿A. Johnson?
Arthur asintió, desconcertado, pues el hombre
le miraba con incredulidad.
–¡Dios mío, es un viejo! Es increíble. –Pero
lo creía y Arthur también lo creyó cuando el hombre añadió con voz ronca–:
¿Dónde está ella?
En otro momento habría sido terrible,
amenazador. Ahora era sólo un alivio.
–Usted busca al otro Johnson –repuso fría y
secamente Arthur–. Siéntese y espérele, si quiere. No es asunto mío.
–¿Él otro Johnson? No me venga con
ésas. –Sus ojos examinaron la bata de Arthur; cerró los puños y volvió a
decir–: ¿Dónde esta
ella?
Arthur le dio la espalda y empezó a subir las
escaleras. Tenía que llegar a su piso, entrar en él, cerrar la puerta y rezar
para que Stanley apareciese pronto y echase al intruso antes de que la
violencia atrajese a la policía. Y dándose cuenta de lo que podía suceder,
subió presuroso el segundo tramo de escaleras. Pero de pronto lanzó un grito
aterrador. No tenía llave, no había dejado el pestillo echado y la puerta se
había cerrado.
Apoyó la espalda contra la puerta, temblando,
protegiéndose la cara con las manos. Allí no tenía ninguna posibilidad cuando
apareciese Stanley con el nuevo inquilino, cuando estallase el conflicto entre
Anthony Johnson y el marido de H... El hombre había llegado al final de las
escaleras y estaba frente a él. Arthur contempló el cañón de un arma pequeña,
una pistola o un revólver, no supo bien qué era. La televisión no le había
enseñado eso.
–¡Abra esa puerta!
–No puedo. No tengo la llave. La dejé dentro.
–Mi esposa está ahí dentro. Abra esa puerta o
la descerrajaré de un tiro. Le doy treinta segundos.
La puerta de su piso destrozada, colgando de
sus goznes, sería aún peor que cerrada. Arthur, que no se había apartado al ver
el arma, fijó la mirada en la placa de metal que rodeaba la cerradura y luego,
con un miedo aún mayor, en el cilindro metálico que apuntaba a la cerradura.
Surgió de él una voz como de mujer, como de víctima:
–¡No puedo! Le digo que no puedo. ¡Váyase, lárguese,
déjeme en paz! –Y alzó los brazos y lanzó su cuerpo contra la puerta.
Algo le golpeó violentamente en la espalda,
en la parte baja del costado izquierdo. Le produjo un dolor terrible. Pensó que
era el corazón, un ataque al corazón, pues sintió el dolor antes, y mucho antes
de oír el estruendo, un estruendo como el estallido de un cohete, y oyó también
su propio grito y el del otro, sobrecogido y aterrado. Cayó hacia atrás,
apretándose las costillas con las manos. El dolor reverberaba en un chorro rojo
que brotaba de su boca.
Cayó rodando pesadamente por las escaleras,
la sangre como una larga bufanda escarlata. El impulso lo lanzó contra la
puerta de Brian Kotowsky, donde sintió el último latido de su corazón.

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